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The Project Gutenberg eBook of El Gíbaro
This eBook is for the use of anyone anywhere in the United States and
most other parts of the world at no cost and with almost no restrictions
whatsoever. You may copy it, give it away or re-use it under the terms
of the Project Gutenberg License included with this eBook or online at
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before using this eBook.
Title: El Gíbaro
Cuadro de costumbres de la isla de Puerto Rico
Author: Manuel A. Alonso
Release date: July 6, 2023 [eBook #71131]
Language: Spanish
Original publication: Spain: D. Juan Oliveres, 1849
Other information and formats: www.gutenberg.org/ebooks/71131
Credits: Richard Tonsing and the Online Distributed Proofreading
Team at https://www.pgdp.net (This file was produced from
images generously made available by The Internet Archive)
*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK EL GÍBARO ***
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Cuadro de costumbres de la isla de Puerto Rico
Author: Manuel A. Alonso
Release date: July 6, 2023 [eBook #71131]
Language: Spanish
Original publication: Spain: D. Juan Oliveres, 1849
Other information and formats: www.gutenberg.org/ebooks/71131
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Page 5
EL
GIBARO.
CUADRO DE COSTUMBRES
DE LA
ISLA DE PUERTO-RICO.
por
D. Manuel A. Alonso.
Barcelona.
POR D. JUAN OLIVERES, IMPRESOR DE S. M.,
CALLE DE MONSERRATE, N. 10.
1849.
GIBARO.
CUADRO DE COSTUMBRES
DE LA
ISLA DE PUERTO-RICO.
por
D. Manuel A. Alonso.
Barcelona.
POR D. JUAN OLIVERES, IMPRESOR DE S. M.,
CALLE DE MONSERRATE, N. 10.
1849.
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Dedicatoria.
Al Sr. D. Juan Alonso, Caballero de la Orden de S.
Hermenegildo, condecorado con otras varias cruces de distincion,
2.º comandante del 6.º batallon de milicias disciplinadas de Puerto-
rico, etc. etc.
Dedica esta obrita como una muestra de gratitud por sus muchas
bondades su apasionado hijo
Manuel A. Alonso.
Al Sr. D. Juan Alonso, Caballero de la Orden de S.
Hermenegildo, condecorado con otras varias cruces de distincion,
2.º comandante del 6.º batallon de milicias disciplinadas de Puerto-
rico, etc. etc.
Dedica esta obrita como una muestra de gratitud por sus muchas
bondades su apasionado hijo
Manuel A. Alonso.
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PRÓLOGO.
ALGUNOS años hace que deseaba publicar en obsequio de mi país una
memoria, en la cual se viera claramente la falta de armonía que reina entre
los estudios hechos en aquella isla y los de la Península, para evitar á los
padres de familia y á la juventud estudiosa tropiezos y sinsabores que una
triste esperiencia me habia hecho conocer; mas el temor de una crítica
severa ahogó los sentimientos de mi corazon, y un silencio estéril, y acaso
reprensible, encubrió verdades, dolorosas sí, pero que siento haber callado
tanto tiempo.
Cada Puerto-riqueño que venia á seguir una carrera literaria, se
encontraba aterrado por obstáculos imprevistos y muchas veces
insuperables: apareció la reforma del Plan de estudios, y con ésta crecieron
aquellos hasta tal punto, que creí un deber lo que antes era un deseo.
Resuelto ya, era preciso elegir formas que diesen un esterior no muy
desagradable al desengaño; y entonces me ocurrió la idea de escribir una
coleccion de artículos de costumbres, entre los cuales pudiera figurar uno
relativo á la enseñanza. He aquí la historia del gibaro.
Conforme á lo dicho en el prospecto, he reunido aquellas escenas que
juzgo mas á propósito para dar una idea de las costumbres de nuestra
Antilla, procurando ser exacto como narrador, indulgente ó severo segun las
circunstancias, y teniendo siempre la mira de corregir las costumbres
deleitando. ¿Habré logrado mi propósito?
Aparte de las grandes dificultades del estilo medio, que me ha sido
forzoso adoptar, y, mas que todo, aparte del ingenio que estoy muy lejos de
reconocer en mí, se oponen al logro de mis deseos dos barreras formidables:
ALGUNOS años hace que deseaba publicar en obsequio de mi país una
memoria, en la cual se viera claramente la falta de armonía que reina entre
los estudios hechos en aquella isla y los de la Península, para evitar á los
padres de familia y á la juventud estudiosa tropiezos y sinsabores que una
triste esperiencia me habia hecho conocer; mas el temor de una crítica
severa ahogó los sentimientos de mi corazon, y un silencio estéril, y acaso
reprensible, encubrió verdades, dolorosas sí, pero que siento haber callado
tanto tiempo.
Cada Puerto-riqueño que venia á seguir una carrera literaria, se
encontraba aterrado por obstáculos imprevistos y muchas veces
insuperables: apareció la reforma del Plan de estudios, y con ésta crecieron
aquellos hasta tal punto, que creí un deber lo que antes era un deseo.
Resuelto ya, era preciso elegir formas que diesen un esterior no muy
desagradable al desengaño; y entonces me ocurrió la idea de escribir una
coleccion de artículos de costumbres, entre los cuales pudiera figurar uno
relativo á la enseñanza. He aquí la historia del gibaro.
Conforme á lo dicho en el prospecto, he reunido aquellas escenas que
juzgo mas á propósito para dar una idea de las costumbres de nuestra
Antilla, procurando ser exacto como narrador, indulgente ó severo segun las
circunstancias, y teniendo siempre la mira de corregir las costumbres
deleitando. ¿Habré logrado mi propósito?
Aparte de las grandes dificultades del estilo medio, que me ha sido
forzoso adoptar, y, mas que todo, aparte del ingenio que estoy muy lejos de
reconocer en mí, se oponen al logro de mis deseos dos barreras formidables:
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el tiempo y la distancia. Hace cerca de siete años que media el Océano entre
mi patria y el lugar en que describo sus costumbres: así es que mi libro no
lleva la pretension de una obra acabada, pero sí la de ser el intérprete fiel de
mis sentimientos; quizá será un estímulo para los escritores de Puerto-rico y
un aviso saludable á las personas influyentes en la Isla. Recíbanlo mis
paisanos como el fruto de muchas horas robadas al sueño y al descanso de
los estudios de mi profesion, y no podrán menos que juzgarlo con
benevolencia.
mi patria y el lugar en que describo sus costumbres: así es que mi libro no
lleva la pretension de una obra acabada, pero sí la de ser el intérprete fiel de
mis sentimientos; quizá será un estímulo para los escritores de Puerto-rico y
un aviso saludable á las personas influyentes en la Isla. Recíbanlo mis
paisanos como el fruto de muchas horas robadas al sueño y al descanso de
los estudios de mi profesion, y no podrán menos que juzgarlo con
benevolencia.
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ESCENA I.
ESPÍRITU DE PROVINCIALISMO.
I.
EL lector puede que conozca hace tiempo á mi compadre Pepe, á quien
conté la fiesta del Utuao en el año cuarenta y cuatro; y por si no le tiene
presente, ó nunca oyó hablar de él, sepa que es uno de los Cubanos mas
juiciosos que en mi vida estudiantil he tratado: sério, reflexivo y
sentencioso algunas veces, decidor y muy chistoso otras, oportuno siempre,
y molesto nunca; cautiva con la amenidad de su trato, y se hace desear hasta
en sus ratos de mal humor, que tampoco le faltan, y no es entonces cuando
está menos célebre.
La casualidad nos reunió poco despues de mi llegada á Europa, una
emigración á la isla de Mallorca estrechó nuestras relaciones, y la
conformidad en ideas y gustos, con la igualdad de vida y estudios, las han
mantenido siempre sin que nada haya bastado á relajarlas.
Paseábamos en una tarde de junio por la muralla de Mar, hermoso paseo
de Barcelona, disfrutando del rico y variado conjunto de trajes, y de la
infinita diversidad de fisonomías que pasaban sin cesar á nuestra vista; mi
amigo hacia las mas graciosas aplicaciones del sistema de Gall, á que es
algo aficionado, mezclándolas con ocurrencias menos científicas, pero
quizá mas exactas, sobre ciertas caritas, de las que decia que eran como la
manzana de la Fábula.
Ocupados en esto, no vimos, hasta que llegó á saludarnos, á un jovencito,
de quien el Saint-Remy de Sue pudiera tomar lecciones: su vestido era rico
ESPÍRITU DE PROVINCIALISMO.
I.
EL lector puede que conozca hace tiempo á mi compadre Pepe, á quien
conté la fiesta del Utuao en el año cuarenta y cuatro; y por si no le tiene
presente, ó nunca oyó hablar de él, sepa que es uno de los Cubanos mas
juiciosos que en mi vida estudiantil he tratado: sério, reflexivo y
sentencioso algunas veces, decidor y muy chistoso otras, oportuno siempre,
y molesto nunca; cautiva con la amenidad de su trato, y se hace desear hasta
en sus ratos de mal humor, que tampoco le faltan, y no es entonces cuando
está menos célebre.
La casualidad nos reunió poco despues de mi llegada á Europa, una
emigración á la isla de Mallorca estrechó nuestras relaciones, y la
conformidad en ideas y gustos, con la igualdad de vida y estudios, las han
mantenido siempre sin que nada haya bastado á relajarlas.
Paseábamos en una tarde de junio por la muralla de Mar, hermoso paseo
de Barcelona, disfrutando del rico y variado conjunto de trajes, y de la
infinita diversidad de fisonomías que pasaban sin cesar á nuestra vista; mi
amigo hacia las mas graciosas aplicaciones del sistema de Gall, á que es
algo aficionado, mezclándolas con ocurrencias menos científicas, pero
quizá mas exactas, sobre ciertas caritas, de las que decia que eran como la
manzana de la Fábula.
Ocupados en esto, no vimos, hasta que llegó á saludarnos, á un jovencito,
de quien el Saint-Remy de Sue pudiera tomar lecciones: su vestido era rico
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en su calidad, elegante en el corte, y llevado con un garbo muy difícil de
pintar: este jóven hacia apenas un año que habia llegado de las Antillas, y
ya conocia y saludaba á muchas de las señoras que encontrábamos; referia
una anécdota escandalosa de cada una, y en no pocas era él el protagonista;
nos encajó una relacion corregida y aumentada de sus conquistas amorosas,
y destruyó á su modo algunas reputaciones sin mancha.
Compadecíame yo de tanta necedad, y miraba de reojo al amigo Pepe,
que se le hinchaban los carrillos, y tragaba por no soltar las enormes
bocanadas de risa. Quise sacarle del apuro, y dirigiéndome á nuestro
compatricio, le dije:—Muy dichoso es V., paisano, hay criollito que lleva ya
media docena de años de estar en este viejo mundo, y no puede contar una
centésima parte de las aventuras que á V. se le vienen tan á la mano.
Dichoso, repito, el que ocupado tan deliciosamente, vé correr con velocidad
los dias, que á otros parecen eternos, porque estan ausentes de su país, sin
que tengan esos ratos que V. nos cuenta.
—Verdad es (contestó con mucha petulancia), que no puedo quejarme de
mi suerte, porque otros muchos mas bien parecidos (y aquí se miró cuanto
pudo de su cuerpo) no han logrado lo que yo; pero á pesar de esto me veo
fastidiado: este es un país en que hay tan poco trato, ese maldito dialecto ó
jerga que me horripila, estas costumbres, estas comidas, todo en fin me
aburre tanto, que he escrito á mi padre para que me permita ir á Madrid á
continuar mis estudios.—No entiendo, pues, como se queja del trato, un
hombre tan bien tratado; ¿y está V. seguro de llenar en Madrid ese vacío
que halla en Barcelona.
—Seguro á mas no poder... ¡Vaya! ¿en la Corte quiere V. que no le llene?
Allí que todo es lujo, todo diversiones, con una finura que no tiene límites,
y con una variedad de espectáculos que nunca me dejará fastidiar, ¿qué mas
puedo pedir?
—Menos diversiones, menos espectáculos, y puede ser que menos finura,
para que quede mas tiempo que emplear en la Universidad y en los libros.
Viéndose nuestro hombre atacado de veras, y recordando que se las habia
con uno, que, como se dice vulgarmente, podia meterle el susto en el
cuerpo, varió de conversacion, y se marchó á poco, incorporándose con una
familia de las que peor habia tratado algunos momentos antes.
pintar: este jóven hacia apenas un año que habia llegado de las Antillas, y
ya conocia y saludaba á muchas de las señoras que encontrábamos; referia
una anécdota escandalosa de cada una, y en no pocas era él el protagonista;
nos encajó una relacion corregida y aumentada de sus conquistas amorosas,
y destruyó á su modo algunas reputaciones sin mancha.
Compadecíame yo de tanta necedad, y miraba de reojo al amigo Pepe,
que se le hinchaban los carrillos, y tragaba por no soltar las enormes
bocanadas de risa. Quise sacarle del apuro, y dirigiéndome á nuestro
compatricio, le dije:—Muy dichoso es V., paisano, hay criollito que lleva ya
media docena de años de estar en este viejo mundo, y no puede contar una
centésima parte de las aventuras que á V. se le vienen tan á la mano.
Dichoso, repito, el que ocupado tan deliciosamente, vé correr con velocidad
los dias, que á otros parecen eternos, porque estan ausentes de su país, sin
que tengan esos ratos que V. nos cuenta.
—Verdad es (contestó con mucha petulancia), que no puedo quejarme de
mi suerte, porque otros muchos mas bien parecidos (y aquí se miró cuanto
pudo de su cuerpo) no han logrado lo que yo; pero á pesar de esto me veo
fastidiado: este es un país en que hay tan poco trato, ese maldito dialecto ó
jerga que me horripila, estas costumbres, estas comidas, todo en fin me
aburre tanto, que he escrito á mi padre para que me permita ir á Madrid á
continuar mis estudios.—No entiendo, pues, como se queja del trato, un
hombre tan bien tratado; ¿y está V. seguro de llenar en Madrid ese vacío
que halla en Barcelona.
—Seguro á mas no poder... ¡Vaya! ¿en la Corte quiere V. que no le llene?
Allí que todo es lujo, todo diversiones, con una finura que no tiene límites,
y con una variedad de espectáculos que nunca me dejará fastidiar, ¿qué mas
puedo pedir?
—Menos diversiones, menos espectáculos, y puede ser que menos finura,
para que quede mas tiempo que emplear en la Universidad y en los libros.
Viéndose nuestro hombre atacado de veras, y recordando que se las habia
con uno, que, como se dice vulgarmente, podia meterle el susto en el
cuerpo, varió de conversacion, y se marchó á poco, incorporándose con una
familia de las que peor habia tratado algunos momentos antes.
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—No tenia á este (dije yo) por una cabeza tan infelíz; le habia hablado
pocas veces, y como tiene un esterior tan agradable, confieso que me
engañó.
—Como á otros, repuso Pepe, le hace falta quien le trate con severidad, y
no le adule por su dinero, ó por su buena presencia. Este muchacho es hijo
de un asturiano honradísimo, su padre fué á mi pueblo hace treinta años, y
entró á servir en casa de un comerciante muy rico, allí á fuerza de trabajo y
de virtuosa probidad llegó desde simple criado á socio del que antes servia,
se casó despues con su hija única, y hoy es uno de los hombres mas
justamente venerados en el país. Tiene dos hijos que él hubiera dedicado al
comercio; pero su mujer, que carece de la dulzura de nuestras paisanas y á
quien sobra mucha vanidad, ha querido educarlos á su modo, y á lo último
ha gastado cada uno en estudios, que no ha hecho, y para los cuales no era á
propósito, cien veces mas de lo que suelen gastar otros, instruyéndose bien.
A este le dió por ser abogado; los mejores profesores de Cuba enseñaron
al niño que, aunque no era el mas aprovechado en el colegio, casi siempre
sacaba algun premio que volvia loca de contento á la mamá: concluidos los
estudios preparatorios en aquella Isla, vino á emprender el de la
Jurisprudencia; hace un año que se pasea por aquí, y un año tambien
debiera tener de carrera, pero por fas, ó por nefas, él no se ha matriculado y
ya tiene un curso perdido.
pocas veces, y como tiene un esterior tan agradable, confieso que me
engañó.
—Como á otros, repuso Pepe, le hace falta quien le trate con severidad, y
no le adule por su dinero, ó por su buena presencia. Este muchacho es hijo
de un asturiano honradísimo, su padre fué á mi pueblo hace treinta años, y
entró á servir en casa de un comerciante muy rico, allí á fuerza de trabajo y
de virtuosa probidad llegó desde simple criado á socio del que antes servia,
se casó despues con su hija única, y hoy es uno de los hombres mas
justamente venerados en el país. Tiene dos hijos que él hubiera dedicado al
comercio; pero su mujer, que carece de la dulzura de nuestras paisanas y á
quien sobra mucha vanidad, ha querido educarlos á su modo, y á lo último
ha gastado cada uno en estudios, que no ha hecho, y para los cuales no era á
propósito, cien veces mas de lo que suelen gastar otros, instruyéndose bien.
A este le dió por ser abogado; los mejores profesores de Cuba enseñaron
al niño que, aunque no era el mas aprovechado en el colegio, casi siempre
sacaba algun premio que volvia loca de contento á la mamá: concluidos los
estudios preparatorios en aquella Isla, vino á emprender el de la
Jurisprudencia; hace un año que se pasea por aquí, y un año tambien
debiera tener de carrera, pero por fas, ó por nefas, él no se ha matriculado y
ya tiene un curso perdido.
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Al principio manifestaba tener buenas inclinaciones, atendia cuando se le
aconsejaba sobre sus deberes, y acaso hubiera llegado á ser útil para algo;
pero aquello duró muy poco, dió en acompañarse con cierta clase de
pájaros, que le ayudaban á gastar bonitamente sus muy buenas asistencias, y
que, como él dice, no le dejaban un momento para fastidiarse. Estos le han
hecho adquirir infinidad de relaciones perjudiciales que le han engreido de
suerte, que ahora solo habla de estudios cuando le sirven de pretesto para
alguna peticion loca, tal como la de ir á Madrid á hacer el papel de Duque;
y con estos conocimientos y esta aplicacion censura las costumbres del país,
que cree conocer, porque tiene en la memoria una lista de tontuelas que le
desvanecen, y de personas de juicio que le desprecian.
—Tristeza me da, amigo mio, el ver á un padre engañado de ese modo;
¡pobre padre y pobre patria, si de él necesitan algun dia!
—Pues no hemos llegado á lo mas curioso, y es que él cree amar mucho
á su país, porque contínuamente dice pestes de todos los demás, y alaba
cuanto hay en aquel, sea bueno ó malo; ¿se trata de adelantos en las ciencias
ó artes? pues allí es donde no pueden hacerse mayores; ¿de cultura, buenas
aconsejaba sobre sus deberes, y acaso hubiera llegado á ser útil para algo;
pero aquello duró muy poco, dió en acompañarse con cierta clase de
pájaros, que le ayudaban á gastar bonitamente sus muy buenas asistencias, y
que, como él dice, no le dejaban un momento para fastidiarse. Estos le han
hecho adquirir infinidad de relaciones perjudiciales que le han engreido de
suerte, que ahora solo habla de estudios cuando le sirven de pretesto para
alguna peticion loca, tal como la de ir á Madrid á hacer el papel de Duque;
y con estos conocimientos y esta aplicacion censura las costumbres del país,
que cree conocer, porque tiene en la memoria una lista de tontuelas que le
desvanecen, y de personas de juicio que le desprecian.
—Tristeza me da, amigo mio, el ver á un padre engañado de ese modo;
¡pobre padre y pobre patria, si de él necesitan algun dia!
—Pues no hemos llegado á lo mas curioso, y es que él cree amar mucho
á su país, porque contínuamente dice pestes de todos los demás, y alaba
cuanto hay en aquel, sea bueno ó malo; ¿se trata de adelantos en las ciencias
ó artes? pues allí es donde no pueden hacerse mayores; ¿de cultura, buenas
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costumbres, etc., etc.? su tono es decisivo y su juicio no tiene apelacion:
mas de una vez me he sonrojado, porque delante de personas respetables
por su edad y erudicion ensarta tales disparates que es capaz de trastornar al
cerebro mejor sentado.
En este punto interrumpió nuestro diálogo la llegada de otros amigos, y
nos olvidamos por entonces del objeto de él, hasta que la casualidad me
facilitó el terminarlo de un modo que no esperaba.
II.
Cuatro ó cinco dias despues, volvimos á encontrarnos los dos, aunque en
distinto lugar. Este era un café. Apurábamos cada uno su taza que parecia
ser de Caracolillo segun la fragancia que despedia, recordando aquellas
Islas en que tanto y tan bueno se cosecha, cuando vimos entrar al señorito
conocido nuestro, del fastidio, y de las conquistas, el mismo que algunos
dias antes nos habia dejado en la muralla, acompañado de otros no sé si
maestros ó discípulos suyos, pero que se le parecian bastante. Saludámonos,
y sentáronse en nuestra mesa. De repente se me ocurrió una idea, dí una
ligera pisada al amigo Pepe, la cual acompañé con un signo de inteligencia,
y dije:
—¿Saben Vds., señores, que he tenido esta mañana un malísimo rato
oyendo hablar á un inglés recien llegado de mi país? Figúrense Vds. un
hombre como un castillo, con una cara redonda como una jigüera, que á
pesar de saber donde nací, se empeñó en decir que aquello es un destierro,
que allí no hay mas que bárbaros, que la civilizacion no ha llegado aun, que
se ignora hasta el a, b, c, de las artes que en todo el mundo estan ya
olvidadas, y siguiendo así no dejó nada en paz.... ¡Infelices de nosotros, y
qué tunda llevamos!
—¿Y qué le respondió V.? contestó nuestro jovencito.
—¿Qué hubiera V. respondido?
—¿Yo? que era un bestia, un mal educado, que no tenia presente que
hablaba con un Puerto-riqueño.
—No hubiera sido mal dicho, porque bestialidad, mala educacion é
insolencia, es decir mal de un país delante de quien nació en él, (esta vez fuí
mas de una vez me he sonrojado, porque delante de personas respetables
por su edad y erudicion ensarta tales disparates que es capaz de trastornar al
cerebro mejor sentado.
En este punto interrumpió nuestro diálogo la llegada de otros amigos, y
nos olvidamos por entonces del objeto de él, hasta que la casualidad me
facilitó el terminarlo de un modo que no esperaba.
II.
Cuatro ó cinco dias despues, volvimos á encontrarnos los dos, aunque en
distinto lugar. Este era un café. Apurábamos cada uno su taza que parecia
ser de Caracolillo segun la fragancia que despedia, recordando aquellas
Islas en que tanto y tan bueno se cosecha, cuando vimos entrar al señorito
conocido nuestro, del fastidio, y de las conquistas, el mismo que algunos
dias antes nos habia dejado en la muralla, acompañado de otros no sé si
maestros ó discípulos suyos, pero que se le parecian bastante. Saludámonos,
y sentáronse en nuestra mesa. De repente se me ocurrió una idea, dí una
ligera pisada al amigo Pepe, la cual acompañé con un signo de inteligencia,
y dije:
—¿Saben Vds., señores, que he tenido esta mañana un malísimo rato
oyendo hablar á un inglés recien llegado de mi país? Figúrense Vds. un
hombre como un castillo, con una cara redonda como una jigüera, que á
pesar de saber donde nací, se empeñó en decir que aquello es un destierro,
que allí no hay mas que bárbaros, que la civilizacion no ha llegado aun, que
se ignora hasta el a, b, c, de las artes que en todo el mundo estan ya
olvidadas, y siguiendo así no dejó nada en paz.... ¡Infelices de nosotros, y
qué tunda llevamos!
—¿Y qué le respondió V.? contestó nuestro jovencito.
—¿Qué hubiera V. respondido?
—¿Yo? que era un bestia, un mal educado, que no tenia presente que
hablaba con un Puerto-riqueño.
—No hubiera sido mal dicho, porque bestialidad, mala educacion é
insolencia, es decir mal de un país delante de quien nació en él, (esta vez fuí
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yo quien me sentí pisar debajo de la mesa); pero habia un pequeño
inconveniente, y es, que á mí no me acomodaba batirme á puñetazos con un
gigante, y menos siendo inglés, porque sus padres no le habian educado
mejor.
—Yo no hubiera callado al oir semejante cosa.
—Tampoco yo callé, sino que esperando con aparente calma que
concluyera, le pregunté con muy buen modo: ¿Estuvo V. mucho por allá,
caballero?
—Mas de quince años.
—Friolera, pues V. conoce mi tierra mejor que yo.
—Ya lo creo que la conozco; sobre todo la Costa, porque en ella he
ayudado á desembarcar varios cargamentos de negros de Africa.
—¡Hola! ¿con que hacia V. la trata; y no temia V. al celo filantrópico de
sus paisanos? no le espantaba el temor de ir á Sierra-Leona?
—Maldita la cosa; reuní en cuatro años algunos centenares de duros; me
embarqué despues en una goleta, y con mis pacotillas que traia de San
Tomas hice un capitalito regular, con el cual compré en compañía de otro
una hacienda, y en ella he pasado otros siete años trabajando siempre para
inconveniente, y es, que á mí no me acomodaba batirme á puñetazos con un
gigante, y menos siendo inglés, porque sus padres no le habian educado
mejor.
—Yo no hubiera callado al oir semejante cosa.
—Tampoco yo callé, sino que esperando con aparente calma que
concluyera, le pregunté con muy buen modo: ¿Estuvo V. mucho por allá,
caballero?
—Mas de quince años.
—Friolera, pues V. conoce mi tierra mejor que yo.
—Ya lo creo que la conozco; sobre todo la Costa, porque en ella he
ayudado á desembarcar varios cargamentos de negros de Africa.
—¡Hola! ¿con que hacia V. la trata; y no temia V. al celo filantrópico de
sus paisanos? no le espantaba el temor de ir á Sierra-Leona?
—Maldita la cosa; reuní en cuatro años algunos centenares de duros; me
embarqué despues en una goleta, y con mis pacotillas que traia de San
Tomas hice un capitalito regular, con el cual compré en compañía de otro
una hacienda, y en ella he pasado otros siete años trabajando siempre para
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poder retirarme, como lo haré, á mi país, despues de viajar un poco por
Europa.
—Perfectamente: ha sido V. cuatro años negrero, otros cuatro
semicontrabandista, y siete hacendado: total quince, para llegar despues á
propietario acomodado, ¿y no perdona V. sus faltas á aquel país que se las
ha pagado en libras esterlinas?
Los dueños de la casa se sonreian maliciosamente, y el inglés se volvia y
revolvia en la silla dando muestras de grande enfado.
—Nunca, dijo finalmente, nunca podré querer bien aquella maldita tierra;
porque además de todo lo que he dicho de ella, me hizo perder mi salud....
sí, mi salud (repitió, notando que se reian), mi salud; porque aquí donde
VV. me ven tan gordo y de buen color, jamás tengo el estómago bueno; he
gastado un dineral, y siempre lo mismo; los avestruces médicos de su Isla
de V. (dijo mirándome) no saben curar nada, sino privándole á uno el tomar
su copita de rom, que tan necesaria es para que se siente bien la comida.
—Dice V. muy bien, esa es una privacion terrible, mas valiera no tener
una patata para entretener el hambre, como dicen que no tienen los
Irlandeses del país eminentemente civilizado que llaman Inglaterra.
Cuando decia esto, tenia mi sombrero en la mano, y sin dar lugar á otra
contestacion, me despedí disgustado, como es natural, de oir que un hombre
que debia á mi patria la fortuna, de cuyas ventajas iba á disfrutar en otra
parte, fuese tan ingrato con ella: pensaba, y no podia comprender como
entre tantos que van pregonando la bondad del clima, la sencillez de
costumbres, la dulzura de carácter y la hospitalidad de sus moradores, con
otras muchas gracias que derramó allí el Criador á manos llenas, hubiese
uno que llegara al estremo de desconocerlas.
En todo el dia no he podido olvidar aquella escena, y por mas que hago
por vencerme, creo que el amor á mi país sofoca las muy justas reflecsiones
que en vano procuro traer á la imaginacion.
—Y basta y sobra esa causa: yo no puedo sufrir que digan lo mas mínimo
del mio (replicó nuestro criollito), así es que para vengarme no paso
ninguna donde quiera que estoy, y á todo el mundo le canto clarito las faltas
del suyo.
Europa.
—Perfectamente: ha sido V. cuatro años negrero, otros cuatro
semicontrabandista, y siete hacendado: total quince, para llegar despues á
propietario acomodado, ¿y no perdona V. sus faltas á aquel país que se las
ha pagado en libras esterlinas?
Los dueños de la casa se sonreian maliciosamente, y el inglés se volvia y
revolvia en la silla dando muestras de grande enfado.
—Nunca, dijo finalmente, nunca podré querer bien aquella maldita tierra;
porque además de todo lo que he dicho de ella, me hizo perder mi salud....
sí, mi salud (repitió, notando que se reian), mi salud; porque aquí donde
VV. me ven tan gordo y de buen color, jamás tengo el estómago bueno; he
gastado un dineral, y siempre lo mismo; los avestruces médicos de su Isla
de V. (dijo mirándome) no saben curar nada, sino privándole á uno el tomar
su copita de rom, que tan necesaria es para que se siente bien la comida.
—Dice V. muy bien, esa es una privacion terrible, mas valiera no tener
una patata para entretener el hambre, como dicen que no tienen los
Irlandeses del país eminentemente civilizado que llaman Inglaterra.
Cuando decia esto, tenia mi sombrero en la mano, y sin dar lugar á otra
contestacion, me despedí disgustado, como es natural, de oir que un hombre
que debia á mi patria la fortuna, de cuyas ventajas iba á disfrutar en otra
parte, fuese tan ingrato con ella: pensaba, y no podia comprender como
entre tantos que van pregonando la bondad del clima, la sencillez de
costumbres, la dulzura de carácter y la hospitalidad de sus moradores, con
otras muchas gracias que derramó allí el Criador á manos llenas, hubiese
uno que llegara al estremo de desconocerlas.
En todo el dia no he podido olvidar aquella escena, y por mas que hago
por vencerme, creo que el amor á mi país sofoca las muy justas reflecsiones
que en vano procuro traer á la imaginacion.
—Y basta y sobra esa causa: yo no puedo sufrir que digan lo mas mínimo
del mio (replicó nuestro criollito), así es que para vengarme no paso
ninguna donde quiera que estoy, y á todo el mundo le canto clarito las faltas
del suyo.
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El compadre Pepe, viendo que no me habia comprendido, se espresó en
estos términos:—No puede darse un país tan malo que no tenga algo que
alabar; ni tampoco hay uno tan bueno que nada pueda decirse en contra
suya: son los pueblos tan distintos unos de otros como los hombres entre sí:
¿qué hombre hay completamente hermoso? ¿y podria una misma hermosura
parecer igual á todos los habitantes de la tierra? seguro es que no:
desprecian estos lo que aquellos ensalzan, y aman aquellos lo que á estos es
odioso. En una misma nacion, cada provincia quiere ser la mejor, en una
provincia, cada poblacion, y en una poblacion, cada casa. Todos tienen sus
buenas y malas cualidades, y del conjunto de ellas resulta un sello particular
que distingue á unos de otros, y que sirve al hombre de talento, no para ajar
á sus semejantes, sino para utilizar en provecho de la humanidad y en el
suyo propio las virtudes, y aun los vicios, que todos tenemos.
Volviendo ahora á nuestras Antillas, ¿qué seria de ellas sin los muchos
que allí van, como suele decirse, á hacer fortuna? Figurémonos por un
momento que nada agradezcan, y que hagan como el inglés que tanto ha
incomodado á nuestro paisano, ¿qué lograrán con esto? chocar si dan con
uno que sea vivo de genio, ó que se les rian los que les oyen, si son
personas instruidas y prudentes: mientras tanto ellos han abierto allá una
casa de comercio, ó han montado una hacienda de caña ó cafetal, etc.;
abandonan, es cierto, el suelo en que se enriquecieron; mas esto no es un
crímen; ¿quién es el que no desea volver á ver á sus padres, sus amigos y
allegados, los compañeros de sus juegos infantiles, la casa y los muebles
cuyas señas recuerda uno tan bien cuando está ausente? ¿quién es el que no
suspira por oir aquella campana que le llenaba de tristeza á la hora de ir á la
escuela, y de placer la víspera de un dia festivo?
Poco importa al país que la casa corra bajo tal ó cual razon social, que la
hacienda se llame con este ó el otro nombre; el resultado es que el
propietario aquel deja un nuevo núcleo de riqueza que ya no se mueve de la
Isla; á cada uno que sale de este modo, en vez de tildarle, débesele estar
muy agradecido.
Cierto es que hay algunos, por dicha nuestra muy pocos, á quienes puede
llamarse ingratos; pero á estos puede oponerse otro número, tambien
afortunadamente muy escaso, de hombres que en nada estiman el adelanto y
prosperidad de su patria, puesto que nada es para ellos el aumento de
poblacion y riqueza.
estos términos:—No puede darse un país tan malo que no tenga algo que
alabar; ni tampoco hay uno tan bueno que nada pueda decirse en contra
suya: son los pueblos tan distintos unos de otros como los hombres entre sí:
¿qué hombre hay completamente hermoso? ¿y podria una misma hermosura
parecer igual á todos los habitantes de la tierra? seguro es que no:
desprecian estos lo que aquellos ensalzan, y aman aquellos lo que á estos es
odioso. En una misma nacion, cada provincia quiere ser la mejor, en una
provincia, cada poblacion, y en una poblacion, cada casa. Todos tienen sus
buenas y malas cualidades, y del conjunto de ellas resulta un sello particular
que distingue á unos de otros, y que sirve al hombre de talento, no para ajar
á sus semejantes, sino para utilizar en provecho de la humanidad y en el
suyo propio las virtudes, y aun los vicios, que todos tenemos.
Volviendo ahora á nuestras Antillas, ¿qué seria de ellas sin los muchos
que allí van, como suele decirse, á hacer fortuna? Figurémonos por un
momento que nada agradezcan, y que hagan como el inglés que tanto ha
incomodado á nuestro paisano, ¿qué lograrán con esto? chocar si dan con
uno que sea vivo de genio, ó que se les rian los que les oyen, si son
personas instruidas y prudentes: mientras tanto ellos han abierto allá una
casa de comercio, ó han montado una hacienda de caña ó cafetal, etc.;
abandonan, es cierto, el suelo en que se enriquecieron; mas esto no es un
crímen; ¿quién es el que no desea volver á ver á sus padres, sus amigos y
allegados, los compañeros de sus juegos infantiles, la casa y los muebles
cuyas señas recuerda uno tan bien cuando está ausente? ¿quién es el que no
suspira por oir aquella campana que le llenaba de tristeza á la hora de ir á la
escuela, y de placer la víspera de un dia festivo?
Poco importa al país que la casa corra bajo tal ó cual razon social, que la
hacienda se llame con este ó el otro nombre; el resultado es que el
propietario aquel deja un nuevo núcleo de riqueza que ya no se mueve de la
Isla; á cada uno que sale de este modo, en vez de tildarle, débesele estar
muy agradecido.
Cierto es que hay algunos, por dicha nuestra muy pocos, á quienes puede
llamarse ingratos; pero á estos puede oponerse otro número, tambien
afortunadamente muy escaso, de hombres que en nada estiman el adelanto y
prosperidad de su patria, puesto que nada es para ellos el aumento de
poblacion y riqueza.
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Concluyo pues diciendo: que para hablar de un país es necesario antes
conocerle y estudiarle mucho; que se debe apreciar y proteger en gran
manera á los forasteros para que nunca puedan quejarse con justicia; que
siempre es arriesgado el oficio de censor, y que nada prueba tanto los
buenos sentimientos y la educacion esmerada como el juzgar de los demás
con benevolencia.
Salimos del café y nos despedimos: luego que yo estuve solo me
pregunté á mí mismo: ¿habrá aprovechado la leccion al paisanito? No lo sé:
y puede que de nada valga, porque una mala costumbre no se quita con un
sermon: y entonces volví á preguntarme: ¿Y podrá aplicarse á alguno en mi
país?... ¡Ojalá!.. ojalá! mil veces que no.
conocerle y estudiarle mucho; que se debe apreciar y proteger en gran
manera á los forasteros para que nunca puedan quejarse con justicia; que
siempre es arriesgado el oficio de censor, y que nada prueba tanto los
buenos sentimientos y la educacion esmerada como el juzgar de los demás
con benevolencia.
Salimos del café y nos despedimos: luego que yo estuve solo me
pregunté á mí mismo: ¿habrá aprovechado la leccion al paisanito? No lo sé:
y puede que de nada valga, porque una mala costumbre no se quita con un
sermon: y entonces volví á preguntarme: ¿Y podrá aplicarse á alguno en mi
país?... ¡Ojalá!.. ojalá! mil veces que no.
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ESCENA II.
El Bando de S. Pedro.
EL bando de San Pedro debe ocupar un lugar, y no secundario, en un cuadro
de costumbres Puerto-riqueñas, porque, además de su originalidad, viene á
hacer precisa su aparicion en un libro el olvido en que comienza á caer este
regocijo popular, que yo, á fuer de hombre amante de su país, quisiera se
perpetuase en él para siempre. Para cumplir pues con mi propósito, y dar
una idea de lo que comprende el título de esta escena, es necesario
retroceder algunos años, pues de otra suerte no podria pintar el Bando de
San Pedro sino en el período de su civilizada decadencia; y así supongo que
nos quitamos doce ó catorce años de encima, lo cual harian de veras y con
mucho gusto algunos de mis lectores.
Eran las diez de la mañana; el sol cubierto con un lienzo de nubes que
debilitaba su ardor tropical, templado además por la brisa diaria en aquel
clima durante las abrasadas horas del dia, alumbraba el recinto de una
ciudad, que ya no ecsiste, tal es la trasformacion verificada en ella en tan
corto espacio de tiempo.
Las calles no eran aseadas y agradablemente vistosas como en el dia; una
recua de caballerías mayores y menores que recogian sus inmundicias, iba
dejando por todas ellas señales no muy limpias de su paso; y gracias al
empedrado, cuyas aceras de ladrillos puestos de canto, gastados unos,
elevados otros, arrancados muchos y desiguales todos, el transeunte no
podia dar un paso sin llevar, como suele decirse, los ojos en los pies; las
plazas, hoy hermosas, estaban cubiertas de yerba que daba pasto al caballo
del carbonero, al macho del borriquero y á unas cuantas vacas y cabras que
El Bando de S. Pedro.
EL bando de San Pedro debe ocupar un lugar, y no secundario, en un cuadro
de costumbres Puerto-riqueñas, porque, además de su originalidad, viene á
hacer precisa su aparicion en un libro el olvido en que comienza á caer este
regocijo popular, que yo, á fuer de hombre amante de su país, quisiera se
perpetuase en él para siempre. Para cumplir pues con mi propósito, y dar
una idea de lo que comprende el título de esta escena, es necesario
retroceder algunos años, pues de otra suerte no podria pintar el Bando de
San Pedro sino en el período de su civilizada decadencia; y así supongo que
nos quitamos doce ó catorce años de encima, lo cual harian de veras y con
mucho gusto algunos de mis lectores.
Eran las diez de la mañana; el sol cubierto con un lienzo de nubes que
debilitaba su ardor tropical, templado además por la brisa diaria en aquel
clima durante las abrasadas horas del dia, alumbraba el recinto de una
ciudad, que ya no ecsiste, tal es la trasformacion verificada en ella en tan
corto espacio de tiempo.
Las calles no eran aseadas y agradablemente vistosas como en el dia; una
recua de caballerías mayores y menores que recogian sus inmundicias, iba
dejando por todas ellas señales no muy limpias de su paso; y gracias al
empedrado, cuyas aceras de ladrillos puestos de canto, gastados unos,
elevados otros, arrancados muchos y desiguales todos, el transeunte no
podia dar un paso sin llevar, como suele decirse, los ojos en los pies; las
plazas, hoy hermosas, estaban cubiertas de yerba que daba pasto al caballo
del carbonero, al macho del borriquero y á unas cuantas vacas y cabras que
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iban de puerta en puerta, y sin que nadie las molestase, buscando los
desperdicios que espresamente y para ellas estaban guardados.
Circulaba por toda la ciudad mayor número de personas que en los dias
ordinarios, causando aquella especie de rumor que en las poblaciones de
poco movimiento, como era entonces la capital de Puerto-Rico, es anuncio
seguro de un dia de fiesta popular. Infinidad de personas, que por su traje y
maneras mostraban ser de los campos de la Isla, discurrian acá y allá
admirando la maravilla de una tienda de quincalla, de una confitería, ó de
una de aquellas barracas de madera llamadas casillas, que llenas de
juguetes y otras chucherías, estaban en la plaza de armas arrimadas á la
negra y muy sucia pared del presidio, hoy bonita fachada del cuartel de
Artillería. Los balcones, ventanas y puertas bajas se veian cuajados de gente
de todas clases, la plaza de armas llena de caballos para alquilar, y los
muchachos corrian por todas partes produciendo con sus gritos las notas
mas agudas de aquel bullicioso conjunto de sonidos, que á fuerza de ser
desacorde tiene su armonía particular. Poco despues veíanse pasar algunas
máscaras á caballo que se encaminaban á la plaza principal, para formar un
escuadron, que á estar en moda la mitología pudiera llamarse el escuadron
de Momo. Reunidas allí todas, se dió la señal de marcha, seguida en el
órden siguiente:
1.º Caseros, cotisueltos, lecheros y guaraperos; éstos sin disfraz, aunque
disfrazados con sus mismos trajes; los primeros eran gíbaros montados en
desperdicios que espresamente y para ellas estaban guardados.
Circulaba por toda la ciudad mayor número de personas que en los dias
ordinarios, causando aquella especie de rumor que en las poblaciones de
poco movimiento, como era entonces la capital de Puerto-Rico, es anuncio
seguro de un dia de fiesta popular. Infinidad de personas, que por su traje y
maneras mostraban ser de los campos de la Isla, discurrian acá y allá
admirando la maravilla de una tienda de quincalla, de una confitería, ó de
una de aquellas barracas de madera llamadas casillas, que llenas de
juguetes y otras chucherías, estaban en la plaza de armas arrimadas á la
negra y muy sucia pared del presidio, hoy bonita fachada del cuartel de
Artillería. Los balcones, ventanas y puertas bajas se veian cuajados de gente
de todas clases, la plaza de armas llena de caballos para alquilar, y los
muchachos corrian por todas partes produciendo con sus gritos las notas
mas agudas de aquel bullicioso conjunto de sonidos, que á fuerza de ser
desacorde tiene su armonía particular. Poco despues veíanse pasar algunas
máscaras á caballo que se encaminaban á la plaza principal, para formar un
escuadron, que á estar en moda la mitología pudiera llamarse el escuadron
de Momo. Reunidas allí todas, se dió la señal de marcha, seguida en el
órden siguiente:
1.º Caseros, cotisueltos, lecheros y guaraperos; éstos sin disfraz, aunque
disfrazados con sus mismos trajes; los primeros eran gíbaros montados en
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los caballos que por sus buenas mañas no habian podido alquilar, pero que
con su garroneo y su fuete de á cuatro reales hacian ir mas ligeros que el
viento; los segundos eran amigos de éstos de la capital, ó jornaleros que
gastaban en aquella broma el salario de una semana; distinguíanse por los
movimientos descompasados de todos sus miembros que hacian flotar su
camisa como una bandera, y de aquí su denominacion; las otras dos clases
eran los que habiendo despachado su mercadería, se solazaban en pasear
por las calles al galope de sus encanijados é inseparables compañeros. Esta
era la vanguardia, formada, como se ve, de gente de rompe y rasga, puesto
que rota y rasgada llevaban no pocos la vestimenta.
2.º Caballería ligera; compuesta de los muchachos que por su buen
comportamiento en la escuela, ó por otra causa, habian logrado el permiso
de los papás; de jóvenes de todos oficios, artes y carreras, inclusos los que
con su garroneo y su fuete de á cuatro reales hacian ir mas ligeros que el
viento; los segundos eran amigos de éstos de la capital, ó jornaleros que
gastaban en aquella broma el salario de una semana; distinguíanse por los
movimientos descompasados de todos sus miembros que hacian flotar su
camisa como una bandera, y de aquí su denominacion; las otras dos clases
eran los que habiendo despachado su mercadería, se solazaban en pasear
por las calles al galope de sus encanijados é inseparables compañeros. Esta
era la vanguardia, formada, como se ve, de gente de rompe y rasga, puesto
que rota y rasgada llevaban no pocos la vestimenta.
2.º Caballería ligera; compuesta de los muchachos que por su buen
comportamiento en la escuela, ó por otra causa, habian logrado el permiso
de los papás; de jóvenes de todos oficios, artes y carreras, inclusos los que
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en todo el año no tenian otra ocupacion que correr aquel dia, y de las
cumarrachas que muchos de estos llevaban á la grupa: los caballos que
montaban, si bien no del todo buenos, podian sin embargo seguir á la
vanguardia, y los trajes eran sino de grande invencion, caprichosos y
variados desde el cuotidiano hasta el de arlequin, ó de negro, con la cara y
brazos bien tiznados ó cubiertos de seda.
3.º Caballería pesada; componíanla hombres de mas edad, y entre ellos
muchas personas de suposicion y respetables en todos conceptos:
sobresalian por la exagerada ridiculez de sus trajes, y por la inutilidad de
sus rocines, cojos, tuertos ó ciegos, desorejados, y con mas faltas que
sobras. Entre estos (no entre los rocines) iban el que hacia de notario, el
pregonero, y los tocadores de cornetas y timbales.
De esta suerte llegaron delante de la fortaleza ó palacio del Capitan
General; el notario, acompañado del pregonero, se colocó debajo de las
ventanas del edificio; los trompetas y timbales tocaron furiosamente y con
el mayor desconcierto por algunos momentos, luego callaron todos, y
poniéndose el primero unos anteojos de jigüera, comenzó á dictar, y el
pregonero á repetir en alta voz, el siguiente
BANDO.
cumarrachas que muchos de estos llevaban á la grupa: los caballos que
montaban, si bien no del todo buenos, podian sin embargo seguir á la
vanguardia, y los trajes eran sino de grande invencion, caprichosos y
variados desde el cuotidiano hasta el de arlequin, ó de negro, con la cara y
brazos bien tiznados ó cubiertos de seda.
3.º Caballería pesada; componíanla hombres de mas edad, y entre ellos
muchas personas de suposicion y respetables en todos conceptos:
sobresalian por la exagerada ridiculez de sus trajes, y por la inutilidad de
sus rocines, cojos, tuertos ó ciegos, desorejados, y con mas faltas que
sobras. Entre estos (no entre los rocines) iban el que hacia de notario, el
pregonero, y los tocadores de cornetas y timbales.
De esta suerte llegaron delante de la fortaleza ó palacio del Capitan
General; el notario, acompañado del pregonero, se colocó debajo de las
ventanas del edificio; los trompetas y timbales tocaron furiosamente y con
el mayor desconcierto por algunos momentos, luego callaron todos, y
poniéndose el primero unos anteojos de jigüera, comenzó á dictar, y el
pregonero á repetir en alta voz, el siguiente
BANDO.
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Don Tintinábulo Caralampio de los Lepidópteros nocturnos, Señor de las
carambímbolas del Peñon de Rio Grande, Pachá de las Islas Baleares
mayores y menores, que se hallan en tierra firme entre el Peloponeso y la
Isla de Madagascar, Presidente del Senado de la China, y primer Cónsul de
la República cochinchiniana, Conde del Manglar de Martin Peña, de las
tembladeras de Loiza y de la cuesta del Cercadillo, Emperador de los
Godos, Visogodos, Alanos, Puritanos y Samaritanos, Duque del Golfo de
las Damas, y Cabo 2.º de la Compañía de Morenos de Cangrejos, etc.
Hallándose el dia de San Pedro encima de nosotros, como nosotros encima
de las bestias que nos rodean, y deseando que dicho dia se celebre con toda
clase de celebraciones, y con la pompa, algazara y estrategia que son de
costumbre, segun consta de los archivos del Agua-buena. Deseando
además, que ningun bicho viviente ni por vivir altere en lo mas mínimo el
buen órden y compostura, que debe reinar en estos dias en que corren por
esas calles toda clase de animales, y con el fin de evitar contumelias y otros
accidentes desagradables que pudieran ocurrir: Ordeno y mando.
Artículo 1.º Queda prohibido bajo pena de la vida el morirse, hasta
pasados ocho dias de la publicacion de este bando.
2.º Todo individuo que coma, beba, duerma y haga otros menesteres que
se dirán en caso preciso, está obligado á montar, como montan los hombres
si fuere del género masculino, y á que le monten, á las ancas ó como mejor
le pareciere, si es del femenino.
3.º Se previene á los tenderos de toda clase de comestibles, inclusos los
de ropa, que enciendan hogueras (vulgo candeladas) en los dias de carreras;
teniendo cuidado de apagarlas al toque de la oracion, para no iluminar lo
que debe pasar á oscuras.
4.º Siendo las carreras de San Pedro una prueba de lo mucho que
adelantamos, aunque siempre corremos por el mismo lugar, deben ser así
mismo un modelo de cortesía; queda pues privada toda accion sospechosa,
como toser, estornudar, etc.
5.º Queda igualmente prohibido el llevar las manos á las narices, orejas ni
á ninguna otra parte de las que estan vedadas por la buena educacion;
debiendo al contrario tenerlas siempre de manifiesto para evitar malas
interpretaciones.
carambímbolas del Peñon de Rio Grande, Pachá de las Islas Baleares
mayores y menores, que se hallan en tierra firme entre el Peloponeso y la
Isla de Madagascar, Presidente del Senado de la China, y primer Cónsul de
la República cochinchiniana, Conde del Manglar de Martin Peña, de las
tembladeras de Loiza y de la cuesta del Cercadillo, Emperador de los
Godos, Visogodos, Alanos, Puritanos y Samaritanos, Duque del Golfo de
las Damas, y Cabo 2.º de la Compañía de Morenos de Cangrejos, etc.
Hallándose el dia de San Pedro encima de nosotros, como nosotros encima
de las bestias que nos rodean, y deseando que dicho dia se celebre con toda
clase de celebraciones, y con la pompa, algazara y estrategia que son de
costumbre, segun consta de los archivos del Agua-buena. Deseando
además, que ningun bicho viviente ni por vivir altere en lo mas mínimo el
buen órden y compostura, que debe reinar en estos dias en que corren por
esas calles toda clase de animales, y con el fin de evitar contumelias y otros
accidentes desagradables que pudieran ocurrir: Ordeno y mando.
Artículo 1.º Queda prohibido bajo pena de la vida el morirse, hasta
pasados ocho dias de la publicacion de este bando.
2.º Todo individuo que coma, beba, duerma y haga otros menesteres que
se dirán en caso preciso, está obligado á montar, como montan los hombres
si fuere del género masculino, y á que le monten, á las ancas ó como mejor
le pareciere, si es del femenino.
3.º Se previene á los tenderos de toda clase de comestibles, inclusos los
de ropa, que enciendan hogueras (vulgo candeladas) en los dias de carreras;
teniendo cuidado de apagarlas al toque de la oracion, para no iluminar lo
que debe pasar á oscuras.
4.º Siendo las carreras de San Pedro una prueba de lo mucho que
adelantamos, aunque siempre corremos por el mismo lugar, deben ser así
mismo un modelo de cortesía; queda pues privada toda accion sospechosa,
como toser, estornudar, etc.
5.º Queda igualmente prohibido el llevar las manos á las narices, orejas ni
á ninguna otra parte de las que estan vedadas por la buena educacion;
debiendo al contrario tenerlas siempre de manifiesto para evitar malas
interpretaciones.
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6.º El gobierno de las bestias queda á cargo del bello secso, por haber
demostrado la esperiencia que el otro que no es bello, no contiene muchas
veces la fogosidad de los potros que quieren salir de las calles en direccion
al campo del Morro.
7.º Para impedir en dicho lugar caidas que pudieran causar rasguños,
cardenales y chichones mas ó menos pronunciados, se pondrá al rededor de
la cantera que hay en el mismo un guardian que avisará con un tiro de fusil
la aparicion de todo ser animado.
8.º En caso de ser estas apariciones tan frecuentes que no tuviese tiempo
de cargar el arma, se duplicará, triplicará, y centuplicará el número de
guardianes, hasta que entre todos hagan un contínuo fuego graneado.
9.º No pudiendo usarse el agua, sino licores mas ligeros y menos
dañosos, como el cañete, anisao, etc. quedan cerrados todos los algibes,
pozos, y las cataratas del cielo, hasta pasados ocho dias contados desde la
fecha.
10. Será declarado reo de lesa carátula todo el que contraviniere en lo
mas mínimo las disposiciones adoptadas en este bando; siendo además
juzgado con arreglo al código de Tio Luna.
11. Encargo á los magnates y sacatecas de mis dominios que guarden y
hagan guardar el presente bando, á todo siniquitate que se halle bajo su
férula, y que agarrochen á los que no quieran entrar por el surco. ¡Vivan las
fiestas de San Pedro! ¡vivan las gentes de buen humor! ¡viva todo el
mundo!
Dado en las Cuevas del Sumidero á 4 del mes de los gatos, y del año de
las cornucopias.—Firmado—Tintinábulo Emperador de los Alanos,
Puritanos y Samaritanos; Cabo 2.º de la Compañía de morenos de
cangrejos.
Una endiablada gritería y los mas furibundos toques de clarines,
trompetas y timbales, anunciaron á larga distancia que habia terminado la
lectura del bando que antecede; emprendieron la marcha en el mismo órden
que habian venido, y fueron repitiendo la publicacion en los parajes mas
públicos, despues de lo cual se desbandaron, durando las carreras hasta las
dos ó las tres de la tarde.
demostrado la esperiencia que el otro que no es bello, no contiene muchas
veces la fogosidad de los potros que quieren salir de las calles en direccion
al campo del Morro.
7.º Para impedir en dicho lugar caidas que pudieran causar rasguños,
cardenales y chichones mas ó menos pronunciados, se pondrá al rededor de
la cantera que hay en el mismo un guardian que avisará con un tiro de fusil
la aparicion de todo ser animado.
8.º En caso de ser estas apariciones tan frecuentes que no tuviese tiempo
de cargar el arma, se duplicará, triplicará, y centuplicará el número de
guardianes, hasta que entre todos hagan un contínuo fuego graneado.
9.º No pudiendo usarse el agua, sino licores mas ligeros y menos
dañosos, como el cañete, anisao, etc. quedan cerrados todos los algibes,
pozos, y las cataratas del cielo, hasta pasados ocho dias contados desde la
fecha.
10. Será declarado reo de lesa carátula todo el que contraviniere en lo
mas mínimo las disposiciones adoptadas en este bando; siendo además
juzgado con arreglo al código de Tio Luna.
11. Encargo á los magnates y sacatecas de mis dominios que guarden y
hagan guardar el presente bando, á todo siniquitate que se halle bajo su
férula, y que agarrochen á los que no quieran entrar por el surco. ¡Vivan las
fiestas de San Pedro! ¡vivan las gentes de buen humor! ¡viva todo el
mundo!
Dado en las Cuevas del Sumidero á 4 del mes de los gatos, y del año de
las cornucopias.—Firmado—Tintinábulo Emperador de los Alanos,
Puritanos y Samaritanos; Cabo 2.º de la Compañía de morenos de
cangrejos.
Una endiablada gritería y los mas furibundos toques de clarines,
trompetas y timbales, anunciaron á larga distancia que habia terminado la
lectura del bando que antecede; emprendieron la marcha en el mismo órden
que habian venido, y fueron repitiendo la publicacion en los parajes mas
públicos, despues de lo cual se desbandaron, durando las carreras hasta las
dos ó las tres de la tarde.
Page 24
Tal era el bando de San Pedro en la época á que me he referido; desde
unos dias antes ya servia de tema de conversaciones muy animadas, y que
tenian por objeto la redaccion del célebre documento, que todos deseaban
leer; la invencion de un disfraz, el hallazgo de un jamelgo indefinible por
sus viciosas anomalías, y otras muchas cosas que ocupaban á personas de
todas las clase de la sociedad: los mas entonados iban á caza de alimañas
que despreciaria el jitano mas hábil, y las mas lindas manos se ocupaban en
hilvanar, prender, y atar ropajes, flores, y cintas, que adornaban á sus
allegados, amigos y aun á ellas mismas.
Ahora que he procurado hacer que conozca, ó recuerde el lector el bando
de San Pedro, reflecsionemos algo sobre el mismo; porque, como he dicho
al principio, temo que los progresos de la civilizacion, arrebatándonos
nuestra sencillez de costumbres, arrastren consigo todas aquellas
diversiones que al par que deleitan, tienen el gusto de la originalidad;
diversiones que recuerdan nuestra infancia, y que influyen no poco en el
carácter de los habitantes de nuestras Antillas.
Ultimamente ha venido á reducirse esta costumbre, á carreras sin objeto
ni fin alguno, y la clase privilegiada de la sociedad Puerto-riqueña se aparta
cada dia mas de ella, considerándola quizás como indigna del buen tono y
de la cultura, de que con sobrada razon blasona; pero en mi humilde sentir
debieran interesarse en sostenerla, por ser un medio económico é infalible
de divertir al pueblo, y de procurar salida á muchas cosas que no la tienen
sino en tiempo de tales fiestas.
unos dias antes ya servia de tema de conversaciones muy animadas, y que
tenian por objeto la redaccion del célebre documento, que todos deseaban
leer; la invencion de un disfraz, el hallazgo de un jamelgo indefinible por
sus viciosas anomalías, y otras muchas cosas que ocupaban á personas de
todas las clase de la sociedad: los mas entonados iban á caza de alimañas
que despreciaria el jitano mas hábil, y las mas lindas manos se ocupaban en
hilvanar, prender, y atar ropajes, flores, y cintas, que adornaban á sus
allegados, amigos y aun á ellas mismas.
Ahora que he procurado hacer que conozca, ó recuerde el lector el bando
de San Pedro, reflecsionemos algo sobre el mismo; porque, como he dicho
al principio, temo que los progresos de la civilizacion, arrebatándonos
nuestra sencillez de costumbres, arrastren consigo todas aquellas
diversiones que al par que deleitan, tienen el gusto de la originalidad;
diversiones que recuerdan nuestra infancia, y que influyen no poco en el
carácter de los habitantes de nuestras Antillas.
Ultimamente ha venido á reducirse esta costumbre, á carreras sin objeto
ni fin alguno, y la clase privilegiada de la sociedad Puerto-riqueña se aparta
cada dia mas de ella, considerándola quizás como indigna del buen tono y
de la cultura, de que con sobrada razon blasona; pero en mi humilde sentir
debieran interesarse en sostenerla, por ser un medio económico é infalible
de divertir al pueblo, y de procurar salida á muchas cosas que no la tienen
sino en tiempo de tales fiestas.
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Aquel regocijo, á que eran llamadas todas las clases, y del que
disfrutaban todos, ya como actores, ya como espectadores, se acomoda
mucho á los gustos y hábitos del país. La afluencia de gentes de los campos,
aumentando las relaciones de estos con la capital, satisfacia ese deseo
innato de hospitalidad y franqueza tan conocido en los habitantes de Puerto-
Rico. Cada casa de la Ciudad era una posada gratuita; y esto que de pronto
parece una carga muy penosa, tiene allí indemnizacion segura; si una
familia aloja y obsequia á otra que viene á divertirse con las máscaras de
San Pedro, puede ir á su vez y por el tiempo que guste, á disfrutar de los
encantos de la campiña, sin mas trabajo que un aviso dado algunos dias
antes.
Escusado es decir que el comercio gana, y no poco, con el sostenimiento
de esta y otras fiestas que empiezan á decaer; ¿quién es el que viene á una
capital á divertirse sin que arregle su equipaje, que en los campos no suele
estar siempre á punto de revista? ¿Quién es el que vuelve sin llevar un
regalito para el pariente, amigo ó esclavo á quien dejó el cuidado de su
casa? ¿Los mismos que reciben á estos forasteros, no tienen precision de
ataviarse como ellos, para acompañarles á todas partes? ¿el consumo de la
despensa es igual entonces al de los dias ordinarios? respondan á esto el
bolsillo de algunos, y las balanzas y la vara de medir de otros.
Finalmente los hacendados que se dedican á la cria caballar, ganan
tambien, porque si en la mañana de la víspera de San Pedro no se miran las
buenas cualidades de las bestias, no sucede lo mismo por la tarde y al dia
siguiente; cuando la concurrencia y rivalidad las ponen todas de manifiesto;
y Dios sabe los tratos, ventas, y cambalaches á que esto da lugar; de manera
que no sé como empieza á olvidarse una costumbre tan útilmente graciosa,
y tan graciosamente útil; mil veces he pensado remitir á mis paisanos una
cartita que tengo borroneada, pero no lo he hecho por cortedad. Esta carta la
transmito en reserva á los suscritores del Gíbaro, y dice lo que sigue:
«Queridos paisanos, los que vivis felices, entre Bieques y Sto. Domingo:
gozoso estoy á mas no poder, con las noticias que recibo de esa nuestra
tierra, porque segun ellas cada dia va siendo el país mejor de los posibles;
por allá puede un hombre acostarse seguro de que, si no viene la pelona por
sus pasos contados, dispertará al dia siguiente sin sustos ni cosa que lo
valga, lo cual no sucede en todas partes por acá, en el mundo civilizado, y
sino que lo digan los Parisienses que hace poco han tenido el inocente
disfrutaban todos, ya como actores, ya como espectadores, se acomoda
mucho á los gustos y hábitos del país. La afluencia de gentes de los campos,
aumentando las relaciones de estos con la capital, satisfacia ese deseo
innato de hospitalidad y franqueza tan conocido en los habitantes de Puerto-
Rico. Cada casa de la Ciudad era una posada gratuita; y esto que de pronto
parece una carga muy penosa, tiene allí indemnizacion segura; si una
familia aloja y obsequia á otra que viene á divertirse con las máscaras de
San Pedro, puede ir á su vez y por el tiempo que guste, á disfrutar de los
encantos de la campiña, sin mas trabajo que un aviso dado algunos dias
antes.
Escusado es decir que el comercio gana, y no poco, con el sostenimiento
de esta y otras fiestas que empiezan á decaer; ¿quién es el que viene á una
capital á divertirse sin que arregle su equipaje, que en los campos no suele
estar siempre á punto de revista? ¿Quién es el que vuelve sin llevar un
regalito para el pariente, amigo ó esclavo á quien dejó el cuidado de su
casa? ¿Los mismos que reciben á estos forasteros, no tienen precision de
ataviarse como ellos, para acompañarles á todas partes? ¿el consumo de la
despensa es igual entonces al de los dias ordinarios? respondan á esto el
bolsillo de algunos, y las balanzas y la vara de medir de otros.
Finalmente los hacendados que se dedican á la cria caballar, ganan
tambien, porque si en la mañana de la víspera de San Pedro no se miran las
buenas cualidades de las bestias, no sucede lo mismo por la tarde y al dia
siguiente; cuando la concurrencia y rivalidad las ponen todas de manifiesto;
y Dios sabe los tratos, ventas, y cambalaches á que esto da lugar; de manera
que no sé como empieza á olvidarse una costumbre tan útilmente graciosa,
y tan graciosamente útil; mil veces he pensado remitir á mis paisanos una
cartita que tengo borroneada, pero no lo he hecho por cortedad. Esta carta la
transmito en reserva á los suscritores del Gíbaro, y dice lo que sigue:
«Queridos paisanos, los que vivis felices, entre Bieques y Sto. Domingo:
gozoso estoy á mas no poder, con las noticias que recibo de esa nuestra
tierra, porque segun ellas cada dia va siendo el país mejor de los posibles;
por allá puede un hombre acostarse seguro de que, si no viene la pelona por
sus pasos contados, dispertará al dia siguiente sin sustos ni cosa que lo
valga, lo cual no sucede en todas partes por acá, en el mundo civilizado, y
sino que lo digan los Parisienses que hace poco han tenido el inocente
Page 26
desahogo de mandar á la eternidad á mas de diez mil de sus hermanos, con
su añadidura de robos, violaciones, mutilamientos, y otras lindezas que no
hay mas que pedir.
Segun he sabido los caminos, puentes, calzadas, y otros medios de
comunicacion que no hace mucho tiempo estaban buenos para los pájaros,
ahora se van mejorando que es un gusto; la capital se ha convertido en una
tazita de plata, y todos los demás pueblos la van siguiendo; de suerte que
cuando yo vuelva, que no está muy lejos, tendré que tomar un cicerone, que
me esplique cada una de las muchas novedades que se me ofrezcan á la
vista.
No puedo menos de daros el parabien por tanta dicha, y lo haria, si es
posible, de mejor gana, si no hubiera llegado á entender que comenzais á
olvidar, junto con ciertas preocupaciones ridículas, algunas de nuestras
sencillas y buenas costumbres: me han dicho, entre varias otras cosas, que
apenas os acordais del bando de S. Pedro, que tanto nos divertia, y juro por
la cuesta del Guaraguao, que no hemos de tener la fiesta en paz hasta que
sepa que os habeis corregido. ¿Cómo se entiende, señores reformistas,
su añadidura de robos, violaciones, mutilamientos, y otras lindezas que no
hay mas que pedir.
Segun he sabido los caminos, puentes, calzadas, y otros medios de
comunicacion que no hace mucho tiempo estaban buenos para los pájaros,
ahora se van mejorando que es un gusto; la capital se ha convertido en una
tazita de plata, y todos los demás pueblos la van siguiendo; de suerte que
cuando yo vuelva, que no está muy lejos, tendré que tomar un cicerone, que
me esplique cada una de las muchas novedades que se me ofrezcan á la
vista.
No puedo menos de daros el parabien por tanta dicha, y lo haria, si es
posible, de mejor gana, si no hubiera llegado á entender que comenzais á
olvidar, junto con ciertas preocupaciones ridículas, algunas de nuestras
sencillas y buenas costumbres: me han dicho, entre varias otras cosas, que
apenas os acordais del bando de S. Pedro, que tanto nos divertia, y juro por
la cuesta del Guaraguao, que no hemos de tener la fiesta en paz hasta que
sepa que os habeis corregido. ¿Cómo se entiende, señores reformistas,
Page 27
quereis que no quede rastro bueno ni malo de los usos de nuestros padres?
¿teneis acaso la vanidad de pensar que nada es bueno mas que lo que
hagamos nosotros? Si os molesta el sol porque os habeis vuelto mas
delicados, mudad la hora, pero no toqueis á la costumbre; si algunas
palabras que antes pasaban no pueden tolerarse en el dia, porque el buen
gusto se ha desarrollado, ingenios hay en la Isla que os darán cada año un
bando mejor que el Código Romano, y que las Tablas de Solon.
Cuidado, señores mios, no nos suceda lo que al loco que dió en tener
asco á sus propias uñas, y para impedir que crecieran queria cortarse los
dedos; vayamos con tiento, no afinar tanto la guitarra que se le rompan las
cuerdas, y tengamos presente que hay un adagio que dice, que no por
mucho madrugar, amanece mas temprano.
Fuera de esto, aplaudo ese espíritu de regeneracion bien entendida que se
desarrolla entre nosotros, quisiera poder contribuir á nuestro adelanto; pero
ya que no otra cosa, admiro vuestra cordura y sensatez, y quedo vuestro
paisano y afectísimo S. S.—El Gíbaro de Caguas.
¿teneis acaso la vanidad de pensar que nada es bueno mas que lo que
hagamos nosotros? Si os molesta el sol porque os habeis vuelto mas
delicados, mudad la hora, pero no toqueis á la costumbre; si algunas
palabras que antes pasaban no pueden tolerarse en el dia, porque el buen
gusto se ha desarrollado, ingenios hay en la Isla que os darán cada año un
bando mejor que el Código Romano, y que las Tablas de Solon.
Cuidado, señores mios, no nos suceda lo que al loco que dió en tener
asco á sus propias uñas, y para impedir que crecieran queria cortarse los
dedos; vayamos con tiento, no afinar tanto la guitarra que se le rompan las
cuerdas, y tengamos presente que hay un adagio que dice, que no por
mucho madrugar, amanece mas temprano.
Fuera de esto, aplaudo ese espíritu de regeneracion bien entendida que se
desarrolla entre nosotros, quisiera poder contribuir á nuestro adelanto; pero
ya que no otra cosa, admiro vuestra cordura y sensatez, y quedo vuestro
paisano y afectísimo S. S.—El Gíbaro de Caguas.
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ESCENA III.
REFLECSIONES SOBRE INSTRUCCION PÚBLICA.
A los padres de Familia.
ARDUO es el asunto de esta escena de mi cuadro de costumbres puerto-
riqueñas, y muy difícil el trazarlo de suerte que ciertas tintas no hieran
demasiado la vista de algun amante de la sombra; porque esta hace grandes
y á veces monstruosos los objetos que á la claridad son pequeños, y que no
imponen, sino dan lástima.
Difícil será tambien que pueda mi pluma, harto por mi desgracia mal
cortada, trasladar al papel cuanto pienso y cuanto quiero decir, porqué de
sentir una cosa á espresarla tal como se siente hay la misma distancia que
de comprenderla á ponerla en ejecucion. Mi audacia por lo tanto no está en
haber emprendido una obra que hace tiempo bullia en mi cerebro, sino en
querer encerrar en los límites de un solo artículo un pensamiento de cinco
años.
No pretendo ser aplaudido por cuantos leyeren esta escena, antes creo
que no faltará quien me trate de visionario; pero en este caso, comparen los
padres de familia, á quienes la dedico, el interés que tengo yo en poner en
claro la verdad, con el que acaso tengan otros en ocultarla: mediten sobre el
resultado de despreciar este aviso, fruto de repetidas esperiencias, y piensen
mucho que una buena educacion es el mejor legado que pueden hacer á sus
hijos.
Con esta ligera advertencia paso á tratar de los estudios que hacen los
jóvenes Puerto-riqueños. Para proceder con órden, me ocuparé primero de
REFLECSIONES SOBRE INSTRUCCION PÚBLICA.
A los padres de Familia.
ARDUO es el asunto de esta escena de mi cuadro de costumbres puerto-
riqueñas, y muy difícil el trazarlo de suerte que ciertas tintas no hieran
demasiado la vista de algun amante de la sombra; porque esta hace grandes
y á veces monstruosos los objetos que á la claridad son pequeños, y que no
imponen, sino dan lástima.
Difícil será tambien que pueda mi pluma, harto por mi desgracia mal
cortada, trasladar al papel cuanto pienso y cuanto quiero decir, porqué de
sentir una cosa á espresarla tal como se siente hay la misma distancia que
de comprenderla á ponerla en ejecucion. Mi audacia por lo tanto no está en
haber emprendido una obra que hace tiempo bullia en mi cerebro, sino en
querer encerrar en los límites de un solo artículo un pensamiento de cinco
años.
No pretendo ser aplaudido por cuantos leyeren esta escena, antes creo
que no faltará quien me trate de visionario; pero en este caso, comparen los
padres de familia, á quienes la dedico, el interés que tengo yo en poner en
claro la verdad, con el que acaso tengan otros en ocultarla: mediten sobre el
resultado de despreciar este aviso, fruto de repetidas esperiencias, y piensen
mucho que una buena educacion es el mejor legado que pueden hacer á sus
hijos.
Con esta ligera advertencia paso á tratar de los estudios que hacen los
jóvenes Puerto-riqueños. Para proceder con órden, me ocuparé primero de
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la instruccion que se recibe en la Isla; despues, de la que se da en la
Península, concluyendo con la del estranjero.
Cinco son las carreras á que con preferencia se dedican los hijos de
Puerto-Rico: el Sacerdocio, el Comercio, la Jurisprudencia, la Medicina y la
Farmacia; sin incluir los Militares y los Ingenieros civiles.
El estudio de la Teología se debe hacer segun el plan de estudios del
modo siguiente:
1.º año: Fundamentos de la Religion.—Lugares teológicos.
2.º año. Teología dogmática (parte especulativa).
3.º año. Teología dogmática (parte práctica). Lengua griega.
4.º año. Teología moral.—Lengua hebrea.
5.º año. Historia y elementos del Derecho canónico.—Oratoria sagrada.
6.º año. Sagrada Escritura.—Lengua griega (2.º curso).
7.º año. Historia y disciplina general de la Iglesia y particular de España.
—Lengua hebrea (2.º curso).
Se necesitan por consiguiente siete profesores distintos, y que el alumno
curse siete años para ser teólogo, y en Puerto-Rico todo se hace en tres con
un solo profesor: á mis lectores dejo el deducir la consecuencia.
El Comercio es á mi entender la carrera que mejor puede seguirse en la
Isla; no obstante, para perfeccionarse en los idiomas es casi indispensable la
permanencia en el estranjero por dos años á lo menos. Esto tiene grandes
ventajas, de las cuales, así como de los inconvenientes que ofrece, me
ocuparé á su debido tiempo.
Llegamos á la Jurisprudencia, y á la Medicina: estas dos no pueden
estudiarse en Puerto-Rico, pero sí la Filosofía como introduccion á dichas
facultades. Veamos si esto se hace como es debido, y como lo reclama la
ilustracion de la época; y aquí advierto de nuevo que al poner de manifiesto
el estado de atraso de nuestra enseñanza es mi único objeto el despertar, si
es posible, á mi patria de ese sueño que la hace marchar á tan larga distancia
de la metrópoli.
Península, concluyendo con la del estranjero.
Cinco son las carreras á que con preferencia se dedican los hijos de
Puerto-Rico: el Sacerdocio, el Comercio, la Jurisprudencia, la Medicina y la
Farmacia; sin incluir los Militares y los Ingenieros civiles.
El estudio de la Teología se debe hacer segun el plan de estudios del
modo siguiente:
1.º año: Fundamentos de la Religion.—Lugares teológicos.
2.º año. Teología dogmática (parte especulativa).
3.º año. Teología dogmática (parte práctica). Lengua griega.
4.º año. Teología moral.—Lengua hebrea.
5.º año. Historia y elementos del Derecho canónico.—Oratoria sagrada.
6.º año. Sagrada Escritura.—Lengua griega (2.º curso).
7.º año. Historia y disciplina general de la Iglesia y particular de España.
—Lengua hebrea (2.º curso).
Se necesitan por consiguiente siete profesores distintos, y que el alumno
curse siete años para ser teólogo, y en Puerto-Rico todo se hace en tres con
un solo profesor: á mis lectores dejo el deducir la consecuencia.
El Comercio es á mi entender la carrera que mejor puede seguirse en la
Isla; no obstante, para perfeccionarse en los idiomas es casi indispensable la
permanencia en el estranjero por dos años á lo menos. Esto tiene grandes
ventajas, de las cuales, así como de los inconvenientes que ofrece, me
ocuparé á su debido tiempo.
Llegamos á la Jurisprudencia, y á la Medicina: estas dos no pueden
estudiarse en Puerto-Rico, pero sí la Filosofía como introduccion á dichas
facultades. Veamos si esto se hace como es debido, y como lo reclama la
ilustracion de la época; y aquí advierto de nuevo que al poner de manifiesto
el estado de atraso de nuestra enseñanza es mi único objeto el despertar, si
es posible, á mi patria de ese sueño que la hace marchar á tan larga distancia
de la metrópoli.
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El plan de estudios previene que se curse la Filosofía en cinco años de
esta manera:
1.º año. Latin y Castellano.—Geografía.—Religion y Moral.
2.º año. Latin y Castellano.—Geografía.—Historia, Religion y Moral.
3.º año. Latin y Castellano.—Historia.—Religion y Moral.—Curso
preparatorio de Matemáticas (Aritmética y algunas nociones de Geometría).
Repaso de Geografía.
4.º año. Retórica y poética.—Historia.—Religion y Moral.—Matemáticas
(Álgebra hasta las ecuaciones de segundo grado inclusive). Geometría,
Trigonometría plana y nociones de Topografía.
5.º año. Psicología y Lógica.—Elementos de Física y nociones de
Química.—Nociones de Historia natural.—Ejercicios prácticos de Retórica
y poética.—Religion y Moral.
En Puerto-Rico se emplean dos, tres, ó mas años en la Latinidad;
concluida esta, empieza la Lógica, que dura otro año; sigue la Física[1], y en
el tercero la Ética y Metafísica. Las Matemáticas, nociones de Química y la
Geografía se estudian tambien en algunos de estos años, y sin ser
obligatorio.
[1] Gracias á los desvelos y sumo desinterés del Dr. D. Rufo M. Fernandez,
hay un gabinete de Física esperimental, y un laboratorio de Química que regaló
dicho Sr. á la Sociedad económica de Amigos del país.
Faltan por consiguiente la Historia, Retórica y poética, Historia natural y
ejercicios prácticos de Retórica y poética; muchísimo mayor es el defecto
en cuanto á los profesores.
Para desempeñar las cátedras de Filosofía se necesitan doce profesores
por lo menos, cuando en el colegio de Puerto-Rico, sino fuera por las clases
que sostiene la Sociedad económica de Amigos del país, solo habria dos de
Latinidad y otro para el resto de la Filosofía. ¿Cómo es posible que uno solo
pueda cargar con peso tan enorme? No es estraño que, al presentarnos en las
universidades de la Península, se rian de nosotros y de nuestros certificados
los que con mucha razon ven en la Filosofía el fundamento de todas las
carreras literarias.
esta manera:
1.º año. Latin y Castellano.—Geografía.—Religion y Moral.
2.º año. Latin y Castellano.—Geografía.—Historia, Religion y Moral.
3.º año. Latin y Castellano.—Historia.—Religion y Moral.—Curso
preparatorio de Matemáticas (Aritmética y algunas nociones de Geometría).
Repaso de Geografía.
4.º año. Retórica y poética.—Historia.—Religion y Moral.—Matemáticas
(Álgebra hasta las ecuaciones de segundo grado inclusive). Geometría,
Trigonometría plana y nociones de Topografía.
5.º año. Psicología y Lógica.—Elementos de Física y nociones de
Química.—Nociones de Historia natural.—Ejercicios prácticos de Retórica
y poética.—Religion y Moral.
En Puerto-Rico se emplean dos, tres, ó mas años en la Latinidad;
concluida esta, empieza la Lógica, que dura otro año; sigue la Física[1], y en
el tercero la Ética y Metafísica. Las Matemáticas, nociones de Química y la
Geografía se estudian tambien en algunos de estos años, y sin ser
obligatorio.
[1] Gracias á los desvelos y sumo desinterés del Dr. D. Rufo M. Fernandez,
hay un gabinete de Física esperimental, y un laboratorio de Química que regaló
dicho Sr. á la Sociedad económica de Amigos del país.
Faltan por consiguiente la Historia, Retórica y poética, Historia natural y
ejercicios prácticos de Retórica y poética; muchísimo mayor es el defecto
en cuanto á los profesores.
Para desempeñar las cátedras de Filosofía se necesitan doce profesores
por lo menos, cuando en el colegio de Puerto-Rico, sino fuera por las clases
que sostiene la Sociedad económica de Amigos del país, solo habria dos de
Latinidad y otro para el resto de la Filosofía. ¿Cómo es posible que uno solo
pueda cargar con peso tan enorme? No es estraño que, al presentarnos en las
universidades de la Península, se rian de nosotros y de nuestros certificados
los que con mucha razon ven en la Filosofía el fundamento de todas las
carreras literarias.
Page 31
No pueden un médico ni un farmacéutico serlo completos sin algunas
nociones de Historia natural; así como tampoco un abogado ni un teólogo
pueden ser buenos oradores sin el conocimiento de la Literatura. Toda mi
vida recordaré con pesar lo que sufrí al graduarme de bachiller en Filosofía.
El catedrático llamado entonces de Literatura me dirigió una pregunta que
no entendí, y tuve que confesar ruborizado que en mi país no se enseñaba....
Acabaré los estudios de la Isla hablando de la Farmacia, que se cursa
tambien en ella (ignoro el como) y puede ejercerse en todo el país mediante
un certificado que da la Subdelegacion de dicha facultad. Este certificado,
título ó como quiera llamarse, puede igualar á jóvenes que en su vida han
visto un gabinete de Mineralogía, ni un jardin botánico, ni otras muchas
cosas, con hombres que en Europa han asistido siete años á estos sitios, y
que, como suele decirse, «han gastado los bancos de las universidades.»
Pasemos á los estudios de la Península. Despues de haber invertido un
padre sumas considerables durante cuatro ó cinco años, y cuando su hijo ha
concluido la Filosofía, es preciso, si se dedica á la Jurisprudencia ó á la
Medicina, que continue sus estudios en la Península; sobrevienen nuevos y
grandes gastos para la familia, pero el cariño paternal todo lo allana, y al
cabo de un par de meses se halla en Madrid, Barcelona ó Cádiz el aspirante
al Bachillerato en Filosofía. Preséntase en la Universidad provisto de todos
sus documentos; el Secretario los examina, y á cada párrafo, á cada punto, á
cada frase menea la cabeza de un modo harto significativo para el
pretendiente; porque en él puede comprenderse la respuesta que á mí me
dieron el dia de aquel primer fallo. «No hay americano que traiga sus
papeles en regla, y que haya estudiado todo lo que previene el plan de
estudios. V. no puede graduarse.»
Cualquiera comprenderá la posicion nada agradable en que estas palabras
colocan á un jóven sin edad ni esperiencia para oirlas con calma. Empiezan
entonces las súplicas tanto de palabra como por escrito; quien recurre al
Rector, quien al Gobierno de la nacion, y entre unos y otros pasa un jóven
los peores dias de su carrera, hasta que por quitárselo de encima ó por
compasion, le admiten al primer año de la facultad que quiere cursar.
Hasta aquí los trabajos; ahora empieza otra vida, que, si bien necesita
laboriosidad, es metódica y mas descansada; cércanla empero graves
escollos que pueden hacer naufragar al talento mas privilegiado.
nociones de Historia natural; así como tampoco un abogado ni un teólogo
pueden ser buenos oradores sin el conocimiento de la Literatura. Toda mi
vida recordaré con pesar lo que sufrí al graduarme de bachiller en Filosofía.
El catedrático llamado entonces de Literatura me dirigió una pregunta que
no entendí, y tuve que confesar ruborizado que en mi país no se enseñaba....
Acabaré los estudios de la Isla hablando de la Farmacia, que se cursa
tambien en ella (ignoro el como) y puede ejercerse en todo el país mediante
un certificado que da la Subdelegacion de dicha facultad. Este certificado,
título ó como quiera llamarse, puede igualar á jóvenes que en su vida han
visto un gabinete de Mineralogía, ni un jardin botánico, ni otras muchas
cosas, con hombres que en Europa han asistido siete años á estos sitios, y
que, como suele decirse, «han gastado los bancos de las universidades.»
Pasemos á los estudios de la Península. Despues de haber invertido un
padre sumas considerables durante cuatro ó cinco años, y cuando su hijo ha
concluido la Filosofía, es preciso, si se dedica á la Jurisprudencia ó á la
Medicina, que continue sus estudios en la Península; sobrevienen nuevos y
grandes gastos para la familia, pero el cariño paternal todo lo allana, y al
cabo de un par de meses se halla en Madrid, Barcelona ó Cádiz el aspirante
al Bachillerato en Filosofía. Preséntase en la Universidad provisto de todos
sus documentos; el Secretario los examina, y á cada párrafo, á cada punto, á
cada frase menea la cabeza de un modo harto significativo para el
pretendiente; porque en él puede comprenderse la respuesta que á mí me
dieron el dia de aquel primer fallo. «No hay americano que traiga sus
papeles en regla, y que haya estudiado todo lo que previene el plan de
estudios. V. no puede graduarse.»
Cualquiera comprenderá la posicion nada agradable en que estas palabras
colocan á un jóven sin edad ni esperiencia para oirlas con calma. Empiezan
entonces las súplicas tanto de palabra como por escrito; quien recurre al
Rector, quien al Gobierno de la nacion, y entre unos y otros pasa un jóven
los peores dias de su carrera, hasta que por quitárselo de encima ó por
compasion, le admiten al primer año de la facultad que quiere cursar.
Hasta aquí los trabajos; ahora empieza otra vida, que, si bien necesita
laboriosidad, es metódica y mas descansada; cércanla empero graves
escollos que pueden hacer naufragar al talento mas privilegiado.
Page 32
Los padres de familia, por indiscreta confianza en sus hijos, los dejan á
veces enteramente libres en un país nuevo para ellos y colmado de tales
atractivos que pueden seducir al corazon mas frio: diversiones de todo
género, mujeres tan hermosas como venales que pululan en los parajes mas
públicos, compañeros harto complacientes para enseñarles el camino de su
perdicion, y dinero en abundancia para satisfacer sus caprichos; son los
elementos de su ruina: ¿somos acaso ángeles del cielo para poder resistir
siempre á tanta seduccion?
Otros hay que por un esceso de celo se fian demasiado, y dan facultades
amplias sobre sus hijos á sujetos indignos de tenerlas, y los cuales
contribuyen no poco á que se estravien, teniendo para con ellos ó un
absoluto descuido, ó un rigor inconsiderado.
La cantidad destinada para la instruccion y sustento de un jóven debe
tambien pensarse mucho, no fiándose nunca de informes de personas
estrañas, sino de los padres de alguno que esté en igual caso y que tenga
buena conducta. Del olvido de esto puede resultar que un jóven se estravie
por tener demasiado, ó que contraiga obligaciones que despues no pueda
veces enteramente libres en un país nuevo para ellos y colmado de tales
atractivos que pueden seducir al corazon mas frio: diversiones de todo
género, mujeres tan hermosas como venales que pululan en los parajes mas
públicos, compañeros harto complacientes para enseñarles el camino de su
perdicion, y dinero en abundancia para satisfacer sus caprichos; son los
elementos de su ruina: ¿somos acaso ángeles del cielo para poder resistir
siempre á tanta seduccion?
Otros hay que por un esceso de celo se fian demasiado, y dan facultades
amplias sobre sus hijos á sujetos indignos de tenerlas, y los cuales
contribuyen no poco á que se estravien, teniendo para con ellos ó un
absoluto descuido, ó un rigor inconsiderado.
La cantidad destinada para la instruccion y sustento de un jóven debe
tambien pensarse mucho, no fiándose nunca de informes de personas
estrañas, sino de los padres de alguno que esté en igual caso y que tenga
buena conducta. Del olvido de esto puede resultar que un jóven se estravie
por tener demasiado, ó que contraiga obligaciones que despues no pueda
Page 33
cumplir, por carecer de lo preciso para sostenerse con decencia y adquirir lo
necesario á su carrera.
Hasta las cartas de recomendacion deben tenerse en cuenta al enviar un
jóven fuera de su país: las dirigidas á personas ricas y de una clase elevada,
no son las mas útiles en ciertas circunstancias; porque estos sujetos, si no
tienen relaciones íntimas con el que recomienda, y quizás aunque las
tengan, lo mas que hacen, por lo comun, es obsequiar al recomendado con
su palco abonado en el Teatro, convidándole á comer, presentándole en
tertulias y dándole todos los buenos ratos posibles, pero que cada uno de
ellos no deja de ser una distraccion. Esta clase de recomendaciones son
buenas para despues de pasado algun tiempo, mas no al principio, cuando
es necesario todo el dia para empezar bien el estudio; por otra parte, creer
que el que tiene escelente posicion social haya de ir acompañando á un
jóven á suplicar y á cuestionar con los empleados de la Universidad, es
creer un despropósito.
Una carta para uno de estos empleados, sea cual fuere su clase, ó para un
estudiante adelantado en la carrera, vale mucho mas que aquellas, que,
como he dicho, son buenas para mas tarde; y aun entonces deben
economizarse, pues el jóven que se conduce bien, tiene entrada en todas
partes, y le sobran siempre buenas relaciones.
Algunos de mis paisanos se dedican á la carrera de Ingeniero civil,
ignorando sin duda sus muchas dificultades; y por esta razon advierto á los
padres de familia, que en el colegio de Ingenieros civiles de Madrid, el
único de España, solo se admite un número determinado de alumnos, que
para entrar en él necesitan estudios que no pueden hacerse en Puerto-Rico,
y que aun teniéndolos, y saliendo bien de un ecsámen rigoroso, no es seguro
el conseguir una plaza solicitada por muchos otros con igual mérito, con
favor y con grandes recomendaciones, porque del colegio salen ya con un
sueldo pagado por el Gobierno. Hablemos de los estudios del estranjero.
Muy encontradas son las opiniones sobre si es conveniente ó no, que un
jóven estudie en el estranjero; razones hay que á primera vista parece nos
convencen de ser no solo útil, sino casi indispensable.
Es cierto que los métodos de enseñanza han llegado fuera de España á un
grado mayor de perfeccion; mas no lo es menos que un jóven que desde
niño se ha educado en una de esas capitales colocadas al frente de la
necesario á su carrera.
Hasta las cartas de recomendacion deben tenerse en cuenta al enviar un
jóven fuera de su país: las dirigidas á personas ricas y de una clase elevada,
no son las mas útiles en ciertas circunstancias; porque estos sujetos, si no
tienen relaciones íntimas con el que recomienda, y quizás aunque las
tengan, lo mas que hacen, por lo comun, es obsequiar al recomendado con
su palco abonado en el Teatro, convidándole á comer, presentándole en
tertulias y dándole todos los buenos ratos posibles, pero que cada uno de
ellos no deja de ser una distraccion. Esta clase de recomendaciones son
buenas para despues de pasado algun tiempo, mas no al principio, cuando
es necesario todo el dia para empezar bien el estudio; por otra parte, creer
que el que tiene escelente posicion social haya de ir acompañando á un
jóven á suplicar y á cuestionar con los empleados de la Universidad, es
creer un despropósito.
Una carta para uno de estos empleados, sea cual fuere su clase, ó para un
estudiante adelantado en la carrera, vale mucho mas que aquellas, que,
como he dicho, son buenas para mas tarde; y aun entonces deben
economizarse, pues el jóven que se conduce bien, tiene entrada en todas
partes, y le sobran siempre buenas relaciones.
Algunos de mis paisanos se dedican á la carrera de Ingeniero civil,
ignorando sin duda sus muchas dificultades; y por esta razon advierto á los
padres de familia, que en el colegio de Ingenieros civiles de Madrid, el
único de España, solo se admite un número determinado de alumnos, que
para entrar en él necesitan estudios que no pueden hacerse en Puerto-Rico,
y que aun teniéndolos, y saliendo bien de un ecsámen rigoroso, no es seguro
el conseguir una plaza solicitada por muchos otros con igual mérito, con
favor y con grandes recomendaciones, porque del colegio salen ya con un
sueldo pagado por el Gobierno. Hablemos de los estudios del estranjero.
Muy encontradas son las opiniones sobre si es conveniente ó no, que un
jóven estudie en el estranjero; razones hay que á primera vista parece nos
convencen de ser no solo útil, sino casi indispensable.
Es cierto que los métodos de enseñanza han llegado fuera de España á un
grado mayor de perfeccion; mas no lo es menos que un jóven que desde
niño se ha educado en una de esas capitales colocadas al frente de la
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civilizacion, al volver á Puerto-Rico siente en su alma un vacío inmenso:
aunque ame á su familia, echa de menos aquellas costumbres en que ha sido
criado, y que no halla en su patria. Adquiere un nuevo idioma, pero esto es
no pocas veces olvidando el suyo. Yo he conocido jóvenes de instruccion
brillante, que á los aficionados llamaban jugadores por amor, á la gorra de
cuartel bonete de policía, que en lugar de V. me adula decian V. me flatea, y
otras por el mismo estilo. ¿Debe pues huirse de ir al estranjero?
Mi opinion es que no; pero es preciso aguardar á que los hábitos del país
se fijen con la edad y con el estudio, de suerte que, aunque los cubra el
barníz estranjero, vuelvan á aparecer con los aires de la patria. En una
palabra, debe un padre enviar su hijo á perfeccionarse en cualquier carrera;
pero no á comenzarla y acabarla fuera de España.
Habiendo hablado de los estudios que se hacen en Puerto-Rico, en la
Península, y en el estranjero, parece que debiera decir algo de los de la Isla
de Cuba; pero como quiera que son ya muy contados los que van á seguir su
carrera en aquella Isla, por ser los gastos mucho mayores en igualdad de
circunstancias, me creo dispensado de hacerlo, en obsequio de la brevedad.
Concluiré pues indicando algunos de los medios de mejorar en mi país la
instruccion que en él se recibe, para que no haya obstáculos en las carreras
cuando quieran continuarse fuera de él.
Es ante todo indispensable que la enseñanza siga una marcha uniforme,
que haya un colegio en la Capital que forme el centro, y que todas las
escuelas de la Isla sean ramificaciones suyas; porque mientras pueda
cualquiera titularse Maestro y abrir un establecimiento que nadie se cuida
de clasificar; mientras pueda seguir en él el método que le dicte su capricho;
mientras, en una palabra, no haya para los padres de familia mas garantía
que la buena ó mala fe de los maestros; mientras suceda todo esto (y lo digo
muy alto), en Puerto-Rico se enseñará mal, y el que quiera ser sólidamente
instruido en cualquier profesion, tendrá despues que estudiar gran parte de
lo que debió saber al concluir la instruccion preparatoria.
No quiero decir que no haya algunos profesores muy dignos de serlo,
pero estos serán los primeros en reconocer que hay tambien otros á quienes
no vendrian mal unos cuantos años de escuela; si para llamarse maestros
hubieran tenido que pasar todos por un ecsámen rigoroso sobre materias
cuyo nombre ignoran quizá algunos de ellos, y las cuales son indispensables
aunque ame á su familia, echa de menos aquellas costumbres en que ha sido
criado, y que no halla en su patria. Adquiere un nuevo idioma, pero esto es
no pocas veces olvidando el suyo. Yo he conocido jóvenes de instruccion
brillante, que á los aficionados llamaban jugadores por amor, á la gorra de
cuartel bonete de policía, que en lugar de V. me adula decian V. me flatea, y
otras por el mismo estilo. ¿Debe pues huirse de ir al estranjero?
Mi opinion es que no; pero es preciso aguardar á que los hábitos del país
se fijen con la edad y con el estudio, de suerte que, aunque los cubra el
barníz estranjero, vuelvan á aparecer con los aires de la patria. En una
palabra, debe un padre enviar su hijo á perfeccionarse en cualquier carrera;
pero no á comenzarla y acabarla fuera de España.
Habiendo hablado de los estudios que se hacen en Puerto-Rico, en la
Península, y en el estranjero, parece que debiera decir algo de los de la Isla
de Cuba; pero como quiera que son ya muy contados los que van á seguir su
carrera en aquella Isla, por ser los gastos mucho mayores en igualdad de
circunstancias, me creo dispensado de hacerlo, en obsequio de la brevedad.
Concluiré pues indicando algunos de los medios de mejorar en mi país la
instruccion que en él se recibe, para que no haya obstáculos en las carreras
cuando quieran continuarse fuera de él.
Es ante todo indispensable que la enseñanza siga una marcha uniforme,
que haya un colegio en la Capital que forme el centro, y que todas las
escuelas de la Isla sean ramificaciones suyas; porque mientras pueda
cualquiera titularse Maestro y abrir un establecimiento que nadie se cuida
de clasificar; mientras pueda seguir en él el método que le dicte su capricho;
mientras, en una palabra, no haya para los padres de familia mas garantía
que la buena ó mala fe de los maestros; mientras suceda todo esto (y lo digo
muy alto), en Puerto-Rico se enseñará mal, y el que quiera ser sólidamente
instruido en cualquier profesion, tendrá despues que estudiar gran parte de
lo que debió saber al concluir la instruccion preparatoria.
No quiero decir que no haya algunos profesores muy dignos de serlo,
pero estos serán los primeros en reconocer que hay tambien otros á quienes
no vendrian mal unos cuantos años de escuela; si para llamarse maestros
hubieran tenido que pasar todos por un ecsámen rigoroso sobre materias
cuyo nombre ignoran quizá algunos de ellos, y las cuales son indispensables
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al que ha de conducir á los niños en los primeros pasos que dan por la senda
del saber, entonces podrian los padres estar tranquilos, y no tendrian que
separarse de ellos desde su mas tierna edad, como ahora sucede, para
ponerlos en escuelas que les merecen mas confianza.
En cuanto al colegio centro de estas escuelas, en mi concepto deberia ser
un establecimiento en el cual se enseñara la Filosofía tal como previene el
plan de estudios que rige en España, adoptando en él los mismos métodos y
obras, para que nada nuevo encontrara un estudiante al llegar á la Península,
y que se diera grande extension é importancia á la agricultura, como
primera fuente de la riqueza de la Isla, y al estudio de idiomas, como tan
necesario á los que se dedican al Comercio, que es el que puede hacer valer
los productos de ella.
Todo lo que sea pensar en las carreras facultativas, sin tener antes buenos
medios de instruir á los jóvenes en los ramos arriba espresados, es querer
llenar el país de medianías, que siempre son el descrédito de las ciencias y
las artes.
A primera vista parece irrealizable el establecimiento de un colegio, y el
hacer que todas las escuelas dependan de él; pero no hay cosa mas fácil
mientras se desee de todas veras; y no se piense que al decir esto me refiero
al Gobierno; no él, sino los padres de familia deben tomar la iniciativa; el
pedir que el Gobierno haya de pensar en todo, sin que nada se le indique,
saben muy bien todos los hombres de medianas luces que es pedir un
imposible.
No es por otra parte un milagro lo que yo ecsijo que hagan los padres
pudientes en mi país, porque es del todo igual á lo que pasa en España. En
esta los colegios mejor montados no son propiedad del Gobierno, sino de
particulares que adquieren con ellos gloria y bienes de fortuna,
proporcionando á muchos hombres de talento una subsistencia decorosa.
Toda la dificultad está en la buena administracion, y en que para Director se
elija un hombre de Genio, y al corriente de la marcha que con el nuevo plan
de estudios se sigue en dichos establecimientos.
En cuanto á la reunion de fondos suficientes no me seria difícil proponer
un medio de hacerlo si estuviese en mi país, teniendo datos de que carezco á
tan larga distancia; diré solamente que el Colegio Seminario, y las clases de
la Sociedad Económica son elementos muy útiles para la reforma, que es
del saber, entonces podrian los padres estar tranquilos, y no tendrian que
separarse de ellos desde su mas tierna edad, como ahora sucede, para
ponerlos en escuelas que les merecen mas confianza.
En cuanto al colegio centro de estas escuelas, en mi concepto deberia ser
un establecimiento en el cual se enseñara la Filosofía tal como previene el
plan de estudios que rige en España, adoptando en él los mismos métodos y
obras, para que nada nuevo encontrara un estudiante al llegar á la Península,
y que se diera grande extension é importancia á la agricultura, como
primera fuente de la riqueza de la Isla, y al estudio de idiomas, como tan
necesario á los que se dedican al Comercio, que es el que puede hacer valer
los productos de ella.
Todo lo que sea pensar en las carreras facultativas, sin tener antes buenos
medios de instruir á los jóvenes en los ramos arriba espresados, es querer
llenar el país de medianías, que siempre son el descrédito de las ciencias y
las artes.
A primera vista parece irrealizable el establecimiento de un colegio, y el
hacer que todas las escuelas dependan de él; pero no hay cosa mas fácil
mientras se desee de todas veras; y no se piense que al decir esto me refiero
al Gobierno; no él, sino los padres de familia deben tomar la iniciativa; el
pedir que el Gobierno haya de pensar en todo, sin que nada se le indique,
saben muy bien todos los hombres de medianas luces que es pedir un
imposible.
No es por otra parte un milagro lo que yo ecsijo que hagan los padres
pudientes en mi país, porque es del todo igual á lo que pasa en España. En
esta los colegios mejor montados no son propiedad del Gobierno, sino de
particulares que adquieren con ellos gloria y bienes de fortuna,
proporcionando á muchos hombres de talento una subsistencia decorosa.
Toda la dificultad está en la buena administracion, y en que para Director se
elija un hombre de Genio, y al corriente de la marcha que con el nuevo plan
de estudios se sigue en dichos establecimientos.
En cuanto á la reunion de fondos suficientes no me seria difícil proponer
un medio de hacerlo si estuviese en mi país, teniendo datos de que carezco á
tan larga distancia; diré solamente que el Colegio Seminario, y las clases de
la Sociedad Económica son elementos muy útiles para la reforma, que es
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indispensable se verifique si se quiere que no estemos un siglo atrasados en
la enseñanza.
Sin instruccion no puede haber adelantos en las artes y la industria que
tanto necesita el país; los estranjeros nos comprarán siempre nuestros
productos para elaborarlos, y hacer despues que los paguemos á peso de
oro; desvelémonos pues; y cuando todo esté allanado, reclamemos la
proteccion del Gobierno, que nunca se la niega á un pueblo que pide medios
de instruirse; venzamos todos los obstáculos, y digamos entonces al
Soberano: «Somos religiosos, somos leales, somos honrados, somos
hospitalarios; solo nos falta que nos permitais ser sabios.»
la enseñanza.
Sin instruccion no puede haber adelantos en las artes y la industria que
tanto necesita el país; los estranjeros nos comprarán siempre nuestros
productos para elaborarlos, y hacer despues que los paguemos á peso de
oro; desvelémonos pues; y cuando todo esté allanado, reclamemos la
proteccion del Gobierno, que nunca se la niega á un pueblo que pide medios
de instruirse; venzamos todos los obstáculos, y digamos entonces al
Soberano: «Somos religiosos, somos leales, somos honrados, somos
hospitalarios; solo nos falta que nos permitais ser sabios.»
Page 37
ESCENA IV.
UN CASAMIENTO GÍBARO.
I.
UN CASAMIENTO GÍBARO.
I.
Page 38
CANTANDO estaba ey pitirre
En la copa de una seyba,
Cuando salen de una casa,
O mejoy, de ebajo de eya,
Jasta unas treinta presonas
A cuay mas toas compuestas.
Diban tóos á cabayo,
(Ey que menos diba en yegua)
Los hombres ensapataos
Y casi toos con chaqueta,
Yeban aygunos pañuelo
Amarrao en la cabesa,
Y sombrero e pelo negro,
Tejío entero, ó de empleyta,
Camisas aymionáas,
Y carsones e tapeta.
Las mujeres yeban gorras
De pelo con plumas negras,
Guantes de algoón tejíos.
Y argunas, sayas e séa;
Sapatos e marroquin
Y tumbagas muy sobelbias,
De aqueyas de pocos riales
Que briyan como las pieiras;
Pañuelos y pañuelones
De too grandol y manera,
Y argoyitas y sarsiyos,
Y junquiyos y caënas.
Toiticos á cuay mas
Muy bien ensiyáa su bestia;
Unos con bocao e plata,
Y e colores las riendas,
Otros con jáquimas, y otros
Con sus frenos e correa.
Las tajarrias, asericos,
Aparejos y aguaeras
Eran tóos nobesitos
En la copa de una seyba,
Cuando salen de una casa,
O mejoy, de ebajo de eya,
Jasta unas treinta presonas
A cuay mas toas compuestas.
Diban tóos á cabayo,
(Ey que menos diba en yegua)
Los hombres ensapataos
Y casi toos con chaqueta,
Yeban aygunos pañuelo
Amarrao en la cabesa,
Y sombrero e pelo negro,
Tejío entero, ó de empleyta,
Camisas aymionáas,
Y carsones e tapeta.
Las mujeres yeban gorras
De pelo con plumas negras,
Guantes de algoón tejíos.
Y argunas, sayas e séa;
Sapatos e marroquin
Y tumbagas muy sobelbias,
De aqueyas de pocos riales
Que briyan como las pieiras;
Pañuelos y pañuelones
De too grandol y manera,
Y argoyitas y sarsiyos,
Y junquiyos y caënas.
Toiticos á cuay mas
Muy bien ensiyáa su bestia;
Unos con bocao e plata,
Y e colores las riendas,
Otros con jáquimas, y otros
Con sus frenos e correa.
Las tajarrias, asericos,
Aparejos y aguaeras
Eran tóos nobesitos
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Y jechos pa aqueya fiesta,
Que era la boa de Peiro
Hijo der Guajon Iglesias,
Con Gilia, la muy pulía,
Hija de Toño Ribera,
Y aquey dia se casaban
Con grandísima querensia.
La mosa e cuando en cuando
Bia ar nobio e manera,
Que bien clarito le isia:
Peiro, tuya es esta prenda.
Y er sortaba caa bufío
De gusto ar miral su jembra,
Que ni con er susuncoyda
Se cambiara aunque er quisiera.
Ey soy estaba una vara
Mas arriba de la tierra,
Cuando pol medio ey Barrero
Caminaban pa la Iglesia;
Habiéndose ya apeao
En caje de una parienta.
Yegan, y er cura, que estaba
Asperándose á la pueita,
Los espachó, y dijo misa
Toyto en un requimeternan;
Mas ar salil encontraron
Abieytas ya toas las tiendas
De pulpería y de ropa,
Bentorriyos y rancheras;
Y los mosos, jumaseros;
Los muchachos y las viejas.
Ey pueblo entero asperando
A que los novios salieran.
¡Bárgame Dios que sanfransia,
Luego que estuvieron fuera,
De matracas y fotutos,
Y con palos y con pieyras
Que era la boa de Peiro
Hijo der Guajon Iglesias,
Con Gilia, la muy pulía,
Hija de Toño Ribera,
Y aquey dia se casaban
Con grandísima querensia.
La mosa e cuando en cuando
Bia ar nobio e manera,
Que bien clarito le isia:
Peiro, tuya es esta prenda.
Y er sortaba caa bufío
De gusto ar miral su jembra,
Que ni con er susuncoyda
Se cambiara aunque er quisiera.
Ey soy estaba una vara
Mas arriba de la tierra,
Cuando pol medio ey Barrero
Caminaban pa la Iglesia;
Habiéndose ya apeao
En caje de una parienta.
Yegan, y er cura, que estaba
Asperándose á la pueita,
Los espachó, y dijo misa
Toyto en un requimeternan;
Mas ar salil encontraron
Abieytas ya toas las tiendas
De pulpería y de ropa,
Bentorriyos y rancheras;
Y los mosos, jumaseros;
Los muchachos y las viejas.
Ey pueblo entero asperando
A que los novios salieran.
¡Bárgame Dios que sanfransia,
Luego que estuvieron fuera,
De matracas y fotutos,
Y con palos y con pieyras
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Pegando en los mostraores
Y gorpeando las pueytas!
Er uno gritaba: juse,
Carabuco bira y seja;
Er otro: mira; atarraya
Esa nobiya berrenda.
Y así bastante ajoraos
Fueron á cojel las bestias,
Y salieron dey Barrero
Camino dey Aguabuena.
Y gorpeando las pueytas!
Er uno gritaba: juse,
Carabuco bira y seja;
Er otro: mira; atarraya
Esa nobiya berrenda.
Y así bastante ajoraos
Fueron á cojel las bestias,
Y salieron dey Barrero
Camino dey Aguabuena.
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II.
Ayí habia combiaos
Que pasaban e sesenta,
Y los músicos, que ay punto
Que yegó la gente nueba,
Sin aguayday que pasaran
Los cumplíos y etiquetas;
Cojiendo los estrumentos
Tocaron unas caenas,
Y er baile jasta er comey
Duró en caliente y e veras.
Los suegros y los pairinos
Con los nobios á la mesa
Se asentaron; los emas
Caa uno e su manera,
Ñangotaos, en las jamacas,
Paraos y en la escalera.
No faytó er arros con carne,
Con coco y con leche buena,
Ni los biñuelos de ñame,
Ni la naranja en conseyba,
Ni ey romo, ni ey anisao,
Ni ey vino, ni la giniebra.
Despues de yenal ey buche
Boybieron á andal las pieynas
Jasta la hora de senal;
Y así que pasó la sena
Con mas gana que ay prensipio
Too er mundo se menea.
Ey sor los jayó bailando
Sin que nayden se rindiera:
Entonces se espidieron,
Y aquí se acabó la fiesta.
De lo que pasó espues
Los nobios darán la cuenta.
Ayí habia combiaos
Que pasaban e sesenta,
Y los músicos, que ay punto
Que yegó la gente nueba,
Sin aguayday que pasaran
Los cumplíos y etiquetas;
Cojiendo los estrumentos
Tocaron unas caenas,
Y er baile jasta er comey
Duró en caliente y e veras.
Los suegros y los pairinos
Con los nobios á la mesa
Se asentaron; los emas
Caa uno e su manera,
Ñangotaos, en las jamacas,
Paraos y en la escalera.
No faytó er arros con carne,
Con coco y con leche buena,
Ni los biñuelos de ñame,
Ni la naranja en conseyba,
Ni ey romo, ni ey anisao,
Ni ey vino, ni la giniebra.
Despues de yenal ey buche
Boybieron á andal las pieynas
Jasta la hora de senal;
Y así que pasó la sena
Con mas gana que ay prensipio
Too er mundo se menea.
Ey sor los jayó bailando
Sin que nayden se rindiera:
Entonces se espidieron,
Y aquí se acabó la fiesta.
De lo que pasó espues
Los nobios darán la cuenta.
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Page 43
ESCENA V.
BAILES
DE PUERTO-RICO.
ANTES de llegar al objeto principal de este artículo, diré cuatro palabras
sobre el orígen é historia del baile, tomadas de dos publicaciones recientes,
de Madrid la una, y la otra de Barcelona.
El baile es tan antiguo como el hombre; puesto que en sí no es otra cosa,
que un modo de espresar sensaciones por medio de variadas actitudes y
movimientos: este es el baile en su orígen, que, generalizándose despues,
llegó hasta formar parte del culto religioso; conociéndose con el nombre de
danza sagrada la que en sus ceremonias usaban los Judios, Egipcios,
Griegos y Romanos; continuó siempre en los regocijos públicos y de
familia, de suerte que, por la suntuosidad de ellos era fácil conocer el
poderío y grandeza de una nacion, y la opulencia de los particulares.
BAILES
DE PUERTO-RICO.
ANTES de llegar al objeto principal de este artículo, diré cuatro palabras
sobre el orígen é historia del baile, tomadas de dos publicaciones recientes,
de Madrid la una, y la otra de Barcelona.
El baile es tan antiguo como el hombre; puesto que en sí no es otra cosa,
que un modo de espresar sensaciones por medio de variadas actitudes y
movimientos: este es el baile en su orígen, que, generalizándose despues,
llegó hasta formar parte del culto religioso; conociéndose con el nombre de
danza sagrada la que en sus ceremonias usaban los Judios, Egipcios,
Griegos y Romanos; continuó siempre en los regocijos públicos y de
familia, de suerte que, por la suntuosidad de ellos era fácil conocer el
poderío y grandeza de una nacion, y la opulencia de los particulares.
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Los Atenienses introdujeron el baile en el teatro, apenas nacido este;
siendo en él, primero alegórico, despues histórico, y últimamente tan
variado como la trajedia y la comedia. En varias naciones, sobre todo entre
los Romanos, llegó á un grado tal de perfeccion que parece fabuloso, no
desdeñándose de bailar las personas mas graves y de mas talento. A
Socrates gustaba mucho bailar un baile llamado el Menfilico; Platon fué
agriamente censurado porque rehusó tomar parte en uno que daba Dionisio
de Siracusa, y Arístipo fué muy aplaudido porque, hallándose presente, dejó
su manto y danzó muy bien delante del Rey. Caton el censor tomó un
maestro á la edad de cincuenta y nueve años para repasar los bailes que
habia aprendido cuando jóven.
La invasion de los bárbaros destruyó el baile junto con las artes y las
ciencias, que reducidas á la nada hasta pasados algunos siglos, renacieron
otra vez, y con ellas el baile, para irse elevando hasta el punto en que se
halla hoy en los Teatros de las primeras capitales del mundo civilizado.
Los bailes nacionales españoles se deben, segun el parecer de Jovellanos,
á los Sarracenos, y de algunos de ellos toman orígen una parte de los de
Puerto-Rico, como verémos mas adelante.
Todos los pueblos tienen bailes acomodados á su gusto, clima,
civilizacion y costumbres; distínguense los de los negros de Africa por sus
siendo en él, primero alegórico, despues histórico, y últimamente tan
variado como la trajedia y la comedia. En varias naciones, sobre todo entre
los Romanos, llegó á un grado tal de perfeccion que parece fabuloso, no
desdeñándose de bailar las personas mas graves y de mas talento. A
Socrates gustaba mucho bailar un baile llamado el Menfilico; Platon fué
agriamente censurado porque rehusó tomar parte en uno que daba Dionisio
de Siracusa, y Arístipo fué muy aplaudido porque, hallándose presente, dejó
su manto y danzó muy bien delante del Rey. Caton el censor tomó un
maestro á la edad de cincuenta y nueve años para repasar los bailes que
habia aprendido cuando jóven.
La invasion de los bárbaros destruyó el baile junto con las artes y las
ciencias, que reducidas á la nada hasta pasados algunos siglos, renacieron
otra vez, y con ellas el baile, para irse elevando hasta el punto en que se
halla hoy en los Teatros de las primeras capitales del mundo civilizado.
Los bailes nacionales españoles se deben, segun el parecer de Jovellanos,
á los Sarracenos, y de algunos de ellos toman orígen una parte de los de
Puerto-Rico, como verémos mas adelante.
Todos los pueblos tienen bailes acomodados á su gusto, clima,
civilizacion y costumbres; distínguense los de los negros de Africa por sus
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evoluciones guerreras, por su lubricidad, ó por sus movimientos de dejadez
y abandono; los de los Chinos por sus grupos difíciles, de equilibrio y
vistosos, y los de los salvajes de América por la voluptuosidad, y por su
variada espresion, que era tal, segun los viajeros é historiadores, que
cualquiera podia conocer fácilmente por ella la pasion que la danza queria
espresar.
Conquistada y poblada gran parte del Nuevo-Mundo por los Españoles,
era forzoso que adquiriese sus costumbres, y con ellas muchos de sus bailes
nacionales; guardando estos toda su pureza, ó adulterándose segun el sitio
en que habian de ser aclimatados.
En Puerto-Rico hay dos clases de bailes: unos de sociedad, que no son
otra cosa que el eco repetido allí de los de Europa; y otros, llamados de
garabato, que son propios del país, aunque dimanan á mi entender de los
nacionales españoles mezclados con los de los primitivos habitantes;
conócense además algunos de los de Africa, introducidos por los negros de
aquellas regiones, pero que nunca se han generalizado, llamándoseles bailes
de bomba, por el instrumento que sirve en ellos de música.
Entre los bailes de sociedad son los mas usados la contradanza y el walz;
la primera es la contradanza española, conservada mucho mejor que en
España; sus figuras tienen la misma variedad que en su orígen tuvo dicho
baile, y sus pasos adquieren mayor encanto con la gracia de las hijas del
Trópico: es imposible seguir con la vista los movimientos de una de
aquellas morenitas de mirar lánguido, cintura delgada y pie pequeño, sin
que el corazon se dilate queriendo salir del pecho. La contradanza
americana es el baile mas espresivo que pueda imaginarse, es un verdadero
poema de fuego y de imágenes seductoras, es en una palabra, la historia de
un amor afortunado. Empieza la danza.... La bella es solicitada por un
amante, que, cualesquiera que sean los obstáculos, halla siempre el medio
de encontrarse con el objeto de su cariño; las diferentes figuras representan
muy al vivo los inconvenientes de parte de unos, y la proteccion de otros:
en el principio, apenas se acercan, vuelven á separarse, cada vez se detienen
algo mas; las manos del jóven toman las de su querida, toca sus brazos, su
cintura, y por fin, unidos estrechamente, se entregan al placer en medio de
todos sus compañeros, que celebran con igual regocijo la union de dos seres
que se adoran. ¡Oh hijas de mi patria! nadie os iguala en el baile, nadie
y abandono; los de los Chinos por sus grupos difíciles, de equilibrio y
vistosos, y los de los salvajes de América por la voluptuosidad, y por su
variada espresion, que era tal, segun los viajeros é historiadores, que
cualquiera podia conocer fácilmente por ella la pasion que la danza queria
espresar.
Conquistada y poblada gran parte del Nuevo-Mundo por los Españoles,
era forzoso que adquiriese sus costumbres, y con ellas muchos de sus bailes
nacionales; guardando estos toda su pureza, ó adulterándose segun el sitio
en que habian de ser aclimatados.
En Puerto-Rico hay dos clases de bailes: unos de sociedad, que no son
otra cosa que el eco repetido allí de los de Europa; y otros, llamados de
garabato, que son propios del país, aunque dimanan á mi entender de los
nacionales españoles mezclados con los de los primitivos habitantes;
conócense además algunos de los de Africa, introducidos por los negros de
aquellas regiones, pero que nunca se han generalizado, llamándoseles bailes
de bomba, por el instrumento que sirve en ellos de música.
Entre los bailes de sociedad son los mas usados la contradanza y el walz;
la primera es la contradanza española, conservada mucho mejor que en
España; sus figuras tienen la misma variedad que en su orígen tuvo dicho
baile, y sus pasos adquieren mayor encanto con la gracia de las hijas del
Trópico: es imposible seguir con la vista los movimientos de una de
aquellas morenitas de mirar lánguido, cintura delgada y pie pequeño, sin
que el corazon se dilate queriendo salir del pecho. La contradanza
americana es el baile mas espresivo que pueda imaginarse, es un verdadero
poema de fuego y de imágenes seductoras, es en una palabra, la historia de
un amor afortunado. Empieza la danza.... La bella es solicitada por un
amante, que, cualesquiera que sean los obstáculos, halla siempre el medio
de encontrarse con el objeto de su cariño; las diferentes figuras representan
muy al vivo los inconvenientes de parte de unos, y la proteccion de otros:
en el principio, apenas se acercan, vuelven á separarse, cada vez se detienen
algo mas; las manos del jóven toman las de su querida, toca sus brazos, su
cintura, y por fin, unidos estrechamente, se entregan al placer en medio de
todos sus compañeros, que celebran con igual regocijo la union de dos seres
que se adoran. ¡Oh hijas de mi patria! nadie os iguala en el baile, nadie
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derrama como vosotras ese raudal de fuego puro como vuestras frentes, ni
esa voluptuosidad encantadora que solo nace en nuestro clima.
La música, que no contribuye poco á la ilusion, es un conjunto de ecos,
tan pronto melancólicos, plañideros y sentimentales, como alegres, agudos
y estrepitosos; es creacion del país, y á veces eligen los compositores temas
de una cancion popular, sirviendo no pocas de pretesto algun suceso mas ó
menos ruidoso para la composicion de una danza que despues lleva su
nombre. He oido á profesores bastante acreditados de Europa, que no les
gustaba dicha música; uno de ellos tocó al piano delante de mí una
contradanza muy bonita, y no pude menos que pensar, que tal como él la
tocaba era imposible que gustase; ejecutóla despues una señorita de Cuba,
que no poseia mas que medianamente aquel instrumento; y apenas la
hubimos oido, cuando díjome el profesor: ¿Sabe V. porque he escuchado
con placer á esa señorita? Figúrese V. un estranjero que posea
perfectamente el castellano, y que estando en Madrid, por ejemplo, le
diesen á leer una de esas composiciones chistosísimas escritas en lenguaje
andaluz por Rubí ú otro de nuestros buenas poetas; seguro estoy de que le
gustaria muy poco el cambio, supresion y y adicion de letras, la novedad de
palabras, y otras cosas que en ella encontraria; pues bien, el mismo
estranjero, si le llevasen por la noche al teatro y viese representada por
buenos actores la misma pieza, se destornillaria de risa y aplaudiria como
un loco; á mí me ha sucedido otro tanto, era preciso que oyera una
contradanza tocada por uno de las Antillas para poder apreciar ese género
de composicion.
—¿Y ahora la tocaria V.?
—Si lo intentase, por mas reglas que yo sepa, y por mas ejecucion que
tenga, me hallaria en el caso del estranjero que he citado antes, si
pretendiera al otro dia imitar la ejecucion de la pieza andaluza.
El walz, igual al de todas partes, es en Puerto-Rico el compañero
inseparable de la contradanza, y se mira como su consecuencia necesaria; la
jóven que promete una contradanza sabe que tiene que bailar el walz con el
mismo sujeto.
El rigodon es tambien muy general: frio, pausado y aristocrático,
conserva las mismas cualidades bajo el sol de las Antillas que bajo los
hielos del polo.
esa voluptuosidad encantadora que solo nace en nuestro clima.
La música, que no contribuye poco á la ilusion, es un conjunto de ecos,
tan pronto melancólicos, plañideros y sentimentales, como alegres, agudos
y estrepitosos; es creacion del país, y á veces eligen los compositores temas
de una cancion popular, sirviendo no pocas de pretesto algun suceso mas ó
menos ruidoso para la composicion de una danza que despues lleva su
nombre. He oido á profesores bastante acreditados de Europa, que no les
gustaba dicha música; uno de ellos tocó al piano delante de mí una
contradanza muy bonita, y no pude menos que pensar, que tal como él la
tocaba era imposible que gustase; ejecutóla despues una señorita de Cuba,
que no poseia mas que medianamente aquel instrumento; y apenas la
hubimos oido, cuando díjome el profesor: ¿Sabe V. porque he escuchado
con placer á esa señorita? Figúrese V. un estranjero que posea
perfectamente el castellano, y que estando en Madrid, por ejemplo, le
diesen á leer una de esas composiciones chistosísimas escritas en lenguaje
andaluz por Rubí ú otro de nuestros buenas poetas; seguro estoy de que le
gustaria muy poco el cambio, supresion y y adicion de letras, la novedad de
palabras, y otras cosas que en ella encontraria; pues bien, el mismo
estranjero, si le llevasen por la noche al teatro y viese representada por
buenos actores la misma pieza, se destornillaria de risa y aplaudiria como
un loco; á mí me ha sucedido otro tanto, era preciso que oyera una
contradanza tocada por uno de las Antillas para poder apreciar ese género
de composicion.
—¿Y ahora la tocaria V.?
—Si lo intentase, por mas reglas que yo sepa, y por mas ejecucion que
tenga, me hallaria en el caso del estranjero que he citado antes, si
pretendiera al otro dia imitar la ejecucion de la pieza andaluza.
El walz, igual al de todas partes, es en Puerto-Rico el compañero
inseparable de la contradanza, y se mira como su consecuencia necesaria; la
jóven que promete una contradanza sabe que tiene que bailar el walz con el
mismo sujeto.
El rigodon es tambien muy general: frio, pausado y aristocrático,
conserva las mismas cualidades bajo el sol de las Antillas que bajo los
hielos del polo.
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Todos los demás bailes que recorren la Europa con alguna aceptacion,
llegan tambien á la Isla, y duran poco ó mucho segun el gusto con que son
recibidos; así hemos visto en unos cuantos años la Galop, la Mazurka, el
Britano, el Cotillon, la Polka, etc.
Los bailes de Sociedad son en Puerto-Rico casi iguales, en cuanto á las
reglas que en ellos se observan, á los que yo he visto en España, aparte
algunas modificaciones que no bastan á darles un carácter particular. Hay
entre ellas la que he dicho de tenerse el walz como un apéndice de la
contradanza, la cual ejerce sobre él el derecho de señalarle las parejas. Esto
tengo para mí que debió en otro tiempo ser una prueba que mutuamente se
daban los danzantes del placer que habian tenido en la contradanza, que
despues á fuerza de repetirse ha venido á ser una ley sancionada por el uso,
y como otras muchas leyes, no deja de causar algunos sinsabores: y sino,
figúrese el lector una jóven hermosa y bien educada, á quien se le descuelga
con la pretension de bailar con ella un coreógrafo bisoño, sin pelo en el
labio superior, que se pone como una grana al dirigirle la palabra, y que al
contacto de su mano, y al observar las agitadas palpitaciones de su seno,
siente que le zumban los oidos, y no puede seguir el compás; preciso es que
la niña no le desaire, porque la ley de urbanidad es en este punto inflecsible;
y haria una ofensa que nunca perdona el que está en la edad de las
sensaciones nuevas y desconocidas. Suena la música, y empieza entre los
dos un movimiento igual al de dos manos de pilon que dan alternativamente
en el grano, subiendo la una cuando baja la otra y vice-versa; de este modo,
tropiezo aquí, pisada allá, apreton acullá, y fastidio en todas partes, llegan al
final, y cuando la señorita empieza á reponerse de tanto percance, óyense de
nuevo los instrumentos, y es preciso volver al martirio.
No digo nada si es un jóven al que le toca por compañera una prima de su
adorado tormento, amiga de su hermanita, ó recomendada por su mamá ó la
señora de la casa, y que yo pudiera pintar muy bien; pero no quiero, porque
tengo en mucho el aprecio del bello secso (sin escluir aquella parte de él á
quien no cuadra el adjetivo), no me detengo mas en esto, y vamos á otra
cosa.
La colocación es tambien en lo que mas se repara: ninguno permite que
otro se le ponga primero en la contradanza, despues de haber ocupado su
lugar, sin que medien razones muy poderosas, lo cual me parece muy en el
órden, y es un modo de espresar que entre personas distinguidas deben ser
llegan tambien á la Isla, y duran poco ó mucho segun el gusto con que son
recibidos; así hemos visto en unos cuantos años la Galop, la Mazurka, el
Britano, el Cotillon, la Polka, etc.
Los bailes de Sociedad son en Puerto-Rico casi iguales, en cuanto á las
reglas que en ellos se observan, á los que yo he visto en España, aparte
algunas modificaciones que no bastan á darles un carácter particular. Hay
entre ellas la que he dicho de tenerse el walz como un apéndice de la
contradanza, la cual ejerce sobre él el derecho de señalarle las parejas. Esto
tengo para mí que debió en otro tiempo ser una prueba que mutuamente se
daban los danzantes del placer que habian tenido en la contradanza, que
despues á fuerza de repetirse ha venido á ser una ley sancionada por el uso,
y como otras muchas leyes, no deja de causar algunos sinsabores: y sino,
figúrese el lector una jóven hermosa y bien educada, á quien se le descuelga
con la pretension de bailar con ella un coreógrafo bisoño, sin pelo en el
labio superior, que se pone como una grana al dirigirle la palabra, y que al
contacto de su mano, y al observar las agitadas palpitaciones de su seno,
siente que le zumban los oidos, y no puede seguir el compás; preciso es que
la niña no le desaire, porque la ley de urbanidad es en este punto inflecsible;
y haria una ofensa que nunca perdona el que está en la edad de las
sensaciones nuevas y desconocidas. Suena la música, y empieza entre los
dos un movimiento igual al de dos manos de pilon que dan alternativamente
en el grano, subiendo la una cuando baja la otra y vice-versa; de este modo,
tropiezo aquí, pisada allá, apreton acullá, y fastidio en todas partes, llegan al
final, y cuando la señorita empieza á reponerse de tanto percance, óyense de
nuevo los instrumentos, y es preciso volver al martirio.
No digo nada si es un jóven al que le toca por compañera una prima de su
adorado tormento, amiga de su hermanita, ó recomendada por su mamá ó la
señora de la casa, y que yo pudiera pintar muy bien; pero no quiero, porque
tengo en mucho el aprecio del bello secso (sin escluir aquella parte de él á
quien no cuadra el adjetivo), no me detengo mas en esto, y vamos á otra
cosa.
La colocación es tambien en lo que mas se repara: ninguno permite que
otro se le ponga primero en la contradanza, despues de haber ocupado su
lugar, sin que medien razones muy poderosas, lo cual me parece muy en el
órden, y es un modo de espresar que entre personas distinguidas deben ser
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iguales y recíprocas las atenciones. Uno solo empieza á bailar, que es el
primero, y á medida que desciende hasta el otro estremo de la sala, le
siguen por órden rigoroso los que vienen despues de él; al revés de lo que
he visto en otras partes, donde, con motivo de empezar todos á la vez,
ningun lugar es preferente; mas resulta una confusion que dura tanto como
dura la música. Entre la variedad de figuras que se usan, nadie puede variar
tampoco la que puso el que empezó, y solo puede hacerlo él mismo cuando
vuelve á llegar á su lugar primitivo.
He aquí lo único en que varian en aquella Isla los bailes de sociedad ó de
la clase mas acomodada; en cuanto á lo demás nada tienen que envidiar á
los mejores que se dan (no siendo en una corte) en cualquier otro lugar,
pues reunen las condiciones de cortesanía y elegancia en los concurrentes, y
riqueza y buen gusto en los adornos de trajes y edificios: son notables los
que dan las corporaciones, siempre que hay un motivo digno de las grandes
sumas que invierten en ellos, y muchas veces hasta los particulares rivalizan
en ofrecer con todo lujo esta diversion, que es la primera en el país.
Los bailes de garabato son, como he dicho, varios, y traen su orígen de
los nacionales españoles y de los indígenas, de cuya mezcla ha resultado un
conjunto que revela claramente el gusto de unos y otros; así en las cadenas
y en el fandanguillo cualquiera reconoce una degeneracion de las
primero, y á medida que desciende hasta el otro estremo de la sala, le
siguen por órden rigoroso los que vienen despues de él; al revés de lo que
he visto en otras partes, donde, con motivo de empezar todos á la vez,
ningun lugar es preferente; mas resulta una confusion que dura tanto como
dura la música. Entre la variedad de figuras que se usan, nadie puede variar
tampoco la que puso el que empezó, y solo puede hacerlo él mismo cuando
vuelve á llegar á su lugar primitivo.
He aquí lo único en que varian en aquella Isla los bailes de sociedad ó de
la clase mas acomodada; en cuanto á lo demás nada tienen que envidiar á
los mejores que se dan (no siendo en una corte) en cualquier otro lugar,
pues reunen las condiciones de cortesanía y elegancia en los concurrentes, y
riqueza y buen gusto en los adornos de trajes y edificios: son notables los
que dan las corporaciones, siempre que hay un motivo digno de las grandes
sumas que invierten en ellos, y muchas veces hasta los particulares rivalizan
en ofrecer con todo lujo esta diversion, que es la primera en el país.
Los bailes de garabato son, como he dicho, varios, y traen su orígen de
los nacionales españoles y de los indígenas, de cuya mezcla ha resultado un
conjunto que revela claramente el gusto de unos y otros; así en las cadenas
y en el fandanguillo cualquiera reconoce una degeneracion de las
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seguidillas y del fandango; al paso que en el sonduro tambien se ve algo del
zapateado, junto con mucho de aquel furioso vértigo, que parecia
transformar en otros á los que pasaban dias enteros sentados sobre sus
tobillos.
Además del fandanguillo, cadenas y sonduro ó matatoros hay el seis y el
caballo, que completan el repertorio de los bailes de garabato. El primero
es el fandango español, aunque en obsequio de la verdad tengo que
confesar, que así como la contradanza ha ganado mucho, este ha perdido y
no poco; los pasos son ejecutados con mucha menos soltura y gracia, los
pies de los bailarines no se deslizan sobre el suelo con la suavidad que fuera
de desear, sus cuerpos conservan una rigidez, que sobre parecer afectada, se
aviene muy mal con el aire y tono de la música y los brazos, que tanta
gracia añaden á cualesquiera posicion del cuerpo, son en algunos
molestísimos apéndices que no saben donde colocar; en una palabra, el
fandanguillo es una planta mal aclimatada.
Las cadenas, derivado de las seguidillas, pero no un engendro
contrahecho y raquítico, sino un renuevo vigoroso y lozano, que yo
comparo á una hermosa mestiza, son el baile mas animado y vistoso de
cuantos pertenecen á esta clase; toman parte en él uno ó varios grupos de á
cuatro parejas, las cuales hacen un número convenido de figuras
hermosísimas, y ejecutadas con tal precision y soltura que nadie conoceria
allí á los envarados y frios danzantes del fandanguillo; crúzanse velozmente
en variadas y opuestas direcciones, enlázanse formando grupos siempre
agradables, y mudan en un instante infinitas veces de lugar, viniendo
siempre al mismo de donde partieron. Nada hay que pueda pintar el alegre
regocijo de los campesinos como las cadenas. La música es muy animada á
la par que sencilla, el canto con que la acompañan sumamente espresivo, y
su letra, no puede hacerse de ella mejor elogio que el decir que son
seguidillas, muchas de las cuales he oido en España; y que los gíbaros, sin
saberlo, cantan á veces versos de Iglesias, y de otros no menos célebres
ingenios.
El sonduro es una especie de zapateado, pero con tales arranques de
entusiasmo, que no solo baila la pareja única que está en el centro de la sala,
sino que hace mover á cuantos hay en ella; cruje la tablazon del piso; y
aquel estrepitoso repique de pies descalzos con un dedo de suela natural, ó
bien calzados con suelas llenas de clavos, se hace oir en el silencio de la
zapateado, junto con mucho de aquel furioso vértigo, que parecia
transformar en otros á los que pasaban dias enteros sentados sobre sus
tobillos.
Además del fandanguillo, cadenas y sonduro ó matatoros hay el seis y el
caballo, que completan el repertorio de los bailes de garabato. El primero
es el fandango español, aunque en obsequio de la verdad tengo que
confesar, que así como la contradanza ha ganado mucho, este ha perdido y
no poco; los pasos son ejecutados con mucha menos soltura y gracia, los
pies de los bailarines no se deslizan sobre el suelo con la suavidad que fuera
de desear, sus cuerpos conservan una rigidez, que sobre parecer afectada, se
aviene muy mal con el aire y tono de la música y los brazos, que tanta
gracia añaden á cualesquiera posicion del cuerpo, son en algunos
molestísimos apéndices que no saben donde colocar; en una palabra, el
fandanguillo es una planta mal aclimatada.
Las cadenas, derivado de las seguidillas, pero no un engendro
contrahecho y raquítico, sino un renuevo vigoroso y lozano, que yo
comparo á una hermosa mestiza, son el baile mas animado y vistoso de
cuantos pertenecen á esta clase; toman parte en él uno ó varios grupos de á
cuatro parejas, las cuales hacen un número convenido de figuras
hermosísimas, y ejecutadas con tal precision y soltura que nadie conoceria
allí á los envarados y frios danzantes del fandanguillo; crúzanse velozmente
en variadas y opuestas direcciones, enlázanse formando grupos siempre
agradables, y mudan en un instante infinitas veces de lugar, viniendo
siempre al mismo de donde partieron. Nada hay que pueda pintar el alegre
regocijo de los campesinos como las cadenas. La música es muy animada á
la par que sencilla, el canto con que la acompañan sumamente espresivo, y
su letra, no puede hacerse de ella mejor elogio que el decir que son
seguidillas, muchas de las cuales he oido en España; y que los gíbaros, sin
saberlo, cantan á veces versos de Iglesias, y de otros no menos célebres
ingenios.
El sonduro es una especie de zapateado, pero con tales arranques de
entusiasmo, que no solo baila la pareja única que está en el centro de la sala,
sino que hace mover á cuantos hay en ella; cruje la tablazon del piso; y
aquel estrepitoso repique de pies descalzos con un dedo de suela natural, ó
bien calzados con suelas llenas de clavos, se hace oir en el silencio de la
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noche mas lejos que los instrumentos, que por cierto no alborotan poco.
Todo este ruido lo hacen un par de pies, que son los del varon, pues que la
hembra no tiene en él ninguna parte; vanse relevando á medida que se
cansan, y así no es estraño oir por mucho tiempo un rumor que parece
imposible que lo cause un solo hombre.
El seis, aunque en rigor deben bailarle seis parejas, yo he visto muchas
mas: colocánse las mujeres frente á los hombres en hilera, se cruzan varias
veces, zapatean un poco en ciertos compases marcados por la música, y
terminan valzando, lo mismo que en la contradanza. Despues de las
cadenas, el seis es de los bailes de garabato el que mas gusta, porque no es
atronador como el sonduro, ni frio como el fandanguillo y el caballo.
En este se colocan dos parejas de modo que estando la mujer frente á su
compañero, tenga á la izquierda al de la otra que esta delante de él: toda la
dificultad está en unos pasos muy sencillos y poco variados, y en cruzarse y
cambiar de pareja sin tocarse nunca las manos; para un estraño es baile que
tiene poca gracia.
Los instrumentos músicos son tambien dignos de que se hable de ellos:
forman una orquesta completa una bordonúa, un tiple, un cuatro, un
carracho y una maraca. La bordonúa es una gitarra de grandes
dimensiones, hecha toscamente, y á veces sin mas herramienta que un
cuchillo ó una daga; la madera es de varias calidades, escepto en su tapa
que siempre es de yagruno, una de las mas blancas y ligeras que se
conocen. El tiple es en un todo igual á esta, sino en su tamaño, que es
mucho menor. El cuatro es un término medio entre los dos, y se distingue
porque remata en dos ángulos su mitad cercana al brazo, á diferencia de la
otra que es redonda como en la bordonúa. El carracho, güiro ó calabazo, es
una calabaza larga, bien madura y seca, con surcos transversales algo
profundos, sobre los cuales se hace pasar con mas ó menos fuerza un palillo
de madera muy fuerte; para que el sonido sea mas intenso, tiene una
abertura en la parte opuesta á la de los surcos, y se toca sosteniéndole con la
mano izquierda y manejando con la derecha el palillo de que ya he hablado.
La maraca es una jigüera atravesada con un palo, y que contiene en su
interior una porcion de granos duros y pequeños; agitándola con la mano
derecha, con la cual se tiene por el palo que la atraviesa y sirve de mango,
produce un sonido con que acompañan al de los demás instrumentos.
Todo este ruido lo hacen un par de pies, que son los del varon, pues que la
hembra no tiene en él ninguna parte; vanse relevando á medida que se
cansan, y así no es estraño oir por mucho tiempo un rumor que parece
imposible que lo cause un solo hombre.
El seis, aunque en rigor deben bailarle seis parejas, yo he visto muchas
mas: colocánse las mujeres frente á los hombres en hilera, se cruzan varias
veces, zapatean un poco en ciertos compases marcados por la música, y
terminan valzando, lo mismo que en la contradanza. Despues de las
cadenas, el seis es de los bailes de garabato el que mas gusta, porque no es
atronador como el sonduro, ni frio como el fandanguillo y el caballo.
En este se colocan dos parejas de modo que estando la mujer frente á su
compañero, tenga á la izquierda al de la otra que esta delante de él: toda la
dificultad está en unos pasos muy sencillos y poco variados, y en cruzarse y
cambiar de pareja sin tocarse nunca las manos; para un estraño es baile que
tiene poca gracia.
Los instrumentos músicos son tambien dignos de que se hable de ellos:
forman una orquesta completa una bordonúa, un tiple, un cuatro, un
carracho y una maraca. La bordonúa es una gitarra de grandes
dimensiones, hecha toscamente, y á veces sin mas herramienta que un
cuchillo ó una daga; la madera es de varias calidades, escepto en su tapa
que siempre es de yagruno, una de las mas blancas y ligeras que se
conocen. El tiple es en un todo igual á esta, sino en su tamaño, que es
mucho menor. El cuatro es un término medio entre los dos, y se distingue
porque remata en dos ángulos su mitad cercana al brazo, á diferencia de la
otra que es redonda como en la bordonúa. El carracho, güiro ó calabazo, es
una calabaza larga, bien madura y seca, con surcos transversales algo
profundos, sobre los cuales se hace pasar con mas ó menos fuerza un palillo
de madera muy fuerte; para que el sonido sea mas intenso, tiene una
abertura en la parte opuesta á la de los surcos, y se toca sosteniéndole con la
mano izquierda y manejando con la derecha el palillo de que ya he hablado.
La maraca es una jigüera atravesada con un palo, y que contiene en su
interior una porcion de granos duros y pequeños; agitándola con la mano
derecha, con la cual se tiene por el palo que la atraviesa y sirve de mango,
produce un sonido con que acompañan al de los demás instrumentos.
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Los bailes de garabato tienen sus reglas, que se observan con todo rigor,
y que nadie que toma parte en ellos está dispensado de guardar
estrictamente. Aunque, como he dicho, son propios de la gente de la clase
inferior y del campo, algunas veces he visto bailar en ellos á personas muy
distinguidas. Una pisada, un empujon, los zelos de un enamorado, la sonrisa
de un espectador, y otras cosas semejantes dan lugar no pocas veces á que
se concluyan á cuchilladas; al paso que todos cuando no hay alguno de
estos motivos se complacen y obsequian mutuamente con la mayor
franqueza, teniendo siempre la preferencia los forasteros sobre los del lugar
en que se da el baile; en una palabra, aquellas buenas gentes guardan todas
las atenciones y finura compatibles con su clase, sus hábitos y educacion.
Tales son los bailes de garabato: los de los negros de Africa y los de los
criollos de Curazao no merecen incluirse bajo el título de esta escena; pues
aunque se ven en Puerto-Rico, nunca se han generalizado: con todo, hago
mencion de ellos porque siendo muchos, aumentan la grande variedad de
danzas que un estranjero puede ver en sola una Isla, y hasta sin moverse de
una poblacion.
Inútil seria entretenerme en probar que esta variedad depende de la
posicion geográfica que acumula allí individuos de tantas naciones, cada
una de las cuales introduce usos que se arraigan mas ó menos, segun el
influjo que ellas tienen en el país, y así concluyo manifestando que, fuera de
los bailes públicos y de grande espectáculo de los teatros europeos, que no
puede haberlos porque el teatro está cerrado la mayor parte del año, y
porque en la Isla no creo que haya quien quiera arruinarse contratando
compañías que hacen quebrar á los mejores empresarios; en cuanto á bailes
nada tenemos que envidiar á ningun pueblo del mundo.
y que nadie que toma parte en ellos está dispensado de guardar
estrictamente. Aunque, como he dicho, son propios de la gente de la clase
inferior y del campo, algunas veces he visto bailar en ellos á personas muy
distinguidas. Una pisada, un empujon, los zelos de un enamorado, la sonrisa
de un espectador, y otras cosas semejantes dan lugar no pocas veces á que
se concluyan á cuchilladas; al paso que todos cuando no hay alguno de
estos motivos se complacen y obsequian mutuamente con la mayor
franqueza, teniendo siempre la preferencia los forasteros sobre los del lugar
en que se da el baile; en una palabra, aquellas buenas gentes guardan todas
las atenciones y finura compatibles con su clase, sus hábitos y educacion.
Tales son los bailes de garabato: los de los negros de Africa y los de los
criollos de Curazao no merecen incluirse bajo el título de esta escena; pues
aunque se ven en Puerto-Rico, nunca se han generalizado: con todo, hago
mencion de ellos porque siendo muchos, aumentan la grande variedad de
danzas que un estranjero puede ver en sola una Isla, y hasta sin moverse de
una poblacion.
Inútil seria entretenerme en probar que esta variedad depende de la
posicion geográfica que acumula allí individuos de tantas naciones, cada
una de las cuales introduce usos que se arraigan mas ó menos, segun el
influjo que ellas tienen en el país, y así concluyo manifestando que, fuera de
los bailes públicos y de grande espectáculo de los teatros europeos, que no
puede haberlos porque el teatro está cerrado la mayor parte del año, y
porque en la Isla no creo que haya quien quiera arruinarse contratando
compañías que hacen quebrar á los mejores empresarios; en cuanto á bailes
nada tenemos que envidiar á ningun pueblo del mundo.
Page 52
ESCENA VI.
EL BAILE DE GARABATO.
EL BAILE DE GARABATO.
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ARREYÁNENSE á mi lao
Toiticos los que aquí estan,
Y jagamos una ruea,
Paque puean escuchal:
Ey suseso acontesió
En la semana pasaa,
Que es de aqueyos que encocoran
Y achongan jasta rabiay.
Muaba á canto e talao
A mi baca coloraa
Ey jueves á eso e la una,
Poquito menos ó mas;
Cuando yegó primo Sico,
Que me diba á combial
Pa un baile, que aqueya noche
Jasian en la besindá,
En caje de una comae
Que ey quería festejay,
Casaa con un primo suyo
Jasia tres meses no mas,
Y que era, asigun la fama
Y si bale isil veydá,
De chupe y dejeme ey cabo:
Y no repito lo emas
Que sus muchos amaores
De eya cuentan sin paral,
Polque ey cuento seria laygo
Y no hay quien no sepa ya
Que á enamoraos y á locos
Nayden les debe escuchay.
Espaché en un paire nuestro,
Luego me juy á refrescal
Ar rio, despues me puse
Los trapos e cristianay
Y, ey malambo ebajo er braso,
Dejando mi estansia atrás,
Apenas anochesio
Toiticos los que aquí estan,
Y jagamos una ruea,
Paque puean escuchal:
Ey suseso acontesió
En la semana pasaa,
Que es de aqueyos que encocoran
Y achongan jasta rabiay.
Muaba á canto e talao
A mi baca coloraa
Ey jueves á eso e la una,
Poquito menos ó mas;
Cuando yegó primo Sico,
Que me diba á combial
Pa un baile, que aqueya noche
Jasian en la besindá,
En caje de una comae
Que ey quería festejay,
Casaa con un primo suyo
Jasia tres meses no mas,
Y que era, asigun la fama
Y si bale isil veydá,
De chupe y dejeme ey cabo:
Y no repito lo emas
Que sus muchos amaores
De eya cuentan sin paral,
Polque ey cuento seria laygo
Y no hay quien no sepa ya
Que á enamoraos y á locos
Nayden les debe escuchay.
Espaché en un paire nuestro,
Luego me juy á refrescal
Ar rio, despues me puse
Los trapos e cristianay
Y, ey malambo ebajo er braso,
Dejando mi estansia atrás,
Apenas anochesio
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Vide ey baile prensipial.
Era la casa e la fiesta
De yagua e sierra techaa,
Los setos y soberaos
De tablas solo aserraas,
Con bentanas correisas
Y soleras sin labral.
La sala onde se bailaba
La tenian alumbraa
Con cuatro belas e sebo
A los estantes pegaas,
Y otra sobre una tabliya
En que se via un San Blas,
Un ramo e parma bendita,
Tres mochos sin espigay,
Un tigüero, una baraja
Y una atarraya emplomaa.
A la erecha, junto ar seto,
Habia mujeres sentaas
Sobre una canoa grande,
Que ayi tenian arrimaa.
A mano suida lo mesmo,
Las habia arreyanaas
Ensima una costanera
Con dos trosos lebantaa.
Un ture, aygunas banquetas
Y un banco sin resparday,
Seybian de asiento á los músicos,
Cantores y á pocos mas.
Rompió ey baile primo Sico
Con su comae Treniá,
Con un sonduro que daba
Imbidia veyo bailal.
Requintaba la bigüela,
Ey güiro diba á jablay,
Y los tiples y maracas
No les diban muy atrás.
Era la casa e la fiesta
De yagua e sierra techaa,
Los setos y soberaos
De tablas solo aserraas,
Con bentanas correisas
Y soleras sin labral.
La sala onde se bailaba
La tenian alumbraa
Con cuatro belas e sebo
A los estantes pegaas,
Y otra sobre una tabliya
En que se via un San Blas,
Un ramo e parma bendita,
Tres mochos sin espigay,
Un tigüero, una baraja
Y una atarraya emplomaa.
A la erecha, junto ar seto,
Habia mujeres sentaas
Sobre una canoa grande,
Que ayi tenian arrimaa.
A mano suida lo mesmo,
Las habia arreyanaas
Ensima una costanera
Con dos trosos lebantaa.
Un ture, aygunas banquetas
Y un banco sin resparday,
Seybian de asiento á los músicos,
Cantores y á pocos mas.
Rompió ey baile primo Sico
Con su comae Treniá,
Con un sonduro que daba
Imbidia veyo bailal.
Requintaba la bigüela,
Ey güiro diba á jablay,
Y los tiples y maracas
No les diban muy atrás.
Page 55
Los garrones e mi primo
Repicaban sin paral,
Y atajaba la pareja
Tan á tiempo y á compas,
Que hubo biejo que la baba
Le bino ay suelo á paray.
Bailóse espues un cabayo,
Unas caënas etrás,
Un fandanguiyo bombeao,
Y un seis se diba á tocay;
Cuando dentró esbanesío
En er baile un camaraa,
Con ey sombrero en la oreja
Y la daga esembainaa.
Parao en mitá e la sala
Dijo:—¿Quién es capatás
En este baile, señores,
Que habemos de platical?
—Yo soy, repuso mi primo,
Pa lo que guste manday.
—No mas queria, que un rato
Aquí me ejaran bailal,
Polque se lo he prometío
A una jembra que aquí está.
—Mucho jiso en prometeyo
Poyque puee que quede mal,
Manque benga acompañao
Con ey mesmo Barrabás.
—Jise bien; y si aigun guapo
Me lo quisiere pribay,
Le pelsinare la cara,
Y naide baylará mas.
—Eso agora lo beremos.
—Pues asina lo berá.
Dió un rempujon á mi primo,
Que ay punto se jiso atrás,
Y metió mano ay moruno
Repicaban sin paral,
Y atajaba la pareja
Tan á tiempo y á compas,
Que hubo biejo que la baba
Le bino ay suelo á paray.
Bailóse espues un cabayo,
Unas caënas etrás,
Un fandanguiyo bombeao,
Y un seis se diba á tocay;
Cuando dentró esbanesío
En er baile un camaraa,
Con ey sombrero en la oreja
Y la daga esembainaa.
Parao en mitá e la sala
Dijo:—¿Quién es capatás
En este baile, señores,
Que habemos de platical?
—Yo soy, repuso mi primo,
Pa lo que guste manday.
—No mas queria, que un rato
Aquí me ejaran bailal,
Polque se lo he prometío
A una jembra que aquí está.
—Mucho jiso en prometeyo
Poyque puee que quede mal,
Manque benga acompañao
Con ey mesmo Barrabás.
—Jise bien; y si aigun guapo
Me lo quisiere pribay,
Le pelsinare la cara,
Y naide baylará mas.
—Eso agora lo beremos.
—Pues asina lo berá.
Dió un rempujon á mi primo,
Que ay punto se jiso atrás,
Y metió mano ay moruno
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Rabiando pol peleay.
Toitos jisimos lo propio,
Y se puso caa cuar
En ey bando de uno ó de otro,
Confolme á su boluntá.
Las belas fueron ar suelo;
Queándonos por un iguar
Toos prietos, pues ni las manos
Nos podiamos miray.
¿Quién aqueya masamorra
Sera capás e contal?
Las jembras esperesías
Gritaban á no poel mas;
Unas en ey aposento
Se fueron á refugiay,
Otras ayá en la cosina,
Aygunas arrinconaas
En la sala, y jasta una
Se fué de mieo á sumbal
Poy la bentana mas arta,
Con su bojote cargaa.
En poquísimos menutos
Se dieron mas cuchiyaas,
Y repartieron mas palos,
Que letras tiene un misar:
Y no hubieran acabao
Ni con ey juicio finay,
Si no se mete pol medio
La mosa mas aqueyaa,
Que tiene ey barrio e Culebras
En toa su besindá;
La cuar en cuenta e correy,
Al iguar de las emás,
Agarró un cabo de bela
Y en un tison de capá,
Que sacó de los fogones,
Lo prendió á fuelsa é soplay.
Toitos jisimos lo propio,
Y se puso caa cuar
En ey bando de uno ó de otro,
Confolme á su boluntá.
Las belas fueron ar suelo;
Queándonos por un iguar
Toos prietos, pues ni las manos
Nos podiamos miray.
¿Quién aqueya masamorra
Sera capás e contal?
Las jembras esperesías
Gritaban á no poel mas;
Unas en ey aposento
Se fueron á refugiay,
Otras ayá en la cosina,
Aygunas arrinconaas
En la sala, y jasta una
Se fué de mieo á sumbal
Poy la bentana mas arta,
Con su bojote cargaa.
En poquísimos menutos
Se dieron mas cuchiyaas,
Y repartieron mas palos,
Que letras tiene un misar:
Y no hubieran acabao
Ni con ey juicio finay,
Si no se mete pol medio
La mosa mas aqueyaa,
Que tiene ey barrio e Culebras
En toa su besindá;
La cuar en cuenta e correy,
Al iguar de las emás,
Agarró un cabo de bela
Y en un tison de capá,
Que sacó de los fogones,
Lo prendió á fuelsa é soplay.
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Yegó á la sala y gritando:
¡Señores! que jaya pas,
Nos dijo: Atórense un poco
No se bayan á matal:
Yo que soy causa e la riña
Se lo bengo é suplicay.
Escúcheme, que ay momento
La buya se acabará.
En broma le ije á Cilirio
Que no seria capás
De esbaratal este baile,
Y er lo ha jecho de beydá.
Su intencion no era ofendel
A unas gentes tan honraas,
Sino dal á conocey
Que pol mí no teme á naa.
No queamos muy satisfechos;
Pero nos jiso queal
La risa de aygunos cuantos,
Que cada ves diba á mas.
Era ey caso que un mosito
Benío de la Suidá,
Muy agentao y muy tieso,
Asin que oyó ey juracan,
Se metió ebajo una mesa
A aprendel á gateay;
Y entonces me lo sacaban
Sin poel tabía jablal.
Cilirio le dió á mi primo
La mano, voivió á embaynay
La daga; y toos en un veibo
Se ofresieron su amistá;
Se acuairiyaron los músicos
Y mujeres, y á baylay
Otra bes, cuar si tay cosa,
Acabara é presensial
Se puso toita la jente
¡Señores! que jaya pas,
Nos dijo: Atórense un poco
No se bayan á matal:
Yo que soy causa e la riña
Se lo bengo é suplicay.
Escúcheme, que ay momento
La buya se acabará.
En broma le ije á Cilirio
Que no seria capás
De esbaratal este baile,
Y er lo ha jecho de beydá.
Su intencion no era ofendel
A unas gentes tan honraas,
Sino dal á conocey
Que pol mí no teme á naa.
No queamos muy satisfechos;
Pero nos jiso queal
La risa de aygunos cuantos,
Que cada ves diba á mas.
Era ey caso que un mosito
Benío de la Suidá,
Muy agentao y muy tieso,
Asin que oyó ey juracan,
Se metió ebajo una mesa
A aprendel á gateay;
Y entonces me lo sacaban
Sin poel tabía jablal.
Cilirio le dió á mi primo
La mano, voivió á embaynay
La daga; y toos en un veibo
Se ofresieron su amistá;
Se acuairiyaron los músicos
Y mujeres, y á baylay
Otra bes, cuar si tay cosa,
Acabara é presensial
Se puso toita la jente
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Con mucha tranquiliá;
Menos sinco ú seis jerios
Que se fueron á curay.
Menos sinco ú seis jerios
Que se fueron á curay.
Page 59
ESCENA VII.
LA GALLERA.
PUEDE pasar un pueblo de la Isla de Puerto-rico sin espectáculos públicos
de toda clase, y si fuera preciso sin alcalde, regidor ni nadie que gobernase
en él; pero jamás pasaria sin un ranchon grande, cubierto de teja yagua ó
paja, en cuyo centro hay un círculo de ocho á diez pasos de diámetro
formado de tablas, con una gradería al rededor, hecha de lo mismo: cuando
se trata de fundar una nueva poblacion no es estraño ver que aparece este
edificio mucho antes que la Iglesia, y en no pocos parajes en que el número
de casas de campo es crecido, estando á alguna distancia de los pueblos, se
ve tambien que le hay, si bien falta una ermita ó capilla. Esta entidad que
preside en todas partes, esta avanzada de la creacion de nuevas sociedades
en sitios hasta entonces inhabitados, este lugar al parecer de un culto
idólatra, es la Gallera. Examinarémos en esta escena su objeto é influencia
moral, y de aquí la necesidad de hablar primero de los gallos, los galleros y
los jugadores, como actores principales, y despues de las peleas, desafíos,
etc.
El gallo, animal célebre desde la mas remota antigüedad, ídolo de
algunas religiones, y de cuyo canto se valió nuestro Redentor para recordar
á uno de sus discípulos su pecado, en ninguna parte es tan querido como en
las Antillas; hay una clase sobre todo, llamada gallo inglés, que es el
compañero inseparable del gíbaro.
Antes de salir del cascaron, ya se ha cuidado de legitimar su orígen,
poniendo á la madre en la imposibilidad de ser infiel: un platanal, un
bosque ú otro sitio apartado, es el teatro de los dichosos amores del sultan,
LA GALLERA.
PUEDE pasar un pueblo de la Isla de Puerto-rico sin espectáculos públicos
de toda clase, y si fuera preciso sin alcalde, regidor ni nadie que gobernase
en él; pero jamás pasaria sin un ranchon grande, cubierto de teja yagua ó
paja, en cuyo centro hay un círculo de ocho á diez pasos de diámetro
formado de tablas, con una gradería al rededor, hecha de lo mismo: cuando
se trata de fundar una nueva poblacion no es estraño ver que aparece este
edificio mucho antes que la Iglesia, y en no pocos parajes en que el número
de casas de campo es crecido, estando á alguna distancia de los pueblos, se
ve tambien que le hay, si bien falta una ermita ó capilla. Esta entidad que
preside en todas partes, esta avanzada de la creacion de nuevas sociedades
en sitios hasta entonces inhabitados, este lugar al parecer de un culto
idólatra, es la Gallera. Examinarémos en esta escena su objeto é influencia
moral, y de aquí la necesidad de hablar primero de los gallos, los galleros y
los jugadores, como actores principales, y despues de las peleas, desafíos,
etc.
El gallo, animal célebre desde la mas remota antigüedad, ídolo de
algunas religiones, y de cuyo canto se valió nuestro Redentor para recordar
á uno de sus discípulos su pecado, en ninguna parte es tan querido como en
las Antillas; hay una clase sobre todo, llamada gallo inglés, que es el
compañero inseparable del gíbaro.
Antes de salir del cascaron, ya se ha cuidado de legitimar su orígen,
poniendo á la madre en la imposibilidad de ser infiel: un platanal, un
bosque ú otro sitio apartado, es el teatro de los dichosos amores del sultan,
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que despues de haber muerto en el combate á su terrible adversario, viene
cubierto de honrosas cicatrices á reinar en medio de sus favoritas. De allí es
trasladada la clueca, y su nido se coloca en la casa en el sitio mas á
propósito, cúidasela con mucho esmero, y el dia en que sale rodeada de sus
polluelos es un dia de gozo para la familia. Empiezan entonces las
discusiones sobre el secso, color y demás cualidades; los amigos y
conocidos averiguan los grados de parentesco que tienen los recien nacidos
con los gallos de mas nombre de todos los pueblos cercanos, recorriendo las
líneas colaterales, con mas afan, que un hidalgo pobre que desea acercarse á
un título de Castilla.
Hechas de este modo las debidas averiguaciones, conserva el dueño en su
mente la ejecutoria, y los pollos van creciendo hasta dejar la madre;
entonces es el momento de separarlos dejando las hembras en casa y
poniendo los machos en otro sitio, lo cual no es de tan poca importancia
como pudiera parecer; los gíbaros saben muy bien que un terreno en que los
animalitos puedan escarbar, fortalece mucho sus patas y su pico; así como
el criarse en el bosque les hace mas vigorosos en el vuelo; circunstancias no
despreciables, puesto que de ellas depende mas adelante la probabilidad de
la victoria.
Es tambien de notar el cuidado que tiene todo criador inteligente en
impedir que se mezcle con los pollos, cuando son ya crecidos, alguna
gallina; porque reñirian hasta matarse; y si por una casualidad no sucediera
así, perderian mucha pujanza, siendo mas débiles en el combate; cada dia
les muda la comida y el agua, cuando no la hay en el criadero, y se asegura
muy á menudo del estado de la salud de los futuros gladiadores.
Estos cuidados duran año y medio ó dos, hasta que entran en la escuela
práctica, bajo la direccion del gallero; este es un hombre blanco, negro, ó
mulato, gordo ó flaco, alto ó pequeño, por lo regular de alguna edad, que es
capaz, por su mucho conocimiento en la materia y por su acrisolada
paciencia, de instruir á un gallo, sacando todo el partido posible de las
disposiciones que presenta, desconocidas á los profanos en el arte; mas que
para él son el objeto de un estudio continuo. Debe además ser vir probus en
toda la estension de la palabra, pues á su rectitud se fian grandes sumas,
como verémos despues.
cubierto de honrosas cicatrices á reinar en medio de sus favoritas. De allí es
trasladada la clueca, y su nido se coloca en la casa en el sitio mas á
propósito, cúidasela con mucho esmero, y el dia en que sale rodeada de sus
polluelos es un dia de gozo para la familia. Empiezan entonces las
discusiones sobre el secso, color y demás cualidades; los amigos y
conocidos averiguan los grados de parentesco que tienen los recien nacidos
con los gallos de mas nombre de todos los pueblos cercanos, recorriendo las
líneas colaterales, con mas afan, que un hidalgo pobre que desea acercarse á
un título de Castilla.
Hechas de este modo las debidas averiguaciones, conserva el dueño en su
mente la ejecutoria, y los pollos van creciendo hasta dejar la madre;
entonces es el momento de separarlos dejando las hembras en casa y
poniendo los machos en otro sitio, lo cual no es de tan poca importancia
como pudiera parecer; los gíbaros saben muy bien que un terreno en que los
animalitos puedan escarbar, fortalece mucho sus patas y su pico; así como
el criarse en el bosque les hace mas vigorosos en el vuelo; circunstancias no
despreciables, puesto que de ellas depende mas adelante la probabilidad de
la victoria.
Es tambien de notar el cuidado que tiene todo criador inteligente en
impedir que se mezcle con los pollos, cuando son ya crecidos, alguna
gallina; porque reñirian hasta matarse; y si por una casualidad no sucediera
así, perderian mucha pujanza, siendo mas débiles en el combate; cada dia
les muda la comida y el agua, cuando no la hay en el criadero, y se asegura
muy á menudo del estado de la salud de los futuros gladiadores.
Estos cuidados duran año y medio ó dos, hasta que entran en la escuela
práctica, bajo la direccion del gallero; este es un hombre blanco, negro, ó
mulato, gordo ó flaco, alto ó pequeño, por lo regular de alguna edad, que es
capaz, por su mucho conocimiento en la materia y por su acrisolada
paciencia, de instruir á un gallo, sacando todo el partido posible de las
disposiciones que presenta, desconocidas á los profanos en el arte; mas que
para él son el objeto de un estudio continuo. Debe además ser vir probus en
toda la estension de la palabra, pues á su rectitud se fian grandes sumas,
como verémos despues.
Page 61
Hacerse cargo de la completa filiacion de su pupilo es la primera
diligencia del gallero, que en dos minutos sabe si aquel es rubio, giro,
pinto, cenizo, canaguey, gallina, ala de mosca, jabao, blanco, ó negro, si es
pava, roson ó guineo; si es pati-negro, pati-amarillo ó pati-blanco si es
cinqueño, bajo ó alto de espuelas, si tiene la canilla larga ó corta, si es
largo ó ancho de cuerpo, si aletea con fuerza, si tiene la pluma madura, etc.
no olvidándose nunca de oirlo cantar, para conocerlo despues por la
madrugada; y es tal la habilidad de aquellos hombres, que entre centenares
de gallos que cuidan y acondicionan, conocen á cada uno por el canto, sin
que se engañen jamás.
Desde este dia, hasta aquel en que está en disposicion de jugarse, pasa el
gallo por una serie de pruebas y ejercicios continuos, sujeto siempre á un
régimen severo, todo lo cual reunido forma lo que se llama darle condicion;
ó, lo que es lo mismo, ponerle en disposicion de reñir con las mayores
ventajas posibles de su parte. Córtale el gallero la cresta y las barbas, le
pela con unas tijeras el pescuezo y la parte posterior del cuerpo, le recorta la
cola á unos cuatro traveses de dedo de la rabadilla, y lo mismo hace con la
punta de las plumas del ala; le pone una cabulla por sobre la espuela para
que no pueda soltarse, ni le oprima la pata; teniendo cuidado de mudarla de
una á otra, y le coloca en el lugar que debe ocupar en una casa grande,
alquilada espresamente, y que toda está llena de gallos atados, de modo que
no puedan alcanzarse, á un clavo fijo en las tablas del piso, ó encerrados en
jaulas grandes de madera, con su division para cada uno.
Al salir el sol los sacan al corral ó frente de la casa, atando á cada uno en
su estaca clavada en tierra, para que puedan escarbar; antes de esto los
rosian con buches de agua y aguardiente, y los tienen allí hasta las diez ó
las once de la mañana. Por la tarde vuelven á sacarlos, y al ponerse el sol
les dan el maíz y el agua graduados segun su peso, y el resultado de la
última prueba.
Estas pruebas son las botas y los coleos; las primeras consisten en echar á
reñir dos gallos de igual peso, con las espuelas embotadas, ó envueltas en
trapo ó papel de estraza, de suerte que no puedan dañarse: el gallero
observa atentamente á cada uno, si pelea alto ó bajo, si pica á la cabeza, al
pescuezo al buche, á la cabeza del ala ó debajo de ella, si es de carrera, si
juega la cabeza, si pelea de afuera ó apechuga, si engrilla ó voltea, etc.; y
segun lo que nota, coge á uno de ellos en la mano y le maneja delante del
diligencia del gallero, que en dos minutos sabe si aquel es rubio, giro,
pinto, cenizo, canaguey, gallina, ala de mosca, jabao, blanco, ó negro, si es
pava, roson ó guineo; si es pati-negro, pati-amarillo ó pati-blanco si es
cinqueño, bajo ó alto de espuelas, si tiene la canilla larga ó corta, si es
largo ó ancho de cuerpo, si aletea con fuerza, si tiene la pluma madura, etc.
no olvidándose nunca de oirlo cantar, para conocerlo despues por la
madrugada; y es tal la habilidad de aquellos hombres, que entre centenares
de gallos que cuidan y acondicionan, conocen á cada uno por el canto, sin
que se engañen jamás.
Desde este dia, hasta aquel en que está en disposicion de jugarse, pasa el
gallo por una serie de pruebas y ejercicios continuos, sujeto siempre á un
régimen severo, todo lo cual reunido forma lo que se llama darle condicion;
ó, lo que es lo mismo, ponerle en disposicion de reñir con las mayores
ventajas posibles de su parte. Córtale el gallero la cresta y las barbas, le
pela con unas tijeras el pescuezo y la parte posterior del cuerpo, le recorta la
cola á unos cuatro traveses de dedo de la rabadilla, y lo mismo hace con la
punta de las plumas del ala; le pone una cabulla por sobre la espuela para
que no pueda soltarse, ni le oprima la pata; teniendo cuidado de mudarla de
una á otra, y le coloca en el lugar que debe ocupar en una casa grande,
alquilada espresamente, y que toda está llena de gallos atados, de modo que
no puedan alcanzarse, á un clavo fijo en las tablas del piso, ó encerrados en
jaulas grandes de madera, con su division para cada uno.
Al salir el sol los sacan al corral ó frente de la casa, atando á cada uno en
su estaca clavada en tierra, para que puedan escarbar; antes de esto los
rosian con buches de agua y aguardiente, y los tienen allí hasta las diez ó
las once de la mañana. Por la tarde vuelven á sacarlos, y al ponerse el sol
les dan el maíz y el agua graduados segun su peso, y el resultado de la
última prueba.
Estas pruebas son las botas y los coleos; las primeras consisten en echar á
reñir dos gallos de igual peso, con las espuelas embotadas, ó envueltas en
trapo ó papel de estraza, de suerte que no puedan dañarse: el gallero
observa atentamente á cada uno, si pelea alto ó bajo, si pica á la cabeza, al
pescuezo al buche, á la cabeza del ala ó debajo de ella, si es de carrera, si
juega la cabeza, si pelea de afuera ó apechuga, si engrilla ó voltea, etc.; y
segun lo que nota, coge á uno de ellos en la mano y le maneja delante del
Page 62
otro con tal habilidad, que, siguiendo este sus movimientos, se acostumbra
á pelear, corrigiendo sus defectos. Esto es lo que se llama coleo. Si el gallo
se cansa en estos ensayos por esceso de gordura, se le rebaja la racion
diaria, y si está débil, se le aumenta; habiendo tal variedad, que unos pelean
mejor estando gordos, y otros estando flacos; de lo cual resulta su division
en gallos á la vista, y gallos de saco.
El gallo que pelea bien teniendo muchas carnes, bajo de patas, ancho de
cuerpo, y que puesto de pie no eleva mucho la cabeza, debe jugarse á la
vista; esto es, comparándole al descubierto con su adversario: cuando el que
pelea bien con pocas carnes es alto de patas, largo de cuerpo y tiene la
cabeza alta, debe jugarse al saco; esto es, equilibrándole en una balanza
con su competidor dentro de dos sacos que pesen lo mismo.
Cuando el gallo está acondicionado, lo cual se conoce por las botas y
coleos y por el hermoso color rojo de su cuello y de la parte posterior del
cuerpo, se lleva á la gallera para jugarlo con mas ó menos dinero, segun las
cualidades que ha manifestado: y aquí es muy interesante el papel del
gallero, que, durante la riña, se llama coleador; casa la pelea conforme á
las reglas establecidas, salvas algunas ligeras modificaciones, como el
enseñar la cabeza del gallo, para conocer por la cicatríz de la cresta si los
dos son de una edad, el medir las espuelas, el dar en el peso alguna media
onza de ventaja, etc.; y hecho esto,
Los agusan los rusian
Y si ey dia es abansao
Les dan tres ó cuatro granos
De maís medio mascao.
Recortan además las alas, segun la estatura del contrario y el pelear de su
gallo, entrando ufanos en la valla ó talanquera: retírase la gente que hay en
ella, y puestos en el centro los acercan, teniéndolos en las manos hasta que
se pican, y separándolos despues los sueltan; dejando á cada uno sobre una
de las dos rayas paralelas hechas en tierra con algunos palmos de
intermedio. Empieza entonces la riña, durante la cual los coleadores estan
fuera de la talanquera, ó ñangotaos junto á ella.
á pelear, corrigiendo sus defectos. Esto es lo que se llama coleo. Si el gallo
se cansa en estos ensayos por esceso de gordura, se le rebaja la racion
diaria, y si está débil, se le aumenta; habiendo tal variedad, que unos pelean
mejor estando gordos, y otros estando flacos; de lo cual resulta su division
en gallos á la vista, y gallos de saco.
El gallo que pelea bien teniendo muchas carnes, bajo de patas, ancho de
cuerpo, y que puesto de pie no eleva mucho la cabeza, debe jugarse á la
vista; esto es, comparándole al descubierto con su adversario: cuando el que
pelea bien con pocas carnes es alto de patas, largo de cuerpo y tiene la
cabeza alta, debe jugarse al saco; esto es, equilibrándole en una balanza
con su competidor dentro de dos sacos que pesen lo mismo.
Cuando el gallo está acondicionado, lo cual se conoce por las botas y
coleos y por el hermoso color rojo de su cuello y de la parte posterior del
cuerpo, se lleva á la gallera para jugarlo con mas ó menos dinero, segun las
cualidades que ha manifestado: y aquí es muy interesante el papel del
gallero, que, durante la riña, se llama coleador; casa la pelea conforme á
las reglas establecidas, salvas algunas ligeras modificaciones, como el
enseñar la cabeza del gallo, para conocer por la cicatríz de la cresta si los
dos son de una edad, el medir las espuelas, el dar en el peso alguna media
onza de ventaja, etc.; y hecho esto,
Los agusan los rusian
Y si ey dia es abansao
Les dan tres ó cuatro granos
De maís medio mascao.
Recortan además las alas, segun la estatura del contrario y el pelear de su
gallo, entrando ufanos en la valla ó talanquera: retírase la gente que hay en
ella, y puestos en el centro los acercan, teniéndolos en las manos hasta que
se pican, y separándolos despues los sueltan; dejando á cada uno sobre una
de las dos rayas paralelas hechas en tierra con algunos palmos de
intermedio. Empieza entonces la riña, durante la cual los coleadores estan
fuera de la talanquera, ó ñangotaos junto á ella.
Page 63
No hay palabras para pintar la fiereza de aquellos animales: al principio
no llegan á picarse, sino que se hieren al vuelo: á estos primeros golpes es á
los que llaman tiros bolaos; pero no tardan en comenzar, y cada picotazo va
seguido de una puñalada, que el contrario evita con destreza, ó recibe con
heroico valor; sus cuerpos se cubren de sangre y polvo, pierden la vista, y
apenas pueden tenerse; llegando muchas veces á quedar despues de algunas
horas rendidos de fatiga, sin que ninguno de los dos haya vencido: á esto se
llama entablar la pelea: otras huye uno, muere ó queda fuera de combate,
siendo el otro vencedor.
Hay gallos que tienen golpes favoritos; tales como picar á la cabeza del
ala, clavando la espuela debajo de ella, dar en el yunque, que así llaman á la
nuca, etc. La carrera es tambien un grandísimo recurso; los hay que corren
al rededor de la valla delante del contrario, que si no tiene tambien esta
cualidad se cansa persiguiéndolos, y entonces es vencido fácilmente;
llegando algunos á tanto, que, si conocen desventaja por su parte, se
detienen sin correr, hasta que el otro vuelve á seguir riñendo.
El ojo de lince del coleador sigue todos los movimientos de su gallo,
mientras que los espectadores de las gradas publican en alta voz la cantidad
que quieren apostar á su favor, y le animan con las esclamaciones mas
originales:
Pica gayo y engriya jiro,
Mueide al ala renegao,
Juy que puñalon de baca, etc.
que se repiten á cada nuevo encuentro.
Cuando los combatientes dejan por un momento de lidiar se da un careo,
los cogen los coleadores, los limpian chupando la sangre de todo el
pescuezo, examinan sus miembros; y con estos cuidados les vuelven á
veces la vista y los reaniman para volver á la reyerta. Un número
determinado de careos sin que ninguno de los combatientes embista al otro
entabla la pelea.
Con lo dicho se tendrá una idea del objeto de la gallera; pero no seria
muy completa, sin añadir algo que venga á confirmarlo establecido al
no llegan á picarse, sino que se hieren al vuelo: á estos primeros golpes es á
los que llaman tiros bolaos; pero no tardan en comenzar, y cada picotazo va
seguido de una puñalada, que el contrario evita con destreza, ó recibe con
heroico valor; sus cuerpos se cubren de sangre y polvo, pierden la vista, y
apenas pueden tenerse; llegando muchas veces á quedar despues de algunas
horas rendidos de fatiga, sin que ninguno de los dos haya vencido: á esto se
llama entablar la pelea: otras huye uno, muere ó queda fuera de combate,
siendo el otro vencedor.
Hay gallos que tienen golpes favoritos; tales como picar á la cabeza del
ala, clavando la espuela debajo de ella, dar en el yunque, que así llaman á la
nuca, etc. La carrera es tambien un grandísimo recurso; los hay que corren
al rededor de la valla delante del contrario, que si no tiene tambien esta
cualidad se cansa persiguiéndolos, y entonces es vencido fácilmente;
llegando algunos á tanto, que, si conocen desventaja por su parte, se
detienen sin correr, hasta que el otro vuelve á seguir riñendo.
El ojo de lince del coleador sigue todos los movimientos de su gallo,
mientras que los espectadores de las gradas publican en alta voz la cantidad
que quieren apostar á su favor, y le animan con las esclamaciones mas
originales:
Pica gayo y engriya jiro,
Mueide al ala renegao,
Juy que puñalon de baca, etc.
que se repiten á cada nuevo encuentro.
Cuando los combatientes dejan por un momento de lidiar se da un careo,
los cogen los coleadores, los limpian chupando la sangre de todo el
pescuezo, examinan sus miembros; y con estos cuidados les vuelven á
veces la vista y los reaniman para volver á la reyerta. Un número
determinado de careos sin que ninguno de los combatientes embista al otro
entabla la pelea.
Con lo dicho se tendrá una idea del objeto de la gallera; pero no seria
muy completa, sin añadir algo que venga á confirmarlo establecido al
Page 64
comenzar este artículo: bastará decir, que muy raro es el gíbaro que no cria
gallos de buena casta, que muchos pasan todo el domingo en la gallera, y
que algunos vuelven á su casa por la noche, sin llevar la carne que habian
ido á comprar al pueblo para toda la semana siguiente, porque les tentó
algun pati-amarillo ó coli-blanco; mas ¿á qué detenernos en otras cosas,
cuando una simple relacion de un desafío basta y sobra á nuestro propósito?
Los desafíos, que no son mas que la reunion en un pueblo de los gallos
mas famosos de muchos de los circunvecinos, se anuncian con grande
anticipacion, y se verifican en dias señalados. Algunos antes empiezan á
llegar los campeones, conducidos con grandísimo cuidado: un hombre lleva
una vara al hombro, y de ella penden cuatro, seis ú ocho gallos, en su saco
cada uno; así son trasladados hasta á ocho y diez leguas de distancia. Llega
por fin el dia deseado: toda la poblacion se inunda de gente, una gran parte
de la cual no tiene otro objeto que ver jugar un gallo conocido, y para esto
ha hecho á pie muchas horas de camino. En la pelea se sigue las mismas
reglas que en los casos ordinarios, con la única diferencia que se atraviesan
mayores cantidades, y que el concurso es mucho mas numeroso.
Hemos llegado al punto en que el lector aguarda que le diga mi modo de
pensar acerca de la gallera: yo reconozco la oportunidad de su deseo; pero
no puedo complacerle cual quisiera, porque es cuestion mas difícil de
resolver de lo que al pronto parece. En efecto; ¿qué puede contestarse á la
pregunta de si el juego de gallos es útil ó no? Dirémos, que como causa de
la comunicacion de unos pueblos con otros, como medio de que circule el
dinero, y como mero pasatiempo en los dias festivos, no hay duda que lo es;
mas como ocupacion, como camino que puede conducir á otros vicios, y
como ocasion de perder el dinero destinado al sustento de una familia, es
altamente perjudicial. El tiempo resolverá el problema, y yo me atrevo á
esperar que cuando haya otras diversiones públicas y á medida que
adelantemos, se irá perdiendo esta costumbre hasta desaparecer
completamente.
gallos de buena casta, que muchos pasan todo el domingo en la gallera, y
que algunos vuelven á su casa por la noche, sin llevar la carne que habian
ido á comprar al pueblo para toda la semana siguiente, porque les tentó
algun pati-amarillo ó coli-blanco; mas ¿á qué detenernos en otras cosas,
cuando una simple relacion de un desafío basta y sobra á nuestro propósito?
Los desafíos, que no son mas que la reunion en un pueblo de los gallos
mas famosos de muchos de los circunvecinos, se anuncian con grande
anticipacion, y se verifican en dias señalados. Algunos antes empiezan á
llegar los campeones, conducidos con grandísimo cuidado: un hombre lleva
una vara al hombro, y de ella penden cuatro, seis ú ocho gallos, en su saco
cada uno; así son trasladados hasta á ocho y diez leguas de distancia. Llega
por fin el dia deseado: toda la poblacion se inunda de gente, una gran parte
de la cual no tiene otro objeto que ver jugar un gallo conocido, y para esto
ha hecho á pie muchas horas de camino. En la pelea se sigue las mismas
reglas que en los casos ordinarios, con la única diferencia que se atraviesan
mayores cantidades, y que el concurso es mucho mas numeroso.
Hemos llegado al punto en que el lector aguarda que le diga mi modo de
pensar acerca de la gallera: yo reconozco la oportunidad de su deseo; pero
no puedo complacerle cual quisiera, porque es cuestion mas difícil de
resolver de lo que al pronto parece. En efecto; ¿qué puede contestarse á la
pregunta de si el juego de gallos es útil ó no? Dirémos, que como causa de
la comunicacion de unos pueblos con otros, como medio de que circule el
dinero, y como mero pasatiempo en los dias festivos, no hay duda que lo es;
mas como ocupacion, como camino que puede conducir á otros vicios, y
como ocasion de perder el dinero destinado al sustento de una familia, es
altamente perjudicial. El tiempo resolverá el problema, y yo me atrevo á
esperar que cuando haya otras diversiones públicas y á medida que
adelantemos, se irá perdiendo esta costumbre hasta desaparecer
completamente.
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ESCENA VIII.
UNA PELEA DE GALLOS.
UNA PELEA DE GALLOS.
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TRIBUSIO Lopes ey manco
Y Chano Peres ey tueyto,
Dambos á dos señalaos,
Y nenguno pol sey bueno;
Platicando diban juntos,
Y de siguro mintiendo.
Cuando e repente toparon
Con un compae dey primero,
Que, montao en una yegua,
A escape benia dey pueblo.
—Compae, le grito Tribusio,
Aonde se ba tan ligero
—Sujetó ey otro la bestia,
Y le ijo: —Boy ar infierno
A entregalme á Barrabás,
Que de rabial ya me quemo.
—Asosiéguese, compae;
Y si es que aygun majaero
Le ha jecho mala paltía,
O le ha tocao ni en un pelo,
En cuanto me iga quien es,
Con er naranjo que yebo,
Berá como boy ayá
Y le machuco los güesos.
—Grasias poy la boluntá,
Su mucho aquey le agraesco;
Pero ya too se acabó,
Y lo jecho ya está jecho.
—Pero ¿qué es lo que ha pasao?
Si es que aquí poamos sabeyo.
—Si siñol: lo contaré
A los dos toito en un creo.
Salí yo esta mardugaa
De mi casa muy contento,
Montao en mi yegua gacha,
Que se aguaytaba ey lusero.
Era espesa la ñublina,
Y Chano Peres ey tueyto,
Dambos á dos señalaos,
Y nenguno pol sey bueno;
Platicando diban juntos,
Y de siguro mintiendo.
Cuando e repente toparon
Con un compae dey primero,
Que, montao en una yegua,
A escape benia dey pueblo.
—Compae, le grito Tribusio,
Aonde se ba tan ligero
—Sujetó ey otro la bestia,
Y le ijo: —Boy ar infierno
A entregalme á Barrabás,
Que de rabial ya me quemo.
—Asosiéguese, compae;
Y si es que aygun majaero
Le ha jecho mala paltía,
O le ha tocao ni en un pelo,
En cuanto me iga quien es,
Con er naranjo que yebo,
Berá como boy ayá
Y le machuco los güesos.
—Grasias poy la boluntá,
Su mucho aquey le agraesco;
Pero ya too se acabó,
Y lo jecho ya está jecho.
—Pero ¿qué es lo que ha pasao?
Si es que aquí poamos sabeyo.
—Si siñol: lo contaré
A los dos toito en un creo.
Salí yo esta mardugaa
De mi casa muy contento,
Montao en mi yegua gacha,
Que se aguaytaba ey lusero.
Era espesa la ñublina,
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Ey bientesito muy fresco,
Y menudeaban los gayos
Caa uno en su duymiero.
Mi poyo giro gayina,
Con su cantío, respondiendo
Les diba dende mi farda
Ar pasay á caa uno de eyos.
Yo traia en mi fardiquera,
Pa jugayo, cuatro pesos;
Y si la biera tenío,
A sus patas biera puesto
Cuarenta biajes mas plata
Que la que tiene un platero.
Yegué á este pueblo e Gurabo,
(Que mar rayo palta ey pueblo);
Ejé mi gayo y mi yegua,
Y me fuy á misa corriendo.
Salí que serian las once,
Menutos de mas ó menos,
Y ajilé pa la gayera
Pol bey como diba aqueyo.
Sinco ú seis peleas casaas
Tenian barios gayeros;
Que como era desafío
Los habia de muchos pueblos.
Me dieron en la primera,
Y gané, un beinte á dos pesos;
Y no quise apostay mas
Pa gualday suelte y dinero
Jasta que echara mi poyo:
Y ya me diba aburriendo,
Cuando jayé un tres y dos
Que en pata, cabesa y peso
Igualaba con er mio;
Er negocio queó jecho,
Y casamos la pelea
Con cuatro pesos y medio.
Y menudeaban los gayos
Caa uno en su duymiero.
Mi poyo giro gayina,
Con su cantío, respondiendo
Les diba dende mi farda
Ar pasay á caa uno de eyos.
Yo traia en mi fardiquera,
Pa jugayo, cuatro pesos;
Y si la biera tenío,
A sus patas biera puesto
Cuarenta biajes mas plata
Que la que tiene un platero.
Yegué á este pueblo e Gurabo,
(Que mar rayo palta ey pueblo);
Ejé mi gayo y mi yegua,
Y me fuy á misa corriendo.
Salí que serian las once,
Menutos de mas ó menos,
Y ajilé pa la gayera
Pol bey como diba aqueyo.
Sinco ú seis peleas casaas
Tenian barios gayeros;
Que como era desafío
Los habia de muchos pueblos.
Me dieron en la primera,
Y gané, un beinte á dos pesos;
Y no quise apostay mas
Pa gualday suelte y dinero
Jasta que echara mi poyo:
Y ya me diba aburriendo,
Cuando jayé un tres y dos
Que en pata, cabesa y peso
Igualaba con er mio;
Er negocio queó jecho,
Y casamos la pelea
Con cuatro pesos y medio.
Page 69
Ay fin yegó la ocasion
Que asperamos mucho tiempo:
Cojimos los dos los gayos,
Y metiéndonos con eyos
A entro de la talanquera
Los sortamos en ey medio.
Ey coleaol mi contrario
Era mas arto que un ceiro,
Carireondo, jipato,
Y bisco der ojo isquieydo.
Su gayo era canaguey,
Coliblanco y patinegro,
Y mas trabao que er mio;
Manque no era tan ligero.
Too ey mundo apostaba á ey
Polque era gayo dey pueblo;
Daban cresías gabelas
Gritando:—Bente á dos pesos.
—Sinco á cuatro.—Tres á dos.
Y asin diban repitiendo.
Yo aposté á mi poyo giro
Jasta er cobre mas secreto,
Sin reseybay ni los cuaytos
Que pa casne truje ay pueblo.
Pasaon los tiros bolaos,
Y los gritos antes que eyos,
Polque ey gayo canaguey
Peldió un ojo á los primeros.
Dambos á dos se moydian
Y barajaban tan resio,
Que mas de un biaje pensé
Que se abrian de medio á medio.
Ey mio, que era e carrera,
A poco salió corriendo;
Pero ey otro condenao
Se supo jasel ey sueco:
Aleteó, hechó un cantío,
Que asperamos mucho tiempo:
Cojimos los dos los gayos,
Y metiéndonos con eyos
A entro de la talanquera
Los sortamos en ey medio.
Ey coleaol mi contrario
Era mas arto que un ceiro,
Carireondo, jipato,
Y bisco der ojo isquieydo.
Su gayo era canaguey,
Coliblanco y patinegro,
Y mas trabao que er mio;
Manque no era tan ligero.
Too ey mundo apostaba á ey
Polque era gayo dey pueblo;
Daban cresías gabelas
Gritando:—Bente á dos pesos.
—Sinco á cuatro.—Tres á dos.
Y asin diban repitiendo.
Yo aposté á mi poyo giro
Jasta er cobre mas secreto,
Sin reseybay ni los cuaytos
Que pa casne truje ay pueblo.
Pasaon los tiros bolaos,
Y los gritos antes que eyos,
Polque ey gayo canaguey
Peldió un ojo á los primeros.
Dambos á dos se moydian
Y barajaban tan resio,
Que mas de un biaje pensé
Que se abrian de medio á medio.
Ey mio, que era e carrera,
A poco salió corriendo;
Pero ey otro condenao
Se supo jasel ey sueco:
Aleteó, hechó un cantío,
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Y á escalbay se puso luego;
Jasta que ey giro boybió,
Y se pegaron de nuebo:
Lo prebó dos ó tres beses,
Y siempre jiso lo mesmo.
Mi poyo le dió ay contrario
Cuatro ú sinco tiros buenos,
Otros tantos resebió
De aquey á cuenta de aqueyos,
Y no se pasó gran rato
Sin que los dos quearan siegos.
Entonses fue menestey
Que diéramos un careo;
Y bí que ar sortay los gayos,
En lugay de ejayo quieto,
Arrempujó contra er mio
Ar suyo ey bisco peybeyso.
—Camaráa, le ije ajorao,
Juégueme de bueno á bueno,
Y no me arrempuje ey gayo,
Que esa no es la ley dey juego.
—A osté lo arrempujaré
Si me bueybe á disil eso.
—Pues ni oste ni toa su casta
Son capases de jaseyo.
—Buélbame á isil lo de enantes
Y en siguía le prometo
Poneye la mano aonde
Su mae le puso los pechos.
Ar sentil mental mi mae
Peldí ey juisio poy completo,
Y oyviándome dey sitio,
De la gente y de mí mesmo,
Cogí ey gayo pol las patas
Y se lo espeté en los besos;
Nos agarramos, y muchos
Que se metieron pol medio
Jasta que ey giro boybió,
Y se pegaron de nuebo:
Lo prebó dos ó tres beses,
Y siempre jiso lo mesmo.
Mi poyo le dió ay contrario
Cuatro ú sinco tiros buenos,
Otros tantos resebió
De aquey á cuenta de aqueyos,
Y no se pasó gran rato
Sin que los dos quearan siegos.
Entonses fue menestey
Que diéramos un careo;
Y bí que ar sortay los gayos,
En lugay de ejayo quieto,
Arrempujó contra er mio
Ar suyo ey bisco peybeyso.
—Camaráa, le ije ajorao,
Juégueme de bueno á bueno,
Y no me arrempuje ey gayo,
Que esa no es la ley dey juego.
—A osté lo arrempujaré
Si me bueybe á disil eso.
—Pues ni oste ni toa su casta
Son capases de jaseyo.
—Buélbame á isil lo de enantes
Y en siguía le prometo
Poneye la mano aonde
Su mae le puso los pechos.
Ar sentil mental mi mae
Peldí ey juisio poy completo,
Y oyviándome dey sitio,
De la gente y de mí mesmo,
Cogí ey gayo pol las patas
Y se lo espeté en los besos;
Nos agarramos, y muchos
Que se metieron pol medio
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Nos lograron separay
Despues de luchal buen tiempo.
Ey siñol Tiniente á guerra
Nos queria metel presos;
Pero ay fin nos dejó libres,
Jasiéndome que primero
Pagara toitas las puestas
Que con barios habia jecho.
Las pagué, y me boy pa casa
Sin mi gayo, sin un medio,
Sin casne y sin mascaúra
De tabaco malo ó bueno.
Aquí arremató ey compae,
Se espidió, y se fué corriendo;
Y los otros dos dentraron
Cuar si tay cosa en ey pueblo.
Despues de luchal buen tiempo.
Ey siñol Tiniente á guerra
Nos queria metel presos;
Pero ay fin nos dejó libres,
Jasiéndome que primero
Pagara toitas las puestas
Que con barios habia jecho.
Las pagué, y me boy pa casa
Sin mi gayo, sin un medio,
Sin casne y sin mascaúra
De tabaco malo ó bueno.
Aquí arremató ey compae,
Se espidió, y se fué corriendo;
Y los otros dos dentraron
Cuar si tay cosa en ey pueblo.
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ESCENA IX.
ESCRITORES PUERTO-RIQUEÑOS.
D. Santiago Vidarte.
LA literatura, ha dicho un escritor célebre de nuestra época, es la espresion,
el termómetro verdadero del estado de la civilizacion de un pueblo: verdad
innegable, que se ve confirmada en nuestra Antilla. Pocos años hace que vió
la luz en ella la primera publicacion literaria, y pocos tambien que se nota
un verdadero progreso: aquella fué la señal de este, y los hijos de Puerto-
Rico no aplaudimos entonces desde Europa la aparicion de un libro nuevo,
tanto como el felíz cambio que simbolizaba.
Pero este cambio, como es natural, no pudo verificarse en un momento;
los demás ramos del saber humano se van estendiendo poco á poco, y la
literatura marcha sin avanzar mas de lo que permiten las circunstancias del
país: verdadera crisálida que acaba de romper su envoltorio, mas bien
camina que vuela, y no se aparta de una hoja sino pasando á otra de la
misma planta; pero si le falta vigor, si no tiene, como algunos pretenden,
una region en que volar, luce ya los vivísimos colores en sus alas, el sol las
dora, y no tardará en lanzarse al espacio, posándose veleidosa sobre las
flores que bordan la campiña.
ESCRITORES PUERTO-RIQUEÑOS.
D. Santiago Vidarte.
LA literatura, ha dicho un escritor célebre de nuestra época, es la espresion,
el termómetro verdadero del estado de la civilizacion de un pueblo: verdad
innegable, que se ve confirmada en nuestra Antilla. Pocos años hace que vió
la luz en ella la primera publicacion literaria, y pocos tambien que se nota
un verdadero progreso: aquella fué la señal de este, y los hijos de Puerto-
Rico no aplaudimos entonces desde Europa la aparicion de un libro nuevo,
tanto como el felíz cambio que simbolizaba.
Pero este cambio, como es natural, no pudo verificarse en un momento;
los demás ramos del saber humano se van estendiendo poco á poco, y la
literatura marcha sin avanzar mas de lo que permiten las circunstancias del
país: verdadera crisálida que acaba de romper su envoltorio, mas bien
camina que vuela, y no se aparta de una hoja sino pasando á otra de la
misma planta; pero si le falta vigor, si no tiene, como algunos pretenden,
una region en que volar, luce ya los vivísimos colores en sus alas, el sol las
dora, y no tardará en lanzarse al espacio, posándose veleidosa sobre las
flores que bordan la campiña.
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Los escritores de Puerto-Rico, la mayor parte poetas, son casi
desconocidos fuera de aquella Isla; sus producciones respiran ingenio y
revelan imaginacion ardiente; el genio brilla en ellas, pero tímido y saliendo
apenas de la senda trazada por otros. ¿A qué se debe esto, cuando el tender
la vista al rededor y copiar, basta en las Antillas para deslumbrar á los que
miren despues el cuadro? Sin ofender á talentos que reconozco muy
superiores al mio, creo que es debido á que ni el terreno está preparado, ni
el grano bastante maduro. Cuba ha dado un Heredia, un Valdés, un
Caballero, un Saco y otros; pero no los dió hasta llegar á un grado de
adelanto que todavía no hemos alcanzado nosotros.
Cuando nuestra enseñanza sea mas completa; cuando las artes y la
industria sean mas generalmente conocidas; cuando nuestra agricultura
acabe de salir de la antigua rutina; en una palabra, cuando podamos
compararnos sin desventaja con la Isla de Cuba, entonces estará el terreno
preparado. Cuando una juventud ávida de instruccion adquiera en las
escuelas del país la que ahora solo puede alcanzar un reducido número de
privilegiados; cuando esta juventud se dedique á profesiones que en el dia
se miran con desprecio, porque son casi ignoradas, entonces estará el grano
en sazon y brotará dando despues abundantísima cosecha. Sembrar en un
campo cubierto de malezas es perder el tiempo y la semilla.
Los escritores de Puerto Rico deben demostrar la utilidad de una
instruccion artística é industrial, de que por desgracia carecemos, y arrostrar
si es preciso la peor de todas las críticas, la mordacidad del ignorante;
deben..... ¿y porqué me detengo en decirlo? debemos estudiar, meditar y
discurrir mucho, puesto que somos jóvenes, para servir despues de ejemplo
á los que nieguen el benéfico influjo del saber. ¡Cuán dichoso el que llegue
á ser citado por modelo! Vístase el pensamiento con las formas que se
quiera, pero que sea siempre uno; siga cada cual su rumbo, pero vayamos
todos al mismo término, evitando que una enseñanza viciosa por lo
incompleta reuna combustibles, que puedan servir para la hoguera en que
nos quemaria la barbarie. ¡Cuán lamentable es la historia de Santo
Domingo! Cuán arriesgado el crear una universidad que llene de médicos y
abogados un país en que las artes y la industria no bastan á mantenerlos!
Pero dejemos esto para los que cuidan de nuestro porvenir, contentándonos
con que las anteriores líneas llamen su atencion sobre un punto que interesa
desconocidos fuera de aquella Isla; sus producciones respiran ingenio y
revelan imaginacion ardiente; el genio brilla en ellas, pero tímido y saliendo
apenas de la senda trazada por otros. ¿A qué se debe esto, cuando el tender
la vista al rededor y copiar, basta en las Antillas para deslumbrar á los que
miren despues el cuadro? Sin ofender á talentos que reconozco muy
superiores al mio, creo que es debido á que ni el terreno está preparado, ni
el grano bastante maduro. Cuba ha dado un Heredia, un Valdés, un
Caballero, un Saco y otros; pero no los dió hasta llegar á un grado de
adelanto que todavía no hemos alcanzado nosotros.
Cuando nuestra enseñanza sea mas completa; cuando las artes y la
industria sean mas generalmente conocidas; cuando nuestra agricultura
acabe de salir de la antigua rutina; en una palabra, cuando podamos
compararnos sin desventaja con la Isla de Cuba, entonces estará el terreno
preparado. Cuando una juventud ávida de instruccion adquiera en las
escuelas del país la que ahora solo puede alcanzar un reducido número de
privilegiados; cuando esta juventud se dedique á profesiones que en el dia
se miran con desprecio, porque son casi ignoradas, entonces estará el grano
en sazon y brotará dando despues abundantísima cosecha. Sembrar en un
campo cubierto de malezas es perder el tiempo y la semilla.
Los escritores de Puerto Rico deben demostrar la utilidad de una
instruccion artística é industrial, de que por desgracia carecemos, y arrostrar
si es preciso la peor de todas las críticas, la mordacidad del ignorante;
deben..... ¿y porqué me detengo en decirlo? debemos estudiar, meditar y
discurrir mucho, puesto que somos jóvenes, para servir despues de ejemplo
á los que nieguen el benéfico influjo del saber. ¡Cuán dichoso el que llegue
á ser citado por modelo! Vístase el pensamiento con las formas que se
quiera, pero que sea siempre uno; siga cada cual su rumbo, pero vayamos
todos al mismo término, evitando que una enseñanza viciosa por lo
incompleta reuna combustibles, que puedan servir para la hoguera en que
nos quemaria la barbarie. ¡Cuán lamentable es la historia de Santo
Domingo! Cuán arriesgado el crear una universidad que llene de médicos y
abogados un país en que las artes y la industria no bastan á mantenerlos!
Pero dejemos esto para los que cuidan de nuestro porvenir, contentándonos
con que las anteriores líneas llamen su atencion sobre un punto que interesa
Page 74
hasta lo sumo, y pasemos á ocuparnos del primero de nuestros jóvenes
poetas.
Don Santiago Vidarte, casi niño todavía, ha merecido con justicia el título
de primer poeta puerto-riqueño, y no tememos al darle este dictado incurrir
en la nota de parciales, que supondria no muy sobrada instruccion, y mas
que poca generosidad en los ingenios que pudieran disputárselo;
reconocemos la altura á que llegan otros, y hubiéramos estudiado con
mucho gusto sus producciones para dar sobre ellas con toda cordialidad
nuestro humilde voto; pero por una parte la desconfianza natural al crítico
novel, y por otra el temor harto fundado de que la espresion de nuestro
pensamiento se interpretase como ínfulas de preceptista nos han
desanimado, haciéndonos pasar ligera y superficialmente por la primera
parte de esta escena. Además, todos los escritores de Puerto-rico viven por
fortuna y son jóvenes; ¿quién sabe adonde llegarán con el tiempo y el
estudio? al paso que Vidarte murió ya; y aunque mucho hizo, rompióse la
rueda, y volcó su carro apenas comenzada la senda gloriosa de su triunfo.
En dos épocas pueden dividirse las poesías de Vidarte: entre ellas no
media mas que el corto espacio de dos años; y sin embargo, ¡cuánta
diferencia! ¡cuán inmensa la distancia que separa una de otra! Ensayaremos
su bosquejo, y muy felices nosotros si podemos trasmitir al lector una
pequeña parte de la triste veneracion que nos inspira el recuerdo de ese
lucero de los Trópicos, que brilló para morir antes que pudiera admirarse su
hermosura.
En el año 1844 apareció el Album Puerto-riqueño, obrita cuyo fin y
orígen es inútil recordar, y en ella vieron la luz pública las primeras
composiciones de Vidarte, que habian sido recibidas con agrado en una
reunion literaria, formada por varios jóvenes algunos meses antes. En todas
las producciones de esta época se revela el genio del autor; pero estraviado
por la lectura de algunos de nuestros poetas modernos, siguiendo un camino
árido y que no era el suyo, sin fe y sin creencias, imitando á otros, que á su
vez eran imitadores; en una palabra, queriendo parecer vieja y gastada una
alma vírgen y llena de esperanzas: y ¿como podia ser de otra suerte? una
imaginacion ardiente y en la hermosa primavera de la vida, ¿no habia de
estar en oposicion consigo misma al pintar la duda terrible que no podia
comprender, y al hacer gala de un escepticismo que nunca abriga un
corazon de quince años?
poetas.
Don Santiago Vidarte, casi niño todavía, ha merecido con justicia el título
de primer poeta puerto-riqueño, y no tememos al darle este dictado incurrir
en la nota de parciales, que supondria no muy sobrada instruccion, y mas
que poca generosidad en los ingenios que pudieran disputárselo;
reconocemos la altura á que llegan otros, y hubiéramos estudiado con
mucho gusto sus producciones para dar sobre ellas con toda cordialidad
nuestro humilde voto; pero por una parte la desconfianza natural al crítico
novel, y por otra el temor harto fundado de que la espresion de nuestro
pensamiento se interpretase como ínfulas de preceptista nos han
desanimado, haciéndonos pasar ligera y superficialmente por la primera
parte de esta escena. Además, todos los escritores de Puerto-rico viven por
fortuna y son jóvenes; ¿quién sabe adonde llegarán con el tiempo y el
estudio? al paso que Vidarte murió ya; y aunque mucho hizo, rompióse la
rueda, y volcó su carro apenas comenzada la senda gloriosa de su triunfo.
En dos épocas pueden dividirse las poesías de Vidarte: entre ellas no
media mas que el corto espacio de dos años; y sin embargo, ¡cuánta
diferencia! ¡cuán inmensa la distancia que separa una de otra! Ensayaremos
su bosquejo, y muy felices nosotros si podemos trasmitir al lector una
pequeña parte de la triste veneracion que nos inspira el recuerdo de ese
lucero de los Trópicos, que brilló para morir antes que pudiera admirarse su
hermosura.
En el año 1844 apareció el Album Puerto-riqueño, obrita cuyo fin y
orígen es inútil recordar, y en ella vieron la luz pública las primeras
composiciones de Vidarte, que habian sido recibidas con agrado en una
reunion literaria, formada por varios jóvenes algunos meses antes. En todas
las producciones de esta época se revela el genio del autor; pero estraviado
por la lectura de algunos de nuestros poetas modernos, siguiendo un camino
árido y que no era el suyo, sin fe y sin creencias, imitando á otros, que á su
vez eran imitadores; en una palabra, queriendo parecer vieja y gastada una
alma vírgen y llena de esperanzas: y ¿como podia ser de otra suerte? una
imaginacion ardiente y en la hermosa primavera de la vida, ¿no habia de
estar en oposicion consigo misma al pintar la duda terrible que no podia
comprender, y al hacer gala de un escepticismo que nunca abriga un
corazon de quince años?
Page 75
De aquí nace la monotonía, la falta de unidad y el amaneramiento de la
mayor parte de las composiciones á que nos referimos. Cuando el poeta es
ingenuo, cuando el poeta es jóven, sus versos son fáciles, las imágenes
vivas y el lector goza en su contemplacion; pero cuando el poeta quiere
aparecer viejo, calla el sentimiento para que ocupe su lugar una razon débil
y versátil, ó una reminiscencia siempre fria y amanerada. En la composicion
titulada La vida, despues de pintar la juventud con la siguiente octava:
Es el alma entonces vírgen
dulce asilo de ilusiones,
ajena de las pasiones
que estravian nuestro ser;
y comienza nuestra vida
á descubrir sus primores,
cual en un jardin las flores
al tiempo de amanecer,
retrata la edad provecta con estas quintillas, que no parecen del mismo
autor:
Y seguimos ofuscados
hollando impuros despojos;
tan solo vemos abrojos
y esqueletos estraviados,
donde clavamos los ojos.
Aquí... negra tumba vemos
con un epitafio inscrito...
Allí... ¡¡¡un feretro!!!... allá... escrito
sobre una lápida lemos
el nombre de algun proscrito.
¡Qué seria nuestra ecsistencia privada de goces que hicieran olvidar
nuestros sufrimientos, y sin fé que nos alentase á sobrellevarlos? El poeta
puede ecsagerar, pero nunca mentir.
mayor parte de las composiciones á que nos referimos. Cuando el poeta es
ingenuo, cuando el poeta es jóven, sus versos son fáciles, las imágenes
vivas y el lector goza en su contemplacion; pero cuando el poeta quiere
aparecer viejo, calla el sentimiento para que ocupe su lugar una razon débil
y versátil, ó una reminiscencia siempre fria y amanerada. En la composicion
titulada La vida, despues de pintar la juventud con la siguiente octava:
Es el alma entonces vírgen
dulce asilo de ilusiones,
ajena de las pasiones
que estravian nuestro ser;
y comienza nuestra vida
á descubrir sus primores,
cual en un jardin las flores
al tiempo de amanecer,
retrata la edad provecta con estas quintillas, que no parecen del mismo
autor:
Y seguimos ofuscados
hollando impuros despojos;
tan solo vemos abrojos
y esqueletos estraviados,
donde clavamos los ojos.
Aquí... negra tumba vemos
con un epitafio inscrito...
Allí... ¡¡¡un feretro!!!... allá... escrito
sobre una lápida lemos
el nombre de algun proscrito.
¡Qué seria nuestra ecsistencia privada de goces que hicieran olvidar
nuestros sufrimientos, y sin fé que nos alentase á sobrellevarlos? El poeta
puede ecsagerar, pero nunca mentir.
Page 76
Hemos dicho que cuando Vidarte seguia los impulsos de su corazon,
apartándose de reflecsiones cuya profundidad no podian medir sus cortos
años, lucia todas las galas de su rico ingenio, y la cancion titulada El sereno
es una prueba de la verdad de este aserto. ¡Con que encantadora sencillez
pinta el amor inocente de su edad cuando dice:
Las once y media ha tocado
y el barrio tranquilo está;
duerme, hermosa, sin cuidado,
que un sereno enamorado
á tu puerta velará.
Duerme, sí, linda Belisa,
y en tus ensueños de amores
me consagra una sonrisa,
dulce y pura cual la brisa
que mece blanda las flores!
Dulcísimos y puros son los anteriores versos, y muy dulce y puro el amor
que retratan: compárese esta composicion con las demás en que el poeta
llora desengaños que no ha sufrido ¿pero qué mas? él mismo manifiesta
cuanto le abrumaba lo que con razon llama soñar, cuando, dirigiéndose á su
caro amigo Don Pablo Saez, dice:
Cantemos, cantor, cantemos
las ilusiones que vimos.
No mas ¡vive Dios! soñemos;
ya es tiempo que despertemos
del letargo en que dormimos.
Dos años despues dió una prueba de haber despertado al insertar en el
Canc. de Borinq. las seis hermosas composiciones tituladas: Insomnio, La
nube, Dolora, Ante una cruz, Las dos flores, y Memorias. Estas pertenecen
á la segunda época, y son otras tantas guirnaldas que forman la corona
apartándose de reflecsiones cuya profundidad no podian medir sus cortos
años, lucia todas las galas de su rico ingenio, y la cancion titulada El sereno
es una prueba de la verdad de este aserto. ¡Con que encantadora sencillez
pinta el amor inocente de su edad cuando dice:
Las once y media ha tocado
y el barrio tranquilo está;
duerme, hermosa, sin cuidado,
que un sereno enamorado
á tu puerta velará.
Duerme, sí, linda Belisa,
y en tus ensueños de amores
me consagra una sonrisa,
dulce y pura cual la brisa
que mece blanda las flores!
Dulcísimos y puros son los anteriores versos, y muy dulce y puro el amor
que retratan: compárese esta composicion con las demás en que el poeta
llora desengaños que no ha sufrido ¿pero qué mas? él mismo manifiesta
cuanto le abrumaba lo que con razon llama soñar, cuando, dirigiéndose á su
caro amigo Don Pablo Saez, dice:
Cantemos, cantor, cantemos
las ilusiones que vimos.
No mas ¡vive Dios! soñemos;
ya es tiempo que despertemos
del letargo en que dormimos.
Dos años despues dió una prueba de haber despertado al insertar en el
Canc. de Borinq. las seis hermosas composiciones tituladas: Insomnio, La
nube, Dolora, Ante una cruz, Las dos flores, y Memorias. Estas pertenecen
á la segunda época, y son otras tantas guirnaldas que forman la corona
Page 77
inmortal de nuestro vate. Las ecsaminarémos en particular, sujetándonos á
los estrechos límites que marca el carácter de esta obra; pero antes
permítanos el lector cuatro palabras que puedan guiarnos en nuestro juicio,
y que espliquen la grande diferencia que hay entre esta y la primera época
del autor.
Dos años empleados en incesantes estudios, en largas meditaciones, en
discusiones amistosas, en una sociedad formada sin otro objeto que la
instruccion mutua, debieron por fuerza dar otra direccion á las ideas de un
jóven en que todos admiraban el genio, el sano juicio y una dulzura de
carácter, que sola ella hubiera bastado á hacer su trato apetecido y siempre
agradable. Los triunfos alcanzados en su carrera, y que lejos de procurarle
envidiosos émulos, aumentaban por su modestia el número de sus
admiradores, hicieron que viese en el hombre, no un mortal y encubierto
enemigo, sino un hermano que alguna vez no lo parece por causas que no
emanan de él. La luz de una Religion divina, que enseña al hombre á amar
al hombre, completó el triunfo de la razon, y el genio rompió la cadena de
dudas que le ahogaba con su peso, manifestándose bello, puro y confiado en
su grandeza.
Algunas penas, de aquellas que no lo son para las almas vulgares,
vinieron á turbar el alma inocente del poeta: sin la Religion y el estudio
hubiera renacido con creces su antiguo escepticismo; pero fortalecido su
ánimo con estos dos ausilios poderosos, combatió con fé en el porvenir, y
solo se conoce esta lucha en la dulce tinta melancólica que vemos esparcida
en sus producciones. Pasemos á analizar estas.
La primera que aparece en la coleccion es el Insomnio, y nosotros
quisiéramos trasladarla íntegra, porque estamos seguros de que ella diria
mas al corazon del lector que nuestros pobres elogios. Al comenzar la
poesía, espresa el Autor la confusion, pesadez y ansiedad que preceden al
ensueño; luego las imágenes son mas claras, ve á su amada, la invita á partir
con él á un país delicioso y una barca les conduce durante la noche; á la
primera luz de la aurora despiértala impaciente anunciándola la prócsima
salida del sol y cuenta las bellezas de una tierra que verán con su luz;
aparece el astro luminoso, y á medida que se acercan va mostrándole los
encantos de aquel suelo de promision: ya estan cerca, mas cerca aun, vense
las montañas, los prados, los jardines, los pueblos, los castillos y.... «¡Poder
de Dios, si estoy soñando!» esclama el poeta cuando el colmo del placer
los estrechos límites que marca el carácter de esta obra; pero antes
permítanos el lector cuatro palabras que puedan guiarnos en nuestro juicio,
y que espliquen la grande diferencia que hay entre esta y la primera época
del autor.
Dos años empleados en incesantes estudios, en largas meditaciones, en
discusiones amistosas, en una sociedad formada sin otro objeto que la
instruccion mutua, debieron por fuerza dar otra direccion á las ideas de un
jóven en que todos admiraban el genio, el sano juicio y una dulzura de
carácter, que sola ella hubiera bastado á hacer su trato apetecido y siempre
agradable. Los triunfos alcanzados en su carrera, y que lejos de procurarle
envidiosos émulos, aumentaban por su modestia el número de sus
admiradores, hicieron que viese en el hombre, no un mortal y encubierto
enemigo, sino un hermano que alguna vez no lo parece por causas que no
emanan de él. La luz de una Religion divina, que enseña al hombre á amar
al hombre, completó el triunfo de la razon, y el genio rompió la cadena de
dudas que le ahogaba con su peso, manifestándose bello, puro y confiado en
su grandeza.
Algunas penas, de aquellas que no lo son para las almas vulgares,
vinieron á turbar el alma inocente del poeta: sin la Religion y el estudio
hubiera renacido con creces su antiguo escepticismo; pero fortalecido su
ánimo con estos dos ausilios poderosos, combatió con fé en el porvenir, y
solo se conoce esta lucha en la dulce tinta melancólica que vemos esparcida
en sus producciones. Pasemos á analizar estas.
La primera que aparece en la coleccion es el Insomnio, y nosotros
quisiéramos trasladarla íntegra, porque estamos seguros de que ella diria
mas al corazon del lector que nuestros pobres elogios. Al comenzar la
poesía, espresa el Autor la confusion, pesadez y ansiedad que preceden al
ensueño; luego las imágenes son mas claras, ve á su amada, la invita á partir
con él á un país delicioso y una barca les conduce durante la noche; á la
primera luz de la aurora despiértala impaciente anunciándola la prócsima
salida del sol y cuenta las bellezas de una tierra que verán con su luz;
aparece el astro luminoso, y á medida que se acercan va mostrándole los
encantos de aquel suelo de promision: ya estan cerca, mas cerca aun, vense
las montañas, los prados, los jardines, los pueblos, los castillos y.... «¡Poder
de Dios, si estoy soñando!» esclama el poeta cuando el colmo del placer
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que siente al pisar de nuevo el suelo de su patria, le arrebata un sueño tan
seductor.
La unidad perfectamente sostenida con formas siempre nuevas y
variadas, la profundidad, delicadeza y verdad en los pensamientos, la
pureza en el lenguaje, en una palabra, el mas esquisito gusto campea en
toda la composicion; de suerte que citarémos algunos trozos de ella, no
como mejores, sino como muestra de la belleza del todo: tales son los que
siguen de la primera parte.
Mira, del céfiro en alas
volará nuestra barquilla,
dividiendo con su quilla
las olas del vasto mar;
y unidos en tierno abrazo
yo iré mil trovas cantando,
mientras tú vayas jugando
del agua con el cristal.
Ven, palomita, y marchemos
de otro nido á disfrutar,
no tengas miedo del mar:
Tú eres sirena de amor,
y el mar ama las sirenas.
No sabemos que admirar mas, si la sencillez, pureza y verdad del
primero, ó la esquisita finura que cubre el sensualismo que encierran los dos
primeros versos del segundo.
Como modelo de facilidad y armonía, no podemos dejar de hacer
mencion de los que siguen de la segunda parte, y del principio de la tercera.
seductor.
La unidad perfectamente sostenida con formas siempre nuevas y
variadas, la profundidad, delicadeza y verdad en los pensamientos, la
pureza en el lenguaje, en una palabra, el mas esquisito gusto campea en
toda la composicion; de suerte que citarémos algunos trozos de ella, no
como mejores, sino como muestra de la belleza del todo: tales son los que
siguen de la primera parte.
Mira, del céfiro en alas
volará nuestra barquilla,
dividiendo con su quilla
las olas del vasto mar;
y unidos en tierno abrazo
yo iré mil trovas cantando,
mientras tú vayas jugando
del agua con el cristal.
Ven, palomita, y marchemos
de otro nido á disfrutar,
no tengas miedo del mar:
Tú eres sirena de amor,
y el mar ama las sirenas.
No sabemos que admirar mas, si la sencillez, pureza y verdad del
primero, ó la esquisita finura que cubre el sensualismo que encierran los dos
primeros versos del segundo.
Como modelo de facilidad y armonía, no podemos dejar de hacer
mencion de los que siguen de la segunda parte, y del principio de la tercera.
Page 79
Voguemos, voguemos
al son de los remos,
la noche convida,
¡qué bella es la vida
que corre en el mar!
El aura ligera,
veloz, placentera
nos va susurrando,
meciendo, empujando
la barca fugaz.
Auras de amor, que pacíficas
del mar las olas besais,
venid con livianas ráfagas
nuestra esperanza á arrullar.
Venid, amorosos céfiros,
que la flor enamorais,
y con vuestras alas plácidas
nuestra piragua empujad
¡Soplad!
La metáfora empleada al hablar de la montaña de Luquillo es valiente,
natural, nueva y sublime: en efecto, ¿qué puede añadirse al último verso de
esta cuarteta?
Despierta ya, alma mia, el tiempo avanza,
y al asomar su disco el sol dorado,
verás cual se dibuja en lontananza
verde gigante de metal preñado.
¡Con cuánta propiedad retrata en esta otra á la ciudad de Puerto-rico vista
á la luz de la aurora!
al son de los remos,
la noche convida,
¡qué bella es la vida
que corre en el mar!
El aura ligera,
veloz, placentera
nos va susurrando,
meciendo, empujando
la barca fugaz.
Auras de amor, que pacíficas
del mar las olas besais,
venid con livianas ráfagas
nuestra esperanza á arrullar.
Venid, amorosos céfiros,
que la flor enamorais,
y con vuestras alas plácidas
nuestra piragua empujad
¡Soplad!
La metáfora empleada al hablar de la montaña de Luquillo es valiente,
natural, nueva y sublime: en efecto, ¿qué puede añadirse al último verso de
esta cuarteta?
Despierta ya, alma mia, el tiempo avanza,
y al asomar su disco el sol dorado,
verás cual se dibuja en lontananza
verde gigante de metal preñado.
¡Con cuánta propiedad retrata en esta otra á la ciudad de Puerto-rico vista
á la luz de la aurora!
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Una peña blancuzca y altanera,
que está del mar en brazos dormitando.
Pero donde nos vemos en la precision de no omitir una sola palabra hasta
el final de la poesía, es desde donde esclama el Poeta:
......¡Qué hermosa es la alborada!
¡Que bello ¿no es verdad? el Oceano
con su limpio azul! Oh! canta inspirada
una cancion al mundo americano.
Mas no, calla... ¿columbras á lo lejos
una luz amarilla, un globo ardiente
que brota de la mar en mil reflejos?
Pues... es él, que se anuncia por oriente.
El es, sí, si, ya estamos, mi paloma;
es el sol ¿No distingues con su brillo
aquel gigante que en el agua asoma?
Pues se llama el gigante aquel—Luquillo:
¿Y ves allí cabe su planta umbría
fantástico un jardin de flores rico,
donde vive el Abril, sirena mia?
Pues el jardin se llama—Puerto-rico.
Cerca está el puerto. ¿Ves la peña aquella
que está del mar en brazos dormitando,
vestida de castillos, rica, bella...?
Pues es... ¡Poder de Dios, si estoy soñando!
que está del mar en brazos dormitando.
Pero donde nos vemos en la precision de no omitir una sola palabra hasta
el final de la poesía, es desde donde esclama el Poeta:
......¡Qué hermosa es la alborada!
¡Que bello ¿no es verdad? el Oceano
con su limpio azul! Oh! canta inspirada
una cancion al mundo americano.
Mas no, calla... ¿columbras á lo lejos
una luz amarilla, un globo ardiente
que brota de la mar en mil reflejos?
Pues... es él, que se anuncia por oriente.
El es, sí, si, ya estamos, mi paloma;
es el sol ¿No distingues con su brillo
aquel gigante que en el agua asoma?
Pues se llama el gigante aquel—Luquillo:
¿Y ves allí cabe su planta umbría
fantástico un jardin de flores rico,
donde vive el Abril, sirena mia?
Pues el jardin se llama—Puerto-rico.
Cerca está el puerto. ¿Ves la peña aquella
que está del mar en brazos dormitando,
vestida de castillos, rica, bella...?
Pues es... ¡Poder de Dios, si estoy soñando!
Page 81
Enmudecemos de asombro al contemplar tanta belleza, y tememos
cometer una profanación queriendo analizarla.
Largo seria é inútil ir anotando una á una las bellezas de que están
sembradas las demás poesías; basta lo que acabamos de decir de la anterior,
para probar que Vidarte merece justamente el título de primer poeta Puerto-
riqueño; sin embargo, no podemos menos que citar la siguiente cuarteta de
las Memorias:
Y tú, patria adorada, Puerto-Rico,
perla de oro en el piélago embutida,
que de la mar sobre el crespado lomo
tu sien levantas de altivez henchida.
y esta otra de las dos flores:
Del campo ameno la feraz llanura
en risueña estension se prolongaba,
por límites teniendo una cintura
de verdes cerros dó la luz trepaba.
En esta composicion pudiera un crítico severo hallar la falta de objeto
moral, y alguna imágen poco motivada; pero en cambio tiene partes, como
el romance con que comienza, que nada dejan que desear; y si el Poeta
parece en ella poco crédulo en la justicia de los hombres, véase en su
plegaria cuanto confia en la de un Dios omnipotente.
Lanzado en este mar ronco y profundo
sin otra luz que una esperanza bella...
las olas cruzo del revuelto mundo;
mas ¡ay, Señor, que mi batel se estrella!...
cometer una profanación queriendo analizarla.
Largo seria é inútil ir anotando una á una las bellezas de que están
sembradas las demás poesías; basta lo que acabamos de decir de la anterior,
para probar que Vidarte merece justamente el título de primer poeta Puerto-
riqueño; sin embargo, no podemos menos que citar la siguiente cuarteta de
las Memorias:
Y tú, patria adorada, Puerto-Rico,
perla de oro en el piélago embutida,
que de la mar sobre el crespado lomo
tu sien levantas de altivez henchida.
y esta otra de las dos flores:
Del campo ameno la feraz llanura
en risueña estension se prolongaba,
por límites teniendo una cintura
de verdes cerros dó la luz trepaba.
En esta composicion pudiera un crítico severo hallar la falta de objeto
moral, y alguna imágen poco motivada; pero en cambio tiene partes, como
el romance con que comienza, que nada dejan que desear; y si el Poeta
parece en ella poco crédulo en la justicia de los hombres, véase en su
plegaria cuanto confia en la de un Dios omnipotente.
Lanzado en este mar ronco y profundo
sin otra luz que una esperanza bella...
las olas cruzo del revuelto mundo;
mas ¡ay, Señor, que mi batel se estrella!...
Page 82
¡Negra es la noche! el huracan insano
en torno ruje con furor sombrio;
y... ¡guay de mí, Señor, si vuestra mano
no desvanece ese huracan bravío!
Yo he delinquido, y tu divino nombre
en mi delirio á veces he olvidado...
pero si tengo un corazon de hombre,
¿que hacer, Señor, si el hombre es el pecado?
¡Humilde piedad, uncion evangélica, sublime resignacion, cuánta virtud
en una alma tan tierna! y nunca podrá la envidia decir que Vidarte no
abrigaba en su corazon esa esperanza en un Dios misericordioso que tan
bien espresan los anteriores versos, no, es imposible que donde no hay
creencia haya verdadera inspiracion; además, nosotros, que seguimos uno á
uno los pasos del mal que destruyó su existencia preciosa, sabemos la
serenidad con que aguardó el momento solemne, mientras su razon estuvo
libre. No habia ya esperanza... ¡Solo en Dios!... y era preciso que sus
amigos lleváramos al ministro del Altísimo junto al lecho del dolor, despues
de anunciarlo al moribundo... La voz del cantor de los palmares desfalleció
mas de una vez, y la nuestra se anuda en la garganta al recordar aquella
escena. No habia allí mas que uno tranquilo y resignado, y este era Vidarte.
¿Con qué no tengo remedio? dijo con voz entera y muy segura: con todo, no
me dejen Vds. morir sin que venga á verme el Doctor S., pero antes, que
venga el confesor.
A los pocos dias murió en los brazos de sus amigos, despues de un delirio
en que repetia muy á menudo los nombres de sus padres y hermanos, los de
sus bienhechores y el de su patria, añadiendo siempre: es preciso estudiar ...
estudiar; es menester que yo trabaje mucho. A su modesto coche fúnebre
seguian mas de veinte, que apenas bastaban para conducir las personas que
espontaneamente fueron á su entierro; leyéronse junto á su tumba sentidas
composiciones en prosa y verso; mas nosotros callamos entonces, como
callamos ahora, porque ahora como entonces nada podemos, mas que verter
amargas lágrimas.
en torno ruje con furor sombrio;
y... ¡guay de mí, Señor, si vuestra mano
no desvanece ese huracan bravío!
Yo he delinquido, y tu divino nombre
en mi delirio á veces he olvidado...
pero si tengo un corazon de hombre,
¿que hacer, Señor, si el hombre es el pecado?
¡Humilde piedad, uncion evangélica, sublime resignacion, cuánta virtud
en una alma tan tierna! y nunca podrá la envidia decir que Vidarte no
abrigaba en su corazon esa esperanza en un Dios misericordioso que tan
bien espresan los anteriores versos, no, es imposible que donde no hay
creencia haya verdadera inspiracion; además, nosotros, que seguimos uno á
uno los pasos del mal que destruyó su existencia preciosa, sabemos la
serenidad con que aguardó el momento solemne, mientras su razon estuvo
libre. No habia ya esperanza... ¡Solo en Dios!... y era preciso que sus
amigos lleváramos al ministro del Altísimo junto al lecho del dolor, despues
de anunciarlo al moribundo... La voz del cantor de los palmares desfalleció
mas de una vez, y la nuestra se anuda en la garganta al recordar aquella
escena. No habia allí mas que uno tranquilo y resignado, y este era Vidarte.
¿Con qué no tengo remedio? dijo con voz entera y muy segura: con todo, no
me dejen Vds. morir sin que venga á verme el Doctor S., pero antes, que
venga el confesor.
A los pocos dias murió en los brazos de sus amigos, despues de un delirio
en que repetia muy á menudo los nombres de sus padres y hermanos, los de
sus bienhechores y el de su patria, añadiendo siempre: es preciso estudiar ...
estudiar; es menester que yo trabaje mucho. A su modesto coche fúnebre
seguian mas de veinte, que apenas bastaban para conducir las personas que
espontaneamente fueron á su entierro; leyéronse junto á su tumba sentidas
composiciones en prosa y verso; mas nosotros callamos entonces, como
callamos ahora, porque ahora como entonces nada podemos, mas que verter
amargas lágrimas.
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Page 84
ESCENA X.
LOS SABIOS Y LOS LOCOS EN MI CUARTO.
SOY yo de aquellos, y esto no importa mucho al lector, que tienen la
costumbre de no dormir sin haber leido antes algo, y este algo suele ser de
aquellas materias que necesitan mas recogimiento y meditacion, pues creo
que nunca como en el silencio de la noche puede uno separarse del mundo
real, para elevarse al imaginario; sobre todo cuando se ha pasado el dia sin
penas, cosa que el hombre jóven logra algunas veces, antes de ser el gefe de
una familia, ó mientras no tiene que gobernar por sí mismo la nave de su
porvenir.
En fuerza de este hábito, habíame acostado en una de las noches de
enero, teniendo la luz á la cabecera de mi cama, y en las manos un tratado
de enagenaciones mentales, en el cual leí no pocas páginas con cierto
entusiasmo mezclado de tristeza, al ver que, si el hombre puede llegar por
su genio á elevarse sobre sus semejantes, puede tambien, por un misterio
insondable hasta el presente, carecer hasta de los instintos que la
Providencia concede á los brutos. Mis reflexiones me condujeron á bendecir
á los que, con sus talentos é inagotable amor á la humanidad, han hallado el
camino de volver á la especie humana á algunos seres que de ella no
conservaban mas que la figura. Quedéme dormido, y á poco empecé á soñar
lo que sabrá el lector, si tiene paciencia para leer toda esta escena.
Estaba yo en cama, aunque despierto, cuando me veo entrar en mi cuarto
cuatro señores muy respetables, sin hacer ni el menor cumplido y con la
misma franqueza que entra el aprendiz de la imprenta al amanecer á
pedirme original para el cajista.
LOS SABIOS Y LOS LOCOS EN MI CUARTO.
SOY yo de aquellos, y esto no importa mucho al lector, que tienen la
costumbre de no dormir sin haber leido antes algo, y este algo suele ser de
aquellas materias que necesitan mas recogimiento y meditacion, pues creo
que nunca como en el silencio de la noche puede uno separarse del mundo
real, para elevarse al imaginario; sobre todo cuando se ha pasado el dia sin
penas, cosa que el hombre jóven logra algunas veces, antes de ser el gefe de
una familia, ó mientras no tiene que gobernar por sí mismo la nave de su
porvenir.
En fuerza de este hábito, habíame acostado en una de las noches de
enero, teniendo la luz á la cabecera de mi cama, y en las manos un tratado
de enagenaciones mentales, en el cual leí no pocas páginas con cierto
entusiasmo mezclado de tristeza, al ver que, si el hombre puede llegar por
su genio á elevarse sobre sus semejantes, puede tambien, por un misterio
insondable hasta el presente, carecer hasta de los instintos que la
Providencia concede á los brutos. Mis reflexiones me condujeron á bendecir
á los que, con sus talentos é inagotable amor á la humanidad, han hallado el
camino de volver á la especie humana á algunos seres que de ella no
conservaban mas que la figura. Quedéme dormido, y á poco empecé á soñar
lo que sabrá el lector, si tiene paciencia para leer toda esta escena.
Estaba yo en cama, aunque despierto, cuando me veo entrar en mi cuarto
cuatro señores muy respetables, sin hacer ni el menor cumplido y con la
misma franqueza que entra el aprendiz de la imprenta al amanecer á
pedirme original para el cajista.
Page 85
—Buenos dias, Señor, dijo el mas anciano con tono dulce y acento
estranjero.
—Beso á V. la mano, respondí yo incorporándome y haciendo una
inclinacion de cabeza, para contestar á la reverencia muda de los otros tres.
Tengan Vds. la bondad de sentarse, añadí, que voy á vestirme corriendo
para ponerme á sus órdenes.
—Oh no, no; perdon, no queremos que V. se moleste por nosotros.
—Nada de eso, iba ya á levantarme; y aunque no es muy tarde, no me es
de ningun modo molesta la visita de Vds.
—Yo, continuó el anciano luego que estuve sentado junto á ellos, soy
Pinel, y estos señores que me acompañan son Esquirol, Calmeill y Leuret.
—¿Cómo? interrumpí yo ¿V. es el célebre nosógrafo, y estos señores son
los directores no menos célebres de la S.. C.. y B..? Vamos: no se burle V. de
mí, ¿me cree V. tan tonto que piense que los muertos resucitan, y que
ciertos vivos vengan á mi pobre casa?
—No me burlo á fé mia; y para que V. se convenza, voy á contarle como
he venido desde el infierno, que es mi morada en el otro mundo, á parar á la
casa de V.
—Señor mio: si V. fuera Pinel no estaria en el infierno.
—Al principio fuí á la gloria; pero despues tuve que bajar al lugar de los
tormentos, para ver si podia arreglar á unos cuantos miles de locos de esos
que acá son tenidos por grandes hombres, y que el mismo Diablo no podia
subyugar, ni yo lo he logrado hasta ahora: visto lo cual, vengo á recorrer
todo el mundo en busca de un medio de hacerlo, que quizá encontraré en
estos países.
Aquí llegábamos en nuestra conversacion, cuando sentimos una confusa
y desacorde reunion de voces, que iba acercándose cada vez mas, y entre la
cual, distinguíamos carcajadas, reniegos, silbidos y cantos los mas estraños;
la casa parecia venirse abajo, y á medida que crecia mi susto el rostro de
mis huéspedes se animaba, asomando á sus labios una sonrisa de placer.
estranjero.
—Beso á V. la mano, respondí yo incorporándome y haciendo una
inclinacion de cabeza, para contestar á la reverencia muda de los otros tres.
Tengan Vds. la bondad de sentarse, añadí, que voy á vestirme corriendo
para ponerme á sus órdenes.
—Oh no, no; perdon, no queremos que V. se moleste por nosotros.
—Nada de eso, iba ya á levantarme; y aunque no es muy tarde, no me es
de ningun modo molesta la visita de Vds.
—Yo, continuó el anciano luego que estuve sentado junto á ellos, soy
Pinel, y estos señores que me acompañan son Esquirol, Calmeill y Leuret.
—¿Cómo? interrumpí yo ¿V. es el célebre nosógrafo, y estos señores son
los directores no menos célebres de la S.. C.. y B..? Vamos: no se burle V. de
mí, ¿me cree V. tan tonto que piense que los muertos resucitan, y que
ciertos vivos vengan á mi pobre casa?
—No me burlo á fé mia; y para que V. se convenza, voy á contarle como
he venido desde el infierno, que es mi morada en el otro mundo, á parar á la
casa de V.
—Señor mio: si V. fuera Pinel no estaria en el infierno.
—Al principio fuí á la gloria; pero despues tuve que bajar al lugar de los
tormentos, para ver si podia arreglar á unos cuantos miles de locos de esos
que acá son tenidos por grandes hombres, y que el mismo Diablo no podia
subyugar, ni yo lo he logrado hasta ahora: visto lo cual, vengo á recorrer
todo el mundo en busca de un medio de hacerlo, que quizá encontraré en
estos países.
Aquí llegábamos en nuestra conversacion, cuando sentimos una confusa
y desacorde reunion de voces, que iba acercándose cada vez mas, y entre la
cual, distinguíamos carcajadas, reniegos, silbidos y cantos los mas estraños;
la casa parecia venirse abajo, y á medida que crecia mi susto el rostro de
mis huéspedes se animaba, asomando á sus labios una sonrisa de placer.
Page 86
—Son locos que vienen hacia aquí, dijo Esquirol.
—Ciertamente, contestó Calmeill.
—¿Acostumbra V. á tener esas visitas? me preguntó Leuret.
Iba á contestar entre temeroso y amostazado; pero la puerta se abrió de
par en par y una multitud de figuras estravagantes que se coló por ella
gritando, me lo impidió: mi cuarto se llenó en un momento con aquella
numerosa falanje, en la que habia unos vestidos con largas túnicas, otros
con ropas destrozadas y otros, cual pudiera ir una persona cuerda, aseados y
compuestos. El anciano, á quien al punto tuve por Pinel al ver el
ascendiente de su mirada sobre aquella familia, les dirigió la palabra en
estos términos:
—Hijos mios: ¿qué es lo que quereis? ¿en qué podemos seros útiles mis
compañeros y yo?
—Ciertamente, contestó Calmeill.
—¿Acostumbra V. á tener esas visitas? me preguntó Leuret.
Iba á contestar entre temeroso y amostazado; pero la puerta se abrió de
par en par y una multitud de figuras estravagantes que se coló por ella
gritando, me lo impidió: mi cuarto se llenó en un momento con aquella
numerosa falanje, en la que habia unos vestidos con largas túnicas, otros
con ropas destrozadas y otros, cual pudiera ir una persona cuerda, aseados y
compuestos. El anciano, á quien al punto tuve por Pinel al ver el
ascendiente de su mirada sobre aquella familia, les dirigió la palabra en
estos términos:
—Hijos mios: ¿qué es lo que quereis? ¿en qué podemos seros útiles mis
compañeros y yo?
Page 87
—Nosotros, contestó uno que llevaba una corona de papel en la cabeza,
somos una comision de los locos de las cuatro partes del mundo que
venimos á manifestar á nuestro bienhechor nuestra gratitud por lo mucho
que le debemos; verdad es que no se conoce aun en todas partes el sistema
que hace cerca de medio siglo puso en planta Mr. Pinel, y que han
perfeccionado los tres dignos profesores que aquí estan reunidos con él;
pero sin embargo, mucho se adelanta, y nadie se atreve en el dia á sostener
que la locura es siempre incurable.
—Bien, muy bien, hijos mios: pláceme en gran manera el bienestar de
que disfrutais, y á no ser por la algazara que moviais al entrar, y por el traje
no muy arreglado de algunos de vosotros, no os tuviera por enfermos: tal es
la cortesía con que os habeis conducido en mi presencia; sobre todo me ha
parecido escelente la arenga de este buen señor.
—Yo no soy buen señor, interumpió el loco, yo soy el legítimo rey del
valle de Andorra, y cuidado con guardar los miramientos debidos á mi
elevada clase, que si antes era estudiante de medicina, ahora soy lo que soy,
y voto á...
—Pues para que yo crea que sois un rey, es preciso que no es enfadeis
como un alférez de dragones.
Una carcajada de los demás locos siguió á estas palabras, que dijo el
anciano con su imperturbable calma y dulzura. Despues añadió,
dirigiéndose á algunos de los mejor vestidos:
—Venid acá, amigos mios; decidme de donde sois y que es lo que os falta
para estar á gusto.
—Nosotros, dijo uno de ellos; somos franceses vivimos en París; en la
Salpetriere mi compañero de la izquierda; en Charenton el de mi derecha y
yo en Bicetre; tenemos allí buenas habitaciones buenas camas, buenas
comidas, buenos baños, no nos maltratan los guardianes, un profesor sabio
dirige el establecimiento, y nada se le olvida cuando se trata de nuestra
comodidad y pronta curacion, es nuestro padre, no sale de la casa, sabe
premiarnos y corregirnos á tiempo, nos acompaña á la mesa, en nuestras
horas de estudio, de trabajo y de recreo, aprovecha el menor destello de
nuestra razon, y muchas veces nuestros caprichos, para volvernos á la
sociedad sanos y laboriosos; en una palabra, no vive sino para nosotros;
somos una comision de los locos de las cuatro partes del mundo que
venimos á manifestar á nuestro bienhechor nuestra gratitud por lo mucho
que le debemos; verdad es que no se conoce aun en todas partes el sistema
que hace cerca de medio siglo puso en planta Mr. Pinel, y que han
perfeccionado los tres dignos profesores que aquí estan reunidos con él;
pero sin embargo, mucho se adelanta, y nadie se atreve en el dia á sostener
que la locura es siempre incurable.
—Bien, muy bien, hijos mios: pláceme en gran manera el bienestar de
que disfrutais, y á no ser por la algazara que moviais al entrar, y por el traje
no muy arreglado de algunos de vosotros, no os tuviera por enfermos: tal es
la cortesía con que os habeis conducido en mi presencia; sobre todo me ha
parecido escelente la arenga de este buen señor.
—Yo no soy buen señor, interumpió el loco, yo soy el legítimo rey del
valle de Andorra, y cuidado con guardar los miramientos debidos á mi
elevada clase, que si antes era estudiante de medicina, ahora soy lo que soy,
y voto á...
—Pues para que yo crea que sois un rey, es preciso que no es enfadeis
como un alférez de dragones.
Una carcajada de los demás locos siguió á estas palabras, que dijo el
anciano con su imperturbable calma y dulzura. Despues añadió,
dirigiéndose á algunos de los mejor vestidos:
—Venid acá, amigos mios; decidme de donde sois y que es lo que os falta
para estar á gusto.
—Nosotros, dijo uno de ellos; somos franceses vivimos en París; en la
Salpetriere mi compañero de la izquierda; en Charenton el de mi derecha y
yo en Bicetre; tenemos allí buenas habitaciones buenas camas, buenas
comidas, buenos baños, no nos maltratan los guardianes, un profesor sabio
dirige el establecimiento, y nada se le olvida cuando se trata de nuestra
comodidad y pronta curacion, es nuestro padre, no sale de la casa, sabe
premiarnos y corregirnos á tiempo, nos acompaña á la mesa, en nuestras
horas de estudio, de trabajo y de recreo, aprovecha el menor destello de
nuestra razon, y muchas veces nuestros caprichos, para volvernos á la
sociedad sanos y laboriosos; en una palabra, no vive sino para nosotros;
Page 88
pero esto no quita, y perdóneme que lo diga delante de ellos, que alguna vez
nos mortifiquen, ya dándonos remedios que no deseamos tomar, ya
intimidándonos con los chorros de agua fria para que hagamos lo que no es
nuestro gusto el hacer.
—¿Y es esa toda la queja? ¿qué cosas exigen que hagais?
—Muchas: al que no quiere trabajar, le aconsejan, le estimulan y no
paran hasta lograr que se entregue á sus ocupaciones habituales; entre
varios otros, recuerdo un pobre músico, que fué preciso meterle varias
veces en el baño y soltar sobre su cabeza el chorro de agua fria, para lograr
que tocase su instrumento[2].
[2] Caso citado en la obra titulada: Tratamiento moral de la locura, por Mr.
Leuret.
nos mortifiquen, ya dándonos remedios que no deseamos tomar, ya
intimidándonos con los chorros de agua fria para que hagamos lo que no es
nuestro gusto el hacer.
—¿Y es esa toda la queja? ¿qué cosas exigen que hagais?
—Muchas: al que no quiere trabajar, le aconsejan, le estimulan y no
paran hasta lograr que se entregue á sus ocupaciones habituales; entre
varios otros, recuerdo un pobre músico, que fué preciso meterle varias
veces en el baño y soltar sobre su cabeza el chorro de agua fria, para lograr
que tocase su instrumento[2].
[2] Caso citado en la obra titulada: Tratamiento moral de la locura, por Mr.
Leuret.
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—¿Y en qué paró ése músico? le preguntó Leuret.
—Bien lo sabeis, paró en prometeros que tocaria, y en que, habiendo
salido del baño, cogió el instrumento y tocó la Marsellesa y otras canciones
patrióticas, entusiasmándose de tal modo, que no fué preciso rogarle mucho
para que repitiese al dia siguiente todos los aires que sabia de memoria,
pasó á la sala de música, y al cabo de algunas semanas salió bueno del todo
para volver á tocar en su teatro.
—¡Oiga! dijo Pinel, ¿con que os tratan con dulzura, os cuidan
perfectamente y os curan, y todavía os quejais si es preciso que se os
moleste un poco para daros la salud? Vamos, señores mios, que eso es
mucha gana de pedir imposibles; si los médicos debieran reñir con sus
enfermos, razon tendrian y sobrada mis dignos compañeros para enfadarse
con vosotros; y si vosotros os quejais, ¿qué harán estos pobres que veo tan
mal vestidos y sucios? ¿Como es, añadió dirigiéndose á estos últimos, que
sois en número tan crecido?
—Porque en muchas casas de locos no se conoce aun el sistema de V.
contestó uno de ellos con marcadísimo acento catalan.
—Bien lo sabeis, paró en prometeros que tocaria, y en que, habiendo
salido del baño, cogió el instrumento y tocó la Marsellesa y otras canciones
patrióticas, entusiasmándose de tal modo, que no fué preciso rogarle mucho
para que repitiese al dia siguiente todos los aires que sabia de memoria,
pasó á la sala de música, y al cabo de algunas semanas salió bueno del todo
para volver á tocar en su teatro.
—¡Oiga! dijo Pinel, ¿con que os tratan con dulzura, os cuidan
perfectamente y os curan, y todavía os quejais si es preciso que se os
moleste un poco para daros la salud? Vamos, señores mios, que eso es
mucha gana de pedir imposibles; si los médicos debieran reñir con sus
enfermos, razon tendrian y sobrada mis dignos compañeros para enfadarse
con vosotros; y si vosotros os quejais, ¿qué harán estos pobres que veo tan
mal vestidos y sucios? ¿Como es, añadió dirigiéndose á estos últimos, que
sois en número tan crecido?
—Porque en muchas casas de locos no se conoce aun el sistema de V.
contestó uno de ellos con marcadísimo acento catalan.
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—Y entonces, ¿porqué venís á felicitarme los que no habeis participado
de los bienes de mi sistema?
—Porque V. ha hecho un bien muy grande á la humanidad, y nada
importa que no nos alcance á nosotros.
—Señores, dijo por lo bajo el respetable anciano á sus compañeros, he
aquí un loco asquerosamente tratado y lleno de virtud; ó los locos de este
país son de otro género, ó aquí los que tienen completa su razon son los que
ocupan los manicomios. Y quién os ha dicho que esteis loco? continuó en
alto y dirigiéndose al maníaco.
—¿Quién me lo ha dicho? Nuestros guardianes que lo estan repitiendo
siempre. A nosotros no se nos trata con tanto cumplido como allá en su
tierra de V.: nos tienen encerrados y en completa comunicacion, en unas
de los bienes de mi sistema?
—Porque V. ha hecho un bien muy grande á la humanidad, y nada
importa que no nos alcance á nosotros.
—Señores, dijo por lo bajo el respetable anciano á sus compañeros, he
aquí un loco asquerosamente tratado y lleno de virtud; ó los locos de este
país son de otro género, ó aquí los que tienen completa su razon son los que
ocupan los manicomios. Y quién os ha dicho que esteis loco? continuó en
alto y dirigiéndose al maníaco.
—¿Quién me lo ha dicho? Nuestros guardianes que lo estan repitiendo
siempre. A nosotros no se nos trata con tanto cumplido como allá en su
tierra de V.: nos tienen encerrados y en completa comunicacion, en unas
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habitaciones húmedas y hediondas; nuestra cama es una poco de paja; no
tenemos salas de estudio, ni patios, ni jardines; comemos como las fieras
cada uno en su rincon, y cuando la miseria y los malos tratamientos acaban
de trastornar nuestro juicio, nos encierran en una jaula, ó nos atan como á
perros con un collar y una cadena.
—¿Y lo permite el médico director de la casa?
—Nosotros no tenemos médico director: son muchos los que nos dirigen;
pero ninguno es médico ni loco, que si lo fueran, cuidarian mas de nosotros.
—¡Esto es imposible! ¿á mediados del siglo diez y nueve existe una casa
de enfermos de vuestra clase sin estar dirigida por un profesor celoso, que
dedique toda su vida á mejorar la triste condicion de los que han de ir á ella
por necesidad?
—Aunque muchas veces me han dicho que soy loco, esto es una mentira
y prueba de ser cierto lo que digo es que en los años que llevo de encierro,
todavía no me he vuelto furioso; verdad es que, como soy pacífico, salgo de
cuando en cuando á la calle, unas veces con el comprador, y otras burlando
la vigilancia de los cancerberos. Habia estudiado antes de que me
encerraran como loco el medio de mejorar las casas de beneficencia;
porque, como soy el Arzobispo de Toledo, queria promover en España una
reforma digna de la época; y aquí tiene V. el porque sufro con resignacion y
dignidad el mal trato que recibo; sintiéndolo solamente por mis
desgraciados compañeros.
tenemos salas de estudio, ni patios, ni jardines; comemos como las fieras
cada uno en su rincon, y cuando la miseria y los malos tratamientos acaban
de trastornar nuestro juicio, nos encierran en una jaula, ó nos atan como á
perros con un collar y una cadena.
—¿Y lo permite el médico director de la casa?
—Nosotros no tenemos médico director: son muchos los que nos dirigen;
pero ninguno es médico ni loco, que si lo fueran, cuidarian mas de nosotros.
—¡Esto es imposible! ¿á mediados del siglo diez y nueve existe una casa
de enfermos de vuestra clase sin estar dirigida por un profesor celoso, que
dedique toda su vida á mejorar la triste condicion de los que han de ir á ella
por necesidad?
—Aunque muchas veces me han dicho que soy loco, esto es una mentira
y prueba de ser cierto lo que digo es que en los años que llevo de encierro,
todavía no me he vuelto furioso; verdad es que, como soy pacífico, salgo de
cuando en cuando á la calle, unas veces con el comprador, y otras burlando
la vigilancia de los cancerberos. Habia estudiado antes de que me
encerraran como loco el medio de mejorar las casas de beneficencia;
porque, como soy el Arzobispo de Toledo, queria promover en España una
reforma digna de la época; y aquí tiene V. el porque sufro con resignacion y
dignidad el mal trato que recibo; sintiéndolo solamente por mis
desgraciados compañeros.
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Estuvimos algunos momentos admirando la cordura de aquel loco, al
cabo de los cuales, como si contestara á algun pensamiento que le ocupaba,
dijo Pinel:
—No, no, ni en el infierno quiero que se trate á ningun infeliz de
semejante modo.
Aquí empezaron todos á manifestar impaciencia, el uno empujaba al otro,
y todos hablaban, de suerte que no era posible oir á ninguno; por último,
una mirada y la actitud noble que tomó el anciano levantándose de la silla
les hizo; callar y aprovechando aquella pausa, gritó uno.
—Señor, yo soy de Puerto-rico, y siquiera por deferencia al mi paisano el
amo de la casa, se me debe permitir que hable.
cabo de los cuales, como si contestara á algun pensamiento que le ocupaba,
dijo Pinel:
—No, no, ni en el infierno quiero que se trate á ningun infeliz de
semejante modo.
Aquí empezaron todos á manifestar impaciencia, el uno empujaba al otro,
y todos hablaban, de suerte que no era posible oir á ninguno; por último,
una mirada y la actitud noble que tomó el anciano levantándose de la silla
les hizo; callar y aprovechando aquella pausa, gritó uno.
—Señor, yo soy de Puerto-rico, y siquiera por deferencia al mi paisano el
amo de la casa, se me debe permitir que hable.
Page 93
—Que hable, que hable, repitieron en coro unos cuantos que tenian la
manía de querer ser diputados.
—Orden, señores órden, respeto á la presidencia: dijo con voz de trueno
un improvisado presidente. El diputado por Puerto-rico tiene la palabra.
Suba el orador á la tribuna. Y sin decir mas lo agarró por la cintura y lo
puso de pies sobre mi mesa.
—Que baje, gritaron unos.
—Que hable, contestaban otros, y de las voces pasaron á embestirse con
tal furia que la mesa vino al suelo, junto con el orador que no hablaba.
Desperté con el susto de ver mis borradores bajo los pies de aquella jente,
y me hallé en mi cuarto, con los muebles en su lugar y sin sabios ni locos;
pero con el sentimiento de que mi sueño no hubiera durado hasta ver lo que
decia el de Puerto-rico sobre la casa de beneficencia; pues, aunque por
conducto tan poco usado, me gustaria saber á que altura se halla en mi país
ese importante ramo de la ciencia administrativa en la escala cuyos dos
estremos habian marcado los dos cuerdos locos.
manía de querer ser diputados.
—Orden, señores órden, respeto á la presidencia: dijo con voz de trueno
un improvisado presidente. El diputado por Puerto-rico tiene la palabra.
Suba el orador á la tribuna. Y sin decir mas lo agarró por la cintura y lo
puso de pies sobre mi mesa.
—Que baje, gritaron unos.
—Que hable, contestaban otros, y de las voces pasaron á embestirse con
tal furia que la mesa vino al suelo, junto con el orador que no hablaba.
Desperté con el susto de ver mis borradores bajo los pies de aquella jente,
y me hallé en mi cuarto, con los muebles en su lugar y sin sabios ni locos;
pero con el sentimiento de que mi sueño no hubiera durado hasta ver lo que
decia el de Puerto-rico sobre la casa de beneficencia; pues, aunque por
conducto tan poco usado, me gustaria saber á que altura se halla en mi país
ese importante ramo de la ciencia administrativa en la escala cuyos dos
estremos habian marcado los dos cuerdos locos.
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Page 95
ESCENA XI.
LA FIESTA DEL UTUAO.[3]
DEDICADA A MI MEJOR AMIGO
D. José A. Balmañya.
[3] Publicada en el Album Puerto-riqueño.
LA FIESTA DEL UTUAO.[3]
DEDICADA A MI MEJOR AMIGO
D. José A. Balmañya.
[3] Publicada en el Album Puerto-riqueño.
Page 96
ESCUCHE, compaire Pepe,
Ya que haseyo me ha obligao,
Lo que le boy á contal,
Que es caso que me ha pasao.
Manque no soy de la Bana,
Tengo mi aquey muy fundao,
Polque soy de Puelto-rico
Er chenche mas afamao.
A mi nengun endebido
En la via me ha cucao,
Sin que le dé un sopeton
Que lo deje ñangotao;
Y por eso los Alcaldes
Dey pueblo del Utuao
Tuvieron que vey conmigo
Este mesmo año pasao.
Es el caso, compae Pepe,
Que mi primo Tanislao,
Que á aqueya maidita fiesta
Habia sio combiao,
Me jiso dir: ¡malos rayos
Antes lo hubieran quemao
De que tal cosa me ijera,
Que mejol me hubiera estao!
Mardugamos aquel dia,
Y á mi cabayo manchao
Le puse jáquima nueva,
El aparejo forrao,
Las aguaeras mejores,
El aserico rosao,
La tajarria de algoón,
Y la sincha de jilao.
Yo me puse mi sombrero
De beinte riales, y al lao
Su escarapela de grana;
La camisa de alistao,
Con los carsones de crea
Ya que haseyo me ha obligao,
Lo que le boy á contal,
Que es caso que me ha pasao.
Manque no soy de la Bana,
Tengo mi aquey muy fundao,
Polque soy de Puelto-rico
Er chenche mas afamao.
A mi nengun endebido
En la via me ha cucao,
Sin que le dé un sopeton
Que lo deje ñangotao;
Y por eso los Alcaldes
Dey pueblo del Utuao
Tuvieron que vey conmigo
Este mesmo año pasao.
Es el caso, compae Pepe,
Que mi primo Tanislao,
Que á aqueya maidita fiesta
Habia sio combiao,
Me jiso dir: ¡malos rayos
Antes lo hubieran quemao
De que tal cosa me ijera,
Que mejol me hubiera estao!
Mardugamos aquel dia,
Y á mi cabayo manchao
Le puse jáquima nueva,
El aparejo forrao,
Las aguaeras mejores,
El aserico rosao,
La tajarria de algoón,
Y la sincha de jilao.
Yo me puse mi sombrero
De beinte riales, y al lao
Su escarapela de grana;
La camisa de alistao,
Con los carsones de crea
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Pol supuesto aymionaos,
Y mi buen pal de sapatos
Con los tacones jerraos.
Metíme una mascaura,
Montamos yo y Tanislao,
Y comensamos á andal
Ar canto del Lorigao.
Pero por mas juan caliente
Que le arrimaba ar manchao,
No puimos alcansal
La misa en el Utuao.
Yegamos serian las dos,
Y yo que no habia almolsao,
El estógamo tenia
Al espinaso pegao.
La comae de mi primo
Nos tenia preparao
Un plato de arros con carne,
Otro plato de guisao,
Que con agi cabayero
Ar punto estubo tragao,
Y además nos dió á la postre
Otro de queso y melao.
Al escureser nos fuimos
A casa é Peiro Tirao,
Que disen que es la que tiene
Ayí er mejoy soberao.
Bailaron unas caenas,
Después un seis balseao,
Un cabayo y un sonduro,
Sin que yo hubiese bailao.
Los mositos de aquey pueblo
Ya me tenian ajorao,
Polque sin bailay me estaba
En un rincon agachao.
Al fin me detelminé,
Y arrimándome pun lao,
Y mi buen pal de sapatos
Con los tacones jerraos.
Metíme una mascaura,
Montamos yo y Tanislao,
Y comensamos á andal
Ar canto del Lorigao.
Pero por mas juan caliente
Que le arrimaba ar manchao,
No puimos alcansal
La misa en el Utuao.
Yegamos serian las dos,
Y yo que no habia almolsao,
El estógamo tenia
Al espinaso pegao.
La comae de mi primo
Nos tenia preparao
Un plato de arros con carne,
Otro plato de guisao,
Que con agi cabayero
Ar punto estubo tragao,
Y además nos dió á la postre
Otro de queso y melao.
Al escureser nos fuimos
A casa é Peiro Tirao,
Que disen que es la que tiene
Ayí er mejoy soberao.
Bailaron unas caenas,
Después un seis balseao,
Un cabayo y un sonduro,
Sin que yo hubiese bailao.
Los mositos de aquey pueblo
Ya me tenian ajorao,
Polque sin bailay me estaba
En un rincon agachao.
Al fin me detelminé,
Y arrimándome pun lao,
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Combié par un sonduro
A la hija de Tirao,
Jembra de cara pulía,
Y cuelpo muy aqueyao.
Apenas al son del güiro
Comensó el sapateao,
Cuando al jaser el rastriyo
Le pisé á su enamorao
Er deo goldo dey pié;
Y como era renegao,
Hechó un mal rayo te palta.
Yo, que estaba incomoao
De enantes, lo arrempujé;
Y tambien arrempujao
En seguía yo me vide
Por aquel escamisao.
Metimos mano á la daga,
Y en un bendito alabao
Nos tiramos ar batey.
Jisimos un sambumbiao
En menos de dos menutos,
Que el Alcalde aturruyao
No sabia que jaser;
Pero el cura, hombre abisao,
Le aconsejó que á la cársel
Nos yebara de contao.
Ayí nos tuvo tres dias,
Y yo salí escarmentao
Para nunca mas bolvey
A fiestas al Utuao.
A la hija de Tirao,
Jembra de cara pulía,
Y cuelpo muy aqueyao.
Apenas al son del güiro
Comensó el sapateao,
Cuando al jaser el rastriyo
Le pisé á su enamorao
Er deo goldo dey pié;
Y como era renegao,
Hechó un mal rayo te palta.
Yo, que estaba incomoao
De enantes, lo arrempujé;
Y tambien arrempujao
En seguía yo me vide
Por aquel escamisao.
Metimos mano á la daga,
Y en un bendito alabao
Nos tiramos ar batey.
Jisimos un sambumbiao
En menos de dos menutos,
Que el Alcalde aturruyao
No sabia que jaser;
Pero el cura, hombre abisao,
Le aconsejó que á la cársel
Nos yebara de contao.
Ayí nos tuvo tres dias,
Y yo salí escarmentao
Para nunca mas bolvey
A fiestas al Utuao.
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Page 101
ESCENA XII.
AGUINALDOS.
TE equivocas, querido lector, si piensas que voy á decirte el orígen de la
palabra que sirve de título á esta escena, el de la costumbre que ella
significa en nuestro idioma, y otras mil zarandajas, que tendrias derecho á
pedir que te dijese, y que yo no quiero que por mí sepas, si es que las
ignoras; y esto lo hago por la ley de compensacion. Me argüirás que no
ecsiste tal ley al quitarte yo una cosa que no puedes quitarme tú, cierto es;
pero así como un médico hiere en el brazo para disminuir la sangre del
pulmón; así yo te doy de menos en este artículo lo que tú deseas saber, en
cambio de lo que hallarás de mas en otros, y que maldito lo que te importa,
si no es que te fastidia. Tengo además otras dos razones para portarme como
ves: la primera, que así logro hacer una vez mi voluntad, aunque me cueste
una zurra de tu parte; y la segunda, que de este modo he escrito una
introduccion que puede adaptarse á todos los artículos posibles: ventaja de
mucha monta, pero que no me servirá mas, puesto que, como diria un
orador parlamentario, entro de lleno en la cuestion.
Los aguinaldos son de aquellas costumbres que muy poco ó nada tienen
que tildar, y mucho que merece elogio, motivo por el cual, aunque me es
grato el hablar de ellos, faltarán en este artículo ciertos toques que pudieran
darle alguna viveza: ¡es un recurso tan poderoso el enfadarse cuando no
encuentra el escritor el medio de salir del atolladero! Falta la facilidad y
demas dotes para describir; pues nada de apuro, venga la parte flaca, y
demos de firme sobre ella, poniendo una cara de vinagre y convirtiendo la
pluma en zurriago. En los aguinaldos no es posible hacer esto por mas que
uno se empeñe: y ¿quién conservará el carácter de Domine ante un país
AGUINALDOS.
TE equivocas, querido lector, si piensas que voy á decirte el orígen de la
palabra que sirve de título á esta escena, el de la costumbre que ella
significa en nuestro idioma, y otras mil zarandajas, que tendrias derecho á
pedir que te dijese, y que yo no quiero que por mí sepas, si es que las
ignoras; y esto lo hago por la ley de compensacion. Me argüirás que no
ecsiste tal ley al quitarte yo una cosa que no puedes quitarme tú, cierto es;
pero así como un médico hiere en el brazo para disminuir la sangre del
pulmón; así yo te doy de menos en este artículo lo que tú deseas saber, en
cambio de lo que hallarás de mas en otros, y que maldito lo que te importa,
si no es que te fastidia. Tengo además otras dos razones para portarme como
ves: la primera, que así logro hacer una vez mi voluntad, aunque me cueste
una zurra de tu parte; y la segunda, que de este modo he escrito una
introduccion que puede adaptarse á todos los artículos posibles: ventaja de
mucha monta, pero que no me servirá mas, puesto que, como diria un
orador parlamentario, entro de lleno en la cuestion.
Los aguinaldos son de aquellas costumbres que muy poco ó nada tienen
que tildar, y mucho que merece elogio, motivo por el cual, aunque me es
grato el hablar de ellos, faltarán en este artículo ciertos toques que pudieran
darle alguna viveza: ¡es un recurso tan poderoso el enfadarse cuando no
encuentra el escritor el medio de salir del atolladero! Falta la facilidad y
demas dotes para describir; pues nada de apuro, venga la parte flaca, y
demos de firme sobre ella, poniendo una cara de vinagre y convirtiendo la
pluma en zurriago. En los aguinaldos no es posible hacer esto por mas que
uno se empeñe: y ¿quién conservará el carácter de Domine ante un país
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entero que se regala, danza y pasea sin acordarse mas que de los Santos
Reyes; pretesto seguro para pasar dos dias en deliciosa hartura y variada
holganza? Fuera pues el carácter serio; cojo mi caballo, lo aparejo, monto
en él, y á buscar una trulla de gente conocida.
Así dije yo hace algunos años la víspera de Reyes, y no bien hube andado
una media hora, encontré lo que deseaba, esto es: treinta ó cuarenta caballos
reunidos marchando en la misma direccion que el mio, y montados por
personas que yo conocia. Eran las ocho de la noche, la luna muy clara y las
masas de neblina parecian á lo lejos grandes lienzos que cubrian la falda de
las montañas. Por todo lo dicho habrá comprendido el lector que estaba en
el campo, lo que hasta ahora no habia tenido el honor de comunicarle, y que
empiezo por el modo de pedir aguinaldo en este, como pudiera hacerlo por
el de la capital y pueblos principales de la Isla.
La trulla á que me reuní estaba formada por jóvenes de ambos secsos,
con la adicion indispensable de papás, mamás y tias; habia entre las chicas
algunas muy bonitas, pero estas llevaban ya su caballero cada una;
agreguéme á la masa comun, y empecé á hablar con el buen humor que
nunca falta al que tiene delante seis ó siete parejas atortoladas, y otras tantas
dispuestas á la broma. En un momento me dijeron á las casas que pensaban
ir, y á medias palabras y con signos sagazmente disimulados, me enteraron
de mil curiosos pormenores, que no convenia que comprendiese la parte
reposada de la trulla; caminamos un poco sin que nada nuevo sucediese,
hasta que llegamos á una casa de madera, construida sobre gruesos estantes,
como son todas las de las personas acomodadas, donde se entabló la
conversacion siguiente:
Muchacha, ¿todavía estás así? ¡cómo es que no estan á punto de montar?
—Tia Pepa, yo no puedo ir con V. como quedamos, porque no hay mas
que una bestia y es para mis hermanas, que ya van á bajar; la otra se encojó
esta tarde, y yo tengo que quedarme por ese motivo.
—Pero, muchacha, ¿y las otras dos?
—Se han ido en ellas mis hermanos.
—Vaya vaya, eso si que es buen chasco; cree que lo siento.... si la yegua
que llevo no estuviera preñada, te ofreceria el anca.
Reyes; pretesto seguro para pasar dos dias en deliciosa hartura y variada
holganza? Fuera pues el carácter serio; cojo mi caballo, lo aparejo, monto
en él, y á buscar una trulla de gente conocida.
Así dije yo hace algunos años la víspera de Reyes, y no bien hube andado
una media hora, encontré lo que deseaba, esto es: treinta ó cuarenta caballos
reunidos marchando en la misma direccion que el mio, y montados por
personas que yo conocia. Eran las ocho de la noche, la luna muy clara y las
masas de neblina parecian á lo lejos grandes lienzos que cubrian la falda de
las montañas. Por todo lo dicho habrá comprendido el lector que estaba en
el campo, lo que hasta ahora no habia tenido el honor de comunicarle, y que
empiezo por el modo de pedir aguinaldo en este, como pudiera hacerlo por
el de la capital y pueblos principales de la Isla.
La trulla á que me reuní estaba formada por jóvenes de ambos secsos,
con la adicion indispensable de papás, mamás y tias; habia entre las chicas
algunas muy bonitas, pero estas llevaban ya su caballero cada una;
agreguéme á la masa comun, y empecé á hablar con el buen humor que
nunca falta al que tiene delante seis ó siete parejas atortoladas, y otras tantas
dispuestas á la broma. En un momento me dijeron á las casas que pensaban
ir, y á medias palabras y con signos sagazmente disimulados, me enteraron
de mil curiosos pormenores, que no convenia que comprendiese la parte
reposada de la trulla; caminamos un poco sin que nada nuevo sucediese,
hasta que llegamos á una casa de madera, construida sobre gruesos estantes,
como son todas las de las personas acomodadas, donde se entabló la
conversacion siguiente:
Muchacha, ¿todavía estás así? ¡cómo es que no estan á punto de montar?
—Tia Pepa, yo no puedo ir con V. como quedamos, porque no hay mas
que una bestia y es para mis hermanas, que ya van á bajar; la otra se encojó
esta tarde, y yo tengo que quedarme por ese motivo.
—Pero, muchacha, ¿y las otras dos?
—Se han ido en ellas mis hermanos.
—Vaya vaya, eso si que es buen chasco; cree que lo siento.... si la yegua
que llevo no estuviera preñada, te ofreceria el anca.
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La jóven que hablaba desde una ventana, era una morena que renuncio á
pintar por lo graciosa; conocíala yo, y mucho mas á su repetable tia, que no
mencionó á humo de pajas el estado interesante de su yegua; así es que,
dirigiéndome á esta última, dije:
—Señora D.ª Pepa, mi caballo hace ancas y es muy firme; si Rosita ha de
quedarse, no será por lo que ha dicho, pues si gusta puede venir conmigo.
Aquí hubo algunos cumplidos entre la tia y la sobrina, que deseaban
mucho aceptar, y yo, que de todo corazon ansiaba tener á la segunda á las
ancas de mi caballo.
—No, no, mil gracias, decia la una.
—No podemos consentir que lleve V. esa molestia.
—Añadia la otra: Señora, si Rosita es una molestia, ojalá que caigan
sobre mí como gotas de agua en un dia de tormenta.
Por último, hicieron como que se determinaban, y, previos algunos
cumplidos de la mamá, que salió á la ventana á saludarnos y darme gracias
por un favor que yo recibia, nos despedimos, llevando yo por compañera
para toda la noche á la mas hermosa de la trulla. Si no pocos guerreros
deben una parte de su gloria á la fogosidad de un caballo, que les condujo á
su pesar al encuentro del enemigo, yo debo unas cuantas horas de placer á
la mansedumbre del que montaba aquella noche. ¿Quién espresaria con toda
su intensidad lo que siente un jóven de diez y ocho años durante una
conversacion tenida por lo bajo, y en que á cada paso choca con él un
cuerpo que su imaginacion le pinta con los mas voluptuosos atractivos, que
á cada palabra tiene que volver la cabeza, percibiendo entonces en su rostro
el hálito de una respiracion agitada por el movimiento y las emociones mas
vivas, y aspirando al mismo tiempo el perfume que despide una hermosa
cabellera negra prendida con olorosas flores de los trópicos?
No tardamos en llegar á la primera casa; echamos pié á tierra, y nos
colocamos reunidos al principio de la escalera: una música campestre
acompañó á los que entonaron el aguinaldo nuevo, cuyos versos eran de
uno de los cantores, y que se reducian al saludo de costumbre á los amos de
la casa y á desearles toda clase de prosperidades, si nos daban dulces,
manjar blanco, buñuelos y otras mil cosas. Concluido el canto, apareció la
familia en lo mas alto de la escalera, bajóla el dueño de la casa y nos invitó
pintar por lo graciosa; conocíala yo, y mucho mas á su repetable tia, que no
mencionó á humo de pajas el estado interesante de su yegua; así es que,
dirigiéndome á esta última, dije:
—Señora D.ª Pepa, mi caballo hace ancas y es muy firme; si Rosita ha de
quedarse, no será por lo que ha dicho, pues si gusta puede venir conmigo.
Aquí hubo algunos cumplidos entre la tia y la sobrina, que deseaban
mucho aceptar, y yo, que de todo corazon ansiaba tener á la segunda á las
ancas de mi caballo.
—No, no, mil gracias, decia la una.
—No podemos consentir que lleve V. esa molestia.
—Añadia la otra: Señora, si Rosita es una molestia, ojalá que caigan
sobre mí como gotas de agua en un dia de tormenta.
Por último, hicieron como que se determinaban, y, previos algunos
cumplidos de la mamá, que salió á la ventana á saludarnos y darme gracias
por un favor que yo recibia, nos despedimos, llevando yo por compañera
para toda la noche á la mas hermosa de la trulla. Si no pocos guerreros
deben una parte de su gloria á la fogosidad de un caballo, que les condujo á
su pesar al encuentro del enemigo, yo debo unas cuantas horas de placer á
la mansedumbre del que montaba aquella noche. ¿Quién espresaria con toda
su intensidad lo que siente un jóven de diez y ocho años durante una
conversacion tenida por lo bajo, y en que á cada paso choca con él un
cuerpo que su imaginacion le pinta con los mas voluptuosos atractivos, que
á cada palabra tiene que volver la cabeza, percibiendo entonces en su rostro
el hálito de una respiracion agitada por el movimiento y las emociones mas
vivas, y aspirando al mismo tiempo el perfume que despide una hermosa
cabellera negra prendida con olorosas flores de los trópicos?
No tardamos en llegar á la primera casa; echamos pié á tierra, y nos
colocamos reunidos al principio de la escalera: una música campestre
acompañó á los que entonaron el aguinaldo nuevo, cuyos versos eran de
uno de los cantores, y que se reducian al saludo de costumbre á los amos de
la casa y á desearles toda clase de prosperidades, si nos daban dulces,
manjar blanco, buñuelos y otras mil cosas. Concluido el canto, apareció la
familia en lo mas alto de la escalera, bajóla el dueño de la casa y nos invitó
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á subir para tomar algun refresco, lo cual hicimos de muy buen grado. La
mesa estaba colocada á un lado de la gran sala para dejar sitio bastante para
la danza, y servida con toda profusion: en ella no faltaban el manjar blanco,
almojábanas, buñuelos de muchas clases, ojaldres, cazuelas, una variedad
infinita de dulces secos y en almíbar, y varias clases de licores: parecia que
solo para nosotros se habian hecho todos los preparativos, y que aquel
aparato no habia de desplegarse cuatro ó seis veces por lo menos durante la
noche.
Despues de tomar, con toda franqueza, cada uno lo que quiso, nos
pusimos á danzar junto con los jóvenes de la casa; y no lo hubimos hecho
media hora, cuando fué preciso que nos despidiéramos para que subiera á
ocupar nuestro lugar otra trulla, que esperaba ya nuestra salida. Así
pasamos toda la noche de una á otra parte, y en todas, á poca diferencia, se
repitió la misma escena; cogiéndonos el dia sin que la venida del sol nos
alegrase, porque terminaba una noche de placer.
Aquellos rostros pálidos, aquellos ojos á medio cerrar y velados por
anchas ojeras negras, aquellas pequeñas y entreabiertas bocas que daban
paso á una respiracion semejante á la del sueño, y aquella languidez de todo
el cuerpo, añadian nuevos encantos á nuestras hermosas compañeras; yo
sentia un peso suave sobre mi espalda, y me parecia mas cercana y mas
ardiente la Rosa, cuyo aroma iba pronto á dejar de respirar.
Tal es una trulla á caballo; son muchas las que recorren los campos, y
fuera de algun raro incidente, como el que le dejen á uno el caballo
desaparejado, ó el aparejo sin caballo, principian todas y concluyen del
mismo modo que empezó y acabó la de que he hablado arriba, crúzanse en
ellas y de sus resultas amores, zelos, pullas, chistes, riñas, amistades y
cuanto se cruza en el mundo siempre que, con cualquier pretesto, se reunen
muchas personas; con todo, es forzoso consignar aquí que, en general, los
efectos de esta costumbre son buenos y muy buenos; sin ella y otras
semejantes, nuestros campesinos no serian como son tan humana y
generosamente hospitalarios.
Las trullas de á pié se componen de jente pobre, que no por eso se
divierte menos; maraca en mano y tiple y carracho bajo del brazo,
caminan, leguas enteras saltando barrancos, vadeando rios y trepando
cerros, hasta que el sol les halla muchas veces á gran distancia de sus casas;
mesa estaba colocada á un lado de la gran sala para dejar sitio bastante para
la danza, y servida con toda profusion: en ella no faltaban el manjar blanco,
almojábanas, buñuelos de muchas clases, ojaldres, cazuelas, una variedad
infinita de dulces secos y en almíbar, y varias clases de licores: parecia que
solo para nosotros se habian hecho todos los preparativos, y que aquel
aparato no habia de desplegarse cuatro ó seis veces por lo menos durante la
noche.
Despues de tomar, con toda franqueza, cada uno lo que quiso, nos
pusimos á danzar junto con los jóvenes de la casa; y no lo hubimos hecho
media hora, cuando fué preciso que nos despidiéramos para que subiera á
ocupar nuestro lugar otra trulla, que esperaba ya nuestra salida. Así
pasamos toda la noche de una á otra parte, y en todas, á poca diferencia, se
repitió la misma escena; cogiéndonos el dia sin que la venida del sol nos
alegrase, porque terminaba una noche de placer.
Aquellos rostros pálidos, aquellos ojos á medio cerrar y velados por
anchas ojeras negras, aquellas pequeñas y entreabiertas bocas que daban
paso á una respiracion semejante á la del sueño, y aquella languidez de todo
el cuerpo, añadian nuevos encantos á nuestras hermosas compañeras; yo
sentia un peso suave sobre mi espalda, y me parecia mas cercana y mas
ardiente la Rosa, cuyo aroma iba pronto á dejar de respirar.
Tal es una trulla á caballo; son muchas las que recorren los campos, y
fuera de algun raro incidente, como el que le dejen á uno el caballo
desaparejado, ó el aparejo sin caballo, principian todas y concluyen del
mismo modo que empezó y acabó la de que he hablado arriba, crúzanse en
ellas y de sus resultas amores, zelos, pullas, chistes, riñas, amistades y
cuanto se cruza en el mundo siempre que, con cualquier pretesto, se reunen
muchas personas; con todo, es forzoso consignar aquí que, en general, los
efectos de esta costumbre son buenos y muy buenos; sin ella y otras
semejantes, nuestros campesinos no serian como son tan humana y
generosamente hospitalarios.
Las trullas de á pié se componen de jente pobre, que no por eso se
divierte menos; maraca en mano y tiple y carracho bajo del brazo,
caminan, leguas enteras saltando barrancos, vadeando rios y trepando
cerros, hasta que el sol les halla muchas veces á gran distancia de sus casas;
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pero esto no les importa: continuan su camino durante todo el dia y la noche
de Reyes, sin regresar de su peregrinacion hasta el que sigue á este último;
esto es, á los tres de haber abandonado sus Penates.
Dada la diferencia de educacion, es sabida la que puede haber entre las
escenas de estas trullas y las de á caballo: varian en los modales, las
espresiones, etc.; pero en la esencia lo mismo pasa en unas que en otras.
Los versos, que cantan en aquellas con música variada y que son á veces
buenos, en estas últimas guardan el mismo aire siempre, y se trasmiten de
padres á hijos sin alteracion en las palabras. Tal es el antiguo y muy sabido
estribillo.
Naranjas y limas
Limas y limones,
Mas vale la Virgen
Que todas las flores.
Los aguinaldos en la Capital estan muy lejos de tener el carácter original
que los del campo: hay tambien trullas que van á algunas casas; pero son,
como es fácil concebir, un remedo muy incompleto de aquellas agradables
caravanas. Un determinado número de personas sale por las calles pidiendo
aguinaldo; mas ¿acáso puede el eco de muchas voces reunidas producir el
mismo efecto en una calle ó dentro de una habitacion, que en el campo?
Unos cuantos amigos toman dulces, cerveza y otros licores, bailando
despues ó antes una ó dos contradanzas en una sala en que habian sido
recibidos aquel mismo y otros muchos dias; al salir se encuentran en la calle
por donde van á la oficina algunos de ellos, el canto del sereno les recuerda
la hora en que acostumbran irse á la cama, y si algunos pueden hablar con
libertad yendo de brazo con su cuya, otros hay que rabian porque tienen que
remolcar esa necesidad de nuestras reuniones, la mamá.
No me detendré en las felicitaciones de las bandas de la guarnicion á las
autoridades, y del sereno, alguacil, ahijados y otros que nombrarlos fuera
nunca acabar, á todo el que puede darles, no dulces ni cerveza; sino,
algunos realejos para celebrar los Santos Reyes, porque esto con distintos
motivos y en diversos dias del año pasa en muchos otros parajes, y no
merece llamarse costumbre de Puerto-Rico.
de Reyes, sin regresar de su peregrinacion hasta el que sigue á este último;
esto es, á los tres de haber abandonado sus Penates.
Dada la diferencia de educacion, es sabida la que puede haber entre las
escenas de estas trullas y las de á caballo: varian en los modales, las
espresiones, etc.; pero en la esencia lo mismo pasa en unas que en otras.
Los versos, que cantan en aquellas con música variada y que son á veces
buenos, en estas últimas guardan el mismo aire siempre, y se trasmiten de
padres á hijos sin alteracion en las palabras. Tal es el antiguo y muy sabido
estribillo.
Naranjas y limas
Limas y limones,
Mas vale la Virgen
Que todas las flores.
Los aguinaldos en la Capital estan muy lejos de tener el carácter original
que los del campo: hay tambien trullas que van á algunas casas; pero son,
como es fácil concebir, un remedo muy incompleto de aquellas agradables
caravanas. Un determinado número de personas sale por las calles pidiendo
aguinaldo; mas ¿acáso puede el eco de muchas voces reunidas producir el
mismo efecto en una calle ó dentro de una habitacion, que en el campo?
Unos cuantos amigos toman dulces, cerveza y otros licores, bailando
despues ó antes una ó dos contradanzas en una sala en que habian sido
recibidos aquel mismo y otros muchos dias; al salir se encuentran en la calle
por donde van á la oficina algunos de ellos, el canto del sereno les recuerda
la hora en que acostumbran irse á la cama, y si algunos pueden hablar con
libertad yendo de brazo con su cuya, otros hay que rabian porque tienen que
remolcar esa necesidad de nuestras reuniones, la mamá.
No me detendré en las felicitaciones de las bandas de la guarnicion á las
autoridades, y del sereno, alguacil, ahijados y otros que nombrarlos fuera
nunca acabar, á todo el que puede darles, no dulces ni cerveza; sino,
algunos realejos para celebrar los Santos Reyes, porque esto con distintos
motivos y en diversos dias del año pasa en muchos otros parajes, y no
merece llamarse costumbre de Puerto-Rico.
Page 106
Vamos pues á cuentas, querido lector; ya tienes un artículo bueno ó malo
sobre aguinaldos, uno mas que leerás tú, y uno menos que yo tengo que
escribir, si le esperabas mejor, hiciste mal y te llevas buen chasco; si peor,
me alegro mucho desde ahora, y sí ni lo uno ni lo otro, recíbelo tal cual es,
sin ecsigir que me devane los sesos dando vueltas á un asunto acerca del
que pienso lo que te dije al principio y repito ahora: los aguinaldos son de
aquellas costumbres que muy poco ó nada tienen que tildar, y mucho que
merece elogio.
sobre aguinaldos, uno mas que leerás tú, y uno menos que yo tengo que
escribir, si le esperabas mejor, hiciste mal y te llevas buen chasco; si peor,
me alegro mucho desde ahora, y sí ni lo uno ni lo otro, recíbelo tal cual es,
sin ecsigir que me devane los sesos dando vueltas á un asunto acerca del
que pienso lo que te dije al principio y repito ahora: los aguinaldos son de
aquellas costumbres que muy poco ó nada tienen que tildar, y mucho que
merece elogio.
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ESCENA XIII.
A MI RESPETABLE AMIGO
El Sr. D. Francisco Vasallo,
En contestacion á una carta suya[4].
[4] Publicada en el Cancionero de Borinquen.
A MI RESPETABLE AMIGO
El Sr. D. Francisco Vasallo,
En contestacion á una carta suya[4].
[4] Publicada en el Cancionero de Borinquen.
Page 108
MI muy Senoy D. Francisco
Vassallo, ey buen capitan
Dey finao regimiento
Que mentaban de Granáa:
Le contesto á lo divino,
Que es ey mejol contestay,
Á la cayta que á lo humano
Me escrebió usté dende ayá;
Y cuando la resebí
Jecho estaba un Barrabas,
Tendío patas arriba
Con una grande enfelmeá;
Que no era punta ë pasmo,
La peste, ni cosa tay,
Sino, asigun ijo ey Fístico,
Toita la sangre inflamáa.
Me ïrá que buen resueyo
Tengo pa busio, es beydá;
Usté peidone, buen biejo,
Que no sé que escusa day,
Sino que estube en la sierra
De Monseñ jasta poco ha.
En cuanto á aquey papelito
De sosio corresponsay,
Jarémos pol mereseyo
Á fueysa é trabajal,
Y onde no yegue ey sentío,
Yegará la boluntá.
Agora le jablo claro,
No se me baya á incomoal:
Jágame menos favoy,
Y jágase usté aygo mas,
Que de regañon pa bajo
Se trata sin cariá;
Y luego me saca aqueyo
De: Homo sum et nihil, y á mas,
Á me humani alienum puto.
Vassallo, ey buen capitan
Dey finao regimiento
Que mentaban de Granáa:
Le contesto á lo divino,
Que es ey mejol contestay,
Á la cayta que á lo humano
Me escrebió usté dende ayá;
Y cuando la resebí
Jecho estaba un Barrabas,
Tendío patas arriba
Con una grande enfelmeá;
Que no era punta ë pasmo,
La peste, ni cosa tay,
Sino, asigun ijo ey Fístico,
Toita la sangre inflamáa.
Me ïrá que buen resueyo
Tengo pa busio, es beydá;
Usté peidone, buen biejo,
Que no sé que escusa day,
Sino que estube en la sierra
De Monseñ jasta poco ha.
En cuanto á aquey papelito
De sosio corresponsay,
Jarémos pol mereseyo
Á fueysa é trabajal,
Y onde no yegue ey sentío,
Yegará la boluntá.
Agora le jablo claro,
No se me baya á incomoal:
Jágame menos favoy,
Y jágase usté aygo mas,
Que de regañon pa bajo
Se trata sin cariá;
Y luego me saca aqueyo
De: Homo sum et nihil, y á mas,
Á me humani alienum puto.
Page 109
Dejémonos de puteay,
Y de la cabesa ay rabo
Aprebéngase á miral
Cuanto baya con mi filma
Pol ese mundo á roday;
Polque uste tiene esperencia,
Que enseña mejoy que ná;
Y yo tabia soy muy nuebo
Y á la fuelsa he de jerray.
Y acá par entre los dos,
Se me asienta mucho mas
Que usté, que sabe mi aquey,
Me ïga: jisiste mal,
Que benga un siniquitate,
Y se ponga á beriguay
Si soy Cristiano, Judio,
Tuico, Mandinga, ó Cangá;
Polque esto quita la gana,
Y es capas de encocoray
Jasta ay mesmo susuncoyda
Que su pusiera á trobal;
Y aunque siempre es mi intension,
Á fe de gíbaro, honráa,
Esto los que me conocen
Lo saben, y nayde mas.
Sin lástima, boto á nayde,
No se me ponga á pensay
Que dambos á dos nos bimos
En un tiempo pol ayá;
Sino que soy como un potro
Que se comiensa á montal,
Que anque sea de buena casta
Lo que jase es tranguleay,
Jasta que un buen domaol
Lo saca de caliá.
Memorias á Doña Rosa,
Y á Rosita, y aemás
Y de la cabesa ay rabo
Aprebéngase á miral
Cuanto baya con mi filma
Pol ese mundo á roday;
Polque uste tiene esperencia,
Que enseña mejoy que ná;
Y yo tabia soy muy nuebo
Y á la fuelsa he de jerray.
Y acá par entre los dos,
Se me asienta mucho mas
Que usté, que sabe mi aquey,
Me ïga: jisiste mal,
Que benga un siniquitate,
Y se ponga á beriguay
Si soy Cristiano, Judio,
Tuico, Mandinga, ó Cangá;
Polque esto quita la gana,
Y es capas de encocoray
Jasta ay mesmo susuncoyda
Que su pusiera á trobal;
Y aunque siempre es mi intension,
Á fe de gíbaro, honráa,
Esto los que me conocen
Lo saben, y nayde mas.
Sin lástima, boto á nayde,
No se me ponga á pensay
Que dambos á dos nos bimos
En un tiempo pol ayá;
Sino que soy como un potro
Que se comiensa á montal,
Que anque sea de buena casta
Lo que jase es tranguleay,
Jasta que un buen domaol
Lo saca de caliá.
Memorias á Doña Rosa,
Y á Rosita, y aemás
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Un pelisquito á los nenes,
Y mande á su voluntá
Á este Gíbaro de Caguas
Que le apresia á no poel mas.
Y mande á su voluntá
Á este Gíbaro de Caguas
Que le apresia á no poel mas.
Page 111
ESCENA XIV.
UN DESENGAÑO.
I.
EN un lugar de mi patria, de cuyo nombre me acuerdo, mas no lo quiero
decir, vivian dos compadres, entre los cuales mediaban, además del
parentesco espiritual, las mas íntimas relaciones de amistad: mercader el
uno, y labrador el otro, habian logrado con su trabajo llegar á la clase de
personas notables de la poblacion; en la tienda del primero se reunia el
Juez, el Sr. Cura, el Comandante, el Médico; en una palabra, lo principal del
pueblo, y hablaban cada noche un par de horas, cuando no venian á
impedirlo algun espediente, administracion de sacramentos, asuntos del
servicio, enfermo, ó cosa de este jaez, ó cuando la inteligencia cordial de las
potencias no estaba interrumpida; cosa no muy difícil, y en ciertas
ocasiones muy frecuente.
Casados hacia algunos años con dos hermanas, tenian los compadres su
traviesa y robusta prole, que no era numerosa, pues que no pasaban de dos
los hijos de cada uno. Acercábanse estos á la edad en que era preciso
comenzara su enseñanza, y los padres habian discutido mas de una vez
sobre este punto, el unico quizá en que nunca pudieron convenir. Decia el
mercader que á los muchachos era preciso hacerles estudiar, y darles una
carrera que les pusiera al abrigo de los reveses de la fortuna, tal como la
Jurisprudencia ó la Medicina: y pretendia el labrador, que un padre no debia
enseñar á su hijo mas de lo que él mismo sabia, porque si con aquellos
UN DESENGAÑO.
I.
EN un lugar de mi patria, de cuyo nombre me acuerdo, mas no lo quiero
decir, vivian dos compadres, entre los cuales mediaban, además del
parentesco espiritual, las mas íntimas relaciones de amistad: mercader el
uno, y labrador el otro, habian logrado con su trabajo llegar á la clase de
personas notables de la poblacion; en la tienda del primero se reunia el
Juez, el Sr. Cura, el Comandante, el Médico; en una palabra, lo principal del
pueblo, y hablaban cada noche un par de horas, cuando no venian á
impedirlo algun espediente, administracion de sacramentos, asuntos del
servicio, enfermo, ó cosa de este jaez, ó cuando la inteligencia cordial de las
potencias no estaba interrumpida; cosa no muy difícil, y en ciertas
ocasiones muy frecuente.
Casados hacia algunos años con dos hermanas, tenian los compadres su
traviesa y robusta prole, que no era numerosa, pues que no pasaban de dos
los hijos de cada uno. Acercábanse estos á la edad en que era preciso
comenzara su enseñanza, y los padres habian discutido mas de una vez
sobre este punto, el unico quizá en que nunca pudieron convenir. Decia el
mercader que á los muchachos era preciso hacerles estudiar, y darles una
carrera que les pusiera al abrigo de los reveses de la fortuna, tal como la
Jurisprudencia ó la Medicina: y pretendia el labrador, que un padre no debia
enseñar á su hijo mas de lo que él mismo sabia, porque si con aquellos
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conocimientos pudo el primero reunir un capital, bastaban al segundo para
conservarlo.
En prueba de lo acertado de opiniones tan diversas alegaban cada uno por
su parte infinidad de razones, y no siempre lo hicieron con la calma
necesaria para no llegar á punto de agriarse y romper una intimidad útil á
entrambos. Una noche, en que se reunieron las personas de costumbre en la
tienda del mercader, recayó la conversacion sobre una escuela nuevamente
abierta en el pueblo; y de aquí tomaron hincapié los compadres para
atacarse mutuamente con la esperanza de convencerse. Eligieron por juez al
Sr. Cura, por testigos á los demás, y comenzó el mercader de este modo.
—Yo, Señores, tengo dos hijos, que quisiera, como es natural, que fueran
un modelo de honradez y saber, y quisiera además que vivieran siempre
felices: para lograr esto no perdonaré sacrificio, por costoso que me sea; y
como pienso que de ningun modo llegaré á alcanzarlo sino dándoles toda la
instruccion necesaria para hacer de ellos unos hombres de carrera, quiero
empezar por enviarlos á la escuela, con la firme resolucion de no parar
desde ahora hasta que el mayorcito sea abogado y el otro médico. Tal es mi
intencion, que creo muy recta y no dudo que merecerá el voto de Vds.
Entre las muchas razones que me han decidido á seguir este camino, es la
principal la seguridad que tengo de que dando á mis hijos una carrera, les
pongo á cubierto de las desgracias que pueden ocurrir á todo el que vive
con la renta de un patrimonio espuesto siempre á perderse. Satisface
tambien mi orgullo de padre la idea de que mis hijos lleguen un dia á
ocupar un puesto en la sociedad, que la modesta instruccion de sus
antepasados no les permitia ambicionar: en efecto, ¿qué hay mas grato para
un pobre anciano que oir por todas partes elogios del saber de sus hijos, ver
que se les cuenta en el número de las personas ilustradas, y encontrar una
madre que debe á uno de ellos la vida de su hijo ó á un inocente á quien
salvó el otro de un severo é inmerecido castigo? Bien cerca tenemos al hijo
de nuestro vecino D. Antonio: que diga este que está presente, sino se le
caia la baba el dia que le vió llegar de la Península, despues de diez años de
ausencia, hecho todo un hombre, y con toda su ciencia y sus barbas tan
cariñoso y tan complaciente con su padre; que diga lo que esperimentó el
dia que fuimos juntos á la Audiencia á oir como se esplicaba el nuevo
abogado: me parece que lo estoy viendo amarillo como la cera y
saliéndosele el corazon por la boca, hasta que el fuego del orador y la
conservarlo.
En prueba de lo acertado de opiniones tan diversas alegaban cada uno por
su parte infinidad de razones, y no siempre lo hicieron con la calma
necesaria para no llegar á punto de agriarse y romper una intimidad útil á
entrambos. Una noche, en que se reunieron las personas de costumbre en la
tienda del mercader, recayó la conversacion sobre una escuela nuevamente
abierta en el pueblo; y de aquí tomaron hincapié los compadres para
atacarse mutuamente con la esperanza de convencerse. Eligieron por juez al
Sr. Cura, por testigos á los demás, y comenzó el mercader de este modo.
—Yo, Señores, tengo dos hijos, que quisiera, como es natural, que fueran
un modelo de honradez y saber, y quisiera además que vivieran siempre
felices: para lograr esto no perdonaré sacrificio, por costoso que me sea; y
como pienso que de ningun modo llegaré á alcanzarlo sino dándoles toda la
instruccion necesaria para hacer de ellos unos hombres de carrera, quiero
empezar por enviarlos á la escuela, con la firme resolucion de no parar
desde ahora hasta que el mayorcito sea abogado y el otro médico. Tal es mi
intencion, que creo muy recta y no dudo que merecerá el voto de Vds.
Entre las muchas razones que me han decidido á seguir este camino, es la
principal la seguridad que tengo de que dando á mis hijos una carrera, les
pongo á cubierto de las desgracias que pueden ocurrir á todo el que vive
con la renta de un patrimonio espuesto siempre á perderse. Satisface
tambien mi orgullo de padre la idea de que mis hijos lleguen un dia á
ocupar un puesto en la sociedad, que la modesta instruccion de sus
antepasados no les permitia ambicionar: en efecto, ¿qué hay mas grato para
un pobre anciano que oir por todas partes elogios del saber de sus hijos, ver
que se les cuenta en el número de las personas ilustradas, y encontrar una
madre que debe á uno de ellos la vida de su hijo ó á un inocente á quien
salvó el otro de un severo é inmerecido castigo? Bien cerca tenemos al hijo
de nuestro vecino D. Antonio: que diga este que está presente, sino se le
caia la baba el dia que le vió llegar de la Península, despues de diez años de
ausencia, hecho todo un hombre, y con toda su ciencia y sus barbas tan
cariñoso y tan complaciente con su padre; que diga lo que esperimentó el
dia que fuimos juntos á la Audiencia á oir como se esplicaba el nuevo
abogado: me parece que lo estoy viendo amarillo como la cera y
saliéndosele el corazon por la boca, hasta que el fuego del orador y la
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admiracion del público y de los mismos jueces le convencieron de que su
hijo estaba haciendo una brillante defensa. Que diga, que diga por cuanto
no hubiera cambiado los momentos en que desde su rincon oia las
felicitaciones dirigidas á su hijo, y sobre todo aquel en que pudo estrecharle
contra su pecho vertiendo lágrimas de puro gozo. ¡Ah! por un momento
como aquel sacrificaria yo la mitad de mi vida; inútil es querer disuadirme
de mi propósito, cuanto se me diga no hará mas que afirmarme mas y mas
en él: no comprendo como mi compadre no se hace cargo de estas
reflecsiones, y encuentra salidas que apreciarán Vds. en lo poquísimo que
valen.
—Cualquiera que oiga á mi compadre, dijo el labrador, creerá que solo
por espíritu de oposicion, ó por falta de cariño á mis hijos, me opongo á su
modo de pensar; pero no es así, como verán Vds. por lo que voy á decirles.
Mi padre, que en esto era de mi mismo parecer, contestaba cuando yo le
pedia que me enviase á la escuela con los hijos de sus amigos: Zapatero, á
tus zapatos, queriendo darnos á entender que los labradores debíamos
aprender á trabajar la tierra, y no otras cosas que nos distrajesen de aquel
ejercicio útil, aunque penoso. Jamás fuí á la escuela, aprendí á leer y firmar
con un vecino nuestro los domingos despues de volver de misa, y los dias
no festivos los pasaba en el campo con los peones: mis juegos, despues de
concluido el trabajo, eran siempre inocentes y sin otra compañía que la de
los muchachos que se criaban en casa; el tayta se divertia mirándonos
retozar en el batey, y gozaba al verme crecer tan robusto y trabajador.
hijo estaba haciendo una brillante defensa. Que diga, que diga por cuanto
no hubiera cambiado los momentos en que desde su rincon oia las
felicitaciones dirigidas á su hijo, y sobre todo aquel en que pudo estrecharle
contra su pecho vertiendo lágrimas de puro gozo. ¡Ah! por un momento
como aquel sacrificaria yo la mitad de mi vida; inútil es querer disuadirme
de mi propósito, cuanto se me diga no hará mas que afirmarme mas y mas
en él: no comprendo como mi compadre no se hace cargo de estas
reflecsiones, y encuentra salidas que apreciarán Vds. en lo poquísimo que
valen.
—Cualquiera que oiga á mi compadre, dijo el labrador, creerá que solo
por espíritu de oposicion, ó por falta de cariño á mis hijos, me opongo á su
modo de pensar; pero no es así, como verán Vds. por lo que voy á decirles.
Mi padre, que en esto era de mi mismo parecer, contestaba cuando yo le
pedia que me enviase á la escuela con los hijos de sus amigos: Zapatero, á
tus zapatos, queriendo darnos á entender que los labradores debíamos
aprender á trabajar la tierra, y no otras cosas que nos distrajesen de aquel
ejercicio útil, aunque penoso. Jamás fuí á la escuela, aprendí á leer y firmar
con un vecino nuestro los domingos despues de volver de misa, y los dias
no festivos los pasaba en el campo con los peones: mis juegos, despues de
concluido el trabajo, eran siempre inocentes y sin otra compañía que la de
los muchachos que se criaban en casa; el tayta se divertia mirándonos
retozar en el batey, y gozaba al verme crecer tan robusto y trabajador.
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De esta suerte llegué á hombre, teniendo gran cariño á mi pueblo, porque
ni sabia, ni me importaba saber lo que pasaba en los demás; siendo muy
obediente á mi padre, porque nunca conocí otra ley que su voluntad, y
sabiendo despues conservar un capital, que un señorito educado de otra
suerte hubiera malbaratado en poco tiempo; sin haber impedido mi falta de
instruccion el que haya cumplido con varios cargos, como el de regidor, que
ahora desempeño á satisfaccion de todo el pueblo.
¿Qué hubiera sucedido si mi padre me hubiera hecho estudiar para
médico ó abogado? Que si no hubiera tenido pleitos ó enfermos, lo que
muchas veces sucede, por mas que se sepa, me hubiera ido comiendo mi
caudal, y sabe Dios como me encontraria ahora. Verdad es que no sé poner
bien un escrito, que si tuviera que hablar al General ó al Obispo, lo haria
muy mal, porque en mi vida las he visto mas gordas; pero en cambio sé
trabajar, y entiendo lo bastante para gobernar mi casa.
No me vengan con muchachos que á los doce años saben mas que su
padre á los cincuenta, que esplican en un momento como está toda la tierra,
y que hablan tan bien como un predicador; pregúntenles Vds. si saben de
que clase es el terreno de su estancia; qué hay que hacer para sembrar y
cosechar una tala, y miren si sus manos de mujer podrán nunca manejar la
reja del arado. Frescos estaríamos si los labradores fueran de esa clase de
ni sabia, ni me importaba saber lo que pasaba en los demás; siendo muy
obediente á mi padre, porque nunca conocí otra ley que su voluntad, y
sabiendo despues conservar un capital, que un señorito educado de otra
suerte hubiera malbaratado en poco tiempo; sin haber impedido mi falta de
instruccion el que haya cumplido con varios cargos, como el de regidor, que
ahora desempeño á satisfaccion de todo el pueblo.
¿Qué hubiera sucedido si mi padre me hubiera hecho estudiar para
médico ó abogado? Que si no hubiera tenido pleitos ó enfermos, lo que
muchas veces sucede, por mas que se sepa, me hubiera ido comiendo mi
caudal, y sabe Dios como me encontraria ahora. Verdad es que no sé poner
bien un escrito, que si tuviera que hablar al General ó al Obispo, lo haria
muy mal, porque en mi vida las he visto mas gordas; pero en cambio sé
trabajar, y entiendo lo bastante para gobernar mi casa.
No me vengan con muchachos que á los doce años saben mas que su
padre á los cincuenta, que esplican en un momento como está toda la tierra,
y que hablan tan bien como un predicador; pregúntenles Vds. si saben de
que clase es el terreno de su estancia; qué hay que hacer para sembrar y
cosechar una tala, y miren si sus manos de mujer podrán nunca manejar la
reja del arado. Frescos estaríamos si los labradores fueran de esa clase de
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señores; no hay duda que ayunaríamos todo el año. Nada, nada, yo quiero
que mis hijos sigan el mismo camino que yo, que aprendan á trabajar, que el
oficio de caballero es mucho mas fácil, y que no se rian de mí porque sepan
mas de lo que yo alcanzo.
Díganme Vds. si despues de haberme escuchado se ha desvanecido toda
aquella tramolla de mi compadre, que no parece estar satisfecho, pues que
le veo sonreir. Vamos, Señor cura, ¿cuál de los dos tiene razon? Aguardo
con impaciencia el que V. hable para ver como convence á ese hombre, que
tiene la cabeza mas dura que un granadillo.
—Señores, dijo el Sacerdote, á mi entender los dos estan animados del
mejor deseo, en los dos se conoce el cuidado de un buen padre por el
porvenir de sus hijos, y no puedo menos que felicitar á entrambos por ese
anhelo santo y noble que manifiestan; sin embargo, espero aprovecharán
algunas observaciones que les haré en obsequio de esos mismos hijos que
tanto aman, y en cumplimiento de un deber que me impone mi carácter de
guia y pastor de mis feligreses: observaciones que son el fruto de la
esperiencia de no pocos años empleados en predicar el Evangelio en
diversas regiones de la tierra y de algunos estudios hechos con el fin de ser
útil á mi rebaño.
Ante todo he notado que al hablar de la felicidad, decia el uno que
consistia en el mayor grado de instruccion, y el otro en no tener mas de la
que recibieron nuestros padres; esto no es ecsacto en ninguna manera, pues
todos los dias vemos en las dos clases hombres muy desgraciados, al lado
de otros que se creen muy dichosos. La tranquilidad de la conciencia es la
única dicha de esta vida, el hombre que puede acostarse por la noche
diciendo: «en todo el dia no he hecho nada de que deba avergonzarme ante
los ojos de Dios, que estan ahora fijos sobre mí,» aquel es el hombre feliz, y
como esto nos lo enseña el Evangelio, es preciso ante todo conocer sus
preceptos, siempre sublimes, siempre divinos, siempre en armonía con
nuestro ser: de aquí la necesidad de una buena educacion moral que sirva de
base á todas las demás; mientras se olvide esta, puede un hombre ser rico,
sabio, poderoso; pero nunca feliz.
que mis hijos sigan el mismo camino que yo, que aprendan á trabajar, que el
oficio de caballero es mucho mas fácil, y que no se rian de mí porque sepan
mas de lo que yo alcanzo.
Díganme Vds. si despues de haberme escuchado se ha desvanecido toda
aquella tramolla de mi compadre, que no parece estar satisfecho, pues que
le veo sonreir. Vamos, Señor cura, ¿cuál de los dos tiene razon? Aguardo
con impaciencia el que V. hable para ver como convence á ese hombre, que
tiene la cabeza mas dura que un granadillo.
—Señores, dijo el Sacerdote, á mi entender los dos estan animados del
mejor deseo, en los dos se conoce el cuidado de un buen padre por el
porvenir de sus hijos, y no puedo menos que felicitar á entrambos por ese
anhelo santo y noble que manifiestan; sin embargo, espero aprovecharán
algunas observaciones que les haré en obsequio de esos mismos hijos que
tanto aman, y en cumplimiento de un deber que me impone mi carácter de
guia y pastor de mis feligreses: observaciones que son el fruto de la
esperiencia de no pocos años empleados en predicar el Evangelio en
diversas regiones de la tierra y de algunos estudios hechos con el fin de ser
útil á mi rebaño.
Ante todo he notado que al hablar de la felicidad, decia el uno que
consistia en el mayor grado de instruccion, y el otro en no tener mas de la
que recibieron nuestros padres; esto no es ecsacto en ninguna manera, pues
todos los dias vemos en las dos clases hombres muy desgraciados, al lado
de otros que se creen muy dichosos. La tranquilidad de la conciencia es la
única dicha de esta vida, el hombre que puede acostarse por la noche
diciendo: «en todo el dia no he hecho nada de que deba avergonzarme ante
los ojos de Dios, que estan ahora fijos sobre mí,» aquel es el hombre feliz, y
como esto nos lo enseña el Evangelio, es preciso ante todo conocer sus
preceptos, siempre sublimes, siempre divinos, siempre en armonía con
nuestro ser: de aquí la necesidad de una buena educacion moral que sirva de
base á todas las demás; mientras se olvide esta, puede un hombre ser rico,
sabio, poderoso; pero nunca feliz.
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Debe no descuidarse tampoco la educacion física, que dá á nuestro
cuerpo el vigor necesario á la practica de las virtudes, y que alargando
nuestra ecsistencia, alarga tambien el tiempo que podemos emplear en
honra de Dios y ayuda de nuestros semejantes; un alma grande no puede á
veces mostrarse tal por la flaqueza del cuerpo. ¿Cómo podria la Religion
estenderse desde los hielos del polo hasta el fuego de los trópicos sin
hombres llenos de fé y al mismo tiempo capaces de resistir al rigor de tan
opuestos climas? Pero dejemos estas dos clases de educacion, de que nada
han dicho los Sres., y pasemos á la intelectual, que parece ser su caballo de
batalla, y tampoco han sido mis amigos muy ecsactos al apreciarla, pues
que el uno la rechaza completamente, y el otro la reduce á los estrechos
límites de las carreras científicas; examinemos las razones de uno y otro por
el mismo órden en que las han espuesto.
Resalta en lo dicho por el primero el error trascendental de querer
imponer á dos niños que apenas tienen uso de razon la pesadísima carga de
una profesion elegida por su padre antes de la época en que pudieran ellos
inclinarse á alguna que fuese de su gusto; error muy grave, que inutilizaria
las mejores disposiciones que quizá tengan para otros ramos del saber, y
que haria un médico ó un abogado medianos cuando mas, del que debió ser
un gran agricultor ó ingeniero. Dése á un niño la enseñanza primaria, y
cuerpo el vigor necesario á la practica de las virtudes, y que alargando
nuestra ecsistencia, alarga tambien el tiempo que podemos emplear en
honra de Dios y ayuda de nuestros semejantes; un alma grande no puede á
veces mostrarse tal por la flaqueza del cuerpo. ¿Cómo podria la Religion
estenderse desde los hielos del polo hasta el fuego de los trópicos sin
hombres llenos de fé y al mismo tiempo capaces de resistir al rigor de tan
opuestos climas? Pero dejemos estas dos clases de educacion, de que nada
han dicho los Sres., y pasemos á la intelectual, que parece ser su caballo de
batalla, y tampoco han sido mis amigos muy ecsactos al apreciarla, pues
que el uno la rechaza completamente, y el otro la reduce á los estrechos
límites de las carreras científicas; examinemos las razones de uno y otro por
el mismo órden en que las han espuesto.
Resalta en lo dicho por el primero el error trascendental de querer
imponer á dos niños que apenas tienen uso de razon la pesadísima carga de
una profesion elegida por su padre antes de la época en que pudieran ellos
inclinarse á alguna que fuese de su gusto; error muy grave, que inutilizaria
las mejores disposiciones que quizá tengan para otros ramos del saber, y
que haria un médico ó un abogado medianos cuando mas, del que debió ser
un gran agricultor ó ingeniero. Dése á un niño la enseñanza primaria, y
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mientras la recibe obsérvense atenta y cuidadosamente sus acciones,
márquense bien los rasgos de su carácter, y no tardará en conocerse su
inclinacion. A esto puede argüirse, que no todos los padres tienen la
penetracion y conocimientos necesarios para hacer este delicado ecsámen:
enhorabuena; pero ¿acáso falta á quien consultar en este caso? ¿No hay un
cura en la poblacion que repita las palabras del Redentor, dejad que los
niños se acerquen á mi? Y ¿acercándose estos para oir de la boca del pastor
la doctrina del divino Maestro, podrán ocultar por mucho tiempo sus
nacientes virtudes ó flaquezas al que emplea su vida en alentar las primeras
y corregir perdonando las segundas? Consúltese á un amigo en quien se
reconozca superioridad, mas nunca se imponga, á costa de penosos
sacrificios, un deber á aquel que no pudo aceptarlo. La celebridad no se
adquiere por el rango de la profesion, sino por la altura á que llega el
hombre en cualquiera de ellas: el nombre de algunos modestos artesanos á
pasado á la posteridad, mientras ha perecido, ó mejor nunca vivió, el de
muchos Doctores y Licenciados.
Envidiable es la dicha de un padre que ve honradas sus canas con la
buena reputacion de su hijo, y hasta cierto punto seria disculpable en él el
sentimiento de orgullo de que se halla poseido, sino hubiera espuesto á un
estravío los talentos de ese mismo hijo que tanto le complace ver brillar: en
una palabra; el hijo debe elegir y el padre guiar, y nada mas que guiar.
La idea de que la instruccion no debe adelantar en una familia, sino
trasmitirse igual de unos en otros descendientes, es fatal para los mismos, y
márquense bien los rasgos de su carácter, y no tardará en conocerse su
inclinacion. A esto puede argüirse, que no todos los padres tienen la
penetracion y conocimientos necesarios para hacer este delicado ecsámen:
enhorabuena; pero ¿acáso falta á quien consultar en este caso? ¿No hay un
cura en la poblacion que repita las palabras del Redentor, dejad que los
niños se acerquen á mi? Y ¿acercándose estos para oir de la boca del pastor
la doctrina del divino Maestro, podrán ocultar por mucho tiempo sus
nacientes virtudes ó flaquezas al que emplea su vida en alentar las primeras
y corregir perdonando las segundas? Consúltese á un amigo en quien se
reconozca superioridad, mas nunca se imponga, á costa de penosos
sacrificios, un deber á aquel que no pudo aceptarlo. La celebridad no se
adquiere por el rango de la profesion, sino por la altura á que llega el
hombre en cualquiera de ellas: el nombre de algunos modestos artesanos á
pasado á la posteridad, mientras ha perecido, ó mejor nunca vivió, el de
muchos Doctores y Licenciados.
Envidiable es la dicha de un padre que ve honradas sus canas con la
buena reputacion de su hijo, y hasta cierto punto seria disculpable en él el
sentimiento de orgullo de que se halla poseido, sino hubiera espuesto á un
estravío los talentos de ese mismo hijo que tanto le complace ver brillar: en
una palabra; el hijo debe elegir y el padre guiar, y nada mas que guiar.
La idea de que la instruccion no debe adelantar en una familia, sino
trasmitirse igual de unos en otros descendientes, es fatal para los mismos, y
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aun mas para el país; hace algunos años que bastaba saber muy poco para
vivir y hacerse rico; ¿sucederá lo mismo en adelante? No por cierto, y voy á
demostrarlo.
Hace treinta ó cuarenta años que las necesidades eran infinitamente
menores que en el dia: bastaban á un propietario una chaqueta y unos
zapatos para ir completamente equipado; un vestido de sarasa era un
vestido de baile, unos pendientes se heredaban, y una mantilla duraba toda
la vida: aumentóse la poblacion, se repartió mas la propiedad, abriéronse
caminos, y todo cambió de aspecto; el hacendado que ganaba treinta y
gastaba diez, se vió obligado á gastar cuarenta, y necesariamente se arruinó,
ó tuvo que recurrir á nuevos medios de cultivar y elaborar los frutos de su
hacienda; y aquí tienen Vds. porque antes era una gran cosa el tener un
trapiche de tambor movido por bueyes, y ahora vemos en la Isla emplearse
hasta el vapor en los ingenios de azúcar. Los adelantos de este ramo de la
agricultura alcanzarán en breve á todos los demás, y llegarémos á ver que se
emplean para la cosecha del café, algodon, etc. medios que se comienzan ya
á ensayar con buen écsito: el que conozca y sepa utilizar estos medios
tendrá sobre el que ignore su ecsistencia ó los crea inútiles, la ventaja de
obtener mejores resultados en menos tiempo y con menor trabajo; de lo cual
resulta que la agricultura, en vez de ser rutinaria, será, como debe ser, un
ejercicio noble y que requiera su instruccion particular.
Ocúrrense desde luego las preguntas siguientes, que puede hacer un
labrador: ¿Y dónde recibirán los jóvenes esa instruccion sin apartarlos de
nuestro lado? ¿Todos los labradores debemos desterrar á nuestros hijos por
cierto número de años, para que vuelvan despues llenos de teorías y sin la
costumbre del trabajo? La contestacion es siguiente: si los labradores
supieran leer tendrian aficion á la lectura, y leyendo hubieran hallado el
modo de salvar esos inconvenientes. No hay escuelas de agricultura en el
país, es cierto: y ¿porqué no las hay? porque los labradores, contentándose
con saber gobernar á su manera su casa y reduciéndose á su pueblo sin
cuidarse de lo que pasa en los demás, han fomentado el egoismo, que es la
muerte de todo progreso; porque, encerrados en tan estrechos límites, no
han pensado en reunirse á los comerciantes y á los industriales y artesanos
para pedir al Gobierno la creacion de establecimientos de esta clase de
enseñanzas, muy mas útiles al país que la rutina, que con algunas
escepciones, es la pauta que en él se sigue todavía.
vivir y hacerse rico; ¿sucederá lo mismo en adelante? No por cierto, y voy á
demostrarlo.
Hace treinta ó cuarenta años que las necesidades eran infinitamente
menores que en el dia: bastaban á un propietario una chaqueta y unos
zapatos para ir completamente equipado; un vestido de sarasa era un
vestido de baile, unos pendientes se heredaban, y una mantilla duraba toda
la vida: aumentóse la poblacion, se repartió mas la propiedad, abriéronse
caminos, y todo cambió de aspecto; el hacendado que ganaba treinta y
gastaba diez, se vió obligado á gastar cuarenta, y necesariamente se arruinó,
ó tuvo que recurrir á nuevos medios de cultivar y elaborar los frutos de su
hacienda; y aquí tienen Vds. porque antes era una gran cosa el tener un
trapiche de tambor movido por bueyes, y ahora vemos en la Isla emplearse
hasta el vapor en los ingenios de azúcar. Los adelantos de este ramo de la
agricultura alcanzarán en breve á todos los demás, y llegarémos á ver que se
emplean para la cosecha del café, algodon, etc. medios que se comienzan ya
á ensayar con buen écsito: el que conozca y sepa utilizar estos medios
tendrá sobre el que ignore su ecsistencia ó los crea inútiles, la ventaja de
obtener mejores resultados en menos tiempo y con menor trabajo; de lo cual
resulta que la agricultura, en vez de ser rutinaria, será, como debe ser, un
ejercicio noble y que requiera su instruccion particular.
Ocúrrense desde luego las preguntas siguientes, que puede hacer un
labrador: ¿Y dónde recibirán los jóvenes esa instruccion sin apartarlos de
nuestro lado? ¿Todos los labradores debemos desterrar á nuestros hijos por
cierto número de años, para que vuelvan despues llenos de teorías y sin la
costumbre del trabajo? La contestacion es siguiente: si los labradores
supieran leer tendrian aficion á la lectura, y leyendo hubieran hallado el
modo de salvar esos inconvenientes. No hay escuelas de agricultura en el
país, es cierto: y ¿porqué no las hay? porque los labradores, contentándose
con saber gobernar á su manera su casa y reduciéndose á su pueblo sin
cuidarse de lo que pasa en los demás, han fomentado el egoismo, que es la
muerte de todo progreso; porque, encerrados en tan estrechos límites, no
han pensado en reunirse á los comerciantes y á los industriales y artesanos
para pedir al Gobierno la creacion de establecimientos de esta clase de
enseñanzas, muy mas útiles al país que la rutina, que con algunas
escepciones, es la pauta que en él se sigue todavía.
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No teman los padres que sus hijos les tengan en menos siendo mas
instruidos; no se descuide la educacion moral, y los conocimientos
adquiridos despues y fundados en ella formarán hombres útiles á su patria,
y que siempre bendigan al autor de sus dias. En resúmen no olvidar jamás
un padre cuando piense en sus hijos estas palabras:
Educacion moral.
Educacion física.
Educacion intelectual.
Libertad en la eleccion de carrera.
Igualdad de las profesiones respecto de su utilidad.
Vigilancia continua, sobre todo en los primeros pasos de la juventud.
Firmeza y abnegacion.
instruidos; no se descuide la educacion moral, y los conocimientos
adquiridos despues y fundados en ella formarán hombres útiles á su patria,
y que siempre bendigan al autor de sus dias. En resúmen no olvidar jamás
un padre cuando piense en sus hijos estas palabras:
Educacion moral.
Educacion física.
Educacion intelectual.
Libertad en la eleccion de carrera.
Igualdad de las profesiones respecto de su utilidad.
Vigilancia continua, sobre todo en los primeros pasos de la juventud.
Firmeza y abnegacion.
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—Señor Cura, dijo el Mercader, ¡cuánto me alegro de haber oido á V.!
desde ahora me pongo en sus manos y le confio el porvenir de mis hijos.
—Pues yo, añadió el labrador, me mantengo en mis trece sin que sea
ofender á nadie.
—Nada de eso; otro dia veré si logro convencer á V. que por hoy harto he
logrado, y cuando no, no será culpa de mi voluntad, sino de mi poco saber.
Despidiéronse, y cada uno se retiró á su casa, pensando en lo que habia
dicho el prudente sacerdote.
II.
Pasaron veinte años con la rapidez que pasan en nuestra vida; la tienda
del mercader no era ya un espacio reducido, con aparador mezquino, y
mostrador comparable con él, como cuando la conferencia de los dos
compadres y el Sr. Cura; sino un lujoso y completo depósito de toda clase
de géneros, junto al cual habia grandes almacenes de granos y azúcar: cinco
dependientes no bastaban para desempeñar el trabajo diario, y muchas
veces no salian del escritorio hasta entrada la noche; un jóven de veinte y
seis años, vestido con camisa de fina tela, pantalon blanco y chaqueta del
mismo color, estaba repasando á la luz de un velon puesto sobre su pupitre
la factura de un cargamento, que habia llegado aquel dia en un buque de la
casa, y un anciano lo miraba sonriéndose de cuando en cuando, con una
espresion de cariño y complacencia imposibles de pintar; paseábase
procurando hacer el menor ruido posible á fin de no distraer al jóven, y
deteníase á veces cerca de él como aguardando á que concluyera para
decirle alguna cosa. Por último llegó este al término de su lectura, tomó
algunas notas, guardó los papeles que tenia en la mano dentro de un cajon,
y se dirigió al anciano, que dándole una palmadita en el hombro le dijo:
—Vamos, hijo: has empezado hoy á trabajar á las cinco de la mañana, y
concluyes á las ocho de la noche sin haber tenido apenas tiempo de comer:
eso es demasiado.
—Tanto mejor, así descanso ahora con mas gusto: ¡si supiera V. el
negocio que hemos hecho hoy! ¿A qué no acierta V. cuanto nos vale?
desde ahora me pongo en sus manos y le confio el porvenir de mis hijos.
—Pues yo, añadió el labrador, me mantengo en mis trece sin que sea
ofender á nadie.
—Nada de eso; otro dia veré si logro convencer á V. que por hoy harto he
logrado, y cuando no, no será culpa de mi voluntad, sino de mi poco saber.
Despidiéronse, y cada uno se retiró á su casa, pensando en lo que habia
dicho el prudente sacerdote.
II.
Pasaron veinte años con la rapidez que pasan en nuestra vida; la tienda
del mercader no era ya un espacio reducido, con aparador mezquino, y
mostrador comparable con él, como cuando la conferencia de los dos
compadres y el Sr. Cura; sino un lujoso y completo depósito de toda clase
de géneros, junto al cual habia grandes almacenes de granos y azúcar: cinco
dependientes no bastaban para desempeñar el trabajo diario, y muchas
veces no salian del escritorio hasta entrada la noche; un jóven de veinte y
seis años, vestido con camisa de fina tela, pantalon blanco y chaqueta del
mismo color, estaba repasando á la luz de un velon puesto sobre su pupitre
la factura de un cargamento, que habia llegado aquel dia en un buque de la
casa, y un anciano lo miraba sonriéndose de cuando en cuando, con una
espresion de cariño y complacencia imposibles de pintar; paseábase
procurando hacer el menor ruido posible á fin de no distraer al jóven, y
deteníase á veces cerca de él como aguardando á que concluyera para
decirle alguna cosa. Por último llegó este al término de su lectura, tomó
algunas notas, guardó los papeles que tenia en la mano dentro de un cajon,
y se dirigió al anciano, que dándole una palmadita en el hombro le dijo:
—Vamos, hijo: has empezado hoy á trabajar á las cinco de la mañana, y
concluyes á las ocho de la noche sin haber tenido apenas tiempo de comer:
eso es demasiado.
—Tanto mejor, así descanso ahora con mas gusto: ¡si supiera V. el
negocio que hemos hecho hoy! ¿A qué no acierta V. cuanto nos vale?
Page 121
—¡Que sé yo, hijo mio! ya no me atrevo á echar cálculos de esta clase,
desde que me pasó aquel chasco cuando quise pronosticar lo que nos
valdria el negocio de la casa de Hamburgo.
—Efectivamente, no se equivocó V. mucho.
—No ¡friolera!, contestó el anciano riendo, dije que ganaríamos
seiscientos pesos, y ganamos, segun me habias asegurado antes, once mil;
pero dejémonos de cálculos, que bastantes tienes tú que hacer cada dia, y
hablemos de otra cosa. ¿Ha venido el Sr. cura? porque yo he pasado toda la
tarde fuera cumpliendo con la obligacion de pasearme que tú me has
impuesto.
—No señor, no ha venido: y á propósito de obligaciones, ¿sabe V., señor
desobediente, que tengo que echarle un regaño? ¿Cómo es que ayer se me
fué V. al desembarcadero?
—Hombre, eso es muy sencillo; habia que llevar un recado á los que
descargaban la fragata, y los dependientes estaban todos ocupados; con que
cogí mi sombrero y me fuí paseando hasta allá.
—Muy bien, se fué V. paseando al medio dia y con un sol que derretia las
piedras hasta la playa que hay mas de un cuarto de legua.
—Eso no me hace nada.
—Pues á mí mucho, porque es faltar á nuestros tratados, y ya sabe V. lo
inflecsible que soy en este punto. ¿No tiene V. bastante trabajo en cuidar de
su jardin?
—Sí un trabajo ímprobo; se me antojó decir un dia que me gustaban
mucho las flores, y ¿qué hiciste? encargas á los corresponsales, que tienes
en las cuatro partes del mundo, un millon de plantas diversas; viene luego
tu hermano, que es tan perillan como tú, y en un abrir y cerrar de ojos
convierte el corral en un paraíso, donde paso dos ó tres horas cada mañana
tronchando flores, porque no hay ni una yerba que arrancar, tal es el
cuidado del jardinero.
En este momento llegó el Sr. Cura, apoyado en un grueso baston,
adminículo que le era ya preciso, pues llevaba veinte años sobre los
cincuenta que tenia cuando tan buenos consejos habia dado á los dos
compadres: el mercader los siguió conforme ofreciera en aquella época, y
desde que me pasó aquel chasco cuando quise pronosticar lo que nos
valdria el negocio de la casa de Hamburgo.
—Efectivamente, no se equivocó V. mucho.
—No ¡friolera!, contestó el anciano riendo, dije que ganaríamos
seiscientos pesos, y ganamos, segun me habias asegurado antes, once mil;
pero dejémonos de cálculos, que bastantes tienes tú que hacer cada dia, y
hablemos de otra cosa. ¿Ha venido el Sr. cura? porque yo he pasado toda la
tarde fuera cumpliendo con la obligacion de pasearme que tú me has
impuesto.
—No señor, no ha venido: y á propósito de obligaciones, ¿sabe V., señor
desobediente, que tengo que echarle un regaño? ¿Cómo es que ayer se me
fué V. al desembarcadero?
—Hombre, eso es muy sencillo; habia que llevar un recado á los que
descargaban la fragata, y los dependientes estaban todos ocupados; con que
cogí mi sombrero y me fuí paseando hasta allá.
—Muy bien, se fué V. paseando al medio dia y con un sol que derretia las
piedras hasta la playa que hay mas de un cuarto de legua.
—Eso no me hace nada.
—Pues á mí mucho, porque es faltar á nuestros tratados, y ya sabe V. lo
inflecsible que soy en este punto. ¿No tiene V. bastante trabajo en cuidar de
su jardin?
—Sí un trabajo ímprobo; se me antojó decir un dia que me gustaban
mucho las flores, y ¿qué hiciste? encargas á los corresponsales, que tienes
en las cuatro partes del mundo, un millon de plantas diversas; viene luego
tu hermano, que es tan perillan como tú, y en un abrir y cerrar de ojos
convierte el corral en un paraíso, donde paso dos ó tres horas cada mañana
tronchando flores, porque no hay ni una yerba que arrancar, tal es el
cuidado del jardinero.
En este momento llegó el Sr. Cura, apoyado en un grueso baston,
adminículo que le era ya preciso, pues llevaba veinte años sobre los
cincuenta que tenia cuando tan buenos consejos habia dado á los dos
compadres: el mercader los siguió conforme ofreciera en aquella época, y
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no tuvo motivo de arrepentirse, pues los dos niños de entonces eran el
comerciante rico que conoce el lector, y el hacendado que habia dirigido la
obra del jardin. Apenas pasaron entre los tres los cumplimientos de estilo,
llegó el labrador á quien no pudieron convencer las razones del buen
Sacerdote. Venia cabizbajo, y su rostro espresaba un acerbo dolor.
—¡Ah! Señor Cura! ¡Cuánto deseaba hallar á V. para que me consolara!
¡Vengo loco... creo que mi cabeza se trastorna!
—Vamos á mi casa, y allí veremos si puede dar á V. un consuelo este
pobre viejo, que ya pertenece mas al otro que á este mundo.
—No se moleste V. señor Cura; lo que tengo que decir no es un secreto
para mi compadre y mi ahijado, ¡Oh! añadió lo que á mi me pasa no es mas
que un castigo del cielo por haber desoido la voz de un ministro del
Altísimo ¡Qué desgraciado soy!
¿Recuerdan Vds., continuó dirigiéndose al señor Cura y al otro anciano,
lo que pasó en este mismo lugar hace veinte años? Yo, terco é imbécil, me
reí de mi compadre que dió á sus hijos una enseñanza acomodada á su
inclinacion, y dejé á los mios en la mas completa ignorancia: aquellos son
la envidia de todo el pueblo, y yo no recibo sino pesares, que acabarán
pronto con mi vida: mis hijos no se acompañan con personas decentes,
porque dicen que todos se les rien en la cara; no trabajan en el campo,
alegando que se revientan y no ganan un maravedí; al paso que nuestro
vecino, el hijo de mi compadre, con quien estan reñidos sin motivo, gana
cuanto quiere, sin molestarse, porque labra la tierra de un modo que ellos
ignoran; se entregan al juego y á otros vicios, que les enseñan sus malas
compañías; cuando pretendo reprenderles, me contestan que yo tengo la
culpa, porque no les enseñé á trabajar de un modo que no tuvieran que
matarse; y si les digo que imiten la conducta de mi ahijado y de su
hermano, me responden que eso será cuando yo imite la de mi compadre y
no crie hijos tan rústicos como ellos.
comerciante rico que conoce el lector, y el hacendado que habia dirigido la
obra del jardin. Apenas pasaron entre los tres los cumplimientos de estilo,
llegó el labrador á quien no pudieron convencer las razones del buen
Sacerdote. Venia cabizbajo, y su rostro espresaba un acerbo dolor.
—¡Ah! Señor Cura! ¡Cuánto deseaba hallar á V. para que me consolara!
¡Vengo loco... creo que mi cabeza se trastorna!
—Vamos á mi casa, y allí veremos si puede dar á V. un consuelo este
pobre viejo, que ya pertenece mas al otro que á este mundo.
—No se moleste V. señor Cura; lo que tengo que decir no es un secreto
para mi compadre y mi ahijado, ¡Oh! añadió lo que á mi me pasa no es mas
que un castigo del cielo por haber desoido la voz de un ministro del
Altísimo ¡Qué desgraciado soy!
¿Recuerdan Vds., continuó dirigiéndose al señor Cura y al otro anciano,
lo que pasó en este mismo lugar hace veinte años? Yo, terco é imbécil, me
reí de mi compadre que dió á sus hijos una enseñanza acomodada á su
inclinacion, y dejé á los mios en la mas completa ignorancia: aquellos son
la envidia de todo el pueblo, y yo no recibo sino pesares, que acabarán
pronto con mi vida: mis hijos no se acompañan con personas decentes,
porque dicen que todos se les rien en la cara; no trabajan en el campo,
alegando que se revientan y no ganan un maravedí; al paso que nuestro
vecino, el hijo de mi compadre, con quien estan reñidos sin motivo, gana
cuanto quiere, sin molestarse, porque labra la tierra de un modo que ellos
ignoran; se entregan al juego y á otros vicios, que les enseñan sus malas
compañías; cuando pretendo reprenderles, me contestan que yo tengo la
culpa, porque no les enseñé á trabajar de un modo que no tuvieran que
matarse; y si les digo que imiten la conducta de mi ahijado y de su
hermano, me responden que eso será cuando yo imite la de mi compadre y
no crie hijos tan rústicos como ellos.
Page 123
Esta tarde misma he tenido en casa una escena terrible: me trajeron al
menor de ellos de una casa de juego, donde habia tenido una disputa, con
una grande herida en la cabeza; y el otro me dijo hecho una furia, cuando
yo estaba lleno de mortal congoja: V. responderá á Dios si mi hermano
muere, y yo me iré de mi tierra, á servir de soldado en un país donde me
maten pronto de un balazo para acabar con una vida que me es
insoportable... ¡Qué haré, Dios mio, qué haré! Las palabras de mi hijo, que
me acusa de haber causado la desgracia y quizá la muerte de su hermano,
me desgarran el alma. ¿A quién acudir en tal conflicto?
—A la Religion, que cura todos los males del alma, dijo el sacerdote con
acento sublime. Voy á mi casa y dentro de una hora estaré en la de V.
¿Encontraré allí á su hijo mayor?
—Sí señor; porque no se mueve del lado del herido, y llora y se
desespera tanto como yo.
menor de ellos de una casa de juego, donde habia tenido una disputa, con
una grande herida en la cabeza; y el otro me dijo hecho una furia, cuando
yo estaba lleno de mortal congoja: V. responderá á Dios si mi hermano
muere, y yo me iré de mi tierra, á servir de soldado en un país donde me
maten pronto de un balazo para acabar con una vida que me es
insoportable... ¡Qué haré, Dios mio, qué haré! Las palabras de mi hijo, que
me acusa de haber causado la desgracia y quizá la muerte de su hermano,
me desgarran el alma. ¿A quién acudir en tal conflicto?
—A la Religion, que cura todos los males del alma, dijo el sacerdote con
acento sublime. Voy á mi casa y dentro de una hora estaré en la de V.
¿Encontraré allí á su hijo mayor?
—Sí señor; porque no se mueve del lado del herido, y llora y se
desespera tanto como yo.
Page 124
—Bien, iré; y con la ayuda de Dios daré otra direccion á las inclinaciones
de aquellas almas excelentes aunque algo viciadas.
—¡Ojalá no sea demasiado tarde, esclamó el padre infeliz y cayó
desmayado en una silla!
de aquellas almas excelentes aunque algo viciadas.
—¡Ojalá no sea demasiado tarde, esclamó el padre infeliz y cayó
desmayado en una silla!
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ESCENA XV.
Á MI AMIGO
D. Miguel Delgado.[5]
[5] Publicada en el Cancionero de Borinquen.
Á MI AMIGO
D. Miguel Delgado.[5]
[5] Publicada en el Cancionero de Borinquen.
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TE juro mano Miguey
Que me tiene espiritao
Ey vel que en un veyvo en gracia
De sopeton te has casao.
Y asigun me ise Pablo
Ey goldo de Jumacao,
La jembra es mosa de gaybo
Y de aquey arrematao.
Dios te la eje gosay
Arrimaito á su lao
Jasta que ay ñeto mas nuebo
Yegues á beyo casao.
¡Ja Miguey! ¡cuánto me acueldo
De aquey queso esmoronao
En ey café con apoyo
Que en Caguas bemos tomao,
Dey majarete, toytiyas,
Jayacas, lichon asao,
Y de otras mil burundangas,
Que pa reyes je prebao,
Cuando eras mi camará,
En ey Barrero mentao!
Aqueyo era divelsion
Cuando yo y tú á lo cayao
Ca uno diba en su chongo,
Ey jumaso encandilao,
Pasando los matoyales
Poy baylal un sapateao.
(No te jablo de las mosas
Que bemos enamorao,
Polque no sé tu mugey
Como tiene ey aqueyao
De los selos, y es mejoy
Que en esto sea arreseybao).
Pues, ¿aqueya boldonúa
De Gaytan el afamao,
Los trobos dey Caraqueño
Que me tiene espiritao
Ey vel que en un veyvo en gracia
De sopeton te has casao.
Y asigun me ise Pablo
Ey goldo de Jumacao,
La jembra es mosa de gaybo
Y de aquey arrematao.
Dios te la eje gosay
Arrimaito á su lao
Jasta que ay ñeto mas nuebo
Yegues á beyo casao.
¡Ja Miguey! ¡cuánto me acueldo
De aquey queso esmoronao
En ey café con apoyo
Que en Caguas bemos tomao,
Dey majarete, toytiyas,
Jayacas, lichon asao,
Y de otras mil burundangas,
Que pa reyes je prebao,
Cuando eras mi camará,
En ey Barrero mentao!
Aqueyo era divelsion
Cuando yo y tú á lo cayao
Ca uno diba en su chongo,
Ey jumaso encandilao,
Pasando los matoyales
Poy baylal un sapateao.
(No te jablo de las mosas
Que bemos enamorao,
Polque no sé tu mugey
Como tiene ey aqueyao
De los selos, y es mejoy
Que en esto sea arreseybao).
Pues, ¿aqueya boldonúa
De Gaytan el afamao,
Los trobos dey Caraqueño
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Y ey güiro dey Colorao?
No sabe lo que se pielde
Ey que no los ja escuchao.
¿Y lo de vey la pelea
De un gayo bien coleao,
Pinto, giro, canagüey,
Gayina ó rubio quemao,
Que son los sinco colores
Que siempre mas me han gustao?
Cuando ya dambos á dos
En ey peso han igualao,
Se da, ó no, pata y cabesa
Confoyme hubieren tratao,
Los agusan, los rusian
Y si ey dia es abansao
Les dan tres ó cuatro granos
De maís medio mascao.
Luego que la talanquera
La gente ha esocupao
Jasen dos rayas iguales,
Y uno y otro ñangotao,
En su raya cáa uno
Á pical ó separao
Sueytan los gayos, y empiesa
Pol ensima ey apostao.
—¡Yo doy un beinte á dos pesos!
—Pagole ay rubio quemao.
—¡Pica gayo!—¡Engriya giro!
—¡Mueyde al ala renegao!
—¡Juy! que puñalon de baca!
—¡Caniyera y espicao!
—Si ey giro pica la pluma,
Se juye ey rubio quemao.
—¡Caréo! se dan aygunos,
Y ey gayero, que ha chupao
La sangre, tiene los besos
Que paece un condenao.
No sabe lo que se pielde
Ey que no los ja escuchao.
¿Y lo de vey la pelea
De un gayo bien coleao,
Pinto, giro, canagüey,
Gayina ó rubio quemao,
Que son los sinco colores
Que siempre mas me han gustao?
Cuando ya dambos á dos
En ey peso han igualao,
Se da, ó no, pata y cabesa
Confoyme hubieren tratao,
Los agusan, los rusian
Y si ey dia es abansao
Les dan tres ó cuatro granos
De maís medio mascao.
Luego que la talanquera
La gente ha esocupao
Jasen dos rayas iguales,
Y uno y otro ñangotao,
En su raya cáa uno
Á pical ó separao
Sueytan los gayos, y empiesa
Pol ensima ey apostao.
—¡Yo doy un beinte á dos pesos!
—Pagole ay rubio quemao.
—¡Pica gayo!—¡Engriya giro!
—¡Mueyde al ala renegao!
—¡Juy! que puñalon de baca!
—¡Caniyera y espicao!
—Si ey giro pica la pluma,
Se juye ey rubio quemao.
—¡Caréo! se dan aygunos,
Y ey gayero, que ha chupao
La sangre, tiene los besos
Que paece un condenao.
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Ey uno juye, ó lo tumban,
Ó muere, ó es levantao,
Y se acabó la pelea,
¡Con qué aquey dey que ha ganao!
Aqueyo es gusto, Miguey;
Y no que aquí me han mandao
Á que me jaga un Dotol,
Ó ay menos un Lisensiao:
Y estoy ¡juro á los Demoños!
Jarto de estal separao
Dey plátano y de la piña,
Y esto me tiene.......ajorao.
Ó muere, ó es levantao,
Y se acabó la pelea,
¡Con qué aquey dey que ha ganao!
Aqueyo es gusto, Miguey;
Y no que aquí me han mandao
Á que me jaga un Dotol,
Ó ay menos un Lisensiao:
Y estoy ¡juro á los Demoños!
Jarto de estal separao
Dey plátano y de la piña,
Y esto me tiene.......ajorao.
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ESCENA XVI.
CARRERAS DE S. JUAN Y S. PEDRO[6].
[6] Publicada en el Cancionero de Borinquen el año 1846.
Las fiestas de S. Juan y S. Pedro se celebraron en el año pasado con una
animacion nunca vista y se dieron premios á los mejores caballos.
SI la nobleza de las cosas consistiera solo en su antigüedad, difícilmente se
hallaria una mas noble que el correr. Es indudable que el primero que corrió
fue el primero que tuvo piernas, y las piernas son tan antiguas, que ningun
buen cristiano puede negar que datan desde nuestro padre Adam; aunque se
veria muy apurado el que pretendiera demostrar en que tiempo han sido
mas ó menos útiles.
Yo creo que, á pesar de su dignidad, no dejaria nuestro primer padre de
dar algunas carreritas cuando no tenia otra ocupacion que gozar de las
delicias del paraíso en compañía de Eva; y á juzgar por lo que nos sucede á
sus míseros descendientes, debió correr mucho mas, y con menos alegría,
desde el momento en que se le acabó tan buena vida y tuvo que ganar el pan
con el sudor de su rostro.
Desde tan remota antigüedad hasta la época en que vivimos no hay quien
de un modo ú otro no haya corrido: unos á pié, otros en pollino, unos al
paso, otros al trote y no pocos á todo escape, todos caminamos; y aunque de
distinto modo y por vias á veces encontradas, llegamos siempre al mismo
término.
Pero no es mi intento hablar de tantos y tan diversos modos como hay de
llegar al fin de nuestra carrera, porque es asunto demasiado grave, que me
guardaré muy bien de tocar; solo quiero ocuparme de lo que comprende el
CARRERAS DE S. JUAN Y S. PEDRO[6].
[6] Publicada en el Cancionero de Borinquen el año 1846.
Las fiestas de S. Juan y S. Pedro se celebraron en el año pasado con una
animacion nunca vista y se dieron premios á los mejores caballos.
SI la nobleza de las cosas consistiera solo en su antigüedad, difícilmente se
hallaria una mas noble que el correr. Es indudable que el primero que corrió
fue el primero que tuvo piernas, y las piernas son tan antiguas, que ningun
buen cristiano puede negar que datan desde nuestro padre Adam; aunque se
veria muy apurado el que pretendiera demostrar en que tiempo han sido
mas ó menos útiles.
Yo creo que, á pesar de su dignidad, no dejaria nuestro primer padre de
dar algunas carreritas cuando no tenia otra ocupacion que gozar de las
delicias del paraíso en compañía de Eva; y á juzgar por lo que nos sucede á
sus míseros descendientes, debió correr mucho mas, y con menos alegría,
desde el momento en que se le acabó tan buena vida y tuvo que ganar el pan
con el sudor de su rostro.
Desde tan remota antigüedad hasta la época en que vivimos no hay quien
de un modo ú otro no haya corrido: unos á pié, otros en pollino, unos al
paso, otros al trote y no pocos á todo escape, todos caminamos; y aunque de
distinto modo y por vias á veces encontradas, llegamos siempre al mismo
término.
Pero no es mi intento hablar de tantos y tan diversos modos como hay de
llegar al fin de nuestra carrera, porque es asunto demasiado grave, que me
guardaré muy bien de tocar; solo quiero ocuparme de lo que comprende el
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título de este artículo, y todo lo que no sea «Carreras de S. Juan y San Pedro
en la Capital de Puerto-Rico» queda escluido de él.
A pesar de mi genio, procuraré, lector querido, ponerme un poco serio,
porque la costumbre de un país es cosa delicada y debe tratarse con
circunspeccion. Solo pido que tengas en cuenta mi buen deseo, para que
disimules las faltas, que no será estraño cometa el que hace algunos años
salió, siendo todavía muy jóven, del país cuyas costumbres ensaya
bosquejar.
Hay ciertos dias, en los cuales las poblaciones mas pacíficas, las ciudades
mas bien gobernadas, ricas é industriosas y las aldeas mas pobres, parece
que, obedeciendo á un instinto particular, se complacen en salir de las reglas
que guardan durante todo el año; dias de bullicio y confusion, que cada
país, y aun cada pueblo, tiene segun su índole y el grado de civilizacion en
que se encuentra; dias en que el magistrado no es magistrado, porque no
ejerce sus funciones; en que el mercader cierra su tienda, y el artesano su
taller; dias fecundos en aventuras amorosas, y en que las bellezas mas
altivas suelen sonreir al que han hecho suspirar por mucho tiempo; dias de
esperanza para los jóvenes, y de recuerdos para los ancianos; dias
finalmente en que las mayores estravagancias son admitidas, con tal que
vayan autorizadas con el sello de la costumbre.
Los de S. Juan y S. Pedro son en la Capital de Puerto-Rico del número de
estos, y una de las cosas con que los habitantes de la Isla los amenizan son
las carreras á caballo. Hé aquí lo que sobre ellas dice D. Iñigo Abad en su
historia de Puerto-Rico, dada á luz en Madrid en el año 1788.
«Las fiestas principales (dice) las celebran tambien con corridas de
caballos, á que son tan propensos como diestros. Nadie pierde esta
diversion: hasta las niñas mas tiernas, que no pueden tenerse, las lleva
alguno sentadas en el arzon de la silla de su caballo. En cada pueblo hay
fiestas señaladas para correr los dias mas solemnes. En la Capital son los de
S. Juan, S. Pedro y S. Mateo. La víspera de S. Juan al amanecer entra gran
multitud de corredores, que vienen de los pueblos de la Isla á lucir sus
caballos cuando dan las doce del dia; salen de las casas hombres y mugeres
de todas edades y clases, montados en sus caballos enjaezados con la mayor
ostentacion á que puede arribar cada uno. Son muchos los que llevan sillas,
mantillas y tapafundas de terciopelo bordado ó galoneado de oro,
en la Capital de Puerto-Rico» queda escluido de él.
A pesar de mi genio, procuraré, lector querido, ponerme un poco serio,
porque la costumbre de un país es cosa delicada y debe tratarse con
circunspeccion. Solo pido que tengas en cuenta mi buen deseo, para que
disimules las faltas, que no será estraño cometa el que hace algunos años
salió, siendo todavía muy jóven, del país cuyas costumbres ensaya
bosquejar.
Hay ciertos dias, en los cuales las poblaciones mas pacíficas, las ciudades
mas bien gobernadas, ricas é industriosas y las aldeas mas pobres, parece
que, obedeciendo á un instinto particular, se complacen en salir de las reglas
que guardan durante todo el año; dias de bullicio y confusion, que cada
país, y aun cada pueblo, tiene segun su índole y el grado de civilizacion en
que se encuentra; dias en que el magistrado no es magistrado, porque no
ejerce sus funciones; en que el mercader cierra su tienda, y el artesano su
taller; dias fecundos en aventuras amorosas, y en que las bellezas mas
altivas suelen sonreir al que han hecho suspirar por mucho tiempo; dias de
esperanza para los jóvenes, y de recuerdos para los ancianos; dias
finalmente en que las mayores estravagancias son admitidas, con tal que
vayan autorizadas con el sello de la costumbre.
Los de S. Juan y S. Pedro son en la Capital de Puerto-Rico del número de
estos, y una de las cosas con que los habitantes de la Isla los amenizan son
las carreras á caballo. Hé aquí lo que sobre ellas dice D. Iñigo Abad en su
historia de Puerto-Rico, dada á luz en Madrid en el año 1788.
«Las fiestas principales (dice) las celebran tambien con corridas de
caballos, á que son tan propensos como diestros. Nadie pierde esta
diversion: hasta las niñas mas tiernas, que no pueden tenerse, las lleva
alguno sentadas en el arzon de la silla de su caballo. En cada pueblo hay
fiestas señaladas para correr los dias mas solemnes. En la Capital son los de
S. Juan, S. Pedro y S. Mateo. La víspera de S. Juan al amanecer entra gran
multitud de corredores, que vienen de los pueblos de la Isla á lucir sus
caballos cuando dan las doce del dia; salen de las casas hombres y mugeres
de todas edades y clases, montados en sus caballos enjaezados con la mayor
ostentacion á que puede arribar cada uno. Son muchos los que llevan sillas,
mantillas y tapafundas de terciopelo bordado ó galoneado de oro,
Page 131
mosquiteros de lo mismo, frenos, estribos y espuelas de plata; algunos
añaden pretales cubiertos de cascabeles del mismo metal. Los que no tienen
caudal para tanto, cubren sus caballos de variedad de cintas, haciéndoles
crines, colas y jaeces de este género, adornándoles con todo el primor y
gusto que pueden, sin detenerse en empeñar ó vender lo mejor de su casa
para lucir en la corrida.
«Esta no tiene órden ni disposicion alguna: luego que dan las doce de la
víspera de S. Juan, salen por aquellas calles con sus caballos, que son muy
veloces y de una marcha muy cómoda. Corren en pelotones, que por lo
comun son de los parientes ó amigos de una familia; dan vueltas por toda la
ciudad sin parar ni descansar en toda la noche, hasta que los caballos se
rinden. Entonces toman otros, y continuan su corrida con tanta vehemencia,
que parece un pueblo desatado y frenético etc.....»
Esto sucedia en aquellos tiempos en que Puerto-Rico era, segun el mismo
escritor, una carga pesada para la Metrópoli; ahora que se ha convertido en
uno de los brillantes de la Corona, en esto, como en todo lo demás, ha
habido muy notables variaciones. ¿Quién se atreveria á decir hoy que los
naturales de ella no se detienen en vender ó empeñar lo mejor de su casa
para lucir en una corrida? Mas aun: ¿Quién osaria repetir una de aquellas
célebres cuanto vergonzosas Cantaletas, que recordamos hasta los mas
jóvenes, y en las cuales no se respetaba el honor, ni los secretos de las
añaden pretales cubiertos de cascabeles del mismo metal. Los que no tienen
caudal para tanto, cubren sus caballos de variedad de cintas, haciéndoles
crines, colas y jaeces de este género, adornándoles con todo el primor y
gusto que pueden, sin detenerse en empeñar ó vender lo mejor de su casa
para lucir en la corrida.
«Esta no tiene órden ni disposicion alguna: luego que dan las doce de la
víspera de S. Juan, salen por aquellas calles con sus caballos, que son muy
veloces y de una marcha muy cómoda. Corren en pelotones, que por lo
comun son de los parientes ó amigos de una familia; dan vueltas por toda la
ciudad sin parar ni descansar en toda la noche, hasta que los caballos se
rinden. Entonces toman otros, y continuan su corrida con tanta vehemencia,
que parece un pueblo desatado y frenético etc.....»
Esto sucedia en aquellos tiempos en que Puerto-Rico era, segun el mismo
escritor, una carga pesada para la Metrópoli; ahora que se ha convertido en
uno de los brillantes de la Corona, en esto, como en todo lo demás, ha
habido muy notables variaciones. ¿Quién se atreveria á decir hoy que los
naturales de ella no se detienen en vender ó empeñar lo mejor de su casa
para lucir en una corrida? Mas aun: ¿Quién osaria repetir una de aquellas
célebres cuanto vergonzosas Cantaletas, que recordamos hasta los mas
jóvenes, y en las cuales no se respetaba el honor, ni los secretos de las
Page 132
familias? La civilizacion y el buen juicio han desterrado estos abusos, y no
debo ocuparme de ellos, puesto que no hay ya que corregirlo.
Las carreras de S. Juan y S. Pedro son en el dia una diversion honesta,
grata y que puede utilizarse en bien del país; habiendo desaparecido de ellas
todo cuanto tenian de inmoral y vicioso. Mas empieza ya á tocar al otro
estremo; esto es, pierden su atractivo y se van haciendo cada dia mas
insípidas. No llega ni á la mitad el número de los ginetes, y las señoras
abandonan este medio de lucir su gallardía; de manera que si no procura
remediarse, llegará dia en que solo se conserve un recuerdo de lo que ha
sido y es aun una de las mejores fiestas del país.
A pesar de esta decadencia, es agradable el ver las parejas que despues de
las cinco de la tarde, y no á las doce del dia, recorren las limpias y hermosas
calles de Puerto-Rico. Todavía algunas jóvenes elegantemente vestidas
ostentan su habilidad, manejando con soltura y sobradísimo garbo briosos y
ligeros potros de Caguas y Yabucoa, que parten como el rayo, y se detienen
al movimiento de una manita que apenas alcanza á abrazar las riendas. Los
balcones ostentan cuanto hay en la Capital de distinguido, bello y de buen
tono; y el pueblo, esparcido por las calles y las plazas, se entrega al gozo
que le produce una diversion tan de su gusto.
Una ó dos horas despues de oscurecer, está llena la plaza de armas, de
caballos, buenos y malos, feos y bonitos, flacos y gordos, veloces y
pesados: ninguno está excluido de ella, para que los aficionados menos
ricos ó que no quieren correr por la tarde, puedan hacerlo por la noche,
mediante un alquiler sumamente escesivo, pero que siempre parece poco al
que desea llevar una cumarracha.
Por la tarde es atrozmente silbado y escarnecido el que se atreve á
presentarse en la carrera con un mal caballo, ó que no esté bien enjaezado;
por la noche sucede todo lo contrario: las cómodas y económicas banastas
reemplazan á la silla; y una fresca chaqueta de lienzo al rico dorman de
paño, que es el vestido que mas usan los que corren á aquella hora. Poco
importa que el animal sea de primera casta, ó un descarnado platanero, que
no por esto queda sin correr, sino que lleva su ginete, y quizás por
añadidura una de aquellas morenitas capaces de hacer bailar la jurga á un
magistrado del tiempo de Cárlos tercero.
debo ocuparme de ellos, puesto que no hay ya que corregirlo.
Las carreras de S. Juan y S. Pedro son en el dia una diversion honesta,
grata y que puede utilizarse en bien del país; habiendo desaparecido de ellas
todo cuanto tenian de inmoral y vicioso. Mas empieza ya á tocar al otro
estremo; esto es, pierden su atractivo y se van haciendo cada dia mas
insípidas. No llega ni á la mitad el número de los ginetes, y las señoras
abandonan este medio de lucir su gallardía; de manera que si no procura
remediarse, llegará dia en que solo se conserve un recuerdo de lo que ha
sido y es aun una de las mejores fiestas del país.
A pesar de esta decadencia, es agradable el ver las parejas que despues de
las cinco de la tarde, y no á las doce del dia, recorren las limpias y hermosas
calles de Puerto-Rico. Todavía algunas jóvenes elegantemente vestidas
ostentan su habilidad, manejando con soltura y sobradísimo garbo briosos y
ligeros potros de Caguas y Yabucoa, que parten como el rayo, y se detienen
al movimiento de una manita que apenas alcanza á abrazar las riendas. Los
balcones ostentan cuanto hay en la Capital de distinguido, bello y de buen
tono; y el pueblo, esparcido por las calles y las plazas, se entrega al gozo
que le produce una diversion tan de su gusto.
Una ó dos horas despues de oscurecer, está llena la plaza de armas, de
caballos, buenos y malos, feos y bonitos, flacos y gordos, veloces y
pesados: ninguno está excluido de ella, para que los aficionados menos
ricos ó que no quieren correr por la tarde, puedan hacerlo por la noche,
mediante un alquiler sumamente escesivo, pero que siempre parece poco al
que desea llevar una cumarracha.
Por la tarde es atrozmente silbado y escarnecido el que se atreve á
presentarse en la carrera con un mal caballo, ó que no esté bien enjaezado;
por la noche sucede todo lo contrario: las cómodas y económicas banastas
reemplazan á la silla; y una fresca chaqueta de lienzo al rico dorman de
paño, que es el vestido que mas usan los que corren á aquella hora. Poco
importa que el animal sea de primera casta, ó un descarnado platanero, que
no por esto queda sin correr, sino que lleva su ginete, y quizás por
añadidura una de aquellas morenitas capaces de hacer bailar la jurga á un
magistrado del tiempo de Cárlos tercero.
Page 133
En muchas esquinas encienden hogueras, cuya luz unida á la que presta
el escelente alumbrado de aquella ciudad, permite distinguir perfectamente
las fisonomías. El frente de las casas es ocupado por una hilera de sillas, y
estas por otros tantos curiosos, que cruzan dichos, á veces muy agudos, con
los que pasan por medio de la doble fila á todo correr, y con los de la acera
opuesta; pero el centro comun de estas agudezas, el teatro de escenas mas
animadas, el punto de reunion de la gente de broma, es el atrio de la
Catedral, llamado en aquellos dias Balcon de los arrancados.
El estar en la calle del Cristo, una de las mas favorecidas por los
corredores, el tener á su frente una plaza, y el ser un lugar espacioso, de
poca elevacion y seguro por estar murallado, dan á este sitio la preferencia;
reuniéndose en él una especie de tribunal, que juzga la bondad de los
caballos, y se encarga de aplaudir á los bonitos y ligeros, y silbar
estrepitosamente á los flacos y pesados; llamándoles chalungos, chongos,
chacuecos, sancochaos, y otros mil adjetivos que tienen los inteligentes,
uniéndolos á las frases mas chistosas y oportunas.
Este bullicioso y alegre cuadro, es el que presenta la ciudad de S. Juan
B.ª de Puerto Rico las cuatro noches de la víspera y dias de S. Juan y S.
Pedro hasta las doce; á cuya hora una banda de música militar ejecuta varias
piezas en la plaza de armas, rodeada de todos los corredores, que de allí van
á descansar sus doloridas y magulladas humanidades.
Los que tienen la costumbre de llamar barbaridad á todo lo que no sucede
donde nacieron, dirán que lo es el correr tantas horas seguidas, de noche y
en varias direcciones, por las calles de una ciudad; mas esto que á primera
vista no tiene réplica, es un reparo que causaria risa á mas de un corredor;
porque la claridad del alumbrado, la anchura, rectitud, limpieza y hermoso
empedrado de las calles, la bondad de los caballos, y sobre todo la suma
destreza de los naturales, hacen ilusorios los riesgos que en otro país serian
inevitables.
No se crea que hablo apasionadamente cuando coloco entre las causas
que pueden impedir desgracias en estas corridas la destreza de mis
paisanos: véase lo que dice D. Iñigo Abad sobre el particular, y aun se me
tachará de escesivamente corto al encomiarla. No sé que haya en toda la
Isla una sola escuela de equitacion, porque el montar á caballo es para
aquellos isleños lo mismo que el vestir; sobre todo en los campos, donde
el escelente alumbrado de aquella ciudad, permite distinguir perfectamente
las fisonomías. El frente de las casas es ocupado por una hilera de sillas, y
estas por otros tantos curiosos, que cruzan dichos, á veces muy agudos, con
los que pasan por medio de la doble fila á todo correr, y con los de la acera
opuesta; pero el centro comun de estas agudezas, el teatro de escenas mas
animadas, el punto de reunion de la gente de broma, es el atrio de la
Catedral, llamado en aquellos dias Balcon de los arrancados.
El estar en la calle del Cristo, una de las mas favorecidas por los
corredores, el tener á su frente una plaza, y el ser un lugar espacioso, de
poca elevacion y seguro por estar murallado, dan á este sitio la preferencia;
reuniéndose en él una especie de tribunal, que juzga la bondad de los
caballos, y se encarga de aplaudir á los bonitos y ligeros, y silbar
estrepitosamente á los flacos y pesados; llamándoles chalungos, chongos,
chacuecos, sancochaos, y otros mil adjetivos que tienen los inteligentes,
uniéndolos á las frases mas chistosas y oportunas.
Este bullicioso y alegre cuadro, es el que presenta la ciudad de S. Juan
B.ª de Puerto Rico las cuatro noches de la víspera y dias de S. Juan y S.
Pedro hasta las doce; á cuya hora una banda de música militar ejecuta varias
piezas en la plaza de armas, rodeada de todos los corredores, que de allí van
á descansar sus doloridas y magulladas humanidades.
Los que tienen la costumbre de llamar barbaridad á todo lo que no sucede
donde nacieron, dirán que lo es el correr tantas horas seguidas, de noche y
en varias direcciones, por las calles de una ciudad; mas esto que á primera
vista no tiene réplica, es un reparo que causaria risa á mas de un corredor;
porque la claridad del alumbrado, la anchura, rectitud, limpieza y hermoso
empedrado de las calles, la bondad de los caballos, y sobre todo la suma
destreza de los naturales, hacen ilusorios los riesgos que en otro país serian
inevitables.
No se crea que hablo apasionadamente cuando coloco entre las causas
que pueden impedir desgracias en estas corridas la destreza de mis
paisanos: véase lo que dice D. Iñigo Abad sobre el particular, y aun se me
tachará de escesivamente corto al encomiarla. No sé que haya en toda la
Isla una sola escuela de equitacion, porque el montar á caballo es para
aquellos isleños lo mismo que el vestir; sobre todo en los campos, donde
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apenas puede hacerse una diligencia ó visita, y en algunas épocas ni salir de
casa á pié, por el agua de las lluvias y por otras causas que juiciosa y
oportunamente cita el mismo autor.
Tales son las carreras de S. Juan y S. Pedro, diversion que he calificado
antes de honesta y grata, porque en ningun país, inclusos aquellos que se
tienen por mas civilizados, hay una fiesta popular que menos ofenda á la
moral; y si algun hecho aislado hay á veces en contra de ella, no es culpa de
la costumbre, sino abandono de parte de los que estando al frente de una
familia, debieran impedirlo, cuidando de ella como es su deber. En cuanto á
las espresiones que se oyen alguna vez, ¿qué sucede en las plazas de toros,
en el entierro del Carnaval, y en todas las fiestas á que concurren y en que
se mezclan todas las clases de la sociedad?
La aficion del pueblo á este espectáculo no necesita mas prueba que lo
dicho; fáltame esponer la conveniencia de mantenerlo y alentarlo, y el bien
que de ello sacaria el país.
Aparte de la distraccion, hay una ventaja positiva, una mejora de grande
utilidad, cual es el fomento de la cria caballar. En un país donde por el
estado de los caminos son tan necesarios estos animales; en un país de
donde se saca el ganado para las islas vecinas, en que la cria es casi nula, ya
que tenemos tan escelente raza de caballos, ¿porqué no estimular á los
labradores? ¿porqué no ensayar algun medio para introducir este nuevo
ramo de comercio?
Todos sabemos el furor de corridas, apuestas, etc. que hay en las
principales capitales de Europa; mas no es esto lo que yo pretendo que
pudiera plantearse en Puerto-Rico, porque á mi modo de ver, el premiar el
caballo que corra mas en media hora, no es, como nota muy bien nuestro
festivo Fr. Gerundio, el modo de mejorar la raza: además, aquello de que el
mismo dueño no monte su caballo, sino que sea un Yokey, aunque muy
bueno para las capitales de Europa, lo juzgo inoportuno y hasta ridículo en
mi país; y así otras muchas cosas que, atendida la diversidad de costumbres,
fuera errado el querer trasplantar.
Yo preferiria á todo que hubiese una junta compuesta de criadores y
aficionados, que no faltan en la Isla, que tienen actividad, buenos deseos, y
que se alegrarian de que hubiese para ellos un estímulo.
casa á pié, por el agua de las lluvias y por otras causas que juiciosa y
oportunamente cita el mismo autor.
Tales son las carreras de S. Juan y S. Pedro, diversion que he calificado
antes de honesta y grata, porque en ningun país, inclusos aquellos que se
tienen por mas civilizados, hay una fiesta popular que menos ofenda á la
moral; y si algun hecho aislado hay á veces en contra de ella, no es culpa de
la costumbre, sino abandono de parte de los que estando al frente de una
familia, debieran impedirlo, cuidando de ella como es su deber. En cuanto á
las espresiones que se oyen alguna vez, ¿qué sucede en las plazas de toros,
en el entierro del Carnaval, y en todas las fiestas á que concurren y en que
se mezclan todas las clases de la sociedad?
La aficion del pueblo á este espectáculo no necesita mas prueba que lo
dicho; fáltame esponer la conveniencia de mantenerlo y alentarlo, y el bien
que de ello sacaria el país.
Aparte de la distraccion, hay una ventaja positiva, una mejora de grande
utilidad, cual es el fomento de la cria caballar. En un país donde por el
estado de los caminos son tan necesarios estos animales; en un país de
donde se saca el ganado para las islas vecinas, en que la cria es casi nula, ya
que tenemos tan escelente raza de caballos, ¿porqué no estimular á los
labradores? ¿porqué no ensayar algun medio para introducir este nuevo
ramo de comercio?
Todos sabemos el furor de corridas, apuestas, etc. que hay en las
principales capitales de Europa; mas no es esto lo que yo pretendo que
pudiera plantearse en Puerto-Rico, porque á mi modo de ver, el premiar el
caballo que corra mas en media hora, no es, como nota muy bien nuestro
festivo Fr. Gerundio, el modo de mejorar la raza: además, aquello de que el
mismo dueño no monte su caballo, sino que sea un Yokey, aunque muy
bueno para las capitales de Europa, lo juzgo inoportuno y hasta ridículo en
mi país; y así otras muchas cosas que, atendida la diversidad de costumbres,
fuera errado el querer trasplantar.
Yo preferiria á todo que hubiese una junta compuesta de criadores y
aficionados, que no faltan en la Isla, que tienen actividad, buenos deseos, y
que se alegrarian de que hubiese para ellos un estímulo.
Page 135
Que esta junta, presidida por la autoridad superior, ú otra que esta
nombrase, hiciese un reglamento, sin mas artículos que los precisos para
señalar á cada uno sus atribuciones, y los premios que habian de darse:
1.º A la mejor yegua de vientre.
2.º Al caballo mas ligero.
3.º Al mas bien domado y enseñado.
4.º Al mas corpulento y de mas fuerza.
5.º Al de mejor estampa.
Que cada año por S. Juan y S. Pedro se reuniesen en la capital, como lo
verifican ahora, para la prueba, comparacion y adjudicacion de premios, en
cuyo acto se desplegase todo el aparato posible.
Que se publicasen en los periódicos los nombres del dueño y del caballo
premiados, y que se hiciesen algunas otras cosas que son buenas para dichas
en un reglamento, y ajenas de un artículo como este.
Hé aquí el modo de aumentar el brillo y atractivo de estas fiestas, y
utilizarlas en bien del país: puede que me equivoque, pero ya que todo
empieza á desarrollarse en la Isla, ya que hay esa tendencia á perfeccionarlo
todo, no seria en mi concepto desacertado el ensayar este medio, en estremo
económico, de premiar al hacendado laborioso, y distraer al pobre jornalero.
No tengo la presuncion de creer que el medio indicado sea el único; mi
idea es la de llamar la atencion de la Sociedad Económica de amigos del
país sobre una mejora útil, cual es la perfeccion de la raza caballar; habrá
muchos que propongan otros mejores; pero lo que ellos me aventajen en
acierto no hará menos ardientes mis deseos por el bien y la prosperidad de
Puerto-Rico.
nombrase, hiciese un reglamento, sin mas artículos que los precisos para
señalar á cada uno sus atribuciones, y los premios que habian de darse:
1.º A la mejor yegua de vientre.
2.º Al caballo mas ligero.
3.º Al mas bien domado y enseñado.
4.º Al mas corpulento y de mas fuerza.
5.º Al de mejor estampa.
Que cada año por S. Juan y S. Pedro se reuniesen en la capital, como lo
verifican ahora, para la prueba, comparacion y adjudicacion de premios, en
cuyo acto se desplegase todo el aparato posible.
Que se publicasen en los periódicos los nombres del dueño y del caballo
premiados, y que se hiciesen algunas otras cosas que son buenas para dichas
en un reglamento, y ajenas de un artículo como este.
Hé aquí el modo de aumentar el brillo y atractivo de estas fiestas, y
utilizarlas en bien del país: puede que me equivoque, pero ya que todo
empieza á desarrollarse en la Isla, ya que hay esa tendencia á perfeccionarlo
todo, no seria en mi concepto desacertado el ensayar este medio, en estremo
económico, de premiar al hacendado laborioso, y distraer al pobre jornalero.
No tengo la presuncion de creer que el medio indicado sea el único; mi
idea es la de llamar la atencion de la Sociedad Económica de amigos del
país sobre una mejora útil, cual es la perfeccion de la raza caballar; habrá
muchos que propongan otros mejores; pero lo que ellos me aventajen en
acierto no hará menos ardientes mis deseos por el bien y la prosperidad de
Puerto-Rico.
Page 136
ESCENA XVII.
EL PÁJARO MALO.
SI el lector ha hecho alguna vez el camino de Caguas á la Capital de Puerto-
rico, recordará el hermoso valle que media entre la cuesta de Quebrada-
arenas, y el cerro llamado de la Mesa; valle ameno y muy fértil, regado por
el rio Cañas y la Quebrada-arenas, y sembrado de infinidad de árboles,
algunos de los cuales, situados á la orilla del camino, sirven de dia para
guarecerse el viajero de los ardores del sol, y mienten de noche fantásticas
apariciones que asustan á mas de un supersticioso.
Dos caminantes atravesaban este valle en una noche de enero á las dos de
la madrugada: el uno, jóven de veinte años, de cabello y ojos muy negros y
relucientes, tez morena y con aquel tinte amarillento tan general en los
criollos descendientes de europeos sin mezcla de otra raza, montaba un
hermoso caballo negro, cuyas orejas pequeñas y móviles seguian de
continuo la direccion del menor ruido causado por el aire, ó de cualquier
objeto en el cual se reflejaba la luz dudosa de la luna menguante que
acababa de salir. El otro, mulato bronceado, de formas atléticas, y vestido
con sombrero de paja y camisa y pantalon de tela blanca, iba sobre un
alazan, que sino igualaba en la casta al caballo de su jóven amo, llevaba no
poca carga sin dar la menor señal de flaqueza.
—Jacinto, dijo el primero de estos dos personajes, parece que vas
cabeceando procura tenerte firme, que caerás si te descuidas.
—Es verdad, niño, pero tambien lo es que tengo motivo para ir dando el
piojo: hace cuatro noches que apenas duermo.
EL PÁJARO MALO.
SI el lector ha hecho alguna vez el camino de Caguas á la Capital de Puerto-
rico, recordará el hermoso valle que media entre la cuesta de Quebrada-
arenas, y el cerro llamado de la Mesa; valle ameno y muy fértil, regado por
el rio Cañas y la Quebrada-arenas, y sembrado de infinidad de árboles,
algunos de los cuales, situados á la orilla del camino, sirven de dia para
guarecerse el viajero de los ardores del sol, y mienten de noche fantásticas
apariciones que asustan á mas de un supersticioso.
Dos caminantes atravesaban este valle en una noche de enero á las dos de
la madrugada: el uno, jóven de veinte años, de cabello y ojos muy negros y
relucientes, tez morena y con aquel tinte amarillento tan general en los
criollos descendientes de europeos sin mezcla de otra raza, montaba un
hermoso caballo negro, cuyas orejas pequeñas y móviles seguian de
continuo la direccion del menor ruido causado por el aire, ó de cualquier
objeto en el cual se reflejaba la luz dudosa de la luna menguante que
acababa de salir. El otro, mulato bronceado, de formas atléticas, y vestido
con sombrero de paja y camisa y pantalon de tela blanca, iba sobre un
alazan, que sino igualaba en la casta al caballo de su jóven amo, llevaba no
poca carga sin dar la menor señal de flaqueza.
—Jacinto, dijo el primero de estos dos personajes, parece que vas
cabeceando procura tenerte firme, que caerás si te descuidas.
—Es verdad, niño, pero tambien lo es que tengo motivo para ir dando el
piojo: hace cuatro noches que apenas duermo.
Page 137
—Tampoco he dormido yo, y sin embargo me mantengo firme.
—¡Ah! cuando yo tenia la edad de su merced no me dormia aunque
pasara quince malas noches; pero aquel era otro tiempo, ahora tengo veinte
años mas, y no puedo llevar mucho huevos de punta.
—Tienes razon, aquel era otro tiempo, contesto el jóven en tono de mofa:
¡qué buena pieza serias entonces! ¿cuántas muchachas tenias enredadas?
—Ninguna, niño, en mi vida he querido á nadie, mas que á Juana mi
mujer, la criandera de su merced, y me alegro mucho de ello; porque ella
me ha querido y me quiere lo que nadie puede pensar.
—Sí, buena pieza, ya lo sé, y tampoco ignoro que, en el año que yo nací,
tuvo mi padre que casaros por lo mucho que os habiais querido antes de
estar autorizados para ello.
—Vamos, niño, su merced siempre ha de ser el mismo: ¿quién hubiera
dicho cuando lo paseábamos de noche en brazos porque no cesaba de llorar,
que habia de ser despues tan amigo de reirse á costa del prójimo?
—¿Con que entonces no te echaba pullas?...
—La cruz de Nazareno te caiga debajo, y te levante un millon de leguas
mas arriba de las estrellas, gritó el mulato, interrumpiendo á su amo.
En este instante comenzaban á bajar una pendiente, habiendo dejado
algunos pasos atrás, y á la izquierda del camino, una cruz de madera, que
hacia años estaba en aquel sitio clavada en tierra. El mulato se habia
quitado su sombrero, y rezaba temblando de miedo.
¿Empiezas ya con tus majaderías? dijo el jóven fingiendo estar enfadado
¿Á qué vienen esos gritos?
—Niño, no son majaderías; he oido cantar al pájaro malo.
—Calla, tonto, ¿qué mas pájaro malo que tú?
—La cruz de Nazareno te caiga debajo, repitió de nuevo el esclavo;
añadiéndo despues: ¿Y ahora lo ve su merced? ¿ha cantado ó no?
En efecto, tres gritos lejanos, al parecer de un ave nocturna, llegaron á los
oidos de los viajeros.
—¡Ah! cuando yo tenia la edad de su merced no me dormia aunque
pasara quince malas noches; pero aquel era otro tiempo, ahora tengo veinte
años mas, y no puedo llevar mucho huevos de punta.
—Tienes razon, aquel era otro tiempo, contesto el jóven en tono de mofa:
¡qué buena pieza serias entonces! ¿cuántas muchachas tenias enredadas?
—Ninguna, niño, en mi vida he querido á nadie, mas que á Juana mi
mujer, la criandera de su merced, y me alegro mucho de ello; porque ella
me ha querido y me quiere lo que nadie puede pensar.
—Sí, buena pieza, ya lo sé, y tampoco ignoro que, en el año que yo nací,
tuvo mi padre que casaros por lo mucho que os habiais querido antes de
estar autorizados para ello.
—Vamos, niño, su merced siempre ha de ser el mismo: ¿quién hubiera
dicho cuando lo paseábamos de noche en brazos porque no cesaba de llorar,
que habia de ser despues tan amigo de reirse á costa del prójimo?
—¿Con que entonces no te echaba pullas?...
—La cruz de Nazareno te caiga debajo, y te levante un millon de leguas
mas arriba de las estrellas, gritó el mulato, interrumpiendo á su amo.
En este instante comenzaban á bajar una pendiente, habiendo dejado
algunos pasos atrás, y á la izquierda del camino, una cruz de madera, que
hacia años estaba en aquel sitio clavada en tierra. El mulato se habia
quitado su sombrero, y rezaba temblando de miedo.
¿Empiezas ya con tus majaderías? dijo el jóven fingiendo estar enfadado
¿Á qué vienen esos gritos?
—Niño, no son majaderías; he oido cantar al pájaro malo.
—Calla, tonto, ¿qué mas pájaro malo que tú?
—La cruz de Nazareno te caiga debajo, repitió de nuevo el esclavo;
añadiéndo despues: ¿Y ahora lo ve su merced? ¿ha cantado ó no?
En efecto, tres gritos lejanos, al parecer de un ave nocturna, llegaron á los
oidos de los viajeros.
Page 138
—Y bien, contestó el jóven á su interlocutor, ¿qué tenemos con eso? si ha
cantado, contéstale tú con una copla de cadenas, de aquellas que sabes
improvisar.
—Parece imposible que se burle su merced de esas cosas que á mí me
dan tanto miedo.
—Y tambien lo parece que un hombre como tú, que rinde á un toro por
los cuernos, que se ha echado á un rio crecido por salvar á quien no
conocia, y que ha reñido con tres negros cimarrones á la vez, tenga temor
por esos cuentos de viejas.
—No son cuentos de viejas, niño; y la prueba de esto es esa cruz que
hemos pasado ahora.
—¿Y qué tiene que ver la cruz con el pájaro malo?
—Si su merced supiera lo que significa esa cruz, y porque se puso en
donde está, no me haria esa pregunta.
—Yo no sé mas, sino que en el mismo sitio mataron á uno y, como es
costumbre, han puesto una cruz para que los caminantes rueguen á Dios por
su alma.
—Pues hay mas que eso.
—Vaya, veo que quieres contarme un cuento, que de todo tendrá menos
de verdadero.
—Todo el pueblo sabe la historia de la muerte de Gregorio Rodriguez,
que tiene mucho de verdad, y es extraño que su merced no la sepa.
—Me alegro mucho de no saberla, porque así te la oiré contar, y
entretendremos un rato el camino.
—Pues señor, comenzó Jacinto, habia en el barrio de la Jagua un mozo
de unos veinte años, llamado Gregorio, ó Goyo, hijo de Atanasio
Rodriguez, uno de los que fueron á buscar á los Ingleses al puente de
Martin Peña, con aquel tremendo Diaz, que dicen los desafiaba encaramado
sobre uno de los pedazos que de dicho puente habian quedado cuando lo
volaron los sitiadores. Este tal Goyo era alto, grueso á proporcion, y tenia
mas fuerza que una yunta de bueyes: nadie podia aguantar su genio; á los
doce años hirió á un hermano suyo, y á los diez y ocho levantó la mano á su
cantado, contéstale tú con una copla de cadenas, de aquellas que sabes
improvisar.
—Parece imposible que se burle su merced de esas cosas que á mí me
dan tanto miedo.
—Y tambien lo parece que un hombre como tú, que rinde á un toro por
los cuernos, que se ha echado á un rio crecido por salvar á quien no
conocia, y que ha reñido con tres negros cimarrones á la vez, tenga temor
por esos cuentos de viejas.
—No son cuentos de viejas, niño; y la prueba de esto es esa cruz que
hemos pasado ahora.
—¿Y qué tiene que ver la cruz con el pájaro malo?
—Si su merced supiera lo que significa esa cruz, y porque se puso en
donde está, no me haria esa pregunta.
—Yo no sé mas, sino que en el mismo sitio mataron á uno y, como es
costumbre, han puesto una cruz para que los caminantes rueguen á Dios por
su alma.
—Pues hay mas que eso.
—Vaya, veo que quieres contarme un cuento, que de todo tendrá menos
de verdadero.
—Todo el pueblo sabe la historia de la muerte de Gregorio Rodriguez,
que tiene mucho de verdad, y es extraño que su merced no la sepa.
—Me alegro mucho de no saberla, porque así te la oiré contar, y
entretendremos un rato el camino.
—Pues señor, comenzó Jacinto, habia en el barrio de la Jagua un mozo
de unos veinte años, llamado Gregorio, ó Goyo, hijo de Atanasio
Rodriguez, uno de los que fueron á buscar á los Ingleses al puente de
Martin Peña, con aquel tremendo Diaz, que dicen los desafiaba encaramado
sobre uno de los pedazos que de dicho puente habian quedado cuando lo
volaron los sitiadores. Este tal Goyo era alto, grueso á proporcion, y tenia
mas fuerza que una yunta de bueyes: nadie podia aguantar su genio; á los
doce años hirió á un hermano suyo, y á los diez y ocho levantó la mano á su
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padre, que aunque hubiera sido para él un extraño, no merecia semejante
injuria, porque todos le teníamos por el hombre mejor del mundo. El pobre
viejo sufrió con mucha paciencia los golpes de su hijo, y cuando se vió libre
de él, arrodillándose en medio del soberado levantó las manos al cielo
diciendo: ¡Dios mio! perdona á ese muchacho, que no sabe lo que acaba de
hacer conmigo.
Pasaron de esto algunos meses, y el padre y el hijo parecian olvidados de
lance tan desgradable; pero como la justicia de Dios habia de cumplirse,
éteme que una tarde sale mi mozo con otro camarada suyo para ir á bailar á
Furabo: llegaron á la casa del baile, y allí estuvieron hasta las tres de la
madrugada sin que nada les sucediese. Al salir se juntaron con otro
conocido de su mismo barrio, y tomaron el camino conversando
alegremente: un poco antes de llegar al pueblo de Caguas, que habian de
atravesar, oyeron cantar al pájaro malo. El endiablado de Goyo se echó á
reir, y gritó:»Mira, mal avechucho, ven mañana á casa por cuatro granos de
sal; y no faltes, que te espero.» En este momento la sombra del pájaro se
pintó en el suelo delante de él; y á pesar de que queria hacerse el guapo, le
dió un temblor tan fuerte, que apenas podia dar un paso. Los otros dos, que
tenian tanto miedo como él, le echaron en cara su locura en desafiar al
poder del malo; mas él, recobrando su malvado valor, echó por aquella boca
mil pestes sobre todo lo que nos enseña la doctrina cristiana.
Al siguiente dia, al mudar una res que nunca habia topado, recibió de ella
una cornada, que le hizo ir muy alto, rompiéndose al caer una pierna. Su
pobre padre le asistió con el mayor agrado durante los muchos dias que
estuvo de peligro, y pasó las noches en vela, rogándole en vano que se
confesase y comulgase.
Apenas curado, volvió á su antigua vida de vicioso y mal hijo: salia de su
casa sin volver á veces en tres ó cuatro dias, y cuando se le acababa el
dinero y no tenia que jugar, robaba á algun vecino ó á su mismo padre lo
que podia, para seguir en tan perjudicial entretenimiento. Llegó por fin un
dia en que nada quedaba al viejo, y entonces le abandonó, dejándole solo,
pues que su hermano habia muerto poco antes; se fue á vivir con uno que no
tenia otro oficio que el robo, y cometió en su compañía tantos crímenes, que
la justicia le echó mano y fué sentenciado á cuatro años de presidio.
injuria, porque todos le teníamos por el hombre mejor del mundo. El pobre
viejo sufrió con mucha paciencia los golpes de su hijo, y cuando se vió libre
de él, arrodillándose en medio del soberado levantó las manos al cielo
diciendo: ¡Dios mio! perdona á ese muchacho, que no sabe lo que acaba de
hacer conmigo.
Pasaron de esto algunos meses, y el padre y el hijo parecian olvidados de
lance tan desgradable; pero como la justicia de Dios habia de cumplirse,
éteme que una tarde sale mi mozo con otro camarada suyo para ir á bailar á
Furabo: llegaron á la casa del baile, y allí estuvieron hasta las tres de la
madrugada sin que nada les sucediese. Al salir se juntaron con otro
conocido de su mismo barrio, y tomaron el camino conversando
alegremente: un poco antes de llegar al pueblo de Caguas, que habian de
atravesar, oyeron cantar al pájaro malo. El endiablado de Goyo se echó á
reir, y gritó:»Mira, mal avechucho, ven mañana á casa por cuatro granos de
sal; y no faltes, que te espero.» En este momento la sombra del pájaro se
pintó en el suelo delante de él; y á pesar de que queria hacerse el guapo, le
dió un temblor tan fuerte, que apenas podia dar un paso. Los otros dos, que
tenian tanto miedo como él, le echaron en cara su locura en desafiar al
poder del malo; mas él, recobrando su malvado valor, echó por aquella boca
mil pestes sobre todo lo que nos enseña la doctrina cristiana.
Al siguiente dia, al mudar una res que nunca habia topado, recibió de ella
una cornada, que le hizo ir muy alto, rompiéndose al caer una pierna. Su
pobre padre le asistió con el mayor agrado durante los muchos dias que
estuvo de peligro, y pasó las noches en vela, rogándole en vano que se
confesase y comulgase.
Apenas curado, volvió á su antigua vida de vicioso y mal hijo: salia de su
casa sin volver á veces en tres ó cuatro dias, y cuando se le acababa el
dinero y no tenia que jugar, robaba á algun vecino ó á su mismo padre lo
que podia, para seguir en tan perjudicial entretenimiento. Llegó por fin un
dia en que nada quedaba al viejo, y entonces le abandonó, dejándole solo,
pues que su hermano habia muerto poco antes; se fue á vivir con uno que no
tenia otro oficio que el robo, y cometió en su compañía tantos crímenes, que
la justicia le echó mano y fué sentenciado á cuatro años de presidio.
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Cumplida la condena, volvió, mas holgazan y mas pícaro que antes, á
unirse á su compañero y comenzaron de nuevo sus fechorías. Una noche
asesinaron, por robarle treinta pesos, á un infeliz que volvia de la Ciudad,
donde habia vendido su pequeña cosecha de café; el crímen quedó sin
castigo porque nadie supo quien lo cometió.
A los pocos dias se habló de otro robo de mas consideracion, y no
pasaron muchos despues de este último, cuando se encontró una mañana en
el Barrio de Culebras el cadáver del compañero de Goyo cosido á
puñaladas, y no faltó quien dijera que el matador era nuestro mocito de la
Jagua, que despues del suceso gastaba y se divertia, sin que ninguno
supiera su oficio.
Al cabo de algun tiempo se le acabó el dinero y no sus vicios; salió una
noche de una casa de este barrio que pasamos ahora, en la cual habia
perdido lo poco que le quedaba, y pensó matar á otro jugador que habia
ganado mucho. Para lograr su intento, se colocó en el lugar donde ahora
está la cruz de palo, y allí aguardó cerca de dos horas, hasta que el paso de
un caballo le advirtió la proximidad de su nueva víctima. Ya el otro subia la
cuestecita.... no le faltaba mucho...... Goyo tenia el machete empuñado con
la mano derecha, y con la zurda aflojaba dentro de la vaina el cuchillo que
llevava á la pretina, iba á adelantar hácia el camino, y.... El pájaro malo
cantó sobre su cabeza.
—La cruz de Nazareno te caiga debajo, dijo el jugador afortunado; y de
repente, viendo un bulto á la orilla del camino, paró el caballo, y añadió:—
Camarada, apártese un poquito mas lejos, ó diga que es lo que quiere.
—Que me entregues el dinero que nos has robado esta noche con tus
trampas.
—Pues, amigo, venga por él y se lo daré, que desde aquí no puedo tirarlo.
—Allá voy, y despachemos pronto.
Diciendo esto saltó la zanja, y se adelantó hasta muy cerca del que le
aguardaba, al parecer resignado á dejarse robar; levantó el machete, y ya iba
á descargar el golpe terrible, cuando se oyó un tiro; la bala de una pistola
disparada por el jugador atravesó el pecho de Goyo, y el canto del pájaro
malo respondió desde lejos al grito que dió este al caer en medio del camino
bañado en sangre.
unirse á su compañero y comenzaron de nuevo sus fechorías. Una noche
asesinaron, por robarle treinta pesos, á un infeliz que volvia de la Ciudad,
donde habia vendido su pequeña cosecha de café; el crímen quedó sin
castigo porque nadie supo quien lo cometió.
A los pocos dias se habló de otro robo de mas consideracion, y no
pasaron muchos despues de este último, cuando se encontró una mañana en
el Barrio de Culebras el cadáver del compañero de Goyo cosido á
puñaladas, y no faltó quien dijera que el matador era nuestro mocito de la
Jagua, que despues del suceso gastaba y se divertia, sin que ninguno
supiera su oficio.
Al cabo de algun tiempo se le acabó el dinero y no sus vicios; salió una
noche de una casa de este barrio que pasamos ahora, en la cual habia
perdido lo poco que le quedaba, y pensó matar á otro jugador que habia
ganado mucho. Para lograr su intento, se colocó en el lugar donde ahora
está la cruz de palo, y allí aguardó cerca de dos horas, hasta que el paso de
un caballo le advirtió la proximidad de su nueva víctima. Ya el otro subia la
cuestecita.... no le faltaba mucho...... Goyo tenia el machete empuñado con
la mano derecha, y con la zurda aflojaba dentro de la vaina el cuchillo que
llevava á la pretina, iba á adelantar hácia el camino, y.... El pájaro malo
cantó sobre su cabeza.
—La cruz de Nazareno te caiga debajo, dijo el jugador afortunado; y de
repente, viendo un bulto á la orilla del camino, paró el caballo, y añadió:—
Camarada, apártese un poquito mas lejos, ó diga que es lo que quiere.
—Que me entregues el dinero que nos has robado esta noche con tus
trampas.
—Pues, amigo, venga por él y se lo daré, que desde aquí no puedo tirarlo.
—Allá voy, y despachemos pronto.
Diciendo esto saltó la zanja, y se adelantó hasta muy cerca del que le
aguardaba, al parecer resignado á dejarse robar; levantó el machete, y ya iba
á descargar el golpe terrible, cuando se oyó un tiro; la bala de una pistola
disparada por el jugador atravesó el pecho de Goyo, y el canto del pájaro
malo respondió desde lejos al grito que dió este al caer en medio del camino
bañado en sangre.
Page 141
Quiso Dios que el cura del pueblo, que volvia de una administracion,
acertase á pasar por aquel sitio y viendo un hombre en el suelo, se acercó á
él con el fin de ausiliarle, si estaba enfermo, ó apartarle á un lado, si otra
causa menos lastimera le obligaba á guardar semejante postura. Se apeó de
su caballo, y al poner la mano sobre aquel cuerpo le halló todo mojado, latia
muy poco el corazon y la respiracion apenas se sentia. Con mucho trabajo
logró incorporarle, ayudado por el hombre que le acompañaba; mas no pasó
un minuto despues de esto cuando el herido, volviendo en sí, despues de un
profundo gemido dijo:
—¡Ah! ¿quién es la buena alma que me socorre y me vuelve á la vida?
—Es Dios, contestó el Sacerdote, que ha traido aquí al mas indigno de
sus ministros para recibir de V. la confesion de sus culpas, y ausiliarle con
el fin de lograr la salvacion de su alma, y volver si es posible la salud al
cuerpo.
—¡Oh padre! lo último es imposible, porque estoy muy mal herido, y
conozco que se me va acabando por momentos la poca vida que me queda;
y lo primero es igualmente desesperado, porque soy un infame y mi vida es
un tejido de crímenes.
—Hijo mio, confia en la divina Providencia, abre tu corazon á un ser
infinitamente misericordioso, confiesa y arrepiéntete de tus culpas, que
Dios las perdonará.
—¿Es posible padre? ¿Dios perdona á hombres como yo que merezco
arder en el infierno?
El bueno del Señor cura le predicó tanto y tan al alma, que al último se
decidió, é iba á comenzar el Yo pecador; pero el canto del pájaro malo le
anudó la garganta y no pudo articular ni una palabra.
—Vamos, hijo, ¿porqué tardas tanto? le dijo el Sacerdote.
—Padre, ¿ha oido V. ese pájaro que acaba de cantar?
—Sí, hijo; ¿pero porqué dices eso?
—Porque ese pájaro es el diablo, que quiere llevarse mi alma.
—¡Calla desgraciado! ¿Es posible que en el momento de morir tengas esa
preocupacion?
acertase á pasar por aquel sitio y viendo un hombre en el suelo, se acercó á
él con el fin de ausiliarle, si estaba enfermo, ó apartarle á un lado, si otra
causa menos lastimera le obligaba á guardar semejante postura. Se apeó de
su caballo, y al poner la mano sobre aquel cuerpo le halló todo mojado, latia
muy poco el corazon y la respiracion apenas se sentia. Con mucho trabajo
logró incorporarle, ayudado por el hombre que le acompañaba; mas no pasó
un minuto despues de esto cuando el herido, volviendo en sí, despues de un
profundo gemido dijo:
—¡Ah! ¿quién es la buena alma que me socorre y me vuelve á la vida?
—Es Dios, contestó el Sacerdote, que ha traido aquí al mas indigno de
sus ministros para recibir de V. la confesion de sus culpas, y ausiliarle con
el fin de lograr la salvacion de su alma, y volver si es posible la salud al
cuerpo.
—¡Oh padre! lo último es imposible, porque estoy muy mal herido, y
conozco que se me va acabando por momentos la poca vida que me queda;
y lo primero es igualmente desesperado, porque soy un infame y mi vida es
un tejido de crímenes.
—Hijo mio, confia en la divina Providencia, abre tu corazon á un ser
infinitamente misericordioso, confiesa y arrepiéntete de tus culpas, que
Dios las perdonará.
—¿Es posible padre? ¿Dios perdona á hombres como yo que merezco
arder en el infierno?
El bueno del Señor cura le predicó tanto y tan al alma, que al último se
decidió, é iba á comenzar el Yo pecador; pero el canto del pájaro malo le
anudó la garganta y no pudo articular ni una palabra.
—Vamos, hijo, ¿porqué tardas tanto? le dijo el Sacerdote.
—Padre, ¿ha oido V. ese pájaro que acaba de cantar?
—Sí, hijo; ¿pero porqué dices eso?
—Porque ese pájaro es el diablo, que quiere llevarse mi alma.
—¡Calla desgraciado! ¿Es posible que en el momento de morir tengas esa
preocupacion?
Page 142
—El moribundo, vencido de nuevo por la persuasion del ministro del
altar, dijo con voz clara sus culpas, y apenas absuelto murió en los brazos
del confesor.
Desde entonces hay esa cruz en el paraje que ha visto su merced, y en el
cual nos ha cantado esta noche el pájaro malo.
—Y bien, ¿qué tiene que ver la muerte de Gregorio Rodriguez con que
sea verdad que existe ese pájaro malo?
Mucho, Señor, si no hubiera aquel mozo desafiado á este, como hizo,
ofreciéndole cuatro granos de sal, no hubiera seguido siempre mal guiado
por el mismo; yo al menos así lo veo.
—Y yo veo que tú eres un simple, pues no conoces que ese pájaro es uno
cualquiera, y que el hombre que cumple con Dios y sus semejantes está
muy seguro de que no le harán obrar mal todos los pájaros buenos y malos
de la tierra.
altar, dijo con voz clara sus culpas, y apenas absuelto murió en los brazos
del confesor.
Desde entonces hay esa cruz en el paraje que ha visto su merced, y en el
cual nos ha cantado esta noche el pájaro malo.
—Y bien, ¿qué tiene que ver la muerte de Gregorio Rodriguez con que
sea verdad que existe ese pájaro malo?
Mucho, Señor, si no hubiera aquel mozo desafiado á este, como hizo,
ofreciéndole cuatro granos de sal, no hubiera seguido siempre mal guiado
por el mismo; yo al menos así lo veo.
—Y yo veo que tú eres un simple, pues no conoces que ese pájaro es uno
cualquiera, y que el hombre que cumple con Dios y sus semejantes está
muy seguro de que no le harán obrar mal todos los pájaros buenos y malos
de la tierra.
Page 143
Aquí terminó la conversacion de los viajeros, que siguieron callados su
camino.
camino.
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ESCENA XVIII.
A MI BUEN AMIGO
D. PABLO SAEZ.
Seguidillas.
VERÁS que seguidillas,
Amigo Pablo,
Que peor no las canta
Ni el mismo Diablo.
Vaya pues una,
Como esta serán todas,
Buena ninguna.
Cuando miro los ojos
De mi morena,
De tanto que me gustan
Me causan pena;
Porque quisiera
Tan de cerca mirarlos
Que no los viera.
A MI BUEN AMIGO
D. PABLO SAEZ.
Seguidillas.
VERÁS que seguidillas,
Amigo Pablo,
Que peor no las canta
Ni el mismo Diablo.
Vaya pues una,
Como esta serán todas,
Buena ninguna.
Cuando miro los ojos
De mi morena,
De tanto que me gustan
Me causan pena;
Porque quisiera
Tan de cerca mirarlos
Que no los viera.
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Me gustan las morenas
Por el salero,
Y tambien por las blancas,
De amor me muero.
Si son bonitas,
Lo mismo me da rubias
Que morenitas.
Porque un beso la pido
Se irrita Clara,
Y en un mes no me mira
Con buena cara.
Será preciso
Besarla cuando pueda
Sin su permiso.
Si quieres que te engorden
Las pantorrillas,
Baila chica á menudo
Las seguidillas.
Por el salero,
Y tambien por las blancas,
De amor me muero.
Si son bonitas,
Lo mismo me da rubias
Que morenitas.
Porque un beso la pido
Se irrita Clara,
Y en un mes no me mira
Con buena cara.
Será preciso
Besarla cuando pueda
Sin su permiso.
Si quieres que te engorden
Las pantorrillas,
Baila chica á menudo
Las seguidillas.
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Y aun mas subiera;
Pero temo que alguno
Me grite: ¡Fuera!
Tiene Paca unos dientes
De tal blancura,
Que á su lado la nieve
Parece oscura.
¡Jesus que hechizo!
Dios bendiga al dentista
Que se los hizo.
Un médico y un cura
Pasean juntos
Repasando la lista
De sus difuntos.
Y el boticario
Les sigue de bracete
Con el notario.
Pero temo que alguno
Me grite: ¡Fuera!
Tiene Paca unos dientes
De tal blancura,
Que á su lado la nieve
Parece oscura.
¡Jesus que hechizo!
Dios bendiga al dentista
Que se los hizo.
Un médico y un cura
Pasean juntos
Repasando la lista
De sus difuntos.
Y el boticario
Les sigue de bracete
Con el notario.
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Me dijo un guapo mozo
De Andalucía
Que en Cádiz las estrellas
Salen de dia.
Y no me admira,
Que quien dijo andaluces,
Dijo mentira.
Basta de seguidillas,
Pablo querido;
Tú siempre sigues gordo,
Yo consumido.
Y ande la danza,
Yo seré Don Quijote,
Tú Sancho Panza.
De Andalucía
Que en Cádiz las estrellas
Salen de dia.
Y no me admira,
Que quien dijo andaluces,
Dijo mentira.
Basta de seguidillas,
Pablo querido;
Tú siempre sigues gordo,
Yo consumido.
Y ande la danza,
Yo seré Don Quijote,
Tú Sancho Panza.
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ESCENA XIX.
REFLESSIONES
SOBRE EL
ACTA DE LA JUNTA PÚBLICA,
CELEBRADA POR
LA SOCIEDAD ECONÓMICA
DE
Amigos del País de Puerto-Rico[7]
en
El dia 21 de diciembre de 1845.
[7] En 1846 escribimos para el Cancionero de Borinquen este artículo,
persuadidos que eran convenientes á la prosperidad de la Isla todos los estudios
comprendidos en el proyectado Colegio Central; mas hoy que un estudio mas
detenido acerca del estado de nuestra patria nos ha convencido que viviamos en
el error, pensamos de muy diverso modo, conforme se habrá visto en varias de
las precedentes escenas de nuestra obra.
FUÉ grande el gozo que esperimentamos al leer el cuaderno del acta
pública de la Sociedad Económica, y grande á la par la admiracion que
sentimos al considerar los inmensos beneficios que hace al país una
corporacion que no
cuenta con mas recursos que su patriotismo, ni con mas caudales que la
buena administracion de sus escasos fondos; nosotros, hijos de Puerto-rico
y ansiosos de la prosperidad de nuestra patria, sentimos un noble orgullo en
REFLESSIONES
SOBRE EL
ACTA DE LA JUNTA PÚBLICA,
CELEBRADA POR
LA SOCIEDAD ECONÓMICA
DE
Amigos del País de Puerto-Rico[7]
en
El dia 21 de diciembre de 1845.
[7] En 1846 escribimos para el Cancionero de Borinquen este artículo,
persuadidos que eran convenientes á la prosperidad de la Isla todos los estudios
comprendidos en el proyectado Colegio Central; mas hoy que un estudio mas
detenido acerca del estado de nuestra patria nos ha convencido que viviamos en
el error, pensamos de muy diverso modo, conforme se habrá visto en varias de
las precedentes escenas de nuestra obra.
FUÉ grande el gozo que esperimentamos al leer el cuaderno del acta
pública de la Sociedad Económica, y grande á la par la admiracion que
sentimos al considerar los inmensos beneficios que hace al país una
corporacion que no
cuenta con mas recursos que su patriotismo, ni con mas caudales que la
buena administracion de sus escasos fondos; nosotros, hijos de Puerto-rico
y ansiosos de la prosperidad de nuestra patria, sentimos un noble orgullo en
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pertenecer á un cuerpo que se desvela por ella, y que está destinado á
elevarla al grado de esplendor que dan las ciencias, las artes y la industria,
cuando se introducen en un país, se protegen y se estimulan.
Son tantos los acuerdos de la Sociedad que tratan de mejoras útiles, que
fuera muy largo el hacer mencion de todos ellos; baste decir que no hay
ramo de que no se haya ocupado, y que las reformas planteadas parecen
fabulosas, si se comparan con los medios de que puede disponer.
Dejarémos, aunque con disgusto, infinidad de medidas á cual mas
importante, para ocuparnos de la obra magna, de la empresa que hará
inmortales á los que, fiados en sus nobles sentimientos y en la paternal y
generosa protección de la autoridad superior de la Isla, han tenido tal
pensamiento: esta obra es el Colegio Central.
Poco mas de un año hacia que en la anterior junta pública se habia hecho
una ligera indicacion sobre el particular, cuando el Sr. Director, en su
discurso pronunciado en la que se celebró el 21 de diciembre de 1845,
manifestaba ya haber reunido una cantidad respetable, producto de una
suscripcion abierta en los pueblos de la Isla y encabezada por la misma
autoridad superior: la comision nombrada por el Gobierno para dirigir este
asunto ha salido del seno de la Sociedad, y hasta el plano del edificio es
obra de uno de sus individuos.
Pero no es esto todo lo que ha hecho tan ilustre corporacion; conociendo
la necesidad de tener buenos profesores, ha mandado á Europa á su costa
dos jóvenes del país sobresalientes y de conducta irreprehensible, para que,
en union de otros dos, no menos recomendables y cuyos gastos corren á
cargo de un Sr. socio de mérito, estudien las ciencias naturales y métodos de
enseñanza para escuelas normal é industrial y salas de párvulos[8].
[8] El socio que á su costa instruye á estos dos jóvenes, es el canónigo Dr. don
Rufo Manuel Fernandez, bajo cuya direccion han venido á Europa estos y los
enviados por la Sociedad.
Es necesario conocer el estado de la Isla para poder apreciar la
importancia del establecimiento que nos ocupa: hay en ella elementos de
riqueza y medios de hacer su felicidad que estan por esplotar; y al ocuparse
principalmente la Sociedad de la enseñanza de las ciencias naturales, que
debe plantearse en el Colegio Central, da una prueba de la inteligencia y
buenos deseos que la animan.
elevarla al grado de esplendor que dan las ciencias, las artes y la industria,
cuando se introducen en un país, se protegen y se estimulan.
Son tantos los acuerdos de la Sociedad que tratan de mejoras útiles, que
fuera muy largo el hacer mencion de todos ellos; baste decir que no hay
ramo de que no se haya ocupado, y que las reformas planteadas parecen
fabulosas, si se comparan con los medios de que puede disponer.
Dejarémos, aunque con disgusto, infinidad de medidas á cual mas
importante, para ocuparnos de la obra magna, de la empresa que hará
inmortales á los que, fiados en sus nobles sentimientos y en la paternal y
generosa protección de la autoridad superior de la Isla, han tenido tal
pensamiento: esta obra es el Colegio Central.
Poco mas de un año hacia que en la anterior junta pública se habia hecho
una ligera indicacion sobre el particular, cuando el Sr. Director, en su
discurso pronunciado en la que se celebró el 21 de diciembre de 1845,
manifestaba ya haber reunido una cantidad respetable, producto de una
suscripcion abierta en los pueblos de la Isla y encabezada por la misma
autoridad superior: la comision nombrada por el Gobierno para dirigir este
asunto ha salido del seno de la Sociedad, y hasta el plano del edificio es
obra de uno de sus individuos.
Pero no es esto todo lo que ha hecho tan ilustre corporacion; conociendo
la necesidad de tener buenos profesores, ha mandado á Europa á su costa
dos jóvenes del país sobresalientes y de conducta irreprehensible, para que,
en union de otros dos, no menos recomendables y cuyos gastos corren á
cargo de un Sr. socio de mérito, estudien las ciencias naturales y métodos de
enseñanza para escuelas normal é industrial y salas de párvulos[8].
[8] El socio que á su costa instruye á estos dos jóvenes, es el canónigo Dr. don
Rufo Manuel Fernandez, bajo cuya direccion han venido á Europa estos y los
enviados por la Sociedad.
Es necesario conocer el estado de la Isla para poder apreciar la
importancia del establecimiento que nos ocupa: hay en ella elementos de
riqueza y medios de hacer su felicidad que estan por esplotar; y al ocuparse
principalmente la Sociedad de la enseñanza de las ciencias naturales, que
debe plantearse en el Colegio Central, da una prueba de la inteligencia y
buenos deseos que la animan.
Page 150
La química, la mineralogía, la agricultura y la botánica son
indispensables en un país que encierra en su seno infinidad de minerales, y
cuya fertilidad es tan prodigiosa, que sus cosechas y la cria del ganado
constituyen toda su riqueza, á pesar del atraso en que es preciso confesar
que nos hallamos. ¿Quién es capaz de calcular la diferencia que habrá en el
cultivo de las tierras, cuando el estudio de las ciencias naturales pueda
aplicarse á la labranza
y á la elaboración de sus productos? ¡Cuántos ramos de industria,
desconocidos ahora, vendrán á enriquecer á los que se dediquen al estudio
de dichas ciencias!
Cuando el comercio se enseñe por principios, ¡cuántas empresas se
disputarán el privilegio de abrir canales y caminos; cuántos propietarios
emplearán en aquel grandes caudales, que ahora invierten en otros países!
¡Cuántas obras útiles, y aun necesarias, se emprenderán, que estan
olvidadas por la falta de medios de comunicacion! Son incalculables los
beneficios que reportará el país si llega á establecerse el Colegio central: la
unidad en el método de enseñanza impedirá que ignorantes disfrazados con
trage de maestros engañen á los padres de familia entorpeciendo á los
jóvenes, y las salas de párvulos y la escuela industrial darán á las clases
pobres toda la instruccion que puedan apetecer.
Este cambio prodigioso se efectuará dentro de poco, si el gobierno, como
es de esperar, sigue protegiendo y alentando á los Amigos del País en su
noble empresa; y si los pueblos de la Isla corresponden, como hasta aquí,
con tanto desinterés á las esperanzas de esos hombres dignos de la obra que
han emprendido y de la gratitud de todos los puerto-riqueños.
Mucho podríamos estendernos sobre los estudios preliminares para las
facultades mayores, mucho sobre las carreras científicas, y mucho mas aun
sobre el plan que debe seguirse; pero nos creemos dispensados de hacerlo,
porque la Junta encargada de llevar á cabo el pensamiento del Colegio
central se compone de personas cuya ilustracion es bien conocida, y cuyo
voto es para nosotros muy respetable y de mas valor que el nuestro mismo;
además, ¿qué pudiéramos decir cuando han escrito sobre el particular el Dr.
D. Rufo Manuel Fernandez y el Sr. Conde de Carpegna? Solo suscribirémos
con el mayor placer á cuanto determinen, para dar un público, aunque muy
pequeño, testimonio de gratitud á la Junta, á la Sociedad Económica y á la
indispensables en un país que encierra en su seno infinidad de minerales, y
cuya fertilidad es tan prodigiosa, que sus cosechas y la cria del ganado
constituyen toda su riqueza, á pesar del atraso en que es preciso confesar
que nos hallamos. ¿Quién es capaz de calcular la diferencia que habrá en el
cultivo de las tierras, cuando el estudio de las ciencias naturales pueda
aplicarse á la labranza
y á la elaboración de sus productos? ¡Cuántos ramos de industria,
desconocidos ahora, vendrán á enriquecer á los que se dediquen al estudio
de dichas ciencias!
Cuando el comercio se enseñe por principios, ¡cuántas empresas se
disputarán el privilegio de abrir canales y caminos; cuántos propietarios
emplearán en aquel grandes caudales, que ahora invierten en otros países!
¡Cuántas obras útiles, y aun necesarias, se emprenderán, que estan
olvidadas por la falta de medios de comunicacion! Son incalculables los
beneficios que reportará el país si llega á establecerse el Colegio central: la
unidad en el método de enseñanza impedirá que ignorantes disfrazados con
trage de maestros engañen á los padres de familia entorpeciendo á los
jóvenes, y las salas de párvulos y la escuela industrial darán á las clases
pobres toda la instruccion que puedan apetecer.
Este cambio prodigioso se efectuará dentro de poco, si el gobierno, como
es de esperar, sigue protegiendo y alentando á los Amigos del País en su
noble empresa; y si los pueblos de la Isla corresponden, como hasta aquí,
con tanto desinterés á las esperanzas de esos hombres dignos de la obra que
han emprendido y de la gratitud de todos los puerto-riqueños.
Mucho podríamos estendernos sobre los estudios preliminares para las
facultades mayores, mucho sobre las carreras científicas, y mucho mas aun
sobre el plan que debe seguirse; pero nos creemos dispensados de hacerlo,
porque la Junta encargada de llevar á cabo el pensamiento del Colegio
central se compone de personas cuya ilustracion es bien conocida, y cuyo
voto es para nosotros muy respetable y de mas valor que el nuestro mismo;
además, ¿qué pudiéramos decir cuando han escrito sobre el particular el Dr.
D. Rufo Manuel Fernandez y el Sr. Conde de Carpegna? Solo suscribirémos
con el mayor placer á cuanto determinen, para dar un público, aunque muy
pequeño, testimonio de gratitud á la Junta, á la Sociedad Económica y á la
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autoridad que, conociendo los intereses del país, protege esa tendencia á la
civilizacion que en él se desarrolla con una rapidez que nos entusiasma.
Acabemos de una vez los hijos de Puerto-rico de venir con estudios
incompletos y mal ordenados á las Universidades del Reino, donde hasta
ahora se nos ha admitido á fuerza de súplicas, porque nuestros estudios no
estaban en armonía con los de estas; y no nos avergüenza el decirlo, porque
ni era culpa nuestra, ni del gobierno de la Isla. La civilizacion es obra del
tiempo, y en vano nos hubiéramos esforzado antes de llegar á la época
conveniente.
Mas ha llegado ya esa época feliz, ha sonado para nosotros la hora
dichosa en que debemos despertar, y, sacudiendo las alas del ingenio,
elevarnos hasta escribir en el cielo los nombres de nuestros bienhechores.
No teman estos los inconvenientes que hallarán antes de ver colmados sus
deseos; cuanto mas colosales sean, tanto mayor será su obra, y por el
tamaño de las obras se mide la grandeza de las almas.
Reciban por ahora esta débil muestra de veneracion que les tributamos; y
cuando llegue un dia en que la ancianidad enfrie el ardor de sus nobles
corazones, nosotros procurarémos imitarles, y dirémos á nuestros hijos:
«Honrad y bendecid á esos hombres cuyo cuerpo no puede soportar el peso
de los años, pero que e otro tiempo labraron y sostuvieron el edificio de la
felicidad y gloria de Puerto-rico.»
civilizacion que en él se desarrolla con una rapidez que nos entusiasma.
Acabemos de una vez los hijos de Puerto-rico de venir con estudios
incompletos y mal ordenados á las Universidades del Reino, donde hasta
ahora se nos ha admitido á fuerza de súplicas, porque nuestros estudios no
estaban en armonía con los de estas; y no nos avergüenza el decirlo, porque
ni era culpa nuestra, ni del gobierno de la Isla. La civilizacion es obra del
tiempo, y en vano nos hubiéramos esforzado antes de llegar á la época
conveniente.
Mas ha llegado ya esa época feliz, ha sonado para nosotros la hora
dichosa en que debemos despertar, y, sacudiendo las alas del ingenio,
elevarnos hasta escribir en el cielo los nombres de nuestros bienhechores.
No teman estos los inconvenientes que hallarán antes de ver colmados sus
deseos; cuanto mas colosales sean, tanto mayor será su obra, y por el
tamaño de las obras se mide la grandeza de las almas.
Reciban por ahora esta débil muestra de veneracion que les tributamos; y
cuando llegue un dia en que la ancianidad enfrie el ardor de sus nobles
corazones, nosotros procurarémos imitarles, y dirémos á nuestros hijos:
«Honrad y bendecid á esos hombres cuyo cuerpo no puede soportar el peso
de los años, pero que e otro tiempo labraron y sostuvieron el edificio de la
felicidad y gloria de Puerto-rico.»
Page 152
ESCENA XX.
SONETO
Dedicado á mi apreciable amigo
DON PABLO SAEZ.
El Puerto-Riqueño.
COLOR moreno, frente despejada,
Mirar lánguido, altivo y penetrante,
La barba negra, pálido el semblante,
Rostro enjuto, naríz proporcionada,
Mediana talla, marcha compasada;
El alma de ilusiones anhelante,
Agudo ingenio, libre y arrogante,
Pensar inquieto, mente acalorada,
Humano, afable, justo, dadivoso,
En empresas de amor siempre variable,
Tras la gloria y placer siempre
afanoso,
Y en amor á su patria insuperable:
Este es, á no dudarlo, fiel diseño
Para copiar un buen Puerto-riqueño.
SONETO
Dedicado á mi apreciable amigo
DON PABLO SAEZ.
El Puerto-Riqueño.
COLOR moreno, frente despejada,
Mirar lánguido, altivo y penetrante,
La barba negra, pálido el semblante,
Rostro enjuto, naríz proporcionada,
Mediana talla, marcha compasada;
El alma de ilusiones anhelante,
Agudo ingenio, libre y arrogante,
Pensar inquieto, mente acalorada,
Humano, afable, justo, dadivoso,
En empresas de amor siempre variable,
Tras la gloria y placer siempre
afanoso,
Y en amor á su patria insuperable:
Este es, á no dudarlo, fiel diseño
Para copiar un buen Puerto-riqueño.
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Page 154
ESCENA XXI.
LA LINTERNA MÁGICA.
UNA de las cosas que distinguen mi carácter, y que en él sirven de contraste
á ciertos arranques impetuosos, es la grandísima flema con que muchas
veces me detengo, aun en los parajes mas públicos, á mirar objetos que son
tenidos por la gente de frac y levita como indignos de llamar su atencion;
así no es estraño hallarme con tamaña boca abierta parado delante de una
tienda de estampas contemplando una testa contrahecha de Napoleon, un
Gonzalo de Cordóva patituerto, ó un Luís XIV jorobado, y allí me estoy
largo rato, para despedirme despues con una sonrisa: tampoco es raro el
verme detenido en medio de una calle, estorbando, si es menester, á los que
pasan, para oir la ensarta de disparates con que un ciego publica el romance
nuevo, donde se da razon de la batalla sangrienta de los doce Pares de
Francia contra los moros mandados por don Juan de Áustria.
LA LINTERNA MÁGICA.
UNA de las cosas que distinguen mi carácter, y que en él sirven de contraste
á ciertos arranques impetuosos, es la grandísima flema con que muchas
veces me detengo, aun en los parajes mas públicos, á mirar objetos que son
tenidos por la gente de frac y levita como indignos de llamar su atencion;
así no es estraño hallarme con tamaña boca abierta parado delante de una
tienda de estampas contemplando una testa contrahecha de Napoleon, un
Gonzalo de Cordóva patituerto, ó un Luís XIV jorobado, y allí me estoy
largo rato, para despedirme despues con una sonrisa: tampoco es raro el
verme detenido en medio de una calle, estorbando, si es menester, á los que
pasan, para oir la ensarta de disparates con que un ciego publica el romance
nuevo, donde se da razon de la batalla sangrienta de los doce Pares de
Francia contra los moros mandados por don Juan de Áustria.
Page 155
Un dia, no muy lejano de este en que escribo, iba yo por una calle muy
concurrida, cuando picó mi natural curiosidad un grupo de personas
apiñadas al rededor de una especie de cajon pintado de verde y colocado
sobre un trípode de cuatro palmos de elevacion, y que tenia en el frente que
daba á los espectadores un cristal de forma circular. Cada uno de los que se
acercaban á mirar por él entregaba un dar de cuartos á un hombre
estravagantemente vestido, que tocaba el tamboril; mientras un muchacho
de unos doce años, cubierto de harapos, y no tan limpio como cualquier
cosa sucia, gritaba sin parar, diciendo:
—Vamos, señores; ¿quién por dos cuartos no ve todos los paises de la
tierra y de la luna? Reparen el ahorro de dinero que esto puede
proporcionarles.
concurrida, cuando picó mi natural curiosidad un grupo de personas
apiñadas al rededor de una especie de cajon pintado de verde y colocado
sobre un trípode de cuatro palmos de elevacion, y que tenia en el frente que
daba á los espectadores un cristal de forma circular. Cada uno de los que se
acercaban á mirar por él entregaba un dar de cuartos á un hombre
estravagantemente vestido, que tocaba el tamboril; mientras un muchacho
de unos doce años, cubierto de harapos, y no tan limpio como cualquier
cosa sucia, gritaba sin parar, diciendo:
—Vamos, señores; ¿quién por dos cuartos no ve todos los paises de la
tierra y de la luna? Reparen el ahorro de dinero que esto puede
proporcionarles.
Page 156
—Aquí, aquí, señores y señoras de ambos secsos, y verán, sin necesidad
de estropearse corriendo en un carruaje, de marearse navegando, ni de
morirse de hambre y de asco en las posadas, todo lo que pasa desde la isla
del gigante Rebientapanzas, situada en el cuerno izquierdo de la luna, hasta
los trópicos del polo norte, y desde allí hasta la casa del Preste Juan de las
Indias.
Los circunstantes pagaban é iban mirando uno despues de otro por el
cristal, retirándose despues muy satisfechos; el muchacho gritaba mas
fuerte cuando disminuia el número, y así continuó por un largo rato: íbame
yo á marchar, cuando le oí que decia entre varios otros despropósitos:
—Ea, señores, aprovechen el dia, que esto no se logra sino una vez al
año; saquen esos cuartejos que se les estan pudriendo en los bolsillos, y
prevengan otros para esta noche, que el maestro dará una gran funcion de
magia en la calle de los Imposibles, número treinta, primera habitacion
bajando del cielo. Allí verán ustedes como se adivina lo que ha de venir, y
se dice lo que cada prójimo piensa de los demás, y los demás de él.
Al escuchar esto me acerqué al que el muchacho llamaba maestro, y que
en realidad le convenia este dictado en la ciencia de los embrollos y
de estropearse corriendo en un carruaje, de marearse navegando, ni de
morirse de hambre y de asco en las posadas, todo lo que pasa desde la isla
del gigante Rebientapanzas, situada en el cuerno izquierdo de la luna, hasta
los trópicos del polo norte, y desde allí hasta la casa del Preste Juan de las
Indias.
Los circunstantes pagaban é iban mirando uno despues de otro por el
cristal, retirándose despues muy satisfechos; el muchacho gritaba mas
fuerte cuando disminuia el número, y así continuó por un largo rato: íbame
yo á marchar, cuando le oí que decia entre varios otros despropósitos:
—Ea, señores, aprovechen el dia, que esto no se logra sino una vez al
año; saquen esos cuartejos que se les estan pudriendo en los bolsillos, y
prevengan otros para esta noche, que el maestro dará una gran funcion de
magia en la calle de los Imposibles, número treinta, primera habitacion
bajando del cielo. Allí verán ustedes como se adivina lo que ha de venir, y
se dice lo que cada prójimo piensa de los demás, y los demás de él.
Al escuchar esto me acerqué al que el muchacho llamaba maestro, y que
en realidad le convenia este dictado en la ciencia de los embrollos y
Page 157
mentiras.
—Oiga V., le dije, seria V. capaz de alcanzar lo que pensarán de cierta
obrita en cierto país que yo sé.
—Sí señor, y por de pronto digo: que esa obrita se titula El Gíbaro y V. es
el autor.
Quedéme pasmado, y él añadió:
—No estraño la turbación de V.; lo mismo sucede á todos; pero, perdone
V. que no puedo entretenerme, y si quiere ver maravillas no deje de ir esta
noche á mi casa.
En efecto, llegué á ella de los primeros, y despues de aguardar cerca de
dos horas, se corrió una cortina, y empezó la funcion por mi pregunta, que
habia sido la primera, despues de un rato de música de pito y tamboril.
—Muchacho, dijo el charlatan, métete dentro del diablo.
Así llamaba una cara disforme mal pintada en un lienzo blanco, detrás
del cual se metió el asqueroso muchacho.
—¿Estás ya listo?
—Sí señor, ya estoy dentro.
—Vamos pues, dime lo que ves; prosiguió el maestro, á guisa de
magnetizador.
—Señor, veo una ciudad en que hay unos cuantos que oyen leer un libro:
los unos rien, los otros bostezan; que bueno es esto, dicen unos; que
malísimo, dicen otros; cada cual cree conocer mejor que los demás donde
está el mérito y donde las faltas.
—Bueno, muchacho; y ¿qué mas?
—Hay uno que dice que el autor es rubio; otro que moreno, y otro que
negro.
—Muchacho, sigue, esos son unos tontos.
—Señor, hay una vieja que dice que es hereje.
—Chico chico, deja esa vieja, que despues de haber dado, como se dice,
la carne al diablo, quiere dar ahora los huesos á Dios.
—Oiga V., le dije, seria V. capaz de alcanzar lo que pensarán de cierta
obrita en cierto país que yo sé.
—Sí señor, y por de pronto digo: que esa obrita se titula El Gíbaro y V. es
el autor.
Quedéme pasmado, y él añadió:
—No estraño la turbación de V.; lo mismo sucede á todos; pero, perdone
V. que no puedo entretenerme, y si quiere ver maravillas no deje de ir esta
noche á mi casa.
En efecto, llegué á ella de los primeros, y despues de aguardar cerca de
dos horas, se corrió una cortina, y empezó la funcion por mi pregunta, que
habia sido la primera, despues de un rato de música de pito y tamboril.
—Muchacho, dijo el charlatan, métete dentro del diablo.
Así llamaba una cara disforme mal pintada en un lienzo blanco, detrás
del cual se metió el asqueroso muchacho.
—¿Estás ya listo?
—Sí señor, ya estoy dentro.
—Vamos pues, dime lo que ves; prosiguió el maestro, á guisa de
magnetizador.
—Señor, veo una ciudad en que hay unos cuantos que oyen leer un libro:
los unos rien, los otros bostezan; que bueno es esto, dicen unos; que
malísimo, dicen otros; cada cual cree conocer mejor que los demás donde
está el mérito y donde las faltas.
—Bueno, muchacho; y ¿qué mas?
—Hay uno que dice que el autor es rubio; otro que moreno, y otro que
negro.
—Muchacho, sigue, esos son unos tontos.
—Señor, hay una vieja que dice que es hereje.
—Chico chico, deja esa vieja, que despues de haber dado, como se dice,
la carne al diablo, quiere dar ahora los huesos á Dios.
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—Hay dos guapos mozos que en cada personaje ven un retrato de una
persona que conocen.
—Pues dale un coscorrón á cada uno de esos guapos mozos, para que
aprendan á ver la falta y no el culpable, y para que sean mas nobles y no
crean tan bajo al autor.
—Señor, señor, veo á dos que estan á punto de desafiarse, porque el uno
dice que el autor es frio, y el otro que demasiado caliente.
—Déjalos que se rompan las narices, que los dos piden peras al olmo.
Habló despues el muchacho de infinidad de tipos, que no dejaron de
servirme de diversion: poetas que jamás han escrito un verso, literatos que
¡Dios nos asista! críticos ignorantes que hallaban un defecto en el perfil de
cada letra, y amigos desconsiderados que todo lo aplaudian; finalmente
dijo: Ahora alcanzo á ver unos señores muy comedidos que discuten sin
enfadarse y que hacen con mucha calma sus observaciones.
—Pues sal de dentro del diablo, para que no digas algun despropósito
contra esos señores, que deben ser hombres de talento.
Salió efectivamente de detrás de la cortina, y yo de la casa pensando en
lo que habia oido.
Al dia siguiente fuí á buscar al charlatan para que me dijera como habia
sabido todo aquello de ser yo el autor del Gíbaro.
—Muy sencillamente, me respondió: dias pasados estuve donde
imprimen la obrita, allí le ví á V. y hasta leí una prueba vieja que me dió
uno de los cajistas que es amigo mio. En cuanto á la opinion que de ella
formarán, eso es cosa olvidada ya y poco mas ó menos de todas se forma la
misma, segun el caletre de cada uno de los que la leen.
¡Dichoso yo! esclamé cuando me ví lejos de aquella buena pieza, dichoso
yo que no seré juzgado segun me ha predicho este perillan, porque en
Puerto-rico ni hay quien me crea de ninguno de los colores del iris, ni viejas
que me tengan por hereje, ni guapos mozos que me consideren capaz de
copiar á un individuo determinado para hacer públicos sus defectos, ni
majaderos que me crean frio ni caliente; sino personas instruidas y juiciosas
que me tienen por templado, cual conviene al escritor de costumbres, y
ajeno á toda pasion mezquina, y lo que es mas ni siquiera tengo un
persona que conocen.
—Pues dale un coscorrón á cada uno de esos guapos mozos, para que
aprendan á ver la falta y no el culpable, y para que sean mas nobles y no
crean tan bajo al autor.
—Señor, señor, veo á dos que estan á punto de desafiarse, porque el uno
dice que el autor es frio, y el otro que demasiado caliente.
—Déjalos que se rompan las narices, que los dos piden peras al olmo.
Habló despues el muchacho de infinidad de tipos, que no dejaron de
servirme de diversion: poetas que jamás han escrito un verso, literatos que
¡Dios nos asista! críticos ignorantes que hallaban un defecto en el perfil de
cada letra, y amigos desconsiderados que todo lo aplaudian; finalmente
dijo: Ahora alcanzo á ver unos señores muy comedidos que discuten sin
enfadarse y que hacen con mucha calma sus observaciones.
—Pues sal de dentro del diablo, para que no digas algun despropósito
contra esos señores, que deben ser hombres de talento.
Salió efectivamente de detrás de la cortina, y yo de la casa pensando en
lo que habia oido.
Al dia siguiente fuí á buscar al charlatan para que me dijera como habia
sabido todo aquello de ser yo el autor del Gíbaro.
—Muy sencillamente, me respondió: dias pasados estuve donde
imprimen la obrita, allí le ví á V. y hasta leí una prueba vieja que me dió
uno de los cajistas que es amigo mio. En cuanto á la opinion que de ella
formarán, eso es cosa olvidada ya y poco mas ó menos de todas se forma la
misma, segun el caletre de cada uno de los que la leen.
¡Dichoso yo! esclamé cuando me ví lejos de aquella buena pieza, dichoso
yo que no seré juzgado segun me ha predicho este perillan, porque en
Puerto-rico ni hay quien me crea de ninguno de los colores del iris, ni viejas
que me tengan por hereje, ni guapos mozos que me consideren capaz de
copiar á un individuo determinado para hacer públicos sus defectos, ni
majaderos que me crean frio ni caliente; sino personas instruidas y juiciosas
que me tienen por templado, cual conviene al escritor de costumbres, y
ajeno á toda pasion mezquina, y lo que es mas ni siquiera tengo un
Page 159
enemigo, y carezco de envidiosos émulos, porque carezco tambien del
mérito que pudiera acarreármelos. ¡Dichoso yo! que estoy cierto de que al
concluir de leer este libro dirán mis paisanos lo que yo dije al comenzarle:
Es el fruto de muchas horas robadas al sueño y al descanso de una
profesion noble y santa á que se dedica.
mérito que pudiera acarreármelos. ¡Dichoso yo! que estoy cierto de que al
concluir de leer este libro dirán mis paisanos lo que yo dije al comenzarle:
Es el fruto de muchas horas robadas al sueño y al descanso de una
profesion noble y santa á que se dedica.
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INDICE
DE LAS ESCENAS CONTENIDAS EN ESTA OBRA.
Pág.
Prologo 7
Escena I. Espíritu de provincialismo 9
— II. El Bando de S. Pedro 21
— III. Reflecsiones sobre instruccion pública 34
— IV. Un casamiento gíbaro 49
— V. Bailes de Puerto-rico 55
— VI. El Baile de garabato 69
— VII. La Gallera 77
— VIII. Una pelea de gallos 87
IX. Escritores Puerto-riqueños.—D. Santiago 94
—
Vidarte
— X. Los sabios y los locos en mi cuarto 109
— XI. La fiesta del Utuao 122
— XII. Aguinaldos 128
XIII. A mi respetable amigo el Sr. D. Francisco 137
—
Vasallo; en contestación á una carta suya
— XIV. Un desengaño 141
— XV. A mi amigo D. Miguel Delgado 160
— XVI. Carreras de S. Juan y S. Pedro 164
— XVII. El pájaro malo 175
— XVIII. A mi buen amigo D. Pablo Saez 185
— XIX. Reflecsiones sobre el acta de la Junta pública 190
DE LAS ESCENAS CONTENIDAS EN ESTA OBRA.
Pág.
Prologo 7
Escena I. Espíritu de provincialismo 9
— II. El Bando de S. Pedro 21
— III. Reflecsiones sobre instruccion pública 34
— IV. Un casamiento gíbaro 49
— V. Bailes de Puerto-rico 55
— VI. El Baile de garabato 69
— VII. La Gallera 77
— VIII. Una pelea de gallos 87
IX. Escritores Puerto-riqueños.—D. Santiago 94
—
Vidarte
— X. Los sabios y los locos en mi cuarto 109
— XI. La fiesta del Utuao 122
— XII. Aguinaldos 128
XIII. A mi respetable amigo el Sr. D. Francisco 137
—
Vasallo; en contestación á una carta suya
— XIV. Un desengaño 141
— XV. A mi amigo D. Miguel Delgado 160
— XVI. Carreras de S. Juan y S. Pedro 164
— XVII. El pájaro malo 175
— XVIII. A mi buen amigo D. Pablo Saez 185
— XIX. Reflecsiones sobre el acta de la Junta pública 190
Page 161
XX. Soneto dedicado á mi apreciable amigo D. 196
—
Pablo Saez
— XXI. La linterna mágica 198
FIN.
—
Pablo Saez
— XXI. La linterna mágica 198
FIN.
Page 162
*** END OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK EL GÍBARO ***
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#516, Montclair NJ 07042, USA, +1 (862) 621-9288. Email contact
modification, or additions or deletions to any Project Gutenberg work,
and (c) any Defect you cause.
Section 2. Information about the Mission of Project
Gutenberg
Project Gutenberg is synonymous with the free distribution of
electronic works in formats readable by the widest variety of
computers including obsolete, old, middle-aged and new computers. It
exists because of the efforts of hundreds of volunteers and donations
from people in all walks of life.
Volunteers and financial support to provide volunteers with the
assistance they need are critical to reaching Project Gutenberg’s goals
and ensuring that the Project Gutenberg collection will remain freely
available for generations to come. In 2001, the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation was created to provide a secure and
permanent future for Project Gutenberg and future generations. To
learn more about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation
and how your efforts and donations can help, see Sections 3 and 4 and
the Foundation information page at www.gutenberg.org.
Section 3. Information about the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation
The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non-profit
501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the state
of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal Revenue
Service. The Foundation’s EIN or federal tax identification number is
64-6221541. Contributions to the Project Gutenberg Literary Archive
Foundation are tax deductible to the full extent permitted by U.S.
federal laws and your state’s laws.
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links and up to date contact information can be found at the
Foundation’s website and official page at www.gutenberg.org/contact
Section 4. Information about Donations to the Project
Gutenberg Literary Archive Foundation
Project Gutenberg™ depends upon and cannot survive without
widespread public support and donations to carry out its mission of
increasing the number of public domain and licensed works that can be
freely distributed in machine-readable form accessible by the widest
array of equipment including outdated equipment. Many small
donations ($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax
exempt status with the IRS.
The Foundation is committed to complying with the laws regulating
charities and charitable donations in all 50 states of the United States.
Compliance requirements are not uniform and it takes a considerable
effort, much paperwork and many fees to meet and keep up with these
requirements. We do not solicit donations in locations where we have
not received written confirmation of compliance. To SEND
DONATIONS or determine the status of compliance for any particular
state visit www.gutenberg.org/donate.
While we cannot and do not solicit contributions from states where we
have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition
against accepting unsolicited donations from donors in such states who
approach us with offers to donate.
International donations are gratefully accepted, but we cannot make
any statements concerning tax treatment of donations received from
outside the United States. U.S. laws alone swamp our small staff.
Please check the Project Gutenberg web pages for current donation
methods and addresses. Donations are accepted in a number of other
ways including checks, online payments and credit card donations. To
donate, please visit: www.gutenberg.org/donate.
Foundation’s website and official page at www.gutenberg.org/contact
Section 4. Information about Donations to the Project
Gutenberg Literary Archive Foundation
Project Gutenberg™ depends upon and cannot survive without
widespread public support and donations to carry out its mission of
increasing the number of public domain and licensed works that can be
freely distributed in machine-readable form accessible by the widest
array of equipment including outdated equipment. Many small
donations ($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax
exempt status with the IRS.
The Foundation is committed to complying with the laws regulating
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Compliance requirements are not uniform and it takes a considerable
effort, much paperwork and many fees to meet and keep up with these
requirements. We do not solicit donations in locations where we have
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DONATIONS or determine the status of compliance for any particular
state visit www.gutenberg.org/donate.
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have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition
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International donations are gratefully accepted, but we cannot make
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Please check the Project Gutenberg web pages for current donation
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Section 5. General Information About Project Gutenberg
electronic works
Professor Michael S. Hart was the originator of the Project Gutenberg
concept of a library of electronic works that could be freely shared
with anyone. For forty years, he produced and distributed Project
Gutenberg eBooks with only a loose network of volunteer support.
Project Gutenberg eBooks are often created from several printed
editions, all of which are confirmed as not protected by copyright in
the U.S. unless a copyright notice is included. Thus, we do not
necessarily keep eBooks in compliance with any particular paper
edition.
Most people start at our website which has the main PG search facility:
www.gutenberg.org.
This website includes information about Project Gutenberg, including
how to make donations to the Project Gutenberg Literary Archive
Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to
subscribe to our email newsletter to hear about new eBooks.
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Professor Michael S. Hart was the originator of the Project Gutenberg
concept of a library of electronic works that could be freely shared
with anyone. For forty years, he produced and distributed Project
Gutenberg eBooks with only a loose network of volunteer support.
Project Gutenberg eBooks are often created from several printed
editions, all of which are confirmed as not protected by copyright in
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necessarily keep eBooks in compliance with any particular paper
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