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The Project Gutenberg eBook of Azul...
This eBook is for the use of anyone anywhere in the United States and
most other parts of the world at no cost and with almost no restrictions
whatsoever. You may copy it, give it away or re-use it under the terms
of the Project Gutenberg License included with this eBook or online at
www.gutenberg.org. If you are not located in the United States, you
will have to check the laws of the country where you are located
before using this eBook.
Title: Azul...
Author: Rubén Darío
Illustrator: Enrique Ochoa
Release date: August 25, 2016 [eBook #52894]
Most recently updated: October 23, 2024
Language: Spanish
Other information and formats: www.gutenberg.org/ebooks/52894
Credits: Produced by Josep Cols Canals, Chuck Greif and the Online
Distributed Proofreading Team at http://www.pgdp.net (This
file was produced from images generously made available
by The Internet Archive/Canadian Libraries)
*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK AZUL... ***
AZUL...
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AZUL...
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AL ÍNDICE
Page 5
A D. Rubén Darío.
Madrid, 22 de Octubre de 1888.
I
ODO libro, que desde América llega a mis manos, excita mi interés
y despierta mi curiosidad; pero ninguno hasta hoy la ha
despertado tan viva como el de usted, no bien comencé a leerlo.
Confieso que al principio, a pesar de la amable dedicatoria con
que usted me envía un ejemplar, miré el libro con indiferencia... casi con
desvío. El título Azul... tuvo la culpa.
Víctor Hugo dice: L’art c’est l’azur; pero yo no me conformo ni me
resigno con que tal dicho sea muy profundo y hermoso. Para mí, tanto vale
decir que el arte es lo azul, como decir que es lo verde, lo amarillo o lo rojo.
¿Por qué, en este caso, lo azul (aunque en francés no sea bleu, sino azur,
que es más poético) ha de ser cifra, símbolo y superior predicamento que
abarque lo ideal, lo etéreo, lo infinito, la serenidad del cielo sin nubes, la luz
difusa, la amplitud vaga y sin límites, donde nacen, viven, brillan y se
mueven los astros? Pero aunque todo esto y más surja del fondo de nuestro
ser y aparezca a los ojos del espíritu, evocado por la palabra azul, ¿qué
novedad hay en decir que el arte es todo esto? Lo mismo es decir que el arte
es imitación de la Naturaleza, como lo definió Aristóteles: la percepción de
todo lo existente y de todo lo posible, y su reaparición o representación por
el hombre en signos, letras, sonidos, colores o líneas. En suma: yo, por más
vueltas que le doy, no veo en eso de que el arte es lo azul sino una frase
enfática y vacía.
Sea, no obstante, el arte azul, o del color que se quiera. Como sea bueno,
el color es lo que menos importa. Lo que a mí me dió mala espina fué la
frase de Víctor Hugo, y el que usted hubiese dado por título a su libro la
palabra fundamental de la frase. ¿Si será éste, me dije, uno de tantos y
tantos como por todas partes, y sobre todo en Portugal y en la América
española, han sido inficionados por Víctor Hugo? La manía de imitarle ha
hecho verdaderos estragos, porque la atrevida juventud exagera sus
defectos, y porque eso que se llama genio, y que hace que los defectos se
perdonen y tal vez se aplaudan, no se imita cuando no se tiene. En
Madrid, 22 de Octubre de 1888.
I
ODO libro, que desde América llega a mis manos, excita mi interés
y despierta mi curiosidad; pero ninguno hasta hoy la ha
despertado tan viva como el de usted, no bien comencé a leerlo.
Confieso que al principio, a pesar de la amable dedicatoria con
que usted me envía un ejemplar, miré el libro con indiferencia... casi con
desvío. El título Azul... tuvo la culpa.
Víctor Hugo dice: L’art c’est l’azur; pero yo no me conformo ni me
resigno con que tal dicho sea muy profundo y hermoso. Para mí, tanto vale
decir que el arte es lo azul, como decir que es lo verde, lo amarillo o lo rojo.
¿Por qué, en este caso, lo azul (aunque en francés no sea bleu, sino azur,
que es más poético) ha de ser cifra, símbolo y superior predicamento que
abarque lo ideal, lo etéreo, lo infinito, la serenidad del cielo sin nubes, la luz
difusa, la amplitud vaga y sin límites, donde nacen, viven, brillan y se
mueven los astros? Pero aunque todo esto y más surja del fondo de nuestro
ser y aparezca a los ojos del espíritu, evocado por la palabra azul, ¿qué
novedad hay en decir que el arte es todo esto? Lo mismo es decir que el arte
es imitación de la Naturaleza, como lo definió Aristóteles: la percepción de
todo lo existente y de todo lo posible, y su reaparición o representación por
el hombre en signos, letras, sonidos, colores o líneas. En suma: yo, por más
vueltas que le doy, no veo en eso de que el arte es lo azul sino una frase
enfática y vacía.
Sea, no obstante, el arte azul, o del color que se quiera. Como sea bueno,
el color es lo que menos importa. Lo que a mí me dió mala espina fué la
frase de Víctor Hugo, y el que usted hubiese dado por título a su libro la
palabra fundamental de la frase. ¿Si será éste, me dije, uno de tantos y
tantos como por todas partes, y sobre todo en Portugal y en la América
española, han sido inficionados por Víctor Hugo? La manía de imitarle ha
hecho verdaderos estragos, porque la atrevida juventud exagera sus
defectos, y porque eso que se llama genio, y que hace que los defectos se
perdonen y tal vez se aplaudan, no se imita cuando no se tiene. En
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resolución yo sospeché que era usted un Víctor Huguito y estuve más de
una semana sin leer el libro de usted.
No bien le he leído, he formado muy diferente concepto. Usted es usted
con gran fondo de originalidad y de originalidad muy extraña. Si el libro,
impreso en Valparaíso este año de 1888, no estuviese en muy buen
castellano, lo mismo podría ser de un autor francés, que de un italiano, que
de un turco o de un griego. El libro está impregnado de espíritu
cosmopolita. Hasta el nombre y apellido del autor, verdaderos o
contrahechos y fingidos, hacen que el cosmopolitismo resalte más. Rubén
es judaico, y persa es Darío; de suerte que por los nombres no parece sino
que usted quiere ser o es de todos los países, castas y tribus.
El libro Azul... no es en realidad un libro; es un folleto de 132 páginas;
pero tan lleno de cosas y escrito por estilo tan conciso, que da no poco en
qué pensar y tiene bastante que leer. Desde luego se conoce que el autor es
muy joven: que no puede tener más de veinticinco años, pero que los ha
aprovechado maravillosamente. Ha aprendido muchísimo, y en todo lo que
sabe y expresa muestra singular talento artístico y poético.
Sabe con amor la antigua literatura griega; sabe de todo lo moderno
europeo. Se entrevé, aunque no hace gala de ello, que tiene el concepto
cabal del mundo visible y del espíritu humano, tal como este concepto ha
venido a formarse por el conjunto de observaciones, experiencias, hipótesis
y teorías más recientes. Y se entrevé también que todo esto ha penetrado en
la mente del autor, no diré exclusivamente, pero sí principalmente, a través
de libros franceses. Es más: en los perfiles, en los refinamientos, en las
exquisiteces del pensar y del sentir del autor hay tanto de francés, que yo
forjé una historia a mi antojo para explicármela. Supuse que el autor, nacido
en Nicaragua, había ido a París a estudiar para médico o para ingeniero, o
para otra profesión; que en París había vivido seis o siete años, con artistas,
literatos, sabios y mujeres alegres de por allá; y que mucho de lo que sabe
lo había aprendido de viva voz, y empíricamente, con el trato y roce de
aquellas personas. Imposible me parecía que de tal manera se hubiese
impregnado el autor del espíritu parisiense novísimo sin haber vivido en
París durante años.
Extraordinaria ha sido mi sorpresa cuando he sabido que usted, según
me aseguran sujetos bien informados, no ha salido de Nicaragua sino para ir
a Chile en donde reside desde hace dos años a lo más. ¿Cómo, sin el influjo
una semana sin leer el libro de usted.
No bien le he leído, he formado muy diferente concepto. Usted es usted
con gran fondo de originalidad y de originalidad muy extraña. Si el libro,
impreso en Valparaíso este año de 1888, no estuviese en muy buen
castellano, lo mismo podría ser de un autor francés, que de un italiano, que
de un turco o de un griego. El libro está impregnado de espíritu
cosmopolita. Hasta el nombre y apellido del autor, verdaderos o
contrahechos y fingidos, hacen que el cosmopolitismo resalte más. Rubén
es judaico, y persa es Darío; de suerte que por los nombres no parece sino
que usted quiere ser o es de todos los países, castas y tribus.
El libro Azul... no es en realidad un libro; es un folleto de 132 páginas;
pero tan lleno de cosas y escrito por estilo tan conciso, que da no poco en
qué pensar y tiene bastante que leer. Desde luego se conoce que el autor es
muy joven: que no puede tener más de veinticinco años, pero que los ha
aprovechado maravillosamente. Ha aprendido muchísimo, y en todo lo que
sabe y expresa muestra singular talento artístico y poético.
Sabe con amor la antigua literatura griega; sabe de todo lo moderno
europeo. Se entrevé, aunque no hace gala de ello, que tiene el concepto
cabal del mundo visible y del espíritu humano, tal como este concepto ha
venido a formarse por el conjunto de observaciones, experiencias, hipótesis
y teorías más recientes. Y se entrevé también que todo esto ha penetrado en
la mente del autor, no diré exclusivamente, pero sí principalmente, a través
de libros franceses. Es más: en los perfiles, en los refinamientos, en las
exquisiteces del pensar y del sentir del autor hay tanto de francés, que yo
forjé una historia a mi antojo para explicármela. Supuse que el autor, nacido
en Nicaragua, había ido a París a estudiar para médico o para ingeniero, o
para otra profesión; que en París había vivido seis o siete años, con artistas,
literatos, sabios y mujeres alegres de por allá; y que mucho de lo que sabe
lo había aprendido de viva voz, y empíricamente, con el trato y roce de
aquellas personas. Imposible me parecía que de tal manera se hubiese
impregnado el autor del espíritu parisiense novísimo sin haber vivido en
París durante años.
Extraordinaria ha sido mi sorpresa cuando he sabido que usted, según
me aseguran sujetos bien informados, no ha salido de Nicaragua sino para ir
a Chile en donde reside desde hace dos años a lo más. ¿Cómo, sin el influjo
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del medio ambiente, ha podido usted asimilarse todos los elementos del
espíritu francés, si bien conservando española la forma que auna y organiza
estos elementos, convirtiéndolos en substancia propia?
Yo no creo que se ha dado jamás caso parecido con ningún español
peninsular. Todos tenemos un fondo de españolismo que nadie nos arranca
ni a veinticinco tirones. En el famoso abate Marchena, con haber residido
tanto tiempo en Francia, se ve el español; en Cienfuegos es postizo el
sentimentalismo empalagoso a lo Rousseau, y el español está por bajo.
Burgos y Reinoso son afrancesados y no franceses. La cultura de Francia,
buena o mala, no pasa nunca de la superficie. No es más que un barniz
transparente, detrás del cual se descubre la condición española.
Ninguno de los hombres de letras de la Península, que he conocido yo,
con más espíritu cosmopolita, y que más largo tiempo han residido en
Francia y que han hablado mejor el francés y otras lenguas extranjeras, me
ha parecido nunca tan compenetrado del espíritu de Francia como usted me
parece: ni Galiano, ni don Eugenio de Ochoa, ni Miguel de los Santos
Alvarez. En Galiano habla como una mezcla de anglicismo y de filosofismo
francés del siglo pasado; pero todo sobrepuesto y no combinado con el ser
de su espíritu, que era castizo. Ochoa era y siguió siendo siempre archi y
ultraespañol, a pesar de sus entusiasmos por las cosas de Francia. Y en
Alvarez, en cuya mente bullen las ideas de nuestro siglo, y que ha vivido
años en París, está arraigado el ser del hombre de Castilla, y en su prosa
recuerda el lector a Cervantes y a Quevedo, y en sus versos a Garcilaso y a
León, aunque así en versos como en prosa, emita él siempre ideas más
propias de nuestro siglo que de los que pasaron. Su chiste no es el esprit
francés, sino el humor español de las novelas picarescas y de los autores
cómicos de nuestra peculiar literatura.
Veo, pues, que no hay autor en castellano más francés que usted, y lo
digo para afirmar un hecho sin elogio y sin censura. En todo caso, más bien
lo digo como elogio. Yo no quiero que los autores no tengan carácter
nacional; pero yo no puedo exigir de usted que sea nicaragüense, porque ni
hay ni puede haber aún historia literaria, escuela y tradiciones literarias en
Nicaragua. Ni puedo exigir de usted que sea literariamente español, pues ya
no lo es políticamente, y está además separado de la madre patria por el
Atlántico, y más lejos en la república donde ha nacido, de la influencia
española que en otras repúblicas hispanoamericanas. Estando así disculpado
el galicismo de la mente, es fuerza dar a usted alabanzas a manos llenas por
espíritu francés, si bien conservando española la forma que auna y organiza
estos elementos, convirtiéndolos en substancia propia?
Yo no creo que se ha dado jamás caso parecido con ningún español
peninsular. Todos tenemos un fondo de españolismo que nadie nos arranca
ni a veinticinco tirones. En el famoso abate Marchena, con haber residido
tanto tiempo en Francia, se ve el español; en Cienfuegos es postizo el
sentimentalismo empalagoso a lo Rousseau, y el español está por bajo.
Burgos y Reinoso son afrancesados y no franceses. La cultura de Francia,
buena o mala, no pasa nunca de la superficie. No es más que un barniz
transparente, detrás del cual se descubre la condición española.
Ninguno de los hombres de letras de la Península, que he conocido yo,
con más espíritu cosmopolita, y que más largo tiempo han residido en
Francia y que han hablado mejor el francés y otras lenguas extranjeras, me
ha parecido nunca tan compenetrado del espíritu de Francia como usted me
parece: ni Galiano, ni don Eugenio de Ochoa, ni Miguel de los Santos
Alvarez. En Galiano habla como una mezcla de anglicismo y de filosofismo
francés del siglo pasado; pero todo sobrepuesto y no combinado con el ser
de su espíritu, que era castizo. Ochoa era y siguió siendo siempre archi y
ultraespañol, a pesar de sus entusiasmos por las cosas de Francia. Y en
Alvarez, en cuya mente bullen las ideas de nuestro siglo, y que ha vivido
años en París, está arraigado el ser del hombre de Castilla, y en su prosa
recuerda el lector a Cervantes y a Quevedo, y en sus versos a Garcilaso y a
León, aunque así en versos como en prosa, emita él siempre ideas más
propias de nuestro siglo que de los que pasaron. Su chiste no es el esprit
francés, sino el humor español de las novelas picarescas y de los autores
cómicos de nuestra peculiar literatura.
Veo, pues, que no hay autor en castellano más francés que usted, y lo
digo para afirmar un hecho sin elogio y sin censura. En todo caso, más bien
lo digo como elogio. Yo no quiero que los autores no tengan carácter
nacional; pero yo no puedo exigir de usted que sea nicaragüense, porque ni
hay ni puede haber aún historia literaria, escuela y tradiciones literarias en
Nicaragua. Ni puedo exigir de usted que sea literariamente español, pues ya
no lo es políticamente, y está además separado de la madre patria por el
Atlántico, y más lejos en la república donde ha nacido, de la influencia
española que en otras repúblicas hispanoamericanas. Estando así disculpado
el galicismo de la mente, es fuerza dar a usted alabanzas a manos llenas por
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lo perfecto y profundo de ese galicismo; porque el lenguaje persiste
español, legítimo y de buena ley, y porque si no tiene usted carácter
nacional, posee carácter individual.
En mi sentir hay en usted una poderosa individualidad de escritor, ya
bien marcada, y que, si Dios da a usted la salud que yo le deseo y larga
vida, ha de desenvolverse y señalarse más con el tiempo en obras que sean
gloria de las letras hispanoamericanas.
Leídas las 132 páginas de Azul... lo primero que se nota es que está usted
saturado de toda la más flamante literatura francesa: Hugo, Lamartine,
Musset, Baudelaire, Leconte de Lisle, Gautier, Bourget, Sully-Prouhomme,
Daudet, Zola, Barbey d’Aurevilly, Catulle Mendes, Rollinat, Goncourt,
Flaubert y todos los demás poetas y novelistas han sido por usted bien
estudiados y mejor comprendidos. Y usted no imita a ninguno: ni es usted
romántico, ni naturalista, ni neurótico, ni decadente, ni simbólico, ni
parnasiano. Usted lo ha revuelto todo: lo ha puesto a cocer en el alambique
de su cerebro, y ha sacado de ello una rara quinta esencia.
Resulta de aquí un autor nicaragüense, que jamás salió de Nicaragua
sino para ir a Chile, y que es autor tan a la moda de París y con tanto chic y
distinción, que se adelanta a la moda y pudiera modificarla e imponerla.
En el libro hay Cuentos en prosa y seis composiciones en verso. En los
cuentos y en las poesías todo está cincelado, burilado, hecho para que dure,
con primor y esmero, como pudiera haberlo hecho Flaubert, o el parnasiano
más atildado. Y, sin embargo, no se nota el esfuerzo, ni el trabajo de la lima,
ni la fatiga del rebuscar: todo parece espontáneo y fácil y escrito al correr
de la pluma, sin mengua de la concisión, de la precisión y de la extremada
elegancia. Hasta las rarezas extravagantes y salidas de tono, que a mí me
chocan, pero que acaso agraden en general, están hechas adrede. Todo en el
librito está meditado y criticado por el autor, sin que su crítica previa o
simultánea de la creación perjudique al brío apasionado y a la inspiración
del que crea.
Si se me preguntase qué enseña su libro de usted y de qué trata,
respondería yo sin vacilar: no enseña nada, y trata de nada y de todo. Es
obra de artista, obra de pasatiempo, de mera imaginación. ¿Qué enseña o de
qué trata un dije, un camafeo, un esmalte, una pintura o una linda copa
esculpida?
español, legítimo y de buena ley, y porque si no tiene usted carácter
nacional, posee carácter individual.
En mi sentir hay en usted una poderosa individualidad de escritor, ya
bien marcada, y que, si Dios da a usted la salud que yo le deseo y larga
vida, ha de desenvolverse y señalarse más con el tiempo en obras que sean
gloria de las letras hispanoamericanas.
Leídas las 132 páginas de Azul... lo primero que se nota es que está usted
saturado de toda la más flamante literatura francesa: Hugo, Lamartine,
Musset, Baudelaire, Leconte de Lisle, Gautier, Bourget, Sully-Prouhomme,
Daudet, Zola, Barbey d’Aurevilly, Catulle Mendes, Rollinat, Goncourt,
Flaubert y todos los demás poetas y novelistas han sido por usted bien
estudiados y mejor comprendidos. Y usted no imita a ninguno: ni es usted
romántico, ni naturalista, ni neurótico, ni decadente, ni simbólico, ni
parnasiano. Usted lo ha revuelto todo: lo ha puesto a cocer en el alambique
de su cerebro, y ha sacado de ello una rara quinta esencia.
Resulta de aquí un autor nicaragüense, que jamás salió de Nicaragua
sino para ir a Chile, y que es autor tan a la moda de París y con tanto chic y
distinción, que se adelanta a la moda y pudiera modificarla e imponerla.
En el libro hay Cuentos en prosa y seis composiciones en verso. En los
cuentos y en las poesías todo está cincelado, burilado, hecho para que dure,
con primor y esmero, como pudiera haberlo hecho Flaubert, o el parnasiano
más atildado. Y, sin embargo, no se nota el esfuerzo, ni el trabajo de la lima,
ni la fatiga del rebuscar: todo parece espontáneo y fácil y escrito al correr
de la pluma, sin mengua de la concisión, de la precisión y de la extremada
elegancia. Hasta las rarezas extravagantes y salidas de tono, que a mí me
chocan, pero que acaso agraden en general, están hechas adrede. Todo en el
librito está meditado y criticado por el autor, sin que su crítica previa o
simultánea de la creación perjudique al brío apasionado y a la inspiración
del que crea.
Si se me preguntase qué enseña su libro de usted y de qué trata,
respondería yo sin vacilar: no enseña nada, y trata de nada y de todo. Es
obra de artista, obra de pasatiempo, de mera imaginación. ¿Qué enseña o de
qué trata un dije, un camafeo, un esmalte, una pintura o una linda copa
esculpida?
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Hay, sin embargo, notable diferencia en toda escultura, pintura, dije y
hasta música, y cualquier objeto de arte cuyo material es la palabra. El
mármol, el bronce y el sonido no diré yo que sutilizando mucho no puedan
significar algo de por sí; pero la palabra, no sólo puede significar, sino que
forzosamente significa ideas, sentimientos, creencias, doctrinas y todo el
pensamiento humano. Nada más factible, a mi ver (acaso porque soy poco
agudo), que una bella estatua, un lindo dije, un cuadro primoroso, sin
transcendencia o sin símbolos; pero ¿cómo escribir un cuento o unas coplas
sin que deje ver el autor lo que niega, lo que afirma, lo que piensa y lo que
siente? El pensamiento en todas las artes pasa con la forma desde la mente
del artista a la substancia o materia del arte; pero en el arte de la palabra,
además del pensamiento que pose el arte en la forma, la substancia o
materia del artista es pensamiento también y pensamiento de artista. La
única materia extraña al artista es el Diccionario, con las reglas
gramaticales que siguen las voces en su combinación; pero como ni
palabras ni combinaciones de palabras pueden darse sin sentido, de aquí
que materia y forma sean en poesía y en prosa creación del escritor o del
poeta: sólo quedan fuera de él, digámoslo así, los signos hueros, o sea
abstrayendo lo significado.
De esta suerte se explica cómo, con ser su libro de usted de pasatiempo,
y sin propósito de enseñar nada, en él se ven patentes las tendencias y los
pensamientos del autor sobre las cuestiones más trascendentales. Y justo es
que confesemos que los dichos pensamientos no son ni muy edificantes ni
muy consoladores.
La ciencia de experiencia y de observación ha clasificado cuanto hay, y
ha hecho de ello hábil inventario. La crítica histórica, la lingüística y el
estudio de las capas que forman la corteza del globo han descubierto
bastante de los pasados hechos humanos que antes se ignoraban; de los
astros que brillan en la extensión del éter se sabe muchísimo; el mundo de
lo imperceptiblemente pequeño se nos ha revelado merced al microscopio;
hemos averiguado cuántos ojos tiene tal insecto y cuántas patitas tiene tal
otro: sabemos ya de qué elementos se componen los tejidos orgánicos, la
sangre de los animales y el jugo de las plantas: nos hemos aprovechado de
agentes que antes se substraían al poder humano, como la electricidad; y
gracias a la estadística, llevamos minuciosa cuenta de cuánto se engendra y
de cuánto se devora; y si ya no se sabe, es de esperar que pronto se sepa la
hasta música, y cualquier objeto de arte cuyo material es la palabra. El
mármol, el bronce y el sonido no diré yo que sutilizando mucho no puedan
significar algo de por sí; pero la palabra, no sólo puede significar, sino que
forzosamente significa ideas, sentimientos, creencias, doctrinas y todo el
pensamiento humano. Nada más factible, a mi ver (acaso porque soy poco
agudo), que una bella estatua, un lindo dije, un cuadro primoroso, sin
transcendencia o sin símbolos; pero ¿cómo escribir un cuento o unas coplas
sin que deje ver el autor lo que niega, lo que afirma, lo que piensa y lo que
siente? El pensamiento en todas las artes pasa con la forma desde la mente
del artista a la substancia o materia del arte; pero en el arte de la palabra,
además del pensamiento que pose el arte en la forma, la substancia o
materia del artista es pensamiento también y pensamiento de artista. La
única materia extraña al artista es el Diccionario, con las reglas
gramaticales que siguen las voces en su combinación; pero como ni
palabras ni combinaciones de palabras pueden darse sin sentido, de aquí
que materia y forma sean en poesía y en prosa creación del escritor o del
poeta: sólo quedan fuera de él, digámoslo así, los signos hueros, o sea
abstrayendo lo significado.
De esta suerte se explica cómo, con ser su libro de usted de pasatiempo,
y sin propósito de enseñar nada, en él se ven patentes las tendencias y los
pensamientos del autor sobre las cuestiones más trascendentales. Y justo es
que confesemos que los dichos pensamientos no son ni muy edificantes ni
muy consoladores.
La ciencia de experiencia y de observación ha clasificado cuanto hay, y
ha hecho de ello hábil inventario. La crítica histórica, la lingüística y el
estudio de las capas que forman la corteza del globo han descubierto
bastante de los pasados hechos humanos que antes se ignoraban; de los
astros que brillan en la extensión del éter se sabe muchísimo; el mundo de
lo imperceptiblemente pequeño se nos ha revelado merced al microscopio;
hemos averiguado cuántos ojos tiene tal insecto y cuántas patitas tiene tal
otro: sabemos ya de qué elementos se componen los tejidos orgánicos, la
sangre de los animales y el jugo de las plantas: nos hemos aprovechado de
agentes que antes se substraían al poder humano, como la electricidad; y
gracias a la estadística, llevamos minuciosa cuenta de cuánto se engendra y
de cuánto se devora; y si ya no se sabe, es de esperar que pronto se sepa la
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cifra exacta de los panecillos, del vino y de la carne que se come y se bebe
la humanidad de diario.
No es menester acudir a sabios profundos: cualquier sabio adocenado y
medianejo de nuestra edad conoce hoy, clasifica y ordena los fenómenos
que hieren los sentidos corporales, auxiliados estos sentidos por
instrumentos poderosos que aumentan su capacidad de percepción. Además
se han descubierto, a fuerza de paciencia y de agudeza y por virtud de la
dialéctica y de las matemáticas, gran número de leyes que dichos
fenómenos siguen.
Natural es que el linaje humano se haya ensoberbecido con tamaños
descubrimientos e invenciones; pero, no sólo en torno y fuera de la esfera
de lo conocido y circunscribiéndola, sino también llenándola en lo esencial
y substancial, queda un infinito inexplorado, una densa e impenetrable
obscuridad, que parece más tenebrosa por la misma contraposición de la luz
con que ha bañado la ciencia la pequeña suma de cosas que conoce. Antes,
ya las religiones con sus dogmas, que aceptaba la fe, ya la especulación
metafísica con la gigante máquina de sus brillantes sistemas, encubrían esa
inmensidad incognoscible, o la explicaban y la daban a conocer a su modo.
Hoy priva el empeño de que no haya ni metafísica ni religión. El abismo de
lo incognoscible queda así descubierto y abierto, y nos atrae y nos da
vértigo, y nos comunica el impulso, a veces irresistible, de arrojarnos en él.
La situación, no obstante, no es incómoda para la gente sensata de cierta
ilustración y fuste. Prescinden de lo transcendente y de lo sobrenatural para
no calentarse la cabeza ni perder el tiempo en balde. Esta inclinación les
quita no pocas aprensiones y cierto miedo, aunque a veces les infunde otro
miedo y sobresalto fastidiosos. ¿Cómo contener a la plebe, a los
menesterosos, hambrientos e ignorantes, sin ese freno que ellos han
desechado con tanto placer? Fuera de este miedo que experimentan algunos
sensatos, en todo lo demás no ven sino motivo de satisfacción y parabienes.
Los insensatos, en cambio, no se aquietan con el goce del mundo,
hermoseado por la industria e inventiva humanas, ni con lo que se sabe, ni
con lo que se fabrica, y anhelan averiguar y gozar más.
El conjunto de los seres, el Universo, todo cuanto alcanza a percibir la
vista y el oído, ha sido, como idea, coordinado metódicamente en una
anaquelería o casillero para que se comprenda mejor; pero ni este orden
científico, ni el orden natural, tal como los insensatos le ven, les satisface.
la humanidad de diario.
No es menester acudir a sabios profundos: cualquier sabio adocenado y
medianejo de nuestra edad conoce hoy, clasifica y ordena los fenómenos
que hieren los sentidos corporales, auxiliados estos sentidos por
instrumentos poderosos que aumentan su capacidad de percepción. Además
se han descubierto, a fuerza de paciencia y de agudeza y por virtud de la
dialéctica y de las matemáticas, gran número de leyes que dichos
fenómenos siguen.
Natural es que el linaje humano se haya ensoberbecido con tamaños
descubrimientos e invenciones; pero, no sólo en torno y fuera de la esfera
de lo conocido y circunscribiéndola, sino también llenándola en lo esencial
y substancial, queda un infinito inexplorado, una densa e impenetrable
obscuridad, que parece más tenebrosa por la misma contraposición de la luz
con que ha bañado la ciencia la pequeña suma de cosas que conoce. Antes,
ya las religiones con sus dogmas, que aceptaba la fe, ya la especulación
metafísica con la gigante máquina de sus brillantes sistemas, encubrían esa
inmensidad incognoscible, o la explicaban y la daban a conocer a su modo.
Hoy priva el empeño de que no haya ni metafísica ni religión. El abismo de
lo incognoscible queda así descubierto y abierto, y nos atrae y nos da
vértigo, y nos comunica el impulso, a veces irresistible, de arrojarnos en él.
La situación, no obstante, no es incómoda para la gente sensata de cierta
ilustración y fuste. Prescinden de lo transcendente y de lo sobrenatural para
no calentarse la cabeza ni perder el tiempo en balde. Esta inclinación les
quita no pocas aprensiones y cierto miedo, aunque a veces les infunde otro
miedo y sobresalto fastidiosos. ¿Cómo contener a la plebe, a los
menesterosos, hambrientos e ignorantes, sin ese freno que ellos han
desechado con tanto placer? Fuera de este miedo que experimentan algunos
sensatos, en todo lo demás no ven sino motivo de satisfacción y parabienes.
Los insensatos, en cambio, no se aquietan con el goce del mundo,
hermoseado por la industria e inventiva humanas, ni con lo que se sabe, ni
con lo que se fabrica, y anhelan averiguar y gozar más.
El conjunto de los seres, el Universo, todo cuanto alcanza a percibir la
vista y el oído, ha sido, como idea, coordinado metódicamente en una
anaquelería o casillero para que se comprenda mejor; pero ni este orden
científico, ni el orden natural, tal como los insensatos le ven, les satisface.
Page 11
La molicie y el regalo de la vida moderna los han hecho muy
descontentadizos.
Y así ni del mundo tal como es, ni del mundo tal como lo concebimos, se
forman idea muy aventajada. Se ve en todo faltas, y no se dice lo que dicen
que dijo Dios: Que todo era bueno. La gente se lanza con más frecuencia
que nunca a decir que todo es malo; y en vez de atribuir la obra a un artífice
inteligentísimo y supremo, la supone obra de un puritano inconsciente de
fabricar cosas que hay ab eterno en los átomos, los cuales tampoco se sabe
a punto fijo lo que sean.
Los dos resultados principales de todo ello en la literatura de última
moda son:
1.º Que se suprima a Dios o que no se le miente sino para insolentarse
con él, ya con reniegos y maldiciones, ya con burlas y sarcasmos.
Y 2.º Que en este infinito tenebroso e incognoscible perciba la
imaginación, así como en el éter, nebulosas o semilleros de astros,
fragmentos y escombros de religiones muertas, con los cuales procura
formar algo como ensayo de nuevas creencias y de renovadas mitologías.
Estos dos rasgos van impresos en su librito de usted: El pesimismo,
como remate de toda descripción de lo que conocemos, y la poderosa y
lozana producción de seres fantásticos, evocados o sacados de las tinieblas
de lo incognoscible, donde vagan las ruinas de las destrozadas creencias y
supersticiones vetustas.
Ahora será bien que yo cite muestras y pruebe que hay en su libro de
usted, con notable elegancia, todo lo que afirmo; pero esto requiere segunda
carta.
II
En la cubierta del libro que me ha enviado usted veo que ha publicado
usted ya, o anuncia la publicación de otros varios, cuyos títulos son:
Epístolas y poemas, Rimas, Abrojos, Estudios críticos, Albumes y abanicos,
Mis conocidos y Dos años en Chile. Anuncia también dicha cubierta que
prepara usted una novela, cuyo título nos da en las narices del alma (pues si
hay ojos del alma o tiene el alma ojos, bien puede tener narices) con un
tufillo a pornografía. La novela se titula: La carne.
descontentadizos.
Y así ni del mundo tal como es, ni del mundo tal como lo concebimos, se
forman idea muy aventajada. Se ve en todo faltas, y no se dice lo que dicen
que dijo Dios: Que todo era bueno. La gente se lanza con más frecuencia
que nunca a decir que todo es malo; y en vez de atribuir la obra a un artífice
inteligentísimo y supremo, la supone obra de un puritano inconsciente de
fabricar cosas que hay ab eterno en los átomos, los cuales tampoco se sabe
a punto fijo lo que sean.
Los dos resultados principales de todo ello en la literatura de última
moda son:
1.º Que se suprima a Dios o que no se le miente sino para insolentarse
con él, ya con reniegos y maldiciones, ya con burlas y sarcasmos.
Y 2.º Que en este infinito tenebroso e incognoscible perciba la
imaginación, así como en el éter, nebulosas o semilleros de astros,
fragmentos y escombros de religiones muertas, con los cuales procura
formar algo como ensayo de nuevas creencias y de renovadas mitologías.
Estos dos rasgos van impresos en su librito de usted: El pesimismo,
como remate de toda descripción de lo que conocemos, y la poderosa y
lozana producción de seres fantásticos, evocados o sacados de las tinieblas
de lo incognoscible, donde vagan las ruinas de las destrozadas creencias y
supersticiones vetustas.
Ahora será bien que yo cite muestras y pruebe que hay en su libro de
usted, con notable elegancia, todo lo que afirmo; pero esto requiere segunda
carta.
II
En la cubierta del libro que me ha enviado usted veo que ha publicado
usted ya, o anuncia la publicación de otros varios, cuyos títulos son:
Epístolas y poemas, Rimas, Abrojos, Estudios críticos, Albumes y abanicos,
Mis conocidos y Dos años en Chile. Anuncia también dicha cubierta que
prepara usted una novela, cuyo título nos da en las narices del alma (pues si
hay ojos del alma o tiene el alma ojos, bien puede tener narices) con un
tufillo a pornografía. La novela se titula: La carne.
Page 12
Nada de esto, con todo, me sirve hoy para juzgar a usted, pues yo nada
de esto conozco. Tengo que contraerme al libro Azul.
En este libro no sé qué debo preferir: si la prosa o los versos. Casi me
inclino a ver mérito igual en ambos modos de expresión del pensamiento de
usted. En la prosa hay más riqueza de ideas; pero es más afrancesada la
forma. En los versos la forma es más castiza. Los versos de usted se
parecen a los versos españoles de otros autores, y no por eso dejan de ser
originales; no recuerdan a ningún poeta español, ni antiguo, ni de nuestros
días.
El sentimiento de la Naturaleza raya en usted en adoración panteística.
Hay en las cuatro composiciones a (a o más bien en) las cuatro estaciones
del año, la más gentílica exuberancia de amor sensual, y, en este amor, algo
de religioso.
Cada composición parece un himno sagrado a Eros, himno que, a las
veces, en la mayor explosión de entusiasmo, el pesimismo viene a turbar
con la disonancia, ya de un ay de dolor, ya de una carcajada sarcástica.
Aquel sabor amargo, que brota del centro mismo de todo deleite, y que tan
bien experimentó y expresó el ateo Lucrecio,
...medio de frute leporum
Surgit amari aliquid, quod im ipsis floribus angat
acude a menudo a interrumpir lo que usted llama
«La música triunfante de mis rimas.»
Pero, como en usted hay de todo, noto en los versos, además del ansia
del deleite y además de la amargura de que habla Lucrecio, la sed de lo
eterno, esa aspiración profunda e insaciable de las edades cristianas, que el
poeta pagano quizá no hubiera comprendido.
Usted pide siempre más al hada, y...
de esto conozco. Tengo que contraerme al libro Azul.
En este libro no sé qué debo preferir: si la prosa o los versos. Casi me
inclino a ver mérito igual en ambos modos de expresión del pensamiento de
usted. En la prosa hay más riqueza de ideas; pero es más afrancesada la
forma. En los versos la forma es más castiza. Los versos de usted se
parecen a los versos españoles de otros autores, y no por eso dejan de ser
originales; no recuerdan a ningún poeta español, ni antiguo, ni de nuestros
días.
El sentimiento de la Naturaleza raya en usted en adoración panteística.
Hay en las cuatro composiciones a (a o más bien en) las cuatro estaciones
del año, la más gentílica exuberancia de amor sensual, y, en este amor, algo
de religioso.
Cada composición parece un himno sagrado a Eros, himno que, a las
veces, en la mayor explosión de entusiasmo, el pesimismo viene a turbar
con la disonancia, ya de un ay de dolor, ya de una carcajada sarcástica.
Aquel sabor amargo, que brota del centro mismo de todo deleite, y que tan
bien experimentó y expresó el ateo Lucrecio,
...medio de frute leporum
Surgit amari aliquid, quod im ipsis floribus angat
acude a menudo a interrumpir lo que usted llama
«La música triunfante de mis rimas.»
Pero, como en usted hay de todo, noto en los versos, además del ansia
del deleite y además de la amargura de que habla Lucrecio, la sed de lo
eterno, esa aspiración profunda e insaciable de las edades cristianas, que el
poeta pagano quizá no hubiera comprendido.
Usted pide siempre más al hada, y...
Page 13
«El hada entonces me llevó hasta el velo
que nos cubre las ansias infinitas,
la inspiración profunda
y el alma de las liras.
Y lo rasgó. Y allí todo era aurora.»
Pero aun así, no se satisface el poeta, y pide más al hada.
Tiene usted otra composición, la que lleva por título la palabra griega
Anagke, donde el cántico de amor acaba en un infortunio y en una
blasfemia. Suprimiendo la blasfemia final, que es burla contra Dios, voy a
poner aquí el cántico casi completo.
que nos cubre las ansias infinitas,
la inspiración profunda
y el alma de las liras.
Y lo rasgó. Y allí todo era aurora.»
Pero aun así, no se satisface el poeta, y pide más al hada.
Tiene usted otra composición, la que lleva por título la palabra griega
Anagke, donde el cántico de amor acaba en un infortunio y en una
blasfemia. Suprimiendo la blasfemia final, que es burla contra Dios, voy a
poner aquí el cántico casi completo.
Page 14
«Y dijo la paloma:
—Yo soy feliz. Bajo el inmenso cielo,
en el árbol en flor, junto a la Poma
llena de miel, junto al retoño suave
y húmedo por las gotas de rocío,
tengo mi hogar. Y vuelo
con mis anhelos de ave,
del amado árbol mío
hasta el bosque lejano,
cuando al himno jocundo
del despertar de Oriente,
sale el alba desnuda y muestra al mundo
el pudor de la luz sobre su frente.
Mi ala es blanca y sedosa;
la luz la dora y baña
y céfiro la peina
son mis pies como pétalos de rosa.
Yo soy la dulce reina
que arrulla a su palomo en la montaña.
En el fondo del bosque pintoresco
está el alerce en que formé mi nido;
y tengo allí bajo el follaje fresco
un polluelo sin par, recién nacido.
Soy la promesa alada,
el juramento vivo;
soy quien lleva el recuerdo de la amada
para el enamorado pensativo;
yo soy la mensajera
de los tristes y ardientes soñadores,
que va a revolotear diciendo amores
junto a una perfumada cabellera.
Soy el lirio del viento.
Bajo el azul del hondo firmamento
muestro de mi tesoro bello y rico
las preseas y galas:
el arrullo en el pico,
la caricia en las alas.
—Yo soy feliz. Bajo el inmenso cielo,
en el árbol en flor, junto a la Poma
llena de miel, junto al retoño suave
y húmedo por las gotas de rocío,
tengo mi hogar. Y vuelo
con mis anhelos de ave,
del amado árbol mío
hasta el bosque lejano,
cuando al himno jocundo
del despertar de Oriente,
sale el alba desnuda y muestra al mundo
el pudor de la luz sobre su frente.
Mi ala es blanca y sedosa;
la luz la dora y baña
y céfiro la peina
son mis pies como pétalos de rosa.
Yo soy la dulce reina
que arrulla a su palomo en la montaña.
En el fondo del bosque pintoresco
está el alerce en que formé mi nido;
y tengo allí bajo el follaje fresco
un polluelo sin par, recién nacido.
Soy la promesa alada,
el juramento vivo;
soy quien lleva el recuerdo de la amada
para el enamorado pensativo;
yo soy la mensajera
de los tristes y ardientes soñadores,
que va a revolotear diciendo amores
junto a una perfumada cabellera.
Soy el lirio del viento.
Bajo el azul del hondo firmamento
muestro de mi tesoro bello y rico
las preseas y galas:
el arrullo en el pico,
la caricia en las alas.
Page 15
la caricia en las alas.
Yo despierto a los pájaros parleros
y entonan sus melódicos cantares;
me poso en los floridos limoneros
y derramo una lluvia de azahares.
Yo soy toda inocente, toda pura.
Yo me esponjo en las alas del deseo.
Y me estremezco en la íntima ternura
de un roce, de un rumor, de un aleteo.
¡Oh inmenso azul! Yo te amo. Porque a Flora
das la lluvia y el sol siempre encendido:
porque siendo el palacio de la aurora,
también eres el techo de mi nido.
¡Oh inmenso azul! Yo adoro
tus celajes risueños,
y esa niebla sutil de polvo de oro
donde van los perfumes y los sueños.
Amo los velos, tenues, vagarosos,
de las flotantes brumas,
donde tiendo a los aires cariñosos
el sedeño abanico de mis plumas.
¡Soy feliz! Porque es mía la floresta
donde el misterio de los aires se halla;
porque el alba es mi fiesta
y el amor mi ejercicio y mi batalla.
Feliz, porque de dulces ansias llena,
calentar mis polluelos es mi orgullo;
porque en las selvas vírgenes resuena
la música celeste de mi arrullo;
porque no hay una rosa que no me ame,
ni pájaro gentil que no me escuche,
ni garrido cantor que no me llame!
—¿Sí?—dijo entonces un gavilán infame,
y con furor se la metió en el buche.»
Suprimo, como dije ya, los versos que siguen y que no pasan de ocho,
donde se habla de la risa que le dió a Satanás de resultas del lance y de lo
pensativo que se quedó el Señor en su trono.
Yo despierto a los pájaros parleros
y entonan sus melódicos cantares;
me poso en los floridos limoneros
y derramo una lluvia de azahares.
Yo soy toda inocente, toda pura.
Yo me esponjo en las alas del deseo.
Y me estremezco en la íntima ternura
de un roce, de un rumor, de un aleteo.
¡Oh inmenso azul! Yo te amo. Porque a Flora
das la lluvia y el sol siempre encendido:
porque siendo el palacio de la aurora,
también eres el techo de mi nido.
¡Oh inmenso azul! Yo adoro
tus celajes risueños,
y esa niebla sutil de polvo de oro
donde van los perfumes y los sueños.
Amo los velos, tenues, vagarosos,
de las flotantes brumas,
donde tiendo a los aires cariñosos
el sedeño abanico de mis plumas.
¡Soy feliz! Porque es mía la floresta
donde el misterio de los aires se halla;
porque el alba es mi fiesta
y el amor mi ejercicio y mi batalla.
Feliz, porque de dulces ansias llena,
calentar mis polluelos es mi orgullo;
porque en las selvas vírgenes resuena
la música celeste de mi arrullo;
porque no hay una rosa que no me ame,
ni pájaro gentil que no me escuche,
ni garrido cantor que no me llame!
—¿Sí?—dijo entonces un gavilán infame,
y con furor se la metió en el buche.»
Suprimo, como dije ya, los versos que siguen y que no pasan de ocho,
donde se habla de la risa que le dió a Satanás de resultas del lance y de lo
pensativo que se quedó el Señor en su trono.
Page 16
Entre las cuatro composiciones en las estaciones del año, todas bellas y
raras, sobresale la del verano. Es un cuadro simbólico de los dos polos
sobre los que rueda el eje de la vida: el amor y la lucha; el prurito de
destrucción y el de reproducción. La tigre virgen en celo está
magistralmente pintada, y mejor aún acaso el tigre galán y robusto que llega
y la enamora.
raras, sobresale la del verano. Es un cuadro simbólico de los dos polos
sobre los que rueda el eje de la vida: el amor y la lucha; el prurito de
destrucción y el de reproducción. La tigre virgen en celo está
magistralmente pintada, y mejor aún acaso el tigre galán y robusto que llega
y la enamora.
Page 17
«Al caminar se veía
su cuerpo ondear con garbo y bizarría.
Se miraban los músculos hinchados
debajo de la piel. Y se diría
ser aquella alimaña
un rudo gladiador de la montaña.
Los pelos erizados
del labio relamía. Cuando andaba
con su peso chafaba
la yerva verde y muelle,
y el ruido de su aliento semejaba
el resollar de un fuelle.»
Síguense la declaración de amor, el sí en lenguaje de tigres, y los
primeros halagos y caricias. Después... el amor en su plenitud, sin los poco
decentes pormenores en que entran Rollinat y otros en casos semejantes.
«Después el misterioso
tacto, las impulsivas
fuerzas que arrastran con poder pasmoso,
y ¡oh gran Pan! el idilio monstruoso
bajo las vastas selvas primitivas.»
El príncipe de Gales, que andaba de caza por allí con gran séquito de
monteros y jauría de perros, viene a poner trágico fin al idilio.
El príncipe mata a la tigre de un escopetazo. El tigre se salva, y luego en
su gruta tiene un extraño sueño:
su cuerpo ondear con garbo y bizarría.
Se miraban los músculos hinchados
debajo de la piel. Y se diría
ser aquella alimaña
un rudo gladiador de la montaña.
Los pelos erizados
del labio relamía. Cuando andaba
con su peso chafaba
la yerva verde y muelle,
y el ruido de su aliento semejaba
el resollar de un fuelle.»
Síguense la declaración de amor, el sí en lenguaje de tigres, y los
primeros halagos y caricias. Después... el amor en su plenitud, sin los poco
decentes pormenores en que entran Rollinat y otros en casos semejantes.
«Después el misterioso
tacto, las impulsivas
fuerzas que arrastran con poder pasmoso,
y ¡oh gran Pan! el idilio monstruoso
bajo las vastas selvas primitivas.»
El príncipe de Gales, que andaba de caza por allí con gran séquito de
monteros y jauría de perros, viene a poner trágico fin al idilio.
El príncipe mata a la tigre de un escopetazo. El tigre se salva, y luego en
su gruta tiene un extraño sueño:
Page 18
«Que enterraba las garras y los dientes
en vientres sonrosados
y pechos de mujer; y que engullía
por postres delicados
de comidas y cenas,
como tigre goloso entre golosos,
unas cuantas docenas
de niños tiernos, rubios y sabrosos.»
No parece sino que, en sentir del poeta, tendría menos culpa el tigre,
aunque fuese ser responsable, devorando mujeres y niños, que el príncipe
matando tigres. El afecto del poeta se extiende casi por igual sobre tigres y
sobre príncipes, a quienes un determinismo fatal mueve a matarse
recíprocamente, como el ratón y el gato de la fábula de Alvarez.
Los cuentos en prosa son más singulares aún. Parecen escritos en París,
y no en Nicaragua ni en Chile. Todos son brevísimos. Usted hace gala de
laconismo. La Ninfa es quizá el que más me gusta. La cena en la quinta de
la cortesana está bien descrita. El discurso del sabio prepara el ánimo del
lector. Los límites, que tal vez no existan, pero que todos imaginamos,
trazamos y ponemos entre lo natural y sobrenatural, se esfuman y
desaparecen. San Antonio vió en el yermo un hipocentauro y un sátiro.
Alberto Magno habla también de sátiros que hubo en su tiempo. ¿Por qué
ha de ser esto falso? ¿Por qué no ha de haber sátiros, faunos y ninfas? La
cortesana anhela ver un sátiro vivo; el poeta, una ninfa. La aparición de la
ninfa desnuda al poeta, en el parque de la quinta, a la mañana siguiente, en
la umbría apartada y silenciosa, entre los blancos cisnes del estanque, está
pintada con tal arte que parece verdad.
La ninfa huye y queda burlado el poeta; pero en el almuerzo, dice luego
la cortesana:
«—El poeta ha visto ninfas.»
«Todos la contemplaron asombrados, y ella me miraba como una gata, y
se reía, se reía como una chicuela a quien se le hiciesen cosquillas.»
El velo de la reina Mab es precioso. Empieza así:
en vientres sonrosados
y pechos de mujer; y que engullía
por postres delicados
de comidas y cenas,
como tigre goloso entre golosos,
unas cuantas docenas
de niños tiernos, rubios y sabrosos.»
No parece sino que, en sentir del poeta, tendría menos culpa el tigre,
aunque fuese ser responsable, devorando mujeres y niños, que el príncipe
matando tigres. El afecto del poeta se extiende casi por igual sobre tigres y
sobre príncipes, a quienes un determinismo fatal mueve a matarse
recíprocamente, como el ratón y el gato de la fábula de Alvarez.
Los cuentos en prosa son más singulares aún. Parecen escritos en París,
y no en Nicaragua ni en Chile. Todos son brevísimos. Usted hace gala de
laconismo. La Ninfa es quizá el que más me gusta. La cena en la quinta de
la cortesana está bien descrita. El discurso del sabio prepara el ánimo del
lector. Los límites, que tal vez no existan, pero que todos imaginamos,
trazamos y ponemos entre lo natural y sobrenatural, se esfuman y
desaparecen. San Antonio vió en el yermo un hipocentauro y un sátiro.
Alberto Magno habla también de sátiros que hubo en su tiempo. ¿Por qué
ha de ser esto falso? ¿Por qué no ha de haber sátiros, faunos y ninfas? La
cortesana anhela ver un sátiro vivo; el poeta, una ninfa. La aparición de la
ninfa desnuda al poeta, en el parque de la quinta, a la mañana siguiente, en
la umbría apartada y silenciosa, entre los blancos cisnes del estanque, está
pintada con tal arte que parece verdad.
La ninfa huye y queda burlado el poeta; pero en el almuerzo, dice luego
la cortesana:
«—El poeta ha visto ninfas.»
«Todos la contemplaron asombrados, y ella me miraba como una gata, y
se reía, se reía como una chicuela a quien se le hiciesen cosquillas.»
El velo de la reina Mab es precioso. Empieza así:
Page 19
«La reina Mab, en su carro hecho de una sola perla tirado por cuatro
coleópteros de petos dorados y alas de pedrería, caminando sobre un rayo
de sol, se coló un día por la ventana de una boardilla, donde estaban cuatro
hombres flacos, barbudos e impertinentes, lamentándose como unos
desdichados.»
Eran un pintor, un escultor, un músico y un poeta. Cada cual hace su
lastimoso discurso, exponiendo aspiraciones y desengaños. Todos terminan
en la desesperación.
«Entonces la reina Mab, del fondo de su carro, hecho de una sola perla,
tomó un velo azul, casi impalpable, como formado de suspiros o miradas de
ángeles rubios y pensativos. Y aquel velo era el velo de los sueños, de los
dulces sueños que hacen ver la vida de color de rosa. Y con él envolvió a
los cuatro hombres flacos, barbudos e impertinentes. Los cuales cesaron de
estar tristes, porque penetró en ellos la esperanza, y en su cabeza el sol
alegre, con el diablillo de la vanidad, que consuela en sus profundas
decepciones a los pobres artistas.»
Hay en el libro otros varios cuentos, delicados y graciosos, donde se
notan las mismas calidades. Todos estos cuentos parecen escritos en París.
Voy a terminar hablando de los más transcendentales: El rubí y la
canción del oro. El químico Fremy ha descubierto, o se jacta de haber
descubierto, la manera de hacer rubíes. Uno de los gnomos roba uno de esos
rubíes artificiales del medallón que pende del cuello de cierta cortesana, y le
lleva a la extensa y profunda caverna donde los gnomos se reúnen en
conciliábulo. Las fuerzas vivas y creadoras de la Naturaleza, la infatigable
inexhausta fecundidad del alma tierra, están simbolizadas en aquellos
activos y poderosos enanillos que se burlan del sabio y demuestran la
falsedad de su obra. «La piedra es falsa, dicen todos: obra de hombre, o de
sabio, que es peor.»
Luego cuenta el gnomo más viejo la creación del verdadero primer rubí.
Es un hermoso mito, que redunda en alabanza de Amor y de la madre
Tierra, «de cuyo vientre moreno brota la savia de los troncos robustos, y el
oro y el agua diamantina y la casta flor de lis: lo puro, lo fuerte, lo
infalsificable. Y los gnomos tejen una danza frenética y celebran una orgía
sagrada, ensalzando a la mujer, de quien suelen enamorarse, porque es
espíritu de carne: toda amor.»
coleópteros de petos dorados y alas de pedrería, caminando sobre un rayo
de sol, se coló un día por la ventana de una boardilla, donde estaban cuatro
hombres flacos, barbudos e impertinentes, lamentándose como unos
desdichados.»
Eran un pintor, un escultor, un músico y un poeta. Cada cual hace su
lastimoso discurso, exponiendo aspiraciones y desengaños. Todos terminan
en la desesperación.
«Entonces la reina Mab, del fondo de su carro, hecho de una sola perla,
tomó un velo azul, casi impalpable, como formado de suspiros o miradas de
ángeles rubios y pensativos. Y aquel velo era el velo de los sueños, de los
dulces sueños que hacen ver la vida de color de rosa. Y con él envolvió a
los cuatro hombres flacos, barbudos e impertinentes. Los cuales cesaron de
estar tristes, porque penetró en ellos la esperanza, y en su cabeza el sol
alegre, con el diablillo de la vanidad, que consuela en sus profundas
decepciones a los pobres artistas.»
Hay en el libro otros varios cuentos, delicados y graciosos, donde se
notan las mismas calidades. Todos estos cuentos parecen escritos en París.
Voy a terminar hablando de los más transcendentales: El rubí y la
canción del oro. El químico Fremy ha descubierto, o se jacta de haber
descubierto, la manera de hacer rubíes. Uno de los gnomos roba uno de esos
rubíes artificiales del medallón que pende del cuello de cierta cortesana, y le
lleva a la extensa y profunda caverna donde los gnomos se reúnen en
conciliábulo. Las fuerzas vivas y creadoras de la Naturaleza, la infatigable
inexhausta fecundidad del alma tierra, están simbolizadas en aquellos
activos y poderosos enanillos que se burlan del sabio y demuestran la
falsedad de su obra. «La piedra es falsa, dicen todos: obra de hombre, o de
sabio, que es peor.»
Luego cuenta el gnomo más viejo la creación del verdadero primer rubí.
Es un hermoso mito, que redunda en alabanza de Amor y de la madre
Tierra, «de cuyo vientre moreno brota la savia de los troncos robustos, y el
oro y el agua diamantina y la casta flor de lis: lo puro, lo fuerte, lo
infalsificable. Y los gnomos tejen una danza frenética y celebran una orgía
sagrada, ensalzando a la mujer, de quien suelen enamorarse, porque es
espíritu de carne: toda amor.»
Page 20
La canción del oro, sería el mejor de los cuentos de usted si fuera
cuento, y sería el más elocuente de todos si no emplease en él demasiado
una ficelle, de que se usa y de que se abusa muchísimo en el día.
En la calle de los palacios, donde todo es esplendor y opulencia, donde
se ven llegar a sus moradas, de vuelta de festines y bailes, a las hermosas
mujeres y a los hombres ricos, hay un mendigo extraño, hambriento,
tiritando de frío, mal cubierto de harapos. Este mendigo tira un mordisco a
un pequeño mendrugo de pan bazo: se inspira y canta la canción del oro.
Todo el sarcasmo, todo el furor, toda la codicia, todo el amor desdeñado,
todos los amargos celos, toda la envidia que el oro engendra en los
corazones de los hambrientos, de los menesterosos y de los descamisados y
perdidos, están expresados en aquel himno en prosa.
Por esto afirmo que sería admirable la canción del oro si se viese menos
la ficelle: el método o traza de la composición, que tanto siguen ahora los
prosistas, los poetas y los oradores.
El método es crear algo por superposición o aglutinación, y no por
organismo.
El símil es la base de este método. Sencillo es no mentar nada sin símil;
todo es como algo. Luego se ha visto que salen de esta manera muchísimos
comos, y en vez de los comos se han empleado los eses y las esas. Ejemplo:
la tierra: esa madre fecunda de todos los vivientes; el aire, ese manto azul
que envuelve el seno de la tierra, y cuyos flecos son las nubes; el cielo, ese
campo sin límites por donde giran las estrellas, etcétera. De este modo es
fácil llenar mucho papel. A veces los eses y las esas se suprimen, aunque es
menos enfático y menos francés, y sólo se dice el pájaro, flor del aire; la
luna, lámpara nocturna, hostia que se eleva en el templo del espacio, etc.
Y por último, para dar al discurso más animación y movimiento, se ha
discurrido hacer enumeración de todo aquello que se semeja en algo al
objeto de que queremos hablar. Y terminada la enumeración, o cansado el
autor de enumerar, pues no hay otra razón para que termine, dice: eso soy
yo; eso es la poesía; eso es la crítica; eso es la mujer, etc. Puede también el
autor, para prestar mayor variedad y complicación a su obra, decir lo que no
es el objeto que describe antes de decir lo que es. Y puede decir lo que no es
como quien pregunta. Fórmula: ¿Será esto, será aquello, será lo de más
allá? No; no es nada de eso. Luego... la retahila de cosas que se ocurran. Y
por remate: eso es.
cuento, y sería el más elocuente de todos si no emplease en él demasiado
una ficelle, de que se usa y de que se abusa muchísimo en el día.
En la calle de los palacios, donde todo es esplendor y opulencia, donde
se ven llegar a sus moradas, de vuelta de festines y bailes, a las hermosas
mujeres y a los hombres ricos, hay un mendigo extraño, hambriento,
tiritando de frío, mal cubierto de harapos. Este mendigo tira un mordisco a
un pequeño mendrugo de pan bazo: se inspira y canta la canción del oro.
Todo el sarcasmo, todo el furor, toda la codicia, todo el amor desdeñado,
todos los amargos celos, toda la envidia que el oro engendra en los
corazones de los hambrientos, de los menesterosos y de los descamisados y
perdidos, están expresados en aquel himno en prosa.
Por esto afirmo que sería admirable la canción del oro si se viese menos
la ficelle: el método o traza de la composición, que tanto siguen ahora los
prosistas, los poetas y los oradores.
El método es crear algo por superposición o aglutinación, y no por
organismo.
El símil es la base de este método. Sencillo es no mentar nada sin símil;
todo es como algo. Luego se ha visto que salen de esta manera muchísimos
comos, y en vez de los comos se han empleado los eses y las esas. Ejemplo:
la tierra: esa madre fecunda de todos los vivientes; el aire, ese manto azul
que envuelve el seno de la tierra, y cuyos flecos son las nubes; el cielo, ese
campo sin límites por donde giran las estrellas, etcétera. De este modo es
fácil llenar mucho papel. A veces los eses y las esas se suprimen, aunque es
menos enfático y menos francés, y sólo se dice el pájaro, flor del aire; la
luna, lámpara nocturna, hostia que se eleva en el templo del espacio, etc.
Y por último, para dar al discurso más animación y movimiento, se ha
discurrido hacer enumeración de todo aquello que se semeja en algo al
objeto de que queremos hablar. Y terminada la enumeración, o cansado el
autor de enumerar, pues no hay otra razón para que termine, dice: eso soy
yo; eso es la poesía; eso es la crítica; eso es la mujer, etc. Puede también el
autor, para prestar mayor variedad y complicación a su obra, decir lo que no
es el objeto que describe antes de decir lo que es. Y puede decir lo que no es
como quien pregunta. Fórmula: ¿Será esto, será aquello, será lo de más
allá? No; no es nada de eso. Luego... la retahila de cosas que se ocurran. Y
por remate: eso es.
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Este género de retórica es natural, y todos la empleamos. No se critica
aquí el uso, sino el abuso. En el abuso hay algo parecido al juego infantil de
apurar una letra. «Ha venido un barco cargado de...» Y se va diciendo (si, v.
gr., la letra es b) de baños, de buzos, de bolos, de berros, de bromas.
Las composiciones escritas según este método retórico tienen la ventaja
de que se pueden acortar y alargar ad libitum, y de que se pueden leer al
revés lo mismo que al derecho, sin que a penas varíe el sentido.
En mis peregrinaciones por países extranjeros, y harto lejos de aquí,
conocí yo y traté a una señora muy entendida, cuyo marido era poeta; y ella
había descubierto en los versos de su marido que todos se leían y hacían
sentido empezando por el último verso y acabando por el primero. Querían
decir algunos maldicientes que ella había hecho el descubrimiento para
burlarse de los versos de la cosecha de casa; pero yo siempre tuve por
seguro que ella, cegada por el amor conyugal, ponía en este sentido
indestructible, léanse las composiciones como quiera que se lean, un primor
raro que realzaba el mérito de ellas.
Me ha corroborado en esta opinión un reciente escrito de don Adolfo de
Castro, quien descubre y aplaude en algunos versos de Santa Teresa, casi
como don celeste o gracia divina, esa prenda de que se lean al revés y al
derecho, resultando idéntico sentido.
La verdad del caso, considerado y ponderado todo con imparcial
circunspección, es que tal modo retórico es ridículo cuando se toma por
muletilla, o sirve de pauta para escribir; pero si es espontáneo, está muy
bien: es el lenguaje propio de la pasión.
Figurémonos a una madre, joven, linda y apasionada, con un niño rubito
y gordito y sonrosado, de dos años, que está en sus brazos. Mientras ella le
brinca y él le sonríe, ella le dirá natural y sencillamente interminable lista
de nombres, de objetos, algunos de ellos disparatados. Le llamará ángel,
diablillo, mono, gatito, chuchumeco, corazón, alma, vida, hechizo, regalo,
rey, príncipe y mil cosas más. Y todo estará bien, y nos parecerá encantador,
sea el que sea el orden en que se ponga. Pues lo mismo puede ser toda
composición, en prosa o en verso, por el estilo con tal que no sea buscado ni
frecuente este modo de componer.
El modelo más egregio del género, el ejemplar arquetipo, es la letanía.
La virgen es puerta del cielo, estrella de la mañana, torre de David, arca de
aquí el uso, sino el abuso. En el abuso hay algo parecido al juego infantil de
apurar una letra. «Ha venido un barco cargado de...» Y se va diciendo (si, v.
gr., la letra es b) de baños, de buzos, de bolos, de berros, de bromas.
Las composiciones escritas según este método retórico tienen la ventaja
de que se pueden acortar y alargar ad libitum, y de que se pueden leer al
revés lo mismo que al derecho, sin que a penas varíe el sentido.
En mis peregrinaciones por países extranjeros, y harto lejos de aquí,
conocí yo y traté a una señora muy entendida, cuyo marido era poeta; y ella
había descubierto en los versos de su marido que todos se leían y hacían
sentido empezando por el último verso y acabando por el primero. Querían
decir algunos maldicientes que ella había hecho el descubrimiento para
burlarse de los versos de la cosecha de casa; pero yo siempre tuve por
seguro que ella, cegada por el amor conyugal, ponía en este sentido
indestructible, léanse las composiciones como quiera que se lean, un primor
raro que realzaba el mérito de ellas.
Me ha corroborado en esta opinión un reciente escrito de don Adolfo de
Castro, quien descubre y aplaude en algunos versos de Santa Teresa, casi
como don celeste o gracia divina, esa prenda de que se lean al revés y al
derecho, resultando idéntico sentido.
La verdad del caso, considerado y ponderado todo con imparcial
circunspección, es que tal modo retórico es ridículo cuando se toma por
muletilla, o sirve de pauta para escribir; pero si es espontáneo, está muy
bien: es el lenguaje propio de la pasión.
Figurémonos a una madre, joven, linda y apasionada, con un niño rubito
y gordito y sonrosado, de dos años, que está en sus brazos. Mientras ella le
brinca y él le sonríe, ella le dirá natural y sencillamente interminable lista
de nombres, de objetos, algunos de ellos disparatados. Le llamará ángel,
diablillo, mono, gatito, chuchumeco, corazón, alma, vida, hechizo, regalo,
rey, príncipe y mil cosas más. Y todo estará bien, y nos parecerá encantador,
sea el que sea el orden en que se ponga. Pues lo mismo puede ser toda
composición, en prosa o en verso, por el estilo con tal que no sea buscado ni
frecuente este modo de componer.
El modelo más egregio del género, el ejemplar arquetipo, es la letanía.
La virgen es puerta del cielo, estrella de la mañana, torre de David, arca de
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la alianza, casa de oro, y mil cosas más en el orden que se nos antoje
decirlas.
La canción del oro es así: es una letanía, sólo que es infernal en vez de
ser célica. Es por el gusto de la letanía que Baudelaire compuso al demonio;
pero, conviniendo ya en que La canción del oro es letanía, y letanía
infernal, yo me complazco en sostener que es de las más poéticas, ricas y
enérgicas que he leído. Aquello es un diluvio de imágenes, un desfilar
tumultuoso de cuanto hay, para que encomie el oro y predique sus
excelencias.
Citar algo es destruir el efecto que está en la abundancia de cosas que en
desorden se citan y acuden a cantar el oro, «misterioso y callado en las
entrañas de la tierra, y bullicioso cuando brota a pleno sol y a toda vida;
sonante como coro de tímpanos, feto de astros, residuo de luz, encarnación
de éter; hecho de sol, se enamora de la noche, y, al darle el último beso,
riega su túnica con estrellas como con gran muchedumbre de libras
esterlinas. Despreciado por Jerónimo, arrojado por Antonio, vilipendiado
por Macario, humillado por Hilarión, es carne de ídolo, dios becerro, tela de
que Fidias hace el traje de Minerva. De él son las cuerdas de la lira, las
cabelleras de las más tiernas amadas, los granos de la espiga, y el peplo que
al levantarse viste la olímpica aurora.»
Me había propuesto no citar nada, y he citado algo, aunque poco. La
composición es una letanía inorgánica, y, sin embargo, ni la ironía, ni el
amor y el odio, ni el deseo y el desprecio simultáneos que el oro inspira al
poeta en la inopia (achaque crónico y epidémico de los poetas), resaltan
bien sino de la plenitud de cosas que dice del oro, y que se suprimen aquí
por amor a la brevedad.
En resolución, su librito de usted, titulado Azul... nos revela en usted a
un prosista y a un poeta de talento.
Con el galicismo mental de usted no he sido sólo indulgente, sino que le
he aplaudido por lo perfecto. Con todo, yo aplaudiría muchísimo más, si
con esa ilustración francesa que en usted hay, se combinasen la inglesa, la
alemana, la italiana, y ¿por qué no la española también? Al cabo el árbol de
nuestra ciencia no ha envejecido tanto que aun no pueda prestar jugo, ni sus
ramas son tan cortas ni están tan secas que no puedan retoñar como
mugrones del otro lado del Atlántico. De todos modos, con la superior
riqueza y con la mayor variedad de elementos, saldría de su cerebro de
decirlas.
La canción del oro es así: es una letanía, sólo que es infernal en vez de
ser célica. Es por el gusto de la letanía que Baudelaire compuso al demonio;
pero, conviniendo ya en que La canción del oro es letanía, y letanía
infernal, yo me complazco en sostener que es de las más poéticas, ricas y
enérgicas que he leído. Aquello es un diluvio de imágenes, un desfilar
tumultuoso de cuanto hay, para que encomie el oro y predique sus
excelencias.
Citar algo es destruir el efecto que está en la abundancia de cosas que en
desorden se citan y acuden a cantar el oro, «misterioso y callado en las
entrañas de la tierra, y bullicioso cuando brota a pleno sol y a toda vida;
sonante como coro de tímpanos, feto de astros, residuo de luz, encarnación
de éter; hecho de sol, se enamora de la noche, y, al darle el último beso,
riega su túnica con estrellas como con gran muchedumbre de libras
esterlinas. Despreciado por Jerónimo, arrojado por Antonio, vilipendiado
por Macario, humillado por Hilarión, es carne de ídolo, dios becerro, tela de
que Fidias hace el traje de Minerva. De él son las cuerdas de la lira, las
cabelleras de las más tiernas amadas, los granos de la espiga, y el peplo que
al levantarse viste la olímpica aurora.»
Me había propuesto no citar nada, y he citado algo, aunque poco. La
composición es una letanía inorgánica, y, sin embargo, ni la ironía, ni el
amor y el odio, ni el deseo y el desprecio simultáneos que el oro inspira al
poeta en la inopia (achaque crónico y epidémico de los poetas), resaltan
bien sino de la plenitud de cosas que dice del oro, y que se suprimen aquí
por amor a la brevedad.
En resolución, su librito de usted, titulado Azul... nos revela en usted a
un prosista y a un poeta de talento.
Con el galicismo mental de usted no he sido sólo indulgente, sino que le
he aplaudido por lo perfecto. Con todo, yo aplaudiría muchísimo más, si
con esa ilustración francesa que en usted hay, se combinasen la inglesa, la
alemana, la italiana, y ¿por qué no la española también? Al cabo el árbol de
nuestra ciencia no ha envejecido tanto que aun no pueda prestar jugo, ni sus
ramas son tan cortas ni están tan secas que no puedan retoñar como
mugrones del otro lado del Atlántico. De todos modos, con la superior
riqueza y con la mayor variedad de elementos, saldría de su cerebro de
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usted algo menos exclusivo y con más altos, puros y serenos ideales: algo
más azul que el azul de su libro de usted; algo que tirase menos a lo verde y
a lo negro. Y por cima de todo, se mostrarían más claras y más marcadas la
originalidad de usted y su individualidad de escritor.
Juan Valera
(De la Real Academia Española).
y se quedó muerto, pensando en
que nacería el sol del día venidero,
y con él el ideal...
más azul que el azul de su libro de usted; algo que tirase menos a lo verde y
a lo negro. Y por cima de todo, se mostrarían más claras y más marcadas la
originalidad de usted y su individualidad de escritor.
Juan Valera
(De la Real Academia Española).
y se quedó muerto, pensando en
que nacería el sol del día venidero,
y con él el ideal...
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EL REY BURGUÉS
(CANTO ALEGRE)
MIGO! el cielo está opaco, el aire frío, el día triste. Un cuento
alegre.., así como para distraer las hermosas y grises melancolías,
helo aquí:
* * *
Había en una ciudad inmensa y brillante un rey muy poderoso, que tenía
trajes caprichosos y ricos, esclavas desnudas, blancas y negras, caballos de
largas crines, armas flamantísimas, galgos rápidos y monteros con cuernos
de bronce, que llenaban el viento con sus fanfarrias. ¿Era un rey poeta? No,
amigo mío: era el Rey Burgués.
* * *
Era muy aficionado a las artes el soberano, y favorecía con gran largueza
a sus músicos, a sus hacedores de ditirambos, pintores, escultores,
boticarios, barberos y maestros de esgrima.
Cuando iba a la floresta, junto al corzo o jabalí herido y sangriento, hacía
improvisar a sus profesores de retórica canciones alusivas; los criados
llenaban las copas de vino de oro que hierve, y las mujeres batían palmas
con movimientos rítmicos y gallardos. Era un rey sol, en su Babilonia llena
de músicas, de carcajadas y de ruido de festín. Cuando se hastiaba de la
ciudad bullente, iba de caza atronando el bosque con sus tropeles; y hacía
salir de sus nidos a las aves asustadas, y el vocerío repercutía en lo más
escondido de las cavernas. Los perros de patas elásticas iban rompiendo la
maleza en la carrera, y los cazadores, inclinados sobre el pescuezo de los
caballos, hacían ondear los mantos purpúreos y llevaban las caras
encendidas y las cabelleras al viento.
* * *
El rey tenía un palacio soberbio donde había acumulado riquezas y
objetos de arte maravillosos. Llegaba a él por entre grupos de lilas y
extensos estanques, siendo saludado por los cisnes de cuellos blancos, antes
que por los lacayos estirados. Buen gusto. Subía por una escalera llena de
columnas de alabastro y de esmaragdina, que tenía a los lados leones de
(CANTO ALEGRE)
MIGO! el cielo está opaco, el aire frío, el día triste. Un cuento
alegre.., así como para distraer las hermosas y grises melancolías,
helo aquí:
* * *
Había en una ciudad inmensa y brillante un rey muy poderoso, que tenía
trajes caprichosos y ricos, esclavas desnudas, blancas y negras, caballos de
largas crines, armas flamantísimas, galgos rápidos y monteros con cuernos
de bronce, que llenaban el viento con sus fanfarrias. ¿Era un rey poeta? No,
amigo mío: era el Rey Burgués.
* * *
Era muy aficionado a las artes el soberano, y favorecía con gran largueza
a sus músicos, a sus hacedores de ditirambos, pintores, escultores,
boticarios, barberos y maestros de esgrima.
Cuando iba a la floresta, junto al corzo o jabalí herido y sangriento, hacía
improvisar a sus profesores de retórica canciones alusivas; los criados
llenaban las copas de vino de oro que hierve, y las mujeres batían palmas
con movimientos rítmicos y gallardos. Era un rey sol, en su Babilonia llena
de músicas, de carcajadas y de ruido de festín. Cuando se hastiaba de la
ciudad bullente, iba de caza atronando el bosque con sus tropeles; y hacía
salir de sus nidos a las aves asustadas, y el vocerío repercutía en lo más
escondido de las cavernas. Los perros de patas elásticas iban rompiendo la
maleza en la carrera, y los cazadores, inclinados sobre el pescuezo de los
caballos, hacían ondear los mantos purpúreos y llevaban las caras
encendidas y las cabelleras al viento.
* * *
El rey tenía un palacio soberbio donde había acumulado riquezas y
objetos de arte maravillosos. Llegaba a él por entre grupos de lilas y
extensos estanques, siendo saludado por los cisnes de cuellos blancos, antes
que por los lacayos estirados. Buen gusto. Subía por una escalera llena de
columnas de alabastro y de esmaragdina, que tenía a los lados leones de
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mármol, como los de los troncos salomónicos. Refinamiento. A más de los
cisnes, tenía una vasta pajarera, como amante de la armonía, del arrullo, del
trino; y cerca de ella iba a ensanchar su espíritu, leyendo novelas de M.
Ohnet, o bellos libros sobre cuestiones gramaticales, o críticas
hermosillescas. Eso sí: defensor acérrimo de la corrección académica en
letras, y del modo lamido en artes; alma sublime amante de la lija y de la
ortografía.
* * *
¡Japonerías! ¡Chinerías! por lujo y nada más.
Bien podía darse el placer de un salón digno del gusto de un Goncourt y
de los millones de un Creso: quimeras de bronce con las fauces abiertas y
las colas enroscadas, en grupos fantásticos y maravillosos; lacas de Kioto
con incrustaciones de hojas y ramas de una flora monstruosa, y animales de
una fauna desconocida; mariposas de raros abanicos junto a las paredes,
peces y gallos de colores; máscaras de gestos infernales y con ojos como si
fuesen vivos; partesanas de hojas antiquísimas y empuñaduras con dragones
devorando flores de loto; y en conchas de huevo, túnicas de seda amarilla,
como tejidas con hilos de araña, sembrada de garzas rojas y de verdes matas
de arroz; y tibores, porcelanas de muchos siglos, de aquellas en que hay
guerreros tártaros con una piel que les cubre hasta los riñones, y que llevan
arcos estirados y manojos de flechas.
Por lo demás, había el salón griego, lleno de mármoles: diosas, musas,
ninfas y sátiros; el salón de los tiempos galantes, con cuadros del gran
Watteau y de Chardin; dos, tres, cuatro, ¡cuántos salones!
Y Mecenas se paseaba por todos, con la cara inundada de cierta
majestad, el vientre feliz y la corona en la cabeza, como un rey de naipe.
* * *
Un día le llevaron una rara especie de hombre ante su trono, donde se
hallaba rodeado de cortesanos, de retóricos y de maestros de equitación y de
baile.
—¿Qué es eso?—preguntó.
—Señor, es un poeta.
El rey tenía cisnes en el estanque, canarios, gorriones, senzontes en la
pajarera: un poeta era algo nuevo y extraño.
—Dejadle aquí.
cisnes, tenía una vasta pajarera, como amante de la armonía, del arrullo, del
trino; y cerca de ella iba a ensanchar su espíritu, leyendo novelas de M.
Ohnet, o bellos libros sobre cuestiones gramaticales, o críticas
hermosillescas. Eso sí: defensor acérrimo de la corrección académica en
letras, y del modo lamido en artes; alma sublime amante de la lija y de la
ortografía.
* * *
¡Japonerías! ¡Chinerías! por lujo y nada más.
Bien podía darse el placer de un salón digno del gusto de un Goncourt y
de los millones de un Creso: quimeras de bronce con las fauces abiertas y
las colas enroscadas, en grupos fantásticos y maravillosos; lacas de Kioto
con incrustaciones de hojas y ramas de una flora monstruosa, y animales de
una fauna desconocida; mariposas de raros abanicos junto a las paredes,
peces y gallos de colores; máscaras de gestos infernales y con ojos como si
fuesen vivos; partesanas de hojas antiquísimas y empuñaduras con dragones
devorando flores de loto; y en conchas de huevo, túnicas de seda amarilla,
como tejidas con hilos de araña, sembrada de garzas rojas y de verdes matas
de arroz; y tibores, porcelanas de muchos siglos, de aquellas en que hay
guerreros tártaros con una piel que les cubre hasta los riñones, y que llevan
arcos estirados y manojos de flechas.
Por lo demás, había el salón griego, lleno de mármoles: diosas, musas,
ninfas y sátiros; el salón de los tiempos galantes, con cuadros del gran
Watteau y de Chardin; dos, tres, cuatro, ¡cuántos salones!
Y Mecenas se paseaba por todos, con la cara inundada de cierta
majestad, el vientre feliz y la corona en la cabeza, como un rey de naipe.
* * *
Un día le llevaron una rara especie de hombre ante su trono, donde se
hallaba rodeado de cortesanos, de retóricos y de maestros de equitación y de
baile.
—¿Qué es eso?—preguntó.
—Señor, es un poeta.
El rey tenía cisnes en el estanque, canarios, gorriones, senzontes en la
pajarera: un poeta era algo nuevo y extraño.
—Dejadle aquí.
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Y el poeta:
—Señor, no he comido.
Y el rey:
—Habla y comerás.
Comenzó:
* * *
Señor, ha tiempo que yo canto el verbo del porvenir. He tendido mis alas
al huracán, he nacido en el tiempo de la aurora: busco la raza escogida que
debe esperar, con el himno en la boca y la lira en la mano, la salida del gran
sol. He abandonado la inspiración de la ciudad malsana, la alcoba llena de
perfumes, la musa de carne que llena el alma de pequeñez y el rostro de
polvos de arroz. He roto el arpa adulona de las cuerdas débiles, contra las
copas de Bohemia y las jarras donde espumea el vino que embriaga sin dar
fortaleza; he arrojado el manto que me hacía parecer histrión, o mujer, y he
vestido de modo salvaje y espléndido: mi harapo es de púrpura. He ido a la
selva donde he quedado vigoroso y ahito de leche fecunda y licor de nueva
vida; y en la ribera del mar áspero, sacudiendo la cabeza bajo la fuerte y
negra tempestad, como un ángel soberbio, o como un semidiós olímpico, he
ensayado el yambo dando al olvido el madrigal.
He acariciado a la gran Naturaleza, y he buscado el calor del ideal, el
verso que está en el astro en el fondo del cielo, y el que está en la perla en
lo profundo del Océano. ¡He querido ser pujante! Porque viene el tiempo de
las grandes revoluciones, con un Mesías todo luz, todo agitación y potencia,
y es preciso recibir su espíritu con el poema que sea arco triunfal, de
estrofas de acero, de estrofas de oro, de estrofas de amor.
¡Señor, el arte no está en los fríos envoltorios de mármol, ni en los
cuadros lamidos, ni en el excelente señor Ohnet! ¡Señor! el arte no viste
pantalones, ni habla en burgués, ni pone los puntos en todas las íes. Él es
augusto, tiene mantos de oro, o de llamas, o anda desnudo, y amasa la greda
con fiebre, y pinta con luz, y es opulento, y da golpes de ala como las
águilas o zarpazos como los leones. Señor, entre un Apolo y un ganso,
preferid el Apolo, aunque el uno sea de tierra cocida y el otro de marfil.
¡Oh, la poesía!
¡Y bien! Los ritmos se prostituyen, se cantan los lunares de las mujeres y
se fabrican jarabes poéticos. Además, señor, el zapatero critica mis
—Señor, no he comido.
Y el rey:
—Habla y comerás.
Comenzó:
* * *
Señor, ha tiempo que yo canto el verbo del porvenir. He tendido mis alas
al huracán, he nacido en el tiempo de la aurora: busco la raza escogida que
debe esperar, con el himno en la boca y la lira en la mano, la salida del gran
sol. He abandonado la inspiración de la ciudad malsana, la alcoba llena de
perfumes, la musa de carne que llena el alma de pequeñez y el rostro de
polvos de arroz. He roto el arpa adulona de las cuerdas débiles, contra las
copas de Bohemia y las jarras donde espumea el vino que embriaga sin dar
fortaleza; he arrojado el manto que me hacía parecer histrión, o mujer, y he
vestido de modo salvaje y espléndido: mi harapo es de púrpura. He ido a la
selva donde he quedado vigoroso y ahito de leche fecunda y licor de nueva
vida; y en la ribera del mar áspero, sacudiendo la cabeza bajo la fuerte y
negra tempestad, como un ángel soberbio, o como un semidiós olímpico, he
ensayado el yambo dando al olvido el madrigal.
He acariciado a la gran Naturaleza, y he buscado el calor del ideal, el
verso que está en el astro en el fondo del cielo, y el que está en la perla en
lo profundo del Océano. ¡He querido ser pujante! Porque viene el tiempo de
las grandes revoluciones, con un Mesías todo luz, todo agitación y potencia,
y es preciso recibir su espíritu con el poema que sea arco triunfal, de
estrofas de acero, de estrofas de oro, de estrofas de amor.
¡Señor, el arte no está en los fríos envoltorios de mármol, ni en los
cuadros lamidos, ni en el excelente señor Ohnet! ¡Señor! el arte no viste
pantalones, ni habla en burgués, ni pone los puntos en todas las íes. Él es
augusto, tiene mantos de oro, o de llamas, o anda desnudo, y amasa la greda
con fiebre, y pinta con luz, y es opulento, y da golpes de ala como las
águilas o zarpazos como los leones. Señor, entre un Apolo y un ganso,
preferid el Apolo, aunque el uno sea de tierra cocida y el otro de marfil.
¡Oh, la poesía!
¡Y bien! Los ritmos se prostituyen, se cantan los lunares de las mujeres y
se fabrican jarabes poéticos. Además, señor, el zapatero critica mis
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endecasilabos, y el señor profesor de farmacia pone puntos y comas a mi
inspiración. Señor, ¡y vos lo autorizáis todo esto...! El ideal, el ideal...
El rey interrumpió:
—Ya habéis oído. ¿Qué hacer?
Y un filósofo al uso:
—Si lo permitís, señor, puede ganarse la comida con una caja de música;
podemos colocarle en el jardín, cerca de los cisnes, para cuando os paseéis.
—Sí—dijo el rey; y dirigiéndose al poeta:—Daréis vueltas a un
manubrio: Cerraréis la boca. Haréis sonar una caja de música que toca
valses, cuadrillas y galopas, como no prefiráis moriros de hambre. Pieza de
música por pedazo de pan. Nada de jerigonzas, ni de ideales. Id.
Y desde aquel día pudo verse a la orilla del estanque de los cisnes, al
poeta hambriento que daba vueltas al manubrio; tiririrín, tiririrín...
¡avergonzado a las miradas del gran sol! ¿Pasaba el rey por las cercanías?
¡Tiririrín, tiririrín...! ¿Había que llenar el estómago? ¡Tiririrín! Todo entre
las burlas de los pájaros libres que llegaban a beber rocío en las lilas
floridas; entre el zumbido de las abejas que le picaban el rostro y le
llenaban los ojos de lágrimas... ¡lágrimas amargas que rodaban por sus
mejillas y que caían a la tierra negra!
Y llegó el invierno, y el pobre sintió frío en el cuerpo y en el alma. Y su
cerebro estaba como petrificado, y los grandes himnos estaban en el olvido,
y el poeta de la montaña coronada de águilas, no era sino un pobre diablo
que daba vueltas al manubrio: tiririrín.
Y cuando cayó la nieve se olvidaron de él el rey y sus vasallos; a los
pájaros se les abrigó, y a él se le dejó el aire glacial que le mordía las carnes
y le azotaba el rostro.
Y una noche en que caía de lo alto la lluvia blanca de plumillas
cristalizadas, en el palacio había festín, y la luz de las arañas reía alegre
sobre los mármoles, sobre el oro y sobre las túnicas de los mandarines de
las viejas porcelanas. Y se aplaudían hasta la locura los brindis del señor
profesor de retórica, cuajados de dáctilos, de anapestos y de pirriquios,
mientras en las copas cristalinas hervía el champaña con su burbujeo
luminoso y fugaz. ¡Noche de invierno, noche de fiesta! Y el infeliz, cubierto
de nieve, cerca del estanque, daba vueltas al manubrio para calentarse,
tembloroso y aterido, insultado por el cierzo, bajo la blancura implacable y
helada, en la noche sombría, haciendo resonar entre los árboles sin hojas la
inspiración. Señor, ¡y vos lo autorizáis todo esto...! El ideal, el ideal...
El rey interrumpió:
—Ya habéis oído. ¿Qué hacer?
Y un filósofo al uso:
—Si lo permitís, señor, puede ganarse la comida con una caja de música;
podemos colocarle en el jardín, cerca de los cisnes, para cuando os paseéis.
—Sí—dijo el rey; y dirigiéndose al poeta:—Daréis vueltas a un
manubrio: Cerraréis la boca. Haréis sonar una caja de música que toca
valses, cuadrillas y galopas, como no prefiráis moriros de hambre. Pieza de
música por pedazo de pan. Nada de jerigonzas, ni de ideales. Id.
Y desde aquel día pudo verse a la orilla del estanque de los cisnes, al
poeta hambriento que daba vueltas al manubrio; tiririrín, tiririrín...
¡avergonzado a las miradas del gran sol! ¿Pasaba el rey por las cercanías?
¡Tiririrín, tiririrín...! ¿Había que llenar el estómago? ¡Tiririrín! Todo entre
las burlas de los pájaros libres que llegaban a beber rocío en las lilas
floridas; entre el zumbido de las abejas que le picaban el rostro y le
llenaban los ojos de lágrimas... ¡lágrimas amargas que rodaban por sus
mejillas y que caían a la tierra negra!
Y llegó el invierno, y el pobre sintió frío en el cuerpo y en el alma. Y su
cerebro estaba como petrificado, y los grandes himnos estaban en el olvido,
y el poeta de la montaña coronada de águilas, no era sino un pobre diablo
que daba vueltas al manubrio: tiririrín.
Y cuando cayó la nieve se olvidaron de él el rey y sus vasallos; a los
pájaros se les abrigó, y a él se le dejó el aire glacial que le mordía las carnes
y le azotaba el rostro.
Y una noche en que caía de lo alto la lluvia blanca de plumillas
cristalizadas, en el palacio había festín, y la luz de las arañas reía alegre
sobre los mármoles, sobre el oro y sobre las túnicas de los mandarines de
las viejas porcelanas. Y se aplaudían hasta la locura los brindis del señor
profesor de retórica, cuajados de dáctilos, de anapestos y de pirriquios,
mientras en las copas cristalinas hervía el champaña con su burbujeo
luminoso y fugaz. ¡Noche de invierno, noche de fiesta! Y el infeliz, cubierto
de nieve, cerca del estanque, daba vueltas al manubrio para calentarse,
tembloroso y aterido, insultado por el cierzo, bajo la blancura implacable y
helada, en la noche sombría, haciendo resonar entre los árboles sin hojas la
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música loca de las galopas y cuadrillas; y se quedó muerto, pensando en
que nacería el sol del día venidero, y con él el ideal... y en que el arte no
vestiría pantalones sino manto de llamas o de oro... Hasta que al día
siguiente lo hallaron el rey y sus cortesanos, al pobre diablo de poeta, como
gorrión que mata el hielo, con una sonrisa amarga en los labios, y todavía
con la mano en el manubrio.
* * *
¡Oh, mi amigo! el cielo está opaco, el aire frío, el día triste. Flotan
brumosas y grises melancolías...
Pero ¡cuánto calienta el alma una frase, un apretón de manos a tiempo!
Hasta la vista.
Cantó los senos de nieve tibia
y las copas de oro labrado, y el
buche del pájaro y la gloria del sol.
que nacería el sol del día venidero, y con él el ideal... y en que el arte no
vestiría pantalones sino manto de llamas o de oro... Hasta que al día
siguiente lo hallaron el rey y sus cortesanos, al pobre diablo de poeta, como
gorrión que mata el hielo, con una sonrisa amarga en los labios, y todavía
con la mano en el manubrio.
* * *
¡Oh, mi amigo! el cielo está opaco, el aire frío, el día triste. Flotan
brumosas y grises melancolías...
Pero ¡cuánto calienta el alma una frase, un apretón de manos a tiempo!
Hasta la vista.
Cantó los senos de nieve tibia
y las copas de oro labrado, y el
buche del pájaro y la gloria del sol.
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EL SÁTIRO SORDO
(CUENTO GRIEGO)
ABITABA cerca del Olimpo un sátiro, y era el viejo rey de su selva.
Los dioses le habían dicho: «Goza, el bosque es tuyo; sé un feliz
bribón, persigue ninfas y suena tu flauta». El sátiro se divertía.
* * *
Un día que el padre Apolo estaba tañendo la divina lira, el sátiro salió de
sus dominios y fué osado a subir el sacro monte y sorprender al dios
crinado. Éste le castigó tornándole sordo como una roca. En balde de las
espesuras de la selva llena de pájaros, se derramaban los trinos y emergían
los arrullos. El sátiro no oía nada. Filomela llegaba a cantarle sobre su
cabeza enmarañada y coronada de pámpanos, canciones que hacían
detenerse los arroyos, y enrojecerse las rosas pálidas. Él permanecía
impasible, o lanzaba sus carcajadas salvajes y saltaba lascivo y alegre
cuando percibía por el ramaje lleno de brechas alguna cadera blanca y
rotunda que acariciaba el sol con su luz rubia. Todos los animales le
rodeaban como a un amo a quien se obedece.
A su vista, para distraerle, danzaban coros de bacantes encendidas en su
fiebre loca, y acompañaban la armonía, cerca de él, faunos adolescentes,
como hermosos efebos, que le acariciaban reverentemente con su sonrisa; y
aunque no escuchaba ninguna voz, ni el ruido de los clótalos, gozaba de
distintas maneras. Así pasaba la vida este rey barbudo, que tenía patas de
cabra.
* * *
Era sátiro caprichoso.
Tenía dos consejeros áulicos: una alondra y un asno. La primera perdió
su prestigio cuando el sátiro se volvió sordo. Antes, si cansado de su
lascivia soplaba su flauta dulcemente, la alondra le acompañaba.
Después en su gran bosque, donde no oía ni la voz del olímpico trueno,
el paciente animal de las largas orejas le servía para cabalgar, en tanto que
la alondra, en los apogeos del alba, se le iba de las manos, cantando camino
de los cielos.
(CUENTO GRIEGO)
ABITABA cerca del Olimpo un sátiro, y era el viejo rey de su selva.
Los dioses le habían dicho: «Goza, el bosque es tuyo; sé un feliz
bribón, persigue ninfas y suena tu flauta». El sátiro se divertía.
* * *
Un día que el padre Apolo estaba tañendo la divina lira, el sátiro salió de
sus dominios y fué osado a subir el sacro monte y sorprender al dios
crinado. Éste le castigó tornándole sordo como una roca. En balde de las
espesuras de la selva llena de pájaros, se derramaban los trinos y emergían
los arrullos. El sátiro no oía nada. Filomela llegaba a cantarle sobre su
cabeza enmarañada y coronada de pámpanos, canciones que hacían
detenerse los arroyos, y enrojecerse las rosas pálidas. Él permanecía
impasible, o lanzaba sus carcajadas salvajes y saltaba lascivo y alegre
cuando percibía por el ramaje lleno de brechas alguna cadera blanca y
rotunda que acariciaba el sol con su luz rubia. Todos los animales le
rodeaban como a un amo a quien se obedece.
A su vista, para distraerle, danzaban coros de bacantes encendidas en su
fiebre loca, y acompañaban la armonía, cerca de él, faunos adolescentes,
como hermosos efebos, que le acariciaban reverentemente con su sonrisa; y
aunque no escuchaba ninguna voz, ni el ruido de los clótalos, gozaba de
distintas maneras. Así pasaba la vida este rey barbudo, que tenía patas de
cabra.
* * *
Era sátiro caprichoso.
Tenía dos consejeros áulicos: una alondra y un asno. La primera perdió
su prestigio cuando el sátiro se volvió sordo. Antes, si cansado de su
lascivia soplaba su flauta dulcemente, la alondra le acompañaba.
Después en su gran bosque, donde no oía ni la voz del olímpico trueno,
el paciente animal de las largas orejas le servía para cabalgar, en tanto que
la alondra, en los apogeos del alba, se le iba de las manos, cantando camino
de los cielos.
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La selva era enorme. De ella tocaba a la alondra la cumbre; al asno, el
pasto. La alondra era saludada por los primeros rayos de la aurora; bebía
rocío en los retoños; despertaba al roble diciéndole: «Viejo roble,
despiértate». Se deleitaba con un beso del sol: era amada por el lucero de la
mañana. Y el hondo azul, tan grande, sabía que ella, tan chica, existía bajo
su inmensidad. El asno (aunque entonces no había conversado con Kant)
era experto en filosofía, según el decir común. El sátiro, que le veía
ramonear en la pastura, moviendo las orejas con aire grave, tenía alta idea
de tal pensador. En aquellos días el asno no tenía como hoy tan larga fama.
Moviendo sus mandíbulas, no se habría imaginado que escribiesen en su loa
Daniel Heinsins, en latín; Passerat, Buffón y el gran Hugo, en francés;
Posada y Valderrama, en español.
Él, pacienzudo, si le picaban las moscas, las espantaba con el rabo, daba
coces de cuando en cuando y lanzaba bajo la bóveda del bosque el acorde
extraño de su garganta. Y era mimado allí. Al dormir su siesta sobre la tierra
negra y amable, le daban su olor las hierbas y las flores. Y los grandes
árboles inclinaban sus follajes para hacerle sombra.
Por aquellos días, Orfeo, poeta, espantado de la miseria de los hombres,
pensó huir a los bosques, donde los troncos y las piedras le comprenderían
y escucharían con éxtasis, y donde él podría temblar de armonía y fuego de
amor y de vida al sonar de su instrumento.
Cuando Orfeo tañía su lira había sonrisa en el rostro apolíneo. Demeter
sentía gozo. Las palmeras derramaban su polen, las semillas reventaban, los
leones movían blandamente su crin. Una vez voló un clavel de su tallo
hecho mariposa roja, y una estrella descendió fascinada y se tornó flor de
lis.
¿Qué selva mejor que la del sátiro, a quien él encantaría, donde sería
tenido como un semidios; selva toda alegría, y danza y belleza y lujuria;
donde ninfas y bacantes eran siempre acariciadas y siempre vírgenes; donde
había uvas y rosas y ruido de sistros, y donde el rey caprípede bailaba
delante de sus faunos beodo y haciendo gestos como Sileno?
* * *
Fué con su corona de laurel, su lira, su frente de poeta orgulloso, erguido
y radiante.
Llegó hasta donde estaba el sátiro velludo y montaraz, y para pedirle
hospitalidad, cantó. Cantó del gran Jove, de Eros y de Afrodita, de los
pasto. La alondra era saludada por los primeros rayos de la aurora; bebía
rocío en los retoños; despertaba al roble diciéndole: «Viejo roble,
despiértate». Se deleitaba con un beso del sol: era amada por el lucero de la
mañana. Y el hondo azul, tan grande, sabía que ella, tan chica, existía bajo
su inmensidad. El asno (aunque entonces no había conversado con Kant)
era experto en filosofía, según el decir común. El sátiro, que le veía
ramonear en la pastura, moviendo las orejas con aire grave, tenía alta idea
de tal pensador. En aquellos días el asno no tenía como hoy tan larga fama.
Moviendo sus mandíbulas, no se habría imaginado que escribiesen en su loa
Daniel Heinsins, en latín; Passerat, Buffón y el gran Hugo, en francés;
Posada y Valderrama, en español.
Él, pacienzudo, si le picaban las moscas, las espantaba con el rabo, daba
coces de cuando en cuando y lanzaba bajo la bóveda del bosque el acorde
extraño de su garganta. Y era mimado allí. Al dormir su siesta sobre la tierra
negra y amable, le daban su olor las hierbas y las flores. Y los grandes
árboles inclinaban sus follajes para hacerle sombra.
Por aquellos días, Orfeo, poeta, espantado de la miseria de los hombres,
pensó huir a los bosques, donde los troncos y las piedras le comprenderían
y escucharían con éxtasis, y donde él podría temblar de armonía y fuego de
amor y de vida al sonar de su instrumento.
Cuando Orfeo tañía su lira había sonrisa en el rostro apolíneo. Demeter
sentía gozo. Las palmeras derramaban su polen, las semillas reventaban, los
leones movían blandamente su crin. Una vez voló un clavel de su tallo
hecho mariposa roja, y una estrella descendió fascinada y se tornó flor de
lis.
¿Qué selva mejor que la del sátiro, a quien él encantaría, donde sería
tenido como un semidios; selva toda alegría, y danza y belleza y lujuria;
donde ninfas y bacantes eran siempre acariciadas y siempre vírgenes; donde
había uvas y rosas y ruido de sistros, y donde el rey caprípede bailaba
delante de sus faunos beodo y haciendo gestos como Sileno?
* * *
Fué con su corona de laurel, su lira, su frente de poeta orgulloso, erguido
y radiante.
Llegó hasta donde estaba el sátiro velludo y montaraz, y para pedirle
hospitalidad, cantó. Cantó del gran Jove, de Eros y de Afrodita, de los
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centauros gallardos y de las bacantes ardientes: cantó la copa de Dionisio, y
el tirso que hiere el aire alegre, y a Pan, Emperador de las montañas,
Soberano de los bosques, dios-sátiro que también sabía cantar. Cantó de las
intimidades del aire y de la tierra, gran madre. Así explicó la melodía de un
arpa eolia, el susurro de una arboleda, el ruido ronco de un caracol y las
notas armónicas que brotan de una siringa. Cantó del verso, que baja del
cielo y place a los dioses, del que acompaña el bárbitos en la oda y el
tiempo en el peán. Cantó los senos de nieve tibia y las copas del oro
labrado, y el buche del pájaro y la gloria del sol.
Y desde el principio del cántico brilló la luz con más fulgores. Los
enormes troncos se conmovieron, y hubo rosas que se deshojaron y lirios
que se inclinaron lánguidamente como en un dulce desmayo. Porque Orfeo
hacía gemir los leones y llorar los guijarros con la música de su lira rítmica.
Las bacantes más furiosas habían callado y le oían como en un sueño. Una
náyade virgen a quien nunca ni una sola mirada del sátiro había profanado,
se acercó tímida al cantor y le dijo: «Yo te amo». Filomela había volado a
posarse en la lira como la paloma anacreóntica. No hubo más eco que la voz
de Orfeo. Naturaleza sentía el himno. Venus, que pasaba por las cercanías,
preguntó de lejos con su divina voz: «¿Está aquí acaso Apolo?»
Y en toda aquella inmensidad de maravillosa armonía, el único que no
oía nada era el sátiro sordo.
Cuando el poeta concluyó, dijo a éste:—¿Os place mi canto? Si es así,
me quedaré con vos en la selva.
El sátiro dirigió una mirada a sus dos consejeros. Era preciso que ellos
resolviesen lo que no podía comprender él. Aquella mirada pedía una
opinión.
* * *
—Señor—dijo la alondra, esforzándose en producir la voz más fuerte de
su buche—, quédese quien así ha cantado con nosotros. He aquí que su lira
es bella y potente. Te ha ofrecido la grandeza y la luz rara que hoy has visto
en tu selva. Te ha dado su armonía. Señor, yo sé de estas cosas. Cuando
viene el alba desnuda y se despierta el mundo, yo me remonto a los
profundos cielos y vierto desde la altura las perlas invisibles de mis trinos, y
entre las claridades matutinas mi melodía inunda el aire, y es el regocijo del
espacio. Pues yo te digo que Orfeo ha cantado bien, y es un elegido de los
dioses. Su música embriagó el bosque entero. Las águilas se han acercado a
el tirso que hiere el aire alegre, y a Pan, Emperador de las montañas,
Soberano de los bosques, dios-sátiro que también sabía cantar. Cantó de las
intimidades del aire y de la tierra, gran madre. Así explicó la melodía de un
arpa eolia, el susurro de una arboleda, el ruido ronco de un caracol y las
notas armónicas que brotan de una siringa. Cantó del verso, que baja del
cielo y place a los dioses, del que acompaña el bárbitos en la oda y el
tiempo en el peán. Cantó los senos de nieve tibia y las copas del oro
labrado, y el buche del pájaro y la gloria del sol.
Y desde el principio del cántico brilló la luz con más fulgores. Los
enormes troncos se conmovieron, y hubo rosas que se deshojaron y lirios
que se inclinaron lánguidamente como en un dulce desmayo. Porque Orfeo
hacía gemir los leones y llorar los guijarros con la música de su lira rítmica.
Las bacantes más furiosas habían callado y le oían como en un sueño. Una
náyade virgen a quien nunca ni una sola mirada del sátiro había profanado,
se acercó tímida al cantor y le dijo: «Yo te amo». Filomela había volado a
posarse en la lira como la paloma anacreóntica. No hubo más eco que la voz
de Orfeo. Naturaleza sentía el himno. Venus, que pasaba por las cercanías,
preguntó de lejos con su divina voz: «¿Está aquí acaso Apolo?»
Y en toda aquella inmensidad de maravillosa armonía, el único que no
oía nada era el sátiro sordo.
Cuando el poeta concluyó, dijo a éste:—¿Os place mi canto? Si es así,
me quedaré con vos en la selva.
El sátiro dirigió una mirada a sus dos consejeros. Era preciso que ellos
resolviesen lo que no podía comprender él. Aquella mirada pedía una
opinión.
* * *
—Señor—dijo la alondra, esforzándose en producir la voz más fuerte de
su buche—, quédese quien así ha cantado con nosotros. He aquí que su lira
es bella y potente. Te ha ofrecido la grandeza y la luz rara que hoy has visto
en tu selva. Te ha dado su armonía. Señor, yo sé de estas cosas. Cuando
viene el alba desnuda y se despierta el mundo, yo me remonto a los
profundos cielos y vierto desde la altura las perlas invisibles de mis trinos, y
entre las claridades matutinas mi melodía inunda el aire, y es el regocijo del
espacio. Pues yo te digo que Orfeo ha cantado bien, y es un elegido de los
dioses. Su música embriagó el bosque entero. Las águilas se han acercado a
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revolar sobre nuestras cabezas, los arbustos floridos han agitado
suavemente sus incensarios misteriosos, las abejas han dejado sus celdillas
para venir a escuchar. En cuanto a mí, ¡oh señor! si yo estuviese en lugar
tuyo le daría mi guirnalda de pámpanos y mi tirso. Existen dos potencias: la
real y la ideal. Lo que Hércules haría con sus muñecas, Orfeo lo hace con su
inspiración. El dios robusto despedazaría de un puñetazo al mismo Athos.
Orfeo les amansaría con la eficacia de su voz triunfante, a Nemea su león y
a Erimanto su jabalí. De los hombres unos han nacido para forjar los
metales, otros para arrancar del suelo fértil las espigas del trigal, otros para
combatir en las sangrientas guerras, y otros para enseñar, glorificar y cantar.
Si soy tu copero y te doy vino, goza tu paladar; si te ofrezco un himno, goza
tu alma.
* * *
Mientras cantaba la alondra, Orfeo le acompañaba con su instrumento, y
un vasto y dominante soplo lírico se escapaba del bosque verde y fragante.
El sátiro sordo comenzaba a impacientarse. ¿Quién era aquel extraño
visitante? ¿Por qué ante él había cesado la danza loca y voluptuosa? ¿Qué
decían sus dos consejeros?
¡Ah! ¡la alondra había cantado, pero el sátiro no oía! Por fin, dirigió su
vista al asno.
¿Faltaba su opinión? Pues bien, ante la selva enorme y sonora, bajo el
azul sagrado, el asno movió la cabeza de un lado a otro, grave, terco,
silencioso, como el sabio que medita.
Entonces, con su pie hendido, hirió el sátiro el suelo, arrugó su frente
con enojo, y sin darse cuenta de nada, exclamó, señalando a Orfeo la salida
de la selva:
—¡No...!
Al vecino Olimpo llegó el eco, y resonó allá, donde los dioses estaban de
broma, un coro de carcajadas formidables que después se llamaron
homéricas.
Orfeo salió triste de la selva del sátiro sordo y casi dispuesto a ahorcarse
del primer laurel que hallase en su camino.
No se ahorcó, pero se casó con Eurídice.
suavemente sus incensarios misteriosos, las abejas han dejado sus celdillas
para venir a escuchar. En cuanto a mí, ¡oh señor! si yo estuviese en lugar
tuyo le daría mi guirnalda de pámpanos y mi tirso. Existen dos potencias: la
real y la ideal. Lo que Hércules haría con sus muñecas, Orfeo lo hace con su
inspiración. El dios robusto despedazaría de un puñetazo al mismo Athos.
Orfeo les amansaría con la eficacia de su voz triunfante, a Nemea su león y
a Erimanto su jabalí. De los hombres unos han nacido para forjar los
metales, otros para arrancar del suelo fértil las espigas del trigal, otros para
combatir en las sangrientas guerras, y otros para enseñar, glorificar y cantar.
Si soy tu copero y te doy vino, goza tu paladar; si te ofrezco un himno, goza
tu alma.
* * *
Mientras cantaba la alondra, Orfeo le acompañaba con su instrumento, y
un vasto y dominante soplo lírico se escapaba del bosque verde y fragante.
El sátiro sordo comenzaba a impacientarse. ¿Quién era aquel extraño
visitante? ¿Por qué ante él había cesado la danza loca y voluptuosa? ¿Qué
decían sus dos consejeros?
¡Ah! ¡la alondra había cantado, pero el sátiro no oía! Por fin, dirigió su
vista al asno.
¿Faltaba su opinión? Pues bien, ante la selva enorme y sonora, bajo el
azul sagrado, el asno movió la cabeza de un lado a otro, grave, terco,
silencioso, como el sabio que medita.
Entonces, con su pie hendido, hirió el sátiro el suelo, arrugó su frente
con enojo, y sin darse cuenta de nada, exclamó, señalando a Orfeo la salida
de la selva:
—¡No...!
Al vecino Olimpo llegó el eco, y resonó allá, donde los dioses estaban de
broma, un coro de carcajadas formidables que después se llamaron
homéricas.
Orfeo salió triste de la selva del sátiro sordo y casi dispuesto a ahorcarse
del primer laurel que hallase en su camino.
No se ahorcó, pero se casó con Eurídice.
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¡El poeta ha visto ninfas!
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LA NINFA
(CUENTO PARISIENSE)
N n el castillo que últimamente acaba de adquirir Lesbia, esta
actriz caprichosa y endiablada que tanto ha dado que decir al
mundo por sus extravagancias, nos hallábamos a la mesa hasta
seis amigos. Presidía nuestra Aspasia, quien a la sazón se
entretenía en chupar, como niña golosa, un terrón de azúcar
húmedo, blanco, entre las yemas sonrosadas. Era la hora del chartreuse. Se
veía en los cristales de la mesa como una disolución de piedras preciosas, y
la luz de los candelabros se descomponía en las copas medio vacías, donde
quedaba algo de la púrpura del borgoña, del oro hirviente del champaña, de
las líquidas esmeraldas de la menta.
Se hablaba con el entusiasmo de artistas de buena pasta, tras una buena
comida. Eramos todos artistas, quien más, quien menos; y aun había un
sabio obeso que ostentaba en la albura de una pechera inmaculada, el gran
nudo de una corbata monstruosa.
Alguien dijo:—¡Ah, sí, Fremiet!—Y de Fremiet, se pasó a sus animales,
a su cincel maestro, a dos perros de bronce que, cerca de nosotros, uno
buscaba la pista de la pieza, y otro, como mirando al cazador, alzaba el
pescuezo y arbolaba la delgadez de su cola tiesa y erecta. ¿Quién habló de
Mirón? El sabio, que recitó en griego el epigrama de Anacreonte: «Pastor,
lleva a pastar más lejos tu boyada, no sea que creyendo que respira la vaca
de Mirón, las quieras llevar contigo».
Lesbia acabó de chupar su azúcar, y con una carcajada argentina:
—¡Bah! Para mí los sátiros. Yo quisiera dar vida a mis bronces, y si esto
fuese posible, mi amante sería uno de esos velludos semidioses. Os advierto
que más que a los sátiros adoro a los centauros; y que me dejaría robar por
uno de esos monstruos robustos, sólo por oir las quejas del engañado, que
tocaría su flauta lleno de tristeza.
El sabio interrumpió:
—Los sátiros y los faunos, los hipocentauros y las sirenas, han existido
como las salamandras y el ave Fénix.
(CUENTO PARISIENSE)
N n el castillo que últimamente acaba de adquirir Lesbia, esta
actriz caprichosa y endiablada que tanto ha dado que decir al
mundo por sus extravagancias, nos hallábamos a la mesa hasta
seis amigos. Presidía nuestra Aspasia, quien a la sazón se
entretenía en chupar, como niña golosa, un terrón de azúcar
húmedo, blanco, entre las yemas sonrosadas. Era la hora del chartreuse. Se
veía en los cristales de la mesa como una disolución de piedras preciosas, y
la luz de los candelabros se descomponía en las copas medio vacías, donde
quedaba algo de la púrpura del borgoña, del oro hirviente del champaña, de
las líquidas esmeraldas de la menta.
Se hablaba con el entusiasmo de artistas de buena pasta, tras una buena
comida. Eramos todos artistas, quien más, quien menos; y aun había un
sabio obeso que ostentaba en la albura de una pechera inmaculada, el gran
nudo de una corbata monstruosa.
Alguien dijo:—¡Ah, sí, Fremiet!—Y de Fremiet, se pasó a sus animales,
a su cincel maestro, a dos perros de bronce que, cerca de nosotros, uno
buscaba la pista de la pieza, y otro, como mirando al cazador, alzaba el
pescuezo y arbolaba la delgadez de su cola tiesa y erecta. ¿Quién habló de
Mirón? El sabio, que recitó en griego el epigrama de Anacreonte: «Pastor,
lleva a pastar más lejos tu boyada, no sea que creyendo que respira la vaca
de Mirón, las quieras llevar contigo».
Lesbia acabó de chupar su azúcar, y con una carcajada argentina:
—¡Bah! Para mí los sátiros. Yo quisiera dar vida a mis bronces, y si esto
fuese posible, mi amante sería uno de esos velludos semidioses. Os advierto
que más que a los sátiros adoro a los centauros; y que me dejaría robar por
uno de esos monstruos robustos, sólo por oir las quejas del engañado, que
tocaría su flauta lleno de tristeza.
El sabio interrumpió:
—Los sátiros y los faunos, los hipocentauros y las sirenas, han existido
como las salamandras y el ave Fénix.
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Todos reímos; pero entre el coro de carcajadas, se oía irresistible,
encantadora, la de Lesbia, cuyo rostro encendido, de mujer hermosa, estaba
como resplandeciente de placer.
—Sí—continuó el sabio:—¿con qué derecho negamos los modernos,
hechos que afirman los antiguos? El perro gigantesco que vió Alejandro,
alto como un hombre, es tan real como la araña Kraken que vive en el
fondo de los mares. San Antonio Abad, de edad de noventa años, fué en
busca del viejo ermitaño Pablo, que vivía en una cueva. Lesbia, no te rías.
Iba el santo por el yermo, apoyado en su báculo, sin saber dónde encontrar
a quien buscaba. A mucho andar, ¿sabéis quién le dió las señas del camino
que debía seguir? Un centauro; «medio hombre y medio caballo»—dice un
autor.—Hablaba como enojado; huyó tan velozmente, que pronto le perdió
de vista el santo; así iba galopando el monstruo, cabellos al aire y vientre a
tierra.
En ese mismo viaje, San Antonio vió un sátiro, «hombrecillo de extraña
figura, estaba junto a un arroyuelo, tenía las narices corvas, frente áspera y
arrugada, y la última parte de su contrahecho cuerpo remataba con pies de
cabra».
—Ni más ni menos—dijo Lesbia.—¡M. de Cocureau, futuro miembro
del instituto!
Siguió el sabio:
—Afirma San Jerónimo que en tiempo de Constantino Magno se
condujo a Alejandría un sátiro vivo, siendo conservado su cuerpo cuando
murió.
Además, vióle el emperador de Antioquía.
Lesbia había vuelto a llenar su copa de menta, y humedecía su lengua en
el licor verde como lo haría un animal felino.
—Dice Alberto Magno, que en su tiempo cogieron a dos sátiros en los
montes de Sajonia. Eurico Zormano asegura que en tierras de Tartaria había
hombres con sólo un pie, y sólo un brazo en el pecho. Vicencio vió en su
época un monstruo que trajeron al rey de Francia; tenía cabeza de perro
(Lesbia reía). Los muslos, brazos y manos tan sin vello como los nuestros
(Lesbia se agitaba como una chicuela a quien hiciesen cosquillas); comía
carne cocida y bebía vino con todas ganas.
—¡Colombine!—gritó Lesbia. Y llegó Colombine; una falderilla que
parecía un copo de algodón. Tomóla su ama, y entre las explosiones de risa
encantadora, la de Lesbia, cuyo rostro encendido, de mujer hermosa, estaba
como resplandeciente de placer.
—Sí—continuó el sabio:—¿con qué derecho negamos los modernos,
hechos que afirman los antiguos? El perro gigantesco que vió Alejandro,
alto como un hombre, es tan real como la araña Kraken que vive en el
fondo de los mares. San Antonio Abad, de edad de noventa años, fué en
busca del viejo ermitaño Pablo, que vivía en una cueva. Lesbia, no te rías.
Iba el santo por el yermo, apoyado en su báculo, sin saber dónde encontrar
a quien buscaba. A mucho andar, ¿sabéis quién le dió las señas del camino
que debía seguir? Un centauro; «medio hombre y medio caballo»—dice un
autor.—Hablaba como enojado; huyó tan velozmente, que pronto le perdió
de vista el santo; así iba galopando el monstruo, cabellos al aire y vientre a
tierra.
En ese mismo viaje, San Antonio vió un sátiro, «hombrecillo de extraña
figura, estaba junto a un arroyuelo, tenía las narices corvas, frente áspera y
arrugada, y la última parte de su contrahecho cuerpo remataba con pies de
cabra».
—Ni más ni menos—dijo Lesbia.—¡M. de Cocureau, futuro miembro
del instituto!
Siguió el sabio:
—Afirma San Jerónimo que en tiempo de Constantino Magno se
condujo a Alejandría un sátiro vivo, siendo conservado su cuerpo cuando
murió.
Además, vióle el emperador de Antioquía.
Lesbia había vuelto a llenar su copa de menta, y humedecía su lengua en
el licor verde como lo haría un animal felino.
—Dice Alberto Magno, que en su tiempo cogieron a dos sátiros en los
montes de Sajonia. Eurico Zormano asegura que en tierras de Tartaria había
hombres con sólo un pie, y sólo un brazo en el pecho. Vicencio vió en su
época un monstruo que trajeron al rey de Francia; tenía cabeza de perro
(Lesbia reía). Los muslos, brazos y manos tan sin vello como los nuestros
(Lesbia se agitaba como una chicuela a quien hiciesen cosquillas); comía
carne cocida y bebía vino con todas ganas.
—¡Colombine!—gritó Lesbia. Y llegó Colombine; una falderilla que
parecía un copo de algodón. Tomóla su ama, y entre las explosiones de risa
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de todos:—¡Toma, el monstruo que tenía tu cara!
Y le dió un beso en la boca, mientras el animal se estremecía e inflaba
las narices como lleno de voluptuosidad.
—Y Filegón Traliano—concluyó el sabio elegantemente—afirma la
existencia de dos clases de hipocentauros: una de ellas como elefantes.
—Basta de sabiduría—dijo Lesbia. Y acabó de beber menta.
—Yo estaba feliz. No había desplegado mis labios—¡Oh!—exclamé,—
¡para mí las ninfas! Yo desearía contemplar esas desnudeces de los bosques
y de las fuentes, aunque, como Acteón, fuese despedazado por los perros.
¡Pero las ninfas no existen!
Concluyó aquel concierto alegre con una gran fuga de risas, y de
personas.
—¡Y qué!—me dijo Lesbia, quemándome con sus ojos de faunesa y con
voz callada para que sólo yo la oyera—, ¡las ninfas existen, tú las verás!
* * *
Era un día primaveral. Yo vagaba por el parque del castillo, con el aire
de un soñador empedernido. Los gorriones chillaban sobre las lilas nuevas,
y atacaban a los escarabajos que se defendían de los picotazos con sus
corazas de esmeralda, con sus petos de oro y acero. En las rosas el carmín,
el bermellón, la onda penetrante de perfumes dulces; más allá las violetas,
en grandes grupos, con su color apacible y su olor a virgen. Después, los
altos árboles, los ramajes tupidos llenos de mil abejeos, las estatuas en la
penumbra, los discóbolos de bronce, los gladiadores musculosos en sus
soberbias posturas gímnicas, las glorietas perfumadas cubiertas de
enredaderas, los pórticos, bellas imitaciones jónicas, cariátides todas
blancas y lascivas, y vigorosos telamones del orden atlántico, con anchas
espaldas y muslos gigantescos. Vagaba por el laberinto de tales encantos
cuando oí un ruido, allá en lo obscuro de la arboleda, en el estanque donde
hay cisenes blancos como cincelados en alabastro, y otros que tienen la
mitad del cuello del color del ébano, como una pierna alba con media negra.
Llegué más cerca. ¿Soñaba? ¡Oh, nunca! Yo sentí lo que tú, cuando viste
en su gruta por primera vez a Egeria.
Estaba en el centro del estanque, entre la inquietud de los cisnes
espantados, una ninfa, una verdadera ninfa, que hundía su carne de rosa en
el agua cristalina. La cadera a flor de espuma parecía a veces como dorada
Y le dió un beso en la boca, mientras el animal se estremecía e inflaba
las narices como lleno de voluptuosidad.
—Y Filegón Traliano—concluyó el sabio elegantemente—afirma la
existencia de dos clases de hipocentauros: una de ellas como elefantes.
—Basta de sabiduría—dijo Lesbia. Y acabó de beber menta.
—Yo estaba feliz. No había desplegado mis labios—¡Oh!—exclamé,—
¡para mí las ninfas! Yo desearía contemplar esas desnudeces de los bosques
y de las fuentes, aunque, como Acteón, fuese despedazado por los perros.
¡Pero las ninfas no existen!
Concluyó aquel concierto alegre con una gran fuga de risas, y de
personas.
—¡Y qué!—me dijo Lesbia, quemándome con sus ojos de faunesa y con
voz callada para que sólo yo la oyera—, ¡las ninfas existen, tú las verás!
* * *
Era un día primaveral. Yo vagaba por el parque del castillo, con el aire
de un soñador empedernido. Los gorriones chillaban sobre las lilas nuevas,
y atacaban a los escarabajos que se defendían de los picotazos con sus
corazas de esmeralda, con sus petos de oro y acero. En las rosas el carmín,
el bermellón, la onda penetrante de perfumes dulces; más allá las violetas,
en grandes grupos, con su color apacible y su olor a virgen. Después, los
altos árboles, los ramajes tupidos llenos de mil abejeos, las estatuas en la
penumbra, los discóbolos de bronce, los gladiadores musculosos en sus
soberbias posturas gímnicas, las glorietas perfumadas cubiertas de
enredaderas, los pórticos, bellas imitaciones jónicas, cariátides todas
blancas y lascivas, y vigorosos telamones del orden atlántico, con anchas
espaldas y muslos gigantescos. Vagaba por el laberinto de tales encantos
cuando oí un ruido, allá en lo obscuro de la arboleda, en el estanque donde
hay cisenes blancos como cincelados en alabastro, y otros que tienen la
mitad del cuello del color del ébano, como una pierna alba con media negra.
Llegué más cerca. ¿Soñaba? ¡Oh, nunca! Yo sentí lo que tú, cuando viste
en su gruta por primera vez a Egeria.
Estaba en el centro del estanque, entre la inquietud de los cisnes
espantados, una ninfa, una verdadera ninfa, que hundía su carne de rosa en
el agua cristalina. La cadera a flor de espuma parecía a veces como dorada
Page 37
por la luz opaca que alcanzaba a llegar por las brechas de las hojas. ¡Ah! yo
ví lirios, rosas, nieve, oro; ví un ideal con vida y forma y oí entre el
burbujeo sonoro de la ninfa herida, como una risa burlesca y armoniosa que
me encendía la sangre.
De pronto huyó la visión, surgió la ninfa del estanque, semejante a
Citerea en su onda, y recogiendo sus cabellos, que goteaban brillantes,
corrió por los rosales, tras las lilas y violetas, más allá de los tupidos
arbolares, hasta perderse ¡ay!, por un recodo; y quedé yo, poeta lírico, fauno
burlado, viendo a las grandes aves alabastrinas como mofándose de mí,
tendiéndome sus largos cuellos en cuyo extremo brillaba bruñida el ágata de
sus picos.
* * *
Después almorzábamos juntos aquellos amigos de la noche pasada; entre
todos, triunfante, con su pechera y su gran corbata obscura, el sabio obeso,
futuro miembro del Instituto.
Y de repente, mientras todos charlaban de la última obra de Fremiet en el
salón, exclamó Lesbia con su alegre voz parisiense:
—¡Té! como dice Tartarín: ¡el poeta ha visto ninfas...!—La
contemplaron todos asombrados, y ella me miraba, me miraba como una
gata, y se reía, como una chiquilla a quien se le hiciesen cosquillas.
ví lirios, rosas, nieve, oro; ví un ideal con vida y forma y oí entre el
burbujeo sonoro de la ninfa herida, como una risa burlesca y armoniosa que
me encendía la sangre.
De pronto huyó la visión, surgió la ninfa del estanque, semejante a
Citerea en su onda, y recogiendo sus cabellos, que goteaban brillantes,
corrió por los rosales, tras las lilas y violetas, más allá de los tupidos
arbolares, hasta perderse ¡ay!, por un recodo; y quedé yo, poeta lírico, fauno
burlado, viendo a las grandes aves alabastrinas como mofándose de mí,
tendiéndome sus largos cuellos en cuyo extremo brillaba bruñida el ágata de
sus picos.
* * *
Después almorzábamos juntos aquellos amigos de la noche pasada; entre
todos, triunfante, con su pechera y su gran corbata obscura, el sabio obeso,
futuro miembro del Instituto.
Y de repente, mientras todos charlaban de la última obra de Fremiet en el
salón, exclamó Lesbia con su alegre voz parisiense:
—¡Té! como dice Tartarín: ¡el poeta ha visto ninfas...!—La
contemplaron todos asombrados, y ella me miraba, me miraba como una
gata, y se reía, como una chiquilla a quien se le hiciesen cosquillas.
Page 38
entre el siglo de la lancha y el gran
bulto quedó con los riñones rotos,
el espinazo desencajado...
bulto quedó con los riñones rotos,
el espinazo desencajado...
Page 39
EL FARDO
LLÁ lejos, en la línea como trazada con un lápiz azul, que separa
las aguas y los cielos, se iba hundiendo el sol, con sus polvos de
oro y sus torbellinos de chispas purpuradas, como un gran disco
de hierro cadente. Ya el muelle fiscal iba quedando en quietud;
los guardas pasaban de un punto a otro, las gorras metidas hasta las cejas,
dando aquí y allá sus vistazos. Inmóvil el enorme brazo de los pescantes,
los jornaleros se encaminaban a las casas. El agua murmuraba debajo del
muelle, y el húmedo viento salado, que sopla de mar afuera a la hora en que
la noche sube, mantenía las lanchas cercanas en un continuo cabeceo.
* * *
Todos los lancheros se habían ido ya; solamente el viejo tío Lucas, que
por la mañana se estropeara un pie al subir una barrica a un carretón, y que,
aunque cojín cojeando había trabajado todo el día, estaba sentado en una
piedra, y, con la pipa en la boca, veía triste el mar.
—¡Eh, tío Lucas! ¿se descansa?
—Sí, pues, patroncito.
Y empezó la charla, esa charla agradable y suelta que me place entablar
con los bravos hombres toscos que viven la vida del trabajo fortificante, la
que da la buena salud y la fuerza del músculo, y se nutre con el grano del
poroto y la sangre hirviente de la viña.
Yo veía con cariño a aquel rudo viejo, y le oía con interés sus relaciones,
así, todas cortadas, todas como de hombre basto, pero de pecho ingenuo.
¡Ah, conque fué militar! ¡Conque de mozo fué soldado de Bulnes! ¡Conque
todavía tuvo resistencias para ir con su rifle hasta Miraflores! Y es casado, y
tuvo un hijo, y...
Y aquí el tío Lucas:
—Sí, patrón, ¡hace dos años que se me murió!
Aquellos ojos, chicos y relumbrantes bajo las cejas grises y peludas, se
humedecieron entonces.
—¿Que cómo se murió? En el oficio, por darnos de comer a todos, a mi
mujer, a los chiquitos y a mí, patrón, que entonces me hallaba enfermo.
LLÁ lejos, en la línea como trazada con un lápiz azul, que separa
las aguas y los cielos, se iba hundiendo el sol, con sus polvos de
oro y sus torbellinos de chispas purpuradas, como un gran disco
de hierro cadente. Ya el muelle fiscal iba quedando en quietud;
los guardas pasaban de un punto a otro, las gorras metidas hasta las cejas,
dando aquí y allá sus vistazos. Inmóvil el enorme brazo de los pescantes,
los jornaleros se encaminaban a las casas. El agua murmuraba debajo del
muelle, y el húmedo viento salado, que sopla de mar afuera a la hora en que
la noche sube, mantenía las lanchas cercanas en un continuo cabeceo.
* * *
Todos los lancheros se habían ido ya; solamente el viejo tío Lucas, que
por la mañana se estropeara un pie al subir una barrica a un carretón, y que,
aunque cojín cojeando había trabajado todo el día, estaba sentado en una
piedra, y, con la pipa en la boca, veía triste el mar.
—¡Eh, tío Lucas! ¿se descansa?
—Sí, pues, patroncito.
Y empezó la charla, esa charla agradable y suelta que me place entablar
con los bravos hombres toscos que viven la vida del trabajo fortificante, la
que da la buena salud y la fuerza del músculo, y se nutre con el grano del
poroto y la sangre hirviente de la viña.
Yo veía con cariño a aquel rudo viejo, y le oía con interés sus relaciones,
así, todas cortadas, todas como de hombre basto, pero de pecho ingenuo.
¡Ah, conque fué militar! ¡Conque de mozo fué soldado de Bulnes! ¡Conque
todavía tuvo resistencias para ir con su rifle hasta Miraflores! Y es casado, y
tuvo un hijo, y...
Y aquí el tío Lucas:
—Sí, patrón, ¡hace dos años que se me murió!
Aquellos ojos, chicos y relumbrantes bajo las cejas grises y peludas, se
humedecieron entonces.
—¿Que cómo se murió? En el oficio, por darnos de comer a todos, a mi
mujer, a los chiquitos y a mí, patrón, que entonces me hallaba enfermo.
Page 40
Y todo me lo refirió, al comenzar aquella noche, mientras las olas se
cubrían de brumas y la ciudad encendía sus luces; él, en la piedra que le
servía de asiento, después de apagar su negra pipa y de colocársela en la
oreja, y de estirar y cruzar sus piernas flacas y musculosas, cubiertas por los
sucios pantalones arremangados hasta el tobillo.
* * *
El muchacho era muy honrado y muy de trabajo. Se quiso ponerlo a la
escuela desde grandecito; ¡pero los miserables no deben aprender a leer
cuando se llora de hambre en el cuartucho!
El tío Lucas era casado, tenía muchos hijos.
Su mujer llevaba la maldición del vientre de los pobres: la fecundidad.
Había, pues, mucha boca abierta que pedía pan, mucho chico sucio que se
revolcaba en la basura, mucho cuerpo magro que temblaba de frío; era
preciso ir a llevar qué comer, a buscar harapos, y para eso, quedar sin
alientos y trabajar como un buey.
Cuando el hijo creció ayudó al padre. Un vecino, el herrero, quiso
enseñarle su industria; pero como entonces era tan débil, casi un armazón
de huesos, y en el fuelle tenía que echar el bofe, se puso enfermo y volvió al
conventillo. ¡Ah, estuvo muy enfermo! Pero no murió. ¡No murió! Y eso
que vivían en uno de esos hacinamientos humanos, entre cuatro paredes
destartaladas, viejas, feas, en la callejuela inmunda de las mujeres perdidas,
hedionda a todas horas, alumbrada de noche por escasos faroles, y donde
resuenan en perpetua llamada a las zambras de echacorvería, las arpas y los
acordeones, y el ruido de los marineros que llegan al burdel, desesperados
con la castidad de las largas travesías, a emborracharse como cubas y a
gritar y patalear como condenados. ¡Sí! entre la podredumbre, al estrépito
de las fiestas tunantescas, el chico vivió, y pronto estuvo sano y en pie.
Luego llegaron sus quince años.
* * *
El tío Lucas había logrado, tras mil privaciones, comprar una canoa. Se
hizo pescador.
Al venir el alba, iba con su mocetón al agua, llevando los enseres de la
pesca. El uno remaba, el otro ponía en los anzuelos la carnada. Volvían a la
costa con buena esperanza de vender lo hallado, entre la brisa fría y las
opacidades de la neblina, cantando en baja voz algún «triste» y enhiesto el
remo triunfante que chorreaba espuma.
cubrían de brumas y la ciudad encendía sus luces; él, en la piedra que le
servía de asiento, después de apagar su negra pipa y de colocársela en la
oreja, y de estirar y cruzar sus piernas flacas y musculosas, cubiertas por los
sucios pantalones arremangados hasta el tobillo.
* * *
El muchacho era muy honrado y muy de trabajo. Se quiso ponerlo a la
escuela desde grandecito; ¡pero los miserables no deben aprender a leer
cuando se llora de hambre en el cuartucho!
El tío Lucas era casado, tenía muchos hijos.
Su mujer llevaba la maldición del vientre de los pobres: la fecundidad.
Había, pues, mucha boca abierta que pedía pan, mucho chico sucio que se
revolcaba en la basura, mucho cuerpo magro que temblaba de frío; era
preciso ir a llevar qué comer, a buscar harapos, y para eso, quedar sin
alientos y trabajar como un buey.
Cuando el hijo creció ayudó al padre. Un vecino, el herrero, quiso
enseñarle su industria; pero como entonces era tan débil, casi un armazón
de huesos, y en el fuelle tenía que echar el bofe, se puso enfermo y volvió al
conventillo. ¡Ah, estuvo muy enfermo! Pero no murió. ¡No murió! Y eso
que vivían en uno de esos hacinamientos humanos, entre cuatro paredes
destartaladas, viejas, feas, en la callejuela inmunda de las mujeres perdidas,
hedionda a todas horas, alumbrada de noche por escasos faroles, y donde
resuenan en perpetua llamada a las zambras de echacorvería, las arpas y los
acordeones, y el ruido de los marineros que llegan al burdel, desesperados
con la castidad de las largas travesías, a emborracharse como cubas y a
gritar y patalear como condenados. ¡Sí! entre la podredumbre, al estrépito
de las fiestas tunantescas, el chico vivió, y pronto estuvo sano y en pie.
Luego llegaron sus quince años.
* * *
El tío Lucas había logrado, tras mil privaciones, comprar una canoa. Se
hizo pescador.
Al venir el alba, iba con su mocetón al agua, llevando los enseres de la
pesca. El uno remaba, el otro ponía en los anzuelos la carnada. Volvían a la
costa con buena esperanza de vender lo hallado, entre la brisa fría y las
opacidades de la neblina, cantando en baja voz algún «triste» y enhiesto el
remo triunfante que chorreaba espuma.
Page 41
Si había buena venta, otra salida por la tarde.
Una de invierno había temporal. Padre e hijo, en la pequeña
embarcación, sufrían en el mar la locura de la ola y del viento. Difícil era
llegar a tierra. Pesca y todo se fué al agua, y se pensó en librar el pellejo.
Luchaban como desesperados por ganar la playa. Cerca de ella estaban;
pero una racha maldita les empujó contra una roca, y la canoa se hizo
astillas. Ellos salieron sólo magullados, ¡gracias a Dios! como decía el tío
Lucas al narrarlo. Después, ya son ambos lancheros.
Sí, lancheros; sobre las grandes embarcaciones chatas y negras;
colgándose de la cadena que rechina pendiente como una sierpe de hierro
del macizo pescante que semeja una horca; remando de pie y a compás;
yendo con la lancha del muelle al vapor y del vapor al muelle; gritando,
¡biiooeep! cuando se empujan los pesados bultos para engancharlos en la
uña potente que los levanta balanceándolos como un péndulo, ¡sí!
lancheros; el viejo y el muchacho, el padre y el hijo; ambos a horcajadas
sobre un cajón, ambos forcejeando, ambos ganando su jornal, para ellos y
para sus queridas sanguijuelas del conventillo.
Íbanse todos los días al trabajo, vestidos de viejo, fajadas las cinturas
con sendas bandas coloradas, y haciendo sonar a una sus zapatos groseros y
pesados que se quitaban al comenzar la tarea, tirándolos a un rincón de la
lancha.
Empezaba el trajín, el cargar y descargar. El padre era cuidadoso:—
¡Muchacho, que te rompes la cabeza! ¡Que te coge la mano el chicote! ¡Que
vas a perder una canilla!—Y enseñaba, adiestraba, dirigía al hijo, con su
modo, con sus bruscas palabras de obrero viejo y de padre encariñado.
* * *
Hasta que un día el tío Lucas no pudo moverse de la cama, porque el
reumatismo le hinchaba las coyunturas y le taladraba los huesos.
¡Oh! Y había que comprar medicinas y alimentos; eso sí.
—Hijo, al trabajo, a buscar plata; hoy es sábado.
Y se fué el hijo, solo, casi corriendo, sin desayunarse, a la faena diaria.
Era un bello día de luz clara, de sol de oro. En el muelle rodaban los
carros sobre sus rieles, crujían las poleas, chocaban las cadenas. Era la gran
confusión del trabajo que da vértigo, el son del hierro, traqueteos por
Una de invierno había temporal. Padre e hijo, en la pequeña
embarcación, sufrían en el mar la locura de la ola y del viento. Difícil era
llegar a tierra. Pesca y todo se fué al agua, y se pensó en librar el pellejo.
Luchaban como desesperados por ganar la playa. Cerca de ella estaban;
pero una racha maldita les empujó contra una roca, y la canoa se hizo
astillas. Ellos salieron sólo magullados, ¡gracias a Dios! como decía el tío
Lucas al narrarlo. Después, ya son ambos lancheros.
Sí, lancheros; sobre las grandes embarcaciones chatas y negras;
colgándose de la cadena que rechina pendiente como una sierpe de hierro
del macizo pescante que semeja una horca; remando de pie y a compás;
yendo con la lancha del muelle al vapor y del vapor al muelle; gritando,
¡biiooeep! cuando se empujan los pesados bultos para engancharlos en la
uña potente que los levanta balanceándolos como un péndulo, ¡sí!
lancheros; el viejo y el muchacho, el padre y el hijo; ambos a horcajadas
sobre un cajón, ambos forcejeando, ambos ganando su jornal, para ellos y
para sus queridas sanguijuelas del conventillo.
Íbanse todos los días al trabajo, vestidos de viejo, fajadas las cinturas
con sendas bandas coloradas, y haciendo sonar a una sus zapatos groseros y
pesados que se quitaban al comenzar la tarea, tirándolos a un rincón de la
lancha.
Empezaba el trajín, el cargar y descargar. El padre era cuidadoso:—
¡Muchacho, que te rompes la cabeza! ¡Que te coge la mano el chicote! ¡Que
vas a perder una canilla!—Y enseñaba, adiestraba, dirigía al hijo, con su
modo, con sus bruscas palabras de obrero viejo y de padre encariñado.
* * *
Hasta que un día el tío Lucas no pudo moverse de la cama, porque el
reumatismo le hinchaba las coyunturas y le taladraba los huesos.
¡Oh! Y había que comprar medicinas y alimentos; eso sí.
—Hijo, al trabajo, a buscar plata; hoy es sábado.
Y se fué el hijo, solo, casi corriendo, sin desayunarse, a la faena diaria.
Era un bello día de luz clara, de sol de oro. En el muelle rodaban los
carros sobre sus rieles, crujían las poleas, chocaban las cadenas. Era la gran
confusión del trabajo que da vértigo, el son del hierro, traqueteos por
Page 42
doquiera, y el viento pasando por el bosque de árboles y jarcias de los
navíos en grupo.
Debajo de uno de los pescantes del muelle estaba el hijo del tío Lucas
con otros lancheros, descargando a toda prisa. Había que vaciar la lancha
repleta de fardos. De tiempo en tiempo bajaba la larga cadena que remata en
un garfio, sonando como una matraca al correr con la roldana; los mozos
amarraban los bultos con una cuerda doblada en dos, los enganchaban en el
garfio, y entonces éstos subían a la manera de un pez en un anzuelo, o del
plomo de una sonda, ya quietos, ya agitándose de un lado a otro, como un
badajo, en el vacío.
La carga estaba amontonada. La ola movía pausadamente de cuando en
cuando la embarcación colmada de fardos. Estos formaban una a modo de
pirámide en el centro. Había uno muy pesado, muy pesado. Era el más
grande de todos, ancho, gordo y oloroso a brea. Venía en el fondo de la
lancha. Un hombre de pie sobre él, era pequeña figura para el grueso
zócalo.
Era algo como todos los prosaísmos de la importación, envueltos en lona
y fajados con correas de hierro. Sobre sus costados, en medio de líneas y de
triángulos negros, había letras que miraban como ojos.—Letras en
«diamante»—decía el tío Lucas. Sus cintas de hierro estaban apretadas con
clavos cabezudos y ásperos; y en las entrañas tendría el monstruo, cuando
menos, linones y percales.
* * *
Sólo él faltaba.
—¡Se va el bruto!—dijo uno de los lancheros.
—El Barrigón—agregó otro.
El hijo del tío Lucas, que estaba ansioso de acabar pronto, se alistaba
para ir a cobrar y desayunarse, anudándose un pañuelo de cuadros al
pescuezo.
Bajó la cadena danzando en el aire. Se amarró un gran lazo en el fardo,
se probó si estaba bien seguro, y se gritó: ¡Iza! mientras la cadena tiraba de
la masa chirriando y levantándola en vilo.
Los lancheros, de pie, miraban subir el enorme peso, y se preparaban
para ir a tierra, cuando se vió una cosa horrible. El fardo, el grueso fardo, se
zafó del lazo, como de un collar holgado saca un perro la cabeza; y cayó
navíos en grupo.
Debajo de uno de los pescantes del muelle estaba el hijo del tío Lucas
con otros lancheros, descargando a toda prisa. Había que vaciar la lancha
repleta de fardos. De tiempo en tiempo bajaba la larga cadena que remata en
un garfio, sonando como una matraca al correr con la roldana; los mozos
amarraban los bultos con una cuerda doblada en dos, los enganchaban en el
garfio, y entonces éstos subían a la manera de un pez en un anzuelo, o del
plomo de una sonda, ya quietos, ya agitándose de un lado a otro, como un
badajo, en el vacío.
La carga estaba amontonada. La ola movía pausadamente de cuando en
cuando la embarcación colmada de fardos. Estos formaban una a modo de
pirámide en el centro. Había uno muy pesado, muy pesado. Era el más
grande de todos, ancho, gordo y oloroso a brea. Venía en el fondo de la
lancha. Un hombre de pie sobre él, era pequeña figura para el grueso
zócalo.
Era algo como todos los prosaísmos de la importación, envueltos en lona
y fajados con correas de hierro. Sobre sus costados, en medio de líneas y de
triángulos negros, había letras que miraban como ojos.—Letras en
«diamante»—decía el tío Lucas. Sus cintas de hierro estaban apretadas con
clavos cabezudos y ásperos; y en las entrañas tendría el monstruo, cuando
menos, linones y percales.
* * *
Sólo él faltaba.
—¡Se va el bruto!—dijo uno de los lancheros.
—El Barrigón—agregó otro.
El hijo del tío Lucas, que estaba ansioso de acabar pronto, se alistaba
para ir a cobrar y desayunarse, anudándose un pañuelo de cuadros al
pescuezo.
Bajó la cadena danzando en el aire. Se amarró un gran lazo en el fardo,
se probó si estaba bien seguro, y se gritó: ¡Iza! mientras la cadena tiraba de
la masa chirriando y levantándola en vilo.
Los lancheros, de pie, miraban subir el enorme peso, y se preparaban
para ir a tierra, cuando se vió una cosa horrible. El fardo, el grueso fardo, se
zafó del lazo, como de un collar holgado saca un perro la cabeza; y cayó
Page 43
sobre el hijo del tío Lucas, que entre el filo de la lancha y el gran bulto
quedó con los riñones rotos, el espinazo desencajado y echando sangre
negra por la boca.
Aquel día no hubo pan ni medicinas en casa del tío Lucas, sino el
muchacho destrozado, al que se abrazaba llorando el reumático, entre la
gritería de la mujer y de los chicos, cuando llevaban el cadáver al
cementerio.
* * *
Me despedí del viejo lanchero, y a pasos elásticos dejé el muelle,
tomando el camino de la casa y haciendo filosofía con toda la cachaza de un
poeta, en tanto que una brisa glacial, que venía de mar afuera, pellizcaba
tenazmente las narices y las orejas.
quedó con los riñones rotos, el espinazo desencajado y echando sangre
negra por la boca.
Aquel día no hubo pan ni medicinas en casa del tío Lucas, sino el
muchacho destrozado, al que se abrazaba llorando el reumático, entre la
gritería de la mujer y de los chicos, cuando llevaban el cadáver al
cementerio.
* * *
Me despedí del viejo lanchero, y a pasos elásticos dejé el muelle,
tomando el camino de la casa y haciendo filosofía con toda la cachaza de un
poeta, en tanto que una brisa glacial, que venía de mar afuera, pellizcaba
tenazmente las narices y las orejas.
Page 44
Los cuatro hombres se quejaban.
Al uno le había tocado en suerte una
cantera, al otro el iris, al otro el ritmo,
al otro el cielo azul.
Al uno le había tocado en suerte una
cantera, al otro el iris, al otro el ritmo,
al otro el cielo azul.
Page 45
EL VELO DE LA REINA MAB
A reina Mab, en su carro hecho de una sola perla, tirado por
cuatro coleópteros de petos dorados y alas de pedrería,
caminando sobre un rayo de sol, se coló por la ventana de una
boardilla donde estaban cuatro hombres flacos, barbudos e
impertinentes, lamentándose como unos desdichados.
Por aquel tiempo, las hadas habían repartido sus dones a los mortales. A
unos habían dado las varitas misteriosas que llenan de oro las pesadas cajas
del comercio; a otros unas espigas maravillosas que al desgranarlas
colmaban las trojes de riqueza; a otros unos cristales que hacían ver en el
riñón de la madre tierra, oro y piedras preciosas; a quiénes, cabelleras
espesas y músculos de Goliat, y mazas enormes para machacar el hierro
encendido; y a quiénes, talones fuertes y piernas ágiles para montar en las
rápidas caballerías que se beben el viento y que tienden las crines en la
carrera.
Los cuatro hombres se quejaban. Al uno le había tocado en suerte una
cantera, al otro el iris, al otro el ritmo, al otro el cielo azul.
* * *
La reina Mab oyó sus palabras: Decía el primero:—¡Y bien! ¡Heme aquí
en la gran lucha de mis sueños de mármol! Yo he arrancado el bloque y
tengo el cincel. Todos tenéis, unos el oro, otros la armonía, otros la luz; yo
pienso en la blanca y divina Venus, que muestra su desnudez bajo el plafón
color del cielo. Yo quiero dar a la masa la línea y la hermosura plástica; y
que circule por las venas de la estatua una sangre incolora como la de los
dioses. Yo tengo el espíritu de Grecia en el cerebro, y amo los desnudos en
que la ninfa huye y el fauno tiende los brazos. ¡Oh, Fidias! Tú eres para mí
soberbio y augusto como un semidiós, en el recinto de la eterna belleza, rey
ante un ejército de hermosuras que a tus ojos arrojan el magnífico Kiton,
mostrando la esplendidez de la forma en sus cuerpos de rosa y de nieve.
Tú golpeas, hieres y domas al mármol, y suena el golpe armónico como
en verso, y te adula la cigarra, amante del sol, oculta entre los pámpanos de
la viña virgen. Para ti son los Apolos rubios y luminosos, las Minervas
severas y soberanas. Tú, como un mago, conviertes la roca en simulacro y
el colmillo del elefante en copa del festín. Y al ver tu grandeza siento el
A reina Mab, en su carro hecho de una sola perla, tirado por
cuatro coleópteros de petos dorados y alas de pedrería,
caminando sobre un rayo de sol, se coló por la ventana de una
boardilla donde estaban cuatro hombres flacos, barbudos e
impertinentes, lamentándose como unos desdichados.
Por aquel tiempo, las hadas habían repartido sus dones a los mortales. A
unos habían dado las varitas misteriosas que llenan de oro las pesadas cajas
del comercio; a otros unas espigas maravillosas que al desgranarlas
colmaban las trojes de riqueza; a otros unos cristales que hacían ver en el
riñón de la madre tierra, oro y piedras preciosas; a quiénes, cabelleras
espesas y músculos de Goliat, y mazas enormes para machacar el hierro
encendido; y a quiénes, talones fuertes y piernas ágiles para montar en las
rápidas caballerías que se beben el viento y que tienden las crines en la
carrera.
Los cuatro hombres se quejaban. Al uno le había tocado en suerte una
cantera, al otro el iris, al otro el ritmo, al otro el cielo azul.
* * *
La reina Mab oyó sus palabras: Decía el primero:—¡Y bien! ¡Heme aquí
en la gran lucha de mis sueños de mármol! Yo he arrancado el bloque y
tengo el cincel. Todos tenéis, unos el oro, otros la armonía, otros la luz; yo
pienso en la blanca y divina Venus, que muestra su desnudez bajo el plafón
color del cielo. Yo quiero dar a la masa la línea y la hermosura plástica; y
que circule por las venas de la estatua una sangre incolora como la de los
dioses. Yo tengo el espíritu de Grecia en el cerebro, y amo los desnudos en
que la ninfa huye y el fauno tiende los brazos. ¡Oh, Fidias! Tú eres para mí
soberbio y augusto como un semidiós, en el recinto de la eterna belleza, rey
ante un ejército de hermosuras que a tus ojos arrojan el magnífico Kiton,
mostrando la esplendidez de la forma en sus cuerpos de rosa y de nieve.
Tú golpeas, hieres y domas al mármol, y suena el golpe armónico como
en verso, y te adula la cigarra, amante del sol, oculta entre los pámpanos de
la viña virgen. Para ti son los Apolos rubios y luminosos, las Minervas
severas y soberanas. Tú, como un mago, conviertes la roca en simulacro y
el colmillo del elefante en copa del festín. Y al ver tu grandeza siento el
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martirio de mi pequeñez. Porque pasaron los tiempos gloriosos. Porque
tiemblo ante las miradas de hoy. Porque contemplo el ideal inmenso y las
fuerzas exhaustas. Porque a medida que cincelo el bloque me ataraza el
desaliento.
* * *
Y decía el otro:—Lo que es hoy romperé mis pinceles. ¿Para qué quiero
el iris y esta gran paleta de campo florido, si a la postre mi cuadro no será
admitido en el salón? ¿Qué abordaré? He recorrido todas las escuelas, todas
las inspiraciones artísticas. He pintado el torso de Diana y el rostro de la
Madona. He pedido a las campiñas sus colores, sus matices; he adulado a la
luz como a una amada, y la he abrazado como a una querida. He sido
adorador del desnudo, con sus magnificencias, con los tonos de sus
carnaciones y con sus fugaces medias tintas. He trazado en mis lienzos los
nimbos de los santos y las alas de los querubines. ¡Ah, pero siempre el
terrible desencanto! ¡el porvenir! ¡Vender una Cleopatra en dos pesetas para
poder almorzar!
Y yo, ¡que podría en el estremecimiento de mi inspiración, trazar el gran
cuadro que tengo aquí adentro!
* * *
Y decía el otro:—Perdida mi alma en la gran ilusión de mis sinfonías,
temo todas las decepciones. Yo escucho todas las armonías, desde la lira de
Terpandro hasta las fantasías orquestales de Wagner. Mis ideales brillan en
medio de mis audacias de inspirado. Yo tengo la percepción del filósofo que
oyó la música de los astros. Todos los ruidos pueden aprisionarse, todos los
ecos son susceptibles de combinaciones. Todo cabe en la línea de mis
escalas cromáticas.
La luz vibrante es himno, y la melodía de la selva halla un eco en mi
corazón. Desde el ruido de la tempestad hasta el canto del pájaro, todo se
confunde y enlaza en la infinita cadencia.
Entre tanto, no diviso sino la muchedumbre que befa, y la celda del
manicomio.
* * *
Y el último:—Todos bebemos del agua clara de la fuente de Jonia. Pero
el ideal flota en el azul; y para que los espíritus gocen de la luz suprema es
preciso que asciendan. Yo tengo el verso que es de miel y el que es de oro, y
el que es de hierro candente. Yo soy el ánfora del celeste perfume: tengo el
tiemblo ante las miradas de hoy. Porque contemplo el ideal inmenso y las
fuerzas exhaustas. Porque a medida que cincelo el bloque me ataraza el
desaliento.
* * *
Y decía el otro:—Lo que es hoy romperé mis pinceles. ¿Para qué quiero
el iris y esta gran paleta de campo florido, si a la postre mi cuadro no será
admitido en el salón? ¿Qué abordaré? He recorrido todas las escuelas, todas
las inspiraciones artísticas. He pintado el torso de Diana y el rostro de la
Madona. He pedido a las campiñas sus colores, sus matices; he adulado a la
luz como a una amada, y la he abrazado como a una querida. He sido
adorador del desnudo, con sus magnificencias, con los tonos de sus
carnaciones y con sus fugaces medias tintas. He trazado en mis lienzos los
nimbos de los santos y las alas de los querubines. ¡Ah, pero siempre el
terrible desencanto! ¡el porvenir! ¡Vender una Cleopatra en dos pesetas para
poder almorzar!
Y yo, ¡que podría en el estremecimiento de mi inspiración, trazar el gran
cuadro que tengo aquí adentro!
* * *
Y decía el otro:—Perdida mi alma en la gran ilusión de mis sinfonías,
temo todas las decepciones. Yo escucho todas las armonías, desde la lira de
Terpandro hasta las fantasías orquestales de Wagner. Mis ideales brillan en
medio de mis audacias de inspirado. Yo tengo la percepción del filósofo que
oyó la música de los astros. Todos los ruidos pueden aprisionarse, todos los
ecos son susceptibles de combinaciones. Todo cabe en la línea de mis
escalas cromáticas.
La luz vibrante es himno, y la melodía de la selva halla un eco en mi
corazón. Desde el ruido de la tempestad hasta el canto del pájaro, todo se
confunde y enlaza en la infinita cadencia.
Entre tanto, no diviso sino la muchedumbre que befa, y la celda del
manicomio.
* * *
Y el último:—Todos bebemos del agua clara de la fuente de Jonia. Pero
el ideal flota en el azul; y para que los espíritus gocen de la luz suprema es
preciso que asciendan. Yo tengo el verso que es de miel y el que es de oro, y
el que es de hierro candente. Yo soy el ánfora del celeste perfume: tengo el
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amor. Paloma, estrella, nido, lirio, vosotros conocéis mi morada. Para los
vuelos inconmensurables tengo alas de águila que parten a golpes mágicos
el huracán. Y para hallar consonantes, los busco en dos bocas que se juntan;
y estalla el beso, y escribo la estrofa, y entonces, si véis mi alma, conoceréis
a mi musa. Amo las epopeyas, porque de ellas brota el soplo heroico que
agita las banderas que ondean sobre las lanzas y los penachos que tiemblan
sobre los cascos; los cantos líricos, porque hablan de las diosas y de los
amores; y las églogas, porque son olorosas a verbena y a tomillo, y al santo
aliento del buey coronado de rosas. Yo escribiría algo inmortal; mas me
abruma un porvenir de miseria y de hambre.
* * *
Entonces la reina Mab, del fondo de su carro hecho de una sola perla,
tomó un velo azul, casi impalpable, como formado de suspiros, o de
miradas de ángeles rubios y pensativos. Y aquel velo era el velo de los
sueños, de los dulces sueños, que hacen ver la vida del color de rosa. Y con
él envolvió a los cuatro hombres flacos, barbudos e impertinentes. Los
cuales cesaron de estar tristes, porque penetró en su pecho la esperanza, y
en su cabeza el sol alegre, con el diablillo de la vanidad, que consuela en
sus profundas decepciones a los pobres artistas.
Y desde entonces, en las boardillas de los brillantes infelices, donde flota
el sueño azul, se piensa en el porvenir como en la aurora, y se oyen risas
que quitan la tristeza, y se bailan extrañas farándulas alrededor de un blanco
Apolo, de un lindo paisaje, de un violín viejo, de un amarillento manuscrito.
vuelos inconmensurables tengo alas de águila que parten a golpes mágicos
el huracán. Y para hallar consonantes, los busco en dos bocas que se juntan;
y estalla el beso, y escribo la estrofa, y entonces, si véis mi alma, conoceréis
a mi musa. Amo las epopeyas, porque de ellas brota el soplo heroico que
agita las banderas que ondean sobre las lanzas y los penachos que tiemblan
sobre los cascos; los cantos líricos, porque hablan de las diosas y de los
amores; y las églogas, porque son olorosas a verbena y a tomillo, y al santo
aliento del buey coronado de rosas. Yo escribiría algo inmortal; mas me
abruma un porvenir de miseria y de hambre.
* * *
Entonces la reina Mab, del fondo de su carro hecho de una sola perla,
tomó un velo azul, casi impalpable, como formado de suspiros, o de
miradas de ángeles rubios y pensativos. Y aquel velo era el velo de los
sueños, de los dulces sueños, que hacen ver la vida del color de rosa. Y con
él envolvió a los cuatro hombres flacos, barbudos e impertinentes. Los
cuales cesaron de estar tristes, porque penetró en su pecho la esperanza, y
en su cabeza el sol alegre, con el diablillo de la vanidad, que consuela en
sus profundas decepciones a los pobres artistas.
Y desde entonces, en las boardillas de los brillantes infelices, donde flota
el sueño azul, se piensa en el porvenir como en la aurora, y se oyen risas
que quitan la tristeza, y se bailan extrañas farándulas alrededor de un blanco
Apolo, de un lindo paisaje, de un violín viejo, de un amarillento manuscrito.
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Aquel día, un harapiento, por las
trazas un mendigo, tal vez un peregrino,
quizá un poeta...
trazas un mendigo, tal vez un peregrino,
quizá un poeta...
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LA CANCIÓN DEL ORO
QUEL día, un harapiento, por las trazas un mendigo, tal vez un
peregrino, quizá un poeta, llegó, bajo la sombra de los altos
álamos, a la gran calle de los palacios, donde hay desafíos de
soberbia entre el ónix y el pórfido, el ágata y el mármol; en donde
las altas columnas, los hermosos frisos, las cópulas doradas, reciben la
caricia pálida del sol moribundo.
Había tras los vidrios de las ventanas, en los vastos edificios de la
riqueza, rostros de mujeres gallardas o de niños encantadores. Tras las rejas
se adivinaban extensos jardines, grandes verdores salpicados de rosas y
ramas que se balanceaban acompasada y blandamente como bajo la ley de
un ritmo. Y allá en los grandes salones, debía de estar el tapiz purpurado y
lleno de oro, la blanca estatua, el bronce chino, el tibor cubierto de campos
azules y de arrozales tupidos, la gran cortina recogida como una falda,
ornada de flores opulentas, donde el ocre oriental hace vibrar la luz en la
seda que resplandece. Luego, las lunas venecianas, los palisándros y los
cedros, los nácares y los ébanos, y el piano negro y abierto, que ríe
mostrando sus teclas como una linda dentadura; y las arañas cristalinas,
donde alzan las velas profusas la aristocracia de su blanca cera. ¡Oh, y más
allá! Más allá el cuadro valioso, dorado por el tiempo, el retrato que firma
Durand o Bounat, y las preciosas acuarelas en que el tono rosado parece
que emerge de un cielo puro y envuelve en una onda dulce desde el lejano
horizonte hasta la hiedra trémula y humilde. Y más allá...
* * *
(Muere la tarde.
Llega a las puertas del palacio un carruaje flamante y charolado. Baja
una pareja y entra con tal soberbia en la mansión, que el mendigo piensa,
decididamente, el aguilucho y su hembra van al nido. El tronco, ruidoso y
azogado, a un golpe de látigo, arrastra el carruaje haciendo relampaguear
las piedras. Noche.)
* * *
Entonces en aquel cerebro de loco, que ocultaba un sombrero raído,
brotó como un germen de una idea que pasó al pecho, y fué opresión, y
llegó a la boca hecho himno que le encendía la lengua y hacía entrechocar
QUEL día, un harapiento, por las trazas un mendigo, tal vez un
peregrino, quizá un poeta, llegó, bajo la sombra de los altos
álamos, a la gran calle de los palacios, donde hay desafíos de
soberbia entre el ónix y el pórfido, el ágata y el mármol; en donde
las altas columnas, los hermosos frisos, las cópulas doradas, reciben la
caricia pálida del sol moribundo.
Había tras los vidrios de las ventanas, en los vastos edificios de la
riqueza, rostros de mujeres gallardas o de niños encantadores. Tras las rejas
se adivinaban extensos jardines, grandes verdores salpicados de rosas y
ramas que se balanceaban acompasada y blandamente como bajo la ley de
un ritmo. Y allá en los grandes salones, debía de estar el tapiz purpurado y
lleno de oro, la blanca estatua, el bronce chino, el tibor cubierto de campos
azules y de arrozales tupidos, la gran cortina recogida como una falda,
ornada de flores opulentas, donde el ocre oriental hace vibrar la luz en la
seda que resplandece. Luego, las lunas venecianas, los palisándros y los
cedros, los nácares y los ébanos, y el piano negro y abierto, que ríe
mostrando sus teclas como una linda dentadura; y las arañas cristalinas,
donde alzan las velas profusas la aristocracia de su blanca cera. ¡Oh, y más
allá! Más allá el cuadro valioso, dorado por el tiempo, el retrato que firma
Durand o Bounat, y las preciosas acuarelas en que el tono rosado parece
que emerge de un cielo puro y envuelve en una onda dulce desde el lejano
horizonte hasta la hiedra trémula y humilde. Y más allá...
* * *
(Muere la tarde.
Llega a las puertas del palacio un carruaje flamante y charolado. Baja
una pareja y entra con tal soberbia en la mansión, que el mendigo piensa,
decididamente, el aguilucho y su hembra van al nido. El tronco, ruidoso y
azogado, a un golpe de látigo, arrastra el carruaje haciendo relampaguear
las piedras. Noche.)
* * *
Entonces en aquel cerebro de loco, que ocultaba un sombrero raído,
brotó como un germen de una idea que pasó al pecho, y fué opresión, y
llegó a la boca hecho himno que le encendía la lengua y hacía entrechocar
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los dientes. Fué la visión de todos los mendigos, de todos los suicidas, de
todos los borrachos, del harapo y de la llaga, de todos los que viven—¡Dios
mío!—en perpetua noche, tanteando la sombra, cayendo al abismo, por no
tener un mendrugo para llenar el estómago. Y después la turba feliz, el
lecho blando, la trufa y el áureo vino que hierve, el raso y muaré que con su
roce ríen; el novio rubio y la novia morena cubierta de pedrería y blonda; y
el gran reloj que la suerte tiene para medir la vida de los felices opulentos,
que, en vez de granos de arena, deja caer escudos de oro.
* * *
Aquella especie de poeta sonrió; pero su faz tenía aire dantesco. Sacó de
su bolsillo un pan moreno, comió y dió al viento su himno. Nada más cruel
que aquel canto tras el mordisco.
* * *
¡Cantemos el oro!
Cantemos el oro, rey del mundo, que lleva dicha y luz por donde va,
como los fragmentos de un sol despedazado.
Cantemos el oro, que nace del vientre fecundo de la madre tierra;
inmenso tesoro, leche rubia de esa ubre gigantesca.
Cantemos el oro, río caudaloso, fuente de la vida, que hace jóvenes y
bellos a los que se bañan en sus corrientes maravillosas, y envejece a
aquellos que no gozan de sus raudales.
Cantemos el oro, porque de él se hacen las tiaras de los pontífices, las
coronas de los reyes y los cetros imperiales; y porque se derrama por los
mantos como un fuego sólido, e inunda las capas de los arzobispos, y
refulge en los altares y sostiene al Dios eterno en las custodias radiantes.
Cantemos el oro, porque podemos ser unos perdidos, y él nos pone
mamparas para cubrir las locuras abyectas de la taberna y las vergüenzas de
las alcobas adúlteras.
Cantemos el oro, porque al saltar del cuño lleva en su disco el perfil
soberbio de los césares; y va a repletar las cajas de sus vastos templos, los
bancos, y mueve las máquinas, y da la vida, y hace engordar los tocinos
privilegiados.
Cantemos el oro, porque él da los palacios y los carruajes, los vestidos a
la moda, y los frescos senos de las mujeres garridas; y las genuflexiones de
espinazos aduladores y las muecas de los labios eternamente sonrientes.
todos los borrachos, del harapo y de la llaga, de todos los que viven—¡Dios
mío!—en perpetua noche, tanteando la sombra, cayendo al abismo, por no
tener un mendrugo para llenar el estómago. Y después la turba feliz, el
lecho blando, la trufa y el áureo vino que hierve, el raso y muaré que con su
roce ríen; el novio rubio y la novia morena cubierta de pedrería y blonda; y
el gran reloj que la suerte tiene para medir la vida de los felices opulentos,
que, en vez de granos de arena, deja caer escudos de oro.
* * *
Aquella especie de poeta sonrió; pero su faz tenía aire dantesco. Sacó de
su bolsillo un pan moreno, comió y dió al viento su himno. Nada más cruel
que aquel canto tras el mordisco.
* * *
¡Cantemos el oro!
Cantemos el oro, rey del mundo, que lleva dicha y luz por donde va,
como los fragmentos de un sol despedazado.
Cantemos el oro, que nace del vientre fecundo de la madre tierra;
inmenso tesoro, leche rubia de esa ubre gigantesca.
Cantemos el oro, río caudaloso, fuente de la vida, que hace jóvenes y
bellos a los que se bañan en sus corrientes maravillosas, y envejece a
aquellos que no gozan de sus raudales.
Cantemos el oro, porque de él se hacen las tiaras de los pontífices, las
coronas de los reyes y los cetros imperiales; y porque se derrama por los
mantos como un fuego sólido, e inunda las capas de los arzobispos, y
refulge en los altares y sostiene al Dios eterno en las custodias radiantes.
Cantemos el oro, porque podemos ser unos perdidos, y él nos pone
mamparas para cubrir las locuras abyectas de la taberna y las vergüenzas de
las alcobas adúlteras.
Cantemos el oro, porque al saltar del cuño lleva en su disco el perfil
soberbio de los césares; y va a repletar las cajas de sus vastos templos, los
bancos, y mueve las máquinas, y da la vida, y hace engordar los tocinos
privilegiados.
Cantemos el oro, porque él da los palacios y los carruajes, los vestidos a
la moda, y los frescos senos de las mujeres garridas; y las genuflexiones de
espinazos aduladores y las muecas de los labios eternamente sonrientes.
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Cantemos el oro, padre del pan.
Cantemos el oro, porque es en las orejas de las lindas damas, sostenedor
del rocío del diamante, al extremo de tan sonrosado y bello caracol; porque
en los pechos siente el latido de los corazones, y en las manos a veces es
símbolo de amor y de santa promesa.
Cantemos el oro, porque tapa las bocas que nos insultan; detiene las
manos que nos amenazan, y pone vendas a los pillos que nos sirven.
Cantemos el oro, porque su voz es música encantada; porque es heroico
y luce en las corazas de los héroes homéricos, y en las sandalias de las
diosas y en los coturnos trágicos y en las manzanas del Jardín de las
Hespérides.
Cantemos el oro, porque de él son las cuerdas de las grandes liras, la
cabellera de las más tiernas amadas, los granos de la espiga y el peplo que
al levantarse viste la olímpica aurora.
Cantemos el oro, premio y gloria del trabajador y pasto del bandido.
Cantemos el oro, que cruza por el carnaval del mundo, disfrazado de
papel, de plata, de cobre y hasta de plomo.
Cantemos el oro, amarillo como la muerte.
Cantemos el oro, calificado de vil por los hambrientos; hermano del
carbón, oro negro que incuba el diamante; rey de la mina, donde el hombre
lucha y la roca se desgarra; poderoso en el poniente, donde se tiñe en
sangre; carne de ídolo, tela de que Fidias hace el traje de Minerva.
Cantemos el oro, en el arnés del caballo, en el carro de guerra, en el
puño de la espada, en el lauro que ciñe cabezas luminosas, en la copa del
festín dionisíaco, en el alfiler que hiere el seno de la esclava, en el rayo del
astro y en el champaña que burbujea como una disolución de topacios
hirvientes.
Cantemos el oro, porque nos hace gentiles, educados y pulcros.
Cantemos el oro, porque es la piedra de toque de toda amistad.
Cantemos el oro, purificado por el fuego, como el hombre por el
sufrimiento; mordido por la lima como el hombre por la envidia; golpeado
por el martillo, como el hombre por la necesidad; realzado por el estuche de
seda como el hombre por el palacio de mármol.
Cantemos el oro, esclavo, despreciado por Jerónimo, arrojado por
Antonio, vilipendiado por Macario, humillado por Hilarión, maldecido por
Cantemos el oro, porque es en las orejas de las lindas damas, sostenedor
del rocío del diamante, al extremo de tan sonrosado y bello caracol; porque
en los pechos siente el latido de los corazones, y en las manos a veces es
símbolo de amor y de santa promesa.
Cantemos el oro, porque tapa las bocas que nos insultan; detiene las
manos que nos amenazan, y pone vendas a los pillos que nos sirven.
Cantemos el oro, porque su voz es música encantada; porque es heroico
y luce en las corazas de los héroes homéricos, y en las sandalias de las
diosas y en los coturnos trágicos y en las manzanas del Jardín de las
Hespérides.
Cantemos el oro, porque de él son las cuerdas de las grandes liras, la
cabellera de las más tiernas amadas, los granos de la espiga y el peplo que
al levantarse viste la olímpica aurora.
Cantemos el oro, premio y gloria del trabajador y pasto del bandido.
Cantemos el oro, que cruza por el carnaval del mundo, disfrazado de
papel, de plata, de cobre y hasta de plomo.
Cantemos el oro, amarillo como la muerte.
Cantemos el oro, calificado de vil por los hambrientos; hermano del
carbón, oro negro que incuba el diamante; rey de la mina, donde el hombre
lucha y la roca se desgarra; poderoso en el poniente, donde se tiñe en
sangre; carne de ídolo, tela de que Fidias hace el traje de Minerva.
Cantemos el oro, en el arnés del caballo, en el carro de guerra, en el
puño de la espada, en el lauro que ciñe cabezas luminosas, en la copa del
festín dionisíaco, en el alfiler que hiere el seno de la esclava, en el rayo del
astro y en el champaña que burbujea como una disolución de topacios
hirvientes.
Cantemos el oro, porque nos hace gentiles, educados y pulcros.
Cantemos el oro, porque es la piedra de toque de toda amistad.
Cantemos el oro, purificado por el fuego, como el hombre por el
sufrimiento; mordido por la lima como el hombre por la envidia; golpeado
por el martillo, como el hombre por la necesidad; realzado por el estuche de
seda como el hombre por el palacio de mármol.
Cantemos el oro, esclavo, despreciado por Jerónimo, arrojado por
Antonio, vilipendiado por Macario, humillado por Hilarión, maldecido por
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Pablo el Ermitaño, quien tenía por alcázar una cueva bronca, y por amigos
las estrellas de la noche, los pájaros del alba y las fieras hirsutas y salvajes
del yermo.
Cantemos el oro, dios becerro, tuétano de roca misterioso y callado en su
entraña, y bullicioso cuando brota a pleno sol y a toda vida, sonante como
un coro de tímpanos; feto de astros, residuo de luz, encarnación de éter.
Cantemos el oro, hecho sol, enamorado de la noche, cuya camisa de
crespón riega de estrellas brillantes, después del último beso como con una
gran muchedumbre de libras esterlinas.
¡Eh, miserables beodos, pobres de solemnidad, prostitutas, mendigos,
vagos, rateros, bandidos, pordioseros peregrinos, y vosotros los desterrados,
y vosotros los holgazanes, y sobre todo, vosotros, oh poetas!
¡Unámonos a los felices, a los poderosos, a los banqueros, a los
semidioses de la tierra!
¡Cantemos el oro!
* * *
Y el eco se llevó aquel himno, mezcla de gemido, ditirambo y carcajada;
y como ya la noche obscura y fría había entrado, el eco resonaba en las
tinieblas.
Pasó una vieja y pidió limosna.
Y aquella especie de harapiento, por las trazas un mendigo, tal vez un
peregrino, quizá un poeta, le dió su último mendrugo de pan petrificado, y
se marchó por la terrible sombra, rezongando entre dientes.
las estrellas de la noche, los pájaros del alba y las fieras hirsutas y salvajes
del yermo.
Cantemos el oro, dios becerro, tuétano de roca misterioso y callado en su
entraña, y bullicioso cuando brota a pleno sol y a toda vida, sonante como
un coro de tímpanos; feto de astros, residuo de luz, encarnación de éter.
Cantemos el oro, hecho sol, enamorado de la noche, cuya camisa de
crespón riega de estrellas brillantes, después del último beso como con una
gran muchedumbre de libras esterlinas.
¡Eh, miserables beodos, pobres de solemnidad, prostitutas, mendigos,
vagos, rateros, bandidos, pordioseros peregrinos, y vosotros los desterrados,
y vosotros los holgazanes, y sobre todo, vosotros, oh poetas!
¡Unámonos a los felices, a los poderosos, a los banqueros, a los
semidioses de la tierra!
¡Cantemos el oro!
* * *
Y el eco se llevó aquel himno, mezcla de gemido, ditirambo y carcajada;
y como ya la noche obscura y fría había entrado, el eco resonaba en las
tinieblas.
Pasó una vieja y pidió limosna.
Y aquella especie de harapiento, por las trazas un mendigo, tal vez un
peregrino, quizá un poeta, le dió su último mendrugo de pan petrificado, y
se marchó por la terrible sombra, rezongando entre dientes.
Page 53
... queriendo huir por el agujero
abierto por mi maza de granito, desnuda
y bella, destrozó su cuerpo
blanco y suave como de azahar y mármol y rosa...
abierto por mi maza de granito, desnuda
y bella, destrozó su cuerpo
blanco y suave como de azahar y mármol y rosa...
Page 54
EL RUBÍ
H! ¡Con que es cierto! ¡Con que ese sabio parisiense ha logrado
sacar del fondo de sus retortas, de sus matraces, la púrpura
cristalina de que están incrustados los muros de mi palacio! Y al
decir esto el pequeño gnomo iba y venía, de un lugar a otro, a
cortos saltos, por la honda cueva que les servía de morada; y hacía temblar
su larga barba y el cascabel de su gorro azul y puntiagudo.
En efecto, un amigo del centenario Chevreul—cuasi Althotas—el
químico Fremy, acababa de descubrir la manera de hacer rubíes y zafiros.
Agitado, conmovido, el gnomo—que era sabidor y de genio harto vivaz
—seguía monologando.
—¡Ah, sabios de la Edad Media! ¡Ah, Alberto el Grande, Averroes,
Raimundo Lulio! ¡Vosotros no pudisteis ver brillar el gran sol de la piedra
filosofal, y he aquí que sin estudiar las fórmulas aristotélicas, sin saber
cábala y nigromancia, llega un hombre del siglo décimonono a formar a la
luz del día lo que nosotros fabricamos en nuestros subterráneos! ¡Pues el
conjuro! fusión por veinte días, de una mezcla de sílice y de aluminado de
plomo; coloración con bicromata de potasa o con óxido de cobalto. Palabras
en verdad que parecen lengua diabólica.
Risa.
Luego se detuvo.
* * *
El cuerpo del delito estaba allí, en el centro de la gruta, sobre una gran
roca de oro; un pequeño rubí, redondo, un tanto reluciente, como un grano
de granada al sol.
El gnomo tocó un cuerno, el que llevaba a su cintura, y el eco resonó por
las vastas concavidades. Al rato, un bullicio, un tropel, una algazara. Todos
los gnomos habían llegado.
Era la cueva ancha, y había en ella una claridad extraña y blanca. Era la
claridad de los carbunclos que en el techo de piedra centelleaban,
incrustados, hundidos, apiñados, en focos múltiples; una dulce luz lo
ilumina todo.
H! ¡Con que es cierto! ¡Con que ese sabio parisiense ha logrado
sacar del fondo de sus retortas, de sus matraces, la púrpura
cristalina de que están incrustados los muros de mi palacio! Y al
decir esto el pequeño gnomo iba y venía, de un lugar a otro, a
cortos saltos, por la honda cueva que les servía de morada; y hacía temblar
su larga barba y el cascabel de su gorro azul y puntiagudo.
En efecto, un amigo del centenario Chevreul—cuasi Althotas—el
químico Fremy, acababa de descubrir la manera de hacer rubíes y zafiros.
Agitado, conmovido, el gnomo—que era sabidor y de genio harto vivaz
—seguía monologando.
—¡Ah, sabios de la Edad Media! ¡Ah, Alberto el Grande, Averroes,
Raimundo Lulio! ¡Vosotros no pudisteis ver brillar el gran sol de la piedra
filosofal, y he aquí que sin estudiar las fórmulas aristotélicas, sin saber
cábala y nigromancia, llega un hombre del siglo décimonono a formar a la
luz del día lo que nosotros fabricamos en nuestros subterráneos! ¡Pues el
conjuro! fusión por veinte días, de una mezcla de sílice y de aluminado de
plomo; coloración con bicromata de potasa o con óxido de cobalto. Palabras
en verdad que parecen lengua diabólica.
Risa.
Luego se detuvo.
* * *
El cuerpo del delito estaba allí, en el centro de la gruta, sobre una gran
roca de oro; un pequeño rubí, redondo, un tanto reluciente, como un grano
de granada al sol.
El gnomo tocó un cuerno, el que llevaba a su cintura, y el eco resonó por
las vastas concavidades. Al rato, un bullicio, un tropel, una algazara. Todos
los gnomos habían llegado.
Era la cueva ancha, y había en ella una claridad extraña y blanca. Era la
claridad de los carbunclos que en el techo de piedra centelleaban,
incrustados, hundidos, apiñados, en focos múltiples; una dulce luz lo
ilumina todo.
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A aquellos resplandores podía verse la maravillosa mansión en todo su
esplendor. En los muros, sobre pedazos de plata y oro, entre venas de
lapizlázuli, formaban caprichosos dibujos, como los arabescos de una
mezquita, gran muchedumbre de piedras preciosas. Los diamantes blancos
y limpios como gotas de agua, emergían los iris de sus cristalizaciones;
cerca de calcedonias colgantes en estalactitas, las esmeraldas esparcían sus
resplandores verdes, y los zafiros, en amontonamientos raros, en ramilletes
que pendían del cuarzo, semejaban grandes flores azules y temblorosas.
Los topacios dorados, las amatistas, circundaban en franjas el recinto; y
en el pavimento, cuajado de ópalos, sobre la pulida crisofásia y el ágata,
brotaba de trecho en trecho un hilo de agua que caía con una dulzura
musical, a gotas armónicas, como las de una flauta metálica soplada muy
levemente.
¡Puck se había entrometido en el asunto, el pícaro Puck! Él había llevado
el cuerpo del delito, el rubí falsificado, el que estaba ahí, sobre la roca de
oro como una profanación entre el centelleo de todo aquel encanto.
Cuando los gnomos estuvieron juntos, unos con sus martillos y cortas
hachas en las manos, otros de gala, con caperuzas flamantes y encarnadas,
llenas de pedrería, todos furiosos, Puck dijo así:
—Me habéis pedido que os trajese una muestra de la nueva falsificación
humana, y he satisfecho esos deseos.
Los gnomos, sentados a la turca, se tiraban de los bigotes; daban las
gracias a Puck con una pausada inclinación de cabeza, y los más cercanos a
él examinaban con gesto de asombro las lindas alas, semejantes a los de un
hipsipilo.
Continuó:
—¡Oh, Tierra! ¡Oh, Mujer! Desde el tiempo en que veía a Titania no he
sido sino un esclavo de la una, un adorador casi místico de la otra.
Y luego, como si hablase en el placer de un sueño:
—¡Esos rubíes! En la gran ciudad de París, volando invisible, los vi por
todas partes. Brillaban en los collares de las cortesanas, en las
condecoraciones exóticas de los rastacueros, en los anillos de los príncipes
italianos y en los brazaletes de las primadonas.
Y con pícara sonrisa siempre:
esplendor. En los muros, sobre pedazos de plata y oro, entre venas de
lapizlázuli, formaban caprichosos dibujos, como los arabescos de una
mezquita, gran muchedumbre de piedras preciosas. Los diamantes blancos
y limpios como gotas de agua, emergían los iris de sus cristalizaciones;
cerca de calcedonias colgantes en estalactitas, las esmeraldas esparcían sus
resplandores verdes, y los zafiros, en amontonamientos raros, en ramilletes
que pendían del cuarzo, semejaban grandes flores azules y temblorosas.
Los topacios dorados, las amatistas, circundaban en franjas el recinto; y
en el pavimento, cuajado de ópalos, sobre la pulida crisofásia y el ágata,
brotaba de trecho en trecho un hilo de agua que caía con una dulzura
musical, a gotas armónicas, como las de una flauta metálica soplada muy
levemente.
¡Puck se había entrometido en el asunto, el pícaro Puck! Él había llevado
el cuerpo del delito, el rubí falsificado, el que estaba ahí, sobre la roca de
oro como una profanación entre el centelleo de todo aquel encanto.
Cuando los gnomos estuvieron juntos, unos con sus martillos y cortas
hachas en las manos, otros de gala, con caperuzas flamantes y encarnadas,
llenas de pedrería, todos furiosos, Puck dijo así:
—Me habéis pedido que os trajese una muestra de la nueva falsificación
humana, y he satisfecho esos deseos.
Los gnomos, sentados a la turca, se tiraban de los bigotes; daban las
gracias a Puck con una pausada inclinación de cabeza, y los más cercanos a
él examinaban con gesto de asombro las lindas alas, semejantes a los de un
hipsipilo.
Continuó:
—¡Oh, Tierra! ¡Oh, Mujer! Desde el tiempo en que veía a Titania no he
sido sino un esclavo de la una, un adorador casi místico de la otra.
Y luego, como si hablase en el placer de un sueño:
—¡Esos rubíes! En la gran ciudad de París, volando invisible, los vi por
todas partes. Brillaban en los collares de las cortesanas, en las
condecoraciones exóticas de los rastacueros, en los anillos de los príncipes
italianos y en los brazaletes de las primadonas.
Y con pícara sonrisa siempre:
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—Yo me colé hasta cierto gabinete rosado muy en boga... Había una
hermosa mujer dormida. Del cuello le arranqué un medallón y del medallón
el rubí. Ahí lo tenéis.
Todos soltaron la carcajada. ¡Qué cascabeleo!
—¡Eh, amigo Puck!
¡Y dieron su opinión después, acerca de aquella piedra falsa, obra de
hombre, o de sabio, que es peor!
—¡Vidrio!
—¡Maleficio!
—¡Ponzoña y cábala!
—¡Química!
—¡Pretender imitar un fragmento del iris!
—¡El tesoro rubicundo de lo hondo del globo!
—¡Hecho de rayos del poniente solidificados!
El gnomo más viejo, andando con sus piernas torcidas, su gran barba
nevada, su aspecto de patriarca, su cara llena de arrugas:
—¡Señores!—dijo,—¡no sabéislo que habláis!
Todos escucharon.
—Yo, yo que soy el más viejo de vosotros, puesto que apenas sirvo ya
para martillar las facetas de los diamantes; yo, que he visto formarse estos
hondos alcázares que he cincelado los huesos de la tierra, que he amasado
el oro, que he dado un día un puñetazo a un muro de piedra, y caí a un lago
donde violé a una ninfa; yo, el viejo, os referiré cómo se hizo el rubí.
Oid.
* * *
Puck sonreía curioso. Todos los gnomos rodearon al anciano cuyas canas
palidecían a los resplandores de la pedrería, y cuyas manos extendían su
movible sombra en los muros, cubiertos de piedras preciosas, como un
lienzo lleno de miel donde se arrojasen granos de arroz.
—Un día, nosotros, los escuadrones que tenemos a nuestro cargo las
minas de diamantes, tuvimos una huelga que conmovió toda la tierra, y
salimos en fuga por los cráteres de los volcanes.
El mundo estaba alegre, todo era vigor y juventud; y las rosas, y las
hojas verdes y frescas, y los pájaros en cuyos buches entra el grano y brota
hermosa mujer dormida. Del cuello le arranqué un medallón y del medallón
el rubí. Ahí lo tenéis.
Todos soltaron la carcajada. ¡Qué cascabeleo!
—¡Eh, amigo Puck!
¡Y dieron su opinión después, acerca de aquella piedra falsa, obra de
hombre, o de sabio, que es peor!
—¡Vidrio!
—¡Maleficio!
—¡Ponzoña y cábala!
—¡Química!
—¡Pretender imitar un fragmento del iris!
—¡El tesoro rubicundo de lo hondo del globo!
—¡Hecho de rayos del poniente solidificados!
El gnomo más viejo, andando con sus piernas torcidas, su gran barba
nevada, su aspecto de patriarca, su cara llena de arrugas:
—¡Señores!—dijo,—¡no sabéislo que habláis!
Todos escucharon.
—Yo, yo que soy el más viejo de vosotros, puesto que apenas sirvo ya
para martillar las facetas de los diamantes; yo, que he visto formarse estos
hondos alcázares que he cincelado los huesos de la tierra, que he amasado
el oro, que he dado un día un puñetazo a un muro de piedra, y caí a un lago
donde violé a una ninfa; yo, el viejo, os referiré cómo se hizo el rubí.
Oid.
* * *
Puck sonreía curioso. Todos los gnomos rodearon al anciano cuyas canas
palidecían a los resplandores de la pedrería, y cuyas manos extendían su
movible sombra en los muros, cubiertos de piedras preciosas, como un
lienzo lleno de miel donde se arrojasen granos de arroz.
—Un día, nosotros, los escuadrones que tenemos a nuestro cargo las
minas de diamantes, tuvimos una huelga que conmovió toda la tierra, y
salimos en fuga por los cráteres de los volcanes.
El mundo estaba alegre, todo era vigor y juventud; y las rosas, y las
hojas verdes y frescas, y los pájaros en cuyos buches entra el grano y brota
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el gorjeo, y el campo todo, saludaban al sol y a la primavera fragante.
Estaba el monte armónico y florido; lleno de trinos y de abejas; era una
grande y santa nupcia la que quebraba la luz, y en el árbol la savia ardía
profundamente, y en el animal todo era estremecimiento o balido de
cántico, y en el gnomo había risa y placer.
Yo había salido por un cráter apagado. Ante mis ojos había un campo
extenso. De un salto me puse sobre un gran árbol, una encina vieja. Luego
bajé al tronco, y me hallé cerca de un arroyo, un río pequeño y claro donde
las aguas charlaban diciéndose bromas cristalinas. Yo tenía sed. Quise beber
ahí... Ahora, oid mejor.
Brazos, espaldas, senos desnudos, azucenas, rosas, panecillos de marfil
coronados de cerezas; ecos de risas áureas festivas; y allá entre las espumas,
entre las linfas rotas, bajo las verdes ramas...
—¿Ninfas?
—No, mujeres.
* * *
—Yo sabía cuál era mi gruta. Con dar un golpe en el suelo, abría la arena
negra y llegaba a mi dominio. ¡Vosotros, pobrecillos, gnomos jóvenes,
tenéis mucho que aprender!
Bajo los retoños de unos helechos nuevos me escurrí sobre unas piedras
deslavadas por la corriente espumosa y parlante; y a ella, a la hermosa, a la
mujer, la así de la cintura, con este brazo antes tan musculoso; gritó, golpeé
el suelo, descendimos. Arriba quedó el asombro, abajo el gnomo soberbio y
vencedor.
Un día yo martillaba un trozo de diamante inmenso, que brillaba como
un astro y que al golpe de mi maza se hacía pedazos.
El pavimiento de mi taller se asemejaba a los restos de un sol hecho
trizas. La mujer amada descansaba a un lado, rosa de carne entre maceteros
de zafir, emperatriz del oro, en un lecho de cristal de roca, toda desnuda y
espléndida como una diosa.
Pero en el fondo de mis dominios, mi reina, mi querida, mi belleza, me
engañaba. Cuando el hombre ama de veras, su pasión lo penetra todo y es
capaz de traspasar la tierra.
Ella amaba a un hombre, y desde su prisión le enviaba sus suspiros.
Estos pasaban los poros de la corteza terrestre y llegaban a él; y él,
Estaba el monte armónico y florido; lleno de trinos y de abejas; era una
grande y santa nupcia la que quebraba la luz, y en el árbol la savia ardía
profundamente, y en el animal todo era estremecimiento o balido de
cántico, y en el gnomo había risa y placer.
Yo había salido por un cráter apagado. Ante mis ojos había un campo
extenso. De un salto me puse sobre un gran árbol, una encina vieja. Luego
bajé al tronco, y me hallé cerca de un arroyo, un río pequeño y claro donde
las aguas charlaban diciéndose bromas cristalinas. Yo tenía sed. Quise beber
ahí... Ahora, oid mejor.
Brazos, espaldas, senos desnudos, azucenas, rosas, panecillos de marfil
coronados de cerezas; ecos de risas áureas festivas; y allá entre las espumas,
entre las linfas rotas, bajo las verdes ramas...
—¿Ninfas?
—No, mujeres.
* * *
—Yo sabía cuál era mi gruta. Con dar un golpe en el suelo, abría la arena
negra y llegaba a mi dominio. ¡Vosotros, pobrecillos, gnomos jóvenes,
tenéis mucho que aprender!
Bajo los retoños de unos helechos nuevos me escurrí sobre unas piedras
deslavadas por la corriente espumosa y parlante; y a ella, a la hermosa, a la
mujer, la así de la cintura, con este brazo antes tan musculoso; gritó, golpeé
el suelo, descendimos. Arriba quedó el asombro, abajo el gnomo soberbio y
vencedor.
Un día yo martillaba un trozo de diamante inmenso, que brillaba como
un astro y que al golpe de mi maza se hacía pedazos.
El pavimiento de mi taller se asemejaba a los restos de un sol hecho
trizas. La mujer amada descansaba a un lado, rosa de carne entre maceteros
de zafir, emperatriz del oro, en un lecho de cristal de roca, toda desnuda y
espléndida como una diosa.
Pero en el fondo de mis dominios, mi reina, mi querida, mi belleza, me
engañaba. Cuando el hombre ama de veras, su pasión lo penetra todo y es
capaz de traspasar la tierra.
Ella amaba a un hombre, y desde su prisión le enviaba sus suspiros.
Estos pasaban los poros de la corteza terrestre y llegaban a él; y él,
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amándola también, besaba las rosas de cierto jardín; y ella, la enamorada,
tenía—yo lo notaba—convulsiones súbitas en que estiraba sus labios
rosados y frescos como pétalos de centifolia. ¿Cómo ambos así se sentían?
Con ser quien soy, no lo sé.
* * *
Había acabado yo mi trabajo: un gran montón de diamantes hechos en
un día; la tierra abría sus grietas de granito como los labios con sed,
esperando el brillante despedazamiento del rico cristal. Al fin de la faena,
cansado, dí un martillazo que rompió una roca y me dormí.
Desperté al rato al oir algo como un gemido.
De su lecho, de su mansión más luminosa y rica que las de todas las
reinas de Oriente, había volado fugitiva, desesperada, la amada mía, la
mujer robada. ¡Ay! y queriendo huir por el agujero abierto por mi maza de
granito, desnuda y bella, destrozó su cuerpo blanco y suave como de azahar
y mármol y rosa, en los filos de los diamantes rotos. Heridos sus costados,
chorreaba la sangre; los quejidos eran conmovedores hasta las lágrimas.
¡Oh, dolor!
Yo desperté, la tomé en mis brazos, la dí mis besos más ardientes; mas la
sangre corría inundando el recinto, y la gran masa diamantina se teñía de
grana. Me pareció que sentía, al darla un beso, un perfume salido de aquella
boca encendida: el alma; el cuerpo quedó inerte.
Cuando el gran patriarca nuestro, el centenario semidiós de las entrañas
terrestres, pasó por allí, encontró aquella muchedumbre de diamantes rojos.
* * *
Pausa.
—¿Habéis comprendido?
Los gnomos, muy graves, se levantaron.
Examinaron más de cerca la piedra falsa, hechura del sabio.
—¡Mirad, no tiene facetas!
—Brilla pálidamente.
—¡Impostura!
—¡Es redonda como la coraza de un escarabajo!
Y en ronda, uno por aquí, otro por allá, fueron a arrancar de los muros
pedazos de arabesco, rubíes grandes como una naranja, rojos y chispeantes
tenía—yo lo notaba—convulsiones súbitas en que estiraba sus labios
rosados y frescos como pétalos de centifolia. ¿Cómo ambos así se sentían?
Con ser quien soy, no lo sé.
* * *
Había acabado yo mi trabajo: un gran montón de diamantes hechos en
un día; la tierra abría sus grietas de granito como los labios con sed,
esperando el brillante despedazamiento del rico cristal. Al fin de la faena,
cansado, dí un martillazo que rompió una roca y me dormí.
Desperté al rato al oir algo como un gemido.
De su lecho, de su mansión más luminosa y rica que las de todas las
reinas de Oriente, había volado fugitiva, desesperada, la amada mía, la
mujer robada. ¡Ay! y queriendo huir por el agujero abierto por mi maza de
granito, desnuda y bella, destrozó su cuerpo blanco y suave como de azahar
y mármol y rosa, en los filos de los diamantes rotos. Heridos sus costados,
chorreaba la sangre; los quejidos eran conmovedores hasta las lágrimas.
¡Oh, dolor!
Yo desperté, la tomé en mis brazos, la dí mis besos más ardientes; mas la
sangre corría inundando el recinto, y la gran masa diamantina se teñía de
grana. Me pareció que sentía, al darla un beso, un perfume salido de aquella
boca encendida: el alma; el cuerpo quedó inerte.
Cuando el gran patriarca nuestro, el centenario semidiós de las entrañas
terrestres, pasó por allí, encontró aquella muchedumbre de diamantes rojos.
* * *
Pausa.
—¿Habéis comprendido?
Los gnomos, muy graves, se levantaron.
Examinaron más de cerca la piedra falsa, hechura del sabio.
—¡Mirad, no tiene facetas!
—Brilla pálidamente.
—¡Impostura!
—¡Es redonda como la coraza de un escarabajo!
Y en ronda, uno por aquí, otro por allá, fueron a arrancar de los muros
pedazos de arabesco, rubíes grandes como una naranja, rojos y chispeantes
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como un diamante hecho sangre; y decían:
—He aquí lo nuestro, ¡oh, madre tierra!
Aquello era una orgía de brillo y de color.
Y lanzaban al aire las gigantescas piedras luminosas y reían.
De pronto, con toda la dignidad de un gnomo:
—¡Y bien! el desprecio.
Se comprendieron todos. Tomaron el rubí falso, lo despedazaron y
arrojaron los fragmentos—con desdén terrible—a un hoyo que abajo daba a
antiquísima selva carbonizada.
Después, sobre sus rubíes, sobre sus ópalos, entre aquellas paredes
resplandecientes empezaron a bailar asidos de las manos una farándula loco
y sonora.
Y celebraron con risas, el verse grandes en la sombra.
* * *
Ya Puck volaba afuera, en el abejeo del alba recién nacida, camino de
una pradera en flor. Y murmuraba—siempre con su sonrisa sonrosada:—
Tierra... Mujer...
Porque tú ¡oh, madre Tierra! eres grande, fecunda, de seno inextinguible
y sacro; y de tu vientre moreno brota la savia de los troncos robustos, y el
oro y el agua diamantina, y la casta flor de lis. ¡Lo puro, lo fuerte, lo
infalsificable! ¡Y tú, mujer, eres espíritu y carne, toda amor!
—He aquí lo nuestro, ¡oh, madre tierra!
Aquello era una orgía de brillo y de color.
Y lanzaban al aire las gigantescas piedras luminosas y reían.
De pronto, con toda la dignidad de un gnomo:
—¡Y bien! el desprecio.
Se comprendieron todos. Tomaron el rubí falso, lo despedazaron y
arrojaron los fragmentos—con desdén terrible—a un hoyo que abajo daba a
antiquísima selva carbonizada.
Después, sobre sus rubíes, sobre sus ópalos, entre aquellas paredes
resplandecientes empezaron a bailar asidos de las manos una farándula loco
y sonora.
Y celebraron con risas, el verse grandes en la sombra.
* * *
Ya Puck volaba afuera, en el abejeo del alba recién nacida, camino de
una pradera en flor. Y murmuraba—siempre con su sonrisa sonrosada:—
Tierra... Mujer...
Porque tú ¡oh, madre Tierra! eres grande, fecunda, de seno inextinguible
y sacro; y de tu vientre moreno brota la savia de los troncos robustos, y el
oro y el agua diamantina, y la casta flor de lis. ¡Lo puro, lo fuerte, lo
infalsificable! ¡Y tú, mujer, eres espíritu y carne, toda amor!
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Berta empezó a entristecerse en
tanto que sus ojos llameantes se
rodeaban de ojeras melancólicas.
tanto que sus ojos llameantes se
rodeaban de ojeras melancólicas.
Page 61
EL PALACIO DEL SOL
vosotras, madres de las muchachas anémicas, va esta historia, la
historia de Berta, la niña de los ojos color de aceituna, fresca
como una rama de durazno en flor, luminosa como un alba, gentil
como la princesa de un cuento azul.
Ya veréis, sanas y respetables señoras, que hay algo mejor que el
arsénico y el hierro para encender la púrpura de las lindas mejillas
virginales; y que es preciso abrir la puerta de su jaula a vuestras avecitas
encantadoras, sobre todo, cuando llega el tiempo de la primavera y hay
ardor en las venas y en las savias, y mil átomos de sol abejean en los
jardines, como un enjambre de oro sobre las rosas entreabiertas.
Cumplidos sus quince años, Berta empezó a entristecerse en tanto que
sus ojos llameantes se rodeaban de ojeras melancólicas.—Berta, te he
comprado dos muñecas...—No las quiero, mamá...—He hecho traer los
Nocturnos...—Me duelen los dedos, mamá...—Entonces...—Estoy triste,
mamá...—Pues que se llame al doctor.
Y llegaron las antiparras de arcos de carey, los guantes negros, la calva
ilustre y el cruzado levitón.
Ello era natural... El desarrollo... la edad... Síntomas claros, falta de
apetito, algo como una opresión en el pecho, tristeza, punzadas a veces en
las sienes, palpitación... Ya sabéis; dad a vuestra niña glóbulos de ácido
arsenioso, luego duchas. El tratamiento... Y empezó a curar su melancolía,
con glóbulos y duchas, al comenzar la primavera, Berta, la niña de los ojos
color de aceituna, que llegó a estar fresca como una rama de durazno en
flor, luminosa como un alba, gentil como la princesa de un cuento azul.
* * *
A pesar de todo, las ojeras persistieron, la tristeza continuó, y Berta,
pálida como un precioso marfil, llegó un día a las puertas de la muerte.
Todos lloraban por ella en el palacio, y la sana y sentimental mamá hubo
de pensar en las palmas blancas del ataúd de las doncellas. Hasta que una
mañana la lánguida anémica bajó al jardín, sola, y siempre con su vaga
atonía melancólica, a la hora en que el alba ríe. Suspirando erraba sin
rumbo, aquí, allá; y las flores estaban tristes de verla. Se apoyó en el zócalo
vosotras, madres de las muchachas anémicas, va esta historia, la
historia de Berta, la niña de los ojos color de aceituna, fresca
como una rama de durazno en flor, luminosa como un alba, gentil
como la princesa de un cuento azul.
Ya veréis, sanas y respetables señoras, que hay algo mejor que el
arsénico y el hierro para encender la púrpura de las lindas mejillas
virginales; y que es preciso abrir la puerta de su jaula a vuestras avecitas
encantadoras, sobre todo, cuando llega el tiempo de la primavera y hay
ardor en las venas y en las savias, y mil átomos de sol abejean en los
jardines, como un enjambre de oro sobre las rosas entreabiertas.
Cumplidos sus quince años, Berta empezó a entristecerse en tanto que
sus ojos llameantes se rodeaban de ojeras melancólicas.—Berta, te he
comprado dos muñecas...—No las quiero, mamá...—He hecho traer los
Nocturnos...—Me duelen los dedos, mamá...—Entonces...—Estoy triste,
mamá...—Pues que se llame al doctor.
Y llegaron las antiparras de arcos de carey, los guantes negros, la calva
ilustre y el cruzado levitón.
Ello era natural... El desarrollo... la edad... Síntomas claros, falta de
apetito, algo como una opresión en el pecho, tristeza, punzadas a veces en
las sienes, palpitación... Ya sabéis; dad a vuestra niña glóbulos de ácido
arsenioso, luego duchas. El tratamiento... Y empezó a curar su melancolía,
con glóbulos y duchas, al comenzar la primavera, Berta, la niña de los ojos
color de aceituna, que llegó a estar fresca como una rama de durazno en
flor, luminosa como un alba, gentil como la princesa de un cuento azul.
* * *
A pesar de todo, las ojeras persistieron, la tristeza continuó, y Berta,
pálida como un precioso marfil, llegó un día a las puertas de la muerte.
Todos lloraban por ella en el palacio, y la sana y sentimental mamá hubo
de pensar en las palmas blancas del ataúd de las doncellas. Hasta que una
mañana la lánguida anémica bajó al jardín, sola, y siempre con su vaga
atonía melancólica, a la hora en que el alba ríe. Suspirando erraba sin
rumbo, aquí, allá; y las flores estaban tristes de verla. Se apoyó en el zócalo
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de un fauno soberbio y bizarro, que húmedos de rocío sus cabellos de
mármol, bañaba en luz su torso espléndido y desnudo. Vió un lirio que
erguía al azul la pureza de su cáliz blanco, y estiró la mano para cogerlo. No
bien había...—Sí, un cuento de hadas, señoras mías, pero ya veréis sus
aplicaciones en una querida realidad;—no bien había tocado el cáliz de la
flor, cuando de él surgió de súbito un hada, en su carro áureo y diminuto,
vestida de hilos brillantísimos e impalpables, con su aderezo de rocío, su
diadema de perlas y su varita de plata.
¿Creéis que Berta se amedrantó? Nada de eso. Batió palmas alegre, se
reanimó como por encanto, y dijo al hada:—¿Tú eres la que me quieres
tanto en sueños?—Sube—respondió el hada. Y como si Berta se hubiese
empequeñecido, de tal modo cupo en la concha del carro de oro, que
hubiera estado holgada sobre el ala corva de un cisne a flor de agua. Y las
flores, el fauno orgulloso, la luz del día, vieron cómo en el carro del hada
iba por el viento, plácida y sonriendo al sol, Berta, la niña de los ojos de
color de aceituna, fresca como un alba, gentil como la princesa de un cuento
azul.
* * *
Cuando Berta, ya alto el divino cochero, subió a los salones por las
gradas del jardín que imitaban esmaragdina, todos, la mamá, la prima, los
criados, pusieron la boca en forma de O. Venía ella saltando como un
pájaro, con el rostro lleno de vida y de púrpura, el seno hermoso y
henchido, recibiendo las caricias de una crencha castaña, libre y al desgaire,
los brazos desnudos hasta el codo, medio mostrando la malla de sus casi
imperceptibles venas azules, los labios entreabiertos por la sonrisa, como
para emitir una canción.
Todos exclamaron:—¡Aleluya! ¡Gloria! ¡Hosanna al rey de los
Esculapios! ¡Fama eterna a los glóbulos de ácido arsenioso y a las duchas
triunfales! Y mientras Berta corrió a su retrete a vestir sus más ricos
brocados, se enviaron presentes al viejo de las antiparras de aros de carey,
de los guantes negros, de la calva ilustre y del cruzado levitón. Y ahora, oid
vosotras, madres de las muchachas anémicas, cómo hay algo mejor que el
arsénico y el hierro para eso de encender la púrpura de las lindas mejillas
virginales. Y sabréis cómo no, no fueron los glóbulos; no, no fueron las
duchas; no, no fué el farmacéutico quien devolvió salud y vida a Berta, la
niña de los ojos de color de aceituna, alegre y fresca como una rama de
mármol, bañaba en luz su torso espléndido y desnudo. Vió un lirio que
erguía al azul la pureza de su cáliz blanco, y estiró la mano para cogerlo. No
bien había...—Sí, un cuento de hadas, señoras mías, pero ya veréis sus
aplicaciones en una querida realidad;—no bien había tocado el cáliz de la
flor, cuando de él surgió de súbito un hada, en su carro áureo y diminuto,
vestida de hilos brillantísimos e impalpables, con su aderezo de rocío, su
diadema de perlas y su varita de plata.
¿Creéis que Berta se amedrantó? Nada de eso. Batió palmas alegre, se
reanimó como por encanto, y dijo al hada:—¿Tú eres la que me quieres
tanto en sueños?—Sube—respondió el hada. Y como si Berta se hubiese
empequeñecido, de tal modo cupo en la concha del carro de oro, que
hubiera estado holgada sobre el ala corva de un cisne a flor de agua. Y las
flores, el fauno orgulloso, la luz del día, vieron cómo en el carro del hada
iba por el viento, plácida y sonriendo al sol, Berta, la niña de los ojos de
color de aceituna, fresca como un alba, gentil como la princesa de un cuento
azul.
* * *
Cuando Berta, ya alto el divino cochero, subió a los salones por las
gradas del jardín que imitaban esmaragdina, todos, la mamá, la prima, los
criados, pusieron la boca en forma de O. Venía ella saltando como un
pájaro, con el rostro lleno de vida y de púrpura, el seno hermoso y
henchido, recibiendo las caricias de una crencha castaña, libre y al desgaire,
los brazos desnudos hasta el codo, medio mostrando la malla de sus casi
imperceptibles venas azules, los labios entreabiertos por la sonrisa, como
para emitir una canción.
Todos exclamaron:—¡Aleluya! ¡Gloria! ¡Hosanna al rey de los
Esculapios! ¡Fama eterna a los glóbulos de ácido arsenioso y a las duchas
triunfales! Y mientras Berta corrió a su retrete a vestir sus más ricos
brocados, se enviaron presentes al viejo de las antiparras de aros de carey,
de los guantes negros, de la calva ilustre y del cruzado levitón. Y ahora, oid
vosotras, madres de las muchachas anémicas, cómo hay algo mejor que el
arsénico y el hierro para eso de encender la púrpura de las lindas mejillas
virginales. Y sabréis cómo no, no fueron los glóbulos; no, no fueron las
duchas; no, no fué el farmacéutico quien devolvió salud y vida a Berta, la
niña de los ojos de color de aceituna, alegre y fresca como una rama de
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durazno en flor, luminosa como un alba, gentil como la princesa de un
cuento azul.
* * *
Así que Berta se vió en el carro del hada, la preguntó:—¿Y adónde me
llevas?—Al palacio del Sol.—Y desde luego sintió la niña que sus manos se
tornaban ardientes, y que su corazoncito le saltaba como henchido de
sangre impetuosa.—Oye—siguió el hada:—Yo soy la buena hada de los
sueños de las niñas adolescentes: yo soy la que curo a las cloróticas, con
sólo llevarlas en mi carro de oro al palacio del Sol, adonde vas tú. Cuida de
no beber tanto el néctar de la danza, y de no desvanecerte en las primeras
rápidas alegrías. Ya llegamos. Pronto volverás a tu morada. Un minuto en el
palacio del Sol deja en los cuerpos y en las almas años de fuego, niña mía.
En verdad, estaba en un lindo palacio encantado, donde parecía sentirse
el sol en el ambiente. ¡Oh, qué luz, qué incendios! sintió Berta que se le
llenaban los pulmones de aire de campo y de mar, y las venas de fuego;
sintió en el cerebro esparcimientos de armonía, y cómo el alma se le
ensanchaba, y cómo se ponía más elástica y tersa su delicada carne de
mujer. Luego oyó sueños reales, y oyó músicas embriagantes. En vastas
galerías deslumbradoras, llenas de claridades y de aromas, de sederías y de
mármoles, vió un torbellino de parejas arrebatadas por las ondas invisibles
y dominantes de un vals. Vió que otras tantas anémicas como ella, llegaban
pálidas y entristecidas, respiraban aquel aire y luego se arrojaban en brazos
de jóvenes vigorosos y esbeltos cuyos bozos de oro y finos cabellos
brillaban a la luz; y danzaban, y danzaban con ellos, en una ardiente
estrechez, oyendo requiebros misteriosos que iban al alma, respirando de
tanto en tanto como hálitos impregnados de vainilla, de haba de Tonka, de
violeta, de canela, hasta que con fiebre, jadeantes, rendidas, como palomas
fatigadas de un largo vuelo, caían sobre cojines de seda, los senos
palpitantes, las gargantas sonrosadas, y así, soñando, soñando en cosas
embriagadoras... ¡Y ella también! cayó al remolino, al maelstrom atrayente,
y bailó, y gritó, pasó entre los espasmos de un placer agitado; y recordaba
entonces que no debía de embriagarse tanto con el vino de la danza, aunque
no cesaba de mirar al hermoso compañero, con sus grandes ojos de mirada
primaveral. Y él la arrastraba por las vastas galerías, ciñendo su talle y
hablándola al oído en la lengua amorosa y rítmica de los vocablos
apacibles, de las frases irisadas y olorosas, de los períodos cristalinos y
orientales.
cuento azul.
* * *
Así que Berta se vió en el carro del hada, la preguntó:—¿Y adónde me
llevas?—Al palacio del Sol.—Y desde luego sintió la niña que sus manos se
tornaban ardientes, y que su corazoncito le saltaba como henchido de
sangre impetuosa.—Oye—siguió el hada:—Yo soy la buena hada de los
sueños de las niñas adolescentes: yo soy la que curo a las cloróticas, con
sólo llevarlas en mi carro de oro al palacio del Sol, adonde vas tú. Cuida de
no beber tanto el néctar de la danza, y de no desvanecerte en las primeras
rápidas alegrías. Ya llegamos. Pronto volverás a tu morada. Un minuto en el
palacio del Sol deja en los cuerpos y en las almas años de fuego, niña mía.
En verdad, estaba en un lindo palacio encantado, donde parecía sentirse
el sol en el ambiente. ¡Oh, qué luz, qué incendios! sintió Berta que se le
llenaban los pulmones de aire de campo y de mar, y las venas de fuego;
sintió en el cerebro esparcimientos de armonía, y cómo el alma se le
ensanchaba, y cómo se ponía más elástica y tersa su delicada carne de
mujer. Luego oyó sueños reales, y oyó músicas embriagantes. En vastas
galerías deslumbradoras, llenas de claridades y de aromas, de sederías y de
mármoles, vió un torbellino de parejas arrebatadas por las ondas invisibles
y dominantes de un vals. Vió que otras tantas anémicas como ella, llegaban
pálidas y entristecidas, respiraban aquel aire y luego se arrojaban en brazos
de jóvenes vigorosos y esbeltos cuyos bozos de oro y finos cabellos
brillaban a la luz; y danzaban, y danzaban con ellos, en una ardiente
estrechez, oyendo requiebros misteriosos que iban al alma, respirando de
tanto en tanto como hálitos impregnados de vainilla, de haba de Tonka, de
violeta, de canela, hasta que con fiebre, jadeantes, rendidas, como palomas
fatigadas de un largo vuelo, caían sobre cojines de seda, los senos
palpitantes, las gargantas sonrosadas, y así, soñando, soñando en cosas
embriagadoras... ¡Y ella también! cayó al remolino, al maelstrom atrayente,
y bailó, y gritó, pasó entre los espasmos de un placer agitado; y recordaba
entonces que no debía de embriagarse tanto con el vino de la danza, aunque
no cesaba de mirar al hermoso compañero, con sus grandes ojos de mirada
primaveral. Y él la arrastraba por las vastas galerías, ciñendo su talle y
hablándola al oído en la lengua amorosa y rítmica de los vocablos
apacibles, de las frases irisadas y olorosas, de los períodos cristalinos y
orientales.
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Y entonces ella sintió que su cuerpo y su alma se llenaban de sol, de
efluvios poderosos y de vida. ¡No, no esperéis más!
* * *
El hada la volvió al jardín de su palacio, al jardín donde cortaba flores
envuelta en una oleada de perfumes, que subía místicamente a las ramas
trémulas para flotar como el alma errante de los cálices muertos.
* * *
¡Madres de las muchachas anémicas! os felicito por la victoria de los
arseniatos e hipofosfitos del señor doctor. Pero en verdad os digo: es
preciso, en provecho de las lindas mejillas virginales, abrir la puerta de su
jaula a vuestras avecitas encantadoras, sobre todo en el tiempo de
primavera, cuando hay ardor en las venas y en las savias, y mil átomos de
sol abejean en los jardines como un enjambre de oro sobre las losas
entreabiertas. Para vuestras cloróticas, el sol en los cuerpos y en las almas.
Sí, al palacio del Sol, de donde vuelven las niñas como Berta, la de los ojos
color de aceituna, frescas como una rama de durazno en flor, luminosas
como un alba, gentiles como la princesa de un cuento azul.
efluvios poderosos y de vida. ¡No, no esperéis más!
* * *
El hada la volvió al jardín de su palacio, al jardín donde cortaba flores
envuelta en una oleada de perfumes, que subía místicamente a las ramas
trémulas para flotar como el alma errante de los cálices muertos.
* * *
¡Madres de las muchachas anémicas! os felicito por la victoria de los
arseniatos e hipofosfitos del señor doctor. Pero en verdad os digo: es
preciso, en provecho de las lindas mejillas virginales, abrir la puerta de su
jaula a vuestras avecitas encantadoras, sobre todo en el tiempo de
primavera, cuando hay ardor en las venas y en las savias, y mil átomos de
sol abejean en los jardines como un enjambre de oro sobre las losas
entreabiertas. Para vuestras cloróticas, el sol en los cuerpos y en las almas.
Sí, al palacio del Sol, de donde vuelven las niñas como Berta, la de los ojos
color de aceituna, frescas como una rama de durazno en flor, luminosas
como un alba, gentiles como la princesa de un cuento azul.
Page 65
Hoy en plena primavera, dejo abierta
la puerta de la jaula al pájaro azul...
la puerta de la jaula al pájaro azul...
Page 66
EL PÁJARO AZUL
ARÍS es teatro divertido y terrible. Entre los concurrentes al Cafe
Plombier, buenos y decididos muchachos—pintores, escultores,
escritores, poetas; sí, ¡todos buscando el viejo laurel verde!—
ninguno más querido que aquel pobre Garcín, triste casi siempre,
buen bebedor de ajenjo, soñador que nunca se emborrachaba y, como
bohemio intachable, bravo improvisador.
En el cuartucho destartalado de nuestras alegres reuniones, guardaba el
yeso de las paredes, entre los esbozos y rasgos de futuros Delacroix, versos,
estrofas enteras escritas en la letra echada y gruesa de nuestro pájaro azul.
El pájaro azul era el pobre Garcín. ¿No sabéis por qué se llamaba así?
Nosotros le bautizamos con ese nombre.
Ello no fué un simple capricho. Aquel excelente muchacho tenía el vino
triste. Cuando le preguntábamos por qué, cuando todos reíamos como
insensatos o como chicuelos, él arrugaba el ceño y miraba fijamente el cielo
raso, y nos respondía sonriendo con cierta amargura:
—Camaradas: habéis de saber que tengo un pájaro azul en el cerebro;
por consiguiente...
* * *
Sucedió también que gustaba de ir a las campiñas nuevas, al entrar la
primavera. El aire del bosque hacía bien a sus pulmones, según nos decía el
poeta.
De sus excursiones solía traer ramos de violetas y gruesos cuadernillos
de madrigales, escritos al ruido de las hojas y bajo el ancho cielo sin nubes.
Las violetas eran para Niní, su vecina, una muchacha fresca y rosada, que
tenía los ojos muy azules.
Los versos eran para nosotros. Nosotros los leíamos y los aplaudíamos.
Todos teníamos una alabanza para Garcín. Era un ingenio que debía brillar.
El tiempo vendría. ¡Oh, el pájaro azul volaría muy alto! ¡Bravo! ¡bien! ¡Eh,
mozo, más ajenjo!
* * *
Principios de Garcín:
De las flores, las lindas campánulas.
ARÍS es teatro divertido y terrible. Entre los concurrentes al Cafe
Plombier, buenos y decididos muchachos—pintores, escultores,
escritores, poetas; sí, ¡todos buscando el viejo laurel verde!—
ninguno más querido que aquel pobre Garcín, triste casi siempre,
buen bebedor de ajenjo, soñador que nunca se emborrachaba y, como
bohemio intachable, bravo improvisador.
En el cuartucho destartalado de nuestras alegres reuniones, guardaba el
yeso de las paredes, entre los esbozos y rasgos de futuros Delacroix, versos,
estrofas enteras escritas en la letra echada y gruesa de nuestro pájaro azul.
El pájaro azul era el pobre Garcín. ¿No sabéis por qué se llamaba así?
Nosotros le bautizamos con ese nombre.
Ello no fué un simple capricho. Aquel excelente muchacho tenía el vino
triste. Cuando le preguntábamos por qué, cuando todos reíamos como
insensatos o como chicuelos, él arrugaba el ceño y miraba fijamente el cielo
raso, y nos respondía sonriendo con cierta amargura:
—Camaradas: habéis de saber que tengo un pájaro azul en el cerebro;
por consiguiente...
* * *
Sucedió también que gustaba de ir a las campiñas nuevas, al entrar la
primavera. El aire del bosque hacía bien a sus pulmones, según nos decía el
poeta.
De sus excursiones solía traer ramos de violetas y gruesos cuadernillos
de madrigales, escritos al ruido de las hojas y bajo el ancho cielo sin nubes.
Las violetas eran para Niní, su vecina, una muchacha fresca y rosada, que
tenía los ojos muy azules.
Los versos eran para nosotros. Nosotros los leíamos y los aplaudíamos.
Todos teníamos una alabanza para Garcín. Era un ingenio que debía brillar.
El tiempo vendría. ¡Oh, el pájaro azul volaría muy alto! ¡Bravo! ¡bien! ¡Eh,
mozo, más ajenjo!
* * *
Principios de Garcín:
De las flores, las lindas campánulas.
Page 67
¡Sí, seré siempre un gandul,
lo cual aplaudo y celebro,
mientras sea mi cerebro
jaula del pájaro azul!
* * *
Desde entonces Garcín cambió de carácter. Se volvió charlador, se dió
un baño de alegría, compró levita nueva y comenzó un poema en tercetos,
titulado: El pájaro azul.
Cada noche se leía en nuestra tertulia algo nuevo de la obra. Aquello era
excelente, sublime, disparatado.
Allí había un cielo muy hermoso, una campiña muy fresca, países
brotados como por la magia del pincel de Corot, rostros de niños asomados
entre flores, los ojos de Niní húmedos y grandes; y por añadidura, el buen
Dios que envía volando, volando, sobre todo aquello un pájaro azul que sin
saber cómo ni cuándo, anida dentro del cerebro del poeta, en donde queda
aprisionado. Cuando el pájaro quiere volar y abre las alas y se da contra las
paredes del cráneo, se alzan los ojos al cielo, se arruga la frente y se bebe
ajenjo con poca agua, fumando además, por remate, un cigarrillo de papel.
He aquí el poema.
* * *
Una noche llegó Garcín riendo mucho, y, sin embargo, muy triste.
La bella vecina había sido conducida al cementerio.
—¡Una noticia! ¡una noticia! Canto último de mi poema. Niní ha
muerto. Viene la primavera y Niní se va. Ahorro de violetas para la
campiña. Ahora falta el epílogo del poema. Los editores no se dignan
siquiera leer mis versos. Vosotros muy pronto tendréis que dispersaros. Ley
del tiempo. El epílogo se debe titular así: De cómo el pájaro azul alza el
vuelo al cielo azul.
* * *
¡Plena primavera! ¡Los árboles florecidos, las nubes rosadas en el alba y
pálidas por la tarde; el aire suave que mueve las hojas y hace aletear las
cintas de los sombreros de paja con especial ruido! Garcín no ha ido al
campo.
lo cual aplaudo y celebro,
mientras sea mi cerebro
jaula del pájaro azul!
* * *
Desde entonces Garcín cambió de carácter. Se volvió charlador, se dió
un baño de alegría, compró levita nueva y comenzó un poema en tercetos,
titulado: El pájaro azul.
Cada noche se leía en nuestra tertulia algo nuevo de la obra. Aquello era
excelente, sublime, disparatado.
Allí había un cielo muy hermoso, una campiña muy fresca, países
brotados como por la magia del pincel de Corot, rostros de niños asomados
entre flores, los ojos de Niní húmedos y grandes; y por añadidura, el buen
Dios que envía volando, volando, sobre todo aquello un pájaro azul que sin
saber cómo ni cuándo, anida dentro del cerebro del poeta, en donde queda
aprisionado. Cuando el pájaro quiere volar y abre las alas y se da contra las
paredes del cráneo, se alzan los ojos al cielo, se arruga la frente y se bebe
ajenjo con poca agua, fumando además, por remate, un cigarrillo de papel.
He aquí el poema.
* * *
Una noche llegó Garcín riendo mucho, y, sin embargo, muy triste.
La bella vecina había sido conducida al cementerio.
—¡Una noticia! ¡una noticia! Canto último de mi poema. Niní ha
muerto. Viene la primavera y Niní se va. Ahorro de violetas para la
campiña. Ahora falta el epílogo del poema. Los editores no se dignan
siquiera leer mis versos. Vosotros muy pronto tendréis que dispersaros. Ley
del tiempo. El epílogo se debe titular así: De cómo el pájaro azul alza el
vuelo al cielo azul.
* * *
¡Plena primavera! ¡Los árboles florecidos, las nubes rosadas en el alba y
pálidas por la tarde; el aire suave que mueve las hojas y hace aletear las
cintas de los sombreros de paja con especial ruido! Garcín no ha ido al
campo.
Page 68
Hele aquí, viene con traje nuevo, a nuestro amado Café Plombier, pálido
con una sonrisa triste.
—¡Amigos míos, un abrazo! Abrazadme todos, así, fuerte; decidme
adiós, con todo el corazón, con toda el alma... El pájaro azul vuela...
Y el pobre Garcín lloró, nos estrechó, nos apretó las manos con todas sus
fuerzas y se fué.
Todos dijimos: Garcín, el hijo pródigo, busca a su padre, el viejo
normando.—Musas, adiós; adiós. Gracias. ¡Nuestro poeta se decidió a
medir trapos! ¡Eh! ¡Una copa por Garcín!
Pálidos, asustados, entristecidos, al día siguiente todos los parroquianos
del Café Plombier, que metíamos tanta bulla en aquel cuartucho
destartalado, nos hallábamos en la habitación de Garcín. Él estaba en su
lecho, sobre las sábanas ensangrentadas, con el cráneo roto de un balazo.
Sobre la almohada había fragmentos de masa cerebral... ¡Horrible!
Cuando, repuestos de la impresión, pudimos llorar ante el cadáver de
nuestro amigo, encontramos que tenía consigo el famoso poema. En la
última página había escritas estas palabras:
Hoy, en plena primavera, dejo abierta la puerta de la jaula al pájaro
azul.
* * *
¡Ay, Garcín, cuántos llevan en el cerebro tu misma enfermedad!
con una sonrisa triste.
—¡Amigos míos, un abrazo! Abrazadme todos, así, fuerte; decidme
adiós, con todo el corazón, con toda el alma... El pájaro azul vuela...
Y el pobre Garcín lloró, nos estrechó, nos apretó las manos con todas sus
fuerzas y se fué.
Todos dijimos: Garcín, el hijo pródigo, busca a su padre, el viejo
normando.—Musas, adiós; adiós. Gracias. ¡Nuestro poeta se decidió a
medir trapos! ¡Eh! ¡Una copa por Garcín!
Pálidos, asustados, entristecidos, al día siguiente todos los parroquianos
del Café Plombier, que metíamos tanta bulla en aquel cuartucho
destartalado, nos hallábamos en la habitación de Garcín. Él estaba en su
lecho, sobre las sábanas ensangrentadas, con el cráneo roto de un balazo.
Sobre la almohada había fragmentos de masa cerebral... ¡Horrible!
Cuando, repuestos de la impresión, pudimos llorar ante el cadáver de
nuestro amigo, encontramos que tenía consigo el famoso poema. En la
última página había escritas estas palabras:
Hoy, en plena primavera, dejo abierta la puerta de la jaula al pájaro
azul.
* * *
¡Ay, Garcín, cuántos llevan en el cerebro tu misma enfermedad!
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Page 70
PALOMAS BLANCAS Y GARZAS MORENAS
I prima Inés era rubia como una alemana. Fuimos criados juntos,
desde muy niños, en casa de la buena abuelita que nos amaba
mucho y nos hacía vernos como hermanos, vigilándonos
cuidadosamente, viendo que no riñésemos. ¡Adorable, la
viejecita, con sus trajes a grandes flores, y sus cabellos crespos y recogidos,
como una vieja marquesa de Bouchez!
* * *
Inés era un poco mayor que yo. No obstante, yo aprendí a leer antes que
ella; y comprendía—lo recuerdo muy bien—lo que ella recitaba de
memoria, maquinalmente, en una pastorela, donde bailaba y cantaba delante
del niño Jesús, la hermosa María y el señor San José; todo con el gozo de
las sencillas personas mayores de la familia, que reían con risa de miel,
alabando el talento de la actrizuela.
Inés crecía. Yo también; pero no tanto como ella. Yo debía entrar a un
colegio, en internado terrible y triste, a dedicarme a los áridos estudios del
bachillerato, a comer los platos clásicos de los estudiantes, a no ver el
mundo—¡mi mundo de mozo!—y mi casa, mi abuela; mi prima, mi gato,—
un excelente romano que se restregaba cariñosamente en mis piernas y me
llenaba los trajes negros de pelos blancos.
Partí.
Allá en el colegio mi adolescencia se despertó por completo. Mi voz
tomó timbres aflautados y roncos; llegué al período ridículo del niño que
pasa a joven. Entonces, por un fenómeno especial, en vez de preocuparme
de mi profesor de matemáticas, que no logró nunca hacer que yo
comprendiese el binomio de Newton, pensé—todavía vaga y
misteriosamente—en mi prima Inés.
Luego tuve revelaciones profundas. Supe muchas cosas. Entre ellas, que
los besos eran un placer exquisito.
Tiempo.
Leí Pablo y Virginia. Llegó un fin de año escolar y salí en vacaciones,
rápido como una saeta, camino de mi casa. ¡Libertad!
* * *
I prima Inés era rubia como una alemana. Fuimos criados juntos,
desde muy niños, en casa de la buena abuelita que nos amaba
mucho y nos hacía vernos como hermanos, vigilándonos
cuidadosamente, viendo que no riñésemos. ¡Adorable, la
viejecita, con sus trajes a grandes flores, y sus cabellos crespos y recogidos,
como una vieja marquesa de Bouchez!
* * *
Inés era un poco mayor que yo. No obstante, yo aprendí a leer antes que
ella; y comprendía—lo recuerdo muy bien—lo que ella recitaba de
memoria, maquinalmente, en una pastorela, donde bailaba y cantaba delante
del niño Jesús, la hermosa María y el señor San José; todo con el gozo de
las sencillas personas mayores de la familia, que reían con risa de miel,
alabando el talento de la actrizuela.
Inés crecía. Yo también; pero no tanto como ella. Yo debía entrar a un
colegio, en internado terrible y triste, a dedicarme a los áridos estudios del
bachillerato, a comer los platos clásicos de los estudiantes, a no ver el
mundo—¡mi mundo de mozo!—y mi casa, mi abuela; mi prima, mi gato,—
un excelente romano que se restregaba cariñosamente en mis piernas y me
llenaba los trajes negros de pelos blancos.
Partí.
Allá en el colegio mi adolescencia se despertó por completo. Mi voz
tomó timbres aflautados y roncos; llegué al período ridículo del niño que
pasa a joven. Entonces, por un fenómeno especial, en vez de preocuparme
de mi profesor de matemáticas, que no logró nunca hacer que yo
comprendiese el binomio de Newton, pensé—todavía vaga y
misteriosamente—en mi prima Inés.
Luego tuve revelaciones profundas. Supe muchas cosas. Entre ellas, que
los besos eran un placer exquisito.
Tiempo.
Leí Pablo y Virginia. Llegó un fin de año escolar y salí en vacaciones,
rápido como una saeta, camino de mi casa. ¡Libertad!
* * *
Page 71
—Mi prima—¡pero Dios santo, en tan poco tiempo!—se había hecho
una mujer completa. Yo delante de ella me hallaba como avergonzado, un
tanto serio. Cuando me dirigía la palabra, me ponía a sonreirle con una
sonrisa simple.
Ya tenía quince años y medio Inés. La cabellera dorada y luminosa al
sol, era un tesoro. Blanca y levemente amapolada, su cara era una creación
murillesca, si se veía de frente. A veces, contemplando su perfil, pensaba en
una soberbia medalla siracusana, en un rostro de princesa. El traje, corto
antes, había descendido. El seno, firme y esponjado, era un ensueño oculto
y supremo; la voz clara y vibrante, las pupilas azules, inefables la boca llena
de fragancia de vida y de color de púrpura. ¡Sana y virginal primavera!
La abuelita me recibió con los brazos abiertos. Inés se negó a abrazarme,
me tendió la mano. Después no me atreví a invitarla a los juegos de antes.
Me sentía tímido. ¡Y qué! ella debía sentir algo de lo que yo.
¡Yo amaba a mi prima!
Inés, los domingos iba con la abuela a misa, muy de mañana.
Mi dormitorio estaba vecino al de ella. Cuando cantaban los
campanarios su sonora llamada matinal, ya estaba yo despierto.
Oía, oreja atenta, el ruido de las ropas. Por la puerta entreabierta veía
salir la pareja que hablaba en voz alta. Cerca de mí pasaba el frufú de las
polleras antiguas de mi abuela y del traje de Inés, coqueto, ajustado, para mí
siempre revelador.
¡Oh, Eros!
* * *
—Inés...
—¿...?
Y estábamos solos, a la luz de una luna argentina, dulce, ¡una bella luna
de aquellas del país de Nicaragua!
La dije todo lo que sentía, suplicante, balbuciente, echando las palabras,
ya rápidas, ya contenidas, febril y temeroso. Sí, se lo dije todo; las
agitaciones sordas y extrañas que en mí experimentaba cerca de ella, el
amor, el ansia, los tristes insomnios del deseo, mis ideas fijas en ella allá en
mis meditaciones del colegio; y repetía como una oración sagrada la gran
palabra: amor. ¡Oh, ella debía recibir gozosa mi adoración! Creceríamos
más. Seríamos marido y mujer...
una mujer completa. Yo delante de ella me hallaba como avergonzado, un
tanto serio. Cuando me dirigía la palabra, me ponía a sonreirle con una
sonrisa simple.
Ya tenía quince años y medio Inés. La cabellera dorada y luminosa al
sol, era un tesoro. Blanca y levemente amapolada, su cara era una creación
murillesca, si se veía de frente. A veces, contemplando su perfil, pensaba en
una soberbia medalla siracusana, en un rostro de princesa. El traje, corto
antes, había descendido. El seno, firme y esponjado, era un ensueño oculto
y supremo; la voz clara y vibrante, las pupilas azules, inefables la boca llena
de fragancia de vida y de color de púrpura. ¡Sana y virginal primavera!
La abuelita me recibió con los brazos abiertos. Inés se negó a abrazarme,
me tendió la mano. Después no me atreví a invitarla a los juegos de antes.
Me sentía tímido. ¡Y qué! ella debía sentir algo de lo que yo.
¡Yo amaba a mi prima!
Inés, los domingos iba con la abuela a misa, muy de mañana.
Mi dormitorio estaba vecino al de ella. Cuando cantaban los
campanarios su sonora llamada matinal, ya estaba yo despierto.
Oía, oreja atenta, el ruido de las ropas. Por la puerta entreabierta veía
salir la pareja que hablaba en voz alta. Cerca de mí pasaba el frufú de las
polleras antiguas de mi abuela y del traje de Inés, coqueto, ajustado, para mí
siempre revelador.
¡Oh, Eros!
* * *
—Inés...
—¿...?
Y estábamos solos, a la luz de una luna argentina, dulce, ¡una bella luna
de aquellas del país de Nicaragua!
La dije todo lo que sentía, suplicante, balbuciente, echando las palabras,
ya rápidas, ya contenidas, febril y temeroso. Sí, se lo dije todo; las
agitaciones sordas y extrañas que en mí experimentaba cerca de ella, el
amor, el ansia, los tristes insomnios del deseo, mis ideas fijas en ella allá en
mis meditaciones del colegio; y repetía como una oración sagrada la gran
palabra: amor. ¡Oh, ella debía recibir gozosa mi adoración! Creceríamos
más. Seríamos marido y mujer...
Page 72
Esperé.
La pálida claridad celeste nos iluminaba. El ambiente nos llevaba
perfumes tibios que a mí se me imaginaban propicios para los fogosos
amores. ¡Cabellos aúreos, ojos paradisíacos, labios encendidos y
entreabiertos!
De repente, y con un mohín:
—¡Ve! la tontería...
Y corrió como una gata alegre adonde se hallaba la buena abuela,
rezando a las calladas sus rosarios y responsos.
Con risa descocada de educanda maliciosa, con aire de locuela:
—¡Eh, abuelita, ya me dijo...!
¡Ellas, pues, sabían que yo «debía decir...»!
Con su reir interrumpía el rezo de la anciana que se quedó pensativa
acariciando las cuentas de su camándula. ¡Y yo que todo lo veía a la husma,
de lejos, lloraba, sí, lloraba lágrimas amargas, las primeras de mis
desengaños de hombres!
* * *
Los cambios fisiológicos que en mi se sucedían y las agitaciones de mi
espíritu, me conmovían hondamente. ¡Dios mío! Soñador, un pequeño poeta
como me creía, al comenzarme el bozo, sentía llenos de ilusiones la cabeza,
de versos los labios, y mi alma y mi cuerpo de púber tenían sed de amor.
¿Cuándo llegaría el momento soberano en que alumbraría una celeste
mirada el fondo de mi ser, y aquel en que se rasgaría el velo del enigma
atrayente?
Un día, a pleno sol, Inés estaba en el jardín regando trigo, entre los
arbustos y las flores, a las que llamaba sus amigas: unas palomas albas,
arrulladoras, con sus buches níveos y amorosamente musicales. Llevaba un
traje—siempre que con ella he soñado la he visto con el mismo—gris,
azulado, de anchas mangas, que dejaban ver casi por entero los satinados
brazos alabastrinos; los cabellos los tenía recogidos y húmedos, y el vello
alborotado de su nuca blanca y rosa, era para mí como luz crespa. Las aves
andaban a su alrededor, e imprimían en el suelo obscuro la estrella
carminada de sus patas.
Hacía calor. Yo estaba oculto tras los ramajes de unos jazmineros. La
devoraba con los ojos. ¡Por fin se acercó por mi escondite, la prima gentil!
La pálida claridad celeste nos iluminaba. El ambiente nos llevaba
perfumes tibios que a mí se me imaginaban propicios para los fogosos
amores. ¡Cabellos aúreos, ojos paradisíacos, labios encendidos y
entreabiertos!
De repente, y con un mohín:
—¡Ve! la tontería...
Y corrió como una gata alegre adonde se hallaba la buena abuela,
rezando a las calladas sus rosarios y responsos.
Con risa descocada de educanda maliciosa, con aire de locuela:
—¡Eh, abuelita, ya me dijo...!
¡Ellas, pues, sabían que yo «debía decir...»!
Con su reir interrumpía el rezo de la anciana que se quedó pensativa
acariciando las cuentas de su camándula. ¡Y yo que todo lo veía a la husma,
de lejos, lloraba, sí, lloraba lágrimas amargas, las primeras de mis
desengaños de hombres!
* * *
Los cambios fisiológicos que en mi se sucedían y las agitaciones de mi
espíritu, me conmovían hondamente. ¡Dios mío! Soñador, un pequeño poeta
como me creía, al comenzarme el bozo, sentía llenos de ilusiones la cabeza,
de versos los labios, y mi alma y mi cuerpo de púber tenían sed de amor.
¿Cuándo llegaría el momento soberano en que alumbraría una celeste
mirada el fondo de mi ser, y aquel en que se rasgaría el velo del enigma
atrayente?
Un día, a pleno sol, Inés estaba en el jardín regando trigo, entre los
arbustos y las flores, a las que llamaba sus amigas: unas palomas albas,
arrulladoras, con sus buches níveos y amorosamente musicales. Llevaba un
traje—siempre que con ella he soñado la he visto con el mismo—gris,
azulado, de anchas mangas, que dejaban ver casi por entero los satinados
brazos alabastrinos; los cabellos los tenía recogidos y húmedos, y el vello
alborotado de su nuca blanca y rosa, era para mí como luz crespa. Las aves
andaban a su alrededor, e imprimían en el suelo obscuro la estrella
carminada de sus patas.
Hacía calor. Yo estaba oculto tras los ramajes de unos jazmineros. La
devoraba con los ojos. ¡Por fin se acercó por mi escondite, la prima gentil!
Page 73
Me vió trémulo, enrojecida la faz, en mis ojos una llama viva y rara y
acariciante, y se puso a reir cruelmente, terriblemente. ¡Y bien! ¡Oh, aquello
no era posible! me lancé con rapidez frente a ella. Audaz, formidable debía
de estar, cuando ella retrocedió como asustada un paso.
—¡Te amo!
Entonces tornó a reir. Una paloma voló a uno de sus brazos. Ella la
mimó dándole granos de trigo entre las perlas de su boca fresca y sensual.
Me acerqué más. Mi rostro estaba junto al suyo. Los cándidos animales nos
rodeaban. Me turbaba el cerebro una onda invisible y fuerte de aroma
femenil. ¡Se me antojaba Inés una paloma hermosa y humana, blanca y
sublime; y al propio tiempo llena de fuego, de ardor, un tesoro de dichas!
No dije más. La tomé la cabeza y la dí un beso en una mejilla, un beso
rápido, quemante de pasión furiosa. Ella, un tanto enojada, salió en fuga.
Las palomas se asustaron y alzaron el vuelo formando un opaco ruido de
alas sobre los arbustos temblorosos. Yo, abrumado, quedé inmóvil.
* * *
Al poco tiempo partía a otra ciudad. La paloma blanca y rubia no había
¡ay! mostrado a mis ojos el soñado paraíso del misterioso deleite.
* * *
¡Musa ardiente y sacra para mi alma, el día había de llegar! Elena, la
graciosa, la alegre, ella fué el nuevo amor. ¡Bendita sea aquella boca, que
murmuró por primera vez cerca de mí las inefables palabras!
Era allá, en una ciudad que está a la orilla de un lago de mi tierra, un
lago encantador, lleno de islas floridas, con pájaros de colores.
Los dos solos estábamos cogidos de las manos, sentados en el viejo
muelle, debajo del cual el agua glauca y obscura chapoteaba musicalmente.
Había un crepúsculo acariciador, de aquellos que son la delicia de los
enamorados tropicales. En el cielo opalino se veía una diafanidad apacible
que disminuía hasta cambiarse en tonos de violeta obscuro, por la parte del
oriente, y aumentaba convirtiéndose en oro sonrosado en el horizonte
profundo, donde vibraban oblicuos, rojos y desfallecientes los últimos rayos
solares. Arrastrada por el deseo, me miraba la adorada mía y nuestros ojos
se decían cosas ardorosas y extrañas. En el fondo de nuestras almas
cantaban un unísono embriagador como dos invisibles y divinas filomelas.
Yo, extasiado, veía a la mujer tierna y ardiente; con su cabellera castaña
que acariciaba con mis manos, su rostro color de canela y rosa, su boca
acariciante, y se puso a reir cruelmente, terriblemente. ¡Y bien! ¡Oh, aquello
no era posible! me lancé con rapidez frente a ella. Audaz, formidable debía
de estar, cuando ella retrocedió como asustada un paso.
—¡Te amo!
Entonces tornó a reir. Una paloma voló a uno de sus brazos. Ella la
mimó dándole granos de trigo entre las perlas de su boca fresca y sensual.
Me acerqué más. Mi rostro estaba junto al suyo. Los cándidos animales nos
rodeaban. Me turbaba el cerebro una onda invisible y fuerte de aroma
femenil. ¡Se me antojaba Inés una paloma hermosa y humana, blanca y
sublime; y al propio tiempo llena de fuego, de ardor, un tesoro de dichas!
No dije más. La tomé la cabeza y la dí un beso en una mejilla, un beso
rápido, quemante de pasión furiosa. Ella, un tanto enojada, salió en fuga.
Las palomas se asustaron y alzaron el vuelo formando un opaco ruido de
alas sobre los arbustos temblorosos. Yo, abrumado, quedé inmóvil.
* * *
Al poco tiempo partía a otra ciudad. La paloma blanca y rubia no había
¡ay! mostrado a mis ojos el soñado paraíso del misterioso deleite.
* * *
¡Musa ardiente y sacra para mi alma, el día había de llegar! Elena, la
graciosa, la alegre, ella fué el nuevo amor. ¡Bendita sea aquella boca, que
murmuró por primera vez cerca de mí las inefables palabras!
Era allá, en una ciudad que está a la orilla de un lago de mi tierra, un
lago encantador, lleno de islas floridas, con pájaros de colores.
Los dos solos estábamos cogidos de las manos, sentados en el viejo
muelle, debajo del cual el agua glauca y obscura chapoteaba musicalmente.
Había un crepúsculo acariciador, de aquellos que son la delicia de los
enamorados tropicales. En el cielo opalino se veía una diafanidad apacible
que disminuía hasta cambiarse en tonos de violeta obscuro, por la parte del
oriente, y aumentaba convirtiéndose en oro sonrosado en el horizonte
profundo, donde vibraban oblicuos, rojos y desfallecientes los últimos rayos
solares. Arrastrada por el deseo, me miraba la adorada mía y nuestros ojos
se decían cosas ardorosas y extrañas. En el fondo de nuestras almas
cantaban un unísono embriagador como dos invisibles y divinas filomelas.
Yo, extasiado, veía a la mujer tierna y ardiente; con su cabellera castaña
que acariciaba con mis manos, su rostro color de canela y rosa, su boca
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cleopatrina, su cuerpo gallardo y virginal; y oía su voz queda, muy queda,
que me decía frases cariñosas, tan bajo, como que sólo eran para mí,
temerosa quizá de que se las llevase el viento vespertino. Fija en mí, me
inundaban de felicidad sus ojos de Minerva, ojos verdes, ojos que deben
siempre gustar a los poetas. Luego erraban nuestras miradas por el lago,
todavía lleno de vaga claridad. Cerca de la orilla se detuvo un gran grupo de
garzas. Garzas blancas, garzas morenas, de esas que cuando el día calienta,
llegan a las riberas a espantar a los cocodrilos, que con las anchas
mandíbulas abiertas beben sol sobre las rocas negras. ¡Bellas garzas!
Algunas ocultaban los largos cuellos en la onda, o abajo el ala, y semejaban
grandes manchas de flores vivas y sonrosadas, móviles y apacibles. A veces
una, sobre una pata, se alisaba con el pico las plumas, o permanecía
inmóvil, escultural y hieráticamente, o varias daban un corto vuelo,
formando en el fondo de la ribera llena de verde, o en el cielo, caprichosos
dibujos, como las bandadas de grullas de un parasol chino.
Me imaginaba junto a mi amada, que de aquel país de la altura, me
traerían las garzas muchos versos desconocidos y soñadores. Las garzas
blancas las encontraba más puras y más voluptuosas, con la pureza de la
paloma y la voluptuosidad del cisne; garridas, con sus cuellos reales,
parecidos a los de las damas inglesas que junto a los pajecillos rizados se
ven en aquel cuadro en que Shakespeare recita en la corte de Londres. Sus
alas, delicadas y albas, hacen pensar en desfallecientes sueños nupciales;
todas—bien dice un poeta—como cinceladas en jaspe.
¡Ah, pero las otras tenían algo de más encantador para mí! Mi Elena se
me antojaba como semejante a ellas, con su color de canela y de rosa,
gallarda y gentil.
Ya el sol desaperecía arrastrando toda su púrpura opulenta de rey
oriental. Yo había halagado a la amada tiernamente con mis juramentos y
frases melifluas y cálidas, y juntos seguíamos en un lánguido dúo de pasión
inmensa. Habíamos sido hasta ahí dos amantes soñadores, consagrados
místicamente uno a otro.
De pronto, y como atraídos por una fuerza secreta, en un momento
inexplicable, nos besamos la boca, todos trémulos, con un beso para mí
sacratísimo y supremo: el primer beso recibido de labios de mujer. ¡Oh,
Salomón, bíblico y real poeta, tú lo dijiste como nadie: ¡Mel et lac sub
lingua tua!
que me decía frases cariñosas, tan bajo, como que sólo eran para mí,
temerosa quizá de que se las llevase el viento vespertino. Fija en mí, me
inundaban de felicidad sus ojos de Minerva, ojos verdes, ojos que deben
siempre gustar a los poetas. Luego erraban nuestras miradas por el lago,
todavía lleno de vaga claridad. Cerca de la orilla se detuvo un gran grupo de
garzas. Garzas blancas, garzas morenas, de esas que cuando el día calienta,
llegan a las riberas a espantar a los cocodrilos, que con las anchas
mandíbulas abiertas beben sol sobre las rocas negras. ¡Bellas garzas!
Algunas ocultaban los largos cuellos en la onda, o abajo el ala, y semejaban
grandes manchas de flores vivas y sonrosadas, móviles y apacibles. A veces
una, sobre una pata, se alisaba con el pico las plumas, o permanecía
inmóvil, escultural y hieráticamente, o varias daban un corto vuelo,
formando en el fondo de la ribera llena de verde, o en el cielo, caprichosos
dibujos, como las bandadas de grullas de un parasol chino.
Me imaginaba junto a mi amada, que de aquel país de la altura, me
traerían las garzas muchos versos desconocidos y soñadores. Las garzas
blancas las encontraba más puras y más voluptuosas, con la pureza de la
paloma y la voluptuosidad del cisne; garridas, con sus cuellos reales,
parecidos a los de las damas inglesas que junto a los pajecillos rizados se
ven en aquel cuadro en que Shakespeare recita en la corte de Londres. Sus
alas, delicadas y albas, hacen pensar en desfallecientes sueños nupciales;
todas—bien dice un poeta—como cinceladas en jaspe.
¡Ah, pero las otras tenían algo de más encantador para mí! Mi Elena se
me antojaba como semejante a ellas, con su color de canela y de rosa,
gallarda y gentil.
Ya el sol desaperecía arrastrando toda su púrpura opulenta de rey
oriental. Yo había halagado a la amada tiernamente con mis juramentos y
frases melifluas y cálidas, y juntos seguíamos en un lánguido dúo de pasión
inmensa. Habíamos sido hasta ahí dos amantes soñadores, consagrados
místicamente uno a otro.
De pronto, y como atraídos por una fuerza secreta, en un momento
inexplicable, nos besamos la boca, todos trémulos, con un beso para mí
sacratísimo y supremo: el primer beso recibido de labios de mujer. ¡Oh,
Salomón, bíblico y real poeta, tú lo dijiste como nadie: ¡Mel et lac sub
lingua tua!
Page 75
* * *
¡Ah, mi adorable, mi bella, mi querida garza morena! Tú tienes en los
recuerdos que en mi alma forman lo más alto y sublime, una luz inmortal.
Porque tú me revelaste el secreto de las delicias divinas en el inefable
primer instante de amor.
¡Ah, mi adorable, mi bella, mi querida garza morena! Tú tienes en los
recuerdos que en mi alma forman lo más alto y sublime, una luz inmortal.
Porque tú me revelaste el secreto de las delicias divinas en el inefable
primer instante de amor.
Page 76
I
EN BUSCA DE CUADROS
IN pinceles, sin paleta, sin papel, sin lápiz, Ricardo, poeta lírico
incorregible, huyendo de las agitaciones y turbulencias, de las
máquinas y de los fardos, del ruido monótono de los tranvías y el
chocar de los caballos con su repiqueteo de caracoles sobre las
piedras; del tropel de los comerciantes; del grito de los vendedores de
diarios; del incesante bullicio e inacabable hervor de este puerto; en busca
de impresiones y de cuadros, subió al cerro Alegre, que, gallardo como una
gran roca florecida, luce sus flancos verdes, sus montículos coronados de
casas risueñas escalonadas en la altura, rodeadas de jardines, con ondeantes
cortinas de enredaderas, jaulas de pájaros, jarros de flores, rejas vistosas y
niños rubios de caras angélicas.
Abajo estaban las techumbres del Valparaíso que hace transacciones, que
anda a pie como una ráfaga, que puebla los almacenes e invade los bancos,
que viste por la mañana terno crema o plomizo, a cuadros, con sombreros
de paño, y por la noche bulle en la calle del Cabo con lustroso sombrero de
copa, abrigo al brazo y guantes amarillos, viendo a la luz que brota de las
vidrieras los lindos rostros de las mujeres que pasan.
Mas allá, el mar, acerado, brumoso, los barcos en grupo, el horizonte
azul y lejano. Arriba, entre opacidades, el sol. Donde estaba el soñador
empedernido, casi casi en lo más alto del cerro, apenas si se sentían los
estremecimientos de abajo. Erraba él a lo largo del camino de Cintura, e iba
pensando en idilios, con toda la augusta desfachatez de un poeta que fuera
millonario.
Había allí aire fresco para sus pulmones, casas sobre cumbres, como
nidos al viento, donde bien podía darse el gusto de colocar parejas
enamoradas, y tenía además el inmenso espacio azul, del cual—él lo sabía
perfectamente—los que hacen los salmos y los himnos pueden disponer
como les venga en antojo.
De pronto escuchó:—«¡Mary! ¡Mary!». Y él, que andaba a caza de
impresiones y en busca de cuadros, volvió la vista.
EN BUSCA DE CUADROS
IN pinceles, sin paleta, sin papel, sin lápiz, Ricardo, poeta lírico
incorregible, huyendo de las agitaciones y turbulencias, de las
máquinas y de los fardos, del ruido monótono de los tranvías y el
chocar de los caballos con su repiqueteo de caracoles sobre las
piedras; del tropel de los comerciantes; del grito de los vendedores de
diarios; del incesante bullicio e inacabable hervor de este puerto; en busca
de impresiones y de cuadros, subió al cerro Alegre, que, gallardo como una
gran roca florecida, luce sus flancos verdes, sus montículos coronados de
casas risueñas escalonadas en la altura, rodeadas de jardines, con ondeantes
cortinas de enredaderas, jaulas de pájaros, jarros de flores, rejas vistosas y
niños rubios de caras angélicas.
Abajo estaban las techumbres del Valparaíso que hace transacciones, que
anda a pie como una ráfaga, que puebla los almacenes e invade los bancos,
que viste por la mañana terno crema o plomizo, a cuadros, con sombreros
de paño, y por la noche bulle en la calle del Cabo con lustroso sombrero de
copa, abrigo al brazo y guantes amarillos, viendo a la luz que brota de las
vidrieras los lindos rostros de las mujeres que pasan.
Mas allá, el mar, acerado, brumoso, los barcos en grupo, el horizonte
azul y lejano. Arriba, entre opacidades, el sol. Donde estaba el soñador
empedernido, casi casi en lo más alto del cerro, apenas si se sentían los
estremecimientos de abajo. Erraba él a lo largo del camino de Cintura, e iba
pensando en idilios, con toda la augusta desfachatez de un poeta que fuera
millonario.
Había allí aire fresco para sus pulmones, casas sobre cumbres, como
nidos al viento, donde bien podía darse el gusto de colocar parejas
enamoradas, y tenía además el inmenso espacio azul, del cual—él lo sabía
perfectamente—los que hacen los salmos y los himnos pueden disponer
como les venga en antojo.
De pronto escuchó:—«¡Mary! ¡Mary!». Y él, que andaba a caza de
impresiones y en busca de cuadros, volvió la vista.
Page 77
II
ACUARELA
Había cerca un bello jardín, con más rosas que azaleas y más violetas
que rosas. Un bello y pequeño jardín con jarrones, pero sin estatuas; con
una pila blanca, pero sin surtidores, cerca de una casita como hecha para un
cuento dulce y feliz.
En la pila un cisne chapuzaba revolviendo el agua, sacudiendo las alas
de un blancor de nieve, enarcando el cuello en la forma del brazo de una
lira ó del asa de una ánfora, y moviendo el pico húmedo y con tal lustre
como si fuese labrado en una ágata de color de rosa.
En la puerta de la casa, como extraída de una novela de Dickens, estaba
una de esas viejas inglesas, únicas, solas, clásicas, con la cofia encintada,
los anteojos sobre la nariz, el cuerpo encorvado, las mejillas arrugadas; mas
con color de manzana madura y salud rica. Sobre la saya obscura, el
delantal.
Llamaba:
—¡Mary!
El poeta vió llegar una joven de un rincón del jardín, hermosa, triunfal,
sonriente; y no quiso tener tiempo sino para meditar en que son adorables
los cabellos dorados cuando flotan sobre las nucas marmóreas y en que hay
rostros que valen bien por un alba.
Luego todo era delicioso. Aquellos quince años entre las rosas—; quince
años, sí, los estaban pregonando unas pupilas serenas de niña, un seno
apenas erguido, una frescura primaveral, y una falda hasta el tobillo, que
dejaba ver el comienzo turbador de una media de color de carne—; aquellos
rosales temblorosos que hacían ondular sus arcos verdes; aquellos
durazneros con sus ramilletes alegres donde se detenían al paso las
mariposas errantes llenas de polvo de oro, y las libélulas de alas cristalinas
e irisadas; aquel cisne en la ancha taza, esponjado el alabastro de sus
plumas, y zambulléndose entre espumajeos y burbujas, con voluptuosidad,
en la transparencia del agua; la casita limpia, pintada, apacible, de donde
emergía como una onda de felicidad; y en la puerta la anciana, un invierno,
en medio de toda aquella vida, cerca de Mary, una virginidad en flor.
ACUARELA
Había cerca un bello jardín, con más rosas que azaleas y más violetas
que rosas. Un bello y pequeño jardín con jarrones, pero sin estatuas; con
una pila blanca, pero sin surtidores, cerca de una casita como hecha para un
cuento dulce y feliz.
En la pila un cisne chapuzaba revolviendo el agua, sacudiendo las alas
de un blancor de nieve, enarcando el cuello en la forma del brazo de una
lira ó del asa de una ánfora, y moviendo el pico húmedo y con tal lustre
como si fuese labrado en una ágata de color de rosa.
En la puerta de la casa, como extraída de una novela de Dickens, estaba
una de esas viejas inglesas, únicas, solas, clásicas, con la cofia encintada,
los anteojos sobre la nariz, el cuerpo encorvado, las mejillas arrugadas; mas
con color de manzana madura y salud rica. Sobre la saya obscura, el
delantal.
Llamaba:
—¡Mary!
El poeta vió llegar una joven de un rincón del jardín, hermosa, triunfal,
sonriente; y no quiso tener tiempo sino para meditar en que son adorables
los cabellos dorados cuando flotan sobre las nucas marmóreas y en que hay
rostros que valen bien por un alba.
Luego todo era delicioso. Aquellos quince años entre las rosas—; quince
años, sí, los estaban pregonando unas pupilas serenas de niña, un seno
apenas erguido, una frescura primaveral, y una falda hasta el tobillo, que
dejaba ver el comienzo turbador de una media de color de carne—; aquellos
rosales temblorosos que hacían ondular sus arcos verdes; aquellos
durazneros con sus ramilletes alegres donde se detenían al paso las
mariposas errantes llenas de polvo de oro, y las libélulas de alas cristalinas
e irisadas; aquel cisne en la ancha taza, esponjado el alabastro de sus
plumas, y zambulléndose entre espumajeos y burbujas, con voluptuosidad,
en la transparencia del agua; la casita limpia, pintada, apacible, de donde
emergía como una onda de felicidad; y en la puerta la anciana, un invierno,
en medio de toda aquella vida, cerca de Mary, una virginidad en flor.
Page 78
Ricardo, poeta lírico que andaba a caza de cuadros, estaba allí con la
satisfacción de un goloso que paladea cosas exquisitas.
Y la anciana y la joven:
—¿Qué traes?
—Flores.
Mostraba Mary su falda llena como de iris hechos trizas, que revolvía
con una de sus manos gráciles de ninfa, mientras sonriendo su linda boca
purpurada, sus ojos abiertos en redondo dejaban ver un color de lapizlázuli
y una humedad radiosa. El poeta siguió adelante.
satisfacción de un goloso que paladea cosas exquisitas.
Y la anciana y la joven:
—¿Qué traes?
—Flores.
Mostraba Mary su falda llena como de iris hechos trizas, que revolvía
con una de sus manos gráciles de ninfa, mientras sonriendo su linda boca
purpurada, sus ojos abiertos en redondo dejaban ver un color de lapizlázuli
y una humedad radiosa. El poeta siguió adelante.
Page 79
III
PAISAJE
A poco andar se detuvo.
El sol había roto el velo opaco de las nubes y bañaba de claridad áurea y
perlada un recodo del camino. Allí unos cuantos sauces inclinaban sus
cabelleras verdes hasta rozar el césped. En el fondo se divisaban altos
barrancos y en ellos tierra negra, tierra roja, pedruscos brillantes como
vidrios. Bajo los sauces agobiados ramoneaban sacudiendo sus testas
filosóficas—¡oh, gran maestro Hugo!—unos asnos; y cerca de ellos un buey
gordo, con sus grandes ojos melancólicos y pensativos donde ruedan
miradas y ternuras de éxtasis supremos y desconocidos, mascaba
despacioso y con cierta pereza la pastura. Sobre todo flotaba un vaho
cálido, y el grato olor campestre de las yerbas chafadas. Veíase en lo
profundo un trozo de azul. Un huaso robusto, uno de esos fuertes
campesinos, toscos hércules que detienen un toro, apareció de pronto en lo
más alto de los barrancos. Tenía tras de sí el vasto cielo. Las piernas, todas
músculos, las llevaba desnudas. En uno de sus brazos traía una cuerda
gruesa y arrollada. Sobre su cabeza, como un gorro de nutria, sus cabellos
enmarañados, tupidos, salvajes.
Llegóse al buey en seguida y le echó el lazo a los cuernos. Cerca de él,
un perro con la lengua fuera acezando, movía el rabo y daba brincos.
PAISAJE
A poco andar se detuvo.
El sol había roto el velo opaco de las nubes y bañaba de claridad áurea y
perlada un recodo del camino. Allí unos cuantos sauces inclinaban sus
cabelleras verdes hasta rozar el césped. En el fondo se divisaban altos
barrancos y en ellos tierra negra, tierra roja, pedruscos brillantes como
vidrios. Bajo los sauces agobiados ramoneaban sacudiendo sus testas
filosóficas—¡oh, gran maestro Hugo!—unos asnos; y cerca de ellos un buey
gordo, con sus grandes ojos melancólicos y pensativos donde ruedan
miradas y ternuras de éxtasis supremos y desconocidos, mascaba
despacioso y con cierta pereza la pastura. Sobre todo flotaba un vaho
cálido, y el grato olor campestre de las yerbas chafadas. Veíase en lo
profundo un trozo de azul. Un huaso robusto, uno de esos fuertes
campesinos, toscos hércules que detienen un toro, apareció de pronto en lo
más alto de los barrancos. Tenía tras de sí el vasto cielo. Las piernas, todas
músculos, las llevaba desnudas. En uno de sus brazos traía una cuerda
gruesa y arrollada. Sobre su cabeza, como un gorro de nutria, sus cabellos
enmarañados, tupidos, salvajes.
Llegóse al buey en seguida y le echó el lazo a los cuernos. Cerca de él,
un perro con la lengua fuera acezando, movía el rabo y daba brincos.
Page 80
IV
AGUA FUERTE
De una casa cercana salía un ruido metálico y acompasado.
En un recinto estrecho, entre paredes llenas de hollín, negras, muy
negras, trabajaban unos hombres en la forja. Uno movía el fuelle que
resoplaba, haciendo crepitar el carbón, lanzando torbellinos de chispas y
llamas como lenguas pálidas, áureas, azulejas, resplandecientes. Al brillo
del fuego en que se enrojecían largas barras de hierro, se miraban los rostros
de los obreros con un reflejo trémulo. Tres yunques ensamblados en toscas
armazones resistían el batir de los machos que aplastaban el metal candente,
haciendo saltar una lluvia enrojecida. Los forjadores vestían camisas de
lana de cuellos abiertos, y largos delantales de cuero. Alcanzábaseles a ver
el pescuezo gordo y el principio del pecho velludo; y salían de las mangas
holgadas los brazos gigantescos, donde, como en los de Amico, parecían los
músculos redondos piedras de las que deslavan y pulen los torrentes. En
aquella negrura de caverna, al resplandor de las llamaradas, tenían tallas de
cíclopes. A un lado, una ventanilla dejaba pasar apenas un haz de rayos de
sol. A la entrada de la forja, como en un marco obscuro, una muchacha
blanca comía uvas. Y sobre aquel fondo de hollín y de carbón, sus hombros
delicados y tersos que estaban desnudos, hacían resaltar su bello color de
lis, con un casi imperceptible tono dorado.
AGUA FUERTE
De una casa cercana salía un ruido metálico y acompasado.
En un recinto estrecho, entre paredes llenas de hollín, negras, muy
negras, trabajaban unos hombres en la forja. Uno movía el fuelle que
resoplaba, haciendo crepitar el carbón, lanzando torbellinos de chispas y
llamas como lenguas pálidas, áureas, azulejas, resplandecientes. Al brillo
del fuego en que se enrojecían largas barras de hierro, se miraban los rostros
de los obreros con un reflejo trémulo. Tres yunques ensamblados en toscas
armazones resistían el batir de los machos que aplastaban el metal candente,
haciendo saltar una lluvia enrojecida. Los forjadores vestían camisas de
lana de cuellos abiertos, y largos delantales de cuero. Alcanzábaseles a ver
el pescuezo gordo y el principio del pecho velludo; y salían de las mangas
holgadas los brazos gigantescos, donde, como en los de Amico, parecían los
músculos redondos piedras de las que deslavan y pulen los torrentes. En
aquella negrura de caverna, al resplandor de las llamaradas, tenían tallas de
cíclopes. A un lado, una ventanilla dejaba pasar apenas un haz de rayos de
sol. A la entrada de la forja, como en un marco obscuro, una muchacha
blanca comía uvas. Y sobre aquel fondo de hollín y de carbón, sus hombros
delicados y tersos que estaban desnudos, hacían resaltar su bello color de
lis, con un casi imperceptible tono dorado.
Page 81
V
LA VIRGEN DE LA PALOMA
Anduvo, anduvo.
Volvía ya a su morada. Dirigíase al ascensor cuando oyó una risa
infantil, armónica, y él, poeta incorregible, buscó los labios de donde
brotaba aquella risa.
Bajo un cortinaje de madreselvas, entre plantas olorosas y maceteros
floridos, estaba una mujer pálida, augusta, madre, con un niño tierno y
risueño. Sosteníale en uno de sus brazos, el otro lo tenía en alto, y en la
mano una paloma, una de esas palomas albísimas que arrullan a sus
pichones de alas tornasoladas, inflando el buche como un seno de virgen, y
abriendo el pico de donde brota la dulce música de su caricia.
La madre mostraba al niño la paloma, y el niño en su afán de cogerla,
abría los ojos, estiraba los bracitos, reía gozoso; y su rostro al sol tenía
como un nimbo; y la madre con la tierna beatitud de sus miradas, con su
esbeltez solemne y gentil, con la aurora en las pupilas y la bendición y el
beso en los labios, era como una azucena sagrada, como una María llena de
gracia, irradiando la luz de un candor inefable. El niño Jesús, real como un
Dios infante, precioso como un querubín paradisíaco, quería asir aquella
paloma blanca, bajo la cúpula inmensa del cielo azul.
Ricardo descendió, y tomó el camino de su casa.
LA VIRGEN DE LA PALOMA
Anduvo, anduvo.
Volvía ya a su morada. Dirigíase al ascensor cuando oyó una risa
infantil, armónica, y él, poeta incorregible, buscó los labios de donde
brotaba aquella risa.
Bajo un cortinaje de madreselvas, entre plantas olorosas y maceteros
floridos, estaba una mujer pálida, augusta, madre, con un niño tierno y
risueño. Sosteníale en uno de sus brazos, el otro lo tenía en alto, y en la
mano una paloma, una de esas palomas albísimas que arrullan a sus
pichones de alas tornasoladas, inflando el buche como un seno de virgen, y
abriendo el pico de donde brota la dulce música de su caricia.
La madre mostraba al niño la paloma, y el niño en su afán de cogerla,
abría los ojos, estiraba los bracitos, reía gozoso; y su rostro al sol tenía
como un nimbo; y la madre con la tierna beatitud de sus miradas, con su
esbeltez solemne y gentil, con la aurora en las pupilas y la bendición y el
beso en los labios, era como una azucena sagrada, como una María llena de
gracia, irradiando la luz de un candor inefable. El niño Jesús, real como un
Dios infante, precioso como un querubín paradisíaco, quería asir aquella
paloma blanca, bajo la cúpula inmensa del cielo azul.
Ricardo descendió, y tomó el camino de su casa.
Page 82
VI
LA CABEZA
Por la noche, soñando aún en sus oídos la música del Odeón y los
parlamentos de Astol; de vuelta de las calles donde escuchara el ruido de los
coches y la triste melopea de los «tortilleros», aquel soñador se encontraba
en su mesa de trabajo, donde las cuartillas inmaculadas estaban esperando
las silvas y los sonetos de costumbre, a las mujeres de los ojos ardientes.
¡Qué silvas! ¡Qué sonetos! La cabeza del poeta lírico era una orgía de
colores y de sonidos. Resonaban en las concavidades de aquel cerebro
martilleos de cíclope, himnos al son de tímpanos sonoros, fanfarrias
bárbaras, risas cristalinas, gorjeos de pájaros, batir de alas y estallar de
besos, todo como en ritmos locos y revueltos. Y los colores agrupados,
estaban como pétalos de capullos distintos confundidos en una bandeja, o
como la endiablada mezcla de tintas que llena la paleta de un pintor...
LA CABEZA
Por la noche, soñando aún en sus oídos la música del Odeón y los
parlamentos de Astol; de vuelta de las calles donde escuchara el ruido de los
coches y la triste melopea de los «tortilleros», aquel soñador se encontraba
en su mesa de trabajo, donde las cuartillas inmaculadas estaban esperando
las silvas y los sonetos de costumbre, a las mujeres de los ojos ardientes.
¡Qué silvas! ¡Qué sonetos! La cabeza del poeta lírico era una orgía de
colores y de sonidos. Resonaban en las concavidades de aquel cerebro
martilleos de cíclope, himnos al son de tímpanos sonoros, fanfarrias
bárbaras, risas cristalinas, gorjeos de pájaros, batir de alas y estallar de
besos, todo como en ritmos locos y revueltos. Y los colores agrupados,
estaban como pétalos de capullos distintos confundidos en una bandeja, o
como la endiablada mezcla de tintas que llena la paleta de un pintor...
Page 83
VII
ACUARELA
Primavera. Ya las azucenas floridas y llenas de miel han abierto sus
cálices pálidos bajo el oro del sol. Ya los gorriones tornasolados, esos
amantes acariciadores, adulan a las rosas frescas, esas opulentas y
purpuradas emperatrices; ya el jazmín, flor sencilla, tachona los tupidos
ramajes como una blanca estrella sobre un cielo verde. Ya las damas
elegantes visten sus trajes claros, dando al olvido las pieles y los abrigos
invernales.
Y mientras el sol se pone, sonrosando las nieves con una claridad suave,
junto a los árboles de la Alameda que lucen sus cumbres resplandecientes,
su esbeltez solemne y sus hojas nuevas, en un polvo de luz, bulle un
enjambre humano, en un ruido de música, cuchicheos vagos y palabras
fugaces.
He aquí el cuadro. En primer término está la negrura de los coches que
esplende y quiebra los últimos reflejos solares; los caballos orgullosos con
el brillo de sus arneses, con sus cuellos estirados e inmóviles de brutos
heráldicos; los cocheros taciturnos, en su quietud de diferentes, luciendo
sobre las largas libreas los botones metálicos flamantes; y en el fondo de los
carruajes, reclinadas como odaliscas, erguidas como reinas, las mujeres
rubias de los ojos soñadores, las que tienen cabelleras negras y rostros
pálidos, las rosadas adolescentes que ríen con alegría de pájaro primaveral;
bellezas lánguidas, hermosuras audaces, castos lirios albos y tentaciones
ardientes.
En esa portezuela está un rostro apareciendo de modo que semeja el de
un querubín; por aquélla ha salido una mano enguantada que se dijera de
niño, y es de morena tal que llama los corazones; más allá se alcanza a ver
un pie de Cenicienta con zapatito obscuro y media lila, y acullá, gentil con
sus gestos de diosa, bella con su color de marfil amapolado, su cuello real y
la corona de su cabellera, está la Venus de Milo, no manca, sino con dos
brazos, gruesos como los músculos de un querubín de Murillo, y vestida a
la última moda de París.
ACUARELA
Primavera. Ya las azucenas floridas y llenas de miel han abierto sus
cálices pálidos bajo el oro del sol. Ya los gorriones tornasolados, esos
amantes acariciadores, adulan a las rosas frescas, esas opulentas y
purpuradas emperatrices; ya el jazmín, flor sencilla, tachona los tupidos
ramajes como una blanca estrella sobre un cielo verde. Ya las damas
elegantes visten sus trajes claros, dando al olvido las pieles y los abrigos
invernales.
Y mientras el sol se pone, sonrosando las nieves con una claridad suave,
junto a los árboles de la Alameda que lucen sus cumbres resplandecientes,
su esbeltez solemne y sus hojas nuevas, en un polvo de luz, bulle un
enjambre humano, en un ruido de música, cuchicheos vagos y palabras
fugaces.
He aquí el cuadro. En primer término está la negrura de los coches que
esplende y quiebra los últimos reflejos solares; los caballos orgullosos con
el brillo de sus arneses, con sus cuellos estirados e inmóviles de brutos
heráldicos; los cocheros taciturnos, en su quietud de diferentes, luciendo
sobre las largas libreas los botones metálicos flamantes; y en el fondo de los
carruajes, reclinadas como odaliscas, erguidas como reinas, las mujeres
rubias de los ojos soñadores, las que tienen cabelleras negras y rostros
pálidos, las rosadas adolescentes que ríen con alegría de pájaro primaveral;
bellezas lánguidas, hermosuras audaces, castos lirios albos y tentaciones
ardientes.
En esa portezuela está un rostro apareciendo de modo que semeja el de
un querubín; por aquélla ha salido una mano enguantada que se dijera de
niño, y es de morena tal que llama los corazones; más allá se alcanza a ver
un pie de Cenicienta con zapatito obscuro y media lila, y acullá, gentil con
sus gestos de diosa, bella con su color de marfil amapolado, su cuello real y
la corona de su cabellera, está la Venus de Milo, no manca, sino con dos
brazos, gruesos como los músculos de un querubín de Murillo, y vestida a
la última moda de París.
Page 84
Más allá está el oleaje de los que van y vienen: parejas de enamorados,
hermanos y hermanas, grupos de caballeritos irreprochables: todo en la
confusión, de los rostros, de las miradas, de los colorines, de los vestidos,
de las capotas, resaltando a veces en el fondo negro y aceitoso de los
elegantes sombreros de copa, una cara blanca de mujer, un sombrero de
paja adornado de colorines, de cintas o de plumas, o el inflado globo rojo,
de goma, que pendiente de un hilo lleva un niño risueño, de medias azules,
zapatos charolados y holgado cuello a la marinera.
En el fondo, los palacios elevan al azul la soberbia de sus fachadas, en
las que los álamos erguidos rayan columnas hojosas entre el abejeo trémulo
y desfalleciente de la tarde fugitiva.
hermanos y hermanas, grupos de caballeritos irreprochables: todo en la
confusión, de los rostros, de las miradas, de los colorines, de los vestidos,
de las capotas, resaltando a veces en el fondo negro y aceitoso de los
elegantes sombreros de copa, una cara blanca de mujer, un sombrero de
paja adornado de colorines, de cintas o de plumas, o el inflado globo rojo,
de goma, que pendiente de un hilo lleva un niño risueño, de medias azules,
zapatos charolados y holgado cuello a la marinera.
En el fondo, los palacios elevan al azul la soberbia de sus fachadas, en
las que los álamos erguidos rayan columnas hojosas entre el abejeo trémulo
y desfalleciente de la tarde fugitiva.
Page 85
VIII
UN RETRATO DE WATEU
Estáis en los misterios de un tocador. Estáis viendo ese brazo de ninfa,
esas manos diminutas que empolvan el haz de rizos rubios de la cabellera
espléndida. La araña de luces opacas derrama la languidez de su girándula
por todo el recinto. Y he aquí que al volverse ese rostro, soñamos en los
buenos tiempos pasados. Una marquesa contemporánea de la dama de
Maintenón, solitaria en su gabinete, da las últimas manos a su tocado.
Todo está correcto; los cabellos que tienen todo el Oriente en sus hebeas,
empolvados y crespos; el cuello del corpiño, ancho y en forma de corazón
hasta dejar ver el principio del seno firme y pulido; las mangas abiertas que
muestran blancuras incitantes, el tallo ceñido que se balancea, y el rico
faldellín de largos vuelos, y el pie pequeño en el zapato de tacones rojos.
Mirad las pupilas azules y húmedas, la boca de dibujo maravilloso, con
una sonrisa enigmática de esfinge, quizá un recuerdo del amor galante, del
madrigal recitado junto al tapiz de figuras pastoriles o mitológicas, o del
beso a furto, tras la estatua de algún silvano, en la penumbra.
Vése la dama de pies a cabeza, entre dos grandes espejos; calcula el
efecto de la mirada, del andar, de la sonrisa, del vello casi impalpable que
agitara el viento de la danza en su nuca fragante y sonrosada. Y piensa, y
suspira; y flota aquel suspiro en ese aire impregnado de aroma femenino
que hay en un tocador de mujer.
Entre tanto, la contempla con sus ojos de mármol una Diana que se alza
irresistible y desnuda sobre su plinto; y le ríe con audacia un sátiro de
bronce que sostiene entre los pámpanos de su cabeza un candelabro; y en el
ansa de un jarrón de Rouen lleno de agua perfumada, le tiende los brazos y
los pechos una sirena con la cola corva y brillante de escamas argentinas,
mientras en el plafón en forma de óvalo, va por el fondo inmenso y azulado
sobre el lomo de un toro robusto y divino, la bella Europa, entre los delfines
áureos y tritones corpulentos, que sobre el vasto ruido de las ondas hacen
vibrar el ronco estrépito de sus resonantes caracoles.
La hermosa está satisfecha; ya pone perlas en la garganta y calza las
manos en seda; ya rápida se dirige a la puerta donde el carruaje espera y el
UN RETRATO DE WATEU
Estáis en los misterios de un tocador. Estáis viendo ese brazo de ninfa,
esas manos diminutas que empolvan el haz de rizos rubios de la cabellera
espléndida. La araña de luces opacas derrama la languidez de su girándula
por todo el recinto. Y he aquí que al volverse ese rostro, soñamos en los
buenos tiempos pasados. Una marquesa contemporánea de la dama de
Maintenón, solitaria en su gabinete, da las últimas manos a su tocado.
Todo está correcto; los cabellos que tienen todo el Oriente en sus hebeas,
empolvados y crespos; el cuello del corpiño, ancho y en forma de corazón
hasta dejar ver el principio del seno firme y pulido; las mangas abiertas que
muestran blancuras incitantes, el tallo ceñido que se balancea, y el rico
faldellín de largos vuelos, y el pie pequeño en el zapato de tacones rojos.
Mirad las pupilas azules y húmedas, la boca de dibujo maravilloso, con
una sonrisa enigmática de esfinge, quizá un recuerdo del amor galante, del
madrigal recitado junto al tapiz de figuras pastoriles o mitológicas, o del
beso a furto, tras la estatua de algún silvano, en la penumbra.
Vése la dama de pies a cabeza, entre dos grandes espejos; calcula el
efecto de la mirada, del andar, de la sonrisa, del vello casi impalpable que
agitara el viento de la danza en su nuca fragante y sonrosada. Y piensa, y
suspira; y flota aquel suspiro en ese aire impregnado de aroma femenino
que hay en un tocador de mujer.
Entre tanto, la contempla con sus ojos de mármol una Diana que se alza
irresistible y desnuda sobre su plinto; y le ríe con audacia un sátiro de
bronce que sostiene entre los pámpanos de su cabeza un candelabro; y en el
ansa de un jarrón de Rouen lleno de agua perfumada, le tiende los brazos y
los pechos una sirena con la cola corva y brillante de escamas argentinas,
mientras en el plafón en forma de óvalo, va por el fondo inmenso y azulado
sobre el lomo de un toro robusto y divino, la bella Europa, entre los delfines
áureos y tritones corpulentos, que sobre el vasto ruido de las ondas hacen
vibrar el ronco estrépito de sus resonantes caracoles.
La hermosa está satisfecha; ya pone perlas en la garganta y calza las
manos en seda; ya rápida se dirige a la puerta donde el carruaje espera y el
Page 86
tronco piafa. Y hela ahí, vanidosa y gentil, a esa aristocrática santiaguesa,
que se dirige a un baile de fantasía de manera que el gran Watteau le
dedicaría sus pinceles.
que se dirige a un baile de fantasía de manera que el gran Watteau le
dedicaría sus pinceles.
Page 87
IX
NATURALEZA MUERTA
He visto ayer por una ventana un tiesto lleno de lilas y de rosas pálidas,
sobre un trípode. Por fondo tenía uno de esos cortinajes amarillos y
opulentos, que hacen pensar en los mantos de los príncipes orientales. Las
lilas recién cortadas resaltaban con su lindo color apacible, junto a los
pétalos esponjados de las rosas té.
Junto al tiesto, en una copa de laca ornada con ibis de oro incrustados,
incitaban a la gula manzanas frescas, medio coloradas, con la pelusilla de la
fruta nueva y la sabrosa carne hinchada que toca el deseo; pero doradas y
apetitosas, que daban indicios de ser todas jugo y como esperando el
cuchillo de plata que debía rebanar la pulpa almibarada; y un ramillete de
uvas negras, hasta con el polvillo ceniciento de los racimos acabados de
arrancar de la viña.
Acerquéme, vilo de cerca todo. Las lilas y las rosas eran de cera, las
manzanas y las peras de mármol pintado y las uvas de cristal.
NATURALEZA MUERTA
He visto ayer por una ventana un tiesto lleno de lilas y de rosas pálidas,
sobre un trípode. Por fondo tenía uno de esos cortinajes amarillos y
opulentos, que hacen pensar en los mantos de los príncipes orientales. Las
lilas recién cortadas resaltaban con su lindo color apacible, junto a los
pétalos esponjados de las rosas té.
Junto al tiesto, en una copa de laca ornada con ibis de oro incrustados,
incitaban a la gula manzanas frescas, medio coloradas, con la pelusilla de la
fruta nueva y la sabrosa carne hinchada que toca el deseo; pero doradas y
apetitosas, que daban indicios de ser todas jugo y como esperando el
cuchillo de plata que debía rebanar la pulpa almibarada; y un ramillete de
uvas negras, hasta con el polvillo ceniciento de los racimos acabados de
arrancar de la viña.
Acerquéme, vilo de cerca todo. Las lilas y las rosas eran de cera, las
manzanas y las peras de mármol pintado y las uvas de cristal.
Page 88
X
AL CARBÓN
Vibraba el órgano con sus voces trémulas, vibraba acompañando la
antífona, llenando la nave con su armonía gloriosa. Los cirios ardían
goteando sus lágrimas de cera entre la nube de incienso que inundaba los
ámbitos del templo con su aroma sagrado; y allá en el altar, el sacerdote,
todo resplandeciente de oro, alzaba la custodia cubierta de pedrería,
bendiciendo a la muchedumbre arrodillada.
De pronto, volví la vista cerca de mí, al lado de un ángulo de sombra.
Había una mujer que oraba. Vestida de negro, envuelta en un manto, su
rostro se destacaba severo, sublime, teniendo por fondo la vaga obscuridad
de un confesonario. Era una bella faz de ángel, con la plegaria en los ojos y
en los labios. Había en su frente una palidez de flor de lis, y en la negrura
de su manto resaltaban juntas, pequeñas, las manos blancas y adorables. Las
luces se iban extinguiendo, y a cada momento aumentaba lo obscuro del
fondo, y entonces por un ofuscamiento me parecía ver aquella faz
iluminarse con una luz blanca misteriosa, como la que debe de haber en la
región de los coros prosternados y de los querubines ardientes; luz alba,
polvo de nieve, claridad celeste, onda santa que baña los ramos de lirio de
bienaventurados.
Y aquel pálido rostro de virgen, envuelta ella en el manto y en la noche,
en aquel rincón de sombra, habría sido un tema admirable para un estudio al
carbón.
AL CARBÓN
Vibraba el órgano con sus voces trémulas, vibraba acompañando la
antífona, llenando la nave con su armonía gloriosa. Los cirios ardían
goteando sus lágrimas de cera entre la nube de incienso que inundaba los
ámbitos del templo con su aroma sagrado; y allá en el altar, el sacerdote,
todo resplandeciente de oro, alzaba la custodia cubierta de pedrería,
bendiciendo a la muchedumbre arrodillada.
De pronto, volví la vista cerca de mí, al lado de un ángulo de sombra.
Había una mujer que oraba. Vestida de negro, envuelta en un manto, su
rostro se destacaba severo, sublime, teniendo por fondo la vaga obscuridad
de un confesonario. Era una bella faz de ángel, con la plegaria en los ojos y
en los labios. Había en su frente una palidez de flor de lis, y en la negrura
de su manto resaltaban juntas, pequeñas, las manos blancas y adorables. Las
luces se iban extinguiendo, y a cada momento aumentaba lo obscuro del
fondo, y entonces por un ofuscamiento me parecía ver aquella faz
iluminarse con una luz blanca misteriosa, como la que debe de haber en la
región de los coros prosternados y de los querubines ardientes; luz alba,
polvo de nieve, claridad celeste, onda santa que baña los ramos de lirio de
bienaventurados.
Y aquel pálido rostro de virgen, envuelta ella en el manto y en la noche,
en aquel rincón de sombra, habría sido un tema admirable para un estudio al
carbón.
Page 89
XI
PAISAJE
Hay allá, en las orillas de la laguna de la Quinta, un sauce melancólico
que moja de continuo su cabellera verde en el agua que refleja el cielo y los
ramajes, como si tuviese en su fondo un país encantado.
Al viejo sauce llegan aparejados los pájaros y los amantes. Allí es donde
escuché una tarde—cuando del sol quedaba apenas en el cielo un tinte
violeta que se esfumaba por ondas, y sobre el gran Andes nevado un
decreciente color de rosa que era como tímida caricia de la luz enamorada
—, un rumor de besos cerca del tronco agobiado y un aleteo en la cumbre.
Estaban los dos, la amada y el amado, en un banco rústico, bajo el toldo
del sauce. Al frente se extendía la laguna tranquila, con su puente enarcado
y los árboles temblorosos de la ribera; y más allá se alzaba entre el verdor
de las hojas, la fachada del palacio de la Exposición, con sus cóndores de
bronce en actitud de volar.
La dama era hermosa; él un gentil muchacho, que le acariciaba con los
dedos y los labios los cabellos negros y las manos gráciles de ninfa.
Y sobre las dos almas ardientes y sobre los dos cuerpos juntos,
cuchicheaban en lengua rítmica y alada las dos aves. Y arriba el cielo con su
inmensidad y con su fiesta de nubes, plumas de oro, alas de fuego, vellones
de púrpura, fondos azules flordelisados de ópalo, derramaba la
magnificencia de su pompa, la soberbia de su grandeza augusta.
Bajo las aguas se agitaban, como en un remolino de sangre viva, los
peces veloces de aletas doradas.
Al resplandor crepuscular, todo el paisaje se veía como envuelto en una
polvareda de sol tamizado, y eran el alma del cuadro aquellos dos amantes:
él moreno, gallardo, vigoroso, con una barba fina y sedosa, de esas que
gustan de tocar las mujeres; ella rubia—¡un verso de Gœth!—vestida con
un traje gris, lustroso, y en el pecho una rosa fresca, como su boca roja que
pedía el beso.
PAISAJE
Hay allá, en las orillas de la laguna de la Quinta, un sauce melancólico
que moja de continuo su cabellera verde en el agua que refleja el cielo y los
ramajes, como si tuviese en su fondo un país encantado.
Al viejo sauce llegan aparejados los pájaros y los amantes. Allí es donde
escuché una tarde—cuando del sol quedaba apenas en el cielo un tinte
violeta que se esfumaba por ondas, y sobre el gran Andes nevado un
decreciente color de rosa que era como tímida caricia de la luz enamorada
—, un rumor de besos cerca del tronco agobiado y un aleteo en la cumbre.
Estaban los dos, la amada y el amado, en un banco rústico, bajo el toldo
del sauce. Al frente se extendía la laguna tranquila, con su puente enarcado
y los árboles temblorosos de la ribera; y más allá se alzaba entre el verdor
de las hojas, la fachada del palacio de la Exposición, con sus cóndores de
bronce en actitud de volar.
La dama era hermosa; él un gentil muchacho, que le acariciaba con los
dedos y los labios los cabellos negros y las manos gráciles de ninfa.
Y sobre las dos almas ardientes y sobre los dos cuerpos juntos,
cuchicheaban en lengua rítmica y alada las dos aves. Y arriba el cielo con su
inmensidad y con su fiesta de nubes, plumas de oro, alas de fuego, vellones
de púrpura, fondos azules flordelisados de ópalo, derramaba la
magnificencia de su pompa, la soberbia de su grandeza augusta.
Bajo las aguas se agitaban, como en un remolino de sangre viva, los
peces veloces de aletas doradas.
Al resplandor crepuscular, todo el paisaje se veía como envuelto en una
polvareda de sol tamizado, y eran el alma del cuadro aquellos dos amantes:
él moreno, gallardo, vigoroso, con una barba fina y sedosa, de esas que
gustan de tocar las mujeres; ella rubia—¡un verso de Gœth!—vestida con
un traje gris, lustroso, y en el pecho una rosa fresca, como su boca roja que
pedía el beso.
Page 90
XII
EL IDEAL
Y luego, una torre de marfil, una flor mística, una estrella a quien
enamorar... Pasó, la ví como quien viera un alba, huyente, rápida,
implacable.
Era una estatua antigua como un alma que se asomaba a los ojos, ojos
angelicales, todos ternura, todos cielo azul, todos enigma.
Sintió que la besaba con mis miradas y me castigó con la majestad de su
belleza, y me vió como una reina y como una paloma. Pero pasó
arrebatadora, triunfante, como una visión que deslumbra. Y yo, el pobre
pintor de la Naturaleza y de Psyquis, hacedor de ritmos y de castillos
aéreos, ví el vestido luminoso de la hada, la estrella de su diadema, y pensé
en la promesa ansiada del amor hermoso. Mas de aquel rayo supremo y
fatal, sólo quedó en el fondo de mi cerebro un rostro de mujer, un sueño
azul.
EL IDEAL
Y luego, una torre de marfil, una flor mística, una estrella a quien
enamorar... Pasó, la ví como quien viera un alba, huyente, rápida,
implacable.
Era una estatua antigua como un alma que se asomaba a los ojos, ojos
angelicales, todos ternura, todos cielo azul, todos enigma.
Sintió que la besaba con mis miradas y me castigó con la majestad de su
belleza, y me vió como una reina y como una paloma. Pero pasó
arrebatadora, triunfante, como una visión que deslumbra. Y yo, el pobre
pintor de la Naturaleza y de Psyquis, hacedor de ritmos y de castillos
aéreos, ví el vestido luminoso de la hada, la estrella de su diadema, y pensé
en la promesa ansiada del amor hermoso. Mas de aquel rayo supremo y
fatal, sólo quedó en el fondo de mi cerebro un rostro de mujer, un sueño
azul.
Page 91
En un extremo del taller, formó
un gabinete minúsculo, con biombos
cubiertos de arrozales y de
grullas.
un gabinete minúsculo, con biombos
cubiertos de arrozales y de
grullas.
Page 92
LA MUERTE DE LA EMPERATRIZ DE LA CHINA
ELICADA y fina como una joya humana, vivía aquella muchachita
de carne rosada, en la pequeña casa que tenía un saloncito con los
tapices de color azul desfalleciente. Era su estuche.
¿Quién era el dueño de aquel delicioso pájaro alegre, de ojos
negros y boca roja? ¿Para quién cantaba su canción divina, cuando la
señorita Primavera mostraba en el triunfo del sol su bello rostro riente, y
abría las flores del campo, y alborotaba la nidada? Suzette se llamaba la
avecita que había puesto en jaula de seda, peluches y encajes, un soñador
artista cazador, que la había cazado una mañana de Mayo en que había
mucha luz en el aire y muchas rosas abiertas.
Recaredo—¡capricho paternal! ¡él no tenía la culpa de llamarse
Recaredo!—se había casado hacía año y medio.—¿Me amas?—Te amo. ¿Y
tú?—Con toda el alma.
Hermoso el día dorado, después de lo del cura. Habían ido luego al
campo nuevo; a gozar libres del gozo del amor. Murmuraban allá en sus
ventanas de hojas verdes, las campanillas y las violetas silvestres que olían
cerca del riachuelo, cuando pasaban los dos amantes, el brazo de él en la
cintura de ella, el brazo de ella en la cintura de él, los rojos labios en flor
dejando escapar los besos. Después, fué la vuelta a la gran ciudad, al nido
lleno de perfume, de juventud y de calor dichoso.
¿Dije ya que Recaredo era escultor? Pues, si no lo he dicho, sabedlo.
* * *
Era escultor. En la pequeña casa tenía su taller, con profusión de
mármoles, yesos, bronces y terracotas. A veces, los que pasaban oían a
través de las rejas y persianas una voz que cantaba y un martilleo vibrante y
metálico. Suzette, Recaredo; la boca que emergía el cántico, y el golpe del
cincel.
Luego el incesante idilio nupcial. En puntillas, llegar donde él trabajaba,
e inundándole de cabellos la nuca, besarle rápidamente. Quieto, quietecito,
llegar donde ella duerme en su chaise-longue, los piececitos calzados y con
medias negras, uno sobre otro, el libro abierto sobre el regazo, medio
dormida; y allí el beso es en los labios, beso que sorbe el aliento y hace que
ELICADA y fina como una joya humana, vivía aquella muchachita
de carne rosada, en la pequeña casa que tenía un saloncito con los
tapices de color azul desfalleciente. Era su estuche.
¿Quién era el dueño de aquel delicioso pájaro alegre, de ojos
negros y boca roja? ¿Para quién cantaba su canción divina, cuando la
señorita Primavera mostraba en el triunfo del sol su bello rostro riente, y
abría las flores del campo, y alborotaba la nidada? Suzette se llamaba la
avecita que había puesto en jaula de seda, peluches y encajes, un soñador
artista cazador, que la había cazado una mañana de Mayo en que había
mucha luz en el aire y muchas rosas abiertas.
Recaredo—¡capricho paternal! ¡él no tenía la culpa de llamarse
Recaredo!—se había casado hacía año y medio.—¿Me amas?—Te amo. ¿Y
tú?—Con toda el alma.
Hermoso el día dorado, después de lo del cura. Habían ido luego al
campo nuevo; a gozar libres del gozo del amor. Murmuraban allá en sus
ventanas de hojas verdes, las campanillas y las violetas silvestres que olían
cerca del riachuelo, cuando pasaban los dos amantes, el brazo de él en la
cintura de ella, el brazo de ella en la cintura de él, los rojos labios en flor
dejando escapar los besos. Después, fué la vuelta a la gran ciudad, al nido
lleno de perfume, de juventud y de calor dichoso.
¿Dije ya que Recaredo era escultor? Pues, si no lo he dicho, sabedlo.
* * *
Era escultor. En la pequeña casa tenía su taller, con profusión de
mármoles, yesos, bronces y terracotas. A veces, los que pasaban oían a
través de las rejas y persianas una voz que cantaba y un martilleo vibrante y
metálico. Suzette, Recaredo; la boca que emergía el cántico, y el golpe del
cincel.
Luego el incesante idilio nupcial. En puntillas, llegar donde él trabajaba,
e inundándole de cabellos la nuca, besarle rápidamente. Quieto, quietecito,
llegar donde ella duerme en su chaise-longue, los piececitos calzados y con
medias negras, uno sobre otro, el libro abierto sobre el regazo, medio
dormida; y allí el beso es en los labios, beso que sorbe el aliento y hace que
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se abran los ojos, inefablemente luminosos. Y a todo esto, las carcajadas del
mirlo, un mirlo enjaulado que cuando Suzette toca de Chopin, se pone triste
y no canta. ¡Las carcajadas del mirlo! No era poca cosa.—¿Me quieres?—
¿No lo sabes?—¿Me amas?—¡Te adoro! Ya estaba el animalucho echando
toda la risa del pico. Se le sacaba de la jaula, revolaba por el saloncito
azulado, se detenía en la cabeza de un Apolo de yeso, o en la frámea de un
viejo germano de bronce obscuro. Tiiiiiirit... rrrrrrtch fiii... ¡Vaya que a
veces era mal criado e insolente en su algarabía! Pero era lindo sobre la
mano de Suzette que le mimaba, le apretaba el pico entre sus dientes hasta
hacerlo desesperar, y le decía a veces con una voz severa que temblaba de
terneza: ¡Señor Mirlo, es usted un picarón!
Cuando los dos amados estaban juntos, se arreglaban uno a otro el
cabello. «Canta», decía él. Y ella cantaba lentamente; y aunque no eran sino
pobres muchachos enamorados, se veían hermosos, gloriosos y reales; él la
miraba como a una Elsa y ella le miraba como a un Lohengrin. Porque el
Amor, ¡oh jóvenes llenos de sangre y de sueños!, pone un azul de cristal
ante los ojos, y da las infinitas alegrías.
¡Cómo se amaban! Él la contemplaba sobre las estrellas de Dios; su
amor recorría toda la escala de la pasión, y era ya contenido, ya
tempestuoso en su querer, a veces casi místico. En ocasiones dijérase aquel
artista un teósofo que veía en la amada mujer algo supremo y extra-
humano, como la Ayesha de Rider Hagard; la aspiraba como una flor, le
sonreía como a un astro y se sentía soberbiamente vencedor al estrechar
contra su pecho aquella adorable cabeza, que cuando estaba pensativa y
quieta, era comparable al perfil hierático de la medalla de una emperatriz
bizantina.
* * *
Recaredo amaba su arte. Tenía la pasión de la forma; hacía brotar del
mármol gallardas diosas desnudas de ojos blancos, serenos y sin pupilas; su
taller estaba poblado de un pueblo de estatuas silenciosas, animales de
metal, gárgolas terroríficas, grifos de largas colas vegetales, creaciones
góticas quizá inspiradas por el ocultismo. ¡Y sobre todo, la gran afición!
japonerías y chinerías. Recaredo era en esto un original. No sé qué habría
dado por hablar chino o japonés. Conocía los mejores álbumes; había leído
buenos exotistas, adoraba a Loti y a Judith Gautier, y hacía sacrificios por
adquirir trabajos legítimos, de Yokoama, de Nagasaki, de Kioto o de Nankin
mirlo, un mirlo enjaulado que cuando Suzette toca de Chopin, se pone triste
y no canta. ¡Las carcajadas del mirlo! No era poca cosa.—¿Me quieres?—
¿No lo sabes?—¿Me amas?—¡Te adoro! Ya estaba el animalucho echando
toda la risa del pico. Se le sacaba de la jaula, revolaba por el saloncito
azulado, se detenía en la cabeza de un Apolo de yeso, o en la frámea de un
viejo germano de bronce obscuro. Tiiiiiirit... rrrrrrtch fiii... ¡Vaya que a
veces era mal criado e insolente en su algarabía! Pero era lindo sobre la
mano de Suzette que le mimaba, le apretaba el pico entre sus dientes hasta
hacerlo desesperar, y le decía a veces con una voz severa que temblaba de
terneza: ¡Señor Mirlo, es usted un picarón!
Cuando los dos amados estaban juntos, se arreglaban uno a otro el
cabello. «Canta», decía él. Y ella cantaba lentamente; y aunque no eran sino
pobres muchachos enamorados, se veían hermosos, gloriosos y reales; él la
miraba como a una Elsa y ella le miraba como a un Lohengrin. Porque el
Amor, ¡oh jóvenes llenos de sangre y de sueños!, pone un azul de cristal
ante los ojos, y da las infinitas alegrías.
¡Cómo se amaban! Él la contemplaba sobre las estrellas de Dios; su
amor recorría toda la escala de la pasión, y era ya contenido, ya
tempestuoso en su querer, a veces casi místico. En ocasiones dijérase aquel
artista un teósofo que veía en la amada mujer algo supremo y extra-
humano, como la Ayesha de Rider Hagard; la aspiraba como una flor, le
sonreía como a un astro y se sentía soberbiamente vencedor al estrechar
contra su pecho aquella adorable cabeza, que cuando estaba pensativa y
quieta, era comparable al perfil hierático de la medalla de una emperatriz
bizantina.
* * *
Recaredo amaba su arte. Tenía la pasión de la forma; hacía brotar del
mármol gallardas diosas desnudas de ojos blancos, serenos y sin pupilas; su
taller estaba poblado de un pueblo de estatuas silenciosas, animales de
metal, gárgolas terroríficas, grifos de largas colas vegetales, creaciones
góticas quizá inspiradas por el ocultismo. ¡Y sobre todo, la gran afición!
japonerías y chinerías. Recaredo era en esto un original. No sé qué habría
dado por hablar chino o japonés. Conocía los mejores álbumes; había leído
buenos exotistas, adoraba a Loti y a Judith Gautier, y hacía sacrificios por
adquirir trabajos legítimos, de Yokoama, de Nagasaki, de Kioto o de Nankin
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o Pekín: los cuchillos, las pipas, las máscaras feas y misteriosas como las
caras de los sueños hípnicos, los mandarinitos enanos con panzas de
cucurbitáceos y ojos circunflejos, los monstruos de grandes bocas de
batracios, abiertas y dentadas y diminutos soldados de Tartaria, con faces
foscas.
—¡Oh—le decía Suzette:—aborrezco tu casa de brujo, ese terrible taller,
arca extraña que te roba a mis caricias! Él sonreía, dejaba su lugar de labor,
su templo de raras chucherías y corría al pequeño salón azul, a ver y mimar
su gracioso dije vivo, y oir cantar y reir al loco mirlo jovial.
Aquella mañana, cuando entró, vió que estaba su dulce Suzette,
soñolienta y tendida, cerca de un tazón de rosas que sostenía un trípode.
¿Era la Bella del bosque durmiente? Medio dormida, el delicado cuerpo
modelado bajo una bata blanca, la cabellera castaña apelotonada sobre uno
de los hombros, toda ella exhalando un suave olor femenino, era como una
deliciosa figura de los amables cuentos que empiezan: «Este era un rey...»
La despertó:
—¡Suzette; mi bella!
Traía la cara alegre; le brillaban los ojos negros bajo su fez rojo de labor;
llevaba una carta en la mano.
—Carta de Robert, Suzette. ¡El bribonazo está en China! «Hong Kong,
18 de Enero...»
Suzette, un tanto amodorrada, se había sentado y le había quitado el
papel. ¡Conque aquel andariego había llegado tan lejos! «Hong Kon», 18 de
Enero...» Era gracioso. ¡Un excelente muchacho el tal Robert, con la manía
de viajar! Llegaría al fin del mundo. ¡Robert, un grande amigo! Se veían
como de la familia. Había partido hacía dos años para San Francisco de
California. ¡Habríase visto loco igual!
Comenzó a leer.
* * *
«Hong Kong, 18 de Enero de 1888.
«Mi buen Recaredo:
«Vine y vi. No he vencido aún.
«En San Francisco supe vuestro matrimonio y me alegré. Di un salto y
caí en la China. He venido como agente de una casa californiana,
importadora de sedas, lacas, marfiles y demás chinerías. Junto con esta
caras de los sueños hípnicos, los mandarinitos enanos con panzas de
cucurbitáceos y ojos circunflejos, los monstruos de grandes bocas de
batracios, abiertas y dentadas y diminutos soldados de Tartaria, con faces
foscas.
—¡Oh—le decía Suzette:—aborrezco tu casa de brujo, ese terrible taller,
arca extraña que te roba a mis caricias! Él sonreía, dejaba su lugar de labor,
su templo de raras chucherías y corría al pequeño salón azul, a ver y mimar
su gracioso dije vivo, y oir cantar y reir al loco mirlo jovial.
Aquella mañana, cuando entró, vió que estaba su dulce Suzette,
soñolienta y tendida, cerca de un tazón de rosas que sostenía un trípode.
¿Era la Bella del bosque durmiente? Medio dormida, el delicado cuerpo
modelado bajo una bata blanca, la cabellera castaña apelotonada sobre uno
de los hombros, toda ella exhalando un suave olor femenino, era como una
deliciosa figura de los amables cuentos que empiezan: «Este era un rey...»
La despertó:
—¡Suzette; mi bella!
Traía la cara alegre; le brillaban los ojos negros bajo su fez rojo de labor;
llevaba una carta en la mano.
—Carta de Robert, Suzette. ¡El bribonazo está en China! «Hong Kong,
18 de Enero...»
Suzette, un tanto amodorrada, se había sentado y le había quitado el
papel. ¡Conque aquel andariego había llegado tan lejos! «Hong Kon», 18 de
Enero...» Era gracioso. ¡Un excelente muchacho el tal Robert, con la manía
de viajar! Llegaría al fin del mundo. ¡Robert, un grande amigo! Se veían
como de la familia. Había partido hacía dos años para San Francisco de
California. ¡Habríase visto loco igual!
Comenzó a leer.
* * *
«Hong Kong, 18 de Enero de 1888.
«Mi buen Recaredo:
«Vine y vi. No he vencido aún.
«En San Francisco supe vuestro matrimonio y me alegré. Di un salto y
caí en la China. He venido como agente de una casa californiana,
importadora de sedas, lacas, marfiles y demás chinerías. Junto con esta
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carta debes recibir un regalo mío que, dada tu afición por las cosas de este
país amarillo, te llegará de perlas. Ponme a los pies de Suzette, y conserva
el obsequio en memoria de tu
Robert.»
Ni más, ni menos. Ambos soltaron la carcajada. El mirlo a su vez hizo
estallar la jaula en una explosión de gritos musicales.
La caja había llegado, una caja de regular tamaño, llena de marchamos,
de números y de letras negras que decían y daban a entender que el
contenido era muy frágil. Cuando la caja se abrió apareció el misterio. Era
un fino busto de porcelana, un admirable busto de mujer sonriente, pálido y
encantador. En la base tenía tres inscripciones, una en caracteres chinescos,
otra en inglés y otra en francés: La emperatriz de la China, ¡La emperatriz
de la China! ¿Qué manos de artista asiático habían modelado aquellas
formas atrayentes de misterio? Era una cabellera recogida y apretada, una
faz enigmática, ojos bajos y extraños, de princesa celeste, sonrisa de
esfinge, cuello erguido sobre los hombros columbinos, cubiertos por una
honda de seda bordada de dragones, todo dando magia a la porcelana
blanca, con tonos de cera, inmaculada y cándida. ¡La emperatriz de la
China! Suzette pasaba sus dedos de rosa sobre los ojos de aquella graciosa
soberana, un tanto inclinados, con sus curvos epicantus bajo los puros y
nobles arcos de las cejas. Estaba contenta. Y Recaredo sentía orgullo de
poseer su porcelana.—Le haría un gabinete especial, para que viviese y
reinase sola, como en el Louvre la Venus de Milo, triunfadora, cobijada
imperialmente por el plafón de su recinto sagrado.
Así lo hizo. En un extremo del taller, formó un gabinete minúsculo, con
biombos cubiertos de arrozales y de grullas. Predominaba la nota amarilla.
Toda la gama, oro, fuego, ocre de oriente, hoja de otoño, hasta el pálido que
agoniza fundido en la blancura. En el centro, sobre un pedestal dorado y
negro, se alzaba riendo la exótica imperial. Alrededor de ella había
colocado Recaredo todas sus japonerías y curiosidades chinas. La cubría un
gran quitasol nipón, pintado de camelias y de anchas rosas sangrientas. Era
cosa de risa, cuando el artista soñador, después de dejar la pipa y los
cinceles, llegaba frente a la emperatriz, con las manos cruzadas sobre el
pecho, a hacer zalemas. Una, dos, diez, veinte veces la visitaba. Era una
pasión. En un plato de laca yokoamesa le ponía flores frescas todos los días.
Tenía en momentos, verdaderos arrobos delante del busto asiático que le
país amarillo, te llegará de perlas. Ponme a los pies de Suzette, y conserva
el obsequio en memoria de tu
Robert.»
Ni más, ni menos. Ambos soltaron la carcajada. El mirlo a su vez hizo
estallar la jaula en una explosión de gritos musicales.
La caja había llegado, una caja de regular tamaño, llena de marchamos,
de números y de letras negras que decían y daban a entender que el
contenido era muy frágil. Cuando la caja se abrió apareció el misterio. Era
un fino busto de porcelana, un admirable busto de mujer sonriente, pálido y
encantador. En la base tenía tres inscripciones, una en caracteres chinescos,
otra en inglés y otra en francés: La emperatriz de la China, ¡La emperatriz
de la China! ¿Qué manos de artista asiático habían modelado aquellas
formas atrayentes de misterio? Era una cabellera recogida y apretada, una
faz enigmática, ojos bajos y extraños, de princesa celeste, sonrisa de
esfinge, cuello erguido sobre los hombros columbinos, cubiertos por una
honda de seda bordada de dragones, todo dando magia a la porcelana
blanca, con tonos de cera, inmaculada y cándida. ¡La emperatriz de la
China! Suzette pasaba sus dedos de rosa sobre los ojos de aquella graciosa
soberana, un tanto inclinados, con sus curvos epicantus bajo los puros y
nobles arcos de las cejas. Estaba contenta. Y Recaredo sentía orgullo de
poseer su porcelana.—Le haría un gabinete especial, para que viviese y
reinase sola, como en el Louvre la Venus de Milo, triunfadora, cobijada
imperialmente por el plafón de su recinto sagrado.
Así lo hizo. En un extremo del taller, formó un gabinete minúsculo, con
biombos cubiertos de arrozales y de grullas. Predominaba la nota amarilla.
Toda la gama, oro, fuego, ocre de oriente, hoja de otoño, hasta el pálido que
agoniza fundido en la blancura. En el centro, sobre un pedestal dorado y
negro, se alzaba riendo la exótica imperial. Alrededor de ella había
colocado Recaredo todas sus japonerías y curiosidades chinas. La cubría un
gran quitasol nipón, pintado de camelias y de anchas rosas sangrientas. Era
cosa de risa, cuando el artista soñador, después de dejar la pipa y los
cinceles, llegaba frente a la emperatriz, con las manos cruzadas sobre el
pecho, a hacer zalemas. Una, dos, diez, veinte veces la visitaba. Era una
pasión. En un plato de laca yokoamesa le ponía flores frescas todos los días.
Tenía en momentos, verdaderos arrobos delante del busto asiático que le
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conmovía en su deleitable e inmóvil majestad. Estudiaba sus menores
detalles, el caracol de la oreja, el arco del labio, la nariz pulida, el epicantus
del párpado. ¡Un ídolo, la famosa emperatriz! Suzette le llamaba de lejos:—
¡Recaredo!
—¡Voy!—Y seguía en la contemplación de su obra de arte. Hasta que
Suzette llegaba a llevárselo a rastras y a besos.
Un día, las flores del plato de laca desaparecieron como por encanto.
—¿Quién ha quitado las flores?—gritó el artista desde el taller.
—Yo—dijo una voz vibradora.
Era Suzette que entreabría una cortina, toda sonrosada y haciendo
relampaguear sus ojos negros.
* * *
Allá en lo hondo de su cerebro se decía el señor Recaredo, artista
escultor:—¿Qué tendrá mi mujercita? No comía casi. Aquellos buenos
libros desflorados por su espátula de marfil, estaban en el pequeño estante
negro, con sus hojas cerradas sufriendo la nostalgia de las blandas manos de
rosa, y del tibio regazo perfumado. El señor Recaredo la veía triste. ¿Qué
tendrá mi mujercita? En la mesa no quería comer. Estaba seria: ¡qué seria!
La miraba a veces con el rabo del ojo, y el marido veía aquellas pupilas
obscuras, húmedas, como si quisieran llorar. Y ella al responder, hablaba
como los niños a quienes se ha negado un dulce. ¿Qué tendrá mi mujercita?
¡Nada! Aquel «nada» lo decía ella con voz de queja, y entre sílaba y sílaba
había lágrimas.
¡Oh, señor Recaredo! lo que tiene vuestra mujercita es que sois un
hombre abominable. ¿No habéis notado que desde que esa buena de la
emperatriz de la China ha llegado a vuestra casa, el saloncito azul se ha
entristecido, y el mirlo no canta ni ríe con su risa perlada? Suzette despierta
a Chopin, y lentamente, hace brotar la melodía enferma y melancólica del
negro piano sonoro. ¡Tiene celos, señor Recaredo! Tiene el mal de los celos,
ahogador y quemante, como una serpiente encendida que aprieta el alma.
¡Celos! Quizá él lo comprendía, porque una tarde dijo a la muchachita de su
corazón estas palabras, frente a frente, a través del humo de una taza de
café:—Eres demasiado injusta. ¿Acaso no te amo con toda mi alma; acaso
no sabes leer en mis ojos lo que hay dentro de mi corazón?
Suzette rompió a llorar. ¡Que la amaba! No, ya no la amaba. Habían
huído las buenas y radiantes horas, y los besos que chasqueaban también
detalles, el caracol de la oreja, el arco del labio, la nariz pulida, el epicantus
del párpado. ¡Un ídolo, la famosa emperatriz! Suzette le llamaba de lejos:—
¡Recaredo!
—¡Voy!—Y seguía en la contemplación de su obra de arte. Hasta que
Suzette llegaba a llevárselo a rastras y a besos.
Un día, las flores del plato de laca desaparecieron como por encanto.
—¿Quién ha quitado las flores?—gritó el artista desde el taller.
—Yo—dijo una voz vibradora.
Era Suzette que entreabría una cortina, toda sonrosada y haciendo
relampaguear sus ojos negros.
* * *
Allá en lo hondo de su cerebro se decía el señor Recaredo, artista
escultor:—¿Qué tendrá mi mujercita? No comía casi. Aquellos buenos
libros desflorados por su espátula de marfil, estaban en el pequeño estante
negro, con sus hojas cerradas sufriendo la nostalgia de las blandas manos de
rosa, y del tibio regazo perfumado. El señor Recaredo la veía triste. ¿Qué
tendrá mi mujercita? En la mesa no quería comer. Estaba seria: ¡qué seria!
La miraba a veces con el rabo del ojo, y el marido veía aquellas pupilas
obscuras, húmedas, como si quisieran llorar. Y ella al responder, hablaba
como los niños a quienes se ha negado un dulce. ¿Qué tendrá mi mujercita?
¡Nada! Aquel «nada» lo decía ella con voz de queja, y entre sílaba y sílaba
había lágrimas.
¡Oh, señor Recaredo! lo que tiene vuestra mujercita es que sois un
hombre abominable. ¿No habéis notado que desde que esa buena de la
emperatriz de la China ha llegado a vuestra casa, el saloncito azul se ha
entristecido, y el mirlo no canta ni ríe con su risa perlada? Suzette despierta
a Chopin, y lentamente, hace brotar la melodía enferma y melancólica del
negro piano sonoro. ¡Tiene celos, señor Recaredo! Tiene el mal de los celos,
ahogador y quemante, como una serpiente encendida que aprieta el alma.
¡Celos! Quizá él lo comprendía, porque una tarde dijo a la muchachita de su
corazón estas palabras, frente a frente, a través del humo de una taza de
café:—Eres demasiado injusta. ¿Acaso no te amo con toda mi alma; acaso
no sabes leer en mis ojos lo que hay dentro de mi corazón?
Suzette rompió a llorar. ¡Que la amaba! No, ya no la amaba. Habían
huído las buenas y radiantes horas, y los besos que chasqueaban también
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eran idos, como pájaros en fuga. Ya no la quería. Y a ella, a la que él veía su
religión, su delicia, su sueño, su rey, a ella, a Suzette, la había dejado por la
otra.
¡La otra! Recaredo dió un salto. Estaba engañada. ¿Lo diría por la rubia
Eulogia, a quien en un tiempo había dirigido madrigales?
Ella movió la cabeza:—No. ¿Por la ricachona Gabriela, de largos
cabellos negros, blanca como un alabastro y cuyo busto había hecho? ¿O
por aquella Luisa, la danzarina, que tenía una cintura de avispa, un seno de
buena nodriza y unos ojos incendiarios? ¿O por la viudita Andrea, que al
reir sacaba la punta de la lengua, roja y felina, entre sus dientes brillantes y
amarfilados?
No, no era ninguna de esas. Recaredo se quedó con gran asombro.—
Mira, chiquilla, dime la verdad. ¿Quién es ella? Sabes cuánto te adoro, mi
Elsa, mi Julieta, amor mío...
Temblaba tanta verdad de amor en aquellas palabras entrecortadas y
trémulas, que Suzette, con los ojos enrojecidos, secos ya de lágrimas, se
levantó irguiendo su linda cabeza heráldica.
—¿Me amas?
—¡Bien lo sabes!
—Deja, pues, que me vengue de mi rival. Ella o yo, escoge. Si es cierto
que me adoras, ¿querrás permitir que la aparte para siempre de tu camino,
que quede yo sola, confiada en tu pasión?
—Sea—dijo Recaredo—. Y viendo irse a su avecita celosa y terca,
prosiguió sorbiendo el café, tan negro como la tinta.
No había tomado tres sorbos, cuando oyó un gran ruido de fracaso en el
recinto de su taller.
Fué: ¿Qué miraron sus ojos? El busto había desaparecido del pedestal de
negro y oro, y entre minúsculos mandarines caídos y descolgados abanicos,
se veían por el suelo pedazos de porcelana que crujían bajo los pequeños
zapatos de Suzette, quien toda encendida y con el cabello suelto,
aguardando los besos, decía entre carcajadas argentinas al maridito
asustado:—Estoy vengada. ¡Ha muerto ya para ti la emperatriz de la China!
Y cuando comenzó la ardiente reconciliación de los labios, en el
saloncito azul, todo lleno de regocijo, el mirlo, en su jaula, se moría de risa.
religión, su delicia, su sueño, su rey, a ella, a Suzette, la había dejado por la
otra.
¡La otra! Recaredo dió un salto. Estaba engañada. ¿Lo diría por la rubia
Eulogia, a quien en un tiempo había dirigido madrigales?
Ella movió la cabeza:—No. ¿Por la ricachona Gabriela, de largos
cabellos negros, blanca como un alabastro y cuyo busto había hecho? ¿O
por aquella Luisa, la danzarina, que tenía una cintura de avispa, un seno de
buena nodriza y unos ojos incendiarios? ¿O por la viudita Andrea, que al
reir sacaba la punta de la lengua, roja y felina, entre sus dientes brillantes y
amarfilados?
No, no era ninguna de esas. Recaredo se quedó con gran asombro.—
Mira, chiquilla, dime la verdad. ¿Quién es ella? Sabes cuánto te adoro, mi
Elsa, mi Julieta, amor mío...
Temblaba tanta verdad de amor en aquellas palabras entrecortadas y
trémulas, que Suzette, con los ojos enrojecidos, secos ya de lágrimas, se
levantó irguiendo su linda cabeza heráldica.
—¿Me amas?
—¡Bien lo sabes!
—Deja, pues, que me vengue de mi rival. Ella o yo, escoge. Si es cierto
que me adoras, ¿querrás permitir que la aparte para siempre de tu camino,
que quede yo sola, confiada en tu pasión?
—Sea—dijo Recaredo—. Y viendo irse a su avecita celosa y terca,
prosiguió sorbiendo el café, tan negro como la tinta.
No había tomado tres sorbos, cuando oyó un gran ruido de fracaso en el
recinto de su taller.
Fué: ¿Qué miraron sus ojos? El busto había desaparecido del pedestal de
negro y oro, y entre minúsculos mandarines caídos y descolgados abanicos,
se veían por el suelo pedazos de porcelana que crujían bajo los pequeños
zapatos de Suzette, quien toda encendida y con el cabello suelto,
aguardando los besos, decía entre carcajadas argentinas al maridito
asustado:—Estoy vengada. ¡Ha muerto ya para ti la emperatriz de la China!
Y cuando comenzó la ardiente reconciliación de los labios, en el
saloncito azul, todo lleno de regocijo, el mirlo, en su jaula, se moría de risa.
Page 98
¡Princesa del divino imperio
azul, quién besara tus labios
luminosos!
azul, quién besara tus labios
luminosos!
Page 99
A UNA ESTRELLA
(ROMANZA EN PROSA)
RINCESA del divino imperio azul, quién besara tus labios
luminosos!
¡Yo soy el enamorado estático que soñando mi sueño de amor,
estoy de rodillas, con los ojos fijos en tu inefable claridad, estrella
mía, que estás tan lejos! ¡Oh, cómo ardo en celos, cómo tiembla mi alma
cuando pienso que tú, cándida hija de la Aurora, puedes fijar tus miradas en
el hermoso Príncipe Sol que viene de Oriente, gallardo y bello en su carro
de oro, celeste flechero triunfador, de coraza adamantina, que trae a la
espalda el carcaj brillante lleno de flechas de fuego! Pero no, tú me has
sonreído bajo tu palio, y tu sonrisa era dulce como la esperanza. ¡Cuántas
veces mi espíritu quiso volar hacia ti y quedó desalentado! ¡Está tan lejano
tu alcázar! He cantado en mis sonetos y en mis madrigales tu místico
florecimiento, tus cabellos de luz, tu alba vestidura. Te he visto como una
pálida Beatriz del firmamento, lírica y amorosa en tu sublime resplandor.
¡Princesa del divino imperio azul, quién besara tus labios luminosos!
* * *
Recuerdo aquella negra noche ¡oh genio Desaliento! en que visitaste mi
cuarto de trabajo para darme tortura, para dejarme casi desolado el pobre
jardín de mi ilusión, donde me segaste tantos frescos ideales en flor. Tu voz
me sonó a hierro y te escuché temblando, porque tu palabra era cortante y
fría y caía como un hacha. Me hablaste del camino de la Gloria, donde hay
que andar descalzo sobre cambroneras y abrojos; y desnudo, bajo una
eterna granizada; y a obscuras, cerca de hondos abismos, llenos de sombra
como la muerte. Me hablaste del vergel Amor, donde es casi imposible
cortar una rosa sin morir, porque es rara la flor en que no anida un áspid. Y
me dijiste de la terrible y muda esfinge de bronce que está a la entrada de la
tumba. Y yo estaba espantado, porque la gloria me había atraído, con su
hermosa palma en la mano, y el Amor me llenaba con su embriaguez, y la
vida era para mí encantadora y alegre como la ven las flores y los pájaros. Y
ya presa de mi desesperanza, esclavo tuyo, obscuro genio Desaliento, huí de
mi triste lugar de labor—donde entre una corte de bardos antiguos y de
(ROMANZA EN PROSA)
RINCESA del divino imperio azul, quién besara tus labios
luminosos!
¡Yo soy el enamorado estático que soñando mi sueño de amor,
estoy de rodillas, con los ojos fijos en tu inefable claridad, estrella
mía, que estás tan lejos! ¡Oh, cómo ardo en celos, cómo tiembla mi alma
cuando pienso que tú, cándida hija de la Aurora, puedes fijar tus miradas en
el hermoso Príncipe Sol que viene de Oriente, gallardo y bello en su carro
de oro, celeste flechero triunfador, de coraza adamantina, que trae a la
espalda el carcaj brillante lleno de flechas de fuego! Pero no, tú me has
sonreído bajo tu palio, y tu sonrisa era dulce como la esperanza. ¡Cuántas
veces mi espíritu quiso volar hacia ti y quedó desalentado! ¡Está tan lejano
tu alcázar! He cantado en mis sonetos y en mis madrigales tu místico
florecimiento, tus cabellos de luz, tu alba vestidura. Te he visto como una
pálida Beatriz del firmamento, lírica y amorosa en tu sublime resplandor.
¡Princesa del divino imperio azul, quién besara tus labios luminosos!
* * *
Recuerdo aquella negra noche ¡oh genio Desaliento! en que visitaste mi
cuarto de trabajo para darme tortura, para dejarme casi desolado el pobre
jardín de mi ilusión, donde me segaste tantos frescos ideales en flor. Tu voz
me sonó a hierro y te escuché temblando, porque tu palabra era cortante y
fría y caía como un hacha. Me hablaste del camino de la Gloria, donde hay
que andar descalzo sobre cambroneras y abrojos; y desnudo, bajo una
eterna granizada; y a obscuras, cerca de hondos abismos, llenos de sombra
como la muerte. Me hablaste del vergel Amor, donde es casi imposible
cortar una rosa sin morir, porque es rara la flor en que no anida un áspid. Y
me dijiste de la terrible y muda esfinge de bronce que está a la entrada de la
tumba. Y yo estaba espantado, porque la gloria me había atraído, con su
hermosa palma en la mano, y el Amor me llenaba con su embriaguez, y la
vida era para mí encantadora y alegre como la ven las flores y los pájaros. Y
ya presa de mi desesperanza, esclavo tuyo, obscuro genio Desaliento, huí de
mi triste lugar de labor—donde entre una corte de bardos antiguos y de
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poetas modernos, resplandecía el dios Hugo, en la edición de Hetzel—y
busqué el aire libre bajo el cielo de la noche. Entonces fué, adorable y
blanca princesa, cuando tuviste compasión de aquel pobre poeta, y le
miraste con tu mirada inefable y le sonreiste, y de tu sonrisa emergía el
divino verso de la esperanza! ¡Estrella mía que estás tan lejos, quién besara
tus labios luminosos!
* * *
Quería contarte un poema sideral que tú pudieras oir, quería ser tu
amante ruiseñor, y darte mi apasionado ritornelo, mi etérea y rubia
soñadora. Y así desde la tierra donde caminamos sobre el limo, enviarte mi
ofrenda de armonía a tu región en que deslumbra la apoteosis y reina sin
cesar el prodigio.
Tu diadema asombra a los astros y tu luz hace cantar a los poetas, perla
en el Océano infinito, flor de lis del oriflama inmenso del gran Dios.
Te he visto una noche aparecer en el horizonte sobre el mar, y el
gigantesco viejo, ebrio de sal, te saludó con las salvas de sus olas sonantes y
roncas. Tú caminabas con un manto tenue y dorado; tus reflejos alegraban
las vastas aguas palpitantes.
Otra vez era en una selva obscura, donde poblaban el aire los grillos
monótonos, con las notas chillonas de sus nocturnos y rudos violines. A
través de un ramaje te contemplé en tu deleitable serenidad, y vi sobre los
árboles negros, trémulos hilos de luz como si hubiesen caído de la altura,
hebras de tu cabellera. Princesa del divino imperio azul, ¡quién besara tus
labios luminosos!
* * *
Te canta y vuela a ti la alondra matinal en el alba de la primavera, en que
el viento lleva vibraciones de liras eólicas, y el eco de los tímpanos de plata
que suenan los silfos. Desde tu región derrama las perlas armónicas y
cristalinas de su buche, que caen y se juntan a la universal y grandiosa
sinfonía que llena la despierta tierra.
¡Y en esa hora pienso en ti, porque es la hora de supremas citas en el
profundo cielo y de ocultos y ardorosos oarystis en los tibios parajes del
bosque donde florece el citiso que alegra la égogla! ¡Estrella mía, que estás
tan lejos, quién besara tus labios luminosos!
busqué el aire libre bajo el cielo de la noche. Entonces fué, adorable y
blanca princesa, cuando tuviste compasión de aquel pobre poeta, y le
miraste con tu mirada inefable y le sonreiste, y de tu sonrisa emergía el
divino verso de la esperanza! ¡Estrella mía que estás tan lejos, quién besara
tus labios luminosos!
* * *
Quería contarte un poema sideral que tú pudieras oir, quería ser tu
amante ruiseñor, y darte mi apasionado ritornelo, mi etérea y rubia
soñadora. Y así desde la tierra donde caminamos sobre el limo, enviarte mi
ofrenda de armonía a tu región en que deslumbra la apoteosis y reina sin
cesar el prodigio.
Tu diadema asombra a los astros y tu luz hace cantar a los poetas, perla
en el Océano infinito, flor de lis del oriflama inmenso del gran Dios.
Te he visto una noche aparecer en el horizonte sobre el mar, y el
gigantesco viejo, ebrio de sal, te saludó con las salvas de sus olas sonantes y
roncas. Tú caminabas con un manto tenue y dorado; tus reflejos alegraban
las vastas aguas palpitantes.
Otra vez era en una selva obscura, donde poblaban el aire los grillos
monótonos, con las notas chillonas de sus nocturnos y rudos violines. A
través de un ramaje te contemplé en tu deleitable serenidad, y vi sobre los
árboles negros, trémulos hilos de luz como si hubiesen caído de la altura,
hebras de tu cabellera. Princesa del divino imperio azul, ¡quién besara tus
labios luminosos!
* * *
Te canta y vuela a ti la alondra matinal en el alba de la primavera, en que
el viento lleva vibraciones de liras eólicas, y el eco de los tímpanos de plata
que suenan los silfos. Desde tu región derrama las perlas armónicas y
cristalinas de su buche, que caen y se juntan a la universal y grandiosa
sinfonía que llena la despierta tierra.
¡Y en esa hora pienso en ti, porque es la hora de supremas citas en el
profundo cielo y de ocultos y ardorosos oarystis en los tibios parajes del
bosque donde florece el citiso que alegra la égogla! ¡Estrella mía, que estás
tan lejos, quién besara tus labios luminosos!
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Page 102
PRIMAVERAL
Page 103
M de rosas. Van mis rimas
ES
en ronda, a la vasta selva,
a recoger miel y aromas
en las flores entreabiertas.
Amada, ven. El gran bosque
es nuestro templo; allí ondea
y flota un santo perfume
de amor. El pájaro vuela
de un árbol a otro y saluda
tu frente rosada y bella
como a un alba; y las encinas
robustas, altas, soberbias,
cuando tú pasas agitan
sus hojas verdes y trémulas,
y enarcan sus ramas como
para que pase una reina.
¡Oh, amada mía! Es el dulce
tiempo de la primavera.
***
Mira: en tus ojos los míos:
da al viento la cabellera,
y que bañe el sol ese aro
de luz salvaje y espléndida.
Dame que aprieten mis manos
las tuyas de rosa y seda,
y ríe, y muestren tus labios
su púrpura húmeda y fresca.
Yo voy a decirte rimas,
tú vas a escuchar risueña;
si acaso algún ruiseñor
viniese a posarse cerca
y a contar alguna historia
de ninfa, rosas o estrellas,
tú no oirás notas ni trinos,
sino enamorada y regia,
escucharás mis canciones
ES
en ronda, a la vasta selva,
a recoger miel y aromas
en las flores entreabiertas.
Amada, ven. El gran bosque
es nuestro templo; allí ondea
y flota un santo perfume
de amor. El pájaro vuela
de un árbol a otro y saluda
tu frente rosada y bella
como a un alba; y las encinas
robustas, altas, soberbias,
cuando tú pasas agitan
sus hojas verdes y trémulas,
y enarcan sus ramas como
para que pase una reina.
¡Oh, amada mía! Es el dulce
tiempo de la primavera.
***
Mira: en tus ojos los míos:
da al viento la cabellera,
y que bañe el sol ese aro
de luz salvaje y espléndida.
Dame que aprieten mis manos
las tuyas de rosa y seda,
y ríe, y muestren tus labios
su púrpura húmeda y fresca.
Yo voy a decirte rimas,
tú vas a escuchar risueña;
si acaso algún ruiseñor
viniese a posarse cerca
y a contar alguna historia
de ninfa, rosas o estrellas,
tú no oirás notas ni trinos,
sino enamorada y regia,
escucharás mis canciones
Page 104
escucharás mis canciones
fija en mis labios que tiemblan.
¡Oh, amada mía! Es el dulce
tiempo de la primavera.
***
Allá hay una clara fuente
que brota de una caverna,
donde se bañan desnudas
las blancas ninfas que juegan.
Ríen al son de la espuma,
hienden la linfa serena;
entre polvo cristalino
esponjan sus cabelleras;
y saben himnos de amores
en hermosa lengua griega,
que en glorioso tiempo antiguo
Pan inventó en las florestas.
Amada, pondré en mis rimas
la palabra más soberbia
de las frases de los versos
de los himnos de esa lengua;
y te diré esa palabra
empapada en miel hiblea...
¡oh, amada mía! en el dulce
tiempo de la primavera.
***
Van en sus grupos vibrantes
revolando las abejas
como un áureo torbellino
que la blanca luz alegra;
y sobre el agua sonora
pasan radiantes, ligeras,
con sus alas cristalinas
las irisadas libélulas.
Oye: canta la cigarra
porque ama al sol, que en la selva
su polvo de oro tamiza,
entre las hojas espesas.
fija en mis labios que tiemblan.
¡Oh, amada mía! Es el dulce
tiempo de la primavera.
***
Allá hay una clara fuente
que brota de una caverna,
donde se bañan desnudas
las blancas ninfas que juegan.
Ríen al son de la espuma,
hienden la linfa serena;
entre polvo cristalino
esponjan sus cabelleras;
y saben himnos de amores
en hermosa lengua griega,
que en glorioso tiempo antiguo
Pan inventó en las florestas.
Amada, pondré en mis rimas
la palabra más soberbia
de las frases de los versos
de los himnos de esa lengua;
y te diré esa palabra
empapada en miel hiblea...
¡oh, amada mía! en el dulce
tiempo de la primavera.
***
Van en sus grupos vibrantes
revolando las abejas
como un áureo torbellino
que la blanca luz alegra;
y sobre el agua sonora
pasan radiantes, ligeras,
con sus alas cristalinas
las irisadas libélulas.
Oye: canta la cigarra
porque ama al sol, que en la selva
su polvo de oro tamiza,
entre las hojas espesas.
Page 105
Su aliento nos da en un soplo
fecundo la madre tierra,
con el alma de los cálices
y el aroma de las yerbas.
***
¿Ves aquel nido? Hay un ave.
Son dos: el macho y la hembra.
Ella tiene el buche blanco,
él tiene las plumas negras.
En la garganta el gorjeo,
las alas blancas y trémulas;
y los picos que se chocan
como labios que se besan.
El nido es cántico. El ave
incuba el trino, ¡oh, poetas!
de la lira universal
el ave pulsa una cuerda.
Bendito el calor sagrado
que hizo reventar las yemas,
¡oh, amada mía, en el dulce
tiempo de la primavera!
***
Mi dulce musa Delicia
me trajo un ánfora griega
cincelada en alabastro,
de vino de Naxos llena;
y una hermosa copa de oro,
la base henchida de perlas,
para que bebiese el vino
que es propicio a los poetas.
En la ánfora está Diana,
real, orgullosa y esbelta,
con su desnudez divina
y en su actitud cinegética.
Y en la copa luminosa
está Venus Citerea
tendida cerca de Adonis
que sus caricias desdeña.
fecundo la madre tierra,
con el alma de los cálices
y el aroma de las yerbas.
***
¿Ves aquel nido? Hay un ave.
Son dos: el macho y la hembra.
Ella tiene el buche blanco,
él tiene las plumas negras.
En la garganta el gorjeo,
las alas blancas y trémulas;
y los picos que se chocan
como labios que se besan.
El nido es cántico. El ave
incuba el trino, ¡oh, poetas!
de la lira universal
el ave pulsa una cuerda.
Bendito el calor sagrado
que hizo reventar las yemas,
¡oh, amada mía, en el dulce
tiempo de la primavera!
***
Mi dulce musa Delicia
me trajo un ánfora griega
cincelada en alabastro,
de vino de Naxos llena;
y una hermosa copa de oro,
la base henchida de perlas,
para que bebiese el vino
que es propicio a los poetas.
En la ánfora está Diana,
real, orgullosa y esbelta,
con su desnudez divina
y en su actitud cinegética.
Y en la copa luminosa
está Venus Citerea
tendida cerca de Adonis
que sus caricias desdeña.
Page 106
que sus caricias desdeña.
No quiero el vino de Naxos
ni el ánfora de ansas bellas,
ni la copa donde Cipria
al gallardo Adonis ruega.
Quiero beber del amor
sólo en tu boca bermeja,
¡oh, amada mía, en el dulce
tiempo de la primavera!
No quiero el vino de Naxos
ni el ánfora de ansas bellas,
ni la copa donde Cipria
al gallardo Adonis ruega.
Quiero beber del amor
sólo en tu boca bermeja,
¡oh, amada mía, en el dulce
tiempo de la primavera!
Page 107
ESTIVAL
Page 108
I
Page 109
L tigre de Bengala,
A
con su lustrosa piel manchada a trechos,
está alegre y gentil, está de gala.
Salta de los repechos
de un ribazo, al tupido
carrizal de un bambú; luego a la roca
que se yergue a la entrada de su gruta.
Allí lanza un rugido,
se agita como loca
y eriza de placer su piel hirsuta.
***
La fiera virgen ama.
Es el mes del ardor. Parece el suelo
rescoldo; y en el cielo
el sol inmensa llama.
Por el ramaje obscuro
salta huyendo el kanguro.
El boa se infla, duerme, se calienta
a la tórrida lumbre;
el pájaro se sienta
a reposar sobre la verde cumbre.
***
Siéntense vahos de horno;
y la selva indiana
en alas del bochorno,
lanza, bajo el sereno
cielo, un soplo de sí. La tigre ufana
respira a pulmón lleno,
y al verse hermosa, altiva, soberana,
le late el corazón, se le hincha el seno.
***
Contempla su gran zarpa, en ella la uña
de marfil; luego toca
el filo de una roca,
y prueba y lo rasguña.
Mírase luego el flanco
A
con su lustrosa piel manchada a trechos,
está alegre y gentil, está de gala.
Salta de los repechos
de un ribazo, al tupido
carrizal de un bambú; luego a la roca
que se yergue a la entrada de su gruta.
Allí lanza un rugido,
se agita como loca
y eriza de placer su piel hirsuta.
***
La fiera virgen ama.
Es el mes del ardor. Parece el suelo
rescoldo; y en el cielo
el sol inmensa llama.
Por el ramaje obscuro
salta huyendo el kanguro.
El boa se infla, duerme, se calienta
a la tórrida lumbre;
el pájaro se sienta
a reposar sobre la verde cumbre.
***
Siéntense vahos de horno;
y la selva indiana
en alas del bochorno,
lanza, bajo el sereno
cielo, un soplo de sí. La tigre ufana
respira a pulmón lleno,
y al verse hermosa, altiva, soberana,
le late el corazón, se le hincha el seno.
***
Contempla su gran zarpa, en ella la uña
de marfil; luego toca
el filo de una roca,
y prueba y lo rasguña.
Mírase luego el flanco
Page 110
Mírase luego el flanco
que azota con el rabo puntiagudo
de color negro y blanco,
y móvil y felpudo;
luego el vientre. En seguida
abre las anchas fauces, altanera
como reina que exige vasallaje;
después husmea, busca, va. La fiera
exhala algo a manera
de un suspiro salvaje.
Un rugido callado
escuchó. Con presteza
volvió la vista de uno a otro lado.
Y chispeó su ojo verde y dilatado
cuando miró de un tigre la cabeza
surgir sobre la cima de un collado.
El tigre se acercaba.
***
Era muy bello.
Gigantesca la talla, el pelo fino,
apretado el ijar, robusto el cuello,
era un don Juan felino
en el bosque. Anda a trancos
callados; ve a la tigre inquieta, sola,
y le muestra los blancos
dientes; y luego arbolada
con donaire la cola.
Al caminar se veía
su cuerpo ondear, con garbo y bizarría.
Se miraban los músculos hinchados
debajo de la piel. Y se diría
ser aquella alimaña
un rudo gladiador de la montaña.
Los pelos erizados
del labio relamía. Cuando andaba,
con su peso chafaba
la yerba verde y muelle;
y el ruido de su aliento semejaba
f
que azota con el rabo puntiagudo
de color negro y blanco,
y móvil y felpudo;
luego el vientre. En seguida
abre las anchas fauces, altanera
como reina que exige vasallaje;
después husmea, busca, va. La fiera
exhala algo a manera
de un suspiro salvaje.
Un rugido callado
escuchó. Con presteza
volvió la vista de uno a otro lado.
Y chispeó su ojo verde y dilatado
cuando miró de un tigre la cabeza
surgir sobre la cima de un collado.
El tigre se acercaba.
***
Era muy bello.
Gigantesca la talla, el pelo fino,
apretado el ijar, robusto el cuello,
era un don Juan felino
en el bosque. Anda a trancos
callados; ve a la tigre inquieta, sola,
y le muestra los blancos
dientes; y luego arbolada
con donaire la cola.
Al caminar se veía
su cuerpo ondear, con garbo y bizarría.
Se miraban los músculos hinchados
debajo de la piel. Y se diría
ser aquella alimaña
un rudo gladiador de la montaña.
Los pelos erizados
del labio relamía. Cuando andaba,
con su peso chafaba
la yerba verde y muelle;
y el ruido de su aliento semejaba
f
Page 111
el resollar de un fuelle.
Él es, él es el rey. Cetro de oro
no, sino la ancha garra
que se hinca recia en el testuz del toro
y las carnes desgarra.
La negra águila enorme, de pupilas
de fuego y corvo pico relumbrante,
tiene a Aquilón; las ondas y tranquilas
aguas, el gran caimán; el elefante,
la cañada y la estepa;
la víbora, los juncos por do trepa;
y su caliente nido
del árbol suspendido,
el ave dulce y tierna
que ama la primer luz.
Él la caverna.
***
No envidian al león la crin, ni al potro rudo
el casco, ni al membrudo
hipopótamo el lomo corpulento
quien bajo los ramajes de copudo
baobab, ruge al viento.
***
Así va el orgulloso, llega, halaga;
corresponde la tigre que le espera,
y con caricias las caricias paga
en su salvaje ardor, la carnicera.
***
Después, el misterioso
tacto, las impulsivas
fuerzas que arrastran con poder pasmoso;
y ¡oh gran Pan! el idilio monstruoso
bajo las vastas selvas primitivas.
No el de las musas de las blandas horas
suaves, expresivas,
las rientes auroras
y las azules noches pensativas;
sino el que todo enciende, anima, exalta,
Él es, él es el rey. Cetro de oro
no, sino la ancha garra
que se hinca recia en el testuz del toro
y las carnes desgarra.
La negra águila enorme, de pupilas
de fuego y corvo pico relumbrante,
tiene a Aquilón; las ondas y tranquilas
aguas, el gran caimán; el elefante,
la cañada y la estepa;
la víbora, los juncos por do trepa;
y su caliente nido
del árbol suspendido,
el ave dulce y tierna
que ama la primer luz.
Él la caverna.
***
No envidian al león la crin, ni al potro rudo
el casco, ni al membrudo
hipopótamo el lomo corpulento
quien bajo los ramajes de copudo
baobab, ruge al viento.
***
Así va el orgulloso, llega, halaga;
corresponde la tigre que le espera,
y con caricias las caricias paga
en su salvaje ardor, la carnicera.
***
Después, el misterioso
tacto, las impulsivas
fuerzas que arrastran con poder pasmoso;
y ¡oh gran Pan! el idilio monstruoso
bajo las vastas selvas primitivas.
No el de las musas de las blandas horas
suaves, expresivas,
las rientes auroras
y las azules noches pensativas;
sino el que todo enciende, anima, exalta,
Page 112
sino el que todo enciende, anima, exalta,
polen, savia, calor, nervio, corteza,
y en torrentes de vida brota y salta
del seno de la gran Naturaleza.
II
polen, savia, calor, nervio, corteza,
y en torrentes de vida brota y salta
del seno de la gran Naturaleza.
II
Page 113
El príncipe de Gales va de caza
por bosques y por cerros,
con su gran servidumbre y con sus perros
de la más fina raza.
***
Acallando el tropel de los vasallos,
deteniendo traíllas y caballos,
con la mirada inquieta,
contempla a los dos tigres, de la gruta
a la entrada. Requiere la escopeta,
y avanza, y no se inmuta.
***
Las fieras se acarician. No han oído
tropel de cazadores.
A esos terribles seres,
embriagados de amores,
con cadenas de flores
se les hubiera uncido
a la nevada concha de Citeres
o al carro de Cupido.
***
El príncipe atrevido,
adelanta, se acerca, ya se para;
ya apunta y cierra un ojo; ya dispara;
ya del arma el estruendo
por el espeso bosque ha resonado.
El tigre sale huyendo
y la hembra queda, el vientre desgarrado.
¡Oh, va a morir!... Pero antes, débil, yerta,
chorreando sangre por la herida abierta,
con ojo dolorido
miró a aquel cazador, lanzó un gemido
como un ¡ay! de mujer... y cayó muerta.
III
por bosques y por cerros,
con su gran servidumbre y con sus perros
de la más fina raza.
***
Acallando el tropel de los vasallos,
deteniendo traíllas y caballos,
con la mirada inquieta,
contempla a los dos tigres, de la gruta
a la entrada. Requiere la escopeta,
y avanza, y no se inmuta.
***
Las fieras se acarician. No han oído
tropel de cazadores.
A esos terribles seres,
embriagados de amores,
con cadenas de flores
se les hubiera uncido
a la nevada concha de Citeres
o al carro de Cupido.
***
El príncipe atrevido,
adelanta, se acerca, ya se para;
ya apunta y cierra un ojo; ya dispara;
ya del arma el estruendo
por el espeso bosque ha resonado.
El tigre sale huyendo
y la hembra queda, el vientre desgarrado.
¡Oh, va a morir!... Pero antes, débil, yerta,
chorreando sangre por la herida abierta,
con ojo dolorido
miró a aquel cazador, lanzó un gemido
como un ¡ay! de mujer... y cayó muerta.
III
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Aquel macho que huyó, bravo y zahareño
a los rayos ardientes
del sol, en su cubil después dormía.
Entonces tuvo un sueño
que enterraba las garras y los dientes
en vientres sonrosados
y pechos de mujer; y que engullía
por postres delicados
de comidas y cenas,
como tigre goloso entre golosos,
unas cuantas docenas
de niños tiernos, rubios y sabrosos.
a los rayos ardientes
del sol, en su cubil después dormía.
Entonces tuvo un sueño
que enterraba las garras y los dientes
en vientres sonrosados
y pechos de mujer; y que engullía
por postres delicados
de comidas y cenas,
como tigre goloso entre golosos,
unas cuantas docenas
de niños tiernos, rubios y sabrosos.
Page 115
AUTUMNAL
Eros, Vita, Lumen.
Eros, Vita, Lumen.
Page 116
E las pálidas tardes
N
yerran nubes tranquilas
en el azul; en las ardientes manos
se posan las cabezas pensativas.
¡Ah los suspiros! ¡Ah los dulces sueños!
¡Ah las tristezas íntimas!
¡Ah el polvo de oro que en el aire flota,
tras cuyas ondas trémulas se miran
los ojos tiernos y húmedos,
las bocas inundadas de sonrisas,
las crespas cabelleras
y los dedos de rosa que acarician!
***
En las pálidas tardes
me cuenta un hada amiga
las historias secretas
llenas de poesía;
lo que cantan los pájaros,
lo que llevan las brisas,
lo que vaga en las nieblas
lo que sueñan las niñas.
***
Una vez sentí el ansia
de una sed infinita.
Dije al hada amorosa:
—Quiero en el alma mía
tener la inspiración honda, profunda,
inmensa: luz, calor, aroma, vida.
Ella me dijo:—¡Ven! con el acento
con que me hablaría un arpa. En él había
un divino idioma de esperanza.
¡Oh sed del ideal!
***
Sobre la cima
de un monte, a media noche,
me mostró las estrellas encendidas
N
yerran nubes tranquilas
en el azul; en las ardientes manos
se posan las cabezas pensativas.
¡Ah los suspiros! ¡Ah los dulces sueños!
¡Ah las tristezas íntimas!
¡Ah el polvo de oro que en el aire flota,
tras cuyas ondas trémulas se miran
los ojos tiernos y húmedos,
las bocas inundadas de sonrisas,
las crespas cabelleras
y los dedos de rosa que acarician!
***
En las pálidas tardes
me cuenta un hada amiga
las historias secretas
llenas de poesía;
lo que cantan los pájaros,
lo que llevan las brisas,
lo que vaga en las nieblas
lo que sueñan las niñas.
***
Una vez sentí el ansia
de una sed infinita.
Dije al hada amorosa:
—Quiero en el alma mía
tener la inspiración honda, profunda,
inmensa: luz, calor, aroma, vida.
Ella me dijo:—¡Ven! con el acento
con que me hablaría un arpa. En él había
un divino idioma de esperanza.
¡Oh sed del ideal!
***
Sobre la cima
de un monte, a media noche,
me mostró las estrellas encendidas
Page 117
me mostró las estrellas encendidas.
Era un jardín de oro
con pétalos de llamas que titilan.
Exclamé:—Más...
***
La aurora
vino después. La aurora sonreía,
con la luz en la frente,
como la joven tímida
que abre la reja, y la sorprenden luego
ciertas curiosas, mágicas pupilas.
Y dije:—Más...—Sonriendo
la celeste hada amiga
prorrumpió:—¡Y bien! ¡Las flores!
***
Y las flores
estaban frescas, lindas,
empapadas de olor: la rosa virgen,
la blanca margarita,
la azucena gentil y las volúbiles
que cuelgan de la rama estremecida.
Y dije:-Más...
***
El viento
arrastraba rumores, ecos, risas,
murmullos misteriosos, aleteos,
músicas nunca oídas.
«El hada entonces me llevó hasta el velo
que nos cubre las ansias infinitas,
la inspiración profunda
y el alma de las liras.
Y lo rasgó. Y allí todo era aurora.»
En el fondo se veía
un bello rostro de mujer.
***
¡Oh; nunca,
Piérides, diréis las sacras dichas
que en el alma sintiera!
Era un jardín de oro
con pétalos de llamas que titilan.
Exclamé:—Más...
***
La aurora
vino después. La aurora sonreía,
con la luz en la frente,
como la joven tímida
que abre la reja, y la sorprenden luego
ciertas curiosas, mágicas pupilas.
Y dije:—Más...—Sonriendo
la celeste hada amiga
prorrumpió:—¡Y bien! ¡Las flores!
***
Y las flores
estaban frescas, lindas,
empapadas de olor: la rosa virgen,
la blanca margarita,
la azucena gentil y las volúbiles
que cuelgan de la rama estremecida.
Y dije:-Más...
***
El viento
arrastraba rumores, ecos, risas,
murmullos misteriosos, aleteos,
músicas nunca oídas.
«El hada entonces me llevó hasta el velo
que nos cubre las ansias infinitas,
la inspiración profunda
y el alma de las liras.
Y lo rasgó. Y allí todo era aurora.»
En el fondo se veía
un bello rostro de mujer.
***
¡Oh; nunca,
Piérides, diréis las sacras dichas
que en el alma sintiera!
Page 118
Con su vaga sonrisa:
—¿Más?...—dijo el hada.—Y yo tenía entonces
clavadas las pupilas
en el azul; y en mis ardientes manos
se posó mi cabeza pensativa...
—¿Más?...—dijo el hada.—Y yo tenía entonces
clavadas las pupilas
en el azul; y en mis ardientes manos
se posó mi cabeza pensativa...
Page 119
INVERNAL
Page 120
N OCHE. Este viento vagabundo lleva
las alas entumidas
y heladas. El gran Andes
yergue al inmenso azul su blanca cima.
La nieve cae en copos,
sus rosas transparentes cristaliza;
en la ciudad, los delicados hombros
y gargantas se abrigan;
ruedan y van los coches,
suenan alegres pianos, el gas brilla;
y, si no hay un fogón que le caliente,
el que es pobre tirita.
***
Yo estoy con mis radiantes ilusiones
y mis nostalgias íntimas,
junto a la chimenea
bien harta de tizones que crepitan.
Y me pongo a pensar: ¡Oh! ¡si estuviese
ella, la de mis ansias infinitas,
la de mis sueños locos,
y mis azules noches pensativas!
¿Cómo? Mirad:
De la apacible estancia
en la extensión tranquila
vertía la lámpara reflejos
de luces opalinas.
Dentro, el amor que abrasa;
fuera, la noche fría;
el golpe de la lluvia en los cristales,
y el vendedor que grita
su monótona y triste melopea
a las glaciales brisas.
Dentro, la ronda de mis mil delirios,
las canciones de notas cristalinas,
unas manos que toquen mis cabellos,
un aliento que roce mis mejillas
las alas entumidas
y heladas. El gran Andes
yergue al inmenso azul su blanca cima.
La nieve cae en copos,
sus rosas transparentes cristaliza;
en la ciudad, los delicados hombros
y gargantas se abrigan;
ruedan y van los coches,
suenan alegres pianos, el gas brilla;
y, si no hay un fogón que le caliente,
el que es pobre tirita.
***
Yo estoy con mis radiantes ilusiones
y mis nostalgias íntimas,
junto a la chimenea
bien harta de tizones que crepitan.
Y me pongo a pensar: ¡Oh! ¡si estuviese
ella, la de mis ansias infinitas,
la de mis sueños locos,
y mis azules noches pensativas!
¿Cómo? Mirad:
De la apacible estancia
en la extensión tranquila
vertía la lámpara reflejos
de luces opalinas.
Dentro, el amor que abrasa;
fuera, la noche fría;
el golpe de la lluvia en los cristales,
y el vendedor que grita
su monótona y triste melopea
a las glaciales brisas.
Dentro, la ronda de mis mil delirios,
las canciones de notas cristalinas,
unas manos que toquen mis cabellos,
un aliento que roce mis mejillas
Page 121
un aliento que roce mis mejillas,
un perfume de amor, mil conmociones,
mil ardientes caricias;
ella y yo: los dos juntos, los dos solos
la amada y el amado, ¡oh, Poesía!
los besos de sus labios,
la música triunfante de mis rimas
y en la negra y cercana chimenea
el tuero brillador que estalla en chispas.
***
¡Oh! ¡bien haya el brasero
lleno de pedrería!
Topacios y carbunclos,
rubíes y amatistas
en la ancha copa etrusca
repleta de ceniza.
Los lechos abrigados,
las almohadas mullidas,
las pieles de Astrakán, los besos cálidos
que dan las bocas húmedas y tibias.
¡Oh, viejo Invierno, salve!
puesto que traes con las nieves frígidas
el amor embriagante
y el vino del placer en tu mochila.
***
Sí, estaría a mi lado,
dándome sus sonrisas,
ella, la que hace falta a mis estrofas,
esa que mi cerebro se imagina;
la que, si estoy en sueños,
se acerca y me visita;
ella que, hermosa, tiene
una carne ideal, grandes pupilas,
algo del mármol, blanca luz de estrella;
nerviosa sensitiva,
muestra el cuello gentil y delicado
de las Hebes antiguas;
b ll t d di
un perfume de amor, mil conmociones,
mil ardientes caricias;
ella y yo: los dos juntos, los dos solos
la amada y el amado, ¡oh, Poesía!
los besos de sus labios,
la música triunfante de mis rimas
y en la negra y cercana chimenea
el tuero brillador que estalla en chispas.
***
¡Oh! ¡bien haya el brasero
lleno de pedrería!
Topacios y carbunclos,
rubíes y amatistas
en la ancha copa etrusca
repleta de ceniza.
Los lechos abrigados,
las almohadas mullidas,
las pieles de Astrakán, los besos cálidos
que dan las bocas húmedas y tibias.
¡Oh, viejo Invierno, salve!
puesto que traes con las nieves frígidas
el amor embriagante
y el vino del placer en tu mochila.
***
Sí, estaría a mi lado,
dándome sus sonrisas,
ella, la que hace falta a mis estrofas,
esa que mi cerebro se imagina;
la que, si estoy en sueños,
se acerca y me visita;
ella que, hermosa, tiene
una carne ideal, grandes pupilas,
algo del mármol, blanca luz de estrella;
nerviosa sensitiva,
muestra el cuello gentil y delicado
de las Hebes antiguas;
b ll t d di
Page 122
bellos gestos de diosa,
tersos brazos de ninfa,
lustrosa cabellera
en la nuca encrespada y recogida
y ojeras que denuncian
ansias profundas y pasiones vivas.
¡Ah, por verla encarnada,
por gozar sus caricias,
por sentir en mis labios,
los besos de su amor, diera la vida!
Entre tanto hace frío.
Yo contemplo las llamas que se agitan,
cantando alegres con sus lenguas de oro,
móviles, caprichosas e intranquilas,
en la negra y cercana chimenea
do el tuero brillador estalla en chispas.
***
Luego pienso en el coro
de las alegres liras.
En la copa labrada, el vino negro,
la copa hirviente cuyos bordes brillan
con iris temblorosos y cambiantes
como un collar de prismas;
el vino negro que la sangre enciende,
y pone el corazón con alegría,
y hace escribir a los poetas locos
sonetos áureos y flamantes silvas.
El Invierno es beodo.
Cuando soplan sus brisas,
brotan las viejas cubas
la sangre de las viñas.
Sí, yo pintara su cabeza cana
con corona de pámpanos guarnida.
El invierno es galeoto,
porque en las noches frías
Paolo besa a Francesca
en la boca encendida,
mientras su sangre como fuego corre
tersos brazos de ninfa,
lustrosa cabellera
en la nuca encrespada y recogida
y ojeras que denuncian
ansias profundas y pasiones vivas.
¡Ah, por verla encarnada,
por gozar sus caricias,
por sentir en mis labios,
los besos de su amor, diera la vida!
Entre tanto hace frío.
Yo contemplo las llamas que se agitan,
cantando alegres con sus lenguas de oro,
móviles, caprichosas e intranquilas,
en la negra y cercana chimenea
do el tuero brillador estalla en chispas.
***
Luego pienso en el coro
de las alegres liras.
En la copa labrada, el vino negro,
la copa hirviente cuyos bordes brillan
con iris temblorosos y cambiantes
como un collar de prismas;
el vino negro que la sangre enciende,
y pone el corazón con alegría,
y hace escribir a los poetas locos
sonetos áureos y flamantes silvas.
El Invierno es beodo.
Cuando soplan sus brisas,
brotan las viejas cubas
la sangre de las viñas.
Sí, yo pintara su cabeza cana
con corona de pámpanos guarnida.
El invierno es galeoto,
porque en las noches frías
Paolo besa a Francesca
en la boca encendida,
mientras su sangre como fuego corre
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g g
y el corazón ardiendo le palpita.
¡Oh, crudo Invierno, salve!
puesto que traes con las nieves frígidas
el amor embriagante
y el vino del placer en tu mochila.
***
Ardor adolescente,
miradas y caricias;
cómo estaría trémula en mis brazos
la dulce amada mía,
dándome con sus ojos luz sagrada,
con su aroma de flor, savia divina.
En la alcoba la lámpara
derramando sus luces opalinas;
oyéndose tan sólo
suspiros, ecos, risas;
el ruido de los besos;
la música triunfante de mis rimas,
y en la negra y cercana chimenea
el tuero brillador que estalla en chispas.
Dentro, el amor que abrasa;
fuera, la noche fría.
y el corazón ardiendo le palpita.
¡Oh, crudo Invierno, salve!
puesto que traes con las nieves frígidas
el amor embriagante
y el vino del placer en tu mochila.
***
Ardor adolescente,
miradas y caricias;
cómo estaría trémula en mis brazos
la dulce amada mía,
dándome con sus ojos luz sagrada,
con su aroma de flor, savia divina.
En la alcoba la lámpara
derramando sus luces opalinas;
oyéndose tan sólo
suspiros, ecos, risas;
el ruido de los besos;
la música triunfante de mis rimas,
y en la negra y cercana chimenea
el tuero brillador que estalla en chispas.
Dentro, el amor que abrasa;
fuera, la noche fría.
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PENSAMIENTOS DE OTOÑO
(De Armand Silvestre.)
(De Armand Silvestre.)
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H UYE el año a su término
como arroyo que pasa,
llevando del Poniente
luz fugitiva y pálida.
Y así como el del pájaro
que triste tiende el ala,
el vuelo del recuerdo
que al espacio se lanza
languidece en lo inmenso
del azul por do vaga.
Huye el año a su término
como arroyo que pasa.
***
Un algo de alma aun yerra
por los cálices muertos
de las tardes volúbiles
y los rosales trémulos.
Y de luces lejanas
al hondo firmamento,
en alas del perfume
aun se remonta un sueño.
Un algo de alma aun yerra
por los cálices muertos.
***
Canción de despedida
fingen las fuentes turbias.
Si te place, amor mío,
volvamos a la ruta
que allá en la primavera
ambos, las manos juntas,
seguimos, embriagados
de amor y de ternura,
por los gratos senderos
do sus ramas columpian
olientes avenidas
que las flores perfuman
como arroyo que pasa,
llevando del Poniente
luz fugitiva y pálida.
Y así como el del pájaro
que triste tiende el ala,
el vuelo del recuerdo
que al espacio se lanza
languidece en lo inmenso
del azul por do vaga.
Huye el año a su término
como arroyo que pasa.
***
Un algo de alma aun yerra
por los cálices muertos
de las tardes volúbiles
y los rosales trémulos.
Y de luces lejanas
al hondo firmamento,
en alas del perfume
aun se remonta un sueño.
Un algo de alma aun yerra
por los cálices muertos.
***
Canción de despedida
fingen las fuentes turbias.
Si te place, amor mío,
volvamos a la ruta
que allá en la primavera
ambos, las manos juntas,
seguimos, embriagados
de amor y de ternura,
por los gratos senderos
do sus ramas columpian
olientes avenidas
que las flores perfuman
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que las flores perfuman.
Canción de despedida
fingen las fuentes turbias.
***
Un cántico de amores
brota mi pecho ardiente
que eterno abril fecundo
de juventud florece.
¡Que mueran, en buena hora
los bellos días! Llegue
otra vez el invierno;
renazca áspero y fuerte.
Del viento entre el quejido,
cual mágico himno alegre,
un cántico de amores
brota mi pecho ardiente.
***
Un cántico de amores
a tu sacra beldad,
¡mujer, eterno estío,
primavera inmortal!
Hermana del ígneo astro
que por la inmensidad
en toda estación vierte
fecundo sin cesar,
de su luz esplendente
el dorado raudal.
Un cántico de amores
a tu sacra beldad,
¡mujer, eterno estío,
primavera inmortal!
Canción de despedida
fingen las fuentes turbias.
***
Un cántico de amores
brota mi pecho ardiente
que eterno abril fecundo
de juventud florece.
¡Que mueran, en buena hora
los bellos días! Llegue
otra vez el invierno;
renazca áspero y fuerte.
Del viento entre el quejido,
cual mágico himno alegre,
un cántico de amores
brota mi pecho ardiente.
***
Un cántico de amores
a tu sacra beldad,
¡mujer, eterno estío,
primavera inmortal!
Hermana del ígneo astro
que por la inmensidad
en toda estación vierte
fecundo sin cesar,
de su luz esplendente
el dorado raudal.
Un cántico de amores
a tu sacra beldad,
¡mujer, eterno estío,
primavera inmortal!
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A UN POETA
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N ADA más triste que un titán que llora,
hombre-montaña encadenado a un lirio,
que gime, fuerte, que pujante, implora:
víctima propia en su fatal martirio.
Hércules loco que a los pies de Onfalia
la clava deja y el luchar rehúsa,
héroe que calza femenil sandalia,
vate que olvida la vibrante musa.
¡Quien desquijaba los robustos leones,
hilando esclavo con la débil rueca;
sin labor, sin empuje, sin acciones:
puños de fierro y áspera muñeca!
No es tal poeta para hollar alfombras
por donde triunfan femeniles danzas:
que vibre rayos para herir las sombras,
que escriba versos que parezcan lanzas.
Relampagueando la soberbia estrofa,
su surco deje de esplendente lumbre,
y el pantano de escándalo y de mofa
que no lo vea el águila en su cumbre.
Bravo soldado con su casco de oro
lance el dardo que quema y que desgarra,
que embista rudo como embiste el toro,
que clave firme, como el león, la garra.
Cante valiente y al cantar trabaje;
que ofrezca robles si se juzga monte;
que su idea, en el mal rompa y desgaje
como en la selva virgen el bisonte.
Que lo que diga la inspirada boca
suene en el pueblo con palabra extraña;
hombre-montaña encadenado a un lirio,
que gime, fuerte, que pujante, implora:
víctima propia en su fatal martirio.
Hércules loco que a los pies de Onfalia
la clava deja y el luchar rehúsa,
héroe que calza femenil sandalia,
vate que olvida la vibrante musa.
¡Quien desquijaba los robustos leones,
hilando esclavo con la débil rueca;
sin labor, sin empuje, sin acciones:
puños de fierro y áspera muñeca!
No es tal poeta para hollar alfombras
por donde triunfan femeniles danzas:
que vibre rayos para herir las sombras,
que escriba versos que parezcan lanzas.
Relampagueando la soberbia estrofa,
su surco deje de esplendente lumbre,
y el pantano de escándalo y de mofa
que no lo vea el águila en su cumbre.
Bravo soldado con su casco de oro
lance el dardo que quema y que desgarra,
que embista rudo como embiste el toro,
que clave firme, como el león, la garra.
Cante valiente y al cantar trabaje;
que ofrezca robles si se juzga monte;
que su idea, en el mal rompa y desgaje
como en la selva virgen el bisonte.
Que lo que diga la inspirada boca
suene en el pueblo con palabra extraña;
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suene en el pueblo con palabra extraña;
ruido de oleaje al azotar la roca,
voz de caverna y soplo de montaña.
Deje Sansón de Dálila el regazo:
Dálila engaña y corta los cabellos.
No pierda el fuerte el rayo de su brazo
por ser esclavo de unos ojos bellos.
ruido de oleaje al azotar la roca,
voz de caverna y soplo de montaña.
Deje Sansón de Dálila el regazo:
Dálila engaña y corta los cabellos.
No pierda el fuerte el rayo de su brazo
por ser esclavo de unos ojos bellos.
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ANAGKE
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Y dijo la paloma:
—Yo soy feliz. Bajo el inmenso cielo,
en el árbol en flor, junto a la poma,
llena de miel, junto al retoño suave
y húmedo por las gotas de rocío,
tengo mi hogar. Y vuelo
con mis anhelos de ave,
del amado árbol mío
hasta el bosque lejano,
cuando al himno jocundo
del despertar de Oriente,
sale el alba desnuda, y muestra al mundo
el pudor de la luz sobre su frente.
Mi ala es blanca y sedosa;
la luz la dora y baña
y céfiro la peina.
Son mis pies como pétalos de rosa.
Yo soy la dulce reina
que arrulla a su palomo en la montaña.
En el fondo del bosque pintoresco
está el alerce en que formé mi nido;
y tengo allí, bajo el follaje fresco,
un polluelo sin par, recién nacido.
Soy la promesa alada,
el juramento vivo;
soy quien lleva el recuerdo de la amada
para el enamorado pensativo;
yo soy la mensajera
de los tristes y ardientes soñadores,
que va a revolotear diciendo amores
junto a una perfumada cabellera.
Soy el lirio del viento.
Bajo el azul del hondo firmamento
muestro de mi tesoro bello y rico
las preseas y galas:
el arrullo en el pico
—Yo soy feliz. Bajo el inmenso cielo,
en el árbol en flor, junto a la poma,
llena de miel, junto al retoño suave
y húmedo por las gotas de rocío,
tengo mi hogar. Y vuelo
con mis anhelos de ave,
del amado árbol mío
hasta el bosque lejano,
cuando al himno jocundo
del despertar de Oriente,
sale el alba desnuda, y muestra al mundo
el pudor de la luz sobre su frente.
Mi ala es blanca y sedosa;
la luz la dora y baña
y céfiro la peina.
Son mis pies como pétalos de rosa.
Yo soy la dulce reina
que arrulla a su palomo en la montaña.
En el fondo del bosque pintoresco
está el alerce en que formé mi nido;
y tengo allí, bajo el follaje fresco,
un polluelo sin par, recién nacido.
Soy la promesa alada,
el juramento vivo;
soy quien lleva el recuerdo de la amada
para el enamorado pensativo;
yo soy la mensajera
de los tristes y ardientes soñadores,
que va a revolotear diciendo amores
junto a una perfumada cabellera.
Soy el lirio del viento.
Bajo el azul del hondo firmamento
muestro de mi tesoro bello y rico
las preseas y galas:
el arrullo en el pico
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el arrullo en el pico,
la acaricia en las alas.
Yo despierto a los pájaros parleros
y entonan sus melódicos cantares:
me poso en los floridos limoneros
y derramo una lluvia de azahares.
Yo soy toda inocente, toda pura.
Yo me esponjo en las ansias del deseo,
y me estremezco en la íntima ternura
de un roce, de un rumor, de un aleteo.
¡Oh, inmenso azul! Yo te amo. Porque a Flora
das la lluvia y el sol siempre encendido:
porque, siendo el palacio de la aurora,
también eres el techo de mi nido.
¡Oh, inmenso azul! Yo adoro
tus celajes risueños,
y esa niebla sutil de polvos de oro
donde van los perfumes y los sueños.
Amo los velos tenues, vagarosos,
de las flotantes brumas,
donde tiendo a los aires cariñosos
el sedeño abanico de mis plumas.
¡Soy feliz! porque es mía la floresta,
donde el misterio de los nidos se halla;
porque el alba es mi fiesta
y el amor mi ejercicio y mi batalla.
Feliz, porque de dulces ansias llena
calentar mis polluelos es mi orgullo,
porque en las selvas vírgenes resuena
la música celeste de mi arrullo,
porque no hay una rosa que no me ame,
ni pájaro gentil que no me escuche,
ni garrido cantor que no me llame.
—¿Sí?—dijo entonces un gavilán infame,
y con furor se la metió en el buche.
Entonces el buen Dios, allá en su trono,
(mientras Satán, por distraer su encono
aplaudía a aquel pájaro zahareño)
la acaricia en las alas.
Yo despierto a los pájaros parleros
y entonan sus melódicos cantares:
me poso en los floridos limoneros
y derramo una lluvia de azahares.
Yo soy toda inocente, toda pura.
Yo me esponjo en las ansias del deseo,
y me estremezco en la íntima ternura
de un roce, de un rumor, de un aleteo.
¡Oh, inmenso azul! Yo te amo. Porque a Flora
das la lluvia y el sol siempre encendido:
porque, siendo el palacio de la aurora,
también eres el techo de mi nido.
¡Oh, inmenso azul! Yo adoro
tus celajes risueños,
y esa niebla sutil de polvos de oro
donde van los perfumes y los sueños.
Amo los velos tenues, vagarosos,
de las flotantes brumas,
donde tiendo a los aires cariñosos
el sedeño abanico de mis plumas.
¡Soy feliz! porque es mía la floresta,
donde el misterio de los nidos se halla;
porque el alba es mi fiesta
y el amor mi ejercicio y mi batalla.
Feliz, porque de dulces ansias llena
calentar mis polluelos es mi orgullo,
porque en las selvas vírgenes resuena
la música celeste de mi arrullo,
porque no hay una rosa que no me ame,
ni pájaro gentil que no me escuche,
ni garrido cantor que no me llame.
—¿Sí?—dijo entonces un gavilán infame,
y con furor se la metió en el buche.
Entonces el buen Dios, allá en su trono,
(mientras Satán, por distraer su encono
aplaudía a aquel pájaro zahareño)
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se puso a meditar. Arrugó el ceño,
y pensó, al recordar sus vastos planes,
y recorrer sus puntos y sus comas,
que cuando creó palomas
no debía haber creado gavilanes.
como una rosa roja que fuera flor de lis;
abre los ojos; mírame, con su mirar risueño,
y en tanto cae la nieve del cielo de París.
y pensó, al recordar sus vastos planes,
y recorrer sus puntos y sus comas,
que cuando creó palomas
no debía haber creado gavilanes.
como una rosa roja que fuera flor de lis;
abre los ojos; mírame, con su mirar risueño,
y en tanto cae la nieve del cielo de París.
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SONETOS
Page 137
CAUPOLICÁN
A Enrique Hernández Miyares.
E algo formidable que vió la vieja raza:
S
robusto tronco de árbol al hombro de un campeón
salvaje y aguerrido, cuya fornida maza
blandiera el brazo de Hércules, o el brazo de Sansón.
Por casco sus cabellos, su pecho por coraza,
pudiera tal guerrero, de Arauco en la región,
lancero de los bosques, Nenrod que todo caza,
desjarretar un toro, o estrangular un león.
Anduvo, anduvo, anduvo. Le vió la luz del día,
le vió la tarde pálida, le vió la noche fría,
y siempre el tronco de árbol a cuestas del titán.
«¡El Toqui, el Toqui!» clama la conmovida casta.
Anduvo, anduvo, anduvo. La Aurora dijo: «Basta»,
e irguióse la alta frente del gran Caupolicán.
A Enrique Hernández Miyares.
E algo formidable que vió la vieja raza:
S
robusto tronco de árbol al hombro de un campeón
salvaje y aguerrido, cuya fornida maza
blandiera el brazo de Hércules, o el brazo de Sansón.
Por casco sus cabellos, su pecho por coraza,
pudiera tal guerrero, de Arauco en la región,
lancero de los bosques, Nenrod que todo caza,
desjarretar un toro, o estrangular un león.
Anduvo, anduvo, anduvo. Le vió la luz del día,
le vió la tarde pálida, le vió la noche fría,
y siempre el tronco de árbol a cuestas del titán.
«¡El Toqui, el Toqui!» clama la conmovida casta.
Anduvo, anduvo, anduvo. La Aurora dijo: «Basta»,
e irguióse la alta frente del gran Caupolicán.
Page 138
VENUS
E la tranquila noche, mis nostalgias amargas sufría.
N
En busca de quietud bajé al fresco y callado jardín.
En el obscuro cielo Venus bella temblando lucía,
como incrustado en ébano un dorado y divino jazmín.
A mi alma enamorada, una reina oriental parecía,
que esperaba a su amante, bajo el techo de su camarín,
o que, llevada en hombros, la profunda extensión recorría,
triunfante y luminosa, recostada sobre un palanquín.
«¡Oh, reina rubia!—díjele,—mi alma quiere dejar su crisálida
y volar hacia ti, y tus labios de fuego besar;
y flotar en el nimbo que derrama en tu frente luz pálida,
y en siderales éxtasis no dejarte un momento de amar.»
El aire de la noche refrescaba la atmósfera cálida.
Venus, desde el abismo, me miraba con triste mirar.
E la tranquila noche, mis nostalgias amargas sufría.
N
En busca de quietud bajé al fresco y callado jardín.
En el obscuro cielo Venus bella temblando lucía,
como incrustado en ébano un dorado y divino jazmín.
A mi alma enamorada, una reina oriental parecía,
que esperaba a su amante, bajo el techo de su camarín,
o que, llevada en hombros, la profunda extensión recorría,
triunfante y luminosa, recostada sobre un palanquín.
«¡Oh, reina rubia!—díjele,—mi alma quiere dejar su crisálida
y volar hacia ti, y tus labios de fuego besar;
y flotar en el nimbo que derrama en tu frente luz pálida,
y en siderales éxtasis no dejarte un momento de amar.»
El aire de la noche refrescaba la atmósfera cálida.
Venus, desde el abismo, me miraba con triste mirar.
Page 139
DE INVIERNO
E invernales horas, mirad a Carolina.
N
Medio apelotonada, descansa en el sillón,
envuelta con su abrigo de marta cibelina
y no lejos del fuego que brilla en el salón.
El fino angora blanco, junto a ella se reclina,
rozando con su hocico la falda de Alençón,
no lejos de las jarras de porcelana china
que medio oculta un biombo de seda del Japón.
Con sus sutiles filtros la invade un dulce sueño;
entro, sin hacer ruido; dejo mi abrigo gris;
voy a besar su rostro, rosado y halagüeño
como una rosa roja que fuera flor de lis;
abre los ojos; mírame, con su mirar risueño
y en tanto cae la nieve del cielo de París.
E invernales horas, mirad a Carolina.
N
Medio apelotonada, descansa en el sillón,
envuelta con su abrigo de marta cibelina
y no lejos del fuego que brilla en el salón.
El fino angora blanco, junto a ella se reclina,
rozando con su hocico la falda de Alençón,
no lejos de las jarras de porcelana china
que medio oculta un biombo de seda del Japón.
Con sus sutiles filtros la invade un dulce sueño;
entro, sin hacer ruido; dejo mi abrigo gris;
voy a besar su rostro, rosado y halagüeño
como una rosa roja que fuera flor de lis;
abre los ojos; mírame, con su mirar risueño
y en tanto cae la nieve del cielo de París.
Page 140
Su ave es la venusina, la tímida paloma.
Vencido hubiera en Grecia, vencido hubiera en Roma,
en todos los combates del arte o del amor.
Vencido hubiera en Grecia, vencido hubiera en Roma,
en todos los combates del arte o del amor.
Page 141
MEDALLONES
Page 142
I
LECONTE DE LISLE
D las eternas musas el reino soberano
E
recorres, bajo un soplo de vasta inspiración,
como un rajah soberbio que en su elefante indiano
por sus dominios pasa de rudo viento al son.
Tú tienes en tu canto como ecos de Océano;
se ve en tu poesía la selva y el león;
salvaje luz irradia la lira que en tu mano
derrama su sonora, robusta vibración.
Tú del fakir conoces secretos y avatares;
a tu alma dió el Oriente misterios seculares,
visiones legendarias y espíritu oriental.
Tu verso está nutrido con sabia de la tierra;
fulgor de Ramayanas tu viva estrofa encierra,
y cantas en la lengua del bosque colosal.
LECONTE DE LISLE
D las eternas musas el reino soberano
E
recorres, bajo un soplo de vasta inspiración,
como un rajah soberbio que en su elefante indiano
por sus dominios pasa de rudo viento al son.
Tú tienes en tu canto como ecos de Océano;
se ve en tu poesía la selva y el león;
salvaje luz irradia la lira que en tu mano
derrama su sonora, robusta vibración.
Tú del fakir conoces secretos y avatares;
a tu alma dió el Oriente misterios seculares,
visiones legendarias y espíritu oriental.
Tu verso está nutrido con sabia de la tierra;
fulgor de Ramayanas tu viva estrofa encierra,
y cantas en la lengua del bosque colosal.
Page 143
II
CATULLE MENDES
P UEDE ajustarse al pecho coraza férrea y dura;
puede regir la lanza, la rienda del corcel;
sus músculos de atleta soportan la armadura...
pero él busca en las bocas rosadas, leche y miel.
Artista, hijo de Capua, que adora la hermosura,
la carne femenina prefiere su pincel;
y en el recinto oculto de tibia alcoba obscura,
agrega mirto y rosas a su triunfal laurel.
Canta de los oarystis el delicioso instante,
los besos y el delirio de la mujer amante;
y en sus palabras tiene perfume, alma, color.
Su ave es la venusina, la tímida paloma.
Vencido hubiera en Grecia, vencido hubiera en Roma,
en todos los combates del arte o del amor.
CATULLE MENDES
P UEDE ajustarse al pecho coraza férrea y dura;
puede regir la lanza, la rienda del corcel;
sus músculos de atleta soportan la armadura...
pero él busca en las bocas rosadas, leche y miel.
Artista, hijo de Capua, que adora la hermosura,
la carne femenina prefiere su pincel;
y en el recinto oculto de tibia alcoba obscura,
agrega mirto y rosas a su triunfal laurel.
Canta de los oarystis el delicioso instante,
los besos y el delirio de la mujer amante;
y en sus palabras tiene perfume, alma, color.
Su ave es la venusina, la tímida paloma.
Vencido hubiera en Grecia, vencido hubiera en Roma,
en todos los combates del arte o del amor.
Page 144
III
WALT WHITMAN
E su país de hierro vive el gran viejo,
N
bello como un patriarca, sereno y santo.
Tiene en la arruga olímpica de su entrecejo,
algo que impera y vence con noble encanto.
Su alma del infinito parece espejo;
son sus cansados hombros dignos del manto;
y con arpa labrada de un roble añejo,
como un profeta nuevo canta su canto.
Sacerdote, que alienta soplo divino,
anuncia en el futuro tiempo mejor.
Dice al águila: «¡Vuela!» «¡Boga!» al marino,
y «¡Trabaja!» al robusto trabajador.
¡Así va ese poeta por su camino
con su soberbio rostro de emperador!
WALT WHITMAN
E su país de hierro vive el gran viejo,
N
bello como un patriarca, sereno y santo.
Tiene en la arruga olímpica de su entrecejo,
algo que impera y vence con noble encanto.
Su alma del infinito parece espejo;
son sus cansados hombros dignos del manto;
y con arpa labrada de un roble añejo,
como un profeta nuevo canta su canto.
Sacerdote, que alienta soplo divino,
anuncia en el futuro tiempo mejor.
Dice al águila: «¡Vuela!» «¡Boga!» al marino,
y «¡Trabaja!» al robusto trabajador.
¡Así va ese poeta por su camino
con su soberbio rostro de emperador!
Page 145
IV
J. J. PALMA
Y de un corintio templo cincela una metopa,
A
ya de un morisco alcázar el capitel sutil,
ya como Benvenuto, del oro de una copa
forma un joyel artístico, prodigio del buril.
Pinta las dulces Gracias, o la desnuda Europa,
en el pulido borde de un vaso de marfil,
o a Diana; diosa virgen de desceñida ropa,
con aire cinegético, o en grupo pastoril.
La musa que al poeta sus cánticos inspira
no lleva la vibrante trompeta de metal,
ni es la bacante loca que canta y que delira,
es el amor fogoso, y en el placer triunfal:
ella al cantor ofrece la septicorde lira,
o, rítmica y sonora, la flauta de cristal.
J. J. PALMA
Y de un corintio templo cincela una metopa,
A
ya de un morisco alcázar el capitel sutil,
ya como Benvenuto, del oro de una copa
forma un joyel artístico, prodigio del buril.
Pinta las dulces Gracias, o la desnuda Europa,
en el pulido borde de un vaso de marfil,
o a Diana; diosa virgen de desceñida ropa,
con aire cinegético, o en grupo pastoril.
La musa que al poeta sus cánticos inspira
no lleva la vibrante trompeta de metal,
ni es la bacante loca que canta y que delira,
es el amor fogoso, y en el placer triunfal:
ella al cantor ofrece la septicorde lira,
o, rítmica y sonora, la flauta de cristal.
Page 146
V
SALVADOR DÍAZ MIRON
T cuarteto es cuadriga de águilas bravas
U
que aman las tempestades, los Océanos;
las pesadas tizonas, las férreas clavas,
son las armas forjadas para tus manos.
Tu idea tiene cráteres y vierte lavas;
del Arte recorriendo montes y llanos,
van tus rudas estrofas jamás esclavas,
como un tropel de búfalos americanos.
Lo que suena en tu lira lejos resuena,
como cuando habla el bóreas, o cuando truena.
¡Hijo del Nuevo Mundo! la humanidad
oiga, sobre la frente de las naciones,
la hímnica pompa lírica de tus canciones
que saludan triunfantes la Libertad.
SALVADOR DÍAZ MIRON
T cuarteto es cuadriga de águilas bravas
U
que aman las tempestades, los Océanos;
las pesadas tizonas, las férreas clavas,
son las armas forjadas para tus manos.
Tu idea tiene cráteres y vierte lavas;
del Arte recorriendo montes y llanos,
van tus rudas estrofas jamás esclavas,
como un tropel de búfalos americanos.
Lo que suena en tu lira lejos resuena,
como cuando habla el bóreas, o cuando truena.
¡Hijo del Nuevo Mundo! la humanidad
oiga, sobre la frente de las naciones,
la hímnica pompa lírica de tus canciones
que saludan triunfantes la Libertad.
Page 147
INDICE
Págs.
A don Rubén Darío 5
El Rey Burgués 35
El sátiro sordo 45
La ninfa 55
El fardo 65
El velo de la reina Mab 75
La canción del oro 83
El rubí 93
El palacio del Sol 105
El pájaro azul 115
Palomas blancas y garzas morenas 125
EN CHILE
En busca de cuadros 137
Acuarela 139
Paisaje 141
Agua fuerte 142
La Virgen de la Paloma 143
La cabeza 144
Acuarela 145
Un retrato de Watteu 147
Naturaleza muerta 149
Al carbón 150
Paisaje 151
El ideal 152
La muerte de la emperatriz de la China 157
A una estrella 171
EL AÑO LÍRICO
Primaveral 177
Págs.
A don Rubén Darío 5
El Rey Burgués 35
El sátiro sordo 45
La ninfa 55
El fardo 65
El velo de la reina Mab 75
La canción del oro 83
El rubí 93
El palacio del Sol 105
El pájaro azul 115
Palomas blancas y garzas morenas 125
EN CHILE
En busca de cuadros 137
Acuarela 139
Paisaje 141
Agua fuerte 142
La Virgen de la Paloma 143
La cabeza 144
Acuarela 145
Un retrato de Watteu 147
Naturaleza muerta 149
Al carbón 150
Paisaje 151
El ideal 152
La muerte de la emperatriz de la China 157
A una estrella 171
EL AÑO LÍRICO
Primaveral 177
Page 148
Estival 182
Autumnal 189
Invernal 193
Pensamiento de Otoño 199
A un poeta 203
Anagke 205
SONETOS
Caupolicán 209
Venus 210
De invierno 211
MEDALLONES
Leconte de Lisle 215
Catulle Mendes 216
Walt Whitman 217
J. J. Palma 218
Salvador Díaz Mirón 219
Autumnal 189
Invernal 193
Pensamiento de Otoño 199
A un poeta 203
Anagke 205
SONETOS
Caupolicán 209
Venus 210
De invierno 211
MEDALLONES
Leconte de Lisle 215
Catulle Mendes 216
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Page 158
Section 5. General Information About Project Gutenberg
electronic works
Professor Michael S. Hart was the originator of the Project Gutenberg
concept of a library of electronic works that could be freely shared
with anyone. For forty years, he produced and distributed Project
Gutenberg eBooks with only a loose network of volunteer support.
Project Gutenberg eBooks are often created from several printed
editions, all of which are confirmed as not protected by copyright in
the U.S. unless a copyright notice is included. Thus, we do not
necessarily keep eBooks in compliance with any particular paper
edition.
Most people start at our website which has the main PG search facility:
www.gutenberg.org.
This website includes information about Project Gutenberg, including
how to make donations to the Project Gutenberg Literary Archive
Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to
subscribe to our email newsletter to hear about new eBooks.
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