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novedades
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Title: El Superhombre y otras novedades

Author: Juan Valera

Release date: March 12, 2010 [eBook #31613]

Language: Spanish

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SUPERHOMBRE Y OTRAS NOVEDADES ***

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EL SUPERHOMBRE Y OTRAS NOVEDADES

OBRAS DE DON JUAN VALERA

Pepita Jiménez; un vol. en 8.º, Ptas. 3.
Doña Luz; un vol. en 8.º, 3.
El comendador Mendoza; un vol. en 8.º, 3.
Algo de todo; un vol. en 12.º, 2,50.
Las ilusiones del doctor Faustino; dos vols. en 8.º, 5.
Pasarse de listo; un vol. en 12.º, 2,50.
La buena fama; un vol. en 16.º con grabados, 2,50.
El hechicero. El bermejino prehistórico. Las salamandras
azules; un vol. en 16.º con grabados, 2,50.
Dafnis y Cloe (traducción del griego); un vol. en 8.º, 3.
Estudios críticos; tres vols. en 12.º, 9.
Disertaciones y juicios literarios; dos vols. en 12.º, 6.
Cuentos y diálogos; un vol. en 12.º, 2,50.
Poesía y arte de los árabes en España y Sicilia; tres volúmenes
en 12.º, 9.
Tentativas dramáticas; un vol. en 12.º, 2,50.
Canciones, romances y poemas; un vol. en 12.º, 5.
Cuentos, diálogos y fantasías; un vol. en 12.º, 5.
Nuevos estudios críticos; un vol. en 12.º, 5.
Cartas americanas (primera serie); un vol. en 12.º, 1.
Nuevas cartas americanas (segunda serie); un vol. en 8.º, 3.
Morsamor; un vol. en 8.º, 4.
La Metafísica y la poesía. Polémica con D. Ramón de
Campoamor, 3.
Pequeñeces... Currita Albornoz al P. Luis Coloma; un folleto
en 8.º, 1.

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Las mujeres y las Academias, cuestión social inocente; un
folleto en 8.º, 1.
Ventura de la Vega, biografía y estudio crítico; un vol. en 8.º
con el retrato del biografiado, 1.
A vuela pluma, artículos literarios y artísticos; un vol. en 8.º,
4.
Genio y figura; un vol. en 8.º, 3.
De varios colores; un vol. en 8.º, 3.
Juanita la larga (3.ª edición); un vol. en 8.º mayor con
grabados, 6.
Ecos Argentinos; un vol. en 8.º, 3,50.
Garuda o la cigüeña blanca (edición ilustrada); en 8.º, 2,50.
Florilegio de poesías castellanas (en publicación).

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JUAN VALERA
/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\

El Superhombre
y otras novedades

ARTÍCULOS CRITICOS

sobre producciones literarias de fines del siglo XIX
y principios del XX.

MADRID
LIBRERÍA DE FERNANDO FÉ
Carrera de San Jerónimo, 2
1903

Page 7

Es propiedad del autor.
Queda hecho el depósito que marca la ley.

Imprenta de Ricardo Fé, calle del Olmo, núm. 4

ÍNDICE

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EL SUPERHOMBRE

Forcitan et majora audens producere tellus
Corumque, Enceladumque feret, magnumque Tiphoea,
Ausuros patrio superos detrudere cœlo,
Convulsumque Ossam nemoroso imponere Olympo.
Fracastorii: De Morbo Gallico.

La vida intelectual me parece que en Francia, más que en nación alguna,
está reconcentrada en su capital, París. En Alemania hay muchos centros,
como Berlín, Leipzig y Stuttgard, que persisten, a pesar de la unidad política
creada por el Imperio. En los Estados Unidos, con no menor actividad, se
escriben y se publican libros en Nueva York, en Boston, en Filadelfia o en
Chicago. Y en nuestra España, aunque proporcionalmente se escribe menos
y se lee mucho menos, la producción literaria no está encerrada en Madrid,
sino que se muestra en varias ciudades de provincia, especialmente en
Sevilla, Bilbao y Barcelona. Mucho me felicitaría yo de todo esto,
aplaudiéndolo, si la manía del regionalismo no lo echase un poquito a
perder; pero hoy quiero prescindir del regionalismo y no decir de él una
palabra. Diré, sí, que Barcelona compite con Madrid, y aun se adelanta y
supera a Madrid en muchos puntos. Y también diré que los madrileños y los
que en Madrid habitualmente vivimos, no ignoramos ni desdeñamos, como
tal vez hace treinta o cuarenta años, lo que en Barcelona se escribe y se
publica, aunque sea en catalán o en francés y no en el idioma castellano, que
prevalece desde hace cuatro siglos como idioma nacional, español por
excelencia, que se extiende desde California al estrecho de Magallanes, y
que se habla y se escribe, no sólo en esta Península y en las islas que son
aún sus posesiones, sino también en dieciséis o diecisiete Repúblicas o
Estados independientes. Cuando crezcan en todos ellos la población, la
prosperidad y la cultura, bien podrá lisonjearse cualquier literato o sabio de

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mérito, si escribe en castellano, de que contará, naturalmente, con un
público de los más numerosos y extendidos que hay sobre la superficie de la
tierra.
Entonces, como ahora, todo cuanto se produzca escrito en castellano,
vendrá a enriquecer el tesoro literario español, y, si vale algo, será recibido,
no con celosa envidia, sino con satisfacción y con júbilo por todo el que se
precie de español y sienta en el alma el amor de la patria grande, o sea de la
casta.
Lo que es yo, y no me tengo por excepcional ni por raro, lo mismo
celebraré la aparición de un buen libro, en verso o en prosa, en Caracas, en
Bogotá o en Quito, que en Málaga o en Zaragoza. Niego, pues, ese desdén,
esa rivalidad que entreveo que se nos supone, a los que escribimos en
Madrid, contra los que escriben en español en otras ciudades, y
singularmente en las de Cataluña. ¡Ojalá escribiesen allí cosas tan buenas
que, sin excitar nuestra envidia, despertasen en nosotros emulación noble y
nos moviesen a escribir con mayor tino, primor e ingenio que en el día!
Como quiera que ello sea, yo de mí puedo decir que cuando sé de un autor
nuevo o leo un libro nuevo, en castellano, prescindo para elogiarle de la
región en que está escrito o impreso, y le elogio cuanto merece y tal vez
proporcionalmente más, según la distancia desde donde el libro viene,
causándome por ello impresión más grata y peregrina.
Largo es el anterior preámbulo, pero no está de sobra, para afirmar aquí
que, si bien no he leído yo La Muerte y el Diablo y Herejías, de D.
Pompeyo Gener, ha sido por descuido y no por malquerencia regional, y que
ahora, después de haber leído el flamante libro del mismo autor, titulado
Amigos y Maestros, hallo que su autor es digno de consideración detenida y
de extraordinario aplauso. Y aunque sea en cifra y resumen, por no tener
lugar ni tiempo para más, voy a dar aquí alguna noticia de dicho libro,
tratando de realzar las elevadas prendas de pensador ingenioso, de escritor
elegante y fácil y de persona docta y discreta, que ha mostrado el autor al
componerle.
Para gustar de un autor no es menester coincidir con él en opiniones y
creencias, ni mucho menos dejarse convencer por sus razonamientos. A
menudo suele sucederme lo contrario, y así me sucede con el libro de D.

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Pompeyo Gener. Mucho tengo que aplaudir en dicho libro, y muy poco de
lo que dice me convence, aunque aplaudo el entusiasmo, el saber y él
ingenio con que lo dice. Ténganse por dados mis aplausos, y permítaseme
que contradiga yo algunos de los asertos del Sr. Gener, considerándolos
completamente erróneos, o bien que ponga reparos y haga observaciones
sobre los que hallo conformes a medias con lo verdadero y lo justo.
Amigos y Maestros es una colección de semblanzas o retratos de escritores
franceses todos, menos uno, Joaquín María Bartrina. Justo sería el
panegírico que hace Gener de este singular ingenio si no quisiera realzarle
con odiosas comparaciones, tildando de palabreros, confusos y difusos a los
demás poetas de España, y suponiendo que deben la fama de que gozan a
que viven en Madrid, y sin duda forman parte de una sociedad de elogios
mutuos. Yo no puedo convenir con el Sr. Gener en que España es madrastra
y no madre de sus mejores hijos, cuyo mérito no confiesa hasta que los
extranjeros le reconocen y proclaman; y que, en cambio, pone por las nubes
a medianías y hasta a nulidades intrigantes. No fueron ni son nulidades, ni
medianías, Quintana, Gallego, Espronceda, Zorrilla, Hartzenbusch, García
Gutiérrez, Tamayo, Querol, Núñez de Arce, Ferrari y no pocos otros, que
viven aún, y que no deben su reputación, ni a las alabanzas de los periódicos
de Madrid, ni al descubrimiento y a la declaración que hayan hecho de su
valer críticos extranjeros.
Crea el Sr. Gener que Bartrina no vale más en el concepto que se forma de
él, después de leída su semblanza, que en el concepto que de Bartrina
teníamos formado antes de dicha lectura. Tal vez sea más claro el primer
concepto. Yo, al menos, no puedo conciliar que Bartrina se parezca al
mismo tiempo al sencillo, elegante, sincero y clásico Leopardi y al
afectadísimo, falso y extravagante Baudelaire. En el único predicamento en
que pueden entrar a la vez los tres poetas, es en el de ser los tres incrédulos,
enfermizos, tristes y desesperados. En todo lo demás se diferencian
muchísimo. Y, si hemos de hablar con franqueza, así Baudelaire como
Bartrina se quedan muy por bajo a infinita distancia de Leopardi, uno de los
más admirables poetas líricos que ha habido en Europa en el siglo presente,
tan glorioso y fecundo en este género de poesía.
Las demás semblanzas, según dejé ya apuntado, son todas de escritores
franceses, y yo no puedo menos de alegrarme de que la crítica juiciosa se

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emplee en ellos y los dé a conocer en España. Celebro asimismo el
apasionado afecto y la generosidad con que el Sr. Gener los colma de
alabanzas. Yo convengo y he convenido siempre en que Francia posee
amena y riquísima literatura, y en que es fecunda y dichosa madre de
originales y elegantes escritores, cuyas obras son acaso las más leídas y
celebradas en los países extraños, por donde el pensamiento y el idioma y
hasta el sentir de los franceses se imponen y predominan entre los otros
pueblos. Pero esta hegemonía de Francia en letras y en artes, no sólo da a
Francia entre los extranjeros fundadísimo crédito, sino también prestigio
deslumbrador, que los solicita y estimula a la admiración más ciega, a los
encomios más hiperbólicos y muy a menudo a la desmañada imitación de lo
peor, originando modas en lo que se escribe y en lo que se piensa, como las
hay en lo que se viste y en el menaje de las casas. Contra esto importa
precaverse y estar sobre aviso. De aquí que tal vez los personajes que el Sr.
Gener retrata en su libro queden tasados en su justo valer si rebajamos
siquiera una tercera parte de las alabanzas que el Sr. Gener les prodiga.
Debe además decirse que todos ellos están bien estudiados, tienen el
conveniente parecido en el retrato y éste es una bella pintura que califica de
atinado observador y de hábil artista a quien acertó a trazarla.
En general, todavía tengo yo que poner otro reparo a las semblanzas del
Sr. Gener, o más bien aconsejar a los lectores que se aperciban contra ellas
de cierta cautela, más indispensable a los españoles que a los hombres de
otros países.
En España, ya sea por nuestra natural condición, ya sea porque escribiendo
para el público o siendo artista se llama menos la atención y se adquiere
menos dinero y menos gloria que en otros países y, por consiguiente, hay
poco incentivo para dedicarse con constancia a lo que llaman en francés la
pose, la verdad es que entre nosotros la pose apenas se estila o se usa, y
cuando se usa o se estila es de un modo superficial y efímero y no con la
honda tenacidad y persistencia que suelen tener en ella los escritores y los
artistas franceses. Digo esto a fin de advertir que no debemos tomar con
seriedad la pose mencionada, y a fin de censurar al Sr. Gener, aunque muy
blanda y amistosamente, de que a veces toma dicha pose muy por lo serio.
Válganos para muestra muchas cosas que refiere de Sarah Bernard, aunque
en este caso es disculpa y aun plena justificación la galantería. La simpática
y encantadora actriz posee en toda su persona vencedor y misterioso

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atractivo; con él y por él seduce y hechiza, como si fuera más hermosa que
la Venus de Milo; se viste con lujo, esmero y gracia admirables, y su voz es
argentina y simpática y tiene matices, inflexiones y tonos propios para
expresar toda pasión y todo sentimiento: la ternura amorosa, los celos, la
soberbia y la ira. Su andar, sus gestos, las posiciones que toma y los
movimientos que hace, todo está magistralmente estudiado y ejecutado con
inspiración y destreza. En suma, para elogiar a Sarah Bernard, yo me
conformo, o más bien me complazco, en ser eco del Sr. Gener o de quien
más la elogie. En lo único que no soy eco y en lo único que resulta la
disonancia es en lo que me parece afectada ponderación; algo que veo en mi
espíritu como trasladado a la vida real desde lo sofístico y aparente del
teatro. ¿Cómo he de creer yo con formalidad y sin risa que para representar
bien a la emperatriz Teodora, mujer de Justiniano, necesita Sarah Bernard
leer a Procopio en griego, atracarse de Pandectas hasta el extremo de
desencuadernar el volumen que las contiene y hacer otros mil estudios
profundos y enrevesados para enterarse de cosas que probablemente la
misma emperatriz jamás supo? Chistes, rarezas y exquisiteces por el estilo
hay en los escritores y en los artistas de todas las nacionalidades, pero en los
franceses se notan más a menudo. El blanco, al que con esto dirigen la mira,
es a pasmar y atolondrar a los burgueses, mostrándose en vida, costumbres
y hábitos, muy apartados de lo usual, muy inauditos y tan fuera del camino
trillado, hasta en los casos y accidentes más ordinarios y repetidos, que
vienen a aparecer, no como seres humanos, sino como monstruos o criaturas
de distinta y superior especie. Asimismo procuran inculcar en la mente del
vulgo un concepto fantástico de las enormes dificultades de su arte,
suponiendo que para vencerlas son menester requisitos muy singulares, por
donde, en ocasiones, el escritor o el artista que así quiere señalarse, incurre
en pueril pedantería o en charlatanismo a la Dulcamara. Si Sarah Bernard
asegura que para hacer bien el papel de la emperatriz Teodora se atiborra de
crónicas en griego, se traga el Digesto y hace de él una buena digestión, y
hasta interviene en el tejer de las telas con que han de hacerle los trajes
procurando que sean tejidos según el estilo y manera con que en la edad de
Narsetes y de Belisario solía tejerse, yo doy por cierto que Sarah Bernard
embroma a la gente a quienes semejantes cuidados y esmeradas faenas
refiere. Al hablar de todo ello, debería empezar su discurso como el
gracioso doctor de la ópera, exclamando: ¡udite o rustici!

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El título del libro del Sr. Gener lleva implícita la justificación contra todo
lo que pudiera decirse acerca del mérito relativo de los personajes cuyos
retratos literarios ha hecho. No los ha hecho porque dichos personajes sean
los más egregios, sino porque han sido o porque son amigos y maestros
suyos. Aun así, yo debo convenir y convengo en que se da la dichosa
coincidencia de que sean casi todos los unidos al Sr. Gener por lazos de
amistad, autores de primera nota en Francia, descollando en aquella nación
tan rica en ingenios entre los más famosos y aplaudidos. Tales son Bourget,
Richepín, Taine, Renán, Littré, Claudio Bernard, Flaubert, Pablo de Saint-
Víctor y Víctor Hugo.
Aunque yo no he leído ni estudiado detenidamente todo cuanto dichos
autores han escrito, conozco de ellos lo bastante para tributarles el más
rendido homenaje de mi admiración, poniendo sobre todos a Renán como
prosista, y a Víctor Hugo como poeta.
A veces he censurado yo en Víctor Hugo no pocas extravagancias,
pomposidades y relumbrones falsos y de mal gusto, pero, a pesar de estos
defectos, que yo noto para que no se me acuse de idolatría, siempre me he
complacido en reconocer y confesar que por lo fecundo e impetuoso de su
abundante vena, por su maravillosa fantasía y por su destreza magistral en el
manejo de la lengua, del metro y de la rima, Víctor Hugo es, si no el
primero, uno de los mayores líricos y épicos de nuestro siglo, rico en poetas
más acaso que ningún otro de los siglos pasados. Dentro del período que
abarca la vida de Víctor Hugo conviene no olvidar que en las naciones
cultas de Europa, en alguna de América y en la misma Francia, el autor de
los Cantos del crepúsculo ha tenido rivales que, si por la fecundidad no le
vencen, tal vez por la calidad y excelencia, pureza y perfección de
determinado número de obras, se le anteponen y le eclipsan. Así, por
ejemplo, Manzoni y Leopardi en Italia, y aun en nuestra pobre y hoy
desdeñada España el glorioso cantor de la imprenta y del levantamiento de
las provincias españolas.
Como quiera que ello sea, y con el debido y más profundo respeto a los
personajes literarios y científicos que el Sr. Gener retrata, declaro que no
llego a advertir en ellos la estupenda magnitud y la superioridad descomunal
que me induzcan a presentir, a columbrar y hasta a profetizar el próximo

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advenimiento de una raza o casta de hombres muy por encima de los que en
el día visten y calzan y andan por esas plazas, calles y campos.
A mi ver, ha habido bastantes épocas en la Historia en que la profecía de
ese advenimiento pudo estar más fundada. Tomemos, por ejemplo, los cien
años que van de 1480 a 1580. En seguida se ofrecen a nuestra memoria
Colón, Vasco de Gama, Magallanes, Vives, Suárez, Victoria y Domingo de
Soto, Ignacio de Loyola y Lutero, Rafael y Miguel Ángel, Ariosto, Camoens
y Shakespeare, Galileo, Baccon y Copérnico, y otro centenar de varones
extraordinarios, en toda clase de obras propias del ingenio y del
entendimiento humanos y para todos los gustos, creencias y doctrinas.
Comparados con los personajes que acabamos de citar, los del presente
siglo, yo al menos lo entiendo así, se quedan tamañitos. Admirable y rico es
el fruto que han dado los segundos, pero vale más y tiene superior
importancia el fruto que dieron los primeros. Los modernos idiomas,
balbucientes e imperfectos aún en la Edad Media, se desenvuelven con
pasmoso florecimiento y producen obras maestras en varias literaturas; se
agranda y llega a ser casi cabal, en la mente humana, el concepto del
universo visible; se conocen por experiencia las cosas materiales de la tierra
y del cielo; renace la antigüedad clásica, y al renacer, y al ser imitada, el
prurito de la imitación engendra nueva y original poesía, divinas creaciones
artísticas, flamantes sistemas filosóficos y hábiles métodos de observación y
de estudio para interrogar a la naturaleza y al espíritu humano y arrancarles
sus más hondos secretos. En parangón de lo que hizo el siglo XVI, resulta
inferior la obra de nuestro siglo, aunque no olvidemos ni dejemos de incluir
en ella ciencias que pueden llamarse nuevas, tan importantes como la
Química y la Filología comparativa, y descubrimientos tan ingeniosos y
útiles como los del vapor para fuerza motriz, la fotografía, el telégrafo
eléctrico, el teléfono y el fonógrafo. Todo esto vale e importa muchísimo,
pero importa y vale muy poco cuando se compara al transfigurado
renacimiento del mundo antiguo y al descubrimiento del nuevo mundo. Y si
entonces no se creyó que iba a surgir de enmedio de la triunfante humanidad
un ser exquisito y perfecto a quien llamásemos el superhombre, menos
razón hay de creerlo ahora porque Renán escriba la novela sentimental
titulada Vida de Jesús, porque haya ferrocarriles y alumbrado eléctrico, y
porque se inventen las máquinas de coser y las bicicletas.

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Si yo me dejase dominar por mi fervorosa filantropía y por mi amor a todo
progreso, me dejaría convencer por los argumentos que el Sr. Gener aduce,
y creería, como él, que está próxima la aparición del superhombre; pero,
aunque soy progresista, no lo soy tanto, y aunque quisiera creer lo que el Sr.
Gener cree, acuden a mi espíritu multitud de dudas que me lo impiden, harto
a pesar mío. Voy a poner aquí algunas de estas dudas según se me vayan
ocurriendo. Y voy, además, a presentar varias enmiendas o modificaciones a
la doctrina sobre la humanidad ascendente, tal como el Sr. Gener la profesa,
a fin de que, si al cabo nos dejamos convencer y la aceptamos, sea
modificada o enmendada, según a mí me parece más razonable y equitativo.
En primer lugar, yo me alegraría de que el ascenso del género humano a
género superhumano fuese general o total, aunque en la superhumanidad
futura hubiese también, como en la humanidad presente, y en la debida
proproporción, ineptos y aptos, torpes y hábiles, y tontos y discretos, etc.
En el día, Inglaterra, Francia y Alemania, y tal vez alguna otra nación, no
ha de negarse que nos llevan la delantera en este correr disparatado, en que
vamos todos, en el hipódromo de la Historia, aproximándonos ya a la meta;
y sería caso lamentable y necio que por llegar antes a dicha meta los
pueblos del Norte, viniesen de súbito a convertirse en superhombres,
teniendo nosotros, por ir ahora tan rezagados, no ya que adelantar, sino que
retroceder hacia la animalidad o hacia la especie inferior de que hemos
salido, acabando por ser, con relación al recién aparecido superhombre, lo
que hoy es el mono con relación a nosotros. Con esto no me conformo a
pesar de todos los discursos del Sr. Gener y a pesar de mi acendrado
progresismo.
Se me dirá que el que yo me conforme o el que no me conforme no es del
caso. Lo que conviene dilucidar es que el caso sea o que no sea.
Meditemos sobre su posibilidad.
Empezaré por un distingo. Si por progreso se entiende el acumulado
capital de observaciones, estudios, sistemas y descubrimientos que las
generaciones pasadas nos han ido legando, que nosotros conservamos y que
sin duda acrecentamos y mejoramos, yo creo en el progreso a pie juntillas.
El más obscuro bachiller del día sabe más gramática que Homero; el más
humilde catedrático de Instituto sabe más Historia que Herodoto; y de las

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cosas naturales, de sus afinidades, composiciones, descomposición y
cambios, sabe más que Hipócrates cualquier adocenado farmacéutico de
aldea. Yo no niego esto. Lo que niego es que ese cúmulo, que esa ingente
cantidad de doctrina, que ese esfuerzo y trabajo del espíritu de la
humanidad, durante tres mil años, haya logrado infundirse en ese mismo
espíritu por tal arte que se haya hecho consustancial con él, dándole valer y
potencia superiores a los que antes tenía. Cierto que Homero, Herodoto e
Hipócrates eran menos instruidos que Víctor Hugo, Taine, Renán y Claudio
Bernard, pero, a mi ver, valían muchísimo más que ellos. Por donde yo
infiero que el tal progreso substancial y personal, por cuya virtud ha de
aparecer pronto el superhombre sobre la faz de nuestro planeta, no ha dado
paso alguno desde hace por lo menos cerca de treinta siglos. ¿Cómo he de
poner yo en duda que Hegel sabía más química, astronomía, zoología,
mecánica, historia, etc., que el propio Aristóteles? Y sin embargo, con ser
Hegel tan original y poderoso pensador, y con tener una tan fecunda y
constructora fantasía y un vigor tan sublime para sintetizarlo todo
armónicamente, combinando lo real y lo ideal y encerrándolo dentro de su
idea, que eternamente se desenvuelve, todavía me parece Hegel pequeño
cuando acerco la imagen que de él concibo a la imagen colosal con que se
representa en mi mente el prodigioso maestro del magno Alejandro.
No iré yo hasta el contrario extremo del señor Gener, ni afirmaré que los
hombres han degenerado. Me limito a presentar aquí, sin intentar resolverla,
una contradicción que asalta mi espíritu. Yo quiero creer, y creo, que los
hombres de hoy no valen, en el fondo, en lo esencial y por naturaleza, ni
más ni menos que los de cualquier otro siglo; que por la educación y por la
cultura, por lo que han heredado de sus mayores, por el tesoro que han
reunido durante siglos, y sobre el cual se levantan como sobre un pedestal,
los pensadores y escritores modernos valen más que los antiguos; que en
determinado sentido, por la divulgación de los conocimientos, hay en el día
más gente que valga. Y que en el día, no ya Napoleón I, sino el más torpe de
los generales, derrotaría al hijo de Filipo desbaratando sus falanges con dos
o tres cañones Krupp; el ateísta coronel Ingersol probaría a Moisés su
ignorancia en química, en astronomía y en geología, y que toda la ciencia
que había estudiado en los colegios sacerdotales de Egipto, no valía un
pitoche al lado de la adquirida por él en las escuelas de Boston; y que el
último maestro de escuela dejaría absortos y turulatos a Hesiodo, y tal vez al
propio Píndaro, si se ponía a explicarles que los nombres son masculinos,

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femeninos y neutros, que pueden estar o están en nominativo, en acusativo,
en dativo o en otro caso, y otras mil verdades científicas por el estilo, de las
que es casi evidente que ni Hesiodo ni Píndaro se habían percatado. Pero
aquí surge la contradicción. De esa misma ignorancia, de esa falta de
educación, digámoslo así, y de ese cortísimo saber de los antiguos, nacen en
nuestra mente el pasmo y la admiración que nos infunden sus obras. Mas
que fruto de la reflexión y del estudio, nos parecen inspiradas, reveladas y
divinas. No vemos en ellas el esfuerzo laborioso, ni la ciencia que de
antemano se adquirió en el aula, o que se toma de repente y de prestado en
un diccionario, o en cualquier otro librote, sino vemos la espontánea y
fresca lozanía del propio ingenio, radiante de luz interior, a par que
maravillosamente ilustrado por el numen.
El Sr. Gener traza un breve compendio de filosofía de la Historia, a fin de
probar que se acercan los tiempos en que ha de aparecer el superhombre;
pero, en muchos puntos, encuentro yo falsa su filosofía, y en ninguno la
prueba de que dicha aparición esté cercana. Por el contrario, en varios
párrafos del último capítulo de su libro, donde expone su doctrina, pinta con
tan negros colores la sociedad del día, que si nos allanásemos hasta creerle,
aseguraríamos que el género humano, en vez de adelantar moralmente, ha
degenerado o se ha pervertido.
La culpa principal de degeneración tan lastimosa es, según el Sr. Gener, la
errónea creencia de que todos los hombres somos iguales. Para el Sr. Gener
nada más absurdo que la igualdad. A mi ver, el Sr. Gener tiene razón, si se
entiende la igualdad de cierto modo; pero de ese cierto modo nadie entendió
jamás la igualdad, ni ahora ni nunca, por donde el señor Gener crea él
mismo un fantasma o estafermo para tener el gusto de derribarle con las
lanzadas de su crítica.
El Cristianismo, según el Sr. Gener, vino a proclamar la igualdad de los
hombres en la abyección y en la miseria, y la Revolución francesa y sus
ideas, enseñaron y sostuvieron la misma igualdad, aunque nivelando a los
hombres todos, por lo alto, y considerándolos igualmente capaces.
La acusación contra el Cristianismo me parece tan infundada como la
acusación contra las ideas revolucionarias en este punto. Nadie que esté en
su juicio, por fervoroso cristiano o por tremendo revolucionario que sea, ha
desconocido jamás la desigualdad de los hombres, ni ha dejado de advertir

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las diferencias que hay entre ellos, porque unos son bajos y altos otros;
débiles unos, y otros fuertes; algunos listos, y torpes muchísimos; y en lo
tocante a inteligencia, agilidad y natural disposición para diversos oficios,
artes y menesteres, se dan y se darán siempre escalas de muchísimos grados.
La igualdad que el Cristianismo y la Revolución coinciden en reconocer,
está por bajo, o mejor dicho, está antes que toda doctrina religiosa o
filosófica: es la igualdad radical y esencial de la naturaleza humana, con los
derechos y deberes que de ella nacen y que en ella se fundan, con tal
evidencia, que basta el sentido común para que la reconozcamos, si bien
importa que la religión la consagre y que las leyes, revolucionarias o no, la
sostengan y amparen contra la violencia y la injusticia. Igualdad tan justa no
se comprende que pueda ser destruida por la doctrina de la humanidad
ascendente, que el Sr. Gener sostiene con tanto entusiasmo.
En el modo de entender la igualdad cristiana, el Sr. Gener, obcecado por la
pasión antireligiosa, incurre en varios errores. Ni en el cielo ni en la tierra,
ni en la vida presente ni en la futura, reconoce el Cristianismo que el necio y
el sabio, y menos aún el santo y el vicioso, sean iguales, a no ser radical y
esencialmente. Y entonces, esta igualdad no está fundada en la vileza y en el
menosprecio del propio ser humano, sino en el altísimo concepto que hace
formar de él el Cristianismo, enseñándonos que toda alma de hombre es
imagen y semejanza de Dios, que debe aspirar a ser perfecta como Dios
mismo y que es de Dios tan amada que se sacrificó por redimirla, y tan
estimada, que quiso unirse con ella y hasta con el cuerpo mortal donde ella
se encierra. Sin duda que el alma fervorosamente cristiana, cuando se dirige
a Dios en sus rezos y hablas interiores, se pone muy humilde, se califica de
indigna, de pecadora, de perversa, de todo lo malo y ruin que pueda
imaginarse; pero de sobra se comprende que esto lo dice y lo confiesa el
alma cuando se compara con un ideal supremo de perfección, de rectitud, de
bondad y de hermosura, término altísimo de todas sus aspiraciones y blanco
inasequible de sus miras y anhelos. Cuando esta misma alma cristiana, no
por los actos virtuosos que ha realizado, porque esto sería faltar a la
modestia, sino por la capacidad que en sí siente y por el noble destino para
el que Dios la crió, se contempla y examina a sí propia, en vez de ser bajo el
concepto en que se tiene, es tan sublime concepto, que no se le aventaja el
de ninguna criatura de las que ve o puede ver, ni de las que imagina o finge,
ni de las que por fe o revelación conoce. El alma de la más cuitada criatura

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humana puede elevarse, cuando no por inteligencia, por amor, hasta el Ser
divino; puede subir al cielo y sentarse, como se sentó Francisco de Así, en el
trono en que se sentaba Lucifer antes de su caída. Arrepiéntase, pues, el Sr.
Gener de su declamación contra la igualdad cristiana fundada en lo
miserables que somos. Si lo dicho es confesión de ruindad y de real
menosprecio de sí mismo, venga Dios y lo vea, como vulgarmente se dice.
La igualdad, por consiguiente, se da en el Cristianismo en potencia: en la
potencia infinita que tenemos todos de ser llamados hijos de Dios y
herederos inmortales de su reino y de su gloria. Y lo que es en acto, como la
igualdad sería absurda, desigualdad es lo que hay, ya que unos son réprobos
y santos otros; unos justos y otros pecadores, y unos monaguillos y
sacristanes y otros Abades mitrados, Arzobispos y hasta Papas.
Sobre la igualdad democrática, que también condena el Sr. Gener,
declamando contra ella suponiéndola rémora del progreso, harto llano es
hacer defensa parecida.
La igualdad democrática, racional y discretamente entendida, no está en el
ser actuado, sino en el poder llegar a ser y en que ese poder no se ahogue ni
se limite merced a privilegios odiosos. En este sentido, la igualdad
democrática es justa y razonable en teoría, y no sirven para invalidarla los
abusos y males que pueden nacer de ella. ¿De qué no pueden nacer males y
abusos?
La más clara manifestación de la igualdad democrática es el sufragio
universal. No refutaré yo los mil argumentos que contra él se hacen: los
aceptaré como fundados; pero, sobre todos esos argumentos, hay una razón
poderosa que los invalida y destruye. Sin duda que en una asociación de
hombres para determinada empresa, a cuyo buen éxito concurren unos con
el capital, otros con la inteligencia, otros con su habilidad, pericia y destreza
en tal o cual arte u oficio, y otros sólo con el rudo trabajo de sus manos, el
sufragio universal por igual sería absurdo, así como también lo sería el igual
reparto de las ganancias y provechos. Pero la sociedad política, la ciudad o
el Estado, es asociación de muy distinta índole y propósito. Su principal fin
es amparar a los hombres en el libre ejercicio de sus derechos, reprimir toda
violencia que los merme y no poner la menor traba a la actividad benéfica
de cada individuo. En esto no cabe la menor desigualdad entre los
asociados. Casi estoy por decir, o sin casi lo digo, que el jornalero que gana

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dos o tres pesetas al día tiene el mismo derecho, y acaso mayor interés, que
el capitalista que goza tres mil duros de renta diarios, en que el Gobierno
sea bueno, atinado y juicioso. Porque si el Gobierno lo hace mal y
sobreviene la ruina, lo probable es que el Capitalista salve gran parte de su
fortuna y siga gozando de ella, o en la propia patria semiarruinada, o en país
extraño, donde acaso tenga fondos o bienes, mientras que el jornalero se
morirá de hambre si se hunde la industria que le daba trabajo y jornal; y
mientras más castizo sea él, y mientras más propio y peculiar de su patria
sea el oficio que ejerza, mayor será su miseria y su desesperanza, pues no es
llano ni cómodo emigrar a tierra extraña, sobre todo con familia, en busca
de trabajo y sustento. En vista, pues, de la anterior consideración, yo tengo
por evidente que el pobre ganapán, el obscuro y desvalido destripaterrones,
está por lo menos tan interesado como el Fúcar o el Creso, en la prosperidad
y buena gobernación de la república. Para el rico es esto negocio de mayor o
menor comodidad y de más o menos exquisitos goces, y para el pobre puede
ser negocio de vida o muerte, de no poder ganar las dos o tres pesetas que
antes ganaba, y de tener que recurrir a la mendicidad o a la poca eficaz
beneficencia pública en la tierra cuya riqueza fomentó con su trabajo, y por
cuya integridad y por cuya honra tal vez derramó su sangre.
Entiéndase que, por amor a la verdad y a la equidad, y no para adulación o
lisonja del vulgo plebeyo, me atrevo a afirmar lo que afirmo, en contra de la
flamante y curiosa aristocracia cuyas doctrinas sostiene el señor Gener, y
que se funda o cree fundarse en la egregia cultura de aquella pequeña parte
de nuestro linaje, que, a lo que parece, es humanidad ascendente y se acerca
ya a formar núcleo o grupo de superhombres.
La flamante aristocracia, o dígase la superhumanidad, no quiere el Sr.
Gener que surja por revolución, sino por evolución, siguiendo el camino del
progreso, que sin dada llevamos ahora; pero si no seguimos el buen camino
y nos hemos extraviado, no se comprende de qué suerte hemos de llegar al
superhumanismo por más evoluciones que se hagan. Mala traza tienen de
entronizarse los superhombres, si hemos de juzgar fiel la pintura que hace el
señor Gener de la sociedad presente: «Los más astutos, dice, escalando el
poder directamente, o con la protección de las leyes, amparándose del
dinero, se han impuesto, y las sociedades hoy gimen en una esclavitud mil
veces peor que la antigua. Una piratería mercantil, un feudalismo industrial
han venido a afligir a la humana especie con unos Gobiernos de nulidad,

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juguete de la bancocracia, que protegen sólo a los ineptos adherentes y
dificultan el desarrollo de todas las verdaderas fuentes de vida. El prosaísmo
ha tronado en soberano (sic): los valores han caído en poder de los
malvados. Hoy día, en general, riqueza es sinónimo de nulidad moral, de
egoísmo y de mediocridad perfecta; a lo más significa refinada astucia; en
suma, una cualidad criminal punible.»
Si tan feos rasgos son exactos, si es así la sociedad presente, o bien no
vamos por el camino del progreso, o bien hemos caído, con el carro que nos
conduce, en un barranco o atolladero de todos los diablos. No veo, pues, que
estén cerca el advenimiento y el triunfo del superhombre, ya que, según el
Sr. Gener, son una caterva de majaderos, criminales y bellacos los que
triunfan, se encaraman y lo gobiernan todo, mientras que los superhombres
andan por ahí desperdigados, con poquísimo dinero, sin poder y sin influjo,
y tal vez haciendo observaciones y experiencias, y escribiendo librotes que
casi nadie lee. ¿Y cómo ha de leerlos nadie cuando la sociedad gime hoy,
según el Sr. Gener, en la peor de las esclavitudes bajo el yugo infamante de
esos tíos ordinarios y de esos ricachos vulgares y pícaros, que, según nos
cuenta, nos mandan y nos oprimen? Si por virtud de la evolución hemos de
salir de tan horrible estado, la aurora superhumana, en vez de estar cerca,
está lejísima; tardará millones de años en amanecer. Ahora comprendo lo
que leí tiempo ha en cierto libro de Sociología, que me hizo honda
impresión y que no he olvidado nunca: «La humanidad, dice el referido
libro, considerada en su vida colectiva, no ha nacido aún.» Tratando luego
de cuando nacerá, y después de larga investigación y de cálculos sutiles,
pronostica que nacerá dentro de catorce mil y quinientos años sobre poco
más o menos. Y si la humanidad colectiva anda tan reacia en nacer, yo
recelo que la superhumanidad triunfante siga en gestación doble tiempo, y
sólo salga a luz, no ya dentro de ciento cuarenta siglos, sino dentro de
trescientos, si para entonces no ha tenido nuestro planeta algún mal
encuentro o tropiezo en la amplitud del éter por donde voltea y va valsando,
o si no le falta agua porque se combine la que hay con sustancias sólidas, o
si no se enfría y apaga su fuego interior, o si, a fuerza de rodar, no acaba por
agujerearse y por tomar forma de buñuelo o de anillo, como el de Saturno.
Prescindamos ahora de los mencionados reparos; quitemos valor a los
argumentos que el mismo Sr. Gener suministra contra el progreso rápido y
contra la persuasión de que estamos ya cerca de la meta. Y en este supuesto,

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cavilo yo y me inclino a creer que el resultado del dichoso movimiento
progresivo, en vez de ser la aparición del superhombre, será el allanamiento
y nivelación de la raza humana, la igualdad aborrecida por el Sr. Gener, y si
no la imposibilidad, la dificultad mayor cada día de que nadie sobresalga y
descuelle.
Como no habrá tiranos crueles e intolerantes, nadie podrá ganar la palma
del martirio. Cada uno podrá predicar y difundir la doctrina que se le antoje,
a sus anchas y sin peligro alguno. La supresión de los castigos largos y
dolorosos impedirá que alguien se distinga por su resistente energía para
sufrirlos: los Régulos y los Príncipes Constantes no podrán reaparecer.
Extinguida la pobreza, la caridad, el generoso donativo y las más bellas
obras de misericordia no llegarán a ejercerse y se olvidarán o quedarán
atrofiadas en el alma. Si la paz perpetua se realiza y las guerras se acaban,
adiós virtudes bélicas, grandes capitanes y héroes valerosos. Descubierto y
averiguado lo que queda aún por descubrir y por averiguar, todos seremos
sabios y no habrá peregrina invención que realce a un mortal con un
centímetro de altura sobre los demás mortales. Agotados y manoseados ya
todos los asuntos épicos, líricos y dramáticos, probados todos los
sentimientos, y empleados para expresarlos los más naturales, sencillos y
propios primores de estilo, los prosistas y los poetas tendrán que repetir lo
que ya se ha dicho, y ser plagiarios o imitadores, exponiéndose por el
prurito de ser originales, a caer en las mayores extravagancias y ridiculeces:
a ser decadentes, delicuescentes, impresionistas, simbolistas y naturalistas.
Con los escultores ocurrirá lo propio, cuando pretendan superar por nuevos
senderos a Fidias y a Praxíteles. Y los pintores, si ambicionaran ser entre sus
contemporáneos príncipes o reyes de su arte, como ya lo fueron en otra edad
Rafael, Velázquez y Rembrandt, caerían en los amaneramientos más
disparatados. En suma: la igualdad nacida del progreso y de la difusión de la
cultura, nos acosará a todos, y el que no quiera someterse a ella, sino
elevarse y lucir sobre sus semejantes, llegará a volverse loco y pondrá en
cuanto haga el triste sello de su locura.
Por dicha o por desgracia, este término del progreso está remotísimo aún y
quizás no llegue nunca. Ya sabemos que la completa igualdad es imposible.
Sólo queremos dar a entender que un adelanto indefinido en la marcha del
linaje humano, no puede llevarle sino a la aproximación de la igualdad, y no

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a que unos individuos desciendan del grado en que hoy se hallan, y a que se
conviertan en superhombres los individuos más selectos.
La civilización, al compás que crece, propende a nivelar a los civilizados.
Y esto en todo y para todos. El macedón Alejandro es cien veces mayor y
más transcendente por sus actos que Napoleón I. En el día no se concibe la
posibilidad del caso estupendo y único de una ciudad como Roma, que llega
a enseñorearse de más de la mitad del mundo entonces conocido. Hoy no se
explican las rápidas conquistas de los muslimes y la difusión del Imperio
del Islam, desde la India y las fronteras de la China hasta más allá por el
Norte de los Pirineos, y por el Occidente hasta las olas del Océano, donde
entró Ocba a caballo y la cimitarra en la diestra para dominarlas en nombre
del profeta Mahoma. Ni menos se concibe cómo Cortés, Pizarro y Jiménez
de Quesada, cada uno con un puñado de aventureros, penetraron hasta el
corazón de las más incógnitas regiones, derribando y apoderándose de
Imperios populosos y ricos. Hoy, por el contrario, los medios que se
emplean son enormes; la acción, desmayada y lenta; los resultados,
mezquinos. Más de 200.000 soldados y centenares de millones de duros, no
bastan para domeñar a unos cuantos negros y mulatos rebeldes. Sin duda, la
civilización niveladora e igualitaria de que hemos hablado tiene de esto la
culpa.
El desdoble del linaje humano en porción de superhombres y en porción
de menos que hombres o de hombres decaídos, que es una de las fases de la
profecía disyuntiva del señor Gener, no da indicios de que llegue a
realizarse. Y lo que es yo me alegro en lugar de sentirlo. Me dolería en
extremo quedarme entre los individuos de la humanidad decaída: y también
me dolería, porque soy filantrópico, cariñoso y bueno, aunque me esté mal
el decirlo, encumbrarme y darme tono entre los seres superhumanos,
dejando a tanto cuitadillo prójimo mío cayendo lastimosamente y
degenerando hacia la animalidad primitiva.
Caso muy diferente será, y satisfactorio para todos, si la otra faz de la
profecía es la que se cumple: esto es, si todo el linaje humano, sin
excepción, se convierte en superhumano. Quiera Dios que así sea. De su
bondad infinita esto, y más si cabe, puede esperarse, aunque el Sr. Gener no
lo profetice.

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Lo que es yo quiero esperarlo, lo espero y desisto de hacer nuevas
observaciones y de presentar otras dificultades y dudas, porque entonces
sería mi artículo el cuento de nunca acabar; pero, a fin de determinar mi
esperanza, fijándola, arraigándola, cimentándola y no dejándola en el aire
para que el aire se la lleve, voy a poner aquí las principales conclusiones
que yo saco de todo, ora sean favorables, ora adversas a la tesis del Sr.
Gener y a su doctrina del superhombre.
El ser humano, tal como hoy existe y tal como ha existido siempre desde
que tenemos noticia de él por la Historia, dista infinito de Dios, para quien
en Dios cree, o de la razón impersonal o de la super alma, como la llama
Emerson, para los descreídos. En los tres o cuatro mil años que conocemos
de historia, debiera advertirse que por sus pasos contados vamos acortando
esta distancia. Yo, sin embargo, lo advierto poco. Todos los inventos,
adelantos y mejoras que el hombre ha hecho, me parecen, si de acortar esta
distancia se trata, como la cantidad de agua que un niño sacase del mar con
una escudilla para dejarle en seco. La mejora y el progreso, además, (pues
no he de negar que los ha habido), vienen de fuera y se sobreponen y no se
adhieren a nuestro íntimo ser, engrandecido él mismo y mejorado. Aunque
ya lo he dicho, repito ahora que, en mi sentir, Alejandro vale más que
Napoleón y Aristóteles más que Hegel, Píndaro o Isaías más que Víctor
Hugo, y Fidias y Praxíteles más que Canova y Thorvaldsen. En todo esto
hay negación de progreso. El superhombre era más superhombre hace dos
mil o tres mil años que en el día. La distancia, con ser infinita, que de la
inteligencia soberana le tiene separado, puede salvarse en cualquier época,
por favor del cielo, por rapto de amor divino, por galardón precioso
concedido a una singular persona y que nada tiene que ver con el progreso.
Lo que es como serie de grados que nos acerque a la perfección, no se ve el
camino que nos conduzca al punto en que la superhumanidad aparezca. Ni
casi con otros seres de diversa casta que el hombre acierto yo a poner
jalones en dicho camino. Casi estoy por afirmar que, en lo radical y
substancial, entre Dios y el hombre, no se descubre excelencia intermedia.
Después de Dios, se diría que el hombre es lo más elevado que hoy se
concibe y que se ha concebido siempre. Todos los seres con apariencias de
superiores a nosotros, se nos someten y se ponen a nuestro servicio. Por
medio de conjuros evocamos a los demonios; por medio de exorcismos los
arrojamos de donde no conviene que estén; las sílfides y las ondinas se
mueren de amor por nosotros; los dioses y las diosas de todas las religiones

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suelen prendarse de los mortales y casarse con ellos; los genios acuden a
valernos, a protegernos y a inspirarnos poesía, prosa y otros primores; las
hadas tejen ricas telas, fabrican brillantes joyas y favorecen a las princesas y
hasta a las fregatrices; los ángeles son nuestra custodia y vienen a nosotros
como embajadores y aun como mandaderos; y los arcángeles, ya son
paraninfos, ya a modo de escuderos y guías que en nuestros viajes nos
acompañan. ¿A ver, pregunto yo, si es lícito pedir o esperar más, después de
alcanzar o de haber alcanzado todo lo dicho?
En otras mejoras, que pudiéramos lograr con el tiempo, noto yo que surge
en seguida la contradicción. Pongamos por caso que se generalizase entre
los hombres el ser tan hermosos como el Apolo de Belvedere, y entre las
mujeres el ser tan guapas y bien formadas como la Venus de Milo o la
Calípiga, y al punto los elegantes y aristócratas hallarían vulgar y ordinario
el ser así, y para distinguirse ya se deformarían el cráneo, comprimiéndole o
llenándole de burujones, ya incurrirían en otras empecatadas
extravagancias. Y pongamos también por caso que al fin se arregla tan
hábilmente el organismo de la sociedad, que el vicio siempre es castigado y
la virtud premiada siempre. Pues en mi sentir, no podría ocurrir nada peor.
Entonces sí que la virtud no sería sino un nombre. Los cucos y los
galopines, movidos por la segura recompensa, serían los más virtuosos; y
cuando alguien, desdeñando el propio interés, se entregase a los vicios más
feos y perpetrase crímenes de marca mayor, nos inclinaríamos a creer, o
bien que estaba loco, y que por consiguiente era irresponsable, o bien que
era una criatura de condición elevadísima, cuyas pasiones briosas y
sublimes le impulsaban a desprenderse del vulgar egoísmo y a salirse fuera
de la pauta común en que todos nos habríamos encerrado.
En resolución, y para no cansar más, diré que no columbro por parte
alguna el advenimiento del superhombre, sin que sobrevengan a la vez
contradicciones irresolubles. Posible es, no obstante, que el superhombre
sobrevenga. Pero, ¿quién me asegura que sea mejor moralmente que el
hombre de ahora, y que no sea, con más saber y poder, desmandado y
perverso? Fracastoro, en los versos que me sirven de epígrafe, considera
posible el advenimiento de una casta de superhombres; pero no serán
buenos, sino que serán descomedidos y feroces gigantes que no dejarán
títere con cabeza, que se levantarán contra Dios, y tratarán de arrojarle del
cielo, y que de nosotros harán sus víctimas y sus esclavos. Ya Swedenborg,

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cuando estuvo en el planeta Venus, vio y trató a los hombres de allí, y por lo
que nos cuenta de ellos, y por lo apurado que entre ellos estuvo, podemos
calcular lo mucho que padeceríamos y el inmenso infortunio que vendría
sobre nosotros si una casta semejante, tan engreída, soberbia y poderosa,
apareciese en este globo terráqueo en que habitamos.
Concluyo, pues, (y no porque se me acaban las razones, sino porque se me
acaba la paciencia y porque temo que la de los lectores se acabe también),
que lo más acertado y prudente es no desear ni esperar que el superhombre
sobrevenga, y contentarnos con ser hombres regulares y como se han usado
siempre, si bien enriquecidos, cada vez más, con invenciones ingeniosas,
como la ya conseguida del alumbrado eléctrico, y como las que, sin duda se
conseguirán, de dar dirección a los globos, sacar en las fotografías los
colores de la cámara obscura, y quién sabe si llegar a alimentarnos con
extractos y alambicadas quintas esencias, sin esta grosera alimentación de
ahora, por la cual, al cabo del año, engulle cada hombre un montón de
substancias, centenares de veces más pesado y voluminoso que todo su
cuerpo. En fin, mucho, muchísimo se puede inventar y mejorar aún antes de
que llegue el momento en que la aparición del superhombre se nos venga
encima. Lo que es de las habilidades de Sarah Bernard y de los ingeniosos
escritos de Juan Richepín, aunque yo los celebro porque me deleitan y me
encantan, no me atrevo a inferir que dicha aparición esté próxima.

LAS INDUCCIONES

DEL Sr. D. POMPEYO GENER

Entre las mil desventuras que afligen hoy a la madre España, no es la
menor el prurito de remediarlas que se ha apoderado de multitud de
personas. Brotan de este prurito, como de abundante venero, arengas

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políticas y sociales, artículos de fondo, novelas y dramas y no pocos libros
científicos, o casi científicos, que bien pudiéramos calificar de terapéutica
política o de psicoiatría endémica. Y no se entienda que condene yo el
prurito, que es natural e invencible, ni menos el resultado, que, si no llega a
ser provechoso, es sin duda, o puede ser, ya divertido, ya interesante. ¿Y
cómo condenarlos sin condenarme yo mismo, que me he metido también a
curandero escribiendo o dictando modestamente algunas recetas? Lo que a
mí me desagrada, o más bien me asusta, no son las mismas recetas, ya
pronunciadas, ya escritas, en la tribuna, en el teatro, en los periódicos o en
gruesos volúmenes, sino que la gente se apasione de lo que las recetas
prescriben, mire en ello la más excelente panacea y se empeñe en
aplicársela a la patria enferma, turbando el reposo de que necesita más que
de nada para convalecer y recobrar la salud y el vigor antiguos.
De todos modos, los libros escritos y publicados ya, con el intento de
curarnos y de regenerarnos, merecen detenido estudio, al cual, si Dios me da
vida y buen humor, pienso yo dedicarme, no sin esperanza de recoger algún
fruto, de ilustrarme un poco y de contribuir teóricamente, ya que para la
práctica estoy inválido, a la regeneración deseada.
Por lo pronto, me limitaré a indicar aquí varias dudas que se me ofrecen,
porque yo creo que en toda ciencia o en todo arte de medicina lo primero ha
de ser el conocimiento de la enfermedad, y lo segundo hallar y aplicar el
remedio.
La enfermedad permanece oculta a menudo, y sólo se conocen síntomas,
fenómenos externos, visibles o tangibles, que son efecto y no causa. Y si
tomamos por causa el efecto, ¿no nos exponemos a errar la cura? Tal es la
consideración que me desalienta, que me retrae del oficio de curandero y
que me mueve a no dar mayor crédito que el que me doy a mí mismo a otros
curanderos más confiados.
Diré aquí, sobre el particular, lo que me inspira el sentido común
precientífico y rastrero.
¿Quién no convendrá conmigo en afirmar, como repetidas veces he
afirmado en otras ocasiones, que España es hoy más rica, sustenta más
gente, cultiva mejor sus campos, tiene más industria y comercio y puede
jactarse de poseer hijos ilustres, tan listos, tan bien hablados, tan discretos y

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habilidosos como en cualquiera otra época de su historia? La decadencia, la
postración, la degeneración, o como queramos llamarla, no es, por
consiguiente, absoluta, sino relativa. En el camino del progreso, por donde
van las naciones de Europa guiando y mandando al resto del linaje humano,
y esto desde hace veinticinco o treinta siglos, España se ha quedado
últimamente muy atrás, y de aquí el aislamiento desdeñoso en que nos dejan
los que van delante, nuestra desconfianza y el abatimiento tan propio en
quien de sí mismo desconfía.
Por algo a modo de violenta reacción espiritual, hay momentos en que
para no estar abatidos nos ensoberbecemos más de lo justo, ponderamos el
mérito de nuestros hombres y de nuestras cosas de los tiempos pasados, y
hasta llegamos a hacer la apoteosis, o al menos los más superlativos
encomios, ya de esto, ya de aquello de los tiempos presentes. Entonces
calificamos de invicto al general que nos entusiasma; de más elocuente que
Cicerón y Demóstenes a nuestro orador favorito; y al autor de la comedia o
del drama que hemos aplaudido de mucho más sublime que Shakespeare,
cuyas obras por lo común hemos tenido la precaución de no leer.
Por desgracia, este laudatorio entusiasmo se apaga pronto como fuego de
estopa, y postración más honda vuelve a enseñorearse de nuestras almas,
contristándolas y humillándolas.
Hay cierta manera de discurrir de la que muchos sujetos no se dan cuenta.
Discurren sin percibir que discurren, y las consecuencias que sacan suelen
ser muy crueles. De la inferioridad patente, visible y clara en los asuntos y
casos de la vida práctica, deducen nuestra inferioridad en cuanto hay de más
sustancial e importante en el ser y en la vida de los pueblos. Pongamos un
ejemplo que aclare y explique mejor esta idea.
Figurémonos a una dama, hermosa y rica, que quiere vivir y vive en
España con todos los refinamientos y primores que ahora se estilan. Esta
dama hará venir de Inglaterra sus coches y sus caballos, y de Francia sus
tocados y vestidos. Tal vez, recelando que una cocinera española la
envenene, hará venir de tierra extranjera, conformándose con la opinión de
un aristocrático vate, a
Cierto químico excelente
Que estudió y ganó la borla

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En el Café de París,
De cocineros Sorbona.
Realizado todo esto, sobreviene fatalmente el discurso antes indicado.
Cuando aquí, discurrirá la dama, ni se teje con el primor que en Francia, ni
se hacen coches como los ingleses, ni se crían tan hermosos caballos, ni se
confeccionan sombreretes y vestidos como en París, ni se condimentan
siquiera los sabrosos guisos que deleitan mi paladar, es indudable que en
otras tareas de mayor empeño y en otras producciones más altas no
habremos de lucirnos. Me conviene, pues, desdeñar por que deben tener
poquísimo valor y ser muy latosas, como se dice ahora, las novelas, las
poesías y hasta las filosofías de mi tierra. En virtud de tal consideración, o
la dama no tomará jamás un libro en sus blancas y lindas manos, o si
despunta por lo literata o lo filósofa, traerá también de París su pasto
espiritual, como trae sus primores, adornos, elegancias y materiales regalos.
No se me tilde de delator. Yo no delataría ni acusaría a la dama, si ella sola
pecase. Cuál más, cuál menos, todos pecamos por el mismo estilo. Tire la
primera piedra contra la culpada quien se considere inocente.
Profundas raíces tiene en nuestro suelo el árbol de nuestra antiquísima y
castiza cultura. Las semillas exóticas, aunque sean alimenticias y gustosas, y
la mala hierba también venida de fuera, no ahogan dicho árbol, ni
cercándole y abrasándole le secan y le chupan el jugo todavía; pero ya
empiezan a deteriorarle un poco. El galicismo de pensamientos va
invadiendo nuestras mentes más de lo que debiera. No repruebo yo en
absoluto la imitación; pero es menester que el recto juicio se adelante a
desechar lo malo y a elegir lo bueno para que después se imite. Lo lastimoso
es que imitemos sin la mencionada previa selección, que toda simpleza o
extravagancia transpirenaica nos seduzca, y que nos dejemos arrebatar por
el entusiasmo sin que haya criterio razonable que nos refrene.
Días ha que vive aislado quien escribe este artículo y sin prestar atención,
por su vejez y sus enfermedades, a casi nada de lo que ocurre fuera de
España, a las más flamantes doctrinas filosóficas, a la dirección que toma y
sigue la mayoría de los espíritus y a la corriente de ideas y opiniones que
informan la novísima literatura; pero lo ve todo, retratado como en fiel
espejo, en las producciones literarias españolas de ahora, sobre todo cuando
presumen de contener o de ser filosofía. Siempre condeno yo o deploro este

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remedo, esta carencia o escasez de originalidad castiza; pero me parece
difícil o imposible de evitar que así sea, y absuelvo al escritor o al pensador
en quien noto esta falta. ¿Cómo no cometerla aceptando el concepto que de
la filosofía generalmente se forma hoy? ¿Y por qué digo se forma hoy,
cuando debiera decir que se ha formado siempre? Ya desde muy antiguo
sonaba en las aulas cierto familiar proverbio que he de atreverme a citar
aquí, porque viene en apoyo de mi aserto, aunque se vale de palabras nada
bonitas ya de puro vulgares. El proverbio dice: La Gramática con babas y
la Filosofía con barbas, lo cual significa que en el orden dialéctico podrá
ser la filosofía el principio y el fundamento de todo saber; pero en el orden
cronológico la filosofía es lo último que se aprende o puede aprenderse: es
el firme asiento, el trono solidísimo y seguro donde la reflexión pone o cree
poner a la ciencia que experimentalmente y por larga serie de observaciones
y de análisis ha adquirido y ordenado.
Muéveme a decir esto la lectura de un libro reciente titulado Inducciones,
debido al notable y cultivadísimo ingenio y al elocuente entusiasmo del Sr.
D. Pompeyo Gener.
Mucho me complace coincidir con autor tan entendido en tener el mismo
concepto de la filosofía. Indiscutible es para mí que no se filosofa bien sin
previo conocimiento empírico de aquello sobre que se filosofa, y que
cuando no filosofamos sobre algo, la filosofía tiene que ser vana y mero
juego de palabras vacías de sentido. Ahora bien: como desde hace mucho
tiempo, y sea por lo que sea, no nos hemos lucido los españoles en las
ciencias de observación y en el estudio de la naturaleza o del universo
visible, bien se puede inferir que la corona de dichas ciencias y de dicho
estudio, o sea la filosofía, o tiene que ser entre nosotros anacrónica y fuera
de moda, o hasta cierto punto tiene que ser importada, como el telégrafo
eléctrico, la fotografía, el teléfono, el fonógrafo y no pocas otras
invenciones sutiles y pasmosas.
No se extrañe, pues, que importemos en España filosofía como
importamos las invenciones mencionadas. Conviene, no obstante, hacer una
distinción. Tomemos para ejemplo cualquiera de los precitados artificios: el
teléfono, pongamos por caso. Su utilidad y su realidad se hallan tan
probadas, que no hay medio de que nos engañemos. Podrá ser que en la
práctica seamos más torpes, lo hagamos mal y resulten inconvenientes; pero

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al fin y al cabo aprenderemos a telefonear. Yo creo que ya hemos aprendido,
y que en España telefoneamos tan bien como en cualquiera otro país del
mundo. Pero la filosofía, y perdóneseme lo rastrero y humilde de la
expresión, es harina de otro costal: es asunto mil y mil veces más
complicado y misterioso, y bien puede acontecer, y a mi ver acontece, que
tomemos por verdad la mentira, por realidad el sueño y por razonamiento
juicioso los mayores delirios.
Puede acontecer igualmente algo contrario a lo que acontece con los
inventos de las ciencias naturales, que van todos de acuerdo y no se oponen
unos a otros ni braman de verse juntos, como vulgarmente se dice. En las
doctrinas filosóficas, si las tomamos de aquí y de allí, sin mucho criterio, y
nos empeñamos en amalgamarlas, resulta o puede resultar una mezcla
desatinada e informe, un conjunto de ideas que se rechazan y se excluyen.
Algo de esto entiendo yo que hay en el libro del señor Don Pompeyo Gener,
por más que me deleite leerle y aplauda el fervor propagandista y
filantrópico que le ha dictado, y la elocuencia, el saber y el alto y claro
entendimiento que en todas sus páginas resplandecen.
Antes de criticar este libro, mal o bien según mis fuerzas lo permitan, pero
sin prevención adversa, debo y quiero hacer dos observaciones. Es la
primera, que me valdré sólo de mi razón natural, colocando con mucho
respeto las creencias, adquiridas por educación, tradición y revelación, en
una a modo de arca santa, de donde tal vez necesite sacarlas más tarde, si yo
mismo, imitando a Noe, no me introduzco y refugio también en el arca para
huir del diluvio de disparates que podrá salir de mi estudio, como el famoso
diluvio de las aguas salió de las rotas o abiertas cataratas del cielo.
Es la segunda observación, que aun suponiendo todo cuanto yo encuentre
en el libro del Sr. Gener contradictorio y absurdo, no se amengua el valor
estético del libro ni se deshace el encanto que su lectura produce. No
necesito yo creer que irritado Apolo por la ofensa hecha a su sacerdote, bajó
furioso del Olimpo y mató a los aquivos a flechazos, ni que Ulises y Pirro se
escondieron en el hueco vientre de un caballo de madera, para deleitarme
leyendo las hermosas epopeyas de Homero y de Virgilio.
Hechas tan convenientes observaciones, empezaré tratando de lo que en el
libro del señor Gener me parece más consolador y satisfactorio: la
afirmación del progreso indefinido de nuestro linaje; el convencimiento de

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que se vencerán y salvarán los obstáculos todos, y de que la humanidad irá
elevándose más cada día a las regiones serenas de la luz, del bien y de la
belleza.
Recientemente, disipadas las dudas enojosas que solían atormentar su
alma, el más enérgico, inspirado y elegante de nuestros líricos, Don Gaspar
Núñez de Arce, ha dado a la estampa un admirable poema, donde el referido
convencimiento se manifiesta y brilla en imágenes y símbolos maravillosos,
revestido con todas las galas y adornado con todos los dijes y primores de la
poesía, y no por eso menos terminante ni menos claro que si en prosa
metódica y didáctica apareciese expuesto. Aunque en la noche obscura, en
el tortuoso y áspero camino y en la larga y cansada peregrinación,
busquemos en balde reposo en las ruinas del templo, y pidamos inútilmente
consolación y fe a los monjes difuntos, todavía una fe más radical y más
íntima persiste en el ápice de la mente, surge del abismo del alma y no nos
abandona. Todavía nos asiste Dios, nos guía y nos conforta. Las ruinas no
deben entristecernos ni arredrarnos. No hay revolución ni cataclismo que
baste a derribar el edificio erigido por esa nuestra fe superior e inmortal, ni
que pueda conmover la base
De la admirable catedral inmensa,
Como el espacio transparente y clara,
Que tiene por sostén el hondo anhelo
De las conciencias, la piedad por ara
Y por nave la bóveda del cielo.
Impulsado por esa fe superior y por la esperanza que de ella nace, desecha
el hombre temores y dudas, dice ¡Sursum corda!, prosigue con valentía su
camino y logra al fin llegar a la cumbre, si no término, porque no le tiene su
anhelo infinito, lugar excelso de descanso desde donde percibe, bañado en
la radiante luz de la verdad, el no soñado objeto de sus más altas
aspiraciones.
Doctrina semejante por lo progresista a la que expone el poeta en sus
bellísimos versos, es la expuesta más ampliamente por el señor Gener en
prosa llena de lirismo y en un libro o tratado cuyo título es Evangelio de la
vida, no publicado aún por completo, pero del que su autor nos comunica
por lo pronto el prefacio y algunos magníficos trozos como muestra o
anuncio.

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Contra las afirmaciones en que conviene Gener con Núñez de Arce, nada
tenemos que objetar; pero Gener complica dichas afirmaciones con no
pocas otras de diverso carácter y procedencia, y éstas, o las negamos, o
aplicando a su examen un circunspecto escepticismo, las ponemos en
cuarentena.
¿Quién ha de dudar ya de que el linaje humano progresa, apropiándose y
acumulando la espléndida herencia de muchas generaciones, custodiando en
los libros cuanto ha averiguado y sabe y divulgándolo por medio de la
imprenta, y valiéndose además de mil útiles o deleitables artificios con los
que se recrea, o de los que se aprovecha para hacer más cómoda, más amena
y más grata la vida? En este punto capital todos estamos de acuerdo.
Toquemos ahora aquellos otros puntos en que no puede menos de haber
discrepancia.
No hemos de discutir aquí el transformismo de Darwin. Aceptemos, como
si lo hubiésemos presenciado, como si hubiésemos sido testigos oculares de
sucesos tan felices, que, en determinado momento, de súbito o con lentitud,
por evolución suave o como se quiera, el mono de cierta clase se transformó
en antropoide o en antropisco, estúpido y alalo todavía, y que un poco más
tarde, por procedimientos análogos, el antropisco o antropoide adquirió la
palabra, se soltó a hablar y se convirtió en hombre hecho y derecho.
Humanado ya, bien podemos cifrar toda su ulterior historia en estos
hermosos versos del ya mencionado poeta:
Adán caído o transformada fiera
(¿Quién su origen conoce?) inventó el hacha,
Derribó el árbol, encendió la hoguera,
Arrancó al bosque sazonados frutos,
Hizo la choza, desgarró el misterio,
Mató los monstruos y domó los brutos
Tras prolongada y formidable guerra,
Erigió la ciudad, fundó su imperio,
Surcó la mar y dominó la tierra.
Y por último, ya que no debamos citar aquí más largo trozo de tan
admirable composición, el hombre, después de sorprender el rumbo de las
estrellas y de dar firmeza y duración a la palabra fugitiva,

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Alas resplandecientes a su idea;
Valor al débil, libertad al siervo,
según expresa el poeta valiéndose de una atinada paráfrasis del famoso
epitafio de Franklin, consiguió arrebatar
A las entrañas de la nube el rayo
Y el cetro a la infecunda tiranía.
Todo esto está muy bien. ¿Quién no lo aprueba? ¿Quién no lo aplaude? Lo
que yo no apruebo, lo que yo no aplaudo, aquello con que no me conformo,
porque si llegase yo a ser de los favorecidos me daría muchísima lástima de
los que no lo fuesen, y si no llegaba a ser de los favorecidos, tendría yo
grandísima lástima de mí, lo cual casi es peor, es que se desdoble el género
humano el día menos pensado, y elevándose unos a la condición de super-
hombres, se conviertan los demás en sub-hombres y vuelvan a ser
antropiscos, retrocediendo hasta el mono, o mereciendo la calificación de
superfluos con que el Sr. D. Pompeyo Gener ya los designa, calificación
ominosa, anatema lanzado sobre ellos y que al sacrificio y a la desaparición
los predestina.
Mi filantropía, mi piedad y la arraigada creencia de mi espíritu en un Dios
omnipotente y misericordioso, me llevan a repugnar en toda su brutal
extensión y en sus crueles consecuencias eso que llaman la lucha por la
vida. Ya se arreglarán las cosas de suerte que, por mucho que se aumente la
población, quepamos todos con holgura en este planeta y no nos falten
buenos bocados para alimentarnos, casas en que vivir y lindos trajes con que
vestirnos, salir de paseo e ir a las tertulias, a los teatros y hasta a los toros, si
este espectáculo no se suprime por bárbaro en las edades venideras. De poco
o de nada valdría el progreso; el progreso sería espantoso sarcasmo si
viniese a parar en ser sólo para unos cuantos: para la glorificación y la
bienaventuranza terrestre de razas privilegiadas, que necesitarían someter a
las razas inferiores o tal vez exterminarlas, no bien se multiplicasen
demasiado y no cupiesen ya sobre el haz de la tierra. Abominable, perversa
y sin entrañas es la tal doctrina, aunque la haya predicado Federico
Nietzsche, apoyándose en ideas y sentencias de aquel antiquísimo profeta
del Irán, a quien llamaron los griegos Zoroastro. El Sr. Gener adopta en
parte la opinión de Federico Nietzsche, y en parte la reprueba.

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Vamos a ver si lo ponemos todo en claro.
Si en efecto llegase a aparecer el super-hombre, en lo que como Nietzsche
cree a pies juntillas el Sr. Gener, todos cuantos no alcanzásemos la super-
hombría, según Nietzsche, que es poco caritativo, caeríamos en abyecta
animalidad, seríamos como esclavos del super-hombre, y nuestra raza se
extinguiría al cabo por inútil o por nociva. Ocurriría con el hombre de ahora
lo propio que, después de la aparición del tal hombre, ha ocurrido con el
antropisco, de quien no se encuentran ya ni señales ni rastros, aunque los
busquemos con un candil o con la linterna de Diógenes. Más compasivo el
Sr. Gener, me parece o entreveo que se inclina a que el sub-hombre o el
supérfluo se conserve y viva, bajo la tutela o protectorado del super-hombre
triunfante. Bien podrá éste echarse a cavilar y hasta repetir el antiguo
proverbio: cuando las barbas de tu vecino vieres pelar, pon las tuyas en
remojo. Las cosas no han de parar aquí: la evolución no puede darse por
terminada. El progreso es indefinido. Nadie columbra la meta o el término:
Amplius et volvens fatorum arcana movebo.
En pos del super-hombre, por evolución y selección surgirá de su seno el
archisuper-hombre, el cual podrá tratar tan desapiadadamente al super
hombre como éste al hombre haya tratado. Y así sucesivamente sin que se
vea el fin de las mudanzas y de los ascensos, per omnia secula seculorum.
Ora nos agrade o nos desagrade, ora nos tenga cuenta, ora no nos tenga
cuenta, si el super-hombre ha de venir, vendrá pese a quien pese. Ni
conservadores ni retrógrados podrán impedirlo. Sobre este punto Nietzsche
y Gener se hallan en perfecta consonancia. Veamos ahora en lo que
disienten y en lo que Gener, en mi opinión, con muchísimo juicio, enmienda
a Nietzsche la plana. Digamos algo primero sobre este filósofo, el más
original y el más estupendo que, según asegura Gener, ha florecido en la
segunda mitad del siglo XIX. Era polaco de nación, súbdito alemán y
profesor de Filología clásica, no nos importa saber en qué Universidad o
Instituto. Sobrevino la guerra entre Alemania y Francia, en la que Francia
quedó vencida. Y Nietzsche entonces, en cumplimiento de las leyes, se vio
obligado a tomar las armas y a ir a la guerra. Antes de aquellos días
Nietzsche apenas se había distinguido; pero, hallándose en el cerco de París,
un casco de granada hirió y derribó su caballo, y Nietzsche mismo cayó por
tierra maltrecho y con una profunda conmoción cerebral. Afirman

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discípulos de Nietzsche que esta caída del maestro fue semejante en sus
efectos a la que tuvo San Pablo en el camino de Damasco. Lo cierto es que
al recobrarse de la caída, Nietzsche se convirtió en otro hombre: apareció
profeta, apóstol y, por último, loco.
Recuerdo yo, no haber leído, sino haber oído contar, en el aula del
Seminario donde estudié Filosofía, sin averiguar más tarde en qué
autoridad, documentos o testimonios se apoyaba la historia, que el
doctísimo Cornelio a Lápide fue en su niñez una criatura casi tonta o
insignificante por lo menos, pero que paseando un día por los alrededores de
su lugar, tuvo la desgracia o la fortuna de encontrarse en medio de dos
partidas o bandos de muchachos, que estaban apedreándose, y de recibir en
la cabeza una tremenda pedrada. Este golpe le trastornó y le modificó tan
dichosamente el encéfalo, que, no bien sanó de su grave y peligrosa herida,
se convirtió en uno de los más agudos y sublimes sabios jesuitas que hubo
en el siglo XVII: escribió luminosos comentarios del Pentateuco, y otras
obras no menos útiles que forman juntas diez o doce tomos en folio; y, por
último, murió en Roma en olor de santidad. Sin duda a Nietzsche hubo de
sucederle algo parecido. «Opinan algunos fisiólogos alemanes, dice Gener,
que la contusión que recibiera al caerse del caballo enfrente de la capital del
mundo civilizado, fue, como la caída de San Pablo en el camino de
Damasco, el origen de su inspiración y de su genio. Sea de ello lo que se
quiera, lo cierto es que su visión filosófica especial del Universo se le
desarrolló tan sólo después de esta época.»
Si Nietzsche hubiera sido polaco puro, completamente ario, su visión
filosófica del Universo, su sistema se ajustaría con exactitud al del Sr.
Gener; pero el Sr. Gener sospecha que en el organismo o en la sangre de
Nietzsche había no poco de mogol o de tártaro, producida tal vez dicha
mezcla cuando invadieron el Oriente de Europa las hordas de Gengis-Kan,
de Timur o de otros fieros conquistadores turaníes. La verdad es que en
Nietzsche hay dos elementos o factores de su genio, procedentes ambos de
atavismo: uno ario, y Gener acepta todo el producto de este factor; otra
turaní o mogol que mueve a Nietzsche a ser despótico, cruel y sin entrañas.
Es menester que aparezca el super-hombre. Cuantos obstáculos se
opongan a su aparición deben ser destruidos. Nada de piedad, nada de
conmiseración. Tales sentimientos son mera y vil flaqueza indigna del

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grande hombre, del super-hombre en ciernes. Derríbense tronos y altares,
niéguense como absurdas todas las religiones reveladas, y anúlense o
deróguense cuantas son las constituciones sociales y políticas, si sólo sobre
las ruinas y escombros de todo ello ha de fundar su imperio la
superhumanidad futura. Nietzsche acepta el dolor, el padecimiento, la
conquista, la tiranía más ruda, si por tales medios se abre camino para el
advenimiento del super-hombre. Nietzsche gusta en cierto modo de la
libertad, pero detesta la igualdad y considera ridículo que los hombres
pretendan ser iguales, ni siquiera ante la ley, ni ante la justicia, ni en una
vida futura y ultramundana en que no cree, ni ante un Dios cuya existencia
niega. Y como niega también la distinción entre lo bueno y lo malo, la
moral que le parece una disciplina sub-humana y atrasadísima, y el deber
que en la moral se funda, nadie acierta a comprender, y en este punto el Sr.
Gener tiene razón que le sobra, por qué Nietzsche se somete con gusto a
toda clase de padecimientos y de malos tratos con tal de que se consiga la
aparición del super-hombre. ¿Qué le va ni qué le viene con dicha aparición,
si él no ha de ser el super-humanado, si él no ha de pasar de un cualquiera,
de un pobre diablo, de simple profesor, con poquísimo dinero, con menos
consideración y campanillas, y terminando al cabo porque le encierren en
un manicomio? Se comprende la abnegación del asceta que espera alcanzar
la eterna bienaventuranza. ¿Pero qué espera Nietzsche para mostrarse y ser
tan abnegado? El Sr. Gener y no Nietzsche es quien está en lo firme. El
super-hombre ha de venir de todos modos. No debemos, pues,
atormentarnos, molestarnos, ni trabajar para que venga. Según el Sr. Gener,
debemos divertirnos, holgarnos, pasarlo lo mejor que se pueda en este
mundo, y el super-hombre ya vendrá sin que le traigamos nosotros.
Aceptando las opiniones en que Nietzsche y Gener concuerdan, Nietzsche
es ilógico, y es muy lógico Gener. Según asegura Nietzsche, Jehová ha
muerto. Y en cuanto a Gener, aunque a menudo se contradice y hasta llega a
mostrarnos al Padre Eterno, que se le aparece y le echa un largo y pomposo
discurso, todavía este Padre Eterno es tan raro, que viene a ser como si no
fuera. ¿Y negado un Dios personal y providente, cuál será el fundamento de
la moral, de la bondad y de la belleza absolutas, y hasta de la verdad misma
en lo que debiera tener de permanente e invariable? El Sr. Gener niega todo
esto al negar a Dios. Y no soy yo quien saca la consecuencia: el mismo
señor Gener explícitamente la saca. La contradicción está en que el Sr.
Gener nos habla mucho del amor y se muestra fervorosamente enamorado.

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¿Pero dónde está el objeto que de tanto amor sea digno? A la verdad que no
se descubre ni se comprende.
Toda criatura racional que cree en un Dios infinitamente bueno, sabio y
todopoderoso, sin duda le ama y debe amarle sobre las cosas todas. Y por
virtud de este amor, que es caridad, ama también a los hombres, hechos a
imagen y semejanza del Dios que ama. Sin ser por amor de Dios, sin este
lazo supremo de comunión íntima, de hermandad y de unión amorosa de las
criaturas, ¿qué razón hay para que amemos a nadie? No digo yo que
aborrezcamos; pero ¿por qué hemos de amar?
El Sr. Gener, sin embargo, por lo que ya se prevé que va a ser su Evangelio
de la vida, nos anuncia el imperio del amor en el mundo, siguiendo y
adoptando las ideas de algunos extraviados discípulos del entusiasta y
seráfico Padre San Francisco de Asís.
Según éstos, ya interpretadas sus palabras con exactitud, ya heréticamente
exageradas o torcidas, en el mundo de los espíritus ha habido, hay y habrá
tres reinados: algo a modo de turno pacífico para las tres personas de la
Santísima Trinidad. Como la letra con sangre entra, el primero que reinó fue
Jehová, Dios severísimo, vengador y tremendo, que destruye con un diluvio
de agua a casi todo el linaje humano, que pisotea a los pueblos en su ira, que
arrasa y quema ciudades enteras con fuego del cielo, y que abre el seno de
la tierra para que se trague a cuantos son rebeldes a su mandato. El segundo
que reina es Cristo, y con él la compasión y también el amor; pero un amor
mezclado, con mortificaciones, penitencias, ayunos, lágrimas, vigilias y
hasta azotes, de todo lo cual el Sr. Gener gusta poco o nada. Pero
afortunadamente, y para que el Sr. Gener quede complacido, el tercer
reinado va pronto a empezar cuando menos nos percatemos de ello. Será el
reinado del Espíritu Santo, o sea del amor puro, sin disciplinas ya, sin
abstinencias, sin cilicios y sin duelos y quebrantos, sino todo deleite,
holgorio e incesante gaudeamus.
El estilo del Sr. Gener, lleno de lirismo, aunque escribe en prosa, produce
en el lector no pocas dudas. ¿Hasta qué punto quiere el Sr. Gener que
mucho de lo que dice sea realidad o se limite a ser símbolo, alegoría,
imagen o vana figura retórica? De todos modos, aun suponiendo símbolo y
no realidad algo de lo que el Sr. Gener nos pinta en sus magníficos cuadros,
todavía podemos y debemos nosotros escudriñar en el símbolo la oculta

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realidad que en él se encierra. Ahora bien: si es cierto, como el Sr. Gener
afirma, haciendo hablar al mismo Padre Eterno, que éste no es providente y
que la verdadera providencia es la del hombre, Nietzsche tiene razón, y no
la tiene el Sr. Gener al aconsejar al hombre que se divierta y no se afane
porque el super-hombre aparezca. ¿Cómo ha de aparecer, si nosotros que
somos la providencia no le traemos?
El dios del Sr. Gener, dice en su largo discurso, que el bien y el mal le son
indiferentes; que él se limita a producir la vida, y que si crea flores,
hermosura y salud, frutos sabrosos, palomas y tórtolas inocentes, mariposas
y libélulas y lindos y pintados pajarillos que melodiosamente trinan y
gorjean, crea también tigres y hienas, arañas deformes, ponzoñosos
escorpiones, terremotos, huracanes y pestilencias y prolífica multitud de
microbios, causa de las más asquerosas y mortíferas enfermedades. Tal es el
Dios que habla con el Sr. Gener y que le declara que no es para nosotros ni
salvador ni providente. Nuestra eficaz salvación y nuestra verdadera
providencia está en nosotros mismos. A nosotros nos incumbe, según
asegura el Sr. Gener, por boca del Padre Eterno que imagina, convertir el
veneno en bálsamo, el dolor en placer, las espinas en rosas y los microbios
patógenos en microbios deleitosos. Pero, si nos incumbe hacer todo esto, no
está bien que nos crucemos de brazos y prescindamos de nuestra
incumbencia. Nietzsche, por este lado, tiene razón, y el señor Gener no la
tiene; y, por último, si bien se mira, tampoco tiene razón el Sr. Gener en
negar la providencia de Dios, ya que Dios, en virtud de un plan
sapientísimo, se vale del hombre para vencer obstáculos, para destruir el
mal o convertirle en bien, y para que nos mejoremos y perfeccionemos en lo
posible.
Si no hay plan ninguno, no sé por dónde podrá afirmar el Sr. Gener que
hay progreso, mejora, advenimiento de super-hombres y otras futuras
bienaventuranzas. Y si por dicha hay plan, y todo eso y más puede
afirmarse, el plan no es humano, sino divino. ¿Qué más alta providencia de
Dios puede concebir el Sr. Gener? ¿Cómo imaginar que el plan es humano?
¿Cómo el hombre que nace y muere y que vive tan corto tiempo sobre la
tierra ha de haber trazado ese plan? Concedamos que le columbra, que le
descubre, pero no que le establece.

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No decidiré yo que sea verdad o que sea mentira, pero sí que nuestro
entendimiento no halla absurdo cierto plan a grandes rasgos concebido e
imaginado, ya que no para que nos representemos en una serie de muchos
siglos el desenvolvimiento y la historia del universo todo, para que nos
representemos al menos lo ocurrido en nuestro planeta desde el instante en
que empezó a girar en torno del sol hasta el día de hoy. A mi ver, es idea en
extremo poética e ingeniosa la de que los átomos, impulsados por el prurito
de vivir que los mueve, lleguen a producir la vida; y que, una vez la vida
creada, se vaya hermoseando, completando y perfeccionando cada vez más.
Pero ¿quién ha puesto en los átomos esa inteligencia, que no tiene
conciencia de que entiende, ese prurito infatigable e infalible que crea la
vida y que después la mejora? Todo ello se explica presumiendo al Dios que
Nietzsche y Gener niegan, cuya voluntad soberana y cuya suprema
inteligencia lo preparan, lo gobiernan y lo disponen todo. Sin él, jamás
podrá concebir la mente humana, por muchos siglos que emplee en la
transformación, cómo podrá nacer lo más de lo menos, de lo que no se
mueve lo que se mueve, de lo que no vive lo que vive, de lo inconsciente lo
consciente, y de lo que no entiende la inteligencia. Todo ello es más
inexplicable, es más contrario a la razón que la más ridícula de todas las
mitologías, que la más rudimental y primitiva de todas las religiones. Y, por
el contrario, no bien afirmamos la existencia de Dios, todo se aclara y todo
en el transformismo nos parece más hermoso y más conforme con la
omnipotencia y la sabiduría de Dios que en cualquier otro sistema
cosmogónico. Es más antropomórfico y, por lo tanto, menos divino,
entender que Dios arregla el universo como el relojero arregla la máquina
de un reloj, y que da, por ejemplo, alas a los pájaros para que vuelen, ojos a
los que ven para que vean, y a los que entienden entendimiento para que
entiendan, que entender que Dios pone en la substancia, en la materia, en
los átomos o como queramos llamarlos, un anhelo indefectible y un
movimiento en dirección segura, firme y sin posible extravío, por cuya
virtud, el anhelo de vivir crea la vida, el de volar, las alas, y el de ver, los
ojos.
Repito que yo no afirmo ni niego la evolución y el transformismo. No me
declaro contrario ni partidario de Darwin. Me limito a afirmar que Darwin
no invade los dominios de la metafísica ni de la religión, diferenciándose así
de su infiel discípulo Haeckel, y más aún del Sr. Gener y de Nietzsche. Ya
Monseñor Van Weddingen, en sus Elementos razonados de la Religión, se

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expresa de esta suerte. «La fe y la ciencia de acuerdo podrían aceptar un
transformismo en el cual quedasen a salvo la noción de la causa creadora y
la del alma espiritual y libre.» De aquí se infiere que hasta el católico más
ortodoxo puede ser darwinista, apoyándose en textos y sentencias de San
Agustín, de Santo Tomás de Aquino y de otros Doctores y Padres de la
Iglesia, según lo demuestra, o procura demostrarlo, el egregio poeta y
filósofo italiano Antonio Fogazzaro en un reciente y muy interesante libro
titulado Ascensiones humanas.
No se infiere, con todo, de la aceptación de la doctrina del transformismo,
la seguridad de que ha de aparecer el super-hombre el día menos pensado.
Lo más que podrá inferirse será la posibilidad algo remota de dicha
aparición. Por lo pronto, el super-hombre no se ve venir. Al contrario, los
adelantamientos morales y políticos, la multitud de invenciones que hacen
hoy más cómoda y más agradable la vida y el inmenso cúmulo de estudios,
ya experimentales y de observación, ya teóricos y especulativos, que se
custodian en los libros y que la imprenta divulga, hacen hoy más fácil que
un hombre cualquiera descuelle, aunque diste muchísimo de ser super-
hombre y aunque tenga menos valer moral e intelectual que los hombres de
antaño.
Cuantas sublimidades puedan ocurrírsele hoy a un poeta que ha estudiado
mucho, no son tan pasmosas, ni implican tan rara super-hombría como la
que tuvo, pongamos por caso, allá en las primitivas edades, el inspirado
autor del libro de Job o el richí o poeta que compuso el himno del Rig-veda,
al Dios desconocido. Trajano y Marco Aurelio, a pesar de ser gentiles, no
hallan monarca que valga más que ellos en toda la prolongación de la
historia. En puro y fervoroso amor a Dios, a los hombres y a cuantas
criaturas aparecen en el universo visible, será difícil que nazca ya quien
venza y supere a San Francisco de Asís. Y si Kant, Schelling y Hegel nos
parecen profundos filósofos, abarcándolo y explicándolo todo, aún nos
parece superior inteligencia la de Aristóteles por lo mismo que tenía
muchísimos menos medios de información. Y lo que se afirma aquí de los
individuos, con más razón puede afirmarse de grupos o colectividades
organizadas. ¿Qué ciudad moderna, sin excluir a Florencia y a París, crea
una cultura filosófica, literaria y artística, tan original y con tan pocos
precedentes y elementos exóticos, como la de Atenas en tiempo de Perícles?
¿Ni qué nación, por último, por dominadora y fuerte que sea en el día, podrá

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soñar con gloria y poder que equivalgan a los de Roma, que no siendo más
que una ciudad se enseñoreó de lo mejor del mundo, le dio leyes e idioma y
fundó un Imperio que duró no pocos siglos? Y cuando ni en Atenas ni en
Roma apareció el núcleo de los super-hombres, bien podemos esperar que
no aparezca en el día ni en Inglaterra, ni en Francia, ni en Alemania, ni en
Rusia, ni en los Estados Unidos. Conformémonos y contentémonos todos
con ser esencialmente iguales, aunque, por circunstancias momentáneas
(porque momentáneas deben de ser dada la secular amplitud de la historia),
las mencionadas naciones prevalezcan hoy, se sobrepongan y hasta dominen
a las otras.
En fin, allá veremos cómo explica todo esto el Sr. Gener y lo que más
claramente profetiza en su Evangelio de la vida, que aparecerá por completo
en francés, y dentro de poco, y del que sólo conocemos el Prefacio y tres
odas o ditirambos elocuentísimos a la Soledad, a su hermano el Silencio, y a
la Noche, madre fecunda de ambos. Unido amorosamente el señor Gener
con la precitada Soledad, tendrá de ella o ha tenido ya un hijo, que viene a
ser sin duda el verbo de su Evangelio. El Silencio se le está criando, y, no
bien esté criado, el Sr. Gener se le echará a la multitud para desatontarla,
removiéndolo todo.
Es tan curioso y tan poético cuanto el señor Gener anuncia, y lo anuncia
con elocuencia tan avasalladora, que yo me siento hechizado y casi
seducido, inclinándome a creer en el advenimiento del super-hombre y hasta
a desearle, aunque me quede entre los sub-hombres y los superfluos; pero el
último artículo del libro del Sr. Gener viene a desvanecer mi esperanza, a
marchitar mi deseo y a derribar la fe en el super-hombre que empezaba ya a
nacer en mi alma.
El último artículo del libro del Sr. Gener, que se titula El hiper-
positivismo, debiera titularse El hiper-negativismo, porque lo niega todo,
echando a rodar cuanto se sabe: todo fundamento de saber, todo criterio de
verdad, toda afirmación de que exista algo. No se contenta el Sr. Gener con
que sea todo espíritu, como quiere Berkeley; ni con que sea todo materia,
como quieren Büchner y Moloschot; ni con la substancia única de Spinosa;
ni con que el tiempo, el espacio y la inmensa cantidad de cosas que
coexisten en el espacio y que se suceden en el tiempo, sean más que formas
de nuestro sentir y de nuestro entender, fantasmagorías sujetivas que no se

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sabe hasta qué punto concuerdan o no con la realidad que las produce. El Sr.
Gener va más lejos y duda de que haya tal realidad exterior: casi la niega.
Afirma que hay representación, pero no asegura que haya representado. Su
duda o su negación es más radical aún. No destruye sólo lo representado,
sino también el teatro en que la representación aparece y al espectador que
la contempla. El Sr. Gener va más allá de Schopenhauer, que sólo ve en el
universo representación y voluntad. El Sr. Gener halla que la voluntad está
de sobra, que no es más que apariencia. Todo queda, pues, reducido a
representación, al más completo nihilismo: a representación sin teatro, sin
actores, sin espectadores y sin nada substancial y real que sea representado.
Si después de quemarse las cejas y de estudiar matemáticas, física,
química, botánica, zoología, antropología y otra multitud de asignaturas,
que el Sr. Gener ha estudiado de un modo sobresaliente, hemos de venir a
parar en el extremo en que el Sr. Gener para, casi es lo mejor no abrir un
libro ni aprender cosa alguna. Todo es incognoscible. Ya no nos atrevemos a
figurarnos lo conocido como una pequeña isla en medio de un Océano
inexplorable e infinito que sólo pueden atravesar la imaginación o la fe. La
isla misma y hasta nosotros los habitantes de la isla, caemos bajo el
predicamento de lo incognoscible: somos puros fenómenos; la substancia y
la causa son ficciones, palabras sin sentido. No hay más que movimiento.
La electricidad, la luz, la vida, la fuerza, el sentir y el pensar, todo es
movimiento, sin motor, sin objeto movido y sin lugar ni tiempo objetivos y
reales, por donde y en el cual el objeto movido se mueva.
¿Qué nos queda que hacer en tan aflictiva situación? ¿Cómo nos
consolaremos después de haber perdido toda la realidad? Pues nos
consolaremos con la poesía, con la música y con las otras bellas artes. De un
modo pasivo, nos limitaremos a ser público y nos deleitaremos asistiendo a
la representación. Y de un modo activo, seremos comediantes, poetas o
compositores de música, y representaremos nuestras óperas y nuestros
dramas. Tal es el punto final a que ha llegado el Sr. Gener después de todos
sus estudios.
Lo malo, o al menos lo que yo no me explico todavía, es cómo ha de
gustarme la representación ni cómo he de componer algo para que se
represente cuando el Sr. Gener empieza por quitarme el sustantivo. No nos
queda verbo que no sea impersonal, sin agente y sin paciente. Vibra, ve,

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huele, anda, come, etc.; pero no sabemos quién come, quién ve, ni quién
vibra, ni qué es lo vibrado, ni lo comido, ni lo visto. Todo es incognoscible,
y hasta podemos recelar que no exista. No sólo el super-hombre, sino
igualmente cuantos hombres existen o han existido y de quienes el Sr. Gener
nos habla, arios y turaníes, polacos y mogoles, romanos y griegos, no pasan
de ser una mera representación. Carece, pues, de fundamento y de verdad
científica todo cuanto el Sr. Gener nos cuenta en los demás artículos de su
libro sobre historia de las religiones, socialismo, etc. Todo se reduce a
poesía, según el mismo Sr. Gener paladinamente lo confiesa. Y ahora digo
yo para terminar que, considerando su libro como poesía, es digno del
mayor aprecio. Es elocuente en alto grado; ameno a veces, a veces sublime,
y tan rico siempre de doctrina, de atrevimientos, de ideas originales y de
clara y bien ordenada exposición de las ideas de otros, que sugiere,
despierta y suscita en cualquier espíritu, aunque sea pobre e infecundo como
el mío, tan grande tropel de pensamientos y tan enmarañada madeja de
raciocinios, que si no fuese por miedo de fatigar a mis lectores, no me
aquietaría yo con escribir este artículo, sino que escribiría una docena, y aún
se me quedaría mucho por decir. Pero no lo digamos y quédese en el tintero
para no hacer interminable este escrito.

LA IRRESPONSABILIDAD DE LOS POETAS

SOBRE LAS «ODAS» DE D. EDUARDO MARQUINA

Mucho podrá decirse en pro y en contra de las Odas del Sr. D. Eduardo
Marquina, pero no que son un libro insignificante. A mí me dan no poco en
que pensar, suscitando en mi espíritu ciertas contradicciones filosóficas o
antinomias estético-morales, que no acierto a resolver y que voy a exponer
aquí sin rodeos y con franqueza.

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Con grande entusiasmo pondera Horacio, en su Epístola a los Pisones, la
virtud docente de la poesía. Por ella se muestran los rectos caminos del
vivir, los oráculos dictan sus sentencias, se levantan los muros de las
ciudades y se congrega en paz el linaje humano, sujetándose a leyes sabias y
justas. Pero este mismo Horacio, que da a la poesía tan singulares alabanzas,
nos cita la rara afirmación de Demócrito sosteniendo que es menester ser
loco para ser poeta, y que es expulsado de Helicon quien está en su cabal
juicio.
Ajústeme usted tales medidas, digo yo ahora; y perdónese lo vulgar de la
frase. ¿Cómo compaginar que los poetas son la luz del mundo, nuestra guía
y nuestro faro, y que son al mismo tiempo locos? Todo se entiende si
consideramos la tal locura como frenesí divino, como furor sagrado que el
estro infunde, clavando su aguijón agudo en el pecho del vate. Este, poseído
entonces del numen, llega a decir cosas de sentido muy superior al vulgar,
revela misterios y abre a nuestros espantados ojos, en la amplitud luminosa
de un horizonte ideal, la sucesión ordenada y prescrita de los futuros casos.
Yo me conformaría y me aquietaría con esto si todos los poetas que
pronostican, que enseñan o que amonestan estuviesen de acuerdo; pero,
como no lo están por desgracia, me hunden en un mar de confusiones. Así
es que exclamo allá en mis adentros: quizás estén locos, verdaderamente
locos, y sean con su locura perjudiciales a la república. Por eso Platón los
desterró prudentemente de la suya, ya fuese por precaución, ya fundado en
el refrán que reza: el loco por la pena es cuerdo.
Hechas las anteriores reflexiones, todavía en vez de ver claro este asunto
le veo obscuro y contradictorio.
En el bello elogio que hace Enrique Heine de nuestro egregio compatriota
el Rabi Jehuda ben Leví de Toledo, después de ponderar las altas dotes de
aquella alma, llega a suponer que el mismo Dios al crearla, la besó prendado
de su hermosura, y que el eco del beso divino resuena con inmortal
resonancia en los versos del vate toledano. No es de maravillar, por lo tanto,
suponiendo a Jehuda ben Leví tan sobrenaturalmente favorecido y amado,
que Heine le proclame rey del reino del pensamiento y rey, por la gracia de
Dios, inviolable e irresponsable. A nadie sino a Dios tiene que dar cuenta. El
pueblo, dice Heine, podrá matarnos, pero no puede juzgarnos nunca. De esta
suerte pone Heine la obra verdaderamente poética por cima de todo humano

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criterio y proclama con su genial desenfado la irresponsabilidad de los
poetas. Veamos nosotros en qué sentido y hasta qué punto menos
desenfadadamente tal irresponsabilidad puede y debe ser entendida.
¿En qué consiste que a veces no nos enamore ni hechice lo que el poeta
niega o afirma, ordena o prohíbe, encomia o censura, sino la manera
elegante, sincera y enérgica de afirmar o de negar y de expresar la censura o
el encomio?
Quintana y el duque de Frías, pongamos por caso, retratan a Felipe II con
los más opuestos rasgos y colores y propenden a infundirnos las ideas y los
sentimientos más contrarios sobre la religión y política de los españoles del
siglo XVI y sobre las causas de la elevación y de la decadencia de nuestro
pueblo; pero nosotros nos deleitamos y nos entusiasmamos casi por igual
con los versos del uno y del otro poeta, ora estemos de acuerdo con el
duque, ora con Quintana, en juzgar al vencedor de San Quintín y de
Lepanto, ora cortemos por camino que nos parezca más recto entre los dos
extremos que ellos tocan.
¿Hemos de inferir de aquí la completa indiferencia de la doctrina que
expone la poesía, con tal de que la poesía sea verdadera y que la doctrina se
exponga con y por la gracia de Dios? Esto sería llevar hasta sus últimos
límites la negación de que los poetas enseñan, y declararse decidido
partidario del arte por el arte. Más aún se fortalece en mi espíritu este modo
de pensar, cuando examino las obras de poetas acaso demás valer y más
radicalmente discrepantes. Sean estos poetas los tres italianos
contemporáneos, Manzoni, Leopardi y Carducci. ¿No es raro fenómeno que
nos encante el himno sacro a La Pentecostés, lleno de profunda fe católica y
de la viva esperanza de que la religión de Cristo es la definitiva religión de
nuestro linaje, informando y causando todo su progreso y mejora; que nos
encante también la oda A las fuentes del Clitumno, cuya inspiración es
enteramente contraria, saludando con júbilo el poeta a la humanidad que
supone regenerada porque reniega de creencias que la envilecen y adopta
algo a modo del gentilismo antiguo; y que nos encanten, por último, no ya
las esperanzas católicas de Manzoni, ni las esperanzas gentílicas de
Carducci, sino la desesperación sublime y el pesimismo de Leopardi, que
niega a Dios, o le llama con espantosa blasfemia feo poder que impera
oculto para daño de todas las criaturas?

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Harto he cavilado yo y cavilo para explicar este fenómeno. Voy a ver si
atino a exponer aquí en cifra el resultado de mis cavilaciones.
Sin duda, me digo, el fundamento mental de la poesía es como el
fundamento mental de las matemáticas y de la dialéctica. Hay en el alma
humana ciertos primeros principios, evidentes por sí, inconcusos e
indemostrables, cierta idea en suma, cuyo desenvolvimiento constituye la
ley del pensar y la ciencia del cálculo. Y no es la tal idea puramente
sugetiva, mera forma o condición de nuestro entendimiento, sino que por fe
irresistible tenemos y damos por seguro que en la mente de cuantos seres
superiores al hombre hay o pueda haber en otros mundos, y aun en la misma
mente suprema, ha de residir la idea misma aunque más ampliamente
desarrollada, abarcándolo y penetrándolo todo y bañando en su pura luz lo
infinito y eterno.
La tal idea, por desgracia, aunque está en nosotros, sólo está limitada y
como en germen, y no nos vale para ver bien lo que hay fuera de nosotros,
sino para discurrir sobre aquello que fuera de nosotros suponemos que
existe o sobre las ideales construcciones del pensamiento puro. De aquí que
no afirmemos que esta cosa o aquella, que el Universo todo, que cuanto es o
puede ser, sea como nosotros lo percibimos o lo imaginamos; pero ya
imaginado o percibido, o dígase dado el supuesto, todo se encadena, y
compone un conjunto armónico de verdades dentro de nuestro mundo ideal,
si bien no se adecue tal vez ni responda con exactitud a la realidad del
mundo que está fuera de nosotros, del que sabemos poquísimo y del que tal
vez tenemos noticias equivocadas por ministerio de los sentidos.
No responde el geómetra de que sea o no sea esfera, cubo o cilindro el
sólido que le presentan, ni de que sea círculo o triángulo de esta clase o de
aquella lo que en un papel le dibujan; de lo que responde es de la exactitud
de sus teoremas y de la certidumbre de sus demostraciones, dado el
supuesto. Ni respondo el algebrista de lo que valen en realidad, las letras del
problema que ha de resolver, sino responde sólo de que el problema esté
bien resuelto. Al que le aplique a la realidad, incumbe luego o ha incumbido
antes determinar el valor de cada letra. Así, siendo la resolución del
problema verdadera y siempre la misma, bien puede en la práctica,
descendiendo a la realidad de las cosas, tener multitud de diferentes
resultados.

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¿Será la poesía, me pregunto yo, algo por el estilo: creación hermosa,
verdadera y exacta en el mundo ideal en que ha sido creada, aunque en la
realidad sea falso todo porque lo fue el supuesto o porque el supuesto fue
por lo menos incompleto?
A mi ver, entendiendo así la poesía, tienen explicación y disculpa no pocas
cosas de las que se dicen en verso, las cuales, si en prosa se dijeran,
parecerían absurdas o abominables y podrían llevar a su autor en una
sociedad algo severa a la prisión o al manicomio.
La culpa de todo ello estriba, a lo que a mí se me alcanza, en que la poesía,
cuyo objeto es la manifestación de la belleza en una forma sensible, sólo
puede darse imitando lo real o lo que nosotros imaginamos real, elemento
en que cabe error o mentira. De aquí la ventaja que la música, arte
primogenia, lleva a la poesía, arte secundaria. La música, en la perfección
de su pureza, crea lo bello, sin necesidad de imitar nada. Lo crea en el
tiempo, por medio del sonido, sin enseñar ni amonestar, pero sin inducirnos
en error, ni equivocarse tampoco.
Toda la antedicha meditación, expuesta a escape para, no pecar de prolijo,
ha valido para aquietar mi espíritu, después de leer las Odas de D. Eduardo
Marquina, y para afirmar, sin escrúpulo de conciencia, que me parecen bien
y que son obra de verdadero poeta. Para conceder, no obstante, a tal poeta la
irresponsabilidad de que habla Heine, es menester no tomar por lo serio, en
la realidad práctica, la virtud docente de su poesía. Los que tomaron por lo
serio a Esquilo, en su Prometeo encadenado, supusieron que Júpiter se
vengó de sus blasfemias ordenando a su águila que desde lo sumo del aire
dejase caer una enorme tortuga que llevaba entre las garras, sobre la
venerable calva del glorioso dramaturgo, y le saltase los sesos. Tomemos,
pues, menos por lo serio las Odas de D. Eduardo Marquina para dejarle en
paz con los poderes celestiales y prevenir cualquier milagro que le
perjudique.
Con tal limitación bien puede afirmarse que las Odas tienen algo a modo
del Prometeo encadenado, de Esquilo, y algo también, sin que las
aceptemos como profecías, de las visiones de Ezequiel y del Apocalipsis del
Aguila de Patmos.

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Aunque todos convenimos en que el estado de la sociedad y del mundo
deja mucho que desear, y que el mal físico y el mal moral no escasean sobre
la tierra, yo tengo por seguro que las cosas están en nuestra edad menos mal
que en las anteriores edades. Yo no dudo del progreso. Lo que sucede es que
el adelanto moral ha sido grande en las relaciones de unos individuos con
otros, mientras que apenas ha habido adelanto en la vida colectiva, poco en
el organismo social, ninguno en las relaciones de unos pueblos con otros
pueblos. En esto último ni asomo se ve de generosidad ni de justicia. La
fuerza prevalece sobre el derecho, los poderosos humillan y tiranizan a los
débiles y los grandes saquean, asesinan y devoran a los pequeños. De
tamaña discordancia, de tal desequilibrio entre la moralidad social o
colectiva y la que preside a las relaciones individuales, nacen, sin duda, la
vehemencia con que la iniquidad se siente y se anatematiza y el anhelo
fogoso de remediarlo todo, no con lentitud y con calma, sino con rápidos y
violentos trastornos.
Ignoro, y no pretendo investigar aquí, de qué doctrinas filosóficas,
religiosas o irreligiosas, sociales y políticas, expuestas en prosa por
pensadores extranjeros, o de qué exaltadas composiciones poéticas, venidas
de otros países, proceden el sentir y el pensar de don Eduardo Marquina.
Claro está que no tiene principio en él el impulso que le mueve. Claro está
que hay una corriente de pensamiento en la que él se ha lanzado y que le
arrebata. Pero esto no le quita cierta originalidad ni desvanece su carácter
propio. Vate apocalíptico amenaza con destrucción y muerte, ruina e
incendio, las instituciones, los altares y los tronos y cuanto hoy descuella
sobre la faz del mundo y mantiene el orden, más o menos digno de censura
o más o menos capaz de lenta modificación y de enmienda, dentro del cual
vivimos todos. Lo que vendrá después de la pronosticada revolución radical
se columbra confusamente o más bien se desentraña o se descubre a través
de los símbolos y de las imágenes colosales, y en las figuras alegóricas que
va creando y mostrándonos el poeta.
A lo que parece, no han de quedar ni Papa, ni rey, ni obispos, ni jueces, ni
sacerdotes. Cada uno de nosotros será Papa, rey, juez, obispo y sacerdote de
sí mismo. No sé de fijo si las grandes ciudades con sus palacios,
monumentos y fortificaciones, deberán ser arrasadas, según el programa;
pero en lo que no cabe la menor duda es en que serán arrasados los templos.
Yo deploro que San Pedro en Roma y las catedrales de Burgos, de Toledo y

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de Sevilla en España, tengan que convertirse en ruinas para que no se rece
en latín, que ya casi nadie entiende, y para que en aquellos antiguos y
obscuros santuarios penetre de lleno la luz y venga a animarlos la vida. Los
chivos, según afirma el poeta, brincarán sobre los derribados pilares y sobre
las estatuas yacentes de los fundadores egregios; las cabras se encaramarán
sobre los altares y en los camarines y hornacinas, y las vacas mugirán y se
tenderán a la larga en el coro y en otros lugares más venerandos. El nuevo
templo estará en la cumbre de los montes; los pinos serán sus columnas y su
cúpula el cielo.
A la nueva faz que tomarán todas las cosas ha de preceder cierta universal
conflagración de amor, tan vagamente descrita, que no acierto yo a
interpretar lo pronosticado por el poeta, y si la conflagración será en efecto
amorosa y suave al destruir lo antiguo, o si lo destruirá con materiales
incendios, estragos y muertes. Como quiera que ello sea, sobrevendrá
después de la destrucción algo por el estilo de lo que los milenarios
fantaseaban. La humanidad será feliz y vivirá en deliciosa anarquía y en
perpetua huelga. No habrá nueva Jauja ni nueva Jerusalén que baje del
cielo, porque don Eduardo Marquina gusta más de lo rústico que de lo
urbano, y las fiestas y regocijos que pronostica y apercibe para nuestro
regenerado linaje serán campestres: una candorosa bacanal, un idilio
enorme.
A pesar del tema constante que presta unidad a las Odas, no puede negarse
que el poeta acierta a evitar la monotonía y que hay bastante variedad en sus
cuadros. La hermosura y la fertilidad de los campos están bien sentidas y a
menudo dichosamente expresadas. Viva y honda es casi siempre la
percepción que el poeta tiene de lo grande y de lo hermoso de la naturaleza,
y no pocas veces sabe comunicarnos el propio sentimiento suyo con
maestría y sobriedad vigorosa.
Aprobemos, pues, las Odas de D. Eduardo Marquina. El poeta es
irresponsable, porque sus teorías se realizan, no en el mundo real, sino en
los espacios imaginarios y en un tiempo fantástico también. Mis escrúpulos
de conciencia renacen a pesar de todo. ¿No podrá ocurrir que el poeta haga
daño sin querer, que sea contagioso su delirio y que la gente adopte su
programa como realizable en la práctica? Las Odas en este caso serían

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espantosamente revolucionarias, subversivas de todo el orden social vigente
en el día.
Yo no quiero comprometerme dando a semejantes cosas una aprobación
que nadie me ha pedido. Suspendo, por consiguiente, el dar mi aprobación
hasta que demuestre en otro artículo que no hay el menor peligro en aprobar
las Odas, porque la virtud purificante de la poesía convierte el rejalgar en
triaca.

LA PURIFICACIÓN DE LA POESÍA

SOBRE LAS «ODAS» DE D. EDUARDO MARQUINA

En la poesía hay sin duda pasmosa virtud purificante. No quiero yo
entenderla con todo, como he oído decir que la entendía Gœthe. Tal modo
de entenderla es sobrado egoísta. El poeta, por ejemplo, siente ganas de
suicidarse, y en vez de hacerlo y a fin de desechar tan perniciosas ganas
escribe el Werther. De esta manera, no sólo consigue sanar de la manía del
suicidio, sino también que le aplaudan y se admiren de su talento. Lo malo
es que el libro con que el poeta ha sanado y donde ha vertido el veneno que
le atosigaba puede emponzoñar a los que sin precaución le tomen y lean y
producir una abominable epidemia de suicidios. No estriba o no quiero yo
que estribe en esto la virtud purificante de la poesía. Su legítima y santa
virtud purificante lo mismo ha de valer y vale para el poeta que para sus
lectores.
En la epopeya y en el drama se concibe esto con toda claridad. Tiranos,
refinados traidores, monstruos de iniquidad podrán aparecer en el drama o
en el poema épico, pero en el pecado llevarán la penitencia, y la reprobación
universal será su castigo. Ha de entenderse además que los crímenes y los

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horrores representados en una obra poética no deben tomar la apariencia o
semejanza completa de los sucesos reales, como pretende hoy lo que llaman
naturalismo. El deleite estético no se daría entonces. Al contrario,
tendríamos un grave disgusto. ¿Quién puede deleitarse al ver en realidad al
alguien que se arroja por un balcón desde un quinto piso y se hace una
tortilla, o a gentes que se dan de puñaladas, que toman veneno o que se
mueren de hambre, de miseria, de tisis o de otras enfermedades contagiosas
y feas? Representado todo esto muy a lo vivo y sin la idealidad conveniente,
es lo contrario del arte: no purifica la compasión y el terror, como quería
Aristóteles. Será cuadro más vivido, como se dice en el día, pero de arte
perverso y vicioso. El Laoconte ceñido y oprimido por las serpientes está
mil veces más lejos de lo real que la figura de cera representando a Catón
con las sangrientas manos metidas en el desgarrado vientre y arrancándose
las entrañas. Tal modo de conmover con la imitación exacta y brutal de las
cosas reales dista mucho de ser el arte verdadero. Sólo los menos que
medianos artistas deben apelar a tal recurso. El refrán lo dice: a mal Cristo,
mucha sangre.
En la poesía lírica, si bien se considera, acontece lo mismo que en la
epopeya y el drama. Es cierto que todos los desatinos que el poeta dice o
hace, que su irreligión, su inmoralidad, sus blasfemias y sus teorías
antisociales, aparecen por cuenta propia, sin que haya tirano, traidor o
demagogo que las haga o que las diga; pero pronto se advierte, si se ahonda
un poquito, que el poeta rara vez deja de duplicarse antes de romper los
diques y soltar el torrente de su inspiración apasionada; y digo que se
duplica, porque al mismo tiempo que conserva el juicio y la serenidad del
ánimo para describirnos la pasión propia y los propios extravíos, se pone él
como modelo en quien los tales extravíos y la tal pasión ejercen su deletéreo
influjo, y acaso producen mil y mil desventuras. Entendidos de este modo,
los más audaces raptos líricos son ejemplares y moralizadores: pueden
servir y sirven de escarmiento.
Carlos Baudelaire es, sin duda, uno de los más endiablados poetas que en
estos últimos tiempos ha nacido de madre. En cuerpo y alma, y sin la menor
reserva, se entrega al demonio. Le reza muy devotas letanías y le pide favor
y auxilio. Si el demonio se condujera generosa y decentemente haciendo
dichoso a Baudelaire, Las flores del mal, que así se titula el tomo de sus
versos, serían muy peligrosas, pues no habría de faltar quien quisiese

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entregarse también al demonio dándole culto para conseguir las mismas o
mayores ventajas. Afortunadamente ocurre todo lo contrario. Baudelaire es
el autontimoroúmenos por excelencia, el rigor de las desdichas, el que se
castiga y atormenta a sí propio como el más cruel de los fakires de la India.
No bastándole ser él su verdugo, acude al demonio y se vale de él para
inspirador y colaborador de los refinados y espeluznantes suplicios a que se
condena y somete. ¿Quién, por lo tanto, ha de querer endiablarse como
Baudelaire para ser tan horriblemente desgraciado? Las flores del mal son,
pues, muy moralizadoras: son un veneno, pero saludable veneno tomado
como revulsivo. En menor escala son revulsivos también los versos
quejumbrosos de multitud de poetas contemporáneos que nos pintan el
horror de las dudas con que batallan y tratan de persuadirnos de que, a causa
de estas dudas, son sus almas un infierno. Lo natural es que el tal infierno
nos asuste y que para no tenerle nosotros procuremos creer cuanto hay que
creer, sin meternos en averiguaciones ni en honduras. Espronceda, en una de
sus más populares composiciones, se nos presenta en una orgía bebiendo
vino, acariciando a cierta dama a quien dirige más insultos que piropos, y
mostrándose desesperado, negándolo todo, sin creer y sin esperar nada sino
la paz de los sepulcros; pero el poeta nos indica en seguida la causa de tanto
mal y nos deja turulatos. Supone que tanto mal es castigo de Dios porque el
alma ha intentado adquirir el conocimiento de las cosas divinas: verdad
velada, arcano insondable en el que es insania el mero propósito de
investigar y de descubrir algo. El remedio, en esta ocasión, casi nos parece
peor que la enfermedad. ¿Por qué ha de castigar Dios a quien anhele
conocerle? ¿Por qué ha de coincidir el poeta con quien inventó en prosa esta
célebre frase: la funesta manía de pensar? ¿Por qué, desde el empleo de
nuestras más nobles facultades en el estudio de la metafísica en general, y
singularmente de la teodicea, hemos de descender, con inevitable descenso,
a la borrachera y a los amores libidinosos, y todo ello sin regocijo, sino con
furia, rechinar de dientes y maldiciones como de precito?
Bien examinado todo, me consuelo yo y me aquieto creyendo disipadas
mis contradicciones, y viendo en la poesía sincera, por absurda que la
juzgue el prosaico y rastrero sentido común, innegable y alta enseñanza, la
cual estriba en la purificación, así de la compasión y del terror trágicos,
como de otras pasiones, errores y desvaríos.

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Lo que importa para que la poesía sea buena y legítima es, por
consiguiente, la sinceridad: que todo se exprese con la natural sencillez que
no excluye, sino que requiere, la elegancia, y que nada se sienta, ni se
piense, ni se diga con afectación para aterrar a los burgueses, para alcanzar
la originalidad por la extravagancia, para seguir la última moda de París o
para imitar novedades germánicas, rusas o suecas. No hay peligro ni
inconveniente en desatinar por cuenta propia. Me jacto de haberlo
demostrado. El inconveniente y el peligro están en la admiración cándida de
los extranjeros y en remedar, acaso desmañadamente, lo que los extranjeros
piensan o dicen.
Si no creyese yo que en las Odas de don Eduardo Marquina se revelan
muy envidiables prendas de poeta lírico, no hubiera disertado tanto con
ocasión de su lectura.
Cuanto hay en ellas de bueno procede del propio ser del poeta. Y cuanto
en ellas puede censurarse nace de la escuela que sigue y del empeño de
superar y de extremar sus rarezas, tanto en el sentir y en el pensar, como en
el estilo o modo de expresarse. Lo colosal y enorme de las imágenes delata
el prurito de aturdir y de sorprender, y produce, hasta en los más eminentes
poetas, hasta en el mismo Víctor Hugo, un amaneramiento barroco. Cuando
lo sublime corre sin freno, suele tropezar en lo ridículo y caer en la
caricatura.
¿Qué no puede, sin embargo, el brioso ingenio nativo, aunque se lance y
se despeñe por los más extraviados vericuetos? Barroca, caricaturesca es la
oda titulada El monstruo. Pero, ¿quién no se divierte leyéndola y poniendo
en duda si el poeta habla con toda seriedad o ríe o se recrea componiendo
una alegoría satírica llena de chiste?
El ser humano aparece como un monstruo de dos cabezas y de dos
opuestos instintos y propensiones. Una cabeza es como de hipopótamo, y no
aspira sino a comer, a reposar, a revolcarse en el fango y a disfrutar otras
delicias bestiales; pero, por cima de la cabeza de hipopótamo, hay otra
cabeza de águila en que duermen
los grandes pensamientos de los dioses.

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La horrible situación para el monstruo procede de esta doble y antitética
naturaleza. Lo que hay en él de hipopótamo no logra gozar con sosiego de
las cosas materiales, y lo que hay en él de águila pugna en vano por levantar
el vuelo y subir a las regiones etéreas. El águila y el hipopótamo se
contraponen como fuerzas contrarias; y como se estorban y se perjudican,
todo o casi todo lo hacen siempre mal o si se quiere menos bien de lo que
pudieran hacerlo. Disgustos, rabietas, lágrimas y furores sin fin, por
consiguiente. El monstruo, además, se desacredita y se hace odioso a
cuantos seres existen. Así es que exclama lleno de angustia:
...............devoro
un ultraje perpetuo de los mundos
y un eterno desprecio de los cielos.
¿Qué resolución adopta el monstruo para salir de tan abominable
conflicto? La más tremenda de las resoluciones. Con el pico de su cabeza de
águila, que es agudo y recio, perfora el cráneo del hipopótamo y se consuela
sorbiéndole los sesos.
Por dicha, aunque no entrevemos bien si merced a tan feroz resolución o
independientemente de ella, el conflicto pasa, las cosas toman mejor cariz,
los tiempos se acercan, la esperanza luce y el poeta escribe su flamante
apocalipsis y nos anuncia su Buena Nueva en no corta serie de animados
cuadros. Según él, la miseria que nos rodea es la noche
que precede a las grandes claridades.
El idilio enorme, la huelga universal y constante no tardará en llegar. El
poeta conjura y evoca y convida a los seres todos para que acudan a la fiesta
y contribuyan a su lucimiento.
Por convidado me doy yo también, pero recelo mucho que los preparativos
de la fiesta han de ser enredosos y difíciles. La fiesta tardará, pues, en
realizarse, y como ya estoy harto viejo, no podré asistir a ella a pesar del
convite. Me contento con el programa. Le hallo interesante y ameno. Pero
francamente, yo le hallaría mucho mejor si el Sr. D. Eduardo Marquina, en
quien reconozco y aplaudo muy altas prendas de poeta, emplease menos el
acicate y mucho más el freno al dirigir a su Pegaso, y sólo llevase a las
ancas cuando cabalga en él a su propia Musa, legítima y castiza, y no a la

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aventurera venida de tierras extrañas y cuyo prurito de llamar la atención la
induce a vestirse a menudo con vestiduras un poco extravagantes y con
exótico amaneramiento. No estará de sobra tampoco que el Sr. D. Eduardo
Marquina cuide con mayor detención y esmero del aseo y aliño de su Musa
cuando la saque a relucir nuevamente.

DON CRISTÓBAL DE MOURA

PRIMER MARQUÉS DE CASTEL-RODRIGO

I
El libro cuyo título nos sirve de epígrafe, no puede menos de llamar
poderosamente la atención por varios motivos. Es un trabajo histórico
llevado a cabo con esmerado tino y con la más infatigable diligencia para
allegar y compulsar documentos, poner en claro muchos puntos obscuros y
darnos idea exacta y justa de los sucesos más importantes en la historia de
nuestra Península desde la conquista de Granada hasta el día de hoy.
Realzan el mérito del libro los pocos años de su autor, que no ha cumplido
aún los veinticuatro de su edad, y que se ha empeñado en realizar una
empresa llena de grandes dificultades, en mi sentir insuperables algunas de
ellas.
Una narración histórica, lo mismo que un poema y lo mismo que una
novela, puede considerarse como obra de arte, con unidad de acción en su
conjunto y donde todos los casos que se cuentan y todos los personajes que
figuran aparecen en segundo o tercer término y como esfumados para que el
héroe principal o protagonista no se confunda ni se pierda y atraiga y fije las
miradas y persista en el pensamiento de los lectores. Tal debiera ser la vida

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artísticamente escrita de todo personaje célebre. Tales son las que escribió
Plutarco en la edad antigua, y las que entre nosotros ha escrito
recientemente Quintana.
Esta condición, con todo, era imposible de cumplir, dado el asunto elegido
por el joven historiador D. Alfonso Danvila, y dado el personaje o el héroe
cuyos actos se propuso historiar y ha historiado.
D. Cristóbal de Moura, hidalgo portugués, que a la edad de catorce años
entró en calidad de menino al servicio de la princesa doña Juana, conquista
la estimación, la confianza y el afecto de aquella egregia señora, la sigue
desde Portugal a Castilla, desempeña por su mandado muy difíciles
comisiones y muestra en todo rara discreción y singular destreza y tino. El
prudente rey Don Felipe II reconoce entonces la capacidad y el valer del
servidor de su hermana y se aprovecha de tan altas condiciones, empleando
a aquel hidalgo portugués en los asuntos más arduos. Hábil y dichoso D.
Cristóbal de Moura, los desempeña a gusto y satisfacción del soberano, y es
delicado, fino e inteligente instrumento de sus artes políticas y de su
prudencia cautelosa.
En el mayor acontecimiento de nuestra historia, en la realización, por
desgracia harto poco duradera, de la más alta aspiración patriótica de los
españoles, D. Cristóbal de Moura interviene con pasmosa y feliz eficacia.
Más que a la pericia militar del gran duque de Alba, y más que al
formidable ejército que conducía, se debe acaso a la buena maña y sutil
diplomacia de don Cristóbal la unión de Portugal y de Castilla, y sobre todo,
que esta unión se lograse con poca violencia, sangre y estrago, haciéndose
así apta para contraponerse al poder disolvente de los malos gobiernos
ulteriores, adormecer y calmar la enemistad inveterada entre castellanos y
portugueses, y conseguir que al menos durase sesenta años la unión de
ambas naciones, a pesar de nuestra rápida y lastimosa decadencia.
La acción de D. Cristóbal de Moura es evidentísima en todo esto y su
evidencia se manifiesta con perfecta claridad merced al detenido relato que
hace el Sr. Danvila, ilustrándole con gran copia de documentos, no pocos de
ellos desconocidos e inéditos hasta ahora y sacados de los archivos.
D. Cristóbal de Moura no pasa, sin embargo, de ser mero instrumento de
superiores voluntades humanas; su figura se hunde y se anega, digámoslo

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así, en el torrente impetuoso de los grandes sucesos, y su personalidad
queda obscurecida y eclipsada por las de aquellos príncipes y señores que
intervienen en los sucesos, que los dirigen o los determinan, y cuyos
caracteres, talentos, virtudes y vicios, despiertan más nuestra curiosidad y
llaman hacia ellos nuestro pensamiento con mil veces mayor atractivo. La
princesa doña Juana y el rey prudente Don Felipe se interponen casi de
continuo y nos encubren o no nos dejan ver a D. Cristóbal. Hasta los
personajes de tan corto valer moral e intelectual, como el rey cardenal D.
Enrique y como D. Antonio, Prior de Crato, descuellan por el pedestal en
que están colocados, y por la posición social que ocupan, y tapan también a
D. Cristóbal de Moura.
No digo yo lo que antecede en son de censura contra el libro del Sr.
Danvila. No acierto yo a concebir cómo el libro hubiera podido escribirse de
otra manera; cómo su autor hubiera podido relegar a segundo término al rey
Don Sebastián y la catástrofe de Alcazalquivir; la caída de una nación tan
heroica, casi en el momento de su maravillosa expansión y de su mayor
auge. No era dable que el autor reprimiese su deseo de pintarnos
detenidamente sin dejar indicados con vaguedad en el fondo a tantos y
tantos importantes personajes, a fin de que apareciese en primer término, sin
apartarse de nuestra vista y como centro y principal objeto de todo, D.
Cristóbal de Moura, a quien, sin embargo, es menester confesar que se
debió más que a nadie el buen éxito de la unión de Portugal y de Castilla y
que esta unión fuese menos violenta y mucho más durable de lo que hubiera
podido temerse y de lo que, sin duda, Felipe II temía.
El Sr. Danvila escribe sobre una de las épocas en que es más difícil para el
historiador la imparcialidad previa, o sea escribir para contar y no para
probar. La primera alabanza que debemos dar al Sr. Danvila, es porque
consigue sobreponerse a todo prejuicio y retratar a los personajes, y narrar
sus actos tales como fueron, dejando a los lectores que juzguen, califiquen y
fallen.
A menudo, no obstante, por muchos y muy preciosos datos que un
historiador acumule y ordene, los lectores, aunque sean muy entendidos, no
logran formar juicio y dictar sentencia. Contrario al del novelista es el
método que el historiador sigue. El novelista imagina a su antojo a los
personajes de su novela, tontos o discretos, malvados o bonachones, débiles

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o briosos, y luego por ineludible dialéctica los mueve a que lo digan y lo
hagan todo en consonancia con lo presupuesto. En cambio el historiador ni
crea a sus personajes, ni posee una llave mágica para penetrar en su
corazón, para escudriñar los aposentos de su cerebro, y para descubrir y
mostrarnos sus intenciones, sus sentimientos y sus propósitos. Todo esto
tiene que inferirse de lo que cada personaje dice y hace: inducción, en mi
sentir, muy sujeta a engaños, por donde se ha dudado y se ha disputado
siempre no poco sobre el valer moral e intelectual de muy célebres figuras
históricas.
Sobre D. Cristóbal de Moura no hay, no puede haber duda ni disputa.
Hábil y fiel servidor, cumple bien con los mandatos de su amo, y su arte de
cortesano perfecto y de negociador discretísimo, y su flexibilidad y su
paciencia se revelan en todas sus acciones y singularmente resplandecen en
el arte con que conlleva y sufre el poco apacible humor del rey D. Felipe y
conserva y acrecienta la confianza que le ha inspirado. Pero, como ya
hemos dicho, en el extenso cuadro trazado por el Sr. Danvila, D. Cristóbal
queda, y no puede menos de quedar, relegado a segundo y a veces a tercero
o cuarto término. El cuadro encierra casi toda la historia de España y de
Portugal desde 1538 hasta 1613. Ante las figuras sobresalientes y
conspicuas de D. Juan III, la reina doña Catalina, la princesa doña Juana, el
mismo emperador Carlos V, el duque de Alba, el rey D. Sebastián, Isabel de
Valois, el príncipe D. Carlos, y en fin, el propio rey don Felipe, el discreto
hidalgo portugués no puede menos de resultar obscurecido. En bastantes
capítulos del libro apenas se le nombra: a veces se presume pero no se
asegura que sale a la escena. Quien está siempre en ella presente y activo es
el rey D. Felipe.
El libro del Sr. Danvila viene a corroborar una vez más el concepto que yo
tengo de este rey, contra el cual, durante su vida y después de su muerte, se
han lanzado las más duras acusaciones y las más apasionadas injurias, sin
que yo acierte a conceder que fuese menos benigno, más hipócrita o más
desalmado entre multitud de otros monarcas, príncipes y magnates del
Renacimiento. Felipe II era la propia bondad, la dulzura y la mansedumbre
personificadas, sinceramente religioso y amante de su patria y modelo de
reyes paternales, si le comparamos con Juan II de Portugal, apellidado el
príncipe perfecto, con Luis XI de Francia, con Catalina de Médicis y sus

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hijos Carlos IX y Enrique III, con Enrique VIII e Isabel de Inglaterra y con
no pocos otros que pudieran citarse, sin excluir acaso a su padre el César.
Yo presumo que la rara y excepcional perversidad que a Felipe II se
atribuye toma origen y fundamento en las prendas de su carácter y en los
actos de su vida que más le ensalzan e ilustran: en la guerra sin tregua que
hizo al protestantismo, pugnando para que no se rompiese el alto principio
que informaba, dirigía y daba unidad a la civilización europea. Si para
lograr este fin se valió de la Inquisición, quemó herejes e hizo no pocas
otras atrocidades e insolencias, muy mal hecho estuvo; pero ¿dónde fueron
entonces los príncipes y los gobiernos más clementes y humanos? Ni en
calidad ni en cantidad pueden compararse las víctimas sacrificadas por
Felipe II a las que sin Inquisición se sacrificaron en Alemania, en Francia o
en Inglaterra. No fue menester, por ejemplo, de la Inquisición de España
para el suplicio de Vanini, de Bruno, de Miguel Servet, de Tomás Moro y de
María Estuardo. Si hiciésemos la exacta estadística de todos los herejes
quemados vivos en España, acaso sería menor su número que sólo el de las
brujas y brujos que en Alemania fueron quemados. Demos gracias a Dios de
que ya no se quema vivo a nadie por tales motivos y de que cualquiera
puede ser ya impunemente hereje y hasta brujo; pero no acusemos a los
españoles del siglo XVI ni a su monarca don Felipe II, de más fanáticos y
crueles que a la demás gente de su época.
Como cierto y aun como evidente pongo yo lo antedicho. Donde empiezan
mis dudas, a pesar o a causa de la circunstanciada y minuciosa relación del
Sr. Danvila, es en la idea que debo formar del talento político que el rey D.
Felipe mostró en los tratos, negociaciones, intrigas, rodeos tortuosos,
lentitud y cautela con que vino al cabo a apoderarse de Portugal y a someter
la completa extensión de nuestra Península bajo su dominio. Tantas idas y
venidas, tantos embajadores o emisarios diferentes, ya simultáneos, ya
sucesivos, frailes, santos, grandes de España y jurisconsultos, que ya se
movían de acuerdo, comunicándose sus impresiones, ya se recataban unos
de otros por orden del mismo rey, ya se entendían directamente con éste, ya
unos con un secretario y otros con otro, porque el rey recelaba de todos,
todo esto, me pregunto yo: ¿era indispensable, para apoderarse de Portugal
sin gran violencia y sin ofender demasiado a los portugueses? ¿Se debió
entonces a la rara circunspección del rey la tan deseada unión ibérica o se

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debió a que la ocasión era propicia: a que estaba de Dios, como vulgar,
sabia y cristianamente se dice?
¿No experimenta el lector cierto cansancio, a pesar de lo bien escrito que
está el libro y de las curiosas y bien ordenadas noticias que nos da de
personas y de cosas, al internarse por aquel laberinto de enmarañados
rodeos por donde el rey D. Felipe persigue sus fines? Seduce a muchos
portugueses con promesas y compra a otros con dinero para impedir la
guerra y la efusión de sangre, y sin embargo, no logra anular al Prior de
Crato ni apoderarse de él, ni evitar que se rebele, y necesita sofocar la
rebelión con dura mano y tremendo castigo, sin que lleguen a evitarse los
abominables desafueros de un ejército invasor casi siempre mal pagado y
famélico en España y en aquel siglo, aunque le mandasen caudillos de tanta
autoridad y energía como el duque de Alba y Sancho de Avila.
Yo nada afirmo. Me limito a dudar. Y de lo que dudo es de si en estos
sucesos conviene celebrar a Felipe II por circunspecto, prudente y ladino, o
si hay más razón para calificarle de vacilante, indeciso y enrevesado en los
medios y hasta de pesado y de engorroso, si se me permite lo familiar y bajo
del vocablo.
II
Cada cual ve las cosas a su manera. La historia enseña poquísimo. Nunca
es bastante la semejanza de accidentes en dos grandes sucesos para hacer
valederas y legítimas las comparaciones. Atrevámonos, con todo, a
comparar, a pesar de lo inseguro. Humillado Portugal, vencido en Africa por
los marroquíes, muerta allí la flor de su heroica nobleza y de sus valientes
soldados, poco podía resistir a la ambición de un monarca que, para hacer
valer su derecho hereditario, era señor de vastísimos reinos y provincias y
estaba al frente de la nación española, preponderante entonces en Europa. Si
hemos de prestar, pues, al rey Don Felipe el testimonio de nuestra
admiración porque se anexionó a Portugal, digámoslo así, valiéndonos del
verbo que hoy está en moda, ¿qué pasmo, qué asombro, no debe
inspirarnos, el rey Víctor Manuel con su Cavour y con su Garibaldi, cuando,
después de tomar el Milanesado por mano de franceses y por mano de
alemanes el Véneto, príncipe poco antes derrotado y multado por Austria, se
atreve a derribar y derriba varios tronos, sin excluir el temporal del Papa, se

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apodera de Nápoles y de Sicilia y funda la unidad de Italia, aspiración
secular jamás cumplida desde los tiempos del rey bárbaro Teodorico?
Aunque la comparación se me rechace, negando la paridad de las
circunstancias y alegando el muy diverso carácter de las épocas, todavía
inclina un poco el ánimo a tener por algo problemática la habilidad del rey
Don Felipe. Su circunspección pecaba de minuciosa. Tal vez dificultaba sus
empresas la abundancia de medios que empleaba para darles cima. Algunos
de estos medios eran inútiles: otros contraproducentes o perjudiciales. Sirva
de ejemplo la misión, embajada, o como quiera llamarse, de fray Hernando
del Castillo al desdichado rey cardenal D. Enrique. ¿A qué podía conducir
sino a mortificar el amor propio, a ofender y agriar al pobre monarca
portugués el desvergonzado sermón de aquel buen fraile para persuadirle de
que no debía contraer matrimonio? Buena y santa es la libertad cristiana,
pero no debe confundirse con la insolente grosería. E insolente y grosero
anduvo el fraile, predicando al rey durante dos horas lo pecaminoso y
escandaloso que sería su casamiento, lo inútil porque era incapaz de
consumarle, y lo peligroso porque bien podría la señora reina dar al trono
herederos cuya legitimidad hubiera de negarse.
Como D. Cristóbal de Moura se opuso, aunque en balde, al impolítico
sermón de fray Hernando del Castillo, bien se puede afirmar que en dicha
ocasión, así como en algunas otras, venció en prudencia a su augusto amo.
Es singular, a mi ver, la patente superioridad del pueblo, en la época del
mayor valer de España, sobre los príncipes que dirigieron sus destinos,
salvo los Reyes Católicos. Bien supieron éstos con mano de hierro dominar
la anarquía, aunar las fuerzas de la nación y dirigirlas y ordenarlas todas a
su mayor engrandecimiento. En aquella labor se emplean sirviéndoles,
varones eminentísimos en las artes de la paz y de la guerra: grandes
capitanes, aventureros audaces, navegantes y misioneros, astutos hombres
de Estado, sabios jurisconsultos y teólogos; y, por último, para que la
elegante brillantez corriese parejas con el encumbramiento político,
gloriosos y fecundos poetas e inspirados artistas.
El fermento de decadencia y corrupción, antes que en el pueblo, apareció
en la dinastía. En la dinastía casi desde el principio se advierte. La locura,
poetizada y llamada de amor en la reina Doña Juana, se diría que como
afección nerviosa, más o menos latente, se transmite por herencia a casi

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todos los individuos de la familia, hasta que se manifiesta por último con
todo el carácter de notoria imbecilidad en el rey Don Carlos II. Por muy
simpáticos, heroicos o virtuosos que sean algunos personajes, siempre se
trasluce en ellos algo, y a veces mucho, de insano y desequilibrado. El
príncipe Don Carlos y el rey don Sebastián se parecen en esto, como buenos
primos hermanos. La misma princesa, madre de Don Sebastián, tiene no
poco de extraño y de misterioso. Hermosa y apasionada mujer hubo de ser
sin duda cuando inspiró amor tan ardiente al príncipe su marido, que a
separarse de ella prefirió la muerte. Contra el parecer de los médicos, murió
el príncipe en los brazos de Doña Juana. Y sin embargo, esta señora era tan
austera y esquiva, que no consentía que le vieran ni el rostro. Tapado le
tenía cuando daba audiencia como gobernadora del reino, hallándose
ausente su hermano Don Felipe II. A veces como dudase alguien de que
hablaba con ella, se descubría con rapidez, preguntaba si era la princesa
Doña Juana, y no bien contestaban que sí, volvía a taparse.
Tal vez el que tuvo menos rarezas entre todos los príncipes de aquella
familia, el más juicioso y razonable, el que más amó a su patria y el que
procuró su grandeza con mayor tenacidad, consecuencia y estudio fue el rey
Don Felipe. Ya que no por el rápido vuelo de la inteligencia y por la pronta
energía de la voluntad, Felipe II es digno de aplauso por la constante
solicitud con que mira al bien de su pueblo. Lejos de creerle yo hipócrita, le
creo convencido con perfecta buena fe de que era el representante de Dios
sobre la tierra y de que el nuevo pueblo de Dios era el de España.
Considerándose Don Felipe encargado de cumplir la misión civilizadora de
este pueblo, fue el campeón de la Iglesia católica, y bajo sus auspicios,
desplegando hasta mayor generosidad que con España con los países
sometidos, ya el mismo monarca, ya sus vasallos imitándole, protegieron las
ciencias y las artes, erigieron monumentos, fundaron templos, palacios y
establecimientos piadosos y favorecieron, en vez de reprimir, todo progreso,
toda mejora material y toda teoría o sistema científico o filosófico que no se
opusiese al dogma revelado, oposición entonces harto menos frecuente que
en el día. Porque en el día el mismo empeño con que muchos se valen de la
ciencia como de arma para combatir la fe, vuelve sobrado recelosos a los
que son de la fe defensores y se diría que centuplican sus catorce artículos.
Ello es lo cierto que con aplicación y estudio sería fácil demostrar que en
el siglo xvi apenas hubo audacia científica o filosófica, condenada en otras

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naciones, que a pesar de la Inquisición no hallase acogida entre nosotros:
sistemas de Copérnico y de Galileo, transformación de las especies,
generación espontánea, seres racionales distintos de la prole de Adán y de
los ángeles, y en suma, cuanto a un escritor o pensador se le ocurriese soñar,
probar o dar por demostrado, como no transcendiera a judaizante, morisco,
luterano o calvinista. La ulterior decadencia intelectual de España no nace,
pues, de la compresión del pensamiento por los inquisidores. Otras causas
tuvo. Su investigación es ardua y prolija.
Incurriendo nosotros en la misma falta, que si no censuramos, reparamos
en el libro del Sr. Danvila, vamos hablando de todo en estos artículos y a D.
Cristóbal de Moura nos le dejamos olvidado. Volvamos a él y recordémosle.
Después de su campaña diplomática en Portugal, D. Cristóbal, colmado de
honores y mercedes, llega a la cumbre del crédito y del valimiento cerca de
su soberano. Para sostenerse en tan envidiada posición, no le valieron sólo
su discreción y rara aptitud en los negocios, sino también su celo, su
decidida lealtad y su profunda y sincera devoción al príncipe a quien servía.
Nunca dieron mayor razón de sí ni brillaron tanto estas prendas como
durante la última, lenta y penosa enfermedad del mencionado rey, a quien
asistió D. Cristóbal, desvelado y solícito, hasta el instante de su muerte.
Menester fue, sin duda, que D. Cristóbal tuviese salud de bronce, voluntad
firme y extraordinario vigor de alma y de cuerpo para resistir la fatiga,
dominar el asco y no amilanarse ante el horror de la espantosa escena que
presenció y en que tomó parte durante cincuenta y tres días. En la estancia
modesta, al lado del presbiterio, y desde donde pueden verse el altar mayor
y el magnífico templo del Escorial, su austero fundador, atendido y cuidado
por D. Cristóbal, pasó los referidos cincuenta y tres días en martirio tan
cruel, que apenas parecía posible que pudieran resistirle fuerzas humanas.
La entereza pasmosa con que sufrió el rey sus males y la nunca turbada y
serena majestad que conservó en medio de ellos, exceden a la capacidad de
la más acendrada virtud estoica. El mismo Job queda eclipsado por el rey
Don Felipe. Jamás hubo de exclamar éste, como el piadoso varón de Hus:
perezca el día en que nací y la noche en que se dijo: concebido ha sido un
hombre. El rey, sin embargo, padeció tanto o más que el patriarca de
Oriente. Su fe y su esperanza le sostuvieron. Bien puede asegurarse que el
rey creyó que tanto tormento fue prueba y no castigo: no anticipado infierno
o purgatorio, sino crisol candente del oro de sus virtudes. No se me ocurre

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que al rey le remordiese la conciencia pensando en los que había hecho
morir por razón de Estado, en cumplimiento de un deber y para bien de la
religión, de la patria y del humano linaje. Ni menos le remordería la
conciencia por haber excitado con sus consejos y amonestaciones a la
matanza de la noche de San Bartolomé, ni por haberse holgado de ella
extremadamente, escribiendo a la reina Catalina: ¡bien ha mostrado Vuestra
Majestad lo que tenía en su cristiano pecho! Sólo se explica la serena
majestad del rey en aquel duro y largo trance por el claro convencimiento
que de su dignidad tenía, sin que pudiera menoscabarla ningún dolor ni
ninguna miseria, y por su conformidad perfecta con la voluntad de Dios,
conformidad que en cierto modo endiosa el alma de quien la adquiere,
convirtiendo las más acerbas penas y la más lastimosa humillación en
deleite y en gloria.
Todo el cuerpo del rey, donde la hinchazón de los tumores no le
deformaba, era sólo huesos y piel cubierta de llagas. Los tumores se
vaciaban por varias abiertas bocas que arrojaban pus hediondo. El muladar
de Job había sido más limpio que el lecho inmundo del señor absoluto del
mayor imperio que hasta entonces había habido sobre la tierra. Con la
húmeda podredumbre de las úlceras, se pegaba a las sábanas el cuerpo del
rey. Asquerosos insectos parásitos devoraban en vida su carne, y corrían
bullendo por toda ella. Hedor insufrible llenaba aquel recinto. Cirios
encendidos patentizaban su lobreguez y su tristeza. Le santificaban las más
preciadas reliquias que para consuelo del rey se habían traído. Y el ataúd
abierto, que aguardaba para recibir al rey, estaba allí junto a su cama para
que el rey le contemplase.
Tremendos son los pormenores de aquella lenta agonía, relatados por el Sr.
Danvila, así como por Cabrera de Córdoba y por otros historiadores. Baste
aquí lo expuesto en resumen.
D. Cristóbal de Moura, hasta que el rey exhaló su último suspiro, gozó de
su plena confianza. En su poder estaba la llave del escritorio donde se
guardaban los más íntimos y secretos papeles. Lamenta el Sr. Danvila que
D. Cristóbal quemase muchos por orden del monarca. Yo, harto menos
curioso, en vez de lamentarlo, me alegro de ello. ¿Para qué queremos saber
más de lo que ya se sabe?

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El concepto que de Felipe II podemos formar, entiendo yo que por muchos
otros papeles que se hubiesen conservado y que descubriésemos y
estudiásemos, no cambiaría en lo más mínimo. Sus admiradores exageran
en demasía sus talentos y su aptitud política. Y en demasía también sus
enemigos ponderan sus maldades. No pocas de ellas, cuando no absueltas,
aparecen atenuadas por los sentimientos e ideas de aquella edad en que la
razón de Estado propendía a justificarlo todo. Porque siendo la moral harto
menos dulce que hoy y menor el respeto a la individualidad humana, los
llamados a dirigir los pueblos se creían realmente señores de vidas y
haciendas. El fin, más que hoy, justificaba entonces los medios. En el
pensamiento de los hombres de aquella edad el éxito lo justificaba todo.
Menester era, pongamos por caso, de la pasión patriótica de Góngora
cuando cantó la Invencible Armada, para que llamase a Isabel de Inglaterra
Reina no, sino loba
libidinosa y fiera.
Los que escribían en prosa, sin prevención y con la franqueza del sigilo,
no condenaban a Isabel por loba, sino que la admiraban como gran reina. D.
Juan de Silva, en una carta política dirigida a D. Cristóbal de Moura, habla
así de aquella digna rival de Felipe II: «Los cuarenta y dos años que la reina
de Inglaterra ha gastado en servicio del mundo, serán en su género la cosa
más notable que se halle escrita, porque no teniendo más ayuda que la de
nuestros pecados, y la de su consejo, ha salido con hacerse amar y temer en
su reino más que todos sus predecesores. Ha ayudado como le ha placido y
convenido a los enemigos de Francia y España, reinando en la mar como en
la isla, cortando cuantas cabezas le podían dar estorbo, y la de otra reina
entre ellas, paseando con sus navíos el mundo a la redonda y bailando y
danzando como si no hubiera tenido que hacer.
En todo este elogio, no hay la menor censura sobre la moral de la reina,
sino profunda admiración al buen éxito de sus empresas: envidia casi, no
porque Felipe II hubiera sido más cruel y más tirano, sino porque fue menos
hábil.
La vida de D. Cristóbal de Moura, y por consiguiente, el libro del Sr.
Danvila, se extienden aun algunos años por el reinado de Felipe III.

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No se me alcanza bien por qué el Sr. Danvila se inclina a mostrar a D.
Cristóbal harto caído y desatendido por el nuevo monarca. Natural era que
hubiese entonces turnos pacíficos, como los hay ahora, aunque durando
muchísimo más cada vuelta. Natural era también que el nuevo rey tuviese
nuevo privado, pero nunca con mayor exaltación y reconocimiento de
méritos que D. Cristóbal cayó nadie de la privanza. Los favores regios
vinieron sobre él en aumento de su estado y de su casa. Don Cristóbal fue,
por último, el primer virrey que Portugal tuvo, a despecho y con envidia de
príncipes y de grandes señores que hubieran querido serlo. En todo lo cual,
si supo don Cristóbal desplegar las más raras dotes de talento y de carácter
para sostener su crédito y su importancia, no debe negarse tampoco que
Felipe III y su valido el duque de Lerma fueron consecuentes y estuvieron
acertados.
Prolijo sería exponer aquí en compendio los actos de D. Cristóbal en el
virreinato y los demás sucesos de su vida hasta que llegó a su término, y con
ella el libro del Sr. Danvila.
Libro es este de grandísimo interés, rico en noticias curiosas y en nuevos
datos y de muy envidiable lucimiento, no ya sólo para quien empieza a
escribir de historia y es muy joven, sino para el más curtido y avezado en
este linaje de estudios.
No tiene la falta, sino la sobra, en moda hoy; moda de la que parece
imposible prescindir para componer una mera biografía. Por eso suele
ponerse en la portada de esta clase de libros, aunque el Sr. Danvila no lo
ponga, como aditamento al nombre del héroe y completando el título, ora y
su tiempo, ora y su siglo, aunque ni el tiempo ni el siglo quedase muy
descabalado o muy inexplicado si el héroe mentalmente se suprimiera.
De todos modos, el libro del Sr. Danvila, calificado como se quiera el
género a que pertenece, es desde luego muy importante trabajo, y cierta y
brillante promesa además de otros sazonados frutos que el ingenio y la
laboriosidad del autor han de producir en adelante.

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EL ESPECTÁCULO MAS NACIONAL

I
Mi querido amigo y tocayo el conde de las Navas, ha publicado
recientemente con el mismo título que damos a estos artículos, un libro, tan
ameno como erudito, sobre la historia del toreo.
En más de seiscientas páginas que el libro contiene, entiendo yo que está
dicho cuanto en pro y en contra de la tauromaquia puede decirse, y que está
contado por estilo muy elegante y ligero cuanto al ejercicio del mencionado
arte se refiere, desde sus orígenes, que van a perderse en la noche de los
tiempos, hasta el día de hoy, en que sigue floreciente y en auge, sin que
necesite ni pida regeneración, como otras artes, cosas y personas.
Casi imposible, al menos para mí, que me considero incapaz de tamaña
empresa, sería exponer aquí en resumen, con claridad y orden, lo más
importante y sustancial del libro mencionado. Baste afirmar que el señor
conde ha apurado la materia y ha logrado componer una verdadera
enciclopedia taurina. Nada se le queda por investigar, aclarar, contar y
discutir sobre las corridas de toros, desde que empezaron en España, tal vez
antes de la fundación de Cádiz y de la venida de Hércules fenicio, que erigió
sus columnas, no sé si en Calpe, o en Avila, o en ambos cerros.
No hay personaje histórico que haya toreado de quien no nos hable el
señor conde. Hasta Francisco Pizarro, conquistador del Perú, y hasta el muy
glorioso emperador Carlos V, resultan toreros.
Las fiestas reales, en que con mayor o menor lucimiento se han lidiado
toros para solemnizar algún suceso fausto y aumentar el regocijo público,
están mencionadas en el libro del señor conde con escrupulosidad y con
prueba de documentes fehacientes, desde las que hubo en el año de 1144 en
León para celebrar las bodas de doña Urraca, hija del rey Alfonso VII, hasta
las que hubo en Sevilla en 1877 para obsequiar al rey D. Alfonso XII.

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Demostrado con toda evidencia deja el señor conde que el espectáculo más
nacional en España es el de las corridas de toros. Demuestra además con
gracia, discreción y abundante copia de razones que las tales corridas no son
feroces, ni inmorales, ni merecedoras de la censura acerba que no pocos
sujetos autorizados y varios escritores de nota han lanzado contra ellas en
épocas distintas. Los que más se han señalado y extremado en el siglo
presente por su reprobación de los toros han sido el ilustre don Gaspar
Melchor de Jovellanos y el ingenioso poeta y marino don José Vargas
Ponce, y recientemente D. Luis Vidart y el marqués de San Carlos. Contra
todos ellos combate valerosamente el conde de las Navas, y logra, en mi
sentir, completa victoria.
Como quiera que sea, así los partidarios como los enemigos de las corridas
de toros, no podrán menos de deleitarse y de instruirse con la lectura del
libro de que aquí damos cuenta. Toda persona de buen gusto y aficionada a
saber, si no se convence leyendo este libro, se divertirá de seguro y
adquirirá multitud de curiosas y peregrinas noticias, sin sentir nunca
cansancio ni hastío. Esta es la mayor alabanza que podemos dar y que
damos con sinceridad y satisfacción a la flamante obra del conde de las
Navas, muy conocido y celebrado ya en la república literaria, así por otros
trabajos de erudición como por sus cuentos y novelas.
Otra alabanza, no obstante, merece también el libro del señor conde, que
yo consignaría aquí aunque no quisiera, ya que la calidad envidiable que en
el libro alabo me sirve de fundamento para cuanto voy a decir, y aun para
mucho que yo diría y que me callo, receloso de fatigar a los lectores.
El libro del señor conde de las Navas es muy sugestivo. ¿Quién, al leerle o
después de haberle leído, no siente invencible deseo de hacer examen de
conciencia sobre el punto capital que el libro trata, de declarar con
franqueza si condena o aplaude las corridas de toros y de exponer los
argumentos en que se apoya su reprobación o su aplauso?
Dejándome yo arrebatar por el antedicho deseo, voy a consignar aquí mi
opinión, aunque nadie me la pida, interviniendo en la disputa, con
independiente juicio y sin previa inclinación de ningún lado.
¿Las corridas de toros pecan gravemente contra la filantropía o dígase
contra el afecto y el respeto que todo ser humano debe inspirarnos? Tal es la

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primera cuestión. La respuesta es clara, pero no puede darse sin distingos.
Sin distingos no cabe duda que se debe condenar una fiesta en la que para
divertirnos exponen su vida unos cuantos prójimos nuestros. Pero cuando se
considera que hay otra multitud de fiestas en que las vidas de nuestros
prójimos se exponen más aún, no podemos menos de considerar inocentes,
o si se quiere poco nocentes las corridas de toros. No aventura menos que el
torero el domador de leones o de tigres, que entra en la jaula en que ellos
están, los fascina con su mirada y los doma y amedrenta a latigazos.
El acróbata que en lo más alto del circo, salta de un trapecio a otro
trapecio, queda pendiente de un pie sin otro asidero, y vence aun mayores
dificultades y arrostra mayores peligros, a mi ver arriesga la vida, más aún
que el que se lanza a la arena del circo, sereno, ágil y fiado en su arte, a
luchar con el toro más bravo. Y todavía es menos filantrópico el arte del
titiritero que el del lidiador de toros, si se piensa en la educación con que
cada cual es menester que se prepare. La gimnasia del torero es sana: no
tuerce ni violenta la naturaleza. Basta con que los pies sean ligeros, el
cuerpo flexible, la vista perspicaz y diestro y robusto el brazo. En ninguna
de estas condiciones se requiere nada que raye en lo anormal o en lo
monstruoso: que exponga al que procura adquirirlas a la dislocación o a la
rotura de los órganos y aparatos de su cuerpo, a fuerza de querer darles
empleo contrario al que naturalmente tienen. Los descoyuntados, los que se
tuercen y doblan de manera insólita, los que alzan con los dientes enormes
pesos y hacen otras habilidades por el mismo estilo, aunque nos maravillen,
repugnan por lo antinatural del ejercicio y más aún por la perversa
preparación que el ejercicio presupone, y en la cual es probable que hayan
sucumbido no pocos antes de llegar a ser maestros y de poder lucirse.
El pugilato o riña a puñadas entre dos o más hombres es espectáculo muy
frecuente aun en Inglaterra y en los Estados Unidos, y del que mucho gustan
ingleses y angloamericanos. En estas riñas los espectadores se apasionan
por uno de los dos combatientes, juegan y apuestan dinero. No hay para qué
ponderar cuanto menos humanas son estas riñas que las corridas de toros.
En las corridas, de cada cien veces, una a lo más, saldrá un hombre herido o
muerto, pero en el combate a puñetazos no se concibe que queden nunca
ilesos los campeones, uno de ellos al menos saldrá con las narices rotas, con
un ojo destrozado o hinchado, o con tales contusiones en el pecho que le
lastimen las entrañas y le hagan vomitar sangre o le causen la muerte.

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Dignas de la epopeya son tales luchas, pero no se puede negar que son
brutales y harto impropias de la civilizada y filantrópica edad en que
vivimos. Bien están en la Iliada los juegos que celebra Aquiles en honor de
Patroclo y la lucha del hijo de Panopes con el gentil Eurialo, a quien sus
amigos retiran de la arena vencido, arrastrando
el mísero los pies, y de la boca
sangre arrojando turbia. Sobre el hombro
la cabeza caída, y delirante.
No muy inferior belleza épica tiene el canto del poeta ruso Lermontoff,
donde se refiere la lucha, en presencia de Ivan el Terrible, del joven
mercader que mata a puñadas al guardia favorito del Czar. Pero todo esto,
que es agradable y bello y no disuena contado en una narración de tiempos
antiguos, o de pueblos semibárbaros, es abominable e impío en el siglo
presente. En su comparación, la más sangrienta corrida de toros es menos
cruel, y menos peligrosa para el hombre que muchos juegos y ejercicios,
como la caza de leones, osos y tigres y hasta como las mismas carreras de
caballos, donde tal vez los jockeys están más expuestos que los toreros y
pueden reventarse o romperse la nuca.
En otro concepto, en el que podemos llamar ortopédico, lejos de ser
censurable el ejercicio del toreo, es más digno de recomendación que casi
todos los otros ejercicios varoniles, porque no deforma el cuerpo o
desarrolla algunas de sus partes a expensas de otras, como la danza, que
suele enflaquecer los brazos y desenvolver demasiado las piernas, sino que
propende a robustecer por igual todo el cuerpo humano, prestándole vigor,
ligereza y gallardía.
En un buen torero es casi indispensable condición cierta proporcionada
harmonía de los miembros, cierta vigorosa y elegante esbeltez, mientras que
un jockey, por ejemplo, puede ser feo como un mico, patizambo, y giboso y
hasta conviene que sea ruin y desmedrado a fin de que no pese mucho.
La hermosura varonil del torero puede y debe ejercer influencia benéfica
en el ánimo de la muchedumbre, en quien un inveterado espiritualismo
ascético y después otras varias causas han hecho que se descuiden por
demás en España el esmero y cuidado del cuerpo. Nuestra clase media le
atiende y le ejercita poco. Todavía es de maravillar cómo los individuos que

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a ella pertenecen no están más enclenques y decaídos, mereciendo el apodo
de D. Pereciendo o de D. Líquido con que suele motejarlos la baja plebe. El
gallardo tipo del torero debe estimularlos con emulación. Bien lo da a
entender el poeta cuando dice en elogio del insigne Pedro Romero:
Das a las tiernas damas mil cuidados,
y envidia a sus amantes.
Vale, por último, la tauromaquia para conservar ciertos usos y costumbres
muy útiles que sin tauromaquia acaso se hubieran ya perdido. Agradecidos
debemos estar al arte de Pepe-Hillo y de Montes, aunque no sea más que
porque contribuye a que sigan poniéndose mantilla las mujeres. El
sombrerete y otras modas de París lo invaden todo, y nada, a mi ver es más
contrario a la regeneración que tanto anhelamos hoy.
Las tales modas, singularmente en nuestra pobre e inferior clase media,
ejercen el más funesto y deletéreo influjo. A un empleado, pongamos por
caso, que tiene tres o cuatro mil pesetas de sueldo anual, y es padre dichoso
de dos o tres niñas, que gastan sombrerete y otros primores parisinos, ¿qué
le queda para pagar la comida y el alquiler de la casa si han de ir las niñas
medianamente emperegiladas? Y es todo ello más digno de notar y más
lastimoso, si se atiende a que los tales perejiles cuestan en España doble o
triple que en otras tierras. Porque aquí tenemos que pagarlo doble o triple a
fin de proteger la industria o la producción nacional.
Bien podemos decir, aunque sea entre paréntesis, y por vía de desahogo,
que restando de lo que pagamos por ciertos artículos, el exceso que se paga
para proteger la industria nacional, tal vez resulte que con este exceso, salga
la tal industria, más asalariada por el Estado, que cualquiera otra función u
oficio público, y que, con lo que nos cuesta, pudiéramos sostener todos los
empleados que hay en Madrid, y dar su paga íntegra a los generales, aunque
pasen de setecientos.
Creo, pues, que convendría volver a las mantillas y abandonar los
sombreretes y demás primores parisinos. Yo gusto del lujo. ¿Quién no gusta
del lujo como no sea un asceta o un esparciata? Pero el lujo no debe ser a
expensas de la alimentación. La cocina nacional, que sin duda hubo de estar
floreciente y adelantada en el siglo XV, como lo atestiguan D. Enrique de
Villena y Ruperto de Nola, ha venido a caer en espantosa decadencia en el

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siglo XVII por el beaterio, penitente y devoto, y en el día por la afición y
prurito de gastarlo todo en trapos transpirenaicos. Con razón exclamaba un
elocuentísimo y famoso orador español, no sin suspirar y verter lágrimas:
¡yo no como, yo me alimento! Nuestra cocina... esa sí que está degenerada.
Y así por lo poco apetitosos que son los platos, como por lo mucho que hay
que gastar en el lujoso aparato exterior, es lo cierto que suele comerse poco
y mal, por donde la anemia y la cacoquimia son las enfermedades más
comunes de ahora. La esplendidez y el regalo sibaríticos de los toreros,
manteniendo y haciendo florecer colmados, figones y tiendas de andaluces y
de montañeses, pone ya y seguirá poniendo a este mal oportuno reparo y
castizo remedio.
Por todas las razones que dejo expuestas me atrevo yo a decir que las
corridas de toros sobre ser filantrópicas, son patrióticas y regeneradoras, y
que, por lo tanto, deben ser aprobadas y hasta celebradas y fomentadas.
Veamos ahora si las condena y si justamente las anatematiza la piedad que
debe inspirarnos todo ser viviente, sensible al dolor, aunque no sea racional
como nosotros. Pero este asunto es tan vasto que requiere artículo aparte,
aunque discurramos sobre él y tratemos de dilucidarle con rapidez
compendiosa.
II
¿Qué opinión tendrá de las corridas de toros la Sociedad protectora de los
animales, sociedad existente hoy en todos los países civilizados? La tal
opinión de seguro ha de ser muy mala; ¿pero será lógico el razonamiento en
que se funde? Me parece que no, y procuraré demostrarlo.
Rechacemos la doctrina de Gómez Pereira y de Descartes, quienes acaso
intentaban disculpar con ella la voracidad y la crueldad de los hombres, que
sin chispa de compasión comen vacas, carneros, cerdos, perdices y otros
muchos seres animados, vivíparos y ovíparos. No incurriré yo tampoco en el
contrario parecer, atribuyendo a los animales alma semejante a la nuestra, lo
cual huele a herejía, o suponiendo, y esto es peor, que trasmigran las almas
humanas, y se cuelan, viven y funcionan en diversa clase de bichos.
Lo discreto, a mi ver, es colocarnos en un justo medio. Sin meternos en
honduras, sin investigar qué es espíritu y qué es materia, cosas ambas en lo

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sustancial igualmente desconocidas, no queremos ni podemos negar cierta
dosis de entendimiento y bastante sensibilidad a los brutos que harto saben
dónde y cómo les duele y se quejan y lo deploran a su modo. El dolor en
ellos ha de asemejarse no poco al dolor en nosotros, por donde es justo que
los compadezcamos y que si no les tenemos compasión se nos acuse de
dureza de entrañas.
No poco he leído yo en El ente dilucidado del padre Fuente la Peña, y en
El gobierno general, moral y político hallado en las fieras, etc., del
reverendo padre Valdecebro, sobre las virtudes e inteligencias de los brutos,
y más he leído aún en autores novísimos, sabios y poetas, entre los que se
distinguen el doctor Jonatas Franklin y el novelista Mery por las
habilidades, honradez y talento que atribuye a un elefante en su novela El
paraíso terrestre.
Sin ponderar tanto las prendas casi personales de no pocas aves y
cuadrúpedos, menester es confesar que el elefante es pudoroso y muy
aficionado a la música; el perro fiel; paciente el buey, agradecido el león y
muy listos algunos monos. No recuerdo yo dónde he leído, pero sí que he
leído, de un mono que jugaba muy bien al ajedrez y que casi siempre
ganaba. En suma, los animales no son máquinas, sino que tienen alma,
aunque no sea inmortal, sino perecedera, y piensan y discurren, y sobre todo
sienten y padecen, que es lo que importa afirmar aquí. Al matarlos, pues,
para comérnoslos, no procedemos con ellos amable y generosamente. La
Sociedad protectora de los animales, para ser lógica en su conducta, debía
tratar de que fuese herbívoro el linaje humano.
Los indios, mil veces más compasivos que nosotros en este particular,
dicen que se abstienen de comer carne, sin que haya bula entre ellos que los
habilite para comerla. Muy celebrados son su piedad y su afecto a todo ser
viviente. Del rey Usinar cuenta la leyenda que vino una paloma a pedirle
amparo contra el gavilán que la perseguía. El rey quiso ampararla y
amonestó al gavilán para que no la devorase. Contestó el gavilán que la
naturaleza había dispuesto que él se alimentase de carne y había creado las
palomas para que los gavilanes las devoraran. Sólo consintió el gavilán en
perdonar a la paloma la vida, si el rey le daba de su propia carne cantidad
igual en peso al peso de la paloma. Aceptó el rey el convenio y empezó a
cortar pedazos de su carne y a ponerlos en una balanza, en uno de cuyos

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platillos estaba ya la paloma. Pero por más que el rey se despedazaba, nunca
igualaba el peso del ave. El gavilán y la paloma eran nada menos que Indra
y Agni, poderosísimos dioses, que habían querido demostrar y habían
demostrado la inmensa piedad del rey y tal vez lo inútil e inconducente de
su sacrificio, ya que por ley natural e ineludible en este bajo mundo nos
devoramos unos a otros, y la muerte en unos es en otros principio y causa de
vida.
Yo me alegraría de que el sacrificio del rey Usinar hubiera tenido mejor
resultado, pero como no le tuvo, los hombres siguen siendo peor que los
gavilanes y se comen sin escrúpulo cuanto de vivo cogen por delante y les
parece suculento y apetitoso.
El mundo está convertido por nuestra gula en una carnicería. ¡Y de qué
medios tan traidores no nos valemos para matar a los que nos comemos
después! ¿Hay nada más abominable que atraer con reclamo a las aves para
que acudan movidas por el amor, y en vez del amor hallen la muerte?
No quiero describir aquí con todos sus pormenores la infame matanza del
cerdo, como yo la he presenciado en mi lugar siendo niño todavía: aquel río
de sangre brotando con ímpetu de la herida garganta y cayendo en un
lebrillo, donde una robusta moza le agitaba para que no se cuajase; la más
gentil zagala se entretenía en menear el rabo al cerdo para que se desangrase
mejor, y el cerdo daba roncos, lastimeros y desgarradores gruñidos. ¿No
sería posible valerse del cloroformo o de otro eficaz anestésico para ejecutar
tan cruenta operación sin que la víctima padeciese? ¡Quién sabe! Acaso el
dolor penetre en los átomos de la materia y los haga sabrosos, así como el
dolor cuando penetra en el espíritu le purifica, le acendra y le presta bondad,
hermosura y merecimientos que nunca sin el dolor alcanzaría. No
deberíamos entonces decir como Epícteto: ¡oh dolor! nunca confesaré que
eres un mal; sino ¡oh dolor! tú eres un bien y el crisol de las mayores
excelencias y virtudes.
Cada cual dirá lo que se le antoje. Lo que todos tendrán que decir, sin
discrepancia, es que dar muerte en buena lid y en ancho circo a seis o siete
toros bravos es mucho menos cruel que matar a una perdiz atrayéndola con
reclamo o que matar a un cerdo o a un pollo.

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Se me objetará que esto último no se hace por diversión, sino por
necesidad o por casi necesidad de alimentarnos.
Concedámoslo. ¿Pero no nos divertimos más cruelmente que con los toros
con otros animales? ¿Las riñas de gallos son menos feroces que la
tauromaquia? ¿En algunos países de Oriente no se deleitan los ociosos en
echar a pelear, en cierta mesita redonda que sirve de circo, a dos escarabajos
de muy belicosa condición que por allí se crían?
Una de las declamaciones más hipócritamente sentimentales que se hacen
contra las corridas de toros estriba en ponderar lo útil que es el toro para la
agricultura y su mansedumbre y sufrimientos en el trabajo; pero los
declamadores hipócritas olvidan o aparentan olvidar el método nefando de
que el hombre tiránico se vale para infundir en el toro la tan decantada
mansedumbre convirtiéndole en buey. Esta es una de las más abominables
maldades que comete el hombre, no sólo con los toros, sino con otros
muchos seres sensibles.
¿A quién debe detestar más la Sociedad protectora de los animales, a un
torero de Córdoba, de Ronda o de Sevilla que mata al toro
caballerescamente,
Cara a cara y con razón,
como Sancho Ortiz a Bustos Tavera, o a cualquiera de esos pícaros
franceses, que pasan los Pirineos para ejercer en España sus traicioneras
habilidades, y vienen pitando con son más medroso que el de la flauta de
Pan, y estremeciendo de miedo a toda criatura masculina? ¿Cómo la
referida Sociedad protectora nada dice contra estos asesinos de lo que está
por venir y se desata en injurias contra el torero que mata en buena lid y a
un individuo solo?
Recuerdo que allá en mi niñez y en mi lugar y casa, había una sirvienta
llamada Frasquita. Era natural de Torbiscón o de Cártama, porque de esto no
estoy muy seguro, aunque por dicha importa poco. Frasquita era linda y
graciosa, aunque pasaba ya de treinta años y había tenido mil desilusiones y
pesares. Un criado gallego había hecho con ella el papel de Jason, dejándola
el pérfido en abandono y trasponiendo no sé si a Montevideo o a Buenos
Aires. No imitó Frasquita a Medea: no mató a sus hijos, sino los crió con

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esmero y cariño. Yo sospecho, sin embargo, que ella, también como la hija
de Minos,
Indomitos in corde gerens Ariadna furores,
concibió desmedido aborrecimiento, no a un individuo solo, sino a todo el
género masculino. Ora sea por esto, ora sea por la rara disposición que ella
tenía, lo cierto es que Frasquita hacía prodigios en el vasto corral que
teníamos en casa poblado de pollos.
Aunque poco cuidada, Frasquita tenía la más bien formada mano que
puede imaginarse. Sus dedos fusiformes darían envidia a la más
empingorotada Princesa. Y de estos dedos, el índice y el del medio de su
ominosa diestra eran como truculentos alicates, que penetraban por una
pequeña incisión y arrancaban a los volátiles lo que no es decible, con
rapidez inaudita. Los volátiles engordaban luego que era un contento y yo
me complacía en comerlos; pero el espectáculo previo, causa de la gordura,
me afligía bastante. Todavía al pensar en aquello, suelo exclamar con el
poeta:
Labitur ex oculis nunc quoque gutta meis.
Dígaseme ahora con sinceridad si aquellos dos dedos de Frasquita no eran
más fieros y traidoramente destructores que todos los rejones, banderillas,
garrochas y espadas que contra los toros se esgrimen.
Pero algo hay aún, mil veces más abominable y tremendo: el método de
que, según he oído contar, se vale el hombre para producir el hígado gordo
de ganso. ¿Cabe mayor infamia que la de crear artificialmente una
enfermedad para deleitarnos luego comiéndonos el resultado? El poeta
Marcial aseguraba ya que en su tiempo se hacía crecer tanto el hígado que
venía a ser tan grande como el ganso todo.
Adspice, quam tumeat magno jecur ansere majus,
Miratus, dices: hoc, rogo, crevit ubi?
¿Qué diabluras, qué perradas, qué judiadas no se harán con el ganso, para
que el hígado le crezca con tan estupenda hipertrofia? Los franceses tienen
alguna disculpa, ya que puede decirse que al tratar así a los gansos, se
vengan de ellos, porque graznando, dieron la voz de alarma e impidieron a

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los galos que se apoderasen del Capitolio: pero los romanos, a quienes los
gansos salvaron, no tuvieron perdón de Dios, cuando mucho antes que los
franceses martirizaron a los gansos para hacer el jecur anseris, que hoy
llamamos foie gras. Delicioso manjar es por cierto, pero yo declaro que
todo el que se regala comiéndole sin escrúpulo de conciencia, no tiene
derecho para maldecir de las corridas de toros. Y yo sé de buena tinta que
los señores marqués de San Carlos y D. Luis Vidart gustaban del foie gras y
le comían a menudo.
La atroz conducta del hombre con los animales, lejos de ser un atraso,
puede y debe considerarse como un progreso, si nos apoyamos en la
sentencia de Don Hermógenes, de que todo es relativo. Quiero yo significar
con esto, que no hay crueldad ni horror de cuantos el hombre hace con seres
animados irracionales que no haya hecho o haga con sus semejantes cuando
no tiene animales silvestres o domésticos de qué valerse. En todo país,
como por ejemplo, en la América precolombina, salvo el Perú, cuando no
había bestias de carga, el hombre convertía en bestia de carga al hombre. Y
cuando la caza no daba suficiente provisión de carne, y no había carneros,
bueyes y cerdos que matar, el hombre muy candorosamente, ya con el
pretexto de sacrificar a sus ídolos, ya sin pretexto alguno, solía adoptar la
mala costumbre de matar a otros hombres y de comérselos luego.
Comparado, pues, con las corridas de toros todo cuanto hemos dicho a
escape y desordenadamente sobre la ferocidad humana, así en la edad
antigua como en la moderna, lícito es inferir y afirmar que las tales corridas
distan mucho de ser un signo de barbarie en el pueblo que se complace en
ellas, y que hay sobrada hipocresía, o por lo menos afán de mostrar un
sentimiento refinado en censurarlas y condenarlas resueltamente.
Prescindamos, no obstante, de comparaciones. No digamos, como D.
Hermógenes, que todo es relativo. Y sin exageración veamos lo que se debe
sentir, pensar y afirmar de las corridas de toros, no en otro siglo, sino en el
nuestro, y no en remotos países, sino en la culta y cristiana Europa, de que
forma parte nuestra España.
Tal vez hay mucho de chiste y de broma en cuanto se alega en favor de las
corridas de toros en el precioso libro del señor conde de las Navas. Tal vez
en el bellísimo prólogo del mencionado libro, escrito por D. Luis Carmena y
Millán, cuya autoridad en tauromaquia es indiscutible y casi infalible, se

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trasluzca también algo de burla y de ironía. Yo mismo me he dejado
dominar del buen humor y he desechado mi natural seriedad al escribir estos
artículos.
Tratado seriamente el asunto, alguna razón, aunque no por completo,
tendremos que dar al doctor Morgades, obispo de Barcelona, y a la
asociación que en aquella ciudad se está formando para oponerse a las
corridas de toros.
Yo me limitaré a decir, aunque se me tilde de poco patriótico, que prefiero
el toreo portugués al castellano. Los infelices caballos, que se van pisando
las tripas, y que todavía en las ansias de la muerte, andan por el circo a
fuerza de palos, que un rudo ganapán va sacudiendo sobre sus costillas, será
el espectáculo más nacional de todos, pero es espectáculo feo, villano,
horrible y repugnante por todo extremo. Si este martirio de los pobres
jamelgos pudiera evitarse, acaso no habría que decir mucho contra las
corridas de toros. Y si adoptásemos el toreo portugués, nada habría que
decir sino grandes alabanzas, por ser un ejercicio ecuestre en que el
caballero y el caballo igualmente se lucen.

«EL EXTRAÑO»

ÚLTIMA MODA DE PARÍS

Sin pecar de jactancioso, me parece que puedo creer y decir que España,
desde fines del siglo XV, y tal vez durante todo el siglo XVI, fue la primera
nación del mundo. Y no sólo lo fue por su material predominio,
descubrimientos, conquistas y extensión territorial de su imperio, el mayor
que ha habido nunca, sino por la excelencia en las artes de la paz y de la
guerra, de los ilustres varones que entonces produjo.

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Nuestra decadencia fue rápida. Los autores que han procurado explicar sus
causas no me satisfacen. Lejos de mí la soberbia presunción de querer
enmendarles la plana. Lo único que me atreveré a indicar, no ya como causa
única, sino como una de las causas de nuestra decadencia en el
pensamiento, fue el habernos aislado, o bien por engreídos o bien por
recelosos, de que nos inficionasen las herejías, contra las cuales combatió
España gallardamente, procurando conservar o reanudar el lazo unificante
de la civilización europea y el soberano espíritu que hasta entonces la había
informado.
Muy decaídos ya, vinimos a dar en el extremo contrario. Nos creímos
atrasadísimos y entendimos, hasta cierto punto con razón, que para salir del
atraso era menester alcanzar e imitar a las naciones que se nos habían
adelantado.
Largo sería, y más difícil que largo, explicar aquí cómo deben ser esta
imitación y este alcance. Lo único que yo diré es que en lo científico, el
imitar y el alcanzar se comprenden, porque en lo científico cabe y hay
progreso; pero en lo puramente literario y artístico no se progresa nada. El
progreso no trae escultor que valga más que Fidias, ni lírico mejor que
Píndaro, ni trágico mejor que Sófocles, ni orador más elocuente que
Demóstenes, ni poeta más inspirado y elegante que Virgilio.
Considero, pues, absurda alucinación la de creer que las artes del dibujo y
de la palabra, cuyo fin es crear la belleza, vayan perfeccionándose y
mejorándose con el tiempo. Antes bien, me inclino a maravillarme más por
lo mismo que son menos reflexivos y artificiosos, y más inspirados y
espontáneos, de los himnos de Rig Weda que de las odas de Víctor Hugo, y
del Prometeo de Esquilo que de Hernani o de Lucrecia Borgia.
Traigo a cuento todo lo que va dicho, con ocasión de las Academias del Sr.
D. Carlos Reyles, notable escritor uruguayo. Academia viene a ser
equivalente de novela corta, y se funda este título en uno de los significados
que da nuestro Diccionario a la palabra academia, y que es como sigue:
figura desnuda diseñada por el modelo vivo.
En una extensa carta literaria que dirigí hará tres o cuatro meses a El
Correo de España, en Buenos Aires, discurrí muy por extenso sobre la
primera academia del Sr. Reyles, titulada Primitivo.

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El mérito indisputable de este señor y la novedad exótica de su arte de
escribir novelas me mueven a discurrir también por extenso sobre su
segunda academia, titulada El Extraño, y a juzgar, por varias razones muy
interesante, este estudio.
Ya se entiende que si yo no creyera en el valer literario del Sr. Reyles,
nada bueno ni malo diría acerca de sus obras. Si las censuro es por creer que
el autor vale, aunque anda harto extraviado.
Su extravío proviene de la ya mencionada enfermedad epidémica, nacida
del menosprecio con que miramos a nuestra nación o a nuestra raza, y que
se nota, por fortuna, más que en España, entre los escritores
hispanoamericanos. Consiste la enfermedad en cierto candoroso y
desaforado entusiasmo por la última moda de París en literatura, como si en
literatura estuviesen bien las modas y como si en literatura se fuese
progresando siempre, como se progresa en cirugía o en química y mecánica
aplicadas a la industria.
Sin duda que, en mi sentir, nadie ha escrito hasta ahora una más hermosa
novela que el Don Quijote, aunque yo no niego que podrá un día escribir
alguien otra mejor novela; pero esta mejor novela no lo será porque se haya
progresado, sino porque Dios o la Naturaleza, la Providencia o el Acaso,
hará que nazca, en Rusia, en Suecia, en Francia, o quién sabe dónde, un
novelista más ingenioso, más profundo y más ameno que Miguel de
Cervantes.
De todos modos, la mejor novela que hoy se escriba, no lo será porque se
funde en una estética recién descubierta, y porque se ajuste a determinados
procedimientos a la última moda de París, sino que será la mejor novela por
la propia, libre y tan poderosa como juiciosa inspiración de quien con
entendimiento tan sano como grande acierte a escribirla.
Yo no entiendo de música e ignoro lo que podrá ocurrir en lo futuro con
relación a la música; pero sobre literatura, aunque también entiendo yo
poco, entiendo lo bastante para estar segurísimo de que no es dable en cierto
sentido la literatura del porvenir. Se cae de su peso que la literatura, reflejo
de creencias, doctrinas, costumbres y leyes, aspiraciones, temores y
esperanzas de cada época, varía tan a menudo como varían todas estas cosas
en el seno de la sociedad humana. En este sentido, la literatura del siglo

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XVIII, con relación a la del siglo XVII; fue literatura del porvenir, y la del
siglo XIX lo fue con relación a la del siglo XVIII, y la del siglo XX lo será
con relación a la de nuestro siglo; pero no es esta perogrullada lo que quiere
expresarse cuando se habla hoy de literatura del porvenir. Lo que quiere
expresarse es la aparición de escritos tan profundos y sutiles que los de
Homero, Dante, Virgilio, Ariosto, Shakespeare, todos nuestros grandes
dramáticos y los dramáticos griegos, en suma, cuanto hay de conocido hasta
ahora y puesto en letra de molde, sea fruslería insubstancial, superficial y
epidérmica, que de tal la califica el Sr. Reyles, comparado con lo que ya se
va escribiendo y con lo que se escribirá en adelante, si Dios no lo remedia,
ajustándose a los patrones, cánones y moldes que vienen de París, ora
inventados, ora aceptados y autorizados allí, aunque vengan de Alemania,
de Rusia o de Suecia.
Todavía hay en este nuevo arte literario que el Sr. Reyles sigue, algo que
me choca más que la supuesta superioridad de las obras, por virtud de
progresivo desarrollo. Lo que me choca más es el propósito de que las
novelas, cuentos, academias o como quieran llamarse, no se han de escribir
para deleitar y pasar agradablemente el tiempo con su lectura, sino para
mortificar, aterrar y compungir a los lectores, como con una pesadilla tenaz
y espantosa.
Y si esto fuese para hacernos aborrecer el mundo y todas sus pasiones,
alborotos, pompas y vanidades, el caso tendría explicación, salvo que yo, en
vez de llamar novelas a los libros que así se escribiesen, los llamaría obras
ascéticas, materia predicable, homilias o libros de moral severa y adusta,
como Los gritos del infierno, los Casos raros de vicios y virtudes, las
Agonías del tránsito de la muerte y los Estragos de la lujuria.
Por desgracia, esta literatura a la moda no puede ser así, porque para ella
la moral, si la tiene, no se funda en ninguna religión, ni en ninguna
metafísica, y el vicio y la virtud vienen a ser productos tan naturales y tan
inevitables como el vitriolo y el azúcar.
Tampoco me conformo con los tipos o personajes que surgen de tales
doctrinas, que las profesan, y que así ellos como el autor que los ha creado,
entienden que son refinadísimos, exquisitos, aristocráticos de una flamante
y peregrina aristocracia, y en todo superiores a los rastreros, vulgares y
timoratos burgueses.

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La segunda academia del Sr. Reyles saca a la palestra y pone en acción a
uno de esos disparatados seres sublimes, llamado Julio Guzmán. El autor, en
mi opinión, aspira a que admiremos a su héroe; pero sólo logra que nos
parezca insufrible, degollante y apestoso. Es cómica, sin que el autor lo
quiera, la pretensión de hallar inauditas novedades en los refinamientos y
quintas esencias con que la moderna cultura presta hechizos supremos a la
lascivia.
Yo entiendo, y todo el mundo entenderá lo mismo, si bien lo recapacita,
que en el vicio mencionado, así como en todos los demás, no ha habido el
menor progreso desde las edades patriarcales. Lot y sus hijas, Dina y el
príncipe de Siquén, los habitantes de Pentápolis, la señora de Putifar y los
caballeritos dandíes y gomosos, que vivían en Bactra, en Ur o en Menfis,
sabían cuanto hoy pueden saber en punto a voluptuosidades todas las ninfas
de París y sus mantenedores y parroquianos. Cuando uno recuerda a Oala y
a Oliba de Ezequiel, la Nana de Zola es una paloma sin hiel, es una
inmaculada cordera. Y cuando uno trae a la memoria los linimentos,
pomadas, aromas, afeites, mudas, untos y frotaciones, con que durante un
año iban adobando a las más lindas muchachas antes de presentarlas al rey
Asuero, todos los refinamientos, primores, adornos y zahumerios de que
puedan valerse las más alambicadas ninfas de París, son la propia ordinariez
y la más vulgar cursilonería.
Las artes cosméticas e indumentarias y todas las demás invenciones,
trapacerías y mañas, provocantes y fomentadoras del erotismo, habían
llegado a la perfección hace más de tres mil años y desde entonces nada han
adelantado. El más curtido y experimentado en amor de todos los
mozalbetes que viven en París, no podría describir con mayor exactitud que
el divino Homero los medios de seducción de que se vale una mujer para
engañar, enloquecer y adormecer a su marido o a su amante. Dígaseme si
Juno no estaba bien industriada en todo ello, cuando para encender en
deseos frenéticos el corazón de Júpiter, se puso el cinturón de Venus y subió
a la cumbre del Gárgaro. Onfale hizo hilar a Hércules; Dalila cortó a Sansón
los cabellos y Elena suscitó una guerra espantosa que duró diez años. A ver
si estas señoras, y muchas otras de que están llenas las historias sagradas y
profanas, no sabían dónde les apretaba el zapato, en cuanto se refiere al arte
cuyas reglas fundamentales puso Ovidio en verso.

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Pero volvamos a Julio Guzmán el extraño, y pongamos término a las
divagaciones.
El suceso que presta asunto a la novela o academia, es harto frecuente en
la vida real. Durante la mía, que ya no es corta, he visto yo docenas de casos
parecidos: una mujer que, ya por una razón, ya por otra, casa o se propone
casar con su hija, con su sobrina o con su hermana, al hombre de quien está
o estuvo enamorada y con quien tiene o tuvo poco castas relaciones. Esto,
aunque frecuente, es bellaquería de marca mayor, que nunca debe
disculparse: pero menos disculpa tiene el arrepentirse por tan desmañada
manera, que el galán a quien quiere casar su enamorada, mate a disgustos o
poco menos, así a dicha enamorada como a la novia que le ha buscado. Y
todo ello por exceso de amor, porque él está prendado de ambas y porque se
encuentra, aunque sea innoble comparación, que suplico se me perdone,
como burro entre dos piensos.
En resolución, Julio Guzmán, a quien su querida Sara se allana a casar con
su hijastra Cora, se arregla de suerte que causa la infelicidad de Cora y de
Sara y se queda sin la una y sin la otra. No debiera, pues, llamarse Julio
Guzmán, sino Pedro Urdemalas. Lo cierto es que en esta academia de El
Extraño todos son infelices. ¿Y cómo no ha de serlo el extraño, y cómo no
ha de hacer infelices a cuantos le rodean y a cuantos se interesan por él,
cuando es víctima de una vanidad ridícula y de las más indigestas doctrinas
pesimistas, materialistas y ateístas?
Y es lo singular que, después de todas mis censuras y después del mal
efecto que me produce la multitud de insufribles galicismos que hay en El
Extraño, todavía persisto en ver en el autor muy notables prendas de
novelista. Sólo las desluce la manera de escribir a la última moda y de
imaginar que hay novedad y mejora en ello.
Hasta el desencanto, la desesperanza y el hastío que pueda tener Julio
Guzmán, valen poquísimo, en comparación de los que tres mil años antes
tuvo Salomón, según el Eclesiastés.
Afortunadamente, en nada malo hay novedad, ni cabe progreso. Tal vez
pueda haber novedad y tal vez quepa el progreso en lo bueno. Si la literatura
del porvenir así lo entendiese y así lo buscase, más razón tendría de ser y yo
no me atrevería a censurarla. La censuro, porque hace lo contrario.

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Aun en los tiempos en que la mente humana imaginaba divinidades
tiránicas y crueles, los grandes poetas, sobreponiéndose a la desconsoladora
creencia, buscaban y hallaban un final desenlace, trascendente y dichoso,
para sus tragedias más horribles, dejando a la Providencia justificada y
glorificada. Así Minerva ahuyenta a las Furias y devuelve a Orestes la paz
del alma, y así Prometeo es libertado y salvado por el hijo mismo del dios
que tan horriblemente le castigaba.

SOBRE LA NOVELA DE NUESTROS DÍAS

Hace ya tiempo que escribí un artículo dando cuenta al público español de
las novelitas llamadas Academias, que ha escrito el literato uruguayo D.
Carlos Reyles. Como yo no me complací nunca en tomar un libro
insignificante o tonto para objeto de mis burlas, para decir chistes fáciles y
de baja ley y para hacer el papel de dómine empleando la disciplina o la
palmeta, cualquiera que me conozca comprenderá que, si hablé de las
novelitas mencionadas, fue por haber encontrado en ellas verdadero mérito
y por juzgarlas digno asunto de la crítica. Así lo entendió también su autor
D. Carlos Reyles, y, si ha contestado a mi artículo, en El Liberal, ha sido de
modo tan cortés y tan lisonjero, que me mueve a la réplica, aunque sólo sea
por agradecimiento y por cortesía.
Voy, pues, a replicar al Sr. Reyles, aunque me parece harto dificultoso,
porque dicho señor no defiende directamente sus obras, las cuales más bien
han sido elogiadas que censuradas por mí. Lo que defiende es una
determinada estética que yo en cierto modo y hasta cierto punto condeno.
De aquí que para hacer los distingos indispensables y marcar bien los
límites hasta donde se extiende mi condenación y las razones en que ésta se
funda, necesite yo más espacio del que puede ofrecerme El Liberal y acaso
más paciencia de la que presumo que han de tener sus lectores. Haré, no

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obstante, un esfuerzo para ser breve y para decirlo todo en cifra y resumen,
aunque sea con mengua de lo explícito y de lo claro que anhelo ser siempre
en mis escritos.
En literatura no hay modas de París, como en trajes y adornos de señoras,
y tampoco hay progreso en literatura como en química, cirugía o mecánica,
aplicada a la industria. Por consiguiente, quien entiende que hay tales modas
y tales progresos, escribe mucho peor que si entendiese lo contrario, corta
las alas de su ingenio en vez de alargarlas y darles fuerzas, pierde parte de
su originalidad, cuando no la pierde toda y se expone a caer en lo falso, en
lo amanerado y en lo extravagante.
Esto es lo que yo he dicho y esto lo que trata de impugnar el Sr. Reyles,
aunque en mi sentir no lo impugna.
Lo que yo niego es que deba haber modas y que las modas tengan que
venir de París; pero ¿cómo he de negar yo que el sentir, el pensar y el
imaginar de cada período histórico sean diferentes y que se refleje en las
obras de imaginación esta diferencia? Sin querer imitar a nadie,
espontáneamente, hasta contra nuestra voluntad, hasta cuando nos
empeñamos en ser o en aparecer como de otro siglo o como de otra época,
somos por virtud de leyes ineluctables, de nuestra época y de nuestro siglo.
Supongamos por un instante que no hay esas novelas francesas y rusas que
el Sr. Reyles pone por las nubes o que ni él ni yo las hemos leído, o que no
hemos leído sino las novelas españolas de los siglos xvi y xvii y que nos
empeñamos en imitarlas y hasta que reflexivamente las imitamos. El
resultado será, si en el Sr. Reyles y en mí hay personalidad y fondo propio,
que escribiremos novelas muy diferentes por todos estilos de las antiguas,
muy de nuestro siglo y mucho más nuestras que imitando las francesas o las
rusas.
La imitación de lo antiguo es, por otra parte, mil veces más segura. Lo
tonto, lo disparatado, y lo vulgar, todo ha caído en olvido o en descrédito.
Varias generaciones de críticos y el desdén de las gentes han barrido lo
insignificante y lo malo, como quien barre basura. Lo bueno, lo llamado
clásico, queda solo en nuestra memoria, se nos presenta como ejemplo y
como modelo, nos induce a la imitación y nos excita a la competencia. En lo
moderno, al contrario, las obras de literatura están como la mies en la era,

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sin que nadie haya separado aún el grano de la paja, ni lo que ha de ser
alimento agradable y sano de la semilla desabrida o de la cizaña, que, en vez
de deleitar y de nutrir, embriaga y causa vahídos. De aquí que el que imita
lo moderno corre peligro de engañarse, deslumbrado por el aplauso vulgar y
por el prestigio de la moda, y en vez de imitar exquisiteces y bellezas, imita
estrafalarias novedades o insulsas tonterías. Claro está que, a pesar de todo,
si el imitador vale algo, por cima de esas novedades y de esas tonterías,
surgirá y descollará su propio talento. ¿Pero no sería mejor que no se
entusiasmase tanto por lo moderno, que no se pasmase tanto de los primores
franceses y rusos, a fin de no tener que ponerse en zancos, que empinarse y
que estirar violentamente su ingenio para salir por cima de esas tonterías y
de esas novedades, mostrándose tal como es?
El ciego y fervoroso imitador de lo moderno se asemeja a alguien metido
en enmarañado matorral, de donde le cuesta gran trabajo sacar la cabeza, así
para orientarse como para que la gente le vea, mientras que el imitador de lo
antiguo se asemeja a alguien que está en soto bien cultivado, de donde se
arrancaron ya las matas enanas y espinosas, se podaron las ramas inútiles y
se rozó la mala hierba. Útil o bello y elevado además, es cuanto allí queda.
Sin imitar a nadie pueden escribirse obras nuevas y buenas; pero también,
imitando lo antiguo, se puede escribir bien, y ser nuevo, hasta sin
pretenderlo y contra la voluntad y el propósito de quien escribe. Fray Luis
de León, pongamos por caso, se propuso imitar, casi copiar a Horacio, en la
vida del campo; pero informado el poeta de muy diverso espíritu, produce
algo, enteramente diverso también, y de tamaña novedad, que Horacio,
resucitado y conociendo bien el habla castellana, no hubiera penetrado el
peregrino y para él misterioso sentimiento que palpita en la imitación de su
oda. Toma Calderón la fábula de Prometeo para argumento de un drama, y
toman Fenelón y Lope el asunto de la Odisea para el Telémaco y la Circe, y
nada hay más característico de su época que las obras de estos tres ingenios,
ni nada más extraño al sentir, al pensar y al imaginar de Esquilo y de
Homero. Literalmente, los versos de Andrés Chenier son un centón de
trozos traducidos del latín y del griego; pero, infundida el alma de Andrés
Chenier, en el centón susodicho y prestándole nueva y poderosa vida, le
convierte en manifestación lírica de las ideas, pasiones y creencias de fines
del siglo pasado y en base flamante de la gran poesía que ha florecido en
Francia en el presente siglo.

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No se crea, por lo expuesto, que yo apruebe sólo la imitación de lo antiguo
y que repruebe en absoluto la de lo moderno y extranjero. Lo único que
repruebo es la carencia de discernimiento y la sobra de idolatría servil en
esta imitación. Convengo en que se puede y hasta se debe enriquecer la
literatura propia con lo mejor que se halle en los autores contemporáneos de
otras naciones. No por eso se expatria mentalmente el que lo hace. ¿Quién
más español que Lope? Y Lope, no obstante, era tan imitador y tan
apasionado admirador de los italianos, que llegaba a exclamar: ¿Cómo he de
competir con ellos, que son
...solos y soles,
yo con mis rudos versos españoles?
Evidente es asimismo que Boscán y Garcilaso, importando en España la
métrica y el modo de poetizar de los italianos, prestaron poderoso impulso y
nuevo aliento a la literatura de su patria sin hacerle perder su originalidad
castiza, sino suministrándole nuevos moldes de donde pudo salir y salió
mejor ataviada y más limpia, refulgente y hermosa.
Yo mismo, por último, he celebrado, no poco de lo exótico e importado de
Francia que hay en Rubén Darío, sosteniendo que cuando este poeta atina en
la elección de lo que toma, lo reviste de la forma conveniente, lo expresa en
su idioma castizo y lo adapta como importa adaptarlo, lejos de menoscabar,
enriquece la lira castellana con cuerdas nuevas y con tonos que tienen algo
de inauditos. Pero desde esto hasta la exagerada admiración del Sr. Reyles
por las novelas francesas y rusas, hay todavía enorme distancia, que yo no
paso. Las comparaciones son odiosas, y no trataré yo de sostener contra el
Sr. Reyles que la novela contemporánea española no es inferior a las de los
países citados. Iré modesta y humildemente hasta conceder que es inferior;
pero la inferioridad consistirá en que los novelistas españoles del día somos
menos discretos, menos instruidos, menos hábiles y menos inspirados que
los franceses y que los rusos. Consistirá en suma, en nuestra general
decadencia; en que así como ahora no hay Grandes capitanes como Gonzalo
de Córdoba; ni pasmosos marinos, como el marqués de Santa Cruz; ni
egregios políticos, como el Cardenal Cisneros, tampoco hay novelistas
como Cervantes. Y no consistirá esto, en manera alguna, en los progresos
que ha habido en la novela, progresos realizados en tierra extraña y no
aprovechados por nosotros. No consistirá en ese arte tan exquisito, de que

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habla el Sr. Reyles, que afina la sensibilidad con múltiples y variadas
sensaciones, y tan profundo, que dilata nuestro concepto de la vida con una
visión nueva y clara; arte, a lo que se infiere de las palabras del Sr. Reyles,
recién inventado, por cuya estupenda virtud se hace sentir por medio del
libro, lo que no puede sentirse en la vida sin grandes dolores, lo que no
puede pensarse sino viviendo, sufriendo, y quemándose las cejas sobre los
áridos textos de los psicólogos. Esta afirmación del Sr. Reyles, raya a mi
ver, en herejía literaria, casi monstruosa. ¿Qué novísimo arte exquisito y
profundo es ese que no se ha descubierto sino a fines del siglo xix en
Francia, en Suecia o en Rusia? ¿De suerte que Bourget, Ibsen y Tolstoï
emplean un arte más exquisito y profundo que los autores del Quijote y de
La Celestina? ¿Con que Cervantes hacía sentir menos y ahondaba menos en
la mente y en el corazón humanos que los modernos novelistas que cito? O
la humanidad era más boba y simple en los pasados siglos que lo es en el
día, o no hay tal superioridad en las novelas rusas y francesas de ahora.
¿Dónde está la novela de ahora, rusa o francesa, a la que pueda nadie
prometer, no la perpetua juventud, no la vida inmortal que tiene el Quijote,
sino la longevidad gloriosa y el favor popular de que gozó durante dos o tres
siglos el Amadís de Gaula?
Moda, afectación rebuscada y caprichoso artificio hubo, sin duda, en los
libros de caballerías. Pero ¿quién me demuestra la naturalidad espontánea y
las honduras filosóficas de las novelas neuróticas, psicológicas, simbólicas y
naturalistas que privan hoy? ¿No podrían ser también artificiosas, falsas y
no menos llenas de afectación y de amaneramiento, con la pícara
circunstancia de poner de mal humor a los lectores y de divertir menos al
público del siglo xix, que Las Sergas de Esplandián o que Tirante el Blanco
divirtieron al público del siglo xvi? Al cabo, la burla, la parodia de los libros
de caballerías dio motivo y aun se puede decir que inspiró y produjo el más
bello y profundo libro de entretenimiento, en prosa, que hasta ahora en el
mundo se ha escrito. Me atrevo a dudar de que el ingenio del manco de
Lepanto se inspire en las novelas en moda hoy y haga de ellas una parodia
que equivalga al Quijote. Acaso no merecen más que una sátira como la que
escribió Boileau contra las novelas de su tiempo. Aquellas novelas también
estuvieron de moda, también entusiasmaron a un público ilustradísimo,
donde figuraban filósofos, ilustres pensadores y egregios personajes del
gran siglo de Luis XIV, y sin embargo, pasaron de moda. No es de
maravillar, por consiguiente, que pasen también de moda las novelas del

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día. Esto viene en apoyo de mi tesis, en la cual no afirmo que en literatura
no haya modas, sino que no debe haber modas en literatura y que los
verdaderos literatos, cuando quieran escribir obras durables y no contentarse
con un aplauso efímero, y cuando quieran emplear el verdadero arte
exquisito y profundo, no descubierto recientemente en Rusia, sino conocido
ya en Grecia, desde los tiempos de Homero, deben prescindir de la moda y
dejarse llevar de la propia y natural inspiración de la que nace, sin buscarlo
ni pretenderlo, cuanto hay de original, de peregrino y de nuevo.
Para que no me tilden de prolijo, no toco aquí otro punto de tan axiomática
evidencia que apenas requiere demostración, a saber: que en ciencias, en
organización política y económica de la sociedad humana, en costumbres,
en comercio, en industria, hay progreso; pero que en literatura, en poesía, no
le hay. Explicar esto con claridad conveniente, a fin de evitar confusiones y
argumentos fundados en mala inteligencia, sería tarea larguísima, y la dejo
para otra ocasión en que venga a propósito y pueda yo extenderme.

DEL PROGRESO EN EL ARTE DE LA PALABRA

I
La pesadísima cuestión de Cuba atrae de tal suerte la atención del público,
que parece inoportuno escribir de otra cosa que no sea de la pesadísima
cuestión de Cuba o de algo que con ella se relacione.
No me atreveré yo a decir que sea todo torpeza de nuestra parte. Diré, sí,
que en esto de guerras civiles es y fue siempre tenacísima nuestra raza. Bien
mirado, no cayó sobre España aquel inmenso diluvio de moros de que nos
habla Fray Luis de León en la Profecía del Tajo. Vinieron a lo más la
vigésima parte del número de soldados que hemos enviado a Cuba en estos

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últimos veinte o treinta meses, y, aunque sea triste decirlo, ellos bastaron
para enseñorearse de toda España y para que el célebre Muza se pelase las
barbas, apenas desembarcó, al notar que casi nada le quedaba que hacer,
porque todo estaba ya hecho.
Si es desvarío de mi imaginación Dios me lo perdone, pero a menudo todo
aquello de D. Rodrigo, D. Julián, D. Opas, la Cava y los hijos de Vitiza, me
parece un pronunciamiento como los de ahora, salvo que hubo en él unos
cuantos moritos, que vinieron como legión extranjera. De aquí que la batalla
del Guadalete y la batalla de Alcolea sean a mi ver muy semejantes. Y así
como recientemente, después de una de estas batallas, la mayoría de los
españoles se hizo partidaria furiosa de los derechos individuales, entonces
se hizo partidaria del Alcorán de Mahoma.
Poco duró el dominio del extranjero en nuestra tierra. España se declaró
independiente de los califas de Damasco y eligió rey para sí. El primer
Abderramán fue el D. Amadeo de entonces. Y si el califato duró más que el
reinado de D. Amadeo, lo que ocurrió al terminar ambas cosas puede muy
bien asimilarse. Entre los reyezuelos de Taifas y el comunalismo, el
caciquismo, el regionalismo y el autonomismo, no se me negará que puede
notarse alguna semejanza.
En consecuencia de lo expuesto, considero yo la lucha entre moros y
cristianos, que empezó en el Guadalete y acabó en Granada, con el epílogo
de la rebelión de los moriscos alpujarreños, como una larguísima guerra
civil, que duró siete u ocho siglos. Y no impidió esta situación de guerra
civil casi perpetua, el que los españoles se aunasen y peleasen
gloriosamente contra los extranjeros, realizando portentosas hazañas, digno
y propio asunto de las más hermosas epopeyas. Así vencimos, sin distinción
de moros y cristianos, en Roncesvalles a las aguerridas huestes del
emperador Carlo Magno; en no pocos puntos de nuestro litoral, a los
terribles piratas normandos, idólatras y feroces; y en cien reñidas y
sangrientas batallas, como las Navas de Tolosa y el Salado, a todo el poder
fanático de Africa; a la ingente muchedumbre de almorávides, almohades y
benimerines, que se volcó sobre España en sucesivas y devastadoras
invasiones.
Independientemente de esto, yo me obstino en figurarme la prolija
contienda de siete u ocho siglos como una obstinadísima guerra civil, dentro

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de la cual cabía y había otra multitud de guerras civiles, ya de moros, contra
moros, ya de cristianos contra cristianos, ya de los de una religión contra los
de la otra.
Cuando terminaron estas guerras civiles, merced al esfuerzo y tino de los
Reyes Católicos, la audacia, la destreza en las artes de la guerra y de la
política, y el ansia de imperio, de aventuras y de poder, fueron tales y tan
grandes en los españoles unidos, que éstos impusieron su hegemonía a
Europa entera, prevalecieron y descollaron entre los pueblos todos, y para
dilatar su imperio y tener campo abierto a su ambición, a su codicia y a su
empeño de gobernar las cosas humanas, como si fuera por ministerio divino
y ellos fueran nuevo Pueblo de Dios, fue menester que la Providencia les
permitiese, y tal vez los diputase y habilitase para descubrir nuevos mundos.
Bien estamos pagando ahora todas aquellas lozanías y todos aquellos
atrevimientos de las edades pasadas. Y todo ello por la afición al merodeo, a
la vagancia y a la vida rota y sin freno, que las guerras civiles traen consigo.
Lo que sucede en Cuba carece de otra explicación. Los españoles que allí
residen, y hasta los mulatos y negros, ya libres y españolizados, no tienen
fundado motivo para rebelarse, como no aspiren a algo a modo de suicidio
colectivo y como de casta, porque es evidente que con la protección y la
cercanía de los Estados Unidos, a los veinte años o antes de la nominal
independencia de Cuba, no quedará en Cuba un palmo de tierra que no
pertenezca a un yankee, ni paseará por las calles de la Habana,
decentemente vestido, alguien que no sea yankee o que no disimule mucho
su procedencia española, chapurreando la lengua inglesa.
Quiero suponer que el suelo de Cuba llegará entonces a estar más poblado
y mejor cultivado; que producirá más tabaco y más café; que dará de sí tanta
azúcar, que si los bocoyes de una sola de sus cosechas se arrojasen al
Atlántico, el Atlántico se convertiría en descomunal tazón de almíbar; pero
nada de esto gozaría la gente de raza española, que no había sabido crearlo,
sino la raza superior de los yankees, que lo crearía, con la actividad y con el
acierto de que carecen los criollos de casta española, los cuales no es de
presumir que con la independencia habían de ser más industriosos y
atinados en sus empresas que libres hoy y gobernándose con autonomía
administrativa, bajo la bandera maternal de España.

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En suma; yo no veo motivo para que esta guerra de Cuba dure unos
cuantos siglos como duró la guerra civil de que ya hemos hablado. La
guerra es ahora muy cara, y hasta por razones económicas debe terminar
pronto la guerra.
Entre tanto, y para distraernos, si es posible, hablando de otros asuntos, y
para complacer a algunos amigos, quería yo hablar del progreso, con
relación a las artes de la palabra y explicar lo que dejé por explicar acerca
de esto en mi artículo, réplica a otro de D. Carlos Reyles, publicado en este
periódico en el día 3 del corriente.
Por desgracia, la preocupación de la guerra de Cuba me ha llevado, como
vulgarmente se dice, por esos trigos, y me ha movido a escribir sobre muy
distinta materia. Reconozco que lo escrito poco o nada tiene que ver con el
progreso, a no ser para negarle y para afirmar que, mutatis mutandis, los
casos se repiten y vienen a ser siempre los mismos.
Erit altera quæ vehat Argo
Delectes heroas: erunt etiam altera bella.
Para introducción hay también más que de sobra en la divagación
precedente. Yo la hallo, no obstante, tan ajustada a la verdad y tan
candorosa, que no me decido a suprimirla. Quede y valga, pues, como
principio de esta meditación mía sobre el progreso, la cual meditación no
puede ya ser corta, a no incurrir en la monstruosa desproporción de un
exordio mayor que el discurso a que precede. Para evitar la desproporción, y
además porque tengo mucho que decir, haré el discurso más largo que de
costumbre, abusaré por esta vez sola, lo prometo y casi lo juro, de la
paciencia de los lectores, y dividiré el artículo en dos o tres raciones o dosis.
Sea esta la primera.
Lo que es por instinto y por afición, yo soy tan progresista como el que
más. No fueron ni son más progresistas que yo los generales Riego y
Espartero, ni el propio Sr. Reyles, que cree que ha podido inventarse, pocos
años ha, un arte, desconocido antes, muy profundo y muy exquisito, por
cuya virtud y con cuyos preceptos se escribirán los dramas y las novelas del
porvenir y otros mil primores, sutilezas y honduras que dejarán tamañitas y
harán que desdeñemos por superficiales y vulgarísimas, cuantas obras de
entretenimiento hasta hoy se han escrito. Pero la reflexión acude luego. Me

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paro a reflexionar y voy limitando mi creencia en el progreso, y cercenando
tanto de ella, que no puedo menos de dejarla muy reducida.
En la totalidad de los seres, en el conjunto de las cosas creadas, empiezo
yo por decirme, no cabe progreso alguno. Las incomprensibles y elevadas
obras de Dios están hoy tan perfectas como en el primer día. Así lo afirman
y lo cantan los tres arcángeles en el maravilloso prólogo del Fausto. Ello
será, sólo Dios sabe de qué suerte. Lo único que yo afirmo, con el apoyo de
los tres arcángeles, cuyo cantar aplaudo, es que no crece ni mengua, en su
conjunto, la cumplida perfección de lo creado. Inteligencias superiores a las
humanas, conciliarán acaso en comprensiva síntesis ciertas antitéticas
proposiciones. Nuestra débil mente, no lo puede, ni lo podrá nunca. Vemos
cuanto fue, es y será, desenvolviéndose en sucesivas mudanzas, dentro de
algo indefinido y vacío, a manera de molde, que llamamos, tiempo. Tal vez
columbramos la eternidad inmutable; pero al menos en esta vida mortal no
acertamos a comprenderla.
Pensando, pues, con sujeción a nuestros pobres recursos naturales, sin el
auxilio de la fe o de una imaginación tan alta, que jamás hallará en ninguna
lengua humana términos para expresar lo imaginado, es seguro que lo bueno
y lo hermoso del todo, no mengua ni crece, no se deteriora ni se mejora. La
gloria del Altísimo sería mayor o sería menor, según sus obras fuesen
mejorándose o deteriorándose, lo cual es absurdo. La omnipotencia, la
bondad y la sabiduría del Ser Supremo, no sufren quebranto ni reciben
aumento, porque son infinitas. Cierto que las cosas no son ni valen nada,
porque no son Dios; pero, sin duda, son algo por el ser que Dios les da, y
este es otro misterio, cuya obscuridad tenebrosa no hay ni habrá nunca
mente de hombre nacido que ponga en claro.
Aunque el Universo no se considere sino como manifestación de la
actividad divina, el poder creador, conservador y benéfico de esa actividad,
nos parecerá mayor o menor, según el Universo gane o pierda. Es por
consiguiente, lo más atinado y juicioso por nuestra parte, el creer que las
cosas, de acuerdo con el cantar de los tres arcángeles, están bien como en el
primer día: ni más ni menos, porque no cabe aumento ni disminución en lo
infinito del saber y de la bondad de quien las ha creado.
Descendamos ya de tan elevadas esferas metafísicas. Si me he extraviado
al querer subir a ellas, válgame para disculpa mi intención recta y sana.

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Acaso me hubiera estado mejor no pugnar por encumbrarme tanto, y
limitarme desde luego, como ya me limito, a este mundo sublunar y a los
hombres que le habitan, en quienes cabe progreso, porque, sin duda,
tuvieron principio y crecieron; pero será, a mi ver, progreso limitado,
porque ni éste planeta ha de durar siempre, ni es probable tampoco que la
humanidad contenga en sí, en germen, facultades que se desenvuelvan en
ascensión perpetua, ya mejorándola con incesante e indefinido progreso, ya
haciendo brotar de su seno lo que llaman ahora el superhombre, en cuyo
advenimiento creen no pocos, como, por ejemplo, el Sr. D. Pompeyo Gener,
y para los cuales sospecho que se escribirán esas novelas del porvenir de
que nos habla el Sr. Reyles, empleándose en escribirlas el nuevo arte
poético recién inventado y que es tan exquisito y tan profundo.
Sobre todo ello hablaremos en artículo aparte, por ser ya muy largo el
presente.
II
Desde la mona catarrinia hasta la elegante y hermosa Helena y desde los
antropiscos alalos que salieron de la Lemuria y se esparcieron en manadas y
aullando por todo el mundo, hasta el hombre que compuso la Iliada y los
que la entendían y gozaban leyéndola, hay progreso tan pasmoso que, aun
suponiendo millares de siglos para realizarle, todavía nos parece inverosímil
y punto menos que imposible. Acaso sea todo ello ensueño ingenioso de los
sabios que se dedican a la Prehistoria.
Permítasenos dudar de las afirmaciones de esta ciencia flamante.
Prescindamos de ella. Y afirmemos, con los datos que suministra la historia
documentada y no soñada, que ni en hermosura, ni en fuerza y agilidad
corporales, ni en valentía y entereza de ánimo, ni en claridad y elevación de
pensamientos, presenta hoy nuestro linaje tipos más nobles y perfectos que
los que aparecen ya, como personajes reales, hará más de tres mil años. El
hombre, por lo tanto, no ha realizado progreso alguno, en su propio ser,
durante tan largo tiempo.
Lo contrario es lo que puede o parece que puede afirmarse cuando se
consideran la sublimidad de la misión de algunos individuos de nuestra
especie, la felicidad con que la cumplieron y la transcendencia benéfica de
sus obras, en cuya comparación nada hay equivalente en el día. Las

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empresas a que dieron cima individuos y colectividades de tiempos muy
antiguos, no se columbra que puedan tener hoy, ni en un cercano porvenir,
algo que las supere. No niego yo la posibilidad de nada; me limito a declarar
que no percibo, por ejemplo, gloria mayor, ni en lo presente ni en lo futuro,
a la de la antigua Grecia, que echa el cimiento, crea la traza y forja el molde
de toda la ulterior cultura europea; a la de una sola ciudad, Roma, que se
enseñorea de lo mejor del Orbe, y con sus leyes y su idioma lo unifica y lo
prepara para recibir con mayor facilidad otro más alto elemento de
civilización; y a la de esta misma Península en que vivimos, que, para
extender esa civilización más allá de los linderos y términos conocidos hasta
entonces, logra descubrir nuevos mundos.
Repito, pues, que los hombres que hicieron tan grandes cosas no son
inferiores a los del día. Luego en nuestro propio ser no ha habido progreso
alguno. El progreso es con todo innegable, si no en nosotros, en lo que está
fuera de nosotros, aunque en nuestro poder y acumulado por herencia.
Napoleón, por ejemplo, no vale más que Alejandro el Grande; pero
Napoleón tiene cañones y otros medios de guerrear que Alejandro no tenía.
Ni Kant ni Hegel valen tanto como Aristóteles; pero Aristóteles no poseía ni
la vigésima parte de datos científicos que Kant y Hegel.
Harto se comprende así en qué sentido y hasta qué punto el progreso es
indudable. Hay progreso en la ciencia; pero en el arte no hay progreso. Si
Perícles resucitara hoy se quedaría turulato al oír el fonógrafo, al hablar por
teléfono y al ver el alumbrado eléctrico, los globos aerostáticos, los
ferrocarriles y la fotografía. Hasta una cajilla de fósforos de a perro chico le
derribaría al suelo, atolondrado de pasmo y de sorpresa; pero de seguro que
no hallaría entre todas las heteras de París una más discreta, distinguida y
guapa que Aspasia, y la Magdalena le parecería una triste parodia del
Partenón, y la torre Eiffel un feo y monstruoso engendro.
Yo confieso que, si se reuniesen las más selectas poesías líricas de los
grandes poetas de hoy y Perícles pudiese leerlas y entenderlas, había de
hallarlas superiores a las de Píndaro. Prolijo sería explicar el por qué. Baste
con que yo reconozca que en lo lírico sobrepujamos a los antiguos. No así
en lo demás. La misma abundancia de conocimientos y el prurito de analizar
las cosas y de mirar por todos lados cada objeto, quitan gracia, ligereza y
nitidez al estilo y le hacen pesado, confuso y difuso. Acostumbrado Perícles

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a la rapidez de la narración de Herodoto, no podría aguantar ni al grande
historiador Macaulay, el cual, si hubiera continuado su historia de Inglaterra
hasta nuestros días, hubiera tenido que dar a la estampa centenares de
volúmenes de la edición Tauchnitz, y hubiera sido menester, hasta para un
lector inteligente y asiduo, el empleo de algunos años de vida sólo para leer
a Macaulay y enterarse a medias de lo que dice. Acostumbrado, además,
Perícles a la concisión en el narrar de tantas y tan bellas fábulas, leyendas y
tradiciones de su patria, yo apostaría mil contra uno a que no sufriría con
paciencia, sin bostezar y sin dormirse, las pesadísimas e interminables
descripciones de una novela de Zola.
Es cierto que cualquiera me dirá para contestarme que Zola no escribe
para que le lea Perícles, sino para que le lean los hombres del día. Y como
los hombres del día gustan mucho de sus novelas, Zola tiene grandísimo
mérito, y lo que yo digo, nada prueba en contra.
Mi réplica es clara. Yo no quiero inferir ni infiero nada contra el mérito de
las novelas de Zola. Escritas han sido para agradar en el día, y esto se ha
logrado. Bastante mérito es esto. Lo único que yo pretendo demostrar es el
indiscutible progreso de la ciencia y el sobrado discutible progreso del arte.
Es evidente que Perícles se admiraría y gustaría del teléfono; pero también
es evidente o casi evidente que no se admiraría ni gustaría de casi ninguna
de nuestras novelas.
Para mayor evidencia aún, acudamos a otra bella arte: a la escultura. Nadie
me negará que aquel glorioso personaje que dio nombre a su siglo y que
tenía tan claro entendimiento y tan delicado gusto, recordaría el Júpiter y la
Minerva de su amigo Fidias, y todas las estatuas de nuestras plazas, templos
y paseos le parecerían menos que medianas. Supongamos ahora que al
resucitado Perícles le sirve de cicerone un sabio de los más profundos del
día, muy convencido de la incomparable superioridad de todo lo de hoy
sobre todo lo antiguo, y muy al corriente de los adelantos de la ciencia y de
las invenciones novísimas más ingeniosas. Este sabio lleva al olímpico
Perícles a un gabinete o museo de figuras de cera y me le deja estupefacto y
aturdido. ¿Qué tienen que ver Minerva y Júpiter, donde el oro, el marfil y el
mármol sólo imitan lo exterior de la Naturaleza, y aun esto
incompletamente y sin todos sus pelos y señales, como en las figuras de
cera? Pues no digamos nada si el sabio da cuerda a las figuras, y como la

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mayor parte de ellas son automáticas, se sueltan a andar y hasta abren la
boca y saludan en griego al ilustre tourista. Y aún será mayor el asombro de
éste cuando su sabio guía toque ciertos resortes, abra ventanillas en el
vientre y en el pecho a las figuras mencionadas y hasta les levante con
suavidad y sin el menor daño la tapa de los sesos. El ateniense exclamará
entonces, como el personaje de una aplaudida zarzuela:
Hoy las ciencias adelantan
que es una barbaridad.
En efecto; gracias a una mecánica habilísima, auxiliada de la química y de
otras maravillosas disciplinas, en lo interior de cada figura empieza el
corazón a moverse, corre la sangre por arterias y venas, el pulmón recoge
aire y hace mil operaciones con él, y, por último, y para no cansar, suben
hasta los sesos muchos átomos de fósforo y de otras esencias volátiles, se
cuelan allí, como Pedro por su casa, en varias celulillas, y a poco rato, como
de los gusarapos, orugas y otros gusanillos, salen mariposas, beatillas y
mosquitos, brota multitud variada de pensamientos y sentimientos buenos y
malos, que no tardan en convertirse en crímenes o en hazañas, en sermones
morales o en discursos subversivos, en obras de caridad o en estupros y
asesinatos.
Perícles tendrá que confesar entonces que esto es exquisito y profundo,
como llama el señor Reyles a su arte. Lo que no confesará, lo que negará a
pies juntillas, es que sea bella arte semejante diablura.
Y todavía iremos de mal en peor, en esto de bella arte, si las figuras que el
cicerone enseña a Perícles están fabricadas para el estudio de la patología
interna, y se ve dentro de ellas cómo se forman tumores, fístulas, llagas,
excrecencias y todo linaje de pupas. El pobre Perícles, que imaginaba tal
vez erradamente que las bellas artes servían para deleitar, serenar y levantar
el espíritu, sólo consigue con esta flamante arte bella que se le levante y
revuelva el estómago, y le fuerce a hacer una libación en honor de
Esculapio con el vino de Chipre que bebió en su última cena al lado de su
bella Aspasia, que ha conservado en el sepulcro, durante veintitantos siglos,
y que le ha hecho soñar allí mil divinos primores.
Apliquemos ahora a la amena literatura lo que de la estatuaria hemos
dicho. Fácil es sacar las siguientes consecuencias:

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Que a tal literatura se le debe quitar el epíteto de amena.
Que si no es amena no es útil tampoco, porque nos desazona y aflige
mostrándonos el mal, con todos sus asquerosos y horribles pormenores y no
nos ofrece remedio alguno.
Que aun suponiendo que esta literatura de moda es muy científica,
exquisita y profunda, todavía se puede negar que sea bien encaminada
literatura, sino mera extravagancia, ya que no propende a deleitar, sino a
enseñar, fin que se cumple mejor que con novelas, con disertaciones
fisiológicas, patológicas, histológicas y teratológicas.
Y que los que sostienen el raro progreso de la amena literatura, fundado en
las novelas a la moda, presuponen, no un retroceso en todo lo restante, que
esto sería menos malo, sino un progreso y horrible crecimiento de la
perversión y corrupción humanas, cuya minuciosa pintura es el asunto de
las novelas susodichas.

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Si hubiese demostrado la ciencia que el mal es irremediable, que por el
determinismo se explican los vicios y las virtudes, que la imaginación y la
fe deben ya desecharse como facultades anacrónicas y que apenas nos
queda esperanza ni en la tierra ni en el cielo, muy desconsolador y diabólico
progreso hubiera realizado la ciencia; pero al fin progreso sería y
tendríamos que respetarle, y tendríamos que bajar la cabeza y que
resignarnos. Todo lo que esta ciencia aflictiva nos enseñase, metiéndonos el
corazón en un puño, y llenándonos de miedo y de asco, estaría bien
consignado en trataditos científicos, cursos y epítomes; pero en las novelas
escritas a menudo por gente que no ha ganado ninguna borla en las
Universidades, todo podía salir trabucado, y aunque no saliera, no saldría
novela tampoco, sino bodrio de ciencia mal digerida, puesta al alcance de
todos, y que sólo interesaría y conmovería, no como las obras de un arte
sencillo y sano, sino sobreexcitando nuestros nervios como las pociones y
linimentos farmacéuticos, que nos hacen ver visiones espantosas y a las
cuales nos aficiona una curiosidad perversa.
Siento que se me quede aún en el tintero muchísimo que decir; pero no
logro evitarlo, y haciendo aquí punto, lo dejo para otro día.
III
Había yo pensado no molestar de nuevo a los lectores de El Liberal
discurriendo y meditando sobre cuestiones estéticas con relación a las
novelas; pero como padezco de cierta dolencia, que antes llamaban
scribendi cacohetes y hoy llaman grafomanía, había ya redactado mi tercer
artículo sobre El progreso en el arte de la palabra, y no me había atrevido a
enviarle a El Liberal. Mi intento era y es escribir sobre el particular cuanto
se me ocurra y reunirlo luego en un librito, imprimiendo de él muy corto
número de ejemplares. Así las cosas, veo hoy en El Liberal un artículo en
que mi ilustre amiga, Doña Emilia Pardo Bazán, trata de impugnar lo que
he dicho y hasta lo que no he dicho. No poco me lisonjea que doña Emilia
se emplee en esto; pero no quiero pasar porque me atribuya opiniones que
no he emitido. Jamás he afirmado yo que las novelas de Zola, Daudet,
Goncourt, Tolstoï, Ibsen, etcétera, sean malas. Al contrario, he dicho que tal
vez serán tan buenas y tan excelentes, que cuanto escribimos, la misma
doña Emilia, Pereda, Galdós, Jacinto Octavio Picón, Armando Palacio

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Valdés y otros varios, sin que yo me excluya, serán obrillas insubstanciales,
epidérmicas y absolutamente desprovistas de enseñanza y de trascendencia.
Pero esto consistirá en que España y los españoles estamos decaídos y hasta
dejados de la mano de Dios, de suerte que, así como no hay ahora Gonzalos
de Córdoba, Corteses, Pizarros y Cisneros, no hay tampoco Cervantes. Y no
consistirá en que haya un arte exquisito y profundo recién inventado, que
produce fuera de España esas maravillas, dejándonos turulatos y
patidifusos, y moviéndonos a remedar a los autores de tales maravillas, a
ver si atinamos a descubrir el novísimo procedimiento con que las hacen y a
atolondrar al mundo todo con nuestras novelas como le atolondran ellos. Yo
no he dicho ni más ni menos que lo que repito ahora, aunque sea pesadez;
pero aunque sea pesadez, ya que doña Emilia me da ocasión para ello, voy a
continuar mis meditaciones estéticas, insertando aquí mi tercer artículo, que
por miedo de fatigar al público permanecía inédito, y que es como sigue:
Lo único que me apesadumbra y que a veces me mueve a arrepentirme de
haberme puesto a tratar asunto tan complicado, es la multitud de aspectos
bajo los cuales importa considerarle y la extensión que por consiguiente
tengo que dar a este escrito. Por lo demás, mi convicción es cada vez más
firme mientras más pienso en ello, sin que yo crea inútil ni de poca
importancia explicar y defender lo que en mi pensamiento se presenta como
verdad contra opiniones que me parecen falsas y aun absurdas. No estoy
excitado por el amor propio nacional ni singular; no niego ni afirmo, pero
doy de barato, para allanar el camino de la discusión, quitando tropiezos del
medio, que las novelas francesas y rusas del día son mucho mejores que las
que en España se escriben. El ingenio, la inspiración, y el chiste, habrán
acaso emigrado de España. No quiero negarlo; me limito a lamentarlo. Lo
que yo niego, y esta es la cuestión, es que las bellas artes progresen como
progresa la química o la cirugía, y que la superioridad de las novelas
francesas y rusas sobre las nuestras, consista en que aquéllas están escritas
siguiendo los preceptos de un arte exquisito y profundo recién inventado.
Yo quiero conceder que en todo, hasta en las bellas letras, hay progreso,
en lo que pudiéramos llamar técnico o del oficio, pero, no bien lo
reconozco, cuando reconozco igualmente que lo técnico y progresivo de la
literatura, apenas tiene importancia, comparado con lo esencial de ella, en
que no cabe progreso. Recapacítese bien y se verá que, en ninguna época
colocados los hombres en el nivel de la más vulgar y mediana cultura que

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entonces había, se han requerido más especiales estudios ni más largos años
de aprendizaje para ser poeta o novelista que para ejercer otro oficio
cualquiera. Todos los hombres, por ejemplo, saben hablar y escribir, pero no
todos manejan la lezna y el tirapié, como no se apliquen a ello con ahínco y
constancia. De aquí que, en cierto sentido, pueda bien afirmarse que es más
difícil hacer un zapato que componer un poema. Y todavía es más fácil, y
requiere menos propedéutica componer una novela, para la cual, la
prosodia, el arte métrica y el diccionario de la rima importan poco o nada.
Así se concibe, sin el menor asombro, la inmensa cantidad de novelas que
se componen ahora en inglés, en francés, en ruso, en italiano, en alemán, en
húngaro, en polaco, en suma, en casi todas las lenguas que se hablan y se
escriben en los diversos países civilizados de las cinco partes del mondo. El
oficio es fácil de aprender y el instrumento que vale para la confección o
fabricación, o sea la lengua o la pluma, se maneja con menos esfuerzo y
más naturalmente, no ya que el cincel o el pincel sino que el azadón o el
almocafre, por donde toda persona algo educada escribe o puede escribir
novelas. Hasta el material que se gasta en escribirlas cuesta menos y está
más al alcance de todos que el que se gasta en los demás menesteres. Por
tres pesetas se compran mil cuartillas de papel, en las cuales, aunque no se
emborronen sino por un lado, caben con holgura dos novelas de no cortas
dimensiones.
¿Será acaso que por esta misma abundancia de novelas se necesite
emplear un arte exquisito y profundo para que sobresalga entre todas las
demás la que nosotros escribamos? Yo lo niego redondamente. El buen
gusto, el delicado juicio estético, si no está en contradicción crea notable
confusión en este punto. Para toda persona refinada y culta, Próspero
Mérimée y Teófilo Gauthier, por ejemplo, son mejores novelistas que
Eugenio Sue y Ponson du Terrail, y, sin embargo, ni Colomba, ni El
Capitán Fracasse, han logrado la vigésima parte del favor del público, de la
venta y del aplauso que Los Misterios de París, o las interminables
aventuras de Rocambole. ¿Consistirá esto en que Sue y Ponson du Terrail
emplean el arte exquisito y profundo que Gauthier y Mérimée ignoran o en
que la generalidad del público tiene un gusto pésimo, está muy atrasada aún
y prefiere lo burdo a lo fino? ¿O consistirá esto en que el verdadero arte
exquisito y profundo no ha llegado a descubrirse, sino muy recientemente,
cuando Merimée y Gauthier estaban ya muertos y enterrados, y por virtud

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de dicho arte al público se le han abierto los ojos del entendimiento para
comprender lo bueno, y a Zola, Daudet, Bourget, Ibsen y Tolstoï, se les han
abierto los veneros y fuentes de la inspiración legítima para producir obras,
que no sólo agraden en el día, sino que ya contengan en germen, cuando no
en flor, la sublime novela del porvenir, en cuya comparación es el Quijote
una obra superficial, epidérmica, sin trascendencia, sin enseñanza y de
mero pasatiempo?
Si las cosas fuesen así, la moda dejaría ya de ser moda. El recto camino, el
arte infalible para escribir novelas estaría hallado, y por nada del mundo
deberíamos apartarnos de él, para no extraviarnos o quedarnos a la zaga.
Yo advierto, no obstante, que estas novelas, escritas con el arte exquisito y
profundo que tanto encomia el señor Reyles, aunque son leídas, admiradas e
imitadas por cuantos siguen fanáticamente la moda de París, es de presumir
que caigan en olvido, y hasta en menosprecio, cuando la moda pase y venga
otra moda. Posible es que entonces todo lo que hoy se tiene por sutileza,
novedad y profundidad, parezca falso relumbrón y pesado amaneramiento.
Lo cierto es, que las novelas más populares, las que se han vendido más
en el mundo en estos últimos años, las que han tenido en apariencia al
menos, mayor influjo en los sucesos políticos y sociales, no se han escrito
en París, ni siguiendo la moda de París, sino poniéndose en determinada e
impetuosa corriente de la opinión, dejándose arrebatar por ella,
acrecentando su brío y extendiendo más su acción sobre el espíritu humano.
De esta suerte, novelas, no ya de arte exquisito y profundo, sino con poco o
ningún arte, aunque escritas en un momento dichoso y oportuno, han
logrado más éxito, han tenido mayor resonancia, han importado más en los
cambios sociales y en los grandes hechos históricos, que toda esa novelería
tan encomiada por el señor Reyles.
Valga como muestra de lo que digo La cabaña del tío Tomás, de la señora
Beecher Stowe, de la que se vendieron en seguida centenares de miles de
ejemplares, que se tradujo en todos los idiomas, que tal vez enardeció los
sentimientos abolicionistas y que entró por algo en las causas de la
tremenda guerra de secesión.
No es, pues, ni el arte profundo y exquisito, ni la sutil y peregrina
enseñanza de inauditas verdades, ni la superior inspiración, ni el

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refinamiento de la última moda de París, ni el primor del estilo, ni otras
raras prendas literarias, lo que da la palma y corona de laurel a un autor de
novelas: es el llegar a tiempo oportuno y el dejarse arrastrar sin miedo por
la corriente.
Otra prueba de la misma verdad nos ofrece una novela del Sr. Bellamy,
ciudadano anglo-americano también, novela de la que se vendieron cerca de
cuatrocientos mil ejemplares, a poco de ver la luz pública. La novela era lo
que podemos llamar una utopia socialista o comunista. La imaginó el autor
en porvenir no muy distante. La revolución social se había ya realizado. El
nuevo sistema marchaba regular y lindamente. El mundo todo se había
convertido en una verdadera ciudad de Jauja, y el humano linaje comía,
bebía, se divertía y trabajaba poco, sin apuros ni miserias. La novela del Sr.
Bellamy llegó a tiempo y a esto debe su éxito. Bien pudiera decirse de ella
lo que con mucho menos motivo dicen que dijo Voltaire de las Cartas
persianas de Montesquien: ¡esas cartas persianas tan fáciles de componer!
¡...!
No pretendo rebajar ni ensalzar aquí el mérito de las novelas francesas y
rusas, que encomia el Sr. Reyles, ni de estas otras novelas americanas que
yo he citado. Digo sólo que han sido oportunas, y ya es esto un gran mérito.
También, yo, cuando escribo novelas, procuro ser oportuno, y si no lo soy,
es porque no atino con la oportunidad. Pero ¿qué tiene que ver la
oportunidad con un arte exquisito y profundo recién inventado, con hacer
sentir con nuestras novelas oportunas a los hombres de nuestra época más
hondamente que lo que con otras novelas oportunas hicieron sentir otros
autores al público de los pasados siglos en que ellos vivieron? Esta es la
farsa que yo no admito y de la que se deja seducir el Sr. Reyles. Esta es la
hablerie y (permítaseme la expresión) la blague parisina, por la cual, sea
dicho con el debido respeto, me parece que está también algo seducida mi
discreta y elocuente amiga doña Emilia Pardo Bazán, que todavía escribiría
mejor de lo que escribe y compondría obras más originales y espontáneas,
si se dejase influir menos por dicha blague.
La blague sube de punto si se sostiene además que la novela del día debe
estar atiborrada de enseñanza, debe ser conjunto de documentos humanos y
debe contener más honda doctrina que la de los libros destinados a enseñar
y no a deleitar. Sería curioso que alguien estudiase historia en Alejandro

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Dumas, geología y cosmografía en Julio Verne, sociología en Zola, en
Bourget psicología, y patología interna en otros varios novelistas.
Claro está que quien escribe una novela, así como toma para elementos o
materiales con qué escribirla los casos de la vida vulgar y ordinaria
observados por él, también puede tomar las doctrinas, creencias,
aspiraciones, ensueños, ideas religiosas y metafísicas, y en resolución, todo
cuanto cabe en la mente humana y la agita. Pero al tomar todo esto como
elementos de su arte, no conviene a mi ver, que se empeñe en ser didáctico,
porque se expondrá a enseñar menos y peor que lo que enseña el más pobre
de los manuales y a faltar a su vocación de artista, sin crear la belleza y sin
producir el deleite estético por el vano empeño de patentizar y divulgar
inauditas verdades.
Es de notar, por último, que en esto de contener la ciencia en el arte, lejos
de haber progreso, en cierto modo hay retroceso. La ciencia se ha
ensanchado tanto que no cabe en los moldes artísticos, por más que los
moldes se ensanchen también y hasta se deformen, como ocurre en la
novela, donde un autor puede discurrir libremente sobre todas las cosas y
otras muchas más.
Con todo, una obra perfecta de arte literario no puede menos de encerrarse
dentro de ciertos términos. Lo que fuera de ellos se ponga tendrá algo de
impertinencia monstruosa. Y en este sentido no negaré yo que en una
novela pueda enseñarse terapéutica, economía política, teología mística,
metalurgia o cuanto se quiera.
Si está de moda embutir en las novelas todas estas cosas, la novela gustará
mientras la moda dure, tal es el poder de la moda; pero pasada ésta, no
habrá ser humano que sufra la novela docente. La que gustará en todas las
edades, y será siempre leída y celebrada, será la que trate sólo de crear la
belleza, ya con elementos de la vida vulgar, ya tomando para elementos las
ideas, las doctrinas y las creencias que mueven la mente del autor y la
mente de los otros hombres. Aun así, en esto de encerrar en una novela o en
un poema el saber, no con fin didáctico, sino con fin estético, los antiguos
nos llevan enorme ventaja. Homero pudo poner en la Iliada cuanto en su
tiempo se sabía y no poco de lo que estaba en germen y en lo futuro debía
saberse o inventarse. Ya la Divina Comedia, del Dante, es harto menos

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comprensiva de ciencia. Yo admiro mucho al Dante; pero no puedo menos
de creer que sólo están indicadas en su poema las teologías y las filosofías
que con mayor amplitud, claridad, fundamento y orden pueden estudiarse
en San Anselmo, San Bernardo, Pedro Lombardo, San Buenaventura, Santo
Tomás de Aquino y otros doctores de la Edad Media. Conque si así pienso
del Dante, ¿qué pensaré yo de Zola y qué creeré yo que pueda enseñarme
Zola, que no se aprenda mejor en cualquier diccionario enciclopédico
manual: en el Bouillet, pongamos por caso?
Y basta con lo dicho, porque parece cosa de broma y de risa el aducir
pruebas y argumentos para sostener verdades tan de sentido común y tan
palmarias.
IV
Lo que se me ocurrió decir hace tiempo sobre las novelitas del Sr. Reyles,
ha dado ocasión o motivo a una extensa polémica en la que han tomado
parte el mismo Sr. Reyles, la señora doña Emilia Pardo Bazán y los señores
D. Jacinto Octavio Picón y D. Eduardo Benot.
Elevándonos todos a consideraciones generales, dimos al asunto tanta
amplitud y transcendencia que vino a contener toda la estética literaria o
dígase toda la filosofía del arte de la palabra, singularmente aplicada a la
novela.
Interminable tarea sería seguir discutiendo de esta suerte, y convendría
para ello escribir libros y no breves artículos de periódico.
A fin de no cansar a los lectores de El Liberal, voy, pues, a prescindir de
no poco de cuanto he dicho hasta ahora, así como de lo que han dicho mis
discretos impugnadores, a retirarme modestamente de la palestra, y a
ceñirme en mi despedida al caso particular que me impulsó a escribir y al
propósito que tuve al hacerlo.
Creo fuera de duda y por cima de discusión que en todo idioma y en toda
literatura hay un momento de florida abundancia y de madurez sazonada,
después del cual apenas caben ni se conciben progreso y mejora, sino
transformaciones y cambios.

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Concretándome a la novela, entiendo yo que, si bien se cumplirán pronto
tres siglos desde que salió a luz el Don Quijote, no se ha escrito hasta ahora
novela mejor ni que se le iguale. Por esto me pareció falso, infundado e
injustamente depresivo para el ingenio y la cultura de los españoles, el
sostener que las antiguas novelas son superficiales y epidérmicas, y que
desde Bourget, Tolstoï y otros franceses y rusos se emplea para escribir
novelas un arte nuevo, exquisito y profundo, por cuya virtud se logra que
los lectores sientan y piensen mil y mil cosas inauditas, inefables y
enteramente escondidas antes en las entrañas, en los abismos, en el centro
inexplorado y tenebroso del alma humana.
Acaso, en el ardor de la contienda, he ido más lejos del punto a donde
debía ir. Voy yo mismo a corregirme y a enmendarme. Diré de los ingenios
lo que, en nombre de la misma Divinidad, Virgilio decía de los romanos y
lo diré en igual sentido:
His ego nec metas rerum nec tempora pono;
Imperium sine fine dedi.
No quiero ni debo poner barreras, meta, ni a modo de columnas de
Hércules al ingenio de los hombres, escribiendo non plus ultra en dichas
columnas. Allánense los ingleses a confesar que es posible la aparición de
un dramaturgo que valga más que Shakespeare, y allanémonos nosotros a
confesar que es posible la aparición de un novelista superior a Cervantes. A
lo que no nos allanamos y a lo que yo no me allano, es a que este novelista
haya aparecido ya, y menos a que sea Tolstoï, Bourget o Zola. Pero, aunque
llegase alguien a convencerme de que cualquiera de estos novelistas de
ahora valía más que Cervantes, aún no me convencería yo de que la
superioridad consistía en el ejercicio o en el empleo de un arte más
exquisito y profundo, sino en que a Zola, pongamos por caso, le había dado
Dios más inteligencia, más estro, más inventiva y más profundidad de ideas
y de sentimientos que a Miguel de Cervantes, por donde éste se había
limitado a escribir cosillas de mero pasatiempo, sin penetrar más allá de la
corteza y de la epidermis, mientras que Zola se hunde como buzo espiritual
en las más obscuras reconditeces del ser humano, sacando de allí a la clara
luz del día secretos misteriosos, nunca revelados antes.

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Todavía, concedido esto, y no es poco conceder, se me ocurre una
objeción. ¿No involucraremos las nociones del arte y de la ciencia? ¿Será
bien estimar en más, porque tenga más contenido científico una obra de arte
que otra obra de arte? Demos de barato que Germinal encierra más,
muchísima más ciencia que El ingenioso hidalgo, pero ni aun así se podrá
inferir que Germinal sea mejor novela. Tanto valdría, en vista de los
adelantos modernos, inferir, no ya que un tratado fundamental, sino que la
más compendiosa cartilla de agricultura vale mil veces más que las
Geórgicas. Las Geórgicas quizás no enseñan sino simplezas y errores,
mientras que estudiando la cartilla puede cualquier sujeto entendido
convertirse en agricultor más que mediano. Pero el arte no se propone tal
fin. Se propone la creación de pasmosa hermosura que deleita, arrebata y
eleva el alma, lo cual se consigue con las Geórgicas, cuando el que las lee
es capaz de comprenderlas; pero no se consigue con la cartilla, que está al
alcance del más tonto, que no hay nadie que no comprenda, y que divulga
muy útiles conocimientos. Mas ¿para lograr este fin no será siempre mejor
escribir cartillas que no poemas o novelas? Todo cuanto enseñe la más sabia
novela del día podrá cifrarse acaso en un par de planas de la más modesta
cartilla. Y así, hecha abstracción de la sabiduría que la novela encierre,
quedará monda y lironda la obra de arte, la cual luego que pase la moda del
día y sea otro el gusto del público, es casi seguro que aburrirá al género
humano y caerá en olvido o en menosprecio.
¿Cómo he de negar yo que la humanidad ha adelantado mucho? Su cultura
es como un capital que se aumenta cada día, tanto por nuevas ganancias
como por los réditos que no se gastan y que se van acumulando. Lo que
niego es que el arte, como arte, progrese a par de dicha cultura.
Yo no gusto de defender paradojas. Si de ello gustase, me atrevería a
defender lo contrario, con no escasa complacencia, porque lo más divino y
admirable que hay en el arte en general, y singularmente en el de la palabra,
es lo inspirado, lo espontáneo, lo en cierto modo inconsciente, lo que se
diría que está por cima de toda conciencia individual, en la mente colectiva,
en la razón impersonal, en el ingenio superior de pueblos y razas y hasta en
el numen, que se nos revela o creemos que se nos revela. Y aunque yo no
niego la posibilidad y la continuidad de presentes y de futuras revelaciones,
hallo más propios de las primitivas edades que de la edad presente tales
casos, que pueden bien calificarse de sobrenaturales y divinos.

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No impide lo dicho que la parte técnica, la industria de la fabricación
literaria esté en el día más adelantada y más divulgada que en los pasados
siglos. De aquí que, por cada una de las novelas que se escribían hace
ciento o doscientos años, se escriben hoy centenares y hasta millares. A lo
cual contribuye no poco el que haya hoy más gente que las lea y que las
compre. Pero esto mismo manifiesta lo caduco y efímero de la actual
producción. ¿Cómo he de quitar yo su mérito al que logra crearse un
público, ganar su atención y su simpatía y entretenerle y divertirle durante
diez, veinte o treinta años, con los cuentos que escribe? Grande y muy
envidiable mérito es éste; pero no llega, ni con mucho, al del autor que
produce algo, no fuera de moda, sino superior a la moda y que ha de
persistir cuando la moda pase, porque toda moda ha de autorizarse y
justificarse, comprendiéndolo en vez de desecharlo. Así los clasicistas del
siglo del renacimiento y del de Luis XIV ponían a Homero a la cabeza de
los clásicos. Vino luego el romanticismo y declaró romántico a Homero. Y
yo no dudo que los más acérrimos naturalistas del día dejen de citar la
Iliada, como dechado y modelo del más admirable naturalismo.
El busilis, pues, y el toque magistral de cualquier obra de amena literatura
no está en seguir la moda, sino en dar la moda o más bien en ponerse tan
por cima de la moda y tan por cima de progresos y de mudanzas, que toda
moda nueva se apoye y se autorice en aquella obra presentándola como
dechado y tratando de convencer al público de la excelencia de lo nuevo, no
por su discrepancia, sino por su semejanza con aquel modelo inmortal.
Que haya obras de esta clase en el día y cuáles sean, es lo que yo no me
atreveré a decidir. La sentencia es ardua. La posteridad la dictará sin duda.
Limitémonos nosotros a reconocer el mérito relativo de los que interesan,
divierten o entusiasman con sus escritos, aunque sea durante corto número
de años, a determinado número de personas, que llamaremos su público. Ya
lograr esto, es lograr muchísimo. El que lo logra merece admiración y
aplauso y hasta mueve a envidia, a quien no tiene el alma desinteresada y
generosa: pero desde este triunfo fugitivo hasta la inmortalidad gloriosa y
hasta conseguir la victoria sobre aquellos autores, a quienes ha venerado el
mundo durante largos siglos y a quienes han ensalzado muchas
generaciones de críticos, hay enorme distancia, sobre la cual nadie puede
dar un brinco sin caer en lo absurdo.

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Y por último, en lo tocante a la ciencia más honda que se supone que
encierran las novelas del día, ya he dicho y repito ahora, que la novela no es
ciencia, y que, aun suponiendo que enseñe mucho, nada vale como aburra,
disguste y hasta ponga de mal humor a quien la lee, porque la amena
literatura no se propone afligir, sino deleitar, sacando deleite hasta de los
lances más trágicos y lastimosos y haciendo que la compasión y el terror
estéticos traigan placer y elevación al ánimo y no que le desconsuelen y
depriman, por donde Aristóteles decía que el fin de la tragedia era la
purificación de las pasiones, esto es, que la compasión y el terror se
conviertan por el arte en dulces y gratos, en vez de ser amargos e
ingratísimos, como son por naturaleza.
Harto sabemos que hay pobres y ricos; peste, hambre y miseria; que tarde
o temprano todos nos hemos de morir; que la sociedad pudiera estar mejor
organizada; que hay más hambre que pan y más frío que capas, y más
enfermedades que remedios, y más necesidades que recursos para
satisfacerlas; pero la existencia de tanto mal no disculpa ni justifica el que
produzcamos otro mal, que para nada nos vale, atormentándonos con
lamentos y quejas y esmerándonos en las más prolijas y menudas
descripciones de todos los vicios, podredumbres, crímenes, infamias y
desventuras que hay sobre la tierra.
Bueno y deseable es que el mal, hasta donde esto es compatible con el ser
de nuestro planeta y con la condición física y moral de los hombres que le
habitan, vaya desapareciendo, o al menos, menguando; pero, como no sea
distrayéndonos y deleitándonos, las novelas no logran este fin. Lo lograrán,
por dicha, la religión y la ciencia, los sermones y las disertaciones. Y aun
así, hay no poco que observar.
Yo soy entusiasta admirador del poder de la palabra, hablada o escrita. Y,
sin embargo, no puedo menos de reconocer que los hombres que más han
contribuido al progreso y a la mejora moral de nuestro linaje, así en la
sociedad como en el individuo, ni han escrito novelas, ni apenas han escrito
cosa alguna. No sé yo que Sakiamuni escribiese nada, ni Sócrates, ni
Jesucristo, si es lícito citarle como hombre entre los que fueron meramente
hombres. En suma, con mucho hablar y con mucho escribir se consigue
poco o nada fuera del deleite del que lee o del que oye cuando lo hace bien
el que escribe o el que habla.

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Y al contrario, a la felicidad y bienandanza de nuestro linaje, suele
contribuir más que el que escribe el que compendia lo profusamente escrito
o lo destruye y lo borra. Valga para ejemplo lo que se cuenta de Confucio,
quien de millones y millones de máximas que había en China, extractó unas
pocas y formó así el libro fundamental de la sabiduría en el celeste imperio.
Moraleja final de todo. Nosotros, por lo mismo que no somos sabios,
escribimos difusamente cuanto se nos antoja; pero no debemos imaginar
que enseñamos, ni que mejoramos a la humanidad, ni que le abrimos
nuevos y ocultos senderos. Bástenos con aspirar a divertir o a conmover
agradablemente, no a la humanidad toda sino a unos cuantos miles de
individuos, que forman nuestro público y que tienen el bueno o el mal gusto
de entretenerse leyendo las novelas y los cuentos que escribimos. Ojalá que
este bueno o mal gusto no se pierda, que nuestro público no se disipe, sino
que persista o se renueve, y que al menos la mejor de nuestras novelas siga
leyéndose con agrado la mitad del tiempo siquiera que fue leído el Amadís
de Gaula o que fue leída La Diana de Jorge de Montemayor, que casi nadie
lee ya porque le falta la paciencia.
Y para que no le falte también a los lectores de El Liberal, al notar lo largo
de esta discusión literaria, pongo por mi parte punto final en ella, y prometo
no decir ya nada aunque otros escritores me contradigan y diluciden la
cuestión con mejor tino y gracia.

EL FILÓSOFO AUTODIDACTO

Con el título arriba estampado se designa cierta novela, que hará ya ocho
siglos o siete y medio por lo menos, compuso un paisano de mi antiguo y
buen amigo el autor de El sombrero de tres picos, de La pródiga, y de El
niño de la bola. Aunque sólo fuera por esto, me sería a mí simpática la

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novela de que voy a hablar, novísima ya a fuerza de ser antigua. La escribió
un mahometano natural de Guadix, que vivió en el siglo xii de nuestra era y
que tenía por nombre Abubequer Abentofail. Dicen que fue gran
matemático y astrónomo, docto médico, filósofo e inspirado poeta. Hubo de
ser asimismo hábil y discreto cortesano, porque privó con el rey moro de
entonces, de la dinastía de los Almohades, y alcanzó tal valimiento, que
pudo favorecer, aupar y llamar con buenos empleos a aquella brillante corte
a no pocos otros sabios y literatos. Así tuvo la gloria de ser el protector del
gran cordobés Averroes, tan admirado en la Edad Media, tan influyente en
la filosofía escolástica y del Renacimiento, y conocido hoy y celebrado aun
entre el vulgo de los eruditos a la violeta por el precioso libro que Ernesto
Renán compuso sobre él y sobre su doctrina.
Abentofail hubo de ser, sin duda, un escritor muy fecundo: lo que
llamamos ahora un polígrafo. Escribió de astronomía, de medicina y de
varios otros asuntos; pero todo o casi todo se perdió, y sólo poseemos las
aventuras de Hay Benyocdan o sea El filósofo autodidacto, aceptando el
título que se ha dado a la novela al traducirla en latín de la lengua arábiga.
Traducida fue primero en hebreo y sabiamente comentada por Moisés de
Narbona. En latín la tradujo Eduardo Pococke, y la publicó en Oxford en
1671. Después se han hecho varias versiones y ediciones de ella en las
lenguas vivas de ahora, especialmente en alemán y en inglés.
En Inglaterra hubo de tener muy buen éxito nuestra novela, ya que de ella
se hicieron en poco tiempo tres traducciones y ediciones diferentes en
lengua vulgar. Vivía entonces el famoso Daniel de Foe, y es probable o casi
seguro que leyó la historia de Hay Benyocdan, gustó de ella y se propuso
imitarla. Las aventuras de Robinsón Crussoe que tanto nos han embelesado
a todos cuando niños, y cuya lectura nos deleita aún, bien podemos
jactarnos de que hasta cierto punto han sido inspiradas por la obra del
antiguo novelista de Guadix. Hay Benyocdan, lo mismo que Robinsón, se
encuentra en una isla desierta, y por la virtud de su ingenio, por la energía
de su espíritu y por la robustez y brío de su cuerpo, lucha con la naturaleza
y la doma: cubre su desnudez con productos vegetales y con pieles; remedia
su debilidad inventando armas; somete a varios animales y los sujeta a su
mandado; se abriga de la intemperie construyéndose una vivienda, y se
proporciona fuego, y guisa los alimentos para no comerlos crudos, y crea
para su uso y comodidad otras artes y otros oficios.

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En la historia de Foe, el héroe es harto menos prodigioso. Es por
consiguiente más verosímil lo que ocurre. Robinsón había vivido en medio
de una sociedad civilizada, y evocando el recuerdo de lo que había visto, se
limitaba a reproducirlo más o menos groseramente.
Hay Benyocdan es personaje mucho más fantástico. El mismo novelista
ignora cómo su héroe ha venido al mundo. Tal vez fruto de culpables
amores o de matrimonio clandestino la bellísima princesa, su madre, para
evitar la venganza de un padre o de un hermano harto severo, hace como la
madre de Rómulo, o como hizo Elisena con su hijo Amadís, que por eso se
llamó el Doncel del mar: le abandona en un bosque o le pone en una cuna
flotante a merced de las olas.
De esta suerte, Hay Benyocdan llevado por mansos vientos, arribó a punto
donde, al retirarse la marea, le dejó en seco, en fértil y apacible floresta, en
hermosísima isla situada en la línea equinoccial, y en la que no hay
hombres ni fieras, sino verdura, flores y frutos y animales tímidos y
benignos. Una gacela le cría, como crió a Rómulo una loba, una cabra a
Dafnis, y una oveja a Cloe.
La manera con que Tofail va explicando y contando el crecer del niño
abandonado, el desenvolvimiento de sus facultades corporales, y lo que
inventa y forja para aumentarlas, y luchar por la vida, es harto menos
verosímil que en el cuento de Foe, pero es igualmente ingeniosa, sin dejar
de presuponer en quien escribe atinada observación y experimental
conocimiento de lo natural y real que hay en el mundo.
No se limita a esto, con todo, la novela de Tofail. Esto es lo menos
importante de la novela, aunque sobre ello lo más importante está fundado.
Hay Benyocdan es todavía más excepcional y egregia criatura por el alma
que por el cuerpo. Nada ve, nada hace, nada observa en sí ni fuera de sí,
sobre lo cual no piense y cavile. En su mente va ordenando y combinando
las ideas que recibe, claras y distintas todas, aunque desnudas de signo
sonoro o dibujado que las represente, porque no hay para él palabra hablada
o escrita. Sólo puede saber y sabe los varios gritos inarticulados de su
madre adoptiva la gacela.

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A mi ver, es un milagro de prodigiosa sutileza el que realiza Tofail al ir
narrando el interior desenvolvimiento del pensar en la mente de su héroe
solitario y mudo. Seguirle en esto no se puede aquí por falta de espacio y
más aún por falta de suficiente aptitud en mí para extractar sin rebajar el
valer de la obra.
Percibe Hay primero la diversidad de los seres que tienen vida, y
abstrayendo luego las diferentes cualidades que los distinguen, ve aquello
en que todos convienen y en que todos se identifican y halla así la especie y
el género y llega por último a la unidad del ser, despojado de accidentes y
de distinciones, pero que lo comprende todo. Y el ser a que llega no es el ser
vacío, que indeterminado y sin atributos, se confunde con la nada, sino que
es el ser en toda su plenitud y grandeza, porque ha llegado hasta él, no por
mero procedimiento dialéctico, abstrayendo lo distinto y lo vario, sino
buscando en él la causa y el origen del orden, de la magnificencia, del
movimiento y de la vida, de todo el universo: causa que no ha logrado
hallar ni en este mundo de generación y de corrupción en que vivimos, ni en
el aire, ni en el éter, ni en los astros al parecer incorruptibles, ni en las
esferas del cielo que van girando arrebatadas. El motor de todo esto, ora
todo esto sea eterno, ora haya sido creado por el motor, sobre lo cual vacila
Hay, presenta razones en pro y en contra y no decide, es un motor único,
supremo y anterior, si no cronológicamente, dialécticamente, a todo cuanto
fue, es y será. En suma, Hay, con argumentos dialécticos y cosmológicos,
acaba por demostrarse la existencia de Dios, que todo lo llena; de una
inteligencia pura que lo dirige todo y que todo lo penetra, sin las
dimensiones y demás accidentes propios de los cuerpos.
Cuando muere la gacela, su madre adoptiva, discurre Hay sobre la vida y
la muerte. Quiere buscar el principio de la vida que de la gacela ha huido.
Con rudos instrumentos le abre las entrañas y busca ese principio en el
hígado, en los pulmones, en el corazón, en la sangre y en los nervios. No le
halla en parte alguna. Estaba en todo y como levísimo vapor se ha disipado.
Así infiere que el principio de la vida es incorpóreo, es tenue; se asemeja en
pequeño al gran ser que antes ha reconocido como motor o como alma del
Universo.
Estudia luego a los animales con quienes vive y entre él y ellos descubre
radical diferencia. Ve que ninguno ha logrado elevarse hasta la idea del gran

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ser a que él se ha elevado. Él, pues, es único en su especie. Valiéndonos de
expresión moderna, él por sí solo constituye un reino aparte: el reino
humano. La sustancia pensadora que en él existe no puede menos de ser
inmaterial e inmortal...
El solitario Hay se consagra entonces a estudiarla con ahínco; escudriña,
medita, prescinde de sus sentidos corporales; desecha de sí la memoria, se
olvida del mundo sensible, hasta de la imaginación se despoja, y ya con la
pura esencia del pensamiento, se hunde por lóbregos senderos en el abismo
de su propia alma. Allí al cabo se le aparece la radiante y divina luz del día
eterno. Hasta la inmortal esencia de su espíritu se diluye y se pierde en
aquel Océano luminoso, viniendo a ser todo uno y lo mismo.
Todavía, sin embargo, Hay vuelve del éxtasis y contempla de nuevo el
Universo visible, pero ya reconoce en todo él, en una parte más intensa y en
otras menos, la luz en que estuvo inundado. Los rayos de aquel eterno sol y
su imagen esplendorosa se reflejan con mayor o menor intensidad en
cuantas son las criaturas. Así el sol material se refleja y se mira en los
espejos, aunque estén empañados y turbios. Hasta en lo más bajo de nuestra
tierra de corrupción brilla algo de la luz divina, como tal vez, en medio de
las tempestades, un rayo de sol rasga las negras nubes y se quiebra y riela
en las ondas fugaces del mar alborotado.
No pocos críticos acusan a Tofail de panteísta; pero yo me atrevo a
sostener, si bien con la timidez que mis escasos conocimientos me
infunden, que Tofail está exento de panteísmo. La persistente realidad de
cuantos seres hay en el mundo queda a salvo con su doctrina. Dios lo
penetra todo, pero no se confunde con nada. Yo no veo en Tofail tan
enérgica expresión del corto o ningún valer de las criaturas, si con el
Creador se las compara, como esta de un gran Padre de la Iglesia: ¡Dios
mío, si las cosas son algo es por el ser que Tú les das, y no son nada porque
no son lo que Tú eres!
Y en lo tocante a la unión íntima del alma con Dios y al propósito de la
ciencia mística, tampoco va tan lejos Tofail como en sus términos y frases
muchos místicos ortodoxos de Alemania, de Italia y de España.
Lo que sí se echa de menos en la mística de Tofail es, ya que no la
carencia, la poca energía del amor que aspira y logra la unión más que la

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inteligencia pura.
En la segunda parte de la novela es donde todo buen musulmán, y más aún
todo buen cristiano, tienen que censurar y que escandalizarse.
Asal, habitante de un país muy poblado y civilizado, y fervoroso creyente
en una religión positiva, se siente inclinado a la mística contemplación,
huye del mundo, busca la soledad del yermo y viene a dar en la isla donde
Hay habita. Los dos extraños anacoretas se encuentran, se contemplan con
mutuo asombro y al fin se acercan y se tratan. Al principio se entienden por
señas, porque Hay no sabe hablar, pero Asal logra pronto enseñarle su
idioma. De los sabios coloquios que tienen ambos resulta algo de muy
satisfactorio al parecer: la concordancia de la fe y la razón. La verdad
revelada por profetas, apóstoles y fundadores de religiones, coincide en
todo con la metafísica que Hay ha construido en la serie larga de sus
meditaciones. La única diferencia estriba sólo en que la metafísica de Hay
es el desnudo foco o centro de la verdad, envuelta por la religión en
densísimo velo de símbolos, alegorías y figuras. La gente vulgar no hubiera
comprendido lo verdadero en toda su desnudez y pureza, por donde los
fundadores de religiones han tenido que velarlo y envolverlo en símbolos.
En vista, además, de la flaqueza y pasiones bajas de la plebe humana, la
moral religiosa no ha podido revelarse tampoco, al menos como precepto,
con toda su austeridad y firmeza: ha necesitado transigir un tanto para que
el vulgo la acepte, se conforme y se someta.
De aquí puede inferirse que la metafísica de Hay es, según Tofail, la pura
esencia de toda verdad religiosa, la cual permanece velada en símbolos para
la multitud, incapaz de percibir sin ellos la verdad por medio de la
introinspección y de la filosofía.
Hay y Asal concuerdan en que los que como ellos llegan a Dios por la
inteligencia, logran la bienaventuranza contemplándole y uniéndose a Él, y
más aún que en vida, en muerte, libres ya de sus mortales despojos. Tal es la
gloria o el cielo en las religiones positivas. Los qué entreven o columbran a
Dios en esta existencia mortal, y cediendo luego a sus apetitos, a sus malas
pasiones y a sus gustos por lo terrenal y perecedero, se apartan de Dios,
sienten después de morir un dolor grandísimo por no volver a ver ni a gozar
el supremo bien cuya hermosura y luz columbraron. Son como hombres que

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antes veían y que después se han quedado ciegos. Tal es lo que corresponde
al infierno en las religiones positivas. Y cuando la vista puede recobrarse
con penas expiatorias, tal es el purgatorio.
Lo que es amplísimo en la metafísica de Tofail y de Hay es el limbo. La
inmensa mayoría de seres humanos jamás eleva a Dios el pensamiento. Son
como ciegos a nativitate, y como no han columbrado la luz divina, no se
atormentan por verla ni por gozarla y caen en el limbo y quedan sin pena ni
gloria.
Resulta, pues, en esta metafísica que, si son muchos los llamados, son
pocos los escogidos, aunque son también muy pocos los condenados a
penas eternas.
La novela de Tofail tiene un desenlace que puede interpretarse
satíricamente. Hay se empeña en ir a predicar y a enseñar su metafísica
entre los hombres. Asal procura disuadirle de aquel intento, dejando
entrever que los hombres no están preparados para tanta verdad y que tal
vez no lo estarán nunca. Hay, no obstante, persiste en su empresa y Asal se
deja convencer y le sigue. Logran hallar un barco, navegan en él y arriban
al país de donde Asal había venido. El rey, antiguo amigo suyo y persona
excelente, recibe con palmas a los dos viajantes; pero, no bien éstos se
lanzan a predicar su metafísica, toda la corte, la burguesía y la gente
menuda, se aburre de ellos y los aborrece. Ambos entonces, imitando a la
zorra, y perdóneseme lo ruin de la comparación, dicen no están maduras, y
se vuelven a la isla desierta, donde viven en soledad y conversación interior
hasta que les llega el día de su glorioso tránsito, o sea de la muerte.
Así, y no creo que muy libremente interpretada, es la novela filosófica de
Tofail.
En España nadie había pensado en traducirla hasta que el entendido
arabista D. Francisco Pons, muerto por desgracia en la flor de su edad,
devolvió esta joya a la tierra en que se había criado, trasladándola con gran
primor, fidelidad y elegancia al idioma castellano, que hoy se habla en ella.
El libro está impreso en la ciudad de Zaragoza en el presente año de 1900,
y es el tomo V de la colección de estudios árabes que allí se publica.
Contiene, además de la novela, una advertencia preliminar del arcediano D.

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José María Navarro, maestro y amigo que fue del malogrado traductor, un
breve discurso de D. Marcelino Menéndez y Pelayo y como apéndice la
alegoría mística Hay Benyocdan de Avicena, porque según dicen los
arabistas, el nombre de Hay Benyocdan equivale al Viviente hijo del
Vigilante, y viene a significar al hombre que piensa en las cosas divinas.

Sobre la duración del habla castellana

con motivo de algunas frases del Sr. Cuervo.

A Dios gracias yo soy por naturaleza poco inclinado a la melancolía y al
desaliento. Hasta en las circunstancias más tristes procuro hallar algo que
me traiga esperanza y consuelo. Como los niños de los cuentos de hadas,
cuando se pierden en obscura y tempestuosa noche, en medio de un bosque
lleno de malezas, precipicios y tal vez fieras, veo siempre a lo lejos
resplandecer la lucecita que ha de guiarnos a un espléndido alcázar, donde
genios bienhechores han de albergarnos, restaurarnos y regenerarnos.
A pesar, no obstante, de esta dichosa condición mía, como son tantos los
Jeremías y las Casandras que andan por ahí pronosticando nuevos males, y
como brillan con frecuencia ante mis ojos, a modo de siniestros relámpagos,
terribles avisos y ominosas señales, confieso que me desazono, la
postración se apodera de mi espíritu y me pongo muy compungido.
Para animarme solía yo discurrir allá en mis adentros: hemos gastado más
de lo que podíamos gastar en una pobre e inútil defensa, y hemos perdido al
fin nuestras ricas colonias, pero nadie podrá acusarnos, con justicia, de
malos colonizadores, ni de nación estéril, cuando tan vastos territorios han
permanecido en nuestro poder cerca de cuatro siglos y cuando de esta
nación han brotado, como de tronco lleno de savia las ramas verdes y

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floridas, diecisiete repúblicas de gran porvenir, donde circula nuestra
sangre, donde queda indeleble el sello de nuestro propio ser y carácter y
donde sigue y seguirá hablándose nuestro idioma.
Entonces recuerdo los tan conocidos versos del duque de Frías.
.............en vano el mundo
De Colón, de Cortés y de Pizarro,
A España intenta arrebatar la gloria
De haber sido español.
Por el habla, por las creencias y por las costumbres, la gente de allí
seguirá siendo española antes de ser americana. Y el navegante que llegue a
aquellos puertos tan apartados de Europa y de España,
Verá la cruz del Gólgota plantada
Y escuchará la lengua de Cervantes.
Pero mi gozo en un pozo. Yo esperaba que seguirían siempre siendo
hispano-parlantes cuantas naciones se extienden desde el Norte de Méjico
hasta el Estrecho de Magallanes. Yo esperaba que seguiríamos hablando la
lengua española cincuenta o sesenta millones de seres humanos; gran
porvenir para nuestra literatura, por poco que dichos seres escriban y lean.
Pero lo repito; el gozo en un pozo. Y ha venido a arrojarme en él, con sus
dudas y temores, nada menos que el más profundo conocedor de la lengua
castellana (y bien podemos afirmarlo sin temor de que nadie nos desmienta)
que vive hoy en el mundo.
Pocos días ha, recibí un librito impreso en Chartres, que contiene un
poema titulado Nastasio, obra del vate argentino D. Francisco Soto y Calvo.
El poema es muy original. En él hay descripciones bien hechas y sin duda
fieles, de la vida rústica de la Pampa, de aquellas fértiles praderas y de las
costumbres, lances y amores de los campesinos o gauchos. Refiere la mala
aventura de un pallador llamado Nastasio, a quien un tremendo huracán
destruye y quema la cabaña y mata a la mujer y a los hijos. La honda pena y
la resignación cristiana del pallador están bien sentidas y expresadas. Los
versos que el pallador compone, celebrando primero su ventura, cuando aún
era dichoso, y lamentando su infortunio más tarde, son sencillos y
espontáneos sin ser prosaicos ni rudos, y merecen, a mi ver, no pequeña

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alabanza. Por último, la muerte del pallador, viudo y solitario, está llena de
dulce tristeza o más bien de esperanza consoladora.
.............Un instante
Fijos los ojos en el techo obscuro
Pareció que hondamente agradecía
La bondad del Señor.

Después, ya muerto,
Se quedó cual soñando en lo futuro,
Y se asentó la paz en su semblante.
En suma, el Nastasio del Sr. Soto y Calvo es una bella composición, por el
estilo del Hermán y Dorotea de Gœthe y de la Evangelina de Longfellow, si
bien en el Nastasio no se advierte imitación, sino mucha espontaneidad. Su
lenguaje es castellano muy puro.
Por eso mismo me ha sorprendido y me ha contristado más la carta-
prólogo que en el Nastasio he leído.
Hay en esta carta una idea harto contraria a la condición, vida y carácter
de quien la emite. Imposible parece que desconfíe tanto del porvenir en
América del idioma castellano quien ha consagrado toda la vida a su
estudio y está erigiéndole el maravilloso monumento de un Diccionario de
construcción y régimen. Quizás exprese D. Rufino J. Cuervo, pues ya se
entiende que éste es el autor de la carta, no ya una convicción, sino el
temor, propio de quien mucho ama, de que aquello que ama desaparezca o
muera.
La corrupción del latín y el nacimiento y desarrollo ulterior de las lenguas
romances no puede ni debe servirnos de guía para pronosticar en América la
corrupción del castellano y el nacimiento y desarrollo ulterior de nuevos
idiomas. El imperio de los Césares acabó y se desmembró por invasión
extranjera. Pueblos germánicos y de otras razas y lenguas vinieron a
establecerse en varias provincias del imperio, dando origen a nuevos
Estados y aun a nuevas nacionalidades; pero el imperio colonial de España
ha tenido fin, dividiéndose de manera muy distinta, por obra de los mismos
españoles de origen que han querido y logrado ser independientes.

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La civilización antigua se corrompió y degeneró primero, y con la
invasión de los bárbaros sufrió después largo eclipse, o más bien sueño o
letargo del que hubo de despertar o de renacer transformada y muy otra de
lo que era y con otros modos de expresión para manifestar su pensamiento;
pero en las repúblicas hispano-americanas ni ha habido invasión de
bárbaros, ni desmayo, ni decadencia de civilización, ni raza triunfante y
dominante que se haya sobrepuesto a la raza española de origen que antes
triunfaba y dominaba. No hay motivo, pues, para recelar la desaparición en
el nuevo continente de la lengua castellana, a no ser que los actuales
habitantes o ciudadanos de las nuevas repúblicas se consideren, con
humildad profundísima, tan pobres de ser propio que vengan a sobreponerse
a ellos y a hacerles olvidar el habla de sus padres, o bien los indios
indígenas, o bien los emigrantes italianos, franceses o alemanes, que acudan
en busca de trabajo y de bienes de fortuna.
El aislamiento de las diversas repúblicas entre sí, tendrá que ser y deberá
ser menor cada día, y sólo en muy remoto porvenir, que va más allá de toda
previsión humana, podrá crear lenguas distintas, acabando por no
entenderse los que son hoy pueblos hermanos.
El que haya cierto número de palabras propias de cada país para significar
especiales y locales usos, costumbres, producciones naturales, trajes, etc.,
no basta para explicar que vengan a nacer distintas lenguas. Acaso para
entender las narraciones de Pereda, el más español y el más castellano de
nuestros novelistas, se requiera más glosario que para entender el Nastasio
o cualquiera otra narración argentina. Y no por eso teme nadie entre
nosotros que en la Montaña, en Santillana o en Santander, en la patria del
mismo Pereda, de Amós Escalante y de Menéndez y Pelayo, salgan
hablando, el día menos pensado, un idioma distinto.
La más seria amenaza de muerte que tiene el castellano es, según dice el
Sr. Cuervo, que no hay más que cuatro o cinco autores españoles cuyas
obras se lean en América con gusto y provecho, que allí la vida intelectual
se deriva de otras fuentes; pero si esto es así, si en España no hay más que
cuatro o cinco autores, y si para vivir vida intelectual tenemos que recibirla
de Francia, tan amenazado como en aquellas repúblicas está el castellano en
esta desventurada y estéril metrópoli, donde sólo Dios sabe qué lengua
hablaremos, o si dejaremos de hablar ya que nada propio y no venido de

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París tenemos que decir en ninguna habla. Si para decir algo de gusto o de
provecho tenemos que repetir lo que se dice en Francia, más vale dejarlo en
francés y no traducirlo. El pasto espiritual es, lo mismo que el material,
indigesto y desagradable cuando se toma recalentado. Boileau lo declara
diciendo:
........et souvenez-vous bien
Qu'un dîner rechauffé ne valut jamais rien.
Y no se me diga que no bien nos lancemos a hablar, en la antigua
metrópoli y en todas las repúblicas, sus hijas, dieciocho lenguas nuevas,
desaparecerá la esterilidad de nuestro ingenio, se nos aclararán las
entendederas, y en vez de cuatro o cinco autores que escriban cosas de
gusto y de provecho, tendremos cuatrocientos o quinientos. Desengáñese el
señor Cuervo: si en el día y hasta el día hemos sido y somos poco
ingeniosos, provechosos y gustosos, lo seguiremos siendo, aunque se repita
el milagro de la Torre de Babel entre nosotros.
Este milagro, por otra parte, es harto difícil de hacer. No en todas las
regiones que formaban antes el inmenso imperio español se halla a mano
para desechar el habla de Castilla otra lengua viva aún, o algún dialecto que
la reemplace, como sucede en Cataluña y en Galicia. Los andaluces,
pongamos por caso, nos veríamos algo apurados si intentásemos
descastellanizarnos. Expulsados ya los judíos y los moriscos, no me parece
bien ni fácil que saliésemos hablando en árabe o en hebreo, lo cual tendría
además el inconveniente de no ser nuestra lengua propia y privativa. Todo,
sin embargo, tiene remedio. D. Manuel Góngora y Martínez refiere en sus
Antigüedades prehistóricas de Andalucía, que en varias cuevas llamadas de
letreros, los hay al parecer ininteligibles y en abundancia. Ahora bien; yo
tengo un amigo muy docto que trabaja con éxito en descifrar dichos
letreros, eclipsando la gloriado Champollión. Y como se presume que los
tales letreros están escritos en el antiquísimo idioma de los turdetanos, mi
amigo espera reconstituir el mencionado idioma, en el que se compusieron
sabias leyes y hermosos poemas hace ya nueve o diez mil años. Si el
susodicho amigo mío se sale con la suya y reconstituye la lengua turdetana,
los andaluces echaremos la zancadilla a los catalanes, a los gallegos, a los
vascongados y a cuantos oriundos de España hay en América, aunque

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abandonando el castellano, salgan hablando y escribiendo en quichua, en
guaraní o en el habla de los chibchas o de los aztecas.
Lo mejor, sin embargo, dejando bromas a un lado, sería que así en España
como en toda la dilatada extensión del nuevo Continente, que descubrimos
y colonizamos, se siguiese hablando sin corrupción la lengua de Castilla,
lazo de unión fraternal que no debe romperse. Ningún político inglés mal
humorado se atrevería a insistir en que nuestra raza está decaída, si
cincuenta o sesenta millones hoy, y en lo futuro más millones de hombres,
siguiesen hablando la misma lengua, claro testimonio de la persistente
vitalidad de la raza. Mas para esto hemos de convenir en que se necesitan
dos cosas muy importantes: que tengamos confianza unos en otros, y que
procuremos merecerla. Limitándonos a lo que se escribe, quiero yo dar a
entender que no porque sea español debe el público desdeñarlo, y que
también los escritores debemos hacer los mayores esfuerzos y afanarnos y
esmerarnos para que no nos desdeñen con justicia: para que no se afirme
que sólo hay cuatro o cinco autores que se leen con gusto o con provecho.
Tal vez nuestros autores pagan el desdén del público con otro desdén
equivalente o mayor, pero el desdén con el desdén no tiene tan buen éxito
en literatura como en cuestión de amores. Cuando no se estudia, o se
estudia poquito, nadie, a no ser un ingenio portentoso, acierta a escribir algo
que sea de gusto o de provecho. En el público, y singularmente en lo que
llaman ahora la hig-life, que suele dar ejemplo y tono, noto yo en España la
más desdeñosa manía contra los que escribimos. Y es menester que
trabajemos no poco para que esta manía desaparezca.
Fuera del teatro, a donde acude la gente por lo muy aficionada que es a
divertirse, apenas hay literatura popular en España. La poesía en verso y por
todo lo alto está en general harto desacreditada y a pesar de Quintana,
Gallego, Duque de Rivas, Espronceda, Zorrilla, Campoamor, Núñez de
Arce y bastantes otros que viven o han vivido en el siglo que está
terminando, se nos anuncia fatídicamente que va a desaparecer la forma
poética. Y no se crea que lo escrito en prosa ha conquistado todo el favor y
está muy boyante. Si exceptuamos a D. Benito Pérez Galdós y a otro par de
autores a lo más, apenas los hay hoy en España verdaderamente populares y
cuyos libros se compren y se lean. Con fatigas tendríamos que andar hoy
para completar el número de los cuatro o cinco autores de que habla el Sr.

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Cuervo y cuya lectura trae gusto o provecho a los americanos. Ni siquiera
en España caemos en gracia.
No me atormenta la mala pasión de la envidia, pero, sin envidiar,
reconozco y deploro que éxito tan grande de librería como va teniendo en
nuestra nación la novela Quo vadis? del autor polaco Sienkiewicz, no le ha
tenido ningún novelista español, aunque entren en cuenta las Pequeñeces
del Padre Luis Coloma.
¿En qué consiste esto? ¿Consistirá en manía por lo extranjero o en que la
novela Quo vadis? es mejor que cuanto por aquí escribimos? La cuestión es
tan peliaguda que prefiero callarme y no tratar de resolverla. Clarín además
ha sido interrogado. Tiene la palabra y no debo yo adelantarme y quitársela.
Sólo me atreveré a decir: 1º Habent sua fata libelli. 2º Me alegro de que
vuelva la afición a la novela histórica. 3º Para escribirla bien (y va de
latines) non oportet studere sed studice, lo cual significa, en el presente
caso, que no ha bastado para componer el Quo vadis? acudir al Diccionario
de antigüedades de Rich, a la obra de Dezobry, al Antecristo de Renán y a
otras historias, como v. gr, la de César Cantú, sino que ha sido menester que
el autor esté muy versado en la literatura clásica de Grecia y de Roma, y
acaso en los idiomas en que dichas literaturas se produjeron. Y 4º y último,
se necesita muchísima habilidad y grande ingenio para que interesen y sean
asunto principal de un libro los amores de dos personas harto secundarias, y
que acaban por ser muy felices en medio de multitud de catástrofes que
debieran interesarnos mucho más: muertes de San Pedro y de San Pablo,
suplicios espantosos y variadísimos de cristianos a centenares y trágico fin
también de Petronio, de Lucano, de Séneca, del propio Nerón y de otra
multitud de sujetos de mucho fuste.
Casi no hay novela histórica sin cierta ineludible falta de armonía que el
autor debe hacer que se perdone o se disimule, logrando así el triunfo. En el
Quo vadis? la falta es patente, pero subsanada o remediada con arte y
talento. Hay dos acciones. La principal es la que menos importa: un
caballero, prendado de una muchacha virtuosa y cristiana, se vale de malos
medios para hacerla su manceba. Ella se resiste. El se enamora al fin seria y
honradamente y se hace también cristiano. Y después de algunos lances y
aventuras, el caballero y la muchacha se casan como Dios manda y se van a
holgar en una hermosa quinta que en Sicilia poseen. Estos son los héroes y

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protagonistas y este el asunto principal de la novela. La comparsa, el coro y
el otro asunto más amplio, en que el asunto principal encaja, son una legión
de mártires, apóstoles y santos, y una serie de acontecimientos terribles y
reales, que inspiran la Apocalipsis al Aguila de Patmos, y que preparan la
prodigiosa mudanza de Babilonia en nueva Jerusalén, y el vencimiento del
imperio de la fuerza por el imperio del espíritu, del que igualmente ha de
ser capital Roma, purificada y santificada por la sangre de los confesores de
Cristo.
En suma, yo no quiero decir más sino que la novela Quo vadis? se lee con
gusto o con provecho, como dice el Sr. Cuervo que sólo se leen en América
cuatro o cinco de nuestros autores.

Nueva edición de «LA CELESTINA»

El señor D. Eugenio Krapf, alemán de nación y fundador y dueño en Vigo
de un establecimiento tipográfico, ha impreso y publicado la tragicomedia
Celestina. Según en el colofón se expresa, esta obra, dividida en dos
volúmenes, se acabó de imprimir el día 31 de Julio del presente año (1900).
El primor y la elegancia de la nueva edición dan claro testimonio del buen
gusto del impresor, de su pericia y de su devota admiración a las letras
españolas.
Entre cuantos libros de entretenimiento se han escrito en España, La
Celestina, es, después del Quijote, el más estimado, así de nuestros críticos
como de los críticos de otros países, y el que mayor influjo ha tenido acaso
en el ulterior desenvolvimiento de la novela y del teatro en las modernas
literaturas de Europa. Prueban la estimación que en todas partes se ha dado
a este libro las esmeradas traducciones que de él se han hecho en diversas
lenguas, imprimiéndolas o reimprimiéndolas desde principios del siglo xvi

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hasta nuestros días con mayor primor y lujo que en España. Así, por
ejemplo, la traducción francesa de Germond de Lavigne, publicada en París
en 1873, la traducción alemana de Eduardo de Bolow, impresa en Leipzig
en 1843, y la antigua y bella traducción inglesa de Jaime Mabbe, lujosa y
lindamente reimpresa en 1894 e ilustrada con una muy discreta y erudita
introducción por el docto hispanófilo Fitzmaurice Kelly.
En España, revelándose tristemente nuestro desdén o nuestra indiferencia
por las producciones del propio ingenio, no se ha hecho una sola edición de
La Celestina durante todo el siglo xviii, y en el siglo xix, que pronto
terminará, sólo se han hecho cinco ediciones contándose en este número la
incluida en la Biblioteca de autores españoles de Rivadeneyra, tomo III, que
contiene novelitas anteriores a Cervantes. De ninguna de estas ediciones
puede afirmarse que esté hecha con el esmero y el lujo que el texto original
merece y pide. Tal vez influyó en la menor estimación que se dio a La
Celestina, desde mediados del siglo xvii y singularmente en el xviii, el
estigma que puso en ella la Inquisición no con gran severidad por cierto.
Patente se ve la inmensa popularidad de La Celestina en España, durante el
siglo xvi, así, porque de dicha obra se hicieron en aquel siglo cerca de
setenta ediciones, como por los raros que son los ejemplares de todas ellas,
demostrando que se leyeron mucho, a no ser que se presuma que en tiempos
de mayor recato, hipocresía o pureza de costumbres hubieron de destruirse
muchos ejemplares de un libro cuyo licencioso desenfado no puede negarse.
Caso raro es que no se haya podido afirmar durante mucho tiempo quién
sea el autor de libro tan famoso. Y más raro es aún, dada la perfecta
armonía de su estilo y la unidad de pensamiento que en el conjunto se nota,
que haya podido creerse que el primer acto fue escrito por un autor,
atribuyéndose, ya a Juan de Mena, ya a Rodrigo de Gota, y que son obra de
otro autor los veinte actos restantes, en nada inferiores al primero.
En el día, por fortuna y merced a demostraciones que sería prolijo exponer
aquí, ha venido a desecharse la creencia en la pluralidad de autores y a
tenerse por averiguado que el bachiller Fernando de Rojas fue el único
autor de todo el libro.
De la vida de este bachiller, que resulta por lo expuesto uno de los más
gloriosos ingenios de nuestra patria, poco se sabe hasta el día, si bien puede

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presumirse que no fue un comunero de su mismo nombre y apellido
excluido de la amnistía que en 1522 dio el emperador Carlos V, sino otro
Fernando de Rojas, que estudió jurisprudencia en Salamanca, que fue
alcalde mayor de dicha ciudad y que se estableció al cabo y terminó sus
días en Talavera de la Reina. La fecha de su nacimiento y de su muerte creo
que se ignora. Nada se dice tampoco de ningún otro escrito o hecho suyo.
Dando aquí por supuesto que la edición de Burgos de 1499, de la que sólo
se conserva un ejemplar, fue una falsificación, hecha en Venecia, de 1632 a
1635, la primera aparición de La Celestina, fue en el año de 1500, edición
de Salamanca. La edición, pues, de Vigo hecha por el Sr. Krapf en 1900,
viene a solemnizar el cuarto centenario del libro y también de su autor, de
cuya vida y hechos es el libro lo más importante que se conoce.
Ilustran la edición del Sr. Krapf, y le dan mayor realce y atractivo las
variantes, el catálogo de las ediciones que de La Celestina se han hecho en
español, en francés, en inglés, en holandés, en alemán, en latín y en italiano,
y sobre todo una bella introducción, notas y apéndices de D. Marcelino
Menéndez y Pelayo.
Nunca un libro, por original que sea, deja de tener antecedentes.
Considerado como tal está el Pamphilus, que es uno a modo de drama, en
exámetros y pentámetros latinos, remedando el estilo de Ovidio. Este drama
viene inserto como apéndice en la edición del señor Krapf. Se ignora el
nombre de su autor y la época en que se compuso, si bien puede creerse que
no es anterior al siglo xii y que su autor hubo de vivir en algún monasterio
del centro de Europa.
En germen están en el Pamphilus el pensamiento y el asunto de La
Celestina. Ya en el arcipreste de Hita hay no pocos trozos del Pamphilus
imitados y traducidos. Pero con razón afirma el Sr. Menéndez que esto no
menoscaba la poderosa originalidad del arcipreste ni mucho menos la de
Fernando de Rojas. El Pamphilus, más que obra de un poeta, parece el frío
y trabajoso estudio de un filólogo, cuyos personajes carecen de vida y de
individual consistencia.
La tragicomedia Celestina, en cambio, es y ha sido admirada siempre por
la animación vigorosa y la variedad de los caracteres de cuantos personajes
toman parte en la acción. Hay, por último, en la Celestina cierto misterioso

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encanto que se apodera del alma de quien la lee, embelesándola y
moviéndola a la admiración más involuntaria.
No admiramos porque nos prescriban los críticos que admiremos, sino
porque la admiración nace en nosotros espontánea e inmediatamente de la
lectura. De aquí, para mí al menos, un muy curioso problema de crítica
harto difícil de resolver; una contradicción, real o aparente que tal vez nadie
acierte a explicar, bien sin pecar de sutil y de alambicado.
La historia que en los sucesivos diálogos se va desenvolviendo basta
llegar al desenlace, mirada dentro de la completa realidad de la vida que
vivimos, ya en nuestro siglo, ya a mi ver, en cualquiera otro, tiene casos tan
inverosímiles, que rayan en lo absurdo. Calixto, mancebo gentil, rico y
noble, penetra buscando un azor, en los jardines de la egregia y hermosa
doncella Melibea; prendado de ella, la requiere de amores, y ofendida la
dama en su recato y en su orgullo, áspera y crudamente le despide. Melibea
y Calixto son ambos de igual condición elevada, así por el nacimiento,
como por los bienes de fortuna. Entre las familias de ambos no se sabe que
haya enemistad, como la hubo, pongamos por caso, entre las familias de
Julieta y de Romeo. Ni diferencia de clase, ni de religión, ni de patria los
divide. ¿Por qué, pues, no buscó Calixto a una persona honrada que
intercediese por él y venciese el desvío de Melibea, y por qué no la pidió
luego a sus padres y se casó con ella en paz y en gracia de Dios? Buscar
Calixto para tercera de sus amores a una empecatada bruja zurcidora de
voluntades y maestra de mujeres de mal vivir, tiene algo de monstruoso que
ni en el siglo xv ni en ningún siglo se comprende, no siendo Calixto vicioso
y perverso y sintiéndose muy tierna y poéticamente enamorado.
Todo se comprende, sin embargo, si consideramos la tragicomedia
Celestina como la primera creación de una nueva era literaria en la que
caben ciertos inspirados atrevimientos: una escena ideal, exenta de
condiciones y requisitos y vacía de todo estorbo y no para que en ella
aparezcan vagos y confusos los personajes, sino al contrario, para que más
distintos y determinados se vean, como figuras que están en alta cumbre y
se destacan y se dibujan en el azul sereno del firmamento sin nubes. Las
flechas de amor que sucesivamente hieren y arrebatan los corazones de los
dos amantes, no rompen medio que debilite el ímpetu inicial de su carrera,
ni hay atracción de la tierra ni del cielo que las pare o las solicite. Fernando

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de Rojas hace abstracción de todo, menos del amor, a fin de que el amor se
manifieste con toda su fuerza y resplandezca en toda su gloria. Y no es el
amor de las almas, ni tampoco el amor de los sentidos, cautivo de la
material hermosura, sino tan apretada e íntima combinación de ambos
amores, que no hay análisis que separe sus elementos, apareciendo tan
complicado amor con la irreductible sencillez del oro más acendrado y
puro.
Ni lo que llamamos ahora conveniencias sociales, tan existentes en el
siglo xv como en el día, ni lo que prescriben las costumbres y las leyes, ni
moral ni religión se toman aquí en cuenta. Muy licenciosa hubo de ser
aquella edad en que todos los sueños caballerescos de la Edad Media, las
disquisiciones de la corte de amor y las apasionadas ternuras de los héroes
de la Tabla Redonda, de Lanzarote y Ginebra, de Tristán e Iseo, se
mezclaban con el ansia de vida y de goces y con la adoración anhelante de
la hermosura plástica que el resucitado gentilismo había despertado y
movido. Todo ello hervía sin duda en las almas, como el mosto en la cuba
durante la fermentación tumultuosa.
En resolución, Calixto y Melibea se adoran y no es hipérbole ni figura
retórica, sino adoración efectiva. Fuera de su amor no ven nada ni queda
nada. Ni reconocen el pecado ni hay lugar para el arrepentimiento o para la
enmienda. El destino, en medio del deleite y de la gloria de ellos, los lleva a
trágica muerte, pero en esta misma muerte trágica hay poco de tétrico y de
sombrío, sino que hay algo de triunfo. Allí se ve el más alto extremo de lo
que el Sr. Menéndez y Pelayo en otro reciente escrito suyo, sobre la
Propaladia de Torres Naharro, llama la triunfante alegría del renacimiento
español.
Muerto Calixto, Melibea se arroja desde lo alto de una torre y también se
mata, pero la bienaventuranza alcanzada y gozada por ambos amantes, en
sus mutuos y ardientes abrazos, es como luz de gloria que los envuelve y
que presta a lo trágico, acaso contra la intención reflexiva del autor, carácter
de apoteosis. Así resulta vano en mi sentir, el propósito que tuvo Fernando
de Rojas o que supuso que tuvo, de adoctrinar a los jóvenes enamorados
para que no se fiasen de sirvientes inmorales y lisonjeros y de mediadoras
perversas como Celestina.

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El candor chistoso con que los escritores de aquella edad, eclesiásticos
con frecuencia, buscan motivo o pretexto para justificar sus composiciones
sobrado galantes, pasma hoy al lector y despierta en su espíritu la duda de si
ellos se engañarían en efecto al suponer tal propósito o si le alegarían como
burlando. Notable ejemplo da de esto el beneficiado Fernán Suárez, natural
de Sevilla y traductor del Coloquio de las damas de Pedro Aretino, libro
reimpreso pocos días ha en Madrid por el señor B. Rodríguez Serra.
Sostiene con toda seriedad el beneficiado y traductor que lo hace para
moralizar el mundo, el cual andaba tan pervertido en su época como en
aquella edad remota en que Dios envió el diluvio universal para castigarle.
Pero la divina justicia, según lo entiende el beneficiado, no gusta de repetir,
sino de variar y de inventar nuevos castigos cuando hay pecados nuevos. Y
así, en vez de diluvio, había enviado en su tiempo una enfermedad
contagiosa que hacía grandes estragos y sobre la cual escribió Fracastoro un
elegante poema latino dedicado al cardenal Bembo. Como quiera que ello
sea, yo no acierto, ni creo que nadie acierte a explicar que haya muy
provechosos avisos para los mancebos y triaca contra la ponzoña de la
sensualidad en los muy desvergonzados lances que el Coloquio de las
damas refiere. ¿Hablaría de chanza o hablaría de veras el beneficiado al
sostener que su libro morigeraría mejor a los jóvenes regocijados que la Vía
de espíritu o la Subida del Monte Sión, libros que ellos desecharían sin leer
en cuanto del título se enterasen?
Fernando de Rojas tuvo, o imagina también que tuvo, el propósito de
adoctrinar la juventud y de apartarla del vicio. Si resultó lo contrario, bien
pudo decir Fernando de Rojas lo que dice el beneficiado: «que si la
juventud tomase de aquí ocasión para pecar, eso no es culpa de esta obra,
sino de nuestra mala condición, la cual, como estómago muy corrompido, la
medicina que se le da para su salud la convierte en malos humores.»
Dejando nosotros a un lado la moralidad, a fin de que no salga mal parada
de esta cuestión en vez de salir victoriosa, y prescindiendo también del
desafuero inverosímil que sirve de fundamento a los amores de Melibea y
de Calixto, bien podemos afirmar que en todos los pormenores de la
tragicomedia hay tan pasmoso realismo y tan bien observada y expresada
pintura de caracteres y de afectos que, no ya los críticos españoles a quienes
pudo cegar la vanidad patriótica, sino los más eminentes críticos de otros
países, como Gervinus en su Historia de la poesía alemana, ponderan el

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influjo de La Celestina en la novela y en el drama de la edad moderna, y
entienden que hasta la aparición de Shakespeare no hubo en la tierra más
profundo observador ni más hábil pintor del alma humana que el bachiller
Fernando de Rojas. Sus personajes todos, Celestina, Sempronio y Parmeno,
Elicia, Areusa y el admirable rufián fanfarrón Centurio, están pintados de
mano maestra y hacen y dicen lo que deben. Si todos citan demasiado a los
clásicos, largan a cada paso sentencias filosofales y pedantean con inocente
refinamiento, es tan propio defecto de aquella época que más que defecto
parece gracia y primor y presta al libro indeleble color temporal.
Ni carece Fernando de Rojas de muy oportunas delicadezas, inspiradas o
reflexivas. La pasión de Melibea y de Calixto no puede ser más vehemente.
El deleite que de la posesión nace en ambos no puede ser más subido. Y con
todo eso, la dicha de ambos, de la que el lector se penetra, se envuelve en
discretísimo y limpio velo, sin que el autor descubriéndola la profane. Los
pormenores eróticos los guarda el autor y los emplea para las escenas, citas
y encuentros de los secundarios y plebeyos amantes; de Parmeno y Areusa,
por ejemplo.
Prolijo sería hacer resaltar aquí las principales bellezas de La Celestina.
Mi artículo se extendería mucho más allá de las dimensiones que en este
periódico se le conceden. Aun terminando aquí, tal vez se me acuse de
haberme extendido demasiado. Válgame para disculpa la popularidad que
en el siglo más glorioso para España tuvo la tragicomedia tan lindamente
reimpresa ahora: popularidad en la que entró por más el valor estético que
lo licencioso del asunto. Bastantes novelas en diálogos, imitando la de
Fernando de Rojas, se escribieron después: algunas notabilísimas por la
elegancia y gracia del lenguaje, por el ingenio y por el chiste, y dejando
muy atrás a La Celestina en sus desenfadadas verduras. La Comedia
Serafina, reimpresa también pocos años ha por los señores marqués de la
Fuensanta del Valle y D. José Sancho Rayón, da testimonio de ello. Y sin
embargo, así la Comedia Serafina, como la Comedia Selvagia y cuantas en
el mismo género se compusieron, quedan muy por bajo de la joya literaria,
cuyo alto precio he juzgado conveniente recordar hoy con ocasión de
exhibirla de nuevo el Sr. D. Eugenio Krapf en forma tan correcta y lujosa.

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BIBLIOTECA DE FILOSOFÍA Y SOCIOLOGÍA

Con el título que arriba se expresa, el señor D. B. Rodríguez Serra ha
empezado a publicar una colección de libros de filosofía, y de esto que con
vocablo feo e híbrido llaman ahora sociología. Sólo van publicados tres
tomos, pero yo, que si bien poco entendido en asuntos filosóficos, gusto de
ellos muchísimo, no he querido retardar mi bienvenida a la mencionada
biblioteca, deseándole el mejor éxito posible con nuestro público de
España.
De la historia de esta ciencia primera, así como de la historia de toda
cultura, se han escrito no pocos libros en tierra extranjera y en estos últimos
tiempos. Los franceses, ingleses y alemanes, con razón o sin ella, se han
repartido los más brillantes papeles, y atribuyéndose casi toda la fecundidad
filosófica, nuestra pobre nación ha resultado estéril o casi estéril, durante
los cuatro últimos siglos, por culpa acaso de la Inquisición, de nuestra feroz
intolerancia o de nuestra ineptitud para cosas tan sublimes.
Llenos nosotros de humilde abatimiento, hemos aceptado por lo pronto la
sentencia sin protestar ni apelar. La opinión de que no nos da el naipe para
filósofos ha prevalecido entre la generalidad de nuestra gente letrada.
Por fortuna la reacción ha sobrevenido, y con tal fuerza en algunos
espíritus, que puede hacer recelar a un crítico imparcial y frío que es mayor
que el fundamento en que se sostiene.
Los más hábiles y fervorosos defensores de la filosofía española han sido,
a mi ver, don Gumersindo Laverde Ruiz, D. Nicomedes Martín Mateos, D.
Francisco de Paula Canalejas, el padre Ceferino González y recientemente
D. Marcelino Menéndez y Pelayo.
Con todo, y a pesar de las lecciones que este último está dando en el
Ateneo, y a pesar de cuanto ha escrito ya en sus obras sobre las ideas
estéticas y sobre los heterodoxos, todavía entiendo yo que la cuestión no
está bien dilucidada. Nuestros más notables filósofos, desde el
Renacimiento hasta el día, han escrito en latín, y no es poco lo que han

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escrito, por todo lo cual ni se han hecho extractos fieles y luminosos de lo
que escribieron, ni se han emitido sobre ello imparciales y bien
considerados juicios, ni los profanos, en cuyo número me cuento, hemos
llegado a enterarnos con claridad y exactitud de sus sistemas y doctrinas.
Sabemos que hemos tenido, y nos jactamos de tener entre nuestros filósofos
a Luis Vives, a Valles, a Francisco Victoria, al doctor eximio Suárez, a
Melchor Cano, a Domingo de Soto, a Foxo Morcillo, a Gómez Pereira y a
muchos otros, pero la mayoría de la gente, apenas iniciada, sabe poco más
que sus nombres. Con todo, basta saberlos y basta saber que bien o mal tan
ilustres varones se han empleado en el estudio de la filosofía para presumir
razonablemente que no se ha perdido entre nosotros la afición a este
estudio, y que por consiguiente, los libros de la Biblioteca del Sr. Serra
llegarán a venderse y a leerse, como muy de veras lo deseamos.
Otra opinión vulgar, que anda hoy muy valida contradice la posibilidad de
que nuestro deseo se realice. Creen no pocas personas que la filosofía se va
achicando y consumiendo conquistada y desmembrada por las ciencias
positivas y exactas, que han ido poco a poco invadiendo sus dominios,
anexionándoselos y repartiéndoselos como pan bendito o no bendito. Pero
esto es una vanidad infundada de los sabios empíricos y de la muchedumbre
que los admira y los sigue. Lo razonable es creer lo contrario: que mientras
más se extiende el saber experimental, más crece y se magnifica en el
espíritu el concepto de la filosofía y de la extensión inexplorada de su
imperio.
Figurémonos que la filosofía, augusta y soberana emperatriz de las
ciencias, mora en espléndido alcázar, cuyas salas y estrados son magníficos
y cuyas elegantes cúpulas y empinadas torres se diría que llegan al cielo y
se bañan en luz más pura y radiente que la de este sol que de ordinario nos
alumbra. Pues bien, el alcázar, que así nos figuramos tiene vastísimos
subterráneos, o sótanos por donde los sabios experimentales van andando y
escrudiñándolo todo. Allí están las caballerizas, las pocilgas y los tinados,
no pocos almacenes para trastos viejos, habitaciones capaces para la
servidumbre, cocinas, fregaderos, bodegas, despensas y otras oficinas por el
estilo. Por algunas rendijas y claraboyas tal vez se percibe y columbra algo
de la magnitud y hermosura del alcázar; pero los sabios experimentales no
hallan modo de penetrar en él, si bien mientras más andan, notan y
averiguan en aquella parte baja, más crece el concepto de la soberbia

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amplitud y de la extensión maravillosa de lo inexplorado e inasequible que
sobre ellos se levanta. Así comprendo yo qué es la filosofía con respecto a
la ciencia que de la observación y del experimento procede.
Quizás nadie consiga nunca subir real y efectivamente a la parte superior
del alcázar, pero por virtud de la fe, de la imaginación o de algo a modo de
entusiasmo amoroso, quizás nos elevemos en espíritu con las alas que nos
preste la religión, la metafísica o la poesía, y veamos o nos forjemos la
ilusión de que vemos algunas de aquellas maravillas. De todos modos, los
medios sutilísimos de que nos valemos para conseguirlo, y el ingenio, la
tenacidad y los alambicados recursos a que acude y de que se vale nuestra
mente en tan difícil empresa, tiene tal encanto y tan poderoso atractivo que
nos deleitan y enamoran aunque en vez de triunfo obtengan sólo
desengaños.
En este sentido y por las razones expuestas, los libros de filosofía no
pasarán de moda, y en todas partes, incluso en España, agradarán e
interesarán ahora y siempre. Auguramos, pues, buen éxito a la biblioteca del
Sr. Rodríguez Serra. Van ya publicados en ella escritos de Schopenhauer y
de Baltasar Gracián, y se anuncian como en prensa, varios de Nietzsche, Ibn
Geribol, Emerson, Leopardi, Vives, Stiner y otros, tan opuestos en sus ideas
que de lo menos que podemos acusar al editor es de parcialidad, antes bien
aparece dotado de un sincretismo que nos inspira simpatía.
No aceptando por cierto sistema alguno, no alistándose en las filas de los
secuaces y aceptándolos todos como cavilaciones discretas, divertidas o
interesantes, poco importa que sean pesimistas u optimistas que sostengan
el panteísmo, el materialismo u otros ismos, que afirmen o que no nieguen,
con tal de que diviertan, interesen u ofrezcan alguna novedad. Lo que
conviene, de cualquiera suerte que sea, es que el lenguaje de las
mencionadas cavilaciones no resulte, o por culpa del autor o por culpa del
traductor, muy bárbaro y enmarañado. Si el lenguaje y el estilo no fuesen
claros y hasta cierto punto elegantes, pudiera ocurrirnos algo parecido a lo
que ocurrió a la mona que trató de comerse la nuez verde y que la arrojó
con desdén o con rabia al probar la amargura de la cáscara, sin llegar a
comerse el sabroso fruto que dentro se escondía. Y aún sería peor, si
vencida la repugnancia de lo verde y amargo y quebrantada también a
fuerza de dientes la dureza de la envoltura leñosa, nos encontrásemos con

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que la nuez estaba vana o podrida. Prescindiendo de estas contingencias, yo
declaro que todo tratado filosófico despierta mi curiosidad y me hechiza.
Esperemos que suceda lo propio a mis compatriotas aficionados a libros, a
fin de que compren y lean éstos sobre los que ahora voy discurriendo.
Otro peligro hay, contra el cual no veo reparo ni cautela que esté de sobra.
La falta de preparación conveniente puede hacer que un alimento espiritual,
ya por exótico, ya por inusitado, ya por harto sustancioso, se nos indigeste
en el alma, o bien que siendo veneno le tomemos como triaca. Quiero decir,
sin ambages, que los que están ayunos de todo conocimiento filosófico, si
propenden además, como hoy generalmente sucede, a prendarse de lo
extranjero, tal vez acepten por oro la alquimia y consideren cualquiera
extravagancia o disparate como el Non plus ultra de la investigación
especulativa y del saber humano.
Ni mis cortas luces ni la brevedad que debe tener este artículo
consentirían, pongamos por caso, que yo impugnara aquí las doctrinas de
Schopenhauer en el libro ya publicado y cuyo título es Sobre la voluntad en
la naturaleza. ¿Pero no me sería lícito recelar, no sólo la falsedad de la
doctrina, sino lo huero o vacío que en ella puede notarse, fundándose en
puro juego de palabras y en llamar las cosas o sus cualidades con nombres
que no han tenido jamás, en castellano al menos? ¿Qué diantre de voluntad
es esa que se ignora a sí misma y que ignora lo que quiere y que produce,
sin embargo, el universo y las leyes matemáticas, físicas y morales que, sin
duda, le gobiernan? ¿Cómo de esa voluntad sin conciencia nace la
conciencia? ¿Cómo nace la inteligencia de lo que no entiende? ¿Por muchas
vueltas que se dé a un objeto, brotará en él algo que no esté en germen en él
y que no traiga además de fuera de él la sustancia y la fuerza y la ley que
para el desenvolvimiento del germen se requieren? En fin, la tal voluntad
inconsciente, causa primera de todo, me parece a mí, profano, una
ininteligible algarabía.
Y no se me acuse de poco respetuoso con los sabios celebérrimos y
admirados en las naciones más cultas. El mismo Schopenhauer nos enseña
la falta de respeto, aunque nuestra moderación y nuestra cortesía no acepten
sino un poquito de sus lecciones. A casi todos los profesores de filosofía de
las Universidades de Alemania los pone él como chupa de dómine,
tratándolos de envidiosos, de plagiarios, de necios y de tan interesados que

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encubren la verdad y enseñan la mentira por miedo de perder la posición y
el salario que reciben. A Kant le pone por las nubes; pero después de Kant
apenas hay más que él en el mundo: Fichte es un mono, y Hegel, el que por
tanto tiempo hemos admirado como el Aristóteles de la edad novísima, no
es más que un charlatán atrevido. Leibnitz, cuando Schopenhauer le
compara con él mismo y con Kant, es un miserable pigmeo, y tonterías y
nada más que tonterías son su armonía preestablecida y sus mónadas.
El desenfado con que Schopenhauer fustiga a sus colegas tiene
antecedentes en abundancia. Ya nos cuenta Gil Blas que los que disputaban
en las aulas de Salamanca más parecían energúmenos que filósofos. No hay
veneración que valga. El canciller Bacon, preconizado por muchos como
fundador, norte y guía de todo positivismo, ha sido injuriado de la manera
más feroz por no pocos de los mismos positivistas. Y Descartes, de quien se
dice que procede toda la moderna filosofía, como de Sócrates la antigua, es
considerado como un deplorable metafísico por Gioberti y por otros, que si
algo de bueno hallan en él lo declaran plagio de San Anselmo o de otros
autores de la Edad Media.
Exclamemos con Horacio: hanc veniam petimusque damusque vicissim, y
reservándonos el derecho de negar y de censurar muchos sistemas
filosóficos, si bien con moderación suave y sin tirarnos los bonetes,
aplaudamos el propósito del Sr. Rodríguez Serra y excitémosle y
animémosle para que le lleve adelante. Aunque una filosofía nos parezca
falsa o vana, ¿no podrá ser entretenida e ingeniosa? Por recomendación de
Schopenhauer, hemos venido a inscribir nosotros en la lista de los más
notables filósofos a Baltasar Gracián, alguna de cuyas obras Schopenhauer
ha traducido y ensalzado. El Criticón, v. gr., es para Schopenhauer un
prodigio, y en todos los tratados de Gracián rebosa la filosofía.
El Sr. Serra no carece, pues, de fundado motivo para incluir, como
incluye, en su colección dos obritas de Gracián: El héroe y El discreto.
Mucho distamos nosotros de hallar en dichas obras el extremo de delirio
culterano al que llega Gracián en sus Selvas del año, sobrepujando a
Góngora en las soledades y en el polifemo; lo que es filosofía tampoco nos
parece que hay, ni en El discreto ni en El héroe. Lo que hay, en nuestra
opinión, es un admirable conjunto de enrevesados conceptos y de
sentenciosas agudezas, donde son de admirar la riqueza y primor de nuestro

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idioma, y la maestría y el talento del escritor que de él se vale, pero donde
no acertamos a ver sino apotegmas de moral práctica, casi siempre tomados
de antiguos escritores, y alguna vez de la observación perspicaz del mismo
Gracián, que era, por cierto, un verdadero hombre de mundo.
El concepto de la filosofía es muy elástico. Suele ampliarse o restringirse
a gusto del consumidor. Pero si hemos de incluir, por ejemplo, entre los
filósofos al duque de la Rochefoucauld y a la Bruyere, incluyamos también
a nuestro Gracián y hasta pongámosle por cima de ambos.
La nueva edición que de El héroe y El discreto nos da el Sr. Serra está
ilustrada por un erudito estudio, donde se dan muy curiosas noticias sobre
los triunfos y la influencia que Gracián ha alcanzado como filósofo en
Alemania. Dicho estudio, escrito en castellano con corrección y elegancia,
se debe a la pluma del Sr. Arturo Farinelli, profesor en Innspruck, capital
del Tirol, y tan docto y entusiasta apreciador de nuestra lengua y literatura,
como de la alemana, y de la de Italia, su patria.
En suma, y a fin de terminar este artículo ya sobrado extenso, diré que,
precaviéndonos bien para no inficionarnos con alguna herejía o para no
exponernos a ir a parar en un manicomio, como Nietzsche o como Augusto
Comte, harán muy bien los aficionados a la lectura en comprar y en leer
cuantos tomos han salido ya y vayan saliendo de la biblioteca del Sr. Serra.
Así se instruirán, y aunque sea con vuelo inseguro, elevarán el alma a las
más altas regiones a donde puede subir nuestro entendimiento o nuestra
fantasía.

El regionalismo literario en Andalucía.

I

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En Junio de 1856, si no me es infiel la memoria, pasé yo muy
agradablemente tres semanas en la famosa ciudad de Moscú, capital de
todas las Rusias. Allí conocí y traté al señor Sergio Sobolefski, sujeto muy
ilustrado y amable, poeta satírico de gran nombradía en su tierra y notable
conocedor y admirador de la literatura española. Como preciado regalo
suyo conservo aún entre mis libros La segunda Celestina, de Feliciano de
Silva, donde se tratan los amores de Felides y Polandria, y un bonito
ejemplar de las Relaciones, de D. Juan de Persia, impresas en Valladolid en
1604.
En aquel tiempo ya era yo aficionado a leer, había compuesto no pocos
versos y hasta me parece que también había escrito y publicado varios
articulitos en prosa.
A pesar de todo, cuando el Sr. Sobolefski me habló de D. Manuel Milá y
Fontanals, de quien él era grande admirador y amigo, tuve que confesarle
que ni las obras, ni el nombre conocía yo de tan ilustre literato. Le conocí,
pues, por medio del Sr. Sobolefski, fui también más tarde su amigo,
estuvimos en correspondencia epistolar, y creo, por último, que firmé la
propuesta para que el Sr. Milá fuese académico correspondiente de la Real
Academia Española.
Lo que acabo de referir prueba, sin duda, mi ignorancia y mi descuido,
pero prueba igualmente el descuido y la ignorancia de la generalidad de mis
compatriotas. La fama del señor Milá, que había logrado extenderse hasta el
centro de Rusia, acaso no había logrado en España pasar de Cataluña a las
demás provincias del Reino.
Con verdadera satisfacción podemos asegurar en el día que las cosas han
cambiado mucho mejorando, y que nuestra incomunicación literaria rara
vez llega a extremo tan lastimoso.
Sobrados vestigios quedan de ella todavía por donde, si no puede
justificarse, se explica al menos la propensión al regionalismo. No es de
extrañar que enojados los escritores que viven en provincias de que la fama
de ellos no vuele, si antes no pasa por Madrid y en Madrid le prestan alas,
sientan el prurito de aislarse, de escribir en la lengua o en el dialecto de la
región en que nacieron, y de compensar así por la intensidad y la densidad
la corta extensión de su nombradía.

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Lo cierto es que en España apenas se lee. El comercio de libros se hace
con poca maña o con poca fortuna, y los autores, aunque sean buenos,
tienen que resignarse y que contentarse a menudo con que los lean y los
aplaudan en la ciudad natal, en determinada comarca, en lo que llamamos
patria chica.
A fin de evitar esto, que a mi ver es un mal, y a fin de contribuir, en cuanto
esté a mi alcance, a que sean conocidas y celebradas las producciones que
lo merecen y que se escriben y se dan a la estampa fuera de Madrid y en
lengua castellana, me decido yo a dar noticia de algunas de ellas,
prefiriendo, como es natural, las de mis paisanos los andaluces.
Seriamente no hay temor de que por allí el enojo causado por el desdén dé
ser a un regionalismo separatista, porque sería bastante dificultoso que en
Andalucía pretendiese nadie escribir en otro idioma que no fuera el
castellano. Quédese esto para algunos catalanes, vascongados y gallegos, y
también para algunos de nuestros hermanos de América que andan
buscando lengua en que hablar y en que escribir, inventada o resucitada,
con tamaña amplitud y capacidad tan elástica, que quepan holgadamente en
ella los altos pensamientos, las invenciones peregrinas y las profundas o
sutiles ideas que en el burdo y pobre castellano no caben.
En Andalucía, por fortuna, aunque la gente pronuncia mal el castellano,
suele hablarle y escribirle bien; y no tiene trazas, por lo pronto, de adoptar
idioma diferente. Esto no obsta, antes bien nos excita a dar aquí cuenta y
justas alabanzas de algunos libros que en Andalucía se escriben.
Y sin más preámbulo voy a empezar por la flamante novela titulada Justa
y Rufina, cuyo autor es el presbítero D. Juan F. Muñoz Pabón. La sencillez
y castiza naturalidad del estilo hacen simpática dicha novela desde que se
lee la primera página y nos estimulan a proseguir y a terminar su agradable
lectura. Sin nada que ofenda los más pudorosos escrúpulos todo es alegre,
chistoso y hasta regocijado en un principio. La pintura del lugarejo, cerca
de Sevilla, llamado Cascotes, y donde se desenvuelve la acción, parece
exactísima copia de la realidad realzada y animada por el ingenio y por el
arte, si bien el arte, discreto y velado, no deja huella en lo escrito, que
parece todo espontáneo y fácil.

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No son odiosos ni rayan tampoco en exagerada caricatura los personajes
cómicos que en la acción intervienen. Todos hacen reír, aunque sean más
hijos de la observación que de una fantasía jocosa y regocijada. Sus
diálogos se diría que fueron tomados por el fonógrafo, si el fonógrafo
tuviese la rara habilidad de desechar lo pesado y lo impertinente y de
conservar sólo con sobriedad envidiable lo que no cansa, lo que retrata los
caracteres y lo que conduce y contribuye al final desenlace.
La acción nada tiene de complicada, y sin embargo, excita primero la
curiosidad, interesa después, y por último conmueve profundamente.
Entre lo festivo y lo triste, entre lo cómico y lo trágico, en esta novela, lo
mismo que en la realidad, casi no hay intermedio, pero la absoluta carencia
de afectación en el narrador vale más que los rodeos artificiosos para evitar
que la transición sea brusca, y que los sucesos lamentables y el consiguiente
cambio de tono produzcan disonancia.
El noble y excelente caballero D. Alvaro, viudo y con dos hijas gemelas
que llevan por nombres los de las santas patronas de Sevilla, Justa y Rufina,
viene a Cascotes a pasar la temporada de verano y a fin de reponer su muy
quebrantada salud. Justa tiene por novio a un primo suyo llamado Paco
Góngora, de quien está ella profundamente enamorada. Paco, sin sentido
moral y harto ligero de carácter, se ha comprometido con su prima, sin
darse cuenta de que en realidad no la ama. Y aunque no ame tampoco con
verdadero amor a Rufina, la hermana de Justa, charla y coquetea con ella, e
insensiblemente, como si resbalaran y fueran cayendo por una pendiente
suavemente traidora, Paco es infiel a Justa, y Rufina se convierte en cruel y
vencedora rival de su hermana.
Con no escaso talento de novelista y valiéndose de varios episodios
graciosos que todos concurren a la acción, Paco y Rufina advierten sobrado
tarde la grave ofensa que hacen a Justa y a D. Alvaro por el lazo amoroso en
que, burlándolos y escarneciéndolos, ocultamente se han enredado.
Los nuevos amantes temen ser descubiertos y carecen de valor para
confesar su falsía y para arrostrar el enojo del padre y de la hermana tan
duramente ofendidos. Entonces toman la peor y más viciosa de las
resoluciones. Ambos huyen juntos.

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D. Alvaro, que idolatraba a sus dos hijas y que se hallaba muy enfermo, no
puede resistir golpe tan rudo. Cae rendido, se agravan sus males y le
sobreviene la muerte.
El hermoso carácter del cura del lugar resplandece en la conmovedora
escena y en las santas palabras, elocuentes sin arte por la fe religiosa y por
la caridad que las inspiran, con que persuade al moribundo para que
perdone a los culpados, y con que le consuela e ilumina con celestiales
esperanzas los últimos instantes de su vida mortal.
El epílogo de la novela es también muy moral, muy religioso y muy
tierno. Justa, transformada en hermana de la Caridad, recibe a Rufina que
ha ido precipitándose hasta lo más hondo de la abyección y del vicio, cuida
de ella y generosa y santamente la perdona.
Críticos sevillanos, al otorgar al Sr. Muñoz y Pabón fundados elogios, le
califican de discípulo y de imitador o continuador de Fernán-Caballero. No
he de negar yo que las obras de tan célebre autora puedan haber servido de
estímulo al talento del presbítero novelista; pero son tales las diferencias
entre lo escrito por él y lo escrito por la ingeniosa hija de Böhl de Faber,
que no permiten afirmar la imitación ni suponer que ambos autores
pertenecen a la misma escuela. Bien había visto y observado Fernán-
Caballero los usos, las costumbres y las pasiones del pueblo de Andalucía;
pero lo notaba todo y luego se lo representaba al través de un prisma
extraño. Su cultura, más que de libros castizos, era de libros modernos,
ingleses, franceses y alemanes, y esto se reflejaba en los personajes hijos de
su observación y de su inventiva. En ellos y en los lances y sucesos en que
figuran, creo yo notar un afectado y exótico sentimentalismo que no se
estila entre nosotros: que es menos andaluz que tudesco. En cambio, en la
novela del Sr. Muñoz Pabón todo es andaluz de veras y sin nada híbrido: el
fondo y la forma, las pasiones y el lenguaje que las expresa.
Como el Sr. Muñoz Pabón es joven aún, nos complacemos en esperar de
su ingenio no menos sazonados y abundantes frutos.
Como otros muchos autores, en todos los países y especialmente en
España, el Sr. Muñoz Pabón empezó escribiendo en verso antes de escribir
en prosa. De sus obras en verso sólo conozco yo un librito publicado en
1899, cuya lectura produce en mi espíritu muy encontrados efectos. Por una

Page 142

parte confirma en mí la idea de que el Sr. Muñoz y Pabón posee no
comunes dotes de escritor y de poeta, mientras que por otra parte, presumo
yo que movido el autor por su gran piedad religiosa, tal vez sobrado
cándida e irreflexiva, ha tomado para asunto de sus cantos, o mejor diré de
sus narraciones en romances, ya que se trata de un Romancero, algo a mi
ver delicado en extremo y ocasionadísimo a incurrir en faltas. El
Romancero se titula El Niño de Nazaret. No creo que nada en este libro esté
tomado o imitado del Evangelio apócrifo de la infancia de Jesús. Todo es
sin duda inventado por el autor. ¿Pero hasta qué punto está bien componer
algo a modo de novela con sucesos fingidos, por muy verosímiles que sean,
de la vida terrenal del Verbo humanado, cuya gloria apareció a los hombres,
como la gloria del Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad? ¿No
es rebajar demasiado un asunto altísimo el entrar en pormenores vulgares y
realistas? La Virgen María cosiendo, lavando y cuidando de la casa; San
José trabajando en su carpintería, y el Niño Dios yendo a la fuente por agua
con el cántaro al hombro o en otros menesteres por el estilo, o
entreteniéndose en juegos infantiles con muchachos de su edad, son harto
difíciles de ser representados con el conveniente decoro. Quien tales cosas
trata se expone, muy a su despecho, a deslustrar el decoro y a ofender la
majestad de las cosas divinas.
Escritores heterodoxos o impíos o sólo imprudentes acaso, han abusado de
tan peligroso género de amena literatura en estos últimos años. ¿Qué es más
que una novela, aunque así no la llame, la Vida de Jesús de Ernesto Renán?
La inglesa María Corelli, ¿no ha escrito recientemente una novela cuyos
enredos y lances amorosos se ajustan y encajan, digámoslo así, en la pasión
y muerte de nuestro divino Redentor? Hasta en las epopeyas que se fundan
en tan sobrenaturales sucesos se expone el poeta, por eminente que sea, a
entrar en pormenores que provoquen la burla de los incrédulos y que
lastimen la veneración de los creyentes. ¿Qué no se podría decir de
Jerónimo Vida y aun del mismo Klopstock? También un compatriota del
señor Muñoz Pabón, el sevillano Diego de Hojeda, compuso un hermoso
poema sobre la muerte y pasión de Cristo; pero Hojeda nada inventa ni
añade a lo esencial de los sucesos que los Evangelios refieren. La actividad
de su imaginación se emplea sólo en lo alegórico, simbólico y
ultramundano. Muy distinto es el modo con que el Romancero de El Niño
de Nazaret está compuesto, donde se atribuyen a Jesús acciones muy

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laudables todas, pero que carecen de fundamento histórico y que
empequeñecen el concepto del Mesías en vez de realzarle.
En edades de mayor fe que la edad en que nosotros vivimos, apenas había
peligro de mezclar con la verdad ficciones inocentes más o menos discretas.
En el día le hay y no debemos dar pábulo a que se sigan escribiendo novelas
en que Cristo, San José y la Virgen y los apóstoles sean protagonistas,
cuando no el coro o la comparsa de una acción relativamente insignificante
para la historia del mundo, como acontece en la por otra parte bien escrita y
celebérrima novela cuyo título es ¿Quo Vadis?
Cuando el actor de los casos fingidos es el mismo Cristo Hijo de Dios, el
peligro se ve más claro. ¿Para qué atribuir al Salvador acciones que no
constan en ningún documento fehaciente? ¿Cómo podrá ningún hombre
figurarse ni representarse con exactitud el desenvolvimiento y el crecer de
un alma y de un cuerpo humanos, estrechamente unidos con el mismo Dios
en la persona del Verbo? Claro está que el Sr. Muñoz y Pabón nada inventa
de indecoroso ni de ofensivo, como, por ejemplo, lo que alguien ha
pretendido probar recientemente en Alemania, de que Cristo estuvo
estudiando en cierto colegio o Instituto de no recuerdo bien qué ciudad de la
India; pero todavía, a pesar de lo inocente y católico de lo inventado por el
Sr. Pabón, lo mejor es que no se tenga por hecho, sino por mero símbolo,
alegoría y prefiguración de hechos reales ocurridos más tarde. Convengo en
que así pueden disculparse los hechos referidos en el Romancero de El Niño
de Nazaret, donde el coloquio con la Samaritana, la resurrección de Lázaro,
el perdón de la mujer adúltera y otros pasajes de los santos Evangelios se
leen prefigurados y escritos en narración infantil y como lectura propia para
niños. Así también pueden disculparse y quizás aplaudirse por lo
candorosos ciertos pormenores de usos y costumbres que no sé yo si son
anacrónicos o no lo son, por mi escaso saber en arqueología. Así, por
ejemplo, si los niños del tiempo de Cristo, avecindados en Nazaret, jugaban
ya al escondite, al salto de la comba y a la gallina ciega como los niños de
ahora. Candor es este que puede hacer gracia. Yo encuentro graciosa, en el
poema de San José del Padre Maestro Fray José de Valdivielso, aquella
sospecha de que el santo era sólo carpintero de afición, porque siendo
hidalgo de tan ilustre prosapia no era posible que se ganase la vida
trabajando con sus manos, en vez de vivir de sus rentas,

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Pues debió de tener juros reales,
Cual descendiente de señores tales.
No obsta lo que va expuesto para que reconozcamos el notable talento
poético del señor Muñoz y Pabón, la fresca lozanía, la luz y el colorido que
pone en sus pinturas y la pasión entusiasta con que las anima. Acaso los
inconvenientes que veo yo en el género no lo sean para niños o para
lectores de mucha fe y de poca malicia.
II
Mucho se discurre sobre si conviene o no la centralización administrativa
y sobre los grados de autonomía de que deben gozar la provincia y el
Municipio. Cuestiones arduas son estas que yo dejo con gusto para que las
resuelva el bullicioso enjambre de hombres políticos y de Estado que en
España tanto peroran y se agitan. Lo que me preocupa es la centralización
que proviene de la iniciativa individual, y del empeño que todos solemos
tener de vivir en la capital y de abandonar los campos, las aldeas y hasta las
ciudades que no consideramos de grande importancia. Si cuanto hay de
florido, acaudalado y elegante, se viene a Madrid a lucirse y si acuden
también a Madrid en busca de notoriedad y de fortuna, los sujetos que son o
que se creen ricos de saber y de ingenio, de temer es que la grande
extensión territorial de nuestra patria quede como desdeñada y abandonada
de lo que brilla, fomenta el lujo y el bienestar y contribuye a la cultura.
En otros países de Europa, los magnates y grandes propietarios, asisten
más tiempo que en la corte en sus quintas y castillos. Aquí apenas quiere
nadie abandonar la capital, a no ser en el rigor del verano, y entonces, no
suele ser para visitar los predios rústicos y dirigir o presenciar las faenas
agrícolas, sino para irse a Francia o a otros países extranjeros a pasar por
allá el tiempo y a gastarse la hacienda.
A pesar de lo dicho, que tal vez haga recelar que se reconcentre en Madrid
lo más luminoso y activo de nuestra nación, es lo cierto que persisten aún
grandes focos de luz y de actividad en nuestras provincias, y por ello no
podemos menos de alegrarnos como partidarios que somos de este inocente
y pacífico regionalismo. Las antiguas ferias, la solemne pompa de algunas
festividades religiosas, las exposiciones de industria al uso moderno, los
resucitados juegos florales, los congresos católicos, y hasta algunos otros

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congresos ultra-políticos, a fuerza de negar que son políticos, así como las
predicaciones apasionadas y elocuentes de las personas que aspiran a
regenerarnos, todo ello es útil para conservar y reanimar la vida en los
extremos, impidiendo que refluya al centro y deje lo demás inerte.
Sólo hay un inconveniente no corto: que las tales predicaciones
regeneradoras levanten de cascos a la gente levantisca y aficionada a vivir a
salto de mata, y produzcan alborotos, motines y hasta guerras civiles. Pero
si este peligro se evita o se conjura, yo entiendo que todo está bien, aunque
siempre preferiría a las predicaciones regeneradoras, los juegos florales, las
procesiones y las ferias.
De todos modos bueno es que alentemos hasta donde esté a nuestro
alcance, y celebremos, si lo merecen, a cuantos cultiven las letras,
permaneciendo en provincias sin venir a Madrid con el propósito de cobrar
fama.
Sevilla, desde muy antiguo, es un foco de civilización castiza, cuya luz,
por dicha, no se extingue ni se anubla. Su escuela de poetas y su escuela de
pintores, florecientes y luminosas en el siglo xvi, y renovadas en el último
tercio del siglo xviii, dan destellos todavía, a pesar de la general decadencia
de nuestra nación.
Mucho disto yo de aspirar en estos artículos, que no pueden ser extensos,
a presentar un cuadro completo del movimiento intelectual, literario y
artístico de Sevilla y de otras ciudades de Andalucía. Me limito, y debo
limitarme, a tratar de ciertas obras muy recientes, prueba, en mi sentir, de
que dicho movimiento no es estéril, sino que en aquel mismo terreno
produce sazonados frutos, prescindiendo de los cultivadores andaluces que
vienen a Madrid, como los Alvarez Quintero y no pocos otros, a producirlos
y exponerlos.
Tiempo ha que es brillante indicio de la actividad intelectual en la
provincia de Córdoba la producción poética de Manuel Reina, natural de
Puente Genil, donde de ordinario reside, aunque imprima en Madrid sus
libros. Elegante e inspirado poeta, ha publicado Andantes y alegros, Cromos
y acuarelas, La vida inquieta, La canción de las estrellas, Poemas paganos,
en 1896, y recientemente, en 1899, El jardín de los poetas, último libro
suyo que conocemos. Celebra en este libro y retrata con rasgos, a menudo

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felices, a varios poetas eminentes de todas las edades y naciones: desde
Hornero, Anacreonte, Esquilo y Catulo, hasta Gœthe entre los extraños, y
desde Jorge Manrique hasta Espronceda entre los propios. Aunque en
España, no sé por qué, son poco populares y estimados los versos
endecasílabos libres, yo los prefiero a veces a los que están sujetos al
artificio de la rima, cuando la falta de ésta se halla compensada por el
primor y la sobriedad de la dicción y por la cadencia musical del metro. La
rima además tiene graves inconvenientes, cuando para vencer su dificultad,
se emplean sobrados epítetos y participios en «oso, osa, ente y ante, ado y
ada». Como quiera que sea, en este libro de El jardín de los poetas
encuentro yo mejor y más brioso, inspirado y conciso que lo rimado, lo que
está en endecasílabos libres.
Pero Manuel Reina, hasta donde lo consienten la frialdad e indiferencia
para la poesía de nuestro público de hoy, es ya tan conocido, estimado y
celebrado, que considero poco útil y expuesto a que se me tilde de
presuntuoso el llamar la atención sobre sus escritos con detenido examen y
crítica razonada. Básteme declarar aquí con toda sinceridad, que Manuel
Reina es ya, a mi ver, uno de nuestros mejores poetas, y como es joven aún,
se debe esperar de él mucho mayores aciertos, si pule, lima y encaja y
ajusta en adelante con mayor firmeza, dentro de la conveniente y nítida
forma, las hermosas ideas y el hondo sentir que con tanto ímpetu y
abundancia afluyen a su espíritu.
Tratemos aquí de cosas que, si bien harto menos importantes, manifiestan
que el ingenio y la gracia, lo que solemos llamar sal andaluza, no se ha
disuelto aún, sino que persiste, a pesar de tantos duelos, quebrantos y
desazones.
A puñados sazona con esta sal el Sr. don Francisco Toro Luna, algo a
modo de comedia, cuyo título es ¡Día feliz!, que se representó en Córdoba
en el teatro circo del Gran Capitán y en Julio del presente año. Sólo dos
personajes figuran en la acción, la cual es muy sencilla. Todo el mérito está
en el diálogo, natural, gracioso y desenfadado. Primero hay el monólogo de
una joven y después el coloquio de ésta con un primo suyo que acaba por
declararse fervorosamente enamorado de ella. No quiero contar aquí el
progreso de la acción y el disimulado artificio que con la ingenuidad se
confunde y por cuyo medio se llega al más venturoso y alegre desenlace. Si

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yo contase el argumento destruiría todo el hechizo de la obra no contándole
con mucha extensión, porque en la obra, las palabras no huelgan, siendo en
ella el carácter de la protagonista tan verdadero, simpático y regocijado, que
mis paisanas las cordobesas no pueden pedir más, a pesar de lo picante de
algunas ligerísimas punzadas satíricas. En suma, yo creo que ¡Día feliz!
sería muy aplaudido en Madrid, si en Lara se diese; pero como yo no soy
infalible, como el público es caprichoso y como por la lectura tal vez se
notan primores que en la representación se desvanecen o pasan sin ser
notados, yo me abstengo de pronosticar a fin de no desacreditarme como
crítico. Sólo diré que ¡Día feliz! me agrada tanto como cualquiera de los
más encomiados y cortos proverbios de Alfredo de Muset: como Un
capricho, por ejemplo.
Sobre ¡Día feliz!, lo mismo que sobre la novela Justa y Rufina, quiero yo
tocar un punto en que ambas obras coinciden: la adulteración de la
ortografía para reproducir gráficamente el modo de pronunciar de los
andaluces. A mi ver esto no imprime esencial carácter al diálogo, ni le hace
más ameno y chistoso, y propende, en cambio, a crear un nuevo dialecto, o
más bien una lengua bárbara e informe. Cervantes hace hablar a la gente
más ruin de Andalucía sin marcar lo vicioso de la pronunciación en la
escritura. Estébanez Calderón sigue su ejemplo y no por eso podrá dudar
nadie de que sean andaluces Pulpete y Balveja. Y protestando de que sea
inmodestia, y con todas las convenientes salvedades, me atreveré a citarme
yo mismo, recordando que Antoñona, Respetilla, Dientes, Juana y Juanita
las largas y otras figuras del vulgo andaluz, que introduzco yo en mis
narraciones, hablan como por allí se habla, sin necesidad de notar lo mal y
disparatadamente que acaso pronuncian. Yo me atengo, y me parece que
todos los andaluces debemos atenernos a lo que se cuenta que el maestro de
escuela de mi lugar decía a sus educandos: Niños, sordado se escribe con l;
caznero con r; precerto con p; güeno con b y güeso con h.
En el diálogo o comedia del Sr. Toro Luna es más de censurar que en la
novela del señor Muñoz Pabón esta inútil prevaricación del buen lenguaje,
ya que las dos personas de su diálogo no son de la clase pobre y humilde,
sino de lo más acomodado y elegante de la ciudad de Córdoba.
Conviene advertir también que las tales variaciones de pronunciación, que
caracterizan el habla andaluza, son distintas según las poblaciones y

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comarcas, por lo cual, si por medio de la escritura nos propusiésemos
expresarlas fielmente, no crearíamos un dialecto, sino doce, catorce o más.
Hasta el tonillo es diverso según el lugar donde nació y se crió el que habla,
y hasta según la ocasión más o menos solemne en que conversa o perora.
En cierto pueblecito, por ejemplo, donde años ha solía yo ir de temporada,
no hay sermón de Cuaresma ni de Semana Santa que agrade o que
conmueva, aun siendo elocuentísimo y sentido, si no se pronuncia con un
tonillo singular que los predicadores suelen aprender, si ya no lo saben,
antes de subir al púlpito. Y yo tengo por evidente que este tonillo, otros de
la misma laya, el ronquido en que suelen salir engarzados los vocablos en
algunos lugares, y no pocas otras singularidades prosódicas, son
intransmisibles por escrito, a no inventarse una anotación musical, adaptada
para conseguirlo con muy sutil arte. Lo mejor, por consiguiente, es
prescindir cuando se escribe, de tonillos y de malas pronunciaciones y hacer
que todos hablen en castellano y como Dios manda. Si el personaje es
andaluz de buena ley, ya lo conocerá el discreto lector por lo pintoresco de
las imágenes y por el giro peculiar de las cláusulas y períodos.
Bien quisiera yo hablar aquí del movimiento intelectual de Málaga, en el
día de hoy; de Málaga, de donde nos han venido a Madrid periodistas tan
infatigables como D. Andrés Borrego; tan eminentes hombres de Estado
como Cánovas, y los más notables iniciadores y promovedores del género
andaluz como Estébanez Calderón y D. Tomás Rodríguez Rubí. Por hoy,
con todo y para no pecar de prolijo, diré que en Málaga se conserva la
tradición literaria, poética y erudita, a cuyo frente descuella en el siglo
pasado el Marqués de Valdeflores, y a principio del siglo que va a terminar
el elegantísimo poeta D. Juan María Maury. Dignos sucesores han tenido y
tienen para el cultivo de las ciencias históricas en los hermanos Oliver y en
el doctor Berlanga; para la poesía, en Narciso Díaz de Escovar, Salvador
González Anaya y Ramón A. Urbano, sin contar con los que residen en
Madrid de asiento; y para la novela, en Arturo Reyes, que puede ya ponerse
al nivel de nuestros mejores novelistas y autores de cuentos.
Dejemos, no obstante, a Málaga y pasemos a Almería, muy apartada hasta
hace poco del resto de España por las dificultades de los caminos, como allá
en los tiempos del rey Almotacín, tan buen poeta y tan generoso protector
de los poetas. Hoy, como entonces, se sigue en Almería poetizando, si bien
no son los versos, sino un curiosísimo libro en prosa, lo que atrae ahora mi

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atención hacia aquella ciudad. El librito, primorosamente impreso en
Almería, se titula Quitolis, y el autor, D. José Jesús García, le califica de
novela. Novela me parece a mí en efecto, pero contada con tan extraña
candidez y en apariencia con tan poco arte, que tiene trazas, más que de
algo imaginado o inventado, de relación fiel de sucesos que verdadera y
realmente han ocurrido.
El protagonista de la novela, el padre Juan, a quien daban por apodo
Quitolis, ha vivido sin duda, pero en su ser hay mucho de simbólico y de
enigmático. Sin ambición, sin codicia, sin apetito ni anhelo que le perturbe
y le lleve en pos de las cosas terrenales, el padre Juan viene a ser como un
inocente ángel del cielo, que ha tomado forma y cuerpo humanos. Sólo el
afecto amoroso con que mira por su madre y cuida de ella, le enlaza
singularmente con los demás seres.
Protegido el padre Juan por una marquesa devota y por el Sr. Magistral,
que admiran y reconocen su virtud y su ciencia, vive sin apuros y
modestísimamente con el producto de sus misas y de las particulares
lecciones de latín que da a muchos niños.
Apenas hay enredo ni lances en esta novela. En ella todo es psicológico.
La contemplación del cielo, del mar y de los campos que se otean desde un
apartado y solitario paseo adonde el padre Juan va de diario, eleva su mente
a muy encumbradas esferas: más allá del universo visible, hasta la suprema
causa, que le da ser y que le llena, penetra e ilumina todo.
La pudibunda timidez del padre Juan, el horror que le inspira la idea de
turbar la paz de las conciencias y su amor al orden y al sosiego, no
consienten que perciba ni que ponga en claro con toda nitidez el vago y
maravilloso concepto de Dios, que ha surgido en su alma, que la arrebata en
el éxtasis y que la enamora sobrenatural y ultramundanamente.
La fama de la santidad y de la inocente y bondadosa indulgencia del padre
Juan, hace que sean los niños y las jovencitas, educadas con el mayor
recato, los que acudan a confesarse con él, en el tribunal de la penitencia. El
optimismo del padre Juan y su dichosa manera de ver cuanto existe como al
través de un prisma de color de rosa, vienen a corroborarse por la bondad de
sus penitentes. Apenas sospecha o quiere sospechar el padre Juan la

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existencia del mal moral y del mal físico. La ira de Dios es incomprensible
para él. La justicia de Dios se desvanece en su infinita misericordia.
El sentir y el pensar del padre Juan se van desenvolviendo, con profundo
sigilo, en lo más íntimo y secreto de su alma.
Se diría que el autor de la novela, lo mismo que su héroe, se asusta de lo
que piensa y siente; no tiene ni la más pequeña aspiración a divulgarlo; y
sólo por estilo indeciso y esfumado se lo representa a sí propio.
De aquí proviene que no atine yo a decidir hasta qué punto en Quitolis y
en el que escribe su historia hay en germen un heresiarca: hasta qué punto
ha permitido Dios y ha suscitado el diablo un Chanig o un Fox a la sordina
en la muy católica ciudad de Almería. Teólogos inquisidores podrán decir
sobre esto, si consideran que el caso lo merece. Yo diré sólo que la novela
me agrada y que la he leído dos veces, con interés creciente, aumentado por
la misma indeterminada vaguedad del misterioso pensamiento de Quitolis.
El Magistral, que debía predicar el día de la Virgen del Carmen, cae
enfermo y encomienda a Quitolis, cuya ciencia y fervor religioso admiraba,
que sea él quien predique aquel día, aunque hasta entonces no había
predicado nunca. Sin previo estudio escrito acude y sube al púlpito Quitolis.
Y movido allí por el genio o espíritu que interiormente le agita, pronuncia
un sermón elocuentísimo lleno de amor de Dios y del prójimo, que deleita y
conmueve a la muchedumbre devota, la cual no ve ni sospecha la menor
herejía, y que ofende e indigna a los canónigos del cabildo. ¿Ha surgido
acaso en la remota ciudad donde ocurren estos sucesos un flamante
reformador de la Iglesia: un Savonarola, cuando no un Lutero?
«Quitolis», con todo, no quiere ser nada de esto. Si en algo ha errado, está
pronto a retractarse. El señor obispo reconoce su inocencia y simpatiza con
su buena intención. Pero le induce a volver a su silencio y a su retiro y a no
predicar en adelante para no excitar la cólera o el enojo del clero.
Vuelto «Quitolis» a la oscuridad, guarda en el centro de su alma sus ideas
reformadoras, harto poco definidas por el novelista, si bien o quieren ser
como el alborear indeciso o la primera luz, si no de una nueva religión, de
una interpretación amplia y algo racionalista de la que oficialmente
seguimos.

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«Quitolis» después se queda ciego. Su reputación de santo y de benigno
atrae a su confesionario, no ya a los niños y a las vírgenes, sino a la turba
multa de desaforadas y lascivas pecadoras. La limpieza de su cándido
optimismo se mancha con el negro cieno del mundo. Y resignado y triste,
aunque lleno siempre de dulce confianza en Dios, muere al fin «Quitolis»,
muere también su viejecita madre y termina así la novela. Casi no hay en
ella lo que se llama enredo o argumento. Todo se reduce a la pintura de un
extraño carácter. No sé si el autor, por habilidad o por instinto, acierta a no
identificarse con «Quitolis» y a no responder de lo que «Quitolis» sentía y
pensaba.
No aseguraré yo tampoco si agradará esta novela, donde repito que apenas
hay lances a cuantas personas la lean con atención. Diré sólo que su lectura
me ha interesado mucho. No soy, ni pretendo ser, definidor para condenar o
absolver las ideas bastante veladas que el autor de la novela atribuye a su
protagonista; pero celebro el talento de observación con que el autor estudia
a un alma humana, acaso extraviada, pero egregia y pura, y celebro también
el sentir religioso que anima las páginas de su librito. De las faltas que hay
o puede haber en éste, yo absuelvo al autor, porque tengo la manga ancha.
Yo digo, como el Dios que imagina Gœthe en «El Prólogo en el cielo» de su
«Fausto»:
«Es irrt der Mensch so lang er strebt».

LA GOLETERA

POR ARTURO REYES

En las ficciones novelescas he de confesar que estoy algo prevenido
contra los hombres y las mujeres de la ínfima plebe, que calzan el coturno,

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que se muestran poseídos de las pasiones y sentimientos más sublimes, y
que vienen a ser dignos personajes de verdaderas tragedias y no de
aventuras picarescas como en Rinconete y Cortadillo, o de parodias como
El Manolo, El Muñuelo, Inesilla la de Pinto y Pancho y Mendrugo. Y no
porque yo crea que el concepto de las virtudes más altas y la capacidad
enérgica de ejercitarlas requieran educación esmeradísima y largos estudios.
Por fortuna, para saber de ciencias es menester acudir a las aulas o leer
muchos libros; y para percibir, juzgar o crear la belleza artística, sin
extravíos de mal gusto, se requieren también preparación y enseñanza;
mientras que para el conocimiento de lo bueno y de lo malo, apenas
necesita nadie devanarse los sesos. En la sociedad cristiana y culta de
nuestros días, casi parece infuso, innato o intuitivo dicho conocimiento.
Bien podemos decir con el gran dramaturgo:
A ciencias de voluntad
les hace al estudio agravio.
Y, sin embargo, si se toma como por sistema el que muchachas criadas en
el arroyo y parroquianos de las más infectas tabernas de los barrios peores,
resulten dechados de honestidad, de pundonor, de valentía heroica, de
sufrimiento estoico y de cuantas son o pueden ser las excelencias morales
que hermosean el alma humana, bien podemos llegar al extremo de
imaginar que la superior cultura, el bienestar, el aseo, la elegancia y la
riqueza, debilitan el vigor y la bondad de los corazones, y que para ser
moralmente bien estimados es menester bajar al nivel más próximo al
estado salvaje desde nuestra refinada civilización del día. De esta suerte, a
fuerza de querer ser demócrata y filántropo, puede el escritor caer en el
error de ser retrógrado.
Hay también, en las novelas tabernarias, adornadas con las más exquisitas
sublimidades, una enorme dificultad que vencer y que es rara vez vencida:
combinar el lenguaje, cuando no rufianesco, vulgar e inculto, con un estilo
elevado, apto para expresar los sentimientos más delicados y nobles. Y
como esto rara vez se consigue, resultan los diálogos llenos de
amaneramiento, de falsedad y de disonancia. A pesar de lo expuesto, como
doctrina general, contra la cual he pecado yo también, dejándome llevar de
la corriente al escribir algunas novelas, me complazco en declarar aquí que

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me han entrado ganas de retractarme y de abjurar de la doctrina general
mencionada al leer La Goletera, de D. Arturo Reyes.
Ventajosamente conocido y justamente celebrado era ya este joven
malagueño, así por sus bonitas poesías, como por sus graciosos cuentos en
prosa, y por sus novelas Cartucherita y El lagar de la Viñuela.
Su última obra, La Goletera, viene, en mi sentir, a confirmar su buena
fama de novelista alcanzando para él diploma y título de escritor excelente.
Trini, su heroína, se parece, no por imitación, sino por coincidencia, a la
dama de Calderón, en la comedia titulada No hay cosa como callar; pero
Trini es más noble, más amorosa, más real y más humana que la dama de
Calderón. Mejor que ella, siente, piensa y se conduce Trini. Y por arte
admirable, Trini se expresa sin frases alambicadas y sin tiquis miquis
primorosos, en el habla llana y vulgar de una mujer del pueblo.
Como la dama de No hay cosa como callar, Trini ha sido víctima de la
violencia de un hombre; pero, con igual honradez y delicadeza que la dama,
si Trini no concede su amor a ningún otro galán, por considerarse
deshonrada, todavía es muy superior a la dama, porque se enamora de otro
y lucha con su ardiente pasión y finge desdeñar a quien la adora y de quien
ella está prendada. El burlador de Trini vuelve de Buenos Aires, donde ha
pasado años y donde ha ganado bastante dinero. Quiere reparar su falta,
casándose con Trini; pero ésta no es como la dama de Calderón, que acepta
al burlador por marido, porque sólo piensa en restaurar su honor y porque
no ama a nadie. Trini ama a otro y rechaza al burlador, que no le inspira
amor, sino repugnancia. El hombre que ama a Trini es excelente y muy
celoso de su honra. Trini no quiere ni debe engañarle. Y Trini no puede
unirse con él, mientras viva el hombre que la burló y bajo cuya mirada se
moriría de vergüenza.
Los casos y lances por donde llega el autor a resolver este conflicto, no
pueden ser imaginados ni presentados con mayor naturalidad, verosimilitud,
interés creciente y pasmoso ingenio. El amante, misteriosamente amado por
Trini, sabe que ella le ama, y sabe su deshonra y quién ha sido la causa de
ella, todo por una involuntaria revelación de la misma Trini, la cual estaba
decidida a callarse, aunque la matase el silencio, para no ocasionar una
lucha sangrienta entre los dos rivales, valerosos y poco sufridos ambos. La

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revelación, una vez hecha por medios verosímiles, ordenados con exquisito
arte, hace inevitable el conflicto.
Los dos rivales salen al campo y riñen a puñaladas. La riña está
vigorosamente descrita. Muere en ella el burlador, que en los últimos
momentos y escenas de su vida se ha mostrado generoso y simpático. Así
termina la novela. Aunque el autor no lo dice, y hace bien en no decirlo y en
terminar donde termina, el lector puede suponer que, no castigado por la
ley, porque su rival moribundo dice que su matador ha sido otro, cuya negra
traición ha causado la riña, el vencedor y amante de Trini se casa al fin con
ella después de haberla vengado.
Toda la narración, los diálogos ingeridos en ella, y los varios incidentes,
que aquí se omiten y que de un modo tan magistral y tan hábil llevan al
desenlace, interesan, conmueven y se apoderan con tal hechizo del ánimo
del lector, que de seguro no deja el libro hasta que acaba de leerle.

LAS NOVELAS EJEMPLARES DE CERVANTES

POR F. A. DE ICAZA

En el certamen abierto y ordenado por el Ateneo, certamen en que fueron
jueces los Sres. D. José Echegaray, D. Marcelino Menéndez y Pelayo, D.
Rafael Salillas, D. Emilio Cotarelo y Mori y D. Ramón Menéndez Pidal,
fue premiado el libro de que damos aquí cuenta en resumen. Es su autor D.
Francisco A. de Icaza, primer Secretario de la Legación que tiene en Madrid
la República mejicana, y muy conocido y estimado en la de las letras por
algunos trabajos de erudición y de crítica y por elegantes y lindas poesías.

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Es tan singular el mérito y el valer del Quijote, que todas las demás obras
que escribió Miguel de Cervantes, quedan muy por bajo de aquella creación
única y pasmosa. Cervantes, sin embargo, así en La Galatea como en el
Pérsiles, en no pocos versos y hasta en sus comedias y entremeses, da clara
muestra de su brillante ingenio y acierta a poner el sello individual que le
caracteriza, le distingue y le eleva sobre la multitud de escritores
contemporáneos suyos.
Las novelas ejemplares son sin duda las obras en que, después del Quijote,
mayor originalidad, talento y gracia muestra el manco de Lepanto.
El libro del Sr. Icaza prueba esta verdad, previo un detenido y juicioso
examen del asunto, con atinadas observaciones y con gran copia de datos,
recogidos con diligencia y ordenados con arte. Por todo ello queda patente
que Cervantes puede ser calificado como inventor de la novela moderna de
costumbres y de caracteres. Los libros de caballerías, las novelas pastorales
y hasta las picarescas son otra cosa: son una larga serie de aventuras, sin
más unidad de acción que la vida de algún personaje fabuloso a quien sigue
y retrata el escritor desde su nacimiento hasta su muerte. Antes de
Cervantes existía también algo que podemos llamar novela histórica o
relación de sucesos que, si la severa historia no acepta, no son fingidos por
el novelista, sino fundados en cierta realidad, hermoseada y adornada por la
fantasía del vulgo, cuyas invenciones después la tradición consagra y hasta
cierto punto autoriza. Así El Abencerraje, de Villegas, y Las guerras civiles
de Granada, de Ginés Pérez de Hita.
Las novelas cortas, por último, y cuentos de italianos, franceses e ingleses,
sin excluir el Decameron, de Bocaccio, son muy distintos de la novela
cervantesca. Cuentan un suceso, refieren un lance, trágico o cómico, triste o
alegre, pero sin fijarse en la pintura de las costumbres y en la viva
representación de las pasiones y caracteres humanos.
En esto se fija y esto logra pintar el autor de El celoso extremeño, de
Rinconete y Cortadillo, de La ilustre fregona, de La Gitanilla y de casi
todas las demás novelas ejemplares por donde, merced a su agudeza
psicológica, nueva o antes casi nunca empleada en este género de ficciones,
Cervantes viene a ser el padre o el fundador de la novela, tal como la
concebimos y comprendemos en el día. Para la demostración de esta

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verdad, que presupone en Cervantes un valer originalísimo, el señor Icaza
examina y juzga todas sus novelas; refiere cuanto los críticos han dicho de
ellas desde sus contemporáneos hasta hoy; impugna los ligeros juicios de
Huet, de Florián y de otros; prueba la carencia de fundamento de las
acusaciones de plagio lanzadas por Estala y Bosarte, y manifiesta el influjo
poderoso que han ejercido las novelas de Cervantes en nuestro teatro
español, en el extranjero y en la misma novela, que harto descuidada entre
nosotros durante cerca de dos siglos, floreció y dio muy sazonados frutos en
Francia, en Inglaterra y en otros países, de donde volvió a España muy
acrecentada en riqueza, pero sin que deba olvidarse el origen tan español
que tiene.
No cabe entrar en pormenores en este breve articulito ni dar idea exacta de
lo bien estudiado que está el asunto por el Sr. Icaza, y del recto criterio,
nada común saber y rara diligencia que despliega y luce tratándole.

EL BUEN PAÑO...

NOVELA POR J. F. MUÑOZ PABÓN, PRESBÍTERO

Si lo he entendido bien y si no lo recuerdo mal, el famoso novelista
francés Emilio Zola dice que una buena novela ha de ser la exacta
representación de lo vivido, observado y entendido al través de un
temperamento. Zola olvida o desdeña lo principal: la imaginación, o sea la
fuerza activa que representa bien lo vivido y lo que se ha visto y observado.
No basta ver y observar: menester es reproducirlo o crearlo de nuevo
valiéndose de la palabra y por virtud de la fantasía. Presupuesto este poder
creador, una novela es o debe ser lo que Zola dice. Y tal es El buen paño.....,
del señor D. Juan F. Muñoz Pabón, presbítero de Sevilla, creo que cura de
una de las parroquias de aquella ciudad, y en quien, no hará todavía un año,

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la aparición de Justa y Rufina nos dio a conocer a un nuevo y excelente
novelista, ingenioso y discreto.
Su temperamento, o mejor diré su carácter, debe de ser jovial, apacible y
sereno, calidades todas que ya en Justa y Rufina se mostraron, haciendo
simpática la obra, y que en su nueva novela, titulada El buen paño....., se
muestran más graciosa y resueltamente.
La acción de esta novela no puede ser más sencilla. Se reduce a presentar
un caso de aquellos que justifican lo que D. Quijote dijo a la desenvuelta
Altisidora en el lindo romance que para desengañarla le compuso:
Los andantes caballeros
y los que en las cortes andan,
requiébranse con las libres,
con las honestas se casan.
Si hemos de confesar la verdad, no es esto lo que sucede más a menudo;
pero alguna vez sucede, y basta. Aristóteles, además, que sabía muchísimo,
ha dicho que la poesía (y la novela es poesía) es más filosófica que la
historia, porque la historia cuenta lo que es, y la poesía cuenta lo que debe
ser, sin afirmar por eso que sea siempre.
En suma: todo el argumento de El buen paño, expuesto en cifra, es que un
señorito, rico, guapo y el más galán de un lugar cercano a Sevilla, desdeña a
sus primas y a no pocas otras muchachas y se casa con la modesta
huerfanita de un médico, la cual vive con su madre, se gana la vida como
costurera o modista lugareña, y es un tesoro de gracias, habilidades y
virtudes.
En El buen paño..... apenas hay acción: no hay nada de drama; pero hay
mucho, y a mi ver excelente y precioso, ora de idilio sin afectación
sentimental, ora de comedia, o ligera y suave sátira sin acritud ni amargura.
Los afectos amorosos no se exageran por lo ardientes para que quemen, ni
por lo dulces para que empalaguen. Y los vicios, pasiones y ridiculeces de
los personajes cómicos no traspasan jamás el límite más allá del cual se
harían odiosos dichos personajes. La burla o la risa benigna que provocan,
no les quita la estimación que les concedemos. Hasta el nuevo médico, que
es el personaje menos estimable de toda la fábula, no llega a merecer

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nuestro desprecio. De aquí que la totalidad del cuadro, que parece, por su
exactitud y realidad, una fotografía, y la viveza y verdad de los diálogos,
que parecerían recogidos por el fonógrafo, si dicho artificio fuese apto para
la selección, desechando lo impertinente, concurren a darnos una idea, muy
agradable y divertida, así del lugar en que ocurren los sucesos que el
novelista refiere, como de la mayoría de sus habitantes, ricos y pobres,
grandes y pequeños. La emulación y los celos entre dos cofradías rivales,
las fiestas y procesiones en que compiten, y sobre todo, la lucida cabalgata
y jira campestre llamada del romerito, todo está lindamente pintado, rico de
luz y de colores; todo tiene el perfume campesino de los pinares y de las
huertas, la claridad y la limpieza de los arroyos de agua corriente, cerca del
esquivo y apartado manantial, y la brillantez azul y serena del cielo
despejado de Andalucía.

LULLY ARJONA

NOVELA POR D. ALFONSO DANVILA

Mil veces lo he pensado y algunas veces lo he dicho ya: no hay que temer
la uniformidad y la monotonía. La pasmosa facilidad de comunicaciones,
los ferrocarriles, el telégrafo y el teléfono, que llevan a escape mercancías y
personas de un extremo a otro de la tierra, y que transmiten y comunican el
pensamiento y la palabra con la rapidez del rayo, no logran aún, ni lograrán
nunca, identificarnos, desteñirnos, digámoslo así, y hacer que perdamos el
sello característico de casta, lengua, nación y tribu que cada cual tiene. Se
diría que para precavernos contra el roce, que pudiera limar y pulir las
diferencias, nos armamos instintivamente de una virtud conservadora de lo
castizo que persiste en el fondo, aunque superficialmente desaparezca.

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Lo que llaman ahora high-life, o dígase aquella parte de la sociedad más
rica, elegante y empingorotada, nos parece que debe ser cosmopolita, y sin
embargo no lo es. Hombres y mujeres hablan en francés tan bien y a veces
mejor que en español. Algunos chapurrean además la lengua inglesa y hasta
la alemana. Cuando leen algo leen libros extranjeros porque de los
indígenas se aburren, sin que nos empeñemos en dilucidar aquí si con razón
o sin ella. Los caballeros, como no carezcan de metales preciosos o de los
signos que los representan, se hacen traer de Londres trajes, caballos y
coches, y las señoras se hacen traer de París vestidos y tocados. La cocina
francesa hace que la española se olvide o se pervierta. Y por último, la
costumbre del veraneo rara vez lleva a sus castillos y quintas a nuestros
elegantes de ambos sexos, sino se los lleva a Francia, a Suiza, a Inglaterra,
o a más hiperbóreas regiones. Cuando la guita es corta y no puede
esparciarse el cimbel, debe volar por lo menos hasta Biarritz.
Pues bien: con todo eso, y a pesar de todo eso, nuestra high-life sigue
siendo tan española como en lo antiguo, y no necesita el autor de comedias
y de novelas, a fin de conservar el color local y nacional de sus personajes,
buscarlos bajo las ínfimas capas sociales, o ir por ellos a las Batuecas o a
los más esquivos, alpestres y recónditos lugares.
El Sr. D. Alfonso Danvila, joven tan inteligente como laborioso, que
apenas cuenta aún veinticinco años, y que ya nos ha dado en su Don
Cristóbal de Maura un extenso trabajo histórico de muy erudita y diligente
investigación y de sana crítica, se ha hecho cargo sin duda de lo que
acabamos de afirmar sobre nuestra indeleble fisonomía castiza, aun en la
clase más extranjerizada, y ha compuesto y publicado la novela titulada
Lully Arjona, la cual es, en mi sentir, muy española, aunque nos pinta y
describe la vida, usos, costumbres, amoríos y demás pasiones de la clase
susodicha.
Dignas de alabanza y hasta de admiración hallo desde luego en este
flamante novelista algunas nada vulgares prendas: el agudo talento de
observación, la perspicacia con que lo descubre y lo advierte todo, el
cuidadoso esmero con que lo guarda en la memoria, el ingenio y el arte con
que se vale de esta acumulada riqueza de experiencias y observaciones para
prestar realce y vario colorido a su fábula, y por último la facilidad,
sencillez y abundancia del estilo con que lo expresa todo.

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Los caracteres de los personajes están fielmente copiados de la realidad.
Casi todos son verdaderos y consistentes, y, si no moralmente muy bellos,
salvo el de la pobre jorobada chucha, agradables y simpáticos, y pecando
más por debilidad que por maldad. La heroína Lully nos inspira compasión
y cariño. Y no deja de haber en la novela algunas figuras como la de la
madre de Lully, donde la nota cómica está tocada con delicadeza, o como
Eduardo Hita, el parásito servicial y bufón, con cierta energía satírica, bien
representado.
Tal vez nos atreveríamos a censurar en esta novela la prolijidad en las
descripciones y la inclusión de varios lances e incidentes que nada importan
en la acción principal; pero lo expedito que para escribir es el autor, su
mocedad, el ser ésta su primera obra, el casi invencible prurito de colgar en
ella todos los adornos que se poseen, y la moda que hoy prevalece y que
disculpa tales redundancias, nos arrancan de la mano la férula de que
teníamos ya intención de servirnos.
No creo yo que el Sr. Danvila tuviese el propósito de sostener una tesis o
de seguir una tendencia al escribir Lully Arjona. Su propósito hubo de ser
divertir e interesar, y esto me parece que lo ha conseguido. Yo al menos me
he entretenido agradablemente leyendo su novela.
Si el propósito se hubiera aclarado y marcado más, acicalando el autor el
estilo irónico y aguzando su punta, en vez de titularse la novela Lully
Arjona, hubiera podido tener por titulo Derribo de ideales.
En efecto: sea o no sea porque las cosas no andan tan bien en este mundo
como sería de desear, culpa de la ingrata naturaleza o de un organismo
social incorrecto y vicioso, lo cierto es que cada uno de los ideales que
Lully va formando y colocando a manera de ídolo sobre un pedestal o
peana, se derriba pronto, porque la base o el pedestal viene a tierra. Así
Lully acaba por quedarse sin ideal alguno, sino muy tristemente
desengañada. De todo lo cual bien pudiera deducirse la más cristiana y
ascética de las moralejas: que no debemos poner en esta vida, sino en otra
mejor, el blanco de nuestras aspiraciones y deseos.
Lully, elegante y bonita y tan hidalga como pobre, hija de un título
tronado, aspira primero a casarse con un lindo caballero de quien esté
tierna, viva y fundadamente enamorada, y que disfrute además de veinte mil

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o de treinta mil duros de renta, para amarle con lujo, con confort y con
todos los perfiles y primores que pueden requerirse y se requieren. Llega
Lully o frisa en los treinta años, y no encuentra tal novio. La base de este
ideal se derrumba. Lully tiene que contentarse con la mitad de lo idealizado.
A falta de novio o de marido, hermoso, enamorado, galán y discreto, se
contenta y resigna con que sea rico. Y Lully se casa. Entonces se esfuerza
por construir para su uso otro más pequeño, aunque todavía poético ideal.
En su imaginación presta a su marido, ya que no talento, recto juicio,
bondad extremada, ternura y delicadeza de afectos. Con estas cualidades, y
siendo él como es buen mozo, elegantísimo y ágil en el sport, no podrá
menos de satisfacer el amor propio de ella y de tenerla, si no prendada, tan
agradecida y devota que casi toque y se confunda con el amor su gratitud y
su rendimiento.
Por desgracia resulta que Cabrera, que así se llama el marido de Lully, es
un señorito tan grosero y vulgar de sentimientos que, a los pocos días de
casado, se tima o se pone en relaciones pecaminosas con las daifas o
zuripantas, que encuentra a su paso en el viaje de novios.
No son ya posibles la devoción y el afecto conyugales con que había
soñado Lully. Nuevo ideal por tierra. Para reemplazarle piensa Lully en la
poesía sublime de la maternidad; en sus goces, deberes y sacrificios; pero el
tálamo es estéril para Cabrera.
Hay un momento en que sueña Lully con una pasión quintaesenciada,
purísima, castísima, sin la menor mácula que deslustre su limpieza. Lully
halla por fortuna al hombre adecuado para este fin. Ni hecho de encargo
pudiera ser mejor; pero también por una serie de casos fortuitos, largos de
exponer aquí, este amante archi-espiritual y semi-místico se va lejos: se
diría que se desvanece.
En suma: la pobre Lully, creando en balde ideales que la casualidad o el
diablo derriba luego, viene a caer en la más real y lastimosa bajeza que
imaginarse puede. Medio sorprendida y medio violentada, en un instante de
debilidad y de ceguera, casi sin conciencia y sin brío para resistir, Lully se
rinde y se entrega a un hombre perverso y audaz que no la merece.
Aun después de esta caída Lully procura consolarse con un ideal, ya que
no nuevo, renovado. Espera ser madre y se propone consagrar al hijo de sus

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entrañas toda la vehemencia afectiva de su corazón, sus pensamientos y la
vida y el ser de su espíritu. Así pasa Lully el tiempo, y se consuela con estas
ideas y con estos planes, hasta que llega el día del esperado parto.
Lully está a punto de morir, y pare un niño muerto.
El desengaño no puede ser más completo ni más terrible. Para colmo de
desventuras, se le ha muerto poco antes su hermana la jorobada,
descubriendo su violentísimo amor por el hombre que había abusado de
Lully por sorpresa. Y como este hombre había coqueteado con chucha y
hasta la había pretendido, por vicio extraño o tal vez por cálculos de
conveniencia, a la pobre Lully no le queda siquiera el consuelo de figurarse
a su seductor, o como queramos llamarle, menos ruin y desalmado de lo que
era.
Tal es la primera fingida historia, harto poco consoladora en verdad, que el
Sr. Danvila ha escrito. Grandes atrevimientos hay en la narración; pero
están orillados o salvados con arte. Y como hay notable variedad y riqueza
en los lances y episodios, y no pocos discreteos y chistes en los diálogos,
razonamientos y cartas que entran en el tejido de la novela, su lectura no
cansa ni aflige, sino que deleita, y promete además, que su autor ha de
seguir escribiendo, superando en este género lo que ya ha escrito, y
procurando que sus héroes o heroínas de la high-life pongan sobre terreno
más firme las bases de sus ideales para que no se hundan en el cieno al
menor capirotazo.

MARIQUITA LEÓN

NOVELA ORIGINAL DE JOSÉ NOGALES Y NOGALES

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El Sr. Nogales, conocido ya del gran público por el cuento premiado en el
certamen abierto por El Liberal, ha querido confirmar y ha confirmado, en
mi sentir, la justicia con que obtuvo aquel triunfo, escribiendo no ya
cuentos, sino extensas novelas.
La que lleva por título el que nos sirve de epígrafe entiendo yo que ha ido
más allá todavía: Mariquita León da más, para mi gusto, que lo que Las tres
cosas del tío Juan nos habían prometido.
La vida en una pequeña población rural andaluza está muy bien observada
y hábilmente pintada. No peca el autor de prolijo ni sigue la moda de ciertas
novelas francesas, donde no hay objeto, por ruin e insignificante que sea,
que no se pese, se mida y se describa minuciosamente como en el más que
escrupuloso inventario redactado por peritos. El Sr. Nogales no es así, por
dicha. Pinta a grandes rasgos, y se lo agradecemos. Las descripciones de su
novela distan muchísimo de cansar, y son, sin embargo, tan vivas, y nos
parecen tan exactas y tan fieles, que vemos a Venusta, que así se llama la
villa teatro de su novela, recorremos con el autor las calles del lugar y los
campos que le circundan, y penetramos en las viviendas, corrales y bodegas
de las casas de labranza de los hacendados más ricos. La novela tiene traza
de idilio; pero no ideal y fantástico, sino tomado con perspicaz observación
de la realidad misma y reproducido con arte atinado y sobrio.
Los caracteres son verdad y tienen consistencia, de suerte que los
principales personajes se diría que viven, y sus actos y pasiones interesan y
conmueven.
La mayoría de estos personajes, el cacique Brevas, su hijo, Berrinches, y
el alcalde Larán-larán es moralmente fea y ruin; pero la afición pesimista
prevalece hoy en las obras de ingenio, y no nos atrevemos a censurar lo
negro del cuadro, aunque le hubiéramos preferido menos negro. Todas sus
figuras, sin embargo, no están tiznadas por los vicios y pecados. Algunas
son simpáticas y moralmente bellas. Así el médico D. Jacinto; el virtuoso,
enérgico y sencillo Padre Baquero, rústico jayán injerto en santo y
venerable siervo de Dios, rico en evangélicas virtudes, y la linda
Merceditas, que si bien se ve en segundo término y muy esfumada, es una
excelente joven.

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De la protagonista es poco cuanto se diga, para alabarla. Mariquita León
quiere ser, y casi lo consigue, el prototipo de la rica hembra de nuestros
tiempos, no hidalga de alto linaje ni señora de siervos del terruño y de
fortalezas y castillos, sino democrática labradora, que ella misma ordeña
sus vacas, hace los quesos y se emplea en otras domésticas faenas y rústicos
menesteres. Mariquita León es laboriosa, activa, despejada, y posee los
bríos y la entereza convenientes para gobernar bien su casa y su hacienda y
para hacerse respetar y temer de sus enemigos. Y no por eso tiene Mariquita
nada de sargentón, de marimacho o de monja alférez. Mariquita es gallarda
y hermosa, aseada y pulcra, caritativa con los pobres, llana y afable en su
trato, generosa con la gente menuda, y para con los amigos, leal, cariñosa y
suave. Todos los ya citados personajes y no pocos otros de segundo y tercer
orden hablan en la novela muy naturalmente y como deben hablar, esto es,
sin que el Sr. Nogales les haga decir la infinidad de cosas que en la vida real
hubieron de decir sin duda, pero que nada importan al propósito de la
historia, por lo cual el autor debe prescindir de ellas como si nunca se
hubieran dicho. La primera regla del arte, la más importante quizás, la más
difícil de observar y la que rara vez observamos, consiste en desechar lo
impertinente, y yo creo que el Sr. Nogales acierta en Mariquita León a
observar esta regla.
Otra regla hay que, en mi opinión, debiera siempre seguirse, por más que
Zola, en los libros didácticos que ha escrito sobre el arte de componer
novelas, la deroga por inútil; pero como Zola la sigue a menudo aunque la
dé por derogada, a cualquiera se le figura que es burla y malicia suya la
derogación de la tal regla. Una novela no es una serie de casos vividos,
observados y experimentados por quien los reproduce luego sin unidad de
acción, sino que debe tener el conveniente enlace que haga que todos estos
casos, accidentes o episodios, concurran al mismo fin y contribuyan a poner
debido término a la historia.
Contra esta regla, que a mi ver no debiera derogarse, peca el autor de
Mariquita León. Su novela sin duda interesa y deleita, aunque falte a la
regla mencionada; pero interesaría y deleitaría más si no faltase. Y no es la
falta, sino que es sobra. En Mariquita León puede afirmarse que hay cuatro
acciones en vez de una: la enemistad entre el alcalde y Berrinches, el cual
se revuelve como acosada fiera, y acaba por asesinar a quien le persigue; la
avaricia de Brevas, que excita a Juanito sin sal a hurtarle el trigo, y la

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repugnante y espantosa lucha entre padre e hijo que el hurto descubierto
ocasiona y que da por resultado la muerte del padre; los poéticos y apenas
iniciados amores entre Mercedes y el médico, que terminan
melancólicamente en una separación algo, a mi ver, obscura y sutilmente
motivada; y por último, la penosa enfermedad del niño enclenque, hijo muy
amado de Mariquita León, con cuya muerte acaba la novela. Las
mencionadas cuatro acciones, no veo yo que influyan unas en otras. Todas
caminan simultáneamente y sólo coinciden en un punto: en contribuir al
desengaño del médico D. Jacinto que, desencantado de la vida de aldea se
va de Venusta para vivir de nuevo en las grandes ciudades, donde tal vez le
aguardan no menores desengaños. La rudeza campesina no ha dado por
fruto en Venusta una inocencia candorosa, sino la corrupción más grosera.
Ganas nos dan de seguir al médico D. Jacinto, rogando al Sr. Nogales que
nos acompañe y nos sirva de guía, para ver si lejos de Venusta y en
población más grande y civilizada, van las cosas un poco mejor y no hay
que avergonzarse de tanto pecado ni que lamentar tanta miseria.

AVENTURAS, INVENTOS Y MIXTIFICACIONES

DE SILVESTRE PARADOX

Nadie más acérrimo contrario que yo a las modas en literatura; pero,
¿cómo impedir que sea lo que no debe ser acaso? Los buenos versos deben
siempre ser estimados y aplaudidos. Esto no se puede negar. Es
evidentísimo, no obstante, que el poco numeroso público español que lee
está cansado de versos y se muestra con ellos harto desdeñoso. La afición a
la novela y al cuento en prosa cunde y se aviva cada vez más, prestando
incentivo a multitud de autores para que cultiven el género.
Poco fecunda fue España en novelistas durante todo el siglo xviii y los dos
primeros tercios del xix. Las novelas inglesas y francesas traducidas al
castellano, casi bastaban para el consumo, ya publicadas en los folletines de

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los periódicos diarios, ya propinadas en tomos. Se diría que en el país donde
se había escrito el Amadís, La Celestina y el Quijote, se había perdido la
aptitud para escribir novelas. Hoy, por dicha, me lisonjeo yo y me
complazco creyendo que la aptitud renace, y esperando que ha de dar frutos
no menos sazonados y sabrosos que los que vienen de Francia, de
Inglaterra, y hasta de Suecia, Rusia y Polonia, que gustan y saborean con
tanto deleite las personas cultas y que nuestros críticos suelen poner tan por
las nubes.
Para que esto se logre no pido yo que menospreciemos injustamente la
producción extranjera e importada, ni que elogiemos en demasía lo que por
acá se produzca. Sólo pido un poquito menos de admiración y de pasmo
hacia lo que nos viene de fuera y alguna mayor benevolencia para lo que en
España se escribe y se publica. Conviene, además fijar en ello la atención
del público y despertar por ello la curiosidad y el interés, la mitad siquiera
que inspira el teatro, y la décima parte siquiera que inspiran las corridas de
toros. Lo que es yo me propongo contribuir a este fin hasta donde alcancen
mis pobres y ya casi agotadas fuerzas.
Es, a mi ver, singular y agradable el arraigo castizo que tienen las letras en
España. A pesar del abatimiento en que hemos caído, y a pesar de la
admiración y de la semi-adoración que unida al propio menosprecio quieren
algunos hacernos sentir, no ya sólo por las novelas inglesas y francesas,
sino también por las suecas y las rusas, el prurito de imitarlas, o bien no se
da, o si se da produce el no esperado efecto de que imitemos, tal vez sin
pretenderlo y hasta sin sospecharlo, impulsados por invencible atavismo, la
antigua novela española. Claro ejemplo de esto nos presta la indicada por su
título al frente de este articulito. Don Pío Baroja, sin querer acaso, pensando
en muchos libros extranjeros que sin duda ha leído, se ha puesto a escribir y
ha escrito las aventuras de Silvestre Paradox, y ha renovado, como puede
ser renovada en nuestros días, con diversos trajes, usos, costumbres y
aficiones, nuestra antigua novela picaresca. Lazarillo de Tormes, Guzmán
de Alfarache, Marcos de Obregón, Estebanillo González, el buscón D.
Pablo, el donado hablador y otros personajes de la misma laya, han de haber
encontrado en el reino de la fantasía y reconocido como muy cercano
pariente al héroe desastrado de la novela de D. Pío Baroja. La semejanza de
este héroe con los mencionados antes, resalta a cada paso, mientras que las
diferencias proceden del diferente modo de vivir que hay ahora. Silvestre

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Paradox no es ya paje, ni escudero, ni soldado que va a guerrear y a garbear
a Italia, Flandes y América, ni queda cautivo en Argel, ni acaba como
penitente ermitaño en un yermo; pero lucha por la vida como se estila
ahora, y acomete atrevidas empresas y busca aventuras, y nos presenta
desde su nueva atalaya de la vida humana larga serie de cuadros en los
cuales no deja de haber realidad y verdad, aunque ennegrecidos a veces por
la sátira y grotescamente exagerados por la caricatura.
No es Silvestre Paradox un pícaro al modo de los antiguos, sino un semi-
sabio extravagante que trata de inventar o cree haber inventado no pocos
artificios científicos. Modelos para esto ha podido hallar el Sr. Baroja en
nuestra tierra, donde poco o nada importante se inventa desde hace tiempo,
pero donde no faltan propósitos y conatos de inventar máquinas que vuelen
con dirección, barcos submarinos, proyectiles apestosos que basten a ahogar
ejércitos enteros con sus mefíticos miasmas, y cuadratura del círculo, y
movimiento continuo, y otra infinidad de primores.
No sé yo, ni me lanzaré a escudriñar y a investigar si el Sr. Baroja ha
intentado con su novela demostrar alguna tesis o darnos alguna lección
moral, social o política. Pero haya o no en su novela lección o tesis, yo me
limito a considerarla como libro de entretenimiento, declaro que me ha
entretenido, y con esto basta para que yo celebre al autor y recomiende la
lectura de su libro, el cual está bien escrito, con sencillez y gracia, y sin
hacerse pesado con filosofías y otras disertaciones inoportunas. Muy de
agradecer es esto último en el día de hoy, cuando en la novela se pretende
enseñar todo lo que hay que saber, incurriendo los novelistas en pesadez
inaguantable. Porque, según me decía anteayer cierto amigo mío, no pocas
novelas docentes de ahora son para él como el ajedrez: para juego, sobrado
científico, y para ciencia, sobrado juego.
Por algo entra la ciencia en la novela de don Pío Baroja; pero entra como
elemento o ingrediente para divertir y burlar. Aunque sea mala
comparación, es como el aliño o la sal y pimienta del guiso.
Alguien censura de desordenada o de casi sin pies ni cabeza la novela de
que estamos tratando. Yo considero severísima y punto menos que
infundada la tal censura. La acción, como en casi todas las novelas de su
clase, es la vida entera del protagonista, o por lo menos una parte de esta

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vida hasta que se cansa de escribir quien la escribe, quedando siempre
campo abierto y tela cortada para componer una segunda parte; pues si bien
aseguró Cervantes que las segundas partes nunca fueron buenas,
gloriosamente lo contradijo en su Ingenioso Hidalgo, acompañándole en la
contradicción Luna con su nuevo Lazarillo, Mateo Alemán y otros.
Perseguido por sus acreedores, lleno de desengaños y abrumado por la
miseria, Silvestre Paradox se escapa de Madrid y se va a Valencia. ¡Quién
sabe cuántas cosas interesantes o divertidas pueden ocurrirle después!
Bástenos por lo pronto que nos diviertan las que ya el Sr. Baroja nos ha
contado. Y esperemos, por último, que, ya sea escribiendo segunda parte de
Silvestre Paradox, ya sacando a relucir a otros héroes y tomando nuevos
caminos y asuntos, el Sr. Baroja siga escribiendo novelas, ya que tiene
aptitud para ello, y procure, sin dejar de ser realista, iluminar, hermosear y
alegrar el mundo que describa con resplandores ideales. De todos modos, su
Silvestre Paradox, aunque tan hundido en el charco impuro de la realidad y
casi ahogándose en él, nos es muy simpático por su risueño estoicismo, por
su desenfado y por el buen humor que nunca le abandona en medio de su
inopia incorregible, cuitas y apuros.

EL ÚLTIMO PATRIOTA

NOVELA POR JOSÉ NOGALES Y NOGALES

Sin duda que todo lo que ocurre de bueno y de malo es porque Dios
quiere; pero los designios del Altísimo son inescrutables y nos exponemos a
errar y hasta blasfemar si nos empeñamos en declararlos. Infiero yo de aquí,
que es por demás aventurado el atribuir a castigo del cielo las desventuras
que puedan caer sobre una colectividad o sobre un individuo. Los
cuentecillos chuscos suelen tener una moraleja llena de buen sentido. Jugó

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un hombre en Viernes Santo y perdió su caudal; pero no le perdió por haber
jugado en Viernes Santo, ya que el ganancioso jugó también en el mismo
día y no en Sábado de Gloria.
Muchas veces he oído decir a sujetos graves, y he leído en periódicos y en
libros, que en la última guerra entre Francia y Prusia perdieron los franceses
porque andaban entonces muy corrompidos y bailaban demasiado cancan;
pero ¿eran acaso los prusianos algunos padres del yermo, y no gastaban del
mismo baile o de otros no menos descompuestos y lascivos? Su triunfo
tuvo, pues, otras causas, y no la mayor severidad y pureza de costumbres.
Todavía hay otra moralidad más rígida de la que suele valerse la gente
para explicar los grandes sucesos, poniéndola como una de las bases de la
filosofía de la historia. Sale un pueblo vencedor, y otro pueblo queda
vencido en una guerra. ¿Hemos de afirmar por eso la evidente degeneración
del vencido? ¿Pudo exigirse como un deber, pudo considerarse como
ineludible condición para no pasar por degenerados, el tener antes del
vencimiento héroes y mártires en abundancia? Yo entiendo que no. Yo
entiendo que el heroísmo y el martirio son altamente laudables por lo
mismo que son raros. El héroe y el mártir alcanzan fama inmortal; pero es
cuando la doctrina, la creencia, el pueblo o la sociedad por quien se
sacrifican viene a triunfar al cabo. Los trescientos de las Termópilas estarían
olvidados o pasarían por locos de atar, si después de su sacrificio no
hubieran brotado los inmarcesibles laureles de Maratón, Platea y Salamina.
Cierto es también que los actos heroicos valen siempre mucho, aunque
sólo sea para limpiar la derrota de toda vergonzosa mancha. Muriendo D.
Rodrigo a orillas del Guadalete y en Hasting Haroldo, encubrieron con su
sangre el oprobio de la rápida conquista de España y de Inglaterra por
moros y normandos. Y el último de los Paleólogos, combatiendo y
muriendo gloriosamente en defensa de Constantinopla, fue digno de la
majestad cesárea; puso término glorioso al secular poder de griegos y de
romanos, y merece no menor aplauso que Leónidas y más piadosa simpatía.
No quiero yo dilucidar aquí, porque los sucesos son harto recientes, si las
circunstancias son parecidas o si son muy otras, y si hubo o si debió haber
al acabar lastimosamente el Imperio colonial de España que había durado
cuatrocientos años, algo de hermoso y digno de una gran tragedia:

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personajes que equivaliesen a los Rodrigos, Haroldos y Paleólogos que
hemos citado. Lo que sí me parece que puede asegurarse es que mayor
sacrificio que el que hemos hecho de dinero y de sangre hubiera tenido
idéntico resultado o más desastroso, porque, sobre la pérdida de nuestras
colonias, los yankees hubieran podido arruinar algunas de nuestras ciudades
de la costa, y causar perjuicios gravísimos a nuestra industria y comercio
renacientes, sin que toda la antigua valentía española, renacida y hasta
aumentada, nos hubiese servido de mucho contra enormes barcos
acorazados, contra diestros marinos y contra la certera puntería de colosales
cañones.
Abandonados de toda Europa con la estéril e inútil conmiseración de
algunas Potencias y con el soberbio desdén y secular aborrecimiento de
otras, siempre hubiéramos sucumbido en la lucha, y mientras más la lucha
hubiera durado, más honda y más cruel hubiera sido nuestra caída.
Menester es resignarse: no hay otro remedio. ¿Qué ventaja pueden traernos
ya las recriminaciones? Concedamos que ha habido culpas, cuyo castigo ha
sido nuestra derrota; pero los culpados han sido y son tantos, que lo más
prudente no es la absolución, sino la amnistía; olvidar lo que ya pasó, como
se olvida el más horrible sueño, y hacer vida nueva. Exponer aquí como
debe ser esta vida es empeño superior a mis facultades mentales, y creo que
también a las de no pocos que han tomado el oficio de regeneradores y que
recitan discursos o escriben libros terapéuticos. Lo único que puede
afirmarse, sin que presuma el que lo afirme de estar dotado de la facultad de
regenerar o de curar, es que en el día más que en otras edades, conviene ser
rico para ser fuerte, y conviene además ganar aliados y amigos, y no estar
solos en el mundo. El valor heroico, puede hacer milagros; pero no debe
fiarse en milagros la suerte y el porvenir de la patria. Y ese mismo valor
heroico, cuya aptitud milagrosa concedemos, en algunas ocasiones decae, y
hasta fallece cuando faltan en la colectividad o en el individuo los
materiales recursos, la destreza en las armas y todos aquellos medios de
defensa y de ofensa que son ahora más complicados y costosos que nunca y
que requieren constante estudio y largo aprendizaje para que sean bien
empleados.
Me mueve a poner aquí las anteriores reflexiones la lectura de una novela
o como queramos llamarla, obra de D. José Nogales, y cuyo título es El
último patriota. Constituye la acción o el argumento de la mencionada

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novela, la serie de sucesos, de temores y de esperanzas que sobrevienen y
asaltan a los habitantes de una ciudad imaginaria, llamada Oblita y situada
en territorio español, durante la muy deplorable y harto poco lucida guerra
que contra los Estados Unidos de América nos vimos obligados a sostener.
Y digo que nos vimos obligados, porque hasta cierto punto es falsa la vulgar
sentencia que dice: que dos no pelean cuando uno de los dos no quiere. El
que no quiere puede ser colocado tan sin escape y tan entre la espada y la
pared, que sin contar con la menor probabilidad de triunfo y sólo para
salvar su decoro y probar que cede a irresistible fuerza, acepta o declara la
guerra, aunque esté persuadido de que va a ser derrotado. Así con espadas
de plomo peleaban gladiadores contra el bien armado Emperador de Roma,
que de seguro había de matarlos, y así sale al campo a reñir en desafío
contra el más tremendo de los espadachines un señor viejo y pacífico que
no sabe de esgrima o que la ha olvidado, y que por no haber tirado al blanco
o haberse quedado medio ciego no acierta a dar un balazo a un elefante a
cinco metros de distancia.
Importa, antes que todo, rejuvenecerse y robustecerse para cobrar
confianza; aprender luego o recordar los ejercicios gimnásticos y de las
armas; apercibirse de los convenientes pertrechos, pero sin gastar en
adquirirlos lo que antes debe emplearse en restaurar los bríos naturales de la
propia persona, y, por último, buscar y ganar amigos para no verse otra vez
abandonados en el caso de un nuevo conflicto. Pero lo que importa más que
nada es que no decaiga el ánimo, que no se abata el vencido y que no forme
muy ruin y desesperada opinión de sí propio.
Por lo expuesto me inclino yo a desaprobar la impía burla con que fustiga
el señor Nogales a los habitantes de Oblita. Convengo en que un fervoroso
patriotismo, herido y exaltado por recientes desventuras, y el deseo de
estimular a la patria y de excitarla a grandes acciones, sacándola de la
flaqueza y del marasmo en que tal vez ha caído, pueden mover a un varonil
y bien intencionado escritor a zaherir y a satirizar duramente a la misma
nación a que pertenece. Claros ejemplos de tales diatribas, fundadas en
sentencias como las que rezan: quien bien te quiere te hará llorar, y la letra
con sangre entra, han dado en Italia, para libertarla del yugo extranjero y
hacerla una, no pocos egregios italianos como Parini, Giusti y Leopardi,
avergonzándola y maltratándola de palabra, ora en prosa, ora en verso.

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¿Está bien o no está bien que nos valgamos hoy en España de un método
parecido? Hallo tan comprometido el contestar a la pregunta, que no atino
con la contestación útil y justa y no me resuelvo a darla. Paréceme, no
obstante, que entre nosotros hay en el día circunstancias que deben
movernos a ser más indulgentes que ásperos; a consolar y alentar en vez de
censurar.
Una de las causas, la mayor tal vez de la postración y del hundimiento en
que nos vemos, es la cortísima estimación en que se tienen hoy los mismos
españoles; cortísima estimación que, combinada con el sobrado aprecio y
exagerado buen concepto que cada cual forma de sí propio, nos arrastra a la
desunión, al regionalismo y al separatismo. Los cubanos, sin duda, se
figuraban más civilizados, más listos, más productores de bienestar y de
riqueza, y harto más capaces de progreso que los habitantes de esta
Península. De aquí el que creyesen que era impedimento o rémora para que
subiesen ellos a más altas esferas, el seguir unidos a nosotros. Posible es
que alguien piense en tal cual región de esta Península de la misma manera
que pensaban los cubanos. Nobilísimo es el amor de la patria chica; pero
debe ir acompañado, para no ser funesto, del amor de la patria grande. El
desdén y el odio hacia ella son origen de debilidad y de interesado egoísmo.
No menos lamentable, sobre todo después de un inmenso infortunio, es
echarse la culpa unas parcialidades a otras parcialidades y unas clases a
otras clases. Si tienen la culpa los liberales, dirán los serviles que deban
mandar ellos para regenerar el país; si los políticos se inventará una masa
neutra que tratará de convertirse en política de repente; si los
librepensadores, saldrán chillando los devotos y ultra-católicos, asegurando
que todo el mal proviene de la carencia de fe religiosa; por contraposición,
los librepensadores afirmarán luego que el fanatismo es lo que nos debilita,
empobrece y vuelve tontos; en suma, no nos entenderemos, y cuando más
que nunca conviene la concordia y la paz, acabaremos de arruinarnos con el
desasosiego y los desórdenes. Casi todo el siglo xix se nos ha pasado en
revoluciones estériles, en largas guerras civiles, en pronunciamientos y
contrapronunciamientos, en tejer y destejer constituciones y leyes
orgánicas, en reformarlo todo, y en reformar de nuevo lo reformado antes; y
de todo ello procede sin duda la mísera situación en que hemos caído. No
es, pues, modo de remediarla el volver de nuevo a las interminables

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reformas, a atribuirnos unos a otros la malaventura y a reñir contra los
propios porque no fuimos hábiles para reñir contra los extraños.
La alegoría o el símbolo suele prestarse a diversas interpretaciones. La
novela El último patriota es alegórica o simbólica, y bien puedo yo
interpretarla a mi modo. Acaso mi interpretación sea la recta. De ella se
deducirá entonces una moraleja muy semejante a cuanto acabo de decir en
este artículo: que en fuerza de ser la culpa general, debemos olvidarla,
haciendo antes el firme propósito de la enmienda.
Es sin embargo, harto cruel y burlesca toda la alegoría que a tan buena
moraleja nos conduce. La rapidez con que los habitantes de Oblita pasan de
una extremada y jactanciosa confianza al abatimiento y a la consternación;
los medios ridículos que inventan y a que acuden para combatir a los
enemigos, como por ejemplo el fulminario, con el cual suponen que echarán
a pique toda la escuadra de Watson; el gracioso combate en que toman parte
los valerosos habitantes de Oblita contra la mencionada escuadra, que por
un prodigio de imaginación han traído de América hasta las playas que
están cerca de su ciudad; el belicoso ardor del padre cura y los arrestos
magnánimos del linajudo hidalgo D. César Paniagua, todo tiene chiste y
todo hace reír, pero con lo que vulgarmente se llama risa de conejo, que en
vez de regocijar, lastima y duele. Hasta la determinación final del cura y de
D. César de levantar para regenerarnos una partida carlista y de encender de
nuevo la guerra civil, está bien ideada y trazada, y contribuye a la severa
lección que el Sr. Nogales quiere darnos.
Considerado, por último, el libro del Sr. Nogales como un desahogo de su
mal humor y de su duelo patriótico, no cabe duda que tiene mérito y prueba
agudeza y poder de ingenio. Acaso yo, que soy quizás demasiado optimista
y muy indulgente y benigno, halle poco simpático el libro del Sr. Nogales y
sea para juzgarle el menos a propósito de todos los críticos. A salvo queda,
no obstante, la noble y generosa intención del Sr. Nogales. No tiene toda su
satírica más feroz amargura para España, que para Italia los siguientes
versos de Leopardi, que bien pudieran servir de epígrafe a El último
patriota:
Volgiti indietro e guarda o patria mia,
Quella schiera infinita d'immortali,

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E piangi e di te stessa ti disdegna;
Chè senza sdegno omai la doglia è stolta:
Volgiti e ti vergogna e ti riscuoti,
E ti punga una volta
Pensier degli avi nostri e de' nepoti.

ISAAC

POR JAVIER LASSO DE LA VEGA

La centralización administrativa no ha traído proporcionalmente, tanto
como en Francia, todo el movimiento intelectual, literario y artístico, a la
capital en España. Brillantes centros, focos de nuestra cultura, siguen siendo
algunas ciudades, sobresaliendo entre ellas Barcelona y Sevilla. Y como
conviene a mi ver, que esta vida del espíritu siga difundida, y no venga a
recogerse y a acumularse en Madrid, buscando fama y provecho, creo que
también conviene llamar la atención, más aún que sobre los libros que se
publican en esta villa y corte, sobre los que en provincias se escriben y se
publican.
El autor del libro cuyo título nos sirve de epígrafe, es, a lo que parece
conocido y celebrado en la gran ciudad del Guadalquivir como docto
médico y como autor de varias obras científicas, entre las que se cuentan:
Concepto de la fisiología general, El genio y la inspiración, La ciencia y el
Arte, La Atrepsia, Origen y fin del planeta Tierra, y Biografía y estudio
crítico de las obras de Nicolás Monardes.
Durante los dos primeros tercios del siglo xix apenas hubo, en nuestro país,
político, jurisconsulto ni personaje notable en otras profesiones, que no
empezase por componer versos y que a menudo no siguiese

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componiéndolos durante toda su vida. Ahora puede decirse que la afición a
los versos, si no ha cesado, ha disminuido no poco, y que, en cambio, desde
veinte o treinta años hace, ha cundido la afición a escribir novelas.
Este género de literatura, que floreció tan gloriosamente en España, se
descuidó por el teatro, desde mediados del siglo xvii, y sólo ha renacido
recientemente, pugnando por competir con las novelas francesas e inglesas,
que son en el día las más celebradas, y con las novelas rusas y de otros
pueblos del Norte, que van poniéndose muy de moda.
El médico sevillano D. Javier Lasso de la Vega, se ha dejado llevar de la
corriente, ha querido también ser novelista, y ha mostrado que posee las
prendas y demás condiciones que para serlo se requieren.
Su novela Isaac es, con todo, para mi gusto, más sátira que novela:
pertenece a un género que no me agrada, aunque en él puede más
fácilmente que en otros ganarse fama y obtenerse un buen éxito de librería.
Sacar a la vergüenza a personajes conocidos, vivos y reales, y revelar al
público todos sus vicios y pecados, es uno de los medios más a propósito de
que puede valerse un escritor para proporcionarse lectores. Yo tengo por
cierto que el Sr. Lasso de la Vega no ha menester de este medio, y por lo
mismo me pesa de que le haya empleado.
Como quiera que ello sea, yo quiero suponer que no le empleó; que bajo
los nombres imaginarios de los personajes de su novela no descubre ni debe
descubrir la malicia verdaderos nombres, y que la fingida ciudad de
Gaudulia nada tiene que ver con Sevilla.
Si es Isaac novela de clave, no quiero yo valerme de la clave para
descifrar la novela. Baste a mi propósito estimar como pura ficción cuanto
en ella se cuenta, y entender que su sátira va contra el vicio y no designa ni
fustiga a los viciosos, cuyo castigo prefiero yo que se encomiende a la ley, a
los tribunales y a la pública reprobación, sin que autor ninguno, en una obra
de arte y de puro entretenimiento, en lo que puede y debe calificarse de
poesía, aunque esté en prosa, se rebaje y se humille hasta ejecutar la ruda
sentencia.
Aun así, aun prescindiendo de la realidad que puede tener el modelo de
cada uno de los personajes fingidos, he de confesar que gusto poco de la

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novela muy satírica. Y esto por varias razones. Indicaré aquí algunas.
El principal objeto de la novela, como el de toda poesía, debe ser deleitar
y conmover, si bien de un modo consolador y elevado. Y a mí, acaso porque
soy optimista, indulgente y benigno, más bien que deleitarme y más bien
que conmoverme estéticamente, me aflige y me repugna la viva y exacta
representación de la fealdad moral, cuando traspasa los límites de lo
ridículo y llega a lo criminal y a lo odioso. Es cierto que en la novela del Sr.
Lasso hay algunos personajes excelentes. Por tales deben ser tenidos D.
Alejandro Calderón, el P. Aguilar y el profesor Madueño; pero esto no basta
para iluminar con puros resplandores la horrible negrura del cuadro, y para
contraponer a la fealdad y ruindad de casi todas sus figuras elevación y
belleza que basten a compensarlas. Y mucho menos si se atiende a que
Isaac, el protagonista, deja que desear no poco. Carece de serenidad, de
calma y de paciencia, y en la destrucción de sus obras de arte y en el
suicidio con que termina, hay tal frenesí de vanidad lastimada que, si bien
no nos quita la conmiseración por el héroe, rebaja mucho el aprecio y la
simpatía que al principio logró inspirarnos.
La sátira ingerida o combinada con la novela tiene además una grave
contra. La acción marcha hacia su desenlace, venciendo multitud de
estorbos que en su camino se amontonan.
Son tantas las causas que impulsan a Isaac a destruir sus obras y a darse
muerte después, que el lector no acierta a determinar cuál de ellas ha sido la
más importante: si el poco éxito que en el Ayuntamiento ha tenido su
perorata; si la censura, aunque severa, no del todo infundada, de algunos de
sus trabajos artísticos; si la separación de Filipinas, que hace casi imposible
que le paguen el monumento a Legazpi; si sus grandes apuros pecuniarios;
y, por último, si el desamor y el insolente desdén de su mujer, pintada en la
novela de mano maestra.
Las escenas íntimas de tan desastrados amores conyugales, aquélla en que
Marta pide a su marido que le compre los diamantes, y la que ocurre en el
jardín por la noche, y a la luz de la luna, son las que mejor y más
claramente muestran en el Sr. Lasso el agudo talento de observación y el
raro poder del estilo para expresar y reproducir lo observado.

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La orgía de los concejales en el antiguo Convento, la animada descripción
del incendio, con la hazaña de Calderón para salvar a la niña, y la famosa
sesión del Ayuntamiento con todos sus pormenores, así como no pocos
otros episodios, están bien observados y descritos; pero complican la acción
dándole diversos motivos, cada uno de los cuales quita fuerza a los otros en
vez de acrecentarla. El lector se pregunta: ¿se hubiera suicidado Isaac si
cobra el dinero del monumento a Legazpi, o hubiera sufrido mejor con el
dinero los desdenes de su mujer? ¿Si triunfa en el Ayuntamiento y después
en las elecciones de diputados, no se hubiera resignado a vivir? ¿Si los
críticos hubieran sido justos o muy benévolos y no hubieran señalado
defecto alguno en sus obras, ensalzándolas sin reparo, no hubiera sido
grande su consolación y sobrado eficaz para quitarle del pensamiento el
violentísimo propósito de destruir lo que había hecho y de matarse en
seguida?
En la existencia real, en todo verdadero suceso histórico, suelen quedar en
pie y sin aclarar tales dudas; pero tal vez en una ficción novelesca, y cuando
el autor penetra en lo más íntimo del alma de su héroe y allí lo ve y lo
escudriña todo, semejantes incertidumbres y nebulosidades menoscaban el
efecto de la composición en vez de aumentarle.
En suma: yo creo que, después de leída la novela, el lector no puede
menos de reconocer que el Sr. Lasso es un buen novelista, si bien desea que
acumule menos cosas cuando escriba otra novela, y que represente en ella la
vida humana, sin que sean, y hasta sin que pueda presumirse que son sus
figuras fieles retratos de determinadas personas, sin que contenga una
acusación cada episodio, y sin que cada acusación dé lugar a una defensa.
EL siglo xix pasó ya, y nos hallamos en el xx, de lo que debemos
alegrarnos por haber pasado también la manía, que cundió entre los
escritores, por todas partes y durante muchos años, de calificar de fin de
siglo las bellaquerías y maldades. Con esto, además, se quería dar a
entender que las tales bellaquerías eran como el refinado producto del
esfuerzo secular de una exquisita cultura, y el triste resultado de nuestros
materiales progresos. Lejos de ser así, debe entenderse que los hombres,
para ser malos y bellacos, no han menester vivir a fines de siglo, ni en
época y sociedad muy adelantadas. En lo tocante a tunantería, se sabe

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cuanto hay que saber, y se hace cuanto hay que hacer desde los tiempos
primitivos.
No es en Gandulia ni a fines del siglo xix donde solamente los concejales
se despachan a su gusto. Bien podemos decir: todo el mundo es Popayán, y
cuándo no es Pascua.
Al leer lo que el Sr. Lasso cuenta de ciertos concejales de Gandulia, he
recordado, y no puedo resistir a la tentación de referirlo aquí, lo que he
leído en uno de los extractos y traducciones de los millares de manuscritos
egipcios adquiridos y conservados en Viena por el archiduque Raniero.
El caso no ocurrió a fin de siglo, sino a mediados: por los años de 250 de
la Era Cristiana, o dígase 1650 años ha. Y todo consta en las actas del
Ayuntamiento de la magnífica ciudad de Hermópolis, así llamada porque su
numen tutelar era Hermes Trimegisto.
Las sesiones del Ayuntamiento hermopolitano no pudieron ser más
escandalosas ni más borrascosas de lo que fueron. También hubo allí un
Isaac Garcés de Trillo que acusó a los principales concejales o regidores
delincuentes, cuyos nombres se conservan aún. Se llamaban Dioscórides y
Sarapammon. Habían cometido multitud de estafas, irregularidades y
filtraciones; y lo que dio lugar a los debates más acalorados que hubo en las
Casas Consistoriales, fue que los Sres. Sarapammon y Dioscórides,
valiéndose de las llaves del granero público, vendieron casi toda la cebada y
el trigo que en él había, y una enorme provisión de lentejas, y cien artabas
de arrak, bebida de arroz fermentado de que gustaban mucho los egipcios
de entonces.
Véase, pues, la poca o ninguna novedad que tienen las fechorías de los
concejales, y téngase por cierto que en nada malo ha habido el menor
adelanto. En lo bueno sí le ha habido y le habrá. Y con tan hermosa y
fundada esperanza debemos animarnos, no desmayar y no acudir al suicidio
que nada remedia, como acudió en su locura el escultor y honrado concejal,
héroe de la novela del Sr. Lasso.

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DISCURSO

PRONUNCIADO POR DOÑA EMILIA PARDO BAZÁN
en los Juegos florales de Orense, en la noche del 7
de Junio de 1901.

La afición a los juegos florales cunde y se extiende por toda España. La
manía de reírse de todo cunde también, y así no han de extrañarse los
chistes y las burlas y caricaturas que sobre los tales juegos se han dado a la
estampa. Lo que es yo confieso que soy muy aficionado a la broma y
tentado de la risa como el que más pueda serlo; pero me jacto de tener una
buena condición, que me alegraría yo de que la tuvieran todos. La risa no
debe matar ni perjudicar a aquello de que se ríe. Al contrario, debe
purificarlo y sanarlo. En lo más excelente suele haber y hay con frecuencia
algo de ridículo; de suerte que, si lo ridículo se extrae, lo excelente, en vez
de sufrir menoscabo o deterioro, queda limpio de toda mácula. La parodia,
pues, no implica el descrédito de lo parodiado, antes bien es lícito afirmar
que sólo de lo bueno y de lo hermoso se pueden sacar parodias divertidas y
amenas.
Dicho lo que antecede, olvidémonos de los chistes y de los epigramas que
se han lanzado contra los juegos florales, y tomémoslos por el lado serio.
Nadie negará, en primer lugar, que son una diversión inocente y barata, y
no cruel y costosa como, por ejemplo, los toros.
Es además diversión muy culta y educadora, ya que en ella se ejercitan el
entendimiento y el ingenio de muchas personas, así en componer discursos
y poesías, como en oírlos y tratar de entenderlos, apreciarlos y juzgarlos.
Y no se sostenga que el hacer versos y discursos es tarea poco útil, y que
mejor sería emplear nuestro tiempo y nuestra actividad mental en asuntos
más prácticos y productivos. El gusto y el cultivo de las bellas letras, lejos
de estar reñido con el bienestar material y con la fuerza que se aplica para
lograrle, bien podemos afirmar que están en perfecto acuerdo y que siempre
lo uno es indicio o resultado de lo otro; que lo anuncia, que lo prepara o que

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de ello procede. Acaso no hay nación en toda Europa más positivista, más
próspera, más industrial y mercantil, más rica y más aficionada a la riqueza
que la Gran Bretaña, y tampoco hay nación en Europa que guste tanto de
versos, que posea tan gran número de buenos poetas y donde más discursos
se pronuncien.
Sigamos, pues, componiéndolos y pronunciándolos por acá sin recelo de
que se consuman nuestros bríos y calor natural en esta tarea de lujo y no de
provecho. Pero ¿por qué tal tarea no ha de ser provechosa, considerada al
menos como gimnasia en que nuestras facultades mentales se agucen, se
afilen y se habiliten?
La poesía, además, estaba, desde hace algunos años, harto desdeñada y
poco cultivada en nuestro país. Y como conviene que no se desdeñe y que
se cultive, y como los juegos florales vienen como de molde para lograrlo,
bien venidos sean los juegos florales. Evocadas por ellos, se diría que han
reaparecido entre nosotros las musas visitando y favoreciendo a varios
poetas nuevos. El lauro, la palma o la flor que en tales certámenes han
conquistado dichos poetas, aunque gente descontentadiza y satírica niegue
que sea prueba de alta inspiración, prueba es y será siempre de habilidad
artística, de esmerado buen gusto y de no vulgar cultura, lo cual ya no es
poco. Y debe tenerse en cuenta que, así como nosotros no nos atrevemos a
dar a nadie diploma de inmortalidad y de genio, tampoco debe atreverse
cualquiera a empuñar la férula de Aristarco y a castigar con ella a cuantos
en los juegos florales han obtenido premio, expulsándolos con crueldad de
la república de las letras.
Tal vez se me acuse de sobrado optimista y facilitón; pero yo entiendo que
no merecen censura, sino elogio, las composiciones premiadas de los Sres.
D. Miguel Gutiérrez, D. Angel del Arco, D. Narciso Díaz de Escobar, D.
Juan F. Muñoz y Pabón y D. Pedro Riaño.
Cuando no motivo, los juegos florales han dado pretexto a muy sabrosos e
instructivos discursos de sus mantenedores. Convengo en que un juez
severo acaso podría decir que los discursos mencionados están casi todos
como en una esfera muy excéntrica de la esfera poética o literaria de los
juegos, tocándose sólo y compenetrándose una esfera y otra en muy
pequeña parte o casquete, y formando así, como en el famoso y ya casi

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olvidado esquema del ser, inventado por los krausistas, la figura de una
lenteja. Quiero yo significar con esto que si bien los juegos florales se han
celebrado en Bilbao, en Salamanca, en Almería, en Cádiz, en Calatayud, en
Zaragoza y en Orense, todos los mantenedores, cuál más, cuál menos, se
han ido por los cerros de Úbeda. No condeno yo semejante aberración. Me
limito a declarar que existe. Discúlpanla, ya que no la justifiquen del todo,
la condición etérea y volátil del pensamiento y cierta preocupación amarga
o picante que a todos nos estimula en el día. De ella puede afirmarse lo que
afirmaba Lope, no del estro o tábano, sino de otra más ruin y aborrecible
bestezuela:
Como los celos eres,
Que picas y te vas por donde quieres.
Claro está que aludo al resquemor o a la acedía que los recientes
infortunios de la patria engendran en nuestros espíritus, los agitan, los
atormentan y los impulsan a buscar remedio. De aquí que se piense poco en
la poesía, que se hable de ella muy de paso, y que se corra y se vuele para
trasportarse de lo meramente literario a lo político y social. De suerte que
cuantos pronuncian discursos en juegos florales suelen pronto perder de
vista la corte de amor, el Gay saber y toda cuestión de gentileza, ternura y
rendimiento a las damas, convirtiéndose en sociólogos, arbitristas y
legisladores. Sus discursos apenas son literarios: más bien pueden y deben
calificarse de terapéuticos. España está decadente y enferma, y es menester
curarla y regenerarla. Para tan buen fin cada orador propone y ofrece
medicamentos que juzga infalibles: la patriótica panacea que a fuerza de
cavilar ha descubierto.
El discurso pronunciado por doña Emilia Pardo Bazán en los Juegos
florales de Orense, tiene este carácter medicinal y regenerador. Y como son
tan atinadas las observaciones que hace, las cosas que dice y los consejos
que insinúa, y como todo ello está redactado con fácil y natural, al par que
elegante estilo, y adornado con las galas y los colores de una muy brillante
fantasía, bien merece que nos detengamos a examinarlo, aunque los juegos
florales y los versos que en los juegos se premian queden, así en Orense
como en otros varios puntos, completamente eclipsados por la prosa;
aunque los juegos florales se conviertan en meeting político, y aunque se
trueque en club el salón en que se celebran.

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Si en alguien está plenamente justificado el producir este cambio en el
propósito de los juegos, es sin duda en doña Emilia Pardo Bazán, la cual no
puede, como los mantenedores varones, hablar en el Senado o en el
Congreso y exponer allí las reformas que anhela introducir en el gobierno
del Estado para regeneración de la patria.
Hay en mi sentir, afirmaciones tan verdaderas y tan consoladoras en el
discurso de doña Emilia, que nos complacemos en notarlas aquí,
lisonjeados y engreídos de coincidir en todo con ellas.
Lo primero que aplaudimos es algo a modo de amnistía que doña Emilia
concede. O no puede saberse, o no debe declararse, aunque se sepa, quiénes
han sido la causa de nuestras recientes desventuras. O son culpados todos, o
sólo está la culpa en circunstancias independientes de la voluntad y del
entendimiento humanos. Hemos sido vencidos, hemos perdido los
espléndidos restos de nuestro gran poder colonial antiguo, porque teníamos
que perderlos; porque así estaba prescrito. Ni se infiere de pérdida tan
lastimosa que seamos una raza inferior o un pueblo degenerado, como ha
supuesto recientemente un famoso hombre de Estado de la Gran Bretaña.
Doña Emilia protesta enojada contra afirmación tan injuriosa, dejándose
arrebatar por su patriotismo y por el espíritu de contradicción hasta el
extremo contrario, hasta creer que somos «tan capaces y aptos, y quizás por
naturaleza, más inclinados al bien, más exentos de vicios groseros, menos
alcohólicos y brutales que ningún pueblo de Europa.»
Nuestra decadencia o postración ha de ser, por consiguiente, accidental y
no esencial. Depende de varios achaques y dolencias de que es menester
que sanemos. Para conseguirlo, propone doña Emilia, algunos remedios que
a mí me parecen excelentes. Lo que importa ahora es que haya alguien que
sepa aplicarlos con energía y perseverancia.
Deja entrever doña Emilia que quizás convendría un dictador para
alcanzar tan buen fin. Harto me pesa tener que declararlo aquí; pero no
estoy muy conforme con esto de la dictadura. Me parece remedio
sobradamente heroico, y que además sería en el día de hoy inoportuno y
tardío. Los Camilos, los Fabricios y los Fabios fueron dictadores para salvar
a Roma; para que Roma venciese y arrojase de Italia a Breno, a Pirro y a
Aníbal; pero no se les ocurrió a los romanos darse por vencidos, sentar

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paces, ceder al galo, al epirota y al cartaginés mucha parte del territorio de
la República, y crear luego un dictador para que en la paz y en vencimiento
los regenerase, o más bien los castigase. A la calamidad de quedar vencidos
no quisieron los quirites añadir la calamidad de ser despóticamente
gobernados.
Dice doña Emilia, y tiene razón hasta cierto punto, que la libertad no es un
fin, sino un medio; pero la dictadura, no hasta cierto punto, sino en
absoluto, es siempre un medio y no un fin. Es cierto que la libertad es un
medio; pero el hacer cada uno lo que se le antoje, sin turbar el orden y sin
ofender a Dios ni al prójimo, es medio tan excelente que vale para todos los
fines, y hasta estoy por afirmar que bien mirado, es un fin, ya que sin
libertad no puede haber nada bueno. Desechemos, pues, la dictadura. Para
sufrir nuestra mala suerte y para aguantarnos, como nos hemos aguantado,
todo dictador está de sobra. Cavour y Bismarck, dado que fuesen
dictadores, surgieron para hacer el uno la unidad de Italia y el otro el
Imperio germánico. ¿Qué iba a hacer ahora nuestro dictador, si Dios, o más
bien el diablo, le suscitase? Como no fuese humillarnos y ponernos en
ridículo, no sé yo lo que haría. El dictador, además, si ha de valer para
fundar algo, ha de ser el instrumento, el apoderado de una gran parte de la
nación, cuyos mandatos ha de cumplir con la fuerza que la misma nación
pone en sus manos para que los cumpla. Sin duda que el dictador es
entonces potestad que de Dios procede; pero no inmediatamente, sino por
medio de la República, como dice Domingo de Soto, divinitus erudita.
¿Nos hallamos nosotros en tal caso, nos inspira Dios la elección de un
dictador, y para qué y quién ha de serlo? Desengáñese doña Emilia y
persuádase que lo menos malo es que las cosas sigan como están, sin
alteraciones ni mudanzas. Alterándolo y mudándolo todo, con varios a
modo de dictadores, cambiando a cada momento constituciones y leyes
orgánicas, soltando reformas administrativas, cuya recopilación requiere
enorme multitud de volúmenes, y haciendo revoluciones y
pronunciamientos a cada paso, hemos andado durante todo el siglo xix, y
harto se ve y se deplora lo poco medrados y menos lucidos que hemos
llegado al xx. ¿Para qué, pues, nueva revolución, aunque el Sr. Maura,
citado por doña Emilia, sostenga que la revolución se impone, y que a no
hacerla desde arriba, desde abajo habrá que hacerla? ¿No sería mejor que
nos quedásemos quietos, procurando, no con dictadores, ni con

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revoluciones, ni con flamantes leyes y decretos, sino trabajando mucho y
bien en las artes y oficios útiles, aumentar la riqueza de la nación,
restaurando así sus bríos antiguos y la enérgica confianza en sus altos
destinos?
El libro inmortal de Miguel de Cervantes nos da sobre esto implícita y
simbólicamente varios consejos muy sanos que debiéramos seguir. Vencido
D. Quijote por el Caballero de la Blanca Luna, no quiso ser dictador ni
revolucionario, sino que proyectó dedicarse al pastoreo y a la vida pacífica
e industriosa. En punto a revoluciones, debiéramos también imitar al
hidalgo manchego, que se contentó con romper una sola vez la celada,
ufanándose al reconocer lo cortante de su espada y lo pujante de su brazo;
pero, ya la celada recompuesta, se guardó muy bien de acuchillarla de
nuevo, y la dio por buena y resistente aunque no lo fuese. Así nosotros, que
hemos acuchillado y desbaratado tan a menudo nuestras instituciones,
debemos dejarlas en paz y sin ponerlas a prueba de nuevo, considerarlas
firmes y buenas, aunque disten algo de serlo.
Nuestra manía de legislar nos perjudica mucho, desacreditando las leyes
por efímeras y caducas, e induciéndonos a no cumplirlas. Si han de ser
pronto derogadas, ¿para qué su cumplimiento? Bien dijo D. Quijote en la
carta que escribió a Sancho cuando era Gobernador de la Insula, y que bien
pudiera repetir si escribiese a los gobernadores del día: «No hagas muchas
pragmáticas, y si las hicieres, procura que sean buenas, y, sobre todo, que se
guarden y cumplan.»
Con mucho juicio toca y dilucida doña Emilia en su elegante discurso
otras importantísimas cuestiones. Es la primera la cuestión religiosa, a mi
ver algo anacrónica y exótica: anacrónica, porque parece más propia de las
edades pasadas que de la edad presente, y exótica, en mi opinión, porque yo
me atrevo a sospechar que, si en Francia no estuviese de moda perseguir
hoy a los frailes, acaso no se hubiese desenvuelto tanto entre nosotros el
afán de remedar a Francia en dicha persecución librepensadora, y tan
contraria a la libertad bien entendida. Yo apelo a un librepensador, francés
también, y contrario a tales persecuciones. Beranger dice:
A son gré que chacun professe
Le culte de sa déité;

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Qu'on puisse aller même à la messe;
Ainsi le veut la liberté.
A ver si esto se aviene con silbar y apedrear los conventos y las
procesiones devotas, y con otros desahogos por el estilo.
Acerca del regionalismo separatista, me parece que doña Emilia se
expresa con discreción y tino. Recordando una sentencia de Cánovas y
haciéndola suya, afirma que el amor de la patria grande, el espíritu nacional,
el patriotismo amplio desaparece de los pueblos cuando se convencen de
que son mal administrados. Nadie, según doña Emilia, sería separatista o
catalanista, sino fervoroso español, si pudiésemos contestar a sus quejas y a
sus gritos «con las letras, con el arte, con la instrucción, con el progreso,
con la rehabilitación de España; con una patria tan bella, tan digna de ser
amada, tan majestuosa y noble, que nadie que no esté demente pueda
desearle sino larga vida.» Precisa condición para lograr todo esto es que la
patria esté bien administrada; y volvemos a la sentencia de Cánovas. Pero la
buena administración, si bien puede considerarse como causa, puede y debe
también ser considerada como efecto, sobre todo en un pueblo libre, donde
no es nunca el capricho de un tirano quien crea y sostiene al Gobierno, sino
la opinión pública, que se impone por los medios legales de la prensa, de la
tribuna, de las manifestaciones y de las asociaciones pacíficas. Penoso es
tener que decirlo, pero la verdad antes que todo: si tal pueblo está mal
administrado, es porque no hay en todo él quien lo administre mejor, o
porque es extremamente dificultoso el administrarle, a causa de
circunstancias o de fundamentos que no acertamos a descubrir, pero que de
cierto no se vencen con violencias dictatoriales o demagógicas, echándolo a
rodar todo, para que después del trastorno y la barahúnda tengamos que
decir como durante todo el siglo xix tantas veces hemos dicho: peor está que
estaba.
En suma: el discurso de doña Emilia Pardo Bazán, que nos da ocasión
para exponer lo que hemos expuesto, no sólo es bien pensado y elegante
sino consolador y optimista. El mero hecho de pronunciarle tan ilustre
dama, es evidente testimonio de cuanto nos preocupa a todos la salud de la
patria, la restauración de sus energías y el fundado renacimiento de sus altas
esperanzas desde luego, y para después de su antiguo poderío, crédito y
gloria.

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NOVELAS RECIENTES

I
Bien podemos decir con satisfacción que en el cultivo de la novela se
advierten más cada día la abundancia y la bondad del fruto.
No es tan voluntariosa la musa como generalmente se cree. Conviene
llamarla con persistencia y empeño. No siempre es ella sorda, y suele acudir
propicia a quien cariñoso la pretende y con reiteradas y fervientes súplicas
la llama. Sólo así se explica que en el país y entre la gente donde se escribió
el Quijote se hayan escrito tan pocas novelas y de tan corto valer durante
cerca de dos siglos, y que de algunos años a esta parte se escriban muchas
novelas, no siendo inferiores algunas de ellas a las escritas en otros países
donde florece género tan popular de literatura.
De Francia y de Inglaterra se han importado las novelas hasta hace poco,
traduciéndolas o imitándolas. Aún persisten la imitación y la traducción. Tal
vez nuestro público gusta más todavía de lo traducido o importado que de lo
castizo y propio. No me incumbe ni quiero yo dilucidar aquí si nuestro
público, y sobre todo el más selecto por su elevada posición social, tiene
razón o no la tiene en tan marcada preferencia. Sólo afirmo que debemos
procurar que tal preferencia deje de ser, ya esmerándose todo autor de
novelas en que sean buenas las que dé a la estampa, ya trabajando el crítico
para que reconozca y confiese dicha bondad el vulgo de sus compatriotas.
No tenemos hoy que competir únicamente con lo que en Francia y en
Inglaterra se escribe, sino que de Rusia, de Polonia y de otras naciones y
lenguas, extrañas y casi incógnitas antes, se importan novelas que, ya nos
entusiasman, porque en realidad lo merecen, ya nos agradan más que las
nuestras, por lo exótico y peregrino de todo, y hasta porque, no conociendo

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ni tratando de diario a los autores, nos los podemos imaginar por cima de
nuestro nivel: más sabios o más inspirados.
Inevitable es el influjo en las letras y en las artes de un país de lo que se
produce en otros países más prósperos y más adelantados. No pretendo yo
que nos sustraigamos a tal influjo, no sólo inevitable, sino provechoso a
veces. Lo que me parece mal es el remedo servil, y es también que el
remedo sea por moda, movido el que imita por admiración ciega y sin elegir
los buenos modelos con discernimiento juicioso.
De todos modos, es absurdo aspirar a una originalidad tan completa que
no se parezca, por ejemplo, ni recuerde en nada una novela española a las
que ya en el mismo género se han escrito en otras naciones. Nuestra
aspiración debe limitarse a que, si algo se imita, recaiga la imitación sobre
un fundamento original y propio, así en las costumbres, pasiones y
caracteres que se representen, como en el estilo y lenguaje con que se
exprese todo. Importa que los personajes, los sucesos, los campos, ciudades
y demás sitios en que se ponga la escena y cuanto figure en la acción,
aparezca tomado o copiado inmediatamente de la naturaleza y no de los
libros favoritos, venidos de tierra extraña a ser objeto de nuestra admiración
y entusiasmo.
Cumpliendo con estas condiciones tenemos ya bastantes novelas, y cada
día aparecen nuevas y compuestas por nuevos autores.
En medio de nuestra postración política, y a pesar de la discordancia de
opiniones y de intereses que nos amenazan de continuo, turbando el reposo
y la serenidad de los espíritus, aunque no lleguen todavía a producir muy
serios y deplorables disturbios, buen síntoma es que la actividad intelectual
se muestre fecunda en España y no reconcentrada en Madrid, sino difundida
por toda la Península.
Yo, que políticamente no gusto del regionalismo, le celebro y aplaudo en
literatura. Prefiero muchos focos luminosos a uno solo, por esplendor que
tenga, que brille en el centro y que se difunda por todas partes. Con tal de
conservar el carácter nacional y no renegar de él, la aparición de las obras
de ingenio en diversas ciudades y regiones es prueba de que la vida no se ha
recogido en el centro, sino que por donde quiera da razón de sí,
mostrándose ubicua y varia sin romper la unidad del conjunto.

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En el siglo pasado nuestra fecundidad mental se manifestó en la
elocuencia parlamentaria, de que se abusó no poco, y en el teatro y en la
poesía lírica, satírica y narrativa.
En el día de hoy me parece que estamos algo cansados y desengañados de
la oratoria, y me parece también que, si versos han de escribirse siempre, la
abundante cosecha que de ellos ha habido nos tiene fatigados, cuando no
hartos, y no creo yo que los Juegos florales, que en muchos lugares se
celebran a menudo, valgan para renovar la afición a la poesía, tan
vehemente, por ejemplo, en la época del romanticismo, ni valgan tampoco
para despertar en las almas una nueva inspiración poética, poderosa y
brillante.
La propensión de los que escriben en el día es hacia la novela. Y lejos de
ser estéril esta propensión, a cada momento produce obras estimables,
dejando esperar otras para lo futuro más sazonadas y menos imperfectas.
Quisiera yo dar aquí noticia de no pocas novelas que recientemente he
recibido y leído; pero las comparaciones son odiosas, el juicio puede ser
falible, cegado por la mayor o menor amistad que con los autores nos una, y
esto me arredra y casi no consiente que trate yo aquí de las últimas novelas,
y que las juzgue y las compare. Básteme afirmar que no pocas se leen con
agrado, que están sencilla y elegantemente escritas, y que tal vez son más
morales y más amenas aquellas cuyos autores, o no han leído muchas
novelas francesas o inglesas, o se olvidan de ellas cuando componen las
suyas.
De los novelistas ya muy populares y acreditados, de los veteranos,
digámoslo así, no he de decir aquí palabra. Ni Pérez Galdós, ni Pereda, ni
Picón, ni el mismo P. Coloma, que publicó hace poco un nuevo e
interesante libro, ni menos aún la Sra. D.ª Emilia Pardo Bazán, necesitan
que nadie llame la atención del público sobre sus escritos. Tal vez
convendría una crítica imparcial sobre ellos aprobando las bellezas que
contienen y haciendo notar las faltas que como toda obra humana han de
tener, a fin de que los escritores noveles las eviten y no incurran en ellas.
Pero tan ardua tarea no es para mí. En el día más que nunca me siento yo
sin fuerzas para tanto, y reconozco, además, que carezco de autoridad
suficiente. O por abatimiento de ánimo, muy natural en la vejez, o por

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desengaño razonable y justo, veo yo tales faltas en mi propia labor, que no
me atrevo a censurar las de aquellos a quienes la gran mayoría de mis
compatriotas otorga aplausos y laureles. Digo, pues, al revés del vate de
Mantua: paulo minora canamus. Y entiéndase que, al decirlo, no quiero
decir que sean menores los objetos de que voy a tratar. Quiero decir sólo
que son nuevos, que su mérito aún no está estimado y tasado por el público,
y que yo, aunque sólo sea como parte mínima del público, puedo, sin
soberbia vanidosa, concurrir al examen y contar con mi voz y mi voto en la
estimación y en la tasa.
Como mi humildad y la desconfianza en mi propio criterio es hoy mayor
que de costumbre, no quiero tratar tampoco en este artículo de otros
autores, no tan famosos como los arriba citados, pero que gozan ya de muy
extensa fama. No trataré, pues, de las Leyendas de amor, de D. Pompeyo
Gener, ni de la Sonata de otoño, del Sr. Valle Inclán, ni de Sónnica la
cortesana, del Sr. Blasco Ibáñez, ni de Camino de perfección, del Sr. D. Pío
Baroja. Hoy trataré sólo de novelas escritas por autores que, como
novelistas, se estrenan; de autores que agradecerán lo que yo diga, por malo
y desautorizado que sea, considerándolo siquiera como anuncio. Si mi
juicio, que será favorable, viniese, como espero, a coincidir con el del
público, mis palabras llegarán a ser celebradas por verídico vaticinio. Y si el
público no llega a apreciar lo que yo aprecio, mis palabras serán olvidadas,
o bien me disculpará quien las recuerde, calificándome de indulgente y
bondadoso aunque falso profeta.
II
El primer libro sobre el que me decido a hablar, después de tan largo y
quizás fatigoso preámbulo, se debe al ingenio del joven don Mauricio
López Roberts, y contiene tres novelas cortas, cuyos títulos son: Las de
García Triz, La cantora y La familia de Hita.
Afirman muchas personas, en mi sentir sin reflexionarlo bien, que la
moralidad de las narraciones fingidas consiste en que la virtud triunfe y en
que el vicio sea castigado; pero, si bien se recapacita, semejante moralidad
no es de buena ley. Si se pretende que, impulsados por la narración fingida,
nos decidamos a ser virtuosos a fin de alcanzar el premio, y a no ser
viciosos para no incurrir en la pena, la virtud tomará trazas de timidez y

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podrá tomarlas el vicio de valentía. De todos modos, resultará que el interés
nos mueve y no el amor desinteresado y noble.
Es otro inconveniente en semejante modo de moralizar que el moralizador
por medio de fábulas y de apólogos quede desmentido a cada momento por
los sucesos reales, ya que, por desgracia, no son constantes, ni siquiera
frecuentes, el triunfo de los virtuosos y el castigo de los viciosos. Lo que
importa, pues, para que la lectura de una narración fingida sea ejemplar y
moralizadora y nos deleite y consuele, en vez de deprimir y amargar el
ánimo, es que el premio que alcance la virtud en toda persona, en cuyas
obras resplandece, nada tenga de exterior y de material, sino que sea íntimo,
independiente de casos y de circunstancias, y concedido por alto y soberano
decreto de la conciencia incorruptible y pura.
En las novelitas del Sr. López Roberts ocurre lo que acabamos de exponer.
No hay tesis. En ellas se da el arte por el arte, en el buen sentido de la frase.
Quiero decir con esto que, por no proponerse el autor defender esta o
aquella opinión, se coloca por cima de lo opinable, se deja guiar por su
recto sentido, y sin sermones o discursos logra que resulten de la condición
y carácter de los personajes y de la acción en que intervienen una muy alta
moralidad y cierto consolador optimismo, aun en medio o después de las
mayores tragedias.
En la narración donde esto se ve más claro es en la titulada La familia de
Hita. Los principales personajes no pueden ser menos ideales, ni más
reales, ni más vividos, ni más ruines tampoco. Eusebio, el padre, es un
soñador, holgazán, declamador de café e inventor de planes absurdos para
ganar dinero y fama. Alejandro, su hijo, es un ser perverso, más ignorante y
no menos presumido que su padre, de quien sin embargo se burla sin
asomos de respeto filial. Las burlas llegan a tal extremo, que el padre y el
hijo se insultan y riñen. Leandra, la hija, está soñando siempre con
libertarse de las miserias de su casa, con no someterse al trabajo y con
hallar quien la mantenga, ora lo cohonesten o no las leyes civiles y
religiosas. Sólo es impecable y moralmente bella, en el seno de tan
abominable familia, la madre, Felícitas, llena de resignación y
mansedumbre, desvelándose y trabajando para que los otros vivan y para
que vivan sin deshonra ni vergüenza. Felícitas tiene cortos alcances
intelectuales, pero su humildad, su modestia y su rectitud severa, libre de

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jactancia y templada por la dulzura, la van elevando cada vez más en
nuestro concepto, según va progresando la narración. Alejandro abandona la
casa paterna porque no puede sufrir a su padre, a quien colma de denuestos.
Leandra se enreda en vulgarísimos amores con un seductor no menos
vulgar, llamado Juanito Mardura, con quien se escapa y quien la mantiene.
Y, por último, Eusebio, en pago de su paterno consentimiento y beneplácito
en la nada decente unión de Leandra y Juanito, acepta gustoso y lleno de
gratitud el empleo de administrador de ciertos bienes que posee Juanito en
un lugar lejano. Desesperada Felícitas al ver tan asquerosos horrores, y al
oír la cínica apología con que su marido trata de justificar y hasta de
glorificar su conducta, acaba por perder la razón, y en un arrebato,
inconsciente sin duda, se arroja por un balcón de su casa y muere.
Moral y cristianamente hubiera sido mejor que Felícitas no se suicidase,
que terminase su vida de otro modo; que, por ejemplo, muriese de pena.
Aquel suicidio, sin embargo, harto se ve que está motivado por la locura:
por un frenético e irresistible arrebato que exime de toda responsabilidad a
Felícitas.
Zola o cualquiera otro autor de la escuela de Zola, hubiera hecho de la
narración de tan horrible historia algo desesperante, antisocial o provocador
a la blasfemia. En el ánimo del lector la culpa de todo hubiera aparecido ya
en la sociedad mal organizada, ya en un fatal determinismo de nuestra
humana naturaleza, el cual determinismo condenaría a la Providencia o la
negaría. En la narración, por el contrario, del Sr. López Roberts se advierten
el libre albedrío y la consiguiente responsabilidad de los personajes del
espantoso drama, por cima de cuya catástrofe brillan la reconciliación
suprema y el orden, la esperanza y el bien en el conjunto de los sucesos y de
las cosas. Por lo demás, harto se reconoce que el señor López Roberts,
venciendo su repugnancia y para demostrar que no es melifluo siempre y
que sabe tocar todos los registros, ha compuesto al gusto del día la
mencionada historia, donde son plebeyos y grotescos personajes los que
calzan el coturno y los que producen la tragedia, no en parodia, como los
sainetes de D. Ramón de la Cruz, sino efectiva y conmovedora.
En las otras novelas del Sr. López Roberts, éste se deja llevar de su propia
inclinación, y desechando el intento de mostrarse apto para todos los
géneros, pone a un lado lo horrible, y se complace en describir lo limpia y

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delicadamente patético. Así en Las de García Triz, y más aún acaso en otra
novelita, titulada Un alma pura, que La Lectura inserta y que aún no ha
aparecido aparte en un volumen. La Cantora, por último, es igualmente una
novela donde hay vehementes pasiones y valerosos combates contra ellas
de la voluntad virtuosa, sin que falte el interés a pesar de lo sencillo del
argumento y de la bondadosa suavidad de los caracteres.
Evidente prueba de la naturalidad, gracia y primor del estilo dan el interés
y el deleite con que se lee la historia de Las de García Triz. Son dos
hermanas solteronas, que en su mocedad fueron ricas y que han venido a
menos. Sus caracteres, la humilde y obscura manera de su vivir, la casa en
que habitan y las vecinas y amigas que tienen en la misma casa, todo está
pintado de mano maestra, todo es real y viviente, y todo demuestra que
hasta cuanto es en apariencia insignificante y rastrero, sobre todo en los
seres humanos, basta a interesar y a conmover siempre que se profundiza,
se llega al fondo de las almas y se acierta a ver y a descubrir los tesoros
recónditos y los misterios que en ellas hay.
La acción de Las de García Triz puede en lo esencial contarse en cuatro
palabras. La mayor, Clara, tuvo en su mocedad un novio militar, con quien
por razones económicas no pudo casarse. Al cabo de muchos años, el novio
vuelve de América, ya de coronel, con algunos medios de fortuna y con
gana de contraer matrimonio. Vuelve a ver a Clara y tiene un desengaño
tremendo. Clara está vieja y bastante fea. Su mismo pudor, el recelo de que
sospeche su antiguo novio que pretende ella hacer que reverdezca el antiguo
amor ya marchito, la hace aparecer más insignificante y más fría. Ingeniosa
y hábilmente tratado está el modo natural, sin malicia, casi inconsciente,
con que la hermana menor, Narcisa, que está mucho menos averiada que
Clara, enamora al coronel y logra al fin que sea su marido. El amor de Clara
apenas renacido y ahogado ya por el desengaño, la tristeza que siente al
verse desdeñada, el abandono en que su hermana y el coronel la dejan para
retirarse a un lugar donde ella no quiere seguirlos, todo presta al cuadro, y a
Clara, principal figura del cuadro, un suave tinte de melancolía, iluminado
por los celestiales resplandores de la resignación cristiana. La hermosura
moral de Clara nos la hace simpática e interesante; nos la convierte, de la
más humilde solterona, pobre, desvalida y vieja, en persona interesante,
digna de la poesía y de las que honran y glorifican la condición humana.

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Más poética aún, y de más sencillo argumento, es la novelita Un alma
pura, de que ya hemos hablado. La viejecita que vive entregada a la
devoción, que asiste y reza con frecuencia en la catedral de una capital de
provincia, está muy diestramente retratada. El autor logra casi desde luego,
con buen tino y exquisito arte, hacer que nos interesemos por Prisca, que así
se llama la viejecita. También ella tuvo en su remota mocedad tiernos y
delicados amores.
El objeto de ellos la dejó abandonada para ir a buscar fortuna en tierras
lejanas. Todos los fervientes y cariñosos afectos del alma de Prisca se
refugiaron y reconcentraron entonces en la religión, buscando y hallando en
ella solaz y consuelo. Un solo motivo de tristeza nublaba ya la luz de sus
pensamientos serenos. Una mano impía y sacrílega había robado de la
catedral una pequeña, artística y primorosa, custodia. ¡Cuán grande no sería
el regocijo de Prisca cuando supo por el canónigo, su confesor, que un
hombre piadoso y muy rico había enviado dinero suficiente para que otra
custodia, semejante a la robada y no menos bella, se hiciese a costa suya y
fuera el ornato y la gloria de aquella iglesia! Cierto artífice de notable
mérito, obscuro Arfe o Cellini, olvidadoen el centro de aquella ciudad de
provincia, hace la custodia nueva, reproduciendo con inspiración pasmosa
cuantos primores en la antigua se parecían. Prisca, amiga del anciano
artífice, acude de diario a ver y a celebrar los progresos en la fabricación de
nueva custodia. ¡Extraña, complicada y vehemente combinación de
emociones agita el corazón y la mente de Prisca cuando llega a saber que la
persona que ha hecho el generoso donativo es el novio que la había
abandonado, el cual vive rico y dichoso en muy distantes regiones! No
pudiendo resistir su debilitado organismo a la violencia de los afectos que
conmueven su espíritu, Prisca cae enferma de enfermedad mortal, y exhala
el último suspiro cuando, terminada ya la custodia nueva, pasa en solemne
y triunfante procesión por la puerta de su casa. El recuerdo de los amores
juveniles y el ulterior misticismo de toda la vida de Prisca se amalgaman y
gentilmente se funden en su alma en aquellos últimos momentos,
purificando y ensalzando de tal suerte el pasado amor terrenal, que no
profana el amor del cielo ni pone la más leve mácula en su limpieza.
Sin afectación de arcaísmo y de purismo, sino del modo más natural y
espontáneo, el lenguaje del Sr. López Roberts es castizo y propio en todas
sus narraciones, y las escenas que describe parecen copiadas del natural,

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con exactitud en los pormenores, y sin que el autor peque de enojoso por
prolijo, defecto en que suelen caer en el día no pocos novelistas. Muy
fundadas esperanzas de que el Sr. López Roberts será uno de los mejores de
que podrá jactarse España en el siglo presente, nos dan las breves
narraciones ya escritas y publicadas por él cuando es muy joven todavía.
III
Otro notable ingenio, como autor de libros al menos para mí desconocido
hasta ahora, es D. Adelardo Ortiz de Pinedo. La obra suya que acaba de
publicarse y que he leído con sumo interés, tiene por título La sima. Si las
prendas de un novelista son el agudo y perspicaz talento de observación, la
firme destreza de estilo para trazar y pintar caracteres, y el arte de combinar
sucesos y circunstancias para desenvolver una acción, hacer que progrese
con rapidez creciente y lograr que llegue al término y desenlace que el autor
le fija, bien podemos asegurar que el Sr. Ortiz de Pinedo posee dichas
prendas y que está llamado a ser o es ya un novelista de no corto mérito.
Dotado además de un juicio recto y severo, vale para dar excelentes
lecciones morales, sin emplear en ello impertinentes discursos, sino
consiguiendo que nazcan o se deriven de los mismos sucesos que cuenta.
Para llegar a este fin tiene, por último, sobre la clara visión del mundo real
y de la sociedad en que vive, la poderosa imaginación y el arte conveniente
con que inventa los hechos, lances y conflictos, y los agrupa y ordena
moviéndolos a un propósito determinado.
La sima, con todo, tiene, según mi modo de sentir, algo de poco simpático,
que no me atrevo a calificar de defecto, pero me alegraría de que
desapareciese en otras obras del autor cuando las escriba. Y no dudo yo que
habrá de escribirlas, por la gran disposición que ha mostrado en la ya
escrita, y por el merecido aplauso con que el público le alentará de seguro.
El defecto, llamémosle así, es el más tremendo pesimismo. La aprobación
y hasta si se quiere la admiración que como obra de arte nos causa La sima,
no va acompañada de puro deleite estético, sino harto amargada y hasta
emponzoñada por el espectáculo de la vileza y de la maldad de los seres
humanos, y por ciertas dudas impías y desesperadas sobre la Providencia
del cielo.

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No se crea por lo dicho que acuse yo al señor Ortiz de Pinedo de crear
personajes exageradamente malos. El peor de cuantos en La sima figuran
tiene en el mundo, fuerza es confesarlo, modelos más viciosos, más
perversos y más ruines. No peca, pues, el Sr. Ortiz de Pinedo por crear seres
humanos peores que los que en realidad existen; peca porque aparta del
lado, y digámoslo así, de la esfera de acción y de pasión de la heroína de su
novela a quien ha decidido hundir en la más negra sima a todo hombre y a
toda mujer capaz de sentir por ella un noble y desinteresado afecto que
pueda, sepa y quiera darle buenos consejos, prever el precipicio en que va a
caer y sostenerla para que no caiga, tenderle una mano cariñosa y fuerte
para levantarla de su caída o sostenerla al menos en su ya irremediable
infortunio.

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Ramona, hija del prestamista usurero don Felipe, que ha llegado a ser muy
rico, se educa en un excelente y aristocrático colegio de señoritas, donde,
sobre su buen fondo natural, pone la educación los más delicados
sentimientos. Por desgracia, Ramona, de acuerdo con la sentencia
evangélica, es cándida como las palomas, pero dista muchísimo de cumplir
con la primera parte del consejo o del precepto: no es prudente como la
serpiente. Notoria es su imprevisión y lastimosa su ineptitud para la vida.
Guardará en su alma un tesoro de virtudes, pero desde luego se ve que
carece de las dos virtudes cardinales que más nos importan: de la prudencia
y de la fortaleza.
Ramona se casa con un joven marqués sin que se vea en la novela que se
casa por amor. Se casa por casarse y por ser marquesa. El marqués quiere
dorar sus blasones por medio del casamiento, así como ella quiere blasonar
su oro. Caso es éste que ocurre con harta frecuencia. No sostendré yo que
moralmente sea muy bonito. Poco airoso es para un hombre valerse de sus
títulos nobiliarios y del esplendor con que le rodea la alta sociedad en que
vive, para conseguir que una mujer le mantenga. No siempre, sin embargo,
tales contratos matrimoniales traen aparejada la desventura. Tal vez el
marido titulado es un bendito, tan lleno de gratitud y de afecto hacia su rica
consorte, como Elías o San Pablo, primer ermitaño, hacia los cuervos que
les traían el alimento. Y tal vez, si el marido titulado es listo, el dinero de su
mujer vale para auparle y le sirve de trampolín para entrar con desahogo en
la vida política, escalar los puestos más altos y brillar y hacer brillar en ellos
a su compañera.
No es esto negar que el marido poseedor del título no pueda ser, y no sea a
veces, ya un tonti-loco, ya un desalmado sinvergüenza, ya el más
derrochador y vicioso de todos los hombres; pero de todo esto parece
inverosímil que no se tuviese alguna noticia antes de la boda y aun antes del
noviazgo. ¿Cómo es que el padre y la madre de la niña no se opusieron?
¿Qué ceguedad tan grande no fue la de la misma niña y tan injustificada y
tan apenas explicada, ya que su amor no se ve que fuera muy vehemente
para rendirse y entregarse en cuerpo y en alma a un perdido, sólo casi con el
mero aliciente del marquesado?
En el caso de La sima, la docilidad de Ramona raya en tontería y en poco
verosímil debilidad de carácter; pero menos verosímil es aún que D. Felipe,

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padre de ella, que debía de ser muy experto en crematística, no prevea la
ruina de su yerno, y, por consiguiente, de su hija, y no procure evitarla. La
única que lo procura es la madre, y la madre muere de un sofocón.
Don Felipe, que según se trasluce, estaba ya en vida de su mujer enredado
con la sirvienta, se casa con ella no bien enviuda. Lance es éste
naturalísimo, vulgar y verosímil. Lo que es raro, por dicha, es la maldad
completa de todo individuo. Siempre, o casi, siempre, al lado de las más
perversas cualidades, suele entrar alguna buena o mediana entre los
ingredientes que componen el carácter de cada persona. La más desaforada
piruja, la que, abusando de la lascivia senil y fomentándola con maña
diabólica, llega a apoderarse del corazón y de las riquezas de un viejo
chocho, ya suele mostrarse generosa para hacerse perdonar sus bellaquerías,
aun sin tener el menor resquicio de bondad en su alma, ya para serenar su
conciencia echa en la balanza de sus acciones alguna buena que sirva de
contrapeso a las malas. No digo que Nicolasa, la madrastra de la marquesa
Ramona, sea una criatura inverosímil de puro mala. Hay o debe de haber
muchas Nicolasas en la vida real y en la sociedad en que vivimos. Lo raro
en todo esto, lo que parece, no resultado del natural encadenamiento de las
cosas, sino maraña o trama urdida por el mismo diablo, es que no haya en
torno, ni cerca, ni lejos de la pobre Ramona sujeto masculino ni femenino
que sea honrado, decente y cariñoso con ella y que para algo pueda serle
útil. El único ser que tiene para ella amistosa y desinteresada devoción es un
pobrecito jorobado, desvalido y casi inútil.
¿Cómo es posible que Ramona no tuviese una amiga en sus antiguas
compañeras de colegio o entre las personas de la clase media que debían
visitar y tratar a su padre y a su madre, o entre las damas elegantes que hubo
ella de conocer y de agasajar en su casa antes de quedar arruinada? Bien sé
yo que al que se queda pobre la gente suele despreciarle y volverle la
espalda, pero no hasta el extremo de que no quede una sola criatura racional
que le tienda la mano y que le aliente y consuele.
En el colegio, y aún después, Ramona, educada católicamente, hubo de
tener confesores, hubo de tratar con sacerdotes. ¿Cómo no halló uno menos
indiferente y frío de entrañas, menos despegado y duro para ella que el
padre Zubulzu?

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Ramona era bonita, elegante, no tenía nada de necia y mientras vivió en la
alta sociedad, y no cayó en la sima, hubo de tener admiradores, amigos
jóvenes y viejos que la estimasen, que la atendiesen, y con alguno de los
cuales, a pesar de todo su recato y severidad de costumbres, pudo ella ser
amable, concediendo aquellos favores de casta predilección y de limpia y
amistosa confianza que no ya la austera virtud, pero ni la santidad prohíbe.
¿Cómo es que ninguno de esos amigos trató primero de evitar que cayese en
la sima, o procuró después sacarla de ella sin exigirle en pago la
humillación y la deshonra?
Posible es que las circunstancias se dispongan de tal suerte que un
desgraciado no halle persona a quien volver la cara; pero no se debe
suponer, sin insultar ni calumniar al linaje humano, que el desgraciado no
halle a dicha persona porque en realidad no exista en el mundo. La
desventura de Ramona llega, pues, al más raro cuando no al más increíble
de los extremos. Fuera del jorobado, nadie hay que la asista ni que mire por
ella: ni criadas ni otra gente humilde, ni personas, de la clase media, amigas
o parientes de su familia, ni damas y caballeros de la sociedad aristocrática
en que se ha criado y después ha vivido.
Extraña es también la completa y espantosa miseria hasta donde el autor
conduce a su heroína, dotándola para ello de generosidad tan magnánima,
que no puede menos de confundirse un poco con la simpleza hasta en el
pensamiento de las personas más novelescas y despreciadoras de los
intereses materiales.
A cualquiera se le ocurre, por último, la idea de que una mujer sana y
joven, de veinticinco o veintiséis años, educada con esmero, debe de tener
alguna habilidad, saber algo, disponer de algún medio, industria o recurso
para ganarse honradamente la vida. Puede ser aya, maestra o acompañanta
de señoritas ricas. Puede enseñar música, francés, inglés, labores de manos
y hasta primeras letras. Puede bordar, pintar, hacer algo, en suma, que le
valga dos o tres pesetas diarias. La mala suerte aprieta, pero no siempre
ahoga. En La sima se nota demasiado el decidido empeño del autor de
precipitar en ella a su heroína arrojándola en tamaña hondura que no le sea
posible salir; que no le quede más recurso que la muerte o la infamia.
Impulsada Ramona por la tétrica imaginación del Sr. Ortiz de Pinedo, viene
a caer fatalmente en este horrible dilema: o suicidarse, o ser la manceba del

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torero Severiano, alias el Zuncho. Y como la infeliz Ramona carece del
valor que para el suicidio premeditado se requiere, o bien, si el valor no le
falta, su conciencia moral o religiosa le veda cometer tan horrendo crimen,
Ramona opta por el otro término del dilema, y bien se ve, al terminar la
novela, que va a incurrir en un pecado más feo, más sucio y más plebeyo,
aunque menos feroz y menos contrario que el suicidio al orden natural y a la
razón y a la voluntad divinas.
Durante la lectura de las últimas páginas de La sima nos forjamos por
algunos momentos la grata ilusión de que Ramona, en medio de su
abandono, iba a hallar un noble valedor en el torero: alguien que la
protegiese sin exigirle brutalmente la paga; pero, como ya queda indicado,
esta ilusión se desvanece pronto. El torero no es mejor que los demás seres
de nuestra especie. Unicamente sobresale entre ellos por su energía, pero
esta energía no manifiesta su actividad por ningún generoso impulso, sino
movida sólo por egoístas y bestiales apetitos.
A pesar de cuanto queda dicho, a pesar de ciertas impropiedades e
inverosimilitudes en los pormenores, y a pesar de varias coincidencias que
sobrevienen demasiado a propósito para que parezcan fortuitas, como la
imprevista aparición del torero en una grave ocasión en que salva a Ramona
del trance más vergonzoso y desastrado, La sima está planeada y escrita con
tal arte, que su lectura interesa, atrae y seduce, aunque en vez de deleitar
aflija, acabando por descorazonar, si no tuviésemos el recurso de reflexionar
que todo es fingido y falso, que todo es amañado, exagerado y teratológico,
y no ordinario y corriente, por fortuna.
En resolución, yo me atrevo a calificar al Sr. Ortiz de Pinedo de buen
pintor de costumbres, aunque me alegraría de que mostrase menos amarga
predilección por la pintora de las malas, y de que pusiese menos color
negro, menos sombras y más luz, y más tintas de rosa y de azul de cielo en
su paleta. Tal vez en lo futuro lo haga así, sin obstinarse en producir
extraordinarios efectos contristando más de lo justo el ánimo de sus
lectores. Muchísimo, en mi sentir, ganará con esto el Sr. Ortiz de Pinedo.
IV
Así como todo lector cándido y crédulo podrá inferir después de leer La
sima que es una abominable patulea la mayoría de los seres humanos, la

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lectura de otra flamante novela que tengo sobre mi mesa, y cuyo título es
Nieve y cieno, puede inducir en error menos cruel, pero no menos evidente.
¿Es verosímil, es frecuente en la vida real que haya un gran conjunto de
hombres y de mujeres apacibles, sencillos, virtuosos y buenos a carta cabal,
los cuales vivirían feliz y honradamente en un perpetuo y almibarado idilio,
si no hubiese un tirano que les impusiese su yugo, que los tratase a
puntapiés y que los dominase a su antojo, como fiero y rústico pastor a
rebaño manso e inerme.
Esta idea de la bondad de la muchedumbre y de la desventura a que la
condena un solo malvado que sobre ella impera o prevalece, es idea menos
misantrópica que la de suponer que todos, o casi todos, somos perversos;
pero es idea no menos falsa y muchísimo mas vulgarizada. Los malos
príncipes, los gobiernos estúpidos o inmorales, los jueces inicuos, la
autoridad, en suma, de cualquier grado o clase que sea, tiene, para los que
piensan de dicha suerte, la culpa de todos los males. Si una ciudad, villa o
aldea se empobrece y se arruina; si sus habitantes pierden el bienestar, el
reposo y la cultura de que en otro tiempo gozaban, culpa es del
ayuntamiento o del alcalde. Y si una nación decae, si pierde su poder y su
crédito, y si las naciones extrañas la ofenden o la menosprecian, culpa es del
monarca o de sus tontos y perversos ministros. Lo falso que es pensar de la
mencionada manera se advierte a las claras, considerando que ni el alcalde,
ni el ayuntamiento, ni el rey, ni los ministros, ni nadie de cuantos se
sobreponen y mandan incurrirían en maldades y harían cosas estúpidas, si
no los sostuviese en su maldad y en su estupidez, colaborando con ellos,
cuando no la mayor parte, la más activa y briosa de los seres que componen
la nación, la ciudad, la villa o la aldea. En todo pecado, en todo crimen, en
toda tiranía, apenas hay nunca nada de imputable a uno solo. La sociedad
entera debe responder de las tonterías del poder cuando da el poder a los
tontos, y declararse culpada de los desmanes y delitos de ese mismo poder
que la representa y que ella crea, sostiene y aguanta.
No se entienda por esto que supongamos indispensables, ni siquiera
convenientes la desconfianza perpetua o la frecuente insurrección de los
gobernados para que éstos no se hagan, a par de víctimas, cómplices de las
torpezas, desmanes y crímenes de los que gobiernan. Lo que yo supongo, y
lo que creo casi a pies juntillas, es que el tirano, benévolo o malévolo,
monarca o tribuno, presidente de la república, alcalde de monterilla o

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cacique, se cría, se nutre o respira en el medio ambiente, cumple la voluntad
de los más o de los que más valen por el número o por la energía, y no sería
lo que es si no le prestasen auxilio y apoyo para que tal sea. Tal vez Nerón,
si volviese a reinar en el día en una nación culta de Europa, sería un rey
constitucional afabilísimo, algo enamorado y amigo de divertirse, pero muy
generoso protector de las ciencias y de las artes; tendría a su lado a algún
compositor de óperas como Wagner, a alguna excelente bailarina como Lola
Montes, y a un brillante séquito de arquitectos, escultores, pintores, poetas,
literatos y sabios. Tal vez Felipe II, si resucitase y reinase de nuevo en
España, él, tan identificado con el espíritu nacional y con el pensamiento
nacional de entonces, sería hoy no menos cominero y desconfiado y no
menos engorroso que ya lo fue; pero dejándose llevar de la corriente de los
tiempos, lejos de ser fanático, sería librepensador, aunque con disimulo, con
firmeza, y procuraría por diferentes orientaciones, como se dice ahora,
aquel engrandecimiento y aquella prosperidad de sus Estados que sin duda
procuró cuando reinaba por vez primera.
Traigo a cuento todo lo antedicho para fundamento de la opinión que voy
a dar sobre la ya citada novela Nieve y cieno. Es la nieve, si no la población
entera, la gran mayoría de los habitantes de una pintoresca y linda villa de
las Alpujarras, situada en la fértil aunque riscosa falda del encumbrado
Veleta, y designada con el seudónimo de Iberuela. Y son el cieno el alcalde
o cacique y su hijo Lucas, par de encarnados demonios que todo lo añascan.
Si no fuera por ellos, aquel lugar sería un Paraíso. La campesina sencillez de
costumbres, la inocencia alegre y suave y el amor puro reinarían allí si no
fuese porque Lucas, el hijo del alcalde, está prendado, a modo de lascivo
sátiro, de la gentil Esperanza, dechado de todas las virtudes y demás buenas
prendas que pueden realzar el mérito de una muchacha. El padre de ésta es
un excelente sujeto. Y el señor cura, D. Serafín, un verdadero santo varón,
un venerable siervo de Dios, un modelo de curas. Su sobrino, Luciano, no le
va en zaga en punto a perfecciones morales. Es desinteresado, discreto,
trabajador, instruido y valiente, dando pruebas de lo último en la guerra de
Cuba, donde tuvo que ir a pelear porque le cayó la cédula de soldado.
Vuelto ya al lugar con la licencia absoluta, viene a ser maestro de escuela, y
enseña tan bien a los chicos y con tanto tino y afecto, que los chicos y los
padres de familia le bendicen y le aman.

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Desde antes que Luciano fuese a militar en la Perla de las Antillas, desde
la infancia casi, o sin casi, Luciano y Esperanza eran novios; estaban
dulcemente encadenados por el florido lazo de los más castos y delicados
amores.
En la novela Nieve y cieno, cuyo autor es el Sr. D. José Joaquín
Domínguez, magistral, a lo que entiendo, de la santa iglesia catedral de
Guadix, todo cuanto llevo contado en cifra está primorosamente contado por
extenso, con rara y castiza elegancia de estilo, con espontánea naturalidad y
con tal viveza y con tal riqueza de colorido que acreditan de excelente e
inspirado escritor a quien lo hace, demostrando además que pinta lo que ha
visto, que lo toma del natural y que siente y ama y refleja en su alma toda
aquella hermosura, no ya sólo como en fiel espejo, sino adornada,
glorificada e iluminada asimismo por ideales resplandores.
La historia amorosa de Nieve y cieno sería tan grata y apacible, aunque
harto menos sensual y mucho más etérea, que la de Dafnis y Cloe, si no
fuese, como ya queda indicado, por el pícaro Lucas, hijo del cacique. Éste lo
echa todo a perder de la manera más imprevista, brutal y cruenta.
Como era naturalísimo, los enamorados Luciano y Esperanza llegan al
término de sus legítimos deseos, y reciben la bendición nupcial en la iglesia;
pero, coram pópulo, cuando entre la multitud, y con general regocijo, salen
de la iglesia los recién casados, Lucas aparece, se arroja sobre Luciano
como un tigre sobre su presa, y le da muerte con dos certeras y terribles
puñaladas.
Lastimoso es el hecho. No carece de verosimilitud, aunque es extraño que
alguien, por empedernido, cínico y feroz criminal que sea, recurra al
asesinato con tan escaso disimulo. Por más que se cumpla la frase o
sentencia proverbial que afirma que nada es muy peligroso ni muy difícil de
realizar cuando se tiene el padre alcalde, más extraño es aún que el
asesinato de Luciano quede impune, y hasta que sea aplaudido por la
autoridad superior, lo cual se indica y se presume por el final de la novela.
El padre de Lucas, el alcalde o cacique, Antolín Carrejo, va a la capital y
trata de probar, y prueba, que Luciano era un tremendo conspirador, algo a
modo de un Lucio Sergio Catilina, y que había sido muerto para que la
república, la paz y el orden se salvasen. A ciencia y paciencia del honrado
vecindario de Iberuela, tan amante de Luciano y tan ligado a él por la

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admiración y la gratitud, ¿cómo pudo forjarse sin contradicción ni protesta
tan inicua maraña? ¿Cómo pudo quedar sin correctivo y pena tan negro
crimen? ¿Cómo eran tan tímidos o tan incapaces los habitantes de Iberuela,
que tamaño horror consintiesen y sufriesen? Y, en todo caso, sin negar la
posibilidad, porque apenas hay nada que no sea posible, ¿es lícito inferir de
un hecho singular y anormal una general proposición afirmativa? ¿El
caciquismo es siempre causa de infortunios y de inmoralidades? En el día
de hoy, el más bullidor, el más sabio o el más rico de cada lugar, donde
suele disponer y mandar cuanto se dispone y se manda, se designa
chistosamente con el apodo de cacique, lo cual no deja de ser ofensivo para
sus conciudadanos, quienes de un modo implícito quedan calificados de
indios bravos o semisalvajes. ¿Pero cuándo no hubo o cuándo dejará de
haber caciques, aunque con otro nombre o apodo los designemos? Desde
antes que Cadmo aportase a Grecia, y desde antes que Saturno reinase en
Italia, en Grecia y en Italia hubo caciques. Y lo que es en España los hubo
muy viciosos desde los tiempos antiquísimos de los Geriones, de quienes en
balde nos libertaron Osiris y el Hércules egipcio, ya que después dominó
este desventurado país casi sin interrupción una larga serie de no menos
feroces tiranos. Véase, pues, cómo el caciquismo es achaque antiguo por
donde quiera, y muy singularmente en España, y cómo semejante plaga no
puede ni debe considerarse como deplorable novedad introducida e
implantada entre nosotros por constitución o régimen político de última
moda.
Sea de todo ello lo que debe ser, y prescindiendo de la tesis, si en Nieve y
cieno es lícito traslucir que la hay, bien puede asegurarse que dicha novela
es de muy grata y apacible lectura hasta que ocurre la tragedia con que
termina. Y bien puede asegurarse que el señor D. José Joaquín Domínguez
escribe con muy castiza elegancia y delicado gusto, y deja conocer, sin
afectación y sin importunos alardes, que ha estudiado bien a nuestros
clásicos y a los de la docta antigüedad griega y romana, sin copiar
servilmente nada de ellos, sino poniendo en su estilo sabor y aroma, como el
que presta al vino nuevo la solera de vino rancio y generoso que el antiguo
vaso contiene.
Quisiera yo dar aquí noticia de otros cuentos y novelas recientemente
publicados. La cosecha, como ya indiqué, es abundantísima en el siglo
presente y también lo fue en el pasado. Me arredra, pues, fatigar a mis

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lectores. Y sin perjuicio de emprender de nuevo la tarea de crítico en otra
ocasión en que me sienta yo menos cansado, me limitaré ahora a citar por
sus títulos a Tomás I, por D. José Jesús García, impreso en Almería; a
Gondar y Fortaleza, por el marqués de Figueroa; a Suelo, por D. Sebastián
Gomila, edición de Barcelona; A la sombra de la mezquita, cuentos
cordobeses, por D. Julio Pellicer; La mujer de Ojeda (Alicante, 1901), por
D. Gabriel Miró; Naderías, cuentos y artículos, por don Alfonso Jara, y Del
bulto a la Coracha, por el ya muy estimado y celebrado malagueño don
Arturo Reyes.
Hoy, por último, sólo daré cuenta de una novela de un escritor sevillano,
conocido ya por erudito y también por elegantísimo e ingenioso poeta.
Como novelista, no sé yo que D. Luis Montoto, el escritor a quien aludo,
haya publicado nada antes de escribir y de publicar la novela que lleva por
título Los cuatro ochavos. Como poeta lírico le conocía yo y le estimaba en
mucho desde hace tiempo. En el movimiento intelectual y en la actividad
literaria de que es centro Sevilla, figura entre los más ilustres literatos. Con
su novela Los cuatro ochavos viene ahora a colocarse, sin duda, entre los
mejores y más originales novelistas de toda España.
La historia que nos cuenta está inmediatamente tomada de la realidad.
Todo en ella, más que de ficción, tiene trazas de fiel trasunto de cosas que se
han presenciado; no de nada que se inventa, sino de sucesos y de personas
que se recuerdan. Y sin embargo, de los tales sucesos y personas, que
aparecen vulgarísimos al empezar la narración, brota y se desenvuelve luego
la encantadora poesía.
Don Antonio, el principal personaje, el dueño de los cuatro ochavos, se
nos muestra al principio tímido, engreído con sus riquezas, egoísta y hasta
pervertido y vicioso, no arrastrado por pasiones violentas, sino por debilidad
de carácter.
El interés de esta curiosa novela, lo que verdaderamente nos la hace
simpática, no es la transformación o el cambio, porque nada cambia ni se
transforma, sino la aparición cada vez más clara y más brillante de la
bondad, nobleza y dulzura del alma de D. Antonio, que va desechando poco
a poco sus miserias y sus vicios por debilidad contraídos, y acaba por
resplandecer en su desnudez espiritual, limpia, inmaculada y rica de
bondadosos afectos.

Page 205

El valer moral del a primera vista insignificante D. Antonio va elevándose
gradualmente hasta que, en nuestro concepto, se transfigura y aparece
cercado de simpáticos resplandores.
Su generosidad, mal empleada primero, ya en mujeres livianas, ya en
sostener en la holganza y la crápula al desvergonzado parásito Pepe
Carranza, empieza a tomar atinada dirección merced al cariño, sin el menor
viso ni asomo de concupiscencia, que le inspira Soledad, fiel y honrada ama
de llaves. Se extrema después la bondad del corazón de D. Antonio cuando
recoge al niño Angelito, que providencialmente viene a ponerse bajo su
amparo, y que es hijo de Soledad y del anarquista Isaías, que ha tenido que
huir y que emigrar a Buenos Aires.
El amor paternal que siente D. Antonio por el niño que ha recogido, sin
que Soledad se haya valido de maña ni de astucia para que le recoja y le
ame, hace ya a D. Antonio digno de veneración y simpatía.
El ulterior y bien motivado examen de conciencia que hace D. Antonio
recorriendo punto por punto su vida pasada y reconociendo con pena y
arrepentimiento cuán inútil y estéril ha sido, le realza y le purifica a nuestros
ojos, le pone muy por cima de sus cuatro ochavos, de que antes
cándidamente se ufanaba, y le eleva también sobre las personas miserables e
interesadas que le rodean: sobre el parásito Pepe Carranza y sobre sus
destestables parientes Teodorita y Ricardo, que ansiaban heredarle y que al
fin le heredan.
Tampoco en esta novela de Los cuatro ochavos triunfa la virtud en el
mundo. Teodorita y Ricardo son los que triunfan. Bien puede decirse que
son ellos los que matan a disgustos a D. Antonio.
El fin de la novela no puede ser más trágico. Si sólo se atiende a lo
material y externo de la vida humana, no puede ser más pesimista. Soledad
queda desvalida, acusada de ladrona y casi deshonrada. Su marido, que ha
vuelto de Buenos Aires y ha tomado parte en un tremendo motín popular,
muere de un balazo capitaneando las turbas. Y el bueno de D. Antonio, sin
persona amiga que cuide de él, y entre las rapaces garras de sus infames
primos, acaba lastimosamente su vida.

Page 206

Pero lo singular de todo esto, lo que prueba que el estilo, las creencias y
los sentimientos del narrador y la luz del cielo con que tal vez ilumina los
casos más crueles y las mayores catástrofes pueden trocar el mal en bien y
convertir el veneno en triaca, es que Angelito y Soledad, tan desventurados
materialmente, se hacen dignos de envidia y de gloria, y el pobre de D.
Antonio, que al principio de la novela casi nos infunde desprecio y es objeto
de risa y de burla, acaba por ser amado y venerado de los lectores.
El dejo que en el ánimo de ellos debe de quedar después de leída la novela
no es desconsolador ni depresivo, sino que está lleno de suave y religiosa
consolación y de la moralidad más verdadera y más alta. Y cuando esto no
se opone, sino que se aviene y se concierta con el entretenimiento ameno
que obras de esta clase han de traer consigo (porque si lo moral fuese
aburrido, lo moral se convertiría en inmoral, ya que haría lo moral odioso),
dichas obras merecen todo aplauso y cumplen hábil y discretamente con el
fin que ha de proponerse el novelista, deleitando y enseñando a la vez, sin
fastidiar el espíritu, sin darnos un mal rato, sin entristecer ni oprimir los
corazones.
Yo creo que la novela del Sr. Montoto realiza cumplidamente el
mencionado fin. Por eso me complazco en celebrarla, envío a su autor mi
más cordial enhorabuena, y le excito, hasta donde mi aprobación y mis
alabanzas alcancen, a que siga escribiendo narraciones con el acierto que
puede esperarse del que ya en Los cuatro ochavos se advierte y celebra.

Sobre la CUESTIÓN DE AMBIENTE

Al Sr. D. Antonio de Hoyos.

Page 207

Mi distinguido amigo: He leído con la debida atención la novela de usted
que tiene por título Cuestión de ambiente, y voy a decirle con franqueza el
parecer que sobre ella me pide. Dicha obra demuestra, a mi ver, que su autor
posee imaginación muy viva, natural sencillez y facilidad de estilo, nada
vulgar aptitud para la observación, y arte y buen tino para ordenar después,
expresar y narrar lo observado.
Todas estas prendas lucirían, sin embargo, mucho más en usted y darían
más sazonado fruto, si la lectura de ciertos libros extranjeros que están de
moda, como los de Bourget, Marcelo Prévot y D'Annuncio no pesasen sobre
la condición propia del ingenio de usted, llevándole por caminos muy otros
de los que espontáneamente hubiera seguido.
También perjudican a usted no poco la prontitud y la precocidad, apenas
cumplidos los veinte años, con que se ha puesto a escribir y con que escribe,
sin conceder a la reflexión y a la crítica tiempo bastante para discernir los
conceptos y valerse sólo en sus planes de los más pertinentes y de los más
en armonía, esquivando, sobre todo, multitud de cuestiones que valiéndome
de vocablo harto familiar, me atreveré a calificar de peliagudas.
Menester es, si tales cuestiones han de tocarse sin escandalizar a las
gentes, que por larga experiencia y profundo estudio sepa tocarlas el escritor
con destreza y suavidad, como el cirujano y el dentista que manejan bien el
escalpelo y el gatillo para rebanarnos un pedazo de carne o para sacarnos
una muela sin inútil dolor y sin grave daño.
En el fervor juvenil de la inspiración usted hace lo contrario. Lejos de
esquivar dificultades, se diría que las amontona, colocándolas como estorbo
a su paso para saltar por cima como quiera que sea y derribándolo todo.
De aquí, sin duda, las acusaciones que he oído lanzar contra la obra de
usted, y que yo considero esencialmente injustas, aunque algo fundadas en
varios irreflexivos atrevimientos.
La novela de usted no es sólo cuestión de ambiente, sino también cuestión
de todo lo cuestionable. Bien puede afirmarse que es usted un escritor muy
sugestivo de cuestiones. A cada paso que da Ignacio, el protagonista de la
novela, salta una o más cuestiones, como saltan las ranas cuando alguien va
andando por la húmeda orilla cubierta de larga hierba de un estanque o de

Page 208

una laguna. Así como las ranas, espantadas, se zambullen en el agua, así las
cuestiones que usted suscita se quedan por resolver y se pierden en la
corriente de los sucesos que usted va contando.
Yo me inclino a creer que las bodas más se hacen por conveniencia y
cálculo que por previos y poéticos amores. No quiero decir que así debe ser,
sino que así es. Acaso de cada cincuenta, acaso de ciento o más parejas que
se casan, una sola se enamoró primero. Nótese, en prueba de la verdad de
este aserto, que apenas hay historia, verídica o fabulosa, de dos muy finos
amantes cuyo término venga a ser el matrimonio. Ni Hero y Leandro, ni
Píramo y Tisbe, ni Lanzarote y Ginebra, ni Tristán e Iseo, ni Paolo y
Franchesca, ni Abelardo y Eloísa, ni Diego Marsilla e Isabel de Segura, ni
Julieta y Romeo, ni Calixto y Melibea, ni Dante y Beatriz, ni Petrarca y
Laura estuvieron nunca casados.
Convengamos en que si algo parecido a poéticos amores hubiera de
preceder a todo legítimo consorcio, el género humano se compondría casi
de solteros, y habría poco hogar doméstico estable y como Dios manda.
Y, sin embargo, aun dando lo antedicho por evidente, ¿no se hubiera
ajustado mejor al propósito de usted que Ignacio se hubiera enamorado
fervorosamente de la señorita Eulalia antes de casarse con ella? Así se
explicaría mejor lo que sin llegar a ser imposible frisa en inverosímil: que a
Ignacio le suceda algo de muy semejante a lo que sucede al tenor Fernando
en la linda ópera titulada La Favorita. Ignacio, no menos inocentón,
sonámbulo y distraído, aunque también no menos celoso de su honra que el
tenor a que nos referimos, se casa con Eulalia, sin llegar a enterarse de lo
que antes había pasado. Y aquí, lejos de disminuir dificultades, usted las
acrecienta y las multiplica, en mi sentir sin necesidad. Bastaba que se
supiese por toda la sociedad de Madrid el desliz o los deslices de Eulalia
con un hombre casado. ¿Para qué suponer además que Eulalia guardaba
íntimamente prendas de tal hombre? ¿No hubiera sido más prudente, ya que
el novelista puede suponer cuanto se le antoje, o que Eulalia no hubiera
llegado a tener tales prendas, o que las hubiera soltado natural y
sigilosamente antes de concertar su boda?
Pues no señor; usted se empeña en que el negocio sea más raro y más
difícil de explicar, y usted dispone que la boda se celebre a escape a fin de

Page 209

que no sobrevenga el fenómeno de la aparición de una criatura humana
perfecta y mucho menos que sietemesina.
En vista de cuanto va sucediendo y usted relatando, no pocas personas
acusan a usted de sobrado pesimista y de que pinta con los más negros
colores la inmoralidad y los vicios de la alta sociedad a que pertenece.
Lo que es yo disto mucho de ver en usted tan mala intención. Y no
entiendo tampoco que sea el resultado malo, aunque la intención sea buena.
La verdad es, por más que sea muy triste verdad, que las más nobles
virtudes y las más acendradas excelencias morales, no llegan a dar clara
muestra de sí ni se manifiestan bien ni resplandecen, si los vicios, los
pecados y las maldades no dan ocasión o causa para ello. La virtud,
digámoslo así, sería como un capullo que jamás llegaría a ser flor perfecta
abriendo el cáliz, desplegando los pétalos y embalsamando el aire con su
aroma, si el vicio, sin querer, y por contradicción, no interviniese en el
asunto. ¿Hubiera habido mártires si no hubiera habido desalmados y feroces
tiranos que los pusiesen en la alternativa de renegar de su Dios y de adorar
los ídolos o de ser devorados por las fieras, desollados o quemados vivos o
sometidos a otros exquisitos y muy crueles tormentos? Sin bárbaras e
incultas naciones que someter y domar, sin despotismos que derribar, sin
injusticias que castigar y sin perdidas libertades que volver a adquirir, la
valentía y el denuedo militar, ¿de qué suerte podrían manifestarse?
Deduzco yo de aquí que toda la picardía de la señorita Eulalia y su doblez
y sus embustes eran indispensables, para que el pundonor, la honradez, el
candor y la inocencia de Ignacio apareciesen de realce, como punto
luminoso y lleno de hermosura sobre el fondo obscuro del cuadro.
El empeño que tiene la Duquesa en seducir a Ignacio y los medios
elegantes y alambicados de que se vale para conseguirlo, me parecen tan
bien traídos como lindamente descritos, y no deben asustar a las personas
más pudorosas. Su representación y narración por circunstanciadas que sean
y a pesar de toda la verdad y viveza con que se pinten, no deben ser tenidas
por inmorales. Las historias sagradas y profanas están llenas de casos
parecidos. Sin la mujer de Putifar jamás hubiera resplandecido con luz
propia, ni hubiera logrado gloria imperecedera la castidad de José, hijo de
Jacob. Si la princesa o reina Briolanja no hubiese hecho tantas locuras y

Page 210

dado tan desaforados ataques al corazón de Amadís, ¿cómo hubiera probado
éste su fidelidad admirable a la señora Oriana ni cómo se hubiera hecho
digno de llevar a cabo la aventura de la Insula firme, siendo espejo, norte y
guía de leales amadores?
La gente anda por ahí alborotada, censurando de muy viciosa y de sobrado
verde, permítaseme lo familiar del vocablo, la escena en que la Duquesa
trata de seducir a Ignacio. ¿Pero cómo censurar tal cosa, cuando el Año
Cristiano contiene no pocas escenas bastante más crudas? San Vicente
Ferrer, pongamos por caso, fue acometido dos veces por lindísimas señoras
de él enamoradas, las cuales se llevaron chasco y se quedaron tocando
tabletas, a pesar de los esfuerzos que hicieron, y entregadas a los
mismísimos demonios, sus colaboradores y guías en esfuerzos tan
desenfrenados y lascivos. Y cuenta que las tales señoras prendadas de San
Vicente, se desataron mil veces más contra el santo que contra Ignacio se
desató la Duquesa. Baste recordar que una vez cuando San Vicente volvió a
su celda, se encontró metida en su cama a la linda dama que le pretendía.
Con no menos depravación fue perseguido San José de Calasanz fundador
de las Escuelas Pías, con la circunstancia agravante del premeditado y
pertinaz abuso de confianza que hubo en la perseguidora, hija de confesión
del venerable siervo de Dios que acudía a consultarle sobre los fingidos y
más sutiles escrúpulos de su conciencia.
Y Santo Tomás de Aquino, el Angel de la Escuela, tuvo que pelear contra
el profano amor no menos bravas y espantosas batallas.
Cierto día se vio tan acosado por una hermosa mujer que le ceñía entre sus
brazos, que tuvo que rechazarla a empujones y luego a fin de ahuyentarla la
persiguió con un tizón encendido. Por último, y en premio de tan señalada
victoria, bajaron del cielo dos ángeles y ciñeron al santo el milagroso
cíngulo de la virginal pureza, con el cual, aunque le dolió muchísimo
cuando se le ciñeron, quedó, digámoslo así asegurado de incendios para en
adelante.
Con todo lo expuesto me parece que dejo demostrado que la escena de
seducción entre la Duquesa e Ignacio, lejos de ser pecaminosa es ejemplar y
edificante. Y dejo demostrado también que no se sigue de que haya hoy
duquesas tan seductoras que haya mayor corrupción en una clase de la

Page 211

sociedad que otras, ni en la época presente que en las pasadas. La misma
corrupción aparece ya en tiempo de los Faraones y se repite en Fedra, en
Briolanja y en las empecatadas mujeres de las que consiguieron triunfar los
tres gloriosísimos santos que hemos citado. No implica mayor corrupción,
ni necesitamos atribuir al autor de la novela mayor pesimismo, para que
quede justificada la venganza que toma la Duquesa haciendo saber a Ignacio
su deshonra. Casi todas las mujeres de los tiempos antiguos cuando se ven
despreciadas se vengan más ferozmente.
¿Por qué introdujo venenos
Naturaleza si había
Para dar muerte desprecios?
¡Qué atrocidades y qué horrendos crímenes no comete la heroína de La
devoción de la Cruz, cuando el católico dramaturgo nos la representa
irritada por un desprecio no real, sino imaginado! Julia impulsada por su
pasión se decide a cometer y comete tales crímenes que
Darán espantos al mundo,
Admiración a los tiempos,
Horror al mismo pecado
Y terror al mismo infierno.
La venganza, pues, que toma la Duquesa haciéndole ver a Ignacio su
deshonra, es una niñería, es una bagatela si la comparamos con otras mil
venganzas, nacidas de agravios por el estilo.
Cuanto sucede después hasta que termina la novela me parece todavía
menos meditado, y escrito más depriesa que el resto. Y es lástima, porque
tal vez las mejores escenas se hallan al fin de la obra. El cinismo de Eulalia
que confiesa con orgullo su falta moviendo a Ignacio a castigarla
brutalmente en un acceso de ira, da lugar a una escena bien trazada aunque
de rudo naturalismo, el cual resalta más por la cuestión de ambiente, por la
elegantísima mise en scène en que ocurre.
Por último, de cuantas soluciones pudo usted dar a este enredo me parece
la que usted da la menos natural y verosímil. Si Ignacio no se vuelve loco,
¿considera usted tan fácil que su mujer le haga pasar por tal y que le
encierre en un manicomio? Pero supongamos el mencionado encierro muy

Page 212

factible. ¿No llega Ignacio al último límite de la extravagancia y no nos
hace recelar que está loco de veras cuando toma la determinación de
quedarse para siempre entre los locos y de pasar allí su vida sin querer
probar que está cuerdo? Francamente yo recelo que Ignacio estaba
completamente loco ¿pero porqué nos lo oculta usted y no más lo declara,
justificando al bueno del médico y no comparándole malamente con Pilatos,
ya que Pilatos se limitó a lavarse las manos y el médico se ensució las
manos y la conciencia con una horrible mentira?
Mucho sentiré que crea usted, y más aún que crea la gente, si llega a
publicarse esta carta, que el tono festivo en que está redactada redunda en
perjuicio y descrédito de la primera obra de usted que ha visto la luz pública
en un volumen. No me perdonaría yo, y calificaría de pésimo gusto, el
propósito de responder con burlas a quien candorosamente me pide
consejos. Yo los doy sin la menor burla, aunque severos a veces. Y toda
burla además sería inmotivada. En absoluto, está lejos de merecerla
Cuestión de ambiente y muchísimo menos la merece aún si se tiene en
cuenta la mocedad de su autor. Aunque sean odiosas las comparaciones, me
atrevo a sostener que pocos o ninguno de los novelistas, que florecen hoy en
toda Europa con tanta abundancia, escribieron o pudieron escribir mejor
novela que la de usted en la temprana edad que usted tiene.
Si algo de irónico y de regocijado contiene este escrito no va contra usted
si bien se mira. Va contra la mala crítica y contra la peor interpretación que
se da por algunas personas a los hechos fingidos que usted refiere.
La alta sociedad, compuesta de sujetos mejor educados que el vulgo, y
más favorecidos de la fortuna, no es, ni puede ser, ni usted quiere que sea,
más corrompida y viciosa que la plebe ignorante y baja. Afirmación tal sería
en el fondo antiprogresista y antidemocrática y en su última consecuencia
nos llevaría como a Rousseau a identificar la virtud y el salvajismo.
Bueno es tener presente, por último, que en la virtud hay mucho de
silencioso, de modesto y de retraído, mientras que el vicio bulle, escandaliza
y alborota por donde quiera. En contraposición de la alegre Duquesa que
usted pinta, hay de seguro no pocas otras que encerradas en sus casas y sin
dar nada que decir, son dechado de nobilísimas prendas que emplean en
obras de caridad y misericordia.

Page 213

Si algo censuro yo en usted, no para que se retraiga de escribir, sino para
que siga escribiendo y se corrija, es el pesimismo tétrico, que más que por
sentirlo adopta usted por moda: pesimismo, que en nuestro siglo de menos
fe que los siglos pasados, tiene la desesperación por término y no aquel fin
divino, ultramundano y dichoso que ponían en sus dramas, poemas,
leyendas y demás escritos, autores como Calderón a quien ya hemos citado.
¿Qué importa que el mundo sea, no solo valle de lágrimas, sino tenebrosa
caverna de infamias y de maldades, si así resplandece más, venciéndolo,
dominándolo y hasta perdonándolo todo,
El madero soberano,
Iris de paz que Dios puso
Entre las iras del cielo
Y los delitos del mundo?
Me atrevo, pues, a aconsejar a usted, ya que es tan mozo y ya que no tiene
motivo para quejarse de su malaventura, que no se meta todavía a
predicador, ni se muestre tan adusto y desengañado, y que en otras novelas
nos cuente lances y sucesos menos lastimosos y más agradables y dulces,
vertiendo en su sátira, cuando a la sátira se incline, no hiel, sino sal y
pimienta, que no la hagan amarga, sino picante y sabrosa.
De todos modos insisto en aconsejar a usted que no se arredre y que siga
escribiendo. Aunque no presumo de profeta, harto fácil es pronosticar y
pronostico, en vista de la espontaneidad con que usted escribe, que todas sus
futuras novelas serán leídas con gusto y podrán servir y servirán de inocente
pasatiempo, ya que no contengan igualmente, lo cual también puede
esperarse, lecciones morales y todo género de sana doctrina.

FIN

Page 214

ÍNDICE

El Superhombre 1
Las inducciones del Sr. D. pompeyo Gener 37
La irresponsabilidad de los poetas 71
La purificación de la poesía 83
Don Cristóbal de Moura, primer Marqués de Castel-Rodrigo 93
El espectáculo mas nacional 115
«El extraño» 137
Sobre la novela de nuestros días 149
Del progreso en el arte de la palabra 159
El filósofo autodidacto 197
Sobre la duración del habla castellana
con motivo de algunas frases del Sr. Cuervo 209
Nueva edición de «La Celestina» 223
Biblioteca de filosofía y sociología 237
El regionalismo literario en Andalucía. 249
La goletera, por Arturo Reyes 275
Las novelas ejemplares de Cervantes por F. A. de Icaza 281
El buen paño..., novela por J. F. Muñoz Pabon, presbítero 285
Lully Arjona, novela por D. Alfonso Danvila 289
Mariquita León, novela original de José Nogales y Nogales 297
Aventuras, inventos y mixtificaciones de Silvestre Paradox 303
El último patriota, novela por José Nogales y Nogales 309
Isaac, por Javier Lasso de la Vega 321
Discurso pronunciado por doña Emilia Pardo Bazán
en los Juegos florales de Orense, en la noche del 7 de Junio de 1901
331
Novelas recientes 345
Sobre la Cuestión de ambiente 383

Page 215

*** END OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK EL
SUPERHOMBRE Y OTRAS NOVEDADES ***

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