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investigación científica
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Title: Reglas y consejos sobre investigación científica

Author: Santiago Ramón y Cajal

Release date: September 25, 2021 [eBook #66373]
Most recently updated: October 18, 2024

Language: Spanish

Other information and formats: www.gutenberg.org/ebooks/66373

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*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK REGLAS Y
CONSEJOS SOBRE INVESTIGACIÓN CIENTÍFICA ***

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Índice
Notas

Nota de transcripción

Los errores de imprenta han sido corregidos.
La ortografía del texto original ha sido actualizada de acuerdo con las normas
publicadas en 2010 por la Real Academia Española.
Se han puesto tildes a las mayúsculas y se han espaciado las rayas.
Las notas a pie de página han sido renumeradas y colocadas al final del libro.
Las páginas en blanco han sido eliminadas.

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REGLAS Y CONSEJOS
SOBRE
INVESTIGACIÓN CIENTÍFICA
(LOS TÓNICOS DE LA VOLUNTAD)

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REGLAS Y CONSEJOS
SOBRE

INVESTIGACIÓN CIENTÍFICA
(LOS TÓNICOS DE LA VOLUNTAD)

DISCURSO LEÍDO CON OCASIÓN DE LA RECEPCIÓN DEL
AUTOR EN LA REAL ACADEMIA DE CIENCIAS EXACTAS,
FÍSICAS Y NATURALES

POR

S. RAMÓN Y CAJAL

6.ª EDICIÓN

MADRID
1923

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ES PROPIEDAD DEL AUTOR

Imp. J. Pueyo, Luna, 29.
Teléf. 14-30. — MADRID.

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PRÓLOGO DE LA SEGUNDA EDICIÓN
Costeada por la generosidad del Dr. Lluria.

El libro actual es una reproducción, con numerosos retoques y desarrollos
de mi discurso de ingreso en la Academia de Ciencias Exactas, Físicas y
Naturales (sesión del 5 de diciembre de 1897).
Como otras muchas oraciones académicas harto más merecedoras de
publicidad, este discurso habría quedado olvidado en los anaqueles de la
bibliotecas oficiales, si un querido amigo nuestro, el Dr. Lluria, no hubiera
tenido la generosidad de reimprimirlo a su costa, a fin de regalarlo a lo
estudiantes y a los aficionados a las tareas del laboratorio.
Cree el Dr. Lluria (y Dios le pague tan hermosas ilusiones) que lo
consejos y advertencias contenidos en dicho trabajo pueden ser, como
emanados de un apasionado de la investigación, de algún provecho para
promover el amor y entusiasmo de la juventud estudiosa hacia las empresa
del laboratorio.
Ignoro si, en efecto, los referidos consejos, expuestos con fervor y
entusiasmo quizás un tanto exagerados e ingenuos, tendrán positiva utilidad
para el efecto de formar investigadores. Por mi parte diré solamente que, acaso
por no haberlos recibido de ninguno de mis deudos o profesores cuando
concebí el temerario empeño de consagrarme a la religión del laboratorio
perdí, en tentativas inútiles, lo mejor de mi tiempo, y desesperé más de una
vez de mis aptitudes para la investigación científica. ¡En cuántas ocasiones me
sucedió, por ignorar las fuentes bibliográficas (y desgraciadamente no siempre
por falta de diligencia, sino de recursos pecuniarios) y no encontrar un guía
orientador, descubrir hechos anatómicos ya por entonces divulgados en
lenguas que ignoraba y que ignoraban también aquellos que debieran saberlas
¡Y cuántas veces me ocurrió también, por carencia de disciplina y, sobre
todo, por vivir alejado de ese ambiente intelectual del cual recibe e

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investigador novel estímulos y energías, abandonar la labor en el momento en
que, fatigado y hastiado, no tanto del trabajo cuanto de mi triste y enervadora
soledad, comenzaba a columbrar los primeros tenues albores de la idea nueva!
La rutina científica y la servidumbre mental al extranjero reinaban tan
despóticamente entonces en nuestras escuelas, que, al solo anuncio de que yo
humilde médico recién salido de las aulas, sin etiqueta oficial prestigiosa, me
proponía publicar cierto trabajo experimental sobre la inflamación (trabajo
que, como obra de novicio, fue malo e incompleto, pero que revelaba al fin
buenos deseos y afición al trabajo), alguno de los profesores de mi querida
Universidad de Zaragoza, y no ciertamente de los peores, exclamó
estupefacto: «¡Pero quién es Cajal para atreverse a juzgar los trabajos de lo
sabios!» Y cuenta que este profesor era por aquellos tiempos (1880) e
publicista de nuestra Facultad y una de las cabezas más modernas y mejo
orientadas de la misma; pero abrigaba la creencia (desgraciadamente
profesada todavía por muchos de nuestros catedráticos, ignoro si con
sinceridad o a título de expediente cómodo para cohonestar la propia pereza
de que las conquistas científicas no son fruto del trabajo metódico, sino done
del cielo, gracias generosamente otorgadas por la Providencia a unos cuanto
privilegiados, inevitablemente pertenecientes a las naciones más laboriosas, e
decir, a Francia, Inglaterra, Alemania e Italia.
Afortunadamente, los tiempos han cambiado. Hoy, el investigador en
España no es el solitario de antaño. Todavía no son legión, pero contamos ya
con pléyade de jóvenes entusiastas a quienes el amor a la ciencia y el deseo de
colaborar en la obra magna del progreso mantienen en confortadora comunión
espiritual. Actualmente, en fin, han perdido su desoladora eficacia esta
preguntas que todos los aficionados a la ciencia nos hemos hecho al da
nuestros primeros inciertos pasos: Esto que yo hago, ¿a quién importa aquí?
¿A quién contaré el gozo producido por mi pequeño descubrimiento? S
acierto, ¿quién aplaudirá?; y si me equivoco, ¿quién me corregirá y me
alentará para proseguir?
Algunos lectores del presente discurso me han advertido, en son de crítica
benévola, que doy demasiada importancia a la disciplina de la voluntad, y
poca a las aptitudes excepcionales concurrentes en los grandes investigadores
No seré yo, ciertamente, quien niegue que los más ilustres iniciadore
científicos pertenecen a la aristocracia del espíritu, y han sido capacidade
mentales muy elevadas, a las cuales no llegaremos nunca, por mucho que no
esforcemos, los que figuramos en el montón de los trabajadores modestos
Pero después de hacer esta concesión, que es de pura justicia, sigo creyendo

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que a todo hombre de regular entendimiento y ansioso de nombradía, le queda
todavía ancho campo donde ejercitar su actividad y de tentar la fortuna, que, a
semejanza de la lotería, no sonríe siempre a los ricos, sino que se complace, de
vez en cuando, en alegrar el hogar de los humildes. Consideremos, además
que todo hombre puede ser, si se lo propone, escultor de su propio cerebro, y
que aun el peor dotado es susceptible, al modo de las tierras pobres, pero bien
cultivadas y abonadas, de rendir copiosa mies.
Acaso me equivoque, pero declaro sinceramente que, en mis excursione
por el extranjero y en mis conversaciones con sabios ilustres, he sacado la
impresión (salvada tal cual excepción) de que la mayoría de estos pertenece a
la categoría de las inteligencias regulares, pero disciplinadas, muy cultivadas y
movidas por avidez insaciable de celebridad. Es más: en alguna ocasión he
topado con sabios renombrados inferiores, tanto por sus pasiones como por su
inteligencia, al descubrimiento que los sacó de la obscuridad, y al cua
llegaron por los ciegos e inesperados caminos del azar. El caso de Courtois
del cual ha dicho un ingenioso escritor que no se sabe si fue él quien descubrió
el yodo, o si el yodo lo descubrió a él, es más frecuente de lo que muchos se
figuran.
De cualquier modo, ¿qué nos cuesta probar si somos capaces de crea
ciencia original? ¿Cómo sabremos, en fin, si entre nosotros existe alguno
dotado de superiores aptitudes para la ciencia, si no procuramos crearle, con
las excelencias de una disciplina moral y técnica apropiadas, la ocasión en que
se revele? Como dice Balmes, «si Hércules no hubiera manejado nunca má
que un bastón, nunca creyera ser capaz de blandir la pesada clava».
¡Ojalá que este humilde folleto que dirigimos a la juventud estudiosa sirva
para fortalecer la afición a las tareas de laboratorio, así como para alentar la
esperanzas un tanto decaídas, después de recientes y abrumadores desastres
de los creyentes en nuestro renacimiento intelectual y científico!

Madrid, 20 de diciembre de 1898.

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PRÓLOGO DE LA TERCERA EDICIÓN

Agotada hace más de tres años la edición costeada por la generosidad de
Dr. Lluria, nos hemos visto obligados, para satisfacer las demandas de
América, a permitir la reimpresión de este folleto en dos Revistas científica
americanas. Íbamos ya a otorgar la misma licencia a una Corporación
científico-literaria de España, cuando nos hemos percatado de que este
abandono del librito a iniciativas ajenas revela pecado de negligencia
susceptible de acarrear algunos inconvenientes.
Distamos mucho de hacernos ilusiones acerca del mérito de nuestro
Discurso. Tanto desde el punto de vista filosófico, como desde el literario
adolece de grandes defectos. Sin duda que en la actualidad, asistidos por una
lectura filosófica y pedagógica más copiosa y selecta y por la experiencia
docente de los quince años transcurridos, podríamos acaso enriquecer y
mejorar doctrinalmente el texto y depurarlo de muchos defectos de estilo y de
no pocas candorosas arrogancias y exageraciones.
No nos resolvemos, empero, a ejercitar severamente la podadera sobre esta
modesta obra de juventud. Buena o mala, todo libro posee una personalidad
espiritual; el público, habituado a ella, tiene derecho a que el autor la respete y
no la disfrace o escamotee a título de mejorarla. Sobre que bien pudiera
ocurrir que hoy, en plena senectud, nos parezcan defectos (y lo serán acaso
precisamente aquellos rasgos que fijaron la atención del lector y ganaron su
benevolencia. Que a los libros, como a los hombres, los respetamos y
admiramos por sus buenas cualidades, pero solo los amamos por algunos de
sus defectos.
Por si tales sospechas no fueran ilusorias, conservamos esencialmente en
esta tercera edición el texto de 1897. En él hémonos permitido solamente
algunos pocos retoques de estilo y la adición de tal cual párrafo encaminado a
desarrollar ideas someramente apuntadas en el texto. Pero la presente edición

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encierra varios capítulos nuevos, entre ellos uno final donde señalamos, según
nuestro humilde entender, la obra que las instituciones docentes españolas, y
singularmente la Junta de Pensiones y Ampliación de estudios en e
extranjero, están llamadas a realizar para que, en el más breve plazo posible
nuestra patria colabore, en la medida de sus fuerzas mentales y de sus recurso
financieros, en la empresa de la cultura y civilización universales.

Madrid, enero de 1912.

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PRÓLOGO DE LAS ÚLTIMAS EDICIONES
(4.ª, 5.ª y 6.ª)

Ocupaciones apremiantes y crecientes achaques de la edad han estorbado
acrecentar y perfeccionar, obedeciendo a mis deseos, el texto de este librito
Era mi propósito, a fin de corresponder dignamente al favor del público y
sobre todo, a las insistentes solicitudes de cultos extranjeros deseosos de
traducir la obra, universalizarla en lo posible, purgándola de ciertos harto
fogosos requerimientos y de algunas patrióticas efusiones que sonarían
inoportuna o estridentemente en el oído de la juventud de aquellas nacione
donde la ciencia, cultivada tradicionalmente y en incesante renovación, no ha
menester de enérgicos estimulantes. Pero, repito, fuerzas superiores a m
voluntad han enfrenado mis ímpetus reformadores. Escrito el libro para
España, entre españoles o hispanoamericanos debe quedar por ahora relegado.
Con todo eso, y a despecho de la premura con que estas tres última
ediciones han sido impresas, he introducido en cada una de ellas alguna
modificaciones que estimo provechosas: He tachado tal cual pensamiento
empalagosamente lírico o notoriamente inoportuno; he limado el estilo harto
frondoso e incorrecto en varios pasajes; y, en fin, he desarrollado alguno
capítulos, enriqueciéndolos con nuevos ejemplos o con observacione
pertinentes.
Creo, pues, sinceramente, que las citadas últimas ediciones (4.ª, 5.ª y 6.ª
excusan, mejor que las anteriores, el inmerecido favor dispensado por la
juventud estudiosa y la acogida lisonjera de ciertos ilustres profesores, a cuya
bondades quedo fervorosa y rendidamente agradecido.

Madrid, 20 de julio de 1923.

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CAPÍTULO PRIMERO
Consideraciones sobre los métodos generales. — Infecundidad de
las reglas abstractas. — Necesidad de ilustrar la inteligencia y de
tonificar la voluntad. — División de este libro.

Supongo en el lector cierta cultura filosófica y pedagógica general, y que
por consiguiente, sabe que las principales fuentes de conocimiento son: la
observación, la experimentación y el razonamiento inductivo y deductivo.
Obvio fuera insistir sobre tan notorias verdades. Me limitaré a recordar que
en las ciencias naturales han sido ya, desde hace una centuria, definitivamente
abandonados los principios apriorísticos, la intuición, la inspiración y e
dogmatismo.
Aquella singular manera de discurrir de pitagóricos y platonianos (método
seguido en modernos tiempos por Descartes, Fichte, Krause, Hegel y
recientemente —aunque solo en parte— por Bergson), que consiste en
explorar nuestro propio espíritu para descubrir en él las leyes del Universo y la
solución de los grandes arcanos de la vida, ya solo inspira sentimientos de
conmiseración y de disgusto. Conmiseración, por el talento consumido
persiguiendo quimeras; disgusto, por el tiempo y trabajo lastimosamente
perdidos.
La historia de la civilización demuestra hasta la saciedad la esterilidad de la
metafísica en sus reiterados esfuerzos por adivinar las leyes de la naturaleza
Con razón se ha dicho que el humano intelecto, de espaldas a la realidad y
concentrado en sí mismo, es impotente para dilucidar los más sencillos rodajes
de la máquina del mundo y de la vida.
Ante los fenómenos que desfilan por los órganos sensoriales, la actitud de
intelecto solo puede ser verdaderamente útil y fecunda reduciéndose
modestamente a observarlos, describirlos, compararlos y clasificarlos, según

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sus analogías y diferencias, para llegar después, por inducción, a
conocimiento de sus condiciones determinantes y leyes empíricas.
Otra verdad, vulgarísima ya de puro repetida, es que la ciencia humana
debe descartar, como inabordable empresa, el esclarecimiento de las causa
primeras y el conocimiento del fondo substancial oculto bajo las apariencias
fenomenales del Universo. Como ha declarado Claudio Bernard, e
investigador no puede pasar del determinismo de los fenómenos; su misión
queda reducida a mostrar el cómo, nunca el porqué, de las mutacione
observadas. Ideal modesto en el terreno filosófico, pero todavía grandioso en
el orden práctico; porque conocer las condiciones bajo las cuales nace un
fenómeno, nos capacita para reproducirlo o suspenderlo a nuestro antojo, y
nos hace dueños de él, explotándolo en beneficio de la vida humana. Previsión
y acción: he aquí los frutos que el hombre obtiene del determinismo
fenomenal.
Quizás parezca esta severa disciplina del determinismo un poco estrecha en
filosofía[1]; pero es fuerza convenir que en las ciencias naturales, y
singularmente en biología, resulta muy eficaz para preservarnos de esa
tendencia innata a encerrar el Universo entero en una fórmula general, especie
de germen donde todo se contiene como el árbol en la semilla. Esta
generalizaciones seductoras con que, de vez en cuando, ciertos filósofos
invaden el campo de las ciencias biológicas, suelen ser soluciones puramente
verbales, desprovistas de fecundidad y de contenido positivo. A lo más, poseen
utilidad a título de «hipótesis de trabajo».
Preciso es confesar que los grandes enigmas del Universo citados po
Dubois-Reymond son actualmente inabordables. Debemos resignarnos a
ignoramus y aun al inexorable ignorabimus proclamado por el gran fisiólogo
alemán. Para la resolución de estos formidables problemas (comienzo de la
vida, naturaleza de la substancia, origen del movimiento, aparición de la
conciencia, etc.) parece indudable la insuficiencia radical del espíritu humano
Órgano de acción encaminado a fines prácticos, nuestro cerebro parece habe
sido construido, no para hallar las últimas razones de las cosas, sino para fija
sus causas próximas y determinar sus relaciones constantes. Y esto, que parece
poco, es muchísimo, porque habiéndosenos concedido el supremo poder de
actuar sobre el mundo, suavizándolo y modificándolo en provecho de la vida
podemos pasarnos muy bien sin el conocimiento de la esencia de las cosas.
Al tratar de métodos generales de investigación, no es lícito olvidar esas
panaceas de la invención científica que se llaman el Novum organum, de
Bacon, y el Libro del método, de Descartes, tan recomendado por Claudio

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Bernard. Libros son estos por todo extremo excelentes para hacer pensar, pero
de ningún modo tan eficaces para enseñar a descubrir. Después de confesa
que la lectura de tales obras puede sugerir más de una concepción fecunda
debo declarar que me hallo muy próximo a pensar de ellas lo que De Maistre
opinaba del Novum organum: «que no lo habían leído los que más
descubrimientos han hecho en las ciencias, y que el mismo Bacon no dedujo
de sus reglas invención ninguna». Más severo aún se muestra Liebig cuando
afirma, en su célebre Discurso Académico, que Bacon fue un dilettante
científico cuyos escritos, celebrados pomposamente por juristas, historiadore
y otras gentes ajenas a la ciencia, nada contienen de los procederes que
conducen al descubrimiento.
Los preceptos dictados por Descartes, a saber: No reconocer como
verdadero sino lo evidente; dividir cada dificultad en cuantas porciones sea
preciso para mejor atacarlas; comenzar el análisis por el examen de los
objetos más simples y más fáciles de ser comprendidos para remontarse
gradualmente al conocimiento de los más complejos, etc., son reglas que nadie
deja de emplear instintivamente en el estudio de toda cuestión dificultosa. E
mérito del filósofo francés estriba, no en haber aplicado estas reglas, sino en
haberlas formulado clara y rigurosamente después de haberlas aprovechado
inconscientemente, como todo el mundo, en sus meditaciones filosóficas y
geométricas.
Tengo para mí que el poco provecho obtenido de la lectura de tales obras y
en general, de todos los trabajos concernientes a los métodos filosóficos de
indagación, depende de la vaguedad y generalidad de las reglas que contienen
las cuales, cuando no son fórmulas vacías, vienen a ser la expresión formal de
mecanismo del entendimiento en función de investigar. Este mecanismo actúa
inconscientemente en toda cabeza regularmente organizada y cultivada; y
cuando, por un acto de reflexión, formula el filósofo sus leyes psicológicas, n
el autor ni el lector pueden mejorar sus capacidades respectivas para la
investigación científica. Los tratadistas de métodos lógicos me causan la
misma impresión que me produciría un orador que pretendiera acrecentar su
elocuencia mediante el estudio de los centros del lenguaje, del mecanismo de
la voz y de la inervación de la laringe. ¡Como si el conocer estos artificios
anatomo-fisiológicos pudiera crear una organización que nos falta o
perfeccionar la que tenemos![2].
Importa consignar que los descubrimientos más brillantes se han debido, no
al conocimiento de la lógica escrita, sino a esa lógica viva que el hombre
posee en su espíritu, con la cual labora ideas con la misma perfecta

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inconsciencia con que Jourdain hacía prosa. Harto más eficaz es la lectura de
las obras de los grandes iniciadores científicos, tales como Galileo, Keplero
Newton, Lavoisier, Geoffroy Saint-Hilaire, Faraday, Ampère, Cl. Bernard
Pasteur, Virchow, Liebig, etc.; y, sin embargo, es fuerza reconocer que, s
carecemos de una chispa siquiera de la espléndida luz que brilló en tales
inteligencias, y de un eco al menos de las nobles pasiones que impulsaron a
caracteres tan elevados, la erudición nos convertirá en comentadore
entusiastas o amenos, quizás en beneméritos divulgadores científicos, pero no
creará en nosotros el espíritu de investigación.
Tampoco nos será de gran provecho, a la hora de investigar, e
conocimiento de las leyes que rigen el desenvolvimiento de la Ciencia. Afirma
Herbert Spencer que el progreso intelectual va de lo homogéneo a lo
heterogéneo, y que, en virtud de la inestabilidad de lo homogéneo y de
principio de que cada causa produce más de un efecto, todo descubrimiento
provoca inmediatamente gran número de otros descubrimientos; pero si esta
noción nos permite apreciar la marcha histórica de la Ciencia, no puede darno
la clave de sus revelaciones. Lo importante sería averiguar cómo cada sabio
en su peculiar dominio, ha logrado sacar lo heterogéneo de lo homogéneo, y
por qué razón muchos hombres que se lo han propuesto no lo han conseguido.
Apresurémonos, pues, a declarar que no hay recetas lógicas para hace
descubrimientos, y menos todavía para convertir en afortunado
experimentadores a personas desprovistas del arte discursivo natural a que
antes aludíamos. Y en cuanto a los genios, sabido es que difícilmente se
doblegan a las reglas escritas: prefieren hacerlas. Como dice Condorcet, «las
medianías pueden educarse, pero los genios se educan por sí solos».
¿Debemos por esto renunciar a toda tentativa de instruir y educar en
materia de inquisición científica? ¿Vamos a dejar al principiante desorientado
entregado a sus propias fuerzas y marchando sin guía ni consejo por una senda
llena de dificultades y peligros?
De ninguna manera. Pensamos, por lo contrario, que si, abandonando la
vaga región de los principios filosóficos y de los métodos abstractos
descendemos al dominio de las ciencias particulares y al terreno de la técnica
moral e instrumental indispensable al proceso inquisitivo, será fácil halla
algunas normas positivamente útiles al novel investigador.
Algunos consejos relativos a lo que debe saber, a la educación técnica que
necesita recibir, a las pasiones elevadas que deben alentarle, a lo
apocamientos y preocupaciones que será forzoso descartar, opinamos que
podrán serle harto más provechosos que todos los preceptos y cautelas de la

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lógica teórica. Tal es la justificación del actual trabajo, en el cual, para decirlo
de una vez, hemos reunido aquellos estímulos alentadores y paternales
admoniciones que hubiéramos querido recibir en los albores de nuestra
modesta carrera científica.
Superfluas serán nuestras advertencias para quien tuvo la fortuna de
educarse en el laboratorio del sabio, bajo la benéfica influencia de las regla
vivas, encarnadas en una personalidad ilustre, animada del noble proselitismo
de la ciencia y de la enseñanza; ociosas serán asimismo para los caractere
enérgicos y los talentos elevados, los cuales no necesitan ciertamente, según
decíamos antes, para elevarse al conocimiento de la verdad, otros consejos que
los sugeridos por el estudio y la meditación; pero acaso, repito, resulten
confortadoras y provechosas para muchos espíritus modestos, apocados
aunque codiciosos de reputación, los cuales no cosechan el anhelado fruto po
flaqueza de voluntad o la viciosa dirección de sus estudios.
A la voluntad, más que a la inteligencia, se enderezan nuestros consejos
porque tenemos la convicción de que aquella, como afirma cuerdamente
Payot, es tan educable como esta, y creemos además que toda obra grande, en
arte como en ciencia, es el resultado de una gran pasión puesta al servicio de
una gran idea.
En siete capítulos dividiremos el presente trabajo: en el primero
procuraremos disipar preocupaciones y falsos juicios que enervan a
principiante, arrebatándole esa fe robusta en sí mismo, sin la cual ninguna
investigación alcanza feliz término; en el segundo expondremos las cualidade
de orden moral que deben adornarle, y que son como los depósitos de la
energía tonificadora de su voluntad; en el tercero, lo que es menester que sepa
para llegar suficientemente preparado al teatro de la lucha con la Naturaleza
en el cuarto apuntaremos las enfermedades de la voluntad y del juicio, de que
debe preservarse; en el quinto detallaremos el plan y marcha de la
investigación misma (observación, explicación o hipótesis, y comprobación)
en el sexto haremos algunas advertencias tocantes a la redacción del trabajo
científico; en el séptimo, en fin, consideraremos los deberes del investigado
como maestro.
Por ser en España un problema de excepcional importancia, acabaremos
nuestro librito con un breve estudio acerca de las causas de nuestro atraso
científico y de las obligaciones del Estado en orden al fomento y enseñanza de
la investigación.

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CAPÍTULO II
Preocupaciones enervadoras del principiante.

Admiración excesiva. Agotamiento de la cuestión. Devoción a la
ciencia práctica. Deficiencia intelectual.

a) admiración excesiva a la obra de los grandes iniciadores
científicos

Entre las preocupaciones más funestas de la juventud intelectual contamo
la extremada admiración a la obra de los grandes talentos y la convicción de
que, dada nuestra cortedad de luces, nada podremos hacer para continuarla o
completarla.
Esta devoción excesiva al genio tiene su raíz en un doble sentimiento de
justicia y de modestia, harto simpático para ser vituperable; mas, si se
enseñorea con demasía del ánimo del novicio, aniquila toda iniciativa e
incapacita en absoluto para la investigación original. Defecto por defecto
preferible es la arrogancia al apocamiento: la osadía mide sus fuerzas y vence
o es vencida; pero la modestia excesiva huye de la batalla y se condena a
vergonzosa inacción.
Cuando se abandona esa atmósfera de prestigio que se respira al leer e
libro de un investigador genial, y se acude al laboratorio a confirmar lo
hechos donde aquel apoya sus fascinadoras concepciones, sucede a veces que
nuestro culto por el ídolo disminuye tanto como crece el sentimiento de
nuestra propia estima. Los grandes hombres son, a ratos, genios; a ratos, niños
y siempre incompletos. Aun concediendo que el genio, sometido al contraste
de la observación, salga puro de todo error, consideremos que todo cuanto ha
descubierto en un dominio dado es casi nada en parangón con lo que deja po

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descubrir. La Naturaleza nos brinda a todos con una riqueza inagotable, y no
tenemos motivo para envidiar a los que nos precedieron, ni exclamar como
Alejandro ante las victorias de Filipo: «Mi padre no me va a dejar nada que
conquistar».
No es lícito desconocer que existen creaciones científicas tan completas
luminosas y tan firmes, que parecen el fruto de una intuición casi divina
habiendo surgido perfectas, como Minerva de la cabeza de Júpiter. Mas la
justa admiración causada por tales obras disminuiría mucho si imagináramo
el tiempo y el esfuerzo, la paciencia y perseverancia, los tanteos y
rectificaciones, hasta las casualidades que colaboraron en el éxito final, al cua
contribuyeron casi tanto como el genio del investigador. Sucede en esto lo que
en las maravillosas adaptaciones del organismo a determinadas funciones. E
ojo o el oído del vertebrado, examinado aisladamente, constituyen un asombro
y parece imposible que se hayan formado por el solo concurso de las leye
naturales; mas si consideramos todas las gradaciones y formas de transición
que en la serie filogénica nos ofrecen aquellos órganos, desde el esbozo ocula
informe de ciertos infusorios y gusanos hasta la complicada organización de
ojo del vertebrado inferior, nuestra admiración pierde no poco de su fuerza
acabando el ánimo por hacerse a la idea de una formación natural en virtud de
variaciones, correlaciones orgánicas, selecciones[3] y adaptaciones.
¡Qué gran tónico sería para el novel observador el que su maestro, en vez
de asombrarlo y desalentarlo con la sublimidad de las grandes empresa
acabadas, le expusiera la génesis de cada invención científica, la serie de
errores y titubeos que la precedieron, constitutivos, desde el punto de vista
humano, de la verdadera explicación de cada descubrimiento! Tan hábil táctica
pedagógica nos traería la convicción de que el descubridor, con ser un ingenio
esclarecido y una poderosa voluntad, fue, al fin y al cabo, un hombre como
todos.
Lejos de abatirse el investigador novicio ante las grandes autoridades de la
Ciencia, debe saber que su destino, por ley cruel, pero ineluctable, es crecer un
poco a costa de la reputación de las mismas. Pocos serán los que, habiendo
inaugurado con alguna fortuna sus exploraciones científicas, no se hayan visto
obligados a quebrantar y disminuir algo el pedestal de algún ídolo histórico o
contemporáneo. A guisa de ejemplos clásicos, recordemos a Galileo refutando
a Aristóteles en lo tocante a la gravitación; a Copérnico arruinando el sistema
del mundo de Ptolomeo; a Lavoisier reduciendo a la nada la concepción de
Stahl acerca del flogístico; a Virchow refutando la generación espontánea de
las células, supuesta por Schwann, Schleiden y Robin. Tan general e

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imperativa es esta ley, que se acredita en todos los dominios de la Ciencia y
alcanza hasta a los más humildes investigadores. Si nosotros pudiéramos n
nombrarnos siquiera después de haber citado tan altos ejemplos, añadiríamo
que, al iniciar nuestras pesquisas en la anatomía y fisiología de los centro
nerviosos, el primer obstáculo que debimos remover fue la falsa teoría de
Gerlach y de Golgi sobre las redes nerviosas difusas de la substancia gris y
sobre el modo de transmisión de las corrientes.
En la vida de los sabios se dan, por lo común, dos fases: la creadora o
inicial, consagrada a destruir los errores del pasado y al alumbramiento de
nuevas verdades, y la senil o razonadora (que no coincide necesariamente con
la vejez), durante la cual, disminuida la fuerza de producción científica, se
defienden las hipótesis incubadas en la juventud[4], amparándolas con amo
paternal del ataque de los recién llegados. Al entrar en la historia no hay
grande hombre que no sea avaro de sus títulos y que no dispute
encarnizadamente a la nueva generación sus derechos a la gloria. Muy triste
pero muy verdadera, suele ser aquella amarga frase de Rousseau: «No existe
sabio que deje de preferir la mentira inventada por él a la verdad descubierta
por otro».
Aun en las ciencias más perfectas nunca deja de encontrarse alguna
doctrina exclusivamente mantenida por el principio de autoridad. Demostrar la
falsedad de esta concepción y, a ser posible, refutarla con nueva
investigaciones, constituirá siempre un excelente modo de inaugurar la propia
obra científica. Importa poco que la reforma sea recibida con malévola
censuras, con pérfidas invectivas, con silencios más crueles aún; como la
razón esté de su parte, no tardará el innovador en arrastrar a la juventud, que
por serlo, no tiene pasado que defender; a su lado militarán también todo
aquellos sabios imparciales, quienes, en medio del torrente avasallador de la
doctrina reinante, supieron conservar sereno el ánimo e independiente e
criterio.
Empero no basta demoler: hay que construir. La crítica científica se
justifica solamente entregando, a cambio de un error, una verdad. Por lo
común, la nueva doctrina surgirá de las ruinas de la abandonada, y se fundará
estrictamente sobre los hechos rectamente interpretados. Menester será a
innovador excluir toda concesión piadosa al error tradicional o a las idea
caídas, si no quiere ver prontamente compartida su fama por los espíritu
detallistas y perfeccionadores brotados en gran número, a raíz de cada
descubrimiento, como los hongos bajo la sombra del árbol.

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b) creencia en el agotamiento de los temas científicos

He aquí otro de los falsos conceptos que se oyen a menudo a nuestro
flamantes licenciados: «Todo lo substancial de cada tema científico está
apurado; ¿qué importa que yo pueda añadir algún pormenor, espigar en un
campo donde más diligentes observadores recogieron copiosa mies? Por m
labor, ni la Ciencia cambiará de aspecto, ni mi nombre saldrá de la
obscuridad».
Así habla muchas veces la pereza, disfrazada de modestia. Así discurren
algunos jóvenes de mérito al sentir los primeros desmayos producidos por la
consideración de la magna empresa. No hay más remedio que extirpa
radicalmente un concepto tan superficial de la Ciencia, si no quiere el joven
investigador caer definitivamente vencido en esa lucha que en su voluntad se
entabla entre las utilitarias sugestiones del ambiente moral, encaminadas a
convertirlo en un vulgar y adinerado practicón, y los nobles impulsos del debe
y del patriotismo que le arrastran al honor y a la gloria.
En su anhelo por satisfacer la deuda honrosa contraída con sus maestros, e
novel observador quisiera encontrar un filón nuevo y a flor de tierra, cuya fáci
explotación levantara con empuje su nombre; mas, por desgracia, apena
emprendidas las primeras exploraciones bibliográficas, reconoce con dolor que
el metal yace a gran profundidad y que el yacimiento superficial ha sido cas
agotado por observadores afortunados llegados antes que él, y que ejercitaron
el cómodo derecho de primeros ocupantes.
No paran mientes los que así discurren en que si hemos llegado tarde para
unas cuestiones, hemos nacido demasiado temprano para otras, y en que, a la
vuelta de un siglo, nosotros vendremos a ser, por la fuerza de las cosas, lo
acaparadores de ciencia, los desfloradores de asuntos y los esquilmadores de
minucias.
No es lícito, empero, desconocer que existen épocas en las cuales, a parti
de un hecho casualmente descubierto o de la creación de un método feliz, se
realizan en serie, y como por generación espontánea, grandiosos progreso
científicos. Tal aconteció durante el Renacimiento, cuando Descartes, Pascal
Galileo, Bacon, Bayle, Newton, nuestro Sánchez, etc., patentizaron los errore
de los antiguos y generalizaron la creencia de que, lejos de haber los griego
agotado el dominio de las ciencias, apenas habían dado los primeros pasos en
el conocimiento positivo del Universo[5]. Fortuna y grande para un científico e
nacer en una de estas grandes crisis de ideas, durante las cuales, hecha tabla

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rasa de gran parte de la obra del pasado, nada es más fácil que escoger un tema
fecundo.
Pero no exageremos esta consideración, y tengamos presente que, aun en
nuestro tiempo, la construcción científica se eleva a menudo sobre las ruina
de teorías que pasaban por indestructibles. Consideremos que, si hay ciencia
que parecen tocar a su perfección, existen otras en vías de constitución y
algunas que no han nacido todavía. En Biología, especialmente, a despecho de
los inmensos trabajos efectuados en el pasado siglo, las cuestiones má
esenciales esperan todavía solución (origen de la vida, problema de la herencia
y evolución, estructura y composición química de la célula, etc.).
En general, puede afirmarse que no hay cuestiones agotadas, sino hombre
agotados en las cuestiones. Esquilmado para un sabio el terreno, muéstrase
fecundo para otro. Un talento de refresco, llegado sin prejuicio al análisis de
un asunto, siempre hallará un aspecto nuevo, algo de que no se percataron
quienes creyeron definitivamente apurado aquel estudio. Tan fragmentario e
nuestro saber, que aun en los temas más prolijamente explorados surgen a lo
mejor insólitos hallazgos. ¡Quién, pocos años ha, hubiera sospechado que la
luz y el calor guardaban todavía secretos para la Ciencia! Y, sin embargo, ah
están el argón de la atmósfera, los rayos X de Röntgen y el radio de lo
esposos Curie, para patentizar cuán insuficientes son nuestros métodos y cuán
prematuras nuestras síntesis.
En Biología es donde tiene su mejor aplicación esta bella frase de Saint
Hilaire: «Delante de nosotros está siempre el infinito». Y el pensamiento no
menos gráfico de Carnoy: «La Ciencia se crea, pero nunca está creada». No e
dado a todos aventurarse en la selva y trazar, a fuerza de energía, un camino
practicable; pero aun los más humildes podemos aprovecharnos del sendero
abierto por el genio, y arrancar, caminando por él, algún secreto a lo
desconocido.
Aun aceptando que el principiante deba resignarse a recoger detalle
escapados a la sagacidad de los iniciadores, es también positivo que lo
buscadores de minucias acaban por adquirir sensibilidad analítica tan exquisita
y pericia de observación tan notable, que al fin abordan con fortuna cuestione
trascendentales.
¡Cuántos hechos, al parecer triviales, han conducido a cierto
investigadores, adecuadamente preparados por el conocimiento de lo
métodos, a grandes conquistas científicas! Consideremos, además, que, po
consecuencia de la progresiva diferenciación de la Ciencia, las minucias de
hoy serán acaso mañana verdades importantes.

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Esto sin contar con que nuestra apreciación de lo importante y de lo
accesorio, de lo grande y de lo pequeño, asiéntase en un falso juicio, en un
verdadero error antropomórfico. En la Naturaleza no hay superior ni inferior
ni cosas accesorias y principales. Estas jerarquías que nuestro espíritu se
complace en asignar a los fenómenos naturales, proceden de que, en lugar de
considerar las cosas en sí y en su interno encadenamiento, las miramo
solamente en relación a la utilidad o el placer que puedan proporcionarnos. En
la cadena de la vida todos los eslabones son igualmente valiosos, porque todo
resultan igualmente necesarios. Juzgamos pequeño lo que vemos de lejos o no
sabemos ver. Aun adoptando el punto de vista del egoísmo humano, ¡qué de
cuestiones de alta humanidad laten en el misterioso protoplasma del má
humilde microbio! Nada parece más trascendental en bacteriología que e
conocimiento de las bacterias infecciosas, y nada más secundario que el de lo
microbios inofensivos pululantes en las infusiones y materias orgánicas en
descomposición; y, no obstante, si desaparecieran estos humildes hongos, cuya
misión es reintegrar a la circulación general de la materia los principio
secuestrados por los animales y plantas superiores, bien pronto el planeta se
tornaría inhabitable para el hombre.
Acaso en ningún dominio se muestra mejor la transcendencia del detalle
como en los métodos técnicos de la Biología. Para no citar sino un ejemplo
recordemos que R. Koch, el gran bacteriólogo alemán, por haber tenido la idea
de adicionar a un color básico de anilina un poco de álcali, logró teñir y
descubrir el bacilo de la tuberculosis, desentrañando así la etiología de una
enfermedad hasta entonces rebelde a la sagacidad de los más ilustre
patólogos.
De esta falta de perspectiva moral, cuando de aquilatar las adquisicione
científicas se trata, han participado hasta los más preclaros ingenios. ¡Qué de
gérmenes de grandes invenciones, mencionadas como curiosidades de poco
momento, hallamos hoy en las obras de los antiguos y hasta en las de lo
sabios del Renacimiento! Perdido en un indigesto Tratado de Teología
(Christianismi Restitutio), escribió Servet, como al desdén, tres líneas tocante
a la circulación pulmonar, las cuales constituyen hoy su principal timbre de
gloria. ¡Grande sería la sorpresa del filósofo aragonés si hoy resucitara y viera
totalmente olvidadas sus laboriosas disquisiciones metafísicas, y exaltado un
hecho al cual no debió conceder más interés que el de un argumento accesorio
para su tesis de que el alma reside en la sangre! De un pasaje de Séneca se
infiere que los antiguos conocieron ya el poder amplificante de una esfera de
cristal llena de agua. ¡Quién hubiera sospechado que en dicho fenómeno

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amplificante, desestimado durante siglos, dormían en germen dos poderoso
instrumentos analíticos: el microscopio y el telescopio, y dos ciencias a cua
más grandiosa: la Astronomía y la Biología!
En resumen, no hay cuestiones pequeñas; las que lo parecen son cuestione
grandes no comprendidas. En vez de menudencias indignas de se
consideradas por el pensador, lo que hay es hombres cuya pequeñez intelectua
no alcanza a penetrar la transcendencia de lo minúsculo. Constituye la
Naturaleza mecanismo armónico, donde todas las piezas, aun las que parecen
desempeñar oficio accesorio, conspiran al conjunto funcional; al contempla
este mecanismo, el hombre ligero distingue arbitrariamente sus principale
órganos en esenciales y secundarios; en cambio, el pensador discreto se
contenta con clasificarlos, prescindiendo de tamaños y de sus efectos útile
inmediatos, en conocidos y poco conocidos. En cuanto a su futura
transcendencia nadie puede ser profeta.

c) culto exclusivo a la ciencia llamada práctica

Otro de los vicios del pensamiento que importa combatir a todo trance es la
falsa distinción en ciencia teórica y ciencia práctica, con la consiguiente
alabanza de la última y el desprecio sistemático de la primera. Y este error se
propala inconscientemente entre la juventud, desviándola de toda labor de
inquisición desinteresada.
No son, ciertamente, las gentes del oficio las que incurren en semejante
falta de apreciación, sino muchos abogados, literatos, industriales y
desgraciadamente, hasta algunos estadistas conspicuos, cuyas iniciativas de
tan graves consecuencias pueden ser para la obra de la cultura patria.
A estos tales no se les caen de la boca las siguientes frases: «Meno
doctores y más industriales. Las naciones no miden su grandeza por lo que
saben, sino por la copia de conquistas científicas aplicadas al comercio, a la
industria, a la agricultura, a la medicina y al arte militar. Dejemos a lo
cachazudos y linfáticos tudescos con sus sutiles indagaciones de ciencia pura
con su loco afán de escudriñar los últimos resortes de la vida, y
consagrémonos por nuestra parte a sacar el jugo práctico de los principios de
la Ciencia, encarnándolos en positivas mejoras de la existencia humana
España ha menester máquinas para nuestros trenes y barcos, recetas práctica
para la agricultura y la industria, fábricas de abonos, higiene racional; en

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suma, cuanto contribuya a fomentar la población, riqueza y bienestar de lo
pueblos. Líbrenos Dios de sabios ociosos, entretenidos en especulacione
sutiles, o entregados a la conquista de lo menudo, que si no costara demasiado
caro, podría calificarse de pasatiempo frívolo y hasta ridículo.»
Tal es el cúmulo de inepcias que a cada paso formulan los que, al viajar po
el extranjero, ven, por un espejismo extraño, el progreso en los efectos y no en
las causas; los que, en sus cortos alcances, no advierten esos hilos misterioso
que enlazan la fábrica con el laboratorio, como el arroyo a su manantial. Creen
de buena fe que, tanto los sabios como los pueblos, forman dos grupos: los que
pierden el tiempo en especulaciones de ciencia pura y estéril, y los que saben
hallar hechos de aplicación inmediata al aumento y comodidad de la vida[6].
¿Tendremos necesidad de insistir sobre lo absurdo de tal doctrina? ¿Habrá
alguno tan menguado de sindéresis que no repare que allí donde los principio
o los hechos son descubiertos brotan también, por modo inmediato, la
aplicaciones? En Alemania, en Francia, en Inglaterra, la fábrica vive en íntima
comunión con el laboratorio, y por lo común el iniciador mismo de la verdad
científica dirige, ora por sí, ora mediante sociedades explotadoras, e
aprovechamiento industrial. Semejantes alianzas saltan a la vista en esa
grandes fábricas de colores de anilina, que constituyen uno de los filones má
prósperos de la industria alemana, suiza y francesa. Tan notorio es este hecho
que huelgan aquí ejemplos demostrativos. Empero, por recientes y
significativos, quiero citaros dos: la grande industria de la construcción de
objetivos de precisión (micrográficos, fotográficos y astronómicos) creada en
Alemania por los profundos estudios de óptica matemática del profesor Abbe
de Jena, y los cuales aseguran a la Prusia un monopolio de valor enorme que
sufraga el mundo entero[7], y la fabricación de sueros terapéuticos, nacida en
Berlín y perfeccionada en París, y en la cual intervienen, como es natural y
legítimo, Behring y Roux, creadores de los principios científicos de la
sueroterapia.
Cultivemos la ciencia por sí misma, sin considerar por el momento la
aplicaciones. Estas llegan siempre; a veces tardan años; a veces, siglos. Poco
importa que una verdad científica sea aprovechada por nuestros hijos o po
nuestros nietos. Medrada andaría la causa del progreso si Galvani, si Volta, s
Faraday, si Hertz, descubridores de los hechos fundamentales de la ciencia de
la electricidad, hubieran menospreciado sus hallazgos por carecer entonces de
aplicación industrial.
Dejamos consignado que lo inútil, aun aceptando el punto de vista humano
(con las necesarias restricciones de tiempo y lugar), no existe en la Naturaleza

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Y, en último extremo, aun cuando no fuera posible poner al servicio de nuestra
comodidad y provecho ciertas conquistas científicas, siempre quedaría una
utilidad positiva: la noble satisfacción de nuestra curiosidad satisfecha y la
fruición incomparable causada en el ánimo por el sentimiento de nuestro pode
ante la dificultad vencida.
En suma: al abordar un problema, considerémoslo en sí mismo, sin
desviarnos por motivos segundos, cuyo perseguimiento, dispersando la
atención, mermaría nuestra fuerza analítica. En la lucha con la Naturaleza, e
biólogo, como el astrónomo, debe prescindir de la tierra que habita y
concentrar su mirada en la serena región de las ideas, donde, tarde o temprano
surgirá la luz de la verdad. Establecido el hecho nuevo, las aplicacione
vendrán a su sazón, es decir, cuando aparezca otro hecho capaz de fecundarlo
pues, como es bien sabido, el invento no es otra cosa que la conjunción de do
o más verdades en una resultante útil. La Ciencia registra muchos hechos cuya
utilidad es actualmente desconocida; pero, al cabo de unos lustros, o acaso de
siglos, ve la luz una nueva verdad que tiene con aquellos misteriosa
afinidades, y la criatura industrial resultante se llama fotografía, fonógrafo
análisis espectral, telegrafía sin hilos, vuelo mecánico, etc. Trátase siempre de
una síntesis a corto o a largo plazo. Porta descubrió la cámara obscura, hecho
aislado, del cual apenas se sacó partido para el arte del diseño; Wedgwood y
Davy señalaron en 1802 la posibilidad de obtener imágenes fotográficas sobre
un papel lubrificado en una solución de nitrato argéntico; pero como la copia
no podía fijarse, este otro hallazgo no tuvo consecuencias; después llegó John
Herschel, que logró disolver la sal argéntica no impresionada por la luz; con
ello fue ya posible la fijación de la fugitiva silueta luminosa. Con todo eso, la
débil sensibilidad de las sales argénticas hasta entonces aprovechadas hacía
casi imposible el empleo del aparato de Porta; por fin aparece Daguerre, quien
descubre en 1839, con la exquisita sensibilidad del yoduro argéntico, la
imagen latente; sintetiza admirablemente los inventos de sus predecesores y
crea en sus fundamentos la fotografía actual.
Así evolucionan todos los inventos: los materiales son, en diversas épocas
acarreados por sagaces cuanto infortunados observadores que no lograron
recoger fruto alguno de sus hallazgos, en espera de las verdades fecundantes
mas una vez acopiados todos los datos, llega un sabio feliz, no tanto por su
originalidad como por haber nacido oportunamente; considera los hecho
desde el punto de vista humano, opera la síntesis y el invento surge.

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d) pretendida cortedad de luces

Para justificar deserciones y desmayos alegan algunos falta de capacidad
para la ciencia. «Yo tengo gusto por los trabajos de laboratorio —nos dicen—
pero no sirvo para inventar nada.» Cierto que hay cabezas refractarias para la
labor experimental, y entre ellas contamos todas las incapaces de atención
prolongada y exentas de curiosidad y de admirabilidad por las obras de la
Naturaleza. Pero la inmensa mayoría de los que se confiesan incapaces, ¿lo
son positivamente? ¿No exageran, tal vez, las dificultades de la empresa y la
penuria de sus aptitudes? Tal creemos, y añadiremos aún que muchos toman
habitualmente por incapacidad la mera lentitud del concebir y del aprender, y
a veces, la propia pereza o la falta de alguna cualidad de orden secundario
como la paciencia, la minuciosidad, la constancia, atributos que se adquieren
pronto con el hábito del trabajo y con la satisfacción del éxito.
En nuestro concepto, la lista de los aptos para la labor científica es mucho
más larga de lo que se cree, y se compone, no solo de los talentos superiores
de los fáciles, de los ingenios agudos, codiciosos de reputación y ansiosos de
enlazar su nombre a una obra grande, sino también de esos entendimiento
regulares, conocidos con el dictado de mañosos, por la habilidad y tino con
que realizan toda obra manual; de esos otros dotados de temperamento
artístico y que sienten con vehemencia la belleza de las obras de la Naturaleza
en fin, de los meramente curiosos, flemáticos, cachazudos, devotos de la
religión de lo menudo y capaces de consagrar largas horas al examen del má
insignificante fenómeno natural. La ciencia, como los ejércitos, necesita
generales y soldados; aquellos conciben el plan, pero estos son los que
positivamente vencen. Que no por modesta deja de ser altamente estimable la
colaboración de los perfeccionadores y confirmadores: gracias a estos obrero
del progreso, la concepción del genio adquiere vigor y claridad, pasando de la
categoría de símbolo abstracto a realidad viva, apreciada y conocida de todos.
A fin de que cada uno pueda cerciorarse de su aptitud para los trabajos de
laboratorio, diversos medios pueden ensayarse. Aludiendo aquí a los estudio
de nuestra predilección, nosotros aconsejaríamos estos dos:
1.º Empleo de un método analítico que pase por incierto y difícil, hasta que
a fuerza de paciencia y trabajo, se obtengan los resultados mencionados po
los autores. El éxito lisonjero en este caso, sobre todo si se ha logrado sin la
vigilancia del maestro, es decir, trabajando aisladamente, será indicio claro de
la aptitud para la labor de investigación.

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2.º Estudio de un tema científico, de cierta dificultad, donde las opinione
contradictorias abunden, y para el cual el aficionado se preparará examinando
superficialmente el estado de la cuestión (mera lectura de los libros de
consulta, sin llegar a las Monografías especiales). Si después de algunos mese
de trabajo experimental, nuestro principiante repara, al consultar la
bibliografía más moderna del tema, que ha conseguido adivinar alguna
conquistas recientes; que en puntos muy litigiosos ha coincidido con la
interpretaciones de sabios ilustres; que, en fin, ha acertado a sortear errores de
apreciación en que incurrieron algunos autores, debe abandonar su timidez y
entregarse sin reservas a la labor científica, pues en ella le esperan, pocos o
muchos, según sea la actividad que despliegue, triunfos y satisfacciones.
Aun los medianamente dotados, desde el punto de vista intelectual, podrán
conseguir algún fruto, con tal de que abriguen fe robusta en la virtud creadora
de la educación y se contraigan a profundizar, durante mucho tiempo, un tema
limitado.
Aun a riesgo de redundancia o de parecer pesados y prolijos, séano
permitido presentar contra los escépticos en los milagros de la voluntad la
siguientes reflexiones:
a) Como han afirmado muchos pensadores y pedagogos, el descubrimiento
no es fruto de ningún talento originariamente especial, sino del sentido común
mejorado y robustecido por la educación técnica y por el hábito del medita
sobre los problemas científicos[8]. Así, pues, quien disponga de regular criterio
para guiarse en la vida, lo tendrá también para marchar desembarazado por e
camino de la investigación.
b) El cerebro juvenil posee plasticidad exquisita, en cuya virtud puede, a
impulsos de un enérgico querer, mejorar extraordinariamente su organización
creando asociaciones interideales nuevas, depurando y afinando el juicio.
c) Las deficiencias de la aptitud nativa son compensables mediante un
exceso de trabajo y de atención. Cabría afirmar que el trabajo sustituye a
talento o, mejor dicho, crea el talento. Quien desee firmísimamente mejorar su
capacidad, acabará por lograrlo, a condición de que la labor educadora no
comience demasiado tarde, en una época en que la plasticidad de las célula
nerviosas está casi del todo suspendida. No olvidemos que por la lectura y
meditación de las obras maestras todo hombre es dueño de asimilarse una gran
parte del ingenio que las creó, dado que toma de este no solo las doctrinas
sino el criterio, los principios directores y hasta el estilo.
d) En la mayor parte de los casos, eso que llamamos talento genial y
especial, no implica superioridad cualitativa, sino expeditiva, consistiendo

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solamente en hacer de prisa y con brillante éxito lo que las inteligencia
regulares elaboran lentamente, pero bien. En vez de distinguir lo
entendimientos en grandes y pequeños, fuera preferible y más exacto (a
menos en muchos casos) clasificarlos en lentos y rápidos[9]. Lo
entendimientos rápidos son ciertamente los más brillantes y sugestivos; son
insustituibles en la conversación, en la oratoria, en el periodismo, en toda obra
en que el tiempo sea factor decisivo; pero en las empresas científicas los lento
resultan tan útiles como los rápidos, porque al científico, como al artista, no se
le juzga por la viveza del producir, sino por la excelencia de la producción
Aún osaríamos añadir que, por una compensación muy común, las cabeza
lentas poseen gran resistencia para la atención prolongada, y abren ancho y
profundo surco en las cuestiones; mientras que las rápidas suelen fatigarse
pronto, después de haber apenas desbrozado el terreno. Hay en esto, sin
embargo, numerosas excepciones: Newton, Davy, Pasteur, Virchow, etc.
fueron talentos rápidos y dejaron ancha estela luminosa.
e) Si, a despecho de los esfuerzos hechos por mejorarla, nuestra memoria e
inconstante y poco tenaz, administrémosla bien. Como dice Epicteto: «Cuando
en el juego de la vida vienen malas cartas, no hay más remedio que sacar e
mejor partido posible de las que se tienen». Enseña la historia de los grande
descubrimientos que su excelencia no dimana siempre de un ingenio superior
sino de un entendimiento y memoria regulares, pero hábilmente aprovechados
Grandes novadores científicos, como Helmholtz, quejáronse de escasez de
memoria, considerando como un suplicio el aprenderse de coro un escrito. Po
compensación, los escasamente memoriosos de palabras y de frases, suelen
gozar de excelente retentiva de ideas y de series de razonamientos. Ya Locke
notó que los dotados de gran ingenio y pronta memoria no sobresalen siempre
en el juicio.
f) Para poder consagrar al tema de nuestras meditaciones todas las escasa
facultades que poseemos, desechemos las ocupaciones innecesarias, y esa
ideas parásitas tocantes a las menudencias fútiles de la vida, y fijemos tan solo
en la mente, a favor de una atención ahincada y persistente, los datos relativo
al problema que nos ocupa. Condenémonos, durante la gestación de nuestra
obra, a ignorar lo demás: la política, la literatura, la música, la chismografía
etc. Hay casos en que la ignorancia es una gran virtud, casi un heroísmo: lo
libros inútiles, perturbadores de la atención, pesan y ocupan lugar tanto en
nuestro cerebro como en los estantes de las bibliotecas, y deshacen o estorban
la adaptación mental del asunto. El saber ocupa lugar, diga lo que quiera la
sabiduría popular.

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g) Aun el talento mediano llegará a ilustrarse con trabajos estimables en
varias ciencias, con tal de abandonar la pretensión de abarcarlas todas a la vez
concentrará, pues, sucesivamente, es decir, por épocas, su atención en cada
tema, y debilitará o borrará sus adquisiciones anteriores en otros dominios. Lo
que equivale a declarar que el cerebro es adaptable a la ciencia total en e
tiempo, pero no en el espacio. En realidad, hasta las grandes capacidade
proceden de este modo; y así, cuando algún sabio nos asombra con
publicaciones sobre diversas disciplinas, reparemos que a cada materia
corresponde una época. Ciertamente, los conocimientos anteriores no habrán
desaparecido enteramente de la mente del autor, pero se habrán simplificado
condensándose en fórmulas o símbolos abreviadísimos; de esta suerte puede
quedar libre en la pizarra cerebral un grande espacio para el registro y
estampación de las nuevas imágenes.

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CAPÍTULO III
Cualidades de orden moral que debe poseer el investigador.

Las cualidades indispensables al cultivador de la investigación son: la
independencia mental, la curiosidad intelectual, la perseverancia en el trabajo
la religión de la patria y el amor a la gloria.
De atributos intelectuales no hay que hablar, pues damos por supuesto que
el aficionado a las tareas del laboratorio goza de un regular entendimiento, de
no despreciable imaginación, y sobre todo de esa armónica ponderación de
facultades que vale mucho más que el talento brillante, pero irregular y
desequilibrado.
Afirma Carlos Richet que en el hombre de genio se juntan los idealismo
de Don Quijote al buen sentido de Sancho. Algo de esta feliz conjunción de
atributos debe poseer el investigador: temperamento artístico que le lleve a
buscar y contemplar el número, la belleza y la armonía de las cosas, y sano
sentido crítico capaz de refrenar los arranques temerarios de la fantasía y de
hacer que prevalezcan, en esa lucha por la vida entablada en nuestra mente po
las ideas, los pensamientos que más fielmente traducen la realidad objetiva.

a) independencia de juicio

Rasgo dominante en los investigadores eminentes es la altiva
independencia de criterio. Ante la obra de sus predecesores y maestros no
permanecen suspensos y anonadados, sino recelosos y escudriñadores
Aquellos espíritus que, como Vesalio, Eustaquio y Harveo, corrigieron la obra
anatómica de Galeno, y aquellos otros llamados Copérnico, Keplero, Newton
y Huyghens, que echaron abajo la astronomía de los antiguos, fueron sin duda
preclaros entendimientos; pero, ante todo, poseyeron individualidad mental

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ambiciosa y descontentadiza y osadía crítica extraordinaria. De los dóciles y
humildes pueden salir los santos, pocas veces los sabios. Tengo para mí que e
excesivo cariño a la tradición, el obstinado empeño en fijar la Ciencia en la
viejas fórmulas del pasado, cuando no denuncian invencible pereza mental
representan la bandera que cubre los intereses creados por el error.
¡Desgraciado del que, en presencia de un libro, queda mudo y absorto! La
admiración extremada achica la personalidad y ofusca el entendimiento, que
llega a tomar las hipótesis por demostraciones, las sombras por claridades.
Harto se me alcanza que no es dado a todos sorprender a la primera lectura
los vacíos y lunares de un libro inspirado. La veneración excesiva, como todo
los estados pasionales, excluye el sentido crítico. Si después de una lectura
sugestiva nos sentimos débiles, dejemos pasar algunos días; fría la cabeza y
sereno el juicio, procedamos a una segunda y hasta a una tercera lectura. Poco
a poco los vacíos aparecen; los razonamientos endebles se patentizan; la
hipótesis ingeniosas se desprestigian y muestran lo deleznable de su
cimientos; la magia misma del estilo acaba por hallarnos insensibles; nuestro
entendimiento, en fin, reacciona. El libro no tiene en nosotros un devoto, sino
un juez. Este es el momento de investigar, de cambiar las hipótesis del auto
por otras más razonables, de someterlo todo a crítica severa.
Al modo de muchas bellezas naturales, las obras humanas necesitan, para
no perder sus encantos, ser contempladas a distancia. El análisis es e
microscopio que nos aproxima al objeto y nos muestra la grosera urdimbre de
tapiz; disípase la ilusión cuando salta a los ojos lo artificioso del bordado y lo
defectos del dibujo.
Se dirá acaso que en los presentes tiempos, que han visto derrocados tanto
ídolos y mermados u olvidados muchos viejos prestigios, no es necesario e
llamamiento al sentido crítico y al espíritu de duda. Cierto que no es tan
urgente hoy como en otras épocas; pero todavía conserva la rutina sus fueros
aún se da con harta frecuencia el fenómeno de que los discípulos de un
hombre ilustre gasten sus talentos, no en esclarecer nuevos problemas, sino en
defender los errores del maestro. Importa notar que también en esta época de
irreverente crítica y de revisión de valores, la disciplina de escuela reina en la
Universidades de Francia, Alemania e Italia, con un despotismo tal, que sofoca
a veces las mejores iniciativas e impide el florecimiento de pensadore
originales. Los que nos batimos en la brecha como simples soldados, ¡cuánto
casos ejemplares podríamos citar de esta servidumbre de escuela o de
cenáculo! ¡Qué de talentos conocemos que no han tenido más desgracia que
haber sido discípulos de un gran hombre! Y aquí aludimos a esas naturaleza

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generosas y agradecidas, las cuales, sabiendo inquirir la verdad, no osan
declararla por no arrebatar al maestro parte de un prestigio que, asentado en e
error, caerá tarde o temprano al empuje de adversarios menos escrupulosos.
Por lo que hace a esas naturalezas dóciles, tan fáciles a la sugestión como
pasivas y perseverantes en el error, las cuales forman el séquito de los jefes de
escuela, su misión ha sido siempre adular al genio y aplaudir sus extravíos
Este es el pleito-homenaje que la medianía rinde complaciente al talento
superior. Ello se comprende bien recordando que los cerebros débiles se
adaptan mejor al error, casi siempre sencillo, que a la verdad, a menudo
austera y difícil.

b) perseverancia en el estudio

Ponderan con razón los tratadistas de lógica la virtud creadora de la
atención; pero insisten poco en una variedad del atender, que cabría llama
polarización cerebral o atención crónica, esto es, la orientación permanente
durante meses y aun años, de todas nuestras facultades hacia un objeto de
estudio. Infinitos son los ingenios brillantes que, por carecer de este atributo
que los franceses designan esprit de suite, se esterilizan en sus meditaciones. A
docenas podría yo citar españoles que, poseyendo un intelecto admirablemente
adecuado para la investigación científica, retíranse desanimados de una
cuestión sin haber medido seriamente sus fuerzas, y acaso en el momento
mismo en que la Naturaleza iba a premiar sus afanes con la revelación
ansiosamente esperada. Nuestras aulas y laboratorios abundan de esta
naturalezas tornadizas e inquietas, que aman la investigación y se pasan lo
días de turbio en turbio ante la retorta o el microscopio; su febril actividad
revélase en el alud de conferencias, folletos y libros, en que prodigan
erudición y talento considerables; fustigan continuamente la turba gárrula de
traductores y teorizantes, proclamando la necesidad inexcusable de la
observación y el estudio de la Naturaleza en la Naturaleza misma; y cuando
tras largos años de propaganda y de labor experimental, se pregunta a lo
íntimos de tales hombres, a los asiduos del misterioso cenáculo donde aquello
ofician de pontifical, por los descubrimientos del sublime maestro, confiesan
ruborosos que la misma fuerza del talento, la casi imposibilidad de ver en
pequeño la extraordinaria amplitud y alcance de la obra emprendida, han
imposibilitado llevar a cabo ningún progreso parcial y positivo. He aquí e

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fruto obligado de la flojedad o de la dispersión excesiva de la atención, as
como del pueril alarde enciclopedista, inconcebible hoy en que hasta lo
sabios más insignes se especializan y concentran para producir. Pero sobre lo
vicios de la voluntad trataremos más adelante.
Para llevar a feliz término una indagación científica, una vez conocidos lo
métodos conducentes al fin, debemos fijar fuertemente en nuestro espíritu lo
términos del problema, a fin de provocar enérgicas corrientes de pensamiento
es decir, asociaciones cada vez más complejas y precisas entre las imágene
recibidas por la observación y las ideas que dormitan en nuestro inconsciente
ideas que solo una concentración vigorosa de nuestras energías mentales podrá
llevar al campo de la conciencia. No basta la atención expectante, ahincada; e
preciso llegar a la preocupación. Importa aprovechar para la obra todos lo
momentos lúcidos de nuestro espíritu; ya la meditación que sigue al descanso
prolongado, ya el trabajo mental supra-intensivo que solo da la célula nerviosa
caldeada por la congestión, ora, en fin, la inesperada intuición que brota a
menudo, como chispa del eslabón, del choque de la discusión científica.
Casi todos los que desconfían de sus propias fuerzas ignoran el maravilloso
poder de la atención prolongada. Esta especie de polarización cerebral con
relación a un cierto orden de percepciones, afina el juicio, enriquece nuestra
sensibilidad analítica, espolea la imaginación constructiva y, en fin
condensando toda la luz de la razón en las negruras del problema, permite
descubrir en este inesperadas y sutiles relaciones. A fuerza de horas de
exposición, una placa fotográfica situada en el foco de un anteojo dirigido a
firmamento llega a revelar astros tan lejanos, que el telescopio más potente e
incapaz de mostrarlos; a fuerza de tiempo y de atención, el intelecto llega a
percibir un rayo de luz en las tinieblas del más abstruso problema.
La comparación precedente no es del todo exacta. La fotografía
astronómica limítase a registrar astros preexistentes de tenue fulgor; mas en la
labor cerebral se da un acto de creación. Parece como si la representación
mental, obstinadamente contemplada, emitiera, al modo de un amibo
apéndices invasores que, después de crecer en todos sentidos y de sufri
extravíos y detenciones, acabaran por vincularse estrechamente con las idea
afines.
La forja de la nueva verdad exige casi siempre severas abstenciones y
renuncias. Convendrá, durante la susodicha incubación intelectual, que e
investigador, al modo del sonámbulo, atento solo a la voz del hipnotizador, no
vea ni considere otra cosa que lo relacionado con el objeto de estudio: en la
cátedra, en el paseo, en el teatro, en la conversación, hasta en la lectura

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meramente artística, buscará ocasión de intuiciones, de comparaciones y de
hipótesis, que le permitan llevar alguna claridad a la cuestión que le obsesiona
En este proceso adaptativo nada es inútil: los primeros groseros errores, as
como las falsas rutas por donde la imaginación se aventura, son necesarios
pues acaban por conducirnos al verdadero camino, y entran, por tanto, en e
éxito final, como entran en el acabado cuadro del artista los primeros informe
bocetos.
Cuando se reflexiona sobre la curiosa propiedad que el hombre posee de
cambiar y perfeccionar su actividad mental con relación a un objeto o
problema profundamente meditado, no puede menos de sospecharse que e
cerebro, merced a su plasticidad, evoluciona anatómica y dinámicamente
adaptándose progresivamente al tema. Esta adecuada y específica organización
adquirida por las células nerviosas produce a la larga lo que yo llamaría
talento profesional o de adaptación, y tiene por motor la propia voluntad, e
decir, la resolución enérgica de adecuar nuestro entendimiento a la naturaleza
del asunto. En cierto sentido no sería paradójico afirmar que el hombre que
plantea un problema no es enteramente el mismo que lo resuelve; por donde
tienen fácil y llana explicación esas exclamaciones de asombro en que
prorrumpe todo investigador al considerar lo fácil de la solución tan
laboriosamente buscada. ¡Cómo no se me ocurrió esto desde el principio! —
exclamamos—. ¡Qué obcecación la mía al obstinarme en marchar por camino
que no conducen a parte alguna!
Si, a pesar de todo, la solución no aparece y presentimos, no obstante, que
el asunto se acerca a su madurez, procurémonos algún tiempo de reposo
Algunas semanas de solaz y de silencio en el campo, traerán la calma y la
lucidez a nuestro espíritu. Esta frescura del intelecto, como la escarcha
matinal, marchitará la vegetación parásita y viciosa que ahogaba la buena
semilla. Y al fin surgirá la flor de la verdad, que, por lo común, abrirá su cáliz
al rayar el alba, tras largo y profundo sueño, durante esas horas plácidas de la
mañana que Goethe y tantos otros consideraron propicias a la invención.
También los viajes, al traernos nuevas imágenes del mundo y remove
nuestro fondo ideal, poseen la preciosa virtud de renovar el pensamiento y de
disipar enervadoras preocupaciones. ¡Cuántas veces el rudo trepidar de la
locomotora y el recogimiento y soledad espiritual reinantes en el vagón (e
desierto de hombres, que diría Descartes), nos ha sugerido ideas que justificó
ulteriormente el laboratorio!
En los tiempos que corremos, en que la investigación científica se ha
convertido en una profesión regular que cobra nómina del Estado, no le basta

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al observador concentrarse largo tiempo en un tema: necesita además imprimi
una gran actividad a sus trabajos. Pasaron aquellos hermosos tiempos de
antaño, en que el curioso de la Naturaleza, recogido en el silencio de su
gabinete, podía estar seguro de que ningún émulo vendría a turbar su
tranquilas meditaciones. Hogaño, la investigación es fiebre; apenas un nuevo
método se esboza, numerosos sabios se aprovechan de él, aplicándolo cas
simultáneamente a los mismos temas y mermando la gloria del iniciador, que
carece de la holgura y tiempo necesarios para recoger todo el fruto de su
laboriosidad y buena estrella.
Inevitables son, por consecuencia, las coincidencias y las contiendas de
prioridad. Y es que, lanzada al público una idea, entra a formar parte de ese
ambiente intelectual donde todos nutrimos nuestro espíritu; y en virtud de
isocronismo funcional reinante en las cabezas preparadas y polarizadas para
un trabajo dado, la idea nueva es simultáneamente asimilada en París y en
Berlín, en Londres y en Viena, casi de idéntico modo, y con similare
desarrollos y aplicaciones. La invención crece y se desarrolla al modo de un
organismo, espontánea y automáticamente, como si los sabios quedasen
reducidos a meros cultivadores de la semilla sembrada por un genio. Todo
entrevén la espléndida floración de hechos nuevos, y todos desean
naturalmente, acaparar la espléndida cosecha. Esto explica la impaciencia po
publicar, así como lo imperfecto y fragmentario de muchos trabajos de
laboratorio. El afán de llegar antes nos lleva a veces a incurrir en ligerezas
pero ocurre también que el ansia febril de tocar la meta los primeros no
granjea el mérito de la prioridad.
En todo caso, si alguien se nos adelanta, haremos mal en desalentarnos
Continuemos impertérritos la labor, que, al fin, llegará nuestro turno. Ejemplo
elocuente de incansable perseverancia nos dio una mujer gloriosa, Mad. Curie
cuando, habiendo descubierto la radioactividad del torio, sufrió la
desagradable sorpresa de saber que, poco antes, el mismo hecho había sido
anunciado por Schmidt, en los Wiedermann Annalen. Lejos de desanimarle la
noticia, prosiguió sin tregua sus pesquisas; ensayó al electroscopio nueva
substancias, entre ellas cierto óxido de uranio (la pechblende) de la mina de
Johanngeorgenstadt, cuyo poder radioactivo sobrepuja en cuatro veces al de
uranio. Y sospechando que aquella materia tan activa encerraba un cuerpo
nuevo, emprendió, con el concurso de M. Curie, una serie de ingeniosos
pacientes y heroicos trabajos, cuyo galardón fue el hallazgo de un nuevo
cuerpo, el estupendo radio, cuyas maravillosas propiedades, provocando
numerosas investigaciones, ha revolucionado la química y la física.

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En España, donde la pereza es, más que un vicio, una religión, se
comprenden difícilmente esas monumentales obras de los químicos
naturalistas y médicos alemanes, en las cuales solo el tiempo necesario para la
ejecución de los dibujos y la consulta bibliográfica parecen deber contarse po
lustros. Y, sin embargo, estos libros se han redactado en uno o dos años
pacíficamente, sin febriles apresuramientos. El secreto está en el método de
trabajo: en aprovechar para la labor todo el tiempo hábil; en no entregarse a
diario descanso sin haber consagrado dos o tres horas por lo menos a la tarea
en poner dique prudente a esa dispersión intelectual y a ese derroche de tiempo
exigido por el trato social; en restañar, en fin, en lo posible, la cháchara
ingeniosa del café o de la tertulia, despilfarradora de fuerzas nerviosas (cuando
no causa disgustos), y que nos aleja, con pueriles vanidades y fútile
preocupaciones, de la tarea principal.
Si nuestras ocupaciones no nos permiten consagrar al tema más que do
horas, no abandonemos el trabajo a pretexto de que necesitaríamos cuatro o
seis. Como dice juiciosamente Payot, «poco basta cada día, si cada día
logramos ese poco».
Lo malo de ciertas distracciones, demasiado dominantes, no consiste tanto
en el tiempo que nos roban, cuanto en la flojera de la tensión creadora de
espíritu, y en la pérdida de esa especie de tonalidad que nuestras célula
nerviosas adquieren cuando las hemos adaptado a determinado asunto.
No pretendemos proscribir en absoluto las distracciones; pero las de
investigador serán siempre ligeras y tales que no estorben en nada las nueva
asociaciones ideales. El paseo al aire libre, la contemplación de las obra
artísticas o de las fotografías de escenas, de países y de monumentos, e
encanto de la música y, sobre todo, la compañía de una persona que, penetrada
de nuestra situación, evite cuidadosamente toda conversación grave y
reflexiva, constituyen los mejores esparcimientos del hombre de laboratorio
Bajo este aspecto, será bueno también seguir la regla de Buffon, cuyo
abandono en la conversación (que chocaba a muchos admiradores de la
nobleza y elevación de su estilo como escritor) lo justificaba diciendo: «Esto
son mis momentos de descanso.»
En resumen, toda obra grande es el fruto de la paciencia y de la
perseverancia, combinadas con una atención orientada tenazmente, durante
meses y aun años, hacia un objeto particular. Así lo han confesado sabio
ilustres al ser interrogados tocante al secreto de sus creaciones. Newton
declaraba que solo pensando siempre en la misma cosa había llegado a la
soberana ley de la atracción universal; de Darwin refiere uno de sus hijos que

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llegó a tal concentración en el estudio de los hechos biológicos relacionado
con el gran principio de la evolución, que se privó durante muchos años y de
modo sistemático de toda lectura y meditación extrañas al blanco de su
pensamientos; en fin, Buffon no vacilaba en decir que «el genio no es sino la
paciencia extremada». Suya es también esta respuesta a los que le preguntaban
cómo había conquistado la gloria: «Pasando cuarenta años de mi vida
inclinado sobre mi escritorio». En fin, nadie ignora que Mayer, el genia
descubridor del principio de la conservación y transformación de la energía
consagró a esta concepción toda su vida.
Siendo, pues, cierto de toda certidumbre que las empresas científica
exigen, más que vigor intelectual, disciplina severa de la voluntad y perenne
subordinación de todas las fuerzas mentales a un objeto de estudio, ¡cuán
grande es el daño causado inconscientemente por los biógrafos de sabio
ilustres al achacar las grandes conquistas científicas al genio antes que a
trabajo y la paciencia! ¡Qué más desea la flaca voluntad del estudioso o de
profesor que poder cohonestar su pereza con la modesta cuanto
desconsoladora confesión de mediocridad intelectual! De la funesta manía de
exaltar sin medida la minerva de los grandes investigadores sin parar miente
en el desaliento causado en el lector, no están exentos ni aun biógrafos de tan
buen sentido como L. Figuier. En cambio, muchas autobiografías, en las que e
sabio se presenta al lector de cuerpo entero, con sus debilidades y pasiones
con sus caídas y aciertos, constituyen excelente tónico moral. Tras esta
lecturas, henchido el ánimo de esperanza, no es raro que el lector exclame
Anche io sono pittore.

c) pasión por la gloria

La psicología del investigador se aparta un tanto de la del común de lo
intelectuales. Sin duda le alientan las aspiraciones y le mueven los mismo
resortes que a los demás hombres; pero en el sabio existen dos que obran con
desusado vigor: el culto a la verdad y la pasión por la gloria. El predominio de
estas dos pasiones explica la vida entera del investigador; y del contraste entre
el ideal que este se forma de la existencia y el que se forja el vulgo, resultan
esas luchas, desvíos e incomprensiones que en todo tiempo han marcado la
relaciones del sabio con el ambiente social.

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Se ha dicho muchas veces que el hombre de ciencia, como los grande
reformadores religiosos o sociales, ofrece los caracteres mentales de
inadaptado. Mora en un plano superior de humanidad, desinteresado de la
pequeñeces y miserias de la vida material.
Con todo eso, el sabio sincero y de vocación permanece profundamente
humano. En el amor a sus semejantes, excede a los mejores. Irradiando en e
tiempo y el espacio, esta pasión comprende a propios y extraños, y se dirige lo
mismo a la humanidad actual que a la futura. Gracias a esos singulare
talentos, cuya mirada penetra en las sombras del porvenir, y cuya exquisita
sensibilidad les fuerza a condolerse de los errores y estancamientos de la
rutina, es posible la evolución social y científica. Solo al genio le es dado
oponerse a la corriente y modificar el medio moral; y bajo este aspecto e
lícito afirmar que su misión no es la adaptación de sus ideas a las de la
sociedad, sino la adaptación de la sociedad a sus ideas. Y como tenga razón (y
la suele tener) y proceda con prudente energía y sin desmayos, tarde o
temprano la humanidad le sigue, le aplaude y le aureola de gloria. Confiado en
este halagador tributo de veneración y de justicia, trabaja todo investigador
porque sabe que, si los individuos son capaces de ingratitud, pocas veces lo
son las colectividades, como alcancen plena conciencia de la realidad y
utilidad de una idea.
Es vulgarísima verdad que, en grado variable, el afán de aprobación y
aplauso mueve a todos los hombres, y preferentemente a los dotados de gran
corazón y peregrino entendimiento. Empero cada cual busca la gloria po
distinto camino: uno marcha por el de las armas, tan celebrado por Cervante
en su Quijote, y aspira a acrecentar la grandeza política de su país; otros van
por el del arte, ansiando el fácil aplauso de las muchedumbres, que
comprenden mucho mejor la belleza que la verdad; y unos pocos solamente en
cada país, y singularmente en los más civilizados, siguen el de la investigación
científica, el solo derrotero que puede conducirnos a una explicación raciona
y positiva del hombre y de la naturaleza que le rodea. Tengo para mí que esta
aspiración es una de las más dignas y loables que el hombre puede perseguir
porque acaso más que ninguna otra se halla impregnada con el perfume de
amor y de la caridad universales.
Se ha expuesto muchas veces el contraste existente entre la figura moral de
sabio y la del héroe. Puesto que vivimos en un país que ha sacrificado
demasiado en el altar de sus héroes (guerreros, políticos o religiosos), y
desamparado cuando no perseguido a sus pensadores más originales, séame
permitido exagerar aquí el encomio en contrapuesto sentido.

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Ambos, el héroe y el sabio, constituyen los polos de la energía humana, y
son igualmente necesarios al progreso y bienestar de los pueblos; pero la
transcendencia de sus obras es harto diversa. Lucha el sabio en beneficio de la
humanidad entera, ya para aumentar y dignificar la vida, ya para ahorrar e
esfuerzo humano, ora para acallar el dolor, ora para retardar y dulcificar la
muerte. Por el contrario, el héroe sacrifica a su prestigio una parte más o
menos considerable de la humanidad; su estatua se alza siempre sobre un
pedestal de ruinas y cadáveres; su triunfo es exclusivamente celebrado por una
tribu, por un partido o por una nación, y deja tras sí, en el pueblo vencido
estela de odios y de sangrientas reivindicaciones. En cambio, la corona de
sabio otórgala la humanidad entera; su estatua tiene por pedestal el amor, y su
triunfos desafían a los ultrajes del tiempo y a los juicios de la historia: su
únicas víctimas (si pueden llamarse tales los redimidos de la ignorancia) son
los rezagados, los atávicos, los que medraron con la mentira o el error; todos
en fin, los que en una sociedad bien organizada debieran ser proscritos como
enemigos declarados de la felicidad de los buenos.
No faltan, afortunadamente, en nuestra patria altos ingenios que cifran su
dicha en conquistar el aplauso de la opinión; mas por desgracia, y salvada
contadas y honrosas excepciones, nuestros talentos prefieren ganar el lauro
siguiendo la senda del arte o de la literatura. Empeño en que fracasan o se
esterilizan la inmensa mayoría de ellos; pues exceptuando unos cuantos genio
artísticos y literarios muy elevados, cuya obra es apreciada y aplaudida en e
extranjero, ¡cuán pocos de nuestros pintores y poetas serán consagrados por la
posteridad! ¡Cuántos que luchan en vano por crearse una reputación mundia
como literatos u oradores podrían alcanzarla, sin tantos esfuerzos quizá, como
investigadores de ciencia! ¡Qué difícil la originalidad en un terreno en que cas
todo está apurado por los antiguos, los cuales, dotados de maravillosa intuición
para la belleza literaria y la forma plástica, apenas dejaron nada que espigar en
el campo del arte!
Después de leer las oraciones de Demóstenes y de Cicerón, los diálogos de
Platón, las vidas paralelas de Plutarco y las arengas de Tito Livio, se adquiere
la convicción de que ningún orador moderno ha podido inventar un resorte
absolutamente nuevo para persuadir al entendimiento o mover al corazón
humano. El papel del orador actual es aplicar a casos determinados, y más o
menos nuevos, los innumerables tópicos de forma y argumentación
imaginados por los autores clásicos.
¿Y qué diremos de los que buscan en la poesía o en la prosa artística e
prestigio de la originalidad? Después de Homero y de Virgilio, de Horacio y

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de Séneca, de Shakespeare y Milton, de Cervantes y Ariosto, de Goethe y de
Heine, de Lamartine y Víctor Hugo, de Chateaubriand y Rousseau, etc., ¿quién
es el osado que pretende inventar una figura poética, un matiz de expresión
sentimental, un primor de estilo que hayan desconocido aquello
incomparables ingenios?
No pretendemos, empero, negar en absoluto la posibilidad de creacione
artísticas, comparables y acaso superiores a las legadas por los clásicos. Lo
grandiosos monumentos elevados por los polígrafos del renacimiento, y la
sublimes creaciones de la escuela romántica durante el pasado siglo, están ah
para atestiguar que la vena de la originalidad literaria dista todavía de esta
exhausta. Afirmamos solamente que las composiciones literarias de
sobresaliente mérito son dificilísimas y cuestan más desvelos y trabajo que la
producciones científicas originales. Y la razón es obvia: el arte, atenido a
concepto vulgar del Universo y nutriéndose en el limitado terreno de
sentimiento, ha tenido tiempo de agotar casi todo el contenido emocional de
alma humana, las bellezas del mundo exterior y las ingeniosas combinacione
de la imaginación verbal; mientras que la Ciencia, apenas desflorada por lo
antiguos y totalmente ajena a los vaivenes de la moda como a las voluble
normas del gusto, acumula por cada día nuevos materiales y nos brinda labo
inacabable. Ante el científico está el Universo entero, apenas explorado: e
cielo salpicado de soles que se agitan en las tinieblas de un espacio infinito; e
mar con sus misteriosos abismos; la tierra guardando en sus entrañas el pasado
de la vida y la historia de los precursores del hombre, y, en fin, el organismo
humano, obra maestra de la creación, ofreciéndonos en cada célula una
incógnita, y en cada latido un tema de profunda meditación.
Llevado de mi entusiasmo, acaso caiga en la hipérbole; pero estoy
persuadido de que la verdadera originalidad se halla en la Ciencia, y que e
afortunado descubridor de un hecho importante es el único que puede
lisonjearse de haber hollado un terreno completamente virgen, y de habe
forjado un pensamiento que no pasó jamás por la mente humana. Añadamo
que su conquista ideal no está sujeta a las fluctuaciones de la opinión, a
silencio de la envidia, ni a los caprichos de la moda, que hoy repudia po
detestable lo que ayer ensalzó por sublime. Al afortunado escrutador de la
naturaleza es, sobre todo, aplicable el pensamiento de James, para quien e
ideal del hombre consiste en llegar a ser un colaborador de Dios.
Ciertamente la gloria del científico no es tan popular ni ruidosa como la de
artista o del dramaturgo. Vive el pueblo en el plano del sentimiento, y pedirle
calor y apoyo para los héroes de la razón fuera vana exigencia. Pero el sabio

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tiene también su público. Está formado por la aristocracia del talento y habita
en todos los países, habla todas las lenguas, y se dilata hasta las más lejana
generaciones del porvenir. Claro que los admiradores del hombre de ciencia no
palmotean ni se descomponen con transportes de pasión; pero estudian con
amor, juzgan con mesura y acaban por hacer, pese a los ataques pasajeros de la
envidia, plena e irrevocable justicia. En punto a reputación, la ventura suprema
fuera merecer la aprobación de esos raros espíritus superiores que la
humanidad produce de vez en cuando. Por lo cual compréndese bien la noble
altivez con que el matemático y filósofo Fontenelle decía a cierto personaje
después de presentarle su tratado de la Géométrie de l’infini: «He aquí una
obra que solo podrán leer en Francia cuatro o seis personas». Sentidas y noble
son también aquellas conocidas expresiones con que Keplero, radiante de
júbilo y palpitante de emoción por el descubrimiento de la última de su
memorables leyes, terminaba su obra Harmonices mundi, diciendo: «Echada
está la suerte: y con esto pongo fin a mi libro, importándome poco que sea
leído por la edad presente o por la posteridad. No le faltará lector algún día
Pues qué, ¿no ha tenido Dios que esperar seis mil años para hallar en mí un
contemplador e intérprete de sus obras?»

d) patriotismo

Entre los sentimientos que deben animar al hombre de ciencia, merece
particular mención el patriotismo. Este sentimiento tiene en el sabio signo
exclusivamente positivo: ansía elevar el prestigio de su patria, pero sin
denigrar a las demás.
Se ha dicho que la Ciencia no tiene patria, y esto es exacto; mas, como
contestaba Pasteur en ocasión solemne, «los sabios sí que la tienen». E
conquistador de la Naturaleza no solamente pertenece a la humanidad, sino a
una raza que se envanece con sus talentos, a una nación que se honra con su
triunfos y a una región que le considera como el fruto selecto de su terruño.
Representando la Ciencia y la Filosofía las categorías más elevadas de la
actividad mental y los dinamómetros de la energía espiritual de los hombres
compréndese bien el noble orgullo con que las naciones civilizadas ostentan
sus filósofos, sus matemáticos, sus físicos y naturalistas, sus inventores, todo
cuantos, en fin, supieron enaltecer el nombre sagrado de la patria.

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Fuerza es confesar que los españoles tenemos mayor necesidad de cultiva
dicha pasión, a causa del desdén con que, por motivos que no hacen ahora a
caso, hemos mirado durante muchos siglos cuanto se refiere a la investigación
científica y a sus fecundas aplicaciones a la vida. Obligación inexcusable de
cuantos conservamos todavía sensible la fibra del patriotismo, más de una vez
lastimada por los dardos de la malquerencia extranjera, es volver por e
prestigio de la raza, probando a los extraños que quienes siglos atrás supieron
inmortalizar sus nombres, rivalizando con las naciones próceres tanto en la
hazañas de la guerra y en los peligros de exploraciones y descubrimiento
geográficos, como en las pacíficas empresas del Arte, de la Literatura y de la
Historia, sabrán también contender con igual tesón y energía en la
investigación de la Naturaleza, colaborando, al compás de los pueblos má
ilustrados, en la obra magna de la civilización y del progreso.
Algunos pensadores, Tolstoi entre otros, inspirados en un sentimiento
humanitario tan reñido con la realidad como inoportuno en estos tiempos de
crueles competencias internacionales, declaran que el patriotismo e
sentimiento egoísta, inspirador de guerras incesantes, y destinado a
desaparecer, para ceder su lugar al más noble y altruísta de la fraternidad
universal.
Fuerza es reconocer que la pasión patriótica, exagerada hasta e
chauvinismo, crea y sostiene entre las naciones rivalidades y odios harto
peligrosos; pero reducida a prudentes límites y atemperada por la justicia y e
respeto debidos a la ciencia y virtud del extranjero, promueve una emulación
internacional de bonísima ley, en la cual gana también la causa del progreso, y
en definitiva hasta la de la humanidad. Bajo este aspecto, son eficacísimos lo
Congresos científicos internacionales. Porque muchos sabios que en un
principio se miraban recelosamente, ya por rivalidad internacional, ya en
virtud de la noble y loable envidia aprobada por Cervantes, al ponerse en
contacto, acaban por conocerse y estimarse cordialmente; y las corrientes de
simpatía y de justicia nacidas en las alturas no tardan en filtrarse hasta lo
íntimo de la masa social, suavizando progresivamente las relaciones política
entre los pueblos rivales[10].
De todos modos, cualesquiera que sean los progresos del cosmopolitismo
el sentimiento de patria conservará siempre su poder dinamógeno y continuará
siendo el gran excitador de las competencias científicas e industriales. Emerge
de raíz psicológica harto profunda para que los embates del socialismo
internacional y las lucubraciones del humanismo filosófico puedan extinguirlo
Pasiones de este género no se discuten, se aprovechan, porque constituyen

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inapreciables depósitos de energía viril y de sublimes heroísmos. Misión de lo
Gobiernos e Instituciones docentes es canalizar, domar esta admirable fuerza
aplicándola a provechosas y redentoras empresas, y desviándola de la
algaradas y alborotos del separatismo fratricida.
Muy atinadamente nota P. J. Thomas, en su Educación de los sentimientos
«que la idea de patria, como la idea de familia, es necesaria, como lo son
igualmente los sentimientos en ellas implicados. Obran como estimulantes de
progreso y garantizan nuestra propia dignidad. Se lucha por la gloria de la
patria, como se lucha por el honor de su nombre... La nación, se ha dicho, e
un elemento indestructible de la armonía de los mundos, con igual título que la
provincia, la familia y el individuo... El género humano debe permanece
diversificado para mantenerse fuerte y desenvolver una actividad sin cesa
renaciente».
Aun en la improbable hipótesis de los Estados Unidos de Europa, o de
Mundo, el hombre amará siempre con predilección el medio material y mora
próximo, es decir, su campanario, su región y su raza, y consagrará solamente
un tibio afecto, rayano en la indiferencia, al medio lejano. Con razón se ha
dicho varias veces que la adhesión y el cariño del hombre a las cosas de
mundo es inversamente proporcional a la distancia de estas en el espacio y en
el tiempo. Y decimos tiempo, porque la patria no es solamente el hogar y e
terruño, es también el pasado y el porvenir, es decir, nuestros antepasado
remotos y nuestros descendientes lejanos.
Con razón ha dicho Bayle: «No son las opiniones generales del espíritu la
que nos determinan a obrar, sino las pasiones presentes en el corazón». Y entre
ellas ninguna tiene en sus anales hazañas más gloriosas que el amor de la
patria. Poco importa saber si tales sentimientos son justos o injustos, s
reproducen o no la fase primitiva y bárbara de la humanidad. Son tónico
morales que deben juzgarse solamente por sus efectos, pragmáticamente
como ahora se dice.

e) gusto por la originalidad científica

Excelentes son los estímulos del patriotismo y el noble afán de celebridad
para mover a la ejecución de grandes empresas. Con todo eso, nuestro
principiante correría el riesgo de fracasar si no posee además afición decidida

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hacia la originalidad, gusto por la investigación y el deseo de sentir la
fruiciones incomparables que lleva consigo el acto mismo de descubrir.
El elogio de la acción en función de escrutar misterios o de inquirir hecho
nuevos, se ha hecho muchas veces. Acerca de esto, Eucken, entre otros, ha
escrito páginas admirables. Agudamente hace notar «que la acción no
personaliza, llevando al sumo la individuación; apórtanos la grata ilusión de
ser reyes creadores y nos proporciona, con la conciencia de una libertad sin
trabas, el goce de un poder ilimitado».
Aparte la hipertrofia del sentimiento de la propia estima y la aprobación de
nuestra conciencia, la conquista de la nueva verdad constituye, sin disputa, la
ventura más grande a que puede aspirar el hombre. Los halagos de la vanidad
las efusiones del instinto, las caricias de la fortuna, palidecen ante el soberano
placer de sentir cómo brotan y crecen las alas del espíritu y cómo, al compá
del esfuerzo, superamos la dificultad y dominamos y rendimos a la esquiva
naturaleza.
Fortalecido con este sentimiento hedonista, el hombre de ciencia desafía
hasta la injusticia. En su ánimo no harán mella el silencio deliberado de su
émulos —que muchas veces, como dice Goethe, afectan ignorar lo que desean
permanezca ignorado— ni la incomprensión del medio moral, ni el olvido de
las instituciones oficiales. Las consideraciones que el mundo rinde al poder, a
la nobleza o al dinero, no son primordial objeto de sus aspiraciones, porque
siente en sí mismo una nobleza superior a todas las caprichosamente otorgada
por la ciega fortuna o por el buen humor de los príncipes. Esta nobleza, de la
que se envanece con tanto mayor motivo cuanto que es su propia obra
consiste en ser ministro del progreso, sacerdote de la verdad y confidente de
Creador. Él acierta exclusivamente a comprender algo de ese lenguaje
misterioso que Dios ha escrito en la Naturaleza; y a él solamente le ha sido
dado desentrañar la maravillosa obra de la Creación para rendir a lo Absoluto
el culto más grato y acepto, el de estudiar sus portentosas obras, para en ellas y
por ellas conocerle, admirarle y reverenciarle. Aun descendiendo a las miseria
del egoísmo humano, todos podemos comprobar que solo nos estiman y
respetan quienes nos leen y tratan de comprendernos.
Según decíamos antes, la emoción placentera asociada al acto de descubri
es tan grande, que se comprende perfectamente aquella sublime locura de
Arquímedes, de quien cuentan los historiadores que, fuera de sí por la
resolución de un problema profundamente meditado, salió casi desnudo de su
casa lanzando el famoso Eureka: «¡Lo he encontrado!»

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¡Quién no recuerda la alegría y la emoción de Newton al ver confirmada
por el cálculo, y en presencia de los nuevos datos aportados por Picard con la
medición de un meridiano terrestre, su intuición genial de la atracción
universal! Todo investigador, por modesto que sea, habrá sentido alguna vez
algo de aquella sobrehumana satisfacción que debió experimentar Colón al oí
el grito de ¡Tierra! ¡Tierra! lanzado por Rodrigo de Triana.
Este placer inefable, al lado del cual todos los demás deleites de la vida se
reducen a pálidas sensaciones, indemniza sobradamente al investigador de la
penosa y perseverante labor analítica, precursora, como el dolor al parto, de la
aparición de la nueva verdad. Tan exacto es que para el sabio no hay nada
comparable al hecho descubierto por él, que no se hallará acaso un
investigador capaz de cambiar la paternidad de una conquista científica po
todo el oro de la tierra. Y si existe alguno que busca en la Ciencia, en vez de
aplauso de los doctos y de la íntima satisfacción asociada a la función misma
del descubrir, un medio de granjear oro, este tal ha errado la vocación: a
ejercicio de la industria o del comercio debió por junto dedicarse[11].
Es que, por encima de todos los estímulos de la variedad y del interés, está
el goce supremo de la inteligencia al contemplar las inefables armonías de
mundo y tomar posesión de la verdad, hermosa y virginal cual flor que abre su
cáliz a las caricias del sol matinal. Como dice Poincaré en su hermoso libro La
science et la méthode: «La belleza intelectual se basta a sí misma, y solo po
ella, más bien que por el futuro bien de la humanidad, el sabio se condena a
largos y penosos trabajos».

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CAPÍTULO IV
Lo que debe saber el aficionado a la investigación biológica.

a) cultura general

Ocioso sería insistir en la necesidad que tiene nuestro aficionado de
conocer a fondo la ciencia objeto de sus futuras exploraciones, no solo por la
descripciones de libros y monografías, sino por el estudio de la misma
naturaleza. Pero no es menos urgente saber, siquiera de modo general, toda
aquellas ramas científicas que directa o indirectamente se enlazan con la
preferida, y en las cuales se hallan, ora los principios directores, ora lo
medios de acción. Por ejemplo: el biólogo no se limitará a conocer la
Anatomía y Fisiología, sino que abarcará también lo fundamental de la
Psicología, la Física y la Química.
La razón de esta cultura accesoria es obvia: casi siempre el descubrimiento
de un hecho, o la significación de un fenómeno biológico, vienen a representa
mera consecuencia de la aplicación de principios pertenecientes a la Física o la
Química. Descubrir, como ha dicho Laplace, es aproximar dos ideas que se
hallaban separadas. E importa observar que las más de las veces esta
aproximación fecunda tiene lugar entre un hecho perteneciente a una ciencia
compleja (Biología, Sociología, Química, etc.), y un principio entresacado de
una ciencia simple. En otros términos: las ciencias generales o abstractas
según las clasificaciones de Comte y de Bain, explican a menudo lo
fenómenos de las ciencias complicadas y concretas. Por donde se cae en la
cuenta de que una seriación jerárquica bien entendida de los conocimiento
humanos representa un verdadero árbol genealógico. La Lógica y la
Matemáticas asisten y esclarecen la Física y a la Química, y estas a su vez
explican, y en parte generan, la Biología, la Sociología y sus diferente
ramificaciones.

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Descubrir consiste, a menudo, en hacer entrar el hecho en una ley; en
encerrarlo en un marco ideológico más amplio, en clasificarlo en fin; por eso
ha podido afirmarse que descubrir es dar nombre correcto a una cosa ilegítima
o provisoriamente bautizada. De donde se sigue que, cuando la ciencia llegue
a la suma perfección, cada fenómeno recibirá el nombre que le corresponda
establecidas al fin sus profundas relaciones con las verdades generales. Bajo
este aspecto resulta muy expresiva la conocida frase de Mach: «una palabra
bien elegida puede economizar cantidad enorme de pensamiento». Porque
nombrar es clasificar, es establecer filiaciones ideales, relaciones de analogía
entre fenómenos poco conocidos y una noción o principio general, donde se
hallan latentes, como el árbol en su germen.
Los estudios filosóficos constituyen, sobre todo, buena preparación y
excelente gimnasia para el hombre de laboratorio. No deja, ciertamente, de
llamar la atención el que muchos ilustres investigadores hayan llegado a la
ciencia desde el campo de la filosofía. Ocioso es advertir que el investigado
se preocupará menos de la doctrina o del credo filosófico —credo que varía
desgraciadamente cada quince o veinte años— que de los criterios de verdad y
del aparato crítico, con cuyo ejercicio adquirirá flexibilidad y sagacidad y
aprenderá a desconfiar de la aparente certidumbre de los más subyugadore
sistemas científicos, enfrenando convenientemente el vuelo de la propia
imaginación. Su divisa será siempre la frase de Cicerón: Dubitando ad
veritatem pervenimus.
Por lo que hace a la anatomía microscópica de los animales y plantas, la
mayoría de los hechos que forman la materia de esta ciencia son resultados de
conflictos entre las propiedades químicas de ciertos reactivos y la constitución
estructural de las células y tejidos. En bacteriología, en neurología, etc., cas
todo cuanto sabemos lo debemos a la feliz aplicación de materias colorante
creadas por la Química moderna. Lo mismo ocurre en biología general
Recuérdense los interesantes estudios de Loeb sobre la partenogénesi
artificial y los de Harrison, Carrel, Lambert y otros acerca de los cultivo
artificiales de las células de los tejidos animales. Tan sorprendente
experimentos son pura consecuencia de las variaciones químicas o física
provocadas en el ambiente celular.
Esta íntima solidaridad de las ciencias ha sido sentida por muchos, y
singularmente por Letamendi, quien al hablar de las especialidades científicas
las definía: «la aplicación de toda la Ciencia a una rama particular del saber».
Para un entendimiento superior que conociera todas las razones misteriosa
que enlazan los fenómenos del Universo, en vez de ciencias, habría una sola

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Ciencia. Ante un ser semejante, las fronteras que parecen separar nuestro
conocimientos, el andamiaje formal de nuestras clasificaciones, e
desmenuzamiento artificial de las cosas tan grato a nuestro intelecto, que solo
puede considerar la realidad sucesivamente y como por facetas, desaparecería
por completo. A sus ojos la Ciencia total parecería a modo de árbol gigantesco
cuyas ramas estuvieran representadas por las ciencias particulares, y el tronco
por el principio o principios sobre que se fundan. El especialista trabaja como
una larva, asentado sobre una hoja y forjándose la ilusión de que su pequeño
mundo se mece aislado en el espacio; el científico general, dotado de sentido
filosófico, entrevé el tallo común a muchas ramas. Pero solo el genio del sabe
a que antes aludíamos, gozaría de la dicha y del poder de contemplar el árbo
entero, esto es, la Ciencia, múltiple e infinita en sus formas, una en su
principios.

b) necesidad de especializarse

Conviene, empero, no exagerar la regla precedente, cayendo en el escollo
de la enciclopedia, adonde van a parar todos los entendimientos dispersivos
inquietos, indisciplinados, e incapaces de fijar mucho tiempo la atención en
una sola idea. Las aficiones rotatorias, como las llamaba un médico-escrito
originalísimo, pueden formar grandes literatos, conversadores deliciosos
oradores insignes, rara vez descubridores científicos.
El proverbio tan conocido «el saber no ocupa lugar» es error de a folio
que, afortunadamente, no tiene graves consecuencias prácticas, pues aun lo
que creen en él están obligados a confesar que el aprender muchas cosas
cuando no espacio, ocupa tiempo. Solo un juicio demasiado lisonjero acerca
de nuestros talentos puede explicar la manía enciclopédica; pues pretensión
quimérica constituye el intento de dominar varias ciencias, cuando vemos a
hombres de verdadero genio e infatigable laboriosidad resignarse, a fin de
poder cosechar algunas verdades, al conocimiento profundo de una rama de
saber, y, a menudo, al de un tema concreto de una ciencia determinada.
No nos hagamos, pues, ilusiones: si la vida de un hombre basta para sabe
algo de todas las disciplinas humanas, apenas es suficiente para dominar hasta
el detalle una o dos de ellas.
Los enciclopedistas modernos, como Herbert Spencer, Mach, Wund, etc.
son en realidad especialistas de la filosofía de las ciencias y de las artes

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conforme lo fueron en su tiempo Leibnitz y Descartes, bien que estos sabios
por la natural limitación de los conocimientos de su época, pudieron abarca
un dominio bastante más extenso, y realizar descubrimientos en dos o tre
ciencias.
Pasaron ya, quizás para no volver más, los investigadores polilaterales: a la
hora presente hay que reconocer que en Física como en Matemáticas, en
Química como en Biología, los descubrimientos corren a cargo de sabio
especialistas; pero, entiéndase bien, no de particularistas monolaterizados
incrustados en un detalle, sino de trabajadores que, sin perder de vista su
dominio especial, siguen atentamente los progresos más culminantes de la
ciencias afines. Semejante división del trabajo, además de buena táctica
constituye ineluctable necesidad. A ella nos obligan el tiempo extraordinario
exigido por el ensayo y dominio de los métodos diariamente descubiertos, e
creciente caudal de la producción bibliográfica, y el considerable número de
sabios que simultáneamente trabajan sobre cada tema de estudio.
Para terminar con la vulgar filosofía condensada en la reputada máxima
quien mucho abarca poco aprieta, en contraposición del no menos acreditado
refrán el saber no ocupa lugar, séanos lícito hacer una comparación vulgar. E
entendimiento inquisitivo es como un arma de combate. Si en ella se labra un
solo filo, tendremos una espada tajante. Si dos, el arma podrá cortar todavía
aunque menos eficientemente; pero si le sacamos tres o cuatro, la acuidad de
los filos irá disminuyendo hasta convertirse en inofensivo cuadradillo. Una
bayoneta podría, en rigor, cortar todavía, mas para ello fuera precisa
formidable energía motriz; mientras que una daga bien afilada resulta temible
aun en las manos de un niño.
Como el acero informe, nuestro intelecto representa una espada en
potencia. Merced a la forja y lima del estudio, transfórmase en el templado y
agudo escalpelo de la Ciencia. Labremos el filo por solo un lado, o por dos a
lo más, si queremos conservar su eficacia analítica y herir a fondo el corazón
de las cuestiones; y dejemos a los bobalicones del enciclopedismo que
transformen su entendimiento en inofensivo cuadradillo.

c) lectura especial o técnica

Inútil es advertir que en la biblioteca del investigador deben figurar cuanto
libros y Revistas importantes, concernientes a la especialidad, vean la luz en

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las naciones más adelantadas. Las Revistas alemanas serán consultadas a cada
momento, pues por lo que toca a la Biología, es forzoso reconocer que
Alemania sola produce más hechos nuevos que todas las naciones juntas[12].
Quien desea los fines quiere los medios; y pues, en la época actual, e
conocimiento de la lengua germánica es imprescindible para ponerse a
corriente de la última hora científica, estudiemos aquella seriamente, siquiera
para llegar a la traducción, desembarazándonos de ese supersticioso terror que
a los españoles nos inspiran los enrevesados términos y giros de los idioma
del Norte. Tan preciso es el conocimiento del alemán, que no se hallará quizá
un solo investigador italiano, inglés, francés, ruso o sueco, que no sea capaz de
leer corrientemente las monografías tudescas. Y como los trabajos de lo
alemanes ven la luz en un país que puede actualmente considerarse como e
foco de la producción científica, tales escritos tienen para nosotros la
inestimable ventaja de contener extensas y puntuales noticias históricas y
bibliográficas[13]. Después del alemán siguen en orden de importancia el inglé
y el francés. Y nada diremos del italiano, porque no hay españo
medianamente culto que no sea capaz de traducirlo, aun sin la ayuda de
diccionario. Ni es lícito ignorar que en algunas disciplinas científicas Italia
marcha a la cabeza del progreso.
A la hora presente se publican trabajos científicos en más de seis idiomas
Al intento plausible de restaurar el latín, o de utilizar el esperanto como
lengua científica universal, han respondido los sabios multiplicando todavía e
número de idiomas en que aparecen redactados los trabajos científicos. Preciso
es reconocer que prácticamente el volapück o el esperanto representan una
lengua más[14] que aprender. Tal resultado era de prever; porque no consienten
otra cosa ni las tendencias esencialmente popularizadoras y democráticas de
saber moderno, ni las miras económicas de autores y editores, cuyos interese
morales y materiales les impulsan a difundir en el gran público aquella
conquistas científicas que antaño fueron patrimonio exclusivo de la
Academias o de ciertas sumidades de la cátedra.
No se crea, empero, que el investigador debe hablar y escribir todas la
lenguas de Europa: al español le bastará traducir las cuatro siguientes, que se
ha convenido en llamar lenguas sabias, y en las cuales aparecen publicado
casi todos los trabajos científicos: el francés, el inglés, el italiano y el alemán
Naturalmente, entre las lenguas sabias no figura el español; no queda, po
tanto, a nuestros maestros más recurso, si desean que sus pesquisas sean
conocidas y apreciadas por los especialistas, que escribir y hablar en uno de
aquellos cuatro idiomas europeos[15].

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d) cómo se deben estudiar las monografías

Al leer las monografías de la especialidad que se desee cultivar, debemo
fijarnos sobre todo en dos cosas: en los métodos de investigación de que e
autor se ha servido en sus pesquisas, y en los problemas que han quedado
pendientes de solución. En cuanto al libro de popularización, nos merecerá
menos atención y confianza, a menos que no sea alguna voluminosa
exposición de conjunto, o contenga algunos conceptos generales de fecunda
aplicación en el laboratorio. En general, puede afirmarse que el libro refleja ya
una fase histórica de la Ciencia. Por efecto del mucho tiempo que exige su
redacción, y de la preocupación dominante en el autor de simplificar la materia
para ser entendido del gran público, faltan o se hallan muy ligeramente
esbozados los temas de actualidad, los detalles de los métodos y las lagunas de
la investigación.
Someteremos a estudio detenido las monografías debidas a los autores má
geniales y que mayor impulso hayan dado a la cuestión: el talento origina
posee, entre otras cualidades, una gran virtud sugestiva. Es propiedad de todo
buen libro que el lector recoja en él, no solo las ideas expuesta
deliberadamente por el autor, sino otras totalmente nuevas, y hasta diferente
para cada hombre, y que brotan del conflicto entre nuestro fondo de
representaciones y los conceptos del texto. Por donde se ve que la monografía
genial, con ser buena fuente de información científica, resulta además eficaz
reactivo de nuestras propias energías cerebrales.
Las cabezas humanas, como las palmeras del desierto, se fecundan a
distancia. Mas, para que semejante conjugación entre dos espíritus se realice y
dé fruto de bendición, es menester interesarse profundamente en la lectura de
libro genial, penetrarse de su hondo sentido y, en fin, simpatizar con el autor
En la Ciencia, como en la vida, el fruto viene siempre después del amor. Po
no consultar las memorias originales y fiarse de obras de conjunto, ¡cuánto
principiantes caen en el error de considerar ciertos ajenos y antiguo
descubrimientos como fruto de propia labor!
Nuestro novel hombre de ciencia debe huir de resúmenes y manuales como
de peste. Buenos para la enseñanza, los manuales son pésimos para guiar a
investigador. Quien resume, se resume a sí mismo; quiero decir que a menudo
expone sus juicios y doctrinas en lugar de las del autor. De este toma lo que le
agrada o lo que entiende y digiere sin esfuerzo: da lo principal por accesorio, y
viceversa. A título de aclarar y popularizar la obra ajena, el abreviador acaba

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por sustituir su personalidad a la del autor, cuya fisonomía intelectual, tan
interesante y educadora para el lector, permanece en la sombra.
De lo dicho se infiere la inexcusable obligación en que se halla e
investigador, si desea evitar desagradables sorpresas, de leer a los autores en
sus obras originales; a menos que los resúmenes no dimanen de los autore
mismos, que entonces, por compensación de la concisión, acaso hallemo
concepciones originales e ideas directrices de gran provecho para la labo
analítica.
Aquí surge una cuestión: Antes de empezar una investigación de
laboratorio, ¿debe o no apurarse la bibliografía? Penetrados y como saturado
de cuanto sobre el tema ha sido escrito, ¿no corremos el riesgo de se
sugestionados y de perder el don inapreciable de la independencia de juicio?
La misma impresión de agotamiento del asunto, producida por la puntua
información a que nos hemos entregado, ¿no será fatal a nuestras aspiracione
de hallar algo completamente original?
Cuestión es esta que cada cual resuelve a su manera; aunque, a mi ver, s
para decidirla se acudiera a plebiscito de sabios, la solución sería no inicia
indagación ninguna sin tener a la vista todos los antecedentes bibliográficos
Procediendo de esta suerte, se evita el doloroso desencanto producido al sabe
que hemos malgastado el tiempo redescubriendo cosas conocidas y
descuidando, por consiguiente, el estudio profundo de las verdaderas laguna
del tema.
La conducta más prudente, a mi ver, es apurar, desde luego, la
investigación bibliológica especial antes de lanzarse a la tarea analítica. Pero
cuando, por dificultades insuperables, sea ello irrealizable (según ocurre
desgraciadamente en España, donde las Universidades carecen de libro
modernos extranjeros y las Academias no tienen recursos para suscribirse a la
Revistas científicas más importantes), no debemos, por monografía de más o
de menos, dejar de acudir al laboratorio; pues si, enterados de los mejore
métodos en boga, trabajamos con ahinco y perseverancia, siempre hallaremo
algo escapado a la sagacidad de los últimos observadores, por lo mismo que
no habiendo sido influidos por ellos, habremos caminado por rutas diferentes
y considerado el tema desde diverso punto de vista. En último caso, vale mi
veces más arriesgarse a repetir descubrimientos, que renunciar a toda tentativa
de indagación experimental; porque el principiante que en sus primero
ensayos de observador sabe hallar cosas poco tiempo antes publicadas, lejo
de desalentarse por ello, fortifica su confianza en el propio valer, cobra ánimo

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para futuras empresas, y acaba por fabricar ciencia original, en cuanto su
medios pecuniarios correspondan a sus buenos deseos.

e) necesidad absoluta de buscar la inspiración en la
naturaleza

Mucho aprenderemos en los libros, pero más aprenderemos en la
contemplación de la Naturaleza, causa y ocasión de todos los libros. Tiene e
examen directo de los fenómenos no sé qué fermento perturbador de nuestra
inercia mental, cierta virtud excitadora y vivificante, del todo ausente o apena
actuante aun en las copias y descripciones más fieles de la realidad.
Todos habremos podido notar que, al intentar la comprobación de un hecho
descrito por los autores, este se presenta siempre con faz distinta de la
presumida, y sugiere ideas y planes de acción no suscitados por la mera
lectura. Ello depende, a nuestro juicio, de la incapacidad de la palabra humana
para la pintura fiel de la realidad exterior. En cuanto causa de conocimiento
esta representa un haz de sensaciones variadísimas y complejas, de las cuale
la expresión simbólica, que procede siempre por abstracción y simplificación
refleja solo una mínima parte.
Toda descripción, por objetiva e ingenua que parezca, constituye
interpretación personal, punto de vista propio del autor. Sabido es que e
hombre mezcla a todo su personalidad, y cuando cree fotografiar el mundo
exterior, a menudo se contempla y se retrata a sí mismo.
Por otra parte, la observación suministra, a más de los datos empíricos con
los cuales hemos de formar el juicio, ciertos factores sentimentales
insustituibles: la sorpresa, el entusiasmo, la emoción agradable, que son
fuerzas propulsoras de la imaginación constructiva. La emoción enciende la
máquina cerebral, que adquiere por ella el calor necesario para la forja de
intuiciones afortunadas y de hipótesis plausibles.
En comprobación de los efectos sugestivos que la Naturaleza, obrando
directamente, causa en el observador, séame lícito referir la impresión sentida
al contemplar por primera vez el fenómeno de la circulación de la sangre.
Estudiaba yo tercer año de Medicina y había en diversos libros aprendido
los pormenores del fenómeno mencionado, pero sin que estas lectura
encadenaran mi atención ni produjeran corrientes intensas de pensamiento
Mas cuando uno de mis amigos, el señor Borao, ayudante de Fisiología, tuvo

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la gentileza de mostrarme la circulación en el mesenterio de la rana. En
presencia del sublime espectáculo, sentí como una revelación. Entusiasmado y
conmovido al ver girar los glóbulos rojos y blancos como los cantos rodados a
ímpetu del torrente; al notar cómo, por virtud de su elasticidad, los hematíes se
estiraban y pasaban trabajosamente por los más finos capilares, recobrando
salvado el obstáculo, súbitamente su forma, a la manera de un resorte; a
advertir que, al menor impedimento en la corriente, se entreabrían las juntura
del endotelio y sobrevenía la hemorragia y el edema; al reparar, en fin, cómo
el latido cardíaco, atenuado por la excesiva acción del curare, sacudía
flojamente los hematíes atascados..., pareciome como que se descorría un velo
en mi espíritu, y se alejaban y perdían las creencias en no sé qué misteriosa
fuerzas a que por entonces se atribuían los fenómenos de la vida. En m
entusiasmo prorrumpí en las siguientes frases, ignorando que muchos
singularmente Descartes, las habían expresado siglos antes: «La vida semeja
puro mecanismo. Los cuerpos vivos son máquinas hidráulicas tan perfectas
que son capaces de reparar los desarreglos causados por el ímpetu del torrente
que las mueve, y de producir, en virtud de la generación, otras máquina
hidráulicas semejantes». Tengo por seguro que esta viva impresión causada
por la contemplación directa del mecanismo íntimo de la vida, fue uno de lo
decisivos estímulos de mi afición a los estudios biológicos[16].

f) dominio de los métodos

Escogido el tema de estudio, e informado menudamente, a ser posible, de
estado actual del punto a esclarecer, el investigador pasará a aplicar cuanto
métodos analíticos hayan sido propuestos, al objeto de confirmar los hecho
descritos y reproducidos en las más recientes monografías. Durante esta
tentativa de comprobación, se le revelarán a menudo los puntos dudosos, la
hipótesis insostenibles, las lagunas de la observación, y entreverá más de una
vez el camino por el cual le será dado impulsar el conocimiento del tema.
La maestría de los métodos, particularmente en las ciencias biológicas, e
tan trascendental, que, sin temor de equivocación, se puede afirmar que lo
grandes descubrimientos corren a cargo de los técnicos más primorosos: de
aquellos sabios que han profundizado, a favor de perseverantes ensayos, todo
los secretos de uno o varios recursos analíticos.

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En apoyo de este aserto bastará recordar que, a despecho de los centenare
de histólogos, embriólogos y anatómicos que se conocen en Europa y
América, las más salientes conquistas científicas se deben a una docena de
hombres que se han señalado, ora por la invención, ora por e
perfeccionamiento, ya por el absoluto dominio de algunos métodos de
indagación.
Entre los procedimientos de estudio se escogerán de preferencia los má
recientes, y sobre todo los más difíciles, por ser los menos agotados. Importa
poco el tiempo gastado en ensayos infructuosos, pues si el método ofrece
sumo poder diferenciador, los resultados obtenidos tendrán gran importancia y
nos indemnizarán con creces de nuestros afanes. Con ello tendremos, además
la inestimable ventaja de caminar casi solitarios o de hallar en nuestra ruta
pocos émulos y concurrentes.

g) en busca del hecho nuevo

He aquí la cuestión ardua, la preocupación soberana del principiante, que
sabe, por la historia de la investigación científica, que alcanzado el prime
descubrimiento, se siguen otros derivados de él como las consecuencias de la
premisas.
La nueva verdad hallada es, a menudo, el fruto de paciente y tenaz
observación, la consecuencia de haber aplicado al tema más tiempo, má
constancia y mejores métodos que nuestros predecesores. Como hemos dicho
más atrás, la consideración escrupulosa y repetida de los mismos hechos acaba
por dotarnos de una sensibilidad analítica refinada y como sobrexcitada en
cuanto atañe al tema escogido. ¡Cuántas veces nos ha sido dado hallar, en
virtud de ese golpe de vista fruto de la experiencia, cosas enteramente nueva
en las preparaciones donde nuestros discípulos nada veían de particular! Y
¡cuántos hechos nuevos habrán escapado a nuestra atención, cuando, bisoño
todavía en la técnica micrográfica, cada preparación nos parecía una esfinge!
Además del notable incremento que adquiere nuestra capacidad
diferenciadora por la repetición de experimentos y de observaciones, e
perseverante estudio de una cuestión nos lleva casi siempre a perfeccionar lo
métodos de investigación, determinando todas las condiciones del ma
resultado, y por ende, las causas promotoras del máximo rendimiento técnico.

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A veces, el descubrimiento constituye el premio de la diligencia. Trátase de
aplicar un procedimiento reciente, y apenas explotado, a temas nuevos
Semejante táctica ha suscitado grandes y fáciles progresos en los vasto
dominios de la Bacteriología, Anatomía e Histología comparadas.
Dado que los grandes impulsores científicos han sido, por lo común
creadores de métodos, lo mejor y más congruente sería dictar reglas para e
hallazgo de estos. Desgraciadamente, en las Ciencias biológicas casi todos lo
recursos analíticos débense al azar.
En general, cabe afirmar que los métodos representan felices aplicaciones a
un dominio científico de verdades pertenecientes a otra disciplina del saber
mas esta aplicación suele ser obra de tanteos azarosos, o cuando más, se
inspira en vagas analogías. En Bacteriología, Histología e Histoquímica, po
ejemplo, los métodos representan, según dejamos apuntado ya, efecto
selectivos de materias colorantes o de reactivos creados por la Química
moderna. Ninguna razón plausible, a no ser el intento de provocar la
casualidad, pudo inspirar a Gerlach la coloración de los núcleos por el carmín
a Máximo Schültze el empleo del ácido ósmico en el tejido nervioso; a
Hannover la introducción del ácido crómico y bicromatos en e
endurecimiento de los tejidos; a Koch, Ehrlich y otros, el aprovechamiento de
las anilinas para la impregnación de las bacterias, etc.
Si conociéramos de un modo perfecto la composición química de la
células vivas, los resultados debidos a la aplicación de tal o cual reactivo
colorante vendrían a ser mera deducción de los principios de la Química
biológica. Empero, hallándonos harto distantes de este ideal, quiene
pretendan descubrir nuevos métodos biológicos no tienen más recurso que
someter los tejidos vivos a los mismos ciegos ensayos a que se entregaban lo
químicos de los pasados siglos para lograr, de vez en cuando, del conflicto y
mezcla de varios cuerpos, combinaciones imprevistas.
Menester es, pues, fiar algo a la casualidad, provocándola mediante una
serie reiterada de tanteos, en los cuales no podemos ser guiados más que por la
intuición auxiliada por el conocimiento, todo lo profundo y preciso posible, de
los reactivos y procederes técnicos recién introducidos en la Química y la
Industria.
Y esto nos lleva a decir algo de la casualidad en la esfera de la
investigación científica. Entra por mucho, positivamente, el azar en la labo
empírica, y no debemos disimular que a él debe la Ciencia brillante
adquisiciones; pero la casualidad no sonríe al que la desea, sino al que la
merece, según la gráfica frase de Duclaux. Y es preciso reconocer que solo la

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merecen los grandes observadores, porque ellos solamente saben solicitarla
con tenacidad y perseverancia deseables; y cuando obtienen la impensada
revelación, solo ellos son capaces de adivinar su transcendencia y alcance.
En la ciencia, como en la lotería, la suerte favorece comúnmente al que
juega más, es decir, al que, a la manera del protagonista del cuento, remueve
continuamente la tierra del jardín. Si Pasteur descubrió por azar las vacuna
bacterianas, también colaboró su genio, que vislumbró todo el partido que
podía sacarse de un hecho casual, a saber: el rebajamiento de la virulencia de
un cultivo bacteriano abandonado al aire, y verosímilmente atenuado por la
acción del oxígeno.
La historia de la Ciencia está llena de hallazgos parecidos: Scheele tropezó
con el cloro, trabajando en aislar el manganeso; Cl. Bernard, imaginando
experimentos encaminados a sorprender el órgano destructor del azúcar, halló
la función glucogénica del hígado, etc. En fin, ejemplos recientes de cas
milagrosa fortuna son los estupendos descubrimientos de Röntgen, Becquere
y los Curie.
Pura casualidad fue, según es notorio, el descubrimiento de los rayos X
hecho por el profesor Röntgen. Repetía este sabio en su laboratorio de
Würzburgo los experimentos de Lenard sobre las singulares propiedades de lo
rayos catódicos. Según costumbre, estas radiaciones eran proyectadas sobre
pantalla fluorescente de platino-cianuro de bario. Y al objeto de averiguar la
duración del fenómeno fluorescente, ocurriósele un día obscurecer e
laboratorio cubriendo con caja de cartón la ampolla de Crookes, aparato
generador, según es notorio, de los citados rayos catódicos. Puesta en acción la
bobina, miró a la pantalla y vio con extraordinario asombro que esta se
iluminaba intensamente. Interpuso después un trozo de madera, un libro, y
siguió observando que las radiaciones —los rayos nuevos— atravesaban
fácilmente estos cuerpos opacos. En fin, en momentos de febril impaciencia
intercaló casualmente la mano entre la ampolla de Crookes y la pantalla
receptora, cuando, sobrecogido de intensa emoción, acaso con espanto
contempló espectáculo macabro: sobre la superficie del cuerpo fluorescente
dibujábanse fielmente en negro los huesos de la mano, como si no existieran
los tejidos envolventes. Los maravillosos rayos X quedaban descubiertos, y
con ellos la radioscopia. Pronto siguieron la radiofotografía y las admirable
aplicaciones quirúrgicas e industriales de todos conocidas.
El segundo caso, muy elocuente también, fue el descubrimiento fortuito de
la radioactividad de la materia, debido al insigne físico francés Henr
Becquerel.

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Ya el malogrado H. Poincaré habíase preguntado si al fin no resultaría que
la producción de rayos X es propiedad de los cuerpos fluorescentes. Deseando
confirmar esta conjetura y bien preparado, además, para tal linaje de
indagaciones, M. Becquerel proyectó ensayar el sulfato de uranio, cuerpo
típicamente fluorescente. Pero corrían los nebulosos días de febrero, y el so
no se dignaba aparecer. En espera de que el astro rey disipara las densa
brumas de París, había el referido físico preparado con mucha antelación e
experimento, colocando sobre placa sensible, cubierta de papel negro, vario
cristales de sulfato de uranio, e interponiendo, además, una cruz de cobre. La
impaciencia le devoraba. Aguijado por ella, ocúrrele cierto día extraer la placa
de su envoltura protectriz, y revelarla a la ventura. Grande fue su asombro a
advertir, contra todas sus presunciones (la sal de uranio había permanecido en
la obscuridad), intensa impresión en la placa, donde se mostraban dibujados en
negro los cristales de la sal uránica, y en claro la referida cruz metálica. Había
sin querer, descubierto la radioactividad de la materia, una de las má
prodigiosas conquistas de la ciencia moderna.
Mas lo chocante y estupendo del caso fue que M. Becquerel realizó tamaño
descubrimiento (que le valió el premio Nobel) guiado por falsa hipótesi
(relación etiológica entre la emisión de rayos X y la fluorescencia)
Precisamente de todos los cuerpos fluorescentes conocidos, solo el uranio
posee poder radioactivo. Como se ve, el efecto fue teatral; se diría preparado
por un genio irónico empeñado en impulsar la Ciencia, a pesar de las má
erróneas concepciones.
Mas es forzoso convenir en que, si muchos sabios descubrieron lo que no
buscaban, todos ellos buscaron con admirable tenacidad, y fueron dignos de
éxito, porque con rara penetración, acertaron a sorprender los grande
progresos latentes en las tímidas y fragmentarias revelaciones del acaso. En
suma: el azar afortunado suele ser casi siempre el premio del esfuerzo
perseverante.
Solicitar la ayuda de la casualidad, es como agitar el agua turbia para que
suban y se hagan patentes los objetos sumergidos en el fondo. Todo
observador hará bien en tentar su buena ventura; empero no confiará
demasiado en ella, y apelará más a menudo al trabajo reglado, pues quien
domina los métodos y está al corriente de los problemas todavía no resueltos
pero susceptibles de solución, logra casi siempre, sin aventurarse en
probaturas de ordinario infecundas, algún descubrimiento de más o meno
valía.

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Conquistado el primer hecho nuevo (sobre todo si este es de aquellos cuyo
advenimiento provoca en el ambiente científico nuevas corrientes de ideas)
nuestra tarea será tan llana como brillante: como que se reducirá a ir sacando
progresivamente las consecuencias que entraña la reciente adquisición en la
diversas esferas de la Ciencia. Por eso se ha dicho que el prime
descubrimiento es el que cuesta; los demás suelen ser corolarios del primero
Doctrina sabida es, y proclamada por filósofos como Taine, y por científico
como Tyndall, que todo problema resuelto plantea infinidad de nueva
cuestiones, y que el descubrimiento de hoy contiene en germen lo
descubrimientos del mañana. La cima de la verdad, con tantos esfuerzo
escalada, que mirada desde el valle semejaba montaña imponente, no es sino
minúscula estribación de formidable cordillera que se columbra a través de la
niebla, atrayéndonos con insaciable curiosidad. Satisfagamos esta ansia de
subir, y aprovechando el plácido descanso que proporciona la contemplación
del nuevo horizonte, meditemos desde la cima recién conquistada el plan que
debe conducirnos a más altas regiones.
Pero, según dejamos dicho, la fortuna de inaugurar un estudio lleno de
promesas con un hecho trascendental es rara, y ningún investigador prudente
debe contar demasiado con ella; por donde, para iniciar nuestra obra, no
debemos vacilar en partir del descubrimiento de otros. Así y todo, no ha de
faltarnos labor, y labor fecunda. El nuevo hecho, fruto del ajeno desvelo, suele
causar una revolución en el ambiente científico: convierte en sospechosa
doctrinas antes estimadas como verdades firmes; suscita nuevas posiciones de
equilibrio en esas vagas regiones de lo conjetural que forman el tránsito de lo
conocido a lo desconocido; y plantea una serie de nuevas cuestiones que e
iniciador, falto de tiempo, no pudo resolver por sí mismo.
Además, en el orden crítico este deja casi siempre incompleta su obra
influido todavía por la tradición, no acierta a romper abiertamente con lo
prejuicios del pasado; receloso, acaso, de hallar demasiada oposición en e
ambiente científico, e impaciente de aprobaciones y aplausos, presenta su
teoría como una transacción entre viejas y novísimas doctrinas. Por tal motivo
un observador menos meticuloso, llegado de refresco, suele perfeccionar, con
poco esfuerzo, la obra del iniciador, sacando de ella las últimas consecuencia
teóricas y prácticas. Todo ese cúmulo de problemas suscitados por la nueva
conquista científica, constituye terreno fecundísimo para el novel investigador
A él acudirá, bien templadas sus armas analíticas, sin arrogancia ni esperanza
excesiva; pero no confíe en llegar solo: allí encontrará también una pléyade de

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émulos que intentarán ganarle por la mano, y a los cuales se adelantará
solamente a fuerza de actividad, penetración y perseverancia.
Finalmente, cuando nos hallemos en presencia de varios temas igualmente
favorables y fecundos, escogeremos aquel cuya metodología nos sea
perfectamente conocida, y por el que sintamos decidida simpatía. Es consejo
de buen sentido que Darwin daba a sus discípulos cuando le demandaban tema
de estudio. Y la razón es que nuestro entendimiento redobla sus fuerza
cuando columbra en lontananza el premio del placer o de la utilidad.
El explorador de la naturaleza —lo hemos repetido varias veces— debe
considerar la investigación cual deporte incomparable, en donde todo, desde
los procederes técnicos hasta la elaboración doctrinal, constituye perenne
manantial de gratas satisfacciones. Quien en presencia de un arduo problema
no sienta crecer su entusiasmo, ni acrecentarse sus fuerzas; quien, a
aproximarse el solemne momento del fiat lux impacientemente esperado, no
tenga el alma inundada por la emoción precursora del placer, debe abandona
las empresas científicas, porque la Naturaleza no otorga sus favores a los frío
de condición, y la frialdad es a menudo inequívoco signo de impotencia.

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CAPÍTULO V
Enfermedades de la voluntad.

Todos hemos visto profesores superiormente dotados, desbordantes de
actividad e iniciativas, en posesión de suficientes medios de trabajo, y que, sin
embargo, no realizan obra personal ni escriben casi nunca. Sus discípulos y
admiradores esperan con ansia la obra grande, legitimadora del alto concepto
que del maestro se formaron; pero la obra grande no se escribe y el maestro
continúa callando.
No nos engañen el optimismo y el buen deseo. A despecho del mérito
excepcional y del celo y actividad desplegados en determinadas funcione
docentes, dichos maestros son enfermos de la voluntad. No lo serán acaso a lo
ojos del frenópata; su modorra y dejadez no justifican todavía el diagnóstico
de abulia; pero sus discípulos y amigos harán bien en considerarlos como
anormales y de proponerles, con el respeto y dulzura debidos a su alta
mentalidad, tratamiento espiritual adecuado.
Estos ilustres fracasados agrúpanse en las principales clases siguientes
dilettantes o contempladores, eruditos o bibliófilos, organófilos, megalófilos
descentrados y teorizantes.
Contempladores.—Variedad morbosa muy frecuente entre astrónomos
naturalistas, químicos, biólogos y físicos, reconócese en los síntoma
siguientes: Amor a la contemplación de la Naturaleza, pero solo en su
manifestaciones estéticas: los espectáculos sublimes, las bellas formas, lo
colores espléndidos y las estructuras elegantes. Si el dilettante es botánico
quedará para siempre anclado en la admiración de las algas, singularmente de
las diatomeas, cuyos elegantes carapachos cautivarán su admiración. En su
culto fetichista, pasará sus horas examinando y fotografiando de mil manera
tan interesantes seres, componiendo con ellos letreros, grecas, escudos y otro
primores ornamentales, pero sin añadir al copioso catálogo de las especie

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conocidas una variedad nueva ni contribuir en lo más mínimo al conocimiento
de la estructura, evolución y funcionalismo de los citados microorganismos.
Si el sibarita científico es histólogo, se consagrará con amor al arte de
prestar a las células y tejidos orgánicos vistosas coloraciones; dominará a
maravilla la jeringuilla de inyección, y en su ingenua admiración de lo
pintoresco, pasará sus veladas dibujando las elegantes redecillas que el carmín
y el azul de Prusia bordan en los capilares del intestino, músculos y glándulas
A gala tendrá el dominar los más elegantes métodos de tintorería histológica
sin sentir jamás la tentación de aplicarlos a un tema nuevo o dilucidar una
cuestión litigiosa.
Si es geólogo, permanecerá arrobado examinando a la luz polarizada lo
espléndidos colores mostrados por las secciones de rocas; si bacteriólogo, se
aficionará al coleccionamiento y cultivo de los microbios cromógenos y
fosforescentes; si astrónomo, consagrará sus ocios a fotografiar las montaña
de la luna o las manchas del sol...
¿A qué seguir? Todos nuestros lectores recordarán tipos y variedade
interesantes de esta especie, tan simpática por su entusiasmo juvenil y verbo
cálido y cautivador, como estéril para el progreso efectivo de la ciencia.
Bibliófilos y políglotas.—Como el micrógrafo se recrea en la diatomea o e
zoólogo en conchas, insectos y pájaros de vistosa librea, el bibliófilo se deleita
con la lectura del libro o monografía novísimos, de esas monografía
trascendentales, renovadoras, que solo recibe él y de que nuestro erudito se
sirve maravillosamente para asombrar a sus amigos.
Los síntomas de esta dolencia son: tendencias enciclopedistas; dominio de
muchos idiomas, algunos totalmente inútiles; abono exclusivo a Revistas poco
conocidas; acaparamiento de cuantos libros novísimos aparecen en e
escaparate de los libreros; lectura asidua de lo que importa saber, pero sobre
todo, de lo que a pocos interesa; pereza invencible para escribir y desvío de
seminario y del laboratorio.
Como es natural, nuestro erudito vive en y para su biblioteca, que e
copiosa y monumental. Allí recibe a sus contertulios, a quienes cautiva con
una conversación amena, brincadora, variadísima, iniciada de ordinario con
estas o parecidas interrogaciones: ¿Ha leído usted el libro de Fulano? (aquí un
nombre yanqui, alemán, ruso o escandinavo). ¿Conoce usted la sorprendente
teoría de Zutano? Y sin oír la respuesta, el erudito desarrolla, con calurosa
elocuencia, una doctrina las más veces estrafalaria y audaz, sin base objetiva
suficiente y solo pasadera como tema de espiritual causerie.

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Estos indolentes de la ciencia, que hablan de todo, malogrando y
derrochando facultades exquisitas, ignoran una cosa muy sencilla y muy
humana: que son censurados de sus mismos amigos y aduladores, a quiene
inspiran más piedad que respeto. Y desconocen también, o al menos no sienten
con la vehemencia debida, esta verdad trivial: que la erudición posee muy
escaso valor cuando no representa la preparación y el pródromo de la acción
personal intensa y perseverante. Todo su afán se cifra en pasar por monstruo
de talento y de cultura, sin reparar que solo esfuerzo vivificante puede librar a
sabio del olvido y la injusticia.
No hay, por fortuna, en este punto que insistir mucho para rectificar juicio
sociales equivocados. Nadie ignora que vale quien sabe y actúa, y no quien
sabe y se duerme. Rendimos tributo de veneración a quien añade una obra
original a una biblioteca, y se lo negamos a quien lleva una biblioteca en la
cabeza. Para resultar fonógrafo, no valía la pena de haber complicado con e
estudio y la reflexión la organización del cerebro. En cosa de más enjundia hay
que emplear nuestras neuronas. Saber, pero transformar; conocer, pero obrar
tal es la norma del verdadero hombre de ciencia.
Brindemos, pues, nuestro aplauso y gratitud a quienes dejaron estela de
verdades luminosas, y olvidemos a quienes se fatigaron estérilmente
convertidos en girándulas de sonoras palabras. Al modo del tenor, el erudito
elocuente puede, sin duda, recibir en vida, en la cálida intimidad de su tertulia
plácemes entusiastas; pero en vano esperará las aclamaciones del gran teatro
del mundo. El público del sabio vive lejos o no vive aún; lee y no oye; es tan
austero y recto, que no reconoce más títulos a la gratitud y al respeto que la
verdades nuevas puestas en circulación en el mercado cultural.
Los megalófilos.—Caracterízase esta variedad de malogrados por atributo
nobles y simpáticos. Estudian mucho, pero aman también el trabajo personal
poseen el culto de la acción y dominan los métodos inquisitivos; rebosan de
patriotismo sincero y ansían enaltecer su nombre y honrar a su país con
admirables conquistas.
Y, sin embargo, un error funesto esteriliza sus afanes. Evolucionista
convencidos en teoría, resultan providencialistas en la práctica. Como s
confiaran en el milagro, desean estrenarse con hazaña prodigiosa. Recordando
acaso que Hertz, Mayer, Schwann, Röntgen, Curie, iniciaron su vida científica
con un gran descubrimiento, aspiran a ascender, desde el primer combate, de
soldados a generales, y se pasan la vida planeando y dibujando, construyendo
y rectificando, siempre en febril actividad, siempre en plena revisión
incubando el gran engendro, la obra asombrosa y arrolladora. Y los año

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transcurren, y la expectación se fatiga, y los émulos murmuran, y los amigo
estrujan la imaginación para cohonestar el silencio del grande hombre. Y
mientras tanto, sobre aquel tema tan detenidamente explorado, acariciado y
lamido, llueven en el extranjero importantes monografías que arrebatan, ¡ay!, a
nuestro ambicioso investigador el halago de la prioridad, y le obligan a
cambiar de rumbo. Sin desanimarse, el megalófilo aborda otro tema, y cuando
tiene casi construido el imponente monumento, nuevos émulos, que se
permiten fabricar ciencia al pormenor, vuelven a amargarle la existencia. Y a
fin llega a la vejez entre el silencio indulgente de los discípulos y la irónica
sonrisa de los sabios.
¡Y todo por no haberse plegado desde el principio, modesta y
humildemente, a esta ley de naturaleza, que es también táctica de buen
sentido!: Abordar primeramente los pequeños problemas, para acomete
después, si el éxito sonríe y las fuerzas crecen, las magnas hazañas de la
investigación. Esta actitud prudente podrá no conducir siempre a la gloria
pero en todo caso nos granjeará la estima de los sabios y el respeto y
consideración de nuestros conciudadanos.
A guisa de subvariedad de los megalófilos consideramos los proyectistas
que recuerdan a los antiguos arbitristas. Distínguense fácilmente por la
ebullición y superabundancia de ideas y de planes de acción. Ante sus ojo
optimistas, todo aparece de color de rosa. Por seguro tienen que, una vez
secundadas, sus iniciativas abrirán amplios horizontes a la ciencia y rendirán
frutos prácticos inestimables. Solo hay que deplorar una pequeña contrariedad
ninguna empresa llega a plena sazón. Todas se malogran, unas veces po
escasez de medios, otras por ausencia de ambiente, las más por falta de
discípulos capaces de cooperar a la magna obra, o de Corporaciones y
Gobiernos suficientemente cultos y avisados para alentarla y recompensarla.
La realidad es que no trabajan bastante; fáltales perseverancia. Como decía
agudamente Gracián en su Oráculo manual: «Todo se les va a algunos en
comenzar y nada acaban; inventan, pero no prosiguen; todo para en parar..
Mate el sagaz la caza, no se le vaya todo en levantarla».
Organófilos.—Variedad poco importante de infecundos, reconócense en
seguida por una especie de culto fetichista hacia los instrumentos de
observación. Fascinados por el brillo del metal, como la alondra por e
espejuelo, cuidan amorosamente de sus ídolos, que guardan como en sagrario
relucientes como espejos y admirablemente presentados. Reposo y disciplina
conventual reinan en el laboratorio, donde no hay una mancha ni se oye e
menor rumor.

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En los amplios bolsillos del organófilo las llaves sonajean de continuo
Imposible que el ayudante o los alumnos consulten, en ausencia del profesor
la monografía o el aparato imprescindibles. Microscopios, espectroscopios
balanzas de precisión, reactivos, etc., están guardados y lacrados con siete
sellos. ¡No faltaría más que, por una condescendencia punible del jefe, e
ayudante estropeara el objetivo de Zeiss, el refractrómetro o el aparato de
polarización! ¡Ello sería horrible! Además, ¿no es él el único responsable de
material científico, arca santa de la Universidad, y no tendrá en su día que
rendir estrecha cuenta a sus superiores? ¿Investigar? ¿Comprobar? ¡Ya lo hará
cuando tenga tiempo, y luego que lleguen ciertas novísimas Monografías cuya
consulta le es indispensable! ¡Ah!, si el Gobierno le aumentase la
consignación de material, quizá podría desprenderse, en obsequio a la
enseñanza, de parte del sagrado depósito... ¡Pero mientras tanto!...
Estos maestros —de que nuestros lectores recordarán más de un ejemplar—
erraron la vocación[17]. Creen ser buenos docentes y celosos funcionarios y, en
realidad, son excelentes amas de casa. ¿Verdad que recuerdan a esa
excelentes señoras, las cuales adornan primorosamente la sala, ordenan
escrupulosamente los muebles, barnizan diariamente el parquet y, en evitación
de manchas y desarreglos, reciben a sus relaciones en el comedor?
Claro es que de los organófilos empedernidos no puede sacarse partido
Padecen morbo casi incurable, sobre todo si va asociado, según ocurre con
frecuencia, a cierto estado moral poco confesable: a la preocupación egoísta y
antipática de impedir que otros trabajen, ya que ellos no saben o no quieren
trabajar.
Los descentrados.—Si el profesorado no fuera a menudo entre nosotro
mero escabel de la política o decoroso reclamo de la clientela profesional; si a
nuestros candidatos a la cátedra se les exigieran, en concursos y oposiciones
pruebas objetivas de aptitud y vocación, en vez de pruebas puramente
subjetivas y, en cierto modo, proféticas, abundarían menos esos casos de
chocante contradicción entre la vocación real y la actividad oficial, entre la
función retribuida y la actividad libre.
«Una de las causas de la prosperidad de Inglaterra —me decía un profeso
de Cambridge— consiste en que, entre nosotros, cada cual ocupa su puesto.»
Lo contrario de lo que, salvando honrosas excepciones, acontece en España
en donde muchos parecen ocupar un puesto, no para desempeñarlo, sino para
cobrarlo y tener de paso el gusto de excluir a los aptos.
¿Quién no recuerda generales nacidos para pacíficos burócratas o jueces de
paz; profesores de medicina cultivando la literatura o la arqueología

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ingenieros escribiendo melodramas; patólogos dedicados a la moral, y
metafísicos votados a la política? De donde resulta que, en lugar de consagra
a la actividad oficial todas las fuerzas de nuestro espíritu, le rendimo
solamente mínima parte de ellas, y eso de mala gana y como cumpliendo
penosa obligación.
No pretendemos, empero, que la vida del profesor y, en general, del hombre
de ciencia, sea tan austera y rigorista que haya de consumirse por entero en la
tarea profesional. Desearíamos solamente que a ocupaciones amenas o de
mero pasatiempo dedicara el sobrante de su actividad, esos sanos coqueteos de
la atención enervada por la intensidad y monotonía de la diaria labor.
Más que anormales —pensará alguno— los descentrados son infortunado
a quienes circunstancias adversas impusieron oficio contrario a su
inclinaciones. Sin embargo, bien consideradas las cosas, dichos fracasado
entran también en la categoría de abúlicos, porque carecen de la energía
necesaria para cambiar de camino, armonizando al fin la vocación con e
empleo.
Los descentrados crónicos parécennos enfermos desahuciados. No así lo
jóvenes, a quienes sugestiones de familia o tiranías del medio moral desviaron
de su destino, obligándoles a trabajo de forzados. Flexibles todavía la
coyunturas mentales, harán bien en cambiar de dirección en cuanto soplen
vientos favorables. Aun aquellos que, amarrados a una ciencia extraña a su
aficiones, viven como desterrados de su patria ideal, podrían redimirse y
trabajar con provecho si, levantando el ánimo al cumplimiento de sagrado
deberes, procuraran buscar dentro de sus tareas oficiales algún dominio
agradable, donde laborar hondo y bien. ¿Qué ciencia carece de algún oasi
deleitoso donde nuestra inteligencia encuentre útil empleo y plena
satisfacción?
Los teorizantes.—Hay cabezas cultísimas y superiormente dotadas, cuya
voluntad padece una forma especial de pereza, tanto más grave cuanto que ni a
ellos se lo parece ni por tal suele reputarse. He aquí sus síntomas culminantes
talento de exposición; imaginación creadora e inquieta; desvío del laboratorio
y antipatía invencible hacia la ciencia concreta y los hechos menudos
Pretenden ver en grande y viven en las nubes. Prefieren el libro a la
monografía y las hipótesis brillantes y audaces a las concepciones clásicas
pero sólidas. En presencia de un problema difícil, sienten irresistible tentación
no de interrogar a la Naturaleza, sino de formular una teoría. Como acierten a
percibir tenue y artificiosa analogía entre dos fenómenos, o logren encajar e
hecho nuevo en el marco de una concepción general verdadera o falsa, danse

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por satisfechos, y se creen excelsos reformadores. El método es legítimo en
principio, pero abusan de él, cayendo en la inocencia de considerar las cosa
bajo un solo aspecto. Para ellos lo esencial es la estética de la concepción
Poco importa que se funde en el aire, con tal de que sea bella e ingeniosa
ponderada y simétrica.
Como es natural, las decepciones persiguen al teorizante. El medio
científico actual es tan poco propicio a las teorías, que aun las que llevan e
sello del genio necesitan para imponerse lustros de lucha y de incesante
laboreo experimental. ¡Han caído tantas doctrinas que parecían
inconmovibles!
En el fondo, el teorizante es un perezoso disfrazado de diligente. Sin
percatarse de ello, obedece a la ley del mínimo esfuerzo. Porque es más fáci
forjar una teoría que descubrir un fenómeno.
Liebig, buen juez en estas materias, escribía paternalmente al joven
Gebhard, químico de grandes alientos, pero harto inclinado a las síntesi
ambiciosas: «No hagas hipótesis. Ellas te acarrearán la enemiga de los sabios
Preocúpate de aportar hechos nuevos. Los hechos son los únicos méritos no
regateados por nadie; hablan alto en nuestro favor, pueden ser comprobado
por todos los hombres inteligentes, nos crean amigos e imponen la atención y
el respeto a los adversarios».
Y Liebig tenía muchísima razón. Las teorías son, en efecto, peligrosísima
para el porvenir de un principiante. Adoctrinar envuelve cierta arrogancia
pedante, algo como alarde de superioridad intelectual, que solo se perdona a
sabio ilustrado por larga serie de descubrimientos positivos. Adquiramo
primero personalidad seamos obreros útiles; más adelante veremos si se no
consiente ser arquitectos.
Acaso el lector, recordando lo que dejamos en otro lugar expuesto acerca
de la necesidad de las hipótesis, se pregunte si no cometemos inconsecuencias
Hay que distinguir entre las hipótesis de trabajo (Arbeitenhipothesen de
Weissmann) y las teorías científicas. La hipótesis constituye interrogación
interpretativa de la naturaleza. Forma parte de la investigación misma, como
que representa su fase inicial, su antecedente casi necesario. Pero especular de
continuo, es decir, teorizar por teorizar, sin acudir al análisis objetivo de lo
fenómenos, es perderse en idealismos sin consistencia, es volver la espalda a
la realidad.
Insistamos una vez más en esta conclusión evidente: el haber positivo de un
sabio hállase formado por el conjunto de los hechos originales que aporta. La
hipótesis pasan, pero los hechos quedan. Las teorías nos abandonan, lo

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hechos nos defienden. Ellos son nuestro capital efectivo, nuestros bienes raíce
y nuestra mejor ejecutoria, y en la eterna mudanza de las cosas ellos solo se
salvarán de los ultrajes del tiempo y del olvido o de la injusticia de lo
hombres. Fiarlo todo al éxito de una concepción, vale tanto como ignorar que
cada quince o veinte años se renuevan las teorías. ¡Qué de hipótesis, al parece
definitivas, no han caído ruidosamente en física, en química, en geología, en
biología, etc., durante los últimos lustros! En cambio, ahí están inmutables, y
desafiando a la crítica, los hechos bien observados de la anatomía y fisiología
de la química y de la geología, las leyes y ecuaciones de la astronomía y de la
física. «Dadme un hecho —decía Carlyle— y yo me postro ante él.»
En suma: el principiante consagrará su máxima actividad a descubri
hechos nuevos, haciendo observaciones precisas, experimentos fecundos
descripciones exactas. De las hipótesis se servirá a título de sugeridoras de
planes de investigación y promotoras de nuevos temas de trabajo. Si, a pesa
de todo, se siente compelido a crear vastas generalizaciones científicas, hágalo
más adelante, cuando el caudal de observaciones originales allegadas le haya
granjeado sólida autoridad. Entonces, y solo entonces, será oído con respeto y
discutido sin desdén. Y si la fortuna le acompaña, ceñirá al fin la doble corona
de investigador y de filósofo.
Hemos descrito los principales tipos de fracasados, haciendo resaltar
quizás con tintas algo subidas, sus flaquezas éticas y sus lacerias intelectuales
Nuestro propósito ha sido ponerles delante el espejo donde, tanto ellos como
sus discípulos y admiradores, contemplen su deformidad. No confiamos
empero, en la eficacia de nuestro diagnóstico para corrección de los maduros y
osificados. A los jóvenes que, en su candor, envidian prestigios más que
discutibles, se dirigen nuestros consejos. Y se enderezan, sobre todo, a eso
profesores cultos y capaces de trabajar con fruto, pero que, influidos por el ma
ejemplo y faltos de disciplina interior, comienzan a sentir, con el desmayo de
trabajo personal, el deseo malsano y antipatriótico de imitar a nuestro
engreídos infecundos.
Si, a pesar de todos los consejos, la reacción mental se retarda, hagan
examen de conciencia y vean si no están en el caso de sufrir una cura espiritua
en el extranjero. El laboratorio del sabio es un sanatorio incomparable para lo
extravíos de la atención y los desmayos de la voluntad. En él se desvanecen
viejos prejuicios y se contraen sublimes contagios. Allí, al lado de un sabio
laborioso y genial, recibirá nuestro abúlico el bautismo de sangre de la
investigación; allí contemplará, con noble envidia, ardorosa emulación po
arrancar secretos a lo desconocido; allí respirará el desdén sistemático hacia

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las vanas teorías y los discursos retóricos; allí, en fin —en extrañas tierras—
sentirá renacer el santo patriotismo. Y cuando, lanzado en el camino de
trabajo personal, cuente en su haber algunos estimables descubrimientos, de
regreso al país natal, aprenderá a escatimar sus admiraciones y mirará con
desdén, casi con lástima, a sus antiguos ídolos.

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CAPÍTULO VI
Condiciones sociales favorables a la obra científica.

La producción del hombre de ciencia, como toda actividad del espíritu
hállase rigurosamente condicionada por el medio físico y moral. Con razón se
ha dicho que el sabio es planta delicada, susceptible de prosperar solamente en
un terreno especial formado por el aluvión de secular cultura y labrado por la
solicitud y estimación sociales. En ambiente favorable, hasta el apocado siente
crecer sus fuerzas; un medio hostil o indiferente abate el ánimo mejo
templado. ¿Cómo proseguir cuando a nadie interesa nuestra obra? Solo un
carácter férreo y heroico sería capaz de sobreponerse a un medio adverso, y
esperar, resignado y obscuro, la aprobación de la posteridad. Pero la sociedad
no debe contar con los héroes, por si no tienen a comodidad de aparecer
Atengámonos, sobre todo, a los caracteres medios y a los talentos regulares
como vengan asistidos de noble patriotismo y de hidalga ambición. A la
formación y cultivo de estos patriotas del Laboratorio deben contribui
Gobiernos e Instituciones docentes, creándoles un ambiente social propicio y
librándoles, en lo posible, de las preocupaciones de la vida material.
Sin duda que, durante algún tiempo todavía, y en virtud de causas cuyo
examen dejamos para otro lugar, la investigación científica en España será
obra de abnegación y de sacrificio. Con todo eso, fuerza es declarar que se han
exagerado mucho las resistencias morales y materiales opuestas al trabajo
científico. Nuestros Jeremías de la Universidad deploran, a veces con razón, la
falta de medios; pero más a menudo se quejan un poco teatralmente
adoptando posturas retóricas, de abandono y hasta de persecución.
Tengamos la sinceridad de confesarlo: en la mayoría de los casos, frase
desalentadoras como las siguientes: «Carezco de laboratorio; ejerzo una
profesión incompatible con el vagar indispensable a la labor científica; la

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obligaciones de la familia me roban el tiempo y dinero exigidos por el trabajo
de investigación», etc., etc., representan alegatos del dolce far niente o
disculpas de un patriotismo desmayado.
Fácil será reducir a su cabal valor tales lamentaciones e insistir de pasada
en esta verdad capital: para la obra científica los medios son casi nada y e
hombre lo es casi todo.
Deficiencia de medios materiales.— He aquí la cómoda excusa que
muchos profesores y no pocos doctores ajenos a la enseñanza, aunque apto
para la investigación, ponen por delante en cuanto se les interroga por su
trabajos. Si el quejumbroso es filósofo, jurista, filólogo, etc., alegará la falta de
lectores y, sobre todo, la ausencia de biblioteca de Revistas especiales; s
bacteriólogo, histólogo o naturalista, echará de menos un buen microscopio
reactivos, local adecuado, etc.; si físico, químico e ingeniero, repetirá la misma
cantinela, deplorando la mezquindad del instrumental y la indotación de
laboratorio; si astrónomo, se tenderá en el surco hasta que el Gobierno le
proporcione magníficos telescopios, etc. Todos, en fin, coincidirán en que
nuestros políticos, procedentes en su inmensa mayoría del gremio de juristas y
literatos, desdeña la ciencia experimental y la enseñanza objetiva. E
incurriendo en un tópico vulgar, no vacilarán en suponerlos principale
responsables de nuestro atraso[18].
Pueril fuera desconocer que hemos padecido, a menudo, ministros del viejo
tipo retórico, sin orientación europea, y funestos, por tanto, al resurgimiento
intelectual de nuestro país. Mas tales políticos, orientados hacia el pasado
devotos de la tradición y recelosos de la moderna cultura, han desaparecido
casi por completo.
Nuestros estadistas de hoy adolecen, sin duda, de algunos defectos (uno de
ellos es ignorar o no sentir con suficiente energía que la grandeza y poderío de
las naciones es obra de la ciencia, y que la justicia, el orden y las buenas leye
constituyen factores de prosperidad positivos, pero secundarios); pero en todo
caso no incurrirán en el error antipatriótico de negar protección y subsidios a
las eminencias de la cátedra y a las capacidades científicas indiscutibles. En su
ingenuo optimismo han hecho más, y es doloroso consignarlo: han creado
espléndidos laboratorios a beneficio de varones cuya aptitud y patriotismo
parecen harto dudosos. Y si para los hábiles de la intriga y del favor se crean
sinecuras y se acumulan espléndidos medios materiales, ¿cómo les serán esto
negados a maestros esclarecidos, ilustrados por notorios descubrimientos o po
trabajos científicos de positiva valía?

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Tiene el político sus debilidades, pero tiene también sus noblezas. Y po
encima de todo cultiva la habilidad y la travesura. Precisamente, esos mismo
ministros, cuya voluntad flaquea ante los requerimientos de la amistad o de la
clientela política, suelen ser los más solícitos en galardonar al mérito positivo.
Claro es que las susodichas facilidades de trabajo se dispensan de
preferencia a profesores aventajados y de indiscutible autoridad. Con mayore
obstáculos tropezarán los aficionados ansiosos de renombre. Harán mal
empero, en desanimarse. Para seguir adelante y fomentar la noble vocación
tendrán que escoger entre el sacrificio o la subordinación, es decir, entre e
laboratorio propio y el laboratorio oficial.
En ausencia total de recursos materiales, todo principiante deberá recurri
al laboratorio oficial. Y conseguirá, si se lo propone, figurar entre los íntimo
del maestro. Como su fuerza de trabajo y preparación científica sean
suficientes, ¿qué profesor le negará una mesa de labor y paternales consejos?
Y, sin embargo, nosotros veríamos con más gusto al principiante (a poco
que se lo consintieran sus recursos pecuniarios) iniciar su aprendizaje en
laboratorio propio, organizado y sostenido con sus modestas economías. Sin
duda que el Establecimiento oficial nos ofrece, con el maestro, guía valioso y
en muchos casos, irreemplazable. Pero la labor en común adolece de mucho
inconvenientes. La brevedad de las horas de trabajo, la conversación y bullicio
continuos, el ir y venir de alumnos y ayudantes, la lucha por la posesión de lo
instrumentos analíticos, y otras molestias anejas a los laboratorio
universitarios, además de implicar pérdida de tiempo, producen una
despolarización de la atención, nada favorable a la pesquisa científica.
En condiciones tales, y más si el guía deja algo que desear, vale má
trabajar a solas. Sean nuestros maestros los libros: mentores sabios, serenos
sin eclipses ni mal humor. Con ellos daremos cima al empeño soberano, que
consiste, antes de descubrir, en descubrirnos; antes de modelar la naturaleza
en modelarnos. Forjarnos un cerebro fuerte, un cerebro original
exclusivamente nuestro: he ahí la labor preliminar, absolutamente inexcusable
Y luego, llegada la madurez técnica, ¡qué holguras y facilidades para la
indagación personal! Ibsen pone en boca de un personaje este consejo dirigido
a un amigo: «Sé tú mismo.» Nada mejor para lograrlo que laborar a solas.
¡Oh soledad confortadora, cuán propicia eres a la originalidad de
pensamiento! ¡Cuán dulces y fecundas las invernales veladas pasadas en e
hogar-laboratorio, durante las cuales los Centros docentes rechazan a su
devotos! Ellas nos libran de fatales improvisaciones, doman nuestra
impaciencia y refinan la capacidad de observación. ¡Con qué cariño cuidamo

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de los instrumentos propios, cada uno de los cuales representa una vanidad
negada o un vicio insatisfecho! ¡En nuestro amor hacia ellos, apreciamos su
excelencias, notamos sus defectos, esquivamos sus lazos, penetramos, en fin
en su alma amiga, que responde siempre, sumisa y simpáticamente, a lo
requerimientos de la nuestra!
Pero un laboratorio de investigación —reparará el lector— debe ser cosa
dispendiosa. Error lamentable. Procurarse las herramientas necesarias, cuesta
muy poco. Misérrimos habrán de ser los profesores, naturalistas, médicos
farmacéuticos, etc., para quienes sea empresa inaccesible costear y sostener un
Centro privado de estudios experimentales.
Permítasenos la inmodestia de citarnos a este propósito. Con las exigua
economías del haber de un catedrático de provincias, y sin más ingreso
extraordinarios que algunas lecciones particulares, hubimos nosotros de crea
y mantener, durante quince años, un laboratorio micrográfico y suficiente
biblioteca de Revistas. Nuestro primer microscopio —un Verick estimable—
fue adquirido a plazos. Y el caso no es excepcional. Lo corriente es inaugura
la propia obra con penuria de medios, pero con medios propios, que
precisamente por serlo resultan singularmente educadores y fecundos. Notorio
es que la mayoría de los descubrimientos fisiológicos, histológicos y
bacteriológicos, etc., fueron obra de jóvenes entusiastas, sin nombre y sin
fortuna, que trabajaron en buhardillas o graneros. El laboratorio oficial
cómodo y suntuoso, llegó más adelante, como galardón del éxito científico.
A docenas podrían citarse ejemplos clásicos de modestos comienzos
Faraday, aprendiz de encuadernador, llevado de su entusiasmo científico
asentó de mozo o de mecánico en el laboratorio de Davy, alejado del cual, y
sin haber seguido carrera alguna, montó un Centro de investigaciones, del que
brotaron admirables conquistas, renovadoras de la ciencia de la electricidad. E
gran Berzelius inició sus descubrimientos químicos en el obrador de su botica
Buena parte de los astrónomos de genio exploraron el cielo desde la azotea de
sus casas, armados de medianos anteojos. Sirva de ejemplo Goldschmidt
quien desde las ventanas de su habitación, y ayudado de modestísimo refracto
(105 mil.), descubrió, a fuerza de paciencia, muchos pequeños planetas.
En suma: más que escasez de medios, hay miseria de voluntad. E
entusiasmo y la perseverancia hacen milagros. Lo excepcional es que, en
lujosos y bien provistos laboratorios sostenidos por el Estado, un nove
investigador logre estrenarse con memorable hazaña científica. Desde el punto
de vista del éxito, lo costoso, lo que pide tiempo, brío y paciencia, no son lo
instrumentos, sino, según dejamos apuntado, desarrollar y madurar una

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aptitud. A lo más, la mezquindad económica nos condenará a limitar nuestra
iniciativas, a achicar el marco de la indagación. Pero, ¿no es esto una ventaja?
Desde este aspecto, cabe distinguir dos ciencias: una dispendiosa
aristocrática, cuyo culto exige templos suntuosos y ricas ofrendas; y otra
barata, casera, democrática, accesible a los más humildes peculios. Y esta
Minerva de los humildes muéstrase singularmente propicia: en su bondad
acoge mejor las flores de la meditación intensa que aparatosas y regia
hecatombes. Hay, además, un noble orgullo en triunfar con pobres medios: e
orgullo de la elegancia y de la sobriedad. Por otra parte, nada realza mejor la
enérgica personalidad del investigador, distinguiéndole de la caterva de
trabajadores automáticos, que aquellos descubrimientos donde la voluntad y la
lógica dominan el mecanismo, y para los cuales el cerebro es casi todo y lo
medios materiales casi nada.
Con el propósito de ser útil a nuestros lectores y desterrar preocupacione
económicas, vamos a descender un momento al terreno de las cifras
puntualizando algún presupuesto de laboratorios baratos.
El aficionado a la botánica, anatomía comparada, histología, embriología
etc, necesita, por junto, como instrumental: un microscopio Zeiss, mediano
modelo, con concentrador luminoso Abbe; un objetivo de inmersión
homogénea, dos a seco y una pareja de oculares (400 a 500 pesetas); pequeño
microtomo de Reichert o de Schanze (150); y algunos reactivos y materia
colorantes (de 30 a 50 pesetas). En suma, un presupuesto total de 1.000 a
1.200 pesetas[19].
El bacteriólogo y anatomopatólogo han menester material algo má
variado y dispendioso, aunque todavía abordable para el médico o naturalista
noveles: Microscopio igual al anterior, dos estufas, una de temperatura
constante y otra de esterilización, tubos de ensayo, matraces, jaulas para
animales, etc. Total: de 1.800 a 2.000 pesetas.
El fisiólogo podrá inaugurar sus estudios con una caja de vivisecciones
aparato de contención, de animales, cilindro registrador de Marey, carrete de
inducción, pilas eléctricas, etc. Todo ello costará alrededor de 1.000 pesetas.
Con menos instrumental todavía satisfarán sus gustos el zoólogo, e
geólogo, y, sobre todo, el aficionado a la psicología comparada y experimenta
Nada más económico ni más cautivador para un espíritu medianamente
filosófico que el estudio de los instintos; del modo de reacción de los animale
en presencia de los excitantes; de las leyes del hábito y de la memoria; de
efecto perturbador causado por la alteración del medio físico (variación
herencia, mutación per saltum, etc.); la materia, en fin, de las observaciones y

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experimentos clásicos de los Fabre, Réaumur, Huber, Lubbock, Forel, Perrier
Bohm, etcétera.
Ciertamente, mayores sacrificios impone el cultivo de la física y de la
química. Requiérese a menudo el laboratorio oficial, bien provisto de costoso
aparatos de medida o de análisis y de potentes generadores de energía motriz
Y, sin embargo, si nuestro físico en cierne sabe encerrarse en los límites de un
tema especial, perteneciente a los grandes capítulos de la electricidad, luz
radioactividad, magnetismo, etc., podrá con ayuda de pocos instrumentos
trabajar también eficazmente a domicilio e ilustrarse con indagacione
estimables.
La norma de confinarse en uno o en corto número de temas, posee valo
absoluto. Quien ambicione explorar el dominio total de una ciencia (si ello
fuera posible hoy) necesitaría, además de amplio local, disponer de un arsena
de instrumentos variadísimos, y, por consiguiente, enormemente dispendiosos
He aquí un inconveniente más de la manía enciclopédica, contra la cual hemo
protestado en capítulos anteriores.
Compatibilidad entre el ejercicio profesional y la labor investigadora.—
Poco hay que esforzarse en demostrar que, lejos de excluirse, ambas tareas se
completan e iluminan mutuamente. Para el amante de la observación la
práctica profesional constituye el mejor aliado del laboratorio. Aquella
proporciona la materia inquisitiva, a cambio de la cual este presta al ejercicio
profesional normas teóricas y soluciones prácticas.
Supongamos que el hombre de carrera sea médico con regular clientela. Sin
vacilar declaramos que no ejercerá a conciencia su misión sin el concurso de
laboratorio privado u oficial, donde personalmente se ocupe en dilucidar, con
el microscopio y la técnica química, los arduos problemas de la clínica. N
valga alegar que falta tiempo para ello y que a la realización de tales trabajo
responden los laboratorios micrográficos y químicos dirigidos po
especialistas (análisis pericial de sangre, orinas, tumores, microbios, etc.). Sin
duda que estos laboratorios rinden servicios útiles; pero su eficacia máxima se
obtiene solamente cuando concurre, en quien los dirige, la doble cualidad de
técnico y de clínico.
Lejos estamos de condenar las excelencias de la división del trabajo. Pero
convengamos en que la excesiva fragmentación de la labor científica entraña
algunos inconvenientes. Uno de los cuales consiste en separar lo inseparable
es decir, en localizar en cabezas diferentes los términos de un mismo
razonamiento. Alejados, el dato experimental y el juicio médico apenas se

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prestan ayuda; asociados en el mismo intelecto, se iluminan y fecundan
mutuamente.
Y viniendo a nuestro asunto, ocurre preguntar ahora: si el médico
entregado a la dilucidación de los problemas prácticos, adquiere, como no
puede menos de suceder, pericia experimental y dominio de los método
analíticos, ¿qué le costaría avanzar un paso más y consagrarse, sin abandona
su profesión, a la indagación científica original? Que ello es posible, y aun
hacedero y llano, pruébase con la conducta de muchos médicos prácticos de
extranjero, quienes, inspirados en nobles ideales, supieron, entre la
inquietudes y apremios del ejercicio profesional, organizar laboratorio
privados, honrándose y honrando a su país con descubrimientos biológicos de
valía. Citemos, entre mil, al ilustre Virchow, que, siendo médico de Francfort
escribió su célebre obra sobre la Patología celular; a Roberto Koch, también
médico práctico, domiciliado en Postdam, cuyas investigaciones renovaron la
bacteriología con hallazgos técnicos fecundísimos y observaciones admirables
a la brillante pléyade de neurólogos de Francfort, ciudad no universitaria
donde los Weigert, los Ehrlich, los Edinger, etc., crearon valiosos métodos de
investigación histológica, etc.
El investigador y la familia.— Los afanes y gastos exigidos por la creación
y sostenimiento de una familia, en contraste con las mezquinas retribucione
con que el Estado sufraga la función docente, constituyen, según es harto
sabido, otra de las razones alegadas por muchos de nuestros profesores para
desertar del laboratorio y enderezar sus actividades a más lucrativas empresas
«La ciencia y la familia —afirman— son incompatibles. Puesto que la base
física del profesor —añaden— representa mera ración de entretenimiento
¿cómo invitar a nadie a compartirla? El sabio debe escoger, por tanto, entre su
familia espiritual y su familia real; entre sus ideas y sus hijos.»
Preciso es reconocerlo: en tales exageraciones late un fondo de verdad. Lo
afanes del hogar restan fuerzas morales y económicas a la obra de
investigación. El ideal universitario sería un monasterio, cuyos monjes
consagrados de por vida al estudio de la naturaleza, se distrajeran un tanto de
sus deberes religiosos.
Porque somos demasiado imperfectos para consagrar por igual nuestro
fervor a dos nobles causas. El ansia del cielo desinteresa de la tierra. Notorio
es que los psicólogos, abismados en la contemplación del espíritu, desprecian
el cerebro. Quienes se preocupan del diablo, se ríen del microbio. Y la
aspiración a la gloria eterna nos aleja de la gloria humana. ¡La gloria!... Vana
ilusión, sin duda, pero capaz de remover montañas y de impulsa

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ardientemente la humanidad hacia la verdad y el bien. Como el patriotismo, la
pasión de la gloria debe sugerirse y nunca analizarse.
Mas la vida cenobítica resultaría para la mayoría de los sabios intolerable
sacrificio. Parece que este ideal de íntima convivencia fue realidad en la
famosa escuela de Alejandría. Sin embargo, aquellos célebres geómetras y
astrónomos fueron sin duda casados. Si la mujer es un mal, convengamos en
que es un mal necesario. Poquísimos son los austeros para quienes la bella
mitad del género humano representa algo así como vistoso ejemplar de
colección ornitológica. Además, mala táctica de conquistar adeptos sería
brindarles la abstención y el martirio. Sea abnegado quien pueda, pero no
impongamos a nadie la abnegación.
He aquí un punto en que la tutela del Estado resulta necesaria. Es mera
cuestión económica. Obligación sagrada de aquel es conciliar la obra científica
con la holgada vida de familia, ahorrando al investigador dolorosas renuncias
Como todo ciudadano celoso del bien público, el científico debe hallarse en
situación de satisfacer la plenitud de sus irrefrenables instintos sociales. En
países más adelantados, donde se sabe harto bien que la prosperidad naciona
es fruto de la ciencia, este problema económico recibió hace tiempo
satisfactoria solución. Y en Alemania e Inglaterra han hecho más: en su
generosidad hacia los maestros, han convertido el aula y el laboratorio en
pingües sinecuras. Y el sabio ha acabado por tener firma tan acreditada en e
libro científico como en el libro talonario.
En esas felices naciones se cumple siempre lo que escribía Liebig a
Gerhard: «Apuntad a un fin elevado, y al fin los honores y riquezas llegarán
sin que tenga uno que tomarse el trabajo de buscarlos».
Muy alejados nos hallamos todavía en España de este ideal económico
Hacia él se camina, sin embargo. Notorio es, según dejamos apuntado má
atrás, que las condiciones materiales de nuestro Profesorado y, en general, de
los devotos del laboratorio, han mejorado mucho, gracias a plausible
iniciativas de los Gobiernos[20]. Pero aunque el Estado fuera sordo a nuestro
clamores, no debemos amilanarnos. Sea nuestra divisa la de los grande
financieros: ganar mucho para satisfacer todas nuestras necesidades, y
singularmente las de orden elevado, en vez de constreñirnos a una vida de
mezquina economía y de cobardes abstenciones.
Pongámonos en el peor de los casos, y veamos cómo el novel profeso
puede servir a la vez su familia y sus proyectos. Doy por supuesto que nuestro
catedrático reside en ciudad de provincias, de ambiente sórdido, sin posible
clientela y falto, por tanto, de los recursos necesarios para satisface

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conjuntamente inexcusables exigencias del hogar y de sus querida
investigaciones.
¿Se privará de todo en aras de su vocación? ¿Vivirá solitario renunciando a
matrimonio? De ninguna manera. Sirva con igual devoción sus ideales y su
buenos instintos. Para su labor, entréguese a las investigaciones baratas, que
piden poco material y mucho esfuerzo. Y aproveche sus actividades sobrante
en el fomento de aquellas industrias docentes menos alejadas del blanco de su
amores: la del libro de texto y hasta de vulgarización, la de los análisi
periciales y, en fin, la de la enseñanza privada. Con estos ingreso
complementarios dará pábulo a sus nobles afanes, sin renunciar a legítima
expansiones del hogar. Y espere pacientemente mejores tiempos. Si su labor e
realmente meritoria, el premio vendrá a sorprenderle en su rincón. A la excelsa
alegría que lleva aparejado el cumplimiento austero del deber, se añadirán
también el bienestar material y los halagos de la nombradía.
Contra el parecer de muchos, hemos declarado que el hombre de ciencia
debe ser casado y arrostrar valerosamente las inquietudes y responsabilidade
de la vida de familia.
No imitará el egoísmo de Epicuro, que no se casó para ahorrarse cuidados e
inquietudes, ni el refinadísimo de Napoleón, que solo veía en la mujer una
enfermera utilísima para la vejez[21]. Para el hombre de ciencia, el concurso de
la esposa es tan necesario en la juventud como en la ancianidad. Como la
mochila en el combate es la mujer: sin esta se lucha con desembarazo, pero ¿y
al acabar?
En este punto solo haremos una restricción: que el sabio tenga en cuenta su
propia y especial psicología[22] antes de escoger compañera. Y sobre todo, que
evite a todo trance que se la elijan los demás. Poco hay que insistir para
justificar el matrimonio del sabio. En varón robusto y normal, el celibato suele
ser invitación permanente a la vida irregular, cuando no a los abandonos de
libertinaje. Y las ideas son flores de virtud que no abren sus corolas, o se
marchitan rápidamente, en el vaho de la orgía. Por otra parte, el soltero vive en
plena preocupación sexual. En él la intriga galante interrumpe demasiado la
marcha de la intriga especulativa. Y, según es notorio, no hay más seguro
medio para despreocuparse de mujer que satisfacerse de mujer. Además, según
se ha dicho muchas veces, el hogar feliz destierra del alma el egoísmo
ennoblece el instinto sexual, genera altos anhelos sociales y fortalece e
patriotismo.
¡Elección de compañera! Tocamos aquí a un punto delicadísimo. ¿Qué
cualidades han de adornar a la elegida de un hombre de ciencia? Cuestión

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gravísima, porque harto sabido es que los atributos morales de la esposa son
decisivos para el éxito de la obra científica. Muchos ciudadanos padecen
mujer, pero se la padecen ellos solos; mas de la mujer del sabio sufre, a veces
la sociedad y hasta la humanidad entera. ¡Cuántas obras importantes fueron
interrumpidas por el egoísmo de la joven esposa! ¡Qué de vocaciones frustró
la vanidad o el capricho femenil! ¡Cuántos profesores esclarecidos rindiéronse
al peso de la coyunda matrimonial, convirtiéndose en vulgares buscadores de
oro y rebajándose y esterilizándose con el acaparamiento insaciable de
dignidades y prebendas![23].
Hasta los impulsos más humanos y nobles de la esposa, cuando alcanzan
excesiva expansión, constituyen formidables enemigos de la labor científica
Según es notorio, alienta en la mujer el espíritu de familia, la sana tendencia a
la conservación física de la raza. ¡Santo egoísmo, porque representa e
supremo interés de la especie! No sin razón y profundidad ha dicho Renan: «lo
que quiere la mujer lo quiere Dios». Concentra esta su amor y abnegación en
la prole; menos exclusivo, el varón sabe distribuir sus afectos entre la familia y
la sociedad. La mujer ama la tradición, adora el privilegio, siente poco la
justicia y suele ser indiferente a toda obra de renovación y de progreso; al paso
que el hombre verdaderamente digno de ese título, el homo socialis, abomina
de la rutina y del privilegio, venera la justicia y antepone, en muchos casos, la
causa de la humanidad al interés de la familia. Por eso, la madre anhela vivi
solamente en la memoria de sus hijos; mientras que el padre ansía, además
sobrevivir en los fastos de la historia.
Ambas tendencias, la centrípeta y la centrífuga, la de concentración y de
expansión, son legítimas y necesarias. De su armonía y acomodo dependen la
prosperidad de la raza y los avances de la civilización. Cuando la tendencia
altruísta del varón predomina demasiado, la prole decae; por el contrario, si la
tendencia femenil prepondera, medra la familia, pero padecen la sociedad y e
Estado. En el hogar del sabio, como en el del político honrado, reinará e
espíritu de abnegación y de sacrificio; pero no hasta el punto de crea
condiciones adversas al desarrollo y educación de los hijos. Porque, aun
colocándonos en el punto de vista del interés colectivo, no es dudoso que la
querellas y preocupaciones domésticas, cuando son continuadas, acaban po
agriar la vida del pensador, dificultando por ende la prosecución de la obra
científica o social.
En suma: como norma general, aconsejamos al aficionado a la ciencia
buscar en la elegida de su corazón, más que belleza y caudal, adecuada
psicología, esto es: sentimientos, gustos y tendencias, en cierto modo

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complementarios de los suyos. No escogerá la mujer, sino su mujer, cuya
mejor dote será la tierna obediencia y la plena y cordial aceptación del ideal de
vida del esposo.
Llegados a este punto, deseará acaso el lector que, abandonando el terreno
de las generalidades, definamos el tipo de mujer más adecuado al hombre de
ciencia. Séanos lícito dar aquí nuestro parecer, con las naturales reservas y
miramientos. Y a los que sonrían al vernos descender a estos menesteres, le
diremos que no es cosa frívola aquello que, como el amor, decide de la vida
Ni es indiferente que la mujer sea para el hombre de estudio gas que lo eleve
hasta el cielo o lastre que le obligue, en lo mejor de su vuelo, a aterrizar en e
pantano.
Entre las mujeres de la clase media, donde el hombre de estudio suele
buscar compañera, figuran cuatro tipos principales, a saber: la intelectual, la
heredera rica, la artista y la hacendosa.
La mujer intelectual, es decir, la joven adornada con carrera científica o
literaria, o que, llevada de vocación irresistible por el estudio, ha logrado
adquirir instrucción general bastante sólida y variada, constituye especie muy
rara en España. Hay, pues, que renunciar a tan grata compañía. Ello e
sensible, sin duda; aunque los pocos ejemplares de doctoras (salvo un par de
excepciones) que hemos conocido en Ateneos, Laboratorios y salones, parecen
empeñadas en consolarnos de su inaccesibilidad.
Abunda, por lo contrario, en el extranjero esta categoría femenina, de la
cual destácase, con singular prestigio, la mujer sabia, colaboradora en la
empresas científicas del esposo, y exenta (en cuanto ello es posible) de la
fantasías y frivolidades del temperamento femenil. Mujer semejante
inteligente y ecuánime, rebosante de optimismo y fortaleza, constituye la
compañera ideal del investigador. Ella triunfa en el hogar y en el corazón de
sabio, ciñendo la triple corona de esposa amante, de confidente íntima y de
asidua colaboradora. El caso, repetimos, no es excepcional en las venturosa
naciones del Norte.
¡Con qué admiración, no exenta de envidia, hemos contemplado en alguno
Laboratorios esas parejas dichosas, entregadas afanosamente a la misma labor
en la cual pone cada cónyuge lo más exquisito de su temperamento mental y
de sus aptitudes técnicas! Sin insistir en el ejemplo conmovedor de los esposo
Curie, descubridores del radio, y concretándonos al reducido círculo de
nuestras amistades y aficiones científicas, surgen en nuestra memoria la
imágenes de tres admirables parejas: M. y Mad. Dejérine, de París
consagrados al estudio de la anatomía normal y patológica del cerebro; M. y

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Mad. Nageotte, de la misma ciudad, entregados en común a investigacione
histológicas y neurológicas, y en fin, los esposos O. Vogt y Cécile Vogt, de
Instituto neurobiológico de Berlín, ocupados en la magna empresa de la
cartografía parcelaria del cerebro humano, al modo de los astrónomos que se
pasan la vida absortos en la fotografía y catalogación de estrellas y nebulosas.
Pero, repetimos, esta ave fénix, la doctora seria y discreta, colaboradora
asidua del esposo, no se ha dignado todavía aparecer en nuestro horizonte
social, donde, por caso extraño, los más grandes talentos femeninos son
autodidácticos y ajenos por completo a los estudios universitarios regulares. E
hombre de ciencia español debe, pues, elegir entre las otras categoría
femeniles.
¿Se dirigirá hacia la mujer opulenta? Nos parece peligrosísimo. Habituada
a una vida de molicie, de fausto y de exhibición, milagro sería que no
contagiara sus gustos al esposo; repitiéndose con ello el caso del ilustre físico
inglés Davy, quien por haberse enlazado con hembra linajuda, suspendió cas
del todo su brillante carrera de investigador, consumiendo lo mejor de su vida
en fiestas y recepciones del gran mundo.
Gran fortuna sería topar con heredera rica e ilustrada que, abandonando lo
caprichos y vanidades del sexo, consagrara su oro al servicio de la ciencia
Admirables mujeres de este género abundan en Francia e Inglaterra. En
nuestro país no hemos conocido un profesor aficionado al laboratorio para
cuya obra no haya sido fatal la riqueza de la esposa. Si la discreción no sellara
nuestros labios, podríamos demostrar aquí con ejemplos vivos cómo los gusto
frívolamente ostentosos de la cónyuge o el egoísmo exagerado de la madre de
familia, han interrumpido carreras brillantes, obligando al novel hombre de
ciencia a trocar el estudio por la política, el microscopio por el automóvil, y
las redentoras veladas del laboratorio por las ociosas horas de la tertulia o de
teatro.
Pero no censuremos demasiado a estas ricas hembras, excelentes en e
fondo, aunque víctimas de su incultura; al fin, los reproches inacabables con
que paralizan las honradas iniciativas del esposo (¿para qué esforzarte si tiene
con qué vivir holgadamente, etc.?), son disculpables, ya que se inspiran en e
amor conyugal. ¡Harto más antipáticas son esas altivas herederas que, sin
miramiento alguno, echan en cara al infeliz consorte su condición parásita e
incapacidad financiera, y que, mortificándole con diarias pullas, oblíganle a
trabajar como bestia de carga, a fin de sufragar por entero (la dote de la muje
se disipa en adornos, alhajas, muebles lujosos y giras a balnearios y playas a la
moda) el fausto de una vida tan llena de vanidad como vacía de ideales!

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¿Preferirá el sabio la mujer artista o la literata profesional? Salvo honrosa
excepciones, tales hembras constituyen constante perturbación o perenne
ocasión de disgustos para el cultivador de la ciencia. Desconsuela reconoce
que, en cuanto goza de un talento y cultura viriles, suele la mujer perder e
encanto de la modestia, adquiere aires de dómine, y vive en perpetua
exhibición de primores y habilidades. La mujer es siempre un poco teatral
pero la literata o la artista están siempre en escena. ¡Y luego tienen gustos tan
señoriles y complicados!... Al fin, la esposa opulenta suele subvenir a su
antojos. Poco amiga de libros y revistas, curiosea solamente joyerías y tienda
de modas; pero la literata pasea con igual codicia sus miradas por lo
escaparates de alhajas y sombreros y por las muestras de los libreros.
No queda, pues, a nuestro sabio en cierne, como probable y apetecible
compañera de glorias y fatigas, más que la señorita hacendosa y económica
dotada de salud física y mental, adornada de optimismo y buen carácter, con
instrucción bastante para comprender y alentar al esposo, con la pasión
necesaria para creer en él y soñar con la hora del triunfo, que ella diputa
segurísimo. Inclinada a la dicha sencilla y enemiga de la notoriedad y
exhibición, cifrará su orgullo en la salud y felicidad del esposo. El cual, en
lugar de reconvenciones y resistencias, hallará en el hogar ambiente grato
propicio a la germinación y crecimiento de las ideas. Y si, por fortuna, sonríe
la gloria, sus fulgores rodearán, con una sola aureola, dos frentes gemelas.
¡La gloria!... La esposa modesta la merece también, porque gracias a su
abnegaciones, sacrificando galas y joyas para que no falten libros y revistas
consolando y confortando al genio en horas de desaliento, hizo al fin posible la
ejecución de la magna empresa.
Por fortuna, este tipo delicioso de mujer no es raro en nuestra clase media
Muy desventurado será, quien, buscándola con empeño, no logre encontrarla o
no sepa asociarla de todo corazón a sus destinos. El toque está en conquistarla
para la obra común, en constituirse en su director espiritual, en modelar su
carácter, plegándolo a las exigencias de una vida seria de trabajo intenso y de
recato austero; en hacer, en suma, de ella, según decíamos antes, un órgano
mental complementario, absorbido en lo pequeño (si pequeñez puede llamarse
el gobierno del hogar y la educación de los hijos), para que el esposo, libre de
inquietudes, pueda ocuparse en lo grande, esto es, en la germinación y crianza
de sus queridos descubrimientos y de sus especulaciones científicas.

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CAPÍTULO VII
Marcha de la investigación científica.

Siguiendo a los tratadistas de lógica, y singularmente a E. Naville
consideramos en toda investigación científica tres operaciones sucesivas, a
saber: observación y experimentación, suposición o hipótesis y comprobación
En algún caso, la indagación misma tiene como precedente, no la observación
personal, sino un acto de crítica, una repugnancia sentida a priori por nuestro
espíritu respecto de ciertas doctrinas más o menos generalmente admitidas
pero hay que convenir en que semejante desacuerdo supone a menudo algún
estudio objetivo personal, siquiera sea ligero, sobre el tema o sobre materia
afines del problema a resolver.

a) observación

El consejo dado por los preceptistas literarios, y sobre el cual ha disertado
muy atinada e ingeniosamente Pérez de Ayala, «ver las cosas por primera
vez», es decir, readmirarlas descartando reminiscencias librescas
descripciones postizas y frases y tópicos comunes, tiene en la investigación
científica muy señalada aplicación. Hay que limpiar la mente de prejuicios y
de imágenes ajenas, hacer el firme propósito de ver y juzgar por nosotro
mismos, como si el objeto hubiera sido creado expresamente para regalo y
deleite de nuestro intelecto. Es preciso, en fin, renovar en lo posible aque
estado de espíritu —mezcla de sorpresa, emoción y vivísima curiosidad— po
que atravesó el sabio afortunado que descubrió el hecho considerado po
nosotros, o que planteó primeramente el problema.
Y esto se enlaza íntimamente con otra regla encarecida insistentemente po
los maestros de la investigación científica. No basta examinar; hay que

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contemplar: impregnemos de emoción y simpatía las cosas observadas
hagámoslas nuestras, tanto por el corazón como por la inteligencia. Solo as
nos entregarán su secreto. Porque el entusiasmo acrecienta y afina nuestra
capacidad perceptiva. Al modo del amante que sabe descubrir diariamente en
su adorada nuevas perfecciones, quien contempla con delectación un objeto
acaba por discernir en él detalles interesantes y propiedades peregrina
escapadas a la atención distraída de los trabajadores rutinarios.
Descendiendo ahora a más concreto terreno, formulemos algunas regla
indispensables a la buena observación en materias biológicas.
Debe realizarse en las mejores condiciones posibles, aprovechando a
efecto los instrumentos analíticos más perfectos y los métodos de estudio
merecedores de más confianza. A ser posible, aplicaremos varios métodos a
mismo tema, y corregiremos las deficiencias de los unos con las revelacione
de los otros. Escojamos la técnica más exacta, la que dé imágenes más claras y
concluyentes. Importa, asimismo, evitar toda ligereza en la apreciación de lo
hechos, reproduciéndolos de mil maneras, hasta cerciorarnos de su absoluta
constancia y de no haber sido víctimas de alguna de esas falaces apariencia
que extravían (particularmente en los estudios micrográficos) a los jóvene
exploradores.
Si nuestro estudio versa sobre un objeto de Anatomía, Historia natural, etc.
la observación correrá paralela al dibujo; porque, aparte otras ventajas, el acto
de copiar disciplina y robustece la atención, obliga a recorrer la totalidad de
fenómeno estudiado, y evita, por tanto, que se nos escapen detalle
frecuentemente inadvertidos en la observación ordinaria. En ciencias naturale
solo podemos lisonjearnos de conocer una forma o una estructura cuando
sepamos representarlas fácil y detalladamente. Cuanto más que cierto
estudios morfológicos serían incomprensibles sin el dibujo. Razón tenía e
gran Cuvier cuando afirmaba que «sin el arte del diseño la Historia natural y la
Anatomía hubieran sido imposibles»[24]. Por algo todos los grande
observadores son habilísimos dibujantes.
Cuando, a pesar de haber aplicado la técnica apropiada, la presentación de
objeto no salga enteramente a nuestro gusto, hay que reproducirla cuanta
veces sea preciso para obtener del método el máximo rendimiento. Será de
gran provecho, al efecto, tener a la vista, para confrontarla con las nuestras
alguna preparación excelente ejecutada por el autor del método o por alguno
de sus discípulos esotéricos. Tendremos presente que el hecho nuevo lo
descubre, no el que lo ve primeramente, sino quien, merced a una técnica
habilísima, supo mostrarlo con entera evidencia, logrando llevar la convicción

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al ánimo de todos. Como dejamos dicho más atrás, en las ciencias biológicas
casi todos los grandes sabios han debido sus conquistas al dominio absoluto de
uno o varios métodos de demostración o de experimentación.

b) experimentación

En muchas ciencias (la Fisiología, la Patología, la Física, la Química, etc.
la experimentación sobrepuja en importancia a la observación misma
Imposible descubrir en Física o Fisiología, sin imaginar un experimento
original, sin someter el fenómeno estudiado a condiciones más o meno
nuevas. La Morfología misma (Histología, Anatomía, Embriología, etc.), para
cuyo estudio parece bastar la mera observación, adquiere de día en día carácte
más experimental. Y a tal cambio de rumbo débense valiosas conquistas, a la
cuales jamás se hubiera llegado por el trillado camino del análisis anatómico
de las formas estáticas. Entre mil ejemplos que pudiéramos citar, recordemos
la producción de partenogénesis artificial en la estrella del mar (anima
sexuado), mediante la sustitución de la fecundación natural (acción de
zoospermo) por el influjo del agua de mar cargada de cloruro de magnesio; lo
interesantes experimentos de merogonia (destrucción de las primeras esfera
de segmentación del óvulo fecundado), ejecutados en batracios por Roux
Hertwig, Wilson, etc., demostrativos de que cada célula primitiva posee
capacidad de generar un embrión entero, de donde resultaron definitivamente
arruinadas las hipótesis embriogénicas de la preexistencia y del mosaico; lo
trabajos de Nageotte, Marinesco, etc., acerca de la trasplantación de lo
nervios y ganglios, probando que la morfología de la célula nerviosa
representa simple función del ambiente químico; los maravillosos resultado
obtenidos por Harrison, Carrel y su escuela (Instituto Rockefeller) sobre e
cultivo artificial, en serie e in vitro, de las células de los tejidos normales y
patológicos; los interesantes experimentos de H. de Vries y de mucho
modernos naturalistas acerca de la mutación de las especies y del mecanismo
de la herencia, etc.
Tan admirables éxitos deben alentarnos a completar en lo posible el estudio
meramente estático de las formas por la intervención del método experimental
De esta suerte provocamos alteraciones violentas en las condiciones biológica
normales de células y organismos. Simplifícase de este modo el proceso lógico
de la determinación causal y del mecanismo físico-químico del fenómeno

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estudiado. Sin duda que, en la observación misma, se dan ya, en ocasiones
mudanzas de las condiciones fenomenales pero semejantes mutaciones
debidas a causas naturales, son raras y episódicas, al paso que, mediante la
experimentación, abrévianse los plazos y nos hacemos dueños, tanto de
determinismo natural como de las causas de variación.

c) hipótesis directriz

Observados los hechos, es preciso fijar su significación, así como la
relaciones que encadenan la nueva verdad al conjunto de los postulados de la
Ciencia. En presencia de un fenómeno insólito, el primer movimiento de
ánimo es imaginar una hipótesis que dé razón de él y que lo subordine a
alguna de las leyes conocidas. La experiencia fallará después definitivamente
sobre la verosimilitud de la concepción.
Meditando sobre el carácter de las buenas hipótesis, se cae en la cuenta de
que, en su mayor parte, representan generalizaciones felices o induccione
arriesgadas, en cuya virtud el hecho recién descubierto se considera
provisoriamente como caso particular de un principio general o como un
efecto desconocido de una causa conocida. Por ejemplo: el transformismo, tan
fecundo en las ciencias biológicas, representa exclusivamente una
generalización a todos los seres de la ley de herencia, solo positivamente
demostrada en la historia de cada especie. Cuando Lavoisier creó la teoría de
calor animal, redujo el fenómeno respiratorio de los animales, desconocido
antes en su esencia, a la ley general de la producción del calor por la oxidación
del carbono, etc.
Para la creación de la hipótesis tendremos en cuenta las reglas siguientes
1.ª, que la hipótesis sea obligatoria, es decir, que sin ella no quede arbitrio para
explicar los fenómenos; 2.ª, que sea, además, contrastable o comprobable, o
por lo menos que pueda concebirse, para un plazo más o menos remoto, su
comprobabilidad, pues las hipótesis que se sustraen por completo a la piedra
de toque de la observación o de la experimentación, dejan en realidad lo
problemas sin esclarecer y no pueden representar otra cosa que síntesi
artificiales coordinadoras, pero no explicativas, de los hechos, cuando no
meras explicaciones verbales; 3.ª, que sea fácilmente imaginable, es decir
traducible en lenguaje físico-químico, y si es posible, como quería lord Kelvin
en puro mecanismo (las hipótesis obscuras o demasiado abstractas corren

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riesgo de constituir vacías explicaciones verbales); 4.ª, que huyendo de
propiedades ocultas y de esencias metafísicas, propenda a resolver la
cuestiones de calidad en problemas de cantidad; 5.ª, y que sugiera, a se
posible, también investigaciones y controversias que, si no zanjan la cuestión
nos aproximen al menos al buen camino, promoviendo nuevas y más felice
concepciones (hipótesis de trabajo, de Weissmann). Aun siendo errónea, una
hipótesis puede servir eficazmente al progreso con tal que esté basada en
nuevas observaciones y marque una dirección original al pensamiento
científico. Y en todo caso, la explicación rechazada por falsa siempre tendrá
una ventaja: la de restringir, por exclusión, el campo de lo imaginable
eliminando soluciones inaceptables y causas de error. Con razón dice Le Bon
«que quien rehúsa escoger la hipótesis por guía, debe resignarse a tomar e
azar por maestro».
Muchos sabios ilustres, y singularmente el gran físico Tyndall, han insistido
elocuentemente sobre la importancia de las hipótesis en la Ciencia, y acerca
del importante papel desempeñado por la imaginación en la creación de
buenas y fecundas teorías. De acuerdo, por nuestra parte, creemos que, si la
hipótesis es un arma de que se abusa demasiado, es también un instrumento
lógico, sin el cual ni la observación misma, con ser de suyo tan pasiva, puede
realizarse. Buena o mala, una conjetura, un intento de explicación cualquiera
será siempre nuestro guía, pues nadie busca sin plan.
Aun los llamados hallazgos casuales se deben comúnmente a alguna idea
directriz que la experiencia no sancionó, pero que tuvo virtud, no obstante
para llevarnos a un terreno poco o nada explorado. Si se me perdonara lo
vulgar del símil, diría que en estas materias sucede lo que con las persona
conocidas, que aparecen en la calle entre la multitud de transeúntes en e
preciso instante en que pensamos en ellas, por la razón bien sencilla de que
cuando en ellas no pensamos, pasan cerca de nosotros sin percatarnos de su
presencia. Impulsados por la hipótesis, acaso ocurrirá sorprender en los hecho
diversa cosa que lo buscado; pero mejor es esto que no encontrar nada, que e
justamente lo que le sucede al mero e impasible contemplador de lo
fenómenos naturales. Como dice Peisse, «el ojo no ve en las cosas más que lo
que mira en ellas, y no mira sino lo que está en idea en el espíritu».
Inútil será recordar que todos los grandes investigadores han sido fecundo
creadores de hipótesis. Con profundo sentido se ha dicho que ellas son e
primer balbuceo de la razón en medio de las tinieblas de lo desconocido; la
sonda tendida en el misterioso abismo; el puente, en fin, aéreo y audaz que
junta la playa familiar con el inexplorado continente.

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De las hipótesis se ha abusado mucho. Es fuerza, sin embargo, reconoce
que sin ellas nuestro caudal de hechos positivos resultaría harto mezquino
acrecentándose muy lentamente. La hipótesis y el dato objetivo están ligado
por estrecha relación etiológica. Aparte su valor conceptual o explicativo
entraña la teoría valor instrumental. «El científico no debe olvidar, afirma
Huxley, que la hipótesis debe considerarse como un medio, jamás como un
fin.» Observar sin pensar es tan peligroso como pensar sin observar. Ella e
nuestra mejor herramienta intelectual: herramienta, como todas, susceptible de
mellarse y de enmohecerse, necesitada de continuas reparaciones y
sustituciones, pero sin la cual fuera casi imposible labrar honda brecha en e
duro bloque de lo real.
Difícil es dictar reglas para imaginar hipótesis. Quien no posea cierta
intuición del encadenamiento causal, instinto adivinatorio para columbrar la
idea en el hecho y la ley en el fenómeno, pocas veces dará, cualquiera que sea
su talento de observador, con una explicación razonable. Cabe, empero
señalar, por lo que toca a las hipótesis biológicas, algunos conceptos o norma
generales, cuyo recuerdo podrá ser provechoso a la hora de imaginar hipótesi
explicativas.
He aquí algunas de ellas:
1. La naturaleza emplea los mismos medios para iguales fines.— En virtud
de este principio, que tiene pocas excepciones, nos será en muchos casos dado
reducir una disposición desconocida en otra conocida. Por ejemplo: cuando la
mitosis o kariokinesis fue descubierta en las gruesas células de las larvas de
tritón y salamandra, pudo racionalmente esperarse hallar parecidos fenómeno
en la división celular del hombre y vertebrados superiores, así en estado
normal como en condiciones patológicas; y, en efecto, la experiencia confirmó
la previsión. Citemos otro ejemplo: esclarecida en los vertebrados, gracias a
las investigaciones de Kühne, Krause, Ranvier, etc., la terminación libre
mediante arborizaciones varicosas, de las fibras nerviosas motrices y
sensitivas, podía preverse, en virtud de la citada ley, que el hecho se repetiría
en los centros nerviosos, no solo de los vertebrados, sino de los invertebrados
Y esta sospecha racional vino a ser luego plenamente confirmada por nosotros
por Kölliker, Lenhossék, van Gehuchten, etc., para los vertebrados, y po
Retzius, Lenhossék y otros, para los invertebrados. Inútil multiplicar lo
ejemplos.
2. Estudios del hecho en sus formas sencillas.— Puesto que la ontogenia y
la filogenia representan dos series casi paralelas de formas que van de lo
sencillo a lo complicado, nada mejor podemos hacer, para esclarecer la

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estructura de un órgano complejo y casi inabordable en los vertebrado
superiores, que estudiar este en sus formas simples, ora del desarrollo
individual, ora de las especies. Método excelente es, para determinar la
significación de una cosa, averiguar cómo llega a ser lo que es; porque a
señalar el lugar que ocupa en la cadena evolutiva, esclarecemos, sin pensarlo
su valor anatómico y fisiológico.
3. Toda disposición natural, por caprichosa que parezca, obedece a un fin
utilitario.— Abstracción hecha de los órganos atróficos, este principio
teleológico es aplicable a todas las particularidades de estructura de animales y
plantas. Al enunciar esta ley, no pretendemos, como supusieron Linneo, Cuvie
y Agassiz, que cada órgano represente una encarnación directa del Principio
creador: pretendemos tan solo consignar que, sea cualquiera la causa, todo
órgano conservado por la Naturaleza, es decir, fijado durante miles de años po
la herencia, representa casi siempre disposición útil al individuo o a la especie
ya que las organizaciones superfluas o desfavorables provocadas po
variación, y otras condiciones, acaban por ser eliminadas. En armonía con este
principio, atribuiremos una función importante a cuantos órganos o tejidos se
mantienen tenazmente en la serie animal, y una actividad menos urgente, po
lo menos para la vida del individuo, a aquellos otros exiguamente
representados en la escala zoológica. De este postulado usa y abusa
continuamente el fisiólogo al tratar de interpretar el dinamismo de órgano
como los de circulación, digestión y locomoción; dinamismo en el cual tanta
luz arroja nuestro conocimiento de la Física y de la Química, o, como decía
Letamendi, el estado actual de nuestros conocimientos industriales.
Hay excepciones, sin duda, del citado principio utilitario; mas estas son
pocas y fácilmente explicables por el hecho de la adaptación reciente, y po
tanto incompleta, a condiciones nuevas (órganos atróficos por desuso, etc.)
Sobre estas incongruencias biológicas, más comunes todavía en el hombre que
en los animales, consecuencias del principio de Lamarck del uso u desuso de
los órganos, discurre ingeniosamente Metchnikoff, en sus Estudios sobre la
Naturaleza humana.
La hipótesis aplícase siempre, según es sabido, a explicar los hecho
adquiridos. Sin entrar en el arduo problema filosófico de la explicación
científica (esto implicaría desarrollos impropios de este librito), haremos nota
que el entendimiento, al considerar los fenómenos naturales, puede adopta
una de estas dos actitudes, ambas satisfactorias para nuestra necesidad de
certeza:

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1.ª El hecho nuevo es referido a una ley conocida (explicación legalista de
Meyerson).
2.ª El hecho nuevo, además de su legalidad, es decir, de su vinculación a
una ley general, resuélvese también ante la razón en puro mecanismo, y entra
dócilmente en las ecuaciones de la dinámica. Esta segunda manera de
explicación representa para Maxwell y para la mayoría de los físico-filósofo
modernos un grado superior de comprensión científica, y requiere el empleo
de teorías generales jerárquicamente superiores a las leyes empíricas.
Fuerza es confesar que nuestro entendimiento exige imperiosamente teoría
concebibles, representables en términos mecánicos. Lo que se resiste a la
representación material corre mucho riesgo de ser un mero juego de la
imaginación sin realidad objetiva. La razón psicológica de tal necesidad se no
escapa aún. Acaso dependa de que, como diría Bergson, modelados nuestro
conceptos sobre lo discontinuo de la sensación, la imaginación solo sabe
forjar, como representación última de las cosas, algo semejante al dato
sensorial mismo, es decir, variaciones en el movimiento de parte
discontinuas, perturbaciones en la configuración y dinamismo de sistema
materiales.
En Física, en Química, en Astronomía, las explicaciones hipotéticas po
reducción mecánica son comunísimas, y el investigador debe inspirarse en
ellas para dar forma plástica a sus ideas y llevar adelante sus especulaciones
en Anatomía, Biología, Patología, etc., habremos de contentarnos casi siempre
con hipótesis legalistas, las cuales, si no dejan plenamente saciado nuestro
afán de comprensión, son suficientes para satisfacer estos dos grandes anhelo
de la razón: actuar y prever.
Comprobación.— Imaginada la hipótesis, menester es someterla a la
sanción de la experiencia, para lo cual escogeremos experimentos u
observaciones precisas, completas y concluyentes. Imaginar bueno
experimentos es uno de los atributos característicos del ingenio superior, e
cual halla manera de resolver de una vez cuestiones que los sabios mediocre
solo logran esclarecer a fuerza de largos y fatigosos experimentos.
Si la hipótesis no se conforma con los hechos, hay que rechazarla sin
piedad, e imaginar otra explicación exenta de reproche. Impongámonos severa
autocrítica, basada en la desconfianza de nosotros mismos. Durante el proceso
de comprobación, pondremos la misma diligencia en buscar los hecho
contrarios a nuestra hipótesis que los que pueden favorecerla. Evitemo
encariñamientos excesivos con las propias ideas, que deben hallar en nosotros
no un abogado, sino un fiscal. El tumor, aunque propio, debe ser extirpado

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Harto mejor es rectificar nosotros que sufrir la corrección de los demás. Po
nuestra parte, no sentimos la menor mortificación al abandonar nuestras ideas
porque creemos que caer y levantarse solo, revela pujanza; mientras que caer y
esperar una mano compasiva que nos levante, acusa debilidad.
Confesaremos, sin embargo, los propios dislates siempre que alguien no
los demuestre; con lo cual obraremos como buenos; probando que solo no
anima el amor a la verdad, granjearemos superior consideración y estima para
nuestras opiniones.
El amor propio y la soberbia nos arrebatan el placer soberano de sentirno
escultores de nosotros mismos; la fruición incomparable de haberno
corregido y superado, refinando y perfeccionando nuestra máquina cerebral
legado de la herencia. Si alguna vez es disculpable el engreimiento es cuando
la voluntad nos automodela o recrea, actuando, por decirlo así, en función de
demiurgo soberano.
Si nuestro orgullo opone algunos reparos, tengamos en cuenta que, mal que
nos pese, todos nuestros artificios serán impotentes para retardar el triunfo de
la verdad, que se consumará por lo común en vida nuestra, y será tanto má
lamentable cuanto más enérgica haya sido la protesta del amor propio. No
faltará, sin duda, algún espíritu displicente, y acaso malintencionado, que no
eche en cara nuestra inconsecuencia, despechado sin duda porque nuestra
espontánea rectificación le privó de fácil victoria obtenida a costa nuestra; ma
a estos les contestaremos que el deber del hombre de ciencia no es petrificarse
en el error, sino adaptarse continuamente al nuevo medio científico; que e
vigor cerebral está en moverse, no en anquilosarse, y que en la vida intelectua
del hombre, como en la de las especies zoológicas, lo malo no es la mudanza
sino la regresión y el atavismo. Variación supone vigor, plasticidad, juventud
fijeza es sinónima de reposo, de pereza cerebral, de petrificación de
pensamiento, en fin, de inercia fatal, nuncio seguro de decrepitud y de
muerte[25]. Con sinceridad simpática ha dicho un científico: «varío porque
estudio». Todavía sería más noble y modesto declarar: «cambio porque
estudian los demás y tengo a gala renovarme».
Cuando el trabajo de confirmación arroje poca luz, imaginemos nuevo
experimentos y procuremos colocarnos en las mejores condiciones para valua
el alcance de la hipótesis. En Anatomía o Fisiología, por ejemplo, ocurre
frecuentemente la imposibilidad de esclarecer la estructura o la función de un
órgano complejo; lo cual depende de que atacamos el problema por su lado
más difícil, pretendiendo resolverlo en el hombre o en los vertebrado
superiores. Mas si acudimos a los embriones o a los animales inferiores, la

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Naturaleza se nos muestra más ingenua y menos esquiva, ofreciéndonos e
plan casi esquemático de la estructura y dinamismo buscados, con lo que a
menudo nuestra hipótesis recibirá inesperada y definitiva confirmación.
En resumen, la marcha seguida por el investigador en la conquista de una
verdad científica, suele ser: 1.º Observación de los hechos demostrados, a
favor de métodos terminantes, claros y de gran precisión. 2.º Experimentación
para crear condiciones nuevas en la manifestación de los fenómenos. 3.
Crítica y eliminación de las hipótesis erróneas y elaboración de una
interpretación racional de los hechos, en cuya virtud estos queden
subordinados a una ley general y, si es posible, a una representación o
esquema físico-químicos. 4.º Comprobación de la hipótesis mediante nueva
observaciones o repetidos experimentos. 5.º De no concordar con la realidad
sustitución de la hipótesis por otra, que será a su vez sometida a riguroso
análisis objetivo. 6.º Aplicaciones y ramificaciones de la hipótesis, ya
convertida en verdad firme, a otras esferas del saber.

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CAPÍTULO VIII
Redacción del trabajo científico.

a) justificación de la comunicación científica

Mr. Billings, sabio bibliotecario de Washington, agobiado por la tarea de
clasificar miles de folletos, en donde, con diverso estilo, dábanse a conoce
casi los mismos hechos, o se exponían verdades ya de antiguo sabidas
aconsejaba a los publicistas científicos la sumisión a las siguientes reglas: 1.ª
tener algo nuevo que decir; 2.ª, decirlo; 3.ª, callarse en cuanto queda dicho, y
4.ª, dar a la publicación título y orden adecuados.
He aquí un recuerdo que no creemos inútil en España, país clásico de la
hipérbole y de la dilución aparatosa. En efecto: lo primero que se necesita para
tratar de asuntos científicos, cuando no nos impulsa la misión de la enseñanza
es tener alguna observación nueva o idea útil que comunicar a los demás
Nada más ridículo que la pretensión de escribir sin poder aportar a la cuestión
ningún positivo esclarecimiento, sin otro estímulo que lucir imaginación
calenturienta, o hacer gala de erudición pedantesca con datos tomados de
segunda o tercera mano.
Al tomar la pluma para redactar el artículo científico, consideremos que
podrá leernos algún sabio ilustre, cuyas ocupaciones no le consienten perder e
tiempo en releer cosas sabidas o meras disertaciones retóricas. De este pecado
capital adolecen, por desgracia, muchas de nuestras oraciones académicas
Numerosas tesis de doctorandos, y no pocos artículos de nuestras revista
profesionales, parecen hechos, no con ánimo de aportar luz a un asunto, sino
de lucir la facundia y salir de cualquier modo, y cuanto más tarde mejo
(porque, eso sí, lo que no va en doctrina va en latitud), del arduo compromiso
de escribir, sin haberse tomado el trabajo de pensar. Nótese cuánto abundan lo

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discursos encabezados con estos títulos, que parecen inventados por la pereza
misma: Idea general de... Introducción al estudio de... Consideracione
generales acerca de... Juicio crítico de las teorías de... Importancia de la
ciencia tal o cual..., títulos que dan al escritor la incomparable ventaja de
esquivar la consulta bibliográfica, despachándose a su gusto en la materia, sin
obligarse a tratar a fondo y seriamente cosa alguna. Con lo cual no
pretendemos rebajar el mérito de algunos trabajos perfectamente concebidos y
redactados que, de tarde en tarde, ven la luz con los consabidos o parecido
enunciados.
Asegurémonos, pues, merced a una investigación bibliográfica cuidadosa
de la originalidad del hecho o idea que deseamos exponer, y guardémono
además de dar a luz prematuramente el fruto de la observación. Cuando
nuestro pensamiento fluctúa todavía entre conclusiones diversas y no tenemo
plena conciencia de haber dado en el blanco, ello es señal de habe
abandonado harto temprano el laboratorio. Conducta prudente será volver a é
y esperar a que, bajo el influjo de nuevas observaciones, acaben de cristaliza
nuestras ideas.

b) bibliografía

Antes de exponer nuestra personal contribución al tema de estudio, e
costumbre trazar la historia de la cuestión, ya para señalar el punto de partida
ya para rendir tributo de justicia a los sabios insignes que nos precedieron
abriéndonos el camino de la investigación. Siempre que en este punto, po
amor a la concisión o por pereza, propenda el novel investigador a regatea
fechas y citas, considere que los demás podrán pagarle en la misma moneda
callando intencionadamente sus trabajos. Conducta es esta tan poco generosa
como descortés, dado que la mayor parte de los sabios no suelen obtener de
sus penosos estudios más recompensa que la estima y aplauso de los doctos
que constituyen —lo hemos dicho ya— minoría insignificante.
El respeto a la propiedad de las ideas solo se practica bien cuando uno llega
a ser propietario de pensamientos que corren de libro en libro, unas veces con
nombre de autor, otras sin él; y algunas con paternidad equivocada. Al se
víctima de molestas pretericiones y de injustos silencios, se cae en la cuenta de
que cada idea es una criatura científica, cuyo autor, que la dio el ser a costa de

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grandes fatigas, exhala, al ver desconocida su paternidad, los mismos aye
doloridos que exhalaría una madre a quien arrebataran el fruto de sus entrañas
Dispuestos a hacer justicia, hagámosla hasta en la forma: y así no dejemo
de ordenar, por rigurosa cronología, las listas de nombres o de cartuchos de
citas que, por brevedad, es preciso a veces consignar al dar cuenta de un
descubrimiento; pues si tales series de apellidos se han de ordenar con lógica
es menester comenzarlas por el iniciador y acabarlas por los confirmadores y
perfeccionadores. Un estudio minucioso y de primera mano de la bibliografía
nos ahorrará injusticias, y por ende las inevitables reclamaciones de prioridad.

c) justicia y cortesía en los juicios

Al consignar los antecedentes históricos, nos vemos obligados con
frecuencia a formular juicios acerca del alcance de la obra ajena. Excusado e
advertir que, en tales apreciaciones, debemos conducirnos no solo con
imparcialidad, sino haciendo gala de exquisita cortesía y de formas agradable
y casi aduladoras. Indulgentes con las equivocaciones del novicio, seremo
respetuosos y modestos ante los lapsus de los grandes prestigios científicos
Temamos siempre que nuestras observaciones representen ligerezas de la
impaciencia o espejismos del entusiasmo juvenil. Antes, pues, de resolvernos a
repudiar un hecho o una interpretación comúnmente admitidos, reflexionemo
maduramente. Y tengamos muy en cuenta, al formular nuestros reparos, que s
entre los sabios se dan caracteres nobles y bondadosos, abundan todavía má
los temperamentos quisquillosos, las altiveces cesáreas y las vanidade
exquisitamente susceptibles. La frase horaciana genus irritabile vatum
aplícase a los sabios mejor aún que a los poetas. Ya lo nota el perspicaz
Gracián: «Los sabios fueron siempre mal sufridos; quien añade ciencia añade
impaciencia».
Con estas precauciones, evitaremos en lo posible desdenes sistemático
hacia nuestra obra y querellas y polémicas envenenadas, en las cuale
perderíamos tranquilidad y tiempo, sin ganar pizca de prestigio ni autoridad
Porque en la apreciación de nuestros méritos, solo se tendrán en cuenta lo
hechos nuevos aportados, y no la destreza y garbo polémicos.
Cuando, injustamente atacados, nos veamos compelidos a defendernos
hagámoslo hidalgamente, esgrimiendo la espada, pero con la punta embotada
y adornada, según la imagen vulgar, con ramillete de flores.

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Da pena reconocer que, en la mayoría de los casos, los impugnadores no
defienden una doctrina, sino su propia infalibilidad. Muy acertadamente nota
Eucken, que so color de refutar principios «cada cual se defiende a sí mismo y
a su propia naturaleza... Es el instinto de conservación espiritual que
reacciona».
Cuando por nuestro mal tengamos que contender con contradictores de este
jaez (resulta, a veces, inevitable, porque toda verdad exaspera a lo
mantenedores del error), fuera inocente confiar en persuadirles. No es a ellos
sino al público, a quien debemos mirar. Aportemos pruebas terminantes
robustezcamos en lo posible la tesis con nuevos datos objetivos, y pasemos en
silencio ataques personales e insidias polémicas. Porque en tales torneos
importa, antes que defendernos, defender la verdad.
Por olvidar estas sabidas reglas de prudencia y discreción, ¡cuánta
desazones y sinsabores! Réplicas acres y violentas y silencios rencoroso
reconocen casi siempre por causa nuestra falta de urbanidad y comedimiento
al exponer y valorar el trabajo de los demás.
Citemos algunos datos concretos para adoctrinar al principiante. De
ordinario, las críticas afectan, ya a errores de hecho o de observación, ya a
errores de interpretación.
a) Error de observación o de reconocimiento de un hecho.— En general, lo
sabios discuten sobre interpretaciones, no sobre hechos, por suponer que e
investigador, por modesto que sea, es incapaz de lanzarse a la tarea analítica
sin preparación suficiente. Por esto precisamente, tales lapsus repútanse
graves, denotando en quien los comete singular candor intelectual o
inexperiencia metodológica. Sin embargo, guardémonos bien de ensañarnos a
hacer constar el dislate; seamos piadosos y tengamos presente que, en
momentos de distracción o descuido, hasta los sabios más sagaces pueden
cometerlo. Lejos de censurarlo crudamente, disculpémoslo con benevolencia
haciendo notar que se trata de observaciones muy difíciles, donde la
equivocaciones resultan frecuentes y casi inevitables. No imputemos el error a
la ignorancia, antes bien, a la imperfección de la técnica aprovechada o a lo
prejuicios de la escuela donde se inspiró el trabajo censurado.
Cuando, a despecho de la mejor voluntad, tales excusas parezcan
inadmisibles, atribúyase la pifia al empleo de material insuficiente o poco
apropiado, añadiendo que si el autor hubiera hecho uso de iguales objetos de
estudio que nosotros, habría llegado sin duda a las mismas conclusiones, ya
que le sobran para ello talento y pericia harto acreditados en anteriore
publicaciones. En fin, tratemos de consolarle, insistiendo con morosidad, ora

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sobre las minucias más o menos originales contenidas en su trabajo, ora en la
excelencias de las descripciones, bien, en fin, en la elegancia y precisión de lo
dibujos. En suma, nuestras expresiones se dirigirán principalmente a endulza
las amarguras del veredicto, llevando al ánimo de nuestro adversario la
persuasión de que sus afanes no han sido enteramente inútiles a los progreso
de la Ciencia.
b) Error teórico.— Supongamos que, interpretando abusivamente lo
hechos, el autor formuló una hipótesis arbitraria y sin base alguna en la
observación. La píldora crítica será dorada con frases de este tenor
«Ciertamente, la explicación propuesta peca de aventurada, pero, en cambio
es notablemente ingeniosa, sugiere consideraciones muy elevadas y acredita
en su autor espíritu filosófico de altos vuelos. ¡Lástima grande que al forjar su
concepción no haya tenido en cuenta tales o cuales hechos que la contradicen
formalmente! En todo caso, la hipótesis es seductora y merece discusión y
examen respetuosos».
En fin, tan trivial y grosera puede ser la interpretación teórica, que hasta la
disculpa parezca adulación. Entonces lo mejor será pasarla en silencio
mentando escuetamente, como en el caso anterior, las observaciones exacta
(si las hay) y el mérito literario, filosófico o pedagógico del trabajo.

d) exposición de los métodos

Importa asimismo puntualizar, bien al principio, bien al final de la
monografía, el método o métodos de investigación seguidos por el autor, sin
imitar a esos sabios que, a título de mejorarla ulteriormente, se reservan
temporalmente el monopolio de la técnica empleada, restaurando la cas
perdida costumbre de los químicos y matemáticos de las pasadas centurias, lo
cuales, inspirados en la pueril vanidad de asombrar a las gentes con el pode
de su penetración, se reservaban los detalles de los procedimientos que le
habían conducido a la verdad. Afortunadamente, el esoterismo va
desapareciendo del campo de la Ciencia y el mero lector de una Revista puede
conocer hoy las minucias y tours de main de ciertos métodos, casi tan bien
como los íntimos del descubridor.

e) conclusiones

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Expuesta en forma clara, concisa y metódica la observación u
observaciones fruto de nuestras pesquisas, cerraremos el trabajo condensando
en un corto número de proposiciones los datos positivos aportados a la ciencia
y que han motivado nuestra intervención en el asunto.
Conducta que no todos siguen, pero que nos parece por todo extremo
loable, es llamar la atención del lector sobre los problemas todavía pendiente
de solución, a fin de que otros observadores apliquen sus esfuerzos y
completen nuestra obra. Al señalar a los sucesores la dirección de las nueva
pesquisas y los puntos que nuestra diligencia no ha logrado esclarecer, damos
al par que fácil y generoso asidero a los jóvenes observadores ansiosos de
reputación, ocasión de pronta y plena confirmación de nuestro
descubrimientos.

f) necesidad de los grabados

Si nuestros estudios atañen a la morfología, ora macro, ora microscópica
será de rigor ilustrar las descripciones con figuras copiadas todo lo má
exactamente posible del natural. Por precisa y minuciosa que sea la
descripción de los objetos observados, siempre resultará inferior en claridad a
un buen grabado. Cuanto más, que la representación gráfica de lo observado
garantiza la exactitud de la observación misma, y constituye un precedente de
inapreciable valor para quien pretenda confirmar nuestras aseveraciones. Con
justo motivo se otorga hoy casi igual mérito al que dibuja por primera vez y
fielmente un objeto, que al que lo da a conocer solamente mediante
descripción más o menos incompleta.
Si los objetos representados son demasiado complicados, a los dibujo
exactos que copian formas o estructuras, añadiremos esquemas o
semiesquemas aclaratorios. En fin, en algunos casos podrá prestarno
importantes servicios la fotografía común y la microfotografía, suprema
garantía de la objetividad de nuestras descripciones.

g) el estilo

Finalmente, el estilo de nuestro trabajo será genuinamente didáctico
sobrio, sencillo, sin afectación, y sin acusar otras preocupaciones que el orden

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y la claridad. El énfasis, la declamación y la hipérbole no deben figurar jamá
en los escritos meramente científicos, si no queremos perder la confianza de
los sabios, que acabarán por tomarnos por soñadores o poetas, incapaces de
estudiar y razonar fríamente una cuestión. El escritor científico aspirará
constantemente a reflejar la realidad objetiva con la perfecta serenidad e
ingenuidad de un espejo, dibujando con la palabra, como el pintor con e
pincel, y abandonando, en fin, la pretensión de estilista exquisito y el fatuo
alarde de profundidad filosófica. Ni olvidemos la conocida máxima de
Boileau: «Lo que se concibe bien se enuncia claramente».
La pompa y gala del lenguaje estarán en su lugar en el libro de
popularización, en las oraciones inaugurales, hasta en el prólogo o
introducción a una obra científica docente; pero hay que confesar que la
mucha retórica produce, tratándose de una monografía científica, efecto
extraño y un tanto ridículo.
Sin contar que los afeites retóricos prestan a menudo a las ideas contorno
indecisos, y que las comparaciones innecesarias hacen difusa la descripción
dispersando inútilmente la atención del lector, que no necesita ciertamente
para que las ideas penetren en su caletre, de la evocación continua de
imágenes vulgares. En este concepto, los escritores, como las lentes, podrían
distinguirse en cromáticos y acromáticos: estos últimos, perfectamente
corregidos de la manía dispersiva, saben condensar con toda precisión la
ideas que por la lectura o la observación recolectan; mientras que los primeros
faltos del freno de la corrección, gustan de ensanchar con irisaciones retóricas
con franjas de brillantes matices, los contornos de las ideas; lo que no se logra
sino a expensas del vigor y de la precisión de las mismas.
En literatura, como en la oratoria, los entendimientos cromáticos o
dispersivos pueden ser de gran utilidad; pues el vulgo, juez inapelable de la
obra artística, necesita del embudo de la retórica para poder tragar alguna
verdades; pero en la exposición y discusión de los temas de ciencia pura, e
público es un senado escogido y culto; y ofenderíamos de seguro su ilustración
y buen gusto tomando las cuestiones demasiado ab ovo y perdiéndonos en
amplificaciones declamatorias y detalles ociosos. Esta máxima de Gracián
alabada por Schopenhauer: «lo bueno, si breve, dos veces bueno», debe se
nuestra norma. Suyo es también este consejo: «hase de hablar como en
testamento; que a menos palabras menos pleitos».
Una severa disciplina de la atención, la costumbre de dar a la acción y a
pensamiento mayor importancia que a la palabra, así como la creencia de que
después de inventada una imagen o una frase feliz, el problema científico que

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estudiamos no ha dado un solo paso hacia la solución, constituyen excelente
profilaxis contra lo que Fray Candil llamaba gráficamente flatulencia retórica
que nosotros consideramos como manifestación del meridionalismo superficia
y causa muy poderosa de nuestro atraso científico.

h) publicación del trabajo científico

Cuando el investigador goce de crédito mundial, podrá publicar su
contribuciones científicas en cualquiera Revista nacional o extranjera de la
especialidad. Los sabios a quienes el asunto interese, no se detendrán en e
obstáculo de la lengua, antes bien, procurarán estudiarla para conocer e
pensamiento del autor o buscarán editores que lo traduzcan y publiquen. Sin
embargo, aun al sabio más reputado le es necesario, para ganar tiempo y
conquistar adeptos en el exterior, comunicar sus descubrimientos a lo
Beiträge o Centralblatt más divulgados de Alemania. En cuanto a
principiante, sin crédito todavía en el mundo sabio, obrará muy cuerdamente
pidiendo, desde luego, hospitalidad en las grandes Revistas extranjeras y
redactando o haciendo traducir su trabajo en francés, inglés o alemán. De esta
suerte, el nuevo hecho será rápidamente conocido de los especialistas, y s
posee positivo valor tendrá el autor la grata sorpresa de verlo confirmado y
aprobado por las grandes autoridades internacionales. Quienes, inspirándose
en un patriotismo estrecho y ruin, se obstinan en escribir exclusivamente en
Revistas españolas, poco o nada leídas en los países sabios, se condenan a se
ignorados hasta dentro de su propia nación; porque como habrá de faltarle
siempre el exequátur de los grandes prestigios europeos, ningún compatriota
suyo, y menos los de su gremio, osarán tomarlos en serio o estimarlos en su
verdadero valer.
Siendo, pues, decisivo para el porvenir del incipiente investigador el juicio
de las autoridades científicas extranjeras, reflexionará maduramente antes de
someterles el primer trabajo; asegúrese bien, mediante prolijas exploracione
bibliográficas, y aún mejor por la consulta de algún especialista célebre, de la
realidad y originalidad del hecho comunicado. Y no olvide que el derecho a
equivocarse se tolera solamente a los consagrados.

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CAPÍTULO IX
El investigador como maestro.

Llegada la época constructiva y dominadas las dificultades del trabajo
científico, imaginamos a nuestro novel investigador en posesión de la madurez
y robustez necesaria para su multiplicación espiritual. La noble carrera fue
seguida hasta el fin; el ideal ansiado logrose por entero. Convertido en
autoridad internacional, el maestro es citado con encomio en las Revista
extranjeras; la originalidad e importancia de sus creaciones asegúranle página
honorífica en el libro de oro de la ciencia.
En tan decorosa situación, puede adoptar el sabio una de estas do
actitudes: proseguir concentrado y solitario sus empresas de laboratorio
condenándose a la esterilidad docente; o hacer a los demás copartícipes de su
métodos de estudio, promoviendo vocaciones y erigiéndose en prestigioso jefe
de escuela.
Entre ambos caminos la elección no es dudosa. Ciertamente, el trabajo
solitario brinda al egoísmo satisfacciones y tranquilidades tentadoras; se
obedece a la ley del mínimo esfuerzo, dirigiendo exclusivamente la atención a
la investigación personal; se vive en un discreto ambiente de aprobación y
estima donde faltan, sin duda (y ello es gran ventaja), los entusiasmos y
veneraciones excesivas, pero donde tampoco mortifican émulos y rivales. Ma
al adoptar tan cómoda postura, el instinto paternal del hombre de ciencia
siéntese profundamente inquieto. «¿Qué será de mi obra —se pregunta—
cuando llegada la senectud falten energías para defenderla? ¿Quiéne
reivindicarán la prioridad de mis hallazgos, si, por ventura, adversarios o
sucesores poco escrupulosos se los apropian o incurren, al juzgarnos, en
olvidos e injusticias?»
Aun miradas las cosas desde el punto de vista egoísta —de un egoísmo
sano y clarividente—, importa al sabio proceder a su multiplicación espiritual

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La tarea es sin duda penosa. La actividad del maestro bifúrcase en la
corrientes paralelas del laboratorio y de la enseñanza. Crecerán así su
desvelos, pero aumentarán también sus venturas. Sobre dar pábulo a elevada
tendencias, alcanzará el deleite de la paternidad ideal, y sentirá el noble
orgullo de haber cumplido honradamente con su doble misión de maestro y de
patriota. Ya no declinará su vida triste y solitaria, antes bien, se verá en su
ocaso rodeada de un séquito de discípulos entusiastas, capaces de comprende
la obra del maestro y de hacerla, en lo posible, luminosa y perenne.
La posteridad ha sido siempre generosa con los fundadores de escuela
Hasta los errores del iniciador son perdonados o piadosamente explicados, s
este supo formar espíritus capaces de comprenderlos y corregirlos. Quien
renuncia a la siembra de ideas se declara egoísta o misántropo. Todos pensarán
que trabajó para su orgullo en vez de laborar para la humanidad. Y si su
talentos destacan demasiado, aparecerá como algo patológico, cual formación
extraña a su raza, a la cual por eso mismo apenas enaltece: especie de bólido
intelectual caído del cielo, que brilló un momento, mas fue incapaz de
comunicar a nadie su efímero fulgor.
Dejar prole espiritual, además de dar alto valor a la vida del sabio
constituye utilidad social y labor civilizadora indiscutible, de las cuales están
señaladamente necesitados los países como España, de producción científica
miserable y discontinua.
¡Infeliz del genio esporádicamente surgido en estos pueblos y extinguido
sin descendencia! La ruda competencia entablada entre cientos de laboratorio
y escuelas extranjeros; el arrollador alud de folletos y libros que se disputan
encarnizadamente el favor de la actualidad; la tendencia iconoclasta de la
juventud universitaria, ansiosa de llegar y de afirmar e imponer la propia
personalidad; la casi total ignorancia entre los sabios de las lenguas hablada
en las naciones atrasadas, y, sobre todo, el chauvinismo feroz reinante en
Alemania, Francia e Inglaterra en triste complicidad con la desidia nacional
tendrán para el orgulloso solitario de la consabida torre de marfil las má
tristes consecuencias. Muchos de sus descubrimientos serán inevitablemente
atribuidos a confirmadores extranjeros, poco escrupulosos en sus citas, po
discípulos de estos menos escrupulosos aún; y todos los hechos que, po
semejar baladíes a la hora de ser publicados, no merecieron el honor de la
traducción —pero que andando el tiempo suelen remontar en valor—
quedarán enterrados en el polvo de las bibliotecas indígenas. Que si para la
literatura y la historia, artes de recreo y atracción, sobran eruditos y
comentadores, para la austera disciplina científica, el reivindicador debe ser a

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la par sabio y erudito, y ¡los sabios no abundan en los países de cultura
insuficiente!...
Importa, pues, que dichas naciones zagueras de la civilización obtengan de
sus promotores científicos el máximo rendimiento docente, compensando en
lo posible la escasez a aquellos con el progresivo aumento de su capacidad
prolífica.
Mas, ¿cómo formar continuadores y, mejor todavía, genios iniciadores
capaces de superar al maestro y de señalar rumbos nuevos a la investigación?
Llegados a este punto, surge una cuestión importante. ¿Cómo se crea la
vocación irresistible hacia la Ciencia?
Aunque se haya dicho con razón, por Fouillée, Ribot, Bernheim, Levy y
otros muchos, que toda idea aceptada por el cerebro tiende a convertirse en
acto, es lo cierto que en la mayoría de las personas la idea o conocimiento
científico carece de eficacia para transformarse en el acto de confirmar la
verdad aprendida o en el de ensanchar sus horizontes, merced al esfuerzo
personal.
A nuestro juicio, la voluntad obra en el joven a impulsos de la
representación anticipada del placer ético íntimamente asociado a todo triunfo
intelectual. Ante la estimación de los doctos, crece el sentimiento de la propia
estima. Y, al revés, si se nos desdeña, acabamos por desdeñarnos. De aquí la
necesidad, desgraciadamente harto olvidada, de que el profesor sugiera a
alumno de continuo, no tanto con la palabra como con el ejemplo, la idea de
goce soberano, de la satisfacción suprema que produce el arrancar secretos a lo
desconocido y del vincular el propio nombre a una idea original y útil.
Puesto que, según es bien sabido, la juventud procede en su culto a lo
hombres ilustres por imitación, fuera obra altamente educadora de la voluntad
que cada profesor trazara con verdadero cariño y con deliberado propósito de
sugestión la biografía anecdótica y sucinta de los sabios que más se
distinguieron en el desarrollo de su ciencia especial, haciendo, en fin, algo de
lo que, desde otro punto de vista, quisieron realizar. A. Comte con su culto a
los grandes hombres; modernamente Carlyle con su libro sobre los héroes
Emerson con sus entusiastas apologías de los hombres representativos o
superhombres, a quienes se deben todos los progresos y ventajas de la
civilización, y, últimamente, Ostwald con su hermoso libro Los grande
hombres.
¿Qué signos denuncian el talento creador y la vocación inquebrantable po
la indagación científica?

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Problema grave, capitalísimo, sobre el cual han discurrido altos pensadore
e insignes pedagogos, sin llegar a normas definitivas. La dificultad sube de
punto considerando que no basta encontrar entendimientos perspicaces y apto
para las pesquisas de laboratorio, sino conquistarlos definitivamente para e
culto de la verdad original.
Los futuros sabios, blanco de nuestros desvelos educadores, ¿se encuentran
por ventura entre los discípulos más serios y aplicados, acaparadores de
premios y triunfadores en oposiciones?
Algunas veces, sí; pero no siempre. Si la regla fuera infalible, fácil resultara
la tarea del profesor; bastaríale dirigirse a los premios extraordinarios de la
licenciatura y a los números primeros de las oposiciones a cátedras. Mas la
realidad se complace a menudo en burlar previsiones y malograr esperanzas
Porque, de igual manera que los varones más fervorosamente virtuosos y
creyentes suelen ser formidablemente egoístas, se da también, con
desconsoladora frecuencia, el caso de que los más brillantes jóvenes son
mentalidades exquisitamente prácticas, es decir, financieros refinadísimos en
embrión. Estudian y se esfuerzan, más que por amor a la Ciencia, por hallarse
persuadidos de que el saber constituye excelente negocio, y de que la buena
fama cobrada en la escuela cotizase muy alto en el mercado profesional y en
las esferas académicas.
Si el lector sonríe ante esta observación, haga memoria y repare en qué
vinieron a parar sus más sobresalientes condiscípulos, los monstruos de la
memoria y de la aplicación, aquellos en quienes el profesor ponía todos su
mimos y preferencias; y reconocerá con pena que, si en su mayor parte
alcanzaron holgada posición social (y en esto no erraron sus cálculos)
poquísimos o ningunos ascendieron a las cumbres del saber o se distinguieron
por una acción política, social o industrial abnegada y fecunda. Cuanto má
que entre los alumnos más aprovechados figuran bastantes temperamentos de
tipo gregario, dóciles y disciplinados, incapaces de iniciativa y que, habiendo
aceptado el estudio por ciega obediencia a padres y maestros, acaban a
menudo la carrera sumidos en el enervamiento y la fatiga. ¿Quién no ha oído
exclamar, al concluir los estudios, a estos forzados del libro de texto, la
conocida frase: «Adiós, Horacio, a quien tanto aborrecí»?...
Harto más merecedores de predilección para el maestro avisado, serán
aquellos discípulos un tanto indómitos, desdeñosos de los primeros lugares
insensibles al estímulo de la vanidad, que, dotados de rica e inquieta fantasía
gastan el sobrante de su actividad en la literatura, el dibujo, la filosofía y todo
los deportes del espíritu y del cuerpo. Para quien los sigue de lejos, parece

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como que se dispersan y se disipan, cuando, en realidad, se encauzan y
fortalecen. Corazones generosos, poetas a ratos, románticos siempre, esto
jóvenes distraídos poseen dos cualidades esenciales de que el maestro puede
sacar gran partido: desdén por el lucro y las altas posiciones académicas, y
espíritu caballeresco enamorado de altos ideales. Al revés de los otros, a
abandonar las aulas es cuando realmente comienzan a estudiar. Y no es raro
verlos, fatigados ya de laborar sin provecho, y faltos de orientación definida
presentarse en los laboratorios en súplica de consejos técnicos y de un tema de
estudio. Y algunos de ellos logran encauzarse y triunfar.
Con todo eso, los rasgos precedentes no constituyen siempre síndrome
cierto del futuro hombre de ciencia. Entre quienes sobresalen aquello
abundan veleidades y defecciones. Las citadas cualidades representan fuerza
en potencia, que no siempre llegan a ser actuales. Seducido por las apariencias
el maestro corre el riesgo de educar dilettantes del laboratorio o talento
brillantes, pero incapaces de honda y perseverante labor.
Resulta, pues, difícil el diagnóstico de la vocación científica. Preciso e
apelar a signos más exactamente diferenciadores para discernir la moneda
falsa del oro de ley.
En su admirable libro sobre los Grandes hombres, Ostwald, que se ha
planteado este mismo problema, declara, después de hacer algunas reservas
que los discípulos particularmente bien dotados reconócense en que no
parecen satisfechos jamás de lo que la enseñanza ordinaria les ofrece... «La
enseñanza ordinaria se dirige en profundidad y superficie al término medio, y
cuando un alumno posee un gran talento, verá en seguida que la ciencia
recibida es cuantitativa y, sobre todo, cualitativamente insuficiente, y exigirá
más». Y añade: «la más importante cualidad del sabio es la originalidad, e
decir, la capacidad de imaginar alguna cosa más allá de lo que se le enseña; la
exactitud en el trabajo, la crítica de sí mismo, conciencia, conocimientos
destreza, son también necesarios; pero todo puede adquirirse más tarde
mediante conveniente educación».
Estas observaciones de Ostwald son atinadas y frecuentemente exactas. Sin
embargo, para sacar fruto de ellas, importa que el maestro se ponga en
contacto cordial con sus discípulos, que en sus pláticas de laboratorio les trate
como a camaradas ocupados en obra común, sugiriéndoles la franqueza y la
espontaneidad en la expresión. De este modo hallará el maestro facilidade
para estudiar el carácter, y medir el tono y fortaleza de las pasiones de su
educandos. Así y todo, la regla de Ostwald falla en ocasiones. El mozo listo
insatisfecho de las descripciones de los textos y de las teorías científicas

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puede ser un carácter altivo y un agudo entendimiento, pero incapaz de
perseverancia y disciplina. Más a menudo aún, el futuro investigador adolece
de excesiva timidez; sus respetos hacia el maestro y una modestia natural y
simpática refrenan el deseo de pedir esclarecimientos a sus dudas teóricas, o
aprobación hacia ensayos de nuevas soluciones. En tales casos, el investigado
en cierne puede no ser reparado por el profesor o no estimularle este lo
bastante, tomando acaso su reserva por limitación.
Algo más segura, aunque sin pretensiones de infalibilidad, parécenos la
regla siguiente, donde se combinan, para el diagnóstico psicológico, alguno
signos subjetivos con otros objetivos.
Subjetivamente, el joven apto para la investigación revélase desde luego
por estos rasgos: Patriotismo ardiente, pero consciente y discursivo: lejos de
los candorosos optimismos de ciertos patriotas, o, mejor dicho, patrioteros
que, con pronunciar cuatro o cinco nombres prestigiosos indígenas, creen
haber demostrado la colaboración decisiva de su país en la obra de la cultura
universal, nuestro joven siente profundo descontento por la pobreza y
mezquindad de dicha contribución; ante los juicios severos, pero en el fondo
justos, con que la crítica extranjera flagela la esterilidad de nuestros sabios y
filósofos, no responde con trenos patrióticos o jactanciosas promesas, sino
afilando sus armas y haciendo resolución de emplear sus bríos en el combate
universal contra la Naturaleza. Nuestro sabio en potencia distínguese también
por el culto severo a la verdad y por un escepticismo sano y de buena ley. E
ambicioso, pero con ambición noble y confesable: ansía destacar de la
vulgaridad ambiente y vincular su nombre a una gran empresa.
Objetivamente, el candidato a sabio corrobora a los ojos de todos la
promesas precedentes. Sin el culto de la acción, sin la prueba de que el nove
investigador es capaz de trabajar con fruto, correríamos el albur de cultivar un
florido regenerador más, tan hábil en señalar el rumbo, como incapaz de
cruzar el golfo. Pero si el joven gusta sobremanera de las manipulaciones de
laboratorio, y posee laboriosidad infatigable; si, sobre todo (y esta es la seña
objetiva a que principalmente aludíamos), averiguamos que, a costa de
penosos sacrificios, con economías robadas a sus recreos y deportes, se ha
creado un pequeño laboratorio donde se afana en adquirir maestría técnica y
confirmar personalmente los descubrimientos de las eminencias del saber...
entonces el profesor debe intervenir resueltamente, ayudándole y
protegiéndole; porque la verdadera vocación consiste siempre en esa actividad
especial a que el joven, menospreciando distracciones de la edad, sacrifica
tiempo y peculio.

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Claro está que la afición, aun la más sincera y entusiasta, se equivoca
algunas veces. La vocación no es la aptitud, ni la aptitud conduce
necesariamente al éxito. Este tiene génesis compleja, dado que entran en él
aparte vocación y aptitud, otras condiciones complementarias, a saber: la
sagacidad para rastrear los filones ricos, el don de asimilación de las nueva
ideas, penetrante y seguro sentido crítico, buena orientación bibliográfica y
metodológica y hasta un cierto espíritu filosófico. Pero casi todas esta
cualidades complementarias pueden adquirirse después. Algo hay que dejar a
la convivencia con el maestro y al poder transformador de la imitación.
En suma, el futuro sabio suele ser patriota ardiente, ansioso de honrarse y
honrar a su país, enamorado de la originalidad, indiferente al lucro y a lo
placeres burgueses, inclinado a la acción más que a la palabra, lecto
incansable, y capaz, en fin, de toda suerte de abnegaciones y renuncias para
realizar el noble ensueño de bautizar con el propio nombre alguna nueva
estrella del firmamento del saber.
Optimismo crítico.— Dejamos expuesto más atrás que el maestro digno de
tal debe sugerir de continuo a sus discípulos la idea de que la ciencia está en
perpetuo devenir, que progresa y crece incesantemente, sin llegar jamás a
plena madurez, y que todos podemos aportar, si nos lo proponemos de veras
un grano de arena al imponente monumento del progreso.
Semejante actitud implica, naturalmente, el optimismo nacional, es decir, fe
robusta en las aptitudes y destinos de la raza.
Claro es que semejante optimismo no debe ser ciego, sino avisado y
previsor. Lejos del pedante y satisfecho engreimiento característico de mucho
funestos políticos y de no pocas orondas sumidades de la cátedra, el buen
maestro debe tener plena conciencia de la nacional incultura y de nuestra
pobreza científica. Tendrá siempre presente que España está desde hace siglo
en deuda con la civilización, y que de persistir en tan vergonzoso abandono
Europa perderá la paciencia y acabará por expropiarnos. Critique, pero trabaje
Censure y fustigue, si es preciso, a los perezosos, pero sin mirar atrás y con la
mano en la mancera.
De este patriótico optimismo, llamado por Godó optimismo paradójico, y a
que cuadraría mejor la designación de optimismo crítico, participaron, entre
otros, el gran Costa, cuyos apóstrofes restallaban como látigos en la espalda de
los rezagados o en la frente de los antipatriotas; y en más modernos tiempos, e
exquisito escritor y pensador Ortega y Gasset, quien propone, como condición
esencial de la ascensión cultural y ética de España, la plena conciencia de
nuestra miseria espiritual y de nuestra corrupción política y administrativa.

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Cómo guiar al novel investigador.— Escogida la familia intelectual, e
preciso educarla y entrenarla para la ruda labor. Pueril y temerario fuera
concurrir a torneos científicos, con carácter de rigurosas lucha
internacionales, sin prepararse tenaz y adecuadamente.
Al maestro incumbe la misión de abreviar esta preparación, orientando a
discípulo, mostrándole los tajos abiertos a la investigación, guiándole en la
pesquisa bibliográfica y sugiriéndole, en fin, la adquisición de cuanto
conocimientos y habilidades accesorias (dibujo, microfotografía, idiomas, arte
de describir con exactitud y propiedad, etc.) puedan serle de provecho
Importa inculcarle la resolución de completar en este punto su educación lo
antes posible, para evitar colaboraciones humillantes que, además, no pueden
ser permanentes.
Fortalecidas de este modo las fuerzas del catecúmeno, procurará el profeso
ponerlas a prueba, proponiéndole un tema accesible, que no exija grandes n
continuados esfuerzos, y que, a ser posible, represente algo así como brote o
derivación de la obra fundamental del maestro.
Propende, según es sabido, la juventud a acometer los grandes problemas y
estrenarse con una catedral. Fuerza es moderar semejante ambición, que
podría conducir a fracasos desalentadores, haciendo ver al principiante la
conveniencia de comenzar por las pequeñas cuestiones: se corre poco riesgo
de errar en ellas, y cuando se yerra jamás se sigue el escozor del ridículo. Má
adelante, acrecida la aptitud técnica y la capacidad especulativa, llegará el caso
de llevar a cabo la grande obra ensoñada.
Cuando el novel investigador pueda marchar por sí mismo, procúrese
imbuirle el gusto por la originalidad. Déjese, pues, surgir en él la idea nueva
con plena espontaneidad, aunque esta idea no concuerde con las teorías de la
escuela. La más pura gloria del maestro consiste, no en formar discípulos que
le sigan, sino en forjar sabios que le superen. El ideal supremo fuera crea
espíritus absolutamente nuevos, órganos únicos, a ser posible, en la máquina
del progreso. Fabricar órganos dóciles e intercambiables, denota que e
maestro se ha preocupado más de sí mismo que de su país y de la Ciencia.
Excusado es advertir que en sus libros y monografías debe el jefe de
escuela hacer sincera justicia al discípulo, citando escrupulosamente su
trabajos y aun insistiendo en ellos con delectación alentadora. Por amor a su
prole intelectual, más bien que por modestia, callará la propia colaboración
Acrecerá de esta suerte el crédito del sabio novel, cuya obra granjeará
rápidamente en el extranjero confianza y simpatía.

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Con ocasión del primer trabajo del principiante, suelen muchos sabio
emparejar el propio nombre con el del discípulo, señalando con ello su tanto
de colaboración: conducta equitativa, aunque poco generosa. A menos de que
dicho trabajo inicial sea fruto personal casi exclusivo del maestro
preferiríamos librar al discípulo del concepto, un tanto humillante, de la ajena
inspiración. Con ello, el joven investigador saboreará el exquisito manjar de la
espontaneidad. Raro fuera que, una vez probado, no se aficionase a él y se
esforzara por merecerlo.
Inútil parece también recomendar a los maestros que no se aprovechen
demasiado de la dócil actividad de sus educandos, so color de prepararlos y
dirigirlos. Este abuso, revelador de antipático egoísmo, florece en alguna
escuelas extranjeras, donde, como en ciertas profesiones, el catecúmeno paga
la enseñanza con la explotación del aprendizaje. ¡Cuántas obras monumentale
denotan, más que la fecundidad del autor, la discreción y modestia de juvenile
colaboradores, satisfechos con la lejana esperanza de ser algún día apoyados y
promovidos por su mentor intelectual a empleos decorosos!
Las fatigas de la edad, y más que nada el afán de acaparar dignidades y
prebendas, incompatibles con una vida apacible y de labor honda y
perseverante, fuerzan a veces a los sabios a caer en tan vituperable
explotaciones. Después de haber llegado con honra, hay que caer con honor
Bástele a cada cual su propio mérito. Harto pagado queda el maestro con la
satisfacción de haber despertado actividades latentes y formado mentalidade
creadoras. Si la debilidad de los sentidos o las flaquezas de la voluntad privan
al anciano de los bríos necesarios para la obra de investigación, abandone
resueltamente el magisterio militante. No se enseña bien sino lo que se hace, y
quien no investiga no enseña a investigar. Primor de discretos es lo que
Gracián designa tener un buen dejo. Aunque nos duela, a cierta edad hay que
abandonar la enseñanza antes que la enseñanza nos abandone.
Con todo eso, todavía tiene el veterano profesor alta misión que cumplir
Cuando sus manos débiles no pueden sostener el pico del minero, ocúpese en
refinar el mineral arrancado por otros[26]. Y escriba en la quietud de su
jubilación la historia o la filosofía de la ciencia. Que nadie puede exponerla
mejor que quien ha vivido sus incidentes y sentido de cerca las ardua
dificultades especulativas.

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CAPÍTULO X
Deberes del Estado en relación con la producción científica.
Nuestro atraso científico y sus causas pretendidas. Explicaciones físicas, históricas y morales de l
infecundidad científica española. Los remedios.

La prosperidad duradera de las naciones es obra de la ciencia y de su
múltiples aplicaciones al fomento de la vida y de los intereses materiales. De
esta indiscutible verdad síguese la obligación inexcusable del Estado de
estimular y promover la cultura, desarrollando una política científica
encaminada a generalizar la instrucción y a beneficiar en provecho común
todos los talentos útiles y fecundos brotados en el seno de la raza.
La política científica implica el empleo simultáneo de estos cuatro modo
de acción:
1.º Elevar el nivel intelectual de la masa para formar ambiente mora
susceptible de comprender, estimular y galardonar al sabio.
2.º Proporcionar a las clases sociales más humildes ocasión de recibir en
Liceos, Institutos o Centros de enseñanza popular, instrucción científica
general suficiente a fin de que el joven reconozca su vocación y sean
aprovechadas, en bien de la nación, todas las elevadas aptitudes intelectuales.
3.º Transformar la Universidad, hasta hoy casi exclusivamente consagrada a
la colación de títulos y a la enseñanza profesional, en un Centro de impulsión
intelectual, al modo de Alemania, donde la Universidad representa el órgano
principal de la producción filosófica, científica e industrial[27].
4.º En fin, formar y cultivar, mediante el pensionado en el extranjero o po
otros métodos de selección y contagio cultural, un plantel de profesore
eméritos, capacitados para descubrir nuevas verdades y para transmitir a la
juventud el gusto y la pasión por la investigación original.
Carecemos de espacio para estudiar minuciosamente todos estos aspecto
de la política cultural. Consideramos, por otra parte, innecesario entrar en

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pormenores, ya que son temas repetidamente tratados y discutidos desde hace
muchos años por la prensa política y las obras pedagógicas. Sobre ellos hay
por fortuna, un conjunto de soluciones que, con ligeras variantes, han sido
generalmente aceptadas. Por ahora, concretarémonos a exponer alguna
consideraciones tocantes al último punto, esto es, a los métodos má
apropiados y rápidos para refinar en lo posible el personal docente actual y
formar el futuro profesorado universitario, instrumento esencial, aunque no
exclusivo, de nuestro resurgimiento intelectual.
Mas para justificar lo que sigue y fundamentar sólidamente nuestra
conclusiones, importa resolver una cuestión previa sobre la cual, desde hace
cincuenta años, y sobre todo a partir del desastre colonial, se han ejercitado
con varia fortuna casi todos nuestros grandes escritores.
Resurgir, renacer, regenerarse, son procesos dinámicos que implican
estado anterior de agotamiento, decadencia o regresión. Importa, pues, desde
luego dilucidar este importante punto: ¿Es exacto que, en orden a la filosofía y
a la ciencia, hemos decaído verdaderamente? Como productores de
civilización en su más amplio sentido, ¿es lícito afirmar que hemo
degenerado con relación a nuestros antepasados de los siglos xvi y xvii?
España es un país intelectualmente atrasado, no decadente. Estudiando
imparcialmente la historia de la producción científica y filosófica española
durante la Edad Media, durante el siglo xvi (considerado con alguna
exageración, a nuestro juicio, como la cima de nuestra intelectualidad) y, en
fin, durante las últimas centurias; comparando, con absoluta sinceridad
intensiva y extensivamente, la ciencia española forjada en cada uno de eso
períodos (descontando las alzas y bajas causadas por fortuitos accidentes
quiero decir, el avance cultural producido por el descubrimiento de América
que abrió de repente a nuestros sabios espléndido campo de investigación, y la
postración mental provocada por las guerras desastrosas y errores políticos de
la época de Felipe IV); si cotejamos, en fin, en cada una de las citadas épocas
las conquistas intelectuales positivas hechas por españoles con las debidas a
sabios extranjeros, nos veremos obligados a reconocer que ni la raza ni la
ciencia española han decaído ni se han estacionado por completo. Sobre poco
más o menos, su rendimiento científico se mantuvo siempre al mismo nivel.
La imparcialidad obliga, empero, a confesar que, apreciado globalmente
dicho rendimiento, ha sido pobre y discontinuo, mostrando, con relación a
resto de Europa, un atraso y, sobre todo, una mezquindad teórica
deplorable[28]. Dominó en nuestros cosmógrafos, físicos, metalurgistas
matemáticos y médicos la tendencia hacia lo útil inmediato, al practicismo

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estrecho. Se ignoró que solo las ideas son realmente fecundas. Y buscando
recetas y fórmulas de acción, atrofiáronse las alas del espíritu
incapacitándonos para las grandes invenciones. Además, en cada período
nuestros hombres de ciencia fueron escasos, y los genios, como las cumbre
más elevadas, surgen solamente en las cordilleras. Para producir un Galileo o
un Newton es preciso una legión de investigadores estimables.
A semejanza de Rusia o del Japón, hasta hace poco tiempo, o de lo
germanos y francos antes del Renacimiento, España ha permanecido en estado
semibárbaro, atenida a la religión y a la política y casi del todo ajena a la
preocupación de ensanchar los horizontes del espíritu. Pero la semibarbarie no
es la decadencia, como el estado embrionario no es la decrepitud. Fuera
indisculpable ligereza desesperar de una raza casi virgen, riquísima en
subtipos y variedades (gran ventaja en sentir de los antropólogos), creadora en
todo tiempo de individualidades geniales y vigorosas, detenida en casi toda
sus capas sociales en la fase infantil, y, por tanto, muy lejos todavía de la
plenitud de su expansión espiritual. ¿Habrá que recordar a los pesimistas que
la mayoría de los españoles son analfabetos? ¿Declararemos ciego al privado
de luz? Probemos antes si es capaz de ver y de pensar, proporcionándole la
antorcha de la cultura.
Mientras nuestra raza ha dormido secularmente el sueño de la ignorancia y
cultivado la religión y el arte (preferentes y casi únicas actividades de lo
pueblos primitivos), las naciones del centro y Norte de Europa se nos han
adelantado prodigiosamente. No vamos hacia atrás, sino muy detrás. Úrgenos
pues, alcanzarlas corriendo vertiginosamente para colaborar en la medida de
nuestra escasa población y del exiguo sobrante de nuestras energías morales y
económicas, en la obra de la conquista de la naturaleza.
En suma, España no es un pueblo degenerado, sino ineducado. Una
minoría gloriosa de intelectuales existió siempre, y aunque con escasez y
esporádicamente, la ciencia fue en todo tiempo cultivada. Nuestros males no
son constitucionales, sino circunstanciales, adventicios. El problema agitado
por algunos de si la raza ibera es capaz de elevarse a las esferas de la
invención filosófica y científica, es cuestión tan ociosa como molesta. Solo
fuera lícito el desaliento cuando, desaparecido el analfabetismo, generalizada
la instrucción y el bienestar, como en Inglaterra o Alemania, y ensayadas la
fuerzas de nuestros mejores talentos en los tajos fecundos de la investigación
fracasáramos repetidamente. Pero esta prueba no se ha hecho y merece la pena
de ensayarse.

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Despréndese de todo lo apuntado que el problema del atraso español debe
plantearse exclusivamente en estos términos:
¿Por qué, encerrando España una población igual a la suma de lo
habitantes de Suiza, Suecia y Holanda, han surgido en ella menos verdade
filosóficas, morales, y sobre todo científicas, que en cualquiera de esta
naciones?
Hemos anticipado ya nuestra opinión sobre el problema. Sin embargo, en
prueba de imparcialidad, vamos a consignar aquí el sentir de algunos de
nuestros estadistas y escritores más insignes. A nadie se oculta que señalar la
causas de nuestra insuficiencia vale tanto como mostrar sus remedios.
Casi todas las siguientes teorías enfocan especialmente nuestra postración
política y social. Pero todas ellas pueden extenderse al terreno de la actividad
científica, ya que el poderío militar y político y la prosperidad intelectual e
industrial suelen ser cosas solidarias, como ramas brotadas del mismo tronco
cultural.

teorías físicas

Por curiosas, no obstante su paradojismo, vamos a mencionar brevemente
la hipótesis térmica y la hipótesis oligohídrica.
a) Hipótesis térmica.— Según los adeptos de esta concepción, tenemos la
desgracia de morar en clima semiafricano. Durante el verano, un so
calcinador suspende la vida vegetal y aplana nuestro espíritu; durante la
estación invernal un sol tibio, acariciador, nos infunde la alegría de vivir
¿Cómo permanecer en el laboratorio o en la biblioteca, desoyendo e
insinuante llamamiento de una naturaleza próvida y riente, henchida de
colores, frutos y perfumes y tempranamente desperezada del letargo invernal?
Muy al contrario en los países del Norte. Allí el hombre vive rodeado de
ambiente duro e inclemente. Todo predispone a la concentración y a
recogimiento. El frío aproxima los espíritus y crea vida social intensísima. Po
recurso, las personas medianamente ociosas y cultas, huyendo de la lluvia y de
la nieve, reclúyense en el gabinete o en el laboratorio, y se entregan, para no
sucumbir al tedio, al rompecabezas de la ciencia, a las charadas de la
metafísica o a los ensueños de la literatura.
El candoroso inventor de esta teoría olvidó explicarnos por qué las antigua
civilizaciones surgieron en la India, Egipto, Caldea y Grecia, países má

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calurosos que España, y cómo, mientras dichas civilizaciones florecían, la
lluvia y la nieve dejaron de surtir efectos filosóficos y científicos en britanos
germanos, escitas y galos, sumergidos a la sazón en las tinieblas de la barbarie
y, en fin, por qué razón, a pesar de los ardores de Febo, la Edad Media tuvo en
España, con sus judíos, árabes y cristianos, período de espléndido
florecimiento intelectual y en el siglo xvi expansión política formidable. Ni e
dado olvidar que, según los escritores antiguos, la Turdetania, región la má
cálida de España, fue lo más civilizado de la Península Ibérica antes de la
conquista romana.
b) Teoría oligohídrica.— Enlazada con la anterior, de que es obligado
complemento, fue defendida por el insigne naturalista Malladas, de quien
tomamos no pocos datos. Costa, Picavea, Jiménez, Valdivieso, Maeztu y otro
muchos escritores han visto en ella la causa principal de nuestro atraso.
Ya Columela notó que en España llueve poco con relación a los demá
países de Europa. Como es sabido, la fertilidad de un país, y, por tanto, su
población y riqueza, dependen de la abundancia y regularidad de su
precipitaciones acuosas, singularmente durante la primavera y la canícula
Inglaterra, Bélgica, Francia, Italia, Alemania, aprovechan casi totalmente su
tierras para la agricultura o la ganadería, porque en ellas caen anualmente, po
término medio, de 600 a 1.400 milímetros de agua pluvial. Por consecuencia
de tan feliz régimen meteorológico, la industria agrícola fue en tales paíse
siempre floreciente: los cereales, las hortalizas, las legumbres, la vid, e
praderío y toda suerte de árboles desarróllanse lozanamente; hasta las tierras y
montes abruptos aparecen cubiertos de un tapiz verde aun en agosto y
septiembre, criando espontáneamente pastos substanciosos. Son los países de
yerba, envidiosamente contemplados por nuestros enjutos habitantes de la
meseta central. El riego, necesario entre nosotros, es en los citados pueblo
casi desconocido: el sol y la lluvia garantizan la regularidad y abundancia de
las cosechas.
Tan envidiables ventajas naturales explican bien la densidad de población
del centro y Norte de Europa, la economía y consiguiente acumulación de la
riqueza, el poderío militar y político, y, en fin, el desarrollo de las ciencias y de
las artes útiles. Porque el progreso científico, como la industria, son función
combinada del bienestar social y de cierta densidad de población. La ciencia
cultívase por lo común en países cuyos habitantes no descienden de 60 o 70
por kilómetro cuadrado. En España no pasan de 37 en la misma superficie. La
aproximación espacial crea el acercamiento espiritual. Por donde la estrecha
convivencia, junto con la abundancia de mantenimientos, producen el ocio

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ilustrado, la curiosidad científica y la inquietud espiritual. Cualquiera aptitud
útil o simplemente agradable halla, en tan favorable ambiente, estímulo y
aplauso.
Bien diferentemente pasan las cosas en nuestro desgraciado país. Abierta la
Península a los asoladores vientos africanos, con latitud geográfica que la
condena a calor tórrido y evaporación excesiva, necesitaría un coeficiente
pluvial superior al de Francia, cuando en realidad es muy inferior. Estímasele
por término medio, en 300 o 350 milímetros[29]. Exceptúase el litora
cantábrico; es decir, Galicia, Asturias, Santander, las Provincias Vascas, una
parte de Navarra y de Cataluña, regiones en que el régimen meteorológico e
francamente europeo. Provincias hay, como Almería, Murcia, Alicante
Valencia, tan desoladamente secas, que en ciertos años no llueve ni aun en
invierno (el contrapolo de la lluvia); sin la irrigación artificial de la tierra
serían verdaderos desiertos. En la meseta central, comprensiva de la mayo
parte de España, cabe afirmar que no existen sino dos estaciones: la de la
sequía, que dura desde junio a octubre, y la de las lluvias, que va de octubre a
mayo.
Merced a la exigüidad y desigual reparto del agua, la mayor parte de
territorio nacional hállase sin roturar y las mejores tierras labrantías rinden
cosechas mediocres y aleatorias. Nada mejor revela la pobreza de la meseta
central (salvo la tierra de Campos, la región de Burgos y Vitoria y alguna
otras zonas) que este dato desconsolador: mientras el trigo rinde en Bélgica
Inglaterra y Francia, casi constantemente, de 17 a 25 hectolitros por hectárea
en España no da, por término medio, sino de cinco a seis, y eso los año
prósperos, bastante raros, por desgracia. Indicio y manifestación de esta
perpetua lucha entre el cerebro y el estómago es nuestra literatura picaresca
según ha hecho notar elocuentemente don Rafael Salillas.
Ahora bien: la pobreza engendra la ignorancia. La cultura aun elementa
implica cierto desahogo económico. ¿Cómo podrá asistir el niño a la escuela
si en la mayoría de nuestras aldeas constituyen los hijos para el miserable
labrador factor de producción indispensable? Por lo que hace a la ciencia
representa lujo que solo pueden costearse las naciones ricas.
La teoría oligohídrica es cierta, por desgracia, y ella explica
cumplidamente la escasez de población y la pobreza casi general del agriculto
de nuestra Península. Por donde resulta natural que sus partidarios proclamen
cual supremo remedio, la política hidráulica. Pero dicha hipótesis deja en la
sombra la verdadera cuestión, que, según dejamos apuntado, es esta: ¿por qué
naciones más pobres y menos pobladas absolutamente que España, son má

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cultas y producen más ciencia que nosotros? Además, si todo consiste en e
buen régimen pluvial y en la riqueza y densidad de población, no se
comprende cómo las provincias del litoral cantábrico, en donde llueve 1.500 y
más milímetros y cuentan 100 habitantes, sobre poco más o menos, po
kilómetro cuadrado, no han aventajado en producción científica y en
invenciones industriales (no aludimos a la riqueza minera e industrial, pura
lotería aprovechada por extranjeros las más veces) al resto de la Península
Tampoco queda suficientemente esclarecido cómo Irlanda, pobladísima, y e
Sur de China, región cuya densidad de población es sorprendente (500
habitantes por kilómetro cuadrado), han colaborado menos en las empresas de
la civilización moderna que las relativamente pobres y escasamente habitada
(absoluta y relativamente), Suecia y Noruega, y la colosal Rusia con sus 19
habitantes por kilómetro cuadrado. No debe, pues, consistir todo en la
abundancia de mantenimientos y número relativo de habitantes, aunque no sea
lícito negar importante influjo a estos factores en el adelanto de las ciencias y
en la prosperidad de las naciones.

teorías político-morales

Teoría económico-política.— Corolario de la precedente (porque la escasa
fertilidad del suelo trae consigo la flaqueza política y militar), esta concepción
fue sostenida por casi todos nuestros estadistas y pensadores, desde Cánovas y
Silvela hasta Pi y Margall y Costa, para no citar sino muertos ilustres. Por lo
demás, como Azorín recuerda oportunamente, escritores muy pretéritos, como
Saavedra Fajardo, Gracián, Cadalso, Mor de Fuentes, Fígaro y otros, pusieron
ya el dedo en la llaga, señalando la pobreza de nuestros recursos y la
frecuencia de guerras inútiles como principales factores de nuestro atraso.
Oigamos primero al insigne Cánovas, que, en su libro El Solitario y su
tiempo, estampa estas palabras, desbordantes de patriótica sinceridad:
«No cabe positiva y duradera grandeza militar y nacional donde hay
pobreza e impotencia económica... Toda la historia de España está en este
hecho al parecer insignificante: los soldados que el Gran Capitán llevó a
Málaga para conquistar a Nápoles, iban ya descalzos y hambrientos. Así se
corren aventuras a las veces gloriosísimas; mas no se fundan permanente
imperios... En vano se busca en la Inquisición, en la amortización, en la
exageración del principio monárquico, en los defectos de los reyes, en la

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incapacidad de sus privados, etc., la causa única de nuestras desgracias; hay
allí muchos vanidosos sofismas de secta o escuela, y numerosa
preocupaciones de la ignorancia», etc.
La historia de España fue siempre, según hace notar Cánovas, un proceso
de perpetua, de angustiosa penuria económica. «Al subir al trono Felipe II
estaban las cosas de modo que su favorito Ruy Gómez de Silva hubo de deci
a cierto enviado de nación amiga “que se hallaba el reino sensa prattica, sensa
soldati, sensa dennari”». De esta gran postración, no obstante la cual se
acometieron nuevas y desastrosas campañas, hace Cánovas responsable a
atraso antiguo de la agricultura, producido por las guerras de ocho siglos; a la
falta de brazos que se comenzaba a sentir por la expulsión de los judío
(agravada más adelante por la expulsión de los moriscos); a los destierro
forzosos de muchos; a las persecuciones del Santo Oficio; a la amortización
civil y eclesiástica; al sinnúmero de soldados que exigieron las dilatadas y
sangrientas campañas del siglo xvi, y, sobre todo, a la despoblación, causada
por el descubrimiento de América.
Cánovas señala, además, como factor de la debilidad nacional, e
provincialismo o regionalismo y podríamos añadir el caciquismo, reliquia
feudal tan funesta como la miseria económica. Esta falta de solidaridad social
notada también por Hume y otros historiadores modernos (kabilismo de
insigne Unamuno), quebrantó la unidad y energía del Poder central, obligado a
respetar los fueros y franquicias de las regiones más ricas y pobladas, y a
gravar casi exclusivamente con levas y exacciones a las esquilmadas Castillas
Extremadura y Andalucía. Ante los ahogos de una pobreza creciente, el Estado
español empeñó todas sus rentas, alteró repetidas veces el valor de la moneda
se incautó de los bienes de los particulares y se entregó, en fin, para lleva
adelante sus empresas guerreras, a toda suerte de atropellos y desafueros.
La población, que, según cálculos de un economista alemán (Haebler) que
ha consagrado un libro a esclarecer las condiciones económicas del pueblo
español durante nuestro auge político, pasaba de seis millones en la época de
los Reyes Católicos, descendió, en tiempos de Carlos II, a menos de cuatro[30].
Y apuntando remedios, nos dice Cánovas: «Trabajad, inventad, economizad
sin tregua; no contraigáis más deudas; no pretendáis tanto adquirir como
conservar; no fiéis sino en vosotros mismos, dejando de tener fe en la
fortuna...; que vuestro patriotismo sea, en fin, callado, melancólico, paciente
aunque intencionado, constante, implacable».
De este mal de la despoblación y pobreza quejábanse ya nuestros escritore
del siglo xvi y xvii. Recordemos que Fernández Navarrete, que escribía en e

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primer tercio del siglo xvii, hablaba ya en su Conservación de monarquías de
que «la despoblación de Castilla, que tanto baldonan los extranjeros, debíase a
las guerras incesantes, a los tributos intolerables, a la colonización de América
y, sobre todo, a la expulsión de los tres millones de moriscos y dos millones de
judíos». Laméntase Navarrete, con razón, de que las razas laboriosas e
industriosas hubieran sido expatriadas y no los gitanos, pueblo maleante
entregado sistemáticamente al robo y la depredación.
Con no menos vigor y alto espíritu crítico formula el insigne J. Costa
juicios parecidos. «Ha engañado —dice— a nuestros políticos el mapa, no
viendo de la Península sino su extensión, no cuidándose de apreciar su grado
de productibilidad, la población que podía mantener, los recursos con que
podía acudir al Tesoro público. Dos accidentes históricos, el desembarco de
Colón en la Península con su lotería del Nuevo Mundo, y el matrimonio de
Doña Juana, con sus expectativas en la Europa Central, desplegaron a la vista
de España perspectivas de grandeza y tentaciones de imperio universal, para
resistir a las cuales no había en la raza suficiente caudal de prudencia política
y complicaron e hicieron irremediable aquella desorientación que nos ha
valido cuatro siglos de decadencia... El arte de gobernar declinó en las mano
de nuestros estadistas en una rama de la literatura». Suyo también es este
hermoso y exacto pensamiento: «Como la Venus de Milo, España es una bella
estatua, pero sin brazos».
En cuanto a remedios, propone la política hidráulica, es decir, derivar hacia
la agricultura, hacia la construcción de canales y pantanos, los caudale
locamente derrochados en guerras suicidas y en vanidades de hidalgo venido a
menos. Coincidiendo con Cánovas, sugiere también a nuestros ministros e
pensamiento de «gobernar con tristeza, como Fernando VI, velando y
consolando la desventura de los gobernados». Aconseja además: «Abaratar la
patria, de modo que la condición de español deje de ser un mal negocio; y
doble llave al sepulcro del Cid para que no vuelva a cabalgar... Hay que
rehacer al español en la escuela. Menos Universidades y más sabios... No se
encierra todo en levantar el nivel de cultura general; es preciso, además
producir grandes individualidades científicas que tomen activa participación
en el movimiento intelectual del mundo y en la formación de la ciencia
contemporánea... Crear colegios españoles, a estilo del de Bolonia, en lo
principales centros científicos de Europa, para otras tantas colonias de
estudiantes y profesores, a fin de crear en breve tiempo una generación de
jóvenes imbuidos en el pensamiento y las prácticas de las naciones prócere
para la investigación científica, para la administración pública, la industria, la

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enseñanza y el periodismo». En suma, despensa y escuela: tales son lo
remedios de nuestros males.
La teoría de Cánovas y de Costa es hoy doctrina inconcusa. Nacione
desangradas y empobrecidas por guerras inútiles, emigraciones continuas y
exacciones agotadoras, no suelen sentir ansias de cultura superior. Harto hacen
con vegetar obscuramente y conservar incólume la semilla de la raza. Pero..
¿por qué naciones no menos asoladas por guerras desastrosas y enflaquecida
por emigraciones continuas, se restauraron rápidamente? ¿Cómo no pereció
Italia saqueada, vejada, desgarrada y afrentada por casi todos los ejércitos y
aventureros de Europa? ¿Qué secreto resorte mantuvo la vitalidad de Francia
no obstante vivir en perpetua hostilidad con las naciones fronterizas? ¿Qué
extraña virtud hizo que Alemania, cuna y campo de batalla del cisma, y cuya
población, consumida por la guerra de treinta años, descendió, según cálculo
autorizados, a menos de cuatro millones, no agotara nunca su vena productora
de ilustres pensadores y de primorosos artífices, renaciendo luego con
irresistible pujanza? Falta, pues, algo en esta teoría para esclarecer po
completo el problema de nuestro atraso.
Hipótesis del fanatismo religioso.— Según esta concepción, generalmente
acogida en el extranjero[31], las causas principales de nuestra decadencia
política y de nuestro atraso científico fueron la exageración del principio
religioso y singularmente la Inquisición, que podó y descuajó durante siglos lo
más eminente y exquisito del genio nacional. Fue una selección al revés, como
dice Ostwald. El Santo Oficio, limpiando la nación de judaizantes, moriscos y
luteranos y reduciendo al silencio o a la expatriación a todos los pensadore
heterodoxos, privó a España del concurso de las mentalidades más originales y
más renovadoras. Porque precisamente entre esos hombres poco fervoroso
del dogma y rebeldes al despotismo de escuela suelen contarse los grande
iniciadores de la Filosofía y de la Ciencia. En el cedazo quedaron, pues, lo
rutinarios, los dóciles, los intolerantes y los meollos rudos y seniles.
Aun sin llegar a las violencias de la intolerancia, la exageración de
principio religioso entraña un germen de postración económica y de apatía
cultural.
Profundamente penetrados del misticismo y de la existencia de otra vida
mejor, los pueblos miran la ciencia como algo frívolo, profano, de dignidad
inferior a la teología, a la literatura y a la política. En muchos escritores de
siglo de oro, singularmente en Gracián, Quevedo y Saavedra Fajardo, apuntan
estos sentimientos. En lo cual, fuerza es confesarlo, son severamente lógicos
Puesto que la vida terrestre no es sino preparación para el cielo, natural e

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cultivar exclusivamente la teología, la mística y la moral, es decir, las sagrada
disciplinas que nos apartan de frivolidades mundanas y señalan el camino de
la perfección espiritual. ¿A qué afanarse por las artes útiles, el comercio, la
industria? Fuera de la moral, el derecho y un poco de literatura necesaria para
hablar con decoro de las cosas santas, solo parece plausible y deseable e
esfuerzo para conservar la pureza del dogma y la imposición, mediante la
guerra, de la unidad religiosa a todas las naciones.
Y España peleó locamente contra Inglaterra, Flandes, Francia, Italia
África, las razas de América, etc. Empresa enorme, sobrehumana, que hubiera
exigido en el Gobierno genios, en vez de vulgares privados; en el ejército la
huestes de Jerjes dirigidas por Aníbales, y en la Hacienda pública los tesoro
de la Francia o de la Inglaterra actuales. Solo Dios puede hacer lo imposible, y
así todo se fió en Dios. A la Santa Cruzada contra el protestantismo fueron
sacrificados vasallos y tesoros, cerebros y corazones.
Arrastrados por esta fiebre de ciego proselitismo, desterramos de la
Península a los judíos y a los moriscos, en cuyas manos florecieron e
comercio y la agricultura. Quedó la poca tierra cultivable yerma y esquilmada
Sobre ella crecieron y se extendieron, como legión de voraces parásitos, lo
frailes y los nobles, paralizando con la amortización material las fuentes de la
riqueza patria y aniquilando con la amortización espiritual las iniciativa
científicas y audacias especulativas de la raza... Tal es, en sus líneas generales
la teoría económico-política.
Nacida en el extranjero con Buckle, Tiknor, Draper, Macaulay, Hume, G
Le Bon, etc., sostenida entre nosotros por intelectuales de prestigio (Sanz de
Río, Revilla, Pi y Margall, José del Perojo, etc.), esta hipótesis forma cas
parte del ideario de nuestra democracia. Sobre las otras concepciones posee la
ventaja inapreciable de referir nuestro atraso a una condición adventicia, en
cierto modo exterior y extraña al carácter mental de la raza. Como toda
explicación simplista, se ofrece cómoda, y por tanto sugestiva. Seduce a
primera vista porque nos promete, según nota Maeztu, para un plazo breve
fácil y llano remedio. Barrida la intolerancia, emancipado el espíritu crítico, la
ciencia deberá surgir por sí misma como espontánea floración de la cultura y
de la prosperidad material.
No negaremos nosotros que la exageración del sentimiento religioso, que
ya Cánovas, Valera y otros consideraron como uno de tantos motivos de
nuestra decadencia, y, sobre todo, las crueldades del Santo Oficio, hayan
contribuido bastante a marchitar la flor de nuestra originalidad científica y
filosófica. Dejamos apuntado ya que el sabio, por religioso que sea, gana

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mucho en un ambiente de libre expansión espiritual. Creemos más: que en la
actualidad (hay gloriosas excepciones), los hombres más ocupados en lo
problemas del mundo suelen ser los menos preocupados de las beatitude
celestiales.
Pero aun reconociendo y proclamando todo esto, pensamos sinceramente
que la hipótesis del fanatismo religioso es, en el terreno histórico
notoriamente exagerada, y en el terreno práctico, peligrosísima para la
esperanzas puestas en el resurgimiento de España y en los altos destinos de la
raza, esperanzas que todos, y señaladamente los maestros, debemos infundi
reiteradamente en la juventud.
Que se ha extremado el papel anticultural de la Inquisición, probáronlo
(cayendo también en opuestas exageraciones) Laverde, Vidart, Adolfo de
Castro, muchos de nuestros tradicionalistas, y singularmente el fogoso patriota
y prodigioso erudito Menéndez Pelayo[32]. En respuesta a los denigradores de
Santo Oficio, alegaron que precisamente el auge de la producción científica y
filosófica española corresponde a los siglos xvi y xvii, época de la prepotencia
del terrible Tribunal. Y citaban abrumadoras listas de filósofos moralistas y
científicos, que brillaron con luz propia en nuestra edad de oro. Afirmaban
además, que en los calabozos del Santo Oficio no perecieron hombres de
ciencia ni pensadores eximios, sino judaizantes, luteranos, musulmanes, y
sobre todo, brujos y endemoniados, según ocurría a la sazón, aunque bajo otra
instituciones, en todos los países de Europa. Recordaban, en fin, que Serve
fue inmolado fuera de España por el feroz Calvino, y que la tolerante Italia
quemó a G. Bruno y encarceló a Galileo.
«En Francia —dice Valera—, sin contar los horrores de las guerras civiles
solo en la espantosa noche de San Bartolomé hubo más víctimas del fanatismo
religioso que las que hizo el Santo Oficio desde su fundación hasta su caída..
Ni iguala en número —continúa— por confesión de Schack a solo las infelice
brujas quemadas vivas en Alemania nada más que en el siglo xvii.»
Y es menester reconocer que los hechos citados por los precedentes autore
poseen alguna fuerza. Maeztu, uno de nuestros jóvenes escritores má
vigorosos y mejor orientados, nota oportunamente que mal pudo la Inquisición
sacrificar a filósofos y sabios, cuando España no los tuvo nunca (de prime
orden, se entiende). Otras son, pues, las esenciales causas de nuestro atraso, y
no la intolerancia religiosa, que adquirió también, entre los cismáticos de
Inglaterra, Suiza y Alemania, formas y sentimientos singularmente agresivos e
inhumanos.

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Pero, conforme dejamos apuntado, lo más grave de la teoría religiosa no
consiste en su tendencia sectaria, ya advertida por Cánovas, sino en que, fiado
en ella, corremos el riesgo de echarnos definitivamente en el surco, dejando de
aplicar al mal los verdaderos remedios.
En efecto: hace más de un siglo que, salvo algún chispazo aislado, la
Inquisición apagó sus hogueras. Hemos hecho cinco o seis revoluciones
decretado la desamortización e instaurado un régimen de tolerancia religiosa
Reconoce nuestra Constitución la libertad de conciencia, de palabra, de
asociación y de imprenta, Profesores eminentes han importado a nuestras aula
filosofías más o menos heterodoxas, tales como el krausismo, el positivismo y
el evolucionismo materialista, desarrollándolas libremente, sin molestias n
cortapisas. Aunque no forman todavía mayoría, abundan entre nosotros lo
políticos, periodistas, magistrados y catedráticos librepensadores. Contra lo
que suponen los extranjeros, cierta tolerancia práctica reina entre nuestra
sociedad ilustrada. Se citarán, acaso, excepciones más o menos antiguas; pero
en la actualidad, quien positivamente vale, llega en España a los primero
puestos, cualquiera que sea su credo filosófico, a condición de que no lo
proclame harto ruidosa y estridentemente, lastimando los sentimientos de la
mayoría.
Sin embargo..., con muy ligeros avances sobre nuestro anterior estado
continuamos a la zaga de las pequeñas nacionalidades del Norte de Europa
Pueblos hermanos como Portugal y las Repúblicas sudamericanas, donde la
despreocupación dogmática es acaso mayor que entre nosotros, viven, sobre
poco más o menos, en el mismo plano cultural.
Si esta situación continúa y se acentúa, la posición de los adeptos de la
teoría del fanatismo religioso resultará singularmente comprometida. Y s
discurren serenamente, llegarán pronto a la desconsoladora conclusión de la
incapacidad de los pueblos peninsulares para las altas empresas de la
civilización. No se trataría ya de la bancarrota de un principio, sino de la
bancarrota de una raza. Y esto, aunque fuera verdad, que no lo es, ningún
peninsular puede honradamente declararlo, sin haber agotado antes, para
demostrar lo contrario, todas las capacidades de su intelecto y todas la
energías de su voluntad.
Hipótesis del orgullo y arrogancia españoles.— Muchos extranjeros, vario
españoles y no pocos hispanoamericanos (Bunge, entre otros) achacan en parte
nuestro atraso a este defecto del carácter nacional, en cuya virtud se
consideraron siempre entre nosotros como cosas viles el trabajo mecánico, la

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industria y el comercio. Muy elocuentemente habla acerca de ello el insigne
Valera.
«La tiranía —dice Valera— de los reyes de la Casa de Austria, su ma
gobierno y las crueldades del Santo Oficio, no fueron causa de nuestra
decadencia; fueron meros síntomas de una enfermedad espantosa que
devoraba el cuerpo social entero... Fue una fiebre de orgullo, un delirio de
soberbia que la prosperidad hizo brotar en los ánimos al triunfar después de
ocho siglos en la lucha contra los infieles. Nos llenamos de fanatismo a la
judaica. De aquí nuestro divorcio y aislamiento del resto de Europa... No
creímos el nuevo pueblo de Dios; confundimos la religión con el egoísmo
patriótico; nos propusimos el dominio universal, sirviéndonos la cruz de
enseña o de lábaro para alcanzar el imperio. El gran movimiento de que han
nacido la ciencia y la civilización moderna, y al cual dio España el prime
impulso, pasó sin que lo notásemos, merced al desdén ignorante y a
engreimiento fanático»[33].
También Cadalso (citado por Azorín), antes que Valera, notó ya esta lacra
moral de la gente hispana. «No estudiamos —decía—. Nuestro defecto
fundamental es el orgullo... Las ciencias van decayendo de día en día... Lo
verdaderos estudiosos son tenidos por sabios superficiales en el concepto de
los que saben poner setenta y siete silogismos sobre si los cielos son fluidos o
sólidos...» «Trabajemos —dice— en las ciencias positivas para que no no
llamen bárbaros los extranjeros...»
Las páginas de la Historia de España ofrecen numerosos testimonios de
este irritante sentimiento aristocrático, que nos llevó a repudiar, como innoble
y propios solo de judíos y gente servil, la agricultura, el comercio, la industria
y las artes mecánicas. La nobleza y la clase media, preocupadas con la
limpieza de sangre, solo podían subsistir vegetando parásitamente sobre una
masa de pecheros, comerciantes e industriales. No obstante lo cual, cometiose
la monstruosa aberración de decretar, según dijimos antes, primeramente, la
expulsión de los judíos monopolizadores del comercio, y después, la de lo
moriscos, en cuyas manos estaban la agricultura y la industria. Nubes de
extranjeros voraces, incapaces de nacionalizarse porque nos odiaban
cordialmente, vinieron a reemplazar a moriscos y judíos, absorbiendo el oro de
América, fomentando la industria de sus sendos países, con daño de la nuestra
y convirtiéndose en usureros y esquilmadores del Estado. Entristecen la
descripciones que extranjeros como Campanella, Mad. d’Aulnoy y otros hacen
de la incuria de nuestros hidalgos y del casi total abandono del agro castellano
a causa del desprecio suicida del trabajo manual. Así como el comercio y la

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banca cayeron en poder de genoveses, flamencos y franceses, el cultivo mismo
de la tierra (es decir, lo poco de ella cultivado) vino a manos de bracero
extranjeros, con los cuales emigraban anualmente muchos millones, importe
de salarios.
La teoría del orgullo explica algo mejor que la hipótesis económico-política
la escasez de nuestra producción científica e industrial. La ciencia exige
instrumentos, y estos solo puede proporcionarlos una industria floreciente. Y
en aquel tiempo era difícil importarlos de fuera. Deja, sin embargo, esta
concepción en la sombra algunos puntos, entre ellos la pobreza filosófica
astronómica y matemática de la nación y el gusto casi exclusivo hacia el saber
que nuestro ilustre Carracido llama ornamental (literatura, humanidades y
filosofía escolástica, etc.), con el consiguiente desprecio de las ciencias de la
naturaleza. Creímos que era bastante dominar, sin reparar que solo imperan
duraderamente la ciencia, la industria y el comercio.
Teoría de la segregación intelectual.— En todas las hipótesis expuestas
singularmente en las de Cánovas, Costa y Valera, late un fondo de verdad, pero
ellas no lo dicen todo. A nuestro atraso contribuyeron indudablemente la
guerras inútiles, la Inquisición, el finchado aristocratismo, la emigración a
América, el desdén por el trabajo mecánico y la irreparable esterilidad de una
tierra eternamente sedienta. Pero estas calamidades (que muchos países han
sufrido), con ser grandes habrían moderado nuestra producción en orden a
conocimiento de la naturaleza, mas no la habrían reducido a un mínimo cas
despreciable de no intervenir otro factor, felizmente modificable, a que apena
aluden nuestros escritores. La causa culminante de nuestro retardo cultural no
es otra que el enquistamiento espiritual de la Península. A la manera de un
tumor, el talento hispano desarrollose, viciosa y monolateralmente
nutriéndose exclusivamente de la pobre savia nacional. La frase «Santiago
cierra España», citada por Bunge (que le da un sentido erróneo, sin duda po
imperfecto conocimiento del castellano), no fue solo el grito de combate de
nuestros guerreros, sino la divisa de nuestros sabios[34]. Cerramos las frontera
para que no se infiltrase el espíritu de Europa, y Europa se vengó alzando
sobre los Pirineos una barrera moral mucho más alta: la muralla del desprecio
Desde fines del siglo xvii, nuestros sabios, nuestros filósofos, nuestro
literatos, dejaron casi enteramente de ser leídos y citados. Entre los científicos
solo se salvó del olvido Azara, el gran naturalista que brilló en el siglo xviii.
Como consecuencia de esta segregación intelectual, no prendió apenas en
España la semilla del Renacimiento, según nota oportunamente Federico de
Onís. Los inyectores de la savia nueva, tales como Lebrija, el Brocense, Pedro

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Ciruelo y otros, fueron perseguidos. Y no digamos nada de Servet y del Dr. F
Sánchez, el precursor del cartesianismo y del agnosticismo moderno, porque
ambos tuvieron que expatriarse para escribir. El terror a lo nuevo, a lo
extranjero, obsesionaba a nuestros Claustros profesorales, más inquisidore
que la Inquisición misma, que recelaban no solo de las ciencias naturales, sino
hasta de las inofensivas filología, gramática e historia. Y semejante estado de
espíritu perduró muchos años, según revelan los escritos de Villarroel y lo
más modernos de Feijóo, Campomanes y Jovellanos.
Hubo, ciertamente, algunas excepciones de dicha incomunicación. Durante
una parte del siglo xvi, con ocasión de nuestras guerras de Italia, las auras de
Renacimiento vivificaron un tanto el petrificado espíritu español
despertándole parcialmente de sus éxtasis religiosos y de sus ensueño
imperialistas. Otra ventana hacia Europa abriose también durante el siglo xviii
por ella recibieron algunos intelectuales bien dotados el influjo bienhechor de
la crítica y de la renovación científica que agitaban la Europa.
En corroboración de esta doctrina, nótese que casi todos nuestros grande
escritores y sabios surgieron en esas épocas de relativo intercambio cultural, y
fueron, naturalmente, infatigables viajeros. No pocos, desde el final de la Edad
Media, perfeccionaron sus estudios en el extranjero y regentaron cátedras en
Roma, Bolonia, París, Montpellier, Tolosa, etc. Recordemos a Arnaldo de
Vilanova, Raimundo Lulio, Servet, Luis Vives, Saavedra Fajardo, el padre
Acosta, el médico Hernández, Garcilaso, Quevedo, etc. El mismo Cervantes
no obstante su original genialidad, debió mucho a la refinada cultura de Italia
Pero, en general, salvando gloriosas excepciones, nuestro orgullo aristocrático
secundado por la desdichada posición geográfica de la Península (confín de
Europa y camino solamente de África), nos condujo a una reclusión menta
deplorable. A semejanza de esos animales habitadores de la Australia, que
segregados en remotas edades del Continente, adquirieron formas insólitas y
estrafalarias, así el entendimiento español, no vivificado por la conjugación
intelectual ni corregido por la crítica europea, apartose de las normas de la
cultura mundial y se expandió en la viciosa y casi exclusiva vegetación de la
sutilezas escolásticas, de los transportes de la mística y de los juegos de
conceptismo y culteranismo.
Y sin embargo, no faltó nunca algún español, flor de la raza, que apuntara
aunque predicando en desierto, los inconvenientes del aislamiento nacional
En su famoso libro de Las Empresas, Saavedra Fajardo decía: «La renovación
da perpetuidad a las cosas caducas por naturaleza... Ninguna juventud sale
acertada en la misma patria... Los parientes y amigos la hacen licenciosa y

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atrevida. No así en las tierras extrañas, donde la necesidad obliga a la
consideración en componer las acciones y en granjear voluntades. Fuera de la
patria se pierde aquella rudeza y encogimiento natural; aquella altivez necia e
inhumana que ordinariamente nace y dura en los que no han practicado con
diversas naciones... Los españoles, que con más comodidad pudieran practica
el mundo, por lo que en todas partes se extiende su monarquía, son los que
más retirados están en sus patrias, si no es cuando las armas les sacan de
ellas.» (Empresa LXVI)[35].
Que durante nuestra supremacía militar viajábamos poco, y no llevamos a
Flandes e Italia comerciantes, sabios y colonos que acompañaran a nuestro
soldados y crearan vínculos materiales y espirituales con la metrópoli
persuádelo el hecho harto elocuente de que en la actualidad no queda en
dichos países el menor rastro de la raza, la lengua y las costumbres españolas
Verdad es que en tales empresas se trataba casi siempre de defender e
patrimonio, bien o mal adquirido, de los reyes, no los intereses positivos de
nuestro pueblo, según hace notar muy sagazmente Cristóbal de Reyna[36].
Hemos vivido, pues, durante siglos, recluidos en nuestra concha, dando
vueltas a la noria del aristotelismo y del escolasticismo, y desinteresados y
desdeñosos (con excepción de pocos paréntesis) del poderoso movimiento
crítico y revisionista que impulsó en Europa a las ciencias y las artes. Fuera
empero, injusticia olvidar que algunos de nuestros sabios y filósofo
conocieron y profesaron las novísimas verdades matemáticas, astronómicas, y
físicas y biológicas, conquistadas por Copérnico, Galileo, Torricelli, Newton
Descartes, Vesalio, Harveo, Lavoisier; pero poquísimos de ellos tuvieron e
arranque necesario para trasladarse a los grandes centros culturales, y adquiri
el contagio tonificante de la genialidad creadora.
A causa de esta incompleta conjugación con Europa, nuestros maestro
profesaron una ciencia muerta, esencialmente formal, la ciencia de los libros
donde todo parece definitivo (cuando nuestro saber hállase en perpetuo
devenir), e ignoraron la ciencia viva, dinámica, en flujo y reflujo perennes, que
solo se aprende conviviendo con los grandes investigadores, respirando esa
atmósfera tónica de sano escepticismo, de sugestión directa, de imitación y de
impulsión, sin las cuales las mejores aptitudes se petrifican en la rutinaria
labor del repetidor o del comentarista.

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el remedio de nuestro atraso. método histórico de elevación
científica y cultural

La ciencia, como todas las actividades específicas del entendimiento, e
simple consecuencia de la imitación y del ejemplo. Trátase siempre de un
contagio, a veces a distancia, por la semilla latente en los libros, mucho más a
menudo de cerca, por gérmenes arribados por el oído, escapados, como en
surtidor luminoso, de las cabezas geniales. Del mismo modo que el hijo
aprende el oficio del padre, mirando y ensayándose, así el sabio en perspectiva
aprende a investigar mirando al investigador y trabajando bajo su vigilancia
Como dice acertadamente Castillejo, uno de los apóstoles más fervientes y
desinteresados de nuestro renacimiento intelectual, «los florecimiento
culturales son producto del contacto de civilizaciones diferentes. Hay una
especie de fecundación que, sin ahondar ahora más, puede bien referirse a
carácter de producto social que la cultura tiene, lo mismo referida a la
colectividades de individuos que a las de los pueblos».
Tan palmaria verdad es que la ciencia brota de la fecundación intelectua
inmediata, que no se citará un solo país en donde el ansia de saber haya
surgido con absoluta espontaneidad. Por rica y plástica que parezca la
mentalidad de un sabio, jamás será poderosa a crear in toto una disciplina
científica. Su misión se reduce a desenvolver un germen recibido, a consolida
y acrecentar el patrimonio heredado.
¿Habrá que recordar ejemplos históricos de tan trivial y vulgar aserto?
Nadie ignora que los filósofos y sabios de la Grecia fueron infatigable
viajeros. Cada una de aquellas inteligencias vírgenes y ansiosas de sabiduría
solía dividir su vida en dos fases: durante la primera asistía a los foco
culturales de Egipto, Asiria, Persia, la India y la Gran Grecia; durante la
segunda, recogíase en sí misma, sistematizaba lo aprendido y fundaba nueva
escuela. El viejo Egipto adoctrinó a Grecia, como, andando el tiempo, Grecia
adoctrinó a Italia y a las naciones mahometanas; y, en fin, estas y sobre todo la
cultísima Italia del Renacimiento (esa Italia, siempre pagana, a pesar de
cristianismo, y fervorosamente enamorada de la sabiduría antigua)
difundieron la ciencia clásica por el resto de Europa.
Y para recordar ejemplos más cercanos, hoy mismo, ¿no vemos al Japón
pueblo de raza amarilla, pasar bruscamente desde las tinieblas de la Edad
Media a los esplendores de la cultura y de la civilización occidentales? Obra
estupenda, que parece milagro, y representa simplemente un caso particular de

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sistemática pero intensiva y extensiva inoculación de la ciencia europea. No
fue, ciertamente, según se complacen en afirmar algunos de nuestros políticos
la revolución japonesa del 68 con sus reivindicaciones liberales y la
consiguiente emancipación económica del agricultor, la causa eficiente de tan
asombroso renacimiento. No; los artífices de la grandiosa ascensión fueron, en
primer término, el alto sentido político del Emperador y sus ministros y, a
guisa de instrumentos, esos miles de jóvenes pacientes, silenciosos
concentrados, que, por mandato del Gobierno, vinieron a Europa a escudriñar
llenos de fervor patriótico, en laboratorios, seminarios, talleres, fábricas y
arsenales, los secretos de la sabiduría y de la fuerza occidentales.
Menos resonantes y notorios, pero igualmente significativos ejemplos, no
ofrecen algunos pueblos de pura cepa europea, en donde por diversos motivo
decayeron las ciencias o no adelantaron con el brío necesario. Recordemos a
Italia, cuyas Universidades, un tanto enervadas durante la primera mitad de la
pasada centuria, supieron remozar la caduca savia, importando profesore
alemanes y, sobre todo, educando sistemáticamente en el extranjero la flor de
su juventud intelectual y docente. Igual salvadora conducta han seguido lo
Estados Unidos (en donde por diversas causas el espíritu científico aparecía
ahogado por el bajo mercantilismo), inundando de jóvenes doctores lo
laboratorios y seminarios ingleses, franceses y alemanes.
Patentes están los frutos de esta inoculación reiterada y metódica de
germen del progreso científico. Italia ha decuplicado su rendimiento
intelectual; y en ciertas esferas del saber, figura ya a la cabeza del movimiento
cultural europeo. En cuanto a los Estados Unidos, el espíritu de indagación
hállase en rápido crescendo; la pléyade de inventores ingeniosos, aunque
empíricos, ha sido allí reforzada por lucida cohorte de sabios creadores, cuyo
descubrimientos promueven el aprovechamiento, de cada vez mayor, de la
riquezas del suelo y del subsuelo, y han sido causa del asombroso
florecimiento de las empresas industriales. Poderosos Institutos, como e
célebre de Rockefeller, legado de millonarios patriotas, se han creado para
cultivar la ciencia pura. Por este mismo sendero marchan con éxito brillante, o
con esperanzas justificadas, Rumanía, Egipto, Chile, la República Argentina
etcétera.
Y nótese que la elevación cultural de los citados pueblos ha surgido, no po
lenta evolución, conforme pide la teoría, sido súbita y teatralmente; verdadera
revolución desde arriba, para la cual la Gaceta, tan desacreditada entre
nosotros, obró cual talismán mirífico.

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La panacea que en Italia, en los Estados Unidos, en el Japón[37], en Hungría
en Rumanía, en la misma Rusia, es decir, en países de razas y genio tan
diversos, ha tenido éxitos resonantes, ¿fracasará precisamente en España
crisol donde se fundieron casi todas las razas europeas?
Desde ahora declaramos que el remedio que obró milagros en todos lo
países, dará también resultados excelentes en España. Si hay fracaso, nuestra
será la culpa, por no haber sabido servirnos de la heroica panacea. El fiasco, y
tras él la decadencia definitiva y mortal, vendrán solamente si la aplicamos sin
fe ni perseverancia; si por espíritu de tacañería la administramos a dosi
homeopáticas, o de manera intermitente; si no sabemos reclutar y prepara
mentalmente a nuestra juventud para recibir, allende el Pirineo, la suprema
iniciación; si, a la vez que establecemos íntima comunicación espiritual con e
extranjero, no acertamos a mantener en los iniciados el fuego sagrado de la
investigación, organizando, para retenerlos y estimularlos, laboratorios y
seminarios, talleres y demás centros de laboreo intelectual y profesional; si, en
fin, por respeto a rancios prejuicios o a funestos formalismos, no procedemo
a incorporar rápidamente a la enseñanza el nuevo plantel docente, renovando y
fecundando con él la vieja Universidad, órgano principal, según dejamo
dicho, de civilización y de progreso.
Porque, lo hemos proclamado mil veces y lo repetiremos otras mil, España
no saldrá de su abatimiento mental mientras no reemplace las viejas cabeza
de sus profesores (Universidades, Institutos, Escuelas especiales), orientada
hacia el pasado, por otras nuevas orientadas al porvenir. No reside, pues, e
daño en los que aprenden, ni en el Estado que, en la medida de lo posible
sufraga los gastos, sino en los que enseñan. De unos salen los otros. Ideal de
discípulo será siempre parecerse a su maestro. ¿Cómo superarse si no halla
cerca de sí otro término más alto de comparación? Y pues es fuerza romper la
cadena de hierro de nuestro atraso, rómpase por el anillo docente, único sobre
el cual puede obrar directa y eficazmente el Estado. Europeizando rápidamente
al catedrático, europeizaremos al discípulo y a la nación entera.
Como dice luminosamente Castillejo, «no queda otro recurso que forma
gente nueva y unirla a los elementos aprovechables de la antigua». Pero esa
gente nueva no lo será de veras, se parecerá irremediablemente a nosotros
adolecerá de nuestras rutinas y defectos, como no respire por mucho tiempo e
ambiente de la Universidad extranjera.
Tal es el plan salvador. No ha habido que inventar la panacea. Es remedio
probado, norma seguida por cuantos pueblos tuvieron clara conciencia de su

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postración y quisieron regenerarse de veras. Descendamos ahora a formula
algunas reglas tocantes a la manera de aplicar la terapéutica.

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CAPÍTULO XI
Órganos sociales encargados de nuestra reconstrucción.
Pensionado en el extranjero. Importación de profesores. Creación de Colegios españoles en la
principales ciudades universitarias de Europa.

Las ideas precedentes, vulgarísimas en el extranjero, tampoco son, po
fortuna, novedad en España. Más o menos explícitamente, han sido
proclamadas por nuestros mejores escritores, y singularmente por la
eminencias de la cátedra; han creado un estado de conciencia nacional y se han
traducido, al fin, en leyes y órganos adecuados de acción. Notorio es que
desde hace algunos años, se han fundado entre nosotros instituciones que
como la Junta de Ampliación de estudios y Pensiones y el Patronato de
ingenieros y de obreros, tienen por principal misión escoger la flor de nuestra
juventud intelectual y obrera, para educarla y sostenerla en los grandes foco
de producción científica e industrial de Europa y América.
La Junta de Pensiones y de Ampliación de estudios se propone, según
resume su activo secretario, señor Castillejo: «1.º El envío de pensionados a
extranjero, la comunicación con ellos y la organización de diversas formas de
tutela y auxilio para facilitarles su labor. 2.º Un servicio de información
extranjera en las cuestiones de educación, para divulgar el conocimiento de lo
centros docentes y las condiciones de la vida en los principales países. 3.º Un
patronato de estudiantes que secunde la iniciativa privada, auxiliando el envío
de jóvenes al extranjero por cuenta de las familias. 4.º La creación de centro
de investigación científica, organizados dentro y fuera de España, como medio
de que los pensionados en el extranjero puedan continuar su preparación, y lo
que aspiren a salir, comenzarla reunidos, con los elementos que el país ofrezca
en un trabajo práctico y personal. Hay hasta ahora constituidas tre
agrupaciones: el Centro de estudios históricos, el Instituto nacional de ciencia
físico-naturales y la Escuela española de Roma para Arqueología e Historia

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5.º El fomento de las instituciones de carácter educativo, para mejorar en todo
los órdenes de la vida de nuestros escolares. Se ha abierto ya en Madrid la
primera Residencia de estudiantes donde estos hallan favorables condicione
higiénicas, morales e intelectuales, dentro de un régimen de sana libertad»[38].
La lealtad, la imparcialidad confesional y el sincero patriotismo con que la
Junta de Pensiones y de Investigaciones científicas ha aplicado los referido
principios de elevación cultural, han sido reconocidos por la mayoría de lo
conspicuos de la política, sin distinción de matices. Aprobaciones valiosas ha
merecido también de nuestros más brillantes escritores, entre los cuales fuera
imperdonable olvidar al cultísimo y ecuánime crítico Gómez Baquero, cuya
elocuentes conferencias de Portugal versaron precisamente sobre las funcione
de la Junta y los resultados alentadores obtenidos. Conscientes de que se deben
a una obra esencialmente nacional, los miembros de la susodicha Corporación
a la hora de proponer pensiones u otorgar becas de trabajo, no disciernen otro
colores que los gloriosos de la española bandera, que son también los mismo
de la aurora espiritual por todos anhelada.
Colaboradores humildes de dicha Institución, no debemos justipreciar su
labor. Fuera, además, harto prematuro. Séanos lícito, sin embargo, olvidarno
por un momento de nuestro insignificante concurso, y apreciar objetivamente
los resultados. Repetimos que es todavía temprano para hacer el arqueo de lo
valores logrados. La semilla dará fruto solamente dentro de algunos años. La
justicia obliga, empero, a confesar que, no obstante la timidez e irresolución
con que el Estado y en su nombre la citada Junta han procedido, hanse
recogido cosechas estimables. Por de pronto, en la nueva generación, el tipo
mental del maestro declamador y meramente comentarista disminuye
visiblemente, y de día en día aumenta el número de revistas científica
nacionales, de laboratorios y seminarios de investigación y de entusiasta
profesores entregados a pesquisas originales. Puntualicemos un poco.
Por lo que toca a la Biología, contamos ya con un plantel de laboratorio
cuyas investigaciones son conocidas y apreciadas en el extranjero, donde
algunos de ellos han explicado cursos y dirigido laboratorios. Diversas revista
alemanas, inglesas y nacionales, y singularmente los Trabajos del Laboratorio
de Investigaciones biológicas y el Boletín de la Sociedad española de
Biología, registran sus interesantes comunicaciones. Solo en la Revista citada
de mi Laboratorio (Trabajos del Laboratorio de Investigaciones, etc., año
1912 a 1923), han sido publicadas por alumnos o profesores pensionados má
de 50 monografías originales, algunas con descubrimientos de primera fuerza.

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Los naturalistas, laboriosos como siempre, aunque lentos todavía en
adoptar ciertos métodos de estudio (histológico, embriológico, etológico y
psicológico), han acrecido cualitativa y cuantitativamente su rendimiento
Aparte las comunicaciones insertas en el Boletín de la Academia de Ciencias
cada día son más interesantes las que ven la luz en los acreditados Anales de la
Sociedad española de Historia Natural. La creación de la Comisión de
Investigaciones paleontológicas y prehistóricas ha dado también opimo
frutos. Sus doctos y activos profesores, adoctrinados por ilustres especialista
franceses y alemanes, nos han redimido del bochorno de que nuestra Península
constituyera, en lo tocante al arte e industria prehistóricos, exclusivo campo de
explotación de sabios extranjeros.
Grandes esperanzas nos hacen concebir también los físicos, químicos
matemáticos e ingenieros llegados recientemente de Alemania, Holanda
Bélgica y Francia. Algunos de ellos se han ilustrado ya con importante
investigaciones en parte publicadas por la Junta de Pensiones, y en su mayoría
insertas en la joven Revista de Física y Química. Hasta los matemáticos, tan
flemáticos y apocados antes, han fundado, por fin, un Seminario y una
Revista, donde hallan estímulo y publicidad sus estudios, de cada día má
originales y profundos.
Brillante y copiosa es también la pléyade de juristas, historiadores
filólogos y psicólogos, etcétera, que han importado de Alemania el secreto de
la investigación positiva y exacta. Obrador y cauce para sus actividades en
crescendo, es el Centro de Estudios históricos y los libros numerosos que la
Junta de Ampliaciones de estudios da a luz periódicamente. Con satisfacción
se advierte que la nueva floración de sociólogos, humanistas, crítico
literarios, historiadores y lingüistas, han abandonado el cómodo proceder de
impresionismo, tendencionismo y declamacionismo, para sentar serena e
impersonalmente doctrina propia sobre datos de primera mano, documentos y
cifras. El cuadro en conjunto es consolador y abre al patriotismo españo
perspectivas luminosas.
No nos ofusque, empero, tan alentador resultado. Convengamos en que e
fruto logrado es deficiente aún, y harto inferior a nuestra potencialidad
productiva. Avanzamos a paso de tortuga, cuando necesitaríamos velocidade
planetarias. Consuélanos solamente el considerar que los bienes logrados
aunque mezquinos, corresponden aproximadamente a la importancia de lo
esfuerzos.
Causas notorias, oportunamente pregonadas por espíritus clarividentes
explican la modestia del éxito logrado.

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Sobre las principales de ellas séanos permitido exponer brevemente alguna
reflexiones:
1.ª Escasez de las pensiones.— El método del pensionado en el extranjero
bueno como norma educadora, solo puede rendir frutos suficientes cuando se
le aplica en grande escala, sin timideces ni recelos, y en la persuasión de que la
mayor parte de la semilla habrá irremisiblemente de perderse. Satisfecho
podríamos quedar si, de los 90 o 100 pensionados actuales, lográranse ocho o
diez obreros útiles a la elevación cultural del país[39].
Pero el número de 80 a 90 pensionados entre profesores, doctores
ingenieros, médicos, naturalistas, abogados, historiadores, filólogos, artistas
pedagogos, etc. (cifra que representa un máximo con relación a otra
anualidades), constituye cantidad irrisoria y casi despreciable, si se tiene en
cuenta nuestro atraso y la largueza y decisión con que proceden en este punto
otras naciones. No nos hagamos ilusiones. Nuestro país necesita ser reformado
radicalmente de alto a bajo, hostigando y estimulando al amodorrado cuerpo
social hasta la entraña misma. Para tan intensa fermentación son necesario
cientos y acaso miles de pensionados, legiones de jóvenes decididos a arranca
a Europa el secreto de su grandeza y a infundir un nuevo espíritu en toda
nuestras relajadas instituciones docentes y administrativas[40].
2.ª Escasez del tiempo de pensión.— En Italia, y en casi todas las nacione
de producción científica accidentalmente aminorada, las pensiones en e
extranjero duran tres años, en vez de uno o medio, salvo prórroga, según e
costumbre entre nosotros.
Nuestro tiempo de pensión es harto insuficiente. Exceptuados lo
profesores cultos y habituados a la investigación, que visitan los laboratorio
extranjeros con la mira de dominar un nuevo método de estudio, o de
profundizar, al lado de sabio ilustre, algún tema especialísimo, la duración de
pensionado debe prolongarse tres años o, por lo menos, dos. A nadie se le
ocultarán los motivos justificativos de tal plazo, y menos a los encargados de
magisterio docente, conscientes como somos de la deficiente preparación
técnica, y del casi ningún conocimiento de idiomas de la inmensa mayoría de
nuestros doctores y licenciados. Durante el primer año, el pensionado invierte
casi todo su tiempo en perfeccionarse en la lengua y en familiarizarse con lo
métodos de trabajo; solo más adelante puede emprender labor útil y penetra
en la intimidad espiritual del maestro.
3.ª Escasa edad e insuficiente preparación técnica del candidato.— He
aquí dos importantes causas de esterilidad del pensionado, consecuencia fata
de un estado de cosas que ni la Gaceta ni la Junta de Pensiones serán

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poderosas a corregir por ahora. El candidato a pensión está mal preparado
porque la inmensa mayoría de nuestros maestros lo están también, y suele
carecer de la madurez mental indispensable, por culpa de leyes que, de
acuerdo con los íntimos anhelos del padre de familia, obligan a las fábricas de
Liceo y de la Universidad a lanzar apresuradamente al mercado social su
inconsistentes hechuras.
Salvo precocidades excepcionales, la vocación constituye estado de alma
tardío, resultado del tanteo divergente de las fuerzas mentales y de la prueba
objetiva de las propias aptitudes. Por regla general, esta clara conciencia de la
vocación surge desde los veinticinco a los veintiocho años, aunque sobre este
punto nada seguro quepa establecer. De todos modos se corre grave riesgo de
perder tiempo y dinero, enviando al extranjero mozos de veinte a veinticuatro
años, ignorantes de sí mismos y sin gustos ni vocación bien definidos.
En su atolondramiento, muchos de ellos toman por aptitud científica e
ansia aventurera de viajar o el deseo de adquirir, por cuenta del Estado cierta
cultura general de buen tono; y cuando por obligación del cargo visitan
laboratorios y asisten a cursos, van animados más bien de curiosidad novelera
y de conocer la fisonomía moral y anecdótica del maestro, que del afán de
empaparse profundamente en el espíritu de la escuela.
Cuando se pregunta a los extranjeros conocedores de la organización
docente española acerca de las causas de nuestra flojedad productiva, la
contestación es tan unánime como justa:
«La Universidad extranjera —dicen— recibe de la enseñanza secundaria
hombres hechos, con una base científica y literaria muy sólida; mientras que la
Universidad española se nutre de mozalbetes irreflexivos, sin formación
mental suficiente y casi totalmente desprovistos de conocimientos sólidos en
matemáticas, física, química, historia natural, lenguas vivas y filosofía»[41]
Este grave mal ha sido también deplorado por muchos de nuestros maestros
singularmente por André, en cuyos libros (señaladamente en el titulado La
mentalidad alemana) se hace crítica luminosa y justa de nuestra defectuosa
organización universitaria.
Defecto es este imputable más que a las leyes, a nuestros impaciente
padres de familia, que solo se preocupan de que su hijo obtenga un título
profesional con el menor gasto posible de tiempo y de dinero. «Lo que no sepa
(dicen ellos), ya lo aprenderá después...» Y, en efecto no lo aprenden cas
nunca.
No está en las atribuciones de la Junta de Ampliación de estudio
pensionar, como decía cierto ingenioso político, a los cabezas de familia para

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que aprendieran fuera de España el arte de ser padres cabales; pero fuera
deseable que a la hora de proponer candidatos tuviera muy en cuenta dicho
factor de esterilidad, rechazando (salvo excepciones justificadas) a todos lo
intonsos doctores y licenciados menores de veinticinco años, sin vocación
consolidada ni preparación técnica elemental suficiente.
Colegios españoles en Londres, París y Berlín.— Aunque no somo
entusiastas de este procedimiento aconsejado por Costa, no vemo
inconveniente en que se le ensaye, creando en Cambridge, Leipzig o Múnich
algún colegio español, donde numerosos becarios cursen, según los método
modernos, tanto la enseñanza secundaria o de Liceo, como la universitaria o
superior. Entre otras ventajas, este método de precoz trasplantación tendría la
valiosísima de modelar la voluntad y el carácter en la época en que e
ambiente social, los deportes, etc., obran con mayor eficacia educativa, y la no
menos importante de ofrecer desde el principio a las juveniles inteligencias un
pasto intelectual suculento y sano, en lugar de la memorista y superficia
instrucción servida, salvo excepciones, en nuestros Institutos y Colegios de
segunda enseñanza. Solamente nos detendría el temor de que este método
aplicado de modo global y sin selección a cerebros en agraz, impusiera a
exhausto Tesoro español dispendios muy desproporcionados con lo
resultados.

instituciones complementarias del pensionado

No basta escoger, más o menos automáticamente, la élite de la
intelectualidad, transportándola de golpe a los Centros científicos de
extranjero. Es preciso crearle antes un ambiente de transición, es decir
adoctrinarla moral y técnicamente para que la acomodación al nuevo medio
cultural se efectúe sin riesgos; y es, además, indispensable proporcionar a lo
mejor adaptados a dicho ambiente, de vuelta de su pensión, los recurso
necesarios para proseguir la obra emprendida y evitar que el tipo mental, tan
laboriosamente creado, acabe por desdiferenciarse en la molicie, retornando
como ciertas plantas artificiosamente cultivadas, a la especie indígena vulgar.
Ociosas fueran tales iniciativas si nuestras Instituciones docentes estuvieran
siempre en situación de ejercitar técnicamente al candidato, y si al regreso de
este, la Universidad, las Escuelas especiales o la Administración pública le
brindaran puesto adecuado a sus talentos. No sucede así, por desgracia. Lo

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establecimientos oficiales son organismos herméticos, tiranizados por e
escalafón y el reglamento, y amarrados a un presupuesto rígido, donde todo
está previsto menos las sorpresas de la vida, quiero decir, la brusca aparición
de cabezas geniales y la necesidad de prestarles, rápida y oportunamente
apoyo moral y pecuniario.
A subsanar esta deficiencia responden el Instituto Nacional de Ciencias
con sus diversos Laboratorios y Seminarios; el Centro de Estudios históricos
organizado por la Junta de Pensiones, y, en fin, algunos pocos Laboratorio
universitarios.
Importa notar que los consabidos Centros son organismos provisionales
supletorios de la Universidad y de las diversas escuelas profesionales. Ello
desaparecerán cuando las Corporaciones docentes adquieran la elasticidad y
sensibilidad suficientes para acoger en su seno a todo talento desvalido
utilizable. Se equivocan, pues, algunos profesores universitarios, recelosos de
que estas hijuelas de la Junta de Pensiones sean Institutos rivales de la
Universidad. ¿Cómo serán rivales de la enseñanza oficial laboratorio
dirigidos por catedráticos numerarios y organizados precisamente para servi
de plantel al futuro profesorado?
Quienes tan poco generosamente juzgan las iniciativas de los demás, ¿se
han detenido a considerar el grave peligro de perder irremisiblemente, po
abandono e inacción, actitudes y vocaciones preciosas, ínterin las fila
cerradas de los escalafones docentes se entreabren para recibir al nove
compañero? ¿Y si no hay vacante en muchos años? ¿Consentiremo
impasibles que el novel investigador, aguijado por el apremiante primum
vivere..., pida a la enseñanza privada o a cualquier profesión lucrativa e
pedazo de pan que le rehúsa el cultivo de la ciencia pura, perdiendo así e
Estado el fruto de sus sacrificios?
La experiencia de estos últimos años ha enseñado que toda precaución e
poca para evitar el retroceso mental del novel investigador y su readaptación a
la vulgaridad ambiente. Todo conspira en contra: la falta de tutela social, e
despego de los compañeros no pensionados, el desdén cuando no la antipatía
de algunos viejos maestros, y sobre todo, la sugestión constante, subyugadora
del fausto profesional, y hasta de la desaprensión o de la osadía encumbradas
Así pierde anualmente la causa de nuestra cultura muchos defensores valiosos
caídos sin redención en el montón anónimo de los buscadores de oro. Y esto
hay que evitarlo a todo trance, o al menos reducirlo a un mínimo soportable
No sobre todos, porque ello sería imposible, pero sí sobre los mejore
expensionados, deben la Junta de Pensiones, y singularmente los profesore

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bajo cuya dirección trabajan, ejercer continua y vigorosa acción tutelar
abogando en su pro en las esferas administrativas, animándoles a proseguir, a
pesar de todo, sus trabajos, y corrigiendo, en fin, paternalmente los defectos de
inmodestia y presunción, no raros por desdicha entre los jóvenes educado
allende el Pirineo, y causa principal —preciso es reconocerlo— de la
animosidad con que los miran algunos positivos y viejos prestigios del cuerpo
universitario.

importación de personal docente

Dejamos apuntado diversas veces que el problema de nuestra ascensión
intelectual solo se resuelve transformando y remontando progresivamente
desde el maestro de primeras letras hasta el catedrático de Universidad, e
decir, formando hombres nuevos, incorporados cordialmente a la obra
internacional de la cultura, y cubriendo con ellos cuantas vacantes de sangre
vayan ocurriendo en las instituciones docentes y administrativas.
Una duda importante podría, sin embargo, detenernos al intentar la solución
práctica de este problema. En lugar de vigorizar nuestra juventud oreándola en
el ambiente universitario inglés, francés o alemán, ¿no fuera preferible
importar de las naciones próceres sabios ilustres para transfundir de una vez
sangre nueva y copiosa en el enteco cuerpo nacional?
Considerado a priori, tan radical recurso de tonificación espiritual, que
cabría llamar método de injertación cultural, parece el más rápido, eficaz y
económico. A este heroico remedio confió Italia, hace cincuenta y cinco años
la renovación de su decadente Universidad. Maestros alemanes tan
prestigiosos como O. Vogt (naturalista), Moleschott (anatómico), Schif
(fisiólogo), Kleinemberg (anatomía comparada), Schrön (anatomopatólogo)
Kiesow (psicólogo experimental) y otros varios regentaron cátedras en la
citada nación. De ellas surgió brillante pléyade de discípulos entusiastas que
continuaron gloriosamente la obra de los maestros exóticos. Citemos alguno
nombres prestigiosos, ciñéndonos solamente al dominio biológico: E
anatómico Kleinemberg formó a Grassi, descubridor del ciclo extrahumano de
germen palúdico; el fisiólogo Schiff adoctrinó en Turín a los ilustres Mosso
Luciani y Fano; por su parte, Moleschott procreó lucida prole intelectual
representada, entre otros, por los anatómicos Todaro y Chiarugi.

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Con éxito excelente, aunque menos brillante, se ha empleado también este
método en Rusia y en los Estados Unidos, y con efectos inciertos o poco
alentadores, en Chile y la Argentina. Recordemos, en fin, que la injertación
intelectual tuvo entre nosotros iniciador augusto y entusiasta en Carlos III
quien, lleno de paternal amor a sus vasallos, intentó sin éxito aclimatar en
España, con el químico Proust y otros sabios de fama mundial, el gusto por la
investigación.
La inmigración temporal o la incorporación definitiva de investigadore
forasteros constituye método de inoculación directa y supraintensiva, capaz de
sacudir, en circunstancias favorables, el amodorramiento intelectual de un
país. Mas apresurémonos a declarar que este proceder solo puede rendi
seguros beneficios en aquellas naciones donde el ambiente moral está
suficientemente preparado y a condición de que las diferencias étnicas
lingüísticas y de hábito mental entre el país transfusor y el transfundido sean
poco acentuadas. Por este motivo, el método de la injertación espiritual, tan
eficaz en Holanda, Suiza, Rusia, Italia y los Estados Unidos, rindió en España
y rinde actualmente en los Estados hispanoamericanos, frutos poco
abundantes[42].
Por nuestra parte, nos confesamos fervientes partidarios de la importación
de hombres de ciencia (método que puede combinarse ventajosamente con e
pensionado); pero a condición de que personas conocedoras del cuerpo
universitario inglés, francés o alemán, hábilmente secundadas por nuestra
diplomacia, nos deparen sabios de primera magnitud y dotados de robusta
vocación docente.
En Alemania, sobre todo, existe actualmente una sobreproducción de
investigadores. Muchos de ellos, forzados de la necesidad, emigran a Holanda
Rusia, Hungría, Estados Unidos, Inglaterra, imposibilitados, como están, de
subsistir decorosamente en la Universidad nativa, donde la concurrencia vita
es abrumadora. Fácil sería, pues, encontrar, a costa de moderados dispendios
algunos docentes privados o profesores extraordinarios cuyos méritos
pregonados por la fama de sus descubrimientos y la admiración de su
discípulos, no hubieran obtenido todavía recompensa oficial suficiente[43].
Ni nos detendría la consideración de que dichos maestros nos abandonaran
a los pocos años, deseosos de reanudar su carrera universitaria en la nación de
origen; porque en uno o dos lustros de estancia entre nosotros habrían, sin
duda, formado discípulos, tanto más aventajados cuanto que el profesor
aspirando a merecer en su país el codiciado título de profesor ordinario, no
sentiría la tentación de dormirse sobre sus laureles. La importación de

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docentes extranjeros es, sobre todo, urgente en aquellas disciplinas huérfana
en España (con pocas excepciones) de altos investigadores, tales como la
Física, la Química, la Astronomía, la Geología, etc. Y aunque el ambiente
cultural hispano deja todavía mucho que desear, creemos sinceramente que e
de hoy es muy superior al de la época de Carlos III[44]. (Sabido es que nuestra
Universidad cuenta ya con algunos sabios profesores extranjeros estables.)
Pero aplicado este método en grande escala y de manera exclusiva, podría
acarrear algunos inconvenientes, notados ya en sus sendos países por lo
escritores americanos. He aquí algunos, que señalamos de pasada, después de
reconocer que abundan las excepciones:
1.º El investigador alemán o anglosajón arribado a países latinos
encuéntrase descentrado; sus hábitos y tendencias chocan demasiado contra la
de sus huéspedes; y a la primera ocasión retorna a su país, sin haber fundado
escuela[45]. Bajo este aspecto, quizás fueran más deseables maestros franceses e
italianos.
2.º Por razones fácilmente adivinables, el sabio expatriado no suele se
investigador de primer orden, sino mozo despejado y de esperanzas (priva
docent o doctor sin puesto oficial), pero incompletamente formado. Sin duda
que en la designación debería intervenir, como es natural, la iniciativa de un
maestro de autoridad indiscutible; mas el oficio de profeta tiene quiebras, aun
admitiendo que en la elección hecha por aquel para nada influyera la simpatía
personal.
3.º Indiferente al problema de la elevación cultural del país de adopción, e
forastero ilustre suele descuidar la formación de discípulos indígenas y
propender a publicar sus investigaciones en las Revistas de su patria de origen
4.º La dificultad de comprender la lengua del nuevo país, resta eficacia a la
enseñanzas del maestro extranjero.
A causa de los citados inconvenientes y de otros menos graves de carácte
administrativo, estimamos que la obra de nuestra renovación debe
encomendarse principal, aunque no exclusivamente, al método del pensionado
Abrigamos la firme convicción de que si se le aplica con fe y perseverancia; si
huyendo de tacañerías, son enviados anualmente a los grandes focos de
producción intelectual e industrial del extranjero, cuatrocientos o quiniento
jóvenes aprovechados, escogiendo de preferencia profesores y auxiliares, y lo
más granado y culto de los funcionarios técnicos del Estado (militares
ingenieros, científicos y pedagogos, sin olvidar algunos eclesiásticos, acaso lo
más necesitados de europeización)[46]; si los organismos seleccionadores de
candidato a pensión, desoyendo la sirena del favoritismo y procediendo

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austeramente, proponen exclusivamente hombres adornados de sólida
preparación técnica y con una historia de trabajos serios, más o meno
importantes, y en todo caso reveladores de vocación firme y decidida hacia la
investigación científica, tenemos por indiscutible que, dentro de alguno
lustros, todas las clases directoras y docentes de nuestro país se habrán
transformado profundamente.
Y la espléndida floración de verdades científicas, de invenciones útiles, de
aplicaciones fecundas a la agricultura, a la industria y a la gestión política y
administrativa del Estado, afirmará enérgicamente nuestra personalidad
espiritual ante el mundo y preparará una España del porvenir que nos consuele
de cuatro siglos de estancamiento y haga olvidar a Europa la España de
pasado.

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ÍNDICE

Págs

Prólogo de la 2.ª edición, costeada por la generosidad del Dr. Lluria. v
Prólogo de la 3.ª edición. xi
Prólogo de las últimas ediciones (4.ª, 5.ª y 6.ª). xv
Cap. I.—Consideraciones sobre los métodos generales. — Infecundidad de las reglas
abstractas. — Necesidad de ilustrar la inteligencia y de tonificar la voluntad. —
División de este libro. 1
Cap. II.—Preocupaciones del principiante. 13
Cap. III.—Cualidades de orden moral que debe poseer el investigador. 43
Cap. IV.—Lo que debe saber el aficionado a la investigación científica. 79
Cap. V.—Enfermedades de la voluntad. — Contempladores. — Bibliófilos y políglotas. —
Megalófilos. — Organófilos. — Descentrados. 113
Cap. VI.—Condiciones sociales favorables a la obra científica. — Los medios materiales. — El
investigador y la familia. — La compañera del hombre de ciencia. 131
Cap. VII.—Marcha de la investigación científica. — Observación. — Experimentación. —
Hipótesis directriz. — Comprobación. 161
Cap. VIII.—Redacción del trabajo científico. 183
Cap. IX.—El investigador como maestro. 199
Cap. X.—Deberes del Estado en relación con la producción científica. — Nuestro atraso
cultural y sus causas pretendidas. Explicaciones físicas, históricas y morales de la
infecundidad científica española. — El remedio de nuestro atraso. 219
Cap. XI.—Órganos sociales encargados de nuestra reconstrucción. — La Junta de Pensiones y
sus Laboratorios y Seminarios. — Resultados obtenidos del Pensionado en el
extranjero. 269
Instituciones complementarias del Pensionado. 282
Importación del personal docente. — Ventajas e inconvenientes del método de
injertación cultural. 286

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NOTAS

[1] Claudio Bernard nos parece exagerar algo cuando, a guisa de ejemplos probatorios de su tesis
afirma que «no sabremos nunca por qué el opio tiene una acción soporífera, y por qué de la combinación
del hidrógeno con el oxígeno brota un cuerpo tan diverso en propiedades físicas y químicas como e
agua». Esta imposibilidad de reducir las propiedades de los cuerpos a leyes de posición, de forma y d
movimiento de los átomos (hoy diríamos de los iones y electrones), es real, pero no parece que lo sea en
principio y para siempre.

[2] Es singular la coincidencia de esta doctrina con la desarrollada por Schopenhauer (desconocida d
nosotros al redactar la primera edición de este discurso) en su libro El Mundo como voluntad y como
representación, t. I, páginas 98 y siguientes. Al tratar de la lógica, dice «que el lógico más versado en su
ciencia abandona las reglas de la lógica en cuanto discurre realmente». Y más adelante: «querer hacer us
práctico de la lógica es como si para andar se quisiera tomar antes consejos de la mecánica». Parecid
sentir expresa modernamente Eucken, cuando afirma «que leyes y formas lógicas no bastan a producir un
pensamiento vivo».

[3] Hoy creo menos en el poder de la selección natural que al escribir, treinta años hace, estas líneas
Cuanto más estudio la organización del ojo de vertebrados e invertebrados, menos comprendo las causa
de su maravillosa y exquisitamente adaptada organización.

[4] En reciente libro, Ostwald corrobora esta reflexión, haciendo notar que casi todos los grande
descubrimientos fueron obra de la juventud. Newton, Davy, Faraday, Hertz, Mayer son buenos ejemplos.

[5] La brillante serie de descubrimientos eléctricos que siguieron al encuentro de la pila de Volta,
principios del pasado siglo; la pléyade de trabajos histológicos provocados por el descubrimiento d
Schwann acerca de la multiplicación celular, y la repercusión profunda que el no muy alejado hallazgo d
los rayos Röntgen ha producido en toda la física (encuentro de la radioactividad, descubrimiento de
radio, del polonio, del fenómeno de la emanación, etc.), son buenos ejemplos de esa virtud creadora, y en
cierto modo automática, que posee todo gran descubrimiento, el cual parece crecer y multiplicarse com
la semilla arrojada al azar sobre terreno fértil.

[6] La opinión vulgar aquí combatida ha sido repudiada elocuentemente por casi todos los sabios. N
resisto, sin embargo, a la tentación de copiar una comparación presentada bajo diversas y brillante
formas por nuestro incomparable vulgarizador científico D. José Echegaray, cuya desaparición ha dejad
a la ciencia española huérfana de un gran talento:
«La ciencia pura es como la soberbia nube de oro y grana que se dilata en Occidente, entre destellos d
luz y matices maravillosos: no es ilusión, es el resplandor, la hermosura de la verdad. Pero esa nube s
eleva, el viento la arrastra sobre los campos, y ya toma tintas más obscuras y más severas; es que va a l
faena y cambia sus trajes de fiesta, digámoslo así, por la blusa del trabajo. Y entonces se condensa en
lluvia, y riega las tierras, y se afana en el terruño, y prepara la futura cosecha, y al fin da a los hombres e

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pan nuestro de cada día. Lo que empezó por hermosura para el alma y para la inteligencia, concluye po
ser alimento para la pobre vida corporal.» — Academia de Ciencias, sesión solemne del 12 de marzo d
1916.

[7] Esto se escribía en 1896. Actualmente, la fábrica de instrumentos ópticos de Jena cuenta al frente d
sus secciones nada menos que 33 investigadores matemáticos, ópticos, mecánicos y químicos, todos d
primera fuerza. Legiones de químicos trabajan también en las grandes fábricas de productos químico
alemanas, demostrando que el único medio de que la industria evite la rutina y el estancamiento e
convertir el laboratorio en antesala de la fábrica.

[8] «Es el sentido común trabajando a alta tensión», según la frase gráfica de nuestro Echegaray.

[9] Es singular la coincidencia de esta doctrina con la clasificación en clásicos y románticos (talentos d
reacciones lentas y talentos de reacciones rápidas), dada por Ostwald en su reciente e interesante libr
sobre Los grandes hombres.

[10] Este ingenuo optimismo ha sufrido actualmente, con la horrenda guerra internacional iniciada en
1914, franco y rotundo mentís. Todo hacía creer, cuando esto se escribía, que la era de las grande
contiendas europeas había pasado. Ferrocarriles, telégrafos, periódicos, congresos, conferencia
internacionales, difusión de idiomas, etc., parecían órganos destinados a realizar, tarde o temprano, l
generosa aspiración de solidarizar y aproximar cordialmente a las naciones europeas.
Espectáculo consolador era contemplar cómo por encima de las fronteras se apretaban efusivament
las manos filósofos, sabios y obreros. Por desgracia, Gobiernos militares y logreros insaciables actuaban
en sentido contrario, y ahogaban de continuo, merced a inoculación intensa iniciada desde la escuela, l
semilla del amor con el veneno del odio. Al siglo xxi tocará comenzar nuevamente la obra, acas
quimérica, de la reconciliación definitiva de los Estados de Europa, y de someter definitivamente a
derecho atávicas codicias y desapoderadas ambiciones territoriales.
(Esta nota se escribió en 1916. Hoy, firmada la paz, arruinada Europa, visto el fracaso de la candoros
concepción wilsoniana de la Sociedad de las Naciones, enconado el odio de los pueblos vencidos, qu
sueñan ya con próximos desquites, miramos con amargo escepticismo todo intento jurídico de pa
perpetua. ¡Triste es reconocerlo!; pero todo pueblo, modelado en monarquía o en república, se hac
ferozmente imperialista en cuanto puede serlo. ¡Ay de los débiles o de los antipatriotas!)

[11] Tal estado de cosas ha variado algo en la actualidad. El tipo de inventor que trabaja por afán d
lucro abunda mucho hoy en Alemania y, en general, en las naciones más adelantadas. La lucha por l
patente y la fiebre de la competencia industrial, han turbado la calma augusta del templo de Minerva. ¿E
un mal o un bien?

[12] Actualmente, en virtud de una emulación creciente, los focos de producción biológica s
multiplican por doquier. Italia, Francia, Inglaterra y singularmente los Estados Unidos compiten y en
muchos puntos sobrepujan a la hace algunos lustros insuperable labor de las Universidades alemanas.

[13] Aunque, merced a plausibles iniciativas, figura la lengua alemana en nuestro cuadro de asignatura
del Instituto, por desgracia el fruto obtenido hasta hoy por nuestros escolares ha sido casi nulo, tanto po
la insuficiencia del tiempo destinado a tal estudio, cuanto por el vicioso método de enseñanza. Cuand
falta el tiempo indispensable para dominar una lengua difícil, lógico sería no empeñarse en enseñar todo
el alemán, sino el alemán científico, es decir, la suma relativamente escasa de reglas gramaticales y e
caudal no muy cuantioso de voces necesario para traducir las monografías científicas. Lograr esto es obr
de seis u ocho meses de labor asidua. Al aficionado a los trabajos biológicos le aconsejamos que s
suscriba desde luego a una Revista alemana de su especialidad, por ejemplo, a un Centralblatt cualquiera
La lectura, al principio muy trabajosa, de las monografías científicas, le resultará cada día más accesible

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El placer de obtener desde el principio algún fruto de sus afanes, aumentará progresivamente su afición a
trabajo.

[14] Si los celos internacionales lo consintieran, fuera mucho más sencillo y práctico convenir en e
empleo de una lengua viva, el francés, por ejemplo, como idioma científico. A los entusiastas de
esperanto cabría preguntarles: Cuando viajéis por Francia, ¿os resignaréis a no hablar francés?
(Conforme era de presumir, hoy —1920— el flamante volapück ha sido definitivamente olvidado
Presagiamos que le ocurrirá lo mismo al esperanto.)

[15] Cuando los españoles asisten a un Congreso científico, deploran que nuestra lengua tenga qu
eclipsarse ante el alemán, francés o inglés. Estos patriotas inoportunos harían bien, antes de formular su
quejas y provocar la sonrisa de los sabios, en meditar estos tres irrebatibles asertos: 1.º Nuestr
producción científica es, cualitativa y cuantitativamente, muy inferior a la de las cuatro naciones qu
gozan del privilegio de usar su lengua en los Congresos. 2.º A consecuencia de esto, el castellano e
desconocido de la inmensa mayoría de los sabios. Si inspirándonos en un patriotismo quijotesco no
empeñáramos en usarlo en los Congresos internacionales, provocaríamos la deserción en masa d
nuestros oyentes. 3.º En fin, naciones como Suecia, Holanda, Dinamarca, Hungría, Rusia y Japón, cuy
producción científica supera con mucho a la española, jamás tuvieron la inmodestia de imponer en dicho
certámenes su lengua respectiva; sus sabios son harto avisados para desconocer que, siendo ya excesiva l
tarea de dominar las cuatro lenguas citadas, resultaría tortura insoportable aprender una o dos más.

[16] Hoy no suscribiría yo, sin algunas restricciones, este concepto mecánico, o si se quier
estrictamente físico-químico de la vida. En ella (origen, morfología de células y órganos, herencia
evolución, etc.), se dan fenómenos que presuponen causas absolutamente incomprensibles, no obstant
las jactanciosas promesas darwinianas y los postulados de la escuela bioquímica de Loeb.

[17] Conocemos algunos que no se contentan con cerrar los armarios del laboratorio, sino que lo
precintan y lacran al ausentarse.

[18] Existen actualmente (1923) laboratorios en España tan suntuosamente dotados que los envidian lo
sabios más grandes del extranjero. Y sin embargo, en aquellos se produce poco o nada. Es que nuestro
ministros y corporaciones docentes se han olvidado de dos cosas importantes; que no basta declarars
investigador para serlo y que los descubrimientos los hacen los hombres y no los aparatos científicos y la
copiosas bibliotecas.

[19] Esto se escribía hace muchos años. Claro es que hoy (1923) después de la guerra mundial habrí
que aumentar estos modestos presupuestos en más de una mitad.

[20] El que esto escribe, el más humilde de los profesores españoles, pecaría de ingrato si no hicier
constar un hecho que habla muy alto en pro de la generosidad de nuestros Gobiernos. Bastó la mer
noticia telegráfica de que el premio llamado de Moscú, otorgado por el Congreso internacional médico d
París (1900), había sido adjudicado a un español, para que incontinenti se nos buscara en el rincón dond
laborábamos en silencio y se pusiera a nuestra disposición espléndido laboratorio. La medalla d
Helmholtz, y el premio Nobel, nuevos dones de nuestra buena estrella, obtenidos después (1908), sin
contar las altas distinciones recibidas de las principales Corporaciones científicas del mundo, no
proporcionaron la satisfacción de pensar que el modesto sacrificio hecho por el Estado español no habí
sido estéril para la Ciencia.
Y nuestro caso, afortunadamente, no es único. Todo el que en nuestro país ha sido consagrado por l
ciencia extranjera, consigue, sin desearlas ni buscarlas, honra y prebendas. ¡A veces, hasta demasiadas!.
Sepan, pues, los egoístas que anteponen siempre el galardón al merecimiento, que también en nuestr
patria —y estoy por decir que mejor que en el extranjero— el cultivo serio de la ciencia constituy
razonable negocio.

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[21] Conocida es la frase célebre de Bonaparte pronunciada ante el Consejo de Estado cuando er
Cónsul: «Si el hombre no envejeciera, desearía que se pasase sin mujer».

[22] Aludimos aquí especialmente a los efectos de la concentración mental y del trabajo intensivo
capaces de convertir al sabio en perpetuo distraído, tan flojo y descuidado en la educación de sus hijo
como en la administración de sus bienes.

[23] Podríamos citar más de veinte jóvenes de gran capacidad y excelente preparación cuya labo
inquisitiva, apenas empezada, naufragó con el matrimonio. Actualmente, y por lo que toca a la biología
casi todos nuestros mejores productores son célibes.

[24] Citado por el notable profesor Pou y Orfila en un excelente folleto donde trata del estudio de l
Anatomía: Observaciones sobre la enseñanza de la Medicina. Montevideo, 1906.

[25] El culto a la consecuencia, que en política pasa por virtud, en ciencia resulta casi siempre seña
inequívoca de orgullo o de cortedad de luces. La variabilidad es uno de los rasgos que mejor traducen l
honradez del investigador. En nuestro concepto, quien no sepa abandonar una opinión falsa se declara a s
mismo necio, viejo o ignorante; porque, en efecto, solo los tontos, los decrépitos y los que no leen, s
obstinan en el error. Los consecuentes a ultranza parecen declarar con su olímpico desdén a toda noveda
científica: «valgo y sé tanto, que todo cuanto la ciencia descubra no me hará corregir en un ápice mi
opiniones». El cerebro es un árbol cuyo ramaje se desarrolla y complica con el estudio y la meditación
pretender, pues, que en materias opinables no cambie, es querer que el árbol futuro no pase de arbusto
no críe jamás ramas torcidas. La ciencia nos enseña que el hombre, en el transcurso de su vida, se renuev
material y mentalmente muchas veces; que en la vida individual hay diversos avatares que llegan casi
interrumpir la continuidad de la conciencia y el sentimiento de la propia personalidad. Las nueva
lecturas y la mudanza del medio moral e intelectual cambian y mejoran continuamente el ambient
interior y depuran y refinan nuestros juicios. Transcurridos los cincuenta años, ¿quién se atreverá
defender sinceramente todas las concepciones de su personalidad de los veinte, es decir, del pensar de l
juventud inexperta y generosa?

[26] Piadosa con los viejos, la naturaleza ha otorgado al cerebro el excelso privilegio de resistir más qu
ningún órgano al implacable proceso de la degeneración.

[27] Hoy nos preocupamos de la autonomía universitaria. Está bien. Mas si cada profesor no mejora su
aptitud técnica y su disciplina mental; si los Centros docentes carecen del heroísmo necesario para resisti
las opresoras garras del caciquismo y favoritismo extra e intrauniversitario; si cada maestro considera
sus hijos intelectuales como insuperables arquetipos del talento y de la idoneidad, la flamante autonomí
rendirá, poco más o menos, los mismos frutos que el régimen actual. ¿De qué serviría emancipar a lo
profesores de la tutela del Estado, si estos no tratan antes de emanciparse de sí mismos, es decir, d
sobreponerse a sus miserias éticas y culturales? El problema central de nuestra Universidad no es l
independencia, sino la transformación radical y definitiva de la aptitud y del ideario de la comunida
docente. Y hay pocos hombres capaces de ser cirujanos de sí mismos. El bisturí salvador debe se
manejado por otros.

[28] El relato de los extranjeros que visitaron España en la época de su grandeza o en el comienzo de su
declinación, y los testimonios de nuestros escritores de los siglos xvi y xvii, demuestran que nuestr
preponderancia en Europa fue meramente militar y no cultural. Ciencia, Industria, Agricultura, Comercio
todas las manifestaciones del espíritu y del trabajo eran en la época de los Reyes Católicos y de Carlos V
sumamente inferiores a las del resto de Europa. Citando un caso entre mil, Simón Abril, en su
Apuntamientos a Felipe II, se lamentaba ya de que careciéramos de matemáticos, «con afrenta de l
nación y gran perjuicio de la república, pues España debe ir a buscar los ingenios a extrañas naciones, con
daño grave del bien público». Avergüenza saber que casi todos nuestros generales y almirantes de la

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guerras de Italia y Flandes fueron extranjeros. Cristóbal de Villalón, que escribió también en el siglo d
oro de nuestra historia, se lamenta, amén de los defectos del carácter nacional, de la mediocridad d
nuestros gramáticos y humanistas, muy inferiores a los extranjeros. (Véase su Viaje de Turquía.)

[29] En la cuenca del Ebro (Aragón especialmente), la columna del pluviómetro rara vez alcanza 30
milímetros, y en Murcia y Almería es raro el año en que se eleva a 250. En cambio, en todo el litora
cantábrico pasa de 1.500; a veces sube a 2.000.

[30] La cifra de 40 millones supuesta por algunos, y sobre todo por Macías Picavea, representa pur
fantasía. Si hoy, no obstante el florecimiento industrial de algunas regiones, el ensanche creciente de la
ciudades, el progreso notable de la agricultura y de la minería, etc., nuestro territorio no produc
mantenimientos ni aun para los 20 millones de habitantes que lo pueblan, ¿por qué arte milagroso pud
antaño mantener 40 millones (no los tiene todavía la riquísima Francia) con un suelo en gran parte sin
roturar y con ciudades —salvo alguna excepción— reducidísimas, según atestiguan todavía las muralla
subsistentes de las más populosas?

[31] Antes de Buckle fueron muchos los extranjeros que atribuyeron nuestra decadencia a la exaltación
del principio religioso y al desprecio de las artes útiles. Recuérdese, entre otras, la observación d
Montesquieu: «Mirad una de sus bibliotecas (las de España): las novelas por un lado, y la escolástica po
otro, ¿no es verdad que todo ello parece obra de algún secreto enemigo de la razón humana?» Gráfica e
también esta frase de Voltaire: «La Inquisición y superstición perpetuaron aquí (en España) los errore
escolásticos; las matemáticas fueron tan poco cultivadas de los españoles, que en sus guerras emplearon
siempre ingenieros italianos». Juicio análogo dejamos estampado ya de nuestro Simón Abril, escritor d
la época de Felipe II.

[32] Recuérdese la célebre polémica sostenida entre Sanz del Río, Revilla, Perojo, etc., por un lado, y
los tradicionalistas, reforzados con el valioso apoyo de Menéndez Pelayo, por otro. Los krausista
sostenían que el espíritu español se había desarrollado solo parcialmente, desdeñando la razón y e
entendimiento, y que, no habiendo existido ciencia ni filosofía españolas, la historia de estas disciplina
podía hacerse sin citar otros nombres que los de los marinos heroicos que descubrieron las Américas y
dieron la vuelta al mundo. Al contrario, los tradicionalistas afirmaban que durante el siglo de or
habíamos creado ciencia y filosofía altísimas y originales, y que ello se debió, en gran parte, al fervo
religioso y al despotismo paternal de los reyes. En cuanto a mi humilde opinión, formada después d
pesar serenamente los argumentos de entrambas escuelas, coincide casi completamente con el juicio d
un escritor francés imparcial de nuestros días. Dusolier, que siguió con interés los incidentes de la famos
controversia, afirma: «Contrariamente a los asertos, demasiado modestos o demasiado desdeñosos, de l
escuela krausista, creemos que ha existido, en efecto, una ciencia y una filosofía españolas; pero
pensamos también que todo el talento de Menéndez Pelayo no basta para probar que esta filosofía y esta
ciencia hayan sido muy importantes». Dusolier: «Aperçu historique sur la Médecine en Espagne», etc
París, 1906. Con relación a las matemáticas, el mayor de nuestros actuales geómetras, el señor Rey
Pastor, hace notar, en bien documentado discurso, que nuestros geómetras del siglo de oro y siguiente
trabajaron a menudo sin conocer suficientemente las grandes conquistas matemáticas del Renacimiento
singularmente las debidas a los sabios italianos, franceses e ingleses.

[33] Cristóbal de Villalón, a quien debe considerarse como el precursor de nuestros moderno
regeneradores, decía ya un poco crudamente en el siglo xvi (Viaje de Turquía), aludiendo al orgullo
insolencia hispanos: «Entre todas las naciones del mundo somos los españoles los malquistos de todos, y
con grandísima razón, por la soberbia, que en dos días que servimos queremos ser los amos, y si no
convidan una vez a comer alzámonos con la posada». Villalón tuvo también una visión muy certera de l
esterilidad de nuestro suelo y de nuestra penuria militar cuando, comparando España con Italia
preguntaba: «¿Paréceos que podría mantener tantos ejércitos como Italia? Si seis meses anduviesen
cincuenta mil hombres dentro la asolarían, que no quedase hanega de pan ni cántaro de vino, etc.» Y s

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esto se escribía por un español patriota en tiempos de Felipe II, ¿cómo extrañarnos de que durant
reinados posteriores hayan repetido lo mismo numerosos extranjeros?

[34] Sabido es que el verbo cerrar, tan expresivo de nuestro grito de guerra, significa embestir
acometer. Pero el pensamiento de Bunge, de que España vivió casi aislada de las naciones cultas, es
desgraciadamente, verdadero, y por eso lo citamos.

[35] Por lo demás, Saavedra participaba, como no podía menos, de los sentimientos y prejuicios de su
época. Ni se ha de olvidar que en sus Empresas defiende el interés egoísta del príncipe, no siempr
coincidente con el de la nación. Hay, pues, que perdonarle sentencias como estas: «La ruina de un Estad
es la libertad de conciencia... Muy quietos y felices viven los esguízaros que no se ejercitan mucho en la
ciencias... Sobran Universidades... Con la atención de las ciencias se enflaquecen las fuerzas y envilecen
los ánimos... Con el estudio se crían melancólicos los ingenios; aman la soledad y el celibato», etc.

[36] Estos intereses fueron casi del todo abandonados, salvo alguna excepción, al advenir la dinastí
austriaca. Y estoy muy cerca de pensar que la independencia española acabó prácticamente con los Reye
Católicos y el Cardenal Cisneros. Después, con excepción de algunos períodos de cordura patriótica
fuimos a remolque de las ambiciones dinásticas y de las codicias de monarcas que recibían a menudo e
santo y seña de las cortes extranjeras.

[37] Si la teoría de la superioridad de las razas hiperbóreas de Europa, creada por el ingenuo francé
Gobineau y coreada por sajones y alemanes para su glorificación, hubiera detenido a los japoneses,
estas fechas careceríamos de la prueba más decisiva acerca de la eficacia del contagio y de la imitación
como generadores de la grandeza de un pueblo. La ciencia, el arte, la industria y la milicia habrían
perdido colaboradores soberanos. Y nosotros los médicos no podríamos aplaudir, entre otras vida
gloriosas, la de un Kitasato, descubridor del microbio de la peste bubónica y fundador, con el alemán
Behring y el francés Roux, de los principios de la seroterapia.

[38] Han seguido después, con inesperado apoyo de la opinión pública, la Residencia de Estudiantas
dirigida por la incomparable educadora María de Maeztu, la Residencia de párvulos, y, en fin, e
Instituto-Escuela, que aspira a ser una Escuela-liceo de tipo europeo, donde se junten las excelencias d
una instrucción selecta encomendada a profesores eméritos, con los beneficios de una sana y confortador
educación del cuerpo y del espíritu.

[39] La guerra ha disminuido notablemente esta cifra, con daño grave para la celeridad de nuestr
progreso científico e industrial.

[40] No por unas docenas, como solemos nosotros, por centenas se cuentan los japoneses pensionado
en Berlín, Viena, Londres y París. Aún hoy, en que el Imperio del Sol naciente ha recogido ya fruto
gloriosos de su educación europea, existen en Berlín más de 400 pensionados japoneses. ¿Cuántos d
ellos se contarán en Inglaterra, Francia y los Estados Unidos? Trátase de un formidable ejército d
intelectuales que asaltan los laboratorios, devoran los libros de ciencia y laboran heroicamente por l
hegemonía intelectual y política de su país.
El éxito japonés ha contagiado a la China, que prepara su renacimiento intelectual sosteniendo en e
Japón 10.000 estudiantes becarios, 600 en los Estados Unidos y unos 300 en Europa, con delegacione
permanentes en estos países para vigilarlos y cuidarlos.
(Esto se escribía en 1913. Claro es que la horrenda guerra europea habrá acarreado en estos paíse
iguales deplorables consecuencias que en España.)

[41] En Alemania los jóvenes suelen entrar en la Universidad a los diez y ocho o veinte años, par
abandonarla a los veintisiete o veintiocho; porque aunque la ley señala un mínimo de cinco años d
estudios académicos y otro de voluntariado en otras Universidades (en junto seis años), la formalidad y

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reflexión del estudiante tudesco, admirablemente secundadas por la previsión del padre de familia, l
llevan a prolongar la carrera, ampliando el conocimiento de las disciplinas más importantes o de aquella
para las cuales siente viva predilección.

[42] Las noticias que hemos podido procurarnos de Chile y de la Argentina revelan que, exceptuado
unos pocos profesores alemanes, atenidos a su misión de crear e inocular la ciencia, los demás, es decir, l
inmensa mayoría, fueron arrollados por la fiebre del negocio, a que pocos emigrantes resisten.

[43] Después de la guerra mundial, es casi seguro que aumentará en proporciones considerables e
éxodo de los sabios, a causa de agobios económicos insoportables en Alemania, y desconocidos o muy
atenuados en las naciones neutrales.

[44] El método actual de invitar a ciertas lumbreras extranjeras para dar algunas conferencias en
nuestros centros docentes, lo consideramos poco provechoso. Es preciso que el sabio invitado profese po
lo menos un curso y que, asistido del material necesario, enseñe a sus discípulos la técnica de l
investigación.

[45] Los brillantes resultados obtenidos por Italia mediante el método de la importación de sabio
extranjeros se debió sin duda a la excelencia de los mismos; pero esta excelencia obedeció a condicione
difícilmente renovables. Aparte el culto del alemán hacia la patria del arte, la comodidad y brevedad de
viaje, el conocimiento casi general entre los tudescos ilustrados de la lengua italiana, etc., en el éxit
influyó sobremanera la Revolución alemana del pasado siglo con la reacción subsiguiente, la cual oblig
a expatriarse a muchos hombres de mérito tachados por sus ideas liberales. Actualmente Italia, conscient
de su robustez intelectual, utiliza exclusivamente el método del pensionado.

[46] Hoy añadiría también a los políticos de altura. Una ley que excluyera irrevocablemente de lo
Consejos de la Corona a todo político que no hubiera permanecido por lo menos tres años en las escuela
extranjeras (singularmente en las de Alemania, Inglaterra y Francia), sería decisiva para el éxito d
nuestra renovación cultural, agrícola e industrial. Si esto se hubiera hecho antes del 98, habríase evitad
la pérdida de las Colonias; porque, aparte otros factores de que no debo ocuparme aquí, casi ninguno d
nuestros ministros y generales de entonces tenía la menor idea del arrollador poderío marítimo, militar
industrial de los Estados Unidos. Nadie está capacitado para salvaguardar eficazmente los intereses de su
patria, si previamente no conoce a fondo las fuerzas políticas y los recursos morales y materiales de la
ajenas naciones.

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*** END OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK REGLAS Y
CONSEJOS SOBRE INVESTIGACIÓN CIENTÍFICA ***

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Volunteers and financial support to provide volunteers with the assistance they
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Project Gutenberg collection will remain freely available for generations to
come. In 2001, the Project Gutenberg Literary Archive Foundation was
created to provide a secure and permanent future for Project Gutenberg and

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future generations. To learn more about the Project Gutenberg Literary
Archive Foundation and how your efforts and donations can help, see Sections
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Section 3. Information about the Project Gutenberg Literary
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educational corporation organized under the laws of the state of Mississippi
and granted tax exempt status by the Internal Revenue Service. The
Foundation’s EIN or federal tax identification number is 64-6221541.
Contributions to the Project Gutenberg Literary Archive Foundation are tax
deductible to the full extent permitted by U.S. federal laws and your state’s
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The Foundation’s business office is located at 41 Watchung Plaza #516,
Montclair NJ 07042, USA, +1 (862) 621-9288. Email contact links and up to
date contact information can be found at the Foundation’s website and official
page at www.gutenberg.org/contact

Section 4. Information about Donations to the Project
Gutenberg Literary Archive Foundation

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public support and donations to carry out its mission of increasing the number
of public domain and licensed works that can be freely distributed in machine-
readable form accessible by the widest array of equipment including outdated
equipment. Many small donations ($1 to $5,000) are particularly important to
maintaining tax exempt status with the IRS.

The Foundation is committed to complying with the laws regulating charities
and charitable donations in all 50 states of the United States. Compliance
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paperwork and many fees to meet and keep up with these requirements. We do
not solicit donations in locations where we have not received written
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