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Title: La Odisea

Author: Homer

Illustrator: John Flaxman
Walter Paget

Translator: Luis Segalá y Estalella

Release date: November 2, 2018 [eBook #58221]
Most recently updated: September 13, 2025

Language: Spanish

Other information and formats: www.gutenberg.org/ebooks/58221

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*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK LA ODISEA ***

Page 4

Nota de transcripción
Índice de nombres propios
Índice de grabados
Índice general
Notas al prólogo

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LA ODISEA

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HOMERO

LA ODISEA
VERSIÓN DIRECTA Y LITERAL DEL GRIEGO

POR

L UI S S E GAL Á Y E S TAL E L L A
DOCTOR EN FILOSOFÍA Y LETRAS Y EN DERECHO
CATEDRÁTICO DE LENGUA Y LITERATURA GRIEGAS DE LA UNIVERSIDAD DE BARCELONA
ACADÉMICO ELECTO DE LA REAL DE BUENAS LETRAS
MIEMBRO DE LA «ASSOCIATION POUR L’ENCOURAGEMENT DES ÉTUDES GRECQUES»
É INDIVIDUO DE NÚMERO DE LA Βυζαντιολογικὴ Ἑταιρεία

ILUSTRACIONES DE FLAXMAN Y DE WAL PAGET

BARCELONA

MONTANE R Y S I MÓN, E D I TOR E S
CALLE DE ARAGÓN, NÚM. 255
1910

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ES PROPIEDAD

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AL LECTOR
Así como la Ilíada presenta la Grecia heroica en su lucha con los
habitantes de la Tróade, la Odisea describe la época de paz, de tranquilidad
y de bienandanza que siguió á la terminación de la guerra, relatando un
drama doméstico y una serie de aventuras fantásticas y maravillosas; y
ambas epopeyas reunidas forman el panorama más acabado, el eco más fiel
de los primeros tiempos históricos de la raza griega y contienen tales
ejemplos de heroísmo, de amor patrio, de fidelidad conyugal, de respeto á
los ancianos, de buen acogimiento al peregrino, de amistad, etc., que con
razón ha podido decirse que toda la poesía de Homero es un elogio de la
virtud, salvo lo puramente accesorio[1].
Ya notó Aristóteles[2] cuán sencillo es el asunto de la Odisea: la vuelta de
Ulises á su patria, después de peregrinar mucho tiempo y de luchar con las
tempestades á causa del odio que le profesa Neptuno (esta larga ausencia
del héroe motiva el viaje que hace Telémaco á Pilos y á Esparta), y la
venganza que toma de los que se han establecido en su casa, pretenden
casarse con Penélope é intentan matar á Telémaco. Mas en la narración no
sigue el poeta el orden cronológico, como en la Ilíada, sino que in medias
res, non secus ac notas, auditorem rapit[3], poniendo en boca del
protagonista cuanto ocurriera desde que Ulises y los suyos se embarcaron
en Troya hasta que el héroe llegó á la isla de Calipso, que es precisamente
la parte más extraordinaria de sus aventuras.
Aunque la Odisea se ha atribuído á Homero[4], como la Ilíada, debe de
ser algo posterior á juzgar por los caracteres que la distinguen (concepción
más elevada de la divinidad[5], mayor parsimonia en el uso de las
comparaciones[6], predominio de la descripción sobre la acción[7],
abundancia de nombres abstractos en el lenguaje, etc.). Longino ó, por
mejor decir, el autor del tratado De lo sublime, echa de menos en la Odisea
el vigor, la sublimidad, la profusión de afectos y pasiones, el nervio oratorio
y la multitud de imágenes de la Ilíada; de suerte, dice, que puede
compararse á Homero en la Odisea con el sol en su ocaso, el cual no tiene
fuerza ni ardor en los rayos pero guarda todavía su magnitud; y atribuye

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este poema á la vejez de Homero, porque los grandes escritores y poetas,
cuando les falta el vigor del ingenio para lo patético, se dan á pintar las
costumbres[8]. Pero, si mirada la Odisea á la luz del arte, resulta inferior á la
Ilíada, lo mismo en el trazado del plan que en la variedad de la obra: son
tan típicos, sin dejar de ser concretos y vivientes, los caracteres de algunos
de sus personajes, como el ingenioso y paciente Ulises, la casta y discreta
Penélope, y el fiel Eumeo; tan encantador el viaje que nos describe por
regiones fantásticas en las que aparecen gigantes antropófagos, ciclopes,
sirenas, escollos y monstruos como Escila y Caribdis, almas de los muertos,
etc.; tan graduada la progresión del interés hasta que llega el desenlace no
por previsto menos conmovedor; y tantas y tales las escenas del poema; que
á la mayoría de los lectores les causa una impresión más agradable que la
propia Ilíada. Las frases del lenguaje usual que proceden de la Odisea y los
elementos que la misma ha proporcionado al folk-lore de las naciones
modernas (la tela de Penélope, el suplicio de Tántalo, Escila y Caribdis, el
ciclope Polifemo, las Sirenas, etc.), demuestran que ha sido siempre el más
popular de los poemas homéricos.
De este libro inmortal, que es la segunda obra maestra de la épica griega
y que el Estagírita consideraba como el magnífico espejo de la vida
humana[9], se han publicado en España dos ediciones notables en verso
endecasílabo: la clásica del secretario Gonzalo Pérez en castizo lenguaje,
pero algo amplificada[10]; y la del eximio helenista contemporáneo D.
Federico Baráibar y Zumárraga, que es la más fiel y exacta de cuantas
conocemos en lengua castellana[11]. Menor importancia tienen otras
traducciones que han visto la luz pública, como la de D. Antonio de
Gironella[12], pues no suelen ser directas del texto original, sino resultado de
la comparación de diferentes versiones en idiomas modernos. Y no
queremos citar otra versión española, calcada servilmente sobre la literal
francesa, que se ha dado á luz como si en España fuera desconocido no ya
el griego sino hasta el idioma hablado allende los Pirineos.
Faltaba, pues, una versión directa y literal de la Odisea en prosa
castellana, y nos atrevemos á dar la presente al público con el mismo temor
y desconfianza con que anteriormente le ofrecimos la de la Ilíada[13].
Hemos adoptado en la Odisea el mismo procedimiento de trasladar el
texto íntegro, sin más adiciones que las necesarias para su cabal
inteligencia, vertiendo hasta las circunlocuciones cuando son inteligibles y
constituyen un modo respetuoso de nombrar á determinados personajes

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(ἱερὸν μένος Ἀλκινόοιο[14], la sacra potestad de Alcínoo, para designar al
rey de los feacios etc.) En lo que se refiere á los epítetos, hubiéramos
querido seguir el consejo que nos dió la Real Academia Española en su
dictamen acerca de la versión de la Ilíada, de que se traduzcan los
compuestos por otros análogos que se podrían formar en castellano como,
por ejemplo, bracinívea, ojilúcida y argentípeda que hemos usado en
nuestra reciente traducción de la Teogonía de Hesíodo[15], para interpretar
las palabras λευκώλενος, γλαυκῶπις y ἀργυρόπεζα que son epítetos de las
diosas Juno, Minerva y Tetis: pero, la necesidad de acomodarnos al sistema
adoptado en la versión de la Ilíada y la conveniencia de aplicar el
procedimiento recomendado por la Real Academia á todos los epítetos,
aprovechando los que se hallen traducidos en los autores clásicos
castellanos y forjando los demás al tenor de las leyes que en nuestro
romance regulan la formación de palabras, lo cual requería un estudio que
no nos era posible hacer en el breve tiempo de que disponíamos, nos han
obligado á dejarlo para otra edición en la cual conservaremos también los
nombres griegos de las divinidades (Zeus, Hera, Atenea, por Júpiter, Juno,
Minerva, etc.) si el público se familiariza con los mismos.
Ha servido de base para la presente versión el texto de Dindorf-Hentze,
publicado en la Bibliotheca scriptorum Graecorum et Romanorum
Teubneriana[16]. Se han consultado varios diccionarios y de un modo
especial el Lexicon Homericum editado por Ebeling[17]. Se han tenido á la
vista para la interpretación de algunos pasajes, la traducción latina de la
edición de Firmin Didot[18], las españolas de Gonzalo Pérez y Baráibar,
anteriormente citadas; las francesas de Bitaubé[19], Dugas-Montbel[20], Mme.
Dacier[21], Le Brun[22], Giguet[23], Leconte de Lisle[24], y Sommer[25]; las
italianas de Pindemonte[26], Máspero[27], Ungaro[28], y de la Sig. Cornelia
Sale-Mocenigo-Codemo[29]; la alemana de Voss[30]; las inglesas de Pope[31] y
Butcher and Lang[32]; y la neogriega de Polylás[33]. Y para evitar, en lo
posible, los barbarismos y conocer el recto significado de las palabras y
locuciones castellanas, se ha acudido al Diccionario de Autoridades y á
otras obras de la Real Academia Española, Baralt, Salvá, Cuervo, P. Mir, P.
Nonell y Cortejón.
Réstanos dar público testimonio de agradecimiento á la Real Academia
Española, al Consejo de Instrucción pública, á nuestro venerado maestro el
Excmo. é Ilmo. Sr. D. Marcelino Menéndez y Pelayo, y á los eminentes
críticos y publicistas, que con tanta benevolencia juzgaron nuestra versión

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de la Ilíada en prosa castellana y nos alentaron para que emprendiésemos la
de la Odisea. Y ojalá que estos humildes trabajos contribuyan á acrecentar
el entusiasmo por la más rica, noble y hermosa de las que llamaba
Cervantes las reinas de las lenguas, y sea cada vez más admirada la
literatura de aquel pueblo artista, cuyas obras maestras son el prototipo, el
modelo jamás superado de los respectivos géneros.

Luis Segalá y Estalella

NOTAS
[1] Ὡς δ᾽ ἐγώ τινος ἤκουσα δεινοῦ καταμαθεῖν ἀνδρὸς ποιητοῦ διάνοιαν, πᾶσα μὲν ἡ
ποίησις τῷ Ὁμηρῳ ἀρετῆς ἐστιν ἔπαινος, καὶ πάντα αὐτῷ πρὸς τοῦτο φέρει, ὅ,τι μὴ
πάρεργον. San Basilio.—Homilía á los jóvenes acerca de la utilidad que pueden sacar de los
autores paganos, § 5.

[2] Τῆς Ὀδυσσείας μικρὸς ὁ λόγος ἐστίν. Ἀποδημοῦντός τινος ἔτη πολλὰ καὶ
παραφυλαττομένου ὑπὸ τοῦ Ποσειδῶνος καὶ μόνου ὄντος, ἔτι δὲ τῶν οἴκοι οὕτως ἐχόντων
ὥστε τὰ χρήματα ὑπὸ μνηστήρων ἀναλίσκεσθαι καὶ τὸν υἱὸν ἐπιβουλεύεσθαι, αὐτὸς δὲ
ἀφικνεῖται χειμασθείς, καὶ ἀναγνωρίσας τινὰς αὐτοῖς ἐπιθέμενος αὐτὸς μὲν ἐσώθη, τοὺς δ᾽
ἐχθροὺς διέφθειρεν. Τὸ μὲν οὖν ἴδιον τοῦτο, τὰ δ᾽ ἄλλα ἐπεισόδια. Aristóteles.—Poética,
cap. XVII.

[3] Horacio.—Epístola á los Pisones, v. 148 y 149.

[4] Herodoto, Platón, Aristóteles, Longino y casi todos los griegos de la antigüedad
asignaban á la Odisea el mismo autor de la Ilíada, es decir, Homero. Algunos críticos de la
época alejandrina, notando ciertas contradicciones que hay entre ambos poemas (la hija más
hermosa de Príamo es Casandra, según la Ilíada, y Laódice, según la Odisea; la ciudad de
Creta tiene cien puertas en aquel poema y tan sólo noventa en éste, etc.), opinaban que la
Odisea no se debe á Homero, pero seguían creyendo que había sido compuesta por un solo
autor. Los modernos, desde que Vico y Wolf dieron á conocer sus ideas sobre la cuestión
homérica, sostienen varias opiniones que pueden reducirse á cuatro grupos: 1.º Los que
defienden la unidad primitiva de la Odisea, ya la atribuyan al propio Homero, como Nitzsch
y Terret; ya formulen la hipótesis de que quizás el asunto se deba á Homero y la ejecución á
uno de sus discípulos, como dice Müller. 2.º Los que creen que se formó por la unión de
cantos independientes, como Steinthal, Dugas-Montbel y Volkmann. 3.º Los que opinan que
existieron primeramente grupos de cantos que son como los núcleos del actual poema. Así
Kœchly divide la Odisea en dos partes: la primera (cantos I-XII y primer tercio del XIII)
comprende dos grupos que son el Viaje de Telémaco, en cuatro rapsodias, y el Regreso de
Ulises, en cinco rapsodias que pueden compararse á cinco actos de una tragedia (Calipso,
Nausícaa, Ulises en el país de los feacios, Aventuras de Ulises, Regreso de Ulises á Ítaca); y
la segunda está constituída por ocho rapsodias á las que se han hecho luego algunas
adiciones (Llegada de Ulises á Ítaca, Ulises y Eumeo, Reconocimiento de Ulises por

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Telémaco, Ulises ante los pretendientes, Ulises en la presencia de Penélope, Matanza de los
pretendientes, Arreglo de la casa, y la segunda Νέκυια ó escena entre los muertos). Según
Kirchhoff, pueden distinguirse en la Odisea tres partes: la más antigua (desde el libro V al
verso 184 del XIII) es la que nos refiere la llegada de Ulises al país de los feacios, el relato
de sus anteriores aventuras y su partida para Ítaca; es ya más reciente el resto del poema
hasta el fin, en que se relata la vuelta de Ulises á su patria y la venganza que toma de los
pretendientes; y la parte más moderna es la de los libros I-IV relativos al viaje que,
aconsejado por Minerva, hace Telémaco á Pilos y á Esparta en busca de noticias de su padre:
así se formó la Odisea, según Kirchhoff, salvo algunas interpolaciones de época posterior. Y
4.º Mr. Bréal, cuya hipótesis consiste en suponer que «les chants homériques ont été
composés pour faire partie du programme des jeux et des fêtes en ce pays de Lydie où les
fêtes et les jeux n’ont jamais manqué... Une corporation faisant profession de choisir dans le
répertoire d’une même légende des épisodes variés, les poètes laissés jusqu’à un certain
point à leur génie propre, mais néanmoins assujettis à un modèle, telle me paraît, pour
résoudre cette grande énigme, l’explication la plus vraisemblable.» Michel Bréal.—Pour
mieux connaître Homère, VI.

[5] Los pretendientes no tienen ninguna divinidad que los proteja; las deidades no luchan
entre sí, como en la Ilíada, y proceden casi siempre de acuerdo y en favor de la justicia;
Neptuno y Minerva, que son los únicos dioses que están en oposición—pues aquél persigue
y ésta favorece á Ulises—ejercen su influencia no simultánea sino alternativamente y sin
chocar el uno con la otra, etc.

[6] Son 180 las de la Ilíada y 39 las de la Odisea.

[7] ... ἡ μὲν Ἰλιὰς ἁπλοῦν καὶ παθητικόν· ἡ δὲ Ὀδύσσεια, πεπλεγμένον (ἀναγνώρισις γὰρ
διόλου), καὶ ἠθική. Aristóteles.—Poética, cap. XXIV.

[8] De lo sublime, cap. VII.

[9] ... καὶ τὴν Ὀδύσσειαν, καλὸν ἀνθρωπίνου βίου κάτοπτρον. Aristóteles.—Retórica, lib.
III, cap III.

[10] La Ulyxea de Homero, traducida de griego en lengua castellana por el secretario
Gonzalo Pérez.—Madrid, Imprenta de Francisco Xavier García, 1767.

[11] Homero.—La Odisea.—Traducida directamente del griego en verso castellano por D.
Federico Baráibar y Zumárraga.—Madrid, Librería de Perlado, Páez y C.ª, 1906.
Tradujeron también la Odisea en verso castellano el P. Manuel Aponte, profesor de griego
en la Universidad de Bolonia, y D. Francisco Estrada y Campos. Ambas traducciones, que
debieron de ser muy notables, han quedado inéditas, y la primera se ha perdido. Véase la
noticia sobre Hermosilla y su Ilíada, por D. Marcelino Menéndez y Pelayo.

[12] La Odisea de Homero, traducida por Antonio de Gironella.—Barcelona, Imprenta y
librería politécnica de Tomás Gorchs, 1851.—En el prólogo dice el Sr. Gironella, entre otras
cosas como la de que Gonzalo Pérez no tomó en serio su tarea: «Ciertamente, pues, era una
consideración para un amante de las letras el regalar á su patria una tan preciosa antigüedad;
pero en mí este patriótico impulso estaba balanceado por dos consideraciones: decía á mis
instigadores: «pero si á pesar mío confieso que no me gusta, y si no sé el griego? á lo
primero me contestaban que no me gustaba porque no la había visto con detención; que
cuanto más adelantase en la obra más bellezas hallaría en ella, lo que confieso humildemente

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que, generalmente hablando, así me ha acontecido; y á lo segundo que el griego de Homero,
que no es una lengua general, sino una de sus cuatro distintos dialectos, nadie lo sabe
actualmente (sic), como lo prueban las continuas contradicciones que hay entre los
traductores relativamente al verdadero significado de una palabra misma, y que las buenas
traducciones latinas, italianas, francesas, inglesas y alemanas, son tales y de tales autores,
que yo, aun cuando me hallase ser un perfecto helenista, nunca hallaría en mi original más
que lo que ellos hallaron, ni sabría expresarlo mejor. Algo concluyente es este raciocinio y
para mí esforcé el convencimiento á que lo fuese más. Tomé, pues, la exactísima y literal
versión latina de Henr. Stephano, publicada en París en 1624, la inglesa de Pope, las
francesas de J. P. Bitaubé, de Dugas-Montbel, de madama Dacier, del príncipe Le Brun, el
sabio concolega del cónsul emperador, y de Eugenio Bareste, última que se ha publicado y
que se supone ser la más técnica. No quise apelar á mayor número de materiales, para evitar
dudas y confusiones, y estudiando bien y compulsando entre sí estos auxiliares, hallé que en
efecto podía apoyarme en ellos.»

[13] Homero.—La Ilíada—Versión directa y literal por L. Segalá, con ilustraciones de
Flaxman y del profesor A. J. Church.—Barcelona, Montaner y Simón, editores, 1908.

[14] Odisea: VII, 167, 178; VIII, 2, 4, 385, 421; XIII, 20, 24.

[15] Hesíodo—La Teogonía.—Texto griego, versión directa y literal por L. Segalá, é
ilustraciones de Flaxman.—Barcelona, 1910.

[16] Homeri Odyssea, edidit Guilielmus Dindorf.—Editio quinta correctior quam curavit C.
Hentze.—Lipsiae, In aedibus B. G. Teubneri, 1906 et 1893.

[17] Lexicon Homericum composuerunt F. Albracht, C. Capelle, A. Eberhard, E. Eberhard,
B. Giseke, V. H. Koch, C. Mutzbaver, Fr. Schnorr de Carolsfeld, edidit H. Ebeling.—Lipsiae,
In aedibus B. G. Teubneri, 1885.

[18] Homeri carmina et cycli epici reliquiae.—Graece et latine cum indice nominum et
rerum.—Parisiis.—Editore Ambrosio Firmin-Didot.—1877.

[19] Homère.—L’Odyssée—Traduction de Bitaubé.—Paris, 1899.

[20] Homère traduit en français par Dugas-Montbel.—Tome second.—Odyssée.—Paris,
Typographie de Firmin Didot frères, 1834.

[21] L’Odyssée d’Homère, suivie du Combat des rats et des grenouilles, des Hymnes, des
Epigrammes et des Fragments, traduits par Madame Dacier et MM. Trianon et E. Falconnet.
—Paris.—Lefèvre, éditeur, 1841.

[22] L’Iliade et l’Odyssée d’Homère, traduites du grec par le prince Le Brun.—Paris,
Lefèvre, 1836.

[23] Oeuvres complètes d’Homère.—Traduction nouvelle avec une introduction et des
notes par P. Giguet.—Paris, librairie Hachette et C.ie, 1907.

[24] Homère.—Odyssée.—Traduction nouvelle par Leconte de Lisle.—Paris, Alphonse
Lemerre, éditeur.

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[25] L’Odyssée d’Homère.—Traduction française avec le texte en regard et des notes par E.
Sommer.—Paris, librairie Hachette et C.ie, 1886.

[26] Odissea di Omero, tradotta da Ippolito Pindemonte.—Milano, Società editrice
Sonzogno, 1901.

[27] Omero.—Odissea.—Traduzione di Paolo Máspero.—Firenze, Successori le Monier,
1906.

[28] Omero.—L’Odissea. Tradotta letteralmente del Dr. Salvatore Ungaro.—Napoli, Luigi
Chiurazzi, 1903.

[29] Volgarizzamento in prosa dell’Odissea di Omero per Cornelia Sale-Mocenigo-
Codemo.—Torino, Milano, Genova.—Casa editrice Renzo Streglio.

[30] Homers Odyssee übersetzt von Johann Heinrich Voss.—Wien, 1789.

[31] Pope’s Odyssey of Homer.—Edited with an introduction by professor A. J. Church.—
London, Cassell and Company, 1907.

[32] The Odyssey of Homer, done into English prose by S. H. Butcher, M. A. and A. Lang,
M. A.—London. Macmillan et C.º, 1906.

[33] Ὁμήρου.—Ὀδύσσεια.—Ἔμμετρος μετάφρασις Ἰακώβου Πολυλᾶ.—Ἐν Ἀθήναις,
1875, 1877, 1880 καὶ 1881.

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Minerva propone á Júpiter que Mercurio se llegue á Calipso y le mande que despida á Ulises

CANTO PRIMERO
CONCILIO DE LOS DIOSES.—EXHORTACIÓN DE MINERVA Á TELÉMACO

1 Háblame, Musa, de aquel varón de multiforme ingenio que, después
de destruir la sacra ciudad de Troya, anduvo peregrinando larguísimo
tiempo, vió las poblaciones y conoció las costumbres de muchos hombres y
padeció en su ánimo gran número de trabajos en su navegación por el
ponto, en cuanto procuraba salvar su vida y la vuelta de sus compañeros á la
patria. Mas ni aun así pudo librarlos, como deseaba, y todos perecieron por
sus propias locuras. ¡Insensatos! Comiéronse las vacas del Sol, hijo de
Hiperión; el cual no permitió que les llegara el día del regreso. ¡Oh diosa,
hija de Júpiter!: cuéntanos aunque no sea más que una parte de tales cosas.
11 Ya en aquel tiempo los que habían podido escapar de una muerte
horrorosa estaban en sus hogares, salvos de los peligros de la guerra y del
mar; y solamente Ulises, que tan gran necesidad sentía de restituirse á su
patria y ver á su consorte, hallábase detenido en hueca gruta por Calipso, la

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ninfa veneranda, la divina entre las deidades, que anhelaba tomarlo por
esposo. Con el transcurso de los años llegó por fin la época en que los
dioses habían decretado que volviese á su patria, á Ítaca, aunque no por eso
debía poner fin á sus trabajos, ni siquiera después de juntarse con los suyos.
Y todos los dioses le compadecían, á excepción de Neptuno, que
permaneció constantemente airado contra el divinal Ulises hasta que el
héroe no arribó á su tierra.
22 Mas entonces habíase ido Neptuno al lejano pueblo de los etíopes—
los cuales son los postreros de los hombres y forman dos grupos, que
habitan respectivamente hacia el ocaso y hacia el orto del Sol—para asistir
á una hecatombe de toros y de corderos. Mientras aquél se deleitaba
presenciando el festín, congregáronse las otras deidades en el palacio de
Júpiter Olímpico. Y fué el primero en usar de la palabra el padre de los
hombres y de los dioses, porque en su ánimo tenía presente al ilustre Egisto
á quien matara el preclaro Orestes Agamemnónida. Acordándose de él,
habló á los inmortales de esta manera:
32 «¡Oh dioses! ¡De qué modo culpan los mortales á los númenes!
Dicen que las cosas malas les vienen de nosotros, y son ellos quienes se
atraen con sus locuras infortunios no decretados por el destino. Así ocurrió
con Egisto, que, oponiéndose á la voluntad del hado, casó con la mujer
legítima del Atrida y mató á este héroe cuando tornaba á su patria, no
obstante que supo la terrible muerte que padecería luego. Nosotros mismos
le habíamos enviado á Mercurio, el vigilante Argicida, con el fin de
advertirle que no matase á aquél, ni pretendiera á su esposa; pues Orestes
Atrida tenía que tomar venganza no bien llegara á la juventud y sintiese el
deseo de volver á su tierra. Así se lo declaró Mercurio; mas no logró
persuadirlo, con ser tan excelente el consejo, y ahora Egisto lo ha pagado
todo junto.»
44 Respondióle Minerva, la deidad de los brillantes ojos: «¡Padre
nuestro, Saturnio, el más excelso de los que imperan! Aquél yace en la
tumba por haber padecido una muerte muy justificada. ¡Así perezca quien
obre de semejante modo! Pero se me quiebra el corazón por el prudente y
desgraciado Ulises, que, mucho tiempo ha, padece penas lejos de los suyos,
en una isla azotada por las olas, en el centro del mar; isla poblada de
árboles, en la cual tiene su mansión una diosa, la hija del terrible Atlante, de
aquél que conoce todas las profundidades del ponto y sostiene las grandes
columnas que separan la tierra y el cielo. La hija de este dios retiene al

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infortunado y afligido Ulises, no cejando en su propósito de embelesarle
con tiernas y seductoras palabras para que olvide á Ítaca; mas el héroe, que
está deseoso de ver el humo de su país natal, ya de morir siente anhelos. ¿Y
á ti, Júpiter Olímpico, no se te conmueve el corazón? ¿No te era acepto
Ulises, cuando sacrificaba junto á los bajeles de los argivos? ¿Por qué así te
has airado contra él, oh Jove?»
63 Contestóle Júpiter, que amontona las nubes: «¡Hija mía! ¡Qué
palabras se te escaparon del cerco de los dientes! ¿Cómo quieres que ponga
en olvido al divinal Ulises, que por su inteligencia se señala sobre los
demás mortales y siempre ofreció muchos sacrificios á los inmortales
dioses que poseen el anchuroso cielo? Pero Neptuno, que ciñe la tierra, le
guarda vivo y constante rencor porque cegó al ciclope, al deiforme
Polifemo; que es el más fuerte de todos los ciclopes y nació de la ninfa
Toosa, hija de Forcis que impera en el mar estéril, después que ésta se
ayuntara con Neptuno en honda cueva. Desde entonces Neptuno, que
sacude la tierra, si bien no se ha propuesto matar á Ulises, hace que vaya
errante lejos de su patria. Mas, ea, tratemos de la vuelta del mismo y del
modo como haya de llegar á su patria; y Neptuno depondrá la cólera, que no
le fuera posible contender, solo y contra la voluntad de los dioses, con los
inmortales todos.»
80 Respondióle Minerva, la deidad de los brillantes ojos: «¡Padre
nuestro, Saturnio, el más excelso de los que imperan! Si les place á los
bienaventurados dioses que el prudente Ulises vuelva á su casa, mandemos
á Mercurio, el mensajero Argicida, á la isla Ogigia; y manifieste cuanto
antes á la ninfa de hermosas trenzas la resolución que hemos tomado, para
que el héroe se ponga en camino. Yo, en tanto, yéndome á Ítaca, instigaré
vivamente á su hijo, y le infundiré valor en el pecho para que llame al ágora
á los aqueos de larga cabellera y prohiba la entrada en el palacio á todos los
pretendientes, que de continuo le degüellan muchísimas ovejas y flexípedes
bueyes de retorcidos cuernos. Y le llevaré después á Esparta y á la arenosa
Pilos para que, preguntando y viendo si puede adquirir noticias de su padre,
consiga ganar honrosa fama entre los hombres.»
96 Dicho esto, calzóse los áureos divinos talares que la llevaban sobre
el mar y sobre la tierra inmensa con la rapidez del viento; y asió la lanza
fornida, de punta de bronce, ponderosa, luenga, robusta, con que la hija del
prepotente padre destruye filas enteras de héroes siempre que contra ellos
monta en cólera. Descendió presurosa de las cumbres del Olimpo y,

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encaminándose al pueblo de Ítaca, detúvose en el vestíbulo de la morada de
Ulises, en el umbral que precedía al patio: Minerva empuñaba la broncínea
lanza y había tomado la figura de un extranjero, de Mentes, rey de los
tafios. Halló á los soberbios pretendientes; que para recrear el ánimo
jugaban á los dados ante la puerta de la casa, sentados sobre cueros de
bueyes que ellos mismos mataran. Varios heraldos y diligentes servidores
mezclábanles vino y agua en las crateras; y otros limpiaban las mesas con
esponjas de muchos ojos, colocábanlas en su sitio, y trinchaban carne en
abundancia.
113 Fué el primero en advertir la presencia de la diosa el deiforme
Telémaco; pues se hallaba en medio de los pretendientes, con el corazón
apesadumbrado, y tenía el pensamiento fijo en su valeroso padre por si,
volviendo, dispersase á aquellos y recuperara la dignidad real y el dominio
de sus riquezas. Tales cosas meditaba, sentado con los pretendientes,
cuando vió á Minerva. Á la hora fuése derecho al vestíbulo, muy indignado
en su corazón de que un huésped tuviese que esperar tanto tiempo en la
puerta, asió por la mano á la diosa, tomóle la broncínea lanza y le dijo estas
aladas palabras:
123 «¡Salve, huésped! Entre nosotros has de recibir amistoso
acogimiento. Y después que hayas comido, nos dirás si necesitas algo.»
125 Hablando así, empezó á caminar y Palas Minerva le fué siguiendo.
Ya en el interior del excelso palacio, Telémaco arrimó la lanza á una alta
columna, metiéndola en la pulimentada lancera donde había muchas lanzas
del paciente Ulises; hizo sentar á la diosa en un sillón, después de tender en
el suelo linda alfombra bordada y de colocar el escabel para los pies, y
acercó para sí una labrada silla; poniéndolo todo aparte de los pretendientes
para que al huésped no le desplaciera la comida, molestado por el tumulto
de aquellos varones soberbios, y él, á su vez, pudiera interrogarle sobre su
padre ausente. Una esclava les dió aguamanos, que traía en magnífico jarro
de oro y vertió en fuente de plata, y les puso delante una pulimentada mesa.
La veneranda despensera trájoles pan y dejó en la mesa buen número de
manjares, obsequiándoles con los que tenía reservados. El trinchante
sirvióles platos de carne de todas suertes y colocó á su vera áureas copas. Y
un heraldo se acercaba á menudo para escanciarles vino.
144 Ya en esto, entraron los orgullosos pretendientes. Apenas se
hubieron sentado por orden en sillas y sillones, los heraldos diéronles
aguamanos, las esclavas amontonaron el pan en los canastillos, los

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mancebos llenaron las crateras, y todos los comensales echaron mano á las
viandas que les habían servido. Satisfechas las ganas de comer y de beber,
ocupáronles el pensamiento otras cosas: el canto y el baile, que son los
ornamentos del convite. Un heraldo puso la bellísima cítara en las manos de
Femio, á quien obligaban á cantar ante los pretendientes. Y mientras Femio
comenzaba al son de la cítara un hermoso canto, Telémaco dijo estas
razones á Minerva, la de los brillantes ojos, después de aproximar su cabeza
á la deidad para que los demás no se enteraran:
158 «¡Caro huésped! ¿Te enojarás conmigo por lo que voy á decir?
Éstos sólo se ocupan en cosas tales como la cítara y el canto; y nada les
cuesta, pues devoran impunemente la hacienda de otro, la de un varón
cuyos blancos huesos se pudren en el continente por la acción de la lluvia ó
los revuelven las olas en el seno del mar. Si le vieran aportar á Ítaca,
preferirían tener los pies ligeros á ser ricos de oro y de vestidos. Mas aquél
ya murió, víctima de su aciago destino, y no hay que esperar en su tornada,
aunque alguno de los hombres terrestres afirme que aún ha de volver: el día
de su regreso no amanecerá jamás. Pero, ea, habla y responde sinceramente:
¿Quién eres y de qué país procedes? ¿Dónde se hallan tu ciudad y tus
padres? ¿En cuál embarcación llegaste? ¿Cómo los marineros te trajeron á
Ítaca? ¿Quiénes se precian de ser? Pues no me figuro que hayas venido
andando. Dime también la verdad de esto para que me entere: ¿Vienes
ahora por vez primera ó has sido huésped de mi padre? Que son muchos los
que conocen nuestra casa, porque Ulises acostumbraba visitar á los demás
hombres.»
178 Respondióle Minerva, la deidad de los brillantes ojos: «De todo
esto voy á informarte circunstanciadamente. Me jacto de ser Mentes, hijo
del belicoso Anquíalo, y de reinar sobre los tafios, amantes de manejar los
remos. He llegado en mi galera, con mi gente, pues navego por el vinoso
ponto hacia unos hombres que hablan otro lenguaje: voy á Témesa para
traer bronce, llevándoles luciente hierro. Anclé la embarcación cerca del
campo, antes de llegar á la ciudad, en el puerto Retro que está al pie del
selvoso Neyo. Nos cabe la honra de que ya nuestros progenitores se daban
mutua hospitalidad desde muy antiguo, como se lo puedes preguntar al
héroe Laertes; el cual, según me han dicho, ya no viene á la población, sino
que mora en el campo, atorméntanle los pesares, y tiene una anciana
esclava que le apareja la comida y le da de beber cuando se le cansan los
miembros de arrastrarse por la fértil viña. Vine porque me aseguraron que

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tu padre estaba de vuelta en la población, mas sin duda lo impiden las
deidades, poniendo obstáculos á su retorno; que el divinal Ulises no
desapareció aún de la fértil tierra, pues vive y está detenido en el vasto
ponto, en una isla que surge de entre las olas, desde que cayó en poder de
hombres crueles y salvajes que lo retienen á su despecho. Voy ahora á
predecir lo que ha de suceder, según los dioses me lo inspiran en el ánimo y
yo creo que ha de verificarse porque no soy adivino ni hábil intérprete de
sueños: Aquél no estará largo tiempo fuera de su patria, aunque lo sujeten
férreos vínculos; antes hallará algún medio para volver, ya que es
ingenioso en sumo grado. Mas, ea, habla y dime con sinceridad si eres el
hijo del propio Ulises. Es extraordinario tu parecido en la cabeza y en los
bellos ojos con Ulises; y bien lo recuerdo, pues nos reuníamos á menudo
antes de que se embarcara para Troya, adonde fueron los príncipes argivos
en las cóncavas naos. Desde entonces ni yo le he visto, ni él á mí.»
213 Contestóle el prudente Telémaco: «Voy á hablarte, oh huésped, con
gran sinceridad. Mi madre afirma que soy hijo de aquél, y no sé más; que
nadie consiguió conocer por sí su propio linaje. ¡Ojalá que fuera vástago de
un hombre dichoso que envejeciese en su casa, rodeado de sus riquezas!;
mas ahora dicen que desciendo, ya que me lo preguntas, del más infeliz de
los mortales hombres.»
221 Replicóle Minerva, la deidad de los brillantes ojos: «Los dioses no
deben de haber dispuesto que tu linaje sea obscuro, cuando Penélope te ha
parido cual eres. Mas, ea, habla y dime con franqueza: ¿Qué comida, qué
reunión es ésta, y qué necesidad tienes de darla? ¿Se celebra un convite ó
un casamiento? que no nos hallamos evidentemente en un festín á escote.
Paréceme que los que comen en el palacio con tal arrogancia ultrajan á
alguien; pues cualquier hombre sensato se indignaría al presenciar sus
muchas torpezas.»
230 Contestóle el prudente Telémaco: «¡Huésped! Ya que tales cosas
preguntas é inquieres, sabe que esta casa hubo de ser opulenta y respetada
en cuanto aquel varón permaneció en el pueblo. Cambió después la
voluntad de los dioses, quienes, maquinando males, han hecho de Ulises el
más ignorado de todos los hombres; que yo no me afligiera de tal suerte, si
acabara la vida entre sus compañeros, en el país de Troya, ó en brazos de
sus amigos luego que terminó la guerra, pues entonces todos los aqueos le
habrían erigido un túmulo y hubiese legado á su hijo una gloria inmensa.
Ahora desapareció sin fama, arrebatado por las Harpías; su muerte fué

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oculta é ignota; y tan sólo me dejó pesares y llanto. Y no me lamento y
gimo únicamente por él, que los dioses me han enviado otras funestas
calamidades. Cuantos próceres mandan en las islas, en Duliquio, en Same y
en la selvosa Zacinto, y cuantos imperan en la áspera Ítaca, todos pretenden
á mi madre y arruinan nuestra casa. Mi madre ni rechaza las odiosas
nupcias, ni sabe poner fin á tales cosas; y aquellos comen y agotan mi
hacienda, y pronto acabarán conmigo mismo.»
252 Contestóle Minerva, muy indignada: «¡Oh dioses! ¡Qué falta no te
hace el ausente Ulises; para que ponga las manos en los desvergonzados
pretendientes! Si tornara y apareciera ante el portal de esta casa, con su
yelmo, su escudo y sus dos lanzas, como la primera vez que le vi en la mía,
bebiendo y recreándose, cuando volvió de Éfira, del palacio de Ilo
Mermérida—fué allá en su velera nave por un veneno mortal con que
pudiese teñir las broncíneas flechas; pero Ilo, temeroso de los sempiternos
dioses, no se lo proporcionó y entregóselo mi padre que le quería
muchísimo—si, pues, mostrándose tal, se encontrara Ulises con los
pretendientes, fuera corta la vida de éstos y bien amargas sus nupcias. Mas
está puesto en mano de los dioses si ha de volver y tomar venganza en su
palacio, y te exhorto á que desde luego medites cómo arrojarás de aquí á los
pretendientes. Óyeme, si te place, y presta atención á mis palabras. Mañana
convoca en el ágora á los héroes aqueos, háblales á todos y sean testigos las
propias deidades. Intima á los pretendientes que se separen, yéndose á sus
casas; y si á tu madre el ánimo la mueve á casarse, vuelva al palacio de su
muy poderoso padre y allí le dispondrán las nupcias y le aparejarán una
dote tan cuantiosa como debe llevar una hija amada. También á ti te daré un
prudente consejo, por si te decidieras á seguirlo: Apresta la mejor
embarcación que hallares, con veinte remeros; ve á preguntar por tu padre,
cuya ausencia se hace ya tan larga, y quizás algún mortal te hablará del
mismo ó llegará á tus oídos la fama que procede de Júpiter y es la que más
difunde la gloria de los hombres. Trasládate primeramente á Pilos é
interroga al divinal Néstor; y desde allí endereza los pasos á Esparta, al
rubio Menelao, que ha llegado el postrero de los argivos de broncíneas
lorigas. Si oyeres decir que tu padre vive y ha de volver, súfrelo todo un año
más, aunque estés afligido; pero si te participaren que ha muerto y ya no
existe, retorna sin dilación á la patria, erígele un túmulo, hazle las muchas
exequias que se le deben, y búscale á tu madre un esposo. Y así que hayas
realizado y llevado á cumplimiento todas estas cosas, medita en tu mente y

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en tu corazón cómo matarás á los pretendientes en el palacio: si con dolo ó
á la descubierta; porque es preciso que no andes en niñerías, que ya no
tienes edad para ello. ¿Por ventura no sabes cuánta gloria ha ganado ante
los hombres el divinal Orestes, desde que mató al parricida, al doloso
Egisto, que le había asesinado su ilustre padre? También tú, amigo, ya que
veo que eres gallardo y de elevada estatura, sé fuerte para que los venideros
te elogien. Y yo me voy hacia la velera nave y los amigos que ya deben de
estar cansados de esperarme. Cuida de hacer cuanto te dije y acuérdate de
mis consejos.»
306 Respondióle el prudente Telémaco: «Me dices estas cosas de una
manera tan benévola, como un padre á su hijo, que nunca jamás podré
olvidarlas. Pero, ea, aguarda un poco, aunque tengas prisa por irte, y
después que te bañes y deleites tu corazón, volverás alegremente á tu nave,
llevándote un regalo precioso, muy bello, para guardarlo como presente
mío, que tal es la costumbre que suele seguirse con los huéspedes amados.»
314 Contestóle Minerva, la deidad de los brillantes ojos: «No me
detengas, oponiéndote á mi deseo de irme en seguida. El regalo con que tu
corazón quiere obsequiarme, me lo entregarás á la vuelta para que me lo
lleve á mi casa: escógelo muy hermoso y será justo que te lo recompense
con otro semejante.»
319 Diciendo así, partió Minerva, la de los brillantes ojos: fuése la
diosa, volando como un pájaro, después de infundir en el espíritu de
Telémaco valor y audacia, y de avivarle aún más el recuerdo de su padre.
Telémaco, considerando en su mente lo ocurrido, quedóse atónito, porque
ya sospechó que había hablado con una deidad. Y aquel varón, que parecía
un dios, se apresuró á juntarse con los pretendientes.
325 Ante éstos, que le oían sentados y silenciosos, cantaba el ilustre
aedo la vuelta deplorable que Palas Minerva deparara á los aquivos cuando
partieron de Troya. La discreta Penélope, hija de Icario, oyó de lo alto de la
casa la divinal canción, que le llegaba al alma; y bajó por la larga escalera,
pero no sola, pues la acompañaban dos esclavas. Cuando la divina entre las
mujeres llegó adonde estaban los pretendientes, detúvose cabe á la columna
que sostenía el techo sólidamente construído, con las mejillas cubiertas por
espléndido velo y una honrada doncella á cada lado. Y arrasándosele los
ojos de lágrimas, hablóle así al divinal aedo:
337 «¡Femio! Pues que sabes otras muchas hazañas de hombres y de
dioses, que recrean á los mortales y son celebradas por los aedos, cántales

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alguna de las mismas sentado ahí, en el centro, y oíganla todos
silenciosamente y bebiendo vino; pero deja ese canto triste que me angustia
el corazón en el pecho, ya que se apodera de mí un pesar grandísimo. ¡Tal
es la persona de quien padezco soledad, por acordarme siempre de aquel
varón cuya fama es grande en la Hélade y en el centro de Argos!»
345 Replicóle el prudente Telémaco: «¡Madre mía! ¿Por qué quieres
prohibir al amable aedo que nos divierta como su mente se lo inspire? No
son los aedos los culpables, sino Júpiter que distribuye sus presentes á los
varones de ingenio del modo que le place. No ha de increparse á Femio
porque canta la suerte aciaga de los dánaos, pues los hombres alaban con
preferencia el canto más nuevo que llega á sus oídos. Resígnate en tu
corazón y en tu ánimo á oir ese canto, ya que no fué Ulises el único que
perdió en Troya la esperanza de volver; hubo otros muchos que también
perecieron. Mas, vuelve ya á tu habitación, ocúpate en las labores que te
son propias, el telar y la rueca, y ordena á las esclavas que se apliquen al
trabajo; y de hablar nos cuidaremos los hombres y principalmente yo, cuyo
es el mando en esta casa.»
360 Volvióse Penélope, muy asombrada, á su habitación, revolviendo
en el ánimo las discretas palabras de su hijo. Y así que hubo subido con las
esclavas á lo alto de la casa, echóse á llorar por Ulises, su caro consorte,
hasta que Minerva, la de los brillantes ojos, le difundió en los párpados el
dulce sueño.
365 Los pretendientes movían alboroto en la obscura sala y todos
deseaban acostarse con Penélope en su mismo lecho. Mas el prudente
Telémaco comenzó á decirles:
368 «¡Pretendientes de mi madre, que os portáis con orgullosa
insolencia! Gocemos ahora del festín y cesen vuestros gritos; pues es muy
hermoso escuchar á un aedo como éste, tan parecido por su voz á las
propias deidades. Al romper el alba, nos reuniremos en el ágora para que yo
os diga sin rebozo que salgáis del palacio: disponed otros festines y comeos
vuestros bienes, convidándoos sucesiva y recíprocamente en vuestras casas.
Mas si os pareciere mejor y más acertado destruir impunemente los bienes
de un solo hombre, seguid consumiéndolos; que yo invocaré á los
sempiternos dioses, por si algún día nos concede Júpiter que vuestras obras
sean castigadas, y quizás muráis en este palacio sin que nadie os vengue.»
381 Así dijo; y todos se mordieron los labios, admirándose de que
Telémaco les hablase con tanta audacia.

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383 Pero Antínoo, hijo de Eupites, le repuso diciendo: «¡Telémaco! Son
ciertamente los mismos dioses quienes te enseñan á ser grandílocuo y á
arengar con audacia; mas no quiera el Saturnio que llegues á ser rey de
Ítaca, rodeada por el mar, como te corresponde por el linaje de tu padre.»
388 Contestóle el prudente Telémaco: «¡Antínoo! ¿Te enfadarás acaso
por lo que voy á decir? Es verdad que me gustaría serlo, si Júpiter me lo
concediera. ¿Crees por ventura que el reinar sea la peor desgracia para los
hombres? No es malo ser rey, porque la casa del mismo se enriquece pronto
y su persona se ve más honrada. Pero muchos príncipes aquivos, entre
jóvenes y ancianos, viven en Ítaca, rodeada por el mar: reine cualquiera de
ellos, ya que murió el divinal Ulises, y yo seré señor de mi casa y de los
esclavos que éste adquirió para mí como botín de guerra.»
399 Respondióle Eurímaco, hijo de Pólibo: «¡Telémaco! Está puesto en
mano de los dioses cuál de los aqueos ha de ser el rey de Ítaca, rodeada por
el mar; pero tú sigue disfrutando de tus bienes, manda en tu palacio, y
jamás, mientras Ítaca sea habitada, venga hombre alguno á despojarte de los
mismos contra tu querer. Y ahora, óptimo Telémaco, deseo preguntarte por
el huésped. ¿De dónde vino tal sujeto? ¿De qué tierra se gloría de ser? ¿En
qué país se hallan su familia y su patria? ¿Te ha traído noticias de la vuelta
de tu padre ó ha llegado con el único propósito de cobrar alguna deuda?
¿Cómo se levantó y se fué tan rápidamente, sin aguardar á que le
conociéramos? Dado su aspecto no debe de ser un miserable.»
412 Contestóle el prudente Telémaco: «¡Eurímaco! Ya se acabó la
esperanza del regreso de mi padre; y no doy fe á las noticias, vengan de
donde vinieren, ni me curo de las predicciones que haga un adivino á quien
mi madre llame é interrogue en el palacio. Este huésped mío lo era ya de mi
padre y viene de Tafos: se precia de ser Mentes, hijo del belicoso Anquíalo
y reina sobre los tafios, amantes de manejar los remos.»

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Volvieron á solazarse los pretendientes con la danza y el canto
(Canto 1, versos 421 y 422.)

420 Así habló Telémaco, aunque en su mente había reconocido á la
diosa inmortal. Volvieron los pretendientes á solazarse con la danza y el

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deleitoso canto, y así esperaban que llegase la obscura noche. Sobrevino
ésta cuando aún se divertían, y entonces partieron y se acostaron en sus
casas. Telémaco subió al elevado aposento que para él se había construído
dentro del hermoso patio, en un lugar visible por todas partes; y se fué
derecho á la cama, meditando en su espíritu muchas cosas. Acompañábale,
con teas encendidas en la mano, Euriclea, hija de Ops Pisenórida, la de
castos pensamientos; á la cual comprara Laertes en otra época, apenas
llegada á la pubertad, por el precio de veinte bueyes; y en el palacio la
honró como á una casta esposa, pero jamás se acostó con ella á fin de que
su mujer no se irritase. Aquélla, pues, alumbraba á Telémaco con teas
encendidas, por ser la esclava que más le amaba y la que le había criado
desde niño; y, en llegando, abrió la puerta de la habitación sólidamente
construída. Telémaco se sentó en la cama, desnudóse la delicada túnica y
diósela en las manos á la prudente anciana; la cual, después de componer
los pliegues, la colgó de un clavo que había junto al torneado lecho, y de
seguida salió de la estancia, entornó la puerta, tirando del anillo de plata, y
echó el cerrojo por medio de una correa. Y Telémaco, bien cubierto de un
vellón de oveja, pensó toda la noche en el viaje que Minerva le había
aconsejado.

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Los pretendientes sorprenden á Penélope cuando está destejiendo la finísima tela

CANTO II
ÁGORA DE LOS ITACENSES.—PARTIDA DE TELÉMACO

1 No bien se descubrió la hija de la mañana, la Aurora de rosáceos
dedos, el caro hijo de Ulises se levantó de la cama, vistióse, colgó del
hombro la aguda espada, ató á sus nítidos pies hermosas sandalias y,
semejante por su aspecto á una deidad, salió del cuarto. En seguida mandó
que los heraldos, de voz sonora, llamaran al ágora á los aqueos de larga
cabellera. Hízose el pregón y empezaron á reunirse muy prestamente. Y así
que hubieron acudido y estuvieron congregados, Telémaco se fué al ágora
con la broncínea lanza en la mano y dos perros de ágiles pies que le
seguían, adornándolo Minerva con tal gracia divinal que al verle llegar todo
el pueblo le contemplaba con asombro, y se sentó en la silla de su padre
pues le hicieron lugar los ancianos.
15 Fué el primero en arengarles el héroe Egiptio, que ya estaba
encorvado de vejez y sabía muchísimas cosas. Un hijo suyo muy amado, el

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belicoso Ántifo, había ido á Ilión, la de hermosos corceles, en las cóncavas
naves del divinal Ulises; y el feroz Ciclope lo mató en la excavada gruta é
hizo del mismo la última de aquellas cenas. Otros tres tenía el anciano—
uno, Eurínomo, hallábase con los pretendientes, y los demás cuidaban los
campos de su padre—mas no por eso se había olvidado de Ántifo y por él
lloraba y se afligía. Egiptio, pues, les arengó, derramando lágrimas, y les
dijo de esta suerte:
25 «Oíd, itacenses, lo que os voy á decir. Ni una sola vez fué
convocada nuestra ágora, ni en ella tuvimos sesión, desde que el divinal
Ulises partió en las cóncavas naves. ¿Quién al presente nos reúne? ¿Es
joven ó anciano aquél á quien le apremia una necesidad tan grande?
¿Recibió alguna noticia de que el ejército vuelve y desea manifestarnos
públicamente lo que supo antes que otros? ¿Ó quiere exponer y decir algo
que interesa al pueblo? Paréceme que debe de ser un varón honrado y
proficuo. Cúmplale Júpiter, llevándolo á feliz término, lo que en su espíritu
revuelve.»
35 Así les habló. Holgóse del presagio el dilecto hijo de Ulises, que ya
no permaneció mucho tiempo sentado: deseoso de arengarles, se levantó en
medio del ágora y el heraldo Pisenor, que sabía dar prudentes consejos, le
puso el cetro en la mano. Telémaco, dirigiéndose primeramente al viejo, se
expresó de esta guisa:
40 «¡Oh anciano! No está lejos ese hombre y ahora sabrás que quien ha
reunido el pueblo soy yo, que me hallo sumamente afligido. Ninguna
noticia recibí de la vuelta del ejército, para que pueda manifestaros
públicamente lo que haya sabido antes que otros, y tampoco quiero exponer
ni decir cosa alguna que interese al pueblo: trátase de un asunto particular
mío, de la doble cuita que se entró por mi casa. La una es que perdí á mi
excelente progenitor, el cual reinaba sobre vosotros con la suavidad de un
padre; la otra, la actual, de más importancia todavía, pronto destruirá mi
casa y acabará con toda mi hacienda. Los pretendientes de mi madre, hijos
queridos de los varones más señalados de este país, la asedian á pesar suyo
y no se atreven á encaminarse á la casa de Icario, su padre, para que la dote
y la entregue al que él quiera y á ella le plazca; sino que, viniendo todos los
días á nuestra morada, nos degüellan los bueyes, las ovejas y las pingües
cabras, celebran banquetes, beben locamente el vino tinto y así se consumen
muchas cosas, porque no tenemos un hombre como Ulises, que fuera capaz
de librar á nuestra casa de tal ruina. No me encuentro yo en disposición de

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realizarlo—sin duda he de ser débil y ha de faltarme el valor marcial—que
ya arrojaría esta calamidad si tuviera bríos suficientes, porque se han
cometido acciones intolerables y mi casa se pierde de la peor manera.
Participad vosotros de mi indignación, sentid vergüenza ante los vecinos
circunstantes y temed que os persiga la cólera de los dioses, irritados por las
malas obras. Os lo ruego por Júpiter Olímpico y por Temis, la cual disuelve
y reúne las ágoras de los hombres: no prosigáis, amigos; dejad que padezca
á solas la triste pena; á no ser que mi padre, el excelente Ulises, haya
querido mal y causado daño á los aqueos de hermosas grebas y vosotros
ahora, para vengaros en mí, me queráis mal y me causéis daño, incitando á
éstos. Mejor fuera que todos juntos devorarais mis inmuebles y mis
rebaños, que si tal hicierais quizás algún día se pagaran, pues iría por la
ciudad reconviniéndoos con palabras y reclamándoos los bienes hasta que
todos me fuesen devueltos. Mas ahora las penas que á mi corazón inferís
son incurables.»
80 Así dijo encolerizado; y, rezumándole las lágrimas, arrojó el cetro en
tierra. Movióse á piedad el pueblo, y todos callaron; sin que nadie se
atreviese á contestar á Telémaco con ásperas palabras, salvo Antínoo, que
respondió diciendo:
85 «¡Telémaco altílocuo, incapaz de moderar tus ímpetus! ¿Qué has
dicho para ultrajarnos? Tú deseas cubrirnos de baldón. Mas la culpa no la
tienen los aqueos que pretenden á tu madre, sino ella, que sabe proceder con
gran astucia. Tres años van con éste, y pronto llegará el cuarto, que se fisga
del ánimo que los aquivos tienen en su pecho. Á todos les da esperanzas, y
á cada uno en particular le hace promesas y le envía mensajes; pero son
muy diferentes los pensamientos que en su inteligencia revuelve. Y aún
discurrió su espíritu este otro engaño: Se puso á tejer en el palacio una gran
tela sutil é interminable, y á la hora nos habló de esta guisa: ¡Jóvenes,
pretendientes míos! Ya que ha muerto el divinal Ulises, aguardad, para
instar mis bodas, que acabe este lienzo—no sea que se me pierdan
inútilmente los hilos,—á fin de que tenga sudario el héroe Laertes en el
momento fatal de la aterradora muerte. ¡No se me vaya á indignar alguna
de las aqueas del pueblo, si ve enterrar sin mortaja á un hombre que ha
poseído tantos bienes! Así dijo, y nuestro ánimo generoso se dejó persuadir.
Desde aquel instante pasaba el día labrando la gran tela, y por la noche, tan
luego como se alumbraba con las antorchas, deshacía lo tejido. De esta
suerte logró ocultar el engaño y que sus palabras fueran creídas por los

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aqueos durante un trienio; mas, así que vino el cuarto año y volvieron á
sucederse las estaciones, nos lo reveló una de las mujeres, que conocía muy
bien lo que pasaba, y sorprendimos á Penélope destejiendo la espléndida
tela. Así fué como, mal de su grado, se vió en la necesidad de acabarla.
Oye, pues, lo que te responden los pretendientes, para que lo sepa tu
espíritu y lo sepan también los aqueos todos. Haz que tu madre vuelva á su
casa, y ordénale que tome por esposo á quien su padre le aconseje y á ella le
plazca. Y si atormentare largo tiempo á los aqueos, confiando en las dotes
que Minerva le otorgó en tal abundancia—ser diestra en labores primorosas,
gozar de buen juicio, y valerse de astucias que jamás hemos oído decir que
conocieran las anteriores aquivas Tiro, Alcmena y Micene, la de hermosa
diadema, pues ninguna concibió pensamientos semejantes á los de Penélope
—no se habrá decidido por lo más conveniente, ya que tus bienes y riquezas
serán devorados mientras siga con el propósito que los dioses le infundieron
en el pecho. Ella ganará ciertamente mucha fama, pero á ti te quedará tan
sólo la añoranza de los copiosos bienes que hayas poseído; y nosotros ni
tornaremos á nuestros negocios, ni nos llegaremos á otra parte, hasta que
Penélope no se haya casado con alguno de los aqueos.»
129 Contestóle el prudente Telémaco: «¡Antínoo! No es razón que eche
de mi casa, contra su voluntad, á la que me dió el ser y me ha criado. Mi
padre quizás esté vivo en otra tierra, quizás haya muerto; pero me será
gravoso haber de restituir á Icario muchísimas cosas si voluntariamente le
envío mi madre. Y entonces no sólo padeceré infortunios á causa de la
ausencia de mi padre, sino que los dioses me causarán otros; pues mi
madre, al salir de la casa, imprecará las odiosas Furias, y caerá sobre mí la
indignación de los hombres. Jamás, por consiguiente, daré yo semejante
orden. Si os indigna el ánimo lo que ocurre, salid del palacio, disponed
otros festines y comeos vuestros bienes, convidándoos sucesiva y
recíprocamente en vuestras casas. Pero si os parece mejor y más acertado
destruir impunemente los bienes de un solo hombre, seguid
consumiéndolos; que yo invocaré á los sempiternos dioses por si algún día
nos concede Júpiter que vuestras obras sean castigadas, y quizás muráis en
este palacio sin que nadie os vengue.»
146 Así habló Telémaco; y el longividente Júpiter envióle dos águilas
que echaron á volar desde la cumbre de un monte. Ambas volaban muy
juntas, con las alas extendidas, y tan rápidas como el viento; y al hallarse en
medio de la ruidosa ágora, giraron velozmente, batiendo las tupidas alas,

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miráronles á todos á la cabeza como presagio de muerte, desgarráronse con
las uñas la cabeza y el cuello, y se lanzaron hacia la derecha por cima de las
casas y á través de la ciudad. Quedáronse todos los presentes muy
admirados de ver con sus propios ojos las susodichas aves, y meditaban en
su espíritu qué fuera lo que tenía que suceder; cuando el anciano héroe
Haliterses Mastórida, el único que se señalaba sobre los de su edad en
conocer los augurios y explicar las cosas fatales, les arengó con
benevolencia diciendo:
161 «Oíd, itacenses, lo que os voy á decir, aunque he de referirme de un
modo especial á los pretendientes. Grande es el infortunio que á éstos les
amenaza, porque Ulises no estará mucho tiempo alejado de los suyos, sino
que ya quizás se halla cerca y les apareja á todos la muerte y el destino; y
también les ha de venir daño á muchos de los que moran en Ítaca, que se ve
de lejos. Antes de que así ocurra, pensemos cómo les haríamos cesar de sus
demasías, ó cesen espontáneamente, que fuera lo más provechoso para ellos
mismos. Pues no lo vaticino sin saberlo, sino muy enterado; y os aseguro
que al héroe se le ha cumplido todo lo que yo le declarara, cuando los
argivos se embarcaron para Ilión y fuése con ellos el ingenioso Ulises.
Díjele entonces que, después de pasar muchos males y de perder sus
compañeros, tornaría á su patria en el vigésimo año sin que nadie le
conociera; y ahora todo se va cumpliendo.»
177 Respondióle Eurímaco, hijo de Pólibo: «¡Oh anciano! Vuelve á tu
casa y adivínales á tus hijos lo que quieras, á fin de que en lo por venir no
padezcan ningún daño; mas en estas cosas sé yo vaticinar harto mejor que
tú mismo. Muchas aves se mueven debajo de los rayos del sol, pero no
todas son agoreras; Ulises murió lejos de nosotros, y tú debieras haber
perecido con él, y así no dirías tantos vaticinios ni incitarías al irritado
Telémaco, esperando que mande algún presente á tu casa. Lo que ahora voy
á decir se cumplirá: si tú, que conoces muchas cosas antiquísimas,
engañares con tus palabras á ese hombre más mozo y le incitares á que
permanezca airado, primeramente será mayor su aflicción pues no por las
predicciones le será dable proceder de otra suerte; y á ti, oh anciano, te
impondremos una multa para que te duela el pagarla y te cause grave pesar.
Yo mismo, delante de todos vosotros, daré á Telémaco un consejo: ordene á
su madre que torne á la casa paterna y allí le dispondrán las nupcias y le
aparejarán una dote tan cuantiosa como debe llevar una hija amada. No creo
que hasta entonces desistamos los jóvenes aquivos de nuestra laboriosa

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pretensión, porque no tememos absolutamente á nadie, ni siquiera á
Telémaco á pesar de su facundia; ni nos curamos de la vana profecía que
nos haces y por la cual has de sernos aún más odioso. Sus bienes serán
devorados de la peor manera, como hasta aquí, sin que jamás se le
indemnice, en cuanto Penélope entretenga á los aqueos con diferir la boda.
Y nosotros, esperando día tras día, competiremos unos con otros por sus
eximias prendas y no nos dirigiremos á otras mujeres que nos pudieran
convenir para casarnos.»
208 Contestóle el prudente Telémaco: «¡Eurímaco y cuantos sois
ilustres pretendientes! No os he de suplicar ni arengar más acerca de esto,
porque ahora ya están enterados los dioses y los aqueos todos. Mas, ea,
proporcionadme una embarcación muy velera y veinte compañeros que me
abran camino acá y allá del ponto. Iré á Esparta y á la arenosa Pilos á
preguntar por el regreso de mi padre, cuya ausencia se hace ya tan larga; y
quizás algún mortal me hablará del mismo ó llegará á mis oídos la fama que
procede de Júpiter y es la que más difunde la gloria de los hombres. Si
oyere decir que mi padre vive y ha de volver, lo sufriré todo un año más,
aunque estoy afligido; pero si me participaren que ha muerto y ya no existe,
retornaré sin dilación á la patria, le erigiré un túmulo, le haré las muchas
exequias que se le deben, y á mi madre le buscaré un esposo.»
224 Cuando así hubo hablado, tomó asiento. Entonces levantóse
Méntor, el amigo del preclaro Ulises—éste, al embarcarse, le había
encomendado su casa entera para que los suyos obedeciesen al anciano y él
se lo guardara todo y lo mantuviese en pie—y benévolo les arengó del
siguiente modo:
229 «Oíd, itacenses, lo que os voy á decir. Ningún rey que empuñe
cetro, sea benigno, ni blando, ni suave, ni ocupe la mente en cosas justas;
antes, al contrario, obre siempre con crueldad y lleve al cabo acciones
nefandas; ya que nadie se acuerda del divinal Ulises entre los ciudadanos
sobre los cuales reinaba con la suavidad de un padre. Y no aborrezco tanto á
los orgullosos pretendientes por la violencia con que proceden, llevados de
sus malos propósitos,—pues si devoran la casa de Ulises, ponen á ventura
sus cabezas y creen que el héroe ya no ha de volver,—como me indigno
contra la restante población, al contemplar que permanecéis sentados y en
silencio, sin que intentéis, sin embargo de ser tantos, refrenar con vuestras
palabras á los pretendientes que son pocos.»

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242 Respondióle Leócrito Evenórida: «¡Méntor perverso é insensato!
¡Qué dijiste! ¡Incitarles á que nos hagan desistir! Dificultoso les sería y
hasta á un número mayor de hombres, luchar con nosotros para privarnos de
los banquetes. Pues si el mismo Ulises de Ítaca, viniendo en persona,
encontrase á los ilustres pretendientes comiendo en el palacio y resolviera
en su corazón echarlos de su casa, no se alegraría su esposa de que hubiese
vuelto, aunque mucho lo desea, porque allí mismo recibiría el héroe indigna
muerte si osaba combatir con tantos varones. En verdad que no has hablado
como debías. Mas, ea, separaos y volved á vuestras ocupaciones. Méntor y
Haliterses, que siempre han sido amigos de Telémaco por su padre, le
animarán para que emprenda el viaje; pero se me figura que,
permaneciendo quieto durante mucho tiempo, oirá en Ítaca las noticias que
vengan y jamás realizará su propósito.»
257 Así dijo, y al punto disolvió el ágora. Dispersáronse todos para
volver á sus respectivas casas y los pretendientes enderezaron su camino á
la morada del divinal Ulises.
260 Telémaco se alejó hacia la playa y, después de lavarse las manos en
el espumoso mar, oró á Minerva diciendo:
262 «¡Óyeme, oh numen que ayer viniste á mi casa y me ordenaste que
fuése en una nave por el obscuro ponto en busca de noticias del regreso de
mi padre, cuya ausencia se hace ya tan larga! Á todo se oponen los aqueos y
en especial los en mal hora ensoberbecidos pretendientes.»
267 Tal fué su plegaria. Acercósele Minerva, que había tomado el
aspecto y la voz de Méntor, y le dijo estas aladas palabras:
270 «¡Telémaco! No serás en lo sucesivo ni cobarde ni imprudente, si
has heredado el buen ánimo que tu padre tenía para llevar á su término
acciones y palabras; si así fuere, el viaje no te resultará vano, ni quedará por
hacer. Mas, si no eres el hijo de aquél y de Penélope, no creo que llegues á
realizar lo que anhelas. Contados son los hijos que se asemejan á sus
padres, los más salen peores, y tan solamente algunos los aventajan. Pero
tú, como no serás en lo futuro ni cobarde ni imprudente, ni te falta del todo
la inteligencia de Ulises, puedes concebir la esperanza de dar fin á tales
obras. No te preocupes, pues, por lo que resuelvan ó mediten los insensatos
pretendientes; que éstos ni tienen cordura ni practican la justicia, y no saben
que se les acerca la muerte y el negro hado para que todos acaben en un
mismo día. Ese viaje que deseas emprender, no se diferirá largo tiempo: soy
tan amigo tuyo por tu padre, que aparejaré una velera nave y me iré contigo.

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Vuelve á tu casa, mézclate con los pretendientes y ordena que se dispongan
provisiones en las oportunas vasijas, echando el vino en ánforas y la harina,
que es la sustentación de los hombres, en fuertes pellejos; y mientras tanto
juntaré, recorriendo la población, á los que voluntariamente quieran
acompañarte. Muchas naves hay, entre nuevas y viejas, en Ítaca, rodeada
por el mar: después de ojearlas, elegiré para ti la que sea mejor y luego que
esté equipada la botaremos al anchuroso ponto.»
296 Así habló Minerva, hija de Júpiter; y Telémaco no demoró mucho
tiempo después que hubo escuchado la voz de la deidad. Fuése á su casa
con el corazón afligido, y halló á los soberbios pretendientes que desollaban
cabras y asaban puercos cebones en el recinto del patio. Entonces Antínoo,
riéndose, salió al encuentro de Telémaco, le tomó la mano y le dijo estas
palabras:
303 «¡Telémaco altílocuo, incapaz de moderar tus ímpetus! No
revuelvas en tu pecho malas acciones ó palabras, y come y bebe conmigo
como hasta aquí lo hiciste. Y los aqueos te prepararán todas aquellas cosas,
una nave y remeros escogidos, para que muy pronto vayas á la divina Pilos
en busca de nuevas de tu ilustre padre.»
309 Replicóle el prudente Telémaco: «¡Antínoo! No es posible que yo
permanezca callado entre vosotros, tan soberbios, y coma y me regocije
tranquilamente. ¿Acaso no basta que los pretendientes me hayáis destruído
muchas y excelentes cosas, mientras fuí muchacho? Ahora que soy hombre
y sé lo que ocurre, escuchando lo que los demás dicen, y crece en mi pecho
el ánimo, intentaré daros malas muertes, sea acudiendo á Pilos, sea aquí en
esta población. Pasajero me iré—y no será infructuoso el viaje de que hablo
—pues no tengo nave ni remadores; que sin duda os pareció más
conveniente que así fuera.»
321 Dijo, y desasió su mano de la de Antínoo. Los pretendientes, que
andaban preparando el banquete dentro de la casa, se mofaban de Telémaco
y le zaherían con palabras. Y uno de aquellos jóvenes soberbios habló de
esta manera:
325 «Sin duda piensa Telémaco cómo darnos muerte: traerá valedores
de la arenosa Pilos ó de Esparta, ¡tan vehemente es su deseo!, ó quizás se
proponga ir á la fértil tierra de Éfira para llevarse drogas mortíferas y
echarlas luego en la cratera, á fin de acabar con todos nosotros.»
331 Y otro de los jóvenes soberbios repuso acto continuo: «¿Quién sabe
si, después de partir en el cóncavo bajel, morirá lejos de los suyos vagando

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como Ulises? Mayor fuera entonces nuestro trabajo, pues repartiríamos
todos sus bienes y daríamos esta casa á su madre y á quien la desposara
para que en común la poseyesen.»
337 Así decían. Telémaco bajó á la anchurosa y elevada cámara de su
padre, donde había montones de oro y de bronce, vestiduras guardadas en
arcas y gran copia de odorífero aceite. Allí estaban las tinajas del dulce vino
añejo, repletas de bebida pura y divinal, y arrimadas ordenadamente á la
pared; por si algún día volviere Ulises á su casa, después de haber padecido
multitud de pesares. La puerta tenía dos hojas sólidamente adaptadas y
sujetas por la cerradura; y junto á ella hallábase de día y de noche,
custodiándolo todo con precavida mente, una despensera: Euriclea, hija de
Ops Pisenórida. Entonces Telémaco la llamó á la estancia y le dijo:
349 «¡Ama! Vamos, ponme en ánforas dulce vino, el que sea más suave
después del que guardas para aquel infeliz; esperando siempre que torne
Ulises, de jovial linaje, por haberse librado de la muerte y del destino. Llena
doce ánforas y ciérralas con sus tapaderas. Aparta también veinte medidas
de harina de trigo, y échalas en pellejos bien cosidos. Tú sola lo sepas. Esté
todo aparejado y junto, pues vendré á tomarlo al anochecer, así que mi
madre se vaya arriba á recogerse. Que quiero hacer un viaje á Esparta y á la
arenosa Pilos, por si logro averiguar ú oir algo del regreso de mi padre.»
361 Así habló. Echóse á llorar su ama Euriclea y, suspirando, díjole
estas aladas palabras:
363 «¡Hijo amado! ¿Cómo te ha venido á las mientes tal propósito?
¿Adónde quieres ir por apartadas tierras, siendo unigénito y tan querido?
Ulises, el de jovial linaje, murió lejos de la patria, en un pueblo ignoto. Así
que partas, éstos maquinarán cosas inicuas para matarte con algún engaño y
repartirse después todo lo tuyo. Quédate aquí, cerca de tus bienes; que nada
te obliga á padecer infortunios yendo por el estéril ponto, ni á vagar de una
parte á otra.»
371 Contestóle el prudente Telémaco: «Tranquilízate, ama; que esta
resolución no se ha tomado sin que un dios lo quiera. Pero júrame que nada
dirás á mi madre hasta que transcurran once ó doce días, ó hasta que la
aqueje el deseo de verme ú oiga decir que he partido; para evitar que llore y
dañe así su hermoso cuerpo.»
377 Tal dijo; y la anciana prestó el solemne juramento de los dioses. En
acabando de jurar, ella, sin perder un instante, envasó el vino en ánforas y

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echó la harina en pellejos bien cosidos; y Telémaco volvió á subir y se juntó
con los pretendientes.
382 Entonces Minerva, la deidad de los brillantes ojos, ordenó otra
cosa. Tomó la figura de Telémaco, recorrió la ciudad, habló con distintos
varones y les encargó que al anochecer se reunieran junto al barco. Pidió
también una velera nave al hijo preclaro de Fronio, á Noemón, y éste se la
cedió gustoso.
388 Púsose el sol y las tinieblas ocuparon todos los caminos. En aquel
instante la diosa echó al mar la ligera embarcación y colocó en la misma
cuantos aparejos llevan las naves de muchos bancos. Condújola después á
una extremidad del puerto, juntáronse muchos y excelentes compañeros, y
Minerva los alentó á todos.
393 Entonces Minerva, la deidad de los brillantes ojos, ordenó otra
cosa. Fuése al palacio del divinal Ulises, infundióles á los pretendientes
dulce sueño, les entorpeció la mente en tanto que bebían, é hizo que las
copas les cayeran de las manos. Todos se apresuraron á irse por la ciudad y
acostarse, pues no estuvieron mucho tiempo sentados desde que el sueño les
cayó sobre los párpados. Y Minerva, la de los brillantes ojos, que había
tomado la figura y la voz de Méntor, dijo á Telémaco después de llamarle
afuera del cómodo palacio:
402 «¡Telémaco! Tus compañeros, de hermosas grebas, ya se han
sentado en los bancos para remar, y sólo esperan tus órdenes. Vámonos y no
tardemos en comenzar el viaje.»
405 Cuando así hubo hablado, Palas Minerva echó á andar
aceleradamente, y Telémaco fué siguiendo las pisadas de la diosa. Llegaron
á la nave y al mar, y hallaron en la orilla á los compañeros de larga
cabellera. Y el esforzado y divinal Telémaco les habló diciendo:
410 «Venid, amigos, y traigamos los víveres; que ya están dispuestos y
apartados en el palacio. Mi madre nada sabe, ni las criadas tampoco; á
excepción de una, que es la única persona á quien se lo he dicho.»

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Acomodáronse en la popa Minerva y Telémaco, los marineros soltaron las amarras y el
navío echó á andar al soplo del Céfiro

(Canto II, versos 416 á 421.)

413 Cuando así hubo hablado, se puso en camino y los demás le
siguieron. En seguida se lo llevaron todo y lo cargaron en la nave de

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muchos bancos, como el amado hijo de Ulises lo ordenara. Acto continuo
embarcóse Telémaco, precedido por Minerva que tomó asiento en la popa y
él á su lado, mientras los compañeros quitaban las amarras y se
acomodaban en los bancos. Minerva, la de los brillantes ojos, envióles
próspero viento: el fuerte Céfiro, que resonaba por el vinoso ponto.
Telémaco exhortó á sus compañeros, mandándoles que aparejasen la jarcia,
y su amonestación fué atendida. Izaron el mástil de abeto, lo metieron en el
travesaño, lo ataron con sogas, y al instante descogieron la blanca vela con
correas bien torcidas. Hinchió el viento la vela, y las purpúreas olas
resonaban en torno de la quilla mientras la nave corría siguiendo su rumbo.
Así que hubieron atado los aparejos á la veloz nave negra, levantaron
crateras rebosantes de vino é hicieron libaciones á los sempiternos
inmortales dioses y especialmente á la hija de Júpiter, la de los brillantes
ojos. Y la nave continuó su rumbo toda la noche y la siguiente aurora.

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Néstor ha reconocido á Minerva, al partir esta diosa, y le ofrece un sacrificio

CANTO III
LO DE PILOS

1 Ya el sol desamparaba el hermosísimo lago, subiendo al broncíneo
cielo para alumbrar á los inmortales dioses y á los mortales hombres sobre
la fértil tierra; cuando Telémaco y los suyos llegaron á Pilos, la bien
construída ciudad de Neleo, y hallaron en la orilla del mar á los habitantes,
que inmolaban toros de negro pelaje al que sacude la tierra, al dios de
cerúlea cabellera. Nueve asientos había, y en cada uno estaban sentados
quinientos hombres y se sacrificaban nueve toros. Mientras los pilios
quemaban los muslos para el dios, después de probar las entrañas, los de
Ítaca tomaron puerto, amainaron las velas de la bien proporcionada nave,
ancláronla y saltaron en tierra. Telémaco desembarcó, precedido por
Minerva. Y la deidad de los brillantes ojos rompió el silencio con estas
palabras:
14 «¡Telémaco! Ya no te cumple mostrar vergüenza en cosa alguna,
habiendo atravesado el ponto con el fin de saber noticias de tu padre: cuál
tierra lo tiene oculto y qué suerte le ha cabido. Ea, ve directamente á Néstor,

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domador de caballos, y sepamos qué guarda allá en su pecho. Ruégale tú
mismo que sea veraz, y no mentirá porque es muy sensato.»
21 Repuso el prudente Telémaco: «¡Méntor! ¿Cómo quieres que yo me
acerque á él, cómo puedo ir á saludarle? Aún no soy práctico en hablar con
discreción y da vergüenza que un joven interrogue á un anciano.»
25 Díjole Minerva, la deidad de los brillantes ojos: «¡Telémaco!
Discurrirás en tu mente algunas cosas y un numen te sugerirá las restantes,
pues no creo que tu nacimiento y tu crianza se hayan efectuado contra la
voluntad de los dioses.»
29 Cuando así hubo hablado, Palas Minerva caminó á buen paso y
Telémaco fué siguiendo las pisadas de la deidad. Llegaron adonde estaba la
junta de los varones pilios en los asientos: allí se había sentado Néstor con
sus hijos y á su alrededor los compañeros preparaban el banquete, ya
asando carne, ya espetándola en los asadores. Y apenas vieron á los
huéspedes, adelantáronse todos juntos, los saludaron con las manos y les
invitaron á sentarse. Pisístrato Nestórida fué el primero que se les acercó, y
asiéndolos de la mano, los hizo sentar para el convite en unas blandas
pieles, sobre la arena del mar, cerca de su hermano Trasimedes y de su
propio padre. En seguida dióles parte de las entrañas, echó vino en una copa
de oro y, ofreciéndosela á Palas Minerva, hija de Júpiter que lleva la égida,
así le dijo:
43 «¡Forastero! Eleva tus preces al soberano Neptuno, ya que al venir
acá os habéis encontrado con el festín que en su honor celebramos. Mas, tan
pronto como hicieres la libación y hubieres rogado, como es justo, dale á
ése la copa de dulce vino para que lo libe también, pues supongo que ruega
asimismo á los dioses; como que todos los hombres están necesitados de las
deidades. Pero á causa de ser el más joven—debe de tener mis años—te
daré primero á ti la áurea copa.»
51 En diciendo esto, púsole en la mano la copa de dulce vino. Minerva
holgóse de ver la prudencia y la equidad del varón que le daba la copa de
oro á ella antes que á Telémaco. Y al punto hizo muchas súplicas al
soberano Neptuno:
55 «¡Óyeme, Neptuno, que circundas la tierra! No te niegues á llevar al
cabo lo que ahora te pedimos. Ante todo llena de gloria á Néstor y á sus
vástagos; dales á los pilios grata recompensa por tan ínclita hecatombe y
concede también que Telémaco y yo no nos vayamos sin realizar aquello
por lo cual vinimos en la veloz nave negra.»

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62 Tal fué su ruego, y ella misma cumplió lo que acababa de pedir.
Entregó en seguida la hermosa copa doble á Telémaco, y el caro hijo de
Ulises oró de semejante manera. Asados ya los cuartos delanteros,
retiráronlos, dividiéronlos en partes y celebraron un gran banquete. Y
cuando hubieron satisfecho el deseo de comer y de beber, Néstor, el
caballero gerenio, comenzó á decirles:
69 «Ésta es la ocasión más oportuna para interrogar á los huéspedes é
inquirir quiénes son, ahora que se han saciado de comida: ¡Forasteros!
¿Quiénes sois? ¿De dónde llegasteis, navegando por los húmedos
caminos? ¿Venís por algún negocio ó andáis por el mar, á la ventura, como
los piratas que divagan, exponiendo su vida y produciendo daño á los
hombres de extrañas tierras?»
75 Respondióle el prudente Telémaco, muy alentado, pues la misma
Minerva le infundió audacia en el pecho para que preguntara por el ausente
padre y adquiriera gloriosa fama entre los hombres:
79 «¡Néstor Nelida, gloria insigne de los aqueos! Preguntas de dónde
somos. Pues yo te lo diré. Venimos de Ítaca, situada al pie del Neyo, y el
negocio que nos trae no es público, sino particular. Ando en pos de la gran
fama de mi padre, por si oyere hablar del divino y paciente Ulises; el cual,
según afirman, destruyó la ciudad troyana, combatiendo contigo. De todos
los que guerrearon contra los teucros, sabemos dónde padecieron deplorable
muerte; pero el Saturnio ha querido que la de aquél sea ignorada: nadie
puede indicarnos claramente dónde pereció, ni si ha sucumbido en el
continente, por mano de enemigos, ó en el piélago, entre las ondas de
Anfitrite. Por esto he venido á abrazar tus rodillas, por si quisieras contarme
la triste muerte de aquél, ora la hayas visto con tus ojos, ora te la haya
relatado algún peregrino, que muy sin ventura le parió su madre. Y nada
atenúes por respeto ó compasión que me tengas; al contrario, entérame bien
de lo que hayas visto. Yo te lo ruego: si mi padre, el noble Ulises, te
cumplió algún día la palabra que te hubiese dado; ó llevó á su término una
acción que te hubiera prometido, allá en el pueblo de los troyanos donde
tantos males padecisteis los aquivos; acuérdate de ello y dime la verdad de
lo que te pregunto.»
102 Respondióle Néstor, el caballero gerenio: «¡Oh amigo! Me traes á
la memoria las calamidades que en aquel pueblo sufrimos los aqueos,
indomables por el valor, unas veces vagando en las naves por el sombrío
ponto hacia donde nos llevara Aquiles en busca de botín y otras

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combatiendo alrededor de la gran ciudad del rey Príamo. Allí recibieron la
muerte los mejores capitanes: allí yace el belicoso Ayax; allí, Aquiles; allí,
Patroclo, consejero igual á los dioses; allí, mi amado hijo fuerte y eximio,
Antíloco, muy veloz en el correr y buen guerrero. Padecimos, además,
muchos infortunios. ¿Cuál de los mortales hombres podría referirlos
totalmente? Aunque, deteniéndote aquí cinco ó seis años, te ocuparas en
preguntar cuántos males padecieron allá los divinos aqueos, no te fuera
posible saberlos todos; sino que, antes de llegar al término, cansado ya, te
irías á tu patria tierra. Nueve años estuvimos tramando cosas malas contra
ellos y poniendo á su alrededor asechanzas de toda clase, y apenas si
entonces puso fin el Saturnio á nuestros trabajos. Allí no hubo nadie que en
prudencia quisiese igualarse con el divinal Ulises, con tu padre, que entre
todos descollaba por sus ardides de todo género, si verdaderamente eres tú
su hijo, pues me he quedado atónito al contemplarte. Semejantes son,
asimismo, tus palabras á las suyas y no se creería que un joven pudiera
hablar de modo tan parecido. Nunca Ulises y yo estuvimos discordes al
arengar en el ágora ó en el consejo; sino que, teniendo el mismo ánimo,
aconsejábamos con inteligencia y prudente decisión á los argivos para que
todo fuese de la mejor manera. Mas tan pronto como, después de haber
destruído la excelsa ciudad de Príamo, nos embarcamos en las naves y una
deidad dispersó á los aqueos, Júpiter tramó en su mente que fuera luctuosa
la vuelta de los argivos; que no todos habían sido sensatos y justos, y á
causa de ello les vino á muchos una funesta suerte por la perniciosa cólera
de la deidad de los brillantes ojos, hija del prepotente padre, la cual suscitó
entre ambos Atridas gran contienda. Llamaron al ágora á los aquivos, pero
temeraria é inoportunamente—fué al ponerse el sol y todos comparecieron
cargados de vino,—y expusiéronles la razón de haber congregado al pueblo.
Menelao exhortó á todos los aqueos á que pensaran en volver á la patria por
el ancho dorso del mar; cosa que desplugo completamente á Agamenón,
pues quería detener al pueblo y aplacar con sacras hecatombes la terrible
cólera de Minerva. ¡Oh necio! ¡No alcanzaba que no había de convencerla,
porque no cambia de súbito la mente de los sempiternos dioses! Así ambos,
después de altercar con duras palabras, seguían en pie; y los aqueos, de
hermosas grebas, se levantaron, produciéndose un vocerío inmenso, porque
uno y otro parecer tenían sus partidarios. Aquella noche la pasamos
revolviendo en nuestra inteligencia graves propósitos los unos contra los
otros, pues ya Júpiter nos aparejaba funestas calamidades. Al descubrirse la

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aurora, echamos las naves al mar divino y embarcamos nuestros bienes y
las mujeres de estrecha cintura. La mitad del pueblo se quedó allí con el
Atrida Agamenón, pastor de hombres; y los restantes nos hicimos á la mar,
pues un numen calmó el ponto, que abunda en grandes cetáceos. No bien
llegamos á Ténedos, ofrecimos sacrificios á los dioses con el anhelo de
tornar á nuestras casas; pero Júpiter aún no tenía ordenada la vuelta y
suscitó ¡oh cruel! una nueva y perniciosa disputa. Y los que acompañaban á
Ulises, rey prudente y sagaz, se volvieron en los corvos bajeles para
complacer nuevamente á Agamenón Atrida. Pero yo, con las naves que
juntas me seguían, continué huyendo, porque comprendí que alguna
divinidad meditaba causarnos daño. Huyó también el belicoso hijo de Tideo
con los suyos, después de incitarlos á que le siguieran, y juntósenos algo
más tarde el rubio Menelao, el cual nos encontró en Lesbos mientras
deliberábamos acerca de la larga navegación que nos esperaba, á saber, si
pasaríamos por cima de la escabrosa Quíos, hacia la isla de Psiria para dejar
esta última á la izquierda, ó por debajo de la primera á lo largo del ventoso
Mimante. Suplicamos á la divinidad que nos mostrase alguna señal y nos la
dió ordenándonos que atravesáramos el piélago hacia la Eubea, á fin de que
huyéramos lo antes posible del infortunio venidero. Comenzó á soplar un
sonoro viento, y las naves, surcando con gran celeridad el camino
abundante en peces, llegaron por la noche á Geresto: allí ofrecimos á
Neptuno buen número de muslos de toro por haber hecho la travesía del
dilatado piélago. Ya era el cuarto día cuando los compañeros de Diomedes
Tidida, domador de caballos, se detuvieron en Argos con sus bien
proporcionadas naves; pero yo tomé la rota de Pilos y nunca me faltó el
viento desde que un dios lo enviara para que soplase. Así vine, hijo querido,
sin saber nada, ignorando cuáles aqueos se salvaron y cuáles perecieron.
Mas, cuanto oí referir desde que torné á mi palacio lo sabrás ahora, como es
justo; que no debo ocultarte nada. Dicen que han llegado bien los valerosos
mirmidones á quienes conducía el hijo ilustre del magnánimo Aquiles; que
asimismo aportó con felicidad Filoctetes, hijo preclaro de Peante; y que
Idomeneo llevó á Creta todos sus compañeros que escaparon de los
combates, sin que el mar le quitara ni uno solo. Del Atrida vosotros mismos
habréis oído contar, aunque vivís tan lejos, cómo vino y cómo Egisto le
aparejó una deplorable muerte. Pero de lamentable modo hubo de pagarlo.
¡Cuán bueno es para el que muere dejar un hijo! Así Orestes se ha vengado
del matador de su padre, del doloso Egisto, que le había muerto á su ilustre

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progenitor. También tú, amigo, ya que veo que eres gallardo y de elevada
estatura, sé fuerte para que los venideros te elogien.»
201 Contestóle el prudente Telémaco: «¡Néstor Nelida, gloria insigne
de los aqueos! Aquél tomó no poca venganza y los aquivos difundirán su
excelsa gloria que llegará á conocimiento de los futuros hombres.
¡Hubiéranme concedido los dioses bríos bastantes para castigar la penosa
soberbia de los pretendientes, que me insultan maquinando inicuas
acciones! Mas los dioses no nos otorgaron tamaña ventura ni á mi padre ni á
mí, y ahora es preciso soportarlo todo.»
210 Respondióle Néstor, el caballero gerenio: «¡Oh amigo! Ya que me
recuerdas lo que has contado, afirman que son muchos los que,
pretendiendo á tu madre, cometen á despecho tuyo acciones inicuas en el
palacio. Dime si te sometes voluntariamente ó te odia quizás la gente del
pueblo, á causa de lo revelado por un dios. ¿Quién sabe si algún día
castigará esas demasías tu propio padre viniendo solo ó juntamente con
todos los aqueos? Ojalá Minerva, la de los brillantes ojos, te quisiera como
en otro tiempo se cuidaba del glorioso Ulises en el país troyano, donde los
aqueos padecimos tantos males—que nunca oí que los dioses amasen tan
manifiestamente á ninguno como á él le asistía Palas Minerva,—pues si de
semejante modo la diosa te quisiera y se cuidara de ti en su corazón, alguno
de los pretendientes tendría que olvidarse de las nupcias.»
225 Replicóle el prudente Telémaco: «¡Oh anciano! Ya no creo que
tales cosas se cumplan. Es muy grande lo que dijiste y me tienes pasmado,
mas no espero que se realice aunque así lo quieran los mismos dioses.»
229 Díjole Minerva, la deidad de los brillantes ojos: «¡Telémaco! ¡Qué
palabras se te escaparon del cerco de los dientes! Fácil le es á una deidad,
cuando lo quiere, salvar á un hombre aun desde lejos. Y yo preferiría
restituirme á mi casa y ver lucir el día de la vuelta, habiendo pasado muchos
males, á perecer tan luego como llegara á mi hogar; como Agamenón, que
murió en la celada que le tendieron Egisto y su propia esposa. Mas ni aun
los dioses pueden librar de la muerte, igual para todos, á un hombre que les
sea caro, después que se ha apoderado del mismo la Parca funesta de la
aterradora muerte.»
239 Contestóle el prudente Telémaco: «¡Méntor! No hablemos más de
tales cosas, aunque nos sintamos afligidos. Ya la vuelta de aquél no puede
realizarse; pues los inmortales deben de haberle enviado la muerte y el
negro destino. Pero ahora quiero interrogar á Néstor y hacerle otra pregunta,

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ya que en justicia y prudencia sobresale entre todos y dicen que ha reinado
durante tres generaciones de hombres; de suerte que, al contemplarlo, me
parece un inmortal. ¡Oh Néstor Nelida! Dime la verdad. ¿Cómo murió el
poderosísimo Agamenón Atrida? ¿Dónde estaba Menelao? ¿Qué género de
muerte fué la que urdió el doloso Egisto, para que pereciera un varón que
tanto le aventajaba? ¿Fué quizás el no encontrarse Menelao en Argos, la de
Acaya, pues andaría peregrino entre otras gentes, la causa de que Egisto
cobrara espíritu y matase á aquel héroe?»
253 Respondióle Néstor, el caballero gerenio: «Te diré, hijo mío, la
verdad pura. Ya puedes imaginar cómo el hecho ocurrió. Si el rubio
Menelao Atrida, al volver de Troya, hallara en el palacio á Egisto, vivo aún,
ni tan sólo hubiesen cubierto de tierra el cadáver de éste: arrojado á la
llanura, lejos de la ciudad, lo despedazaran los perros y las aves de rapiña,
sin que le llorase ninguna de las aqueas, porque había cometido una maldad
muy grande. Pues mientras nosotros permanecíamos allá, realizando
muchas empresas belicosas, él se estaba tranquilo en lo más hondo de
Argos, tierra criadora de corceles, y ponía gran empeño en seducir con sus
palabras á la esposa de Agamenón. Al principio la divinal Clitemnestra
rehusó cometer el hecho infame, porque tenía buenos sentimientos y la
acompañaba un aedo á quien el Atrida, al partir para Troya, encargó en gran
manera que la guardase. Mas, cuando vino el momento en que,
cumpliéndose el hado de los dioses, tenía que sucumbir, Egisto condujo al
aedo á una isla inhabitada, donde lo abandonó para que fuese presa y pasto
de las aves de rapiña; y llevóse de buen grado á su casa á la mujer, que
también lo deseaba, quemando después gran cantidad de muslos en los
sacros altares de los dioses y colgando muchas figuras, tejidos y oro, por
haber salido con la gran empresa que nunca su ánimo esperara llevar al
cabo. Veníamos, pues, de Troya el Atrida y yo, navegando juntos y en buena
amistad; pero, así que arribamos al sacro promontorio de Sunio, cerca de
Atenas, Febo Apolo mató con sus suaves flechas al piloto de Menelao, á
Frontis Onetórida, que entonces tenía en las manos el timón del barco y á
todos vencía en el arte de gobernar una embarcación cuando arreciaban las
tempestades. Así fué cómo, á pesar de su deseo de proseguir el camino, se
vió obligado á detenerse para enterrar al compañero y hacerle las honras
funerales. Luego, atravesando el vinoso ponto en las cóncavas naves, pudo
llegar á toda prisa al elevado promontorio de Malea, y el longividente
Júpiter hízole trabajoso el camino con enviarle vientos de sonoro soplo y

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olas hinchadas, enormes, que parecían montañas. Entonces el dios dispersó
las naves y á algunas las llevó hacia Creta donde habitaban los cidones,
junto á las corrientes del Yárdano. Hay en el obscuro ponto una peña
escarpada y alta que sale al mar cerca de Gortina: allí el Noto lanza las olas
contra el promontorio de la izquierda, contra Festo, y una roca pequeña
rompe la grande oleada. En semejante sitio fueron á dar y costóles mucho
escapar con vida; pues, habiendo las olas arrojado los bajeles contra los
escollos, padecieron naufragio. Menelao, con cinco naves de cerúlea proa,
aportó á Egipto, adonde el viento y el mar le habían conducido; y en tanto
que con sus galeras iba errante por extraños países, juntando riquezas y
mucho oro, Egisto tramó en el palacio aquellas deplorables acciones. Siete
años reinó éste en Micenas, rica en oro, y tuvo sojuzgado al pueblo, con
posterioridad á la muerte del Atrida. Mas, por su desgracia, en el octavo fué
de Atenas el divinal Orestes, quien hizo perecer al matador de su padre, al
doloso Egisto, que le había muerto su ilustre progenitor. Después de
matarle, Orestes dió á los argivos el banquete fúnebre en las exequias de su
odiosa madre y del cobarde Egisto; y aquel día llegó Menelao, valiente en
el combate, con muchas riquezas, tantas como los barcos podían llevar. Y
tú, amigo, no andes mucho tiempo fuera de tu casa, habiendo dejado en ella
las riquezas y unos hombres tan soberbios: no sea que se repartan tus bienes
y los devoren y luego el viaje te resulte inútil. Pero yo te exhorto é incito á
que endereces tus pasos hacia Menelao; el cual poco ha que volvió de
gentes de donde no esperara tornar quien se viera, desviado por las
tempestades, en un piélago tal y tan extenso que ni las aves llegarían del
mismo en todo un año, pues es dilatadísimo y horrendo. Ve ahora en tu nave
y con tus compañeros á encontrarle, y si deseas ir por tierra, aquí tienes
carro y corceles, y á mis hijos que te acompañarán hasta la divina
Lacedemonia, donde se halla el rubio Menelao, y, en llegando, ruégale tú
mismo que sea veraz, y no mentirá porque es muy sensato.»
329 Así se expresó. Púsose el sol y sobrevino la obscuridad. Y entonces
habló Minerva, la diosa de los brillantes ojos:
331 «¡Oh anciano! Todo lo has referido discretamente. Pero, ea, cortad
las lenguas y mezclad vino, para que, después de hacer libación á Neptuno
y á los demás inmortales, pensemos en acostarnos, que ya es hora. La luz
del sol se fué al ocaso y no conviene permanecer largo tiempo en el
banquete de los dioses, pues es preciso recogerse.»

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337 Así habló la hija de Júpiter, y todos la obedecieron. Los heraldos
diéronles aguamanos; unos mancebos llenaron las crateras y distribuyeron
el vino á los presentes, después de haber ofrecido en copas las primicias; y,
una vez arrojadas las lenguas en el fuego, pusiéronse de pie é hicieron
libaciones. Ofrecidas éstas y habiendo bebido cuanto desearan, Minerva y
el deiforme Telémaco quisieron retirarse á la cóncava nave. Pero Néstor los
detuvo, reprendiéndolos con estas palabras:
346 «Júpiter y los otros dioses inmortales nos libren de que vosotros os
vayáis de mi lado para volver á la velera nave, como si os fuerais de junto á
un varón que carece de ropa, del lado de un pobre, en cuya casa no hay
mantos ni gran cantidad de colchas para que él y sus huéspedes puedan
dormir blandamente. Pero á mí no me faltan mantos ni lindas colchas. Y el
caro hijo de Ulises no se acostará ciertamente en las tablas de su bajel,
mientras yo viva ó queden mis hijos en el palacio para alojar á los
huéspedes que á mi casa vengan.»
356 Díjole Minerva, la deidad de los brillantes ojos: «Bien hablaste,
anciano querido, y conviene que Telémaco te obedezca porque es lo mejor
que puede hacer. Iráse, pues, contigo para dormir en tu palacio, y yo volveré
al negro bajel á fin de animar á los compañeros y ordenarles cuanto sea
oportuno. Pues me glorío de ser entre ellos el más anciano; que todos los
hombres que vienen con nosotros por amistad son jóvenes y tienen los
mismos años que el magnánimo Telémaco. Allí me acostaré en el cóncavo y
negro bajel, y al rayar el día, me llegaré á los magnánimos caucones en
cuyo país he de cobrar una deuda antigua y no pequeña; y tú, puesto que
Telémaco ha venido á tu casa, envíale en compañía de un hijo tuyo, y dale
un carro y los corceles que más ligeros sean en el correr y mejores por su
fuerza.»
371 Dicho esto, partió Minerva, la de los brillantes ojos, de igual modo
que si fuese un águila; y pasmáronse todos al contemplarlo. Admiróse
también el anciano cuando lo vió con sus propios ojos y, asiendo de la mano
á Telémaco, pronunció estas palabras:
375 «¡Amigo! No temo que en lo sucesivo seas cobarde ni débil, ya que
de tan joven te acompañan y guían los propios dioses. Pues esa deidad no es
otra, de las que poseen olímpicas moradas, que la hija de Júpiter, la
gloriosísima Tritogenia, la que también honraba á tu esforzado padre entre
los argivos. Mas tú, oh reina, sénos propicia y danos gloria ilustre á mí, y á
mis hijos, y á mi venerable consorte; y te sacrificaré una novilla añal de

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espaciosa frente, que jamás hombre alguno haya domado ni uncido al yugo,
inmolándola en tu honor después de verter oro alrededor de sus cuernos.»
385 Tal fué su plegaria, que oyó Palas Minerva. Néstor, el caballero
gerenio, se puso al frente de sus hijos y de sus yernos, y con ellos se
encaminó al hermoso palacio. Tan presto como llegaron á la ínclita morada
del rey, sentáronse por orden en sillas y sillones. De allí á poco mezclábales
el viejo una cratera de dulce vino, el cual había estado once años en una
tinaja que abrió la despensera; mezclábalo, pues, el anciano y, haciendo
libaciones, rogaba fervientemente á la hija de Júpiter, que lleva la égida.
395 Hechas las libaciones y habiendo bebido todos cuanto les plugo,
fueron á recogerse á sus respectivas casas; pero Néstor, el caballero gerenio,
hizo que Telémaco, el caro hijo del divinal Ulises, se acostase allí, en
torneado lecho, debajo del sonoro pórtico, y que á su lado durmiese el
belicoso Pisístrato, caudillo de los hombres, que era en el palacio el único
hijo que se conservaba mozo. Y Néstor durmió, á su vez, en el interior de la
excelsa morada, donde se hallaba la cama en que su esposa, la reina, le
aderezó el lecho.
404 Mas, apenas se descubrió la hija de la mañana, la Aurora de
rosáceos dedos, levantóse de la cama Néstor, el caballero gerenio, y fué á
tomar asiento en unas piedras muy pulidas, blancas, lustrosas por el aceite,
que estaban ante el elevado portón y en ellas se sentaba anteriormente
Neleo, consejero igual á los dioses; pero ya éste, vencido por la Parca, se
hallaba en el Orco, y entonces quien ocupaba aquel sitio era Néstor, el
caballero gerenio, el protector de los aquivos, cuya mano empuñaba el
cetro. En torno suyo juntáronse los hijos, que iban saliendo de sus
habitaciones—Equefrón, Estratio, Perseo, Areto, Trasimedes, igual á un
dios, y el héroe Pisístrato que llegó el sexto,—y juntos acompañaron al
deiforme Telémaco y le hicieron sentar cabe al anciano. Á la hora comenzó
á decirles Néstor, el caballero gerenio:
418 «¡Hijos amados! Cumplid pronto mi deseo, para que sin tardar me
haga propicia á Minerva, la cual acudió visiblemente al opíparo festín que
celebramos en honor del dios. Ea, uno de vosotros vaya al campo para que
el vaquero traiga con la mayor prontitud una novilla; encamínese otro al
negro bajel del magnánimo Telémaco y conduzca aquí todos los
compañeros, sin dejar más que dos; y mande otro al orífice Laerces que
venga á verter el oro alrededor de los cuernos. Los demás permaneced

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reunidos y decid á los esclavos que están dentro de la ínclita casa, que
preparen un banquete y saquen asientos, leña y agua clara.»
430 Así habló, y todos se apresuraron á obedecerle. Vino del campo la
novilla; llegaron de junto á la velera y bien proporcionada nave los
compañeros del magnánimo Telémaco; presentóse el broncista trayendo en
la mano las broncíneas herramientas—el yunque, el martillo y las bien
construídas tenazas,—instrumentos de su oficio con los cuales trabajaba el
oro; compareció Minerva para asistir al sacrificio; y Néstor, el anciano
jinete, dió el oro, y el artífice, después de prepararlo, lo vertió alrededor de
los cuernos de la novilla para que la diosa se holgase de ver tal adorno.
Estratio y el divinal Equefrón trajeron la novilla asiéndola por las astas;
Areto salió de su estancia con un lebrillo floreado, lleno de agua para
lavarse, en una mano, y una cesta con las molas en la otra; el intrépido
Trasimedes empuñaba aguda segur para herir la novilla; Perseo sostenía el
vaso para recoger la sangre; y Néstor, el anciano jinete, comenzó á derramar
el agua y á esparcir las molas, y, ofreciendo las primicias, oraba con gran
fervor á Minerva y arrojaba en el fuego los pelos de la cabeza de la víctima.
447 Hecha la plegaria y esparcidas las molas, aquel hijo de Néstor, el
magnánimo Trasimedes, dió desde cerca un golpe á la novilla y le cortó con
la segur los tendones del cuello, dejándola sin fuerzas; y gritaron las hijas y
nueras de Néstor, y también su venerable esposa, Eurídice, que era la mayor
de las hijas de Clímeno. Seguidamente alzaron de la espaciosa tierra la
novilla, sostuviéronla en alto y degollóla Pisístrato, príncipe de hombres.
Tan pronto como la novilla se desangró y los huesos quedaron sin vigor, la
descuartizaron, cortáronle luego los muslos, haciéndolo según el rito, y,
después de pringarlos con gordura por uno y otro lado y de cubrirlos con
trozos de carne, el anciano los puso sobre leña encendida y los roció de vino
tinto. Cerca de él, unos mancebos tenían en sus manos asadores de cinco
puntas. Quemados los muslos, probaron las entrañas; é incontinenti
dividieron lo restante en pedazos muy pequeños, lo atravesaron con pinchos
y lo asaron, sosteniendo con sus manos las puntiagudas varillas.
464 En esto lavaba á Telémaco la bella Policasta, hija menor de Néstor
Nelida. Después que lo hubo lavado y ungido con pingüe aceite, vistióle un
hermoso manto y una túnica; y Telémaco salió del baño, con el cuerpo
parecido al de los dioses, y fué á sentarse junto á Néstor, pastor de pueblos.
470 Asados los cuartos delanteros, retiráronlos de las llamas; y,
sentándose todos, celebraron el banquete. Varones excelentes se levantaban

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á escanciar el vino en áureas copas. Y una vez saciado el deseo de comer y
de beber, Néstor, el caballero gerenio, comenzó á decirles:
475 «Ea, hijos míos, aparejad caballos de hermosas crines y uncidlos al
carro, para que Telémaco pueda llevar á término su viaje.»
477 De tal suerte habló; ellos le escucharon y obedecieron,
enganchando prestamente al carro los veloces corceles. La despensera les
trajo pan, vino y manjares como los que suelen comer los reyes, alumnos de
Jove. Subió Telémaco al magnífico carro y tras él Pisístrato Nestórida,
príncipe de hombres, quien tomó con la mano las riendas y azotó á los
caballos para que arrancasen. Y éstos volaron gozosos hacia la llanura,
dejando atrás la excelsa ciudad de Pilos y no cesando en todo el día de
agitar el yugo.
487 Poníase el sol y las tinieblas empezaban á ocupar los caminos,
cuando llegaron á Feras, á la morada de Diocles, hijo de Orsíloco, á quien
engendrara Alfeo. Allí durmieron aquella noche, aceptando la hospitalidad
que Diocles se apresuró á ofrecerles.
491 Mas, apenas se descubrió la hija de la mañana, la Aurora de
rosáceos dedos, engancharon los bridones, subieron al labrado carro y
guiáronlo por el vestíbulo y el pórtico sonoro. Pisístrato azotó á los
corceles, para que arrancaran, y éstos volaron gozosos. Y habiendo llegado
á una llanura que era un trigal, en seguida terminaron el viaje: ¡con tal
rapidez los condujeron los briosos caballos! Y el sol se puso y las tinieblas
ocuparon todos los caminos.

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Minerva manda á Penélope un fantasma semejante á Iftima, para decirle que Telémaco volverá
sano y salvo

CANTO IV
LO DE LACEDEMONIA

1 Apenas llegaron á la vasta y cavernosa Lacedemonia, fuéronse
derechos á la mansión del glorioso Menelao y halláronle con muchos
amigos, celebrando el banquete de la doble boda de su hijo y de su hija
ilustre. Á ésta la enviaba al hijo de Aquiles, el desbaratador de escuadrones;
pues allá en Troya prestó su asentimiento y prometió entregársela, y los
dioses hicieron que por fin las nupcias se llevasen al cabo. Mandábala,
pues, con caballos y carros, á la ínclita ciudad de los mirmidones donde
aquél reinaba. Y al propio tiempo casaba con una hija de Aléctor, llegada de
Esparta, á su hijo, el fuerte Megapentes, que ya en edad madura había
procreado en una esclava; pues á Helena no le concedieron las deidades otra
prole que la amable Hermione, la cual tenía la belleza de la dorada Venus.
15 Así se holgaban en celebrar el festín, dentro del gran palacio de
elevada techumbre, los vecinos y amigos del glorioso Menelao. Un divinal

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aedo estábales cantando al son de la cítara y, tan pronto como tocaba el
preludio, dos saltadores hacían cabriolas en medio de la muchedumbre.
20 Entonces fué cuando los dos jóvenes, el héroe Telémaco y el
preclaro hijo de Néstor, detuvieron los corceles en el vestíbulo del palacio.
Vióles, saliendo del mismo, el noble Eteoneo, diligente servidor del ilustre
Menelao, y fuése por la casa á dar la nueva al pastor de hombres. Y, en
llegando á su presencia, le dijo estas aladas palabras:
26 «Dos hombres acaban de llegar, oh Menelao alumno de Júpiter, dos
varones que se asemejan á los descendientes del gran Jove. Dime si hemos
de desuncir sus veloces corceles ó enviarlos á alguien que les dé amistoso
acogimiento.»
30 Replicóle, poseído de vehemente indignación, el rubio Menelao:
«Antes no eras tan simple, Eteoneo Boetida; mas ahora dices tonterías
como un muchacho. También nosotros, hasta que logramos volver acá,
comimos frecuentemente en la hospitalaria mesa de otros varones; y quiera
Júpiter librarnos de la desgracia para en adelante. Desunce los caballos de
los forasteros y hazles entrar á fin de que participen del banquete.»
37 Tal dijo. Eteoneo salió corriendo del palacio y llamó á otros
diligentes servidores para que le acompañaran. Al punto desuncieron los
corceles, que sudaban debajo del yugo, los ataron á sus pesebres y les
echaron espelta, mezclándola con blanca cebada; arrimaron el carro á las
relucientes paredes, é introdujeron á los huéspedes en aquella divinal
morada. Ellos caminaban absortos viendo el palacio del rey, alumno de
Júpiter; pues resplandecía con el brillo del sol ó de la luna la mansión
excelsa del glorioso Menelao. Después que se saciaron de contemplarla con
sus ojos, fueron á lavarse en unos baños muy pulidos. Y una vez lavados y
ungidos con aceite por las esclavas, que les pusieron túnicas y lanosos
mantos, acomodáronse en sillas junto al Atrida Menelao. Una esclava dióles
aguamanos, que traía en magnífico jarro de oro y vertió en fuente de plata,
y colocó delante de ellos una pulimentada mesa. La veneranda despensera
trájoles pan y dejó en la mesa buen número de manjares, obsequiándoles
con los que tenía reservados. El trinchante sirvióles platos de carne de todas
suertes y puso á su alcance áureas copas. Y el rubio Menelao, saludándolos
con la mano, les habló de esta manera:
60 «Tomad manjares, refocilaos; y después que hayáis comido os
preguntaremos cuáles sois de los hombres. Pues el linaje de vuestros padres
no se ha perdido seguramente en la obscuridad y debéis de ser hijos de

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reyes, alumnos de Júpiter, que llevan cetro; ya que de unos viles no nacerían
semejantes varones.»
65 Así dijo; y les presentó con sus manos un pingüe lomo de buey
asado, que para honrarle le habían servido. Aquéllos echaron mano á las
viandas que tenían delante. Y cuando hubieron satisfecho las ganas de
comer y de beber, Telémaco habló así al hijo de Néstor, acercando la cabeza
para que los demás no se enteraran:
71 «Observa, oh Nestórida carísimo á mi corazón, el resplandor del
bronce en el sonoro palacio; y también el del oro, del electro, de la plata y
del marfil. Así debe de ser por dentro la morada de Júpiter Olímpico.
¡Cuántas cosas inenarrables! Me quedo atónito al contemplarlas.»
76 Y el rubio Menelao, comprendiendo lo que aquél decía, les habló
con estas aladas palabras:
78 «¡Hijos amados! Ningún mortal puede competir con Júpiter, cuyas
moradas y posesiones son eternas; mas entre los hombres habrá quien
rivalice conmigo y quien no me iguale en las riquezas que traje en mis
bajeles, cumplido el año octavo, después de haber padecido y vagado
mucho, como que en mis peregrinaciones fuí á Chipre, á Fenicia, á los
egipcios, á los etíopes, á los sidonios, á los erembos y á Libia, donde los
corderitos echan cuernos muy pronto y las ovejas paren tres veces en un
año. Allí nunca les falta, ni al amo ni al pastor, ni queso, ni carnes, ni dulce
leche, pues las ovejas están en disposición de ser ordeñadas en cualquier
tiempo. Mientras yo andaba perdido por aquellas tierras y juntaba muchos
bienes, otro me mató el hermano á escondidas, de súbito, con engaño que
hubo de tramar su perniciosa mujer; y por esto vivo ahora sin alegría entre
estas riquezas que poseo. Sin duda habréis oído relatar tales cosas á
vuestros padres, sean quienes fueren, pues padecí muchísimo y arruiné una
magnífica casa, muy buena para ser habitada, que contenía abundantes y
preciosos bienes. Ojalá morara en este palacio con sólo la tercia parte de lo
que tengo, y se hubiesen salvado los que perecieron en la vasta Troya, lejos
de Argos, la criadora de corceles. Mas, si bien lloro y me apesadumbro por
todos—muchas veces, sentado en la sala, ya recreo mi ánimo con las
lágrimas, ya dejo de hacerlo porque cansa muy pronto el terrible llanto,—
por nadie vierto tal copia de lágrimas ni me aflijo de igual suerte como por
uno, y en acordándome de él aborrezco el dormir y el comer, porque ningún
aqueo padeció lo que Ulises hubo de sufrir y pasar: para él habían de ser los
dolores y para mí una pesadumbre continua é inolvidable á causa de su

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prolongada ausencia y de la ignorancia en que nos hallamos de si vive ó ha
muerto. Y seguramente le lloran el viejo Laertes, la discreta Penélope y
Telémaco, á quien dejó en su casa recién nacido.»
113 Así habló, é hizo que Telémaco sintiera el deseo de llorar por su
padre: al oir lo de su progenitor, desprendióse de sus ojos una lágrima que
cayó en tierra; y entonces, levantando con ambas manos el purpúreo manto,
se lo puso ante el rostro. Menelao lo advirtió y estuvo indeciso en su mente
y en su corazón entre esperar á que él mismo hiciera mención de su padre, ó
interrogarle previamente é irle probando en cada cosa.
120 Mientras tales pensamientos revolvía en su mente y en su corazón,
salió Helena de su perfumada estancia de elevado techo, semejante á Diana,
la que lleva arco de oro. Púsole Adrasta un sillón hermosamente construído,
sacóle Alcipe un tapete de mórbida lana y trájole Filo el canastillo de plata
que le había dado Alcandra, mujer de Pólibo, el cual moraba en Tebas la de
Egipto en cuyas casas hay gran riqueza.—Pólibo regaló á Menelao dos
argénteas bañeras, dos trípodes y diez talentos de oro; y por separado dió la
mujer á Helena estos hermosos presentes: una rueca de oro y un canastillo
redondo, de plata, con los bordes de oro.—La esclava dejó, pues, el
canastillo repleto de hilo ya devanado; y puso encima la rueca con lana de
color violáceo. Sentóse Helena en el sillón, que estaba provisto de un
escabel para los pies, y al momento interrogó á su marido con estas
palabras:
138 «¿Sabemos ya, oh Menelao, alumno de Júpiter, quiénes se glorían
de ser esos hombres que han venido á nuestra morada? ¿Me engañaré ó será
verdad lo que voy á decir? El corazón me ordena hablar. Jamás vi persona
alguna, ni hombre, ni mujer, tan parecida á otra—¡me quedo atónita al
contemplarlo!—como éste se asemeja al hijo del magnánimo Ulises, á
Telémaco, á quien dejara recién nacido en su casa cuando los aqueos
fuisteis por mí, cara de perra, á empeñar rudos combates con los troyanos.»
147 Respondióle el rubio Menelao: «Ya se me había ocurrido, oh mujer,
lo que supones; que tales eran los pies de aquél, y las manos, y el mirar de
los ojos, y la cabeza, y el pelo que la cubría. Ahora mismo, acordándome de
Ulises, les relataba cuantos trabajos sufrió por mi causa, y ése comenzó á
verter amargas lágrimas y se puso ante los ojos el purpúreo manto.»
155 Entonces Pisístrato Nestórida habló diciendo: «¡Menelao Atrida,
alumno de Júpiter, príncipe de hombres! En verdad que es hijo de quien
dices, pero tiene discreción y no cree decoroso, habiendo llegado por vez

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primera, decir palabras frívolas delante de ti, cuya voz escuchamos con el
mismo placer que si fuese la de alguna deidad. Con él me ha enviado
Néstor, el caballero gerenio, para que le acompañe, pues deseaba verte á fin
de que le aconsejaras lo que ha de decir ó llevar al cabo; que muchos males
padece en su casa el hijo cuyo padre está ausente, si no tiene otras personas
que le auxilien como ahora le ocurre á Telémaco: fuése su padre y no hay
en todo el pueblo quien pueda librarle del infortunio.»
168 Respondióle el rubio Menelao: «¡Oh dioses! Ha llegado á mi casa
el hijo del caro varón que por mí sostuvo tantas y tan trabajosas luchas y á
quien me había propuesto amar, cuando volviese, más que á ningún otro de
los argivos, si el longividente Júpiter Olímpico permitía que nos
restituyéramos á la patria, atravesando el mar con las veloces naves. Y le
asignara una ciudad en Argos, para que la habitase, y le labrara un palacio,
trayéndolo de Ítaca á él con sus riquezas y su hijo y todo el pueblo, después
de hacer evacuar una sola de las ciudades circunvecinas sobre las cuales se
ejerce mi imperio. Y nos hubiésemos tratado frecuentemente y, siempre
amigos y dichosos, nada nos habría separado hasta que se extendiera sobre
nosotros la nube sombría de la muerte. Mas de esto debió de tener envidia
el dios que ha privado á aquel infeliz, á él tan sólo, de tornar á la patria.»
183 Así dijo, y á todos les excitó el deseo del llanto. Lloraba la argiva
Helena, hija de Júpiter; lloraban Telémaco y Menelao Atrida; y el hijo de
Néstor no se quedó con los ojos muy enjutos de lágrimas, pues le volvía á la
memoria el irreprochable Antíloco á quien matara el hijo ilustre de la
resplandeciente Aurora. Y, acordándose del mismo, pronunció estas aladas
palabras:
190 «¡Atrida! Decíanos el anciano Néstor, siempre que en el palacio se
hablaba de ti, conversando los unos con los otros, que en prudencia excedes
á los demás mortales. Pues ahora pon en práctica, si posible fuere, este mi
consejo. Yo no gusto de lamentarme en la cena; pero, cuando apunte la
Aurora, hija de la mañana, no llevaré á mal que se llore á aquel que haya
muerto en cumplimiento de su destino, porque tan sólo esta honra les queda
á los míseros mortales: que los suyos se corten la cabellera y surquen con
lágrimas las mejillas. También murió mi hermano, que no era ciertamente el
peor de los argivos; y tú le debiste conocer—yo ni estuve allá, ni llegué á
verle—y dicen que descollaba entre todos, así en la carrera como en las
batallas.»

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203 Respondióle el rubio Menelao: «¡Amigo! Has hablado como lo
hiciera un varón sensato que tuviese más edad. De tal padre eres hijo, y por
esto te expresas con gran prudencia. Fácil es conocer la prole del varón á
quien el Saturnio tiene destinada la dicha desde que se casa ó desde que ha
nacido; como ahora concedió á Néstor constantemente, todos los días, que
disfrute de placentera vejez en el palacio y que sus hijos sean discretos y
sumamente hábiles en manejar la lanza. Pongamos fin al llanto que ahora
hicimos, tornemos á acordarnos de la cena, y dennos agua á las manos.»
216 Así habló. Dióles aguamanos Asfalión, diligente servidor del
glorioso Menelao, y acto continuo echaron mano á las viandas que tenían
delante.
219 Entonces Helena, hija de Júpiter, ordenó otra cosa. Echó en el vino
que estaban bebiendo una droga contra el llanto y la cólera, que hacía
olvidar todos los males. Quien la tomare, después de mezclarla en la
cratera, no logrará que en todo el día le caiga una sola lágrima en las
mejillas, aunque con sus propios ojos vea morir á su padre y á su madre ó
degollar con el bronce á su hermano ó á su mismo hijo. Tan excelentes y
bien preparadas drogas guardaba en su poder la hija de Júpiter por
habérselas dado la egipcia Polidamna, mujer de Ton, cuya fértil tierra
produce muchísimas, y la mezcla de unas es saludable y la de otras nociva.
Allí cada individuo es un médico que descuella por su saber entre todos los
hombres, porque vienen del linaje de Peón. Y Helena, al punto que hubo
echado la droga, mandó escanciar el vino y volvió á hablarles de esta
manera:
235 «¡Atrida Menelao, alumno de Júpiter, y vosotros, hijos de nobles
varones! En verdad que el dios Júpiter, como lo puede todo, ya nos manda
bienes, ya nos envía males; comed ahora, sentados en esta sala, y deleitaos
con la conversación, que yo os diré cosas oportunas. No podría narrar ni
referir todos los trabajos del paciente Ulises y contaré tan sólo esto, que el
fuerte varón realizó y sufrió en el pueblo troyano donde tantos males
padecisteis los aqueos. Infirióse vergonzosas heridas, echóse á la espalda
unos viles harapos, como si fuera un siervo, y se entró por la ciudad de
anchas calles donde sus enemigos habitaban. Así, encubriendo su ser,
transfigurado en otro hombre que parecía un mendigo, quien no era tal
ciertamente junto á las naves aqueas, fué como penetró en la ciudad de
Troya. Todos se dejaron engañar y yo sola le reconocí é interrogué, pero él
con sus mañas se me escabullía. Mas cuando lo hube lavado y ungido con

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aceite, y le entregué un vestido, y le prometí con firme juramento que á
Ulises no se le descubriría á los troyanos hasta que llegara nuevamente á las
tiendas y á las veleras naves, entonces me refirió todo lo que tenían
proyectado los aqueos. Y después de matar con el bronce de larga punta á
buen número de troyanos, volvió á los argivos, llevándose el conocimiento
de muchas cosas. Prorrumpieron las troyanas en fuertes sollozos, y á mí el
pecho se me llenaba de júbilo porque ya sentía en mi corazón el deseo de
volver á mi casa y deploraba el error en que me pusiera Venus cuando me
condujo allá, lejos de mi patria, y hube de abandonar á mi hija, el tálamo y
un marido que á nadie le cede ni en inteligencia ni en gallardía.»
265 Respondióle el rubio Menelao: «Sí, mujer, con gran exactitud lo
has contado. Conocí el modo de pensar y de sentir de muchos héroes, pues
llevo recorrida gran parte de la tierra; pero mis ojos jamás pudieron dar con
un hombre que tuviera el corazón de Ulises, de ánimo paciente. ¡Qué no
hizo y sufrió aquel fuerte varón en el caballo de pulimentada madera, cuyo
interior ocupábamos los mejores argivos para llevar á los troyanos la
carnicería y la muerte! Viniste tú en persona—pues debió de moverte algún
numen que anhelaba dar gloria á los troyanos—y te seguía Deífobo,
semejante á los dioses. Tres veces rodeaste, tocando la hueca emboscada y
llamando por su nombre á los mejores argivos de cuyas mujeres remedabas
la voz. Yo y el Tidida, que con el divinal Ulises estábamos en el centro, te
oímos cuando nos llamaste y queríamos salir ó responder desde dentro; mas
Ulises lo impidió y nos contuvo á pesar de nuestro deseo. Entonces todos
guardaron silencio y sólo Anticlo deseaba contestar, pero Ulises tapóle la
boca con sus robustas manos y salvó á todos los aqueos con sujetarle
continuamente hasta que te apartó de allí Palas Minerva.»
290 Replicóle el prudente Telémaco: «¡Atrida Menelao, alumno de
Júpiter, príncipe de hombres! Más doloroso es que sea así, pues ninguna de
estas cosas le libró de una muerte deplorable, ni la evitara aunque tuviese
un corazón de hierro. Mas, ea, mándanos á la cama para que, acostándonos,
nos regalemos con el dulce sueño.»
296 Dijo. La argiva Helena mandó á las esclavas que pusieran lechos
debajo del pórtico, los proveyesen de hermosos cobertores de púrpura,
extendiesen por encima colchas, y dejasen en ellos afelpadas túnicas para
abrigarse. Las doncellas salieron del palacio con hachas encendidas y
aderezaron las camas, y un heraldo acompañó á los huéspedes. Así se
acostaron en el vestíbulo de la casa el héroe Telémaco y el ilustre hijo de

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Néstor; mientras que el Atrida durmió en el interior de la excelsa morada y
junto á él Helena, la de largo peplo, la divina sobre todas las mujeres.
306 Mas, al punto que apareció la hija de la mañana, la Aurora de
rosáceos dedos, Menelao, valiente en el combate, se levantó de la cama,
púsose sus vestidos, colgóse al hombro la aguda espada, calzó sus blancos
pies con hermosas sandalias y, parecido á un dios, salió de la habitación, fué
á sentarse junto á Telémaco, llamóle y así le dijo:
312 «¡Héroe Telémaco! ¿Qué necesidad te ha obligado á venir aquí, á la
divina Lacedemonia, por el ancho dorso del mar? ¿Es un asunto del pueblo
ó propio tuyo? Dímelo francamente.»
315 Respondióle el prudente Telémaco: «¡Atrida Menelao, alumno de
Júpiter, príncipe de hombres! He venido por si me pudieres dar alguna
nueva de mi padre. Consúmese todo lo de mi casa y se pierden las ricas
heredades: el palacio está lleno de hombres malévolos que, pretendiendo á
mi madre y portándose con gran insolencia, matan continuamente las ovejas
de mis copiosos rebaños y los flexípedes bueyes de retorcidos cuernos. Por
tal razón vengo á abrazar tus rodillas, por si quisieras contarme la triste
muerte de aquél, ora la hayas visto con tus ojos, ora la hayas oído referir á
algún peregrino, que muy sin ventura lo parió su madre. Y nada atenúes por
respeto ó compasión que me tengas; al contrario, entérame bien de lo que
hayas visto. Yo te lo ruego: si mi padre, el noble Ulises, te cumplió algún
día su palabra ó llevó al cabo una acción que te hubiese prometido, allá en
el pueblo de los troyanos donde tantos males padecisteis los aqueos,
acuérdate de la misma y dime la verdad de lo que te pregunto.»
332 Y el rubio Menelao le contestó indignadísimo: «¡Oh dioses! En
verdad que pretenden dormir en la cama de un varón muy esforzado
aquellos hombres tan cobardes. Así como una cierva puso sus hijuelos
recién nacidos en la guarida de un bravo león y fuése á pacer por los
bosques y los herbosos valles, y el león volvió á la madriguera y dió á
entrambos cervatillos indigna muerte; de semejante modo también Ulises
les ha de dar á aquéllos vergonzosa muerte. Ojalá se mostrase, ¡oh padre
Júpiter, Minerva, Apolo!, tal como era cuando en la bien construída Lesbos
se levantó contra el Filomelida, en una disputa, y luchó con él, y lo derribó
con ímpetu, de lo cual se alegraron todos los aqueos; si, mostrándose tal, se
encontrara Ulises con los pretendientes, fuera corta la vida de éstos y las
bodas les resultarían muy amargas. Pero en lo que me preguntas y suplicas
que te cuente, no querría apartarme de la verdad ni engañarte; y de cuantas

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cosas me refirió el veraz anciano de los mares, no te callaré ni ocultaré
ninguna.
351 »Los dioses me habían detenido en Egipto, á pesar de mi anhelo de
volver acá, por no haberles sacrificado hecatombes perfectas; que las
deidades quieren que no se nos vayan de la memoria sus mandamientos.
Hay en el alborotado ponto una isla, enfrente del Egipto, que la llaman Faro
y se halla tan lejos de él cuanto puede andar en todo el día una cóncava
embarcación si la empuja sonoro viento. Tiene la isla un puerto magnífico
desde el cual echan al ponto las bien proporcionadas naves, después de
hacer aguada en un manantial profundo. Allí me tuvieron los dioses veinte
días, sin que se alzaran los vientos favorables que soplan en el mar y
conducen los navíos por su ancho dorso. Ya todos los bastimentos se me
iban agotando y también menguaba el ánimo de los hombres; pero me salvó
una diosa que tuvo piedad de mí: Idotea, hija del fuerte Proteo, el anciano
de los mares; la cual, sintiendo conmovérsele el corazón, se me hizo
encontradiza mientras vagaba solo y apartado de mis hombres, que andaban
continuamente por la isla pescando con corvos anzuelos, pues el hambre les
atormentaba el vientre. Paróse Idotea y díjome estas palabras:
371 «¡Forastero! ¿Eres así, tan simple é inadvertido? ¿Ó te abandonas
voluntariamente y te huelgas de pasar dolores, puesto que detenido en la
isla, desde largo tiempo, no hallas medio de poner fin á semejante situación
á pesar de que ya desfallece el ánimo de tus amigos?»
375 »Tal habló, y le respondí de este modo: «Te diré, seas cual fueres
de las diosas, que no estoy detenido por mi voluntad; sino que debo de
haber pecado contra los inmortales que habitan el anchuroso cielo. Mas
revélame—ya que los dioses lo saben todo—cuál de los inmortales me
detiene y me cierra el camino, y cómo podré llegar á la patria, atravesando
el mar en peces abundoso.»
382 »Así le hablé. Contestóme en el acto la divina entre las diosas:
«¡Oh forastero! Voy á informarte con gran sinceridad. Frecuenta este sitio el
veraz anciano de los mares, el inmortal Proteo egipcio, que conoce las
honduras de todo el mar y es servidor de Neptuno: dicen que es mi padre,
que fué él quien me engendró. Si, poniéndote en asechanza, lograres
agarrarlo de cualquier manera, te diría el camino que has de seguir, cuál
será su duración y cómo podrás restituirte á la patria, atravesando el mar en
peces abundoso. Y también te relataría, oh alumno de Júpiter, si deseares

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saberlo, lo malo ó lo bueno que haya ocurrido en tu casa desde que te
ausentaste para hacer este viaje largo y difícil.»
394 »Tales fueron sus palabras; y le contesté diciendo: «Enséñame tú la
asechanza que he de tender al divinal anciano: no sea que me descubra
antes de tiempo ó llegue á conocer mi propósito, y se escape; que es muy
difícil para un hombre mortal sujetar á un dios.»
398 »Así le dije, y respondióme la divina entre las diosas: «¡Oh
forastero! Voy á instruirte con gran sinceridad. Cuando el sol, siguiendo su
curso, llega al centro del cielo, el veraz anciano de los mares, oculto por
negras y encrespadas olas, salta en tierra al soplo del Céfiro. En seguida se
acuesta en honda gruta y á su alrededor se ponen á dormir, todas juntas, las
focas de natátiles pies, hijas de la hermosa Halosidne, que salen del
espumoso mar exhalando el acerbo olor del mar profundísimo. Allí he de
llevarte, al romper el día, á fin de que te pongas acostado y contigo los
tuyos por el debido orden; que para ello escogerás tres compañeros, los
mejores que tengas en las naves de muchos bancos. Voy á decirte todas las
astucias del anciano. Primero contará las focas, paseándose por entre ellas;
y, después de contarlas de cinco en cinco y de mirarlas todas, se acostará en
el centro como un pastor en medio del ganado. Tan pronto como le viereis
dormido, cuidad de tener fuerza y valor, y sujetadle allí mismo aunque
desee é intente escaparse. Entonces probará de convertirse en todos los
seres que se arrastran por la tierra, y en agua, y en ardentísimo fuego; pero
vosotros tenedle con firmeza y apretadle más. Y cuando te interrogue con
palabras, mostrándose tal como lo visteis dormido, abstente de emplear la
violencia: deja libre al anciano, oh héroe, y pregúntale cuál de las deidades
se te opone y cómo podrás volver á la patria, atravesando el mar en peces
abundoso.»

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Salvóme una diosa, Idotea, la cual me salió al encuentro y me dijo...
(Canto IV, versos 364 á 370.)

425 »Cuando esto hubo dicho, sumergióse en el agitado ponto. Yo me
encaminé á las naves, que se hallaban sobre las arenas del litoral, mientras

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mi corazón revolvía muchos propósitos. Apenas hube llegado á mi bajel y al
mar, aparejamos la cena; vino en seguida la divinal noche y nos acostamos
en la playa. Y, así que se descubrió la hija de la mañana, la Aurora de
rosáceos dedos, me fuí á la orilla del mar, de anchos caminos, haciendo
fervientes súplicas á los dioses; y me llevé los tres compañeros en quienes
tenía más confianza para cualquier empresa.
435 »En tanto, la diosa, que se había sumergido en el vasto seno del
mar, sacó cuatro pieles de focas recientemente desolladas; pues con ellas
pensaba urdir la asechanza contra su padre. Y, habiendo cavado unos hoyos
en la arena de la playa, nos aguardaba sentada. No bien llegamos, hizo que
nos tendiéramos por orden dentro de los hoyos y nos echó encima sendas
pieles de foca. Fué la tal asechanza molesta en extremo, pues el malísimo
hedor de las focas, criadas en el mar, nos abrumaba terriblemente. ¿Quién
podría acostarse junto á un monstruo marino? Pero ella nos salvó con idear
un gran remedio: nos puso en las narices algo de ambrosía, la cual,
despidiendo olor suave, quitó el hedor de aquellos monstruos. Toda la
mañana estuvimos esperando con ánimo paciente; hasta que al fin las focas
salieron juntas del mar y se tendieron por orden en la ribera. Era mediodía
cuando vino del mar el anciano: halló las obesas focas, paseóse por entre las
mismas y contó su número. La cuenta de los cetáceos la comenzó por
nosotros, sin que en su corazón sospechase el engaño; y, luego, acostóse
también. Entonces acometímosle con inmensa gritería y todos le echamos
mano. No olvidó el viejo sus dolosos artificios: transfiguróse sucesivamente
en melenudo león, en dragón, en pantera y en corpulento jabalí; después se
nos convirtió en agua líquida y hasta en árbol de excelsa copa. Mas, como
lo teníamos reciamente asido, con ánimo firme, aburrióse al cabo aquel
astuto viejo y díjome de esta suerte:
462 «¡Hijo de Atreo! ¿Cuál de los dioses te aconsejó para que me
asieras contra mi voluntad, armándome tal asechanza? ¿Qué deseas?»
464 »Así se expresó; y le contesté diciendo: «Lo sabes, anciano. ¿Por
qué hablas de ese modo, con el propósito de engañarme? Sabes que,
detenido en la isla desde largo tiempo, no hallo medio de poner fin á tal
situación y ya mi ánimo desfallece. Mas revélame—puesto que los dioses lo
saben todo—cuál de los inmortales me detiene y me cierra el camino, y
cómo podré llegar á la patria atravesando el mar en peces abundoso.»
471 »Así le dije. Y en seguida me respondió de esta manera: Debieras
haber ofrecido, antes de embarcarte, hermosos sacrificios á Júpiter y á los

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demás dioses para llegar sin dilación á tu patria, navegando por el vinoso
ponto. El hado ha dispuesto que no veas á tus amigos, ni vuelvas á tu casa
bien construída y á la patria tierra, hasta que tornes á las aguas del Egipto,
río que las lluvias celestiales alimentan, y sacrifiques sacras hecatombes á
los inmortales dioses que poseen el anchuroso cielo: entonces te permitirán
las deidades hacer el camino que apeteces.»
481 »De esta suerte habló: Se me partía el corazón al considerar que me
ordenaba volver á Egipto por el obscuro ponto, viaje largo y difícil. Mas,
con todo eso, le contesté diciendo:
485 «Haré, oh anciano, lo que me mandas. Pero, ea, dime sinceramente,
si volvieron salvos en sus galeras los aquivos á quienes Néstor y yo
dejamos al partir de Troya, ó si alguno pereció de cruel muerte en su nave ó
en brazos de los amigos, después que se acabó la guerra.»
491 »Así le hablé; y me respondió acto seguido: «¡Atrida! ¿Por qué me
preguntas tales cosas? No te cumple á ti conocerlas, ni explorar mi
pensamiento; y me figuro que no estarás mucho rato sin llorar tan luego
como las sepas todas. Muchos de aquellos sucumbieron y muchos se
salvaron. Sólo dos capitanes de los aquivos, de broncíneas lorigas, han
perecido en la vuelta; pues en cuanto á las batallas, tú mismo las
presenciaste. Uno, vivo aún, se encuentra detenido en el anchuroso ponto.
Ayax sucumbió con sus naves de largos remos: primeramente acercóle
Neptuno á las grandes rocas llamadas Giras, sacándole incólume del mar; y
se librara de la muerte, aunque aborrecido de Minerva, si no hubiese soltado
una expresión soberbia que le ocasionó gran daño: dijo que, aun á despecho
de los dioses, escaparía del gran abismo del mar. Neptuno oyó sus
jactanciosas palabras, y, al instante, agarrando con las robustas manos el
tridente, golpeó la roca Girea y partióla en dos: uno de los pedazos quedó
allí, y el otro, en el cual hubo de sentarse Ayax anteriormente para recibir
gran daño, cayó en el piélago y llevóse el héroe al inmenso y undoso ponto.
Y allí murió, después que bebiera la salobre agua del mar. Tu hermano huyó
los hados en las cóncavas naves, pues le salvó la veneranda Juno. Mas,
cuando iba á llegar al excelso monte de Malea, arrebatóle una tempestad,
que le llevó por el ponto abundante en peces, mientras daba grandes
gemidos, á una extremidad del campo donde antiguamente tuvo Tiestes la
casa que habitaba entonces Egisto Tiestíada. Ya desde allí les pareció la
vuelta segura y, como los dioses tornaron á enviarles próspero viento,
llegaron por fin á sus casas. Agamenón pisó alegre el suelo de su patria, que

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tocaba y besaba, y de sus ojos corrían ardientes lágrimas al contemplar con
júbilo aquella tierra. Pero vióle desde una eminencia un atalaya, puesto allí
por el doloso Egisto que le prometió como gratificación dos talentos de oro,
el cual hacía un año que vigilaba—no fuera que Agamenón viniese sin ser
advertido y mostrase su impetuoso valor;—y en seguida se fué al palacio á
dar la nueva al pastor de hombres. Y Egisto urdió al momento una engañosa
trama: escogió de entre el pueblo veinte hombres muy valientes y los puso
en emboscada, mientras, por otra parte, ordenaba que se aparejase un
banquete. Fuése después á invitar á Agamenón, pastor de hombres, con
caballos y carros, revolviendo en su ánimo indignos propósitos. Y se llevó
al héroe, que nada sospechaba acerca de la muerte que le habían preparado,
dióle de comer y le quitó la vida como se mata á un buey junto al pesebre.
No quedó ninguno de los compañeros del Atrida que con él llegaron, ni se
escapó ninguno de los de Egisto, sino que todos fueron muertos en el
palacio.»
538 »Tal dijo. Sentí destrozárseme el corazón y, sentado en las arenas,
lloraba y no quería vivir ni contemplar ya la lumbre del sol. Mas, cuando
me sacié de llorar y de revolcarme por el suelo, hablóme así el veraz
anciano de los mares:
543 «No llores, oh hijo de Atreo, mucho tiempo y sin tomar descanso,
que ningún remedio se puede hallar. Pero haz por volver lo antes posible á
la patria tierra y hallarás á aquél, vivo aún; y, si Orestes se te adelantara y lo
matase, llegarás para el banquete fúnebre.»
548 »Así se expresó. Regocijéme en mi corazón y en mi ánimo
generoso, aunque me sentía afligido, y hablé al anciano con estas aladas
palabras:
551 «Ya sé de éstos. Nómbrame el tercer varón, aquél que, vivo aún, se
encuentra detenido en el anchuroso ponto, ó quizás haya muerto. Pues, á
pesar de que estoy triste, deseo tener noticias suyas.»
554 »Así le dije, y me respondió en el acto: «Es el hijo de Laertes, el
que tiene en Ítaca su morada. Le vi en una isla y echaba de sus ojos
abundantes lágrimas: está en el palacio de la ninfa Calipso, que le detiene
por fuerza, y no le es posible llegar á su patria tierra porque no dispone de
naves provistas de remos ni de compañeros que le conduzcan por el ancho
dorso del mar. Por lo que á ti se refiere, oh Menelao, alumno de Júpiter, el
hado no ordena que acabes la vida y cumplas tu destino en Argos, país fértil
de corceles, sino que los inmortales te enviarán á los campos Elíseos, al

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extremo de la tierra, donde se halla el rubio Radamanto—allí se vive
dichosamente, allí jamás hay nieve, ni invierno largo, ni lluvia, sino que el
Océano manda siempre las brisas del Céfiro, de sonoro soplo, para dar á los
hombres más frescura,—porque siendo Helena tu mujer, eres para los
dioses el yerno de Júpiter.»
570 »Cuando esto hubo dicho, sumergióse en el agitado ponto. Yo me
encaminé hacia los bajeles, con mis divinales compañeros, y mi corazón
revolvía muchos propósitos. Así que hubimos llegado á mi embarcación y
al mar, aparejamos la cena; vino muy pronto la divina noche y nos
acostamos en la playa. Y al punto que se descubrió la hija de la mañana, la
Aurora de rosáceos dedos, echamos las bien proporcionadas naves en el
mar divino y les pusimos sus mástiles y velas; después, sentáronse mis
compañeros ordenadamente en los bancos y comenzaron á herir con los
remos el espumoso mar. Volví á detener las naves en el Egipto, río que las
celestiales lluvias alimentan, y sacrifiqué cumplidas hecatombes. Aplacada
la ira de los sempiternos dioses, erigí un túmulo á Agamenón para que su
gloria fuera inextinguible. En acabando estas cosas, emprendí la vuelta y los
inmortales concediéronme próspero viento y trajéronme con gran rapidez á
mi querida patria. Mas, ea, quédate en el palacio hasta que llegue la
undécima ó duodécima aurora y entonces te despediré, regalándote como
espléndidos presentes tres caballos y un carro hermosamente labrado; y
también he de darte una magnífica copa para que hagas libaciones á los
inmortales dioses y te acuerdes de mí todos los días.»
593 Respondióle el prudente Telémaco: «¡Atrida! No me detengas
mucho tiempo. Yo pasaría un año á tu vera, sin sentir añoranza por mi casa
ni por mis padres—pues me deleita muchísimo oir tus palabras y razones;—
mas deben de aburrirse mis compañeros en la divina Pilos y hace ya mucho
que me detienes. El don que me hagas consista en algo que se pueda
guardar. Los corceles no pienso llevarlos á Ítaca, sino que los dejaré para tu
ornamento, ya que reinas sobre un gran llano en que hay mucho loto,
juncia, trigo, espelta y blanca cebada muy lozana. Ítaca no tiene lugares
espaciosos donde se pueda correr, ni prado alguno, que es tierra apta para
pacer cabras y más agradable que las que nutren caballos. Las islas, que se
inclinan hacia el mar, no son propias para la equitación ni tienen hermosos
prados, é Ítaca menos que ninguna.»
609 Así dijo. Sonrióse Menelao, valiente en la pelea, y, acariciándole
con la mano, le habló de esta manera:

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611 «¡Hijo querido! Bien se muestra en lo que hablas la noble sangre de
que procedes. Cambiaré el regalo, ya que puedo hacerlo, y de cuantas cosas
se guardan en mi palacio voy á darte la más bella y preciosa. Te haré el
presente de una cratera labrada, toda de plata con los bordes de oro, que es
obra de Vulcano y diómela el héroe Fédimo, rey de los sidonios, cuando me
acogió en su casa al volver yo á la mía. Tal es lo que deseo regalarte.»
620 Así éstos conversaban. Los convidados fueron llegando á la
mansión del divino rey: unos traían ovejas, otros confortante vino; y sus
esposas, que llevaban hermosas cintas en la cabeza, trajéronles el pan. De
tal suerte se ocupaban, dentro del palacio, en preparar la comida.

625 Mientras tanto solazábanse los pretendientes ante el palacio de
Ulises, tirando discos y jabalinas en el labrado pavimento donde
acostumbraban ejecutar sus insolentes acciones. Antínoo estaba sentado y
también el deiforme Eurímaco, que eran los príncipes de los pretendientes y
sobre todos descollaban por su bravura. Y fué á encontrarlos Noemón, hijo
de Fronio; el cual, dirigiéndose á Antínoo, interrogóle con estas palabras:
632 «¡Antínoo! ¿Sabemos, por ventura, cuándo Telémaco volverá de la
arenosa Pilos? Se fué en mi nave y ahora la necesito para ir á la vasta Élide,
que allí tengo doce yeguas de vientre y sufridos mulos aún sin desbravar, y
traería alguno de éstos para domarlo.»
638 Así les habló; y quedáronse atónitos porque no se figuraban que
Telémaco hubiese tomado la rota de Pilos, la ciudad de Neleo; sino que
estaba en el campo, viendo las ovejas, ó en la cabaña del porquerizo.
641 Mas al fin Antínoo, hijo de Eupites, contestóle diciendo: «Habla
con sinceridad. ¿Cuándo se fué y qué jóvenes escogidos de Ítaca le
siguieron? ¿Ó son quizás hombres asalariados y esclavos suyos? Pues
también pudo hacerlo de semejante manera. Refiéreme asimismo la verdad
de esto, para que yo me entere: ¿te quitó la negra nave por fuerza y mal de
tu grado, ó se la diste voluntariamente cuando fué á hablarte?»
648 Noemón, hijo de Fronio, le respondió de esta guisa: «Se la di yo
mismo y de buen grado. ¿Qué hiciera cualquier otro, pidiéndosela un varón
tan ilustre y lleno de cuidados? Difícil hubiese sido negársela. Los
mancebos que le acompañan son los que más sobresalen en el pueblo, entre
nosotros, y como capitán vi embarcarse á Méntor ó á un dios que en todo le

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era semejante. Mas, de una cosa estoy asombrado; ayer, cuando apuntaba la
aurora, vi aquí al divinal Méntor y entonces se embarcó para ir á Pilos.»
657 Dicho esto, fuése Noemón á la casa de su padre. Indignáronse en su
corazón soberbio Antínoo y Eurímaco; y los demás pretendientes se
sentaron con ellos, cesando de jugar. Y ante todos habló Antínoo, hijo de
Eupites, que estaba afligido y tenía las negras entrañas llenas de cólera y los
ojos parecidos al relumbrante fuego:
663 «¡Oh dioses! ¡Gran proeza ha realizado orgullosamente Telémaco
con ese viaje! ¡Y decíamos que no lo llevaría á efecto! Contra la voluntad
de muchos se fué el niño, habiendo logrado botar una nave y elegir á los
mejores del pueblo. De aquí adelante comenzará á ser un peligro para
nosotros; ojalá que Júpiter le aniquile las fuerzas, antes que llegue á la flor
de la juventud. Mas, ea, proporcionadme ligero bajel y veinte compañeros,
y le armaré una emboscada cuando vuelva, acechando su retorno en el
estrecho que separa á Ítaca de la escabrosa Samos, á fin de que le resulte
funestísima la navegación que emprendió por saber noticias de su padre.»
673 Así les dijo. Todos lo aprobaron, exhortándole á ponerlo por obra; y
levantándose, se fueron en seguida al palacio de Ulises.
675 No tardó Penélope en saber los propósitos que los pretendientes
formaban en secreto, porque se lo dijo el heraldo Medonte, que oyó lo que
hablaban desde el exterior del patio mientras en éste urdían la trama. Entró,
pues, en la casa para contárselo á Penélope; y ésta, al verle en el umbral, le
habló diciendo:
681 «¡Heraldo! ¿Con qué objeto te envían los ilustres pretendientes?
¿Acaso para decir á las esclavas del divino Ulises que suspendan el trabajo
y les preparen el festín? Ojalá dejaran de pretenderme y de frecuentar esta
morada, celebrando hoy su postrera y última comida. Oh vosotros, los que,
reuniéndoos á menudo, consumís los muchos bienes que constituyen la
herencia del prudente Telémaco: ¿no oísteis decir á vuestros padres, cuando
erais todavía niños, de qué manera los trataba Ulises que á nadie hizo
agravio ni profirió en el pueblo palabras ofensivas, como acostumbran
hacer los divinales reyes, que aborrecen á unos hombres y aman á otros?
Jamás cometió aquél la menor iniquidad contra hombre alguno; y ahora son
bien patentes vuestro ánimo y vuestras malvadas acciones, porque ninguna
gratitud sentís por los beneficios.»
696 Entonces le respondió Medonte, que concebía sensatos
pensamientos: «Fuera ése, oh reina, el mal mayor. Pero los pretendientes

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fraguan ahora otro más grande y más grave, que ojalá el Saturnio no lleve á
término. Propónense matar á Telémaco con el agudo bronce, al punto que
llegue á este palacio; pues ha ido á la sagrada Pilos y á la divina
Lacedemonia en busca de noticias de su padre.»
703 Tal dijo. Penélope sintió desfallecer sus rodillas y su corazón,
estuvo un buen rato sin poder hablar, llenáronse de lágrimas sus ojos y la
voz sonora se le cortó. Mas, al fin hubo de responder con estas palabras:
707 «¡Heraldo! ¿Por qué se fué mi hijo? Ninguna necesidad tenía de
embarcarse en las naves de ligero curso, que sirven á los hombres como
caballos por el mar y atraviesan la grande extensión del agua. ¿Lo hizo
acaso para que ni memoria quede de su nombre entre los mortales?»
711 Le contestó Medonte, que concebía sensatos pensamientos: «Ignoro
si le incitó alguna deidad ó fué únicamente su corazón quien le impulsó á ir
á Pilos para saber noticias de la vuelta de su padre, y tampoco sé cuál suerte
le haya cabido.»
715 En diciendo esto, fuése por la morada de Ulises. Apoderóse de
Penélope el dolor, que destruye los ánimos, y ya no pudo permanecer
sentada en la silla, habiendo muchas en la casa; sino que se sentó en el
umbral del labrado aposento y lamentábase de tal modo que inspiraba
compasión. En torno suyo plañían todas las esclavas del palacio, así las
jóvenes como las viejas. Y díjoles Penélope, mientras derramaba
abundantes lágrimas: «Oídme, amigas; pues el Olímpico me ha dado más
pesares que á ninguna de las que conmigo nacieron y se criaron:
anteriormente perdí un egregio esposo que tenía el ánimo de un león y
descollaba sobre los dánaos en toda clase de excelencias, varón ilustre cuya
fama se difundía por la Hélade y en medio de Argos; y ahora las
tempestades se habrán llevado del palacio á mi hijo querido, sin gloria y sin
que ni siquiera me enterara de su partida. ¡Crueles! ¡Á ninguna de vosotras
le vino á las mientes hacerme levantar de la cama, y supisteis con certeza
cuándo aquél se fué á embarcar en la cóncava y negra nave! Pues de llegar á
mis oídos que proyectaba ese viaje, quedárase en casa, por deseoso que
estuviera de partir, ó me hubiese dejado muerta en el palacio. Vaya alguna á
llamar prestamente al anciano Dolio, mi esclavo, el que me dió mi padre
cuando vine aquí y cuida de mi huerto poblado de muchos árboles, para que
corra á encontrar á Laertes y se lo cuente todo; por si Laertes, ideando algo,
sale á quejarse de los ciudadanos que desean exterminarle el linaje, el de
Ulises igual á un dios.»

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742 Díjole entonces Euriclea, su nodriza amada: «¡Niña querida! Ya me
mates con el cruel bronce, ya me dejes viva en el palacio, nada te quiero
ocultar. Yo lo supe todo y di á Telémaco cuanto me ordenara—pan y dulce
vino—pero hízome prestar solemne juramento de que no te lo dijese hasta
el duodécimo día ó hasta que te aquejara el deseo de verle ú oyeras decir
que había partido, á fin de evitar que lloraras, dañando así tu hermoso
cuerpo. Mas ahora, sube con tus esclavas á lo alto de la casa, lávate,
envuelve tu cuerpo en vestidos puros, ora á Minerva hija de Júpiter, que
lleva la égida, y la diosa salvará á tu hijo de la muerte. No angusties más á
un anciano afligido, pues yo no creo que el linaje del Arcesíada les sea
odioso hasta tal grado á los bienaventurados dioses; sino que siempre
quedará alguien que posea la casa de elevada techumbre y los extensos y
fértiles campos.»
758 Así le dijo y calmóle el llanto, consiguiendo que sus ojos dejaran de
llorar. Lavóse Penélope, envolvió su cuerpo en vestidos puros, subió con las
esclavas á lo alto de la casa, puso las molas en un cestillo, y oró de este
modo á la diosa Minerva:
762 «¡Óyeme, hija de Júpiter que lleva la égida; indómita deidad! Si
alguna vez el ingenioso Ulises quemó en tu honor, dentro del palacio,
pingües muslos de buey ó de oveja; acuérdate de los mismos, sálvame el
hijo amado y aparta á los perversos y ensoberbecidos pretendientes.»
767 En acabando de hablar dió un grito; y la diosa escuchó la plegaria.
Los pretendientes movían alboroto en la obscura sala, y uno de los
soberbios jóvenes dijo de esta guisa:
770 «La reina, á quien tantos pretenden, debe de aparejar el casamiento
é ignora que su hijo ya tiene la muerte preparada.»
772 Así habló; pero no sabían lo que dentro pasaba. Y Antínoo
arengóles diciendo:
774 «¡Desgraciados! Absteneos todos de pronunciar frases insolentes;
no sea que alguno vaya á contarlas á Penélope. Mas, ea, levantémonos y
pongamos en obra, silenciosamente, el proyecto que á todos nos place.»
778 Dicho esto, escogió los veinte hombres más esforzados y fuése con
ellos á la orilla del mar, donde estaba la velera nao. Ante todo echaron la
negra embarcación al mar profundo, después le pusieron el mástil y las
velas, luego aparejaron los remos con correas de cuero, haciéndolo como
era debido, desplegaron más tarde las blancas velas y sus bravos servidores

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trajéronles las armas. Anclaron la nave, después de llevarla adentro del mar;
saltaron en tierra y se pusieron á comer, aguardando que viniese la tarde.
787 Mientras tanto, la prudente Penélope yacía en el piso superior y
estaba en ayunas, sin haber comido ni bebido, pensando siempre en si su
irreprochable hijo escaparía de la muerte ó lo harían sucumbir los
orgullosos pretendientes. Y cuantas cosas piensa un león al verse cercado
por multitud de hombres que forman á su alrededor insidioso círculo, otras
tantas revolvía Penélope en su mente cuando le sobrevino dulce sueño.
Durmió recostada, y todos sus miembros se relajaron.
795 Entonces Minerva, la de los brillantes ojos, ordenó otra cosa. Hizo
un fantasma parecido á una mujer, á Iftima, hija del magnánimo Icario, con
la cual estaba casado Eumelo, que tenía su casa en Feras; y enviólo á la
morada del divinal Ulises, para poner fin de algún modo al llanto y á los
gemidos de Penélope, que se lamentaba sollozando. Entró, pues,
deslizándose por la correa del cerrojo, se le puso sobre la cabeza y díjole
estas palabras:
804 «¿Duermes, Penélope, con el corazón afligido? Los dioses, que
viven felizmente, no te permiten llorar ni angustiarte; pues tu hijo aún ha de
volver, que en nada pecó contra las deidades.»
808 Respondióle la prudente Penélope desde las puertas del sueño,
donde estaba muy suavemente dormida: «¡Hermana! ¿Á qué has venido?
Hasta ahora no solías frecuentar el palacio, porque se halla muy lejos de tu
morada. ¡Mandas que cese mi aflicción y los muchos pesares que me
conturban la mente y el ánimo! Anteriormente perdí un egregio esposo que
tenía el ánimo de un león y descollaba sobre los dánaos en toda clase de
excelencias, varón ilustre cuya fama se difundía por la Hélade y en medio
de Argos; y ahora mi hijo amado se fué en cóncavo bajel, niño aún,
inexperto en el trabajo y en el habla. Por éste me lamento todavía más que
por aquél; por éste tiemblo, y temo que padezca algún mal en el país de
aquellos adonde fué, ó en el ponto. Que son muchos los enemigos que están
maquinando contra él, deseosos de matarle antes de que llegue á su patria
tierra.»
824 El obscuro fantasma le respondió diciendo: «Cobra ánimo y no
sientas en tu pecho excesivo temor. Tu hijo va acompañado por quien
desearan muchos hombres que á ellos les protegiese como puede hacerlo,
por Palas Minerva, que se compadece de ti y me envía á participarte estas
cosas.»

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830 Entonces hablóle de esta manera la prudente Penélope: «Pues si
eres diosa y has oído la voz de una deidad, ea, dime si aquél desgraciado
vive aún y goza de la lumbre del sol, ó ha muerto y se halla en la morada de
Plutón.»
835 El obscuro fantasma le contestó diciendo: «No te revelaré
claramente si vive ó ha muerto, porque es malo hablar de cosas vanas.»
838 Cuando esto hubo dicho, fuése por la cerradura de la puerta como
un soplo de viento. Despertóse la hija de Icario y se le alegró el corazón
porque había tenido tan claro ensueño en la obscuridad de la noche.
842 Ya los pretendientes se habían embarcado y navegaban por la
líquida llanura, maquinando en su pecho una muerte cruel para Telémaco.
Hay en el mar una isla pedregosa, en medio de Ítaca y de la áspera Same—
Ásteris—que no es extensa, pero tiene puertos de doble entrada, excelentes
para que fondeen los navíos: allí los aqueos se pusieron en emboscada para
aguardar á Telémaco.

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Mercurio, enviado por Júpiter, manda á Calipso que deje partir á Ulises

CANTO V
LA BALSA DE ULISES

1 La Aurora se levantaba del lecho, dejando al ilustre Titón, para llevar
la luz á los inmortales y á los mortales, cuando los dioses se reunieron en
junta, sin que faltara Júpiter altitonante cuyo poder es grandísimo. Y
Minerva, trayendo á la memoria los muchos infortunios de Ulises, los
refirió á las deidades; interesándose por el héroe, que se hallaba entonces en
el palacio de la ninfa:
7 «¡Padre Júpiter, bienaventurados y sempiternos dioses! Ningún rey,
que empuñe cetro, sea benigno, ni blando, ni suave, ni emplee el
entendimiento en cosas justas; antes, por el contrario, obre siempre con
crueldad y lleve al cabo acciones nefandas; ya que nadie se acuerda del
divino Ulises, entre los ciudadanos sobre los cuales reinaba con la suavidad
de un padre. Hállase en una isla atormentado por fuertes pesares: en el

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palacio de la ninfa Calipso, que le detiene por fuerza; y no le es posible
llegar á su patria porque le faltan naves provistas de remos y compañeros
que le conduzcan por el ancho dorso del mar. Y ahora quieren matarle el
hijo amado así que torne á su casa, pues ha ido á la sagrada Pilos y á la
divina Lacedemonia en busca de noticias de su padre.»
21 Respondióle Júpiter, que amontona las nubes: «¡Hija mía! ¡Qué
palabras se te escaparon del cerco de los dientes! ¿No formaste tú misma
ese proyecto: que Ulises, al tornar á su tierra, se vengaría de aquéllos? Pues
acompaña con discreción á Telémaco, ya que puedes hacerlo, á fin de que
se restituya incólume á su patria y los pretendientes que están en la nave
tengan que volverse.»
28 Dijo; y, dirigiéndose á Mercurio, su hijo amado, hablóle de esta
suerte: «¡Mercurio! Ya que en lo demás eres tú el mensajero, ve á decir á la
ninfa de hermosas trenzas nuestra firme resolución—que Ulises torne á su
patria—para que el héroe emprenda el regreso sin ir acompañado ni por los
dioses ni por los mortales hombres: navegando en una balsa hecha con gran
número de ataduras, llegará en veinte días y padeciendo trabajos á la fértil
Esqueria, á la tierra de los feacios, que por su linaje son cercanos á los
dioses; y ellos le honrarán cordialmente, como á una deidad, y le enviarán
en un bajel á su patria tierra, después de regalarle bronce, oro en
abundancia, vestidos, y tantas cosas como jamás sacara de Troya si llegase
indemne y habiendo obtenido la parte de botín que le correspondiese.
Dispuesto está por el hado que Ulises vea á sus amigos y llegue á su casa de
alto techo y á su patria.»
43 Así habló. El mensajero Argicida no fué desobediente: al punto ató á
sus pies los áureos divinos talares, que le llevaban sobre el mar y sobre la
tierra inmensa con la rapidez del viento, y tomó la vara con la cual
adormece los ojos de los hombres que quiere ó despierta á los que duermen.
Teniéndola en las manos, el poderoso Argicida emprendió el vuelo y, al
llegar á la Pieria, bajó al ponto y comenzó á volar rápidamente, como la
gaviota que, pescando peces en los grandes senos del mar estéril, moja en el
agua del mar sus tupidas alas: tal parecía Mercurio mientras volaba por
encima del gran oleaje. Cuando hubo arribado á aquella isla tan lejana, salió
del violáceo ponto, saltó en tierra, prosiguió su camino hacia la vasta gruta
donde moraba la ninfa de hermosas trenzas, y hallóla dentro. Ardía en el
hogar un gran fuego y el olor del hendible cedro y de la tuya, que en él se
quemaban, difundíase por la isla hasta muy lejos; mientras ella, cantando

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con voz hermosa, tejía en el interior con lanzadera de oro. Rodeando la
gruta, había crecido una verde selva de chopos, álamos y cipreses olorosos,
donde anidaban aves de luengas alas: buhos, gavilanes y cornejas marinas,
de ancha lengua, que se ocupan en cosas del mar. Allí mismo, junto á la
honda cueva, extendíase una viña floreciente, cargada de uvas; y cuatro
fuentes manaban, muy cerca la una de la otra, dejando correr en varias
direcciones sus aguas cristalinas. Veíanse en contorno verdes y amenos
prados de violetas y apio; y, al llegar allí, hasta un inmortal se hubiese
admirado, sintiendo que se le alegraba el corazón. Detúvose el Argicida á
contemplar aquello; y, después de admirarlo, penetró en la ancha gruta, y
fué conocido por Calipso, la divina entre las diosas, desde que á ella se
presentara—que los dioses inmortales se conocen, aunque vivan apartados;
—pero no halló al magnánimo Ulises, que estaba llorando en la ribera,
donde tantas veces, consumiendo su ánimo con lágrimas, suspiros y
dolores, fijaba los ojos en el ponto estéril y derramaba copioso llanto. Y
Calipso, la divina entre las diosas, hizo sentar á Mercurio en espléndido y
magnífico sitial, é interrogóle de esta suerte:
87 «¿Por qué, oh Mercurio, el de la áurea vara, venerable y caro, vienes
á mi morada? Antes no solías frecuentarla. Di qué deseas, pues mi ánimo
me impulsa á realizarlo si puedo y es factible. Pero sígueme, á fin de que te
ofrezca los dones de la hospitalidad.»
92 Habiendo hablado de semejante modo, la diosa púsole delante una
mesa, que había llenado de ambrosía, y mezcló el rojo néctar. Allí bebió y
comió el mensajero Argicida. Y cuando hubo cenado y repuesto su ánimo
con la comida, respondió á Calipso con estas palabras:
97 «Me preguntas, oh diosa, á mí, que soy dios, por qué he venido. Voy
á decírtelo con sinceridad, ya que así lo mandas. Júpiter me ordenó que
viniese, sin que yo lo deseara: ¿quién pasaría de buen grado tanta agua
salada que ni decirse puede, mayormente no habiendo por ahí ninguna
ciudad en que los mortales hagan sacrificios á los dioses y les inmolen
selectas hecatombes? Mas no le es posible á ningún dios ni transgredir ni
dejar sin efecto la voluntad de Júpiter, que lleva la égida. Dice que está
contigo un varón, que es el más infortunado de cuantos combatieron
alrededor de la ciudad de Príamo durante nueve años y, en el décimo,
habiéndola destruído, tornaron á sus casas; pero en la vuelta ofendieron á
Minerva y la diosa hizo que se levantara un viento desfavorable é hinchadas
olas. En éstas hallaron la muerte sus esforzados compañeros; y á él

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trajéronlo acá el viento y el oleaje. Y Júpiter te manda que á tal varón le
permitas que se vaya cuanto antes; porque no es su destino morir lejos de
los suyos, sino que el hado tiene dispuesto que los vuelva á ver, llegando á
su casa de elevada techumbre y á su patria tierra.»
116 Tal dijo. Estremecióse Calipso, la divina entre las diosas, y
respondió con estas aladas palabras: «Sois, oh dioses, malignos y celosos
como nadie, pues sentís envidia de las diosas que no se recatan de dormir
con el hombre á quien han tomado por esposo. Así, cuando la Aurora de
rosáceos dedos arrebató á Orión, le tuvisteis envidia vosotros los dioses,
que vivís sin cuidados, hasta que la casta Diana, la de trono de oro, lo mató
en Ortigia alcanzándole con sus dulces flechas. Asimismo, cuando Ceres, la
de hermosas trenzas, cediendo á los impulsos de su corazón, juntóse en
amor y cama con Yasión en una tierra noval labrada tres veces, Júpiter, que
no tardó en saberlo, mató al héroe hiriéndole con el ardiente rayo. Y así
también me tenéis envidia, oh dioses, porque está conmigo un hombre
mortal; á quien salvé cuando bogaba sólo y montado en una quilla, después
que Júpiter le hendió la nave, en medio del vinoso ponto, arrojando contra
la misma el ardiente rayo. Allí acabaron la vida sus fuertes compañeros;
mas á él trajéronlo acá el viento y el oleaje. Y le acogí amigablemente, le
mantuve y díjele á menudo que le haría inmortal y libre de la vejez para
siempre jamás. Pero, ya que no le es posible á ningún dios ni transgredir ni
dejar sin efecto la voluntad de Júpiter, que lleva la égida, váyase aquél por
el mar estéril, si ése le incita y se lo manda; que yo no le he de despedir—
pues no dispongo de naves provistas de remos, ni puedo darle compañeros
que le conduzcan por el ancho dorso del mar,—aunque le aconsejaré de
muy buena voluntad, sin ocultarle nada, para que llegue sano y salvo á su
patria tierra.»
145 Replicóle el mensajero Argicida: «Despídele pronto y teme la
cólera de Júpiter; no sea que este dios, irritándose, se ensañe contra ti en lo
sucesivo.»
148 En diciendo esto, partió el poderoso Argicida; y la veneranda ninfa,
oído el mensaje de Júpiter, fuése á encontrar al magnánimo Ulises. Hallóle
sentado en la playa, que allí se estaba, sin que sus ojos se secasen del
continuo llanto, y consumía su dulce existencia suspirando por el regreso;
pues la ninfa ya no le era grata. Obligado á pernoctar en la profunda cueva,
durmiendo con la ninfa que le quería sin que él la quisiese, pasaba el día
sentado en las rocas de la ribera del mar y, consumiendo su ánimo en

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lágrimas, suspiros y dolores, clavaba los ojos en el ponto estéril y
derramaba copioso llanto. Y, parándose cerca de él, díjole de esta suerte la
divina entre las diosas:
160 «¡Desdichado! No llores más ni consumas tu vida, pues de muy
buen grado dejaré que partas. Ea, corta maderos grandes; y, ensamblándolos
con el bronce, forma una extensa balsa y cúbrela con piso de tablas, para
que te lleve por el obscuro ponto. Yo pondré en ella pan, agua y el rojo
vino, regocijador del ánimo, que te librarán de padecer hambre; te daré
vestidos y te mandaré próspero viento, á fin de que llegues sano y salvo á tu
patria tierra si así lo quieren los dioses que habitan el anchuroso cielo; los
cuales me aventajan lo mismo en formar propósitos que en llevarlos á
término.»
171 Tal dijo. Estremecióse el paciente divinal Ulises y respondió con
estas aladas palabras:
173 «Algo revuelves en tu pensamiento, oh diosa, y no por cierto mi
partida, al ordenarme que atraviese en una balsa el gran abismo del mar, tan
terrible y peligroso que no lo pasaran fácilmente naves de buenas
proporciones, veleras, animadas por un viento favorable que les enviara
Jove. Yo no subiría en la balsa, mal de tu grado, si no te resolvieras á prestar
firme juramento de que no maquinarás causarme ningún otro pernicioso
daño.»
180 De tal suerte habló. Sonrióse Calipso, la divina entre las diosas; y,
acariciándole con la mano, le dijo estas palabras:
182 «Eres en verdad injusto, aunque no sueles pensar cosas livianas,
cuando tales palabras te has atrevido á proferir. Sépanlo la Tierra y desde
arriba el anchuroso Cielo y el agua de la Estigia—que es el juramento
mayor y más terrible para los bienaventurados dioses:—no maquinaré
contra ti ningún pernicioso daño, y pienso y he de aconsejarte cuanto para
mí misma discurriera si en tan grande necesidad me viese. Mi intención es
justa, y en mi pecho no se encierra un ánimo férreo, sino compasivo.»
192 Cuando así hubo hablado, la divina entre las diosas echó á andar
aceleradamente y Ulises fué siguiendo las pisadas de la deidad. Llegaron á
la profunda cueva la diosa y el varón, éste se acomodó en la silla de donde
se levantara Mercurio y la ninfa sirvióle toda clase de alimentos, así
comestibles como bebidas, de los que se mantienen los mortales hombres.
Luego sentóse ella enfrente del divinal Ulises, y sirviéronle las criadas
ambrosía y néctar. Cada uno echó mano á las viandas que tenía delante; y,

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apenas se hubieron saciado de comer y de beber, Calipso, la divina entre las
diosas, rompió el silencio y dijo:

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¡Desdichado! No llores más, ni consumas tu vida, pues de muy buen grado dejaré que partas
(Canto V, versos 160 y 161.)

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203 «¡Laertíada, de jovial linaje! ¡Ulises, fecundo en recursos! Así pues
¿deseas irte en seguida á tu casa y á tu patria tierra? Sé, esto no obstante,
dichoso. Pero, si tu inteligencia conociese los males que habrás de padecer
fatalmente antes de llegar á tu patria, te quedaras conmigo, custodiando esta
morada, y fueras inmortal, aunque estés deseoso de ver á tu esposa de la
que padeces soledad todos los días. Yo me jacto de no serle inferior ni en el
cuerpo ni en el natural, que no pueden las mortales competir con las diosas
ni por su cuerpo ni por su belleza.»
214 Respondióle el ingenioso Ulises: «¡No te enojes conmigo,
veneranda deidad! Conozco muy bien que la prudente Penélope te es
inferior en belleza y en estatura; siendo ella mortal y tú inmortal y exenta de
la vejez. Esto no obstante, deseo y anhelo continuamente irme á mi casa y
ver lucir el día de mi vuelta. Y si alguno de los dioses quisiera aniquilarme
en el vinoso ponto, lo sufriré con el ánimo que llena mi pecho y tan
paciente es para los dolores; pues he padecido muy mucho así en el mar
como en la guerra, y venga este mal tras de los otros.»
225 Así habló. Púsose el sol y sobrevino la obscuridad. Retiráronse
entonces á lo más hondo de la profunda cueva; y allí, muy juntos, hallaron
en el amor contentamiento.
228 Mas, no bien se mostró la hija de la mañana, la aurora de rosáceos
dedos, vistióse Ulises la túnica y el manto; y ella se puso amplia vestidura,
fina y hermosa, ciñó el talle con lindo cinturón de oro, veló su cabeza, y
ocupóse en disponer la partida del magnánimo Ulises. Dióle una gran segur
que pudiera manejar, de bronce, aguda de entrambas partes, con un hermoso
astil de olivo bien ajustado; entrególe después una azuela muy pulimentada;
y le llevó á un extremo de la isla, donde habían crecido altos árboles—
chopos, álamos y el abeto que sube hasta el cielo—todos los cuales estaban
secos desde antiguo y eran muy duros y á propósito para mantenerse á flote
sobre las aguas. Y tan presto como le hubo enseñado donde crecieran
aquellos grandes árboles, Calipso, la divina entre las diosas, volvió á su
morada.
243 Ulises se puso á cortar troncos y no tardó en dar fin á su trabajo.
Derribó veinte, que desbastó con el bronce, pulió con habilidad y enderezó
por medio de un nivel. Calipso, la divina entre las diosas, trájole unos
barrenos con los cuales taladró el héroe todas las piezas que unió luego,
sujetándolas con clavos y clavijas. Cuan ancho es el redondeado fondo de
un buen navío de carga, que hábil artífice construyera, tan grande hizo

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Ulises la balsa. Labró después la cubierta, adaptándola á espesas vigas y
dándole remate con un piso de largos tablones; puso en el centro un mástil
con su correspondiente entena, y fabricó un timón para regir la balsa. Á ésta
la protegió por todas partes con mimbres entretejidos, que fuesen reparo de
las olas, y la lastró con abundante madera. Mientras tanto Calipso, la divina
entre las diosas, trájole lienzo para las velas; y Ulises las construyó con
gran habilidad. Y, atando en la balsa cuerdas, maromas y bolinas, echóla por
medio de unos parales al mar divino.
262 Al cuarto día ya todo estaba terminado, y al quinto despidióle de la
isla la divina Calipso, después de lavarlo y de vestirle perfumadas
vestiduras. Entrególe la diosa un pellejo de negro vino, otro grande de agua,
un saco de provisiones y muchos manjares gratos al ánimo; y mandóle
favorable y plácido viento. Gozoso desplegó las velas el divinal Ulises y,
sentándose, comenzó á regir hábilmente la balsa con el timón, sin que el
sueño cayese en sus párpados, mientras contemplaba las Pléyades, el
Bootes, que se pone muy tarde, y la Osa, llamada el Carro por sobrenombre,
la cual gira siempre en el mismo lugar, acecha á Orión y es la única que no
se baña en el Océano; pues habíale ordenado Calipso, la divina entre las
diosas, que tuviera la Osa á la mano izquierda durante la travesía. Diez y
siete días navegó, atravesando el mar, y al décimo octavo pudo ver los
umbrosos montes del país de los feacios en la parte más cercana,
apareciéndosele como un escudo en medio del sombrío ponto.
282 El poderoso Neptuno, que sacude la tierra, regresaba entonces de
Etiopía y vió á Ulises de lejos, desde los montes Solimos, pues se le
apareció navegando por el ponto. Encendióse en ira la deidad y, sacudiendo
la cabeza, habló entre sí de semejante modo:
286 «¡Ah! Sin duda cambiaron los dioses sus propósitos con respecto á
Ulises, mientras yo me hallaba entre los etíopes. Ya está junto á la tierra de
los feacios donde es fatal que se libre del cúmulo de desgracias que le han
alcanzado. Creo, no obstante, que aún habrá de sufrir no pocos males.»
291 Dijo; y, echando mano al tridente, congregó las nubes y turbó el
mar; suscitó grandes torbellinos de toda clase de vientos; cubrió de nubes la
tierra y el ponto, y la noche cayó del cielo. Soplaron á la vez el Euro, el
Noto, el impetuoso Céfiro y el Bóreas que, nacido en el éter, levanta
grandes olas. Entonces desfallecieron las rodillas y el corazón de Ulises; y
el héroe, gimiendo, á su magnánimo espíritu así le hablaba:

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299 «¡Ay de mí, desdichado! ¿Qué es lo que, por fin, me va á suceder?
Temo que resulten verídicas las predicciones de la diosa, la cual me
aseguraba que había de pasar grandes trabajos en el ponto antes de volver á
la patria tierra, pues ahora todo se está cumpliendo. ¡Con qué nubes ha
cerrado Júpiter el anchuroso cielo! Y ha conturbado el mar; y arrecian los
torbellinos de toda clase de vientos. Ahora me espera, á buen seguro, una
terrible muerte. ¡Oh, una y mil veces dichosos los dánaos que perecieron en
la vasta Troya, luchando para complacer á los Atridas! ¡Así hubiese muerto
también, cumpliéndose mi destino, el día en que multitud de teucros me
arrojaban broncíneas lanzas junto al cadáver del Pelida! Allí obtuviera
honras fúnebres y los aqueos ensalzaran mi gloria; pero dispone el hado que
yo sucumba con deplorable muerte.»
313 Mientras esto decía, vino una grande ola que desde lo alto cayó
horrendamente sobre Ulises é hizo que la balsa zozobrara. Fué arrojado el
héroe lejos de la balsa, sus manos dejaron el timón, llegó un horrible
torbellino de mezclados vientos que rompió el mástil por la mitad, y la vela
y la entena cayeron en el ponto á gran distancia. Mucho tiempo permaneció
Ulises sumergido, que no pudo salir á flote inmediatamente por el gran
ímpetu de las olas y porque le apesgaban los vestidos que le había
entregado la divinal Calipso. Emergió, por fin, despidiendo de la boca el
agua amarga que asimismo le corría de la cabeza en sonoros chorros. Mas,
aunque fatigado, no se olvidó de la balsa; sino que, moviéndose con vigor
por entre las olas, la asió y sentóse en medio para evitar la muerte. El gran
oleaje llevaba la balsa de acá para allá, según la corriente. Del mismo modo
que el otoñal Bóreas arrastra por la llanura unos vilanos, que entre sí se
entretejen espesos; así los vientos conducían la balsa por el piélago, de acá
para allá: unas veces el Noto la arrojaba al Bóreas, para que se la llevase, y
en otras ocasiones el Euro la cedía al Céfiro á fin de que éste la persiguiera.
333 Pero vióle Ino Leucotea, hija de Cadmo, la de pies hermosos, que
antes había sido mortal dotada de voz y entonces, residiendo en lo hondo
del mar, disfrutaba de honores divinos. Y como se apiadara de Ulises, al
contemplarle errabundo y abrumado por la fatiga, transfiguróse en mergo,
salió volando del abismo del mar y, posándose en la balsa construída con
muchas ataduras, díjole estas palabras:
339 «¡Desdichado! ¿Por qué Neptuno, que sacude la tierra, se airó tan
fieramente contigo y te está suscitando numerosos males? No logrará
anonadarte por mucho que lo anhele. Haz lo que voy á decir, pues me figuro

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que no te falta prudencia: quítate esos vestidos, deja la balsa para que los
vientos se la lleven y, nadando con las manos, procura llegar á la tierra de
los feacios, donde el hado ha dispuesto que te salves. Toma, extiende este
velo inmortal debajo de tu pecho y no temas padecer, ni morir tampoco. Y
así que toques con tus manos la tierra firme, quítatelo y arrójalo en el
vinoso ponto, volviéndote á otro lado.»
351 Dichas estas palabras, la diosa le entregó el velo y, transfigurada en
mergo, tornó á sumergirse en el undoso ponto y las negruzcas olas la
cubrieron. Mas el paciente divinal Ulises estaba indeciso y, gimiendo, habló
de esta guisa á su corazón magnánimo:
356 «¡Ay de mí! No sea que alguno de los inmortales me tienda un lazo,
cuando me da la orden de que desampare la balsa. No obedeceré todavía,
que con mis ojos veo que está muy lejana la tierra donde, según afirman, he
de hallar refugio; antes procederé de esta suerte por ser, á mi juicio, lo
mejor: mientras los maderos estén sujetados por las clavijas, seguiré aquí y
sufriré los males que haya de padecer, y luego que las olas deshagan la
balsa me pondré á nadar; pues no se me ocurre nada más provechoso.»
365 Tales cosas revolvía en su mente y en su corazón, cuando Neptuno,
que sacude la tierra, alzó una oleada tremenda, difícil de resistir, alta como
un techo, y llevóla contra el héroe. De la suerte que impetuoso viento
revuelve un montón de pajas secas, dispersándolas por este y por el otro
lado; de la misma manera desbarató la ola los grandes leños de la balsa.
Pero Ulises asió uno de los tablones y se puso á caballo en él; desnudóse los
vestidos que la divinal Calipso le entregara, extendió prestamente el velo
debajo de su pecho y se dejó caer en el agua boca abajo, con los brazos
abiertos, deseoso de nadar. Vióle el poderoso dios que sacude la tierra y,
moviendo la cabeza, habló entre sí de semejante modo:
377 «Ahora, que has padecido tantos males, vaga por el ponto hasta que
llegues á juntarte con esos hombres, alumnos de Júpiter. Se me figura que ni
aun así te parecerán pocas tus desgracias.»
380 Dicho esto, picó con el látigo á los corceles y se fué á Egas, donde
posee ínclita morada.
382 Entonces Minerva, hija de Júpiter, ordenó otra cosa. Cerró el
camino á los vientos, y les mandó que se sosegaran y durmieran; y,
haciendo soplar el rápido Bóreas, quebró las olas hasta que Ulises, de jovial
linaje, librándose de la muerte y de las Parcas, llegase á los feacios, amantes
de manejar los remos.

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388 Dos días con sus noches anduvo errante el héroe sobre las densas
olas, y su corazón presagióle la muerte en repetidos casos. Mas, tan luego
como la Aurora, de hermosas trenzas, dió principio al tercer día, cesó el
vendaval, reinó sosegada calma y Ulises pudo ver, desde lo alto de una
ingente ola y aguzando mucho la vista, que la tierra se hallaba cerca. Cuan
grata se les presenta á los hijos la vida de un padre que estaba postrado por
la enfermedad y padecía graves dolores, consumiéndose desde largo tiempo
á causa de la persecución de infesto numen, si los dioses le libran
felizmente del mal; tan agradable apareció para Ulises la tierra y el bosque.
Nadaba, pues, esforzándose por asentar el pie en tierra firme; mas, así que
estuvo tan cercano á la orilla que hasta ella hubiesen llegado sus gritos, oyó
el estrépito con que en las peñas se rompía el mar. Bramaban las inmensas
olas, azotando horrendamente la árida costa, y todo estaba cubierto de
salada espuma; pues allí no había puertos, donde las naves se acogiesen, ni
siquiera ensenadas, sino orillas abruptas, rocas y escollos. Entonces
desfallecieron las rodillas y el corazón de Ulises; y el héroe, gimiendo, á su
magnánimo espíritu así le hablaba:
408 «¡Ay de mí! Después que Júpiter me concedió que viese inesperada
tierra, y acabé de surcar este abismo, ningún paraje descubro por donde
consiga salir del albo mar. Por defuera hay agudos peñascos á cuyo
alrededor braman las olas impetuosamente, y la roca se levanta lisa; y aquí
es el mar tan hondo que no puedo afirmar los pies para librarme del mal. No
sea que, cuando me disponga á salir, ingente ola me arrebate y dé conmigo
en el pétreo peñasco; y resulte inútil mi intento. Mas, si voy nadando, en
busca de una playa ó de un puerto de mar, temo que nuevamente me
arrebate la tempestad y me lleve al ponto, abundante en peces, haciéndome
proferir hondos suspiros; ó que una deidad incite contra mí algún monstruo
marino, como los que cría en gran abundancia la ilustre Anfitrite; pues sé
que el ínclito dios que bate la tierra está enojado conmigo.»

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Vaga por el ponto, le dijo Neptuno, hasta que llegues á juntarte con esos hombres alumnos
de Júpiter

(Canto V, versos 377 y 378.)

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424 Mientras tales pensamientos revolvía en su mente y en su corazón,
una oleada lo llevó á la áspera ribera. Allí se habría desgarrado la piel y roto
los huesos, si Minerva, la deidad de los brillantes ojos, no le hubiese
sugerido en el ánimo lo que llevó á efecto: lanzóse á la roca, la asió con
ambas manos y, gimiendo, permaneció adherido á la misma hasta que la
enorme ola hubo pasado. De esta suerte la evitó; mas, al refluir, dióle tal
acometida, que lo echó en el ponto y bien adentro. Así como el pulpo,
cuando lo sacan de su escondrijo, lleva pegadas á los tentáculos muchas
pedrezuelas; así, la piel de las fornidas manos de Ulises se desgarró y quedó
en las rocas, mientras le cubría inmensa ola. Y allí acabara el infeliz Ulises,
contra lo dispuesto por el hado, si Minerva, la deidad de los brillantes ojos,
no le inspirara prudencia. Salió á flote y, apartándose de las olas que se
rompen con estrépito en la ribera, nadó á lo largo de la orilla, mirando á la
tierra, por si hallaba alguna playa ó un puerto de mar. Mas, como llegase,
nadando, á la boca de un río de hermosa corriente, el lugar parecióle óptimo
por carecer de rocas y formar un reparo contra el viento. Y conociendo que
era un río que desembocaba, suplicóle así en su corazón:
445 «¡Óyeme, oh soberano, quienquiera que seas! Vengo á ti, tan
deseado, huyendo del ponto y de las amenazas de Neptuno. Es digno de
respeto aun para los inmortales dioses el hombre que se presenta errabundo,
como llego ahora á tu corriente y á tus rodillas después de pasar muchos
trabajos. ¡Oh rey, apiádate de mí, ya que me glorío de ser tu suplicante!»
451 Tales fueron sus palabras. En seguida suspendió el río su corriente,
apaciguó las olas, hizo reinar la calma delante de sí y salvó á Ulises en la
desembocadura. El héroe dobló entonces las rodillas y los fuertes brazos,
pues su corazón estaba fatigado de luchar con el ponto. Tenía Ulises todo el
cuerpo hinchado, de su boca y de su nariz manaba en abundancia el agua
del mar; y, falto de aliento y de voz, quedóse tendido y sin fuerzas porque el
terrible cansancio le abrumaba. Cuando ya respiró y volvió en su acuerdo,
desató el velo de la diosa y arrojólo en el río, que corría hacia el mar:
llevóse el velo una ola grande en la dirección de la corriente y pronto Ino lo
tuvo en sus manos. Ulises se apartó del río, echóse al pie de unos juncos,
besó la fértil tierra y, gimiendo, á su magnánimo espíritu así le hablaba:
465 «¡Ay de mí! ¿Qué no padezco? ¿Qué es lo que al fin me va á
suceder? Si paso la molesta noche junto al río, quizás la dañosa helada y el
fresco rocío me acaben; pues estoy tan débil que apenas puedo respirar, y
una brisa glacial viene del río antes de rayar el alba. Y si subo al collado y

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me duermo entre los espesos arbustos de la selva umbría, como me dejen el
frío y el cansancio y me venga dulce sueño, temo ser presa y pasto de las
fieras.»
474 Después de meditarlo, se le ofreció como mejor el último partido.
Fuése, pues, á la selva que halló cerca del agua, en un altozano, y metióse
debajo de dos arbustos que habían nacido en un mismo lugar y eran un
acebuche y un olivo. Ni el húmedo soplo de los vientos pasaba á través de
ambos, ni el resplandeciente sol los hería con sus rayos, ni la lluvia los
penetraba del todo: tan espesos y entrelazados habían crecido. Debajo de
ellos se introdujo Ulises y al instante aparejóse con sus manos ancha cama,
pues había tal abundancia de hojas secas que bastaran para abrigar á dos ó
tres hombres en lo más fuerte del invierno por riguroso que fuese. Mucho
holgó de verlas el paciente divinal Ulises, que se acostó en medio y se
cubrió con multitud de las mismas. Así como el que vive en remoto campo
y no tiene vecinos, esconde un tizón en la negra ceniza para conservar el
fuego y no tener que ir á encenderlo á otra parte; de esta suerte se cubrió
Ulises con la hojarasca. Y Minerva infundióle en los ojos dulce sueño y le
cerró los párpados para que cuanto antes se librara del penoso cansancio.

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Nausícaa guía á Ulises, que se le ha presentado cerca del río, al palacio de Alcínoo

CANTO VI
LLEGADA DE ULISES AL PAÍS DE LOS FEACIOS

1 Mientras así dormía el paciente y divinal Ulises, rendido del sueño y
del cansancio, Minerva se fué al pueblo y á la ciudad de los feacios, los
cuales habitaron antiguamente en la espaciosa Hiperea, junto á los Ciclopes,
varones soberbios que les causaban daño porque eran más fuertes y
robustos. De allí los sacó Nausítoo, semejante á un dios: condújolos á
Esqueria, lejos de los hombres industriosos, donde se establecieron;
construyó un muro alrededor de la ciudad, edificó casas, erigió templos á
las divinidades y repartió los campos. Mas ya entonces, vencido por la
Parca, había bajado al Orco y reinaba Alcínoo, cuyos consejos eran
inspirados por los propios dioses; y al palacio de éste enderezó Minerva, la
deidad de los brillantes ojos, pensando en la vuelta del magnánimo Ulises.
Penetró la diosa en la estancia labrada con gran primor en que dormía una
doncella parecida á las inmortales por su natural y por su hermosura:
Nausícaa, hija del magnánimo Alcínoo; cabe á la misma, á uno y otro lado
de la entrada, hallábanse dos esclavas á quienes las Gracias habían dotado
de belleza, y las magníficas hojas de la puerta estaban entornadas. Minerva

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se lanzó, como un soplo de viento, á la cama de la joven; púsose sobre su
cabeza y empezó á hablarle, tomando el aspecto de la hija de Dimante, el
célebre marino, que tenía la edad de Nausícaa y érale muy grata. De tal
suerte transfigurada, dijo Minerva, la de los brillantes ojos:
25 «¡Nausícaa! ¿Por qué tu madre te parió tan floja? Tienes
descuidadas las espléndidas vestiduras y está cercano tu casamiento, en el
cual has de llevar lindas ropas, proporcionándoselas también á los que te
conduzcan; que así se consigue gran fama entre los hombres y se huelgan el
padre y la veneranda madre. Vayamos, pues, á lavar tan luego como
despunte la aurora, y te acompañaré y ayudaré para que en seguida lo
tengas aparejado todo; que no ha de prolongarse mucho tu doncellez, puesto
que ya te pretenden los mejores de todos los feacios, cuyo linaje es también
el tuyo. Ea, insta á tu ilustre padre para que mande prevenir antes de rayar
el alba las mulas y el carro en que llevarás los cíngulos, los peplos y los
espléndidos cobertores. Para ti misma es mejor ir de este modo que no á
pie, pues los lavaderos se hallan á gran distancia de la ciudad.»
41 Cuando así hubo hablado, Minerva, la de los brillantes ojos, fuése al
Olimpo, donde dicen que está la mansión perenne y segura de las deidades;
á la cual ni la agitan los vientos, ni la lluvia la moja, ni la nieve la cubre—
pues el tiempo es constantemente sereno y sin nubes,—y en cambio la
envuelve esplendorosa claridad: en ella disfrutan perdurable dicha los
bienaventurados dioses. Allí se encaminó, pues, la de los brillantes ojos tan
luego como hubo aconsejado á la doncella.
48 Pronto vino la Aurora, de hermoso trono, y despertó á Nausícaa, la
del lindo peplo; y la doncella, admirada del sueño, se fué por el palacio á
contárselo á sus progenitores, al padre querido y á la madre, y á entrambos
los halló dentro: á ésta, sentada junto al fuego, con las siervas, hilando lana
de color purpúreo; y á aquél, cuando iba á salir para reunirse en consejo con
los ilustres príncipes, pues los más nobles feacios le habían llamado.
Detúvose Nausícaa muy cerca de su padre y así le dijo:
57 «¡Padre querido! ¿No querrías aparejarme un carro alto, de fuertes
ruedas, en el cual transporte al río, para lavarlos, los hermosos vestidos que
tengo sucios? Á ti mismo te conviene llevar vestiduras limpias, cuando con
los varones más principales deliberas en el consejo. Tienes, además, cinco
hijos en el palacio: dos ya casados, y tres que son mancebos florecientes y
cuantas veces van al baile quieren llevar vestidos limpios; y tales cosas
están á mi cuidado.»

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66 Así dijo; pues dióle vergüenza mentar las florecientes nupcias á su
padre. Mas él, comprendiéndolo todo, le respondió de esta suerte:
68 «No te negaré, oh hija, ni las mulas ni cosa alguna. Ve, y los
esclavos te aparejarán un carro alto, de fuertes ruedas, provisto de tablado.»
71 Dichas tales palabras, dió la orden á los esclavos, que al punto le
obedecieron. Aparejaron fuera de la casa un carro de fuertes ruedas, propio
para mulas; y, conduciendo á éstas, unciéronlas al yugo. Mientras tanto, la
doncella sacaba de la habitación los espléndidos vestidos y los colocaba en
el pulido carro. Su madre púsole en una cesta toda clase de gratos manjares
y viandas; echóle vino en un cuero de cabra; y cuando aquélla subió al
carro, entrególe líquido aceite en una ampolla de oro á fin de que se ungiese
con sus esclavas. Nausícaa tomó el látigo y, asiendo las lustrosas riendas,
azotó las mulas para que corrieran. Arrancaron éstas con estrépito y trotaron
ágilmente, llevando los vestidos y á la doncella que no iba sola, sino
acompañada de sus criadas.
85 Tan pronto como llegaron á la bellísima corriente del río, donde
había unos lavaderos perennes con agua abundante y cristalina para lavar
hasta lo más sucio, desuncieron las mulas y echáronlas hacia el vorticoso
río á pacer la dulce grama. Tomaron del carro los vestidos, lleváronlos al
agua profunda y los pisotearon en las pilas, compitiendo unas con otras en
hacerlo con presteza. Después que los hubieron limpiado, quitándoles toda
la inmundicia, tendiéronlos con orden en los guijarros de la costa, que el
mar lavaba con gran frecuencia. Acto continuo se bañaron, se ungieron con
pingüe aceite y se pusieron á comer en la orilla del río, mientras las
vestiduras se secaban á los rayos del sol. Apenas las esclavas y Nausícaa se
hubieron saciado de comida, quitáronse los velos y jugaron á la pelota; y
entre ellas Nausícaa, la de los níveos brazos, comenzó á cantar. Cual Diana,
que se complace en tirar flechas, va por el altísimo monte Taigeto ó por el
Erimanto, donde se deleita en perseguir á los jabalíes ó á los veloces
ciervos, y en sus juegos tienen parte las ninfas agrestes, hijas de Júpiter que
lleva la égida, holgándose Latona de contemplarlo; y aquélla levanta su
cabeza y su frente por encima de las demás y es fácil distinguirla, aunque
todas son hermosas: de igual suerte la doncella, libre aún, sobresalía entre
las esclavas.
110 Mas cuando ya estaba á punto de volver á su morada unciendo las
mulas y plegando los hermosos vestidos, Minerva, la de los brillantes ojos,
ordenó otra cosa para que Ulises recordara del sueño y viese á aquella

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doncella de lindos ojos, que debía llevarlo á la ciudad de los feacios. La
princesa arrojó la pelota á una de las esclavas y erró el tiro, echándola en un
hondo remolino; y todas gritaron muy fuertemente. Despertó con esto el
divinal Ulises y, sentándose, revolvía en su mente y en su corazón estos
pensamientos:
119 «¡Ay de mí! ¿Qué hombres deben de habitar esta tierra á que he
llegado? ¿Serán violentos, salvajes é injustos, ú hospitalarios y temerosos
de los dioses? Desde aquí se oyó la femenil gritería de jóvenes ninfas que
residen en las altas cumbres de las montañas, en las fuentes de los ríos y en
lugares pantanosos cubiertos de hierba. ¿Me encuentro, por ventura, cerca
de hombres de voz articulada? Ea, yo mismo probaré de salir é intentaré
verlo.»
127 Hablando así, el divinal Ulises salió de entre los arbustos y en la
poblada selva desgajó con su fornida mano una rama frondosa con que
pudiera cubrirse las partes verendas. Púsose en marcha de igual manera que
un montaraz león, confiado de sus fuerzas, sigue andando á pesar de la
lluvia ó del viento, y le arden los ojos, y se echa sobre los bueyes, las ovejas
ó las agrestes ciervas, pues el vientre le incita á que vaya á una sólida casa é
intente acometer al ganado; de tal modo había de presentarse Ulises á las
doncellas de hermosas trenzas, aunque estaba desnudo, pues la necesidad le
obligaba. Y se les apareció horrible, afeado por el sarro del mar; y todas
huyeron, dispersándose por las orillas prominentes. Pero se quedó sola é
inmóvil la hija de Alcínoo, porque Minerva dióle ánimo y libró del temor á
sus miembros. Siguió, pues, delante del héroe sin huir; y Ulises meditaba si
convendría rogar á la doncella de lindos ojos, abrazándola por las rodillas, ó
suplicarle, desde lejos y con dulces palabras, que le mostrara la ciudad y le
diera con que vestirse. Pensándolo bien, le pareció que lo mejor sería
rogarle desde lejos con suaves frases: no fuese á irritarse la doncella si le
abrazaba las rodillas. Y á la hora pronunció estas dulces é insinuantes
palabras:
149 «¡Yo te imploro, oh reina, seas diosa ó mortal! Si eres una de las
deidades que poseen el anchuroso cielo, te hallo muy parecida á Diana, hija
del gran Júpiter, por tu hermosura, por tu grandeza y por tu aire; y si naciste
de los hombres que moran en la tierra, dichosos mil veces tu padre, tu
veneranda madre y tus hermanos, pues su espíritu debe de alegrarse
intensamente cuando ven á tal retoño salir á las danzas. Y dichosísimo en su
corazón, más que otro alguno, quien consiga, descollando por la

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esplendidez de sus donaciones nupciales, llevarte á su casa por esposa. Que
nunca se ofreció á mis ojos un mortal semejante, ni hombre ni mujer, y me
he quedado atónito al contemplarte. Solamente una vez vi algo que se te
pudiera comparar en un joven retoño de palmera, que creció en Delos, junto
al ara de Apolo (estuve allá con numeroso pueblo, en aquel viaje del cual
habían de seguírseme funestos males): de la suerte que á la vista del retoño
quedéme estupefacto mucho tiempo, pues jamás había brotado de la tierra
un tallo como aquél; de la misma manera te contemplo con admiración, oh
mujer, y me tienes absorto y me infunde miedo abrazar tus rodillas, aunque
estoy abrumado por un pesar muy grande. Ayer pude salir del vinoso ponto,
después de veinte días de permanencia en el mar, en el cual me vi á merced
de las olas y de los veloces torbellinos desde que desamparé la isla Ogigia;
y algún numen me ha echado acá, para que padezca nuevas desgracias, que
no espero que éstas se hayan acabado, antes los dioses deben de prepararme
otras muchas todavía. Pero tú, oh reina, apiádate de mí, ya que eres la
primer persona á quien me acerco después de soportar tantos males y me
son desconocidos los hombres que viven en la ciudad y en esta comarca.
Muéstrame la población y dame un trapo para atármelo alrededor del
cuerpo, si al venir trajiste alguno para envolver la ropa. Y los dioses te
concedan cuanto en tu corazón anheles: marido, familia y feliz concordia:
pues no hay nada mejor ni más útil que el que gobiernen en casa el marido
y la mujer con ánimo concorde, lo cual produce gran pena á sus enemigos y
alegría á los que los quieren, y son ellos los que más aprecian sus ventajas.»
186 Respondió Nausícaa, la de los níveos brazos: «¡Forastero! Ya que
no me pareces ni vil ni insensato, sabe que el mismo Júpiter distribuye la
felicidad á los buenos y á los malos, y si te envió esas penas debes sufrirlas
pacientemente; mas ahora, que has llegado á nuestra ciudad y á nuestro
país, no carecerás de vestido ni de ninguna de las cosas que por decoro debe
obtener un mísero suplicante. Te mostraré la población y diréte el nombre
de sus habitantes: los feacios poseen la ciudad y la comarca, y yo soy la hija
del magnánimo Alcínoo, cuyo es el imperio y el poder en este pueblo.»

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¡Yo te imploro, oh reina, seas diosa ó mortal!
(Canto VI, verso 149.)

198 Dijo; y dió esta orden á las esclavas, de hermosas trenzas:
«¡Deteneos, esclavas! ¿Á dónde huis, por ver á un hombre? ¿Pensáis acaso
que sea un enemigo? No existe ni existirá nunca un mortal terrible que
venga á hostilizar la tierra de los feacios, pues á éstos los quieren mucho los
inmortales. Vivimos separadamente y nos circunda el mar alborotado;
somos los últimos de los hombres, y ningún otro mortal tiene comercio con
nosotros. Éste es un infeliz que viene perdido y es necesario socorrerle,
pues todos los forasteros y pobres son de Júpiter y un exiguo don que se les
haga les es grato. Así pues, esclavas, dadle de comer y de beber y lavadle en
el río, en un lugar que esté resguardado del viento.»
211 De tal suerte habló. Detuviéronse las esclavas y, animándose
mutuamente, hicieron sentar á Ulises en un lugar abrigado, conforme á lo
dispuesto por Nausícaa, hija del magnánimo Alcínoo; dejaron cerca de él un
manto y una túnica para que se vistiera; entregáronle, en ampolla de oro,
líquido aceite, y le invitaron á lavarse en la corriente del río. Y entonces el
divinal Ulises les habló diciendo:
218 «¡Esclavas! Alejaos un poco á fin de que lave de mis hombros el
sarro del mar y me unja después con el aceite, del cual mucho ha que mi

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cuerpo se ve privado. Yo no puedo tomar el baño ante vosotras, pues
haríaseme vergüenza desnudarme entre jóvenes de hermosas trenzas.»
223 Así se expresó. Ellas se apartaron y fueron á contárselo á Nausícaa.
Entretanto el divinal Ulises se lavaba en el río, quitando de su cuerpo el
sarro del mar que le cubría la espalda y los anchurosos hombros, y se
limpiaba la cabeza de la espuma que en ella dejara el mar estéril. Mas
después que, ya lavado, se ungió con el pingüe aceite y se puso los vestidos
que la doncella, libre aún, le entregara, Minerva, hija de Júpiter, hizo que
apareciese más alto y más grueso, y que de su cabeza colgaran ensortijados
cabellos que á flores de jacinto semejaban. Y así como el hombre experto, á
quien Vulcano y Palas Minerva han enseñado artes de toda especie, cerca de
oro la plata y hace lindos trabajos, de semejante modo Minerva difundió la
gracia por la cabeza y por los hombros de Ulises. Éste, apartándose un
poco, se sentó en la ribera del mar y resplandecía por su gracia y
hermosura. Admiróse la doncella y dijo á las esclavas de hermosas trenzas:
239 «Oíd, esclavas de níveos brazos, lo que os voy á decir: no sin la
voluntad de los dioses que habitan el Olimpo, viene ese hombre á los
deiformes feacios. Al principio se me ofreció como un ser despreciable,
pero ahora se asemeja á los dioses que poseen el anchuroso cielo. ¡Ojalá á
tal varón pudiera llamársele mi marido, viviendo acá; ojalá le pluguiera
quedarse con nosotros! Mas, oh esclavas, dadle de comer y de beber al
forastero.»
247 Así habló. Ellas la escucharon y obedecieron, llevando al héroe
alimentos y bebida. Y el paciente divinal Ulises bebió y comió ávidamente,
pues hacía mucho tiempo que estaba en ayunas.
251 Entonces Nausícaa, la de los níveos brazos, ordenó otras cosas:
puso en el hermoso carro la ropa bien plegada, unció las mulas de fuertes
cascos, montó ella misma y, llamando á Ulises, exhortóle de semejante
modo:
255 «Levántate ya, oh forastero, y partamos para la población; á fin de
que te guíe á la casa de mi discreto padre, donde te puedo asegurar que
verás á los más ilustres de todos los feacios. Pero obra de esta manera, ya
que no me pareces falto de juicio: mientras vayamos por el campo, por
terrenos cultivados por el hombre, anda ligeramente con las esclavas detrás
del carro y yo te enseñaré el camino por donde se sube á la ciudad, que está
cercada por alto y torreado muro y tiene á uno y otro lado un hermoso
puerto de boca estrecha adonde son conducidas las corvas embarcaciones,

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pues hay estancias seguras para todas. Cabe á un magnífico templo de
Neptuno se halla el ágora, labrada con piedras de acarreo profundamente
hundidas: allí guardan los aparejos de las negras naves, las gúmenas y los
cables, y aguzan los remos; pues los feacios no se cuidan de arcos ni de
aljabas, sino de mástiles y de remos y de navíos bien proporcionados con
los cuales atraviesan alegres el espumoso mar. Ahora quiero evitar sus
amargos dichos; no sea que alguien me censure después—que hay en la
población hombres insolentísimos—ú otro peor hable así al encontrarnos:
«¿Quién es ese forastero tan alto y tan hermoso que sigue á Nausícaa?
¿Dónde lo halló? Debe de ser su esposo. Quizás haya recogido á un hombre
de lejanas tierras que iría errante por haberse extraviado de su nave, puesto
que no los hay en estos contornos; ó por ventura es un dios que, accediendo
á sus múltiples instancias, descendió del cielo y lo tendrá consigo todos los
días. Tanto mejor si ella fué á buscar marido en otra parte y menosprecia el
pueblo de los feacios, en el cual la pretenden muchos é ilustres varones.»
Así dirán y tendré que sufrir tamaños ultrajes. Y también yo me indignaría
contra la que tal hiciera; contra la que, á despecho de su padre y de su
madre todavía vivos, se juntara con hombres antes de haber contraído
público matrimonio. Oh forastero, entiende bien lo que voy á decir, para
que pronto obtengas de mi padre que te dé compañeros y te haga conducir á
tu patria. Hallarás junto al camino un hermoso bosque de álamos,
consagrado á Minerva, en el cual mana una fuente y á su alrededor se
extiende un prado: allí tiene mi padre un campo y una viña floreciente, tan
cerca de la ciudad que puede oirse el grito que en ésta se dé. Siéntate en
aquel lugar y aguarda que nosotras, entrando en la población, lleguemos al
palacio de mi padre. Y cuando juzgues que ya habremos de estar en casa,
encamínate también á la ciudad y pregunta por la morada de mi padre, del
magnánimo Alcínoo; la cual es fácil de conocer y á ella te conduciría hasta
un niño, pues las demás casas de los feacios son muy diferentes de la del
héroe Alcínoo. Después que entrares en el palacio y en el patio del mismo,
atraviesa la sala rápidamente hasta que llegues adonde mi madre, sentada al
resplandor del fuego del hogar, de espaldas á una columna, hila lana
purpúrea, cosa admirable de ver, y tiene detrás de ella á las esclavas. Allí,
arrimado á la misma columna, se levanta el trono en que mi padre se sienta
y bebe vino como un inmortal. Pasa por delante de él y tiende los brazos á
las rodillas de mi madre, para que pronto amanezca el alegre día de tu
regreso á la patria, por lejos que ésta se halle. Pues si mi madre te fuere

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benévola, puedes concebir la esperanza de ver á tus amigos y de llegar á tu
casa bien labrada y á tu patria tierra.»
316 Diciendo así, hirió con el lustroso azote las mulas, que dejaron al
punto la corriente del río, pues trotaban muy bien y alargaban el paso en la
carrera. Nausícaa tenía las riendas, para que pudiesen seguirla á pie las
esclavas y Ulises, y aguijaba con gran discreción á las mulas. Poníase el sol
cuando llegaron al magnífico bosque consagrado á Minerva. Ulises se sentó
en él y acto seguido suplicó de esta manera á la hija del gran Júpiter:
324 «¡Óyeme, hija de Júpiter, que lleva la égida! ¡Indómita deidad!
Atiéndeme ahora ya que nunca lo hiciste cuando me maltrataba el ínclito
dios que bate la tierra. Concédeme que, al llegar á los feacios, me reciban
éstos como amigo y de mí se apiaden.»
328 Tal fué su plegaria que oyó Palas Minerva. Pero la diosa no se le
apareció aún, porque temía á su tío paterno, quien estuvo vivamente irritado
contra Ulises, mientras el héroe no arribó á su patria.

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Refiere Ulises cómo partió de la isla Ogigia y llegó al país de los feacios

CANTO VII
ENTRADA DE ULISES EN EL PALACIO DE ALCÍNOO

1 Mientras así rogaba el paciente divinal Ulises, la doncella era
conducida á la ciudad por las vigorosas mulas. Apenas hubo llegado á la
ínclita morada de su padre, paró en el umbral; sus hermanos, que se
asemejaban á los dioses, pusiéronse á su alrededor, desengancharon las
mulas y llevaron los vestidos adentro de la casa; y ella se encaminó á su
habitación donde encendía fuego la anciana Eurimedusa de Apira, su
camarera, á quien en otro tiempo habían traído de allá en las corvas naves y
elegido para ofrecérsela como regalo á Alcínoo, que reinaba sobre todos los
feacios y era escuchado por el pueblo cual si fuese un dios. Ésta fué la que
crió á Nausícaa en el palacio; y entonces le encendía fuego y le aparejaba la
cena.
14 En aquel punto levantábase Ulises, para ir á la ciudad; y Minerva,
que le quería bien, envolvióle en copiosa nube: no fuera que alguno de los
magnánimos feacios, saliéndole al camino, le zahiriese con palabras y le
preguntase quién era. Mas, al entrar el héroe en la agradable población, se
le hizo encontradiza Minerva, la deidad de los brillantes ojos, transfigurada

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en joven doncella que llevaba un cántaro, y se detuvo ante él. Y el divinal
Ulises le dirigió esta pregunta:
22 «¡Oh hija! ¿No podrías llevarme al palacio de Alcínoo, que reina
sobre estos hombres? Soy un infeliz forastero que, después de padecer
mucho, he llegado acá, viniendo de lejos, de una tierra apartada; y no
conozco á ninguno de los que habitan en la ciudad ni de los que moran en el
campo.»
27 Respondióle Minerva, la deidad de los brillantes ojos: «Yo te
mostraré, oh forastero venerable, el palacio de que hablas, pues está cerca
de la mansión de mi eximio padre. Anda sin desplegar los labios, y te guiaré
en el camino; pero no mires á los hombres ni les hagas preguntas, que ni
son muy tolerantes con los forasteros ni acogen amistosamente al que viene
de otro país. Aquéllos, fiando en sus rápidos bajeles, atraviesan el gran
abismo del mar por concesión de Neptuno, que sacude la tierra; y sus
embarcaciones son tan ligeras como las alas ó el pensamiento.»
37 Cuando así hubo dicho, Palas Minerva caminó á buen paso y Ulises
fué siguiendo las pisadas de la diosa. Y los feacios, ínclitos navegantes, no
se percataron de que anduviese por la ciudad y entre ellos porque no lo
permitió Minerva, la terrible deidad de hermosas trenzas, la cual, usando de
benevolencia, cubrióle con una niebla divina. Atónito contemplaba Ulises
los puertos, las naves bien proporcionadas, las ágoras de aquellos héroes y
los muros grandes, altos, provistos de empalizadas, que era cosa admirable
de ver. Pero, no bien llegaron al magnífico palacio del rey, Minerva, la
deidad de los brillantes ojos, comenzó á hablarle de esta guisa:

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Al entrar Ulises en la población, se le hizo encontradiza Minerva, transfigurada en una
doncella, y se detuvo ante él

(Canto VII, versos 18 á 21.)

48 «Éste es, oh forastero venerable, el palacio que me ordenaste te
mostrara: encontrarás en él á los reyes, alumnos de Júpiter, celebrando un
banquete; pero vete adentro y no se turbe tu ánimo, que el hombre, si es

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audaz, es más afortunado en lo que emprende, aunque haya venido de otra
tierra. Ya en la sala, hallarás primero á la reina, cuyo nombre es Arete y
procede de los mismos ascendientes que engendraron al rey Alcínoo. En un
principio, engendraron á Nausítoo el dios Neptuno, que sacude la tierra, y
Peribea, la más hermosa de las mujeres, hija menor del magnánimo
Eurimedonte, el cual había reinado en otro tiempo sobre los orgullosos
Gigantes. Pero éste perdió á su pueblo malvado y pereció él mismo; y
Neptuno hubo en aquélla un hijo, el magnánimo Nausítoo, que luego
imperó sobre los feacios. Nausítoo engendró á Rexénor y á Alcínoo: mas,
estando el primero recién casado y sin hijos varones, fué muerto por Apolo,
el del arco de plata, y dejó en el palacio una sola hija, Arete, á quien
Alcínoo tomó por consorte y se ve honrada por él como ninguna de las
mujeres de la tierra que gobiernan una casa y viven sometidas á sus
esposos. Así, tan cordialmente, ha sido y es honrada de sus hijos, del mismo
Alcínoo y de los ciudadanos, que la contemplan como á una diosa y la
saludan con cariñosas palabras cuando anda por la ciudad. No carece de
buen entendimiento y dirime los litigios de las mujeres por las que siente
benevolencia, y aun los de los hombres. Si ella te fuere benévola, ten
esperanza de ver á tus amigos y de llegar á tu casa de elevado techo y á tu
patria tierra.»
78 Cuando Minerva, la de los brillantes ojos, hubo dicho esto, se fué
por cima del mar; y, saliendo de la encantadora Esqueria, llegó á Maratón y
á Atenas, la de anchas calles, y entróse en la tan sólidamente construída
morada de Erecteo. Ya Ulises enderezaba sus pasos á la ínclita casa de
Alcínoo y, al llegar frente al broncíneo umbral, meditó en su ánimo muchas
cosas; pues la mansión excelsa del magnánimo Alcínoo resplandecía con el
brillo del sol ó de la luna. Á derecha é izquierda corrían sendos muros de
bronce desde el umbral al fondo; en lo alto de los mismos extendíase una
cornisa de lapislázuli; puertas de oro cerraban por dentro la casa
sólidamente construída; las dos jambas eran de plata y arrancaban del
broncíneo umbral; apoyábase en ellas argénteo dintel, y el anillo de la
puerta era de oro. Estaban á entrambos lados unos perros de plata y de oro,
inmortales y exentos para siempre de la vejez, que Vulcano había fabricado
con sabia inteligencia para que guardaran la casa del magnánimo Alcínoo.
Había sillones arrimados á la una y á la otra de las paredes, cuya serie
llegaba sin interrupción desde el umbral á lo más hondo, y cubríanlos
delicados tapices hábilmente tejidos, obra de las mujeres. Sentábanse allí

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los príncipes feacios á beber y á comer, pues de continuo celebraban
banquetes. Sobre pedestales muy bien hechos hallábanse de pie unos niños
de oro, los cuales alumbraban de noche, con hachas encendidas en las
manos, á los convidados que hubiera en la casa. Cincuenta esclavas tiene
Alcínoo en su palacio: unas quebrantan con la muela el rubio trigo; otras
tejen telas y, sentadas, hacen girar los husos, moviendo las manos cual si
fuesen hojas de excelso plátano, y las bien labradas telas relucen como si
destilaran aceite líquido. Cuanto los feacios son expertos sobre todos los
hombres en conducir una velera nave por el ponto, así sobresalen
grandemente las mujeres en fabricar lienzos, pues Minerva les ha concedido
que sepan hacer bellísimas labores y posean excelente ingenio. En el
exterior del patio, cabe á las puertas, hay un gran jardín de cuatro yugadas,
y alrededor del mismo se extiende un seto por entrambos lados. Allí han
crecido grandes y florecientes árboles: perales, granados, manzanos de
espléndidas pomas, dulces higueras y verdes olivos. Los frutos de estos
árboles no se pierden ni faltan, ni en invierno ni en verano: son perennes; y
el Céfiro, soplando constantemente, á un tiempo mismo produce unos y
madura otros. La pera envejece sobre la pera, la manzana sobre la manzana,
la uva sobre la uva y el higo sobre el higo. Allí han plantado una viña muy
fructífera y parte de sus uvas se secan al sol en un lugar abrigado y llano, á
otras las vendimian, á otras las pisan, y están delante las verdes, que dejan
caer la flor, y las que empiezan á negrear. Allí, en el fondo del huerto,
crecían liños de legumbres de toda clase, siempre lozanas. Hay en él dos
fuentes: una corre por todo el huerto; la otra va hacia la excelsa morada y
sale debajo del umbral, adonde acuden por agua los ciudadanos. Tales eran
los espléndidos presentes de los dioses en el palacio de Alcínoo.
133 Detúvose el paciente divinal Ulises á contemplar todo aquello; y,
después de admirarlo, pasó con ligereza el umbral, entró en la casa y halló á
los caudillos y príncipes de los feacios ofreciendo con las copas libaciones
al vigilante Argicida, que era el último á quien las hacían cuando ya
determinaban acostarse; mas el paciente divinal Ulises anduvo por el
palacio, envuelto en la espesa nube con que lo cubrió Minerva, hasta llegar
adonde estaban Arete y el rey Alcínoo. Entonces tendió Ulises sus brazos á
las rodillas de Arete, disipóse la divinal niebla, enmudecieron todos los de
la casa al percatarse de aquel hombre á quien contemplaban admirados, y
Ulises comenzó su ruego de esta manera:

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146 «¡Arete, hija de Rexénor, que parecía un dios! Después de sufrir
mucho, vengo á tu esposo, á tus rodillas y á estos convidados, á quienes
permitan los dioses vivir felizmente y legar sus bienes á los hijos que dejen
en sus palacios así como también los honores que el pueblo les haya
conferido. Mas, apresuraos á darme hombres que me conduzcan, para que
muy pronto vuelva á la patria; pues hace mucho tiempo que ando lejos de
los amigos, padeciendo infortunios.»
153 Dicho esto, sentóse junto á la lumbre del hogar, en la ceniza; y
todos enmudecieron y quedaron silenciosos. Pero, al fin, el anciano héroe
Equeneo que era el de más edad entre los varones feacios y descollaba por
su elocuencia, sabiendo muchas y muy antiguas cosas, les arengó
benévolamente y les dijo:
159 «¡Alcínoo! No es bueno ni decoroso para ti, que el huésped esté
sentado en tierra, sobre la ceniza del hogar; y éstos se hallan cohibidos,
esperando que hables. Ea, pues, levántale, hazle sentar en una silla de
clavazón de plata, y manda á los heraldos que mezclen vino para ofrecer
libaciones á Júpiter, que se huelga con el rayo, dios que acompaña á los
venerandos suplicantes. Y tráigale de cenar la despensera, de aquellas cosas
que allá dentro se guardan.»
167 Cuando esto oyó la sacra potestad de Alcínoo, asiendo por la mano
al prudente y sagaz Ulises, alzóle de junto al fuego é hízolo sentar en una
silla espléndida, mandando que se la cediese un hijo suyo, el valeroso
Laodamante, que se sentaba á su lado y érale muy querido. Una esclava
dióle aguamanos, que traía en magnífico jarro de oro y vertió en fuente de
plata, y puso delante de Ulises una pulimentada mesa. La veneranda
despensera trájole pan y dejó en la mesa buen número de manjares,
obsequiándole con los que tenía reservados. El paciente divinal Ulises
comenzó á beber y á comer; y entonces el poderoso Alcínoo dijo al heraldo:
179 «¡Pontónoo! Mezcla vino en la cratera y distribúyelo á cuantos se
encuentren en el palacio, á fin de que hagamos libaciones á Júpiter, que se
huelga con el rayo, dios que acompaña á los venerandos suplicantes.»
182 Así se expresó. Pontónoo mezcló el dulce vino y lo distribuyó á
todos los presentes, después de haber ofrecido en copas las primicias. Y
cuando hubieron hecho la libación y bebido cuanto plugo á su ánimo,
Alcínoo les arengó diciéndoles de esta suerte:
186 «¡Oíd, caudillos y príncipes de los feacios, y os diré lo que en el
pecho mi corazón me dicta! Ahora, que habéis cenado, idos á acostar en

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vuestras casas: mañana, así que rompa el día, llamaremos á un número
mayor de ancianos, trataremos al forastero como huésped en el palacio,
ofreceremos á las deidades hermosos sacrificios, y hablaremos de la
conducción de aquél para que pueda, sin fatigas ni molestias y
acompañándole nosotros, llegar rápida y alegremente á su patria tierra,
aunque esté muy lejos, y no haya de padecer mal ni daño alguno antes de
tornar á su país; que, ya en su casa, padecerá lo que el hado y las graves
Parcas dispusieron al hilar el hilo cuando su madre le dió ser. Y si fuere uno
de los inmortales, que ha bajado del cielo, algo nos preparan los dioses;
pues hasta aquí, siempre se nos han aparecido claramente cuando les
ofrecemos magníficas hecatombes, y comen, sentados con nosotros, donde
comemos los demás. Y si algún solitario caminante se encuentra con ellos,
no se le ocultan; porque somos tan cercanos á los mismos por nuestro linaje
como los Ciclopes y la salvaje raza de los Gigantes.»
207 Respondióle el ingenioso Ulises: «¡Alcínoo! Piensa otra cosa, pues
no soy semejante ni en cuerpo ni en natural á los inmortales que poseen el
anchuroso cielo, sino á los mortales hombres: puedo equipararme por mis
penas á los varones de quienes sepáis que han soportado más desgracias y
contaría males aún mayores que los suyos, si os dijese cuantos he padecido
por la voluntad de los dioses. Mas dejadme cenar, aunque me siento
angustiado; que no hay cosa tan importuna como el vientre, que nos obliga
á pensar en él, aun hallándonos muy afligidos ó con el ánimo lleno de
pesares como me encuentro ahora, nos incita siempre á comer y á beber, y
en la actualidad me hace echar en olvido todos mis trabajos, mandándome
que lo sacie. Y vosotros daos prisa, así que se muestre la Aurora, y haced
que yo, oh desgraciado, vuelva á mi patria, no obstante lo mucho que he
padecido. No se me acabe la vida sin ver nuevamente mis posesiones, mis
esclavos y mi gran casa de elevado techo.»
226 Así dijo. Todos aprobaron sus palabras y aconsejaron que al
huésped se le llevase á la patria, ya que era razonable cuanto decía. Hechas
las libaciones y habiendo bebido todos cuanto les plugo, fueron á recogerse
en sus respectivas moradas; pero el divinal Ulises se quedó en el palacio y á
par de él sentáronse Arete y el deiforme Alcínoo, mientras las esclavas
retiraban lo que había servido para el banquete. Arete, la de los níveos
brazos, fué la primera en hablar, pues, contemplando los hermosos vestidos
de Ulises, reconoció el manto y la túnica que labrara con sus siervas. Y en
seguida habló al héroe con estas aladas palabras:

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237 «¡Huésped! Ante todo quiero preguntarte yo misma: ¿Quién eres y
de qué país procedes? ¿Quién te dió esos vestidos? ¿No dices que llegaste
vagando por el ponto?»
240 Respondióle el ingenioso Ulises: «Difícil sería, oh reina, contar
menudamente mis infortunios, pues me los enviaron en gran abundancia los
dioses celestiales; mas te hablaré de aquello acerca de lo cual me preguntas
é interrogas. Hay en el mar una isla lejana, Ogigia, donde mora la hija de
Atlante, la dolosa Calipso, de lindas trenzas, deidad poderosa que no se
comunica con ninguno de los dioses ni de los mortales hombres; pero á mí,
oh desdichado, me llevó á su hogar algún numen, después que Jove
hendiera mi veloz nave en medio del vinoso ponto, arrojando contra la
misma el ardiente rayo. Perecieron mis esforzados compañeros, mas yo me
abracé á la quilla del corvo bajel, fuí errante nueve días y en la décima y
obscura noche lleváronme los dioses á la isla Ogigia donde mora Calipso,
de lindas trenzas, terrible diosa: ésta me recogió, me trató solícita y
amorosamente, me mantuvo y díjome á menudo que me haría inmortal y
exento de la senectud para siempre, sin que jamás lograra llevar la
persuasión á mi ánimo. Allí estuve detenido siete años, y regué
incesantemente con lágrimas las divinales vestiduras que me dió Calipso.
Pero cuando vino el año octavo, me exhortó y me invitó á partir; sea á causa
de algún mensaje de Júpiter, sea porque su mismo pensamiento hubiese
cambiado. Envióme en una balsa hecha con buen número de ataduras, me
dió abundante pan y dulce vino, me puso vestidos divinales y me mandó
favorable y plácido viento. Diez y siete días navegué, atravesando el mar; al
décimoctavo pude ver los umbrosos montes de vuestra tierra y á mí, oh
infeliz, se me alegró el corazón. Mas, aún había de encontrarme con
grandes trabajos que me suscitaría Neptuno, que sacude la tierra: el dios
levantó vientos contrarios, impidiéndome el camino, y conmovió el mar
inmenso; de suerte que las olas no me permitían á mí, que daba profundos
suspiros, ir en la balsa, y ésta fué desbaratada muy pronto por la tempestad.
Entonces nadé, atravesando el abismo, hasta que el viento y el agua me
acercaron á vuestro país. Al salir del mar, la ola me hubiese estrellado
contra la tierra firme, arrojándome á unos peñascos y á un lugar funesto;
pero retrocedí nadando y llegué á un río, cual paraje parecióme óptimo por
carecer de rocas y formar como un reparo contra los vientos. Me dejé caer
sobre la tierra, cobrando aliento; pero sobrevino la divinal noche y me alejé
del río, que las celestiales lluvias alimentan, me eché á dormir entre unos

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arbustos, después de haber amontonado hojas á mi alrededor, é infundióme
un dios profundísimo sueño. Allí, entre las hojas y con el corazón triste,
dormí toda la noche, toda la mañana y el mediodía; y al ponerse el sol
dejóme el dulce sueño. Vi entonces á las siervas de tu hija jugando en la
playa junto con ella que parecía una diosa. La imploré y no le faltó buen
juicio, como no se esperaría que demostrase en sus actos una persona joven
que se hallara en tal trance, porque los mozos siempre se portan
inconsideradamente. Dióme abundante pan y vino tinto, mandó que me
lavaran en el río y me entregó estas vestiduras. Tal es lo que, aunque
angustiado, deseaba contarte, conforme á la verdad de lo ocurrido.»
298 Respondióle Alcínoo diciendo: «¡Huésped! En verdad que mi hija
no tomó el acuerdo más conveniente; ya que no te trajo á nuestro palacio,
con las esclavas, habiendo sido la primer persona á quien suplicaste.»
302 Contestóle el ingenioso Ulises: «¡Oh héroe! No por eso reprendas á
tan eximia doncella, que ya me invitó á seguirla con las esclavas; mas yo no
quise por temor y respeto: no fuera que mi vista te irritara, pues somos muy
suspicaces los hombres que vivimos en la tierra.»
308 Respondióle Alcínoo diciendo: «¡Huésped! No hay en mi pecho un
corazón de tal índole que se irrite sin motivo, y lo mejor es siempre lo más
justo. Ojalá, ¡por el padre Júpiter, Minerva y Apolo!, que siendo cual eres y
pensando como yo pienso, tomases á mi hija por mujer y fueras llamado
yerno mío, permaneciendo con nosotros. Diérate casa y riquezas, si de buen
grado te quedaras; que contra tu voluntad ningún feacio te ha de detener,
pues esto disgustaría al padre Júpiter. Y desde ahora decido, para que lo
sepas bien, que tu conducción se haga mañana: mientras dormirás, vencido
del sueño, los compañeros remarán por el mar en calma hasta que llegues á
tu patria y á tu casa, ó á donde te fuere grato, aunque esté mucho más lejos
que Eubea; la cual dicen que se halla lejísima los ciudadanos que la vieron
cuando llevaron al rubio Radamanto á visitar á Ticio, hijo de la Tierra:
fueron allá y en un solo día y sin cansarse terminaron el viaje y se
restituyeron á sus casas. Tú mismo apreciarás cuán excelentes son mis
naves y cuán hábiles los jóvenes en quebrantar el mar con los remos.»
329 Tal dijo. Alegróse el paciente divinal Ulises y, orando, habló de esta
manera:
331 «¡Padre Júpiter! Ojalá que Alcínoo lleve á cumplimiento cuanto ha
dicho; que su gloria jamás se extinga sobre la fértil tierra y que logre yo
tornar á mi patria.»

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334 Así éstos conversaban. Arete, la de los níveos brazos, mandó á las
esclavas que pusieran un lecho debajo del pórtico, lo proveyesen de
hermosos cobertores de púrpura, extendiesen por encima tapetes, y dejasen
afelpadas túnicas para abrigarse. Las doncellas salieron del palacio con
hachas encendidas y, en acabando de hacer diligentemente la cama,
presentáronse á Ulises y le llamaron con estas palabras:
342 «Levántate, huésped, y vete á acostar, que ya está hecha la cama.»
Así dijeron, y le pareció grato dormir. De este modo el paciente divinal
Ulises durmió allí, en torneado lecho, debajo del sonoro pórtico. Y Alcínoo
se acostó en el interior de la excelsa mansión, y á su lado la reina, después
de aparejarle lecho y cama.

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Ulises se entristece y derrama lágrimas al oirle cantar á Demódoco la toma de Troya

CANTO VIII
PRESENTACIÓN DE ULISES Á LOS FEACIOS

1 Al punto que se descubrió la hija de la mañana, la Aurora de rosáceos
dedos, levantáronse de la cama la sacra potestad de Alcínoo y Ulises, el de
jovial linaje, asolador de ciudades. La sacra potestad de Alcínoo se puso al
frente de los demás, y juntos se encaminaron al ágora, que los feacios
habían construído cerca de las naves. Tan luego como llegaron, sentáronse
en unas piedras pulidas, los unos al lado de los otros; mientras Palas
Minerva, transfigurada en heraldo del prudente Alcínoo, recorría la ciudad y
pensaba en la vuelta del magnánimo Ulises á su patria. Y la diosa,
allegándose á cada varón, dirigíales estas palabras:
11 «¡Ea, caudillos y príncipes de los feacios! Id al ágora para que oigáis
hablar del forastero que no ha mucho llegó á la casa del prudente Alcínoo,
después de ir errante por el ponto, y es un varón que se asemeja por su
cuerpo á los inmortales.»
15 Diciendo así, movíales el corazón y el ánimo. El ágora y los asientos
llenáronse bien presto de varones que se iban juntando, y eran en gran
número los que contemplaban con admiración al prudente hijo de Laertes,

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pues Minerva difundió la gracia por la cabeza y los hombros de Ulises é
hizo que pareciese más alto y más grueso para que á todos los feacios les
fuera grato, temible y venerable, y llevara á término los muchos juegos con
que éstos habían de probarlo. Y no bien acudieron los ciudadanos, una vez
reunidos todos, Alcínoo les arengó de esta manera:
26 «¡Oídme, caudillos y príncipes de los feacios, y os diré lo que en el
pecho mi corazón me dicta! Este forastero, que no sé quién es, llegó errante
á mi palacio—ya venga de los hombres de Oriente, ya de los de Occidente
—y nos suplica con mucha insistencia que tomemos la firme resolución de
llevarlo á su patria. Apresurémonos, pues, á conducirle, como anteriormente
lo hicimos con tantos otros; ya que ninguno de los que vinieron á mi casa,
hubo de estar largo tiempo suspirando por la vuelta. Ea, pues, botemos al
mar divino una negra nave sin estrenar y escójanse de entre el pueblo los
cincuenta y dos mancebos que hasta aquí hayan sido los más excelentes. Y,
atando bien los remos á los bancos, salgan de la embarcación y aparejen en
seguida un convite en mi palacio; que á todos lo he de dar muy abundante.
Esto mando á los jóvenes; pero vosotros, reyes portadores de cetro, venid á
mi hermosa mansión para que festejemos en la sala á nuestro huésped.
Nadie se me niegue. Y llamad á Demódoco, el divino aedo á quien los
númenes otorgaron gran maestría en el canto para deleitar á los hombres,
siempre que á cantar le incita su ánimo.»
46 Cuando así hubo hablado, se puso en marcha; siguiéronle los reyes,
portadores de cetro, y el heraldo fué á llamar al divinal aedo. Los cincuenta
y dos jóvenes elegidos, cumpliendo la orden del rey, enderezaron á la ribera
del estéril mar; y, en llegando á do estaba la negra embarcación, echáronla
al mar profundo, pusieron el mástil y el velamen, y ataron los remos con
correas, haciéndolo todo de conveniente manera. Extendieron después las
blancas velas, anclaron la nave donde el agua era profunda, y acto continuo
se fueron á la gran casa del prudente Alcínoo. Llenáronse los pórticos, el
recinto de los patios y las salas con los hombres que allí se congregaron;
pues eran muchos, entre jóvenes y ancianos. Para ellos inmoló Alcínoo doce
ovejas, ocho puercos de albos dientes y dos flexípedes bueyes: todos fueron
desollados y preparados, y aparejóse una agradable comida.
62 Compareció el heraldo con el amable aedo á quien la Musa quería
extremadamente y le había dado un bien y un mal: privóle de la vista y
concedióle el dulce canto. Pontónoo le puso en medio de los convidados
una silla de clavazón de plata, arrimándola á excelsa columna; y el heraldo

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le colgó de un clavo la sonora cítara, más arriba de la cabeza, enseñóle á
tomarla con las manos y le acercó un canastillo, una pulcra mesa y una copa
de vino para que bebiese siempre que su ánimo se lo aconsejara. Todos
echaron mano á las viandas que tenían delante. Y apenas saciado el deseo
de comer y de beber, la Musa excitó al aedo á que celebrase la gloria de los
guerreros con un cantar cuya fama llegaba entonces al anchuroso cielo: la
disputa de Ulises y del Pelida Aquiles, quienes en el espléndido banquete en
honor de los dioses contendieron con horribles palabras, mientras el rey de
hombres Agamenón se regocijaba en su ánimo al ver que reñían los mejores
de los aqueos; pues Febo Apolo se lo había pronosticado en la divina Pito,
cuando el héroe pasó el umbral de piedra y fué á consultarle, diciéndole que
desde aquel punto comenzaría á revolverse la calamidad entre teucros y
dánaos por la decisión del gran Jove.
83 Tal era lo que cantaba el ínclito aedo. Ulises tomó con sus robustas
manos el gran manto de color de púrpura y se lo echó por encima de la
cabeza, cubriendo su faz hermosa, pues dábale vergüenza que brotaran
lágrimas de sus ojos delante de los feacios; y así que el divinal aedo dejó de
cantar, enjugóse las lágrimas, se quitó el manto de la cabeza y, asiendo una
copa doble, hizo libaciones á las deidades. Pero, cuando aquél volvió á
comenzar—habiéndole pedido los más nobles feacios que cantase, porque
se deleitaban con sus relatos—Ulises se cubrió nuevamente la cabeza y
tornó á llorar. Á todos les pasó inadvertido que derramara lágrimas menos á
Alcínoo; el cual, sentado junto á él, lo advirtió y notó, oyendo asimismo
que suspiraba profundamente. Y entonces dijo el rey á los feacios, amantes
de manejar los remos:
97 «¡Oídme, caudillos y príncipes de los feacios! Como ya hemos
gozado del común banquete y de la cítara, que es la compañera del festín
espléndido, salgamos á probar toda clase de juegos; para que el huésped
participe á sus amigos, después que se haya restituído á la patria, cuánto
superamos á los demás hombres en el pugilato, la lucha, el salto y la
carrera.»
104 Cuando así hubo hablado se puso en marcha, y los demás le
siguieron. El heraldo colgó del clavo la sonora cítara y, asiendo de la mano
á Demódoco, lo sacó de la casa y le fué guiando por el mismo camino por
donde iban los nobles feacios á admirar los juegos. Encamináronse todos al
ágora, seguidos de una turba numerosa, inmensa; y allí se pusieron en pie
muchos y vigorosos jóvenes. Levantáronse Acróneo, Ocíalo, Elatreo,

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Nauteo, Primneo, Anquíalo, Eretmeo, Ponteo, Proreo, Toón, Anabesíneo y
Anfíalo, hijo de Políneo Tectónida; levantóse también Euríalo, igual á
Marte, funesto á los mortales, y Naubólides, el más excelente en cuerpo y
hermosura de todos los feacios después del intachable Laodamante; y
alzáronse, por fin, los tres hijos del egregio Alcínoo: Laodamante, Halio y
Clitoneo, parecido á un dios. Empezaron por probarse en la carrera.
Partieron simultáneamente de la raya, y volaban ligeros y levantando polvo
por la llanura. Entre ellos descollaba mucho en el correr el eximio Clitoneo,
y cuan largo es el surco que abren dos mulas en campo noval, tanto se
adelantó á los demás que le seguían rezagados. Probáronse otros en la
fatigosa lucha, y Euríalo venció á cuantos en ella sobresalían. En el salto
fué Anfíalo superior á los demás; en arrojar el disco señalóse Elatreo sobre
todos; y en el pugilato, Laodamante, el buen hijo de Alcínoo. Y cuando
todos hubieron recreado su ánimo con los juegos, Laodamante, hijo de
Alcínoo, hablóles de esta suerte:
133 «Venid, amigos, y preguntemos al huésped si conoce ó ha
aprendido algún juego. Que no tiene mala presencia á juzgar por su
desarrollo, por sus muslos, piernas y brazos, por su robusta cerviz y por su
gran vigor; ni le ha desamparado todavía la juventud; aunque está
quebrantado por muchos males, pues no creo que haya cosa alguna que
pueda compararse con el mar para abatir á un hombre por fuerte que sea.»
140 Euríalo le contestó en seguida. «¡Laodamante! Muy oportunas son
tus razones. Ve tú mismo y provócale repitiéndoselas.»
143 Apenas lo oyó, adelantóse el buen hijo de Alcínoo, púsose en
medio de todos y dijo á Ulises:
145 «Ea, padre huésped, ven tú también á probarte en los juegos, si
aprendiste alguno; y debes de conocerlos, que no hay gloria más ilustre para
el varón en esta vida, que la de campear por las obras de sus pies ó de sus
manos. Ea, pues, ven á probarte y echa del alma las penas, pues tu viaje no
se diferirá mucho: ya la nave ha sido botada y los que te han de acompañar
están prestos.»
152 Respondióle el ingenioso Ulises: «¡Laodamante! ¿Por qué me
ordenáis tales cosas para hacerme burla? Más que en los juegos ocúpase mi
alma en sus penas, que son muchísimas las que he padecido y soportado. Y
ahora me asiento en vuestra ágora, anhelando volver á la patria, con el fin
de suplicar al rey y á todo el pueblo.»

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158 Mas Euríalo le contestó, echándole á la cara este reproche:
«¡Huésped! No creo, en verdad, que seas un varón instruído en los muchos
juegos que se usan entre los hombres; antes pareces un capitán de marineros
traficantes, que permaneciera asiduamente en la nave de muchos bancos
para acordarse de la carga y vigilar las mercancías y el lucro debido á las
rapiñas. No, no te asemejas á un atleta.»
165 Mirándole con torva faz, le repuso el ingenioso Ulises: «¡Huésped!
Mal hablaste y me pareces un insensato. Los dioses no han repartido de
igual modo á todos los hombres sus amables presentes: hermosura, ingenio
y elocuencia. Un hombre, inferior por su aspecto, recibe de una deidad el
adorno de la facundia y ya todos se complacen en mirarlo, cuando los
arenga con firme voz y suave modestia, y le contemplan como á un numen
si por la ciudad anda; mientras que, por el contrario, otro se parece á los
inmortales por su exterior y no tiene gracia alguna en sus dichos. Así tu
aspecto es irreprochable y un dios no te habría configurado de otra suerte;
mas tu inteligencia es ruda. Me has movido el ánimo en el pecho con
decirme cosas inconvenientes. No soy ignorante en los juegos, como tú
afirmas, antes pienso que me podían contar entre los primeros mientras tuve
confianza en mi juventud y en mis manos. Ahora me encuentro agobiado
por la desgracia y las fatigas, pues he tenido que sufrir mucho, ya
combatiendo con los hombres, ya surcando las temibles olas. Pero aun así,
habiendo padecido gran copia de males, me probaré en los juegos: tus
palabras fueron mordaces y me incitaste al proferirlas.»
186 Dijo; y, levantándose impetuosamente sin dejar el manto, tomó un
disco mayor, más grueso y mucho más pesado que el que solían tirar los
feacios. Hízole dar algunas vueltas, despidiólo del robusto brazo, y la piedra
partió silbando y con tal ímpetu que los feacios, ilustres navegantes que
usan largos remos, se inclinaron al suelo. El disco, corriendo veloz desde
que lo soltara la mano, pasó las señales de todos los tiros. Y Minerva,
transfigurada en varón, puso la conveniente señal y así les dijo:
195 «Hasta un ciego, oh huésped, distinguiría á tientas la señal de tu
golpe, porque no está mezclada con la multitud de las otras, sino mucho
más allá. En este juego puedes estar tranquilo, que ninguno de los feacios
llegará á tu golpe y mucho menos logrará pasarlo.»
199 Así habló. Regocijóse el divinal Ulises, holgándose de encontrar,
dentro del circo, un compañero benévolo. Y entonces dijo á los feacios, con
voz ya más suave:

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202 «Llegad á esta señal, oh jóvenes, y espero que pronto enviaré otro
disco ó tan lejos ó más aún. Y en los restantes juegos, aquél á quien le
impulse el corazón y el ánimo á probarse conmigo, venga acá—ya que me
habéis encolerizado fuertemente—pues en el pugilato, la lucha ó la carrera,
á nadie recuso de entre todos los feacios á excepción del mismo
Laodamante, que es mi huésped: ¿quién lucharía con el que le acoge
amistosamente? Insensato y miserable es el que provoca en los juegos al
que le ha recibido como huésped en tierra extraña, pues con ello á sí mismo
se perjudica. De los demás á ninguno rechazo ni desprecio; sino que me
propongo conocerlos y probarme con todos frente á frente; pues no soy
completamente inepto para cuantos juegos se hallan en uso entre los
hombres. Sé manejar bien el pulido arco, y sería quien primero hiriese á un
hombre, si lo disparara contra una turba de enemigos, aunque un gran
número de compañeros estuviesen á mi lado, tirándoles flechas. El único
que lograba vencerme, cuando los aqueos nos servíamos del arco allá en el
pueblo de los troyanos, era Filoctetes; mas yo os aseguro que les llevo gran
ventaja á todos los demás, á cuantos mortales viven actualmente y comen
pan en el mundo, pues no me atreviera á competir con los antiguos varones
—ni con Hércules, ni con Eurito ecaliense—que hasta con los inmortales
contendían. Por ello murió el gran Eurito en edad temprana y no pudo llegar
á viejo en su palacio: lo mató Apolo, irritado de que le desafiase á tirar con
el arco. Con la lanza llego adonde otro no tirará una flecha. Tan sólo en el
correr temería que alguno de los feacios me superara, pues me quebrantaron
de deplorable manera muchísimas olas, no siempre tuve provisiones en la
nave, y mis miembros están desfallecidos.»
234 Así se expresó. Todos enmudecieron y quedaron silenciosos. Y
solamente Alcínoo le habló de esta manera:
236 «¡Huésped! No nos desplacieron tus palabras ya que con ellas te
propusiste mostrar el valor que tienes, enojado de que ese hombre te
increpase dentro del circo, siendo así que ningún mortal que pensara
razonablemente pondría reproche á tu bravura. Mas ahora, presta atención á
mis palabras para que, cuando estés en tu casa y, comiendo con tu esposa y
tus hijos, te acuerdes de nuestra destreza, puedas referir á algún héroe qué
obras nos asignó Júpiter desde nuestros antepasados. No somos
irreprensibles púgiles ni luchadores, sino muy ligeros en el correr y
excelentes en gobernar las naves; y siempre nos placen los convites, la
cítara, los bailes, las vestiduras limpias, los baños calientes y la cama. Pero,

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ea, danzadores feacios, salid los más hábiles á bailar; para que el huésped
diga á sus amigos, al volver á su morada, cuánto sobrepujamos á los demás
hombres en la navegación, la carrera, el baile y el canto. Y vaya alguno en
busca de la cítara, que quedó en nuestro palacio, y tráigala presto á
Demódoco.»
256 Tal dijo el deiforme Alcínoo. Levantóse el heraldo y fué á traer del
palacio del rey la hueca cítara. Alzáronse también nueve jueces, que habían
sido elegidos entre los ciudadanos y cuidaban de todo lo referente á los
juegos; y al instante allanaron el piso y formaron un ancho y hermoso corro.
Volvió el heraldo y trajo la melodiosa cítara á Demódoco; éste se puso en
medio y los adolescentes hábiles en la danza, habiéndose colocado á su
alrededor, hirieron con los pies el divinal circo. Y Ulises contemplaba con
gran admiración las rápidas mudanzas que con los pies hacían.
266 Mas el aedo, pulsando la cítara, empezó á cantar hermosamente los
amores de Marte y Venus, la de bella corona: cómo se unieron á hurto y por
vez primera en casa de Vulcano, y cómo aquél hizo muchos regalos é
infamó el lecho marital del soberano dios. El Sol, que vió el amoroso
ayuntamiento, fué en seguida á contárselo á Vulcano; y éste, al oir la
punzante nueva, se encaminó á su fragua, agitando en lo íntimo de su alma
propósitos siniestros, puso encima del tajo el enorme yunque, y fabricó
unos lazos irrompibles para que permanecieran firmes donde los dejara.
Después que, poseído de cólera contra Marte, construyó este engaño, fuése
á la habitación en que tenía el lecho y extendió los lazos en círculo y por
todas partes alrededor de los pies de la cama y colgando de las vigas; como
tenues hilos de araña que nadie hubiese podido ver, aunque fuera alguno de
los bienaventurados dioses, por haberlos labrado aquél con gran artificio. Y
no bien acabó de sujetar el engaño en torno de la cama, fingió que se
encaminaba á Lemnos, ciudad bien construída, que es para él la más
agradable de todas las tierras. No en balde estaba al acecho Marte, que usa
áureas riendas; y cuando vió que Vulcano, el ilustre artífice, se alejaba,
fuése al palacio de este ínclito dios, ávido del amor de Citerea, la de
hermosa corona. Venus, recién venida de junto á su padre, el prepotente
Saturnio, se hallaba sentada; y Marte, entrando en la casa, tomóla de la
mano y así le dijo:
292 «Ven al lecho, amada mía, y acostémonos; que ya Vulcano no está
entre nosotros, pues partió sin duda hacia Lemnos y los sinties de bárbaro
lenguaje.»

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295 Así se expresó; y á ella parecióle grato acostarse. Metiéronse
ambos en la cama, y se extendieron á su alrededor los lazos artificiosos del
prudente Vulcano, de tal suerte que aquéllos no podían mover ni levantar
ninguno de sus miembros; y entonces comprendieron que no había medio
de escapar. No tardó en presentárseles el ínclito Cojo de ambos pies, que se
volvió antes de llegar á la tierra de Lemnos, porque el Sol estaba en acecho
y fué á avisarle. Encaminóse á su casa con el corazón triste, detúvose en el
umbral y, poseído de feroz cólera, gritó de un modo tan horrible que le
oyeron todos los dioses:
306 «¡Padre Júpiter, bienaventurados y sempiternos dioses! Venid á
presenciar estas cosas ridículas é intolerables: Venus, hija de Júpiter, me
infama de continuo, á mí, que soy cojo, queriendo al pernicioso Marte
porque es gallardo y tiene los pies sanos, mientras que yo nací débil; mas de
ello nadie tiene la culpa sino mis padres que no debieron haberme
engendrado. Veréis cómo se han acostado en mi lecho y duermen,
amorosamente unidos, y yo me angustio al contemplarlo. Mas no espero
que les dure el yacer de este modo ni siquiera breves instantes, aunque
mucho se amen: pronto querrán entrambos no dormir, pero los engañosos
lazos los sujetarán hasta que el padre me restituya íntegra la dote que le
entregué por su hija desvergonzada. Que ésta es hermosa, pero no sabe
contenerse.»
321 Tal dijo; y los dioses se juntaron en la morada de pavimento de
bronce. Compareció Neptuno, que ciñe la tierra; presentóse también el
benéfico Mercurio; llegó asimismo el soberano flechador Apolo. Las diosas
quedáronse, por pudor, cada una en su casa. Detuviéronse los dioses,
dadores de los bienes, en el umbral; y una risa inextinguible se alzó entre
los bienaventurados númenes al ver el artificio del ingenioso Vulcano. Y
uno de ellos dijo al que tenía más cerca:
329 «No prosperan las malas acciones y el más tardo alcanza al más
ágil; como ahora Vulcano, que es cojo y lento, aprisionó con su artificio á
Marte, el más veloz de los dioses que poseen el Olimpo; quien tendrá que
pagarle la multa del adulterio.»
333 Así éstos conversaban. Mas el soberano Apolo, hijo de Júpiter,
habló á Mercurio de esta manera:
335 «¡Mercurio, hijo de Júpiter, mensajero, dador de bienes! ¿Querrías,
preso en fuertes lazos, dormir en la cama con la dorada Venus?»

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338 Respondióle el mensajero Argicida: «¡Ojalá sucediera lo que has
dicho, oh soberano flechador Apolo! ¡Envolviéranme triple número de
inextricables lazos, y vosotros los dioses y aun las diosas todas me
estuvierais mirando, con tal que yo durmiese con la dorada Venus!»
343 Así se expresó; y alzóse nueva risa entre los inmortales dioses. Pero
Neptuno no se reía, sino que suplicaba continuamente á Vulcano, el ilustre
artífice, que pusiera en libertad al dios Marte. Y, hablándole, estas aladas
palabras le decía:
347 «Desátale, que yo te prometo que pagará, como lo mandas, cuanto
sea justo entre los inmortales dioses.»
349 Replicóle entonces el ínclito Cojo de ambos pies: «No me ordenes
semejante cosa, oh Neptuno que ciñes la tierra, pues es mala la caución que
por los malos se presta. ¿Cómo te podría apremiar yo ante los inmortales
dioses, si Marte se fuera suelto y, libre ya de los lazos, rehusara satisfacer la
deuda?»
354 Contestóle Neptuno, que sacude la tierra: «Si Marte huyere,
rehusando satisfacer la deuda, seré yo quien te la pague.»
357 Respondióle el ínclito Cojo de ambos pies: «No es posible ni sería
conveniente negarte lo que pides.»
359 Dicho esto, la fuerza de Vulcano les quitó los lazos. Ellos, al verse
libres de los mismos, que tan recios eran, se levantaron sin tardanza y
fuéronse él á Tracia y la risueña Venus á Chipre y Pafos, donde tiene un
bosque y un perfumado altar: allí las Gracias la lavaron, la ungieron con el
aceite divino que hermosea á los sempiternos dioses y le pusieron lindas
vestiduras que dejaban admirado á quien las contemplaba.
367 Tal era lo que cantaba el ínclito aedo, y holgábanse de oirlo Ulises
y los feacios, que usan largos remos y son ilustres navegantes.
370 Alcínoo mandó entonces que Halio y Laodamante bailaran solos,
pues con ellos no competía nadie. Al momento tomaron en sus manos una
linda pelota de color de púrpura, que les hiciera el habilidoso Pólibo; y el
uno, echándose hacia atrás, la arrojaba á las sombrías nubes, y el otro,
dando un salto, la cogía fácilmente antes de volver á tocar con sus pies el
suelo. Tan pronto como se probaron en tirar la pelota rectamente,
pusiéronse á bailar en la fértil tierra, alternando con frecuencia. Aplaudieron
los demás jóvenes que estaban en el circo, y se promovió una fuerte gritería.
Y entonces el divinal Ulises habló á Alcínoo de esta manera:

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382 «¡Rey Alcínoo, el más esclarecido de todos los ciudadanos!
Prometiste demostrar que vuestros danzadores son excelentes y lo has
cumplido. Atónito me quedo al contemplarlos.»
385 Tal dijo. Alegróse la sacra potestad de Alcínoo y al punto habló así
á los feacios, amantes de manejar los remos:
387 «¡Oíd, caudillos y príncipes de los feacios! Paréceme el huésped
muy sensato. Ea, pues, ofrezcámosle los dones de la hospitalidad, que esto
es lo que procede. Doce preclaros reyes gobernáis como príncipes la
población y yo soy el treceno: traiga cada uno un manto bien lavado, una
túnica y un talento de precioso oro; y vayamos todos juntos á llevárselo al
huésped para que, al verlo en sus manos, asista á la cena con el corazón
alegre. Y apacígüelo Euríalo con palabras y un regalo, porque no habló de
conveniente modo.»
398 Así les arengó. Todos lo aplaudieron y, poniéndolo por obra,
enviaron á sus respectivos heraldos para que les trajeran los presentes. Y
Euríalo respondió de esta suerte:
401 «¡Rey Alcínoo, el más esclarecido de todos los ciudadanos! Yo
apaciguaré al huésped, como lo mandas, y le daré esta espada de bronce,
que tiene la empuñadura de plata y en torno suyo una vaina de marfil recién
cortado. Será un presente muy digno de tal persona.»
406 Diciendo así, puso en las manos de Ulises la espada guarnecida de
argénteos clavos y pronunció estas aladas palabras:
408 «¡Salud, padre huésped! Si alguna de mis palabras te ha molestado,
llévensela cuanto antes los impetuosos torbellinos. Y las deidades te
permitan ver nuevamente á tu esposa y llegar á tu patria, ya que hace tanto
tiempo que padeces trabajos lejos de los tuyos.»
412 Respondióle el ingenioso Ulises: «¡Muchas saludes te doy también,
amigo! Los dioses te concedan felicidades y ojalá que nunca eches de
menos esta espada de que me haces presente, después de apaciguarme con
tus palabras.»
416 Dijo; y echóse al hombro aquella espada guarnecida de argénteos
clavos. Al ponerse el sol, ya Ulises tenía delante de sí los hermosos
presentes. Introdujéronlos en la casa de Alcínoo los conspicuos heraldos é
hiciéronse cargo de ellos los vástagos del ilustre rey, quienes transportaron
los bellísimos regalos adonde estaba su veneranda madre. Volvieron todos
al palacio, precedidos por la sacra potestad de Alcínoo, y sentáronse en
elevadas sillas. Y entonces la potestad de Alcínoo dijo á Arete:

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424 «Trae, mujer, un arca muy hermosa, la que mejor sea; y mete en la
misma un manto bien lavado y una túnica. Poned al fuego una caldera de
bronce y calentad agua para que el huésped se lave y viendo colocados por
orden cuantos presentes acaban de traerle los eximios feacios, se regocije
con el banquete y el canto del aedo. Y yo le daré mi hermosísima copa de
oro, á fin de que se acuerde de mí todos los días al ofrecer en su casa
libaciones á Júpiter y á los restantes dioses.»
433 Así dijo. Arete mandó á las esclavas que pusiesen incontinenti un
gran trípode al fuego. Ellas llevaron al ardiente fuego un trípode que servía
para los baños, echaron agua en la caldera y, recogiendo leña, encendiéronla
debajo. Las llamas rodearon el vientre de la caldera y calentóse el agua.
Entretanto sacó Arete de su habitación un arca muy hermosa y puso en la
misma los bellos dones—vestiduras y oro—que habían traído los feacios, y
además un manto y una elegante túnica. Y seguidamente habló al héroe con
estas aladas palabras:
443 «Examina tú mismo la tapa y échale pronto un nudo: no sea que te
hurten alguna cosa en el camino, cuando en la negra nave estés entregado al
dulce sueño.»
446 Apenas oyó estas palabras el paciente divinal Ulises, encajó la tapa
y le echó un complicado nudo que le enseñara á hacer la veneranda Circe.
Acto seguido invitóle la despensera á bañarse en una pila; y Ulises vió con
agrado el baño caliente, porque no cuidaba de su persona desde que partió
de la casa de Calipso, la de los hermosos cabellos; que en ella estuvo
siempre atendido como un dios. Y lavado ya y ungido con aceite por las
esclavas, que le pusieron una túnica y un hermoso manto, salió y fuése
hacia los hombres, bebedores de vino, que allí se encontraban; pero
Nausícaa, á quien las deidades habían dotado de belleza, paróse ante la
columna que sostenía el techo sólidamente construído, se admiró al clavar
los ojos en Ulises y le dijo estas aladas palabras:
461 «Salve, huésped, para que en alguna ocasión, cuando estés de
vuelta en tu patria, te acuerdes de mí; que me debes antes que á nadie el
rescate de tu vida.»
463 Respondióle el ingenioso Ulises: «¡Nausícaa, hija del magnánimo
Alcínoo! Concédame Júpiter, el tonante esposo de Juno, que llegue á mi
casa y vea el día de mi regreso; que allí te invocaré todos los días, como á
una diosa, porque fuiste tú, oh doncella, quien me salvó la vida.»

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469 Dijo, y fué á sentarse junto al rey Alcínoo, cuando ya se distribuían
las porciones y se mezclaba el vino. Compareció el heraldo con el amable
aedo Demódoco, tan honrado por la gente, y le hizo sentar en medio de los
convidados, arrimándolo á excelsa columna. Y entonces el ingenioso Ulises,
cortando una tajada del espinazo de un puerco de blancos dientes, del cual
quedaba aún la mayor parte y estaba cubierto de abundante grasa, habló al
heraldo de esta manera:
477 «¡Heraldo! Llévale esta carne á Demódoco para que coma y así le
obsequiaré, aunque estoy afligido; que á los aedos por doquier les tributan
honor y reverencia los hombres terrestres, porque la Musa les ha enseñado
el canto y los ama á todos.»
482 Así dijo; y el heraldo puso la carne en las manos del héroe
Demódoco, quien, al recibirla, sintió que se le alegraba el alma. Todos
echaron mano á las viandas que tenían delante. Y cuando hubieron
satisfecho las ganas de comer y de beber, el ingenioso Ulises habló á
Demódoco de esta manera:
487 «¡Demódoco! Yo te alabo más que á otro mortal cualquiera, pues
deben de haberte enseñado la Musa, hija de Júpiter, ó el mismo Apolo, á
juzgar por lo primorosamente que cantas el azar de los aquivos y todo lo
que llevaron al cabo, padecieron y soportaron, como si tú en persona lo
hubieras visto ó se lo hubieses oído referir á alguno de ellos. Mas, ea, pasa á
otro asunto y canta cómo estaba dispuesto el caballo de madera construído
por Epeo con la ayuda de Minerva; máquina engañosa que el divinal Ulises
llevó á la acrópolis, después de llenarla con los guerreros que arruinaron á
Troya. Si esto lo cuentas como se debe, yo diré á todos los hombres que una
deidad benévola te concedió el divino canto.»

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Demódoco deje de tocar la melodiosa cítara, dijo el rey, pues quizás lo que canta no les sea
grato á todos los oyentes

(Canto VIII, versos 537 y 538.)

499 Así habló; y el aedo, movido por divinal impulso, entonó un canto
cuyo comienzo era que los argivos diéronse á la mar en sus naves de

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muchos bancos, después de haber incendiado el campamento, mientras
algunos ya se hallaban con el celebérrimo Ulises en el ágora de los teucros,
ocultos por el caballo que estos mismos llevaron arrastrando hasta la
acrópolis. El caballo estaba en pie y los teucros, sentados á su alrededor,
decían muy confusas razones y vacilaban en la adopción de uno de estos
tres pareceres: hender el vacío leño con el cruel bronce, subirlo á una altura
y despeñarlo, ó dejar el gran simulacro como ofrenda propiciatoria á los
dioses; esta última resolución debía prevalecer, porque era fatal que la
ciudad se arruinase cuando tuviera dentro aquel enorme caballo de madera
donde estaban los más valientes argivos que llevaron á los teucros el estrago
y la muerte. Cantó cómo los aqueos, saliendo del caballo y dejando la hueca
emboscada, asolaron la ciudad; cantó asimismo cómo, dispersos unos por
un lado y otros por otro, iban devastando la excelsa urbe, mientras que
Ulises, cual si fuese Marte, tomaba el camino de la casa de Deífobo,
juntamente con el deiforme Menelao. Y refirió cómo aquél había osado
sostener un terrible combate, del cual alcanzó victoria por el favor de la
magnánima Minerva.
521 Tal fué lo que cantó el eximio aedo; y en tanto consumíase Ulises,
y las lágrimas manaban de sus párpados y le regaban las mejillas. De la
suerte que una mujer llora, abrazada á su marido que cayó delante de su
población y de su gente para que se libraran del día cruel la ciudad y los
hijos—al verlo moribundo y palpitante se le echa encima y profiere agudos
gritos, los contrarios la golpean con las picas en el dorso y en las espaldas
trayéndole la esclavitud á fin de que padezca trabajos é infortunios, y el
dolor miserando deshace sus mejillas;—de semejante manera Ulises
derramaba de sus ojos tantas lágrimas que movía á compasión. Á todos les
pasó inadvertido que vertiera lágrimas menos á Alcínoo; el cual, sentado
junto á él, lo advirtió y notó, oyendo asimismo que suspiraba
profundamente. Y en seguida dijo á los feacios, amantes de manejar los
remos:
536 «¡Oídme, caudillos y príncipes de los feacios! Cese Demódoco de
tocar la melodiosa cítara, pues quizás lo que canta no les sea grato á todos
los oyentes. Desde que empezamos la cena y se levantó el divinal aedo, el
huésped no ha dejado de verter doloroso llanto: sin duda le vino al alma
algún pesar. Mas, ea, cese aquél para que nos regocijemos todos, así los
albergadores del huésped como el huésped mismo; que es lo mejor que se
puede hacer, ya que por el venerable huésped se han preparado estas cosas,

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su conducción y los dones que le hemos hecho en demostración de aprecio.
Como á un hermano debe tratar al huésped y al suplicante, quien tenga un
poco de sensatez. Y así, no has de ocultar tampoco con astuto designio lo
que voy á preguntarte, sino que será mucho mejor que lo manifiestes. Dime
el nombre con que en tu población te llamaban tu padre y tu madre, los
habitantes de la ciudad y los vecinos de los alrededores; que ningún hombre
bueno ó malo deja de tener el suyo desde que ha nacido, porque los padres
lo imponen á cuantos engendran. Nómbrame también tu país, tu pueblo y tu
ciudad, para que nuestros bajeles, proponiéndose cumplir tu propósito con
su inteligencia, te conduzcan allá; pues entre los feacios no hay pilotos, ni
sus naves están provistas de timones como los restantes barcos, sino que ya
saben ellas los pensamientos y el querer de los hombres, conocen las
ciudades y los fértiles campos de todos los países, atraviesan rápidamente el
abismo del mar, aunque cualquier vapor ó niebla las cubra, y no sienten
temor alguno de recibir daño ó de perderse; si bien oí decir á mi padre
Nausítoo que Neptuno nos mira con malos ojos porque conducimos sin
recibir daño á todos los hombres, y afirmaba que el dios haría naufragar en
el obscuro ponto un bien construído bajel de los feacios, al volver de
conducir á alguien, y cubriría la vista de la ciudad con una gran montaña.
Así se expresaba el anciano; mas el dios lo cumplirá ó no, según le plegue.
Ea, habla y cuéntame sinceramente por dónde anduviste perdido y á qué
regiones llegaste, especificando qué gentes y qué ciudades bien pobladas
había en ellas; así como también cuáles hombres eran crueles, salvajes é
injustos y cuáles hospitalarios y temerosos de los dioses. Dime por qué
lloras y te lamentas en tu ánimo cuando oyes referir el azar de los argivos,
de los dánaos y de Ilión. Diéronselo las deidades, que decretaron la muerte
de aquellos hombres para que sirvieran á los venideros de asunto para sus
cantos. ¿Acaso perdiste delante de Ilión algún deudo como tu yerno ilustre
ó tu suegro, que son las personas más queridas después de las ligadas con
nosotros por la sangre y el linaje? ¿Ó fué, por ventura, un esforzado y
agradable compañero; ya que no es inferior á un hermano el compañero
dotado de prudencia?»

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Ulises embriaga al ciclope Polifemo

CANTO IX
RELATOS Á ALCÍNOO.—CICLOPEA

1 Respondióle el ingenioso Ulises: «¡Rey Alcínoo, el más esclarecido
de todos los ciudadanos! En verdad que es hermoso oir á un aedo como
éste, cuya voz se asemeja á la de un numen. No creo que haya cosa tan
agradable como ver que la alegría reina en el pueblo y que los convidados,
sentados ordenadamente en el palacio ante las mesas abastecidas de pan y
de carnes, escuchan al aedo, mientras el escanciador saca vino de la cratera
y lo va echando en las copas. Tal espectáculo me parece bellísimo. Pero te
movió el ánimo á desear que te cuente mis luctuosos infortunios, para que
llore aún más y prorrumpa en gemidos. ¿Cuál cosa relataré en primer
término, cuál en último lugar, siendo tantos los infortunios que me enviaron
los celestiales dioses? Ante todo, quiero deciros mi nombre para que lo
sepáis y en adelante, después que me haya librado del día cruel, sea yo
vuestro huésped, á pesar de vivir en una casa que está muy lejos. Soy Ulises

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Laertíada, tan conocido de los hombres por mis astucias de toda clase; y mi
gloria llega hasta el cielo. Habito en Ítaca, que se ve á distancia: en ella está
el monte Nérito, frondoso y espléndido, y en contorno hay muchas islas
cercanas entre sí como Duliquio, Same y la selvosa Zacinto. Ítaca no se
eleva mucho sobre el mar, está situada la más remota hacia el Occidente—
las restantes, algo apartadas, se inclinan hacia el Oriente y el Mediodía,—es
áspera, pero buena criadora de mancebos; y yo no puedo hallar cosa alguna
que sea más dulce que mi patria. Calipso, la divina entre las deidades, me
detuvo allá, en huecas grutas, anhelando que fuese su esposo; y de la misma
suerte la dolosa Circe de Eea me acogió anteriormente en su palacio,
deseando también tomarme por marido; ni aquélla ni ésta consiguieron
llevar la persuasión á mi ánimo. No hay cosa más dulce que la patria y los
padres, aunque se habite en una casa opulenta pero lejana, en país extraño,
apartada de aquéllos. Pero voy á contarte mi vuelta, llena de trabajos, la
cual me ordenó Júpiter desde que salí de Troya.
39 »Habiendo partido de Ilión, llevóme el viento al país de los cícones,
á Ismaro: entré á saco la ciudad, maté á sus hombres y, tomando las mujeres
y las abundantes riquezas, nos lo repartimos todo para que nadie se fuera
sin su parte de botín. Exhorté á mi gente á que nos retiráramos con pie
ligero, y los muy simples no se dejaron persuadir. Bebieron mucho y,
mientras degollaban en la playa gran número de ovejas y de flexípedes
bueyes, de retorcidos cuernos, los cícones fueron á llamar á otros cícones
vecinos suyos; los cuales eran más numerosos y más fuertes, habitaban el
interior del país y sabían pelear á caballo con los hombres y aun á pie donde
fuese preciso. Vinieron por la mañana tantos, cuantas son las hojas y flores
que en la primavera nacen; y ya se nos presentó á nosotros, ¡oh infelices!, el
funesto destino que nos ordenara Júpiter á fin de que padeciéramos multitud
de males. Formáronse, nos presentaron batalla junto á las veloces naves, y
nos heríamos recíprocamente con las broncíneas lanzas. Mientras duró la
mañana y fué aumentando la luz del sagrado día, pudimos resistir su ataque,
aunque eran en superior número. Mas luego, cuando el sol se encaminó al
ocaso, los cícones derrotaron á los aquivos, poniéndolos en fuga. Perecieron
seis compañeros, de hermosas grebas, de cada embarcación y los restantes
nos libramos de la muerte y del destino.
62 »Desde allí seguimos adelante con el corazón triste, escapando
gustosos de la muerte aunque perdimos algunos compañeros. Mas no
comenzaron á moverse los corvos bajeles hasta haber llamado tres veces á

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cada uno de los míseros compañeros que acabaron su vida en el llano,
heridos por los cícones. Júpiter, que amontona las nubes, suscitó contra los
barcos el viento Bóreas y una tempestad deshecha cubrió de nubes la tierra
y el ponto, y la noche cayó del cielo. Las naves iban de través, cabeceando;
y el impetuoso viento rasgó las velas en tres ó cuatro pedazos. Entonces
amainamos éstas, pues temíamos nuestra perdición; y apresuradamente, á
fuerza de remos, llevamos aquéllas á tierra firme. Allí permanecimos
echados dos días con sus noches, royéndonos el ánimo la fatiga y los
pesares. Mas, al punto que la Aurora, de lindas trenzas, nos trajo el día
tercero, izamos los mástiles, descogimos las blancas velas y nos sentamos
en las naves, que eran conducidas por el viento y los pilotos. Y hubiese
llegado incólume á la tierra patria, si la corriente de las olas y el Bóreas, que
me desviaron al doblar el cabo de Malea, no me hubieran obligado á vagar
lejos de Citera.
82 »Desde allí dañosos vientos lleváronme nueve días por el ponto,
abundante en peces; y al décimo arribamos á la tierra de los lotófagos, que
se alimentan con un florido manjar. Saltamos en tierra, hicimos aguada, y
pronto los compañeros empezaron á comer junto á las veleras naves. Y
después que hubimos gustado los alimentos y la bebida, envié algunos
compañeros—dos varones á quienes escogí é hice acompañar por un tercero
que fué un heraldo—para que averiguaran cuáles hombres comían el pan en
aquella tierra. Fuéronse pronto y juntáronse con los lotófagos, que no
tramaron ciertamente la perdición de nuestros amigos; pero les dieron á
comer loto, y cuantos probaban el fruto del mismo, dulce como la miel, ya
no querían llevar noticias ni volverse; antes deseaban permanecer con los
lotófagos, comiendo loto, sin acordarse de tornar á la patria. Mas yo los
llevé por fuerza á las cóncavas naves y, aunque lloraban, los arrastré é hice
atar debajo de los bancos. Y mandé que los restantes fieles compañeros se
apresuraran á entrar en las veloces embarcaciones: no fuera que alguno
comiese loto y no pensara en la vuelta. Hiciéronlo en seguida y, sentándose
por orden en los bancos, comenzaron á herir con los remos el espumoso
mar.
105 »Desde allí continuamos la navegación con ánimo afligido, y
llegamos á la tierra de los Ciclopes soberbios y sin ley; quienes, confiados
en los dioses inmortales, no plantan árboles, ni labran los campos, sino que
todo les nace sin semilla y sin arada—trigo, cebada y vides, que producen
vino de unos grandes racimos—y se lo hace crecer la lluvia enviada por

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Júpiter. No tienen ágoras donde se reúnan para deliberar, ni leyes tampoco,
sino que viven en las cumbres de los altos montes, dentro de excavadas
cuevas; cada cual impera sobre sus hijos y mujeres, y no se cuidan los unos
de los otros.
116 »Delante del puerto, no muy cercana ni á gran distancia tampoco de
la región de los Ciclopes, hay una isleta poblada de bosque, con una
infinidad de cabras monteses, pues no las ahuyenta el paso de hombre
alguno ni van allá los cazadores, que se fatigan recorriendo las selvas en las
cumbres de las montañas. No se ven en ella ni rebaños ni labradíos, sino
que el terreno está siempre sin sembrar y sin arar, carece de hombres, y cría
bastantes cabras. Pues los Ciclopes no tienen naves de rojas proas, ni
cuentan con artífices que se las construyan de muchos bancos—como las
que transportan mercancías á distintas poblaciones en los frecuentes viajes
que los hombres efectúan por mar, yendo los unos á encontrar á los otros,—
las cuales hubieran podido hacer que fuese muy poblada aquella isla, que no
es mala y daría á su tiempo frutos de toda especie, porque tiene junto al
espumoso mar prados húmedos y tiernos y allí la vid jamás se perdiera. La
parte interior es llana y labradera; y podrían segarse en la estación oportuna,
mieses altísimas por ser el suelo muy pingüe. Posee la isla un cómodo
puerto, donde no se requieren amarras, ni es preciso echar áncoras, ni atar
cuerdas; pues, en abordando allí, se está á salvo cuanto se quiere, hasta que
el ánimo de los marineros les incita á partir y el viento sopla. En lo alto del
puerto mana una fuente de agua límpida, debajo de una cueva á cuyo
alrededor han crecido álamos. Allá, pues, nos llevaron las naves y algún
dios debió de guiarnos en aquella noche obscura en la que nada
distinguíamos, pues la niebla era copiosa alrededor de los bajeles y la luna
no brillaba en el cielo, que cubrían los nubarrones. Nadie vió con sus ojos la
isla ni las ingentes olas que se quebraban en la tierra, hasta que las naves de
muchos bancos hubieron abordado. Entonces amainamos todas las velas,
saltamos á la orilla del mar y, entregándonos al sueño, aguardamos que
apareciera la divinal Aurora.
152 »No bien se descubrió la hija de la mañana, la Aurora de rosáceos
dedos, anduvimos por la isla muy admirados. En esto las ninfas, prole de
Júpiter que lleva la égida, levantaron montaraces cabras para que comieran
mis compañeros. Al instante tomamos de los bajeles los corvos arcos y los
venablos de larga punta, nos distribuimos en tres grupos, tiramos, y muy
presto una deidad nos proporcionó abundante caza. Doce eran las naves que

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me seguían y á cada una le correspondieron nueve cabras, apartándose diez
para mí solo. Y ya todo el día, hasta la puesta del sol, estuvimos sentados,
comiendo carne en abundancia y bebiendo dulce vino; que el rojo licor aún
no faltaba en las naves, pues habíamos hecho gran provisión en ánforas al
tomar la sagrada ciudad de los cícones. Estando allí echábamos la vista á la
tierra de los Ciclopes, que se hallaban cerca, y divisábamos el humo y
oíamos las voces que ellos daban, y los balidos de las ovejas y de las cabras.
Cuando el sol se puso y sobrevino la noche, nos acostamos en la orilla del
mar. Mas, así que se descubrió la hija de la mañana, la Aurora de rosáceos
dedos, los llamé á junta y les dije estas razones:
172 «Quedaos aquí, mis fieles amigos, y yo con mi nave y mis
compañeros iré allá y probaré de averiguar qué hombres son aquéllos: si
son violentos, salvajes é injustos, ú hospitalarios y temerosos de las
deidades.»
177 »Cuando así hube hablado, subí á la nave y ordené á los
compañeros que me siguieran y desataran las amarras. Ellos se embarcaron
al instante y, sentándose por orden en los bancos, comenzaron á herir con
los remos el espumoso mar. Y tan luego como llegamos á dicha tierra, que
estaba próxima, vimos en uno de los extremos y casi tocando al mar una
excelsa gruta, á la cual daban sombra algunos laureles: en ella reposaban
muchos hatos de ovejas y de cabras, y en contorno había una alta cerca
labrada con piedras profundamente hundidas, grandes pinos y encinas de
elevada copa. Allí moraba un varón gigantesco, solitario, que entendía en
apacentar rebaños lejos de los demás hombres, sin tratarse con nadie; y,
apartado de todos, ocupaba su ánimo en cosas inicuas. Era un monstruo
horrible y no se asemejaba á los hombres que viven de pan, sino á una
selvosa cima que entre altos montes se presentase aislada de las demás
cumbres.
193 »Entonces ordené á mis fieles compañeros que se quedasen á
guardar la nave; escogí los doce mejores y juntos echamos á andar, con un
pellejo de negro y dulce vino que me había dado Marón, vástago de Evantes
y sacerdote de Apolo, el dios tutelar de Ismaro; porque, respetándole, lo
salvamos con su mujer é hijos que vivían en un espeso bosque consagrado á
Febo Apolo. Hízome Marón espléndidos dones, pues me regaló siete
talentos de oro bien labrado, una cratera de plata y doce ánforas de un vino
dulce y puro, bebida de dioses, que no conocían sus siervos ni sus esclavas
sino tan sólo él, su esposa y una despensera. Cuando bebían este rojo licor,

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dulce como la miel, echaban una copa del mismo en veinte de agua; y de la
cratera salía un olor tan suave y divinal, que no sin pena se hubiese
renunciado á saborearlo. De este vino llevaba un gran odre completamente
lleno y además viandas en un zurrón; pues ya desde el primer instante se
figuró mi ánimo generoso que se nos presentaría un hombre dotado de
extraordinaria fuerza, salvaje, y desconocedor de la justicia y de las leyes.
216 »Pronto llegamos á la gruta; mas no dimos con él, porque estaba
apacentando las pingües ovejas. Entramos y nos pusimos á contemplar con
admiración y una por una todas las cosas: había zarzos cargados de quesos;
los establos rebosaban de corderos y cabritos, hallándose encerrados
separadamente los mayores, los medianos y los recentales; y goteaba el
suero de todas las vasijas, tarros y barreños, de que se servía para ordeñar.
Los compañeros empezaron á suplicarme que nos apoderásemos de algunos
quesos y nos fuéramos; y que luego, sacando prestamente de los establos
los cabritos y los corderos, y conduciéndolos á la velera nave, surcáramos
de nuevo el salobre mar. Mas yo no me dejé persuadir—mucho mejor
hubiera sido adoptar su consejo—con el propósito de ver á aquél y probar si
me ofrecería los dones de la hospitalidad. Pero su aparición no había de
serles grata á mis compañeros.
231 »Encendimos fuego, ofrecimos un sacrificio á los dioses, tomamos
algunos quesos, comimos, y le aguardamos, sentados en la gruta, hasta que
volvió con el ganado. Traía una gran carga de leña seca para preparar su
comida y descargóla dentro de la cueva con tal estruendo que nosotros,
llenos de temor, nos refugiamos apresuradamente en lo más hondo de la
misma. Luego metió en el espacioso antro todas las pingües ovejas que
tenía que ordeñar, dejando á la puerta, dentro del recinto de altas paredes,
los carneros y los bucos. Después cerró la puerta con un pedrejón grande y
pesado que llevó á pulso y que no hubiesen podido mover del suelo
veintidós sólidos carros de cuatro ruedas. ¡Tan inmenso era el peñasco que
colocó en la entrada! Sentóse en seguida, ordeñó las ovejas y las baladoras
cabras, todo como debe hacerse, y á cada una le puso su hijito. Á la hora,
haciendo cuajar la mitad de la blanca leche, la amontonó en canastillos de
mimbre, y vertió la restante en unos vasos para bebérsela cuando cenar
quisiese. Acabadas con prontitud tales faenas, encendió fuego y, al vernos,
nos hizo estas preguntas:
252 «¡Forasteros! ¿Quiénes sois? ¿De dónde llegasteis navegando por
húmedos caminos? ¿Venís por algún negocio ó andáis por el mar, á la

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ventura, como los piratas que divagan, exponiendo su vida y produciendo
daño á los hombres de extrañas tierras?»
256 »Así dijo. Nos quebraba el corazón el temor que nos produjo su
voz grave y su aspecto monstruoso. Mas, con todo eso, le respondí de esta
manera:
259 «Somos aqueos á quienes extraviaron, al salir de Troya, vientos de
toda clase que nos llevan por el gran abismo del mar: deseosos de volver á
nuestra patria, llegamos aquí por otros caminos porque de tal suerte debió
de ordenarlo Júpiter. Nos preciamos de ser guerreros de Agamenón Atrida
cuya gloria es inmensa debajo del cielo—¡tan grande ciudad ha destruído y
á tantos hombres ha hecho perecer!—y venimos á abrazar tus rodillas por si
quisieras presentarnos los dones de la hospitalidad ó hacernos algún otro
regalo como es costumbre entre los huéspedes. Respeta, pues, á los dioses,
varón excelente; que nosotros somos ahora tus suplicantes. Y á suplicantes
y forasteros los venga Júpiter hospitalario, el cual acompaña á los
venerandos huéspedes.»
272 »Así le hablé; y respondióme en seguida con ánimo cruel:
«¡Forastero! Eres un simple ó vienes de lejas tierras cuando me exhortas á
temer á los dioses y á guardarme de su cólera; que los Ciclopes no se cuidan
de Júpiter, que lleva la égida, ni de los bienaventurados númenes, porque
aún les ganan en ser poderosos; y yo no te perdonaría ni á ti ni á tus
compañeros por temor á la enemistad de Júpiter, si mi ánimo no me lo
ordenase. Pero dime en qué sitio, al venir, dejaste la bien construída
embarcación: si fué, por ventura en lo más apartado de la playa ó en un
paraje cercano, á fin de que yo lo sepa.»
281 »Así dijo para tentarme. Pero su intención no me pasó inadvertida á
mí, que sé tanto, y de nuevo le hablé con engañosas palabras:
283 «Neptuno, que sacude la tierra, rompió mi nave llevándola á un
promontorio y estrellándola contra las rocas, en los confines de vuestra
tierra; el viento que soplaba del ponto se la llevó y pude librarme, junto con
éstos, de una muerte terrible.»
287 »Así le dije. El Ciclope, con ánimo cruel, no me dió respuesta;
pero, levantándose de súbito, echó mano á los compañeros, agarró á dos y,
cual si fuesen cachorrillos, arrojólos en tierra con tamaña violencia que el
encéfalo fluyó al suelo y mojó el piso. Seguidamente despedazó los
miembros, se aparejó una cena y se puso á comer como montaraz león, no
dejando ni los intestinos, ni la carne, ni los medulosos huesos. Nosotros

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contemplábamos aquel horrible espectáculo con lágrimas en los ojos,
alzando nuestras manos á Júpiter; pues la desesperación se había señoreado
de nuestro ánimo. El Ciclope, tan luego como hubo llenado su enorme
vientre, devorando carne humana y bebiendo encima leche sola, se acostó
en la gruta tendiéndose en medio de las ovejas. Entonces formé en mi
magnánimo corazón el propósito de acercarme á él y, sacando la aguda
espada que colgaba de mi muslo, herirle el pecho donde las entrañas rodean
el hígado, palpándolo previamente; mas otra consideración me contuvo.
Habríamos, en efecto, perecido allí de espantosa muerte, á causa de no
poder apartar con nuestras manos el grave pedrejón que el Ciclope colocó
en la alta entrada. Y así, dando suspiros, aguardamos que apareciera la
divinal Aurora.
307 »Cuando se descubrió la hija de la mañana, la Aurora de rosáceos
dedos, el Ciclope encendió fuego y ordeñó las gordas ovejas, todo como
debe hacerse, y á cada una le puso su hijito. Acabadas con prontitud tales
faenas, echó mano á otros dos de los míos, y con ellos se aparejó el
almuerzo. En acabando de comer, sacó de la cueva los pingües ganados,
removiendo con facilidad el enorme pedrejón de la puerta; pero al instante
lo volvió á colocar, del mismo modo que si á un carcaj le pusiera su tapa.
Mientras el Ciclope aguijaba con gran estrépito sus pingües rebaños hacia el
monte, yo me quedé meditando siniestros propósitos, por si de algún modo
pudiese vengarme y Minerva me otorgara la victoria. Al fin parecióme que
la mejor resolución sería la siguiente. Echada en el suelo del establo veíase
una gran clava de olivo verde, que el Ciclope había cortado para llevarla
cuando se secase. Nosotros, al contemplarla, la comparábamos con el mástil
de un negro y ancho bajel de transporte que tiene veinte remos y atraviesa
el dilatado abismo del mar: tan larga y tan gruesa se nos presentó á la vista.
Acerquéme á ella y corté una estaca como de una braza, que di á los
compañeros mandándoles que la puliesen. No bien la dejaron lisa, agucé
uno de sus cabos, la endurecí, pasándola por el ardiente fuego, y la oculté
cuidadosamente debajo del abundante estiércol esparcido por la gruta.
Ordené entonces que se eligieran por suerte los que, uniéndose conmigo,
deberían atreverse á levantar la estaca y clavarla en el ojo del Ciclope
cuando el dulce sueño le rindiese. Cayóles la suerte á los cuatro que yo
mismo hubiera escogido en tal ocasión, y me junté con ellos formando el
quinto. Por la tarde volvió el Ciclope con el rebaño de hermoso vellón, que
venía de pacer, é hizo entrar en la espaciosa gruta á todas las pingües reses,

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sin dejar á ninguna dentro del recinto; ya porque sospechase algo, ya porque
algún dios así se lo ordenara. Cerró la puerta con el pedrejón, que llevó á
pulso; sentóse, ordeñó las ovejas y las baladoras cabras, todo como debe
hacerse, y á cada una le puso su hijito. Acabadas con prontitud tales cosas,
agarró á otros dos de mis amigos y con ellos se aparejó la cena. Á la hora
lleguéme al Ciclope y, teniendo en la mano una copa de negro vino, le hablé
de esta manera:
347 «Toma, Ciclope, bebe vino, ya que comiste carne humana, á fin de
que sepas qué bebida se guardaba en nuestro buque. Te lo traía para ofrecer
una libación en el caso de que te apiadases de mí y me enviaras á mi casa,
pero tú te enfureces de intolerable modo. ¡Cruel! ¿Cómo vendrá en lo
sucesivo ninguno de los muchos hombres que existen, si no te portas como
debieras?»
353 »Así le dije. Tomó el vino y bebióselo. Y gustóle tanto el dulce
licor que me pidió más:
355 «Dame de buen grado más vino y hazme saber inmediatamente tu
nombre para que te ofrezca un don hospitalario con el cual te huelgues.
Pues también á los Ciclopes la fértil tierra les proporciona vino en gruesos
racimos, que crecen con la lluvia enviada por Júpiter; mas esto se compone
de ambrosía y néctar.»
360 »De tal suerte habló, y volví á servirle el negro vino: tres veces se
lo presenté y tres veces bebió incautamente. Y cuando los vapores del vino
envolvieron la mente del Ciclope, díjele con suaves palabras: «¡Ciclope!
Preguntas cuál es mi nombre ilustre, y voy á decírtelo; pero dame el
presente de hospitalidad que me has prometido. Mi nombre es Nadie; y
Nadie me llaman mi madre, mi padre y mis compañeros todos.»
368 »Así le hablé; y en seguida me respondió, con ánimo cruel: «Á
Nadie me lo comeré el último, después de sus compañeros, y á todos los
demás antes que á él: tal será el don hospitalario que te ofrezca.»
371 »Dijo, tiróse hacia atrás y cayó de espaldas. Así echado, dobló la
gruesa cerviz y vencióle el sueño, que todo lo rinde: Salíale de la garganta
el vino con pedazos de carne humana, y eructaba por estar cargado de
bebida. Entonces metí la estaca debajo del abundante rescoldo, para
calentarla, y animé con mis palabras á todos los compañeros: no fuera que
alguno, poseído de miedo, se retirase. Mas cuando la estaca de olivo, con
ser verde, estaba á punto de arder y relumbraba intensamente, fuí y la saqué
del fuego; rodeáronme mis compañeros, y una deidad nos infundió gran

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audacia. Ellos, tomando la estaca de olivo, hincáronla por la aguzada punta
en el ojo del Ciclope; y yo, alzándome, hacíala girar por arriba. De la suerte
que cuando un hombre taladra con el barreno el mástil de un navío, otros lo
mueven por debajo con una correa, que asen por ambas extremidades, y
aquél da vueltas continuamente: así nosotros, asiendo la estaca de ígnea
punta, la hacíamos girar en el ojo del Ciclope y la sangre brotaba alrededor
del caliente palo. Quemóle el ardoroso vapor párpados y cejas, en cuanto la
pupila estaba ardiendo y sus raíces crepitaban por la acción del fuego. Así
como el broncista, para dar el temple que es la fuerza del hierro, sumerge en
agua fría una gran segur ó un hacha que rechina grandemente: de igual
manera rechinaba el ojo del Ciclope en torno de la estaca de olivo. Dió el
Ciclope un fuerte y horrendo gemido, retumbó la roca y nosotros,
amedrentados, huímos prestamente; mas él se arrancó la estaca, toda
manchada de sangre, arrojóla furioso lejos de sí y se puso á llamar con altos
gritos á los Ciclopes que habitaban á su alrededor, dentro de cuevas, en los
ventosos promontorios. En oyendo sus voces acudieron muchos, quien por
un lado y quien por otro, y parándose junto á la cueva, le preguntaron qué le
angustiaba:
403 «¿Por qué tan enojado, oh Polifemo, gritas de semejante modo en
la divina noche, despertándonos á todos? ¿Acaso algún hombre se lleva tus
ovejas mal de tu grado? ¿Ó, por ventura, te matan con engaño ó con
fuerza?»
407 »Respondióles desde la cueva el robusto Polifemo: «¡Oh amigos!
Nadie me mata con engaño, no con fuerza.»
409 »Y ellos le contestaron con estas aladas palabras: «Pues si nadie te
hace fuerza, ya que estás solo, no es posible evitar la enfermedad que envía
el gran Júpiter; pero, ruega á tu padre, el soberano Neptuno.»
413 »Apenas acabaron de hablar, se fueron todos; y yo me reí en mi
corazón de cómo mi nombre y mi excelente artificio les había engañado. El
Ciclope, gimiendo por los grandes dolores que padecía, anduvo á tientas,
quitó el peñasco de la puerta y se sentó en la entrada, tendiendo los brazos
por si lograba echar mano á alguien que saliera con las ovejas: ¡tan
mentecato esperaba que yo fuese! Mas yo meditaba cómo pudiera aquel
lance acabar mejor, y si hallaría algún recurso para librar de la muerte á mis
compañeros y á mí mismo. Revolví toda clase de engaños y de artificios,
como que se trataba de la vida y un gran mal era inminente, y al fin
parecióme la mejor resolución la que voy á decir. Había unos carneros bien

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alimentados, hermosos, grandes, de espesa y obscura lana; y, sin desplegar
los labios, los até de tres en tres, entrelazando mimbres de aquellos sobre
los cuales dormía el monstruoso é injusto Ciclope: y así el del centro
llevaba á un hombre y los otros dos iban á entrambos lados para que
salvaran á mis compañeros. Tres carneros llevaban, por tanto, á cada varón;
mas yo, viendo que había otro carnero que sobresalía entre todas las reses,
lo asgo por la espalda, me deslizo al vedijudo vientre y me quedo agarrado
con ambos manos á la abundantísima lana, manteniéndome en esta postura
con ánimo paciente. Así, profiriendo suspiros, aguardamos la aparición de
la divinal Aurora.
437 »Cuando se descubrió la hija de la mañana, la Aurora de rosáceos
dedos, los machos salieron presurosos á pacer y las hembras, como no se las
había ordeñado, balaban en el corral con las tetas retesadas. Su amo,
afligido por los dolores, palpaba el lomo á todas las reses, que estaban de
pie, y el simple no advirtió que mis compañeros iban atados á los pechos de
los vedijudos animales. El último en tomar el camino de la puerta fué mi
carnero, cargado de su lana y de mí mismo que pensaba en muchas cosas. Y
el robusto Polifemo lo palpó y así le dijo:
447 «¡Carnero querido! ¿Por qué sales de la gruta el postrero del
rebaño? Nunca te quedaste detrás de las ovejas, sino que, andando á buen
paso, pacías el primero las tiernas flores de la hierba, llegabas el primero á
las corrientes de los ríos y eras quien primero deseaba tornar al establo al
caer de la tarde; mas ahora vienes, por el contrario, el último de todos. Sin
duda echarás de menos el ojo de tu señor, á quien cegó un hombre malvado
con sus perniciosos compañeros, perturbándole las mientes con el vino,
Nadie, pero me figuro que aún no se ha librado de una terrible muerte. ¡Si
tuvieras mis sentimientos y pudieses hablar, para indicarme dónde evita mi
furor! Pronto su cerebro, molido á golpes, se esparciría acá y allá por el
suelo de la gruta, y mi corazón se aliviaría de los daños que me ha causado
ese despreciable Nadie.»

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El Ciclope arrancó la cumbre de una montaña y la arrojó delante de nuestra embarcación
(Canto IX, versos 480 y 481.)

461 »Diciendo así, dejó el carnero y lo echó afuera. Cuando estuvimos
algo apartados de la cueva y del corral, soltéme del carnero y desaté á los

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amigos. Al punto antecogimos aquellas gordas reses de gráciles piernas y,
dando muchos rodeos, llegamos por fin á la nave. Nuestros compañeros se
alegraron de vernos á nosotros, que nos habíamos librado de la muerte, y
empezaron á gemir y á sollozar por los demás. Pero yo, haciéndoles una
señal con las cejas, les prohibí el llanto y les mandé que cargaran presto en
la nave muchas de aquellas reses de hermoso vellón y volviéramos á surcar
el agua salobre. Embarcáronse en seguida y, sentándose por orden en los
bancos, tornaron á herir con los remos el espumoso mar. Y, al estar tan lejos
cuanto se deja oir un hombre que grita, hablé al Ciclope con estas mordaces
palabras:
475 «¡Ciclope! No debías emplear tu gran fuerza para comerte en la
honda gruta á los amigos de un varón indefenso. Las consecuencias de tus
malas acciones habían de alcanzarte, oh cruel, ya que no temiste devorar á
tus huéspedes en tu misma morada: por esto Júpiter y los demás dioses te
han castigado.»
480 »Así le dije; y él, airándose más en su corazón, arrancó la cumbre
de una gran montaña, arrojóla delante de nuestra embarcación de azulada
proa, y poco faltó para que no diese en la extremidad del gobernalle.
Agitóse el mar por la caída del peñasco y las olas, al refluir desde el ponto,
empujaron la nave hacia el continente y la llevaron á tierra firme. Pero yo,
asiendo con ambas manos un larguísimo botador, echéla al mar y ordené á
mis compañeros, haciéndoles con la cabeza silenciosa señal, que apretaran
con los remos á fin de librarnos de aquel peligro. Encorváronse todos y
empezaron á remar. Mas, al hallarnos dentro del mar, á una distancia doble
de la de antes, hablé al Ciclope, no embargante que mis compañeros me
rodeaban y pretendían disuadirme con suaves palabras unos por un lado y
otros por el opuesto:
494 «¡Desgraciado! ¿Por qué quieres irritar á ese hombre feroz que con
lo que tiró al ponto hizo tornar la nave á tierra firme donde creímos
encontrar la muerte? Si oyera que alguien da voces ó habla, nos aplastaría la
cabeza y el maderamen del barco, arrojándonos áspero bloque. ¡Tan lejos
llegan sus tiros!»
500 »Así se expresaban. Mas no lograron quebrantar la firmeza de mi
ánimo; y, con el corazón irritado, le hablé otra vez con estas palabras:
502 «¡Ciclope! Si alguno de los mortales hombres te pregunta la causa
de tu vergonzosa ceguera, dile que quien te privó del ojo fué Ulises, el
asolador de ciudades, hijo de Laertes, que tiene su casa en Ítaca.»

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506 »Tal dije; y él, dando un suspiro, respondió: «¡Oh dioses!
Cumpliéronse los antiguos pronósticos. Hubo aquí un adivino excelente y
grande, Télemo Eurímida, el cual descollaba en el arte adivinatoria y llegó á
la senectud profetizando entre los Ciclopes: éste, pues, me vaticinó lo que
hoy sucede: que sería privado de la vista por mano de Ulises. Mas esperaba
yo que llegase un varón de gran estatura, gallardo, de mucha fuerza; y es un
hombre pequeño, despreciable y menguado quien me cegó el ojo,
subyugándome con el vino. Pero, ea, vuelve Ulises, para que te ofrezca los
dones de la hospitalidad y exhorte al ínclito dios que bate la tierra, á que te
conduzca á la patria; que soy su hijo y él se gloría de ser mi padre. Y será él,
si le place, quien me curará y no otro alguno de los bienaventurados dioses
ni de los mortales hombres.»
522 »Habló, pues, de esta suerte; y le contesté diciendo: «¡Así pudiera
quitarte el alma y la vida, y enviarte á la morada de Plutón, como ni el
mismo dios que sacude la tierra te curará el ojo!»
526 »Dije. Y el Ciclope oró en seguida al soberano Neptuno, alzando
las manos al estrellado cielo:
528 «¡Óyeme, Neptuno, que ciñes la tierra, dios de cerúlea cabellera! Si
en verdad soy tuyo y tú te glorías de ser mi padre, concédeme que Ulises, el
asolador de ciudades, hijo de Laertes, que tiene su casa en Ítaca, no vuelva
nunca á su palacio. Mas si le está destinado que ha de ver á los suyos y
tornar á su bien construída casa y á su patria, sea tarde y mal, en nave ajena,
después de perder todos los compañeros, y encuentre nuevas cuitas en su
morada.»
536 »Tal fué su plegaria y la oyó el dios de cerúlea cabellera. Acto
seguido tomó el Ciclope un peñasco mucho mayor que el de antes, lo
despidió, haciéndolo voltear con fuerza inmensa, arrojólo detrás de nuestro
bajel de azulada proa, y poco faltó para que no diese en la extremidad del
gobernalle. Agitóse el mar por la caída del peñasco y las olas, llevando la
embarcación hacia adelante, hiciéronla llegar á tierra firme.
543 »Así que arribamos á la isla donde estaban los restantes navíos, de
muchos bancos, y en su contorno los compañeros que nos aguardaban
llorando, saltamos á la orilla del mar y sacamos la nave á la arena. Y,
tomando de la cóncava embarcación las reses del Ciclope, nos las
repartimos de modo que ninguno se quedara sin su parte. En esta partición
que se hizo del ganado, mis compañeros, de hermosas grebas, asignáronme
el carnero además de lo que me correspondía; y yo lo sacrifiqué en la playa

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á Júpiter Saturnio, que amontona las nubes y sobre todos reina, quemando
en su obsequio ambos muslos. Pero el dios, sin hacer caso del sacrificio,
meditaba cómo podrían llegar á perderse todas mis naves, de muchos
bancos, con los fieles compañeros. Y ya todo el día, hasta la puesta del sol,
estuvimos sentados, comiendo carne en abundancia y bebiendo dulce vino.
Cuando el sol se puso y llegó la noche, nos acostamos en la orilla del mar.
Pero, apenas se descubrió la hija de la mañana, la Aurora de rosáceos dedos,
ordené á mis compañeros que subieran á la nave y desataran las amarras.
Embarcáronse prestamente y, sentándose por orden en los bancos, tornaron
á herir con los remos el espumoso mar.
565 »Desde allí seguimos adelante, con el corazón triste, escapando
gustosos de la muerte aunque perdimos algunos compañeros.

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Ulises, compadeciéndose de la suerte de sus compañeros, suplica á Circe que les torne su anterior
figura

CANTO X
LO RELATIVO Á ÉOLO, Á LOS LESTRIGONES Y Á CIRCE

1 »Llegamos á la isla Eolia, donde moraba Éolo Hipótada, caro á los
inmortales dioses; isla natátil, á la cual cerca broncíneo é irrompible muro,
levantándose en el interior una escarpada roca. Á Éolo naciéronle doce
vástagos en el palacio: seis hijas y seis hijos florecientes; y dió aquéllas á
éstos para que fuesen sus esposas. Todos juntos, á la vera de su padre
querido y de su madre veneranda, disfrutan de un continuo banquete en el
que se les sirven muchísimos manjares. Durante el día percíbese en la casa
el olor del asado y resuena toda con la flauta; y por la noche duerme cada
uno con su púdica mujer sobre tapetes, en torneado lecho. Llegamos, pues,
á su ciudad y á sus magníficas viviendas, y Éolo tratóme como á un amigo
por espacio de un mes y me hizo preguntas sobre muchas cosas—sobre
Ilión, sobre las naves de los argivos, sobre la vuelta de los aqueos—de todo
lo cual le informé debidamente. Cuando quise partir y le rogué que me
despidiera, no se negó y preparó mi viaje. Dióme entonces, encerrados en

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un cuero de un buey de nueve años que antes desollara, los soplos de los
mugidores vientos; pues el Saturnio habíale hecho árbitro de los mismos,
con facultad de aquietar ó de excitar al que quisiera. Y ató dicho pellejo en
la cóncava nave con un reluciente hilo de plata, de manera que no saliese ni
el menor soplo; enviándome el Céfiro para que, soplando, llevara nuestras
naves y á nosotros en ellas. Mas, en vez de suceder así, había de perdernos
nuestra propia imprudencia.
28 »Navegamos seguidamente por espacio de nueve días con sus
noches. Y en el décimo se nos mostró la tierra patria, donde vimos á los que
encendían fuego cerca del mar. Entonces me sentí fatigado y me rindió el
dulce sueño; pues había gobernado continuamente el timón de la nave, que
no quise confiar á ninguno de los amigos para que llegáramos más pronto.
Los compañeros hablaban los unos con los otros de lo que yo llevaba á mi
palacio, figurándose que era oro y plata, recibidos como dádiva del
magnánimo Éolo Hipótada. Y alguno de ellos dijo de esta suerte al que tenía
más cercano:
38 «¡Oh dioses! ¡Cuán querido y honrado es este varón, de cuantos
hombres habitan en las ciudades y tierras adonde llega! Muchos y valiosos
objetos se ha llevado del botín de Troya; mientras que los demás, con haber
hecho el mismo viaje, volveremos á casa con las manos vacías. Y ahora
Éolo, obsequiándole como á un amigo, acaba de darle estas cosas. Ea,
veamos pronto lo que son y cuánto oro y plata hay en el cuero.»
46 »Así razonaban. Prevaleció aquel mal consejo y, desatando mis
amigos el odre, escapáronse con gran ímpetu todos los vientos. En seguida
arrebató las naves una tempestad y llevólas al ponto: ellos lloraban, al verse
lejos de la patria; y yo, recordando, medité en mi irreprochable espíritu si
debía tirarme del bajel y morir en el ponto, ó sufrirlo todo en silencio y
permanecer entre los vivos. Lo sufrí, quedéme en el barco y, cubriéndome,
me acosté de nuevo. Las naves tornaron á ser llevadas á la isla Eolia por la
funesta tempestad que promovió el viento, mientras gemían cuantos me
acompañaban.
56 »Llegados allá, saltamos en tierra, hicimos aguada, y á la hora
empezamos á comer junto á las veleras naves. Mas, así que hubimos
gustado la comida y la bebida, tomé un heraldo y un compañero y,
encaminándonos al ínclito palacio de Éolo, hallamos á éste, que celebraba
un banquete con su esposa y sus hijos. Ya en la casa, nos sentamos al

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umbral, cerca de las jambas; y ellos se pasmaron al vernos y nos hicieron
estas preguntas:
64 «¿Cómo aquí, Ulises? ¿Qué funesto numen te persigue? Nosotros te
enviamos con gran recaudo para que llegases á tu patria y á tu casa, ó á
cualquier sitio que te pluguiera.»
67 »Así hablaron. Y yo, con el corazón afligido, les dije: «Mis
imprudentes compañeros y un sueño pernicioso causáronme este daño; pero
remediadlo vosotros, oh amigos, ya que podéis hacerlo.»
70 »En tales términos me expresé, halagándoles con suaves palabras.
Todos enmudecieron y, por fin, el padre me respondió:
72 «¡Sal de la isla y muy pronto, malvado más que ninguno de los que
hoy viven! No me es permitido tomar á mi cuidado y asegurarle la vuelta á
un varón que se ha hecho odioso á los bienaventurados dioses. Vete
noramala; pues si viniste ahora, es porque los inmortales te aborrecen.»
76 »Hablando de esta manera me despidió del palacio, á mí, que
profería hondos suspiros. Luego seguimos adelante, con el corazón
angustiado. Y ya iba agotando el ánimo de los hombres aquel molesto
remar, que á nuestra necedad debíamos; pues no se presentaba medio
alguno de volver á la patria.
80 »Navegamos sin interrupción durante seis días con sus noches, y al
séptimo llegamos á Telépilo de Lamos, la excelsa ciudad de la Lestrigonia,
donde el pastor, al recoger su rebaño, llama á otro que sale en seguida con
el suyo. Allí un hombre que no durmiese, podría ganar dos salarios: uno,
guardando bueyes; y otro, apacentando blancas ovejas. ¡Tan
inmediatamente sucede al pasto del día el de la noche! Apenas arribamos al
magnífico puerto, el cual estaba rodeado de ambas partes por escarpadas
rocas y tenía en sus extremos riberas prominentes y opuestas que dejaban
un estrecho paso, todos llevaron á éste las corvas naves y las amarraron en
el cóncavo puerto, muy juntas, porque allí no se levantan olas ni grandes ni
pequeñas y una plácida calma reina en derredor; mas yo dejé mi negra
embarcación fuera del puerto, cabe á uno de sus extremos é hice atar las
amarras á un peñasco. Subí luego á una áspera atalaya y desde ella no
columbré labores de bueyes ni de hombres, sino tan sólo el humo que se
alzaba de la tierra. Quise enviar algunos compañeros para que averiguaran
cuáles hombres comían el pan en aquella comarca; y designé á dos,
haciéndoles acompañar por un tercero que fué un heraldo. Fuéronse y,
siguiendo un camino llano por donde las carretas llevaban la leña de los

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altos montes á la ciudad, poco antes de llegar á la población encontraron
una doncella, la eximia hija del lestrigón Antífates, que bajaba á la fuente
Artacia, de hermosa corriente, pues allá iban á proveerse de agua los
ciudadanos. Detuviéronse y hablaron á la joven, preguntándole quién era el
rey y sobre quiénes reinaba; y ella les mostró en seguida la elevada casa de
su padre. Llegáronse entonces á la magnífica morada, hallaron dentro á la
esposa, que era alta como la cumbre de un monte, y cobráronle no poco
miedo. La mujer llamó del ágora á su marido el preclaro Antífates, y éste
maquinó contra mis compañeros cruda muerte: agarrando prestamente á
uno, aparejóse con el mismo la cena, mientras los otros dos tornaban á los
barcos en precipitada fuga. Antífates gritó por la ciudad y, al oirle,
acudieron de todos lados muchos y fuertes lestrigones, que no parecían
hombres sino gigantes, y desde las peñas tiraron pedruscos muy pesados:
pronto se alzó en las naves un deplorable estruendo causado á la vez por los
gritos de los que morían y por la rotura de los barcos; y los lestrigones,
atravesando á los hombres como si fueran peces, se los llevaban para
celebrar nefando festín. Mientras así los mataban en el hondísimo puerto,
saqué la aguda espada que llevaba junto al muslo y corté las amarras de mi
bajel de azulada proa. Acto continuo exhorté á mis amigos, mandándoles
que batieran los remos para librarnos de aquel peligro; y todos azotaron el
mar por temor á la muerte. Con satisfacción huímos en mi nave desde las
rocas prominentes al ponto; mas las restantes se perdieron en aquel sitio,
todas juntas.
133 »Desde allí seguimos adelante, con el corazón triste, escapando
gustosos de la muerte aunque perdimos algunos compañeros. Llegamos
luego á la isla Eea, donde moraba Circe, la de lindas trenzas, deidad
poderosa, dotada de voz, hermana carnal del terrible Eetes; pues ambos
fueron engendrados por el Sol, que alumbra á los mortales, y tienen por
madre á Perse, hija del Océano. Acercamos silenciosamente el navío á la
ribera, haciéndolo entrar en un amplio puerto, y alguna divinidad debió de
conducirnos. Saltamos en tierra, permanecimos echados dos días con sus
noches, y nos roían el ánimo el cansancio y los pesares. Mas, al punto que
la Aurora, de lindas trenzas, nos trajo el día tercero, tomé mi lanza y mi
aguda espada y me fuí prestamente desde la nave á una atalaya, por si
conseguía ver labores de hombres mortales ó percibir la voz de los mismos.
Y, habiendo subido á una altura muy escarpada, me paré y aparecióseme el
humo que se alzaba de la espaciosa tierra, en el palacio de Circe, entre un

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espeso encinar y una selva. Á la hora que divisé el negro humo, se me
ocurrió en la mente y en el ánimo ir yo mismo á enterarme; mas,
considerándolo bien, parecióme mejor tornar á la orilla, donde se hallaba la
velera nao, disponer que comiesen mis compañeros y enviar á algunos para
que se informaran. Emprendí la vuelta, y ya estaba á poca distancia del
corvo bajel, cuando algún dios me tuvo compasión al verme solo, y me hizo
salir al camino un gran ciervo de altos cuernos; que desde el pasto de la
selva bajaba al río para beber, pues el calor del sol le había entrado. Apenas
se presentó, acertéle con la lanza en el espinazo, en medio de la espalda, de
tal manera que el bronce lo atravesó completamente. Cayó el ciervo,
quedando tendido en el polvo, y perdió la vida. Lleguéme á él y saquéle la
broncínea lanza, poniéndola en el suelo; arranqué después varitas y
mimbres, y formé una soga como de una braza, bien torcida de ambas
partes, con la cual pude atar juntos los pies de la enorme bestia. Me la
colgué al cuello y enderecé mis pasos á la negra nave, apoyándome en la
pica; ya que no hubiera podido sostenerla en la espalda con sólo la otra
mano, por ser tan grande aquella pieza. Por fin la dejé en tierra, junto á la
embarcación; y comencé á animar á mis compañeros, acercándome á los
mismos y hablándoles con dulces palabras:
174 «¡Amigos! No descenderemos á la morada de Plutón, aunque nos
sintamos afligidos, hasta que nos llegue el día fatal. Mas, ea, en cuanto haya
víveres y bebida en la embarcación, pensemos en comer y no nos dejemos
consumir por el hambre.»
178 »Así les dije; y, obedeciendo al instante mis palabras, quitáronse la
ropa con que se habían tapado allí, en la playa del mar estéril, y admiraron
el ciervo, pues era grandísima aquella pieza. Después que se hubieron
deleitado en contemplarlo con sus propios ojos, laváronse las manos y
aparejaron un banquete espléndido. Y ya todo el día, hasta la puesta del sol,
estuvimos sentados, comiendo carne en abundancia y bebiendo dulce vino.
Cuando el sol se puso y llegó la noche, nos acostamos en la orilla del mar.
Pero, no bien se descubrió la hija de la mañana, la Aurora de rosáceos
dedos, reuní en junta á mis amigos y les hablé de esta manera:
189 «Oíd mis palabras, compañeros, aunque padezcáis tantos males.
¡Oh amigos! Ya que ignoramos dónde está el poniente y el sitio en que
aparece la Aurora, por dónde el Sol, que alumbra á los mortales, desciende
debajo de la tierra, y por dónde vuelve á salir; examinemos prestamente si
nos será posible tomar alguna resolución, aunque yo no lo espero; mas,

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desde escarpada altura contemplé esta isla, que es baja y á su alrededor
forma una corona el ponto inmenso, y con mis propios ojos vi salir humo de
en medio de la misma, á través de los espesos encinares y de la selva.»
198 »Tal dije. Á todos se les quebraba el corazón, acordándose de los
hechos del lestrigón Antífates y de las violencias del feroz Ciclope, que se
comía á los hombres, y se echaron á llorar ruidosamente, vertiendo
abundantes lágrimas; aunque para nada les sirvió su llanto.
203 »Formé con mis compañeros de hermosas grebas dos secciones, á
las que di sendos capitanes; pues yo me puse al frente de una y el deiforme
Euríloco mandaba la otra. Echamos suertes en broncíneo yelmo y, como
saliera la del magnánimo Euríloco, partió con veintidós compañeros que
lloraban; y nos dejaron á nosotros, que también sollozábamos. Dentro de un
valle y en lugar visible descubrieron el palacio de Circe, construído de
piedra pulimentada. En torno suyo encontrábanse lobos montaraces y
leones, á los que Circe había encantado, dándoles funestas drogas; pero
estos animales no acometieron á mis hombres, sino que, levantándose,
fueron á halagarles con sus colas larguísimas. Como los perros halagan á su
amo siempre que vuelve del festín, porque les trae algo que satisface su
apetito; de tal manera los lobos, de uñas fuertes, y los leones fueron á
halagar á mis compañeros, que se asustaron de ver tan espantosos
monstruos. En llegando á la mansión de la diosa de lindas trenzas,
detuviéronse en el vestíbulo y oyeron á Circe que con voz pulcra cantaba en
el interior, mientras labraba una tela grande, divinal y tan fina, elegante y
espléndida, como son las labores de las diosas. Y Polites, caudillo de
hombres, que era para mí el más caro y respetable de los compañeros,
empezó á hablarles de esta manera:
226 «¡Oh amigos! En el interior está cantando hermosamente alguna
diosa ó mujer que labra una gran tela, y hace resonar todo el pavimento.
Llamémosla cuanto antes.»

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Circe, tocándolos con su varita, los convirtió en cerdos y los encerró en pocilgas
(Canto X, versos 237 á 240.)

229 »Así les dijo; y ellos la llamaron á voces. Circe se alzó en seguida,
abrió la magnífica puerta, los llamó y siguiéronla todos imprudentemente; á

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excepción de Euríloco, que se quedó fuera por temor de algún engaño.
Cuando los tuvo dentro, los hizo sentar en sillas y sillones, confeccionó un
potaje de queso, harina y miel fresca con vino de Pramnio, y echó en él
drogas perniciosas para que los míos olvidaran por completo la tierra patria.
Dióselo, bebieron, y, seguidamente, los tocó con una varita y los encerró en
pocilgas. Y tenían la cabeza, la voz, las cerdas y el cuerpo como los
puercos, pero sus mientes quedaron tan enteras como antes. Así fueron
encerrados y todos lloraban; y Circe les echó para comer, fabucos, bellotas
y el fruto del cornejo, que es lo que comen los puercos, que se echan en la
tierra.
244 »Euríloco volvió sin dilación al ligero y negro bajel, para
enterarnos de la aciaga suerte que les había cabido á los compañeros. Mas
no le era posible proferir una sola palabra, no obstante su deseo, por tener el
corazón sumido en grave dolor; los ojos se le llenaron de lágrimas y su
ánimo únicamente en sollozar pensaba. Todos le contemplábamos con
asombro y le hacíamos preguntas, hasta que por fin nos contó la pérdida de
los demás compañeros:
251 «Nos alejamos á través del encinar como mandaste, preclaro
Ulises, y dentro de un valle y en lugar visible descubrimos un hermoso
palacio, hecho de piedra pulimentada. Allí, alguna diosa ó mujer cantaba
con voz sonora, labrando una gran tela. Llamáronla á voces. Alzóse en
seguida, abrió la magnífica puerta, nos llamó, y siguiéronla todos
imprudentemente; pero yo me quedé fuera, temiendo que hubiese algún
engaño. Todos á una desaparecieron y ninguno ha vuelto á presentarse,
aunque he permanecido acechándolos un buen rato.»
261 »De tal manera se expresó. Yo entonces, colgándome del hombro la
grande broncínea espada, de clavazón de plata, y tomando el arco, le mandé
que sin pérdida de tiempo me llevara por el camino que habían seguido.
Mas él comenzó á suplicarme, abrazando con entrambas manos mis
rodillas; y entre lamentos decíame estas aladas palabras:
266 «¡Oh alumno de Júpiter! No me lleves allá, mal de mi grado;
déjame aquí; pues sé que no volverás ni traerás á ninguno de tus
compañeros. Huyamos en seguida con los presentes, que aún nos podremos
librar del día cruel.»
270 »Así me habló; y le contesté diciendo: «¡Euríloco! Quédate tú en
este lugar, á comer y beber junto á la cóncava y negra embarcación; mas yo
iré, que la dura necesidad me lo exige.»

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274 »Dicho esto, alejéme de la nave y del mar. Pero cuando, yendo por
el sacro valle, estaba á punto de llegar al gran palacio de Circe, la
conocedora de muchas drogas, y ya enderezaba mis pasos al mismo,
salióme al encuentro Mercurio, el de la áurea vara, en figura de un mancebo
á quien comienza á salir el bozo y está graciosísimo en la flor de la
juventud. Y, tomándome la mano, me habló diciendo:
281 «¡Ah infeliz! ¿Adónde vas por estos altozanos, solo y sin conocer
la comarca? Tus amigos han sido encerrados en el palacio de Circe, como
puercos, y se hallan en pocilgas sólidamente labradas. ¿Vienes quizás á
libertarlos? Pues no creo que vuelvas, antes te quedarás donde están los
otros. Ea, quiero preservarte de todo mal, quiero salvarte: toma este
excelente remedio, que apartará de tu cabeza el día cruel, y ve á la morada
de Circe cuyos malos propósitos he de referirte íntegramente. Te preparará
una mixtura y te echará drogas en el manjar; mas, con todo eso, no podrá
encantarte porque lo impedirá el excelente remedio que vas á recibir. Te
diré ahora lo que ocurrirá después. Cuando Circe te hiriere con su
larguísima vara, tira de la aguda espada que llevas cabe al muslo, y
acométela como si desearas matarla. Entonces, cobrándote algún temor, te
invitará á que yazgas con ella: tú no te niegues á compartir el lecho de la
diosa, para que libre á tus amigos y te acoja benignamente, pero hazle
prestar el solemne juramento de los bienaventurados dioses de que no
maquinará contra ti ningún otro funesto daño: no sea que, cuando te
desnudes de las armas, te prive de tu valor y de tu fuerza.»
302 »Cuando así hubo dicho, el Argicida me dió el remedio, arrancando
una planta cuya naturaleza me enseñó. Tenía negra la raíz y era blanca
como la leche su flor, llámanla moly los dioses, y es muy difícil de arrancar
para un mortal; pero las deidades lo pueden todo.
307 »Mercurio se fué al vasto Olimpo, á través de la selvosa isla; y yo
me encaminé á la morada de Circe, revolviendo en mi corazón muchos
propósitos. Llegado al palacio de la diosa de lindas trenzas, paréme en el
umbral y empecé á dar gritos; la deidad oyó mi voz y, alzándose al punto,
abrió la magnífica puerta y me llamó; y yo, con el corazón angustiado, me
fuí tras ella. Cuando me hubo introducido, hízome sentar en una silla de
argénteos clavos, hermosa, labrada, con un escabel para los pies; y en copa
de oro preparóme la mixtura para que bebiese, echando en la misma cierta
droga y maquinando en su mente cosas perversas. Mas, tan luego como me

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la dió y bebí, sin que lograra encantarme, tocóme con la vara mientras me
decía estas palabras:
320 «Ve ahora á la pocilga y échate con tus compañeros.» Así habló.
Desenvainé entonces la aguda espada que llevaba cerca del muslo y
arremetí contra Circe, como deseando matarla. Ella profirió agudos gritos,
se echó al suelo, me abrazó por las rodillas y me dirigió entre sollozos estas
aladas palabras:
325 «¿Quién eres y de qué país procedes? ¿Dónde se hallan tu ciudad y
tus padres? Me tiene suspensa que hayas bebido estas drogas sin quedar
encantado, pues ningún otro pudo resistirlas, tan luego como las tomó y
pasaron el cerco de sus dientes. Hay en tu pecho un ánimo indomable. Eres
sin duda aquel Ulises de multiforme ingenio, de quien me hablaba siempre
el Argicida, que lleva áurea vara, asegurándome que vendrías cuando
volvieses de Troya en la negra y velera nave. Mas, ea, envaina la espada y
vámonos á la cama para que, unidos por el lecho y el amor, crezca entre
nosotros la confianza.»
336 »Así se expresó; y le repliqué diciendo: «¡Oh Circe! ¿Cómo me
pides que te sea benévolo, después que en este mismo palacio convertiste á
mis compañeros en cerdos y ahora me detienes á mí, maquinas engaños y
me ordenas que entre en tu habitación y suba á tu lecho á fin de privarme
del valor y de la fuerza, apenas deje las armas? Yo no querría subir á la
cama, si no te atrevieras, oh diosa, á prestar solemne juramento de que no
maquinarás contra mí ningún otro pernicioso daño.»
345 »Así le dije. Juró al instante, como se lo mandaba. Y en seguida
que hubo prestado el juramento, subí al magnífico lecho de Circe.
348 »Aderezaban el palacio cuatro siervas, que son las criadas de Circe
y han nacido de las fuentes, de los bosques, ó de los sagrados ríos que
corren hacia el mar. Ocupábase una en cubrir los sillones con hermosos
tapetes de púrpura, dejando á los pies un lienzo; colocaba otra argénteas
mesas delante de los asientos, poniendo encima canastillos de oro;
mezclaba la tercera el dulce y suave vino en una cratera de plata y lo
distribuía en áureas copas; y la cuarta traía agua y encendía un gran fuego
debajo del trípode donde aquélla se calentaba. Y cuando el agua hirvió
dentro del reluciente bronce, llevóme á la bañera y allí me lavó, echándome
la deliciosa agua del gran trípode á la cabeza y á los hombros hasta
quitarme de los miembros la fatiga que roe el ánimo. Después que me hubo
lavado y ungido con pingüe aceite, vistióme un hermoso manto y una

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túnica, y me condujo, para que me sentase, á una silla de argénteos clavos,
hermosa, labrada y provista de un escabel para los pies. Una esclava dióme
aguamanos que traía en magnífico jarro de oro y vertió en fuente de plata y
me puso delante una pulimentada mesa. La veneranda despensera trajo pan,
y dejó en la mesa buen número de manjares, obsequiándome con los que
tenía reservados. Circe invitóme á comer, pero no le plugo á mi ánimo y
seguí quieto, pensando en otras cosas, pues mi corazón presagiaba
desgracias.
375 »Cuando Circe notó que yo seguía quieto, sin echar mano á los
manjares, y abrumado por fuerte pesar, se vino á mi lado y me habló con
estas aladas palabras:
378 «¿Por qué, Ulises, permaneces así, como un mudo, y consumes tu
ánimo, sin tocar la comida ni la bebida? Sospechas que haya algún engaño
y has de desechar todo temor, pues ya te presté solemne juramento.»
382 »Así se expresó; y le repuse diciendo: «¡Oh Circe! ¿Cuál varón,
que fuese razonable, osara probar la comida y la bebida antes de libertar á
los compañeros y contemplarlos con sus propios ojos? Si me invitas de
buen grado á beber y á comer, suelta mis fieles amigos para que con mis
ojos pueda verlos.»
388 »De tal suerte hablé. Circe salió del palacio con la vara en la mano,
abrió las puertas de la pocilga y sacó á mis compañeros en figura de
puercos de nueve años. Colocáronse delante y ella anduvo por entre los
mismos, untándolos con una nueva droga: en el acto cayeron de los
miembros las cerdas que antes les hizo crecer la perniciosa droga
suministrada por la veneranda Circe, y mis amigos tornaron á ser hombres,
pero más jóvenes aún y mucho más hermosos y más altos. Conociéronme y
uno por uno me estrecharon la mano. Alzóse entre todos un dulce llanto, la
casa resonaba fuertemente y la misma deidad hubo de apiadarse. Y
deteniéndose junto á mí, dijo de esta suerte la divina entre las diosas:
401 «¡Laertíada, de jovial linaje! ¡Ulises, fecundo en recursos! Ve ahora
adonde tienes la velera nave en la orilla del mar y ante todo sacadla á tierra
firme; llevad á las grutas las riquezas y los aparejos todos, y trae en seguida
tus fieles compañeros.»
406 »Tales fueron sus palabras y mi ánimo generoso se dejó persuadir.
Enderecé el camino á la velera nave y la orilla del mar, y hallé junto á
aquélla á mis fieles compañeros, que se lamentaban tristemente y
derramaban abundantes lágrimas. Así como las terneras que tienen su

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cuadra en el campo, saltan y van juntas al encuentro de las gregales vacas
que vuelven al aprisco después de saciarse de hierba; y ya los cercados no
las detienen, sino que, mugiendo sin cesar, corren en torno de las madres:
así aquéllos, al verme con sus propios ojos, me rodearon llorando, pues á su
ánimo les produjo casi el mismo efecto que si hubiesen llegado á su patria y
á su ciudad, á la áspera Ítaca donde nacieron y se criaron. Y, sollozando,
estas aladas palabras me decían:
419 «Tu vuelta, oh alumno de Júpiter, nos alegra tanto como si
hubiésemos llegado á Ítaca, nuestra patria tierra. Mas, ea, cuéntanos la
pérdida de los demás compañeros.»
422 »De tal suerte se expresaron. Entonces les dije con suaves palabras:
«Primeramente saquemos la nave á tierra firme y llevemos á las grutas
nuestras riquezas y los aparejos todos; y después apresuraos á seguirme
juntos para que veáis cómo los amigos beben y comen en la sagrada
mansión de Circe, pues todo lo tienen en gran abundancia.»
428 »Así les hablé; y al instante obedecieron mi mandato. Euríloco fué
el único que intentó detener á los compañeros, diciéndoles estas aladas
palabras:
431 «¡Ah infelices! ¿Adónde vamos? ¿Por qué buscáis vuestro daño,
yendo al palacio de Circe que á todos nos transformará en puercos, lobos ó
leones para que le guardemos, mal de nuestro grado, su espaciosa mansión?
Se repetirá lo que ocurrió con el Ciclope cuando los nuestros llegaron á su
cueva con el audaz Ulises y perecieron por la loca temeridad del mismo.»
438 »De tal modo habló. Yo revolvía en mi pensamiento desenvainar la
espada de larga punta, que llevaba á un lado del vigoroso muslo y de un
golpe echarle la cabeza al suelo, aunque Euríloco era deudo mío muy
cercano; pero me contuvieron los amigos, unos por un lado y otros por el
opuesto, diciéndome con dulces palabras:
443 «¡Alumno de Júpiter! Á éste lo dejaremos aquí, si tú lo mandas, y
se quedará á guardar la nave; pero á nosotros llévanos á la sagrada mansión
de Circe.»
446 »Hablando así, alejáronse de la nave y del mar. Y Euríloco no se
quedó cerca del cóncavo bajel; pues fué siguiéndonos, amedrentado por mi
terrible amenaza.
449 »En tanto Circe lavó cuidadosamente en su morada á los demás
compañeros, los ungió con pingüe aceite, les puso lanosos mantos y túnicas;
y ya los hallamos celebrando alegre banquete en el palacio. Después que se

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vieron los unos á los otros y contaron lo ocurrido, comenzaron á sollozar y
la casa resonaba en torno suyo. La divina entre las diosas se detuvo
entonces á mi lado y me habló de esta manera:
456 «¡Laertíada, de jovial linaje! ¡Ulises, fecundo en recursos! Ahora
dad tregua al copioso llanto: sé yo también cuántas fatigas habéis soportado
en el ponto, abundante en peces, y cuántos hombres enemigos os dañaron
en la tierra. Mas, ea, comed viandas y bebed vino hasta que recobréis el
ánimo que teníais en el pecho cuando dejasteis vuestra patria, la escabrosa
Ítaca. Actualmente estáis flacos y desmayados, trayendo de continuo á la
memoria la peregrinación molesta, y no cabe en vuestro ánimo la alegría
por lo mucho que habéis padecido.»
466 »Tales fueron sus palabras y nuestro ánimo generoso se dejó
persuadir. Allí nos quedamos día tras día un año entero y siempre tuvimos
en los banquetes carne en abundancia y dulce vino. Mas cuando se acabó el
año y volvieron á sucederse las estaciones, después de transcurrir los meses
y de pasar muchos días, llamáronme los fieles compañeros y me hablaron
de este modo:
472 «¡Ilustre! Acuérdate ya de la patria tierra, si el destino ha decretado
que te salves y llegues á tu casa, de alta techumbre, y á la patria tierra.»
475 »Así dijeron y mi ánimo generoso se dejó persuadir. Y todo aquel
día hasta la puesta del sol, estuvimos sentados, comiendo carne en
abundancia y bebiendo dulce vino. Cuando el sol se puso y sobrevino la
noche, acostáronse los compañeros en las obscuras salas.
480 »Mas yo subí á la magnífica cama de Circe y empecé á suplicar á la
deidad, que oyó mi voz y á la cual abracé las rodillas. Y, hablándole, estas
aladas palabras le decía:
483 «¡Oh Circe! Cúmpleme tu promesa de mandarme á mi casa. Ya mi
ánimo me incita á partir y también el de los compañeros, quienes aquejan
mi corazón, rodeándome llorosos, cuando tú estás lejos.»
487 »Así le hablé. Y la divina entre las diosas contestóme acto seguido:
«¡Laertíada, de jovial linaje! ¡Ulises, fecundo en recursos! No os quedéis
por más tiempo en esta casa, mal de vuestro grado. Pero ante todo habéis de
emprender un viaje á la morada de Plutón y de la veneranda Proserpina,
para consultar el alma del tebano Tiresias, adivino ciego, cuyas mientes se
conservan íntegras. Á él tan sólo, después de muerto, dióle Proserpina
inteligencia y saber; pues los demás revolotean como sombras.»

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496 »Tal dijo. Sentí que se me quebraba el corazón y, sentado en el
lecho, lloraba y no quería vivir ni ver más la lumbre del sol. Pero cuando
me sacié de llorar y de revolcarme por la cama, le contesté con estas
palabras:
501 «¡Oh Circe! ¿Quién nos guiará en ese viaje, ya que ningún hombre
ha llegado jamás al Orco en negro navío?»
503 »Así le hablé. Respondióme en el acto la divina entre las diosas:
«¡Laertíada, de jovial linaje! ¡Ulises, fecundo en recursos! No te preocupe
el deseo de tener quien guíe el negro bajel: iza el mástil, descoge las blancas
velas y quédate sentado, que el soplo del Bóreas conducirá la nave. Y
cuando hayas atravesado el Océano y llegues adonde hay una playa estrecha
y bosques consagrados á Proserpina y elevados álamos y estériles sauces,
detén la nave en el Océano, de profundos remolinos, y encamínate á la
tenebrosa morada de Plutón. Allí el Piriflegetón y el Cocito, que es un
arroyo del agua de la Estigia, llevan sus aguas al Aqueronte; y hay una roca
en el lugar donde confluyen aquellos sonorosos ríos. Acercándote, pues, á
este paraje, como te lo mando, oh héroe, abre un hoyo que tenga un codo
por cada lado; haz alrededor del mismo una libación á todos los muertos,
primeramente con aguamiel, luego con dulce vino y á la tercera vez con
agua; y polvoréalo de blanca harina. Eleva después muchas súplicas á las
inanes cabezas de los muertos y vota que, en llegando á Ítaca, les
sacrificarás en el palacio una vaca no paridera, la mejor que haya, y llenarás
la pira de cosas excelentes, en su obsequio; y también que á Tiresias le
inmolarás aparte un carnero completamente negro que descuelle entre
vuestros rebaños. Así que hayas invocado con tus preces al ínclito pueblo de
los difuntos, sacrifica un carnero y una oveja negra, volviendo el rostro al
Érebo, y apártate un poco hacia la corriente del río: allí acudirán muchas
almas de los que murieron. Exhorta en seguida á los compañeros y
mándales que desuellen las reses, tomándolas del suelo donde yacerán
degolladas por el cruel bronce, y las quemen prestamente, haciendo votos al
poderoso Plutón y á la veneranda Proserpina; y tú desenvaina la espada que
llevas cabe al muslo, siéntate y no permitas que las inanes cabezas de los
muertos se acerquen á la sangre hasta que hayas interrogado á Tiresias.
Pronto comparecerá el adivino, príncipe de hombres, y te dirá el camino
que has de seguir, cuál será su duración y cómo podrás volver á la patria,
atravesando el mar en peces abundoso.»

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541 »Tal dijo, y al momento llegó la Aurora, de áureo trono. Circe me
vistió un manto y una túnica; y se puso amplia vestidura blanca, fina y
hermosa, ciñó el talle con lindo cinturón de oro y veló su cabeza. Yo anduve
por la casa y amonesté á los compañeros, acercándome á los mismos y
hablándoles con dulces palabras:
548 «No permanezcáis acostados, disfrutando del dulce sueño.
Partamos ya, pues la veneranda Circe me lo aconseja.»
550 »Así les dije; y su ánimo generoso se dejó persuadir. Mas ni de allí
pude llevarme indemnes todos los compañeros. Un tal Elpénor, el más
joven de todos, que ni era muy valiente en los combates, ni estaba muy en
juicio, yendo á buscar la frescura después que se cargara de vino, habíase
acostado separadamente de sus compañeros en la sagrada mansión de Circe;
y al oir el vocerío y estrépito de los camaradas que empezaban á moverse,
se levantó de súbito, olvidósele volver atrás á fin de bajar por la larga
escalera, cayó desde el techo, se le rompieron las vértebras del cuello y su
alma descendió al Orco.
561 »Cuando ya todos se hubieron reunido, les dije estas palabras:
«Creéis sin duda que vamos á casa, á nuestra querida patria tierra; pues
bien, Circe nos ha indicado que hemos de hacer un viaje á la morada de
Plutón y de la veneranda Proserpina para consultar el alma del tebano
Tiresias.»
566 »Así les hablé. Á todos se les quebraba el corazón y, sentándose allí
mismo, lloraban y se mesaban los cabellos. Mas, ningún provecho sacaron
de sus lamentaciones.
569 »Tan luego como nos encaminamos, afligidos, á la velera nave y á
la orilla del mar, vertiendo copiosas lágrimas, acudió Circe y ató al obscuro
bajel un carnero y una oveja negra. Y al hacerlo logró pasar inadvertida
muy fácilmente, ¿pues quién podrá ver con sus propios ojos á una deidad
que va ó viene, si á ella no le place?

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Ulises desciende al Orco, por consejo de Circe, á fin de consultar el alma de Tiresias

CANTO XI
EVOCACIÓN DE LOS MUERTOS

1 »En llegando á la nave y al divino mar, echamos en el agua la negra
embarcación, izamos el mástil y descogimos el velamen; cargamos luego
las reses, y por fin nos embarcamos nosotros, muy tristes y vertiendo
copiosas lágrimas. Por detrás de la nave de azulada proa soplaba favorable
viento, que hinchaba las velas; buen compañero que nos mandó Circe, la de
lindas trenzas, deidad poderosa, dotada de voz. Colocados cada uno de los
aparejos en su sitio, nos sentamos en la nave. Á ésta conducíanla el viento y
el piloto, y durante el día fué andando á velas desplegadas, hasta que se
puso el sol y las tinieblas ocuparon todos los caminos.
13 »Entonces arribamos á los confines del Océano, de profunda
corriente. Allí están el pueblo y la ciudad de los Cimerios entre nieblas y
nubes, sin que jamás el Sol resplandeciente los ilumine con sus rayos, ni
cuando sube al cielo estrellado, ni cuando vuelve del cielo á la tierra, pues
una noche perniciosa se extiende sobre los míseros mortales. Á tal paraje
fué nuestro bajel, que sacamos á la playa; y nosotros, asiendo las ovejas,

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anduvimos á lo largo de la corriente del Océano hasta llegar al sitio que nos
indicara Circe.
23 »Allí Perimedes y Euríloco sostuvieron las víctimas y yo,
desenvainando la aguda espada que cabe al muslo llevaba, abrí un hoyo de
un codo por lado; hice alrededor del mismo una libación á todos los
muertos, primeramente con aguamiel, luego con dulce vino y á la tercera
vez con agua; y lo polvoreé todo de blanca harina. Acto seguido supliqué
con fervor á las inanes cabezas de los muertos, y voté que, cuando llegara á
Ítaca, les sacrificaría en el palacio una vaca no paridera, la mejor que
hubiese, y que en su obsequio llenaría la pira de cosas excelentes, y también
que á Tiresias le inmolaría aparte un carnero completamente negro que
descollase entre nuestros rebaños. Después de haber rogado con votos y
súplicas al pueblo de los difuntos, tomé las reses, las degollé encima del
hoyo, corrió la negra sangre y al instante se congregaron, saliendo del
Érebo, las almas de los fallecidos: mujeres jóvenes, mancebos, ancianos que
en otro tiempo padecieron muchos males, tiernas doncellas con el ánimo
angustiado por reciente pesar, y muchos varones que habían muerto en la
guerra, heridos por broncíneas lanzas, y mostraban ensangrentadas
armaduras: agitábanse todas con grandísimo clamoreo alrededor del hoyo,
unas por un lado y otras por otro; y, al verlas, enseñoreóse de mí el pálido
terror. Incontinenti exhorté á los compañeros y les di orden de que
desollaran las reses, tomándolas del suelo donde yacían degolladas por el
cruel bronce, y las quemaran inmediatamente, haciendo votos al poderoso
Plutón y á la veneranda Proserpina; y yo, desenvainando la aguda espada
que cabe al muslo llevaba, me senté y no permití que las inanes cabezas de
los muertos se acercaran á la sangre antes que hubiese interrogado á
Tiresias.
51 »La primer alma que vino fué la de Elpénor, el cual aún no había
recibido sepultura en la tierra inmensa; que dejamos su cuerpo en la
mansión de Circe sin enterrarlo ni llorarlo porque nos apremiaban otros
trabajos. Al verlo lloré, le compadecí en mi corazón, y, hablándole, le dije
estas aladas palabras:
57 «¡Oh Elpénor! ¿Cómo viniste á estas tinieblas caliginosas? Tú has
llegado á pie, antes que yo en la negra nave.»
59 »Así le hablé; y él, dando un suspiro, me respondió con estas
palabras: «¡Laertíada, de jovial linaje! ¡Ulises, fecundo en recursos!
Dañáronme la mala voluntad de algún dios y el exceso de vino.

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Habiéndome acostado en la mansión de Circe, no pensé en volver atrás, á
fin de bajar por la larga escalera, y caí desde el techo; se me rompieron las
vértebras del cuello, y mi alma descendió al Orco. Ahora te suplico en
nombre de los que se quedaron en tu casa y no están presentes,—de tu
esposa, de tu padre, que te crió cuando eras niño, y de Telémaco, el único
vástago que dejaste en el palacio:—sé que, partiendo de acá, de la morada
de Plutón, detendrás la bien construída nave en la isla Eea; pues yo te
ruego, oh rey, que al llegar á la misma te acuerdes de mí. No te vayas,
dejando mi cuerpo sin llorarle ni enterrarle, á fin de que no excite contra ti
la cólera de los dioses; por el contrario, quema mi cadáver con las armas de
que me servía y erígeme un túmulo en la ribera del espumoso mar, para que
de este hombre desgraciado tengan noticia los venideros. Hazlo así y clava
en el túmulo aquel remo con que, estando vivo, bogaba yo con mis
compañeros.»
79 »Tales fueron sus palabras; y le respondí diciendo: «Todo lo haré, oh
infeliz, todo te lo llevaré á cumplimiento.»
81 »De tal suerte, sentados ambos, nos decíamos estas tristes razones:
yo tenía la espada levantada sobre la sangre; y mi compañero, desde la parte
opuesta, hablaba largamente.
84 »Vino luego el alma de mi difunta madre Anticlea, hija del
magnánimo Autólico; á la cual dejara yo viva cuando partí para la sagrada
Ilión. Lloré al verla, compadeciéndola en mi corazón; mas con todo eso, á
pesar de sentirme muy afligido, no permití que se acercara á la sangre antes
de interrogar á Tiresias.
90 »Vino después el alma de Tiresias, el tebano, que empuñaba áureo
cetro. Conocióme, y me habló de esta manera:
92 «¡Laertíada, de jovial linaje! ¡Ulises, fecundo en recursos! ¿Por qué,
oh infeliz, has dejado la luz del sol y vienes á ver á los muertos y esta
región desapacible? Apártate del hoyo y retira la aguda espada, para que,
bebiendo sangre, te revele la verdad de lo que quieras.»
97 »Tal dijo. Me aparté y metí en la vaina la espada guarnecida de
argénteos clavos. El eximio vate bebió la negra sangre, y hablóme al punto
con estas palabras:

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¿Por qué, oh infeliz, dejaste la luz del sol y vienes á ver á los muertos y esta región
desapacible?

(Canto XI, versos 93 y 94.)

100 «Buscas la dulce vuelta, preclaro Ulises, y un dios te la hará difícil;
pues no creo que le pases inadvertido al que sacude la tierra, quien te
guarda rencor en su corazón, porque se irritó cuando le cegaste el hijo. Pero
aún llegaríais á la patria, después de padecer trabajos, si quisieras contener
tu ánimo y el de tus compañeros así que ancles la bien construída
embarcación en la isla Trinacria, escapando del violáceo ponto, y halléis
paciendo las vacas y las pingües ovejas del sol, que todo lo ve y todo lo
oye. Si las dejares indemnes, ocupándote tan sólo en preparar tu vuelta, aún
llegaríais á Ítaca, después de soportar muchas fatigas; pero, si les causares
daño, desde ahora te anuncio la perdición de la nave y la de tus amigos. Y
aunque tú te libres, llegarás tarde y mal, habiendo perdido todos los
compañeros, en nave ajena, y hallarás en tu palacio otra plaga: unos
hombres soberbios, que se comen tus bienes y pretenden á tu divinal
consorte, á la cual ofrecen regalos de bodas. Tú, en llegando, vengarás sus
demasías. Mas, luego que en tu mansión hayas dado muerte á los
pretendientes, ya con astucia, ya cara á cara con el agudo bronce, toma un
manejable remo y anda hasta que llegues á aquellos hombres que nunca
vieron el mar, ni comen manjares sazonados con sal, ni conocen las naves

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de encarnadas proas, ni tienen noticia de los manejables remos que son
como las alas de los buques. Para ello te diré una señal muy manifiesta, que
no te pasará inadvertida. Cuando encontrares otro caminante y te dijere que
llevas un aventador sobre el gallardo hombro, clava en tierra el manejable
remo, haz al soberano Neptuno hermosos sacrificios de un carnero, un toro
y un verraco, y vuelve á tu casa, donde sacrificarás sagradas hecatombes á
las deidades que poseen el anchuroso cielo, á todas por su orden. Te vendrá
más adelante y lejos del mar, una muy suave muerte, que te quitará la vida
cuando ya estés abrumado por placentera vejez; y á tu alrededor los
ciudadanos serán dichosos. Cuanto te digo es cierto.»
138 »Así se expresó; y yo le respondí: «¡Tiresias! Esas cosas
decretáronlas sin duda los propios dioses. Mas, ea, habla y responde
sinceramente. Veo el alma de mi difunta madre, que está silenciosa junto á
la sangre, sin que se atreva á mirar frente á frente á su hijo ni á dirigirle la
voz. Dime, oh rey, cómo podrá reconocerme.»
145 »Así le hablé; y al punto me contestó diciendo: «Con unas sencillas
palabras que pronuncie te lo haré entender. Aquel de los difuntos á quien
permitieres que se acerque á la sangre, te dará noticias ciertas; aquel á quien
se lo negares, se volverá en seguida.»
150 »Diciendo así, el alma del rey Tiresias se fué á la morada de Plutón
apenas hubo proferido los oráculos. Mas yo me estuve quedo hasta que vino
mi madre y bebió la negra sangre. Reconocióme en el acto y díjome entre
sollozos estas aladas palabras:
155 «¡Hijo mío! ¿Cómo has bajado en vida á esta obscuridad
tenebrosa? Difícil es que los vivientes puedan contemplar estos lugares,
separados como están por grandes ríos, por impetuosas corrientes y, antes
que todo, por el Océano, que no se puede atravesar á pie sino en una nave
bien construída. ¿Vienes acaso de Troya, después de vagar mucho tiempo
con la nave y los amigos? ¿Aún no llegaste á Ítaca, ni viste á tu mujer en el
palacio?»
163 »Tal dijo; y yo le respondí de esta suerte: «¡Madre mía! La
necesidad me trajo á la morada de Plutón, á consultar el alma de Tiresias el
tebano; pero aún no me acerqué á la Acaya, ni entré en mi tierra, pues voy
errante y padeciendo desgracias desde el punto que seguí al divino
Agamenón hasta Ilión, la de hermosos corceles, para combatir con los
troyanos. Mas, ea, habla y responde sinceramente: ¿Qué hado de la
aterradora muerte te hizo sucumbir? ¿Fué una larga enfermedad, ó Diana,

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que se complace en tirar flechas, te mató con sus suaves tiros? Háblame de
mi padre y del hijo que dejé, y cuéntame si mi dignidad real la conservan
ellos ó la tiene algún otro varón, porque se figuran que ya no he de volver.
Revélame también la voluntad y el pensamiento de mi legítima esposa: si
vive con mi hijo y todo lo guarda y mantiene en pie, ó ya se casó con el
mejor de los aqueos.»
180 »Así le hablé; y respondióme en seguida mi veneranda madre:
«Aquélla continúa en tu palacio, con el ánimo afligido, y pasa los días y las
noches tristemente, llorando sin cesar. Nadie posee aún tu hermosa
autoridad real: Telémaco cultiva en paz tus heredades y asiste á decorosos
banquetes, como debe hacerlo el varón que administra justicia, pues todos
le convidan. Tu padre se queda en el campo, sin bajar á la ciudad, y no tiene
lecho, ni cama, ni mantas, ni colchas espléndidas: sino que en el invierno
duerme entre los esclavos de la casa, en la ceniza, junto al hogar, llevando
miserables vestiduras; y, no bien llega el verano y el fructífero otoño, se le
ponen por todas partes, en la fértil viña humildes lechos de hojas secas,
donde yace afligido y acrecienta sus penas deplorando tu suerte, además de
sufrir las molestias de la senectud á que ha llegado. Así morí yo también,
cumpliendo mi destino: ni la que con certera vista se complace en arrojar
saetas, me hirió con sus suaves tiros en el palacio, ni me acometió
enfermedad alguna de las que se llevan el vigor de los miembros por una
odiosa consunción; antes bien la soledad que de ti sentía y el recuerdo de
tus cuidados y de tu ternura, preclaro Ulises, me privaron de la dulce vida.»
204 »De tal modo se expresó. Quise entonces realizar el propósito, que
formara en mi espíritu, de abrazar el alma de mi difunta madre. Tres veces
me acerqué á ella, pues el ánimo incitábame á abrazarla; tres veces se me
fué volando de entre las manos como una sombra ó un sueño. Entonces
sentí en mi corazón un dolor que iba en aumento, y dije á mi madre estas
aladas palabras:
210 «¡Madre mía! ¿Por qué huyes cuando á ti me acerco, ansioso de
asirte, á fin de que en la misma morada de Plutón nos echemos en brazos el
uno del otro y nos saciemos de triste llanto? ¿Por ventura envióme esta vana
imagen la ilustre Proserpina, para que se acrecienten mis lamentos y
suspiros?»
215 »Así le dije; y al momento me contestó la veneranda madre: «¡Ay
de mí, hijo mío, el más desgraciado de todos los hombres! No te engaña
Proserpina, hija de Júpiter, sino que esta es la condición de los mortales

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cuando fallecen: los nervios ya no mantienen unidos la carne y los huesos,
pues los consume la viva fuerza de las ardientes llamas tan pronto como la
vida desampara la blanca osamenta; y el alma se va volando, como un
sueño. Mas, procura volver lo antes posible á la luz y sabe todas estas cosas
para que luego las refieras á tu consorte.»
225 »Mientras así conversábamos, vinieron—enviadas por la ilustre
Proserpina—cuantas mujeres fueron esposas ó hijas de eximios varones.
Reuniéronse en tropel alrededor de la negra sangre, y yo pensaba de qué
modo podría interrogarlas por separado. Al fin parecióme que la mejor
resolución sería la siguiente: desenvainé la espada de larga punta que
llevaba al lado del muslo y no permití que bebieran á un tiempo la
denegrida sangre. Entonces se fueron acercando sucesivamente, me
declararon su respectivo linaje, y á todas les hice preguntas.
235 »La primera que vi fué Tiro, de ilustre nacimiento, la cual
manifestó que era hija del insigne Salmoneo y esposa de Creteo Eólida.
Habíase enamorado de un río que es el más bello de los que discurren por el
orbe, el divinal Enipeo, y frecuentaba los sitios próximos á su hermosa
corriente; pero Neptuno, que ciñe y bate la tierra, tomando la figura de
Enipeo, se acostó con ella en la desembocadura del vorticoso río. La ola
purpúrea, grande como una montaña, se encorvó alrededor de entrambos, y
ocultó al dios y á la mujer mortal. Neptuno desatóle á la doncella el
virgíneo cinto y le infundió sueño. Mas, tan pronto como hubo realizado sus
amorosos deseos, le tomó la mano y le dijo estas palabras: «Huélgate,
mujer, con este amor. En el transcurso del año parirás hijos ilustres, que
nunca son estériles las uniones de los inmortales. Cuídalos y críalos. Ahora
vuelve á tu casa y abstente de nombrarme, pues sólo para ti soy Neptuno,
que sacude la tierra.» Cuando esto hubo dicho, sumergióse en el agitado
ponto. Tiro quedó encinta y parió á Pelias y á Neleo, que habían de ser
esforzados servidores del gran Júpiter; y vivieron Pelias, rico en ganado, en
la extensa Yaolco, y Neleo, en la arenosa Pilos. Además, la reina de las
mujeres tuvo de Creteo otros hijos: Esón, Feres y Amitaón, que combatía en
carro.
260 »Después vi á Antíope, hija de Asopo, que se gloriaba de haber
dormido en brazos de Júpiter. Parió dos hijos—Anfión y Zeto—los
primeros que fundaron y torrearon á Tebas, la de las siete puertas; pues no
hubiesen podido habitar aquella vasta ciudad desguarnecida de torres, no
obstante ser ellos muy esforzados.

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266 »Después vi á Alcmena, esposa de Anfitrión, la cual del abrazo de
Júpiter tuvo al fornido Hércules, de corazón de león; y luego parió á
Megara, hija del animoso Creonte, que fué la mujer del Anfitriónida, de
valor indómito.
271 »Vi también á la madre de Edipo, la bella Epicasta, que cometió
inconscientemente una gran falta, casándose con su hijo; pues éste, luego de
matar á su propio padre, la tomó por esposa. No tardaron los dioses en
revelar á los hombres lo que había ocurrido: y, con todo, Edipo siguió
reinando sobre los cadmeos en la agradable Tebas, por los funestos
designios de las deidades; mas ella, abrumada por el dolor, descendió á la
morada de Plutón, de sólidas puertas, atando un lazo al elevado techo, y
dejóle tantos dolores como causan las Furias de una madre.
281 »Vi igualmente á la bellísima Cloris—á quien por su hermosura
tomara Neleo por esposa, constituyéndole una dote inmensa—hija menor de
Anfión Yásida, el que imperaba en Orcómeno Minieo: ésta reinó en Pilos y
tuvo de Neleo hijos ilustres: Néstor, Cromio y el arrogante Periclímeno.
Parió después á la ilustre Pero, encanto de los mortales, que fué pretendida
por todos sus vecinos; mas Neleo se empeñó en no darla sino al que le
trajese de Fílace las vacas de retorcidos cuernos y espaciosa frente del
robusto Ificlo; empresa difícil de llevar al cabo. Tan sólo un eximio vate
prometió traérselas; pero el hado funesto de los dioses, juntamente con unas
fuertes cadenas y los boyeros del campo, se lo impidieron. Mas, después
que pasaron días y meses y, transcurrido el año, volvieron á sucederse las
estaciones, el robusto Ificlo soltó al adivino, que le había revelado todos los
oráculos, y cumplióse entonces la voluntad de Júpiter.
298 »Vi también á Leda, la esposa de Tíndaro, que le parió dos hijos de
ánimo esforzado: Cástor, domador de caballos, y Pólux, excelente púgil. Á
éstos los mantiene vivos la alma tierra, y son honrados por Júpiter debajo de
la misma; de suerte que viven y mueren alternativamente, pues el día que
vive el uno muere el otro y viceversa. Ambos disfrutan de los mismos
honores que los númenes.
305 »Después vi á Ifimedia, esposa de Aloeo, la cual se preciaba de
haberse ayuntado con Neptuno. Había dado á luz dos hijos de corta vida:
Oto, igual á un dios, y el celebérrimo Efialtes; que fueron los mayores
hombres que criara la fértil tierra y los más gallardos, si se exceptúa el
ínclito Orión, pues á los nueve años tenían nueve codos de ancho y nueve
brazas de estatura. Oto y Efialtes amenazaron á los inmortales del Olimpo

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con llevarles el tumulto de la impetuosa guerra. Quisieron poner el Osa
sobre el Olimpo, y encima del Osa el frondoso Pelión, para que el cielo les
fuese accesible. Y dieran fin á su propósito, si hubiesen llegado á la flor de
la juventud; pero el hijo de Júpiter, á quien parió Latona, la de hermosa
cabellera, exterminólos á entrambos antes que el vello floreciese debajo de
sus sienes y su barba se cubriera de suaves pelos.
321 »Vi á Fedra, á Procris y á la hermosa Ariadna, hija del prudente
Minos, que Teseo se llevó de Creta al feraz territorio de la sagrada Atenas;
mas no pudo lograrla, porque Diana la mató en Día, situada en medio de las
olas, por la acusación de Baco.
326 »Vi á Mera, á Clímene y á la odiosa Erifile que aceptó el preciado
oro para traicionar á su marido. Y no pudiera decir ni nombrar todas las
mujeres é hijas de héroes que vi después, porque antes llegara á su término
la divinal noche. Mas ya es hora de dormir, sea yendo á la velera nave
donde están los compañeros, sea permaneciendo aquí. Y cuidarán de
acompañarme á mi patria los dioses, y también vosotros.»
333 Tal fué lo que contó Ulises. Enmudecieron los oyentes en el
obscuro palacio, y quedaron silenciosos, arrobados por el placer de oirle.
Pero Arete, la de los níveos brazos, rompió el silencio y les dijo:
336 «¡Feacios! ¿Qué os parece este hombre por su aspecto, estatura y
sereno juicio? Es mi huésped, pero de semejante honra participáis todos.
Por tanto, no apresuréis su partida; ni le escatiméis las dádivas, ya que se
halla en la necesidad y existen en vuestros palacios tamañas riquezas, por la
voluntad de los dioses.»
342 Entonces el anciano héroe Equeneo, que era el de más edad de los
feacios, hablóles de esta suerte:
344 «¡Amigos! Nada nos ha dicho la sensata reina que no sea á
propósito y conveniente. Obedecedla, pues; aunque Alcínoo es quien puede,
con sus palabras y obras, dar el ejemplo.»
347 Alcínoo le contestó de esta manera: «Se cumplirá lo que decís en
cuanto yo viva y reine sobre los feacios, amantes de manejar los remos. El
huésped, mas que esté deseoso de volver á su patria, resígnese á permanecer
aquí hasta mañana, á fin de que le prepare todos los regalos. Y de su partida
se cuidarán todos los varones y principalmente yo, cuyo es el mando en este
pueblo.»
354 El ingenioso Ulises respondióle diciendo: «¡Rey Alcínoo, el más
esclarecido de todos los ciudadanos! Si me mandarais permanecer aquí un

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año entero y durante el mismo dispusierais mi vuelta y me hicierais
espléndidos presentes, me quedaría de muy buena gana; pues fuera mejor
llegar á la patria con las manos llenas y verme así más honrado y querido de
cuantos hombres presenciasen mi tornada á Ítaca.»
362 Entonces Alcínoo le contestó, hablándole de esta guisa: «¡Oh
Ulises! Al verte no sospechamos que seas un impostor ni un embustero,
como otros muchos que cría la obscura tierra; los cuales, dispersos por
doquier, forjan mentiras que nadie lograra descubrir: tú das belleza á las
palabras, tienes excelente ingenio é hiciste la narración con tanta habilidad
como un aedo, contándonos los deplorables trabajos de todos los argivos y
de ti mismo. Mas, ea, habla y dime sinceramente si viste á algunos de los
deiformes amigos que te acompañaron á Ilión y allí recibieron la fatal
muerte. La noche es muy larga, inmensa, y aún no llegó la hora de
recogerse en el palacio. Cuéntame, pues, esas hazañas admirables; que yo
me quedaría hasta la divinal aurora, si te decidieras á referirme en esta sala
tus desventuras.»
377 Respondióle el ingenioso Ulises: «¡Rey Alcínoo, el más esclarecido
de todos los ciudadanos! Hay horas oportunas para largos relatos y horas
destinadas al sueño; mas si tienes todavía voluntad de escucharme, no me
niego á referirte otros hechos aún más miserandos: los infortunios de mis
compañeros que, después de haber escapado de la luctuosa guerra de los
teucros, murieron al volver á su patria porque así lo quiso una mujer
perversa.
385 »Después que la casta Proserpina hubo dispersado acá y allá las
almas de las mujeres, presentóse muy angustiada la de Agamenón Atrida; á
cuyo alrededor se congregaban las de cuantos en la mansión de Egisto
perecieron con el héroe, cumpliendo su destino. Reconocióme así que bebió
la negra sangre y al punto comenzó á llorar ruidosamente: derramaba
copiosas lágrimas y me tendía las manos con el deseo de abrazarme; mas ya
no disfrutaba del firme vigor, ni de la fortaleza que antes tenía en los
flexibles miembros. Al verlo lloré, y, compadeciéndole en mi corazón, le
dije estas aladas palabras:
397 «¡Atrida gloriosísimo, rey de hombres Agamenón! ¿Qué fatal
especie de la aterradora muerte te ha hecho sucumbir? ¿Acaso Neptuno te
mató en tus naves, desencadenando el fuerte soplo de terribles vientos, ó
unos hombres enemigos acabaron contigo en la tierra firme, porque te

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llevabas sus bueyes y sus hermosos rebaños de ovejas ó porque combatías
para apoderarte de su ciudad y de sus mujeres?»
404 »Así le dije; y me respondió en seguida: «¡Laertíada de jovial
linaje! ¡Ulises, fecundo en recursos! Ni Neptuno me mató en las naves,
desencadenando el fuerte soplo de terribles vientos, ni hombres enemigos
acabaron conmigo en la tierra firme; fué Egisto quien me preparó la muerte
y el hado, pues, de acuerdo con mi funesta esposa, me llamó á su casa, me
dió de comer y me quitó la vida como se mata á un buey junto al pesebre.
Morí de este modo, padeciendo deplorable muerte; y á mi alrededor fueron
asesinados mis compañeros, unos en pos de otros, como en la casa de un
hombre rico y poderosísimo son degollados los puercos de albos dientes
para una comida de bodas, un festín á escote, ó un banquete espléndido. Ya
has presenciado la matanza de un tropel de hombres que son muertos
aisladamente en el duro combate; pero hubieras sentido la mayor
compasión al contemplar aquel espectáculo, al ver cómo yacíamos en la
sala alrededor de la cratera y de las mesas llenas, y cómo el suelo manaba
sangre por todos lados. Oí la misérrima voz de Casandra, hija de Príamo, á
la cual estaba matando, junto á mí, la dolosa Clitemnestra; y yo, en tierra y
moribundo, alzaba los brazos para asirle la espada. Mas la sin vergüenza
fuése luego, sin que se dignara bajarme los párpados ni cerrarme la boca,
aunque me veía descender á la morada de Plutón. Así es que nada hay tan
horrible é impudente como la mujer que concibe en su espíritu propósitos
como el de aquélla, que cometió la inicua acción de tramar la muerte contra
su esposo legítimo. Figurábame que, al tornar á mi casa, se alegrarían de
verme mis hijos y mis esclavos; pero aquélla, hábil más que otra alguna en
cometer maldades, cubrióse de infamia á sí misma y hasta á las mujeres que
han de nacer, por virtuosas que fueren.»
435 »Así se expresó; y le contesté diciendo: «¡Oh dioses! En verdad
que el longividente Júpiter aborreció de extraordinaria manera la estirpe de
Atreo, ya desde sus orígenes, á causa de la perfidia de las mujeres: por
Helena nos perdimos muchos, y Clitemnestra te preparó una celada
mientras te hallabas ausente.»
440 »Así le hablé; y en seguida me respondió: «Por tanto, jamás seas
benévolo con tu mujer ni le descubras todo lo que pienses; antes bien,
particípale unas cosas y ocúltale otras. Mas á ti, oh Ulises, no te vendrá la
muerte por culpa de tu mujer, porque la prudente Penélope, hija de Icario,
es muy sensata y sus propósitos son razonables. La dejamos recién casada

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al partir para la guerra y daba el pecho á su hijo, infante todavía; el cual
debe de contarse ahora, feliz y dichoso, en el número de los hombres. Y su
padre, volviendo á la patria, le verá; y él abrazará á su padre, como es justo.
Pero mi esposa no dejó que me saciara contemplando con estos ojos al mío,
ya que previno con darme la muerte. Otra cosa voy á decir que pondrás en
tu corazón: al tomar puerto en la patria tierra, hazlo ocultamente y no á la
descubierta, pues ya no hay que fiar en las mujeres. Mas, ea, habla y dime
sinceramente si oíste que mi hijo vive en Orcómeno, ó en la arenosa Pilos ó
quizás con Menelao en la extensa Esparta; pues el divinal Orestes aún no ha
desaparecido de la tierra.»
462 »De esta suerte habló; y le respondí diciendo: «¡Oh Atrida! ¿Por
qué me haces tal pregunta? Ignoro si aquél vive ó ha muerto, y es malo
hablar inútilmente.»
465 »Mientras nosotros estábamos afligidos, diciéndonos tan tristes
razones y derramando copiosas lágrimas, vinieron las almas de Aquiles,
hijo de Peleo, de Patroclo, del irreprochable Antíloco y de Ayax, que fué el
más excelente de todos los dánaos en cuerpo y hermosura, después del
eximio Pelida. Reconocióme el alma del Eácida, el de los pies ligeros, y
lamentándose me dijo estas aladas palabras:
473 «¡Laertíada, de jovial linaje! ¡Ulises, fecundo en recursos!
¡Desdichado! ¿Qué otra empresa mayor que las pasadas revuelves en tu
espíritu? ¿Cómo te atreves á bajar al Orco donde residen los muertos, que
están privados de sentido y son imágenes de los hombres que ya
fallecieron?»
477 »Así se expresó; y le respondí diciendo: «¡Oh Aquiles, hijo de
Peleo, el más valiente de los aquivos! Vine por el oráculo de Tiresias, por si
me diese algún consejo para llegar á la escabrosa Ítaca; que aún no me
acerqué á la Acaya, ni entré en mi tierra, sino que padezco infortunios
continuamente. Pero tú, oh Aquiles, eres el más dichoso de todos los
hombres que nacieron y han de nacer, puesto que antes, cuando vivías, los
argivos te honrábamos como á una deidad, y ahora, estando aquí, imperas
poderosamente sobre los difuntos. Por lo cual, oh Aquiles, no has de
entristecerte porque estés muerto.»
487 »Así le dije; y me contestó en seguida: «No intentes consolarme de
la muerte, esclarecido Ulises: preferiría ser labrador y servir á otro, á un
hombre indigente que tuviera pocos recursos para mantenerse, á reinar
sobre todos los muertos. Mas, ea, háblame de mi ilustre hijo: dime si fué á

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la guerra para ser el primero en las batallas, ó se quedó en casa. Cuéntame
también si oíste algo del eximio Peleo y si conserva la dignidad real entre
los numerosos mirmidones, ó le menosprecian en la Hélade y en Ptía
porque la senectud debilitó sus pies y sus manos. ¡Así pudiera valerle, á los
rayos del sol, siendo yo cual era en la vasta Troya, cuando mataba guerreros
muy fuertes, combatiendo por los argivos! Si, siendo tal, volviese, aunque
por breve tiempo, á la casa de mi padre, daríales terrible prueba de mi valor
y de mis invictas manos á cuantos le hagan violencia ó intenten quitarle la
dignidad regia.»
504 »Así habló; y le contesté diciendo: «Nada ciertamente he sabido del
irreprochable Peleo; mas de tu hijo Neoptólemo te diré toda la verdad,
como lo mandas, pues yo mismo lo llevé, en una cóncava y bien
proporcionada nave, desde Esciro al campamento de los aqueos, de
hermosas grebas. Cuando teníamos consejo en los alrededores de la ciudad
de Troya, hablaba siempre antes que ninguno y sin errar; y de ordinario tan
sólo el divino Néstor y yo le aventajábamos. Mas, cuando peleábamos con
las broncíneas armas en la llanura de los troyanos, nunca se quedaba entre
muchos guerreros ni en la turba; sino que se adelantaba á toda prisa un buen
espacio, no cediendo á nadie en valor, y mataba á gran número de hombres
en el terrible combate. Yo no pudiera decir ni nombrar á cuantos guerreros
dió muerte, luchando por los argivos; pero referiré que mató con el bronce á
un varón como el héroe Eurípilo Teléfida, en torno del cual fueron muertos
muchos de sus compañeros ceteos á causa de los presentes que se habían
enviado á una mujer. Aún no he conseguido ver un hombre más gallardo,
fuera del divinal Memnón. Y cuando los más valientes argivos penetramos
en el caballo que fabricó Epeo y á mí se me confió todo (así el abrir como el
cerrar la sólida emboscada), los caudillos y príncipes de los dánaos se
enjugaban las lágrimas y les temblaban los miembros; pero nunca vi con
estos ojos que á él se le mudara el color de la linda faz, ni que se secara las
lágrimas de las mejillas: sino que me suplicaba con insistencia que le dejase
salir del caballo, y acariciaba el puño de la espada y la lanza que el bronce
hacía ponderosa, meditando males contra los teucros. Y así que devastamos
la excelsa ciudad de Príamo y hubo recibido su parte de botín y además una
señalada recompensa, embarcóse sano y salvo, sin que le hubiesen herido
con el agudo bronce ni de cerca ni de lejos, como ocurre frecuentemente en
las batallas, pues Marte se enfurece contra todos sin distinción alguna.»

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538 »Así le dije; y el alma del Eácida, el de pies ligeros, se fué á buen
paso por la pradera de asfódelos, gozosa de que le hubiese participado que
su hijo era insigne.
541 »Las otras almas de los muertos se quedaron aún y nos refirieron,
muy tristes, sus respectivas cuitas. Sólo el alma de Ayax Telamonio
permanecía algo distante, enojada porque le vencí en el juicio que se
celebrara cerca de las naves para adjudicar las armas de Aquiles; juicio
propuesto por la veneranda madre del héroe y fallado por los teucros y por
Palas Minerva. ¡Ojalá no le hubiese vencido en el mismo! Por tales armas
guarda la tierra en su seno una cabeza cual la de Ayax; quien, por su
gallardía y sus proezas, descollaba entre los dánaos después del
irreprochable Pelida. Mas entonces le dije con suaves palabras:
553 «¡Oh Ayax, hijo del egregio Telamón! ¿No debías, ni aun después
de muerto, deponer la cólera que contra mí concebiste con motivo de las
perniciosas armas? Los dioses las convirtieron en una plaga contra los
argivos, ya que pereciste tú que tal baluarte eras para todos. Á los aqueos
nos ha dejado tu muerte constantemente afligidos, tanto como la del Pelida
Aquiles. Mas nadie tuvo culpa sino Júpiter que, en su grande odio contra los
belicosos dánaos, te impuso semejante destino. Ea, ven aquí, oh rey, á
escuchar mis palabras; y reprime tu ira y tu corazón valeroso.»
563 »Así le hablé; pero nada me respondió y se fué hacia el Érebo á
juntarse con las otras almas de los difuntos. Desde allí quizás me hubiese
dicho algo, aunque estaba irritado, ó por lo menos yo á él, pero en mi pecho
incitábame el corazón á ver las almas de los demás muertos.
568 »Allí vi á Minos, ilustre vástago de Jove, sentado y empuñando
áureo cetro, pues administraba justicia á los difuntos. Éstos, unos sentados y
otros en pie á su alrededor, exponían sus causas al soberano en la morada,
de anchas puertas, de Plutón.
572 »Vi después al gigantesco Orión, el cual perseguía por la pradera de
asfódelos las fieras que antes matara en las solitarias montañas, manejando
irrompible clava toda de bronce.
576 »Vi también á Ticio, el hijo de la augusta Tierra, echado en el suelo,
donde ocupaba nueve yugadas. Dos buitres, uno á cada lado, le roían el
hígado, penetrando con el pico en sus entrañas, sin que pudiera rechazarlos
con las manos; porque intentó hacer fuerza á Latona, la gloriosa consorte de
Júpiter, que se encaminaba á Pito á través de la amena Panopeo.

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582 »Vi asimismo á Tántalo, el cual padecía crueles tormentos, de pie
en un lago cuya agua le llegaba á la barba. Tenía sed y no conseguía tomar
el agua y beber: cuantas veces se bajaba el anciano con la intención de
beber, otras tantas desaparecía el agua absorbida por la tierra; la cual se
mostraba negruzca en torno á sus pies y un dios la secaba. Encima de él
colgaban las frutas de altos árboles,—perales, manzanos de espléndidas
pomas, higueras y verdes olivos;—y cuando el viejo levantaba los brazos
para cogerlas, el viento se las llevaba á las sombrías nubes.
593 »Vi de igual modo á Sísifo, el cual padecía duros trabajos
empujando con entrambas manos una enorme piedra. Forcejaba con los pies
y las manos é iba conduciendo la piedra hacia la cumbre de un monte; pero,
cuando ya le faltaba poco para doblarla, una fuerza poderosa hacía
retroceder la insolente piedra que caía rodando á la llanura. Tornaba
entonces á empujarla, haciendo fuerza, y el sudor le corría de los miembros
y el polvo se levantaba sobre su cabeza.
601 »Vi después al fornido Hércules ó, por mejor decir, su imagen; pues
él está con los inmortales dioses, se deleita en sus banquetes, y tiene por
esposa á Hebe, la de los pies hermosos, hija de Júpiter y de Juno, la de las
áureas sandalias. En contorno suyo dejábase oir la gritería de los muertos—
cual si fueran aves—que huían espantados á todas partes; y Hércules,
semejante á tenebrosa noche, llevaba desnudo el arco con la flecha sobre la
cuerda, y volvía los ojos atrozmente como si fuese á disparar. Llevaba
alrededor del pecho un tahalí de oro, de horrenda vista, en el cual se habían
labrado obras admirables: osos, agrestes jabalíes, leones de relucientes ojos,
luchas, combates, matanzas y homicidios. Ni el mismo que con su arte
construyó aquel tahalí, hubiera podido hacer otro igual. Reconocióme
Hércules, apenas me vió con sus ojos, y lamentándose me dijo estas aladas
palabras:
617 «¡Laertíada, de jovial linaje! ¡Ulises, fecundo en recursos! ¡Ah
mísero! Sin duda te persigue algún hado funesto, como el que yo sufría
mientras me alumbraban los rayos del sol. Aunque era hijo de Júpiter
Saturnio, hube de padecer males sin cuento por encontrarme sometido á un
hombre muy inferior que me ordenaba penosos trabajos. Una vez me envió
aquí para que sacara el can, figurándose que ningún otro trabajo sería más
difícil; y yo me lo llevé y lo saqué del Orco, guiado por Mercurio y por
Minerva, la de los brillantes ojos.»

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627 »Cuando así hubo dicho, volvió á internarse en la morada de
Plutón; y yo me quedé inmóvil, por si viniera algún héroe de los que
murieron anteriormente. Y hubiese visto á los hombres antiguos á quienes
deseaba conocer (á Teseo y á Pirítoo, hijos gloriosos de las deidades); pero
congregóse, antes que llegaran, un sinnúmero de difuntos con gritería
inmensa y el pálido terror se apoderó de mí, temiendo que la ilustre
Proserpina no me enviase del Orco la cabeza de la Gorgona, horrendo
monstruo. Volví en seguida al bajel y ordené á mis compañeros que
subieran al mismo y desatasen las amarras. Embarcáronse acto continuo y
se sentaron en los bancos. Y la onda de la corriente llevaba nuestra
embarcación por el río Océano, empujada al principio por el remo y más
tarde por próspero viento.

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Circe con alguna de sus criadas va á la orilla del mar al encuentro de Ulises

CANTO XII
LAS SIRENAS, ESCILA, CARIBDIS, LAS VACAS DEL SOL

1 »Tan luego como la nave, dejando la corriente del río Océano, llegó á
las olas del vasto mar y á la isla Eea—donde están la mansión y las danzas
de la Aurora, hija de la mañana, y el orto del Sol;—la sacamos á la arena,
después de saltar á la playa, nos entregamos al sueño, y aguardamos la
aparición de la divinal Aurora.
8 »Cuando se descubrió la hija de la mañana, la Aurora de rosáceos
dedos, envié algunos compañeros á la morada de Circe para que trajesen el
cadáver del difunto Elpénor. Seguidamente cortamos troncos y, afligidos y
vertiendo lágrimas, celebramos las exequias en el lugar más eminente de la
orilla. Y no bien hubimos quemado el cadáver y las armas del difunto, le
erigimos un túmulo, con su correspondiente cipo, y clavamos en la parte
más alta el manejable remo.
16 »Mientras en tales cosas nos ocupábamos, no se le encubrió á Circe
nuestra llegada del Orco, y se atavió y vino muy presto con criadas que

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traían pan, mucha carne y vino rojo, de color de fuego. Y puesta en medio
de nosotros, dijo así la divina entre las diosas:
21 «¡Oh desdichados, que, viviendo aún, bajasteis á la morada de
Plutón, y habréis muerto dos veces cuando los demás hombres mueren una
sola! Ea, quedaos aquí, y comed manjares y bebed vino, todo el día de hoy;
pues así que despunte la aurora volveréis á navegar, y yo os mostraré el
camino y os indicaré cuanto sea preciso para que no padezcáis, á causa de
una maquinación funesta, ningún infortunio ni en el mar ni en la tierra
firme.»
28 »Tales fueron sus palabras, y nuestro ánimo generoso se dejó
persuadir. Y ya todo el día, hasta la puesta del sol, estuvimos sentados,
comiendo carne en abundancia y bebiendo dulce vino. Apenas el sol se puso
y sobrevino la noche, los demás se acostaron cabe á las amarras del buque.
Pero á mí, Circe me tomó por la mano, me hizo sentar separadamente de los
compañeros y, acomodándose á mi vera, me preguntó cuanto me había
ocurrido; y yo se lo conté por su orden. Entonces me dijo estas palabras la
veneranda Circe:
37 «Así, pues, se han llevado á cumplimiento todas estas cosas. Oye
ahora lo que voy á decir y un dios en persona te lo recordará más tarde.
Llegarás primero á las Sirenas, que encantan á cuantos hombres van á
encontrarlas. Aquél que imprudentemente se acerca á las mismas y oye su
voz, ya no vuelve á ver á su esposa ni á sus hijos pequeñuelos rodeándole,
llenos de júbilo, cuando torna á sus hogares; sino que le hechizan las
Sirenas con el sonoro canto, sentadas en una pradera y teniendo á su
alrededor enorme montón de huesos de hombres putrefactos cuya piel se va
consumiendo. Pasa de largo y tapa las orejas de tus compañeros con cera
blanda, previamente adelgazada, á fin de que ninguno las oiga; mas si tú
deseares oirlas, haz que te aten en la velera embarcación de pies y manos,
derecho y arrimado á la parte inferior del mástil y que las sogas se liguen al
mismo; y así podrás deleitarte escuchando á las Sirenas. Y en el caso de que
supliques ó mandes á los compañeros que te suelten, átente con más lazos
todavía.
55 »Después que tus compañeros hayan conseguido llevaros más allá
de las Sirenas, no te indicaré con precisión cuál de dos caminos te cumple
recorrer; considéralo en tu ánimo, pues voy á decir lo que hay á entrambas
partes. Á un lado se alzan peñas prominentes, contra las cuales rugen las
inmensas olas de la ojizarca Anfitrite: llámanlas Erráticas los

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bienaventurados dioses. Por allí no pasan las aves sin peligro, ni aun las
tímidas palomas que llevan la ambrosía al padre Júpiter; pues cada vez la
lisa peña arrebata alguna y el padre manda otra para completar el número.
Ninguna embarcación, en llegando allá, pudo escapar salva; pues las olas
del mar y las tempestades, cargadas de pernicioso fuego, se llevan
juntamente las tablas del barco y los cuerpos de los hombres. Tan sólo logró
doblar aquellas rocas una nave, surcadora del ponto, Argos, por todos tan
celebrada, al volver del país de Eetes; y también á ésta habríala estrellado el
oleaje contra las grandes peñas, si Juno no la hubiese hecho pasar, por su
afecto á Jasón.
73 »Al lado opuesto hay dos escollos. El uno alcanza al anchuroso
cielo con su pico agudo, coronado por el pardo nubarrón que jamás le
abandona; de suerte que la cima no aparece despejada nunca, ni siquiera en
verano, ni en otoño. Ningún hombre mortal, aunque tuviese veinte manos é
igual número de pies, podría subir al tal escollo ni bajar del mismo, pues la
roca es tan lisa que parece pulimentada. En medio del escollo hay un antro
sombrío que mira al ocaso, hacia el Érebo, y á él enderezaréis el rumbo de
la cóncava nave, preclaro Ulises. Ni un hombre joven, que disparara el arco
desde la cóncava nave, podría llegar con sus tiros á la profunda cueva. Allí
mora Escila, que aúlla terriblemente, con voz semejante á la de una perra
recién nacida, y es un monstruo perverso á quien nadie se alegrará de ver,
aunque fuese un dios el que con ella se encontrase. Tiene doce pies, todos
deformes, y seis cuellos larguísimos, cada cual con una horrible cabeza en
cuya boca hay tres filas de abundantes y apretados dientes, llenos de negra
muerte. Está sumida hasta la mitad del cuerpo en la honda gruta, saca las
cabezas fuera de aquel horrendo báratro y, registrando alrededor del escollo,
pesca delfines, perros de mar, y también, si puede cogerlo, alguno de los
monstruos mayores que cría en cantidad inmensa la ruidosa Anfitrite. Por
allí jamás pasó una embarcación cuyos marineros pudieran gloriarse de
haber escapado indemnes; pues Escila les arrebata con sus cabezas sendos
hombres de la nave de azulada proa.
101 »El otro escollo es más bajo y lo verás, Ulises, cerca del primero;
pues hállase á tiro de flecha. Hay allí un cabrahigo grande y frondoso, y á
su pie la divinal Caribdis sorbe la turbia agua. Tres veces al día la echa
afuera y otras tantas vuelve á sorberla de un modo horrible. No te
encuentres allí cuando la sorbe, pues ni Neptuno, que sacude la tierra,
podría librarte de la perdición. Debes, por el contrario, acercarte mucho al

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escollo de Escila y hacer que tu nave pase rápidamente; pues mejor es que
eches de menos á seis compañeros que no á todos juntos.»
111 »Así se expresó; y le contesté diciendo: «Ea, oh diosa, háblame
sinceramente: Si por algún medio lograse escapar de la funesta Caribdis,
¿podré rechazar á Escila cuando quiera dañar á mis compañeros?»
115 »Así le dije, y al punto me respondió la divina entre las diosas:
«¡Oh infeliz! ¿Aún piensas en obras y trabajos bélicos, y no has de ceder ni
ante los inmortales dioses? Escila no es mortal, sino una plaga
imperecedera, grave, terrible, cruel é ineluctable. Contra la misma no hay
defensa: huir de su lado es lo mejor. Si, armándote, demorares junto al
peñasco, temo que se lanzará otra vez y te arrebatará con sus cabezas
sendos varones. Debes hacer, por tanto, que tu navío pase ligero é invocar,
dando gritos, á Crateis, madre de Escila, que les parió tal plaga á los
mortales; y ésta la contendrá, para que no os acometa nuevamente.
127 »Llegarás más tarde á la isla de Trinacria, donde pacen las muchas
vacas y pingües ovejas del Sol. Siete son las vacadas, otras tantas las
hermosas greyes de ovejas, y cada una está formada por cincuenta cabezas.
Dicho ganado no se reproduce ni muere, y son sus pastoras dos deidades,
dos ninfas de hermosas trenzas: Faetusa y Lampetia; las cuales concibió del
Sol Hiperión la divina Neera. La veneranda madre, después que las dió á
luz y las hubo criado, llevólas á la isla de Trinacria, allá muy lejos, para que
guardaran las ovejas de su padre y las vacas de retorcidos cuernos. Si á
éstas las dejares indemnes, ocupándote tan sólo en preparar tu regreso, aún
llegaríais á Ítaca, después de pasar muchos trabajos; pero, si les causares
daño, desde ahora te anuncio la perdición de la nave y la de tus amigos. Y
aunque tú escapes, llegarás tarde y mal á la patria, después de perder todos
los compañeros.»
142 «Así dijo; y al punto apareció la Aurora, de trono de oro. La divina
entre las diosas se internó en la isla, y yo, encaminándome al bajel, ordené á
mis compañeros que subieran á la nave y desataran las amarras.
Embarcáronse acto continuo y, sentándose por orden en los bancos,
comenzaron á herir con los remos el espumoso mar. Por detrás de la nave de
azulada proa soplaba próspero viento que henchía las velas; buen
compañero que nos mandó Circe, la de lindas trenzas, deidad poderosa,
dotada de voz. Colocados los aparejos cada uno en su sitio, nos sentamos en
la nave, que era conducida por el viento y el piloto. Entonces dirigí la
palabra á mis compañeros, con el corazón triste, y les hablé de este modo:

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154 «¡Oh amigos! No conviene que sean únicamente uno ó dos quienes
conozcan los vaticinios que me reveló Circe, la divina entre las diosas; y os
los voy á referir para que, sabedores de los mismos, ó muramos ó nos
salvemos, librándonos de la muerte y del destino. Nos ordena ante todo
rehuir la voz de las divinales Sirenas y el florido prado en que éstas se
hallan. Manifestóme que tan sólo yo debo oirlas; pero atadme con fuertes
lazos, de pie y arrimado á la parte inferior del mástil—para que me esté allí
sin moverme—y las sogas líguense al mismo. Y en el caso de que os ruegue
ó mande que me soltéis, atadme con más lazos todavía.»
165 »Mientras hablaba, declarando estas cosas á mis compañeros, la
nave bien construída llegó muy presto á la isla de las Sirenas, pues la
empujaba favorable viento. Desde aquel instante echóse el viento, reinó
sosegada calma y algún numen adormeció las olas. Levantáronse mis
compañeros, amainaron las velas y pusiéronlas en la cóncava nave; y,
habiéndose sentado nuevamente en los bancos, emblanquecían el agua,
agitándola con los remos de pulimentado abeto. Tomé al instante un gran
pan de cera y lo partí con el agudo bronce en pedacitos, que me puse luego
á apretar con mis robustas manos. Pronto se calentó la cera, porque hubo de
ceder á la gran fuerza y á los rayos del soberano Sol Hiperiónida, y fuí
tapando con ella los oídos de todos los compañeros. Atáronme éstos en la
nave, de pies y manos, derecho y arrimado á la parte inferior del mástil;
ligaron las sogas al mismo; y, sentándose en los bancos, tornaron á herir con
los remos el espumoso mar. Hicimos andar la nave muy rápidamente, y, al
hallarnos tan cerca de la orilla que allá hubiesen llegado nuestras voces, no
se les encubrió á las Sirenas que la ligera embarcación navegaba á poca
distancia y empezaron un sonoro canto:
184 «¡Ea, célebre Ulises, gloria insigne de los aqueos! Acércate y detén
la nave para que oigas nuestra voz. Nadie ha pasado en su negro bajel sin
que oyera la suave voz que fluye de nuestra boca; sino que se van todos
después de recrearse con ella y de aprender mucho; pues sabemos cuantas
fatigas padecieron en la vasta Troya argivos y teucros, por la voluntad de
los dioses, y conocemos también todo cuanto ocurre en la fértil tierra.»
192 »Esto dijeron con su hermosa voz. Sintióse mi corazón con ganas
de oirlas, y moví las cejas, mandando á los compañeros que me desatasen;
pero todos se inclinaron y se pusieron á remar. Y, levantándose al punto
Perimedes y Euríloco, atáronme con nuevos lazos, que me sujetaban más
reciamente. Cuando dejamos atrás las Sirenas y ni su voz ni su canto se oían

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ya, quitáronse mis fieles compañeros la cera con que tapara sus oídos y me
soltaron las ligaduras.
201 »Al poco rato de haber dejado atrás la isla de las Sirenas, vi humo é
ingentes olas y percibí fuerte estruendo. Los míos, amedrentados, hicieron
volar los remos que cayeron con gran fragor en la corriente; y la nave se
detuvo porque ya las manos no batían los largos remos. Á la hora anduve
por la embarcación y amonesté á los compañeros, acercándome á los
mismos y hablándoles con dulces palabras:
208 «¡Amigos! No somos novatos en padecer desgracias y la que se nos
presenta no es mayor que la sufrida cuando el Ciclope, valiéndose de su
poderosa fuerza, nos encerró en la excavada gruta. Pero de allí nos
escapamos también por mi valor, decisión y prudencia, como me figuro que
todos recordaréis. Ea, hagamos todos lo que voy á decir. Vosotros, sentados
en los bancos, batid con los remos las grandes olas del mar; por si Júpiter
nos concede que escapemos de ésta, librándonos de la muerte. Y á ti, piloto,
voy á darte una orden que fijarás en tu memoria, puesto que gobiernas el
timón de la cóncava nave. Apártala de ese humo y de esas olas, y procura
acercarla al escollo: no sea que la nave se lance allá, sin que tú lo adviertas,
y á todos nos lleves á la ruina.»
222 »Así les dije, y obedecieron sin tardanza mi mandato. No les hablé
de Escila, plaga inevitable, para que los compañeros no dejaran de remar,
escondiéndose dentro del navío. Olvidé entonces la penosa recomendación
de Circe de que no me armase en ningún modo; y, poniéndome la magnífica
armadura, tomé dos grandes lanzas y subí al tablado de proa, lugar desde
donde esperaba ver primeramente á la pétrea Escila que iba á producir tal
estrago en mis compañeros. Mas, no pude verla en parte alguna y mis ojos
se cansaron de mirar á todos los sitios, registrando la obscura peña.
234 »Pasábamos el estrecho llorando, pues á un lado estaba Escila y al
otro Caribdis, que sorbía de horrible manera la salobre agua del mar. Al
vomitarla dejaba oir sordo murmurio, revolviéndose toda como una caldera
que está sobre un gran fuego, y la espuma caía sobre las cumbres de ambos
escollos. Mas, apenas sorbía la salobre agua del mar, mostrábase agitada
interiormente, el peñasco sonaba alrededor con espantoso ruido y en lo
hondo se descubría la tierra mezclada con cerúlea arena. El pálido temor se
enseñoreó de los míos, y mientras contemplábamos á Caribdis, temerosos
de la muerte, Escila me arrebató de la cóncava embarcación los seis
compañeros que más sobresalían por sus manos y por su fuerza. Cuando

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quise volver los ojos á la velera nave y á los amigos, ya vi en el aire los pies
y las manos de los que eran arrebatados á lo alto y me llamaban con el
corazón afligido, pronunciando mi nombre por la vez postrera. De la suerte
que el pescador, al echar desde un promontorio el cebo á los pececillos
valiéndose de la luenga caña, arroja al ponto el cuerno de un toro montaraz
y así que coge un pez lo saca palpitante; de esta manera, mis compañeros,
palpitantes también, eran llevados á las rocas y allí, en la entrada de la
cueva, devorábalos Escila mientras gritaban y me tendían los brazos en
aquella lucha horrible. De todo lo que padecí, peregrinando por el mar, fué
este espectáculo el más lastimoso que vieron mis ojos.
260 »Después que nos hubimos escapado de aquellas rocas, de la
horrenda Caribdis y de Escila, llegamos muy pronto á la irreprochable isla
del dios, donde estaban las hermosas vacas de ancha frente, y muchas
pingües ovejas del Sol, hijo de Hiperión. Desde el mar, en la negra nave, oí
el mugido de las vacas encerradas en los establos y el balido de las ovejas, y
me acordé de las palabras del vate ciego Tiresias el tebano, y de Circe de
Eea, la cual me encargó muy mucho que huyese de la isla del Sol, que
alegra á los mortales. Y entonces, con el corazón afligido, dije á los
compañeros:
271 «Oíd mis palabras, amigos, aunque padezcáis tantos males, para
que os revele los oráculos de Tiresias y de Circe de Eea; la cual me
recomendó en extremo que huyese de la isla del Sol, que alegra á los
mortales, diciendo que allí nos aguarda el más terrible de los infortunios.
Por tanto, encaminad el negro bajel por fuera de la isla.»
277 »Así les dije. Á todos se les quebraba el corazón y Euríloco me
respondió en seguida con estas odiosas palabras:
279 «Eres cruel, oh Ulises, disfrutas de vigor grandísimo, y tus
miembros no se cansan, y debes de ser de hierro, ya que no permites á los
tuyos, molidos de la fatiga y del sueño, tomar tierra en esa isla azotada por
las olas, donde aparejaríamos una agradable cena; sino que les mandas que
se alejen y durante la rápida noche vaguen á la ventura por el sombrío
ponto. Por la noche se levantan fuertes vientos, azotes de las naves.
¿Adónde iremos, para librarnos de una muerte cruel, si de súbito viene una
borrasca suscitada por el Noto ó por el impetuoso Céfiro, que son los
primeros en destruir una embarcación hasta contra la voluntad de los
soberanos dioses? Obedezcamos ahora á la obscura noche y aparejemos la

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comida junto á la velera nave; y al amanecer nos embarcaremos
nuevamente para lanzarnos al dilatado ponto.»
294 »Tales razones profirió Euríloco y los demás compañeros las
aprobaron. Conocí entonces que algún dios meditaba causarnos daño y,
dirigiéndome á aquél, le dije estas aladas palabras:
297 «¡Euríloco! Gran fuerza me hacéis, porque estoy solo. Mas, ea,
prometed todos con firme juramento que si encontráremos una manada de
vacas ó una hermosa grey de ovejas, ninguno de vosotros matará, cediendo
á funesta locura, ni una vaca tan sólo, ni una oveja; sino que comeréis
tranquilos los manjares que nos dió la inmortal Circe.»
303 »Así les hablé; y en seguida juraron, como se lo mandaba. Tan
pronto como hubieron acabado de prestar el juramento, detuvimos la bien
construída nave en el hondo puerto, cabe á una fuente de agua dulce; y los
compañeros desembarcaron, y luego aparejaron muy hábilmente la comida.
Ya satisfecho el deseo de comer y de beber, lloraron, acordándose de los
amigos á quienes devoró Escila después de arrebatarlos de la cóncava
embarcación; y mientras lloraban les sobrevino dulce sueño. Cuando la
noche hubo llegado á su último tercio y ya los astros declinaban, Júpiter,
que amontona las nubes, suscitó un viento impetuoso y una tempestad
deshecha, cubrió de nubes la tierra y el ponto, y la noche cayó del cielo.
Apenas se descubrió la hija de la mañana, la Aurora de rosáceos dedos,
pusimos la nave en seguridad, llevándola á una profunda cueva, donde las
Ninfas tenían asientos y hermosos lugares para las danzas. Acto continuo
los reuní á todos en junta y les hablé de esta manera:
320 «¡Oh amigos! Puesto que hay en la velera nave alimentos y bebida,
abstengámonos de tocar esas vacas, á fin de que no nos venga ningún mal,
porque tanto las vacas como las pingües ovejas son de un dios terrible, del
Sol, que todo lo ve y todo lo oye.»
324 »Así les dije y su ánimo generoso se dejó persuadir. Durante un
mes entero sopló incesantemente el Noto, sin que se levantaran otros
vientos que el Euro y el Noto; y mientras no les faltó pan y rojo vino,
abstuviéronse de tocar las vacas por el deseo de conservar la vida. Pero tan
pronto como agotados todos los víveres de la nave, viéronse obligados á ir
errantes tras de alguna presa—peces ó aves, cuanto les viniese á las manos,
—pescando con corvos anzuelos, porque el hambre les atormentaba el
vientre; yo me interné en la isla con el fin de orar á los dioses y ver si
alguno me mostraba el camino para llegar á la patria. Después que, andando

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por la isla, estuve lejos de los míos, me lavé las manos en un lugar
resguardado del viento y oré á todos los dioses que habitan el Olimpo, los
cuales infundieron en mis párpados dulce sueño. Y en tanto, Euríloco
comenzó á hablar con los amigos, para darles este pernicioso consejo:
340 «Oíd mis palabras, compañeros, aunque padezcáis tantos
infortunios. Todas las muertes son odiosas á los infelices mortales, pero
ninguna es tan mísera como morir de hambre y cumplir de esta suerte el
propio destino. Ea, tomemos las más excelentes de las vacas del Sol y
ofrezcamos un sacrificio á los dioses que poseen el anchuroso cielo. Si
consiguiésemos tornar á Ítaca, la patria tierra, erigiríamos un rico templo al
Sol, hijo de Hiperión, poniendo en él muchos y valiosos simulacros. Y si,
irritado á causa de las vacas de erguidos cuernos, quisiera el Sol perder
nuestra nave y lo consintiesen los restantes dioses, prefiero morir de una
vez, tragando el agua de las olas, á consumirme con lentitud, en una isla
inhabitada.»
352 »Tales palabras profirió Euríloco y los demás compañeros las
aprobaron. Seguidamente, habiendo echado mano á las más excelentes de
entre las vacas del Sol, que estaban allí cerca—pues las hermosas vacas de
retorcidos cuernos y ancha frente pacían á poca distancia de la nave de
azulada proa—se pusieron á su alrededor y oraron á los dioses, después de
arrancar tiernas hojas de una alta encina porque ya no tenían blanca cebada
en la nave de muchos bancos. Terminada la plegaria, degollaron y
desollaron las reses; luego cortaron los muslos, los pringaron con gordura
por uno y otro lado y los cubrieron de trozos de carne; y, como carecían de
vino que pudiesen verter en el fuego sacro, hicieron libaciones con agua
mientras asaban los intestinos. Quemados los muslos, probaron las entrañas;
y, dividiendo lo restante en pedazos muy pequeños, lo espetaron en los
asadores.
366 »Entonces huyó de mis párpados el dulce sueño y emprendí el
regreso á la velera nave y á la orilla del mar. Al acercarme al corvo bajel,
llegó hasta mí el suave olor de la grasa quemada y, dando un suspiro, clamé
de este modo á los inmortales dioses:
371 «¡Padre Júpiter, bienaventurados y sempiternos dioses! Para mi
daño, sin duda, me adormecisteis con el cruel sueño; y mientras tanto los
compañeros, quedándose aquí, han consumado un gran delito.»

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Lampetia fué á decirle al Sol que habíamos dado muerte á sus vacas
(Canto XII, versos 374 y 375.)

374 »Lampetia, la del ancho peplo, fué como mensajera veloz á decirle
al Sol, hijo de Hiperión, que habíamos dado muerte á sus vacas.

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Inmediatamente el Sol, con el corazón airado, habló de esta guisa á los
inmortales:
377 «¡Padre Júpiter, bienaventurados y sempiternos dioses! Castigad á
los compañeros de Ulises Laertíada, pues, ensoberbeciéndose, han matado
mis vacas; y yo me holgaba de verlas así al subir al estelífero cielo, como al
tornar nuevamente del cielo á la tierra. Que si no se me diere la condigna
compensación por estas vacas, descenderé á la morada de Plutón y
alumbraré á los muertos.»
384 »Y Júpiter, que amontona las nubes, le respondió diciendo: «¡Oh
Sol! Sigue alumbrando á los inmortales y á los mortales hombres que viven
en la fértil tierra; pues yo despediré el ardiente rayo contra su velera nave, y
la haré pedazos en el vinoso ponto.»
389 »Esto me lo refirió Calipso, la de hermosa cabellera, y afirmaba
que se lo había oído contar á Mercurio, el mensajero.
391 »Llegado que hube á la nave y al mar, reprendí á mis compañeros
—acercándome ora á éste, ora á aquél,—mas no pudimos hallar remedio
alguno, porque ya las vacas estaban muertas. Pronto los dioses les
mostraron varios prodigios: los cueros serpeaban, las carnes asadas y las
crudas mugían en los asadores, y dejábanse oir voces como de vacas.
397 »Durante seis días mis fieles compañeros celebraron banquetes,
para los cuales echaban mano á las mejores vacas del Sol; mas, así que
Júpiter Saturnio nos trajo el séptimo día, cesó la violencia del vendaval que
causaba la tempestad y nos embarcamos, lanzando la nave al vasto ponto
después de izar el mástil y de descoger las blancas velas.
403 »Cuando hubimos dejado atrás aquella isla y ya no se divisaba
tierra alguna, sino tan solamente el cielo y el mar, Júpiter colocó por cima
de la cóncava nave una parda nube debajo de la cual se obscureció el ponto.
No anduvo la embarcación largo rato, pues sopló en seguida el estridente
Céfiro y, desencadenándose, produjo gran tempestad: un torbellino rompió
los dos cables del mástil, que se vino hacia atrás, y todos los aparejos se
juntaron en la sentina. El mástil, al caer en la popa, hirió la cabeza del
piloto, aplastándole todos los huesos; cayó el piloto desde el tablado, como
salta un buzo, y su alma generosa se separó de los miembros. Júpiter
despidió un trueno y simultáneamente arrojó un rayo en nuestra nave: ésta
se estremeció, al ser herida por el rayo de Júpiter, llenándose del olor del
azufre; y mis hombres cayeron en el agua. Llevábalos el oleaje alrededor
del negro bajel y un dios les privó de la vuelta á la patria.

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420 »Seguí andando por la nave, hasta que el ímpetu del mar separó los
flancos de la quilla, la cual flotó sola en el agua; y el mástil se rompió en su
unión con la misma. Sobre el mástil hallábase una soga hecha del cuero de
un buey: até con ella mástil y quilla y, sentándome en ambos, dejéme llevar
por los perniciosos vientos.
426 »Pronto cesó el soplo violento del Céfiro, que causaba la
tempestad, y de repente sobrevino el Noto, el cual me afligió el ánimo con
llevarme de nuevo hacia la perniciosa Caribdis. Toda la noche anduve á
merced de las olas, y al salir el sol llegué al escollo de Escila y á la
horrenda Caribdis que estaba sorbiendo la salobre agua del mar; pero yo me
lancé al cabrahigo y me agarré como un murciélago, sin que pudiera afirmar
los pies en sitio alguno ni tampoco encaramarme en el árbol, porque estaban
lejos las raíces y á gran altura los largos y gruesos ramos que daban sombra
á Caribdis. Me mantuve, pues, reciamente asido, esperando que Caribdis
devolviera el mástil y la quilla; y éstos aparecieron por fin, cumpliéndose
mi deseo. Á la hora en que el juez se levanta en el ágora, después de haber
fallado muchas causas de jóvenes litigantes, dejáronse ver los maderos
fuera ya de Caribdis. Soltéme de pies y manos y caí con gran estrépito en
medio del agua, junto á los larguísimos maderos; y, sentándome encima, me
puse á remar con los brazos. Y no permitió el padre de los hombres y de los
dioses que Escila me viese; pues no me hubiera librado de una terrible
muerte.
447 »Desde aquel lugar fuí errante nueve días y en la noche del décimo
lleváronme los dioses á la isla Ogigia donde vive Calipso, la de lindas
trenzas, deidad poderosa, dotada de voz; la cual me acogió amistosamente y
me prodigó sus cuidados. Mas, ¿á qué contar el resto? Os lo referí ayer en
esta casa á ti y á tu ilustre esposa, y me es enojoso repetir lo que se ha
explicado claramente.»

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Los feacios dejan en la playa de Ítaca á Ulises dormido

CANTO XIII
PARTIDA DE ULISES DEL PAÍS DE LOS FEACIOS Y SU LLEGADA Á ÍTACA

1 Tal fué lo que Ulises contó. Enmudecieron los oyentes y, arrobados
por el placer de escucharle, se quedaron silenciosos en el obscuro palacio.
Mas Alcínoo le respondió diciendo:
4 «¡Oh Ulises! Pues llegaste á mi mansión de pavimento de bronce y
elevada techumbre, creo que tornarás á tu patria sin tener que vagar más,
aunque sean en tan gran número los males que hasta ahora has padecido. Y
dirigiéndome á vosotros todos, los que siempre bebéis en mi palacio el
negro vino de honor y oís al aedo, he aquí lo que os encargo: ya tiene el
huésped en pulimentada arca vestiduras y oro labrado y los demás presentes
que los consejeros feacios le han traído; ea, démosle sendos trípodes
grandes y calderos; y reunámonos después para hacer una colecta por la
población, porque nos sería difícil á cada uno de nosotros obsequiarle con
tal regalo, valiéndonos exclusivamente de nuestros recursos.»

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16 De tal suerte les exhortó Alcínoo, y á todos les plugo cuanto dijo.
Salieron entonces para acostarse en sus respectivas casas; y así que se
descubrió la hija de la mañana, la Aurora de rosáceos dedos, encamináronse
diligentemente hacia la nave, llevando á ella el varonil bronce. La sacra
potestad de Alcínoo fué también, y él mismo colocó los presentes debajo de
los bancos: no fuera que se dañara alguno de los hombres cuando, para
mover la embarcación, apretasen con los remos. Acto continuo
trasladáronse al palacio de Alcínoo y se ocuparon en aparejar el banquete.
24 Para ellos la sacra potestad de Alcínoo sacrificó un buey al Saturnio
Jove, el dios de las sombrías nubes, que reina sobre todos. Quemados los
muslos, celebraron espléndido festín, y cantó el divinal aedo, Demódoco,
tan honrado por el pueblo. Mas Ulises volvía á menudo la cabeza hacia el
sol resplandeciente, con gran afán de que se pusiera, pues ya anhelaba irse á
su patria. Como el labrador apetece la cena después de pasar el día
rompiendo con la yunta de negros bueyes y el sólido arado una tierra noval,
se le pone el sol muy á su gusto para ir á comer, y, al andar, siente el
cansancio en las rodillas; así, tan agradablemente, vió Ulises que se ponía el
sol. Y al momento, dirigiéndose á los feacios, amantes de manejar los
remos, y especialmente á Alcínoo, les habló de esta manera:
38 «¡Rey Alcínoo, el más esclarecido de todos los ciudadanos! Ofreced
las libaciones, despedidme sano y salvo, y vosotros quedad con alegría. Ya
se ha cumplido cuanto mi ánimo deseaba: mi conducción y las amistosas
dádivas; hagan los dioses que éstas sean para mi dicha y que halle en mi
palacio á mi irreprochable consorte é incólumes á los amigos. Y vosotros,
que os quedáis, sed el gozo de vuestras legítimas mujeres y de vuestros
hijos; los dioses os concedan toda clase de bienes, y jamás á esta población
le sobrevenga mal alguno.»
47 Así se expresó. Todos aplaudieron sus palabras y aconsejaron que se
llevase al huésped á su patria puesto que hablaba razonablemente. Y
entonces la potestad de Alcínoo dijo al heraldo:
50 «¡Pontónoo! Mezcla el vino en la cratera y distribúyelo á cuantos se
hallan en la sala, á fin de que, después de orar al padre Júpiter, enviemos al
huésped á su patria tierra.»
53 Así habló. Pontónoo mezcló el vino dulce como la miel y lo sirvió á
todos, ofreciéndoselo sucesivamente: ellos lo libaban, desde sus mismos
asientos, á los bienaventurados dioses que poseen el anchuroso cielo; y el

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divinal Ulises, levantándose, puso en las manos de Arete una copa doble,
mientras le decía estas aladas palabras:
59 «Sé constantemente dichosa, oh reina, hasta que vengan la senectud
y la muerte, de las cuales no se libran los humanos. Yo me voy. Tú continúa
holgándote en esta casa con tus hijos, el pueblo y el rey Alcínoo.»
63 Dicho esto, el divino Ulises traspuso el umbral. La potestad de
Alcínoo le hizo acompañar por un heraldo que lo condujese á la velera
nave, á la orilla del mar. Y Arete le envió también algunas esclavas: cual le
llevaba un manto muy limpio y una túnica; cual, una sólida arca; y cual
otra, pan y rojo vino.
70 Cuando hubieron llegado á la nave y al mar, los ilustres marineros,
tomando tales cosas juntamente con la bebida y los víveres, lo colocaron
todo en la cóncava embarcación y tendieron una colcha y una tela de lino
sobre las tablas de la popa á fin de que Ulises pudiese dormir
profundamente. Subió éste y acostóse en silencio. Los otros se sentaron por
orden en sus bancos, desataron de la piedra agujereada la amarra del barco é
inclinándose, azotaron el mar con los remos; mientras caía en los párpados
de Ulises un sueño profundo, suave, dulcísimo, muy semejante á la muerte.
Del modo que los caballos de una cuadriga se lanzan á correr en un campo,
á los golpes del látigo y, levantándose sobre sus pies, terminan prontamente
la carrera; así se alzaba la popa del navío y dejaba tras sí muy agitadas las
olas purpúreas del estruendoso mar. Corría el bajel con un andar seguro é
igual, y ni el gavilán, que es el ave más ligera, lo hubiese acompañado: así,
corriendo con tal rapidez, cortaba las olas del mar y llevaba un varón que en
el consejo se parecía á los dioses; el cual tuvo el ánimo acongojado muchas
veces, ya combatiendo con los hombres, ya surcando las temibles ondas,
pero entonces dormía plácidamente, olvidado de cuanto padeciera.
93 Cuando salía la más rutilante estrella, la que de modo especial
anuncia la luz de la Aurora, hija de la mañana, entonces la nave, surcadora
del ponto, llegó á la isla.
96 Hay en el país de Ítaca el puerto de Forcis, el anciano del mar,
formado por dos orillas prominentes y escarpadas que convergen hacia las
puntas y protegen exteriormente las grandes olas contra los vientos de
funesto soplo; y en el interior las corvas naves, de muchos bancos,
permanecen sin amarras así que llegan al fondeadero. Al cabo del puerto
está un olivo de largas hojas y muy cerca una gruta agradable, sombría,
consagrada á las ninfas que Náyades se llaman. Allí existen crateras y

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ánforas de piedra donde las abejas fabrican los panales. Allí pueden verse
unos telares también de piedra, muy largos, donde tejen las ninfas mantos
de color de púrpura. Allí el agua constantemente nace. Dos puertas tiene el
antro: la una mira al Bóreas y es accesible á los hombres; la otra, situada
frente al Noto, es más divina, pues por ella no entran los humanos, siendo el
camino de los inmortales.
113 Á este sitio, que ya con anterioridad conocían, fueron á llegarse; y
la embarcación andaba velozmente y varó en la playa, saliendo del agua
hasta la mitad. ¡Tales eran los remeros por cuyas manos era conducida!
Apenas hubieron saltado de la nave de hermosos bancos en tierra firme,
comenzaron por sacar del cóncavo bajel á Ulises con la colcha espléndida y
la tela de lino, y lo pusieron en la arena, entregado todavía al sueño; y
seguidamente, desembarcando las riquezas que los feacios le habían dado al
volver á su patria, gracias á la magnánima Minerva, las amontonaron todas
al pie del olivo, algo apartadas del camino: no fuera que algún viandante se
acercara á las mismas en tanto que Ulises dormía y le hurtara algo. Después
de esto, volviéronse los feacios á su país. Pero Neptuno, que sacude la
tierra, no olvidó las amenazas que desde un principio hiciera á Ulises,
semejante á un dios, y quiso explorar la voluntad de Júpiter:
128 «¡Padre Júpiter! Ya no seré honrado nunca entre los inmortales
dioses, puesto que no me honran en lo más mínimo ni tan siquiera los
mortales, los feacios, que son de mi propia estirpe. No dejaba de figurarme
que Ulises tornaría á su patria, aunque padeciendo multitud de infortunios,
pues nunca le quité del todo que volviese por considerar que con tu
asentimiento se lo habías prometido; mas los feacios, llevándole por el
ponto en velera nave, lo han dejado en Ítaca, dormido, después de hacerle
innumerables regalos: bronce, oro en abundancia, vestiduras tejidas, y
tantas cosas como nunca sacara de Troya si volviese indemne y habiendo
obtenido la parte que del botín le correspondiera.»
139 Respondióle Júpiter, que amontona las nubes: «¡Ah, poderoso dios
que bates la tierra! ¡Qué dijiste! No te desprecian los dioses, que sería
difícil herir con el desprecio al más antiguo y más ilustre. Pero si deja de
honrarte alguno de los hombres, por confiar en sus fuerzas y en su poder,
está en tu mano tomar venganza. Obra, pues, como quieras y á tu ánimo le
agrade.»
146 Contestóle Neptuno, que sacude la tierra: «Ya hubiera obrado como
me aconsejas, oh dios de las sombrías nubes, pero me espanta tu cólera y

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procuro evitarla. Ahora quiero hacer naufragar en el obscuro ponto la
bellísima nave de los feacios que vuelve de conducir á aquél—con el fin de
que en adelante se abstengan y cesen de llevar á los hombres—y cubrir
luego la vista de la ciudad con una gran montaña.»
153 Repuso Júpiter, que amontona las nubes: «¡Oh querido! Tengo para
mí que lo mejor será que, cuando todos los ciudadanos estén mirando desde
la población como el barco llega, lo tornes un peñasco, junto á la costa, de
suerte que guarde la semejanza de una velera nave para que todos los
hombres se maravillen, y cubras luego la vista de la ciudad con una gran
montaña.»
159 Apenas lo oyó Neptuno, que sacude la tierra, fuese á Esqueria
donde viven los feacios, y allí se detuvo. La nave, surcadora del ponto, se
acercó con rápido impulso y el dios que sacude la tierra, saliéndole al
encuentro, la tornó un peñasco y con un golpe de su mano inclinada hizo
que echara raíces en el suelo, después de lo cual fuése á otra parte.
165 Mientras tanto los feacios, que usan largos remos y son ilustres
navegantes, hablaban entre sí con aladas palabras. Y uno de ellos se expresó
de esta suerte, dirigiéndose á su vecino:
168 «¡Ay! ¿Quién encadenó en el ponto la velera nave que tornaba á la
patria y ya se descubría toda?»
170 Tales fueron sus palabras, pues ignoraban lo que había pasado.
Entonces Alcínoo les arengó de esta manera:
172 «¡Oh dioses! Cumpliéronse las antiguas predicciones de mi padre,
el cual decía que Neptuno nos miraba con malos ojos porque conducíamos
sin recibir daño á todos los hombres; y aseguraba que el dios haría
naufragar en el obscuro ponto una hermosísima nave de los feacios, al
volver de llevar á alguien, y cubriría la vista de la ciudad con una gran
montaña. Así lo afirmaba el anciano y ahora todo se va cumpliendo. Ea,
hagamos lo que voy á decir. Absteneos de conducir los mortales que lleguen
á nuestra población y sacrifiquemos doce toros escogidos á Neptuno, para
ver si se apiada de nosotros y no nos cubre la vista de la ciudad con la
enorme montaña.»
184 Así habló. Entróles el miedo y aparejaron los toros. Y mientras los
caudillos y príncipes del pueblo feacio oraban al soberano Neptuno,
permaneciendo de pie en torno de su altar, Ulises recordó de su sueño en la
tierra patria, de la cual había estado ausente mucho tiempo, y no pudo
reconocerla porque una diosa—Palas Minerva, la hija de Júpiter—le cercó

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de una nube con el fin de hacerle incognoscible y enterarle de todo: no
fuese que su esposa, los ciudadanos y los amigos lo reconocieran antes que
los pretendientes pagaran por completo sus demasías. Por esta causa todo se
le presentaba al rey en otra forma, así los largos caminos, como los puertos
cómodos para fondear, las rocas escarpadas y los árboles florecientes. El
héroe se puso en pie y contempló la patria tierra; pero en seguida gimió y,
bajando los brazos, golpeóse los muslos mientras suspiraba y decía de esta
suerte:
200 «¡Ay de mí! ¿Qué hombres deben de habitar esta tierra á que he
llegado? ¿Serán violentos, salvajes é injustos, ú hospitalarios y temerosos
de los dioses? ¿Adónde podré llevar tantas riquezas? ¿Adónde iré perdido?
Ojalá me hubiese quedado allí, con los feacios, pues entonces me llegara á
otro de los magnánimos reyes, que, recibiéndome amistosamente, me
hubiera enviado á mi patria. Ahora ni sé dónde poner estas cosas, ni he de
dejarlas aquí: no vayan á ser presa de otros hombres. ¡Oh dioses! No eran,
pues, enteramente sensatos ni justos los caudillos y príncipes feacios, ya
que me traen á estotra tierra; dijeron que me conducirían á Ítaca, que se ve
de lejos, y no lo han cumplido. Castíguelos Júpiter, el dios de los
suplicantes, que vigila á los hombres é impone castigos á cuantos pecan.
Mas, ea, contaré y examinaré estas riquezas: no se hayan llevado alguna
cosa en la cóncava nave cuando de aquí partieron.»
217 Hablando así, contó los bellísimos trípodes, los calderos, el oro y
las hermosas vestiduras tejidas; y, aunque nada echó de menos, lloraba por
su patria tierra, arrastrándose en la orilla del estruendoso mar y suspirando
mucho. Acercósele entonces Minerva en la figura de un joven pastor de
ovejas, tan delicado como el hijo de un rey; que llevaba en los hombros un
manto doble, hermosamente hecho; en los nítidos pies, sandalias; y en la
mano, una jabalina. Ulises se holgó de verla, salió á su encuentro y le dijo
estas aladas palabras:
228 «¡Amigo! Ya que eres el primer hombre á quien encuentro en este
lugar, ¡salud!, y ojalá no vengas con mala intención para conmigo; antes
bien, salva estas cosas y sálvame á mí mismo, que yo te lo ruego como á un
dios y me postro á tus rodillas. Mas dime con verdad para que yo me entere:
¿Qué tierra es ésta? ¿Qué pueblo? ¿Qué hombres hay en la comarca?
¿Estoy en una isla que se ve á distancia ó en la ribera de un fértil continente
que hacia el mar se inclina?»

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236 Minerva, la deidad de los brillantes ojos, le respondió diciendo:
«¡Forastero! Eres un simple ó vienes de lejos cuando me preguntas por esta
tierra, cuyo nombre no es tan obscuro, ya que la conocen muchísimos así de
los que viven hacia el lado por donde salen la Aurora y el Sol, como de los
que moran en la otra parte, hacia el tenebroso ocaso. Es, en verdad, áspera é
impropia para la equitación; pero no completamente estéril, aunque
pequeña, pues produce trigo en abundancia y también vino; nunca le falta ni
la lluvia ni el fecundo rocío; es muy á propósito para apacentar cabras y
bueyes; cría bosques de todas clases, y tiene abrevaderos que jamás se
agotan. Por lo cual, oh forastero, el nombre de Ítaca llegó hasta Troya, que,
según dicen, está muy apartada de la tierra aquiva.»
250 De esta suerte habló. Alegróse el paciente divinal Ulises,
holgándose de su patria que le nombraba Palas Minerva, hija de Júpiter que
lleva la égida; y pronunció en seguida estas aladas palabras, ocultándole la
verdad con hacerle un relato fingido, pues siempre revolvía en su pecho
ideas muy astutas:
256 «Oí hablar de Ítaca allá en la espaciosa Troya, muy lejos, al otro
lado del ponto, y he llegado ahora con estas riquezas. Otras tantas dejé á
mis hijos y voy huyendo porque maté al hijo querido de Idomeneo, á
Orsíloco, el de los pies ligeros, que aventajaba en la ligereza de sus pies á
los hombres industriosos de la vasta Creta; el cual deseó privarme del botín
de Troya por el que tantas fatigas padeciera, ya combatiendo con los
hombres, ya surcando las temibles ondas, á causa de no haberme prestado á
complacer á su padre, sirviéndole en el pueblo de los troyanos, donde yo era
caudillo de otros compañeros. Como en cierta ocasión aquél tornara del
campo, envaséle la broncínea lanza, habiéndole acechado con un amigo
junto á la senda: obscurísima noche cubría el cielo, ningún hombre fijó su
atención en nosotros y así quedó oculto que le hubiese dado muerte.
Después que lo maté con el agudo bronce, fuíme hacia la nave de unos
ilustres fenicios á quienes supliqué y pedí, dándoles buena parte del botín,
que me llevasen á Pilos ó á la divina Élide, donde ejercen su dominio los
epeos. Mas la fuerza del viento extraviólos, mal de su grado, pues no
querían engañarme; y, errabundos, llegamos acá por la noche. Con mucha
fatiga pudimos entrar en el puerto á fuerza de remos; y, aunque muy
necesitados de tomar alimento, nadie pensó en la cena: desembarcamos
todos y nos echamos en la playa. Entonces me vino á mí, que estaba
cansadísimo, un dulce sueño; sacaron aquellos de la cóncava nave mis

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riquezas, las dejaron en la arena donde me hallaba tendido y volvieron á
embarcarse para ir á la populosa Sidón; y yo me quedé aquí con el corazón
triste.»
287 Así se expresó. Sonrióse Minerva, la deidad de los brillantes ojos,
le halagó con la mano y, transfigurándose en una mujer hermosa, alta y
diestra en eximias labores, le dijo estas aladas palabras:
291 «Astuto y falaz habría de ser quien te aventajara en cualquier clase
de engaños, aunque fuese un dios el que te saliera al encuentro. ¡Temerario,
artero, incansable en el dolo! ¿Ni aun en tu patria habías de renunciar á los
fraudes y á las palabras engañosas, que siempre fueron de tu gusto? Mas,
ea, no se hable más de ello, que ambos somos peritos en las astucias; pues si
tú sobresales mucho entre los hombres por tu consejo y tus palabras, yo soy
celebrada entre todas las deidades por mi prudencia y mis astucias. Pero aún
no has reconocido en mí á Palas Minerva, hija de Júpiter, que siempre te
asisto y protejo en tus cuitas é hice que les fueras agradable á todos los
feacios. Vengo ahora á forjar contigo algún plan, á esconder cuantas
riquezas te dieron los ilustres feacios por mi voluntad é inspiración cuando
viniste á la patria, y á revelarte todos los trabajos que has de soportar
fatalmente en tu morada bien construída: toléralos, ya que es preciso, y no
digas á ninguno de los hombres ni de las mujeres que llegaste peregrinando;
antes bien sufre en silencio los muchos pesares y aguanta las violencias que
te hicieren los hombres.»
311 Respondióle el ingenioso Ulises: «Difícil es, oh diosa, que un
mortal al encontrarse contigo logre conocerte, aunque fuere muy sabio,
porque tomas la figura que te place. Bien sé que me fuiste propicia mientras
los aqueos peleamos en Troya; pero después que arruinamos la excelsa
ciudad de Príamo, partimos en las naves y un dios dispersó á los aqueos,
nunca te he visto, oh hija de Júpiter, ni he advertido que subieras en mi bajel
para ahorrarme ningún pesar. Por el contrario, anduve errante
constantemente, teniendo en mi pecho el corazón atravesado de dolor, hasta
que los dioses me libraron del infortunio; y tú, en el rico pueblo de los
feacios, me confortaste con tus palabras y me condujiste á la población.
Ahora por tu padre te lo suplico—pues no creo haber arribado á Ítaca, que
se ve de lejos, sino que estoy en otra tierra y que hablas de burlas para
engañarme:—dime si en verdad he llegado á mi querida tierra.»
329 Contestóle Minerva, la deidad de los brillantes ojos: «Siempre
guardas en tu pecho la misma cordura, y no puedo desampararte en la

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desgracia porque eres afable, perspicaz y sensato. Cualquiera que volviese
después de vagar tanto, deseara ver en su palacio á los hijos y á la esposa;
mas á ti no te place saber de ellos ni preguntar por los mismos hasta que
hayas probado á tu mujer, la cual permanece en tu morada y consume los
días y las noches tristemente, pues de continuo está llorando. Yo jamás puse
en duda, pues me constaba con certeza, que volverías á tu patria después de
perder todos los compañeros; mas no quise luchar con Neptuno, mi tío
paterno, cuyo ánimo se encolerizó é irritó contigo porque le cegaste su caro
hijo. Pero, ea, voy á mostrarte el suelo de Ítaca para que te convenzas. Éste
es el puerto de Forcis, el anciano del mar; aquél, el olivo de largas hojas que
existe al cabo del puerto; cerca del mismo se halla la gruta deliciosa,
sombría, consagrada á las ninfas que Náyades se llaman: aquí tienes la
abovedada cueva donde sacrificabas á las ninfas gran número de perfectas
hecatombes; y allá puedes ver el Nérito, el frondoso monte.»
352 Cuando así hubo hablado, la deidad disipó la nube, apareció el país
y el paciente divinal Ulises se alegró, holgándose de su tierra, y besó el
fértil suelo. Y acto continuo oró á las ninfas, con las manos levantadas:
356 «¡Ninfas Náyades, hijas de Júpiter! Ya me figuraba que no os vería
más. Ahora os saludo con dulces votos y os haremos ofrendas, como antes,
si la hija de Júpiter, la que impera en las batallas, permite benévola que yo
viva y vea crecer á mi hijo.»
361 Díjole entonces Minerva, la deidad de los brillantes ojos: «Cobra
ánimo y no te preocupes por esto. Pero metamos ahora mismo las riquezas
en lo más hondo del divino antro á fin de que las tengas seguras, y
deliberemos para que todo se haga de la mejor manera.»
366 Cuando así hubo hablado, penetró la diosa en la sombría cueva y
fué en busca de los escondrijos; y Ulises le llevó todas las cosas—el oro, el
duro bronce y las vestiduras bien hechas—que le regalaran los feacios. Así
que estuvieron colocadas del modo más conveniente, Minerva, hija de
Júpiter que lleva la égida, obstruyó la entrada con una piedra. Sentáronse
después en las raíces del sagrado olivo y deliberaron acerca del exterminio
de los orgullosos pretendientes. Minerva, la deidad de los brillantes ojos,
fué quien rompió el silencio pronunciando estas palabras:

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La deidad disipó la nube y Ulises, holgándose de reconocer su patria, besó el fértil suelo
(Canto XIII, versos 352 á 354.)

375 «¡Laertíada, de jovial linaje! ¡Ulises, fecundo en recursos! Piensa
cómo pondrás las manos en los desvergonzados pretendientes, que tres años
ha mandan en tu palacio y solicitan á tu divinal consorte á la que ofrecen

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regalos de boda; mas ella, suspirando en su ánimo por tu regreso, si bien á
todos les da esperanzas y á cada uno le hace promesas, enviándole
mensajes, revuelve en su espíritu muy distintos pensamientos.»
382 El ingenioso Ulises le respondió diciendo: «¡Oh númenes! Sin duda
iba á perecer en el palacio, con el mismo hado funesto de Agamenón Atrida,
si tú, oh diosa, no me hubieses instruído convenientemente acerca de estas
cosas. Mas, ea, traza un plan para que los castigue y ponte á mi lado,
infundiéndome fortaleza y audacia, como en aquel tiempo en que
destruíamos las lucientes almenas de la ciudad de Troya. Si con el mismo
ardor de entonces me acompañares, oh deidad de los brillantes ojos, yo
combatiría contra trescientos hombres; pero con tu ayuda, veneranda diosa,
siempre que benévola me socorrieres.»
392 Contestóle Minerva, la deidad de los brillantes ojos: «Te asistiré
ciertamente, sin que me pases inadvertido cuando en tales cosas nos
ocupemos, y creo que alguno de los pretendientes que devoran tus bienes
manchará con su sangre y sus sesos el extensísimo pavimento. Mas, ea, voy
á hacerte incognoscible para todos los mortales: arrugaré el hermoso cutis
de tus ágiles miembros, raeré de tu cabeza los blondos cabellos, te pondré
unos harapos que causen horror al que te vea y haré sarnosos tus ojos, antes
tan lindos, para que les parezcas un ser despreciable á todos los
pretendientes y á la esposa y al hijo que dejaste en tu palacio. Llégate ante
todo al porquerizo, al guardián de tus puercos, que te quiere bien y adora á
tu hijo y á la prudente Penélope. Lo hallarás sentado entre los puercos, los
cuales pacen junto á la roca del Cuervo, en la fuente de Aretusa, comiendo
abundantes bellotas y bebiendo aguas turbias, cosas ambas que hacen crecer
en los mismos la floreciente grosura. Quédate allí de asiento é interrógale
sobre cuanto deseares, mientras yo voy á Esparta, la de hermosas mujeres, y
llamo á Telémaco, tu hijo, oh Ulises, que se fué junto á Menelao, en la vasta
Lacedemonia, para saber por la fama si aún estabas vivo en alguna parte.»
416 Respondióle el ingenioso Ulises: «¿Y por qué no se lo dijiste, ya
que tu mente todo lo sabía? ¿Acaso para que también pase trabajos,
vagando por el estéril ponto, y los demás se le coman los bienes?»
420 Contestóle Minerva, la deidad de los brillantes ojos: «Muy poco
has de inquietarte por él. Yo misma le llevé para que, con ir allá, adquiriese
ilustre fama; y no sufre trabajo alguno, sino que se está muy tranquilo en el
palacio del Atrida, teniéndolo todo en gran abundancia. Cierto que los
jóvenes le acechan, embarcados en negro bajel, y quieren matarle cuando

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vuelva al patrio suelo; pero me parece que no sucederá así y que antes la
tierra tendrá en su seno á alguno de los pretendientes que devoran lo tuyo.»
429 Dicho esto, tocóle Minerva con una varita. La diosa le arrugó el
hermoso cutis en los ágiles miembros, le rayó de la cabeza los blondos
cabellos, púsole la piel de todo el cuerpo de tal forma que parecía la de un
anciano, hízole sarnosos los ojos, antes tan bellos; vistióle unos harapos y
una túnica, que estaban rotos, sucios y manchados feamente por el humo; le
echó encima el cuero grande, sin pelambre ya, de una veloz cierva; y le
entregó un palo y un astroso zurrón lleno de agujeros, con su correa
retorcida.
439 Después de deliberar así, se separaron, yéndose Minerva á la
divinal Lacedemonia donde se hallaba el hijo de Ulises.

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Ulises, transfigurado en un anciano, conversa con el porquerizo Eumeo

CANTO XIV
CONVERSACIÓN DE ULISES CON EUMEO

1 Ulises, dejando el puerto, empezó áspero camino por lugares
selvosos, entre unas eminencias, hacia donde le indicara Minerva que
hallaría al porquerizo; el cual era, entre todos los criados adquiridos por el
divinal Ulises, quien con mayor solicitud le cuidaba los bienes.
5 Hallóle sentado en el vestíbulo de la majada excelsa, hermosa y
grande, construída en lugar descubierto, que se andaba toda ella en rededor;
la cual labrara el porquerizo para los cerdos del ausente rey, sin ayuda de su
señora ni del anciano Laertes, empleando piedras de acarreo y cercándola
con un seto espinoso. Puso fuera de la majada, acá y allá, una larga serie de
espesas estacas, que había cortado del corazón de unas encinas; y construyó
dentro doce pocilgas muy juntas en que se echaban los puercos. En cada
una tenía encerradas cincuenta hembras paridas de puercos, que se acuestan
en el suelo; y los machos pasaban la noche fuera, siendo su número mucho
menor porque los pretendientes, iguales á los dioses, los disminuían

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comiéndose siempre el mejor de los puercos grasos, que les enviaba el
porquerizo. Eran los cerdos trescientos sesenta. Junto á los mismos
hallábanse constantemente cuatro perros, semejantes á fieras, que había
criado el porquerizo, mayoral de los pastores. Éste cortaba entonces un
cuero de buey de color vivo y hacía unas sandalias, ajustándolas á sus pies;
y de los otros pastores, tres se habían encaminado á diferentes lugares con
las piaras de los cerdos y el cuarto había sido enviado á la ciudad por
Eumeo á llevarles á los orgullosos pretendientes el obligado puerco que
inmolarían para saciar con la carne su apetito.
29 De súbito los perros ladradores vieron á Ulises y, ladrando,
corrieron á encontrarle; mas el héroe se sentó astutamente y dejó caer el
garrote que llevaba en la mano. Entonces quizás hubiera padecido
vergonzoso infortunio cabe á sus propios establos; pero el porquerizo siguió
en seguida y con ágil pie á los canes y, atravesando apresuradamente el
umbral donde se le cayó de la mano aquel cuero, les dió voces, los echó á
pedradas á cada uno por su lado, y habló al rey de esta manera:
37 «¡Oh anciano! Poco faltó para que los perros te despedazaran
súbitamente, con lo cual me habrías causado gran oprobio. Ya los dioses me
tienen dolorido y me hacen gemir por una causa bien distinta; pues mientras
lloro y me angustio, pensando en mi señor, igual á un dios, he de criar estos
puercos grasos para que otros se los coman; y quizás él esté hambriento y
ande peregrino por pueblos y ciudades de gente de extraño lenguaje, si aún
vive y contempla la lumbre del sol. Pero ven, anciano, sígueme á la cabaña,
para que, después de saciarte de manjares y de vino conforme á tu deseo,
me digas dónde naciste y cuántos infortunios has sufrido.»
48 Diciendo así, el divinal porquerizo guióle á la cabaña, introdújole en
ella, é hízole sentar, después de esparcir por el suelo muchas ramas secas,
las cuales cubrió con la piel de una cabra montés, grande, vellosa y tupida,
que le servía de lecho. Holgóse Ulises del recibimiento que le hacía Eumeo,
y le habló de esta suerte:
53 «¡Júpiter y los inmortales dioses te concedan, oh huésped, lo que
más anheles; ya que con tal benevolencia me has acogido!»
55 Y tú le contestaste así, porquerizo Eumeo: «¡Oh forastero! No me es
lícito despreciar al huésped que se presente, aunque sea más miserable que
tú, pues todos los forasteros y pobres son de Júpiter. Cualquier donación
nuestra les es grata, no embargante que haya de ser exigua; que así suelen
hacerlas los siervos, siempre temerosos cuando mandan amos jóvenes. Pues

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las deidades atajaron sin duda la vuelta del mío, el cual, amándome sobre
todo extremo, me hubiese proporcionado una posesión, una casa, un peculio
y una mujer hermosa; todo lo cual da un amo benévolo á su siervo, cuando
ha trabajado mucho para él y las deidades hacen prosperar su obra como
hicieron prosperar ésta en que me ocupo. Grandemente me ayudara mi
señor, si aquí envejeciese; pero murió ya: ¡así hubiera perecido
completamente la estirpe de Helena, por la cual á tantos hombres les
quebraron las rodillas! Que aquél fué á Troya, la de hermosos corceles, para
honrar á Agamenón combatiendo contra los teucros.»
72 Diciendo así, en un instante se sujetó la túnica con el cinturón, se
fué á las pocilgas donde estaban las piaras de los puercos, volvió con dos, y
á entrambos los sacrificó, los chamuscó y, después de descuartizarlos, los
espetó en los asadores. Cuando la carne estuvo asada, se la llevó á Ulises,
caliente aún y en los mismos asadores, polvoreándola de blanca harina;
echó en una copa de yedra vino dulce como la miel, sentóse enfrente de
Ulises, é, invitándole, hablóle de esta suerte:

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Al llegar Ulises á la majada, los canes ladraron y corrieron á encontrarle
(Canto XIV, versos 29 y 30.)

80 «Come, oh huésped, esta carne de puerco, que es la que está á la
disposición de los esclavos; pues los pretendientes devoran los cerdos más
gordos, sin pensar en la venganza de las deidades, ni sentir piedad alguna.

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Pero los bienaventurados númenes no se agradan de las obras perversas,
sino que honran la justicia y las acciones sensatas de los varones. Y aun los
varones malévolos y enemigos que invaden el país ajeno y, permitiéndoles
Júpiter que recojan botín, vuelven á la patria con las naves repletas; aun
éstos sienten que un fuerte temor de la venganza divina les oprime el
corazón. Mas los pretendientes algo deben de saber de la deplorable muerte
de aquél, por la voz de alguna deidad que han oído, cuando no quieren pedir
de justo modo el casamiento, ni restituirse á sus casas; antes muy tranquilos
consumen los bienes orgullosa é inmoderadamente. En ninguno de los días
ni de las noches, que proceden de Júpiter, se contentan con sacrificar una
víctima, ni dos tan sólo; y agotan el vino, bebiéndolo sin tasa alguna. Pues
la hacienda de mi amo era cuantiosísima, tanto como la de ninguno de los
héroes que viven en el negro continente ó en la propia Ítaca y ni juntando
veinte hombres la suya pudieran igualarla. Te la voy á especificar. Doce
vacadas hay en el continente; y otras tantas greyes de ovejas, otras tantas
piaras de cerdos, y otras tantas copiosas manadas de cabras apacientan allá
sus pastores y gente asalariada. Aquí pacen once hatos numerosos de cabras
en la extremidad del campo, y los vigilan buenos pastores, cada uno de los
cuales lleva todos los días á los pretendientes una res, aquella de las bien
nutridas cabras que le parece mejor. Y yo guardo y protejo estas marranas y,
separando siempre el mejor de los puercos, se lo envío también.»
109 Así habló. Ulises, sin desplegar los labios, se apresuraba á comer la
vianda y bebía vino con avidez, maquinando males contra los pretendientes.
Después que hubo cenado y repuesto el ánimo con la comida, dióle Eumeo
la copa que usaba para beber, llena de vino. Aceptóla el héroe y,
alegrándose en su corazón, pronunció estas aladas palabras:
115 «¡Oh amigo! ¿Quién fué el que te compró con sus bienes y era tan
opulento y poderoso, según cuentas? Decías que pereció por causa de la
honra de Agamenón. Nómbramelo por si en alguna parte hubiese conocido
á tal hombre. Júpiter y los dioses inmortales saben si lo he visto y podré
darte alguna nueva, pues anduve perdido por muchos pueblos.»
121 Respondióle el porquerizo, mayoral de los pastores: «¡Oh viejo! Á
ningún vagabundo que llegue con noticias de mi amo, le darán crédito ni la
mujer de éste ni su hijo; pues los que van errantes y necesitan socorro
mienten sin reparo y se niegan á hablar sinceramente. Todo aquel que,
peregrinando, llega al pueblo de Ítaca, va á referirle patrañas á mi señora; y
ésta le acoge amistosamente, le hace preguntas sobre cada punto, y al

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momento solloza y destila lágrimas de sus párpados, como es costumbre de
la mujer cuyo marido ha muerto en otra tierra. Tú mismo, oh anciano,
inventarías muy pronto cualquier relación, si te diesen un manto y una
túnica con que vestirte. Mas ya los perros y las veloces aves han debido de
separarle la piel de los huesos, y el alma le habrá dejado; ó quizás los peces
lo devoraron en el ponto y sus huesos yacen en la playa, dentro de un gran
montón de arena. De tal suerte murió aquél y nos ha dejado pesares á todos
sus amigos y especialmente á mí, que ya no hallaré un amo tan benévolo en
ningún lugar á que me encamine, ni aun si me fuere á la casa de mi padre y
de mi madre donde nací y ellos me criaron. Y lloro no tanto por los mismos,
aunque deseara verlos con mis ojos en la patria tierra, como porque me
aqueja el deseo del ausente Ulises; á quien, oh huésped, temo nombrar, no
hallándose acá, pues me amaba mucho y se preocupaba por mí en su
corazón, y yo le llamo hermano del alma por más que esté lejos.»
148 Hablóle entonces el paciente divinal Ulises: «¡Oh amigo! Ya que á
todo te niegas, asegurando que aquél no ha de volver, y tu ánimo permanece
incrédulo; no sólo quiero repetirte sino hasta jurarte que Ulises volverá. Por
albricias de la buena nueva revestidme de un manto y una túnica, que sean
hermosas vestiduras, tan presto como aquél llegue á su palacio; pues antes
nada aceptaría, no obstante la gran necesidad en que me encuentro. Me es
tan odioso como las puertas del Orco, aquél que, cediendo á la miseria,
refiere embustes. Sean testigos primeramente Júpiter entre los dioses y
luego la mesa hospitalaria y el hogar del irreprochable Ulises á que he
llegado, de que todo se cumplirá como lo digo: Ulises vendrá aquí este
mismo año; al terminar el corriente mes y comenzar el otro volverá á su
casa, y se vengará de quien ultraje á su mujer y á su preclaro hijo.»
165 Y tú le contestaste así, porquerizo Eumeo: «¡Oh anciano! Ni tendré
que pagar albricias por la buena nueva, ni Ulises tornará á su casa; pero
bebe tranquilo, cambiemos de conversación y no me traigas tal asunto á la
memoria; que el ánimo se me aflige en el pecho cada vez que oigo mentar á
mi venerable señor. Prescindamos, pues, del juramento y preséntese Ulises,
como yo quisiera y también Penélope, el anciano Laertes y Telémaco,
semejante á los dioses. Por este niño me lamento ahora sin cesar, por
Telémaco, á quien engendró Ulises: como las deidades le criaran lo mismo
que un pimpollo, pensé que más adelante no sería entre los hombres inferior
á su padre, sino tan digno de admiración por su cuerpo y su gentileza; mas,
habiéndole trastornado alguno de los inmortales ó de los hombres el buen

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juicio de que disfrutaba, se ha ido á la divina Pilos en busca de noticias de
su progenitor, y los ilustres pretendientes le preparan asechanzas para
cuando torne, á fin de que desaparezca de Ítaca sin gloria alguna el linaje de
Arcesio, semejante á los dioses. Pero dejémoslo, ora sea capturado, ora
logre escapar porque el Saturnio extienda su brazo encima del mismo. Ea,
anciano, refiéreme tus cuitas, y dime la verdad de esto para que yo me
entere: ¿Quién eres y de qué país procedes? ¿Dónde se hallan tu ciudad y
tus padres? ¿En cuál embarcación llegaste? ¿Cómo los marineros te trajeron
á Ítaca? ¿Quiénes se precian de ser? Pues no me figuro que hayas venido
andando.»
191 Respondióle el ingenioso Ulises: «De todo esto voy á informarte
circunstanciadamente. Si tuviéramos comida y dulce vino para mucho
tiempo, y nos quedásemos á celebrar festines en esta cabaña mientras los
demás fueran al trabajo, no me sería fácil referirte en todo el año cuantos
pesares ha sufrido mi espíritu por la voluntad de los dioses.
199 »Por mi linaje, me precio de ser natural de la espaciosa Creta,
donde tuve por padre un varón opulento. Otros muchos hijos le nacieron
también y se criaron en el palacio, todos legítimos, de su esposa, mientras
que á mí me parió una mujer comprada que fué su concubina; pero
guardábame igual consideración que á sus hijos legítimos Cástor Hilácida,
cuyo vástago me glorío de ser, y á quien honraban los cretenses como á un
dios por su felicidad, por sus riquezas y por su gloriosa prole. Cuando las
mortales Parcas se lo llevaron á la morada de Plutón, sus hijos magnánimos
partieron entre sí las riquezas, echando suertes sobre las mismas, y me
dieron muy poco, asignándome una casa. Tomé una mujer de gente muy
rica, por solo mi valor; que no era yo despreciable, ni tímido en la guerra.
Ahora ya todo lo he perdido; esto no obstante, viendo la paja conocerás la
mies, aunque me tiene abrumado un gran infortunio. Diéronme Marte y
Minerva audacia y valor para destruir las huestes de los contrarios, y en
ninguna de las veces que hube de elegir los hombres de más bríos y
llevarlos á una emboscada, maquinando males contra los enemigos, mi
ánimo generoso me puso la muerte ante los ojos; sino que, arrojándome á la
lucha mucho antes que nadie, era quien primero mataba con la lanza al
enemigo que no me aventajase en la ligereza de sus pies. De tal modo me
conducía en la guerra. No me gustaban las labores campestres, ni el cuidado
de la casa que cría hijos ilustres, sino tan solamente las naves con sus
remos, los combates, los pulidos dardos y las saetas; cosas tristes y

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horrendas para los demás y gratas para mí, por haberme dado algún dios tal
inclinación; que no todos hallamos deleite en las mismas acciones. Ya antes
que los aqueos pusieran el pie en Troya, había capitaneado nueve veces
hombres y navíos de ligero andar contra extranjeras gentes, y todas las
cosas llegaban á mis manos en gran abundancia. De ellas me reservaba las
más agradables y luego me tocaban muchas por suerte; de manera que,
creciendo mi casa con rapidez, fuí poderoso y respetado entre los cretenses.
Mas cuando dispuso el longividente Júpiter aquella expedición odiosa, en la
cual á tantos varones les quebraron las rodillas, se nos mandó á mí y al
perínclito Idomeneo que fuéramos capitanes de los bajeles que iban á Ilión,
y no hubo medio de negarse por el temor de adquirir mala fama entre el
pueblo. Allá peleamos los aqueos nueve años y al décimo, asolada por
nosotros la ciudad de Príamo, partimos en las naves hacia nuestras casas;
pero un dios dispersó á los aqueos. Y el próvido Júpiter meditó males contra
mí, desgraciado, que estuve holgando un mes tan sólo con mis hijos, mi
legítima esposa y mis riquezas; pues luego llevóme el ánimo á navegar
hacia Egipto, preparando debidamente los bajeles con los compañeros
iguales á los dioses. Equipé nueve barcos y pronto se reunió la gente
necesaria.
249 »Seis días pasaron mis fieles compañeros celebrando banquetes, y
yo les proporcioné muchas víctimas para los sacrificios y para su propia
comida. Al séptimo subimos á los barcos y, partiendo de la espaciosa Creta,
navegamos al soplo de un próspero y fuerte Bóreas, con igual facilidad que
si nos llevara la corriente. Ninguna de las naves recibió daño y todos
estábamos en ellas sanos y salvos, pues el viento y los pilotos las
conducían. En cinco días llegamos al río Egipto, de hermosa corriente, en el
cual detuve las corvas galeras. Entonces, después de mandar á los fieles
compañeros que se quedasen á custodiar las embarcaciones, envié espías á
los lugares oportunos para explorar la comarca. Pero los míos, cediendo á la
insolencia por seguir su propio impulso, empezaron á devastar los hermosos
campos de los egipcios; y se llevaban las mujeres y los niños, y daban
muerte á los varones. No tardó el clamoreo en llegar á la ciudad. Sus
habitantes, habiendo oído los gritos, vinieron al amanecer: el campo se
llenó de infantería, de jinetes y de reluciente bronce; Júpiter, que se huelga
con el rayo, envió á mis compañeros la perniciosa fuga; y ya, desde aquel
momento nadie se atrevió á resistir, pues los males nos cercaban por todas
partes. Allí nos mataron con el agudo bronce muchos hombres, y á otros se

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los llevaron para obligarles á trabajar en pro de los ciudadanos. Á mí el
mismo Júpiter púsome en el alma esta resolución—ojalá me hubiese muerto
entonces y se hubiera cumplido mi hado allí, en Egipto, pues la desgracia
tenía que perseguirme aún:—al instante me quité de la cabeza el bien
labrado yelmo y de los hombros el escudo, arrojé la lanza lejos de las
manos y me fuí hacia los corceles del rey á quien abracé por las rodillas,
besándoselas. El rey me protegió y salvó; pues, haciéndome subir al carro
en que iba montado, me condujo á su casa mientras mis ojos despedían
lágrimas. Acometiéronme muchísimos con sus lanzas de fresno é intentaron
matarme, porque estaban muy irritados; pero aquél los apartó, temiendo la
cólera de Júpiter hospitalario, el cual se indigna en gran manera por las
malas acciones. Allí me detuve siete años y junté muchas riquezas entre los
egipcios, pues todos me daban alguna cosa. Mas, cuando llegó el octavo,
presentóse un fenicio muy trapacero y falaz, que ya había causado á otros
hombres multitud de males; y, persuadiéndome con su ingenio, llevóme á
Fenicia donde se hallaban su casa y sus bienes. Estuve con él un año entero;
y tan pronto como, transcurriendo el año, los meses y los días del mismo se
acabaron y las estaciones volvieron á sucederse, urdió otros engaños y me
llevó á la Libia en su nave, surcadora del ponto, con el aparente fin de que
le ayudase á conducir sus mercancías; pero en realidad, para venderme allí
por un precio cuantioso. Tuve que seguirle, aunque ya sospechaba algo, y
me embarqué en su bajel. Corría éste por el mar al soplo de un próspero y
fuerte Bóreas, á la altura de Creta; y en tanto meditaba Júpiter cómo á la
perdición lo llevaría.
301 »Cuando hubimos dejado á Creta y ya no se divisaba tierra alguna,
sino tan solamente el cielo y el mar, Júpiter colocó por cima de la cóncava
embarcación una parda nube, debajo de la cual se obscureció el ponto,
despidió un trueno y simultáneamente arrojó un rayo en nuestra nave: ésta
se estremeció al ser herida por el rayo de Júpiter, llenándose del olor del
azufre; y mis hombres cayeron en el agua. Llevábalos el oleaje alrededor
del negro bajel y un dios les privó de la vuelta á la patria. Pero á mí, aunque
afligido en el ánimo, el propio Júpiter echóme en las manos el mástil
larguísimo de la nave de azulada proa, para que aun entonces escapase de la
desgracia. Abrazado con él fuí juguete de los perniciosos vientos durante
nueve días; y al décimo, en una noche obscura, ingente ola me arrojó á la
tierra de los tesprotos. Allí el héroe Fidón, rey de los tesprotos, acogióme
graciosamente; pues habiéndose presentado su hijo donde yo me

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encontraba, me llevó á la mansión del padre, cuando ya me rendían el frío y
el cansancio, y me entregó un manto y una túnica para que me vistiera.
321 »Allí me hablaron de Ulises: participóme el rey que le estaba dando
amistoso acogimiento y que ya el héroe iba á volver á su patria tierra; y me
mostró todas las riquezas que Ulises había juntado en bronce, oro y labrado
hierro, con las cuales pudieran mantenerse un hombre y sus descendientes
hasta la décima generación: ¡tantos objetos preciosos tenía en el palacio de
aquel monarca! Añadió que Ulises se hallaba en Dodona para saber por la
alta encina la voluntad de Júpiter sobre si convendría que volviese
manifiesta ó encubiertamente al rico país de Ítaca, del cual habíase
ausentado hacía mucho tiempo. Y juró en mi presencia, ofreciendo
libaciones en su casa, que ya habían botado al mar la nave y estaban á punto
los compañeros para conducirlo á su patria tierra. Pero antes despidióme á
mí, porque se ofreció casualmente una nave de marineros tesprotos que iba
á Duliquio, la abundosa en trigo. Mandóles que me llevasen con toda
solicitud al rey Acasto; mas á ellos les plugo tomar una perversa resolución,
para que aún me cayeran encima toda suerte de desgracias é infortunios. Así
que la nave surcadora del ponto, estuvo muy distante de la tierra, decidieron
que hubiese llegado para mí el día de la esclavitud; y, desnudándome del
manto y de la túnica que llevaba puestos, vistiéronme estos miserables
harapos y esta túnica, llenos de agujeros, que ahora contemplas con tus
ojos. Por la tarde vinimos á los campos de Ítaca, que se ve de lejos; en
llegando, atáronme fuertemente á la nave de muchos bancos con una soga
retorcida, y acto continuo saltaron en tierra y tomaron la cena á orillas del
mar. Pero los propios dioses desligáronme fácilmente las ataduras; y
entonces, liándome yo los harapos á la cabeza, me deslicé por el pulido
timón, di á la mar el pecho, nadé con ambas manos, y muy pronto me hallé
alejado de aquellos y fuera de su alcance. Salí del mar adonde hay un
bosque de florecientes encinas y me quedé echado en tierra; ellos no
cesaban de agitarse y de proferir hondos suspiros, pero al fin no les pareció
ventajoso continuar la busca y tornaron á la cóncava nave; y los dioses me
encubrieron con facilidad y me trajeron á la majada de un varón prudente
porque quiere el hado que mi vida sea más larga.»
360 Y tú le respondiste así, porquerizo Eumeo: «¡Ah, huésped sin
ventura! Me has conmovido hondamente el ánimo al relatarme tan en
particular cuanto padeciste y cuanto erraste de una parte á otra. Pero no me
parece que hayas hablado como debieras en lo referente á Ulises, ni me

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convencerás con tus palabras. ¿Qué es lo que te obliga, siendo cual eres, á
mentir inútilmente? Sé muy bien á qué atenerme con respecto á la vuelta de
mi señor, el cual debió de serles muy odioso á todas las deidades cuando
éstas no quisieron que acabara sus días entre los teucros, ni en brazos de sus
amigos después que terminó la guerra; pues entonces todos los aqueos le
habrían erigido un túmulo y hubiese legado á su hijo una gloria inmensa.
Ahora desapareció sin fama, arrebatado por las Harpías. Mas yo vivo
apartado, cabe á los puercos, y sólo voy á la ciudad cuando la prudente
Penélope me llama porque le traen de alguna parte cualquier noticia:
sentados los de allá junto al recién venido, hácenle toda suerte de preguntas,
así los que se entristecen por la prolongada ausencia del rey, como los que
de ella se regocijan porque devoran impunemente sus bienes; pero á mí no
me place escudriñar ni preguntar cosa alguna desde que me engañó con sus
palabras un hombre etolo, el cual, habiendo vagado por muchas regiones á
causa de un homicidio, llegó á mi morada y le traté afectuosamente.
Aseguró que había visto á Ulises en Creta, junto á Idomeneo, donde
reparaba el daño que en sus embarcaciones causaran las tempestades; y dijo
que llegaría hacia el verano ó el otoño con muchas riquezas, y juntamente
con los compañeros iguales á los dioses. Y tú, oh viejo que tantos males
padeciste, ya que un dios te ha traído á mi casa, no quieras congraciarte ni
halagarme con embustes; que no te respetaré ni te querré por esto, sino por
el temor de Júpiter hospitalario y por la compasión que me inspiras.»
390 Respondióle el ingenioso Ulises: «Muy incrédulo es, en verdad, el
ánimo que en tu pecho se encierra, cuando ni con el juramento he podido
lograr que de mí te fiases y creyeses cuanto te dije. Mas, ea, hagamos un
convenio y por cima de nosotros sean testigos los dioses, que en el Olimpo
tienen su morada. Si tu señor volviere á esta casa, me darás un manto y una
túnica para vestirme y me enviarás á Duliquio, que es el lugar adonde á mi
ánimo le place ir; y si no volviere como te he dicho, incita contra mí á tus
criados, y arrójenme de elevada peña, á fin de que los demás pordioseros se
abstengan de engañarte.»
401 Respondióle el divinal porquerizo: «¡Oh huésped! Buena fama y
opinión de virtud ganara entre los hombres ahora y en lo sucesivo, si,
después de traerte á mi cabaña y de presentarte los dones de la hospitalidad,
te fuera á matar, privándote de la existencia. ¡Con qué disposición rogaría al
Saturnio Jove! Pero ya es hora de cenar: ojalá viniesen pronto los

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compañeros, para que aparejáramos dentro de la cabaña una agradable
cena.»
409 Así éstos conversaban. Entretanto acercáronse los puercos con sus
pastores, quienes encerraron las marranas en las pocilgas, para que
durmiesen; y un gruñido inmenso se dejó oir mientras los puercos se
acomodaban en los establos. Entonces el divinal porquerizo dió esta orden á
sus compañeros:
414 «Traed el mejor de los puercos para que lo sacrifique en honra de
este forastero venido de lejas tierras y nos sirva de provecho á nosotros que
ha mucho tiempo que nos fatigamos por los cerdos de blanca dentadura y
otros se comen impunemente el fruto de nuestros afanes.»
418 Diciendo así, cortó leña con el despiadado bronce, mientras los
pastores introducían un gordísimo puerco de cinco años que dejaron junto al
hogar; y el porquerizo no se olvidó de los inmortales, pues tenía buenos
sentimientos: ofrecióles las primicias, arrojando en el fuego algunas cerdas
de la cabeza del puerco de blanca dentadura, y pidió á todos los dioses que
el prudente Ulises tornara á su casa. Después alzó el brazo y con un tronco
de encina que dejara al cortar leña hirió al puerco, que cayó exánime. Ellos
lo degollaron, lo chamuscaron y seguidamente lo partieron en pedazos. El
porquerizo empezó por tomar una parte de cada miembro del animal,
envolvió en pingüe grasa los trozos crudos y, polvoreándolos de blanca
harina, los echó en el fuego. Dividieron lo restante en pedazos más chicos
que espetaron en los asadores, los asaron cuidadosamente y, retirándolos del
fuego, los colocaron todos juntos encima de la mesa. Levantóse á hacer
partes el porquerizo, cuya mente tanto apreciaba la justicia, y, dividiendo
los trozos, formó siete porciones: ofreció una á las Ninfas y á Mercurio, hijo
de Maya, á quienes dirigió votos, y distribuyó las demás á los comensales,
honrando á Ulises con el ancho lomo del puerco de blanca dentadura, cual
obsequio alegróle el espíritu á su señor. En seguida el ingenioso Ulises le
habló diciendo:
440 «¡Ojalá seas, oh Eumeo, tan caro al padre Júpiter como á mí
mismo, pues, aun estando como estoy, me honras con excelentes dones!»
442 Y tú le respondiste así, porquerizo Eumeo: «Come, oh el más
infortunado de los huéspedes, y disfruta de lo que tienes delante; pues la
divinidad te dará esto y te rehusará aquello, según le plegue á su ánimo,
puesto que es todopoderosa.»

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446 Dijo, sacrificó las primicias á los sempiternos númenes y, libando
el negro vino, puso la copa en manos de Ulises, asolador de ciudades, que
junto á su porción estaba sentado. Repartióles el pan Mesaulio, á quien el
porquerizo había adquirido por sí solo, en la ausencia de su amo y sin ayuda
de su señora ni del anciano Laertes, comprándolo á unos tafios con sus
propios bienes. Todos echaron mano á las viandas que tenían delante. Y así
que hubieron satisfecho el deseo de comer y de beber, Mesaulio quitó el pan
y ellos, hartos de pan y de carne, fuéronse sin dilación á la cama.
457 Sobrevino una noche mala y sin luna, en la cual Júpiter llovió sin
cesar, y el lluvioso Céfiro sopló constantemente y con gran furia. Y Ulises
habló del siguiente modo, tentando al porquerizo á fin de ver si se quitaría
el manto para dárselo ó exhortaría á alguno de los compañeros á que así lo
hiciese, ya que tan gran cuidado por él se tomaba:
462 «¡Oídme ahora, Eumeo y demás compañeros! Voy á proferir
algunas palabras para gloriarme, que á ello me impulsa el perturbador vino;
pues hasta al más sensato le hace cantar y reir blandamente, le incita á
bailar y le mueve á revelar cosas que más conviniera tener calladas. Pero,
ya que empecé á hablar, no callaré lo que me resta decir. ¡Ojalá fuese tan
joven y mis fuerzas tan robustas, como cuando guiábamos al pie del muro
de Troya la emboscada previamente dispuesta! Eran sus capitanes Ulises y
Menelao Atrida, y yo iba como tercer jefe, pues ellos mismos me lo
ordenaron. Tan pronto como llegamos cerca de la ciudad y de su alto muro,
nos tendimos en unos espesos matorrales, entre las cañas de un pantano,
acurrucándonos debajo de las armas. Sobrevino una noche mala, glacial;
porque soplaba el Bóreas, caía de lo alto una nieve menuda y fría, como
escarcha, y condensábase el hielo en torno de los escudos. Los demás, que
tenían mantos y túnicas, estaban durmiendo tranquilamente con las espaldas
cubiertas por los escudos; pero yo, al partir, cometí la necedad de entregar
el manto á mis compañeros, porque no pensaba que hubiera de padecer
tanto frío, y me puse en marcha con solo el escudo y una espléndida cota.
Mas, tan luego como la noche hubo llegado á su último tercio y ya los
astros declinaban, toqué con el codo á Ulises, que estaba cerca y me atendió
muy pronto, y díjele de esta guisa:
486 «¡Laertíada, de jovial linaje! ¡Ulises, fecundo en recursos! Ya no
me contarán en el número de los vivientes, porque el frío me rinde. No
tengo manto. Engañóme algún dios, cuando partí con la sola túnica y ahora
no hallo medio alguno para escapar con vida.»

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490 »Así me expresé. Pronto se le ofreció á su ánimo un recurso, siendo
como era tan señalado en aconsejar como en combatir; y, hablándome
quedo, pronunció estas palabras: «¡Calla! No sea que te oiga alguno de los
aqueos.» Dijo; y, estribando sobre el codo, levantó la cabeza y comenzó á
hablar de esta manera:

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Eumeo fué á acostarse en la concavidad de una peña, donde dormían los puercos al abrigo
del Bóreas

(Canto XIV, versos 532 y 533.)

495 «¡Oídme, amigos! Un sueño divinal se me presentó mientras
dormía. Como estamos tan lejos de las naves, vaya alguno á decir al Atrida

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Agamenón, pastor de hombres, si nos enviará más guerreros de junto á los
barcos.»
499 »Tal dijo; y levantándose con presteza Toante, hijo de Andremón,
arrojó el purpúreo manto y se fué corriendo hacia las naves. Me envolví en
su vestido, me acosté alegremente y en seguida apareció la Aurora, de áureo
trono.
503 »Ojalá fuese tan joven y mis fuerzas se hallaran tan robustas como
entonces, pues alguno de los porquerizos de esta cuadra me daría su manto
por amistad y por respeto á un valiente; mas ahora me desprecian porque
cubren mi cuerpo miserables vestidos.»
507 Y tú le respondiste así, porquerizo Eumeo: «¡Oh viejo! El relato
que acabas de hacer es irreprochable, y nada has dicho que sea inútil ó
inconveniente: por esto no carecerás ni de vestido ni de cosa alguna que
deba obtener el infeliz suplicante que nos sale al encuentro; mas, apenas
amanezca tornarás á sacudir tus harapos, pues aquí no tenemos mantos y
túnicas para mudarnos, sino que cada cual lleva puestos los suyos. Y cuando
venga el caro hijo de Ulises, te dará un manto y una túnica para vestirte y te
conducirá adonde tu corazón y tu ánimo deseen.»
518 Dichas estas palabras, se levantó, puso cerca del fuego una cama
para el huésped y la llenó de pieles de ovejas y de cabras. Ulises se tendió
en ella y Eumeo echóle un manto muy tupido y amplio que guardaba para
mudarse siempre que alguna recia tempestad le sorprendía.
523 De tal modo se acostó Ulises y á su vera los jóvenes pastores; mas
al porquerizo no le plugo tener allá su cama y dormir apartado de los
puercos; sino que se armó y se dispuso á salir, y holgóse Ulises al ver con
qué solicitud le cuidaba los bienes durante su ausencia. Eumeo empezó por
colgar de sus robustos hombros la aguda espada; vistióse después un manto
muy grueso, reparo contra el viento; tomó en seguida la piel de una cabra
grande y bien nutrida; y, finalmente, asió un agudo dardo para defenderse
de los canes y de los hombres. Y se fué á acostar en la concavidad de una
elevada peña, donde los puercos de blanca dentadura dormían al abrigo del
Bóreas.

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Cuando en la isla Siria, envejecen los individuos de una generación, Apolo y Diana los matan con
suaves flechas

CANTO XV
LLEGADA DE TELÉMACO Á LA MAJADA DE EUMEO

1 Mientras tanto encaminóse Palas Minerva á la vasta Lacedemonia,
para traerle á las mientes la idea del regreso al hijo ilustre del magnánimo
Ulises é incitarle á que volviera á su morada. Halló á Telémaco y al preclaro
hijo de Néstor acostados en el vestíbulo de la casa del glorioso Menelao: el
Nestórida estaba vencido del blando sueño; mas no se habían señoreado de
Telémaco las dulzuras del mismo, porque durante la noche inmortal
desvelábale el cuidado por la suerte que á su padre le hubiese cabido. Y,
parándose á su lado, dijo Minerva, la de los brillantes ojos:
10 «¡Telémaco! No es bueno que demores fuera de tu casa, habiendo
dejado en ella las riquezas y unos hombres tan soberbios: no sea que se
repartan tus bienes y se los coman, y luego el viaje te resulte inútil. Solicita
con instancia y lo antes posible de Menelao, valiente en la pelea, que te deje
partir, á fin de que halles aún en tu palacio á tu eximia madre; pues ya su
padre y sus hermanos le exhortan á que contraiga matrimonio con

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Eurímaco, el cual sobrepuja en las dádivas á todos los pretendientes y va
aumentando la ofrecida dote: no sea que, á pesar tuyo, se lleven de tu
morada algún valioso objeto. Bien sabes qué ánimo tiene en su pecho la
mujer: desea hacer prosperar la casa de quien la ha tomado por esposa; y ni
de los hijos primeros, ni del marido difunto con quien se casó virgen, se
acuerda más ni por ellos pregunta. Mas tú, volviendo allá, encarga lo tuyo á
aquella de tus criadas que tengas por mejor, hasta que las deidades te den
ilustre consorte. Otra cosa te diré, que pondrás en tu corazón. Los más
conspicuos de los pretendientes se emboscaron, para acechar tu llegada, en
el estrecho que media entre Ítaca y la escabrosa Samos; pues quieren
matarte cuando vuelvas al patrio suelo; pero me parece que no sucederá así
y que antes tendrá la tierra en su seno á alguno de los pretendientes que
devoran lo tuyo. Por eso, haz que pase el bien construído bajel á alguna
distancia de las islas y navega de noche; y aquel de los inmortales que te
guarda y te protege, enviará detrás de tu barco próspero viento. Así que
arribes á la costa de Ítaca, manda la nave y todos los compañeros á la
ciudad; y llégate ante todo al porquerizo, que guarda tus cerdos y te quiere
bien. Pernocta allí y envíale á la ciudad para que lleve á la discreta Penélope
la noticia de que estás salvo y has llegado de Pilos.»
43 Cuando así hubo hablado, fuése Minerva al vasto Olimpo. Telémaco
despertó al Nestórida de su dulce sueño, moviéndolo con el pie, y le dijo
estas palabras:
46 «¡Despierta, Pisístrato Nestórida! Lleva al carro los solípedos
corceles y úncelos, para que nos pongamos en camino.»
48 Mas Pisístrato Nestórida le repuso: «¡Telémaco! Aunque tengamos
prisa por emprender el viaje, no es posible guiar los corceles durante la
tenebrosa noche; y ya pronto despuntará la Aurora. Pero aguarda que el
héroe Menelao Atrida, famoso por su lanza, traiga los presentes, los deje en
el carro y nos despida con suaves palabras. Que para siempre dura en el
huésped la memoria del varón hospitalario que le ha recibido
amistosamente.»
56 Así le habló; y al momento vino la Aurora, de áureo trono. Entonces
se les acercó Menelao, valiente en los combates, que se había levantado de
la cama, de junto á Helena, la de hermosa cabellera. No lo hubo visto el
caro hijo de Ulises, cuando se apresuró el héroe á cubrir su cuerpo con la
espléndida túnica, se echó el gran manto á las robustas espaldas y salió á

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encontrarle. Y, deteniéndose á su vera, habló así el hijo amado del divinal
Ulises:
64 «¡Menelao Atrida, alumno de Júpiter, príncipe de hombres! Deja que
parta ahora mismo á mi querida patria, que ya siento deseos de volver á mi
morada.»
67 Respondióle Menelao, valiente en la pelea: «¡Telémaco! No te
detendré mucho tiempo, ya que deseas irte; pues me es odioso así el que,
recibiendo á un huésped, lo quiere sin medida, como el que lo aborrece en
extremo; más vale usar de moderación en todas las cosas. Tan mal procede
con el huésped quien le incita á que se vaya cuando no quiere irse, como el
que lo detiene si le urge partir. Se le debe tratar amistosamente mientras esté
con nosotros y despedirlo cuando quiera ponerse en camino. Pero aguarda
que traiga y coloque en el carro hermosos presentes que tú veas con tus
propios ojos, y mande á las mujeres que aparejen en el palacio la comida
con las abundantes provisiones que tenemos en el mismo; porque hay á la
vez honra, gloria y provecho en que coman los huéspedes antes de que se
vayan por la tierra inmensa. Dime también si acaso prefieres volver por la
Hélade y por el centro de Argos, á fin de que yo mismo te acompañe; pues
unciré los corceles, te llevaré por las ciudades populosas y nadie nos dejará
partir sin darnos alguna cosa que nos llevemos, ya sea un hermoso trípode
de bronce, ya un caldero, ya un par de mulos, ya una copa de oro.»
86 Respondióle el prudente Telémaco: «¡Menelao Atrida, alumno de
Júpiter, príncipe de hombres! Quiero restituirme pronto á mis hogares, pues
á nadie dejé encomendada la custodia de los bienes: no sea que en tanto
busco á mi padre igual á los dioses, muera yo ó pierda algún excelente y
valioso objeto que se lleven del palacio.»
92 Al oir esto, Menelao, valiente en la pelea, mandó en seguida á su
esposa y á las esclavas que preparasen la comida en el palacio con las
abundantes provisiones que en él se guardaban. Llegó entonces Eteoneo
Boetida, que se acababa de levantar, pues no vivía muy lejos; y, habiéndole
ordenado Menelao, valiente en la batalla, que encendiera fuego y asara las
carnes, obedeció acto continuo. Menelao bajó entonces á una estancia
perfumada; sin que fuera solo, pues le acompañaron Helena y Megapentes.
En llegando adonde estaban los objetos preciosos, el Atrida tomó una copa
doble y mandó á su hijo Megapentes que se llevase una cratera de plata; y
Helena se detuvo cabe á las arcas en que se hallaban los peplos de muchas
bordaduras, que ella en persona había labrado. La propia Helena, la divina

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entre las mujeres, escogió y se llevó el peplo mayor y más hermoso por sus
bordados, que resplandecía como una estrella y estaba debajo de los otros.
Y anduvieron otra vez por el palacio hasta juntarse con Telémaco, á quien el
rubio Menelao habló de esta manera:
111 «¡Telémaco! Júpiter, el tonante esposo de Juno, te permita hacer el
viaje como tu corazón desee. De cuantas cosas se guardan en mi palacio,
voy á darte la más bella y preciosa. Te haré el presente de una cratera
labrada, toda de plata con los bordes de oro, que es obra de Vulcano y
diómela el héroe Fédimo, rey de los sidonios, cuando me acogió en su casa
al volver yo á la mía. Tal es lo que deseo regalarte.»
120 Diciendo así, el héroe Atrida le puso en la mano la copa doble; el
fuerte Megapentes le trajo la espléndida cratera que dejó delante del mismo;
y Helena, la de hermosas mejillas, presentósele con el peplo en las manos y
hablóle de esta suerte:
125 «También yo, hijo querido, te haré este regalo, que será un recuerdo
de las manos de Helena, para que lo lleve tu esposa en la ansiada hora del
casamiento; y hasta entonces guárdelo tu madre en el palacio. Y ojalá
vuelvas alegre á tu casa bien construída y á tu patria tierra.»
130 Diciendo así, se lo puso en las manos y él lo recibió con alegría. El
héroe Pisístrato tomó los presentes y fué colocándolos en la cesta del carro,
después de contemplarlos todos con admiración. Luego el rubio Menelao se
los llevó á entrambos al palacio, donde se sentaron en sillas y sillones. Una
esclava dióles aguamanos, que traía en magnífico jarro de oro y vertió en
fuente de plata, y puso delante de ellos una pulimentada mesa. La
veneranda despensera trájoles pan y dejó en la mesa buen número de
manjares, obsequiándolos con los que tenía reservados. Junto á ellos, el
Boetida cortaba la carne y repartía las porciones; y el hijo del glorioso
Menelao escanciaba el vino. Todos echaron mano á las viandas que tenían
delante. Y apenas hubieron satisfecho el deseo de comer y de beber,
Telémaco y el preclaro hijo de Néstor engancharon los corceles, subieron al
labrado carro y lo guiaron por el vestíbulo y el pórtico sonoro. Tras ellos se
fué el rubio Menelao Atrida, llevando en su diestra una copa de oro, llena
de dulce vino, para que hicieran la libación antes de partir; y, deteniéndose
ante el carro, se la presentó y les dijo:
151 «¡Salud, oh jóvenes, y llevad también mi saludo á Néstor, pastor de
hombres; que me fué benévolo, como un padre, mientras los aqueos
peleamos en Troya!»

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154 Respondióle el prudente Telémaco: «En llegando allá, oh alumno
de Júpiter, le diremos á Néstor cuanto nos encargas. ¡Así me fuera posible,
al tornar á Ítaca, contarle á Ulises en su morada que vuelvo de tu palacio,
habiendo recibido toda clase de pruebas de amistad y trayendo conmigo
muchos y excelentes objetos preciosos!»
160 Así que acabó de hablar, pasó por cima de ellos, hacia la derecha,
un águila que llevaba en las uñas un ánsar doméstico, blanco, enorme,
arrebatado de algún corral; seguíanla, gritando, hombres y mujeres; y, al
llegar junto al carro, torció el vuelo á la derecha, en frente mismo de los
corceles. Al verla se holgaron; á todos se les regocijó el ánimo en el pecho,
y Pisístrato Nestórida dijo de esta suerte:
167 «Considera, ¡oh Menelao, alumno de Júpiter, príncipe de hombres!,
si el dios que nos mostró este presagio lo hizo aparecer para nosotros ó para
ti mismo.»
169 Así habló. Menelao, caro á Marte, se puso á meditar cómo le
respondería convenientemente; mas Helena, la de largo peplo, adelantósele
pronunciando estas palabras:
172 «Oídme, pues os voy á predecir lo que sucederá, según los dioses
me lo inspiran en el ánimo y yo me figuro que ha de llevarse á
cumplimiento. Así como esta águila, viniendo del monte donde nació y
tiene su cría, ha arrebatado el ánsar criado dentro de una casa: así Ulises,
después de padecer mucho y de ir errante largo tiempo, volverá á la suya y
conseguirá vengarse; si ya no está en ella, maquinando males contra los
pretendientes.»
179 Respondióle el prudente Telémaco: «¡Así lo haga Júpiter, el tonante
esposo de Juno; y allá te invocaré todos los días, como á una diosa!»
182 Dijo, é hirió con el azote á los corceles. Éstos, que eran muy
fogosos, arrancaron al punto hacia el campo, á través de la ciudad, y en todo
el día no cesaron de agitar el yugo.
185 Poníase el sol y las tinieblas empezaban á ocupar los caminos
cuando llegaron á Feras, á la morada de Diocles, hijo de Orsíloco, á quien
engendrara Alfeo. Allí durmieron aquella noche, aceptando la hospitalidad
que Diocles se apresuró á ofrecerles.
189 Mas, así que se descubrió la hija de la mañana, la Aurora de
rosáceos dedos, engancharon los corceles, subieron al labrado carro y
guiáronlo por el vestíbulo y el pórtico sonoro. Pisístrato azotó á los corceles
para que arrancaran, y éstos volaron gozosos. Prestamente llegaron á la

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excelsa ciudad de Pilos, y entonces Telémaco habló de esta suerte al hijo de
Néstor:
195 «¡Nestórida! ¿Cómo llevarías á cumplimiento, conforme
prometiste, lo que te voy á decir? Nos gloriamos de ser para siempre y
recíprocamente huéspedes el uno del otro, por la amistad de nuestros
padres; tenemos la misma edad, y este viaje habrá acrecentado aún más la
concordia entre nosotros. Pues no me lleves, oh alumno de Júpiter, más
adelante de donde está mi bajel; déjame aquí, en este sitio: no sea que el
anciano me detenga en su casa, contra mi voluntad, por el deseo de tratarme
amistosamente; y á mí me urge llegar allá lo antes posible.»
202 Tal dijo. El Nestórida pensó en su alma cómo llevaría al cabo, de
una manera conveniente, lo que había prometido. Y considerándolo bien, le
pareció que lo mejor sería lo siguiente: dió la vuelta á los caballos hacia
donde estaba la veloz nave en la orilla del mar; tomó del carro los hermosos
presentes—los vestidos y el oro—que había entregado Menelao, y los dejó
en la popa del barco; y, exhortando á Telémaco, le dijo estas aladas
palabras:
209 «Corre á embarcarte y manda que lo hagan asimismo tus
compañeros, antes que llegue á mi casa y se lo refiera al anciano. Bien sabe
mi entendimiento y presiente mi corazón que, dada su vehemencia de
ánimo, no dejará que te vayas, antes vendrá él en persona á llamarte; y yo te
aseguro que no se volverá de vacío, pues entonces fuera grande su cólera.»
215 Diciendo de esta manera, volvió los caballos de hermosas crines
hacia la ciudad de los pilios, y muy pronto llegó á su casa. Mientras tanto,
Telémaco daba órdenes á sus compañeros y les exhortaba diciendo:
218 «Poned en su sitio los aparejos de la negra nave, compañeros, y
embarquémonos para emprender el viaje.»
220 Así les dijo; y ellos le escucharon y obedecieron; pues, entrando
inmediatamente en la nave, tomaron asiento en los bancos.
222 Ocupábase Telémaco en tales cosas, hacía votos y sacrificaba en
honor de Minerva junto á la popa de la nave, cuando se le presentó un
extranjero que venía huyendo de Argos, donde matara á un hombre, y era
adivino, del linaje de Melampo. Este último vivió anteriormente en Pilos,
criadora de ovejas, y allí fué opulento entre sus habitantes y habitó una
magnífica morada; pero trasladóse después á otro país, huyendo de su patria
y del magnánimo Neleo, el más esclarecido de los vivientes, quien le retuvo
por fuerza muchas y ricas cosas un año entero. Durante el mismo

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permaneció Melampo atado con duras cadenas en el palacio de Fílaco,
pasando muchos tormentos, por la grave falta que, para alcanzar la hija de
Neleo, le había inducido á cometer una diosa: la horrenda Furia. Al fin se
libró de la Parca, llevóse las mugidoras vacas de Fílace á Pilos, castigó por
aquella mala acción al deiforme Neleo, y, después de conducir á su casa la
mujer para el hermano, fuése á otro pueblo, á Argos, tierra criadora de
corceles, donde el hado había dispuesto que habitara reinando sobre muchos
argivos. Allí tomó mujer, labró una excelsa mansión y le nacieron dos hijos
esforzados: Antífates y Mantio. Antífates engendró al magnánimo Oicleo y
éste á Anfiarao, el que enardecía á los guerreros; al cual así Júpiter, que
lleva la égida, como Apolo quisieron entrañablemente con toda suerte de
amistad; pero no llegó á los umbrales de la vejez por haber muerto en Tebas
á causa de los regalos que su mujer recibiera. Fueron sus hijos Alcmeón y
Anfíloco. Por su parte, Mantio engendró á Polifides y á Clito: á éste la
Aurora, de áureo trono, lo arrebató por su hermosura, á fin de tenerlo con
los inmortales; y al magnánimo Polifides hízole Apolo el más excelente de
los adivinos entre los hombres después que murió Anfiarao. Mas, como
Polifides se irritara contra su padre, emigró á Hiperesia y, viviendo allí,
daba oráculos á todos los mortales.
256 Era un hijo de éste, llamado Teoclímeno, el que entonces se
presentó á Telémaco. Hallóle que oraba y ofrecía libaciones junto al negro
bajel; y, hablándole, profirió estas aladas palabras:
260 «¡Amigo! Puesto que te encuentro sacrificando en este lugar,
ruégote por estos sacrificios, por el dios y también por tu cabeza y la de los
compañeros que te siguen, que me digas la verdad de cuanto te pregunte,
sin ocultarme nada: ¿Quién eres y de qué país procedes? ¿Dónde se hallan
tu ciudad y tus padres?»
265 Respondióle el prudente Telémaco: «De todo, oh forastero, voy á
informarte con sinceridad. Por mi familia soy de Ítaca y tuve por padre á
Ulises, si todo no ha sido un sueño; pero ya aquél debe de haber acabado de
deplorable manera. Por esto vine con los compañeros y el negro bajel, por si
lograba adquirir noticias de mi padre, cuya ausencia se va haciendo tan
larga.»
271 Díjole entonces Teoclímeno, semejante á un dios: «También yo
desamparé la patria por haber muerto á un varón de mi tribu, cuyos
hermanos y compañeros son muchos en Argos, tierra criadora de corceles, y
gozan de gran poder entre los aqueos; y ahora huyo de ellos, evitando la

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muerte y la negra Parca, porque mi hado es ir errante entre los hombres.
Pero acógeme en tu bajel, ya que huyendo he venido á suplicarte: no sea
que me maten, pues sospecho que soy perseguido.»
279 Respondióle el prudente Telémaco: «No te rechazaré del bien
proporcionado bajel, ya que deseas embarcarte. Sígueme, y allá te
trataremos amistosamente, según los medios de que dispongamos.»
282 Dicho esto, tomóle la broncínea lanza que dejó tendida en el
tablado del corvo bajel; subió á la nave, surcadora del ponto, sentóse en la
popa y colocó cerca de sí á Teoclímeno. Al punto soltaron las amarras.
Telémaco, exhortando á sus compañeros, les mandó que aparejasen la
jarcia, y obedeciéronle todos diligentemente. Izaron el mástil de abeto, lo
metieron en el travesaño, lo ataron con sogas, y acto continuo extendieron
la blanca vela con correas bien torcidas. Minerva, la de los brillantes ojos,
envióles próspero viento que soplaba impetuoso por el aire, á fin de que el
navío, corriera y atravesara lo más pronto posible la salobre agua del mar.
Así pasaron por delante de Crunos y del Calcis, de hermoso caudal.
296 Púsose el sol y las tinieblas ocuparon todos los caminos. La nave,
impulsada por el favorable viento de Júpiter, se acercó á Feas y pasó á lo
largo de la divina Élide, donde ejercen su dominio los epeos. Y desde allá
Telémaco puso la proa hacia las islas Agudas, con gran cuidado de si se
libraría de la muerte ó caería preso.

301 Mientras tanto Ulises y el divinal porquerizo cenaban en la cabaña
y junto con ellos los demás hombres. Y apenas satisficieron el deseo de
comer y de beber, Ulises,—probando si el porquerizo aún le trataría con
amistosa solicitud, mandándole que se quedara allí, en el establo, ó le
incitaría á que ya se fuése á la ciudad,—les habló de esta manera:
307 «¡Oídme Eumeo y demás compañeros! Así que amanezca, quiero ir
á la ciudad para mendigar y no seros gravoso ni á ti ni á tus amigos.
Aconséjame bien y proporcióname un guía experto que me conduzca; y
vagaré por la población, obligado por la necesidad, para ver si alguien me
da una copa de vino y un mendrugo de pan. Yendo al palacio del divinal
Ulises, podré comunicar nuevas á la prudente Penélope y mezclarme con
los soberbios pretendientes por si me dieren de comer, ya que disponen de
innumerables viandas. Yo les serviría muy bien en cuanto me ordenaren.
Voy á decirte una cosa y tú atiende y óyeme: merced á Mercurio, el

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mensajero, el cual da gracia y fama á los trabajos de los hombres, ningún
otro mortal rivalizaría conmigo en el servir, lo mismo si se tratase de
amontonar debidamente la leña para encender un fuego, ó de cortarla
cuando está seca, que de trinchar ó asar carne, ó bien de escanciar el vino,
que son los servicios que los inferiores prestan á los grandes.»
325 Y tú, muy afligido, le hablaste de esta manera, porquerizo Eumeo:
«¡Ay, huésped! ¿Cómo se te aposentó en el espíritu tal pensamiento?
Quieres sin duda perecer allá, cuando te decides á penetrar por entre la
muchedumbre de los pretendientes cuya insolencia y orgullo llegan al férreo
cielo. Sus criados no son como tú, pues siempre les sirven jóvenes
ricamente vestidos de mantos y túnicas, de luciente cabellera y de lindo
rostro; y las mesas están cargadas de pan, de carnes y de vino. Quédate con
nosotros, que nadie se enoja de que estés presente: ni yo, ni ninguno de mis
compañeros. Y cuando venga el amado hijo de Ulises, te dará un manto y
una túnica para vestirte y te conducirá adonde tu corazón y tu ánimo
prefieran.»
340 Respondióle el paciente divinal Ulises: «¡Ojalá seas, Eumeo, tan
caro al padre Júpiter como á mí; ya que pones término á mi fatigosa y
miserable vagancia! Nada hay tan malo para los hombres como la vida
errante: por el funesto vientre pasan los mortales muchas fatigas, cuando los
abruman la vagancia, el infortunio y los pesares. Mas ahora, ya que me
detienes, mandándome que aguarde la vuelta de aquél, ea, dime si la madre
del divinal Ulises y su padre, á quien al partir dejara en los umbrales de la
vejez, viven aún y gozan de los rayos del sol ó han muerto y se hallan en la
morada de Plutón.»
351 Díjole entonces el porquerizo, mayoral de los pastores: «De todo,
oh huésped, voy á informarte con exactitud. Laertes vive aún y en su
morada ruega continuamente á Júpiter que el alma se le separe de los
miembros; porque padece grandísimo dolor por la ausencia de su hijo y por
el fallecimiento de su legítima y prudente esposa, que le llenó de tristeza y
le ha anticipado la senectud. Ella tuvo deplorable muerte por el pesar que
sentía por su glorioso hijo; ojalá no perezca de tal modo persona alguna,
que, habitando en esta comarca, sea amiga mía y como á tal me trate.
Mientras vivió, aunque apenada, holgaba yo de preguntarle y consultarle
muchas cosas, porque me había criado juntamente con Ctímene, la de largo
peplo, su hija ilustre, á quien parió la postrimera: juntos nos criamos, y era
yo honrado casi lo mismo que su hija. En llegando á la deseable pubertad, á

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Ctímene casáronla en Same, recibiendo por su causa infinitos dones; y á mí
púsome aquélla un manto y una túnica, vestidos muy hermosos, dióme con
que calzar los pies, me envió al campo y aún me quiso más en su corazón.
Ahora me falta su amparo, pero las bienaventuradas deidades prosperan la
obra en que me ocupo, de la cual como y bebo, y hasta doy limosna á
venerandos suplicantes. Pero no me es posible oir al presente dulces
palabras de mi señora ni lograr de ella ninguna merced, pues el infortunio
entró en el palacio con la llegada de esos hombres tan soberbios; y, con
todo, tienen los criados gran precisión de hablar con su dueña y hacerle
preguntas sobre cada asunto, y comer y beber, y llevarse al campo alguno
de aquellos presentes que alegran el ánimo de los servidores.»
380 Respondióle el ingenioso Ulises: «¡Oh dioses! ¡Cómo, niño aún, oh
porquerizo Eumeo, tuviste que vagar tanto y tan lejos de tu patria y de tus
padres! Mas, ea, dime, hablando sinceramente, si fué destruída la ciudad de
anchas calles en que habitaban tu padre y tu veneranda madre; ó si,
habiéndote quedado solo junto al ganado de ovejas ó de bueyes, unos
piratas te echaron mano y te trajeron en sus naves para venderte en la casa
de este varón que les entregó un buen precio.»
389 Díjole entonces el porquerizo, mayoral de los pastores: «¡Huésped!
Ya que sobre esto me preguntas é interrogas, óyeme y recréate, sentado y
bebiendo vino. Estas noches son inmensas, hay en las mismas tiempo para
dormir y tiempo para deleitarse oyendo relatos, y á ti no te cumple irte á la
cama antes de la hora, puesto que daña el dormir demasiado. De los demás
aquél á quien el corazón y el ánimo se lo aconseje, salga y acuéstese; y, no
bien raye el día, tome el desayuno y váyase con los puercos de su señor.
Nosotros, bebiendo y comiendo en la cabaña, deleitémonos con renovar la
memoria de nuestros tristes infortunios; pues halla placer en el recuerdo de
los trabajos sufridos, quien padeció muchísimo y anduvo errante largo
tiempo. Voy, pues, á hablarte de aquello acerca de lo cual me preguntas é
interrogas.
403 »Hay una isla que se llama Siria—quizás la oíste nombrar—sobre
Ortigia, donde el sol vuelve su giro: no está muy poblada, pero es fértil y
abundosa en bueyes, en ovejas, en vino y en trigales. Jamás se padece
hambre en aquel pueblo y ninguna dolencia aborrecible les sobreviene á los
míseros mortales: cuando envejecen los hombres de una generación,
preséntanse Apolo, que lleva arco de plata, y Diana, y los van matando con
suaves flechas. Existen en la isla dos ciudades, que se han repartido todo el

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territorio, y en ambas reinaba mi padre, Ctesio Orménida, semejante á los
inmortales.
415 »Allí vinieron unos fenicios, hombres ilustres en la navegación
pero falaces, que traían innúmeros joyeles en su negra nave. Había entonces
en casa de mi padre una mujer fenicia, hermosa, alta y diestra en
irreprochables labores; y los astutos fenicios la sedujeron. Uno, que la
encontró lavando, unióse con ella, junto á la cóncava nave, en amor y
concúbito, lo cual les turba la razón á las débiles mujeres, aunque sean
laboriosas. Preguntóle luego quién era y de dónde había venido; y la mujer,
señalándole al punto la alta casa de mi padre, le respondió de esta guisa:
425 «Me jacto de haber nacido en Sidón, que abunda en bronce, y soy
hija del opulento Aribante. Robáronme unos piratas tafios un día que
tornaba del campo y, habiéndome traído aquí, me vendieron al amo de esa
morada, quien les entregó un buen precio.»
430 »Díjole á su vez el hombre que con ella se había unido
secretamente: «¿Querrías tornar á tu patria con nosotros, para ver la alta
casa de tu padre y de tu madre y á ellos mismos? Pues aún viven y gozan
fama de ricos.»
434 »La mujer le respondió con estas palabras: «Así lo hiciera si
vosotros, oh navegantes, os obligaseis de buen grado y con juramento á
conducirme sana y salva á mi patria.»
437 »Así les habló; y todos juraron, como se lo mandaba. Tan pronto
como hubieron acabado de prestar el juramento, la mujer les dirigió
nuevamente la palabra y les dijo:
440 «Silencio ahora, y ninguno de vuestros compañeros me hable si me
encuentra en la calle ó en la fuente: no sea que vayan á decírselo al viejo,
allá en su morada; y éste, poniéndose receloso, me ate con duras cadenas y
maquine cómo exterminaros á vosotros. Guardad en vuestra mente lo
convenido y apresurad la compra de las provisiones para el viaje. Y así que
el bajel esté lleno de vituallas, penetre alguien en el palacio para
anunciármelo; y traeré cuanto oro me venga á las manos. Encima de esto
quisiera daros otra recompensa por mi pasaje: en la casa cúidome de un hijo
de ese noble señor, y es tan despierto que ya corre conmigo fuera del
palacio; lo traeré á vuestra nave y os reportará una suma inmensa
dondequiera que en el país de otras gentes lo vendiereis.»
454 »Cuando así hubo dicho, fuése al hermoso palacio. Quedáronse los
fenicios un año entero con nosotros y compraron muchas vituallas para la

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cóncava nave; mas, así que estuvo cargada y en disposición de partir,
enviaron un propio para decírselo á la mujer. Presentóse en casa de mi
padre un hombre muy sagaz, que traía un collar de oro engastado con
ámbar; y, mientras las esclavas y mi veneranda madre lo tomaban en las
manos, lo contemplaban con sus ojos y ofrecían precio, aquél hizo á la
mujer silenciosa señal y se volvió acto continuo á la cóncava nave. La
fenicia, tomándome por la mano, me sacó del palacio y, como hallara en el
vestíbulo las copas y las mesas de los convidados que frecuentaban la casa
de mi padre y que entonces habían ido á sentarse en la junta del pueblo,
llevóse tres copas que escondió en su seno; y yo la fuí siguiendo
simplemente. Poníase el Sol y las tinieblas ocupaban todos los caminos, en
el momento en que nosotros, andando á buen paso, llegamos al famoso
puerto donde se hallaba la veloz embarcación de los fenicios. Nos hicieron
subir, embarcáronse todos, empezó la navegación por la líquida llanura y
Júpiter nos envió próspero viento. Navegamos seguidamente por espacio de
seis días con sus noches; mas, cuando el Saturnio Jove nos trajo el séptimo
día, Diana, que se complace en tirar flechas, hirió á la mujer, y ésta cayó
con estrépito en la sentina, cual si fuese una paviota. Echáronla al mar, para
pasto de focas y de peces; y yo me quedé con el corazón afligido. El viento
y las olas los trajeron á Ítaca, y acá Laertes me compró con sus bienes. Así
fué como mis ojos vieron esta tierra.»
485 Ulises, el de jovial linaje, respondióle con estas palabras: «¡Eumeo!
Has conmovido hondamente mi corazón al contarme por menudo los males
que padeciste. Mas Júpiter te ha puesto cerca del mal un bien, ya que,
aunque á costa de muchos trabajos, llegaste á la morada de un hombre
benévolo que te da solícitamente de comer y de beber, y disfrutas de buena
vida; mientras que yo tan sólo he podido llegar aquí, después de peregrinar
por gran número de ciudades.»
493 Así éstos conversaban. Echáronse después á dormir, mas no fué por
mucho tiempo; que en seguida vino la Aurora, de hermoso trono.

495 Los compañeros de Telémaco, cuando ya la nave se acercó á la
tierra, amainaron las velas, abatieron rápidamente el mástil, y llevaron el
buque, á fuerza de remos, al fondeadero. Echaron anclas y ataron las
amarras, saltaron á la playa y aparejaron la comida, mezclando el negro

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vino. Y así que hubieron satisfecho el deseo de comer y de beber, el
prudente Telémaco empezó á decirles:
503 «Llevad ahora el negro bajel á la ciudad; pues yo me iré hacia el
campo y los pastores; y al caer de la tarde, cuando haya visto mis tierras,
bajaré á la población. Y mañana os daré, como premio de este viaje, un
buen convite de carnes y dulce vino.»
508 Díjole entonces Teoclímeno, semejante á un dios: «¿Y yo, hijo
amado, adónde iré? ¿Á cúya casa de los varones que imperan en la áspera
Ítaca? ¿Ó habré de encaminarme adonde está tu madre, á tu morada?»
512 Respondióle el prudente Telémaco: «En otras circunstancias te
mandaría á mi casa, donde no faltan recursos para hospedar al forastero:
mas ahora fuera lo peor para ti, porque yo no estaré y mi madre tampoco te
ha de ver; que en el palacio no se muestra á menudo á los pretendientes,
antes vive muy apartada en la estancia superior, labrando una tela. Voy á
indicarte un varón á cuya casa puedes ir: Eurímaco, preclaro hijo del
prudente Pólibo, á quien los itacenses miran ahora como á un numen, pues
es, con mucho, el mejor de todos y anhela casarse con mi madre y alcanzar
la dignidad real que tuvo Ulises. Mas, Júpiter Olímpico, que vive en el éter,
sabe si antes de las bodas hará que luzca para los pretendientes un infausto
día.»
525 No hubo acabado de hablar, cuando voló en lo alto, hacia la
derecha, un gavilán, el rápido mensajero de Apolo; el cual desplumaba una
paloma que tenía entre sus garras, dejando caer las plumas á tierra entre la
nave y el mismo Telémaco. Entonces Teoclímeno llamóle á éste,
separadamente de los compañeros, le tomó la mano y así le dijo:
531 «¡Telémaco! No sin ordenarlo un dios, voló el ave á tu derecha;
pues, mirándola de frente, he comprendido que es agorera. No hay en la
población de Ítaca un linaje más real que el vuestro y mandaréis allá
perpetuamente.»
535 Respondióle el prudente Telémaco: «Ojalá se cumpliese lo que
dices, oh forastero, que bien pronto conocerías mi amistad, pues te hiciera
tantos presentes que te considerara dichoso quien contigo se encontrase.»
539 Dijo; y habló así á Pireo, su fiel amigo: «¡Pireo Clítida! Tú, que en
las restantes cosas eres el más obediente de los compañeros que me han
seguido á Pilos, llévate ahora mi huésped á tu casa, trátale con solícita
amistad y hónrale hasta que yo llegue.»

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544 Respondióle Pireo, señalado por su lanza: «¡Telémaco! Aunque
fuere mucho el tiempo que aquí te detengas, yo me cuidaré de él y no
echará de menos los dones de la hospitalidad.»
547 Cuando así hubo hablado, subió á la nave y ordenó á los
compañeros que le siguieran y desataran las amarras. Éstos se embarcaron
en seguida, sentándose por orden en los bancos. Telémaco se calzó las
hermosas sandalias y tomó del tablado del bajel la lanza fuerte y de
broncínea punta, mientras los marineros soltaban las amarras.
553 Hiciéronse á la vela y navegaron con rumbo á la población, como
se lo mandara Telémaco, hijo amado del divinal Ulises. Y él se fué á buen
paso hacia la majada donde tenía innumerables puercos, junto á los cuales
pasaba la noche el porquerizo, que tan afecto era á sus señores.

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Minerva toca á Ulises con la vara y le devuelve su primitiva figura

CANTO XVI
RECONOCIMIENTO DE ULISES POR TELÉMACO

1 No bien rayó la luz de la aurora, Ulises y el divinal porquerizo
encendieron fuego en la cabaña y prepararon el desayuno, después de
despedir á los pastores que se fueron con los cerdos agrupados en piaras.
Cuando Telémaco llegó á la majada, los perros ladradores le halagaron, sin
que ninguno ladrase. Advirtió Ulises que los perros movían la cola, percibió
el ruido de las pisadas, y en seguida dijo á Eumeo estas aladas palabras:
8 «¡Eumeo! sin duda viene algún compañero tuyo ú otro conocido,
porque los perros en vez de ladrar mueven la cola y oigo ruido de pasos.»
11 Aún no había terminado de proferir estas palabras, cuando su caro
hijo se detuvo al umbral. Levantóse atónito el porquerizo, se le cayeron las
tazas con las que se ocupaba en mezclar el negro vino, fuése al encuentro de
su señor, y le besó la cabeza, los bellos ojos y ambas manos, vertiendo
abundantes lágrimas. De la suerte que el padre amoroso abraza al hijo

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unigénito que le nació en la senectud y por quien ha pasado muchas fatigas,
cuando éste torna de lejanos países después de una ausencia de diez años;
así el divinal porquerizo estrechaba al deiforme Telémaco y le besaba, como
si el joven se hubiera librado de la muerte. Y sollozando, estas aladas
palabras le decía:
23 «¡Has vuelto, Telémaco, mi dulce luz! No pensaba verte más, desde
que te fuiste en la nave á Pilos. Mas, ea, entra, hijo querido, para que se
huelgue mi ánimo en contemplarte, ya que estás en mi cabaña recién
llegado de otras tierras. Pues no vienes á menudo á ver el campo y los
pastores, sino que te quedas en la ciudad: ¡tanto te place fijar la vista en la
multitud de los funestos pretendientes!»
30 Respondióle el prudente Telémaco: «Así lo haré, abuelo, que por ti
vine, por verte con mis ojos y saber si mi madre permanece todavía en el
palacio ó ya alguno de aquellos varones se casó con ella y el lecho de
Ulises, no habiendo quien yazca en él, está por las telarañas ocupado.»
36 Le dijo entonces el porquerizo, mayoral de los pastores: «Aquélla
permanece en tu palacio, con el ánimo afligido, y consume tristemente los
días y las noches, llorando sin cesar.»
40 Cuando así hubo hablado, tomóle la broncínea lanza; y Telémaco
entró por el umbral de piedra. Su padre Ulises quiso ceder el asiento al que
llegaba, pero Telémaco prohibióselo con estas palabras:
44 «Siéntate, huésped, que ya hallaremos asiento en otra parte de
nuestra majada, y está muy próximo el varón que ha de prepararlo.»
46 Así le dijo; y el héroe tornó á sentarse. Para Telémaco, el porquerizo
esparció por tierra ramas verdes y cubriólas con una pelleja, en la cual se
acomodó el caro hijo de Ulises. Luego sirvióles el porquerizo platos de
carne asada que habían sobrado de la comida de la víspera, amontonó
diligentemente el pan en los canastillos, vertió en una copa de yedra vino
dulce como la miel, y sentóse enfrente del divinal Ulises. Todos echaron
mano á las viandas que tenían delante. Y ya satisfecho el deseo de comer y
de beber, Telémaco habló de este modo al divinal porquerizo:
57 «¡Abuelo! ¿De dónde te ha llegado este huésped? ¿Cómo los
marineros lo trajeron á Ítaca? ¿Quiénes se precian de ser? Pues no me
figuro que haya venido andando.»
60 Y tú le respondiste así, porquerizo Eumeo: «¡Oh hijo! De todo voy á
decirte la verdad. Se precia de tener su linaje en la espaciosa Creta, y dice
que ha andado vagabundo por muchas de las poblaciones de los mortales

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porque su hado así lo dispuso. Ahora llegó á mi establo, huyendo del bajel
de unos tesprotos, y á ti te lo entrego: haz por él lo que quieras, pues se
gloría de ser tu suplicante.»
68 Contestóle el prudente Telémaco: «¡Eumeo! En verdad que me
produce gran pena lo que has dicho. ¿Cómo acogeré en mi casa al
forastero? Yo soy joven y no tengo confianza en mis manos para rechazar á
quien lo injurie; y mi madre trae en su pecho el ánimo indeciso entre
quedarse á mi lado y cuidar de la casa, por respeto al lecho conyugal y
temor del dicho de la gente, ó irse con quien sea el mejor de los aqueos que
la pretenden en el palacio y le haga más donaciones. Pero, ya que ese
huésped llegó á tu morada, le entregaré un manto y una túnica, vestidos
muy hermosos, le daré una espada de doble filo y sandalias para los pies, y
le enviaré adonde su corazón y su ánimo prefieran. Y si quieres, cuídate de
él, teniéndolo en la majada; que yo te enviaré vestidos y manjares de toda
especie para que coma y no os sea gravoso ni á ti ni á tus compañeros. Mas,
no he de permitir que vaya allá, á juntarse con los pretendientes, cuya
malvada insolencia es tan grande, para evitar que lo zahieran y me causen
un grave disgusto; pues un hombre, por fuerte que sea, nada consigue
revolviéndose contra tantos, que al fin han de resultar más poderosos.»
90 Díjole entonces el paciente divinal Ulises: «¡Oh amigo! Puesto que
es justo que te responda, se me desgarra el corazón cuando te oigo hablar de
las iniquidades que, según decís, maquinan los pretendientes en tu palacio,
contra tu voluntad y siendo cual eres. Dime si te sometes voluntariamente, ó
te odia quizás la gente del pueblo á causa de lo revelado por una deidad, ó
por acaso te quejas de tus hermanos; pues con la ayuda de éstos, cualquier
hombre pelea confiadamente, aunque sea grande la lucha que se suscite.
Ojalá que, con el ánimo que tengo, gozara de tu juventud y fuera hijo del
eximio Ulises ó Ulises en persona que, vagando, tornase á su patria—pues
aún hay esperanza de que así suceda:—cortárame la cabeza un varón
enemigo, si no me convertía entonces en una calamidad para todos aquellos,
encaminándome al palacio de Ulises Laertíada. Y si, con estar yo solo,
hubiera de sucumbir ante la multitud de los mismos, más querría recibir la
muerte en mi palacio que presenciar continuamente esas acciones inicuas:
huéspedes maltratados, siervas forzadas indignamente en las hermosas
estancias, el vino exhausto; y los pretendientes comiendo de temerario
modo, sin cesar, y por una empresa que no ha de llevarse á cumplimiento.»

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112 Respondióle el prudente Telémaco: «¡Oh forastero! Voy á
informarte con gran sinceridad. No me hice odioso para que se airara
conmigo todo el pueblo; ni tampoco he de quejarme de los hermanos, con
cuya ayuda cualquier hombre pelea confiadamente aunque sea grande la
lucha que se suscite, pues el Saturnio hizo que fueran siempre unigénitos
los de mi linaje: Arcesio engendró á Laertes, su hijo único; éste no
engendró más que á mi padre Ulises; y Ulises, después de haberme
engendrado á mí tan solamente, dejóme en el palacio y no disfrutó de mi
compañía. Por esto hay en mi mansión innumerables enemigos. Cuantos
próceres mandan en las islas, en Duliquio, en Same y en la selvosa Zacinto,
y cuantos imperan en la áspera Ítaca, todos pretenden á mi madre y arruinan
nuestra casa. Mi madre ni rechaza las odiosas nupcias, ni sabe poner fin á
tales cosas; y aquéllos comen y agotan mi hacienda, y pronto acabarán
conmigo mismo. Mas el asunto está en mano de los dioses. Y ahora tú,
abuelo, ve aprisa y dile á la discreta Penélope que estoy en salvo y que he
llegado de Pilos. Yo me quedaré aquí y tú vuelve inmediatamente que se lo
hayas participado, pero á ella sola y sin que ninguno de los aqueos se
entere; pues son muchos los que maquinan en mi daño cosas malas.»
135 Y tú le respondiste así, porquerizo Eumeo: «Entiendo, hágome
cargo, lo mandas á quien te comprende. Mas, ea, habla y dime con
sinceridad si me iré de camino á participárselo al infortunado Laertes; el
cual, aunque pasaba gran pena por la ausencia de Ulises, iba á vigilar las
labores y dentro de su casa comía y bebía con los siervos cuando su ánimo
se lo aconsejaba; pero dicen que ahora, desde que te fuiste en la nave á
Pilos, no come ni bebe como acostumbraba, ni vigila las labores, antes está
sollozando y lamentándose, y la piel se le seca en torno á los huesos.»
146 Contestóle el prudente Telémaco: «Muy triste es, pero dejémoslo
aunque nos duela; que si todo se hiciese al arbitrio de los mortales,
escogeríamos primeramente que luciera el día del regreso de mi padre. Tú
vuelve así que hayas dado la noticia y no vagues por los campos en busca
de aquél; pero encarga á mi madre que le envíe escondidamente y sin perder
tiempo la esclava despensera; y ésta se lo participará al anciano.»
154 Dijo, y dió prisa al porquero; quien tomó las sandalias y,
atándoselas á los pies, se fué á la ciudad. No dejó Minerva de advertir que
el porquerizo Eumeo salía de la majada; y se acercó á ésta, transfigurándose
en una mujer hermosa, alta y entendida en primorosas labores. Paróse al
umbral de la cabaña y se le apareció á Ulises, sin que Telémaco la viese, ni

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notara su llegada, pues los dioses no se hacen visibles para todos; mas
Ulises la vió y también los canes, que no ladraron sino que huyeron, dando
gañidos, á otro lugar de la majada. Hizo Minerva una señal con las cejas; la
entendió el divino Ulises y salió de la cabaña, trasponiendo el alto muro del
patio. Detúvose luego ante la deidad y oyó á Minerva que le decía:
167 «¡Laertíada, de jovial linaje! ¡Ulises, fecundo en recursos! Habla
con tu hijo y nada le ocultes, para que, después de tramar cómo daréis la
muerte y el hado á los pretendientes, os vayáis á la ínclita ciudad; que yo no
permaneceré mucho tiempo lejos de vosotros, deseosa como estoy de entrar
en combate.»
172 Dijo Minerva; y, tocándole con la varita de oro, le cubrió el pecho
con una túnica y un manto limpio, y le aumentó la talla y el vigor juvenil.
El héroe recobró también su color moreno, se le redondearon las mejillas y
ennegreciósele el pelo de la barba. Hecho esto, la diosa se fué, y Ulises
volvió á la cabaña. Vióle con gran asombro su hijo amado, el cual se turbó,
volvió los ojos á otra parte, por si aquella persona fuese alguna deidad, y le
dijo estas aladas palabras:
181 «¡Oh forastero! Te muestras otro en comparación de antes, pues se
han cambiado tus vestiduras y tu cuerpo no se parece al que tenías.
Indudablemente debes de ser uno de los dioses que poseen el anchuroso
cielo. Pues sénos propicio, á fin de que te ofrezcamos sacrificios agradables
y áureos presentes de fina labor. ¡Apiádate de nosotros!»
186 Contestóle el paciente divinal Ulises: «No soy ningún dios. ¿Por
qué me confundes con los inmortales? Soy tu padre, por quien gimes y
sufres tantos dolores y aguantas las violencias de los hombres.»
190 Diciendo así, besó á su hijo y dejó que las lágrimas, que hasta
entonces había detenido, le cayeran por las mejillas al suelo. Mas Telémaco,
como aún no estaba convencido de que aquél fuese su padre, respondióle
nuevamente con estas palabras:
194 «Tú no eres mi padre Ulises, sino un dios que me engaña para que
luego me lamente y suspire aún más; que un mortal no haría tales cosas con
su inteligencia, á no ser que se le acercase un dios y lo transformara
fácilmente y á su antojo en joven ó viejo. Poco ha eras anciano y estabas
vestido miserablemente; mas ahora te pareces á los dioses que habitan el
anchuroso cielo.»
201 Replicóle el ingenioso Ulises: «¡Telémaco! No conviene que te
admires de tan extraordinaria manera, ni que te asombres de tener á tu padre

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aquí dentro; pues ya no vendrá otro Ulises, que ése soy yo, tal como ahora
me ves, que habiendo padecido y vagado mucho, torno en el vigésimo año á
la patria tierra. Lo que has presenciado es obra de Minerva, que impera en
las batallas; la cual me transforma á su gusto, porque puede hacerlo; y unas
veces me cambia en un mendigo y otras en un joven que cubre su cuerpo
con hermosas vestiduras. Muy fácil es para las deidades que residen en el
anchuroso cielo, dar gloria á un mortal ó envilecerle.»
213 Dichas estas palabras, se sentó. Telémaco abrazó á su buen padre,
entre sollozos y lágrimas. Á entrambos les vino el deseo del llanto y
lloraron ruidosamente, plañendo más que las aves—águilas ó buitres de
corvas uñas—cuando los rústicos les quitan los hijuelos que aún no
volaban: de semejante manera, derramaron aquéllos tantas lágrimas que
movían á compasión. Y entregados al llanto los dejara el sol al ponerse, si
Telémaco no hubiera dicho repentinamente á su padre:
222 «¿En qué nave los marineros te han traído acá, á Ítaca, padre
amado? ¿Quiénes se precian de ser? Pues no creo que hayas venido
andando.»
225 Díjole entonces el paciente divinal Ulises: «Yo te contaré, oh hijo,
la verdad. Trajéronme los feacios, navegantes ilustres que suelen conducir á
cuantos hombres arriban á su tierra: me trasportaron por el ponto en su
velera nave mientras dormía y me dejaron en Ítaca, habiéndome dado
espléndidos presentes—bronce, oro en abundancia y vestiduras tejidas—
que se hallan en una cueva por la voluntad de los dioses. Y he venido acá,
por consejo de Minerva, á fin de que tramemos la muerte de nuestros
enemigos. Mas, ea, enumérame y descríbeme los pretendientes para que,
sabiendo yo cuántos y cuáles son, medite en mi ánimo irreprochable si
nosotros dos nos bastaremos contra todos ó será preciso buscar ayuda.»

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Minerva, tocando á Ulises con la varita de oro, le cubrió con una túnica y un manto, y le
aumentó la talla y el vigor juvenil

(Canto XVI, versos 172 á 174.)

240 Respondióle el prudente Telémaco: «¡Oh padre! Siempre oí decir
que eres famoso por el valor de tus manos y por la prudencia de tus

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consejos; pero es muy grande lo que dijiste y me tienes asombrado, que no
pudieran dos hombres solos luchar contra muchos y esforzados varones.
Pues aquéllos no son una decena justa, ni dos tan solamente, sino muchos
más, y pronto vas á saber el número. De Duliquio vinieron cincuenta y dos
mozos escogidos, á los que acompañan seis criados; otros veinticuatro
mancebos son de Same; de Zacinto hay veinte jóvenes aqueos; y de la
misma Ítaca, doce, todos ilustres; y están con ellos el heraldo Medonte, un
divinal aedo y dos criados peritos en el arte de trinchar. Si cerramos con
todos los que se hallan dentro, no sea que ahora que has llegado pagues de
una manera bien amarga y terrible el propósito de castigar sus demasías.
Pero tú piensa si es posible hallar algún defensor que nos ayude con ánimo
benévolo.»
258 Contestóle el paciente divinal Ulises: «Voy á decirte una cosa;
atiende y óyeme. Reflexiona si nos bastarán Minerva y el padre Júpiter, ó he
de buscar algún otro defensor.»
262 Respondióle el prudente Telémaco: «Buenos son los defensores de
que me hablas, aunque residen en lo alto, en las nubes; que ellos imperan
sobre los hombres y los inmortales dioses.»
266 Díjole á su vez el paciente divinal Ulises: «No permanecerán
mucho tiempo apartados de la encarnizada lucha, así que la fuerza de Marte
ejerza el oficio de juez en el palacio entre los pretendientes y nosotros.
Ahora tú, apenas se descubra la aurora, vete á casa y mézclate con los
soberbios pretendientes; y á mí el porquerizo me llevará más tarde á la
población, transformado en viejo y miserable mendigo. Si me ultrajaren en
el palacio, sufre en el corazón que tienes en el pecho que yo padezca malos
tratamientos. Y si vieres que me echan, arrastrándome en el palacio por los
pies, ó me hieren con saetas, sopórtalo también. Mándales únicamente,
amonestándolos con dulces palabras, que pongan fin á sus locuras; mas
ellos no te harán caso, que ya les llegó el día fatal. Otra cosa te diré que
guardarás en tu corazón: tan luego como la sabia Minerva me lo inspire, te
haré una señal con la cabeza; así que la notes, llévate las marciales armas
que hay en el palacio, colócalas en lo hondo de mi habitación de elevado
techo y engaña á los pretendientes con suaves palabras cuando, echándolas
de menos, te pregunten por las mismas: «Las he llevado lejos del humo,
porque ya no parecen las que dejara Ulises al partir para Troya; sino que
están afeadas en la parte que alcanzó el ardor del fuego. Además, el
Saturnio sugirióme en la mente esta otra razón más poderosa: no sea que,

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embriagándoos, trabéis una disputa, os hiráis los unos á los otros, y
mancilléis el convite y el noviazgo; que ya el hierro por sí solo atrae al
hombre.» Tan solamente dejarás para nosotros dos espadas, dos lanzas y
dos escudos de boyuno cuero, que podamos tomar al acometer á los
pretendientes; y á éstos los ofuscarán después Palas Minerva y el próvido
Júpiter. Otra cosa te diré que pondrás en tu corazón; si en verdad eres hijo
mío y de mi sangre, ninguno oiga decir que Ulises está dentro, ni lo sepa
Laertes, ni el porquerizo, ni los domésticos, ni la misma Penélope; sino
solos tú y yo procuremos conocer la disposición en que se hallan las
mujeres y pongamos á prueba los esclavos, para averiguar cuáles nos
honran y nos temen en su corazón y cuáles no se cuidan de nosotros y te
desprecian á ti siendo cual eres.»
308 Repúsole su preclaro hijo: «¡Oh padre! Figúrome que pronto te será
conocido mi ánimo, que no es la pobreza de espíritu lo que me domina; mas
no creo que lo que propones haya de sernos ventajoso y te invito á
meditarlo. Andarás mucho tiempo y en vano si quieres probar á cada uno,
yéndote por los campos; mientras aquéllos, muy tranquilos en el palacio,
devoran nuestros bienes orgullosa é inmoderadamente. Yo te exhorto á que
averigües cuáles mujeres te hacen poco honor y cuáles están sin culpa; pero
no quisiera ir á probar á los hombres por las majadas, sino dejarlo para más
tarde, en el supuesto de que hayas visto verdaderamente alguna señal
enviada por Júpiter, que lleva la égida.»
321 Así éstos conversaban. En tanto, arribaba á Ítaca la bien construída
nave que trajera de Pilos á Telémaco y á todos sus compañeros; los cuales,
así que llegaron al profundo puerto, sacaron la negra embarcación á tierra
firme, y, después de llevarse los aparejos unos diligentes servidores,
trasportaron los magníficos presentes á la morada de Clitio. Luego enviaron
un heraldo á la casa de Ulises, que diese nuevas á la prudente Penélope de
cómo Telémaco estaba en el campo y había ordenado que el bajel navegase
hacia la ciudad, para evitar que la ilustre reina, sintiendo temor en su
corazón, derramara tiernas lágrimas. Encontráronse el heraldo y el divinal
porquerizo, que iban á dar la misma nueva, y tan pronto como llegaron á la
casa del divino rey, dijo el heraldo en medio de las esclavas: «¡Oh reina! Ya
llegó de Pilos tu hijo amado.» El porquerizo se acercó á Penélope, le refirió
cuanto su hijo ordenaba que se le dijese y, hecho el mandado, volvióse á sus
puercos, dejando atrás la cerca y el palacio.

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342 Los pretendientes, afligidos y confusos, salieron del palacio,
traspusieron el alto muro del patio y sentáronse delante de la puerta. Y
Eurímaco, hijo de Pólibo, comenzó á arengarles:
346 «¡Oh amigos! ¡Gran proeza ha realizado orgullosamente Telémaco
con ese viaje! ¡Y decíamos que no lo llevaría á efecto! Mas, ea, botemos al
agua la mejor nave, proveámosla de remadores, y vayan al punto á decir á
aquéllos que tornen prestamente al palacio.»
351 Apenas hubo dicho estas palabras, cuando Anfínomo, volviéndose
desde su sitio, vió que el bajel entraba en el hondísimo puerto y sus
tripulantes amainaban las velas ó tenían el remo en la mano. Y con suave
risa, dijo á sus compañeros:
355 «No enviemos ningún mensaje, que ya están en el puerto, sea
porque un dios se lo haya dicho, sea porque vieron pasar la nave y no
lograron alcanzarla.»
358 Así habló. Levantáronse todos, fuéronse á la ribera del mar, sacaron
en el acto la nave á tierra firme y los diligentes servidores se llevaron los
aparejos. Seguidamente se encaminaron juntos al ágora, no dejando que se
sentase con ellos ningún otro hombre, ni mozo ni anciano. Y Antínoo, hijo
de Eupites, hablóles de esta suerte:
364 «¡Ah, cómo las deidades libraron del mal á ese hombre! Durante el
día, los atalayas estaban sentados en las ventosas cumbres, sucediéndose sin
interrupción; y después de ponerse el sol, jamás pasamos la noche en tierra
firme, pues, yendo por el ponto en la velera nave hasta la aparición de la
divinal Aurora, acechábamos la llegada de Telémaco para aprisionarle y
acabar con él; y en tanto lo condujo á su casa alguna deidad. Mas,
tramemos algo ahora mismo para que le podamos dar deplorable muerte: no
sea que se nos escape; pues se me figura que mientras viva no se llevarán á
cumplimiento nuestros propósitos, ya que él sobresale por su consejo é
inteligencia y nosotros no nos hemos congraciado totalmente con el pueblo.
Ea, antes que Telémaco reúna á los aqueos en el ágora—y opino que no
dejará de hacerlo, sino que guardará su cólera y, levantándose en medio de
todos, les participará que tramamos contra él una muerte terrible, sin que
lográramos alcanzarle; y los demás, en oyéndolo, no han de alabar estas
malas acciones y quizás nos causen algún daño y nos echen de nuestra
tierra, y tengamos que irnos á otro país,—prevengámosle con darle muerte
en el campo, lejos de la ciudad, ó en el camino; apoderémonos de sus
bienes y heredades á fin de repartírnoslos equitativamente; y entreguemos

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el palacio á su madre y á quien la despose, para que en común lo posean. Y
si esta proposición os desplace y queréis que Telémaco viva y conserve
íntegros los bienes paternos, de hoy más no le comamos en gran
abundancia, reunidos todos aquí, las agradables riquezas; antes bien,
pretenda cada cual desde su casa á Penélope, solicitándola con regalos de
boda, y cásese ella con quien le haga más presentes y venga designado por
el destino.»
393 Así habló. Todos enmudecieron y quedaron silenciosos, hasta que
les arengó el preclaro hijo del rey Niso Aretíada, Anfínomo, que había
venido de la herbosa Duliquio, abundante en trigo, estaba á la cabeza de los
pretendientes y era el más grato á Penélope porque sus palabras revelaban
buenos sentimientos. Éste, pues, les arengó con benevolencia diciendo:
400 «¡Oh amigos! Yo no quisiera matar de tal suerte á Telémaco, que es
grave cosa destruir el linaje de los reyes; sino consultar primeramente la
voluntad de las deidades. Si los decretos del gran Júpiter lo aprobaren, yo
mismo lo mataría, exhortándoos á todos á que me ayudarais; mas si los
dioses nos apartaren de este propósito, os invitaría á que desistierais.»
406 De tal manera se expresó Anfínomo y á todos les plugo lo que dijo.
Levantáronse en seguida, fuéronse á la casa de Ulises y, en llegando,
tomaron asiento en pulimentadas sillas.
409 Entonces la prudente Penélope decidió otra cosa: mostrarse á los
pretendientes, que se portaban con orgullosa insolencia; pues supo por el
heraldo Medonte, el cual había escuchado las deliberaciones, que en el
palacio se tramaba la muerte de su propio hijo. Fuése hacia la sala,
acompañándola sus esclavas. Cuando la divina entre las mujeres hubo
llegado adonde estaban los pretendientes, paróse ante la columna que
sostenía el techo sólidamente construído, con las mejillas cubiertas por
espléndido velo, é increpó á Antínoo, diciéndole de esta suerte:
418 «¡Antínoo, poseído de insolencia, urdidor de maldades! Dicen en el
pueblo de Ítaca que descuellas sobre los de tu edad en el consejo, y en la
palabra, mas no eres ciertamente cual se figuran. ¡Desatinado! ¿Por qué
estás maquinando cómo dar á Telémaco la muerte y el destino, y no te
cuidas de los suplicantes, los cuales tienen por testigo á Júpiter? No es justo
que traméis males los unos contra los otros. ¿Acaso ignoras que tu padre
vino acá huído, con gran temor del pueblo? Hallábase éste muy irritado
contra él, porque había ido en conserva de los piratas tafios á causar daño á
los tesprotos, nuestros aliados; y querían matarlo, y arrancarle el corazón, y

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devorar sus muchos y agradables bienes; pero Ulises los contuvo é impidió
que lo hicieran, no obstante su deseo. Y ahora te comes ignominiosamente
su casa, pretendes á su mujer, intentas matarle el hijo y me tienes
grandemente contristada. Mas, yo te requiero que ceses ya y mandes á los
demás que hagan lo propio.»
434 Respondióle Eurímaco, hijo de Pólibo: «¡Hija de Icario! ¡Discreta
Penélope! Cobra ánimo y no te preocupes por tales cosas. No hay hombre,
ni lo habrá, ni nacerá siquiera, que ponga sus manos en tu hijo Telémaco
mientras yo viva y vea la luz acá en la tierra. Lo que voy á decir, llevárase
al cabo: presto su negruzca sangre correría en torno de mi lanza. Muchas
veces Ulises, el asolador de ciudades, tomándome sobre sus rodillas, me
puso en la mano carne asada y me dió á beber rojo vino: por esto Telémaco
me es caro sobre todos los hombres y le exhorto á no temer la muerte que
pueda venirle de los pretendientes; que la enviada por los dioses es
inevitable.»
448 Así le habló para tranquilizarla; pero también maquinaba la muerte
de Telémaco. Y Penélope se fué nuevamente á la espléndida habitación
superior, donde lloró por Ulises, su querido esposo, hasta que Minerva, la
de los brillantes ojos, le difundió en los párpados el dulce sueño.

452 Al caer de la tarde, el divinal porquerizo volvió junto á Ulises y su
hijo, los cuales habían sacrificado un puerco añal y aparejaban la cena.
Entonces se les acercó Minerva y, tocando con su vara á Ulises Laertíada, lo
convirtió otra vez en anciano y le cubrió el cuerpo con miserables
vestiduras: no fuera que el porquerizo, al verle cara á cara, lo reconociese,
y, en vez de guardar la noticia en su pecho, partiera para anunciársela á la
discreta Penélope.
460 Telémaco fué el primero en hablar y dijo de esta suerte: «¡Llegaste
ya, divinal Eumeo! ¿Qué se dice por la población? ¿Están en ella, de
regreso de la emboscada, los soberbios pretendientes ó me acechan aún,
esperando que torne á mi casa?»
464 Y tú le respondiste así, porquerizo Eumeo: «No me cuidé de
inquirir ni de preguntar tales cosas mientras anduve por la ciudad; pues tan
luego como di la noticia, incitóme el ánimo á venirme á toda diligencia.
Encontróse conmigo un heraldo, diligente nuncio de tus compañeros, que
fué el primero que le habló á tu madre. También sé otra cosa, que he visto

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con mis ojos. Al volver, cuando ya me hallaba más alto que la ciudad, en el
cerro de Mercurio, vi que una velera nave bajaba á nuestro puerto; y en ella
había multitud de hombres, y estaba cargada de escudos y de lanzas de
doble filo. Creí que serían aquéllos, mas no puedo asegurarlo.»
476 Así se expresó. Sonrióse el esforzado y divinal Telémaco y volvió
los ojos á su padre, recatándose de que lo viera el porquerizo.
478 Terminada la faena y dispuesto el banquete, comieron, y á nadie le
faltó su respectiva porción. Y ya satisfecho el deseo de comer y de beber,
pensaron en acostarse y el don del sueño recibieron.

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Ulises, al llegar á su palacio, es reconocido por el perro Argos, que muere en seguida

CANTO XVII
VUELTA DE TELÉMACO Á ÍTACA

1 Así que se descubrió la hija de la mañana, la Aurora de rosáceos
dedos, Telémaco, hijo amado del divinal Ulises, ató á sus pies hermosas
sandalias, asió una fornida lanza que se adaptaba á su mano y,
disponiéndose á partir para la ciudad, habló de este modo á su porquerizo:
6 «¡Abuelo! Voyme á la ciudad, para que mi madre me vea; pues no
creo que deje el triste llanto, ni el luctuoso gemir, hasta que nuevamente me
haya visto. Á ti te ordeno que lleves al infeliz huésped á la población, á fin
de que mendigue en ella para comer, y el que quiera le dará un mendrugo y
una copa de vino; pues yo tengo el ánimo apesarado y no puedo hacerme
cargo de todos los hombres. Y si el huésped se irritase mucho, peor para él;
que á mí me agrada decir las verdades.»
16 Respondióle el ingenioso Ulises: «¡Amigo! También yo prefiero que
no me detengan, pues más le conviene á un pobre mendigar la comida por
la ciudad que por los campos. Me dará el que quiera. Por mi edad ya no

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estoy para quedarme en la majada y obedecer á un amo en todas las cosas
que me ordenare. Vete, pues; que á mí me acompañará ese hombre á quien
se lo mandas, tan pronto como me caliente al fuego y venga el calor del día:
no fuera que, hallándose en tan mal estado mis vestiduras, el frío de la
mañana acabase conmigo, pues decís que la ciudad está lejos.»
26 Así se expresó. Salió Telémaco de la majada, andando á buen paso y
maquinando males contra los pretendientes. Cuando llegó al cómodo
palacio, arrimó su lanza á una alta columna y entróse más adentro, pasando
el lapídeo umbral.
31 Vióle la primera de todas Euriclea, su nodriza, que se ocupaba en
cubrir con pieles los labrados asientos, y corrió á encontrarle derramando
lágrimas. Asimismo se juntaron á su alrededor las demás esclavas de Ulises,
de ánimo paciente; y todas le abrazaron, besándole la cabeza y los hombros.
36 Salió de su estancia la discreta Penélope, que parecía Diana ó la
dorada Venus; y, muy llorosa, echó los brazos sobre el hijo amado, besóle la
cabeza y los lindos ojos, y dijo, sollozando, estas aladas palabras:
41 «¡Has vuelto, Telémaco, mi dulce luz! Ya no pensaba verte más
desde que te fuiste en la nave á Pilos, ocultamente y contra mi deseo, en
busca de noticias de tu padre. Mas, ea, relátame lo que hayas visto.»
45 Contestóle el prudente Telémaco: «¡Madre mía! Ya que me he
salvado de una terrible muerte, no me incites á que llore, ni me conmuevas
el corazón dentro del pecho; antes bien, torna con tus esclavas á lo alto de la
casa, lávate, envuelve tu cuerpo en vestidos puros y haz voto de sacrificar á
todos los dioses perfectas hecatombes, si Júpiter permite que tenga
cumplimiento la venganza. Y yo, en tanto, iré al ágora para llamar á un
huésped que se vino conmigo desde Pilos y lo envié con los compañeros
iguales á los dioses, con orden de que Pireo llevándoselo á su morada, lo
tratase con solícita amistad y lo honrara hasta que yo viniera.»
57 Así le dijo; y ninguna palabra voló de los labios de Penélope.
Lavóse ésta, envolvió su cuerpo en vestidos puros, é hizo voto de sacrificar
á todos los dioses perfectas hecatombes, si Júpiter permitía que tuviere
cumplimiento la venganza.
61 Telémaco salió del palacio con su lanza en la mano y dos canes de
ágiles pies que le siguieron. Y Minerva puso en él tal gracia divinal que, al
verle llegar, todo el pueblo lo contemplaba con admiración. Pronto le
rodearon los soberbios pretendientes, pronunciando buenas palabras y
revolviendo en su espíritu cosas malas; pero se apartó de la gran

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muchedumbre de los mismos y fué á sentarse donde estaban Méntor, Ántifo
y Haliterses, antiguos compañeros de su padre, que le hicieron preguntas
sobre muchas cosas. Presentóseles Pireo, señalado por su lanza, que traía el
huésped al ágora, á través de la ciudad; y Telémaco no se quedó lejos de
éste, sino que en seguida se le puso al lado. Pireo fué el primero en hablar y
dijo de semejante modo:
75 «¡Telémaco! Manda presto mujeres á mi casa, para que te remita los
presentes que te dió Menelao.»
77 Respondióle el prudente Telémaco: «¡Pireo! Aún no sabemos cómo
acabarán estas cosas. Si los soberbios pretendientes, matándome á traición
en el palacio, se repartieran los bienes de mi padre, quiero más que goces tú
de los presentes, que no alguno de ellos; y si yo alcanzare á darles la muerte
y el destino, entonces, que estaré con alegría, me los traerás alegre á mi
morada.»
84 Diciendo así, llevóse el infortunado huésped á su casa. Llegados al
cómodo palacio, dejaron sus mantos en sillas y sillones, y fueron á lavarse
en unas bañeras muy pulidas. Y una vez lavados y ungidos con aceite por
las esclavas, que les pusieron túnicas y lanosos mantos, salieron del baño y
asentáronse en sillas. Una esclava dióles aguamanos, que traía en magnífico
jarro de oro y vertió en fuente de plata, y puso delante de ellos una
pulimentada mesa. La veneranda despensera trájoles pan y dejó en la mesa
buen número de manjares, obsequiándolos con los que tenía reservados.
Sentóse la madre enfrente de los dos jóvenes, cerca de la columna en que se
apoyaba el techo de la habitación; y, reclinada en una silla, se puso á sacar
de la rueca tenues hilos. Aquéllos echaron mano á las viandas que tenían
delante. Y cuando hubieron satisfecho las ganas de comer y de beber, la
discreta Penélope comenzó á hablarles de esta suerte:
101 «¡Telémaco! Me iré á la estancia superior para acostarme en aquel
lecho que tan luctuoso es para mí y que siempre está regado de mis
lágrimas desde que Ulises se fué á Ilión con los Atridas; y aún no habrás
querido decirme con claridad, antes que los soberbios pretendientes vuelvan
á esta casa, si en algún sitio oíste hablar del regreso de tu padre.»
107 Respondióle el prudente Telémaco: «Yo te referiré, oh madre, la
verdad. Fuimos á Pilos para ver á Néstor, pastor de hombres; el cual me
recibió en su excelso palacio y me trató tan solícita y amorosamente como
un padre al hijo que vuelve tras larga ausencia. ¡Con tal solicitud me
acogieron él y sus gloriosos hijos! Pero me aseguró que no había oído que

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ningún hombre de la tierra hablara del paciente Ulises, vivo ó muerto; y
envióme al Atrida Menelao, famoso por su lanza, dándome corceles y un
sólido carro. Vi allí á la argiva Helena, que fué causa, por la voluntad de los
dioses, de que tantas fatigas padecieran argivos y teucros. No tardó en
preguntarme Menelao, valiente en la pelea, qué necesidad me llevaba á la
divina Lacedemonia; yo se lo relaté todo sinceramente, y entonces me
respondió con estas palabras:
124 «¡Oh dioses! En verdad que pretenden dormir en la cama de un
varón muy esforzado aquellos hombres tan cobardes. Así como una cierva
puso sus hijuelos recién nacidos en la guarida de un bravo león y fuése á
pacer por los bosques y los herbosos valles, y el león volvió á la madriguera
y dió á entrambos cervatillos indigna muerte; de semejante modo también
Ulises les ha de dar á aquéllos vergonzosa muerte. Ojalá se mostrase, ¡oh
padre Júpiter, Minerva, Apolo!, tal como era cuando en la bien construída
Lesbos se levantó contra el Filomelida, en una disputa, y luchó con él, y lo
derribó con ímpetu, de lo cual se alegraron todos los aqueos; si,
mostrándose tal, se encontrara Ulises con los pretendientes, fuera corta la
vida de éstos y las bodas les resultarían muy amargas. Pero en lo que me
preguntas y suplicas que te cuente, no quisiera apartarme de la verdad ni
engañarte; y de cuantas cosas me refirió el veraz anciano de los mares, no te
callaré ni ocultaré ninguna. Dijo que lo vió en una isla, abrumado por recios
pesares—en el palacio de la ninfa Calipso, que le detiene por fuerza—y que
no le es posible llegar á la patria tierra porque no tiene naves provistas de
remos ni compañeros que lo conduzcan por el ancho dorso del mar.»
147 »Así habló el Atrida Menelao, famoso por su lanza. Realizadas
tales cosas, emprendí la vuelta, y los inmortales concediéronme próspero
viento y me han traído con gran rapidez á mi querida patria.»
150 Tales fueron sus palabras; y ella sintió que en el pecho se le
conmovía el corazón. Entonces Teoclímeno, semejante á un dios, les dijo de
esta suerte:
152 «¡Oh veneranda esposa de Ulises Laertíada! Aquél nada sabe con
claridad; pero oye mis palabras, que yo te haré un vaticinio cierto y no he
de ocultarte cosa alguna. Sean testigos primeramente Júpiter entre los
dioses y luego la mesa hospitalaria y el hogar del irreprochable Ulises á que
he llegado, de que el héroe ya se halla en su patria tierra, sentado ó
moviéndose; tiene noticia de esas inicuas acciones, y maquina males contra

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todos los pretendientes. Tal augurio observé desde la nave de muchos
bancos, como se lo dije á Telémaco.»
162 Respondióle la discreta Penélope: «Ojalá se cumpliese lo que dices,
oh forastero, que bien pronto conocerías mi amistad; pues te hiciera tantos
presentes que te considerara dichoso quien contigo se encontrase.»
166 Así éstos conversaban. En tanto divertíanse los pretendientes, ante
el palacio de Ulises, tirando discos y jabalinas en el labrado pavimento
donde acostumbraban hacer sus insolencias. Mas cuando fué hora de cenar
y vinieron de todos los campos reses conducidas por los pastores que solían
traerlas, dijo Medonte, el heraldo que más grato les era á los pretendientes y
á cuyos banquetes asistía:
174 «¡Jóvenes! Ya que todos habéis recreado vuestro ánimo con los
juegos, venid al palacio y dispondremos la cena, pues conviene que se tome
en tiempo oportuno.»
177 Así les habló; y ellos se levantaron y obedecieron sus palabras.
Llegados al cómodo palacio, dejaron sus mantos en sillas y sillones, y
sacrificaron ovejas muy crecidas, pingües cabras, puercos gordos y una
gregal vaca, aparejando con ello su banquete.

182 En esto, disponíanse Ulises y el divinal porquerizo á partir del
campo hacia la ciudad. Y el porquerizo, mayoral de los pastores, comenzó á
decir:
185 «¡Huésped! Ya que deseas encaminarte hoy mismo á la ciudad,
como lo ordenó mi señor—yo preferiría que permanecieses aquí para
guardar los establos; mas, respeto á aquél y temo que me riña, y las
increpaciones de los amos son muy pesadas—ea, vámonos ahora, que ya
pasó la mayor parte del día y pronto vendrá la tarde y sentirás el fresco.»
192 Respondióle el ingenioso Ulises: «Entiendo, hágome cargo, lo
mandas á quien te comprende. Vamos, pues, y guíame hasta que lleguemos.
Y si has cortado algún bastón, dámelo para apoyarme; que os oigo decir que
la senda es muy resbaladiza.»
197 Dijo, y echóse al hombro el astroso zurrón lleno de agujeros, con
su correa retorcida. Eumeo le entregó el palo que deseaba; y seguidamente
emprendieron el camino. Quedáronse allí, custodiando la majada, los perros
y los pastores; mientras Eumeo conducía hacia la ciudad á su rey,

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transformado en un viejo y miserable mendigo que se apoyaba en el bastón
y llevaba el cuerpo revestido de feas vestiduras.
204 Mas cuando, recorriendo el áspero camino, halláronse á poca
distancia de la ciudad y llegaron á la labrada fuente de claras linfas, de la
cual tomaban el agua los ciudadanos—era obra de Ítaco, Nérito y Políctor;
rodeábala por todos lados un bosque de álamos, que se nutren en la
humedad; vertía el agua, sumamente fresca, desde lo alto de una roca; y en
su parte superior se había construído un altar á las ninfas, donde todos los
caminantes sacrificaban—encontróse con ellos el hijo de Dolio, Melantio,
que llevaba las mejores cabras de sus rebaños para la cena de los
pretendientes y le seguían dos pastores. Así que los vió, increpóles con
palabras amenazadoras y groseras, que conmovieron el corazón de Ulises:
217 «Ahora se ve muy cierto que un ruin lleva á otro ruin, pues un dios
junta siempre á cada cual con su semejante. ¿Adónde, no envidiable
porquero, conduces ese glotón, ese mendigo importuno, esa peste de los
banquetes, que con su espalda frotará las jambas de muchas puertas no
pidiendo ciertamente trípodes ni calderos, sino tan sólo mendrugos de pan?
Si me lo dieses para guardar mi majada, barrer el establo y llevarles el
forraje á los cabritos, bebería suero y echaría gordo muslo. Mas, como ya es
ducho en malas obras, no querrá aplicarse al trabajo; antes irá mendigando
por la población para llenar su vientre insaciable. Lo que voy á decir se
cumplirá: si fuere al palacio del divinal Ulises, rozarán sus costados muchos
escabeles que habrán hecho llover sobre su cabeza las manos de aquellos
varones.»
233 Así dijo; y, acercándose, dióle una coz en la cadera, locamente;
pero no le pudo arrojar del camino, sino que el héroe permaneció muy
firme. Entonces se le ocurrió á Ulises acometerle y quitarle la vida con el
palo, ó levantarlo un poco y estrellarle la cabeza contra el suelo. Mas al fin
sufrió el ultraje y contuvo la cólera en su corazón. Y el porquerizo increpó á
aquél, mirándole cara á cara, y oró fervientemente levantando las manos:
240 «¡Ninfas de las fuentes! ¡Hijas de Júpiter! Si Ulises os quemó
alguna vez muslos de corderos y de cabritos, cubriéndolos de pingüe grasa,
cumplidme este voto: Ojalá vuelva aquel varón, traído por algún dios; pues
él te quitaría toda esa jactancia con que ahora nos insultas, vagando siempre
por la ciudad mientras pastores perversos acaban con los rebaños.»
247 Replicóle el cabrero Melantio: «¡Oh dioses! ¡Qué dice ese perro,
que sólo entiende en cosas malas! Un día me lo he de llevar lejos de Ítaca,

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en negro bajel de muchos bancos, para que, vendiéndolo, me proporcione
una buena ganancia. Ojalá Apolo, que lleva arco de plata, hiriera á
Telémaco hoy mismo en el palacio, ó sucumbiera el joven á manos de los
pretendientes; como perdió Ulises, lejos de aquí, la esperanza de ver el día
de su regreso.»
254 Cuando así hubo hablado, dejólos atrás, pues caminaban
lentamente, y llegó muy presto al palacio del rey. Acto continuo entró en el
mismo, sentándose en medio de los pretendientes, frente á Eurímaco, que
era á quien más quería. Sirviéronle unos trozos de carne los que en esto se
ocupaban, y trájole pan la veneranda despensera. En tanto, detuviéronse
Ulises y el divinal porquerizo junto al palacio, y oyeron los sones de la
hueca cítara pues Femio empezaba á cantar. Y tomando aquél la mano del
porquerizo, hablóle de esta suerte:
264 «¡Eumeo! Es ésta, sin duda, la hermosa mansión de Ulises, y sería
fácil conocerla aunque entre muchas se la viera. Tiene más de un piso, cerca
su patio almenado muro, las puertas están bien ajustadas y son de dos hojas:
ningún hombre despreciaría una casa semejante. Conozco que, dentro de la
misma, multitud de varones celebran un banquete; pues llegó hasta mí el
olor de la carne asada y se oye la cítara, que los dioses hicieron compañera
de los festines.»
272 Y tú le respondiste así, porquerizo Eumeo: «Fácilmente lo habrás
conocido, que tampoco te falta discreción para las demás cosas. Mas, ea,
deliberemos sobre lo que puede hacerse. Ó entra tú primero en el cómodo
palacio y mézclate con los pretendientes, y yo me detendré un poco; ó, si lo
prefieres, quédate tú y yo iré delante, pero no tardes: no sea que alguien, al
verte fuera, te tire algo ó te dé un golpe. Yo te invito á que pienses en esto.»
280 Contestóle el paciente divinal Ulises: «Entiendo, hágome cargo, lo
mandas á quien te comprende. Mas, adelántate tú y yo me quedaré, que ya
he probado lo que son golpes y heridas y mi ánimo es sufrido por lo mucho
que hube de padecer así en el mar como en la guerra; venga, pues, ese mal
tras de los otros. No se pueden disimular las instancias del ávido y funesto
vientre, que tantos perjuicios les origina á los hombres y por el cual se
arman las naves de muchos bancos que surcan el estéril mar y van á causar
daño á los enemigos.»
290 Así éstos conversaban. Y un perro, que estaba echado, alzó la
cabeza y las orejas: era Argos, el can del paciente Ulises, á quien éste criara,
aunque luego no se aprovechó del mismo porque tuvo que partir á la

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sagrada Ilión. Anteriormente llevábanlo los jóvenes á correr cabras
montesas, ciervos y liebres; mas entonces, en la ausencia de su dueño, yacía
abandonado sobre mucho fimo de mulos y de bueyes, que vertían junto á la
puerta á fin de que los siervos de Ulises lo tomasen para estercolar los
dilatados campos: allí estaba tendido Argos, todo lleno de garrapatas. Al
advertir que Ulises se aproximaba, le halagó con la cola y dejó caer ambas
orejas, mas ya no pudo salir al encuentro de su amo; y éste, cuando lo vió,
enjugóse una lágrima que con facilidad logró ocultar á Eumeo, á quien hizo
después esta pregunta:
306 «¡Eumeo! Es de admirar que este can yazga en el fimo, pues su
cuerpo es hermoso; aunque ignoro si, con tal belleza fué ligero para correr ó
como los que algunos tienen en su mesa y sólo por gusto los crían sus
señores.»
311 Y tú le respondiste así, porquerizo Eumeo: «Ese can perteneció á
un hombre que ha muerto lejos de nosotros. Si fuese tal como era en el
cuerpo y en la actividad cuando Ulises lo dejó al irse á Troya, pronto
admirarías su ligereza y su vigor: no se le escapaba ninguna fiera que
levantase, ni aun en lo más hondo de intrincada selva, porque era
sumamente hábil en seguir un rastro. Mas ahora abrúmanle los males á
causa de que su amo murió fuera de la patria, y las negligentes mozas no lo
cuidan, porque los siervos, así que el amo deja de mandarlos, no quieren
trabajar como es debido; que el longividente Júpiter le quita al hombre la
mitad de la virtud el mismo día en que cae esclavo.»
324 Diciendo así, entróse por el cómodo palacio y se fué derecho á la
sala, hacia los ilustres pretendientes. Entonces la Parca de la negra muerte
se apoderó de Argos, después que tornara á ver á Ulises al vigésimo año.
328 Advirtió el deiforme Telémaco mucho antes que nadie la llegada
del porquerizo; y, haciéndole una señal, lo llamó á su vera. Eumeo miró en
contorno suyo, tomó una silla desocupada—la que solía utilizar el
trinchante al distribuir carne en abundancia á los pretendientes cuando
celebraban sus festines en el palacio—y fué á colocarla junto á la mesa de
Telémaco, en frente de éste, que se hallaba sentado. Y luego sirvióle el
heraldo vianda y pan, sacándolo de un canastillo.
336 Poco después que Eumeo penetró Ulises en el palacio,
transfigurado en un viejo y miserable mendigo que se apoyaba en el bastón
y llevaba feas vestiduras. Sentóse en el umbral de fresno, á la parte interior
de la puerta, y se recostó en la jamba de ciprés que en otro tiempo el artífice

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había pulido hábilmente y enderezado valiéndose de un nivel. Y Telémaco
llamó al porquerizo y le dijo, después de tomar un pan entero del hermoso
canasto y tanta carne como le cupo en sus manos:
345 «Dáselo al forastero y mándale que pida á todos los pretendientes,
acercándose á los mismos; que al que está necesitado no le conviene ser
vergonzoso.»
348 Así se expresó. Fuése el porquero al oirlo y, llegado que hubo
adonde estaba Ulises, díjole estas aladas palabras:
350 «¡Oh forastero! Telémaco te da lo que te traigo y te manda que
pidas á todos los pretendientes, acercándote á los mismos; pues dice que al
mendigo no le conviene ser vergonzoso.»
353 Respondióle el ingenioso Ulises: «¡Júpiter soberano! Haz que
Telémaco sea dichoso entre los hombres y que se cumpla cuanto su corazón
desea.»
356 Dijo; tomó las viandas con las dos manos, las puso delante de sus
pies, encima del astroso zurrón, y comió mientras el aedo cantaba en el
palacio; de suerte que cuando acabó la cena, el divinal aedo llegaba al fin de
su canto. Los pretendientes empezaron á mover alboroto en la sala, y
Minerva se acercó á Ulises Laertíada excitándole á que les pidiera algo y
fuera recogiendo mendrugos, para que conociese cuáles de aquéllos eran
justos y cuáles malvados, aunque ninguno tenía que librarse de la ruina.
Fué, pues, el héroe á pedirle á cada varón, comenzando por la derecha, y á
todos les alargaba la mano como si desde largo tiempo mendigase. Ellos,
compadeciéndole, le daban limosna, le miraban con extrañeza y
preguntábanse unos á otros quién era y de dónde había venido. Y el cabrero
Melantio hablóles de esta suerte:
370 «Oídme, oh pretendientes de la ilustre reina, que os voy á hablar
del forastero, á quien vi antes de ahora. Guiábalo hacia acá el porquerizo,
pero á él no le conozco, ni sé de dónde se precia de ser por su linaje.»

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Ulises, como viera que Argos le halagaba con la cola y ya no tenía fuerzas para ir á
encontrarle, enjugóse una lágrima que ocultó á Eumeo

(Canto XVII, versos 301 á 305.)

374 Así les habló; y Antínoo increpó al porquerizo con estas palabras:
«¡Ah, famoso porquero! ¿Por qué lo trajiste á la ciudad? ¿Acaso no tenemos

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bastantes vagabundos, que son mendigos importunos y peste de los
festines? ¿Ó te parece poco que los que aquí se juntan devoren los bienes de
tu señor y has ido á otra parte á llamar á éste?»
380 Y tú le respondiste así, porquerizo Eumeo: «¡Antínoo! No hablas
bien, aunque seas noble. ¿Quién iría á parte alguna á llamar á nadie, como
no fuere de los que ejercen su profesión en el pueblo: un adivino, un médico
para curar las enfermedades, un carpintero ó un divinal aedo que nos deleite
cantando? Éstos son los mortales á quienes se llama en la tierra inmensa; y
nadie traería á un pobre para que le arruinase. Siempre has sido el más
áspero de todos los pretendientes para los esclavos de Ulises y en especial
para mí; aunque no por ello he de preocuparme, mientras me vivan en el
palacio la discreta Penélope y Telémaco, semejante á un dios.»
392 Contestóle el prudente Telémaco: «Calla, no le respondas
largamente; que Antínoo suele irritarnos siempre y de mal modo con
ásperas palabras, é incita á los demás á hacer lo propio.»
396 Dijo; y hablóle á Antínoo con estas aladas palabras: «¡Antínoo! ¡En
verdad que te tomas por mí tan buen cuidado como un padre por su hijo,
cuando con duras voces me ordenas arrojar del palacio á ese huésped! ¡No
permitan los númenes que así suceda! Coge algo y dáselo, que no te lo
prohibo, antes bien te invito á hacerlo; y no temas que lo lleven á mal ni mi
madre, ni ninguno de los esclavos que viven en la casa del divinal Ulises.
Mas no hay en tu pecho tal propósito, que prefieres comértelo á darlo á
nadie.»
405 Antínoo le respondió diciendo: «¡Telémaco altílocuo, incapaz de
moderar tus ímpetus! ¿Qué has dicho? Si todos los pretendientes le dieran
tanto como yo, se estaría tres meses en su casa, lejos de nosotros.»
409 Así habló; y mostróle, tomándolo de debajo de la mesa, el escabel
en que apoyaba sus nítidas plantas cuando asistía á los banquetes. Pero
todos los demás le dieron algo, de modo que el zurrón se llenó de pan y de
carne. Y ya Ulises iba á tornar al umbral para comer lo que le habían
regalado los aqueos, pero se detuvo cerca de Antínoo y le dijo estas
palabras:
415 «Dame algo, amigo; que no me pareces el peor de los aqueos, sino,
por el contrario, el mejor; ya que te asemejas á un rey. Por eso te
corresponde á ti, más aún que á los otros, darme pan; y yo divulgaré tu fama
por la tierra inmensa. En otra época, también yo fuí dichoso entre los
hombres, habité una rica morada, y di muchas veces limosna al vagabundo,

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cualquiera que fuese y hallárase en la necesidad en que se hallase; entonces
tenía innúmeros esclavos y otras muchas cosas con las cuales los hombres
viven en regalo y gozan fama de opulentos. Mas Júpiter Saturnio me
arruinó, porque así lo quiso, incitándome á ir al Egipto con errabundos
piratas; viaje largo, en el cual había de hallar mi perdición. Así que detuve
en el río Egipto los corvos bajeles, después de mandar á los fieles
compañeros que se quedaran á custodiar las embarcaciones, envié espías á
los parajes oportunos para explorar la comarca. Pero los míos, cediendo á la
insolencia por seguir su propio impulso, empezaron á devastar los hermosos
campos de los egipcios; y se llevaban las mujeres y los niños, y daban
muerte á los varones. No tardó el clamoreo en llegar á la ciudad. Sus
habitantes, habiendo oído los gritos, vinieron al amanecer: el campo se
llenó de infantería, de jinetes y de reluciente bronce; Júpiter, que se huelga
con el rayo, mandó á mis compañeros la perniciosa fuga; y ya, desde
entonces, nadie se atrevió á resistir, pues los males nos cercaban por todas
partes. Allí nos mataron con el agudo bronce muchos hombres, y á otros se
los llevaron para obligarles á trabajar en provecho de los ciudadanos. Á mí
me entregaron á un forastero que se encontró presente, á Dmétor Yásida; el
cual me llevó á Chipre, donde reinaba con gran poder, y de allí he venido,
después de padecer muchos infortunios.»
445 Antínoo le respondió diciendo: «¿Qué dios nos trajo esa peste, esa
amargura del banquete? Quédate ahí, en medio, á distancia de mi mesa: no
sea que pronto vayas al amargo Egipto y á Chipre, por ser un mendigo tan
audaz y sin vergüenza. Ahora te detienes ante cada uno de éstos que te dan
locamente, porque ni usan de moderación ni sienten piedad al regalar cosas
ajenas de que disponen en gran abundancia.»
453 Díjole, retrocediendo, el ingenioso Ulises: «¡Oh dioses! En verdad
que el juicio que tienes no se corresponde con tu presencia. No darías de tu
casa ni tan siquiera sal á quien te suplicara, cuando, sentado á la mesa ajena,
no has querido entregarme un poco de pan, con tener á mano tantas cosas.»
458 Así se expresó. Irritóse Antínoo aún más en su corazón y,
encarándole la torva vista, le dijo estas aladas palabras:
460 «Ya no creo que puedas volver atrás y salir impune de este palacio,
habiendo proferido tales injurias.»
462 Así habló; y, tomando el escabel, tiróselo y acertóle en el hombro
derecho, hacia la extremidad de la espalda. Ulises se mantuvo firme como
una roca, sin que el golpe de Antínoo le hiciera vacilar; pero meneó en

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silencio la cabeza, agitando en lo íntimo de su espíritu siniestros propósitos.
Retrocedió en seguida al umbral, sentóse, puso en tierra el zurrón que
llevaba repleto, y dijo á los pretendientes:
468 «Oídme, pretendientes de la ilustre reina, para que os manifieste lo
que en el pecho el ánimo me ordena deciros. Ningún varón siente dolor en
el alma ni pesar alguno, al ser herido cuando pelea por sus haciendas, por
sus bueyes ó por sus blancas ovejas; mas Antínoo hirióme á mí por causa
del odioso y funesto vientre, que tantos males acarrea á los hombres. Si en
alguna parte hay dioses y furias para los mendigos, cójale la muerte á
Antínoo antes que el casamiento se lleve á término.»
477 Díjole nuevamente Antínoo, hijo de Eupites: «Come sentado
tranquilamente, oh forastero, ó vete á otro lugar: no sea que, con motivo de
lo que hablas, estos jóvenes te arrastren por la casa, asiéndote de un pie ó de
una mano, y te laceren todo el cuerpo.»
481 Tales fueron sus palabras. Todos sintieron vehemente indignación y
alguno de aquellos soberbios mozos habló de esta manera:
483 «¡Antínoo! No procediste bien, hiriendo al infeliz vagabundo.
¡Insensato! ¿Y si por acaso fuese alguna celestial deidad...? Que los dioses,
haciéndose semejantes á huéspedes de otros países y tomando toda clase de
figuras, recorren las ciudades para conocer la insolencia ó la justicia de los
hombres.»
488 Así hablaban los pretendientes, pero Antínoo no hizo caso de sus
palabras. Telémaco sintió en su pecho una gran pena por aquel golpe, sin
que por esto le cayese ninguna lágrima desde los ojos al suelo; pero meneó
en silencio la cabeza, agitando en lo íntimo de su espíritu siniestros
propósitos.
492 Cuando la discreta Penélope oyó decir que al huésped lo había
herido Antínoo en el palacio, habló así en medio de sus esclavas: «¡Ojalá
Apolo, célebre por su arco, te hiriese á ti de la misma manera!»
495 Díjole entonces Eurínome, la despensera: «Si nuestros votos se
cumpliesen, ninguno de aquellos viviría cuando se descubra la Aurora, de
hermoso trono.»
498 Respondióle la discreta Penélope: «¡Ama! Todos son aborrecibles
porque traman acciones inicuas; pero Antínoo casi tanto como la negra
Parca. Un infeliz forastero anda por el palacio y pide limosna, pues la
necesidad le apremia; los demás llenáronle el zurrón con sus dádivas, y éste
le ha tirado el escabel, acertándole en el hombro derecho.»

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505 De tal suerte habló, sentada en su estancia entre las siervas,
mientras el divinal Ulises cenaba. Y llamando después al divinal porquero,
díjole de este modo:
508 «Ve, divinal Eumeo, acércate al huésped y mándale que venga para
que yo le salude y le interrogue también acerca de si oyó hablar de Ulises,
de ánimo paciente, ó lo vió acaso con sus propios ojos, pues parece que ha
vagado por muchas tierras.»
512 Y tú le respondiste así, porquerizo Eumeo: «Ojalá se callaran los
aqueos, oh reina; pues cuenta tales cosas, que encantaría tu corazón. Tres
días con sus noches lo detuve en mi cabaña, pues fuí el primero á quien
acudió al escaparse del bajel, pero ni aun así pudo terminar la narración de
sus desventuras. Como se contempla al aedo, que, instruído por los dioses,
les canta á los mortales deleitosos relatos, y ellos no se sacian de oirle
cantar; así me tenía transportado mientras permaneció en mi majada.
Asegura que fué huésped del padre de Ulises y que vive en Creta, donde
está el linaje de Minos. De allí viene, habiendo padecido infortunios y
vagado de una parte á otra; y refiere que oyó hablar de Ulises, el cual vive,
está cerca—en el opulento país de los tesprotos—y trae á esta casa muchas
preciosidades.»
528 Respondióle la discreta Penélope: «Anda, ve, hazle venir para que
lo relate en mi presencia. Regocíjense los demás, sentados en la puerta ó
aquí en la sala, ya que tienen el corazón alegre porque sus bienes, el pan y
el dulce vino, se guardan íntegros en sus casas, si no es lo que comen los
criados; mientras que ellos vienen día tras día á nuestro palacio, nos
degüellan los bueyes, las ovejas y las pingües cabras, celebran espléndidos
banquetes, beben el vino locamente y así se consumen muchas de las cosas,
porque no tenemos un hombre como Ulises que fuera capaz de librar á
nuestra casa de la ruina. Si Ulises tornara y volviera á su patria, no tardaría
en vengar, juntándose con su hijo, las violencias de estos hombres.»
541 Así dijo; y Telémaco estornudó tan recio que el palacio retumbó
horrendamente. Rióse Penélope y en seguida dirigió á Eumeo estas aladas
palabras:
544 «Anda y tráeme ese forastero. ¿No ves que mi hijo estornudó á
todas mis palabras? Esto indica que no dejará de llevarse al cabo la matanza
de los pretendientes, sin que ninguno escape de la muerte y del hado. Otra
cosa te diré que pondrás en tu corazón: Si llego á conocer que cuanto me

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relatare es verdad, le entregaré un manto y una túnica, vestidos muy
hermosos.»
551 Así se expresó; fuése el porquero al oirlo y, llegándose adonde
estaba Ulises, le dijo estas aladas palabras:
553 «¡Padre huésped! Te llama la discreta Penélope, madre de
Telémaco; pues, aunque afligida por los pesares, su ánimo la incita á hacerte
algunas preguntas sobre su esposo. Y si llega á conocer que cuanto le
relatares es cierto, te entregará un manto y una túnica, de que tienes gran
falta; y en lo sucesivo mantendrás tu vientre yendo por el pueblo á pedir
pan, pues te dará limosna el que quiera.»
560 Respondióle el paciente divinal Ulises: «¡Eumeo! Yo diría
incontinenti la verdad de todas estas cosas á la hija de Icario, á la discreta
Penélope, porque sé muy bien de su esposo y hemos sufrido igual
infortunio; mas temo á la muchedumbre de los crueles pretendientes, cuya
insolencia y orgullo llegan al férreo cielo. Ahora mismo, mientras andaba
yo por la casa sin hacer mal á nadie, dióme este varón un doloroso golpe y
no lo impidió Telémaco ni otro alguno. Así pues, exhorta á Penélope,
aunque esté impaciente, á que aguarde en el palacio hasta la puesta del sol;
é interrógueme entonces sobre su marido y el día que volverá, haciéndome
sentar cerca del fuego, pues mis vestidos están en mísero estado como sabes
tú muy bien por haber sido el primero á quien dirigí mis súplicas.»
574 Tal dijo. El porquero se fué en cuanto oyó estas palabras. Y ya
repasaba el umbral, cuando Penélope le habló de esta manera:
576 «¿No lo traes, Eumeo? ¿Por qué se niega el vagamundo? ¿Siente
hacia alguien un gran temor ó se avergüenza en el palacio por otros
motivos? Malo es que un vagamundo peque de vergonzoso.»
579 Y tú le respondiste así, porquerizo Eumeo: «Habla razonablemente
y dice lo que otro pensara en su caso, queriendo evitar la insolencia de
varones tan soberbios. Te invita á que aguardes hasta la puesta del sol. Y
será mucho mejor para ti, oh reina, que estés sola cuando le hables al
huésped y escuches sus respuestas.»
285 Contestó la discreta Penélope: «No pensó neciamente el forastero,
sea quien fuere; pues no hay en país alguno, entre los mortales hombres,
quienes insulten de esta manera, maquinando inicuas acciones.»
589 Así habló. El divinal porquero se fué hacia la turba de los
pretendientes, tan pronto como dijo á Penélope cuanto deseaba, y acto

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seguido dirigió á Telémaco estas aladas palabras, acercando la cabeza para
que los demás no se enteraran:
593 «¡Amigo! Yo me voy á guardar los puercos y todas aquellas cosas
que son tus bienes y los míos; y lo de acá quede á tu cuidado. Mas lo
primero de todo sálvate á ti mismo y considera en tu espíritu cómo evitarás
que te hagan daño; pues traman maldades muchos de los aqueos, á quienes
Júpiter destruya antes que se conviertan en una plaga para nosotros.»
598 Respondióle el prudente Telémaco: «Así se hará, abuelo. Vete
después de cenar, y al romper el alba traerás hermosas víctimas; que de las
cosas presentes cuidaré yo y también los inmortales.»
602 Tal dijo. Sentóse Eumeo nuevamente en la bien pulimentada silla y
después que satisfizo el deseo de comer y de beber volvióse á sus puercos,
dejando atrás la cerca y la casa que rebosaban de convidados. Y recreábanse
éstos con el baile y el canto, porque ya la tarde había venido.

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Túrbasele el ánimo á Iro, después de haber provocado á Ulises, y los criados lo sacan á viva fuerza
para que luche con el héroe

CANTO XVIII
PUGILATO DE ULISES CON IRO

1 Llegó entonces un mendigo que andaba por todo el pueblo; el cual
pedía limosna en la ciudad de Ítaca, se señalaba por su vientre glotón—por
comer y beber incesantemente—y hallábase falto de fuerza y de vigor,
aunque tenía gran presencia. Arneo era su nombre, el que al nacer le puso
su veneranda madre; pero llamábanle Iro todos los jóvenes, porque hacía
los mandados que se le ordenaban. Propúsose el tal sujeto, cuando llegó,
echar á Ulises de su propia casa é insultóle con estas aladas palabras:
10 «Retírate del umbral, oh viejo, para que no hayas de verte muy
pronto asido de un pie y arrastrado afuera. ¿No adviertes que todos me
guiñan el ojo, instigándome á que te arrastre, y no lo hago porque me da
vergüenza? Mas, ea, álzate, si no quieres que en la disputa lleguemos á las
manos.»
14 Mirándole con torva faz, le respondió el ingenioso Ulises: «¡Infeliz!
Ningún daño te causo, ni de palabra ni de obra; ni me opongo á que te den,

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aunque sea mucho. En este umbral hay sitio para entrambos y no has
envidiar las cosas de otro; me parece que eres un vagabundo como yo, y son
las deidades quienes proporcionan la opulencia. Pero no me provoques
demasiado á venir á las manos, ni excites mi cólera: no sea que, viejo como
soy, te llene de sangre el pecho y los labios; y así gozaría mañana de mayor
descanso, pues no creo que asegundaras la vuelta á la mansión de Ulises
Laertíada.»
25 Contestóle, muy enojado, el vagabundo Iro: «¡Oh dioses! ¡Cuán
atropelladamente habla el glotón, que parece la vejezuela del horno!
Algunas cosas malas pudiera tramar contra él: golpeándole con mis brazos,
le echaría los dientes de las mandíbulas al suelo como á una marrana que
destruye las mieses. Cíñete ahora, á fin de que éstos nos juzguen en el
combate. Pero ¿cómo podrás luchar con un hombre más joven?»
32 De tal modo se zaherían ambos con gran animosidad en el
pulimentado umbral, delante de las elevadas puertas. Advirtiólo la sacra
potestad de Antínoo y con dulce risa dijo á los pretendientes:
36 «¡Amigos! Jamás hubo una diversión como la que un dios nos ha
traído á esta casa. El forastero é Iro riñen y están para venir á las manos:
hagamos que peleen cuanto antes.»
40 Así se expresó. Todos se levantaron con gran risa y se pusieron
alrededor de los haraposos mendigos. Y Antínoo, hijo de Eupites, díjoles de
esta suerte:
43 «Oíd, ilustres pretendientes, lo que voy á proponeros. De los
vientres de cabra que llenamos de gordura y de sangre y pusimos á la
lumbre para la cena, escoja el que quiera aquel que resulte vencedor por ser
el más fuerte; y en lo sucesivo comerá con nosotros y no dejaremos que
entre ningún otro mendigo á pedir limosna.»
50 Así se expresó Antínoo y á todos les plugo cuanto dijo. Pero el
ingenioso Ulises, meditando engaños, hablóles de esta suerte:
52 «¡Amigos! Aunque no es justo que un hombre viejo y abrumado por
la desgracia luche con otro más joven, el maléfico vientre me instiga á
aceptar el combate para que haya de sucumbir á los golpes que me dieren.
Ea, pues, prometed todos con firme juramento que ninguno, para socorrer á
Iro, me golpeará con pesada mano, procediendo inicuamente y empleando
la fuerza para someterme á aquél.»
58 Así les dijo; y todos juraron, como se lo mandaba. Y tan pronto
como hubieron acabado de prestar el juramento, el esforzado y divinal

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Telémaco hablóles con estas palabras:
61 «¡Huésped! Si tu corazón y tu ánimo valiente te impulsan á quitar á
ése de en medio, no temas á ningún otro de los aquivos; pues con muchos
tendría que luchar quien te pegare. Yo soy aquí el que da hospitalidad, y
aprueban mis palabras los reyes Antínoo y Eurímaco, prudentes ambos.»
66 Así le dijo; y todos lo aprobaron. Ulises se ciñó los andrajos,
ocultando las partes verendas, y mostró sus muslos hermosos y grandes;
también aparecieron las anchas espaldas, el pecho y los fuertes brazos; y
Minerva, poniéndose á su lado, acrecentóle los miembros al pastor de
hombres. Admiráronse muchísimo los pretendientes, y uno de ellos dijo al
que tenía más cercano:
73 «Pronto á Iro, al infortunado Iro le alcanzará el mal que se buscó.
¡Tal muslo ha descubierto el viejo, al quitarse los harapos!»
75 Así decían; y á Iro se le turbó el ánimo miserablemente. Mas con
todo eso, ciñéronle á viva fuerza los criados, y sacáronlo lleno de temor,
pues las carnes le temblaban en sus miembros. Y Antínoo le respondió,
diciéndole de esta guisa:
79 «Ojalá no existieras, fanfarrón, ni hubieses nacido, puesto que
tiemblas y temes de tal modo á un viejo abrumado por el infortunio que le
persigue. Lo que voy á decir se cumplirá. Si ése quedare vencedor por tener
más fuerza, te echaré en una negra embarcación y te mandaré al continente,
al rey Équeto, plaga de todos los mortales, que te cortará la nariz y las
orejas con el cruel bronce y te arrancará las vergüenzas para dárselas crudas
á los perros.»

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Retírate del umbral, oh viejo, para que no hayas de verte asido de un pie y arrastrado
afuera

(Canto XVIII, verso 10.)

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88 Así habló; y á Iro crecióle el temblor que agitaba sus miembros.
Condujéronlo al centro y entrambos contendientes levantaron los brazos.
Entonces pensó el paciente y divinal Ulises si le daría tal golpe á Iro que el
alma se le fuera en cayendo á tierra, ó le pegaría con más suavidad,
derribándolo al suelo. Y después de considerarlo bien, le pareció que lo
mejor sería pegarle suavemente, para no ser reconocido por los aquivos.
Alzados los brazos, Iro dió un golpe á Ulises en el hombro derecho; y
Ulises, tal puñada á Iro en la cerviz, debajo de la oreja, que le quebrantó los
huesos allá en el interior y le hizo echar roja sangre por la boca: cayó Iro y,
tendido en el suelo, batió los dientes y golpeó con los pies la tierra; y en
tanto los ilustres pretendientes levantaban los brazos y se morían de risa.
Pero Ulises cogió á Iro del pie y, arrastrándolo por el vestíbulo hasta llegar
al patio y á las puertas del pórtico, lo asentó recostándolo contra la cerca, le
puso un bastón en la mano y le dirigió estas aladas palabras:
105 «Quédate ahí sentado para ahuyentar los puercos y los canes; y no
quieras, siendo tan ruin, ser el señor de los huéspedes y de los pobres: no
sea que te atraigas un daño aún peor que el de ahora.»
108 Dijo; y colgándose del hombro el astroso zurrón lleno de agujeros,
con su cuerda retorcida, volvióse al umbral y allí tomó asiento. Y entrando
los demás, que se reían placenteramente, le festejaron con estas palabras:
112 «Júpiter y los inmortales dioses te den, oh huésped, lo que más
anheles y á tu ánimo le sea grato, ya que has conseguido que ese pordiosero
insaciable deje de mendigar por el pueblo; pues en seguida lo llevaremos al
continente, al rey Équeto, plaga de todos los mortales.»
117 Así dijeron; y el divinal Ulises holgó del presagio. Antínoo le puso
delante un vientre grandísimo, lleno de gordura y de sangre, y Anfínomo le
sirvió dos panes, que tomara del canastillo, ofrecióle vino en copa de oro, y
le habló de esta manera:
122 «¡Salve, padre huésped! Sé dichoso en lo sucesivo, ya que ahora te
abruman tantos males.»
124 Respondióle el ingenioso Ulises: «¡Anfínomo! Me pareces muy
discreto, como hijo de tal padre. Llegó á mis oídos la buena fama que el
duliquiense Niso gozara de bravo y de rico; dicen que él te ha engendrado,
y en verdad que tu apariencia es la de un varón afable. Por esto voy á
decirte una cosa, y tú atiende y óyeme. La tierra no cría ser alguno inferior
al hombre, entre cuantos respiran y se mueven sobre el suelo. No se figura
el hombre que haya de padecer infortunios mientras las deidades le

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proporcionan la felicidad y sus rodillas se mueven; pero cuando los
bienaventurados dioses le mandan la desgracia, ha de soportarla, mal de su
grado, con ánimo paciente, pues es tal el pensamiento de los terrestres
varones que cambia según el día que les trae el padre de los hombres y de
los dioses. También yo, en otro tiempo, hubiera debido ser feliz entre los
hombres; pero cometí repetidas maldades, prevaliéndome de mi fuerza y de
mi poder y confiando en mi padre y en mis hermanos... Nadie, por
consiguiente, sea injusto en cosa alguna; antes bien disfrute sin ruido las
dádivas que los númenes le deparen. Observo que los pretendientes
maquinan muchas iniquidades, consumiendo las posesiones y ultrajando á
la esposa de un varón que te aseguro que no estará largo tiempo apartado de
sus amigos y de su patria, porque ya se halla muy cerca de nosotros. Ojalá
un dios te conduzca á tu casa y no te encuentres con él cuando torne á la
patria tierra; que no ha de ser incruenta la lucha que entable con los
pretendientes, tan luego como vuelva á estar debajo de la techumbre de su
morada.»
151 Así habló; y, hecha la libación, bebió el dulce vino y puso
nuevamente la copa en manos del príncipe de hombres. Éste se fué por la
casa, con el corazón angustiado y meneando la cabeza, pues su ánimo le
presagiaba desventuras; aunque no por eso había de librarse de la muerte,
pues Minerva lo detuvo, á fin de que cayera vencido por las manos y la
robusta lanza de Telémaco. Mas entonces, volvióse á la silla que antes
ocupara.
158 Entretanto Minerva, la deidad de los brillantes ojos, puso en el
corazón de la discreta Penélope, hija de Icario, el deseo de mostrarse á los
pretendientes, para que se les alegrara grandemente el ánimo y fuese ella
más honrada que nunca por su esposo y por su hijo. Rióse Penélope sin
motivo y profirió estas palabras:
164 «¡Eurínome! Mi ánimo desea lo que antes no apetecía: que me
muestre á los pretendientes, aunque á todos los detesto. Quisiera hacerle á
mi hijo una advertencia, que le será provechosa: que no trate de continuo á
estos soberbios que dicen buenas palabras y maquinan acciones inicuas.»
169 Respondióle Eurínome, la despensera: «Sí, hija, es muy oportuno
cuanto acabas de decir. Ve, hazle á tu hijo esa advertencia y nada le ocultes,
pero antes lava tu cuerpo y unge tus mejillas: no te presentes con el rostro
afeado por las lágrimas, que es malísima cosa afligirse siempre y sin

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descanso, ahora que tu hijo ya tiene la edad que anhelabas cuando pedías á
las deidades que pudieses ver que echara barbas.»
177 Respondióle la discreta Penélope: «¡Eurínome! Aunque andes
solícita por mi bien, no me aconsejes tales cosas—que lave mi cuerpo y me
unja con aceite—pues destruyeron mi belleza los dioses que habitan el
Olimpo cuando aquél se fué en las cóncavas naves. Pero manda que
Autónoe é Hipodamia vengan y me acompañarán por el palacio; que sola
no iría adonde están los hombres, porque me da vergüenza.»
185 Así habló; y la vieja se fué por el palacio á decirlo á las mujeres y
mandarles que se presentaran.
187 Entonces Minerva, la deidad de los brillantes ojos, ordenó otra
cosa. Infundióle dulce sueño á la hija de Icario, que se quedó recostada en
el lecho y todas las articulaciones se le relajaron; y acto continuo la divina
entre las diosas la favoreció con inmortales dones, para que la admiraran los
aqueos: primeramente le lavó la bella faz con ambrosía, que aumenta la
hermosura, del mismo modo que se unge Citerea, la de linda corona,
cuando va al amable coro de las Gracias; y luego, hizo que pareciese más
alta y más gruesa, y que su blancura aventajara la del marfil recientemente
labrado. Después de lo cual, partió la divina entre las diosas.
198 Llegaron del interior de la casa, con gran alboroto, las doncellas de
níveos brazos; y el dulce sueño dejó á Penélope, que se enjugó las mejillas
con las manos y habló de esta manera:
201 «Blando sopor se apoderó de mí, que estoy tan apenada. Ojalá que
ahora mismo me diera la casta Diana una muerte tan dulce, para que no
tuviese que consumir mi vida lamentándome en mi corazón y echando de
menos las cualidades de toda especie que adornaban á mi esposo, el más
señalado de todos los aqueos.»
206 Diciendo así, bajó del magnífico aposento superior, sin que fuese
sola, sino acompañada de dos esclavas. Cuando la divina entre las mujeres
hubo llegado adonde estaban los pretendientes, paróse ante la columna que
sostenía el techo sólidamente construído, con las mejillas cubiertas por
espléndido velo y una honrada doncella á cada lado. Los pretendientes
sintieron flaquear sus rodillas, fascinada su alma por el amor, y todos
deseaban acostarse con Penélope en su mismo lecho. Mas ella habló de esta
suerte á Telémaco, su hijo amado:
215 «¡Telémaco! Ya no tienes ni firmeza de voluntad ni juicio. Cuando
estabas en la niñez, revolvías en tu inteligencia pensamientos más sensatos;

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pero ahora que eres grande por haber llegado á la flor de la juventud, y que
un extranjero, al contemplar tu estatura y tu belleza, consideraría dichoso al
varón de quien eres prole, no muestras ni recta voluntad ni tampoco juicio.
¡Cuál acción no ha tenido lugar en esta sala, donde permitiste que se
maltratara á un huésped de semejante modo! ¿Qué sucederá si el huésped
que se halle en nuestra morada es objeto de una vejación tan penosa? La
vergüenza y el oprobio caerán sobre ti, ante todos los hombres.»
226 Respondióle el prudente Telémaco: «¡Madre mía! No me causa
indignación que estés irritada; mas ya en mi ánimo conozco y entiendo
muchas cosas buenas y malas, pues hasta ahora he sido un niño. Esto no
obstante, me es imposible resolverlo todo prudentemente, porque me turban
los que se sientan á mis lados, pensando cosas inicuas, y no tengo quien me
auxilie. El combate del huésped con Iro no se efectuó por haberlo acordado
los pretendientes, y fué aquél quien tuvo más fuerza. Ojalá, ¡oh padre
Júpiter, Minerva, Apolo!, que los pretendientes ya hubieran sido vencidos
en este palacio y se hallaran, unos en el patio y otros dentro de la sala, con
la cabeza caída y los miembros relajados; del mismo modo que Iro, sentado
á la puerta del patio, mueve la cabeza como un ebrio y no logra ponerse en
pie ni tornar á su morada por donde solía ir, porque tiene los miembros
relajados.»
243 Así éstos conversaban. Y Eurímaco habló con estas palabras á
Penélope:
245 «¡Hija de Icario! ¡Discreta Penélope! Si todos los aqueos te viesen
en Argos de Yaso, muchos más serían los pretendientes que desde el
amanecer celebrasen banquetes en tu palacio, porque sobresales entre las
mujeres por tu belleza, por tu estatura y por tu buen juicio.»
250 Contestóle la discreta Penélope: «¡Eurímaco! Mis atractivos—la
hermosura y la gracia de mi cuerpo,—destruyéronlos los inmortales cuando
los argivos partieron para Ilión, y se fué con ellos mi esposo Ulises. Si éste,
volviendo, cuidara de mi vida, mayor y más bella sería mi gloria. Ahora
estoy angustiada por tantos males como me envió algún dios. Por cierto que
Ulises, al dejar la tierra patria, me tomó por la diestra y me habló de esta
guisa:
259 «¡Oh mujer! No creo que todos los aquivos de hermosas grebas
tornen de Troya sanos y salvos; pues dicen que los teucros son belicosos,
sumamente hábiles en tirar dardos y flechas, y peritos en montar carros de
veloces corceles, que acostumbran á decidir muy pronto la suerte de un

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empeñado y dudoso combate. No sé, por tanto, si algún dios me dejará
volver ó sucumbiré en Troya. Todo lo de aquí quedará á tu cuidado;
acuérdate, mientras estés en el palacio, de mi padre y de mi madre, como lo
haces ahora ó más aún durante mi ausencia; y así que notes que nuestro hijo
barba, cásate con quien quieras y abandona esta morada.» Así habló aquél y
todo se va cumpliendo. Vendrá la noche en que ha de celebrarse el
casamiento tan odioso para mí ¡oh infeliz!, á quien Júpiter ha privado de
toda ventura. Pero un pesar terrible me llega al corazón y al alma, porque
antes de ahora no se portaban de tal modo los pretendientes. Los que
pretenden á una mujer ilustre, hija de un hombre opulento, y rivalizan entre
sí para alcanzarla, traen bueyes y pingües ovejas para dar un convite á los
amigos de la novia, hácenle espléndidos regalos y no devoran impunemente
los bienes ajenos.»
281 Así dijo; y el paciente divinal Ulises se holgó de que les sacase
regalos y les lisonjeara el ánimo con dulces palabras, cuando eran tan
diferentes los propósitos que en su inteligencia revolvía.
284 Respondióle Antínoo, hijo de Eupites: «¡Hija de Icario! ¡Prudente
Penélope! Admite los regalos que cualquiera de los aqueos te trajere,
porque no está bien que se rehuse una dádiva; pero nosotros ni volveremos
á nuestros campos ni nos iremos á parte alguna hasta que te cases con quien
sea el mejor de los aqueos.»
290 Así se expresó Antínoo; á todos les plugo cuanto dijo, y cada uno
envió su propio heraldo para que le trajese los presentes. El de Antínoo le
trajo un peplo grande, hermosísimo, que tenía doce hebillas de oro sujetas
por sendos anillos hermosamente retorcidos. El de Eurímaco se apresuró á
traerle un collar magníficamente labrado, de oro engastado en electro, que
parecía un sol. Dos servidores le trajeron á Euridamante unos pendientes de
tres piedras preciosas grandes como ojos, espléndidas, de gracioso brillo.
Un siervo trajo de la casa del príncipe Pisandro Polictórida un collar, que
era un adorno bellísimo, y otros aqueos hicieron traer á su vez otros regalos.
302 La divina entre las mujeres volvió luego á la estancia superior con
las esclavas, que se llevaron los magníficos presentes; y ellos volvieron á
solazarse con la danza y el deleitoso canto, en espera de que llegase la
noche. Sobrevino la obscura noche cuando aún se divertían, y entonces
colocaron en la sala tres tederos para que alumbrasen, amontonaron á su
alrededor leña seca cortada desde mucho tiempo, muy dura, y partida
recientemente con el bronce, mezclaron teas con la misma, y las esclavas de

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Ulises, de ánimo paciente, cuidaban por turno de mantener el fuego. Á ellas
el ingenioso Ulises, de jovial linaje, les dijo de esta suerte:
313 «¡Mozas de Ulises, del rey que se halla ausente desde largo tiempo!
Idos á la habitación de la venerable reina y dad vueltas á los husos, y
alegradla, sentadas en su cuarto, ó cardad lana con vuestras manos; que yo
cuidaré de alumbrarles á todos los que aquí se encuentran. Pues aunque
deseen quedarse hasta la Aurora, de hermoso trono, no me cansarán, que
estoy habituado á sufrir mucho.»
320 Así dijo; ellas se rieron, mirándose las unas á las otras, é increpóle
groseramente Melanto, la de bellas mejillas, á la cual engendrara Dolio y
criara y educara Penélope, como á hija suya, dándole cuanto le pudiese
recrear el ánimo; mas con todo eso, no compartía los pesares de Penélope y
se juntaba con Eurímaco, de quien era amante. Ésta, pues, increpó á Ulises
con injuriosas palabras:
327 «¡Miserable forastero! Tú estás falto de juicio y en vez de irte á
dormir á una herrería ó á la Lesque, hablas aquí largamente y con audacia
ante tantos varones, sin que el ánimo se te turbe: ó el vino te trastornó el
seso, ó tienes este carácter, y tal es la causa de que digas necedades. ¿Acaso
te desvanece la victoria que conseguiste contra el vagabundo Iro? No sea
que se levante de súbito alguno más valiente que Iro, que te golpee la
cabeza con su mano robusta y te arroje de la casa, llenándote de sangre.»
337 Mirándola con torva faz, exclamó el ingenioso Ulises: «Voy en el
acto á contarle á Telémaco lo que dices, ¡perra!; para que aquí mismo te
despedace.»
340 Diciendo así, espantó con sus palabras á las mujeres. Fuéronse
éstas por la casa y las piernas les flaqueaban del gran temor, pues
figurábanse que había hablado seriamente. Y Ulises se quedó junto á los
encendidos tederos, cuidando de mantener la lumbre y dirigiendo la mirada
á los que allí se encontraban; mientras en su pecho revolvía otros propósitos
que no dejaron de llevarse al cabo.
346 Pero tampoco permitió Minerva aquella vez que los ilustres
pretendientes se abstuvieran por completo de la dolorosa injuria, á fin de
que el pesar atormentara aún más el corazón de Ulises Laertíada. Y
Eurímaco, hijo de Pólibo, comenzó á hablar para hacer mofa de Ulises,
causándoles gran risa á sus compañeros:
351 «¡Oídme, pretendientes de la ilustre reina, para que os manifieste lo
que en el pecho el ánimo me ordena deciros! No sin la voluntad de los

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dioses vino ese hombre á la casa de Ulises. Paréceme como si el resplandor
de las antorchas saliese de él y de su cabeza, en la cual ya no queda cabello
alguno.»
356 Dijo; y seguidamente habló de esta manera á Ulises, asolador de
ciudades: «¡Huésped! ¿Querrías servirme en un rincón de mis campos, si te
tomase á sueldo—y te lo diera muy cumplido,—atando setos y plantando
árboles grandes? Yo te proporcionaría pan todo el año, y vestidos, y calzado
para tus pies. Mas como ya eres ducho en malas obras, no querrás aplicarte
al trabajo, sino tan sólo pedir limosna por la población á fin de poder llenar
tu vientre insaciable.»
365 Respondióle el ingenioso Ulises: «¡Eurímaco! Si nosotros
hubiéramos de competir sobre el trabajo de la siega en la estación vernal,
cuando los días son más largos, y yo tuviese una bien corvada hoz y tú otra
tal para probarnos en la faena, y nos quedáramos en ayunas hasta el
anochecer, y la hierba no faltara; ó si conviniera guiar unos magníficos
bueyes de luciente pelaje, grandes, hartos de hierba, parejos en la edad, de
una carga, cuyo vigor no fuera chico, para la labranza de un campo de
cuatro obradas y de tan buen tempero que los terrones cediesen al arado,
veríasme rompiendo un no interrumpido surco. Y de igual modo, si el
Saturnio suscitara una guerra en cualquier parte y yo tuviese un escudo, dos
lanzas y un casco de bronce que se adaptara á mis sienes, veríasme
mezclado con los que mejor y más adelante lucharan, y ya no me
reprocharías por mi vientre como ahora. Pero tú te portas con gran
insolencia, tienes ánimo cruel y quizás te creas grande y fuerte, porque estás
entre pocos y no de los mejores. Si Ulises tornara y volviera á su patria,
estas puertas tan anchas te serían angostas cuando salieses huyendo por el
vestíbulo.»
387 Así habló. Irritóse Eurímaco todavía más en su corazón y,
encarándole la torva vista, le dijo estas aladas palabras: «¡Ah, miserable!
Pronto he de imponerte el castigo que mereces por la audacia con que
hablas ante tantos varones y sin que tu ánimo se turbe: ó el vino te trastornó
el seso, ó tienes este carácter, y tal es la causa de que digas necedades. ¿Te
desvanece acaso la victoria que conseguiste contra el vagabundo Iro?»
394 En acabando de hablar, cogió un escabel; pero, como Ulises,
temiéndole, se sentara en las rodillas del duliquiense Anfínomo, acertó al
copero en la mano derecha: el jarro de éste cayó á tierra con gran estrépito y
él mismo fué á dar, gritando, de espaldas en el polvo. Los pretendientes

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movían alboroto en la obscura sala, y uno de ellos dijo al que tenía más
cerca:
401 «Ojalá acabara sus días el forastero, vagando por otros lugares,
antes que viniese; y así no hubiera originado este gran tumulto. Ahora
disputamos por los mendigos; y ni en el banquete se hallará placer alguno
porque prevalece lo peor.»
405 Y el esforzado y divinal Telémaco les habló diciendo:
«¡Desgraciados! Os volvéis locos y vuestro ánimo ya no puede disimular
los efectos de la comida y del vino: algún dios os excita sin duda. Mas, ya
que comisteis bien, vaya cada uno á recogerse en su casa, cuando el ánimo
se lo aconseje; que yo no pienso echar á nadie.»
410 Esto les dijo; y todos se mordieron los labios; admirándose de que
Telémaco les hablase con tanta audacia. Y Anfínomo, el preclaro hijo del
rey Niso Aretíada, les arengó de esta manera:
414 «¡Amigos! Nadie se irrite, oponiendo contrarias razones al dicho
justo de Telémaco; y no maltratéis al huésped, ni á ninguno de los esclavos
que moran en la casa del divinal Ulises. Mas, ea, comience el escanciador á
repartir las copas para que, en haciendo la libación, nos vayamos á recoger
en nuestras casas; y dejaremos que el huésped se quede en el palacio de
Ulises, al cuidado de Telémaco, ya que á la morada de éste enderezó el
camino.»
422 Así habló; y su discurso les plugo á todos. El héroe Mulio, heraldo
duliquiense y criado de Anfínomo, mezcló la bebida en una cratera, y
sirvióla á cuantos se hallaban presentes, llevándosela por su orden; y ellos,
después de ofrecer la libación á los bienaventurados dioses, bebieron el
dulce vino. Mas después que hubieron libado y bebido cuanto desearan,
cada uno se fué á acostar á su respectiva casa.

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Euriclea reconoce á Ulises al tocarle la cicatriz del muslo

CANTO XIX
COLOQUIO DE ULISES Y PENÉLOPE.—EL LAVATORIO Ó RECONOCIMIENTO DE
ULISES POR EURICLEA

1 Quedóse en el palacio el divinal Ulises y, junto con Minerva, pensaba
en la matanza de los pretendientes, cuando de súbito dijo á Telémaco estas
aladas palabras:
4 «¡Telémaco! Es preciso llevar adentro las marciales armas y engañar
á los pretendientes con suaves frases cuando las echen de menos y te
pregunten por las mismas: «Las he llevado lejos del humo, porque ya no
parecen las que dejó Ulises al partir para Troya; sino que están afeadas en la
parte que alcanzó el ardor del fuego. Además, alguna deidad me sugirió en
la mente esta otra razón más poderosa: no sea que, embriagándoos, trabéis
una disputa, os hiráis los unos á los otros, y mancilléis el convite y el
noviazgo; que ya el hierro por sí solo atrae al hombre.»
14 Así se expresó. Telémaco obedeció á su padre y, llamando á su
nodriza Euriclea, hablóle de esta suerte:

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16 «¡Ama! Ea, tenme encerradas las mujeres en sus habitaciones,
mientras llevo á otro cuarto las magníficas armas de mi padre, pues en su
ausencia nadie las cuida y el humo las empaña. Hasta aquí he sido un niño.
Mas ahora quiero depositarlas donde no las alcance el ardor del fuego.»
21 Respondióle su nodriza Euriclea: «¡Oh hijo! Ojalá hayas adquirido
la necesaria prudencia para cuidarte de la casa y conservar tus heredades.
Pero, ¿quién será la que vaya contigo llevándote la luz, si no dejas venir las
esclavas, que te hubiesen alumbrado?»
26 Contestóle el prudente Telémaco: «Este huésped; pues no toleraré
que permanezca ocioso quien coma de lo mío, aunque haya llegado de lejas
tierras.»
29 Así dijo; y ninguna palabra voló de los labios de Euriclea, que cerró
las puertas de las cómodas habitaciones. Ulises y su ilustre hijo se
apresuraron á llevar adentro los cascos, los abollonados escudos y las
agudas lanzas; y precedíales Palas Minerva con una lámpara de oro, la cual
daba una luz hermosísima. Y Telémaco dijo de repente á su padre:
36 «¡Oh padre! Grande es el prodigio que contemplo con mis propios
ojos: las paredes del palacio, los bonitos intercolumnios, las vigas de abeto
y los pilares encumbrados, aparecen á mi vista como si fueran ardiente
fuego. Sin duda debe de estar aquí alguno de los dioses que poseen el
anchuroso cielo.»
41 Respondióle el ingenioso Ulises: «Calla, refrena tu pensamiento y
no me interrogues; pero de este modo suelen proceder, en efecto, los dioses
que habitan el Olimpo. Ahora acuéstate, y yo me quedaré para provocar
todavía á las esclavas y departir con tu madre; la cual, lamentándose, me
preguntará muchas cosas.»
47 Así habló; y Telémaco se fué por el palacio, á la luz de las
resplandecientes antorchas, y se recogió en el aposento donde acostumbraba
dormir cuando el dulce sueño le vencía: allí se acostó para aguardar que se
descubriera la divinal Aurora. Empero el divino Ulises se quedó en la sala,
y junto con Minerva pensaba en la matanza de los pretendientes.
53 Salió de su cuarto la discreta Penélope, que parecía Diana ó la
dorada Venus, y colocáronle junto al hogar el torneado sillón, con adornos
de marfil y de plata, en que se sentaba; el cual había sido fabricado
antiguamente por el artífice Icmalio, que le puso un escabel para los pies,
adherido al mismo y cubierto con una grande piel. Allí se sentó la discreta
Penélope. Llegaron de dentro de la casa las doncellas de níveos brazos,

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retiraron el abundante pan, las mesas, y las copas en que bebían los
soberbios pretendientes, y, echando por tierra las brasas de los tederos,
amontonaron en los mismos gran cantidad de leña para que hubiese luz y
calor. Y Melanto increpó á Ulises por segunda vez:
66 «¡Forastero! ¿Nos importunarás todavía, andando por la casa
durante la noche y espiando á las mujeres? Vete afuera, oh mísero, y
conténtate con lo que comiste, ó muy pronto te echarán á tizonazos.»
70 Mirándola con torva faz, exclamó el ingenioso Ulises:
«¡Desdichada! ¿Por qué me acometes de esta manera, con ánimo irritado?
¿Quizás porque voy sucio, llevo miserables vestiduras y pido limosna por la
población? La necesidad me fuerza á ello, y así son los mendigos y los
vagabundos. Pues en otra época también yo fuí dichoso entre los hombres,
habité una rica morada y en multitud de ocasiones di limosna al vagabundo,
cualquiera que fuese y hallárase en la necesidad en que se hallase; entonces
poseía innumerables siervos y otras muchas cosas con las cuales los
hombres viven en regalo y gozan fama de opulentos. Mas Júpiter Saturnio
me arruinó, porque así lo quiso. No sea que también tú, oh mujer, vayas á
perder toda la hermosura por la cual sobresales entre las esclavas; que tu
señora, irritándose, se embravezca contigo; ó que Ulises llegue, pues aún
hay esperanza de que torne. Y si, por haber muerto, no volviese, ya su hijo
Telémaco es tal, por la voluntad de Apolo, que ninguna de las mujeres del
palacio le pasará inadvertida si fuere mala; pues ya tiene edad para
entenderlo.»
89 Así habló. Oyóle la discreta Penélope y respondió á su esclava
diciéndole de este modo:
91 «¡Atrevida! ¡Perra desvergonzada! No se me oculta la mala acción
que estás cometiendo y que pagarás con tu cabeza. Muy bien te constaba,
por haberlo oído de mi boca, que he de interrogar al forastero en esta sala,
acerca de mi esposo; pues me hallo sumamente afligida.»
96 Dijo; y acto continuo dirigió estas palabras á Eurínome, la
despensera: «¡Eurínome! Trae una silla y cúbrela con una piel, á fin de que
se acomode el forastero, y hable y me escuche, que deseo interrogarle.»
100 Así habló. Apresuróse Eurínome á traer una pulimentada silla, la
cubrió con una piel, y en ella tomó asiento el paciente divinal Ulises.
Entonces rompió el silencio la discreta Penélope, hablando de esta suerte:
104 «¡Forastero! Ante todo te haré yo misma estas preguntas: ¿Quién
eres y de qué país procedes? ¿Dónde se hallan tu ciudad y tus padres?»

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106 Respondióle el ingenioso Ulises: «¡Oh mujer! Ninguno de los
mortales de la vasta tierra podría censurarte, pues tu gloria llega hasta el
anchuroso cielo como la de un rey eximio y temeroso de los dioses, que
impera sobre muchos y esforzados hombres, hace triunfar la justicia, y al
amparo de su buen gobierno la negra tierra produce trigo y cebada, los
árboles se cargan de fruta, las ovejas paren hijuelos robustos, el mar da
peces, y son dichosos los pueblos que le están sometidos. Mas ahora, que
nos hallamos en tu casa, hazme otras preguntas, y no te propongas
averiguar mi linaje, ni mi patria: no sea que con el recuerdo acrecientes los
pesares de mi corazón, pues he sido muy desgraciado. Y tampoco conviene
que en casa ajena esté llorando y lamentándome, porque es muy malo
afligirse siempre y sin descanso: no fuera que alguna de las esclavas se
enojara conmigo, ó tú misma, y dijerais que derramo lágrimas porque el
vino me perturbó el entendimiento.»
123 Contestóle en seguida la discreta Penélope: «¡Huésped! Mis
atractivos—la belleza y la gracia de mi cuerpo—destruyéronlos los
inmortales cuando los argivos partieron para Ilión y se fué con ellos mi
esposo Ulises. Si éste, volviendo, cuidara de mi vida, mayor y más hermosa
fuera mi gloria; pues estoy angustiada por tantos males como me envió
algún dios. Cuantos próceres mandan en las islas, en Duliquio, en Same y
en la selvosa Zacinto, y cuantos viven en la propia Ítaca, que se ve de lejos,
me pretenden contra mi voluntad y arruinan nuestra casa. Por esto no me
curo de los huéspedes, ni de los suplicantes, ni de los heraldos, que son
ministros públicos; sino que, padeciendo soledad de Ulises, se me consume
el ánimo. Ellos me dan prisa á que me case, y yo tramo engaños.
Primeramente sugirióme un dios que me pusiese á tejer en el palacio una
gran tela sutil é interminable, y entonces les hablé de este modo: ¡Jóvenes,
pretendientes míos! Ya que ha muerto el divinal Ulises, aguardad, para
instar mis bodas, que acabe este lienzo—no sea que se me pierdan
inútilmente los hilos,—á fin de que tenga sudario el héroe Laertes en el
momento fatal de la aterradora muerte. ¡No se me vaya á indignar alguna
de las aqueas del pueblo, si ve enterrar sin mortaja á un hombre que ha
poseído tantos bienes! Así les dije y su ánimo generoso se dejó persuadir.
Desde aquel instante, pasábame el día labrando la gran tela y por la noche,
tan luego como me alumbraba con las antorchas, deshacía lo tejido. De esta
suerte logré ocultar el engaño y que mis palabras fueran creídas por los
aqueos durante un trienio; mas, así que vino el cuarto año y volvieron á

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sucederse las estaciones, después de transcurrir los meses y de pasar
muchos días, entonces, gracias á las perras de mis esclavas que de nada se
cuidan, vinieron á sorprenderme y me increparon con sus palabras. Así fué
como, mal de mi grado, me vi en la necesidad de acabar la tela. Ahora ni me
es posible evitar las bodas, ni hallo ningún otro consejo que me valga. Mis
padres desean apresurar el casamiento y mi hijo siente gran pena al notar
cómo son devorados nuestros bienes, porque ya es un hombre apto para
regir la casa y Júpiter le da gloria. Mas, con todo eso, dime tu linaje y de
dónde eres; que no serán tus progenitores la encina ó el peñasco de la vieja
fábula.»
164 Respondióle el ingenioso Ulises: «¡Oh veneranda esposa de Ulises
Laertíada! ¿No cesarás de interrogarme acerca de mi progenie? Pues bien,
voy á decírtela, aunque con ello acrecientes los pesares que me agobian;
pues así le ocurre al hombre que, como yo, ha permanecido mucho tiempo
fuera de su patria, peregrinando por tantas ciudades y padeciendo fatigas.
Mas, con todo, te hablaré de aquello acerca de lo cual me preguntas é
interrogas.
172 »En medio del vinoso ponto, rodeada del mar, existe una tierra
hermosa y fértil, Creta; donde hay muchos, innumerables hombres, y
noventa ciudades. Allí se oyen mezcladas varias lenguas, pues viven en
aquel país los aqueos, los magnánimos cretenses indígenas, los cidones, los
dorios, que están divididos en tres tribus, y los divinales pelasgos. Entre las
ciudades se halla Cnoso, gran urbe, en la cual reinó por espacio de nueve
años Minos, que conversaba con el gran Júpiter y fué padre de mi padre, del
magnánimo Deucalión. Éste engendróme á mí y al rey Idomeneo, que fué á
Ilión en las corvas naves, juntamente con los Atridas; mi preclaro nombre es
Etón y soy el más joven de los dos hermanos, pues aquél es el mayor y el
más valiente. En Cnoso conocí á Ulises y aun le ofrecí los dones de la
hospitalidad. El héroe enderezaba el viaje para Troya cuando la fuerza del
viento lo apartó de Malea y lo llevó á Creta: y entonces ancoró sus barcos
en un puerto peligroso, en la desembocadura del Amniso, donde está la
gruta de Ilitia, y á duras penas pudo escapar de la tormenta. Entróse en
seguida por la ciudad y preguntó por Idomeneo, que era, según afirmaba, su
huésped querido y venerado; mas ya la Aurora había aparecido diez ú once
veces desde que partiera para Ilión con sus corvas naves. Al punto lo
conduje al palacio, le proporcioné digna hospitalidad, tratándole solícita y
amistosamente—que en nuestra casa reinaba la abundancia—é hice que á él

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y á los compañeros que llevaba se les diera harina y negro vino en común
por el pueblo, y también bueyes para que los sacrificaran y satisficieran de
este modo su apetito. Los divinales aqueos permanecieron con nosotros
doce días, por soplar el Bóreas tan fuertemente que casi no se podía estar ni
aun en la tierra. Debió de excitarlo alguna deidad malévola. Mas, en el día
treceno echóse el viento y se dieron á la vela.»
203 De tal suerte forjaba su relato, refiriendo muchas cosas falsas que
parecían verdaderas; y á Penélope, al oirlo, le brotaban las lágrimas de los
ojos y se le deshacía el cuerpo. Así como en las altas montañas se derrite la
nieve al soplo del Euro, después que el Céfiro la hiciera caer, y la corriente
de los ríos crece con la que se funde; así se derretían con el llanto las
hermosas mejillas de Penélope, que lloraba por su marido teniéndolo á su
vera. Ulises, aunque interiormente compadecía á su mujer, que sollozaba,
tuvo los ojos tan firmes dentro de los párpados cual si fueran de cuerno ó de
hierro, y logró con astucia que no se le rezumasen las lágrimas. Y Penélope,
después que se hubo saciado de llorar y de gemir, tornó á hablarle con estas
palabras:
215 «Ahora, oh huésped, pienso someterte á una prueba para saber si es
verdad, como lo afirmas, que en tu palacio hospedaste á mi esposo con sus
compañeros iguales á los dioses. Dime qué vestiduras llevaba su cuerpo y
cómo eran el propio Ulises y los compañeros que le seguían.»
220 Respondióle el ingenioso Ulises: «¡Oh mujer! Es difícil referirlo
después de tanto tiempo, porque hace ya veinte años que se fué de allá y
dejó mi patria; esto no obstante, te diré cómo se lo representa mi corazón.
Llevaba el divinal Ulises un manto lanoso, doble, purpúreo, con áureo
broche de dos agujeros; en la parte anterior del manto estaba bordado un
perro que tenía entre sus patas delanteras un manchado cervatillo,
mirándole forcejar; y á todos pasmaba que, siendo entrambos de oro, aquél
mirara al cervatillo á quien ahogaba, y éste forcejara con los pies, deseando
escapar. En torno al cuerpo de Ulises vi una espléndida túnica que semejaba
árida binza de cebolla, ¡tan suave era! y relucía como un sol; y muchas
mujeres la contemplaban admiradas. Pero he de decirte una cosa que fijarás
en la memoria: no sé si Ulises ya llevaría estas vestiduras en su casa ó se las
dió uno de los compañeros, cuando iba en su velera nave, ó quizás algún
huésped; que Ulises tenía muchos amigos, como que eran pocos los aqueos
que pudieran comparársele. También yo le regalé una broncínea espada, un
hermoso manto doble de color de púrpura, y una túnica talar; después de lo

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cual fuí á despedirle con gran respeto hasta su nave de muchos bancos.
Acompañábale un heraldo un poco más viejo que él y voy á decirte cómo
era: metido de hombros, de negra tez y rizado cabello, y su nombre
Euríbates. Honrábale Ulises mucho más que á otro alguno de sus
compañeros, porque ambos solían pensar de igual manera.»
249 Así le dijo, y acrecentóle el deseo del llanto, pues Penélope
reconoció las señales que Ulises describiera con tal certidumbre. Y cuando
estuvo harta de llorar y de gemir, le respondió con estas palabras:
253 «¡Oh huésped! Aunque ya antes de ahora te tuve compasión, en
adelante has de ser querido y venerado en esta casa; pues yo misma le
entregué esas vestiduras que dices, sacándolas bien plegadas de mi estancia,
y les puse el lustroso broche, para que le sirviese de ornamento á Ulises.
Mas ya no tornaré á recibirle, de vuelta á su hogar y á su patria; que con
hado funesto partió en las cóncavas naves, para ver aquella Ilión perniciosa
y nefanda.»

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Forjaba su relato refiriendo á Penélope muchas cosas falsas que parecían verdaderas
(Canto XIX verso 203.)

261 Respondióle el ingenioso Ulises: «¡Oh veneranda consorte de
Ulises Laertíada! No mortifiques más el hermoso cuerpo, ni consumas el

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ánimo, llorando á tu marido; bien que por ello no he de reprenderte, porque
la mujer acostumbra á sollozar cuando perdió el varón con quien se casó
virgen y de cuyo amor tuvo hijos, aunque no sea como Ulises, que, según
cuentan, se asemejaba á los dioses. Suspende el llanto y presta atención á
mis palabras, pues voy á hablarte con sinceridad y no te callaré nada de
cuanto sé sobre el regreso de Ulises; el cual vive, está cerca—en el opulento
país de los tesprotos—y trae muchas y excelentes preciosidades que ha
logrado recoger por entre el pueblo. Perdió sus fieles compañeros y la
cóncava nave en el vinoso ponto, al venir de la isla de Trinacria, porque
contra él se airaron Júpiter y el Sol, á cuyas vacas habían dado muerte sus
compañeros. Los demás perecieron en el alborotado ponto, y Ulises, que
montó en la quilla de su nave, fué arrojado por las olas á tierra firme, al país
de los feacios, que son cercanos por su linaje á los dioses; y ellos le
honraron cordialmente como á un numen, le hicieron muchos regalos y
deseaban conducirlo sano y salvo á su casa. Y ya estuviera Ulises aquí
mucho tiempo ha, si no le hubiese parecido más útil irse por la vasta tierra
para juntar riquezas; como que sobresale por sus astucias entre los mortales
hombres y con él no puede rivalizar ninguno. Así me lo dijo Fidón, rey de
los tesprotos, y juró en mi presencia, haciendo libaciones en su casa, que ya
habían botado la nave al mar y estaban á punto los compañeros para
conducirlo á su tierra. Pero antes envióme á mí, porque se ofreció
casualmente un barco de varones tesprotos que iba á Duliquio, la abundosa
en trigo. Y me mostró todos los bienes que Ulises había juntado, con los
cuales pudiera mantenerse un hombre y sus descendientes hasta la décima
generación: ¡tantos objetos preciosos tenía en el palacio de aquel rey!
Añadió que Ulises estaba en Dodona para saber por la alta encina la
voluntad de Júpiter acerca de si convendría que volviese manifiesta ó
encubiertamente á su patria, de la cual tanto ha que se halla ausente. Salvo
está, pues, y vendrá pronto, que no permanecerá mucho tiempo alejado de
sus amigos y de su patria; y sobre este punto voy á prestar un juramento.
Sean testigos Júpiter, el más excelso y poderoso de los dioses, y el hogar del
irreprochable Ulises á que he llegado, de que todo se cumplirá como lo
digo: Ulises vendrá aquí este año, al terminar el corriente mes y comenzar
el próximo.»
308 Respondióle la discreta Penélope: «Ojalá se cumpliese cuanto
dices, oh forastero, que bien pronto conocerías mi amistad, pues te haría
tantos regalos que te considerara dichoso quien contigo se encontrase. Pero

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mi ánimo presiente lo que ha de ocurrir: ni Ulises volverá á esta casa, ni tú
conseguirás que te lleven á la tuya; que no hay en el palacio quienes lo
rijan, siendo cual era Ulises—si todo no fué un sueño—para acoger y
conducir á los venerables huéspedes. Mas vosotras, criadas, lavad al
huésped y aparejadle un lecho, con su cama, mantas y colchas espléndidas;
para que, calentándose bien, aguarde la aparición de la Aurora de áureo
trono. Mañana, muy temprano, bañadle y ungidle; y coma aquí dentro, en
esta sala, al lado de Telémaco. Mal para aquél que con el ánimo furioso le
molestare, pues será la última acción que aquí realice por muy irritado que
se ponga. ¿Cómo sabrías, oh huésped, si aventajo á las demás mujeres en
inteligencia y prudente consejo, si dejara que así, tan sucio y
miserablemente vestido, comieras en el palacio? Son los hombres de vida
corta: el cruel, el que procede inicuamente, consigue que todos los mortales
le imprequen desventuras mientras vive y que todos lo insulten después que
ha muerto; mas, el intachable, el que se porta con corrección, alcanza una
fama grandísima que sus huéspedes difunden entre todos los hombres y son
muchos los que le llaman bueno.»
335 Respondióle el ingenioso Ulises: «¡Oh veneranda mujer de Ulises
Laertíada! Los mantos y las colchas espléndidas los tengo aborrecidos
desde la hora en que dejé los nevados montes de Creta y partí en la nave de
largos remos. Me acostaré como antes, cuando pasaba las noches sin pegar
el ojo; pues en muchas de ellas descansé en ruin lecho, aguardando la
aparición de la divinal Aurora, de hermoso trono. Tampoco le agradan á mi
ánimo los baños de pies, ni tocará los míos ninguna mujer de las que te
sirven en el palacio, si no hay alguna muy vieja y de honestos
pensamientos, que en su alma haya sufrido tanto como yo; pues á ésa no la
he de impedir que mis pies toque.»
349 Contestóle la discreta Penélope: «¡Huésped amado! Jamás aportó á
mi casa otro varón de tan buen juicio entre los amigables huéspedes que
vinieron de lejas tierras á mi morada; tal perspicuidad y cordura denotan tus
palabras. Tengo una anciana de prudente espíritu, que fué la que alimentó y
crió á aquel infeliz después de recibirlo en sus brazos cuando la madre lo
parió: ésta te lavará los pies aunque sus fuerzas son ya menguadas. Ea,
prudente Euriclea, levántate y lava á este varón coetáneo de tu señor; que en
los pies y en la manos debe de estar Ulises de semejante modo, pues los
mortales envejecen presto en la desgracia.»

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361 Así habló. La vieja cubrióse el rostro con ambas manos, rompió en
ardientes lágrimas y dijo estas lastimeras razones:
363 «¡Ay, hijo mío, que no puedo salvarte! Sin duda Júpiter te cobró
más odio que á hombre alguno, á pesar de que tu ánimo era tan temeroso de
las deidades. Ningún mortal quemó tantos pingües muslos en honor de
Jove, que se huelga con el rayo, ni le sacrificó tantas y tan selectas
hecatombes, como tú le has ofrecido rogándole que te diese placentera
senectud y te dejara criar á tu hijo ilustre; y ahora te ha privado, á ti tan
sólo, de ver lucir el día de la vuelta. Quizás se mofaron de mi señor las
criadas de lejano huésped á cuyo magnífico palacio llegara, como se burlan
de ti, oh forastero, estas perras cuyos denuestos y abundantes infamias
quieres evitar no permitiendo que te laven; y por tal razón me manda que lo
haga yo, no ciertamente contra mi deseo, la hija de Icario, la discreta
Penélope. Y así, te lavaré los pies por consideración á la propia Penélope y
á ti mismo; pues siento que en el interior me conmueven el ánimo tus
desventuras. Mas, ea, oye lo que voy á decir: muchos huéspedes
infortunados vinieron á esta casa, pero en ninguno he advertido una
semejanza tan grande con Ulises en el cuerpo, en la voz y en los pies, como
en ti la noto.»
382 Respondióle el ingenioso Ulises: «¡Oh anciana! Lo mismo dicen
cuantos nos vieron con sus propios ojos: que somos muy semejantes, como
tú lo has observado.»
386 Tales fueron sus palabras. La vieja tomó un reluciente caldero en el
que acostumbraba lavar los pies, echóle gran cantidad de agua fría y
derramó sobre ella otra caliente. Mientras tanto, sentóse Ulises cabe al
hogar y se volvió hacia lo obscuro, pues súbitamente le entró en el alma el
temor de que la anciana, al asirle el pie, reparase en cierta cicatriz y todo
quedara descubierto. Euriclea se acercó á su señor, comenzó á lavarlo y
pronto reconoció la cicatriz de la herida que le hiciera un jabalí con su
blanco diente, con ocasión de haber ido aquél al Parnaso, á ver á Autólico y
sus hijos. Era ése el padre ilustre de la madre de Ulises, y descollaba sobre
los hombres en hurtar y jurar, presentes que le había hecho el propio
Mercurio en cuyo honor quemaba agradables muslos de corderos y de
cabritos; por esto el dios le asistía benévolo. Cuando anteriormente fué
Autólico á la opulenta población de Ítaca, halló un niño recién nacido de su
hija; y, después de cenar, Euriclea se lo puso en las rodillas, y le habló de
semejante modo:

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403 «¡Autólico! Busca tú ahora algún nombre para ponérselo al hijo de
tu hija, que tanto deseaste.»
405 Y Autólico respondió diciendo: «¡Yerno, hija mía! Ponedle el
nombre que os voy á decir. Como llegué aquí después de haberme airado[1]
contra muchos hombres y mujeres, yendo por la fértil tierra, sea Ulises[2] el
nombre por el que se le llame. Y cuando llegue á mozo y vaya al Parnaso, á
la grande casa materna donde se hallan mis riquezas, le daré parte de las
mismas y os lo enviaré contento.»

[1] Ὀδυσσάμενος (odyssámenos), participio de aoristo del verbo ὀδύσσομαι que significa
airarse.

[2] Ὀδυσεύς (Odyseus). Nombre del principal personaje de la Odisea, transformado por los
latinos en Ulysses y Ulyxes.

413 Por esto fué Ulises: para que aquél le entregara los espléndidos
dones. Autólico y sus hijos recibiéronlo afectuosamente, con apretones de
mano y dulces palabras; y Anfitea, su abuela materna, lo abrazó y le besó la
cabeza y los lindos ojos. Autólico mandó seguidamente á sus gloriosos hijos
que aparejasen la comida; y, habiendo ellos atendido la exhortación,
trajeron un buey de cinco años. Al instante lo desollaron y prepararon, lo
partieron todo, lo dividieron con suma habilidad en pedazos pequeños que
espetaron en los asadores y asaron cuidadosamente, y acto continuo
distribuyeron las raciones. Todo el día, hasta la puesta del sol, celebraron el
festín; y nadie careció de su respectiva porción. Y tan pronto como el sol se
puso y sobrevino la noche, acostáronse y el don del sueño recibieron.
428 Así que se descubrió la hija de la mañana, la Aurora de rosáceos
dedos, los hijos de Autólico y el divinal Ulises se fueron á cazar llevándose
los canes. Encamináronse al alto monte Parnaso, cubierto de bosque, y
pronto llegaron á sus ventosos collados. Ya el sol hería con sus rayos los
campos, saliendo de la plácida y profunda corriente del Océano, cuando los
cazadores penetraron en un valle: iban al frente los perros, que rastreaban la
caza; detrás, los hijos de Autólico, y con éstos, pero á poca distancia de los
canes, el divinal Ulises, blandiendo ingente lanza. En aquel sitio estaba
echado un enorme jabalí, en medio de una espesura tan densa que ni el
húmedo soplo de los vientos pasaba á su través, ni la herían los rayos del
resplandeciente sol, ni la lluvia la penetraba del todo, ¡así era de densa!,

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habiendo en la misma gran copia de hojas secas amontonadas. El ruido de
los pasos de los hombres y de los canes, que se acercaban cazando, llegó
hasta el jabalí; y éste dejó el soto, fué á encontrarles con las crines del
cuello erizadas y los ojos echando fuego, y se detuvo muy cerca de los
mismos. Ulises, que fué el primero en acometerle, levantó con su mano
robusta la luenga lanza, deseando herirle; pero adelantósele el jabalí, le dió
un golpe sobre la rodilla, y, como arremetiera oblicuamente, desgarró con
su diente mucha carne sin llegar al hueso. Entonces Ulises le acertó en la
espalda derecha, se la atravesó con la punta de la luciente lanza, y el animal
quedó tendido en el polvo y perdió la vida. Los caros hijos de Autólico
reuniéronse en torno del eximio Ulises, igual á un dios, para socorrerle:
vendáronle hábilmente la herida, restañaron la negruzca sangre con un
ensalmo, y volvieron todos á la casa paterna. Autólico y sus hijos, después
de curarle bien, le hicieron espléndidos regalos; y pronto, con mutuo
regocijo, lo enviaron á Ítaca. El padre y la veneranda madre de Ulises
holgáronse de su vuelta y le preguntaron muchas cosas y qué le había
ocurrido que llevaba aquella cicatriz; y él refirióles por menor cómo,
habiendo ido al Parnaso á cazar con los hijos de Autólico, hirióle un jabalí
con su albo diente.
467 Al tocar la vieja con la palma de la mano esta cicatriz, reconocióla
y soltó el pie de Ulises: dió la pierna contra el caldero, resonó el bronce,
inclinóse la vasija hacia atrás, y el agua se derramó en tierra. El gozo y el
dolor invadieron simultáneamente el corazón de Euriclea, se le arrasaron los
ojos de lágrimas y la voz sonora se le cortó. Mas luego tomó á Ulises de la
barba y hablóle así:
474 «Tú eres ciertamente Ulises, hijo querido; y yo no te conocí, hasta
que pude tocar todo mi señor con estas manos.»
476 Dijo; y volvió los ojos hacia Penélope, queriendo indicarle que
tenía dentro de la casa á su marido. Mas ella no pudo notarlo ni advertirlo
desde la parte opuesta, porque Minerva le distrajo el pensamiento. Ulises,
tomando del pescuezo á la anciana con la mano derecha, con la otra la
atrajo á sí y le dijo:
482 «¡Ama! ¿Por qué quieres perderme? Sí, tú me criaste á tus pechos,
y ahora, después de pasar muchas fatigas, he llegado en el vigésimo año á la
patria tierra. Mas, ya que lo entendiste y un dios lo sugirió á tu mente, calla
y nadie lo sepa en el palacio. Lo que voy á decir llevárase á efecto. Si un
dios hiciere sucumbir á mis manos los ilustres pretendientes, no te

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perdonaría á ti, á pesar de que fuiste mi ama, cuando matare á las demás
esclavas en el palacio.»
491 Contestóle la prudente Euriclea: «¡Hijo mío! ¡Qué palabras se te
escaparon del cerco de los dientes! Bien sabes que mi ánimo es firme é
indomable, y guardaré el secreto como una sólida piedra ó como el hierro.
Otra cosa quiero manifestarte que pondrás en tu corazón: Si un dios hace
sucumbir á tus manos los ilustres pretendientes, te diré cuáles mujeres no te
honran en el palacio y cuáles están sin culpa.»
499 Respondióle el ingenioso Ulises: «¡Ama! ¿Á qué nombrarlas?
Ninguna necesidad tienes de hacerlo. Yo mismo las observaré para
conocerlas una por una. Guarda silencio y confía en los dioses.»
503 Así dijo; y la vieja se fué por el palacio á buscar agua para lavarle
los pies, porque la primera se había derramado toda. Después que lo hubo
lavado y ungido con pingüe aceite, Ulises acercó nuevamente la silla al
fuego, para calentarse, y cubrióse la cicatriz con los harapos. Entonces
rompió el silencio la discreta Penélope, hablando de este modo:
509 «¡Huésped! Aún te haré algunas preguntas, muy pocas; que presto
será hora de dormir plácidamente, para quien logre conciliar el dulce sueño
aunque esté afligido. Á mí me ha dado algún dios un pesar inmenso, pues
durante el día me complazco en llorar, gemir y ver mis labores y las de las
siervas de la casa; pero, así que viene la noche y todos se acuestan, yago en
mi lecho y fuertes y punzantes inquietudes me asedian el oprimido corazón
y me excitan los sollozos. De la suerte que Aedón, la hija de Pandáreo,
canta hermosamente en la verde espesura, al comenzar la primavera; y,
posada en el tupido follaje de los árboles, deja oir su voz de variados sones
que muda á cada momento, llorando á Ítilo, el vástago que tuvo del rey Zeto
y mató con el bronce por imprudencia: de semejante manera está mi ánimo,
vacilando entre dos partidos, pues no sé si seguir viviendo con mi hijo y
guardar y mantener en pie todas las cosas—mis posesiones, mis esclavas y
esta casa grande y de elevada techumbre—por respeto al tálamo conyugal y
temor del dicho de la gente; ó irme ya con quien sea el mejor de los aqueos
que me pretenden en el palacio y me haga muchísimas donaciones
nupciales. Mi hijo, mientras fué insipiente muchacho, no quiso que me
casara y me fuera de esta mansión de mi esposo; mas ahora, que ya es
grande por haber llegado á la flor de la juventud, desea que desampare el
palacio, viendo con indignación que sus bienes son devorados por los
aquivos. Pero, ea, oye y declárame este sueño. Hay en la casa veinte gansos

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que comen trigo remojado en agua y yo me huelgo de contemplarlos; mas,
he aquí que bajó del monte un águila grande, de corvo pico, y,
rompiéndoles el cuello, los mató á todos; quedaron éstos tendidos en
montón y subióse aquélla al divino éter. Yo, aunque entre sueños, lloré y di
gritos; y las aquivas, de hermosas trenzas, fueron juntándose á mi alrededor,
mientras me lamentaba tanto de que el águila hubiese matado mis gansos,
que movía á compasión. Entonces el águila tornó á venir, se posó en el
borde de la techumbre, y me calmó diciendo con voz humana:
546 «¡Cobra ánimo, hija del celebérrimo Icario!, pues no es sueño, sino
visión veraz que ha de cumplirse. Los gansos son los pretendientes; y yo,
que era el águila, soy tu esposo que he llegado y daré á todos los
pretendientes ignominiosa muerte.»
551 »Así dijo. Ausentóse de mí el dulce sueño, y mirando en derredor,
vi los gansos en el palacio, junto al pesebre, que comían trigo como antes.»
554 Respondióle el ingenioso Ulises: «¡Oh mujer! No es posible
declarar el sueño de otra manera, ya que el propio Ulises te manifestó cómo
lo llevará al cabo: aparece clara la perdición de todos los pretendientes y
ninguno escapará de la muerte y el hado.»
559 Contestóle la discreta Penélope: «¡Huésped! Hay sueños
inescrutables y de lenguaje obscuro, y no se cumple todo lo que anuncian á
los hombres. Existen dos puertas para los leves sueños: una, construída de
cuerno; y otra, de marfil. Los que vienen por el bruñido marfil nos engañan,
trayéndonos palabras sin efecto; y los que salen por el pulimentado cuerno
anuncian, al mortal que los ve, cosas que realmente han de cumplirse. Mas,
no me figuro que mi terrible sueño haya salido por el último, que nos fuera
muy grato á mí y á mi hijo. Otra cosa voy á decirte que pondrás en tu
corazón. No tardará en lucir la infausta aurora que ha de alejarme de la casa
de Ulises, pues ya quiero ofrecer á los pretendientes un certamen: las
segures, que aquél fijaba en línea recta y en número de doce, dentro de su
palacio, cual si fuesen los puntales de un navío en construcción, y desde
muy lejos hacía pasar una flecha por los anillos. Ahora, pues, los invitaré á
esta lucha y aquel que más fácilmente maneje el arco, lo arme y haga pasar
una flecha por el ojo de las segures, será con quien yo me vaya, dejando
esta casa á la que vine doncella, que es tan hermosa, que está tan abastecida,
y de la cual me figuro que habré de acordarme aun entre sueños.»
582 Respondióle el ingenioso Ulises: «¡Oh veneranda mujer de Ulises
Laertíada! No difieras por más tiempo ese certamen que ha de efectuarse en

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el palacio; pues el ingenioso Ulises vendrá antes que ellos, manejando el
pulido arco, logren tirar de la cuerda y consigan que pase la flecha á través
del hierro.»
588 Díjole entonces la discreta Penélope: «¡Huésped! Si quisieras
deleitarme con tus dichos, sentado junto á mí, en esta sala, no caería
ciertamente el sueño en mis ojos; mas no es posible que los hombres estén
sin dormir porque los númenes han ordenado que los mortales de la fértil
tierra empleen una parte del tiempo en cada cosa. Voyme á la estancia
superior y me acostaré en mi lecho tan luctuoso, que siempre está regado de
lágrimas desde que Ulises partió para ver aquella Ilión perniciosa y
nefanda. Allí descansaré. Acuéstate tú en el interior del palacio, tendiendo
algo por el suelo ó en la cama que te hicieren.»
600 Diciendo así, subió á la espléndida habitación superior sin que
fuese sola, pues la acompañaban las esclavas. Y, en llegando con ellas á lo
alto de la casa, se puso á llorar por Ulises, su caro marido, hasta que
Minerva, la de los brillantes ojos, le difundió en los párpados el dulce
sueño.

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Las hijas de Pandáreo son arrebatadas por las Harpías

CANTO XX
LO QUE PRECEDIÓ Á LA MATANZA DE LOS PRETENDIENTES

1 Acostóse á su vez el divinal Ulises en el vestíbulo de la casa: tendió
la piel cruda de un buey, echó encima otras muchas pieles de ovejas
sacrificadas por los aqueos y, tan pronto como yació, cobijóle Eurínome con
un manto. Mientras Ulises estaba echado y en vela y discurría males contra
los pretendientes, salieron del palacio, riendo y bromeando unas con otras,
las mujeres que con ellos solían juntarse. El héroe sintió conmovérsele el
ánimo en el pecho, y revolvió muchas cosas en su mente y en su espíritu,
pues se hallaba indeciso entre echarse sobre las criadas y matarlas ó dejar
que por la última y postrera vez se uniesen con los orgullosos pretendientes;
y en tanto el corazón desde dentro le ladraba. Como la perra que anda
alrededor de sus tiernos cachorrillos, ladra y desea acometer cuando ve á un
hombre á quien no conoce; así, al presenciar con indignación aquellas
malas acciones, ladraba interiormente el corazón de Ulises. Y éste, dándose
de golpes en el pecho, reprendiólo con semejantes palabras:

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18 «¡Sufre, corazón, que algo más vergonzoso hubiste de soportar
aquel día en que el Ciclope, de fuerza indómita, me devoraba los esforzados
compañeros; y tú lo toleraste, hasta que mi astucia nos sacó del antro donde
creíamos perecer!»
22 Tal dijo, increpando en su pecho al corazón que en todo instante se
mostraba sufrido y obediente; mas Ulises revolvíase ya á un lado ya al
opuesto. Del modo que, cuando un hombre asa á un grande y encendido
fuego un vientre repleto de gordura y de sangre, le da vueltas acá y allá con
el propósito de acabar pronto; así se revolvía Ulises á una y á otra parte,
mientras pensaba de qué manera conseguiría poner las manos en los
desvergonzados pretendientes, hallándose solo contra tantos. Pero
acercósele Minerva, que había descendido del cielo; y, transfigurándose en
una mujer, se detuvo sobre su cabeza y le habló diciendo:
33 «¿Por qué velas todavía, oh desdichado sobre todos los varones?
Ésta es tu casa y tienes dentro á tu mujer y á tu hijo, que es tal como todos
desearan que fuese el suyo.»
36 Respondióle el ingenioso Ulises: «Sí, muy oportuno es, oh diosa,
cuanto acabas de decir; pero mi ánimo me hace pensar cómo lograré poner
las manos en los desvergonzados pretendientes, hallándome solo, mientras
que ellos están siempre reunidos en el palacio. Considero también otra cosa
aún más importante: Si logro matarlos, por la voluntad de Júpiter y la tuya,
¿adónde me podré refugiar? Yo te invito á que lo pienses.»
44 Díjole entonces Minerva, la deidad de los brillantes ojos:
«¡Desdichado! Se tiene confianza en un compañero peor, que es mortal y no
sabe dar tantos consejos; y yo soy una diosa que te guarda en todos tus
trabajos. Te hablaré muy claramente. Aunque nos rodearan cincuenta
compañías de hombres de voz articulada, ansiosos de acabar con nosotros
peleando, te fuera posible llevarte sus bueyes y sus pingües ovejas. Pero
ríndete al sueño, que es gran molestia pasar la noche sin dormir y vigilando;
y ya en breve saldrás de estos males.»
54 Así le habló; y, apenas hubo infundido el sueño en los párpados de
Ulises, la divina entre las diosas volvió al Olimpo.
56 Cuando al héroe le vencía el sueño, que deja el ánimo libre de
inquietudes y relaja los miembros, despertaba su honesta esposa, la cual
rompió en llanto, sentándose en la mullida cama. Y así que su ánimo se
cansó de sollozar, la divina entre las mujeres elevó á Diana la siguiente
súplica:

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61 «¡Oh Diana, venerable diosa hija de Júpiter! ¡Ojalá que, tirándome
una saeta al pecho, ahora mismo me quitaras la vida; ó que una tempestad
me arrebatara, conduciéndome hacia las sombrías sendas, y me dejara caer
en los confines del refluente Océano, de igual modo que las borrascas se
llevaron las hijas de Pandáreo! Cuando, por haberles los númenes muerto
los padres, se quedaran huérfanas en el palacio, la diosa Venus las crió con
queso, dulce miel y suave vino; dotólas Juno de hermosura y prudencia
sobre todas las mujeres; dióles la casta Diana buena estatura, y adestrólas
Minerva en labores eximias. Pero, mientras la diosa Venus se encaminaba al
vasto Olimpo á pedirle á Júpiter, que se huelga con el rayo, florecientes
nupcias para las doncellas—pues aquel dios lo sabe todo y conoce el
destino favorable ó adverso de los mortales—arrebatáronlas las Harpías y
se las dieron á las odiosas Furias como esclavas. Háganme desaparecer de
igual suerte los que viven en olímpicos palacios ó máteme Diana, la de
lindas trenzas, para que yo penetre en la odiosa tierra, teniendo ante mis
ojos á Ulises, y no haya de alegrar la mente de ningún hombre inferior.
Cualquier mal es soportable, aunque pasemos el día llorando y con el
corazón muy triste, si por la noche viene el sueño, que nos trae el olvido de
las cosas buenas y malas al cerrarnos los ojos. Pero á mí me envía algún
dios perniciosos ensueños. Esta misma noche acostóse á mi lado un
fantasma muy semejante á él, tal como era Ulises cuando partió con el
ejército; y mi corazón se alegraba, figurándose que no era sueño sino
veras.»
91 Así dijo; y al punto se descubrió la Aurora, de áureo trono. Ulises
oyó las voces que Penélope daba en su llanto, meditó luego y le pareció
como si la tuviese junto á su cabeza por haberle reconocido. Á la hora
recogió el manto y las pieles en que estaba echado y lo puso todo en una
silla del palacio, sacó afuera la piel de buey y, alzando las manos, dirigió á
Júpiter esta súplica:
98 «¡Padre Júpiter! Si vosotros los dioses me habéis traído de buen
grado, por tierra y por mar, á mi patrio suelo, después de enviarme multitud
de infortunios; haz que diga algún presagio cualquiera de los que en el
interior despiertan y muéstrese en el exterior otro prodigio tuyo.»
102 Tal fué su plegaria. Oyóla el próvido Júpiter y en el acto mandó un
trueno desde el resplandeciente Olimpo, desde lo alto de las nubes, que le
causó á Ulises profunda alegría. El presagio dióselo en la casa una mujer
que molía el grano cerca de él, donde estaban las muelas del pastor de

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hombres. Doce eran las que allí trabajaban solícitamente, fabricando harinas
de cebada y de trigo, que son el alimento de los hombres; pero todas
descansaban ya, por haber molido su parte correspondiente de trigo, á
excepción de una que aún no había terminado porque era muy flaca. Ésta,
pues, paró la muela y dijo las siguientes palabras, que fueron una señal para
su amo:
112 «¡Padre Júpiter, que imperas sobre los dioses y sobre los hombres!
Has enviado un fuerte trueno desde el cielo estrellado y no hay nube alguna;
indudablemente es una señal que haces á alguien. Cúmpleme ahora también
á mí, á esta mísera, lo que te voy á pedir: Tomen hoy los pretendientes por
la última y postrera vez la agradable comida en el palacio de Ulises; y, ya
que hicieron desfallecer mis rodillas con el penoso trabajo de fabricarles
harina, sea también ésta la última vez que cenen.»
120 Así se expresó; y holgóse el divinal Ulises con el presagio y el
trueno enviado por Júpiter, pues creyó que podría castigar á los culpables.
122 Las demás esclavas, juntándose en la bella mansión de Ulises,
encendían en el hogar el fuego infatigable. Telémaco, varón igual á un dios,
se levantó de la cama, vistióse, colgó del hombro la aguda espada, ató á sus
nítidos pies hermosas sandalias y asió la fuerte lanza de broncínea punta.
Salió luego y, parándose en el umbral, dijo á Euriclea:
129 «¡Ama querida! ¿Honrasteis al huésped dentro de la casa, dándole
lecho y cena, ó yace por ahí sin que nadie le cuide? Pues mi madre es tal,
aunque la discreción no le falta, que suele honrar inconsideradamente al
peor de los hombres de voz articulada y despedir sin honra alguna al que
más vale.»
134 Respondióle la prudente Euriclea: «No la acuses ahora, hijo mío,
que no es culpable. El huésped estuvo sentado y bebiendo vino hasta que le
plugo; y en cuanto á comer, manifestó que ya no tenía más gana, y fué ella
misma quien le hizo la pregunta. Tan luego como decidió acostarse para
dormir, ordenó tu madre á las esclavas que le aparejasen la cama; pero,
como es tan mísero y desventurado, no quiso descansar en un lecho ni entre
colchas y se tendió en el vestíbulo sobre una piel cruda de buey y otras de
ovejas. Y nosotras le cubrimos con un manto.»
144 Así le dijo: Telémaco salió del palacio con su lanza en la mano y
dos perros de ágiles pies que le seguían; y fuése al ágora, á juntarse con los
aqueos de hermosas grebas. Entonces la divina entre las mujeres, Euriclea,
hija de Ops Pisenórida, comenzó á mandar de este modo á las esclavas:

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149 «Ea, algunas de vosotras barran el palacio diligentemente,
riéguenlo y pongan tapetes purpúreos en las labradas sillas; pasen otras la
esponja por las mesas y limpien las crateras y las copas dobles,
artísticamente fabricadas; y vayan las demás por agua á la fuente y tráiganla
presto. Pues los pretendientes no han de tardar en venir al palacio; antes
acudirán muy de mañana, que hoy es día de fiesta para todos.»
157 Así les habló; y ellas la escucharon y obedecieron. Veinte esclavas
se encaminaron á la fuente de aguas profundas y las otras se pusieron á
trabajar hábilmente dentro de la casa.
160 Presentáronse poco después los servidores de los aqueos y cortaron
leña con gran pericia; volvieron de la fuente las esclavas; é inmediatamente
llegó el porquerizo con tres cerdos, los mejores de cuantos tenía á su
cuidado. Eumeo dejó que pacieran en el hermoso cercado y hablóle á Ulises
con dulces palabras:
166 «¡Huésped! ¿Te ven los aqueos con mejores ojos, ó siguen
ultrajándote en el palacio como anteriormente?»
168 Respondióle el ingenioso Ulises: «Ojalá castigue un dios, oh
Eumeo, los ultrajes que con tal descaro infieren, maquinando inicuas
acciones en la casa de otro, sin tener ni sombra de vergüenza.»
172 De tal suerte conversaban. Acercóseles el cabrero Melantio, que
traía las mejores cabras de sus rebaños para la comida de los pretendientes y
le acompañaban dos pastores. Y, atando á aquéllas debajo del sonoro
pórtico, le dijo á Ulises estas mordaces palabras:
178 «¡Forastero! ¿Nos importunarás todavía en esta casa, con pedir
limosna á los varones? ¿Por ventura no saldrás de aquí? Ya me figuro que
no nos separaremos hasta haber probado la fuerza de nuestros brazos;
porque tú no mendigas como se debe, que hay otros convites de los
aqueos.»
183 Así se expresó. El ingenioso Ulises no le dió respuesta; pero meneó
la cabeza silenciosamente, agitando en lo íntimo de su alma siniestros
propósitos.
185 Fué el tercero en llegar, Filetio, mayoral de los pastores, que traía
una vaca no paridera y pingües cabras. Los barqueros, que conducen á
cuantos hombres se les presentan, los habían transportado. Y, atando aquél
las reses debajo del sonoro pórtico, paróse cabe al porquerizo y le interrogó
de esta manera:

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191 «¡Porquerizo! ¿Quién es ese forastero recién llegado á nuestra
casa? ¿Á qué hombres se gloría de pertenecer? ¿Dónde se hallan su familia
y su patria tierra? ¡Infeliz! Parece, por su cuerpo, un rey soberano; mas los
dioses anegan en males á los hombres que han vagado mucho, cuando hasta
á los reyes les destinan infortunios.»
197 Dijo; y, parándose junto á Ulises, le saludó con la diestra y le habló
con estas aladas palabras:
199 «¡Salve, padre huésped! Sé dichoso en lo sucesivo, ya que ahora te
abruman tantos males. ¡Oh, padre Júpiter!: no hay dios más funesto que tú;
pues, sin compadecerte de los hombres, á pesar de haberlos criado, los
entregas al infortunio y á los tristes dolores. Desde que te vi, empecé á
sudar y se me arrasaron los ojos de lágrimas, acordándome de Ulises;
porque me figuro que aquél vaga entre los hombres, cubierto con unos
harapos semejantes, si aún vive y goza de la lumbre del sol. Y si ha muerto
y está en la morada de Plutón, ¡ay de mí! á quien, desde niño, puso el
eximio Ulises al frente de sus vacadas en el país de los cefalenos. Hoy las
vacas son innumerables y á ningún hombre podría crecerle más el ganado
vacuno de ancha frente; pero unos extraños me ordenan que les traiga vacas
para comérselas, y no se cuidan del hijo de la casa, ni temen la venganza de
las deidades, pues ya desean repartirse las posesiones del rey cuya ausencia
se hace tan larga. Muy á menudo mi ánimo revuelve en el pecho estas ideas:
malo es que en vida del hijo me vaya á otro pueblo, emigrando con las
vacas hacia los hombres de un país extraño; pero me resulta más duro
quedarme, guardando las vacas para otros y sufriendo pesares. Y mucho ha
que me hubiese ido á refugiarme cerca de alguno de los prepotentes reyes,
porque lo de acá ya no es tolerable; pero aguardo aún á aquel infeliz, por si,
viniendo de algún sitio, dispersa á los pretendientes que están en el
palacio.»
226 Respondióle el ingenioso Ulises: «¡Boyero! Como no me pareces
ni vil ni insensato, y conozco que la prudencia rige tu espíritu, voy á decirte
una cosa que afirmaré con solemne juramento: Sean testigos primeramente
Júpiter entre los dioses y luego la mesa hospitalaria y el hogar del
irreprochable Ulises á que he llegado, de que Ulises vendrá á su casa,
estando tú en ella; y podrás ver con tus ojos, si quieres, la matanza de los
pretendientes que hoy señorean en el palacio.»

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Veinte esclavas se encaminaron á la fuente de aguas profundas
(Canto XX, verso 158.)

235 Díjole entonces el boyero: «¡Oh huésped! Ojalá el Saturnio llevara
á cumplimiento cuanto dices; que no tardarías á conocer cuál es mi fuerza y
de qué brazos dispongo.»
238 Eumeo suplicó asimismo á todos los dioses que el prudente Ulises
volviera á su casa.
240 Así éstos decían. Los pretendientes maquinaban contra Telémaco la
muerte y el destino, cuando de súbito apareció un ave á su izquierda, un
águila altanera, con una tímida paloma entre las garras. Y Anfínomo les
arengó diciendo:
245 «¡Amigos! Este propósito—la muerte de Telémaco—no tendrá
buen éxito para nosotros; mas, ea, pensemos ya en la comida.»
247 De tal suerte se expresó Anfínomo, y á todos les plugo lo que dijo.
Volviendo, pues, al palacio del divinal Ulises, dejaron sus mantos en sillas y
sillones; sacrificaron ovejas muy crecidas, pingües cabras, puercos gordos y
una gregal vaca; asaron y distribuyeron las entrañas; mezclaron el vino en
las crateras; y el porquerizo les sirvió las copas. Filetio, mayoral de los
pastores, repartióles el pan en hermosos canastillos; y Melantio les
escanciaba el vino. Y todos echaron mano á las viandas que tenían delante.

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257 Telémaco, con astuta intención, hizo sentar á Ulises dentro de la
sólida casa, junto al umbral de piedra, donde le había colocado una pobre
silla y una mesa pequeña; sirvióle parte de las entrañas, escancióle vino en
una copa de oro y le habló de esta manera:
262 «Siéntate aquí, entre estos varones, y bebe vino. Yo te libraré de las
injurias y de las manos de todos los pretendientes; pues esta casa no es
pública, sino de Ulises que la adquirió para mí. Y vosotros, oh
pretendientes, reprimid el ánimo y absteneos de las amenazas y de los
golpes, para que no se suscite disputa ni altercado alguno.»
268 Tales fueron sus palabras y todos se mordieron los labios,
admirándose de que Telémaco les hablase con tanta audacia. Entonces
Antínoo, hijo de Eupites, dijo de esta suerte:
271 «¡Aqueos! Cumplamos, aunque es dura, la orden de Telémaco, que
con tono tan amenazador acaba de hablarnos. No lo ha querido Jove
Saturnio; pues, de otra suerte, ya le habríamos hecho callar en el palacio,
aunque sea arengador sonoro.»
275 Así habló Antínoo; pero Telémaco no hizo caso de sus palabras. En
esto, ya los heraldos conducían por la ciudad la sacra hecatombe de las
deidades; y los aqueos, de larga cabellera, se juntaban en el umbrío bosque
consagrado al flechador Apolo.
279 Tan pronto como los pretendientes hubieron asado los cuartos
delanteros, retiráronlos de la lumbre, dividiéronlos en partes, y celebraron
un gran banquete. Á Ulises sirviéronle los que en esto se ocupaban, una
parte tan cumplida como la que á ellos mismos les cupo en suerte; pues así
lo ordenó Telémaco, el hijo amado del divinal Ulises.
284 Tampoco dejó entonces Minerva que los ilustres pretendientes se
abstuvieran por completo de la dolorosa injuria, á fin de que el pesar
atormentara aún más el corazón de Ulises Laertíada. Hallábase entre los
mismos un hombre de ánimo perverso llamado Ctesipo, que tenía su
morada en Same, y, confiando en sus posesiones inmensas, solicitaba á la
esposa de Ulises ausente á la sazón desde largo tiempo. Éste tal dijo á los
ensoberbecidos pretendientes:
292 «Oíd, ilustres pretendientes, lo que os voy á decir. Rato ha que el
forastero tiene su parte igual á la nuestra, como es debido; que no fuera
decoroso ni justo privar del festín á los huéspedes de Telémaco, sean cuales
fueren los que vengan á este palacio. Mas, ea, también yo voy á ofrecerle el

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don de la hospitalidad, para que á su vez haga un presente al bañero ó á
algún otro de los esclavos que viven en la casa del divinal Ulises.»
299 Habiendo hablado así, tiróle con fuerte mano una pata de buey, que
tomó de un canastillo; Ulises evitó el golpe, inclinando ligeramente la
cabeza, y en seguida se sonrió con risa sardonia; y la pata fué á dar en el
bien construído muro. Acto continuo increpó Telémaco á Ctesipo con estas
palabras:
304 «¡Ctesipo! Mucho mejor ha sido para ti no acertar al forastero,
porque éste haya evitado el golpe; que yo te traspasara con mi aguda lanza
y tu padre te hiciera acá los funerales en vez de celebrar tu casamiento. Por
tanto nadie se porte insolentemente dentro de la casa, que ya conozco y
entiendo muchas cosas, buenas y malas, aunque antes fuese un niño. Y si
toleramos lo que vemos—que sean degolladas las ovejas, y se beba el vino,
y se consuma el pan—es por la dificultad de que uno solo refrene á muchos.
Mas, ea, no me causéis más daño, siéndome malévolos; y si deseáis
matarme con el bronce, yo quisiera que lo llevaseis á cumplimiento, pues
más valdría morir que ver de continuo esas inicuas acciones: maltratados
los huéspedes y forzadas indignamente las siervas en las hermosas
estancias.»
320 Así habló. Todos enmudecieron y quedaron silenciosos. Mas al fin
les dijo Agelao Damastórida:
322 «¡Amigos! Nadie se irrite, oponiendo contrarias razones al dicho
justo de Telémaco; y no maltratéis al huésped, ni á ningún esclavo de los
que moran en la casa del divinal Ulises. Á Telémaco y á su madre les diría
unas suaves palabras, si fuere grato al corazón de entrambos. Mientras en
vuestro pecho esperaba el ánimo que el prudente Ulises volviese, no
podíamos indignarnos por la demora, ni porque se entretuviera en la casa á
los pretendientes; y aun hubiese sido lo mejor, si Ulises viniera y tornara á
su palacio. Pero ahora ya es evidente que no volverá. Ea, pues, siéntate al
lado de tu madre y dile que tome por esposo al varón más eximio y que más
donaciones le haga; para que tú sigas en posesión de los bienes de tu padre,
comiendo y bebiendo en los mismos, y ella cuide la casa de otro.»
338 Respondióle el prudente Telémaco: «No, ¡por Júpiter y por los
trabajos de mi padre que ha fallecido ó va errante lejos de Ítaca!, no difiero,
oh Agelao, las nupcias de mi madre; antes la exhorto á casarse con aquél
que, siéndole grato, le haga muchísimos presentes; pero me daría vergüenza

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arrojarla del palacio contra su voluntad y con duras palabras. ¡No permitan
los dioses que así suceda!»
345 Tales fueron las palabras de Telémaco. Palas Minerva movió á los
pretendientes á una risa inextinguible y les perturbó la razón. Reían con risa
forzada, devoraban sanguinolentas carnes, se les llenaron de lágrimas los
ojos y su ánimo presagiaba el llanto. Entonces Teoclímeno, semejante á un
dios, les dijo de esta suerte:
351 «¡Ah míseros! ¿Qué mal es ése que padecéis? Noche obscura os
envuelve la cabeza, y el rostro, y abajo las rodillas; crecen los gemidos;
báñanse en lágrimas las mejillas; y así los muros como los hermosos
intercolumnios aparecen rociados de sangre. Llenan el vestíbulo y el patio
las sombras de los que descienden al tenebroso Érebo; el sol desapareció
del cielo y una horrible obscuridad se extiende por doquier.»
358 En tales términos les habló; y todos rieron dulcemente. Entonces
Eurímaco, hijo de Pólibo, comenzó á decirles:
360 «Está loco ese huésped venido de país extraño. Ea, jóvenes,
llevadle ahora mismo á la puerta y váyase al ágora, ya que aquí le parece
que es de noche.»
363 Contestóle Teoclímeno, semejante á un dios: «¡Eurímaco! No pido
que me acompañen. Tengo ojos, orejas y pies, y en mi pecho la razón que
está sin menoscabo: con su auxilio me iré afuera, porque comprendo que
viene sobre vosotros la desgracia, de la cual no podréis huir ni libraros
ninguno de los pretendientes que en el palacio del divinal Ulises insultáis á
los hombres, maquinando inicuas acciones.»
371 Cuando esto hubo dicho, salió del cómodo palacio y se fué á la casa
de Pireo, que lo acogió benévolo. Los pretendientes se miraban los unos á
los otros y zaherían á Telémaco, burlándose de sus huéspedes. Y entre los
jóvenes soberbios hubo quien habló de esta manera:
376 «¡Telémaco! Nadie tiene en los huéspedes más desgracia que tú.
Uno es tal como ese mendigo vagabundo, necesitado de que le den pan y
vino, inhábil para todo, sin fuerzas, carga inútil de la tierra; y el otro se ha
levantado á pronunciar vaticinios. Si quieres creerme—y sería lo mejor,—
echemos á los huéspedes en una nave de muchos bancos y mandémoslos á
Sicilia; y allí te los comprarán por razonable precio.»
384 Así decían, pero Telémaco no hizo ningún caso de estas palabras;
sino que miraba silenciosamente á su padre, aguardando el momento en que
había de poner las manos en los desvergonzados pretendientes.

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387 La discreta Penélope, hija de Icario, mandó colocar su magnífico
sillón en frente de los hombres, y oía cuanto se hablaba en la sala. Y los
pretendientes reían y se preparaban el almuerzo que fué dulce y agradable,
pues sacrificaron multitud de reses; pero ninguna cena tan triste como la
que pronto iban á darles la diosa y el esforzado varón, porque habían sido
los primeros en maquinar acciones inicuas.

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Penélope, por inspiración de Minerva, les saca á los pretendientes el arco y las segures de Ulises y
promete casarse con el que venza en el certamen

CANTO XXI
LA PROPUESTA DEL ARCO

1 Minerva, la deidad de los brillantes ojos, inspiróle en el corazón á la
discreta Penélope, hija de Icario, que en la propia casa de Ulises les sacara á
los pretendientes el arco y el blanquizco hierro; á fin de celebrar el
certamen que había de ser el preludio de su matanza. Subió Penélope la alta
escalera de la casa; tomó en su hermosa y robusta mano una magnífica llave
bien curvada, de bronce, con el cabo de marfil; y se fué con las siervas al
aposento más interior donde guardaba los objetos preciosos del rey—
bronce, oro y labrado hierro—y también el flexible arco y la aljaba para las
flechas, que contenía muchas y dolorosas saetas; dones ambos que á Ulises
le hiciera su huésped Ífito Eurítida, semejante á los inmortales, cuando se
juntó con él en Lacedemonia. Encontráronse en Mesena, en casa del
belicoso Orsíloco. Ulises iba á cobrar una deuda de todo el pueblo, pues los
mesenios se habían llevado de Ítaca, en naves de muchos bancos,
trescientas ovejas con sus pastores: por esta causa Ulises, que aún era joven,

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emprendió como embajador aquel largo viaje, enviado por su padre y otros
ancianos. Á su vez, Ífito iba en busca de doce yeguas de vientre con sus
potros, pacientes en el trabajo, que antes le quitaran y que luego habían de
ser la causa de su muerte y miserable destino; pues, habiéndose llegado á
Hércules, hijo de Júpiter, varón de ánimo esforzado que sabía realizar
grandes hazañas, ése le mató en su misma casa, sin embargo de tenerlo
como huésped. ¡Inicuo! No temió la venganza de los dioses, ni respetó la
mesa que le puso él en persona: matóle y retuvo en su palacio las yeguas de
fuertes cascos. Cuando Ífito iba, pues, en busca de las mentadas yeguas, se
encontró con Ulises y le dió el arco que antiguamente llevara el gran Eurito
y que éste legó á su vástago al morir en su excelsa casa; y Ulises, por su
parte, regaló á Ífito afilada espada y fornida lanza; presentes que hubieran
originado entre ambos cordial amistad, mas los héroes no llegaron á verse el
uno en la mesa del otro, porque el hijo de Júpiter mató antes á Ífito Eurítida,
semejante á los inmortales. Y el divinal Ulises llevaba en su patria el arco
que le había dado Ífito, pero no lo quiso tomar al partir para la guerra en las
negras naves; y lo dejó en el palacio como recuerdo de su caro huésped.
42 Al instante que la divina entre las mujeres llegó al aposento y puso
el pie en el umbral de encina que en otra época puliera el artífice con gran
habilidad y enderezara por medio de un nivel, alzando los dos postes en que
había de encajar la espléndida puerta; desató la correa del anillo, introdujo
la llave é hizo correr los cerrojos de la puerta, empujándola hacia dentro.
Rechinaron las hojas como muge un toro que pace en la pradera—¡tanto
ruido produjo la hermosa puerta al empuje de la llave!—y abriéronse
inmediatamente. Penélope subió al excelso tablado donde estaban las arcas
de los perfumados vestidos; y, tendiendo el brazo, descolgó de un clavo el
arco con la funda espléndida que lo envolvía. Sentóse allí mismo,
teniéndolo en sus rodillas, lloró ruidosamente y sacó de la funda el arco del
rey. Y cuando ya estuvo harta de llorar y de gemir, fuése hacia la habitación
donde se hallaban los ilustres pretendientes; y llevó en su mano el flexible
arco y la aljaba para las flechas, la cual contenía abundantes y dolorosas
saetas. Juntamente con Penélope, llevaban las siervas una caja con mucho
hierro y bronce que servía para los juegos del rey. Cuando la divina entre
las mujeres hubo llegado adonde estaban los pretendientes, paróse ante la
columna que sostenía el techo sólidamente construído, con las mejillas
cubiertas por espléndido velo y una honrada doncella á cada lado. Y á la
hora dirigió la palabra á los pretendientes, hablándoles de esta guisa:

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68 «Oídme, mis ilustres pretendientes, los que habéis caído sobre esta
casa para comer y beber de continuo durante la prolongada ausencia de mi
esposo, sin poder hallar otra excusa que la intención de casaros conmigo y
tenerme por mujer. Ea, pretendientes míos, os espera este certamen: pondré
aquí el gran arco del divinal Ulises, y aquel que más fácilmente lo maneje,
lo tienda y haga pasar una flecha por el ojo de las doce segures, será con
quien yo me vaya, dejando esta casa á la que vine doncella, que es tan
hermosa, que está tan abastecida, y de la cual me figuro que habré de
acordarme aun entre sueños.»
80 Tales fueron sus palabras; y mandó en seguida á Eumeo, el divinal
porquerizo, que ofreciera á los pretendientes el arco y el blanquizco hierro.
Eumeo lo recibió llorando y lo puso en tierra; y desde la parte contraria el
boyero, al ver el arco de su señor, lloró también. Y Antínoo les increpó,
diciéndoles de esta suerte:
85 «¡Rústicos necios, que no pensáis más que en lo del día! ¡Ah
míseros! ¿Por qué, vertiendo lágrimas, conmovéis el ánimo de esta mujer,
cuando ya lo tiene sumido en el dolor desde que perdió á su consorte?
Comed ahí, en silencio, ó idos afuera á llorar; dejando ese pulido arco que
ha de ser causa de un certamen fatigoso para los pretendientes, pues creo
que nos será difícil armarlo. Que no hay entre todos los que aquí nos
encontramos un hombre como fué Ulises. Le vi y de él guardo memoria,
aunque en aquel tiempo era yo un niño.»
96 Así les habló, pero allá dentro en su ánimo tenía esperanzas de
armar el arco y hacer pasar la flecha á través del hierro; aunque debía gustar
antes que nadie la saeta despedida por mano de Ulises, á quien estaba
ultrajando en su palacio y aun incitaba á sus compañeros á que también lo
hiciesen. Mas el esforzado y divinal Telémaco les dirigió la palabra y les
dijo:

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Sentóse Penélope y lloró ruidosamente teniendo en sus rodillas el arco del rey
(Canto XXI, versos 55 y 56.)

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102 «¡Oh dioses! En verdad que Júpiter Saturnio me ha vuelto el juicio.
Díceme mi madre querida, siendo tan discreta, que se irá con otro y saldrá
de esta casa; y yo me río y me deleito con ánimo insensato. Ea,
pretendientes, ya que os espera este certamen por una mujer que no tiene
par en el país aqueo, ni en la sacra Pilos, ni en Argos, ni en Micenas, ni en
la misma Ítaca, ni en el obscuro continente, como vosotros mismos lo
sabéis. ¿Qué necesidad tengo de alabar á mi madre? Ea, pues, no difiráis la
lucha con pretextos y no tardéis en hacer la prueba de armar el arco, para
que os veamos. También yo lo intentaré; y si logro armarlo y hacer pasar la
flecha á través del hierro, mi veneranda madre no me dará el disgusto de
irse con otro y abandonar el palacio; pues me dejaría en él, cuando ya
pudiera alcanzar la victoria en los hermosos juegos de mi padre.»
118 Dijo; y, poniéndose en pie, se quitó el purpúreo manto y descolgó
de su hombro la aguda espada. Acto continuo comenzó por hincar las
segures, abriendo para todas un gran surco, alineándolas á cordel, y
poniendo tierra á entrambos lados. Todos se quedaron sorprendidos al notar
con qué buen orden las colocaba, sin haber visto nunca aquel juego. De
seguida fuése al umbral y probó á tender el arco. Tres veces lo movió, con
el deseo de armarlo, y tres veces hubo de desistir de su propósito; aunque
sin perder la esperanza de tirar de la cuerda y hacer pasar la flecha á través
del hierro. Y lo hubiese armado, tirando con gran fuerza por la cuarta vez;
pero Ulises se lo prohibió con una seña y le contuvo en su deseo. Entonces
habló de esta manera el esforzado y divinal Telémaco:
131 «¡Oh dioses! Ó tengo que ser en adelante ruin y menguado, ó soy
aún demasiado joven y no puedo confiar en mis brazos para rechazar á
quien me ultraje. Mas, ea, probad el arco vosotros, que me superáis en
fuerzas, y acabemos el certamen.»
136 Diciendo así, puso el arco en el suelo, arrimándolo á las tablas de la
puerta que estaban sólidamente unidas y bien pulimentadas; dejó la veloz
saeta apoyada en el hermoso anillo; y volvióse al asiento que antes ocupaba.
Y Antínoo hijo de Eupites, les habló de esta manera:
141 «Levantaos consecutivamente, compañeros, empezando por la
derecha del lugar donde se escancia el vino.»
143 De tal modo se expresó Antínoo y á todos les plugo cuanto dijo.
Levantóse el primero Liodes, hijo de Énope, el cual era el arúspice de los
pretendientes y acostumbraba sentarse en lo más hondo, al lado de la
magnífica cratera, siendo el único que aborrecía las iniquidades y que se

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indignaba contra los demás pretendientes. Tal fué quien primero tomó el
arco y la veloz flecha. En seguida se encaminó al umbral y probó el arco;
mas no pudo tenderlo, que antes se le fatigaron, con tanto tirar, sus manos
blandas y no encallecidas. Y al momento hablóles así á los demás
pretendientes:
152 «¡Amigos! Yo no puedo armarlo; tómelo otro. Este arco privará del
ánimo y de la vida á muchos príncipes, porque es preferible la muerte á
vivir sin realizar el propósito que nos reúne aquí continuamente y que nos
hace aguardar día tras día. Ahora cada cual espera en su alma que se le
cumplirá el deseo de casarse con Penélope, la esposa de Ulises; mas, tan
pronto como vea y pruebe el arco, ya puede dedicarse á pretender á otra
aquiva, de hermoso peplo, solicitándola con regalos de boda; y luego se
casará aquélla con quien le haga más presentes y venga designado por el
destino.»
163 Dichas estas palabras, apartó de sí el arco, arrimándolo á las tablas
de la puerta, que estaban sólidamente unidas y bien pulimentadas, dejó la
veloz saeta apoyada en el hermoso anillo, y volvióse al asiento que antes
ocupaba. Y Antínoo le increpó, diciéndole de esta suerte:
168 «¡Liodes! ¡Qué palabras tan graves y molestas se te escaparon del
cerco de los dientes! Me indigné al oirlas. Dices que este arco privará del
ánimo y de la vida á los príncipes, tan sólo porque no puedes armarlo. No te
parió tu madre veneranda para que entendieses en manejar el arco y las
saetas; pero verás cómo lo tienden muy pronto otros ilustres pretendientes.»
175 Así le dijo; y al punto dió al cabrero Melantio la siguiente orden:
«Ve, Melantio, enciende fuego en la sala, coloca junto al hogar un sillón
con una pelleja, y trae una gran bola de sebo del que hay en el interior; para
que los jóvenes, calentando el arco y untándolo con grasa, probemos de
armarlo y terminemos este certamen.»
181 Tal fué lo que le mandó. Melantio se puso inmediatamente á
encender el fuego infatigable, colocó junto al mismo un sillón con una
pelleja y sacó una gran bola de sebo del que había en el interior. Untándolo
con sebo y calentándolo en la lumbre, fueron probando el arco todos los
jóvenes; mas no consiguieron tenderlo, porque les faltaba gran parte de la
fuerza que para ello se requería. Y ya sólo quedaban sin probarlo Antínoo y
el deiforme Eurímaco, que eran los príncipes entre los pretendientes y á
todos superaban por su fuerza.

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188 Entonces salieron juntos de la casa el boyero y el porquerizo del
divinal Ulises; siguióles éste y díjoles con suaves palabras así que dejaron á
su espalda la puerta y el patio:
193 «¡Boyero y tú, porquerizo! ¿Os revelaré lo que pienso ó lo
mantendré oculto? Mi ánimo me ordena que lo diga. ¿Cuáles fuerais para
ayudar á Ulises, si llegara de súbito porque alguna deidad nos lo trajese?
¿Os pondríais de parte de los pretendientes ó del propio Ulises? Contestad
como vuestro corazón y vuestro ánimo os lo dicten.»
199 Dijo entonces el boyero: «¡Padre Júpiter! Ojalá me cumplas este
voto: que vuelva aquel varón, traído por alguna deidad. Tú verías, si así
sucediese, cuál es mi fuerza y de qué brazos dispongo.»
203 Eumeo suplicó asimismo á todos los dioses que el prudente Ulises
volviera á su casa. Cuando el héroe conoció el verdadero modo de pensar
de entrambos, hablóles nuevamente diciendo de esta suerte:
207 «Pues dentro está, aquí lo tenéis, soy yo que, después de pasar
muchos trabajos, he vuelto en el vigésimo año á la patria tierra. Conozco
que entre mis esclavos tan solamente vosotros deseabais mi vuelta, pues no
he oído que ningún otro hiciera votos para que tornara á esta casa. Os voy á
revelar con sinceridad lo que ha de llevarse á efecto. Si, por ordenarlo un
dios, sucumben á mis manos los eximios pretendientes, os buscaré esposa,
os daré bienes y sendas casas labradas junto á la mía, y os consideraré en lo
sucesivo como compañeros y hermanos de Telémaco. Y, si queréis, ea, voy
á mostraros una manifiesta señal para que me reconozcáis y se convenza
vuestro ánimo: la cicatriz de la herida que me infirió un jabalí con su blanco
diente cuando fuí al Parnaso con los hijos de Autólico.»
221 Apenas hubo dicho estas palabras, apartó los harapos para
enseñarles la extensa cicatriz. Ambos la vieron y examinaron
cuidadosamente, y acto continuo rompieron en llanto, echaron los brazos
sobre el prudente Ulises y, apretándole, le besaron la cabeza y los hombros.
Ulises, á su vez, besóles la cabeza y las manos. Y entregados al llanto los
dejara el sol al ponerse, si el propio Ulises no les hubiese calmado,
diciéndoles de esta suerte:
228 «Cesad ya de llorar y de gemir: no sea que alguno salga del palacio,
lo vea y se vaya á contarlo allá dentro. Entraréis en el palacio pero no
juntos, sino uno tras otro: yo primero y vosotros después. Tened sabida una
señal que os quiero dar y es la siguiente: Los otros, los ilustres
pretendientes, no han de permitir que se me dé el arco y el carcaj; pero tú,

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divinal Eumeo, tráelo por la habitación, pónmelo en las manos, y di á las
mujeres que cierren las sólidas puertas de las estancias y que si alguna
oyere gemidos ó estrépito de hombres dentro de las paredes de nuestra sala,
no se asome y quédese allí, en silencio, junto á su labor. Y á ti, divinal
Filetio, te confío las puertas del patio para que las cierres, corriendo el
cerrojo que sujetarás mediante un nudo.»
242 Hablando así, entróse por el cómodo palacio y fué á sentarse en el
mismo sitio que antes ocupaba. Luego penetraron también los dos esclavos
del divinal Ulises.
245 Ya Eurímaco manejaba el arco, dándole vueltas y calentándolo, ora
por esta, ora por aquella parte, al resplandor del fuego. Mas ni aun así
consiguió armarlo; por lo cual, sintiendo gran angustia en su corazón
glorioso, suspiró y dijo de esta suerte:
249 «¡Oh dioses! Grande es el pesar que siento por mí y por vosotros
todos. Y aunque me afligen las frustradas nupcias, no tanto me lamento por
las mismas—pues hay muchas aqueas en la propia Ítaca, rodeada por el
mar, y en las restantes ciudades,—como por ser nuestras fuerzas de tal
modo inferiores á las del divinal Ulises que no podamos tender su arco:
¡vergonzoso será que lleguen á saberlo los venideros!»
256 Entonces Antínoo, hijo de Eupites, le habló diciendo: «¡Eurímaco!
No será así y tú mismo lo comprendes. Ahora, mientras se celebra en la
población la sacra fiesta del dios, ¿quién lograría tender el arco? Ponedlo en
tierra tranquilamente y permanezcan clavadas todas las segures, pues no
creo que se las lleve ninguno de los que frecuentan el palacio de Ulises
Laertíada. Mas, ea, comience el escanciador á repartir las copas para que
hagamos la libación, y dejemos ya el corvo arco. Y ordenad al cabrero
Melantio que al romper el día se venga con algunas cabras, las mejores de
todos sus rebaños, á fin de que, en ofreciendo los muslos á Apolo, célebre
por su arco, probemos de armar el de Ulises y terminemos este certamen.»
269 De tal suerte se expresó Antínoo y á todos les plugo lo que
proponía. Los heraldos diéronles aguamanos y unos mancebos llenaron las
crateras y distribuyeron el vino después de ofrecer en copas las primicias.
No bien se hicieron las libaciones y bebió cada uno cuanto deseara, el
ingenioso Ulises, meditando engaños, les habló de este modo:
275 «Oídme, pretendientes de la ilustre reina, para que os exponga lo
que en mi pecho el ánimo me ordena deciros; y he de rogárselo en
particular á Eurímaco y al deiforme Antínoo que ha pronunciado estas

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oportunas palabras: dejad por ahora el arco y atended á los dioses, y
mañana algún numen dará bríos á quien le plazca. Ea, entregadme el pulido
arco y probaré con vosotros mis brazos y mi fuerza: si por ventura hay en
mis flexibles miembros el mismo vigor que anteriormente ó ya se lo
hicieron perder la vida errante y la carencia de cuidados.»
285 Así dijo. Todos sintieron gran indignación, temiendo que armase el
pulido arco. Y Antínoo le increpó, hablándole de esta manera:
288 «¡Oh, el más miserable de los huéspedes! Tú no tienes ni sombra
de juicio. ¿No te basta estar sentado tranquilamente en el festín con
nosotros, los ilustres, sin que se te prive de ninguna de las cosas del
banquete, y escuchar nuestras palabras y conversaciones que no oye
huésped ni mendigo alguno? Sin duda te trastorna el dulce vino, que suele
perjudicar á quien lo bebe ávida y descomedidamente. El vino dañó al
ínclito centauro Euritión cuando fué al país de los lapitas y se halló en el
palacio del magnánimo Pirítoo. Tan luego como tuvo la razón ofuscada por
el vino, enloqueciendo, llevó al cabo perversas acciones en la morada de
Pirítoo; los héroes, poseídos de dolor, arrojáronse sobre él y, arrastrándolo
hacia la puerta, le cortaron con el cruel bronce orejas y narices; y así se fué,
con la inteligencia perturbada y sufriendo el castigo de su falta con ánimo
demente. Tal origen tuvo la contienda de los centauros con los hombres;
mas aquél fué quien primero se atrajo el infortunio por haberse llenado de
vino. De semejante modo, te anuncio á ti una gran desgracia si llegares á
tender el arco; pues no habrá quien te defienda en este pueblo, y pronto te
enviaremos en negra nave al rey Équeto, plaga de todos los mortales, del
cual no has de escapar sano y salvo. Bebe, pues, tranquilamente y no
compitas con hombres que son más jóvenes.»
311 Entonces la discreta Penélope le habló diciendo: «¡Antínoo! No es
decoroso ni justo que se ultraje á los huéspedes de Telémaco, sean cuales
fueren los que vengan á este palacio. ¿Por ventura crees que si el huésped,
confiando en sus manos y en su fuerza, tendiese el grande arco de Ulises,
me llevaría á su casa para tenerme por mujer propia? Ni él mismo concibió
en su pecho tal esperanza, ni por su causa ha de comer ninguno de vosotros
con el ánimo triste; pues esto no se puede pensar razonablemente.»
320 Respondióle Eurímaco, hijo de Pólibo: «¡Hija de Icario! ¡Discreta
Penélope! No creemos que éste se te haya de llevar, ni el pensarlo fuera
razonable, pero nos da vergüenza el dicho de los hombres y de las mujeres;
no sea que exclame algún aqueo peor que nosotros: «Hombres muy

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inferiores pretenden la esposa de un varón excelente y no pueden armar el
pulido arco; mientras que un mendigo que llegó errante, tendiólo con
facilidad é hizo pasar la flecha á través del hierro.» Así dirán, cubriéndonos
de oprobio.»
330 Repuso entonces la discreta Penélope: «¡Eurímaco! No es posible
que en el pueblo gocen de buena fama quienes injurian á un varón principal,
devorando lo de su casa: ¿por qué os hacéis merecedores de estos oprobios?
El huésped es alto y vigoroso, y se precia de tener por padre á un hombre de
buen linaje. Ea, entregadle el pulido arco y veamos. Lo que voy á decir se
llevará á cumplimiento: Si tendiere el arco, por concederle Apolo esta
gloria, le pondré un manto y una túnica, vestidos magníficos; le regalaré un
agudo dardo, para que se defienda de los hombres y de los perros, y
también una espada de doble filo; le daré sandalias para los pies y le enviaré
adonde su corazón y su ánimo deseen.»
343 Respondióle el prudente Telémaco: «¡Madre mía! Ninguno de los
aqueos tiene poder superior al mío para dar ó rehusar el arco á quien me
plega, entre cuantos mandan en la áspera Ítaca ó en las islas cercanas á la
Élide, tierra fértil de caballos: por consiguiente, ninguno de éstos podría
forzarme, oponiéndose á mi voluntad, si quisiera dar de una vez este arco al
huésped aunque fuese para que se lo llevara. Vuelve á tu habitación,
ocúpate en las labores que te son propias, el telar y la rueca, y ordena á las
esclavas que se apliquen al trabajo, y del arco nos cuidaremos los hombres
y principalmente yo, cuyo es el mando en esta casa.»
354 Asombrada se fué Penélope á su habitación, poniendo en su ánimo
las discretas palabras de su hijo. Y así que hubo llegado con las esclavas al
aposento superior, lloró por Ulises, su querido consorte, hasta que Minerva,
la de los brillantes ojos, difundióle en los párpados el dulce sueño.
359 En tanto, el divinal porquerizo tomó el corvo arco para llevárselo al
huésped; mas todos los pretendientes empezaron á increparle dentro de la
sala, y uno de aquellos jóvenes soberbios le habló de esta manera:
362 «¿Adónde llevas el corvo arco, oh porquero no digno de envidia,
oh vagabundo? Pronto te devorarán, junto á los marranos y lejos de los
hombres, los ágiles canes que tú mismo has criado, si Apolo y los demás
inmortales dioses nos fueren propicios.»
366 Así decían; y él volvió á poner el arco en el mismo sitio, asustado
de que le increpasen tantos hombres dentro de la sala. Mas Telémaco le
amenazó, gritándole desde el otro lado:

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369 «¡Abuelo! Sigue adelante con el arco, que muy pronto verías que
no obras bien obedeciendo á todos: no sea que yo, aun siendo el más joven,
te eche al campo y te hiera á pedradas, ya que te aventajo en fuerzas. Ojalá
superase de igual modo, en brazos y fuerzas, á todos los pretendientes que
hay en el palacio; pues no tardaría en arrojar á alguno vergonzosamente de
la casa, porque maquinan acciones malvadas.»
376 Así les habló; y todos los pretendientes lo recibieron con dulces
risas, olvidando su terrible cólera contra Telémaco. El porquerizo tomó el
arco, atravesó la sala y, deteniéndose cabe al prudente Ulises, se lo puso en
las manos. Seguidamente, llamó al ama Euriclea y le habló de este modo:
381 «Telémaco te manda, prudente Euriclea, que cierres las sólidas
puertas de las estancias y que si alguna de las esclavas oyere gemidos ó
estrépito de hombres dentro de las paredes de nuestra sala, no se asome y
quédese allí, en silencio, junto á su labor.»
386 Así le dijo; y ninguna palabra voló de los labios de Euriclea, que
cerró las puertas de las cómodas habitaciones.
388 Filetio, á su vez, salió de la casa silenciosamente, fué á entornar las
puertas del bien cercado patio y, como hallara debajo del pórtico el cable de
papiro de una corva embarcación, las ató con el mismo. Luego volvió á
entrar y sentóse en el mismo sitio que antes ocupaba, con los ojos clavados
en Ulises. Ya éste manejaba el arco, dándole vueltas por todas partes y
probando acá y allá: no fuese que la carcoma hubiera roído el cuerno
durante la ausencia del rey. Y uno de los presentes dijo al que tenía más
cercano:
397 «Debe de ser experto y hábil en manejar arcos, ó quizás haya en su
casa otros semejantes, ó se proponga construirlos: de tal modo le da vueltas
en sus manos acá y allá, ese vagabundo instruído en malas artes.»
401 Otro de aquellos jóvenes soberbios habló de esta manera: «¡Así
alcance tanto provecho, como en su vida podrá armar el arco!»
404 De tal suerte se expresaban los pretendientes. Mas el ingenioso
Ulises, tan luego como hubo tentado y examinado el gran arco por todas
partes, cual un hábil citarista y cantor tiende fácilmente con la clavija nueva
la cuerda formada por el retorcido intestino de una oveja que antes atara del
uno y del otro lado: de este modo, sin esfuerzo alguno, armó Ulises el
grande arco. Seguidamente probó la cuerda, asiéndola con la diestra, y
dejóse oir un hermoso sonido muy semejante á la voz de una golondrina.
Sintieron entonces los pretendientes gran pesar y á todos se les mudó el

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color. Júpiter despidió un gran trueno como señal y holgóse el paciente
divino Ulises de que el hijo del artero Saturno le enviase aquel presagio.
Tomó el héroe una veloz flecha que estaba encima de la mesa, porque las
otras se hallaban dentro de la hueca aljaba, aunque muy pronto habían de
gustarlas los aqueos. Y acomodándola al arco, tiró á la vez de la cuerda y de
las barbas, allí mismo, sentado en la silla; apuntó al blanco, despidió la
saeta y no erró á ninguna de las segures, desde el primer agujero hasta el
último: la flecha, que el bronce hacía ponderosa, las atravesó todas y salió
afuera. Después de lo cual dijo á Telémaco:
424 «¡Telémaco! No te afrenta el huésped que está en tu palacio: ni erré
el blanco, ni me costó gran fatiga armar el arco; mis fuerzas están íntegras
todavía, no cual los pretendientes, menospreciándome, me lo echaban á la
cara. Pero ya es hora de aprestar la cena á los aqueos, mientras hay luz; para
que después se deleiten de otro modo, con el canto y la cítara, que son los
ornamentos del banquete.»
431 Dijo, é hizo con las cejas una señal. Y Telémaco, el caro hijo del
divinal Ulises, ciñó la aguda espada, asió su lanza y, armado de reluciente
bronce, se puso en pie al lado de la silla, junto á su padre.

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Ulises, valiéndose del arco, mata á los pretendientes de Penélope

CANTO XXII
MATANZA DE LOS PRETENDIENTES

1 Á la hora desnudóse de sus harapos el ingenioso Ulises, saltó al
grande umbral con el arco y la aljaba repleta de veloces flechas y,
derramándolas delante de sus pies, habló de esta guisa á los pretendientes:
5 «Ya este certamen fatigoso está acabado; ahora apuntaré á otro
blanco adonde jamás tiró varón alguno, y he de ver si lo acierto por
concederme tal gloria el dios Apolo.»
8 Dijo, y enderezó la amarga saeta hacia Antínoo. Levantaba éste una
bella copa de oro, de dos asas, y teníala ya en las manos para beber el vino,
sin que la idea de la muerte preocupase su espíritu: ¿quién pensara que,
entre tantos convidados, un solo hombre, por valiente que fuera, había de
darle tan mala muerte y negro hado? Pues Ulises, acertándole en la
garganta, hirióle con la flecha y la punta asomó por la tierna cerviz.
Desplomóse Antínoo, al recibir la herida, cayósele la copa de las manos, y
brotó de sus narices un espeso chorro de humana sangre. Seguidamente
empujó la mesa, dándole con el pie, y esparció las viandas por el suelo,
donde el pan y la carne asada se mancharon. Al verle caído, los
pretendientes levantaron un gran tumulto dentro del palacio; dejaron las

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sillas y, moviéndose por la sala, recorrieron con los ojos las bien labradas
paredes; pero no había ni un escudo siquiera, ni una fuerte lanza de que
echar mano. É increparon á Ulises con airadas voces:
27 «¡Oh forastero! Mal haces en disparar el arco contra los hombres.
Pero ya no te hallarás en otros certámenes: ahora te aguarda una terrible
muerte. Quitaste la vida á un varón que era el más señalado de los jóvenes
de Ítaca, y por ello te comerán aquí mismo los buitres.»
31 Así hablaban, figurándose que había muerto á aquel hombre
involuntariamente. No pensaban los muy simples que la ruina pendiera
sobre ellos. Pero, encarándoles la torva faz, les dijo el ingenioso Ulises:
35 «¡Ah perros! No creíais que volviese del pueblo troyano á mi
morada y me arruinabais la casa, forzabais las mujeres esclavas y, estando
yo vivo, pretendíais á mi esposa; sin temer á los dioses que habitan el vasto
cielo, ni recelar venganza alguna de parte de los hombres. Ya pende la ruina
sobre vosotros todos.»
42 Así se expresó. Todos se sintieron poseídos del pálido temor y cada
uno buscaba adonde huiría para librarse de una muerte espantosa. Y
Eurímaco fué el único que le contestó diciendo:
45 «Si eres en verdad Ulises itacense, que has vuelto, te asiste la razón
al hablar de este modo de cuanto hacían los aqueos; pues se han cometido
muchas iniquidades en el palacio y en el campo. Pero yace en tierra quien
fué el culpable de todas estas cosas, Antínoo; el cual promovió dichas
acciones, no porque tuviera necesidad ó deseo de casarse, sino por haber
concebido otros designios que el Saturnio no llevó al cabo, es á saber, para
reinar sobre el pueblo de la bien construída Ítaca, matando á tu hijo con
asechanzas. Ya lo ha pagado con su vida, como era justo; mas tú perdona á
tus conciudadanos, que nosotros, para aplacarte públicamente, te
resarciremos de cuanto se ha comido y bebido en el palacio, estimándolo en
el valor de veinte bueyes por cabeza, y te daremos bronce y oro hasta que tu
corazón se satisfaga; pues antes no se te puede reprochar que estés irritado.»
60 Mirándole con torva faz, le contestó el ingenioso Ulises:
«¡Eurímaco! Aunque todos me dierais vuestro respectivo patrimonio,
añadiendo á cuanto tengáis otros bienes de distinta procedencia, ni aun así
se abstendrían mis manos de matar hasta que todos los pretendientes hayáis
pagado por completo vuestras demasías. Ahora se os ofrece la ocasión de
combatir conmigo ó de huir, si alguno puede evitar la muerte y el hado; mas
no creo que nadie se libre de un fin desastroso.»

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68 Tal dijo; y todos sintieron desfallecer sus rodillas y su corazón. Pero
Eurímaco habló nuevamente para decirles:
70 «¡Amigos! No contendrá este hombre sus manos indómitas:
habiendo tomado el pulido arco y la aljaba, disparará desde el liso umbral
hasta que á todos nos mate. Pensemos, pues, en combatir. Sacad las
espadas, poned las mesas por reparo á las saetas, que causan rápida muerte,
y acometámosle juntos por si logramos apartarle del umbral y de la puerta é
irnos por la ciudad, donde se promovería gran alboroto. Y quizás disparara
el arco por la vez postrera.»
79 Diciendo así, desenvainó la espada de bronce, aguda y de doble filo,
y arremetió contra aquél, gritando de un modo horrible. Pero en el mismo
punto tiróle el divinal Ulises una saeta y, acertándole en el pecho junto á la
tetilla, le clavó en el hígado la veloz flecha. Cayó en el suelo la espada que
empuñaba Eurímaco y éste, tambaleándose y dando vueltas, vino á dar
encima de la mesa y tiró los manjares y la copa doble; después, angustiado
en su espíritu, hirió con la frente el suelo y golpeó con los pies la silla; y por
fin obscura nube se extendió sobre sus ojos.
89 También Anfínomo se fué derecho hacia el glorioso Ulises, con la
espada desenvainada, para ver si habría medio de echarlo de la puerta. Mas
Telémaco le previno con tirarle la broncínea lanza, la cual se le hundió en la
espalda, entre los hombros, y le atravesó el pecho; y aquél cayó
ruidosamente y dió de cara contra el suelo. Retiróse Telémaco con
prontitud, dejando la luenga pica clavada en Anfínomo; pues temió que,
mientras la arrancase, le hiriera alguno de los aqueos con la punta ó con el
filo de la espada. Fué corriendo, llegó en seguida adonde se hallaba su
padre y, parándose cerca del mismo, díjole estas aladas palabras:
101 «¡Oh padre! Voy á traerte un escudo, dos lanzas y un casco de
bronce que se adapte á tus sienes; y de camino me pondré también las
armas y daré otras al porquerizo y al boyero; porque es mejor estar
armados.»
105 Respondióle el ingenioso Ulises: «Corre, tráelo mientras tengo
saetas para rechazarlos: no sea que, por estar solo, me lancen de la puerta.»
108 Así le dijo. Obedeció Telémaco y se fué al aposento donde estaban
las magníficas armas. Tomó cuatro escudos, ocho lanzas y cuatro yelmos de
bronce adornados con espesas crines de caballo; y, llevándoselo todo,
volvió pronto adonde se hallaba su padre. Primeramente protegió Telémaco
su cuerpo con el bronce; dió en seguida hermosas armaduras á los dos

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esclavos para que las vistiesen; y luego colocáronse todos cabe al prudente
y sagaz Ulises.
116 Mientras el héroe tuvo flechas para defenderse, fué apuntando é
hiriendo sin interrupción en su propia casa á los pretendientes, los cuales
caían unos en pos de otros. Mas, en el momento en que se le acabaron las
saetas al rey, que las tiraba, arrimó el arco á un poste de la sala sólidamente
construída, apoyándolo contra el lustroso muro; echóse al hombro un
escudo de cuatro pieles, cubrió la robusta cabeza con un labrado yelmo
cuyo penacho de crines de caballo ondeaba terriblemente en la cimera, y
asió dos fuertes lanzas de broncínea punta.
126 Había en la bien labrada pared un postigo con su umbral mucho
más alto que el pavimento de la sala sólidamente construída; que daba paso
á una callejuela y lo cerraban unas tablas perfectamente ajustadas. Ulises
mandó que lo custodiara el divinal porquero, quedándose de pie junto al
mismo, por ser aquella la única salida. Y Agelao hablóles á todos con estas
palabras:
132 «¡Amigos! ¿No podría alguno subir al postigo, hablarle á la gente y
levantar muy pronto un clamoreo? Haciéndolo así, quizás este hombre
disparara el arco por la vez postrera.»
135 Mas el cabrero Melantio le replicó: «No es posible, oh Agelao,
alumno de Júpiter. Hállase el postigo muy próximo á la hermosa puerta que
conduce al patio, la salida al callejón es difícil y un solo hombre que fuese
esforzado bastaría para detenernos á todos. Ea, para que os arméis traeré
armas del aposento en el cual me figuro que las colocaron—y no será
seguramente en otra parte—Ulises con su preclaro hijo.»
142 Diciendo de esta suerte, el cabrero Melantio subió á la estancia de
Ulises por la escalera del palacio. Tomó doce escudos, igual número de
lanzas y otros tantos broncíneos yelmos guarnecidos de espesas crines de
caballo; y, llevándoselo todo, lo puso en las manos de los pretendientes.
Desfallecieron las rodillas y el corazón de Ulises cuando les vió coger las
armas y blandear las luengas picas; porque era grande el trabajo que se le
presentaba. Y al momento dirigió á Telémaco estas aladas palabras:
151 «¡Telémaco! Alguna de las mujeres del palacio ó Melantio,
enciende contra nosotros el funesto combate.»
153 Respondióle el prudente Telémaco: «¡Oh padre! Yo tuve la culpa y
no otro alguno, pues dejé sin cerrar la puerta sólidamente encajada del
aposento. Su espía ha sido más hábil. Ve tú, divinal Eumeo, á cerrar la

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puerta y averigua si quien hace tales cosas es una mujer ó Melantio, el hijo
de Dolio, como yo presumo.»
160 Así éstos conversaban, cuando el cabrero Melantio volvió á la
estancia para sacar otras magníficas armas. Advirtiólo el divinal porquerizo
y al punto dijo á Ulises, que estaba á su lado:
164 «¡Laertíada, de jovial linaje! ¡Ulises, fecundo en recursos! Aquel
hombre pernicioso en quien sospechábamos vuelve al aposento. Dime
claramente si lo he de matar, en el caso de ser yo el más fuerte, ó traértelo
aquí, para que pague las muchas demasías que cometió en tu casa.»
170 Respondióle el ingenioso Ulises: «Yo y Telémaco resistiremos en
esta sala á los ilustres pretendientes, aunque están muy enardecidos; y
vosotros id, retorcedle hacia atrás los pies y las manos, echadle en el
aposento y, cerrando la puerta, atadle una soga bien torcida y levantadlo á la
parte superior de una columna, junto á las vigas, para que viva y padezca
fuertes dolores por largo tiempo.»
178 De tal modo habló; y ellos le escucharon y obedecieron,
encaminándose á la cámara sin que lo advirtiese Melantio que ya estaba en
la misma. Halláronle ocupado en buscar armas en lo más hondo de la
habitación y pusiéronse respectivamente á derecha é izquierda de la entrada,
delante de las jambas. Y apenas el cabrero Melantio iba á pasar el umbral
con un hermoso yelmo en una de las manos y en la otra un escudo grande,
muy antiguo, cubierto de moho, que el héroe Laertes llevara en su juventud
y que se hallaba abandonado y con las correas descosidas; aquéllos se le
echaron encima, lo asieron y lo llevaron adentro, arrastrándolo por la
cabellera; en seguida tiráronlo contra la tierra, angustiado en su corazón, y,
retorciéndole hacia atrás los pies y las manos, sujetáronselos juntamente
con un penoso lazo, conforme á lo dispuesto por el hijo de Laertes, por el
paciente divinal Ulises; atáronle luego una soga bien torcida y levantáronle
á la parte superior de una columna, junto á las vigas. Entonces fué cuando,
haciendo burla de él, le dijiste así, porquerizo Eumeo:
195 «Ya, oh Melantio, velarás toda la noche, acostado en esa blanda
cama cual te mereces; y no te pasará inadvertida la Aurora de áureo trono,
hija de la mañana, cuando salga de las corrientes del Océano á la hora en
que sueles traerles las cabras á los pretendientes para aparejar su almuerzo.»
200 Así se quedó Melantio, suspendido del funesto lazo; y aquéllos se
armaron en seguida, cerraron la espléndida puerta y fuéronse hacia el
prudente y sagaz Ulises, á cuyos lados se pusieron, respirando valor. Eran,

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pues, cuatro los del umbral, y muchos y fuertes los de dentro de la sala.
Poco tardó en acercárseles Minerva, hija de Júpiter, que había tomado el
aspecto y la voz de Méntor. Ulises se alegró de verla y le dijo estas
palabras:
208 «¡Méntor! Aparta de nosotros el infortunio y acuérdate del
compañero amado que tanto bien acostumbraba hacerte; pues eres coetáneo
mío.»
210 De tal suerte habló, sin embargo de haber reconocido á Minerva,
que enardece á los guerreros. Por su parte zaheríanla los pretendientes en la
sala, comenzando por Agelao Damastórida, que así le dijo:
213 «¡Méntor! No te persuada Ulises con sus palabras á que los
auxilies, luchando contra los pretendientes; pues me figuro que se llevará al
cabo nuestro propósito de la siguiente manera: así que los matemos á
entrambos, al padre y al hijo, también tú perecerás por las cosas que quieres
hacer en el palacio y que has de expiar con tu cabeza, y cuando el bronce
haya dado fin á vuestra violencia, sumaremos á los de Ulises todos los
bienes de que disfrutas dentro y fuera de la población, y no permitiremos ni
que tus hijos é hijas habiten en tu palacio, ni que tu casta esposa ande por la
ciudad de Ítaca.»
224 Tal dijo. Acrecentósele á Minerva el enojo que sentía en su corazón
é increpó á Ulises con airadas voces:
226 «Ya no hay en ti, oh Ulises, aquel vigor ni aquella fortaleza con que
durante nueve años luchaste continuamente contra los teucros por Helena,
la de los níveos brazos, hija de nobles padres; y diste muerte á muchos
varones en la terrible pelea; y por tu consejo fué tomada la ciudad de
Príamo, la de anchas calles. ¿Cómo, pues, llegado á tu casa y á tus
posesiones, no te atreves á ser esforzado contra los pretendientes? Mas, ea,
ven acá, amigo, colócate junto á mí, contempla mis hechos, y sabrás cómo
Méntor Alcímida se porta con tus enemigos para devolverte los favores que
le hiciste.»
236 Dijo; mas no le dió completamente la indecisa victoria, porque
deseaba probar la fuerza y el valor de Ulises y de su hijo glorioso. Y,
tomando el aspecto de una golondrina, emprendió el vuelo y fué á posarse
en una de las vigas de la espléndida sala.
241 En esto concitaban á los demás pretendientes Agelao Damastórida,
Eurínomo, Anfimedonte, Demoptólemo, Pisandro Polictórida y el valeroso
Pólibo, que eran los más señalados por su bravura entre los que aún vivían y

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peleaban por conservar su existencia; pues á los restantes habíanlos
derribado las respectivas flechas que el arco despidiera. Y Agelao hablóles á
todos con estas palabras:
248 «¡Amigos! Ya este hombre contendrá sus manos indómitas; pues
Méntor se le fué, después de proferir inútiles baladronadas, y vuelven á
estar solos en el umbral de la puerta. Por tanto, no arrojéis todos á una la
luenga pica; ea, tírenla primeramente estos seis, por si Júpiter nos concede
herir á Ulises y alcanzar gloria. Que ningún cuidado nos darían los otros, si
él cayese.»
255 Así les habló; arrojaron sus lanzas con gran ímpetu aquellos á
quienes se lo ordenara, é hizo Minerva que todos los tiros saliesen vanos.
Uno acertó á dar en la columna de la habitación sólidamente construída,
otro en la puerta fuertemente ajustada, y otro hirió el muro con la lanza de
fresno que el bronce hacía ponderosa. Mas, apenas se hubieron librado de
las lanzas arrojadas por los pretendientes, el paciente divinal Ulises fué el
primero en hablar á los suyos de esta manera:
262 «¡Amigos! Ya os invito á tirar las lanzas contra la turba de los
pretendientes, que desean acabar con nosotros después de habernos causado
los anteriores males.»
265 Así se expresó; y ellos arrojaron las agudas lanzas, apuntando á su
frente. Ulises mató á Demoptólemo, Telémaco á Euríades, el porquerizo á
Élato y el boyero á Pisandro; los cuales mordieron juntos la vasta tierra.
Retrocedieron los pretendientes al fondo de la sala; y Ulises y los suyos
corrieron á sacar de los cadáveres las lanzas que les habían clavado.
272 Los pretendientes tornaron á arrojar con gran ímpetu las agudas
lanzas, pero Minerva hizo que los más de los tiros saliesen vanos. Uno
acertó á dar en la columna de la habitación sólidamente construída, otro en
la puerta fuertemente ajustada, y otro hirió el muro con la lanza de fresno
que el bronce hacía ponderosa. Anfimedonte hirió á Telémaco en la
muñeca, pero muy levemente, pues el bronce tan sólo desgarró el cutis. Y
Ctesipo logró que su ingente lanza rasguñase el hombro de Eumeo por cima
del escudo; pero el arma voló al otro lado y cayó en tierra.
281 El prudente y sagaz Ulises y los que con él se hallaban arrojaron
otra vez sus agudas lanzas contra la turba de los pretendientes. Ulises,
asolador de ciudades, hirió á Euridamante, Telémaco á Anfimedonte y el
porquerizo á Pólibo; y en tanto el boyero acertó á dar en el pecho á Ctesipo
y, gloriándose, hablóle de esta manera:

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287 «¡Oh Politersida, amante de la injuria! No cedas nunca al impulso
de tu mentecatez para hablar altaneramente; antes bien, deja la palabra á las
deidades, que son mucho más poderosas. Y recibirás este presente de
hospitalidad por la pata que diste á Ulises, igual á un dios, cuando
mendigaba en su propio palacio.»
292 Así habló el pastor de bueyes, de retorcidos cuernos; y en tanto
Ulises le envasaba su gran pica al Damastórida. Telémaco hirió por su parte
á Leócrito Evenórida con hundirle la lanza en el ijar, que el bronce traspasó
enteramente; y el varón cayó de bruces, dando de cara contra el suelo.
Minerva, desde lo alto del techo, levantó su égida, perniciosa á los mortales;
y los ánimos de todos los pretendientes quedaron espantados. Huían éstos
por la sala como las vacas de un rebaño al cual agita el movedizo tábano en
la estación vernal, cuando los días son muy largos. Y aquéllos, de la suerte
que unos buitres de retorcidas uñas y corvo pico bajan del monte y
acometen á las aves que, temerosas de quedarse en las nubes, han
descendido al llano; y las persiguen y matan sin que puedan resistirse ni
huir, mientras los hombres se regocijan presenciando la captura: de
semejante modo arremetieron en la sala contra los pretendientes, dando
golpes á diestro y siniestro; los que eran heridos en la cabeza levantaban
horribles suspiros, y el suelo manaba sangre por todos lados.
310 En esto, Liodes corrió hacia Ulises, le abrazó por las rodillas y
comenzó á suplicarle con estas aladas palabras:
312 «Te lo ruego abrazado á tus rodillas, Ulises: respétame y apiádate
de mí. Yo te aseguro que á las mujeres del palacio nada inicuo les dije ni les
hice jamás; antes bien, contenía á los pretendientes que de tal modo se
portaban. Mas no me obedecieron en términos que sus manos se
abstuviesen de las malas obras; y de ahí que se hayan atraído con sus
iniquidades una deplorable muerte. Y yo, que era su arúspice y ninguna
maldad he cometido, yaceré con ellos; pues ningún agradecimiento se siente
hacia los bienhechores.»
320 Mirándole con torva faz, exclamó el ingenioso Ulises: «Si te jactas
de haber sido su arúspice, debiste de rogar muchas veces en el palacio que
se alejara el dulce instante de mi regreso, y se fuera mi esposa contigo, y te
diese hijos; por tanto, no te escaparás tampoco de la cruel muerte.»
326 Diciendo así, tomó con la robusta mano la espada que Agelao, al
morir, arrojara en el suelo, y le dió un golpe en la cerviz; y la cabeza cayó
en el polvo, mientras Liodes hablaba todavía.

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330 Pero libróse de la negra Parca el aedo Femio Terpíada; el cual,
obligado por la necesidad, cantaba ante los pretendientes. Hallábase de pie
junto al postigo, con la sonora cítara en la mano, y revolvía en su corazón
dos resoluciones: ó salir de la habitación y sentarse junto al bien construído
altar del gran Jove, protector del recinto, donde Laertes y Ulises quemaran
tantos muslos de buey; ó correr hacia Ulises, abrazarle por las rodillas y
dirigirle súplicas. Considerándolo bien, parecióle mejor tocarle las rodillas á
Ulises Laertíada. Y dejando en el suelo la cóncava cítara, entre la cratera y
la silla de clavazón de plata, corrió hacia Ulises, abrazóle por las rodillas y
comenzó á suplicarle con estas aladas palabras:
344 «Te lo ruego abrazado á tus rodillas, Ulises: respétame y apiádate
de mí. Á ti mismo te pesará más tarde haber quitado la vida á un aedo como
yo, que canto á los dioses y á los hombres. Yo de mío me he enseñado, que
un dios me inspiró en la mente canciones de toda especie y soy capaz de
entonarlas en tu presencia como si fueses una deidad: no quieras, pues,
degollarme. Telémaco, tu caro hijo, te podrá decir que no entraba en esta
casa de propio impulso ni obligado por la penuria á cantar después de los
festines de los pretendientes; sino que éstos, que eran muchos y me
aventajaban en poder, forzábanme á que viniera.»
354 Así habló; y, al oirlo el vigoroso y divinal Telémaco, dijo á su padre
que estaba cerca:
356 «Tente y no hieras con el bronce á ese inculpable. Y salvaremos
asimismo al heraldo Medonte, que siempre me cuidaba en esta casa
mientras fuí niño; si ya no le han muerto Filetio ó el porquerizo, ni se
encontró contigo cuando arremetías por la sala.»
361 Así dijo; y oyólo el discreto Medonte, que se hallaba acurrucado
debajo de una silla, tapándose con un cuero reciente de buey para evitar la
negra Parca. Corrió en seguida hacia Telémaco, abrazóle por las rodillas y
comenzó á suplicarle con estas aladas palabras:
367 «¡Amigo! Ése soy yo. Deténte y di á tu padre que no me cause
daño con el agudo bronce, prevaliéndose de su fuerza, irritado como está
contra los pretendientes que agotaban sus bienes en el palacio y á ti, los
muy necios, no te honraban en lo más mínimo.»
371 Díjole sonriendo el ingenioso Ulises: «Tranquilízate, ya que éste te
libró y salvó para que conozcas en tu ánimo y puedas decir á los demás
cuánta ventaja llevan las buenas acciones á las malas. Pero salid de la

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habitación tú y el aedo tan afamado y tomad asiento en el patio, fuera de
este lugar de matanza, mientras doy fin á lo que debo hacer en mi morada.»
378 Así les habló; y ambos salieron de la sala y se sentaron junto al
altar del gran Júpiter, mirando á todas partes y temiendo recibir la muerte á
cada paso.
381 Ulises registraba con los ojos toda la estancia por si hubiese
quedado vivo alguno de aquellos hombres, librándose de la negra muerte.
Pero los vió á tantos como eran, caídos todos entre la sangre y el polvo.
Como los peces que los pescadores sacan del espumoso mar á la corva
orilla en una red de infinidad de mallas, yacen amontonados en la arena,
deseosos de las olas, y el resplandeciente sol les arrebata la vida: de tal
manera estaban tendidos los pretendientes los unos sobre los otros.
Entonces el ingenioso Ulises dijo á Telémaco:
391 «¡Telémaco! Ve y haz venir al ama Euriclea, para que le diga lo que
tengo pensado.»
393 Así se expresó. Telémaco obedeció á su padre y, tocando á la
puerta, hablóle de este modo al ama Euriclea:
395 «¡Levántate y ven, añosa vieja que cuidas de vigilar las esclavas en
nuestro palacio! Te llama mi padre para decirte alguna cosa.»
398 Tal dijo; y ninguna palabra voló de los labios de Euriclea, la cual
abrió las puertas de las cómodas habitaciones, comenzó á andar, precedida
por Telémaco, y halló á Ulises entre los cadáveres de aquellos á quienes
matara, todo manchado de sangre y polvo. Así como un león que acaba de
devorar á un buey montés, se presenta con el pecho y ambos lados de las
mandíbulas teñidos en sangre, é infunde horror á los que lo ven: de igual
manera tenía manchados Ulises los pies y las manos. Cuando ella vió los
cadáveres y aquel mar de sangre, empezó á proferir exclamaciones de
alegría porque contemplaba una grandiosa hazaña; pero Ulises se lo estorbó
y contuvo su gana de dar gritos, dirigiéndole estas aladas palabras:
411 «¡Anciana! Regocíjate en tu espíritu, pero conténte y no profieras
exclamaciones de alegría; que no es piadoso alborozarse por la muerte de
estos varones. Hiciéronlos sucumbir el hado de los dioses y sus obras
perversas, pues no respetaban á ningún hombre de la tierra, malo ó bueno,
que á ellos se llegase; de ahí que con sus iniquidades se hayan atraído una
deplorable muerte. Mas, ea, cuéntame ahora cuáles mujeres me hacen poco
honor en el palacio y cuáles están sin culpa.»

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419 Contestóle Euriclea, su ama querida: «Yo te diré, oh hijo, la verdad.
Cincuenta esclavas tienes en el palacio, á las cuales enseñé á hacer labores,
á cardar lana y á sufrir la servidumbre; de ellas doce se entregaron á la
impudencia, no respetándome á mí ni á la propia Penélope. Telémaco ha
muy poco que llegó á la juventud, y su madre no le dejaba tener mando en
las mujeres. Mas, ea, voy á subir á la espléndida habitación superior para
enterar de lo que ocurre á tu esposa, á la cual debe de haberle enviado
alguna deidad el sueño en que está sumida.»
430 Respondióle el ingenioso Ulises: «No la despiertes aún; pero di que
vengan cuantas mujeres han cometido acciones indignas.»
433 Así le habló; y la vieja se fué por el palacio á decirlo á las mujeres
y mandarles que se presentaran. Entonces llamó el héroe á Telémaco, al
boyero y al porquerizo, y les dijo estas aladas palabras:
437 «Proceded ante todo al traslado de los cadáveres, que ordenaréis á
las mujeres; y seguidamente limpien éstas con agua y esponjas de muchos
ojos, las magníficas sillas y las mesas. Y cuando hubiereis puesto en orden
toda la estancia, llevaos las esclavas afuera del sólido palacio y allá, entre la
rotonda y la bella cerca del patio, heridlas á todas con la espada de larga
punta hasta que les arranquéis el alma y se olviden de Venus, de cuyos
placeres disfrutaban envolviéndose en secreto con los pretendientes.»
446 Así se lo encargó. Llegaron todas las mujeres juntas, las cuales
suspiraban gravemente y derramaban abundantes lágrimas. Comenzaron
por sacar los cadáveres de los que habían muerto y los colocaron unos
encima de otros debajo del pórtico, en el bien cercado patio: Ulises se lo
ordenó, dándoles prisa, y ellas se vieron obligadas á transportarlos. Después
limpiaron con agua y esponjas de muchos ojos, las magníficas sillas y las
mesas. Telémaco, el boyero y el porquerizo pasaron la rasqueta por el
pavimento de la sala sólidamente construída y las esclavas se llevaron las
raeduras y las echaron fuera. Cuando hubieron puesto en orden toda la
estancia, sacaron aquéllos las esclavas de palacio á un lugar angosto, entre
la rotonda y la bella cerca del patio, de donde no era posible que se
escaparan. Y el prudente Telémaco dijo á los otros:

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¡Anciana! ¡Regocíjate en tu espíritu, pero no profieras exclamaciones de alegría!...
(Canto XXII, verso 411.)

462 «No quiero privar de la vida con una muerte honrosa á estas
esclavas que derramaron el oprobio sobre mi cabeza y sobre mi madre,
durmiendo con los pretendientes.»

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465 De tal suerte habló; y, atando á excelsa columna la soga de una
nave de azulada proa, cercó con ella la rotonda, tendiéndola en lo alto para
que ninguna de las esclavas llegase con sus pies al suelo. Así como los
tordos de anchas alas ó las palomas que, al entrar en un seto, dan con una
red colocada ante un matorral, encuentran en ella odioso lecho; así las
esclavas tenían las cabezas en línea y sendos lazos alrededor de sus cuellos,
para que muriesen del modo más deplorable. Tan solamente agitaron los
pies por un breve espacio de tiempo, que no fué en verdad de larga
duración.
474 Después sacaron á Melantio al vestíbulo y al patio; le cortaron con
el cruel bronce las narices y las orejas; le arrancaron las partes verendas,
para que los perros las despedazaran crudas; y amputáronle las manos y los
pies, con ánimo irritado.
478 Tras de esto, laváronse las manos y los pies, y volvieron á penetrar
en la casa de Ulises; pues la obra estaba consumada. Entonces dijo el héroe
á su ama Euriclea:
481 «¡Anciana! Trae azufre, medicina contra lo malo, y trae también
fuego, para azufrar la casa. Y mandarás á Penélope que venga acá con sus
criadas, y que se presenten asimismo todas las esclavas del palacio.»
185 Respondióle su ama Euriclea: «Sí, hijo mío, es muy oportuno lo
que acabas de decir. Mas, ea, voy á traerte un manto y una túnica para que
te vistas y no permanezcas en tu palacio con los anchos hombros cubiertos
de harapos; que esto fuera reprensible.»
491 Contestóle el ingenioso Ulises: «Ante todo enciéndase fuego en
esta sala.»
492 Tal dijo; y no le desobedeció su ama Euriclea, pues le trajo fuego y
azufre. Acto seguido azufró Ulises la sala, las demás habitaciones y el patio.
495 La vieja se fué por la hermosa mansión de Ulises á llamar á las
mujeres y mandarles que se presentaran. Pronto salieron del palacio con
hachas encendidas, rodearon á Ulises y le saludaron y abrazaron, besándole
la cabeza, los hombros y las manos que le tomaban con las suyas; y un
dulce deseo de llorar y de suspirar se apoderó del héroe, pues en su alma las
reconoció á todas.

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Penélope reconoce á Ulises

CANTO XXIII
RECONOCIMIENTO DE ULISES POR PENÉLOPE

1 Muy alegre se encaminó la vieja á la estancia superior para decirle á
su señora que tenía dentro de la casa al amado esposo. Apenas llegó,
moviendo firmemente las rodillas y dando saltos con sus pies, inclinóse
sobre la cabeza de Penélope y le dijo estas palabras:
5 «Despierta, Penélope, hija querida, para ver con tus ojos lo que
anhelabas todos los días. Ya llegó Ulises, ya volvió á su casa, aunque tarde,
y ha muerto á los ilustres pretendientes que contristaban el palacio, se
comían los bienes y violentaban á tu hijo.»
10 Respondióle la discreta Penélope: «¡Ama querida! Los dioses te han
trastornado el juicio; que ellos pueden entontecer al muy discreto y dar
prudencia al simple, y ahora te dañaron á ti cuyo espíritu era tan sesudo.
¿Por qué haces fisga de mí, que padezco en el ánimo multitud de pesares,
refiriéndome embustes y despertándome del dulce sueño que me tenía
cuajada por haberse difundido sobre mis párpados? No he descansado de

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semejante modo desde que Ulises se fué para ver aquella Ilión perniciosa y
nefanda. Mas, ea, torna á bajar y ocupa tu sitio en el palacio: que si otra de
mis mujeres viniese con tal noticia á despertarme, pronto la mandara al
interior de la casa de vergonzosa manera; pero á ti la senectud te salva.»
25 Contestóle su ama Euriclea: «No me burlo, hija querida; es verdad
que vino Ulises y llegó á esta casa, como te lo cuento: era aquel huésped á
quien todos insultaban en el palacio. Tiempo ha sabía Telémaco que se
hallaba aquí; mas con prudente espíritu ocultó los propósitos de su padre,
para que pudiese castigar las violencias de aquellos hombres orgullosos.»
32 Así habló. Alegróse Penélope y, saltando de la cama, abrazó á la
vieja, comenzó á destilar lágrimas de sus ojos, y dijo estas aladas palabras:
35 «Pues, ea, ama querida, cuéntame la verdad: si es cierto que vino á
esta casa, como aseguras, y de qué manera logró poner las manos en los
desvergonzados pretendientes, estando él solo y hallándose los demás
siempre reunidos en el interior del palacio.»
39 Respondióle su ama Euriclea: «No lo he visto, no lo sé, tan sólo
percibí el suspirar de los que caían muertos; pues nosotras permanecimos,
llenas de pavor, en lo más hondo de la sólida habitación con las puertas
cerradas, hasta que tu hijo Telémaco fué desde la sala y me llamó por orden
de su padre. Hallé á Ulises de pie entre los cadáveres, que estaban tendidos
en el duro suelo, á su alrededor, los unos encima de los otros: se te holgara
el ánimo de verle manchado de sangre y polvo, como un león. Ahora todos
yacen amontonados en la puerta del patio y Ulises ha encendido un gran
fuego, azufra la magnífica morada y me envió á llamarte. Sígueme, pues, á
fin de que ambos llenéis vuestro corazón de contento, ya que padecisteis
tantos males. Por fin se cumplió aquel gran deseo: Ulises tornó vivo á su
hogar, hallándoos á ti y á tu hijo; y á los pretendientes, que lo ultrajaban, los
ha castigado en su mismo palacio.»
58 Contestóle la discreta Penélope: «¡Ama querida! No cantes aún
victoria, regocijándote con exceso. Bien sabes cuán grata nos fuera su
venida á todos los del palacio y especialmente á mí y al hijo que
engendramos; pero la noticia no es cierta como tú la das, sino que alguno de
los inmortales ha muerto á los ilustres pretendientes, indignado de ver sus
dolorosas injurias y sus malvadas acciones. Que no respetaban á ningún
hombre de la tierra, malo ó bueno, que á ellos se llegara; y de ahí que, á
causa de sus iniquidades, hayan padecido tal infortunio. Pero la esperanza
de volver murió lejos de Acaya para Ulises, y éste también ha muerto.»

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69 Respondióle en el acto su ama Euriclea: «¡Hija mía! ¡Qué palabras
se te escaparon del cerco de los dientes, al decir que jamás volverá á esta
casa tu marido, cuando ya está junto al hogar! Tu ánimo es siempre
incrédulo. Mas, ea, voy á revelarte otra señal manifiesta: la cicatriz de la
herida que le infirió un jabalí con su blanco diente. La reconocí mientras le
lavaba y quise decírtelo; pero él, con sagaz previsión, me lo impidió
tapándome la boca con sus manos. Sígueme; que yo misma me doy en
prenda y, si te engaño, me matas haciéndome padecer la más deplorable de
las muertes.»
80 Contestóle la discreta Penélope: «¡Ama querida! Por mucho que
sepas, difícil es que averigües los designios de los sempiternos dioses. Mas,
con todo, vayamos adonde está mi hijo, para que yo vea muertos á mis
pretendientes y á quien los ha matado.»
85 Dijo así; y bajó de la estancia superior, revolviendo en su corazón
muchas cosas: si interrogaría á su marido desde lejos, ó si, acercándose á él,
le besaría la cabeza y le tomaría las manos. Después que entró en la sala,
trasponiendo el lapídeo umbral, fué á sentarse enfrente de Ulises, al
resplandor del fuego, en la pared opuesta; pues el héroe se hallaba sentado
de espaldas á una elevada columna, con la vista baja, esperando si le
hablaría su ilustre consorte así que en él pusiera los ojos. Mas Penélope
permaneció mucho tiempo sin desplegar los labios por tener el corazón
estupefacto: unas veces, mirándole fijamente á los ojos, veía que aquél era
realmente su aspecto; y otras no le reconocía á causa de las miserables
vestiduras que llevaba. Y Telémaco la increpó con estas voces:
97 «¡Madre mía, no justa madre puesto que tienes un ánimo cruel! ¿Por
qué estás tan apartada de mi padre, en vez de sentarte á su vera, y hacerle
preguntas y enterarte de todo? Ninguna mujer se quedaría así, con el ánimo
firme, lejos de su esposo; cuando éste, después de pasar tantos males,
vuelve en el vigésimo año á la patria tierra. Pero tu corazón ha sido siempre
más duro que una roca.»
104 Respondióle la discreta Penélope: «¡Hijo mío! Estupefacto está mi
ánimo en el pecho, y no podría decirle ni una sola palabra, ni hacerle
preguntas, ni mirarlo frente á frente. Pero, si verdaderamente es Ulises que
vuelve á su casa, ya nos reconoceremos mejor; pues hay señas para
nosotros, que los demás ignoran.»
111 Así se expresó. Sonrióse el paciente divinal Ulises y en seguida
dirigió á Telémaco estas aladas palabras:

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113 «¡Telémaco! Deja á tu madre que me pruebe dentro del palacio;
pues quizás de este modo me reconozca más fácilmente. Como estoy sucio
y llevo miserables vestiduras, me tiene en poco y no cree todavía que sea
aquél. Deliberemos ahora para que todo se haga de la mejor manera. Pues si
quien mata á un hombre del pueblo, el cual no deja tras de sí muchos
vengadores, huye y desampara á sus deudos y su patria tierra; nosotros
hemos dado muerte á los que eran el sostén de la ciudad, á los más eximios
jóvenes de Ítaca. Yo te invito á pensar en esto.»
123 Respondióle el prudente Telémaco: «Conviene que tú mismo lo
veas, padre amado, pues dicen que tu consejo es en todas las cosas el más
excelente y que ninguno de los hombres mortales competiría contigo.
Nosotros te seguiremos muy prontos, y no han de faltarnos bríos en cuanto
lo permitan nuestras fuerzas.»
129 Contestóle el ingenioso Ulises: «Pues voy á decir lo que considero
más conveniente. Empezad por lavaros, poneos las túnicas y ordenad á las
esclavas que se vistan en el palacio; y acto seguido el divinal aedo, tomando
la sonora cítara, nos guiará en la alegre danza; de suerte que, en oyéndolo
desde fuera algún transeunte ó vecino, piense que son las nupcias lo que
celebramos. No sea que la gran noticia de la matanza de los pretendientes se
divulgue por la ciudad antes de salirnos á nuestros campos llenos de
arboledas. Allí examinaremos lo que nos presente el Olímpico como más
provechoso.»
141 Así les dijo; y ellos le escucharon y obedecieron. Comenzaron por
lavarse y ponerse las túnicas, ataviáronse las mujeres, y el divino aedo tomó
la hueca cítara y movió en todos el deseo del dulce canto y de la eximia
danza. Presto resonó la gran casa con el ruido de los pies de los hombres y
de las mujeres de bella cintura que estaban bailando. Y los de fuera, al oirlo,
solían exclamar:
149 «Ya debe de haberse casado alguno con la reina que se vió tan
solicitada. ¡Infeliz! No tuvo constancia para guardar la casa de su primer
esposo hasta la vuelta del mismo.»
152 Así hablaban, por ignorar lo que dentro había pasado. Entonces
Eurínome, la despensera, lavó y ungió con aceite al magnánimo Ulises en
su casa, y le puso un hermoso manto y una túnica; y Minerva esmaltó con
una gran hermosura la cabeza del héroe é hizo que apareciese más alto y
más grueso, y que de su cabeza colgaran ensortijados cabellos que á flores
de jacinto semejaban. Y así como el hombre experto, á quien Vulcano y

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Palas Minerva han enseñado artes de toda especie, cerca de oro la plata y
hace lindos trabajos; de semejante modo, Minerva difundió la gracia por la
cabeza y por los hombros de Ulises. El héroe salió del baño con el cuerpo
parecido completamente al de los inmortales; volvió á sentarse en la silla
que antes ocupara, frente á su esposa, y le dijo estas palabras:
166 «¡Desgraciada! Los que viven en olímpicos palacios te dieron un
corazón más duro que á las otras mujeres. Ninguna se quedaría así, con el
ánimo firme, alejada de su marido; cuando éste, después de pasar tantos
males, vuelve en el vigésimo año á la patria tierra. Pero ve, nodriza, y
aparéjame la cama para que pueda acostarme; que ésa tiene en su pecho un
corazón de hierro.»
173 Contestóle la discreta Penélope: «¡Infortunado! Ni me crezco, ni
me tengo en poco, ni me admiro en demasía; pues sé muy bien cómo eras
cuando partiste de Ítaca en la nave de largos remos. Ve, Euriclea, y ponle la
fuerte cama en el exterior de la sólida habitación que construyó él mismo:
sácale allí la fuerte cama y aderézale el lecho con pieles, mantas y colchas
espléndidas.»
181 Habló de semejante modo para probar á su marido; pero Ulises,
irritado, díjole á la honesta esposa:
183 «¡Oh mujer! En verdad que me produce gran pena lo que has dicho.
¿Quién me habrá trasladado el lecho? Difícil le fuera hasta al más hábil, si
no viniese un dios á cambiarlo fácilmente de sitio; mas ninguno de los
mortales que hoy viven ni aun de los más jóvenes, lo movería con facilidad,
pues hay una gran señal en el labrado lecho que hice yo mismo y no otro
alguno. Creció dentro del patio un olivo de alargadas hojas, robusto y
floreciente, que tenía el grosor de una columna. En torno del mismo labré
las paredes de mi cámara, empleando multitud de piedras; la cubrí con
excelente techo y la cerré con puertas sólidas, firmemente ajustadas.
Después corté el ramaje de aquel olivo de alargadas hojas; pulí con el
bronce su tronco desde la raíz, haciéndolo diestra y hábilmente; lo enderecé
por medio de un nivel para convertirlo en pie de la cama, y lo taladré todo
con un barreno. Comenzando por este pie, fuí haciendo y pulimentando la
cama hasta terminarla; la adorné con oro, plata y marfil; y extendí en su
parte interior unas vistosas correas de piel de buey, teñidas de púrpura. Ésta
es la señal de que te hablaba; pero ignoro, oh mujer, si mi lecho sigue
incólume ó ya lo trasladó alguno, habiendo cortado el olivo por el pie.»

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205 Así le dijo; y Penélope sintió desfallecer sus rodillas y su corazón,
al reconocer las señales que Ulises describiera con tal certidumbre. Al punto
corrió á su encuentro, derramando lágrimas; echóle los brazos alrededor del
cuello, le besó en la cabeza y le dijo:
209 «No te enojes conmigo, Ulises, ya que eres en todo el más
circunspecto de los hombres; y las deidades nos enviaron la desgracia y no
quisieron que gozásemos juntos de nuestra juventud, ni que juntos
llegáramos al umbral de la vejez. Pero no te enfades conmigo, ni te irrites si
no te abracé, como ahora, tan luego como estuviste en mi presencia; que mi
ánimo, acá dentro del pecho, temía horrorizado que viniese algún hombre á
engañarme con sus palabras, pues son muchos los que traman perversas
astucias. La argiva Helena, hija de Júpiter, no se hubiera juntado nunca en
amor y concúbito con un extraño, si hubiese sabido que los belicosos
aqueos habían de traerla nuevamente á su casa y á su patria tierra. Algún
dios debió de incitarla á realizar aquella vergonzosa acción; pues
anteriormente jamás pensara cometer la deplorable falta que fué el origen
de nuestras penas. Ahora, como acabas de referirme las señales evidentes de
aquel lecho, que no vió mortal alguno sino solos tú y yo, y una esclava,
Áctoris, que me había dado mi padre al venirme acá y custodiaba la puerta
de nuestra sólida estancia, has logrado traer el convencimiento á mi espíritu
con ser éste tan obstinado.»
231 Diciendo de esta guisa, acrecentóle el deseo de sollozar; y Ulises
lloraba, abrazado á su dulce y honesta esposa. Así como la tierra aparece
grata á los que vienen nadando porque Neptuno les hundió en el ponto la
bien construída embarcación, haciéndola juguete del viento y del gran
oleaje; y unos pocos, que consiguieron salir del espumoso mar al
continente, lleno el cuerpo de sarro, pisan la tierra muy alegres porque se
ven libres de aquel infortunio: pues de igual manera le era agradable á
Penélope la vista del esposo y no le quitaba del cuello los níveos brazos.
Llorando los hallara la Aurora de rosáceos dedos, si Minerva, la deidad de
los brillantes ojos, no hubiese ordenado otra cosa: alargó la noche, cuando
ya tocaba á su término, y detuvo en el Océano á la Aurora, de áureo trono,
no permitiéndole uncir los caballos de pies ligeros que traen la luz á los
hombres, Lampo y Faetonte, que son los potros que conducen á la Aurora.
Y entonces dijo á su consorte el ingenioso Ulises:

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Penélope, derramando lágrimas, corrió á encontrarle, le echó los brazos al cuello, le besó
la cabeza y le dijo...

(Canto XXIII, versos 207 y 208.)

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248 «¡Mujer! Aún no hemos llegado al fin de todos los trabajos, pues
falta otra empresa muy grande, larga y difícil, que he de llevar á
cumplimiento. Así me lo vaticinó el alma de Tiresias el día que bajé á la
morada de Plutón procurando la vuelta de mis compañeros y la mía propia.
Mas, ea, mujer, vámonos á la cama para que, acostándonos, nos regalemos
con el dulce sueño.»
256 Respondióle la discreta Penélope: «El lecho lo tendrás cuando á tu
ánimo le plegue, ya que los dioses te hicieron tornar á tu casa bien
construída y á tu patria tierra. Mas, puesto que pensaste en ese trabajo, por
haberte sugerido su recuerdo alguna deidad, explícame en qué consiste; me
figuro que más tarde lo he de saber y no será malo que me entere desde
ahora.»
263 Respondióle el ingenioso Ulises: «¡Desdichada! ¿Por qué me
incitas tanto, con tus súplicas, á que te lo explique? Voy á declarártelo sin
omitir cosa alguna. No se alegrará tu ánimo de saberlo, como yo no me
alegro tampoco, pues Tiresias me ordenó que recorriera muchas
poblaciones, llevando en la mano un manejable remo, hasta llegar á
aquellos hombres que nunca vieron el mar, ni comen manjares sazonados
con sal, ni conocen las naves de encarnadas proas, ni tienen noticia de los
manejables remos que son como las alas de los buques. Para ello me dió
una señal muy manifiesta, que no te he de ocultar. Me mandó que, cuando
encuentre otro caminante y me diga que llevo un aventador sobre el
gallardo hombro, clave en tierra el manejable remo, haga al soberano
Neptuno hermosos sacrificios de un carnero, un toro y un verraco, y vuelva
á esta casa donde ofreceré sagradas hecatombes á los inmortales dioses que
poseen el anchuroso cielo, á todos por su orden. Me vendrá más adelante y
lejos del mar, una muy suave muerte, que me quitará la vida cuando ya esté
abrumado por placentera vejez; y á mi alrededor los ciudadanos serán
dichosos. Todas estas cosas aseguró Tiresias que habían de cumplirse.»
285 Repuso entonces la discreta Penélope: «Si los dioses te conceden
una feliz senectud, aún puedes esperar que te librarás de los infortunios.»
288 Así éstos conversaban. Mientras tanto, Eurínome y el ama
aparejaban el lecho con blandas ropas, alumbrándose con antorchas
encendidas. En acabando de hacer la cama diligentemente, la vieja tornó al
palacio para acostarse y Eurínome, la camarera, fué delante de aquéllos, con
una antorcha en la mano, hasta que los condujo á la cámara nupcial,

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retirándose en seguida. Y entrambos consortes llegaron muy alegres al sitio
donde se hallaba su antiguo lecho.
297 Entonces Telémaco, el boyero y el porquerizo dejaron de bailar,
mandaron que cesasen igualmente las mujeres, y acostáronse todos en el
obscuro palacio.
300 Después que los esposos hubieron disfrutado del deseable amor,
entregáronse al deleite de la conversación. La divina entre las mujeres
refirió cuanto había sufrido en el palacio al contemplar la multitud de los
funestos pretendientes, que por su causa degollaban muchos bueyes y
pingües ovejas, en tanto que se concluía el copioso vino de las tinajas.
Ulises, de jovial linaje, contó á su vez cuantos males había inferido á otros
hombres y cuantas penas había soportado en sus propios infortunios. Y ella
se holgaba de oirlo y el sueño no le cayó en los ojos hasta que se acabó el
relato.
310 Empezó por narrarle cómo venciera á los cícones; y le fué
refiriendo su llegada al fértil país de los lotófagos; cuanto hizo el Ciclope y
cómo él tomó venganza de que le hubiese devorado despiadadamente los
fuertes compañeros; cómo pasó á la isla de Éolo, quien le acogió benévolo
hasta que vino la hora de despedirle, pero el hado no había dispuesto que el
héroe tornara aún á la patria y una tempestad lo arrebató nuevamente y lo
llevó por el ponto, abundante en peces, mientras daba profundos suspiros; y
cómo desde allí aportó á Telépilo, la ciudad de los lestrigones, que le
destruyeron los bajeles y le mataron todos los compañeros, de hermosas
grebas, escapando tan sólo Ulises en su negra nave. Describióle también los
engaños y múltiples astucias de Circe; y explicóle luego cómo había ido en
su nave de muchos bancos á la lóbrega morada de Plutón para consultar al
alma del tebano Tiresias, y cómo pudo ver allí á todos sus compañeros y á
la madre que lo dió á luz y que lo crió en su infancia; cómo oyó más tarde
el cantar de las Sirenas, de voz sonora; cómo pasó por las peñas Erráticas,
por la horrenda Caribdis y por la roca de Escila, de la cual nunca pudieron
los hombres escapar indemnes; cómo sus compañeros mataron las vacas del
Sol; cómo el altitonante Júpiter hirió la velera nave con el ardiente rayo,
habiendo perecido todos sus esforzados compañeros y librádose él de la
perniciosa muerte; cómo llegó á la isla Ogigia y á la ninfa Calipso, la cual
le retuvo en huecas grutas, deseosa de tomarle por marido, le alimentó y le
dijo repetidas veces que le haría inmortal y le eximiría perpetuamente de la
senectud, sin que jamás consiguiera llevarle la persuasión al ánimo; y cómo,

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padeciendo muchas fatigas, arribó á los feacios, quienes le honraron
cordialmente, cual si fuese un numen, y lo condujeron en una nave á la
patria tierra, después de regalarle bronce, oro en abundancia y vestidos. Tal
fué lo postrero que mencionó, cuando ya le vencía el dulce sueño, que relaja
los miembros y deja el ánimo libre de inquietudes.
344 Luego Minerva, la deidad de los brillantes ojos, ordenó otra cosa.
Tan pronto como le pareció que Ulises ya se habría recreado con su mujer y
con el sueño, hizo que saliese del Océano la hija de la mañana, la de áureo
trono, para que les trajera la luz á los humanos. Entonces se levantó Ulises
del blando lecho y dirigió á su esposa las siguientes palabras:
350 «¡Mujer! Los dos hemos padecido muchos trabajos: tú aquí,
llorando por mi vuelta tan abundante en fatigas; y yo sufriendo los
infortunios que me enviaron Júpiter y los demás dioses para detenerme lejos
de la patria cuando anhelaba volver á ella. Mas, ya que nos hemos reunido
nuevamente en este deseado lecho, tú cuidarás de mis bienes en el palacio;
y yo, para reponer el ganado que los soberbios pretendientes me devoraron,
apresaré un gran número de reses y los aqueos me darán otras hasta que
llenemos todos los establos. Ahora me iré al campo, lleno de árboles, á ver á
mi padre que tan afligido se halla por mi ausencia; y á ti, oh mujer, aunque
eres juiciosa, oye lo que te encomiendo: como al salir el sol se divulgará la
noticia de que maté en el palacio á los pretendientes, vete á lo alto de la
casa con tus siervas y quédate allí sin mirar á nadie ni preguntar cosa
alguna.»
366 Dijo; cubrió sus hombros con la magnífica armadura y, haciendo
levantar á Telémaco, al boyero y al porquerizo, les mandó que tomasen las
marciales armas. Ellos no dejaron de obedecerle: armáronse todos con el
bronce, abrieron la puerta y salieron de la casa, precedidos por Ulises. Ya la
luz se esparcía por la tierra; pero cubriólos Minerva con obscura nube y los
sacó de la ciudad muy prestamente.

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Mercurio conduce al Orco las almas de los pretendientes

CANTO XXIV
LAS PACES

1 El cilenio Mercurio llamaba á las almas de los pretendientes,
teniendo en su mano la hermosa áurea vara con la cual adormece los ojos de
cuantos quiere ó despierta á los que duermen. Empleábala entonces para
mover y guiar las almas y éstas le seguían profiriendo estridentes gritos.
Como los murciélagos revolotean chillando en lo más hondo de una vasta
gruta si alguno de ellos se separa del racimo colgado de la peña, pues se
traban los unos con los otros: de la misma suerte, las almas andaban
chillando, y el benéfico Mercurio, que las precedía, llevábalas por lóbregos
senderos. Transpusieron en primer lugar las corrientes del Océano y la roca
de Léucade, después las puertas del Sol y el país de los Sueños, y pronto
llegaron á la pradera de asfódelos donde residen las almas, que son
imágenes de los difuntos.
15 Encontráronse allí con las almas de Aquiles, hijo de Peleo, de
Patroclo, del irreprochable Antíloco y de Ayax, que fué el más excelente de
todos los dánaos, en cuerpo y hermosura, después del eximio Pelida. Éstos

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andaban en torno de Aquiles; y se les acercó, muy angustiada, el alma de
Agamenón Atrida, á cuyo alrededor se reunían las de cuantos en la mansión
de Egisto perecieron con el héroe, cumpliendo su destino. Y el alma del
Pelida fué la primera que habló, diciendo de esta suerte:
24 «¡Oh Atrida! Nos figurábamos que entre todos los héroes eras
siempre el más acepto á Júpiter, que se huelga con el rayo, porque
imperabas sobre muchos y fuertes varones allá en Troya, donde los aqueos
padecimos tantos infortunios; y, con todo, te había de alcanzar antes de
tiempo la funesta Parca, de la cual nadie puede librarse una vez nacido.
Ojalá se te hubiesen presentado la muerte y el destino en el país teucro,
cuando disfrutabas de la dignidad suprema con que ejercías el mando; pues
entonces todos los aqueos te erigieran un túmulo, y le legaras á tu hijo una
gloria inmensa. Ahora el hado te ha hecho sucumbir con la más deplorable
de las muertes.»
35 Respondióle el alma del Atrida: «¡Afortunado tú, oh hijo de Peleo,
Aquiles semejante á los dioses, que expiraste en Troya, lejos de Argos, y á
tu alrededor murieron, defendiéndote, otros valentísimos troyanos y aqueos;
y tú yacías en tierra sobre un gran espacio, envuelto en un torbellino de
polvo y olvidado del arte de guiar los carros! Nosotros luchamos todo el día
y por nada hubiésemos suspendido el combate; pero Júpiter nos obligó á
desistir, enviándonos una tormenta. Después de haber llevado tu hermoso
cuerpo del campo de la batalla á las naves, lo pusimos en un lecho, lo
lavamos con agua tibia y lo ungimos; y los dánaos, cercándote, vertían
muchas y ardientes lágrimas y se cortaban las cabelleras. También vino tu
madre, que salió del mar, con las inmortales diosas marinas, en oyendo la
nueva: levantóse en el ponto un clamoreo grandísimo y tal temblor les entró
á todos los aqueos, que se lanzaran á las cóncavas naves si no les detuviera
un hombre que conocía muchas y antiguas cosas, Néstor, cuya opinión era
considerada siempre como la mejor. Éste, pues, arengándolos con
benevolencia, les habló diciendo:
54 «¡Deteneos, argivos; no huyáis, varones aqueos! Ésta es la madre
que viene del mar, con las inmortales diosas marinas, á ver á su hijo
muerto.»
57 »Así se expresó; y los magnánimos aquivos suspendieron la fuga.
Rodeáronte las hijas del anciano del mar, lamentándose de tal suerte que
movían á compasión, y te pusieron divinales vestidos. Las nueve Musas
entonaron el canto fúnebre, alternando con su hermosa voz, y no vieras á

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ningún argivo que no llorara: ¡tanto les conmovía la canora Musa! Diez y
siete días con sus noches te lloramos, así los inmortales dioses como los
mortales hombres, y al deciocheno te entregamos á las llamas, degollando á
tu alrededor y en gran abundancia pingües ovejas y bueyes de retorcidos
cuernos. Ardió tu cadáver, adornado con vestidura de dios, con gran
cantidad de ungüento y de dulce miel; agitáronse con sus armas multitud de
héroes aquivos, unos á pie y otros en carros, en torno de la pira en que te
quemaste; y prodújose un gran tumulto. Después que la llama de Vulcano
acabó de consumirte, oh Aquiles, y se mostró la Aurora, recogimos tus
blancos huesos y los echamos en vino puro y ungüento. Tu madre nos
entregó un ánfora de oro, diciendo que se la había regalado Dioniso y era
obra del ínclito Vulcano; y en ella están tus blancos huesos, preclaro
Aquiles, junto con los de Patroclo Menetíada, y aparte los de Antíloco, que
fué el compañero á quien más apreciaste después del difunto Patroclo. En
torno de los restos el sacro ejército de los argivos te erigió un túmulo grande
y eximio en un lugar prominente, á orillas del dilatado Helesponto; para que
pudieran verlo á gran distancia, desde el mar, los hombres que ahora viven
y los que nazcan en lo futuro. Tu madre puso en la liza, con el
consentimiento de los dioses, hermosos premios para el certamen que
habían de celebrar los argivos más señalados. Tú te hallaste en las exequias
de muchos héroes cuando, con motivo de la muerte de algún rey, se ciñen
los jóvenes y se aprestan para los juegos fúnebres; esto no obstante, te
hubieses asombrado muchísimo en tu ánimo al ver cuán hermosos eran los
que en honor tuyo estableció la diosa Tetis, la de los pies argénteos, porque
siempre fuiste muy caro á las deidades. Así pues, ni muriendo has perdido
tu nombradía; y tu gloriosa fama, oh Aquiles, subsistirá perpetuamente
entre todos los hombres. Pero yo, ¿cómo he de gozar de tal satisfacción, si,
después que acabé la guerra y volví á la patria, me aparejó Júpiter una
deplorable muerte por la mano de Egisto y de mi funesta esposa?»
98 Mientras de tal modo conversaban, presentóseles el mensajero
Argicida guiando las almas de los pretendientes á quienes matara Ulises.
Ambos, al punto que los vieron, fuéronse muy admirados á encontrarlos. El
alma del Atrida Agamenón reconoció al hijo amado de Melaneo, al
perínclito Anfimedonte, cuyo huésped había sido en la casa que éste
habitaba en Ítaca, y comenzó á hablarle de esta manera:
106 «¡Anfimedonte! ¿Qué os ha ocurrido, que penetráis en la obscura
tierra tantos y tan selectos varones, y todos de la misma edad? Si se

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escogieran por la población, no se hallaran otros más excelentes. ¿Acaso
Neptuno os mató en vuestras naves, desencadenando el fuerte soplo de
terribles vientos y levantando grandes olas? ¿Ó quizás unos hombres
enemigos acabaron con vosotros en el continente porque os llevabais sus
bueyes y sus magníficos rebaños de ovejas ó porque combatíais para
apoderaros de su ciudad y de sus mujeres? Responde á lo que te digo, pues
me precio de ser huésped tuyo. ¿No recuerdas que fuí allá, á vuestra casa,
junto con el deiforme Menelao, á exhortar á Ulises para que nos siguiera á
Ilión en las naves de muchos bancos? Un mes entero empleamos en
atravesar el anchuroso ponto, y á duras penas persuadimos á Ulises,
asolador de ciudades.»
120 Díjole á su vez el alma de Anfimedonte: «¡Atrida gloriosísimo, rey
de hombres Agamenón! Recuerdo cuanto dices, oh alumno de Júpiter, y te
contaré exacta y circunstanciadamente de qué triste modo ocurrió que
llegáramos al término de nuestra vida. Pretendíamos á la esposa de Ulises,
ausente á la sazón desde largo tiempo, y ni rechazaba las odiosas nupcias ni
quería celebrarlas, preparándonos la muerte y la negra Parca; y entonces
discurrió en su inteligencia este nuevo engaño. Se puso á tejer en el palacio
una gran tela sutil é interminable, y á la hora nos habló de esta guisa:
¡Jóvenes, pretendientes míos! Ya que ha muerto el divinal Ulises, aguardad,
para instar mis bodas, que acabe este lienzo—no sea que se me pierdan
inútilmente los hilos,—á fin de que tenga sudario el héroe Laertes en el
momento fatal de la aterradora muerte. ¡No se me vaya á indignar alguna
de las aqueas del pueblo, si ve enterrar sin mortaja á un hombre que ha
poseído tantos bienes! Así dijo, y nuestro ánimo generoso se dejó persuadir.
Desde aquel instante, pasaba el día labrando la gran tela, y por la noche, tan
luego como se alumbraba con las antorchas, deshacía lo tejido. De esta
suerte logró ocultar el engaño y que sus palabras fueran creídas por los
aqueos durante un trienio; mas, así que vino el cuarto año y volvieron á
sucederse las estaciones, después de transcurrir los meses y de pasar
muchos días, nos lo reveló una de las mujeres, que conocía muy bien lo que
pasaba, y sorprendimos á Penélope destejiendo la espléndida tela. Así fué
cómo, mal de su grado, se vió en la necesidad de acabarla. Cuando, después
de tejer y lavar la gran tela, nos mostró aquel lienzo que se asemejaba al sol
ó á la luna, funesta deidad trajo á Ulises de alguna parte á los confines del
campo donde el porquero tenía su morada. Allí fué también el hijo amado
del divinal Ulises, cuando volvió de Pilos en su negra nave; y,

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concertándose para dar mala muerte á los pretendientes, vinieron á la ínclita
ciudad, y Ulises entró el último, pues Telémaco se le anticipó algún tanto.
El porquero acompañó á Ulises; y éste, con sus pobres harapos, parecía un
viejo y miserable mendigo que se apoyaba en el bastón y llevaba feas
vestiduras. Ninguno de nosotros pudo conocerle, ni aun los más viejos,
cuando se presentó de súbito; y lo maltratábamos, dirigiéndole injuriosas
palabras y dándole golpes. Con ánimo paciente sufría Ulises que en su
propio palacio se le pegara é injuriara; mas apenas le incitó Júpiter, que
lleva la égida, comenzó por quitar de las paredes, ayudado de Telémaco, las
magníficas armas que depositó en su habitación, corriendo los cerrojos; y
luego, con refinada astucia, aconsejó á su esposa que nos sacara á los
pretendientes el arco y el blanquizco hierro á fin de celebrar el certamen
que había de ser para nosotros, oh infelices, el preludio de la matanza.
Ninguno logró tender la cuerda del recio arco, pues nos faltaba mucha parte
del vigor que para ello se requería. Cuando el gran arco iba á llegar á manos
de Ulises, todos increpábamos al porquero para que no se lo diese, por más
que lo solicitara; y tan sólo Telémaco, animándole, mandó que se lo
entregase. El paciente divinal Ulises lo tomó en sus manos, tendiólo con
suma facilidad, é hizo pasar la flecha á través del hierro; inmediatamente se
fué al umbral, derramó por el suelo las veloces flechas, echando terribles
miradas, y mató al rey Antínoo. Pero en seguida disparó contra los demás
las dolorosas saetas, apuntando á su frente; y caían los unos en pos de los
otros. Era evidente que alguno de los dioses le ayudaba; pues muy pronto,
dejándose llevar de su furor, empezaron á matar á diestro y siniestro por la
sala: los que recibían los golpes en la cabeza levantaban horribles suspiros,
y el suelo manaba sangre por todos lados. Así hemos perecido, Agamenón,
y los cadáveres yacen abandonados en el palacio de Ulises; porque la nueva
aún no ha llegado á las casas de nuestros amigos, los cuales nos llorarían
después de lavarnos la negra sangre de las heridas y de colocarnos en
lechos; que tales son los honores que han de tributarse á los difuntos.»
191 Contestóle el alma del Atrida: «¡Feliz hijo de Laertes! ¡Ulises,
fecundo en recursos! Tú acertaste á poseer una esposa virtuosísima. Como
la irreprochable Penélope, hija de Icario, ha tenido tan excelentes
sentimientos y ha guardado tan buena memoria de Ulises, el varón con
quien se casó virgen, jamás se perderá la gloriosa fama de su virtud y los
inmortales inspirarán á los hombres de la tierra graciosos cantos en loor de
la discreta Penélope. No se portó así la hija de Tíndaro, que, maquinando

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inicuas acciones, dió muerte al marido con quien se casara virgen; por lo
cual ha de ser objeto de odiosos cantos, y ya ha proporcionado triste fama á
las mujeres, sin exceptuar á las que son virtuosas.»
203 Así conversaban en la morada de Plutón, dentro de las
profundidades de la tierra.

205 Mientras tanto, Ulises y los suyos, descendiendo de la ciudad,
llegaron muy pronto al bonito y bien cultivado predio de Laertes, que éste
comprara en otra época después de pasar muchas fatigas. Allí estaba la casa
del anciano, con un cobertizo á su alrededor adonde iban á comer, á sentarse
y á dormir los siervos propios de aquél; siervos que le hacían cuantas
labores eran de su agrado. Una vieja siciliana le cuidaba con gran solicitud
allá en el campo, lejos de la ciudad. En llegando, pues, á tal paraje, Ulises
les habló de esta manera á sus servidores y á su hijo:
214 «Vosotros, entrando en la bien labrada casería, sacrificad al punto
el mejor de los cerdos para el almuerzo; y yo iré á probar si mi padre me
reconoce al verme ante sus ojos, ó no distingue quién soy después de tanto
tiempo de hallarme ausente.»
219 Diciendo así, entregó las marciales armas á los criados. Fuéronse
éstos á buen paso hacia la casería y Ulises se encaminó al huerto, en frutas
abundoso, para hacer aquella prueba. Y, bajando al grande huerto, no halló á
Dolio, ni á ninguno de los esclavos, ni á los hijos de éste; pues todos habían
salido á coger espinos para hacer el seto del huerto, y el anciano Dolio los
guiaba. Por esta razón halló en el bien cultivado huerto á su padre solo,
aporcando una planta. Vestía Laertes una túnica sucia, remendada y
miserable; llevaba atadas á las piernas unas polainas de vaqueta cosida para
reparo contra los rasguños y en las manos guantes por causa de las zarzas; y
cubría su angustiada cabeza con un gorro de piel de cabra. Cuando el
paciente divinal Ulises le vió abrumado por la vejez y con tan grande dolor
allá en su espíritu, se detuvo al pie de un alto peral y le saltaron las
lágrimas. Después encontrábase indeciso en su mente y en su corazón, no
sabiendo si besar y abrazar á su padre, contárselo todo y explicarle cómo
había llegado al patrio suelo; ó interrogarle primeramente con el fin de
hacer aquella prueba. Tan luego como lo hubo pensado, parecióle que era
mejor tentarle con burlonas palabras. Con este propósito fuése el divinal

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Ulises derecho al mismo, que estaba con la cabeza baja cavando en torno de
una planta. Y, deteniéndose á su vera, hablóle así su preclaro hijo:
244 «¡Oh anciano! No te falta pericia para cultivar un huerto, pues en
éste se halla todo muy bien cuidado y no se ve planta alguna, ni higuera, ni
vid, ni olivo, ni peral, ni cuadro de legumbres, que no lo esté de igual
manera. Otra cosa te diré, mas no por ello recibas enojo en tu corazón: no
tienes tan buen cuidado de ti mismo, pues no sólo te agobia la triste vejez,
sino que estás sucio y mal vestido. No será sin duda á causa de tu ociosidad
el que un señor te tenga en semejante desamparo; y, además, nada servil se
advierte en ti, pues por tu aspecto y grandeza te asemejas á un rey, á un
varón que después de lavarse y de comer haya de dormir en blando lecho;
que tal es la costumbre de los ancianos. Mas, ea, habla y responde
sinceramente: ¿De quién eres siervo? ¿Cúyo es el huerto que cultivas?
Dime con verdad, á fin de que lo sepa, si realmente he llegado á Ítaca; como
me aseguró un hombre que encontré al venir y que no debe de ser muy
sensato, pues no tuvo paciencia para referirme algunas cosas ni para
escuchar mis palabras cuando le pregunté si cierto huésped mío aún vive y
existe ó ha muerto y se halla en la morada de Plutón. Voy á contártelo á ti:
atiende y óyeme. En mi patria hospedé en otro tiempo á un varón que llegó
á nuestra morada; y jamás mortal alguno de los que vinieron de lejas tierras
á posar en mi casa me fué más grato: preciábase de ser natural de Ítaca y
decía que Laertes Arcesíada era su padre. Yo mismo lo conduje al palacio,
le proporcioné digna hospitalidad, tratándolo solícita y amistosamente,—
que en mi mansión reinaba la abundancia,—y le hice los presentes
hospitalarios que convenía dar á tal persona. Le entregué siete talentos de
oro bien labrado; una argéntea cratera floreada; doce mantos sencillos, doce
tapetes, doce bellos palios y otras tantas túnicas; y además, cuatro mujeres
de hermosa figura, diestras en hacer irreprochables labores, que él mismo
escogió entre mis esclavas.»
280 Respondióle su padre, con los ojos anegados en lágrimas:
«¡Forastero! Estás ciertamente en la tierra por la cual preguntas; pero la
tienen dominada unos hombres insolentes y malvados, y te saldrán en vano
esos múltiples presentes que á aquél le hiciste. Si lo hallaras vivo en el
pueblo de Ítaca, no te despidiera sin corresponder á tus obsequios con otros
dones y una buena hospitalidad, como es justo que se haga con quien
anteriormente nos dejó obligados. Mas, ea, habla y responde sinceramente:
¿Cuántos años ha que acogiste á ese tu infeliz huésped, á mi hijo

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infortunado, si todo no ha sido un sueño? Alejado de sus amigos y de su
patria tierra, ó se lo comieron los peces en el ponto ó fué pasto, en el
continente, de las fieras y de las aves: y ni su madre lo amortajó, llorándole
conmigo que lo engendramos; ni su rica mujer, la discreta Penélope, gimió
sobre el lecho fúnebre de su marido, como era justo, ni le cerró los ojos; que
tales son las honras debidas á los muertos. Dime también la verdad de esto,
para que me entere: ¿Quién eres y de qué país procedes? ¿Dónde se hallan
tu ciudad y tus padres? ¿Dónde está el rápido bajel que te ha traído con tus
compañeros iguales á los dioses? ¿Ó viniste pasajero en la nave de otro, que
después de dejarte en tierra continuó su viaje?»
302 Díjole en respuesta el ingenioso Ulises: «De todo voy á informarte
circunstanciadamente. Nací en Alibante, donde tengo magnífica morada, y
soy hijo del rey Afidante Polipemónida; mi nombre es Epérito; algún dios
me ha apartado de Sicania para traerme aquí á pesar mío, y mi nave está
cerca del campo, antes de llegar á la población. Hace ya cinco años que
Ulises se fué de allá y dejó mi patria. ¡Infeliz! Propicias aves volaban á su
derecha cuando partió, y, al notarlo, le despedí alegre y se alejó contento;
porque nos quedaba en el corazón la esperanza de que la hospitalidad
volvería á juntarnos y nos podríamos obsequiar con espléndidos presentes.»
315 Tales fueron sus palabras; y negra nube de pesar envolvió á Laertes
que tomó ceniza con ambos manos y echóla sobre su cabeza cana,
suspirando muy gravemente. Conmoviósele el corazón á Ulises; sintió el
héroe aguda picazón en la nariz al contemplar á su padre, y dando un salto,
le besó y le dijo:
321 «Yo soy, oh padre, ése mismo por quien preguntas; que torno en el
vigésimo año á la patria tierra. Pero cesen tu llanto, tus sollozos y tus
lágrimas. Y te diré, ya que el tiempo nos apremia, que he muerto á los
pretendientes en nuestra casa, vengando así sus dolorosas injurias y sus
malvadas acciones.»
327 Laertes le contestó diciendo: «Pues si eres mi hijo Ulises que ha
vuelto, muéstrame alguna señal evidente para que me convenza.»

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¿Quién eres, le preguntó Laertes, y de qué país procedes?
(Canto XXIV, verso 298.)

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330 Respondióle el ingenioso Ulises: «Primeramente vean tus ojos la
herida que en el Parnaso me infirió un jabalí con su blanco diente, cuando
tú y mi madre veneranda me enviasteis á Autólico, mi caro abuelo paterno,
á recibir los dones que al venir acá prometió hacerme. Y, si lo deseas, te
enumeraré los árboles que una vez me regalaste en este bien cultivado
huerto: pues yo, que era niño, te seguía y te los iba pidiendo uno tras otro; y,
al pasar por entre ellos, me los mostrabas y me decías su nombre. Fueron
trece perales, diez manzanos y cuarenta higueras; y me ofreciste, además,
cincuenta liños de cepas, cada uno de los cuales daba fruto en diversa
época, como que hay aquí racimos de uvas de todas clases cuando los hacen
madurar las estaciones que desde lo alto nos envía Jove.»
345 Así le dijo; y Laertes sintió desfallecer sus rodillas y su corazón,
reconociendo las señales que Ulises describiera con tal certidumbre. Echó
los brazos sobre su hijo; y el paciente divinal Ulises trajo hacia sí al
anciano, que se hallaba sin aliento. Y cuando Laertes tornó á respirar y
volvió en su acuerdo, respondió con estas palabras:
351 «¡Padre Júpiter! Vosotros los dioses permanecéis aún en el vasto
Olimpo, si es verdad que los pretendientes recibieron el castigo de su
temeraria insolencia. Mas ahora teme mucho mi corazón que se reúnan y
vengan muy pronto los itacenses, y que además envíen emisarios á todas las
ciudades de los cefalenos.»
356 Respondióle el ingenioso Ulises: «Cobra ánimo y no te preocupes
por tales cosas. Pero vámonos á la casa que se halla próxima á este huerto,
que allí envié á Telémaco, al boyero y al porquerizo para que cuanto antes
nos aparejen la comida.»
361 Pronunciadas estas palabras, encamináronse á la hermosa casería.
Cuando hubieron llegado á la cómoda mansión, hallaron á Telémaco, al
boyero y al porquerizo ocupados en cortar mucha carne y en mezclar el
negro vino.
365 Al punto la esclava siciliana lavó y ungió con aceite al magnánimo
Laertes dentro de la casa, echándole después un hermoso manto sobre las
espaldas; y Minerva se acercó é hizo que le crecieran los miembros al
pastor de hombres, de suerte que apareciese más alto y más grueso que
anteriormente. Cuando salió del baño, admiróse Ulises de verle tan parecido
á los inmortales númenes y le dirigió estas aladas palabras:
373 «¡Oh padre! Alguno de los sempiternos dioses ha mejorado á buen
seguro tu aspecto y tu grandeza.»

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375 Contestóle el discreto Laertes: «Ojalá me hallase, ¡oh padre Júpiter,
Minerva, Apolo!, como cuando reinaba sobre los cefalenos y tomé á Nérico,
ciudad bien construída, allá en la punta del continente: si, siendo tal, me
hubiera encontrado ayer en nuestra casa, con los hombros cubiertos por la
armadura, á tu lado y rechazando á los pretendientes, yo les quebrara á
muchos las rodillas en el palacio y tu alma se regocijara al contemplarlo.»
383 Así éstos conversaban. Cuando los demás terminaron la faena y
dispusieron el banquete, sentáronse por orden en sillas y sillones. Y así que
comenzaban á tomar los manjares, llegó el anciano Dolio con sus hijos—
que venían cansados de tanto trabajar;—pues salió á llamarlos su madre, la
vieja siciliana, que los había criado y que cuidaba al anciano con gran
esmero desde que el mismo llegara á la senectud. Tan pronto como vieron á
Ulises y lo reconocieron en su espíritu, paráronse atónitos dentro de la sala;
y Ulises les habló halagándolos con dulces palabras:
394 «¡Oh anciano! Siéntate á comer y cese tu asombro, porque mucho
ha que, con harto deseo de echar mano á los manjares, os estábamos
aguardando en esta sala.»
397 Así se expresó. Dolio se fué derechamente á él con los brazos
abiertos, tomó la mano de Ulises, se la besó en la muñeca, y le dirigió estas
aladas palabras:
400 «¡Amigo! Como quiera que has vuelto á nosotros que anhelábamos
tu tornada—aunque ya perdíamos la esperanza—y los mismos dioses te han
traído, salve, sé muy dichoso, y las deidades te concedan toda clase de
venturas. Dime ahora la verdad de lo que te voy á preguntar, para que me
entere: ¿la discreta Penélope sabe ciertamente que te hallas de regreso, ó
convendrá enviarle un propio?»
406 Respondióle el ingenioso Ulises: «¡Oh anciano! Ya lo sabe. ¿Qué
necesidad hay de hacer lo que propones?»
408 Así le habló; y Dolio fué á sentarse en su pulimentada silla. De
igual manera se allegaron á Ulises los hijos de Dolio, le saludaron con
palabras, le tomaron las manos y se sentaron por orden cerca de su padre.
412 Mientras éstos comían allá en la casa, fué la Fama anunciando
rápidamente por toda la ciudad la horrorosa muerte y el hado de los
pretendientes. Al punto que los ciudadanos la oían, presentábanse todos en
la mansión de Ulises, unos por éste y otros por aquel lado, profiriendo
voces y gemidos. Sacaron los muertos; y, después de enterrar cada cual á
los suyos y de entregar los de otras ciudades á los pescadores para que los

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transportaran en veleras naves, encamináronse al ágora todos juntos, con el
corazón triste. Cuando hubieron acudido y estuvieron congregados,
levantóse Eupites á hablar; porque era intolerable la pena que sentía en el
alma por su hijo Antínoo, que fué el primero á quien mató el divinal Ulises.
Y, derramando lágrimas, los arengó diciendo:
426 «¡Oh amigos! Grande fué la obra que ese varón maquinó contra los
aqueos: Llevóse á muchos y valientes hombres en sus naves y perdió las
cóncavas naves y los hombres; y, al volver, ha muerto á los más señalados
entre los cefalenos. Mas, ea, marchemos á su encuentro antes que se escape
á Pilos ó á la divina Élide, donde ejercen su dominio los epeos, para que no
nos veamos perpetuamente confundidos. Afrentoso será que lleguen á
enterarse de estas cosas los venideros; y, si no castigáramos á los matadores
de nuestros hijos y de nuestros hermanos, no me fuera grata la vida y ojalá
me muriese cuanto antes para estar con los difuntos. Pero vayamos pronto:
no sea que nos prevengan con la huída.»
438 Así les dijo, vertiendo lágrimas; y movió á compasión á los aqueos
todos. Mas en aquel punto presentáronse Medonte y el divinal aedo, que al
despertar habían salido de la morada de Ulises; pusiéronse en medio, y el
asombro se apoderó de los circunstantes. Y el discreto Medonte les habló de
esta manera:
443 «Oídme ahora á mí, oh itacenses; pues no sin la voluntad de los
inmortales dioses ha realizado Ulises tal hazaña. Yo mismo vi á un dios
inmortal que se hallaba cerca de él y era en un todo semejante á Méntor.
Este dios inmortal á las veces aparecía delante de Ulises, á quien animaba;
y á las veces, corriendo furioso por el palacio, tumultuaba á los
pretendientes, que caían los unos en pos de los otros.»
450 Así se expresó; y todos se sintieron poseídos del pálido temor.
Seguidamente dirigióles la palabra el anciano héroe Haliterses Mastórida, el
único que conocía lo pasado y lo venidero. Éste, pues, les arengó con
benevolencia, diciendo:
454 «Oíd ahora, oh itacenses, lo que os digo. Por vuestra culpable
debilidad ocurrieron tales cosas, amigos: que nunca os dejasteis persuadir ni
por mí, ni por Méntor, pastor de hombres, cuando os exhortábamos á poner
término á las locuras de vuestros hijos; y éstos, con su pernicioso orgullo,
cometieron una gran falta, devorando los bienes y ultrajando á la mujer de
un varón eximio que se figuraban que ya no había de volver. Y al presente,

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ojalá se haga lo que os voy á decir. Creedme á mí: no vayamos; no sea que
alguien halle el mal que se habrá buscado.»
463 Así les dijo. Levantáronse con gran clamoreo más de la mitad; y los
restantes, que se quedaron allí porque no les plugo la arenga y en cambio
los persuadió Eupites, corrieron muy pronto á tomar las armas. Apenas se
hubieron revestido de luciente bronce, juntáronse en compacto escuadrón
fuera de la espaciosa ciudad. Y Eupites asumió el mando, dejándose llevar
por su simpleza: pensaba vengar la muerte de su hijo y no había de volver á
la población, porque estaba dispuesto que allá fuera le alcanzase el hado.
472 Mientras esto ocurría, dijo Minerva á Jove Saturnio: «¡Padre
nuestro, Saturnio, el más excelso de los que imperan! Responde á lo que
voy á preguntarte. ¿Cuál es el propósito que interiormente has formado?
¿Llevarás á efecto la perniciosa guerra y el horrible combate, ó pondrás
amistad entre unos y otros?»
477 Contestóle Júpiter, que amontona las nubes: «¡Hija mía! ¿Por qué
inquieres y preguntas tales cosas? ¿No formaste tú misma ese proyecto: que
Ulises, al tornar á su tierra, se vengaría de aquéllos? Haz ahora cuanto te
plazca; mas yo te diré lo que es oportuno. Puesto que el divinal Ulises se ha
vengado de los pretendientes, inmólense víctimas y préstense juramentos de
mutua fidelidad; tenga aquél siempre su reinado en Ítaca; hagamos que se
olvide la matanza de los hijos y de los hermanos; ámense los unos á los
otros, como anteriormente; y haya paz y riqueza en gran abundancia.»
487 Con tales palabras instigóle á hacer lo que ella deseaba; y Minerva
bajó presurosa de las cumbres del Olimpo.
489 Cuando los de la casa de Laertes hubieron satisfecho el apetito con
la agradable comida, el paciente divinal Ulises rompió el silencio para
decirles: «Salga alguno á mirar: no sea que ya estén cerca los que vienen.»
492 Tal dijo. Salió uno de los hijos de Dolio, cumpliendo lo mandado
por Ulises; detúvose en el umbral, y, al verlos á todos ya muy próximos,
dirigió al héroe estas aladas palabras: «Ya vienen cerca; armémonos cuanto
antes.»
496 Así les habló. Levantáronse y vistieron la armadura los cuatro con
Ulises, los seis hijos de Dolio y además, aunque ya estaban canosos, Laertes
y Dolio, pues la necesidad les obligó á ser guerreros. Y cuando se hubieron
revestido de luciente bronce, abrieron la puerta y salieron de la casa,
precedidos por Ulises.

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502 En aquel instante se les acercó Minerva, hija de Júpiter, que había
tomado la figura y la voz de Méntor. El paciente y divinal Ulises se alegró
de verla y al punto dijo á Telémaco, su hijo amado:
506 «¡Telémaco! Ahora que vas á la pelea, donde se señalan los más
eximios, procura no deshonrar el linaje de tus mayores; pues en ser
esforzados y valientes hemos descollado todos sobre la haz de la tierra.»
510 Respondióle el prudente Telémaco: «Verás, si quieres, padre
amado, que con el ánimo que tengo no deshonraré tu linaje como dices.»
513 Así se expresó. Holgóse Laertes y dijo estas palabras: «¡Qué día
éste para mí, amados dioses! ¡Cuán grande es mi júbilo! ¡Mi hijo y mi nieto
rivalizan en ser valientes!»
516 Entonces Minerva, la de los brillantes ojos, se detuvo junto á él y
hablóle en estos términos: «¡Oh Arcesíada, el más caro de todos mis
amigos! Eleva tus preces á la doncella de los brillantes ojos y al padre
Júpiter, y acto continuo blande y arroja la ingente lanza.»
520 Diciendo así, infundióle gran valor Palas Minerva. Incontinenti
elevó sus preces á la hija del gran Júpiter, blandió y arrojó la ingente lanza,
é hirió á Eupites á través del casco de broncíneas carrilleras, que no logró
detener el arma, pues fué atravesado por el bronce. Eupites cayó con
estrépito y sus armas resonaron. Ulises y su ilustre hijo se habían arrojado á
los enemigos que iban delante, y heríanlos con espadas y lanzas de doble
filo. Y á todos los mataran, privándoles de volver á sus hogares, si Minerva,
la hija de Júpiter que lleva la égida, no hubiese alzado su voz y detenido á
todo el pueblo:
531 «¡Dejad la terrible pelea, oh itacenses, para que os separéis en
seguida sin derramar más sangre!»
533 Así dijo Minerva; y todos se sintieron poseídos del pálido temor.
No bien se oyó la voz de la deidad, las armas volaron de las manos y
cayeron en tierra; y los itacenses, deseosos de conservar la vida, se
volvieron hacia la población. El paciente divinal Ulises gritó horriblemente
y, encogiéndose, lanzóse á perseguirlos como un águila de alto vuelo. Mas
el Saturnio despidió un ardiente rayo, que fué á caer ante la diosa de los
brillantes ojos, hija del prepotente padre. Y entonces Minerva, la de los
brillantes ojos, dijo á Ulises de esta suerte:
542 «¡Laertíada, de jovial linaje! ¡Ulises, fecundo en recursos! Tente y
haz que termine esta lucha, este combate igualmente funesto para todos: no
sea que el longividente Jove Saturnio se enoje contigo.»

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545 Así habló Minerva; y Ulises, muy alegre en su ánimo, cumplió la
orden. Y luego hizo que juraran la paz entrambas partes, la propia Palas
Minerva, hija de Júpiter que lleva la égida, que había tomado el aspecto y la
voz de Méntor.

FIN

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ÍNDICE DE NOMBRES PROPIOS

En este índice hallará el lector:—1.º Los nombres propios, así personales como geográficos, que
figuran en el poema, tal como se escriben en griego; y de este modo distinguirá algunos que en
castellano se confunden.—2.º Una breve explicación de dichos nombres.—3.º La serie de los
principales hechos de cada personaje; con lo cual, bastará recordar el nombre de cualquiera de los
que intervengan en una acción determinada, para dar en seguida con el pasaje que se busque. Para
este fin se indican al principio de los párrafos los versos del texto original á que corresponden.
En las citas, el número romano indica el canto, y el arábigo, el verso.

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Acasto (Ἄκαστος): Rey de Duliquio. Ulises en la fingida relación de sus aventuras á Eumeo, dice
que Fidón, rey de los tesprotos, envióle á Acasto, XIV, 336.
Acaya (Ἀχαιίς): Región del Peloponeso; se toma asimismo por la Grecia en general, XI, 166, 481;
XXIII, 68.
Acróneo (Ἀκρόνεως): Uno de los jóvenes feacios que tomaron parte en los juegos celebrados en
presencia de Ulises, VIII, 111.
Áctoris (Ἀκτορίς): Esclava que dió á Penélope su padre, cuando ésta se casó con Ulises. Custodiaba
las puertas de la cámara nupcial, XXIII, 228 y 229.
Adrasta (Ἀδρήστη): Criada de Helena. Coloca el sillón en que ésta toma asiento, IV, 123.
Aedón (Ἀηδών): Hija de Pandáreo. Tuvo del rey Zeto un hijo llamado Ítilo, á quien mató por
imprudencia; fué transformada en ruiseñor, y al comenzar la primavera canta en la espesura
llorando á su hijo, XIX, 518 á 523.
Afidante (Ἀφείδας): Nombre inventado por Ulises. Llama así á un rey de quien se dice hijo, en su
conversación con Laertes, antes de darse á conocer, XXIV, 305.
Agamemnónida (Ἀγαμεμνονίδης): Hijo de Agamenón. Nombre patronímico de Orestes, I, 30.
Agamenón (Ἀγαμέμνων): Hijo de Atreo, rey de Micenas y caudillo supremo de las tropas griegas que
fueron á Troya. Estuvo con Menelao en Ítaca para persuadir á Ulises á que les siguiera á Ilión,
según refiere su alma en el Orco, XXIV, 115 á 119; regocíjase al presenciar la disputa de Ulises y
Aquiles; la cual, según el oráculo, era la señal de que iba á terminar la contienda de teucros y
dánaos, VIII, 77 á 82. Después de la toma de Ilión, quiso detener al pueblo hasta ofrecer
sacrificios á Minerva, y, al llegar á su patria, fué muerto por Egisto, que había seducido á
Clitemnestra, y vengado más tarde por Orestes, I, 35 á 41; III, 143 á 164, 193 á 198, 234 y 235,
248 á 310; IV, 91 y 92, 512 á 537; como lo refiere en el Orco su misma alma, XI, 387 á 461;
XXIV, 20 á 22 y 95 á 97; Menelao le erigió un túmulo en Egipto, IV, 584.
Agelao (Ἀγέλαος): Hijo de Damástor y uno de los pretendientes de Penélope. Exhorta á los demás
pretendientes á que no maltraten á los huéspedes ni á los criados de Telémaco y aconseja á éste
que case á Penélope, XX, 321 á 337; durante la matanza, pregunta á sus amigos si podría salir
alguien por el postigo, XXII, 131 á 136; increpa y amenaza á Minerva, que había tomado la figura
de Méntor, XXII, 212 á 223; aconseja á los demás pretendientes que no arrojen todos á la vez el
dardo, XXII, 247 á 254; y muere, atravesado por la lanza de Ulises, XXII, 293.
Agudas (Θοαί): Islas situadas frente á la desembocadura del río Aqueloo, XV, 299.
Alcandra (Ἀλκάνδρη): Esposa de Pólibo, que moraba en Tebas, ciudad de Egipto, IV, 126 y 127.
Alcímida (Ἀλκιμίδης): Hijo de Álcimo. Nombre patronímico de Méntor, XXII, 235.
Alcínoo (Ἀλκίνοος): Rey de los feacios en Esqueria, hijo de Nausítoo, esposo de Arete y padre de
Nausícaa y y de cinco varones, VI, 12, 17. Accede á la súplica de Nausícaa de que le dé un carro
para ir al río á lavar la ropa, VI, 56 á 71; su genealogía referida por Minerva á Ulises, VII, 56 á 63;
descripción de su palacio y del jardín que lo circunda, VII, 84 á 132; entra Ulises en el palacio y
llega hasta la habitación donde se hallan Alcínoo y Arete, abraza las rodillas de la reina, y
Alcínoo, por exhortación de Equeneo, lo levanta, lo hace sentar á su vera, manda que se ofrezcan
libaciones, VII, 139 á 181, y despide á los comensales, citándoles para el día siguiente en que
tratarán de la conducción del héroe, VII, 185 á 207; siéntase con Arete al lado de Ulises, VII, 231,
oye el relato de éste acerca de cómo llegó á la isla de Calipso y ha venido de ella al país de los
feacios, VII, 240 á 297, censura el proceder de Nausícaa por no haberlo traído ella misma á la
casa, VII, 298 á 301, expresa su deseo de que Ulises se quede y sea el marido de Nausícaa, VII,
307 á 333, y se acuesta con Arete, VII, 346, 347; levántase al día siguiente, se encamina al ágora,
pide á los feacios que conduzcan á Ulises á su patria, ofrece un convite á los marineros y manda
llamar á Demódoco, VIII, 1 á 45; vuelve al palacio, da un banquete en el cual canta Demódoco, y,
al ver que Ulises derrama lágrimas, propone que se trasladen á la plaza y se prueben en los juegos,
VIII, 46 á 104; sus hijos se levantan y toman parte en los juegos, VIII, 118; increpado Ulises por

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uno de los hijos de Alcínoo, VIII, 132, 140 á 151, el rey lo apacigua y manda que salgan los
danzadores á bailar al son de la cítara, VIII, 236 á 256; Alcínoo ordena que bailen Halio y
Laodamante, VIII, 370, 371; exprésale Ulises su admiración por los danzadores y el rey manda
que se ofrezcan presentes de hospitalidad á Ulises y que Euríalo lo desenoje, y éste obedece, VIII,
381 á 405; vuelven todos al palacio y Alcínoo dice á Arete que traiga un arca para poner los
presentes ofrecidos á Ulises y le da á éste una copa de oro, VIII, 421 á 432; Ulises, después de
lavarse, se sienta junto á Alcínoo, VIII, 469; el rey, al ver que Ulises llora mientras el aedo canta
lo del caballo de madera, le pregunta quién es, de dónde viene y por qué llora, VIII, 532 á 586;
oye el relato que hace Ulises de sus aventuras, IX; X; XI, 1 á 333; pide á Ulises que continúe el
relato y el héroe obedece, XI, 347 á 640; XII; ruega á los comensales que den á Ulises sendos
trípodes y calderos, coloca por sí mismo en la nave todo lo del héroe, da un banquete y al ponerse
el sol manda ofrecer libaciones, despide á Ulises y lo hace acompañar por un heraldo, XIII, 1 á 65;
manda ofrecer un sacrificio á Neptuno cuando, al volver la nave que condujo á Ulises, el dios la
convierte en piedra, XIII, 171 á 183.
Alcipe (Ἀλκίππη): Criada de Helena. Coloca un tapete en la silla en que ha de sentarse Helena, IV,
124.
Alcmena (Ἀλκμήνη): Esposa de Anfitrión y madre de Hércules. Nunca se valió de astucias como las
de Penélope, II, 120; Ulises la vió entre las sombras de los muertos cuando descendió á la morada
de Plutón, XI, 266 á 268.
Alcmeón (Ἀλκμαίων): Hijo de Anfiarao, XV, 248.
Aléctor (Ἀλέκτωρ): Suegro de Megapentes, IV, 10.
Alfeo (Ἀλφειός): Río de Élide, padre del antiguo rey Orsíloco y nieto de Diocles, III, 489; XV, 187.
Alibante (Ἀλύβας): Ciudad del Sur de Italia, XXIV, 304.
Aloeo (Ἀλωεύς): Padre de Oto y de Efialtes, que tuvo de Ifimedia, XI, 305 á 308.
Amitaón (Ἀμυθάων): Hijo de Creteo y de Tiro, XI, 259.
Amniso (Ἀμνισός): Puerto de Creta, donde está la gruta de Ilitia, XIX, 188.
Anabesíneo (Ἀναβησίνεως): Uno de los jóvenes feacios que toman parte en los juegos celebrados
ante Ulises, VIII, 113.
Andremón (Ἀνδραίμων): Príncipe etolo, padre del rey Toante, XIV, 499.
Anfíalo (Ἀμφίαλος): Hijo de Políneo. Uno de los jóvenes feacios que toman parte en los juegos
celebrados ante Ulises, VIII, 114; queda vencedor en el salto, VIII, 128.
Anfiarao (Ἀμφιάραος): Hijo de Oicleo, nieto de Antífates y padre de Alcmeón y de Anfíloco. Fué
muy caro á Júpiter y á Apolo, y murió en Tebas á causa de los regalos que su mujer recibiera, XV,
243 á 248.
Anfíloco (Ἀμφίλοχος): Hijo de Anfiarao, XV, 248.
Anfimedonte (Ἀμφιμέδων): Hijo de Melaneo y uno de los pretendientes de Penélope. Concita á los
demás pretendientes en la lucha que traban con Ulises, XXII, 242; hiere á Telémaco en la muñeca,
XXII, 277; es muerto por Ulises, XXII, 284; al llegar su espíritu al Orco, es reconocido por
Agamenón y, al preguntarle éste por qué llegan tantos y tan selectos varones, refiere que
pretendían á Penélope y cuenta detalladamente cómo Ulises ha llevado al cabo su venganza,
XXIV, 102 á 190.
Anfínomo (Ἀμφίνομος): Hijo de Niso y uno de los pretendientes de Penélope. Ve llegar la nave de
los pretendientes que acechaban la vuelta de Telémaco, y se lo dice á sus compañeros para que no
les envíen un mensaje, XVI, 351 á 357; es el pretendiente más grato á Penélope y disuade á los
demás de que maten á Telémaco, XVI, 394 á 406; cuando Ulises vence á Iro, le sirve dos panes y
una copa de vino, y le saluda, por lo cual el héroe le aconseja que se vaya del palacio antes de la
matanza, XVIII, 119 á 396; Ulises se sienta en las rodillas de Anfínomo, cuando se ve amenazado
por Eurímaco, XVIII, 394 á 396; Anfínomo arenga á los demás pretendientes para que obedezcan
á Telémaco, no maltraten al huésped (Ulises) y se vayan á dormir á sus casas, XVIII, 412 á 421;
su heraldo Mulio sirve el vino para las libaciones, XVIII, 424; se opone nuevamente á que se mate

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á Telémaco y aconseja que se prepare la comida, XX, 244 á 247; en la escena de la matanza,
arremete contra Ulises, pero Telémaco le envasa la lanza en la espalda, le atraviesa el pecho y le
deja el arma clavada, XXII, 89 á 96.
Anfión (Ἀμφίων):
1) Hijo de Júpiter y de Antíope. Con su hermano Zeto fundó y fortificó á Tebas, XI, 260 á 265.
2) Hijo de Yaso y padre de Cloris, la esposa de Neleo. Era rey de Orcómeno, XI, 281 á 284.
Anfitea (Ἀμφιθέη): Esposa de Autólico y, por tanto, abuela materna de Ulises. Abrazó á Ulises y le
besó la cabeza y los ojos, cuando el héroe fué á la casa de Autólico, XIX, 416.
Anfitrión (Ἀμφυτρύων): Rey de Tebas y esposo de Alcmena, la madre de Hércules, XI, 266 á 268.
Anfitrite (Ἀμφιτρίτη): Hija de Nereo y esposa de Neptuno. Cría muchos monstruos marinos, V, 422;
XII, 97; sus grandes olas rugen contra las peñas Erráticas, XII, 60.
Anquíalo (Ἀγχίαλος):
1) Padre de Mentes, rey de los tafios, I, 180 y 418, que proporcionó á Ulises veneno para teñir
las flechas, I, 264.
2) Uno de los jóvenes feacios que intervienen en los juegos, VIII, 112.
Anticlea (Ἀντίκλεια): Hija de Autólico, esposa de Laertes y madre de Ulises. Su alma se le presenta
á Ulises en el Orco antes de que llegue Tiresias, y el héroe no le permite beber la sangre, XI, 84 á
89; luego que se va Tiresias, Anticlea bebe la sangre, reconoce á su hijo, le explica cómo murió, le
refiere lo que ocurre en el palacio y la exhorta á salir á la luz lo antes posible, XI, 151 á 224;
murió por el pesar que le causaba la ausencia de Ulises, XV, 358; crió á Eumeo junto con su
propia hija Ctímene, XV, 363 á 370.
Anticlo (Ἄντικλος): Uno de los héroes que se encerraron en el caballo de madera. Quiso contestar á
Helena cuando ésta fué adonde se hallaba el caballo y llamó á los caudillos, imitando la voz de sus
mujeres; pero Ulises le tapó la boca con sus robustas manos, IV, 286 á 289.
Antífates (Ἀντιφάτης):
1) Rey de los lestrigones, que no parecían hombres sino gigantes. Cuando los griegos enviados
por Ulises llegan á su casa, echa mano á uno y con él se apareja la comida; luego llama á los
demás lestrigones y destruyen la armada del héroe, de la cual se salva un solo bajel, atraviesan á
los hombres y se los llevan para comérselos, X, 106 á 124, 199.
2) Hijo de Melampo, padre de Oicleo y abuelo de Anfiarao, XV, 242 á 244.
Ántifo (Ἄντιφος):
1) Hijo del héroe Egiptio. Fué con Ulises á Ilión y al regresar lo mató el Ciclope, que hizo de él
la última de aquellas cenas, II, 17 á 20.
2) Anciano de Ítaca, amigo de Ulises. Al volver de su viaje, Telémaco va al ágora y se sienta
donde están Méntor, Ántifo y Haliterses, XVII, 67 á 70.
Antíloco (Ἀντίλοχος) Caudillo griego, hijo de Néstor y de Eurídice. Fué muerto en la guerra de
Troya por Memnón, hijo de la Aurora, III, 111; IV, 187 y 188; su alma se le aparece á Ulises en el
Orco juntamente con las de Aquiles, Patroclo y Ayax, XI, 468; hállanse estas mismas almas
reunidas cuando llegan al Orco las almas de los pretendientes, XXIV, 16; era Antíloco el
compañero á quien más apreciaba Aquiles después de Patroclo y sus huesos se guardan en la
misma urna que contiene los de éstos, XXIV, 76 á 79.
Antínoo (Ἀντίνοος): Hijo de Eupites. Es el principal de los pretendientes de Penélope y el más
insolente de todos. Respondiendo á Telémaco, dice que ojalá el Saturnio no le permita llegar á ser
rey de Ítaca, I, 383 á 389; en el ágora cuenta que Penélope engaña á los pretendientes dándoles
esperanzas, refiere el artificio de la tela y declara que no se irán hasta que Penélope se case, II, 84
á 130; ríese de Telémaco, cuando éste vuelve al palacio, y le invita á comer y á beber con él, II,
301 á 310, 321; sabe por Noemón que Telémaco ha ido á Pilos, y propone que se le arme una
emboscada en el estrecho que separa á Ítaca de Samos para cuando vuelva, IV, 628 á 672;
recomienda á los demás pretendientes el secreto y les exhorta á poner por obra la emboscada, IV,
773 á 777; después de haberse librado Telémaco de la emboscada, propone que se le mate en el

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campo y se repartan sus bienes, XVI, 363 á 392; es increpado por Penélope, que ha tenido noticia
de su propósito, XVI, 417 á 433; reprende al porquerizo Eumeo porque les trae el mendigo
(Ulises) á la ciudad, XVII, 374 á 381; Telémaco manda al porquerizo que no le responda á
Antínoo con largas razones, pide á éste que dé algo al mendigo y Antínoo se niega y amenaza al
último con tirarle el escabel, XVII, 392 á 410; el mendigo (Ulises) le ruega que le dé algo,
Antínoo rehusa hacerlo, le amenaza y por fin le arroja el escabel, acertándole en el hombro
derecho sin que consiga derribarlo, XVII, 412 á 464; el mendigo (Ulises) se lamenta de que
Antínoo le haya herido por causa del funesto vientre, y desea que halle la muerte antes que el
casamiento, XVII, 473 á 476; Antínoo aconseja al mendigo que coma en silencio, es reprendido
por uno de los jóvenes y no hace caso de lo que le dicen, XVII, 477 á 478; dice Penélope que
todos los pretendientes le son odiosos, pero Antínoo como la negra Parca, XVII, 498 á 500;
propone Antínoo la lucha del mendigo (Ulises) con Iro y que al vencedor se le dé por premio un
vientre de cabra, XVIII, 34 á 50, 65; aprueba que Penélope acepte los regalos de los pretendientes,
le dice que no se irán hasta que ella se case, y manda á su heraldo que le traiga á Penélope un
peplo grande y hermoso que tenía doce hebillas de oro, XVIII, 284 á 294; exhorta á los
pretendientes á cumplir lo que les ordena Telémaco, XX, 270 á 275; reprende al porquerizo y al
boyero porque lloran al ver el arco de Ulises y manda que lo dejen y coman ó se vayan, creyendo
que podrá tender dicho arco, XXI, 84 á 100; dice á los demás pretendientes que se levanten por
orden y vayan probando el arco, XXI, 140 á 143; increpa á Liodes porque dice que no armarán el
arco, y manda que se encienda fuego y se traiga sebo para engrasar el arco, XXI, 167 á 184; todos
los pretendientes intentan armar el arco menos Antínoo y Eurímaco, XXI, 186 y 187; dice Antínoo
que no lograrán tender el arco porque se celebra en la población la fiesta del dios, manda ofrecer
las libaciones y propone dejar la terminación del certamen para el día siguiente, XXI, 256 á 269;
el mendigo (Ulises) ruega á todos los pretendientes y en particular á Eurímaco y á Antínoo que le
permitan probar el arco, pero este último se opone y Penélope le reprende, XXI, 275 á 319; Ulises
asesta el arco á Antínoo, dispara una flecha y lo mata, XXII, 8 á 21; Eurímaco, para apaciguar á
Ulises, le dice que Antínoo fué el culpable de todo porque deseaba ser rey de Ítaca, XXII, 48 á 53;
el alma de Anfimedonte cuenta á la de Agamenón, en el Orco, cómo Ulises comenzó la matanza
de los pretendientes quitando la vida á Antínoo, XXIV, 179; Eupites habla á los itacenses en el
ágora, movido por el intolerable pesar que le causa la muerte de su hijo Antínoo, XXIV, 422 á
424.
Antíope (Ἀντιόπη): Hija de Asopo y madre de Anfión y Zeto, que tuvo de Júpiter, XI, 260 á 262.
Apira (Ἀπείρη): Ciudad ó región desconocida. Algunos traducen Ἀπείρηθεν, del Epiro, y el adjetivo
Ἀπειραίη, epirota, de Epiro ó del continente, VII, 8 y 9.
Apolo (Ἀπόλλων): Dios, hijo de Júpiter y de Latona. Mató con sus suaves flechas á Frontis
Onetórida, piloto de Menelao, III, 279 á 282; había vaticinado en Pito (Delfos) á Agamenón que
cuando disputaran los mejores de los aqueos empezaría á resolverse la guerra entre los teucros y
los dánaos, VIII, 79 á 82; dió muerte á Eurito porque le provocaba á tirar con el arco, VIII, 226 á
228.
Aqueronte (Ἀχέρων): Río del Orco, en el cual desembocan el Piriflegetón y el Cocito, X, 513 á 515.
Aquiles (Ἀχιλλεύς y Ἀχιλεύς): Héroe, hijo de Peleo y de la diosa Tetis, y padre de Neoptólemo.
Durante la guerra de Troya, llevaba á los aqueos por el sombrío ponto en busca de botín, III, 106;
murió en Troya, III, 109; su hijo llegó sano y salvo á su patria con los mirmidones, III, 188, 189, y
casó con Hermione, IV, 5 á 14; laméntase Ulises de no haber muerto cuando defendía el cadáver
del Pelida, V, 310; Aquiles contendió con Ulises en el banquete de los dioses, VIII, 75 á 78;
cuando Ulises baja al Orco, el alma de Aquiles, que está con las de Patroclo, Antíloco y Ayax,
pregunta al héroe el motivo de aquel viaje, se lamenta de la muerte, diciendo que preferiría estar
vivo y ser criado de otro á imperar sobre los difuntos, pide noticias de su hijo Neoptólemo y, al
enterarse de que siempre se ha portado como valiente, se va alegre por la pradera de asfódelos, XI,
465 á 540; al morir Aquiles, fueron sus armas adjudicadas á Ulises y esto originó la muerte de

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Ayax que era el que más descollaba entre los dánaos, por su gallardía y sus hazañas, después del
Pelida, IX, 543 á 551; los aqueos se afligieron por la muerte de Ayax tanto como por la de
Aquiles, XI, 556 á 558; al llegar al Orco las almas de los pretendientes, encuentran reunidas las de
Aquiles, Patroclo, Antíloco y Ayax, á las que se acerca la de Agamenón: Aquiles deplora la muerte
que padeció el Atrida, y éste considera afortunado al hijo de Peleo y describe
circunstanciadamente las exequias con que le honraron los aqueos, XXIV, 15 á 94.
Arcesíada (Ἀρκεισιάδης): Hijo de Arcesio. Nombre patronímico de Laertes, IV, 755; XXIV, 270,
517.
Arcesio (Ἀρκείσιος): Padre de Laertes y abuelo de Ulises, XIV, 182; XV, 118.
Arete (Ἀρήτη): Hija de Rexénor, sobrina y esposa de Alcínoo, rey de los feacios, y madre de
Nausícaa. Minerva refiere á Ulises la genealogía de Arete, VII, 53 á 77; llega Ulises á la presencia
de Arete, tiende sus brazos á la reina y le suplica que mande conducirlo á su patria, VII, 141 á
152; Arete pregunta á Ulises quién es, de dónde viene y quién le dió los vestidos que lleva, VII,
231 á 239; por indicación de Alcínoo, manda calentar agua para el baño de Ulises, da al héroe un
arca donde ha puesto los regalos que el mismo había recibido y además un manto y una túnica, y
le invita á echarle un nudo para que no le hurten nada, VIII, 423 á 445; aconseja á los feacios que
no escatimen los dones á Ulises, XI, 335 á 342; Ulises, al partir para Ítaca, pone una copa en las
manos de Arete, la saluda y hace votos por su dicha, XIII, 56 á 62; Arete envía algunas esclavas
que llevan á la nave de Ulises vestiduras, el arca, pan y vino, 66 á 69.
Aretíada (Ἀρητιάδης): Hijo de Areto. Nombre patronímico de Niso, XVI, 395; XVIII, 413.
Areto (Ἄρητος):
1) Hijo de Néstor. Junto con sus hermanos, acompaña á Telémaco y lo hace sentar al lado de
Néstor, III, 414; cuando va á celebrarse el sacrificio á Minerva, saca un lebrillo lleno de agua para
lavarse y la cesta con las molas, III, 440 á 442.
2) Padre de Niso, XVI, 395; XVIII, 413.
Aretusa (Ἀρέθουσα): Fuente sita en los alrededores de Ítaca, cabe á la roca del Cuervo. Junto á ella
se hallaba Eumeo cuando Ulises llegó á Ítaca, XIII, 407 y 408.
Argicida (Ἀργειφόντης): Matador de Argos. Epíteto de Mercurio, que se usa por el nombre propio, I,
38, 84; V, 43, 49, 75, 94, 145, 148; VII, 137; VIII, 338; X, 331; XXIV, 99. Créese por algunos que
esta palabra es corrupción de ἀργεϊ-φάντης y que debe ser traducida por mensajero veloz.
Argos (Ἄργος): Perro de Ulises, que el héroe dejó en su patria cuando fué á Troya. Cuando vuelve
Ulises, al cabo de veinte años, Argos hállase moribundo sobre un montón de estiércol, pero
reconoce á su amo, mueve la cola y las orejas, quiere salir á su encuentro, y, sin fuerzas ya, se
desploma y muere; Ulises, al verlo, tiene que enjugarse una lágrima, XVII, 291 á 327.
Argos (Ἄργος): Ciudad y comarca griegas. La palabra Ἄργος tiene en la Odisea las siguientes
acepciones:
1) Ciudad donde imperaba Diomedes, III, 180; XXI, 108.
2) El reino de Agamenón, cuya capital era Micenas, III, 251, 263; IV, 174, 562; XV, 224.
3) El Peloponeso, principalmente para oponerlo á la Hélade, I, 344; IV, 726, 816; XV, 80, 239,
274; XVIII, 246.
4) Toda la Grecia, IV, 99; XXIV, 37.
Argos (Ἀργώ): Nave en la cual Jasón y sus compañeros (llamados por este motivo argonautas)
fueron á la Cólquide para conquistar el vellocino de oro. Fué la única que pasó junto á las peñas
Erráticas sin recibir daño, gracias á la protección de Juno, XII, 69 á 72.
Ariadna (Ἀριάδνη): Hija de Minos, rey de Creta. Teseo se la llevó de Creta y Diana la mató en Día,
por la acusación de Baco, XI, 321 á 325.
Aribante (Ἀρύβας): Varón sidonio muy rico, padre de la mujer que era esclava en la casa del rey
Ctesio Orménida y se fué en la nave de unos marineros fenicios llevándose á Eumeo, hijo del
soberano, XV, 426.
Arneo (Ἀρναῖος): Mendigo de Ítaca, llamado por sobrenombre Iro, XVIII, 5. (Véase Iro.)

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Artacia (Ἀρτακίη): Fuente situada junto á la ciudad de los lestrigones, X, 108.
Asfalión (Ἀσφαλίων): Criado de Menelao, IV, 216.
Asopo (Ἀσωπός): Padre de Antíope y abuelo de Anfión y de Zeto, XI, 260 á 262.
Ásteris (Ἀστερίς): Isleta situada entre Ítaca y Same. Cerca de la misma se pusieron en emboscada
los pretendientes para matar á Telémaco, IV, 844 á 847.
Atenas (Ἀθήνη y Ἀθῆναι): Capital del Ática. Al arribar Menelao al promontorio Sunio, cerca de
Atenas, Apolo mató al piloto Frontis, III, 278 á 282; Orestes fué de Atenas á Micenas y en esta
última ciudad mató á Egisto, III, 306 á 309; Minerva, después de hablar con Ulises en el país de
los feacios se va á Maratón y á Atenas, VII, 78 á 80; Teseo llevóse á Ariadna de Creta á Atenas,
XI, 321 á 323.
Atlante (Ἄτλας): Padre de Calipso. Conoce las profundidades del ponto y sostiene las columnas que
separan la tierra y el cielo, I, 52 á 54; VII, 245.
Atreo (Ἀτρεύς): Héroe griego, hijo de Pélope y de Hipodamia, padre de Agamenón y de Menelao;
IV, 462, 543; Júpiter aborreció el linaje de Atreo á causa de la perfidia de las mujeres, XI, 436 á
438.
Atrida (Ἀτρείδης): Hijo de Atreo. Nombre patronímico de Agamenón y de Menelao, I, 35, 40; III,
136, 193, 257, 268, 277, 304; IV, 51, 156, 185, 190, 235, 291, 304, 316, 492, 536, 594; V, 307; IX,
263; XI, 397, 463; XIII, 383, 424; XIV, 470; XV, 64, 87, 102, 147; XVII, 104, 116, 147; XIX,
183; XXIV, 20, 24, 35, 102, 105, 121, 191.
Aurora (Ἠώς): Diosa, hija de Hiperión y de Eurifaesa, hermana del Sol y de la Luna, y esposa de
Titón. Es la personificación de la luz sonrosada que precede á la salida del Sol. La palabra Ἠώς
tiene en Homero uno de estos cuatro significados:
1) La aurora, II, 1, 434; III, 404, 491; IV, 194, 306, 407, 431, 576; V, 1, 228; VI, 31, 48; VII,
222; VIII, 1; IX, 151, 152, 170, 306, 307, 436, 437, 560; X, 187, 541; XI, 375; XII, 7, 8, 24, 142,
316; XIII, 18, 94; XIV, 266, 502; XV, 50, 56, 189, 396, 495; XVI, 2, 270, 368; XVII, 1, 435, 497;
XVIII, 318; XIX, 50, 319, 342, 428; XX, 91; XXIII, 241.
2) La mañana, VII, 288; IX, 56.
3) El día, XIX, 192, 571.
4) El oriente, IX, 26; X, 190; XIII, 240.
5) La diosa Aurora, que fué madre de Memnón, el que mató á Antíloco, IV, 187 y 188.
Levántase del lecho, dejando á Titón, para alumbrar á los inmortales y á los mortales, V, 1 y 2;
arrebató á Orión, á quien mató en Ortigia la casta Diana, V, 121 á 124; lleva hermosas trenzas, V,
390; IX, 76; X, 144; su mansión y sus danzas se hallan en la isla Eea, XII, 3 y 4; arrebató á Clito
por su hermosura, XV, 250 y 251; en la noche que siguió á la matanza de los pretendientes,
Minerva la detuvo, no dejando que unciera los caballos de su carro, Lampo y Faetonte, hasta que
Ulises y Penélope se hubieron recreado y dormido, XXIII, 242 á 246.
Autólico (Αὐτόλυκος): Padre de Anticlea y, por tanto, abuelo materno de Ulises, XI, 85. Descollaba
entre los hombres en hurtar y jurar, puso el nombre á Ulises, y, cuando éste fué á su casa, mandó
aparejar un banquete, curóle la herida que recibió yendo á cazar con los hijos del mismo, y lo
despidió alegremente después de regalarle muchas y espléndidas cosas, XIX, 394 á 466; XXI,
220; XXIV, 334.
Autónoe (Αὐτονόη): Una de las criadas de Penélope, XVIII, 182.
Ayax (Αἴας):
1) Caudillo griego, hijo de Telamón y nieto de Éaco. Era el más excelente de los dánaos, por su
cuerpo y por su gallardía, después de Aquiles, XI, 468 y 469, 550 y 551; XXIV, 17 y 18; en el
Orco sigue enojado con Ulises, que le había vencido en el certamen en que se adjudicaron las
armas de Aquiles; y, cuando aquel héroe le habla con suaves palabras, se retira sin contestarle, 543
á 564.
2) Caudillo griego, hijo de Oileo. Al volver de Troya, acercólo Neptuno á las rocas llamadas
Giras; pero dijo soberbiamente que aun á despecho de los dioses escaparía del mar, y Neptuno

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partió la roca, cayó ésta en el piélago y se llevó el héroe al undoso ponto, IV, 499 á 511.

Baco (Διόνυσος; y Διώνυσος): Dios, hijo de Júpiter y de Semele. Por su acusación mató Diana á
Ariadna en la isla de Día, XI, 324 y 325; había dado á Tetis el ánfora, obra de Vulcano, en que se
guardaron las cenizas de Aquiles y de Patroclo, XXIV, 74 á 77.
Boetida (Βοηθοίδης): Hijo de Boétoo. Nombre patronímico de Eteoneo, criado de Menelao, IV, 31;
XV, 95, 140.
Bootes (Βοώτης = boyero): Constelación boreal cuya estrella principal es Arturo, V, 272.
Bóreas (Βορέας): Viento norte. Nace en el éter, levanta grandes olas y sopla, con el Euro y el Céfiro,
en la tempestad que suscita Neptuno contra Ulises, V, 295 y 296; como el Bóreas arrastra por el
suelo unos vilanos, así los vientos juegan con Ulises en el piélago, V, 328 á 332; el Bóreas quiebra
las olas cuando Minerva pone fin á la tempestad, V, 385; cuando Ulises y los suyos desamparan el
país de los cícones, Júpiter suscita contra las naves el viento Bóreas, el cual, junto con la corriente,
las desvía del cabo de Malea y las hace vagar lejos de Citera, IX, 67, 81; dice Circe á Ulises que
en el viaje al Orco el soplo del Bóreas conducirá la nave, X, 507; mira al Bóreas una de las
puertas del antro que hay junto al puerto de Ítaca, XIII, 110; en el fingido relato que hace Ulises á
Eumeo, dice que la nave en que estaba embarcado corría al soplo del Bóreas cuando Júpiter
meditaba cómo la llevaría á la perdición, XIV, 299 y 300; cuenta Ulises en el mismo relato que,
estando emboscado con otros junto á Troya, sobrevino una noche glacial porque el Bóreas soplaba
y caían copos de nieve menudos y fríos, XIV, 472 á 477; el porquerizo se acuesta en la concavidad
de una peña, al abrigo del Bóreas, XIV, 533; en el fingido relato que Ulises hace de sus aventuras
á Penélope, antes de darse á conocer, dice que los aqueos se quedaron en Creta doce días á causa
del fuerte Bóreas que no dejaba que nadie permaneciese firme ni aún en la tierra, XIX, 199 á 201.

Cadmo (Κάδμος): Fundador de Tebas, hijo de Agenor y padre de Semele y de Ino, V, 333.
Calipso (Καλυψώ): Deidad, hija de Atlante, que vive en la isla Ogigia. Retiene á Ulises
embelesándole con dulces palabras para que olvide Ítaca, I, 51 á 57; VI, 13 á 15; propone Minerva
á Júpiter que, por medio de Mercurio, se participe á Calipso la resolución que han tomado los
dioses acerca del regreso de Ulises, I, 84 á 87; encarga Júpiter á Mercurio que manifieste á
Calipso esta resolución, V, 28 á 32; llega Mercurio á la isla Ogigia y á la gruta de Calipso, que le
ofrece los dones de la hospitalidad, V, 43 á 93; al oir Calipso la orden de Júpiter, llama á los dioses
malignos y celosos porque envidian á las diosas cuando yacen con algún mortal, y dice que Ulises
puede partir, pero que ella no lo despedirá porque no dispone de naves ni de marineros, V, 94 á
145; Calipso va á encontrar á Ulises, le dice que ya dejará que se vaya, le jura que no maquina
nada contra él, come en compañía de Ulises, duermen, y al día siguiente Calipso lleva al héroe á
un bosque para que construya una balsa, y le da lienzo para las velas, y cuatro días después lo
despide, V, 149 á 270; Ulises cuenta á la reina Arete cómo llegó á la isla Ogigia y estuvo siete
años con Calipso, VII, 253 á 260; Ulises no había podido cuidar de su persona desde que partió de
la gruta de Calipso, donde fué siempre atendido como un dios, VIII, 451 á 453; dice Ulises á
Alcínoo que Calipso deseaba hacerle su esposo, pero no logró persuadirle, IX, 29 y 30; refiere
Ulises al mismo rey cómo, después de diez días de vagar por el mar, llegó á la isla Ogigia y
Calipso lo acogió amistosamente, XII, 447 á 450; cuenta Ulises á Penélope cómo llegó á la isla
Ogigia y cómo Calipso le ofreció la inmortalidad para que fuera su esposo, XXIII, 333 á 337.
Campos Elíseos (Ἠλύσιον πεδίον): Región situada en un extremo de la tierra, donde se halla
Radamanto y se vive dichosamente. Dice Proteo á Menelao que no morirá en Argos, sino que será
trasladado á los Campos Elíseos por ser yerno de Júpiter, IV, 560 á 569.
Caribdis (Χάρυβδις): Monstruo marino que reside en un escollo, á un lado del estrecho de Mesina,
frente á Escila. Todos los días sorbe tres veces el agua del mar y otras tantas la echa fuera, XII,
101 á 106; pregunta Ulises á Circe si, en el caso de librarse de Caribdis, podrá escapar de Escila,

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XII, 112 á 114; al oir el estruendo producido por el agua que sorbe Caribdis, los compañeros de
Ulises se espantan y sueltan los remos, XII, 201 á 205; pasan Ulises y los suyos entre Escila y
Caribdis, oyen el murmurio que ésta hace al sorber el agua, y mientras tanto Escila les arrebata
seis hombres, XII, 234 á 246; después de escapar de Escila y de Caribdis, Ulises y los suyos
llegan á la isla de Trinacria, XII, 260 á 262; después que Júpiter destruye la nave de Ulises, el
viento Céfiro lleva nuevamente al héroe, que se ha sentado sobre el mástil y la quilla, á la
perniciosa Caribdis cuando está sorbiendo el agua del mar, XII, 426 á 431; Ulises, al llegar al
escollo de Caribdis, se lanza al cabrahigo y se mantiene asido de este árbol hasta que Caribdis
devuelve el mástil y la quilla, XII, 432 á 441; Ulises refiere á Penélope cómo llegó á los escollos
de Escila y Caribdis, XXIII, 327 y 328.
Casandra (Κασσάνδρη): Hija de Príamo, hermosísima, que después de la toma de Troya fué
asignada como esclava á Agamenón. En el Orco refiere Agamenón á Ulises que oyó la voz de
Casandra cuando la estaba matando Clitemnestra, y que él, ya en tierra y moribundo, alzaba los
brazos para asirle la espada, XI, 421 á 424.
Cástor (Κάστωρ): Hijo de Tíndaro y de Leda, hermano de Pólux y de Helena (la denominación de
Dioscuros que se da á Cástor y Pólux, suponiendo que fueron hijos de Júpiter y de Leda, es
posterior á Homero), XI, 298 á 300. Á Cástor y Pólux los honra Júpiter debajo de la tierra; ambos
disfrutan honores de dioses y viven y mueren alternativamente, pues el día que vive el uno muere
el otro y viceversa, XI, 301 á 304.
Céfiro (Ζέφυρος): Viento que sopla de la parte occidental. Sopla constantemente en los Campos
Elíseos, IV, 567; esparce la nieve que luego funde el Euro, XIX, 205 y 206.
Ceres (Δημήτηρ): Diosa, hija de Saturno y de Rea. Cediendo á su amor por Yasión, ayuntóse con él
en un campo noval; y Júpiter mató al héroe con el ardiente rayo, V, 125 á 128.
Circe (Κίρκη): Deidad, hija del Sol y de Perse, y hermana de Eetes, que mora en la isla Eea, X, 135 á
139. Ulises echa al arca donde están lo regalos de los feacios un nudo que le había enseñado á
hacer la veneranda Circe, VIII, 446 á 448; dice Ulises á Alcínoo que Circe le acogió y deseó
tomarlo por marido, sin que lograra persuadirle, IX, 31 á 33; Ulises y los suyos llegaron á la isla
Eea, donde moraba Circe, X, 135; los compañeros á quienes envió Ulises, descubrieron el palacio
de Circe en un valle; en torno del mismo había lobos y leones amansados; y Circe cantaba y
labraba una gran tela, X, 203 á 225; los compañeros de Ulises llamaron á Circe y ésta los hizo
entrar, les dió un potaje con ciertas drogas, los transformó en cerdos, tocándolos con la varita, y
los encerró en pocilgas, X, 229 á 243; Ulises encaminóse al palacio de Circe, y Mercurio le salió
al encuentro, le entregó una planta para que Circe no lo encantara, y le dijo cómo debía portarse
con la ninfa, X, 274 á 307; Ulises entró en el palacio, Circe trató inútilmente de encantarlo, le
ofreció compartir el lecho y, después de mandarlo lavar por las esclavas, invitóle á comer, X, 308
á 374; á petición de Ulises, devolvió Circe á los compañeros de éste su primitiva figura, X, 375 á
400; volvió Ulises al bajel, se llevó los demás compañeros al palacio de Circe, á pesar de la
oposición de Euríloco, X, 406 á 448, y hallaron á los otros, á quienes Circe había lavado y ungido,
celebrando alegre banquete; y Circe les incitó á comer y á beber hasta que recobraran su antiguo
ánimo, X, 449 á 465; quedáronse Ulises y los suyos un año entero con Circe, y, cuando el héroe
deseó partir, díjole la ninfa que había de hacer un viaje al Orco para consultar á Tiresias y le
instruyó acerca del mismo, X, 467 á 540; vistiéronse Circe y Ulises, y éste dijo á sus compañeros
que ya la ninfa les aconsejaba que partiesen, X, 542 á 550; Elpénor cayó del techo del palacio de
Circe y se mató, X, 551 á 560; Ulises participó á sus compañeros que Circe le había dicho que
tenían que hacer un viaje al Orco, X, 562 á 565; Circe ató á la nave de Ulises un carnero y una
oveja negra, sin ser vista por nadie, X, 569 á 574; al volver del Orco, Ulises envió algunos
compañeros á la morada de Circe para que le trajeran el cadáver de Elpénor, XII, 8 á 10; Circe
acudió á la playa, dió á Ulises y los suyos carne y vino, preguntó al héroe cuanto le había ocurrido
en el Orco y le dijo luego lo que le había de suceder hasta que dejara la isla de Trinacria, XII, 33 á
141; refiere Ulises á Penélope los engaños y mañas de Circe, XXIII, 321.

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Citera (Κύθηρα): Isla cercana á la costa de Laconia y ciudad de la misma muy célebre por su templo
de Venus, IX, 81.
Citerea (Κυθέρεια): De Citera. Epíteto de Venus, VIII, 288; XVIII, 193.
Clímene (Κλυμένη): Esposa de Fílaco y madre de Ificlo. Ulises ve su sombra en el Orco, XI, 326.
Clímeno (Κλύμενος): Rey de los minios y padre de Eurídice, la esposa de Néstor, III, 452.
Clitemnestra (Κλυταιμνήστρη): Hija de Tíndaro y de Leda, hermana de Helena y mujer de
Agamenón. Fué seducida por Egisto, con quien reinó siete años después del asesinato de
Agamenón, y murió á manos de su hijo Orestes, que luego dió á los argivos el banquete fúnebre,
III, 263 á 310; mató por su propia mano á Casandra, mientras morían Agamenón y los demás
asistentes al banquete, y salió de la sala sin dignarse cerrar los ojos y la boca de su marido, XI,
410 á 426.
Clítida (Κλυτίδης): Hijo de Clitio. Nombre patronímico de Pireo, XV, 540.
Clitio (Κλυτίος): Itacense, hijo de Alcmeón y padre de Pireo. Á su casa transportan los compañeros
de Telémaco, al llegar á Ítaca, los regalos que éste había recibido de Menelao, XVI, 327.
Clito (Κλεῖτος): Hijo de Mantio. Fué arrebatado por la Aurora, á causa de su belleza, XV, 249 á 251.
Clitoneo (Κλυτόνηος): Uno de los jóvenes feacios que toman parte en los juegos celebrados ante
Ulises; vence á todos los demás en la carrera, VIII, 119, 123.
Cloris (Χλῶρις): Hija hermosísima de Anfión, esposa de Neleo y madre de Néstor, de Cromio y de
Periclímeno, XI, 281 á 286.
Cnoso (Κνωσός): Ciudad de la isla de Creta, XIX, 178.
Cocito (Κωκυτός): Río del Orco, que desemboca en el Aqueronte, X, 514.
Crateis (Κραταιΐς): Madre de Escila, XII, 124 y 125.
Creonte (Κρείων): Rey de Tebas; padre de Megara, XI, 269.
Creta (Κρήτη y Κρῆται): La mayor de las islas griegas, III, 191, 291; XI, 323; XIII, 260; XIV, 199,
252, 300, 301; XVI, 62; XVII, 235; XIX, 172, 186, 338.
Creteo (Κρηθεύς): Hijo de Éolo y esposo de Tiro, de la cual tuvo á Esón, á Feres y á Amitaón, XI,
235 á 259.
Cromio (Χρομίος): Hijo de Neleo y de Cloris, y hermano de Néstor y de Periclímeno, XI, 286.
Crunos (Κρουνοί): Fuente y región de Élide, XV, 295.
Ctesio (Κτήσιος): Hijo de Órmeno y padre de Eumeo. Era rey de la isla Siria, XV, 414.
Ctesipo (Κτήσιππος): Uno de los pretendientes de Penélope, que tenía su casa en Same y era señor
de posesiones inmensas, XX, 287 á 290. Dice que quiere ofrecer al huésped (Ulises) un don
hospitalario, le tira á la cabeza una pata de buey, y es reprendido por Telémaco, XX, 292 á 308; en
la escena de la matanza, logra rasguñar con su pica el hombro de Eumeo, XXII, 279 y 280, y
muere herido por Filetio, que se burla de él diciendo que acepte este don hospitalario á cambio de
la pata de buey que había dado á Ulises, XXII, 285 á 291.
Ctímene (Κτιμένη): Hija de Laertes y hermana de Ulises; casáronla en Same, XV, 362 á 367.
Cuervo (Κόραξ): Nombre de una roca cercana á la fuente de Aretusa, en los alrededores de Ítaca.
Dice Minerva á Ulises que junto á ella hallará á Eumeo con los puercos, XIII, 407 á 410.

Chipre (Κύπρος): Isla consagrada á Venus, IV, 83; VIII, 362; XVII, 442, 443, 448.

Damastórida (Δαμαστορίδης): Hijo de Damástor. Nombre patronímico de Agelao, XX, 321; XXII,
212, 241, 293.
Deífobo (Δηίφοβος): Valeroso hijo de Príamo. Iba con Helena cuando ésta, andando alrededor del
caballo de madera, llamó á los caudillos que estaban dentro, con la fingida voz de sus esposas, IV,
276 á 279; en la toma de Troya, Ulises y Menelao se encaminaron á la casa de Deífobo, y allí
sostuvieron un horrible combate, VIII, 517 á 520.

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Delos (Δῆλος): Isla en que nació Apolo. Junto al altar de Apolo vió Ulises un admirable retoño de
palmera (con el cual compara á Nausícaa), cuando llegó á aquella isla en su ida á Troya, VI, 162 á
165.
Demódoco (Δημόδοκος): Aedo ciego que vivía en la ciudad de los feacios. Manda Alcínoo que vayan
por él para que cante durante el festín, VIII, 43 á 45; comparece guiado por un heraldo, come, y
canta luego la disputa de Ulises y Aquiles en presencia de Agamenón, VIII, 62 á 82; encamínase,
guiado por el heraldo, al ágora donde han de celebrarse los juegos, VIII, 106 á 108; tráenle la
cítara por orden de Alcínoo, para que los mancebos bailen, y canta los amores de Marte y Venus:
cómo se ayuntaron, cómo Vulcano los aprisionó en sus lazos y cómo los soltó mediante la caución
prestada por Neptuno en favor de Marte, VIII, 255 á 366; comparece, guiado por el heraldo, en la
cena que se celebra el mismo día; es obsequiado por Ulises y, á petición de éste, canta la fingida
retirada de los griegos, la introducción del caballo de madera en la ciudad y la destrucción de
Troya, VIII, 471 á 520; cesa de cantar porque teme Alcínoo que lo que relata no agrade al
huésped, al ver como éste derrama lágrimas, VIII, 537; canta nuevamente en el banquete que dan
los feacios á Ulises, antes que éste parta á Ítaca, XIII, 27 y 28.
Demoptólemo (Δημοπτόλεμος): Uno de los pretendientes de Penélope. Concita á los demás
pretendientes en su lucha con Ulises, XXII, 242; y muere, herido por la lanza de este héroe, XXII,
266.
Deucalión (Δευκαλίων): Nieto de Júpiter, hijo de Minos y padre de Idomeneo. Cuando Ulises habla
con su esposa, antes de darse á conocer, dice fingidamente que es Etón, hijo de Deucalión y
hermano de Idomeneo, XIX, 178 á 184.
Día (Δίη): Isla que luego se llamó Naxos y estaba consagrada á Baco. En ella mató Diana á Ariadna,
cuando Teseo se la llevaba á Atenas, XI, 321 á 325.
Diana (Ἄρτεμις): Diosa, hija de Júpiter y de Latona. Helena, al salir de su estancia, se parece á
Diana, IV, 122; la diosa mató con sus dulces flechas á Orión, el amante de la Aurora, V, 121 á 124;
Nausícaa sobresale entre las esclavas como Diana entre las ninfas cuando persigue á los jabalíes ó
á los ciervos, VI, 102 á 109; Ulises, al presentarse á Nausícaa, la compara á Diana, VI, 150 á 152;
en el Orco pregunta Ulises á su madre si la mató Diana con sus suaves flechas, XI, 171 á 173;
Diana mató á Ariadna en Día por la acusación de Baco, XI, 324 y 325; junto con Apolo, mata las
generaciones que envejecen en la isla Siria, XV, 409 á 411; mató á la fenicia que se había llevado
á Eumeo del palacio de su padre, XV, 478; Penélope se parece á Diana ó á Venus, cuando sale de
su cuarto y abraza y besa á Telémaco, recién llegado de Pilos, XVII, 36 á 40; y cuando sale para
hablar con el mendigo (Ulises), XIX, 53 y 54; desea Penélope que Diana le mande en seguida una
dulce muerte, XVIII, 202 á 205; XX, 60 á 63, 80; Diana dió á las hijas de Pandáreo buena
estatura, XX, 71.
Dimante (Δύμας): Célebre marino feacio. Minerva toma el aspecto de la hija del mismo, para
hablarle en sueños á Nausícaa, VI, 22.
Diocles (Διοκλῆς): Rey de Feras, hijo de Orsíloco, descendiente del Alfeo, y padre de Cretón y de
Orsíloco. En su casa reciben hospitalidad y pasan la noche Telémaco y Pisístrato al ir á Esparta y
al volver de ella, III, 488 á 490; XV, 186 á 188.
Diomedes (Διομήδης): Rey de Argos, hijo de Tideo y nieto de Eneo. Al cuarto día de haber partido de
Troya, llegó á Argos con todas sus naves, III, 167 á 182.
Dioniso (Διόνυσος y Διώνυσος): Uno de los nombres del dios Baco (Véase Baco).
Dmétor (Δμήτωρ): Nombre fingido por Ulises de un rey de Chipre, al cual habrían mandado los
egipcios el héroe, según la relación que hace éste de sus aventuras á Antínoo, XVII, 442 y 443.
Dodona (Δωδώνη): Ciudad de Tesprocia, célebre por su oráculo de Júpiter. En los fingidos relatos
que de sus aventuras hace Ulises á Eumeo y á Penélope, antes de darse á conocer, cuenta que
Fidón, rey de los tesprotos, le había dicho que Ulises estaba en Dodona para consultar la voluntad
de Júpiter acerca de si debía volver á su patria manifiesta ó encubiertamente, XIV, 327 á 330;
XIX, 296 á 299.

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Dolio (Δολίος):
1) Esclavo de Penélope, encargado del cultivo del huerto. Manda Penélope que llamen á Dolio
para que refiera á Laertes la trama de los pretendientes contra Telémaco, IV, 735 á 741; Ulises no
halla á Dolio en el huerto porque había salido, junto con sus hijos, á coger espinos para un seto,
XXIV, 222 á 225; cuando Ulises y los suyos están comiendo en casa de Laertes, llega Dolio con
sus hijos, saludan á aquél y se sientan á la mesa, después de preguntar Dolio si Penélope está
enterada del regreso de su esposo, XXIV, 384 á 411; sale de la casa uno de los hijos de Dolio para
observar si los itacenses van á acometerlos con motivo de la matanza de los pretendientes; y, al
ver que los enemigos están cerca, ármanse Dolio y sus seis hijos á fin de pelear al lado de Ulises y
los suyos, XXIV, 492 á 499.
2) Padre de Melantio y de Melanto, pastor y criada de Penélope respectivamente, XVII, 212;
XVIII, 321 á 323; XXII, 159.
Duliquio (Δουλίχιον): Isla del mar Jónico. Todos los próceres de esta isla pretenden á Penélope, I,
245 á 248; XVI, 122 á 125; está cerca de Ítaca, IX, 22 á 24; á ella finge Ulises que le envió el rey
de los tesprotos, en las conversaciones que, antes de darse á conocer, tiene con Eumeo y con
Penélope, y dice que á ella quiere ir, XIV, 335, 397; XIX, 292; de ella proceden veintidós
pretendientes de Penélope, XVI, 247 y 248; de ella es natural Anfínomo, el pretendiente más grato
á Penélope, XVI, 396.

Eácida (Αἰακίδης): Descendiente de Éaco. Nombre patronímico de Aquiles, su nieto, XI, 471, 538.
Edipo (Οἰδιπόδης): Rey de Tebas, hijo de Layo y de Epicasta ó Yocasta. Mató á su padre y se casó
con su madre, sin conocerlos; cuando los dioses descubrieron lo que había ocurrido, Epicasta se
ahorcó y Edipo siguió reinando sobre los cadmeos, XI, 271 á 280.
Eea (Αἰαίη): de Ea. Epíteto de Circe, IX, 32; XII, 268 y 273; y de su isla, X, 153; XI, 70; XII, 3.
Eetes (Αἰήτης): Rey de la Cólquide, hijo del Sol y hermano de Circe, X, 137; XII, 70.
Efialtes (Ἐφιάλτης): Hijo de Ifimedia y de Aloeo ó de Neptuno. Él y su hermano Oto fueron los
hombres más altos de su tiempo, si se exceptúa á Orión; amenazaron á los dioses; y quisieron
poner encima del Olimpo el Osa y arriba el Pelión para escalar el cielo, y lo hubieran conseguido
si Júpiter no les hubiese dado muerte, XI, 305 á 320.
Éfira (Ἐφύρη): Ciudad de Tesprocia, I, 259; II, 328.
Egas (Αἰγαί): Ciudad de Acaya, donde se daba culto á Neptuno. Allí tiene este dios una ínclita
morada, V, 381.
Egiptio (Αἰγύπτιος): Anciano de Ítaca, padre de Ántifo, de Eurínomo y de otros dos hijos. Arenga á
los itacenses, pregunta quién ha convocado el ágora y hace votos para que, quienquiera que sea,
consiga su objeto, lo cual toma Telémaco por un favorable presagio, II, 15 á 35.
Egipto (Αἴγυπτος):
1) País del África. Produce muchas drogas, unas saludables y otras nocivas; y sus habitantes
son médicos ilustres porque descienden de Peón, IV, 229 á 232; Antínoo amenaza á Ulises, que
está transformado en un mendigo, con mandarlo á Egipto, XVII, 448; una de las más ricas
ciudades de Egipto era Tebas, IV, 127.
2) El río Nilo, III, 300; IV, 351, 355, 477, 483, 581; XIV, 246, 257, 258, 275; XVII, 426 y 427.
Egisto (Αἴγισθος): Hijo de Tiestes. Sedujo á Clitemnestra y, al volver Agamenón, lo mató
traidoramente en un banquete con todos los comensales; reinó luego siete años en Micenas y
matólo Orestes, hijo de Agamenón, I, 29 á 47, 298 á 300; III, 193 á 198, 234 y 235, 249 á 275,
303 á 310; IV, 517 á 537; XI, 387 á 434; XXIV, 22 y 95 á 97.
Élato (Ἔλατος): Uno de los pretendientes de Penélope. Fué muerto por la lanza que le arrojó el
porquerizo, XXII, 267.
Elatreo (Ἐλατρεύς): Uno de los jóvenes feacios que toman parte en los juegos celebrados ante
Ulises, VIII, 111; descuella sobre todos los demás en tirar el disco, VIII, 129.
Élide (Ἦλις): Región del Peloponeso, IV, 635; XIII, 275; XV, 298; XXI, 347; XXIV, 431.

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Elpénor (Ἐλπήνωρ): Fué uno de los compañeros de Ulises. En el último día que pasaron Ulises y los
suyos en el palacio de Circe, Elpénor, que se había acostado en la azotea después de beber mucho,
cayó desde el techo y se mató, X, 552 á 560; cuando Ulises llegó al Orco, apareciósele el alma de
Elpénor y le pidió que quemase su cadáver y le erigiese un túmulo, XI, 51 á 78, lo que el héroe
hizo puntualmente al volver á la isla de Circe, XII, 8 á 15.
Enipeo (Ἐνιπεύς): Río de Tesalia. Tiro se enamoró de él, y Neptuno tomó su figura para unirse con
aquélla, que luego parió á Pelias y á Neleo, XI, 235 á 257.
Énope (Οἴνωψ): Padre del arúspice Liodes que era uno de los pretendientes de Penélope, XXI, 144.
Eolia (Αἰολίη): Isla donde vivía Éolo, rey de los vientos, X, 1 y 55.
Eólida (Αἰολίδης): Hijo de Éolo. Nombre patronímico de Creteo, el esposo de Tiro, XI, 237.
Éolo (Αἴολος):
1) Padre de Creteo, XI, 237.
2) Hijo de Hipotes. Moraba en la isla Eolia, X, 1, 2, 57; tenía seis hijos y seis hijas, X, 5, 13;
acogió cordialmente á Ulises, le dió hospitalidad por espacio de un mes y, al despedirle, le entregó
un pellejo en que estaban encerrados todos los vientos á excepción del Céfiro, X, 14 á 26; XXIII,
312 á 315; los compañeros de Ulises abrieron el pellejo, escapáronse los vientos que promovieron
una gran tempestad, volvieron las naves á la isla de Éolo y éste arrojó de la isla á Ulises y los
suyos, X, 37 á 76.
Epeo (Ἐπειός): Griego, hijo de Panopeo. Construyó, por consejo de Minerva, el caballo de madera en
que debían encerrarse los caudillos griegos para asolar á Troya, VIII, 493 á 495; XI, 523.
Epérito (Ἐπήριτος): Nombre que se da á sí propio Ulises en el fingido relato que hace á Laertes,
antes de darse á conocer, XXIV, 306.
Epicasta (Ἐπικάστη): Madre y esposa de Edipo (llamada también Yocasta); la cual, al descubrir el
incesto que involuntariamente había cometido, se ahorcó atando un lazo al elevado techo, XI, 271
á 281.
Equefrón (Ἐχέφρων): Hijo de Néstor, III, 413; juntamente con su hermano Estratio trae la novilla
que ha de inmolarse en el sacrificio á Minerva, III, 439.
Equeneo (Ἐχένηος): Anciano héroe feacio. Exhorta á Alcínoo, cuando Ulises se le presenta, á que lo
acoja y mande que le den de comer, VII, 155 á 166; aconseja á los demás feacios que cumplan lo
dispuesto por Arete, XI, 342 á 346.
Équeto (Ἔχετος): Rey de Epiro, famoso por su crueldad. Antínoo amenaza á Iro, si lo vence el otro
mendigo (Ulises), con llevarlo al rey Équeto, plaga de todos los mortales, XVIII, 83 á 87; los
pretendientes le dicen las mismas palabras después de la victoria de Ulises, XVIII, 115 y 116;
Antínoo hace igual amenaza á Ulises, si llega á tender el arco en el certamen de los pretendientes,
XXI, 307 á 309.
Érebo (Ἔρεβος): Región obscura debajo de la tierra, que da ingreso al Tártaro, X, 528; XI, 37, 564;
XII, 81.
Erecteo (Ἐρεχθεύς): Antiguo rey de Atenas, que nació de la Tierra y fué criado por Minerva. Esta
diosa, después de mostrar á Ulises el palacio de Alcínoo, se va al templo construído en Atenas por
Erecteo, VII, 78 á 81.
Eretmeo (Ἐρετμεύς): Uno de los jóvenes feacios que toman parte en los juegos celebrados ante
Ulises, VIII, 112.
Erifile (Ἐριφύλη): Esposa de Anfiarao, que por el oro traicionó á su marido. Ulises ve su sombra en
el Orco, XI, 325 y 326; XV, 247.
Erimanto (Ἐρύμανθος): Monte de Arcadia, VI, 103.
Erráticas (Πλαγκταί): Peñas llamadas así por los inmortales dioses. Están al lado opuesto de Escila
y Caribdis. Dijo Circe á Ulises que se hallaban las peñas Erráticas más allá de la isla de las
Sirenas; que, al pasar por ellas las palomas que llevan la ambrosía á Júpiter, la peña arrebata á una
y el dios manda otra para completar el número; y que en las mismas padecen naufragio todas las

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embarcaciones, habiéndose salvado tan sólo la nave Argos, gracias á Juno, XII, 59 á 72; cuenta
Ulises á Penélope cómo llegó á las peñas Erráticas, XXIII, 327.
Escila (Σκύλλη): Hija de Crateis. Monstruo de doce pies y seis cabezas que reside en una gruta,
sobre el mar y enfrente de Caribdis. Ladra como una perrita, pesca delfines y monstruos marinos,
y arrebata los hombres de las naves que se ponen á su alcance, XII, 85 á 100; preguntó Ulises á
Circe si, en el caso de librarse de Caribdis, podría defenderse de Escila; y la ninfa le respondió
que contra ella no hay más defensa que la huída y le aconsejó que cuando pasara cerca de la
misma invocase á Crateis, XII, 112 á 126; Ulises no les habla de Escila á sus compañeros, para
que no dejen de remar; y, cuando se acercan al escollo, se arma y sube al tablado de proa por creer
que desde allí verá primeramente al monstruo, XII, 223 á 231; mientras Ulises y los suyos
contemplan cómo Caribdis sorbe las olas, Escila les arrebata seis compañeros, XII, 234 á 262;
después que Júpiter le hiende la nave con el rayo, Ulises es llevado por el Céfiro al escollo de
Escila y á la horrenda Caribdis, pero la primera no le ve y el héroe puede librarse de una terrible
muerte, XII, 426 á 446; Ulises refiere á Penélope cómo llegó á la roca de Escila, XXIII, 328.
Esciro (Σκῦρος): Isla del mar Egeo y ciudad de la misma. Ulises condujo á Neoptólemo, hijo de
Aquiles, desde Esciro al campamento de los aqueos, XI, 509.
Esón (Αἴσων): Hijo de Creteo y de Tiro, y padre de Jasón, XI, 259.
Esparta (Σπάρτη); Capital de Laconia, una de las ciudades predilectas de Juno. Telémaco va á
Esparta para que Menelao le dé noticias de Ulises, I, 93, 285; II, 214, 327, 359; IV, 10; XI, 460;
XIII, 412.
Esqueria (Σχερίη): Isla de los feacios, puramente fabulosa y situada, según Homero, hacia el
Occidente, V, 34; VI, 8; VII, 79; XIII, 160.
Estigia (Στύξ): Laguna del Orco, por cuya agua juraban los dioses, V, 185; X, 514.
Estratio (Στρατίος): Hijo de Néstor, III, 413. Estratio y su hermano Equefrón traen la novilla que
Néstor sacrifica á Minerva, III, 439.
Eteoneo (Ἐτεωνεύς): Criado de Menelao é hijo de Boétoo. Da noticia á Menelao de la llegada de
Telémaco y Pisístrato, y luego, ayudado por otros servidores, desunce el carro é introduce á los
huéspedes, IV, 20 á 43; comparece temprano en el palacio y, por orden de Menelao, enciende
fuego y asa carne, XV, 95 á 98.
Etón (Αἴθων): Nombre fingido que se da Ulises cuando, transfigurado en mendigo, refiere á
Penélope sus supuestas aventuras, XIX, 183.
Eubea (Εὔβοια): Isla, III, 174; VIII, 321.
Eumelo (Εὔμηλος): Caudillo griego, hijo de Admeto y de Alcestes, rey de Feras (Tesalia). Estaba
casado con Iftima, hermana de Penélope, IV, 797 y 798.
Eumeo (Εὔμαιος): Hijo de Ctesio Orménida. Fué robado por unos fenicios y comprado por Laertes.
Es el porquerizo de Ulises y uno de sus esclavos más fieles y adictos. Cuando Ulises llega á Ítaca,
Minerva le aconseja que se encamine á la cabaña del porquerizo, XIII, 404; hácelo así Ulises y
halla á Eumeo en el vestíbulo de la majada que había labrado él mismo, XIV, 3 á 24; Eumeo
aparta los perros que acometían á Ulises, da hospitalidad á su amo sin conocerle, sacrifica dos
puercos, los asa y se los sirve; se lamenta de que los pretendientes arruinen la casa; no cree que
Ulises haya de volver; pregunta al mendigo (Ulises) quién es, y éste cuenta una larga y supuesta
historia, XIV, 29 á 359; conmuévese el porquero al oir el relato, pero se figura que el mendigo
miente en lo que refiere de Ulises, XIV, 360 á 389; desea que lleguen los demás pastores para
cenar, vienen éstos, Eumeo manda sacrificar el puerco más excelente, obsequia al mendigo con el
lomo, le entrega un manto para que se abrigue durante la noche, y sale luego para acostarse junto
á los cerdos, XIV, 401 á 533; cena con el mendigo (Ulises) y los pastores, y, al oir que aquél desea
ir á la ciudad, procura disuadirle, y le da noticias de Laertes y de Anticlea, XV, 301 á 379; cuenta
su historia, á petición del mendigo, XV, 381, 389 á 486; recibe con grandes demostraciones de
alegría á Telémaco, comen todos, Eumeo presenta el mendigo á Telémaco, éste manda al
porquerizo que vaya á participar á Penélope su regreso de Pilos, y Eumeo obedece en seguida,

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XVI, 7 á 40, 49 á 69, 130 á 156; encuentra en el camino al heraldo, llega á la presencia de
Penélope, cumple el mandado y se vuelve á sus puercos, XVI, 333 á 341; llega á la majada, da
cuenta del cumplimiento del encargo y refiere que ha visto que la nave de los pretendientes
tornaba al puerto, XVI, 461 á 475; acompaña al mendigo (Ulises) á la ciudad, y, cuando Melantio
da una coz á aquél, invoca á las ninfas y á Júpiter para que vuelva Ulises y castigue la petulancia
del cabrero, XVII, 199 á 246; al llegar al palacio del rey, conviene con el mendigo (Ulises) que él
entrará primero, le pasa inadvertida una lágrima que vierte Ulises al ver el perro Argos, le refiere
cuán hábil era éste para la caza, y entra en el palacio, XVII, 264, 272 á 289, 305, 306, 311 á 325;
contesta á Antínoo, que le increpa por haberles traído el mendigo (Ulises), 380 á 391; le manda
Penélope que llame al mendigo (Ulises), y Eumeo hace el elogio de éste, va á llamarle y le lleva á
Penélope la respuesta de que es mejor dejarlo para la noche, 507 á 584; se mezcla con la turba de
los pretendientes, expresa á Telémaco su deseo de irse y después de cenar se vuelve á sus puercos,
XVII, 589 á 605; al día siguiente lleva tres cerdos á la casa de Ulises y pregunta al mendigo
(Ulises) si ya le tratan mejor en el palacio, XX, 162 á 169; suplica á los dioses que Ulises vuelva á
su casa, XX, 238; le manda Penélope que presente el arco á los pretendientes y se le saltan las
lágrimas, XXI, 80 á 83; sale de la casa juntamente con el boyero, Ulises se les da á conocer,
ambos pastores lloran y abrazan á su amo, éste les dice cómo han de portarse, y luego vuelven á
entrar en el palacio, XXI, 187 á 244; Eumeo y el boyero reciben de Telémaco sendas armaduras, y
se ponen al lado de Ulises para luchar contra los pretendientes; manda Telémaco que Eumeo vaya
á ver quién da armas á éstos, advierte Eumeo que el culpable es Melantio y, por orden de Ulises,
él y Filetio sorprenden al cabrero, lo tiran á tierra, le retuercen hacia atrás los pies y las manos, y,
atándolo con un lazo, lo suben á lo alto de una columna y vuelven al lado de Ulises, XXII, 103 á
204; Ctesipo logra rasguñar con su lanza el hombro de Eumeo, XXII, 279 y 280; después de la
matanza, Eumeo, Telémaco y el boyero pasan la rasqueta por el pavimento de la sala, XXII, 454 y
455; sacan al patio las esclavas culpables y luego á Melantio á quien mutilan, XXII, 457, 474 á
480; por orden de Ulises, se levantan de la cama, toman las armas, salen al campo y Minerva los
cubre con una nube, XXIII, 367 á 372; cuando Ulises y su padre entran en la casería, hallan á
Telémaco, al boyero y al porquerizo ocupados en preparar la comida, XXIV, 363 y 364; cuando
los itacenses van á acometerles, Eumeo viste la armadura para pelear en favor de Ulises, XXIV,
497.
Eupites (Εὐπείθης): Padre del pretendiente Antínoo, I, 383; IV, 641, 660; XVI, 363; XVII, 477;
XVIII, 42, 284; XX, 270; XXI, 140, 256. Llegó á Ítaca habiendo ido en conserva de los piratas
tafios á dañar á los tesprotos, por lo cual el pueblo quería matarlo y Ulises lo contuvo, XVI, 424 á
430; después de la matanza de los pretendientes arenga al pueblo para que vaya contra Ulises,
logra persuadir á casi la mitad de los ciudadanos; los acaudilla y, al llegar á la casa de Laertes, es
muerto por la lanza que éste le arroja, XXIV, 421 á 437, 465 á 469, 521 á 525.
Euríades (Εὐρυάδης): Uno de los pretendientes de Penélope, muerto por la lanza que le arroja
Telémaco, XXII, 267.
Euríalo (Εὐρύαλος): Uno de los jóvenes feacios que tomaron parte en los juegos celebrados en
presencia de Ulises, VIII, 115. Queda vencedor en la lucha, VIII, 127; aconseja á Laodamante que
invite á Ulises á probarse en los juegos, VIII, 140 á 142; al oir que Ulises se excusa, le increpa
diciendo que más se parece á un patrón de barco que á un atleta, VIII, 158 á 165; por orden de
Alcínoo, apacigua á Ulises y le regala una espada de bronce con vaina de marfil, VIII, 396 á 405.
Euríbates (Εὐρυβάτης): Heraldo de Ulises. Era metido de hombros, de negra tez y rizado cabello,
XIX, 244 á 248.
Euriclea (Εὐρύκλεια): Hija de Ops Pisenórida y esclava primero de Laertes, que la compró por
veinte bueyes, y luego de Ulises á quien crió. Alumbra con teas encendidas á Telémaco cuando
éste se va á acostar, I, 428 á 441; al oir que Telémaco le encarga que le aparte harina y vino, pues
se va á Pilos y á Esparta, se echa á llorar, intenta disuadirle, y, no lográndolo, presta el juramento
que le exige Telémaco y hace lo que éste le manda, II, 345 á 380; cuando Penélope se queja de las

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esclavas porque no la enteraron de la partida de Telémaco, se disculpa con el juramento y aconseja
á la reina que no mande ningún aviso á Laertes, IV, 742 á 757; al volver Telémaco de su viaje, es
la primera que en el palacio le sale al encuentro derramando lágrimas, XVII, 31 á 33; por encargo
de Telémaco, tiene encerradas á las mujeres en sus habitaciones mientras Ulises y su hijo quitan
las armas de las paredes del palacio, XIX, 14 á 30; por orden de Penélope, lava los pies á Ulises,
lo reconoce por la cicatriz, quiere decírselo á la reina, Ulises se lo impide, y sale á buscar agua por
haberse derramado la del lebrillo, XIX, 357 á 394, 467 á 505; cuando nació Ulises, Euriclea lo
colocó en las rodillas de Autólico y le pidió que le impusiese el nombre, XIX, 401 á 404;
Telémaco pregunta á Euriclea si se han cuidado del huésped (Ulises), y ella responde que
Penélope mandó aparejarle una cama, pero quiso tenderse en el vestíbulo y le cubrieron con un
manto, XX, 128 á 143; Euriclea da orden á las esclavas para que arreglen la casa, XX, 147 á 156;
cierra las puertas de las habitaciones por orden que le da Eumeo en nombre de Telémaco, poco
antes de la matanza de los pretendientes, XXI, 380 á 387; llamada por Telémaco, que cumple el
encargo de Ulises, ve los cadáveres de los pretendientes y empieza á proferir gritos de júbilo, pero
Ulises le impone silencio y le manda que haga venir las mujeres culpables, XXII, 391 á 434;
Ulises le ordena que le traiga azufre y diga á Penélope que se presente con sus criadas y todas las
siervas, XXII, 480 á 493; sube á lo alto de la casa y dice á Penélope que ya llegó Ulises y ha dado
muerte á los pretendientes; al oir que la reina lo pone en duda, se ofrece en prenda; y bajan
Penélope y Euriclea á la sala para ver muertos á los pretendientes y á quien los ha matado, XXIII,
1 á 84; Penélope, para saber si el huésped es Ulises, manda á Euriclea que le saque la cama afuera
de la habitación y le apareje el lecho, XXIII, 177 á 180.
Euridamante (Εὐρυδάμας): Uno de los pretendientes de Penélope. Envía dos esclavos para que le
traigan unos pendientes de tres piedras preciosas, que regala á Penélope, XVIII, 297 y 298; muere,
herido por la lanza que le arroja Ulises, XXII, 283.
Eurídice (Εὐρυδίκη): Hija de Clímeno y esposa de Néstor. Da un grito, con sus hijas y nueras,
cuando Trasimedes degüella la novilla, III, 450 á 452.
Euríloco (Εὐρύλοχος): Compañero y deudo de Ulises. Al llegar á la isla de Circe, Ulises forma con
sus compañeros dos secciones mandadas respectivamente por él y por Euríloco, y decide la suerte
que esta última explore el terreno y vea quiénes lo habitan; parte Euríloco con veintidós hombres,
llegan al palacio de Circe y entran todos á excepción de Euríloco, que teme algún engaño y se
queda fuera; y, como no ve salir á los compañeros, vuelve á la nave y cuenta á Ulises lo que
ocurre, X, 202 á 260; niégase á ir con Ulises al palacio de Circe y le aconseja que huyan, X, 263 á
273; opónese á que Ulises se lleve al palacio de Circe los compañeros que se habían quedado en la
nave; pero, al verse amenazado por el héroe, le sigue con los demás hombres, X, 429 á 448;
llegados al Orco, Euríloco y Perimedes sostienen las víctimas que ha de inmolar Ulises, mientras
éste abre el hoyo, XI, 23; al pasar por junto á las Sirenas, Ulises, que está atado al mástil, pide que
lo desaten y Euríloco y Perimedes lo sujetan más reciamente, XII, 191 á 196; cuando se acercan á
la isla del Sol, Ulises quiere pasar de largo, pero Euríloco se opone y el héroe accede á detenerse
en la misma después de hacer jurar á los suyos que no matarán ninguna de las vacas ni de las
ovejas del Sol, XII, 278 á 302; como los compañeros de Ulises padecieran hambre, Euríloco
aconseja matar y comer las vacas del Sol, y los demás aprueban y llevan á efecto la proposición,
XII, 339 á 352.
Eurímaco (Εὐρύμαχος): Uno de los pretendientes de Penélope. Era hijo de Pólibo. Dice á Telémaco
que nadie le despojará de lo suyo, y le pregunta por el huésped (Minerva) que acaba de irse, I, 399
á 413; en el ágora contesta á Haliterses diciendo que se vaya á su casa y les adivine á sus hijos lo
que quiera, pues los pretendientes seguirán yendo al palacio de Ulises hasta que Penélope se case,
II, 177 á 209; hállase sentado, juntamente con Antínoo, ante el palacio de Ulises, y se les acerca
Noemón á preguntarles cuándo volverá Telémaco, IV, 628 á 637; la diosa Minerva aparécese en
sueños á Telémaco y le dice que vuelva de Esparta á Ítaca, pues el padre y los hermanos de
Penélope quieren casarla con Eurímaco, XV, 16 á 18; Telémaco, al partir de Pilos, dice á

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Teoclímeno que le enviará á la casa de Eurímaco, XV, 518 á 522; cuando llega á Ítaca la nave de
Telémaco, Eurímaco propone á los pretendientes que se mande una nave para avisar á los
compañeros que están emboscados, XVI, 345 á 350; dice, para tranquilizar á Penélope, que
defenderá la vida de Telémaco é interiormente maquina la muerte del mismo, XVI, 434 á 448;
Melantio se sienta en medio de los pretendientes, frente á Eurímaco, XVII, 255 á 257; Telémaco
afirma que nadie pegará al mendigo (Ulises) si lucha con Iro, y dice que aprueban sus palabras
Antínoo y Eurímaco, XVIII, 60 á 65; dice Eurímaco á Penélope que si la viesen todos los aqueos,
aún serían en mayor número los pretendientes, XVIII, 244 á 251; envía á su criado para que le
traiga un collar de oro, engastado en ámbar, que regala á Penélope, XVIII, 295 y 296; Melanto,
criada de Penélope, ayuntábase con Eurímaco, XVIII, 325; Eurímaco se burla del mendigo
(Ulises) diciendo que no parece sino que el resplandor de las antorchas sale de la cabeza del
mismo y le propone tomarlo á sueldo y llevarlo al campo, XVIII, 349 á 366; irrítase contra el
mendigo (Ulises) y le tira un escabel que hiere al copero, XVIII, 387 á 398; al oir la predicción de
Teoclímeno, dice que el adivino está loco y manda que lo lleven á la puerta, XX, 359 á 364;
quedaban tan sólo Antínoo y Eurímaco sin haber probado el arco, cuando Ulises, el boyero y el
porquerizo salieron del palacio, XXI, 186 á 190; Eurímaco intenta armar el arco, se lamenta de
que ninguno de los pretendientes logre tenderlo y es reprendido por Antínoo, XXI, 245 á 257;
ruega el mendigo (Ulises) á los pretendientes, y en especial á Eurímaco y á Antínoo, que le dejen
probar si puede armar el arco, XXI, 275 á 284; dice Eurímaco á Penélope que se oponen á que se
entregue el arco al mendigo (Ulises) por el oprobio de que se cubrirán si consigue armarlo, XXI,
320 á 331; cuando Ulises se da á conocer á los pretendientes, después de matar á Antínoo,
Eurímaco propone indemnizarle, dándole cada uno veinte bueyes, y, al oir que el héroe no lo
acepta, anima á sus compañeros, arremete contra Ulises y éste lo mata clavándole una flecha en el
hígado, XXII, 44 á 88.
Eurimedonte (Εὐρυμέδων): Rey de los Gigantes en el Epiro, padre de Peribea, VII, 56 á 58.
Eurimedusa (Εὐρυμέδουσα): Esclava de Alcínoo, que crió á Nausícaa. Está encendiendo fuego y
aparejando la cena de Nausícaa, cuando vuelve ésta de lavar la ropa, VII, 7 á 13.
Eurímida (Εὐρυμίδης): Hijo de Éurimo. Nombre patronímico del adivino Télemo, IX, 509.
Eurínome (Εὐρυνόμη): Despensera y camarera del palacio de Ulises. Dice á Penélope que, si sus
votos se cumplieran, ninguno de los pretendientes viviría al aparecer la Aurora, XVII, 495 á 497;
al oir que Penélope quiere mostrarse á los pretendientes, aconséjale que lave su cuerpo y unja sus
mejillas para no aparecer con el rostro afeado por las lágrimas, y va á llamar á dos esclavas que
acompañarán á la reina, XVIII, 164 á 186; trae una silla, por orden de Penélope, para que se siente
el huésped á quien la reina quiere interrogar, XIX, 96 á 101; cuando el mendigo (Ulises) se
acuesta en el umbral, Eurínome le cobija con un manto, XX, 4; después de la matanza de los
pretendientes, Eurínome lava y unge á Ulises, y le pone un hermoso manto y una túnica, XXIII,
153 á 155; Eurínome y el ama aparejan el lecho en que han de dormir Ulises y Penélope, y luego
Eurínome los acompaña al cuarto, alumbrándolos con una antorcha, y se retira, XXIII, 289 á 295.
Eurínomo (Εὐρύνομος): Uno de los pretendientes de Penélope. Era hijo de Egiptio, II, 21 y 22;
concita á los demás pretendientes en su lucha contra Ulises, XXII, 242.
Eurípilo (Εὐρύπυλος): Hijo de Télefo. Matólo Neoptólemo, el hijo de Aquiles, XI, 519 á 521.
Euristeo (Εὐρυσθεύς): Hijo de Esténelo, nieto de Perseo y descendiente de Júpiter. Ordenó á
Hércules, que le estaba sometido por disposición divina, varios trabajos y entre ellos que sacara á
la luz el can Cerbero, XI, 617 á 626.
Eurítida (Εὐριτίδης): Hijo de Eurito. Nombre patronímico de Ífito, XXI, 14 y 37.
Euritión (Εὐρυτίων): Centauro. Embriagóse en la casa de Pirítoo y cometió acciones malvadas; los
héroes que estaban presentes le cortaron las orejas y las narices; y así se originó la guerra de los
hombres con los centauros, XXI, 295 á 304.
Eurito (Εὔρυτος): Caudillo griego, natural de Ecalia. Lo mató Apolo, irritado de que lo desafiase á
tirar con el arco, VIII, 224 á 228; su hijo Ífito regaló á Ulises un arco y una aljaba, que son los que

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saca Penélope para el certamen de los pretendientes, XXI, 13 á 38.
Euro (Εὖρος): Viento que sopla de Oriente, V, 295; XII, 326; XIX, 206.
Evantes (Εὐάνθης): Padre de Marón, IX, 197.
Evenórida (Εὐηνορίδης): Hijo de Evénor. Nombre patronímico de Leócrito, II, 242; XXII, 294.

Faetonte (Φαέθων): Uno de los caballos (Lampo y Faetonte) que tiran del carro de la Aurora, XXIII,
246.
Faetusa (Φαέθουσα): Ninfa, hija del Sol y de Neera. Juntamente con su hermana Lampetia guarda
las vacas y las ovejas del Sol, en la isla de Trinacria, XII, 131 á 136.
Faros (Φάρος): Isla situada frente al Egipto, IV, 355.
Febo (Φοῖβος): Epíteto de Apolo, usado algunas veces por el nombre propio, III, 279; VIII, 79; IX,
201.
Fédimo (Φαίδιμος): Rey de los sidonios. Hospedó en su casa á Menelao, cuando éste regresaba de
Troya; y le dió la cratera que Menelao regala á Telémaco, IV, 617 á 619; XV, 117 á 119.
Fedra (Φαίδρη): Hija de Minos, XI, 321.
Femio (Φήμιος): Aedo, hijo de Terpio. Canta ante los pretendientes, obligado por éstos, I, 153 á 155;
al narrar la vuelta deplorable de los aqueos, Penélope le pide que cambie de asunto, y Telémaco le
disculpa porque Júpiter distribuye sus presentes á los varones de ingenio del modo que le place, I,
325 á 359; dice Telémaco que dicho aedo se parece por su voz á las deidades, I, 370 y 371; al
llegar Ulises y Eumeo al palacio, oyen los sones de la cítara, porque Femio empezaba á cantar,
XVII, 261 á 263; en la escena de la matanza, Femio abraza las rodillas de Ulises y le ruega que no
lo mate, pues puede cantar en su presencia como ante una deidad y cantaba por fuerza delante de
los pretendientes; intercede Telémaco, y Ulises se abstiene de matar á Femio y á Medonte, XXII,
330 á 338; después de la matanza de los pretendientes, toca la cítara, para que bailen todos los de
la casa, XXIII, 143 á 145; al día siguiente preséntase, junto con Medonte, en el ágora cuando están
reunidos los itacenses que lo ven con gran asombro, XXIV, 439 á 441.
Fenicia (Φοινίκη): Región del Asia Menor. Á ella llegó Menelao, al volver de Troya, IV, 83; cuenta
Ulises, en la fingida relación que hace de sus aventuras á Eumeo, antes de darse á conocer, que un
fenicio llevóle á su país, y que allí permaneció un año entero, XIV, 291.
Feras (Φεραί): Ciudad de Tesalia, IV, 798.
Feras (Φηραί): Ciudad de Mesenia, III, 488; XV, 186.
Feres (Φέρης): Hijo de Creteo y de Tiro, y padre de Admeto, XI, 259.
Festo (Φαιστός): Ciudad de la isla de Creta, III, 296.
Fidón (Φείδων): Rey de los tesprotos. En la fingida relación que de sus aventuras hace Ulises á
Eumeo, antes de darse á conocer, dice que Fidón le dió hospitalidad, le enseñó todo lo que Ulises
tenía en el palacio y le dijo que este héroe se hallaba en Dodona para saber por la encina de
Júpiter si debía tornar á Ítaca de un modo manifiesto ú oculto, y que ya estaba dispuesta la nave
que debía conducirlo, XIV, 316 á 333; en la fingida relación que hace Ulises á Penélope cuenta
que Fidón le dijo que Ulises se había entretenido recogiendo riquezas y que ya estaba dispuesta la
nave para conducirlo á Ítaca, XIX, 282 á 290.
Fílace (Φυλάκη): Ciudad de Tesalia, XI, 290; XV, 236.
Fílaco (Φύλακος): Hijo de Deyoneo y padre de Ificlo, XV, 231.
Filetio (Φιλοίτιος): Boyero de Ulises, muy fiel á su amo. Conduce al palacio de Ulises una vaca no
paridera y pingües cabras para los pretendientes; ve á Ulises, que está transfigurado en un
mendigo, y, después de preguntar á Eumeo quién es, va á saludarle, se lamenta de la ausencia de
Ulises y dice que, si éste tornara, pronto verían qué fuerza tiene y de qué brazos dispone, XX, 185
á 237; reparte el pan en un festín de los pretendientes, XX, 254; llora al ver que Eumeo toma el
arco de Ulises para ponerlo en manos de los pretendientes, XXI, 83; recibe de Ulises el encargo de
cerrar las puertas del patio antes de la matanza de los pretendientes, XXI, 240 y 241; cuando ve
que Ulises toma el arco, sale silenciosamente, entorna las puertas del patio, las ata con un cable de

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papiro, vuelve á entrar y se sienta, clavando los ojos en Ulises, XXI, 388 á 393; recibe de
Telémaco una armadura y se coloca, con éste y Eumeo, al lado de Ulises, XXII, 114 y 115; por
orden de Ulises, él y Eumeo van al cuarto donde estaban las armas, derriban á Melantio, le atan
las manos y los pies con una soga y lo suben á lo alto de una columna, XXII, 170 á 193; mata á
Pisandro, XXII, 268; hiere á Ctesipo y se burla de él diciendo que reciba aquel presente por la
pata que dió á Ulises, XXII, 285 á 291; dice Telémaco á su padre que no hiera á Medonte, si ya no
le han muerto Filetio ó el porquerizo, XXII, 357 á 359; por orden de Ulises, Filetio, Telémaco y
Eumeo, mandan á las mujeres que trasladen los cadáveres y limpien la sala, pasan la rasqueta por
el pavimento, matan cruelmente á Melantio, lávanse y vuelven adonde estaba el héroe, XXII, 435
á 479; al día siguiente de la matanza, Ulises hace levantar á Telémaco, á Eumeo y á Filetio,
ármanse y salen al campo, XXIII, 367 á 372; Ulises envía á Telémaco, á Eumeo y á Filetio á la
casería de Laertes, mientras él va al huerto, XXIV, 213 á 220; cuando Ulises y Laertes entran en la
casería hallan á los mismos cortando carne y mezclando vino para el almuerzo, XXIV, 362 á 364;
ármanse todos y salen al encuentro de los itacenses, XXIV, 496 á 501.
Filo (Φυλώ): Criada de Helena. Le trae á ésta el canastillo de plata, IV, 125, 133.
Filoctetes (Φιλοκτήτης): Hijo de Peante, rey tésalo y hábil arquero, á quien los griegos abandonaron
en Lemnos por haber sido mordido por un reptil. Llegó felizmente de Troya á su patria, III, 190, y
durante la guerra fué el mejor de los arqueros griegos, VIII, 219.
Filomelida (Φιλομηλείδης): Rey de Lesbos. Provocaba á los transeuntes á luchar con él y Ulises
aceptó el reto y lo mató, IV, 342 á 344; XVII, 133 á 135.
Forcis (Φόρκυς): Dios marino. Es hijo, según Hesíodo, del Ponto y de la Tierra y hermano de
Taumante, de Ceto y de Euribía (Teogonía, v. 237 á 239). Es el padre de la ninfa Toosa y, por ésta,
abuelo del ciclope Polifemo, I, 70 á 73; hay en Ítaca un puerto consagrado á Forcis, el anciano del
mar, XIII, 96, 97, 345.
Fronio (Φρόνιος): Itacense, padre de Noemón, II, 386; IV, 630, 648.
Frontis (Φρόντις): Hijo de Onétor; era el piloto de la nave de Menelao. Fué muerto por las suaves
flechas de Apolo, es decir, murió súbitamente, III, 279 á 283.
Furias (Ἐρινύες): Diosas vengadoras de las acciones que perturban el orden moral ó físico. Dice
Telémaco que, si despide á su madre, ésta invocará las odiosas Furias, II, 135; cuenta Ulises que
Epicasta se ahorcó, dejando á Edipo tantos dolores como causan las Furias de una madre, XI, 279
y 280; Melampo estuvo encadenado un año por la falta que le había inducido á cometer la
horrenda Furia, XV, 231 á 234; dice Ulises, cuando está transfigurado en mendigo, que si hay
dioses y Furias para los mendigos, sorpréndale la muerte á Antínoo antes de conseguir que el
casamiento se lleve á término, XVII, 475 y 476; las Harpías arrebataron á las hijas de Pandáreo y
se las dieron á las odiosas Furias como esclavas, XX, 77 y 78.

Gerenio (Γερήνιος): Epíteto de Néstor. Se le llama así porque, cuando Hércules tomó á Pilos, Néstor
fué llevado á Gereno, ciudad de Mesenia, donde se educó, III, 68, 102, 210, 253, 386, 397, 405,
411, 417, 474; IV, 161.
Geresto (Γεραιστός): Promontorio de la isla de Eubea. Allí Néstor y los que con él volvían de Troya
ofrecieron sacrificios á Neptuno, III, 177 á 179.
Giras (Γυραί): Rocas cercanas á la isla de Eubea. Allí naufragó Ayax, y, habiéndose sentado en una
de ellas, partióla Neptuno y el héroe cayó en el undoso ponto, IV, 500 á 510.
Gorgona (Γοργώ): Uno de los tres monstruos (Esteno, Euríale y Medusa) hijos de Forcis y de Ceto.
En la Odisea designa á Medusa (única que era mortal y fué muerta por Minerva ó por Perseo),
cuando Ulises teme que Proserpina le mande del Orco la cabeza de la Gorgona, XI, 633 á 635.
Gortina (Γόρτυν): Ciudad de la isla de Creta, III, 294.

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Halio (Ἅλιος): Hijo de Alcínoo y de Arete, reyes de los feacios. Toma parte en los juegos celebrados
en presencia de Ulises, VIII, 119; juntamente con Laodamante, juega á tirar la pelota al aire y
tomarla dando un salto, y luego se ponen ambos á bailar, VIII, 370 á 380.
Haliterses (Ἁλιθέρσης): Anciano de Ítaca, hijo de Mástor. Interpretando un presagio que se presenta
después de hablar Telémaco en el ágora, vaticina la vuelta de Ulises y la matanza de los
pretendientes, y aconseja que se ponga término á las demasías de éstos, II, 146 á 177; dice
Leócrito que Méntor y Haliterses animarán á Telémaco para que emprenda el viaje en busca de
noticias de su padre, II, 253; Telémaco, al presentarse en el ágora, á la vuelta de su viaje, va á
sentarse donde estaban Méntor, Ántifo y Haliterses, XVII, 67 á 70; después de la matanza de los
pretendientes, exhorta á los ciudadanos de Ítaca para que no vayan contra Ulises, XXIV, 450 á
462.
Halosidne (Ἁλοσύδνη): Epíteto de Anfitrite, usado por el nombre propio, IV, 404.
Hebe (Ἥβη): Diosa, hija de Júpiter y de Juno, y esposa de Hércules en el cielo, XI, 602 á 604.
Hélade (Ἑλλάς): Ciudad de Tesalia ó bien toda la región ocupada por los mirmidones, I, 344; IV,
726, 816; XI, 496; XV, 80.
Helena (Ἑλένη): Hija de Júpiter y de Leda, hermana de Cástor y Pólux, esposa de Menelao, y
amante de Paris con quien huyó de Esparta, dando origen á la guerra de Troya. Tuvo de Menelao
una hija, Hermione, tan hermosa como Venus, IV, 11 á 14; apenas Telémaco y Pisístrato han
llegado al palacio de Menelao, sale Helena de su habitación, trayéndole una esclava el canastillo
de plata y la rueca de oro que le había regalado Alcandra, y, al fijarse en Telémaco, dice que debe
de ser el hijo de Ulises, IV, 120 á 146; llora al oir las palabras que respecto á Ulises pronuncia
Menelao, IV, 184; mezcla en el vino una droga contra el llanto y la cólera, que le dió Polidamna, y
refiere el ardid de que se valió Ulises para entrar en Troya disfrazado de mendigo, IV, 219 á 264;
cuando fué introducido en Ilión el caballo de madera, Helena dió tres veces la vuelta al mismo,
llamando á los caudillos aqueos de cuyas mujeres imitaba la voz, IV, 274 á 279; manda Helena
aparejar sendas camas para Telémaco y el hijo de Néstor, y se acuesta con Menelao, IV, 296 á 305;
Proteo dice que Menelao será llevado á los Campos Elíseos porque tiene por esposa á Helena y es,
por consiguiente, yerno de Júpiter, IV, 563 á 569; dice Ulises que por Helena perecieron muchos
hombres, XI, 438; Eumeo quisiera que hubiese perecido el linaje de Helena, XIV, 68; Menelao se
levanta de la cama, de junto á Helena, XV, 58; baja Helena, con Menelao y Megapentes, á la
perfumada estancia donde se guardaban los objetos preciosos, toma el velo mayor y más lindo, se
lo da á Telémaco para que su esposa lo lleve en el casamiento, y le desea feliz regreso á la patria,
XV, 99 á 130; en el momento de partir Telémaco y Pisístrato, Helena interpreta un presagio,
diciendo que Ulises se vengará de los pretendientes, XV, 171 á 188; refiere Telémaco á su madre
que ha visto en Esparta á Helena, XVII, 118; en la matanza de los pretendientes, dice Minerva á
Ulises, para animarle, que ya no tiene el vigor con que luchó con los teucros por Helena, XXII,
226 á 227; dice Penélope que Helena no hubiese cometido su falta, de haber sabido que los aqueos
habían de traerla nuevamente á su casa, XXIII, 218 á 221.
Helesponto (Ἑλλήσποντος): Estrecho, llamado hoy de los Dardanelos. Á orillas del mismo se erigió
un túmulo á Aquiles, Patroclo y Antíloco, XXIV, 76 á 84.
Hércules (Ἡρακλῆς): Héroe griego. Fué excelente arquero, VIII, 224; era hijo de Júpiter y de
Alcmena, la esposa de Anfitrión, XI, 266 á 268; la sombra del mismo habla en el Orco con Ulises,
pues Hércules está con los dioses y tiene por mujer á Hebe, XI, 601 á 626.
Hermione (Ἑρμιόνη): Hija única de Menelao y de Helena. Cuando Telémaco y Pisístrato llegan á
Esparta, Menelao envía á Hermione con caballos y carros á la ciudad de los mirmidones para
casarla con Neoptólemo, hijo de Aquiles, IV, 1 á 14.
Hilácida (Ὑλακίδης): Hijo de Hílaco. Nombre patronímico de Cástor. Ambos nombres los atribuye
Ulises fingidamente á su padre en la conversación que traba con Eumeo, antes de darse á conocer
al mismo, XIV, 204.

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Hiperea (Ὑπέρεια): Región cercana á la de los ciclopes donde vivían antiguamente los feacios, antes
que Nausítoo los llevase á Esqueria, VI, 4 á 10.
Hiperesia (Ὑπερησίη): Ciudad de Argólide, XV, 254.
Hiperión (Ὑπερίων): Padre del Sol. En la Odisea designa al mismo Sol ó se usa como epíteto de éste,
I, 8, 24; XII, 133, 176, 263, 346, 374.
Hiperiónida (Ὑπεριονίδης): Hijo de Hiperión. Nombre patronímico del Sol, XII, 176.
Hipodamia (Ἱπποδάμεια): Criada de Penélope, XVIII, 182.
Hipótada (Ἱπποτάδης): Hijo de Hipotes. Nombre patronímico de Éolo, X, 2.

Icario (Ἰκάριος): Hermano de Tíndaro y padre de Penélope, I, 329; II, 53, 133; IV, 797, 840; XI, 446;
XVI, 435; XVII, 562; XVIII, 159, 188, 245, 285; XIX, 375, 546; XX, 388; XXI, 2, 321; XXIV,
195.
Icmalio (Ἰκμάλιος): Artífice itacense. Fabricó el sillón en que se sienta Penélope para hablar con
Ulises, antes que éste se le dé á conocer, XIX, 55 á 59.
Idomeneo (Ἰδομενεύς): Rey de Creta, hijo de Deucalión. Terminada la guerra de Troya, llevó á Creta
todos sus compañeros, sin que el mar le quitara ninguno, III, 191 y 192; era padre de Orsíloco,
XIII, 259 y 260; dice Ulises, en la fingida relación que hace á Eumeo, que los cretenses les
mandaron á él y á Idomeneo que fueran capitanes de los bajeles que iban á Ilión, XIV, 237 y 238;
refiere Eumeo que le engañó un hombre etolo diciendo que había visto á Ulises en Creta, junto á
Idomeneo, XIV, 379 á 383; Idomeneo era hijo de Deucalión y nieto de Minos, XIX, 178 á 181;
fué á Ilión en las corvas naves, juntamente con los Atridas, XIX, 182 y 183; dice Ulises, en la
fingida relación que de sus aventuras hace á Penélope antes de darse á conocer, que, cuando
Ulises llegó á Creta, hacía diez ú once días que Idomeneo había partido á Ilión en las corvas
naves, XIX, 186 á 194.
Idotea (Εἰδοθέη): Hija de Proteo. Aparecióse á Menelao cuando éste se hallaba detenido en la isla de
Faros, por no soplar vientos prósperos; le aconsejó que sorprendiera á Proteo, para que le dijese
cómo podría volver á la patria y le revelase cuanto quisiera; y le ayudó á armar la emboscada
contra el anciano cubriendo á Menelao y á tres de sus compañeros, que se echaron en la playa, con
sendas pieles de foca, IV, 364 á 440.
Ificlo (Ἴφικλος): Hijo de Fílaco y padre de Podarces y de Protesilao. Aprisionó á Melampo que le
quería hurtar las vacas, pues Neleo había ofrecido su hija á quien se las trajera, y al cabo de un
año lo puso en libertad por haberse enterado de los oráculos, XI, 290 á 297.
Ifimedia (Ἰφιμέδεια): Esposa de Aloeo y madre de Oto y de Efialtes. Gloriábase de haberse unido con
Neptuno, XI, 305 á 308.
Ífito (Ἴφιτος): Hijo de Eurito. Regaló á Ulises el arco de Eurito y fué muerto por Hércules, XXI, 14
á 38.
Iftima (Ἰφθίμη): Hija de Icario, hermana de Penélope, y esposa de Eumelo. Minerva hace un
fantasma parecido á Iftima y lo envía á Ítaca para que sosiegue á Penélope, diciéndole que su hijo
volverá de su viaje en el cual le acompaña Minerva, IV, 795 á 839.
Ilión (Ἴλιος): Ciudad de la Tróade, llamada también Troya, VIII, 578, 581; IX, 39; XIX, 260.
Ilitia (Εἰλείθυια): Hija de Júpiter y de Juno. Tiene su gruta en Creta, en un puerto donde desemboca
el Amniso, XIX, 188.
Ilo (Ἶλος): Hijo de Mérmero. Vivía en Éfira y no quiso dar á Ulises un veneno que éste le pidió para
teñir las flechas, I, 259 á 263.
Ino (Ἰνώ): Hija de Cadmo, que llegó á ser diosa marina. Compadécese de Ulises, al verlo luchar con
las olas, le habla para aconsejarle y le entrega un velo que lo hará insumergible, V, 333 á 352, 461.
Iro (Ἶρος): Sobrenombre de Arneo, mendigo de Ítaca. Llamábanle Iro porque hacía los mandados
que se le ordenaban, XVIII, 1 á 7; quiso echar á Ulises de su casa, cuando éste, transfigurado en
mendigo, pedía limosna en su palacio; Ulises le contestó que ningún daño le causaba y que en el
umbral cabían los dos; pero, como Iro le insultara y amenazara nuevamente, lucharon ambos y

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Ulises derribó á Iro, lo arrastró por un pie y lo asentó en el patio poniéndole un bastón en la mano,
XVIII, 8 á 107; dice Telémaco á Penélope que el combate del huésped con Iro no se efectuó por
haberlo acordado los pretendientes, XVIII, 233 y 234; desearía Telémaco que todos los
pretendientes se hallaran como está Iro: con la cabeza caída, los miembros relajados y sin fuerzas
para volver á su casa, XVIII, 235 á 242; pregunta Melanto á Ulises si se envanece por la victoria
que consiguió contra Iro y le dice que tema no se levante otro más valiente, XVIII, 333 á 336;
pregunta asimismo Eurímaco á Ulises si se envanece por la victoria que consiguió contra Iro,
XVIII, 393.
Ismaro (Ἴσμαρος): Ciudad de los cícones en la Tracia. Fué tomada y saqueada por Ulises y los
suyos; pero sus habitantes llamaron á otros cícones y, tomando la ofensiva, derrotaron á los
griegos, á quienes mataron seis hombres de cada navío, IX, 39 á 61; su dios tutelar era Apolo, y en
ella vivía Marón, que dió á Ulises un pellejo de vino por haberle respetado durante el saqueo, IX,
196 á 201.
Ítaca (Ἰθάκη):
1) Isla del mar Jónico, donde reinaba Ulises, I, 18, 57, 103, 172, 247, 386, 395, 404; II, 167,
293; IV, 175, 555, 601, 605, 608, 643, 671, 845; IX, 21, 505, 531; X, 420, 463, 522; XI, 30, 111,
162, 480; XII, 138, 345; XIII, 97, 135, 212, 248, 256, 325, 344; XIV, 98, 126, 182, 189, 329, 344;
XV, 29, 267, 482, 510, 534; XVI, 58, 124, 223, 230, 251, 419; XVII, 250; XIX, 132, 399, 462;
XX, 340; XXI, 18, 109, 252, 346; XXII, 30, 52; XXIII, 122, 176; XXIV, 104, 259, 269, 284.
2) Ciudad de la isla del mismo nombre, I, 88, 163; III, 81; X, 417; XI, 361; XV, 36, 157; XVI,
322; XVIII, 2.
Ítaco (Ἴθακος): Hijo de Pterelao. Héroe epónimo de Ítaca. Junto con sus hermanos Nérito y Políctor,
construyó la fuente que había cerca de la ciudad, XVII, 207.
Ítilo (Ἴτυλος): Hijo del rey Zeto y de Aedón, la cual lo mató por imprudencia, XIX, 522 y 523.

Jasón (Ἰήσων): Príncipe tésalo, hijo de Esón y padre de Euneo, que tuvo de Hipsipile. Su nave Argos
fué la única que pasó por las peñas Erráticas sin recibir daño, por la protección de Juno, XII, 70 á
72.
Juno (Ἥρη): Diosa, hija de Saturno y de Rea, hermana y esposa de Júpiter. Dice Proteo á Menelao
que Agamenón huyó los hados en las cóncavas naves por haberle salvado Juno, IV, 512 y 513;
llámase á Júpiter el tonante esposo de Juno, VIII, 465; XV, 112, 180; Hebe es hija de Júpiter y de
Juno, XI 603 y 604; la nave Argos se habría estrellado contra las peñas Erráticas, si Juno no la
hubiese hecho pasar por su afecto á Jasón, XII, 71 y 72; Juno dotó de hermosura y prudencia á las
hijas de Pandáreo sobre todas las mujeres, XX, 70 y 71.
Júpiter (Ζεύς): Dios, hijo de Saturno, y de Rea. En el concilio de los dioses, cuenta lo que le ha
ocurrido á Egisto y luego, á petición de Minerva, propone que se trate de la vuelta de Ulises á su
patria, I, 27 á 79; de él procede la fama, que es la que más difunde la gloria de los hombres, I, 282
y 283; II, 216 y 217; distribuye sus presentes á los varones de ingenio del modo que le place, I,
348 y 349; en él confía Telémaco para que sean castigados los pretendientes, I, 379; II, 144; si él
se lo concediera, le gustaría á Telémaco ser rey, I, 390; invócale Egiptio para que cumpla los
deseos de quien haya reunido el ágora, II, 34; por él y por Temis ruega Telémaco á los
pretendientes que no vuelvan al palacio, II, 68 á 71; envía dos águilas, así que Telémaco deja de
hablar en el ágora, como presagio de la muerte de los pretendientes, II, 146 á 154; á Ulises se le
llama el de jovial linaje, II, 352, 366; V, 203, 387; X, 401, 443, 456, 488, 504; XI, 60, 92, 405,
473, 617; XIII, 375; XIV, 486; XV, 485; XVI, 167; XVIII, 312; XXII, 164; XXIII, 306; XXIV,
542; Minerva es hija de Júpiter, I, 10; II, 296, 433; III, 42, 337, 378; IV, 752, 762; V, 382; VI, 229,
323 y 324; XIII, 190, 252, 300, 318, 359 y 371; XXIII, 205; XXIV, 502, 529, 547; este dios tramó
que fuese luctuosa la vuelta de los aqueos, III, 132 y 133; aparejábales á éstos muchas
calamidades la víspera de su partida de Troya, III, 152; suscitó una nueva disputa entre los aqueos
cuando llegaron á Ténedos, III, 160 y 161; dispersó las naves de Menelao cuando llegaron al

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promontorio de Malea, III, 286 á 290; que Júpiter y los demás dioses le libren, dice Néstor, de que
Telémaco tenga que volver á la nave para dormir, III, 346 á 350; como título honorífico se llama
διοτρεφής, alumno de Júpiter: a) á Agamenón, XXIV, 122; b) á Agelao, XXII, 136; c) á Menelao,
IV, 26, 44, 138, 156, 235, 291, 316, 391, 561; XV, 64, 87, 155, 167; d) á Pisístrato, XV, 199; e) á
Ulises, X, 266, 419; f) á los reyes y príncipes en general, III, 480; VII, 49; g) á los feacios, V, 378;
Eteoneo, al participar á Menelao la llegada de Telémaco y Pisístrato, dice que se asemejan á los
descendientes de Júpiter, IV, 27; Menelao pide á Júpiter que les libre de la desgracia para en
adelante, IV, 34 y 35; dice Telémaco, al contemplar el palacio de Menelao, que así debe de ser por
dentro la morada de Júpiter, IV, 74; responde Menelao que con Júpiter no puede competir nadie,
IV, 78; afirma el mismo héroe que hubiera dado una ciudad á Ulises si Júpiter les hubiese
permitido á entrambos volver á la patria, IV, 171 á 176; Helena era hija de Júpiter, IV, 184, 219,
227; este dios envía á los hombres unas veces bienes y otras males, IV, 237; Júpiter es invocado,
juntamente con Minerva y Apolo, en las exclamaciones, IV, 341; VII, 311; XVII, 132; XVIII, 235;
XXIV, 376; dice Proteo á Menelao que hubiera debido ofrecer sacrificios á Júpiter y á los dioses
antes de salir de Egipto, IV, 472; Menelao, como marido de Helena, es yerno de Júpiter, IV, 569;
desea Antínoo que Júpiter le aniquile las fuerzas á Telémaco, antes que éste llegue á la flor de la
juventud, IV, 668; en la junta de los dioses, Minerva deplora la suerte que le cabe á Ulises; y
Júpiter manda que Minerva acompañe á Telémaco hasta que vuelva á Ítaca, y que Mercurio vaya á
decir á Calipso que deje partir á Ulises, el cual llegará á la isla de los feacios y luego á su patria,
V, 4 á 42; Mercurio dice á Calipso que va á verla por orden de Júpiter, cuyos mandatos no pueden
ser desobedecidos, V, 99 á 104; Júpiter mató con el rayo á Yasión, V, 128; el mismo dios hendió la
nave de Ulises en el ponto, V, 131 y 132; VII, 249 y 250; dice Calipso que, puesto que no es
posible desobedecer á Júpiter, se vaya Ulises por el mar estéril, V, 137 á 140; Mercurio aconseja á
Calipso que despida cuanto antes á Ulises y tema la cólera de Júpiter, V, 146; Calipso, oído el
mensaje de Júpiter, va á encontrar á Ulises, V, 149 y 150; Júpiter envía vientos favorables á los
navíos, V, 175 y 176; Ulises, cuando está para llegar al país de los feacios, nota que se avecina una
tempestad y exclama: ¡con qué nubes ha cerrado Júpiter el cielo!, V, 303 y 304; Ulises se queja de
que, después de haberle concedido Júpiter que llegara á ver tierra, no halle medio de salir del mar,
408 á 410; son hijas de Júpiter las ninfas agrestes que juegan con Diana, VI, 105; dice Nausícaa
que Júpiter distribuye la felicidad á los buenos y á los malos según le place, VI, 188 y 189; todos
los forasteros y pobres son de Júpiter, VI, 207 y 208; XIV, 57 y 58; cuando Ulises se presenta á los
reyes de los feacios, Equeneo aconseja á Alcínoo que se hagan libaciones á Júpiter, VII, 163 á
165, y el rey da la orden, VII, 180 y 181; cuenta Ulises que en el año octavo de estar en la isla
Ogigia, Calipso le dejó partir por haber recibido algún mensaje de Júpiter ó porque cambió su
pensamiento, VII, 261 á 263; dice Alcínoo á Ulises que nadie le detendrá por fuerza, pues esto
disgustaría á Júpiter, VII, 315 y 316; Júpiter es invocado en algunas exclamaciones, VII, 331; XX,
339; había predicho Apolo que, cuando los caudillos aqueos disputasen, empezaría á revolverse la
calamidad entre teucros y dánaos por la decisión de Júpiter, VIII, 79 á 82; Alcínoo refiere á Ulises
qué obras les asignó Júpiter á los feacios, VIII, 244 y 245; llama Vulcano á Júpiter y á los demás
dioses para que sean testigos del adulterio de Venus, hija de Júpiter, VIII, 306 á 320; Apolo y
Mercurio son hijos de Júpiter, VIII, 334 y 335; Alcínoo regala su copa á Ulises, para que, cuando
ofrezca libaciones á Júpiter, se acuerde de él, VIII, 430 á 432; Ulises pide á Júpiter que le deje
volver á su casa, VIII, 465 y 466; las Musas son hijas de Júpiter, VIII, 488; Júpiter le ordenó á
Ulises su trabajosa vuelta desde que saliera de Troya, IX, 37 y 38; cuando los cícones del interior
trabaron batalla con Ulises y los suyos, ya se les presentó á éstos el funesto destino decretado por
Júpiter, IX, 51 á 53; al dejar las naves de Ulises la tierra de los cícones, Júpiter promovió una gran
tempestad, IX, 67 á 69; hace crecer el trigo, la cebada y las vides de los ciclopes la lluvia enviada
por Júpiter, IX, 109 á 111; las ninfas de las montañas son hijas de Júpiter, IX, 154; dice Ulises á
Polifemo que él y los suyos llegan allí extraviados porque así debió de ordenarlo Júpiter, IX, 261
y 262; Júpiter es el vengador de los suplicantes y de los huéspedes, IX, 270 y 271; dice el Ciclope

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á Ulises que ellos no se cuidan de Júpiter y que no los perdonaría por temor á la enemistad de este
dios, IX, 275 y 277; Ulises y los suyos, al ver que el Ciclope se come á dos de ellos, alzan las
manos á Júpiter, IX, 294; dice Polifemo que en la tierra de los ciclopes también se dan gruesos
racimos que crecen con la lluvia enviada por Júpiter, IX, 357 y 358; dicen los demás ciclopes á
Polifemo que no es posible evitar la enfermedad enviada por Júpiter, IX, 411; dice Ulises á
Polifemo que Júpiter y los restantes dioses lo han castigado por sus malas obras, IX, 479; Ulises
sacrifica á Júpiter el carnero al cual se asió para salir del antro del Ciclope, IX, 551 á 553;
Proserpina es hija de Júpiter, XI, 217; Pelias y Neleo fueron esforzados servidores de Júpiter, XI,
255; Antíope se gloriaba de haber dormido en brazos de Júpiter, XI, 260 y 261; Alcmena tuvo de
Júpiter á Hércules, XI, 266 á 268; cuando Ificlo, enterado de los oráculos, soltó al adivino,
cumplióse la voluntad de Júpiter, XI, 294 á 297; Júpiter honra á Cástor y Pólux debajo de la tierra,
XI, 302; Apolo es hijo de Júpiter y de Latona, XI, 318; dice Ulises que Júpiter aborreció la estirpe
de Atreo á causa de la perfidia de las mujeres, XI, 436 á 438; Júpiter fué el único culpable de la
muerte de Ayax, XI, 558 á 560; Minos fué hijo de Júpiter, XI, 568; Latona fué consorte de Júpiter,
XI, 580; Hebe es hija de Júpiter, XI, 603 y 604; Hércules fué hijo de Júpiter, XI, 620; al pasar por
las peñas Erráticas las palomas que llevan la ambrosía á Júpiter, una de ellas es arrebatada y el
dios envía otra para completar el número, XII, 62 á 65; Ulises mandó á los suyos que apretasen
con los remos por si Júpiter les concediera que escaparan de Caribdis, XII, 215 y 216; poco
después de haber llegado Ulises y los suyos á la isla de Trinacria, Júpiter suscitó una gran
tempestad, XII, 313; Ulises se queja á Júpiter y á los dioses de que le hayan enviado el sueño
mientras los suyos mataban las vacas del Sol, XII, 371 á 373; el Sol pide á Júpiter y á los dioses
que castiguen á los compañeros de Ulises, y Jove le promete despedir un rayo contra la nave, XII,
377 á 388; Ulises y los suyos parten de la isla de Trinacria así que Júpiter les trae el día séptimo
después de su llegada, XII, 399 á 402; pronto coloca Júpiter una nube encima de la embarcación,
despide un rayo y todos los tripulantes caen al agua menos Ulises, XII, 403 á 419; Alcínoo
sacrifica un buey á Júpiter, XIII, 24 y 25; manda Alcínoo á Pontónoo que mezcle el vino en la
cratera para orar á Júpiter antes de despedir al huésped, XIII, 50 á 52; después que los feacios han
conducido á Ulises á su patria, Neptuno explora la voluntad de Júpiter y éste le aconseja que
convierta la nave en un peñasco, cuando los habitantes de la población la vean llegar, y cubra
luego la vista de la población con una gran montaña, XIII, 127 á 158; Ulises ruega á Júpiter que
castigue á los feacios porque cree que no lo han conducido á Ítaca, XIII, 213; son hijas de Júpiter
las ninfas Náyades, XIII, 356; Ulises, al darle Eumeo hospitalidad, pide á Júpiter que conceda á
éste lo que más anhele, XIV, 53 y 54; dice Eumeo que hasta los hombres á quienes permite Júpiter
que invadan el país ajeno y recojan botín, sienten temor de la venganza divina, XIV, 85 á 88; los
días y las noches proceden de Júpiter, XIV, 93; dice Ulises á Eumeo, antes de darse á conocer, que
Júpiter y los dioses saben si ha visto al amo del porquerizo, XIV, 119 y 120; Ulises, antes de darse
á conocer, pone por testigo á Júpiter de que Ulises volverá á su patria, XIV, 158 á 162; Júpiter
dispuso la expedición á Troya, XIV, 235 y 236; dice Ulises, en la fingida relación que hace á
Eumeo, que Júpiter maquinó males contra él después que se acabó la guerra de Troya, XIV, 243;
cuenta Ulises, en la misma relación, que á los suyos envióles Júpiter la fuga mientras peleaban
con los egipcios, XIV, 268 á 270, y que á él le inspiró la idea de postrarse ante el rey, XIV, 273, el
cual le salvó porque temía á Júpiter hospitalario, XIV, 283 y 284; refiere Ulises que Júpiter
meditaba cómo llevaría á la perdición al fenicio y sus compañeros en cuyo bajel navegaba el
héroe, XIV, 300, y que luego echó un rayo en el mismo, que se llenó del olor del azufre, cayeron
todos en el agua y el mismo Júpiter echó el mástil en las manos del que habla para que se librase
de la muerte, XIV, 305 á 312; cuenta Ulises á Eumeo, antes de darse á conocer, que Fidón
aseguraba que Ulises había ido á Dodona para saber la voluntad de Júpiter sobre la manera cómo
debía entrar en Ítaca, XIV, 328 á 330; dice Eumeo á Ulises, antes de que éste se dé á conocer, que
le respeta y quiere por el temor de Júpiter hospitalario y por la compasión que le inspira, XIV, 388
y 389; dice Eumeo á Ulises, antes de reconocerle, que, si le matara, ¡con qué disposición rogaría á

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Júpiter!, XIV, 406; dice Ulises á Eumeo, antes de darse á conocer, que ojalá le sea tan caro á
Júpiter como á él, XIV, 440 y 441; XV, 341 y 342; en una relación fingida que hace Ulises, dice
éste que Júpiter llovió sin cesar toda la noche, XVI, 457 y 458; dice Menelao á Telémaco que
Júpiter le permita hacer el viaje de regreso como su corazón desee, XV, 111 y 112; Helena predice
la venganza de Ulises, y Telémaco le responde que así lo haga Júpiter, XV, 172 á 180; Júpiter
quiso entrañablemente á Anfiarao, XV, 245; la nave de Telémaco, impulsada por el viento de
Júpiter, pasa á lo largo de la Élide, XV, 297; dice Eumeo á Ulises que Laertes pide á Júpiter
continuamente que el alma se le separe de los miembros, XV, 353 y 354; cuenta Eumeo que,
cuando la fenicia lo hubo llevado á la nave, Júpiter les envió próspero viento, XV, 475, y que, tan
luego como Júpiter les trajo el séptimo día, Diana mató á la mujer, XV, 477 y 478; dice Ulises á
Eumeo, antes de darse á conocer, que Júpiter le ha puesto al porquerizo cerca del mal el bien, XV,
488 y 489; dice Telémaco que Júpiter sabe si antes de las bodas lucirá para los pretendientes
infausto día, XV, 523 y 524; cuando Telémaco aconseja á Ulises que busque á alguien que les
ayude en la matanza de los pretendientes, le pregunta el héroe si les bastarán Minerva y Júpiter,
XVI, 258 á 261; dice Ulises á Telémaco que Minerva y Júpiter ofuscarán á los pretendientes, XVI,
297 y 298; aconseja Telémaco á Ulises que deje para más tarde probar á los hombres, si realmente
ha visto alguna señal enviada por Júpiter, XVI, 318 á 320; dice Anfínomo que, si los decretos de
Júpiter lo aprobaran, él mismo mataría á Telémaco, XVI, 403 y 404; dice Penélope que los
suplicantes tienen por testigo á Júpiter, XVI, 422 y 423; encarga Telémaco á Penélope que vote
sacrificar hecatombes si Júpiter les permite llevar al cabo la venganza, XVII, 50 y 51, y ella lo
hace así, XVII, 59 y 60; Teoclímeno, hablando con Penélope, pone por testigo á Júpiter de que ya
Ulises está en su patria, XVII, 155 á 157; son hijas de Júpiter las ninfas de las fuentes, XVII, 240;
dice Eumeo que Júpiter le quita la mitad de la virtud al hombre que cae esclavo, XVII, 322 y 323;
Ulises, en la sala de su palacio, antes de darse á conocer á los pretendientes, pide á Júpiter que
Telémaco sea dichoso y se le cumpla cuanto desee, XVII, 354 y 355; cuenta Ulises en la relación
fingida que hace á los pretendientes, que Júpiter le incitó á ir á Egipto, XVII, 424 á 426, y que,
habiendo trabado un combate con sus habitantes, Júpiter les envió la fuga á los compañeros del
héroe, XVII, 437 á 439; pide Eumeo á Júpiter la destrucción de los aqueos que traman maldades,
antes que se conviertan en una plaga para Telémaco y los suyos, XVII, 596 y 597; después del
pugilato de Ulises con Iro, los pretendientes ruegan á Júpiter y á los dioses que concedan al que ha
quedado vencedor lo que más anhele, XVIII, 112 y 113; dice Penélope que Júpiter la ha privado
de toda ventura, XVIII, 273; dice Ulises á Melanto, antes de darse á conocer, que Júpiter le
arruinó, XIX, 80; dice Penélope que á Telémaco Júpiter le da gloria, XIX, 161; Minos conversaba
con Júpiter, XIX, 179; cuenta el mismo Ulises á Penélope, antes de darse á conocer, que Ulises
perdió los compañeros y la nave porque se airaron contra él Júpiter y el Sol, XIX, 274 á 276; dice
luego que Ulises está en Dodona para saber la voluntad de Júpiter acerca de si debe volver á Ítaca
manifiesta ó encubiertamente, XIX, 296 á 299; dice Euriclea que sin duda Júpiter le cobró á
Ulises más odio que á hombre alguno, á pesar de que nadie quemó tantos muslos ni sacrificó
tantas y tan selectas hecatombes en honor del dios, XIX, 363 á 366; pregunta Ulises á Minerva
dónde podrá refugiarse si, por la voluntad de Júpiter y la de ella, logra matar á los pretendientes,
XX, 42 y 43; Diana es hija de Júpiter, XX, 61; Venus fué á pedir á Júpiter florecientes nupcias
para las hijas de Pandáreo, XX, 73 á 75; Ulises, antes de la matanza de los pretendientes, ruega á
Júpiter que le envíe un presagio y una señal, y el dios lo hace así, XX, 97 á 106; una esclava del
palacio de Ulises advierte que el trueno enviado por Júpiter debe de ser una señal y pide á este
dios que los pretendientes coman por última vez en aquella casa, lo cual constituye un presagio
para el héroe, XX, 112 á 122; dice Filetio que no hay dios más funesto que Júpiter, porque
después de criar á los hombres los entrega al infortunio y á los dolores, XX, 201 á 203; Ulises,
antes de darse á conocer, pone por testigo á Júpiter de que Ulises volverá á su casa estando aún
Filetio en ella, XX, 230 á 234; dice Antínoo, que, si lo hubiera querido Júpiter, ya habrían hecho
callar á Telémaco en el palacio, XX, 273 y 274; Hércules era hijo de Júpiter, XXI, 25, 26, 36; dice

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Telémaco que Júpiter debe de haberle privado de juicio cuando ve que su madre quiere irse del
palacio y sigue deleitándose, XXI, 102 á 105; Filetio hace votos á Júpiter para que vuelva Ulises,
XXI, 199 á 202; así que Ulises tiende el arco, Júpiter truena como señal favorable, XXI, 413;
Agelao aconseja que tiren las lanzas tan sólo seis pretendientes por si Júpiter les concede que
hieran á Ulises, XXII, 252 y 253; Femio, en la matanza de los pretendientes, no sabe si salir de la
sala y acogerse al altar de Júpiter ó correr hacia Ulises para abrazarle las rodillas, XXII, 333 á
335; Femio y Medonte se sientan en el patio, junto al altar de Júpiter, XXII, 378 á 380; Helena es
hija de Júpiter, XXIII, 218; cuenta Ulises á Penélope que Júpiter hirió con el rayo la nave en que
iba con sus compañeros, XXIII, 330 á 332; dice Ulises que ha padecido muchos trabajos,
sufriendo los males que le enviaba Júpiter, XXIII, 350 á 352; en el Orco, dice Aquiles á
Agamenón que todos creían que este héroe era el más acepto á Júpiter, XXIV, 24; refiere
Agamenón que el día en que murió Aquiles no desistieron de combatir hasta que Júpiter les envió
una tormenta, XXIV, 42; se duele el alma de Agamenón de que Júpiter le hubiese aparejado una
deplorable muerte, XXIV, 96; refiere el alma de Anfimedonte que, cuando Júpiter incitó á Ulises,
éste y Telémaco quitaron las armas de las paredes, XXIV, 164 á 166; dice Ulises que en el huerto
de Laertes hay racimos de uvas de toda clase cuando los hacen madurar las estaciones enviadas
por Júpiter, XXIV, 343 y 344; Laertes invoca al padre Júpiter, XXIV, 351; Minerva explora la
voluntad de Júpiter acerca del combate de los itacenses contra Ulises y los suyos, y el dios se
decide por el restablecimiento de la paz, XXIV, 472 á 486; aconseja Minerva á Laertes que eleve
sus preces á la doncella de los brillantes ojos y al padre Júpiter, XXIV, 517, y el anciano lo hace
así, XXIV, 521; Júpiter arroja un rayo mientras Ulises persigue á los itacenses, XXIV, 539;
Minerva encarga á Ulises que se detenga y haga cesar el combate, para que Júpiter no se enoje con
él, XXIV, 544.

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Lacedemonia (Λακεδαίμων): Región del Peloponeso; reino de Menelao, III, 326; IV, 1, 702; XIII,
414, 440; XV, 1; XXI, 13.
Laerces (Λαέρκης): Orífice pilio. Néstor lo manda llamar para que dore los cuernos de la novilla que
luego sacrifican á Minerva, III, 425.
Laertes (Λαέρτης): Hijo de Arcesio y de Calcomedusa, esposo de Anticlea y padre de Ulises.
Refiere Mentes (Minerva) que, según le han dicho, Laertes ya no va á la ciudad, sino que se queda
en el campo donde le cuida una vieja esclava, I, 188 á 193; Laertes compró á Euriclea por veinte
bueyes, I, 429 y 430; para entretener á los pretendientes, decíales Penélope que labraba el sudario
del héroe Laertes, II, 99; XIX, 144; XXIV, 134; dice Menelao que Laertes, Penélope y Telémaco
deben de llorar por el ausente Ulises, IV, 110 á 112; dijo Proteo á Menelao que habían visto en una
isla al hijo de Laertes, IV, 555 y 556; encarga Penélope que se avise á Laertes para que éste se
queje de que los pretendientes quieran matar á Telémaco, IV, 737 á 741; muchos feacios
contemplan con admiración al hijo de Laertes, VIII, 17 y 18; dijo Ulises al Ciclope que, si le
preguntasen quién le cegó, respondiera que fué Ulises, el hijo de Laertes, IX, 502 á 505; pidió el
Ciclope á Neptuno que Ulises, hijo de Laertes, no volviera á Ítaca ó perdiera antes su nave y sus
compañeros, IX, 528 á 535; dice Anticlea á Ulises, en el Orco, que Laertes no va á la ciudad y
duerme con los esclavos ó en su lecho de hojas dentro de la viña, XI, 187 á 194; Eumeo edificó la
majada sin ayuda de Laertes, XIV, 9; dice Eumeo que tanto él como Penélope, Laertes y
Telémaco, desean que se presente Ulises, XIV, 171 á 173; Eumeo compró á Mesaulio sin ayuda de
Laertes, XIV, 451; cuenta Eumeo que Laertes vive aún y pide á Júpiter que el alma se le separe de
los miembros, XV, 353; refiere Eumeo que Laertes lo compró con sus bienes, XV, 483; cuenta
Telémaco que Arcesio engendró á Laertes, su hijo único, y éste á Ulises, XVI, 118 á 120; dice
Eumeo á Telémaco que, desde que éste se fué á Pilos, Laertes no hace más que sollozar y
lamentarse, XVI, 138 á 145; Ulises, cuando se descubre á Telémaco, le encarga que nadie sepa
que ha llegado, ni siquiera Laertes, XVI, 301 á 303; el cabrero Melantio va en busca del escudo
que Laertes llevara en su juventud, para dárselo á los pretendientes, XXII, 184 y 185; el
porquerizo y el boyero atan á Melantio, conforme á lo dispuesto por el hijo de Laertes, XXII, 189
á 191; Laertes había quemado muchos muslos de buey en el altar que, dedicado á Jove había en el
palacio, XXII, 335 y 336; dice Ulises á Penélope que va á ver á su padre Laertes, que tan afligido
se halla por su ausencia, XXIII, 359 y 360; el alma de Agamenón llama á Ulises feliz hijo de
Laertes, XXIV, 192; llegan Ulises, Telémaco, el boyero y el porquerizo al predio de Laertes,
donde tenía su casa el anciano, XXIV, 205 á 210; Ulises halla á su padre en el huerto, aporcando
una planta; le habla con burlonas frases; le dice que es Epérito, hijo del rey Afidante; y por fin se
da á conocer: Laertes lo reconoce, lloran y se abrazan, y se van á la casería, donde hallan á
Telémaco y los dos servidores, que preparan el almuerzo, XXIV, 242 á 364; la esclava siciliana
lava á Laertes, Minerva hermosea al héroe y éste se lamenta de no tener las fuerzas de que
disfrutaba cuando tomó á Nérico, pues habría dado muerte á muchos pretendientes, XXIV, 365 á
383; al tener noticia de que los itacenses van á acometerles, Laertes viste también la armadura, se
regocija de que Ulises y Telémaco rivalicen en ser valientes, y luego, exhortado por Minerva,
arroja la lanza y mata á Eupites, XXIV, 498 á 522.
Laertíada (Λαερτιάδης): Hijo de Laertes. Nombre patronímico de Ulises, V, 203; IX, 19; X, 401,
456, 488, 504; XI, 60, 92, 405, 473, 617; XII, 378; XIII, 375; XV, 486; XVI, 104, 167, 455; XVII,
152, 361; XVIII, 24, 348; XIX, 165, 262, 336, 583; XX, 286; XXI, 262; XXII, 164, 339; XXIV,
542.
Lamos (Λάμος): Rey de los lestrigones, hijo de Neptuno, X, 81.
Lampetia (Λαμπετίη): Ninfa, hija del Sol y de Neera. Ella y su hermana Faetusa apacientan las vacas
y las ovejas del Sol, XII, 131 á 133; fué á decir al Sol que los compañeros de Ulises habían dado
muerte á algunas de las vacas, XII, 374 y 375.

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Lampo (Λάμπος): Uno de los dos caballos (Lampo y Faetonte), que tiran del carro de la Aurora,
XXIII, 246.
Laodamante (Λαοδάμας): Príncipe feacio, hijo de Alcínoo y de Arete. Por orden de su padre, cede el
sitio á Ulises, VII, 170; toma parte en los juegos celebrados ante Ulises, siendo el más gallardo de
todos los feacios, VIII, 117 á 119; sale vencedor en el pugilato, VIII, 130; propone que se invite á
Ulises á probarse en los juegos, por consejo de Euríalo va él mismo á decírselo, y Ulises se
excusa, VIII, 131 á 157; Ulises desafía á todos los feacios menos á Laodamante, que es su
huésped, VIII, 206 á 208; Laodamante y Halio juegan, tirando una pelota de color de púrpura, y
después bailan, VIII, 370 á 380.
Latona (Λητώ): Diosa, madre de Apolo y de Diana, que tuvo de Júpiter. Se huelga de ver á Diana
rodeada de ninfas, cazando jabalíes ó ciervos, VI, 102 á 106; su hijo Apolo mató á Oto y á
Efialtes, XI, 318 á 320; intentó forzarla Ticio, cuando ella se dirigía á Pito, XI, 580 y 581.
Leda (Λήδη): Hija de Testio, esposa de Tíndaro y madre de Cástor, Pólux, Helena y Clitemnestra.
Ulises ve su sombra en el Orco, XI, 298 á 300.
Lemnos (Λῆμνος): Isla del mar Egeo. Vulcano finge que se va á Lemnos, la ciudad que le es más
grata, para volverse en seguida y sorprender á Marte y Venus en flagrante adulterio, VIII, 282 á
284.
Leócrito (Λειώκριτος): Uno de los pretendientes de Penélope. Era hijo de Evénor. En el ágora de los
itacenses increpa á Méntor porque aconseja á los pretendientes que desistan, y dice que el mismo
Ulises recibiría la muerte si intentase combatir con ellos, II, 242 á 256; muere á manos de
Telémaco, que le hunde la lanza en el ijar, XXII, 294 á 296.
Lesbos (Λέσβος): Isla del mar Egeo y ciudad de la misma, IV, 342; XVII, 133.
Lesque (Λέσχη): Lugar público, cubierto, que por la noche utilizaban como dormitorio los
transeuntes y los mendigos, XVIII, 329. Gonzalo Pérez traduce la palabra λέσχη por hespital:
Pues no te vas á echar por hespitales
(tomo II, pág. 652);
y el señor Baráibar por público mentidero:
... En vez de irte
Á dormir á una fragua, ó algún público
Mentidero ...
(tomo II, pág. 155).
Lestrigonia (Λαιστρυγονίη): Región, probablemente de la costa occidental de Sicilia, donde vivía un
pueblo de gigantes antropófagos, X, 82; XXIII, 318.
Leucotea (Λευκοθέη) Epíteto de Ino, transformada en diosa marina, V, 333 y 334. (Véase Ino).
Libia (Λιβύη): Parte de África. Allí los corderos desde muy chiquitos tienen cuernos y las ovejas
paren tres veces al año, IV, 85 y 86; XIV, 295.
Liodes (Λειώδης): Arúspice de los pretendientes. Era hijo de Énope. Es el primero que se levanta
para tender el arco, lo intenta en vano, dice que aquel arco privará á muchos de la vida, y es
reprendido por Antínoo, XXI, 144 á 174; en la escena de la matanza, ruega á Ulises que no lo
mate, abrazándolo por las rodillas; pero el héroe le corta la cabeza, que cae al suelo cuando Liodes
hablaba todavía, XXII, 310 á 329.

Malea (Μάλεια): Promontorio de Laconia, III, 287; IV, 514; IX, 80; XIX, 187.
Mantio (Μάντιος): Hijo de Melampo, padre de Polifides y de Clito, y abuelo de Teoclímeno, XV,
242 á 256.
Maratón (Μαραθών): Ciudad del Ática, situada en el campo Maratonio, VII, 80.
Marón (Μάρων): Hijo de Evantes, y sacerdote de Apolo en Ismaro. Hizo espléndidos dones á Ulises
porque el héroe lo respetó á él y á su familia en el saqueo de la ciudad, IX, 196 á 204.

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Marte (Ἄρης): Dios de la guerra, hijo de Júpiter y de Juno. Demódoco canta los amores de Marte y
Venus: cómo se unieron en la ausencia de Vulcano y cómo este dios los aprisionó en unos lazos
invisibles que había colocado en la cama, llamo á todos los dioses para que fuesen testigos del
hecho, y por fin los dejó en libertad, á petición de Neptuno que salió fiador de Marte, VIII, 266 á
367.
Mastórida (Μαστορίδης): Hijo de Mástor. Nombre patronímico del anciano héroe Haliterses, II,
158; XXIV, 452.
Maya (Μαῖα): Hija de Atlante y madre de Mercurio, que tuvo de Júpiter, XIV, 435.
Medonte (Μέδων): Heraldo de Ítaca. Suele estar con los pretendientes, y descubre á Penélope el
acuerdo que han tomado de matar á Telémaco, IV, 675 á 714; XVI, 252, 412; avisa á los
pretendientes cuando llega la hora de aparejar la cena, XVII, 172 á 176; sálvase, gracias á
Telémaco, en la matanza de los pretendientes, XXII, 357 á 380; habla en el ágora para decir á los
itacenses que Ulises no ha llevado al cabo la matanza sin la voluntad de los dioses y que uno de
éstos ha intervenido en la misma, XXIV, 438 á 449.
Megapentes (Μεγαπένθης): Hijo de Menelao y de una esclava. Cásalo Menelao con la hija de
Aléctor, IV, 10 á 12; por orden de su padre, saca de la habitación en que se guardaban los objetos
preciosos una cratera de plata para regalarla á Telémaco, XV, 100 á 104, 122.
Megara (Μεγάρη): Hija de Creonte y esposa de Hércules. Ulises ve su sombra en el Orco, XI, 269 y
270.
Melampo (Μελάμπους): Célebre adivino, hijo de Amitaón. Prometió traerle á Neleo las vacas de
Ificlo, pero éste lo aprisionó, soltándolo al cabo de un año por haberse enterado de los oráculos,
XI, 291 á 297; á su linaje pertenecía Teoclímeno, XV, 225; vivió primero en Pilos, mas Neleo se
apoderó de muchas de sus cosas durante el año que estuvo preso en el palacio de Fílaco, por lo
cual lo castigó al volver y trasladó su domicilio á Argos, donde se casó y tuvo dos hijos: Antífates
y Mantio, XV, 225 á 256.
Melaneo (Μελανεύς): Prócer itacense, padre de Anfimedonte, XXIV, 103.
Melantio (Μελανθεύς y Μελάνθιος): Cabrero de Ulises. Era hijo de Dolio y hermano de Melanto.
Encuentra á Eumeo y á Ulises, transfigurado en mendigo; increpa á este último con palabras
groseras, le da una coz, y es reprendido por Eumeo; sigue su camino, penetra en el palacio de
Ulises y se sienta frente á Eurímaco, XVII, 212 á 257; dice á los pretendientes que el mendigo lo
ha traído Eumeo, XVII, 369 á 373; llega al palacio de Ulises con algunas cabras y dos pastores,
increpa al mendigo (Ulises) porque no se va de allí, y le amenaza con llegar á las manos, XX, 173
á 182; escancia el vino en la comida de los pretendientes, XX, 255; por orden de Antínoo,
enciende fuego, coloca junto al mismo un sillón y saca una bola de sebo para que los
pretendientes calienten y unten el arco, XXI, 175 á 183; dice Antínoo que manden á Melantio que
comparezca con algunas cabras para ofrecer los muslos á Apolo y terminar el certamen, XXI, 265
á 268; contestando Melantio á Agelao, dice que no es posible salir por el postigo, y acto continuo
va á buscar armas para los pretendientes, XXII, 135 á 146; presume Telémaco que quien ha ido á
buscar las armas es Melantio, hijo de Dolio, XXII, 159; vuelve Melantio á buscar armas, y Eumeo
y Filetio, por orden de Ulises, le aguardan, lo tiran contra el suelo y, atándole por detrás los pies y
las manos con una soga, lo suben á lo alto de una columna, XXII, 160 á 199; Telémaco, el boyero
y el porquerizo sacan á Melantio al vestíbulo, le cortan las narices y las orejas, le arrancan las
partes verendas y le amputan los pies y las manos, con ánimo irritado, XXII, 474 á 477.
Melanto (Μελανθώ): Sierva de Penélope. Era hija de Dolio y hermana de Melantio. Penélope la
había criado como á una hija, pero ella no compartía los pesares de su señora y era la amante de
Eurímaco; increpa groseramente al mendigo (Ulises) porque no se va del palacio y le pregunta si
está envanecido por su victoria contra Iro, XVIII, 321 á 336; increpa nuevamente al mendigo
(Ulises) porque se queda durante la noche en el palacio, y Penélope la reprende, XIX, 65 á 95; es
una de las doce que se entregaron á la impudencia y son ahorcadas en el patio del palacio, XXII,
424, 465 á 473.

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Memnón (Μέμνων): Hijo de Titón y de la Aurora. Mató á Antíloco, hijo de Néstor, IV, 187 y 188; fué
el hombre más hermoso que conoció Ulises, XI, 522.
Menelao (Μενέλαος): Rey de Lacedemonia, hijo de Atreo, hermano de Agamenón, marido de
Helena, y padre de Hermione y de Megapentes. Minerva, transfigurada en Mentes, aconseja á
Telémaco que vaya á ver á Menelao por si le da noticias de Ulises, I, 285 y 286; refiere Néstor
que, después de la toma de Troya, Menelao exhortó á los aqueos á volver á la patria, III, 141;
Menelao llegó con sus naves á Lesbos cuando Néstor y otros caudillos deliberaban acerca del
rumbo que habían de tomar, III, 168 y 169; pregunta Telémaco dónde estaba Menelao cuando fué
asesinado Agamenón, III, 249; dice Néstor que si Menelao, al volver de Troya, hubiese
encontrado á Egisto vivo, ni se hubiese echado tierra sobre su cadáver, III, 256 á 261; venían
navegando juntos Menelao y Néstor, pero, al llegar al promontorio de Sunio, Apolo mató al piloto
de Menelao, y éste se detuvo para hacerle las exequias, III, 276 á 285; luego Júpiter dispersó las
naves de Menelao, cabe al promontorio de Malea, lo llevó á él con cinco naves á Egipto, y el
héroe llegó á Micenas el mismo día en que Orestes daba el banquete fúnebre en las exequias de su
madre y de Egisto, III, 286 á 312; Néstor aconseja á Telémaco que vaya á ver á Menelao, III, 316
á 328; Telémaco y Pisístrato, al llegar á Esparta, hallan á Menelao celebrando la doble boda de su
hijo y de su hija, IV, 1 á 17; Eteoneo participa á Menelao la llegada de los forasteros y recibe la
orden de desuncirles los caballos y hacerlos entrar, IV, 20 á 36; Telémaco y Pisístrato contemplan
absortos el palacio de Menelao, se sientan junto al héroe, comen, y Menelao les saluda y les
obsequia con el lomo de un buey asado, IV, 43 á 66; Menelao, al comprender lo que Telémaco
habla con Pisístrato, dice que ningún hombre puede competir con Júpiter, enumera sus
peregrinaciones, y afirma que por nadie se aflige tanto como por Ulises, IV, 78 á 112; Menelao
advierte que Telémaco llora, y no sabe si esperar á que le hable de Ulises ó interrogarle desde
luego, IV, 116 á 119; pregunta Helena á Menelao si sabe quiénes son los huéspedes, pues uno de
ellos se parece mucho á Telémaco, y Menelao responde que ya se le había ocurrido que fuese
Telémaco, IV, 138 á 150; Pisístrato dice á Menelao que, con efecto, es Telémaco; cuenta Menelao
cómo había decidido portarse con Ulises, de haber éste regresado á su patria, y lloran todos, IV,
155 á 186; dice Menelao á Pisístrato que ha hablado como un varón sensato, y propone que cesen
de llorar y se acuerden de la cena, IV, 203 á 215; en seguida les da aguamanos Asfalión, servidor
de Menelao, IV, 216 y 217; Helena, dirigiéndose á Menelao, á Telémaco y á Pisístrato, refiere
cómo Ulises penetró en Troya, disfrazado de mendigo, IV, 235 á 265; responde Menelao diciendo
que lo ha contado con gran exactitud, y narra á su vez, lo que aquél hizo dentro del caballo de
madera, cuando Helena se acercó al mismo, IV, 265 á 289; replica Telémaco, dirigiéndose á
Menelao, que más doloroso es que sea así, IV, 291 y 292; levántase Menelao cuando se descubre
la Aurora, interroga á Telémaco acerca del motivo de su viaje, se indigna contra los pretendientes,
predice la venganza de Ulises, y relata cómo, detenido en Egipto, supo por Proteo la suerte que les
había cabido á los caudillos griegos, el asesinato de Agamenón, la estancia de Ulises en la morada
de Calipso, y su propio destino futuro en los campos Elíseos; finalmente, ruega á Telémaco que se
quede diez ú once días, IV, 306 á 592; Telémaco suplica á Menelao que no le detenga más, y el
héroe promete darle una cratera fabricada por Vulcano, IV, 593 á 619; canta Demódoco que, en la
toma de Troya, Ulises y Menelao fueron á la casa de Deífobo, VIII, 517 y 518; pregunta
Agamenón á Ulises, en el Orco, si Orestes está con Menelao en Esparta, XI, 460; dice Minerva á
Ulises que irá á Esparta á llamar á Telémaco, el cual se fué junto á Menelao, XIII, 412 á 415; en
una relación fingida que hace Ulises, antes de darse á conocer al porquerizo, habla de una
emboscada cuyos capitanes fueron Ulises, Menelao y el que habla, XIV, 469 á 471; Minerva se
encamina á Lacedemonia y halla á Telémaco y á Pisístrato acostados en el vestíbulo del palacio de
Menelao, XV, 1 á 5; Minerva aconseja á Telémaco que pida licencia á Menelao para volverse á
Ítaca, XV, 14 y 15; dice Pisístrato á Telémaco que no partan hasta que Menelao les traiga los
presentes y los despida con suaves palabras, XV, 51 á 53; Menelao se levanta al despuntar la
Aurora, Telémaco le sale al encuentro y le expresa su deseo de irse, Menelao y Helena le regalan

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respectivamente una cratera y un peplo, comen, Telémaco y Pisístrato suben al carro, y Helena,
interpretando un presagio, asegura que Ulises se vengará de los pretendientes, XV, 57 á 178;
Pisístrato deja en la popa de la nave de Telémaco los regalos que á éste le había hecho Menelao,
XV, 206 y 207; Pireo dice á Telémaco que le mande mujeres para remitirle los presentes de
Menelao, XVII, 75 y 76; cuenta Telémaco á Penélope que Néstor le envió á Menelao y repite lo
que éste le dijo, XVII, 116 á 147; en el Orco, Agamenón recuerda á Anfimedonte que fué á su
casa, como huésped juntamente con Menelao, cuando pidieron á Ulises que les acompañara á
Troya, XXIV, 115 á 119.
Mentes (Μέντης): Rey de los tafios, hijo de Anquíalo y huésped de Ulises. Minerva toma su figura
para aconsejarle á Telémaco que vaya á Pilos y á Esparta, I, 105, 180 y 181, 417 á 419. (Véase
Minerva).
Méntor (Μέντωρ): Hijo de Álcimo y amigo de Ulises. Ulises, al embarcarse, le había encomendado
su casa, II, 226 y 227; levántase Méntor en el ágora de los itacenses, se queja de los ciudadanos
porque no refrenan la osadía de los pretendientes y es increpado por Leócrito, II, 224 á 256; dice
Noemón que se embarcó, como capitán de la nave de Telémaco, Méntor ó un dios que le era
semejante, pues luego ha visto á Méntor en Ítaca, IV, 653 á 656; recién llegado de Pilos, Telémaco
va al ágora y se sienta donde estaba Méntor, Ántifo y Haliterses, XVII, 68 á 70; dice Haliterses á
los itacenses que la matanza de los pretendientes ha ocurrido porque no se dejaron persuadir ni
por él ni por Méntor, XXIV, 454 á 456. Minerva toma la figura de Méntor: a) para aparecérsele á
Telémaco en la orilla del mar, buscarle nave y remeros y acompañarle á Pilos, II, 268, 401; III, 22,
240; IV, 654; b) para animar á Ulises en la matanza de los pretendientes, XXII, 206, 208, 213,
235, 249; XXIV, 446; c) para animar á Laertes en la lucha de Ulises y los suyos con los itacenses,
XXIV, 502 y 503, 548. (Véase Minerva).
Mera (Μαῖρα): Hija de Preto y de Antea. Ulises ve su sombra en el Orco, XI, 326.
Mercurio (Ἑρμείας y Ἑρμῆς): Dios, hijo de Júpiter y de Maya. Enviáronlo los dioses á Egisto para
que éste no matara á Agamenón ni pretendiera á su esposa, I, 37 á 43; Minerva pide á Júpiter que
Mercurio vaya á la isla Ogigia, á fin de que Calipso deje partir á Ulises, I, 84 á 87; manda Júpiter
á Mercurio que vaya á decirle á Calipso la resolución tomada por los dioses de que Ulises vuelva
á su patria, y Mercurio ata á sus pies los talares, llega á Ogigia, pone en conocimiento de la ninfa
la resolución de las deidades y le aconseja que despida al héroe y no se atraiga el enojo de Júpiter,
V, 28 á 148; Ulises se acomoda en la silla de donde se había levantado Mercurio, V, 195 y 196;
cuando Vulcano llamó á los dioses, al sorprender en flagrante adulterio á Marte y Venus,
presentóse Mercurio y, como Apolo le dijera si le gustaría estar en el puesto de Marte, contestó
que sí, aunque los contemplaran todas las deidades, VIII, 322, 323, 334 á 342; cuando Ulises se
encaminaba al palacio de Circe, le salió al encuentro Mercurio y le dió una planta llamada moly
para que aquélla no pudiese encantarlo, X, 275 á 307; Mercurio y Minerva guiaron á Hércules
cuando el héroe se llevó del Orco el can Cerbero, XI, 626; Mercurio refirió á Calipso que Júpiter
había prometido al Sol hacer pedazos la nave de Ulises para castigar á los compañeros del mismo,
XII, 390; Eumeo, en la comida que da á Ulises transfigurado en mendigo, ofrece una de las
porciones á Mercurio, XIV, 435; dice Ulises, todavía transfigurado en mendigo, que, gracias á
Mercurio, nadie rivalizaría con él en servir como criado, XV, 319 á 324; llámase cerro de
Mercurio (Ἕρμαιος λόφος) una eminencia que hay junto á la ciudad de Ítaca, XVI, 471; Mercurio
concedió á Autólico que descollara sobre los hombres en hurtar y jurar, XIX, 395 á 397; después
de la matanza de los pretendientes, Mercurio, con la áurea vara en la mano, guía hacia el Orco las
almas de los mismos, XXIV, 1 á 10.
Mermérida (Μερμερίδης): Hijo de Mérmero. Nombre patronímico de Ilo, I, 259.
Mesaulio (Μεσαύλιος): Siervo comprado por Eumeo con sus propios recursos, XIV, 449, 455.
Mesena (Μεσσήνη): Ciudad de Lacedemonia, donde habitaba Orsíloco. Allí se encontraron Ulises é
Ífito, XXI, 15.
Micenas (Μυκήνη): Ciudad de Argólide; capital del reino de Agamenón, III, 305; XXI, 108.

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Micene (Μυκήνη): Hija de Ínaco, II, 120.
Mimante (Μίμας): Monte de Jonia, III, 172.
Minerva (Ἀθήνη y Ἀθηναίη): Diosa, hija de Júpiter. En el concilio de los dioses se queja de que
Ulises esté detenido por Calipso en la isla Ogigia; y propone que Mercurio vaya á decir á la ninfa
que deje en libertad al héroe, mientras ella desciende á Ítaca y acompaña á Telémaco en un viaje á
Pilos y á Esparta, I, 44 á 62, 80 á 95; desciende á Ítaca, transfigurada en Mentes, es acogida por
Telémaco y, después de asegurar que Ulises vive y volverá, exhorta á su hijo á que convoque en el
ágora á los ciudadanos, intime á los pretendientes que salgan del palacio y haga un viaje á Pilos y
á Esparta, I, 96 á 319, 444; deparó á los aqueos una vuelta deplorable cuando regresaron de Troya,
I, 326 y 327; difunde dulce sueño en los ojos de Penélope, que llora por Ulises, I, 363 y 364;
circunda á Telémaco de gracia divinal, II, 12; por ella, según Antímaco, es Penélope diestra en
primorosas labores, inteligente y astuta, II, 116 á 118; invocada por Telémaco, se le aparece
debajo la figura de Méntor, le aconseja que prepare los víveres para el viaje y le promete que le
buscará una nave y compañeros, II, 260 á 296; tomando la figura de Telémaco, pide una nave á
Noemón, junta los marineros, encamínase al palacio de Ulises, infunde dulce sueño á los
pretendientes, llama á Telémaco y se va con él á la embarcación, II, 382 á 403; embárcase con
Telémaco, hace que sople el Céfiro, viento próspero para el viaje, y los marineros ofrecen
libaciones á los dioses y especialmente á Minerva, II, 416, 420, 433; desembarca en Pilos con
Telémaco, anima á éste, encamínanse ambos hacia Néstor, que estaba en la playa celebrando un
sacrificio, é, invitada por Trasimedes, hace libaciones á Neptuno, III, 12 á 62; infunde audacia en
el pecho de Telémaco para que responda á Néstor, III, 76; después de la toma de Troya,
Agamenón quiso aplacar la cólera de la diosa con hecatombes, III, 145; durante la guerra de
Troya, Minerva protegía manifiestamente á Ulises, III, 218 á 222; reprende á Telémaco por las
impías palabras que profiere, III, 229 á 238; exhorta á Néstor para que acabe el sacrificio, III, 331
á 337; intenta volver á la nave con Telémaco, pero Néstor se opone; y entonces aconseja á
Telémaco que se quede y ella se va cual si fuese un águila, III, 343 á 372; oye las plegarias que le
dirige Néstor, III, 385, 393, quien manda preparar un sacrificio y lo ofrece á la diosa, III, 419, 430
á 463; apartó á Helena de junto al caballo de madera, IV, 289; invócala Menelao, IV, 341; XVII,
132; aborrecía á Ayax, IV, 502; Penélope, por consejo de Euriclea, ora á Minerva y la diosa
escucha sus ruegos, IV, 752 á 767, y le envía un fantasma que la consuela participándole que á su
hijo lo acompaña Minerva, IV, 795 á 838; la diosa vuelve á lamentarse en el concilio de los dioses
de que Ulises esté detenido por Calipso y logra que Júpiter mande á Mercurio á la isla Ogigia, V, 5
á 28; los aqueos, al regresar de Troya, ofendieron á Minerva, V, 108; calma Minerva la tempestad
promovida por Neptuno á causa de su odio á Ulises, V, 382 á 387; sugiere á Ulises que se agarre á
una peña al ser lanzado á la costa por el oleaje, V, 427, y le da prudencia para salir luego á tierra
firme, V, 437; infunde dulce sueño á Ulises para que descanse, V, 491; encamínase al pueblo de
los feacios, penetra, como un soplo de viento, en el cuarto de Nausícaa y, tomando la figura de la
hija de Dimante, recomienda á la princesa que vaya al río á lavar la ropa, y vuelve al Olimpo, VI,
2 á 42; para que Ulises despierte, hace caer en el agua la pelota que tira Nausícaa, y todas las
doncellas gritan, VI, 112 á 117; infunde ánimo á Nausícaa á fin de que no huya cuando se le
presenta Ulises, VI, 139 y 140; hace que Ulises aparezca más alto y grueso, y con el cabello
semejante á flores de jacinto, VI, 229 á 231; le circunda de gracia, de la misma manera que el
artífice instruído por Vulcano y Minerva cerca con oro la plata, VI, 233 á 235; hay un bosque á
ella consagrado, junto á la ciudad de los feacios, y allí se detiene Ulises, por recomendación de
Nausícaa, antes de entrar en la ciudad, VI, 291, 322; oye Minerva la plegaria que desde aquel sitio
le dirige Ulises, VI, 328; envuelve al héroe en una niebla cuando el mismo endereza sus pasos á la
ciudad, le sale al encuentro, transfigurada en una moza, habla con él, lo lleva al palacio de
Alcínoo, le aconseja que suplique á Arete, y se va á Atenas, VII, 14 á 81; ha concedido á las
mujeres feacias que se señalen en fabricar lienzos, VII, 110; disipa la nube en que envolviera á
Ulises, así que el héroe llega á la presencia de Arete, VII, 140 á 143; invócala Alcínoo, VII, 311;

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transfigurada en heraldo, llama á los feacios para que acudan al ágora, VIII, 7 á 14; circunda de
gracia á Ulises y le hace aparecer más alto y más grueso, VIII, 18 á 20; transfigurada en varón,
señala dónde ha llegado el disco de Ulises y anima á éste, VIII, 193 á 198; con su ayuda construyó
Epeo el caballo de madera, VIII, 493; por su favor ganó Ulises la victoria cuando, en el sitio de
Troya, fué á la casa de Deífobo, VIII, 520; en la cueva del Ciclope, Ulises meditaba siniestros
propósitos, por si Minerva le concediese la victoria, IX, 317; Minerva y los troyanos fallaron la
contienda de las armas de Aquiles, adjudicándolas á Ulises, XI, 547; guiado por Mercurio y por
Minerva, Hércules sacó del Orco el can Cerbero, XI, 626; gracias á Minerva, hicieron los feacios
tantos presentes á Ulises, XIII, 121; al despertar Ulises en su patria, Minerva lo envuelve en una
nube para que nadie lo reconozca, XIII, 189 á 193; luego se le acerca, transfigurada en joven
pastor, y, contestando á sus preguntas, le describe la comarca y le dice que está en Ítaca, lo cual
alegra á Ulises aunque duda todavía de que sea verdad, XIII, 221 á 252; entonces Minerva se
transfigura en una mujer hermosa y se descubre á Ulises, disipa la niebla que envolvía al héroe, le
hace reconocer su tierra natal, le ayuda á ocultar los regalos en una cueva y, sentándose ambos al
pie de un olivo, deliberan sobre la matanza de los pretendientes, XIII, 287 á 396; acto continuo
Minerva hace incognoscible á Ulises, pues, tocándole con una varita, le convierte en un anciano
harapiento, le aconseja que vaya á encontrar al porquerizo, y se encamina á Lacedemonia á fin de
llamar á Telémaco, XIII, 397 á 440; Ulises endereza sus pasos hacia donde le indicara Minerva,
XIV, 2; en la fingida relación que de su vida hace Ulises á Eumeo, dice que en otro tiempo Marte
y Minerva diéronle audacia y valor para luchar con los enemigos, XIV, 216; va Minerva á
Lacedemonia, halla á Telémaco durmiendo y, apareciéndosele en sueños, le aconseja que regrese á
Ítaca, desembarque antes de llegar á la ciudad, para librarse de la emboscada de los pretendientes,
y vaya á la cabaña de Eumeo, después de lo cual la diosa se retira al Olimpo, XV, 1 á 43;
Telémaco, antes de partir, ofrece un sacrificio á Minerva, XV, 222, y la diosa le envía próspero
viento, XV, 292; así que Eumeo sale de la cabaña, Minerva se presenta á Ulises, le llama afuera, le
recomienda que nada le oculte á Telémaco y, tocándole con la varita de oro, hace que recobre su
figura y lleve hermosas vestiduras, XVI, 155 á 174, 207; Ulises dice á Telémaco que ha ido á la
cabaña del porquerizo por consejo de Minerva, XVI, 233, que la diosa les ayudará en la lucha con
los pretendientes, XVI, 260, y, que tan pronto como ésta se lo inspire, le hará una señal á
Telémaco para que esconda las armas que hay en el palacio, XVI, 282; infunde Minerva dulce
sueño en los ojos de Penélope, XVI, 451; vuelve el porquerizo á la cabaña y Minerva, tocando á
Ulises con la varita, torna á convertirlo en un anciano harapiento, XVI, 454; Minerva circunda de
gracia divinal á Telémaco cuando éste se encamina al ágora, XVII, 63; incita á Ulises á que pida
limosna á los pretendientes, XVII, 360 á 362; le aumenta la robustez del cuerpo cuando el héroe
va á luchar con Iro, XVIII, 69 y 70; había de detener á Anfínomo para que éste cayera vencido por
Telémaco, XVIII, 155 y 156; inspira á Penélope el deseo de mostrarse á los pretendientes, XVIII,
158 á 160; le infunde dulce sueño, la lava y hermosea, y parte en seguida, XVIII, 187 á 197;
invócala Telémaco, XVIII, 235; no permite que los pretendientes se abstengan de la injuria,
XVIII, 346 y 347; XX, 284 y 285; Ulises medita con Minerva la matanza de los pretendientes,
XIX, 2, 52 ; la diosa alumbra con lámpara de oro á Ulises y Telémaco que esconden las armas,
XIX, 33 y 34; distrae á Penélope cuando Ulises es reconocido por Euriclea, XIX, 479; y así que la
reina sube á su habitación, le infunde dulce sueño, XIX, 604; aparécese á Ulises, transfigurada en
mujer, le consuela prometiéndole su ayuda, le infunde sueño y se va al Olimpo, XX, 30 á 55;
adiestró á las hijas de Pandáreo en primorosas labores, XX, 72; mueve á los pretendientes á una
risa inextinguible y les perturba momentáneamente la razón, XX, 345 y 346; inspira á Penélope
que les proponga á los pretendientes la prueba del arco, XXI, 1 á 4; difunde en los ojos de
Penélope el dulce sueño, XXI, 357 y 358; en la matanza de los pretendientes, primero aparece,
transfigurada en Méntor, é increpa á Ulises para animarle, XXII, 205, 210, 224 á 235; después se
transforma en golondrina y se posa en una viga, XXII, 239 y 240, hace que resulten vanos los tiros
de los pretendientes, XXII, 256, 273, y por fin levanta la égida y espanta á los pretendientes que

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son muertos por Ulises y los suyos, XXII, 297 á 309; realza la hermosura de Ulises, XXIII, 156 á
162; alarga la noche en que se verifica el reconocimiento de Ulises por Penélope, XXIII, 242 á
245; cubre con obscura nube á Ulises y los suyos cuando, al día siguiente de la matanza, salen al
campo, XXIII, 371 y 372; hace que Laertes aparezca más alto y más grueso al salir del baño,
XXIV, 367 á 369; la invoca Laertes XXIV, 376; inquiere la voluntad de Júpiter acerca de la lucha
de Ulises con los itacenses y, al oir que el dios le aconseja el restablecimiento de la paz, desciende
á Ítaca, XXIV, 472 á 488; cuando Ulises y los suyos salen de la casa para pelear, se les acerca la
diosa, transfigurada en Méntor, y aquél, al verla, se regocija, XXIV, 502 á 504; Minerva se detiene
junto á Laertes, le exhorta á invocarla á ella misma, le infunde gran valor, y Laertes mata á
Eupites, XXIV, 516 á 523; Ulises y los suyos hubieran muerto á todos los enemigos, si Minerva
no hubiese mandado á los itacenses que cesaran de pelear, XXIV, 528 á 533; Minerva detiene
asimismo á Ulises y hace jurar la paz á entrambas partes, con lo cual termina la Odisea, XXIV,
541 á 548.
Minos (Μίνως): Rey de Creta, hijo de Júpiter y de Europa. Á su hija Ariadna, Teseo se la llevó de
Creta, XI, 321 á 323; Minos administra justicia á los muertos, XI, 568 á 571; su linaje está en
Creta, XVII, 523; conversaba con Júpiter y reinó nueve años en Cnoso, XIX, 178 á 180.
Mulio (Μούλιος): Heraldo duliquiense y criado de Anfínomo. Sirve el vino á los pretendientes,
XVIII, 423 á 425.

Nadie (Οὖτις): Nombre que se atribuye Ulises para engañar al Ciclope, XI, 366, 369, 408, 455, 460.
(Véase Ulises.)
Naubólides (Ναυβολίδης): Uno de los jóvenes feacios que toman parte en los juegos celebrados ante
Ulises. Era el más gallardo, si se exceptúa á Laodamante, VIII, 116 y 117.
Nausícaa (Ναυσικάα): Hija hermosísima de Alcínoo y de Arete, reyes de los feacios. Está durmiendo
cuando se le aparece Minerva, transfigurada en la hija de Dimante, y le aconseja que vaya con las
esclavas á lavar la ropa á orillas del río, VI, 15 á 47; pide á su padre un carro, pone en el mismo
los vestidos, parte con las esclavas, llegan al río, lavan la ropa, se bañan, comen, y juegan á la
pelota, pero ésta cae en el río y gritan todas despertando á Ulises, VI, 48 á 118; al presentarse
Ulises, huyen las esclavas, y Nausícaa se queda inmóvil, porque Minerva le da ánimo, oye la
súplica del héroe, le dice que aquél es el país de los feacios y ella la hija de Alcínoo, y, por su
orden, las esclavas llevan á Ulises á que se bañe, le dan un vestido y le sirven comida, VI, 127 á
150; Nausícaa pone en el carro la ropa lavada, le dice á Ulises que las siga y se quede en el bosque
de Minerva hasta que ellas hayan entrado en la población, y que luego pregunte por el palacio de
Alcínoo y, en llegando, implore á la reina Arete, VI, 251 á 315; Nausícaa aguija con discreción á
las mulas, para que puedan seguirle Ulises y las esclavas, VI, 316 á 320; llega Nausícaa al palacio
de Alcínoo y, mientras sus hermanos desuncen las mulas y llevan adentro los vestidos, se va á su
cuarto donde Eurimedusa le encendía fuego y le aparejaba la cena, VII, 1 á 13; cuenta Ulises á
Alcínoo y á Arete cómo imploró á Nausícaa y ésta mandó que lo lavaran y le dieran vestido y
comida, VII, 290 á 296; Alcínoo censura á su hija porque no le trajo á Ulises con las esclavas y el
héroe la excusa, VII, 298 á 307; expresa Alcínoo su deseo de que Ulises se case con Nausícaa,
VII, 311 á 315; Nausícaa contempla con admiración á Ulises, que sale del baño, le saluda, y le
pide que se acuerde de ella, ya que le debe el rescate de la vida; y Ulises promete invocarla todos
los días como á una diosa, VIII, 457 á 468.
Nausítoo (Ναυσίθοος): Antiguo rey de los feacios. Fué hijo de Neptuno y de Peribea, padre de
Rexénor y de Alcínoo y abuelo de Arete. Llevó á los feacios de la espaciosa Hiperea á Esqueria,
donde edificó una ciudad y repartió los campos, VI, 7 á 10; su genealogía, VII, 56 á 66; dijo que
Neptuno miraba con malos ojos á los feacios porque conducían á todos los hombres, y vaticinó
que aquel dios haría naufragar una nave de los feacios y cubriría la vista de la ciudad con una gran
montaña, VIII, 565 á 569; XIII, 172 á 178.

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Nauteo (Ναυτεύς): Uno de los jóvenes feacios que toman parte en los juegos celebrados ante Ulises,
VIII, 112.
Neera (Νέαιρα): Ninfa, de la cual tuvo el Sol dos hijas: Faetusa y Lampetia, XII, 132 y 133.
Neleo (Νηλεύς): Antiguo rey de Pilos. Fué hijo de Neptuno y de Tiro, la hija de Salmoneo, hermano
de Pelias, esposo de Cloris y padre de Néstor, de Cromio, de Periclímeno y de la bellísima Pero
(según la Ilíada XI, 692, fueron doce los hijos de Neleo). Pilos es llamada la bien construída
ciudad de Neleo, III, 4; sentábase Neleo, consejero igual á los dioses, en unas piedras
pulimentadas que estaban junto al portón de su casa, III, 406 á 409; Ulises ve en el Orco á Tiro, la
cual concibió de Neptuno á Pelias y á Neleo, XI, 235 á 257; ve luego á Cloris que tuvo de Neleo
hijos ilustres: Néstor, Cromio, el arrogante Periclímeno y la ilustre Pero, encanto de los mortales,
XI, 281 á 287; Neleo se empeñó en no dar su hija Pero sino á quien le trajese de Fílace las vacas
de Ificlo, XI, 288 á 291; Melampo salió de Pilos huyendo de Neleo, que le retuvo los bienes
durante el año que aquel pasó encadenado en el palacio de Fílaco, por la falta que cometiera para
alcanzar la hija de dicho rey, á quien castigó, XV, 226 á 238.
Nelida (Νηληϊάδης): Hijo de Neleo. Nombre patronímico de Néstor, III, 79, 202, 247, 465.
Neoptólemo (Νεοπτόλεμος): Hijo de Aquiles y de Deidamia. Volvió indemne de Troya á su patria,
III, 188 y 189; toma por esposa á Hermione, hija de Menelao y de Helena, IV, 5 á 9; sus hazañas
son referidas por Ulises á Aquiles en el Orco, XI, 504 á 536.
Neptuno (Ποσειδάων): Dios del mar, hijo de Saturno y de Rea, hermano de Júpiter. Todos los dioses
compadecen á Ulises, detenido en la isla de Calipso, menos Neptuno que permaneció irritado
contra Ulises hasta que el héroe volvió á la patria, I, 19 á 21; en ausencia de Neptuno, los dioses
se reúnen y acuerdan que Ulises vuelva á la patria, I, 22 á 79; Telémaco y Méntor (Minerva)
llegan á Pilos cuando los habitantes celebran un sacrificio á Neptuno, Pisístrato les invita á orar al
dios, y Minerva lleva á cumplimiento lo que ella misma pide en la súplica, III, 5 á 62; Proteo es
servidor de Neptuno, IV, 38, y 386; Neptuno acercó á Ayax á las rocas Giras, sacándolo incólume
del mar; pero, como el héroe profiriera jactanciosas palabras, el dios golpeó con el tridente la roca,
y el pedazo en que Ayax se había sentado cayó en el mar arrastrándolo, IV, 499 á 509; al volver de
Etiopía, Neptuno ve á Ulises en el mar, cerca del país de los feacios, promueve una tempestad, y
se encamina á Egas, V, 282 á 381; Ulises teme que le acometa algún monstruo marino porque
Neptuno está enojado con él, V, 422 y 423; dice Ulises al dios del río, por donde sale del mar, que
llega á él huyendo del ponto y de las amenazas de Neptuno, V, 445 y 446; el ágora de los feacios
se halla cabe á un templo de Neptuno, VI, 266; Ulises ora á Minerva, que no se le aparece porque
teme á Neptuno, VI, 323 á 331; los feacios atraviesan el mar en sus bajeles, por concesión de
Neptuno, VII, 35 y 36; Neptuno, engendró en Peribea á Nausítoo, VII, 56 á 62; cuenta Ulises que
Neptuno le suscitó grandes trabajos, conmoviendo el mar, VII, 271 á 273; cuando Vulcano llama á
los dioses para que presencien el adulterio de Venus, Neptuno comparece, ruega á Vulcano que
ponga en libertad á los culpables y se constituye en fiador de Marte, VIII, 322 á 356; dijo
Nausítoo que Neptuno miraba con malos ojos á los feacios porque conducían á todos los hombres,
y vaticinó que el dios haría naufragar una nave de los feacios y cubriría la vista de la ciudad con
una montaña, VIII, 565 á 569; XIII, 173 á 177; dice Ulises al Ciclope que Neptuno le ha estrellado
la nave contra las rocas, IX, 283 á 285; los demás Ciclopes aconsejan á Polifemo que ruegue á su
padre Neptuno, IX, 412; se gloría el Ciclope de ser hijo de Neptuno, IX, 517 á 521; dice Ulises á
Polifemo que ni el mismo Neptuno le curará el ojo, IX, 525; pide el Ciclope á Neptuno que Ulises
no vuelva á Ítaca ó pierda antes la nave y los compañeros, IX, 526 á 535; dice Tiresias á Ulises
que Neptuno le dificultará la vuelta, XI, 101 á 103; recomienda Tiresias á Ulises que sacrifique á
Neptuno un carnero, un toro y un verraco, XI, 130 y 131; XXIII, 277 y 278; Neptuno, tomando la
figura de Enipeo, se acostó con Tiro y engendró á Pelias y á Neleo, XI, 241 á 254; Ulises pregunta
á Agamenón, en el Orco, si fué Neptuno quien le mató en sus naves, y el Atrida le contesta
negativamente, XI, 399, 406; dice Circe á Ulises que cuando Caribdis sorbe el agua, ni Neptuno
podría librarle de la perdición, XII, 107; Neptuno se queja á Júpiter de que los feacios hayan

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conducido á Ulises á su patria, el padre de los dioses le dice que haga naufragar la nave y cubra la
vista de la ciudad con una montaña, y Neptuno convierte la nave en un peñasco, XIII, 125 á 183;
los feacios ofrecen un sacrificio á Neptuno para que este dios no les cubra la vista de la ciudad con
una montaña, XIII, 185 á 187; dice Minerva á Ulises que no se le ha mostrado anteriormente
porque no quería luchar con Neptuno, XIII, 340 á 343; así como la tierra aparece grata á los que
vienen nadando porque Neptuno les hundió el bajel; así le era agradable á Penélope la vista del
esposo, XXIII, 233 á 239; pregunta Agamenón á Anfimedonte, al ver entrar tantos jóvenes en el
Orco, si Neptuno los hizo sucumbir, XXIV, 109 y 110.
Nérico (Νήρικος): Ciudad de los cefalenos, que tomó Laertes, XXIV, 377.
Nérito (Νήριτον): Monte de Ítaca, IX, 22; XIII, 351.
Nérito (Νήριτος): Itacense, hijo de Pterelao. Juntamente con sus hermanos Ítaco y Políctor construyó
la fuente que había en los alrededores de Ítaca, XVII, 207.
Néstor (Νέστωρ): Rey de Pilos, hijo de Neleo y de Cloris, hermano de Cromio, de Periclímeno y de
Pero, esposo de Eurídice y padre de Antíloco, de Pisístrato, de Trasimedes, de Policasta, y también
de Perseo, que tuvo de otra mujer. Minerva, transfigurada en Mentes, aconseja á Telémaco que
vaya á preguntar á Néstor si sabe algo de Ulises, I, 284; llegan Telémaco y Méntor (Minerva) á
Pilos cuando Néstor y los demás habitantes ofrecen un sacrificio á Neptuno, III, 4 á 33; pide
Méntor (Minerva) á Neptuno que colme de gloria á Néstor, III, 57; Néstor pregunta á Telémaco y
á Méntor (Minerva) quiénes son, les refiere cómo los aqueos partieron de Troya, después de tomar
esta ciudad, se lamenta de que los pretendientes hayan invadido el palacio de Ulises, y, á
instancias de Telémaco, relata la muerte de Agamenón, III, 69 á 312; Néstor aconseja á Telémaco
que vea á Menelao, y no le permite que se vaya á dormir á la nave, III, 313 á 328, 345 á 355;
Néstor, al reconocer á Minerva, dice á Telémaco que no será cobarde ni débil, puesto que le
acompañan las deidades, y ofrece celebrar un sacrificio en honor de la diosa, III, 373 á 384; vanse
todos al palacio y Néstor hace dormir á Telémaco en el pórtico, se acuesta en el interior, y, al día
siguiente, ofrece el sacrificio á Minerva, III, 386 á 463; Telémaco es lavado y ungido por
Policasta, hija de Néstor, y luego se sienta al lado del mismo, III, 464 á 469; Néstor manda que se
apareje un carro con sus corceles para que Telémaco y Pisístrato vayan á Lacedemonia, III, 474 á
476; Telémaco y el hijo de Néstor paran el carro en el vestíbulo de la casa de Menelao, IV, 20 á
22; habla Telémaco en voz baja al hijo de Néstor, IV, 69 y 70; dice Pisístrato á Menelao que
Néstor le ha enviado para que acompañe á Telémaco, IV, 161 y 162; el hijo de Néstor (Pisístrato)
llora al acordarse de Antíloco, IV, 186 y 187; dice Menelao que Júpiter ha concedido á Néstor
placentera vejez y que sus hijos sean discretos y belicosos, IV, 209 y 211; acuéstanse Telémaco y
el hijo de Néstor (Pisístrato) en el vestíbulo del palacio de Menelao, IV, 303; preguntó Menelao á
Proteo si habían vuelto salvos en sus galeras los aquivos á quienes Néstor y él dejaron al partir de
Troya, IV, 486 á 488; Ulises ve en el Orco á Cloris, la madre de Néstor, XI, 281 á 286; Minerva se
encamina al palacio de Menelao y halla á Telémaco y al hijo de Néstor (Pisístrato) acostados en el
vestíbulo, XV, 4 y 5; Menelao dice á Telémaco y á Pisístrato que lleven su saludo á Néstor, y el
primero ofrece cumplir el encargo, XV, 151 á 156; Telémaco pide al hijo de Néstor (Pisístrato)
que le deje embarcar antes de llegar á la ciudad, XV, 194 á 201; refiere Telémaco á Penélope que
fué á ver á Néstor, y que éste le trató como un padre al hijo que vuelve tras larga ausencia, XVII,
107 á 113.
Nestórida (Νεστορίδης): Hijo de Néstor. En la Odisea sólo se halla como nombre patronímico de
Pisístrato, III, 36, 482; IV, 71, 155; XV, 6, 44, 48, 166, 195, 202.
Neyo (Νήϊον): Monte de Ítaca, I, 186; á su pie está situada la ciudad, III, 81.
Niso (Νῖσος): Hijo de Areto y padre del pretendiente Anfínomo, XVI, 395; XVIII, 127, 413.
Noemón (Νοήμων): Hijo de Fronio. Minerva, habiendo tomado la figura de Telémaco, consigue que
Fronio le ceda la barca para el viaje á Pilos, II, 386 y 387; Fronio pregunta á Antínoo si sabe
cuándo volverá Telémaco, y le cuenta que le dió la barca y que con él se fueron los jóvenes más
señalados del pueblo, IV, 630 á 656.

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Océano (Ὠκεανός): Hijo del Cielo y esposo de Tetis (Τηθύς). Homero lo considera como un río que
ciñe la tierra, IV, 568; V, 275; X, 139, 508, 511; XI, 13, 21, 158, 639; XII, 1; XIX, 434; XX, 65;
XXII, 197; XXIII, 244, 347; XXIV, 11.
Ocíalo (Ὠκύαλος): Uno de los jóvenes feacios que toman parte en los juegos celebrados ante Ulises,
VIII, 111.
Ogigia (Ὠγυγίη): Isla donde vive la ninfa Calipso, I, 50 á 52, 85; IV, 556 y 557; V, 13 y 14, 55 á 75;
VI, 172; VII, 244, 254; XII, 448; XXIII, 333.
Oicleo (Ὀϊκλείης): Hijo de Antífates y padre de Anfiarao, XV, 243.
Olimpo (Ὄλυμπος y Οὔλυμπος): Monte de Tesalia, morada de los dioses superiores, I, 102; VI, 42,
240; VIII, 331; X, 307; XI, 313, 315; XII, 337; XIV, 394; XV, 43; XVIII, 180; XX, 55, 73, 103;
XXIV, 351, 488.
Onetórida (Ὀνητορίδης): Hijo de Onétor. Nombre patronímico de Frontis, III, 282.
Ops (Ὦψ): Hijo de Pisenor y padre de Euriclea, I, 429; II, 347; XX, 148.
Orco (Ἀΐδης y Ἄϊς): El nombre Ἀΐδης ó Ἄϊς, que es el de Plutón, designa muchas veces el lugar en
que está el infierno; usándose solo ó con la palabra δóμος (εἰν Ἀΐδαο δόμοσιν, en las mansiones de
Plutón, etc.). Cuando va solo se ha traducido por Orco, y es en los siguientes versos: III, 410; VI,
11; X, 502, 560; XI, 65, 625, 635; XII, 17; XIV, 156. Para las restantes citas, véase la palabra
Plutón.
Orcómeno (Ὀρχομενός): Ciudad de Beocia, XI, 284, 459.
Orestes (Ὀρέστης): Hijo de Agamenón y de Clitemnestra. Vengó el asesinato de Agamenón,
matando á Clitemnestra y á Egisto, á quien los propios dioses habían revelado lo que tenía que
ocurrir, I, 29 á 43; ¿no sabes, dice Méntor (Minerva) á Telémaco, cuánta gloria ha ganado Orestes
desde que mató á Egisto? I, 298 á 300; fué ocho años después que muriera Agamenón cuando
Orestes mató á Egisto y dió á los argivos el banquete fúnebre en las exequias del mismo y de
Clitemnestra, III, 306 á 310; le dijo Proteo á Menelao que, si Orestes se le adelantaba en matar á
Egisto, llegaría para el banquete fúnebre, IV, 546 y 547; el alma de Agamenón pregunta á Ulises
dónde está Orestes, puesto que no ha desaparecido aún de la tierra, XI, 457 á 461.
Orión (Ὠρίων):
1) Amante de la Aurora, muerto en Ortigia por Diana, V, 121 á 124.
2) Constelación, V, 274.
3) Cazador gigantesco. Oto y Efialtes eran los mayores hombres de la tierra, si se exceptúa á
Orión, XI, 310; Ulises ve en el Orco al gigantesco Orión, que persigue á las fieras con una clava
de bronce, XI, 572 á 575.
Orménida (Ὀρμενίδης): Hijo de Órmeno. Nombre patronímico de Ctesio, XV, 414.
Orsíloco (Ὀρσίλοχος):
1) Hijo del río Alfeo y padre de Diocles, III, 488 y 489; XV, 186 y 187. En su casa
encontráronse Ulises é Ífito, XXI, 16.
2) Hijo atribuído á Idomeneo por Ulises en la fingida relación que hace este héroe á Minerva
transfigurada en joven pastor, XIII, 259 y 260.
Ortigia (Ὀρτυγίη): Isla fabulosa junto á Siria ó, según otros, isleta cercana á Delos, V, 123; XV, 404.
Osa (Ὄσσα): Monte de Tesalia, XI, 315.
Oto (Ὦτος): Hijo de Ifimedia y de Aloeo ó de Neptuno. Él y su hermano Efialtes fueron los hombres
más altos de su tiempo, si se exceptúa á Orión; amenazaron á los dioses; y quisieron poner encima
del Olimpo el Osa y arriba el Pelión para escalar el cielo, y lo hubieran conseguido si Júpiter no
les hubiese dado muerte, XI, 305 á 320.

Pafos (Πάφος) Ciudad de Chipre, VIII, 363.
Palas (Παλλάς): Epíteto de Minerva, I, 125, 252, 327; II, 405; III, 29, 42, 222, 385; IV, 289, 828; VI,
233, 328; VII, 37; VIII, 7; XI, 547; XIII, 190, 252, 300, 371; XV, 1; XIX, 33; XX, 345; XXIII,
160; XXIV, 520, 547.

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Pandáreo (Πανδάρεος): Hijo de Mérope y de Merops ó de Mercurio. Su hija Aedón, transformada
en ruiseñor, canta llorando á Ítilo, el vástago que tuvo del rey Zeto, XIX, 518; cuando las hijas de
Pandáreo se quedaron huérfanas, criólas Venus con queso, miel y vino, y las favorecieron Juno,
Diana y Minerva; pero, mientras Venus iba á pedir para ellas florecientes nupcias, arrebatáronlas
las Harpías y las dieron á las Furias como esclavas, XX, 66 á 78.
Panopeo (Πανοπεύς): Ciudad de Fócide, XI, 581.
Parnaso (Παρνησός): Monte de Beocia, XIX, 394, 411, 432; XXI, 220; XXIV, 332.
Patroclo (Πάτροκλος): Hijo de Menetio y compañero predilecto de Aquiles. Néstor le llama
consejero igual á los dioses al nombrarle entre los que murieron en Troya, III, 110; el alma de
Patroclo se le aparece á Ulises en el Orco, XI, 468; la misma está con Aquiles, Antíloco y Ayax
cuando llegan al Orco las almas de los pretendientes, XXIV, 16; los restos de Patroclo fueron
depositados en una urna de oro, juntamente con los de Aquiles, XXIV, 77.
Peante (Ποιάντος υἱός = hijo de Peante). Padre de Filoctetes, el célebre arquero, III, 190.
Peleo (Πηλεύς): Rey de los mirmidones, hijo de Éaco, marido de Tetis y padre de Aquiles, XI, 478;
XXIV, 36. El alma de Aquiles pregunta á Ulises si Peleo conserva la dignidad real entre los
mirmidones, XI, 494 y 495, y Ulises responde que nada sabe del mismo, XI, 505.
Pelias (Πελίας): Hijo de Neptuno y de Tiro, hermano de Neleo y padre de Alcestes. Vivió en Yaolco,
XI, 235 á 257.
Pelida (Πηλείδης y Πηλείων): Hijo de Peleo. Nombre patronímico de Aquiles, V, 310; VIII, 75; XI,
467, 470, 551, 557; XXIV, 15, 18, 23.
Pelión (Πήλιον): Monte de Tesalia, XI, 316.
Penélope (Πηνελόπεια): Hija de Icario y de Peribea, hermana de Iftima y de cinco varones, esposa
castísima de Ulises y madre de Telémaco. Dice Mentes (Minerva) á Telémaco que los dioses no
deben de haber dispuesto que su linaje sea obscuro cuando Penélope lo ha parido cual es, I, 221 á
223; Penélope oye cantar á Femio la vuelta de los aqueos, baja de su habitación, con dos esclavas,
pide al aedo que cambie de asunto, oye las palabras que le dice Telémaco, vuelve á su cuarto y
llora por Ulises, I, 328 á 364; los pretendientes mueven alboroto, deseando acostarse con
Penélope, I, 365 y 366; Penélope daba esperanzas á todos los pretendientes, les dijo que
aguardaran á que labrase un sudario para Laertes, y por la noche deshacía lo tejido durante el día
hasta que aquéllos la sorprendieron destejiendo la tela y hubo de acabarla, mal de su grado, II, 91
á 110; XIX, 137 á 156; XXIV, 126 á 146; aconseja Antínoo á Telémaco que Penélope vuelva al
palacio de su padre, donde le prepararán el casamiento, pues de lo contrario los pretendientes no
se retirarán y arruinarán la casa, aunque ella alcance inmensa gloria, II, 113 á 126; dice Méntor
(Minerva) á Telémaco que si no es hijo de Ulises y de Penélope no realizará el viaje á Pilos y á
Esparta, II, 274 y 275; dice Menelao que seguramente Laertes, Penélope y Telémaco lloran por
Ulises, IV, 110 á 112; Penélope se entera de la partida de Telémaco y de la conspiración de los
pretendientes para matarlo, llora, se queja porque las esclavas no la han avisado, y quiere mandar
un recado á Laertes; Euriclea se disculpa y le aconseja que suba á lo alto de la casa y ofrezca un
sacrificio á Minerva; Penélope lo hace así, se adormece y Minerva le envía un fantasma para
decirle que Telémaco volverá sano y salvo; despierta Penélope y se huelga del ensueño que ha
tenido, IV, 675 á 841; dice Ulises á Calipso que, con efecto, Penélope es inferior á la ninfa en
belleza y en estatura, V, 215 á 218; dice Agamenón á Ulises, en el Orco, que no ha de temer la
muerte de parte de Penélope, á quien dejaron recién casada al partir para la guerra, pues es muy
sensata y razonable, XI, 444 á 448; encarga Minerva á Ulises que se llegue ante todo al
porquerizo, que le tiene afecto y adora á su hijo y á Penélope, XIII, 404 á 406; dice Eumeo que
desea la vuelta de Ulises, como Penélope, Laertes y Telémaco, XIV, 171 á 173; dice Eumeo que
sólo va á la ciudad cuando le llama Penélope porque le traen alguna noticia, XIV, 372 á 374;
encarga Minerva á Telémaco que, cuando llegue á la majada del porquerizo, lo envíe á decirle á
Penélope que ha llegado de Pilos, XV, 40 á 42; dice el mendigo (Ulises) á Eumeo, que desea ir á
comunicar nuevas á Penélope, XV, 314; ordena Telémaco á Eumeo que vaya á decirle á Penélope

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que ha llegado sano y salvo de Pilos, XVI, 130 y 131; manda Ulises á su hijo, al dársele á conocer,
que nadie sepa su llegada, ni siquiera Penélope, XVI, 301 á 303; los compañeros de Telémaco, al
llegar á la ciudad, envían un heraldo á Penélope para anunciarle la vuelta de su hijo, encuéntranse
el heraldo y el porquerizo y ambos dan la noticia á la reina, XVI, 328 á 341; Anfínomo es el
pretendiente más grato á Penélope, XVI, 396 y 397; Penélope decide mostrarse á los
pretendientes, increpa á Antínoo porque quiere matar á Telémaco, oye á Eurímaco que intenta
tranquilizarla, y vuelve á su habitación donde llora por Ulises, XVI, 409 á 451; Minerva
transforma nuevamente á Ulises en mendigo para evitar que Eumeo, al reconocerle, vaya á
anunciárselo á Penélope, XVI, 455 á 459; al llegar Telémaco al palacio, sale de su cuarto
Penélope, que parece Diana ó Venus, le besa sollozando, le pide que le cuente lo que ha visto y,
por su consejo, hace voto de sacrificar perfectas hecatombes á los dioses si Júpiter permite que se
cumpla la venganza, XVII, 36 á 60; Penélope se sienta junto á la mesa donde comen Telémaco y
Teoclímeno, hácele el primero una relación de su viaje á Pilos y á Esparta, vaticina el segundo la
vuelta de Ulises, y Penélope le dice que le haría muchos regalos si la predicción se cumpliese,
XVII, 101 á 165; dice Eumeo que no se preocupa porque Antínoo sea áspero con él, mientras le
vivan en el palacio Penélope y Telémaco, XVII, 388 á 391; Penélope, al enterarse de que Antínoo
ha herido al mendigo, dice que ojalá Apolo le hiriera á él de la misma manera, y añade luego que
todos los pretendientes son aborrecibles pero Antínoo casi tanto como la Parca, XVII, 492 á 505;
Penélope encarga á Eumeo que le traiga el mendigo (Ulises), estornuda Telémaco, lo cual
considera la reina como buen agüero, el mendigo dice que Penélope aguarde hasta la puesta del
sol porque teme á los pretendientes, y Penélope se admira de la sensatez del forastero, XVII, 506 á
588; Penélope, por inspiración de Minerva, quiere mostrarse á los pretendientes para aconsejar á
Telémaco; es hermoseada por Minerva, baja de su aposento, con dos esclavas, y reprende á
Telémaco por haber dejado maltratar al huésped; Eurímaco dice á Penélope que si todos los
aqueos la vieran, más serían los pretendientes, y ella responde que su belleza pereció al partir
Ulises y que antes los pretendientes obsequiaban con regalos á la mujer que se proponían
alcanzar; todos los pretendientes mandan á sus criados que traigan presentes para Penélope, y ésta
vuelve á su habitación con las criadas, que se llevan los regalos, XVIII, 158 á 303; Penélope había
criado á Melanto como si fuese hija suya, pero ésta no compartía los pesares de su señora y se
juntaba con Eurímaco, XVIII, 322 á 325; sale de su cuarto Penélope, que parece Diana ó Venus,
reprende á Melanto porque increpaba al mendigo (Ulises), habla con éste, lamentándose de los
pretendientes y explicándole el artificio á que acudió de labrar una tela que deshacía por la noche,
oye el fingido relato que de sus aventuras hace el mendigo y, como le dice que había hospedado á
Ulises, pregúntale qué vestidos llevaba; manifiesta al mendigo que en adelante será querido y
venerado en la casa, manda que lo laven y le aparejen un lecho, está distraída por Minerva cuando
Euriclea reconoce á Ulises, y, después de declarar que siempre se halla afligida, refiere un
ensueño que ha tenido, decide casarse con el que logre tender el arco de Ulises, y vuelve á su
habitación donde se echa á llorar por su marido hasta que Minerva le envía dulce sueño, XIX, 53 á
381, 476 á 604; Penélope manda colocar su magnífico sillón enfrente de los pretendientes y oye
cuanto se dice en la sala, XX, 387 á 389; Minerva inspira á Penélope la idea de sacarles el arco y
las segures de Ulises á los pretendientes, y la reina se va al aposento más interior del palacio, toma
el arco y la aljaba, llora, y les habla á los pretendientes diciendo que se irá con el que venza en el
certamen, XXI, 1 á 14, 42 á 79; Antínoo reprocha á Eumeo y á Filetio porque, llorando,
conmueven el ánimo de Penélope, XXI, 85 á 88; dice Telémaco que Júpiter le ha vuelto el juicio,
pues oye decir á su madre que se quiere ir de la casa y ríe y se deleita con ánimo insensato, XXI,
102 á 105; dice Liodes, después que ha probado inútilmente de armar el arco, que cada cual espera
casarse con Penélope, pero, así que intente armar el arco, verá que puede dedicarse á pretender á
otra aquiva, XXI, 157 á 162; Penélope reprende á Antínoo, que no quiere que se le entregue el
arco al mendigo (Ulises), manda que se lo den y promete regalarle un manto y una túnica si
consigue armarlo, XXI, 311 á 342; Telémaco dice á su madre que quien dispone del arco es él, le

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aconseja que torne á sus labores, y Penélope vuelve á su cuarto y llora por Ulises hasta que
Minerva la adormece, XXI, 343 á 358; dice Euriclea á Ulises que de las cincuenta esclavas del
palacio, doce se entregaron á la impudencia, no respetándola á ella ni á Penélope, XXII, 424 y
425; después de la matanza de los pretendientes, dice Ulises á Euriclea que mande á Penélope que
se presente con las esclavas, XXII, 482 á 484; Euriclea se inclina sobre la cabeza de Penélope, que
está dormida, y le dice que Ulises ha vuelto y ha dado muerte á los pretendientes; y la reina,
figurándose que habrá sido alguna deidad, decide bajar á la sala para ver muertos á los
pretendientes y á quien los ha matado, XXIII, 4 á 84; entra Penélope en la sala, unas veces cree
reconocer á Ulises, y otras le parece que no es el héroe; repréndela Telémaco por su frialdad, y
contesta que si el forastero es Ulises se reconocerán luego porque hay señales que sólo ellos
saben, XXIII, 84 á 110; al oir la cítara y el ruido del baile, los que pasaban junto al palacio de
Ulises, creían que se celebraba el casamiento de Penélope, XXIII, 149 á 151; Ulises, después de
bañarse, se sienta enfrente de Penélope y le reprocha su frialdad; la reina, para probarle, manda
que saquen la cama de Ulises fuera del cuarto; el héroe se extraña, porque la misma está fabricada
sobre un pie de olivo; Penélope que, con esto, adquiere la certeza de que aquél es su marido,
abraza y besa á Ulises; lloran ambos; Minerva alarga la noche; Ulises refiere lo que le encargó
Tiresias; ambos esposos se van á la cama, alumbrados por Eurínome y, después de disfrutar del
amor, refiérense cuanto han tenido que padecer durante los veinte años que han estado separados,
XXIII, 164 á 343; Ulises, al levantarse, dice á Penélope que le cuide los bienes, que él repondrá
las reses que le han comido los pretendientes, que se va á ver á su padre Laertes, y que ella se esté
quieta en los altos de la casa sin mirar á nadie ni preguntar nada, XXIII, 344 á 365; Anfimedonte
cuenta, en el Orco, á Agamenón, que pretendían á Penélope, que ésta no rechazaba las nupcias ni
quería celebrarlas, que para entretenerles labraba una tela que deshacía por la noche hasta que la
sorprendieron y hubo de acabarla mal de su grado, y que entonces llegó Ulises y los mató á todos,
XXIV, 125 á 181; Agamenón considera feliz á Ulises por haber tenido una mujer tan virtuosa
como Penélope, y vaticina que los inmortales inspirarán á los hombres cantos graciosos en loor de
la discreta Penélope, XXIV, 192 á 198; Laertes, suponiendo que Ulises ha muerto, se lamenta de
que Penélope no haya podido gemir sobre el lecho fúnebre de su marido, XXIV, 294 y 295;
pregunta Dolio si Penélope sabe ya la llegada de Ulises y éste responde afirmativamente, XXIV,
404 á 407.
Peón (Παιήων): Médico de los dioses. Todos los egipcios son médicos porque proceden del linaje de
Peón, IV, 232.
Peribea (Περίβοια): Hija menor de Eurimedonte y madre de Nausítoo, que tuvo de Neptuno, VII, 56
á 59.
Periclímeno (Περικλύμενος): Hijo de Neleo y de Cloris, y hermano de Néstor y de Cromio, XI, 281
á 286.
Perimedes (Περιμήδης): Uno de los compañeros de Ulises. Junto con Euríloco, sostiene las víctimas
que sacrifica Ulises al llegar al Orco, XI, 23; y, más adelante, al pasar por junto á las Sirenas,
estrecha los lazos con los cuales está Ulises atado al mástil, XII, 195 y 196.
Pero (Πηρώ): Hija hermosísima de Neleo y de Cloris. Fué pretendida por todos los vecinos y Neleo
prometió dársela á quien le trajese las vacas de Ificlo, XI, 281 á 297; XV, 231 á 238.
Perse (Πέρση): Hija del Océano y madre de Circe y de Eetes, que tuvo del Sol, X, 135 á 139.
Perseo (Περσεύς): Hijo de Néstor y de Anaxibea. Sostiene el vaso para recoger la sangre de la
víctima en el sacrificio que Néstor ofrece á Minerva, III, 414, 444.
Pieria (Πιερίη): Comarca de Tesalia, V, 50.
Pilos (Πύλος): Región del Peloponeso occidental y ciudad de la misma, donde reinaba Néstor, I, 93,
284; II, 214, 308, 317, 326, 359; III, 4, 182, 485; IV, 599, 633, 639, 656, 702, 713; V, 20; X, 257,
285, 459; XIII, 274; XIV, 180; XV, 42, 193, 226, 236, 541; XVI, 131, 142, 323; XVII, 42, 109;
XXI, 108; XXIV, 152, 430.
Piriflegetón (Πυριφλεγέθων): Río del Orco, que desemboca en el Aqueronte, X, 513.

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Pirítoo (Πειρίθοος): Hijo de Júpiter y de Día, que luego fué mujer de Ixión. Ulises hubiera visto en
el Orco á Teseo y á Pirítoo, pero temió que Proserpina le enviara la cabeza de la Gorgona, XI, 630
á 635; Pirítoo era rey de los lapitas y, al casarse con Hipodamia, convidó á los centauros: uno de
ellos, Euritión, que se había embriagado, cometió perversas acciones y, como los héroes le
cortaran las orejas y las narices, se originó la guerra de los centauros contra los lapitas, XXI, 295 á
304.
Pisandro (Πείσανδρος): Uno de los pretendientes de Penélope. Era hijo de Políctor. Su esclavo le
trae un collar bellísimo que regala á Penélope, XVIII, 299 y 300; concita á los demás
pretendientes que aún viven para que combatan con Ulises y los suyos, XXII, 241 á 245; muere
atravesado por la lanza que le arroja el boyero, XXII, 268.
Pisenor (Πεισήνωρ):
1) Heraldo de Ítaca. Pone el cetro en la mano de Telémaco, cuando éste va á hablar en el ágora,
II, 38.
2) Padre de Ops, I, 429; II, 347; XX, 148.
Pisenórida (Πεισηνορίδης): Hijo de Pisenor. Nombre patronímico de Ops, I, 429; II, 347; XX, 148.
Pisístrato (Πεισίστρατος): Hijo de Néstor y de Eurídice. Cuando Telémaco y Méntor (Minerva)
llegan á Pilos, Pisístrato les sale al encuentro, los hace sentar en unas blandas pieles, al lado de
Trasimedes y de Néstor, y les entrega la copa para que hagan libaciones á Neptuno, III, 36 á 51;
Telémaco y Pisístrato duermen en el pórtico del palacio de Néstor, III, 397 á 401; Pisístrato y sus
cinco hermanos acompañan á Telémaco y lo hacen sentar junto á Néstor, III, 412 á 416; en el
sacrificio á Minerva, Pisístrato degüella la novilla, III, 454 y 455; sube luego con Telémaco al
carro, para emprender el viaje á Esparta, toma las riendas y azota á los caballos, III, 481 á 484;
oye á Telémaco que le manifiesta el asombro con que ve el palacio de Menelao, IV, 71 á 75; al
parecerle á Menelao que uno de los dos jóvenes es Telémaco, dice Pisístrato que así es y que él le
acompaña, por orden de Néstor, porque deseaba verle y pedirle consejo, IV, 155 á 167; Pisístrato
llora, acordándose de Antíloco, y propone que se deje para cuando se descubra la Aurora el llorar
á los muertos, IV, 186 á 202; Minerva, al ir á Lacedemonia para sugerir á Telémaco que se vuelva
á Ítaca, halla á Pisístrato dormido en el vestíbulo del palacio, XV, 4 á 6; Telémaco despierta á
Pisístrato, moviéndole con el pie, y le pide que se pongan en camino; y el hijo de Néstor le
responde que aguarde que aparezca la Aurora y que Menelao les traiga los presentes, XV, 44 á 55;
Pisístrato coloca en el carro los presentes de Menelao, y después, junto con Telémaco, come,
engancha los corceles y guía el carro por el vestíbulo y el pórtico, XV, 131 á 146; pregunta
Pisístrato á Menelao si el presagio que acaban de presenciar es para ellos, XV, 166 á 168;
cediendo á la petición de Telémaco, deja á éste y los regalos en la nave, antes de llegar á la ciudad,
y aconseja á Telémaco que se embarque pronto, XV, 202 á 216.
Pito (Πυθώ): Ciudad y región de Fócide al pie del Parnaso. Estaba consagrada á Apolo y más tarde
tomó el nombre de Delfos, VIII, 80; XI, 581.
Pléyades (Πληϊάδης): Grupo de estrellas en el cuerpo de la constelación Tauro, V, 272.
Plutón (Ἀΐδης y Ἄϊς): Dios del Orco, hijo de Saturno y de Rea. Ulises, aconsejado por Circe, manda
que se le hagan votos á Plutón al llegar al Orco; X, 534; XI, 47. Con la palabra δόμος expresa ó
tácita (por ejemplo πέμψαι δόμον Ἄϊδος εἴσω, enviar á la morada de Plutón, IX, 524), forma una
perífrasis que designa el infierno, IV, 834; IX, 524; X, 175, 491, 512, 564; XI, 69, 150, 164, 211,
277, 425, 571; XII, 21, 383; XIV, 208; XV, 350; XX, 208; XXIII, 252, 322; XXIV, 204, 264.
También se usa solo el nombre Ἀΐδης ó Ἄϊς para significar el infierno, en cual caso se ha
traducido por Orco (véase Orco).
Pólibo (Πόλυβος):
1) Príncipe egipcio, esposo de Alcandra. Regaló á Menelao dos bañeras de plata, dos trípodes y
diez talentos de oro, IV, 126 á 129.
2) Artífice feacio. Había hecho la pelota con que juegan Halio y Laodamante, VIII, 372 á 376.

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3) Padre del pretendiente Eurímaco, I, 399; XV, 519; XVI, 345, 434; XVIII, 349; XX, 359;
XXI, 320.
4) Uno de los pretendientes de Penélope. Concita á los demás pretendientes que aún viven,
para que combatan contra Ulises y los suyos, XXII, 241 á 245; muere herido por la lanza que le
arroja Eumeo, XXII, 284.
Policasta (Πολυκάστη): Hija menor de Néstor. Lava y unge á Telémaco, y le pone un hermoso
manto y una túnica, III, 464 á 467.
Políctor (Πολύκτωρ):
1) Hijo de Pterelao. Junto con sus hermanos Ítaco y Nérito construyó la fuente que había cerca
de Ítaca, XVIII, 207.
2) Padre del pretendiente Pisandro, XVIII, 299; XXII, 243.
Polictórida (Πολυκτορίδης): Hijo de Políctor. Nombre patronímico de Pisandro, XVIII, 299; XXII,
243.
Polidamna (Πολύδαμνα): Egipcia, mujer de Ton. Dió á Helena una droga que hace olvidar todos los
males, IV, 219 á 230.
Polifemo (Πολύφημος): Hijo de Neptuno y de Toosa, la hija de Forcis. Es uno de los Ciclopes,
llamados así, como dice Hesíodo (Teogonía, v. 144 y 145), porque tenían sólo un ojo redondo en
medio de la frente. Neptuno estaba irritado contra Ulises porque éste cegó al deiforme Polifemo,
el más fuerte de todos los ciclopes, hijo de Neptuno y de Toosa, I, 68 á 73; Ántifo, hijo de Egiptio,
fué el último de los compañeros de Ulises que se comió el Ciclope, II, 19 y 20; van Ulises y doce
de sus compañeros á la gruta de Polifemo, contemplan todas sus cosas, se comen algunos quesos y
le aguardan, IX, 193 á 233; llega Polifemo con el ganado y una gran carga de leña, cierra la
puerta, ordeña las ovejas, interroga á los griegos, dice, contestando á Ulises, que los ciclopes no se
cuidan de Júpiter ni de los dioses, le pregunta dónde dejó la nave, echa mano á dos de los griegos,
se los come y se acuesta, mientras los demás se desesperan y Ulises piensa en matarlo, pero no lo
hace por el temor de no poder salir del antro, IX, 233 á 306; al día siguiente, ordeña las ovejas, se
come otros dos individuos y saca el ganado; Ulises aguza una estaca; vuelve Polifemo al atardecer
y se come otros dos hombres; Ulises le ofrece vino que el Ciclope bebe con avidez, preguntando á
Ulises cómo se llama para darle un presente de hospitalidad; Ulises responde que se llama Nadie y
Polifemo le concede, como presente, que será el último á quien se coma; duérmese Polifemo y
Ulises calienta la estaca y se la hinca en el ojo, con la ayuda de los compañeros; Polifemo da
gritos, acuden los otros ciclopes y, al preguntarle qué le ocurre, responde que Nadie le mata, con
lo cual se vuelven sus compañeros; Polifemo se pone en la puerta, tendiendo los brazos para que
no salgan con el ganado Ulises y los suyos, pero el héroe ata á los suyos á la barriga de los
carneros y así salen todos; cuando los griegos se han dado á la vela, Ulises increpa á Polifemo por
su comportamiento, y el Ciclope le tira la cumbre de una montaña; vuelve á hablarle Ulises para
que sepa quién le ha cegado, reconoce Polifemo que se han cumplido unos antiguos vaticinios y
dice á Ulises que vuelva; irritado por la respuesta del héroe, pide á Neptuno que Ulises no torne á
su patria ó, si esto no es posible, que pierda la nave y todos los compañeros, y les tira un peñasco
mayor que el de antes, IX, 233 á 542; Ulises y sus compañeros se reparten el ganado que le habían
quitado al Ciclope, IX, 548 y 549; cuando se trató de explorar la isla de Circe, á los griegos se les
quebraba el corazón, acordándose de las violencias del Ciclope, X, 200; Euríloco dice á sus
compañeros que si van al palacio de Circe, se repetirá lo que ocurrió con el Ciclope, X, 435 á 437;
al llegar á los escollos de Escila y Caribdis, dice Ulises que la desgracia que se les presenta no es
mayor que la sufrida cuando el Ciclope los encerró en su gruta, XII, 209 á 211; dice Ulises á su
corazón que sufra, pues fué todavía más vergonzoso lo que hubo de soportar cuando el Ciclope le
devoraba los compañeros, XX, 18 á 21; Ulises refiere á Penélope cuanto hizo el Ciclope y cómo él
tomó venganza de que le devorara los compañeros, XXIII, 312 y 313.
Polifides (Πολυφείδης): Hijo de Mantio y padre de Teoclímeno. Hízole Apolo el más excelente de
los adivinos; se irritó contra su padre y emigró á Hiperesia, donde daba oráculos á los mortales,

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XV, 249 á 256.
Políneo (Πολύνηος): Hijo de Tectón y padre de Anfíalo, VIII, 114.
Polipemónida (Πολυπεμονίδης): Hijo de Polipemón. Nombre patronímico de Afidante. Ambos
nombres los inventa Ulises, diciendo que son los de su padre, en la conversación que sostiene con
Laertes antes de darse á conocer al mismo, XXIV, 305.
Politersida (Πολυθερσείδης): Hijo de Politerses. Nombre patronímico de Ctesipo, usado por el
propio, XXII, 287.
Polites (Πολίτης): Uno de los compañeros de Ulises. Al llegar al palacio de Circe, aconseja que se
llame á esta ninfa, X, 224 á 228.
Pólux (Πολυδεύκης): Hijo de Júpiter y de Leda, hermano de Cástor, de Helena y de Clitemnestra,
excelente púgil. Cástor y Pólux viven y mueren alternativamente, es decir, el día en que el uno
está vivo, el otro está muerto; al día siguiente vive éste y muere aquél, y así sucesivamente, XI,
298 á 304.
Ponteo (Ποντεύς): Uno de los jóvenes feacios que toman parte en los juegos celebrados ante Ulises,
VIII, 113.
Pontónoo (Ποντόνοος): Heraldo del rey Alcínoo. Por orden de Alcínoo, mezcla el vino y lo
distribuye á los presentes, VII, 178 á 183; XIII, 49 á 54; coloca una silla para Demódoco, le
cuelga de un clavo la sonora cítara y le acerca una mesa con manjares y vino, VIII, 65 á 70; guía á
Demódoco al ágora por el camino por donde iban los feacios á admirar los juegos, VIII, 105 á
108; comparece con la cítara para que toque Demódoco, VIII, 261 y 262; preséntase con
Demódoco, en el palacio de Alcínoo, y hace sentar al aedo cabe á una excelsa columna, VIII, 471
á 473.
Pramnio (Πράμνειος): Según unos, llamábase así el vino de Pramne, monte de Caria; según otros, el
procedente de la colina de Pramnio de la isla de Icaria; según otros, el que producía una viña
llamada Pramnia; según Plinio, el que se hacía con las uvas de un lugar cercano á Esmirna, etc.
Circe confecciona el potaje para encantar á los compañeros de Ulises con vino de Pramnio, queso,
harina, miel fresca y drogas perniciosas, X, 234 á 236.
Príamo (Πρίαμος): Último rey de Troya. Sus ascendientes fueron: Laomedonte, Ilo, Tros, Erictonio y
Dárdano, hijo de Júpiter. Tuvo por esposa á Hécuba y fué padre de cincuenta hijos, entre ellos:
Héctor, Paris, Deífobo, Laódice y Casandra. Llámase á Troya la ciudad de Príamo, III, 107; V,
106; XI, 533; XIII, 316; XIV, 241; XXII, 230 ; era hija de Príamo, Casandra, á quien mató
Clitemnestra, XI, 421 á 423.
Primneo (Πρυμνεύς): Uno de los jóvenes feacios que toman parte en los juegos celebrados ante
Ulises, VIII, 112.
Procris (Πρόκρις): Hija de Erecteo, rey de Atenas, y esposa de Céfalo. Ulises ve el alma de Procris
en el Orco, XI, 321.
Proreo (Πρωρεύς): Uno de los jóvenes feacios que toman parte en los juegos celebrados ante Ulises,
VIII, 113.
Proserpina (Περσεφόνεια): Diosa, hija de Júpiter y de Ceres, y esposa de Plutón, X, 491, 494, 509,
534, 564; XI, 47, 213, 217, 226, 386, 635.
Proteo (Πρωτεύς): Dios marino, servidor ó hijo de Neptuno, y padre de Idotea. Al mediodía sale del
mar á la playa de Faros y duerme en medio de las focas, y cuando alguien intenta sujetarle se
convierte en algún animal, en agua, en fuego, etc.; Menelao y tres de sus compañeros se ponen en
acecho, por recomendación de Idotea, ocultos debajo de sendas pieles de foca; asen al anciano que
se transforma en león, en dragón, en pantera, en jabalí, en agua y en árbol, recobrando luego la
figura humana; y después Proteo, contestando á las preguntas de Menelao, dícele que ha de tornar
á Egipto y ofrecer sacrificios á los dioses, le cuenta la muerte de Ayax y la de Agamenón, le
refiere que Ulises está con la ninfa Calipso, y le asegura que los inmortales lo enviarán á los
Campos Elíseos por ser el marido de Helena y, por tanto, yerno de Júpiter, IV, 364 á 547.
Psiria (Ψυρίη νῆσος): Isla del mar Egeo, III, 171.

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Ptía (Φθίη): Región de Tesalia y ciudad de la misma, donde reinaba Peleo, XI, 496.

Quíos (Χίος): Isla cercana al Asia Menor, III, 170, 172.

Radamanto (Ῥαδάμανθυς): Hijo de Júpiter y de Europa, y hermano de Minos. Vive en los Campos
Elíseos, IV, 564; antiguamente los feacios lo llevaron á la Eubea, para que visitara á Ticio, VII,
323 y 324.
Retro (Ῥεῖθρον): Puerto de Ítaca, I, 186.
Rexénor (Ῥηξήνωρ): Hijo de Nausítoo, padre de Arete, y hermano y suegro del rey Alcínoo. Fué
muerto por Apolo, VII, 63 á 68, 146.
Roca de Léucade (Λευκὰς πέτρη): Roca que se halla en el camino por el cual Mercurio lleva las
almas al Orco, XXIV, 11. Según unos, debe su nombre al color (λευκὰς πέτρη = roca blanca);
creen otros que se llama así por empezar después de ella las tinieblas del Orco; hay quien opina
que el nombre λευκὰς procede del de una isla de los dioses, etc.

Salmoneo (Σαλμωνεύς): Hijo de Éolo y de Enarete, y padre de Tiro. Ulises vió el alma de ésta en el
Orco, XI, 235 á 237.
Same (Σάμη): Isla del mar Jónico, muy cercana á Ítaca, I, 246; IX, 24; XV, 367; XVI, 123, 249; XIX,
131; XX, 288.
Samos (Σάμος): Isla del mar Egeo. En la Odisea es sinónimo aquel nombre del de Same, IV, 671,
845; XV, 29.
Saturno (Κρόνος): Dios, padre de Júpiter, Neptuno, Plutón, Juno, Ceres y Vesta, XXI, 415.
Saturnio (Κρονίδης y Κρονίων): Hijo de Saturno. Nombre patronímico de Júpiter, Neptuno, Plutón,
Juno, Ceres y Vesta; cuando se usa por el nombre propio suele designar á Júpiter, I, 45, 81, 386;
III, 88, 119; IV, 207, 699; VIII, 289; IX, 552; X, 21; XI, 620; XII, 399, 405; XIII, 25; XIV, 184,
303, 406; XV, 477; XVI, 117, 291; XVII, 424; XVIII, 376; XIX, 80; XX, 236, 273; XXI, 102;
XXII, 51; XXIV, 472, 473, 539, 544.
Sicania (Σικανίη): La isla de Sicilia, XXIV, 307.
Sidón (Σιδονίη y Σιδών): Ciudad de Fenicia, XIII, 285; XV, 425.
Sirenas (Σειρῆνες): Doncellas fabulosas, que moraban en una isla, entre la de Circe y el escollo de
Escila, y encantaban con su dulce voz á los navegantes. Advierte Circe á Ulises que llegará á las
Sirenas, que hechizan con su sonora voz á cuantos las oyen; le recomienda que tape los oídos de
sus compañeros y que, si quiere oirlas, sea atado á la nave; y le indica que después de la isla de las
Sirenas llegará á las peñas Erráticas, XII, 39 á 61; refiere Ulises á sus compañeros lo que le había
encargado Circe, les tapa los oídos y les manda que lo aten al mástil; al pasar cerca de la isla, las
Sirenas cantan y le invitan á detenerse, Ulises hace una seña para que lo desliguen, y Perimedes y
Euríloco lo atan más reciamente, XII, 158 á 200; cuenta Ulises á Penélope cómo oyó el cantar de
las Sirenas, de voz sonora, XXIII, 326.
Siria (Συρίη): Una de las islas Cíclades, situada al N. de Ortigia. Había en ella dos ciudades y en
ambas reinaba Ctesio, padre del porquerizo Eumeo, XV, 403 á 414.
Sísifo (Σίσυφος): Hijo de Éolo, padre de Glauco y abuelo de Belerofonte. Está condenado en el Orco
á empujar una enorme piedra hacia la cumbre de un monte; cuando llega cerca de la misma, el
peñasco rueda á la llanura, y Sísifo vuelve á empujarlo nuevamente hacia la cumbre, XI, 593 á
600.
Sol (Ἥλιος y Ἠέλιος): Hijo de Hiperión y de Eurifaesa (ó de Tea, según Hesíodo: Teogonía, v. 371 á
374), hermano de la Aurora y de la Luna, y padre de Circe, de Eetes, de Faetusa y de Lampetia.
Los compañeros de Ulises perecieron, antes de volver á su patria, por haberse comido las vacas
del Sol, hijo de Hiperión, I, 7 á 9; el Sol delata á Vulcano el adulterio de Marte y Venus y, después

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que Vulcano ha puesto los hilos alrededor de la cama, está en acecho y le avisa cuando Marte
entra en la casa, VIII, 270 y 271, 320; Circe y Eetes son hijos del Sol y de la oceánida Perse, X,
135 á 139; recién llegados á la isla de Circe, habla Ulises á sus compañeros diciendo que no saben
por dónde el Sol se pone y por dónde vuelve á salir, X, 191 y 192; el Sol no alumbra nunca á los
cimerios, XI, 15 á 17; dice Tiresias á Ulises que si en la isla de Trinacria dejan indemnes las vacas
de Sol, llegarán á Ítaca y en otro caso el héroe perderá la nave y todos los compañeros, XI, 104 á
113; en la isla de Eea está el orto del Sol, XII, 4; advierte Circe á Ulises que llegará á la isla de
Trinacria, donde pacen las vacas y las ovejas del Sol, cuyas pastoras son Faetusa y Lampetia; que
si las dejan indemnes volverán á Ítaca y en otro caso el héroe perderá la nave y todos los
compañeros, XII, 127 á 141; Ulises funde cera con su fuerza y los rayos del Sol Hiperiónida, y
tapa los oídos de sus compañeros para que no oigan á las Sirenas, XII, 173 á 177; Ulises y los
suyos, después de pasar por Escila y Caribdis, llegan á la isla donde estaban las vacas y las ovejas
del Sol, y ya desde el mar oyen los mugidos y los balidos, XII, 260 á 266; Ulises, acordándose de
las advertencias de Tiresias y de Circe, quiere pasar de largo por la isla de Trinacria; pero Euríloco
se opone, y el héroe hace jurar á sus compañeros que no matarán ni una vaca ni una oveja, XII,
266 á 303; Ulises exhorta nuevamente á los suyos para que se abstengan de tocar las vacas y las
ovejas del Sol, que todo lo ve y todo lo oye, XII, 320 á 323; mientras Ulises se interna por la isla
de Trinacria, sus compañeros, aconsejados por Euríloco, matan y asan algunas de las vacas del
Sol, XII, 340 á 365; Lampetia lo participa al Sol, éste se queja á Júpiter, amenazándole con
descender á la morada de Plutón, y el padre de los dioses le promete despedir un rayo contra la
nave de Ulises y hacerla pedazos, XII, 374 á 388; durante seis días los compañeros de Ulises
celebran banquetes, comiéndose las mejores vacas del Sol, XII, 397 y 398; cuenta el mendigo
(Ulises) á Penélope que Ulises perdió la nave y los compañeros porque éstos mataron las vacas
del Sol, XIX, 273 á 276; refiere Ulises á Penélope cómo sus compañeros mataron las vacas del
Sol, XXIII, 329; las almas de los pretendientes, conducidas por Mercurio, pasan por las puertas
del Sol, antes de llegar al país de los Sueños y á la pradera de asfódelos donde residen las almas
de los difuntos, XXIV, 12.
Sunio (Σούνιον): Promontorio del Ática, III, 278.

Tafos (Τάφος): Isla del mar Jónico; la mayor de las llamadas Equínades, I, 417.
Taigeto (Τηύγετον): Monte de Laconia, VI, 103.
Tántalo (Τάνταλος): Rey de Sípilo (Frigia), hijo de Júpiter y padre de Pélope. Fué admitido al
banquete de los dioses pero, como revelara los secretos de éstos y hurtara néctar y ambrosía,
Júpiter le impuso un castigo que padece en el Orco. Cuenta Ulises á los reyes de los feacios que
en el Orco, vió á Tántalo el cual se halla sumergido en un lago cuya agua le llega á la barba y
tiene encima de su cabeza variadas frutas que cuelgan de altos árboles; pero, cuando padece sed y
se baja para beber, la tierra absorbe el agua, y cuando siente hambre y va á coger las frutas, el
viento se las lleva á las nubes, XI, 582 á 592.
Tebas (Θήβη y Θῆβαι):
1) Ciudad de Beocia. Tiene siete puertas y la fundaron y fortificaron Anfión y Zeto, XI, 262 á
265; descubierto el incesto de Epicasta con su hijo Edipo, éste siguió reinando en Tebas por los
funestos designios de las deidades, XI, 274 á 276; en Tebas murió Anfiarao á causa de los regalos
que su mujer recibiera, XV, 244 á 247.
2) Ciudad de Egipto. Era muy rica y en ella moraban Pólibo y su mujer Alcandra, que dieron á
Menelao y á Helena hermosos presentes, IV, 125 á 132.
Tectónida (Τεκτονίδης): Hijo de Tectón. Nombre patronímico de Políneo, VIII, 114.
Telamón (Τελαμών): Rey de Salamina, hijo de Éaco, hermano de Peleo y padre de Ayax y de Teucro,
XI, 553.
Teléfida (Τηλεφίδης): Hijo de Télefo. Nombre patronímico de Eurípilo, XI, 519 y 520.

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Telémaco (Τηλέμαχος): Hijo de Ulises y de Penélope. Hállase entre los pretendientes cuando ve en
el umbral á Minerva, transfigurada en Mentes, rey de los tafios: hácele entrar, lo sienta á la mesa,
le pregunta quién es, se lamenta de los pretendientes y escucha los consejos que le da de que reúna
el ágora, para echar á aquéllos, y haga un viaje á Pilos y á Esparta en busca de noticias de su
padre, I, 113 á 313; la diosa infunde á Telémaco valor y audacia, y Telémaco, que sospecha que ha
hablado con una deidad, se queda atónito y se junta con los pretendientes, I, 320 á 324; Telémaco,
al oir que Penélope reprende á Femio porque canta la vuelta de los aqueos, dice que no es culpable
el aedo, recomienda á su madre que torne á su habitación y dice que de hablar se cuidarán los
hombres y principalmente él, I, 345 á 359; Telémaco impone silencio á los pretendientes y les
anuncia que en el ágora les dirá que no vuelvan al palacio de Ulises, I, 368 á 380; los
pretendientes se admiran de la audacia de Telémaco, y Antínoo desea que no llegue á ser nunca
rey de Ítaca, I, 381 á 387; contesta Telémaco que le gustaría serlo, pero que reine cualquiera de los
aquivos y él será señor de su casa, I, 388 á 398; Eurímaco dice á Telémaco que nadie le disputará
los bienes y le pregunta por el huésped, y Telémaco le responde que es Mentes, rey de los tafios,
sin declararle que ha reconocido á Minerva, I, 399 á 420; Telémaco sube á su cuarto, acompañado
de Euriclea, se acuesta y pasa la noche pensando en el viaje que Minerva le aconsejara, I, 425 á
444; al descubrirse la aurora, Telémaco se levanta, se va al ágora y Minerva le adorna con gracia
divinal, II, 1 á 14; en el ágora, huélgase Telémaco de las palabras de buen presagio que pronuncia
Egiptio, quéjase de los pretendientes, pídeles que no sigan yendo al palacio, arroja el cetro en
tierra y nadie se atreve á contestarle, salvo Antínoo, II, 35 á 84; respondiendo á Antínoo, dice
Telémaco que nunca echará del palacio á su madre, amenaza á los pretendientes con invocar á los
dioses y así que concluye de hablar, Júpiter envíale dos águilas como presagio, II, 129 á 147; dice
Eurímaco á Haliterses que debía haber muerto como Ulises, porque así no incitaría á Telémaco, II,
183 á 185; aconseja Eurímaco á Telémaco que ordene á su madre que torne á la casa paterna á fin
de que le dispongan el casamiento, II, 174 á 197, pues, de lo contrario, no desistirían de la
pretensión porque no temen á nadie, ni siquiera á Telémaco, II, 198 á 200; responde Telémaco que
no quiere suplicarles más y pide que le proporcionen una nave y veinte compañeros para ir á Pilos
y á Esparta, II, 208 á 223; Telémaco se va á la playa, invoca al numen que el día antes se le había
presentado en el palacio y se le aparece Minerva, en figura de Méntor, la cual le aconseja que
torne á su casa y prepare las provisiones mientras ella elige la nave y reúne los marineros, II, 260
á 295; Telémaco vuelve al palacio, es zaherido por los pretendientes, baja á la habitación donde se
guardan el vino y la harina, y encarga á Euriclea que llene doce ánforas de aquél y aparte veinte
medidas de ésta, y no diga nada á Penélope, II, 296 á 381; Minerva toma la figura de Telémaco y,
recorriendo la población, recluta los tripulantes y pide una nave á Noemón, II, 382 á 387; Méntor
(Minerva) llama á Telémaco, se van á la nave, vuelven con los compañeros al palacio, cargan las
provisiones, se dan á la vela y hacen libaciones á Minerva, II, 399 á 434; al llegar á Pilos,
desembarca Telémaco, precedido por Minerva, ésta le encarga que no sea vergonzoso, y ambos se
van á encontrar á los pilios que ofrecen un sacrificio á Neptuno en la ribera del mar, III, 12 á 33;
huélgase Minerva de que Pisístrato le dé á ella antes que á Telémaco la copa para hacer libaciones,
III, 51 á 53; ruega Minerva á Neptuno que Telémaco no se vaya sin realizar el objeto de su viaje y
en seguida da la copa á Telémaco, III, 60 á 63; dice Telémaco á Néstor que ha llegado á Pilos en
busca de noticias de su padre, III, 75 á 85; celebra Telémaco la venganza de Orestes y quisiera
tener bríos para castigar á los pretendientes, III, 201 á 210; Telémaco no cree que se efectúe lo que
dice Néstor acerca de los pretendientes, aunque lo quisieran los dioses; es reprendido por
Minerva, insiste en la imposibilidad de la vuelta de Ulises, y pregunta á Néstor cómo murió
Agamenón, III, 225 á 252; Minerva y Telémaco quieren irse á dormir á la nave, pero Néstor se
opone, y Minerva hace que Telémaco se quede en el palacio y pide á Néstor que lo envíe á Esparta
con un hijo suyo, III, 342 á 364; Néstor le dice á Telémaco que sin duda no ha de ser cobarde
cuando ya le asiste Minerva, III, 373 á 379; Telémaco duerme en el pórtico del palacio de Néstor,
III, 396 á 398; al día siguiente, los hijos de Néstor hacen sentar á Telémaco junto al anciano, III,

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412 á 416; encarga Néstor que un hijo suyo conduzca al palacio á los compañeros de Telémaco y
así se hace, III, 423 y 424, 431 y 432; lava á Telémaco la bella Policasta, III, 464; manda Néstor á
sus hijos que aparejen un carro para que Telémaco emprenda el viaje, hácenlo así, Telémaco y
Pisístrato suben al carro, salen de Pilos, pernoctan en Feras y al día siguiente llegan á
Lacedemonia, III, 475 á 497; Telémaco y Pisístrato detienen los corceles en el vestíbulo del
palacio de Menelao, IV, 20 á 22; después de comer, dice Telémaco á Pisístrato que como aquélla
debe de ser la morada de Júpiter, IV, 69 á 75; dice Menelao que seguramente lloran por Ulises el
viejo Laertes, Penélope y Telémaco, á quien dejó aquél en su casa recién nacido, IV, 110 á 112;
Telémaco, al oir el nombre de su padre, llora y se cubre la cabeza con el manto, IV, 113 á 116; sale
Helena y al ver á Telémaco, dice que aquel joven se parece al hijo de Ulises, y Menelao contesta
que ya había notado la semejanza, IV, 138 á 154; el hijo de Néstor les confirma lo que
sospechaban, refiere Menelao cómo quería mostrarle á Ulises su afecto, y lloran Telémaco,
Helena, Menelao y Pisístrato, IV, 155 á 186; dice Menelao que hablará con Telémaco así que
aparezca la Aurora, IV, 214 y 215; replica Telémaco á Menelao, que acaba de ensalzar á Ulises,
que así es aún más dolorosa la pérdida del mismo, y le ruega que les mande á la cama, IV, 290 á
295; acuéstanse Telémaco y Pisístrato en el vestíbulo del palacio de Menelao, V, 303 y 304; al
rayar la aurora, Menelao se sienta junto á Telémaco y le pregunta cuál es el motivo de su viaje á
Esparta, y Telémaco le responde que va en busca de noticias de su padre y desea que le cuente
cuanto sepa de la muerte del mismo, IV, 311 á 331; Telémaco pide á Menelao que no le detenga en
su palacio y que el don que le haga sea algo que se pueda guardar, IV, 593 á 608; pregunta
Noemón á Antínoo si sabe cuándo Telémaco volverá de Pilos, IV, 632 y 633; Antínoo dice á los
demás pretendientes que Telémaco ha realizado una gran proeza con el viaje, IV, 663 y 664;
Penélope habla de los pretendientes, que consumen la herencia del prudente Telémaco, IV, 686 y
687; descubre Medonte á Penélope que los pretendientes quieren matar á Telémaco, IV, 700;
Minerva envía á Penélope un fantasma para decirle que Telémaco volverá sano y salvo, IV, 824 á
829; los pretendientes se emboscan en la isla de Ásteris para matar á Telémaco, IV, 842 á 847;
Júpiter, contestando á Minerva, le dice que acompañe con discreción á Telémaco, V, 25; el alma
de Elpénor suplica á Ulises, en nombre de sus padres y de Telémaco, XI, 68; el alma de la madre
de Ulises dice á este héroe que aún no posee nadie su dignidad real, pues Telémaco cultiva en paz
las heredades y asiste á decorosos banquetes, XI, 184 á 186; dice Minerva, conversando con
Ulises, que va á llamar á Telémaco, el cual se halla en Esparta, XIII, 412 á 415; preséntese Ulises,
exclama Eumeo, como yo quisiera y también Penélope, Laertes y Telémaco, XIV, 171 á 173; dice
Eumeo que se lamenta por Telémaco, pues se fué á Pilos y los pretendientes le preparan una
emboscada para cuando torne, XIV, 174 á 182; Minerva se encamina á Lacedemonia, halla á
Telémaco acostado en el vestíbulo de la casa de Menelao y le exhorta á volver cuanto antes á Ítaca
y á evitar la emboscada de los pretendientes, XV, 1 á 42; Telémaco despierta á Pisístrato para
ponerse en camino, y el hijo de Néstor le dice que aguarde que despunte la Aurora y Menelao les
traiga los presentes, XV, 44 á 55; Telémaco, al ver á Menelao, le sale al encuentro y le comunica
su deseo de partir en seguida, recibe los regalos que le hacen Menelao y Helena, come, promete
llevar á Néstor el saludo de Menelao, y, cuando Helena interpreta un agüero en el sentido de que
Ulises se vengará de los pretendientes, le dice que ojalá acertara, pues la invocaría diariamente
como á una diosa, XV, 57 á 181; Telémaco y Pisístrato emprenden la marcha, pernoctan en Feras
y, al llegar adonde está el bajel de Telémaco, Pisístrato deja en la popa los regalos de Menelao y
aconseja á Telémaco que se embarque en seguida, XV, 182 á 214; mientras Telémaco da órdenes á
los compañeros y ofrece sacrificios á Minerva, preséntasele Teoclímeno y le pide que lo admita en
el barco; accede Telémaco; danse á la mar y, después de pasar á lo largo de la Élide, Telémaco
pone la proa del barco hacia las islas Agudas, XV, 217 á 300; desembarcan antes de llegar á la
ciudad, comen, Teoclímeno interpreta un agüero, diciendo que la familia de Telémaco reinará
siempre en Ítaca, y Telémaco, después de recomendar el huésped á Pireo, manda á sus
compañeros que lleven la nave á la ciudad, y se encamina á la majada de Eumeo, XV, 495 á 557;

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llega Telémaco á la majada de Eumeo, éste lo abraza y lo besa, se entera Telémaco de que su
madre sigue en el palacio, no permite que el huésped (Ulises) le ceda el asiento, se lamenta de no
poder hospedar al mismo por culpa de los pretendientes, y encarga á Eumeo que vaya á la ciudad
para que Penélope sepa que han vuelto de Pilos, XVI, 4 á 134; pregunta Eumeo si ha de dar
también la noticia á Laertes, y Telémaco responde negativamente, XVI, 135 á 153; Ulises, á quien
Minerva ha devuelto su primitiva figura sin que lo viera Telémaco, se presenta á éste, que se
asusta, creyendo que será algún dios; Ulises se le descubre, Telémaco duda, y por fin se
reconocen, se abrazan y lloran; pregunta Telémaco á su padre cómo ha llegado á Ítaca y Ulises le
cuenta que lo han traído los feacios, y quiere enterarse de cuántos y cuáles son los pretendientes,
XVI, 159 á 241; Telémaco enumera los pretendientes, Ulises le declara que tendrán la ayuda de
Júpiter y de Minerva para luchar con los mismos, encarga á Telémaco que esconda las armas y
que á nadie participe que ha vuelto Ulises, pues ellos dos probarán á las mujeres y á los esclavos
para conocer cuáles les son fieles, XVI, 240 á 307; propone Telémaco á Ulises que dejen para más
adelante el probar á los esclavos, XVI, 308 á 320; llega á Ítaca la nave que trajera de Pilos á
Telémaco y á sus compañeros, XVI, 322 y 323; el heraldo y el porquerizo dan á Penélope la
noticia de que ha llegado Telémaco, XVI, 328 á 341; Eurímaco dice que Telémaco ha realizado
una gran proeza con el viaje á Pilos, XVI, 346 y 347; Antínoo cuenta cómo acechaban la vuelta de
Telémaco y propone á los demás pretendientes matarlo en el campo ó en el camino, cuando vuelva
á la ciudad; ó, en otro caso, no comerle ya más sus bienes, XVI, 364 á 392; Anfínomo se opone á
que se mate á Telémaco si el mismo Júpiter no lo aprueba, XVI, 400 á 405; Penélope increpa á
Antínoo por su propósito de matar á Telémaco, XVI, 421 y 422; Eurímaco, para tranquilizar á
Penélope, le dice que mientras él viva nadie pondrá las manos en Telémaco, pero interiormente
piensa en matarle, XVI, 434 á 448; pregunta Telémaco al porquerizo si los pretendientes han
vuelto de la emboscada y, al oir á Eumeo que cree serían los que vió en una nave que entraba en el
puerto, sonríe y mira á su padre sin que lo advierta el porquerizo, XVI, 460 á 477; Telémaco
encarga á Eumeo que lleve al mendigo (Ulises) á la ciudad, sale de la majada, llega al palacio, le
abrazan y besan las esclavas y luego Penélope, encomienda á ésta que vote ofrecer sacrificios á
Júpiter si llega á realizarse la venganza, vase al ágora, se junta con Méntor, Ántifo y Haliterses,
dice á Pireo que siga guardando los presentes de Menelao y se lleva á Teoclímeno al palacio,
XVII, 1 á 84; Telémaco y Teoclímeno se bañan, comen, y aquél cuenta á Penélope su viaje á Pilos
y á Esparta, XVII, 85 á 149; recuerda Teoclímeno el agüero que le interpretó á Telémaco acerca de
la vuelta de Ulises, XVII, 152 á 161; desea Melantio que Telémaco sea herido por las flechas de
Apolo ó que sucumba á manos de los pretendientes, XVII, 251 y 252; advierte Telémaco la
llegada del porquerizo, lo llama á su vera, le da pan y carne para que lo entregue al mendigo
(Ulises) y éste, al recibirlo, ruega á Júpiter que á Telémaco se le cumpla cuanto desea, XVII, 328 á
355; Eumeo, respondiendo á una increpación de Antínoo, dice que nada le importa mientras le
vivan Penélope y Telémaco, y éste le aconseja que no responda largamente á aquél, XVII, 380 á
395; Telémaco invita á Antínoo á dar algo al mendigo (Ulises), y Antínoo le contesta que si todos
le diesen lo que él, se estaría tres meses sin salir de su casa, XVII, 396 á 408; cuando Antínoo le
tira un escabel al mendigo (Ulises), Telémaco siente gran pena, mas no se le escapa ninguna
lágrima, XVII, 488 á 491; mientras Penélope habla con el porquerizo, Telémaco estornuda
reciamente y la reina lo tiene por buen agüero, XVII, 541 á 545; le dice Eumeo al mendigo
(Ulises) que le llama Penélope, la madre de Telémaco, y el mendigo le contesta que teme á los
pretendientes, pues le han dado un golpe sin que lo impidiera Telémaco ni otro alguno, XVII, 553
á 568; Eumeo se despide de Telémaco para volverse á los puercos, y éste le dice que se vaya
después de cenar y que al romper el alba traiga hermosas víctimas, XVII, 591 á 601; Telémaco
dice al huésped (Ulises) que, si desea quitar á Iro de en medio, á nadie ha de temer, XVIII, 60 á
65; Minerva no deja que Anfínomo se vaya del palacio, para que sea vencido por las manos y la
lanza de Telémaco, XVIII, 155 y 156; Penélope reprende á Telémaco por haber dejado maltratar á
un huésped, y él se disculpa y dice que el combate del huésped con Iro no se efectuó por haberlo

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acordado los pretendientes, y que ojalá se hallaran éstos como Iro después de la lucha, XVIII, 214
á 242; el mendigo (Ulises), oyendo las increpaciones de Melanto, dice que se lo va á contar todo á
Telémaco, XVIII, 337 á 339; Telémaco amonesta á los pretendientes, y Anfínomo recomienda que
nadie oponga contrarias razones al dicho justo de Telémaco y que el huésped quede al cuidado de
éste, ya que ha venido á su morada, XVIII, 405 á 421; Ulises dice á Telémaco que han de esconder
las armas, Telémaco manda á Euriclea que tenga encerradas á las mujeres, Ulises y Telémaco
quitan las armas de las paredes, alumbrándoles Minerva, Telémaco sospecha que debe estar con
ellos alguna deidad, Ulises le recomienda que se vaya á acostar, y Telémaco obedece, XIX, 3 á 50;
dice Ulises á Melanto que á Telémaco no le pasará inadvertida la mujer que fuere mala, XIX, 86 á
88; dice Penélope que en adelante el huésped (Ulises) comerá al lado de Telémaco, XIX, 320 y
321; Telémaco se levanta de la cama, pregunta á Euriclea si se han cuidado del forastero, y se va
al ágora á juntarse con los aqueos, XX, 124 á 146; los pretendientes maquinan cómo dar muerte á
Telémaco, cuando aparece un águila y Anfínomo les dice que aquel propósito no tendrá buen
éxito, XX, 241 á 246; Telémaco hace sentar al mendigo (Ulises) junto á la puerta de la sala, y dice
á los pretendientes que se abstengan de las amenazas y de los golpes; ellos se admiran de que les
hable con tanta audacia; Antínoo propone que se cumpla la orden de Telémaco ya que Júpiter no
ha permitido que se le matara; y Telémaco no hace caso de estas palabras, XX, 257 á 275; por
orden de Telémaco, se le sirve al mendigo (Ulises) la misma ración que á los demás convidados,
XX, 281 á 283, 294 y 295; Telémaco increpa á Ctesipo, cuando éste tira la pata de buey al
mendigo (Ulises), y manda á todos los pretendientes que repriman su insolencia, XX, 303 á 319;
Agelao dice que nadie oponga contrarias razones á lo dicho por Telémaco y pide á éste que
aconseje á su madre que se case, XX, 322 á 337; responde Telémaco que no retarda la boda, pero
que no quiere echar del palacio á su madre, XX, 338 á 345; los pretendientes zahieren á Telémaco,
burlándose de sus huéspedes, XX, 373 á 376; Telémaco dice que sin duda Júpiter le ha vuelto el
juicio cuando, al manifestarle su madre que se irá de la casa, se ríe y se deleita; propone el
certamen á los pretendientes, pero antes quiere probar de armar el arco, lo intenta, desiste, por
indicación de su padre, y lo ofrece á los pretendientes, XXI, 102 á 139; dice Ulises á Eumeo y á
Filetio que, si llega á triunfar de los pretendientes, los considerará á ellos como hermanos de
Telémaco, XXI, 212 á 216; dice Penélope á Antínoo que no es decoroso ni justo que se ultraje á
los huéspedes de Telémaco, XXI, 311 á 313; dice Telémaco á Penélope que es el único que puede
disponer del arco, y le aconseja que torne á su habitación y se ocupe en sus labores, XXI, 343 á
353; Telémaco amenaza á Eumeo, mandándole que entregue el arco al mendigo (Ulises), y todos
les pretendientes se ríen, XXI, 368 á 378; Eumeo dice á Euriclea que Telémaco le manda cerrar
las puertas de la habitación y que no salga nadie aunque oigan gemidos ó estrépito de hombres,
XXI, 381 á 385; el mendigo (Ulises), después de hacer pasar la flecha por el ojo de las segures, le
dice á Telémaco que no le afrenta el huésped que está en su palacio, y que todavía tiene las fuerzas
sin menoscabo, XXI, 423 á 430; obedeciendo una señal que le hace su padre, Telémaco se ciñe la
espada, ase la lanza y se coloca junto á Ulises, XXI, 431 á 434; Telémaco atraviesa con su lanza á
Anfínomo y se la deja clavada en el cuerpo por temor á los demás pretendientes, XXII, 91 á 98;
Telémaco, por orden de su padre, va á buscar armas, las visten él, el boyero y el porquerizo, y se
ponen todos junto á Ulises, XXII, 108 á 115; dice Ulises á Telémaco que alguna de las mujeres ó
Melantio atiza la lucha, dando armas á los pretendientes; responde Telémaco que él ha tenido la
culpa por haber dejado abierta la puerta del cuarto donde las mismas están depositadas, y encarga
á Eumeo que vaya á ver quién es, XXII, 150 á 159; encarga Ulises á Eumeo y á Filetio que le aten
las manos y los pies á Melantio, mientras él y Telémaco resisten la acometida de los pretendientes,
XXII, 170 á 177; Telémaco mata á Euríades, á Anfimedonte, que lo había herido levemente, y á
Leócrito, XXII, 267, 277 y 278, 284, 294; dice Femio á Ulises, invocando el testimonio de
Telémaco, que cantaba en el palacio porque le obligaban los pretendientes; Telémaco ruega á su
padre que no lo mate y que salve también á Medonte; éste se presenta y abraza las rodillas de
Telémaco; y Ulises se abstiene de matarlos, XXII, 350 á 372; por orden de Ulises, Telémaco llama

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á Euriclea y la anciana sigue á Telémaco hasta llegar á la sala, XXII, 390 á 400; dice Euriclea á
Ulises que, como Telémaco hace poco tiempo que llegó á la juventud, su madre no le dejaba tener
mando en las mujeres, XXII, 426 y 427; Ulises ordena á Telémaco, al boyero y al porquerizo que
hagan trasladar los cadáveres por las esclavas culpables, pongan en orden la estancia y maten á
dichas mujeres en el patio, XXII, 435 á 445; Telémaco, el boyero y el porquerizo pasan la rasqueta
por la sala, XXII, 454 á 456; Telémaco ahorca con una soga á las mujeres culpables; y luego él, el
boyero y el porquerizo dan cruel muerte á Melantio, XXII, 461 á 477; dice Euriclea á Penélope
que Telémaco ya sabía que Ulises se hallaba en el palacio, XXIII, 29, y que ellas, durante la
matanza de los pretendientes, permanecieron llenas de pavor en lo más hondo de su habitación
hasta que Telémaco la llamó, XXIII, 41 á 44; reprende Telémaco á su madre por la frialdad que
demuestra ante Ulises, XXIII, 96 á 103; dice Ulises á Telémaco que permita á Penélope que lo
pruebe, XXIII, 112 á 114; contestando Telémaco á una pregunta de Ulises, dice que vea él mismo
lo que conviene hacer y no les faltará bríos para seguirle, XXIII, 123 á 128; Telémaco, el boyero y
el porquerizo dejan de bailar y se acuestan, XXIII, 297 á 299; Ulises hace levantar á Telémaco, al
boyero y al porquerizo, ármanse todos, y salen al campo, XXIII, 366 á 372; Anfimedonte cuenta á
Agamenón, en el Orco, que Ulises y Telémaco se concertaron para acabar con los pretendientes,
que éste último se presentó en el palacio y que luego entró aquél, XXIV, 151 á 155, que Ulises y
Telémaco escondieron las armas que había en el palacio, XXIV, 164 á 166, que Telémaco mandó
entregar el arco á Ulises, que estaba transfigurado en un mendigo, y que Ulises y los suyos
mataron á todos los pretendientes, XXIV, 175 á 181; dice Ulises á Laertes que á Telémaco, al
boyero y al porquerizo los ha enviado á la casería para que aparejen el almuerzo, se encaminan
ambos á la misma y hallan á aquéllos ocupados en cortar carne y en mezclar el vino, XXIV, 359 á
364; Ulises exhorta á Telémaco á ser valiente en el combate con los itacenses, Telémaco contesta
que no deshonrará su linaje, y Laertes se huelga de oirlo, XXIV, 505 á 515; Ulises y Telémaco se
arrojan á las primeras filas de los itacenses y los mataran á todos si Minerva no hubiese
intervenido suspendiendo la lucha, XXIV, 526 á 530.
Télemo (Τήλεμος): Hijo de Éurimo y antiguo vate de los Ciclopes. Predijo á Polifemo que sería
cegado por Ulises, IX, 508 á 512.
Telépilo (Τηλέπυλος): Ciudad de la Lestrigonia, X, 82; XXIII, 318. Algunos creen que Τηλέπυλος es
adjetivo y lo traducen de una de estas maneras: de puertas grandes, anchas ó altas, de puertas que
están á gran distancia unas de otras, cuyas puertas se hallan lejos, etc.
Témesa (Τεμέση): Ciudad, según unos de Italia y según otros de la isla de Chipre, I, 184.
Temis (Θέμις): Diosa. Telémaco ruega á los pretendientes por Júpiter y por Temis, que junta y
disuelve las ágoras de los hombres, II, 68 y 69.
Ténedos (Τένεδος): Isla del mar Egeo, cerca de Troya. Estaba consagrada á Apolo. Al regresar de
Troya, Néstor y los que le acompañaban ofrecieron en Ténedos sacrificios á los dioses, III, 159.
Teoclímeno (Θεοκλύμενος): Adivino, hijo de Polifides y descendiente de Melampo. Huyendo de
Argos, donde matara á un hombre, se presenta á Telémaco y logra del mismo que pueda
embarcarse en su navío, XV, 222 á 286; al desembarcar, pregunta á Telémaco, que se queda en el
campo, á cuál casa tiene que ir cuando llegue á Ítaca; interpreta un agüero diciendo que el linaje
de Telémaco reinará perpetuamente en Ítaca; y Telémaco lo recomienda á Pireo, para que le dé
hospitalidad hasta que él vaya á Ítaca, XV, 508 á 543; comparece con Pireo en el ágora, y
Telémaco se lo lleva á su palacio, es lavado y ungido por las esclavas, come con Telémaco, y dice
á Penélope que Ulises ya se halla en su patria y maquina males contra los pretendientes, XVII, 71
á 165; al observar á los pretendientes, á quienes Minerva ha perturbado la razón, les pregunta qué
mal padecen, vaticina la muerte de los mismos y se va á la casa de Pireo que lo acoge benévolo,
XX, 350 á 372; los pretendientes se ríen de que Teoclímeno se haya levantado á pronunciar
vaticinios, XX, 380.
Terpíada (Τερπιάδης): Hijo de Terpio. Nombre patronímico del aedo Femio, XXII, 330.

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Teseo (Θησεύς): Rey de Atenas, hijo de Egeo. Llevóse de Creta á Ariadna, pero la mató Diana en
Día, XI, 321 á 325; Ulises lo deseaba ver cuando fué al Orco, XI, 631.
Tetis (Θέτις): Diosa marina, hija del Océano, mujer de Peleo y madre de Aquiles. Propuso el juicio
para adjudicar las armas de Aquiles, fallado por los teucros y por Palas Minerva en favor de
Ulises, XI, 546 y 547; salió del mar, acompañada de las diosas marinas, para asistir á las exequias
de su hijo Aquiles, y los aqueos cobraron tal miedo que se lanzaran á las naves si no los hubiese
detenido Néstor; entregó á los aqueos un ánfora de oro, construída por Vulcano, para que en la
misma colocaran los huesos de Aquiles, juntamente con los de Patroclo y también, aunque algo
apartados, los de Antíloco, y dió premios hermosísimos para los juegos fúnebres celebrados en
honor del héroe, XXIV, 47 á 92.
Ticio (Τιτυός): Hijo de la Tierra. Habitaba en la isla de Eubea, y Radamanto fué á verle, conducido
por los feacios, VII, 323 y 324; está condenado en el Orco á que dos buitres le roan
constantemente el hígado, porque quiso forzar á Latona, XI, 576 á 581.
Tidida (Τυδείδης): Hijo de Tideo. Nombre patronímico de Diomedes, III, 181.
Tierra (Γαῖα): El poeta llama á Ticio Γαιήϊον υἱόν, hijo de la Tierra, VII, 324.
Tiestes (Θυέστης): Héroe griego, hermano de Atreo, y rey de Micenas. Fué padre de Egisto y le dejó
la casa que éste habitaba, IV, 517 y 518.
Tiestíada (Θυεστιάδης): Hijo de Tiestes. Nombre patronímico de Egisto, IV, 518.
Tíndaro (Τυνδάρεος): Hijo de Ébalo, marido de Leda y padre de Cástor, de Pólux y de Clitemnestra,
XI, 298 á 300; XXIV, 199.
Tiresias (Τειρεσίης): Celebérrimo adivino tebano. Fué hijo de Everes y de la ninfa Cariclo
(Apolodoro, Biblioteca, lib. III, cap. VI, 7). Advierte Circe á Ulises que él y los suyos han de ir al
Orco á consultar el alma del adivino Tiresias, el único muerto que tiene inteligencia y saber, X,
490 á 495, 563 á 565; encarga Circe á Ulises que, en llegando al Orco, haga voto de inmolar un
carnero negro á Tiresias y no deje beber la sangre á nadie hasta haber interrogado al adivino, pues
éste le dirá la manera cómo puede volver á Ítaca, X, 524, 525, 536 á 540; al llegar al Orco, Ulises
hace voto de inmolar un carnero negro á Tiresias tan luego como torne á Ítaca, XI, 32 y 33, y no
permite que las demás almas, ni siquiera la de su madre, beban la sangre hasta haber interrogado
al adivino, XI, 32, 33, 49, 50, 88 y 89; llega el alma de Tiresias, bebe la sangre, le dice á Ulises
que, si deja indemnes las vacas y las ovejas del Sol, se salvará con su nave y sus compañeros, y
que, en otro caso, perderá aquéllas y éstos; le habla de los pretendientes; le encarga que ofrezca,
después de llegar á Ítaca, sacrificios á Neptuno; le vaticina que tendrá una placentera vejez; le
manifiesta que cualquier alma á la que permita beber la sangre responderá á sus preguntas; y se
vuelve á la morada de Plutón, XI, 90 á 151; dice Ulises á su madre y luego á Aquiles, en el Orco,
que ha ido á consultar el alma de Tiresias, XI, 164 y 165, 479 y 480; al oir, desde la nave, las
voces de las vacas y de las ovejas del Sol, Ulises se acuerda de las palabras de Tiresias y revela el
oráculo de éste á los compañeros, XII, 264 á 276; Ulises refiere á Penélope que, por indicación de
Tiresias, ha de ofrecer sacrificios á Neptuno, XXIII, 251 á 284, y le cuenta cómo bajó al Orco para
consultar el alma del mencionado adivino, XXIII, 322 y 323.
Tiro (Τυρώ): Hija de Salmoneo, esposa de Creteo y madre de Esón, de Feres y de Amitaón, que tuvo
de su marido, y de Pelias y de Neleo, que concibió de Neptuno; pues Tiro se había enamorado del
río Enipeo y Neptuno tomó la figura de éste y se unió con ella, XI, 235 á 259.
Titón (Τιθωνός): Hijo de Laomedonte. La Aurora se levanta del lecho, donde reposa á su lado, para
alumbrar á los inmortales y á los mortales, V, 1 y 2.
Toante (Θόας): Hijo de Andremón y caudillo de los etolos que fueron á Troya. En una fingida
relación, cuenta el mendigo (Ulises) que Toante, puesto en emboscada con Ulises y otros jefes
cerca de Troya, corrió hacia las naves para decir á Agamenón que enviara más guerreros, XIV, 499
á 501.
Ton (Θῶν): Egipcio, marido de Polidamna, IV, 228.

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Toón (Θόων): Uno de los jóvenes feacios que toman parte en los juegos celebrados ante Ulises, VIII,
113.
Toosa (Θόωσα): Ninfa, hija de Forcis y madre de Polifemo que tuvo de Neptuno, I, 71 á 73.

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Tracia (Θρῄκη): Región del Norte de Grecia. Á ella se fué Marte cuando le soltó Vulcano, después
de aprisionarle, junto con Venus, en los lazos que colocó alrededor de la cama, VIII, 361.
Trasimedes (Θρασυμήδης): Caudillo griego, hijo de Néstor. Degüella la novilla en el sacrificio que
Néstor ofrece á Minerva, III, 414 á 450.
Trinacria (Θρινακίη): La isla de Sicilia, según la opinión casi unánime de todos los intérpretes, de la
cual se separa Völcker, XI, 107; XII, 127, 135; XIX, 275.
Tritogenia (Τριτογένεια): Epíteto de Minerva. Interprétase de diferentes maneras por los
traductores: nacida junto al lago Tritón, en Beocia, Tesalia ó Libia; nacida en el tercer día del mes,
etc., III, 378.
Troya (Τροίη): Región de la Tróade y ciudad de la misma, llamada también Ilión, I, 2, 62, 210, 327,
355; III, 257, 268, 276; IV, 6, 99, 146, 488; V, 39, 307; IX, 38, 259; X, 40, 332; XI, 160, 499, 510;
XII, 189; XIII, 137, 248, 388; XIV, 229, 469; XV, 153; XVI, 289; XVII, 314; XVIII, 260, 266;
XIX, 8, 187; XXIV, 37.

Ulises (Ὀδυσσεύς y Ὀδυσεύς): Rey de Ítaca, hijo de Laertes y de Anticlea, y padre de Telémaco: II,
2, 415; III, 64, 352, 398; XV, 59, 63, 267, 554; XVI, 48, 118 á 120; XVII, 3, 152; XX, 283. Es el
protagonista del poema, que de su nombre Ὀδυσσεύς se llama Ὀδύσσεια, pues toda la acción gira
á su alrededor hasta en las escenas en que no interviene. El poeta invoca á la Musa para que le
hable de Ulises que, cuando los demás caudillos griegos habían vuelto de Troya á su respectiva
patria, hallábase detenido por la ninfa Calipso, I, 1 á 15; todas las deidades, menos Neptuno, se
compadecen del héroe, y en el concilio de los dioses propone Minerva que Mercurio vaya á decir
á Calipso que le deje partir de la isla Ogigia, I, 19 á 21, 48 á 87; baja Minerva del Olimpo y,
transfigurada en Mentes, se detiene en el vestíbulo de la morada de Ulises, I, 103; Telémaco toma
la lanza de Mentes (Minerva) y la pone en la lancera de Ulises, I, 129; Mentes (Minerva) le dice á
Telémaco que Ulises volverá, le pregunta si es su hijo pues se le parece mucho, I, 196 á 212, se
lamenta de la ausencia del héroe, le refiere cómo lo conoció y le asegura que si tornara se vengaría
de los pretendientes, I, 253 á 266; Telémaco dice á Penélope que se resigne á oir el canto del aedo
sobre la vuelta de los aquivos, pues no fué Ulises el único que perdió en Troya la esperanza de
volver, I, 346 á 355; Telémaco, contestando á Antínoo, le dice que reine cualquiera en Ítaca, ya
que murió Ulises, y él será señor de los bienes que éste adquirió, I, 396 á 398; un hijo de Egiptio
había ido á Ilión con Ulises, II, 17; desde que se fué Ulises no se han reunido los itacenses en el
ágora hasta que los convoca Telémaco, II, 26 y 27; laméntase Telémaco, en el ágora, de no tener
en el palacio un hombre como Ulises, para arrojar del mismo á los pretendientes, II, 59, y pide á
éstos que se retiren, á no ser que Ulises les haya causado algún daño y quieran vengarse, II, 71 á
73; cuenta Antínoo que Penélope dijo á los pretendientes que, ya que había muerto Ulises, no
instaran el casamiento hasta que ella acabara un sudario para Laertes, II, 96 á 100; Haliterses
vaticina la vuelta de Ulises, II, 163 á 177; responde Eurímaco que Ulises murió lejos de su patria,
II, 182 y 183; Ulises, al embarcarse, había encomendado su casa á Méntor, II, 225 á 227; dice
Méntor que no tanto aborrece á los pretendientes como á los otros ciudadanos, pues si aquéllos
devoran la casa de Ulises, ponen á ventura sus cabezas, II, 233 á 241; responde Leócrito que si
Ulises volviera y luchara con los pretendientes, sería muerto por éstos, II, 246 á 250; vanse los
pretendientes á la casa de Ulises, II, 259; dice Méntor (Minerva) á Telémaco que, como no le falta
del todo la inteligencia de Ulises, realizará el viaje á Pilos y á Esparta, II, 274 á 280; dice uno de
los pretendientes que quizás Telémaco morirá en el viaje, vagando como Ulises, II, 333; pide
Telémaco á Euriclea que le ponga en ánforas el vino que sea más suave después del que guarda
para Ulises, II, 340 á 352; dice Euriclea que Ulises ha muerto en un pueblo ignoto, II, 366;
Minerva va al palacio de Ulises y les infunde sueño á los pretendientes, II, 393 á 395; dice
Telémaco á Néstor que ha ido á Pilos por si oyere hablar de Ulises, III, 81 á 84, y le ruega que, si

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el héroe le cumplió algún día una promesa, le relate ahora cuanto sepa del mismo, III, 98 á 101;
dice Néstor que, mientras los aqueos permanecieron en Troya, nadie se igualó en prudencia con
Ulises y que éste y él siempre estuvieron de acuerdo, III, 121 á 127; desde Ténedos, Ulises y los
que le acompañaban volvieron á Troya para complacer á Agamenón, III, 162 á 164; desea Néstor
que Minerva proteja á Telémaco como asistía á Ulises, III, 218 á 220; dice Menelao que por nadie
llora tanto como por Ulises, IV, 104 á 112; Helena, al ver á Telémaco, nota la semejanza que tiene
con el hijo de Ulises, IV, 141 á 146, y responde Menelao que también la había observado, IV, 147
á 154; dice Helena que no podría referir todos los trabajos de Ulises y cuenta cómo penetró en
Troya disfrazado de mendigo, IV, 240 á 264; refiere Menelao lo que hizo Ulises, dentro del
caballo de madera, cuando Helena llamaba desde fuera á los caudillos griegos, IV, 269 á 289; dice
Telémaco á Menelao que, si Ulises le ha cumplido algún día una promesa, le refiera cuanto sepa
del mismo, IV, 328 á 331; dice Menelao que Ulises, si vuelve, se vengará de los pretendientes, IV,
340 á 346; solázanse los pretendientes ante el palacio de Ulises cuando va á encontrarlos Noemón,
IV, 625, y luego penetran en el mismo, IV, 674; pregunta Penélope á Medonte si le envían los
pretendientes para decirles á las esclavas de Ulises que suspendan el trabajo, IV, 681 á 683; dice
Penélope que Ulises á nadie hizo agravio, IV, 689 á 691; vase Medonte por la morada de Ulises,
IV, 715; desea Penélope que Laertes se queje de que los pretendientes quieran exterminar el linaje
de Ulises, IV, 739 á 741; Penélope ruega á Minerva que le salve el hijo, acordándose de los
sacrificios que le ofrecía Ulises, IV, 762 á 765; en el concilio de los dioses, Minerva refiere los
infortunios de Ulises, y Júpiter envía á Mercurio para que ordene á Calipso que despida á Ulises,
V, 5 á 42; llega Mercurio á la gruta de Calipso, sin que encuentre á Ulises dentro de la misma,
traslada á Calipso la orden de Júpiter, enfurécese la ninfa, y Mercurio le recomienda que despida
pronto á Ulises y no se atraiga el enojo de Júpiter, V, 81 á 147; va Calipso al encuentro de Ulises,
le dice que dejará que se vaya, le jura que no maquina nada malo contra él, y le proporciona lo
que ha menester para fabricar una balsa, V, 148 á 261; Ulises se hace á la mar, navega diez y siete
días y lo ve Neptuno, que promueve una tempestad; deshácese la balsa, Leucotea da un velo á
Ulises para que sea insumergible, y por fin sale el héroe por la desembocadura de un río, sube á un
altozano y se acuesta en un montón de hojarasca, V, 269 á 493; mientras Ulises duerme, Minerva,
pensando en el regreso del mismo á su patria, va á encontrar á Nausícaa, VI, 1 á 14; cuando
Nausícaa y sus criadas juegan á la pelota, hace Minerva que ésta caiga en el río para que las
mujeres griten y despierten á Ulises, VI, 110 á 117; sale Ulises de la hojarasca, se presenta á
Nausícaa y le dirige insinuantes palabras para que le dé un vestido y lo guíe á la ciudad, VI, 127 á
185; las esclavas, por orden de Nausícaa, entregan á Ulises un manto y una túnica y le invitan á
bañarse; él les ruega que se aparten; se lava; Minerva le difunde una gracia divinal por la cabeza y
los hombros; Nausícaa, que lo contempla admirada, desea tenerlo por marido, y manda á las
siervas que le den de comer, VI, 211 á 246; Ulises come ávidamente y luego, por indicación de
Nausícaa, sigue el carro en que va ésta con sus esclavas, y, al llegar al bosque de Minerva, se
detiene y ora á la deidad, VI, 248 á 331; mientras Ulises ruega, Nausícaa llega al palacio, VII, 1 á
2; encamínase Ulises á la ciudad, se le hace encontradiza Minerva, transfigurada en una joven, le
da noticias del país y lo lleva al palacio de Alcínoo, VII, 14 á 49; Ulises admira el palacio, entra
en el mismo, póstrase á los pies de Arete y le suplica que lo conduzcan á la patria, VII, 81 á 83,
133 á 152; Alcínoo levanta á Ulises, lo hace sentar en la silla de Laodamante y manda que le den
de comer, VII, 167 á 178; Ulises, contestando á Alcínoo, dice que no es un dios, sino el más
desgraciado de los hombres y pide que lo lleven á su patria, VII, 207 á 225; Ulises se queda en el
palacio y, respondiendo á las preguntas de Arete, cuenta cómo llegó desde la isla Ogigia al país de
los feacios y cómo se presentó á Nausícaa, VII, 230 á 297; suplica á Alcínoo que no reprendan á
ésta por no haberle llevado consigo, VII, 302 á 307; al oir que Alcínoo promete llevarlo á la patria,
invoca á Júpiter para que dé gloria al rey y éste cumpla su promesa, VII, 329 á 333; las criadas
invitan á Ulises á acostarse en la cama, y el héroe duerme debajo del pórtico del palacio de
Alcínoo, VII, 340 á 345; levántase Ulises al día siguiente y, juntamente con el rey, se encamina al

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ágora, VIII, 3 á 6; Minerva, pensando en la vuelta de Ulises, exhorta á los feacios para que vayan
al ágora, VIII, 7 á 14; Minerva difunde la gracia por la cabeza y los hombros de Ulises á fin de
que les sea agradable á los feacios, VIII, 18 á 23; canta Demódoco la disputa de Ulises y Aquiles,
y Ulises, al oirle, llora, VIII, 73 á 92; Laodamante invita á Ulises á probarse en los juegos y el
héroe se excusa; pero, al reprochárselo Euríalo, toma el disco, lo tira más lejos que nadie y desafía
á los feacios á probarse con él en toda clase de juegos, sin exceptuar más que á Laodamante, VIII,
143 á 233; contempla Ulises con admiración las mudanzas que hacen con los pies los danzadores
feacios, VIII, 264 y 265; huélgase Ulises de oir cantar á Demódoco, que refiere los amores de
Marte y Venus, VIII, 367 y 368; expresa Ulises á Alcínoo el asombro con que contempla á los
danzadores feacios, VIII, 381 á 384; Ulises saluda y desea felicidades á Euríalo, que le regala una
espada de bronce, VIII, 412 á 415; Ulises, por indicación de Arete, encaja la tapa y echa un nudo
al arca en que le han puesto los regalos de los feacios, VIII, 446 á 448; Nausícaa se admira, al
clavar los ojos en Ulises, saluda al héroe, y éste promete invocarla en su casa como á una diosa,
VIII, 457 á 468; Ulises corta una tajada del espinazo de un puerco asado, se la envía como
obsequio á Demódoco y le pide que cante el episodio del caballo de madera, VIII, 474 á 498;
refiere el aedo cómo los caudillos griegos se hallaban con Ulises dentro del caballo de madera,
cómo fué destruída la ciudad y cómo, yendo Ulises y Menelao á la casa de Deífobo, sostuvieron
un terrible combate, VIII, 502 á 520; Ulises llora y se consume al escucharlo, y Alcínoo le
pregunta quién es, por qué llora y á dónde ha ido en sus peregrinaciones, VIII, 521 á 586;
responde Ulises dándose á conocer y ensalzando su patria, y empieza á referir sus aventuras desde
que salió de Troya, IX, 1 á 38; relata sucesivamente lo que le ocurrió:
a) en el país de los cícones, IX, 39 á 61;
b) en el mar, hasta llegar á los lotófagos, IX, 62 á 81;
c) en la tierra de éstos, IX, 82 á 104;
d) en la comarca de los ciclopes, donde cegó á Polifemo, IX, 105 á 566;
e) en la isla de Éolo, rey de los vientos, X, 1 á 79;
f) en Telépilo de Lamos, capital de la Lestrigonia, X, 80 á 132;
g) en la isla Eea, donde moraba Circe, que transformó á los compañeros de Ulises en cerdos y
les devolvió luego su figura, X, 133 á 574;
h) en el Orco, donde Ulises consultó á Tiresias, conversó con el alma de su madre y con
algunos muertos ilustres y vió ciertos suplicios de los condenados como Ticio, Tántalo y Sísifo,
XI, 1 á 640;
i) en la isla de Circe, de vuelta del Orco, XII, 1 á 142;
j) en el mar, al pasar junto á las Sirenas y por entre los escollos de Escila y Caribdis, XII, 142 á
259;
k) en la isla de Trinacria, donde los compañeros de Ulises mataron algunas vacas del rebaño
del Sol, XII, 260 á 402;
y l) en el mar, hasta que Júpiter tiró un rayo á la nave, perecieron los compañeros de Ulises y el
héroe, después de vagar nueve días, llegó á la isla Ogigia donde moraba Calipso, XII, 403 á 453;
dice Alcínoo á Ulises que ya podrá volver á la patria, y exhorta á los presentes á que le regalen
trípodes y calderos, XIII, 4 á 15; en el último banquete que le da Alcínoo, Ulises vuelve á menudo
la cabeza para ver si se pone el sol, ve con agrado la puesta del mismo y se despide de Alcínoo y
de los feacios, deseándoles toda clase de bienes; pone una copa en las manos de Arete, por cuya
felicidad hace votos; se encamina á la nave, acompañado por un heraldo, y se acuesta en silencio
sobre las tablas de popa, XIII, 28 á 75; al llegar á Ítaca, los feacios sacan del bajel á Ulises y, sin
despertarlo, lo ponen en la arena, juntamente con los regalos, á cierta distancia del camino para
evitar que ningún caminante le hurte nada mientras duerme, XIII, 116 á 124; Neptuno se lamenta
ante Júpiter de que los feacios hayan conducido á Ulises, XIII, 126 á 138; Ulises despierta y no
reconoce su patria; se queja de los feacios y llora y suspira en la playa; se le acerca Minerva,
transfigurada en pastor de ovejas, le dice que está en Ítaca y oye de labios del héroe una supuesta

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relación; Minerva se le descubre, disipa la nube que no dejaba que Ulises reconociera su isla, y el
héroe besa el suelo é invoca á las Ninfas; Ulises y Minerva depositan los regalos en la gruta,
toman asiento en las raíces de un olivo, y hablan del exterminio de los pretendientes; Minerva
transforma á Ulises en un mendigo y le exhorta á que se encamine á la majada de Eumeo,
mientras ella va á Lacedemonia y hace volver á Telémaco, XIII, 187 á 440; Ulises endereza sus
pasos á la cabaña de Eumeo, le salen al encuentro los canes, y Eumeo le hace entrar, deplora la
suerte de su señor, le obsequia inmolando dos cerdos que le sirve asados, le habla de los
pretendientes y le especifica la fortuna de que su amo disfrutaba, XIV, 1 á 108; Ulises come y
bebe en silencio, maquinando males contra los pretendientes; pregunta á Eumeo quién lo compró,
y éste responde que ya debe de haber muerto, pero le aqueja todavía el deseo de Ulises; el héroe
(que está transfigurado en un mendigo), jura que Ulises volverá, pero Eumeo no lo cree y le
pregunta quién es y de dónde viene, XIV, 109 á 190; cuenta Ulises á Eumeo una larga y supuesta
historia, diciendo que es hijo de Cástor Hilácida, XIV, 191 á 359; dice Eumeo al mendigo
(Ulises), que le ha conmovido con el relato de sus aventuras, se duele de que mienta en lo relativo
á Ulises, y refiere que un etolo le engañó, asegurándole que había visto á Ulises en Creta, XIV,
360 á 389; insiste el mendigo (Ulises) en su afirmación de que Ulises volverá y dice á Eumeo que,
si le engaña, lo haga despeñar, XIV, 390 á 400; el porquerizo, al ofrecer las primicias á los dioses,
les ruega que Ulises consiga volver á su casa, XIV, 422 á 424; Eumeo honra al mendigo (Ulises)
con el ancho lomo de un puerco asado, el mendigo manifiesta su gratitud, y aquél le invita á
comer y á beber, poniéndole la copa en la mano, XIV, 436 á 448; el mendigo (Ulises), para que
Eumeo ó los demás pastores le den un manto con que abrigarse durante la noche, refiere una
supuesta emboscada que acaudillaban Ulises, Menelao y el que habla; y dice que si tuviera las
fuerzas de entonces, le darían un manto por respeto á un valiente, XIV, 451 á 506; dice Eumeo al
mendigo (Ulises) que no carecerá de cosa alguna durante la noche y que el hijo de Ulises le dará,
cuando venga, un manto y una túnica, XIV, 507 á 517; Ulises se tiende en una cama, que Eumeo
ha llenado de pieles de ovejas y de cabras, cobíjale el porquerizo con un manto, y el héroe se
huelga al observar con qué solicitud le cuida los bienes, pues Eumeo sale para pasar la noche
junto á los puercos, XIV, 518 á 533; dice Telémaco á Menelao que ojalá, al tornar á Ítaca, pudiera
contarle á Ulises las pruebas de amistad que acaba de recibir, XV, 154 á 159; Helena,
interpretando un agüero, dice que así como el águila ha arrebatado al ánsar, así Ulises conseguirá
vengarse XV, 174 á 178; el mendigo (Ulises) expresa su deseo de partir á la ciudad, Eumeo intenta
disuadirle, aquél se lo agradece, y el porquerizo le da noticias de los padres de Ulises, XV, 301 á
379; el mendigo (Ulises) compadece á Eumeo por lo mucho que ha tenido que vagar, le pregunta
cómo cayó esclavo, y el porquerizo le cuenta su historia, XV, 380 á 484; dice el mendigo (Ulises)
á Eumeo que le ha conmovido con su relación, pero que Júpiter le ha puesto el bien al lado del
mal, XV, 485 á 492; dice Telémaco á Teoclímeno que Eurímaco anhela casarse con Penélope y
alcanzar la dignidad real que tuvo Ulises, XV, 521 y 522; el mendigo (Ulises) y el porquerizo
encienden fuego en la majada y preparan el desayuno, advierte el primero que los perros mueven
la cola y le dice á Eumeo que debe de venir algún amigo ó compañero suyo, XVI, 1 á 10; pregunta
Telémaco al porquerizo si ya se casó Penélope y el lecho de Ulises está ocupado por las telarañas,
XVI, 33 á 35; el mendigo (Ulises) quiere ceder el asiento á Telémaco, y éste no se lo permite,
XVI, 42 á 46; Eumeo, después de servir á Telémaco platos de carne, se sienta en frente de Ulises,
XVI, 53; Telémaco le pregunta á Eumeo quién es el huésped (Ulises), y se lamenta de no poder
acogerle en su casa por los pretendientes; dice Ulises que se le desgarra el corazón al oirle y le
pregunta si se ha hecho odioso á las deidades ó se queja de los hermanos; y le contesta Telémaco
que no tiene hermanos y que todos los próceres de Duliquio, de Same, de Zacinto y de la propia
Ítaca, pretenden á su madre y arruinan la casa, XVI, 57 á 128; dice Eumeo que Laertes, aunque
pasaba gran pena por la ausencia de Ulises, aún comía y bebía con los siervos, pero desde que
partió Telémaco no hace más que sollozar y lamentarse, XVI, 139 á 145; el mendigo (Ulises), al
ver una seña que le hace Minerva, sale de la cabaña, oye á Minerva que le encarga se dé á conocer

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á Telémaco, recobra su forma primitiva y vuelve á entrar, XVI, 159 á 178; Ulises se da á conocer
á Telémaco, éste se figura que es un dios que le engaña, luego padre é hijo se abrazan y lloran,
Ulises refiere cómo ha llegado á Ítaca y Telémaco enumera los pretendientes, XVI, 186 á 258;
dice Ulises á Telémaco que en la lucha con los pretendientes tendrán por aliados á Minerva y á
Júpiter, aconseja á Telémaco que esconda las armas que hay en las paredes del palacio, y le
encarga que á nadie participe que ha llegado Ulises, pues ellos dos procurarán conocer la
disposición en que se hallan las mujeres y los esclavos, XVI, 258 á 307; los compañeros de
Telémaco envían un heraldo al palacio de Ulises, para decirle á Penélope que ha llegado su hijo,
XVI, 328 á 330; los pretendientes se encaminan á la casa de Ulises, XVI, 407; dice Eurímaco que
Ulises le tomó muchas veces sobre sus rodillas y le dió carne y vino, XVI, 442 á 444; Penélope
llora por Ulises, hasta que Minerva le infunde sueño, XVI, 450 y 451; el porquerizo vuelve junto á
Ulises, y Minerva transforma á éste en un anciano, XVI, 452 á 457; Telémaco manda á Eumeo
que lleve al mendigo á la ciudad, y éste dice que prefiere ir á la población á quedarse en la
majada, XVII, 10 á 25; las esclavas de Ulises abrazan y besan á Telémaco, recién llegado de Pilos,
XVII, 33 á 35; Penélope ruega á Telémaco que le diga, antes que ella se acueste en aquel lecho
que siempre está regado de lágrimas desde que Ulises se fué, si ha oído hablar del héroe, XVII,
101 á 107; le contesta Telémaco que Néstor nada sabe y que Menelao, después de decirle que
Ulises se vengaría de los pretendientes, le contó cómo supo por Proteo que el héroe estaba con la
ninfa Calipso, XVII, 114 y 115, 124 á 146; dice Teoclímeno á Penélope que Ulises ya se halla en
su patria y maquina males contra los pretendientes, XVII, 152 á 161; diviértense los pretendientes
tirando discos y jabalinas ante el palacio de Ulises, XVII, 167 á 169; el mendigo (Ulises) y el
porquerizo parten á la ciudad; al llegar á la fuente construída por Ítaco, Nérito y Políctor, se
encuentran con Melantio, que los insulta y da una coz á Ulises, con ocasión de la cual Eumeo
invoca á las ninfas y desea que torne el héroe, traído por algún dios; llegan al palacio y Ulises
encarga á Eumeo que se adelante y entre en el mismo, XVII, 182 á 289; el perro Argos, ya
moribundo, reconoce á Ulises é intenta ir á encontrarle, Eumeo refiere á Ulises las excelencias del
can, y la Parca de la muerte se apodera de Argos después que tornara á ver á Ulises en el vigésimo
año, XVII, 291 á 327; Ulises entra en el palacio y se sienta en el umbral; al recibir de Telémaco
pan y carne, hace votos porque se le cumpla al mismo cuanto desee, y come mientras canta el
aedo, XVII, 336 á 358; por excitación de Minerva, Ulises pide limosna á los pretendientes,
Melantio dice que lo ha traído el porquerizo, y Antínoo increpa á éste, XVII, 360 á 379; dice
Eumeo que Antínoo ha sido siempre el más áspero para los esclavos de Ulises, XVII, 388 y 389;
dice Telémaco á Antínoo que si da algo al mendigo (Ulises), no lo llevará á mal ni Penélope ni
ninguno de los esclavos de la casa de Ulises, XVII, 401 y 402; cuando el mendigo (Ulises) vuelve
al umbral, pide á Antínoo que le dé algo y le relata su supuesta historia; Antínoo se niega; Ulises
le echa en cara que su juicio no corre parejas con su presencia; y Antínoo, irritado, le tira un
escabel y le acierta en el hombro derecho; Ulises se queja de Antínoo, á quien desea la muerte
antes que el casamiento se lleve á término; Antínoo dice á Ulises que coma en silencio, si no
quiere verse arrastrado; y los demás pretendientes reprenden á Antínoo pensando si aquel mendigo
será algún dios, XVII, 411 á 487; el mendigo (Ulises) cena, Penélope lo manda llamar por el
porquerizo, se lamenta de que no haya en el palacio un hombre como Ulises, capaz de echar á los
pretendientes, y dice que si el héroe volviese se vengaría de los mismos, XVII, 506 á 540; Eumeo
llama á Ulises en nombre de la reina; y el héroe dice que aguarde hasta la puesta del sol, pues
teme á la turba de los pretendientes, XVII, 551 á 573; Iro se propone arrojar á Ulises de su casa, le
amenaza, se burla de lo que le contesta Ulises, dice éste que no le provoque, pues le llenará de
sangre y le dejará sin ganas de volver al palacio, y contesta aquél que se ciña para luchar con él,
XVIII, 8 á 31; el mendigo (Ulises) hace jurar á los pretendientes que no le golpearán, para
socorrer á Iro, ni le someterán por fuerza al mismo, XVIII, 51 á 58; cíñese el mendigo (Ulises) los
andrajos; lucha con Iro y de una puñada lo derriba al suelo; lo arrastra hasta el patio, lo asienta y
le pone un bastón en la mano, diciendo que ahuyente á los puercos y á los canes y no quiera ser el

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señor de los huéspedes y de los mendigos; vuelve al umbral, recibe la felicitación de los
pretendientes y un vientre de cabra junto con dos panes, que le dan Antínoo y Anfínomo, y
recomienda á este último que se vaya á su casa antes que Ulises trabe combate con los
pretendientes, XVIII, 66 á 152; dice Penélope que sus atractivos destruyéronlos los inmortales
cuando Ulises partió á Troya con los argivos, XVIII, 250 á 253; Ulises se huelga de que Penélope
induzca á los pretendientes á que le hagan regalos, XVIII, 281 á 283; las esclavas de Ulises cuidan
de mantener el fuego, el mendigo (Ulises) les dice que se vayan, pues él cuidará de hacerlo,
Melanto le increpa, el mendigo la amenaza con decírselo á Telémaco, las mujeres huyen
espantadas y Ulises se queda junto á los tederos, XVIII, 310 á 345; Minerva no permite que los
pretendientes se abstengan de injuriar á Ulises, y Eurímaco, después de decir que no parece sino
que el resplandor de las antorchas sale de la cabeza del mismo, le ofrece tomarlo á sueldo y
llevarlo al campo; responde el mendigo (Ulises) que si tuvieran que segar, labrar la tierra ó
combatir contra los enemigos vería cómo se portaba, y que si tornara Ulises, las puertas le
parecerían estrechas á Eurímaco para salir huyendo; irrítase Eurímaco, le tira un escabel á Ulises y
acierta al copero, que cae de espaldas, XVIII, 346 á 398; Anfínomo aconseja que no se maltrate al
huésped (Ulises) ni á ninguno de los esclavos de Ulises, y que aquél se quede en el palacio de
Ulises, al cuidado de Telémaco, XVIII, 416 á 421; el mendigo (Ulises) se queda en el palacio;
Ulises y Telémaco esconden las armas, alumbrándoles Minerva; Ulises impone silencio á
Telémaco, cuando dice que algún dios debe de estar con ellos, y seguidamente le manda que se
acueste, XIX, 1 á 14, 27 á 52; Melanto increpa al mendigo (Ulises) y le dice que se vaya, XIX, 65
á 69, y aquél le responde que tema que vuelva Ulises, XIX, 70 á 88; Ulises se sienta en la silla que
le trae Eurínome; Penélope le pregunta quién es, y el héroe se excusa de responder, alabando á
Penélope y diciendo que él no debe estar llorando y lamentándose en casa ajena; Penélope
contesta que sus atractivos destruyéronlos los dioses cuando partió Ulises, le habla de los
pretendientes y del modo como los ha entretenido, tejiendo y destejiendo el sudario de Laertes,
dice que ya no sabe qué otro pretexto hallar é insiste en que el mendigo (Ulises) le diga quién es;
responde éste inventando un relato en el cual manifiesta que es Etón y que hospedó á Ulises en
Creta; y á Penélope, al oirlo, le brotan las lágrimas y se le deshace el cuerpo, XIX, 102 á 212;
Penélope, para probar si el mendigo dice la verdad, le pregunta qué vestido llevaba Ulises cuando
estuvo en Creta y cómo eran él y sus compañeros; aquél se lo describe y le da las señas de
Euríbates; Penélope promete al mendigo que en adelante será querido y venerado en el palacio; y
el mendigo afirma que Ulises ha llegado al país de los tesprotos, ha ido á Dodona á consultar la
voluntad de Júpiter y volverá á Ítaca al terminar el mes y comenzar el siguiente, XIX, 215 á 307;
dice Penélope que Ulises no volverá y manda á las esclavas que bañen al huésped y le aparejen el
lecho; pero el mendigo (Ulises) contesta que tiene aborrecidos los mantos y las colchas, y que no
dejará que las esclavas le laven los pies, á no ser que haya alguna muy vieja y de honestos
pensamientos, XIX, 308 á 348; dice Penélope al mendigo (Ulises) que jamás ha llegado á la casa
otro varón de tan buen juicio y manda á Euriclea que lo lave, XIX, 349 á 360; Euriclea deplora la
suerte de Ulises, nota en el mendigo una gran semejanza con éste, empieza á lavarle los pies y
pronto da con la cicatriz que el héroe tenía en el muslo, XIX, 363 á 394; Autólico, el abuelo de
Ulises, fué á Ítaca cuando éste acababa de nacer, le impuso el nombre y le prometió hacerle
muchos regalos si, al llegar á mozo, iba á la casa paterna, XIX, 399 á 412; Ulises, ya joven, fué á
la casa de Autólico, que lo recibió muy bien así como su esposa y sus hijos, salió á cazar con
éstos, un jabalí le hirió en el muslo, y Autólico y sus hijos le curaron y le enviaron á Ítaca, XIX,
413 á 467; al tocar Euriclea la cicatriz, reconoce á Ulises y quiere decírselo á Penélope, pero el
héroe se lo impide, la vieja ofrece darle á conocer cuáles son las mujeres culpables, y Ulises le
encarga el silencio, XIX, 467 á 502; el mendigo (Ulises) acerca nuevamente la silla al fuego,
Penélope le refiere un ensueño que ha tenido, y aquél le dice que es inminente la ruina de todos
los pretendientes, XIX, 506 á 558; le manifiesta Penélope al mendigo (Ulises) que ya pronto
dejará la casa de Ulises, pues quiere poner en manos de los pretendientes el arco y las segures del

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héroe para irse con quien venza en el certamen, XIX, 571 á 581; el mendigo (Ulises) exhorta á
Penélope á que no difiera tal certamen, pues Ulises vendrá antes que los pretendientes armen el
arco, XIX, 582 á 587; Penélope sube á su habitación, se acuesta en el lecho, siempre regado de
lágrimas desde que Ulises partió, y llora por el mismo hasta que Minerva le difunde en los
párpados el dulce sueño, XIX, 596 á 604; Ulises se acuesta en el vestíbulo del palacio, ve como
ciertas esclavas van á ayuntarse con algunos de los pretendientes, reprende á su corazón, se le
acerca Minerva, el héroe le pregunta adónde podrá refugiarse después de matar á los
pretendientes, y la diosa le tranquiliza y le infunde sueño, XX, 1 á 54; Penélope desea que Diana
la mate ó se la lleven las borrascas, á fin de penetrar en la tierra teniendo ante sus ojos á Ulises,
XX, 79 á 82; añade que aquella noche se ha acostado á su lado un fantasma muy semejante á
Ulises, XX, 88 á 90; Ulises oye los sollozos de Penélope, recoge el manto y las pieles en que
estaba echado, pide á Júpiter que le envíe un presagio y haga aparecer otro prodigio, el dios le
complace, y el héroe se alegra, XX, 92 á 121; las esclavas encienden fuego en el palacio de
Ulises, XX, 122 y 123; llegan los pastores: Eumeo pregunta al mendigo (Ulises), si ya le tratan
mejor y éste responde deseando que un dios castigue á los pretendientes; Melantio le increpa, y
Ulises, sin contestarle, agita en su alma siniestros propósitos; Filetio pregunta á Eumeo quién es el
forastero, y en seguida va á saludarle, dice que le ha hecho recordar á Ulises y manifiesta que ya
se hubiese ido él á otro país, pero aguarda todavía á su señor, XX, 162 á 225; el mendigo (Ulises)
dice á Filetio que Ulises volverá, responde el boyero que entonces verían qué fuerza y qué brazos
tiene, y Eumeo suplica asimismo á los dioses que vuelva Ulises, XX, 226 á 239; encamínanse los
pretendientes al palacio de Ulises, XX, 248; Telémaco hace sentar al mendigo (Ulises) junto al
umbral, le sirve carne y vino, y le promete que le librará de las manos de todos los pretendientes
pues aquella casa no es pública sino de Ulises, que la adquirió para él, XX, 257 á 265; sírvenle á
Ulises una parte igual á la de los demás comensales, XX, 281 y 282; Minerva no permite que los
pretendientes se abstengan de injuriar á Ulises: Ctesipo le tira una pata de buey, y el héroe logra
evitar el golpe y se sonríe con risa sardonia, XX, 284 á 302; Agelao aconseja que no se maltrate al
huésped ni á ningún esclavo de la casa de Ulises, y luego, dirigiéndose á Telémaco y á su madre,
dice que con razón entretenían á los pretendientes mientras conservaban la esperanza de que el
héroe tornara; pero, que siendo evidente que no ha de volver, debe Telémaco aconsejar á su madre
que se case, XX, 322 á 337; vaticina Teoclímeno la muerte de los pretendientes, que en el palacio
de Ulises maquinan inicuas acciones, XX, 368 á 370; Minerva inspira á Penélope que en la propia
casa de Ulises les saque á los pretendientes el arco y las segures para celebrar el certamen, XXI, 1
á 4; el arco se lo había dado á Ulises su huésped Ífito, y el héroe lo dejó en el palacio al partir para
Ilión, XXI, 11 á 41; Penélope lleva á los pretendientes el arco de Ulises y promete irse con quien
logre armarlo y hacer pasar la flecha por el ojo de las segures, XXI, 68 á 79; Antínoo declara que
no hay entre los pretendientes un hombre como fué Ulises; y había de ser Antínoo quien primero
gustara la saeta despedida por la mano de éste, XXI, 93 á 100; cuando Telémaco va á tender el
arco, Ulises se lo prohibe haciéndole una seña, XXI, 128 y 129; dice Liodes que todos desean
casarse con la esposa de Ulises, pero así que prueben el arco tendrán que dedicarse á pretender á
otras aquivas, XXI, 157 á 161; salen del palacio el boyero y el porquerizo de Ulises, sígueles éste,
les pregunta cómo se portarían si volviera su señor, se da á conocer, lloran y se abrazan; Ulises
recomienda á Eumeo que le dé el arco, aunque los pretendientes se opongan, y á Filetio que cierre
las puertas del patio, vuelve Ulises al palacio y poco después entran también ambos esclavos,
XXI, 188 á 204; Eurímaco deplora que las fuerzas de los pretendientes sean tan inferiores á las de
Ulises, XXI, 253 y 254; propone Antínoo que se dejen clavadas las segures, pues no se las llevará
ninguno de los que frecuentan el palacio de Ulises, y al día siguiente intentarán armar el arco de
este héroe, XXI, 260 á 268; pide el mendigo (Ulises) que le permitan probar el arco, todos se
oponen y Antínoo le amenaza con enviarlo al rey Équeto; Penélope dice que no es justo que se
ultraje á los huéspedes de Penélope; Eurímaco contesta que les avergonzaría el mendigo si llegaba
á tender el arco, y Penélope ofrece dar al mendigo un manto y una túnica si logra su propósito,

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XXI, 274 á 342; Penélope llora por Ulises hasta que Minerva le difunde en los párpados el dulce
sueño, XXI, 356 á 358; Eumeo lleva el arco al mendigo (Ulises), los pretendientes le increpan,
Telémaco le amenaza si no sigue adelante y, por fin, lo pone en las manos del héroe, XXI, 359 á
379; Filetio cierra las puertas del patio y vuelve á sentarse, clavando los ojos en Ulises, XXI, 389
á 393; Ulises examina minuciosamente el arco, lo arma, prueba la cuerda, huélgase de oir un
trueno que despide como presagio el propio Júpiter, hace pasar una flecha por el ojo de las
segures, dice á Telémaco que no le afrenta el huésped que tiene en su casa y que ya es hora de
aparejar la cena á los aqueos, y Telémaco toma las armas y se pone al lado de su padre, XXI, 393
á 434; Ulises se desnuda de sus harapos, salta al umbral, dice que quiere apuntar á otro blanco y,
asestando el arco á Antínoo, le clava una flecha en la garganta, y lo mata, XXII, 1 á 19; los
pretendientes increpan á Ulises, éste se da á conocer, Eurímaco ofrece resarcirle lo comido á razón
de veinte bueyes por cada uno de los pretendientes, y el héroe declara que no se abstendrá de
matar hasta que todos hayan pagado sus demasías, XXII, 26 á 64; Eurímaco arremete contra
Ulises y éste le clava una saeta en el hígado, XXII, 80 á 83; Anfínomo se va derecho á Ulises y
Telémaco le previene con hundirle la lanza en la espalda, XXII, 89 á 94; manda Ulises á Telémaco
que le traiga armas mientras tiene saetas para rechazar á los pretendientes, XXII, 105 á 107;
ármanse Telémaco, Eumeo y Filetio, y se colocan á ambos lados de Ulises, XXII, 113 á 115;
manda Ulises que Eumeo guarde el postigo, XXII, 129 y 130; Melantio dice que va á buscar
armas al aposento donde cree que las colocaron Ulises y su hijo, sube á la estancia de Ulises, da
las armas á los pretendientes, y desfallecen las rodillas y el corazón de Ulises, al verles tomar las
armas; dice el héroe á Telémaco que alguna mujer ó Melantio atiza el combate, y Telémaco se
declara el único culpable por haber dejado abierta la habitación, XXII, 139 á 156; Eumeo ve que
es Melantio quien proporciona las armas á los pretendientes y, por orden de Ulises, él y Filetio
echan por tierra al cabrero, le atan con una soga los pies y las manos, y lo levantan á la parte
superior de una columna, XXII, 162 á 191; vuelven Eumeo y Filetio al lado de Ulises, XXII, 201
á 203; preséntase Minerva, transfigurada en Méntor: Ulises se huelga de verla y le pide que aparte
de ellos el infortunio; los pretendientes la increpan y amenazan; y Minerva, después de reprender
á Ulises, diciéndole que ya no tiene el vigor y la fortaleza que demostró en la guerra de Troya, se
transforma en golondrina y se posa en una de las vigas, XXII, 205 á 240; recomienda Agelao que
tiren la pica seis pretendientes, por si Júpiter les concede herir á Ulises, XXII, 251 á 253; Ulises
invita á los suyos á tirar las lanzas contra la turba de los pretendientes, mata á Demoptólemo, y el
héroe y sus compañeros sacan de los cadáveres las lanzas que les han clavado, XXII, 261 á 271;
vuelve Ulises á despedir la lanza y mata á Euridamante, XXII, 281 á 283; dice Eumeo á Ctesipo,
al herirle en el pecho, que reciba aquel presente de hospitalidad por la pata de buey que dió á
Ulises, XXII, 290 y 291; mata Ulises á Agelao Damastórida, XXII, 292 y 293, Liodes ruega á
Ulises que no lo mate, y el héroe le corta la cabeza, XXII, 310 á 329; Femio vacila entre
refugiarse en el altar de Júpiter, donde tantos muslos de buey habían quemado Laertes y Ulises, ó
suplicar á éste y abrazarle las rodillas; parécele mejor lo último é implora á Ulises, alegando que
un dios le inspira canciones de toda especie; Telémaco intercede en favor del aedo y de Medonte;
y Ulises se abstiene de matar á entrambos y les ordena que vayan á sentarse al patio, XXII, 330 á
377; Ulises registra la sala, ve que todos los pretendientes están muertos y manda á Telémaco que
llame á Euriclea, XXII, 381 á 392; al hallar á Ulises entre los cadáveres, Euriclea profiere
exclamaciones de alegría, pero el héroe le impone silencio, diciendo que no es piadoso regocijarse
por la muerte de aquellos varones, y le manda que, sin despertar á Penélope, haga venir las
mujeres culpables, XXII, 401 á 432; Ulises manda á Telémaco, á Eumeo y á Filetio que hagan
trasladar los cadáveres, pongan en orden la estancia y maten á las mujeres culpables, XXII, 435 á
445; Ulises da prisa á las mujeres para que trasladen los cadáveres al pórtico, XXII, 450 y 451;
consumada la obra, Telémaco, Eumeo y Filetio vuelven á entrar en el palacio de Ulises, XXII, 478
y 479; Ulises ordena á Euriclea que le traiga fuego y azufre, y mande á Penélope y á las esclavas
que se presenten, XXII, 480 á 484; Ulises vuelve á pedir el fuego y en seguida azufra la casa,

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mientras la vieja se va por la hermosa mansión de Ulises á llamar á las mujeres, XXII, 490 á 496;
las esclavas abrazan y besan á Ulises, que las reconoce á todas, XXII, 498 á 501; Euriclea dice á
Penélope que ha llegado Ulises y ha dado muerte á los pretendientes; la reina no lo cree, y, como
Euriclea insiste en su afirmación, se figura que algún dios los habrá castigado y decide bajar para
ver muertos á los pretendientes y á quien los ha matado, XXIII, 5 á 84; siéntase Penélope en frente
de Ulises, sin hablarle, Telémaco la reprende por su frialdad, contesta aquélla que, si es Ulises, ya
se reconocerán por ciertas señales que ellos saben, y Ulises encarga á Telémaco que deje que su
madre le pruebe, XXIII, 89 á 114; consulta Ulises á Telémaco sobre lo que conviene hacer,
responde éste que lo vea él mismo, y aquél ordena que el aedo toque y los demás bailen, para que
los vecinos y transeuntes crean que se ha casado la reina; y que, al amanecer, se vayan Ulises,
Telémaco, Eumeo y Filetio á la casa que Laertes tiene en el campo, XXIII, 117 á 140; Eurínome
lava á Ulises, Minerva le da hermosura, y el héroe se sienta frente á su esposa y le echa en cara su
frialdad; Penélope, para probarle, dice á Euriclea que saque del cuarto la cama de Ulises, éste se
extraña porque la cama (que describe) está sujeta á un pie de olivo, y sigue una tierna escena de
reconocimiento, alargando Minerva aquella noche para que la Aurora no halle á los dos esposos
llorando todavía, XXIII, 153 á 246; dice Ulises á Penélope que aún falta llevar al cabo otra
empresa grande, larga y difícil, y, accediendo á sus súplicas, relata lo que Tiresias le mandó que
hiciera al llegar á Ítaca, XXIII, 247 á 284; Ulises y Penélope se van á la cama, alumbrados por
Eurínome; disfrutan del deseable amor, Penélope refiere cuánto padeció en la ausencia de su
marido, y Ulises cuenta sus aventuras y se duerme, XXIII, 293 á 343; así que se descubre la
Aurora, Ulises se levanta del lecho, recomienda á Penélope que se quede en lo alto de la casa, y
sale al campo con Telémaco, Eumeo y Filetio, XXIII, 348 á 372; mientras están hablando Aquiles
y Agamenón, llegan al Orco las almas de los pretendientes á quienes matara Ulises, XXIV, 98 á
100; Agamenón recuerda á Anfimedonte que estuvo en su casa, allá en Ítaca, cuando fué con
Menelao á exhortar á Ulises para que les siguiera á Ilión, le pregunta qué ha ocurrido y
Anfimedonte cuenta que pretendían á la esposa de Ulises, que ella los entretuvo con tejer y
destejer el sudario de Laertes, y que cuando lo acabó presentóse Ulises y dió muerte á los
pretendientes, XXIV, 106 á 190; Agamenón considera feliz á Ulises por tener una esposa
virtuosísima, y vaticina que los inmortales inspirarán á los hombres graciosos cantos en loor de la
discreta Penélope, XXIV, 191 á 198; Ulises llega con los suyos al predio de Laertes, encamínase
al huerto y se le saltan las lágrimas al ver á Laertes abrumado por la vejez; le habla burlonamente
diciendo que cultiva bien el huerto pero está sucio y mal vestido; le dice que en su patria tuvo un
huésped, que era hijo de Laertes; relata una fingida historia, según la cual es Epérito, hijo de
Afidante; y, al notar el dolor de su padre, da un salto, le besa, se da á conocer, enseñando á Laertes
la cicatriz y diciéndole cuantos árboles le había dado en cierta ocasión, y lloran y se abrazan;
Ulises tranquiliza á su padre del temor de que vengan los itacenses á acometerles, y padre é hijo se
van á la casería y hallan á Telémaco, al boyero y al porquerizo preparando la comida, XXIV, 205 á
364; Ulises dirige dulces palabras á Dolio y sus hijos, éstos lo abrazan, dice aquél á Dolio que ya
Penélope tiene noticia de su regreso, y se sientan todos á la mesa, XXIV, 391 á 411; al saberse la
noticia de la matanza de los pretendientes, los ciudadanos acuden á la mansión de Ulises y sacan
los muertos, XXIV, 413 á 417; Eupites, padre de Antínoo, que fué el primero á quien mató Ulises,
incita á los itacenses á ir contra el héroe, XXIV, 422 á 438; salen del palacio de Ulises, Medonte y
Femio; y el primero dice á los itacenses que no sin la voluntad de los dioses ha realizado Ulises su
hazaña, pues estaba junto á él un dios que había tomado la figura de Méntor, XXIV, 439 á 449;
Minerva explora la voluntad de Júpiter y éste le dice que cumpla el plan que ella misma trazó y,
pues Ulises se ha vengado de los pretendientes, olvídese lo sucedido, ámense los unos á los otros
como antes, y haya paz y riqueza en gran abundancia, XXIV, 472 á 486; manda Ulises que salga
alguien á ver si se acercan los itacenses, obedece uno de los hijos de Dolio, vuelve á entrar
diciendo que ya los enemigos están próximos, y se arman todos los varones, incluso Laertes y
Dolio, XXIV, 490 á 501; huélgase Ulises de ver á Minerva, que comparece transfigurada en

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Méntor, y exhorta á Telémaco á que sea valiente, XXIV, 502 á 509; Ulises y Telémaco hieren á los
itacenses con espadas y lanzas de doble filo; y á todos los mataran, si Minerva no hubiese
suspendido el combate, XXIV, 526 á 532; Ulises se lanza á perseguir á los enemigos, puestos en
fuga; Minerva le exhorta á detenerse, el héroe obedece gustoso, y la deidad hace jurar la paz á
entrambas partes, XXIV, 537 á 548.

Venus (Ἀφροδίτη): Diosa, hija de Júpiter y de Dione, y esposa de Vulcano. Á Hermione se la
compara con Venus por su hermosura, IV, 14; deplora Helena el error en que la puso Venus
cuando la llevó á Troya, IV, 261 á 264; ayuntóse Venus con Marte, pero el Sol se lo dijo á
Vulcano, y éste colocó unos lazos finísimos alrededor de la cama, aprisionó á los amantes y no los
dejó en libertad hasta que Neptuno afianzó el pago de la multa por Marte; entonces Venus se fué á
Chipre, donde las Gracias la lavaron, la ungieron y le pusieron lindas vestiduras, VIII, 266 á 366;
á Penélope se la compara con Diana ó con Venus, XVII, 36 y 37; XIX, 54; la diosa se lava el
rostro con ambrosía cuando va al coro de las Gracias, XVIII, 193 y 194; crió á las hijas de
Pandáreo con queso, miel y vino, y fué al Olimpo á pedir á Júpiter florecientes bodas para estas
doncellas, XX, 68 á 75; manda Ulises que mueran las mujeres culpables para que se olviden de
Venus, de cuyos placeres disfrutaban con los pretendientes, XXII, 443 á 445.
Vulcano (Ἥφαιστος): Dios, hijo de Júpiter y de Juno. Construyó la cratera que Menelao regala á
Telémaco, IV, 615 á 619; XV, 115 á 119; junto con Minerva enseña á los hombres toda clase de
artes, VI, 233; fabricó unos perros de plata y oro que había en la puerta del palacio de Alcínoo,
VII, 91 á 94; tenía por esposa á Venus, y, como á ésta la sedujese Marte, aprisionó á entrambos
culpables merced á unos lazos finísimos que puso en la cama, llamó á todos los dioses y no soltó á
aquéllos hasta que Neptuno salió fiador de Marte, VIII, 266 á 359.

Yaolco (Ἰαωλκός): Ciudad de Tesalia, donde vivió Pelias, XI, 255.
Yárdano (Ἰάρδανος): Río de la isla de Creta, III, 292.
Yásida (Ἰασίδης): Hijo de Yasio. Nombre patronímico de Anfión, XI, 283; y de Dmétor, XVII, 443.
Yasión (Ἰασίων): Héroe. Unióse con Ceres en una tierra noval, labrada tres veces y Jove lo mató con
el rayo, V, 125 á 128.
Yaso (Ἴασος):
1) Padre de Anfión, XI, 283.
2) Padre de Dmétor, XVII, 443.
3) Antiguo rey del Peloponeso, XVIII, 246.

Zacinto (Ζάκυνθος): Isla del mar Jónico. Todos sus próceres pretenden á Penélope, I, 246; XVI, 123;
XIX, 131; está situada cerca de Ítaca, IX, 24; de la misma proceden veinte pretendientes XVI,
250.
Zeto (Ζῆτος): Hijo de Júpiter y de Antíope, hermano de Anfión, marido de Aedón y padre de Ítilo.
Anfión y Zeto fundaron y torrearon á Tebas, XI, 260 á 265; Aedón, hija de Pandáreo, mató por
imprudencia á Ítilo, el vástago que tuvo del rey Zeto, XIX, 521 á 523.

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ÍNDICE DE GRABADOS

Páginas
Cabeceras de Flaxman

Minerva propone á Júpiter que Mercurio se llegue á Calipso y le mande que despida á Ulises. 11
Los pretendientes sorprenden á Penélope cuando está destejiendo la finísima tela. 23
Néstor ha reconocido á Minerva, al partir esta diosa, y le ofrece un sacrificio. 35
Minerva manda á Penélope un fantasma semejante á Iftima, para decirle que Telémaco volverá
sano y salvo. 47
Mercurio, enviado por Júpiter, manda á Calipso que deje partir á Ulises. 68
Nausícaa guía á Ulises, que se le ha presentado cerca del río, al palacio de Alcínoo. 82
Refiere Ulises cómo partió de la isla Ogigia y llegó al país de los feacios. 91
Ulises se entristece y derrama lágrimas al oirle cantar á Demódoco la toma de Troya. 101
Ulises embriaga al ciclope Polifemo. 116
Ulises, compadeciéndose de la suerte de sus compañeros, suplica á Circe que les torne su
anterior figura. 131
Ulises desciende al Orco, por consejo de Circe, á fin de consultar el alma de Tiresias. 146
Circe con algunas de sus criadas va á la orilla del mar al encuentro de Ulises. 162
Los feacios dejan en la playa de Ítaca á Ulises dormido. 174
Ulises, transfigurado en un anciano, conversa con el porquerizo Eumeo. 186
Cuando en la isla Siria envejecen los individuos de una generación, Apolo y Diana los matan
con suaves flechas. 201
Minerva toca á Ulises con la vara y le devuelve su primitiva figura. 215
Ulises, al llegar á su palacio, es reconocido por el perro Argos, que muere en seguida. 228
Túrbasele el ánimo á Iro, después de haber provocado á Ulises, y los criados lo sacan á viva
fuerza para que luche con el héroe. 244
Euriclea reconoce á Ulises al tocarle la cicatriz del muslo. 256
Las hijas de Pandáreo son arrebatadas por las Harpías. 271
Penélope, por inspiración de Minerva, les saca á los pretendientes el arco y las segures de
Ulises y promete casarse con el que venza en el certamen. 282
Ulises, valiéndose del arco, mata á los pretendientes de Penélope. 294
Penélope reconoce á Ulises. 307
Mercurio conduce al Orco las almas de los pretendientes. 317

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Láminas de Wal Paget

Volvieron á solazarse los pretendientes con la danza y el canto.—(Canto I, versos 421 y 422). 21
Acomodáronse en la popa Minerva y Telémaco, los marineros soltaron las amarras y el navío
echó á andar al soplo del Céfiro.—(Canto II, versos 416 á 421). 33
Salvóme una diosa, Idotea, la cual me salió al encuentro y me dijo...—(Canto IV, versos 364 á
370). 57
¡Desdichado! No llores más, ni consumas tu vida, pues de muy buen grado dejaré que partas.
—(Canto V, versos 160 y 161). 73
Vaga por el ponto, le dijo Neptuno, hasta que llegues á juntarte con esos hombres alumnos de
Júpiter.—(Canto V, versos 377 y 378). 79
¡Yo te imploro, oh reina, seas diosa ó mortal!—(Canto VI, verso 149). 87
Al entrar Ulises en la población, se le hizo encontradiza Minerva, transfigurada en una
doncella, y se detuvo ante él.—(Canto VII, versos 18 á 21). 93
Demódoco deje de tocar la melodiosa cítara, dijo el rey, pues quizás lo que canta no les sea
grato á todos los oyentes.—(Canto VIII, versos 537 y 538). 113
El Ciclope arrancó la cumbre de una montaña y la arrojó delante de nuestra embarcación.—
(Canto IX, versos 480 y 481). 127
Circe, tocándolos con su varita, los convirtió en cerdos y los encerró en pocilgas.—(Canto X,
versos 237 á 240). 137
¿Por qué, oh infeliz, dejaste la luz del sol y vienes á ver á los muertos y esta región
desapacible?—(Canto XI, versos 93 y 94). 149
Lampetia fué á decirle al Sol que habíamos dado muerte á sus vacas.—(Canto XII, versos 374
y 375). 171
La deidad disipó la nube y Ulises, holgándose de reconocer su patria, besó el fértil suelo.—
(Canto XIII, versos 352 á 354). 183
Al llegar Ulises á la majada, los canes ladraron y corrieron á encontrarle.—(Canto XIV, versos
29 y 30). 189
Eumeo fué á acostarse en la concavidad de una peña, donde dormían los puercos al abrigo del
Bóreas.—(Canto XIV, versos 532 y 533). 199
Minerva, tocando á Ulises con la varita de oro, le cubrió con una túnica y un manto, y le
aumentó la talla y el vigor juvenil.—(Canto XVI, versos 172 á 174). 221
Ulises, como viera que Argos le halagaba con la cola y ya no tenía fuerzas para ir á
encontrarle, enjugóse una lágrima que ocultó á Eumeo.—(Canto XVII, versos 301 á 305). 237
Retírate del umbral, oh viejo, para que no hayas de verte asido de un pie y arrastrado afuera.—
(Canto XVIII, verso 10). 247
Forjaba su relato refiriendo á Penélope muchas cosas falsas que parecían verdaderas.—(Canto
XIX, verso 203). 263
Veinte esclavas se encaminaron á la fuente de aguas profundas.—(Canto XX, verso 158). 277
Sentóse Penélope y lloró ruidosamente teniendo en sus rodillas el arco del rey.—(Canto XXI,
versos 55 y 56). 285

Page 408

¡Anciana! ¡Regocíjate en tu espíritu, pero no profieras exclamaciones de alegría!...—(Canto
XXII, verso 411). 305
Penélope, derramando lágrimas, corrió á encontrarle, le echó los brazos al cuello, le besó la
cabeza y le dijo...—(Canto XXIII, versos 207 y 208). 313
¿Quién eres, le preguntó Laertes, y de qué país procedes?—(Canto XXIV, verso 298). 325

Page 409

ÍNDICE GENERAL

Páginas
Al lector. 5
Canto I.—Concilio de los dioses.—Exhortación de Minerva á Telémaco. 11
— II.—Ágora de los itacenses.—Partida de Telémaco. 23
— III.—Lo de Pilos. 35
— IV.—Lo de Lacedemonia. 47
— V.—La balsa de Ulises. 68
— VI.—Llegada de Ulises al país de los feacios. 82
— VII.—Entrada de Ulises en el palacio de Alcínoo. 91
— VIII.—Presentación de Ulises á los feacios. 101
— IX.—Relatos á Alcínoo.—Ciclopea. 116
— X.—Lo relativo á Éolo, á los lestrigones y á Circe. 131
— XI.—Evocación de los muertos. 146
— XII.—Las Sirenas, Escila, Caribdis, las vacas del Sol. 162
— XIII.—Partida de Ulises del país de los feacios y su llegada á Ítaca. 174
— XIV.—Conversación de Ulises con Eumeo. 186
— XV.—Llegada de Telémaco á la majada de Eumeo. 201
— XVI.—Reconocimiento de Ulises por Telémaco. 215
— XVII.—Vuelta de Telémaco á Ítaca. 228
— XVIII.—Pugilato de Ulises con Iro. 244
— XIX.—Coloquio de Ulises y Penélope.—El lavatorio ó reconocimiento de Ulises
por Euriclea. 256
— XX.—Lo que precedió á la matanza de los pretendientes. 271
— XXI.—La propuesta del arco. 282
— XXII.—Matanza de los pretendientes. 294
— XXIII.—Reconocimiento de Ulises por Penélope. 307
— XXIV.—Las paces. 317
Índice de nombres propios. 333
Índice de grabados. 405

Page 410

Page 411

Page 412

Page 413

Nota de transcripción

Los errores de imprenta han sido corregidos sin avisar.
Se ha respetado la ortografía del original —que difiere ligeramente de la actual
—, normalizándola a la grafía de mayor frecuencia.
Se han añadido tildes a las mayúsculas que las necesitan.
Las páginas en blanco han sido eliminadas.
Se han hecho los siguientes cambios:
1. Canto V, 388, p. 78: «vendabal» → «vendaval».
2. Canto XII, 397, p. 172: «vendabal» → «vendaval».
3. Índice de nombres propios, p. 371, voz Neoptólemo: «Hijo de Ulises» →
«Hijo de Aquiles».
Algunas ilustraciones se han desplazado ligeramente, para evitar que
interrumpieran un párrafo.

Page 414

*** END OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK LA ODISEA ***

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Volunteers and financial support to provide volunteers with the
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and ensuring that the Project Gutenberg collection will remain freely
available for generations to come. In 2001, the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation was created to provide a secure and
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learn more about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation
and how your efforts and donations can help, see Sections 3 and 4 and
the Foundation information page at www.gutenberg.org.

Section 3. Information about the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation

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501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the state
of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal Revenue
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#516, Montclair NJ 07042, USA, +1 (862) 621-9288. Email contact

Page 422

links and up to date contact information can be found at the
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Section 4. Information about Donations to the Project
Gutenberg Literary Archive Foundation

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increasing the number of public domain and licensed works that can be
freely distributed in machine-readable form accessible by the widest
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donations ($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax
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The Foundation is committed to complying with the laws regulating
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any statements concerning tax treatment of donations received from
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Please check the Project Gutenberg web pages for current donation
methods and addresses. Donations are accepted in a number of other
ways including checks, online payments and credit card donations. To
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Page 423

Section 5. General Information About Project Gutenberg
electronic works

Professor Michael S. Hart was the originator of the Project Gutenberg
concept of a library of electronic works that could be freely shared
with anyone. For forty years, he produced and distributed Project
Gutenberg eBooks with only a loose network of volunteer support.

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