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The Project Gutenberg eBook of El Hombre Mediocre: Ensayo
de psicologia y moral
This eBook is for the use of anyone anywhere in the United States and
most other parts of the world at no cost and with almost no restrictions
whatsoever. You may copy it, give it away or re-use it under the terms
of the Project Gutenberg License included with this eBook or online at
www.gutenberg.org. If you are not located in the United States, you
will have to check the laws of the country where you are located
before using this eBook.
Title: El Hombre Mediocre: Ensayo de psicologia y moral
Author: José Ingenieros
Release date: March 31, 2021 [eBook #64974]
Most recently updated: October 18, 2024
Language: Spanish
Other information and formats: www.gutenberg.org/ebooks/64974
Credits: E-text prepared by Andrés V. Galia, Jude Eylander, and the
Online Distributed Proofreading Team (http://www.pgdp.net)
from page images digitized by the Google Books Library
Project (https://books.google.com) and generously made
available by HathiTrust Digital Library
(https://www.hathitrust.org/)
*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK EL HOMBRE
MEDIOCRE: ENSAYO DE PSICOLOGIA Y MORAL ***
de psicologia y moral
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Author: José Ingenieros
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MEDIOCRE: ENSAYO DE PSICOLOGIA Y MORAL ***
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The Project Gutenberg eBook, El Hombre Mediocre, by José Ingenieros
Note: Images of the original pages are available through HathiTrust
Digital Library. See
https://hdl.handle.net/2027/txu.059173023911023
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NOTAS DEL TRANSCRIPTOR
En la versión de texto las palabras en itálicas están
indicadas con _guiones bajos_.
El criterio utilizado para crear la presente versión
electrónica ha sido el de respetar las reglas de la Real
Academia Española vigentes cuando se publicó la edición
de la obra utilizada para esta tarea. El lector interesado
puede consultar el Mapa de Diccionarios Académicos de
la Real Academia Española.
Es por ello que palabras como vio, fue, dio, por ejemplo,
que en esa época llevaban acento ortográfico, en esta
transcipción aparecen escritas con acento.
En la presente transcripción se adecuó la ortografía de las
mayúsculas acentuadas a la norma establecida por la
RAE, que estipula que las letras mayúsculas deben
escribirse con tilde si les corresponde llevarlo, tanto si se
trata de palabras escritas en su totalidad con mayúsculas
como si se trata únicamente de la mayúscula inicial.
Errores evidentes de impresión y de puntuación han sido
corregidos.
El Índice de capítulos, incluido en la publicación original
al final, ha sido trasladado al principio.
En la versión de texto las palabras en itálicas están
indicadas con _guiones bajos_.
El criterio utilizado para crear la presente versión
electrónica ha sido el de respetar las reglas de la Real
Academia Española vigentes cuando se publicó la edición
de la obra utilizada para esta tarea. El lector interesado
puede consultar el Mapa de Diccionarios Académicos de
la Real Academia Española.
Es por ello que palabras como vio, fue, dio, por ejemplo,
que en esa época llevaban acento ortográfico, en esta
transcipción aparecen escritas con acento.
En la presente transcripción se adecuó la ortografía de las
mayúsculas acentuadas a la norma establecida por la
RAE, que estipula que las letras mayúsculas deben
escribirse con tilde si les corresponde llevarlo, tanto si se
trata de palabras escritas en su totalidad con mayúsculas
como si se trata únicamente de la mayúscula inicial.
Errores evidentes de impresión y de puntuación han sido
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El Índice de capítulos, incluido en la publicación original
al final, ha sido trasladado al principio.
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Page 7
EL HOMBRE MEDIOCRE
Page 8
OBRAS DEL MISMO AUTOR
La Psicopatología en el arte.
La Simulación en la lucha por la vida. (9.ª edición.)
La Simulación de la Locura. (7.ª edición.)
Estudios clínicos sobre la histeria. (4.ª edición.)
Patología del lenguaje musical.
Nueva clasificación de los delincuentes. (2.ª edición.)
Al Margen de la Ciencia. (4.ª edición.)
Criminología. (2.ª edición)
Sociología Argentina. (2.ª edición.)
Principios de Psicología Biológica.
EN PREPARACIÓN
Hombres y cosas de mi tiempo.
La Psicopatología en el arte.
La Simulación en la lucha por la vida. (9.ª edición.)
La Simulación de la Locura. (7.ª edición.)
Estudios clínicos sobre la histeria. (4.ª edición.)
Patología del lenguaje musical.
Nueva clasificación de los delincuentes. (2.ª edición.)
Al Margen de la Ciencia. (4.ª edición.)
Criminología. (2.ª edición)
Sociología Argentina. (2.ª edición.)
Principios de Psicología Biológica.
EN PREPARACIÓN
Hombres y cosas de mi tiempo.
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JOSÉ INGENIEROS
EL HOMBRE MEDIOCRE
RENACIMIENTO
EL HOMBRE MEDIOCRE
RENACIMIENTO
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MADRID BUENOS AIRES
Pontejos, 3 Libertad, 170
1913
Pontejos, 3 Libertad, 170
1913
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ES
PROPIED
AD
ESTABLECIMIENTO TIPOGRÁFICO EDITORIAL.—PONTEJOS 3
PROPIED
AD
ESTABLECIMIENTO TIPOGRÁFICO EDITORIAL.—PONTEJOS 3
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ÍNDICE
Página
LA MORAL DE
LOS IDEALISTAS
I. Las luces del camino.
—II. Los visionarios
de la perfección.—
III. Los idealistas
románticos.—IV. El
idealismo
experimental 5
EL HOMBRE
MEDIOCRE
I. «¿Áurea
mediocritas?»—II.
Definición del
hombre mediocre.—
III. Función social de
la mediocridad.—IV.
La vulgaridad 39
LA MEDIOCRIDAD
INTELECTUAL
I. El hombre rutinario: 73
psicología de los
Panza.—II. Los
estigmas mentales de
la mediocridad:.—
III. La maledicencia:
Una alegoría de
Página
LA MORAL DE
LOS IDEALISTAS
I. Las luces del camino.
—II. Los visionarios
de la perfección.—
III. Los idealistas
románticos.—IV. El
idealismo
experimental 5
EL HOMBRE
MEDIOCRE
I. «¿Áurea
mediocritas?»—II.
Definición del
hombre mediocre.—
III. Función social de
la mediocridad.—IV.
La vulgaridad 39
LA MEDIOCRIDAD
INTELECTUAL
I. El hombre rutinario: 73
psicología de los
Panza.—II. Los
estigmas mentales de
la mediocridad:.—
III. La maledicencia:
Una alegoría de
Page 13
Botticelli.—IV. El
éxito y la gloria
LA MEDIOCRIDAD
MORAL
I. El hombre honesto.—
II. La moral de
Tartufo.—III. Los
tránsfugas de la
honestidad.—IV. Los
senderos de la virtud:
El corazón y el
cerebro.—V. La
santidad 107
LOS CARACTERES
MEDIOCRES
I. Hombres y sombras.
—II. La
domesticación de los
mediocres: Gil Blas
de Santillana.—III.
La vanidad y el
orgullo.—IV. La
dignidad 159
LA ENVIDIA
I. La pasión de los
mediocres.—II. Los
sacerdotes del
mérito.—III. Los
roedores de la gloria.
—IV. Un castigo
dantesco 191
LA VEJEZ
NIVELADORA
éxito y la gloria
LA MEDIOCRIDAD
MORAL
I. El hombre honesto.—
II. La moral de
Tartufo.—III. Los
tránsfugas de la
honestidad.—IV. Los
senderos de la virtud:
El corazón y el
cerebro.—V. La
santidad 107
LOS CARACTERES
MEDIOCRES
I. Hombres y sombras.
—II. La
domesticación de los
mediocres: Gil Blas
de Santillana.—III.
La vanidad y el
orgullo.—IV. La
dignidad 159
LA ENVIDIA
I. La pasión de los
mediocres.—II. Los
sacerdotes del
mérito.—III. Los
roedores de la gloria.
—IV. Un castigo
dantesco 191
LA VEJEZ
NIVELADORA
Page 14
I. Las canas.—II.
Etapas de la
decadencia.—III. La
bancarrota de los
ingenios.—IV. La
psicología de la
vejez.—V. La virtud
de la impotencia 215
LA MEDIOCRACIA
I. El clima de la
mediocridad.—II. La
política de las piaras.
—III. Demagogos y
aristarcos: Las dos
fórmulas de la
injusticia.—IV. La
aristocracia del
mérito: «La justicia
en la desigualdad» 235
LOS ARQUETIPOS
DE LA
MEDIOCRACIA
I. Las sombras del
crepúsculo.—II. El
trinomio mental del
arquetipo.—III. La
mortaja de la
insignificancia 265
LOS FORJADORES
DE IDEALES
I. El clima del genio.— 287
II. El genio
pragmático:
Sarmiento.—III. El
genio revelador:
Etapas de la
decadencia.—III. La
bancarrota de los
ingenios.—IV. La
psicología de la
vejez.—V. La virtud
de la impotencia 215
LA MEDIOCRACIA
I. El clima de la
mediocridad.—II. La
política de las piaras.
—III. Demagogos y
aristarcos: Las dos
fórmulas de la
injusticia.—IV. La
aristocracia del
mérito: «La justicia
en la desigualdad» 235
LOS ARQUETIPOS
DE LA
MEDIOCRACIA
I. Las sombras del
crepúsculo.—II. El
trinomio mental del
arquetipo.—III. La
mortaja de la
insignificancia 265
LOS FORJADORES
DE IDEALES
I. El clima del genio.— 287
II. El genio
pragmático:
Sarmiento.—III. El
genio revelador:
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Ameghino.—IV. La
moral del genio
moral del genio
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LA MORAL DE LOS IDEALISTAS
I.—LAS LUCES DEL CAMINO—II. LOS VISIONARIOS DE LA
PERFECCIÓN—III. LOS IDEALISTAS ROMÁNTICOS—IV. EL
IDEALISMO EXPERIMENTAL.
I.—Las luces del camino.
Cuando pones la proa visionaria hacia una estrella y tiendes el ala hacia tal
excelsitud inasible, afanoso de perfección y rebelde á la mediocridad, llevas
en ti el resorte misterioso de un Ideal. Es ascua sagrada, capaz de templarte
para grandes acciones. Custódiala; si la dejas apagar no se reenciende
jamás. Y si ella muere en ti quedas inerte: fría bazofia humana. Sólo vives
por esa partícula de ensueño que te sobrepone á lo real. Ella es el lis de tu
blasón, el penacho de tu temperamento. Innumerables signos la revelan—:
cuando se te anuda la garganta al recordar la cicuta impuesta á Sócrates, la
cruz izada para Cristo ó la hoguera encendida á Bruno—; cuando te
abstraes en lo infinito leyendo un diálogo de Platón, un ensayo de
Montaigne ó un discurso de Helvecio—; cuando el corazón se te estremece
pensando en la desigual fortuna de esas pasiones en que fuiste,
alternativamente, el Romeo de tal Julieta y el Werther de tal Carlota—;
cuando tus sienes se hielan de emoción al declamar una estrofa de Musset
que rima acorde con tu sentir—; y cuando, en suma, admiras la mente
preclara de los genios, la sublime virtud de los santos, la magna gesta de los
héroes, inclinándote con igual veneración ante los creadores de Verdad ó de
Belleza.
Todos no se extasían, como tú, ante un crepúsculo, no sueñan frente á una
aurora ó cimbran ante una tempestad; ni gustan de pasear con Dante, reir
con Molière, temblar con Shakespeare, crujir con Wagner; ni enmudecen
I.—LAS LUCES DEL CAMINO—II. LOS VISIONARIOS DE LA
PERFECCIÓN—III. LOS IDEALISTAS ROMÁNTICOS—IV. EL
IDEALISMO EXPERIMENTAL.
I.—Las luces del camino.
Cuando pones la proa visionaria hacia una estrella y tiendes el ala hacia tal
excelsitud inasible, afanoso de perfección y rebelde á la mediocridad, llevas
en ti el resorte misterioso de un Ideal. Es ascua sagrada, capaz de templarte
para grandes acciones. Custódiala; si la dejas apagar no se reenciende
jamás. Y si ella muere en ti quedas inerte: fría bazofia humana. Sólo vives
por esa partícula de ensueño que te sobrepone á lo real. Ella es el lis de tu
blasón, el penacho de tu temperamento. Innumerables signos la revelan—:
cuando se te anuda la garganta al recordar la cicuta impuesta á Sócrates, la
cruz izada para Cristo ó la hoguera encendida á Bruno—; cuando te
abstraes en lo infinito leyendo un diálogo de Platón, un ensayo de
Montaigne ó un discurso de Helvecio—; cuando el corazón se te estremece
pensando en la desigual fortuna de esas pasiones en que fuiste,
alternativamente, el Romeo de tal Julieta y el Werther de tal Carlota—;
cuando tus sienes se hielan de emoción al declamar una estrofa de Musset
que rima acorde con tu sentir—; y cuando, en suma, admiras la mente
preclara de los genios, la sublime virtud de los santos, la magna gesta de los
héroes, inclinándote con igual veneración ante los creadores de Verdad ó de
Belleza.
Todos no se extasían, como tú, ante un crepúsculo, no sueñan frente á una
aurora ó cimbran ante una tempestad; ni gustan de pasear con Dante, reir
con Molière, temblar con Shakespeare, crujir con Wagner; ni enmudecen
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ante el David, la Cena ó el Partenón. Es de pocos esa inquietud de perseguir
ávidamente alguna quimera, venerando á filósofos, artistas y pensadores
que fundieron en síntesis supremas sus visiones del ser y de la eternidad,
volando más allá de lo Real. Los seres de tu estirpe, cuya imaginación se
puebla de ideales y cuyo sentimiento polariza hacia ellos la personalidad
entera, forman raza aparte en la humanidad: son idealistas.
El Ideal es un gesto del espíritu hacia alguna perfección.
Al poeta que definiera en esos términos, podría sintetizarlo así el filósofo:
los Ideales son visiones que se anticipan al perfeccionamiento de la
realidad.
Sin ellos sería inexplicable la evolución humana. Los hubo y los habrá
siempre. Palpitan detrás de todo esfuerzo magnífico realizado por un
hombre ó por un pueblo. Son faros sucesivos en la evolución de los
individuos y las razas. La imaginación los enciende en continuo contraste
con la experiencia, anticipándose á sus datos. Ésa es la ley del devenir
humano: la realidad, yerma de suyo, recibe vida y calor de los ideales, sin
cuya influencia yacería inerte y los evos serían mudos. Los hechos son
puntos de partida; los ideales son faros luminosos que de trecho en trecho
alumbran la ruta. La historia es una infinita inquietud de perfecciones, que
grandes hombres presienten ó simbolizan. Frente á ellos, en cada momento
de la peregrinación humana, la mediocridad se revela por una incapacidad
de ideales.
Hablaremos en el lenguaje de nuestra filosofía.
Al antiguo idealismo dogmático que los ideologistas pusieron en las «ideas
absolutas», rígidas y aprioristas, nosotros oponemos un idealismo
experimental que se refiere á los «ideales de perfección», incesantemente
renovados, plásticos, evolutivos como la vida misma.
Acaso parezca extraño; mas no perderá con ello. Ganará, ciertamente.
Tergiversado por los miopes y los fanáticos, el idealismo se rebaja. Tras un
siglo de envilecimiento mediocrático, encaminado á la sórdida nivelación
de todas las diferencias, siéntese en muchos el afán de rebelarse contra toda
mediocridad plebeya: yerran los que miran al pasado, poniendo al rumbo
hacia prejuicios muertos y vistiendo al idealismo con andrajos que son su
mortaja. Los ideales viven de la Verdad, que se va haciendo; ni puede ser
ávidamente alguna quimera, venerando á filósofos, artistas y pensadores
que fundieron en síntesis supremas sus visiones del ser y de la eternidad,
volando más allá de lo Real. Los seres de tu estirpe, cuya imaginación se
puebla de ideales y cuyo sentimiento polariza hacia ellos la personalidad
entera, forman raza aparte en la humanidad: son idealistas.
El Ideal es un gesto del espíritu hacia alguna perfección.
Al poeta que definiera en esos términos, podría sintetizarlo así el filósofo:
los Ideales son visiones que se anticipan al perfeccionamiento de la
realidad.
Sin ellos sería inexplicable la evolución humana. Los hubo y los habrá
siempre. Palpitan detrás de todo esfuerzo magnífico realizado por un
hombre ó por un pueblo. Son faros sucesivos en la evolución de los
individuos y las razas. La imaginación los enciende en continuo contraste
con la experiencia, anticipándose á sus datos. Ésa es la ley del devenir
humano: la realidad, yerma de suyo, recibe vida y calor de los ideales, sin
cuya influencia yacería inerte y los evos serían mudos. Los hechos son
puntos de partida; los ideales son faros luminosos que de trecho en trecho
alumbran la ruta. La historia es una infinita inquietud de perfecciones, que
grandes hombres presienten ó simbolizan. Frente á ellos, en cada momento
de la peregrinación humana, la mediocridad se revela por una incapacidad
de ideales.
Hablaremos en el lenguaje de nuestra filosofía.
Al antiguo idealismo dogmático que los ideologistas pusieron en las «ideas
absolutas», rígidas y aprioristas, nosotros oponemos un idealismo
experimental que se refiere á los «ideales de perfección», incesantemente
renovados, plásticos, evolutivos como la vida misma.
Acaso parezca extraño; mas no perderá con ello. Ganará, ciertamente.
Tergiversado por los miopes y los fanáticos, el idealismo se rebaja. Tras un
siglo de envilecimiento mediocrático, encaminado á la sórdida nivelación
de todas las diferencias, siéntese en muchos el afán de rebelarse contra toda
mediocridad plebeya: yerran los que miran al pasado, poniendo al rumbo
hacia prejuicios muertos y vistiendo al idealismo con andrajos que son su
mortaja. Los ideales viven de la Verdad, que se va haciendo; ni puede ser
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vital ninguno que la contradiga en su punto del tiempo. Es ceguera,
también, oponer á la imaginación de lo futuro la experiencia de lo presente,
la Verdad al Ideal, como si conviniera apagar las luces del camino para no
desviarse de la meta. Es falso; la imaginación conduce por mano á la
experiencia. Que, sola, no anda.
La evolución humana es un perfeccionamiento continuo del hombre para
adaptarse á la naturaleza, que evoluciona á su vez. Para ello necesita
conocer la realidad ambiente y prever el sentido de las propias
adaptaciones: los caminos de su perfección. Sus etapas refléjanse en la
mente humana como «ideales». Un hombre, un grupo ó una raza son
«idealistas» cuando circunstancias ineludibles determinan su imaginación á
concebir un perfeccionamiento posible: un Ideal.
Son formaciones naturales. Aparecen cuando el pensar alcanza tal
desarrollo que la imaginación puede anticiparse á la experiencia. No son
entidades misteriosamente infundidas en los hombres, ni nacen del azar. Se
forman como todos los fenómenos: son efectos de causas, accidentes en la
evolución universal. Y es fácil explicarlo, si se comprende. Nuestro sistema
solar es un punto en el cosmos; en ese punto es un simple detalle el planeta
que habitamos; en ese detalle la vida es un transitorio equilibrio de la
superficie; entre las complicaciones de ese equilibrio la especie humana
data de un período brevísimo; en el hombre se desarrolla la función de
pensar como un perfeccionamiento. Una de sus formas es la imaginación,
que permite generalizar los datos de la experiencia, anticipando sus
resultados posibles y abstrayendo de ella «ideales» de perfección.
Así la filosofía científica, en vez de negarlos, afirma su realidad como
formaciones naturales y los reintegra á su concepción monista del Universo.
Un Ideal es un punto y un momento entre los infinitos posibles que pueblan
el espacio y el tiempo.
Evolucionar es variar. Toda variación es adquirida por temperamentos
predispuestos; las variaciones útiles tienden á conservarse. La imaginación
abstrae de los hechos ciertos caracteres comunes, elaborando ideas
generales que permiten concebir el sentido probable de la evolución: así se
elaboran los «ideales». Ellos no son apriorísticos; son inducidos de una
vasta experiencia. Sobre ella se empina la imaginación para prever el
sentido en que varía la humanidad. Todo ideal representa un nuevo estado
también, oponer á la imaginación de lo futuro la experiencia de lo presente,
la Verdad al Ideal, como si conviniera apagar las luces del camino para no
desviarse de la meta. Es falso; la imaginación conduce por mano á la
experiencia. Que, sola, no anda.
La evolución humana es un perfeccionamiento continuo del hombre para
adaptarse á la naturaleza, que evoluciona á su vez. Para ello necesita
conocer la realidad ambiente y prever el sentido de las propias
adaptaciones: los caminos de su perfección. Sus etapas refléjanse en la
mente humana como «ideales». Un hombre, un grupo ó una raza son
«idealistas» cuando circunstancias ineludibles determinan su imaginación á
concebir un perfeccionamiento posible: un Ideal.
Son formaciones naturales. Aparecen cuando el pensar alcanza tal
desarrollo que la imaginación puede anticiparse á la experiencia. No son
entidades misteriosamente infundidas en los hombres, ni nacen del azar. Se
forman como todos los fenómenos: son efectos de causas, accidentes en la
evolución universal. Y es fácil explicarlo, si se comprende. Nuestro sistema
solar es un punto en el cosmos; en ese punto es un simple detalle el planeta
que habitamos; en ese detalle la vida es un transitorio equilibrio de la
superficie; entre las complicaciones de ese equilibrio la especie humana
data de un período brevísimo; en el hombre se desarrolla la función de
pensar como un perfeccionamiento. Una de sus formas es la imaginación,
que permite generalizar los datos de la experiencia, anticipando sus
resultados posibles y abstrayendo de ella «ideales» de perfección.
Así la filosofía científica, en vez de negarlos, afirma su realidad como
formaciones naturales y los reintegra á su concepción monista del Universo.
Un Ideal es un punto y un momento entre los infinitos posibles que pueblan
el espacio y el tiempo.
Evolucionar es variar. Toda variación es adquirida por temperamentos
predispuestos; las variaciones útiles tienden á conservarse. La imaginación
abstrae de los hechos ciertos caracteres comunes, elaborando ideas
generales que permiten concebir el sentido probable de la evolución: así se
elaboran los «ideales». Ellos no son apriorísticos; son inducidos de una
vasta experiencia. Sobre ella se empina la imaginación para prever el
sentido en que varía la humanidad. Todo ideal representa un nuevo estado
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de equilibrio entre el pasado y el porvenir. Los ideales son creencias. Su
fuerza estriba en sus elementos afectivos: influyen sobre nuestra conducta
en la medida en que los creemos. Por eso la representación abstracta de las
variaciones naturales del hombre adquiere un valor moral: las más
provechosas á la especie son concebidas como perfeccionamientos. Lo
futuro se identifica con lo perfecto. Así los «ideales», por ser visiones
anticipadas de lo venidero, influyen sobre la conducta y son el instrumento
natural de todo progreso humano. Mientras la instrucción se limita á
extender las nociones que la experiencia actual considera más exactas, la
educación consiste en sugerir los ideales que se presumen propicios á la
perfección.
El concepto de lo mejor está implicado en la vida misma, que tiende á
perfeccionarse. Aristóteles enseñaba que la actividad es un movimiento del
ser hacia la propia «entelequia»: su estado perfecto. Lo que existe tiende
naturalmente á él y esa tendencia es presentida por los seres imaginativos.
Lo mismo que todas las funciones de la mente, la formación de ideales está
sometida á un determinismo, que por ser complejo no es menos absoluto.
No nacen de una libertad que escapa á las leyes de la psicología naturalista,
ni de una razón pura que nadie conoce. Son creencias aproximativas acerca
de la perfección venidera. Lo futuro es lo mejor de lo presente, puesto que
sobrevive en la selección natural; los ideales son un «élan» hacia lo mejor,
en cuanto simples anticipaciones del devenir.
Á medida que la cultura humana se amplía, observando la realidad, los
ideales son modificados por la fantasía, que es plástica y no reposa jamás.
Experiencia é imaginación siguen vías paralelas, aunque va retardada
aquélla respecto de ésta. La hipótesis vuela; el hecho camina. Á veces el ala
rumbea mal y el pie pisa siempre en firme; pero el vuelo puede rectificarse,
mientras el paso no puede volar nunca. La imaginación es madre de toda
originalidad; deformando lo real hacia su perfección ella crea los ideales y
les da impulso con el ilusorio sentimiento de la libertad; el libre albedrío es
un error útil para ejecutarlos. Por eso tiene, prácticamente, el valor de una
realidad. Demostrar que es simple ilusión, debida á la ignorancia de causas
innúmeras, no implica negar su eficacia. Las ilusiones tienen tanto valor
como las verdades más exactas; pueden tener más que ellas, si son
intensamente pensadas ó sentidas. El deseo de ser libre nace del conflicto
entre dos móviles irreductibles: la tendencia á perseverar en el ser,
fuerza estriba en sus elementos afectivos: influyen sobre nuestra conducta
en la medida en que los creemos. Por eso la representación abstracta de las
variaciones naturales del hombre adquiere un valor moral: las más
provechosas á la especie son concebidas como perfeccionamientos. Lo
futuro se identifica con lo perfecto. Así los «ideales», por ser visiones
anticipadas de lo venidero, influyen sobre la conducta y son el instrumento
natural de todo progreso humano. Mientras la instrucción se limita á
extender las nociones que la experiencia actual considera más exactas, la
educación consiste en sugerir los ideales que se presumen propicios á la
perfección.
El concepto de lo mejor está implicado en la vida misma, que tiende á
perfeccionarse. Aristóteles enseñaba que la actividad es un movimiento del
ser hacia la propia «entelequia»: su estado perfecto. Lo que existe tiende
naturalmente á él y esa tendencia es presentida por los seres imaginativos.
Lo mismo que todas las funciones de la mente, la formación de ideales está
sometida á un determinismo, que por ser complejo no es menos absoluto.
No nacen de una libertad que escapa á las leyes de la psicología naturalista,
ni de una razón pura que nadie conoce. Son creencias aproximativas acerca
de la perfección venidera. Lo futuro es lo mejor de lo presente, puesto que
sobrevive en la selección natural; los ideales son un «élan» hacia lo mejor,
en cuanto simples anticipaciones del devenir.
Á medida que la cultura humana se amplía, observando la realidad, los
ideales son modificados por la fantasía, que es plástica y no reposa jamás.
Experiencia é imaginación siguen vías paralelas, aunque va retardada
aquélla respecto de ésta. La hipótesis vuela; el hecho camina. Á veces el ala
rumbea mal y el pie pisa siempre en firme; pero el vuelo puede rectificarse,
mientras el paso no puede volar nunca. La imaginación es madre de toda
originalidad; deformando lo real hacia su perfección ella crea los ideales y
les da impulso con el ilusorio sentimiento de la libertad; el libre albedrío es
un error útil para ejecutarlos. Por eso tiene, prácticamente, el valor de una
realidad. Demostrar que es simple ilusión, debida á la ignorancia de causas
innúmeras, no implica negar su eficacia. Las ilusiones tienen tanto valor
como las verdades más exactas; pueden tener más que ellas, si son
intensamente pensadas ó sentidas. El deseo de ser libre nace del conflicto
entre dos móviles irreductibles: la tendencia á perseverar en el ser,
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implicada en la herencia, y la tendencia á aumentar el ser, implicada en la
variación. La una es principio de estabilidad, la otra de progreso.
En todo ideal, sea cual fuere el orden á cuyo perfeccionamiento tienda, hay
un principio de síntesis y de continuidad. Como impulsos se equivalen y se
implican recíprocamente, aunque en algunos predomine el razonamiento y
otros sean emocionales. La imaginación despoja á la realidad de todo lo
malo y la adorna con todo lo bueno, depurando la experiencia,
cristalizándola en los moldes de perfección que concibe más puros. Los
ideales son, por ende, preconstrucciones imaginativas de la realidad que
deviene.
Son siempre individuales. Un ideal colectivo es la coincidencia de muchos
individuos en un mismo afán de perfección. No es que una idea los
acomune; su análoga manera de sentir y pensar está representada por un
ideal común á todos ellos. Cada era, siglo ó generación, puede tener su
ideal; suele ser patrimonio de una selecta minoría, cuyo esfuerzo consigue
imponerlo á las generaciones siguientes. Cada ideal puede encarnarse en un
genio; al principio, y mientras él va generalizando su obra, ésta sólo es
comprendida por un pequeño núcleo de espíritus esclarecidos.
Todo ideal toma su fuerza de la Verdad que los hombres le atribuyen: es una
fe en la posibilidad misma de la perfección. Su protesta involuntaria contra
lo malo revela siempre una esperanza indestructible en lo mejor; en su
agresión al pasado fermenta una sana levadura de porvenir.
No es un fin, sino un camino. Es relativo siempre, como toda creencia. La
intensidad con que tiende á realizarse no depende de su verdad efectiva,
sino de la que se le atribuye. Aun cuando interpreta absurdamente la
perfección venidera, es ideal para quien cree sinceramente en él.
Hacer del «idealismo» un dogma equivale á negarlo. Los más vulgares
diccionarios filosóficos lo sospechan: «Idealismo: palabra muy vaga, que
no debe emplearse sin explicarla». Sólo es evidente la existencia de
temperamentos idealistas, aptos para concebir perfecciones y capaces de
vivir hacia ellas.
Debe rehusarse el monopolio de los ideales á cuantos lo reclaman en
nombre de escuelas filosóficas, sistemas de moral, credos de religión,
fanatismos de secta ó dogmas de estética. La formación de ideales nace del
variación. La una es principio de estabilidad, la otra de progreso.
En todo ideal, sea cual fuere el orden á cuyo perfeccionamiento tienda, hay
un principio de síntesis y de continuidad. Como impulsos se equivalen y se
implican recíprocamente, aunque en algunos predomine el razonamiento y
otros sean emocionales. La imaginación despoja á la realidad de todo lo
malo y la adorna con todo lo bueno, depurando la experiencia,
cristalizándola en los moldes de perfección que concibe más puros. Los
ideales son, por ende, preconstrucciones imaginativas de la realidad que
deviene.
Son siempre individuales. Un ideal colectivo es la coincidencia de muchos
individuos en un mismo afán de perfección. No es que una idea los
acomune; su análoga manera de sentir y pensar está representada por un
ideal común á todos ellos. Cada era, siglo ó generación, puede tener su
ideal; suele ser patrimonio de una selecta minoría, cuyo esfuerzo consigue
imponerlo á las generaciones siguientes. Cada ideal puede encarnarse en un
genio; al principio, y mientras él va generalizando su obra, ésta sólo es
comprendida por un pequeño núcleo de espíritus esclarecidos.
Todo ideal toma su fuerza de la Verdad que los hombres le atribuyen: es una
fe en la posibilidad misma de la perfección. Su protesta involuntaria contra
lo malo revela siempre una esperanza indestructible en lo mejor; en su
agresión al pasado fermenta una sana levadura de porvenir.
No es un fin, sino un camino. Es relativo siempre, como toda creencia. La
intensidad con que tiende á realizarse no depende de su verdad efectiva,
sino de la que se le atribuye. Aun cuando interpreta absurdamente la
perfección venidera, es ideal para quien cree sinceramente en él.
Hacer del «idealismo» un dogma equivale á negarlo. Los más vulgares
diccionarios filosóficos lo sospechan: «Idealismo: palabra muy vaga, que
no debe emplearse sin explicarla». Sólo es evidente la existencia de
temperamentos idealistas, aptos para concebir perfecciones y capaces de
vivir hacia ellas.
Debe rehusarse el monopolio de los ideales á cuantos lo reclaman en
nombre de escuelas filosóficas, sistemas de moral, credos de religión,
fanatismos de secta ó dogmas de estética. La formación de ideales nace del
Page 21
temperamento individual, aparte de todo catecismo ó programa. Hay tantos
idealismos como ideales; y tantos ideales como idealistas; y tantos
idealistas como hombres ansiosos de perfección.
El idealismo no es privilegio de las doctrinas espiritualistas que desearían
oponerlo al materialismo; ese equívoco se duplica al sugerir que la materia
es la antítesis de la idea, después de confundir al ideal con la idea y á ésta
con el alma espiritual ó incorpórea. Se trata, en suma, de un juego de
palabras, secularmente repetido por sus beneficiarios. El criterio de
perfección en el conocimiento de la Verdad puede animar con igual ímpetu
al filósofo monista y al dualista, al místico y al ateo, al estoico y al
pragmático. El particular ideal de cada uno concurre al ritmo total de la
perfección posible, antes que obstar al esfuerzo similar de los otros.
Y es más estrecha la tendencia á confundir el «idealismo», que se refiere á
los «ideales», con las tendencias filosóficas así denominadas porque
oonsideran á las «ideas» más reales que las cosas, ó presuponen que ellas
son la realidad única, forjada por nuestra mente, como en el sistema
hegeliano. «Ideólogos» no puede ser sinónimo de «idealistas», aunque el
mal uso induzca á ello.
Ni podríamos restringirlo al idealismo de ciertas escuelas estéticas, porque
todas las maneras del naturalismo y del realismo pueden constituir un ideal
de arte, cuando sus sacerdotes son Miguel Ángel, Ticiano, Flaubert ó
Wagner; el esfuerzo imaginativo de los que persiguen una ideal armonía de
ritmos, de colores, de líneas ó de sonidos, se equivale, siempre que su obra
transparente un modo de belleza ó una original personalidad.
No le confundiremos, en fin, con cierto idealismo ético que tiende á
monopolizar el culto de la perfección en favor de alguno de los fanatismos
religiosos predominantes en cada época, pues sobre no existir un Bien ideal,
difícilmente cabría en los catecismos para mentes obtusas. El esfuerzo
individual hacia la virtud puede ser tan magníficamente concebido y
realizado por el peripatético como por el cirenaico, por el cristiano como
por el anarquista, por el filántropo como por el epicúreo. Todos ellos
pueden ser idealistas, si saben iluminarse en su doctrina. La perfección
posible no es patrimonio de ningún credo: recuerda el agua de aquella
fuente, citada por Platón, que no podía contenerse en ningún vaso.
idealismos como ideales; y tantos ideales como idealistas; y tantos
idealistas como hombres ansiosos de perfección.
El idealismo no es privilegio de las doctrinas espiritualistas que desearían
oponerlo al materialismo; ese equívoco se duplica al sugerir que la materia
es la antítesis de la idea, después de confundir al ideal con la idea y á ésta
con el alma espiritual ó incorpórea. Se trata, en suma, de un juego de
palabras, secularmente repetido por sus beneficiarios. El criterio de
perfección en el conocimiento de la Verdad puede animar con igual ímpetu
al filósofo monista y al dualista, al místico y al ateo, al estoico y al
pragmático. El particular ideal de cada uno concurre al ritmo total de la
perfección posible, antes que obstar al esfuerzo similar de los otros.
Y es más estrecha la tendencia á confundir el «idealismo», que se refiere á
los «ideales», con las tendencias filosóficas así denominadas porque
oonsideran á las «ideas» más reales que las cosas, ó presuponen que ellas
son la realidad única, forjada por nuestra mente, como en el sistema
hegeliano. «Ideólogos» no puede ser sinónimo de «idealistas», aunque el
mal uso induzca á ello.
Ni podríamos restringirlo al idealismo de ciertas escuelas estéticas, porque
todas las maneras del naturalismo y del realismo pueden constituir un ideal
de arte, cuando sus sacerdotes son Miguel Ángel, Ticiano, Flaubert ó
Wagner; el esfuerzo imaginativo de los que persiguen una ideal armonía de
ritmos, de colores, de líneas ó de sonidos, se equivale, siempre que su obra
transparente un modo de belleza ó una original personalidad.
No le confundiremos, en fin, con cierto idealismo ético que tiende á
monopolizar el culto de la perfección en favor de alguno de los fanatismos
religiosos predominantes en cada época, pues sobre no existir un Bien ideal,
difícilmente cabría en los catecismos para mentes obtusas. El esfuerzo
individual hacia la virtud puede ser tan magníficamente concebido y
realizado por el peripatético como por el cirenaico, por el cristiano como
por el anarquista, por el filántropo como por el epicúreo. Todos ellos
pueden ser idealistas, si saben iluminarse en su doctrina. La perfección
posible no es patrimonio de ningún credo: recuerda el agua de aquella
fuente, citada por Platón, que no podía contenerse en ningún vaso.
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La experiencia, sólo ella, decide sobre la legitimidad de los ideales, en cada
tiempo y lugar. En el curso de la vida social se seleccionan naturalmente;
sobreviven los más adaptados al sentido de la evolución, es decir, los
coincidentes con el perfeccionamiento efectivo. Mientras se ignora ese
fallo, todo ideal es respetable, aunque parezca absurdo. Y es útil, por su
fuerza de contraste; si es falso, muere sólo, no daña. Todo ideal puede
contener una parte de error, ó serlo totalmente: es una visión remota,
expuesta á ser inexacta. Lo malo es carecer de ideales y esclavizarse á las
contingencias inmediatas, renunciando á lo mejor.
Si el ideal de la razón es la Verdad, de la moral el Bien y del arte la Belleza
—formas preeminentes de toda excelsitud—no se concibe que puedan ser
antagonistas. Los caminos de perfección son convergentes. Las formas
infinitas del ideal son complementarias; jamás contradictorias, aunque lo
parezca.
Cuando un filósofo enuncia ideales, para el hombre ó para la sociedad, su
comprensión inmediata es tanto más difícil cuanto más se elevan sobre el
ambiente que le rodea; lo mismo ocurre con la verdad del sabio y con el
estilo del poeta. La sanción ajena es fácil para lo que concuerda con rutinas
secularmente practicadas; es áspera cuando la imaginación pone mayor
originalidad en el concepto y en la forma.
Ese desequilibrio entre la perfección concebible y la realidad practicable,
estriba en la naturaleza misma de la imaginación, rebelde al tiempo y al
espacio. De ese contraste legítimo no se infiere que los ideales pueden ser
contradictorios entre sí, aunque sean heterogéneos y marquen el paso á
desigual compás, según los tiempos: no hay una Verdad amoral ó fea, ni fué
nunca la Belleza absurda ó nociva, ni tuvo el Bien sus raíces en el error ó la
desarmonía. De otro modo concebiríamos perfecciones imperfectas.
Los ideales están en perpetuo devenir, como la realidad á que se anticipan.
La imaginación los extrae de la naturaleza y de la experiencia; después de
formados ya no están en ellas, son distintos de ellas, viven sobre ellas para
señalar su futuro. Y cuando la realidad evoluciona hacia un ideal antes
previsto, la imaginación se aparta de nuevo, aleja el ideal,
proporcionalmente: «prometa más lo mucho, y la mejor acción deje siempre
esperanzas de mayores», que dijo Baltasar Gracián. La realidad nunca
puede igualarse al ensueño en la perpetua persecución de la quimera. El
tiempo y lugar. En el curso de la vida social se seleccionan naturalmente;
sobreviven los más adaptados al sentido de la evolución, es decir, los
coincidentes con el perfeccionamiento efectivo. Mientras se ignora ese
fallo, todo ideal es respetable, aunque parezca absurdo. Y es útil, por su
fuerza de contraste; si es falso, muere sólo, no daña. Todo ideal puede
contener una parte de error, ó serlo totalmente: es una visión remota,
expuesta á ser inexacta. Lo malo es carecer de ideales y esclavizarse á las
contingencias inmediatas, renunciando á lo mejor.
Si el ideal de la razón es la Verdad, de la moral el Bien y del arte la Belleza
—formas preeminentes de toda excelsitud—no se concibe que puedan ser
antagonistas. Los caminos de perfección son convergentes. Las formas
infinitas del ideal son complementarias; jamás contradictorias, aunque lo
parezca.
Cuando un filósofo enuncia ideales, para el hombre ó para la sociedad, su
comprensión inmediata es tanto más difícil cuanto más se elevan sobre el
ambiente que le rodea; lo mismo ocurre con la verdad del sabio y con el
estilo del poeta. La sanción ajena es fácil para lo que concuerda con rutinas
secularmente practicadas; es áspera cuando la imaginación pone mayor
originalidad en el concepto y en la forma.
Ese desequilibrio entre la perfección concebible y la realidad practicable,
estriba en la naturaleza misma de la imaginación, rebelde al tiempo y al
espacio. De ese contraste legítimo no se infiere que los ideales pueden ser
contradictorios entre sí, aunque sean heterogéneos y marquen el paso á
desigual compás, según los tiempos: no hay una Verdad amoral ó fea, ni fué
nunca la Belleza absurda ó nociva, ni tuvo el Bien sus raíces en el error ó la
desarmonía. De otro modo concebiríamos perfecciones imperfectas.
Los ideales están en perpetuo devenir, como la realidad á que se anticipan.
La imaginación los extrae de la naturaleza y de la experiencia; después de
formados ya no están en ellas, son distintos de ellas, viven sobre ellas para
señalar su futuro. Y cuando la realidad evoluciona hacia un ideal antes
previsto, la imaginación se aparta de nuevo, aleja el ideal,
proporcionalmente: «prometa más lo mucho, y la mejor acción deje siempre
esperanzas de mayores», que dijo Baltasar Gracián. La realidad nunca
puede igualarse al ensueño en la perpetua persecución de la quimera. El
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ideal es un «límite»: toda realidad es una dimensión «variable» que puede
acercársele indefinidamente, sin alcanzarlo nunca. Por mucho que lo
«variable» se acerque á su «límite», se concibe que podría acercársele más.
Todo ideal es relativo á una imperfecta realidad presente. No los hay
abstractos ni absolutos. Afirmarlo implica abjurar su esencia misma,
negando la posibilidad infinita de la perfección. Erraban los viejos
moralistas al creer que en su punto y momento convergían todo el espacio y
todo el tiempo. Para la ética nueva, libre de esa grave falacia, es un
postulado fundamental la relatividad de los ideales. Sólo poseen un carácter
común: su perfeccionamiento ilimitado.
Es propia de hombres primitivos toda moral cimentada en prejuicios
absolutos. Y es falsa, por ignorancia de la universal evolución. Y es
contraria á todo idealismo, excluyente de todo ideal. En cada momento y
lugar la realidad varía; con esa variación se desplaza el punto de referencia
de los ideales. Nacen y mueren, convergen ó se excluyen, palidecen ó se
acentúan; son, también ellos, vivientes como los cerebros en que germinan
ó arraigan, en un proceso sin fin. No habiendo un esquema final de
perfección, tampoco lo hay de ideales humanos. Se forman por cambio
incesante; cambian siempre; su cambio es eterno.
Esa evolución no sigue un ritmo uniforme. Hay climas morales, horas,
momentos, en que toda una raza, un pueblo, una clase, un partido, una
secta, concibe un ideal y se esfuerza por realizarlo. Y los hay en cada
hombre.
Hay, también, climas, horas y momentos en que los ideales se murmuran
apenas ó se callan; la realidad ofrece inmediatas satisfacciones á los apetitos
y la tentación del hartazgo ahoga todo afán de perfección. Y cada época
tiene ciertos ideales que interpretan mejor su porvenir, entrevistos por
pocos, seguidos por el pueblo ó ahogados por su indiferencia, ora
predestinados á orientarlo como polos magnéticos, ora á quedar latentes
hasta encontrar su hora propicia. Y otros ideales mueren, porque son falsos:
ilusiones que el hombre se forja respecto de sí mismo, ó quimeras que las
masas persiguen dando manotadas en la sombra.
II.—Los visionarios de la perfección.
acercársele indefinidamente, sin alcanzarlo nunca. Por mucho que lo
«variable» se acerque á su «límite», se concibe que podría acercársele más.
Todo ideal es relativo á una imperfecta realidad presente. No los hay
abstractos ni absolutos. Afirmarlo implica abjurar su esencia misma,
negando la posibilidad infinita de la perfección. Erraban los viejos
moralistas al creer que en su punto y momento convergían todo el espacio y
todo el tiempo. Para la ética nueva, libre de esa grave falacia, es un
postulado fundamental la relatividad de los ideales. Sólo poseen un carácter
común: su perfeccionamiento ilimitado.
Es propia de hombres primitivos toda moral cimentada en prejuicios
absolutos. Y es falsa, por ignorancia de la universal evolución. Y es
contraria á todo idealismo, excluyente de todo ideal. En cada momento y
lugar la realidad varía; con esa variación se desplaza el punto de referencia
de los ideales. Nacen y mueren, convergen ó se excluyen, palidecen ó se
acentúan; son, también ellos, vivientes como los cerebros en que germinan
ó arraigan, en un proceso sin fin. No habiendo un esquema final de
perfección, tampoco lo hay de ideales humanos. Se forman por cambio
incesante; cambian siempre; su cambio es eterno.
Esa evolución no sigue un ritmo uniforme. Hay climas morales, horas,
momentos, en que toda una raza, un pueblo, una clase, un partido, una
secta, concibe un ideal y se esfuerza por realizarlo. Y los hay en cada
hombre.
Hay, también, climas, horas y momentos en que los ideales se murmuran
apenas ó se callan; la realidad ofrece inmediatas satisfacciones á los apetitos
y la tentación del hartazgo ahoga todo afán de perfección. Y cada época
tiene ciertos ideales que interpretan mejor su porvenir, entrevistos por
pocos, seguidos por el pueblo ó ahogados por su indiferencia, ora
predestinados á orientarlo como polos magnéticos, ora á quedar latentes
hasta encontrar su hora propicia. Y otros ideales mueren, porque son falsos:
ilusiones que el hombre se forja respecto de sí mismo, ó quimeras que las
masas persiguen dando manotadas en la sombra.
II.—Los visionarios de la perfección.
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Ningún Dante podría elevar á Gil Blas, Sancho y Tartufo hasta el rincón de
su paraíso donde moran Cyrano, Quijote y Stockmann. Son dos universos,
dos razas, dos temperamentos: Hombres y Sombras. Seres desiguales no
pueden pensar de igual manera. Siempre será evidente el contraste entre el
servilismo y la dignidad, la torpeza y el ingenio, la hipocresía y la virtud. La
imaginación dará á unos el impulso original hacia lo perfecto; la imitación
organizará en otros los hábitos colectivos. Siempre habrá, por fuerza,
idealistas y mediocres.
El perfeccionamiento humano se efectúa con ritmo diverso en las
sociedades y en los individuos. La multitud posee una experiencia sumisa al
pasado: rutinas, prejuicios, domesticidades. Pocos elegidos varían,
avanzando sobre el porvenir; al revés de Anteo, que tocando el suelo
cobraba alientos nuevos, los toman clavando sus pupilas en constelaciones
lejanas y de apariencia inaccesible. Esos hombres, predispuestos á
emanciparse de su rebaño, buscando alguna perfección más allá de lo
actual, son los «idealistas». La unidad del género no depende del contenido
intrínseco de sus ideales, sino de su temperamento: se es idealista
persiguiendo las quimeras más contradictorias, siempre que ellas impliquen
un sincero afán de enaltecimiento. Cualquiera. Los espíritus afiebrados por
algún ideal son adversarios de la mediocridad: soñadores contra los
utilitarios, entusiastas contra los apáticos, pasionales contra los calculistas,
indisciplinados contra los dogmáticos. Son alguien ó algo contra los que no
son nadie ni nada. Todo idealista es un hombre cualitativo: posee un sentido
de las diferencias que le permite distinguir entre lo malo que observa y lo
mejor que imagina. Los hombres mediocres son cuantitativos: pueden
apreciar el más y el menos, pero nunca distinguen lo mejor de lo peor.
Sin idealistas sería inconcebible la evolución de la humanidad. El culto del
«hombre práctico», ceñido á las contingencias del presente, importa un
renunciamiento á toda perfección. El hábito organiza la rutina y nada crea
hacia el porvenir; los imaginativos dan á la ciencia sus hipótesis, al arte su
vuelo, á la moral sus ejemplos, á la historia sus páginas luminosas. Son la
parte viva y dinámica de la humanidad; los prácticos no han hecho más que
aprovechar de su esfuerzo, vegetando en la sombra. Todo porvenir ha sido
una creación de los hombres capaces de presentirlo, concretándolo en
infinita sucesión de ideales. Más ha hecho la imaginación construyendo sin
tregua, que el cálculo destruyendo sin descanso. La excesiva prudencia de
su paraíso donde moran Cyrano, Quijote y Stockmann. Son dos universos,
dos razas, dos temperamentos: Hombres y Sombras. Seres desiguales no
pueden pensar de igual manera. Siempre será evidente el contraste entre el
servilismo y la dignidad, la torpeza y el ingenio, la hipocresía y la virtud. La
imaginación dará á unos el impulso original hacia lo perfecto; la imitación
organizará en otros los hábitos colectivos. Siempre habrá, por fuerza,
idealistas y mediocres.
El perfeccionamiento humano se efectúa con ritmo diverso en las
sociedades y en los individuos. La multitud posee una experiencia sumisa al
pasado: rutinas, prejuicios, domesticidades. Pocos elegidos varían,
avanzando sobre el porvenir; al revés de Anteo, que tocando el suelo
cobraba alientos nuevos, los toman clavando sus pupilas en constelaciones
lejanas y de apariencia inaccesible. Esos hombres, predispuestos á
emanciparse de su rebaño, buscando alguna perfección más allá de lo
actual, son los «idealistas». La unidad del género no depende del contenido
intrínseco de sus ideales, sino de su temperamento: se es idealista
persiguiendo las quimeras más contradictorias, siempre que ellas impliquen
un sincero afán de enaltecimiento. Cualquiera. Los espíritus afiebrados por
algún ideal son adversarios de la mediocridad: soñadores contra los
utilitarios, entusiastas contra los apáticos, pasionales contra los calculistas,
indisciplinados contra los dogmáticos. Son alguien ó algo contra los que no
son nadie ni nada. Todo idealista es un hombre cualitativo: posee un sentido
de las diferencias que le permite distinguir entre lo malo que observa y lo
mejor que imagina. Los hombres mediocres son cuantitativos: pueden
apreciar el más y el menos, pero nunca distinguen lo mejor de lo peor.
Sin idealistas sería inconcebible la evolución de la humanidad. El culto del
«hombre práctico», ceñido á las contingencias del presente, importa un
renunciamiento á toda perfección. El hábito organiza la rutina y nada crea
hacia el porvenir; los imaginativos dan á la ciencia sus hipótesis, al arte su
vuelo, á la moral sus ejemplos, á la historia sus páginas luminosas. Son la
parte viva y dinámica de la humanidad; los prácticos no han hecho más que
aprovechar de su esfuerzo, vegetando en la sombra. Todo porvenir ha sido
una creación de los hombres capaces de presentirlo, concretándolo en
infinita sucesión de ideales. Más ha hecho la imaginación construyendo sin
tregua, que el cálculo destruyendo sin descanso. La excesiva prudencia de
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los mediocres ha paralizado siempre las iniciativas más fecundas. Y no
quiere esto decir que la imaginación excluya la experiencia: ésta es útil,
pero sin aquélla es estéril. Los idealistas aspiran á conjugar en su mente la
inspiración y la sabiduría; por eso, con frecuencia, viven trabados por su
espíritu crítico cuando los caldea una emoción lírica y ésta les nubla la vista
cuando observan la realidad. Del equilibrio entre la inspiración y la
sabiduría nace el genio. En las grandes horas, de una raza ó de un hombre,
la inspiración es indispensable para crear; esa chispa se enciende en la
imaginación y la experiencia la convierte en hoguera. Todo idealismo es,
por eso, un afán de cultura intensa: cuenta entre sus enemigos más audaces
á la ignorancia, madrastra de obstinadas rutinas.
La humanidad no llega hasta donde quieren los idealistas en cada
perfección particular; pero siempre llega más allá de donde habría ido sin su
esfuerzo. Un objetivo que huye ante ellos conviértese en estímulo para
perseguir nuevas quimeras. Lo poco que pueden todos, depende de lo
mucho que algunos anhelan. La mediocridad no poseería sus bienes
presentes si algunos idealistas no los hubieran conquistado viviendo con la
obsesiva aspiración de otros mejores.
En la evolución humana los ideales mantiénense en equilibrio instable.
Todo mejoramiento real es precedido por conatos y tanteos de pensadores
audaces, puestos en tensión hacia él, rebeldes al pasado, aunque sin la
intensidad necesaria para violentarlo; esa lucha es un reflujo perpetuo entre
lo más concebido y lo menos realizado. Por eso los idealistas son
forzosamente inquietos, como todo lo que vive, como la vida misma: contra
la tendencia apacible de los rutinarios, cuya estabilidad parece inercia de
muerte. Esa inquietud se exacerba en los grandes hombres, en los genios
mismos si el medio es hostil á sus quimeras, como es frecuente. Nunca agita
á los hombres sin ideales, informe bazofia de la humanidad.
Toda juventud es inquieta. El impulso hacia lo mejor sólo puede esperarse
de ella: jamás de los enmohecidos y de los seniles. Y sólo es juventud la
sana é iluminada, la que mira al frente y no á la espalda; nunca los
decrépitos de pocos años, prematuramente domesticados por la moral de las
mediocracias: en ellos parece primavera la tibieza otoñal y toda ilusión de
aurora es ya un apagamiento de crepúsculo. Sólo hay juventud en los que
persiguen con entusiasmo una perfección; por eso en los caracteres
excelentes puede persistir sobre el apeñuscarse de los años. Nada cabe
quiere esto decir que la imaginación excluya la experiencia: ésta es útil,
pero sin aquélla es estéril. Los idealistas aspiran á conjugar en su mente la
inspiración y la sabiduría; por eso, con frecuencia, viven trabados por su
espíritu crítico cuando los caldea una emoción lírica y ésta les nubla la vista
cuando observan la realidad. Del equilibrio entre la inspiración y la
sabiduría nace el genio. En las grandes horas, de una raza ó de un hombre,
la inspiración es indispensable para crear; esa chispa se enciende en la
imaginación y la experiencia la convierte en hoguera. Todo idealismo es,
por eso, un afán de cultura intensa: cuenta entre sus enemigos más audaces
á la ignorancia, madrastra de obstinadas rutinas.
La humanidad no llega hasta donde quieren los idealistas en cada
perfección particular; pero siempre llega más allá de donde habría ido sin su
esfuerzo. Un objetivo que huye ante ellos conviértese en estímulo para
perseguir nuevas quimeras. Lo poco que pueden todos, depende de lo
mucho que algunos anhelan. La mediocridad no poseería sus bienes
presentes si algunos idealistas no los hubieran conquistado viviendo con la
obsesiva aspiración de otros mejores.
En la evolución humana los ideales mantiénense en equilibrio instable.
Todo mejoramiento real es precedido por conatos y tanteos de pensadores
audaces, puestos en tensión hacia él, rebeldes al pasado, aunque sin la
intensidad necesaria para violentarlo; esa lucha es un reflujo perpetuo entre
lo más concebido y lo menos realizado. Por eso los idealistas son
forzosamente inquietos, como todo lo que vive, como la vida misma: contra
la tendencia apacible de los rutinarios, cuya estabilidad parece inercia de
muerte. Esa inquietud se exacerba en los grandes hombres, en los genios
mismos si el medio es hostil á sus quimeras, como es frecuente. Nunca agita
á los hombres sin ideales, informe bazofia de la humanidad.
Toda juventud es inquieta. El impulso hacia lo mejor sólo puede esperarse
de ella: jamás de los enmohecidos y de los seniles. Y sólo es juventud la
sana é iluminada, la que mira al frente y no á la espalda; nunca los
decrépitos de pocos años, prematuramente domesticados por la moral de las
mediocracias: en ellos parece primavera la tibieza otoñal y toda ilusión de
aurora es ya un apagamiento de crepúsculo. Sólo hay juventud en los que
persiguen con entusiasmo una perfección; por eso en los caracteres
excelentes puede persistir sobre el apeñuscarse de los años. Nada cabe
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esperar de los hombres que entran á la vida sin afiebrarse por algún ideal; á
los que nunca fueron jóvenes, paréceles descarriada toda soñadora
inquietud. Y no se nace joven: hay que adquirir la juventud. Y sin un ideal
no se adquiere.
Los idealistas suelen ser esquivos ó rebeldes á los dogmatismos sociales
que los oprimen. Resisten la tiranía del engranaje nivelador, aborrecen de
todo sistema, sienten el peso de la realidad que intenta domesticarlos,
haciéndolos cómplices de los intereses creados, dóciles, maleables,
solidarios, uniformes en la común mediocridad. El fanatismo igualitario
pretende amalgamar á los individuos, mediocrizándolos: detesta las
diferencias, aborrece las excepciones, anatematiza al que se aparta en busca
de una propia personalidad. El original, el imaginativo, el creador, atrae sus
odios, los busca, los desafía, sabiéndolos terribles porque son
irresponsables. Por eso todo idealista es una viviente afirmación de
individualismo, aunque persiga una quimera social: puede vivir para los
demás, nunca de los demás. Su independencia es una reacción hostil á todos
los dogmatismos de rebaño. Concibiéndose incesantemente perfectibles, los
temperamentos idealistas quieren decir en todos los momentos de su vida,
como Quijote: «yo sé quién soy». Viven animados por este afán afirmativo.
En sus ideales cifran su ventura suprema y su perpetua desdicha. En ellos
caldean la pasión que anima su fe; ésta, al estrellarse contra la realidad
social, puede parecer desprecio, aislamiento, misantropía: la clásica «torre
de marfil» reprochada á cuantos se erizan al contacto de la mediocridad.
Diríase que para ellos dejó escrita su eterna imagen Santa Teresa: «Gusanos
de seda somos, gusanillos que hilamos la seda de nuestras vidas y en el
capullito de la seda nos encerramos para que el gusano muera y del capullo
salga volando la mariposa».
Todo idealismo es exagerado, necesita serlo. Y debe ser lírico su idioma,
como si desbordara la personalidad sobre lo impersonal; el pensamiento sin
lirismo es muerto, frío, carece de estilo, no tiene firma. Jamás fueron tibios
los genios, los santos y los héroes. Para crear una partícula de Verdad, de
Virtud ó de Belleza, requiérese un esfuerzo original y violento contra
alguna rutina ó prejuicio, como para dar una lección de dignidad hay que
desgoznar algún servilismo. Todo ideal es, instintivamente, extremoso; debe
serlo á sabiendas, si es menester, pues pronto se rebaja al refractarse en la
mediocridad de los más. Frente á los que mienten con viles objetivos, la
los que nunca fueron jóvenes, paréceles descarriada toda soñadora
inquietud. Y no se nace joven: hay que adquirir la juventud. Y sin un ideal
no se adquiere.
Los idealistas suelen ser esquivos ó rebeldes á los dogmatismos sociales
que los oprimen. Resisten la tiranía del engranaje nivelador, aborrecen de
todo sistema, sienten el peso de la realidad que intenta domesticarlos,
haciéndolos cómplices de los intereses creados, dóciles, maleables,
solidarios, uniformes en la común mediocridad. El fanatismo igualitario
pretende amalgamar á los individuos, mediocrizándolos: detesta las
diferencias, aborrece las excepciones, anatematiza al que se aparta en busca
de una propia personalidad. El original, el imaginativo, el creador, atrae sus
odios, los busca, los desafía, sabiéndolos terribles porque son
irresponsables. Por eso todo idealista es una viviente afirmación de
individualismo, aunque persiga una quimera social: puede vivir para los
demás, nunca de los demás. Su independencia es una reacción hostil á todos
los dogmatismos de rebaño. Concibiéndose incesantemente perfectibles, los
temperamentos idealistas quieren decir en todos los momentos de su vida,
como Quijote: «yo sé quién soy». Viven animados por este afán afirmativo.
En sus ideales cifran su ventura suprema y su perpetua desdicha. En ellos
caldean la pasión que anima su fe; ésta, al estrellarse contra la realidad
social, puede parecer desprecio, aislamiento, misantropía: la clásica «torre
de marfil» reprochada á cuantos se erizan al contacto de la mediocridad.
Diríase que para ellos dejó escrita su eterna imagen Santa Teresa: «Gusanos
de seda somos, gusanillos que hilamos la seda de nuestras vidas y en el
capullito de la seda nos encerramos para que el gusano muera y del capullo
salga volando la mariposa».
Todo idealismo es exagerado, necesita serlo. Y debe ser lírico su idioma,
como si desbordara la personalidad sobre lo impersonal; el pensamiento sin
lirismo es muerto, frío, carece de estilo, no tiene firma. Jamás fueron tibios
los genios, los santos y los héroes. Para crear una partícula de Verdad, de
Virtud ó de Belleza, requiérese un esfuerzo original y violento contra
alguna rutina ó prejuicio, como para dar una lección de dignidad hay que
desgoznar algún servilismo. Todo ideal es, instintivamente, extremoso; debe
serlo á sabiendas, si es menester, pues pronto se rebaja al refractarse en la
mediocridad de los más. Frente á los que mienten con viles objetivos, la
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exageración de los idealistas es una verdad apasionada. La pasión es su
atributo necesario, aun cuando parezca desviar de la verdad; lleva á la
hipérbole, al error mismo; á la mentira nunca. Ningún ideal es falso para
quien lo profesa: es su verdad y él coopera á su advenimiento, con fe, con
desinterés. El sabio busca la Verdad por buscarla y goza arrancando á la
naturaleza secretos para él inútiles ó peligrosos. Y el artista busca también
la suya, porque la Belleza es una verdad animada por la imaginación, más
que por la experiencia. Y el filósofo la persigue en el Bien, que es una recta
lealtad de la conducta para consigo mismo y para con los demás. Tener un
ideal es servir á su propia Verdad. Siempre.
Algunos ideales se revelan como pasión combativa y otros como pertinaz
obsesión; de igual manera distínguense dos tipos de idealistas, según
predomine en ellos el corazón ó el cerebro. El idealismo sentimental es
romántico: la imaginación no es inhibida por la crítica y los ideales viven de
sentimiento. En el idealismo experimental los ritmos afectivos son
encarrilados por la experiencia y la crítica coordina la imaginación: los
ideales tórnanse reflexivos y serenos. Corresponde el uno á la juventud y el
otro á la madurez. El primero es adolescente, crece, puja y lucha; el
segundo es adulto, se fija, impone y defiende. El idealista perfecto sería
romántico á los veinte años y estoico á los cincuenta; es tan anormal el
estoicismo en la juventud como el romanticismo en la edad madura. Lo que
al principio le enciende en pasión debe cristalizarle después en suprema
dignidad: ésa es la lógica de su temperamento.
III.—Los idealistas románticos.
Los idealistas románticos son exagerados porque son insaciables.
Comprenden que todos los ideales contienen una partícula de utopía y
pierden algo al realizarse: de razas ó de individuos, nunca se integran como
se piensan. En pocas cosas el hombre puede llegar al fin que la imaginación
señala: su gloria está en marchar hacia él, siempre inalcanzado é
inalcanzable. Después de iluminar su espíritu con todos los resplandores de
la cultura humana, Goethe muere pidiendo más luz; y Musset quiere amar
incesantemente después de haber amado, ofreciendo su vida por una caricia
y su genio por un beso. Todos los románticos parecen preguntarse, con el
poeta: «¿Por qué no es infinito el poder humano, como el deseo?» Tienen
atributo necesario, aun cuando parezca desviar de la verdad; lleva á la
hipérbole, al error mismo; á la mentira nunca. Ningún ideal es falso para
quien lo profesa: es su verdad y él coopera á su advenimiento, con fe, con
desinterés. El sabio busca la Verdad por buscarla y goza arrancando á la
naturaleza secretos para él inútiles ó peligrosos. Y el artista busca también
la suya, porque la Belleza es una verdad animada por la imaginación, más
que por la experiencia. Y el filósofo la persigue en el Bien, que es una recta
lealtad de la conducta para consigo mismo y para con los demás. Tener un
ideal es servir á su propia Verdad. Siempre.
Algunos ideales se revelan como pasión combativa y otros como pertinaz
obsesión; de igual manera distínguense dos tipos de idealistas, según
predomine en ellos el corazón ó el cerebro. El idealismo sentimental es
romántico: la imaginación no es inhibida por la crítica y los ideales viven de
sentimiento. En el idealismo experimental los ritmos afectivos son
encarrilados por la experiencia y la crítica coordina la imaginación: los
ideales tórnanse reflexivos y serenos. Corresponde el uno á la juventud y el
otro á la madurez. El primero es adolescente, crece, puja y lucha; el
segundo es adulto, se fija, impone y defiende. El idealista perfecto sería
romántico á los veinte años y estoico á los cincuenta; es tan anormal el
estoicismo en la juventud como el romanticismo en la edad madura. Lo que
al principio le enciende en pasión debe cristalizarle después en suprema
dignidad: ésa es la lógica de su temperamento.
III.—Los idealistas románticos.
Los idealistas románticos son exagerados porque son insaciables.
Comprenden que todos los ideales contienen una partícula de utopía y
pierden algo al realizarse: de razas ó de individuos, nunca se integran como
se piensan. En pocas cosas el hombre puede llegar al fin que la imaginación
señala: su gloria está en marchar hacia él, siempre inalcanzado é
inalcanzable. Después de iluminar su espíritu con todos los resplandores de
la cultura humana, Goethe muere pidiendo más luz; y Musset quiere amar
incesantemente después de haber amado, ofreciendo su vida por una caricia
y su genio por un beso. Todos los románticos parecen preguntarse, con el
poeta: «¿Por qué no es infinito el poder humano, como el deseo?» Tienen
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una curiosidad de mil ojos, siempre atenta para no perder la más
imperceptible titilación del mundo que la solicita. Su sensibilidad es aguda,
plural, caprichosa, artista, como si los nervios hubieran centuplicado su
impresionabilidad. Su gesto sigue prontamente el camino de las nativas
inclinaciones: entre diez partidos adoptan aquél subrayado por el latir más
intenso de su corazón. Son dionisíacos. Sus aspiraciones se traducen por
esfuerzos activos sobre el medio social ó por una hostilidad contra todo lo
que obstruye sus corazonadas y ensueños. Construyen sus ideales sin
conceder nada á la realidad, rehusándose al contralor de la experiencia,
agrediéndola si ella los contraría. Son ingenuos y sensibles, fáciles de
conmoverse, accesibles al entusiasmo y á la ternura: con esa ingenuidad sin
doblez que los hombres prácticos ignoran. Un minuto les basta para decidir
de toda una vida. Su ideal cristaliza en firmezas inequívocas cuando la
realidad los hiere con más saña.
Todo romántico está por Quijote contra Sancho, por Cyrano contra Tartufo,
por Stockmann contra Gil Blas: por cualquier ideal contra toda
mediocridad. Prefiere la flor al fruto, presintiendo que éste no podría existir
jamás sin aquélla. Los mercaderes y las turbas saben que la vida guiada por
el interés brinda provechos materiales; los románticos creen que la suprema
dignidad se incuba en el ensueño y la pasión. Para ellos un beso de tal
mujer vale más que cien tesoros de Golconda.
Su elocuencia está en su corazón: disponen de esas «razones que la razón
ignora»—, como decía Pascal. En ellas estriba el encanto irresistible de los
Musset y los Byron: estremece su estuosidad apasionada, ahoga como si
una garra apretara el cuello, sobresalta las venas, humedece los párpados,
entrecorta el aliento. Sus heroínas y sus protagonistas pueblan los
insomnios juveniles, como si las describieran con una vara mágica entintada
en el cáliz de una poetisa griega: Safo, por caso, la más lírica. Su estilo es
de luz y de color, siempre encendido, ardiente á veces. Escriben como
hablan los temperamentos apasionados, con esa elocuencia de las voces
enronquecidas por un deseo ó por un exceso, esa «voce calda» que
enloquece á las mujeres finas y hace un Don Juan de cada amador
romántico. Son ellos los aristócratas del amor, los seductores de todas las
Julietas é Isoldas. En vano se confabulan en su contra las embozadas
hipocresías de la mediocridad sentimental, tan temerosa de las pasiones
como desconfiada ante los ideales. Los espíritus zafios desearían inventar
imperceptible titilación del mundo que la solicita. Su sensibilidad es aguda,
plural, caprichosa, artista, como si los nervios hubieran centuplicado su
impresionabilidad. Su gesto sigue prontamente el camino de las nativas
inclinaciones: entre diez partidos adoptan aquél subrayado por el latir más
intenso de su corazón. Son dionisíacos. Sus aspiraciones se traducen por
esfuerzos activos sobre el medio social ó por una hostilidad contra todo lo
que obstruye sus corazonadas y ensueños. Construyen sus ideales sin
conceder nada á la realidad, rehusándose al contralor de la experiencia,
agrediéndola si ella los contraría. Son ingenuos y sensibles, fáciles de
conmoverse, accesibles al entusiasmo y á la ternura: con esa ingenuidad sin
doblez que los hombres prácticos ignoran. Un minuto les basta para decidir
de toda una vida. Su ideal cristaliza en firmezas inequívocas cuando la
realidad los hiere con más saña.
Todo romántico está por Quijote contra Sancho, por Cyrano contra Tartufo,
por Stockmann contra Gil Blas: por cualquier ideal contra toda
mediocridad. Prefiere la flor al fruto, presintiendo que éste no podría existir
jamás sin aquélla. Los mercaderes y las turbas saben que la vida guiada por
el interés brinda provechos materiales; los románticos creen que la suprema
dignidad se incuba en el ensueño y la pasión. Para ellos un beso de tal
mujer vale más que cien tesoros de Golconda.
Su elocuencia está en su corazón: disponen de esas «razones que la razón
ignora»—, como decía Pascal. En ellas estriba el encanto irresistible de los
Musset y los Byron: estremece su estuosidad apasionada, ahoga como si
una garra apretara el cuello, sobresalta las venas, humedece los párpados,
entrecorta el aliento. Sus heroínas y sus protagonistas pueblan los
insomnios juveniles, como si las describieran con una vara mágica entintada
en el cáliz de una poetisa griega: Safo, por caso, la más lírica. Su estilo es
de luz y de color, siempre encendido, ardiente á veces. Escriben como
hablan los temperamentos apasionados, con esa elocuencia de las voces
enronquecidas por un deseo ó por un exceso, esa «voce calda» que
enloquece á las mujeres finas y hace un Don Juan de cada amador
romántico. Son ellos los aristócratas del amor, los seductores de todas las
Julietas é Isoldas. En vano se confabulan en su contra las embozadas
hipocresías de la mediocridad sentimental, tan temerosa de las pasiones
como desconfiada ante los ideales. Los espíritus zafios desearían inventar
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una balanza para pesar la utilidad inmediata de sus inclinaciones y
sentimientos; como no la poseen, prefieren renunciar á seguirlos. El
corazón naufraga en los hombres que piden su vida en préstamo á la
sociedad.
El mediocre es incapaz de alentar nobles pasiones. Esquiva el amor como si
fuera un abismo: ignora que él acrisola todas las virtudes y es el más eficaz
de los moralistas. Vive y muere sin haber aprendido á amar. Caricatura á
este sentimiento guiándose por las sugestiones de sórdidas conveniencias.
Los demás le eligen las queridas y le imponen la esposa. Poco le importa la
fidelidad de las primeras mientras le sirvan de adorno; nunca exige
inteligencia en la otra, si es un escalón en su mundo. Su amor se incuba en
la tibieza del criterio ajeno. Musset le parece poco serio y encuentra infernal
á Byron; habría quemado á Jorge Sand y la misma Teresa de Ávila resúltale
un poco exagerada. Se persigna si alguien sospecha que Cristo pudo amar á
la pecadora de Magdala. Cree firmemente que Werther, Jocelyn, Mimí,
Rolla y Manón son símbolos del mal, creados por la imaginación de artistas
enfermos. Aborrece la pasión honda y sentida; detesta los romanticismos
sentimentales. Prefiere la compra tranquila á la conquista comprometedora;
evita que su corazón se enardezca en una osada aventura sin el
consentimiento de los demás. Ignora las supremas virtudes del amor.
En las eras de rebajamiento, mientras arrecia el clima de la mediocridad, los
idealistas se alinean contra los dogmatismos sociales, sea cual fuere el
régimen dominante. Algunas veces, en nombre del romanticismo político,
agitan un ideal plebocrático. Su amor á los esclavos es un disimulado
encono contra los que oprimen su individualidad. Diríase que llegan hasta
amar al siervo para protestar contra el amo indigno; pero siempre quedan
fuera del rebaño, sabiendo que en cada lacayo puede incubarse un burgués
del porvenir.
En todo lo perfectible cabe un romanticismo; su orientación varía con los
tiempos y con las inclinaciones. Hay épocas en que más florece, como en el
siglo de abastardamiento iniciado por la revolución francesa. Algunos
románticos se creen providenciales y su imaginación se revela por un
misticismo constructivo, como en Chateaubriand y Fourier, precedidos por
Rousseau, que fué un Marx calvinista, y seguidos por Marx, que fué un
Rousseau judío. En otros el lirismo tiende, como en Byron y Ruskin, á
convertirse en religión estética. En Mazzini y Kossouth toma color político.
sentimientos; como no la poseen, prefieren renunciar á seguirlos. El
corazón naufraga en los hombres que piden su vida en préstamo á la
sociedad.
El mediocre es incapaz de alentar nobles pasiones. Esquiva el amor como si
fuera un abismo: ignora que él acrisola todas las virtudes y es el más eficaz
de los moralistas. Vive y muere sin haber aprendido á amar. Caricatura á
este sentimiento guiándose por las sugestiones de sórdidas conveniencias.
Los demás le eligen las queridas y le imponen la esposa. Poco le importa la
fidelidad de las primeras mientras le sirvan de adorno; nunca exige
inteligencia en la otra, si es un escalón en su mundo. Su amor se incuba en
la tibieza del criterio ajeno. Musset le parece poco serio y encuentra infernal
á Byron; habría quemado á Jorge Sand y la misma Teresa de Ávila resúltale
un poco exagerada. Se persigna si alguien sospecha que Cristo pudo amar á
la pecadora de Magdala. Cree firmemente que Werther, Jocelyn, Mimí,
Rolla y Manón son símbolos del mal, creados por la imaginación de artistas
enfermos. Aborrece la pasión honda y sentida; detesta los romanticismos
sentimentales. Prefiere la compra tranquila á la conquista comprometedora;
evita que su corazón se enardezca en una osada aventura sin el
consentimiento de los demás. Ignora las supremas virtudes del amor.
En las eras de rebajamiento, mientras arrecia el clima de la mediocridad, los
idealistas se alinean contra los dogmatismos sociales, sea cual fuere el
régimen dominante. Algunas veces, en nombre del romanticismo político,
agitan un ideal plebocrático. Su amor á los esclavos es un disimulado
encono contra los que oprimen su individualidad. Diríase que llegan hasta
amar al siervo para protestar contra el amo indigno; pero siempre quedan
fuera del rebaño, sabiendo que en cada lacayo puede incubarse un burgués
del porvenir.
En todo lo perfectible cabe un romanticismo; su orientación varía con los
tiempos y con las inclinaciones. Hay épocas en que más florece, como en el
siglo de abastardamiento iniciado por la revolución francesa. Algunos
románticos se creen providenciales y su imaginación se revela por un
misticismo constructivo, como en Chateaubriand y Fourier, precedidos por
Rousseau, que fué un Marx calvinista, y seguidos por Marx, que fué un
Rousseau judío. En otros el lirismo tiende, como en Byron y Ruskin, á
convertirse en religión estética. En Mazzini y Kossouth toma color político.
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Habla en tono profético y trascendente por boca de Lamartine y de Hugo.
En Stendhal acosa con ironía los dogmatismos sociales y en Vigny los
desdeña amargamente. Se duele en Musset y se desespera en Amiel. Fustiga
á la mediocridad con Flaubert y Barbey d'Aurevilly. Y en otros conviértese
en rebelión abierta contra todo lo que amengua y domestica al individuo,
como en Emerson, Stirner, Guyau, Ibsen ó Nietzsche.
IV.—El idealismo experimental.
Las rebeldías románticas son embotadas por la experiencia: ella enfrena
muchas nobles impetuosidades y da á los ideales mayor eficacia. Las
lecciones de la realidad no matan al idealista: lo educan. Su afán de
perfección tórnase más centrípeto y digno, busca los caminos propicios,
aprende á rehuir las asechanzas que la mediocridad le tiende. Cuando la
fuerza de las cosas se sobrepone á su personal inquietud y los dogmatismos
sociales cohiben sus esfuerzos por enderezarlos, su idealismo tórnase
experimental. No pueden doblar la realidad á sus ideales, pero los defienden
de ella, procurando salvarlos de toda mengua ó envilecimiento. Lo que
antes se proyecta hacia fuera, polarízase en el propio esfuerzo, se
interioriza. «Una gran vida, escribió Vigny, es un ideal de la juventud
realizado en la edad madura». Es inherente á aquélla la ilusión de imponer
sus ensueños, rompiendo la barrera que la separa de la mediocridad; cuando
advierte que la mole no cae, atrinchérase en virtudes intrínsecas,
custodiándolos, realizándolos en alguna medida, sin complicidades. El
idealismo sentimental y romántico se transforma en idealismo experimental
y estoico; la experiencia regula la imaginación, haciéndolo ponderado y
reflexivo. La serena armonía clásica reemplaza á la pujanza impetuosa: el
Idealismo dionisíaco se convierte en Idealismo apolíneo.
Es natural que así sea. Los romanticismos no resisten á la experiencia
crítica: si duran hasta pasados los límites de la juventud, su ardor no
equivale á su eficiencia. Fué error de Cervantes la avanzada edad en que
Don Quijote emprende la persecución de su quimera. Es más lógico Don
Juan, casándose á la misma altura en que Cristo muere; los personajes que
Murger creó en la vida bohemia, detiénense en ese limbo de la madurez. No
puede ser de otra manera. La acumulación de los contrastes acaba por
coordinar la imaginación, orientándola sin rebajarla.
En Stendhal acosa con ironía los dogmatismos sociales y en Vigny los
desdeña amargamente. Se duele en Musset y se desespera en Amiel. Fustiga
á la mediocridad con Flaubert y Barbey d'Aurevilly. Y en otros conviértese
en rebelión abierta contra todo lo que amengua y domestica al individuo,
como en Emerson, Stirner, Guyau, Ibsen ó Nietzsche.
IV.—El idealismo experimental.
Las rebeldías románticas son embotadas por la experiencia: ella enfrena
muchas nobles impetuosidades y da á los ideales mayor eficacia. Las
lecciones de la realidad no matan al idealista: lo educan. Su afán de
perfección tórnase más centrípeto y digno, busca los caminos propicios,
aprende á rehuir las asechanzas que la mediocridad le tiende. Cuando la
fuerza de las cosas se sobrepone á su personal inquietud y los dogmatismos
sociales cohiben sus esfuerzos por enderezarlos, su idealismo tórnase
experimental. No pueden doblar la realidad á sus ideales, pero los defienden
de ella, procurando salvarlos de toda mengua ó envilecimiento. Lo que
antes se proyecta hacia fuera, polarízase en el propio esfuerzo, se
interioriza. «Una gran vida, escribió Vigny, es un ideal de la juventud
realizado en la edad madura». Es inherente á aquélla la ilusión de imponer
sus ensueños, rompiendo la barrera que la separa de la mediocridad; cuando
advierte que la mole no cae, atrinchérase en virtudes intrínsecas,
custodiándolos, realizándolos en alguna medida, sin complicidades. El
idealismo sentimental y romántico se transforma en idealismo experimental
y estoico; la experiencia regula la imaginación, haciéndolo ponderado y
reflexivo. La serena armonía clásica reemplaza á la pujanza impetuosa: el
Idealismo dionisíaco se convierte en Idealismo apolíneo.
Es natural que así sea. Los romanticismos no resisten á la experiencia
crítica: si duran hasta pasados los límites de la juventud, su ardor no
equivale á su eficiencia. Fué error de Cervantes la avanzada edad en que
Don Quijote emprende la persecución de su quimera. Es más lógico Don
Juan, casándose á la misma altura en que Cristo muere; los personajes que
Murger creó en la vida bohemia, detiénense en ese limbo de la madurez. No
puede ser de otra manera. La acumulación de los contrastes acaba por
coordinar la imaginación, orientándola sin rebajarla.
Page 31
Y si el idealista es una mente superior, su ideal asume formas definitivas:
plasma la Verdad, la Belleza ó la Virtud en crisoles más perennes, tiende á
fijarse y durar en obras. El tiempo lo consagra y su esfuerzo tórnase
ejemplar. La posteridad lo juzga clásico. Todo clasicismo es una selección
natural de ideales sobrevivientes á través de los siglos.
Pocos ingenios encuentran tal clima y tal ocasión que les encumbren á la
genialidad. Los más resultan exóticos é inoportunos; los sucesos, cuyo
determinismo no pueden modificar, esterilizan sus esfuerzos. De allí cierta
aquiescencia á las cosas que no dependen del propio mérito, la tolerancia de
toda insoluble fatalidad. Al resignarse á la coerción exterior no se abajan ni
contaminan: se apartan, se refugian en sí mismos, para encumbrarse en la
orilla desde donde miran el fangoso arroyo que corre murmurando, sin que
en su murmullo se oiga un grito. Son los jueces de su época: ven de dónde
viene y cómo corre el turbión encenagado. Descubren á los omisos que se
dejan opacar por el limo, á los que persiguen esos encumbramientos falaces
con que las mediocracias oprobian á sus arquetipos.
El idealista experimental mantiénese hostil á su medio, lo mismo que el
romántico. Su actitud es de abierta resistencia á la mediocridad organizada,
resignación desdeñosa ó renunciamiento altivo, sin compromisos. Impórtale
menos agredir el mal que consienten los otros y más le sirve estar libre para
realizar toda perfección que sólo depende de sí mismo. Posee una
«sensibilidad individualista». Son notorias las diferencias entre el
individualismo doctrinario y el sentimiento individualista; el uno es teoría y
el otro es actitud. En Spencer, la doctrina individualista se acompaña de
sensibilidad social; en Bakounine, la doctrina social coexiste con una
sensibilidad individualista. Es cuestión de temperamentos y no de ideas;
aquél es la base del carácter. Todo individualismo es una actitud de revuelta
contra los dogmas y los prejuicios reinantes en las mediocracias; revela
energías anhelosas de exparcirse y contenidas por mil obstáculos opuestos
por el espíritu gregario. El individualista niega el principio de autoridad, se
sustrae á los prejuicios, desacata cualquiera imposición, desdeña las
jerarquías independientes del mérito. Los partidos, sectas y facciones le son
indiferentes por igual, sintiéndose extraño á cada uno. Los regímenes
políticos y las leyes escritas no han modificado nunca la mediocridad de
quienes las admiran ni el sufrimiento de quienes las aguantan.
plasma la Verdad, la Belleza ó la Virtud en crisoles más perennes, tiende á
fijarse y durar en obras. El tiempo lo consagra y su esfuerzo tórnase
ejemplar. La posteridad lo juzga clásico. Todo clasicismo es una selección
natural de ideales sobrevivientes á través de los siglos.
Pocos ingenios encuentran tal clima y tal ocasión que les encumbren á la
genialidad. Los más resultan exóticos é inoportunos; los sucesos, cuyo
determinismo no pueden modificar, esterilizan sus esfuerzos. De allí cierta
aquiescencia á las cosas que no dependen del propio mérito, la tolerancia de
toda insoluble fatalidad. Al resignarse á la coerción exterior no se abajan ni
contaminan: se apartan, se refugian en sí mismos, para encumbrarse en la
orilla desde donde miran el fangoso arroyo que corre murmurando, sin que
en su murmullo se oiga un grito. Son los jueces de su época: ven de dónde
viene y cómo corre el turbión encenagado. Descubren á los omisos que se
dejan opacar por el limo, á los que persiguen esos encumbramientos falaces
con que las mediocracias oprobian á sus arquetipos.
El idealista experimental mantiénese hostil á su medio, lo mismo que el
romántico. Su actitud es de abierta resistencia á la mediocridad organizada,
resignación desdeñosa ó renunciamiento altivo, sin compromisos. Impórtale
menos agredir el mal que consienten los otros y más le sirve estar libre para
realizar toda perfección que sólo depende de sí mismo. Posee una
«sensibilidad individualista». Son notorias las diferencias entre el
individualismo doctrinario y el sentimiento individualista; el uno es teoría y
el otro es actitud. En Spencer, la doctrina individualista se acompaña de
sensibilidad social; en Bakounine, la doctrina social coexiste con una
sensibilidad individualista. Es cuestión de temperamentos y no de ideas;
aquél es la base del carácter. Todo individualismo es una actitud de revuelta
contra los dogmas y los prejuicios reinantes en las mediocracias; revela
energías anhelosas de exparcirse y contenidas por mil obstáculos opuestos
por el espíritu gregario. El individualista niega el principio de autoridad, se
sustrae á los prejuicios, desacata cualquiera imposición, desdeña las
jerarquías independientes del mérito. Los partidos, sectas y facciones le son
indiferentes por igual, sintiéndose extraño á cada uno. Los regímenes
políticos y las leyes escritas no han modificado nunca la mediocridad de
quienes las admiran ni el sufrimiento de quienes las aguantan.
Page 32
Su ética difiere radicalmente de esos individualismos sórdidos que reclutan
las simpatías de los mediocres. Hay dos morales egoístas. El digno elige la
elevada, la de Zenón ó la de Epicuro; el mediocre opta siempre por la
inferior y se encuentra con Aristipo. Aquél se refugia en sí para acrisolarse;
éste se ausenta de los demás para zambullirse en la sombra. El
individualismo es noble si un ideal lo alienta y lo eleva; sin ideal, es una
caída á más bajo nivel que la mediocridad misma.
En la Cirenaica griega, cuatro siglos antes del evo cristiano, Aristipo
anunció que la única regla de la vida era el placer máximo, buscado por
todos los medios, como si la naturaleza dictara al hombre el hartazgo de los
sentidos y la ausencia de ideal. La sensualidad, erigida en sistema, llevaba
al placer tumultuoso, sin seleccionarlo. Los cirenaicos llegaron á despreciar
la vida misma: sus últimos pregoneros encomiaron el suicidio. Tal ética,
practicada instintivamente por los escépticos y los depravados de todos los
tiempos, no fué lealmente erigida en sistema después de entonces. El placer
—como simple sensualidad cuantitativa—es absurdo é imprevisor; no
puede sustentar una moral. Sería erigir á los sentidos en jueces. Deben ser
otros. ¿Estaría la felicidad en perseguir un interés bien ponderado? Un
egoísmo prudente y cualitativo, que elija y calcule, reemplazaría á los
apetitos ciegos. En vez del placer basto tendríase el deleite refinado, que
prevé, coordina, prepara, goza antes é infinitamente más, pues la
inteligencia gusta de centuplicar los goces futuros en sabias alquimias de
preparación. Los epicúreos se apartan ya del cirenaísmo. Aristipo refugia la
dicha en los burdos goces materiales; Epicuro la encumbra en la mente, la
idealiza por la imaginación. Para aquél valen todos los placeres y se buscan
de cualquier manera, desatados sin freno; para éste deben ser elegidos y
dignificados por un sello de armonía. La originaria moral de Epicuro es
toda refinamiento: su creador vivió una vida honorable y pura. Su ley es
buscar la dicha y huir el dolor, prefiriendo las cosas que dejan un saldo á
favor del primero. Esa aritmética de las emociones no es incompatible con
la dignidad, el ingenio y la virtud, que son perfecciones ideales; permite
practicarlas, si en ellas puede encontrarse una fuente de placer.
En otra moral helénica encuentra sus moldes perfectos el idealismo
experimental. Zenón dió á la humanidad una suprema doctrina de virtud
heroica. La dignidad se identifica con el ideal: no conoce la historia más
bellos ejemplos de conducta. Séneca, digno en la corte del propio Nerón,
las simpatías de los mediocres. Hay dos morales egoístas. El digno elige la
elevada, la de Zenón ó la de Epicuro; el mediocre opta siempre por la
inferior y se encuentra con Aristipo. Aquél se refugia en sí para acrisolarse;
éste se ausenta de los demás para zambullirse en la sombra. El
individualismo es noble si un ideal lo alienta y lo eleva; sin ideal, es una
caída á más bajo nivel que la mediocridad misma.
En la Cirenaica griega, cuatro siglos antes del evo cristiano, Aristipo
anunció que la única regla de la vida era el placer máximo, buscado por
todos los medios, como si la naturaleza dictara al hombre el hartazgo de los
sentidos y la ausencia de ideal. La sensualidad, erigida en sistema, llevaba
al placer tumultuoso, sin seleccionarlo. Los cirenaicos llegaron á despreciar
la vida misma: sus últimos pregoneros encomiaron el suicidio. Tal ética,
practicada instintivamente por los escépticos y los depravados de todos los
tiempos, no fué lealmente erigida en sistema después de entonces. El placer
—como simple sensualidad cuantitativa—es absurdo é imprevisor; no
puede sustentar una moral. Sería erigir á los sentidos en jueces. Deben ser
otros. ¿Estaría la felicidad en perseguir un interés bien ponderado? Un
egoísmo prudente y cualitativo, que elija y calcule, reemplazaría á los
apetitos ciegos. En vez del placer basto tendríase el deleite refinado, que
prevé, coordina, prepara, goza antes é infinitamente más, pues la
inteligencia gusta de centuplicar los goces futuros en sabias alquimias de
preparación. Los epicúreos se apartan ya del cirenaísmo. Aristipo refugia la
dicha en los burdos goces materiales; Epicuro la encumbra en la mente, la
idealiza por la imaginación. Para aquél valen todos los placeres y se buscan
de cualquier manera, desatados sin freno; para éste deben ser elegidos y
dignificados por un sello de armonía. La originaria moral de Epicuro es
toda refinamiento: su creador vivió una vida honorable y pura. Su ley es
buscar la dicha y huir el dolor, prefiriendo las cosas que dejan un saldo á
favor del primero. Esa aritmética de las emociones no es incompatible con
la dignidad, el ingenio y la virtud, que son perfecciones ideales; permite
practicarlas, si en ellas puede encontrarse una fuente de placer.
En otra moral helénica encuentra sus moldes perfectos el idealismo
experimental. Zenón dió á la humanidad una suprema doctrina de virtud
heroica. La dignidad se identifica con el ideal: no conoce la historia más
bellos ejemplos de conducta. Séneca, digno en la corte del propio Nerón,
Page 33
además de predicar con arte exquisito su doctrina, la aplicó con bello coraje
en la hora extrema. Solamente Sócrates murió mejor que él, y ambos más
dignamente que Jesús. Son las tres grandes muertes de la historia.
La dignidad estoica tuvo su apóstol en Epicteto. Una convincente
elocuencia de sofista caldeaba su palabra de liberto. Vivió como el más
humilde, satisfecho con lo que tenía, durmiendo en casa sin puertas,
entregado á meditar y educar, hasta el decreto que proscribió de Roma á los
filósofos. Enseñó á distinguir, en toda cosa, lo que depende y lo que no
depende de nosotros. Lo primero nadie puede cohibirlo; lo demás está
subordinado á fuerzas extrañas. Colocar el Ideal en lo que depende de
nosotros y ser indiferentes á lo demás: he ahí la fórmula del idealismo
experimental.
Es desdeñable todo lo que suele desear ó temer el mediocre. Si las
resistencias en el camino de la perfección dependen de otros, conviene
prescindir de ellas, como si no existiesen, y redoblar el esfuerzo
enaltecedor. La realidad no tuerce ni desvía á los idealistas, aunque los
obste ó retarde. Deseando influir sobre cosas que de él no dependen,
encontraría obstáculos en todas partes; contra esa hostilidad de su ambiente
sólo puede rebelarse la imaginación. El que sirve á un Ideal, vive de él:
nadie le forzará á soñar lo que no quiere ni le impedirá ascender hacia su
ensueño.
Esta moral no es una contemplación pasiva: renuncia solamente á participar
del mal. Su asentimiento no es apatía ni inercia. Apartarse no es morir. Si la
hora llega es afirmación sublime, como lo fué en Marco Aurelio, nunca
igualado en regir destinos de pueblos: sólo él pudo inspirar las páginas más
hondas de Renán y las más líricas de Paul de Saint Victor. Delicado y
penetrante, su estoicismo es más propicio para templar caracteres que para
consolar corazones. Con él alcanzó el pensamiento antiguo su más tranquila
nobleza. Entre perversos é ingratos que le circuían, enseñó á dar sus
racimos, como la viña, sin reclamar precio alguno, preparándose para cargar
otros en la vendimia futura. Los idealistas son hombres de su estirpe,
ignoran el bien que hacen á la mediocridad, su enemiga. Cuando arrecia el
encanallamiento de los rebaños, cuando más sofocante tórnase el clima de
las mediocracias, ellos crean un nuevo ambiente moral, sembrando ideales:
una nueva generación, aprendiendo á amarlos, se ennoblece. Frente á las
burguesías afiebradas por remontar el nivel del bienestar material,—
en la hora extrema. Solamente Sócrates murió mejor que él, y ambos más
dignamente que Jesús. Son las tres grandes muertes de la historia.
La dignidad estoica tuvo su apóstol en Epicteto. Una convincente
elocuencia de sofista caldeaba su palabra de liberto. Vivió como el más
humilde, satisfecho con lo que tenía, durmiendo en casa sin puertas,
entregado á meditar y educar, hasta el decreto que proscribió de Roma á los
filósofos. Enseñó á distinguir, en toda cosa, lo que depende y lo que no
depende de nosotros. Lo primero nadie puede cohibirlo; lo demás está
subordinado á fuerzas extrañas. Colocar el Ideal en lo que depende de
nosotros y ser indiferentes á lo demás: he ahí la fórmula del idealismo
experimental.
Es desdeñable todo lo que suele desear ó temer el mediocre. Si las
resistencias en el camino de la perfección dependen de otros, conviene
prescindir de ellas, como si no existiesen, y redoblar el esfuerzo
enaltecedor. La realidad no tuerce ni desvía á los idealistas, aunque los
obste ó retarde. Deseando influir sobre cosas que de él no dependen,
encontraría obstáculos en todas partes; contra esa hostilidad de su ambiente
sólo puede rebelarse la imaginación. El que sirve á un Ideal, vive de él:
nadie le forzará á soñar lo que no quiere ni le impedirá ascender hacia su
ensueño.
Esta moral no es una contemplación pasiva: renuncia solamente á participar
del mal. Su asentimiento no es apatía ni inercia. Apartarse no es morir. Si la
hora llega es afirmación sublime, como lo fué en Marco Aurelio, nunca
igualado en regir destinos de pueblos: sólo él pudo inspirar las páginas más
hondas de Renán y las más líricas de Paul de Saint Victor. Delicado y
penetrante, su estoicismo es más propicio para templar caracteres que para
consolar corazones. Con él alcanzó el pensamiento antiguo su más tranquila
nobleza. Entre perversos é ingratos que le circuían, enseñó á dar sus
racimos, como la viña, sin reclamar precio alguno, preparándose para cargar
otros en la vendimia futura. Los idealistas son hombres de su estirpe,
ignoran el bien que hacen á la mediocridad, su enemiga. Cuando arrecia el
encanallamiento de los rebaños, cuando más sofocante tórnase el clima de
las mediocracias, ellos crean un nuevo ambiente moral, sembrando ideales:
una nueva generación, aprendiendo á amarlos, se ennoblece. Frente á las
burguesías afiebradas por remontar el nivel del bienestar material,—
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ignorando que su mayor miseria es la falta de cultura,—ellos concentran sus
esfuerzos para aquilatar el respeto de las cosas del espíritu y el culto de
todas las originalidades descollantes. Mientras la vulgaridad obstruye las
vías del genio, de la santidad y del heroísmo, la sugestión de ideales
concurre á restituirlas, preparando el advenimiento de esas horas fecundas
que caracterizan la resurrección de las razas: el clima del genio.
Toda ética idealista transmuta los valores y eleva el rango del mérito; las
virtudes y los vicios trocan sus matices, en más ó en menos, creando
equilibrios nuevos. Ésa es, en el fondo, la obra de todos los moralistas: su
originalidad está en cambios de tono que modifican las perspectivas de un
cuadro cuyo fondo es casi impermutable. Frente á la mediocridad, que
empuja á ser vulgares, los caracteres dignos afirman su vehemencia de
ideal. Una mediocracia sin ideales,—como un individuo ó un grupo,—es vil
y escéptica, cobarde: contra ella cultivan hondos anhelos de perfección.
Frente á la ciencia hecha oficio, la Verdad como un culto; frente á la
honestidad de conveniencia, la Virtud desinteresada; frente al arte lucrativo
de los funcionarios, la Armonía inmarcesible de la línea, de la forma y del
color; frente á las complicidades de la política mediocrática, las máximas
expansiones del Individuo dentro de cada sociedad.
Cuando los rebaños callan, los idealistas levantan su voz. Una ciencia, un
arte, un país, una raza, estremecidos por su eco, salen de su cauce habitual.
El Genio es un guión que pone el destino entre dos párrafos de la historia.
Si aparece en los orígenes, crea ó funda; si en los resurgimientos, transmuta
ó desorbita. En ese instante remontan su vuelo todos los espíritus
superiores, templándose en pensamientos altos y para obras perennes.
En el vaivén eterno de las eras el porvenir es siempre de los visionarios. La
interminable contienda entre el idealismo y la mediocridad tiene su
símbolo: no pudo Cellini clavarlo en más digno sitio que la maravillosa
plaza de Florencia. Nunca mano de orfebre plasmó un concepto más
sublime: Perseo exhibiendo la cabeza de Medusa, cuyo cuerpo agítase en
contorsiones de reptil bajo sus pies alados. Cuando los temperamentos
idealistas se detienen ante el prodigio de Benvenuto, anímase el metal,
revive su fisonomía, sus labios articulan palabras perceptibles. Dice á los
jóvenes que toda brega por un Ideal es santa, aunque sea ilusorio el
resultado; que nunca hay error en seguir su temperamento y pensar con el
corazón, si ello contribuirá á crear una personalidad firme; que todo germen
esfuerzos para aquilatar el respeto de las cosas del espíritu y el culto de
todas las originalidades descollantes. Mientras la vulgaridad obstruye las
vías del genio, de la santidad y del heroísmo, la sugestión de ideales
concurre á restituirlas, preparando el advenimiento de esas horas fecundas
que caracterizan la resurrección de las razas: el clima del genio.
Toda ética idealista transmuta los valores y eleva el rango del mérito; las
virtudes y los vicios trocan sus matices, en más ó en menos, creando
equilibrios nuevos. Ésa es, en el fondo, la obra de todos los moralistas: su
originalidad está en cambios de tono que modifican las perspectivas de un
cuadro cuyo fondo es casi impermutable. Frente á la mediocridad, que
empuja á ser vulgares, los caracteres dignos afirman su vehemencia de
ideal. Una mediocracia sin ideales,—como un individuo ó un grupo,—es vil
y escéptica, cobarde: contra ella cultivan hondos anhelos de perfección.
Frente á la ciencia hecha oficio, la Verdad como un culto; frente á la
honestidad de conveniencia, la Virtud desinteresada; frente al arte lucrativo
de los funcionarios, la Armonía inmarcesible de la línea, de la forma y del
color; frente á las complicidades de la política mediocrática, las máximas
expansiones del Individuo dentro de cada sociedad.
Cuando los rebaños callan, los idealistas levantan su voz. Una ciencia, un
arte, un país, una raza, estremecidos por su eco, salen de su cauce habitual.
El Genio es un guión que pone el destino entre dos párrafos de la historia.
Si aparece en los orígenes, crea ó funda; si en los resurgimientos, transmuta
ó desorbita. En ese instante remontan su vuelo todos los espíritus
superiores, templándose en pensamientos altos y para obras perennes.
En el vaivén eterno de las eras el porvenir es siempre de los visionarios. La
interminable contienda entre el idealismo y la mediocridad tiene su
símbolo: no pudo Cellini clavarlo en más digno sitio que la maravillosa
plaza de Florencia. Nunca mano de orfebre plasmó un concepto más
sublime: Perseo exhibiendo la cabeza de Medusa, cuyo cuerpo agítase en
contorsiones de reptil bajo sus pies alados. Cuando los temperamentos
idealistas se detienen ante el prodigio de Benvenuto, anímase el metal,
revive su fisonomía, sus labios articulan palabras perceptibles. Dice á los
jóvenes que toda brega por un Ideal es santa, aunque sea ilusorio el
resultado; que nunca hay error en seguir su temperamento y pensar con el
corazón, si ello contribuirá á crear una personalidad firme; que todo germen
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de romanticismo debe alentarse, para enguirnaldar de aurora la única
primavera que no vuelve jamás. Y á los maduros, cuyas primeras canas
salpican de otoño sus más vehementes quimeras, instígalos á custodiar sus
ideales bajo el palio de la más severa dignidad, frente á las tentaciones que
conspiran para encenagarlos en la Estigia donde se abisman los mediocres.
Y en el gesto del bronce parece que el Idealismo decapitara á la
Mediocridad, entregando su cabeza al juicio de los siglos.
primavera que no vuelve jamás. Y á los maduros, cuyas primeras canas
salpican de otoño sus más vehementes quimeras, instígalos á custodiar sus
ideales bajo el palio de la más severa dignidad, frente á las tentaciones que
conspiran para encenagarlos en la Estigia donde se abisman los mediocres.
Y en el gesto del bronce parece que el Idealismo decapitara á la
Mediocridad, entregando su cabeza al juicio de los siglos.
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EL HOMBRE MEDIOCRE
«Cacciarli i ciel per non esser men belli,
Né le profondo Inferno li riceve...»
Dante. Inferno. Canto III.
I. «¿ÁUREA MEDIOCRITAS?»—II. DEFINICIÓN DEL
HOMBRE MEDIOCRE.—III. FUNCIÓN SOCIAL DE LA
MEDIOCRIDAD.—IV. LA VULGARIDAD.
I. «¿Áurea mediocritas?»
Hay cierta hora en que el pastor ingenuo se asombra ante la naturaleza que
le envuelve. La penumbra se espesa, el color de las cosas se uniforma en el
gris homogéneo de las siluetas, la primera humedad crepuscular levanta de
todas las hierbas un vaho de perfume, aquiétase el rebaño para prepararse al
sueño, la remota campana tañe su aviso plañidero. Al caer sobre las cosas la
liviana claridad lunar se emblanquece; algunas estrellas inquietan con su
titilación el firmamento y un lejano rumor de arroyo brincante en las breñas
parece conversar de misteriosos temas. Sentado en la piedra menos áspera
que encuentra al borde del camino, el pastor contempla y enmudece,
invitado á meditar por la convergencia del sitio y de la hora. Su admiración
primitiva es simple estupor. La poesía natural que le rodea, al reflejarse en
su imaginación, no se convierte en poema. Él es, apenas, un objeto en el
cuadro, una pincelada: como la piedra, el árbol, la oveja, el camino; un
accidente en la penumbra. Para él todas las cosas han sido siempre así y
seguirán siéndolo, desde la tierra que pisa hasta el rebaño que apacienta.
«Cacciarli i ciel per non esser men belli,
Né le profondo Inferno li riceve...»
Dante. Inferno. Canto III.
I. «¿ÁUREA MEDIOCRITAS?»—II. DEFINICIÓN DEL
HOMBRE MEDIOCRE.—III. FUNCIÓN SOCIAL DE LA
MEDIOCRIDAD.—IV. LA VULGARIDAD.
I. «¿Áurea mediocritas?»
Hay cierta hora en que el pastor ingenuo se asombra ante la naturaleza que
le envuelve. La penumbra se espesa, el color de las cosas se uniforma en el
gris homogéneo de las siluetas, la primera humedad crepuscular levanta de
todas las hierbas un vaho de perfume, aquiétase el rebaño para prepararse al
sueño, la remota campana tañe su aviso plañidero. Al caer sobre las cosas la
liviana claridad lunar se emblanquece; algunas estrellas inquietan con su
titilación el firmamento y un lejano rumor de arroyo brincante en las breñas
parece conversar de misteriosos temas. Sentado en la piedra menos áspera
que encuentra al borde del camino, el pastor contempla y enmudece,
invitado á meditar por la convergencia del sitio y de la hora. Su admiración
primitiva es simple estupor. La poesía natural que le rodea, al reflejarse en
su imaginación, no se convierte en poema. Él es, apenas, un objeto en el
cuadro, una pincelada: como la piedra, el árbol, la oveja, el camino; un
accidente en la penumbra. Para él todas las cosas han sido siempre así y
seguirán siéndolo, desde la tierra que pisa hasta el rebaño que apacienta.
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La inmensa masa de los hombres piensa con cabeza de ingenuo pastor: no
entendería el idioma de quien le explicara la evolución del universo ó de la
vida. Sus rutinas y sus prejuicios parécenle eternamente invariables; su
obtusa imaginación no concibe perfecciones pasadas ni venideras; el
estrecho horizonte de su experiencia constituye el límite forzoso de su
mente. No puede formarse un ideal. Encontrará en los ajenos una chispa
capaz de encender su fanatismo; será sectario, puede serlo. Nunca será
idealista; es imposible. Y no advertirá siquiera la ironía de cuantos le
invitan á arrebañarse en nombre de ideales que puede servir, no
comprender. Todo ideal, seguido por muchedumbres, sólo es pensado por
pocos visionarios que son sus amos. Para concebir una perfección es
indispensable cierta cultura. Los hombres bastos pueden tener fanatismos,
ideales jamás. Viven de dogmas que otros les imponen, esclavos de
fórmulas invariables, paralizadas por la herrumbre del tiempo: enemigos
naturales de todo amanecer y de toda cumbre. Individualmente son hombres
que no existen. No inspiran simpatías ni rencores acentuados. No admiran
ni espantan. Sería difícil decidir qué son más, si inútiles ó inofensivos.
Aisladamente no obstan á los caracteres originales: su existencia pasa
inadvertida. Cruzan el mundo como sombras insubstanciales, temiendo que
alguien pueda reprocharles esa osadía de existir en vano, como
contrabandistas de la vida.
Y lo son. Aunque los hombres carecemos de misión transcendental sobre la
tierra, en cuya superficie vivimos por igual motivo que la rosa y el gusano,
es necesario que algún ideal ennoblezca nuestra existencia: los más altos
placeres son inherentes á proponerse una perfección y perseguirla. Las
existencias vegetativas no tienen biografía: no vive el que no deja rastros en
las cosas ó en los espíritus. La vida sólo vale por el uso que de ella
hacemos, por las obras que realizamos. No ha vivido más el que cuenta más
años, sino el que ha sentido mejor algún ideal; las canas denuncian la vejez,
pero no dicen cuánta juventud la precedió. La medida justa del hombre está
en la duración de sus obras: la inmortalidad es el privilegio de quienes las
hacen sobrevivientes á los siglos, y por ellas se mide. El poder que se
maneja, los favores que se mendigan, el dinero que se amasa, las dignidades
que se consiguen, tienen cierto efímero valor para los apetitos del mediocre.
Pero hay algo que embellece los placeres y califica la vida del idealista: la
afirmación de la propia personalidad y la cantidad de hombría aquilatada en
la dignificación de nuestro yo. Vivir es aprender, para ignorar menos; es
entendería el idioma de quien le explicara la evolución del universo ó de la
vida. Sus rutinas y sus prejuicios parécenle eternamente invariables; su
obtusa imaginación no concibe perfecciones pasadas ni venideras; el
estrecho horizonte de su experiencia constituye el límite forzoso de su
mente. No puede formarse un ideal. Encontrará en los ajenos una chispa
capaz de encender su fanatismo; será sectario, puede serlo. Nunca será
idealista; es imposible. Y no advertirá siquiera la ironía de cuantos le
invitan á arrebañarse en nombre de ideales que puede servir, no
comprender. Todo ideal, seguido por muchedumbres, sólo es pensado por
pocos visionarios que son sus amos. Para concebir una perfección es
indispensable cierta cultura. Los hombres bastos pueden tener fanatismos,
ideales jamás. Viven de dogmas que otros les imponen, esclavos de
fórmulas invariables, paralizadas por la herrumbre del tiempo: enemigos
naturales de todo amanecer y de toda cumbre. Individualmente son hombres
que no existen. No inspiran simpatías ni rencores acentuados. No admiran
ni espantan. Sería difícil decidir qué son más, si inútiles ó inofensivos.
Aisladamente no obstan á los caracteres originales: su existencia pasa
inadvertida. Cruzan el mundo como sombras insubstanciales, temiendo que
alguien pueda reprocharles esa osadía de existir en vano, como
contrabandistas de la vida.
Y lo son. Aunque los hombres carecemos de misión transcendental sobre la
tierra, en cuya superficie vivimos por igual motivo que la rosa y el gusano,
es necesario que algún ideal ennoblezca nuestra existencia: los más altos
placeres son inherentes á proponerse una perfección y perseguirla. Las
existencias vegetativas no tienen biografía: no vive el que no deja rastros en
las cosas ó en los espíritus. La vida sólo vale por el uso que de ella
hacemos, por las obras que realizamos. No ha vivido más el que cuenta más
años, sino el que ha sentido mejor algún ideal; las canas denuncian la vejez,
pero no dicen cuánta juventud la precedió. La medida justa del hombre está
en la duración de sus obras: la inmortalidad es el privilegio de quienes las
hacen sobrevivientes á los siglos, y por ellas se mide. El poder que se
maneja, los favores que se mendigan, el dinero que se amasa, las dignidades
que se consiguen, tienen cierto efímero valor para los apetitos del mediocre.
Pero hay algo que embellece los placeres y califica la vida del idealista: la
afirmación de la propia personalidad y la cantidad de hombría aquilatada en
la dignificación de nuestro yo. Vivir es aprender, para ignorar menos; es
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amar, para vincularnos á una parte mayor de humanidad; es admirar, para
compartir las excelencias de la naturaleza y de los hombres; es un esfuerzo
por mejorarse, un incesante afán de elevación hacia ideales definidos.
Muchos nacen; pocos viven. Los hombres mediocres son innumerables y
vegetan moldeados por su rebaño, como cera fundida en el cuño social. Su
moralidad exigua y su inteligencia acorchada sujétanles á perpetua
disciplina del pensar y de la conducta; su existencia es puramente negativa
como unidades sociales. Sirven de cemento ó cañamazo para sostener á los
que viven y piensan.
Nunca se eleva sobre el nivel de los prejuicios colectivos: el mediocre es
áptero, no puede volar. Forma legión. Desgóznase cada uno hasta
acomodarse á la conducta común de la grey; está bien mediocrizado cuando
ningún rasgo permite individualizarlo. Al clasificar los caracteres humanos
en sensitivos y activos, Ribot comprendió la necesidad de separar los
mediocres, cuya característica es no tener ninguna: «indiferentes», viven sin
que se advierta su existencia. Son productos adventicios del medio, de las
circunstancias, de la educación que reciben, de las personas y las cosas que
los rodean. La sociedad piensa y quiere por ellos. No tienen voz, son un
eco. No hay líneas definidas ni en su propia sombra: es una penumbra.
En los idealistas hay profundidades ó encrespamientos sublimes, como en el
océano; en los mediocres la superficie dilátase en quietud imperturbable,
como en las ciénagas. Son el lastre de la sociedad: es su destino oponerse al
impulso de los originales. Hay en el fondo de su psicología una espesa
pincelada gris. La falta de personalidad los hace igualmente incapaces de
bien y de mal, si de su iniciativa depende. Desfilan á hurtadillas,
inadvertidos, sin aprender ni enseñar, diluyendo en tedios su insipidez
tranquila, vegetando en la sociedad que ignora su existencia: ceros á la
izquierda que nada califican y para nada cuentan. Su falta de robustez moral
háceles ceder á la más leve presión, sufrir todas las influencias, altas y
bajas, grandes y pequeñas, transitoriamente arrastrados á la altura por el
más leve céfiro ó revolcados por la ola menuda de un arroyuelo. Barcos de
amplio velamen, pero sin timón, no saben adivinar su propia ruta: ignoran si
irán á varar en una quieta playa arenosa ó á quebrarse estrellados contra un
escollo.
Están en todas partes, aunque en vano buscaríamos uno solo que se
conociera; si lo halláramos sería un original, por el simple hecho de
compartir las excelencias de la naturaleza y de los hombres; es un esfuerzo
por mejorarse, un incesante afán de elevación hacia ideales definidos.
Muchos nacen; pocos viven. Los hombres mediocres son innumerables y
vegetan moldeados por su rebaño, como cera fundida en el cuño social. Su
moralidad exigua y su inteligencia acorchada sujétanles á perpetua
disciplina del pensar y de la conducta; su existencia es puramente negativa
como unidades sociales. Sirven de cemento ó cañamazo para sostener á los
que viven y piensan.
Nunca se eleva sobre el nivel de los prejuicios colectivos: el mediocre es
áptero, no puede volar. Forma legión. Desgóznase cada uno hasta
acomodarse á la conducta común de la grey; está bien mediocrizado cuando
ningún rasgo permite individualizarlo. Al clasificar los caracteres humanos
en sensitivos y activos, Ribot comprendió la necesidad de separar los
mediocres, cuya característica es no tener ninguna: «indiferentes», viven sin
que se advierta su existencia. Son productos adventicios del medio, de las
circunstancias, de la educación que reciben, de las personas y las cosas que
los rodean. La sociedad piensa y quiere por ellos. No tienen voz, son un
eco. No hay líneas definidas ni en su propia sombra: es una penumbra.
En los idealistas hay profundidades ó encrespamientos sublimes, como en el
océano; en los mediocres la superficie dilátase en quietud imperturbable,
como en las ciénagas. Son el lastre de la sociedad: es su destino oponerse al
impulso de los originales. Hay en el fondo de su psicología una espesa
pincelada gris. La falta de personalidad los hace igualmente incapaces de
bien y de mal, si de su iniciativa depende. Desfilan á hurtadillas,
inadvertidos, sin aprender ni enseñar, diluyendo en tedios su insipidez
tranquila, vegetando en la sociedad que ignora su existencia: ceros á la
izquierda que nada califican y para nada cuentan. Su falta de robustez moral
háceles ceder á la más leve presión, sufrir todas las influencias, altas y
bajas, grandes y pequeñas, transitoriamente arrastrados á la altura por el
más leve céfiro ó revolcados por la ola menuda de un arroyuelo. Barcos de
amplio velamen, pero sin timón, no saben adivinar su propia ruta: ignoran si
irán á varar en una quieta playa arenosa ó á quebrarse estrellados contra un
escollo.
Están en todas partes, aunque en vano buscaríamos uno solo que se
conociera; si lo halláramos sería un original, por el simple hecho de
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enrolarse en la mediocridad. ¿Quién no se atribuye alguna virtud, cierto
talento ó un firme carácter? Muchos cerebros torpes se envanecen de su
testarudez, confundiendo esa cualidad mediocre con la firmeza, que es don
de pocos elegidos; los bribones se jactan de su bigardía y desvergüenza,
equivocándolas con el ingenio; los serviles y los parapocos pavonéanse de
honestos, como si la incapacidad del mal pudiera en caso alguno
confundirse con la virtud. Prescindiendo, pues, de la buena opinión que
todo mediocre tiene de sí mismo, estudiaremos la mediocridad
objetivamente, en sus aspectos fundamentales.
Ningún hombre es excepcional en todas sus aptitudes; pero son mediocres,
á carta cabal, los que no descuellan en ninguna.
Solicitan nuestra curiosidad por el solo hecho de rodearnos. Aunque
aisladamente no merezcan atención, en conjunto son instructivos.
Desfilan bajo nuestro lente como simples casos de historia natural, con
tanto derecho como los genios y los imbéciles. Existen: hay que estudiarlos.
El moralista dirá si la mediocridad es buena ó mala; al psicólogo le es
indiferente: observa los caracteres, los describe, los compara y los clasifica,
de igual manera que otros naturalistas observan fósiles ó mariposas.
Su existencia es necesaria. En todo lo que presenta grados hay mediocridad;
en la escala de la inteligencia humana el hombre mediocre es el claro-
obscuro entre el talento y la estulticie. No diremos, por eso, que toda
mediocridad es loable. Horacio no dijo «áurea mediocritas» en el sentido
general y absurdo que proclaman los incapaces de sobresalir por su ingenio,
por sus virtudes ó por sus obras. Otro fué el parecer del poeta: poniendo en
la tranquilidad y en la independencia el mayor bienestar del hombre,
enalteció los goces de un pasable vivir que dista por igual de la opulencia y
de la miseria, llamando áurea á esa mediocridad material. En cierto sentido
epicúreo, su sentencia es verdadera y confirma el remoto proverbio árabe:
«Un mediano bienestar tranquilo es preferible á la opulencia llena de
preocupaciones.» Pero inferir de ello que la mediocridad moral, intelectual
y de carácter, es digna de respetuoso homenaje, implica torcer la intención
misma de Horacio: en versos memorables menospreció á los poetas
mediocres, y es lícito extender su dicterio á cuantos hombres lo son de
espíritu. ¿Por qué se subvierte el sentido del «áurea mediocritas» clásico?
¿Por qué ese afán de suprimir desniveles entre los hombres y las sombras,
talento ó un firme carácter? Muchos cerebros torpes se envanecen de su
testarudez, confundiendo esa cualidad mediocre con la firmeza, que es don
de pocos elegidos; los bribones se jactan de su bigardía y desvergüenza,
equivocándolas con el ingenio; los serviles y los parapocos pavonéanse de
honestos, como si la incapacidad del mal pudiera en caso alguno
confundirse con la virtud. Prescindiendo, pues, de la buena opinión que
todo mediocre tiene de sí mismo, estudiaremos la mediocridad
objetivamente, en sus aspectos fundamentales.
Ningún hombre es excepcional en todas sus aptitudes; pero son mediocres,
á carta cabal, los que no descuellan en ninguna.
Solicitan nuestra curiosidad por el solo hecho de rodearnos. Aunque
aisladamente no merezcan atención, en conjunto son instructivos.
Desfilan bajo nuestro lente como simples casos de historia natural, con
tanto derecho como los genios y los imbéciles. Existen: hay que estudiarlos.
El moralista dirá si la mediocridad es buena ó mala; al psicólogo le es
indiferente: observa los caracteres, los describe, los compara y los clasifica,
de igual manera que otros naturalistas observan fósiles ó mariposas.
Su existencia es necesaria. En todo lo que presenta grados hay mediocridad;
en la escala de la inteligencia humana el hombre mediocre es el claro-
obscuro entre el talento y la estulticie. No diremos, por eso, que toda
mediocridad es loable. Horacio no dijo «áurea mediocritas» en el sentido
general y absurdo que proclaman los incapaces de sobresalir por su ingenio,
por sus virtudes ó por sus obras. Otro fué el parecer del poeta: poniendo en
la tranquilidad y en la independencia el mayor bienestar del hombre,
enalteció los goces de un pasable vivir que dista por igual de la opulencia y
de la miseria, llamando áurea á esa mediocridad material. En cierto sentido
epicúreo, su sentencia es verdadera y confirma el remoto proverbio árabe:
«Un mediano bienestar tranquilo es preferible á la opulencia llena de
preocupaciones.» Pero inferir de ello que la mediocridad moral, intelectual
y de carácter, es digna de respetuoso homenaje, implica torcer la intención
misma de Horacio: en versos memorables menospreció á los poetas
mediocres, y es lícito extender su dicterio á cuantos hombres lo son de
espíritu. ¿Por qué se subvierte el sentido del «áurea mediocritas» clásico?
¿Por qué ese afán de suprimir desniveles entre los hombres y las sombras,
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como si rebajando un poco á los excelentes y amerengando un poco á los
mediocres se amenguaran las desigualdades creadas por la naturaleza?
Sórdido anhelo de apelmazar la claridad y la tiniebla, confundiendo en una
misma penumbra á los transparentes y á los opacos.
La originalidad les parece herética. Todo perdonan menos esa herejía: ser
original es una cosa detestable. Los que tal sentencian inclínanse á
confundir el sentido común con el buen sentido, como si enmarañando la
significación de los vocablos se pudiera babelizar las ideas
correspondientes. Afirmemos el antagonismo. El sentido común es
colectivo, eminentemente plebocrático; el buen sentido es individual,
prerrogativa de la más absoluta aristocracia: la del ingenio. De esa
insalvable heterogeneidad nace la intolerancia de los rutinarios frente á
cualquier destello original: estrechan sus filas para defenderse, como si
fuera crimen la desigualdad. En vano las mediocracias resuelven ignorar
que esos desniveles son un postulado fundamental de la psicología. Las
costumbres y las leyes pueden establecer derechos comunes á todos los
hombres: éstos serán siempre tan desiguales como las olas que erizan la
superficie de un Océano.
En la lucha de la mediocridad contra los ideales, de lo vulgar contra lo
excelente, confúndese el elogio á lo subalterno con la difamación á lo
conspicuo, sabiendo que el uno y la otra conmueven por igual á los espíritus
arrocinados. Las mediocracias contemporáneas tejen su sorda telaraña en
torno de los genios, los santos y los héroes, velando su gloria ante la
multitud: ciérrase el corral cada vez que cimbra en las cercanías el aletazo
inequívoco de un águila.
La desigualdad humana no es un descubrimiento moderno. Plutarco
escribió, ha siglos, que «los animales de una misma especie difieren menos
entre sí que unos hombres de otros». (Obras morales, vol. 3.) Montaigne
suscribió esa opinión: «Hay más distancia entre tal y tal hombre, que entre
tal hombre y tal bestia: es decir, que el más excelente animal está más
próximo del hombre menos inteligente, que éste último de otro hombre
grande y excelente». (Ensayos, vol. I. cap. XLII.) Ajenos á las sugestiones
de la moral mediocrática, los psicólogos seguimos creyendo en la
desigualdad humana; ella será en el porvenir tan absoluta como en tiempos
de Plutarco ó de Montaigne.
mediocres se amenguaran las desigualdades creadas por la naturaleza?
Sórdido anhelo de apelmazar la claridad y la tiniebla, confundiendo en una
misma penumbra á los transparentes y á los opacos.
La originalidad les parece herética. Todo perdonan menos esa herejía: ser
original es una cosa detestable. Los que tal sentencian inclínanse á
confundir el sentido común con el buen sentido, como si enmarañando la
significación de los vocablos se pudiera babelizar las ideas
correspondientes. Afirmemos el antagonismo. El sentido común es
colectivo, eminentemente plebocrático; el buen sentido es individual,
prerrogativa de la más absoluta aristocracia: la del ingenio. De esa
insalvable heterogeneidad nace la intolerancia de los rutinarios frente á
cualquier destello original: estrechan sus filas para defenderse, como si
fuera crimen la desigualdad. En vano las mediocracias resuelven ignorar
que esos desniveles son un postulado fundamental de la psicología. Las
costumbres y las leyes pueden establecer derechos comunes á todos los
hombres: éstos serán siempre tan desiguales como las olas que erizan la
superficie de un Océano.
En la lucha de la mediocridad contra los ideales, de lo vulgar contra lo
excelente, confúndese el elogio á lo subalterno con la difamación á lo
conspicuo, sabiendo que el uno y la otra conmueven por igual á los espíritus
arrocinados. Las mediocracias contemporáneas tejen su sorda telaraña en
torno de los genios, los santos y los héroes, velando su gloria ante la
multitud: ciérrase el corral cada vez que cimbra en las cercanías el aletazo
inequívoco de un águila.
La desigualdad humana no es un descubrimiento moderno. Plutarco
escribió, ha siglos, que «los animales de una misma especie difieren menos
entre sí que unos hombres de otros». (Obras morales, vol. 3.) Montaigne
suscribió esa opinión: «Hay más distancia entre tal y tal hombre, que entre
tal hombre y tal bestia: es decir, que el más excelente animal está más
próximo del hombre menos inteligente, que éste último de otro hombre
grande y excelente». (Ensayos, vol. I. cap. XLII.) Ajenos á las sugestiones
de la moral mediocrática, los psicólogos seguimos creyendo en la
desigualdad humana; ella será en el porvenir tan absoluta como en tiempos
de Plutarco ó de Montaigne.
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Hay hombres mentalmente inferiores al término medio de su raza, de su
tiempo y de su clase social; también los hay superiores. Entre unos y otros
fluctúa una gran masa imposible de caracterizar por inferioridades ó
excelencias.
Los psicólogos no suelen ocuparse de estos seres arrebañados; el arte los
desdeña por incoloros; la historia no sabe sus nombres. Son poco
interesantes; en vano buscaríase en ellos la arista definida, la pincelada
firme, el rasgo característico. De igual desdén les cubren los moralistas; no
merecen el desprecio, fustigador de perversos, ni la apología, reservada á
los virtuosos. Pero, en conjunto, pueden estudiarse. Son los puntales de la
mediocridad, constituyen un régimen, representan un sistema especial de
intereses inconmovibles; ellos subvierten la tabla de los valores morales,
falsean nombres, desvirtúan conceptos: pensar es un desvarío, la dignidad
es irreverencia, es lirismo la justicia, la sinceridad es tontería, la admiración
una imprudencia, la pasión una ingenuidad, la virtud una estupidez...
Sustraídos á la curiosidad del sabio por la coraza de su insignificancia,
fortifícanse en la cohesión del total. Aunque privados de ese impulso que se
resuelve en esfuerzo por ser más ó mejor, que es la vida misma, la
complicidad del régimen suple muchas lagunas de sus biografías,
disputándolas al anónimo. Pero en vano: si el deseo de la gloria entrega al
pincel de un artista la efigie de un personaje mediocre, el tiempo hace
impersonal el retrato y conserva el nombre del retratista; y cuando sus
lacayos le costean un bronce, debajo del verdín que lo recubre parecen
filtrarse rojizos resplandores, como si un pudor incontenible lo encendiera
internamente.
Estudiemos á estos enemigos de todo ideal, rebeldes á la perfección, ciegos
á los astros. Existe una vastísima bibliografía de inferiores é insuficientes,
desde el criminal y el delirante hasta el retardado y el idiota; hay, también,
una rica literatura consagrada á estudiar el genio y el talento, amén de que
historia y arte convergen á mantener su culto. Unos y otros son, empero,
excepciones. Lo habitual no es el genio ni el idiota, no es el talento ni el
imbécil. El hombre común, el que nos rodea á millares, el que prospera y se
reproduce en el silencio y en la tiniebla, es el mediocre. Aislado, no
asombra al observador, pero su conjunto es omnipotente en ciertos
momentos de la historia: cuando reina el clima de la mediocridad.
tiempo y de su clase social; también los hay superiores. Entre unos y otros
fluctúa una gran masa imposible de caracterizar por inferioridades ó
excelencias.
Los psicólogos no suelen ocuparse de estos seres arrebañados; el arte los
desdeña por incoloros; la historia no sabe sus nombres. Son poco
interesantes; en vano buscaríase en ellos la arista definida, la pincelada
firme, el rasgo característico. De igual desdén les cubren los moralistas; no
merecen el desprecio, fustigador de perversos, ni la apología, reservada á
los virtuosos. Pero, en conjunto, pueden estudiarse. Son los puntales de la
mediocridad, constituyen un régimen, representan un sistema especial de
intereses inconmovibles; ellos subvierten la tabla de los valores morales,
falsean nombres, desvirtúan conceptos: pensar es un desvarío, la dignidad
es irreverencia, es lirismo la justicia, la sinceridad es tontería, la admiración
una imprudencia, la pasión una ingenuidad, la virtud una estupidez...
Sustraídos á la curiosidad del sabio por la coraza de su insignificancia,
fortifícanse en la cohesión del total. Aunque privados de ese impulso que se
resuelve en esfuerzo por ser más ó mejor, que es la vida misma, la
complicidad del régimen suple muchas lagunas de sus biografías,
disputándolas al anónimo. Pero en vano: si el deseo de la gloria entrega al
pincel de un artista la efigie de un personaje mediocre, el tiempo hace
impersonal el retrato y conserva el nombre del retratista; y cuando sus
lacayos le costean un bronce, debajo del verdín que lo recubre parecen
filtrarse rojizos resplandores, como si un pudor incontenible lo encendiera
internamente.
Estudiemos á estos enemigos de todo ideal, rebeldes á la perfección, ciegos
á los astros. Existe una vastísima bibliografía de inferiores é insuficientes,
desde el criminal y el delirante hasta el retardado y el idiota; hay, también,
una rica literatura consagrada á estudiar el genio y el talento, amén de que
historia y arte convergen á mantener su culto. Unos y otros son, empero,
excepciones. Lo habitual no es el genio ni el idiota, no es el talento ni el
imbécil. El hombre común, el que nos rodea á millares, el que prospera y se
reproduce en el silencio y en la tiniebla, es el mediocre. Aislado, no
asombra al observador, pero su conjunto es omnipotente en ciertos
momentos de la historia: cuando reina el clima de la mediocridad.
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Toca al psicólogo disecar su mente con firme escalpelo, como á los
cadáveres el profesor eternizado por Rembrandt en la «Lección de
Anatomía»: sus ojos parecen iluminarse al contemplar las entrañas mismas
de la naturaleza humana y se acarminan de emoción sus labios al
transfundir serenamente la verdad en cuantos le rodean. Tiene la firmeza del
que sólo confía en su propia mano para consumar la obra. ¿Por qué no
tendemos al hombre mediocre sobre nuestra mesa de autopsias, hasta saber
qué es, cómo es, qué hace, qué piensa, para qué sirve?
La etopeya del hombre mediocre constituirá un capítulo básico de la
psicología y de la moral.
II.—Definición del hombre mediocre.
La mediocridad es una ausencia de características personales que permitan
distinguir al individuo en su sociedad. Ésta ofrece á todos un mismo fardo
de rutinas, prejuicios y domesticidades; basta reunir cien hombres para que
ellos coincidan en lo impersonal: «Juntad mil genios en un Concilio y
tendréis el alma de un mediocre.» Esas palabras la denuncian
intrínsecamente: la mediocridad es el bajo nivel de las opiniones colectivas.
Mediocre no significa normal ni equilibrado. El hombre normal no existe.
No puede existir: nuestra especie evoluciona sin cesar y sus cambios
opéranse desigualmente en numerosos agregados sociales, distintos entre sí.
El hombre normal en una sociedad no lo es en otra; el de ha mil años no lo
sería hoy, ni en el porvenir.
Si pudiera medirse la mentalidad humana, los valores individuales
graduaríanse en escala continua, de lo bajo á lo alto. Entre los tipos
extremos existe una masa compacta de sujetos, más ó menos similares,
coincidentes en los términos centrales de la serie; en vano buscaríamos allí
al representante del llamado «Hombre normal». Aristóteles intentó dar con
él; siglos más tarde la peregrina ocurrencia reapareció en el torbellinesco
espíritu de Pascal.
Quételet pretendió formular una doctrina científica acerca del «Hombre
medio»: su ensayo es una burda exageración del abusado in medio stat
virtus. No incurriremos, pues, en el yerro de creer que los hombres
cadáveres el profesor eternizado por Rembrandt en la «Lección de
Anatomía»: sus ojos parecen iluminarse al contemplar las entrañas mismas
de la naturaleza humana y se acarminan de emoción sus labios al
transfundir serenamente la verdad en cuantos le rodean. Tiene la firmeza del
que sólo confía en su propia mano para consumar la obra. ¿Por qué no
tendemos al hombre mediocre sobre nuestra mesa de autopsias, hasta saber
qué es, cómo es, qué hace, qué piensa, para qué sirve?
La etopeya del hombre mediocre constituirá un capítulo básico de la
psicología y de la moral.
II.—Definición del hombre mediocre.
La mediocridad es una ausencia de características personales que permitan
distinguir al individuo en su sociedad. Ésta ofrece á todos un mismo fardo
de rutinas, prejuicios y domesticidades; basta reunir cien hombres para que
ellos coincidan en lo impersonal: «Juntad mil genios en un Concilio y
tendréis el alma de un mediocre.» Esas palabras la denuncian
intrínsecamente: la mediocridad es el bajo nivel de las opiniones colectivas.
Mediocre no significa normal ni equilibrado. El hombre normal no existe.
No puede existir: nuestra especie evoluciona sin cesar y sus cambios
opéranse desigualmente en numerosos agregados sociales, distintos entre sí.
El hombre normal en una sociedad no lo es en otra; el de ha mil años no lo
sería hoy, ni en el porvenir.
Si pudiera medirse la mentalidad humana, los valores individuales
graduaríanse en escala continua, de lo bajo á lo alto. Entre los tipos
extremos existe una masa compacta de sujetos, más ó menos similares,
coincidentes en los términos centrales de la serie; en vano buscaríamos allí
al representante del llamado «Hombre normal». Aristóteles intentó dar con
él; siglos más tarde la peregrina ocurrencia reapareció en el torbellinesco
espíritu de Pascal.
Quételet pretendió formular una doctrina científica acerca del «Hombre
medio»: su ensayo es una burda exageración del abusado in medio stat
virtus. No incurriremos, pues, en el yerro de creer que los hombres
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mediocres pueden reconocerse por atributos que serían un término medio de
los observados en la especie humana. En ese sentido es un producto de
estadística, sin corresponder á ningún individuo de existencia real.
Si para Quételet el «Hombre medio» correspondía á una síntesis estadística
de la especie, Morel lo consideró un ejemplar de la «edición princeps» de la
Humanidad, lanzada á la circulación por el Supremo Hacedor. «La
existencia de un tipo primitivo, que el espíritu humano se complace en
forjar como la obra maestra de la creación, es un hecho conforme con
nuestras creencias; la degeneración humana sólo es concebible como desvío
de un tipo primitivo, que contenía en sí los elementos de la continuidad de
la especie.» Partiendo de tal concepto, Morel definía la degeneración, en
todas sus formas, como una divergencia patológica del perfecto ejemplar
originario. De eso al culto por el hombre primitivo había un paso;
alejáronse, felizmente, de tal prejuicio los antropólogos contemporáneos. El
hombre—decimos ahora—es un animal que evoluciona en las edades más
recientes del planeta; no fué creado perfecto en su origen, ni consiste su
perfección en volver á sus formas ancestrales.
El concepto de la normalidad humana es relativo á determinado ambiente
social: es abstracto. Conviene afirmar, bien alto y en todos los tonos, que
hombre mediocre no significa, concretamente, hombre equilibrado: la
inercia no es un equilibrio. La mediocridad no es una complicada resultante
de energías, sino su ausencia. ¿Cómo confundir á los grandes equilibrados,
á Leonardo y á Goethe, con los amorfos? El equilibrio entre dos platillos
cargados no puede compararse con la quietud de una balanza vacía. El
hombre mediocre no es un modelo, sino una sombra; si hay peligros en la
idolatría de los héroes y los hombres representativos, á la manera de
Emerson ó Carlyle, más los hay en repetir esas fábulas que confunden la
mediocridad con la normalidad, señalando como una aberración ó un
crimen toda excelencia del carácter, de la virtud y del intelecto. Bovio ha
señalado este grave yerro, pintando al hombre medio con rasgos precisos:
«Es dócil, acomodaticio á todas las pequeñas oportunidades, adaptabilísimo
á todas las temperaturas de un día variable, avisado para los negocios,
resistente á las combinaciones de los astutos; pero dislocado de su mediocre
esfera y ungido por una feliz combinación de intrigas, él se derrumba
siempre, en seguida, precisamente porque es un equilibrista y no lleva en sí
las fuerzas del equilibrio. Equilibrista no significa equilibrado. Ése es el
los observados en la especie humana. En ese sentido es un producto de
estadística, sin corresponder á ningún individuo de existencia real.
Si para Quételet el «Hombre medio» correspondía á una síntesis estadística
de la especie, Morel lo consideró un ejemplar de la «edición princeps» de la
Humanidad, lanzada á la circulación por el Supremo Hacedor. «La
existencia de un tipo primitivo, que el espíritu humano se complace en
forjar como la obra maestra de la creación, es un hecho conforme con
nuestras creencias; la degeneración humana sólo es concebible como desvío
de un tipo primitivo, que contenía en sí los elementos de la continuidad de
la especie.» Partiendo de tal concepto, Morel definía la degeneración, en
todas sus formas, como una divergencia patológica del perfecto ejemplar
originario. De eso al culto por el hombre primitivo había un paso;
alejáronse, felizmente, de tal prejuicio los antropólogos contemporáneos. El
hombre—decimos ahora—es un animal que evoluciona en las edades más
recientes del planeta; no fué creado perfecto en su origen, ni consiste su
perfección en volver á sus formas ancestrales.
El concepto de la normalidad humana es relativo á determinado ambiente
social: es abstracto. Conviene afirmar, bien alto y en todos los tonos, que
hombre mediocre no significa, concretamente, hombre equilibrado: la
inercia no es un equilibrio. La mediocridad no es una complicada resultante
de energías, sino su ausencia. ¿Cómo confundir á los grandes equilibrados,
á Leonardo y á Goethe, con los amorfos? El equilibrio entre dos platillos
cargados no puede compararse con la quietud de una balanza vacía. El
hombre mediocre no es un modelo, sino una sombra; si hay peligros en la
idolatría de los héroes y los hombres representativos, á la manera de
Emerson ó Carlyle, más los hay en repetir esas fábulas que confunden la
mediocridad con la normalidad, señalando como una aberración ó un
crimen toda excelencia del carácter, de la virtud y del intelecto. Bovio ha
señalado este grave yerro, pintando al hombre medio con rasgos precisos:
«Es dócil, acomodaticio á todas las pequeñas oportunidades, adaptabilísimo
á todas las temperaturas de un día variable, avisado para los negocios,
resistente á las combinaciones de los astutos; pero dislocado de su mediocre
esfera y ungido por una feliz combinación de intrigas, él se derrumba
siempre, en seguida, precisamente porque es un equilibrista y no lleva en sí
las fuerzas del equilibrio. Equilibrista no significa equilibrado. Ése es el
Page 45
prejuicio más grave, del hombre mediocre equilibrado y del genio
desequilibrado.»
En sus más indulgentes comentaristas, ese equilibrio del mediocre opérase
entre cualidades poco dignas de admiración; su resultante es capaz de
amortiguar la ira más acendrada. Alguna vez, recibió Lombroso un
telegrama decididamente norteamericano. Era, en efecto, de un gran diario,
y solicitaba una extensa respuesta telegráfica á la pregunta presentada con
la sugerente recomendación de un cheque: ¿Cuál es el hombre normal? La
respuesta desconcertó, sin duda, á los lectores. Lejos de alabar sus virtudes,
hacía un cuadro de caracteres negativos y estériles: «buen apetito,
trabajador, ordenado, egoísta, aferrado á sus costumbres, misoneísta,
paciente, respetuoso de toda autoridad, animal doméstico.» Fruges
consumere natus, que dijo el poeta latino.
Con ligeras variantes, esa definición evoca la que dió Víctor Hehn del
«filisteo» alemán: «Producto de la costumbre, desprovisto de fantasía,
ornado por todas las virtudes de la mediocridad, llevando una vida honesta
gracias á la moderación de sus exigencias, perezoso en sus concepciones
intelectuales, sobrellevando con paciencia conmovedora todo el fardo de
prejuicios que heredó de sus antepasados.» En estas líneas refléjanse las
invectivas, ya clásicas, del poeta Heine contra la mentalidad corriente entre
sus compatriotas. Por su parte, Schopenhauer, en sus «Aforismos», definió
el perfecto filisteo como un ser que se deja engañar por las apariencias y
toma en serio todos los dogmatismos sociales: constantemente ocupado en
someterse á las farsas mundanas.
Existen varias definiciones del hombre mediocre, de carácter moral ó
estético. Para algunos, la mediocridad consistiría en la ineptitud para
ejercitar las más altas cualidades del ingenio; para otros, sería la inclinación
á pensar á ras de tierra. Mediocre correspondería á «burgués», por
contraposición á «artista»; Flaubert lo definió como «un hombre que piensa
bajamente». Juzgada con ese criterio, su personalidad parece detestable. Tal
resulta en la magnífica silueta de Hello, traspapelado prosista católico que
nos enseñó á admirar Rubén Darío. Distingue al mediocre del imbécil; éste
ocupa un extremo del mundo y el genio ocupa el otro; el mediocre está en el
centro. ¿Será, entonces, lo que en filosofía, en política ó en literatura, se
llama un ecléctico ó un justo-medio? De ninguna manera, contesta. El que
es justo-medio lo sabe, tiene la intención de serlo; el hombre mediocre es
desequilibrado.»
En sus más indulgentes comentaristas, ese equilibrio del mediocre opérase
entre cualidades poco dignas de admiración; su resultante es capaz de
amortiguar la ira más acendrada. Alguna vez, recibió Lombroso un
telegrama decididamente norteamericano. Era, en efecto, de un gran diario,
y solicitaba una extensa respuesta telegráfica á la pregunta presentada con
la sugerente recomendación de un cheque: ¿Cuál es el hombre normal? La
respuesta desconcertó, sin duda, á los lectores. Lejos de alabar sus virtudes,
hacía un cuadro de caracteres negativos y estériles: «buen apetito,
trabajador, ordenado, egoísta, aferrado á sus costumbres, misoneísta,
paciente, respetuoso de toda autoridad, animal doméstico.» Fruges
consumere natus, que dijo el poeta latino.
Con ligeras variantes, esa definición evoca la que dió Víctor Hehn del
«filisteo» alemán: «Producto de la costumbre, desprovisto de fantasía,
ornado por todas las virtudes de la mediocridad, llevando una vida honesta
gracias á la moderación de sus exigencias, perezoso en sus concepciones
intelectuales, sobrellevando con paciencia conmovedora todo el fardo de
prejuicios que heredó de sus antepasados.» En estas líneas refléjanse las
invectivas, ya clásicas, del poeta Heine contra la mentalidad corriente entre
sus compatriotas. Por su parte, Schopenhauer, en sus «Aforismos», definió
el perfecto filisteo como un ser que se deja engañar por las apariencias y
toma en serio todos los dogmatismos sociales: constantemente ocupado en
someterse á las farsas mundanas.
Existen varias definiciones del hombre mediocre, de carácter moral ó
estético. Para algunos, la mediocridad consistiría en la ineptitud para
ejercitar las más altas cualidades del ingenio; para otros, sería la inclinación
á pensar á ras de tierra. Mediocre correspondería á «burgués», por
contraposición á «artista»; Flaubert lo definió como «un hombre que piensa
bajamente». Juzgada con ese criterio, su personalidad parece detestable. Tal
resulta en la magnífica silueta de Hello, traspapelado prosista católico que
nos enseñó á admirar Rubén Darío. Distingue al mediocre del imbécil; éste
ocupa un extremo del mundo y el genio ocupa el otro; el mediocre está en el
centro. ¿Será, entonces, lo que en filosofía, en política ó en literatura, se
llama un ecléctico ó un justo-medio? De ninguna manera, contesta. El que
es justo-medio lo sabe, tiene la intención de serlo; el hombre mediocre es
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justo-medio sin sospecharlo. Lo es por naturaleza, no por opinión; por
carácter, no por accidente. En todo minuto de su vida, y en cualquier estado
de ánimo, será siempre mediocre. Su rasgo característico, absolutamente
inequívoco, es su deferencia por la opinión de los demás. No habla nunca;
repite siempre. Juzga á los hombres como los oye juzgar. Reverenciará á su
más cruel adversario, si éste se encumbra; desdeñará á su mejor amigo, si
nadie lo elogia. Su criterio carece de iniciativas. Sus admiraciones son
prudentes. Sus entusiasmos son oficiales. Esa definición descriptiva,—
análoga á las que repitiera Barbey D'Aurevilly—, posee muy sugestiva
elocuencia, pero no es satisfactoria.
El «hombre normal» de Bovio y de Lombroso, corresponde al «filisteo» de
Heine, de Schopenhauer y de Hehn, aproximándose ambos al «burgués»
antiartístico de Flaubert y Barbey D'Aurevilly. Pero, fuerza es reconocerlo,
tales definiciones no precisan gran cosa desde el punto de vista psicológico
y social; conviene buscar una más exacta é inequívoca, abordando el
problema por otros caminos.
No obstante sus infinitas diferencias, existen grupos de hombres que pueden
englobarse dentro de tipos similares; tales clasificaciones, simplemente
aproximativas, constituyen la ciencia de los caracteres humanos, la
«etología.» Los antiguos fundábanla sobre los temperamentos; los
modernos buscan sus bases en la preponderancia de ciertas funciones
psicológicas.
Esas clasificaciones, admisibles desde algún punto de vista especial, son
insuficientes para el nuestro. Si observamos cualquier rebaño humano, el
rango de los hombres que lo componen resulta siempre «relativo» al
conjunto: es un valor social. Ése es el nudo del problema. Cada hombre es
el producto de dos factores: la herencia y la educación. La primera tiende á
proveerle de los órganos y las funciones mentales que le transmiten las
generaciones precedentes; la segunda es el resultado de las múltiples
influencias del medio social en que el individuo está obligado á vivir. La
acción educativa es una adaptación de las tendencias hereditarias á la
mentalidad colectiva: una continua aclimatación del individuo en la
sociedad.
El niño desarróllase como un animal de la especie humana, hasta que
empieza á distinguir las cosas inertes de los seres vivos y á reconocer entre
carácter, no por accidente. En todo minuto de su vida, y en cualquier estado
de ánimo, será siempre mediocre. Su rasgo característico, absolutamente
inequívoco, es su deferencia por la opinión de los demás. No habla nunca;
repite siempre. Juzga á los hombres como los oye juzgar. Reverenciará á su
más cruel adversario, si éste se encumbra; desdeñará á su mejor amigo, si
nadie lo elogia. Su criterio carece de iniciativas. Sus admiraciones son
prudentes. Sus entusiasmos son oficiales. Esa definición descriptiva,—
análoga á las que repitiera Barbey D'Aurevilly—, posee muy sugestiva
elocuencia, pero no es satisfactoria.
El «hombre normal» de Bovio y de Lombroso, corresponde al «filisteo» de
Heine, de Schopenhauer y de Hehn, aproximándose ambos al «burgués»
antiartístico de Flaubert y Barbey D'Aurevilly. Pero, fuerza es reconocerlo,
tales definiciones no precisan gran cosa desde el punto de vista psicológico
y social; conviene buscar una más exacta é inequívoca, abordando el
problema por otros caminos.
No obstante sus infinitas diferencias, existen grupos de hombres que pueden
englobarse dentro de tipos similares; tales clasificaciones, simplemente
aproximativas, constituyen la ciencia de los caracteres humanos, la
«etología.» Los antiguos fundábanla sobre los temperamentos; los
modernos buscan sus bases en la preponderancia de ciertas funciones
psicológicas.
Esas clasificaciones, admisibles desde algún punto de vista especial, son
insuficientes para el nuestro. Si observamos cualquier rebaño humano, el
rango de los hombres que lo componen resulta siempre «relativo» al
conjunto: es un valor social. Ése es el nudo del problema. Cada hombre es
el producto de dos factores: la herencia y la educación. La primera tiende á
proveerle de los órganos y las funciones mentales que le transmiten las
generaciones precedentes; la segunda es el resultado de las múltiples
influencias del medio social en que el individuo está obligado á vivir. La
acción educativa es una adaptación de las tendencias hereditarias á la
mentalidad colectiva: una continua aclimatación del individuo en la
sociedad.
El niño desarróllase como un animal de la especie humana, hasta que
empieza á distinguir las cosas inertes de los seres vivos y á reconocer entre
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éstos á sus semejantes. Su experiencia individual es, entonces, coadyuvada
por las personas que le rodean, tornándose cada vez más decisiva la
influencia del medio. Desde ese momento evoluciona como un miembro de
su sociedad y sus hábitos se organizan mediante la imitación. El hombre
incapaz de imitar no alcanza cierto nivel, permanece «inferior» respecto de
la sociedad en que vive. Si la imitación desempeña un papel amplísimo,
casi exclusivo, en la formación de la personalidad, actuando por un
verdadero mimetismo social, la invención produce, en cambio, las
variaciones individuales. Aquélla es conservadora y actúa creando hábitos;
ésta es evolutiva y se desarrolla mediante la imaginación. Todos no pueden
inventar ó imitar de la misma manera; esas aptitudes se ejercitan sobre la
base de cierta capacidad congénita, recibida mediante la herencia
psicológica. La adaptación del individuo á su medio depende del equilibrio
entre lo que imita y lo que inventa.
La variación individual determina la originalidad, rompiendo las coyundas
de la rutina. Variar es ser alguien, diferenciarse es tener un carácter propio,
un penacho, grande ó pequeño: emblema, al fin, de que no se vive como
simple reflejo de los demás. El símbolo del hombre mediocre es la
paciencia imitativa; del hombre superior, la imaginación creadora. El
mediocre aspira á confundirse en los que le rodean; eso lo sobrepone al
inferior inadaptable. El original aspira á diferenciarse de los demás,
sobrepasándolos en pensamiento, en virtudes ó en acción. Mientras el
mediocre se concreta á pensar con la cabeza de la sociedad, el original
aspira á pensar con la propia. En ello estriba la desconfianza con que es
mirado por los mediocres: nada les parece tan peligroso como un hombre
que aspira á pensar con su cabeza.
Podemos ya recapitular. Considerando á cada hombre con relación á su
medio, tres elementos concurren á formar su personalidad: la herencia
biológica, la imitación social y la variación individual.
Todos, al nacer, reciben como herencia de la especie los elementos para
adquirir una «personalidad específica» común á todo animal humano, é
insuficiente para adaptarlo á la mentalidad social. Ella es propia de los
hombres inferiores.
Los más, mediante la educación imitativa, copian de las personas que los
rodean una «personalidad social» perfectamente adaptada, condición
por las personas que le rodean, tornándose cada vez más decisiva la
influencia del medio. Desde ese momento evoluciona como un miembro de
su sociedad y sus hábitos se organizan mediante la imitación. El hombre
incapaz de imitar no alcanza cierto nivel, permanece «inferior» respecto de
la sociedad en que vive. Si la imitación desempeña un papel amplísimo,
casi exclusivo, en la formación de la personalidad, actuando por un
verdadero mimetismo social, la invención produce, en cambio, las
variaciones individuales. Aquélla es conservadora y actúa creando hábitos;
ésta es evolutiva y se desarrolla mediante la imaginación. Todos no pueden
inventar ó imitar de la misma manera; esas aptitudes se ejercitan sobre la
base de cierta capacidad congénita, recibida mediante la herencia
psicológica. La adaptación del individuo á su medio depende del equilibrio
entre lo que imita y lo que inventa.
La variación individual determina la originalidad, rompiendo las coyundas
de la rutina. Variar es ser alguien, diferenciarse es tener un carácter propio,
un penacho, grande ó pequeño: emblema, al fin, de que no se vive como
simple reflejo de los demás. El símbolo del hombre mediocre es la
paciencia imitativa; del hombre superior, la imaginación creadora. El
mediocre aspira á confundirse en los que le rodean; eso lo sobrepone al
inferior inadaptable. El original aspira á diferenciarse de los demás,
sobrepasándolos en pensamiento, en virtudes ó en acción. Mientras el
mediocre se concreta á pensar con la cabeza de la sociedad, el original
aspira á pensar con la propia. En ello estriba la desconfianza con que es
mirado por los mediocres: nada les parece tan peligroso como un hombre
que aspira á pensar con su cabeza.
Podemos ya recapitular. Considerando á cada hombre con relación á su
medio, tres elementos concurren á formar su personalidad: la herencia
biológica, la imitación social y la variación individual.
Todos, al nacer, reciben como herencia de la especie los elementos para
adquirir una «personalidad específica» común á todo animal humano, é
insuficiente para adaptarlo á la mentalidad social. Ella es propia de los
hombres inferiores.
Los más, mediante la educación imitativa, copian de las personas que los
rodean una «personalidad social» perfectamente adaptada, condición
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inherente á todo hombre mediocre.
Una minoría, además de imitar la mentalidad social, adquiere variaciones
propias, una «personalidad individual»: patrimonio exclusivo de los
hombres originales.
Los miembros de una sociedad estratifícanse en tres categorías: hombres
inferiores, hombres mediocres y hombres superiores.
El inferior es un animal humano; en su mentalidad enseñoréanse las
tendencias instintivas condensadas por la herencia. Su ineptitud para la
imitación le impide adaptarse al medio en que vive; su personalidad no se
desarrolla hasta el nivel corriente en su rebaño, viviendo por debajo de la
moral ó de la cultura dominantes, y en muchos casos fuera de la legalidad.
Esa insuficiente adaptación determina su incapacidad para pensar como los
demás.
El mediocre es una sombra proyectada por la sociedad; es por esencia
imitativo y está perfectamente adaptado para vivir en rebaño, reflejando las
rutinas, prejuicios y dogmatismos reconocidamente útiles para la
domesticidad. Así como el inferior hereda el «alma de la especie», el
mediocre adquiere el «alma de la sociedad». Su característica es imitar á
cuantos le rodean: pensar con cabeza ajena.
El superior es un accidente provechoso para la evolución humana. Es
original é imaginativo, desadaptándose del medio social en la medida de su
propia variación. Ésta se sobrepone á los atributos hereditarios del «alma de
la especie» y á las adquisiciones imitativas del «alma de la sociedad»,
constituyendo las aristas singulares del «alma individual» que lo distingue
dentro de su grey. Es idealista, precursor de nuevas formas de perfección:
piensa mejor que la sociedad en que vive.
III.—Función social de la mediocridad.
Todo lo que existe es necesario. Los mediocres son útiles para el equilibrio
social: poco importa que ellos se cuenten por millares y los idealistas en
dedos de una mano. Sin la sombra ignoraríamos el valor de la luz. La
infamia nos induce á respetar la virtud; la miel no sería dulce si el acíbar no
enseñara á paladear la amargura; admiramos el vuelo del águila porque
Una minoría, además de imitar la mentalidad social, adquiere variaciones
propias, una «personalidad individual»: patrimonio exclusivo de los
hombres originales.
Los miembros de una sociedad estratifícanse en tres categorías: hombres
inferiores, hombres mediocres y hombres superiores.
El inferior es un animal humano; en su mentalidad enseñoréanse las
tendencias instintivas condensadas por la herencia. Su ineptitud para la
imitación le impide adaptarse al medio en que vive; su personalidad no se
desarrolla hasta el nivel corriente en su rebaño, viviendo por debajo de la
moral ó de la cultura dominantes, y en muchos casos fuera de la legalidad.
Esa insuficiente adaptación determina su incapacidad para pensar como los
demás.
El mediocre es una sombra proyectada por la sociedad; es por esencia
imitativo y está perfectamente adaptado para vivir en rebaño, reflejando las
rutinas, prejuicios y dogmatismos reconocidamente útiles para la
domesticidad. Así como el inferior hereda el «alma de la especie», el
mediocre adquiere el «alma de la sociedad». Su característica es imitar á
cuantos le rodean: pensar con cabeza ajena.
El superior es un accidente provechoso para la evolución humana. Es
original é imaginativo, desadaptándose del medio social en la medida de su
propia variación. Ésta se sobrepone á los atributos hereditarios del «alma de
la especie» y á las adquisiciones imitativas del «alma de la sociedad»,
constituyendo las aristas singulares del «alma individual» que lo distingue
dentro de su grey. Es idealista, precursor de nuevas formas de perfección:
piensa mejor que la sociedad en que vive.
III.—Función social de la mediocridad.
Todo lo que existe es necesario. Los mediocres son útiles para el equilibrio
social: poco importa que ellos se cuenten por millares y los idealistas en
dedos de una mano. Sin la sombra ignoraríamos el valor de la luz. La
infamia nos induce á respetar la virtud; la miel no sería dulce si el acíbar no
enseñara á paladear la amargura; admiramos el vuelo del águila porque
Page 49
conocemos el arrastramiento de la oruga; encanta más el gorjeo del ruiseñor
cuando se ha escuchado el silbido de la serpiente. De igual manera todo
hombre posee un valor de contraste, si no lo tiene de afirmación; es un
detalle necesario en la infinita evolución del protohombre al superhombre.
El mediocre, peldaño social entre el imbécil y el genio, representa un
progreso comparado con el primero y ocupa su rango si le comparamos con
el segundo. Si fuera inútil no existiría: la selección natural habríale
exterminado. Ello no ocurre. Sus idiosincracias son relativas al medio y al
momento en que actúa. Es tan necesario para la sociedad como las palabras
para el estilo; pero no basta alinearlas para crearlo. La mediocridad yace en
el diccionario; el estilo es una originalidad individual.
Los temperamentos idealistas, románticos, imaginativos, sea cual fuere su
escuela filosófica ó su credo literario, le son hostiles. Toda moral
individualista ó estética condena la mediocridad: desde Renán y Hugo hasta
Guyau y Flaubert. La creación de belleza es un esfuerzo original; la historia
del arte conserva los nombres de pocos creadores y olvida á innúmeros
secuaces que los imitan.
Pero ante la moral social, utilitaria siempre, los mediocres encuentran una
justificación, como todo lo que existe por necesidad. El contraste eterno
entre las fuerzas que pujan en las sociedades humanas, se traduce por la
lucha entre dos grandes actitudes que agitan la mentalidad colectiva: el
espíritu conservador ó rutinario y el espíritu original ó de rebeldía.
Bellas páginas les consagró Dorado. Cree imposible dividir la humanidad
en dos categorías de hombres, los unos rebeldes en todo y los otros en todo
rutinarios; si así fuera, no sabría decirse cuáles interpretan mejor la vida. No
es factible un vivir inmóvil de gentes todas conservadoras, ni lo es un
instable ajetreo de rebeldes é insumisos, para quienes nada existente sea
bueno y ningún sendero digno de seguirse. Es verosímil que ambas fuerzas
sean igualmente imprescindibles. Obligados á elegir, ¿obtendría la
preferencia una actitud conservadora? La originalidad necesita un
contrapeso robusto que prevenga sus excesos; habría ligereza en fustigar á
los hombres metódicos y de paso tardío si ellos constituyeran los tejidos
sociales más resistentes, soporte de los otros. Lo mismo que en los
organismos, los distintos elementos sociales se sirven mutuamente de
sostén; en vez de mirarse como enemigos debieran considerarse
cooperadores en una obra única, pero complicada. Si en el mundo no
cuando se ha escuchado el silbido de la serpiente. De igual manera todo
hombre posee un valor de contraste, si no lo tiene de afirmación; es un
detalle necesario en la infinita evolución del protohombre al superhombre.
El mediocre, peldaño social entre el imbécil y el genio, representa un
progreso comparado con el primero y ocupa su rango si le comparamos con
el segundo. Si fuera inútil no existiría: la selección natural habríale
exterminado. Ello no ocurre. Sus idiosincracias son relativas al medio y al
momento en que actúa. Es tan necesario para la sociedad como las palabras
para el estilo; pero no basta alinearlas para crearlo. La mediocridad yace en
el diccionario; el estilo es una originalidad individual.
Los temperamentos idealistas, románticos, imaginativos, sea cual fuere su
escuela filosófica ó su credo literario, le son hostiles. Toda moral
individualista ó estética condena la mediocridad: desde Renán y Hugo hasta
Guyau y Flaubert. La creación de belleza es un esfuerzo original; la historia
del arte conserva los nombres de pocos creadores y olvida á innúmeros
secuaces que los imitan.
Pero ante la moral social, utilitaria siempre, los mediocres encuentran una
justificación, como todo lo que existe por necesidad. El contraste eterno
entre las fuerzas que pujan en las sociedades humanas, se traduce por la
lucha entre dos grandes actitudes que agitan la mentalidad colectiva: el
espíritu conservador ó rutinario y el espíritu original ó de rebeldía.
Bellas páginas les consagró Dorado. Cree imposible dividir la humanidad
en dos categorías de hombres, los unos rebeldes en todo y los otros en todo
rutinarios; si así fuera, no sabría decirse cuáles interpretan mejor la vida. No
es factible un vivir inmóvil de gentes todas conservadoras, ni lo es un
instable ajetreo de rebeldes é insumisos, para quienes nada existente sea
bueno y ningún sendero digno de seguirse. Es verosímil que ambas fuerzas
sean igualmente imprescindibles. Obligados á elegir, ¿obtendría la
preferencia una actitud conservadora? La originalidad necesita un
contrapeso robusto que prevenga sus excesos; habría ligereza en fustigar á
los hombres metódicos y de paso tardío si ellos constituyeran los tejidos
sociales más resistentes, soporte de los otros. Lo mismo que en los
organismos, los distintos elementos sociales se sirven mutuamente de
sostén; en vez de mirarse como enemigos debieran considerarse
cooperadores en una obra única, pero complicada. Si en el mundo no
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hubiera más que rebeldes, no podría marchar; tornárase imposible la
rebeldía si faltara contra quien rebelarse. Y, sin los innovadores, ¿quién
empujaría el carro de la vida, sobre el que van aquéllos tan satisfechos? En
vez de combatirse, ambas partes debieran advertir que ninguna tendría
motivo de existir como la otra no existiese. El conservador sagaz puede
bendecir al revolucionario, tanto como éste á él. He aquí una nueva base
para la tolerancia: cada hombre necesita de su enemigo.
Si tuvieran igual razón de ser los rutinarios y los originales, como arguye el
pensador español, su justificación estaría hecha. Ser mediocre no es una
culpa; su conducta es legítima. ¿Acertarán los que sacan á su vida el mayor
jugo y procuran pasar lo mejor posible sus cortos días sobre la tierra, sin
preocuparse de sus prójimos ni de las generaciones posteriores? ¿Es pecado
obrar de ese modo? ¿Pecan, tal vez, los que no piensan en sí y viven para
los demás: los abnegados y altruístas, los que sacrifican sus goces y fuerzas
en beneficio ajeno, renunciando á sus comodidades y aun á su vida, como
suele ocurrir? Por indefectible que sea pensar en el mañana y dedicarle
cierta parte de nuestros esfuerzos, es imposible dejar de vivir en el presente,
pensando en él, siquiera en gran parte. Antes que las generaciones venideras
están las actuales; otrora fueron futuras y para ellas trabajaron las pasadas.
Ese razonamiento, aunque sanchesco, es respetable; el psicólogo nada
podría oponerle si el idealismo y la mediocridad no tuviesen un valor moral.
Cada individuo habla el idioma de su conveniencia inmediata; pero el
moralista usa otra lengua y sus juicios de valor traducen conceptos
colectivos que califican la conducta individual. Evidentemente, cada
hombre es como es y no podría ser de otra manera; tiene tanta culpa de su
delito el asesino como de su creación el genio. El original y el rutinario, el
holgazán y el laborioso, el malo y el bueno, el generoso y el avaro, todos lo
son á pesar suyo; no lo serían si el equilibrio de la sociedad lo impidiese.
¿Por qué, entonces, la humanidad admira á los santos, á los genios y á los
héroes, á todos los que inventan, enseñan ó plasman, á los que piensan en el
porvenir, lo encarnan en un ideal ó forjan un imperio, á Sócrates y á Cristo,
á Aristóteles y á Bacon, á César y á Napoleón? Los aplaude porque tiene
una moral, una tabla de valores que aplica para juzgar á cada uno de sus
componentes, no ya según las conveniencias particulares, sino según su
utilidad social. En cada pueblo y en cada época la medida de lo excelso está
en los ideales de perfección que se denominan genio, heroísmo y santidad.
rebeldía si faltara contra quien rebelarse. Y, sin los innovadores, ¿quién
empujaría el carro de la vida, sobre el que van aquéllos tan satisfechos? En
vez de combatirse, ambas partes debieran advertir que ninguna tendría
motivo de existir como la otra no existiese. El conservador sagaz puede
bendecir al revolucionario, tanto como éste á él. He aquí una nueva base
para la tolerancia: cada hombre necesita de su enemigo.
Si tuvieran igual razón de ser los rutinarios y los originales, como arguye el
pensador español, su justificación estaría hecha. Ser mediocre no es una
culpa; su conducta es legítima. ¿Acertarán los que sacan á su vida el mayor
jugo y procuran pasar lo mejor posible sus cortos días sobre la tierra, sin
preocuparse de sus prójimos ni de las generaciones posteriores? ¿Es pecado
obrar de ese modo? ¿Pecan, tal vez, los que no piensan en sí y viven para
los demás: los abnegados y altruístas, los que sacrifican sus goces y fuerzas
en beneficio ajeno, renunciando á sus comodidades y aun á su vida, como
suele ocurrir? Por indefectible que sea pensar en el mañana y dedicarle
cierta parte de nuestros esfuerzos, es imposible dejar de vivir en el presente,
pensando en él, siquiera en gran parte. Antes que las generaciones venideras
están las actuales; otrora fueron futuras y para ellas trabajaron las pasadas.
Ese razonamiento, aunque sanchesco, es respetable; el psicólogo nada
podría oponerle si el idealismo y la mediocridad no tuviesen un valor moral.
Cada individuo habla el idioma de su conveniencia inmediata; pero el
moralista usa otra lengua y sus juicios de valor traducen conceptos
colectivos que califican la conducta individual. Evidentemente, cada
hombre es como es y no podría ser de otra manera; tiene tanta culpa de su
delito el asesino como de su creación el genio. El original y el rutinario, el
holgazán y el laborioso, el malo y el bueno, el generoso y el avaro, todos lo
son á pesar suyo; no lo serían si el equilibrio de la sociedad lo impidiese.
¿Por qué, entonces, la humanidad admira á los santos, á los genios y á los
héroes, á todos los que inventan, enseñan ó plasman, á los que piensan en el
porvenir, lo encarnan en un ideal ó forjan un imperio, á Sócrates y á Cristo,
á Aristóteles y á Bacon, á César y á Napoleón? Los aplaude porque tiene
una moral, una tabla de valores que aplica para juzgar á cada uno de sus
componentes, no ya según las conveniencias particulares, sino según su
utilidad social. En cada pueblo y en cada época la medida de lo excelso está
en los ideales de perfección que se denominan genio, heroísmo y santidad.
Page 51
Los mediocres deben ser juzgados por la intérlope función que desempeñan
en la sociedad: abiertamente nociva á todo idealismo que importe un
esfuerzo hacia cualquier perfección. En el prolegómeno de su ensayo sobre
el genio y el talento, Nordau hace el elogio irónico de los mediocres,
asignándoles una función moderadora, como si estuvieran destinados á
contener el impulso creador de los hombres superiores y las tendencias
destructivas de los sujetos antisociales. Para toda mente elevada el
«filisteo» es la bestia negra; en esa hostilidad ve una evidente ingratitud. El
mediocre es útil; con un poco de benevolencia podría concedérsele esa
relativa belleza de las cosas perfectamente adaptadas á su objeto. Es el
fondo de perspectiva en el paisaje social. De su exigüidad estética depende
todo el relieve adquirido por las figuras que ocupan el primer plano. Los
ideales de los hombres superiores permanecerían en estado de quimeras si
no fuesen recogidos y realizados por filisteos desprovistos de iniciativas
personales: éstos viven esperando—con encantadora ausencia de ideas
propias—los impulsos y las sugestiones de los cerebros luminosos. El
rutinario no cede fácilmente á las instigaciones de los originales; pero su
misma inercia es garantía de que sólo recoge las ideas convenientes al
bienestar social. Su gran culpa consiste en que se le encuentra sin necesidad
de buscarlo; su número es inmenso. Su inteligencia es un espejo en que se
reflejan todas las similares. Á pesar de todo, es necesario; constituye el
público de esta comedia humana en que los hombres superiores avanzan
hasta las candilejas, buscando su aplauso y su sanción. Nordau llega hasta
decir con fina ironía: «Cada vez que algunos hombres de genio se
encuentren reunidos en torno de una mesa de cervecería, su primer brindis,
en virtud del derecho y de la moral, debiera ser para el hombre mediocre.»
Es tan exagerado ese criterio irónico que proclama su conspicuidad, como
el criterio estético que lo relega á la más baja esfera mental, confundiéndolo
con el hombre inferior. Entre ambos extremos fluctúa su posición ecuánime.
Individualmente considerado, á través del lente moral y estético, el hombre
mediocre es una entidad negativa y deleznable; tomada la mediocridad en
su conjunto, las sociedades pueden reconocerle funciones indispensables
para su equilibrio.
Merece esa justicia. ¿La continuidad de la vida social sería posible sin esa
compacta masa de hombres puramente imitativos, capaces de conservar los
hábitos rutinarios que la sociedad les transfunde mediante la educación? El
en la sociedad: abiertamente nociva á todo idealismo que importe un
esfuerzo hacia cualquier perfección. En el prolegómeno de su ensayo sobre
el genio y el talento, Nordau hace el elogio irónico de los mediocres,
asignándoles una función moderadora, como si estuvieran destinados á
contener el impulso creador de los hombres superiores y las tendencias
destructivas de los sujetos antisociales. Para toda mente elevada el
«filisteo» es la bestia negra; en esa hostilidad ve una evidente ingratitud. El
mediocre es útil; con un poco de benevolencia podría concedérsele esa
relativa belleza de las cosas perfectamente adaptadas á su objeto. Es el
fondo de perspectiva en el paisaje social. De su exigüidad estética depende
todo el relieve adquirido por las figuras que ocupan el primer plano. Los
ideales de los hombres superiores permanecerían en estado de quimeras si
no fuesen recogidos y realizados por filisteos desprovistos de iniciativas
personales: éstos viven esperando—con encantadora ausencia de ideas
propias—los impulsos y las sugestiones de los cerebros luminosos. El
rutinario no cede fácilmente á las instigaciones de los originales; pero su
misma inercia es garantía de que sólo recoge las ideas convenientes al
bienestar social. Su gran culpa consiste en que se le encuentra sin necesidad
de buscarlo; su número es inmenso. Su inteligencia es un espejo en que se
reflejan todas las similares. Á pesar de todo, es necesario; constituye el
público de esta comedia humana en que los hombres superiores avanzan
hasta las candilejas, buscando su aplauso y su sanción. Nordau llega hasta
decir con fina ironía: «Cada vez que algunos hombres de genio se
encuentren reunidos en torno de una mesa de cervecería, su primer brindis,
en virtud del derecho y de la moral, debiera ser para el hombre mediocre.»
Es tan exagerado ese criterio irónico que proclama su conspicuidad, como
el criterio estético que lo relega á la más baja esfera mental, confundiéndolo
con el hombre inferior. Entre ambos extremos fluctúa su posición ecuánime.
Individualmente considerado, á través del lente moral y estético, el hombre
mediocre es una entidad negativa y deleznable; tomada la mediocridad en
su conjunto, las sociedades pueden reconocerle funciones indispensables
para su equilibrio.
Merece esa justicia. ¿La continuidad de la vida social sería posible sin esa
compacta masa de hombres puramente imitativos, capaces de conservar los
hábitos rutinarios que la sociedad les transfunde mediante la educación? El
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mediocre no inventa nada, no crea, no empuja, no rompe, no encendra;
pero, en cambio, custodia celosamente el armazón de automatismos,
prejuicios y dogmas acumulados durante siglos, defendiendo ese capital
común contra el acecho de los inadaptables. Su rencor á los creadores
compénsase por su resistencia á los destructores. Los hombres mediocres
desempeñan en la historia humana el mismo papel que la herencia en la
evolución biológica: conservan y transmiten las variaciones más útiles para
la continuidad del grupo social. Constituyen una fuerza destinada á
contrastar el poder disolvente de los inferiores y á contener las
anticipaciones atrevidas de los visionarios. La conexión del conjunto los
necesita, como un mosaico bizantino al cemento que lo sostiene. Pero el
cemento no es el mosaico.
Su acción sería nula sin el esfuerzo fecundo de los originales, de los que
inventan lo imitado después por ellos. Sin los mediocres no habría
estabilidad en las sociedades; sin los superiores no puede concebirse el
progreso. La civilización sería inexplicable en una raza constituida por
hombres sin iniciativa. Evolucionar es variar; solamente se varía mediante
la invención. Los hombres imitativos limítanse á atesorar las conquistas de
los originales; la utilidad del mediocre está subordinada á la existencia del
superior, como la fortuna de los libreros estriba en el ingenio de los
escritores. El «alma social» es una empresa anónima que explota las
creaciones de pocas «almas individuales», resumiendo las experiencias
adquiridas y enseñadas por los innovadores.
Son la minoría éstos. Pero son levaduras de mayorías venideras. Las rutinas
defendidas hoy por los mediocres, son simples glosas colectivas de ideales
concebidos ayer por hombres originales. El grueso del rebaño social va
ocupando, á paso de tortuga, las posiciones atrevidamente conquistadas
mucho antes por sus centinelas perdidos en la distancia; y éstos ya están
muy lejos cuando la masa cree asentar el paso á su retaguardia. Lo que ayer
fué ideal contra una rutina, será mañana rutina á su vez, contra otro ideal.
Indefinidamente.
Si los hábitos resumen la experiencia pasada de pueblos y hombres,
dándoles unidad, los ideales orientan su experiencia venidera y marcan su
probable destino. Los idealistas y los rutinarios son factores igualmente
indispensables, aunque los unos recelen de los otros. Se complementan en
la evolución social, magüer se miren con adversaria oblicuidad. Si los
pero, en cambio, custodia celosamente el armazón de automatismos,
prejuicios y dogmas acumulados durante siglos, defendiendo ese capital
común contra el acecho de los inadaptables. Su rencor á los creadores
compénsase por su resistencia á los destructores. Los hombres mediocres
desempeñan en la historia humana el mismo papel que la herencia en la
evolución biológica: conservan y transmiten las variaciones más útiles para
la continuidad del grupo social. Constituyen una fuerza destinada á
contrastar el poder disolvente de los inferiores y á contener las
anticipaciones atrevidas de los visionarios. La conexión del conjunto los
necesita, como un mosaico bizantino al cemento que lo sostiene. Pero el
cemento no es el mosaico.
Su acción sería nula sin el esfuerzo fecundo de los originales, de los que
inventan lo imitado después por ellos. Sin los mediocres no habría
estabilidad en las sociedades; sin los superiores no puede concebirse el
progreso. La civilización sería inexplicable en una raza constituida por
hombres sin iniciativa. Evolucionar es variar; solamente se varía mediante
la invención. Los hombres imitativos limítanse á atesorar las conquistas de
los originales; la utilidad del mediocre está subordinada á la existencia del
superior, como la fortuna de los libreros estriba en el ingenio de los
escritores. El «alma social» es una empresa anónima que explota las
creaciones de pocas «almas individuales», resumiendo las experiencias
adquiridas y enseñadas por los innovadores.
Son la minoría éstos. Pero son levaduras de mayorías venideras. Las rutinas
defendidas hoy por los mediocres, son simples glosas colectivas de ideales
concebidos ayer por hombres originales. El grueso del rebaño social va
ocupando, á paso de tortuga, las posiciones atrevidamente conquistadas
mucho antes por sus centinelas perdidos en la distancia; y éstos ya están
muy lejos cuando la masa cree asentar el paso á su retaguardia. Lo que ayer
fué ideal contra una rutina, será mañana rutina á su vez, contra otro ideal.
Indefinidamente.
Si los hábitos resumen la experiencia pasada de pueblos y hombres,
dándoles unidad, los ideales orientan su experiencia venidera y marcan su
probable destino. Los idealistas y los rutinarios son factores igualmente
indispensables, aunque los unos recelen de los otros. Se complementan en
la evolución social, magüer se miren con adversaria oblicuidad. Si los
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primeros hacen más para el porvenir, los segundos interpretan mejor el
pasado. La evolución de una sociedad, espoloneada por el afán de
perfección y contenida por tradiciones difícilmente removibles, detendríase
sin el uno y se interrumpiría sin las otras.
IV.—La vulgaridad.
La psicología de los hombres mediocres caracterízase por rasgos comunes.
La incapacidad de concebir una perfección impídeles formarse un ideal.
Son rutinarios, honestos y mansos; piensan con la cabeza de los demás,
comparten la ajena hipocresía moral y ajustan su carácter á las
domesticidades convencionales. Están fuera de su órbita el ingenio, la
virtud y la dignidad, privilegios de los caracteres excelentes; sufren de ellos
y los desdeñan. Son ciegos para las auroras, opacos á las originalidades é
insensibles á las emociones; ignoran la quimera, el anhelo y la pasión.
Condenados á vegetar sin ideales, no sospechan que hay cumbres más allá
de sus horizontes.
El horror de lo desconocido los ata á mil prejuicios, tornándoles timoratos é
indecisos; nada aguijonea su curiosidad; carecen de iniciativa y miran
siempre al pasado, como si tuvieran los ojos en la nuca.
Son incapaces de virtud; no la conciben ó les exige demasiado esfuerzo.
Ningún afán de santidad alborota la sangre en su corazón; á veces no
delinquen por incapacidad de afrontar el remordimiento.
No vibran á las tensiones más altas de la energía; son fríos, aunque ignoren
la serenidad; apáticos, sin ser previsores; acomodaticios siempre, nunca
equilibrados. No saben estremecerse de escalofrío bajo una tierna caricia, ni
avalancharse de indignación ante una ofensa.
No viven su vida por sí mismos, sino para el fantasma que proyectan en la
opinión de sus similares. Carecen de línea original; su personalidad se borra
como un trazo de carbón bajo el esfumino, hasta desaparecer. Trocan su
honor por una prebenda y olvidan su dignidad por evitarse un peligro;
renuncian á la gloria misma si ella tiene por precio gritar la verdad frente al
error de una turba. Su cerebro y su corazón están entorpecidos por igual,
como los polos de un imán gastado.
pasado. La evolución de una sociedad, espoloneada por el afán de
perfección y contenida por tradiciones difícilmente removibles, detendríase
sin el uno y se interrumpiría sin las otras.
IV.—La vulgaridad.
La psicología de los hombres mediocres caracterízase por rasgos comunes.
La incapacidad de concebir una perfección impídeles formarse un ideal.
Son rutinarios, honestos y mansos; piensan con la cabeza de los demás,
comparten la ajena hipocresía moral y ajustan su carácter á las
domesticidades convencionales. Están fuera de su órbita el ingenio, la
virtud y la dignidad, privilegios de los caracteres excelentes; sufren de ellos
y los desdeñan. Son ciegos para las auroras, opacos á las originalidades é
insensibles á las emociones; ignoran la quimera, el anhelo y la pasión.
Condenados á vegetar sin ideales, no sospechan que hay cumbres más allá
de sus horizontes.
El horror de lo desconocido los ata á mil prejuicios, tornándoles timoratos é
indecisos; nada aguijonea su curiosidad; carecen de iniciativa y miran
siempre al pasado, como si tuvieran los ojos en la nuca.
Son incapaces de virtud; no la conciben ó les exige demasiado esfuerzo.
Ningún afán de santidad alborota la sangre en su corazón; á veces no
delinquen por incapacidad de afrontar el remordimiento.
No vibran á las tensiones más altas de la energía; son fríos, aunque ignoren
la serenidad; apáticos, sin ser previsores; acomodaticios siempre, nunca
equilibrados. No saben estremecerse de escalofrío bajo una tierna caricia, ni
avalancharse de indignación ante una ofensa.
No viven su vida por sí mismos, sino para el fantasma que proyectan en la
opinión de sus similares. Carecen de línea original; su personalidad se borra
como un trazo de carbón bajo el esfumino, hasta desaparecer. Trocan su
honor por una prebenda y olvidan su dignidad por evitarse un peligro;
renuncian á la gloria misma si ella tiene por precio gritar la verdad frente al
error de una turba. Su cerebro y su corazón están entorpecidos por igual,
como los polos de un imán gastado.
Page 54
Cuando se arrebañan son peligrosos. La fuerza del número obvía su
febledad individual: acomúnanse por millares para ensombrecer á cuantos
no cristalizan en las retortas de la mediocridad ó desdeñan encadenar su
mente con los infinitos eslabones de la rutina. Épocas hay en que el
equilibrio social rompe en su favor; los ideales se agostan, la dignidad se
ausenta. El ambiente tórnase refractario á todo afán de perfección. Los
hombres mediocres tienen su primavera florida: hay un clima de la
mediocridad. Los estados conviértense en mediocracias; la falta de
aspiraciones, que mantengan el nivel de moral y de cultura, ahonda la
ciénaga constantemente. Ningún idealismo es respetado. Si un filósofo pone
su ideal en la verdad, tiene que luchar contra la rutina de los cerebros
mediocres; si un santo persigue la virtud, se astilla contra los prejuicios
morales del hombre honesto; si el artista sueña nuevas formas, ritmos ó
armonías, ciérranle el paso las reglamentaciones oficiales de la belleza; si el
enamorado quiere amar escuchando su corazón, se estrella contra las
dogmáticas hipocresías del convencionalismo social; si un juvenil impulso
de energía lleva á inventar, á crear, á regenerar, la vejez conservadora
atájale el paso; si alguien, con gesto decisivo, enseña la dignidad, la turba
de los serviles le ladra; al que sigue con pasión una ruta de
perfeccionamiento, los envidiosos le carcomen con saña malévola; si el
destino llama á un genio, á un santo ó á un héroe para reconstituir una raza
ó un pueblo, las mediocracias tácitamente regimentadas le resisten é
intentan borrarle de la historia para encumbrar á sus propios arquetipos.
Todo idealismo encuentra en esos climas su Tribunal del Santo Oficio.
La vulgaridad es el aguafuerte de la mediocridad. En la ostentación de lo
mediocre reside la psicología de lo vulgar; basta insistir en los rasgos
suaves de la acuarela para tener el aguafuerte. Diríase que es una
reviviscencia de antiguos atavismos. Los hombres se vulgarizan cuando
reaparece en su carácter lo que fué mediocridad en las generaciones
ancestrales. Los vulgares son mediocres de razas primitivas. Habrían sido
perfectamente adaptados en sociedades salvajes, pero carecen de la
domesticación que les confundiría con sus contemporáneos. Se puede ser
rutinario, honesto y manso, sin ser decididamente vulgar; el mediocre
conserva una dócil aclimatación en su rebaño. La vulgaridad es un
envilecimiento de los estigmas comunes á todo ser gregario; sólo aparece
cuando las sociedades se desequilibran en desfavor del idealismo. Es el
renunciamiento al pudor de lo innoble. Ningún ajetreo original la
febledad individual: acomúnanse por millares para ensombrecer á cuantos
no cristalizan en las retortas de la mediocridad ó desdeñan encadenar su
mente con los infinitos eslabones de la rutina. Épocas hay en que el
equilibrio social rompe en su favor; los ideales se agostan, la dignidad se
ausenta. El ambiente tórnase refractario á todo afán de perfección. Los
hombres mediocres tienen su primavera florida: hay un clima de la
mediocridad. Los estados conviértense en mediocracias; la falta de
aspiraciones, que mantengan el nivel de moral y de cultura, ahonda la
ciénaga constantemente. Ningún idealismo es respetado. Si un filósofo pone
su ideal en la verdad, tiene que luchar contra la rutina de los cerebros
mediocres; si un santo persigue la virtud, se astilla contra los prejuicios
morales del hombre honesto; si el artista sueña nuevas formas, ritmos ó
armonías, ciérranle el paso las reglamentaciones oficiales de la belleza; si el
enamorado quiere amar escuchando su corazón, se estrella contra las
dogmáticas hipocresías del convencionalismo social; si un juvenil impulso
de energía lleva á inventar, á crear, á regenerar, la vejez conservadora
atájale el paso; si alguien, con gesto decisivo, enseña la dignidad, la turba
de los serviles le ladra; al que sigue con pasión una ruta de
perfeccionamiento, los envidiosos le carcomen con saña malévola; si el
destino llama á un genio, á un santo ó á un héroe para reconstituir una raza
ó un pueblo, las mediocracias tácitamente regimentadas le resisten é
intentan borrarle de la historia para encumbrar á sus propios arquetipos.
Todo idealismo encuentra en esos climas su Tribunal del Santo Oficio.
La vulgaridad es el aguafuerte de la mediocridad. En la ostentación de lo
mediocre reside la psicología de lo vulgar; basta insistir en los rasgos
suaves de la acuarela para tener el aguafuerte. Diríase que es una
reviviscencia de antiguos atavismos. Los hombres se vulgarizan cuando
reaparece en su carácter lo que fué mediocridad en las generaciones
ancestrales. Los vulgares son mediocres de razas primitivas. Habrían sido
perfectamente adaptados en sociedades salvajes, pero carecen de la
domesticación que les confundiría con sus contemporáneos. Se puede ser
rutinario, honesto y manso, sin ser decididamente vulgar; el mediocre
conserva una dócil aclimatación en su rebaño. La vulgaridad es un
envilecimiento de los estigmas comunes á todo ser gregario; sólo aparece
cuando las sociedades se desequilibran en desfavor del idealismo. Es el
renunciamiento al pudor de lo innoble. Ningún ajetreo original la
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conmueve. Desdeña las dignidades altivas y los romanticismos
comprometedores. Su mueca es fofa, su palabra muda, su mirar opaco.
Ignora el perfume de la flor, la inquietud de las estrellas, la gracia de la
sonrisa, el rumor de las alas. Es la inviolable trinchera opuesta al
florecimiento del ingenio y del buen gusto; es el altar donde oficia Panurgo
y cifra su ensueño Bertoldo en servirle de monaguillo.
La vulgaridad es el blasón nobiliario de los hombres ensoberbecidos de su
mediocridad; la custodian como al tesoro el avaro. Ponen su mayor
jactancia en exhibirla, sin sospechar que es su afrenta. Estalla inoportuna en
la palabra ó en el gesto, rompe en un sólo segundo el encanto preparado en
muchas horas, aplasta bajo su zarpa toda eclosión luminosa del espíritu.
Incolora, sorda, ciega, insensible, nos rodea y nos acecha; deléitase en lo
grotesco, vive en lo turbio, se agita en las tinieblas. Es al espíritu lo que al
cuerpo son los defectos físicos, la cojera ó el estrabismo: es incapacidad de
pensar y de amar, ausencia de gusto, incomprensión de lo bello, desperdicio
de la vida, toda la sordidez. La conducta, en sí misma, no es distinguida ni
vulgar; la intención ennoblece los actos, los eleva, los idealiza y, en otros
casos, determina su vulgaridad. Ciertos gestos, que en circunstancias
ordinarias serían sórdidos, pueden resultar poéticos, épicos; cuando
Cambronne, invitado por el enemigo á rendirse, responde su palabra
memorable, se eleva á un escenario homérico y resulta sublime.
Los hombres vulgares querrían pedir á Circe los brebajes con que
transformó en cerdos á los compañeros de Ulises, para recetárselos á todos
los que poseen un ideal. No constituyen una secta ó una clase. Los hay en
todas partes y siempre que la ausencia de ideales produce un
recrudecimiento de la mediocridad: entre la púrpura lo mismo que entre la
escoria, en la avenida y en el suburbio, en los parlamentos y en las cárceles,
en las universidades y en los pesebres. En ciertos momentos osan llamar
ideales á sus apetitos, como si la urgencia de satisfacciones inmediatas
pudiera confundirse con el afán de perfecciones infinitas. Los apetitos se
hartan; los ideales nunca.
Repudian las cosas líricas porque obligan á pensamientos muy altos y á
gestos demasiado dignos. Son incapaces de epicureísmos: su frugalidad es
un cálculo para gozar más tiempo de los placeres, reservando mayor
perspectiva de goces para la vejez impotente. Su generosidad es siempre
dinero dado á usura. Su amistad es una complacencia servil ó una adulación
comprometedores. Su mueca es fofa, su palabra muda, su mirar opaco.
Ignora el perfume de la flor, la inquietud de las estrellas, la gracia de la
sonrisa, el rumor de las alas. Es la inviolable trinchera opuesta al
florecimiento del ingenio y del buen gusto; es el altar donde oficia Panurgo
y cifra su ensueño Bertoldo en servirle de monaguillo.
La vulgaridad es el blasón nobiliario de los hombres ensoberbecidos de su
mediocridad; la custodian como al tesoro el avaro. Ponen su mayor
jactancia en exhibirla, sin sospechar que es su afrenta. Estalla inoportuna en
la palabra ó en el gesto, rompe en un sólo segundo el encanto preparado en
muchas horas, aplasta bajo su zarpa toda eclosión luminosa del espíritu.
Incolora, sorda, ciega, insensible, nos rodea y nos acecha; deléitase en lo
grotesco, vive en lo turbio, se agita en las tinieblas. Es al espíritu lo que al
cuerpo son los defectos físicos, la cojera ó el estrabismo: es incapacidad de
pensar y de amar, ausencia de gusto, incomprensión de lo bello, desperdicio
de la vida, toda la sordidez. La conducta, en sí misma, no es distinguida ni
vulgar; la intención ennoblece los actos, los eleva, los idealiza y, en otros
casos, determina su vulgaridad. Ciertos gestos, que en circunstancias
ordinarias serían sórdidos, pueden resultar poéticos, épicos; cuando
Cambronne, invitado por el enemigo á rendirse, responde su palabra
memorable, se eleva á un escenario homérico y resulta sublime.
Los hombres vulgares querrían pedir á Circe los brebajes con que
transformó en cerdos á los compañeros de Ulises, para recetárselos á todos
los que poseen un ideal. No constituyen una secta ó una clase. Los hay en
todas partes y siempre que la ausencia de ideales produce un
recrudecimiento de la mediocridad: entre la púrpura lo mismo que entre la
escoria, en la avenida y en el suburbio, en los parlamentos y en las cárceles,
en las universidades y en los pesebres. En ciertos momentos osan llamar
ideales á sus apetitos, como si la urgencia de satisfacciones inmediatas
pudiera confundirse con el afán de perfecciones infinitas. Los apetitos se
hartan; los ideales nunca.
Repudian las cosas líricas porque obligan á pensamientos muy altos y á
gestos demasiado dignos. Son incapaces de epicureísmos: su frugalidad es
un cálculo para gozar más tiempo de los placeres, reservando mayor
perspectiva de goces para la vejez impotente. Su generosidad es siempre
dinero dado á usura. Su amistad es una complacencia servil ó una adulación
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provechosa. Cuando creen practicar alguna virtud degradan la honestidad
misma, afeándola con algo de miserable ó bajo que la reblandece.
Admiran el utilitarismo. Puestos á elegir, nunca seguirán el camino que les
indique su propia inclinación, sino el que les marca el cálculo de sus
iguales. Ignoran que toda grandeza de espíritu exige la complicidad del
corazón. Los ideales irradian siempre un gran calor; sus prejuicios, en
cambio, son fríos, porque son ajenos. Un pensamiento no fecundado por la
pasión es como los soles de invierno: alumbran, pero bajo sus rayos se
puede morir helado. La bajeza del propósito rebaja el mérito de todo
esfuerzo y aniquila las cosas elevadas. Excluyendo el ideal queda suprimida
la posibilidad de lo sublime. La vulgaridad es un cierzo que hiela todo
germen de poesía capaz de embellecer la vida.
El hombre sin ideales hace del arte un oficio, de la ciencia un comercio, de
la filosofía un instrumento, de la virtud una empresa, de la caridad una
fiesta, del placer un sensualismo. La vulgaridad transforma el amor de la
vida en pusilanimidad, la prudencia en cobardía, el orgullo en vanidad, el
respeto en servilismo. Lleva á la ostentación, á la avaricia, á la falsedad, á la
avidez, á la simulación; detrás del hombre mediocre asoma el antepasado
salvaje que conspira en su interior, acosado por el hambre de atávicos
instintos y sin otra aspiración que el hartazgo.
En esas crisis, mientras la mediocridad tórnase atrevida y militante, los
idealistas viven desorbitados, esperando otro clima. Enseñan á purificar la
conducta en el filtro de un ideal; imponen su respeto á los que no pueden
concebirlo. En el culto de los genios, de los santos y de los héroes, tienen su
arma; despertándolo, señalando ejemplos á las inteligencias y á los
corazones, puede amenguarse en las mediocracias la omnipotencia de la
vulgaridad. En toda larva puede soñar una mariposa. Los hombres que
vivieron en perpetuo florecimiento de virtud, revelan que la vida puede ser
intensa y conservarse digna; dirigirse á la cumbre, sin encharcarse en
lodazales tortuosos; encresparse de pasión, tempestuosamente, como el
océano, sin que la vulgaridad enturbie las aguas cristalinas de la ola, sin que
el rutilar de sus fuentes sea opacado por el limo.
En una meditación de viaje, oyendo silbar el viento entre las jarcias, la
humanidad nos pareció comparable á un velero que cruza el tiempo infinito,
ignorando su punto de partida y su destino remoto. Sin velas, sería estéril la
misma, afeándola con algo de miserable ó bajo que la reblandece.
Admiran el utilitarismo. Puestos á elegir, nunca seguirán el camino que les
indique su propia inclinación, sino el que les marca el cálculo de sus
iguales. Ignoran que toda grandeza de espíritu exige la complicidad del
corazón. Los ideales irradian siempre un gran calor; sus prejuicios, en
cambio, son fríos, porque son ajenos. Un pensamiento no fecundado por la
pasión es como los soles de invierno: alumbran, pero bajo sus rayos se
puede morir helado. La bajeza del propósito rebaja el mérito de todo
esfuerzo y aniquila las cosas elevadas. Excluyendo el ideal queda suprimida
la posibilidad de lo sublime. La vulgaridad es un cierzo que hiela todo
germen de poesía capaz de embellecer la vida.
El hombre sin ideales hace del arte un oficio, de la ciencia un comercio, de
la filosofía un instrumento, de la virtud una empresa, de la caridad una
fiesta, del placer un sensualismo. La vulgaridad transforma el amor de la
vida en pusilanimidad, la prudencia en cobardía, el orgullo en vanidad, el
respeto en servilismo. Lleva á la ostentación, á la avaricia, á la falsedad, á la
avidez, á la simulación; detrás del hombre mediocre asoma el antepasado
salvaje que conspira en su interior, acosado por el hambre de atávicos
instintos y sin otra aspiración que el hartazgo.
En esas crisis, mientras la mediocridad tórnase atrevida y militante, los
idealistas viven desorbitados, esperando otro clima. Enseñan á purificar la
conducta en el filtro de un ideal; imponen su respeto á los que no pueden
concebirlo. En el culto de los genios, de los santos y de los héroes, tienen su
arma; despertándolo, señalando ejemplos á las inteligencias y á los
corazones, puede amenguarse en las mediocracias la omnipotencia de la
vulgaridad. En toda larva puede soñar una mariposa. Los hombres que
vivieron en perpetuo florecimiento de virtud, revelan que la vida puede ser
intensa y conservarse digna; dirigirse á la cumbre, sin encharcarse en
lodazales tortuosos; encresparse de pasión, tempestuosamente, como el
océano, sin que la vulgaridad enturbie las aguas cristalinas de la ola, sin que
el rutilar de sus fuentes sea opacado por el limo.
En una meditación de viaje, oyendo silbar el viento entre las jarcias, la
humanidad nos pareció comparable á un velero que cruza el tiempo infinito,
ignorando su punto de partida y su destino remoto. Sin velas, sería estéril la
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pujanza del viento; sin viento, de nada servirían las lonas más amplias. La
mediocridad es el complejo velamen de las sociedades, la resistencia que
éstas oponen al viento para utilizar su pujanza; la energía que infla las velas,
y arrastra el buque entero, y lo conduce, y lo orienta, son los idealistas:
siempre resistidos por aquélla. Así—, resistiéndolos, como las velas al
viento—, los rutinarios aprovechan el empuje de los creadores. El progreso
humano es la resultante de ese contraste perpetuo entre masas inertes y
energías propulsoras.
mediocridad es el complejo velamen de las sociedades, la resistencia que
éstas oponen al viento para utilizar su pujanza; la energía que infla las velas,
y arrastra el buque entero, y lo conduce, y lo orienta, son los idealistas:
siempre resistidos por aquélla. Así—, resistiéndolos, como las velas al
viento—, los rutinarios aprovechan el empuje de los creadores. El progreso
humano es la resultante de ese contraste perpetuo entre masas inertes y
energías propulsoras.
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LA MEDIOCRIDAD INTELECTUAL
I. EL HOMBRE RUTINARIO: PSICOLOGÍA DE LOS PANZA.—
II. LOS ESTIGMAS MENTALES DE LA MEDIOCRIDAD.—III.
LA MALEDICENCIA: UNA ALEGORÍA DE BOTTICELLI.—IV.
EL ÉXITO Y LA GLORIA.
I.—El hombre rutinario: psicología de los Panza.
La Rutina es un esqueleto fósil cuyas piezas resisten á la carcoma de los
siglos. No es hija de la experiencia; es su caricatura. La una es fecunda y
engendra verdades; estéril la otra y las mata. En su órbita giran los espíritus
mediocres. Evitan salir de ella y cruzar espacios nuevos; repiten que es
preferible lo malo conocido á lo bueno por conocer. Ocupados en disfrutar
lo existente, cobran horror á toda innovación que turbe su tranquilidad y les
procure desasosiegos. La ciencia, el heroísmo, las originalidades, los
inventos, la virtud misma, parécenles instrumentos del mal, en cuanto
desarticulan los resortes de sus errores: como en los salvajes, en los niños y
en las clases incultas.
Acostumbrados á copiar escrupulosamente los prejuicios del medio en que
viven, aceptan sin contralor las ideas destiladas en el laboratorio social:
como ciertos enfermos de estómago inservible se alimentan con substancias
ya digeridas en los frascos de las farmacias. Su impotencia para asimilar
ideas nuevas los constriñe á frecuentar las antiguas. La Rutina, síntesis de
todos los renunciamientos, es el hábito de renunciar á pensar. En los
rutinarios todo es menor esfuerzo; la acidia aherrumbra su inteligencia.
Cada hábito es un riesgo; la familiaridad aviene á las cosas detestables y á
las personas indignas. Los actos que al principio provocaban pudor, acaban
por parecer naturales; la retina percibe los tonos violentos como simples
I. EL HOMBRE RUTINARIO: PSICOLOGÍA DE LOS PANZA.—
II. LOS ESTIGMAS MENTALES DE LA MEDIOCRIDAD.—III.
LA MALEDICENCIA: UNA ALEGORÍA DE BOTTICELLI.—IV.
EL ÉXITO Y LA GLORIA.
I.—El hombre rutinario: psicología de los Panza.
La Rutina es un esqueleto fósil cuyas piezas resisten á la carcoma de los
siglos. No es hija de la experiencia; es su caricatura. La una es fecunda y
engendra verdades; estéril la otra y las mata. En su órbita giran los espíritus
mediocres. Evitan salir de ella y cruzar espacios nuevos; repiten que es
preferible lo malo conocido á lo bueno por conocer. Ocupados en disfrutar
lo existente, cobran horror á toda innovación que turbe su tranquilidad y les
procure desasosiegos. La ciencia, el heroísmo, las originalidades, los
inventos, la virtud misma, parécenles instrumentos del mal, en cuanto
desarticulan los resortes de sus errores: como en los salvajes, en los niños y
en las clases incultas.
Acostumbrados á copiar escrupulosamente los prejuicios del medio en que
viven, aceptan sin contralor las ideas destiladas en el laboratorio social:
como ciertos enfermos de estómago inservible se alimentan con substancias
ya digeridas en los frascos de las farmacias. Su impotencia para asimilar
ideas nuevas los constriñe á frecuentar las antiguas. La Rutina, síntesis de
todos los renunciamientos, es el hábito de renunciar á pensar. En los
rutinarios todo es menor esfuerzo; la acidia aherrumbra su inteligencia.
Cada hábito es un riesgo; la familiaridad aviene á las cosas detestables y á
las personas indignas. Los actos que al principio provocaban pudor, acaban
por parecer naturales; la retina percibe los tonos violentos como simples
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matices, el oído escucha las mentiras con igual respeto que las verdades, el
corazón aprende á no agitarse por torpes acciones.
Los prejuicios son creencias anteriores á la observación; los juicios, exactos
ó erróneos, son consecutivos á ella. Todos los individuos poseen hábitos
mentales; los conocimientos adquiridos facilitan los venideros y marcan su
rumbo. En cierta medida nadie puede sustraérseles. No son prerrogativa de
los hombres mediocres; pero en ellos representan siempre una pasiva
obsecuencia al error ajeno. Los hábitos adquiridos por los hombres
originales son genuinamente suyos, les son intrínsecos: constituyen su
criterio cuando piensan y su carácter cuando actúan; son individuales é
inconfundibles. Difieren substancialmente de la Rutina colectiva, siempre
perniciosa, extrínseca al individuo, común al rebaño: consiste en
contagiarse los prejuicios que infestan la cabeza de los demás. Aquéllos
caracterizan á los hombres; ésta empaña á las sombras. El individuo se
plasma los primeros; la sociedad impone la segunda. La educación oficial
involucra ese peligro: intenta borrar toda originalidad poniendo iguales
prejuicios en cerebros distintos. La acechanza persiste en la inevitable
promiscuación mundana con hombres rutinarios. Flota en la atmósfera el
contagio mental y acosa por todas partes; nunca se ha visto un tonto
originalizado por contigüidad y es frecuente que un ingenio se amodorre
entre pazguatos. Es más contagiosa la mediocridad que el talento.
Los rutinarios razonan con la lógica de los demás. Disciplinados por el
deseo ajeno, encajónanse en su casillero social y se catalogan como reclutas
en las filas de un regimiento. Son dóciles á la presión del conjunto,
maleables bajo el peso de la opinión pública que los achata como un
inflexible laminador. Reducidos á vanas sombras, viven del juicio ajeno; se
ignoran á sí mismos, limitándose á creerse como los creen los demás. Los
hombres excelentes, en cambio, desdeñan la opinión ajena en la justa
proporción en que respetan la propia, siempre más severa, ó la de sus
iguales.
Son zafios, sin creerse por ello desgraciados. Si no presumieran de
razonables, su absurdidad enternecería. Oyéndoles hablar una hora parece
que ésta tuviera mil minutos. La ignorancia es su verdugo, como lo fué
otrora del esclavo y lo es aún del salvaje; ella los hace instrumentos de
todos los fanatismos, dispuestos á la domesticidad, incapaces de gestos
dignos. Enviarían en comisión á un lobo y un cordero, sorprendiéndose
corazón aprende á no agitarse por torpes acciones.
Los prejuicios son creencias anteriores á la observación; los juicios, exactos
ó erróneos, son consecutivos á ella. Todos los individuos poseen hábitos
mentales; los conocimientos adquiridos facilitan los venideros y marcan su
rumbo. En cierta medida nadie puede sustraérseles. No son prerrogativa de
los hombres mediocres; pero en ellos representan siempre una pasiva
obsecuencia al error ajeno. Los hábitos adquiridos por los hombres
originales son genuinamente suyos, les son intrínsecos: constituyen su
criterio cuando piensan y su carácter cuando actúan; son individuales é
inconfundibles. Difieren substancialmente de la Rutina colectiva, siempre
perniciosa, extrínseca al individuo, común al rebaño: consiste en
contagiarse los prejuicios que infestan la cabeza de los demás. Aquéllos
caracterizan á los hombres; ésta empaña á las sombras. El individuo se
plasma los primeros; la sociedad impone la segunda. La educación oficial
involucra ese peligro: intenta borrar toda originalidad poniendo iguales
prejuicios en cerebros distintos. La acechanza persiste en la inevitable
promiscuación mundana con hombres rutinarios. Flota en la atmósfera el
contagio mental y acosa por todas partes; nunca se ha visto un tonto
originalizado por contigüidad y es frecuente que un ingenio se amodorre
entre pazguatos. Es más contagiosa la mediocridad que el talento.
Los rutinarios razonan con la lógica de los demás. Disciplinados por el
deseo ajeno, encajónanse en su casillero social y se catalogan como reclutas
en las filas de un regimiento. Son dóciles á la presión del conjunto,
maleables bajo el peso de la opinión pública que los achata como un
inflexible laminador. Reducidos á vanas sombras, viven del juicio ajeno; se
ignoran á sí mismos, limitándose á creerse como los creen los demás. Los
hombres excelentes, en cambio, desdeñan la opinión ajena en la justa
proporción en que respetan la propia, siempre más severa, ó la de sus
iguales.
Son zafios, sin creerse por ello desgraciados. Si no presumieran de
razonables, su absurdidad enternecería. Oyéndoles hablar una hora parece
que ésta tuviera mil minutos. La ignorancia es su verdugo, como lo fué
otrora del esclavo y lo es aún del salvaje; ella los hace instrumentos de
todos los fanatismos, dispuestos á la domesticidad, incapaces de gestos
dignos. Enviarían en comisión á un lobo y un cordero, sorprendiéndose
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sinceramente si el lobo volviera solo. Carecen de buen gusto y de aptitud
para adquirirlo. Si el humilde guía de museo no los detiene con insistencia,
pasan indiferentes junto á una madona del Angélico ó á un retrato de
Rembrandt; á la salida se asombran ante cualquier escaparate donde haya
oleografías de bailarinas españolas ó coroneles americanos.
Ignoran que el hombre vale por su saber; niegan que la cultura es la más
honda fuente de la virtud. No intentan estudiar; sospechan, acaso, la
esterilidad de su esfuerzo, como esas mulas que por la costumbre de
marchar al paso han perdido el uso del galope. Su incapacidad de meditar
acaba por convencerles de que no hay problemas difíciles y cualquier
reflexión paréceles un sarcasmo; prefieren confiar en su ignorancia para
adivinarlo todo. Basta que un prejuicio sea inverosímil para que lo acepten
y lo difundan; cuando creen equivocarse podemos jurar que han cometido la
imprudencia de pensar. La lectura prodúceles efectos de envenenamiento.
Sus pupilas se deslizan frívolamente sobre centones absurdos; gustan de los
más superficiales, de ésos en que nada podría aprender un espíritu claro,
aunque resultan bastante profundos para empantanar al torpe. Tragan sin
digerir, hasta el empacho mental; ignoran que el hombre no vive de lo que
engulle, sino de lo que asimila. El atascamiento puede convertirlos en
eruditos y la repetición darles hábitos de rumiante. Pero apiñar datos no es
aprender; tragar no es digerir. La más intrépida paciencia no hace de un
rutinario un pensador; la verdad hay que saberla amar y sentir. Las nociones
mal digeridas sólo sirven para atorar el entendimiento.
Pueblan su memoria con máximas de almanaque y las resucitan de tiempo
en tiempo, como si fueran sentencias. Su cerebración precaria tartamudea
pensamientos adocenados, haciendo gala de simplezas que son la espuma
inocente de su tontería. Incapaces de espolonear su propia cabeza,
renuncian á cualquier sacrificio, alegando la inseguridad del resultado; no
sospechan que «hay más placer en marchar hacia la verdad que en llegar á
ella».
Sus creencias, amojonadas por los fanatismos de todos los credos, abarcan
zonas circunscritas por supersticiones pretéritas. Llaman ideales á sus
prejuicios y principios á sus preocupaciones, sin advertir que son simple
rutina embotellada, parodias de razón, opiniones sin juicio. Representan al
sentido común desbocado, sin el freno del buen sentido.
para adquirirlo. Si el humilde guía de museo no los detiene con insistencia,
pasan indiferentes junto á una madona del Angélico ó á un retrato de
Rembrandt; á la salida se asombran ante cualquier escaparate donde haya
oleografías de bailarinas españolas ó coroneles americanos.
Ignoran que el hombre vale por su saber; niegan que la cultura es la más
honda fuente de la virtud. No intentan estudiar; sospechan, acaso, la
esterilidad de su esfuerzo, como esas mulas que por la costumbre de
marchar al paso han perdido el uso del galope. Su incapacidad de meditar
acaba por convencerles de que no hay problemas difíciles y cualquier
reflexión paréceles un sarcasmo; prefieren confiar en su ignorancia para
adivinarlo todo. Basta que un prejuicio sea inverosímil para que lo acepten
y lo difundan; cuando creen equivocarse podemos jurar que han cometido la
imprudencia de pensar. La lectura prodúceles efectos de envenenamiento.
Sus pupilas se deslizan frívolamente sobre centones absurdos; gustan de los
más superficiales, de ésos en que nada podría aprender un espíritu claro,
aunque resultan bastante profundos para empantanar al torpe. Tragan sin
digerir, hasta el empacho mental; ignoran que el hombre no vive de lo que
engulle, sino de lo que asimila. El atascamiento puede convertirlos en
eruditos y la repetición darles hábitos de rumiante. Pero apiñar datos no es
aprender; tragar no es digerir. La más intrépida paciencia no hace de un
rutinario un pensador; la verdad hay que saberla amar y sentir. Las nociones
mal digeridas sólo sirven para atorar el entendimiento.
Pueblan su memoria con máximas de almanaque y las resucitan de tiempo
en tiempo, como si fueran sentencias. Su cerebración precaria tartamudea
pensamientos adocenados, haciendo gala de simplezas que son la espuma
inocente de su tontería. Incapaces de espolonear su propia cabeza,
renuncian á cualquier sacrificio, alegando la inseguridad del resultado; no
sospechan que «hay más placer en marchar hacia la verdad que en llegar á
ella».
Sus creencias, amojonadas por los fanatismos de todos los credos, abarcan
zonas circunscritas por supersticiones pretéritas. Llaman ideales á sus
prejuicios y principios á sus preocupaciones, sin advertir que son simple
rutina embotellada, parodias de razón, opiniones sin juicio. Representan al
sentido común desbocado, sin el freno del buen sentido.
Page 61
Son prosaicos. No tienen afán de perfección: la ausencia de ideales
impídeles poner en sus actos el grano de sal que poetiza la vida. Satúrales
esa humana tontería que obsesionaba á Flaubert, insoportablemente. La ha
descrito en muchos personajes, tanta parte tiene en la vida real. Homais y
Bournisieu son sus prototipos; es imposible juzgar si es más tonto el
racionalismo acometivo del boticario librepensador ó la casuística untuosa
del eclesiástico profesional. Por eso los hizo felices, de acuerdo con su
doctrina: «Ser tonto, egoísta y tener una buena salud, he ahí las tres
condiciones para ser feliz. Pero si os falta la primera todo está perdido».
Sancho Panza es la encarnación perfecta de esa vulgaridad humana: resume
en su persona las más conspicuas proporciones de tontería, egoísmo y salud.
En hora para él fatídica llega á maltratar á su amo, en una escena que á
todas luces simboliza el desbordamiento villano de la mediocridad sobre el
idealismo. Horroriza pensar que escritores españoles, creyendo mitigar con
ello los estragos de la quijotería, hanse tornado apologistas del grosero
Panza, oponiendo su bastardo sentido práctico á los quiméricos ensueños
del caballero; hubo quien lo encontró cordial, fiel, crédulo, iluso, en grado
que lo hiciera un símbolo ejemplar de pueblos. ¿Cómo no distinguir que el
uno tiene ideales y el otro apetitos, el uno dignidad y el otro servilismo, el
uno fe y el otro credulidad, el uno delirios originales de su cabeza y el otro
absurdas creencias imitadas de la ajena? Á todos respondió Unamuno con
honda emoción. En su aguda «vida de Quijote y Sancho» el conflicto
espiritual entre el señor y el lacayo se resuelve en la evocación de las
palabras memorables pronunciadas por el primero: «asno eres y asno has de
ser y en asno has de parar cuando se te acabe el curso de la vida»; dicen los
biógrafos que Sancho lloró, hasta convencerse de que para serlo faltábale
solamente la cola. El símbolo es cristalino. La moraleja no lo es menos:
frente á cada forjador de ideales se alinean impávidos mil Sanchos, como si
para contener el advenimiento de la verdad hubieran de complotarse todas
las huestes de la rutina.
El resol de la originalidad ciega al hombre mediocre. Huye de los
pensadores originales, albino ante su luminosa reverberación. Teme
embriagarse con el perfume de su estilo. Si estuviese en su poder los
proscribiría en masa, restaurando la Inquisición ó el Terror: aspectos
equivalentes de un mismo celo dogmatista.
impídeles poner en sus actos el grano de sal que poetiza la vida. Satúrales
esa humana tontería que obsesionaba á Flaubert, insoportablemente. La ha
descrito en muchos personajes, tanta parte tiene en la vida real. Homais y
Bournisieu son sus prototipos; es imposible juzgar si es más tonto el
racionalismo acometivo del boticario librepensador ó la casuística untuosa
del eclesiástico profesional. Por eso los hizo felices, de acuerdo con su
doctrina: «Ser tonto, egoísta y tener una buena salud, he ahí las tres
condiciones para ser feliz. Pero si os falta la primera todo está perdido».
Sancho Panza es la encarnación perfecta de esa vulgaridad humana: resume
en su persona las más conspicuas proporciones de tontería, egoísmo y salud.
En hora para él fatídica llega á maltratar á su amo, en una escena que á
todas luces simboliza el desbordamiento villano de la mediocridad sobre el
idealismo. Horroriza pensar que escritores españoles, creyendo mitigar con
ello los estragos de la quijotería, hanse tornado apologistas del grosero
Panza, oponiendo su bastardo sentido práctico á los quiméricos ensueños
del caballero; hubo quien lo encontró cordial, fiel, crédulo, iluso, en grado
que lo hiciera un símbolo ejemplar de pueblos. ¿Cómo no distinguir que el
uno tiene ideales y el otro apetitos, el uno dignidad y el otro servilismo, el
uno fe y el otro credulidad, el uno delirios originales de su cabeza y el otro
absurdas creencias imitadas de la ajena? Á todos respondió Unamuno con
honda emoción. En su aguda «vida de Quijote y Sancho» el conflicto
espiritual entre el señor y el lacayo se resuelve en la evocación de las
palabras memorables pronunciadas por el primero: «asno eres y asno has de
ser y en asno has de parar cuando se te acabe el curso de la vida»; dicen los
biógrafos que Sancho lloró, hasta convencerse de que para serlo faltábale
solamente la cola. El símbolo es cristalino. La moraleja no lo es menos:
frente á cada forjador de ideales se alinean impávidos mil Sanchos, como si
para contener el advenimiento de la verdad hubieran de complotarse todas
las huestes de la rutina.
El resol de la originalidad ciega al hombre mediocre. Huye de los
pensadores originales, albino ante su luminosa reverberación. Teme
embriagarse con el perfume de su estilo. Si estuviese en su poder los
proscribiría en masa, restaurando la Inquisición ó el Terror: aspectos
equivalentes de un mismo celo dogmatista.
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Todos los rutinarios son intolerantes; su exigua cultura los condena á serlo.
Defienden lo anacrónico y lo absurdo; no permiten que sus opiniones sufran
el contralor de la experiencia. Llaman hereje al que busca una verdad ó
persigue un ideal; los negros queman á Bruno y Servet, los rojos decapitan
á Laplace y Chenier. Ignoran la sentencia de Shakespeare: «el hereje no es
el que arde en la hoguera, sino el que la enciende». La tolerancia es virtud
suprema en los que piensan. Es difícil para los mediocres; inaccesible.
Exige un perpetuo esfuerzo de equilibrio ante el error de los demás; enseña
á soportar esa consecuencia legítima de la falibilidad de todo juicio
humano. El que ha fatigado mucho para formar sus creencias, sabe respetar
el valor de las ajenas. La tolerancia es el respeto en los demás de una virtud
propia; la firmeza de las convicciones reflexivamente adquiridas hace
estimar en otros un mérito cuyo precio se conoce.
Los hombres rutinarios desconfían de su imaginación, santiguándose
cuando ésta les atribula con heréticas tentaciones. Reniegan de la verdad y
de la virtud si ellas demuestran el error de sus prejuicios. Su más grave
inquietud consiste en perturbarlos. Astrónomos hubo que se negaron á mirar
el cielo á través del telescopio, temiendo ver desbaratados sus errores más
firmes.
En toda nueva idea presienten un peligro; si les dijeran que sus prejuicios
son ideas originales, llegarían á creerlos peligrosos. Esa ilusión les hace
decir paparruchas con la solemne prudencia de augures que temen
desorbitar al mundo con sus profecías. Prefieren el silencio y la inercia; no
pensar es su única manera de no equivocarse. Sus cerebros son casas de
hospedaje, pero sin dueño; los demás piensan por ellos, agradecidos á ese
favor.
En todo lo que no hay prejuicios definitivamente consolidados, los
rutinarios carecen de opinión. Sus ojos no saben distinguir la luz de la
sombra, como los palurdos no distinguen el oro del dublé: confunden la
tolerancia con la cobardía, la discreción con el servilismo, la complacencia
con la indignidad, la simulación con el mérito. Llaman sensatos á los que
suscriben mansamente los errores consagrados y conciliadores á los que
renuncian á tener creencias propias. Toda opinión que revele una
personalidad rectilínea paréceles peligrosa; la originalidad en el pensar les
produce escalofríos. Comulgan en todos los altares, apelmazando creencias
incompatibles y llamando eclecticismo á sus chafarrinadas; gustan de los
Defienden lo anacrónico y lo absurdo; no permiten que sus opiniones sufran
el contralor de la experiencia. Llaman hereje al que busca una verdad ó
persigue un ideal; los negros queman á Bruno y Servet, los rojos decapitan
á Laplace y Chenier. Ignoran la sentencia de Shakespeare: «el hereje no es
el que arde en la hoguera, sino el que la enciende». La tolerancia es virtud
suprema en los que piensan. Es difícil para los mediocres; inaccesible.
Exige un perpetuo esfuerzo de equilibrio ante el error de los demás; enseña
á soportar esa consecuencia legítima de la falibilidad de todo juicio
humano. El que ha fatigado mucho para formar sus creencias, sabe respetar
el valor de las ajenas. La tolerancia es el respeto en los demás de una virtud
propia; la firmeza de las convicciones reflexivamente adquiridas hace
estimar en otros un mérito cuyo precio se conoce.
Los hombres rutinarios desconfían de su imaginación, santiguándose
cuando ésta les atribula con heréticas tentaciones. Reniegan de la verdad y
de la virtud si ellas demuestran el error de sus prejuicios. Su más grave
inquietud consiste en perturbarlos. Astrónomos hubo que se negaron á mirar
el cielo á través del telescopio, temiendo ver desbaratados sus errores más
firmes.
En toda nueva idea presienten un peligro; si les dijeran que sus prejuicios
son ideas originales, llegarían á creerlos peligrosos. Esa ilusión les hace
decir paparruchas con la solemne prudencia de augures que temen
desorbitar al mundo con sus profecías. Prefieren el silencio y la inercia; no
pensar es su única manera de no equivocarse. Sus cerebros son casas de
hospedaje, pero sin dueño; los demás piensan por ellos, agradecidos á ese
favor.
En todo lo que no hay prejuicios definitivamente consolidados, los
rutinarios carecen de opinión. Sus ojos no saben distinguir la luz de la
sombra, como los palurdos no distinguen el oro del dublé: confunden la
tolerancia con la cobardía, la discreción con el servilismo, la complacencia
con la indignidad, la simulación con el mérito. Llaman sensatos á los que
suscriben mansamente los errores consagrados y conciliadores á los que
renuncian á tener creencias propias. Toda opinión que revele una
personalidad rectilínea paréceles peligrosa; la originalidad en el pensar les
produce escalofríos. Comulgan en todos los altares, apelmazando creencias
incompatibles y llamando eclecticismo á sus chafarrinadas; gustan de los
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juicios reticentes, conciliables con pareceres heteróclitos. Los
temperamentos amorfos conmueven su complicidad más íntima; la
maleabilidad de su espíritu los seduce y creen descubrir una agudeza
particular en el arte de no comprometerse con juicios decisivos. No
sospechan que la duda del hombre superior fué siempre de otra especie,
antes ya de que lo explicara Descartes; es afán de rectificar los propios
errores hasta aprender que toda verdad es falible y que los ideales admiten
perfeccionamientos indefinidos. Los rutinarios, en cambio, no se corrigen ni
se desconvencen nunca; sus prejuicios son como los clavos: cuanto más se
golpean más se adentran. Les incomoda ver planteados en frases
armoniosas algunos de los problemas que suelen aceptar en términos
triviales, como si tuvieran pudor de la galana vestidura. Se tedian con los
escritores que dejan rastro donde ponen la mano, denunciando una
personalidad en cada frase, y mejor si intentan subordinar el estilo á las
ideas; prefieren las desteñidas elucubraciones de los autores apampanados,
exentas de las aristas que dan relieve á toda forma y cuyo mérito consiste en
transfigurar vulgaridades mediante barrocos adjetivos. Los infolios
desabridos les resultan profundos. Si un ideal parpadea en las páginas, si la
pasión enciende en ellas vibraciones de ascua, si la verdad hace crujir el
pensamiento en las frases, los libros parécenle material de hoguera. Cuando
pueden ser un punto luminoso en el porvenir ó hacia la perfección, los
rutinarios les desconfían. Veneran los mansos palimsestos, calcados sobre
los que deletrea la humanidad desde que se inventó la lectura: los que
confirman sus inocentes presunciones y halagan sus prejuicios.
Su caja cerebral es un alhajero vacío. No pueden razonar por sí mismos,
como si el seso les faltara. Una antigua leyenda cuenta que cuando el
Creador pobló el mundo de hombres, comenzó por fabricar los cuerpos á
guisa de maniquíes. Antes de lanzarlos á la circulación levantó sus calotas
craneanas y llenó los cofres con diversas pastas divinas, amalgamando las
aptitudes y cualidades del espíritu, buenas y malas. Fuera imprevisión al
calcular las cantidades, ó desaliento al ver los primeros ejemplares de su
obra maestra, quedaron muchos sin mezcla y fueron enviados al mundo sin
nada dentro. Tal legendario origen explicaría la existencia de hombres cuya
cabeza es un simple adorno del cuerpo.
Viven de una vida que es no vivir. Crecen y mueren como las plantas.
Exentos del trabajo de pensar por sí propios, no necesitan ser curiosos ni
temperamentos amorfos conmueven su complicidad más íntima; la
maleabilidad de su espíritu los seduce y creen descubrir una agudeza
particular en el arte de no comprometerse con juicios decisivos. No
sospechan que la duda del hombre superior fué siempre de otra especie,
antes ya de que lo explicara Descartes; es afán de rectificar los propios
errores hasta aprender que toda verdad es falible y que los ideales admiten
perfeccionamientos indefinidos. Los rutinarios, en cambio, no se corrigen ni
se desconvencen nunca; sus prejuicios son como los clavos: cuanto más se
golpean más se adentran. Les incomoda ver planteados en frases
armoniosas algunos de los problemas que suelen aceptar en términos
triviales, como si tuvieran pudor de la galana vestidura. Se tedian con los
escritores que dejan rastro donde ponen la mano, denunciando una
personalidad en cada frase, y mejor si intentan subordinar el estilo á las
ideas; prefieren las desteñidas elucubraciones de los autores apampanados,
exentas de las aristas que dan relieve á toda forma y cuyo mérito consiste en
transfigurar vulgaridades mediante barrocos adjetivos. Los infolios
desabridos les resultan profundos. Si un ideal parpadea en las páginas, si la
pasión enciende en ellas vibraciones de ascua, si la verdad hace crujir el
pensamiento en las frases, los libros parécenle material de hoguera. Cuando
pueden ser un punto luminoso en el porvenir ó hacia la perfección, los
rutinarios les desconfían. Veneran los mansos palimsestos, calcados sobre
los que deletrea la humanidad desde que se inventó la lectura: los que
confirman sus inocentes presunciones y halagan sus prejuicios.
Su caja cerebral es un alhajero vacío. No pueden razonar por sí mismos,
como si el seso les faltara. Una antigua leyenda cuenta que cuando el
Creador pobló el mundo de hombres, comenzó por fabricar los cuerpos á
guisa de maniquíes. Antes de lanzarlos á la circulación levantó sus calotas
craneanas y llenó los cofres con diversas pastas divinas, amalgamando las
aptitudes y cualidades del espíritu, buenas y malas. Fuera imprevisión al
calcular las cantidades, ó desaliento al ver los primeros ejemplares de su
obra maestra, quedaron muchos sin mezcla y fueron enviados al mundo sin
nada dentro. Tal legendario origen explicaría la existencia de hombres cuya
cabeza es un simple adorno del cuerpo.
Viven de una vida que es no vivir. Crecen y mueren como las plantas.
Exentos del trabajo de pensar por sí propios, no necesitan ser curiosos ni
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observadores. Son prudentes, por definición, de una prudencia
desesperante. Si uno de ellos pasara junto al campanario inclinado de Pisa,
se alejaría de él, temiendo ser aplastado. El hombre original es imprudente
y se detiene á contemplarlo. Un genio suele ir más lejos: trepa al
campanario, observa, medita, ensaya, hasta descubrir las leyes más altas de
la física. Galileo.
Si la humanidad hubiera contado solamente con ellos, nuestros
conocimientos no excederían de los que tuvo el ancestral «hominidio» en
las primitivas pampas americanas. La cultura es el fruto de la curiosidad, de
esa inquietud misteriosa que invita á mirar el fondo de todos los abismos. El
pavo no es curioso; nunca interroga á la naturaleza. Observa Ardigó que las
personas vulgares pasan la vida entera viendo la luna en su sitio, arriba, sin
preguntarse por qué está siempre allí, sin caerse; más bien creerán que el
preguntárselo no es propio de un hombre cuerdo. Dirán que está allí porque
es su sitio y encontrarán extraño que se busque la explicación de cosa tan
natural. Sólo el hombre que cometa la incorrección de oponerse al sentido
común, es decir, un original ó un genio—que en esto se parecen—, puede
formular la pregunta sacrílega: ¿por qué la luna está allí y no se cae? Ese
hombre que osa desconfiar de la rutina es Newton, un audaz á quien
incumbe adivinar algún parecido entre la pálida lámpara suspendida en el
cielo y la manzana que cae del árbol mecido por la brisa. Ningún rutinario
habría descubierto que una misma fuerza hace girar la luna hacia arriba y
caer la manzana hacia abajo.
En esos hombres, inmunes á la pasión de la verdad, supremo ideal á que
sacrificaron su vida pensadores y filósofos, no caben impulsos de
perfección. Son como las aguas muertas; se pueblan de gérmenes nocivos y
acaban por descomponerse. El que no cultiva su mente, va derecho á la
disgregación del carácter. No desbastar la propia ignorancia es perecer en
vida; los caracteres mediocres están muertos antes de morir. Las tierras
fértiles se enmalezan cuando no son cultivadas; los espíritus rutinarios se
pueblan de prejuicios, que los esclavizan.
II.—Los estigmas mentales de la mediocridad.
desesperante. Si uno de ellos pasara junto al campanario inclinado de Pisa,
se alejaría de él, temiendo ser aplastado. El hombre original es imprudente
y se detiene á contemplarlo. Un genio suele ir más lejos: trepa al
campanario, observa, medita, ensaya, hasta descubrir las leyes más altas de
la física. Galileo.
Si la humanidad hubiera contado solamente con ellos, nuestros
conocimientos no excederían de los que tuvo el ancestral «hominidio» en
las primitivas pampas americanas. La cultura es el fruto de la curiosidad, de
esa inquietud misteriosa que invita á mirar el fondo de todos los abismos. El
pavo no es curioso; nunca interroga á la naturaleza. Observa Ardigó que las
personas vulgares pasan la vida entera viendo la luna en su sitio, arriba, sin
preguntarse por qué está siempre allí, sin caerse; más bien creerán que el
preguntárselo no es propio de un hombre cuerdo. Dirán que está allí porque
es su sitio y encontrarán extraño que se busque la explicación de cosa tan
natural. Sólo el hombre que cometa la incorrección de oponerse al sentido
común, es decir, un original ó un genio—que en esto se parecen—, puede
formular la pregunta sacrílega: ¿por qué la luna está allí y no se cae? Ese
hombre que osa desconfiar de la rutina es Newton, un audaz á quien
incumbe adivinar algún parecido entre la pálida lámpara suspendida en el
cielo y la manzana que cae del árbol mecido por la brisa. Ningún rutinario
habría descubierto que una misma fuerza hace girar la luna hacia arriba y
caer la manzana hacia abajo.
En esos hombres, inmunes á la pasión de la verdad, supremo ideal á que
sacrificaron su vida pensadores y filósofos, no caben impulsos de
perfección. Son como las aguas muertas; se pueblan de gérmenes nocivos y
acaban por descomponerse. El que no cultiva su mente, va derecho á la
disgregación del carácter. No desbastar la propia ignorancia es perecer en
vida; los caracteres mediocres están muertos antes de morir. Las tierras
fértiles se enmalezan cuando no son cultivadas; los espíritus rutinarios se
pueblan de prejuicios, que los esclavizan.
II.—Los estigmas mentales de la mediocridad.
Page 65
En el verdadero hombre mediocre, la cabeza es un simple adorno del
cuerpo. Si nos oye decir que sirve para pensar, cree que estamos locos.
Diría que lo estuvo Pascal si leyera sus palabras decisivas: «Puedo concebir
un hombre sin manos, sin pies; llegaría hasta concebirlo sin cabeza, si la
experiencia no me enseñara que por ella se piensa. Es el pensamiento lo que
caracteriza al hombre; sin él no podemos concebirlo.» (Pensées; XXIII.) Si
de esto dedujéramos que quien no piensa no existe, la conclusión
desternillaría de risa á cualquier hombre satisfecho de su mediocridad.
Nacido sin el «esprit de finesse», desesperaríase en vano por adquirirlo.
Carece de perspicacia adivinadora; está condenado á no adentrarse en las
cosas ó en las personas. Su tontería no presenta soluciones de continuidad.
Cuando la envidia le corroe, puede atornasolarse de agridulces
perversidades; fuera de tal caso, diríase que el armiño de su estupidez no
presenta una sola mancha de ingenio.
El mediocre es solemne. En la pompa grandílocua de las exterioridades
busca un disfraz para su íntima oquedad; reviste de fofa retórica los
mínimos actos y pronuncia palabras insubstanciales, como si la Humanidad
entera quisiese oirlas. Las mediocracias exigen de sus actores cierta
seriedad convencional, resorte indispensable de la fantasmagoría colectiva.
Los mediocres lo saben: se adaptan á ser esas vacuas «personalidades de
respeto», certeramente acribilladas por Stirner y expuestas por Nietzsche á
la burla de todas las posteridades. Nada hacen por dignificarse, afanándose
por inflar su fantasma social. Esclavos de la sombra que sus apariencias han
proyectado en la opinión de los demás, acaban por preferirla á sí mismos.
Ese culto de la sombra oblígalos á vivir en continua alarma; suponen que
basta un momento de distracción para comprometer la obra pacientemente
elaborada en muchos años. Detestan la risa, temerosos de que el gas pueda
escaparse por la comisura de los labios y el globo se desinfle. Destituirían á
un funcionario del Estado si le sorprendieran leyendo á Bocaccio, Quevedo
ó Rabelais; creen que el buen humor compromete la respetuosidad y
estimula el hábito anarquista de reir. Constreñidos á vegetar en horizontes
estrechos, llegan hasta desdeñar todo lo ideal y todo lo agradable, en
nombre de lo inmediatamente provechoso. Su miopía mental impídeles
comprender el equilibrio supremo entre la elegancia y la fuerza, la belleza y
la sabiduría. «Donde creen descubrir las gracias del cuerpo, la agilidad, la
destreza, la flexibilidad, rehusan los dones del alma: la profundidad, la
cuerpo. Si nos oye decir que sirve para pensar, cree que estamos locos.
Diría que lo estuvo Pascal si leyera sus palabras decisivas: «Puedo concebir
un hombre sin manos, sin pies; llegaría hasta concebirlo sin cabeza, si la
experiencia no me enseñara que por ella se piensa. Es el pensamiento lo que
caracteriza al hombre; sin él no podemos concebirlo.» (Pensées; XXIII.) Si
de esto dedujéramos que quien no piensa no existe, la conclusión
desternillaría de risa á cualquier hombre satisfecho de su mediocridad.
Nacido sin el «esprit de finesse», desesperaríase en vano por adquirirlo.
Carece de perspicacia adivinadora; está condenado á no adentrarse en las
cosas ó en las personas. Su tontería no presenta soluciones de continuidad.
Cuando la envidia le corroe, puede atornasolarse de agridulces
perversidades; fuera de tal caso, diríase que el armiño de su estupidez no
presenta una sola mancha de ingenio.
El mediocre es solemne. En la pompa grandílocua de las exterioridades
busca un disfraz para su íntima oquedad; reviste de fofa retórica los
mínimos actos y pronuncia palabras insubstanciales, como si la Humanidad
entera quisiese oirlas. Las mediocracias exigen de sus actores cierta
seriedad convencional, resorte indispensable de la fantasmagoría colectiva.
Los mediocres lo saben: se adaptan á ser esas vacuas «personalidades de
respeto», certeramente acribilladas por Stirner y expuestas por Nietzsche á
la burla de todas las posteridades. Nada hacen por dignificarse, afanándose
por inflar su fantasma social. Esclavos de la sombra que sus apariencias han
proyectado en la opinión de los demás, acaban por preferirla á sí mismos.
Ese culto de la sombra oblígalos á vivir en continua alarma; suponen que
basta un momento de distracción para comprometer la obra pacientemente
elaborada en muchos años. Detestan la risa, temerosos de que el gas pueda
escaparse por la comisura de los labios y el globo se desinfle. Destituirían á
un funcionario del Estado si le sorprendieran leyendo á Bocaccio, Quevedo
ó Rabelais; creen que el buen humor compromete la respetuosidad y
estimula el hábito anarquista de reir. Constreñidos á vegetar en horizontes
estrechos, llegan hasta desdeñar todo lo ideal y todo lo agradable, en
nombre de lo inmediatamente provechoso. Su miopía mental impídeles
comprender el equilibrio supremo entre la elegancia y la fuerza, la belleza y
la sabiduría. «Donde creen descubrir las gracias del cuerpo, la agilidad, la
destreza, la flexibilidad, rehusan los dones del alma: la profundidad, la
Page 66
reflexión, la sabiduría. Borran de la historia que el más sabio y el más
virtuoso de los hombres—Sócrates—bailaba.» Esta aguda advertencia de
Montaigne, en los Ensayos, mereció una corroboración de Pascal en sus
Pensamientos: «Ordinariamente suele imaginarse á Platón y Aristóteles con
grandes togas y como personajes graves y serios. Eran buenos sujetos, que
jaraneaban, como los demás, en el seno de la amistad. Escribieron sus leyes
y sus tratados de política para distraerse y divertirse; esa era la parte menos
filosófica de su vida. La más filosófica era vivir sencilla y tranquilamente.»
El hombre mediocre que renunciara á su solemnidad, quedaría desorbitado;
no podría vivir.
Son modestos, por principio. Pretenden que todos lo sean, exigencia tanto
más fácil por cuanto la modestia sobra en ellos, desprovistos de méritos
verdaderos. Consideran tan nocivo al que proclama las propias
superioridades en voz alta como al que se ríe de sus convencionalismos
suntuosos. Llaman modestia á la prohibición de reclamar los derechos
naturales del genio, de la santidad ó del heroísmo. Las únicas víctimas de
esa falsa virtud son los hombres excelentes, constreñidos á no pestañear
mientras los mediocres empañan su gloria. Para los imbéciles nada más
fácil que ser modestos: lo son por necesidad irrevocable; los más inflados lo
fingen por cálculo, considerando que esa actitud es el complemento
necesario de la solemnidad y deja sospechar la existencia de méritos
pudibundos. Heine dijo: «Los charlatanes de la modestia son los peores de
todos.» Y Goethe sentenció: «Solamente los bribones son modestos». Ello
no obsta para que esa reputación sea un tesoro en las mediocracias. Se
presume que el modesto nunca podrá ser original, ni alzará su palabra, ni
tendrá opiniones peligrosas, ni desaprobará á los que gobiernan, ni
blasfemará de los prejuicios: el hombre que se inviste de esa toga hipócrita
renuncia á vivir más de lo que le permitan sus cómplices. Hay, es cierto,
otra forma de modestia, estimable como virtud legítima: es el afán decoroso
de no gravitar sobre los que nos rodean, sin declinar por ello la más leve
partícula de nuestra dignidad. Tal modestia es un simple respeto de sí
mismo y de los demás. Esos hombres son raros; comparados con los falsos
modestos, son como los tréboles de cuatro hojas. Fracasados hay que se
creen genios no comprendidos y se resignan á ser modestos para no estorbar
á la mediocracia que puede hacerlos funcionarios; y son mediocres, lo
mismo que los otros, con más la cataplasma de la modestia sobre las úlceras
de su mediocridad. En ellos, como sentenció La Bruyère, «la falsa modestia
virtuoso de los hombres—Sócrates—bailaba.» Esta aguda advertencia de
Montaigne, en los Ensayos, mereció una corroboración de Pascal en sus
Pensamientos: «Ordinariamente suele imaginarse á Platón y Aristóteles con
grandes togas y como personajes graves y serios. Eran buenos sujetos, que
jaraneaban, como los demás, en el seno de la amistad. Escribieron sus leyes
y sus tratados de política para distraerse y divertirse; esa era la parte menos
filosófica de su vida. La más filosófica era vivir sencilla y tranquilamente.»
El hombre mediocre que renunciara á su solemnidad, quedaría desorbitado;
no podría vivir.
Son modestos, por principio. Pretenden que todos lo sean, exigencia tanto
más fácil por cuanto la modestia sobra en ellos, desprovistos de méritos
verdaderos. Consideran tan nocivo al que proclama las propias
superioridades en voz alta como al que se ríe de sus convencionalismos
suntuosos. Llaman modestia á la prohibición de reclamar los derechos
naturales del genio, de la santidad ó del heroísmo. Las únicas víctimas de
esa falsa virtud son los hombres excelentes, constreñidos á no pestañear
mientras los mediocres empañan su gloria. Para los imbéciles nada más
fácil que ser modestos: lo son por necesidad irrevocable; los más inflados lo
fingen por cálculo, considerando que esa actitud es el complemento
necesario de la solemnidad y deja sospechar la existencia de méritos
pudibundos. Heine dijo: «Los charlatanes de la modestia son los peores de
todos.» Y Goethe sentenció: «Solamente los bribones son modestos». Ello
no obsta para que esa reputación sea un tesoro en las mediocracias. Se
presume que el modesto nunca podrá ser original, ni alzará su palabra, ni
tendrá opiniones peligrosas, ni desaprobará á los que gobiernan, ni
blasfemará de los prejuicios: el hombre que se inviste de esa toga hipócrita
renuncia á vivir más de lo que le permitan sus cómplices. Hay, es cierto,
otra forma de modestia, estimable como virtud legítima: es el afán decoroso
de no gravitar sobre los que nos rodean, sin declinar por ello la más leve
partícula de nuestra dignidad. Tal modestia es un simple respeto de sí
mismo y de los demás. Esos hombres son raros; comparados con los falsos
modestos, son como los tréboles de cuatro hojas. Fracasados hay que se
creen genios no comprendidos y se resignan á ser modestos para no estorbar
á la mediocracia que puede hacerlos funcionarios; y son mediocres, lo
mismo que los otros, con más la cataplasma de la modestia sobre las úlceras
de su mediocridad. En ellos, como sentenció La Bruyère, «la falsa modestia
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es el último refinamiento de la vanidad.» La mentira de Tartarín es ridícula;
pero la de Tartufo es ignominiosa.
Adoran el sentido común, sin saber de seguro en qué consiste; confúndenlo
con el buen sentido, que es su antítesis. Dudan cuando los demás resuelven
dudar y son eclécticos cuando los otros lo son: llaman eclecticismo al
sistema de los que, no atreviéndose á tener ninguna opinión, se apropian de
todas un poco y creen así estar á cubierto de las más inesperadas
contingencias. Temerosos de pensar, como si fincase en ello el pecado
mayor de los siete capitales, pierden la aptitud para todo juicio; cuando un
mediocre llega á juez, aunque comprenda que su deber es hacer justicia, se
esclaviza á las rutinas del sistema y cumple con su oficio: no hacerla nunca
y embrollarla con frecuencia. El temor de la exageración lo lleva á
simpatizar con la apatía y la indiferencia; bueno es desconfiar del hipócrita
que elogia todo y del fracasado que todo lo encuentra detestable; pero es
cien veces menos estimable el hombre incapaz de un sí y de un no, el que
vacila para admirar lo digno y detestar lo miserable. En el primer capítulo
de los Caracteres parece referirse á ellos La Bruyère, en un párrafo copiado
por Hello: «Pueden llegar á sentir la belleza de un manuscrito que se les lee,
pero no osan declararse en su favor hasta que hayan visto su curso en el
mundo y escuchado la opinión de los presuntos competentes; no arriesgan
su voto, quieren ser llevados por la multitud. Entonces dicen que han sido
los primeros en aprobar la obra y cacarean que el público es de su opinión.»
Temerosos de juzgar por sí mismos, se consideran obligados á dudar de los
jóvenes; ello no les impide, después de su triunfo, decir que fueron sus
descubridores. Entonces prodíganles juramentos de esclavitud, que llaman
palabras de estímulo: son el homenaje de su pavor inconfesable. Su
protección á toda superioridad ya irresistible, es un anticipo usurario sobre
la gloria segura: prefieren tenerla propicia á sentirla hostil.
Hacen mal por imprevisión ó por inconsciencia, como los niños que matan
gorriones á pedradas. Traicionan por descuido. Comprometen por
distracción. Son incapaces de guardar un secreto; confiárselo equivale á
ocultar un tesoro en caja de vidrio. Si la vanidad no les tienta, suelen
atravesar la penumbra sin herir ni ser heridos, llevando á cuestas cierto
optimismo de Pangloss. Á fuerza de paciencia pueden adquirir alguna
aptitud parcial, como esos autómatas perfeccionados que honran á la
juguetería moderna: podría concedérseles una especie de talento sin talento,
pero la de Tartufo es ignominiosa.
Adoran el sentido común, sin saber de seguro en qué consiste; confúndenlo
con el buen sentido, que es su antítesis. Dudan cuando los demás resuelven
dudar y son eclécticos cuando los otros lo son: llaman eclecticismo al
sistema de los que, no atreviéndose á tener ninguna opinión, se apropian de
todas un poco y creen así estar á cubierto de las más inesperadas
contingencias. Temerosos de pensar, como si fincase en ello el pecado
mayor de los siete capitales, pierden la aptitud para todo juicio; cuando un
mediocre llega á juez, aunque comprenda que su deber es hacer justicia, se
esclaviza á las rutinas del sistema y cumple con su oficio: no hacerla nunca
y embrollarla con frecuencia. El temor de la exageración lo lleva á
simpatizar con la apatía y la indiferencia; bueno es desconfiar del hipócrita
que elogia todo y del fracasado que todo lo encuentra detestable; pero es
cien veces menos estimable el hombre incapaz de un sí y de un no, el que
vacila para admirar lo digno y detestar lo miserable. En el primer capítulo
de los Caracteres parece referirse á ellos La Bruyère, en un párrafo copiado
por Hello: «Pueden llegar á sentir la belleza de un manuscrito que se les lee,
pero no osan declararse en su favor hasta que hayan visto su curso en el
mundo y escuchado la opinión de los presuntos competentes; no arriesgan
su voto, quieren ser llevados por la multitud. Entonces dicen que han sido
los primeros en aprobar la obra y cacarean que el público es de su opinión.»
Temerosos de juzgar por sí mismos, se consideran obligados á dudar de los
jóvenes; ello no les impide, después de su triunfo, decir que fueron sus
descubridores. Entonces prodíganles juramentos de esclavitud, que llaman
palabras de estímulo: son el homenaje de su pavor inconfesable. Su
protección á toda superioridad ya irresistible, es un anticipo usurario sobre
la gloria segura: prefieren tenerla propicia á sentirla hostil.
Hacen mal por imprevisión ó por inconsciencia, como los niños que matan
gorriones á pedradas. Traicionan por descuido. Comprometen por
distracción. Son incapaces de guardar un secreto; confiárselo equivale á
ocultar un tesoro en caja de vidrio. Si la vanidad no les tienta, suelen
atravesar la penumbra sin herir ni ser heridos, llevando á cuestas cierto
optimismo de Pangloss. Á fuerza de paciencia pueden adquirir alguna
aptitud parcial, como esos autómatas perfeccionados que honran á la
juguetería moderna: podría concedérseles una especie de talento sin talento,
Page 68
quisicosa del ser y del no ser, intermediaria entre una estupidez complicada
y una habilidad inocente. Juzgan las palabras sin advertir que ellas se
refieren á cosas; admiten con un nombre lo que repudian con otro. Creen
aceptar una idea que no comprenden, rebelándose avergonzados ante sus
naturales consecuencias. En sus juicios sustituyen la significación ficticia al
sentido real; se convencen de lo que tiene un sitio marcado en su mollera y
muéstranse esquivos á lo que no encaja en las denominaciones ó categorías
que ya cuadriculan su espíritu. Son feligreses de la palabra; no ascienden á
la idea ni conciben el ideal. Su mayor ingenio es siempre verbal y sólo
llegan al chascarrillo, que es una prestidigitación de palabras; tiemblan ante
los que pueden jugar con las ideas y producir esa suprema gracia del
espíritu que es la paradoja. Mediante ésta se descubren los puntos de vista
que permiten conciliar los contrarios y se enseña la única noción absoluta:
toda verdad es relativa al que la cree y sus contrarias pueden, para otro, ser
verdades al mismo tiempo.
La mediocridad intelectual hace al hombre solemne, modesto, incoloro y
obtuso. Esas cualidades le hacen temer el asombro, rehuir el peligro.
Cuando no le envenena la vanidad y la envidia, diríase que duerme sin
soñar. Pasea su vida por las llanuras; evita mirar desde las cumbres que
escalan los videntes y asomarse á los abismos que sondan los elegidos. Vive
entre los engranajes de la rutina.
III.—La maledicencia.
Mientras se limitan á vegetar, agobiados como cariátides bajo el peso de sus
atributos, los hombres mediocres escapan á la reprobación y á la alabanza.
Circunscritos á su órbita, son tan respetables como los demás objetos que
nos rodean. No hay culpa en nacer sin dotes excepcionales; no puede
exigírseles que trepen las cuestas riscosas por donde ascienden los preclaros
ingenios. Merecen la indulgencia de los espíritus privilegiados, que
tampoco la rehusan á los imbéciles inofensivos. Éstos últimos, con ser más
indigentes, podrían justificarse ante un optimismo risueño: zurdos en todo,
rompen el tedio y hacen parecer la vida menos larga, divirtiendo á los
ingeniosos y ayudándolos á andar el camino. Son buenos compañeros y
desopilan el bazo durante la marcha; habría que agradecerles los servicios
que prestan sin sospecharlo. Los mediocres, lo mismo que los imbéciles,
y una habilidad inocente. Juzgan las palabras sin advertir que ellas se
refieren á cosas; admiten con un nombre lo que repudian con otro. Creen
aceptar una idea que no comprenden, rebelándose avergonzados ante sus
naturales consecuencias. En sus juicios sustituyen la significación ficticia al
sentido real; se convencen de lo que tiene un sitio marcado en su mollera y
muéstranse esquivos á lo que no encaja en las denominaciones ó categorías
que ya cuadriculan su espíritu. Son feligreses de la palabra; no ascienden á
la idea ni conciben el ideal. Su mayor ingenio es siempre verbal y sólo
llegan al chascarrillo, que es una prestidigitación de palabras; tiemblan ante
los que pueden jugar con las ideas y producir esa suprema gracia del
espíritu que es la paradoja. Mediante ésta se descubren los puntos de vista
que permiten conciliar los contrarios y se enseña la única noción absoluta:
toda verdad es relativa al que la cree y sus contrarias pueden, para otro, ser
verdades al mismo tiempo.
La mediocridad intelectual hace al hombre solemne, modesto, incoloro y
obtuso. Esas cualidades le hacen temer el asombro, rehuir el peligro.
Cuando no le envenena la vanidad y la envidia, diríase que duerme sin
soñar. Pasea su vida por las llanuras; evita mirar desde las cumbres que
escalan los videntes y asomarse á los abismos que sondan los elegidos. Vive
entre los engranajes de la rutina.
III.—La maledicencia.
Mientras se limitan á vegetar, agobiados como cariátides bajo el peso de sus
atributos, los hombres mediocres escapan á la reprobación y á la alabanza.
Circunscritos á su órbita, son tan respetables como los demás objetos que
nos rodean. No hay culpa en nacer sin dotes excepcionales; no puede
exigírseles que trepen las cuestas riscosas por donde ascienden los preclaros
ingenios. Merecen la indulgencia de los espíritus privilegiados, que
tampoco la rehusan á los imbéciles inofensivos. Éstos últimos, con ser más
indigentes, podrían justificarse ante un optimismo risueño: zurdos en todo,
rompen el tedio y hacen parecer la vida menos larga, divirtiendo á los
ingeniosos y ayudándolos á andar el camino. Son buenos compañeros y
desopilan el bazo durante la marcha; habría que agradecerles los servicios
que prestan sin sospecharlo. Los mediocres, lo mismo que los imbéciles,
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son acreedores á esa amable tolerancia mientras se mantienen á la capa.
Cuando renuncian á imponer sus rutinas son admirables ejemplares del
rebaño humano, siempre dispuestos á ofrecer su lana á los pastores.
Desgraciadamente, suelen olvidar su inferior jerarquía y pretenden tocar la
zampoña, con la irrisoria pretensión de que otros marquen el paso á compás
de sus desafinamientos. Tórnanse entonces peligrosos y nocivos. Detestan á
los que no pueden igualar, como si les ofendieran con superarles. Sin alas
para elevarse hasta ellos, deciden rebajarlos; la exigüidad del propio
valimiento les induce á roer el mérito ajeno. Clavan sus dientes en toda
reputación que les humilla, sin sospechar que nunca es más vil la conducta
humana; basta ese rasgo para distinguir al doméstico del digno, al ignorante
del sabio, al hipócrita del virtuoso, al villano del gentil hombre. Los lacayos
pueden hozar en la fama; los hombres excelentes no saben envenenar la
vida ajena.
Ninguna escena alegórica posee más honda elocuencia: La calumnia invita
á meditar con doloroso recogimiento; en toda la Galería de los Oficios
parecen resonar las palabras que Sandro Botticelli—no lo dudemos—quiso
poner en labios de la Verdad, para consuelo de la víctima: en su encono está
la medida de tu mérito...
La Inocencia yace, en el centro del cuadro, acoquinada bajo el infame gesto
de la Calumnia. La Envidia la precede; el Engaño y la Hipocresía la
acompañan. Todas las pasiones viles y traidoras suman su esfuerzo
implacable para el triunfo del mal. El Arrepentimiento mira de través hacia
el opuesto extremo, donde está, como siempre, sola y desnuda, la Verdad;
contrastando con el salvaje ademán de sus enemigas, ella levanta su índice
al cielo en una tranquila apelación á la justicia divina. Y mientras la víctima
junta sus manos y las tiende hacia ella, en una súplica infinita y
conmovedora, el juez Midas presta sus vastas orejas á la Ignorancia y la
Sospecha.
En esta apasionada reconstrucción de un cuadro de Apeles, descrito por
Luciano, parece adquirir dramáticas firmezas el suave pincel que desborda
dulzuras en la «Virgen del Granado» y el «San Sebastián,» invita al
remordimiento con «La Abandonada,» santifica la vida y el amor en la
«Alegoría de la Primavera» y el «Nacimiento de Venus.»
Cuando renuncian á imponer sus rutinas son admirables ejemplares del
rebaño humano, siempre dispuestos á ofrecer su lana á los pastores.
Desgraciadamente, suelen olvidar su inferior jerarquía y pretenden tocar la
zampoña, con la irrisoria pretensión de que otros marquen el paso á compás
de sus desafinamientos. Tórnanse entonces peligrosos y nocivos. Detestan á
los que no pueden igualar, como si les ofendieran con superarles. Sin alas
para elevarse hasta ellos, deciden rebajarlos; la exigüidad del propio
valimiento les induce á roer el mérito ajeno. Clavan sus dientes en toda
reputación que les humilla, sin sospechar que nunca es más vil la conducta
humana; basta ese rasgo para distinguir al doméstico del digno, al ignorante
del sabio, al hipócrita del virtuoso, al villano del gentil hombre. Los lacayos
pueden hozar en la fama; los hombres excelentes no saben envenenar la
vida ajena.
Ninguna escena alegórica posee más honda elocuencia: La calumnia invita
á meditar con doloroso recogimiento; en toda la Galería de los Oficios
parecen resonar las palabras que Sandro Botticelli—no lo dudemos—quiso
poner en labios de la Verdad, para consuelo de la víctima: en su encono está
la medida de tu mérito...
La Inocencia yace, en el centro del cuadro, acoquinada bajo el infame gesto
de la Calumnia. La Envidia la precede; el Engaño y la Hipocresía la
acompañan. Todas las pasiones viles y traidoras suman su esfuerzo
implacable para el triunfo del mal. El Arrepentimiento mira de través hacia
el opuesto extremo, donde está, como siempre, sola y desnuda, la Verdad;
contrastando con el salvaje ademán de sus enemigas, ella levanta su índice
al cielo en una tranquila apelación á la justicia divina. Y mientras la víctima
junta sus manos y las tiende hacia ella, en una súplica infinita y
conmovedora, el juez Midas presta sus vastas orejas á la Ignorancia y la
Sospecha.
En esta apasionada reconstrucción de un cuadro de Apeles, descrito por
Luciano, parece adquirir dramáticas firmezas el suave pincel que desborda
dulzuras en la «Virgen del Granado» y el «San Sebastián,» invita al
remordimiento con «La Abandonada,» santifica la vida y el amor en la
«Alegoría de la Primavera» y el «Nacimiento de Venus.»
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Los mediocres, más inclinados á la hipocresía que al odio, prefieren la
maledicencia sorda á la calumnia violenta. Sabiendo que ésta es criminal y
arriesgada, optan por la primera, cuya infamia es subrepticia y sutil. La una
es audaz; la otra cobarde. El calumniador desafía el castigo, se expone; el
maldiciente lo esquiva. El uno se aparta de la mediocridad, es antisocial, es
delincuente; el otro se encubre en la complicidad de sus iguales,
manteniéndose en la penumbra.
Los maldicientes florecen doquiera: en los cenáculos, en los clubs, en las
academias, en las familias, en las profesiones, acosando á todos los que
perfilan alguna originalidad. Hablan á media voz, con recato, constantes en
su afán de taladrar la dicha ajena, sembrando á puñados la semilla de todas
las yerbas venenosas. La maledicencia es una serpiente que se insinúa en la
conversación de los envilecidos: sus vértebras son nombres propios,
articuladas por los verbos más equívocos del diccionario para arrastrar un
cuerpo cuyas escamas son calificativos pavorosos.
Vierten la infamia en todas las copas transparentes, con la serenidad de
Borgias; las manos que la manejan parecen de prestidigitadores, diestras en
la manera y amables en la forma. Una sonrisa, un levantar de espaldas, un
fruncir la frente como suscribiendo á la posibilidad del mal, bastan para
macular la probidad de un hombre ó el honor de una mujer. El maldiciente,
cobarde entre todos los envenenadores, está seguro de la impunidad: por
eso es despreciable. No afirma, pero insinúa; llega hasta desmentir
imputaciones que nadie hace, contando con la irresponsabilidad de hacerlas
en esa forma. Miente con espontaneidad, como respira. Sabe seleccionar lo
que converge á la detracción. Dice distraídamente todo el mal de que no
está seguro y calla con prudencia todo el bien que sabe. No respeta las
virtudes íntimas ni los secretos del hogar, nada; inyecta la gota de ponzoña
que asoma como una erupción en sus labios irritados, hasta que de toda la
boca, hecha una pústula, el interlocutor espera ver salir, en vez de lengua,
un estilete.
Sin cobardía, no hay maledicencia. El que puede gritar cara á cara una
injuria, el que denuncia á voces un vicio ajeno, el que acepta los riesgos de
sus decires, no es un maldiciente. Para serlo es menester temblar ante la
idea del castigo posible y cubrirse con las máscaras menos sospechosas.
Los peores son los que maldicen elogiando: templan su aplauso con
arremangadas reservas, más graves que las peores imputaciones. Tal bajeza
maledicencia sorda á la calumnia violenta. Sabiendo que ésta es criminal y
arriesgada, optan por la primera, cuya infamia es subrepticia y sutil. La una
es audaz; la otra cobarde. El calumniador desafía el castigo, se expone; el
maldiciente lo esquiva. El uno se aparta de la mediocridad, es antisocial, es
delincuente; el otro se encubre en la complicidad de sus iguales,
manteniéndose en la penumbra.
Los maldicientes florecen doquiera: en los cenáculos, en los clubs, en las
academias, en las familias, en las profesiones, acosando á todos los que
perfilan alguna originalidad. Hablan á media voz, con recato, constantes en
su afán de taladrar la dicha ajena, sembrando á puñados la semilla de todas
las yerbas venenosas. La maledicencia es una serpiente que se insinúa en la
conversación de los envilecidos: sus vértebras son nombres propios,
articuladas por los verbos más equívocos del diccionario para arrastrar un
cuerpo cuyas escamas son calificativos pavorosos.
Vierten la infamia en todas las copas transparentes, con la serenidad de
Borgias; las manos que la manejan parecen de prestidigitadores, diestras en
la manera y amables en la forma. Una sonrisa, un levantar de espaldas, un
fruncir la frente como suscribiendo á la posibilidad del mal, bastan para
macular la probidad de un hombre ó el honor de una mujer. El maldiciente,
cobarde entre todos los envenenadores, está seguro de la impunidad: por
eso es despreciable. No afirma, pero insinúa; llega hasta desmentir
imputaciones que nadie hace, contando con la irresponsabilidad de hacerlas
en esa forma. Miente con espontaneidad, como respira. Sabe seleccionar lo
que converge á la detracción. Dice distraídamente todo el mal de que no
está seguro y calla con prudencia todo el bien que sabe. No respeta las
virtudes íntimas ni los secretos del hogar, nada; inyecta la gota de ponzoña
que asoma como una erupción en sus labios irritados, hasta que de toda la
boca, hecha una pústula, el interlocutor espera ver salir, en vez de lengua,
un estilete.
Sin cobardía, no hay maledicencia. El que puede gritar cara á cara una
injuria, el que denuncia á voces un vicio ajeno, el que acepta los riesgos de
sus decires, no es un maldiciente. Para serlo es menester temblar ante la
idea del castigo posible y cubrirse con las máscaras menos sospechosas.
Los peores son los que maldicen elogiando: templan su aplauso con
arremangadas reservas, más graves que las peores imputaciones. Tal bajeza
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en el pensar es una insidiosa manera de practicar el mal, de efectuarlo
potencialmente, sin el valor de la acción rectilínea.
Si estos basiliscos parlantes poseen algún barniz de cultura, pretenden
encubrir su infamia con el pabellón de la espiritualidad. Vana esperanza;
están condenados á perseguir la gracia y tropezar con la perfidia. Su burla
no es sonrisa, es mueca. El ejercicio puede tornarles fácil la malignidad
zumbona, pero ella no se confunde con la ironía sagaz y justa. La ironía es
la perfección de la gracia, una convergencia de intención y de sonrisa,
aguda en la oportunidad y justa en la medida; es un cronómetro, no anda
mucho, sino con precisión. Eso ignora el mediocre. Le es más fácil
ridiculizar una sublime acción que imitarla. En las sobremesas subalternas
su dicacidad urticante puede confundirse con la gracia, mientras le ampara
la complicidad maldiciente; pero fáltale el aticismo sano del que todo
perdona en fuerza de comprenderlo todo y esa inteligencia cristalina que
permite descifrar la verdad en la entraña misma de las cosas que el vaivén
mundano somete á nuestra experiencia. Esos ofidios tienen malignidades
perversas por su misma falta de hidalguía; disfrazan de mesurada
condolencia el encono de su inferioridad humillada. Se alimentan de
diminutas perfidias; suponen que, á fuer de pequeñas, no se advertirá que
son infames. Por eso los calumniadores minúsculos son más terribles, como
las fuerzas moleculares que nadie ve y carcomen los metales más nobles.
Ciertos asesinos llegan á sentir un pánico indefinible cuando ven vaciarse á
borbotones las venas de una herida; el maldiciente lo ignora al sembrar sus
añagazas de esterquilinio. No lo necesita; sabe que tiene á su espalda un
innumerable jabardillo de cómplices, regocijados cada vez que un espíritu
omiso los acomuna contra una estrella.
El mediocre parlante es peor por su moral que por su estilo; su lengua
centuplícase en copiosidades acicaladas y las palabras ruedan sin la traba de
la ulterioridad. El escritor mediocre, en cambio, es peor por su estilo que
por su moral. Acosa tímidamente á los que envidia; en sus collonadas se
nota la temperancia del miedo, como si le urticaran los peligros de la
responsabilidad. Abunda entre los malos escritores, aunque no todos los
mediocres consiguen serlo; muchos se limitan á ser terriblemente aburridos,
acosándonos con volúmenes que podrían terminar en el primer párrafo. Sus
páginas están embalumadas de lugares comunes, como los ejercicios de las
guías políglotas. Describen dando tropiezos contra la realidad; son objetivos
potencialmente, sin el valor de la acción rectilínea.
Si estos basiliscos parlantes poseen algún barniz de cultura, pretenden
encubrir su infamia con el pabellón de la espiritualidad. Vana esperanza;
están condenados á perseguir la gracia y tropezar con la perfidia. Su burla
no es sonrisa, es mueca. El ejercicio puede tornarles fácil la malignidad
zumbona, pero ella no se confunde con la ironía sagaz y justa. La ironía es
la perfección de la gracia, una convergencia de intención y de sonrisa,
aguda en la oportunidad y justa en la medida; es un cronómetro, no anda
mucho, sino con precisión. Eso ignora el mediocre. Le es más fácil
ridiculizar una sublime acción que imitarla. En las sobremesas subalternas
su dicacidad urticante puede confundirse con la gracia, mientras le ampara
la complicidad maldiciente; pero fáltale el aticismo sano del que todo
perdona en fuerza de comprenderlo todo y esa inteligencia cristalina que
permite descifrar la verdad en la entraña misma de las cosas que el vaivén
mundano somete á nuestra experiencia. Esos ofidios tienen malignidades
perversas por su misma falta de hidalguía; disfrazan de mesurada
condolencia el encono de su inferioridad humillada. Se alimentan de
diminutas perfidias; suponen que, á fuer de pequeñas, no se advertirá que
son infames. Por eso los calumniadores minúsculos son más terribles, como
las fuerzas moleculares que nadie ve y carcomen los metales más nobles.
Ciertos asesinos llegan á sentir un pánico indefinible cuando ven vaciarse á
borbotones las venas de una herida; el maldiciente lo ignora al sembrar sus
añagazas de esterquilinio. No lo necesita; sabe que tiene á su espalda un
innumerable jabardillo de cómplices, regocijados cada vez que un espíritu
omiso los acomuna contra una estrella.
El mediocre parlante es peor por su moral que por su estilo; su lengua
centuplícase en copiosidades acicaladas y las palabras ruedan sin la traba de
la ulterioridad. El escritor mediocre, en cambio, es peor por su estilo que
por su moral. Acosa tímidamente á los que envidia; en sus collonadas se
nota la temperancia del miedo, como si le urticaran los peligros de la
responsabilidad. Abunda entre los malos escritores, aunque no todos los
mediocres consiguen serlo; muchos se limitan á ser terriblemente aburridos,
acosándonos con volúmenes que podrían terminar en el primer párrafo. Sus
páginas están embalumadas de lugares comunes, como los ejercicios de las
guías políglotas. Describen dando tropiezos contra la realidad; son objetivos
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que operan y no retortas que destilan; se desesperan pensando que la
calcomanía no figura entre las bellas artes. Si acometen la literatura, diríase
que Vasco de Gama emprende el descubrimiento de todos los lugares
comunes, sin vislumbrar el cabo de una buena esperanza; si chapalean la
ciencia, su andar es de mula montañesa, deteniéndose á rumiar el pienso
pastado medio siglo antes por sus predecesores. Esos fieles de la rapsodia y
de la paráfrasis practican una pudibunda modestia, que es la mentira
convencional de los mediocres; se admiran entre sí, con solidaridad de
logia, execrando cualquier soplo de ciclón ó revoloteo de águila. Palidecen
ante el orgullo desdeñoso de los hombres cuyos ideales no sufren
inflexiones; fingen no comprender esa virtud de santos y de sabios,
supremo desprecio de todas las mentiras veneradas por la mediocridad.
El escritor mediocre, tímido y prudente, resulta inofensivo. Solamente la
envidia puede encelarle; entonces prefiere hacerse crítico. La maledicencia
oral tiene, en cambio, eficacias inmediatas, pavorosas. Está en todas partes
y agrede en cualquier momento. Cuando se reúnen espíritus pazguatos, para
turnarse en decires sin interés para quien los dice y quien los escucha, el
terreno es propicio para que el más alevoso comience á maldecir de algún
ilustre, rebajándolo hasta su propio nivel. La eficacia de la difamación
arraiga en la complacencia tácita de quienes la escuchan, en la cobardía
colectiva de cuantos pueden escucharla sin indignarse. Moriría si ellos no le
hicieran una atmósfera vital. Ése es su secreto. Semejante á la moneda
falsa: es circulada sin escrúpulos por muchos que no tendrían el valor de
acuñarla.
Las lenguas más acibaradas son las de aquéllos que tienen menos autoridad
moral, como enseña Molière desde la primera escena del Tartufo:
«Ceux de qui la conduite offre le plus á rire.
Sont toujours sur autrui les premiers á médire.»
Diríase que empañan la reputación ajena para disminuir el contraste con la
propia. Eso no excluye que existan casquivanos cuya culpa es inconsciente;
maldicen por ociosidad ó por diversión, sin sospechar dónde conduce el
camino en que se aventuran. Al contar una falta ajena ponen cierto amor
propio en ser interesantes, aumentándola, adornándola, pasando
insensiblemente de la verdad á la mentira, de la torpeza á la infamia, de la
calcomanía no figura entre las bellas artes. Si acometen la literatura, diríase
que Vasco de Gama emprende el descubrimiento de todos los lugares
comunes, sin vislumbrar el cabo de una buena esperanza; si chapalean la
ciencia, su andar es de mula montañesa, deteniéndose á rumiar el pienso
pastado medio siglo antes por sus predecesores. Esos fieles de la rapsodia y
de la paráfrasis practican una pudibunda modestia, que es la mentira
convencional de los mediocres; se admiran entre sí, con solidaridad de
logia, execrando cualquier soplo de ciclón ó revoloteo de águila. Palidecen
ante el orgullo desdeñoso de los hombres cuyos ideales no sufren
inflexiones; fingen no comprender esa virtud de santos y de sabios,
supremo desprecio de todas las mentiras veneradas por la mediocridad.
El escritor mediocre, tímido y prudente, resulta inofensivo. Solamente la
envidia puede encelarle; entonces prefiere hacerse crítico. La maledicencia
oral tiene, en cambio, eficacias inmediatas, pavorosas. Está en todas partes
y agrede en cualquier momento. Cuando se reúnen espíritus pazguatos, para
turnarse en decires sin interés para quien los dice y quien los escucha, el
terreno es propicio para que el más alevoso comience á maldecir de algún
ilustre, rebajándolo hasta su propio nivel. La eficacia de la difamación
arraiga en la complacencia tácita de quienes la escuchan, en la cobardía
colectiva de cuantos pueden escucharla sin indignarse. Moriría si ellos no le
hicieran una atmósfera vital. Ése es su secreto. Semejante á la moneda
falsa: es circulada sin escrúpulos por muchos que no tendrían el valor de
acuñarla.
Las lenguas más acibaradas son las de aquéllos que tienen menos autoridad
moral, como enseña Molière desde la primera escena del Tartufo:
«Ceux de qui la conduite offre le plus á rire.
Sont toujours sur autrui les premiers á médire.»
Diríase que empañan la reputación ajena para disminuir el contraste con la
propia. Eso no excluye que existan casquivanos cuya culpa es inconsciente;
maldicen por ociosidad ó por diversión, sin sospechar dónde conduce el
camino en que se aventuran. Al contar una falta ajena ponen cierto amor
propio en ser interesantes, aumentándola, adornándola, pasando
insensiblemente de la verdad á la mentira, de la torpeza á la infamia, de la
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maledicencia á la calumnia. ¿Para qué evocar las palabras memorables de la
comedia de Beaumarchais?
IV.—El éxito y la gloria.
El hombre mediocre que se aventura en la liza social tiene una sola
finalidad: el éxito. No sospecha que existe otra cosa, la gloria, ambicionada
solamente por los caracteres superiores. El éxito es un triunfo efímero, al
contado; la gloria es definitiva, inmarcesible en los siglos. El éxito se
mendiga; la gloria se conquista. El mediocre es un cortesano de la
mediocracia en que vive; triunfa humillándose, reptando, á hurtadillas, en la
sombra, disfrazado, apuntalándose en la complicidad de innumerables
similares. El hombre de mérito se adelanta á su tiempo, la pupila puesta en
un ideal; se impone dominando, iluminando, fustigando, en plena luz, á cara
descubierta, sin humillarse, ajeno á todos los embozamientos del servilismo
y de la intriga.
El éxito es, para el genio, un accidente; puede ser su peligro. Cuando la
multitud clava sus ojos por vez primera en él, y le aplaude, la lucha
empieza: desgraciado quien se olvida á sí mismo para pensar solamente en
los demás. Hay que poner más lejos la intención y la esperanza, resistiendo
las tentaciones del éxito inmediato; la gloria es más difícil, pero más digna.
El hombre excelente se reconoce porque es capaz de renunciar al éxito si en
ello está la condición de la gloria, ó si tiene por precio una partícula de su
dignidad. El mediocre, incapaz de orgullo, pone su vanidad en perseguir el
éxito, indignamente si es necesario; sabe que su sombra lo necesita. El
genio, en cambio, se revela por la perennidad de su irradiación: como si
fuera su vida un perpetuo amanecer. Para éste, el éxito es un peldaño
accidental en su ascensión; para aquél, todo consiste en trepar el peldaño,
sin sospechar siquiera que existe una cumbre.
Flota en la atmósfera como una nube, sostenido por el viento de la
mediocridad ajena; puede abocadear por la adulación lo que otros desean
conquistar por sus méritos. El que obtiene un éxito inmerecido debe
temblar: fracasará después, cien veces, en cada cambio de viento. Los
nobles ingenios sólo confían en sus alas, luchan, salvan los obstáculos,
triunfan. Sus éxitos son propiamente suyos; mientras el mediocre se entrega
comedia de Beaumarchais?
IV.—El éxito y la gloria.
El hombre mediocre que se aventura en la liza social tiene una sola
finalidad: el éxito. No sospecha que existe otra cosa, la gloria, ambicionada
solamente por los caracteres superiores. El éxito es un triunfo efímero, al
contado; la gloria es definitiva, inmarcesible en los siglos. El éxito se
mendiga; la gloria se conquista. El mediocre es un cortesano de la
mediocracia en que vive; triunfa humillándose, reptando, á hurtadillas, en la
sombra, disfrazado, apuntalándose en la complicidad de innumerables
similares. El hombre de mérito se adelanta á su tiempo, la pupila puesta en
un ideal; se impone dominando, iluminando, fustigando, en plena luz, á cara
descubierta, sin humillarse, ajeno á todos los embozamientos del servilismo
y de la intriga.
El éxito es, para el genio, un accidente; puede ser su peligro. Cuando la
multitud clava sus ojos por vez primera en él, y le aplaude, la lucha
empieza: desgraciado quien se olvida á sí mismo para pensar solamente en
los demás. Hay que poner más lejos la intención y la esperanza, resistiendo
las tentaciones del éxito inmediato; la gloria es más difícil, pero más digna.
El hombre excelente se reconoce porque es capaz de renunciar al éxito si en
ello está la condición de la gloria, ó si tiene por precio una partícula de su
dignidad. El mediocre, incapaz de orgullo, pone su vanidad en perseguir el
éxito, indignamente si es necesario; sabe que su sombra lo necesita. El
genio, en cambio, se revela por la perennidad de su irradiación: como si
fuera su vida un perpetuo amanecer. Para éste, el éxito es un peldaño
accidental en su ascensión; para aquél, todo consiste en trepar el peldaño,
sin sospechar siquiera que existe una cumbre.
Flota en la atmósfera como una nube, sostenido por el viento de la
mediocridad ajena; puede abocadear por la adulación lo que otros desean
conquistar por sus méritos. El que obtiene un éxito inmerecido debe
temblar: fracasará después, cien veces, en cada cambio de viento. Los
nobles ingenios sólo confían en sus alas, luchan, salvan los obstáculos,
triunfan. Sus éxitos son propiamente suyos; mientras el mediocre se entrega
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al rebaño que le arrastra, el superior va contra él con energías inagotables,
hasta despejar su camino.
Merecido ó no, el éxito es el alcohol de los que combaten. La primera vez
embriaga; después se convierte en imprescindible necesidad. El espíritu se
aviene á él insensiblemente. El primer éxito, grande ó pequeño, es
perturbador. Se siente una indecisión extraña, un cosquilleo moral que
deleita y molesta al mismo tiempo, como la emoción del adolescente que se
encuentra á solas por vez primera con una mujer amada: es tierna y
violenta, estimula é inhibe, instiga y amilana.
Mirar de frente al éxito, equivale á asomarse á un precipicio: se retrocede á
tiempo ó se cae en él para siempre. El éxito es un abismo irresistible, como
una boca juvenil que invita al beso; pocos retroceden. Inmerecido, es un
castigo para el mediocre: es un filtro que envenena su vanidad y le hace
infeliz para siempre; el hombre superior, en cambio, acepta como simple
anticipación de la gloria ese pequeño tributo de la mediocridad, vasalla de
sus méritos.
Se presenta bajo cien aspectos, tienta de mil maneras. Nace por un
accidente inesperado, llega por caminos invisibles. Basta el simple elogio
de un maestro estimado, el aplauso ocasional de una multitud, la conquista
fácil de una hermosa mujer; todos se equivalen, embriagan lo mismo.
Corriendo el tiempo, tórnase imposible eludir el hábito de esta embriaguez;
lo único difícil es iniciar la costumbre, como para todos los vicios. Después
no se puede vivir sin el tósigo vivificador y esa ansiedad atormenta la
existencia del que no tiene alas para ascender sin la ayuda de cómplices y
de pilotos. Para el hombre mediocre hay una certidumbre absoluta: sus
éxitos son ilusorios y fugaces, por humillante que le haya sido obtenerlos.
Ignorando que el árbol espiritual tiene frutos, se preocupa de cosechar la
hojarasca; vive de lo aleatorio, acechando las ocasiones propicias. Sin ver
más allá, se juzga como á los otros, por el éxito. Mientras el hombre
superior siente su fuerza en sí mismo y en sus ideales, el mediocre se mira
reflejado en la opinión que merece á los demás; se creería un imbécil si
supiera que le tienen por tal.
Los grandes cerebros lo buscan por la senda exclusiva del mérito. Saben
que en las mediocracias conviene seguir otros caminos; por eso no se
sienten nunca vencidos, ni sufren de un contraste más de lo que gozan de un
hasta despejar su camino.
Merecido ó no, el éxito es el alcohol de los que combaten. La primera vez
embriaga; después se convierte en imprescindible necesidad. El espíritu se
aviene á él insensiblemente. El primer éxito, grande ó pequeño, es
perturbador. Se siente una indecisión extraña, un cosquilleo moral que
deleita y molesta al mismo tiempo, como la emoción del adolescente que se
encuentra á solas por vez primera con una mujer amada: es tierna y
violenta, estimula é inhibe, instiga y amilana.
Mirar de frente al éxito, equivale á asomarse á un precipicio: se retrocede á
tiempo ó se cae en él para siempre. El éxito es un abismo irresistible, como
una boca juvenil que invita al beso; pocos retroceden. Inmerecido, es un
castigo para el mediocre: es un filtro que envenena su vanidad y le hace
infeliz para siempre; el hombre superior, en cambio, acepta como simple
anticipación de la gloria ese pequeño tributo de la mediocridad, vasalla de
sus méritos.
Se presenta bajo cien aspectos, tienta de mil maneras. Nace por un
accidente inesperado, llega por caminos invisibles. Basta el simple elogio
de un maestro estimado, el aplauso ocasional de una multitud, la conquista
fácil de una hermosa mujer; todos se equivalen, embriagan lo mismo.
Corriendo el tiempo, tórnase imposible eludir el hábito de esta embriaguez;
lo único difícil es iniciar la costumbre, como para todos los vicios. Después
no se puede vivir sin el tósigo vivificador y esa ansiedad atormenta la
existencia del que no tiene alas para ascender sin la ayuda de cómplices y
de pilotos. Para el hombre mediocre hay una certidumbre absoluta: sus
éxitos son ilusorios y fugaces, por humillante que le haya sido obtenerlos.
Ignorando que el árbol espiritual tiene frutos, se preocupa de cosechar la
hojarasca; vive de lo aleatorio, acechando las ocasiones propicias. Sin ver
más allá, se juzga como á los otros, por el éxito. Mientras el hombre
superior siente su fuerza en sí mismo y en sus ideales, el mediocre se mira
reflejado en la opinión que merece á los demás; se creería un imbécil si
supiera que le tienen por tal.
Los grandes cerebros lo buscan por la senda exclusiva del mérito. Saben
que en las mediocracias conviene seguir otros caminos; por eso no se
sienten nunca vencidos, ni sufren de un contraste más de lo que gozan de un
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éxito: ambos son obra de los demás. La gloria depende de ellos mismos. El
éxito les parece un simple reconocimiento de su derecho, un impuesto de
admiración que los mediocres les pagan en vida. Taine conoció el goce del
maestro que ve concurrir á sus lecciones un tropel de alumnos; Mozart ha
narrado las delicias del compositor oyendo sus melodías en los labios del
transeúnte que silba para darse valor al atravesar de noche una encrucijada
solitaria; Musset confiesa que fué una de sus grandes voluptuosidades oir
sus versos recitados por mujeres bellas; Castelar comentó la emoción del
orador que escucha el aplauso frenético tributado por miles de hombres. El
fenómeno es común, sin ser nuevo. Julio César, al historiar sus campañas,
trasunta la ebriedad infinita del que conquista pueblos y aniquila hordas; los
biógrafos de Beethoven narran su impresión profunda cuando se volvió á
contemplar las ovaciones que su sordera le impedía oir, al estrenar su
novena sinfonía; Stendhal ha dicho, con su ática gracia original, las
fruiciones del amador afortunado que ve sucesivamente á sus pies,
temblorosas de fiebre y ansiedad, á cien mujeres.
El éxito es benéfico si es merecido; exalta la personalidad, la estimula.
Tiene otra virtud mayor: destierra la envidia, ponzoña incurable en los
espíritus mediocres. Triunfar á tiempo, merecidamente, es el más favorable
rocío para cualquier germen de superioridad moral. El triunfo es un
bálsamo de los sentimientos, una lima eficaz contra las asperezas del
carácter. El éxito es el mejor lubrificante del corazón; el fracaso es su más
urticante corrosivo.
La fama es el pleonasmo del éxito; da transitoriamente la ilusión de la
gloria. Es su forma espúrea y subalterna, extensa pero no profunda,
esplendorosa pero fugaz. Es más que el simple éxito accesible al común de
los mediocres; pero es menos que la gloria, exclusivamente reservada á los
hombres superiores. Es oropel, piedra falsa, luz de artificio. Manifestación
directa del entusiasmo gregario, es, por eso mismo, inferior: aplauso de
multitud. Tiene algo de frenesí inconsciente y comunicativo. La gloria de
los pensadores, filósofos y artistas, que traducen su genialidad mediante la
palabra escrita, es lenta, pero estable; sus admiradores están dispersos,
ninguno aplaude á solas. En el teatro y en la asamblea la gloria es rápida y
barata, aunque ilusoria; los oyentes se sugestionan recíprocamente, suman
su entusiasmo y estallan en ovaciones. Por eso cualquier histrión de tres al
cuarto puede conocer el triunfo más de cerca que Aristóteles ó Bacon; la
éxito les parece un simple reconocimiento de su derecho, un impuesto de
admiración que los mediocres les pagan en vida. Taine conoció el goce del
maestro que ve concurrir á sus lecciones un tropel de alumnos; Mozart ha
narrado las delicias del compositor oyendo sus melodías en los labios del
transeúnte que silba para darse valor al atravesar de noche una encrucijada
solitaria; Musset confiesa que fué una de sus grandes voluptuosidades oir
sus versos recitados por mujeres bellas; Castelar comentó la emoción del
orador que escucha el aplauso frenético tributado por miles de hombres. El
fenómeno es común, sin ser nuevo. Julio César, al historiar sus campañas,
trasunta la ebriedad infinita del que conquista pueblos y aniquila hordas; los
biógrafos de Beethoven narran su impresión profunda cuando se volvió á
contemplar las ovaciones que su sordera le impedía oir, al estrenar su
novena sinfonía; Stendhal ha dicho, con su ática gracia original, las
fruiciones del amador afortunado que ve sucesivamente á sus pies,
temblorosas de fiebre y ansiedad, á cien mujeres.
El éxito es benéfico si es merecido; exalta la personalidad, la estimula.
Tiene otra virtud mayor: destierra la envidia, ponzoña incurable en los
espíritus mediocres. Triunfar á tiempo, merecidamente, es el más favorable
rocío para cualquier germen de superioridad moral. El triunfo es un
bálsamo de los sentimientos, una lima eficaz contra las asperezas del
carácter. El éxito es el mejor lubrificante del corazón; el fracaso es su más
urticante corrosivo.
La fama es el pleonasmo del éxito; da transitoriamente la ilusión de la
gloria. Es su forma espúrea y subalterna, extensa pero no profunda,
esplendorosa pero fugaz. Es más que el simple éxito accesible al común de
los mediocres; pero es menos que la gloria, exclusivamente reservada á los
hombres superiores. Es oropel, piedra falsa, luz de artificio. Manifestación
directa del entusiasmo gregario, es, por eso mismo, inferior: aplauso de
multitud. Tiene algo de frenesí inconsciente y comunicativo. La gloria de
los pensadores, filósofos y artistas, que traducen su genialidad mediante la
palabra escrita, es lenta, pero estable; sus admiradores están dispersos,
ninguno aplaude á solas. En el teatro y en la asamblea la gloria es rápida y
barata, aunque ilusoria; los oyentes se sugestionan recíprocamente, suman
su entusiasmo y estallan en ovaciones. Por eso cualquier histrión de tres al
cuarto puede conocer el triunfo más de cerca que Aristóteles ó Bacon; la
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intensidad, que es el éxito, está en razón inversa de la duración, que es la
gloria. Tales aspectos caricaturescos de la celebridad dependen de una
aptitud secundaria del triunfador ó de un estado pasajero de la mentalidad
colectiva. Amenguada la aptitud ó traspuesta la circunstancia, vuelven á la
mediocridad y asisten en vida á sus propios funerales.
Entonces pagan cara su notoriedad; vivir con perpetua nostalgia de la gloria
es su martirio. Los hijos del éxito pasajero deberían morir al caer en la
orfandad. Algún poeta melancólico escribió que es hermoso vivir de
recuerdos: frase absurda. Ello equivale á agonizar. Es la dicha del
gastrónomo obligado al ayuno, del pintor maniatado por la ceguera, del
jugador que mira el tapete y no puede arriesgar una sola ficha.
En la vida se es actor ó público, timonel ó galeote. Es tan doloroso pasar del
timón al remo, como salir del escenario para ocupar una butaca, aunque ésta
sea de primera fila. El que ha conocido el éxito no sabe resignarse á la
obscuridad; ésa es la parte más cruel de toda preeminencia fundada en el
capricho ajeno ó en aptitudes físicas transitorias. El público oscila con la
moda; el físico se gasta. La fama de un orador, de un esgrimista ó de un
comediante, sólo dura lo que una juventud; la voz, las estocadas y los gestos
se acaban alguna vez, dejando lo que en el bello decir dantesco representa
el dolor sumo: recordar en la miseria el tiempo feliz.
Para estos triunfadores accidentales, el instante en que se disipa su error
debería ser el último de la vida. Volver á la realidad es una suprema tristeza.
Preferible es que un Otelo excesivo mate de veras sobre el tablado á una
Desdémona próxima á envejecer, ó desnucarse el acróbata en un salto
prodigioso, ó rompérsele un aneurisma al orador mientras habla á cien mil
hombres que aplauden, ó ser apuñalado un don Juan por la amante más
hermosa y sensual. La vida vale por sus horas de dicha. Convendría
despedirse de ella sonriendo y gozando, mirándola de frente, con dignidad,
con la sensación de que se ha merecido vivirla hasta el último instante. Toda
ilusión que se desvanece deja tras sí una sombra indisipable. El éxito y la
celebridad no son la gloria; nada más falaz que la sanción de los
contemporáneos y de las muchedumbres. Por eso repiten los moralistas: la
fama tiene caprichos y la gloria secretos.
Compartiendo las rutinas y las debilidades de la mediocridad que les rodea,
los mediocres pueden convertirse en arquetipos de la masa amorfa,
gloria. Tales aspectos caricaturescos de la celebridad dependen de una
aptitud secundaria del triunfador ó de un estado pasajero de la mentalidad
colectiva. Amenguada la aptitud ó traspuesta la circunstancia, vuelven á la
mediocridad y asisten en vida á sus propios funerales.
Entonces pagan cara su notoriedad; vivir con perpetua nostalgia de la gloria
es su martirio. Los hijos del éxito pasajero deberían morir al caer en la
orfandad. Algún poeta melancólico escribió que es hermoso vivir de
recuerdos: frase absurda. Ello equivale á agonizar. Es la dicha del
gastrónomo obligado al ayuno, del pintor maniatado por la ceguera, del
jugador que mira el tapete y no puede arriesgar una sola ficha.
En la vida se es actor ó público, timonel ó galeote. Es tan doloroso pasar del
timón al remo, como salir del escenario para ocupar una butaca, aunque ésta
sea de primera fila. El que ha conocido el éxito no sabe resignarse á la
obscuridad; ésa es la parte más cruel de toda preeminencia fundada en el
capricho ajeno ó en aptitudes físicas transitorias. El público oscila con la
moda; el físico se gasta. La fama de un orador, de un esgrimista ó de un
comediante, sólo dura lo que una juventud; la voz, las estocadas y los gestos
se acaban alguna vez, dejando lo que en el bello decir dantesco representa
el dolor sumo: recordar en la miseria el tiempo feliz.
Para estos triunfadores accidentales, el instante en que se disipa su error
debería ser el último de la vida. Volver á la realidad es una suprema tristeza.
Preferible es que un Otelo excesivo mate de veras sobre el tablado á una
Desdémona próxima á envejecer, ó desnucarse el acróbata en un salto
prodigioso, ó rompérsele un aneurisma al orador mientras habla á cien mil
hombres que aplauden, ó ser apuñalado un don Juan por la amante más
hermosa y sensual. La vida vale por sus horas de dicha. Convendría
despedirse de ella sonriendo y gozando, mirándola de frente, con dignidad,
con la sensación de que se ha merecido vivirla hasta el último instante. Toda
ilusión que se desvanece deja tras sí una sombra indisipable. El éxito y la
celebridad no son la gloria; nada más falaz que la sanción de los
contemporáneos y de las muchedumbres. Por eso repiten los moralistas: la
fama tiene caprichos y la gloria secretos.
Compartiendo las rutinas y las debilidades de la mediocridad que les rodea,
los mediocres pueden convertirse en arquetipos de la masa amorfa,
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prohombres entre sus iguales; pero mueren con ellos. Los genios, los santos
y los héroes desdeñan toda sumisión al presente, puesta la proa hacia un
remoto ideal: resultan prohombres en la historia.
La integridad moral y la excelencia de carácter son virtudes estériles en los
ambientes mediocres, más asequibles á los apetitos del doméstico que á las
altiveces del digno: en ellos se incuba el éxito. La gloria es póstuma; nunca
ciñe de laureles la sien del que se ha complicado en las rutinas de su
tiempo; tardía á menudo, aunque siempre segura, suele ornar las frentes de
cuantos miraron al porvenir y sirvieron á un ideal, practicando aquel lema
que asumió el ginebrino: vitam impendere vero.
y los héroes desdeñan toda sumisión al presente, puesta la proa hacia un
remoto ideal: resultan prohombres en la historia.
La integridad moral y la excelencia de carácter son virtudes estériles en los
ambientes mediocres, más asequibles á los apetitos del doméstico que á las
altiveces del digno: en ellos se incuba el éxito. La gloria es póstuma; nunca
ciñe de laureles la sien del que se ha complicado en las rutinas de su
tiempo; tardía á menudo, aunque siempre segura, suele ornar las frentes de
cuantos miraron al porvenir y sirvieron á un ideal, practicando aquel lema
que asumió el ginebrino: vitam impendere vero.
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LA MEDIOCRIDAD MORAL
I. EL HOMBRE HONESTO.—II. LA MORAL DE TARTUFO.—
III. LOS TRÁNSFUGAS DE LA HONESTIDAD.—IV. LOS
SENDEROS DE LA VIRTUD: EL CORAZÓN Y EL CEREBRO.—
V. LA SANTIDAD.
I.—El hombre honesto.
La mediocridad moral es impotencia para la virtud y cobardía para el vicio.
Si hay mentes que parecen maniquíes articulados con rutinas, abundan
corazones semejantes á mongolfieras infladas de prejuicios. La honestidad
del hombre mediocre equidista del bien y del mal; niega al segundo sin
afirmar al primero. Puede aborrecer el crimen sin admirar la santidad:
incapaz de iniciativa para entrambos. La garra del pasado ásele del corazón,
estrujándole en germen todo gesto libertario. Sus prejuicios son los
documentos arqueológicos de la psicología social: residuos de virtudes
crepusculares, supervivencias de morales extinguidas.
Las mediocracias de todos los tiempos son enemigas de la santidad y de la
virtud: prefieren al hombre honesto. Error ó mentira, conviene disiparlo.
Honestidad no es virtud, aunque tampoco sea vicio. Se puede ser honesto
sin sentir un afán de perfección: sobra para ello con no ostentar el mal. Para
ser virtuoso no basta lo segundo, es indispensable lo primero. Entre el vicio,
que es una lacra, y la virtud, que es una excelencia, fluctúa la honestidad:
patrimonio común de los mediocres morales.
La virtud eleva al hombre sobre la moral de su rebaño; resiste activamente á
ella. El virtuoso presiente alguna forma de perfección futura y le sacrifica
los automatismos consolidados por el hábito. El honesto, en cambio, es
I. EL HOMBRE HONESTO.—II. LA MORAL DE TARTUFO.—
III. LOS TRÁNSFUGAS DE LA HONESTIDAD.—IV. LOS
SENDEROS DE LA VIRTUD: EL CORAZÓN Y EL CEREBRO.—
V. LA SANTIDAD.
I.—El hombre honesto.
La mediocridad moral es impotencia para la virtud y cobardía para el vicio.
Si hay mentes que parecen maniquíes articulados con rutinas, abundan
corazones semejantes á mongolfieras infladas de prejuicios. La honestidad
del hombre mediocre equidista del bien y del mal; niega al segundo sin
afirmar al primero. Puede aborrecer el crimen sin admirar la santidad:
incapaz de iniciativa para entrambos. La garra del pasado ásele del corazón,
estrujándole en germen todo gesto libertario. Sus prejuicios son los
documentos arqueológicos de la psicología social: residuos de virtudes
crepusculares, supervivencias de morales extinguidas.
Las mediocracias de todos los tiempos son enemigas de la santidad y de la
virtud: prefieren al hombre honesto. Error ó mentira, conviene disiparlo.
Honestidad no es virtud, aunque tampoco sea vicio. Se puede ser honesto
sin sentir un afán de perfección: sobra para ello con no ostentar el mal. Para
ser virtuoso no basta lo segundo, es indispensable lo primero. Entre el vicio,
que es una lacra, y la virtud, que es una excelencia, fluctúa la honestidad:
patrimonio común de los mediocres morales.
La virtud eleva al hombre sobre la moral de su rebaño; resiste activamente á
ella. El virtuoso presiente alguna forma de perfección futura y le sacrifica
los automatismos consolidados por el hábito. El honesto, en cambio, es
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pasivo, circunstancia que le asigna un nivel moral superior al del vicioso,
aunque permanece por debajo de quien practica activamente alguna virtud y
orienta su vida hacia algún ideal.
Limitándose á respetar los prejuicios que le asfixian, mide la moral con el
doble decímetro de sus iguales, á cuyas fracciones resultan irreductibles las
tendencias inferiores de los encanallados y las aspiraciones conspicuas de
los virtuosos. Si aquél no llegara á asimilar los prejuicios, hasta saturarse de
ellos, la sociedad le castigaría como delincuente por su conducta
deshonesta; si pudiera sobreponérseles, su talento moral ahondaría surcos
dignos de imitarse. La mediocridad está en no dar escándalo ni servir de
ejemplo.
La virtud representa la aristocracia del corazón; la honestidad es
democrática; el vicio es caótico. Por eso el talento moral está en la virtud, lo
mediocre en la honestidad y lo inferior en el vicio.
El hombre honesto puede practicar acciones cuya indignidad sospecha, toda
vez que á ello se sienta constreñido por la fuerza de los prejuicios, que son
discordancias entre los hábitos adquiridos y las variaciones nuevas. Las
acciones que ya son malas en el juicio original de los virtuosos, pueden
seguir siendo buenas ante el colectivo de la grey. El hombre superior
practica la virtud tal como la juzga, eludiendo los prejuicios que acoyundan
á la multitud honesta; el mediocre sigue llamando bien á lo que ya ha
dejado de serlo, por incapacidad de forjar el bien del porvenir. Sentir con el
corazón de los demás equivale á pensar con cabeza ajena.
La virtud suele ser un gesto audaz, como todo lo original; la honestidad es
un harapiento uniforme que se endosa resignadamente. El mediocre teme á
la opinión pública con la misma obsecuencia con que el zascandil teme al
infierno; nunca tiene la audacia de parecer vicioso, ni aun cuando la
apariencia del vicio es condición intrínseca de una virtud no comprendida.
Renuncia á ella por los sacrificios que implica.
Olvida que no hay perfección sin esfuerzo: sólo pueden mirar al sol de
frente los que osan clavar su pupila sin temer la ceguera. Los corazones
menguados no cosechan rosas en su huerto, por temor á las espinas; los
virtuosos saben que es necesario acometer las más punzantes para coger las
flores mejor perfumadas.
aunque permanece por debajo de quien practica activamente alguna virtud y
orienta su vida hacia algún ideal.
Limitándose á respetar los prejuicios que le asfixian, mide la moral con el
doble decímetro de sus iguales, á cuyas fracciones resultan irreductibles las
tendencias inferiores de los encanallados y las aspiraciones conspicuas de
los virtuosos. Si aquél no llegara á asimilar los prejuicios, hasta saturarse de
ellos, la sociedad le castigaría como delincuente por su conducta
deshonesta; si pudiera sobreponérseles, su talento moral ahondaría surcos
dignos de imitarse. La mediocridad está en no dar escándalo ni servir de
ejemplo.
La virtud representa la aristocracia del corazón; la honestidad es
democrática; el vicio es caótico. Por eso el talento moral está en la virtud, lo
mediocre en la honestidad y lo inferior en el vicio.
El hombre honesto puede practicar acciones cuya indignidad sospecha, toda
vez que á ello se sienta constreñido por la fuerza de los prejuicios, que son
discordancias entre los hábitos adquiridos y las variaciones nuevas. Las
acciones que ya son malas en el juicio original de los virtuosos, pueden
seguir siendo buenas ante el colectivo de la grey. El hombre superior
practica la virtud tal como la juzga, eludiendo los prejuicios que acoyundan
á la multitud honesta; el mediocre sigue llamando bien á lo que ya ha
dejado de serlo, por incapacidad de forjar el bien del porvenir. Sentir con el
corazón de los demás equivale á pensar con cabeza ajena.
La virtud suele ser un gesto audaz, como todo lo original; la honestidad es
un harapiento uniforme que se endosa resignadamente. El mediocre teme á
la opinión pública con la misma obsecuencia con que el zascandil teme al
infierno; nunca tiene la audacia de parecer vicioso, ni aun cuando la
apariencia del vicio es condición intrínseca de una virtud no comprendida.
Renuncia á ella por los sacrificios que implica.
Olvida que no hay perfección sin esfuerzo: sólo pueden mirar al sol de
frente los que osan clavar su pupila sin temer la ceguera. Los corazones
menguados no cosechan rosas en su huerto, por temor á las espinas; los
virtuosos saben que es necesario acometer las más punzantes para coger las
flores mejor perfumadas.
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El honesto es enemigo del santo, como el rutinario lo es del genio; á éste le
llama «loco» y al otro lo juzga «amoral». Y se explica: los mide con su
propia medida, en que ellos no caben. En su diccionario, «cordura» y
«moral» son los nombres que él reserva á su propia mediocridad. Para su
moral de sombras, el hipócrita es honesto; el virtuoso y el santo, que la
exceden, parécenle «amorales», y con esta calificación les endosa
veladamente cierta inmoralidad...
Son hombres de pacotilla, hechos con retazos de catecismo y con sobras de
vergüenza: el primer oferente los puede comprar á bajo precio. Con
frecuencia mantiénense honestos por conveniencia; algunas veces por
simplicidad: el prurito de la tentación no inquieta su tontería banal. Enseñan
que es necesario ser como los demás; el virtuoso anhela ser mejor. Cuando
nos dicen al oído que renunciemos al ensueño é imitemos al rebaño, no
tienen valor de aconsejarnos derechamente la apostasía del propio ideal
para complicarnos en la merienda ajena.
La mediocridad predica: «no hagas mal y serás honesto». El talento moral
tiene otras exigencias: «persigue una perfección y serás virtuoso». La
honestidad está al alcance de todos; la virtud es de pocos elegidos. El
hombre honesto aguanta el freno con que lo sujetan sus cómplices; el
hombre virtuoso se eleva sobre ellos con un golpe de ala. La mediocridad
moral es una resignación: simple falta de iniciativa, muchas veces, para
practicar el mal.
La honestidad puede ser industria, la virtud excluye el cálculo. No hay
diferencia entre el cobarde que modera sus acciones por miedo al castigo y
el codicioso que las estimula por la esperanza de una recompensa; ambos
llevan en partida doble sus cuentas corrientes con los prejuicios sociales. El
que persigue una prebenda ó tiembla ante un peligro es indigno de nombrar
la virtud: por ella se arriesgan en la proscripción ó la miseria. No diremos
por eso que el virtuoso es infalible. Pero la virtud implica una capacidad de
rectificaciones espontáneas, el reconocimiento leal de los propios errores
como una lección para los demás, la firme rectitud de la conducta ulterior.
El que paga una culpa con muchos años de virtud, es como si no hubiera
pecado: se purifica. En cambio, el mediocre no reconoce sus yerros ni se
avergüenza de ellos, agravándolos con el impudor, subrayándolos con la
reincidencia, duplicándolos con el aprovechamiento de los resultados.
llama «loco» y al otro lo juzga «amoral». Y se explica: los mide con su
propia medida, en que ellos no caben. En su diccionario, «cordura» y
«moral» son los nombres que él reserva á su propia mediocridad. Para su
moral de sombras, el hipócrita es honesto; el virtuoso y el santo, que la
exceden, parécenle «amorales», y con esta calificación les endosa
veladamente cierta inmoralidad...
Son hombres de pacotilla, hechos con retazos de catecismo y con sobras de
vergüenza: el primer oferente los puede comprar á bajo precio. Con
frecuencia mantiénense honestos por conveniencia; algunas veces por
simplicidad: el prurito de la tentación no inquieta su tontería banal. Enseñan
que es necesario ser como los demás; el virtuoso anhela ser mejor. Cuando
nos dicen al oído que renunciemos al ensueño é imitemos al rebaño, no
tienen valor de aconsejarnos derechamente la apostasía del propio ideal
para complicarnos en la merienda ajena.
La mediocridad predica: «no hagas mal y serás honesto». El talento moral
tiene otras exigencias: «persigue una perfección y serás virtuoso». La
honestidad está al alcance de todos; la virtud es de pocos elegidos. El
hombre honesto aguanta el freno con que lo sujetan sus cómplices; el
hombre virtuoso se eleva sobre ellos con un golpe de ala. La mediocridad
moral es una resignación: simple falta de iniciativa, muchas veces, para
practicar el mal.
La honestidad puede ser industria, la virtud excluye el cálculo. No hay
diferencia entre el cobarde que modera sus acciones por miedo al castigo y
el codicioso que las estimula por la esperanza de una recompensa; ambos
llevan en partida doble sus cuentas corrientes con los prejuicios sociales. El
que persigue una prebenda ó tiembla ante un peligro es indigno de nombrar
la virtud: por ella se arriesgan en la proscripción ó la miseria. No diremos
por eso que el virtuoso es infalible. Pero la virtud implica una capacidad de
rectificaciones espontáneas, el reconocimiento leal de los propios errores
como una lección para los demás, la firme rectitud de la conducta ulterior.
El que paga una culpa con muchos años de virtud, es como si no hubiera
pecado: se purifica. En cambio, el mediocre no reconoce sus yerros ni se
avergüenza de ellos, agravándolos con el impudor, subrayándolos con la
reincidencia, duplicándolos con el aprovechamiento de los resultados.
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Predicar la honestidad sería excelente si no fuera un renunciamiento á la
virtud, cuyo norte es la perfección incesante. Su elogio ha empañado el
culto del honor en las burguesías igualitarias y es la prueba más segura del
descenso moral de una sociedad. Encumbrando al mediocre se afrenta al
superior; por el honesto se olvida al virtuoso. Los espíritus acomodaticios
llegan á detestar la dignidad y la firmeza á fuerza de transigir con el
servilismo y la hipocresía.
Admirar al hombre honesto es rebajarse; adorarlo es envilecerse. Stendhal
reducía la honestidad á una simple forma de miedo; conviene agregar que
no es un miedo al mal en sí mismo, sino á la reprobación de los demás; por
eso es compatible con una total ausencia de escrúpulos para todo acto que
no tenga sanción expresa ó pueda permanecer ignorado. «J'ai vu le fond de
ce qu' on appelle les honnêtes gens: c'est hideux», decía Talleyrand,
preguntándose qué sería de los hombres honestos si el interés ó la pasión
entraran en juego. Su temor del vicio y su impotencia para la virtud se
equivalen; son simples beneficiarios de la mediocridad moral que les rodea.
Llaman mérito á su mansedumbre. No son asesinos, pero no son héroes; no
roban, pero no dan media capa al desvalido; no son traidores, pero no son
leales; no asaltan en descubierto, pero no defienden al asaltado; no violan
vírgenes, pero no redimen caídas; no conspiran contra la sociedad, pero no
cooperan al común engrandecimiento.
Frente á la honestidad hipócrita de los mediocres—propia de mentes
rutinarias y de caracteres domesticados—, existe una heráldica moral cuyos
blasones son la virtud y la santidad. Es la antítesis de la tímida obsecuencia
á los prejuicios que paraliza el corazón de los temperamentos vulgares y
degenera en esa apoteosis de la platitud sentimental que caracteriza la
irrupción de todas las burguesías. La virtud quiere fe, entusiasmo, pasión,
arrojo: de ellos vive. Los quiere en la intención y en las obras. No la hay
cuando los actos desmienten las palabras, ni cabe nobleza donde la
intención se arrastra. Por eso la mediocridad moral es más nociva en los
hombres conspicuos y en las clases privilegiadas. El sabio que traiciona á su
verdad, el filósofo que vive fuera de su moral y el noble que deshonra su
cuna, descienden á la más ignominiosa de las villanías; son menos
disculpables que el truhán encenagado en el delito. Los privilegios de la
cultura y del nacimiento imponen al que los disfruta una lealtad ejemplar
para consigo mismo. La nobleza que no está en nuestro afán de perfección
virtud, cuyo norte es la perfección incesante. Su elogio ha empañado el
culto del honor en las burguesías igualitarias y es la prueba más segura del
descenso moral de una sociedad. Encumbrando al mediocre se afrenta al
superior; por el honesto se olvida al virtuoso. Los espíritus acomodaticios
llegan á detestar la dignidad y la firmeza á fuerza de transigir con el
servilismo y la hipocresía.
Admirar al hombre honesto es rebajarse; adorarlo es envilecerse. Stendhal
reducía la honestidad á una simple forma de miedo; conviene agregar que
no es un miedo al mal en sí mismo, sino á la reprobación de los demás; por
eso es compatible con una total ausencia de escrúpulos para todo acto que
no tenga sanción expresa ó pueda permanecer ignorado. «J'ai vu le fond de
ce qu' on appelle les honnêtes gens: c'est hideux», decía Talleyrand,
preguntándose qué sería de los hombres honestos si el interés ó la pasión
entraran en juego. Su temor del vicio y su impotencia para la virtud se
equivalen; son simples beneficiarios de la mediocridad moral que les rodea.
Llaman mérito á su mansedumbre. No son asesinos, pero no son héroes; no
roban, pero no dan media capa al desvalido; no son traidores, pero no son
leales; no asaltan en descubierto, pero no defienden al asaltado; no violan
vírgenes, pero no redimen caídas; no conspiran contra la sociedad, pero no
cooperan al común engrandecimiento.
Frente á la honestidad hipócrita de los mediocres—propia de mentes
rutinarias y de caracteres domesticados—, existe una heráldica moral cuyos
blasones son la virtud y la santidad. Es la antítesis de la tímida obsecuencia
á los prejuicios que paraliza el corazón de los temperamentos vulgares y
degenera en esa apoteosis de la platitud sentimental que caracteriza la
irrupción de todas las burguesías. La virtud quiere fe, entusiasmo, pasión,
arrojo: de ellos vive. Los quiere en la intención y en las obras. No la hay
cuando los actos desmienten las palabras, ni cabe nobleza donde la
intención se arrastra. Por eso la mediocridad moral es más nociva en los
hombres conspicuos y en las clases privilegiadas. El sabio que traiciona á su
verdad, el filósofo que vive fuera de su moral y el noble que deshonra su
cuna, descienden á la más ignominiosa de las villanías; son menos
disculpables que el truhán encenagado en el delito. Los privilegios de la
cultura y del nacimiento imponen al que los disfruta una lealtad ejemplar
para consigo mismo. La nobleza que no está en nuestro afán de perfección
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es inútil que perdure en vanos títulos y pergaminos; noble es el que revela
en sus actos un respeto por su rango y no el que alega su alcurnia para
justificar actos innobles. Por la virtud, nunca por la honestidad, se miden los
valores de la aristocracia moral.
II.—La moral de Tartufo.
La hipocresía es el arte de amordazar la dignidad; ella hace enmudecer los
escrúpulos en los espíritus incapaces de resistir la tentación del mal. Es falta
de virtud para renunciar á él y de coraje para asumir su responsabilidad. Es
el guano que fecundiza los temperamentos mediocres, permitiéndoles
prosperar en la mentira: como esos árboles cuyo ramaje es más frondoso
cuando crecen á inmediaciones de las ciénagas.
Hiela, donde pasa, todo noble germen de ideal: zarzagán del entusiasmo.
Los hombres rebajados por ella viven sin ensueño, ocultando sus
intenciones, enmascarando sus sentimientos, dando saltos como el eslizón.
Tienen la certidumbre de que sus actos son indignos, vergonzosos, nocivos,
arrufianados, irredimibles. Por eso es insolvente su moral: implica siempre
una simulación de la virtud.
Los hipócritas ignoran la perfección; más aún, la aborrecen con tanto
énfasis como al crimen desembozado. Ninguna fe los impulsa é ignoran el
valor de las creencias rectilíneas. Esquivan la responsabilidad de sus
acciones, son audaces en la traición y tímidos en la lealtad. Conspiran
embozados y agreden en la sombra, escamotean vocablos ambiguos, alaban
con reticencias ponzoñosas y difaman con afelpada suavidad. Nunca lucen
un penacho que sea galardón inconfundible: cierran todas las rendijas de su
espíritu por donde podría asomar desnuda su personalidad, sin el ropaje
social de la mentira.
Todo hombre se esfuerza por simular las aptitudes y cualidades que
considera ventajosas para acrecentar la sombra que proyecta en su
escenario. Así como los ingenios exiguos simulan el talento intelectual,
embalumándose de refinados artilugios y defensas, los sujetos de moralidad
indecisa simulan el talento moral, soslayando de esmerilada virtud su
honestidad insípida. Los caracteres hipócritas ignoran el veredicto del
en sus actos un respeto por su rango y no el que alega su alcurnia para
justificar actos innobles. Por la virtud, nunca por la honestidad, se miden los
valores de la aristocracia moral.
II.—La moral de Tartufo.
La hipocresía es el arte de amordazar la dignidad; ella hace enmudecer los
escrúpulos en los espíritus incapaces de resistir la tentación del mal. Es falta
de virtud para renunciar á él y de coraje para asumir su responsabilidad. Es
el guano que fecundiza los temperamentos mediocres, permitiéndoles
prosperar en la mentira: como esos árboles cuyo ramaje es más frondoso
cuando crecen á inmediaciones de las ciénagas.
Hiela, donde pasa, todo noble germen de ideal: zarzagán del entusiasmo.
Los hombres rebajados por ella viven sin ensueño, ocultando sus
intenciones, enmascarando sus sentimientos, dando saltos como el eslizón.
Tienen la certidumbre de que sus actos son indignos, vergonzosos, nocivos,
arrufianados, irredimibles. Por eso es insolvente su moral: implica siempre
una simulación de la virtud.
Los hipócritas ignoran la perfección; más aún, la aborrecen con tanto
énfasis como al crimen desembozado. Ninguna fe los impulsa é ignoran el
valor de las creencias rectilíneas. Esquivan la responsabilidad de sus
acciones, son audaces en la traición y tímidos en la lealtad. Conspiran
embozados y agreden en la sombra, escamotean vocablos ambiguos, alaban
con reticencias ponzoñosas y difaman con afelpada suavidad. Nunca lucen
un penacho que sea galardón inconfundible: cierran todas las rendijas de su
espíritu por donde podría asomar desnuda su personalidad, sin el ropaje
social de la mentira.
Todo hombre se esfuerza por simular las aptitudes y cualidades que
considera ventajosas para acrecentar la sombra que proyecta en su
escenario. Así como los ingenios exiguos simulan el talento intelectual,
embalumándose de refinados artilugios y defensas, los sujetos de moralidad
indecisa simulan el talento moral, soslayando de esmerilada virtud su
honestidad insípida. Los caracteres hipócritas ignoran el veredicto del
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propio tribunal interior; persiguen el salvoconducto otorgado por los
cómplices de sus prejuicios convencionales.
Es seductora la apariencia de la virtud; el hipócrita suele aventajarse de ella
mucho más que el verdadero virtuoso. Pululan esos hombres respetados en
fuerza de no descubrírseles bajo el disfraz; bastaría acercarse á ellos, un
solo minuto, para advertir su doblez y trocar en desprecio la estimación.
Viven de su sombra, cuyo tamaño se mide por la distancia á que se les
contempla. Pero el psicólogo reconoce al hipócrita. Ciertos rasgos
distinguen al virtuoso del simulador; mientras éste es un custodio de los
prejuicios que fermentan en su medio, aquél posee algún talento que le
permite sobreponerse á ellos.
Todo apetito numulario encela la acucia del hipócrita. No retrocede ante las
arterías, es fácil á los besamanos fementidos, sabe oliscar el deseo de los
amos, se da al mejor oferente, prospera á fuerza de marañas. Triunfa sobre
los sinceros, toda vez que el éxito estriba en aptitudes viles: el hombre leal
es con frecuencia su víctima. Cada Sócrates encuentra su Mélètos y cada
Cristo su Judas.
La hipocresía tiene matices. Si el mediocre moral se aviene á vegetar en su
honestidad lucífuga, no cae bajo el escalpelo del psicólogo: su hipocresía es
un simple reflejo de oblicuas mentiras que infestan la moral colectiva. Su
culpa está en agitarse dentro de su basta condición, pretendiendo parodiar á
los virtuosos. Chapaleando en los muladares de la intriga su honestidad se
mancilla, rueda al vicio y se encanalla en pasiones innoblemente
contenidas. Tórnase capaz de todos los rencores. Supone simplemente
honesto, como él, á todo santo ó virtuoso; no descansa en amenguar sus
méritos. Intenta igualar abajo, no pudiendo hacerlo arriba. Persigue á los
caracteres superiores, pretende confundir sus excelencias con las propias
mediocridades, desahoga sordamente una envidia que no confiesa, en la
penumbra, ensalobrándose, babeando sin morder, mintiendo sumisión y
amor á los mismos que detesta y carcome. Su mediocridad está agitada por
escrúpulos que le obligan á avergonzarse en secreto; descubrirle es el más
cruel de los suplicios. Es su castigo.
El odio es loable si lo comparamos con la hipocresía. En ello se distinguen
la subrepticia medrosidad del mediocre y la adamantina lealtad del hombre
digno. Alguna vez éste se encrespa y pronuncia palabras que son un estigma
cómplices de sus prejuicios convencionales.
Es seductora la apariencia de la virtud; el hipócrita suele aventajarse de ella
mucho más que el verdadero virtuoso. Pululan esos hombres respetados en
fuerza de no descubrírseles bajo el disfraz; bastaría acercarse á ellos, un
solo minuto, para advertir su doblez y trocar en desprecio la estimación.
Viven de su sombra, cuyo tamaño se mide por la distancia á que se les
contempla. Pero el psicólogo reconoce al hipócrita. Ciertos rasgos
distinguen al virtuoso del simulador; mientras éste es un custodio de los
prejuicios que fermentan en su medio, aquél posee algún talento que le
permite sobreponerse á ellos.
Todo apetito numulario encela la acucia del hipócrita. No retrocede ante las
arterías, es fácil á los besamanos fementidos, sabe oliscar el deseo de los
amos, se da al mejor oferente, prospera á fuerza de marañas. Triunfa sobre
los sinceros, toda vez que el éxito estriba en aptitudes viles: el hombre leal
es con frecuencia su víctima. Cada Sócrates encuentra su Mélètos y cada
Cristo su Judas.
La hipocresía tiene matices. Si el mediocre moral se aviene á vegetar en su
honestidad lucífuga, no cae bajo el escalpelo del psicólogo: su hipocresía es
un simple reflejo de oblicuas mentiras que infestan la moral colectiva. Su
culpa está en agitarse dentro de su basta condición, pretendiendo parodiar á
los virtuosos. Chapaleando en los muladares de la intriga su honestidad se
mancilla, rueda al vicio y se encanalla en pasiones innoblemente
contenidas. Tórnase capaz de todos los rencores. Supone simplemente
honesto, como él, á todo santo ó virtuoso; no descansa en amenguar sus
méritos. Intenta igualar abajo, no pudiendo hacerlo arriba. Persigue á los
caracteres superiores, pretende confundir sus excelencias con las propias
mediocridades, desahoga sordamente una envidia que no confiesa, en la
penumbra, ensalobrándose, babeando sin morder, mintiendo sumisión y
amor á los mismos que detesta y carcome. Su mediocridad está agitada por
escrúpulos que le obligan á avergonzarse en secreto; descubrirle es el más
cruel de los suplicios. Es su castigo.
El odio es loable si lo comparamos con la hipocresía. En ello se distinguen
la subrepticia medrosidad del mediocre y la adamantina lealtad del hombre
digno. Alguna vez éste se encrespa y pronuncia palabras que son un estigma
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ó un epitafio; pero su rugido es la luz de un relámpago fugaz y no deja
escorias en su corazón, se desahoga por un gesto violento, sin envenenarle.
Las naturalezas viriles poseen un exceso de fuerza plástica cuya función
regeneradora cura prontamente las más hondas heridas y trae el perdón. La
juventud tiene entre sus preciosos atributos la incapacidad de dramatizar
largo tiempo las pasiones antisociales; el hombre que ha perdido la aptitud
de borrar sus odios está ya viejo, irreparablemente. Sus heridas son tan
imborrables como sus canas. Y, como éstas, puede teñirse el odio: la
hipocresía es la tintura de esas canas morales.
Sin fe en creencia alguna, el hipócrita profesa las más provechosas.
Atafagado por preceptos que entiende mal, su moralidad parece un hueco
armazón recubierto con remiendos de catecismo; por eso, para conducirse,
necesita la muleta de alguna religión. Prefiere las que afirman el dogma del
purgatorio y ofrecen redimir las culpas por dinero. Su aritmética de
ultratumba le permite disfrutar más tranquilamente los beneficios de su
hipocresía; su religión es una actitud y no un sentimiento, es una mueca que
oculta intenciones malévolas. Por eso suele exagerarla: es fanático. En los
santos y en los virtuosos, la religión y la moral pueden correr parejas; en los
hipócritas, la conducta baila en compás distinto del que marcan los
mandamientos.
Las mejores máximas teóricas se convierten pronto en acciones
abominables; cuanto más se pudre la moral práctica, tanto mayor es el
esfuerzo por rejuvenecerla con harapos de santidad abstracta. Por eso es
declamatoria y suntuosa la retórica de Tartufo, arquetipo del género, cuya
creación pone á Molière entre los más geniales psicólogos de todos los
tiempos. No olvidemos la historia de ese oblicuo devoto á quien el sincero
Orgon recoge piadosamente y que sugestiona á toda su familia. Cleanto, un
joven, se atreve á desconfiar de él; Tartufo consigue que Orgon expulse de
su hogar á ese mal hijo y se hace legar sus bienes. Y no basta: intenta
seducir á la consorte de su huésped. Para desenmascarar tanta infamia, su
esposa se resigna á celebrar con Tartufo una entrevista, á la que Orgon
asiste oculto. El hipócrita, creyéndose solo, expone los principios de su
casuística perversa; hay acciones prohibidas por el cielo, pero es fácil
arreglar con él estas contabilidades; según convenga pueden aflojarse las
ligaduras de la conciencia, rectificando la maldad de los actos con la pureza
de las doctrinas. Y para retratarse de una vez, agrega:
escorias en su corazón, se desahoga por un gesto violento, sin envenenarle.
Las naturalezas viriles poseen un exceso de fuerza plástica cuya función
regeneradora cura prontamente las más hondas heridas y trae el perdón. La
juventud tiene entre sus preciosos atributos la incapacidad de dramatizar
largo tiempo las pasiones antisociales; el hombre que ha perdido la aptitud
de borrar sus odios está ya viejo, irreparablemente. Sus heridas son tan
imborrables como sus canas. Y, como éstas, puede teñirse el odio: la
hipocresía es la tintura de esas canas morales.
Sin fe en creencia alguna, el hipócrita profesa las más provechosas.
Atafagado por preceptos que entiende mal, su moralidad parece un hueco
armazón recubierto con remiendos de catecismo; por eso, para conducirse,
necesita la muleta de alguna religión. Prefiere las que afirman el dogma del
purgatorio y ofrecen redimir las culpas por dinero. Su aritmética de
ultratumba le permite disfrutar más tranquilamente los beneficios de su
hipocresía; su religión es una actitud y no un sentimiento, es una mueca que
oculta intenciones malévolas. Por eso suele exagerarla: es fanático. En los
santos y en los virtuosos, la religión y la moral pueden correr parejas; en los
hipócritas, la conducta baila en compás distinto del que marcan los
mandamientos.
Las mejores máximas teóricas se convierten pronto en acciones
abominables; cuanto más se pudre la moral práctica, tanto mayor es el
esfuerzo por rejuvenecerla con harapos de santidad abstracta. Por eso es
declamatoria y suntuosa la retórica de Tartufo, arquetipo del género, cuya
creación pone á Molière entre los más geniales psicólogos de todos los
tiempos. No olvidemos la historia de ese oblicuo devoto á quien el sincero
Orgon recoge piadosamente y que sugestiona á toda su familia. Cleanto, un
joven, se atreve á desconfiar de él; Tartufo consigue que Orgon expulse de
su hogar á ese mal hijo y se hace legar sus bienes. Y no basta: intenta
seducir á la consorte de su huésped. Para desenmascarar tanta infamia, su
esposa se resigna á celebrar con Tartufo una entrevista, á la que Orgon
asiste oculto. El hipócrita, creyéndose solo, expone los principios de su
casuística perversa; hay acciones prohibidas por el cielo, pero es fácil
arreglar con él estas contabilidades; según convenga pueden aflojarse las
ligaduras de la conciencia, rectificando la maldad de los actos con la pureza
de las doctrinas. Y para retratarse de una vez, agrega:
Page 85
En fin votre scrupule est facile à détruire:
Vous êtes assurée ici d'un plein secret,
Et le mal n'est jamais que dans l'éclat qu'on fait;
Le scandale du monde est ce que fait l'offense
Et ce n'est pas pécher que pécher en silence.
Ésa es su moral, sintetizada en cinco versos, que son su pentateuco. La del
hombre virtuoso es otra: está en la intención y en el fin de las acciones, en
los hechos mejor que en las palabras, en la conducta ejemplar y no en la
oratoria untuosa. Sócrates y Cristo fueron virtuosos contra la religión de su
tiempo, los dos murieron á manos de un fanatismo que estaba ya divorciado
de toda moral. La santidad está siempre fuera de la hipocresía colectiva. La
exageración de las formas religiosas suele coincidir con la aniquilación de
todos los idealismos en las naciones y en las razas; la historia marca esa
intersección en la decadencia de las castas gobernantes, y dice que el
tartufismo apuntala siempre la degeneración moral de las mediocracias. En
esas horas de crisis, la fe agoniza en el fanatismo decrépito y alienta
formidablemente en los ideales que renacen frente á él, inquietos,
irrespetuosos, demoledores, aunque predestinados con frecuencia á caer en
nuevos fanatismos y á oponerse á los ideales venideros.
El hipócrita está constreñido á guardar las apariencias, con tanto afán como
pone el virtuoso en cuidar sus ideales. Conoce de memoria los pasajes
pertinentes del Sartor Resartus; por ellos admira á Carlyle, tanto como
otros por su culto á Los héroes. El respeto de las formas hace que los
hipócritas de cada época y país adquieran rasgos comunes; hay una
«manera» peculiar que trasunta el tartufismo en todos sus adeptos, como
hay «algo» que denuncia el parentesco entre los afiliados á una tendencia
artística ó escuela literaria. Ese estigma común á los hipócritas, que permite
reconocerlos no obstante los matices individuales impuestos por el rango ó
la fortuna, es su profunda animadversión á la verdad.
La hipocresía es más honda que la mentira: ésta puede ser accidental,
aquélla es permanente. El hipócrita transforma su vida entera en una
mentira metódicamente organizada. Hace lo contrario de lo que dice, toda
vez que ello le reporte un beneficio inmediato; vive traicionando á sus
palabras, como esos poetas que disfrazan con largas crenchas la cortedad de
Vous êtes assurée ici d'un plein secret,
Et le mal n'est jamais que dans l'éclat qu'on fait;
Le scandale du monde est ce que fait l'offense
Et ce n'est pas pécher que pécher en silence.
Ésa es su moral, sintetizada en cinco versos, que son su pentateuco. La del
hombre virtuoso es otra: está en la intención y en el fin de las acciones, en
los hechos mejor que en las palabras, en la conducta ejemplar y no en la
oratoria untuosa. Sócrates y Cristo fueron virtuosos contra la religión de su
tiempo, los dos murieron á manos de un fanatismo que estaba ya divorciado
de toda moral. La santidad está siempre fuera de la hipocresía colectiva. La
exageración de las formas religiosas suele coincidir con la aniquilación de
todos los idealismos en las naciones y en las razas; la historia marca esa
intersección en la decadencia de las castas gobernantes, y dice que el
tartufismo apuntala siempre la degeneración moral de las mediocracias. En
esas horas de crisis, la fe agoniza en el fanatismo decrépito y alienta
formidablemente en los ideales que renacen frente á él, inquietos,
irrespetuosos, demoledores, aunque predestinados con frecuencia á caer en
nuevos fanatismos y á oponerse á los ideales venideros.
El hipócrita está constreñido á guardar las apariencias, con tanto afán como
pone el virtuoso en cuidar sus ideales. Conoce de memoria los pasajes
pertinentes del Sartor Resartus; por ellos admira á Carlyle, tanto como
otros por su culto á Los héroes. El respeto de las formas hace que los
hipócritas de cada época y país adquieran rasgos comunes; hay una
«manera» peculiar que trasunta el tartufismo en todos sus adeptos, como
hay «algo» que denuncia el parentesco entre los afiliados á una tendencia
artística ó escuela literaria. Ese estigma común á los hipócritas, que permite
reconocerlos no obstante los matices individuales impuestos por el rango ó
la fortuna, es su profunda animadversión á la verdad.
La hipocresía es más honda que la mentira: ésta puede ser accidental,
aquélla es permanente. El hipócrita transforma su vida entera en una
mentira metódicamente organizada. Hace lo contrario de lo que dice, toda
vez que ello le reporte un beneficio inmediato; vive traicionando á sus
palabras, como esos poetas que disfrazan con largas crenchas la cortedad de
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su inspiración. El hábito de la mentira paraliza los labios del hipócrita
cuando llega la hora de pronunciar una verdad; así como la pereza es la
clave de la rutina y la avidez el móvil del servilismo, la mentira es el
prodigioso instrumento de la hipocresía. Nunca ha escuchado la Humanidad
palabras más nobles que las de Tartufo; pero jamás un hombre ha producido
acciones más disconformes con ellas. Sea cual fuere su rango social, en la
privanza ó en la proscripción, en la opulencia ó en la miseria, el hipócrita
está siempre dispuesto á adular á los poderosos y á engañar á los humildes,
mintiendo á entrambos. El que se acostumbra á pronunciar palabras falsas,
acaba por faltar á la propia sin repugnancia, perdiendo toda noción de
lealtad consigo mismo. Los hipócritas ignoran que la verdad es la condición
fundamental de la virtud. Olvidan la sentencia multisecular de Apolonio:
«De siervos es mentir, de libres decir verdad»; todo hipócrita está
predispuesto á adquirir sentimientos serviles y carácter doméstico. Es el
lacayo de todos los que le rodean, el esclavo de mil amos, de un millón de
amos, de todos los cómplices de su mediocridad.
El que miente es traidor: sus víctimas le escuchan, suponiendo que dice la
verdad. El mentiroso conspira contra la quietud ajena, falta al respeto á
todos, siembra la inseguridad y la desconfianza. Con mirar ojizaino
persigue á los sinceros, creyéndolos sus enemigos naturales. Aborrece la
sinceridad. Dice que ella es fuente de escándalo y de anarquía, como si
pudiera culparse á la escoba de que existan las basuras. En el fondo
sospecha que el hombre sincero es fuerte é individualista, fincando en ello
su altivez inquebrantable: su contradición con la hipocresía es una actitud
de resistencia al mal que le acosa por todas partes. Se defiende contra la
domesticación y el descenso común. Y dice su verdad como puede, cuando
puede, donde puede. Pero la sabe decir. Muchos santos enseñaron á morir
por ella.
El disfraz sirve al débil; sólo se finge lo que se cree no tener. Hablan más de
nobleza los nietos de truhanes; la virtud suele asomar en labios
desvergonzados; la altivez sirve de estribillo á los envilecidos; la
caballerosidad es la ganzúa de los estafadores; la temperancia figura en el
catecismo de los viciosos. Suponen que de tanto oropel se adherirá alguna
partícula á su sombra. Y, en efecto, ésta se va modificando en la constante
labor; la máscara es benéfica en las mediocracias contemporáneas, magüer
los que la usen carezcan de autoridad moral ante los hombres virtuosos.
cuando llega la hora de pronunciar una verdad; así como la pereza es la
clave de la rutina y la avidez el móvil del servilismo, la mentira es el
prodigioso instrumento de la hipocresía. Nunca ha escuchado la Humanidad
palabras más nobles que las de Tartufo; pero jamás un hombre ha producido
acciones más disconformes con ellas. Sea cual fuere su rango social, en la
privanza ó en la proscripción, en la opulencia ó en la miseria, el hipócrita
está siempre dispuesto á adular á los poderosos y á engañar á los humildes,
mintiendo á entrambos. El que se acostumbra á pronunciar palabras falsas,
acaba por faltar á la propia sin repugnancia, perdiendo toda noción de
lealtad consigo mismo. Los hipócritas ignoran que la verdad es la condición
fundamental de la virtud. Olvidan la sentencia multisecular de Apolonio:
«De siervos es mentir, de libres decir verdad»; todo hipócrita está
predispuesto á adquirir sentimientos serviles y carácter doméstico. Es el
lacayo de todos los que le rodean, el esclavo de mil amos, de un millón de
amos, de todos los cómplices de su mediocridad.
El que miente es traidor: sus víctimas le escuchan, suponiendo que dice la
verdad. El mentiroso conspira contra la quietud ajena, falta al respeto á
todos, siembra la inseguridad y la desconfianza. Con mirar ojizaino
persigue á los sinceros, creyéndolos sus enemigos naturales. Aborrece la
sinceridad. Dice que ella es fuente de escándalo y de anarquía, como si
pudiera culparse á la escoba de que existan las basuras. En el fondo
sospecha que el hombre sincero es fuerte é individualista, fincando en ello
su altivez inquebrantable: su contradición con la hipocresía es una actitud
de resistencia al mal que le acosa por todas partes. Se defiende contra la
domesticación y el descenso común. Y dice su verdad como puede, cuando
puede, donde puede. Pero la sabe decir. Muchos santos enseñaron á morir
por ella.
El disfraz sirve al débil; sólo se finge lo que se cree no tener. Hablan más de
nobleza los nietos de truhanes; la virtud suele asomar en labios
desvergonzados; la altivez sirve de estribillo á los envilecidos; la
caballerosidad es la ganzúa de los estafadores; la temperancia figura en el
catecismo de los viciosos. Suponen que de tanto oropel se adherirá alguna
partícula á su sombra. Y, en efecto, ésta se va modificando en la constante
labor; la máscara es benéfica en las mediocracias contemporáneas, magüer
los que la usen carezcan de autoridad moral ante los hombres virtuosos.
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Éstos no creen al hipócrita, descubierto una vez; no le creen nunca, ni
pueden dejar de creerle cuando sospechan que miente: quien es desleal con
la verdad no tiene por qué ser leal con la mentira.
El hábito de la ficción desmorona á los caracteres hipócritas
vertiginosamente, como si cada nueva mentira los empujara hacia el
precipicio. Nada detiene á una avalancha en la pendiente. Su vida se
polariza en la ostentación de falsas virtudes ó en esa abyecta honestidad por
cálculo que es simple sublimación del vicio. El culto de las apariencias
lleva á desdeñar la realidad. El hipócrita no aspira á ser virtuoso, sino á
parecerlo; no admira intrínsecamente la virtud, quiere ser contado entre los
virtuosos por las prebendas y honores que tal condición puede reportarle.
Faltándoles la osadía de practicar el mal, á que están inclinados, algunos
conténtanse con sugerir que ocultan sus virtudes por modestia; pero jamás
consiguen usar con desenvoltura el antifaz. Sus manejos insidiosos asoman
por alguna parte, como las clásicas orejas bajo la corona de Midas. La
virtud y el mérito son incompatibles con el tartufismo; la observación
induce á desconfiar de esas misteriosas excelencias morales. Ya enseñaba
Horacio que «la virtud oculta difiere poco de la obscura holgazanería».
(Od., IV, 9, 29.)
No teniendo valor para la verdad es imposible tenerlo para la justicia. En
vano los hipócritas viven jactándose de una gran ecuanimidad y haciendo
aspavientos para adquirir prestigios catonianos: su mediocridad les impide
ser jueces toda vez que puedan comprometerse con un fallo. Prefieren
tartajear sentencias bilaterales y ambiguas, diciendo que hay luz y sombra
en todas las cosas: no lo hacen, empero, por filosofía, sino por incapacidad
de responsabilizarse de sus juicios. Dicen que éstos deben ser relativos,
aunque en lo íntimo de su mollera creen infalibles sus opiniones, por estar
calcadas en los prejuicios de los demás. No osan proclamar su propia
suficiencia; prefieren acomodarse á las opiniones suscriptas por el rebaño,
avanzando en la vida sin más brújula que el éxito, ofreciendo el flanco y
bordejeando, esquivos á poner la proa frente al obstáculo más leve. Los
hombres leales son objeto de su odio acendrado, pues con su rectitud
humillan á los oblicuos; pero el hipócrita sonríe servilmente á las miradas
que lo torturan, aunque siente el vejamen: se contrae á estudiar los defectos
de los hombres virtuosos para filtrar pérfidos venenos en el homenaje que á
todas horas está obligado á tributarles. Difama sordamente y en secreto á
pueden dejar de creerle cuando sospechan que miente: quien es desleal con
la verdad no tiene por qué ser leal con la mentira.
El hábito de la ficción desmorona á los caracteres hipócritas
vertiginosamente, como si cada nueva mentira los empujara hacia el
precipicio. Nada detiene á una avalancha en la pendiente. Su vida se
polariza en la ostentación de falsas virtudes ó en esa abyecta honestidad por
cálculo que es simple sublimación del vicio. El culto de las apariencias
lleva á desdeñar la realidad. El hipócrita no aspira á ser virtuoso, sino á
parecerlo; no admira intrínsecamente la virtud, quiere ser contado entre los
virtuosos por las prebendas y honores que tal condición puede reportarle.
Faltándoles la osadía de practicar el mal, á que están inclinados, algunos
conténtanse con sugerir que ocultan sus virtudes por modestia; pero jamás
consiguen usar con desenvoltura el antifaz. Sus manejos insidiosos asoman
por alguna parte, como las clásicas orejas bajo la corona de Midas. La
virtud y el mérito son incompatibles con el tartufismo; la observación
induce á desconfiar de esas misteriosas excelencias morales. Ya enseñaba
Horacio que «la virtud oculta difiere poco de la obscura holgazanería».
(Od., IV, 9, 29.)
No teniendo valor para la verdad es imposible tenerlo para la justicia. En
vano los hipócritas viven jactándose de una gran ecuanimidad y haciendo
aspavientos para adquirir prestigios catonianos: su mediocridad les impide
ser jueces toda vez que puedan comprometerse con un fallo. Prefieren
tartajear sentencias bilaterales y ambiguas, diciendo que hay luz y sombra
en todas las cosas: no lo hacen, empero, por filosofía, sino por incapacidad
de responsabilizarse de sus juicios. Dicen que éstos deben ser relativos,
aunque en lo íntimo de su mollera creen infalibles sus opiniones, por estar
calcadas en los prejuicios de los demás. No osan proclamar su propia
suficiencia; prefieren acomodarse á las opiniones suscriptas por el rebaño,
avanzando en la vida sin más brújula que el éxito, ofreciendo el flanco y
bordejeando, esquivos á poner la proa frente al obstáculo más leve. Los
hombres leales son objeto de su odio acendrado, pues con su rectitud
humillan á los oblicuos; pero el hipócrita sonríe servilmente á las miradas
que lo torturan, aunque siente el vejamen: se contrae á estudiar los defectos
de los hombres virtuosos para filtrar pérfidos venenos en el homenaje que á
todas horas está obligado á tributarles. Difama sordamente y en secreto á
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los mismos que inciensa en público; traiciona siempre á los que alaba. Hay
que temblar cuando el hipócrita sonríe: viene tanteando la empuñadura de
algún estilete oculto bajo su capa.
Entibia toda amistad con sus dobleces: nadie puede confiar en su
recalcitrante simulación. Día por día se aflojan sus anastomosis con las
personas que le rodean; su sensibilidad escasa impídele caldearse en la
ternura ajena y va palideciendo como una planta que no recibe sol, agostado
su corazón en un invierno prematuro. Sólo piensa en sí mismo, y esa es su
pobreza suprema; sus sentimientos se empequeñecen hasta vegetar en los
invernáculos de la mentira y de la vanidad. Mientras los caracteres dignos
florecen en un perpetuo olvido de su ayer y de su mañana, pensando en
cosas nobles, los hipócritas se repliegan sobre sí mismos, sin darse, sin
gastarse, retrayéndose, atrofiándose. Su falta de intimidades les impide toda
expansión; viven obsesionados por el temor de que su mediocridad moral
asome á la superficie. Saben que bastaría una leve brisa para descorrer el
velo que los enmascara de virtud. No pudiendo confiar en nadie, los
hipócritas viven cegando las fuentes de su propio corazón: no sienten la
raza, la patria, la clase, la familia ni la amistad. Ajenos á todo y á todos,
pierden el sentimiento de la solidaridad social, hasta caer en sórdidas
caricaturas del egoísmo. El hipócrita mide su generosidad por las ventajas
que de ella obtiene; concibe la beneficencia como una industria lucrativa
para su reputación. Antes de dar, investiga si tendrá notoriedad su donativo;
figura en primera línea en todas las suscripciones públicas, pero no abriría
su mano en la sombra. Invierte su dinero en un bazar de caridad como si
comprara acciones de una empresa; eso no le impide ejercer la usura en
privado ó sacar provecho del hambre ajena.
Su indiferencia al mal del prójimo puede arrastrarle á complicidades
indignas. Para satisfacer alguno de sus apetitos no vacilará ante las más
grises intrigas, sin preocuparse de que ellas tengan consecuencias
imprevistas. Una palabra del hipócrita basta para enemistar á dos amigos ó
para distanciar á dos amantes. Sus armas son poderosas por lo invisibles;
con una sospecha falsa puede envenenar una felicidad, destruir una
armonía, quebrar una concordancia. Su cariño por la mentira le hace acoger
benévolamente cualquier infamia, desenvolviéndola en la sombra hasta lo
infinito, subterráneamente, sin ver el rumbo ni medir cuán hondo, tan
que temblar cuando el hipócrita sonríe: viene tanteando la empuñadura de
algún estilete oculto bajo su capa.
Entibia toda amistad con sus dobleces: nadie puede confiar en su
recalcitrante simulación. Día por día se aflojan sus anastomosis con las
personas que le rodean; su sensibilidad escasa impídele caldearse en la
ternura ajena y va palideciendo como una planta que no recibe sol, agostado
su corazón en un invierno prematuro. Sólo piensa en sí mismo, y esa es su
pobreza suprema; sus sentimientos se empequeñecen hasta vegetar en los
invernáculos de la mentira y de la vanidad. Mientras los caracteres dignos
florecen en un perpetuo olvido de su ayer y de su mañana, pensando en
cosas nobles, los hipócritas se repliegan sobre sí mismos, sin darse, sin
gastarse, retrayéndose, atrofiándose. Su falta de intimidades les impide toda
expansión; viven obsesionados por el temor de que su mediocridad moral
asome á la superficie. Saben que bastaría una leve brisa para descorrer el
velo que los enmascara de virtud. No pudiendo confiar en nadie, los
hipócritas viven cegando las fuentes de su propio corazón: no sienten la
raza, la patria, la clase, la familia ni la amistad. Ajenos á todo y á todos,
pierden el sentimiento de la solidaridad social, hasta caer en sórdidas
caricaturas del egoísmo. El hipócrita mide su generosidad por las ventajas
que de ella obtiene; concibe la beneficencia como una industria lucrativa
para su reputación. Antes de dar, investiga si tendrá notoriedad su donativo;
figura en primera línea en todas las suscripciones públicas, pero no abriría
su mano en la sombra. Invierte su dinero en un bazar de caridad como si
comprara acciones de una empresa; eso no le impide ejercer la usura en
privado ó sacar provecho del hambre ajena.
Su indiferencia al mal del prójimo puede arrastrarle á complicidades
indignas. Para satisfacer alguno de sus apetitos no vacilará ante las más
grises intrigas, sin preocuparse de que ellas tengan consecuencias
imprevistas. Una palabra del hipócrita basta para enemistar á dos amigos ó
para distanciar á dos amantes. Sus armas son poderosas por lo invisibles;
con una sospecha falsa puede envenenar una felicidad, destruir una
armonía, quebrar una concordancia. Su cariño por la mentira le hace acoger
benévolamente cualquier infamia, desenvolviéndola en la sombra hasta lo
infinito, subterráneamente, sin ver el rumbo ni medir cuán hondo, tan
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irresponsable como esas alimañas que cavan al azar sus madrigueras,
cortando las raíces de las flores más delicadas.
Indigno de la confianza ajena, el hipócrita vive desconfiando de todos, hasta
caer en el supremo infortunio de la susceptibilidad. Un terror ansioso lo
acoquina frente á los hombres sinceros, creyendo escuchar en cada palabra
un reproche merecido; en ello no hay dignidad, sino remordimiento. En
vano pretenderían engañarse á sí mismos, confundiendo la susceptibilidad
con la delicadeza; aquélla nace del miedo y ésta es hija del orgullo.
Difieren como la cobardía y la prudencia, como el cinismo y la sinceridad.
La desconfianza del hipócrita es una caricatura de la delicadeza del
orgulloso; este sentimiento puede tornar susceptible al hombre de méritos
excelentes, toda vez que desdeña dignidades cuyo precio es un servilismo y
cuyo camino es la adulación. El hombre digno puede exigir respeto para ese
valor moral que no manifiesta por los modos vulgares de la protesta estéril;
esa exigencia le torna despreciativo frente á los hipócritas domesticados. Es
raro el caso. Frecuentísima es, en cambio, la susceptibilidad del hipócrita
que teme verse desenmascarado por los sinceros.
Sería extraño que conservaran tal delicadeza, única sobreviviente en el
naufragio de las demás. El hábito de fingir es incompatible con esos matices
del orgullo; la mentira es opaca á cualquier resplandor de dignidad. La
conducta de los mediocres no puede conservarse adamantina; los
expedientes equívocos se encadenan hasta ahogar los últimos escrúpulos. Á
fuerza de pedir á los demás sus prejuicios, endeudándose moralmente con la
sociedad, pierden el temor de pedir otros bienes materiales y olvidan que las
deudas torpemente contraídas esclavizan al hombre. Cada préstamo no
devuelto es un nuevo eslabón remachado á su cadena; se le hace imposible
vivir dignamente en una ciudad donde hay calles que no puede cruzar y
entre personas cuya mirada no puede sostener ó cuyo encuentro teme. La
mentira y la hipocresía convergen á estos renunciamientos, quitando al
hombre su libertad de espíritu y su independencia de conducta. Las deudas
contraídas por vanidad ó por vicio, obligan á fingir y engañar; el que las
acumula, renuncia á toda dignidad.
Hay otras consecuencias del tartufismo. Dúctil á la intriga, ignora las
firmezas de la rectitud. Suele tener cómplices, pero no tiene amigos; la
hipocresía no ata por el corazón, sino por el interés. Los hipócritas,
cortando las raíces de las flores más delicadas.
Indigno de la confianza ajena, el hipócrita vive desconfiando de todos, hasta
caer en el supremo infortunio de la susceptibilidad. Un terror ansioso lo
acoquina frente á los hombres sinceros, creyendo escuchar en cada palabra
un reproche merecido; en ello no hay dignidad, sino remordimiento. En
vano pretenderían engañarse á sí mismos, confundiendo la susceptibilidad
con la delicadeza; aquélla nace del miedo y ésta es hija del orgullo.
Difieren como la cobardía y la prudencia, como el cinismo y la sinceridad.
La desconfianza del hipócrita es una caricatura de la delicadeza del
orgulloso; este sentimiento puede tornar susceptible al hombre de méritos
excelentes, toda vez que desdeña dignidades cuyo precio es un servilismo y
cuyo camino es la adulación. El hombre digno puede exigir respeto para ese
valor moral que no manifiesta por los modos vulgares de la protesta estéril;
esa exigencia le torna despreciativo frente á los hipócritas domesticados. Es
raro el caso. Frecuentísima es, en cambio, la susceptibilidad del hipócrita
que teme verse desenmascarado por los sinceros.
Sería extraño que conservaran tal delicadeza, única sobreviviente en el
naufragio de las demás. El hábito de fingir es incompatible con esos matices
del orgullo; la mentira es opaca á cualquier resplandor de dignidad. La
conducta de los mediocres no puede conservarse adamantina; los
expedientes equívocos se encadenan hasta ahogar los últimos escrúpulos. Á
fuerza de pedir á los demás sus prejuicios, endeudándose moralmente con la
sociedad, pierden el temor de pedir otros bienes materiales y olvidan que las
deudas torpemente contraídas esclavizan al hombre. Cada préstamo no
devuelto es un nuevo eslabón remachado á su cadena; se le hace imposible
vivir dignamente en una ciudad donde hay calles que no puede cruzar y
entre personas cuya mirada no puede sostener ó cuyo encuentro teme. La
mentira y la hipocresía convergen á estos renunciamientos, quitando al
hombre su libertad de espíritu y su independencia de conducta. Las deudas
contraídas por vanidad ó por vicio, obligan á fingir y engañar; el que las
acumula, renuncia á toda dignidad.
Hay otras consecuencias del tartufismo. Dúctil á la intriga, ignora las
firmezas de la rectitud. Suele tener cómplices, pero no tiene amigos; la
hipocresía no ata por el corazón, sino por el interés. Los hipócritas,
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forzosamente utilitarios y oportunistas, están siempre dispuestos á abdicar
cualquier ideal en homenaje á un beneficio inmediato; eso les veda la
amistad con espíritus superiores. El gentilhombre tiene siempre un enemigo
en el mediocre; la reciprocidad de sentimientos y de aspiraciones sólo es
posible entre iguales. El hombre excelente no puede entregarse nunca á su
amistad; el mediocre acechará la ocasión para afrentarlo con alguna
infamia, vengando su propia inferioridad. La Bruyère escribió una máxima
imperecedera: «En la amistad desinteresada hay placeres que no pueden
alcanzar los que nacieron mediocres»; éstos no necesitan amigos sino
cómplices, buscándolos entre los que conocen esos secretos resortes
descriptos por Renouvier como una simple «solidaridad del mal». Si el
hombre sincero se entrega á los hipócritas, éstos aguaitan la hora propicia
para traicionarlo; por eso la amistad es difícil para los grandes espíritus y la
intimidad tórnaseles imposible cuando se elevan demasiado sobre el nivel
común. Los hombres eminentes por su carácter, su talento ó su virtud,
necesitan infinita sensibilidad y tolerancia para ser capaces de amistad;
cuando poseen esos atributos nada pone límites á su ternura y su devoción.
Entre hombres excelentes la amistad crece despacio y prospera mejor
cuando arraiga en el reconocimiento de méritos recíprocos; entre hombres
vulgares crece inmotivadamente, pero permanece raquítica, fundándose á
menudo en la complicidad del vicio ó de la intriga. Por eso la política puede
crear cómplices, pero nunca amigos; muchas veces lleva á cambiar éstos
por aquéllos, olvidando que cambiarlos con frecuencia equivale á no
tenerlos. Mientras en los hipócritas las complicidades se extinguen con el
interés que las determina, en los caracteres leales la amistad dura tanto
como los méritos que la inspiran.
Siendo desleal, el hipócrita es también ingrato. Invierte las fórmulas del
reconocimiento: aspira á la divulgación de los favores que hace, sin ser por
ello sensible á los que recibe. Multiplica por mil lo que da y divide por un
millón lo que acepta. Ignora la gratitud,—virtud de elegidos,—esa
inquebrantable cadena remachada para siempre en los corazones sensibles
por los que saben dar á tiempo y cerrando los ojos. Á veces son ingratos sin
saberlo, por simple error de su contabilidad sentimental. Para evitar la
ingratitud ajena sólo se les ocurre no practicar el bien; cumplen su decisión
sin esfuerzo, limitándose á ejercer sus formas ostensibles, en la proporción
que pueda convenir á su sombra. Sus sentimientos son otros; el hipócrita
sigue siendo honesto aunque practique la ingratitud.
cualquier ideal en homenaje á un beneficio inmediato; eso les veda la
amistad con espíritus superiores. El gentilhombre tiene siempre un enemigo
en el mediocre; la reciprocidad de sentimientos y de aspiraciones sólo es
posible entre iguales. El hombre excelente no puede entregarse nunca á su
amistad; el mediocre acechará la ocasión para afrentarlo con alguna
infamia, vengando su propia inferioridad. La Bruyère escribió una máxima
imperecedera: «En la amistad desinteresada hay placeres que no pueden
alcanzar los que nacieron mediocres»; éstos no necesitan amigos sino
cómplices, buscándolos entre los que conocen esos secretos resortes
descriptos por Renouvier como una simple «solidaridad del mal». Si el
hombre sincero se entrega á los hipócritas, éstos aguaitan la hora propicia
para traicionarlo; por eso la amistad es difícil para los grandes espíritus y la
intimidad tórnaseles imposible cuando se elevan demasiado sobre el nivel
común. Los hombres eminentes por su carácter, su talento ó su virtud,
necesitan infinita sensibilidad y tolerancia para ser capaces de amistad;
cuando poseen esos atributos nada pone límites á su ternura y su devoción.
Entre hombres excelentes la amistad crece despacio y prospera mejor
cuando arraiga en el reconocimiento de méritos recíprocos; entre hombres
vulgares crece inmotivadamente, pero permanece raquítica, fundándose á
menudo en la complicidad del vicio ó de la intriga. Por eso la política puede
crear cómplices, pero nunca amigos; muchas veces lleva á cambiar éstos
por aquéllos, olvidando que cambiarlos con frecuencia equivale á no
tenerlos. Mientras en los hipócritas las complicidades se extinguen con el
interés que las determina, en los caracteres leales la amistad dura tanto
como los méritos que la inspiran.
Siendo desleal, el hipócrita es también ingrato. Invierte las fórmulas del
reconocimiento: aspira á la divulgación de los favores que hace, sin ser por
ello sensible á los que recibe. Multiplica por mil lo que da y divide por un
millón lo que acepta. Ignora la gratitud,—virtud de elegidos,—esa
inquebrantable cadena remachada para siempre en los corazones sensibles
por los que saben dar á tiempo y cerrando los ojos. Á veces son ingratos sin
saberlo, por simple error de su contabilidad sentimental. Para evitar la
ingratitud ajena sólo se les ocurre no practicar el bien; cumplen su decisión
sin esfuerzo, limitándose á ejercer sus formas ostensibles, en la proporción
que pueda convenir á su sombra. Sus sentimientos son otros; el hipócrita
sigue siendo honesto aunque practique la ingratitud.
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La psicología de Tartufo sería incompleta si olvidáramos que coloca en lo
más hermético de sus tabernáculos todo lo que anuncia el florecer de
pasiones inherentes á la condición humana. Frente al pudor instintivo, casto
por definición, los hipócritas han organizado un pudor convencional, que es
impúdico y corrosivo. La capacidad de amar, cuyas efervescencias
santifican la vida misma, eternizándola, les parece inconfesable, como si el
beso febril de dos bocas amantes fuera menos natural que el beso del sol
cuando enciende las corolas de las flores. Mantienen oculto y misterioso
todo lo concerniente al amor, como si el convertirlo en delito no acicatara la
tentación de los castos; pero esa pudibundez visible no les prohibe ensayar
invisiblemente las abyecciones más torpes. Se escandalizan de la pasión sin
renunciar al vicio, limitándose á disfrazarlo ó encubrirlo. Encuentran que el
mal no está en las cosas mismas, sino en las apariencias, formándose una
moral para sí y otra para los demás, como las casadas que se creen honestas
aunque tengan varios amantes y reprochan severamente á la que ama á uno
solo sin tener marido.
No tiene límites esta escabrosa frontera de la hipocresía. Celosos catones de
las costumbres, persiguen como deshonestas las más puras exhibiciones de
la belleza artística. Pondrían una hoja de parra en la mano de la Venus
Medicea, como otrora injuriaron telas y estatuas para velar las más divinas
desnudeces de Grecia y del Renacimiento. Esos espíritus vulgares
confunden la castísima armonía de la belleza plástica con la intención
obscena que los asalta al contemplarla: no advierten que la perversidad está
siempre en ellos, nunca en la obra de arte.
El pudor de los hipócritas es la peluca de su calvicie moral.
III.—Los tránsfugas de la honestidad.
Mientras el hipócrita merodea en la penumbra, el inválido moral se refugia
en la obscuridad. En el crepúsculo medra el vicio, que la mediocridad
ampara; en la noche irrumpe el delito, reprimido por leyes que la sociedad
forja. Desde la hipocresía consentida hasta el crimen castigado, la transición
es insensible: la noche se incuba en el crepúsculo. De la honestidad
convencional se pasa á la infamia gradualmente, por matices leves y
más hermético de sus tabernáculos todo lo que anuncia el florecer de
pasiones inherentes á la condición humana. Frente al pudor instintivo, casto
por definición, los hipócritas han organizado un pudor convencional, que es
impúdico y corrosivo. La capacidad de amar, cuyas efervescencias
santifican la vida misma, eternizándola, les parece inconfesable, como si el
beso febril de dos bocas amantes fuera menos natural que el beso del sol
cuando enciende las corolas de las flores. Mantienen oculto y misterioso
todo lo concerniente al amor, como si el convertirlo en delito no acicatara la
tentación de los castos; pero esa pudibundez visible no les prohibe ensayar
invisiblemente las abyecciones más torpes. Se escandalizan de la pasión sin
renunciar al vicio, limitándose á disfrazarlo ó encubrirlo. Encuentran que el
mal no está en las cosas mismas, sino en las apariencias, formándose una
moral para sí y otra para los demás, como las casadas que se creen honestas
aunque tengan varios amantes y reprochan severamente á la que ama á uno
solo sin tener marido.
No tiene límites esta escabrosa frontera de la hipocresía. Celosos catones de
las costumbres, persiguen como deshonestas las más puras exhibiciones de
la belleza artística. Pondrían una hoja de parra en la mano de la Venus
Medicea, como otrora injuriaron telas y estatuas para velar las más divinas
desnudeces de Grecia y del Renacimiento. Esos espíritus vulgares
confunden la castísima armonía de la belleza plástica con la intención
obscena que los asalta al contemplarla: no advierten que la perversidad está
siempre en ellos, nunca en la obra de arte.
El pudor de los hipócritas es la peluca de su calvicie moral.
III.—Los tránsfugas de la honestidad.
Mientras el hipócrita merodea en la penumbra, el inválido moral se refugia
en la obscuridad. En el crepúsculo medra el vicio, que la mediocridad
ampara; en la noche irrumpe el delito, reprimido por leyes que la sociedad
forja. Desde la hipocresía consentida hasta el crimen castigado, la transición
es insensible: la noche se incuba en el crepúsculo. De la honestidad
convencional se pasa á la infamia gradualmente, por matices leves y
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concesiones sutiles. En eso está el peligro de la conducta acomodaticia y
vacilante.
Los tránsfugas de la moral son rebeldes á la domesticación; desprecian la
prudente cobardía de Tartufo. Ignoran su equilibrismo, no saben simular,
agreden los prejuicios consagrados; y como la sociedad no puede tolerarlos
sin comprometer su propia existencia, ellos tienden sus guerrillas,
desembozadamente, contra ese mismo orden social cuya custodia obsesiona
á los mediocres.
Comparado con el inválido moral, el hombre honesto parece una alhaja. Esa
distinción es necesaria; hay que hacerla en su favor, seguros de que él la
reputará honrosa. Si es incapaz de ideal, también lo es de crimen; sabe
disfrazar sus instintos, encubre el vicio, elude el delito. En los otros, en
cambio, toda perversidad brota á flor de piel, como una erupción pustulosa;
son incapaces de sostenerse en la hipocresía, como los idiotas lo son de
embalsarse en la rutina. Los honestos se esfuerzan por merecer el
purgatorio; los delincuentes se han decidido por el infierno, embistiendo sin
escrúpulos ni remordimientos contra el armazón de prejuicios y leyes que la
sociedad les opone.
Cada agregado humano cree que «la» verdadera moral es «su» moral,
olvidando que hay tantas como rebaños de hombres. Se es infame, vicioso,
honesto ó virtuoso, con relación á la moralidad del grupo, variable en el
tiempo y en el espacio. La «moral» no es una realidad, no tiene existencia
esotérica, como no lo es la «sociedad» abstractamente considerada.
El bien y el mal serían idénticos si se les considerara en sí mismos,
objetivamente, como atributos de ciertos hechos; se diferencian en nuestro
juicio humano. Si dos sujetos tiran una moneda al aire y apuestan «á cara ó
cruz», la cara es el bien de uno y el mal de otro, lo mismo que la cruz; la
moneda, en sí, es una y no representa al bien ni al mal. Esos conceptos
básicos de la ética son juicios elementales que acompañan á los conceptos
de útil y nocivo, son movedizas sombras chinescas que los fenómenos
reales proyectan en la psiquis social: calificaciones que ella hace de
fenómenos indiferentes en sí mismos. Esa calificación se transmuta
continuamente, transformándose sin cesar el bien en mal y viceversa.
Sus cánones no son absolutos ni inviolables; se transforman obedeciendo al
enmarañado determinismo de la evolución social. En cada ambiente y en
vacilante.
Los tránsfugas de la moral son rebeldes á la domesticación; desprecian la
prudente cobardía de Tartufo. Ignoran su equilibrismo, no saben simular,
agreden los prejuicios consagrados; y como la sociedad no puede tolerarlos
sin comprometer su propia existencia, ellos tienden sus guerrillas,
desembozadamente, contra ese mismo orden social cuya custodia obsesiona
á los mediocres.
Comparado con el inválido moral, el hombre honesto parece una alhaja. Esa
distinción es necesaria; hay que hacerla en su favor, seguros de que él la
reputará honrosa. Si es incapaz de ideal, también lo es de crimen; sabe
disfrazar sus instintos, encubre el vicio, elude el delito. En los otros, en
cambio, toda perversidad brota á flor de piel, como una erupción pustulosa;
son incapaces de sostenerse en la hipocresía, como los idiotas lo son de
embalsarse en la rutina. Los honestos se esfuerzan por merecer el
purgatorio; los delincuentes se han decidido por el infierno, embistiendo sin
escrúpulos ni remordimientos contra el armazón de prejuicios y leyes que la
sociedad les opone.
Cada agregado humano cree que «la» verdadera moral es «su» moral,
olvidando que hay tantas como rebaños de hombres. Se es infame, vicioso,
honesto ó virtuoso, con relación á la moralidad del grupo, variable en el
tiempo y en el espacio. La «moral» no es una realidad, no tiene existencia
esotérica, como no lo es la «sociedad» abstractamente considerada.
El bien y el mal serían idénticos si se les considerara en sí mismos,
objetivamente, como atributos de ciertos hechos; se diferencian en nuestro
juicio humano. Si dos sujetos tiran una moneda al aire y apuestan «á cara ó
cruz», la cara es el bien de uno y el mal de otro, lo mismo que la cruz; la
moneda, en sí, es una y no representa al bien ni al mal. Esos conceptos
básicos de la ética son juicios elementales que acompañan á los conceptos
de útil y nocivo, son movedizas sombras chinescas que los fenómenos
reales proyectan en la psiquis social: calificaciones que ella hace de
fenómenos indiferentes en sí mismos. Esa calificación se transmuta
continuamente, transformándose sin cesar el bien en mal y viceversa.
Sus cánones no son absolutos ni inviolables; se transforman obedeciendo al
enmarañado determinismo de la evolución social. En cada ambiente y en
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cada momento histórico existe un criterio medio que sanciona como buenos
ó malos, honestos ó delictuosos, permitidos ó inadmisibles, los actos
individuales que son útiles ó nocivos á la vida colectiva. En cada momento
histórico ese criterio medio es la subestructura de la moral, variable
siempre.
Las morales no nacen de principios abstractos; la pequeñez de nuestro
espíritu, frente al espacio y al tiempo infinitos, suele inducirnos en el error
de suponer que existen dogmas eternos é inmutables. Sus fórmulas,
aplicadas á la calificación de un acto ó de una conducta, son conceptos
efímeros establecidos por cada sociedad, que los deforma y subvierte
cuando la conveniencia colectiva lo exige. Un acto no es honesto ni
delictuoso en sí mismo, sino ante el juicio de la sociedad en que se produce.
Por eso, cuando las condiciones de lucha por la vida se transforman,
modifícase la apreciación de ciertos actos y varía su interpretación.
Ésa es la única teoría natural del delito, como acto antisocial: los
delincuentes son individuos incapaces de adaptar su conducta á la
moralidad media de la sociedad en que viven. Son inferiores; tienen el
«alma de la especie», pero no adquieren el «alma social». Divergen de la
mediocridad, pero en sentido opuesto á los hombres excelentes, cuyas
variaciones originales determinan una desaptación evolutiva en el sentido
de la perfección.
Son innúmeros. Todas las formas corrosivas de la degeneración desfilan en
su caleidoscopio, como si al conjuro de un maléfico exorcismo se
convirtieran en pavorosa realidad los más sórdidos ciclos de un infierno
dantesco: parásitos de la escoria social, fronterizos de la infamia,
comensales del vicio y de la deshonra, tristes que se mueven acicateados
por sentimientos anormales, espíritus que sobrellevan la fatalidad de
herencias enfermizas y sufren la carcoma inexorable de las miserias
ambientes.
Irreductibles é indomesticables, aceptan como un duelo permanente la vida
en sociedad. Pasan por nuestro lado impertérritos y sombríos, llevando
sobre las frentes fugitivas el estigma de su destino involuntario y en los
mudos labios la mueca oblicua del que escruta á sus semejantes con ojo
enemigo. Parecen ignorar que son las víctimas de un complejo
determinismo, superior á todo freno ético; súmanse en ellos los
ó malos, honestos ó delictuosos, permitidos ó inadmisibles, los actos
individuales que son útiles ó nocivos á la vida colectiva. En cada momento
histórico ese criterio medio es la subestructura de la moral, variable
siempre.
Las morales no nacen de principios abstractos; la pequeñez de nuestro
espíritu, frente al espacio y al tiempo infinitos, suele inducirnos en el error
de suponer que existen dogmas eternos é inmutables. Sus fórmulas,
aplicadas á la calificación de un acto ó de una conducta, son conceptos
efímeros establecidos por cada sociedad, que los deforma y subvierte
cuando la conveniencia colectiva lo exige. Un acto no es honesto ni
delictuoso en sí mismo, sino ante el juicio de la sociedad en que se produce.
Por eso, cuando las condiciones de lucha por la vida se transforman,
modifícase la apreciación de ciertos actos y varía su interpretación.
Ésa es la única teoría natural del delito, como acto antisocial: los
delincuentes son individuos incapaces de adaptar su conducta á la
moralidad media de la sociedad en que viven. Son inferiores; tienen el
«alma de la especie», pero no adquieren el «alma social». Divergen de la
mediocridad, pero en sentido opuesto á los hombres excelentes, cuyas
variaciones originales determinan una desaptación evolutiva en el sentido
de la perfección.
Son innúmeros. Todas las formas corrosivas de la degeneración desfilan en
su caleidoscopio, como si al conjuro de un maléfico exorcismo se
convirtieran en pavorosa realidad los más sórdidos ciclos de un infierno
dantesco: parásitos de la escoria social, fronterizos de la infamia,
comensales del vicio y de la deshonra, tristes que se mueven acicateados
por sentimientos anormales, espíritus que sobrellevan la fatalidad de
herencias enfermizas y sufren la carcoma inexorable de las miserias
ambientes.
Irreductibles é indomesticables, aceptan como un duelo permanente la vida
en sociedad. Pasan por nuestro lado impertérritos y sombríos, llevando
sobre las frentes fugitivas el estigma de su destino involuntario y en los
mudos labios la mueca oblicua del que escruta á sus semejantes con ojo
enemigo. Parecen ignorar que son las víctimas de un complejo
determinismo, superior á todo freno ético; súmanse en ellos los
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desequilibrios transfundidos por una herencia malsana, las deformes
configuraciones morales plasmadas en el medio social y las mil
circunstancias ineludibles que atraviésanse al azar en su existencia. La
ciénaga en que chapalean su conducta asfixia los gérmenes posibles de todo
sentido moral, desarticulando las últimas anastomosis que los vinculan al
solidario consorcio de los mediocres. Viven adaptados á una moral aparte,
con panoramas de sombrías perspectivas, esquivando los clarores luminosos
y escurriéndose entre las penumbras más densas; fermentan en el agitado
aturdimiento de las grandes ciudades modernas, retoñan en todas las grietas
del edificio social y conspiran sordamente contra su estabilidad, ajenos á las
normas de conducta características del hombre mediocre, eminentemente
conservador y disciplinado. La imaginación nos permite alinear sus torvas
siluetas sobre un lejano horizonte donde la lobreguez crepuscular vuelca sus
tonos violentos de oro y de púrpura, de incendio y de hemorragia: desfile de
macabra legión que marcha atropelladamente hacia la ignominia.
En esa pléyade anormal culminan por su virulencia los fronterizos del
delito. Su débil sentido moral les impide conservar intachable su conducta,
sin caer por ello en plena delincuencia: son los imbéciles de la honestidad,
distintos del idiota moral que rueda á la cárcel. No son delincuentes ante la
ley, pero son incapaces de mantenerse honestos; pobres espíritus, de
carácter claudicante y voluntad relajada, no saben poner vallas seguras á los
factores ocasionales, á las sugestiones del medio, á la tentación del lucro
fácil, al contagio imitativo. Viven solicitados por tendencias opuestas,
oscilando entre el bien y el mal, como el asno de Buridán. Son caracteres
conformados minuto por minuto en el molde inestable de las circunstancias.
Ora son auxiliares permanentes del vicio y del delito, ora delinquen á
medias por incapacidad de ejecutar un plan completo de conducta
antisocial, ora tienen suficiente astucia y previsión para llegar al borde
mismo del manicomio y de la cárcel, sin caer. Estos sujetos de moralidad
incompleta, larvada, accidental ó alternante, representan las etapas de
transición entre la honestidad y el delito, la zona de interferencia entre el
bien y el mal, socialmente considerando. Carecen del equilibrismo
oportunista que salva del naufragio á los hombres mediocres.
Un estigma irrevocable impídeles conformar sus sentimientos á los criterios
morales de su sociedad. En algunos es producto del temperamento nativo;
son los delincuentes natos ó locos morales, incapaces de organizarse una
configuraciones morales plasmadas en el medio social y las mil
circunstancias ineludibles que atraviésanse al azar en su existencia. La
ciénaga en que chapalean su conducta asfixia los gérmenes posibles de todo
sentido moral, desarticulando las últimas anastomosis que los vinculan al
solidario consorcio de los mediocres. Viven adaptados á una moral aparte,
con panoramas de sombrías perspectivas, esquivando los clarores luminosos
y escurriéndose entre las penumbras más densas; fermentan en el agitado
aturdimiento de las grandes ciudades modernas, retoñan en todas las grietas
del edificio social y conspiran sordamente contra su estabilidad, ajenos á las
normas de conducta características del hombre mediocre, eminentemente
conservador y disciplinado. La imaginación nos permite alinear sus torvas
siluetas sobre un lejano horizonte donde la lobreguez crepuscular vuelca sus
tonos violentos de oro y de púrpura, de incendio y de hemorragia: desfile de
macabra legión que marcha atropelladamente hacia la ignominia.
En esa pléyade anormal culminan por su virulencia los fronterizos del
delito. Su débil sentido moral les impide conservar intachable su conducta,
sin caer por ello en plena delincuencia: son los imbéciles de la honestidad,
distintos del idiota moral que rueda á la cárcel. No son delincuentes ante la
ley, pero son incapaces de mantenerse honestos; pobres espíritus, de
carácter claudicante y voluntad relajada, no saben poner vallas seguras á los
factores ocasionales, á las sugestiones del medio, á la tentación del lucro
fácil, al contagio imitativo. Viven solicitados por tendencias opuestas,
oscilando entre el bien y el mal, como el asno de Buridán. Son caracteres
conformados minuto por minuto en el molde inestable de las circunstancias.
Ora son auxiliares permanentes del vicio y del delito, ora delinquen á
medias por incapacidad de ejecutar un plan completo de conducta
antisocial, ora tienen suficiente astucia y previsión para llegar al borde
mismo del manicomio y de la cárcel, sin caer. Estos sujetos de moralidad
incompleta, larvada, accidental ó alternante, representan las etapas de
transición entre la honestidad y el delito, la zona de interferencia entre el
bien y el mal, socialmente considerando. Carecen del equilibrismo
oportunista que salva del naufragio á los hombres mediocres.
Un estigma irrevocable impídeles conformar sus sentimientos á los criterios
morales de su sociedad. En algunos es producto del temperamento nativo;
son los delincuentes natos ó locos morales, incapaces de organizarse una
Page 95
personalidad mediocre y mantenerse honestos; pululan en las cárceles y
viven como enemigos dentro de la sociedad que los hospeda. En muchos la
degeneración moral es adquirida, fruto de la educación; en ciertos casos
deriva de la lucha por la vida en un medio social desfavorable á su esfuerzo;
son mediocres desorganizados, caídos en la ciénaga por obra del azar,
capaces de comprender su desventura y avergonzarse de ella, como la fiera
que ha errado el salto. En otros hay una inversión de los valores éticos, una
perturbación del juicio que impide medir el bien y el mal con el cartabón
aceptado por la sociedad; son invertidos morales, inaptos para estimar la
honestidad y el vicio. Instables hay, por fin, cuyo carácter traduce la
ausencia de sólidos cimientos que los aseguren contra el oscilante vaivén de
los apremios materiales y la alternativa inquietante de las tentaciones
deshonestas. Esos inválidos no sienten la coerción del rebaño; su moralidad
inferior chapalea en el vicio hasta el momento de rodar al delito.
Algunos son extrasociales, como el vagabundo ó el loco. Otros son
antisociales, como el delincuente y el sectario. Los primeros, en su gran
mayoría, para nada cuentan en la historia de la sociedad; paralíticos de la
voluntad ó del carácter, enfermos de la inteligencia ó del sentimiento, son
animales descarriados de la grey humana, condenados á vegetar una
semivida cuyos más nobles resortes están enmohecidos. En muchos de los
segundos, en cambio, la incapacidad de adaptarse á la mentalidad social se
traduce por una conducta delictuosa; el animal no se limita á aislarse del
rebaño, se rebela contra él, compromete el orden de cosas establecido para
salvaguardar la vida y los intereses de sus componentes. Son tristes
siempre, siniestros con frecuencia.
Complejos estudios han florecido en los últimos cincuenta años, dilatando
pavorosamente los dominios estrechos de la primitiva patología mental. Los
alienistas empíricos de antaño no sospechaban la existencia de
innumerables variedades que hoy pueblan la zona del desequilibrio y la
anormalidad, fluctuando desde la demencia y el delito hasta la avaricia y el
misticismo, sin excluir los tipos intérlopes: el prestamista, el proxeneta, la
ramera ó el difamador. No caben ellos en el marco de la mediocridad; su
incapacidad de imitar á los que les rodean, de domesticarse en la disciplina
social, impídeles fundirse con la masa amorfa y equilibrada que constituye
«el rebaño de los que pasan en los siglos sin nombre y sin número.» Estos
inadaptables son moralmente inferiores al hombre mediocre. Sus matices
viven como enemigos dentro de la sociedad que los hospeda. En muchos la
degeneración moral es adquirida, fruto de la educación; en ciertos casos
deriva de la lucha por la vida en un medio social desfavorable á su esfuerzo;
son mediocres desorganizados, caídos en la ciénaga por obra del azar,
capaces de comprender su desventura y avergonzarse de ella, como la fiera
que ha errado el salto. En otros hay una inversión de los valores éticos, una
perturbación del juicio que impide medir el bien y el mal con el cartabón
aceptado por la sociedad; son invertidos morales, inaptos para estimar la
honestidad y el vicio. Instables hay, por fin, cuyo carácter traduce la
ausencia de sólidos cimientos que los aseguren contra el oscilante vaivén de
los apremios materiales y la alternativa inquietante de las tentaciones
deshonestas. Esos inválidos no sienten la coerción del rebaño; su moralidad
inferior chapalea en el vicio hasta el momento de rodar al delito.
Algunos son extrasociales, como el vagabundo ó el loco. Otros son
antisociales, como el delincuente y el sectario. Los primeros, en su gran
mayoría, para nada cuentan en la historia de la sociedad; paralíticos de la
voluntad ó del carácter, enfermos de la inteligencia ó del sentimiento, son
animales descarriados de la grey humana, condenados á vegetar una
semivida cuyos más nobles resortes están enmohecidos. En muchos de los
segundos, en cambio, la incapacidad de adaptarse á la mentalidad social se
traduce por una conducta delictuosa; el animal no se limita á aislarse del
rebaño, se rebela contra él, compromete el orden de cosas establecido para
salvaguardar la vida y los intereses de sus componentes. Son tristes
siempre, siniestros con frecuencia.
Complejos estudios han florecido en los últimos cincuenta años, dilatando
pavorosamente los dominios estrechos de la primitiva patología mental. Los
alienistas empíricos de antaño no sospechaban la existencia de
innumerables variedades que hoy pueblan la zona del desequilibrio y la
anormalidad, fluctuando desde la demencia y el delito hasta la avaricia y el
misticismo, sin excluir los tipos intérlopes: el prestamista, el proxeneta, la
ramera ó el difamador. No caben ellos en el marco de la mediocridad; su
incapacidad de imitar á los que les rodean, de domesticarse en la disciplina
social, impídeles fundirse con la masa amorfa y equilibrada que constituye
«el rebaño de los que pasan en los siglos sin nombre y sin número.» Estos
inadaptables son moralmente inferiores al hombre mediocre. Sus matices
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son variados: actúan en la sociedad como los insectos dañinos en la
naturaleza.
El rebaño teme á estos violadores de su hipocresía. Los mediocres no les
perdonan el impudor de su infamia y organizan contra ellos un complejo
armazón defensivo de códigos, jueces y presidios. Á través de siglos y de
siglos su esfuerzo ha sido ineficaz; constituyen una horda extranjera y hostil
dentro de su propio terruño, audaz en la acechanza, embozada en el
procedimiento, infatigable en la tramitación aleve de sus programas
trágicos. Algunos confían su vanidad al filo de la cuchilla subrepticia,
siempre alertas para blandirla con fulgurante presteza contra el corazón ó la
espalda; otros deslizan furtivamente su ágil garra sobre el oro ó la gema que
tientan su avidez con seducciones irresistibles; éstos violentan, como
infantiles juguetes, los obstáculos con que la prudencia del mediocre
custodia el tesoro acumulado en interminables etapas de ahorro y de
sacrificio; aquéllos denigran vírgenes inocentes para lucrar, ofreciendo los
encantos de su cuerpo venusto á la insaciable lujuria de sensuales y
libertinos; muchos succionan la entraña de la miseria en inverosímiles
aritméticas de usura, como tenias solitarias que nutren su inextinguible
voracidad en los jugos icorosos del intestino social enfermo; otros sobornan
conciencias inexpertas para explotar los riquísimos filones de la ignorancia
y el fanatismo. Todos son equivalentes en el desempeño de su parasitaria
función antisocial, idénticos todos en la inadaptación de sus sentimientos
más elementales. Converge en ellos una inveterada complicidad de instintos
y de perversiones que hace de cada conciencia una pústula, arrastrándolos á
malvivir del vicio y del delito.
Sea cual fuere, sin embargo, la orientación de su inferioridad biológica ó
social, encontramos una pincelada común en todos los hombres que
permanecen bajo el nivel de la mediocridad: la ineptitud constante para
adaptarse á las condiciones que, en cada colectividad humana, limitan la
lucha por la vida. Carecen de la aptitud que permite al hombre mediocre
imitar los prejuicios y las hipocresías de la sociedad en que vejeta.
IV.—Los senderos de la virtud: el corazón y el cerebro.
naturaleza.
El rebaño teme á estos violadores de su hipocresía. Los mediocres no les
perdonan el impudor de su infamia y organizan contra ellos un complejo
armazón defensivo de códigos, jueces y presidios. Á través de siglos y de
siglos su esfuerzo ha sido ineficaz; constituyen una horda extranjera y hostil
dentro de su propio terruño, audaz en la acechanza, embozada en el
procedimiento, infatigable en la tramitación aleve de sus programas
trágicos. Algunos confían su vanidad al filo de la cuchilla subrepticia,
siempre alertas para blandirla con fulgurante presteza contra el corazón ó la
espalda; otros deslizan furtivamente su ágil garra sobre el oro ó la gema que
tientan su avidez con seducciones irresistibles; éstos violentan, como
infantiles juguetes, los obstáculos con que la prudencia del mediocre
custodia el tesoro acumulado en interminables etapas de ahorro y de
sacrificio; aquéllos denigran vírgenes inocentes para lucrar, ofreciendo los
encantos de su cuerpo venusto á la insaciable lujuria de sensuales y
libertinos; muchos succionan la entraña de la miseria en inverosímiles
aritméticas de usura, como tenias solitarias que nutren su inextinguible
voracidad en los jugos icorosos del intestino social enfermo; otros sobornan
conciencias inexpertas para explotar los riquísimos filones de la ignorancia
y el fanatismo. Todos son equivalentes en el desempeño de su parasitaria
función antisocial, idénticos todos en la inadaptación de sus sentimientos
más elementales. Converge en ellos una inveterada complicidad de instintos
y de perversiones que hace de cada conciencia una pústula, arrastrándolos á
malvivir del vicio y del delito.
Sea cual fuere, sin embargo, la orientación de su inferioridad biológica ó
social, encontramos una pincelada común en todos los hombres que
permanecen bajo el nivel de la mediocridad: la ineptitud constante para
adaptarse á las condiciones que, en cada colectividad humana, limitan la
lucha por la vida. Carecen de la aptitud que permite al hombre mediocre
imitar los prejuicios y las hipocresías de la sociedad en que vejeta.
IV.—Los senderos de la virtud: el corazón y el cerebro.
Page 97
La honestidad es una imitación; la virtud es una originalidad. Solamente los
innovadores poseen talento moral y es obra suya cualquier ascenso hacia la
perfección; el rebaño se limita á seguir sus huellas, incorporando á la
honestidad banal lo que fué antes virtud de pocos. Y siempre rebajándola.
Hemos distinguido al deshonesto del mediocre, que se enorgullece de ser
honesto frente á aquél. Insistamos en que la honestidad no es la virtud; él se
esfuerza por confundirlas, sabiendo que la segunda le es inaccesible. La
virtud es otra cosa. Es activa; excede infinitamente en variedad, en
originalidad, en coraje, á la práctica rutinaria de esos prejuicios morales que
libran al mediocre de la infamia ó de la cárcel.
Ser honesto implica someterse á las convenciones corrientes: sírvele de
maestra la hipocresía. Ser virtuoso significa á menudo ir contra ellas,
exponiéndose á que los honestos consideren enemigo de toda moral al que
lo es solamente de sus prejuicios. Si el sereno ateniense hubiera adulado á
sus conciudadanos, la historia helénica no estaría manchada por su condena
y el sabio no habría bebido la cicuta; pero no sería Sócrates. Su virtud
consistió en resistir los prejuicios de los demás. Si viviéramos entre dignos
y santos, la opinión ajena podría evitarnos tropiezos y caídas; pero es
cobardía, viviendo entre mediocres, rebajarse al común nivel por miedo de
atraerse sus iras. Hacer como todos, puede implicar hacer lo indigno; el
progreso moral tiene como condición adelantarse á su tiempo, como
cualquier otro progreso.
Si existiera una moral eterna—y no tantas morales cuantos son los pueblos
—podría tomarse en serio la leyenda bíblica del árbol cargado de frutos del
bien y del mal. Sólo tendríamos dos tipos de hombres: el bueno y el malo,
el honesto y el deshonesto, el normal y el inferior, el moral y el inmoral.
Pero no es así. Los juicios de valor se transforman: el bien de hoy es el mal
de ayer, el mal de hoy es el bien de mañana.
No es el hombre moralmente mediocre—el honesto—quien determina las
transformaciones de la moral: él vive perfectamente adaptado á los
dogmatismos corrientes en su medio.
Son los virtuosos y los santos, inconfundibles con él. Precursores,
apóstoles, mártires, inventan formas superiores del bien, las enseñan, las
predican, las imponen. Toda moral futura es un producto de esfuerzos
individuales, obra de caracteres excelentes que conciben y practican
innovadores poseen talento moral y es obra suya cualquier ascenso hacia la
perfección; el rebaño se limita á seguir sus huellas, incorporando á la
honestidad banal lo que fué antes virtud de pocos. Y siempre rebajándola.
Hemos distinguido al deshonesto del mediocre, que se enorgullece de ser
honesto frente á aquél. Insistamos en que la honestidad no es la virtud; él se
esfuerza por confundirlas, sabiendo que la segunda le es inaccesible. La
virtud es otra cosa. Es activa; excede infinitamente en variedad, en
originalidad, en coraje, á la práctica rutinaria de esos prejuicios morales que
libran al mediocre de la infamia ó de la cárcel.
Ser honesto implica someterse á las convenciones corrientes: sírvele de
maestra la hipocresía. Ser virtuoso significa á menudo ir contra ellas,
exponiéndose á que los honestos consideren enemigo de toda moral al que
lo es solamente de sus prejuicios. Si el sereno ateniense hubiera adulado á
sus conciudadanos, la historia helénica no estaría manchada por su condena
y el sabio no habría bebido la cicuta; pero no sería Sócrates. Su virtud
consistió en resistir los prejuicios de los demás. Si viviéramos entre dignos
y santos, la opinión ajena podría evitarnos tropiezos y caídas; pero es
cobardía, viviendo entre mediocres, rebajarse al común nivel por miedo de
atraerse sus iras. Hacer como todos, puede implicar hacer lo indigno; el
progreso moral tiene como condición adelantarse á su tiempo, como
cualquier otro progreso.
Si existiera una moral eterna—y no tantas morales cuantos son los pueblos
—podría tomarse en serio la leyenda bíblica del árbol cargado de frutos del
bien y del mal. Sólo tendríamos dos tipos de hombres: el bueno y el malo,
el honesto y el deshonesto, el normal y el inferior, el moral y el inmoral.
Pero no es así. Los juicios de valor se transforman: el bien de hoy es el mal
de ayer, el mal de hoy es el bien de mañana.
No es el hombre moralmente mediocre—el honesto—quien determina las
transformaciones de la moral: él vive perfectamente adaptado á los
dogmatismos corrientes en su medio.
Son los virtuosos y los santos, inconfundibles con él. Precursores,
apóstoles, mártires, inventan formas superiores del bien, las enseñan, las
predican, las imponen. Toda moral futura es un producto de esfuerzos
individuales, obra de caracteres excelentes que conciben y practican
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perfecciones inaccesibles al hombre honesto. En eso consiste el talento
moral, que forja la virtud, y el genio moral, que crea la santidad. Sin estos
hombres originales no se concebiría la transformación de las costumbres;
conservaríamos los sentimientos y acciones de los primitivos seres
humanos. Toda evolución moral es un esfuerzo del talento virtuoso hacia la
perfección futura; nunca inerte condescendencia de la mediocridad para con
el pasado.
La evolución de las virtudes depende de todos los factores morales é
intelectuales. El cerebro suele anticiparse al corazón; pero nuestros
sentimientos influyen más intensamente que nuestras ideas en la formación
de los criterios morales. El hecho es más notorio en las sociedades que en
los individuos. Ha podido afirmar Sighele que, si resucitase un griego ó un
romano, su cerebro permanecería atónito ante nuestra cultura intelectual,
pero su corazón podría latir al unísono con muchos corazones
contemporáneos. Sus ideas sobre el universo, el hombre y las cosas
contrastarían con las nuestras, pero sus sentimientos ajustaríanse en gran
parte á las palpitaciones del sentir moderno. En un siglo cambian las ideas
fundamentales de la ciencia y la filosofía: los sentimientos centrales de la
moral colectiva sólo sufren leves oscilaciones, porque los atributos
biológicos de la especie humana varían lentamente. Nos fuerzan á sonreir
los conocimientos infantiles de los clásicos; pero sus sentimientos nos
conmueven, sus virtudes nos entusiasman, sus héroes nos admiran y nos
parecen honrados por los mismos atributos que hoy nos harían honrarlos.
Entonces, como ahora, los hombres de ideas más opuestas practicaban
análogas virtudes, frente á la mediocridad de su tiempo. El fondo
sentimental no varía; lo que se trasmuta incesantemente es la forma
intelectual que lo transforma en juicio de valor, dándole fuerza ética.
Hay un progreso moral colectivo. Muchos dogmatismos, que fueron antes
virtudes, son juzgados más tarde como prejuicios. En cada momento
histórico las virtudes coexisten con los prejuicios; el talento moral practica
las primeras; la honestidad mediocre se aferra á los segundos. Los grandes
virtuosos, cada uno á su modo, combaten contra prejuicios; son sus
enemigos al predicar una elevación moral en la forma que su cultura y su
temperamento les sugieren. Aunque por distintos caminos, y partiendo de
premisas racionales antagónicas, todos se proponen mejorar las virtudes en
moral, que forja la virtud, y el genio moral, que crea la santidad. Sin estos
hombres originales no se concebiría la transformación de las costumbres;
conservaríamos los sentimientos y acciones de los primitivos seres
humanos. Toda evolución moral es un esfuerzo del talento virtuoso hacia la
perfección futura; nunca inerte condescendencia de la mediocridad para con
el pasado.
La evolución de las virtudes depende de todos los factores morales é
intelectuales. El cerebro suele anticiparse al corazón; pero nuestros
sentimientos influyen más intensamente que nuestras ideas en la formación
de los criterios morales. El hecho es más notorio en las sociedades que en
los individuos. Ha podido afirmar Sighele que, si resucitase un griego ó un
romano, su cerebro permanecería atónito ante nuestra cultura intelectual,
pero su corazón podría latir al unísono con muchos corazones
contemporáneos. Sus ideas sobre el universo, el hombre y las cosas
contrastarían con las nuestras, pero sus sentimientos ajustaríanse en gran
parte á las palpitaciones del sentir moderno. En un siglo cambian las ideas
fundamentales de la ciencia y la filosofía: los sentimientos centrales de la
moral colectiva sólo sufren leves oscilaciones, porque los atributos
biológicos de la especie humana varían lentamente. Nos fuerzan á sonreir
los conocimientos infantiles de los clásicos; pero sus sentimientos nos
conmueven, sus virtudes nos entusiasman, sus héroes nos admiran y nos
parecen honrados por los mismos atributos que hoy nos harían honrarlos.
Entonces, como ahora, los hombres de ideas más opuestas practicaban
análogas virtudes, frente á la mediocridad de su tiempo. El fondo
sentimental no varía; lo que se trasmuta incesantemente es la forma
intelectual que lo transforma en juicio de valor, dándole fuerza ética.
Hay un progreso moral colectivo. Muchos dogmatismos, que fueron antes
virtudes, son juzgados más tarde como prejuicios. En cada momento
histórico las virtudes coexisten con los prejuicios; el talento moral practica
las primeras; la honestidad mediocre se aferra á los segundos. Los grandes
virtuosos, cada uno á su modo, combaten contra prejuicios; son sus
enemigos al predicar una elevación moral en la forma que su cultura y su
temperamento les sugieren. Aunque por distintos caminos, y partiendo de
premisas racionales antagónicas, todos se proponen mejorar las virtudes en
Page 99
sentido propicio al enaltecimiento del hombre: son igualmente enemigos de
los prejuicios de su tiempo.
Los virtuosos no igualan á los santos; la sociedad opone demasiados
obstáculos á su esfuerzo. Pensar el porvenir no implica practicarlo
totalmente; basta la firme intención de marchar hacia él. Los que piensan
como profetas pueden verse obligados á proceder como filisteos en muchos
de sus actos. La virtud es un esfuerzo real hacia lo que se concibe como
perfección potencial; nunca llega á ser la perfección misma.
La evolución moral es lenta, pero segura. La virtud arrastra y enseña; los
honestos se resignan á imitar alguna parte de las excelencias que practican
los virtuosos. Cuando se afirma que somos mejores que nuestros abuelos,
sólo quiere expresarse que lo somos ante nuestra moral contemporánea.
Fuera más exacto decir que diferimos de ellos. Sobre necesidades
materiales, perennes en la especie, organízanse conceptos de perfección que
varían á través de los tiempos; sobre las necesidades transitorias de cada
sociedad se elabora el arquetipo de virtud más útil á su progreso. Mientras
el ideal absoluto permanece indefinido y ofrece escasas oscilaciones en el
curso de siglos enteros, el concepto concreto de las virtudes se va
plasmando en las variaciones reales de la vida social. Los mediocres
practican rutinariamente la honestidad corriente, sin esfuerzo alguno por
mejorarse; los virtuosos ascienden por mil senderos hacia cumbres que se
alejan sin cesar, hacia el infinito.
Sobre cada uno de los sentimientos útiles para la vida humana puede
florecer una virtud, una forma de talento moral. Hay filósofos que meditan
durante largas noches insomnes, sabios que sacrifican su vida en los
laboratorios, patriotas que mueren por la libertad de sus conciudadanos,
altivos que renuncian todo favor que tenga por precio su dignidad, madres
que sufren la miseria custodiando el honor de sus hijos. El hombre
mediocre no conoce esas virtudes: se limita á ser honesto, adhiriendo á
todas las hipocresías, cumpliendo las leyes por temor de las penas que
amenazan á quien las viola, trabajando con afán de lucro ó sed de vanidad,
guardando la honra por no arrostrar las consecuencias de perderla.
Así como hay una gama de intelectos, cuyos tonos fundamentales son la
inferioridad, la mediocridad y el talento,—aparte del idiotismo y el genio,
que ocupan sus extremos,—hay también una jerarquía moral representada
los prejuicios de su tiempo.
Los virtuosos no igualan á los santos; la sociedad opone demasiados
obstáculos á su esfuerzo. Pensar el porvenir no implica practicarlo
totalmente; basta la firme intención de marchar hacia él. Los que piensan
como profetas pueden verse obligados á proceder como filisteos en muchos
de sus actos. La virtud es un esfuerzo real hacia lo que se concibe como
perfección potencial; nunca llega á ser la perfección misma.
La evolución moral es lenta, pero segura. La virtud arrastra y enseña; los
honestos se resignan á imitar alguna parte de las excelencias que practican
los virtuosos. Cuando se afirma que somos mejores que nuestros abuelos,
sólo quiere expresarse que lo somos ante nuestra moral contemporánea.
Fuera más exacto decir que diferimos de ellos. Sobre necesidades
materiales, perennes en la especie, organízanse conceptos de perfección que
varían á través de los tiempos; sobre las necesidades transitorias de cada
sociedad se elabora el arquetipo de virtud más útil á su progreso. Mientras
el ideal absoluto permanece indefinido y ofrece escasas oscilaciones en el
curso de siglos enteros, el concepto concreto de las virtudes se va
plasmando en las variaciones reales de la vida social. Los mediocres
practican rutinariamente la honestidad corriente, sin esfuerzo alguno por
mejorarse; los virtuosos ascienden por mil senderos hacia cumbres que se
alejan sin cesar, hacia el infinito.
Sobre cada uno de los sentimientos útiles para la vida humana puede
florecer una virtud, una forma de talento moral. Hay filósofos que meditan
durante largas noches insomnes, sabios que sacrifican su vida en los
laboratorios, patriotas que mueren por la libertad de sus conciudadanos,
altivos que renuncian todo favor que tenga por precio su dignidad, madres
que sufren la miseria custodiando el honor de sus hijos. El hombre
mediocre no conoce esas virtudes: se limita á ser honesto, adhiriendo á
todas las hipocresías, cumpliendo las leyes por temor de las penas que
amenazan á quien las viola, trabajando con afán de lucro ó sed de vanidad,
guardando la honra por no arrostrar las consecuencias de perderla.
Así como hay una gama de intelectos, cuyos tonos fundamentales son la
inferioridad, la mediocridad y el talento,—aparte del idiotismo y el genio,
que ocupan sus extremos,—hay también una jerarquía moral representada
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por términos equivalentes. En el fondo de esas desigualdades hay una
profunda heterogeneidad de temperamentos. La conformación á los
catecismos ajenos resulta fácil para los hombres débiles, crédulos,
timoratos, sin grandes deseos, sin pasiones vehementes, sin necesidad de
independencia, sin irradiación de su personalidad; es inconcebible, en
cambio, en las naturalezas idealistas y fuertes, capaces de pasiones vivas,
bastante intelectuales para no dejarse engañar por la mentira de los demás.
Aquéllos no sienten la coacción moral del rebaño, pues la hipocresía es su
clima propicio; éstos sufren, luchando entre sus inclinaciones y el falso
concepto del deber impuesto por la sociedad. La mediocridad moral á que
se ajustan los hombres honestos, nunca esclaviza al hombre moralmente
superior. «Puede acordársele—dice Remy de Gourmont—el valor de una
moda á la que uno se resigna para no llamar la atención, pero sin interesar
el ser íntimo y sin hacerle ningún sacrificio profundo». En esa
disconformidad con la hipocresía colectivamente organizada consiste la
virtud, que es individual, á la contra de la caridad y la beneficencia
mundanas, simples caricaturas colectivas, donde la miseria de los corazones
tristes alimenta la vanidad de los cerebros vacíos.
Los temperamentos capaces de virtud difieren por su intensidad. El primer
germen de perfección moral se manifiesta en una decidida preferencia por
el bien: haciéndolo, enseñándolo, admirándolo. La bondad es el primer
esfuerzo hacia la virtud: el hombre bueno, esquivo á las hipócritas
condescendencias permitidas por la honestidad, lleva en sí una partícula de
santidad. El «buenismo» es la moral de los pequeños virtuosos; su prédica
es plausible, siempre que enseñe á evitar la cobardía: su peligro. Hay
excesos de bondad que no podrían distinguirse del envilecimiento; hay falta
de justicia en la moral del perdón sistemático. Está bien perdonar una vez y
sería inicuo no perdonar ninguna; pero el que perdona dos veces se hace
cómplice de los malvados. No sabemos qué hubiera hecho Cristo si le
hubiesen abofeteado la segunda mejilla que ofreció al que le afrentaba la
primera: los evangelistas no osaron plantearse este problema.
Enseñemos á perdonar; pero enseñemos también á no ofender. Será más
eficiente. Enseñémoslo con el ejemplo, no ofendiendo. Admitamos que la
primera vez se ofende por ignorancia; pero creemos que la segunda suele
ser por maldad. El mal no se corrige con la complacencia ó la complicidad;
profunda heterogeneidad de temperamentos. La conformación á los
catecismos ajenos resulta fácil para los hombres débiles, crédulos,
timoratos, sin grandes deseos, sin pasiones vehementes, sin necesidad de
independencia, sin irradiación de su personalidad; es inconcebible, en
cambio, en las naturalezas idealistas y fuertes, capaces de pasiones vivas,
bastante intelectuales para no dejarse engañar por la mentira de los demás.
Aquéllos no sienten la coacción moral del rebaño, pues la hipocresía es su
clima propicio; éstos sufren, luchando entre sus inclinaciones y el falso
concepto del deber impuesto por la sociedad. La mediocridad moral á que
se ajustan los hombres honestos, nunca esclaviza al hombre moralmente
superior. «Puede acordársele—dice Remy de Gourmont—el valor de una
moda á la que uno se resigna para no llamar la atención, pero sin interesar
el ser íntimo y sin hacerle ningún sacrificio profundo». En esa
disconformidad con la hipocresía colectivamente organizada consiste la
virtud, que es individual, á la contra de la caridad y la beneficencia
mundanas, simples caricaturas colectivas, donde la miseria de los corazones
tristes alimenta la vanidad de los cerebros vacíos.
Los temperamentos capaces de virtud difieren por su intensidad. El primer
germen de perfección moral se manifiesta en una decidida preferencia por
el bien: haciéndolo, enseñándolo, admirándolo. La bondad es el primer
esfuerzo hacia la virtud: el hombre bueno, esquivo á las hipócritas
condescendencias permitidas por la honestidad, lleva en sí una partícula de
santidad. El «buenismo» es la moral de los pequeños virtuosos; su prédica
es plausible, siempre que enseñe á evitar la cobardía: su peligro. Hay
excesos de bondad que no podrían distinguirse del envilecimiento; hay falta
de justicia en la moral del perdón sistemático. Está bien perdonar una vez y
sería inicuo no perdonar ninguna; pero el que perdona dos veces se hace
cómplice de los malvados. No sabemos qué hubiera hecho Cristo si le
hubiesen abofeteado la segunda mejilla que ofreció al que le afrentaba la
primera: los evangelistas no osaron plantearse este problema.
Enseñemos á perdonar; pero enseñemos también á no ofender. Será más
eficiente. Enseñémoslo con el ejemplo, no ofendiendo. Admitamos que la
primera vez se ofende por ignorancia; pero creemos que la segunda suele
ser por maldad. El mal no se corrige con la complacencia ó la complicidad;
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es nocivo como los venenos y debe oponérsele antídotos eficaces: la
reprobación y el desprecio.
Los pequeños virtuosos prefieren la práctica del bien á su prédica. Mientras
los hipócritas recetan la austeridad, reservando la indulgencia para sí
mismos, ellos evitan los sermones y enaltecen su propia conducta. Para los
demás encuentran una disculpa, en la debilidad humana ó en la tentación
del medio: «tout comprendre c'est tout pardonner»; sólo son severos
consigo mismos. Nunca olvidan sus propias culpas y errores; y si no
olvidan las ajenas, tampoco se preocupan de atormentarlas con su odio,
pues saben que el tiempo las castiga fatalmente, por esa gravitación que
abisma á los perversos como si fueran globos desinflados. Su corazón es
sensible á las pulsaciones de los ajenos, abriéndose á toda hora para adulcir
las penas de un desventurado y previniendo sus necesidades para ahorrarle
la humillación de pedir ayuda; hacen siempre todo lo que pueden, poniendo
en ello tal afán que trasluce el deseo de haber hecho más y mejor. Aprueban
y estimulan cualquier germen de cultura, prodigando su aplauso á toda idea
original y compadeciendo á los ignorantes sin reproches inoportunos; su
cordialidad sincera con los espíritus humildes no está corroída por la
urbanidad convencional.
Esas pequeñas virtudes son usuales, de aplicación frecuente, cuotidiana;
sirven para distinguir al bueno del mediocre y difieren tanto de la
honestidad como el buen sentido difiere del sentido común. Importan una
elevación sobre la mediocridad; los que saben practicarlas merecen los
elogios que tan pródigamente se les tributan. Desde Platón y Plutarco está
hecha su apología; ello no impide su asidua reiteración por escritores que
glosan en estilo menos decisivo la socorrida frase de Hugo: «Il se fait
beaucoup de grandes actions dans les petites luttes. Il y a des bravoures
opiniatres et ignorées qui se défendent pied á pied dans l'ombre contre
l'envahissement fatal des nécessités. Noble et mistérieux triomphe qu'aucun
regard ne voit, qu'aucune renommée ne paye, qu'aucune fanfare ne salue. La
vie, le malheur, l'isolement, l'abandon, la pauvreté, sont des champs de
bataille qui ont leurs héros; héros obscurs plus grands parfois que les héros
illustres».
No olvidemos, sin embargo, que esas virtudes son pequeñas; es grave error
oponerlas á las grandes. Ellas revelan una loable tendencia, pero no pueden
compararse con el asiduo celo de perfección que convierte la bondad en
reprobación y el desprecio.
Los pequeños virtuosos prefieren la práctica del bien á su prédica. Mientras
los hipócritas recetan la austeridad, reservando la indulgencia para sí
mismos, ellos evitan los sermones y enaltecen su propia conducta. Para los
demás encuentran una disculpa, en la debilidad humana ó en la tentación
del medio: «tout comprendre c'est tout pardonner»; sólo son severos
consigo mismos. Nunca olvidan sus propias culpas y errores; y si no
olvidan las ajenas, tampoco se preocupan de atormentarlas con su odio,
pues saben que el tiempo las castiga fatalmente, por esa gravitación que
abisma á los perversos como si fueran globos desinflados. Su corazón es
sensible á las pulsaciones de los ajenos, abriéndose á toda hora para adulcir
las penas de un desventurado y previniendo sus necesidades para ahorrarle
la humillación de pedir ayuda; hacen siempre todo lo que pueden, poniendo
en ello tal afán que trasluce el deseo de haber hecho más y mejor. Aprueban
y estimulan cualquier germen de cultura, prodigando su aplauso á toda idea
original y compadeciendo á los ignorantes sin reproches inoportunos; su
cordialidad sincera con los espíritus humildes no está corroída por la
urbanidad convencional.
Esas pequeñas virtudes son usuales, de aplicación frecuente, cuotidiana;
sirven para distinguir al bueno del mediocre y difieren tanto de la
honestidad como el buen sentido difiere del sentido común. Importan una
elevación sobre la mediocridad; los que saben practicarlas merecen los
elogios que tan pródigamente se les tributan. Desde Platón y Plutarco está
hecha su apología; ello no impide su asidua reiteración por escritores que
glosan en estilo menos decisivo la socorrida frase de Hugo: «Il se fait
beaucoup de grandes actions dans les petites luttes. Il y a des bravoures
opiniatres et ignorées qui se défendent pied á pied dans l'ombre contre
l'envahissement fatal des nécessités. Noble et mistérieux triomphe qu'aucun
regard ne voit, qu'aucune renommée ne paye, qu'aucune fanfare ne salue. La
vie, le malheur, l'isolement, l'abandon, la pauvreté, sont des champs de
bataille qui ont leurs héros; héros obscurs plus grands parfois que les héros
illustres».
No olvidemos, sin embargo, que esas virtudes son pequeñas; es grave error
oponerlas á las grandes. Ellas revelan una loable tendencia, pero no pueden
compararse con el asiduo celo de perfección que convierte la bondad en
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virtud. Para esto se requiere cierta intelectualidad superior; las mentes
exiguas no pueden concebir un gesto trascendente y noble, ni sabría
ejecutarlo un carácter amorfo. Á los que dicen: «no hay tonto malo», podría
respondérseles que la incapacidad del mal no es bondad. Aún está por
resolverse el antiguo litigio que proponía á elegir entre un imbécil bueno y
un inteligente malo; pero está seguramente resuelto que la imbecilidad no es
una presunción de virtud, ni la inteligencia lo es de perversidad. Ello no
impide que muchos mediocres protesten contra el ingenio y la ilustración,
glosando la paradoja de Rousseau, hasta inferir de ella que la escuela puebla
las cárceles y que los hombres más buenos son los torpes é ignorantes.
Sócrates enseñó—hace de esto algunos años—que la Ciencia y la Virtud se
confunden en una sola y misma resultante: la Sabiduría. Para hacer el bien,
basta verlo claramente; no lo hacen los que no lo ven; nadie sería malo
sabiéndolo. El hombre más inteligente y más ilustrado puede ser el más
bueno; «puede» serlo, aunque no siempre lo sea. En cambio el torpe y el
ignorante no pueden serlo nunca, irremisiblemente.
La moralidad es tan importante como la inteligencia en la composición
global del carácter. Los más grandes espíritus son los que asocian las luces
del intelecto con las magnificencias del corazón. La «grandeza de alma» es
bilateral. Son raros esos talentos completos ó poliédricos; son excepcionales
esos genios. Así lo enseñan los epítomes de psicología escolar. Los
caracteres perfectamente equilibrados son rarezas. Los hombres excelentes
brillan por esta ó aquella aptitud, sin resplandecer en todas; hay asimismo
talentos de alguna aptitud intelectual, que no lo son en virtud alguna, y
hombres virtuosos que no asombran por sus dotes intelectuales.
Ambas formas de talento, aunque distintas y cada una multiforme, son
igualmente necesarias y merecen el mismo homenaje. Pueden observarse
aisladas; suelen germinar al unísono en el hombre excelente. Aisladas poco
valen. La virtud es inconcebible en el imbécil y el ingenio es infecundo en
el desvergonzado. La subordinación de la moralidad á la inteligencia es un
renunciamiento de toda dignidad; el más ingenioso de los hombres sería
detestable cuando pusiera su ingenio al servicio de la rutina, del prejuicio ó
del servilismo: sus triunfos serían su vergüenza, no su gloria. Por eso dijo
Cicerón, ha muchos siglos: «Cuanto más fino y culto es un hombre, tanto
más repulsivo y sospechoso se vuelve si pierde su reputación de honesto».
(De Offic., II, 9.) Verdad es que el tiempo perdona sus vicios á los genios y
exiguas no pueden concebir un gesto trascendente y noble, ni sabría
ejecutarlo un carácter amorfo. Á los que dicen: «no hay tonto malo», podría
respondérseles que la incapacidad del mal no es bondad. Aún está por
resolverse el antiguo litigio que proponía á elegir entre un imbécil bueno y
un inteligente malo; pero está seguramente resuelto que la imbecilidad no es
una presunción de virtud, ni la inteligencia lo es de perversidad. Ello no
impide que muchos mediocres protesten contra el ingenio y la ilustración,
glosando la paradoja de Rousseau, hasta inferir de ella que la escuela puebla
las cárceles y que los hombres más buenos son los torpes é ignorantes.
Sócrates enseñó—hace de esto algunos años—que la Ciencia y la Virtud se
confunden en una sola y misma resultante: la Sabiduría. Para hacer el bien,
basta verlo claramente; no lo hacen los que no lo ven; nadie sería malo
sabiéndolo. El hombre más inteligente y más ilustrado puede ser el más
bueno; «puede» serlo, aunque no siempre lo sea. En cambio el torpe y el
ignorante no pueden serlo nunca, irremisiblemente.
La moralidad es tan importante como la inteligencia en la composición
global del carácter. Los más grandes espíritus son los que asocian las luces
del intelecto con las magnificencias del corazón. La «grandeza de alma» es
bilateral. Son raros esos talentos completos ó poliédricos; son excepcionales
esos genios. Así lo enseñan los epítomes de psicología escolar. Los
caracteres perfectamente equilibrados son rarezas. Los hombres excelentes
brillan por esta ó aquella aptitud, sin resplandecer en todas; hay asimismo
talentos de alguna aptitud intelectual, que no lo son en virtud alguna, y
hombres virtuosos que no asombran por sus dotes intelectuales.
Ambas formas de talento, aunque distintas y cada una multiforme, son
igualmente necesarias y merecen el mismo homenaje. Pueden observarse
aisladas; suelen germinar al unísono en el hombre excelente. Aisladas poco
valen. La virtud es inconcebible en el imbécil y el ingenio es infecundo en
el desvergonzado. La subordinación de la moralidad á la inteligencia es un
renunciamiento de toda dignidad; el más ingenioso de los hombres sería
detestable cuando pusiera su ingenio al servicio de la rutina, del prejuicio ó
del servilismo: sus triunfos serían su vergüenza, no su gloria. Por eso dijo
Cicerón, ha muchos siglos: «Cuanto más fino y culto es un hombre, tanto
más repulsivo y sospechoso se vuelve si pierde su reputación de honesto».
(De Offic., II, 9.) Verdad es que el tiempo perdona sus vicios á los genios y
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á los héroes, capaces de exceder con el bien que hacen al mal que no
dejaron de hacer; pero ellos son excepciones raras y en vida habría que
medirlos con el criterio de la posteridad: la transcendente magnitud de su
obra.
Esas nociones suprimen algunos problemas inocentes, como el de fallar si
son preferibles los que crean, inventan y perfeccionan en las ciencias y en
las artes, ó los que poseen un admirable conjunto de energías morales que
impulsa á jugar el porvenir y la vida en defensa de la dignidad y la justicia.
Entre los talentos intelectuales y los talentos morales, estos últimos suelen
ser preferidos con razón, conceptuándolos más necesarios. «El talento
superior es el talento moral», ha escrito Smiles, glosando al inagotable M.
de la Palisse. De ese parangón está excluido, a priori, el hombre mediocre,
pues sólo tiene rutinas en el cerebro y prejuicios en el corazón.
La apoteosis del tonto bueno encamínase, evidentemente, á protestar, como
lo hacía Cicerón, contra los que pretenden consentir al ingenio un absurdo
derecho á la inmoralidad. El sistema es equívoco; igualmente injusto sería
desacreditar á los santos más ejemplares fundándose en que existen
simuladores de la virtud.
Es capcioso oponer el ingenio y la moral, como términos inconciliables.
¿Sólo podría ser virtuoso el rutinario ó el imbécil? ¿Sólo podría ser
ingenioso el deshonesto ó el degenerado? La humanidad debiera sonrojarse
ante estas preguntas. Sin embargo, ellas son insinuadas por catequistas
igualitarios que adulan á la mediocridad, buscando el éxito ante su número
infinito. El sofisma es sencillo. De muchos grandes hombres se cuentan
anomalías morales ó de carácter, que no suelen contarse del mediocre y del
imbécil; luego, aquéllos son inmorales y éstos son virtuosos.
Aunque las premisas fuesen exactas, la conclusión sería ilegítima. Si se
concediera—y es mentira—que los grandes ingenios son forzosamente
inmorales, no habría por qué otorgar al mediocre y al imbécil el privilegio
de la virtud, reservado al talento moral.
Pero la premisa es falsa. Si se cuentan desequilibrios de los genios y no de
los mediocres, no es porque éstos sean faros de virtud, sino por una razón
muy sencilla: la historia solamente se ocupa de los primeros, ignorando á
los segundos. Por un poeta alcoholista hay diez millones de mediocres que
beben como él; por un filósofo uxoricida hay quinientos mil uxoricidas que
dejaron de hacer; pero ellos son excepciones raras y en vida habría que
medirlos con el criterio de la posteridad: la transcendente magnitud de su
obra.
Esas nociones suprimen algunos problemas inocentes, como el de fallar si
son preferibles los que crean, inventan y perfeccionan en las ciencias y en
las artes, ó los que poseen un admirable conjunto de energías morales que
impulsa á jugar el porvenir y la vida en defensa de la dignidad y la justicia.
Entre los talentos intelectuales y los talentos morales, estos últimos suelen
ser preferidos con razón, conceptuándolos más necesarios. «El talento
superior es el talento moral», ha escrito Smiles, glosando al inagotable M.
de la Palisse. De ese parangón está excluido, a priori, el hombre mediocre,
pues sólo tiene rutinas en el cerebro y prejuicios en el corazón.
La apoteosis del tonto bueno encamínase, evidentemente, á protestar, como
lo hacía Cicerón, contra los que pretenden consentir al ingenio un absurdo
derecho á la inmoralidad. El sistema es equívoco; igualmente injusto sería
desacreditar á los santos más ejemplares fundándose en que existen
simuladores de la virtud.
Es capcioso oponer el ingenio y la moral, como términos inconciliables.
¿Sólo podría ser virtuoso el rutinario ó el imbécil? ¿Sólo podría ser
ingenioso el deshonesto ó el degenerado? La humanidad debiera sonrojarse
ante estas preguntas. Sin embargo, ellas son insinuadas por catequistas
igualitarios que adulan á la mediocridad, buscando el éxito ante su número
infinito. El sofisma es sencillo. De muchos grandes hombres se cuentan
anomalías morales ó de carácter, que no suelen contarse del mediocre y del
imbécil; luego, aquéllos son inmorales y éstos son virtuosos.
Aunque las premisas fuesen exactas, la conclusión sería ilegítima. Si se
concediera—y es mentira—que los grandes ingenios son forzosamente
inmorales, no habría por qué otorgar al mediocre y al imbécil el privilegio
de la virtud, reservado al talento moral.
Pero la premisa es falsa. Si se cuentan desequilibrios de los genios y no de
los mediocres, no es porque éstos sean faros de virtud, sino por una razón
muy sencilla: la historia solamente se ocupa de los primeros, ignorando á
los segundos. Por un poeta alcoholista hay diez millones de mediocres que
beben como él; por un filósofo uxoricida hay quinientos mil uxoricidas que
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no son filósofos; por un sabio experimentador, cruel con un perro ó una
rana, hay una incontable cohorte de cazadores y toreros que le aventajan en
impiedad. ¿Y qué dirá la historia? Hubo un poeta alcoholista, un filósofo
uxoricida y un sabio cruel: los millones de mediocres no tienen biografía.
Moreau de Tours equivocó el rumbo; Lombroso se extravió; Nordau hizo de
la cuestión una simple polémica literaria. No comulguemos con ruedas de
molino; la premisa es falsa. Los que han visitado cien cárceles pueden
asegurar que había en ellas cincuenta mil hombres de inteligencia mediocre
ó inferior, junto á cinco ó veinte hombres de talento. No han visto á un solo
hombre de genio.
Volvamos al sano concepto socrático, hermanando la virtud y el ingenio,
aliados antes que adversarios. Una elevada inteligencia es siempre propicia
al talento moral y éste es la condición misma de la virtud. Sólo hay una
cosa más vasta, ejemplar, magnífica, el golpe de ala que eleva hacia lo
desconocido hasta entonces, remontándonos hasta las cimas eternas de esta
aristocracia moral: son los genios que enseñan virtudes no practicadas hasta
la hora de sus profecías ó que practican las conocidas con intensidad
extraordinaria. Si un hombre encarrila en absoluto su vida hacia un ideal,
eludiendo ó contrastando todas las contingencias materiales que contra él
conspiran, ese hombre se eleva sobre el nivel mismo de las más altas
virtudes. Entra á la santidad.
V.—La santidad.
La santidad existe: los genios morales son los «santos» de la humanidad. La
evolución de los sentimientos colectivos, representados por los conceptos
de bien y de virtud, se opera por intermedio de hombres extraordinarios. En
ellos se resume ó polariza alguna tendencia inmanente del continuo devenir
moral. Algunos legislan y fundan religiones, como Manou, Confucio,
Moisés ó Budha, en civilizaciones primitivas, cuando los estados son
teocracias; otros predican y viven su moral, como Sócrates, Zenón ó Cristo,
confiando la suerte de sus nuevos valores á la eficacia del ejemplo; los hay,
en fin, que transmutan racionalmente las doctrinas, como Antistenes,
Epicuro ó, Spinoza. Sea cual fuere el juicio que á la posteridad merezcan
sus enseñanzas, todos ellos son inventores, fuerzas originales en la
evolución del bien y del mal, en la metamorfosis de las virtudes. Son
rana, hay una incontable cohorte de cazadores y toreros que le aventajan en
impiedad. ¿Y qué dirá la historia? Hubo un poeta alcoholista, un filósofo
uxoricida y un sabio cruel: los millones de mediocres no tienen biografía.
Moreau de Tours equivocó el rumbo; Lombroso se extravió; Nordau hizo de
la cuestión una simple polémica literaria. No comulguemos con ruedas de
molino; la premisa es falsa. Los que han visitado cien cárceles pueden
asegurar que había en ellas cincuenta mil hombres de inteligencia mediocre
ó inferior, junto á cinco ó veinte hombres de talento. No han visto á un solo
hombre de genio.
Volvamos al sano concepto socrático, hermanando la virtud y el ingenio,
aliados antes que adversarios. Una elevada inteligencia es siempre propicia
al talento moral y éste es la condición misma de la virtud. Sólo hay una
cosa más vasta, ejemplar, magnífica, el golpe de ala que eleva hacia lo
desconocido hasta entonces, remontándonos hasta las cimas eternas de esta
aristocracia moral: son los genios que enseñan virtudes no practicadas hasta
la hora de sus profecías ó que practican las conocidas con intensidad
extraordinaria. Si un hombre encarrila en absoluto su vida hacia un ideal,
eludiendo ó contrastando todas las contingencias materiales que contra él
conspiran, ese hombre se eleva sobre el nivel mismo de las más altas
virtudes. Entra á la santidad.
V.—La santidad.
La santidad existe: los genios morales son los «santos» de la humanidad. La
evolución de los sentimientos colectivos, representados por los conceptos
de bien y de virtud, se opera por intermedio de hombres extraordinarios. En
ellos se resume ó polariza alguna tendencia inmanente del continuo devenir
moral. Algunos legislan y fundan religiones, como Manou, Confucio,
Moisés ó Budha, en civilizaciones primitivas, cuando los estados son
teocracias; otros predican y viven su moral, como Sócrates, Zenón ó Cristo,
confiando la suerte de sus nuevos valores á la eficacia del ejemplo; los hay,
en fin, que transmutan racionalmente las doctrinas, como Antistenes,
Epicuro ó, Spinoza. Sea cual fuere el juicio que á la posteridad merezcan
sus enseñanzas, todos ellos son inventores, fuerzas originales en la
evolución del bien y del mal, en la metamorfosis de las virtudes. Son
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siempre hombres extraordinarios, genios, los que las enseñan. Los talentos
morales perfeccionan ó practican de manera excelente esas virtudes por
ellos creadas; los mediocres morales se limitan á imitarlas tímidamente.
Toda santidad es excesiva, desbordante, obsesionadora, absorbente,
incontrastable: es genio. Se es santo por temperamento y no por cálculo, por
corazonadas firmes, más que por doctrinarismos racionales: así lo fueron
todos. El inflexible absolutismo del profeta ó del apóstol es simbólico; sin
él no tendríamos la iluminada firmeza del virtuoso ni la obediencia
disciplinada del honesto. Los santos no son los factores prácticos de la vida
social, sino las masas mediocres que imitan débilmente su fórmula. No fué
Francisco un instrumento eficaz de la beneficencia, virtud cristiana que el
tiempo reemplazará por la solidaridad social; sus efectos normales son
producidos por innumerables individuos que serían incapaces de practicarla
por iniciativa propia, y que de su exaltación sublime reciben sugestiones,
tendencias y ejemplos, graduándolos, difundiéndolos. El santo de Asís
muere de consunción, obsesionado por su virtud, sin cuidarse de sí mismo;
entrega su vida á su ideal; los mediocres que practican la beneficencia por
él predicada cumplen una obligación, tibiamente, sin perturbar su
tranquilidad en holocausto á los demás.
La santidad crea ó renueva. «La extensión y el desarrollo de los
sentimientos sociales y morales—dice Ribot—, se han producido
lentamente y por obra de ciertos hombres que merecen ser llamados
inventores en moral. Esta expresión puede sonar extrañamente á ciertos
oídos de gente imbuida de la hipótesis de un conocimiento del bien y del
mal innato, universal, distribuido á todos los hombres y en todos los
tiempos. Si en cambio se admite una moral que se va haciendo, es necesario
que ella sea la creación, el descubrimiento de un individuo ó de un grupo.
Todo el mundo admite inventores en geometría, en música, en las artes
plásticas ó mecánicas; pero también ha habido hombres que por sus
disposiciones morales eran muy superiores á sus contemporáneos, y han
sido promotores, iniciadores. Es importante observar que la concepción
teórica de un ideal moral más elevado, de una etapa á pasar, no basta; se
necesita una emoción poderosa que haga obrar y, por contagio, comunique á
los otros su propio élan. El avance es proporcional á lo que se siente y no á
lo que se piensa.»
morales perfeccionan ó practican de manera excelente esas virtudes por
ellos creadas; los mediocres morales se limitan á imitarlas tímidamente.
Toda santidad es excesiva, desbordante, obsesionadora, absorbente,
incontrastable: es genio. Se es santo por temperamento y no por cálculo, por
corazonadas firmes, más que por doctrinarismos racionales: así lo fueron
todos. El inflexible absolutismo del profeta ó del apóstol es simbólico; sin
él no tendríamos la iluminada firmeza del virtuoso ni la obediencia
disciplinada del honesto. Los santos no son los factores prácticos de la vida
social, sino las masas mediocres que imitan débilmente su fórmula. No fué
Francisco un instrumento eficaz de la beneficencia, virtud cristiana que el
tiempo reemplazará por la solidaridad social; sus efectos normales son
producidos por innumerables individuos que serían incapaces de practicarla
por iniciativa propia, y que de su exaltación sublime reciben sugestiones,
tendencias y ejemplos, graduándolos, difundiéndolos. El santo de Asís
muere de consunción, obsesionado por su virtud, sin cuidarse de sí mismo;
entrega su vida á su ideal; los mediocres que practican la beneficencia por
él predicada cumplen una obligación, tibiamente, sin perturbar su
tranquilidad en holocausto á los demás.
La santidad crea ó renueva. «La extensión y el desarrollo de los
sentimientos sociales y morales—dice Ribot—, se han producido
lentamente y por obra de ciertos hombres que merecen ser llamados
inventores en moral. Esta expresión puede sonar extrañamente á ciertos
oídos de gente imbuida de la hipótesis de un conocimiento del bien y del
mal innato, universal, distribuido á todos los hombres y en todos los
tiempos. Si en cambio se admite una moral que se va haciendo, es necesario
que ella sea la creación, el descubrimiento de un individuo ó de un grupo.
Todo el mundo admite inventores en geometría, en música, en las artes
plásticas ó mecánicas; pero también ha habido hombres que por sus
disposiciones morales eran muy superiores á sus contemporáneos, y han
sido promotores, iniciadores. Es importante observar que la concepción
teórica de un ideal moral más elevado, de una etapa á pasar, no basta; se
necesita una emoción poderosa que haga obrar y, por contagio, comunique á
los otros su propio élan. El avance es proporcional á lo que se siente y no á
lo que se piensa.»
Page 106
Por esto el genio moral es incompleto mientras no actúa; la simple visión de
ideales magníficos no implica la santidad, que está en el ejemplo, más bien
que en la doctrina; pero no fuera de su creación original. Los titulados
santos de ciertas religiones rara vez son creadores; son simples virtuosos ó
alucinados, que el interés del culto y la política eclesiástica disfrazan de
genios, atribuyéndoles una santidad nominal. En la historia del sentimiento
religioso sólo son genios los que fundan ó transmutan, pero de ninguna
manera los que organizan órdenes, establecen reglas, repiten un credo,
practican una norma ó difunden un catecismo. El santoral católico es
irrisorio. Junto á pocas vidas que merecen la hagiografía de un Fra
Domenico Cavalca, muchas hay que no interesan al moralista ni al
psicólogo. Numerosas tientan la curiosidad de los alienistas ó son
homenajes de los concilios al fanatismo de ciegos rebaños.
Pongamos más alta la santidad: donde señale una orientación inconfundible
en la historia de la moral. Y para eso cada hora en la humanidad tiene un
clima, una atmósfera y una temperatura que sin cesar varían. Cada clima es
propicio al florecimiento de ciertas virtudes; cada atmósfera se carga de
creencias que señalan su orientación intelectual; cada temperatura marca los
grados de fe con que se acentúan determinados ideales y aspiraciones. Una
humanidad que evoluciona no puede tener ideales inmutables, sino
incesantemente perfectibles, cuyo poder de transformación sea infinito
como la vida. La virtud del pasado no es la virtud del presente; los santos de
mañana no serán los mismos de ayer. Cada momento del equilibrio entre los
hombres y la naturaleza requiere cierta forma de santidad que sería estéril si
no fuera oportuna, pues las virtudes se van plasmando en las variaciones de
la vida social.
En el amanecer de los pueblos, cuando los hombres viven luchando á brazo
partido con la naturaleza avara, es indispensable ser fuertes y valientes para
ejercer la hegemonía ó asegurar la libertad del grupo; entonces la cualidad
suprema es la excelencia física y la virtud del coraje se transforma en culto
de héroes, equiparados á los dioses. La santidad está en el heroísmo.
En las grandes crisis de renovación moral, cuando la apatía ó la decadencia
amenazan disolver un pueblo ó una raza, la virtud excelente entre todas es
la integridad del carácter, que permite vivir ó morir por un ideal fecundo
para el común engrandecimiento. La santidad está en el apostolado.
ideales magníficos no implica la santidad, que está en el ejemplo, más bien
que en la doctrina; pero no fuera de su creación original. Los titulados
santos de ciertas religiones rara vez son creadores; son simples virtuosos ó
alucinados, que el interés del culto y la política eclesiástica disfrazan de
genios, atribuyéndoles una santidad nominal. En la historia del sentimiento
religioso sólo son genios los que fundan ó transmutan, pero de ninguna
manera los que organizan órdenes, establecen reglas, repiten un credo,
practican una norma ó difunden un catecismo. El santoral católico es
irrisorio. Junto á pocas vidas que merecen la hagiografía de un Fra
Domenico Cavalca, muchas hay que no interesan al moralista ni al
psicólogo. Numerosas tientan la curiosidad de los alienistas ó son
homenajes de los concilios al fanatismo de ciegos rebaños.
Pongamos más alta la santidad: donde señale una orientación inconfundible
en la historia de la moral. Y para eso cada hora en la humanidad tiene un
clima, una atmósfera y una temperatura que sin cesar varían. Cada clima es
propicio al florecimiento de ciertas virtudes; cada atmósfera se carga de
creencias que señalan su orientación intelectual; cada temperatura marca los
grados de fe con que se acentúan determinados ideales y aspiraciones. Una
humanidad que evoluciona no puede tener ideales inmutables, sino
incesantemente perfectibles, cuyo poder de transformación sea infinito
como la vida. La virtud del pasado no es la virtud del presente; los santos de
mañana no serán los mismos de ayer. Cada momento del equilibrio entre los
hombres y la naturaleza requiere cierta forma de santidad que sería estéril si
no fuera oportuna, pues las virtudes se van plasmando en las variaciones de
la vida social.
En el amanecer de los pueblos, cuando los hombres viven luchando á brazo
partido con la naturaleza avara, es indispensable ser fuertes y valientes para
ejercer la hegemonía ó asegurar la libertad del grupo; entonces la cualidad
suprema es la excelencia física y la virtud del coraje se transforma en culto
de héroes, equiparados á los dioses. La santidad está en el heroísmo.
En las grandes crisis de renovación moral, cuando la apatía ó la decadencia
amenazan disolver un pueblo ó una raza, la virtud excelente entre todas es
la integridad del carácter, que permite vivir ó morir por un ideal fecundo
para el común engrandecimiento. La santidad está en el apostolado.
Page 107
En las plenas civilizaciones más sirve á la humanidad el que descubre una
nueva ley de la naturaleza, ó enseña á dominar alguna de sus fuerzas, que
quien culmina por su temperamento de héroe ó de apóstol. Por eso el
prestigio rodea á las virtudes intelectuales: la santidad está en la sabiduría.
Los ideales éticos no son exclusivos del sentimiento religioso; no lo es la
virtud; ni la santidad. Sobre cada sentimiento pueden ellos florecer. Cada
época tiene sus ideales, sus virtuosos y sus santos: héroes, apóstoles ó
sabios.
Las naciones llegadas á cierto nivel de cultura santifican en sus grandes
pensadores á los portaluces y heraldos de su grandeza espiritual. Si el
ejemplo supremo para los que combaten lo dan los héroes y para los que
creen los apóstoles, para los que piensan lo dan los filósofos. En la moral de
las sociedades que se forman, culminan Alejandro, César ó Napoleón; y
cuando se renuevan, Sócrates, Cristo ó Bruno; pero llega un momento en
que los santos se llaman Aristóteles, Bacon y Goethe. La santidad varía á
compás del ideal.
Los espíritus cultos conciben la santidad en los pensadores, tan luminosa
como en los héroes y en los apóstoles; en las sociedades modernas el
«santo» es un anticipado visionario de teorías ó profeta de hechos, que la
posteridad confirma, aplica ó realiza. Se comprende que, á sus horas, haya
santidad en servir á un ideal en los campos de batalla ó desafiando la
hipocresía, como en los supremos protagonistas de una Iliada ó de un
Evangelio; pero se afirma que también es santo, de otros ideales, el poeta, el
sabio ó el filósofo que viven eternos en su Divina Comedia, en su Novum
Organum ó en su Origen de las Especies. Si es difícil mirar un instante la
cara de la muerte que amenaza paralizar nuestro brazo, lo es más resistir
toda una vida los prejuicios y rutinas que amenazan asfixiar nuestra
inteligencia.
La humanidad asciende sin reposo hacia remotas cumbres, entre nieblas que
se espesan y disipan. Los más las ignoran, esclavos de los comunes
prejuicios; pocos elegidos pueden verlas, en ciertas horas propicias, y poner
un Ideal en las cimas lejanas, aspirando á aproximársele. Orientada por una
exigua constelación de visionarios, las generaciones remontan desde la
rutina hacia Verdades cada vez menos inexactas y desde el prejuicio hacia
nueva ley de la naturaleza, ó enseña á dominar alguna de sus fuerzas, que
quien culmina por su temperamento de héroe ó de apóstol. Por eso el
prestigio rodea á las virtudes intelectuales: la santidad está en la sabiduría.
Los ideales éticos no son exclusivos del sentimiento religioso; no lo es la
virtud; ni la santidad. Sobre cada sentimiento pueden ellos florecer. Cada
época tiene sus ideales, sus virtuosos y sus santos: héroes, apóstoles ó
sabios.
Las naciones llegadas á cierto nivel de cultura santifican en sus grandes
pensadores á los portaluces y heraldos de su grandeza espiritual. Si el
ejemplo supremo para los que combaten lo dan los héroes y para los que
creen los apóstoles, para los que piensan lo dan los filósofos. En la moral de
las sociedades que se forman, culminan Alejandro, César ó Napoleón; y
cuando se renuevan, Sócrates, Cristo ó Bruno; pero llega un momento en
que los santos se llaman Aristóteles, Bacon y Goethe. La santidad varía á
compás del ideal.
Los espíritus cultos conciben la santidad en los pensadores, tan luminosa
como en los héroes y en los apóstoles; en las sociedades modernas el
«santo» es un anticipado visionario de teorías ó profeta de hechos, que la
posteridad confirma, aplica ó realiza. Se comprende que, á sus horas, haya
santidad en servir á un ideal en los campos de batalla ó desafiando la
hipocresía, como en los supremos protagonistas de una Iliada ó de un
Evangelio; pero se afirma que también es santo, de otros ideales, el poeta, el
sabio ó el filósofo que viven eternos en su Divina Comedia, en su Novum
Organum ó en su Origen de las Especies. Si es difícil mirar un instante la
cara de la muerte que amenaza paralizar nuestro brazo, lo es más resistir
toda una vida los prejuicios y rutinas que amenazan asfixiar nuestra
inteligencia.
La humanidad asciende sin reposo hacia remotas cumbres, entre nieblas que
se espesan y disipan. Los más las ignoran, esclavos de los comunes
prejuicios; pocos elegidos pueden verlas, en ciertas horas propicias, y poner
un Ideal en las cimas lejanas, aspirando á aproximársele. Orientada por una
exigua constelación de visionarios, las generaciones remontan desde la
rutina hacia Verdades cada vez menos inexactas y desde el prejuicio hacia
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Virtudes cada vez menos imperfectas. Todos los caminos de la santidad
conducen hacia el punto infinito que marca su imaginaria convergencia.
conducen hacia el punto infinito que marca su imaginaria convergencia.
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LOS CARACTERES MEDIOCRES
I. HOMBRES Y SOMBRAS.—II LA DOMESTICACIÓN DE LOS
MEDIOCRES: GIL BLAS DE SANTILLANA.—III LA VANIDAD
Y EL ORGULLO.—IV LA DIGNIDAD.
I.—Hombres y sombras.
Desprovistos de alas y de penacho, los caracteres mediocres son incapaces
de volar hasta una cumbre ó de batirse contra un rebaño. Su vida es
perpetua complicidad con la ajena. Son hueste mercenaria del primer
hombre firme que sepa uncirlos á su yugo. Atraviesan el mundo cuidando
su sombra é ignorando su personalidad. Nunca llegan á individualizarse;
ignoran el placer de exclamar «yo soy», frente á los demás. No existen
solos. Su amorfa estructura los obliga á borrarse en una raza, en un pueblo,
en un partido, en una secta, en una bandería: siempre á embadurnarse de
otros. Apuntalan todas las rutinas y prejuicios consolidados á través de
siglos. Así medran. Siguen el camino de las menores resistencias, nadando á
favor de toda corriente y variando con ella; en su rodar aguas abajo no hay
mérito: es simple incapacidad de nadar aguas arriba. Flotan porque saben
adaptarse á la hipocresía social, como tenias en una entraña.
Son refractarios á todo gesto digno; le son hostiles. Conquistan «honores» y
alcanzan «dignidades», en plural; han inventado el inconcebible plural del
honor y la dignidad, por definición singulares é inflexibles. Viven de los
demás y para los demás: sombras de una grey. Su existencia es el accesorio
de focos que la proyectan; carecen de luz, de arrojo, de fuego, de emoción.
Todo es, en ellos, prestado.
I. HOMBRES Y SOMBRAS.—II LA DOMESTICACIÓN DE LOS
MEDIOCRES: GIL BLAS DE SANTILLANA.—III LA VANIDAD
Y EL ORGULLO.—IV LA DIGNIDAD.
I.—Hombres y sombras.
Desprovistos de alas y de penacho, los caracteres mediocres son incapaces
de volar hasta una cumbre ó de batirse contra un rebaño. Su vida es
perpetua complicidad con la ajena. Son hueste mercenaria del primer
hombre firme que sepa uncirlos á su yugo. Atraviesan el mundo cuidando
su sombra é ignorando su personalidad. Nunca llegan á individualizarse;
ignoran el placer de exclamar «yo soy», frente á los demás. No existen
solos. Su amorfa estructura los obliga á borrarse en una raza, en un pueblo,
en un partido, en una secta, en una bandería: siempre á embadurnarse de
otros. Apuntalan todas las rutinas y prejuicios consolidados á través de
siglos. Así medran. Siguen el camino de las menores resistencias, nadando á
favor de toda corriente y variando con ella; en su rodar aguas abajo no hay
mérito: es simple incapacidad de nadar aguas arriba. Flotan porque saben
adaptarse á la hipocresía social, como tenias en una entraña.
Son refractarios á todo gesto digno; le son hostiles. Conquistan «honores» y
alcanzan «dignidades», en plural; han inventado el inconcebible plural del
honor y la dignidad, por definición singulares é inflexibles. Viven de los
demás y para los demás: sombras de una grey. Su existencia es el accesorio
de focos que la proyectan; carecen de luz, de arrojo, de fuego, de emoción.
Todo es, en ellos, prestado.
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Los caracteres excelentes ascienden á la propia dignidad, nadando contra
todas las corrientes rebajadoras, cuyo reflujo acosan y contrastan. Frente á
los otros se les reconoce de inmediato, nunca borrados por esa brumazón
moral en que aquéllos se destiñen. Su personalidad es toda brillo y arista:
Firmeza y luz, como cristal de roca,
breves palabras que sintetizan su definición perfecta. No la dieron mejor
Teofrasto ó la Bruyère. Han creado su vida y servido un Ideal, perseverando
en su ruta, sintiéndose dueños de sus acciones, templándose por grandes
esfuerzos: seguros en sus creencias, leales á sus afectos, fieles á su palabra.
Nunca se obstinan en el error, sin traicionar por ello á la verdad. Ignoran el
impudor de la inconstancia y la insolencia de la ingratitud. Pujan contra los
obstáculos y afrontan las dificultades. Son respetuosos en la victoria y se
dignifican en la derrota: como si para ellos la belleza estuviera en la lid y no
en su resultado. Siempre, invariablemente, ponen la mirada alto y lejos; tras
lo actual fugitivo divisan un Ideal más respetable cuanto más distante. Estos
optímates son contados; cada uno vive por un millón. Poseen una firme
línea moral, sirviéndoles de esqueleto ó de armadura. Son alguien. Su
fisonomía es la propia y no puede ser de nadie más; son inconfundibles,
capaces de imprimir su sello indeleble en mil iniciativas fecundas. La
multitud mediocre los teme, como la llaga al cauterio; sin advertirlo,
empero, los adora con su desdén. Son los verdaderos amos de la sociedad,
los que agreden el pasado y preparan el porvenir, los que destruyen y
plasman. Son los actores del drama social, con energía inagotable. Poseen el
don de resistir á la masa y pueden librarse de su tiranía niveladora. Por ellos
la Humanidad vive y progresa. Son siempre excesivos; centuplican las
cualidades que los demás sólo poseen en germen. La hipertrofia de una idea
ó una pasión los hace inadaptables á su medio, exagerando su pujanza; mas,
para la sociedad, realizan una función armónica y vital. Sin ellos se
inmovilizaría el progreso humano, estancándose como velero sorprendido
en alta mar por la bonanza. De ellos, solamente de ellos, suelen ocuparse la
historia y el arte, interpretándolos como arquetipos de la Humanidad.
El hombre que piensa con su propia cabeza y la sombra que refleja los
pensamientos de su rebaño, parecen pertenecer á mundos distintos.
Hombres y sombras: difieren como el cristal y la arcilla.
todas las corrientes rebajadoras, cuyo reflujo acosan y contrastan. Frente á
los otros se les reconoce de inmediato, nunca borrados por esa brumazón
moral en que aquéllos se destiñen. Su personalidad es toda brillo y arista:
Firmeza y luz, como cristal de roca,
breves palabras que sintetizan su definición perfecta. No la dieron mejor
Teofrasto ó la Bruyère. Han creado su vida y servido un Ideal, perseverando
en su ruta, sintiéndose dueños de sus acciones, templándose por grandes
esfuerzos: seguros en sus creencias, leales á sus afectos, fieles á su palabra.
Nunca se obstinan en el error, sin traicionar por ello á la verdad. Ignoran el
impudor de la inconstancia y la insolencia de la ingratitud. Pujan contra los
obstáculos y afrontan las dificultades. Son respetuosos en la victoria y se
dignifican en la derrota: como si para ellos la belleza estuviera en la lid y no
en su resultado. Siempre, invariablemente, ponen la mirada alto y lejos; tras
lo actual fugitivo divisan un Ideal más respetable cuanto más distante. Estos
optímates son contados; cada uno vive por un millón. Poseen una firme
línea moral, sirviéndoles de esqueleto ó de armadura. Son alguien. Su
fisonomía es la propia y no puede ser de nadie más; son inconfundibles,
capaces de imprimir su sello indeleble en mil iniciativas fecundas. La
multitud mediocre los teme, como la llaga al cauterio; sin advertirlo,
empero, los adora con su desdén. Son los verdaderos amos de la sociedad,
los que agreden el pasado y preparan el porvenir, los que destruyen y
plasman. Son los actores del drama social, con energía inagotable. Poseen el
don de resistir á la masa y pueden librarse de su tiranía niveladora. Por ellos
la Humanidad vive y progresa. Son siempre excesivos; centuplican las
cualidades que los demás sólo poseen en germen. La hipertrofia de una idea
ó una pasión los hace inadaptables á su medio, exagerando su pujanza; mas,
para la sociedad, realizan una función armónica y vital. Sin ellos se
inmovilizaría el progreso humano, estancándose como velero sorprendido
en alta mar por la bonanza. De ellos, solamente de ellos, suelen ocuparse la
historia y el arte, interpretándolos como arquetipos de la Humanidad.
El hombre que piensa con su propia cabeza y la sombra que refleja los
pensamientos de su rebaño, parecen pertenecer á mundos distintos.
Hombres y sombras: difieren como el cristal y la arcilla.
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El cristal tiene una forma preestablecida en su propia composición química;
cristaliza en ella ó no, según los casos; pero nunca tomará otra forma que la
propia. Al verlo sabemos lo que es, inconfundiblemente. De igual manera el
hombre superior es siempre uno, en sí, aparte de los demás. Si el clima
social le es propicio conviértese en núcleo de energías sociales, proyectando
sobre el medio sus características propias, á la manera del cristal que en una
solución saturada provoca nuevas cristalizaciones semejantes á sí mismo,
creando formas de su propio sistema geométrico. La arcilla, en cambio,
carece de forma propia y toma la que le imprimen las circunstancias
exteriores, los seres que la presionan ó las cosas que la rodean; conserva el
rastro de todos los surcos y el hoyo de todos los dedos, como la cera, como
la masilla; será cúbica, esférica ó piramidal, según la modelen. Así los
caracteres mediocres: sensibles á las coerciones del medio en que viven,
incapaces de servir una fe ó una pasión.
Las creencias son el esqueleto del carácter; el hombre que las posee firmes
y elevadas, lo tiene excelente. Las sombras no creen. La personalidad está
en perpetua evolución y el carácter individual es su delicado instrumento;
hay que templarlo sin descanso en las fuentes de la cultura y del amor.
Nace, en parte, con nosotros: el temperamento. Se educa después: la
experiencia. Lo que heredamos implica cierta fatalidad, que la educación
corrige y orienta. Los hombres están predestinados á conservar su línea
propia entre las presiones coercitivas de la sociedad; las sombras no tienen
resistencia, se adaptan á los demás hasta desfigurarse, domesticándose. El
carácter se expresa por actividades que constituyen la conducta. Cada ser
humano tiene el correspondiente á sus creencias; si es «firmeza y luz»,
como dijo el poeta, la firmeza está en los sólidos cimientos de su cultura y
la luz en su elevación moral.
Los elementos intelectuales no bastan para determinar su orientación; la
febledad del carácter depende tanto de la mediocridad moral como de
aquéllos, ó más. Sin algún ingenio es imposible ascender por los senderos
de la virtud; sin alguna virtud son inaccesibles los del ingenio. En la acción
van de consuno. La fuerza de las creencias está en no ser puramente
racionales; pensamos con el corazón y con la cabeza. Ellas no implican un
conocimiento exacto de la realidad; son simples juicios á su respecto,
susceptibles de ser corregidos ó reemplazados. Son nuestras verdades
actuales; cada verdad es una opinión contingente y provisoria. Todo juicio
cristaliza en ella ó no, según los casos; pero nunca tomará otra forma que la
propia. Al verlo sabemos lo que es, inconfundiblemente. De igual manera el
hombre superior es siempre uno, en sí, aparte de los demás. Si el clima
social le es propicio conviértese en núcleo de energías sociales, proyectando
sobre el medio sus características propias, á la manera del cristal que en una
solución saturada provoca nuevas cristalizaciones semejantes á sí mismo,
creando formas de su propio sistema geométrico. La arcilla, en cambio,
carece de forma propia y toma la que le imprimen las circunstancias
exteriores, los seres que la presionan ó las cosas que la rodean; conserva el
rastro de todos los surcos y el hoyo de todos los dedos, como la cera, como
la masilla; será cúbica, esférica ó piramidal, según la modelen. Así los
caracteres mediocres: sensibles á las coerciones del medio en que viven,
incapaces de servir una fe ó una pasión.
Las creencias son el esqueleto del carácter; el hombre que las posee firmes
y elevadas, lo tiene excelente. Las sombras no creen. La personalidad está
en perpetua evolución y el carácter individual es su delicado instrumento;
hay que templarlo sin descanso en las fuentes de la cultura y del amor.
Nace, en parte, con nosotros: el temperamento. Se educa después: la
experiencia. Lo que heredamos implica cierta fatalidad, que la educación
corrige y orienta. Los hombres están predestinados á conservar su línea
propia entre las presiones coercitivas de la sociedad; las sombras no tienen
resistencia, se adaptan á los demás hasta desfigurarse, domesticándose. El
carácter se expresa por actividades que constituyen la conducta. Cada ser
humano tiene el correspondiente á sus creencias; si es «firmeza y luz»,
como dijo el poeta, la firmeza está en los sólidos cimientos de su cultura y
la luz en su elevación moral.
Los elementos intelectuales no bastan para determinar su orientación; la
febledad del carácter depende tanto de la mediocridad moral como de
aquéllos, ó más. Sin algún ingenio es imposible ascender por los senderos
de la virtud; sin alguna virtud son inaccesibles los del ingenio. En la acción
van de consuno. La fuerza de las creencias está en no ser puramente
racionales; pensamos con el corazón y con la cabeza. Ellas no implican un
conocimiento exacto de la realidad; son simples juicios á su respecto,
susceptibles de ser corregidos ó reemplazados. Son nuestras verdades
actuales; cada verdad es una opinión contingente y provisoria. Todo juicio
Page 112
implica una afirmación; el juicio negativo es una creencia, lo mismo que el
afirmativo. Toda negación es, en sí misma, afirmativa; negar es afirmar una
negación. La actitud es idéntica: se cree lo que se afirma ó se niega. Lo
contrario de la afirmación no es la negación, es la duda. Para afirmar ó
negar es indispensable creer. Ser alguien es creer intensamente; pensar es
creer; amar es creer; odiar es creer; luchar es creer; vivir es creer.
Las creencias son los móviles de toda actividad humana. No necesitan ser
evidentes: creemos con anterioridad á todo razonamiento y cada nueva
noción es adquirida á través de creencias ya preformadas. La duda debiera
ser más común, faltándonos criterios de certidumbre absoluta; la primera
actitud, sin embargo, es una adhesión á lo que se presenta á nuestra
experiencia. La manera espontánea de pensar las cosas consiste en creerlas
tales como las sentimos; los niños, los salvajes, los ignorantes y los
espíritus débiles son accesibles á todos los errores, juguetes frívolos de las
personas, las cosas y las circunstancias. Cualquiera desvía á los bajeles sin
gobierno. Sus creencias son como los clavos, que se meten de un solo
golpe; las convicciones firmes entran como los tornillos, poco á poco, á
fuerza de observación y de estudio. Cuesta más trabajo adquirirlas; pero
mientras los clavos ceden al primer estrujón vigoroso, los tornillos resisten
y mantienen de pie la personalidad. El ingenio y la cultura corrigen las
fáciles ilusiones primitivas y las rutinas impuestas por el rebaño al
individuo: la amplitud del saber permite á los hombres formarse ideas
propias. Vivir arrastrado por las ajenas equivale á no vivir. Los mediocres
son obra de los demás y están en todas partes: manera de no ser nadie y no
estar en ninguna.
Sin unidad no se concibe un carácter. Cuando falta, el hombre es amorfo ó
inestable; vive zozobrando como frágil barquichuelo en un océano. Esa
unidad debe ser efectiva en el tiempo; depende, en gran parte, de la
coordinación de las creencias. Ellas son fuerzas dinamógenas y activas,
sintetizadoras de la personalidad. La historia natural del pensamiento
humano sólo estudia creencias, no certidumbres. La especie, las razas, las
naciones, los partidos, los grupos, son animados por necesidades materiales
que las engendran, más ó menos conformes á la realidad, pero siempre
determinantes de su acción. Creer es la forma natural de pensar para vivir.
La unidad de las creencias permite á los hombres obrar de acuerdo con el
propio pasado: es un hábito de independencia y la condición del hombre
afirmativo. Toda negación es, en sí misma, afirmativa; negar es afirmar una
negación. La actitud es idéntica: se cree lo que se afirma ó se niega. Lo
contrario de la afirmación no es la negación, es la duda. Para afirmar ó
negar es indispensable creer. Ser alguien es creer intensamente; pensar es
creer; amar es creer; odiar es creer; luchar es creer; vivir es creer.
Las creencias son los móviles de toda actividad humana. No necesitan ser
evidentes: creemos con anterioridad á todo razonamiento y cada nueva
noción es adquirida á través de creencias ya preformadas. La duda debiera
ser más común, faltándonos criterios de certidumbre absoluta; la primera
actitud, sin embargo, es una adhesión á lo que se presenta á nuestra
experiencia. La manera espontánea de pensar las cosas consiste en creerlas
tales como las sentimos; los niños, los salvajes, los ignorantes y los
espíritus débiles son accesibles á todos los errores, juguetes frívolos de las
personas, las cosas y las circunstancias. Cualquiera desvía á los bajeles sin
gobierno. Sus creencias son como los clavos, que se meten de un solo
golpe; las convicciones firmes entran como los tornillos, poco á poco, á
fuerza de observación y de estudio. Cuesta más trabajo adquirirlas; pero
mientras los clavos ceden al primer estrujón vigoroso, los tornillos resisten
y mantienen de pie la personalidad. El ingenio y la cultura corrigen las
fáciles ilusiones primitivas y las rutinas impuestas por el rebaño al
individuo: la amplitud del saber permite á los hombres formarse ideas
propias. Vivir arrastrado por las ajenas equivale á no vivir. Los mediocres
son obra de los demás y están en todas partes: manera de no ser nadie y no
estar en ninguna.
Sin unidad no se concibe un carácter. Cuando falta, el hombre es amorfo ó
inestable; vive zozobrando como frágil barquichuelo en un océano. Esa
unidad debe ser efectiva en el tiempo; depende, en gran parte, de la
coordinación de las creencias. Ellas son fuerzas dinamógenas y activas,
sintetizadoras de la personalidad. La historia natural del pensamiento
humano sólo estudia creencias, no certidumbres. La especie, las razas, las
naciones, los partidos, los grupos, son animados por necesidades materiales
que las engendran, más ó menos conformes á la realidad, pero siempre
determinantes de su acción. Creer es la forma natural de pensar para vivir.
La unidad de las creencias permite á los hombres obrar de acuerdo con el
propio pasado: es un hábito de independencia y la condición del hombre
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libre, en el sentido relativo que el determinismo consiente. Sus actos son
ágiles y rectilíneos, pueden preveerse en cada circunstancia; siguen sin
vacilaciones un camino trazado: todo concurre á que custodien su dignidad
y se formen un ideal. Siempre están prontos para el esfuerzo y lo realizan
sin zozobra. Se sienten libres cuando rectifican sus yerros y más libres aún
al manejar sus pasiones. Quieren ser independientes de todos, sin que ello
les impida ser tolerantes: el precio de su libertad no lo ponen en la sumisión
de los demás. Siempre hacen lo que quieren, pues sólo quieren lo que está
en sus fuerzas realizar. Han sabido pulir la obra de sus educadores y nunca
creen terminada la propia cultura. Diríase que ellos mismos se han hecho
como son, viéndoles recalcar en todos los actos el propósito de asumir su
responsabilidad.
Las creencias del hombre son hondas, arraigadas en vasto saber; le sirven
de timón seguro para marchar por una ruta que él conoce y no oculta á los
demás; cuando cambia de rumbo es porque sus creencias se transforman por
una nueva experiencia y al calor de más profundas meditaciones. Las
creencias de la sombra son surcos arados en el agua, incapaces de resistir el
roce de la ola más blanda; cualquier ventisca las desvía; su opinión es
tornadiza como veleta y sus cambios obedecen á solicitaciones groseras de
conveniencias inmediatas. Los hombres evolucionan según varían sus
creencias y pueden cambiarlas mientras siguen aprendiendo; las sombras
acomodan las propias á sus apetitos y pretenden encubrir la indignidad con
el nombre de evolución. Si dependiera de ellas, esta última palabra
equivaldría á desequilibrio ó desvergüenza; muchas veces á traición.
Creencias firmes, conducta firme. Ése es el criterio para apreciar el carácter:
las obras. Lo dice el bíblico poema: «Iudicaberis ex operibus vestris», seréis
juzgados por vuestras obras. ¡Cuántos hay que parecen hombres y sólo
valen por las posiciones alcanzadas en las piaras mediocráticas! Vistos de
cerca, examinadas sus obras, son menos que nada, valores negativos.
Sombras.
II.—La domesticación de los mediocres.
Gil Blas de Santillana es una sombra: su vida entera es un proceso continuo
de domesticación social. Si alguna línea propia permitía diferenciarle de su
ágiles y rectilíneos, pueden preveerse en cada circunstancia; siguen sin
vacilaciones un camino trazado: todo concurre á que custodien su dignidad
y se formen un ideal. Siempre están prontos para el esfuerzo y lo realizan
sin zozobra. Se sienten libres cuando rectifican sus yerros y más libres aún
al manejar sus pasiones. Quieren ser independientes de todos, sin que ello
les impida ser tolerantes: el precio de su libertad no lo ponen en la sumisión
de los demás. Siempre hacen lo que quieren, pues sólo quieren lo que está
en sus fuerzas realizar. Han sabido pulir la obra de sus educadores y nunca
creen terminada la propia cultura. Diríase que ellos mismos se han hecho
como son, viéndoles recalcar en todos los actos el propósito de asumir su
responsabilidad.
Las creencias del hombre son hondas, arraigadas en vasto saber; le sirven
de timón seguro para marchar por una ruta que él conoce y no oculta á los
demás; cuando cambia de rumbo es porque sus creencias se transforman por
una nueva experiencia y al calor de más profundas meditaciones. Las
creencias de la sombra son surcos arados en el agua, incapaces de resistir el
roce de la ola más blanda; cualquier ventisca las desvía; su opinión es
tornadiza como veleta y sus cambios obedecen á solicitaciones groseras de
conveniencias inmediatas. Los hombres evolucionan según varían sus
creencias y pueden cambiarlas mientras siguen aprendiendo; las sombras
acomodan las propias á sus apetitos y pretenden encubrir la indignidad con
el nombre de evolución. Si dependiera de ellas, esta última palabra
equivaldría á desequilibrio ó desvergüenza; muchas veces á traición.
Creencias firmes, conducta firme. Ése es el criterio para apreciar el carácter:
las obras. Lo dice el bíblico poema: «Iudicaberis ex operibus vestris», seréis
juzgados por vuestras obras. ¡Cuántos hay que parecen hombres y sólo
valen por las posiciones alcanzadas en las piaras mediocráticas! Vistos de
cerca, examinadas sus obras, son menos que nada, valores negativos.
Sombras.
II.—La domesticación de los mediocres.
Gil Blas de Santillana es una sombra: su vida entera es un proceso continuo
de domesticación social. Si alguna línea propia permitía diferenciarle de su
Page 114
rebaño, todo el estercolero social se vuelca sobre él para borrarla,
complicando su insegura unidad en una cifra inmensa. El rebaño le ofrece
infinitas ventajas. No sorprende que él las acepte á cambio de ciertos
renunciamientos compatibles con su estructura moral. No le exige cosas
inverosímiles; bástale su condescendencia pasiva, su alma de siervo. Los
hombres resisten las tentaciones. Las sombras resbalan por la pendiente: si
alguna partícula de originalidad les estorba, la eliminan para confundirse
mejor en los demás. Parecen sólidas y se ablandan, ásperas y se suavizan,
ariscas y se amansan, calurosas y se entibian, resplandecientes y se opacan,
ardientes y se apaciguan, viriles y se afeminan, erguidas y se achatan. Mil
sórdidos lazos las acechan desde que toman contacto con la mediocridad:
aprenden á medir sus virtudes y á practicarlas con parsimonia. Cada
apartamiento les cuesta un desengaño, cada desvío les vale una
desconfianza. Amoldan su corazón á los prejuicios y su inteligencia á las
rutinas: la domesticación les facilita la lucha por la vida.
La mediocridad aborrece al digno y adora al lacayo. Gil Blas la encanta;
simboliza al «hombre práctico» que de toda situación saca partido y en toda
villanía tiene provecho. Persigue á Stockmann, el enemigo del pueblo, con
tanto afán como pone en admirar á Gil Blas: le recoge en la cueva de
bandoleros y le encumbra favorito en las cortes. Es un hombre de corcho:
flota. Ha sido salteador, alcahuete, ratero, prestamista, asesino, estafador,
fementido, ingrato, hipócrita, traidor, curandero: tan varios
encenagamientos no le impiden ascender hasta la piara y otorgar sonrisas
desde esa cumbre. Es perfecto en su género. Su secreto es simple: es un
animal doméstico. Entra al mundo como siervo y sigue siendo servil hasta
la muerte, en todas las circunstancias y situaciones: nunca tiene un gesto
altivo, jamás acomete de frente un obstáculo.
El buen lenguaje clásico llamaba doméstico á todo hombre que servía. Y era
justo. El hábito de la servidumbre trae consigo sentimientos de
domesticidad, en los cortesanos lo mismo que en los pueblos. Habría que
copiar por entero el elocuente «Discurso sobre la servidumbre voluntaria»,
escrito por La Boétie en su adolescencia y transmitido á la gloria por el
admirativo elogio de Montaigne. Desde él hasta Sergi, miles de páginas
fustigan la subordinación á los dogmatismos sociales, el acatamiento
incondicional de los prejuicios admitidos, el respeto de las jerarquías
adventicias, la disciplina ciega á la imposición colectiva, el homenaje
complicando su insegura unidad en una cifra inmensa. El rebaño le ofrece
infinitas ventajas. No sorprende que él las acepte á cambio de ciertos
renunciamientos compatibles con su estructura moral. No le exige cosas
inverosímiles; bástale su condescendencia pasiva, su alma de siervo. Los
hombres resisten las tentaciones. Las sombras resbalan por la pendiente: si
alguna partícula de originalidad les estorba, la eliminan para confundirse
mejor en los demás. Parecen sólidas y se ablandan, ásperas y se suavizan,
ariscas y se amansan, calurosas y se entibian, resplandecientes y se opacan,
ardientes y se apaciguan, viriles y se afeminan, erguidas y se achatan. Mil
sórdidos lazos las acechan desde que toman contacto con la mediocridad:
aprenden á medir sus virtudes y á practicarlas con parsimonia. Cada
apartamiento les cuesta un desengaño, cada desvío les vale una
desconfianza. Amoldan su corazón á los prejuicios y su inteligencia á las
rutinas: la domesticación les facilita la lucha por la vida.
La mediocridad aborrece al digno y adora al lacayo. Gil Blas la encanta;
simboliza al «hombre práctico» que de toda situación saca partido y en toda
villanía tiene provecho. Persigue á Stockmann, el enemigo del pueblo, con
tanto afán como pone en admirar á Gil Blas: le recoge en la cueva de
bandoleros y le encumbra favorito en las cortes. Es un hombre de corcho:
flota. Ha sido salteador, alcahuete, ratero, prestamista, asesino, estafador,
fementido, ingrato, hipócrita, traidor, curandero: tan varios
encenagamientos no le impiden ascender hasta la piara y otorgar sonrisas
desde esa cumbre. Es perfecto en su género. Su secreto es simple: es un
animal doméstico. Entra al mundo como siervo y sigue siendo servil hasta
la muerte, en todas las circunstancias y situaciones: nunca tiene un gesto
altivo, jamás acomete de frente un obstáculo.
El buen lenguaje clásico llamaba doméstico á todo hombre que servía. Y era
justo. El hábito de la servidumbre trae consigo sentimientos de
domesticidad, en los cortesanos lo mismo que en los pueblos. Habría que
copiar por entero el elocuente «Discurso sobre la servidumbre voluntaria»,
escrito por La Boétie en su adolescencia y transmitido á la gloria por el
admirativo elogio de Montaigne. Desde él hasta Sergi, miles de páginas
fustigan la subordinación á los dogmatismos sociales, el acatamiento
incondicional de los prejuicios admitidos, el respeto de las jerarquías
adventicias, la disciplina ciega á la imposición colectiva, el homenaje
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decidido á todo lo que representa el orden vigente, la sumisión sistemática á
la voluntad de los poderosos: todo lo que refuerza la domesticación y tiene
por consecuencia inevitable el servilismo.
Los caracteres excelentes son indomesticables: tienen su norte puesto en su
Ideal. Su «firmeza» los sostiene; su «luz» los guía. Las sombras degeneran.
Fácilmente se licua la cera; jamás el cristal pierde su arista. La mediocridad
es un préstamo hecho por la grey al individuo; la originalidad es una virtud
intrínseca. Los mediocres encharcan su sombra cuando el medio los instiga;
los superiores se encumbran en la misma proporción en que se rebaja su
ambiente. En la dicha y en la adversidad, amando y despreciando, entre
risas y entre lágrimas, cada hombre firme tiene un modo peculiar de
comportarse, que es su síntesis: el carácter. Las sombras ignoran esa unidad
de conducta que permite prever el gesto en todas las ocasiones.
Para Zenón, el estoico, el carácter es fuente de la vida y della manan todas
nuestras acciones. Es buen decir, pero impreciso. En sus definiciones los
moralistas no concuerdan con los psicólogos: aquéllos catonizan como
predicadores y éstos describen como naturalistas. Es una síntesis: hay que
insistir en ello. El carácter es un exponente de toda la personalidad y no de
algún elemento aislado. En los mismos filósofos, que desarrollan sus
aptitudes de modo parcial, el carácter parece depender exclusivamente de
condiciones intelectuales. Vano error: su conducta es el trasunto de cien
otros factores. Pensar es vivir. Los nobles aleteos serían imposibles sin una
organización sistemática de su moral y su voluntad, haciendo converger á
su objeto los más vehementes anhelos de perfección humana. El
investigador de una verdad se sobrepone á la sociedad en que vive: trabaja
para ella y piensa por todos, anticipándose, contrariando sus rutinas. Tiene
una personalidad social, adaptada para las funciones que no puede ejercitar
en una ermita; pero sus sentimientos sociales no le imponen complicidad en
lo turbio. En su anastomosis con el rebaño conserva libres el corazón y el
cerebro, mediante algo propio que nunca se desorienta: el que posee un
carácter no se domestica.
Gil Blas medra entre los hombres desde que el rebaño humano existe; han
protestado contra él los idealistas de todos los tiempos. Los románticos,
envueltos en sublime desdén, han enfestado contra los temperamentos
serviles: «Lorenzaccio» estruja con palabras ilevantables la cobardía de los
pueblos avenidos á la servidumbre. Y no le van en zaga los individualistas,
la voluntad de los poderosos: todo lo que refuerza la domesticación y tiene
por consecuencia inevitable el servilismo.
Los caracteres excelentes son indomesticables: tienen su norte puesto en su
Ideal. Su «firmeza» los sostiene; su «luz» los guía. Las sombras degeneran.
Fácilmente se licua la cera; jamás el cristal pierde su arista. La mediocridad
es un préstamo hecho por la grey al individuo; la originalidad es una virtud
intrínseca. Los mediocres encharcan su sombra cuando el medio los instiga;
los superiores se encumbran en la misma proporción en que se rebaja su
ambiente. En la dicha y en la adversidad, amando y despreciando, entre
risas y entre lágrimas, cada hombre firme tiene un modo peculiar de
comportarse, que es su síntesis: el carácter. Las sombras ignoran esa unidad
de conducta que permite prever el gesto en todas las ocasiones.
Para Zenón, el estoico, el carácter es fuente de la vida y della manan todas
nuestras acciones. Es buen decir, pero impreciso. En sus definiciones los
moralistas no concuerdan con los psicólogos: aquéllos catonizan como
predicadores y éstos describen como naturalistas. Es una síntesis: hay que
insistir en ello. El carácter es un exponente de toda la personalidad y no de
algún elemento aislado. En los mismos filósofos, que desarrollan sus
aptitudes de modo parcial, el carácter parece depender exclusivamente de
condiciones intelectuales. Vano error: su conducta es el trasunto de cien
otros factores. Pensar es vivir. Los nobles aleteos serían imposibles sin una
organización sistemática de su moral y su voluntad, haciendo converger á
su objeto los más vehementes anhelos de perfección humana. El
investigador de una verdad se sobrepone á la sociedad en que vive: trabaja
para ella y piensa por todos, anticipándose, contrariando sus rutinas. Tiene
una personalidad social, adaptada para las funciones que no puede ejercitar
en una ermita; pero sus sentimientos sociales no le imponen complicidad en
lo turbio. En su anastomosis con el rebaño conserva libres el corazón y el
cerebro, mediante algo propio que nunca se desorienta: el que posee un
carácter no se domestica.
Gil Blas medra entre los hombres desde que el rebaño humano existe; han
protestado contra él los idealistas de todos los tiempos. Los románticos,
envueltos en sublime desdén, han enfestado contra los temperamentos
serviles: «Lorenzaccio» estruja con palabras ilevantables la cobardía de los
pueblos avenidos á la servidumbre. Y no le van en zaga los individualistas,
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cuyo más alto vuelo lírico alcanzara Nietzsche: sus más hermosas páginas
son un código de moral antimediocre, una exaltación de cualidades
inconciliables con la disciplina social. El espíritu gregario, por él
acerbamente fustigado, tiene un disector elocuentísimo en Palante: exhibe
las solidarias complicidades con que los mediocres resisten las iniciativas
de los originales, agrupándose en modos diversos según sus intereses de
clase, jerarquía ó funciones.
Donde hubo esclavos y siervos se plasmaron caracteres serviles. Vencido,
no lo mataban: lo hacían trabajar en provecho propio. Uncido al yugo,
tembloroso ante el látigo, el esclavo doblábase bajo coyundas que grababan
en su carácter la domesticidad. Algunos—dice la historia—fueron rebeldes
ó alcanzaron dignidades: su rebeldía fué siempre un gesto de animal
hambriento y su éxito fué el precio de complicidades en vicios de sus amos.
Llegados al ejercicio de alguna autoridad, practicaron la deslealtad y la
ingratitud: tornáronse despóticos, desprovistos de ideales que los detuvieran
ante ninguna infamia, como si quisieran con sus abusos olvidar la
servidumbre sufrida anteriormente. Gil Blas fué el más bajo de los
favoritos.
El tiempo y el ejercicio adaptan á la vida servil. El hábito de resignarse para
medrar crea resortes cada vez más sólidos, automatismos que destiñen para
siempre todo rasgo individual. El quitamotas Gil Blas se mancha de
estigmas que lo hacen inconfundible con el hombre digno. Aunque
emancipado, sigue siendo lacayo y da rienda suelta á bajos instintos.
La costumbre de obedecer engendra una mentalidad doméstica. El que nace
de siervos la trae acentuada, según Aristóteles. Hereda hábitos serviles y no
encuentra ambiente propicio para formarse un carácter. Las vidas iniciadas
en la servidumbre no adquieren dignidad. Los antiguos tenían mayor
desprecio por los hijos de siervos, reputándolos moralmente peores que los
adultos reducidos al yugo por deudas ó en las batallas; suponían que
heredaban la domesticidad de sus padres, intensificándola en la ulterior
servidumbre. Eran despreciados por sus amos.
Esto se repite en cuantos países hubieron una raza esclava inferior. Es
legítimo. Con humillante desprecio son mirados los mulatos y mestizos,
descendientes de antiguos esclavos, en todas las naciones de raza blanca
que han abolido la esclavitud; su afán por disimular su ascendencia servil
son un código de moral antimediocre, una exaltación de cualidades
inconciliables con la disciplina social. El espíritu gregario, por él
acerbamente fustigado, tiene un disector elocuentísimo en Palante: exhibe
las solidarias complicidades con que los mediocres resisten las iniciativas
de los originales, agrupándose en modos diversos según sus intereses de
clase, jerarquía ó funciones.
Donde hubo esclavos y siervos se plasmaron caracteres serviles. Vencido,
no lo mataban: lo hacían trabajar en provecho propio. Uncido al yugo,
tembloroso ante el látigo, el esclavo doblábase bajo coyundas que grababan
en su carácter la domesticidad. Algunos—dice la historia—fueron rebeldes
ó alcanzaron dignidades: su rebeldía fué siempre un gesto de animal
hambriento y su éxito fué el precio de complicidades en vicios de sus amos.
Llegados al ejercicio de alguna autoridad, practicaron la deslealtad y la
ingratitud: tornáronse despóticos, desprovistos de ideales que los detuvieran
ante ninguna infamia, como si quisieran con sus abusos olvidar la
servidumbre sufrida anteriormente. Gil Blas fué el más bajo de los
favoritos.
El tiempo y el ejercicio adaptan á la vida servil. El hábito de resignarse para
medrar crea resortes cada vez más sólidos, automatismos que destiñen para
siempre todo rasgo individual. El quitamotas Gil Blas se mancha de
estigmas que lo hacen inconfundible con el hombre digno. Aunque
emancipado, sigue siendo lacayo y da rienda suelta á bajos instintos.
La costumbre de obedecer engendra una mentalidad doméstica. El que nace
de siervos la trae acentuada, según Aristóteles. Hereda hábitos serviles y no
encuentra ambiente propicio para formarse un carácter. Las vidas iniciadas
en la servidumbre no adquieren dignidad. Los antiguos tenían mayor
desprecio por los hijos de siervos, reputándolos moralmente peores que los
adultos reducidos al yugo por deudas ó en las batallas; suponían que
heredaban la domesticidad de sus padres, intensificándola en la ulterior
servidumbre. Eran despreciados por sus amos.
Esto se repite en cuantos países hubieron una raza esclava inferior. Es
legítimo. Con humillante desprecio son mirados los mulatos y mestizos,
descendientes de antiguos esclavos, en todas las naciones de raza blanca
que han abolido la esclavitud; su afán por disimular su ascendencia servil
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demuestra que reconocen la indignidad hereditaria condensada en ellos. Ese
menosprecio es justo. Así como el antiguo esclavo tornábase vanidoso é
insolente si trepaba á cualquier posición donde pudiera mandar, los mulatos
contemporáneos se ensoberbecen en las inorgánicas mediocracias
sudamericanas, captando funciones y honores que hartan los apetitos
acumulados en domesticidades seculares.
La clase crea idénticas desigualdades que la raza. Los siervos fueron tan
domésticos como los esclavos; la revolución francesa dió libertad política á
sus descendientes, más no supo darles esa libertad moral que es el resorte
de la dignidad. El burgués merece el desprecio del aristócrata, más que el
odio del proletario aspirante á la burguesía; no hay peor jefe que el antiguo
asistente, ni peor amo que el antiguo lacayo. Las aristocracias son lógicas al
desdeñar á los advenedizos: los consideran descendientes de criados
enriquecidos y suponen que han heredado su domesticidad al mismo tiempo
que las talegas.
Esas inclinaciones serviles, arraigadas en el fondo mismo de la herencia
étnica ó social, son bien vistas por las mediocracias contemporáneas, que
nivelan políticamente al servil y al digno. Ha variado el nombre, pero la
cosa subsiste: la domesticación de los mediocres se continúa en las
sociedades modernas. Lleva más de un siglo la abolición legal de la
esclavitud ó la servidumbre; los países no se creerían civilizados si la
conservaran en sus códigos. Eso no tuerce las costumbres; el esclavo y el
siervo siguen existiendo, por temperamento ó por mediocridad de carácter.
No son propiedad de sus amos, pero buscan la tutela ajena, como á la
querencia los animales extraviados. La psicología gregaria no se transmuta
declarando los derechos del hombre; la libertad, la igualdad y la fraternidad
son ficciones que halagan á los espíritus mediocres, sin redimirlos de su
mediocridad. Hay inclinaciones que sobreviven á todas las leyes igualitarias
y hacen amar el yugo ó el látigo. Las leyes no pueden dar hombría á la
sombra, carácter al amorfo, dignidad al envilecido, iniciativa á los
imitadores, virtud al honesto, intrepidez al manso, afán de libertad al servil.
Por eso, en plena democracia, los caracteres mediocres buscan naturalmente
su bajo nivel: se domestican.
En ciertos sujetos, sin carácter desde el cáliz materno hasta la tumba, la
conducta no puede seguir normas constantes. Son peligrosos porque su ayer
no dice nada sobre su mañana; obran á merced de impulsos accidentales,
menosprecio es justo. Así como el antiguo esclavo tornábase vanidoso é
insolente si trepaba á cualquier posición donde pudiera mandar, los mulatos
contemporáneos se ensoberbecen en las inorgánicas mediocracias
sudamericanas, captando funciones y honores que hartan los apetitos
acumulados en domesticidades seculares.
La clase crea idénticas desigualdades que la raza. Los siervos fueron tan
domésticos como los esclavos; la revolución francesa dió libertad política á
sus descendientes, más no supo darles esa libertad moral que es el resorte
de la dignidad. El burgués merece el desprecio del aristócrata, más que el
odio del proletario aspirante á la burguesía; no hay peor jefe que el antiguo
asistente, ni peor amo que el antiguo lacayo. Las aristocracias son lógicas al
desdeñar á los advenedizos: los consideran descendientes de criados
enriquecidos y suponen que han heredado su domesticidad al mismo tiempo
que las talegas.
Esas inclinaciones serviles, arraigadas en el fondo mismo de la herencia
étnica ó social, son bien vistas por las mediocracias contemporáneas, que
nivelan políticamente al servil y al digno. Ha variado el nombre, pero la
cosa subsiste: la domesticación de los mediocres se continúa en las
sociedades modernas. Lleva más de un siglo la abolición legal de la
esclavitud ó la servidumbre; los países no se creerían civilizados si la
conservaran en sus códigos. Eso no tuerce las costumbres; el esclavo y el
siervo siguen existiendo, por temperamento ó por mediocridad de carácter.
No son propiedad de sus amos, pero buscan la tutela ajena, como á la
querencia los animales extraviados. La psicología gregaria no se transmuta
declarando los derechos del hombre; la libertad, la igualdad y la fraternidad
son ficciones que halagan á los espíritus mediocres, sin redimirlos de su
mediocridad. Hay inclinaciones que sobreviven á todas las leyes igualitarias
y hacen amar el yugo ó el látigo. Las leyes no pueden dar hombría á la
sombra, carácter al amorfo, dignidad al envilecido, iniciativa á los
imitadores, virtud al honesto, intrepidez al manso, afán de libertad al servil.
Por eso, en plena democracia, los caracteres mediocres buscan naturalmente
su bajo nivel: se domestican.
En ciertos sujetos, sin carácter desde el cáliz materno hasta la tumba, la
conducta no puede seguir normas constantes. Son peligrosos porque su ayer
no dice nada sobre su mañana; obran á merced de impulsos accidentales,
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siempre aleatorios. Si poseen algunos elementos válidos, ellos están
dispersos, incapaces de síntesis; la menor sacudida pone á flote sus
atavismos de salvaje y de primitivo, depositados en los surcos más
profundos de su personalidad. Sus imitaciones son frágiles y poco
arraigadas. Por eso son antisociales, incapaces de elevarse á la honesta
condición de animales de rebaño.
Á otros desgraciados, sin irreparables lagunas del temperamento, la
sociedad les mezquina su educación domesticadora. Las grandes ciudades
pululan de niños moralmente desamparados, presa de la miseria, sin hogar,
sin escuela. Viven tanteando el vicio y cosechando la corrupción, sin el
hábito de la mediocre honestidad y sin el ejemplo luminoso de la virtud.
Embotada su inteligencia y coartadas sus mejores inclinaciones, tienen la
voluntad errante, incapaz de sobreponerse á las convergencias fatales que
pugnan por hundirlos. Y si pasan su infancia sin rodar á la charca, tropiezan
después con nuevos obstáculos.
El trabajo, creando el hábito del esfuerzo, sería la mejor escuela del
carácter; pero la sociedad enseña á odiarlo, imponiéndolo precozmente,
como una ignominia desagradable ó un envilecimiento infame, bajo la
esclavitud de yugos y de horarios, ejecutado por hambre ó por avaricia,
hasta que el hombre huye de él como de un castigo: sólo podrá amarlo
cuando sea una gimnasia espontánea de sus gustos y de sus aptitudes. Así la
sociedad completa su obra; los que no naufragan por la educación malsana
escollan en el trabajo embrutecedor. En la compleja actividad moderna
toléranse las voluntades claudicantes: sus incongruencias quedan veladas
mientras sus actos se refieren á los vulgares automatismos de la vida diaria;
pero cuando una circunstancia nueva los obliga á buscar una solución, la
personalidad se agita al azar y revela sus vicios intrínsecos.
Esos degenerados son indomesticables.
Los mediocres, como Gil Blas, carecen de contralor sobre su propia
conducta y olvidan que la más leve caída puede ser el paso inicial hacia una
degradación completa. Ignoran que cada esfuerzo de dignidad consolida
nuestra firmeza: cuanto más peligrosa es la verdad que hoy decimos, tanto
más fácil será mañana pronunciar otras á voz en cuello. En las mediocracias
todo conspira contra las virtudes civiles: los hombres se corrompen los unos
á los otros, se imitan en lo intérlope, se estimulan en lo turbio, se justifican
dispersos, incapaces de síntesis; la menor sacudida pone á flote sus
atavismos de salvaje y de primitivo, depositados en los surcos más
profundos de su personalidad. Sus imitaciones son frágiles y poco
arraigadas. Por eso son antisociales, incapaces de elevarse á la honesta
condición de animales de rebaño.
Á otros desgraciados, sin irreparables lagunas del temperamento, la
sociedad les mezquina su educación domesticadora. Las grandes ciudades
pululan de niños moralmente desamparados, presa de la miseria, sin hogar,
sin escuela. Viven tanteando el vicio y cosechando la corrupción, sin el
hábito de la mediocre honestidad y sin el ejemplo luminoso de la virtud.
Embotada su inteligencia y coartadas sus mejores inclinaciones, tienen la
voluntad errante, incapaz de sobreponerse á las convergencias fatales que
pugnan por hundirlos. Y si pasan su infancia sin rodar á la charca, tropiezan
después con nuevos obstáculos.
El trabajo, creando el hábito del esfuerzo, sería la mejor escuela del
carácter; pero la sociedad enseña á odiarlo, imponiéndolo precozmente,
como una ignominia desagradable ó un envilecimiento infame, bajo la
esclavitud de yugos y de horarios, ejecutado por hambre ó por avaricia,
hasta que el hombre huye de él como de un castigo: sólo podrá amarlo
cuando sea una gimnasia espontánea de sus gustos y de sus aptitudes. Así la
sociedad completa su obra; los que no naufragan por la educación malsana
escollan en el trabajo embrutecedor. En la compleja actividad moderna
toléranse las voluntades claudicantes: sus incongruencias quedan veladas
mientras sus actos se refieren á los vulgares automatismos de la vida diaria;
pero cuando una circunstancia nueva los obliga á buscar una solución, la
personalidad se agita al azar y revela sus vicios intrínsecos.
Esos degenerados son indomesticables.
Los mediocres, como Gil Blas, carecen de contralor sobre su propia
conducta y olvidan que la más leve caída puede ser el paso inicial hacia una
degradación completa. Ignoran que cada esfuerzo de dignidad consolida
nuestra firmeza: cuanto más peligrosa es la verdad que hoy decimos, tanto
más fácil será mañana pronunciar otras á voz en cuello. En las mediocracias
todo conspira contra las virtudes civiles: los hombres se corrompen los unos
á los otros, se imitan en lo intérlope, se estimulan en lo turbio, se justifican
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recíprocamente. Una atmósfera tibia entorpece al que cede por vez primera
á la tentación de lo injusto; las consecuencias de la primera falta pueden ir
hasta lo infinito. Los mediocres no pueden evitarla; en vano harían el
propósito de volver al buen sendero y enmendarse. Para las sombras no hay
rehabilitación; prefieren excusar las desviaciones leves, sin advertir que
ellas preparan las hondas. Todos los hombres conocen esas pequeñas
flaquezas, que de otro modo fueran perfectos desde su origen; pero mientras
en los caracteres firmes pasan como un roce que no deja rastro, en los
mediocres aran un surco por donde se facilita la recidiva. Ésa es la vía del
envilecimiento. Los virtuosos la ignoran; los honestos se dejan tentar. Como
á Gil Blas, sólo les cuesta la primera caída; después siguen cayendo como
el agua en las cascadas, á saltitos, de pequeñez en pequeñez, de flaqueza en
flaqueza, de curiosidad en curiosidad. Los remordimientos de la primera
culpa ceden á la necesidad de ocultarla con otras; los espíritus mediocres no
se amedrentan. Su carácter se disocia y ellos se tuercen, andan á ciegas,
tropiezan, dan barquinazos, adoptan expedientes, disfrazan sus intenciones,
acceden por senderos tortuosos, buscan cómplices diestros para avanzar en
la tiniebla. Después de los primeros tanteos se marcha de prisa, hasta que
las raíces mismas de su moral se aniquilan, borrándose toda creencia y
empañándose la dignidad. Así resbalan por la pendiente, aumentando la
cohorte de lacayos y parásitos: centenares de Gil Blas carcomen las bases
de la sociedad que ha pretendido modelarlos á su imagen y semejanza.
Los hombres sin ideales son incapaces de resistir las acechanzas que las
mediocracias siembran en su camino. Cuando han cedido á la tentación
quedan cebados, como las fieras que conocen el sabor de la sangre humana.
Por la circunstancia de pensar siempre con la cabeza de la sociedad, el
doméstico es el puntal más seguro de todos los prejuicios políticos,
religiosos, morales y sociales. Gil Blas está siempre con las manos
congestionadas por el aplauso á los ungidos y con el arma filosa para
agredir al que encarna una innovación. El panurgismo y la intolerancia son
los colores de su escarapela, cuyo respeto exige de todos.
Es incalculable la infinitud de gentes domésticas que nos rodea. Cada
funcionario tiene un rebaño voraz, sumiso á su capricho, como los
hambrientos al de quien los harta. Si fuesen capaces de vergüenza, los
adulones vivirían más enrojecidos que las amapolas; lejos de eso, pasean su
domesticidad y están orgullosos de ella, exhibiéndola con donaire, como
á la tentación de lo injusto; las consecuencias de la primera falta pueden ir
hasta lo infinito. Los mediocres no pueden evitarla; en vano harían el
propósito de volver al buen sendero y enmendarse. Para las sombras no hay
rehabilitación; prefieren excusar las desviaciones leves, sin advertir que
ellas preparan las hondas. Todos los hombres conocen esas pequeñas
flaquezas, que de otro modo fueran perfectos desde su origen; pero mientras
en los caracteres firmes pasan como un roce que no deja rastro, en los
mediocres aran un surco por donde se facilita la recidiva. Ésa es la vía del
envilecimiento. Los virtuosos la ignoran; los honestos se dejan tentar. Como
á Gil Blas, sólo les cuesta la primera caída; después siguen cayendo como
el agua en las cascadas, á saltitos, de pequeñez en pequeñez, de flaqueza en
flaqueza, de curiosidad en curiosidad. Los remordimientos de la primera
culpa ceden á la necesidad de ocultarla con otras; los espíritus mediocres no
se amedrentan. Su carácter se disocia y ellos se tuercen, andan á ciegas,
tropiezan, dan barquinazos, adoptan expedientes, disfrazan sus intenciones,
acceden por senderos tortuosos, buscan cómplices diestros para avanzar en
la tiniebla. Después de los primeros tanteos se marcha de prisa, hasta que
las raíces mismas de su moral se aniquilan, borrándose toda creencia y
empañándose la dignidad. Así resbalan por la pendiente, aumentando la
cohorte de lacayos y parásitos: centenares de Gil Blas carcomen las bases
de la sociedad que ha pretendido modelarlos á su imagen y semejanza.
Los hombres sin ideales son incapaces de resistir las acechanzas que las
mediocracias siembran en su camino. Cuando han cedido á la tentación
quedan cebados, como las fieras que conocen el sabor de la sangre humana.
Por la circunstancia de pensar siempre con la cabeza de la sociedad, el
doméstico es el puntal más seguro de todos los prejuicios políticos,
religiosos, morales y sociales. Gil Blas está siempre con las manos
congestionadas por el aplauso á los ungidos y con el arma filosa para
agredir al que encarna una innovación. El panurgismo y la intolerancia son
los colores de su escarapela, cuyo respeto exige de todos.
Es incalculable la infinitud de gentes domésticas que nos rodea. Cada
funcionario tiene un rebaño voraz, sumiso á su capricho, como los
hambrientos al de quien los harta. Si fuesen capaces de vergüenza, los
adulones vivirían más enrojecidos que las amapolas; lejos de eso, pasean su
domesticidad y están orgullosos de ella, exhibiéndola con donaire, como
Page 120
luce la pantera las aterciopeladas manchas de su piel. La domesticación
realízase de cien maneras, tentando sus apetitos. En los límites de la
influencia oficial, los medios de aclimatación se multiplican, especialmente
en los países apestados de funcionarismo. Los mediocres no resisten; ceden
á esa hipnotización. La pérdida de su dignidad iníciase cuando abren el ojo
á la prebenda que estremece su estómago ó nubla su vanidad, inclinándose
ante las manos que hoy le otorgan el favor y mañana le manejarán la rienda.
Aunque ya no hay servidumbre legal, muchos sujetos, libres de la
domesticidad forzosa, se avienen á ella voluntariamente, por vocación
implícita en su flaqueza. Están mancillados desde la cuna; aun no habiendo
menester de beneficios, son instintivamente serviles. Los hay en todas las
clases sociales. El precio de su indignidad varía con el rango y se traduce en
formas tan diversas como las personas que la ejercitan.
Alentando á Gil Blas, rebájase el nivel moral de los pueblos y de las razas;
no es tolerancia estimular el abellacamiento. La cotización del mérito
decae. La mansedumbre silenciosa es preferida á la dignidad altiva. La piel
se cubre de más afeites cuando es menos sólida la columna vertebral; las
buenas maneras son más apreciadas que las buenas acciones. Si el de
Santillana se enguanta para robar, merece la admiración de todos; si
Stockmann se desnuda para salvar á un náufrago, lo condenan por
escándalo. En los pueblos domesticados llega un momento en que la virtud
es un ultraje á las costumbres...
Las sombras, cubiertas de moho igualitario, viven con el anhelo de castrar á
los caracteres firmes y decapitar á los pensadores alados, no perdonándoles
el lujo de ser viriles ó tener cerebro. La falta de virilidad es elogiada como
un refinamiento, lo mismo que en los caballos de paseo. La ignorancia
parece una coquetería, como la duda elegante que inquieta á ciertos
fanáticos sin ideales. Los méritos conviértense en contrabando peligroso,
obligados á disculparse y ocultarse, como si ofendieran por su sola
existencia. Cuando el hombre digno empieza á despertar recelos, el
arrebañamiento es grave; cuando la dignidad parece absurda y es cubierta
de ridículo, la domesticación de los mediocres ha llegado á sus extremos.
III.—La vanidad y el orgullo.
realízase de cien maneras, tentando sus apetitos. En los límites de la
influencia oficial, los medios de aclimatación se multiplican, especialmente
en los países apestados de funcionarismo. Los mediocres no resisten; ceden
á esa hipnotización. La pérdida de su dignidad iníciase cuando abren el ojo
á la prebenda que estremece su estómago ó nubla su vanidad, inclinándose
ante las manos que hoy le otorgan el favor y mañana le manejarán la rienda.
Aunque ya no hay servidumbre legal, muchos sujetos, libres de la
domesticidad forzosa, se avienen á ella voluntariamente, por vocación
implícita en su flaqueza. Están mancillados desde la cuna; aun no habiendo
menester de beneficios, son instintivamente serviles. Los hay en todas las
clases sociales. El precio de su indignidad varía con el rango y se traduce en
formas tan diversas como las personas que la ejercitan.
Alentando á Gil Blas, rebájase el nivel moral de los pueblos y de las razas;
no es tolerancia estimular el abellacamiento. La cotización del mérito
decae. La mansedumbre silenciosa es preferida á la dignidad altiva. La piel
se cubre de más afeites cuando es menos sólida la columna vertebral; las
buenas maneras son más apreciadas que las buenas acciones. Si el de
Santillana se enguanta para robar, merece la admiración de todos; si
Stockmann se desnuda para salvar á un náufrago, lo condenan por
escándalo. En los pueblos domesticados llega un momento en que la virtud
es un ultraje á las costumbres...
Las sombras, cubiertas de moho igualitario, viven con el anhelo de castrar á
los caracteres firmes y decapitar á los pensadores alados, no perdonándoles
el lujo de ser viriles ó tener cerebro. La falta de virilidad es elogiada como
un refinamiento, lo mismo que en los caballos de paseo. La ignorancia
parece una coquetería, como la duda elegante que inquieta á ciertos
fanáticos sin ideales. Los méritos conviértense en contrabando peligroso,
obligados á disculparse y ocultarse, como si ofendieran por su sola
existencia. Cuando el hombre digno empieza á despertar recelos, el
arrebañamiento es grave; cuando la dignidad parece absurda y es cubierta
de ridículo, la domesticación de los mediocres ha llegado á sus extremos.
III.—La vanidad y el orgullo.
Page 121
El hombre es. La sombra parece. El hombre pone su honor en el mérito
propio y es juez supremo de sí mismo; asciende á la dignidad. La sombra
pone el suyo en la estimación de los demás y renuncia á juzgarse; desciende
á la vanidad. Hay una moral del honor y otra de su caricatura: ser ó parecer.
Cuando un ideal de perfección impulsa á ser mejores, ese culto de los
propios méritos consolida en los hombres la dignidad; cuando el afán de
parecer arrastra á cualquier abajamiento, el culto de la sombra enciende la
vanidad.
Del amor propio nacen las dos: hermanas por su origen, como Abel y Caín.
Y más enemigas que ellos, irreconciliables. Son formas diversas de amor
propio. Siguen caminos divergentes. La una florece sobre el orgullo, celo
escrupuloso puesto en el respeto de sí mismo; la otra nace de la soberbia,
apetito de culminación ante los demás. El orgullo es una arrogancia
originada por nobles motivos y quiere aquilatar el mérito; la soberbia es una
desmedida presunción y busca alargar la sombra. Catecismos y diccionarios
han colaborado á la mediocrización moral, subvirtiendo los términos que
designan lo eximio y lo vulgar. Donde los padres de la Iglesia decían
superbia, como los antiguos, fustigándola, tradujeron los zascandiles
orgullo, confundiendo sentimientos distintos. De allí el equivocar la
vanidad con la dignidad, que es su antítesis, y el intento de tasar á igual
precio los hombres y las sombras, con desmedro de los primeros.
En su forma embrionaria revélase el amor propio como deseo de elogios y
temor de censuras: una exagerada sensibilidad á la opinión de los demás. En
los caracteres mediocres, conformados á las rutinas y los prejuicios
corrientes, el deseo de brillar en su medio y el juicio que sugieren al
pequeño grupo que les rodea, son estímulos para la acción. La simple
circunstancia de vivir arrebañados predispone á perseguir la aquiescencia
ajena; la estima propia es favorecida por el contraste ó la comparación con
los demás. Trátase hasta aquí de un sentimiento normal.
Pero los caminos divergen. En los dignos el propio juicio antepónese á la
aprobación ajena; en los mediocres se postergan los méritos y se cultiva la
sombra. Los primeros viven para sí; los segundos vegetan para los otros.
Aquéllos pueden alentar un Ideal y soñar una perfección; éstos se acomodan
á lo que favorezca el éxito. Si el hombre no viviera en mesnadas, el amor
propio sería dignidad en todos; lo es solamente en los caracteres firmes. Los
mediocres, forzados á venerar su sombra, precipítanse en lo turbio.
propio y es juez supremo de sí mismo; asciende á la dignidad. La sombra
pone el suyo en la estimación de los demás y renuncia á juzgarse; desciende
á la vanidad. Hay una moral del honor y otra de su caricatura: ser ó parecer.
Cuando un ideal de perfección impulsa á ser mejores, ese culto de los
propios méritos consolida en los hombres la dignidad; cuando el afán de
parecer arrastra á cualquier abajamiento, el culto de la sombra enciende la
vanidad.
Del amor propio nacen las dos: hermanas por su origen, como Abel y Caín.
Y más enemigas que ellos, irreconciliables. Son formas diversas de amor
propio. Siguen caminos divergentes. La una florece sobre el orgullo, celo
escrupuloso puesto en el respeto de sí mismo; la otra nace de la soberbia,
apetito de culminación ante los demás. El orgullo es una arrogancia
originada por nobles motivos y quiere aquilatar el mérito; la soberbia es una
desmedida presunción y busca alargar la sombra. Catecismos y diccionarios
han colaborado á la mediocrización moral, subvirtiendo los términos que
designan lo eximio y lo vulgar. Donde los padres de la Iglesia decían
superbia, como los antiguos, fustigándola, tradujeron los zascandiles
orgullo, confundiendo sentimientos distintos. De allí el equivocar la
vanidad con la dignidad, que es su antítesis, y el intento de tasar á igual
precio los hombres y las sombras, con desmedro de los primeros.
En su forma embrionaria revélase el amor propio como deseo de elogios y
temor de censuras: una exagerada sensibilidad á la opinión de los demás. En
los caracteres mediocres, conformados á las rutinas y los prejuicios
corrientes, el deseo de brillar en su medio y el juicio que sugieren al
pequeño grupo que les rodea, son estímulos para la acción. La simple
circunstancia de vivir arrebañados predispone á perseguir la aquiescencia
ajena; la estima propia es favorecida por el contraste ó la comparación con
los demás. Trátase hasta aquí de un sentimiento normal.
Pero los caminos divergen. En los dignos el propio juicio antepónese á la
aprobación ajena; en los mediocres se postergan los méritos y se cultiva la
sombra. Los primeros viven para sí; los segundos vegetan para los otros.
Aquéllos pueden alentar un Ideal y soñar una perfección; éstos se acomodan
á lo que favorezca el éxito. Si el hombre no viviera en mesnadas, el amor
propio sería dignidad en todos; lo es solamente en los caracteres firmes. Los
mediocres, forzados á venerar su sombra, precipítanse en lo turbio.
Page 122
Las preocupaciones igualitarias, reinantes en las mediocracias
contemporáneas, exaltan á los domésticos. El brillo de la gloria sobre las
frentes elegidas deslumbra á los ineptos, como el hartazgo del rico encela al
miserable. El elogio del mérito es un estímulo para su simulación.
Obsesionados por el éxito, é incapaces de soñar la gloria, muchos
impotentes se envanecen de méritos ilusorios y virtudes secretas que los
demás no reconocen; créense actores de la comedia humana; entran á la
vida construyéndose un escenario, grande ó pequeño, bajo ó culminante,
sombrío ó luminoso; viven con perpetua preocupación del juicio ajeno
sobre su sombra. Consumen su existencia sedientos de distinguirse en su
órbita, de ocupar á su mundo, de cultivar la atención ajena por cualquier
medio y de cualquier manera. La diferencia, si la hay, es puramente
cuantitativa entre la vanidad del escolar que persigue diez puntos en los
exámenes, la del político que sueña verse aclamado ministro ó presidente, la
del novelista que aspira á ediciones de cien mil ejemplares y la del asesino
que desea ver su retrato en los periódicos.
La exaltación del amor propio, peligrosa en los espíritus vulgares, es útil al
hombre que sirve un Ideal. Éste la cristaliza en dignidad; aquéllos la
degeneran en vanidad. El éxito envanece á los mediocres, nunca al
excelente. Esa anticipación de la gloria hipertrofia la personalidad en los
hombres superiores: es su condición natural. ¿El atleta no tiene, acaso,
biceps excesivos hasta la deformidad? La función hace el órgano. El «yo»
es el órgano propio de la originalidad: absoluta en el genio. Lo que es
absurdo en el mediocre, en el hombre superior es un adorno: simple
exponente de fuerza. EL músculo abultado no es ridículo en el atleta; lo es,
en cambio, toda adiposidad excesiva, por monstruosa é inútil: como la
vanidad del insignificante. Ciertos hombres de genio habrían sido
incompletos sin su megalomanía.
Su orgullo nunca excede á la vanidad de los imbéciles. La aparente
diferencia guarda proporción con el mérito. Á un metro y á simple vista
nadie ve la pata de una hormiga, pero todos perciben la garra de un león; lo
propio ocurre con el egotismo ruidoso de los hombres y la desapercibida
soberbia de las sombras más densas. No pueden confundirse. El vanidoso
vive comparándose con los que le rodean, envidiando toda excelencia ajena
y carcomiendo toda reputación que no puede igualar; el orgulloso no se
contemporáneas, exaltan á los domésticos. El brillo de la gloria sobre las
frentes elegidas deslumbra á los ineptos, como el hartazgo del rico encela al
miserable. El elogio del mérito es un estímulo para su simulación.
Obsesionados por el éxito, é incapaces de soñar la gloria, muchos
impotentes se envanecen de méritos ilusorios y virtudes secretas que los
demás no reconocen; créense actores de la comedia humana; entran á la
vida construyéndose un escenario, grande ó pequeño, bajo ó culminante,
sombrío ó luminoso; viven con perpetua preocupación del juicio ajeno
sobre su sombra. Consumen su existencia sedientos de distinguirse en su
órbita, de ocupar á su mundo, de cultivar la atención ajena por cualquier
medio y de cualquier manera. La diferencia, si la hay, es puramente
cuantitativa entre la vanidad del escolar que persigue diez puntos en los
exámenes, la del político que sueña verse aclamado ministro ó presidente, la
del novelista que aspira á ediciones de cien mil ejemplares y la del asesino
que desea ver su retrato en los periódicos.
La exaltación del amor propio, peligrosa en los espíritus vulgares, es útil al
hombre que sirve un Ideal. Éste la cristaliza en dignidad; aquéllos la
degeneran en vanidad. El éxito envanece á los mediocres, nunca al
excelente. Esa anticipación de la gloria hipertrofia la personalidad en los
hombres superiores: es su condición natural. ¿El atleta no tiene, acaso,
biceps excesivos hasta la deformidad? La función hace el órgano. El «yo»
es el órgano propio de la originalidad: absoluta en el genio. Lo que es
absurdo en el mediocre, en el hombre superior es un adorno: simple
exponente de fuerza. EL músculo abultado no es ridículo en el atleta; lo es,
en cambio, toda adiposidad excesiva, por monstruosa é inútil: como la
vanidad del insignificante. Ciertos hombres de genio habrían sido
incompletos sin su megalomanía.
Su orgullo nunca excede á la vanidad de los imbéciles. La aparente
diferencia guarda proporción con el mérito. Á un metro y á simple vista
nadie ve la pata de una hormiga, pero todos perciben la garra de un león; lo
propio ocurre con el egotismo ruidoso de los hombres y la desapercibida
soberbia de las sombras más densas. No pueden confundirse. El vanidoso
vive comparándose con los que le rodean, envidiando toda excelencia ajena
y carcomiendo toda reputación que no puede igualar; el orgulloso no se
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compara con los que juzga inferiores y pone su mirada en tipos ideales de
perfección que están muy alto y encienden su entusiasmo.
El orgullo, subsuelo indispensable de la dignidad, imprime á los hombres
cierto bello gesto que las sombras censuran. Para ello el babélico idioma de
los vulgares ha enmarañado la significación del vocablo, acabando por
ignorarse si designa un vicio ó una virtud. Todo es relativo. Si hay méritos
el orgullo es un derecho; si no los hay se trata de vanidad. El hombre que
afirma un Ideal y se perfecciona hacia él, desprecia, con eso, la atmósfera
inferior que le asfixia; es un sentimiento natural, cimentado por una
desigualdad efectiva y constante. Para los mediocres sería más grato que no
les enrostraran esa humillante diferencia; pero olvidan que ellos son sus
enemigos, constriñendo su tronco robusto como la hiedra á la encina, para
ahogarle en el número infinito. El digno está obligado á burlarse de las mil
rutinas que el servil adora bajo el nombre de principios; su conflicto es
perpetuo. La dignidad es un rompeolas opuesto por el individuo á la marea
de mediocridad que le acosa. Es aislamiento de la multitud y desprecio de
sus pastores, casi siempre esclavos del propio rebaño.
IV.—La dignidad.
El que aspira á parecer renuncia á ser. En pocos hombres súmanse el
ingenio y la virtud en un total de dignidad: forman una aristocracia natural,
siempre exigua frente al número infinito de espíritus omisos. Credo
supremo de todo idealismo, la dignidad es unívoca, intangible,
intransmutable. Es síntesis de todas las virtudes que aceran al hombre y
borran la sombra: donde ella falta no existe el sentimiento del honor. Y así
como los pueblos sin dignidad son rebaños, los individuos sin ella son
esclavos.
Los temperamentos adamantinos—firmeza y luz—apártanse de toda
complicidad niveladora, buscan en sí mismos la sanción de sus actos,
desafían la opinión ajena si con ello han de salvar la propia, declinan todo
bien mundano que requiera una abdicación, entregan su vida misma antes
que traicionar sus ideales. Van rectos, solos, sin contaminarse en facciones y
huestes, convertidos en viviente protesta contra todo abellacamiento ó
servilismo. Las sombras vanidosas se mancornan para disculparse en el
perfección que están muy alto y encienden su entusiasmo.
El orgullo, subsuelo indispensable de la dignidad, imprime á los hombres
cierto bello gesto que las sombras censuran. Para ello el babélico idioma de
los vulgares ha enmarañado la significación del vocablo, acabando por
ignorarse si designa un vicio ó una virtud. Todo es relativo. Si hay méritos
el orgullo es un derecho; si no los hay se trata de vanidad. El hombre que
afirma un Ideal y se perfecciona hacia él, desprecia, con eso, la atmósfera
inferior que le asfixia; es un sentimiento natural, cimentado por una
desigualdad efectiva y constante. Para los mediocres sería más grato que no
les enrostraran esa humillante diferencia; pero olvidan que ellos son sus
enemigos, constriñendo su tronco robusto como la hiedra á la encina, para
ahogarle en el número infinito. El digno está obligado á burlarse de las mil
rutinas que el servil adora bajo el nombre de principios; su conflicto es
perpetuo. La dignidad es un rompeolas opuesto por el individuo á la marea
de mediocridad que le acosa. Es aislamiento de la multitud y desprecio de
sus pastores, casi siempre esclavos del propio rebaño.
IV.—La dignidad.
El que aspira á parecer renuncia á ser. En pocos hombres súmanse el
ingenio y la virtud en un total de dignidad: forman una aristocracia natural,
siempre exigua frente al número infinito de espíritus omisos. Credo
supremo de todo idealismo, la dignidad es unívoca, intangible,
intransmutable. Es síntesis de todas las virtudes que aceran al hombre y
borran la sombra: donde ella falta no existe el sentimiento del honor. Y así
como los pueblos sin dignidad son rebaños, los individuos sin ella son
esclavos.
Los temperamentos adamantinos—firmeza y luz—apártanse de toda
complicidad niveladora, buscan en sí mismos la sanción de sus actos,
desafían la opinión ajena si con ello han de salvar la propia, declinan todo
bien mundano que requiera una abdicación, entregan su vida misma antes
que traicionar sus ideales. Van rectos, solos, sin contaminarse en facciones y
huestes, convertidos en viviente protesta contra todo abellacamiento ó
servilismo. Las sombras vanidosas se mancornan para disculparse en el
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número, rehuyendo las íntimas sanciones de su conciencia; los seres
domesticados son incapaces de gestos viriles, fáltales coraje. La dignidad
implica valor moral. Los pusilánimes son impotentes, como los aturdidos;
los unos reflexionan cuando conviene obrar, y los otros obran sin haber
reflexionado. La insuficiencia del esfuerzo equivale á la desorientación del
impulso: el mérito de las acciones se mide por el afán que cuestan y no por
sus resultados. Sin coraje no hay honor. Todas sus formas implican dignidad
y virtud. Con su ayuda los sabios acometen la exploración de lo ignoto, los
moralistas minan las sórdidas fuentes del mal, los osados se arriesgan para
violar la altura y la extensión, los justos se adiamantan en la fortuna
adversa, los firmes resisten la tentación y los severos el vicio, los mártires
van á la hoguera por desenmascarar una hipocresía, los santos mueren por
un Ideal. Para anhelar una perfección es indispensable: «el coraje—
sentenció Lamartine—es la primera de las elocuencias, es la elocuencia del
carácter.» Noble decir. El que aspira á ser águila debe mirar lejos y
esforzarse para volar alto; el que se resigna á arrastrarse como un gusano
renuncia al derecho de protestar si lo aplastan.
La febledad y la ignorancia favorecen la domesticación de los caracteres
mediocres, adaptándolos á la vida mansa; el coraje y la cultura exaltan el
individualismo de los excelentes, floreciéndolos de dignidad. El lacayo
pide; el digno merece. Aquél solicita del favor lo que éste espera del mérito.
Ser digno significa no pedir lo que se merece, ni aceptar lo inmerecido.
Mientras los serviles trepan entre las malezas del favoritismo, los austeros
ascienden por la escalinata de sus méritos. Ó no ascienden por ninguna.
La dignidad estimula toda perfección del hombre; la vanidad acicatea
cualquier éxito de la sombra. El digno ha escrito un lema en su blasón: lo
que tiene por precio una partícula de honor, es caro. El pan sopado en la
adulación, que engorda al servil, envenena al digno. Prefiere, éste, perder
un derecho á obtener un favor; mil daños le serán más leves que medrar
indignamente. Cualquier herida es transitoria y puede dolerle una hora; la
más leve domesticidad le remordería por toda la vida.
Cuando el éxito no depende de los propios méritos, bástale conservarse
erguido, incólume, irrevocable en la propia dignidad. En las bregas
domésticas, la obstinada sinrazón suele triunfar del mérito sonriente; la
pertinacia del mediocre es proporcional á su acorchamiento. Los caracteres
dignos desdeñan cualquier favor; se estiman superiores á lo que puede darse
domesticados son incapaces de gestos viriles, fáltales coraje. La dignidad
implica valor moral. Los pusilánimes son impotentes, como los aturdidos;
los unos reflexionan cuando conviene obrar, y los otros obran sin haber
reflexionado. La insuficiencia del esfuerzo equivale á la desorientación del
impulso: el mérito de las acciones se mide por el afán que cuestan y no por
sus resultados. Sin coraje no hay honor. Todas sus formas implican dignidad
y virtud. Con su ayuda los sabios acometen la exploración de lo ignoto, los
moralistas minan las sórdidas fuentes del mal, los osados se arriesgan para
violar la altura y la extensión, los justos se adiamantan en la fortuna
adversa, los firmes resisten la tentación y los severos el vicio, los mártires
van á la hoguera por desenmascarar una hipocresía, los santos mueren por
un Ideal. Para anhelar una perfección es indispensable: «el coraje—
sentenció Lamartine—es la primera de las elocuencias, es la elocuencia del
carácter.» Noble decir. El que aspira á ser águila debe mirar lejos y
esforzarse para volar alto; el que se resigna á arrastrarse como un gusano
renuncia al derecho de protestar si lo aplastan.
La febledad y la ignorancia favorecen la domesticación de los caracteres
mediocres, adaptándolos á la vida mansa; el coraje y la cultura exaltan el
individualismo de los excelentes, floreciéndolos de dignidad. El lacayo
pide; el digno merece. Aquél solicita del favor lo que éste espera del mérito.
Ser digno significa no pedir lo que se merece, ni aceptar lo inmerecido.
Mientras los serviles trepan entre las malezas del favoritismo, los austeros
ascienden por la escalinata de sus méritos. Ó no ascienden por ninguna.
La dignidad estimula toda perfección del hombre; la vanidad acicatea
cualquier éxito de la sombra. El digno ha escrito un lema en su blasón: lo
que tiene por precio una partícula de honor, es caro. El pan sopado en la
adulación, que engorda al servil, envenena al digno. Prefiere, éste, perder
un derecho á obtener un favor; mil daños le serán más leves que medrar
indignamente. Cualquier herida es transitoria y puede dolerle una hora; la
más leve domesticidad le remordería por toda la vida.
Cuando el éxito no depende de los propios méritos, bástale conservarse
erguido, incólume, irrevocable en la propia dignidad. En las bregas
domésticas, la obstinada sinrazón suele triunfar del mérito sonriente; la
pertinacia del mediocre es proporcional á su acorchamiento. Los caracteres
dignos desdeñan cualquier favor; se estiman superiores á lo que puede darse
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sin mérito. Prefieren vivir crucificados sobre su orgullo á prosperar
arrastrándose; querrían que al morir su Ideal les acompañase blanquivestido
y sin manchas de abajamientos, como si fueran á desposarlo más allá de la
muerte.
Los caracteres dignos permanecen solitarios, sin lucir en el anca ninguna
marca de hierro; son como el ganado levantisco que hociquea los tiernos
tréboles de la campiña virgen, sin aceptar la fácil ración de los pesebres. Si
su pradera es árida no importa; en libre oxígeno aprovechan más que en
cebadas copiosas, con la ventaja de que aquél se toma y éstas se reciben de
alguien. Prefieren estar solos. Saben que juntarse es rebajarse. Cada flor
englobada en un ramillete pierde su perfume propio. Obligado á vivir entre
desemejantes, el digno mantiénese ajeno á todo lo que estima inferior.
Descartes dijo que se paseaba entre los hombres como si ellos fueran
árboles; y Banville escribió de Gautier: «Era de aquéllos que, bajo todos los
regímenes, son necesaria é invenciblemente libres: cumplía su obra con
desdeñosa altivez y con la firme resignación de un dios desterrado».
Ignora el hombre digno las aterciopeladas cobardías que dormitan en el
fondo de los caracteres serviles; no sabe desarticular su cerviz. Su respeto
por el mérito le obliga á desacatar toda sombra que carece de él, á agredirla
si amenaza, á castigarla si hiere. Cuando es anodina la muchedumbre que
impide sus anhelos y no tiene adversarios que fazferir, el digno se refugia
en sí mismo, se atrinchera en sus ideales y calla, temiendo estorbar con sus
palabras á las sombras que lo escuchan. Y mientras cambia el clima, como
es fatal en la alternativa de las estaciones, espera anclado en su orgullo,
como si éste fuera el puerto natural y más seguro para su dignidad.
Vive con la obsesión de no depender de nadie; sabe que sin independencia
material el honor está expuesto á mil mancillas. Todo parásito es un siervo;
todo mendigo es un doméstico. El hambriento puede ser rebelde: no es
nunca un hombre libre. Enemiga poderosa de la dignidad es la miseria: ella
hace trizas los caracteres mediocres é incuba las peores servidumbres. El
que ha atravesado dignamente una pobreza es un heroico ejemplar de
carácter. Suprema es la indignidad de los que adulan teniendo fortuna; ésta
les redimiría de todas las domesticidades, si no fuesen esclavos de la
vanidad. El pobre no puede vivir su vida, tantos son los compromisos de la
indigencia; redimirse de ella es comenzar á vivir. Todos los hombres altivos
viven soñando una modesta independencia material; la miseria es mordaza
arrastrándose; querrían que al morir su Ideal les acompañase blanquivestido
y sin manchas de abajamientos, como si fueran á desposarlo más allá de la
muerte.
Los caracteres dignos permanecen solitarios, sin lucir en el anca ninguna
marca de hierro; son como el ganado levantisco que hociquea los tiernos
tréboles de la campiña virgen, sin aceptar la fácil ración de los pesebres. Si
su pradera es árida no importa; en libre oxígeno aprovechan más que en
cebadas copiosas, con la ventaja de que aquél se toma y éstas se reciben de
alguien. Prefieren estar solos. Saben que juntarse es rebajarse. Cada flor
englobada en un ramillete pierde su perfume propio. Obligado á vivir entre
desemejantes, el digno mantiénese ajeno á todo lo que estima inferior.
Descartes dijo que se paseaba entre los hombres como si ellos fueran
árboles; y Banville escribió de Gautier: «Era de aquéllos que, bajo todos los
regímenes, son necesaria é invenciblemente libres: cumplía su obra con
desdeñosa altivez y con la firme resignación de un dios desterrado».
Ignora el hombre digno las aterciopeladas cobardías que dormitan en el
fondo de los caracteres serviles; no sabe desarticular su cerviz. Su respeto
por el mérito le obliga á desacatar toda sombra que carece de él, á agredirla
si amenaza, á castigarla si hiere. Cuando es anodina la muchedumbre que
impide sus anhelos y no tiene adversarios que fazferir, el digno se refugia
en sí mismo, se atrinchera en sus ideales y calla, temiendo estorbar con sus
palabras á las sombras que lo escuchan. Y mientras cambia el clima, como
es fatal en la alternativa de las estaciones, espera anclado en su orgullo,
como si éste fuera el puerto natural y más seguro para su dignidad.
Vive con la obsesión de no depender de nadie; sabe que sin independencia
material el honor está expuesto á mil mancillas. Todo parásito es un siervo;
todo mendigo es un doméstico. El hambriento puede ser rebelde: no es
nunca un hombre libre. Enemiga poderosa de la dignidad es la miseria: ella
hace trizas los caracteres mediocres é incuba las peores servidumbres. El
que ha atravesado dignamente una pobreza es un heroico ejemplar de
carácter. Suprema es la indignidad de los que adulan teniendo fortuna; ésta
les redimiría de todas las domesticidades, si no fuesen esclavos de la
vanidad. El pobre no puede vivir su vida, tantos son los compromisos de la
indigencia; redimirse de ella es comenzar á vivir. Todos los hombres altivos
viven soñando una modesta independencia material; la miseria es mordaza
Page 126
que traba la lengua y paraliza el corazón. Hay que escapar de sus garras
para elegirse el Ideal más alto, el trabajo más agradable, la mujer más bella,
los amigos más leales, los horizontes más risueños, el aislamiento más
tranquilo. La pobreza impone el enrolamiento social; el individuo se
inscribe en un gremio, más ó menos jornalero, más ó menos funcionario,
contrayendo deberes y sufriendo presiones denigrantes que le empujan á
domesticarse. Enseñaban los estoicos el secreto de la dignidad: contentarse
con lo que se tiene, restringiendo las propias necesidades. Un hombre libre
no espera nada de otros. No necesita pedir. La felicidad que da el dinero
está en no tener que preocuparse de él; por ignorar ese precepto no es libre
el avaro, ni es feliz. Los bienes que tenemos son la base de nuestra
independencia; los que deseamos son la cadena remachada sobre nuestra
esclavitud. La fortuna aumenta la gracia de los espíritus cultivados y torna
insolente la vulgaridad de los palurdos. Los únicos bienes intangibles son
los que acumulamos en el cerebro y en el corazón; cuando ellos faltan
ningún tesoro los sustituye.
Los orgullosos tienen el culto de su dignidad; quieren poseerla inmaculada,
libre de remordimientos, sin flaquezas que la envilezcan ó rebajen. Á ella
sacrifican bienes, honores, éxitos: todo lo que es propicio al crecimiento de
la sombra. Para conservar la estima propia no vacilan en afrontar la opinión
de los mansos y embestir sus prejuicios; pasan por indisciplinados ó
peligrosos entre los que en vano intentan malear su altivez. Estos hombres
son raros en las mediocracias modernas, cuya chatura moral los inclina á la
misantropía y al menosprecio de los serviles; tienen cierto aire desdeñoso y
aristocrático que desagrada á los vanidosos más culminantes, pues los
humilla y avergüenza. «Inflexibles y tenaces, porque llevan en el corazón
una fe sin dudas, una convicción que no trepida, una energía indómita que á
nada cede ni teme, suelen tener asperezas urticantes para los hombres
amorfos. En algunos casos pueden ser altruistas, ó porque cristianos en la
más alta acepción del vocablo, ó porque profundamente afectivos;
presentan entonces uno de los caracteres más sublimes, más
espléndidamente bellos y que tanto honran á la naturaleza humana. Son los
santos del honor, los poetas de la dignidad. Siendo héroes, perdonan las
cobardías de los demás; victoriosos siempre ante sí mismos, compadecen á
los que en la batalla de la vida siembran, hecha girones, su propia dignidad.
Si la estadística pudiera decirnos el número de hombres que poseen este
para elegirse el Ideal más alto, el trabajo más agradable, la mujer más bella,
los amigos más leales, los horizontes más risueños, el aislamiento más
tranquilo. La pobreza impone el enrolamiento social; el individuo se
inscribe en un gremio, más ó menos jornalero, más ó menos funcionario,
contrayendo deberes y sufriendo presiones denigrantes que le empujan á
domesticarse. Enseñaban los estoicos el secreto de la dignidad: contentarse
con lo que se tiene, restringiendo las propias necesidades. Un hombre libre
no espera nada de otros. No necesita pedir. La felicidad que da el dinero
está en no tener que preocuparse de él; por ignorar ese precepto no es libre
el avaro, ni es feliz. Los bienes que tenemos son la base de nuestra
independencia; los que deseamos son la cadena remachada sobre nuestra
esclavitud. La fortuna aumenta la gracia de los espíritus cultivados y torna
insolente la vulgaridad de los palurdos. Los únicos bienes intangibles son
los que acumulamos en el cerebro y en el corazón; cuando ellos faltan
ningún tesoro los sustituye.
Los orgullosos tienen el culto de su dignidad; quieren poseerla inmaculada,
libre de remordimientos, sin flaquezas que la envilezcan ó rebajen. Á ella
sacrifican bienes, honores, éxitos: todo lo que es propicio al crecimiento de
la sombra. Para conservar la estima propia no vacilan en afrontar la opinión
de los mansos y embestir sus prejuicios; pasan por indisciplinados ó
peligrosos entre los que en vano intentan malear su altivez. Estos hombres
son raros en las mediocracias modernas, cuya chatura moral los inclina á la
misantropía y al menosprecio de los serviles; tienen cierto aire desdeñoso y
aristocrático que desagrada á los vanidosos más culminantes, pues los
humilla y avergüenza. «Inflexibles y tenaces, porque llevan en el corazón
una fe sin dudas, una convicción que no trepida, una energía indómita que á
nada cede ni teme, suelen tener asperezas urticantes para los hombres
amorfos. En algunos casos pueden ser altruistas, ó porque cristianos en la
más alta acepción del vocablo, ó porque profundamente afectivos;
presentan entonces uno de los caracteres más sublimes, más
espléndidamente bellos y que tanto honran á la naturaleza humana. Son los
santos del honor, los poetas de la dignidad. Siendo héroes, perdonan las
cobardías de los demás; victoriosos siempre ante sí mismos, compadecen á
los que en la batalla de la vida siembran, hecha girones, su propia dignidad.
Si la estadística pudiera decirnos el número de hombres que poseen este
Page 127
carácter en cada nación, esa cifra bastaría, por sí sola, mejor que otra
cualquiera, para indicarnos el valor moral de un pueblo.»
La dignidad, afán de autonomía, lleva á reducir la dependencia de otros á la
medida de lo indispensable, siempre enorme. La Bruyère, que vivió como
intruso en la domesticidad cortesana de su siglo, supo medir el altísimo
precepto que encabeza el Manual de Epicteto, á punto de apropiárselo
textualmente sin amenguar con ello su propia gloria: «Se faire valoir par
des choses qui ne dependent point des autres, mais de soi seul, ou renoncer
à se faire valoir.» Esa máxima le parece inestimable y de recursos infinitos
en la vida, útil para los virtuosos y los que tienen ingenio, tesoro intrínseco
de los caracteres excelentes; es, en cambio, proscrita donde reina la
mediocridad, «pues desterraría de las Cortes las tretas, los cabildeos, los
malos oficios, la bajeza, la adulación y la intriga.» Las naciones no se
llenarían de serviles domesticados, sino de varones excelentes que legarían
á sus hijos menos vanidades y más nobles ejemplos. Amando los propios
méritos más que la prosperidad indecorosa, crecería el amor á la virtud, el
deseo de la gloria, el culto por ideales de perfección incesante: en la
admiración por los genios, los santos y los héroes. Esa dignificación moral
de los hombres señalaría en la historia el ocaso de las sombras.
cualquiera, para indicarnos el valor moral de un pueblo.»
La dignidad, afán de autonomía, lleva á reducir la dependencia de otros á la
medida de lo indispensable, siempre enorme. La Bruyère, que vivió como
intruso en la domesticidad cortesana de su siglo, supo medir el altísimo
precepto que encabeza el Manual de Epicteto, á punto de apropiárselo
textualmente sin amenguar con ello su propia gloria: «Se faire valoir par
des choses qui ne dependent point des autres, mais de soi seul, ou renoncer
à se faire valoir.» Esa máxima le parece inestimable y de recursos infinitos
en la vida, útil para los virtuosos y los que tienen ingenio, tesoro intrínseco
de los caracteres excelentes; es, en cambio, proscrita donde reina la
mediocridad, «pues desterraría de las Cortes las tretas, los cabildeos, los
malos oficios, la bajeza, la adulación y la intriga.» Las naciones no se
llenarían de serviles domesticados, sino de varones excelentes que legarían
á sus hijos menos vanidades y más nobles ejemplos. Amando los propios
méritos más que la prosperidad indecorosa, crecería el amor á la virtud, el
deseo de la gloria, el culto por ideales de perfección incesante: en la
admiración por los genios, los santos y los héroes. Esa dignificación moral
de los hombres señalaría en la historia el ocaso de las sombras.
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LA ENVIDIA
I. LA PASIÓN DE LOS MEDIOCRES.—II. LOS SACERDOTES
DEL MÉRITO.—III. LOS ROEDORES DE LA GLORIA.—IV. UN
CASTIGO DANTESCO.
I.—La pasión de los mediocres.
La envidia es una adoración de los hombres por las sombras, del mérito por
la mediocridad. Es el rubor de la mejilla sonoramente abofeteada por la
gloria ajena. Es el grillete que arrastran los fracasados. Es el acíbar que
paladean los impotentes. Es un venenoso humor que mana de las heridas
abiertas por la realidad en el flanco de las almas torpes. Por sus horcas
caudinas pasan, tarde ó temprano, los que viven esclavos de su vanidad;
desfilan lívidos de angustia, torvos, avergonzados de su propia tristura, sin
sospechar que sus lamentaciones envuelven una consagración inequívoca
del mérito ajeno. La inextinguible hostilidad de los mediocres sirve de
pedestal á los genios, los santos y los héroes.
Es la más innoble de las torpes lacras que afean á los caracteres vulgares. El
que envidia se rebaja sin saberlo, se confiesa subalterno; esta pasión es el
estigma psicológico de una humillante inferioridad, sentida, reconocida. No
basta ser inferior para envidiar, pues todo hombre lo es de alguien en algún
sentido; es necesario sufrir del bien ajeno, de la dicha ajena, de cualquier
culminación ajena. En ese sufrimiento está el núcleo moral de la envidia:
muerde el corazón como un ácido, lo carcome como una polilla, lo corroe
como la herrumbre al metal.
Entre las malas pasiones ninguna la aventaja. Plutarco decía—y lo repite La
Rochefoucauld—que existen almas corrompidas hasta jactarse de vicios
I. LA PASIÓN DE LOS MEDIOCRES.—II. LOS SACERDOTES
DEL MÉRITO.—III. LOS ROEDORES DE LA GLORIA.—IV. UN
CASTIGO DANTESCO.
I.—La pasión de los mediocres.
La envidia es una adoración de los hombres por las sombras, del mérito por
la mediocridad. Es el rubor de la mejilla sonoramente abofeteada por la
gloria ajena. Es el grillete que arrastran los fracasados. Es el acíbar que
paladean los impotentes. Es un venenoso humor que mana de las heridas
abiertas por la realidad en el flanco de las almas torpes. Por sus horcas
caudinas pasan, tarde ó temprano, los que viven esclavos de su vanidad;
desfilan lívidos de angustia, torvos, avergonzados de su propia tristura, sin
sospechar que sus lamentaciones envuelven una consagración inequívoca
del mérito ajeno. La inextinguible hostilidad de los mediocres sirve de
pedestal á los genios, los santos y los héroes.
Es la más innoble de las torpes lacras que afean á los caracteres vulgares. El
que envidia se rebaja sin saberlo, se confiesa subalterno; esta pasión es el
estigma psicológico de una humillante inferioridad, sentida, reconocida. No
basta ser inferior para envidiar, pues todo hombre lo es de alguien en algún
sentido; es necesario sufrir del bien ajeno, de la dicha ajena, de cualquier
culminación ajena. En ese sufrimiento está el núcleo moral de la envidia:
muerde el corazón como un ácido, lo carcome como una polilla, lo corroe
como la herrumbre al metal.
Entre las malas pasiones ninguna la aventaja. Plutarco decía—y lo repite La
Rochefoucauld—que existen almas corrompidas hasta jactarse de vicios
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infames; ninguna ha tenido el coraje de confesarse envidiosa. Reconocer la
propia envidia implica, á la vez, declararse inferior al envidiado; trátase de
pasión tan abominable, y tan universalmente detestada, que avergüenza al
más impúdico y se hace lo indecible por ocultarla.
Sorprende que Ribot no la haya estudiado en su volumen sobre las pasiones,
limitándose á mencionarla como un caso particular de los celos. Fué
siempre tanta su difusión y su virulencia que ya la mitología greco-latina le
atribuye origen sobrehumano, haciéndola nacer de las tinieblas nocturnas.
El mito le asigna cara de vieja horriblemente flaca y exangüe, cubierta la
cabeza de víboras en vez de cabellos. Su mirada es hosca y los ojos
hundidos; los dientes negros y la lengua untada con tósigos fatales; en una
mano ase tres serpientes, y en la otra una hidra ó una tea; incuba en su seno
un monstruoso reptil que la devora continuamente y le instila su veneno;
está agitada; no ríe; el sueño nunca cierra los párpados sobre sus ojos
irritados. Todo suceso feliz la aflige ó atiza su congoja; destinada á sufrir, es
el verdugo implacable de sí misma.
Es pasión traidora y propicia á la hipocresía. Es al odio como la ganzúa á la
espada; la emplean los que no tienen brazo robusto y corazón valiente. En
los ímpetus del odio puede palpitar el gesto de la garra que en un altivo
estremecimiento destroza y aniquila; en la subrepticia reptación de la
envidia sólo se percibe el arrastramiento tímido del que busca morder el
talón.
Teofrasto creyó que la envidia se confunde con el odio ó nace de él, opinión
ya enunciada por Aristóteles, su maestro. Plutarco abordó la cuestión,
preocupándose de establecer diferencias entre las dos pasiones (Obras
morales, II, 576, edición Didier). Dice que á primera vista se confunden;
parecen brotar de la maldad, y cuando se asocian tórnanse más fuertes,
como las enfermedades que se complican. Ambas sufren del bien y gustan
del mal ajeno; pero esta semejanza no basta para confundirlas, si atendemos
á sus diferencias. Sólo se odia lo que se cree malo ó nocivo; en cambio,
toda prosperidad excita la envidia, como cualquier resplandor irrita los ojos
enfermos. Se puede odiar á las cosas y á los animales; sólo se puede
envidiar á los hombres. El odio puede ser justo, motivado; la envidia es
siempre injusta, pues la prosperidad no daña á nadie. Estas dos pasiones,
como plantas de una misma especie, se nutren y fortifican por causas
equivalentes: se odia más á los más perversos y se envidia más á los más
propia envidia implica, á la vez, declararse inferior al envidiado; trátase de
pasión tan abominable, y tan universalmente detestada, que avergüenza al
más impúdico y se hace lo indecible por ocultarla.
Sorprende que Ribot no la haya estudiado en su volumen sobre las pasiones,
limitándose á mencionarla como un caso particular de los celos. Fué
siempre tanta su difusión y su virulencia que ya la mitología greco-latina le
atribuye origen sobrehumano, haciéndola nacer de las tinieblas nocturnas.
El mito le asigna cara de vieja horriblemente flaca y exangüe, cubierta la
cabeza de víboras en vez de cabellos. Su mirada es hosca y los ojos
hundidos; los dientes negros y la lengua untada con tósigos fatales; en una
mano ase tres serpientes, y en la otra una hidra ó una tea; incuba en su seno
un monstruoso reptil que la devora continuamente y le instila su veneno;
está agitada; no ríe; el sueño nunca cierra los párpados sobre sus ojos
irritados. Todo suceso feliz la aflige ó atiza su congoja; destinada á sufrir, es
el verdugo implacable de sí misma.
Es pasión traidora y propicia á la hipocresía. Es al odio como la ganzúa á la
espada; la emplean los que no tienen brazo robusto y corazón valiente. En
los ímpetus del odio puede palpitar el gesto de la garra que en un altivo
estremecimiento destroza y aniquila; en la subrepticia reptación de la
envidia sólo se percibe el arrastramiento tímido del que busca morder el
talón.
Teofrasto creyó que la envidia se confunde con el odio ó nace de él, opinión
ya enunciada por Aristóteles, su maestro. Plutarco abordó la cuestión,
preocupándose de establecer diferencias entre las dos pasiones (Obras
morales, II, 576, edición Didier). Dice que á primera vista se confunden;
parecen brotar de la maldad, y cuando se asocian tórnanse más fuertes,
como las enfermedades que se complican. Ambas sufren del bien y gustan
del mal ajeno; pero esta semejanza no basta para confundirlas, si atendemos
á sus diferencias. Sólo se odia lo que se cree malo ó nocivo; en cambio,
toda prosperidad excita la envidia, como cualquier resplandor irrita los ojos
enfermos. Se puede odiar á las cosas y á los animales; sólo se puede
envidiar á los hombres. El odio puede ser justo, motivado; la envidia es
siempre injusta, pues la prosperidad no daña á nadie. Estas dos pasiones,
como plantas de una misma especie, se nutren y fortifican por causas
equivalentes: se odia más á los más perversos y se envidia más á los más
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meritorios. Por eso Temístocles decía, en su juventud, que aún no había
realizado ningún acto brillante, porque todavía nadie le envidiaba. Así como
las cantáridas prosperan sobre los trigales más rubios y los rosales más
florecientes, la envidia alcanza á los hombres más famosos por su carácter y
por su virtud. El odio no es desarmado por la buena ó la mala fortuna; la
envidia sí. Un sol que ilumina perpendicularmente desde el más alto punto
del cielo reduce á nada ó muy poco la sombra de los objetos que están
debajo: así, observa Plutarco, el brillo de la gloria achica la sombra de la
envidia y la hace desaparecer.
El odio que clama y asalta es temible; la envidia que calla y conspira es
repugnante. Algún libro admirable dice que ella es como las caries de los
huesos; ese libro es la Biblia, casi de seguro, ó debiera serlo. Las palabras
más crueles que un valiente arroja á la cara no ofenden la centésima parte
de las que el envidioso va sembrando constantemente á la espalda. Ignora
las reacciones del odio y expresa su inquina tartajeando, incapaz de
encresparse en ímpetus viriles: diríase que su boca está amargada por una
hiel que no consigue arrojar ni tragar. Así como el aceite apaga la cal y
aviva el fuego, el bien recibido contiene el odio en los nobles espíritus y
exaspera la envidia en los indignos. El envidioso es ingrato, como luminoso
el sol, la nube opaca y la nieve fría: lo es naturalmente.
El odio es rectilíneo y no teme la luz; la envidia es torcida y trabaja en la
sombra. Envidiando se sufre más que odiando: como esos tormentos
enfermizos que tórnanse terroríficos de noche, amplificados por el horror de
las tinieblas.
El odio puede hervir en los grandes corazones; puede ser justo y santo; lo es
muchas veces, cuando quiere borrar la tiranía, la infamia, la indignidad. La
envidia es de corazones pequeños. La conciencia del propio mérito suprime
toda menguada villanía; el hombre que se siente superior no puede envidiar,
ni envidia nunca el loco feliz que vive con delirio de las grandezas. Su odio
está de pie y ataca de frente. César aniquiló á Pompeyo, sin rastrerías;
Donatello venció con su Cristo al de Brunelleschi, sin abajamientos;
Nietzsche fulminó á Wagner, sin envidiarlo. Así como la genialidad
presiente la gloria y da á sus predestinados cierto ademán apocalíptico, la
certidumbre de un obscuro porvenir vuelve miopes y reptiles á los
mediocres. Por eso los hombres sin méritos siguen siendo envidiosos á
pesar de los éxitos obtenidos por su sombra mundana, como si un
realizado ningún acto brillante, porque todavía nadie le envidiaba. Así como
las cantáridas prosperan sobre los trigales más rubios y los rosales más
florecientes, la envidia alcanza á los hombres más famosos por su carácter y
por su virtud. El odio no es desarmado por la buena ó la mala fortuna; la
envidia sí. Un sol que ilumina perpendicularmente desde el más alto punto
del cielo reduce á nada ó muy poco la sombra de los objetos que están
debajo: así, observa Plutarco, el brillo de la gloria achica la sombra de la
envidia y la hace desaparecer.
El odio que clama y asalta es temible; la envidia que calla y conspira es
repugnante. Algún libro admirable dice que ella es como las caries de los
huesos; ese libro es la Biblia, casi de seguro, ó debiera serlo. Las palabras
más crueles que un valiente arroja á la cara no ofenden la centésima parte
de las que el envidioso va sembrando constantemente á la espalda. Ignora
las reacciones del odio y expresa su inquina tartajeando, incapaz de
encresparse en ímpetus viriles: diríase que su boca está amargada por una
hiel que no consigue arrojar ni tragar. Así como el aceite apaga la cal y
aviva el fuego, el bien recibido contiene el odio en los nobles espíritus y
exaspera la envidia en los indignos. El envidioso es ingrato, como luminoso
el sol, la nube opaca y la nieve fría: lo es naturalmente.
El odio es rectilíneo y no teme la luz; la envidia es torcida y trabaja en la
sombra. Envidiando se sufre más que odiando: como esos tormentos
enfermizos que tórnanse terroríficos de noche, amplificados por el horror de
las tinieblas.
El odio puede hervir en los grandes corazones; puede ser justo y santo; lo es
muchas veces, cuando quiere borrar la tiranía, la infamia, la indignidad. La
envidia es de corazones pequeños. La conciencia del propio mérito suprime
toda menguada villanía; el hombre que se siente superior no puede envidiar,
ni envidia nunca el loco feliz que vive con delirio de las grandezas. Su odio
está de pie y ataca de frente. César aniquiló á Pompeyo, sin rastrerías;
Donatello venció con su Cristo al de Brunelleschi, sin abajamientos;
Nietzsche fulminó á Wagner, sin envidiarlo. Así como la genialidad
presiente la gloria y da á sus predestinados cierto ademán apocalíptico, la
certidumbre de un obscuro porvenir vuelve miopes y reptiles á los
mediocres. Por eso los hombres sin méritos siguen siendo envidiosos á
pesar de los éxitos obtenidos por su sombra mundana, como si un
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remordimiento interior les gritara que los usurpan sin merecerlos. Esa
conciencia de su mediocridad es su tormento; comprenden que sólo pueden
permanecer en la cumbre impidiendo que otros lleguen hasta ellos y los
descubran. La envidia es una defensa de las sombras contra los hombres.
Con los distingos enunciados los clásicos aceptan el parentesco entre la
envidia y el odio, sin confundir ambas pasiones. Conviene sutilizar el
problema distinguiendo otras que se les parecen: la emulación y los celos.
La envidia, sin duda, arraiga como ellas en una tendencia afectiva, pero
posee caracteres propios que permiten diferenciarla. Se envidia lo que otros
ya tienen y se desearía tener, sintiendo que el propio es un deseo sin
esperanza; se cela lo que ya se posee y se teme perder; se emula en pos de
algo que otros también anhelan, teniendo la posibilidad de alcanzarlo.
Un ejemplo tomado en las fuentes más notorias ilustrará la cuestión.
Envidiamos la mujer que el prójimo posee y nosotros deseamos, cuando
sentimos la imposibilidad de disputársela. Celamos la mujer que nos
pertenece, cuando juzgamos incierta su posesión y tememos que otro pueda
compartirla ó quitárnosla. Competimos sus favores en noble emulación,
cuando vemos la posibilidad de conseguirlos en igualdad de condiciones
con otro que á ellos aspira. La envidia nace, pues, del sentimiento de
inferioridad respecto de su objeto; los celos derivan del sentimiento de
posesión comprometido; la emulación surge del sentimiento de potencia
que acompaña á toda noble afirmación de la personalidad.
Por deformación de la tendencia egoísta algunos hombres están
naturalmente inclinados á envidiar á los que poseen tal superioridad por
ellos codiciada en vano; la envidia es mayor cuando más imposible se
considera la adquisición del bien codiciado. Es el reverso de la emulación;
ésta es una fuerza propulsora y fecunda, siendo aquélla una rémora que
traba y esteriliza los esfuerzos del envidioso. Bien lo comprendió Bartrina,
en su admirable quintilla:
«La envidia y la emulación
parientes dicen que son;
aunque en todo diferentes,
al fin también son parientes
el diamante y el carbón.»
conciencia de su mediocridad es su tormento; comprenden que sólo pueden
permanecer en la cumbre impidiendo que otros lleguen hasta ellos y los
descubran. La envidia es una defensa de las sombras contra los hombres.
Con los distingos enunciados los clásicos aceptan el parentesco entre la
envidia y el odio, sin confundir ambas pasiones. Conviene sutilizar el
problema distinguiendo otras que se les parecen: la emulación y los celos.
La envidia, sin duda, arraiga como ellas en una tendencia afectiva, pero
posee caracteres propios que permiten diferenciarla. Se envidia lo que otros
ya tienen y se desearía tener, sintiendo que el propio es un deseo sin
esperanza; se cela lo que ya se posee y se teme perder; se emula en pos de
algo que otros también anhelan, teniendo la posibilidad de alcanzarlo.
Un ejemplo tomado en las fuentes más notorias ilustrará la cuestión.
Envidiamos la mujer que el prójimo posee y nosotros deseamos, cuando
sentimos la imposibilidad de disputársela. Celamos la mujer que nos
pertenece, cuando juzgamos incierta su posesión y tememos que otro pueda
compartirla ó quitárnosla. Competimos sus favores en noble emulación,
cuando vemos la posibilidad de conseguirlos en igualdad de condiciones
con otro que á ellos aspira. La envidia nace, pues, del sentimiento de
inferioridad respecto de su objeto; los celos derivan del sentimiento de
posesión comprometido; la emulación surge del sentimiento de potencia
que acompaña á toda noble afirmación de la personalidad.
Por deformación de la tendencia egoísta algunos hombres están
naturalmente inclinados á envidiar á los que poseen tal superioridad por
ellos codiciada en vano; la envidia es mayor cuando más imposible se
considera la adquisición del bien codiciado. Es el reverso de la emulación;
ésta es una fuerza propulsora y fecunda, siendo aquélla una rémora que
traba y esteriliza los esfuerzos del envidioso. Bien lo comprendió Bartrina,
en su admirable quintilla:
«La envidia y la emulación
parientes dicen que son;
aunque en todo diferentes,
al fin también son parientes
el diamante y el carbón.»
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La emulación es siempre noble: el odio mismo puede serlo algunas veces.
La envidia es una cobardía propia de los débiles, un odio impotente, una
incapacidad manifiesta de competir ó de odiar.
El talento, la belleza, la energía, quisieran verse reflejados en todas las
cosas é intensificados en proyecciones innúmeras; la estulticia, la fealdad y
la impotencia sufren tanto ó más por el bien ajeno que por la propia
desdicha. Por eso toda superioridad es admirativa y toda subyacencia es
envidiosa. Admirar es sentirse crecer en la emulación de los más grandes:
un Ideal preserva de la envidia. El que escucha ecos de voces proféticas al
leer los escritos de los grandes pensadores; el que siente grabarse en su
corazón, con caracteres profundos como cicatrices, su clamor visionario y
divino; el que se extasía contemplando las supremas creaciones plásticas; el
que goza de íntimos escalofríos frente á las obras maestras accesibles á sus
sentidos, y se entrega á la vida que palpita en ellas, y se conmueve hasta
cuajársele de lágrimas los ojos, y el corazón bullicioso se le arrebata en
fiebres de emoción: ése tiene un noble espíritu y puede incubar el deseo de
crear tan grandes cosas como las que sabe admirar. El que no se conmueve
leyendo á Dante, mirando á Leonardo, oyendo á Beethoven, puede jurar que
la Naturaleza no ha encendido en su cerebro la antorcha suprema, ni paseará
jamás sin velos ante sus ojos miopes que no saben admirarla en las obras de
los genios.
La emulación presume un afán de equivalencia, implica la posibilidad de un
nivelamiento; saluda á los fuertes que van camino de la gloria, marchando
ella también. Sólo el impotente, convicto y confeso, emponzoña su espíritu
mediocre hostilizando la marcha de los que no puede seguir.
Toda la psicología de la envidia está sintetizada en una fábula, digna de
incluirse en los libros de lectura infantil. Un ventrudo sapo graznaba en su
pantano cuando vió resplandecer en lo más alto de las toscas á una
luciérnaga. Pensó que ningún ser tenía derecho de lucir cualidades que él
mismo no poseería jamás. Mortificado por su propia impotencia saltó hasta
ella y la cubrió con su vientre helado. La inocente luciérnaga osó
preguntarle: ¿Por qué me tapas? Y el sapo, congestionado por la envidia,
sólo acertó á interrogar á su vez: ¿Por qué brillas?
II.—Los sacerdotes del mérito.
La envidia es una cobardía propia de los débiles, un odio impotente, una
incapacidad manifiesta de competir ó de odiar.
El talento, la belleza, la energía, quisieran verse reflejados en todas las
cosas é intensificados en proyecciones innúmeras; la estulticia, la fealdad y
la impotencia sufren tanto ó más por el bien ajeno que por la propia
desdicha. Por eso toda superioridad es admirativa y toda subyacencia es
envidiosa. Admirar es sentirse crecer en la emulación de los más grandes:
un Ideal preserva de la envidia. El que escucha ecos de voces proféticas al
leer los escritos de los grandes pensadores; el que siente grabarse en su
corazón, con caracteres profundos como cicatrices, su clamor visionario y
divino; el que se extasía contemplando las supremas creaciones plásticas; el
que goza de íntimos escalofríos frente á las obras maestras accesibles á sus
sentidos, y se entrega á la vida que palpita en ellas, y se conmueve hasta
cuajársele de lágrimas los ojos, y el corazón bullicioso se le arrebata en
fiebres de emoción: ése tiene un noble espíritu y puede incubar el deseo de
crear tan grandes cosas como las que sabe admirar. El que no se conmueve
leyendo á Dante, mirando á Leonardo, oyendo á Beethoven, puede jurar que
la Naturaleza no ha encendido en su cerebro la antorcha suprema, ni paseará
jamás sin velos ante sus ojos miopes que no saben admirarla en las obras de
los genios.
La emulación presume un afán de equivalencia, implica la posibilidad de un
nivelamiento; saluda á los fuertes que van camino de la gloria, marchando
ella también. Sólo el impotente, convicto y confeso, emponzoña su espíritu
mediocre hostilizando la marcha de los que no puede seguir.
Toda la psicología de la envidia está sintetizada en una fábula, digna de
incluirse en los libros de lectura infantil. Un ventrudo sapo graznaba en su
pantano cuando vió resplandecer en lo más alto de las toscas á una
luciérnaga. Pensó que ningún ser tenía derecho de lucir cualidades que él
mismo no poseería jamás. Mortificado por su propia impotencia saltó hasta
ella y la cubrió con su vientre helado. La inocente luciérnaga osó
preguntarle: ¿Por qué me tapas? Y el sapo, congestionado por la envidia,
sólo acertó á interrogar á su vez: ¿Por qué brillas?
II.—Los sacerdotes del mérito.
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Siendo la envidia un culto del mérito, los envidiosos son sus naturales
sacerdotes.
El propio Homero encarnó ya, en Tersites, el envidioso de los tiempos
heroicos; como si sus lacras físicas fuesen exiguas para exponerlo al baldón
eterno, en un simple verso nos da la línea sombría de su moral, diciéndolo
enemigo de Aquiles y de Ulises: puede medirse por las excelencias de las
personas que envidia.
Shakespeare trazó una silueta definitiva en su Yago feroz, almácigo de
infamias y cobardías, capaz de todas las traiciones y de todas las falsedades.
El envidioso pertenece á una especie moral raquítica, mezquina, digna de
compasión ó de desprecio. Sin coraje para ser malo, se resigna á ser vil.
Rebaja á los otros, desesperando de la propia elevación.
La familia ofrece variedades infinitas, por la combinación de otros estigmas
con el fundamental. El envidioso pasivo es solemne y sentencioso; el activo
es un escorpión atrabiliario. Pero, lúgubre ó bilioso, nunca sabe reir de risa
inteligente y sana. Su mueca es falsa: ríe á contrapelo.
¿Quién no los codea en su mundo intelectual? El envidioso pasivo es de
cepa servil. Si intenta practicar el bien, se equivoca hasta el asesinato:
diríase que es un miope cirujano predestinado á herir los órganos vitales y
respetar la víscera cancerosa. No retrocede ante ninguna bajeza cuando un
astro se levanta en su horizonte: persigue al mérito hasta dentro de su
tumba. Es serio, por incapacidad de reirse; le atormenta la alegría de los
satisfechos. Proclama la importancia de la solemnidad y la practica; sabe
que sus congéneres aprueban tácitamente esa hipocresía que escuda la
irremediable inferioridad de toda la especie. Tiene prejuicios aterradores: no
vacila en sacrificarles la vida de sus propios hijos, empujándoles, si es
necesario, en el mismo borde de la tumba. En la «Comedia Humana»,
Balzac pudo llamarle Pandolfo y hacerle miope á cualquiera esperanza,
ciego á todo porvenir. Como hombre mediocre es un esclavo de su miopía,
un prisionero de su tiempo.
El envidioso activo posee una elocuencia intrépida, disimulando con
niágaras de palabras su estiptiquez de ideas. Pretende sondar los abismos
del espíritu ajeno, sin haber podido nunca desenredar el propio. Es un
Horacio para alabar la mediocridad y oponerla al genio; parece poseer mil
lenguas, como el clásico monstruo rabelesiano. Por todas ellas destila su
sacerdotes.
El propio Homero encarnó ya, en Tersites, el envidioso de los tiempos
heroicos; como si sus lacras físicas fuesen exiguas para exponerlo al baldón
eterno, en un simple verso nos da la línea sombría de su moral, diciéndolo
enemigo de Aquiles y de Ulises: puede medirse por las excelencias de las
personas que envidia.
Shakespeare trazó una silueta definitiva en su Yago feroz, almácigo de
infamias y cobardías, capaz de todas las traiciones y de todas las falsedades.
El envidioso pertenece á una especie moral raquítica, mezquina, digna de
compasión ó de desprecio. Sin coraje para ser malo, se resigna á ser vil.
Rebaja á los otros, desesperando de la propia elevación.
La familia ofrece variedades infinitas, por la combinación de otros estigmas
con el fundamental. El envidioso pasivo es solemne y sentencioso; el activo
es un escorpión atrabiliario. Pero, lúgubre ó bilioso, nunca sabe reir de risa
inteligente y sana. Su mueca es falsa: ríe á contrapelo.
¿Quién no los codea en su mundo intelectual? El envidioso pasivo es de
cepa servil. Si intenta practicar el bien, se equivoca hasta el asesinato:
diríase que es un miope cirujano predestinado á herir los órganos vitales y
respetar la víscera cancerosa. No retrocede ante ninguna bajeza cuando un
astro se levanta en su horizonte: persigue al mérito hasta dentro de su
tumba. Es serio, por incapacidad de reirse; le atormenta la alegría de los
satisfechos. Proclama la importancia de la solemnidad y la practica; sabe
que sus congéneres aprueban tácitamente esa hipocresía que escuda la
irremediable inferioridad de toda la especie. Tiene prejuicios aterradores: no
vacila en sacrificarles la vida de sus propios hijos, empujándoles, si es
necesario, en el mismo borde de la tumba. En la «Comedia Humana»,
Balzac pudo llamarle Pandolfo y hacerle miope á cualquiera esperanza,
ciego á todo porvenir. Como hombre mediocre es un esclavo de su miopía,
un prisionero de su tiempo.
El envidioso activo posee una elocuencia intrépida, disimulando con
niágaras de palabras su estiptiquez de ideas. Pretende sondar los abismos
del espíritu ajeno, sin haber podido nunca desenredar el propio. Es un
Horacio para alabar la mediocridad y oponerla al genio; parece poseer mil
lenguas, como el clásico monstruo rabelesiano. Por todas ellas destila su
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insidiosidad de viborezno en forma de elogio reticente, pues la viscosidad
urticante de su falso loar es el máximum de su valentía moral. Se multiplica
hasta lo infinito; tiene mil piernas y se insinúa doquiera; siembra la intriga
entre sus propios cómplices, y, llegado el caso, los traiciona. Sabiéndose de
antemano repudiado por la gloria, se refugia en esas academias donde se
empampanan de vanidad los mediocres; si alguna inexplicable paternidad
complica la quietud de su estéril madurez intelectual, podéis jurar que su
obra es fruto del esfuerzo ajeno. Y es cobarde para ser completo; vive
declamando su admiración y su cariño á los mismos que mataría con la
intención si ello fuera posible; se arrastra ante los que turban sus noches con
la aureola del ingenio luminoso, besa la mano del que le conoce y le
desprecia, se humilla ante él. Se sabe inferior; su vanidad sólo aspira á
desquitarse con las frágiles compensaciones de la zangamanga á ras de
tierra.
Á pesar de sus temperamentos heterogéneos, el destino suele agrupar á los
envidiosos en camarillas ó en círculos, sirviéndoles de argamasa el común
sufrimiento por la dicha ajena. Allí desahogan su pena íntima difamando á
los envidiados y vertiendo toda su hiel como un homenaje á la superioridad
del talento que los humilla. Son capaces de envidiar á los grandes muertos,
como si los detestaran personalmente. Hay quien envidia á Sócrates y quien
á Napoleón, creyendo igualarse á ellos rebajándolos; para eso endiosarán á
un Brunetière ó un Boulanger. Pero esos placeres malignos poco amenguan
su irreprochable desventura, que está en sufrir de toda felicidad y en
martirizarse de toda gloria. Rubens lo presintió al pintar la envidia, en un
cuadro de la Galería Medicea, sufriendo entre la pompa luminosa de la
inolvidable regencia.
El envidioso cree marchar al calvario cuando observa que otros escalan la
cumbre. Muere en el tormento de envidiar al que lo ignora ó desprecia:
gusano que se arrastra sobre el zócalo de una estatua.
Todo rumor de alas parece estremecerlo, como si fuera una burla á sus
vuelos gallináceos. Maldice la luz, sabiendo que en sus propias tinieblas no
amanecerá un solo día de gloria. ¡Si pudiera organizar una cacería de
águilas ó decretar un apagamiento de astros!
Todo lo que causa felicidad puede ser objeto de envidia. La ineptitud para
satisfacer un deseo ó hartar un apetito determina esta pasión que hace sufrir
urticante de su falso loar es el máximum de su valentía moral. Se multiplica
hasta lo infinito; tiene mil piernas y se insinúa doquiera; siembra la intriga
entre sus propios cómplices, y, llegado el caso, los traiciona. Sabiéndose de
antemano repudiado por la gloria, se refugia en esas academias donde se
empampanan de vanidad los mediocres; si alguna inexplicable paternidad
complica la quietud de su estéril madurez intelectual, podéis jurar que su
obra es fruto del esfuerzo ajeno. Y es cobarde para ser completo; vive
declamando su admiración y su cariño á los mismos que mataría con la
intención si ello fuera posible; se arrastra ante los que turban sus noches con
la aureola del ingenio luminoso, besa la mano del que le conoce y le
desprecia, se humilla ante él. Se sabe inferior; su vanidad sólo aspira á
desquitarse con las frágiles compensaciones de la zangamanga á ras de
tierra.
Á pesar de sus temperamentos heterogéneos, el destino suele agrupar á los
envidiosos en camarillas ó en círculos, sirviéndoles de argamasa el común
sufrimiento por la dicha ajena. Allí desahogan su pena íntima difamando á
los envidiados y vertiendo toda su hiel como un homenaje á la superioridad
del talento que los humilla. Son capaces de envidiar á los grandes muertos,
como si los detestaran personalmente. Hay quien envidia á Sócrates y quien
á Napoleón, creyendo igualarse á ellos rebajándolos; para eso endiosarán á
un Brunetière ó un Boulanger. Pero esos placeres malignos poco amenguan
su irreprochable desventura, que está en sufrir de toda felicidad y en
martirizarse de toda gloria. Rubens lo presintió al pintar la envidia, en un
cuadro de la Galería Medicea, sufriendo entre la pompa luminosa de la
inolvidable regencia.
El envidioso cree marchar al calvario cuando observa que otros escalan la
cumbre. Muere en el tormento de envidiar al que lo ignora ó desprecia:
gusano que se arrastra sobre el zócalo de una estatua.
Todo rumor de alas parece estremecerlo, como si fuera una burla á sus
vuelos gallináceos. Maldice la luz, sabiendo que en sus propias tinieblas no
amanecerá un solo día de gloria. ¡Si pudiera organizar una cacería de
águilas ó decretar un apagamiento de astros!
Todo lo que causa felicidad puede ser objeto de envidia. La ineptitud para
satisfacer un deseo ó hartar un apetito determina esta pasión que hace sufrir
Page 135
del bien ajeno. El criterio para valorar lo envidiado es puramente subjetivo:
cada hombre se cree la medida de los demás, según el juicio que tiene de sí
mismo.
Se sufre la envidia apropiada á las inferioridades que se sienten, sea cual
fuere su valor objetivo. El rico puede sentir emulación ó celos por la
riqueza ajena; pero envidiará el talento. La mujer bella tendrá celos de otra
hermosura; pero envidiará á las ricas. Es posible sentirse superior en cien
cosas é inferior en una sola; éste es el punto frágil por donde tienta su asalto
la envidia.
El sujeto descollante encuentra su cohorte de envidiosos en la esfera de sus
colegas más inmediatos, entre los que desearían descollar de idéntica
manera. Es un accidente inevitable de toda culminación profesional, aunque
en algunas es más célebre: los cómicos y las rameras tendrían el privilegio,
si no existiesen los médicos. La «invidia medicorum» es memorable desde
la antigüedad: la conoció Hipócrates. El arte la ha descrito con frecuencia,
para deleite de los enfermos sobrevivientes á sus drogas.
El motivo de la envidia se confunde con el de la admiración, siendo ambas
dos aspectos de un mismo fenómeno. Sólo que la admiración nace en el
fuerte y la envidia en el subalterno. Envidiar es una forma aberrante de
rendir homenaje á la superioridad ajena. El gemido que la insuficiencia
arranca á la vanidad es una forma especial de alabanza.
Toda culminación es envidiada. En la mujer la belleza. El talento y la
fortuna en el hombre. En ambos la fama y la gloria, cualquiera sea su
forma.
La envidia femenina suele ser afiligranada y perversa; la mujer da su
arañazo con uña afilada y lustrosa, muerde con dientecillos orificados,
estruja con dedos pálidos y finos. Toda maledicencia le parece escasa para
traducir su despecho; en ella debió pensar el griego Apeles cuando
representó á la Envidia guiando con mano felina á la Calumnia.
La que ha nacido bella—y la Belleza para ser completa requiere, entre otros
dones, la gracia, la pasión y la inteligencia—tiene asegurado el culto de la
envidia. Sus más nobles superioridades serán adoradas por las envidiosas;
en ellas clavarán sus incisivos, como sobre una lima, sin advertir que su
desdén las convierte en vestales de la gloria ajena. Mil lenguas viperinas le
cada hombre se cree la medida de los demás, según el juicio que tiene de sí
mismo.
Se sufre la envidia apropiada á las inferioridades que se sienten, sea cual
fuere su valor objetivo. El rico puede sentir emulación ó celos por la
riqueza ajena; pero envidiará el talento. La mujer bella tendrá celos de otra
hermosura; pero envidiará á las ricas. Es posible sentirse superior en cien
cosas é inferior en una sola; éste es el punto frágil por donde tienta su asalto
la envidia.
El sujeto descollante encuentra su cohorte de envidiosos en la esfera de sus
colegas más inmediatos, entre los que desearían descollar de idéntica
manera. Es un accidente inevitable de toda culminación profesional, aunque
en algunas es más célebre: los cómicos y las rameras tendrían el privilegio,
si no existiesen los médicos. La «invidia medicorum» es memorable desde
la antigüedad: la conoció Hipócrates. El arte la ha descrito con frecuencia,
para deleite de los enfermos sobrevivientes á sus drogas.
El motivo de la envidia se confunde con el de la admiración, siendo ambas
dos aspectos de un mismo fenómeno. Sólo que la admiración nace en el
fuerte y la envidia en el subalterno. Envidiar es una forma aberrante de
rendir homenaje á la superioridad ajena. El gemido que la insuficiencia
arranca á la vanidad es una forma especial de alabanza.
Toda culminación es envidiada. En la mujer la belleza. El talento y la
fortuna en el hombre. En ambos la fama y la gloria, cualquiera sea su
forma.
La envidia femenina suele ser afiligranada y perversa; la mujer da su
arañazo con uña afilada y lustrosa, muerde con dientecillos orificados,
estruja con dedos pálidos y finos. Toda maledicencia le parece escasa para
traducir su despecho; en ella debió pensar el griego Apeles cuando
representó á la Envidia guiando con mano felina á la Calumnia.
La que ha nacido bella—y la Belleza para ser completa requiere, entre otros
dones, la gracia, la pasión y la inteligencia—tiene asegurado el culto de la
envidia. Sus más nobles superioridades serán adoradas por las envidiosas;
en ellas clavarán sus incisivos, como sobre una lima, sin advertir que su
desdén las convierte en vestales de la gloria ajena. Mil lenguas viperinas le
Page 136
quemarán el incienso de sus críticas; las miradas oblicuas de las sufrientes
fusilarán su belleza por la espalda; las almas tristes le elevarán sus plegarias
en forma de calumnias, torvas como el remordimiento que no las detiene
pero las atosiga.
Quien haya leído la séptima metamorfosis, en el libro segundo de Ovidio,
no olvidará jamás que, á instancia de Minerva, fué Aglaura transfigurada en
roca, castigando así su envidia de Hersea, la amada de Mercurio. Allí está
escrita la más perfecta alegoría de la envidia, devorando víboras para
alimentar sus furores, como no la perfiló ningún otro poeta de la era pagana.
El hombre vulgar envidia la fortuna y las posiciones burocráticas. Cree que
ser adinerado y funcionario es el supremo ideal de los demás, partiendo de
que lo es suyo. El dinero permite al mediocre satisfacer sus vanidades más
inmediatas; el destino burocrático le asigna un sitio en el escalafón del
estado y le prepara ulteriores jubilaciones. De allí que el proletario envidie
al burgués, sin renunciar á substituirlo; por eso mismo la escala del
presupuesto es una jerarquía de envidias, perfectamente graduadas por las
cifras de las prebendas.
El talento—en todas sus formas intelectuales y morales: como dignidad,
como carácter, como energía—es el tesoro más envidiado entre los
hombres. Hay en el mediocre un sórdido afán de nivelarlo todo, un obtuso
horror á la individualización excesiva; perdona al portador de cualquier
sombra moral, perdona la cobardía, el servilismo, la mentira, la hipocresía,
la esterilidad, pero no perdona al que sale de las filas dando un paso
adelante. Basta que el talento permita descollar en la política ó en la ciencia,
en las artes ó en el amor, para que los mediocres se estremezcan de envidia.
Así se forma en torno de cada astro una nebulosa grande ó pequeña,
camarilla de maldicientes ó legión de difamadores; los envidiosos necesitan
aunar esfuerzos contra su ídolo, de igual manera que para afear una belleza
venusina aparecen por millares las pústulas de la viruela.
La dicha de los fecundos martiriza á los eunucos vertiendo en su corazón
gotas de hiel que lo amargan por toda la existencia; su dolor es la gloria
involuntaria de los otros, la sanción más indestructible de su talento en la
acción ó en el pensar. Las palabras y las muecas del envidioso se pierden en
la ciénaga donde se arrastra, como silbidos de reptiles que saludan el vuelo
sereno del águila que pasa en la altura. Sin oírlos.
fusilarán su belleza por la espalda; las almas tristes le elevarán sus plegarias
en forma de calumnias, torvas como el remordimiento que no las detiene
pero las atosiga.
Quien haya leído la séptima metamorfosis, en el libro segundo de Ovidio,
no olvidará jamás que, á instancia de Minerva, fué Aglaura transfigurada en
roca, castigando así su envidia de Hersea, la amada de Mercurio. Allí está
escrita la más perfecta alegoría de la envidia, devorando víboras para
alimentar sus furores, como no la perfiló ningún otro poeta de la era pagana.
El hombre vulgar envidia la fortuna y las posiciones burocráticas. Cree que
ser adinerado y funcionario es el supremo ideal de los demás, partiendo de
que lo es suyo. El dinero permite al mediocre satisfacer sus vanidades más
inmediatas; el destino burocrático le asigna un sitio en el escalafón del
estado y le prepara ulteriores jubilaciones. De allí que el proletario envidie
al burgués, sin renunciar á substituirlo; por eso mismo la escala del
presupuesto es una jerarquía de envidias, perfectamente graduadas por las
cifras de las prebendas.
El talento—en todas sus formas intelectuales y morales: como dignidad,
como carácter, como energía—es el tesoro más envidiado entre los
hombres. Hay en el mediocre un sórdido afán de nivelarlo todo, un obtuso
horror á la individualización excesiva; perdona al portador de cualquier
sombra moral, perdona la cobardía, el servilismo, la mentira, la hipocresía,
la esterilidad, pero no perdona al que sale de las filas dando un paso
adelante. Basta que el talento permita descollar en la política ó en la ciencia,
en las artes ó en el amor, para que los mediocres se estremezcan de envidia.
Así se forma en torno de cada astro una nebulosa grande ó pequeña,
camarilla de maldicientes ó legión de difamadores; los envidiosos necesitan
aunar esfuerzos contra su ídolo, de igual manera que para afear una belleza
venusina aparecen por millares las pústulas de la viruela.
La dicha de los fecundos martiriza á los eunucos vertiendo en su corazón
gotas de hiel que lo amargan por toda la existencia; su dolor es la gloria
involuntaria de los otros, la sanción más indestructible de su talento en la
acción ó en el pensar. Las palabras y las muecas del envidioso se pierden en
la ciénaga donde se arrastra, como silbidos de reptiles que saludan el vuelo
sereno del águila que pasa en la altura. Sin oírlos.
Page 137
III.—Los roedores de la gloria: la crítica.
Todo el que se siente capaz de crearse un destino con su talento y su
esfuerzo está inclinado á admirar el esfuerzo y el talento en los demás; el
deseo de la propia gloria no puede sentirse cohibido por el legítimo
encumbramiento ajeno. El que tiene méritos sabe lo que cuestan y los
respeta; estima en los otros lo que desearía se le estimara á él mismo. El
mediocre ignora esa admiración abierta; muchas veces se resigna á aceptar
el triunfo que desborda las restricciones de su envidia. Pero aceptar no es
amar. Resignarse no es admirar.
Los espíritus alicortos son malévolos; los grandes ingenios son admirativos.
Éstos saben que los dones naturales no se transmutan en talento ó en genio
sin un esfuerzo, que es la medida de su mérito. Saben que cada paso hacia
la gloria ha costado trabajos y vigilias, meditaciones hondas, tanteos sin fin,
consagración tenaz, á ese pintor, á ese poeta, á ese filósofo, á ese sabio; y
comprenden que ellos han consumido acaso su organismo, envejeciendo
prematuramente; y la biografía de los grandes hombres les enseña que
muchos renunciaron al reposo ó al pan, sacrificando el uno y el otro á ganar
tiempo ó comprar un libro para iluminar sus reflecciones. Esa conciencia de
lo que el mérito importa, lo hace respetable. El envidioso, que lo ignora, ve
el resultado á que otros llegan y él no, sin sospechar de cuantas espinas está
sembrado el camino de la gloria.
Todo escritor mediocre es candidato á criticastro. La incapacidad de crear le
empuja á destruir. Su falta de inspiración le induce á rumiar el talento ajeno,
empañándolo con especiosidades que denuncian su irreparable ultimidad.
Los grandes ingenios son ecuánimes para criticar á sus iguales, como si
reconocieran en ellos una consanguineidad en línea directa; en el émulo no
ven nunca un rival. Los grandes críticos son óptimos autores que escriben
sobre temas propuestos por otros, como los versificadores con pie forzado;
la obra ajena es una ocasión para exhibir las ideas propias. El verdadero
crítico enriquece las obras que estudia y en todo lo que toca deja un rastro
de su personalidad.
Los criticastros son, de instinto, enemigos de la obra; desean achicarla por
la simple razón de que ellos no la han escrito. Ni sabrían escribirla cuando
el criticado les contestara: hazla mejor. Tienen las manos trabadas por la
Todo el que se siente capaz de crearse un destino con su talento y su
esfuerzo está inclinado á admirar el esfuerzo y el talento en los demás; el
deseo de la propia gloria no puede sentirse cohibido por el legítimo
encumbramiento ajeno. El que tiene méritos sabe lo que cuestan y los
respeta; estima en los otros lo que desearía se le estimara á él mismo. El
mediocre ignora esa admiración abierta; muchas veces se resigna á aceptar
el triunfo que desborda las restricciones de su envidia. Pero aceptar no es
amar. Resignarse no es admirar.
Los espíritus alicortos son malévolos; los grandes ingenios son admirativos.
Éstos saben que los dones naturales no se transmutan en talento ó en genio
sin un esfuerzo, que es la medida de su mérito. Saben que cada paso hacia
la gloria ha costado trabajos y vigilias, meditaciones hondas, tanteos sin fin,
consagración tenaz, á ese pintor, á ese poeta, á ese filósofo, á ese sabio; y
comprenden que ellos han consumido acaso su organismo, envejeciendo
prematuramente; y la biografía de los grandes hombres les enseña que
muchos renunciaron al reposo ó al pan, sacrificando el uno y el otro á ganar
tiempo ó comprar un libro para iluminar sus reflecciones. Esa conciencia de
lo que el mérito importa, lo hace respetable. El envidioso, que lo ignora, ve
el resultado á que otros llegan y él no, sin sospechar de cuantas espinas está
sembrado el camino de la gloria.
Todo escritor mediocre es candidato á criticastro. La incapacidad de crear le
empuja á destruir. Su falta de inspiración le induce á rumiar el talento ajeno,
empañándolo con especiosidades que denuncian su irreparable ultimidad.
Los grandes ingenios son ecuánimes para criticar á sus iguales, como si
reconocieran en ellos una consanguineidad en línea directa; en el émulo no
ven nunca un rival. Los grandes críticos son óptimos autores que escriben
sobre temas propuestos por otros, como los versificadores con pie forzado;
la obra ajena es una ocasión para exhibir las ideas propias. El verdadero
crítico enriquece las obras que estudia y en todo lo que toca deja un rastro
de su personalidad.
Los criticastros son, de instinto, enemigos de la obra; desean achicarla por
la simple razón de que ellos no la han escrito. Ni sabrían escribirla cuando
el criticado les contestara: hazla mejor. Tienen las manos trabadas por la
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cinta métrica; su afán de medir á los demás responde al sueño de rebajarlos
hasta su propia medida. Son, por definición, prestamistas, parásitos, viven
de lo ajeno; cuando un gran escritor es erudito se lo reprochan como una
falta de originalidad y si emplea una frase que usaron otros le llaman
plagiario, olvidando que nunca lo es quien señala las fuentes de su
sabiduría.
El criticastro mediocre es incapaz de enhilar tres ideas fuera del hilo que la
rutina le enhebra; su oronda ignorancia le obliga á confundir el mármol con
la chiscarra y la voz con el falsete, inclinándole á suponer que todo escritor
original es un heresiarca. Los intelectos mediocres darían lo que no tienen
por saber escribir tanto como baste para afiliarse á la crítica. Es el sueño de
los que no pueden crear. Permite una maledicencia medrosa y que no
compromete, hecha de mendacidad prudente, restringiendo las
perversidades para que resulten más agudas, sacando aquí una migaja y
dando allí un arañazo, velando todo lo que puede ser objeto de admiración,
rebajando siempre con la oculta esperanza de que puedan aparecer á un
mismo nivel los críticos y los criticados. El escritor original sabe que
atormenta á los mediocres, aguzándoles ese instinto que los torna
heliófobos ante el brillo ajeno; esa desesperación de los fracasados es el
laurel que mejor premia su luminosa inquietud. Á la gloria de un Homero
llega siempre apareada la ridiculez de un Zoilo.
En cada género de actividad intelectual fermentan estos seculares verdugos
de la originalidad: no perdonan al que incuba en su cerebro esa larva
sediciosa. Viven para mancillarlo, sueñan su exterminio, conspiran con una
intemperancia de terroristas y esgrimen sórdidas armas que harían sonrojar
á un paquidermo. Ven un peligro en cada astro y una amenaza en cada
gesto; tiemblan pensando que existen hombres originales é indisciplinados,
capaces de subvertir rutinas y prejuicios, de encender nuevos planetas en el
cielo, de arrancar su fuerza á los rayos y á las cataratas, de infiltrar nuevos
ideales á las razas envejecidas, de suprimir la distancia, de violar la
gravedad, de estremecer á los gobiernos...
Cuando se eleva un astro ellos asoman en todos los puntos cardinales para
cantarle el homenaje involuntario de su difamación. Aparecen por docenas,
por millares, como liliputienses en torno de un gigante. Los contrabajistas
de arrabal oprobiarán la gloria de los supremos sinfonistas. Gacetilleros
anodinos consumarán bibliografías sobre algún lejano pensador que los
hasta su propia medida. Son, por definición, prestamistas, parásitos, viven
de lo ajeno; cuando un gran escritor es erudito se lo reprochan como una
falta de originalidad y si emplea una frase que usaron otros le llaman
plagiario, olvidando que nunca lo es quien señala las fuentes de su
sabiduría.
El criticastro mediocre es incapaz de enhilar tres ideas fuera del hilo que la
rutina le enhebra; su oronda ignorancia le obliga á confundir el mármol con
la chiscarra y la voz con el falsete, inclinándole á suponer que todo escritor
original es un heresiarca. Los intelectos mediocres darían lo que no tienen
por saber escribir tanto como baste para afiliarse á la crítica. Es el sueño de
los que no pueden crear. Permite una maledicencia medrosa y que no
compromete, hecha de mendacidad prudente, restringiendo las
perversidades para que resulten más agudas, sacando aquí una migaja y
dando allí un arañazo, velando todo lo que puede ser objeto de admiración,
rebajando siempre con la oculta esperanza de que puedan aparecer á un
mismo nivel los críticos y los criticados. El escritor original sabe que
atormenta á los mediocres, aguzándoles ese instinto que los torna
heliófobos ante el brillo ajeno; esa desesperación de los fracasados es el
laurel que mejor premia su luminosa inquietud. Á la gloria de un Homero
llega siempre apareada la ridiculez de un Zoilo.
En cada género de actividad intelectual fermentan estos seculares verdugos
de la originalidad: no perdonan al que incuba en su cerebro esa larva
sediciosa. Viven para mancillarlo, sueñan su exterminio, conspiran con una
intemperancia de terroristas y esgrimen sórdidas armas que harían sonrojar
á un paquidermo. Ven un peligro en cada astro y una amenaza en cada
gesto; tiemblan pensando que existen hombres originales é indisciplinados,
capaces de subvertir rutinas y prejuicios, de encender nuevos planetas en el
cielo, de arrancar su fuerza á los rayos y á las cataratas, de infiltrar nuevos
ideales á las razas envejecidas, de suprimir la distancia, de violar la
gravedad, de estremecer á los gobiernos...
Cuando se eleva un astro ellos asoman en todos los puntos cardinales para
cantarle el homenaje involuntario de su difamación. Aparecen por docenas,
por millares, como liliputienses en torno de un gigante. Los contrabajistas
de arrabal oprobiarán la gloria de los supremos sinfonistas. Gacetilleros
anodinos consumarán bibliografías sobre algún lejano pensador que los
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ignora. Muchos que en vano han intentado acertar una mancha de color,
dejarán caer su chorro de prosa como si un robinete de pus se abriera sobre
telas que vivirán en los siglos. Cualquier promiscuador de palabras
enfestará contra el que no sea un panarra ó un pravo. Las mujeres feas
demostrarán que la belleza es repulsiva y las viejas sostendrán que la
juventud es insensata; vengarán su desgracia en el amor diciendo que la
castidad es suprema entre todas las virtudes, cuando ya en vano se harían
biltroteras para ofrecer la propia á los transeúntes. Y los demás, todos en
coro, repetirán que el genio, la santidad y el heroísmo son aberraciones,
locura, epilepsia, degeneración, negarán el ingenio, la virtud y la dignidad,
pondrán á esos talentos por debajo de su propia penumbra, sin advertir que
donde el genio se resobra el mediocre no llega. Si á éste le dieran á elegir
entre ser Shakespeare ó Sarcey no vacilaría un minuto: murmuraría del
primero con la firma del segundo.
Los espíritus rutinarios son rebeldes á la admiración: no reconocen el fuego
de los astros porque nunca han tenido en sí una chispa. Jamás se entregan
de buena fe á los ideales ó las pasiones que les toman del corazón; prefieren
oponerles mil razonamientos para privarse del placer de admirarlos.
Confundirán todo lo equívoco con todo lo cristalino, la mansedumbre con la
dignidad, la honestidad con la virtud, la vanidad con el orgullo, rebajando
todo ideal hasta las bajas intenciones que supuran en sus cerebros
impropios. Desmenuzarán todo lo bello, olvidando que el trigo molido en
harina no puede ya germinar en áureas espigas, frente al sol. «Es un gran
signo de mediocridad—dijo Leibnitz—elogiar siempre moderadamente.»
Pascal decía que los espíritus vulgares no encuentran diferencias entre los
hombres: se descubren más tipos originales á medida que se posee mayor
ingenio. El verdadero mediocre es parvificente; admira un poco todas las
cosas, pero nada le merece una admiración decidida. El que no admira lo
mejor, no puede mejorar. El que ve los defectos y no las bellezas, las culpas
y no los méritos, las discordancias y no las armonías, muere en el bajo nivel
donde vejeta con la ilusión de ser un crítico. Los que no saben admirar no
tienen porvenir, están inhabilitados para ascender hacia una perfección
ideal. Es una cobardía aplacar la admiración; hay que cultivarla como un
fuego sagrado, evitando que la envidia la cubra con su pátina ignominiosa.
La maledicencia escrita es inofensiva. El tiempo es un sepulturero
ecuánime: entierra en una misma fosa á los críticos injustos y á los malos
dejarán caer su chorro de prosa como si un robinete de pus se abriera sobre
telas que vivirán en los siglos. Cualquier promiscuador de palabras
enfestará contra el que no sea un panarra ó un pravo. Las mujeres feas
demostrarán que la belleza es repulsiva y las viejas sostendrán que la
juventud es insensata; vengarán su desgracia en el amor diciendo que la
castidad es suprema entre todas las virtudes, cuando ya en vano se harían
biltroteras para ofrecer la propia á los transeúntes. Y los demás, todos en
coro, repetirán que el genio, la santidad y el heroísmo son aberraciones,
locura, epilepsia, degeneración, negarán el ingenio, la virtud y la dignidad,
pondrán á esos talentos por debajo de su propia penumbra, sin advertir que
donde el genio se resobra el mediocre no llega. Si á éste le dieran á elegir
entre ser Shakespeare ó Sarcey no vacilaría un minuto: murmuraría del
primero con la firma del segundo.
Los espíritus rutinarios son rebeldes á la admiración: no reconocen el fuego
de los astros porque nunca han tenido en sí una chispa. Jamás se entregan
de buena fe á los ideales ó las pasiones que les toman del corazón; prefieren
oponerles mil razonamientos para privarse del placer de admirarlos.
Confundirán todo lo equívoco con todo lo cristalino, la mansedumbre con la
dignidad, la honestidad con la virtud, la vanidad con el orgullo, rebajando
todo ideal hasta las bajas intenciones que supuran en sus cerebros
impropios. Desmenuzarán todo lo bello, olvidando que el trigo molido en
harina no puede ya germinar en áureas espigas, frente al sol. «Es un gran
signo de mediocridad—dijo Leibnitz—elogiar siempre moderadamente.»
Pascal decía que los espíritus vulgares no encuentran diferencias entre los
hombres: se descubren más tipos originales á medida que se posee mayor
ingenio. El verdadero mediocre es parvificente; admira un poco todas las
cosas, pero nada le merece una admiración decidida. El que no admira lo
mejor, no puede mejorar. El que ve los defectos y no las bellezas, las culpas
y no los méritos, las discordancias y no las armonías, muere en el bajo nivel
donde vejeta con la ilusión de ser un crítico. Los que no saben admirar no
tienen porvenir, están inhabilitados para ascender hacia una perfección
ideal. Es una cobardía aplacar la admiración; hay que cultivarla como un
fuego sagrado, evitando que la envidia la cubra con su pátina ignominiosa.
La maledicencia escrita es inofensiva. El tiempo es un sepulturero
ecuánime: entierra en una misma fosa á los críticos injustos y á los malos
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autores. La mediocridad acosa colectivamente á los originales; siendo éstos
contados y aquella innumerable, el número y la complicidad pueden
contrastar el éxito: pero no consiguen impedir la gloria. Mientras los
criticastros murmuran, el genio crece; á la larga aquéllos quedan oprimidos
y éste siente deseos de compadecerlos, para impedir que sigan muriendo á
fuego lento.
El verdadero castigo de los críticos está en la muda sonrisa de los
pensadores. El que critica á un alto espíritu tiende la mano esperando una
limosna de celebridad; basta ignorarle y dejarle con la mano tendida,
negándole la notoriedad que le conferiría el desdén. El silencio del genio
mata al mediocre; su indiferencia le asfixia. Algunas veces supone que le
han tomado en cuenta y que se advierte su presencia; sueña que le han
nombrado, aludido, refutado, injuriado. Pero todo es un simple sueño; debe
resignarse á envidiar desde la penumbra, de donde no le saca el hombre
superior. El que tiene conciencia de su mérito no se presta á inflar la
vanidad del primer indigente que le sale al paso pretendiendo distraerle,
obligándole á perder su tiempo; elije sus adversarios entre sus iguales, entre
sus condignos. Los hombres superiores pueden inmortalizar con una
palabra á sus lacayos ó á sus sicarios. Hay que evitar esa palabra; de
muchos criticastros sólo tenemos noticia porque algún genio los honró con
su desprecio.
IV.—Una escena dantesca: su castigo.
El castigo de los envidiosos estaría en cubrirlos de favores, para hacerles
sentir que su envidia es recibida como un homenaje y no como un
estiletazo; los bienes que el envidioso recibe constituyen su más
desesperante humillación. Si no es posible agasajarle, es necesario
ignorarle; tomar cuenta de su infamia sería hacerle favor.
El envidioso es la primera víctima de su propio veneno; la envidia le devora
como el cáncer á la víscera, le ahoga como la hiedra á la encina. Por eso el
Poussin, en una tela admirable, pintó á este monstruo mordiéndose los
brazos y sacudiendo la cabellera de serpientes que le amenazan sin cesar.
Dante consideró á los envidiosos indignos del infierno. En la sabia
distribución de penas y castigos los recluyó en el purgatorio, lo que se
contados y aquella innumerable, el número y la complicidad pueden
contrastar el éxito: pero no consiguen impedir la gloria. Mientras los
criticastros murmuran, el genio crece; á la larga aquéllos quedan oprimidos
y éste siente deseos de compadecerlos, para impedir que sigan muriendo á
fuego lento.
El verdadero castigo de los críticos está en la muda sonrisa de los
pensadores. El que critica á un alto espíritu tiende la mano esperando una
limosna de celebridad; basta ignorarle y dejarle con la mano tendida,
negándole la notoriedad que le conferiría el desdén. El silencio del genio
mata al mediocre; su indiferencia le asfixia. Algunas veces supone que le
han tomado en cuenta y que se advierte su presencia; sueña que le han
nombrado, aludido, refutado, injuriado. Pero todo es un simple sueño; debe
resignarse á envidiar desde la penumbra, de donde no le saca el hombre
superior. El que tiene conciencia de su mérito no se presta á inflar la
vanidad del primer indigente que le sale al paso pretendiendo distraerle,
obligándole á perder su tiempo; elije sus adversarios entre sus iguales, entre
sus condignos. Los hombres superiores pueden inmortalizar con una
palabra á sus lacayos ó á sus sicarios. Hay que evitar esa palabra; de
muchos criticastros sólo tenemos noticia porque algún genio los honró con
su desprecio.
IV.—Una escena dantesca: su castigo.
El castigo de los envidiosos estaría en cubrirlos de favores, para hacerles
sentir que su envidia es recibida como un homenaje y no como un
estiletazo; los bienes que el envidioso recibe constituyen su más
desesperante humillación. Si no es posible agasajarle, es necesario
ignorarle; tomar cuenta de su infamia sería hacerle favor.
El envidioso es la primera víctima de su propio veneno; la envidia le devora
como el cáncer á la víscera, le ahoga como la hiedra á la encina. Por eso el
Poussin, en una tela admirable, pintó á este monstruo mordiéndose los
brazos y sacudiendo la cabellera de serpientes que le amenazan sin cesar.
Dante consideró á los envidiosos indignos del infierno. En la sabia
distribución de penas y castigos los recluyó en el purgatorio, lo que se
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aviene á su condición mediocre.
Yacen acoquinados en un círculo de piedra cenicienta, sentados junto á un
paredón lívido como sus caras llorosas, cubiertos por cilicios, formando un
panorama de cementerio viviente. El sol les niega su luz: tienen los ojos
cosidos con alambres, porque nunca pudieron ver el bien del prójimo. Habla
por ellos la noble Sapía, desterrada por sus conciudadanos; fué tal su
envidia, que sintió loco regocijo cuando ellos fueron derrotados por los
florentinos. Y hablan otros, con voces trágicas, mientras lejanos fragores de
trueno recuerdan la palabra que Caín pronunció después de matar á Abel.
Porque el primer asesino de la leyenda bíblica tenía que ser un envidioso.
Llevan todos el castigo en su culpa. El espartano Antistenes, al saber que le
envidiaban, contestó con acierto: peor para ellos, tendrán que sufrir el doble
tormento de sus males y de mis bienes. Los únicos gananciosos son los
envidiados; es satisfactorio sentirse adorar de rodillas.
Es necesario provocar la envidia, estimularla, acosarla, para tener la dicha
de escuchar sus plegarias. No ser envidiado es una garantía inequívoca de
mediocridad.
Yacen acoquinados en un círculo de piedra cenicienta, sentados junto á un
paredón lívido como sus caras llorosas, cubiertos por cilicios, formando un
panorama de cementerio viviente. El sol les niega su luz: tienen los ojos
cosidos con alambres, porque nunca pudieron ver el bien del prójimo. Habla
por ellos la noble Sapía, desterrada por sus conciudadanos; fué tal su
envidia, que sintió loco regocijo cuando ellos fueron derrotados por los
florentinos. Y hablan otros, con voces trágicas, mientras lejanos fragores de
trueno recuerdan la palabra que Caín pronunció después de matar á Abel.
Porque el primer asesino de la leyenda bíblica tenía que ser un envidioso.
Llevan todos el castigo en su culpa. El espartano Antistenes, al saber que le
envidiaban, contestó con acierto: peor para ellos, tendrán que sufrir el doble
tormento de sus males y de mis bienes. Los únicos gananciosos son los
envidiados; es satisfactorio sentirse adorar de rodillas.
Es necesario provocar la envidia, estimularla, acosarla, para tener la dicha
de escuchar sus plegarias. No ser envidiado es una garantía inequívoca de
mediocridad.
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LA VEJEZ NIVELADORA
I. LAS CANAS.—II. ETAPAS DE LA DECADENCIA.—III. LA
BANCARROTA DE LOS INGENIOS.—IV. LA PSICOLOGÍA DE
LA VEJEZ.—V. VIRTUD DE LA IMPOTENCIA.
I.—Las canas.
Encanecer es una cosa muy triste; las canas son un mensaje de la Naturaleza
que nos advierte la proximidad del crepúsculo. Y no hay remedio.
Arrancarse la primera—¿quién no lo hace?—es como quitar el badajo á la
campana que toca el Angelus, pretendiendo con ello prolongar el día.
Las canas visibles corresponden á otras más graves que no vemos; el
cerebro y el corazón, todo el espíritu y toda la ternura, encanecen al mismo
tiempo que la cabellera. El alma de fuego bajo la ceniza de los años es una
metáfora literaria, desgraciadamente incierta. La ceniza ahoga á la llama y
protege á la brasa. El ingenio es la llama; la brasa es la mediocridad.
Las verdades generales no son irrespetuosas; dejan entreabierta una rendija
por donde escapan las excepciones particulares. ¿Por qué no decir la
conclusión desconsoladora? Ser viejo es ser mediocre, con rara excepción.
La máxima desdicha de un hombre superior es sobrevivirse á sí mismo,
nivelándose con los demás. ¡Cuántos se suicidarían si pudieran advertir ese
pasaje terrible del hombre que piensa al hombre que vegeta, del que empuja
al que es arrastrado, del que ara surcos nuevos al que se esclaviza en las
huellas de la rutina! Vejez y mediocridad suelen ser desdichas paralelas.
El «genio y figura, hasta la sepultura», es una excepción muy rara en los
hombres de ingenio excelente, si son longevos; suele confirmarse cuando
mueren á tiempo, antes de que la fatal opacidad crepuscular empañe los
I. LAS CANAS.—II. ETAPAS DE LA DECADENCIA.—III. LA
BANCARROTA DE LOS INGENIOS.—IV. LA PSICOLOGÍA DE
LA VEJEZ.—V. VIRTUD DE LA IMPOTENCIA.
I.—Las canas.
Encanecer es una cosa muy triste; las canas son un mensaje de la Naturaleza
que nos advierte la proximidad del crepúsculo. Y no hay remedio.
Arrancarse la primera—¿quién no lo hace?—es como quitar el badajo á la
campana que toca el Angelus, pretendiendo con ello prolongar el día.
Las canas visibles corresponden á otras más graves que no vemos; el
cerebro y el corazón, todo el espíritu y toda la ternura, encanecen al mismo
tiempo que la cabellera. El alma de fuego bajo la ceniza de los años es una
metáfora literaria, desgraciadamente incierta. La ceniza ahoga á la llama y
protege á la brasa. El ingenio es la llama; la brasa es la mediocridad.
Las verdades generales no son irrespetuosas; dejan entreabierta una rendija
por donde escapan las excepciones particulares. ¿Por qué no decir la
conclusión desconsoladora? Ser viejo es ser mediocre, con rara excepción.
La máxima desdicha de un hombre superior es sobrevivirse á sí mismo,
nivelándose con los demás. ¡Cuántos se suicidarían si pudieran advertir ese
pasaje terrible del hombre que piensa al hombre que vegeta, del que empuja
al que es arrastrado, del que ara surcos nuevos al que se esclaviza en las
huellas de la rutina! Vejez y mediocridad suelen ser desdichas paralelas.
El «genio y figura, hasta la sepultura», es una excepción muy rara en los
hombres de ingenio excelente, si son longevos; suele confirmarse cuando
mueren á tiempo, antes de que la fatal opacidad crepuscular empañe los
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deslumbramientos del espíritu. En general, si mueren tarde, una pausada
neblina comienza á velar su mente con los achaques de la vejez; si la
muerte se empeña en no venir, los genios tórnanse extraños á sí mismos,
supervivencia que los lleva á no comprender su propia obra. Les sucede
como á un astrónomo que perdiera su telescopio y acabara por dudar de sus
anteriores descubrimientos, al verse imposibilitado para confirmarlos á
simple vista.
La decadencia del hombre que envejece está representada por una regresión
sistemática de la intelectualidad. Al principio la vejez mediocriza á todo
hombre superior; más tarde la decrepitud inferioriza al viejo ya mediocre.
Tal afirmación es un simple corolario de verdades biológicas. La
personalidad humana es una formación continua, no una entidad fija; se
organiza y se desorganiza, evoluciona é involuciona, crece y se amengua, se
intensifica y se agota. Hay un momento en que alcanza su máxima plenitud;
después de esa época es incapaz de acrecentarse y pronto suelen advertirse
los síntomas iniciales del descenso, los parpadeos de la llama interior que se
apaga.
Cuando el cuerpo se niega á servir todas nuestras intenciones y deseos, ó
cuando éstos son medidos en previsión de fracasos posibles, podemos
afirmar que ha comenzado la vejez. Detenerse á meditar una intención es
matarla; el hielo invade traidoramente el corazón y la personalidad más
libre se amansa y domestica. La rutina es el estigma mental de la vejez; el
ahorro es su estigma social. El hombre envejece cuando el cálculo utilitario
reemplaza á la alegría juvenil. Quien se pone á mirar si lo que tiene le
bastará para todo su porvenir posible, ya no es joven; cuando opina que es
preferible tener de más á tener de menos, está viejo; cuando su afán de
poseer excede á su posibilidad de vivir, ya está moralmente decrépito. La
avaricia es una exaltación de sentimientos egoístas propios de la vejez.
Muchos siglos antes de estudiarla Ribot y Rogues de Fursac, el propio
Cicerón escribió palabras definitivas: «Nunca he oído decir que un viejo
haya olvidado el sitio en que había ocultado su tesoro.» (De Senectute, c. 7).
Y debe ser verdad, si tal dijo quien se propuso defender los fueros y alegrías
de la vejez.
Las canas son avaras y la avaricia es un árbol estéril: la humanidad
perecería si tuviese que alimentarse de sus frutos. La moral burguesa del
neblina comienza á velar su mente con los achaques de la vejez; si la
muerte se empeña en no venir, los genios tórnanse extraños á sí mismos,
supervivencia que los lleva á no comprender su propia obra. Les sucede
como á un astrónomo que perdiera su telescopio y acabara por dudar de sus
anteriores descubrimientos, al verse imposibilitado para confirmarlos á
simple vista.
La decadencia del hombre que envejece está representada por una regresión
sistemática de la intelectualidad. Al principio la vejez mediocriza á todo
hombre superior; más tarde la decrepitud inferioriza al viejo ya mediocre.
Tal afirmación es un simple corolario de verdades biológicas. La
personalidad humana es una formación continua, no una entidad fija; se
organiza y se desorganiza, evoluciona é involuciona, crece y se amengua, se
intensifica y se agota. Hay un momento en que alcanza su máxima plenitud;
después de esa época es incapaz de acrecentarse y pronto suelen advertirse
los síntomas iniciales del descenso, los parpadeos de la llama interior que se
apaga.
Cuando el cuerpo se niega á servir todas nuestras intenciones y deseos, ó
cuando éstos son medidos en previsión de fracasos posibles, podemos
afirmar que ha comenzado la vejez. Detenerse á meditar una intención es
matarla; el hielo invade traidoramente el corazón y la personalidad más
libre se amansa y domestica. La rutina es el estigma mental de la vejez; el
ahorro es su estigma social. El hombre envejece cuando el cálculo utilitario
reemplaza á la alegría juvenil. Quien se pone á mirar si lo que tiene le
bastará para todo su porvenir posible, ya no es joven; cuando opina que es
preferible tener de más á tener de menos, está viejo; cuando su afán de
poseer excede á su posibilidad de vivir, ya está moralmente decrépito. La
avaricia es una exaltación de sentimientos egoístas propios de la vejez.
Muchos siglos antes de estudiarla Ribot y Rogues de Fursac, el propio
Cicerón escribió palabras definitivas: «Nunca he oído decir que un viejo
haya olvidado el sitio en que había ocultado su tesoro.» (De Senectute, c. 7).
Y debe ser verdad, si tal dijo quien se propuso defender los fueros y alegrías
de la vejez.
Las canas son avaras y la avaricia es un árbol estéril: la humanidad
perecería si tuviese que alimentarse de sus frutos. La moral burguesa del
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ahorro ha envilecido á generaciones y pueblos enteros; hay graves peligros
en predicarla; esa pasión de coleccionar bienes que no se disfrutan se
acrecienta con los años, al revés de las otras. El que es maniestrecho en la
juventud llega hasta asesinar por dinero en la vejez. La avaricia seca el
corazón, lo cierra á la fe, al amor, á la esperanza, al ideal. Si un avaro
poseyera el sol, dejaría el universo á obscuras para evitar que su tesoro se
gastase. Además de aferrarse á lo que tiene, el avaro se desespera por tener
más, sin límite; es más miserable cuanto más tiene; para soterrar talegas que
no disfruta, renuncia á la dignidad ó al bienestar; ese afán de perseguir lo
que no gozará nunca constituye la más siniestra de las miserias.
La avaricia iguala á la envidia. Es la pústula moral de los corazones
envejecidos.
II.—Etapas de la decadencia.
La personalidad individual se constituye por sobreposiciones sucesivas de
la experiencia. Se ha señalado una «estratificación del carácter»; la palabra
es exacta y merece conservarse para ulteriores desenvolvimientos.
En sus capas primitivas y fundamentales yacen las inclinaciones recibidas
hereditariamente de los antepasados: la «mentalidad de la especie». En las
capas medianas encuéntranse las sugestiones educativas de la sociedad: la
«mentalidad social». En las capas superiores florecen las variaciones y
perfeccionamientos recientes de cada uno, los rasgos personales que no son
patrimonio colectivo: la «mentalidad individual».
Así como en las formaciones geológicas las sedimentaciones más profundas
contienen los fósiles más antiguos, las primitivas bases de la personalidad
individual guardan celosamente el capital común á la especie y á la
sociedad. Cuando los estratos recientemente constituidos van
desapareciendo por obra de la vejez, el psicólogo comienza á descubrir la
mentalidad del mediocre, del niño y del salvaje, cuyas vulgaridades,
simplezas y atavismos reaparecen á medida que las canas van reemplazando
á los cabellos.
Inferior, mediocre ó superior, todo hombre adulto atraviesa un período
estacionario, durante el cual perfecciona sus aptitudes adquiridas, pero no
en predicarla; esa pasión de coleccionar bienes que no se disfrutan se
acrecienta con los años, al revés de las otras. El que es maniestrecho en la
juventud llega hasta asesinar por dinero en la vejez. La avaricia seca el
corazón, lo cierra á la fe, al amor, á la esperanza, al ideal. Si un avaro
poseyera el sol, dejaría el universo á obscuras para evitar que su tesoro se
gastase. Además de aferrarse á lo que tiene, el avaro se desespera por tener
más, sin límite; es más miserable cuanto más tiene; para soterrar talegas que
no disfruta, renuncia á la dignidad ó al bienestar; ese afán de perseguir lo
que no gozará nunca constituye la más siniestra de las miserias.
La avaricia iguala á la envidia. Es la pústula moral de los corazones
envejecidos.
II.—Etapas de la decadencia.
La personalidad individual se constituye por sobreposiciones sucesivas de
la experiencia. Se ha señalado una «estratificación del carácter»; la palabra
es exacta y merece conservarse para ulteriores desenvolvimientos.
En sus capas primitivas y fundamentales yacen las inclinaciones recibidas
hereditariamente de los antepasados: la «mentalidad de la especie». En las
capas medianas encuéntranse las sugestiones educativas de la sociedad: la
«mentalidad social». En las capas superiores florecen las variaciones y
perfeccionamientos recientes de cada uno, los rasgos personales que no son
patrimonio colectivo: la «mentalidad individual».
Así como en las formaciones geológicas las sedimentaciones más profundas
contienen los fósiles más antiguos, las primitivas bases de la personalidad
individual guardan celosamente el capital común á la especie y á la
sociedad. Cuando los estratos recientemente constituidos van
desapareciendo por obra de la vejez, el psicólogo comienza á descubrir la
mentalidad del mediocre, del niño y del salvaje, cuyas vulgaridades,
simplezas y atavismos reaparecen á medida que las canas van reemplazando
á los cabellos.
Inferior, mediocre ó superior, todo hombre adulto atraviesa un período
estacionario, durante el cual perfecciona sus aptitudes adquiridas, pero no
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adquiere nuevas. Más tarde la inteligencia entra á su ocaso.
Las funciones del organismo empiezan á decaer á cierta edad. Esas
declinaciones corresponden á inevitables procesos histológicos de regresión
orgánica. Las funciones mentales, lo mismo que las otras, decaen cuando
comienzan á enmohecerse los engranajes celulares de nuestros centros
nerviosos.
Es evidente que el individuo ignora su propio crepúsculo: ningún viejo
admite que su inteligencia haya disminuído. El que esto escribe hoy, creerá,
probablemente, lo contrario cuando tenga más de sesenta años. Pero
objetivamente considerado, el hecho es indiscutible, aunque podrá haber
discrepancia para señalar límites generales á la edad en que la vejez
desvencija nuestros resortes. Se comprende que para esta función, como
para todas las demás del organismo, la edad de envejecer difiere de
individuo á individuo; los sistemas orgánicos en que se inicia la involución
son distintos en cada uno. Hay quien envejece antes por sus órganos
digestivos, circulatorios ó psíquicos; y hay quien conserva íntegras algunas
de sus funciones hasta más allá de los límites comunes. La longevidad
mental es un accidente; no es la regla.
La vejez inequívoca es la que pone más arrugas en el espíritu que en la
frente. La juventud no es simple cuestión de estado civil y puede sobrevivir
á alguna cana: es un don de vida expresiva y febril. Muchos adolescentes no
lo tienen y algunos viejos desbordan de él. Hay hombres que nunca han
sido jóvenes; en sus corazones, prematuramente agostados, no encontraron
calor las opiniones extremas ni aliento las exageraciones románticas. En
esos mediocres, la única precocidad es la vejez. Hay, en cambio, espíritus
de excepción que guardan algunas originalidades hasta sus años últimos,
envejeciendo tardíamente. Pero, en unos antes y en otros después, despacio
ó de prisa, el tiempo consuma su obra y transforma nuestras ideas,
sentimientos, pasiones, energías, según el antiguo decir de Boileau: «El
tiempo, que cambia todo, cambia también nuestros humores».
El proceso de involución intelectual sigue el mismo curso que el de su
organización, pero invertido. Primero desaparece la «mentalidad
individual», más tarde la «mentalidad social», y, por último, la «mentalidad
de la especie».
Las funciones del organismo empiezan á decaer á cierta edad. Esas
declinaciones corresponden á inevitables procesos histológicos de regresión
orgánica. Las funciones mentales, lo mismo que las otras, decaen cuando
comienzan á enmohecerse los engranajes celulares de nuestros centros
nerviosos.
Es evidente que el individuo ignora su propio crepúsculo: ningún viejo
admite que su inteligencia haya disminuído. El que esto escribe hoy, creerá,
probablemente, lo contrario cuando tenga más de sesenta años. Pero
objetivamente considerado, el hecho es indiscutible, aunque podrá haber
discrepancia para señalar límites generales á la edad en que la vejez
desvencija nuestros resortes. Se comprende que para esta función, como
para todas las demás del organismo, la edad de envejecer difiere de
individuo á individuo; los sistemas orgánicos en que se inicia la involución
son distintos en cada uno. Hay quien envejece antes por sus órganos
digestivos, circulatorios ó psíquicos; y hay quien conserva íntegras algunas
de sus funciones hasta más allá de los límites comunes. La longevidad
mental es un accidente; no es la regla.
La vejez inequívoca es la que pone más arrugas en el espíritu que en la
frente. La juventud no es simple cuestión de estado civil y puede sobrevivir
á alguna cana: es un don de vida expresiva y febril. Muchos adolescentes no
lo tienen y algunos viejos desbordan de él. Hay hombres que nunca han
sido jóvenes; en sus corazones, prematuramente agostados, no encontraron
calor las opiniones extremas ni aliento las exageraciones románticas. En
esos mediocres, la única precocidad es la vejez. Hay, en cambio, espíritus
de excepción que guardan algunas originalidades hasta sus años últimos,
envejeciendo tardíamente. Pero, en unos antes y en otros después, despacio
ó de prisa, el tiempo consuma su obra y transforma nuestras ideas,
sentimientos, pasiones, energías, según el antiguo decir de Boileau: «El
tiempo, que cambia todo, cambia también nuestros humores».
El proceso de involución intelectual sigue el mismo curso que el de su
organización, pero invertido. Primero desaparece la «mentalidad
individual», más tarde la «mentalidad social», y, por último, la «mentalidad
de la especie».
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La vejez comienza por hacer de todo individuo un hombre mediocre. La
mengua mental puede, sin embargo, no detenerse allí. Los engranajes
celulares del cerebro siguen enmoheciéndose, la actividad de las
asociaciones neuronales se atenúa cada vez más y la obra destructora de la
decrepitud es más profunda. Los achaques siguen desmantelando
sucesivamente las capas del carácter, desapareciendo una tras otra sus
adquisiciones secundarias, las que reflejan la experiencia social. El anciano
se «inferioriza», es decir, vuelve poco á poco á su primitiva mentalidad
infantil, conservando las adquisiciones más antiguas de su personalidad,
que son, por ende, las mejor consolidadas. Es notorio que la infancia y la
senectud se tocan; todos los idiomas consagran esta observación en refranes
harto conocidos. Ello explica las profundas transformaciones psíquicas de
los viejos; el cambio total de sus sentimientos (especialmente los sociales y
altruistas), la pereza progresiva para acometer empresas nuevas (con
discreta conservación de los hábitos consolidados por antiguos
automatismos) y la duda ó la apostasía de las ideas más personales (para
volver primero á las ideas comunes en su medio y luego á las profesadas en
la infancia ó por los antepasados).
La mejor prueba de ello—que los ignorantes suelen citar contra la
«ciencia»—la encontramos en los hombres de más elevada mentalidad y de
cultura mejor disciplinada; es frecuente en ellos un cambio radical de
opiniones acerca de los más altos problemas filosóficos, á medida que la
vejez hace decaer las aptitudes originalmente definidas durante la edad viril.
III.—La bancarrota de los ingenios.
Este cuadro no es exagerado ni esquemático. La marcha progresiva del
proceso impide advertir esa evolución en las personas que nos rodean; es
como si una claridad se apagara tan de á poco que pudiera llegarse á la
obscuridad absoluta sin advertir en momento alguno la transición.
Á la natural lentitud del fenómeno agréganse las diferencias que él reviste
en cada individuo. Los mediocres, que sólo llegan á adquirir un reflejo de la
mentalidad social, poco tienen que perder en esta inevitable bancarrota: es
el empobrecimiento de un pobre. Y cuando, en plena senectud, su
mengua mental puede, sin embargo, no detenerse allí. Los engranajes
celulares del cerebro siguen enmoheciéndose, la actividad de las
asociaciones neuronales se atenúa cada vez más y la obra destructora de la
decrepitud es más profunda. Los achaques siguen desmantelando
sucesivamente las capas del carácter, desapareciendo una tras otra sus
adquisiciones secundarias, las que reflejan la experiencia social. El anciano
se «inferioriza», es decir, vuelve poco á poco á su primitiva mentalidad
infantil, conservando las adquisiciones más antiguas de su personalidad,
que son, por ende, las mejor consolidadas. Es notorio que la infancia y la
senectud se tocan; todos los idiomas consagran esta observación en refranes
harto conocidos. Ello explica las profundas transformaciones psíquicas de
los viejos; el cambio total de sus sentimientos (especialmente los sociales y
altruistas), la pereza progresiva para acometer empresas nuevas (con
discreta conservación de los hábitos consolidados por antiguos
automatismos) y la duda ó la apostasía de las ideas más personales (para
volver primero á las ideas comunes en su medio y luego á las profesadas en
la infancia ó por los antepasados).
La mejor prueba de ello—que los ignorantes suelen citar contra la
«ciencia»—la encontramos en los hombres de más elevada mentalidad y de
cultura mejor disciplinada; es frecuente en ellos un cambio radical de
opiniones acerca de los más altos problemas filosóficos, á medida que la
vejez hace decaer las aptitudes originalmente definidas durante la edad viril.
III.—La bancarrota de los ingenios.
Este cuadro no es exagerado ni esquemático. La marcha progresiva del
proceso impide advertir esa evolución en las personas que nos rodean; es
como si una claridad se apagara tan de á poco que pudiera llegarse á la
obscuridad absoluta sin advertir en momento alguno la transición.
Á la natural lentitud del fenómeno agréganse las diferencias que él reviste
en cada individuo. Los mediocres, que sólo llegan á adquirir un reflejo de la
mentalidad social, poco tienen que perder en esta inevitable bancarrota: es
el empobrecimiento de un pobre. Y cuando, en plena senectud, su
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mentalidad social se reduce á la mentalidad de la especie, inferiorizándose,
á nadie sorprende ese pasaje de la pobreza á la miseria.
En el hombre superior, en el talento ó en el genio, se notan claramente esos
estragos. ¿Cómo no llamaría nuestra atención un antiguo millonario que
paseara á nuestro lado sus postreros andrajos? El hombre superior deja de
serlo, se nivela. Sus ideas propias, organizadas en el período de
perfeccionamiento, tienden á ser reemplazadas por ideas comunes ó
inferiores. El genio nunca es tardío, aunque pueda revelarse tardíamente su
fruto; las obras pensadas en la juventud y escritas en la vejez, pueden no
mostrar decadencia, pero siempre la revelan las obras pensadas en la vejez
misma. Leemos la segunda parte del «Fausto» por respeto al autor de la
primera; no podemos salir de ello sin recordar que «nunca segundas partes
fueron buenas», adagio inapelable si la primera fué obra de juventud y la
segunda es fruta de vejez.
Haeckel señala en Kant un ejemplo acabado de esta metamorfosis
psicológica. El joven Kant, verdaderamente «crítico», había llegado á la
convicción de que las tres grandes potencias del misticismo: Dios, libertad é
inmortalidad del alma, eran insostenibles ante la «razón pura»; el Kant
envejecido, «dogmático», encontró, en cambio, que esos tres fantasmas son
postulados de la «razón práctica», y, por lo tanto, indispensables. Cuanto
más se predica la vuelta á Kant, en el contemporáneo arreciar del
neokantismo, tanto más ruidosa é irreparable preséntase la contradicción
entre el joven y el viejo Kant. El mismo Spencer, monista como el que más,
acabó por entreabrir una puerta al dualismo con su «incognoscible».
Virchow, en plena juventud, creó la patología celular, sin sospechar que
terminaría renegando sus ideas de naturalista filósofo. Lo mismo que él
hicieron Wallace, Romanes, Du-Bois Reymond y C. E. Baer.
Para citar tan sólo á muertos de ayer, hase visto á Lombroso caer en sus
últimos años en ingenuidades infantiles, explicables por su debilitamiento
mental, á punto de llorar conversando con el alma de su madre en un
trípode espiritista. James, que en su juventud fué portavoz de la psicología
evolucionista y biológica, acabó por enmarañarse en especulaciones
morales que sólo él comprendió. Y, por fin, Tolstoy, cuya juventud fué
pródiga de admirables novelas y escritos, que le hicieron clasificar como
escritor anarquista, en los últimos años escribió artículos adocenados que no
firmaría un gacetillero vulgar, para extinguirse en esa peregrinación mística
á nadie sorprende ese pasaje de la pobreza á la miseria.
En el hombre superior, en el talento ó en el genio, se notan claramente esos
estragos. ¿Cómo no llamaría nuestra atención un antiguo millonario que
paseara á nuestro lado sus postreros andrajos? El hombre superior deja de
serlo, se nivela. Sus ideas propias, organizadas en el período de
perfeccionamiento, tienden á ser reemplazadas por ideas comunes ó
inferiores. El genio nunca es tardío, aunque pueda revelarse tardíamente su
fruto; las obras pensadas en la juventud y escritas en la vejez, pueden no
mostrar decadencia, pero siempre la revelan las obras pensadas en la vejez
misma. Leemos la segunda parte del «Fausto» por respeto al autor de la
primera; no podemos salir de ello sin recordar que «nunca segundas partes
fueron buenas», adagio inapelable si la primera fué obra de juventud y la
segunda es fruta de vejez.
Haeckel señala en Kant un ejemplo acabado de esta metamorfosis
psicológica. El joven Kant, verdaderamente «crítico», había llegado á la
convicción de que las tres grandes potencias del misticismo: Dios, libertad é
inmortalidad del alma, eran insostenibles ante la «razón pura»; el Kant
envejecido, «dogmático», encontró, en cambio, que esos tres fantasmas son
postulados de la «razón práctica», y, por lo tanto, indispensables. Cuanto
más se predica la vuelta á Kant, en el contemporáneo arreciar del
neokantismo, tanto más ruidosa é irreparable preséntase la contradicción
entre el joven y el viejo Kant. El mismo Spencer, monista como el que más,
acabó por entreabrir una puerta al dualismo con su «incognoscible».
Virchow, en plena juventud, creó la patología celular, sin sospechar que
terminaría renegando sus ideas de naturalista filósofo. Lo mismo que él
hicieron Wallace, Romanes, Du-Bois Reymond y C. E. Baer.
Para citar tan sólo á muertos de ayer, hase visto á Lombroso caer en sus
últimos años en ingenuidades infantiles, explicables por su debilitamiento
mental, á punto de llorar conversando con el alma de su madre en un
trípode espiritista. James, que en su juventud fué portavoz de la psicología
evolucionista y biológica, acabó por enmarañarse en especulaciones
morales que sólo él comprendió. Y, por fin, Tolstoy, cuya juventud fué
pródiga de admirables novelas y escritos, que le hicieron clasificar como
escritor anarquista, en los últimos años escribió artículos adocenados que no
firmaría un gacetillero vulgar, para extinguirse en esa peregrinación mística
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que puso en ridículo las horas últimas de su vida física. La mental había
terminado mucho antes.
IV.—Psicología de la vejez.
La sensibilidad se atenúa en los viejos y se embotan sus vías de
comunicación con el mundo que les rodea; los tejidos se endurecen y
tórnanse menos sensibles al dolor físico. El viejo tiende á la inercia, busca
el menor esfuerzo; así como la pereza es una vejez anticipada, la vejez es
una pereza que llega fatalmente en cierta hora de la vida. Anatómica y
fisiológicamente, su característica es una atrofia de los elementos superiores
(musculares y nerviosos), con desarrollo de los inferiores (conjuntivos); una
parte de los capilares se obstruye y amengua el aflujo sanguíneo á los
tejidos; el peso y el volumen del sistema nervioso central se reduce, como
el de todos los tejidos propiamente vitales; la musculatura flácida impide
mantener el cuerpo erecto; los movimientos pierden su agilidad y su
precisión. En el cerebro disminuyen las permutas nutritivas, se alteran las
transformaciones químicas y el tejido conjuntivo prolifera, haciendo
degenerar las células más nobles. Roto el equilibrio de los órganos, no
puede subsistir el equilibrio de las funciones: la disolución de la vida
intelectual y afectiva sigue ese curso fatal, perfectamente estudiado por
Ribot en el último capítulo de su Psicología de los sentimientos.
Á medida que envejece, tórnase el hombre infantil, tanto por su ineptitud
creadora como por su achicamiento moral. Al período expansivo sucede el
de concentración; la incapacidad para el asalto perfecciona la defensa. La
insensibilidad física se acompaña de analgesia moral; en vez de participar
del dolor ajeno, el viejo acaba por no sentir ni el propio; la ansiedad de
prolongar su vida parece advertirle que una fuerte emoción puede gastar
energía, y se endurece contra el dolor, como la tortuga se retrae bajo su
caparazón cuando presiente un peligro. Así llega á sentir un odio oculto por
todas las fuerzas vivas que crecen y avanzan, un sordo rencor contra todas
las primaveras.
La psicología de la vejez denuncia ideas obsesivas y absorbentes. Todo
viejo cree que los jóvenes le desprecian y desean su muerte para
suplantarle. Traduce tal manía por hostilidad á la juventud, considerándola
terminado mucho antes.
IV.—Psicología de la vejez.
La sensibilidad se atenúa en los viejos y se embotan sus vías de
comunicación con el mundo que les rodea; los tejidos se endurecen y
tórnanse menos sensibles al dolor físico. El viejo tiende á la inercia, busca
el menor esfuerzo; así como la pereza es una vejez anticipada, la vejez es
una pereza que llega fatalmente en cierta hora de la vida. Anatómica y
fisiológicamente, su característica es una atrofia de los elementos superiores
(musculares y nerviosos), con desarrollo de los inferiores (conjuntivos); una
parte de los capilares se obstruye y amengua el aflujo sanguíneo á los
tejidos; el peso y el volumen del sistema nervioso central se reduce, como
el de todos los tejidos propiamente vitales; la musculatura flácida impide
mantener el cuerpo erecto; los movimientos pierden su agilidad y su
precisión. En el cerebro disminuyen las permutas nutritivas, se alteran las
transformaciones químicas y el tejido conjuntivo prolifera, haciendo
degenerar las células más nobles. Roto el equilibrio de los órganos, no
puede subsistir el equilibrio de las funciones: la disolución de la vida
intelectual y afectiva sigue ese curso fatal, perfectamente estudiado por
Ribot en el último capítulo de su Psicología de los sentimientos.
Á medida que envejece, tórnase el hombre infantil, tanto por su ineptitud
creadora como por su achicamiento moral. Al período expansivo sucede el
de concentración; la incapacidad para el asalto perfecciona la defensa. La
insensibilidad física se acompaña de analgesia moral; en vez de participar
del dolor ajeno, el viejo acaba por no sentir ni el propio; la ansiedad de
prolongar su vida parece advertirle que una fuerte emoción puede gastar
energía, y se endurece contra el dolor, como la tortuga se retrae bajo su
caparazón cuando presiente un peligro. Así llega á sentir un odio oculto por
todas las fuerzas vivas que crecen y avanzan, un sordo rencor contra todas
las primaveras.
La psicología de la vejez denuncia ideas obsesivas y absorbentes. Todo
viejo cree que los jóvenes le desprecian y desean su muerte para
suplantarle. Traduce tal manía por hostilidad á la juventud, considerándola
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muy inferior á la de su tiempo, así como las nuevas costumbres á que no
puede adaptarse. Aun en las cosas pequeñas exige la parte más grande,
contrariando toda iniciativa, desdeñando las corazonadas y escarneciendo
los ideales, sin recordar que en otro tiempo pensó, sintió é hizo todo lo que
ahora considera comprometedor ó detestable.
Ésa es la verdadera psicología del hombre que envejece. La edad «atenúa ó
anula el celo, el ardor, la aptitud para creer, descubrir ó simplemente
saborear el arte, para tener la curiosidad despierta. Omito las rarísimas
excepciones que exigirían, cada una, un examen particular. Para la mayoría
de los hombres, el debilitamiento vital suprime de seguida el gusto de esas
cosas superfluas. Señalemos, también, con la vejez, la hostilidad decidida
contra las innovaciones: nuevas formas artísticas, nuevos descubrimientos,
nuevas maneras de plantear ó tratar los problemas científicos. El hecho es
tan notorio, que no exige pruebas. Ordinariamente, en estética sobre todo,
cada generación reniega á la que le sigue. La explicación común de ese
«misoneísmo», es la existencia de hábitos intelectuales ya organizados.
Ellos serían conmovidos por un contraste violento, si tuvieran una
capacidad de emoción ó de pasión. Esto último es lo que falta en los viejos,
por apagamiento de la vida afectiva. Agrega Ribot que á esa disolución de
los sentimientos superiores sigue la de todos los sentimientos altruístas y la
de los egoaltruistas, perdurando hasta el fin los egoístas, cada vez más
aislados y predominantes en la personalidad del viejo. Ellos mismos
naufragan en la ulterior senilidad.
Los diversos elementos del carácter disuélvense en orden inverso al de su
formación. Los que han llegado al fin son menos activos, dejan impresiones
poco persistentes, son adventicios, incoordinados. Esto revélase en la
regresión de la memoria en los viejos; los fantasmas de las primeras
impresiones juveniles siguen rondando en su mente, cuando ya han
desaparecido los más cercanos, los del día anterior. La falta de plasticidad
hace que los nuevos procesos psíquicos no dejen rastros, ó muy débiles,
mientras los antiguos se han grabado hondamente en materia más sensible y
sólo se borran con la destrucción de los órganos.
Con la facultad de crecer de los neurones en el hombre joven, y su poder de
crear nuevas asociaciones, explicaría Cajal la capacidad de adaptación del
hombre y su aptitud para cambiar sus sistemas ideológicos; la detención de
las funciones neuronales en los ancianos, ó en los adultos de cerebro
puede adaptarse. Aun en las cosas pequeñas exige la parte más grande,
contrariando toda iniciativa, desdeñando las corazonadas y escarneciendo
los ideales, sin recordar que en otro tiempo pensó, sintió é hizo todo lo que
ahora considera comprometedor ó detestable.
Ésa es la verdadera psicología del hombre que envejece. La edad «atenúa ó
anula el celo, el ardor, la aptitud para creer, descubrir ó simplemente
saborear el arte, para tener la curiosidad despierta. Omito las rarísimas
excepciones que exigirían, cada una, un examen particular. Para la mayoría
de los hombres, el debilitamiento vital suprime de seguida el gusto de esas
cosas superfluas. Señalemos, también, con la vejez, la hostilidad decidida
contra las innovaciones: nuevas formas artísticas, nuevos descubrimientos,
nuevas maneras de plantear ó tratar los problemas científicos. El hecho es
tan notorio, que no exige pruebas. Ordinariamente, en estética sobre todo,
cada generación reniega á la que le sigue. La explicación común de ese
«misoneísmo», es la existencia de hábitos intelectuales ya organizados.
Ellos serían conmovidos por un contraste violento, si tuvieran una
capacidad de emoción ó de pasión. Esto último es lo que falta en los viejos,
por apagamiento de la vida afectiva. Agrega Ribot que á esa disolución de
los sentimientos superiores sigue la de todos los sentimientos altruístas y la
de los egoaltruistas, perdurando hasta el fin los egoístas, cada vez más
aislados y predominantes en la personalidad del viejo. Ellos mismos
naufragan en la ulterior senilidad.
Los diversos elementos del carácter disuélvense en orden inverso al de su
formación. Los que han llegado al fin son menos activos, dejan impresiones
poco persistentes, son adventicios, incoordinados. Esto revélase en la
regresión de la memoria en los viejos; los fantasmas de las primeras
impresiones juveniles siguen rondando en su mente, cuando ya han
desaparecido los más cercanos, los del día anterior. La falta de plasticidad
hace que los nuevos procesos psíquicos no dejen rastros, ó muy débiles,
mientras los antiguos se han grabado hondamente en materia más sensible y
sólo se borran con la destrucción de los órganos.
Con la facultad de crecer de los neurones en el hombre joven, y su poder de
crear nuevas asociaciones, explicaría Cajal la capacidad de adaptación del
hombre y su aptitud para cambiar sus sistemas ideológicos; la detención de
las funciones neuronales en los ancianos, ó en los adultos de cerebro
Page 150
atrofiado por falta de ilustración ú otra causa, permite comprender las
convicciones inmutables, la inadaptación al medio moral y las aberraciones
misoneístas. Se concibe, igualmente, que la amnesia, la falta de asociación
de ideas, la torpeza intelectual, la imbecilidad, la demencia, puedan
producirse cuando—por causas más ó menos mórbidas—la articulación
entre los neurones llega á ser floja; es decir, cuando sus expansiones se
debilitan y dejan de estar en contacto, ó cuando las esferas mnemónicas se
desorganizan parcialmente. Para formular esta hipótesis Cajal ha tenido en
cuenta la conservación mayor de las antiguas memorias juveniles; las vías
de asociación creadas hace mucho tiempo y ejercitadas durante algunos
años, han adquirido indudablemente una fuerza mayor por haber sido
organizadas en la época en que los neurones poseían su más alto grado de
plasticidad.
Sin conocer la histología de los centros nerviosos, Lucrecio (III, 452)
observó que la ciencia y la experiencia pueden crecer andando la vida, pero
la vivacidad, la prontitud, la firmeza, y otras loables cualidades se
marchitan y languidecen al sobrevenir la vejez:
Ubi jam validis quassatum est viribus aevi corpus, et obtusis
ceciderunt viribus artus, claudicat ingenium, delirat linguaque
mensque.
Montaigne, viejo, estimaba que á los veinte años cada individuo ha
anunciado lo que de él puede esperarse y afirma que ningún alma obscura
hasta esa edad se ha vuelto luminosa después; recuerda el proverbio usual
en el Delfinado: «Si l'épine ne pique pas en naissant, à peine piquera-t-elle
jamais», y agrega que casi todas las grandes acciones de la historia han sido
realizadas antes de los treinta años. (Essais, lib. I, cap. LVII.)
Á distancia de siglos un espíritu absolutamente diverso llega á las mismas
conclusiones. «El descubrimiento del segundo principio de la energética
moderna fué hecho por un joven: Carnot tenía veintiocho años al publicar
su Memoria. Mayer, Joule y Helmoltz tenían veinticinco, veintiséis y
veinticinco, respectivamente; ninguno de estos grandes innovadores había
llegado á los treinta años cuando se dió á conocer. Las épocas en que sus
trabajos aparecieron no representan el momento en que fueron concebidos;
hubieron de pasar algunos años antes de que tuviesen desarrollo suficiente
para ser expuestos y de que ellos encontraran medios de publicarlos.
convicciones inmutables, la inadaptación al medio moral y las aberraciones
misoneístas. Se concibe, igualmente, que la amnesia, la falta de asociación
de ideas, la torpeza intelectual, la imbecilidad, la demencia, puedan
producirse cuando—por causas más ó menos mórbidas—la articulación
entre los neurones llega á ser floja; es decir, cuando sus expansiones se
debilitan y dejan de estar en contacto, ó cuando las esferas mnemónicas se
desorganizan parcialmente. Para formular esta hipótesis Cajal ha tenido en
cuenta la conservación mayor de las antiguas memorias juveniles; las vías
de asociación creadas hace mucho tiempo y ejercitadas durante algunos
años, han adquirido indudablemente una fuerza mayor por haber sido
organizadas en la época en que los neurones poseían su más alto grado de
plasticidad.
Sin conocer la histología de los centros nerviosos, Lucrecio (III, 452)
observó que la ciencia y la experiencia pueden crecer andando la vida, pero
la vivacidad, la prontitud, la firmeza, y otras loables cualidades se
marchitan y languidecen al sobrevenir la vejez:
Ubi jam validis quassatum est viribus aevi corpus, et obtusis
ceciderunt viribus artus, claudicat ingenium, delirat linguaque
mensque.
Montaigne, viejo, estimaba que á los veinte años cada individuo ha
anunciado lo que de él puede esperarse y afirma que ningún alma obscura
hasta esa edad se ha vuelto luminosa después; recuerda el proverbio usual
en el Delfinado: «Si l'épine ne pique pas en naissant, à peine piquera-t-elle
jamais», y agrega que casi todas las grandes acciones de la historia han sido
realizadas antes de los treinta años. (Essais, lib. I, cap. LVII.)
Á distancia de siglos un espíritu absolutamente diverso llega á las mismas
conclusiones. «El descubrimiento del segundo principio de la energética
moderna fué hecho por un joven: Carnot tenía veintiocho años al publicar
su Memoria. Mayer, Joule y Helmoltz tenían veinticinco, veintiséis y
veinticinco, respectivamente; ninguno de estos grandes innovadores había
llegado á los treinta años cuando se dió á conocer. Las épocas en que sus
trabajos aparecieron no representan el momento en que fueron concebidos;
hubieron de pasar algunos años antes de que tuviesen desarrollo suficiente
para ser expuestos y de que ellos encontraran medios de publicarlos.
Page 151
Asombra la juventud de estos maestros de la ciencia; estamos
acostumbrados á considerarla como privilegio de una edad más avanzada, y
nos parece que todos ellos han faltado al respeto á sus mayores,
permitiéndose abrir nuevos caminos á la verdad. Se dirá que la solución de
esos problemas por verdaderos muchachos fué una singular y excepcional
casualidad; fácil es comprobar que ocurre lo mismo en todos los dominios
de la ciencia: la gran mayoría de los trabajos que señalaron horizontes
nuevos fueron la obra de jóvenes que acababan de transponer los veinte
años. No es éste el sitio para buscar las causas y las consecuencias de ese
hecho; pero es útil recordarlo, pues aunque señalado más de una vez, está
muy lejos de ser reconocido por los que se dedican á educar la juventud.
Los trabajos de hombres jóvenes son de carácter principalmente innovador;
el mecanismo de la instrucción pública no debe ser obstáculo á ellos...
permitiéndoles desde temprano desarrollar libremente sus aptitudes en los
institutos superiores, en vez de agotar prematuramente, como ocurre ahora,
un gran número de talentos científicos originales.» (W. Ostwald: L'Energie,
cap. V). Y para que sus conclusiones no parezcan improvisadas el eminente
filósofo las ha desenvuelto en su último libro (Les grands hommes), donde
el problema del genio juvenil está analizado con criterio experimental.
Por eso las academias suelen ser cementerios donde se glorifica á hombres
que ya han dejado de existir para su ciencia ó para su arte. Es natural que á
ellas lleguen los muertos ó los agonizantes; dar entrada á un joven
significaría enterrar á un vivo.
V.—La virtud de la impotencia.
Será verdad lo que se afirma desde Lucrecio y Montaigne hasta Ribot y
Ostwald; pero los viejos no renunciarán á sus protestas contra los jóvenes,
ni éstos acatarán en silencio la hegemonía de las canas.
Los viejos olvidan que fueron jóvenes y éstos parecen ignorar que serán
viejos: el camino á recorrer es siempre el mismo, de la originalidad á la
mediocridad, y de ésta á la inferioridad mental.
¿Cómo sorprendernos, entonces, de que los jóvenes revolucionarios
terminen siendo viejos conservadores? ¿Y qué de extraño en la conversión
religiosa de los ateos llegados á la vejez? ¿Cómo podría el hombre, activo y
acostumbrados á considerarla como privilegio de una edad más avanzada, y
nos parece que todos ellos han faltado al respeto á sus mayores,
permitiéndose abrir nuevos caminos á la verdad. Se dirá que la solución de
esos problemas por verdaderos muchachos fué una singular y excepcional
casualidad; fácil es comprobar que ocurre lo mismo en todos los dominios
de la ciencia: la gran mayoría de los trabajos que señalaron horizontes
nuevos fueron la obra de jóvenes que acababan de transponer los veinte
años. No es éste el sitio para buscar las causas y las consecuencias de ese
hecho; pero es útil recordarlo, pues aunque señalado más de una vez, está
muy lejos de ser reconocido por los que se dedican á educar la juventud.
Los trabajos de hombres jóvenes son de carácter principalmente innovador;
el mecanismo de la instrucción pública no debe ser obstáculo á ellos...
permitiéndoles desde temprano desarrollar libremente sus aptitudes en los
institutos superiores, en vez de agotar prematuramente, como ocurre ahora,
un gran número de talentos científicos originales.» (W. Ostwald: L'Energie,
cap. V). Y para que sus conclusiones no parezcan improvisadas el eminente
filósofo las ha desenvuelto en su último libro (Les grands hommes), donde
el problema del genio juvenil está analizado con criterio experimental.
Por eso las academias suelen ser cementerios donde se glorifica á hombres
que ya han dejado de existir para su ciencia ó para su arte. Es natural que á
ellas lleguen los muertos ó los agonizantes; dar entrada á un joven
significaría enterrar á un vivo.
V.—La virtud de la impotencia.
Será verdad lo que se afirma desde Lucrecio y Montaigne hasta Ribot y
Ostwald; pero los viejos no renunciarán á sus protestas contra los jóvenes,
ni éstos acatarán en silencio la hegemonía de las canas.
Los viejos olvidan que fueron jóvenes y éstos parecen ignorar que serán
viejos: el camino á recorrer es siempre el mismo, de la originalidad á la
mediocridad, y de ésta á la inferioridad mental.
¿Cómo sorprendernos, entonces, de que los jóvenes revolucionarios
terminen siendo viejos conservadores? ¿Y qué de extraño en la conversión
religiosa de los ateos llegados á la vejez? ¿Cómo podría el hombre, activo y
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emprendedor á los treinta años, no ser apático y prudente á los ochenta?
¿Cómo asombrarnos de que la vejez nos haga avaros, misántropos,
regañones, cuando nos va entorpeciendo paulatinamente los sentidos y la
inteligencia, como si una mano misteriosa fuera cerrando una por una todas
las ventanas entreabiertas frente á la realidad que nos rodea?
La ley es dura, pero es ley. Nacer y morir son los términos inviolables de la
vida; ella nos dice con voz firme que lo normal no es nacer ni morir en la
plenitud de nuestras funciones. Nacemos para crecer; envejecemos para
morir. Todo lo que la Naturaleza nos ofrece para el crecimiento, nos lo
sustrae preparando la muerte.
Sin embargo, los viejos protestan de que no se les respeta bastante, mientras
los jóvenes se desesperan por lo excesivo de ese respeto. La historia es de
todos los tiempos. Cicerón escribió su De Senectute con el mismo espíritu
con que hoy Faguet escribe ciertas páginas de su ensayo sobre La Vieillesse.
Aquél se quejaba de que los viejos fueran poco respetados en el imperio;
éste se queja de que lo sean menos en la democracia. Asombran las palabras
de Faguet cuando afirma que los viejos no son escuchados, pretendiendo
ver en ello la negación de una competencia más. Alega que en los pueblos
primitivos, como hoy entre los salvajes, son los viejos los que gobiernan: la
gerontocracia se explica donde no hay más ciencia que la experiencia y los
viejos lo saben todo, pues cualquier caso nuevo les resulta conocido por
haber visto muchos similares. Dice Faguet que el libro, puesto en manos de
los jóvenes, es el enemigo de la experiencia que monopolizan los viejos. Y
se desespera porque el viejo ha caído en ridículo, aunque comete la
imprudencia de juzgarle con verdad: convenons de bonne grâce qu'il prête
à cela; il est entêté, il est maniaque, il est verbeux, il est conteur, il est
ennuyeux, il est grondeur et son aspect est désagréable: ningún joven ha
escrito una silueta más sintética que esa, incluida en su volumen sobre el
culto de la incompetencia.
Faguet opina que el viejo está desterrado de las mediocracias
contemporáneas. Grave error, que sólo prueba su vejez.
Toda democracia es propicia á la mediocridad y enemiga de cualquier
excelencia individual; por eso los jóvenes originales no participan del
gobierno hasta que hayan perdido su arista propia. La vejez los nivela,
rebajándolos hasta los modos de pensar y sentir que son comunes á su
¿Cómo asombrarnos de que la vejez nos haga avaros, misántropos,
regañones, cuando nos va entorpeciendo paulatinamente los sentidos y la
inteligencia, como si una mano misteriosa fuera cerrando una por una todas
las ventanas entreabiertas frente á la realidad que nos rodea?
La ley es dura, pero es ley. Nacer y morir son los términos inviolables de la
vida; ella nos dice con voz firme que lo normal no es nacer ni morir en la
plenitud de nuestras funciones. Nacemos para crecer; envejecemos para
morir. Todo lo que la Naturaleza nos ofrece para el crecimiento, nos lo
sustrae preparando la muerte.
Sin embargo, los viejos protestan de que no se les respeta bastante, mientras
los jóvenes se desesperan por lo excesivo de ese respeto. La historia es de
todos los tiempos. Cicerón escribió su De Senectute con el mismo espíritu
con que hoy Faguet escribe ciertas páginas de su ensayo sobre La Vieillesse.
Aquél se quejaba de que los viejos fueran poco respetados en el imperio;
éste se queja de que lo sean menos en la democracia. Asombran las palabras
de Faguet cuando afirma que los viejos no son escuchados, pretendiendo
ver en ello la negación de una competencia más. Alega que en los pueblos
primitivos, como hoy entre los salvajes, son los viejos los que gobiernan: la
gerontocracia se explica donde no hay más ciencia que la experiencia y los
viejos lo saben todo, pues cualquier caso nuevo les resulta conocido por
haber visto muchos similares. Dice Faguet que el libro, puesto en manos de
los jóvenes, es el enemigo de la experiencia que monopolizan los viejos. Y
se desespera porque el viejo ha caído en ridículo, aunque comete la
imprudencia de juzgarle con verdad: convenons de bonne grâce qu'il prête
à cela; il est entêté, il est maniaque, il est verbeux, il est conteur, il est
ennuyeux, il est grondeur et son aspect est désagréable: ningún joven ha
escrito una silueta más sintética que esa, incluida en su volumen sobre el
culto de la incompetencia.
Faguet opina que el viejo está desterrado de las mediocracias
contemporáneas. Grave error, que sólo prueba su vejez.
Toda democracia es propicia á la mediocridad y enemiga de cualquier
excelencia individual; por eso los jóvenes originales no participan del
gobierno hasta que hayan perdido su arista propia. La vejez los nivela,
rebajándolos hasta los modos de pensar y sentir que son comunes á su
Page 153
grupo social. Por esto las funciones directivas han sido en toda época
patrimonio de la edad madura; la «opinión pública» de los pueblos, de las
clases ó de los partidos, suele encontrar en los hombres que fueron
superiores y empiezan ya á decaer el exponente más inequívoco de su
mediocridad. En la juventud, son considerados peligrosos. Mientras el
individuo superior piensa con su propia cabeza, no puede pensar con la
cabeza de la sociedad.
No hay, pues, la falta de respeto que, en sus vejeces respectivas, señalaron
Platón, Aristóteles y Montesquieu, antes que Faguet. Afirmar que por el
camino de la vejez se llega á la mediocridad es la aplicación simple de un
principio regresivo que rige á todos los organismos vivos y los prepara á la
muerte. ¿Por qué extrañarnos de esa decadencia mental si estamos
acostumbrados á ver desteñir las hojas y deshojarse los árboles cuando el
otoño llega perseguido por el invierno?
Admiremos á los viejos por las superioridades que hayan poseído en la
juventud. No incurramos en la simpleza de esperar una vejez santa, heroica
ó genial tras una juventud equívoca, mansa y opaca; la vejez siega todas las
originalidades con su hoz niveladora. Esos mediocres representativos, que
ascienden al gobierno y á las dignidades después de haber pasado sus
mejores años en la inercia ó en la orgía, en el tapete verde ó entre rameras,
en la expectativa apática ó en la resignación humillada, sin una palabra viril
y sin un gesto altivo, esquivando la lucha, temiendo los adversarios, y
renunciando los peligros, no merecen la confianza de sus contemporáneos
ni tienen derecho de catonizar. Sus palabras grandilocuentes parecen
pronunciadas en falsete y mueven á risa. Los hombres de carácter elevado
no hacen á la vida la injuria de malgastar su juventud, ni confían á la
incertidumbre de las canas la iniciación de obras que sólo pueden concebir
las mentes frescas y realizar los brazos viriles.
La experiencia complica la tontería de los mediocres, pero no puede
convertirlos en genios; la vejez no abuena al perverso, lo torna inútil para el
mal. El diablo no sabe más por viejo que por diablo. Si se arrepiente no es
por santidad, sino por impotencia.
patrimonio de la edad madura; la «opinión pública» de los pueblos, de las
clases ó de los partidos, suele encontrar en los hombres que fueron
superiores y empiezan ya á decaer el exponente más inequívoco de su
mediocridad. En la juventud, son considerados peligrosos. Mientras el
individuo superior piensa con su propia cabeza, no puede pensar con la
cabeza de la sociedad.
No hay, pues, la falta de respeto que, en sus vejeces respectivas, señalaron
Platón, Aristóteles y Montesquieu, antes que Faguet. Afirmar que por el
camino de la vejez se llega á la mediocridad es la aplicación simple de un
principio regresivo que rige á todos los organismos vivos y los prepara á la
muerte. ¿Por qué extrañarnos de esa decadencia mental si estamos
acostumbrados á ver desteñir las hojas y deshojarse los árboles cuando el
otoño llega perseguido por el invierno?
Admiremos á los viejos por las superioridades que hayan poseído en la
juventud. No incurramos en la simpleza de esperar una vejez santa, heroica
ó genial tras una juventud equívoca, mansa y opaca; la vejez siega todas las
originalidades con su hoz niveladora. Esos mediocres representativos, que
ascienden al gobierno y á las dignidades después de haber pasado sus
mejores años en la inercia ó en la orgía, en el tapete verde ó entre rameras,
en la expectativa apática ó en la resignación humillada, sin una palabra viril
y sin un gesto altivo, esquivando la lucha, temiendo los adversarios, y
renunciando los peligros, no merecen la confianza de sus contemporáneos
ni tienen derecho de catonizar. Sus palabras grandilocuentes parecen
pronunciadas en falsete y mueven á risa. Los hombres de carácter elevado
no hacen á la vida la injuria de malgastar su juventud, ni confían á la
incertidumbre de las canas la iniciación de obras que sólo pueden concebir
las mentes frescas y realizar los brazos viriles.
La experiencia complica la tontería de los mediocres, pero no puede
convertirlos en genios; la vejez no abuena al perverso, lo torna inútil para el
mal. El diablo no sabe más por viejo que por diablo. Si se arrepiente no es
por santidad, sino por impotencia.
Page 154
LA MEDIOCRACIA
I. EL CLIMA DE LA MEDIOCRIDAD.—II. LA POLÍTICA DE
LAS PIARAS.—III. DEMAGOGOS Y ARISTARCOS: LAS DOS
FÓRMULAS DE LA INJUSTICIA.—IV. LA ARISTOCRACIA
DEL MÉRITO: «LA JUSTICIA EN LA DESIGUALDAD.»
I.—El clima de la mediocridad.
En raros momentos la pasión caldea la historia y los idealismos se exaltan:
cuando las naciones se constituyen y cuando se renuevan. Primero es
secreta ansia de libertad, lucha por la independencia más tarde, luego crisis
de consolidación institucional, después vehemencia de expansión ó pujanza
de imperialismo. Los genios hablan con palabras líricas; plasman los
estadistas sus planes visionarios; ponen los héroes su corazón en la balanza
del destino.
Es, empero, fatal que los pueblos tengan largas intercadencias de
encebadamiento. La historia no conoce un solo caso en que altos ideales
trabajen con ritmo continuo la evolución de una raza. Hay horas de
palingenesia y las hay de apatía, como vigilias y sueños, días y noches,
primaveras y otoños, en cuyo alternarse infinito se divide la continuidad del
tiempo.
En ciertas horas la nación se aduerme dentro del país. El organismo vegeta;
el espíritu se amodorra. Los apetitos acosan á los ideales, tornándose
dominadores y agresivos. No hay astros en el horizonte ni oriflamas en los
campanarios. Ningún clamor de pueblo se percibe; no resuena el eco de
grandes voces animadoras. Todos se apiñan en torno de los manteles
I. EL CLIMA DE LA MEDIOCRIDAD.—II. LA POLÍTICA DE
LAS PIARAS.—III. DEMAGOGOS Y ARISTARCOS: LAS DOS
FÓRMULAS DE LA INJUSTICIA.—IV. LA ARISTOCRACIA
DEL MÉRITO: «LA JUSTICIA EN LA DESIGUALDAD.»
I.—El clima de la mediocridad.
En raros momentos la pasión caldea la historia y los idealismos se exaltan:
cuando las naciones se constituyen y cuando se renuevan. Primero es
secreta ansia de libertad, lucha por la independencia más tarde, luego crisis
de consolidación institucional, después vehemencia de expansión ó pujanza
de imperialismo. Los genios hablan con palabras líricas; plasman los
estadistas sus planes visionarios; ponen los héroes su corazón en la balanza
del destino.
Es, empero, fatal que los pueblos tengan largas intercadencias de
encebadamiento. La historia no conoce un solo caso en que altos ideales
trabajen con ritmo continuo la evolución de una raza. Hay horas de
palingenesia y las hay de apatía, como vigilias y sueños, días y noches,
primaveras y otoños, en cuyo alternarse infinito se divide la continuidad del
tiempo.
En ciertas horas la nación se aduerme dentro del país. El organismo vegeta;
el espíritu se amodorra. Los apetitos acosan á los ideales, tornándose
dominadores y agresivos. No hay astros en el horizonte ni oriflamas en los
campanarios. Ningún clamor de pueblo se percibe; no resuena el eco de
grandes voces animadoras. Todos se apiñan en torno de los manteles
Page 155
oficiales para alcanzar alguna migaja de la merienda. Es el clima de la
mediocridad. Los estados tórnanse mediocracias.
Entra á la penumbra toda tendencia idealista, intelectual, estética, el culto
por la verdad, el afán de admiración, la fe en creencias firmes, la exaltación
de ideales, la lealtad, el orgullo, la originalidad, el desinterés, la abnegación,
todo lo que está en el camino de la virtud y de la santidad, del talento y del
genio, de la dignidad y del heroísmo. En un mismo diapasón utilitario se
templan todos los espíritus. Se habla por refranes, como discurría Panza; se
cree por catecismos, como predicaba Tartufo; se vive de expedientes, como
enseñó Gil Blas. El culto de la rutina, de los prejuicios y de las
domesticidades encuentra fervorosos adeptos en los que pretenden
representar á los rebaños militantes; los más encumbrados portavoces de las
mediocracias resultan esclavos de su clima. Son actores á quienes les está
prohibido improvisar: de otro modo romperían el molde á que se ajustan las
demás piezas del mosaico.
Platón no concibió la mediocridad ni estudió al hombre mediocre. Sin
quererlo, al decir de la democracia: «Es el peor de los buenos gobiernos,
pero es el mejor entre los malos», definió la mediocracia. Han transcurrido
siglos; la sentencia conserva su verdad. Las democracias contemporáneas,
vistas de fuera, son refractarias á la culminación de todo ideal. Son estados
sin ser naciones; países, no patrias. En cada comarca una oligarquía de
mediocres detenta los engranajes del mecanismo oficial, excluyendo de su
seno á cuantos desdeñan aceptar la complicidad de sus empresas. Aquí son
castas advenedizas, allí sindicatos industriales, acullá facciones de
parlaembaldes. Son gavillas y se titulan partidos. Intentan disfrazar con
ideales su monopolio del Estado. Son bandoleros que buscan la encrucijada
más impune para explotar á la sociedad.
Políticos mediocres hay en todos los tiempos y bajo todos los regímenes.
Pero encuentran mejor clima en las burguesías sin ideales. Donde todos
creen poder hablar, callan los sabios; la mediocridad prefiere escuchar á los
más viles embaidores. Cuando el ignorante se cree igualado al estudioso, el
bribón al apóstol, el boquirroto al elocuente y el burdégano al digno, la
escala del mérito desaparece en una oprobiosa nivelación de villanía. Eso es
la mediocracia: todos pretenden hablar y creen decir lo que piensan, aunque
cada uno sólo acierta á repetir dogmas sectarios ó auspiciar voracidades
oligárquicas. Esa chatura moral es más grave que la aclimatación á la
mediocridad. Los estados tórnanse mediocracias.
Entra á la penumbra toda tendencia idealista, intelectual, estética, el culto
por la verdad, el afán de admiración, la fe en creencias firmes, la exaltación
de ideales, la lealtad, el orgullo, la originalidad, el desinterés, la abnegación,
todo lo que está en el camino de la virtud y de la santidad, del talento y del
genio, de la dignidad y del heroísmo. En un mismo diapasón utilitario se
templan todos los espíritus. Se habla por refranes, como discurría Panza; se
cree por catecismos, como predicaba Tartufo; se vive de expedientes, como
enseñó Gil Blas. El culto de la rutina, de los prejuicios y de las
domesticidades encuentra fervorosos adeptos en los que pretenden
representar á los rebaños militantes; los más encumbrados portavoces de las
mediocracias resultan esclavos de su clima. Son actores á quienes les está
prohibido improvisar: de otro modo romperían el molde á que se ajustan las
demás piezas del mosaico.
Platón no concibió la mediocridad ni estudió al hombre mediocre. Sin
quererlo, al decir de la democracia: «Es el peor de los buenos gobiernos,
pero es el mejor entre los malos», definió la mediocracia. Han transcurrido
siglos; la sentencia conserva su verdad. Las democracias contemporáneas,
vistas de fuera, son refractarias á la culminación de todo ideal. Son estados
sin ser naciones; países, no patrias. En cada comarca una oligarquía de
mediocres detenta los engranajes del mecanismo oficial, excluyendo de su
seno á cuantos desdeñan aceptar la complicidad de sus empresas. Aquí son
castas advenedizas, allí sindicatos industriales, acullá facciones de
parlaembaldes. Son gavillas y se titulan partidos. Intentan disfrazar con
ideales su monopolio del Estado. Son bandoleros que buscan la encrucijada
más impune para explotar á la sociedad.
Políticos mediocres hay en todos los tiempos y bajo todos los regímenes.
Pero encuentran mejor clima en las burguesías sin ideales. Donde todos
creen poder hablar, callan los sabios; la mediocridad prefiere escuchar á los
más viles embaidores. Cuando el ignorante se cree igualado al estudioso, el
bribón al apóstol, el boquirroto al elocuente y el burdégano al digno, la
escala del mérito desaparece en una oprobiosa nivelación de villanía. Eso es
la mediocracia: todos pretenden hablar y creen decir lo que piensan, aunque
cada uno sólo acierta á repetir dogmas sectarios ó auspiciar voracidades
oligárquicas. Esa chatura moral es más grave que la aclimatación á la
Page 156
tiranía; nadie puede volar donde todos se arrastran. Conviénese en llamar
urbanidad á la hipocresía, distinción al amaricamiento, cultura á la timidez,
tolerancia á la complicidad; la mentira proporciona estas denominaciones
equívocas. Y los que así mienten son enemigos de sí mismos y de la patria,
deshonrando en ella á sus padres y á sus hijos, carcomiendo la dignidad
común.
En esos paréntesis de alcornocamiento aventúranse las mediocracias por
senderos innobles. La obsesión de acumular tesoros materiales, ó el torpe
afán de usufructuarlos en la holganza, borra del espíritu colectivo todo
rastro de ensueño. Los países dejan de ser patrias. Cualquier ideal agoniza ó
muere; van desmereciendo el ingenio y el mérito. Los filósofos, los sabios y
los artistas están de más; la pesadez de la atmósfera cierra sus alas y dejan
de volar. Su presencia estorba á traficantes y judíos, á todos los que trabajan
por lucrar, á los esclavos del ahorro ó de la avaricia. Las cosas del espíritu
son despreciadas. No siéndole propicio el clima sus cultores son contados.
No llegan á inquietar á las mediocracias; están proscritos dentro del país,
que mata á fuego lento sus ideales, sin necesitar desterrarlos. Cada hombre
queda preso entre mil sombras que lo rodean y lo paralizan.
Siempre hay mediocres, son perennes. Lo que varía es su prestigio y su
influencia. En los climas líricos muéstranse humildes, son tolerados; nadie
los nota, no osan inmiscuirse en nada. Cuando se entibian los ideales y se
reemplaza lo cualitativo por lo cuantitativo, se empieza á contar con ellos.
Apercíbense entonces de su número, se cuentan, se mancornan en grupos,
se arrebañan en partidos. Crecen en la justa medida en que el clima se
atempera. Las ficciones democráticas igualan el sabio al analfabeto, el
señor al lacayo, el poeta al prestamista: cada uno tiene un voto y el supremo
derecho es votar. La mediocridad se condensa, conviértese en sistema, es
incontrastable.
Encúmbranse gañanes, pues no florecen genios: las creaciones y las
profecías son imposibles si no están en el alma de la época. La aspiración
de lo mejor no es privilegio de todas las generaciones. Tras una que ha
realizado un gran esfuerzo, arrastrada ó conmovida por un genio, la
siguiente descansa y se dedica á vivir de glorias pasadas, conmemorándolas
sin fe; las facciones dispútanse los manejos administrativos, compitiendo en
manosear todos los ideales. La ausencia de éstos se disfraza con exceso de
pompa y de palabras; acállase cualquier protesta con la participación en los
urbanidad á la hipocresía, distinción al amaricamiento, cultura á la timidez,
tolerancia á la complicidad; la mentira proporciona estas denominaciones
equívocas. Y los que así mienten son enemigos de sí mismos y de la patria,
deshonrando en ella á sus padres y á sus hijos, carcomiendo la dignidad
común.
En esos paréntesis de alcornocamiento aventúranse las mediocracias por
senderos innobles. La obsesión de acumular tesoros materiales, ó el torpe
afán de usufructuarlos en la holganza, borra del espíritu colectivo todo
rastro de ensueño. Los países dejan de ser patrias. Cualquier ideal agoniza ó
muere; van desmereciendo el ingenio y el mérito. Los filósofos, los sabios y
los artistas están de más; la pesadez de la atmósfera cierra sus alas y dejan
de volar. Su presencia estorba á traficantes y judíos, á todos los que trabajan
por lucrar, á los esclavos del ahorro ó de la avaricia. Las cosas del espíritu
son despreciadas. No siéndole propicio el clima sus cultores son contados.
No llegan á inquietar á las mediocracias; están proscritos dentro del país,
que mata á fuego lento sus ideales, sin necesitar desterrarlos. Cada hombre
queda preso entre mil sombras que lo rodean y lo paralizan.
Siempre hay mediocres, son perennes. Lo que varía es su prestigio y su
influencia. En los climas líricos muéstranse humildes, son tolerados; nadie
los nota, no osan inmiscuirse en nada. Cuando se entibian los ideales y se
reemplaza lo cualitativo por lo cuantitativo, se empieza á contar con ellos.
Apercíbense entonces de su número, se cuentan, se mancornan en grupos,
se arrebañan en partidos. Crecen en la justa medida en que el clima se
atempera. Las ficciones democráticas igualan el sabio al analfabeto, el
señor al lacayo, el poeta al prestamista: cada uno tiene un voto y el supremo
derecho es votar. La mediocridad se condensa, conviértese en sistema, es
incontrastable.
Encúmbranse gañanes, pues no florecen genios: las creaciones y las
profecías son imposibles si no están en el alma de la época. La aspiración
de lo mejor no es privilegio de todas las generaciones. Tras una que ha
realizado un gran esfuerzo, arrastrada ó conmovida por un genio, la
siguiente descansa y se dedica á vivir de glorias pasadas, conmemorándolas
sin fe; las facciones dispútanse los manejos administrativos, compitiendo en
manosear todos los ideales. La ausencia de éstos se disfraza con exceso de
pompa y de palabras; acállase cualquier protesta con la participación en los
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festines; se proclaman las mejores intenciones y se practican bajezas
abominables; se miente la democracia; se miente la ciencia; se miente el
arte; se miente la justicia; se miente el carácter. Todo se miente con la
anuencia de todos; cada hombre pone precio á su complicidad, un precio
razonable que oscila entre un empleo y una decoración.
Los gobernantes no crean tal estado de cosas y de espíritus: lo representan.
Cuando las naciones dan en bajíos, los ideales son suplantados por
voracidades insaciables: alguna facción de mediocres se apodera del
engranaje constituido ó reformado por hombres geniales. Florecen
legisladores, pululan archivistas, cuéntanse los funcionarios por legiones:
las leyes se multiplican, sin reforzar por ello su eficacia. Las ciencias
conviértense en mecanismos oficiales, en institutos y academias donde el
genio no se forma jamás y al mismo ingenio se le impide que crezca: su
presencia humillaría con la fuerza del contraste. Las artes tórnanse
industrias patrocinadas por el Estado, reaccionario en sus gustos y adverso á
toda previsión de nuevos ritmos ó de nuevas formas; la imaginación de
artistas y poetas parece aguzarse en descubrir las grietas del presupuesto y
filtrarse por ellas. En tales épocas los astros no surgen. Huelgan: la sociedad
no los necesita; bástale su cohorte de funcionarios. El nivel de los
gobernantes desciende hasta marcar el cero: la mediocracia es una
confabulación de los ceros contra las unidades. Cien políticos mediocres,
juntos, no valen un estadista genial. Sumad diez ceros, cien, mil, todos los
de las matemáticas y no tendréis cantidad alguna, ni siquiera negativa. Los
políticos mediocres marcan el cero absoluto en el termómetro de la historia,
conservándose limpios de infamia y de virtud. Roque gobernando la ínsula:
equidistante de Nerón y de Marco Aurelio.
Una apatía conservadora caracteriza á esos períodos; entíbiase la ansiedad
de las cosas elevadas, prosperando á su contra el afán de los suntuosos
formulismos. Los gobernantes que no piensan parecen prudentes; los que
nada hacen titúlanse reposados; los que no roban resultan alhajas. El
concepto del mérito se torna negativo: las sombras son preferibles á los
hombres. Se busca lo originariamente mediocre ó lo mediocrizado por la
senilidad. En vez de héroes, genios ó santos, anúncianse los apacibles
administradores, milagrosos arquetipos de la mediocridad reinante, como
aquel Popeo Sabino par negotiis neque supra. Pero el estadista, el filósofo,
abominables; se miente la democracia; se miente la ciencia; se miente el
arte; se miente la justicia; se miente el carácter. Todo se miente con la
anuencia de todos; cada hombre pone precio á su complicidad, un precio
razonable que oscila entre un empleo y una decoración.
Los gobernantes no crean tal estado de cosas y de espíritus: lo representan.
Cuando las naciones dan en bajíos, los ideales son suplantados por
voracidades insaciables: alguna facción de mediocres se apodera del
engranaje constituido ó reformado por hombres geniales. Florecen
legisladores, pululan archivistas, cuéntanse los funcionarios por legiones:
las leyes se multiplican, sin reforzar por ello su eficacia. Las ciencias
conviértense en mecanismos oficiales, en institutos y academias donde el
genio no se forma jamás y al mismo ingenio se le impide que crezca: su
presencia humillaría con la fuerza del contraste. Las artes tórnanse
industrias patrocinadas por el Estado, reaccionario en sus gustos y adverso á
toda previsión de nuevos ritmos ó de nuevas formas; la imaginación de
artistas y poetas parece aguzarse en descubrir las grietas del presupuesto y
filtrarse por ellas. En tales épocas los astros no surgen. Huelgan: la sociedad
no los necesita; bástale su cohorte de funcionarios. El nivel de los
gobernantes desciende hasta marcar el cero: la mediocracia es una
confabulación de los ceros contra las unidades. Cien políticos mediocres,
juntos, no valen un estadista genial. Sumad diez ceros, cien, mil, todos los
de las matemáticas y no tendréis cantidad alguna, ni siquiera negativa. Los
políticos mediocres marcan el cero absoluto en el termómetro de la historia,
conservándose limpios de infamia y de virtud. Roque gobernando la ínsula:
equidistante de Nerón y de Marco Aurelio.
Una apatía conservadora caracteriza á esos períodos; entíbiase la ansiedad
de las cosas elevadas, prosperando á su contra el afán de los suntuosos
formulismos. Los gobernantes que no piensan parecen prudentes; los que
nada hacen titúlanse reposados; los que no roban resultan alhajas. El
concepto del mérito se torna negativo: las sombras son preferibles á los
hombres. Se busca lo originariamente mediocre ó lo mediocrizado por la
senilidad. En vez de héroes, genios ó santos, anúncianse los apacibles
administradores, milagrosos arquetipos de la mediocridad reinante, como
aquel Popeo Sabino par negotiis neque supra. Pero el estadista, el filósofo,
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el poeta, los que realizan, predican y anuncian alguna parte de un ideal,
están ausentes. Nada tienen que hacer.
La tiranía del clima es absoluta: nivelarse ó sucumbir. La regla conoce
pocas excepciones en la historia. Las mediocracias negaron siempre las
virtudes, las bellezas, las grandezas, dieron el veneno á Sócrates, el leño á
Cristo, el puñal á César, el destierro á Dante, la cárcel á Bacon, el fuego á
Bruno; y mientras escarnecían á esos hombres ejemplares, aplastándolos
con su saña ó armando contra ellos algún brazo enloquecido, ofrecían su
servidumbre á pomposos pavoreales ó ponían su hombro para sostener las
más torpes tiranías. Á un precio: que éstas garantizaran á las clases hartas la
tranquilidad necesaria para usufructuar sus riquezas.
En esas épocas de lenocinio la autoridad es fácil de ejercitar: las cortes se
pueblan de serviles, apandillados por batos enflautadores. Mesnadas de
retóricos parlotean pane lucrando: aspirantes á algún bajalato y pulchinelas
de perilustres barrizales, en cuyas conciencias está siempre colgado el
albarán ignominioso. Las mediocracias apuntálanse en los apetitos de los
que ansían vivir de ellas y en el miedo de los que temen perder la pitanza.
La indignidad civil es ley en esos climas. Todo hombre declina su
personalidad al convertirse en funcionario: no lleva visible la cadena al pie,
como el esclavo, pero la arrastra ocultamente, amarrada en su intestino.
Ciudadanos de una patria son los capaces de vivir por su esfuerzo, sin la
cebada oficial. Cuando todo se sacrifica á ésta, sobreponiendo los apetitos á
las aspiraciones, el sentido moral se degrada y la decadencia se aproxima.
En vano se buscan remedios en la glorificación del pasado. De ese
atafagamiento los pueblos no despiertan loando lo que fué, sino sembrando
el porvenir y reconstituyendo el culto del mérito.
Los países son expresiones geográficas y los estados son equilibrios de
instituciones. Una patria es mucho más y es otra cosa: sincronismo de
espíritus y de corazones, temple uniforme para el esfuerzo, homogénea
disposición para el sacrificio, simultaneidad en la aspiración de la grandeza
y en el deseo de la gloria. Donde falta esa comunidad de esperanzas no hay
patria, no puede haberla: hay que tener ensueños comunes, desear juntos
grandes cosas y sentirse decididos á realizarlas, con la seguridad de que
ninguno se quedará en mitad del camino contando sus talegas. No basta
acumular riquezas para crear una patria: Cartago no lo fué. Era una
empresa. Las áureas minas, las industrias afiebradas y las lluvias generosas
están ausentes. Nada tienen que hacer.
La tiranía del clima es absoluta: nivelarse ó sucumbir. La regla conoce
pocas excepciones en la historia. Las mediocracias negaron siempre las
virtudes, las bellezas, las grandezas, dieron el veneno á Sócrates, el leño á
Cristo, el puñal á César, el destierro á Dante, la cárcel á Bacon, el fuego á
Bruno; y mientras escarnecían á esos hombres ejemplares, aplastándolos
con su saña ó armando contra ellos algún brazo enloquecido, ofrecían su
servidumbre á pomposos pavoreales ó ponían su hombro para sostener las
más torpes tiranías. Á un precio: que éstas garantizaran á las clases hartas la
tranquilidad necesaria para usufructuar sus riquezas.
En esas épocas de lenocinio la autoridad es fácil de ejercitar: las cortes se
pueblan de serviles, apandillados por batos enflautadores. Mesnadas de
retóricos parlotean pane lucrando: aspirantes á algún bajalato y pulchinelas
de perilustres barrizales, en cuyas conciencias está siempre colgado el
albarán ignominioso. Las mediocracias apuntálanse en los apetitos de los
que ansían vivir de ellas y en el miedo de los que temen perder la pitanza.
La indignidad civil es ley en esos climas. Todo hombre declina su
personalidad al convertirse en funcionario: no lleva visible la cadena al pie,
como el esclavo, pero la arrastra ocultamente, amarrada en su intestino.
Ciudadanos de una patria son los capaces de vivir por su esfuerzo, sin la
cebada oficial. Cuando todo se sacrifica á ésta, sobreponiendo los apetitos á
las aspiraciones, el sentido moral se degrada y la decadencia se aproxima.
En vano se buscan remedios en la glorificación del pasado. De ese
atafagamiento los pueblos no despiertan loando lo que fué, sino sembrando
el porvenir y reconstituyendo el culto del mérito.
Los países son expresiones geográficas y los estados son equilibrios de
instituciones. Una patria es mucho más y es otra cosa: sincronismo de
espíritus y de corazones, temple uniforme para el esfuerzo, homogénea
disposición para el sacrificio, simultaneidad en la aspiración de la grandeza
y en el deseo de la gloria. Donde falta esa comunidad de esperanzas no hay
patria, no puede haberla: hay que tener ensueños comunes, desear juntos
grandes cosas y sentirse decididos á realizarlas, con la seguridad de que
ninguno se quedará en mitad del camino contando sus talegas. No basta
acumular riquezas para crear una patria: Cartago no lo fué. Era una
empresa. Las áureas minas, las industrias afiebradas y las lluvias generosas
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hacen de un país un estado rico: se necesitan ideales de cultura para que en
él haya una patria.
Mientras un país no es patria, sus habitantes no constituyen una nación. El
sentimiento de la nacionalidad sólo existe en los que se sienten acomunados
para perseguir un mismo ideal: las naciones más homogéneas son las que
cuentan más hombres capaces de sentirlo y de servirlo. Es más intenso y
perfeccionado en las mentes conspicuas. La capacidad de ideales, exigua en
los mediocres, impídeles ver en el patriotismo el más alto ideal; el déclassé,
ajeno á la nación, tampoco lo concibe; el esclavo y el siervo tienen un país
natal. Sólo el digno y el libre pueden tener una patria.
Pueden tenerla. Rara vez la tienen. El sentimiento nace en muchos, pero
permanece rudimentario; en pocos elegidos llega á ser dominante y
vivificador, anteponiéndose á pequeñas sordideces de piara ó de cofradía.
Cuando los intereses de la mediocridad sobrepónense á los ideales de los
espíritus cultos, que constituyen el alma de una nación, el sentimiento
nacional se corrompe: la patria es explotada como una empresa. Cuando se
vive hartando los propios apetitos y nadie piensa que en cada ingenio
original puede estar una partícula de la gloria común, la nación se abisma.
Los ciudadanos vuelven á la condición de habitantes. La patria á la de país.
Y eso ocurre periódicamente: como si la pupila de la nación necesitara
parpadear en su mirada hacia el porvenir. Y los caracteres mediocres
aprovechan ese paréntesis de sombra para culminar, mientras los genios
tórnanse invisibles. Todo se dobla y abaja, desapareciendo la molicie
individual en la común: diríase que en la culpa colectiva se esfuma la
responsabilidad de cada uno. Cuando el conjunto se dobla, como en el
barquinazo de un buque, parece, por relatividad, que ninguna cosa se
doblara. Sólo quien se levanta, y mira desde otro plano á los que navegan,
advierte su descenso, como si frente á ellos fuese un punto inmóvil: un faro
en la costa.
II.—La política de las piaras.
El instrumento de esa contaminación general es, en nuestra época, el
sistema parlamentario: todas las formas de parlamentarismo. Antes
presumíase que para gobernar se requería cierta ciencia y el arte de
él haya una patria.
Mientras un país no es patria, sus habitantes no constituyen una nación. El
sentimiento de la nacionalidad sólo existe en los que se sienten acomunados
para perseguir un mismo ideal: las naciones más homogéneas son las que
cuentan más hombres capaces de sentirlo y de servirlo. Es más intenso y
perfeccionado en las mentes conspicuas. La capacidad de ideales, exigua en
los mediocres, impídeles ver en el patriotismo el más alto ideal; el déclassé,
ajeno á la nación, tampoco lo concibe; el esclavo y el siervo tienen un país
natal. Sólo el digno y el libre pueden tener una patria.
Pueden tenerla. Rara vez la tienen. El sentimiento nace en muchos, pero
permanece rudimentario; en pocos elegidos llega á ser dominante y
vivificador, anteponiéndose á pequeñas sordideces de piara ó de cofradía.
Cuando los intereses de la mediocridad sobrepónense á los ideales de los
espíritus cultos, que constituyen el alma de una nación, el sentimiento
nacional se corrompe: la patria es explotada como una empresa. Cuando se
vive hartando los propios apetitos y nadie piensa que en cada ingenio
original puede estar una partícula de la gloria común, la nación se abisma.
Los ciudadanos vuelven á la condición de habitantes. La patria á la de país.
Y eso ocurre periódicamente: como si la pupila de la nación necesitara
parpadear en su mirada hacia el porvenir. Y los caracteres mediocres
aprovechan ese paréntesis de sombra para culminar, mientras los genios
tórnanse invisibles. Todo se dobla y abaja, desapareciendo la molicie
individual en la común: diríase que en la culpa colectiva se esfuma la
responsabilidad de cada uno. Cuando el conjunto se dobla, como en el
barquinazo de un buque, parece, por relatividad, que ninguna cosa se
doblara. Sólo quien se levanta, y mira desde otro plano á los que navegan,
advierte su descenso, como si frente á ellos fuese un punto inmóvil: un faro
en la costa.
II.—La política de las piaras.
El instrumento de esa contaminación general es, en nuestra época, el
sistema parlamentario: todas las formas de parlamentarismo. Antes
presumíase que para gobernar se requería cierta ciencia y el arte de
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aplicarla; ahora se ha convenido que Gil Blas, Tartufo y Sancho son los
árbitros inapelables de esa ciencia y de ese arte.
La política se degrada, conviértese en profesión. Los espíritus subalternos
florecen en los establos del sufragio universal. En la bajamar sube lo rahez
y se acorchan los traficantes. Toda excelencia desaparece, eclipsada por la
mediocridad. Se instaura una moral hostil á la firmeza y propicia al
relajamiento. El gobierno va á manos de gentualla que abocada el
presupuesto. Abájanse los adarves y álzanse los muladares. El lauredal se
agosta y los cardizales se multiplican. Los palaciegos se mancornan con los
malandrines. Progresan funámbulos y volatineros. Nadie piensa, donde
todos lucran; nadie sueña, donde todos tragan. Lo que antes era estigma de
infamia ó cobardía, tórnase jactancia de astucia; lo que otrora mataba, ahora
vivifica, como si hubiera una aclimatación al ridículo; sombras envilecidas
se levantan y parecen hombres; la improbidad se pavonea y ostenta, en vez
de ser vergonzante y pudorosa. Lo que en las patrias se cubría de vergüenza,
en los países cúbrese de honores.
Las jornadas electorales son humillantes en los países mediocrizados:
enjuagues de mercenarios ó pugilatos de aventureros, cuando no arrebatos
de sectarios. Su justificación está á cargo de electores inocentes, que van á
la parodia como á una fiesta del ideal.
Las facciones son adversas á todas las originalidades. Hombres ilustres
pueden ser víctimas del voto de la canalla: los partidos adornan sus listas
con ciertos nombres respetados, sintiendo la necesidad de parapetarse tras el
blasón intelectual de algunos selectos. Cada piara se forma un estado mayor
que disculpe la pretensión de gobernar á su país, encubriendo las restantes
vanidades ó piraterías con el pretexto de sostener intereses de partidos. Las
excepciones no son toleradas en homenaje á las virtudes: las piaras no
admiran ninguna superioridad. Explotan el prestigio del pabellón para dar
paso á su mercancía de contrabando; descuentan en el banco del éxito
merced á la firma prestigiosa. Por cada hombre de mérito hay docenas de
sombras insignificantes.
Aparte esas excepciones, que existen en todas partes, la masa de «elegidos
del pueblo» es subalterna y profesional, pelma de vanidosos, deshonestos y
serviles.
árbitros inapelables de esa ciencia y de ese arte.
La política se degrada, conviértese en profesión. Los espíritus subalternos
florecen en los establos del sufragio universal. En la bajamar sube lo rahez
y se acorchan los traficantes. Toda excelencia desaparece, eclipsada por la
mediocridad. Se instaura una moral hostil á la firmeza y propicia al
relajamiento. El gobierno va á manos de gentualla que abocada el
presupuesto. Abájanse los adarves y álzanse los muladares. El lauredal se
agosta y los cardizales se multiplican. Los palaciegos se mancornan con los
malandrines. Progresan funámbulos y volatineros. Nadie piensa, donde
todos lucran; nadie sueña, donde todos tragan. Lo que antes era estigma de
infamia ó cobardía, tórnase jactancia de astucia; lo que otrora mataba, ahora
vivifica, como si hubiera una aclimatación al ridículo; sombras envilecidas
se levantan y parecen hombres; la improbidad se pavonea y ostenta, en vez
de ser vergonzante y pudorosa. Lo que en las patrias se cubría de vergüenza,
en los países cúbrese de honores.
Las jornadas electorales son humillantes en los países mediocrizados:
enjuagues de mercenarios ó pugilatos de aventureros, cuando no arrebatos
de sectarios. Su justificación está á cargo de electores inocentes, que van á
la parodia como á una fiesta del ideal.
Las facciones son adversas á todas las originalidades. Hombres ilustres
pueden ser víctimas del voto de la canalla: los partidos adornan sus listas
con ciertos nombres respetados, sintiendo la necesidad de parapetarse tras el
blasón intelectual de algunos selectos. Cada piara se forma un estado mayor
que disculpe la pretensión de gobernar á su país, encubriendo las restantes
vanidades ó piraterías con el pretexto de sostener intereses de partidos. Las
excepciones no son toleradas en homenaje á las virtudes: las piaras no
admiran ninguna superioridad. Explotan el prestigio del pabellón para dar
paso á su mercancía de contrabando; descuentan en el banco del éxito
merced á la firma prestigiosa. Por cada hombre de mérito hay docenas de
sombras insignificantes.
Aparte esas excepciones, que existen en todas partes, la masa de «elegidos
del pueblo» es subalterna y profesional, pelma de vanidosos, deshonestos y
serviles.
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Los primeros derrochan su fortuna por acceder al Parlamento. Ricos
terratenientes ó poderosos industriales pagan á peso de oro los votos
coleccionados por agentes impúdicos; señorzuelos advenedizos abren sus
alcancías para comprarse el único diploma accesible á su mentalidad
amorfa; asnos enriquecidos aspiran á ser tutores de pueblos, sin más capital
que su constancia y sus millones. Necesitan ser alguien; creen conseguirlo
incorporándose á las piaras.
Los deshonestos son legión; asaltan el Parlamento para entregarse á
especulaciones lucrativas. Venden su voto á empresas que muerden las
arcas del Estado; prestigian proyectos de grandes negocios con el erario,
cobrando sus discursos á tanto por minuto; pagan con destinos y dádivas
oficiales á sus electores; comercian su influencia al menudeo para obtener
concesiones en favor de su clientela. Su gestión política suele ser tranquila:
un hombre de negocios está siempre con la mayoría. Apoya á todos los
gobiernos.
Los serviles merodean por los Congresos en virtud de la flexibilidad de sus
espinazos. Lacayos de un grande hombre, ó instrumentos ciegos de su piara,
no osan discutir la jefatura del uno ó las consignas de la otra. No se les pide
talento, elocuencia ó probidad: basta con la certeza de su panurgismo. Viven
de luz ajena, satélites sin calor y sin pensamiento, uncidos al carro de su
cacique, dispuestos siempre á batir palmas cuando él habla y á ponerse de
pie llegada la hora de una votación.
En las democracias más novicias, llamadas repúblicas por burla, los
congresos puéblanse de mansos protegidos de las oligarquías dominantes.
Medran piaras sumisas, serviles, incondicionales, afeminadas: las mayorías
miran al porquero esperando una guiñada ó una seña. Si alguno se aparta
está perdido; los que se rebelan son proscritos sin apelación.
Hay casos aislados de ingenio y de carácter, soñadores de algún apostolado
ó representantes de fanatismos colectivos; si el tiempo no los domestica,
ellos sirven á los demás, justificándolos con su presencia, aquilatándolos.
Es de ilusos creer que el mérito abre las puertas de los parlamentos
envilecidos. Los partidos—ó el gobierno en su nombre—operan una
selección entre sus miembros, á expensas del mérito y en favor de la intriga.
Un soberano cuantitativo y sin ideales prefiere candidatos que tengan su
misma complexión moral: por simpatía y por conveniencia.
terratenientes ó poderosos industriales pagan á peso de oro los votos
coleccionados por agentes impúdicos; señorzuelos advenedizos abren sus
alcancías para comprarse el único diploma accesible á su mentalidad
amorfa; asnos enriquecidos aspiran á ser tutores de pueblos, sin más capital
que su constancia y sus millones. Necesitan ser alguien; creen conseguirlo
incorporándose á las piaras.
Los deshonestos son legión; asaltan el Parlamento para entregarse á
especulaciones lucrativas. Venden su voto á empresas que muerden las
arcas del Estado; prestigian proyectos de grandes negocios con el erario,
cobrando sus discursos á tanto por minuto; pagan con destinos y dádivas
oficiales á sus electores; comercian su influencia al menudeo para obtener
concesiones en favor de su clientela. Su gestión política suele ser tranquila:
un hombre de negocios está siempre con la mayoría. Apoya á todos los
gobiernos.
Los serviles merodean por los Congresos en virtud de la flexibilidad de sus
espinazos. Lacayos de un grande hombre, ó instrumentos ciegos de su piara,
no osan discutir la jefatura del uno ó las consignas de la otra. No se les pide
talento, elocuencia ó probidad: basta con la certeza de su panurgismo. Viven
de luz ajena, satélites sin calor y sin pensamiento, uncidos al carro de su
cacique, dispuestos siempre á batir palmas cuando él habla y á ponerse de
pie llegada la hora de una votación.
En las democracias más novicias, llamadas repúblicas por burla, los
congresos puéblanse de mansos protegidos de las oligarquías dominantes.
Medran piaras sumisas, serviles, incondicionales, afeminadas: las mayorías
miran al porquero esperando una guiñada ó una seña. Si alguno se aparta
está perdido; los que se rebelan son proscritos sin apelación.
Hay casos aislados de ingenio y de carácter, soñadores de algún apostolado
ó representantes de fanatismos colectivos; si el tiempo no los domestica,
ellos sirven á los demás, justificándolos con su presencia, aquilatándolos.
Es de ilusos creer que el mérito abre las puertas de los parlamentos
envilecidos. Los partidos—ó el gobierno en su nombre—operan una
selección entre sus miembros, á expensas del mérito y en favor de la intriga.
Un soberano cuantitativo y sin ideales prefiere candidatos que tengan su
misma complexión moral: por simpatía y por conveniencia.
Page 162
Las más abstrusas fórmulas de la química orgánica parecen balbuceos
infantiles frente á las vueltacaras del parlamentario mediocre. El desprecio
de los hombres probos no le amedrenta jamás. Confía en el rebaño amorfo:
el bajo nivel del representante halaga la insensatez del representado. Por eso
los inservibles se adaptan maravillosamente á los desiderata del sufragio
universal; la grey se prosterna ante los fetiches más huecos y los rellena con
su complicada tontería.
Los cómplices, grandes ó pequeños, aspiran á convertirse en funcionarios.
La burocracia es una masonería de voracidades en acecho. Desde que se
inventaron los «Derechos del Hombre» todo imbécil los sabe de memoria;
un elector considérase apto para cualquier destino en el vastísimo engranaje
burocrático, suponiendo que la igualdad ante la ley implica una
equivalencia de aptitudes. Ese afán de vivir á expensas del Estado rebaja la
dignidad, enseñando que el mérito es inútil frente á la influencia. Cada
demócrata que cruza las calles de prisa, preocupado, á pie, en automóvil, de
blusa, enguantado, joven, maduro, á cualquier hora, podéis asegurar que
está domesticándose, envileciéndose: busca una recomendación ó la lleva
en su faltriquera.
El funcionarismo crece con la democracia. Otrora, cuando fué necesario
delegar parte de sus funciones, los monarcas elegían á hombres de mérito,
experiencia y fidelidad. Pertenecían casi todos á la casta feudal; los grandes
cargos la vinculaban á la causa del señor. Junto á esa, formábanse pequeñas
burocracias locales. Creciendo las instituciones de gobierno el
funcionarismo creció, llegando á ser una clase, una rama de las oligarquías
dominantes. Para impedir que fuese altiva, la reglamentaron, quitándole
toda iniciativa y ahogándola en la rutina. Á su afán de mando se opuso una
sumisión exagerada. La pequeña burocracia no varía; la grande, que es su
llave, cambia con la piara que gobierna. Con el sistema parlamentario se la
esclavizó por partida doble: del ejecutivo y del legislativo. Ese juego de
influencias bilaterales converge á empequeñecer la dignidad de los
funcionarios. El mérito queda excluido en absoluto; basta la influencia. Con
ella se asciende por caminos equívocos. La característica del zafio es
creerse apto para todo, como si la buena intención salvara la incompetencia.
Flaubert ha contado en páginas eternas la historia de dos mediocres que
ensayan lo ensayable: Buvard y Pécuchet. Nada hacen bien, pero á nada
renuncian. Ellos pueblan las mediocracias; son funcionarios de cualquier
infantiles frente á las vueltacaras del parlamentario mediocre. El desprecio
de los hombres probos no le amedrenta jamás. Confía en el rebaño amorfo:
el bajo nivel del representante halaga la insensatez del representado. Por eso
los inservibles se adaptan maravillosamente á los desiderata del sufragio
universal; la grey se prosterna ante los fetiches más huecos y los rellena con
su complicada tontería.
Los cómplices, grandes ó pequeños, aspiran á convertirse en funcionarios.
La burocracia es una masonería de voracidades en acecho. Desde que se
inventaron los «Derechos del Hombre» todo imbécil los sabe de memoria;
un elector considérase apto para cualquier destino en el vastísimo engranaje
burocrático, suponiendo que la igualdad ante la ley implica una
equivalencia de aptitudes. Ese afán de vivir á expensas del Estado rebaja la
dignidad, enseñando que el mérito es inútil frente á la influencia. Cada
demócrata que cruza las calles de prisa, preocupado, á pie, en automóvil, de
blusa, enguantado, joven, maduro, á cualquier hora, podéis asegurar que
está domesticándose, envileciéndose: busca una recomendación ó la lleva
en su faltriquera.
El funcionarismo crece con la democracia. Otrora, cuando fué necesario
delegar parte de sus funciones, los monarcas elegían á hombres de mérito,
experiencia y fidelidad. Pertenecían casi todos á la casta feudal; los grandes
cargos la vinculaban á la causa del señor. Junto á esa, formábanse pequeñas
burocracias locales. Creciendo las instituciones de gobierno el
funcionarismo creció, llegando á ser una clase, una rama de las oligarquías
dominantes. Para impedir que fuese altiva, la reglamentaron, quitándole
toda iniciativa y ahogándola en la rutina. Á su afán de mando se opuso una
sumisión exagerada. La pequeña burocracia no varía; la grande, que es su
llave, cambia con la piara que gobierna. Con el sistema parlamentario se la
esclavizó por partida doble: del ejecutivo y del legislativo. Ese juego de
influencias bilaterales converge á empequeñecer la dignidad de los
funcionarios. El mérito queda excluido en absoluto; basta la influencia. Con
ella se asciende por caminos equívocos. La característica del zafio es
creerse apto para todo, como si la buena intención salvara la incompetencia.
Flaubert ha contado en páginas eternas la historia de dos mediocres que
ensayan lo ensayable: Buvard y Pécuchet. Nada hacen bien, pero á nada
renuncian. Ellos pueblan las mediocracias; son funcionarios de cualquier
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función, creyéndose órganos valederos para las más contradictorias
fisiologías.
Consecuencias inmediatas del funcionarismo son la servilidad y la
adulación. Existen desde que hubo poderosos y favoritos.
Bajo cien formas se observa la primera, implícita en la desigualdad
humana: donde hubo hombres diferentes, algunos fueron dignos y otros
domésticos.
El excesivo comedimiento y la afectación de agradar al amo engendran esas
carcomas del carácter. No son delitos ante las leyes, ni vicios para la moral
de ciertas épocas: son compatibles con la «honestidad». Pero no con la
«virtud». Nunca. Por eso, si bien no llevan á la cárcel, jamás conducen á la
gloria.
La sensibilidad á los elogios es legítima en sus orígenes. Ellos son una
medida indirecta del mérito; se fundan en la estimación, el reconocimiento,
la amistad, la admiración ó el amor. El elogio sincero y desinteresado no
rebaja á quien lo otorga ni ofende á quien lo recibe, aun cuando es injusto.
Puede ser un error; no es una indignidad. La adulación lo es siempre: es
desleal é interesada. El deseo de la privanza induce á complacer á los
poderosos; la conducta del adulón mira á eso y todo lo sacrifica su ánimo
servil. Su inteligencia sólo se aguza para oliscar el deseo del amo:
subordina sus gustos á los de su dueño, pensando y sintiendo como él lo
ordena; su personalidad no está abolida, pero poco falta. Pertenece á la raza
de los «cobardes felices», como los bautizó Lecomte de Lisle.
La adulación es una injusticia. Engaña. Es despreciable siempre el adulón,
aun cuando lo hace por una especie de benevolencia banal ó por el deseo de
agradar á cualquier precio. Racine (Fedra, IV, 6) lo creyó un castigo divino:
Détestables flatteurs, présent le plus funeste Que puisse faire aux
rois la colère celeste.
No sólo se adula á reyes y poderosos. El que adula al pueblo no es menos
vil. En las mediocracias hay miserables afanes de popularidad, más
degradantes que el servilismo. Para obtener el favor cuantitativo de los
lacayos se les miente bajas alabanzas disfrazadas de ideal: más cobardes
porque se dirigen á plebes que no saben controlar el embuste. Halagar á los
fisiologías.
Consecuencias inmediatas del funcionarismo son la servilidad y la
adulación. Existen desde que hubo poderosos y favoritos.
Bajo cien formas se observa la primera, implícita en la desigualdad
humana: donde hubo hombres diferentes, algunos fueron dignos y otros
domésticos.
El excesivo comedimiento y la afectación de agradar al amo engendran esas
carcomas del carácter. No son delitos ante las leyes, ni vicios para la moral
de ciertas épocas: son compatibles con la «honestidad». Pero no con la
«virtud». Nunca. Por eso, si bien no llevan á la cárcel, jamás conducen á la
gloria.
La sensibilidad á los elogios es legítima en sus orígenes. Ellos son una
medida indirecta del mérito; se fundan en la estimación, el reconocimiento,
la amistad, la admiración ó el amor. El elogio sincero y desinteresado no
rebaja á quien lo otorga ni ofende á quien lo recibe, aun cuando es injusto.
Puede ser un error; no es una indignidad. La adulación lo es siempre: es
desleal é interesada. El deseo de la privanza induce á complacer á los
poderosos; la conducta del adulón mira á eso y todo lo sacrifica su ánimo
servil. Su inteligencia sólo se aguza para oliscar el deseo del amo:
subordina sus gustos á los de su dueño, pensando y sintiendo como él lo
ordena; su personalidad no está abolida, pero poco falta. Pertenece á la raza
de los «cobardes felices», como los bautizó Lecomte de Lisle.
La adulación es una injusticia. Engaña. Es despreciable siempre el adulón,
aun cuando lo hace por una especie de benevolencia banal ó por el deseo de
agradar á cualquier precio. Racine (Fedra, IV, 6) lo creyó un castigo divino:
Détestables flatteurs, présent le plus funeste Que puisse faire aux
rois la colère celeste.
No sólo se adula á reyes y poderosos. El que adula al pueblo no es menos
vil. En las mediocracias hay miserables afanes de popularidad, más
degradantes que el servilismo. Para obtener el favor cuantitativo de los
lacayos se les miente bajas alabanzas disfrazadas de ideal: más cobardes
porque se dirigen á plebes que no saben controlar el embuste. Halagar á los
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ignorantes y merecer su aplauso hablándoles sin cesar de sus derechos,
jamás de sus deberes, es el postrer renunciamiento á la propia dignidad.
En los climas mediocres, mientras las masas escuchan á los charlatanes, los
gobernantes prestan oído á los quitamotas. Los vanidosos viven fascinados
por esta sirena que los arrulla sin cesar, acariciando su sombra; pierden todo
criterio para juzgar sus propios actos y los ajenos; la intriga los aprisiona; la
adulación de los serviles los arrastra á cometer ignominias: como esas
mujeres que alardean su hermosura y acaban por prestarla á quienes la
adulcen con elogios desmedidos. El verdadero mérito es desconcertado por
la adulación: tiene su orgullo y su pudor, como la castidad. Los grandes
hombres dicen de sí, naturalmente, elogios que en labios ajenos los harían
sonrojar; las grandes sombras gozan oyendo las alabanzas que temen no
merecer.
Las mediocracias fomentan ese vicio de siervos. Todo el que piensa con
cabeza propia, ó tiene un corazón altivo, se aparta del tremedal donde
prosperan los envilecidos. «El hombre excelente—escribió La Bruyère—no
puede adular; cree que su presencia importuna en las cortes, como si su
virtud ó su talento fuesen un reproche á los que gobiernan.» Y de su
apartamiento aprovechan los que palidecen ante sus méritos, como si
existiera una perfecta compensación entre la ineptitud y el rango, entre las
domesticidades y los avanzamientos.
De tiempo en tiempo alguno de los mejores se yergue entre todos y dice la
verdad, como sabe y como puede, para que no se extinga ni se subvierta,
transmitiéndola al porvenir. Es la virtud cívica: lo mediocre y lo innoble son
calificados con justeza; á fuerza de velar los nombres acabaría por perderse
en los espíritus la noción de las cosas indignas. Los Tartufos, enemigos de
toda luz estelar y de toda palabra sonora, persígnanse ante el herético que
devuelve sus nombres á las cosas. Si dependiera de ellos la sociedad se
transformaría en una cueva de mudos, cuyo silencio no interrumpiese
ningún clamor vehemente y cuya sombra no rasgara el resplandor de ningún
astro.
Todo idealista ha leído con lírica emoción las tres historias admirables que
cuenta Vigny en su «Stello» imperecedero. Tener un ideal es crimen que no
perdonan las mediocracias. Muere Gilbert; muere Chatterton; muere Andrés
Chenier. Los tres son asesinados por los gobiernos, con arma distinta según
jamás de sus deberes, es el postrer renunciamiento á la propia dignidad.
En los climas mediocres, mientras las masas escuchan á los charlatanes, los
gobernantes prestan oído á los quitamotas. Los vanidosos viven fascinados
por esta sirena que los arrulla sin cesar, acariciando su sombra; pierden todo
criterio para juzgar sus propios actos y los ajenos; la intriga los aprisiona; la
adulación de los serviles los arrastra á cometer ignominias: como esas
mujeres que alardean su hermosura y acaban por prestarla á quienes la
adulcen con elogios desmedidos. El verdadero mérito es desconcertado por
la adulación: tiene su orgullo y su pudor, como la castidad. Los grandes
hombres dicen de sí, naturalmente, elogios que en labios ajenos los harían
sonrojar; las grandes sombras gozan oyendo las alabanzas que temen no
merecer.
Las mediocracias fomentan ese vicio de siervos. Todo el que piensa con
cabeza propia, ó tiene un corazón altivo, se aparta del tremedal donde
prosperan los envilecidos. «El hombre excelente—escribió La Bruyère—no
puede adular; cree que su presencia importuna en las cortes, como si su
virtud ó su talento fuesen un reproche á los que gobiernan.» Y de su
apartamiento aprovechan los que palidecen ante sus méritos, como si
existiera una perfecta compensación entre la ineptitud y el rango, entre las
domesticidades y los avanzamientos.
De tiempo en tiempo alguno de los mejores se yergue entre todos y dice la
verdad, como sabe y como puede, para que no se extinga ni se subvierta,
transmitiéndola al porvenir. Es la virtud cívica: lo mediocre y lo innoble son
calificados con justeza; á fuerza de velar los nombres acabaría por perderse
en los espíritus la noción de las cosas indignas. Los Tartufos, enemigos de
toda luz estelar y de toda palabra sonora, persígnanse ante el herético que
devuelve sus nombres á las cosas. Si dependiera de ellos la sociedad se
transformaría en una cueva de mudos, cuyo silencio no interrumpiese
ningún clamor vehemente y cuya sombra no rasgara el resplandor de ningún
astro.
Todo idealista ha leído con lírica emoción las tres historias admirables que
cuenta Vigny en su «Stello» imperecedero. Tener un ideal es crimen que no
perdonan las mediocracias. Muere Gilbert; muere Chatterton; muere Andrés
Chenier. Los tres son asesinados por los gobiernos, con arma distinta según
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los regímenes. El idealista es inmolado en los imperios absolutos lo mismo
que en las monarquías constitucionales y en las repúblicas democráticas.
Quien vive para un ideal no puede servir á ninguna mediocracia. Todo
conspira allí para que el pensador, el filósofo y el artista se desvíen de su
ruta; cuando se apartan de ella la pierden para siempre.
Temen por eso la política, sabiendo que es el Walhala de los mediocres. En
su red pueden caer prisioneros. Pero cuando reina otro clima y el destino los
lleva al poder, gobiernan contra los serviles y los rutinarios: rompen la
monotonía de la historia. Sus enemigos lo saben; nunca un genio ha sido
encumbrado por una mediocracia. Llegan contra ella, á desmantelarla,
cuando se prepara un porvenir.
III.—Demagogos y aristarcos.
El progresivo advenimiento de la democracia, desde el ignominioso
escándalo de la Bastilla hasta el arrebañamiento actual de los lacayos en
rebeldía, ha mentido la igualdad de los más para impedir la culminación de
los mejores. Es indiferente que se trate de monarquías ó repúblicas. El siglo
XIX ha unificado el régimen político, en su esencia, nivelando todos los
sistemas, democratizándolos.
Un pensador eminente glosó esa verdad: la democracia no tolera las
excepciones ilustres. Si el genio es un soliloquio magnífico, una voz de la
naturaleza en que habla toda una nación ó una raza, ¿no es un privilegio
excesivo que uno ahueque la voz en nombre de todos? La democracia
reniega de tales soberanos que se encumbran sin plebiscitos y no aducen
derechos divinos. Lo que en él era Verbo tórnase palabra y es distribuida
entre todos, que, juntos, creen razonar mejor que uno solo. La civilización
parece concurrir á ese lento y progresivo destierro del hombre
extraordinario, ensanchando é iluminando las medianías. Cuando los más
no sabían pensar, justo era que uno lo hiciese por todos, facultad suprema
aunque expuesta á peligrosos excesos. Pero el hombre providencial es
innecesario á medida que los más piensan y quieren. «En tanta difusión de
la soberanía, se pregunta: ¿qué necesidad hay de grandes epopeyas
pensadas, realizadas ó escritas?» Ésa parece, transitoriamente, su fórmula y
que en las monarquías constitucionales y en las repúblicas democráticas.
Quien vive para un ideal no puede servir á ninguna mediocracia. Todo
conspira allí para que el pensador, el filósofo y el artista se desvíen de su
ruta; cuando se apartan de ella la pierden para siempre.
Temen por eso la política, sabiendo que es el Walhala de los mediocres. En
su red pueden caer prisioneros. Pero cuando reina otro clima y el destino los
lleva al poder, gobiernan contra los serviles y los rutinarios: rompen la
monotonía de la historia. Sus enemigos lo saben; nunca un genio ha sido
encumbrado por una mediocracia. Llegan contra ella, á desmantelarla,
cuando se prepara un porvenir.
III.—Demagogos y aristarcos.
El progresivo advenimiento de la democracia, desde el ignominioso
escándalo de la Bastilla hasta el arrebañamiento actual de los lacayos en
rebeldía, ha mentido la igualdad de los más para impedir la culminación de
los mejores. Es indiferente que se trate de monarquías ó repúblicas. El siglo
XIX ha unificado el régimen político, en su esencia, nivelando todos los
sistemas, democratizándolos.
Un pensador eminente glosó esa verdad: la democracia no tolera las
excepciones ilustres. Si el genio es un soliloquio magnífico, una voz de la
naturaleza en que habla toda una nación ó una raza, ¿no es un privilegio
excesivo que uno ahueque la voz en nombre de todos? La democracia
reniega de tales soberanos que se encumbran sin plebiscitos y no aducen
derechos divinos. Lo que en él era Verbo tórnase palabra y es distribuida
entre todos, que, juntos, creen razonar mejor que uno solo. La civilización
parece concurrir á ese lento y progresivo destierro del hombre
extraordinario, ensanchando é iluminando las medianías. Cuando los más
no sabían pensar, justo era que uno lo hiciese por todos, facultad suprema
aunque expuesta á peligrosos excesos. Pero el hombre providencial es
innecesario á medida que los más piensan y quieren. «En tanta difusión de
la soberanía, se pregunta: ¿qué necesidad hay de grandes epopeyas
pensadas, realizadas ó escritas?» Ésa parece, transitoriamente, su fórmula y
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podría traducirse así: en la medida en que se difunde el régimen
democrático restríngese la función de los hombres superiores.
Sería verdad inconcusa, definitiva, si el devenir democrático fuese una
orientación natural de la historia y si, en caso de serlo, se efectuase con
ritmo permanente, sin tropiezos. Y no es así. No lo ha sido nunca; ni lo será,
según parece. La naturaleza se opone á toda nivelación, viendo en la
igualdad la muerte; necesita del genio más que del imbécil y del talento más
que de la mediocridad. La historia no confirma la presunción de la
democracia: no suprime á Leonardo para endiosar á Panza ni aplasta á
Bertoldo para endiosar á Goethe. Unos y otros tienen su razón de vivir, ni
prospera el uno en el clima del otro. El genio, en su oportunidad, es tan
irreemplazable como el mediocre en la propia; mil, cien mil mediocres no
harían entonces lo que un genio. Cooperan á su obra los idealistas que les
preceden ó siguen; nunca los conservadores, que son sus enemigos
naturales, ni las masas rutinarias, que pueden ser su instrumento pero no su
guía.
Es irónico repetir que los estados no necesitan al gobernante genial sino al
mediocre. En las horas solemnes los pueblos todo lo esperan de los grandes
hombres; en las épocas decadentes bastan los vulgares. El culto del
gobernante honesto es propio de mercaderes que temen al malo, sin
concebir al superior. ¿Por qué la historia renegaría del genio, del santo y del
héroe? Hay un clima que excluye al genio y busca al fatuo: en la chatura
crepuscular de las mediocracias, mientras las academias se pueblan de
miopes y de funcionarios, gobiernan el estado los charlatanes ó los
pollipavos. Pero hay otro clima en que ellos no sirven; entonces puéblase de
astros el horizonte. En la borrasca toma el timón un Sarmiento y pilotea un
pueblo hacia su Ideal; en la aurora mira lejos un Ameghino y descubre
fragmentos de alguna Verdad en formación. Y todo varía en sus dominios;
fórmase en su rededor, como el halo en torno de los astros, una particular
atmósfera donde su palabra resuena y su chispa ilumina: es el clima del
genio. Y uno sólo piensa y hace: marca un evo.
Al lema de la democracia, «igualdad ó muerte», replica la naturaleza: «la
igualdad es la muerte.» Aquel dilema es absurdo. Si fuera posible una
constante nivelación, si hubieran sucumbido alguna vez todos los
individuos diferenciados, los originales, la humanidad no existiría. No
habría podido existir como término culminante de la serie biológica.
democrático restríngese la función de los hombres superiores.
Sería verdad inconcusa, definitiva, si el devenir democrático fuese una
orientación natural de la historia y si, en caso de serlo, se efectuase con
ritmo permanente, sin tropiezos. Y no es así. No lo ha sido nunca; ni lo será,
según parece. La naturaleza se opone á toda nivelación, viendo en la
igualdad la muerte; necesita del genio más que del imbécil y del talento más
que de la mediocridad. La historia no confirma la presunción de la
democracia: no suprime á Leonardo para endiosar á Panza ni aplasta á
Bertoldo para endiosar á Goethe. Unos y otros tienen su razón de vivir, ni
prospera el uno en el clima del otro. El genio, en su oportunidad, es tan
irreemplazable como el mediocre en la propia; mil, cien mil mediocres no
harían entonces lo que un genio. Cooperan á su obra los idealistas que les
preceden ó siguen; nunca los conservadores, que son sus enemigos
naturales, ni las masas rutinarias, que pueden ser su instrumento pero no su
guía.
Es irónico repetir que los estados no necesitan al gobernante genial sino al
mediocre. En las horas solemnes los pueblos todo lo esperan de los grandes
hombres; en las épocas decadentes bastan los vulgares. El culto del
gobernante honesto es propio de mercaderes que temen al malo, sin
concebir al superior. ¿Por qué la historia renegaría del genio, del santo y del
héroe? Hay un clima que excluye al genio y busca al fatuo: en la chatura
crepuscular de las mediocracias, mientras las academias se pueblan de
miopes y de funcionarios, gobiernan el estado los charlatanes ó los
pollipavos. Pero hay otro clima en que ellos no sirven; entonces puéblase de
astros el horizonte. En la borrasca toma el timón un Sarmiento y pilotea un
pueblo hacia su Ideal; en la aurora mira lejos un Ameghino y descubre
fragmentos de alguna Verdad en formación. Y todo varía en sus dominios;
fórmase en su rededor, como el halo en torno de los astros, una particular
atmósfera donde su palabra resuena y su chispa ilumina: es el clima del
genio. Y uno sólo piensa y hace: marca un evo.
Al lema de la democracia, «igualdad ó muerte», replica la naturaleza: «la
igualdad es la muerte.» Aquel dilema es absurdo. Si fuera posible una
constante nivelación, si hubieran sucumbido alguna vez todos los
individuos diferenciados, los originales, la humanidad no existiría. No
habría podido existir como término culminante de la serie biológica.
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Nuestra especie ha salido de las precedentes como resultado de la selección
natural; sólo hay evolución donde pueden seleccionarse las variaciones
descollantes de los individuos. Igualar todos los antropoides sería negar la
humanidad; igualar todos los hombres sería negar el progreso de la especie
humana. Negar la civilización misma.
Queda el hecho actual y contingente: el advenimiento progresivo del
régimen democrático, en las monarquías y en las repúblicas, ha favorecido
su descenso político durante el último siglo.
Abstractamente, la democracia subvierte la naturaleza; prácticamente, es
una ficción siempre. Es una mentira de algunos que pretenden ser todos: el
pueblo. Aunque en ella creyeron por momentos Lamartine, Heine y Hugo,
nadie más infiel que los poetas idealistas al verbo de la equivalencia
universal; los más le son abiertamente hostiles. Otra es la posición del
problema. Es sencilla.
Jamás ha existido una democracia efectiva. Los regímenes que adoptaron
tal nombre fueron ficciones. Las pretendidas democracias de todos los
tiempos han sido y serán confabulaciones de profesionales para oprimir á
las masas inferiores y excluir á los hombres eminentes. Han sido siempre
mediocracias. La premisa de su mentira es la existencia de un «pueblo»
capaz de asumir la soberanía del Estado. No hay tal: las masas de pobres é
ignorantes no tienen aptitud para gobernarse: cambian de pastores.
La igualdad es un equívoco ó una paradoja, según los casos. Los más
grandes teóricos del ideal democrático han sido de hecho individualistas y
partidarios de la selección natural: perseguían la aristocracia del mérito
contra los privilegios de las castas. Aquel ingenuo trovador que cantó
«Ved en trono á la noble igualdad»,
creía hablar en nombre de una democracia y lo hacía en el de nacientes
oligarquías indígenas que se aprestaban á suplantar á las castas coloniales.
Lejos estuvo el poeta de sentir lo que necesitaba pregonar á los humildes,
para inducirles á cambiar de amo; tan superficial era su fe democrática que
sólo acertó á calificar de «noble» á la igualdad, ¡por antítesis!, y en vez de
entregarla al pueblo para que la disfrutara, la puso en un «trono», como si
con ella quisiera simbolizar la desigualdad eterna. La democracia es un
espejismo, como todas las abstracciones que pueblan la fantasía de los
natural; sólo hay evolución donde pueden seleccionarse las variaciones
descollantes de los individuos. Igualar todos los antropoides sería negar la
humanidad; igualar todos los hombres sería negar el progreso de la especie
humana. Negar la civilización misma.
Queda el hecho actual y contingente: el advenimiento progresivo del
régimen democrático, en las monarquías y en las repúblicas, ha favorecido
su descenso político durante el último siglo.
Abstractamente, la democracia subvierte la naturaleza; prácticamente, es
una ficción siempre. Es una mentira de algunos que pretenden ser todos: el
pueblo. Aunque en ella creyeron por momentos Lamartine, Heine y Hugo,
nadie más infiel que los poetas idealistas al verbo de la equivalencia
universal; los más le son abiertamente hostiles. Otra es la posición del
problema. Es sencilla.
Jamás ha existido una democracia efectiva. Los regímenes que adoptaron
tal nombre fueron ficciones. Las pretendidas democracias de todos los
tiempos han sido y serán confabulaciones de profesionales para oprimir á
las masas inferiores y excluir á los hombres eminentes. Han sido siempre
mediocracias. La premisa de su mentira es la existencia de un «pueblo»
capaz de asumir la soberanía del Estado. No hay tal: las masas de pobres é
ignorantes no tienen aptitud para gobernarse: cambian de pastores.
La igualdad es un equívoco ó una paradoja, según los casos. Los más
grandes teóricos del ideal democrático han sido de hecho individualistas y
partidarios de la selección natural: perseguían la aristocracia del mérito
contra los privilegios de las castas. Aquel ingenuo trovador que cantó
«Ved en trono á la noble igualdad»,
creía hablar en nombre de una democracia y lo hacía en el de nacientes
oligarquías indígenas que se aprestaban á suplantar á las castas coloniales.
Lejos estuvo el poeta de sentir lo que necesitaba pregonar á los humildes,
para inducirles á cambiar de amo; tan superficial era su fe democrática que
sólo acertó á calificar de «noble» á la igualdad, ¡por antítesis!, y en vez de
entregarla al pueblo para que la disfrutara, la puso en un «trono», como si
con ella quisiera simbolizar la desigualdad eterna. La democracia es un
espejismo, como todas las abstracciones que pueblan la fantasía de los
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ilusos ó forman el capital de los mendaces. El pueblo está ausente de ella.
Los que invocan derechos igualitarios son simples mediocres enemigos de
toda superioridad ó diferencia.
Las castas aristocráticas no son mejores; en ellas hay, también, crisis de
mediocridad y tórnanse mediocracias. Los demócratas persiguen la justicia
para todos y se equivocan buscándola en la igualdad; los aristócratas buscan
el privilegio para los mejores y acaban por reservarlo á los más ineptos.
Aquéllos borran el mérito en la nivelación; éstos lo burlan atribuyéndolo á
una clase. Ambos son, de hecho, enemigos de toda selección natural. Tanto
da que el pueblo sea domesticado por oligarquías de blasonados ó de
advenedizos: en ambas están igualmente proscritas la dignidad y los ideales.
Así como las tituladas democracias no lo son, las pretendidas aristocracias
no pueden serlo. El mérito estorba en las Cortes lo mismo que en las
tabernas.
Toda aristocracia pudo ser selectiva en su origen. Suele serlo: es respetable
el que inicia con sus méritos una alcurnia ó un abolengo. Es evidente la
desigualdad humana en cada tiempo y lugar; hay siempre hombres y
sombras. Los hombres deben gobernar á las sombras; son la aristocracia
natural de su tiempo y su derecho es indiscutible. Es justo, porque es
natural. En cambio es ridículo el concepto de las aristocracias tradicionales:
conciben la sociedad como un botín reservado á una casta, que usufructúa
sus beneficios sin estar compuesta por los mejores hombres de su tiempo.
¿Por qué los deudos, familiares y lacayos de los que fueron otrora los más
aptos seguirán participando de un poder que no han contribuido á crear?
¿En nombre de la herencia?
Si las aptitudes se heredan, ese privilegio les resulta inútil y podrían
renunciarlo; si no se heredan, es injusto y deben perderlo. Conviene que lo
pierdan. Toda oligarquía es la antítesis de una aristocracia natural; con el
andar del tiempo resulta su más vigoroso obstáculo.
El derecho divino que invocan los unos, es mentira; lo mismo que los
derechos del hombre, invocados por los otros. Aristarcos y demagogos son
igualmente mediocres y obstan á la selección de las aptitudes superiores,
nivelando toda originalidad, cohibiendo todo ideal.
Una concesión podría hacerse. Los países sin casta aristocrática son más
propicios á la mediocrización; evidentemente. En ellos se constituyen
Los que invocan derechos igualitarios son simples mediocres enemigos de
toda superioridad ó diferencia.
Las castas aristocráticas no son mejores; en ellas hay, también, crisis de
mediocridad y tórnanse mediocracias. Los demócratas persiguen la justicia
para todos y se equivocan buscándola en la igualdad; los aristócratas buscan
el privilegio para los mejores y acaban por reservarlo á los más ineptos.
Aquéllos borran el mérito en la nivelación; éstos lo burlan atribuyéndolo á
una clase. Ambos son, de hecho, enemigos de toda selección natural. Tanto
da que el pueblo sea domesticado por oligarquías de blasonados ó de
advenedizos: en ambas están igualmente proscritas la dignidad y los ideales.
Así como las tituladas democracias no lo son, las pretendidas aristocracias
no pueden serlo. El mérito estorba en las Cortes lo mismo que en las
tabernas.
Toda aristocracia pudo ser selectiva en su origen. Suele serlo: es respetable
el que inicia con sus méritos una alcurnia ó un abolengo. Es evidente la
desigualdad humana en cada tiempo y lugar; hay siempre hombres y
sombras. Los hombres deben gobernar á las sombras; son la aristocracia
natural de su tiempo y su derecho es indiscutible. Es justo, porque es
natural. En cambio es ridículo el concepto de las aristocracias tradicionales:
conciben la sociedad como un botín reservado á una casta, que usufructúa
sus beneficios sin estar compuesta por los mejores hombres de su tiempo.
¿Por qué los deudos, familiares y lacayos de los que fueron otrora los más
aptos seguirán participando de un poder que no han contribuido á crear?
¿En nombre de la herencia?
Si las aptitudes se heredan, ese privilegio les resulta inútil y podrían
renunciarlo; si no se heredan, es injusto y deben perderlo. Conviene que lo
pierdan. Toda oligarquía es la antítesis de una aristocracia natural; con el
andar del tiempo resulta su más vigoroso obstáculo.
El derecho divino que invocan los unos, es mentira; lo mismo que los
derechos del hombre, invocados por los otros. Aristarcos y demagogos son
igualmente mediocres y obstan á la selección de las aptitudes superiores,
nivelando toda originalidad, cohibiendo todo ideal.
Una concesión podría hacerse. Los países sin casta aristocrática son más
propicios á la mediocrización; evidentemente. En ellos se constituyen
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oligarquías de advenedizos, que tienen todos los defectos y las presunciones
de la nobleza, sin poseer sus cualidades. En su improvisación, fáltales la
mentalidad del gran señor, compuesta por atributos inexplicables que fincan
en una cultura de siglos: hay gentes de calidad y hombres que tienen clase,
como los caballos de carrera. Son más esquivos al rebajamiento. En sus
prejuicios la dignidad y el honor tienen más parte que en los del
advenedizo. Es una diferencia que los preserva de muchos envilecimientos.
¿Es preferible obedecer á castas que tienen la rutina del mando ó á pandillas
minadas por hábitos de servidumbre?
El privilegio tradicional de la sangre irrita á los demócratas y el privilegio
numérico del voto repugna á los aristócratas. La cuna dorada no da
aptitudes; tampoco las da la urna electoral. La peor manera de combatir la
mentira democrática sería aceptar la mentira aristocrática; en los dos casos
trátase de idénticos mediocres con distinta escarapela. Las masas inferiores
—que podrían ser el «pueblo»—y los hombres excelentes de cada sociedad
—que son la «aristocracia natural»—, suelen permanecer ajenos á su
estrategia.
Entre los demócratas embalumados de igualdad hay audaces lacayos que
pretenden suplantar á sus amos con la ayuda de las turbas fanatizadas; entre
los aristócratas enmohecidos de tradición hay vanidosos que ansían reducir
á sus sirvientes con la ayuda de los hombres de mérito. La historia se repite
siempre: las masas y los idealistas son víctimas propiciatorias en esas
disputas entre mediocres enguantados ó descamisados.
IV.—La aristocracia del mérito.
La degeneración mediocrática, que caracteriza Faguet como un «culto de la
incompetencia», no depende del régimen político, sino del clima moral de
las épocas decadentes. Cura cuando desaparecen sus causas; nunca por
reformas legislativas, que es absurdo esperar de los propios beneficiarios.
En vano son ensayadas por los tontos ó simuladas por los bribones: las
leyes no crean un clima. El derecho efectivo es una resultante concreta de la
moral.
La apasionada protesta de los individualistas puede ser un grito de alarma,
lanzado en la sombra; pero el ensueño de enaltecer una mediocracia resulta
de la nobleza, sin poseer sus cualidades. En su improvisación, fáltales la
mentalidad del gran señor, compuesta por atributos inexplicables que fincan
en una cultura de siglos: hay gentes de calidad y hombres que tienen clase,
como los caballos de carrera. Son más esquivos al rebajamiento. En sus
prejuicios la dignidad y el honor tienen más parte que en los del
advenedizo. Es una diferencia que los preserva de muchos envilecimientos.
¿Es preferible obedecer á castas que tienen la rutina del mando ó á pandillas
minadas por hábitos de servidumbre?
El privilegio tradicional de la sangre irrita á los demócratas y el privilegio
numérico del voto repugna á los aristócratas. La cuna dorada no da
aptitudes; tampoco las da la urna electoral. La peor manera de combatir la
mentira democrática sería aceptar la mentira aristocrática; en los dos casos
trátase de idénticos mediocres con distinta escarapela. Las masas inferiores
—que podrían ser el «pueblo»—y los hombres excelentes de cada sociedad
—que son la «aristocracia natural»—, suelen permanecer ajenos á su
estrategia.
Entre los demócratas embalumados de igualdad hay audaces lacayos que
pretenden suplantar á sus amos con la ayuda de las turbas fanatizadas; entre
los aristócratas enmohecidos de tradición hay vanidosos que ansían reducir
á sus sirvientes con la ayuda de los hombres de mérito. La historia se repite
siempre: las masas y los idealistas son víctimas propiciatorias en esas
disputas entre mediocres enguantados ó descamisados.
IV.—La aristocracia del mérito.
La degeneración mediocrática, que caracteriza Faguet como un «culto de la
incompetencia», no depende del régimen político, sino del clima moral de
las épocas decadentes. Cura cuando desaparecen sus causas; nunca por
reformas legislativas, que es absurdo esperar de los propios beneficiarios.
En vano son ensayadas por los tontos ó simuladas por los bribones: las
leyes no crean un clima. El derecho efectivo es una resultante concreta de la
moral.
La apasionada protesta de los individualistas puede ser un grito de alarma,
lanzado en la sombra; pero el ensueño de enaltecer una mediocracia resulta
Page 170
ilusorio en las épocas de domesticación moral y de hartazgo. Las facciones
prefieren escuchar el falso idealismo de sus fetiches envejecidos, como si
en viejos odres pudiera contenerse el vino nuevo. Hay que esperar mejores
tiempos, sin pesimismos excesivos, con la certidumbre de que la reacción
llega inevitablemente á cierta hora: los hombres superiores la esperan
custodiando su dignidad y trabajando para su ideal. Cuando la mediocridad
agota los últimos recursos de su incompetencia, naufraga. La catástrofe
devuelve su rango al mérito y reclama la intervención del genio.
El mismo encanallamiento mediocrático contribuye á restaurar, de tiempo
en tiempo, las fuerzas vitales de cada civilización. Hay una vis medicatrix
naturae que corrige el abellacamiento de las naciones: la formación
intermitente de sucesivas aristocracias del mérito.
El privilegio vuelve á las manos mejores. Se respeta su legitimidad, se
enaltecen esas raras cualidades individuales que implican la orientación
original hacia ideales nuevos y fecundos. Todo renacimiento se anuncia por
el respeto de las diferencias, por su culto. La mediocridad calla, impotente;
su hostilidad tórnase feble, aunque innúmera. Si tuviera voz rebajaría el
mérito mismo, otorgándolo á ras de tierra. De lo útil á todos, no saben
decidir los más: nunca fué el rutinario juez del idealista, ni el ignorante del
sabio, ni el honesto del virtuoso, ni el servil del digno. Toda excelencia
encuentra su juez en sí misma. El mérito de cada uno se aquilata en la
opinión de sus iguales.
Hay aristocracia natural cuando el esfuerzo de las mentes más aptas
converge á guiar los comunes destinos de la nación. No es prerrogativa de
los ingenios más agudos, como querrían algunos, en cuyo oído resuena
como un eco esa «aristocracia intelectual» que fué la quimera de Renán. En
la aristocracia del mérito corresponde tanta parte á la virtud y al carácter
como á la inteligencia; de otro modo sería incompleta y su esfuerzo
ineficaz.
Un régimen donde el mérito individual fuese estimado por sobre todas las
cosas, sería perfecto. Excluiría la influencia de toda mediocridad numérica
ú oligárquica. No habría intereses creados. El voto anónimo tendría tan
exiguo valor como el blasón fortuito. Los hombres se esforzarían por ser
cada vez más desiguales entre sí, prefiriendo cualquier originalidad
creadora á la más tradicional de las rutinas.
prefieren escuchar el falso idealismo de sus fetiches envejecidos, como si
en viejos odres pudiera contenerse el vino nuevo. Hay que esperar mejores
tiempos, sin pesimismos excesivos, con la certidumbre de que la reacción
llega inevitablemente á cierta hora: los hombres superiores la esperan
custodiando su dignidad y trabajando para su ideal. Cuando la mediocridad
agota los últimos recursos de su incompetencia, naufraga. La catástrofe
devuelve su rango al mérito y reclama la intervención del genio.
El mismo encanallamiento mediocrático contribuye á restaurar, de tiempo
en tiempo, las fuerzas vitales de cada civilización. Hay una vis medicatrix
naturae que corrige el abellacamiento de las naciones: la formación
intermitente de sucesivas aristocracias del mérito.
El privilegio vuelve á las manos mejores. Se respeta su legitimidad, se
enaltecen esas raras cualidades individuales que implican la orientación
original hacia ideales nuevos y fecundos. Todo renacimiento se anuncia por
el respeto de las diferencias, por su culto. La mediocridad calla, impotente;
su hostilidad tórnase feble, aunque innúmera. Si tuviera voz rebajaría el
mérito mismo, otorgándolo á ras de tierra. De lo útil á todos, no saben
decidir los más: nunca fué el rutinario juez del idealista, ni el ignorante del
sabio, ni el honesto del virtuoso, ni el servil del digno. Toda excelencia
encuentra su juez en sí misma. El mérito de cada uno se aquilata en la
opinión de sus iguales.
Hay aristocracia natural cuando el esfuerzo de las mentes más aptas
converge á guiar los comunes destinos de la nación. No es prerrogativa de
los ingenios más agudos, como querrían algunos, en cuyo oído resuena
como un eco esa «aristocracia intelectual» que fué la quimera de Renán. En
la aristocracia del mérito corresponde tanta parte á la virtud y al carácter
como á la inteligencia; de otro modo sería incompleta y su esfuerzo
ineficaz.
Un régimen donde el mérito individual fuese estimado por sobre todas las
cosas, sería perfecto. Excluiría la influencia de toda mediocridad numérica
ú oligárquica. No habría intereses creados. El voto anónimo tendría tan
exiguo valor como el blasón fortuito. Los hombres se esforzarían por ser
cada vez más desiguales entre sí, prefiriendo cualquier originalidad
creadora á la más tradicional de las rutinas.
Page 171
Sería posible la selección natural y los méritos de cada uno aprovecharían á
la sociedad entera. El agradecimiento de los menos útiles estimularía á los
favorecidos por la naturaleza. Las sombras respetarían á los hombres. El
privilegio se mediría por la eficacia de las aptitudes y se perdería con ellas.
Transparente, es, pues, el credo político del idealismo experimental.
Se opone á la democracia del número, que busca la justicia en la igualdad:
afirmando el privilegio en favor del mérito.
Y á la aristocracia oligárquica, que asienta el privilegio en los intereses
creados, se opone también: afirmando el mérito como base natural del
privilegio.
La aristocracia del mérito es el régimen ideal frente á las mediocracias que
ensombrecen la historia. Tiene su fórmula absoluta: la justicia en la
desigualdad.
la sociedad entera. El agradecimiento de los menos útiles estimularía á los
favorecidos por la naturaleza. Las sombras respetarían á los hombres. El
privilegio se mediría por la eficacia de las aptitudes y se perdería con ellas.
Transparente, es, pues, el credo político del idealismo experimental.
Se opone á la democracia del número, que busca la justicia en la igualdad:
afirmando el privilegio en favor del mérito.
Y á la aristocracia oligárquica, que asienta el privilegio en los intereses
creados, se opone también: afirmando el mérito como base natural del
privilegio.
La aristocracia del mérito es el régimen ideal frente á las mediocracias que
ensombrecen la historia. Tiene su fórmula absoluta: la justicia en la
desigualdad.
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LOS ARQUETIPOS DE LA MEDIOCRACIA[1]
I. LAS SOMBRAS DEL CREPÚSCULO—II. EL TRINOMIO
MENTAL DEL ARQUETIPO.—III. LA MORTAJA DE LA
INSIGNIFICANCIA.
I.—Las sombras del crepúsculo.
Los prohombres de las mediocracias equidistan del bárbaro legendario—
Tiberio ó Facundo—y del genio transmutador—Marco Aurelio ó
Sarmiento. El genio crea instituciones y el bárbaro las viola: los mediocres
las respetan, impotentes para forjar ó destruir. Esquivos á la gloria y
rebeldes á la infamia, se reconocen por una circunstancia inequívoca: sus
cubicularios más propincuos no osan llamarlos genios por temor al ridículo
y sus adversarios no podrían sentarlos en cáncana de imbéciles sin flagrante
injusticia. Son perfectos en su clima; sosláyanse en la historia á merced de
cien complicidades y conjugan en su persona todos los atributos del
ambiente que los repuja. Amerengados por equívocas jerarquías militares,
por opacos títulos universitarios ó por la almidonada improvisación de
alcurnias advenedizas, acicalan en su espíritu las rutinas y prejuicios que
acorchan las creederas de la mediocridad dominante. Son pasicortos
siempre; su marcha no puede en momento alguno compararse al vuelo de
un condor ni á la reptación de una serpiente.
Todas las piaras inflan algún ejemplar predestinado á posibles
culminaciones. Seleccionan el acabado prototipo entre los que comparten
sus pasiones ó sus voracidades, sus fanatismos ó sus vicios, sus prudencias
ó sus hipocresías. No son privilegio de tal casta ó partido: su liviandad
alcornocal flota en todas las ciénagas políticas. Piensan con la cabeza de
algún rebaño y sienten con su corazón. Productos de su clima, son
I. LAS SOMBRAS DEL CREPÚSCULO—II. EL TRINOMIO
MENTAL DEL ARQUETIPO.—III. LA MORTAJA DE LA
INSIGNIFICANCIA.
I.—Las sombras del crepúsculo.
Los prohombres de las mediocracias equidistan del bárbaro legendario—
Tiberio ó Facundo—y del genio transmutador—Marco Aurelio ó
Sarmiento. El genio crea instituciones y el bárbaro las viola: los mediocres
las respetan, impotentes para forjar ó destruir. Esquivos á la gloria y
rebeldes á la infamia, se reconocen por una circunstancia inequívoca: sus
cubicularios más propincuos no osan llamarlos genios por temor al ridículo
y sus adversarios no podrían sentarlos en cáncana de imbéciles sin flagrante
injusticia. Son perfectos en su clima; sosláyanse en la historia á merced de
cien complicidades y conjugan en su persona todos los atributos del
ambiente que los repuja. Amerengados por equívocas jerarquías militares,
por opacos títulos universitarios ó por la almidonada improvisación de
alcurnias advenedizas, acicalan en su espíritu las rutinas y prejuicios que
acorchan las creederas de la mediocridad dominante. Son pasicortos
siempre; su marcha no puede en momento alguno compararse al vuelo de
un condor ni á la reptación de una serpiente.
Todas las piaras inflan algún ejemplar predestinado á posibles
culminaciones. Seleccionan el acabado prototipo entre los que comparten
sus pasiones ó sus voracidades, sus fanatismos ó sus vicios, sus prudencias
ó sus hipocresías. No son privilegio de tal casta ó partido: su liviandad
alcornocal flota en todas las ciénagas políticas. Piensan con la cabeza de
algún rebaño y sienten con su corazón. Productos de su clima, son
Page 173
irresponsables: ayer de su oquedad, hoy de su preeminencia, mañana de su
ocaso. Juguetes, siempre, de ajenas voluntades. Entre ellos eligen las
repúblicas sus presidentes, buscan los tiranos sus favoritos, nombran los
reyes sus ministros, entresacan los parlamentarios sus gabinetes. Bajo todos
los regímenes: en las monarquías absolutas, en las repúblicas oligárquicas y
en las demagogias parlamentarias. Siempre que desciende la temperatura
espiritual de una raza, de un pueblo ó de una clase, encuentran propicio
clima los obtusos y los seniles. Las mediocracias evitan las cumbres y los
abismos. Intranquilas bajo el sol meridiano y timoratas en la noche, buscan
sus arquetipos en la penumbra. Temen la originalidad y la juventud; adoran
á los que nunca podrán volar ó tienen ya las alas enmohecidas.
Adventicias jaurías de mediocres, vinculadas por la trahilla de comunes
apetitos, osan llamarse partidos. Rumian un credo, fingen un ideal, atalajan
fantasmas consulares y reclutan una hueste de lacayos. Eso basta para
disputar á codo limpio el acaparamiento de las prebendas gubernamentales.
Cada grey elabora su mentira, erigiéndola en dogma infalible. Los tunantes
suman esfuerzos para enaltecer la prohombría de su fantasma: llámase
lirismo á su ineptitud, decoro á su vanidad, ponderación á su pereza,
prudencia á su pusilanimidad, fe á su fanatismo, ecuanimidad á su
impotencia, distracción á sus vicios, liberalidad á su briba, sazón á su
marchitez. La hora los favorece: las sombras se alargan cuanto más avanza
el crepúsculo. En cierto momento la ilusión ciega á muchos, acallando toda
veraz disidencia. De esas baraúndas mediocráticas salen á flote unos ú otros
arquetipos, aunque no siempre los menos inservibles.
La irresponsabilidad colectiva borra la cuota individual del yerro: nadie se
sonroja cuando todas las mejillas pueden reclamar su parte en la común
vergüenza. Las oligarquías mediocráticas ofrecen á diario el espectáculo.
Un distinguido publicista, que vive sus intimidades,—J. M. Ramos Mexía
—lo describe en imprudente agua fuerte: «La causa de la persistente
notoriedad y del relativo éxito que, en la vida, suelen tener ciertos grupos de
mediocres, consiste en propiedades de fácil articulación de los unos con los
otros, resultando una firmeza de columna vertebral y constituyendo
verdaderos mecanismos de nutrición colectiva. Así asociados, y á pesar de
su inferioridad mental, no necesitan de ningún aparato de
perfeccionamiento para adquirir el sentido de las conveniencias vitales.»
ocaso. Juguetes, siempre, de ajenas voluntades. Entre ellos eligen las
repúblicas sus presidentes, buscan los tiranos sus favoritos, nombran los
reyes sus ministros, entresacan los parlamentarios sus gabinetes. Bajo todos
los regímenes: en las monarquías absolutas, en las repúblicas oligárquicas y
en las demagogias parlamentarias. Siempre que desciende la temperatura
espiritual de una raza, de un pueblo ó de una clase, encuentran propicio
clima los obtusos y los seniles. Las mediocracias evitan las cumbres y los
abismos. Intranquilas bajo el sol meridiano y timoratas en la noche, buscan
sus arquetipos en la penumbra. Temen la originalidad y la juventud; adoran
á los que nunca podrán volar ó tienen ya las alas enmohecidas.
Adventicias jaurías de mediocres, vinculadas por la trahilla de comunes
apetitos, osan llamarse partidos. Rumian un credo, fingen un ideal, atalajan
fantasmas consulares y reclutan una hueste de lacayos. Eso basta para
disputar á codo limpio el acaparamiento de las prebendas gubernamentales.
Cada grey elabora su mentira, erigiéndola en dogma infalible. Los tunantes
suman esfuerzos para enaltecer la prohombría de su fantasma: llámase
lirismo á su ineptitud, decoro á su vanidad, ponderación á su pereza,
prudencia á su pusilanimidad, fe á su fanatismo, ecuanimidad á su
impotencia, distracción á sus vicios, liberalidad á su briba, sazón á su
marchitez. La hora los favorece: las sombras se alargan cuanto más avanza
el crepúsculo. En cierto momento la ilusión ciega á muchos, acallando toda
veraz disidencia. De esas baraúndas mediocráticas salen á flote unos ú otros
arquetipos, aunque no siempre los menos inservibles.
La irresponsabilidad colectiva borra la cuota individual del yerro: nadie se
sonroja cuando todas las mejillas pueden reclamar su parte en la común
vergüenza. Las oligarquías mediocráticas ofrecen á diario el espectáculo.
Un distinguido publicista, que vive sus intimidades,—J. M. Ramos Mexía
—lo describe en imprudente agua fuerte: «La causa de la persistente
notoriedad y del relativo éxito que, en la vida, suelen tener ciertos grupos de
mediocres, consiste en propiedades de fácil articulación de los unos con los
otros, resultando una firmeza de columna vertebral y constituyendo
verdaderos mecanismos de nutrición colectiva. Así asociados, y á pesar de
su inferioridad mental, no necesitan de ningún aparato de
perfeccionamiento para adquirir el sentido de las conveniencias vitales.»
Page 174
Viven durante años en acecho; escúdanse en rencores políticos ó en
prestigios mundanos, echándolos como agraz en el ojo á los inexpertos.
Mientras yacen aletargados por irredimibles ineptitudes, simúlanse
proscritos por misteriosos méritos. Claman contra los abusos del Poder,
aspirando á cometerlos en beneficio propio. En la mala racha, los facciosos
siguen oropelándose mutuamente, sin que la resignación al ayuno
disminuya la magnitud de sus apetitos. Esperan su turno, mansos bajo el
torniquete. Se repiten la máxima de De Maistre: «Savoir attendre est le
grand moyen de parvenir», glosada como virtud suprema de los arquetipos:
el «don de espera», que los expone á alelarse en una vejez almibarada.
La paciente expectativa converge á la culminación de los menos
inquietantes. Rara vez un hombre superior los apandilla con muñeca
vigorosa, convirtiéndolos en comparsa que medra á su sombra; cuando les
falta ese dominador absoluto, desorbítanse como asteroides de un sistema
planetario cuyo sol se extingue. Todos se confabulan entonces, en tácita
transacción, prestando su hombro á los que pueden aguantar más alabanzas
en justa equivalencia de méritos ambiguos. El grupo los infla con
solidaridad de logia; cada cómplice conviértese en una hebra de la telaraña
tendida para captar el gobierno. Su armazón es simple convergencia de
ocultas debilidades: «Una cierta tendencia asociativa duplica sus fuerzas.
En virtud de la ley por la cual los semejantes buscan á los semejantes, todo
mediocre se siente atraído por su homónimo mental. De allí procede ese
género de epidemicidad de la insignificancia intelectual que suele hacer
estragos en la sociedad en ciertas épocas de calamitosa incultura. Para ese
ambiente el talento deja de ser un valor real; la imitación, que es más
chillona y alegre, halaga el sentido embotado de las muchedumbres, mucho
más que la realidad discreta. En tales circunstancias, la solución no está en
tener talento ó cualidades de otro género, sino al contrario, en no tenerlas
para poder subir: aptitudes defensivas y aquel poder de mimetismo
concurrente que hace de la vida un carnaval solemne, en el cual los inútiles
aprovechan de su accidental cotización para aplastar con su vientre la
excelsitud del cerebro alado; tanto más fácilmente cuanto que la miope
simplicidad popular confunde á menudo las anfractuosidades del intestino
con las circunvoluciones cerebrales».
Compréndese la arrevesada selección de las facciones oligárquicas y el
pomposo envanecimiento del «pavo» que ellas consagran. Sus encomiastas,
prestigios mundanos, echándolos como agraz en el ojo á los inexpertos.
Mientras yacen aletargados por irredimibles ineptitudes, simúlanse
proscritos por misteriosos méritos. Claman contra los abusos del Poder,
aspirando á cometerlos en beneficio propio. En la mala racha, los facciosos
siguen oropelándose mutuamente, sin que la resignación al ayuno
disminuya la magnitud de sus apetitos. Esperan su turno, mansos bajo el
torniquete. Se repiten la máxima de De Maistre: «Savoir attendre est le
grand moyen de parvenir», glosada como virtud suprema de los arquetipos:
el «don de espera», que los expone á alelarse en una vejez almibarada.
La paciente expectativa converge á la culminación de los menos
inquietantes. Rara vez un hombre superior los apandilla con muñeca
vigorosa, convirtiéndolos en comparsa que medra á su sombra; cuando les
falta ese dominador absoluto, desorbítanse como asteroides de un sistema
planetario cuyo sol se extingue. Todos se confabulan entonces, en tácita
transacción, prestando su hombro á los que pueden aguantar más alabanzas
en justa equivalencia de méritos ambiguos. El grupo los infla con
solidaridad de logia; cada cómplice conviértese en una hebra de la telaraña
tendida para captar el gobierno. Su armazón es simple convergencia de
ocultas debilidades: «Una cierta tendencia asociativa duplica sus fuerzas.
En virtud de la ley por la cual los semejantes buscan á los semejantes, todo
mediocre se siente atraído por su homónimo mental. De allí procede ese
género de epidemicidad de la insignificancia intelectual que suele hacer
estragos en la sociedad en ciertas épocas de calamitosa incultura. Para ese
ambiente el talento deja de ser un valor real; la imitación, que es más
chillona y alegre, halaga el sentido embotado de las muchedumbres, mucho
más que la realidad discreta. En tales circunstancias, la solución no está en
tener talento ó cualidades de otro género, sino al contrario, en no tenerlas
para poder subir: aptitudes defensivas y aquel poder de mimetismo
concurrente que hace de la vida un carnaval solemne, en el cual los inútiles
aprovechan de su accidental cotización para aplastar con su vientre la
excelsitud del cerebro alado; tanto más fácilmente cuanto que la miope
simplicidad popular confunde á menudo las anfractuosidades del intestino
con las circunvoluciones cerebrales».
Compréndese la arrevesada selección de las facciones oligárquicas y el
pomposo envanecimiento del «pavo» que ellas consagran. Sus encomiastas,
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empeñados en purificarlo de toda mancha pecaminosa, intentan obstruir la
verdad llamando romanticismo á su reiterada incompetencia para todas las
empresas, orgullo á su vanidad, idealismo á su acidia. El tiempo disipa el
equívoco devolviendo su nombre á esos dos vicios arracimados en un
mismo tronco: el orgullo es compatible con el idealismo, pero el primero es
la antítesis de la vanidad y el segundo lo es de la acidia.
Repujados los prohombres de hojalatería, acaban de azogarles con
demulcentes crisopeyas. Orificando las caries de su dentadura moral, sus
lacras llegan á parecer coqueterías, como las arrugas de las cortesanas.
Ungiéndolos árbitros del orden y de la virtud, declaran prescritas sus viejas
pústulas: incondicionalismos para con los regímenes más turbios, intérlopes
pasiones de garito, ridículos infortunios de donjuanismo epigramático. Sus
labios abrévanse en aquella agua del Leteo que borra la memoria del
pasado; no advierten que después de chapalear en el vicio todo puritanismo
huele á encima, como los guantes que pasan por el limpiador.
Donde medran oligarquías bajo disfraces democráticos, prosperan esos
pavorreales apampanados, tensos por la vanidad: un travieso los desinflaría
si los pinchase al pasar, descubriendo la nada absoluta que retoza en su
interior. Vacuo no significa alígero; nunca fué la tontería cartabón de
santidad. Sin sangre de hienas, que han menester los tiranos, tampoco
tiénenla de águilas, propia de iluminados; corre en sus venas una linfa
tontivana, propia en estirpe de pavos y quintaesenciada en el real, simbólica
ave que suma candorosamente la zoncería y la fatuidad. Son termómetros
morales de ciertas épocas: cuando la mediocridad incuba pollipavos no
tienen atmósfera los aguiluchos. El memo llega á parecer omniscio y
adquiere los ornamentos necesarios para advenir al poder: entrégase á
ejercitarlo como un tartamudo á quien confiaran la declamación de un
poema.
La resignada mansedumbre explica ciertas culminaciones mediocráticas: el
porvenir de algunos arquetipos estriba en ser admirados en contra de
alguien. Huyen para agrandarse. Con muchos lustros de andar á la birlonga
no borran sus culpas; en su paso descúbrese una inveterada pusilanimidad
que rehuye escaramuzas con enemigos que le han humillado hasta sangrar.
No hay virtud sin gallardía; no la demuestra quien esquiva con temblorosos
alejamientos la batalla por tantos años ofrecida á su dignidad. Ese
acoquinamiento no es, por cierto, el clásico valor gauchesco de los
verdad llamando romanticismo á su reiterada incompetencia para todas las
empresas, orgullo á su vanidad, idealismo á su acidia. El tiempo disipa el
equívoco devolviendo su nombre á esos dos vicios arracimados en un
mismo tronco: el orgullo es compatible con el idealismo, pero el primero es
la antítesis de la vanidad y el segundo lo es de la acidia.
Repujados los prohombres de hojalatería, acaban de azogarles con
demulcentes crisopeyas. Orificando las caries de su dentadura moral, sus
lacras llegan á parecer coqueterías, como las arrugas de las cortesanas.
Ungiéndolos árbitros del orden y de la virtud, declaran prescritas sus viejas
pústulas: incondicionalismos para con los regímenes más turbios, intérlopes
pasiones de garito, ridículos infortunios de donjuanismo epigramático. Sus
labios abrévanse en aquella agua del Leteo que borra la memoria del
pasado; no advierten que después de chapalear en el vicio todo puritanismo
huele á encima, como los guantes que pasan por el limpiador.
Donde medran oligarquías bajo disfraces democráticos, prosperan esos
pavorreales apampanados, tensos por la vanidad: un travieso los desinflaría
si los pinchase al pasar, descubriendo la nada absoluta que retoza en su
interior. Vacuo no significa alígero; nunca fué la tontería cartabón de
santidad. Sin sangre de hienas, que han menester los tiranos, tampoco
tiénenla de águilas, propia de iluminados; corre en sus venas una linfa
tontivana, propia en estirpe de pavos y quintaesenciada en el real, simbólica
ave que suma candorosamente la zoncería y la fatuidad. Son termómetros
morales de ciertas épocas: cuando la mediocridad incuba pollipavos no
tienen atmósfera los aguiluchos. El memo llega á parecer omniscio y
adquiere los ornamentos necesarios para advenir al poder: entrégase á
ejercitarlo como un tartamudo á quien confiaran la declamación de un
poema.
La resignada mansedumbre explica ciertas culminaciones mediocráticas: el
porvenir de algunos arquetipos estriba en ser admirados en contra de
alguien. Huyen para agrandarse. Con muchos lustros de andar á la birlonga
no borran sus culpas; en su paso descúbrese una inveterada pusilanimidad
que rehuye escaramuzas con enemigos que le han humillado hasta sangrar.
No hay virtud sin gallardía; no la demuestra quien esquiva con temblorosos
alejamientos la batalla por tantos años ofrecida á su dignidad. Ese
acoquinamiento no es, por cierto, el clásico valor gauchesco de los
Page 176
coroneles americanos, ni se parece al gesto del león agazapado para pegar
mejor el salto. Ellos vagamundean con el «don de espera del batracio
optimista», de que habla su biógrafo. El hombre digno puede enmudecer
cuando recibe una herida, temiendo acaso que su desdén exceda á la ofensa;
pero llega su sentencia, y llega en estilo nunca usado para adular ni para
pedir, más hiriente que cien espadas. Cada verbo es una flecha cuyo alcance
finca en la elasticidad del arco: la firmeza moral de la dignidad. Y el tiempo
no borra una sílaba de lo que así se habla.
En vano los arquetipos interrumpen sus humillados silencios con inocuas
pirotecnias verbales; de tarde en tarde los cómplices pregonan alguna
misteriosa lucubración tartamudeada, ó no, ante asambleas que ciertamente
no la escucharon. Ellos no atinan á sostener la reputación con que los
exornan: desertan el parlamento el día mismo en que los eligen, como si
temieran ponerse en descubierto y comprometer la estrategia de los
empresarios de su fama.
Complétase la inflazón de estos aerostatos confiándoles subalternas
diplomacias de festival, en cuya aparatosidad suntuaria pavonean sus
huecas vanidades. Sus cómplices adivínanle algún talento diplomático ó
perspicacias internacionalistas, hasta complicarles en lustrosas canonjías
donde se apagan en tibias penumbras, junto al resplandecer de sus
colaboradores más contiguos. Nunca desalentadas, las oligarquías
reinciden, esperando que los tontos acertarán un golpe en el clavo después
de afirmar cien en la herradura. Ungidos emisarios ante la nación más
hermana, su casuística de sacristía envenena hondos afectos, como si por
arte de encantamiento germinaran cizañas inextinguibles en los corazones
de los pueblos.
Archiveros y papelistas se confabulan para encelar el fervor de los ingenuos
y captar la confianza de los rutinarios. «Si el defensivo puede agregar á su
solemnidad y á su silencio la colaboración de la calumnia biográfica, tan
útil y tan benéfica cuando procede de amigos interesados, el «aparato» se
completa á maravilla y sus efectos transcendentales escapan á los límites de
la vida privada; los simples goces de la canonjía subalterna se dilatan hasta
la celebridad mundial y sobre el erial de su mente franciscana, esos amigos
calumniadores levantan enormes fábricas, monumentos de arquitectura
híbrica...» Plutarquillos bien rentados transforman en miel su acíbar,
quintaesenciando en alabanzas sus vinagres más crónicos, como si
mejor el salto. Ellos vagamundean con el «don de espera del batracio
optimista», de que habla su biógrafo. El hombre digno puede enmudecer
cuando recibe una herida, temiendo acaso que su desdén exceda á la ofensa;
pero llega su sentencia, y llega en estilo nunca usado para adular ni para
pedir, más hiriente que cien espadas. Cada verbo es una flecha cuyo alcance
finca en la elasticidad del arco: la firmeza moral de la dignidad. Y el tiempo
no borra una sílaba de lo que así se habla.
En vano los arquetipos interrumpen sus humillados silencios con inocuas
pirotecnias verbales; de tarde en tarde los cómplices pregonan alguna
misteriosa lucubración tartamudeada, ó no, ante asambleas que ciertamente
no la escucharon. Ellos no atinan á sostener la reputación con que los
exornan: desertan el parlamento el día mismo en que los eligen, como si
temieran ponerse en descubierto y comprometer la estrategia de los
empresarios de su fama.
Complétase la inflazón de estos aerostatos confiándoles subalternas
diplomacias de festival, en cuya aparatosidad suntuaria pavonean sus
huecas vanidades. Sus cómplices adivínanle algún talento diplomático ó
perspicacias internacionalistas, hasta complicarles en lustrosas canonjías
donde se apagan en tibias penumbras, junto al resplandecer de sus
colaboradores más contiguos. Nunca desalentadas, las oligarquías
reinciden, esperando que los tontos acertarán un golpe en el clavo después
de afirmar cien en la herradura. Ungidos emisarios ante la nación más
hermana, su casuística de sacristía envenena hondos afectos, como si por
arte de encantamiento germinaran cizañas inextinguibles en los corazones
de los pueblos.
Archiveros y papelistas se confabulan para encelar el fervor de los ingenuos
y captar la confianza de los rutinarios. «Si el defensivo puede agregar á su
solemnidad y á su silencio la colaboración de la calumnia biográfica, tan
útil y tan benéfica cuando procede de amigos interesados, el «aparato» se
completa á maravilla y sus efectos transcendentales escapan á los límites de
la vida privada; los simples goces de la canonjía subalterna se dilatan hasta
la celebridad mundial y sobre el erial de su mente franciscana, esos amigos
calumniadores levantan enormes fábricas, monumentos de arquitectura
híbrica...» Plutarquillos bien rentados transforman en miel su acíbar,
quintaesenciando en alabanzas sus vinagres más crónicos, como si
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hipotecaran su ingenio descontando prebendas futuras. Rellenan con vanos
artilugios la oquedad del tonto, sin sospechar la insuficiencia del disfraz. Ni
el pavo parece águila ni corcel la mula: se les reconoce al pasar, viendo su
moco eréctil ú oyendo el chacoloteo de su herradura.
Su gravitación negativa seduce á los caracteres domesticados: no piensan,
no roban, no oprimen, no sueñan, no asesinan, no faltan á misa, ¿qué más?
Cuando las facciones forjan tal Fénix, lo encumbran como su símbolo
perfecto. Poseen cosméticos para sus fisonomías arrugadas: la grandílocua
rancidez de programas á cuyo pie buscaríase de inmediato la firma de
Bertoldo, si los vastos soponcios no traslucieran prudentes reticencias de
Tartufo. Es preferible que estén cuajados de vulgaridades y escritos en
pésimo estilo; gustan más á los mediocres. Un programa abstracto es
perfecto: parece idealista y no lastima las ideas que cree tener cada
cómplice. De cada cien, noventa y nueve mienten lo mismo: la grandeza del
país, los sagrados principios democráticos, los intereses del pueblo, los
derechos del ciudadano, la moralidad administrativa. Todo ello, si no es
desvergüenza consuetudinaria, resulta de una tontería enternecedora; simula
decir mucho y no significa nada. El miedo á las ideas concretas ocúltase
bajo el antifaz de las vaguedades cívicas.
No se avergüenzan de escalar el poder á horcajadas sobre la ignominia.
Obtemperan á toda villanía que converja á su objeto: cuando hablan de
civismo su aliento apesta al pantano originario. Su moral encubre el vicio,
por el simple hecho de aprovecharlo. Empujados por torcidos caminos,
siguen sembrando en los mismos surcos. Para aprovechar á los indignos han
tenido que humillárseles mansamente; los honores que no se conquistan hay
que pagarlos con abajamientos. «No puede ser virtuoso el engendrado en un
vientre impuro», dicen las escrituras; los que se encumbran cerrando los
ojos é implicándose en mañas de estercolero, sufriendo los manoseos de los
majagranzas, mintiéndose á sí mismos para hartar la acucia de toda una
vida, no pueden redimirse del pecado original, aunque, Faustos
insubordinados, pretendan escapar al maleficio de sus Mefistófeles.
El pueblo los ignora; está separado de ellos por el celo de las facciones
oligárquicas. Para prevenirse de achaques indiscretos retráense de la
circulación: como si de cerca no resistieran al cateo de los curiosos.
Mantiénense ajenos á todo estremecimiento de raza. En ciertas horas las
turbas pueden ser sus cómplices: el pueblo nunca. No podría serlo: en las
artilugios la oquedad del tonto, sin sospechar la insuficiencia del disfraz. Ni
el pavo parece águila ni corcel la mula: se les reconoce al pasar, viendo su
moco eréctil ú oyendo el chacoloteo de su herradura.
Su gravitación negativa seduce á los caracteres domesticados: no piensan,
no roban, no oprimen, no sueñan, no asesinan, no faltan á misa, ¿qué más?
Cuando las facciones forjan tal Fénix, lo encumbran como su símbolo
perfecto. Poseen cosméticos para sus fisonomías arrugadas: la grandílocua
rancidez de programas á cuyo pie buscaríase de inmediato la firma de
Bertoldo, si los vastos soponcios no traslucieran prudentes reticencias de
Tartufo. Es preferible que estén cuajados de vulgaridades y escritos en
pésimo estilo; gustan más á los mediocres. Un programa abstracto es
perfecto: parece idealista y no lastima las ideas que cree tener cada
cómplice. De cada cien, noventa y nueve mienten lo mismo: la grandeza del
país, los sagrados principios democráticos, los intereses del pueblo, los
derechos del ciudadano, la moralidad administrativa. Todo ello, si no es
desvergüenza consuetudinaria, resulta de una tontería enternecedora; simula
decir mucho y no significa nada. El miedo á las ideas concretas ocúltase
bajo el antifaz de las vaguedades cívicas.
No se avergüenzan de escalar el poder á horcajadas sobre la ignominia.
Obtemperan á toda villanía que converja á su objeto: cuando hablan de
civismo su aliento apesta al pantano originario. Su moral encubre el vicio,
por el simple hecho de aprovecharlo. Empujados por torcidos caminos,
siguen sembrando en los mismos surcos. Para aprovechar á los indignos han
tenido que humillárseles mansamente; los honores que no se conquistan hay
que pagarlos con abajamientos. «No puede ser virtuoso el engendrado en un
vientre impuro», dicen las escrituras; los que se encumbran cerrando los
ojos é implicándose en mañas de estercolero, sufriendo los manoseos de los
majagranzas, mintiéndose á sí mismos para hartar la acucia de toda una
vida, no pueden redimirse del pecado original, aunque, Faustos
insubordinados, pretendan escapar al maleficio de sus Mefistófeles.
El pueblo los ignora; está separado de ellos por el celo de las facciones
oligárquicas. Para prevenirse de achaques indiscretos retráense de la
circulación: como si de cerca no resistieran al cateo de los curiosos.
Mantiénense ajenos á todo estremecimiento de raza. En ciertas horas las
turbas pueden ser sus cómplices: el pueblo nunca. No podría serlo: en las
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mediocracias desaparece. Diríase que consiente porque no existe,
substituido por cohortes que medran.
Depositarios del alma de las naciones, los pueblos son entidades espirituales
inconfundibles con las piaras democráticas. Ninguna multitud es pueblo: no
lo sería la unanimidad de los mediocres. Aparece en los países que un ideal
convierte en naciones y reside en la convergencia moral de los que sienten
la patria más alta que las oligarquías, los partidos y las sectas. El pueblo—
antítesis de todos los rebaños—no se cuenta por números. Está donde un
solo hombre no se complica en el abellacamiento común; frente á las
huestes domesticadas ó fanáticas ese único hombre libre, él solo, es todo:
pueblo y nación y raza y humanidad.
II.—El trinomio mental del arquetipo.
Los arquetipos de la mediocracia pasan por la historia con la pompa
superficial de fugitivas sombras chinescas. Jamás llega á sus oídos un
insulto ó una loa, nunca se les dice «héroes» ó «tiranos»; en la fantasía
popular despiertan un eco uniforme, que en todas partes se repite: «¡el
pavo!», en una síntesis más definitiva que una lápida. Su trinomio
psicológico es simple: vanidad, impotencia y favoritismo.
Viven de aspavientos, que sólo atañen á las formas. La austera sobriedad
del gesto es atributo de los hombres; la suntuosidad de las apariencias es
galardón de las sombras. Después de incubar sus ansias, temblorosos de
humildad ante sus cómplices, núblanse de humos y empavésanse de
fatuidades; olvidan que envanecerse de un rango es confesarse inferior á él.
Acumulan rumbosos artificios para alucinar las imaginaciones domésticas;
rodéanse de lacayos, adoptan pleonásticas nomenclaturas, centuplican los
expedientes, pavonéanse en trenes lujosos, navegan en complicados
bucentauros, sueñan con recepciones allende los océanos. Ofrecen ambos
flancos á la risueña ironía de los burlones, poniendo en todo cierta
fastuosidad de segunda mano, que recuerda las cortes y señorías de opereta.
Su énfasis melodramático cuadraría á personajes de Hugo y haría cosquillas
al egotismo voltairiano de Stendhal. Hay su razón: «Esa vacía cuba cerebral
—dice su biógrafo—tiene que llenarse de doradas virutas para que la
penetrante radiografía popular no vaya á descubrir su completa orfandad de
substituido por cohortes que medran.
Depositarios del alma de las naciones, los pueblos son entidades espirituales
inconfundibles con las piaras democráticas. Ninguna multitud es pueblo: no
lo sería la unanimidad de los mediocres. Aparece en los países que un ideal
convierte en naciones y reside en la convergencia moral de los que sienten
la patria más alta que las oligarquías, los partidos y las sectas. El pueblo—
antítesis de todos los rebaños—no se cuenta por números. Está donde un
solo hombre no se complica en el abellacamiento común; frente á las
huestes domesticadas ó fanáticas ese único hombre libre, él solo, es todo:
pueblo y nación y raza y humanidad.
II.—El trinomio mental del arquetipo.
Los arquetipos de la mediocracia pasan por la historia con la pompa
superficial de fugitivas sombras chinescas. Jamás llega á sus oídos un
insulto ó una loa, nunca se les dice «héroes» ó «tiranos»; en la fantasía
popular despiertan un eco uniforme, que en todas partes se repite: «¡el
pavo!», en una síntesis más definitiva que una lápida. Su trinomio
psicológico es simple: vanidad, impotencia y favoritismo.
Viven de aspavientos, que sólo atañen á las formas. La austera sobriedad
del gesto es atributo de los hombres; la suntuosidad de las apariencias es
galardón de las sombras. Después de incubar sus ansias, temblorosos de
humildad ante sus cómplices, núblanse de humos y empavésanse de
fatuidades; olvidan que envanecerse de un rango es confesarse inferior á él.
Acumulan rumbosos artificios para alucinar las imaginaciones domésticas;
rodéanse de lacayos, adoptan pleonásticas nomenclaturas, centuplican los
expedientes, pavonéanse en trenes lujosos, navegan en complicados
bucentauros, sueñan con recepciones allende los océanos. Ofrecen ambos
flancos á la risueña ironía de los burlones, poniendo en todo cierta
fastuosidad de segunda mano, que recuerda las cortes y señorías de opereta.
Su énfasis melodramático cuadraría á personajes de Hugo y haría cosquillas
al egotismo voltairiano de Stendhal. Hay su razón: «Esa vacía cuba cerebral
—dice su biógrafo—tiene que llenarse de doradas virutas para que la
penetrante radiografía popular no vaya á descubrir su completa orfandad de
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ideas; todos los huecos, y son muchos, están repletos con la arena estéril,
pero pesada, que imita á las auríferas; dentro del obscuro meandro está
preparado y armado ese ilusionismo, con los cubiletes mentales que la
vanidad les sugiere.»
En su adonismo contemplativo no cabe la ambición, que es enérgico
esfuerzo por acrecentar en obras los propios méritos. El ambicioso quiere
ascender hasta donde sus propias alas puedan levantarlo; el vanidoso cree
encontrarse ya en las supremas cumbres codiciadas por los demás. La
ambición es bella entre todas las pasiones, mientras la vanidad no la
envilece; por eso es respetable en los genios y ridícula en los tontos.
Empavónanse de permanentes altisonancias. Sospechan que existen ideales
y se fingen sus servidores: incurren siempre en los más conformes á lo
moral de su mediocracia. Sospechan la verdad, á veces, porque ella entra á
todas partes, más sutil que la adulación; pero la mutilan, la atenúan, la
corrompen, con acomodaciones, con muletas, con remiendos que la
disfrazan. En ciertos casos, la verdad puede más que ellos; salta á la vista á
pesar suyo y es su castigo. Se paramentan de buenas intenciones cuando
menos fuerzas van teniendo para convertirlas en actos; la innata pavada se
trasunta en sus parloteos puritanos. Tórnase cómica la ineptitud en su
disfraz de idealismo; son deleznables los vagos principios que aplican á
compás de oportunistas conveniencias. El tiempo descubre á los que tienen
la moral en pieza, para mostrarla, aunque de su paño jamás corten un traje
para cubrir su mediocridad.
Son tributarios del séptimo pecado capital: en su impotencia hay pereza.
Renuncian la autoridad y conservan la pompa; aquélla podría bruñir el
mérito, ésta apacienta la vanidad. Gustan de holgar; desisten de hacer lo que
no podrían; evitan toda firme labor; se apartan de cualquier combate,
declarándose espectadores. Pueden practicar el mal por inercia y el bien por
equivocación; se entregan á los acontecimientos por incapacidad de
orientarlos. «Les paresseux—decía Voltaire—ne sont jamais que des gens
médiocres, en quelque genre que ce soit.» Por detestables que sean los
gobernantes, nunca son peores que cuando no gobiernan. El mal que hacen
los tiranos es un enemigo visible; la inercia de los poltrones, en cambio,
implica un misterioso abandono de la función por el órgano, la acefalía de
las mediocracias, la muerte de la autoridad por una caquexia inaccesible á
pero pesada, que imita á las auríferas; dentro del obscuro meandro está
preparado y armado ese ilusionismo, con los cubiletes mentales que la
vanidad les sugiere.»
En su adonismo contemplativo no cabe la ambición, que es enérgico
esfuerzo por acrecentar en obras los propios méritos. El ambicioso quiere
ascender hasta donde sus propias alas puedan levantarlo; el vanidoso cree
encontrarse ya en las supremas cumbres codiciadas por los demás. La
ambición es bella entre todas las pasiones, mientras la vanidad no la
envilece; por eso es respetable en los genios y ridícula en los tontos.
Empavónanse de permanentes altisonancias. Sospechan que existen ideales
y se fingen sus servidores: incurren siempre en los más conformes á lo
moral de su mediocracia. Sospechan la verdad, á veces, porque ella entra á
todas partes, más sutil que la adulación; pero la mutilan, la atenúan, la
corrompen, con acomodaciones, con muletas, con remiendos que la
disfrazan. En ciertos casos, la verdad puede más que ellos; salta á la vista á
pesar suyo y es su castigo. Se paramentan de buenas intenciones cuando
menos fuerzas van teniendo para convertirlas en actos; la innata pavada se
trasunta en sus parloteos puritanos. Tórnase cómica la ineptitud en su
disfraz de idealismo; son deleznables los vagos principios que aplican á
compás de oportunistas conveniencias. El tiempo descubre á los que tienen
la moral en pieza, para mostrarla, aunque de su paño jamás corten un traje
para cubrir su mediocridad.
Son tributarios del séptimo pecado capital: en su impotencia hay pereza.
Renuncian la autoridad y conservan la pompa; aquélla podría bruñir el
mérito, ésta apacienta la vanidad. Gustan de holgar; desisten de hacer lo que
no podrían; evitan toda firme labor; se apartan de cualquier combate,
declarándose espectadores. Pueden practicar el mal por inercia y el bien por
equivocación; se entregan á los acontecimientos por incapacidad de
orientarlos. «Les paresseux—decía Voltaire—ne sont jamais que des gens
médiocres, en quelque genre que ce soit.» Por detestables que sean los
gobernantes, nunca son peores que cuando no gobiernan. El mal que hacen
los tiranos es un enemigo visible; la inercia de los poltrones, en cambio,
implica un misterioso abandono de la función por el órgano, la acefalía de
las mediocracias, la muerte de la autoridad por una caquexia inaccesible á
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los remedios. Gran inconsciencia es gobernar pueblos cuando la
enfermedad ó la vejez quitan al hombre el gobierno de sí mismo.
La falta de inspiraciones intrínsecas tórnales sensibles á la coacción de los
conspiradores, á la intriga de los domésticos, á la adulación de los
palaciegos, á los apremios de los cotahures, á las intimidaciones de los
gacetilleros, á las influencias de las sacristías. Su conducta trasluce febledad
con cuantos les acechan; ni basta para ocultarlo su aparatoso enfestar contra
molinos de viento. Cuando llegan al poder lo renuncian de hecho,
convencidos de su impotencia para usarlo; se entregan al curso de la ría,
como los nadadores incipientes. Jinetes de potros cuyo voltigeo ignoran,
cierran los ojos y abandonan las riendas: esa ineptitud para asirlas con sus
manos inexpertas, llámanla sumisión á la democracia.
El favoritismo es su esclavitud frente á cien intereses que los acosan;
ignoran el sentimiento de la justicia y el respeto del mérito. El verdadero
justo resiste á la tentación de no serlo cuando en ello tiene un beneficio; el
mediocre cede siempre. Profesa una abstracta equidad en los casos que no
hieren al valimiento de sus cómplices; pero se complica de hecho en todas
las zirigañas de los serviles. Nunca, absolutamente, puede haber justicia en
preferir el lacayo al digno, el oblicuo al recto, el ignorante al estudioso, el
intrigante al gentilhombre, el medroso al valiente. Ésa es la regla de las
mediocracias: anteponer el valimiento al mérito. En el favoritismo se
empantanan los que pisan firme y avanzan los que se arrastran mansos:
como en los tembladerales. Cuando el mérito enrostra sus yerros á los
arquetipos, arguyen éstos humildemente que no son infalibles; pero está su
vileza en subrayar la disculpa con tentadores ofrecimientos, acostumbrados
á comerciar el honor. No puede ser juez quien confunde el diamante con la
bazofia: «equivocarse es una culpa», sentenció Epicteto. En las
mediocracias se ignora que la dignidad nunca llega de hinojos á los estrados
de los que mandan.
Repiten con frecuencia el legendario juicio de Midas. Pan osó comparar su
flauta de siete carrizos con la lira de Apolo. Propuso una lid al dios de la
armonía y fué árbitro el anciano rey frigio. Resonaron los acordes rústicos
de Pan y Apolo cantó á compás de sus melopeyas divinas. Decidieron todos
que la flauta era incomparable á la lira, unánimes todos menos el rey, que
reclamó la victoria para aquélla. De pronto crecieron entre sus cabellos dos
milagrosas orejas: Apolo quedó vengado y Pan se refugió en la sombra. El
enfermedad ó la vejez quitan al hombre el gobierno de sí mismo.
La falta de inspiraciones intrínsecas tórnales sensibles á la coacción de los
conspiradores, á la intriga de los domésticos, á la adulación de los
palaciegos, á los apremios de los cotahures, á las intimidaciones de los
gacetilleros, á las influencias de las sacristías. Su conducta trasluce febledad
con cuantos les acechan; ni basta para ocultarlo su aparatoso enfestar contra
molinos de viento. Cuando llegan al poder lo renuncian de hecho,
convencidos de su impotencia para usarlo; se entregan al curso de la ría,
como los nadadores incipientes. Jinetes de potros cuyo voltigeo ignoran,
cierran los ojos y abandonan las riendas: esa ineptitud para asirlas con sus
manos inexpertas, llámanla sumisión á la democracia.
El favoritismo es su esclavitud frente á cien intereses que los acosan;
ignoran el sentimiento de la justicia y el respeto del mérito. El verdadero
justo resiste á la tentación de no serlo cuando en ello tiene un beneficio; el
mediocre cede siempre. Profesa una abstracta equidad en los casos que no
hieren al valimiento de sus cómplices; pero se complica de hecho en todas
las zirigañas de los serviles. Nunca, absolutamente, puede haber justicia en
preferir el lacayo al digno, el oblicuo al recto, el ignorante al estudioso, el
intrigante al gentilhombre, el medroso al valiente. Ésa es la regla de las
mediocracias: anteponer el valimiento al mérito. En el favoritismo se
empantanan los que pisan firme y avanzan los que se arrastran mansos:
como en los tembladerales. Cuando el mérito enrostra sus yerros á los
arquetipos, arguyen éstos humildemente que no son infalibles; pero está su
vileza en subrayar la disculpa con tentadores ofrecimientos, acostumbrados
á comerciar el honor. No puede ser juez quien confunde el diamante con la
bazofia: «equivocarse es una culpa», sentenció Epicteto. En las
mediocracias se ignora que la dignidad nunca llega de hinojos á los estrados
de los que mandan.
Repiten con frecuencia el legendario juicio de Midas. Pan osó comparar su
flauta de siete carrizos con la lira de Apolo. Propuso una lid al dios de la
armonía y fué árbitro el anciano rey frigio. Resonaron los acordes rústicos
de Pan y Apolo cantó á compás de sus melopeyas divinas. Decidieron todos
que la flauta era incomparable á la lira, unánimes todos menos el rey, que
reclamó la victoria para aquélla. De pronto crecieron entre sus cabellos dos
milagrosas orejas: Apolo quedó vengado y Pan se refugió en la sombra. El
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juez, confuso, quiso ocultarlas bajo su corona. Las descubrió un
cubiculario; corrió á un lejano valle, cavó un pozo y contó allí su secreto.
Pero la verdad no se entierra: florecieron rosales que, agitados por las
brisas, repiten eternamente que Midas tiene orejas de asno.
La historia castiga con tanta severidad como la leyenda: una página de
crónica dura más que un rosal. Nadie pregunta si los carceleros de Bacon,
los ustores de Bruno y los burladores de Colón, fueron bribones ó
reblandecidos. Su condena es la misma é ilevantable. La justicia es el
respeto del mérito. Un Marco Aurelio sabe que en cada generación hay diez
ó veinte espíritus privilegiados, y su genio consiste en usarlos á todos, con
sus cualidades y defectos; un Panza los excluye de su ínsula, usando á los
que se domestican, es decir, á los peores como carácter y moralidad.
Siempre son injustos los mediócratas: escuchan al servil sin interrogar al
digno. Nunca piden favor los que merecen justicia. Ni lo aceptan.
Encuentran natural que los pravos prefieran á sus similares, como dice el
publicista. «La torpeza del burgués, mortificado por la natural soberbia de
la superioridad, busca consagrar á su igual, cuyo acceso le es fácil y en cuya
psicología encuentra los medios de ser satisfecho y comprendido.» Hora
llega en que las injusticias se pagan con formidables intereses compuestos,
irremisiblemente. Hechas á uno sólo, amenazan á todos los mejores;
dejarlas impunes significa hacerse su cómplice. Pronto ó tarde se saldan sus
trabacuentas, aunque sus errores no se finiquiten jamás; los arquetipos de
las mediocracias aprenden en carne propia que por un clavo se pierde una
herradura. Como á Midas el divino Apolo, los dignos castiganlos con la
perennidad de su palabra: si dicen verdad ella dura en el tiempo. Ésa es su
espada; rara vez la sacan, pues pronto se gasta un arma que se desenvaina
con frecuencia: si lo hacen va recta al corazón, como la del romance
famoso.
Y el rencor de los lacayos evidencia la seguridad de la punta que toca al
amo.
Para ser completos, son sensibles á todos los fanatismos. Los más rezan con
los mismos labios que usan para mentir, como Tartufo; inseguros de
arrostrar en la tierra la sanción de los dignos, desearían postergarla para el
cielo. Si en su poder estuviera cortarían la lengua á los sofistas y las manos
á los escritores; cerrarían las bibliotecas para que en ellas no conspirasen
ingenios originales. Prefieren la adulación del ignorante al consejo del
cubiculario; corrió á un lejano valle, cavó un pozo y contó allí su secreto.
Pero la verdad no se entierra: florecieron rosales que, agitados por las
brisas, repiten eternamente que Midas tiene orejas de asno.
La historia castiga con tanta severidad como la leyenda: una página de
crónica dura más que un rosal. Nadie pregunta si los carceleros de Bacon,
los ustores de Bruno y los burladores de Colón, fueron bribones ó
reblandecidos. Su condena es la misma é ilevantable. La justicia es el
respeto del mérito. Un Marco Aurelio sabe que en cada generación hay diez
ó veinte espíritus privilegiados, y su genio consiste en usarlos á todos, con
sus cualidades y defectos; un Panza los excluye de su ínsula, usando á los
que se domestican, es decir, á los peores como carácter y moralidad.
Siempre son injustos los mediócratas: escuchan al servil sin interrogar al
digno. Nunca piden favor los que merecen justicia. Ni lo aceptan.
Encuentran natural que los pravos prefieran á sus similares, como dice el
publicista. «La torpeza del burgués, mortificado por la natural soberbia de
la superioridad, busca consagrar á su igual, cuyo acceso le es fácil y en cuya
psicología encuentra los medios de ser satisfecho y comprendido.» Hora
llega en que las injusticias se pagan con formidables intereses compuestos,
irremisiblemente. Hechas á uno sólo, amenazan á todos los mejores;
dejarlas impunes significa hacerse su cómplice. Pronto ó tarde se saldan sus
trabacuentas, aunque sus errores no se finiquiten jamás; los arquetipos de
las mediocracias aprenden en carne propia que por un clavo se pierde una
herradura. Como á Midas el divino Apolo, los dignos castiganlos con la
perennidad de su palabra: si dicen verdad ella dura en el tiempo. Ésa es su
espada; rara vez la sacan, pues pronto se gasta un arma que se desenvaina
con frecuencia: si lo hacen va recta al corazón, como la del romance
famoso.
Y el rencor de los lacayos evidencia la seguridad de la punta que toca al
amo.
Para ser completos, son sensibles á todos los fanatismos. Los más rezan con
los mismos labios que usan para mentir, como Tartufo; inseguros de
arrostrar en la tierra la sanción de los dignos, desearían postergarla para el
cielo. Si en su poder estuviera cortarían la lengua á los sofistas y las manos
á los escritores; cerrarían las bibliotecas para que en ellas no conspirasen
ingenios originales. Prefieren la adulación del ignorante al consejo del
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sabio. Subyacen á todos los dogmas. Si coroneles, usan escapulario en vez
de espada; si políticos, consultan la Monita Secreta para interpretar las
Magnas Cartas de las naciones. Bajo su imperio la hipocresía—más funesta
que la desvergüenza—tórnase sistema. En ese combate incesante, renovado
en tantos dramas ibsenianos, los amorfos conviértense en columnas de la
sociedad, y el que desnuda una sombra parece un sedicioso enemigo del
pueblo. Todos los avisados golpéanse el pecho para medrar. Las huestes de
sacristía crecen y crecen, absorbiendo, minando, ensanchándose: como un
herpes moral que se agranda en silencio hasta manchar ignominiosamente
la fisonomía de toda una época.
III.—La mortaja de la insignificancia.
Las mediocracias niegan á sus arquetipos el derecho de elegir su
oportunidad. Los atalajan en el gobierno cuando su organismo vacila y su
cerebro se apaga: quieren al inservible ó al romo. Hombres repudiados en la
juventud, son consagrados en la vejez: á esa edad en que las buenas
intenciones son un cansancio de las malas costumbres. Eligen á los que
usaron esclavizarse de su vientre, comiendo hasta hartarse y bebiendo hasta
aturdirse, devastando su salud en noches blancas, rebajando su dignidad en
la insolvencia de los tapetes verdes, tornándose impropios para todo
esfuerzo continuado y fecundo, preparando esas decrepitudes en que el
riñón se fosiliza y el hígado se almibara. Ésa es la mejor garantía para el
rebaño rutinario; su odio á la originalidad lo impele hacia los hombres que
empiezan á momificarse en vida.
Mientras la vejez va borrando los últimos rasgos personales de los
arquetipos, sus cómplices se confabulan para ocultar su progresivo
reblandecimiento, eximiéndole de toda faena y adminiculándole de
ingenuas ficciones. Poco á poco el carcamal huye de sus residencias
naturales y se aisla; regatea las ocasiones de mostrarse en plena luz,
exhibiéndose en reducidos escenarios oligárquicos: vidrieras donde los
pavorreales pueden exhibir los cien ojos de Argos plantados en su cola.
Inciertos ya para pensar, necesitan más que nunca el zahumerio de todos los
incensarios: la adulonería acaba por cubrirlos de lubrificantes. Las
apologías se redoblan á medida que ellos van desapareciendo, disueltos
como enormes azucarillos.
de espada; si políticos, consultan la Monita Secreta para interpretar las
Magnas Cartas de las naciones. Bajo su imperio la hipocresía—más funesta
que la desvergüenza—tórnase sistema. En ese combate incesante, renovado
en tantos dramas ibsenianos, los amorfos conviértense en columnas de la
sociedad, y el que desnuda una sombra parece un sedicioso enemigo del
pueblo. Todos los avisados golpéanse el pecho para medrar. Las huestes de
sacristía crecen y crecen, absorbiendo, minando, ensanchándose: como un
herpes moral que se agranda en silencio hasta manchar ignominiosamente
la fisonomía de toda una época.
III.—La mortaja de la insignificancia.
Las mediocracias niegan á sus arquetipos el derecho de elegir su
oportunidad. Los atalajan en el gobierno cuando su organismo vacila y su
cerebro se apaga: quieren al inservible ó al romo. Hombres repudiados en la
juventud, son consagrados en la vejez: á esa edad en que las buenas
intenciones son un cansancio de las malas costumbres. Eligen á los que
usaron esclavizarse de su vientre, comiendo hasta hartarse y bebiendo hasta
aturdirse, devastando su salud en noches blancas, rebajando su dignidad en
la insolvencia de los tapetes verdes, tornándose impropios para todo
esfuerzo continuado y fecundo, preparando esas decrepitudes en que el
riñón se fosiliza y el hígado se almibara. Ésa es la mejor garantía para el
rebaño rutinario; su odio á la originalidad lo impele hacia los hombres que
empiezan á momificarse en vida.
Mientras la vejez va borrando los últimos rasgos personales de los
arquetipos, sus cómplices se confabulan para ocultar su progresivo
reblandecimiento, eximiéndole de toda faena y adminiculándole de
ingenuas ficciones. Poco á poco el carcamal huye de sus residencias
naturales y se aisla; regatea las ocasiones de mostrarse en plena luz,
exhibiéndose en reducidos escenarios oligárquicos: vidrieras donde los
pavorreales pueden exhibir los cien ojos de Argos plantados en su cola.
Inciertos ya para pensar, necesitan más que nunca el zahumerio de todos los
incensarios: la adulonería acaba por cubrirlos de lubrificantes. Las
apologías se redoblan á medida que ellos van desapareciendo, disueltos
como enormes azucarillos.
Page 183
El crepúsculo sobreviene implacable, á fuego lento, gota á gota, como si el
destino quisiera desnudar su vaciedad pieza por pieza, demostrándola á los
más empecinados, á los que podrían dudar si murieran de golpe, sin ese
pausado desteñimiento.
Son sombras al servicio de sus huestes contiguas. Aunque no vivan para sí
tienen que vivir para ellas, mostrándose de lejos para atestiguar que existen,
y evitando hasta la ráfaga de aire que podría doblarlos como á la hoja de un
catálogo abandonado á la intemperie.
Aunque desfallezcan no pueden abandonar la carga; en vano el
remordimiento repetirá á sus oídos las clásicas palabras de Propercio: «Es
vergonzoso cargarse la cabeza con un fardo que no puede llevarse: pronto
se doblan las rodillas, esquivas al peso» (III, IX, 5). Los arquetipos sienten
su esclavitud: deben morir en ella, si es menester, custodiados por los
cómplices que alimentaron su vanidad.
Las casas de gobierno pueden ser su féretro; las facciones lo saben y se
disputan sus vices, que aguaitan en acecho. Sus nombres quedan
enumerados en las cronologías; desaparecen en la historia. Sus
descendientes y beneficiarios esfuérzanse en vano por alargar su sombra y
vivir de ella.
Basta que un hombre libre los denuncie para que la posteridad los amortaje;
sobra una sola crónica para borrar las adulaciones de los palaciegos, en
vano acendradas en la hora fúnebre. Algunos hartos comensales, no
pudiendo referirse á lo que fueron, atrévense á elogiar lo que pudieron ser...,
creen que muere una esperanza, como si ésta fuera posible en organismos
minados por las carcomas de la juventud y los almibaramientos de la vejez.
Es natural que muera con cada uno su piara: túrnanse muchas en cada era
de penumbra. La mediocridad las tira como viejos naipes cuyas cartas ya
están marcadas por los tahures, entrando á tallar con otros nuevos, ni
mejores ni peores. Los dignos, ajenos á la partida cuyas trampas ignoran, se
apartan de todas las piaras, esperando otro clima ó preparándolo. Y no
manchan sus labios nombrando á los arquetipos: sería, acaso,
inmortalizarlos.
destino quisiera desnudar su vaciedad pieza por pieza, demostrándola á los
más empecinados, á los que podrían dudar si murieran de golpe, sin ese
pausado desteñimiento.
Son sombras al servicio de sus huestes contiguas. Aunque no vivan para sí
tienen que vivir para ellas, mostrándose de lejos para atestiguar que existen,
y evitando hasta la ráfaga de aire que podría doblarlos como á la hoja de un
catálogo abandonado á la intemperie.
Aunque desfallezcan no pueden abandonar la carga; en vano el
remordimiento repetirá á sus oídos las clásicas palabras de Propercio: «Es
vergonzoso cargarse la cabeza con un fardo que no puede llevarse: pronto
se doblan las rodillas, esquivas al peso» (III, IX, 5). Los arquetipos sienten
su esclavitud: deben morir en ella, si es menester, custodiados por los
cómplices que alimentaron su vanidad.
Las casas de gobierno pueden ser su féretro; las facciones lo saben y se
disputan sus vices, que aguaitan en acecho. Sus nombres quedan
enumerados en las cronologías; desaparecen en la historia. Sus
descendientes y beneficiarios esfuérzanse en vano por alargar su sombra y
vivir de ella.
Basta que un hombre libre los denuncie para que la posteridad los amortaje;
sobra una sola crónica para borrar las adulaciones de los palaciegos, en
vano acendradas en la hora fúnebre. Algunos hartos comensales, no
pudiendo referirse á lo que fueron, atrévense á elogiar lo que pudieron ser...,
creen que muere una esperanza, como si ésta fuera posible en organismos
minados por las carcomas de la juventud y los almibaramientos de la vejez.
Es natural que muera con cada uno su piara: túrnanse muchas en cada era
de penumbra. La mediocridad las tira como viejos naipes cuyas cartas ya
están marcadas por los tahures, entrando á tallar con otros nuevos, ni
mejores ni peores. Los dignos, ajenos á la partida cuyas trampas ignoran, se
apartan de todas las piaras, esperando otro clima ó preparándolo. Y no
manchan sus labios nombrando á los arquetipos: sería, acaso,
inmortalizarlos.
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NOTAS:
[1] Así como para loar el genio ha elegido el autor dos ejemplares luminosos de
su «patria», Sarmiento y Ameghino, para caracterizar al arquetipo de las
mediocracias ha encontrado un ejemplar perfecto en el actual presidente de su
«país.» Lo que no es su intención ocultar.
[1] Así como para loar el genio ha elegido el autor dos ejemplares luminosos de
su «patria», Sarmiento y Ameghino, para caracterizar al arquetipo de las
mediocracias ha encontrado un ejemplar perfecto en el actual presidente de su
«país.» Lo que no es su intención ocultar.
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LOS FORJADORES DE IDEALES
I. EL CLIMA DEL GENIO.—II. EL GENIO PRAGMÁTICO:
SARMIENTO.—III. EL GENIO REVELADOR: AMEGHINO—
IV. LA MORAL DEL GENIO.
I.—El clima del genio.
La desigualdad es fuerza y esencia de toda selección. No hay dos lirios
iguales, ni dos águilas, ni dos orugas, ni dos hombres: todo lo que vive es
incesantemente desigual. En cada primavera florecen unos árboles antes
que otros, como si fueran preferidos por la Naturaleza que sonríe al sol
fecundante; en ciertas etapas de la historia humana, cuando se plasma un
pueblo, se crea un estilo ó se intuye una doctrina, algunos hombres
excepcionales anticipan su visión á la de todos, la concretan en un Ideal y la
expresan de tal manera que perdura en los siglos. Heraldos, la humanidad
los escucha; profetas, los cree; capitanes, los sigue; santos, los imita. Llenan
una era ó señalan una ruta: sembrando algún germen fecundo de nuevas
verdades, poniendo su firma en destinos de razas, creando armonías,
forjando bellezas.
La genialidad es una coincidencia. Surge como chispa luminosa en el punto
donde se encuentran las más excelentes aptitudes de un hombre y la
necesidad social de aplicarlas al desempeño de una misión trascendente. El
hombre extraordinario asciende á la genialidad cuando encuentra clima
propicio: la semilla mejor necesita de la tierra más fecunda. La función
implica el órgano: el genio hace actual lo que en su clima es potencial.
Ningún filósofo, estadista, sabio ó poeta alcanza la genialidad mientras en
su medio se siente exótico ó inoportuno; necesita condiciones propicias de
I. EL CLIMA DEL GENIO.—II. EL GENIO PRAGMÁTICO:
SARMIENTO.—III. EL GENIO REVELADOR: AMEGHINO—
IV. LA MORAL DEL GENIO.
I.—El clima del genio.
La desigualdad es fuerza y esencia de toda selección. No hay dos lirios
iguales, ni dos águilas, ni dos orugas, ni dos hombres: todo lo que vive es
incesantemente desigual. En cada primavera florecen unos árboles antes
que otros, como si fueran preferidos por la Naturaleza que sonríe al sol
fecundante; en ciertas etapas de la historia humana, cuando se plasma un
pueblo, se crea un estilo ó se intuye una doctrina, algunos hombres
excepcionales anticipan su visión á la de todos, la concretan en un Ideal y la
expresan de tal manera que perdura en los siglos. Heraldos, la humanidad
los escucha; profetas, los cree; capitanes, los sigue; santos, los imita. Llenan
una era ó señalan una ruta: sembrando algún germen fecundo de nuevas
verdades, poniendo su firma en destinos de razas, creando armonías,
forjando bellezas.
La genialidad es una coincidencia. Surge como chispa luminosa en el punto
donde se encuentran las más excelentes aptitudes de un hombre y la
necesidad social de aplicarlas al desempeño de una misión trascendente. El
hombre extraordinario asciende á la genialidad cuando encuentra clima
propicio: la semilla mejor necesita de la tierra más fecunda. La función
implica el órgano: el genio hace actual lo que en su clima es potencial.
Ningún filósofo, estadista, sabio ó poeta alcanza la genialidad mientras en
su medio se siente exótico ó inoportuno; necesita condiciones propicias de
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tiempo y de lugar para que su aptitud desempeñe una función. El ambiente
constituye el «clima» del genio y la oportunidad marca su «hora». Sin ellos
ningún cerebro excepcional puede elevarse á la genialidad; pero el uno y la
otra no bastan para creerla en un cerebro mediocre.
Nacen muchos ingenios excelentes en cada siglo. Uno, entre cien, encuentra
tal clima y tal hora que lo destina fatalmente á la culminación: es como si la
buena semilla cayera en terreno fértil y en vísperas de lluvia. Ése es el
secreto de su gloria: coincidir con la oportunidad que necesita de él. Se
entreabre y crece, sintetizando un ideal implícito en el porvenir inminente ó
remoto: presintiéndolo, instituyéndolo, enseñándolo, iluminándolo,
imponiéndolo.
El genio no es un azar ni una enfermedad; ni es, tampoco, un capricho
intercalado en el curso de la historia. Es una convergencia de aptitudes
personales y de circunstancias infinitas. Cuando una raza, un arte, una
ciencia ó un credo preparan su advenimiento ó atraviesan por una
renovación fundamental, él aparece, extraordinario, personificando nuevas
orientaciones de los pueblos ó de las ideas. Las anuncia como artista ó
profeta, las desentraña como inventor ó filósofo, las emprende como
conquistador ó estadista. Sus obras le sobreviven y permiten reconocer su
huella á través del tiempo. Es rectilíneo é incontrastable porque encuentra
su clima y su hora: vuela y vuela, superior á todos los obstáculos, hasta
alcanzar la genialidad. Llegando á deshoras viviría inquieto, fluctuante,
desorientado; sería siempre intrínsecamente un ingenio, podría llegar al
talento si se acomodara á alguna de sus vocaciones adventicias, pero no
sería un genio. No podría serlo. Nunca.
Otorgar ese título á cuantos descuellan por determinada aptitud, significa
confundir en una misma jerarquía á todos los que se elevan sobre la
mediocridad; es tan inexacto como llamar idiotas á todos los hombres
inferiores. El genio y el idiota son los términos extremos de una escala
infinita. Por haberlo olvidado mueven á sonreir las estadísticas y las
conclusiones de los Moreau y los Lombroso. Reservemos el título á pocos
elegidos. Son animadores de una época, transfundiéndose, algunas veces, en
su generación y con más frecuencia en las sucesivas, herederas legítimas de
su estilo, de sus ideas ó de sus obras.
constituye el «clima» del genio y la oportunidad marca su «hora». Sin ellos
ningún cerebro excepcional puede elevarse á la genialidad; pero el uno y la
otra no bastan para creerla en un cerebro mediocre.
Nacen muchos ingenios excelentes en cada siglo. Uno, entre cien, encuentra
tal clima y tal hora que lo destina fatalmente á la culminación: es como si la
buena semilla cayera en terreno fértil y en vísperas de lluvia. Ése es el
secreto de su gloria: coincidir con la oportunidad que necesita de él. Se
entreabre y crece, sintetizando un ideal implícito en el porvenir inminente ó
remoto: presintiéndolo, instituyéndolo, enseñándolo, iluminándolo,
imponiéndolo.
El genio no es un azar ni una enfermedad; ni es, tampoco, un capricho
intercalado en el curso de la historia. Es una convergencia de aptitudes
personales y de circunstancias infinitas. Cuando una raza, un arte, una
ciencia ó un credo preparan su advenimiento ó atraviesan por una
renovación fundamental, él aparece, extraordinario, personificando nuevas
orientaciones de los pueblos ó de las ideas. Las anuncia como artista ó
profeta, las desentraña como inventor ó filósofo, las emprende como
conquistador ó estadista. Sus obras le sobreviven y permiten reconocer su
huella á través del tiempo. Es rectilíneo é incontrastable porque encuentra
su clima y su hora: vuela y vuela, superior á todos los obstáculos, hasta
alcanzar la genialidad. Llegando á deshoras viviría inquieto, fluctuante,
desorientado; sería siempre intrínsecamente un ingenio, podría llegar al
talento si se acomodara á alguna de sus vocaciones adventicias, pero no
sería un genio. No podría serlo. Nunca.
Otorgar ese título á cuantos descuellan por determinada aptitud, significa
confundir en una misma jerarquía á todos los que se elevan sobre la
mediocridad; es tan inexacto como llamar idiotas á todos los hombres
inferiores. El genio y el idiota son los términos extremos de una escala
infinita. Por haberlo olvidado mueven á sonreir las estadísticas y las
conclusiones de los Moreau y los Lombroso. Reservemos el título á pocos
elegidos. Son animadores de una época, transfundiéndose, algunas veces, en
su generación y con más frecuencia en las sucesivas, herederas legítimas de
su estilo, de sus ideas ó de sus obras.
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La adulación prodiga á manos llenas el rango de genios á los poderosos,
confundiendo con águilas los pavos. Imbéciles hay que se lo otorgan á sí
mismos, desesperados por demostrar que la tortuga es ave alada. Hay una
medida exacta para apreciar la genialidad: si es legítima se reconoce por su
obra, honda en su raigambre y vasta en su floración. Si poeta, canta un
ideal; si sabio, lo define; si santo, lo enseña; si héroe, lo ejecuta.
El ingenio es una esperanza; el genio es su realización. Pueden adivinarse
en un hombre joven las más conspicuas aptitudes para alcanzar la
genialidad; pero es difícil pronosticar si las circunstancias convergerán á
que ellas se conviertan en obras. Y, mientras no las vemos, toda apreciación
es caprichosa. Por eso, y porque ciertas obras geniales no se realizan en
minutos, sino en años, un hombre de genio puede pasar desconocido en su
tiempo y ser consagrado por la posteridad. Los contemporáneos no suelen
marcar el paso á compás del genio; pero si éste ha cumplido su obra, una
nueva generación estará habilitada para comprenderlo.
En vida, muchos hombres de genio son ignorados, proscriptos,
desestimados ó escarnecidos. En la lucha por el éxito pueden triunfar los
mediocres, pues mejor sirven á las mediocracias reinantes; pero en la lucha
por la gloria sólo se computan las obras inspiradas por un ideal y
consolidadas por el tiempo. Triunfan los genios. Su victoria no está en el
homenaje transitorio que pueden otorgarle ó negarle los demás, sino en sí
mismos, en la capacidad para efectuar su obra ó cumplir su misión. Duran á
pesar de todo, aunque Sócrates beba la cicuta, Cristo muera en la cruz, ó
Bruno agonice en la hoguera: fueron los órganos vitales de funciones
necesarias en la historia de los pueblos ó de las doctrinas. Y el genio se
reconoce por la remota eficacia de su esfuerzo ó de su ejemplo, más que por
las frágiles sanciones de los contemporáneos.
La magnitud de la obra genial se calcula por la vastedad de su horizonte y la
extensión de sus aplicaciones. En ello suele fundarse cierta jerarquía de los
diversos órdenes del genio, considerados como perfeccionamientos
extraordinarios del intelecto y la voluntad.
Ninguna clasificación es justa en cuanto á la función social del genio ó á la
excelencia de las aptitudes geniales. Variando el clima y la hora puede ser
más ó menos fatal la aparición de uno ú otro orden de genialidad: la más
oportuna es siempre la más fecunda. Conviene renunciar á toda
confundiendo con águilas los pavos. Imbéciles hay que se lo otorgan á sí
mismos, desesperados por demostrar que la tortuga es ave alada. Hay una
medida exacta para apreciar la genialidad: si es legítima se reconoce por su
obra, honda en su raigambre y vasta en su floración. Si poeta, canta un
ideal; si sabio, lo define; si santo, lo enseña; si héroe, lo ejecuta.
El ingenio es una esperanza; el genio es su realización. Pueden adivinarse
en un hombre joven las más conspicuas aptitudes para alcanzar la
genialidad; pero es difícil pronosticar si las circunstancias convergerán á
que ellas se conviertan en obras. Y, mientras no las vemos, toda apreciación
es caprichosa. Por eso, y porque ciertas obras geniales no se realizan en
minutos, sino en años, un hombre de genio puede pasar desconocido en su
tiempo y ser consagrado por la posteridad. Los contemporáneos no suelen
marcar el paso á compás del genio; pero si éste ha cumplido su obra, una
nueva generación estará habilitada para comprenderlo.
En vida, muchos hombres de genio son ignorados, proscriptos,
desestimados ó escarnecidos. En la lucha por el éxito pueden triunfar los
mediocres, pues mejor sirven á las mediocracias reinantes; pero en la lucha
por la gloria sólo se computan las obras inspiradas por un ideal y
consolidadas por el tiempo. Triunfan los genios. Su victoria no está en el
homenaje transitorio que pueden otorgarle ó negarle los demás, sino en sí
mismos, en la capacidad para efectuar su obra ó cumplir su misión. Duran á
pesar de todo, aunque Sócrates beba la cicuta, Cristo muera en la cruz, ó
Bruno agonice en la hoguera: fueron los órganos vitales de funciones
necesarias en la historia de los pueblos ó de las doctrinas. Y el genio se
reconoce por la remota eficacia de su esfuerzo ó de su ejemplo, más que por
las frágiles sanciones de los contemporáneos.
La magnitud de la obra genial se calcula por la vastedad de su horizonte y la
extensión de sus aplicaciones. En ello suele fundarse cierta jerarquía de los
diversos órdenes del genio, considerados como perfeccionamientos
extraordinarios del intelecto y la voluntad.
Ninguna clasificación es justa en cuanto á la función social del genio ó á la
excelencia de las aptitudes geniales. Variando el clima y la hora puede ser
más ó menos fatal la aparición de uno ú otro orden de genialidad: la más
oportuna es siempre la más fecunda. Conviene renunciar á toda
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estratificación jerárquica de los genios, afirmando su diferencia y
admirándolos por igual: más allá de cierto nivel todas las cumbres son
excelsas. Nadie, que no fueran ellos mismos, podría creerse habilitado para
decretarles rangos y desniveles. Ellos se despreocupan de estas pequeñeces;
el problema es insoluble por definición.
Ni jerarquías ni especies: la genialidad no se clasifica. El hombre que la
alcanza, encontrando su clima y llegando á su hora, es el abanderado de un
ideal. Siempre es definitivo: es un hito en la evolución de su pueblo ó de su
arte. Las historias adocenadas suelen ser crónicas de capitanes y
conquistadores; las otras formas de genialidad entran en ellas como simples
accidentes. Y no es justo. Homero, Miguel Ángel, Cervantes y Goethe
vivieron en sus siglos más altos que los emperadores: por cada uno de ellos
se mide la grandeza de su tiempo. Marcan fechas memorables,
personificando aspiraciones inmanentes de su clima intelectual. El golpe de
ala es tan necesario para sentir ó pensar un Ideal como para predicarlo ó
ejecutarlo: todo Ideal es una síntesis. Las grandes transmutaciones
históricas nacen como videncias líricas de los genios artísticos, se
transfunden en la doctrina de los pensadores y se realizan por el esfuerzo de
los estadistas. Así la genialidad, de simple actitud individual, deviene
función en los pueblos y florece en circunstancias irremovibles, fatalmente.
La exégesis del genio es enigmática si se limita á estudiar la biología de los
hombres geniales. Ésta sólo revela algunos resortes de su aptitud, y no
siempre evidentes. Algunos pesquisan sus antepasados, remontando si
pueden en los siglos, por muchas generaciones, hasta apelmazar un puñado
de locos y degenerados, como si en la conjunción de los siete pecados
capitales pudiera estallar la chispa que enciende el Ideal de una época. Eso
es convertir en doctrina una superchería, dar visos de ciencia á falaces
sofismas. Ni, por ésto, veremos en ellos simples productos del medio,
olvidando sus singulares atributos. Ni lo uno ni lo otro. Si tal hombre nace
en tal clima y llega en tal hora oportuna, su aptitud, apropiada á entrambos,
se desenvuelve hasta la genialidad.
El genio es una fuerza que actúa en función del medio.
Probarlo es fácil.
Dos veces la muerte y la gloria se dieron la mano sobre un cadáver
argentino. Fué la primera cuando Sarmiento se apagó en el horizonte de la
admirándolos por igual: más allá de cierto nivel todas las cumbres son
excelsas. Nadie, que no fueran ellos mismos, podría creerse habilitado para
decretarles rangos y desniveles. Ellos se despreocupan de estas pequeñeces;
el problema es insoluble por definición.
Ni jerarquías ni especies: la genialidad no se clasifica. El hombre que la
alcanza, encontrando su clima y llegando á su hora, es el abanderado de un
ideal. Siempre es definitivo: es un hito en la evolución de su pueblo ó de su
arte. Las historias adocenadas suelen ser crónicas de capitanes y
conquistadores; las otras formas de genialidad entran en ellas como simples
accidentes. Y no es justo. Homero, Miguel Ángel, Cervantes y Goethe
vivieron en sus siglos más altos que los emperadores: por cada uno de ellos
se mide la grandeza de su tiempo. Marcan fechas memorables,
personificando aspiraciones inmanentes de su clima intelectual. El golpe de
ala es tan necesario para sentir ó pensar un Ideal como para predicarlo ó
ejecutarlo: todo Ideal es una síntesis. Las grandes transmutaciones
históricas nacen como videncias líricas de los genios artísticos, se
transfunden en la doctrina de los pensadores y se realizan por el esfuerzo de
los estadistas. Así la genialidad, de simple actitud individual, deviene
función en los pueblos y florece en circunstancias irremovibles, fatalmente.
La exégesis del genio es enigmática si se limita á estudiar la biología de los
hombres geniales. Ésta sólo revela algunos resortes de su aptitud, y no
siempre evidentes. Algunos pesquisan sus antepasados, remontando si
pueden en los siglos, por muchas generaciones, hasta apelmazar un puñado
de locos y degenerados, como si en la conjunción de los siete pecados
capitales pudiera estallar la chispa que enciende el Ideal de una época. Eso
es convertir en doctrina una superchería, dar visos de ciencia á falaces
sofismas. Ni, por ésto, veremos en ellos simples productos del medio,
olvidando sus singulares atributos. Ni lo uno ni lo otro. Si tal hombre nace
en tal clima y llega en tal hora oportuna, su aptitud, apropiada á entrambos,
se desenvuelve hasta la genialidad.
El genio es una fuerza que actúa en función del medio.
Probarlo es fácil.
Dos veces la muerte y la gloria se dieron la mano sobre un cadáver
argentino. Fué la primera cuando Sarmiento se apagó en el horizonte de la
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cultura continental; fué la segunda al cegarse en Ameghino las fuentes más
hondas de la ciencia americana. Pocas tumbas, como las suyas, han visto
florecer y entrelazarse á un tiempo mismo el ciprés y el laurel, como si en el
parpadeo crepuscular de sus organismos se hubieran encendido lámparas
votivas consagradas á la glorificación eterna de su genio.
Merecen tal nombre; cumplieron una función social, realizando obra
decisiva y fecunda. Nadie podrá pensar en la educación ni en la cultura de
este continente, sin evocar el nombre de Sarmiento, su apóstol y sembrador:
ni pudo mente alguna comparársele, entre los que le sucedieron en el
gobierno y en la enseñanza. En el desarrollo de las doctrinas evolucionistas
marcan un hito las concepciones de Ameghino; será imposible no advertir la
huella de su paso, y quien lo olvide renunciará á conocer muchos dominios
de la ciencia explorados por él.
II.—El genio pragmático: Sarmiento.
Sus pensamientos fueron tajos de luz en la penumbra de la barbarie
americana, entreabriendo la visión de cosas futuras. Pensaba en tan alto
estilo que parecía tener, como Sócrates, algún demonio familiar que
alucinara su inspiración. Cíclope en su faena, vivía obsesionado por el afán
de educar; esa idea gravitaba en su espíritu como las grandes moles
incandescentes en el equilibrio celeste, subordinando á su influencia todas
las masas menores de su sistema cósmico.
Tenía la clarividencia del ideal y había elegido sus medios: organizar
civilizando, elevar educando. Todas las fuentes fueron escasas para saciar
su sed de aprender; todas las inquinas fueron exiguas para cohibir su
inquietud de enseñar. Erguido y viril siempre, asta bandera de sus propios
ideales, siguió las rutas por do le guiara el destino, previendo que la gloria
se incuba en regazos de auroras fecundadas por los sueños de los que miran
más lejos. América le esperaba. Cuando urge construir ó transmutar,
fórmase el clima del genio: su hora suena como fatídica invitación á llenar
una página de luz. El hombre extraordinario se revela auroralmente, como
si obedeciera á una predestinación irrevocable.
Facundo es el clamor de la cultura moderna contra el crepúsculo feudal.
Crear una doctrina justa vale ganar una batalla para la verdad; presentir un
hondas de la ciencia americana. Pocas tumbas, como las suyas, han visto
florecer y entrelazarse á un tiempo mismo el ciprés y el laurel, como si en el
parpadeo crepuscular de sus organismos se hubieran encendido lámparas
votivas consagradas á la glorificación eterna de su genio.
Merecen tal nombre; cumplieron una función social, realizando obra
decisiva y fecunda. Nadie podrá pensar en la educación ni en la cultura de
este continente, sin evocar el nombre de Sarmiento, su apóstol y sembrador:
ni pudo mente alguna comparársele, entre los que le sucedieron en el
gobierno y en la enseñanza. En el desarrollo de las doctrinas evolucionistas
marcan un hito las concepciones de Ameghino; será imposible no advertir la
huella de su paso, y quien lo olvide renunciará á conocer muchos dominios
de la ciencia explorados por él.
II.—El genio pragmático: Sarmiento.
Sus pensamientos fueron tajos de luz en la penumbra de la barbarie
americana, entreabriendo la visión de cosas futuras. Pensaba en tan alto
estilo que parecía tener, como Sócrates, algún demonio familiar que
alucinara su inspiración. Cíclope en su faena, vivía obsesionado por el afán
de educar; esa idea gravitaba en su espíritu como las grandes moles
incandescentes en el equilibrio celeste, subordinando á su influencia todas
las masas menores de su sistema cósmico.
Tenía la clarividencia del ideal y había elegido sus medios: organizar
civilizando, elevar educando. Todas las fuentes fueron escasas para saciar
su sed de aprender; todas las inquinas fueron exiguas para cohibir su
inquietud de enseñar. Erguido y viril siempre, asta bandera de sus propios
ideales, siguió las rutas por do le guiara el destino, previendo que la gloria
se incuba en regazos de auroras fecundadas por los sueños de los que miran
más lejos. América le esperaba. Cuando urge construir ó transmutar,
fórmase el clima del genio: su hora suena como fatídica invitación á llenar
una página de luz. El hombre extraordinario se revela auroralmente, como
si obedeciera á una predestinación irrevocable.
Facundo es el clamor de la cultura moderna contra el crepúsculo feudal.
Crear una doctrina justa vale ganar una batalla para la verdad; presentir un
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ritmo de civilización cuesta más que acometer una conquista. Todo ideal
puede servirse con el verbo profético. Un libro es más que una intención: es
un gesto. Su palabra parece bajar de un Sinaí. El hombre extraordinario
encuadra, por entonces, su espíritu en el doble marco de la cordillera muda
y del mar clamoroso. En alas del austro llegan hasta él gemidos de pueblos
que llenan de angustia su corazón y parecen ensombrecer el cielo taciturno
de su frente que incuba un relampaguear de profecías. La pasión enciende
las dantescas hornallas en que forja sus páginas y ellas retumban con
sonoridad plutoniana en todos los ámbitos de su patria. Para medirse busca
al más grande enemigo, Rozas, que era también genial en su medio y en su
tiempo: por eso hay ritmos apocalípticos en los apóstrofes de Facundo,
asombroso enquiridión que parece un reto de águila á águila, lanzado por
sobre las cumbres más conspicuas del planeta. Su verbo es anatema: tan
fuerte es el grito que, por momentos, la prosa se enronquece. La
vehemencia crea su estilo, tan suyo que siendo castizo no parece español.
Sacude á todo un continente con la sola fuerza de su pluma, adiamantada
por la santificación del peligro y del destierro. Cuando un ideal se plasma
en un alto espíritu, bastan gotas de tinta para fijarlo en páginas decisivas; y
ellas, como si en cada línea llevasen una chispa de incendio desvastador,
llegan al corazón de miles de hombres, desorbitan sus rutinas, encienden
sus pasiones, polarizan su actitud hacia el ensueño naciente. La prosa del
visionario vive: palpita, agrede, conmueve, derrumba, aniquila. En sus
frases diríase que se vuelca el alma de la nación entera, como un alud. Un
libro, fruto de imperceptibles vibraciones cerebrales del genio, tórnase tan
decisivo para la civilización de una raza como la irrupción tumultuosa de
infinitos ejércitos. Y su verbo es sentencia: queda mortalmente herida una
era de barbarie simbolizada en un nombre propio. El genio se encumbra así
para hablar, intérprete de la historia. Sus palabras no admiten rectificación y
escapan á la crítica. Los poetas debieran pedir sus ritmos á las mareas del
Océano para loar líricamente la perennidad del gesto magnífico.
La política puso á prueba su firmeza: gran hora fué aquélla en que su Ideal
se convirtió en acción. Presidió la República contra la intención de todos:
obra de un hado benéfico. Arriba vivió batallando como abajo, siempre
agresor y agredido. Cumplía una función histórica. Por eso, como el héroe
del romance, su trabajo fué la lucha, su descanso fué pelear. Se mantuvo
ajeno y superior á todos los partidos, incapaces para contenerlo. Todos lo
reclamaban y lo repudiaban alternativamente. Ninguno, grande ó pequeño,
puede servirse con el verbo profético. Un libro es más que una intención: es
un gesto. Su palabra parece bajar de un Sinaí. El hombre extraordinario
encuadra, por entonces, su espíritu en el doble marco de la cordillera muda
y del mar clamoroso. En alas del austro llegan hasta él gemidos de pueblos
que llenan de angustia su corazón y parecen ensombrecer el cielo taciturno
de su frente que incuba un relampaguear de profecías. La pasión enciende
las dantescas hornallas en que forja sus páginas y ellas retumban con
sonoridad plutoniana en todos los ámbitos de su patria. Para medirse busca
al más grande enemigo, Rozas, que era también genial en su medio y en su
tiempo: por eso hay ritmos apocalípticos en los apóstrofes de Facundo,
asombroso enquiridión que parece un reto de águila á águila, lanzado por
sobre las cumbres más conspicuas del planeta. Su verbo es anatema: tan
fuerte es el grito que, por momentos, la prosa se enronquece. La
vehemencia crea su estilo, tan suyo que siendo castizo no parece español.
Sacude á todo un continente con la sola fuerza de su pluma, adiamantada
por la santificación del peligro y del destierro. Cuando un ideal se plasma
en un alto espíritu, bastan gotas de tinta para fijarlo en páginas decisivas; y
ellas, como si en cada línea llevasen una chispa de incendio desvastador,
llegan al corazón de miles de hombres, desorbitan sus rutinas, encienden
sus pasiones, polarizan su actitud hacia el ensueño naciente. La prosa del
visionario vive: palpita, agrede, conmueve, derrumba, aniquila. En sus
frases diríase que se vuelca el alma de la nación entera, como un alud. Un
libro, fruto de imperceptibles vibraciones cerebrales del genio, tórnase tan
decisivo para la civilización de una raza como la irrupción tumultuosa de
infinitos ejércitos. Y su verbo es sentencia: queda mortalmente herida una
era de barbarie simbolizada en un nombre propio. El genio se encumbra así
para hablar, intérprete de la historia. Sus palabras no admiten rectificación y
escapan á la crítica. Los poetas debieran pedir sus ritmos á las mareas del
Océano para loar líricamente la perennidad del gesto magnífico.
La política puso á prueba su firmeza: gran hora fué aquélla en que su Ideal
se convirtió en acción. Presidió la República contra la intención de todos:
obra de un hado benéfico. Arriba vivió batallando como abajo, siempre
agresor y agredido. Cumplía una función histórica. Por eso, como el héroe
del romance, su trabajo fué la lucha, su descanso fué pelear. Se mantuvo
ajeno y superior á todos los partidos, incapaces para contenerlo. Todos lo
reclamaban y lo repudiaban alternativamente. Ninguno, grande ó pequeño,
Page 191
podía ser toda una generación, todo un pueblo, toda una raza. Sarmiento
sintetizaba una era en nuestra latinidad americana. Su acercamiento á las
facciones, compuestas por amalgamas de mediocres, tenía reservas y
reticencias, eran simples tanteos hacia un fin claramente previsto, para cuya
consecución necesitó ensayar todos los medios. Genio ejecutor, el mundo
parecíale pequeño para abarcarle entre sus brazos; sólo pudo ser suyo el
lema inequívoco: «las cosas hay que hacerlas; mal, pero hacerlas».
Ninguna empresa le pareció indigna de su esfuerzo; en todas ellas llevó
como única antorcha su Ideal. Habría preferido morir de sed antes que
abrevarse en el manantial de la rutina. Miguelangelesco escultor de la
civilización, tuvo siempre libres las manos para modelar instituciones é
ideas, libres de cenáculos y de partidos, libres para golpear tiranías, para
aplaudir virtudes, para sembrar verdades á puñados. Entusiasta por la Patria,
cuya grandeza supo mirar como la de una propia hija, fué también
despiadado con sus vicios, cauterizándolos con la serena crueldad de un
cirujano.
La unidad de su obra es profunda y absoluta, no obstante las aparentes
contradicciones entre su conducta y su medio. Entre alternativas extremas,
Sarmiento conservó la línea de su carácter hasta la muerte. Su madurez
siguió la orientación de su juventud; llegó á los ochenta años
perfeccionando las originalidades que había adquirido á los treinta. Se
equivocó innumerables veces, tantas como sólo puede concebirse en un
hombre que vivió pensando siempre. Cambió mil veces de opinión, porque
nunca dejó de vivir. Su espíritu salvaje y divino parpadeaba como un faro,
con alternativas perturbadoras. Era un mundo que se obscurecía y se
alumbraba sin sosiego: incesante sucesión de amaneceres y de crepúsculos
fundidos en el todo uniforme del tiempo. En ciertas épocas pareció nacer de
nuevo con cada aurora; pero supo oscilar hasta lo infinito sin dejar nunca de
ser él mismo.
Miró siempre hacia el porvenir, como si el pasado hubiera muerto á su
espalda; el ayer no existía, para él, frente al mañana. Los hombres y pueblos
en decadencia viven acordándose de dónde vienen; los hombres geniales y
los pueblos fuertes sólo necesitan saber dónde van. Vivió inventando
doctrinas ó forjando instituciones, creando siempre, en continuo derroche
de imaginación creadora. Nunca tuvo paciencias resignadas, ni esa imitativa
mansedumbre del mediocre que se acomoda para vegetar tranquilamente.
sintetizaba una era en nuestra latinidad americana. Su acercamiento á las
facciones, compuestas por amalgamas de mediocres, tenía reservas y
reticencias, eran simples tanteos hacia un fin claramente previsto, para cuya
consecución necesitó ensayar todos los medios. Genio ejecutor, el mundo
parecíale pequeño para abarcarle entre sus brazos; sólo pudo ser suyo el
lema inequívoco: «las cosas hay que hacerlas; mal, pero hacerlas».
Ninguna empresa le pareció indigna de su esfuerzo; en todas ellas llevó
como única antorcha su Ideal. Habría preferido morir de sed antes que
abrevarse en el manantial de la rutina. Miguelangelesco escultor de la
civilización, tuvo siempre libres las manos para modelar instituciones é
ideas, libres de cenáculos y de partidos, libres para golpear tiranías, para
aplaudir virtudes, para sembrar verdades á puñados. Entusiasta por la Patria,
cuya grandeza supo mirar como la de una propia hija, fué también
despiadado con sus vicios, cauterizándolos con la serena crueldad de un
cirujano.
La unidad de su obra es profunda y absoluta, no obstante las aparentes
contradicciones entre su conducta y su medio. Entre alternativas extremas,
Sarmiento conservó la línea de su carácter hasta la muerte. Su madurez
siguió la orientación de su juventud; llegó á los ochenta años
perfeccionando las originalidades que había adquirido á los treinta. Se
equivocó innumerables veces, tantas como sólo puede concebirse en un
hombre que vivió pensando siempre. Cambió mil veces de opinión, porque
nunca dejó de vivir. Su espíritu salvaje y divino parpadeaba como un faro,
con alternativas perturbadoras. Era un mundo que se obscurecía y se
alumbraba sin sosiego: incesante sucesión de amaneceres y de crepúsculos
fundidos en el todo uniforme del tiempo. En ciertas épocas pareció nacer de
nuevo con cada aurora; pero supo oscilar hasta lo infinito sin dejar nunca de
ser él mismo.
Miró siempre hacia el porvenir, como si el pasado hubiera muerto á su
espalda; el ayer no existía, para él, frente al mañana. Los hombres y pueblos
en decadencia viven acordándose de dónde vienen; los hombres geniales y
los pueblos fuertes sólo necesitan saber dónde van. Vivió inventando
doctrinas ó forjando instituciones, creando siempre, en continuo derroche
de imaginación creadora. Nunca tuvo paciencias resignadas, ni esa imitativa
mansedumbre del mediocre que se acomoda para vegetar tranquilamente.
Page 192
La adaptación social depende del equilibrio entre lo que se inventa y lo que
se imita; mientras el hombre vulgar es imitativo y se adapta perfectamente,
el hombre de genio es creador y con frecuencia inadaptado. La adaptación
es mediocrizadora; rebaja al individuo á los modos de pensar y sentir que
son comunes á la masa, borrando sus rasgos propiamente personales. Pocos
hombres, al finalizar su vida, se libran de ella; muchos suelen ceder cuando
los resortes del espíritu sienten la herrumbre de la vejez. Sarmiento fué una
excepción. Había nacido «así» y quiso vivir como era, sin desteñirse en el
semitono de los demás.
En horas crueles, cuando los mediocres le agredían para desbaratar sus
ideales de cultura, en vano intentaría Sarmiento rebelarse á su destino. Una
fatalidad incontrastable lo había elegido portavoz de su tiempo,
hostigándole á perseverar sin tregua hasta el borde mismo de la tumba. En
pleno arreciar de la vejez siguió pensando por sí mismo, siempre alerta para
avalancharse contra los que desplumaban el ala de sus grandes ensueños:
habría osado desmantelar la tumba más gloriosa si en ello hubiera entrevisto
la esperanza de que algo resucitaría de entre las cenizas.
Había gestos de águila prisionera en los desequilibrios de Sarmiento. Fué
«inactual» en su medio; el genio importa siempre una anticipación. Su
originalidad pareció rayana en desequilibrio. Lo había, ciertamente: mas no
era intrínseco en su personalidad, sino extrínseco, entre ella y su medio. Su
inquietud no era inconstancia, su labor no era agitación. Su genio era una
suprema cordura en todo lo que á sus ideales tocaba. Parecía lo contrario
por contraste con la niebla de mediocridad que le circuía.
Tenía los descompaginamientos que la vida moderna hace sufrir á todos los
caracteres militantes; pero la revelación más indudable de su genialidad está
en la eficacia de su obra, á pesar de los aparentes desequilibrios. Personificó
la más grande lucha entre el pasado y el porvenir del continente, asumiendo
con exceso la responsabilidad de su destino. Nada le perdonan los enemigos
del Ideal que él representa; todo le exigen los partidarios. El equilibrio del
mediocre es exiguo comparado con el del genio; aquél soporta un trabajo
igual á uno y éste lo emprende igual á mil. Para ello necesita una rara fineza
y una absoluta precisión ejecutiva. Donde los otros se apunan, ellos trepan;
cobran mayor pujanza cuando arrecian las borrascas: parecen águilas
planeantes en su atmósfera natural.
se imita; mientras el hombre vulgar es imitativo y se adapta perfectamente,
el hombre de genio es creador y con frecuencia inadaptado. La adaptación
es mediocrizadora; rebaja al individuo á los modos de pensar y sentir que
son comunes á la masa, borrando sus rasgos propiamente personales. Pocos
hombres, al finalizar su vida, se libran de ella; muchos suelen ceder cuando
los resortes del espíritu sienten la herrumbre de la vejez. Sarmiento fué una
excepción. Había nacido «así» y quiso vivir como era, sin desteñirse en el
semitono de los demás.
En horas crueles, cuando los mediocres le agredían para desbaratar sus
ideales de cultura, en vano intentaría Sarmiento rebelarse á su destino. Una
fatalidad incontrastable lo había elegido portavoz de su tiempo,
hostigándole á perseverar sin tregua hasta el borde mismo de la tumba. En
pleno arreciar de la vejez siguió pensando por sí mismo, siempre alerta para
avalancharse contra los que desplumaban el ala de sus grandes ensueños:
habría osado desmantelar la tumba más gloriosa si en ello hubiera entrevisto
la esperanza de que algo resucitaría de entre las cenizas.
Había gestos de águila prisionera en los desequilibrios de Sarmiento. Fué
«inactual» en su medio; el genio importa siempre una anticipación. Su
originalidad pareció rayana en desequilibrio. Lo había, ciertamente: mas no
era intrínseco en su personalidad, sino extrínseco, entre ella y su medio. Su
inquietud no era inconstancia, su labor no era agitación. Su genio era una
suprema cordura en todo lo que á sus ideales tocaba. Parecía lo contrario
por contraste con la niebla de mediocridad que le circuía.
Tenía los descompaginamientos que la vida moderna hace sufrir á todos los
caracteres militantes; pero la revelación más indudable de su genialidad está
en la eficacia de su obra, á pesar de los aparentes desequilibrios. Personificó
la más grande lucha entre el pasado y el porvenir del continente, asumiendo
con exceso la responsabilidad de su destino. Nada le perdonan los enemigos
del Ideal que él representa; todo le exigen los partidarios. El equilibrio del
mediocre es exiguo comparado con el del genio; aquél soporta un trabajo
igual á uno y éste lo emprende igual á mil. Para ello necesita una rara fineza
y una absoluta precisión ejecutiva. Donde los otros se apunan, ellos trepan;
cobran mayor pujanza cuando arrecian las borrascas: parecen águilas
planeantes en su atmósfera natural.
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La incomprensión de estos detalles ha hecho que en todo tiempo se
atribuyeran taras psicopáticas á los hombres de genio, concretándose al fin
la consabida hipótesis de su parentesco con la locura, tan cómoda para
afrentar á cuantos se elevan sobre los comunes procesos del raciocinio
rutinario y de la actividad doméstica. Pero se olvida que inadaptado no
quiere decir alienado: no puede el genio consistir en adaptarse á la
mediocridad.
El culto de la bestia sana redundaría en beneficio de los sujetos más
insignificantes, si se aceptara la doctrina que los declara predestinados á la
degeneración ó el manicomio. Es falso que el talento y el genio pueblen los
asilos; si ha habido, por acaso, diez hombres excelentes, encontráronse á su
lado un millón de mediocres y pobres diablos. Es evidente que los alienistas
estudiarán la biografía de los diez é ignorarán la del millón. Y para
enriquecer sus catálogos de genios enfermos incluirán en sus listas á
hombres ingeniosos, cuando no á simples desequilibrados intelectuales que
son «imbéciles con la librea del genio». Estos personajes, que viven á
horcajadas sobre el muro que separa la cárcel del manicomio, son la
antítesis misma del talento y del genio; su deficiente moralidad es uno de
tantos estigmas de su desequilibrio.
Los hombres como Sarmiento pueden caldearse por la excesiva función que
desempeñan; los ignorantes confunden su pasión con la locura. Pero
juzgados en la evolución de las razas y de los grupos sociales, ellos se
presentan como casos de perfeccionamiento activo, en beneficio de la
civilización y de la especie. El devenir humano sólo aprovecha de los
originales; se opera entre individuos diferenciados. El desenvolvimiento de
una personalidad genial es una simple variación sobre los caracteres
adquiridos por el grupo social; gracias á ella aparecen nuevas y distintas
energías, que son el comienzo de líneas de divergencia y sirven de materia á
la selección natural. La desarmonía de un Sarmiento es un progreso; sus
discordancias son rebeliones á las rutinas de los mediocres.
Cualquier sentido se de á la palabra, locura implica siempre disgregación,
desequilibrio, solución de continuidad. Con breve razonamiento refutó
Bovio á la escuela psiquiátrica. El genio se abstrae; el alienado se distrae.
La abstracción ausenta de los demás; la distracción ausenta de sí mismo.
Cada proceso ideativo es una serie. En cada serie hay un término medio y
un proceso lógico. Entre las diversas series hay saltos y faltan los términos
atribuyeran taras psicopáticas á los hombres de genio, concretándose al fin
la consabida hipótesis de su parentesco con la locura, tan cómoda para
afrentar á cuantos se elevan sobre los comunes procesos del raciocinio
rutinario y de la actividad doméstica. Pero se olvida que inadaptado no
quiere decir alienado: no puede el genio consistir en adaptarse á la
mediocridad.
El culto de la bestia sana redundaría en beneficio de los sujetos más
insignificantes, si se aceptara la doctrina que los declara predestinados á la
degeneración ó el manicomio. Es falso que el talento y el genio pueblen los
asilos; si ha habido, por acaso, diez hombres excelentes, encontráronse á su
lado un millón de mediocres y pobres diablos. Es evidente que los alienistas
estudiarán la biografía de los diez é ignorarán la del millón. Y para
enriquecer sus catálogos de genios enfermos incluirán en sus listas á
hombres ingeniosos, cuando no á simples desequilibrados intelectuales que
son «imbéciles con la librea del genio». Estos personajes, que viven á
horcajadas sobre el muro que separa la cárcel del manicomio, son la
antítesis misma del talento y del genio; su deficiente moralidad es uno de
tantos estigmas de su desequilibrio.
Los hombres como Sarmiento pueden caldearse por la excesiva función que
desempeñan; los ignorantes confunden su pasión con la locura. Pero
juzgados en la evolución de las razas y de los grupos sociales, ellos se
presentan como casos de perfeccionamiento activo, en beneficio de la
civilización y de la especie. El devenir humano sólo aprovecha de los
originales; se opera entre individuos diferenciados. El desenvolvimiento de
una personalidad genial es una simple variación sobre los caracteres
adquiridos por el grupo social; gracias á ella aparecen nuevas y distintas
energías, que son el comienzo de líneas de divergencia y sirven de materia á
la selección natural. La desarmonía de un Sarmiento es un progreso; sus
discordancias son rebeliones á las rutinas de los mediocres.
Cualquier sentido se de á la palabra, locura implica siempre disgregación,
desequilibrio, solución de continuidad. Con breve razonamiento refutó
Bovio á la escuela psiquiátrica. El genio se abstrae; el alienado se distrae.
La abstracción ausenta de los demás; la distracción ausenta de sí mismo.
Cada proceso ideativo es una serie. En cada serie hay un término medio y
un proceso lógico. Entre las diversas series hay saltos y faltan los términos
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medios. El genio, moviéndose recto y rápido dentro de una misma serie,
abrevia los términos medios é intuye la relación lejana; el loco, saltando de
una serie á otra, privado de términos medios, disparata en vez de razonar.
Ésa es la aparente analogía entre genio y locura; parece que en el
movimiento de ambos faltaran los términos medios; pero, en rigor, el genio
vuela, el loco salta. El uno sobreentiende muchos términos medios, el otro
no ve ninguno. En el genio, el espíritu se ausenta de los demás; en la locura,
se ausenta de sí mismo. «La sublime locura del genio es, pues, relativa al
vulgo; éste, frente al genio, no es cuerdo ni loco, es simplemente la
mediocridad, es decir, la media lógica, la media alma, el medio carácter, la
religiosidad convencional, la moralidad acomodaticia, la politiquería
menuda, el idioma usual, la nulidad de estilo».
La ingenuidad de las masas ignorantes tiene parte decisiva en la confusión.
Acogen con facilidad la insidia de los mediocres y proclaman loco al
hombre mejor de su tiempo. Algunos se libran de esta etiqueta: son aquéllos
cuya genialidad es discutible, concediéndoseles apenas algún talento
especial en grado excelso. No así los indiscutibles, que viven en brega
perpetua, como Sarmiento. Cuando empezó á envejecer, sus propios
adversarios aprendieron á tolerarlo, aunque sin el gesto magnánimo de una
admiración agradecida. Le siguieron llamando «el loco Sarmiento».
¡El loco Sarmiento! Esas palabras enseñan más que cien libros sobre la
fragilidad del juicio social. Cabe desconfiar de los diagnósticos formulados
por los contemporáneos sobre los hombres que no se avienen á marcar el
paso en las filas; las medianías, sorprendidas por resplandores inusitados,
sólo atinan á justificarse con epítetos despectivos. Conviene confesar esa
gran culpa: ningún argentino ilustre sufrió más burlas de sus
conciudadanos. No hay vocablo injurioso que no haya sido empleado contra
él: era tan grande que no bastó un diccionario entero para difamarle ante la
posteridad. Las retortas de la envidia destilaron las más exquisitas
quintaesencias; conoció todas las oblicuidades de los astutos y todos los
soslayos de los impotentes. La caricatura le mordió hasta sangrar, como á
ningún otro: el lápiz tuvo, vuelta á vuelta, firmezas de estilete y matices de
ponzoña. Como las serpientes que estrangulan á Laocoonte en la obra
maestra del Belvedere, mil tentáculos subalternos y anónimos acosaron su
titánica personalidad, robustecida por la brega.
abrevia los términos medios é intuye la relación lejana; el loco, saltando de
una serie á otra, privado de términos medios, disparata en vez de razonar.
Ésa es la aparente analogía entre genio y locura; parece que en el
movimiento de ambos faltaran los términos medios; pero, en rigor, el genio
vuela, el loco salta. El uno sobreentiende muchos términos medios, el otro
no ve ninguno. En el genio, el espíritu se ausenta de los demás; en la locura,
se ausenta de sí mismo. «La sublime locura del genio es, pues, relativa al
vulgo; éste, frente al genio, no es cuerdo ni loco, es simplemente la
mediocridad, es decir, la media lógica, la media alma, el medio carácter, la
religiosidad convencional, la moralidad acomodaticia, la politiquería
menuda, el idioma usual, la nulidad de estilo».
La ingenuidad de las masas ignorantes tiene parte decisiva en la confusión.
Acogen con facilidad la insidia de los mediocres y proclaman loco al
hombre mejor de su tiempo. Algunos se libran de esta etiqueta: son aquéllos
cuya genialidad es discutible, concediéndoseles apenas algún talento
especial en grado excelso. No así los indiscutibles, que viven en brega
perpetua, como Sarmiento. Cuando empezó á envejecer, sus propios
adversarios aprendieron á tolerarlo, aunque sin el gesto magnánimo de una
admiración agradecida. Le siguieron llamando «el loco Sarmiento».
¡El loco Sarmiento! Esas palabras enseñan más que cien libros sobre la
fragilidad del juicio social. Cabe desconfiar de los diagnósticos formulados
por los contemporáneos sobre los hombres que no se avienen á marcar el
paso en las filas; las medianías, sorprendidas por resplandores inusitados,
sólo atinan á justificarse con epítetos despectivos. Conviene confesar esa
gran culpa: ningún argentino ilustre sufrió más burlas de sus
conciudadanos. No hay vocablo injurioso que no haya sido empleado contra
él: era tan grande que no bastó un diccionario entero para difamarle ante la
posteridad. Las retortas de la envidia destilaron las más exquisitas
quintaesencias; conoció todas las oblicuidades de los astutos y todos los
soslayos de los impotentes. La caricatura le mordió hasta sangrar, como á
ningún otro: el lápiz tuvo, vuelta á vuelta, firmezas de estilete y matices de
ponzoña. Como las serpientes que estrangulan á Laocoonte en la obra
maestra del Belvedere, mil tentáculos subalternos y anónimos acosaron su
titánica personalidad, robustecida por la brega.
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El rebaño ceñía á Sarmiento por todas partes, con la fuerza del número,
irresponsable ante el porvenir. Y él marchaba sin contar los enemigos,
desbordante y hostil, ebrio de batallar en una atmósfera grávida de
tempestades, sembrando á todos los vientos, en todas las horas, en todos los
surcos. Le ahogaba el motejo de los que no le comprendían; la videncia del
juicio póstumo era el único lenitivo á las heridas que sus contemporáneos le
prodigaban. Su vida fué un perpetuo florecimiento de esperanzas en un
matorral de espinas.
Para conservar intactos sus atributos, el genio necesita períodos de
recogimiento; el contacto prolongado con la mediocridad despunta las ideas
originales y corroe los caracteres más adamantinos. Por eso, con frecuencia,
toda superioridad es un destierro. Los grandes pensadores son solitarios;
parecen proscriptos en su propio medio. Se mezclan á él para combatir ó
predicar, un tanto excéntricos cuando no hostiles, sin entregarse nunca
totalmente á gobernantes, sectas ó multitudes. Muchos ingenios eminentes,
arrollados por la marea colectiva, pierden ó atenúan su originalidad,
empañados por la sugestión del medio. Los prejuicios más hondamente
arraigados en el individuo subsisten y prosperan; las ideas nuevas, por ser
adquisiciones personales de reciente formación, se marchitan. Para defender
sus frondas más tiernas el genio busca aislamientos parciales en sus
invernáculos propios. Si no quiere nivelarse demasiado, necesita de tiempo
en tiempo mirarse por dentro, sin que esta defensa de su originalidad
equivalga á una misantropía. Lleva consigo las palpitaciones de una época ó
de una generación, que son su finalidad y su fuerza: cuando se retira se
encumbra. Desde su cima formula con firme claridad aquel sentimiento,
doctrina ó esperanza que en todos se incuba sordamente. En él adquieren
claridad meridiana los confusos rumores que serpentean en la inconsciencia
de sus contemporáneos. Tal, más que en ningún otro genio de la historia, se
plasmó en Sarmiento el concepto de la civilización de su raza, en la hora
que preludiaba el surgir de la nacionalidad entre el caos de la barbarie. Para
pensar mejor Sarmiento vivió solo entre muchos, ora expatriado, ora
proscripto dentro de su país, europeo entre argentinos y argentino en el
extranjero, provinciano entre porteños y porteño entre provincianos. Dijo
Leonardo que es destino de los hombres de genio estar ausentes en todas
partes.
irresponsable ante el porvenir. Y él marchaba sin contar los enemigos,
desbordante y hostil, ebrio de batallar en una atmósfera grávida de
tempestades, sembrando á todos los vientos, en todas las horas, en todos los
surcos. Le ahogaba el motejo de los que no le comprendían; la videncia del
juicio póstumo era el único lenitivo á las heridas que sus contemporáneos le
prodigaban. Su vida fué un perpetuo florecimiento de esperanzas en un
matorral de espinas.
Para conservar intactos sus atributos, el genio necesita períodos de
recogimiento; el contacto prolongado con la mediocridad despunta las ideas
originales y corroe los caracteres más adamantinos. Por eso, con frecuencia,
toda superioridad es un destierro. Los grandes pensadores son solitarios;
parecen proscriptos en su propio medio. Se mezclan á él para combatir ó
predicar, un tanto excéntricos cuando no hostiles, sin entregarse nunca
totalmente á gobernantes, sectas ó multitudes. Muchos ingenios eminentes,
arrollados por la marea colectiva, pierden ó atenúan su originalidad,
empañados por la sugestión del medio. Los prejuicios más hondamente
arraigados en el individuo subsisten y prosperan; las ideas nuevas, por ser
adquisiciones personales de reciente formación, se marchitan. Para defender
sus frondas más tiernas el genio busca aislamientos parciales en sus
invernáculos propios. Si no quiere nivelarse demasiado, necesita de tiempo
en tiempo mirarse por dentro, sin que esta defensa de su originalidad
equivalga á una misantropía. Lleva consigo las palpitaciones de una época ó
de una generación, que son su finalidad y su fuerza: cuando se retira se
encumbra. Desde su cima formula con firme claridad aquel sentimiento,
doctrina ó esperanza que en todos se incuba sordamente. En él adquieren
claridad meridiana los confusos rumores que serpentean en la inconsciencia
de sus contemporáneos. Tal, más que en ningún otro genio de la historia, se
plasmó en Sarmiento el concepto de la civilización de su raza, en la hora
que preludiaba el surgir de la nacionalidad entre el caos de la barbarie. Para
pensar mejor Sarmiento vivió solo entre muchos, ora expatriado, ora
proscripto dentro de su país, europeo entre argentinos y argentino en el
extranjero, provinciano entre porteños y porteño entre provincianos. Dijo
Leonardo que es destino de los hombres de genio estar ausentes en todas
partes.
Page 196
Viven más altos y fuera del torbellino común, desconcertando á sus
contemporáneos. Son inquietos: la gloria y el reposo nunca fueron
compatibles. Son apasionados: disipan los obstáculos como los primeros
rayos del sol licuan la nieve caída en una noche primaveral. En la
adversidad no flaquean: redoblan su pujanza, se aleccionan. Y siguen tras su
Ideal, hiriendo á unos, despreciando á otros, adelantándose á todos, sin
rendirse, tenaces, como si fuera lema suyo el viejo adagio: sólo está vencido
el que confiesa estarlo. En eso finca su genialidad. Ésa es la locura divina
que Erasmo elogió en páginas imperecederas y que la mediocridad de su
tiempo enrostró al gran varón que honra á la raza de todo un continente.
Sarmiento parecía agigantarse bajo el filo de las hachas...
III.—El genio revelador: Ameghino.
Sabio y filósofo, Ameghino fué pupila que supo ver en la noche, antes de
que amaneciera para todos. Creó: fué su misión. Lo mismo que Sarmiento,
llegó en su clima y á su hora. Por singular coincidencia ambos fueron
maestros de escuela, autodidactas, sin título universitario, formados fuera
de la urbe metropolitana, en contacto inmediato con la naturaleza, ajenos á
todos los alambicamientos exteriores de la mentira mundana, con las manos
libres, la cabeza libre, el corazón libre, las alas libres. Diríase que el genio
florece mejor en las montañas solitarias, acariciado por las tormentas, que
son su atmósfera natural; se agosta en los invernáculos del Estado, en sus
universidades domesticadas, en sus laboratorios bien rentados, en sus
academias fósiles y en su funcionarismo jerárquico. Fáltale allí el aire libre
y la plena luz que sólo da la naturaleza: el encebadamiento precoz
enmohece los resortes de la imaginación creadora y despunta las mejores
originalidades. El genio nunca ha sido una institución oficial.
Su vasta obra, en nuestro continente y en nuestra época, tiene caracteres de
fenómeno natural. ¿Por qué un hombre, en Luján, da en juntar huesos de
fósiles y los baraja entre sus dedos, como un naipe compuesto con millares
de siglos, y acaba por arrancar á esos mudos testigos la historia de la tierra,
de la vida, del hombre, como si obrara por predestinación ó por fatalidad?
Tenía que ser un genio argentino, porque ningún otro punto de la superficie
terrestre contiene una fauna fósil comparable á la nuestra; tenía que ser en
contemporáneos. Son inquietos: la gloria y el reposo nunca fueron
compatibles. Son apasionados: disipan los obstáculos como los primeros
rayos del sol licuan la nieve caída en una noche primaveral. En la
adversidad no flaquean: redoblan su pujanza, se aleccionan. Y siguen tras su
Ideal, hiriendo á unos, despreciando á otros, adelantándose á todos, sin
rendirse, tenaces, como si fuera lema suyo el viejo adagio: sólo está vencido
el que confiesa estarlo. En eso finca su genialidad. Ésa es la locura divina
que Erasmo elogió en páginas imperecederas y que la mediocridad de su
tiempo enrostró al gran varón que honra á la raza de todo un continente.
Sarmiento parecía agigantarse bajo el filo de las hachas...
III.—El genio revelador: Ameghino.
Sabio y filósofo, Ameghino fué pupila que supo ver en la noche, antes de
que amaneciera para todos. Creó: fué su misión. Lo mismo que Sarmiento,
llegó en su clima y á su hora. Por singular coincidencia ambos fueron
maestros de escuela, autodidactas, sin título universitario, formados fuera
de la urbe metropolitana, en contacto inmediato con la naturaleza, ajenos á
todos los alambicamientos exteriores de la mentira mundana, con las manos
libres, la cabeza libre, el corazón libre, las alas libres. Diríase que el genio
florece mejor en las montañas solitarias, acariciado por las tormentas, que
son su atmósfera natural; se agosta en los invernáculos del Estado, en sus
universidades domesticadas, en sus laboratorios bien rentados, en sus
academias fósiles y en su funcionarismo jerárquico. Fáltale allí el aire libre
y la plena luz que sólo da la naturaleza: el encebadamiento precoz
enmohece los resortes de la imaginación creadora y despunta las mejores
originalidades. El genio nunca ha sido una institución oficial.
Su vasta obra, en nuestro continente y en nuestra época, tiene caracteres de
fenómeno natural. ¿Por qué un hombre, en Luján, da en juntar huesos de
fósiles y los baraja entre sus dedos, como un naipe compuesto con millares
de siglos, y acaba por arrancar á esos mudos testigos la historia de la tierra,
de la vida, del hombre, como si obrara por predestinación ó por fatalidad?
Tenía que ser un genio argentino, porque ningún otro punto de la superficie
terrestre contiene una fauna fósil comparable á la nuestra; tenía que ser en
Page 197
nuestro siglo, porque otrora le habría faltado el asidero de las doctrinas
darwinistas que le sirven de fundamento; no podía ser antes de ahora,
porque el clima intelectual del país no fué propicio á ello hasta que lo
fecundó el apostolado de Sarmiento; y tenía que ser Ameghino, y ningún
otro hombre de su tiempo. ¿Cuál otro reunía en tan alto grado su aptitud
para la observación y el análisis, su capacidad para la síntesis y la hipótesis,
su resistencia para el enorme esfuerzo prolongado durante tantos años, su
desinterés por todas las mediocres vanidades que hacen del hombre un
funcionario, pero matan al pensador?
Ninguna convergencia de rutinas detiene al genio en su oportunidad.
Aunque son fuerzas todopoderosas, porque obran continua y sordamente, el
genio las domina: antes ó después, pero en dominarlas radica la realización
de su obra. Las resistencias, que desalientan al mediocre, son su estímulo:
crece á la sombra de la envidia ajena. La mediocridad puede conspirar
contra él, movilizando en su contra la detracción y el silencio. Sigue su
camino, lucha, sin caer, sin extraviarse, dionisíacamente seguro. El genio no
fracasa nunca. El que no ha creado no es genio, no llegó á serlo, fué una
ilusión disipada. No quiere esto decir que viva del éxito, sino que su marcha
hacia la gloria es fatal, á pesar de todos los contrastes. El que se detiene
prueba impotencia para marchar. Algunas veces el hombre genial vacila y
se interroga ansiosamente sobre su propio destino: cuando muerden su talón
los envidiosos ó cuando le adulan los hipócritas. Pero en dos circunstancias
se ilumina ó se desencadena: en la hora de la inspiración y en la hora de la
diatriba. Cuando descubre una verdad parece que en sus pupilas brillara una
luz eterna; cuando amonesta á los envilecidos diríase que refulge en su
frente la soberanía de una generación.
Firme y serena voluntad necesitó Ameghino para cumplir su función genial.
Pero nada puede crearse sin materia y sin energía: sin saberlo y sin quererlo
nadie crea cosas que valgan ó duren. La imaginación no basta para dar vida
á la obra: la voluntad la engendra. En este sentido—y en ningún otro—el
desarrollo de la aptitud nativa requiere «una larga paciencia» para que el
ingenio se convierta en talento ó se encumbre en genialidad. Por eso los
hombres excepcionales tienen un valor moral y son algo más que objetos de
curiosidad: «merecen» la admiración que se les profesa. Si su aptitud es un
don de la naturaleza, desarrollarla implica un esfuerzo ejemplar. Por más
que sus gérmenes sean instintivos é inconscientes, las obras no se hacen
darwinistas que le sirven de fundamento; no podía ser antes de ahora,
porque el clima intelectual del país no fué propicio á ello hasta que lo
fecundó el apostolado de Sarmiento; y tenía que ser Ameghino, y ningún
otro hombre de su tiempo. ¿Cuál otro reunía en tan alto grado su aptitud
para la observación y el análisis, su capacidad para la síntesis y la hipótesis,
su resistencia para el enorme esfuerzo prolongado durante tantos años, su
desinterés por todas las mediocres vanidades que hacen del hombre un
funcionario, pero matan al pensador?
Ninguna convergencia de rutinas detiene al genio en su oportunidad.
Aunque son fuerzas todopoderosas, porque obran continua y sordamente, el
genio las domina: antes ó después, pero en dominarlas radica la realización
de su obra. Las resistencias, que desalientan al mediocre, son su estímulo:
crece á la sombra de la envidia ajena. La mediocridad puede conspirar
contra él, movilizando en su contra la detracción y el silencio. Sigue su
camino, lucha, sin caer, sin extraviarse, dionisíacamente seguro. El genio no
fracasa nunca. El que no ha creado no es genio, no llegó á serlo, fué una
ilusión disipada. No quiere esto decir que viva del éxito, sino que su marcha
hacia la gloria es fatal, á pesar de todos los contrastes. El que se detiene
prueba impotencia para marchar. Algunas veces el hombre genial vacila y
se interroga ansiosamente sobre su propio destino: cuando muerden su talón
los envidiosos ó cuando le adulan los hipócritas. Pero en dos circunstancias
se ilumina ó se desencadena: en la hora de la inspiración y en la hora de la
diatriba. Cuando descubre una verdad parece que en sus pupilas brillara una
luz eterna; cuando amonesta á los envilecidos diríase que refulge en su
frente la soberanía de una generación.
Firme y serena voluntad necesitó Ameghino para cumplir su función genial.
Pero nada puede crearse sin materia y sin energía: sin saberlo y sin quererlo
nadie crea cosas que valgan ó duren. La imaginación no basta para dar vida
á la obra: la voluntad la engendra. En este sentido—y en ningún otro—el
desarrollo de la aptitud nativa requiere «una larga paciencia» para que el
ingenio se convierta en talento ó se encumbre en genialidad. Por eso los
hombres excepcionales tienen un valor moral y son algo más que objetos de
curiosidad: «merecen» la admiración que se les profesa. Si su aptitud es un
don de la naturaleza, desarrollarla implica un esfuerzo ejemplar. Por más
que sus gérmenes sean instintivos é inconscientes, las obras no se hacen
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solas. El tiempo es el aliado del genio; el trabajo completa las iniciativas de
la inspiración. Los que han sentido el esfuerzo de crear saben lo que cuesta.
Determinado el Ideal, hay que realizarlo: en la raza, en la ley, en el mármol,
en la palabra. Tan magno esfuerzo explica el escaso número de obras
maestras. Si la imaginación creadora es necesaria para concebirlas,
requiérese para ejecutarlas otra rara virtud: la voluntad tenaz, que Newton
bautizó como simple paciencia, sin medir los falsos corolarios de su
apotegma.
Falsas doctrinas, acariciadas por mediocres, enseñan que la imaginación es
superflua y secundaria, atribuyendo el genio á lo que fué virtud de bueyes
en el simbolismo mitológico. No. Sin aptitudes extraordinarias, la paciencia
no produce un Ameghino. Un imbécil, en cincuenta años de constancia,
sólo conseguirá fosilizar su imbecilidad. El hombre de genio, en el tiempo
que dura un relámpago, intuye su Ideal: toda su vida marcha tras él,
persiguiendo la quimera entrevista.
Las aptitudes esenciales son nativas y espontáneas; en Ameghino se
revelaron por una precocidad de «ingenio» anterior á toda experiencia. Eso
no significa que todos los precoces puedan llegar á la genialidad, ni siquiera
al talento. Muchos son desequilibrados y suelen agostarse en plena
primavera; pocos perfeccionan sus aptitudes hasta convertirlas en talento;
rara vez coinciden con la hora propicia y ascienden á la genialidad. Sólo es
genio quien las convierte en obra luminosa, con esa fecundidad superior
que implica alguna madurez; los más bellos dones requieren ser cultivados,
como las tierras más fértiles necesitan ararse. Estériles resultan los espíritus
brillantes que desdeñan todo esfuerzo, tan absolutamente estériles como los
imbéciles laboriosos; no da cosechas el campo fértil no trabajado, ni las da
el campo estéril por más que se le are.
Ése es el profundo sentido moral de la paradoja que identifica el genio con
la paciencia, aunque sean inadmisibles sus corolarios absurdos. La misma
significación originaria de la palabra genio presupone algo como una
inspiración transcendental. Todo lo que huele á cansancio, no siendo fatiga
de vuelo alígero, es la antítesis del genio. Solamente puede acordarse este
supremo homenaje á aquél cuyas obras denuncian menos el esfuerzo del
amanuense que una especie de don imprevisto y gratuito, algo que opera sin
que él lo sepa, por lo menos con una fuerza y un resultado que exceden á
sus intenciones ó fatigas. Para griegos y latinos «genio» quería decir
la inspiración. Los que han sentido el esfuerzo de crear saben lo que cuesta.
Determinado el Ideal, hay que realizarlo: en la raza, en la ley, en el mármol,
en la palabra. Tan magno esfuerzo explica el escaso número de obras
maestras. Si la imaginación creadora es necesaria para concebirlas,
requiérese para ejecutarlas otra rara virtud: la voluntad tenaz, que Newton
bautizó como simple paciencia, sin medir los falsos corolarios de su
apotegma.
Falsas doctrinas, acariciadas por mediocres, enseñan que la imaginación es
superflua y secundaria, atribuyendo el genio á lo que fué virtud de bueyes
en el simbolismo mitológico. No. Sin aptitudes extraordinarias, la paciencia
no produce un Ameghino. Un imbécil, en cincuenta años de constancia,
sólo conseguirá fosilizar su imbecilidad. El hombre de genio, en el tiempo
que dura un relámpago, intuye su Ideal: toda su vida marcha tras él,
persiguiendo la quimera entrevista.
Las aptitudes esenciales son nativas y espontáneas; en Ameghino se
revelaron por una precocidad de «ingenio» anterior á toda experiencia. Eso
no significa que todos los precoces puedan llegar á la genialidad, ni siquiera
al talento. Muchos son desequilibrados y suelen agostarse en plena
primavera; pocos perfeccionan sus aptitudes hasta convertirlas en talento;
rara vez coinciden con la hora propicia y ascienden á la genialidad. Sólo es
genio quien las convierte en obra luminosa, con esa fecundidad superior
que implica alguna madurez; los más bellos dones requieren ser cultivados,
como las tierras más fértiles necesitan ararse. Estériles resultan los espíritus
brillantes que desdeñan todo esfuerzo, tan absolutamente estériles como los
imbéciles laboriosos; no da cosechas el campo fértil no trabajado, ni las da
el campo estéril por más que se le are.
Ése es el profundo sentido moral de la paradoja que identifica el genio con
la paciencia, aunque sean inadmisibles sus corolarios absurdos. La misma
significación originaria de la palabra genio presupone algo como una
inspiración transcendental. Todo lo que huele á cansancio, no siendo fatiga
de vuelo alígero, es la antítesis del genio. Solamente puede acordarse este
supremo homenaje á aquél cuyas obras denuncian menos el esfuerzo del
amanuense que una especie de don imprevisto y gratuito, algo que opera sin
que él lo sepa, por lo menos con una fuerza y un resultado que exceden á
sus intenciones ó fatigas. Para griegos y latinos «genio» quería decir
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«demonio»: era aquel espíritu que acompaña, guía ó inspira á cada hombre
desde la cuna hasta la tumba. Con la acepción que hoy se da,
universalmente, á la palabra «genio», los antiguos no tuvieron ninguna;
para expresarla anteponían al sustantivo «ingenio» un adjetivo que
expresara su grandeza ó culminación.
No es posible proclamar genios á todos los hombres superiores. Hay tipos
intermediarios. Los modernos distinguen zurdamente al hombre de genio
del hombre de talento. Olvidan la aptitud inicial de ambos: el «ingenio», es
decir una capacidad superior á la mediana. Presenta una gradación infinita y
cada uno de sus grados es susceptible de educarse ilimitadamente.
Permanece estéril y desorganizado en los más, sin implicar siquiera talento.
Este último es una perfección alcanzada por pocos, una originalidad
particular, una síntesis de coordinación, inaccesible al hombre mediocre, sin
ser por eso equivalente á la genialidad. Rara vez la máxima intensificación
del ingenio crea, presagia, realiza ó inventa; sólo entonces su obra adquiere
significación social y un Ameghino asciende á la genialidad. La especie,
con ser exigua, presenta infinitas variedades: tantas, casi, como ejemplares.
La contraria doctrina jamás se preocupó de distinguir entre los hombres
superiores, á punto de catalogar entre los genios á muchos hombres de
talento y aun á ciertos ingenios desequilibrados que son su caricatura.
Ensayó Nordau una discreta diferenciación de tipos. Llama genio al hombre
que crea nuevas formas de actividad no emprendidas antes por otros ó
desarrolla de un modo enteramente propio y personal actividades ya
conocidas; y talento al que practica formas de actividad, general ó
frecuentemente practicadas por otros, mejor que la mayoría de los que
cultivan esas mismas aptitudes. Este juicio diferencial tiene en cuenta la
obra realizada y la aptitud del que la realiza. El genio implica un desarrollo
orgánico primitivamente superior; el talento adquiere por el ejercicio una
integral excelencia de ciertas disposiciones que en su ambiente posee la
mayoría de los sujetos normales. Por eso entre la inteligencia y el talento
sólo hay una diferencia cuantitativa, que es cualitativa entre el talento y el
genio.
No es así, aunque parezca. El talento es mucho más que una mediocridad
complicada; no puede ascender hasta él la inteligencia común. Implica, en
algún sentido, cierta forma de «ingenio», que la educación convierte en
talento de su propio género. Las mentes más preclaras, en cambio, llegarán
desde la cuna hasta la tumba. Con la acepción que hoy se da,
universalmente, á la palabra «genio», los antiguos no tuvieron ninguna;
para expresarla anteponían al sustantivo «ingenio» un adjetivo que
expresara su grandeza ó culminación.
No es posible proclamar genios á todos los hombres superiores. Hay tipos
intermediarios. Los modernos distinguen zurdamente al hombre de genio
del hombre de talento. Olvidan la aptitud inicial de ambos: el «ingenio», es
decir una capacidad superior á la mediana. Presenta una gradación infinita y
cada uno de sus grados es susceptible de educarse ilimitadamente.
Permanece estéril y desorganizado en los más, sin implicar siquiera talento.
Este último es una perfección alcanzada por pocos, una originalidad
particular, una síntesis de coordinación, inaccesible al hombre mediocre, sin
ser por eso equivalente á la genialidad. Rara vez la máxima intensificación
del ingenio crea, presagia, realiza ó inventa; sólo entonces su obra adquiere
significación social y un Ameghino asciende á la genialidad. La especie,
con ser exigua, presenta infinitas variedades: tantas, casi, como ejemplares.
La contraria doctrina jamás se preocupó de distinguir entre los hombres
superiores, á punto de catalogar entre los genios á muchos hombres de
talento y aun á ciertos ingenios desequilibrados que son su caricatura.
Ensayó Nordau una discreta diferenciación de tipos. Llama genio al hombre
que crea nuevas formas de actividad no emprendidas antes por otros ó
desarrolla de un modo enteramente propio y personal actividades ya
conocidas; y talento al que practica formas de actividad, general ó
frecuentemente practicadas por otros, mejor que la mayoría de los que
cultivan esas mismas aptitudes. Este juicio diferencial tiene en cuenta la
obra realizada y la aptitud del que la realiza. El genio implica un desarrollo
orgánico primitivamente superior; el talento adquiere por el ejercicio una
integral excelencia de ciertas disposiciones que en su ambiente posee la
mayoría de los sujetos normales. Por eso entre la inteligencia y el talento
sólo hay una diferencia cuantitativa, que es cualitativa entre el talento y el
genio.
No es así, aunque parezca. El talento es mucho más que una mediocridad
complicada; no puede ascender hasta él la inteligencia común. Implica, en
algún sentido, cierta forma de «ingenio», que la educación convierte en
talento de su propio género. Las mentes más preclaras, en cambio, llegarán
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ó no á la genialidad, según lo determinen circunstancias extrínsecas: su obra
revelará si tuvieron funciones decisivas en la vida ó en la cultura de su
pueblo.
En otro terreno plantea Ferri la diferencia, queriendo permanecer fiel á su
escuela. Dice que el genio posee, acentuado, un franco desequilibrio ó
anormalidad; su producción científica ó artística se adelanta mucho á su
época; sus creaciones ó descubrimientos son profundos y radicales. El
hombre de talento, en cambio, es más equilibrado y su degeneración física y
mental es menor; no es un precursor decidido, sino más bien un coordinador
de elementos dispersos, cuya amalgama produce un resultado nuevo,
aunque sin la verdadera y profunda novedad de la ideación genial. Las
conclusiones son buenas; no así las premisas. Son, sin duda, geniales:
Cervantes, Miguel Ángel, Wagner, Dante, Napoleón, Sarmiento, Ameghino;
son talentosos: Flaubert, Canova, Verdi, Hugo, Washington, Wallace.
Existen tipos intermedios: los hombres que poseen un «talento genial»,
como Bismark, Mozart ó Spencer; pero eso no impide la distinción de
ambos tipos. Prácticamente un vegetal difiere de un animal y un hombre de
un gorila, aunque existan especies intermediarias. Ambos convienen
igualmente al progreso humano. Su labor se integra. Se complementan
como la hélice y el timón: el talento trepana sin sosiego las olas inquietas y
el genio marca el rumbo hacia imprevistos horizontes.
La obra de Ameghino es creadora: eso la caracteriza. Donde no hay
creación no hay genio. Crear es inventar. Ya lo expresó Voltaire. El genio
revélase por una aptitud inventiva ó creadora aplicada á cosas vastas ó
difíciles. En la vida social, en las ciencias, en las artes, en las virtudes, en
todo, se manifiesta con anticipaciones audaces, con una facilidad
espontánea para salvar los obstáculos entre las cosas y las ideas, con una
firme seguridad para no desviarse de su camino. En ciertos casos descubre
lo nuevo; en otros acerca lo remoto y percibe relaciones entre las cosas
distantes, como lo definió Ampère. Ni consiste simplemente en inventar ó
descubrir: las invenciones que se producen por casualidad, sin ser
expresamente pensadas, no requieren aptitudes geniales. El genio descubre
lo que escapa á siglos ó generaciones, las leyes que expresan una relación
entre las cosas: induce lo inesperado, señala puntos que sirven de centro á
mil desarrollos y abre caminos en la infinita exploración de la naturaleza.
revelará si tuvieron funciones decisivas en la vida ó en la cultura de su
pueblo.
En otro terreno plantea Ferri la diferencia, queriendo permanecer fiel á su
escuela. Dice que el genio posee, acentuado, un franco desequilibrio ó
anormalidad; su producción científica ó artística se adelanta mucho á su
época; sus creaciones ó descubrimientos son profundos y radicales. El
hombre de talento, en cambio, es más equilibrado y su degeneración física y
mental es menor; no es un precursor decidido, sino más bien un coordinador
de elementos dispersos, cuya amalgama produce un resultado nuevo,
aunque sin la verdadera y profunda novedad de la ideación genial. Las
conclusiones son buenas; no así las premisas. Son, sin duda, geniales:
Cervantes, Miguel Ángel, Wagner, Dante, Napoleón, Sarmiento, Ameghino;
son talentosos: Flaubert, Canova, Verdi, Hugo, Washington, Wallace.
Existen tipos intermedios: los hombres que poseen un «talento genial»,
como Bismark, Mozart ó Spencer; pero eso no impide la distinción de
ambos tipos. Prácticamente un vegetal difiere de un animal y un hombre de
un gorila, aunque existan especies intermediarias. Ambos convienen
igualmente al progreso humano. Su labor se integra. Se complementan
como la hélice y el timón: el talento trepana sin sosiego las olas inquietas y
el genio marca el rumbo hacia imprevistos horizontes.
La obra de Ameghino es creadora: eso la caracteriza. Donde no hay
creación no hay genio. Crear es inventar. Ya lo expresó Voltaire. El genio
revélase por una aptitud inventiva ó creadora aplicada á cosas vastas ó
difíciles. En la vida social, en las ciencias, en las artes, en las virtudes, en
todo, se manifiesta con anticipaciones audaces, con una facilidad
espontánea para salvar los obstáculos entre las cosas y las ideas, con una
firme seguridad para no desviarse de su camino. En ciertos casos descubre
lo nuevo; en otros acerca lo remoto y percibe relaciones entre las cosas
distantes, como lo definió Ampère. Ni consiste simplemente en inventar ó
descubrir: las invenciones que se producen por casualidad, sin ser
expresamente pensadas, no requieren aptitudes geniales. El genio descubre
lo que escapa á siglos ó generaciones, las leyes que expresan una relación
entre las cosas: induce lo inesperado, señala puntos que sirven de centro á
mil desarrollos y abre caminos en la infinita exploración de la naturaleza.
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¿En qué consiste? ¿No es soplo divino, no es demonio, no es enfermedad?
Nunca. Es más sencillo y más excepcional á la vez. Más sencillo, porque
depende de una complicada estructura histológica del cerebro y no de
entidades fantásticas; más excepcional, porque el mundo pulula de
enfermos y rara vez se anuncia un Ameghino.
Cuanto mejor cerebrado está el hombre, tanto más alta y magnífica es su
función de pensar. Ignórase todavía el mecanismo íntimo de los procesos
intelectuales superiores. Los acompañan, sin duda, modificaciones de las
células nerviosas: cambios de posición de los neurones y permutas químicas
muy complicadas. Para comprenderlas deberían conocerse las actividades
moleculares y sus variables relaciones, además de la histología exacta y
completa de los centros cerebrales. Esto no basta: son enigmas la naturaleza
de la actividad nerviosa, las transformaciones de energía que determina en
el momento que nace, durante el tiempo que se propaga y mientras se
producen los fenómenos que acompañan á la complejísima función de
pensar. Los conocimientos científicos distan de ese límite. Mientras la
química y la fisiología celular permitan llegar al fin, existe ya la
certidumbre de que esa, y ninguna otra, es la vía para explicar las aptitudes
supremas de un Ameghino, en función de su medio.
Nacemos diferentes; hay una variadísima escala desde el idiota hasta el
genio. Se nace en una zona de ese espectro, con aptitudes subordinadas á la
estructura y la coordinación de las células que intervienen en el
pensamiento; la herencia concurre á dar un sistema nervioso, agudo ú
obtuso, según los casos. La educación puede perfeccionar esas capacidades
ó aptitudes cuando existen; no puede crearlas cuando faltan: Salamanca no
las presta.
Cada uno tiene la sensibilidad propia de su histoquímica nerviosa; los
sentidos son la base de la memoria, de la asociación, de la imaginación: de
todo. Es el oído lo que hace al músico; el ojo lleva la mano del pintor. El
poder de concebir está subordinado al de percibir: cada hombre tiene la
memoria y la imaginación que corresponde á sus percepciones
predominantes. La memoria no hace al genio, aunque no le estorba; pero
ella y el razonamiento, cimentado en sus datos, no crean nada superior á lo
real que percibimos. La fecundidad creadora requiere el concurso de la
imaginación, elemento absoluto para sobreponer á la realidad algún Ideal.
Cuando, pues, se define el genio como «un grado exquisito de sensibilidad
Nunca. Es más sencillo y más excepcional á la vez. Más sencillo, porque
depende de una complicada estructura histológica del cerebro y no de
entidades fantásticas; más excepcional, porque el mundo pulula de
enfermos y rara vez se anuncia un Ameghino.
Cuanto mejor cerebrado está el hombre, tanto más alta y magnífica es su
función de pensar. Ignórase todavía el mecanismo íntimo de los procesos
intelectuales superiores. Los acompañan, sin duda, modificaciones de las
células nerviosas: cambios de posición de los neurones y permutas químicas
muy complicadas. Para comprenderlas deberían conocerse las actividades
moleculares y sus variables relaciones, además de la histología exacta y
completa de los centros cerebrales. Esto no basta: son enigmas la naturaleza
de la actividad nerviosa, las transformaciones de energía que determina en
el momento que nace, durante el tiempo que se propaga y mientras se
producen los fenómenos que acompañan á la complejísima función de
pensar. Los conocimientos científicos distan de ese límite. Mientras la
química y la fisiología celular permitan llegar al fin, existe ya la
certidumbre de que esa, y ninguna otra, es la vía para explicar las aptitudes
supremas de un Ameghino, en función de su medio.
Nacemos diferentes; hay una variadísima escala desde el idiota hasta el
genio. Se nace en una zona de ese espectro, con aptitudes subordinadas á la
estructura y la coordinación de las células que intervienen en el
pensamiento; la herencia concurre á dar un sistema nervioso, agudo ú
obtuso, según los casos. La educación puede perfeccionar esas capacidades
ó aptitudes cuando existen; no puede crearlas cuando faltan: Salamanca no
las presta.
Cada uno tiene la sensibilidad propia de su histoquímica nerviosa; los
sentidos son la base de la memoria, de la asociación, de la imaginación: de
todo. Es el oído lo que hace al músico; el ojo lleva la mano del pintor. El
poder de concebir está subordinado al de percibir: cada hombre tiene la
memoria y la imaginación que corresponde á sus percepciones
predominantes. La memoria no hace al genio, aunque no le estorba; pero
ella y el razonamiento, cimentado en sus datos, no crean nada superior á lo
real que percibimos. La fecundidad creadora requiere el concurso de la
imaginación, elemento absoluto para sobreponer á la realidad algún Ideal.
Cuando, pues, se define el genio como «un grado exquisito de sensibilidad
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nerviosa», se enuncia la más importante de sus condiciones; pero la
definición es incompleta. La sensibilidad es un instrumento puesto al
servicio de sus aptitudes imaginativas.
En los genios estéticos es evidente la superintendencia de la imaginación
sobre los sentidos; no lo es menos en los genios especulativos, como
Ameghino, y en los genios pragmáticos, como Sarmiento. Gracias á ella se
conciben los problemas, se adivinan las soluciones, se inventan las
hipótesis, se plantean las experiencias, se multiplican las combinaciones.
Hay imaginación en la Paleontología de Ameghino, como la hay en la física
de Ampère y en la Cosmología de Laplace; y la hay en la visión civilizadora
de Sarmiento, como en la política de César ó en la de Richelieu. Todo lo
que lleva la marca del genio es obra de la imaginación, ya sea un capítulo
del «Quijote» ó un plan de campaña de Napoleón; no digamos de los
sistemas filosóficos, tan absolutamente imaginativos como las creaciones
artísticas. Más aún: son poemas, y su valor se mide por la imaginación de
sus creadores.
En Ameghino la genialidad se traduce por una absoluta unidad y
continuidad del esfuerzo, en toda la gestación de sus doctrinas, que es la
antítesis de la locura. También él fué tratado como loco, sobre todo en su
juventud. Con bonhomía risueña recordaba las burlas de vecinos y niños de
su escuela, cuando le veían dirigirse, azada al hombro, hacia las márgenes
del Luján; para esas mentes sencillas tenía que estar loco ese maestro que
pasaba días enteros cavando la tierra y desenterrando huesos de animales
extraños, como si algún delirio le transformara en sepulturero de edades
extinguidas. Cambiando de ambientes, sin asimilarse á ninguno, consiguió
pasar más desapercibido y atenuar su reputación de inadaptado.
Basta leer su inmensa obra—centenares de monografías y de volúmenes—
para comprender que sólo presenta los desequilibrios inherentes á su
exuberancia. Sus descubrimientos, grandes y útiles, nunca fueron
elaborados al acaso ni en la inconsciencia, sino por una vasta preparación;
no fueron frutos de un cerebro carcomido por la herencia ó los tóxicos, sino
de engranajes perfectamente entrenados; no ocurrencias, sino cosechas de
siembras previas; jamás casualidades, sino claramente previstos y
anunciados.
definición es incompleta. La sensibilidad es un instrumento puesto al
servicio de sus aptitudes imaginativas.
En los genios estéticos es evidente la superintendencia de la imaginación
sobre los sentidos; no lo es menos en los genios especulativos, como
Ameghino, y en los genios pragmáticos, como Sarmiento. Gracias á ella se
conciben los problemas, se adivinan las soluciones, se inventan las
hipótesis, se plantean las experiencias, se multiplican las combinaciones.
Hay imaginación en la Paleontología de Ameghino, como la hay en la física
de Ampère y en la Cosmología de Laplace; y la hay en la visión civilizadora
de Sarmiento, como en la política de César ó en la de Richelieu. Todo lo
que lleva la marca del genio es obra de la imaginación, ya sea un capítulo
del «Quijote» ó un plan de campaña de Napoleón; no digamos de los
sistemas filosóficos, tan absolutamente imaginativos como las creaciones
artísticas. Más aún: son poemas, y su valor se mide por la imaginación de
sus creadores.
En Ameghino la genialidad se traduce por una absoluta unidad y
continuidad del esfuerzo, en toda la gestación de sus doctrinas, que es la
antítesis de la locura. También él fué tratado como loco, sobre todo en su
juventud. Con bonhomía risueña recordaba las burlas de vecinos y niños de
su escuela, cuando le veían dirigirse, azada al hombro, hacia las márgenes
del Luján; para esas mentes sencillas tenía que estar loco ese maestro que
pasaba días enteros cavando la tierra y desenterrando huesos de animales
extraños, como si algún delirio le transformara en sepulturero de edades
extinguidas. Cambiando de ambientes, sin asimilarse á ninguno, consiguió
pasar más desapercibido y atenuar su reputación de inadaptado.
Basta leer su inmensa obra—centenares de monografías y de volúmenes—
para comprender que sólo presenta los desequilibrios inherentes á su
exuberancia. Sus descubrimientos, grandes y útiles, nunca fueron
elaborados al acaso ni en la inconsciencia, sino por una vasta preparación;
no fueron frutos de un cerebro carcomido por la herencia ó los tóxicos, sino
de engranajes perfectamente entrenados; no ocurrencias, sino cosechas de
siembras previas; jamás casualidades, sino claramente previstos y
anunciados.
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El genio es una alta armonía; necesita serlo. Es paradoja ridícula sospechar
un degenerado en todo grande hombre; es absurdo suponer caídos bajo el
nivel común á esos mismos que la admiración de los siglos coloca por
encima de todos. Las obras geniales sólo pueden ser realizadas por cerebros
mejores que los demás; el proceso de la creación, aunque tenga fases
inconscientes, sería imposible sin una clarividencia de su finalidad. Antes
que improvisarse en horas de ocio, opérase tras largas meditaciones y es
oportuno, llegando á tiempo de servir como premisa ó punto de partida para
nuevas doctrinas y corolarios. Nunca tal equilibrio de la obra genial será
más evidente que en la de Ameghino: si hubiéramos de juzgar por ella, el
genio se nos presentaría como la suprema excelsitud en su propio dominio
mental. Esto no excluye que la degeneración y la locura puedan coexistir
con la imaginación creadora, afectando especiales dominios; pero la
capacidad para las síntesis más vastas no necesita ser desequilibrio ni
enfermedad. Ningún genio lo fué por su locura; algunos lo fueron á pesar de
ella; muchos fueron por la enfermedad sumergidos en la sombra.
Ameghino, como todos los que piensan mucho é intensamente, se
contradijo muchas veces en los detalles, aunque sin perder nunca el sentido
de su orientación global. Cuando las circunstancias convergen á ello, el
genio especulativo nace recto desde su origen, como un rayo de luz que
nada tuerce ó empaña. Basta oirlo para reconocerlo: todas sus palabras
concurren á explicar un mismo pensamiento, á través de cien
contradicciones en los detalles y de mil alternativas en la trayectoria;
parecen tanteos para cerciorarse mejor del camino sin romper la equilibrada
coherencia de la obra total: esa harmonía de la síntesis que escapa á los
espíritus subalternos. Ameghino converge á un fin por todos los senderos;
nada le desvía. Mira alto y lejos, va derechamente, sin las prudencias que
traban el paso á las medianías sin detenerse ante los mil interrogantes que
de todas partes le acosan para distraerle de la Verdad que le entreabre algún
pliegue de sus velos.
La verdadera contradicción, la que esteriliza el esfuerzo y el pensamiento,
reside en la deshilvanada heterogeneidad que empalaga las obras de los
mediocres. Viven éstos con la pesadilla del juicio ajeno y hablan con énfasis
para que muchos les escuchen aunque no les entiendan; en su cerebro
anidan todas las ortodoxias, no atreviéndose á bostezar sin metrónomo. Se
contradicen forzados por las circunstancias: los rutinarios serían supremas
un degenerado en todo grande hombre; es absurdo suponer caídos bajo el
nivel común á esos mismos que la admiración de los siglos coloca por
encima de todos. Las obras geniales sólo pueden ser realizadas por cerebros
mejores que los demás; el proceso de la creación, aunque tenga fases
inconscientes, sería imposible sin una clarividencia de su finalidad. Antes
que improvisarse en horas de ocio, opérase tras largas meditaciones y es
oportuno, llegando á tiempo de servir como premisa ó punto de partida para
nuevas doctrinas y corolarios. Nunca tal equilibrio de la obra genial será
más evidente que en la de Ameghino: si hubiéramos de juzgar por ella, el
genio se nos presentaría como la suprema excelsitud en su propio dominio
mental. Esto no excluye que la degeneración y la locura puedan coexistir
con la imaginación creadora, afectando especiales dominios; pero la
capacidad para las síntesis más vastas no necesita ser desequilibrio ni
enfermedad. Ningún genio lo fué por su locura; algunos lo fueron á pesar de
ella; muchos fueron por la enfermedad sumergidos en la sombra.
Ameghino, como todos los que piensan mucho é intensamente, se
contradijo muchas veces en los detalles, aunque sin perder nunca el sentido
de su orientación global. Cuando las circunstancias convergen á ello, el
genio especulativo nace recto desde su origen, como un rayo de luz que
nada tuerce ó empaña. Basta oirlo para reconocerlo: todas sus palabras
concurren á explicar un mismo pensamiento, á través de cien
contradicciones en los detalles y de mil alternativas en la trayectoria;
parecen tanteos para cerciorarse mejor del camino sin romper la equilibrada
coherencia de la obra total: esa harmonía de la síntesis que escapa á los
espíritus subalternos. Ameghino converge á un fin por todos los senderos;
nada le desvía. Mira alto y lejos, va derechamente, sin las prudencias que
traban el paso á las medianías sin detenerse ante los mil interrogantes que
de todas partes le acosan para distraerle de la Verdad que le entreabre algún
pliegue de sus velos.
La verdadera contradicción, la que esteriliza el esfuerzo y el pensamiento,
reside en la deshilvanada heterogeneidad que empalaga las obras de los
mediocres. Viven éstos con la pesadilla del juicio ajeno y hablan con énfasis
para que muchos les escuchen aunque no les entiendan; en su cerebro
anidan todas las ortodoxias, no atreviéndose á bostezar sin metrónomo. Se
contradicen forzados por las circunstancias: los rutinarios serían supremas
Page 204
lumbreras si por la simple incongruencia se calificara al genio. Para señalar
el punto de intersección entre dos teorías, dos creencias, dos épocas ó dos
generaciones, requiérese un supremo equilibrio. En las pequeñas
contingencias de la vida ordinaria, el hombre vulgar puede ser más astuto y
más hábil; pero en las grandes horas de la evolución intelectual y social
todo debe esperarse del genio. Y solamente de él.
Sería absurdo decir que la genialidad es infalible, no existiendo verdades
absolutas; cien rectificaciones podrán hacerse en la obra de Ameghino. Los
genios pueden equivocarse, suelen equivocarse, conviene que se
equivoquen. Sus creaciones falsas resultan utilísimas por las correcciones
que provocan, las investigaciones que estimulan, las pasiones que
encienden, las inercias que conmueven. Los hombres mediocres se
equivocan de vulgar manera; el genio, aun cuando se desploma, enciende
una chispa, y en su fugaz alumbramiento se entrevé alguna cosa ó verdad
no sospechada antes. No es menos grande Platón por sus errores, ni lo son
por ellos César, Shakespeare ó Kant. En los genios que se equivocan hay
una viril firmeza que los impone al respeto de todos. Mientras los
contemporizadores ambiguos no despiertan grandes admiraciones, los
hombres firmes obligan el homenaje de sus propios adversarios. Hay más
valor moral en creer firmemente un error, que en aceptar tibiamente una
verdad.
IV.—La moral del genio.
El genio es excelente por su moral, ó no es genio. Pero su moralidad no
puede medirse con preceptos corrientes en los catecismos; nadie mediría la
altura del Himalaya con cintas métricas de bolsillo. Su conducta es
inflexible respecto de los ideales servidos por su aptitud genial. Si busca la
Verdad, todo sacrifica á ella. Si la Belleza, nada le desvía. Si el Bien, va
recto y seguro por sobre todas las tentaciones. Y si es un genio universal,
poliédrico, lo verdadero, lo bello y lo bueno se unifican en su ética
ejemplar, que es un culto simultáneo por todas las excelencias, por todas las
idealidades. Como fué en Leonardo y en Goethe.
Por eso es raro. Excluye toda inconsecuencia respecto de su ideal: la
inmoralidad para consigo mismo es la negación del genio. Por ella se
el punto de intersección entre dos teorías, dos creencias, dos épocas ó dos
generaciones, requiérese un supremo equilibrio. En las pequeñas
contingencias de la vida ordinaria, el hombre vulgar puede ser más astuto y
más hábil; pero en las grandes horas de la evolución intelectual y social
todo debe esperarse del genio. Y solamente de él.
Sería absurdo decir que la genialidad es infalible, no existiendo verdades
absolutas; cien rectificaciones podrán hacerse en la obra de Ameghino. Los
genios pueden equivocarse, suelen equivocarse, conviene que se
equivoquen. Sus creaciones falsas resultan utilísimas por las correcciones
que provocan, las investigaciones que estimulan, las pasiones que
encienden, las inercias que conmueven. Los hombres mediocres se
equivocan de vulgar manera; el genio, aun cuando se desploma, enciende
una chispa, y en su fugaz alumbramiento se entrevé alguna cosa ó verdad
no sospechada antes. No es menos grande Platón por sus errores, ni lo son
por ellos César, Shakespeare ó Kant. En los genios que se equivocan hay
una viril firmeza que los impone al respeto de todos. Mientras los
contemporizadores ambiguos no despiertan grandes admiraciones, los
hombres firmes obligan el homenaje de sus propios adversarios. Hay más
valor moral en creer firmemente un error, que en aceptar tibiamente una
verdad.
IV.—La moral del genio.
El genio es excelente por su moral, ó no es genio. Pero su moralidad no
puede medirse con preceptos corrientes en los catecismos; nadie mediría la
altura del Himalaya con cintas métricas de bolsillo. Su conducta es
inflexible respecto de los ideales servidos por su aptitud genial. Si busca la
Verdad, todo sacrifica á ella. Si la Belleza, nada le desvía. Si el Bien, va
recto y seguro por sobre todas las tentaciones. Y si es un genio universal,
poliédrico, lo verdadero, lo bello y lo bueno se unifican en su ética
ejemplar, que es un culto simultáneo por todas las excelencias, por todas las
idealidades. Como fué en Leonardo y en Goethe.
Por eso es raro. Excluye toda inconsecuencia respecto de su ideal: la
inmoralidad para consigo mismo es la negación del genio. Por ella se
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descubren los desequilibrados, los exitistas y los simuladores. Ameghino
ignoró las artes del escalamiento y las industrias de la prosperidad material.
En la ciencia buscó la verdad, tal como la concebía; ese afán le bastó para
vivir. Nunca tuvo alma de funcionario. Sobrellevó heroicamente su pobreza
sin asaltar el presupuesto, sin vender sus libros á los gobiernos, sin vivir de
comisiones oficiales, ignorando esa técnica que simula el mérito para
medrar á la sombra del Estado. Fué y vivió como era, buscando la Verdad y
decidido á no torcer un milésimo de ella. El que puede domesticar sus
convicciones no es, no puede ser, nunca, absolutamente, un hombre genial.
Ni lo es tampoco el que concibe un bien y no lo practica. Sin unidad moral
no hay genio. El que predica la verdad y transige con la mentira, el que
predica la justicia y no es justo, el que predica la piedad y es cruel, el que
predica la lealtad y traiciona, el que predica el patriotismo y lo rebaja, el
que predica el carácter y es servil, el que predica la dignidad y se arrastra,
todo el que usa dobleces, intrigas, humillaciones, esos mil instrumentos
incompatibles con la visión de un ideal, ese no es genio, está fuera de la
santidad: su voz se apaga sin eco, no repercute en el tiempo, como si
resonara en el vacío.
El portador de un ideal va por caminos rectos, sin reparar que sean ásperos
y abruptos. Sarmiento no transige nunca movido por vil interés; repudia el
mal cuando concibe el bien; ignora la duplicidad; ama en la Patria á todos
sus conciudadanos y siente vibrar en la propia el alma de toda su nación y
de todo el continente; tiene sinceridades que dan escalofríos á los hipócritas
de su tiempo y dice la verdad en tan personal estilo que sólo puede ser
palabra suya; tolera los errores ajenos, recordando los propios; se encrespa
ante las bajezas, escribiendo páginas que tienen ritmos de apocalipsis y
eficacia de catapulta; cree en sí mismo y en sus ideales, sin compartir los
prejuicios religiosos y sectarios de fanáticos que le acosan con furor, de
todos los costados. Tal fué la culminante moralidad del gran americano;
Sarmiento cultivó en grado sumo las más altas virtudes públicas, sin
preocuparse de carpir en la selva magnífica las malezas que concentran la
preocupación de la mediocridad.
Los genios amplían su sensibilidad en la proporción que elevan su
inteligencia; pueden subordinar los pequeños sentimientos á los grandes, los
cercanos á los remotos, los concretos á los abstractos. Entonces los espíritus
estrechos les suponen desamorados, apáticos, escépticos. Y se equivocan.
ignoró las artes del escalamiento y las industrias de la prosperidad material.
En la ciencia buscó la verdad, tal como la concebía; ese afán le bastó para
vivir. Nunca tuvo alma de funcionario. Sobrellevó heroicamente su pobreza
sin asaltar el presupuesto, sin vender sus libros á los gobiernos, sin vivir de
comisiones oficiales, ignorando esa técnica que simula el mérito para
medrar á la sombra del Estado. Fué y vivió como era, buscando la Verdad y
decidido á no torcer un milésimo de ella. El que puede domesticar sus
convicciones no es, no puede ser, nunca, absolutamente, un hombre genial.
Ni lo es tampoco el que concibe un bien y no lo practica. Sin unidad moral
no hay genio. El que predica la verdad y transige con la mentira, el que
predica la justicia y no es justo, el que predica la piedad y es cruel, el que
predica la lealtad y traiciona, el que predica el patriotismo y lo rebaja, el
que predica el carácter y es servil, el que predica la dignidad y se arrastra,
todo el que usa dobleces, intrigas, humillaciones, esos mil instrumentos
incompatibles con la visión de un ideal, ese no es genio, está fuera de la
santidad: su voz se apaga sin eco, no repercute en el tiempo, como si
resonara en el vacío.
El portador de un ideal va por caminos rectos, sin reparar que sean ásperos
y abruptos. Sarmiento no transige nunca movido por vil interés; repudia el
mal cuando concibe el bien; ignora la duplicidad; ama en la Patria á todos
sus conciudadanos y siente vibrar en la propia el alma de toda su nación y
de todo el continente; tiene sinceridades que dan escalofríos á los hipócritas
de su tiempo y dice la verdad en tan personal estilo que sólo puede ser
palabra suya; tolera los errores ajenos, recordando los propios; se encrespa
ante las bajezas, escribiendo páginas que tienen ritmos de apocalipsis y
eficacia de catapulta; cree en sí mismo y en sus ideales, sin compartir los
prejuicios religiosos y sectarios de fanáticos que le acosan con furor, de
todos los costados. Tal fué la culminante moralidad del gran americano;
Sarmiento cultivó en grado sumo las más altas virtudes públicas, sin
preocuparse de carpir en la selva magnífica las malezas que concentran la
preocupación de la mediocridad.
Los genios amplían su sensibilidad en la proporción que elevan su
inteligencia; pueden subordinar los pequeños sentimientos á los grandes, los
cercanos á los remotos, los concretos á los abstractos. Entonces los espíritus
estrechos les suponen desamorados, apáticos, escépticos. Y se equivocan.
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Sienten, mejor que todos, lo humano. El mediocre limita su horizonte
afectivo á sí mismo, á su familia, á su camarilla, á su facción; pero no sabe
extenderlo hasta la Verdad, la Patria ó la Humanidad, que sólo pueden
apasionar al genio. Muchos hombres darían su vida por defender á su secta;
son raros los que se han inmolado conscientemente por una doctrina ó por
un ideal.
La fe es la fuerza del genio. Para imantar á una era necesitan amar su Ideal
y transformarlo en pasión: «Golpea tu corazón, que en él está tu genio»,
escribió Stuart Mill antes que Nietzsche. La cultura no entibia á los
visionarios: su vida entera es una fe en acción. Saben que los caminos más
escarpados llevan más alto. Nada emprenden que no estén decididos á
concluir. Las resistencias son espolazos que los incitan á perseverar; aunque
nubarrones de escepticismo ensombrezcan su cielo, son, en definitiva,
optimistas y creyentes: cuando sonríen, fácilmente se adivina el ascua
crepitante bajo su ironía. Mientras el hombre sin ideales ríndese en la
primera escaramuza, el genio se apodera del obstáculo, lo provoca, lo
cultiva, como si en él pusiera su orgullo y su gloria: con igual vehemencia
la llama acosa al objeto que la obstruye, hasta encenderlo para agrandarse á
sí misma.
La fe es la antítesis del fanatismo. La firmeza del genio es una suprema
dignidad del propio Ideal; la falta de creencias sólidamente cimentadas
convierte al mediocre en fanático. La fe se confirma en el choque con las
opiniones contrarias; el fanatismo teme vacilar ante ellas é intenta
ahogarlas. Mientras agonizan sus viejas creencias, Saúlo persigue á los
cristianos, con saña proporcionada á su fanatismo; pero cuando el nuevo
credo se afirma en Pablo, la fe le alienta, infinita: enseña y no persigue,
discute y no amordaza. Muere él por su fe, pero no mata; fanático, habría
vivido para matar. La fe es tolerante: es un misticismo que respeta las
creencias propias en las ajenas. Es simple confianza en un Ideal y en la
suficiencia de las propias fuerzas; los hombres de genio se mantienen
creyentes y firmes en sus doctrinas, mejor que si éstas fueran dogmas ó
mandamientos. Permanecen libres de las supersticiones vulgares y con
frecuencia las combaten: por eso los fanáticos les suponen incrédulos,
confundiendo su horror á la común mentira con falta de entusiasmo por el
propio Ideal. Todas las religiones reveladas fueron ajenas á Sarmiento y
Ameghino: sabían que nada hay más extraño á la fe que el fanatismo. La fe
afectivo á sí mismo, á su familia, á su camarilla, á su facción; pero no sabe
extenderlo hasta la Verdad, la Patria ó la Humanidad, que sólo pueden
apasionar al genio. Muchos hombres darían su vida por defender á su secta;
son raros los que se han inmolado conscientemente por una doctrina ó por
un ideal.
La fe es la fuerza del genio. Para imantar á una era necesitan amar su Ideal
y transformarlo en pasión: «Golpea tu corazón, que en él está tu genio»,
escribió Stuart Mill antes que Nietzsche. La cultura no entibia á los
visionarios: su vida entera es una fe en acción. Saben que los caminos más
escarpados llevan más alto. Nada emprenden que no estén decididos á
concluir. Las resistencias son espolazos que los incitan á perseverar; aunque
nubarrones de escepticismo ensombrezcan su cielo, son, en definitiva,
optimistas y creyentes: cuando sonríen, fácilmente se adivina el ascua
crepitante bajo su ironía. Mientras el hombre sin ideales ríndese en la
primera escaramuza, el genio se apodera del obstáculo, lo provoca, lo
cultiva, como si en él pusiera su orgullo y su gloria: con igual vehemencia
la llama acosa al objeto que la obstruye, hasta encenderlo para agrandarse á
sí misma.
La fe es la antítesis del fanatismo. La firmeza del genio es una suprema
dignidad del propio Ideal; la falta de creencias sólidamente cimentadas
convierte al mediocre en fanático. La fe se confirma en el choque con las
opiniones contrarias; el fanatismo teme vacilar ante ellas é intenta
ahogarlas. Mientras agonizan sus viejas creencias, Saúlo persigue á los
cristianos, con saña proporcionada á su fanatismo; pero cuando el nuevo
credo se afirma en Pablo, la fe le alienta, infinita: enseña y no persigue,
discute y no amordaza. Muere él por su fe, pero no mata; fanático, habría
vivido para matar. La fe es tolerante: es un misticismo que respeta las
creencias propias en las ajenas. Es simple confianza en un Ideal y en la
suficiencia de las propias fuerzas; los hombres de genio se mantienen
creyentes y firmes en sus doctrinas, mejor que si éstas fueran dogmas ó
mandamientos. Permanecen libres de las supersticiones vulgares y con
frecuencia las combaten: por eso los fanáticos les suponen incrédulos,
confundiendo su horror á la común mentira con falta de entusiasmo por el
propio Ideal. Todas las religiones reveladas fueron ajenas á Sarmiento y
Ameghino: sabían que nada hay más extraño á la fe que el fanatismo. La fe
Page 207
es de visionarios y el fanatismo es de siervos. La fe es llama que enciende y
el fanatismo es ceniza que apaga. La fe es una dignidad y el fanatismo es un
renunciamiento. La fe es una afirmación individual de alguna verdad propia
y el fanatismo es una conjura de huestes para ahogar la verdad de los
demás.
Frente á la marea niveladora que amenaza por todos los puntos del
horizonte, en las mediocracias contemporáneas, todo homenaje al genio es
un acto de fe: sólo de él puede esperarse el perfeccionamiento de la
Humanidad. Cuando alguna generación siente un hartazgo de chatura, de
doblez, de servilismos, tiene que buscar en los genios de su raza los
símbolos de pensamiento y de acción que la templen para nuevos esfuerzos.
Todo hombre de genio es la personificación suprema de un Ideal. Contra la
mediocridad, que asedia á los espíritus originales, conviene fomentar su
culto: robustece las alas nacientes. Los más altos destinos se templan en la
fragua de la admiración. Poner la propia fe en algún ensueño,
apasionadamente, con la más honda emoción lírica, es ascender hacia las
cumbres donde aletea la gloria. Enseñando á admirar el genio, la santidad y
el heroísmo, prepáranse climas propicios á su advenimiento.
Los ídolos de cien fanatismos han muerto en el curso de los siglos y fuerza
es que mueran los venideros, implacablemente segados por el tiempo.
Hay algo humano, más duradero que la fantasmagoría de lo divino: el
ejemplo de los genios. Los santos de la moral idealista no hacen milagros:
realizan magnas obras, conciben supremas bellezas é investigan profundas
verdades. Mientras existan corazones que alienten un afán de perfección,
serán conmovidos por todo lo que revela fe en un Ideal: por el canto de los
poetas, por el gesto de los héroes, por la virtud de los santos, por la doctrina
de los sabios, por la filosofía de los pensadores.
el fanatismo es ceniza que apaga. La fe es una dignidad y el fanatismo es un
renunciamiento. La fe es una afirmación individual de alguna verdad propia
y el fanatismo es una conjura de huestes para ahogar la verdad de los
demás.
Frente á la marea niveladora que amenaza por todos los puntos del
horizonte, en las mediocracias contemporáneas, todo homenaje al genio es
un acto de fe: sólo de él puede esperarse el perfeccionamiento de la
Humanidad. Cuando alguna generación siente un hartazgo de chatura, de
doblez, de servilismos, tiene que buscar en los genios de su raza los
símbolos de pensamiento y de acción que la templen para nuevos esfuerzos.
Todo hombre de genio es la personificación suprema de un Ideal. Contra la
mediocridad, que asedia á los espíritus originales, conviene fomentar su
culto: robustece las alas nacientes. Los más altos destinos se templan en la
fragua de la admiración. Poner la propia fe en algún ensueño,
apasionadamente, con la más honda emoción lírica, es ascender hacia las
cumbres donde aletea la gloria. Enseñando á admirar el genio, la santidad y
el heroísmo, prepáranse climas propicios á su advenimiento.
Los ídolos de cien fanatismos han muerto en el curso de los siglos y fuerza
es que mueran los venideros, implacablemente segados por el tiempo.
Hay algo humano, más duradero que la fantasmagoría de lo divino: el
ejemplo de los genios. Los santos de la moral idealista no hacen milagros:
realizan magnas obras, conciben supremas bellezas é investigan profundas
verdades. Mientras existan corazones que alienten un afán de perfección,
serán conmovidos por todo lo que revela fe en un Ideal: por el canto de los
poetas, por el gesto de los héroes, por la virtud de los santos, por la doctrina
de los sabios, por la filosofía de los pensadores.
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BIBLIOTECA RENACIMIENTO
DIRECTOR: G. MARTÍNEZ SIERRA
EXTRACTO DEL CATÁLOGO
LEOPOLDO ALAS (CLARÍN)
OBRAS COMPLETAS
I. GALDÓS 3,50
II. SU ÚNICO HIJO. Novela 3,50
S. Y J. ÁLVAREZ QUINTERO
LA RIMA ETERNA 3,00
LA FLOR DE LA VIDA 3,00
PUEBLA DE LAS MUJERES 3,00
MALVALOCA 3,50
MUNDO, MUNDILLO 3,50
FORTUNATO 2,00
COMEDIAS ESCOGIDAS
I. LOS GALEOTES. EL PATIO. LAS FLORES 3,50
II. LA ZAGALA. PEPITA REYES. EL GENIO ALEGRE 3,50
III. LA DICHA AJENA. EL AMOR QUE PASA. LAS DE CAÍN 3,50
IV. LA MUSA LOCA. EL NIÑO PRODIGIO. AMORES Y AMORÍOS 3,50
V. Y último. LA CASA DE GARCÍA. DOÑA CLARINES. EL CENTENARIO 3,50
BALDOMERO ARGENTE
HENRY GEORGE. Su vida y su obra 3,50
ARNICHES y GARCÍA ÁLVAREZ
GENTE MENUDA 3,00
AZORÍN
DIRECTOR: G. MARTÍNEZ SIERRA
EXTRACTO DEL CATÁLOGO
LEOPOLDO ALAS (CLARÍN)
OBRAS COMPLETAS
I. GALDÓS 3,50
II. SU ÚNICO HIJO. Novela 3,50
S. Y J. ÁLVAREZ QUINTERO
LA RIMA ETERNA 3,00
LA FLOR DE LA VIDA 3,00
PUEBLA DE LAS MUJERES 3,00
MALVALOCA 3,50
MUNDO, MUNDILLO 3,50
FORTUNATO 2,00
COMEDIAS ESCOGIDAS
I. LOS GALEOTES. EL PATIO. LAS FLORES 3,50
II. LA ZAGALA. PEPITA REYES. EL GENIO ALEGRE 3,50
III. LA DICHA AJENA. EL AMOR QUE PASA. LAS DE CAÍN 3,50
IV. LA MUSA LOCA. EL NIÑO PRODIGIO. AMORES Y AMORÍOS 3,50
V. Y último. LA CASA DE GARCÍA. DOÑA CLARINES. EL CENTENARIO 3,50
BALDOMERO ARGENTE
HENRY GEORGE. Su vida y su obra 3,50
ARNICHES y GARCÍA ÁLVAREZ
GENTE MENUDA 3,00
AZORÍN
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EL POLÍTICO 3,00
PÍO BAROJA
NOVELAS
LA BUSCA 3,50
MALA HIERBA 3,50
AURORA ROJA 3,50
LA FERIA DE LOS DISCRETOS 3,50
PARADOX, REY 3,00
LOS ÚLTIMOS ROMÁNTICOS 3,00
LA DAMA ERRANTE 3,00
LA CIUDAD DE LA NIEBLA 3,00
LAS TRAGEDIAS GROTESCAS 3,00
CÉSAR Ó NADA 4,00
LAS INQUIETUDES DE SHANTI ANDÍA 3,50
EL ÁRBOL DE LA CIENCIA 3,50
EL MUNDO ES ANSÍ 3,50
EL APRENDIZ DE CONSPIRADOR 3,50
LA CASA DE AIZGORRI 1,00
JOAQUÍN BELDA
LA SUEGRA DE TARQUINO. Novela 3,50 SALDO DE ALMAS. Novela 3,50
MEMORIAS DE UN SUICIDA. Novela 3,50 LA FARÁNDULA. Novela de cómicos 3,50
LA PIARA. Novela política 3,50 ALCIBÍADES-CLUB. Novela 3,00
JACINTO BENAVENTE
De la Real Academia Española.
OBRAS COMPLETAS
Á 3,50 PESETAS TOMO
CARTAS DE MUJERES.—FIGULINAS.—TEATRO FANTÁSTICO.—VILANOS.—DE
SOBREMESA.
TEATRO
I. EL NIDO AJENO. GENTE CONOCIDA. EL MARIDO DE LA TÉLLEZ. DE ALIVIO.
—II. DON JUAN. LA FARÁNDULA. LA COMIDA DE LAS FIERAS. TEATRO
FEMINISTA.—III. CUENTO DE AMOR. OPERACIÓN QUIRÚRGICA. DESPEDIDA
CRUEL. LA GATA DE ANGORA. VIAJE DE INSTRUCCIÓN. POR LA HERIDA.—IV.
MODAS. LO CURSI. SIN QUERER. SACRIFICIOS.—V. LA GOBERNADORA. EL
PRIMO ROMÁN.—VI. AMOR DE AMAR. ¡LIBERTAD!. EL TREN DE LOS
MARIDOS.—VII. ALMA TRIUNFANTE. EL AUTOMÓVIL. LA NOCHE DEL
SÁBADO.—VIII. LOS FAVORITOS. EL HOMBRECITO. MADEMOISELLE DE
BELLE ISLE. POR QUÉ SE AMA.—IX. AL NATURAL. LA CASA DE LA DICHA. EL
DRAGÓN DE FUEGO.—X. RICHELIEU. LA PRINCESA BEBÉ. NO FUMADORES.—
XI. ROSAS DE OTOÑO. BUENA BODA.—XII. EL SUSTO DE LA CONDESA.
CUENTO INMORAL. LA SOBRESALIENTA. LOS MALHECHORES DEL BIEN.—
XIII. LAS CIGARRAS HORMIGAS. MÁS FUERTE QUE EL AMOR.—XIV. MANÓN
PÍO BAROJA
NOVELAS
LA BUSCA 3,50
MALA HIERBA 3,50
AURORA ROJA 3,50
LA FERIA DE LOS DISCRETOS 3,50
PARADOX, REY 3,00
LOS ÚLTIMOS ROMÁNTICOS 3,00
LA DAMA ERRANTE 3,00
LA CIUDAD DE LA NIEBLA 3,00
LAS TRAGEDIAS GROTESCAS 3,00
CÉSAR Ó NADA 4,00
LAS INQUIETUDES DE SHANTI ANDÍA 3,50
EL ÁRBOL DE LA CIENCIA 3,50
EL MUNDO ES ANSÍ 3,50
EL APRENDIZ DE CONSPIRADOR 3,50
LA CASA DE AIZGORRI 1,00
JOAQUÍN BELDA
LA SUEGRA DE TARQUINO. Novela 3,50 SALDO DE ALMAS. Novela 3,50
MEMORIAS DE UN SUICIDA. Novela 3,50 LA FARÁNDULA. Novela de cómicos 3,50
LA PIARA. Novela política 3,50 ALCIBÍADES-CLUB. Novela 3,00
JACINTO BENAVENTE
De la Real Academia Española.
OBRAS COMPLETAS
Á 3,50 PESETAS TOMO
CARTAS DE MUJERES.—FIGULINAS.—TEATRO FANTÁSTICO.—VILANOS.—DE
SOBREMESA.
TEATRO
I. EL NIDO AJENO. GENTE CONOCIDA. EL MARIDO DE LA TÉLLEZ. DE ALIVIO.
—II. DON JUAN. LA FARÁNDULA. LA COMIDA DE LAS FIERAS. TEATRO
FEMINISTA.—III. CUENTO DE AMOR. OPERACIÓN QUIRÚRGICA. DESPEDIDA
CRUEL. LA GATA DE ANGORA. VIAJE DE INSTRUCCIÓN. POR LA HERIDA.—IV.
MODAS. LO CURSI. SIN QUERER. SACRIFICIOS.—V. LA GOBERNADORA. EL
PRIMO ROMÁN.—VI. AMOR DE AMAR. ¡LIBERTAD!. EL TREN DE LOS
MARIDOS.—VII. ALMA TRIUNFANTE. EL AUTOMÓVIL. LA NOCHE DEL
SÁBADO.—VIII. LOS FAVORITOS. EL HOMBRECITO. MADEMOISELLE DE
BELLE ISLE. POR QUÉ SE AMA.—IX. AL NATURAL. LA CASA DE LA DICHA. EL
DRAGÓN DE FUEGO.—X. RICHELIEU. LA PRINCESA BEBÉ. NO FUMADORES.—
XI. ROSAS DE OTOÑO. BUENA BODA.—XII. EL SUSTO DE LA CONDESA.
CUENTO INMORAL. LA SOBRESALIENTA. LOS MALHECHORES DEL BIEN.—
XIII. LAS CIGARRAS HORMIGAS. MÁS FUERTE QUE EL AMOR.—XIV. MANÓN
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LESCAUT. LOS DUROS. ABUELA Y NIETA.—XV. LA PRINCESA SIN CORAZÓN.
EL AMOR ASUSTA. LA COPA ENCANTADA. LOS OJOS DE LOS MUERTOS.—XVI.
LA SONRISA DE GIOCONDA. LA HISTORIA DE OTELO. EL ÚLTIMO MINUÉ.
TODOS SOMOS UNOS. LOS INTERESES CREADOS.—XVII. SEÑORA AMA. EL
MARIDO DE SU VIUDA. LA FUERZA BRUTA.—XVIII. DE PEQUEÑAS CAUSAS.
HACIA LA VERDAD. POR LAS NUBES. DE CERCA. ¡Á VER QUE HACE UN
HOMBRE!—XIX. LA ESCUELA DE LAS PRINCESAS. LA SEÑORITA SE ABURRE.
EL PRÍNCIPE QUE TODO LO APRENDIÓ EN LOS LIBROS. GANARSE LA VIDA.
HENRY BERGSON
Traducción de Carlos Malagarriga.
LA EVOLUCIÓN CREADORA. Dos tomos 7,00
EMILIO BOBADILLA (FRAY CANDIL)
NOVELAS EN GERMEN 2,00
VÓRTICE 3,00
GRAFÓMANOS DE AMÉRICA 3,00
SINTIÉNDOME VIVIR 3,00
VIAJANDO POR ESPAÑA 3,50
ADOLFO BONILLA Y J. PUJOL
Bachiller Alonso de San Martín.
LA HOSTERÍA DE CANTILLANA. Novela. 3,50
MANUEL BUENO
TEATRO ESPAÑOL CONTEMPORÁNEO 3,50
CORAZÓN ADENTRO. Novela. 3,00
JAIME EL CONQUISTADOR. Novela. 3,50
ROSALÍA DE CASTRO
EN LAS ORILLAS DEL SAR 3,50
CANTARES GALLEGOS 3,50
FOLLAS NOVAS. Poesías gallegas 3,50
RICARDO J. CATARINEU
EL LIBRO DE LA PRENSA. Antología 3,50
MADRIGALES Y ELEGÍAS 3,50
CURROS ENRÍQUEZ
AIRES D'A MIÑA TERRA. O DIVINO SAINETE. Poesías gallegas. 3,00
EL MAESTRE DE SANTIAGO. EL PADRE FEIJÓO. Poesías escogidas. 3,00
EL AMOR ASUSTA. LA COPA ENCANTADA. LOS OJOS DE LOS MUERTOS.—XVI.
LA SONRISA DE GIOCONDA. LA HISTORIA DE OTELO. EL ÚLTIMO MINUÉ.
TODOS SOMOS UNOS. LOS INTERESES CREADOS.—XVII. SEÑORA AMA. EL
MARIDO DE SU VIUDA. LA FUERZA BRUTA.—XVIII. DE PEQUEÑAS CAUSAS.
HACIA LA VERDAD. POR LAS NUBES. DE CERCA. ¡Á VER QUE HACE UN
HOMBRE!—XIX. LA ESCUELA DE LAS PRINCESAS. LA SEÑORITA SE ABURRE.
EL PRÍNCIPE QUE TODO LO APRENDIÓ EN LOS LIBROS. GANARSE LA VIDA.
HENRY BERGSON
Traducción de Carlos Malagarriga.
LA EVOLUCIÓN CREADORA. Dos tomos 7,00
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JAIME EL CONQUISTADOR. Novela. 3,50
ROSALÍA DE CASTRO
EN LAS ORILLAS DEL SAR 3,50
CANTARES GALLEGOS 3,50
FOLLAS NOVAS. Poesías gallegas 3,50
RICARDO J. CATARINEU
EL LIBRO DE LA PRENSA. Antología 3,50
MADRIGALES Y ELEGÍAS 3,50
CURROS ENRÍQUEZ
AIRES D'A MIÑA TERRA. O DIVINO SAINETE. Poesías gallegas. 3,00
EL MAESTRE DE SANTIAGO. EL PADRE FEIJÓO. Poesías escogidas. 3,00
Page 211
CARTAS DEL NORTE. LA CONDESITA. Poseías escogidas. 3,00
RUBÉN DARÍO
EL CANTO ERRANTE. Poesías. 3,00
TODO AL VUELO 3,50
OBRAS ESCOGIDAS
I. ESTUDIO PRELIMINAR DE ANDRÉS GONZÁLEZ BLANCO 3,50
II. POESÍAS 3,50
III. PROSA 3,50
JOAQUÍN DICENTA
LOS BÁRBAROS. Novela. 3,50
GALERNA. Novelas. 1,00
CONCHA ESPINA
LA NIÑA DE LUZMELA. Novela. 3,50
DESPERTAR PARA MORIR. Novela. 3,50
AGUA DE NIEVE. Novela. 3,50
CARLOS FERNÁNDEZ SHAW
LA VIDA LOCA 4,00
POESÍA DE LA SIERRA 4,00
POESÍA DEL MAR 4,00
EL AMOR Y MIS AMORES 4,00
CANCIONERO INFANTIL 1,00
CANCIONES DE NOCHEBUENA 2,00
LA PATRIA GRANDE 3,00
EL ALMA EN PENA 3,50
ANATOLE FRANCE
OBRAS COMPLETAS
JOCASTA Ó EL GATO FLACO 3,50
BALTASAR 3,50
EL POZO DE SANTA CLARA 3,50
EL LIBRO DE MI AMIGO 3,50
EL CRIMEN DE UN ACADÉMICO 3,50
EL FIGÓN DE LA REINA PATOJA 3,50
OPINIONES DE JERÓNIMO COIGNARD 3,50
LA AZUCENA ROJA 3,50
EL OLMO DEL PASEO 3,50
EL MANIQUÍ DE MIMBRE 3,50
EL ANILLO DE AMATISTA 3,50
EL SEÑOR BERGERET EN PARÍS 3,50
RUBÉN DARÍO
EL CANTO ERRANTE. Poesías. 3,00
TODO AL VUELO 3,50
OBRAS ESCOGIDAS
I. ESTUDIO PRELIMINAR DE ANDRÉS GONZÁLEZ BLANCO 3,50
II. POESÍAS 3,50
III. PROSA 3,50
JOAQUÍN DICENTA
LOS BÁRBAROS. Novela. 3,50
GALERNA. Novelas. 1,00
CONCHA ESPINA
LA NIÑA DE LUZMELA. Novela. 3,50
DESPERTAR PARA MORIR. Novela. 3,50
AGUA DE NIEVE. Novela. 3,50
CARLOS FERNÁNDEZ SHAW
LA VIDA LOCA 4,00
POESÍA DE LA SIERRA 4,00
POESÍA DEL MAR 4,00
EL AMOR Y MIS AMORES 4,00
CANCIONERO INFANTIL 1,00
CANCIONES DE NOCHEBUENA 2,00
LA PATRIA GRANDE 3,00
EL ALMA EN PENA 3,50
ANATOLE FRANCE
OBRAS COMPLETAS
JOCASTA Ó EL GATO FLACO 3,50
BALTASAR 3,50
EL POZO DE SANTA CLARA 3,50
EL LIBRO DE MI AMIGO 3,50
EL CRIMEN DE UN ACADÉMICO 3,50
EL FIGÓN DE LA REINA PATOJA 3,50
OPINIONES DE JERÓNIMO COIGNARD 3,50
LA AZUCENA ROJA 3,50
EL OLMO DEL PASEO 3,50
EL MANIQUÍ DE MIMBRE 3,50
EL ANILLO DE AMATISTA 3,50
EL SEÑOR BERGERET EN PARÍS 3,50
Page 212
HISTORIA CÓMICA 3,50
CHAINQUEBILLE 3,50
SOBRE LA PIEDRA INMACULADA 3,50
LA ISLA DE LOS PINGÜINOS 3,50
LA CAMISA 3,50
LOS DIOSES TIENEN SED 3,50
JOSÉ FRANCÉS
LA GUARIDA. Novela. 3,50
LA DÉBIL FORTALEZA. Novela. 3,50
GUIGNOL 3,50
F. GARCÍA SANCHIZ
NUEVO DESCUBRIMIENTO DE CANARIAS 3,00
ANDRÉS GONZÁLEZ BLANCO
MATILDE REY. Novela 3,50
EDMUNDO GONZÁLEZ BLANCO
LOS GRANDES FILÓSOFOS. STRAUSS Y SU TIEMPO 3,50
ALFONSO HERNÁNDEZ CATÁ
LA JUVENTUD DE AURELIO ZALDÍVAR. Novela 3,50
ANTONIO DE HOYOS
LA VEJEZ DE HELIOGÁBALO. Novela 3,50
ALBERTO INSÚA
NOVELAS
DON QUIJOTE EN LOS ALPES 3,00
LA MUJER FÁCIL 3,50
LAS NEURÓTICAS 3,50
LA MUJER DESCONOCIDA 3,50
EL DEMONIO DE LA VOLUPTUOSIDAD 3,50
LAS FLECHAS DEL AMOR 3,50
EL DESEO 3,50
EN TIERRA DE SANTOS 1,00
LA HORA TRÁGICA 1,00
WALDO A. INSÚA
LA BOCA DE LA ESFINGE 3,00
CHAINQUEBILLE 3,50
SOBRE LA PIEDRA INMACULADA 3,50
LA ISLA DE LOS PINGÜINOS 3,50
LA CAMISA 3,50
LOS DIOSES TIENEN SED 3,50
JOSÉ FRANCÉS
LA GUARIDA. Novela. 3,50
LA DÉBIL FORTALEZA. Novela. 3,50
GUIGNOL 3,50
F. GARCÍA SANCHIZ
NUEVO DESCUBRIMIENTO DE CANARIAS 3,00
ANDRÉS GONZÁLEZ BLANCO
MATILDE REY. Novela 3,50
EDMUNDO GONZÁLEZ BLANCO
LOS GRANDES FILÓSOFOS. STRAUSS Y SU TIEMPO 3,50
ALFONSO HERNÁNDEZ CATÁ
LA JUVENTUD DE AURELIO ZALDÍVAR. Novela 3,50
ANTONIO DE HOYOS
LA VEJEZ DE HELIOGÁBALO. Novela 3,50
ALBERTO INSÚA
NOVELAS
DON QUIJOTE EN LOS ALPES 3,00
LA MUJER FÁCIL 3,50
LAS NEURÓTICAS 3,50
LA MUJER DESCONOCIDA 3,50
EL DEMONIO DE LA VOLUPTUOSIDAD 3,50
LAS FLECHAS DEL AMOR 3,50
EL DESEO 3,50
EN TIERRA DE SANTOS 1,00
LA HORA TRÁGICA 1,00
WALDO A. INSÚA
LA BOCA DE LA ESFINGE 3,00
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JUAN R. JIMÉNEZ
PASTORALES 3,50
LABERINTO 3,50
BALADAS DE PRIMAVERA 2,00
ELEGÍAS PURAS 2,00
ELEGÍAS INTERMEDIAS 2,00
ELEGÍAS LAMENTABLES 2,00
LA SOLEDAD SONORA 3,50
POEMAS MÁGICOS Y DOLIENTES 3,50
MELANCOLÍA 3,50
RICARDO LEÓN
De la Real Academia Española.
OBRAS COMPLETAS
CASTA DE HIDALGOS. Novela 3,50
COMEDIA SENTIMENTAL. Novela 3,50
ALCALÁ DE LOS ZEGRÍES. Novela 3,50
LA ESCUELA DE LOS SOFISTAS 3,50
EL AMOR DE LOS AMORES. Novela 3,50
ALIVIO DE CAMINANTES. Poesías 3,50
LOS CENTAUROS. Novela 4,00
MANUEL LINARES RIVAS
LA RAZA 3,00
AIRES DE FUERA. EL ABOLENGO. MARÍA VICTORIA 3,50
RAFAEL LÓPEZ DE HARO
NOVELAS
SIRENA 3,50
ENTRE TODAS LAS MUJERES 3,50
POSEÍDA 3,50
EL PAÍS DE LOS MEDIANOS 3,50
LA IMPOSIBLE 1,00
DANIEL LÓPEZ ORENSE
EL CAMINO DE LA DICHA. Novela 3,50
JOSÉ LÓPEZ PINILLOS
DOÑA MESALINA. Novela 3,50
LAS ÁGUILAS (DE LA VIDA DEL TORERO). Novela 3,50
LA SANGRE DE CRISTO. Novela 3,00
PASTORALES 3,50
LABERINTO 3,50
BALADAS DE PRIMAVERA 2,00
ELEGÍAS PURAS 2,00
ELEGÍAS INTERMEDIAS 2,00
ELEGÍAS LAMENTABLES 2,00
LA SOLEDAD SONORA 3,50
POEMAS MÁGICOS Y DOLIENTES 3,50
MELANCOLÍA 3,50
RICARDO LEÓN
De la Real Academia Española.
OBRAS COMPLETAS
CASTA DE HIDALGOS. Novela 3,50
COMEDIA SENTIMENTAL. Novela 3,50
ALCALÁ DE LOS ZEGRÍES. Novela 3,50
LA ESCUELA DE LOS SOFISTAS 3,50
EL AMOR DE LOS AMORES. Novela 3,50
ALIVIO DE CAMINANTES. Poesías 3,50
LOS CENTAUROS. Novela 4,00
MANUEL LINARES RIVAS
LA RAZA 3,00
AIRES DE FUERA. EL ABOLENGO. MARÍA VICTORIA 3,50
RAFAEL LÓPEZ DE HARO
NOVELAS
SIRENA 3,50
ENTRE TODAS LAS MUJERES 3,50
POSEÍDA 3,50
EL PAÍS DE LOS MEDIANOS 3,50
LA IMPOSIBLE 1,00
DANIEL LÓPEZ ORENSE
EL CAMINO DE LA DICHA. Novela 3,50
JOSÉ LÓPEZ PINILLOS
DOÑA MESALINA. Novela 3,50
LAS ÁGUILAS (DE LA VIDA DEL TORERO). Novela 3,50
LA SANGRE DE CRISTO. Novela 3,00
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LEOPOLDO LÓPEZ DE SÁA
CARNE DE RELIEVE. Novela 3,50
JOSÉ LÓPEZ SILVA
LA MUSA DEL ARROYO. Diálogos en verso 3,50
LÓPEZ SILVA Y FERNÁNDEZ SHAW
SAINETES MADRILEÑOS: LA REVOLTOSA. LA CHAVALA. LAS BRAVÍAS.
LOS BUENOS MOZOS 3,50
ANTONIO MACHADO
CAMPOS DE CASTILLA. Poesías 3,50
MANUEL MACHADO
APOLO. Poesías con fototipias de obras maestras
de los mejores pintores 3,50
EL MAL POEMA. Poesías 3,00
EDUARDO MARQUINA
OBRAS COMPLETAS
LAS HIJAS DEL CID. Premiada por la Real Academia Española 3,50
DOÑA MARÍA LA BRAVA 3,50
EN FLANDES SE HA PUESTO EL SOL. Premiada por la Real Academia
Española 3,50
LA ALCAIDESA DE PASTRANA 2,50
EL REY TROVADOR 3,50
POR LOS PECADOS DEL REY 3,50
TIERRAS DE ESPAÑA 3,50
VENDIMIÓN 3,50
ELEGÍAS 1,00
G. MARTÍNEZ SIERRA
EL POEMA DEL TRABAJO. DIÁLOGOS FANTÁSTICOS.
FLORES DE ESCARCHA 3,50
SOL DE LA TARDE. Novelas 3,50
LA VIDA INQUIETA. Glosario espiritual 3,50
EL AGUA DORMIDA. Novelas 3,50
LA CASA DE LA PRIMAVERA. Poesías 3,50
TEATRO
TEATRO DE ENSUEÑO 3,50
LA SOMBRA DEL PADRE. EL AMA DE LA CASA. HECHIZO DE AMOR 3,50
CARNE DE RELIEVE. Novela 3,50
JOSÉ LÓPEZ SILVA
LA MUSA DEL ARROYO. Diálogos en verso 3,50
LÓPEZ SILVA Y FERNÁNDEZ SHAW
SAINETES MADRILEÑOS: LA REVOLTOSA. LA CHAVALA. LAS BRAVÍAS.
LOS BUENOS MOZOS 3,50
ANTONIO MACHADO
CAMPOS DE CASTILLA. Poesías 3,50
MANUEL MACHADO
APOLO. Poesías con fototipias de obras maestras
de los mejores pintores 3,50
EL MAL POEMA. Poesías 3,00
EDUARDO MARQUINA
OBRAS COMPLETAS
LAS HIJAS DEL CID. Premiada por la Real Academia Española 3,50
DOÑA MARÍA LA BRAVA 3,50
EN FLANDES SE HA PUESTO EL SOL. Premiada por la Real Academia
Española 3,50
LA ALCAIDESA DE PASTRANA 2,50
EL REY TROVADOR 3,50
POR LOS PECADOS DEL REY 3,50
TIERRAS DE ESPAÑA 3,50
VENDIMIÓN 3,50
ELEGÍAS 1,00
G. MARTÍNEZ SIERRA
EL POEMA DEL TRABAJO. DIÁLOGOS FANTÁSTICOS.
FLORES DE ESCARCHA 3,50
SOL DE LA TARDE. Novelas 3,50
LA VIDA INQUIETA. Glosario espiritual 3,50
EL AGUA DORMIDA. Novelas 3,50
LA CASA DE LA PRIMAVERA. Poesías 3,50
TEATRO
TEATRO DE ENSUEÑO 3,50
LA SOMBRA DEL PADRE. EL AMA DE LA CASA. HECHIZO DE AMOR 3,50
Page 215
CANCIÓN DE CUNA. LIRIO ENTRE ESPINAS. EL IDEAL 3,50
PRIMAVERA EN OTOÑO 3,50
EL POBRECITO JUAN 1,50
MAMÁ. EL ENAMORADO 3,50
MADAME PEPITA 3,50
ENRIQUE DE MESA
FLOR PAGANA 3,00
ANDANZAS SERRANAS 1,50
AMADO NERVO
SERENIDAD. Poesías 3,50
CONDESA DE PARDO BAZÁN
OBRAS COMPLETAS
I. LA CUESTIÓN PALPITANTE 3,00
II. LA PIEDRA ANGULAR 3,00
III. LOS PAZOS DE ULLOA 3,50
IV. LA MADRE NATURALEZA. Novela 3,50
V. CUENTOS DE MARINEDA 3,00
VI. POLÉMICAS Y ESTUDIOS LITERARIOS 3,00
VII. INSOLACIÓN. MORRIÑA. Novelas 3,50
VIII. LA TRIBUNA. Novela 3,00
IX. DE MI TIERRA 3,00
X. CUENTOS NUEVOS 3,50
XI. DOÑA MILAGROS. Novela 3,00
XII. LOS POETAS ÉPICOS CRISTIANOS 3,00
XIII. NOVELAS EJEMPLARES 3,50
XIV. MEMORIAS DE UN SOLTERÓN. Novela 3,00
XV. EL SALUDO DE LAS BRUJAS. Novela 4,50
XVI. CUENTOS DE AMOR 3,00
XVII. CUENTOS SACRO-PROFANOS 4,00
XVIII. EL NIÑO DE GUZMÁN 3,00
XIX. AL PIE DE LA TORRE EIFFEL. POR FRANCIA Y POR ALEMANIA 4,50
XX. UN DESTRIPADOR DE ANTAÑO.
Historias y cuentos regionales 3,00
XXI. CUARENTA DÍAS EN LA EXPOSICIÓN 3,00
XXII. UNA CRISTIANA. LA PRUEBA. Novelas 5,00
XXIII. EN TRANVÍA. Cuentos 3,00
XXIV. DE SIGLO Á SIGLO. 1899-1901 3,50
XXV. CUENTOS DE NAVIDAD Y REYES. UENTOS DE LA PATRIA.
CUENTOS ANTIGUOS 3,00
XXVI. POR LA EUROPA CATÓLICA 3,00
XXVII. SAN FRANCISCO DE ASÍS. Primera parte 3,00
XXVIII. SAN FRANCISCO DE ASÍS. Segunda y última parte 3,00
XXIX. LA QUIMERA 5,00
XXX. UN VIAJE DE NOVIOS. EL TESORO DE GASTÓN 6,00
PRIMAVERA EN OTOÑO 3,50
EL POBRECITO JUAN 1,50
MAMÁ. EL ENAMORADO 3,50
MADAME PEPITA 3,50
ENRIQUE DE MESA
FLOR PAGANA 3,00
ANDANZAS SERRANAS 1,50
AMADO NERVO
SERENIDAD. Poesías 3,50
CONDESA DE PARDO BAZÁN
OBRAS COMPLETAS
I. LA CUESTIÓN PALPITANTE 3,00
II. LA PIEDRA ANGULAR 3,00
III. LOS PAZOS DE ULLOA 3,50
IV. LA MADRE NATURALEZA. Novela 3,50
V. CUENTOS DE MARINEDA 3,00
VI. POLÉMICAS Y ESTUDIOS LITERARIOS 3,00
VII. INSOLACIÓN. MORRIÑA. Novelas 3,50
VIII. LA TRIBUNA. Novela 3,00
IX. DE MI TIERRA 3,00
X. CUENTOS NUEVOS 3,50
XI. DOÑA MILAGROS. Novela 3,00
XII. LOS POETAS ÉPICOS CRISTIANOS 3,00
XIII. NOVELAS EJEMPLARES 3,50
XIV. MEMORIAS DE UN SOLTERÓN. Novela 3,00
XV. EL SALUDO DE LAS BRUJAS. Novela 4,50
XVI. CUENTOS DE AMOR 3,00
XVII. CUENTOS SACRO-PROFANOS 4,00
XVIII. EL NIÑO DE GUZMÁN 3,00
XIX. AL PIE DE LA TORRE EIFFEL. POR FRANCIA Y POR ALEMANIA 4,50
XX. UN DESTRIPADOR DE ANTAÑO.
Historias y cuentos regionales 3,00
XXI. CUARENTA DÍAS EN LA EXPOSICIÓN 3,00
XXII. UNA CRISTIANA. LA PRUEBA. Novelas 5,00
XXIII. EN TRANVÍA. Cuentos 3,00
XXIV. DE SIGLO Á SIGLO. 1899-1901 3,50
XXV. CUENTOS DE NAVIDAD Y REYES. UENTOS DE LA PATRIA.
CUENTOS ANTIGUOS 3,00
XXVI. POR LA EUROPA CATÓLICA 3,00
XXVII. SAN FRANCISCO DE ASÍS. Primera parte 3,00
XXVIII. SAN FRANCISCO DE ASÍS. Segunda y última parte 3,00
XXIX. LA QUIMERA 5,00
XXX. UN VIAJE DE NOVIOS. EL TESORO DE GASTÓN 6,00
Page 216
XXXI. EL FONDO DEL ALMA 3,00
XXXII. RETRATOS Y APUNTES LITERARIOS 4,00
XXXIII. LA REVOLUCIÓN Y LA NOVELA EN RUSIA 1,00
XXXIV. MI ROMERÍA 1,00
XXXV. Teatro: VERDAD. CUESTA ABAJO. JUVENTUD. LAS RAÍCES.
EL VESTIDO DE BODA. EL BECERRO DE METAL. LA SUERTE 3,50
XXXVI. SUD-EXPRESS. Cuentos 3,50
XXXVII. LA LITERATURA FRANCESA MODERNA. I. EL ROMANTICISMO 4,50
XXXVIII. DULCE DUEÑO. Novela 3,50
XXXIX. LA LITERATURA FRANCESA MODERNA. II. LA TRANSICIÓN 4,50
XL. BELCEBÚ. Novelas 3,50
XLI. LA LITERATURA FRANCESA MODERNA. III. EL NATURALISMO 4,00
BIBLIOTECA DE LA MUJER
Dirigida por la C. de Pardo Bazán.
Á TRES PESETAS TOMO
I. Sección religiosa: VIDA DE LA VIRGEN MARÍA, por la venerable de Ágreda.—II.
Sección sociológica: LA ESCLAVITUD FEMENINA, por John Stuart Mill. Prólogo de la
condesa de Pardo Bazán.—III. Sección novelesca: NOVELAS ESCOGIDAS, por doña
María de Zayas.—IV. Sección biográfica: REINAR EN SECRETO, por el jesuíta P.
Mercier.—V. Sección histórica: HISTORIA DE ISABEL LA CATÓLICA, por el barón de
Nervo, y ELOGIO DE LA MISMA REINA, por don Diego de Clemencín.—VI. Sección
pedagógica: LA INSTRUCCIÓN DE LA MUJER CRISTIANA. TRATADO DE LAS
VÍRGENES, por Juan Luis Vives.—VII. Sección crítica: LA MUJER ANTE EL
SOCIALISMO, por Augusto Bebel.
JAIME QUIROGA PARDO BAZÁN
NOTAS DE UN VIAJE POR LA ITALIA DEL NORTE 3,50
AVENTURAS DE UN FRANCÉS, UN ALEMÁN Y UN INGLÉS,
EN EL SIGLO XIX 3,50
BENITO PÉREZ GALDÓS
De la Real Academia Española.
EPISODIOS NACIONALES
Primera serie.
TRAFALGAR.—LA CORTE DE CARLOS IV.—EL 19 DE MARZO Y EL 2 DE MAYO.
—BAILÉN. NAPOLEÓN EN CHAMARTÍN.—ZARAGOZA.—GERONA.—CÁDIZ.—
JUAN MARTÍN EL EMPECINADO.—LA BATALLA DE LOS ARAPILES.
Segunda serie.
EL EQUIPAJE DEL REY JOSÉ.—MEMORIAS DE UN CORTESANO DE 1815.—LA
SEGUNDA CASACA.—EL GRANDE ORIENTE.—7 DE JULIO.—LOS CIEN MIL
HIJOS DE SAN LUIS.—EL TERROR DE 1822.—UN VOLUNTARIO REALISTA.—
LOS APOSTÓLICOS.—UN FACCIOSO MÁS Y ALGUNOS FRAILES MENOS.
Tercera serie.
XXXII. RETRATOS Y APUNTES LITERARIOS 4,00
XXXIII. LA REVOLUCIÓN Y LA NOVELA EN RUSIA 1,00
XXXIV. MI ROMERÍA 1,00
XXXV. Teatro: VERDAD. CUESTA ABAJO. JUVENTUD. LAS RAÍCES.
EL VESTIDO DE BODA. EL BECERRO DE METAL. LA SUERTE 3,50
XXXVI. SUD-EXPRESS. Cuentos 3,50
XXXVII. LA LITERATURA FRANCESA MODERNA. I. EL ROMANTICISMO 4,50
XXXVIII. DULCE DUEÑO. Novela 3,50
XXXIX. LA LITERATURA FRANCESA MODERNA. II. LA TRANSICIÓN 4,50
XL. BELCEBÚ. Novelas 3,50
XLI. LA LITERATURA FRANCESA MODERNA. III. EL NATURALISMO 4,00
BIBLIOTECA DE LA MUJER
Dirigida por la C. de Pardo Bazán.
Á TRES PESETAS TOMO
I. Sección religiosa: VIDA DE LA VIRGEN MARÍA, por la venerable de Ágreda.—II.
Sección sociológica: LA ESCLAVITUD FEMENINA, por John Stuart Mill. Prólogo de la
condesa de Pardo Bazán.—III. Sección novelesca: NOVELAS ESCOGIDAS, por doña
María de Zayas.—IV. Sección biográfica: REINAR EN SECRETO, por el jesuíta P.
Mercier.—V. Sección histórica: HISTORIA DE ISABEL LA CATÓLICA, por el barón de
Nervo, y ELOGIO DE LA MISMA REINA, por don Diego de Clemencín.—VI. Sección
pedagógica: LA INSTRUCCIÓN DE LA MUJER CRISTIANA. TRATADO DE LAS
VÍRGENES, por Juan Luis Vives.—VII. Sección crítica: LA MUJER ANTE EL
SOCIALISMO, por Augusto Bebel.
JAIME QUIROGA PARDO BAZÁN
NOTAS DE UN VIAJE POR LA ITALIA DEL NORTE 3,50
AVENTURAS DE UN FRANCÉS, UN ALEMÁN Y UN INGLÉS,
EN EL SIGLO XIX 3,50
BENITO PÉREZ GALDÓS
De la Real Academia Española.
EPISODIOS NACIONALES
Primera serie.
TRAFALGAR.—LA CORTE DE CARLOS IV.—EL 19 DE MARZO Y EL 2 DE MAYO.
—BAILÉN. NAPOLEÓN EN CHAMARTÍN.—ZARAGOZA.—GERONA.—CÁDIZ.—
JUAN MARTÍN EL EMPECINADO.—LA BATALLA DE LOS ARAPILES.
Segunda serie.
EL EQUIPAJE DEL REY JOSÉ.—MEMORIAS DE UN CORTESANO DE 1815.—LA
SEGUNDA CASACA.—EL GRANDE ORIENTE.—7 DE JULIO.—LOS CIEN MIL
HIJOS DE SAN LUIS.—EL TERROR DE 1822.—UN VOLUNTARIO REALISTA.—
LOS APOSTÓLICOS.—UN FACCIOSO MÁS Y ALGUNOS FRAILES MENOS.
Tercera serie.
Page 217
ZUMALACÁRREGUI.—MENDIZÁBAL.—DE OÑATE Á LA GRANJA.—LUCHANA.
—LA CAMPAÑA DEL MAESTRAZGO.—LA ESTAFETA ROMÁNTICA.—
VERGARA.—MONTES DE OCA.—LOS AYACUCHOS.—BODAS REALES.
Cuarta serie.
LAS TORMENTAS DEL 48.—NARVÁEZ.—LOS DUENDES DE LA CAMARILLA.—
LA REVOLUCIÓN DE JULIO.—O'DONNELL.—AITA TETTAUEN.—CARLOS VI EN
LA RÁPITA.—LA VUELTA AL MUNDO EN LA «NUMANCIA».—PRIM.—LA DE
LOS TRISTES DESTINOS.
Última serie.
ESPAÑA SIN REY.—ESPAÑA TRÁGICA.—AMADEO I.—LA PRIMERA
REPÚBLICA.—DE CARTAGO Á SAGUNTO.—CÁNOVAS.
Cada uno de los tomos anteriores se venden sueltos en rústica al
precio de DOS pesetas volumen.
Precio de cada dos volúmenes, encuadernados en un tomo,
CINCO pesetas.
Se venden tapas sueltas á UNA peseta.
NOVELAS Á DOS PESETAS TOMO
DOÑA PERFECTA.—GLORIA, primera parte.—GLORIA, segunda parte.—
MARIANELA.—LA FAMILIA DE LEÓN ROCH, primera parte.—LA FAMILIA DE
LEÓN ROCH, segunda parte.—LA FONTANA DE ORO.—EL AUDAZ.—LA SOMBRA.
—MEMORANDA.
NOVELAS Á TRES PESETAS TOMO
LA DESHEREDADA, primera parte.—LA DESHEREDADA, segunda parte.—EL
AMIGO MANSO.—EL DOCTOR CENTENO, primera parte.—EL DOCTOR
CENTENO, segunda parte.—TORMENTO.—LA DE BRINGAS.—LO PROHIBIDO,
primera parte.—LO PROHIBIDO, segunda parte.—FORTUNATA Y JACINTA, primera
parte.—FORTUNATA Y JACINTA, segunda parte.—FORTUNATA Y JACINTA, tercera
parte.—FORTUNATA Y JACINTA, cuarta parte.—MIAU.—LA INCÓGNITA.—
REALIDAD.—ÁNGEL GUERRA, primera parte.—ÁNGEL GUERRA, segunda parte.—
ÁNGEL GUERRA, tercera parte.—TRISTANA.—LA LOCA DE LA CASA.—
TORQUEMADA EN LA HOGUERA.—TORQUEMADA EN LA CRUZ.—
TORQUEMADA EN EL PURGATORIO.—TORQUEMADA Y SAN PEDRO.—
NAZARÍN.—HALMA.—MISERICORDIA.—EL ABUELO.—CASANDRA.—EL
CABALLERO ENCANTADO.
COMEDIAS Y DRAMAS Á DOS PESETAS
REALIDAD.—LA LOCA DE LA CASA.—LA DE SAN QUINTÍN.—LOS
CONDENADOS.—VOLUNTAD.—DOÑA PERFECTA.—LA FIERA.—ELECTRA.—
—LA CAMPAÑA DEL MAESTRAZGO.—LA ESTAFETA ROMÁNTICA.—
VERGARA.—MONTES DE OCA.—LOS AYACUCHOS.—BODAS REALES.
Cuarta serie.
LAS TORMENTAS DEL 48.—NARVÁEZ.—LOS DUENDES DE LA CAMARILLA.—
LA REVOLUCIÓN DE JULIO.—O'DONNELL.—AITA TETTAUEN.—CARLOS VI EN
LA RÁPITA.—LA VUELTA AL MUNDO EN LA «NUMANCIA».—PRIM.—LA DE
LOS TRISTES DESTINOS.
Última serie.
ESPAÑA SIN REY.—ESPAÑA TRÁGICA.—AMADEO I.—LA PRIMERA
REPÚBLICA.—DE CARTAGO Á SAGUNTO.—CÁNOVAS.
Cada uno de los tomos anteriores se venden sueltos en rústica al
precio de DOS pesetas volumen.
Precio de cada dos volúmenes, encuadernados en un tomo,
CINCO pesetas.
Se venden tapas sueltas á UNA peseta.
NOVELAS Á DOS PESETAS TOMO
DOÑA PERFECTA.—GLORIA, primera parte.—GLORIA, segunda parte.—
MARIANELA.—LA FAMILIA DE LEÓN ROCH, primera parte.—LA FAMILIA DE
LEÓN ROCH, segunda parte.—LA FONTANA DE ORO.—EL AUDAZ.—LA SOMBRA.
—MEMORANDA.
NOVELAS Á TRES PESETAS TOMO
LA DESHEREDADA, primera parte.—LA DESHEREDADA, segunda parte.—EL
AMIGO MANSO.—EL DOCTOR CENTENO, primera parte.—EL DOCTOR
CENTENO, segunda parte.—TORMENTO.—LA DE BRINGAS.—LO PROHIBIDO,
primera parte.—LO PROHIBIDO, segunda parte.—FORTUNATA Y JACINTA, primera
parte.—FORTUNATA Y JACINTA, segunda parte.—FORTUNATA Y JACINTA, tercera
parte.—FORTUNATA Y JACINTA, cuarta parte.—MIAU.—LA INCÓGNITA.—
REALIDAD.—ÁNGEL GUERRA, primera parte.—ÁNGEL GUERRA, segunda parte.—
ÁNGEL GUERRA, tercera parte.—TRISTANA.—LA LOCA DE LA CASA.—
TORQUEMADA EN LA HOGUERA.—TORQUEMADA EN LA CRUZ.—
TORQUEMADA EN EL PURGATORIO.—TORQUEMADA Y SAN PEDRO.—
NAZARÍN.—HALMA.—MISERICORDIA.—EL ABUELO.—CASANDRA.—EL
CABALLERO ENCANTADO.
COMEDIAS Y DRAMAS Á DOS PESETAS
REALIDAD.—LA LOCA DE LA CASA.—LA DE SAN QUINTÍN.—LOS
CONDENADOS.—VOLUNTAD.—DOÑA PERFECTA.—LA FIERA.—ELECTRA.—
Page 218
ALMA Y VIDA.—MARIUCHA.—BÁRBARA.—AMOR Y CIENCIA.—PEDRO
MINIO.
RAMÓN PÉREZ DE AYALA
TINIEBLAS EN LAS CUMBRES. Novela 3,50
A. M. D. G. (La vida en los colegios de jesuítas). Novela 3,50
LA PATA DE LA RAPOSA. Novela 3,50
TROTERAS Y DANZADERAS. Novela 3,50
JUAN PÉREZ ZÚÑIGA
CUATRO CUENTOS Y UN CABO 2,00
HISTORIA CÓMICA DE ESPAÑA. Dos tomos 5,00
AMANTES CÉLEBRES. Con veinte ilustraciones en color 3,50
JACINTO OCTAVIO PICÓN
De la Real Academia Española.
OBRAS COMPLETAS
I. DULCE Y SABROSA. Novela 4,00
II. LA HONRADA. Novela 4,00
III. JUANITA TENORIO. Novela 4,00
IV. Mujeres. Novelas 3,50
SALVADOR RUEDA
POESÍAS ESCOGIDAS 3,50
SANTIAGO RUSIÑOL
Traducciones de G. Martínez Sierra.
EL PUEBLO GRIS 3,50
UN VIAJE AL PLATA 3,50
LA ISLA DE LA CALMA 3,50
ALELUYAS DEL SEÑOR ESTEBAN 3,50
EL INDIANO 1,00
JOSÉ M. SALAVERRÍA
LAS SOMBRAS DE LOYOLA 2,00
R. SÁNCHEZ DÍAZ
JESÚS EN LA FÁBRICA. Novela 3,50
ALEJANDRO SAWA
MINIO.
RAMÓN PÉREZ DE AYALA
TINIEBLAS EN LAS CUMBRES. Novela 3,50
A. M. D. G. (La vida en los colegios de jesuítas). Novela 3,50
LA PATA DE LA RAPOSA. Novela 3,50
TROTERAS Y DANZADERAS. Novela 3,50
JUAN PÉREZ ZÚÑIGA
CUATRO CUENTOS Y UN CABO 2,00
HISTORIA CÓMICA DE ESPAÑA. Dos tomos 5,00
AMANTES CÉLEBRES. Con veinte ilustraciones en color 3,50
JACINTO OCTAVIO PICÓN
De la Real Academia Española.
OBRAS COMPLETAS
I. DULCE Y SABROSA. Novela 4,00
II. LA HONRADA. Novela 4,00
III. JUANITA TENORIO. Novela 4,00
IV. Mujeres. Novelas 3,50
SALVADOR RUEDA
POESÍAS ESCOGIDAS 3,50
SANTIAGO RUSIÑOL
Traducciones de G. Martínez Sierra.
EL PUEBLO GRIS 3,50
UN VIAJE AL PLATA 3,50
LA ISLA DE LA CALMA 3,50
ALELUYAS DEL SEÑOR ESTEBAN 3,50
EL INDIANO 1,00
JOSÉ M. SALAVERRÍA
LAS SOMBRAS DE LOYOLA 2,00
R. SÁNCHEZ DÍAZ
JESÚS EN LA FÁBRICA. Novela 3,50
ALEJANDRO SAWA
Page 219
ILUMINACIONES EN LA SOMBRA 3,50
UNAMUNO Y GANIVET
EL PORVENIR DE ESPAÑA 2,00
FELIPE TRIGO
OBRAS COMPLETAS
NOVELAS
LAS INGÉNUAS. DOS TOMOS 7,00
LA SED DE AMAR 3,50
ALMA EN LOS LABIOS 3,50
DEL FRÍO AL FUEGO 3,50
LA ALTÍSIMA 3,50
LA BRUTA 3,50
LA DE LOS OJOS COLOR DE UVA 3,50
SOR DEMONIO 3,50
EN LA CABRERA 3,50
CUENTOS INGÉNUOS 3,00
LA CLAVE 3,50
LAS EVAS DEL PARAÍSO 3,50
LAS POSADAS DEL AMOR 3,50
EL MÉDICO RURAL 3,50
LOS ABISMOS 3,50
EL CÍNICO 3,50
ASÍ PAGA EL DIABLO 1,00
ESTUDIOS
SOCIALISMO INDIVIDUALISTA 3,50
EL AMOR EN LA VIDA Y EN LOS LIBROS 3,50
MIGUEL DE UNAMUNO
MI RELIGIÓN Y OTROS ENSAYOS 3,50
POR TIERRAS DE PORTUGAL Y ESPAÑA 3,50
SOLILOQUIOS Y CONVERSACIONES 3,50
CONTRA ESTO Y AQUELLO 3,50
RAMÓN DEL VALLE INCLÁN
ÁGUILA DE BLASÓN 3,50
COFRE DE SÁNDALO 3,50
CUENTO DE ABRIL 3,50
GERIFALTES DE ANTAÑO 3,50
FRANCISCO VILLAESPESA
UNAMUNO Y GANIVET
EL PORVENIR DE ESPAÑA 2,00
FELIPE TRIGO
OBRAS COMPLETAS
NOVELAS
LAS INGÉNUAS. DOS TOMOS 7,00
LA SED DE AMAR 3,50
ALMA EN LOS LABIOS 3,50
DEL FRÍO AL FUEGO 3,50
LA ALTÍSIMA 3,50
LA BRUTA 3,50
LA DE LOS OJOS COLOR DE UVA 3,50
SOR DEMONIO 3,50
EN LA CABRERA 3,50
CUENTOS INGÉNUOS 3,00
LA CLAVE 3,50
LAS EVAS DEL PARAÍSO 3,50
LAS POSADAS DEL AMOR 3,50
EL MÉDICO RURAL 3,50
LOS ABISMOS 3,50
EL CÍNICO 3,50
ASÍ PAGA EL DIABLO 1,00
ESTUDIOS
SOCIALISMO INDIVIDUALISTA 3,50
EL AMOR EN LA VIDA Y EN LOS LIBROS 3,50
MIGUEL DE UNAMUNO
MI RELIGIÓN Y OTROS ENSAYOS 3,50
POR TIERRAS DE PORTUGAL Y ESPAÑA 3,50
SOLILOQUIOS Y CONVERSACIONES 3,50
CONTRA ESTO Y AQUELLO 3,50
RAMÓN DEL VALLE INCLÁN
ÁGUILA DE BLASÓN 3,50
COFRE DE SÁNDALO 3,50
CUENTO DE ABRIL 3,50
GERIFALTES DE ANTAÑO 3,50
FRANCISCO VILLAESPESA
Page 220
EL ESPEJO ENCANTADO 3,50
EL ALCÁZAR DE LAS PERLAS 3,50
PANALES DE ORO 3,50
EL BALCÓN DE VERONA PALABRAS ANTIGUAS 3,503,50
A. VIVERO Y A. DE LA VILLA
CÓMO CAE UN TRONO. La revolución en Portugal 3,50
EDUARDO ZAMACOIS
EL OTRO. Novela 3,50
LA OPINIÓN AJENA. Novela 3,50
BIBLIOTECA CLÁSICA
COLECCIÓN DE 228 TOMOS, QUE SE VENDEN á 3 PESETAS
CADA UNO EN RÚSTICA Y á 4 PESETAS ENCUADERNADOS
EN PASTA ESPAÑOLA
CLÁSICOS GRIEGOS
HOMERO: La Iliada (tres tomos). La Odisea (dos).—HERODOTO: Los nueve libros de la
historia (dos).—PLUTARCO: Las vidas paralelas (cinco).—ARISTÓFANES: Teatro
completo (tres).—ESQUILO: Teatro completo (uno).—POETAS BUCÓLICOS
GRIEGOS: Demócrito, Bión y Mosco (uno).—XENOFONTE: Historia de la entrada de
Cyro en Asia (uno). La ciropedia (uno). Las helénicas (uno).—LUCIANO: Obras
completas (cuatro).—PÍNDARO: Odas (uno).—ARRIANO: Las expediciones de
Alejandro (uno).—POETAS LÍRICOS GRIEGOS: Anacreonte, Safo, Tirteo, etc. (uno).—
POLIBIO: Historia romana (tres).—PLATÓN: La república (dos).—DIÓGENES
LAERCIO: Vidas de los filósofos más ilustres (dos).—MORALISTAS GRIEGOS: Marco
Aurelio, Teofrasto, Epicteto, Cebes (uno).—TUCÍDIDES: Historia de la guerra del
Peloponeso (dos).—JOSEFO: Guerras de los judíos (dos).—ISÓCRATES: Oraciones
políticas y forenses (dos).—EURÍPIDES: obras dramáticas (tres).
CLÁSICOS LATINOS
VIRGILIO: La Eneida (dos tomos). Églogas y Geórgicas (uno).—CICERÓN: Obras
didácticas (dos). Obras filosóficas (cuatro). Epístolas familiares (dos). Cartas políticas
(dos). Vida y discursos (siete).—TÁCITO: Los anales (dos). Las historias y las costumbres
de los germanos (uno).—SALUSTIO: Conjuración de Catilina. Guerra de Jugurta (uno).—
CÉSAR: Los comentarios de la guerra de las Galias y de la civil (dos).—SUETONIO: Vida
de los doce césares (uno).—SÉNECA: Tratados filosóficos (dos). Epístolas morales (uno).
—OVIDIO: Las Heroídas (uno). Las metamorfosis (dos).—FLORO: Compendio de las
hazañas romanas (uno).—QUINTILIANO: Instituciones oratorias (dos).—QUINTO
CURCIO: Vida de Alejandro (dos).—ESTACIO: La Tebaida (dos).—LUCANO: La
farsalia (dos).—TITO LIVIO: Décadas de la historia romana (siete).—TERTULIANO:
EL ALCÁZAR DE LAS PERLAS 3,50
PANALES DE ORO 3,50
EL BALCÓN DE VERONA PALABRAS ANTIGUAS 3,503,50
A. VIVERO Y A. DE LA VILLA
CÓMO CAE UN TRONO. La revolución en Portugal 3,50
EDUARDO ZAMACOIS
EL OTRO. Novela 3,50
LA OPINIÓN AJENA. Novela 3,50
BIBLIOTECA CLÁSICA
COLECCIÓN DE 228 TOMOS, QUE SE VENDEN á 3 PESETAS
CADA UNO EN RÚSTICA Y á 4 PESETAS ENCUADERNADOS
EN PASTA ESPAÑOLA
CLÁSICOS GRIEGOS
HOMERO: La Iliada (tres tomos). La Odisea (dos).—HERODOTO: Los nueve libros de la
historia (dos).—PLUTARCO: Las vidas paralelas (cinco).—ARISTÓFANES: Teatro
completo (tres).—ESQUILO: Teatro completo (uno).—POETAS BUCÓLICOS
GRIEGOS: Demócrito, Bión y Mosco (uno).—XENOFONTE: Historia de la entrada de
Cyro en Asia (uno). La ciropedia (uno). Las helénicas (uno).—LUCIANO: Obras
completas (cuatro).—PÍNDARO: Odas (uno).—ARRIANO: Las expediciones de
Alejandro (uno).—POETAS LÍRICOS GRIEGOS: Anacreonte, Safo, Tirteo, etc. (uno).—
POLIBIO: Historia romana (tres).—PLATÓN: La república (dos).—DIÓGENES
LAERCIO: Vidas de los filósofos más ilustres (dos).—MORALISTAS GRIEGOS: Marco
Aurelio, Teofrasto, Epicteto, Cebes (uno).—TUCÍDIDES: Historia de la guerra del
Peloponeso (dos).—JOSEFO: Guerras de los judíos (dos).—ISÓCRATES: Oraciones
políticas y forenses (dos).—EURÍPIDES: obras dramáticas (tres).
CLÁSICOS LATINOS
VIRGILIO: La Eneida (dos tomos). Églogas y Geórgicas (uno).—CICERÓN: Obras
didácticas (dos). Obras filosóficas (cuatro). Epístolas familiares (dos). Cartas políticas
(dos). Vida y discursos (siete).—TÁCITO: Los anales (dos). Las historias y las costumbres
de los germanos (uno).—SALUSTIO: Conjuración de Catilina. Guerra de Jugurta (uno).—
CÉSAR: Los comentarios de la guerra de las Galias y de la civil (dos).—SUETONIO: Vida
de los doce césares (uno).—SÉNECA: Tratados filosóficos (dos). Epístolas morales (uno).
—OVIDIO: Las Heroídas (uno). Las metamorfosis (dos).—FLORO: Compendio de las
hazañas romanas (uno).—QUINTILIANO: Instituciones oratorias (dos).—QUINTO
CURCIO: Vida de Alejandro (dos).—ESTACIO: La Tebaida (dos).—LUCANO: La
farsalia (dos).—TITO LIVIO: Décadas de la historia romana (siete).—TERTULIANO:
Page 221
Apología contra los gentiles en defensa de los cristianos (uno).—VARIOS: Historia
Augusta (tres).—Marcial y Fedro: Epigramas y fábulas (tres).—TERENCIO: Teatro
completo (uno).—APULEYO: El asno de oro (uno).—Plinio el joven y Cornelio Nepote:
Panegírico de Trajano y cartas. Vidas de varones ilustres (dos).—JUVENAL y PERSIO:
Sátiras (uno).—AULIO GELIO: Noches áticas (dos).—SAN AGUSTÍN: La ciudad de
Dios (cuatro).—AMMIANO: Historia del imperio romano (dos).—LUCRECIO: De la
naturaleza de las cosas (uno).—HORACIO: Obras completas (dos).
CLÁSICOS ESPAÑOLES
CERVANTES: Novelas ejemplares y Viaje del Parnaso (dos tomos). Don Quijote de la
Mancha, con el comentario de Clemencín (ocho). Teatro completo (tres).—CALDERÓN:
Teatro selecto (cuatro).—HURTADO DE MENDOZA: Obras en prosa (uno).—
QUEVEDO: Obras satíricas y festivas (uno). Obras políticas é históricas (dos). Política de
Dios (uno).—QUINTANA: Vidas de españoles célebres (dos).—Duque de Rivas:
Sublevación de Nápoles (uno).—ALCALÁ GALIANO: Recuerdos de un anciano (uno).—
MELO: Guerra de Cataluña (uno).—VARIOS: Antología de poetas líricos castellanos,
ordenada por Menéndez y Pelayo, con estudios críticos del mismo (doce).—COLÓN:
Relaciones y cartas (uno).—ROJAS: La celestina (uno).
CLÁSICOS INGLESES
MACAULAY: Estudios literarios (un tomo). Estudios históricos (uno). Estudios políticos
(uno). Estudios biográficos (uno). Estudios críticos (uno). Estudios de política y literatura
(uno). Discursos parlamentarios (uno). Vidas de políticos ingleses (uno). Historia de la
revolución inglesa (cuatro). Historia del reinado de Guillermo III (seis).—MILTON: El
paraíso perdido (dos).—SHAKESPEARE: Teatro selecto (ocho).
CLÁSICOS ITALIANOS
MANZONI: Los novios (un tomo). La moral católica (uno). Tragedias, poesías: obras
varias (dos).—GUICCIARDINI: Historia de Italia (seis).—MAQUIAVELO: Obras
históricas (DOS). Obras políticas (DOS).—Benvenuto Cellini: su vida, descrita por él
mismo (dos).—TASSO: La Jerusalén libertada (dos).
CLÁSICOS ALEMANES
SCHILLER: Teatro completo (tres tomos). Poesías líricas (dos).—HEINE: Poemas y
fantasías (uno). Cuadros de viaje (dos).—GOETHE: Viaje á Italia (dos). Teatro selecto
(dos).—HUMBOLDT: Colón y el descubrimiento de América (dos).
CLÁSICOS FRANCESES
LAMARTINE: Civilizadores y conquistadores (dos tomos).—BOSSUET: Oraciones
fúnebres (ocho).—MERIMÉE: Colomba (uno).
CLÁSICOS SÁNSCRITOS
Código de MANÚ (un tomo).
Augusta (tres).—Marcial y Fedro: Epigramas y fábulas (tres).—TERENCIO: Teatro
completo (uno).—APULEYO: El asno de oro (uno).—Plinio el joven y Cornelio Nepote:
Panegírico de Trajano y cartas. Vidas de varones ilustres (dos).—JUVENAL y PERSIO:
Sátiras (uno).—AULIO GELIO: Noches áticas (dos).—SAN AGUSTÍN: La ciudad de
Dios (cuatro).—AMMIANO: Historia del imperio romano (dos).—LUCRECIO: De la
naturaleza de las cosas (uno).—HORACIO: Obras completas (dos).
CLÁSICOS ESPAÑOLES
CERVANTES: Novelas ejemplares y Viaje del Parnaso (dos tomos). Don Quijote de la
Mancha, con el comentario de Clemencín (ocho). Teatro completo (tres).—CALDERÓN:
Teatro selecto (cuatro).—HURTADO DE MENDOZA: Obras en prosa (uno).—
QUEVEDO: Obras satíricas y festivas (uno). Obras políticas é históricas (dos). Política de
Dios (uno).—QUINTANA: Vidas de españoles célebres (dos).—Duque de Rivas:
Sublevación de Nápoles (uno).—ALCALÁ GALIANO: Recuerdos de un anciano (uno).—
MELO: Guerra de Cataluña (uno).—VARIOS: Antología de poetas líricos castellanos,
ordenada por Menéndez y Pelayo, con estudios críticos del mismo (doce).—COLÓN:
Relaciones y cartas (uno).—ROJAS: La celestina (uno).
CLÁSICOS INGLESES
MACAULAY: Estudios literarios (un tomo). Estudios históricos (uno). Estudios políticos
(uno). Estudios biográficos (uno). Estudios críticos (uno). Estudios de política y literatura
(uno). Discursos parlamentarios (uno). Vidas de políticos ingleses (uno). Historia de la
revolución inglesa (cuatro). Historia del reinado de Guillermo III (seis).—MILTON: El
paraíso perdido (dos).—SHAKESPEARE: Teatro selecto (ocho).
CLÁSICOS ITALIANOS
MANZONI: Los novios (un tomo). La moral católica (uno). Tragedias, poesías: obras
varias (dos).—GUICCIARDINI: Historia de Italia (seis).—MAQUIAVELO: Obras
históricas (DOS). Obras políticas (DOS).—Benvenuto Cellini: su vida, descrita por él
mismo (dos).—TASSO: La Jerusalén libertada (dos).
CLÁSICOS ALEMANES
SCHILLER: Teatro completo (tres tomos). Poesías líricas (dos).—HEINE: Poemas y
fantasías (uno). Cuadros de viaje (dos).—GOETHE: Viaje á Italia (dos). Teatro selecto
(dos).—HUMBOLDT: Colón y el descubrimiento de América (dos).
CLÁSICOS FRANCESES
LAMARTINE: Civilizadores y conquistadores (dos tomos).—BOSSUET: Oraciones
fúnebres (ocho).—MERIMÉE: Colomba (uno).
CLÁSICOS SÁNSCRITOS
Código de MANÚ (un tomo).
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BIBLIOTECA POPULAR
Á UNA PESETA CADA TOMO EN RÚSTICA Y Á 1,50
ENCUADERNADO EN TELA
I.—PÍO BAROJA: La casa de Aizgorri. Novela. II.—FELIPE TRIGO: Así paga el diablo...
Novela. III.—ALBERTO INSÚA: En tierra de santos. Novela. IV.—S. y J. ÁLVAREZ
QUINTERO: Drama, comedia y sainete. V.—JOAQUÍN DICENTA: Galerna. Novelas. VI.
—RAFAEL LÓPEZ DE HARO: La imposible. Novela. VII.—SANTIAGO RUSIÑOL: El
indiano. VIII.—E. GÓMEZ CARRILLO: El Japón heroico y galante. IX.—CONDESA DE
PARDO BAZÁN: Cuentos trágicos. X.—JOSÉ FRANCÉS: La débil fortaleza. Novela. XI.
—EDUARDO MARQUINA: Elegías. XII.—ALBERTO INSÚA: La hora trágica. Novela.
XIII.—JACINTO BENAVENTE: La noche del sábado. Novela escénica. XIV.—PÍO
BAROJA: Camino de perfección. Novela. XV.—PEDRO DE RÉPIDE: Noche perdida.
Novelas.
RENACIMIENTO tiene ya en su poder, para publicarlos en tomos sucesivos de la
Biblioteca Popular, originales de Leopoldo Alas (Clarín), Pío Baroja, Joaquín Belda,
Joaquín Dicenta, Anatole France, Antonio de Hoyos, Alberto Insúa, Eduardo Marquina,
Alejandro Larrubierra, Ricardo León, R. López de Haro, J. López Pinillos, G. Martínez
Sierra, Benito Pérez Galdós, Ramón Pérez de Ayala, Juan Pérez Zúñiga, Jacinto Octavio
Picón, Pedro de Répide, Santiago Rusiñol, José María Salaverría, R. Sánchez Díaz, Miguel
de Unamuno, Francisco Villaespesa, Eduardo Zamacois.
Á UNA PESETA CADA TOMO EN RÚSTICA Y Á 1,50
ENCUADERNADO EN TELA
I.—PÍO BAROJA: La casa de Aizgorri. Novela. II.—FELIPE TRIGO: Así paga el diablo...
Novela. III.—ALBERTO INSÚA: En tierra de santos. Novela. IV.—S. y J. ÁLVAREZ
QUINTERO: Drama, comedia y sainete. V.—JOAQUÍN DICENTA: Galerna. Novelas. VI.
—RAFAEL LÓPEZ DE HARO: La imposible. Novela. VII.—SANTIAGO RUSIÑOL: El
indiano. VIII.—E. GÓMEZ CARRILLO: El Japón heroico y galante. IX.—CONDESA DE
PARDO BAZÁN: Cuentos trágicos. X.—JOSÉ FRANCÉS: La débil fortaleza. Novela. XI.
—EDUARDO MARQUINA: Elegías. XII.—ALBERTO INSÚA: La hora trágica. Novela.
XIII.—JACINTO BENAVENTE: La noche del sábado. Novela escénica. XIV.—PÍO
BAROJA: Camino de perfección. Novela. XV.—PEDRO DE RÉPIDE: Noche perdida.
Novelas.
RENACIMIENTO tiene ya en su poder, para publicarlos en tomos sucesivos de la
Biblioteca Popular, originales de Leopoldo Alas (Clarín), Pío Baroja, Joaquín Belda,
Joaquín Dicenta, Anatole France, Antonio de Hoyos, Alberto Insúa, Eduardo Marquina,
Alejandro Larrubierra, Ricardo León, R. López de Haro, J. López Pinillos, G. Martínez
Sierra, Benito Pérez Galdós, Ramón Pérez de Ayala, Juan Pérez Zúñiga, Jacinto Octavio
Picón, Pedro de Répide, Santiago Rusiñol, José María Salaverría, R. Sánchez Díaz, Miguel
de Unamuno, Francisco Villaespesa, Eduardo Zamacois.
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*** END OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK EL HOMBRE
MEDIOCRE: ENSAYO DE PSICOLOGIA Y MORAL ***
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so the Foundation (and you!) can copy and distribute it in the United
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works, reports, performances and research. Project Gutenberg eBooks
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Foundation, the trademark owner, any agent or employee of the
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and (c) any Defect you cause.
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Gutenberg
Project Gutenberg is synonymous with the free distribution of
electronic works in formats readable by the widest variety of
computers including obsolete, old, middle-aged and new computers. It
exists because of the efforts of hundreds of volunteers and donations
from people in all walks of life.
Volunteers and financial support to provide volunteers with the
assistance they need are critical to reaching Project Gutenberg’s goals
and ensuring that the Project Gutenberg collection will remain freely
available for generations to come. In 2001, the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation was created to provide a secure and
permanent future for Project Gutenberg and future generations. To
learn more about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation
and how your efforts and donations can help, see Sections 3 and 4 and
the Foundation information page at www.gutenberg.org.
Section 3. Information about the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation
The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non-profit
501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the state
of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal Revenue
Service. The Foundation’s EIN or federal tax identification number is
64-6221541. Contributions to the Project Gutenberg Literary Archive
Foundation are tax deductible to the full extent permitted by U.S.
federal laws and your state’s laws.
The Foundation’s business office is located at 41 Watchung Plaza
#516, Montclair NJ 07042, USA, +1 (862) 621-9288. Email contact
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Project Gutenberg™ depends upon and cannot survive without
widespread public support and donations to carry out its mission of
increasing the number of public domain and licensed works that can be
freely distributed in machine-readable form accessible by the widest
array of equipment including outdated equipment. Many small
donations ($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax
exempt status with the IRS.
The Foundation is committed to complying with the laws regulating
charities and charitable donations in all 50 states of the United States.
Compliance requirements are not uniform and it takes a considerable
effort, much paperwork and many fees to meet and keep up with these
requirements. We do not solicit donations in locations where we have
not received written confirmation of compliance. To SEND
DONATIONS or determine the status of compliance for any particular
state visit www.gutenberg.org/donate.
While we cannot and do not solicit contributions from states where we
have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition
against accepting unsolicited donations from donors in such states who
approach us with offers to donate.
International donations are gratefully accepted, but we cannot make
any statements concerning tax treatment of donations received from
outside the United States. U.S. laws alone swamp our small staff.
Please check the Project Gutenberg web pages for current donation
methods and addresses. Donations are accepted in a number of other
ways including checks, online payments and credit card donations. To
donate, please visit: www.gutenberg.org/donate.
Foundation’s website and official page at www.gutenberg.org/contact
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Section 5. General Information About Project Gutenberg
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Professor Michael S. Hart was the originator of the Project Gutenberg
concept of a library of electronic works that could be freely shared
with anyone. For forty years, he produced and distributed Project
Gutenberg eBooks with only a loose network of volunteer support.
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