El capital_ Resumido y acompañado de un estudio sobre el Socialismo científico (Spanish) Karl Marx and Gabriel Pierre Deville 951 downloads.pdf

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The Project Gutenberg eBook of El capital: Resumido y
acompañado de un estudio sobre el Socialismo científico
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Title: El capital: Resumido y acompañado de un estudio sobre el Socialismo
científico

Author: Karl Marx
Gabriel Pierre Deville

Release date: April 27, 2022 [eBook #67939]
Most recently updated: October 18, 2024

Language: Spanish

Original publication: Spain: Ricardo Fé, 1887

Other information and formats: www.gutenberg.org/ebooks/67939

Credits: Ramón Pajares Box. (This file was produced from images generously
made available by Biblioteca Digital de Castilla y León.)

*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK EL CAPITAL:
RESUMIDO Y ACOMPAÑADO DE UN ESTUDIO SOBRE EL
SOCIALISMO CIENTÍFICO ***

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Índice

Nota de transcripción

Los errores de imprenta han sido corregidos.
La ortografía del texto original ha sido modernizada de acuerdo con las normas
publicadas en 2010 por la Real Academia Española.
Las páginas en blanco han sido eliminadas.

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EL CAPITAL

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CARLOS MARX

EL CAPITAL
RESUMIDO Y ACOMPAÑADO DE UN

ESTUDIO SOBRE EL SOCIALISMO CIENTÍFICO

POR

GABRIEL DEVILLE

PRIMERA EDICIÓN

M ADRI D
est tip. de ricardo fé
Calle de Cedaceros, núm. 11
—
1887

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ES PROPIEDAD

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NOTA PRELIMINAR

Al dar a la estampa una versión española de El Capital, de Carlos Marx
compendiado y precedido de un estudio sobre el Socialismo científico, po
Gabriel Deville, creemos prestar un señalado servicio, no solo a los que
busquen en la obra del ilustre comunista alemán nuevas y bien templada
armas para combatir en pro de esa transformación social a que aspira y por la
que pelea la clase trabajadora de ambos mundos, sino además a todos los que
sinceramente se consagran al estudio de los problemas sociales, no
contentándose con esos juicios a priori que subrayan diariamente la increíble
ignorancia y la más increíble ligereza de los escritores a sueldo de la
burguesía.
Poco o nada podremos añadir al luminoso prefacio en que Deville expone a
grandes rasgos la doctrina de Marx; pero séanos permitido insistir sobre un
punto de la mayor importancia: en esta exposición rápida de la teoría marxista
lo mismo que en el compendio o resumen de El Capital y en su
apreciaciones acerca de la evolución económica que estamos presenciando y
de la influencia que esta evolución ejerce en el movimiento revolucionario que
arrastra a los proletarios de todos los países, Deville se ha ajustado con
probidad y fidelidad absolutas al pensamiento dominante en la obra que trata
de dar a conocer, llevando sus honrados escrúpulos hasta el extremo de no
permitir que se imprimiera ni una página de su libro sin que Marx y, despué
de su muerte, Engels, revisasen tanto el Compendio, como el Prefacio y e
Estudio sobre el Socialismo científico.
Con lo cual quedan desvanecidas de antemano las dudas que sobre este
punto pudieran ocurrir.

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PREFACIO

Solo por el estudio, por la observación de la naturaleza de las cosas y de lo
seres, es como el hombre, consciente de sus efectos, puede hacerse dueño cada
día más de su propio movimiento.
Antes de coordinar ideas y de conocer sus diversas relaciones, el hombre ha
ejercido una acción; esto es cierto, ya se considere la infancia del individuo o
la de la especie. Pero solo a partir del momento en que esta queda subordinada
al pensamiento que reflexiona, es cuando la acción deja de ser incoherente
para adquirir una eficacia rápida y real. Sucede con la acción revolucionaria lo
que con cualquiera otro género de acción: que debe tener por guía la ciencia, s
no ha de esterilizarse en pueriles esfuerzos.
El sostener, sea la que quiera la materia de que se trate, que la ciencia e
inútil o que el estudio ha perdido su razón de ser, no es más que un torpe
pretexto para dispensarse de estudiar o para excusar una obstinada ignorancia.
El estudio de la vida social no modificará ciertamente por sí solo la forma
social, ni tampoco proporcionará, con todos sus detalles, los planos, sección y
elevación de una nueva sociedad; pero sí nos descubrirá los elemento
constitutivos de la sociedad presente, sus combinaciones íntimas y, juntamente
con sus tendencias, la ley que preside a su evolución. Este conocimiento
permitirá no «abolir por decretos las fases del desarrollo natural de la sociedad
moderna, sino abreviar el periodo de la gestación y dulcificar los dolores de su
alumbramiento».
Al llevar a cabo el estudio de la sociedad, Carlos Marx no ha tenido la
pretensión de ser el creador de una ciencia desconocida hasta él. Al contrario
y así lo prueban las numerosas notas de su obra, se ha apoyado en los estudio
de los economistas que le han precedido, y ha tenido sumo cuidado de
recordar, en cada cita, el primero que la había formulado. Pero ninguno má
que él ha contribuido a extraer de su análisis la verdadera significación de lo

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fenómenos sociales; ninguno, por consecuencia, ha hecho tanto por la
emancipación obrera, por la emancipación humana.
No hay duda que otros antes que él habían sentido las injusticias sociales y
se habían indignado ante estas injusticias; muchos son los que, soñando con
poner remedio a tantas iniquidades, han escrito admirables proyectos de
reformas. Movidos por una loable generosidad, teniendo casi siempre una
percepción muy clara de los padecimientos de las masas, criticaban, con tanta
justicia como elocuencia, el orden social existente. Mas como no tenían una
noción precisa de sus causas y de su transformación venidera, creaban
sociedades modelos cuyo carácter quimérico procuraban atenuar con alguna
que otra intuición exacta. Si la felicidad universal era su móvil, la realidad no
era su guía.
En sus proyectos de renovación social no tenían en cuenta los hechos
pretendiendo guiarse por las solas luces de la razón; como si la razón, que no
es otra cosa que la coordinación y la generalización de las ideas sugeridas po
la experiencia, pudiese ser por sí misma origen de conocimientos exteriores y
superiores a las modificaciones cerebrales de las impresiones externas.
En una palabra, eran metafísicos, como lo son hoy los anarquistas. En vez
de raciocinar tomando la realidad por punto de partida, atribuyen todos ellos la
realidad a las ficciones nacidas de su ideal particular de justicia absoluta.
Pareciéndoles, desde el punto de vista especulativo, que el más agradable
de todos los sistemas sociales sería aquel en que floreciera la difusión sin
límites de las voluntades individuales, siendo ellas mismas su única ley, lo
anarquistas hablan de realizarla, sin cuidarse de averiguar si las necesidade
económicas permitirían establecerla. No echan de ver el carácter retrógrado de
individualismo llevado hasta el último extremo, de la autonomía ilimitada, que
es el fondo del anarquismo.
En los diferentes órdenes de hechos, la evolución se opera invariablemente
pasando de una forma incoherente a otra forma cada vez más coherente, de un
estado difuso a otro concentrado; y a medida que aumenta la concentración de
las partes, aumenta también su dependencia recíproca, es decir, que cuanto
mayor es su cohesión, menos pueden las unas extender su actividad sin ayuda
de las otras. Esta es una verdad general, que los anarquistas no sospechan
siquiera: pobres gentes que tienen la pretensión de ver más lejos que todos lo
demás, sin comprender que andan hacia atrás como los cangrejos.
Todas estas concepciones extravagantes, aunque más o menos bien
intencionadas, las ha sustituido Marx antes que nadie con el estudio de lo
fenómenos sociales, basándolo en la única concepción real: en la concepción

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materialista. No ha preconizado un sistema más o menos perfecto desde e
punto de vista subjetivo, no; ha examinado escrupulosamente los hechos
agrupado los resultados de sus investigaciones y sacado de ellos la
consecuencia, que ha sido la explicación científica de la marcha histórica de la
Humanidad, y en particular del periodo capitalista que atravesamos.

La Historia, ha afirmado Marx, no es sino una historia de la guerra de
clases. La división de la sociedad en clases, que aparece con la vida social de
hombre, descansa en relaciones económicas, mantenidas por la fuerza, y según
las cuales unos llegan a descargarse sobre otros de la necesidad natural de
trabajo.
Los intereses materiales han sido siempre la causa de la lucha incesante de
las clases privilegiadas, ora entre ellas mismas, ora entre las clases inferiores, a
expensas de las cuales viven. Las condiciones de la vida material son las que
dominan al hombre; y estas condiciones, y por consecuencia el modo de
producción, son las que han determinado y determinarán las costumbres y la
instituciones sociales, económicas, políticas, jurídicas, etc.
Tan luego como una parte de la sociedad ha monopolizado los medios de
producción, la otra parte, en la que recae el peso del trabajo, se ve obligada a
añadir al tiempo de trabajo exigido por su propia manutención una demasía
por la que no recibe equivalente alguno, y está destinada a sostener y a
enriquecer a los poseedores de los medios de producción. Como
monopolizador de trabajo no pagado, el cual, por medio de la supervalía
creciente de que es origen, acumula más cada vez en manos de la clase
propietaria los instrumentos de dominio, el régimen capitalista sobrepuja en
poderío a todos los sistemas anteriores de trabajos forzosos.
Solo que hoy día las condiciones económicas que este régimen engendra
atajadas en su evolución natural por el régimen mismo, tienden fatalmente a
romper el molde capitalista que no puede ya contenerlas; y estos principio
destructores son los elementos de la nueva sociedad.
La misión histórica de la clase actualmente explotada, del Proletariado, a
quien organiza y disciplina el mecanismo mismo de la producción capitalista
es acabar la obra de destrucción ya comenzada por el desarrollo de lo
antagonismos sociales. Es preciso, ante todo, que el Proletariado arranque
revolucionariamente a sus adversarios de clase, con el poder político, la fuerza
consagrada por ellos a conservar intactos sus monopolios económicos.

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Una vez dueño del poder político, aquel podrá, procediendo a la
socialización de los medios de producción mediante la expropiación de lo
usurpadores del trabajo ajeno, suprimir la contradicción hoy existente entre la
producción colectiva y la apropiación privada capitalista y realizar la
universalización del trabajo y la abolición de clases.

Tal es el bosquejo de la teoría irrefutablemente enseñada por Marx, y cuya
solidez bien probada puede todo el mundo apreciar estudiando atentamente su
obra.
No siendo el pensamiento sino el reflejo intelectual del movimiento real de
las cosas, no se aparta un momento de la base material, del fenómeno exterior
no separa al hombre de las condiciones de su existencia. Marx ha observado
ha compulsado, y la profundidad sola de su análisis ha completado su
concepción positiva del orden actual con el conocimiento de la disolución fata
de este orden.
Yo he tratado de poner al alcance de todos, resumiéndola, esta obra
magistral, desgraciadamente poco conocida hasta hoy en Francia o
desfigurada. Y estando el público francés, como ha dicho Marx, «siempre
deseoso de sacar consecuencias, ávido de conocer la relación de los principio
generales con las cuestiones inmediatas que le apasionan», he creído útil pone
antes de mi resumen un Estudio sobre el Socialismo científico.
En cuanto al resumen, emprendido a consecuencia de la cortés invitación y
de las benévolas excitaciones de Carlos Marx, ha sido hecho con arreglo a la
edición francesa, última revisada por el autor y la más completa, pues la
muerte le impidió preparar la tercera edición alemana, qué él quería publicar, y
que dará a luz dentro de poco su infatigable amigo, su digno colaborador, a
quien él había encargado de publicar sus obras, Federico Engels.
Respetando en el mayor grado posible el carácter original de la obra, no he
empleado sino los términos más usuales, esperando ganar de este modo en
facilidad de comprensión lo que perdía en variedad de estilo. Es claro, sin
embargo, que este resumen no podrá leerse fácilmente teniendo la imaginación
preocupada con otra cosa; será necesario prestar un poco más de atención que
para leer una novela, pero que la atención sola sea necesaria para percibir bien
las ideas y su encadenamiento, tal es lo que yo me propongo.
Una vez vencida la aridez del principio, aridez que no pueden evitar lo
preliminares de ninguna ciencia, se encontrará el lector recompensado con e
placer de ver disiparse gradualmente la confusa oscuridad que oculta aún a lo

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ojos de las masas las relaciones sociales, de la que ha sido tanto más difíci
sacarlas cuanto que la libre y científica investigación en esta materia, la crítica
de la vieja propiedad «subleva contra ella y lleva al campo de batalla la
pasiones más vivas, las más mezquinas y las más abominables del humano
corazón, todos los furores del interés privado».

Gabriel Deville.
París, 10 agosto 1883.

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ESTUDIO
sobre el

SOCIALISMO CIENTÍFICO

I
COLECTIVISMO O COMUNISMO

Hace seis años, la clase obrera, no repuesta aún de la espantosa sangría de
1871, había abandonado la tradición revolucionaria y no fiaba su
emancipación sino en la generalización de las Asociaciones cooperativas. La
palabras partido obrero y colectivismo, hoy ya antiguas en nuestro lenguaje
político, eran entonces punto menos que desconocidas; las ideas que
representan solo contaban en Francia con un reducido número de partidarios
sin posibilidad de acción común.
El periódico L’Égalité, fundado a fines de 1877 por iniciativa de Julio
Guesde y dirigido por él, es el único que ha dado impulso al movimiento
socialista revolucionario actual. Este es un hecho que no lograrán borrar la
personalidades envidiosas interesadas en desvirtuarlo, las cuales cuidan, en su
pretendidas historias, de ocultar las fechas que no dejan lugar a duda en esta
cuestión.
En aquel tiempo era conveniente distinguir el comunismo científico
surgido de la docta crítica de Marx, del antiguo comunismo utópico y
sentimental francés. La misma denominación para dos teorías diferentes habría
favorecido una confusión de ideas que era muy importante evitar; por eso
empleamos entonces exclusivamente la palabra colectivismo.
Ahora escribimos colectivismo o comunismo indiferentemente. Desde e
punto de vista de su origen, estos dos términos son exactamente iguales; desde
el punto de vista usual, tienen los mismos inconvenientes. Si ha habido un
comunismo del que debíamos diferenciarnos, hay también formas de

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colectivismo, por ejemplo, las diversas falsificaciones belgas, que rechazamos
Lo importante es conocer, no el título que cada uno tome, sino lo que esconde
bajo ese título.

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II
LA TRANSFORMACIÓN SOCIAL Y SUS ELEMENTOS

Después de una aventura galante que, según parece, ocurrió algunos día
después de la creación del mundo, el hombre fue condenado por Dios a gana
el pan con el sudor de su frente. Hoy que Dios está en vísperas de morir sin
posteridad, sin haber podido nunca asegurar la ejecución de su mandamiento
el Socialismo se propone constreñir a la observación de la sentencia divina a
los que, desde hace mucho tiempo, ganan el pan, y más que el pan, con e
sudor de la frente de otros. ¿Puede esto conseguirse? Sí, por la socialización de
los medios de producción, a que tiende nuestro sistema económico.
Allí donde el trabajo proporciona escasamente lo que es indispensable para
la vida de todos; allí donde, por consecuencia, aquel absorbe casi todo e
tiempo de cada uno, la división de la sociedad en clases más o meno
subdivididas es fatal. Una minoría consigue, por la violencia y el fraude
eximirse del trabajo directamente productivo, para dedicarse a la dirección de
los negocios es decir, a la explotación de la mayoría, consagrada al trabajo
Gracias a la costumbre, a la tradición, esta mayoría llega a soportar sin
resistencia una organización que considera al fin como natural, hasta el día en
que esta organización, no respondiendo ya a las necesidades de la sociedad, se
ve sustituida por una combinación más en armonía con la nueva manera de se
de la producción material.
La esclavitud y la servidumbre han existido en conformidad con la índole
de la producción y han desaparecido cuando el grado de desarrollo de esta ha
hecho más útil el trabajo del hombre libre que el del esclavo o el del siervo; la
justicia y la fraternidad no han intervenido para nada en esta desaparición.
Cualquiera que sea el valor subjetivo de la moral, del progreso y otro
grandes principios de relumbrón, esta bella fraseología no influye para nada en
las fluctuaciones de las sociedades humanas; por sí misma es impotente para

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efectuar el menor cambio. Las evoluciones sociales las determinan otra
consideraciones menos sentimentales. Sus causas se encuentran en la
estructura económica, en el modo de producción y de cambio, que preside a la
distribución de las riquezas y, por consiguiente, a la formación de las clases y a
su jerarquía. Cuando esas evoluciones se efectúan, no es porque obedezcan a
un ideal elevado de justicia, sino porque se ajustan al orden económico de
momento.
No obstante, estos movimientos sociales jamás se efectúan pacíficamente
los nuevos elementos tienen que obrar violentamente contra el estado de cosa
que los ha elaborado, y que deben destruir para poder continuar su evolución
al modo que el polluelo tiene que romper la cáscara en cuyo interior acaba de
formarse.
Si el advenimiento de la burguesía ha traído la destrucción de lo
privilegios nobiliarios y la abolición del régimen corporativo, es porque e
trabajo libre era necesario a la producción capitalista; la necesidad de institui
la libertad del trabajo ha acarreado la emancipación del trabajador de la
dependencia feudal y de la jerarquía corporativa. Además, la burguesía
necesitaba monopolizar las fuentes de riqueza, aboliendo las añeja
prerrogativas de los nobles, ha entrado en posesión de la tierra, que detentaban
estos, y del poder, que también monopolizaban.
El trabajador libre, pudiendo de derecho disponer de su persona, se ha visto
obligado de hecho a disponer de ella para vivir, no teniendo otra cosa que
vender. Desde entonces ha sido condenado al papel de asalariado durante toda
su vida.
El derrumbamiento del orden feudal no se ha señalado por la supresión de
las clases, sino por la sustitución de un nuevo yugo en lugar del antiguo, por e
establecimiento de condiciones que reducen la lucha a los dos campo
opuestos que poco a poco absorben toda la sociedad: la burguesía capitalista y
el Proletariado.
En suma, lo que ha sido organizado hasta ahora de diferentes maneras
conformes exclusivamente con la diversa situación económica de los medios y
de las épocas, es la satisfacción de las necesidades de una parte de la
colectividad mediante el trabajo de la otra parte. Unos consumen
superfluamente lo que los otros producen obligados por la necesidad
recibiendo para sí apenas lo necesario.
El sistema del salario, sustituyéndose a las demás formas de trabajo
forzosos, ha relevado al capitalista de la manutención de los productores. Que
se le obligase o no a trabajar, el esclavo tenía asegurada su pitanza cotidiana

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el asalariado no puede comprar la suya sino a condición de que el capitalista
necesite su trabajo; y la inseguridad de esto para el verdadero productor es tal
que la caridad pública se encarga de alimentar a aquellos a quienes incumbe
según la presente organización social, la tarea de alimentar a la sociedad, y que
por esa organización misma se ven frecuentemente en la imposibilidad de
cumplir su misión.
El Socialismo lucha por la desaparición del salario. Ciertamente, nuestra
teoría es adecuada a la idea de justicia, como la engendran en nuestro estado
económico los intereses humanos que hay que satisfacer igualmente; pero no
porque sea justa es por lo que tratamos de ponerla en práctica, pues sabemos
en efecto, que las más generosas reivindicaciones formuladas por la razón pura
no pueden suplir los resultados de la experiencia.
Para que una teoría sea aplicable, por legítima que parezca, es preciso que
su fundamento se encuentre en los hechos antes que en el cerebro. Así, lo
primeros socialistas teóricos no pudieron sacar al Socialismo del dominio de la
utopía, en una época en que aún no existían las condiciones económicas que
permiten, que imponen su realización. No bastando la experiencia por ello
adquirida a dar una base material a sus intuiciones, a pesar de su genio, de su
aspiraciones filantrópicas, de sus justas recriminaciones, de los agudo
sufrimientos a que querían poner remedio, no podían hacer el Socialismo
practicable. Si lo es en la actualidad, es porque la solución comunista
adecuada a la manera de ser de las fuerzas productivas, no es otra cosa que e
término natural de la fase social por que atravesamos.
Apoyada en la insuficiencia de la producción, la división en clases no tiene
ya razón de ser. La industria mecánica ha desarrollado prodigiosamente la
potencia productiva del hombre, disminuyendo así el tiempo de trabajo
necesario para la satisfacción de las necesidades generales. Por primera vez se
presenta la posibilidad de procurar a cada uno, mediante un corto tiempo de
trabajo, grandes facilidades de existencia material, que irán aumentándose. La
esclavitud de unos ha sido la condición del bienestar de otros; con la
máquinas, esclavos de hierro, el bienestar de todos es posible.
Quien dice maquinismo, quien dice vapor, dice necesariamente
concentración económica, y el colectivismo no es más que el complemento de
esta concentración, que procede, no de nuestra imaginación, sino del estado de
las cosas.
Es verdad que desde el punto de vista agrícola, la concentración está poco
adelantada en nuestro país; que nuestro suelo está dividido, y nuestro régimen
de pequeños propietarios labradores impide la división del trabajo, e

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maquinismo, la explotación metódica; pero este régimen contiene lo
elementos de una disolución más próxima de lo que se cree.
El labrador no puede contentarse con producir solo para su uso personal; a
fin de comprar lo poco que necesita, de pagar los impuestos y los intereses de
sus deudas, tiene que producir para cambiar, es decir, entrar en competencia
con los demás productores. Dada esta situación, que la concentración se
efectúe en cualquiera parte y los pequeños propietarios sentirán sus efectos.
Ahora bien; la competencia americana, todavía en sus comienzos, trae a
nuestros mercados productos a más bajo precio que los de nuestro
agricultores. Para luchar contra los productos americanos es preciso disminui
rápidamente los gastos de producción y recurrir a la maquinaria, incompatible
con la pequeña propiedad y con el cultivo en corta escala. Sin embargo, si no
se modifican los métodos de producción, la lucha será bien pronto imposible
nuestros propietarios se hallan reducidos a buscar los mejores medios de
salvarse de la ruina.
Notaremos de paso que esta pequeña propiedad rural, tan ensalzada y tan
poco remuneradora, es una de las principales causas, por la esterilidad
premeditada de gentes que no quieren que su pequeño patrimonio se
desmorone, del estancamiento de la población en Francia; en lo
departamentos en que la tierra está más dividida, en que los pequeño
propietarios son más numerosos, es donde hay menos nacimientos.
La pequeña propiedad rural está condenada a desaparecer; pero su fin
irremediable será tanto menos ruinoso para los interesados directamente y para
la nación, cuanto más pronto se prevea lo que no puede evitarse.
Desde el punto de vista comercial, la concentración ha comenzado y está en
buen camino; las ventajas que de ella resultan en el concepto de la variedad y
de la baratura, aseguran al comercio en grande escala una rápida extensión.
Desde el punto de vista industrial, que afecta especialmente a la clase
obrera, la concentración está en gran parte realizada. La propiedad industria
reviste cada vez más la forma societaria y anónima. Toda idea de volver a la
forma individual primitiva es quimérica, dado el desarrollo de la producción.
Desde el punto de vista financiero, la concentración está hecha, y el crédito
es el motor más poderoso de la centralización económica; la alta banca es la
que rige la producción y el cambio, atrayendo el dinero de los pequeño
capitalistas y aglomerando los capitales, que maneja como soberana; ella e
quien preside a la política interior y exterior, a los diversos movimientos de la
sociedad moderna.

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Desde todos los puntos de vista, la gran apropiación colectiva sucede
progresivamente a la pequeña apropiación privada. Los puentes, los canales
que antes eran propiedad individual, son hoy casi sin excepción propiedad
nacional o colectiva. Propiedad nacional son asimismo los correos y
telégrafos; nacionalizados están en parte los ferrocarriles.
No porque esto sea un argumento que prueba que la evolución económica
tiende en todos sentidos a la centralización de las fuerzas productivas, ha de
deducirse, a imitación de los partidarios del socialismo o del comunismo de
Estado, que esta centralización tiende a la forma especial de centralización
representada por el servicio público.
El fenómeno importante, incontestable, es que la centralización económica
se efectúa; ahora bien, que esta se efectúe en manos de las individualidades de
la clase dominante o entre las del Estado, al mando de esta clase, para e
resultado final es indiferente: en sí misma, la absorción por el Estado de la
empresas particulares no haría dar un paso a la solución de la cuestión social.
No es necesario reflexionar mucho tiempo para cerciorarse de que la mayo
parte de los ramos de producción, si bien tienden a centralizarse, de ningún
modo tienden a constituirse en servicios públicos. Desde el instante en que
esta forma especial de centralización no resulta de la naturaleza de las cosas
se hace preciso examinar si deberíamos favorecerla cuando llegara el caso.
El Estado no es, como dice cierto burgués que ha entrado en el Partido
Socialista, como el gusano en la fruta, para contentar sus miserables apetito
desorganizándolo, «el conjunto de los servicios públicos ya constituidos,» e
decir, una cosa que no tiene necesidad sino de correcciones y adiciones.
No se trata de perfeccionar, sino de suprimir el Estado, que no es más que
la organización de la clase explotadora para garantizar su explotación y
mantener en la sumisión a sus explotados. Luego es mal sistema para destrui
una cosa comenzar por fortificarla. Y se aumentaría la fuerza de resistencia de
Estado favoreciendo su monopolio de los medios de producción, es decir, de
dominio. ¿No vemos a los obreros de las industrias del Estado sometidos
comparativamente con los demás, a un yugo más difícil de sacudir?
Mientras que, de esta suerte, sería perjudicial a los obreros, la
transformación en servicios públicos, por las compras a que daría lugar, sería
una nueva fuente de especulaciones financieras y beneficiaría a lo
capitalistas.
Por otra parte, esta transformación no facilitaría en nada la obra de
Socialismo. No será más difícil apoderarse del Banco de Francia o de lo
ferrocarriles que de los correos y telégrafos; la toma de posesión de lo

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grandes organismos de producción pertenecientes a las Sociedades capitalistas
será tan cómoda como si perteneciesen al Estado.
La centralización económica se verifica: tal es el hecho. En todas partes la
pequeña propiedad de uno solo va cediendo el puesto a la gran propiedad de
varios. La comunidad de las cosas y de los hombres es cada vez más general.
¿Acaso no es una aplicación diaria del régimen comunista la organización
del trabajo en los talleres importantes y en las fábricas?
Al mismo tiempo que la aglomeración de productores regularmente
organizados ha coincidido con la comunidad de las cosas, las capacidade
directrices y administrativas que reclama toda producción en grande escala, se
han constituido fuera de la minoría privilegiada. A medida que el instrumento
de trabajo alcanzaba las proporciones gigantescas que hoy tiene, escapaba a la
intervención y al impulso de su poseedor, que gradualmente iba dejando en
manos de gerentes o empleados la vigilancia y la administración de aquel.
Antes, el éxito de su pequeña industria dependía de la actividad de
patrono, de su inteligencia, de su economía; éxito que estaba íntimamente
ligado con la persona del dueño, quien desempeñaba de este modo una función
social.
Hoy, destronado el patronato individual por la forma societaria, el poseedo
del capital no se ocupa más que de percibir, o, más bien, de comerse su
ganancias, sin necesidad de conocimientos especiales. ¿Qué papel desempeña
el accionista, el propietario actual? Que sea idiota o derrochador, que muera o
que se arruine, ¿qué importa para la prosperidad de la empresa de la cua
monopoliza, en forma de acciones, una parte más o menos considerable de
propiedad?
Los que hoy desempeñan las antiguas funciones del propietario, donde la
forma colectiva de la propiedad ha sucedido a la individual, son asalariados
ingenieros o administradores más o menos retribuidos, pero al fin asalariados
Independientemente del feudalismo capitalista se ha formado el persona
inteligente, dotado de la aptitud necesaria para poner en actividad las fuerza
productivas. Por consecuencia, la supresión de los accionistas, es decir, de
propietario convertido en rueda inútil, no ocasionaría el menor desorden en la
producción.
Como el capitalista no interviene en el acto de la producción más que para
apropiarse el beneficio obtenido, solo ve en aquella la ganancia que ha de
percibir, y por eso la empresa no tiene para él más que un fin, un objeto: la
realización del mayor beneficio posible.

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Para conseguir esto, en primer lugar extenúa, agota al productor y despué
altera el producto. Los productos no tienen de tales más que la apariencia; en
todo y en todas partes la falsificación es la regla establecida. Poco importa que
economías sórdidas produzcan la degeneración de la raza por la caquexia de
productor; el envenenamiento del consumidor por la adulteración de lo
alimentos; la muerte o la mutilación por accidentes en las vías férreas, etc.: lo
principal es llenar la caja. El reinado grosero de la burguesía ha hecho
descaradamente de todo cuestión de dinero, artículo de comercio, y de este una
estafa legalizada.
Por otra parte, como mientras más se vende más se gana, cada empresa o
sociedad piensa en monopolizar todas las ventas para sí propia, y a este efecto
produce tanto como puede; y se ve obligada a producir sin cesar por el interé
que hay en no dejar descansar un momento los costosos instrumentos de
producción. De este modo el mercado se atesta; las mercancías se amontonan
abundantes e invendibles; estallan crisis, que se renuevan periódicamente, y
entonces los obreros dejan de trabajar y mueren de hambre porque se les ha
obligado a producir demasiados artículos de consumo.
De todo esto se desprende que las exigencias de la producción entrañan una
aplicación cada día más amplia de la división del trabajo y del maquinismo; e
producto es cada vez menos obra individual; el instrumento de trabajo, colosal
necesita para ponerse en movimiento una colectividad de obreros; e
propietario no solo pierde toda función útil, sino que es perjudicial, siendo, po
consecuencia, necesaria su eliminación; las fuerzas productivas caminan
fatalmente a la destrucción de los obstáculos que impiden su evolución
normal, y que provienen del modo de apropiación.
Lo mismo que sucedió con la revolución del pasado siglo, la preparación
preliminar de toda transformación social se efectúa a favor del colectivismo
los elementos materiales e intelectuales de la renovación que perseguimos
engendrados por el medio actual, están suficientemente desarrollados.
Los progresos de la industria mecánica permiten reducir considerablemente
el tiempo de trabajo indispensable para la producción, aumentando esta en
proporciones enormes; el modo de apropiación concluye por ajustarse al modo
de producción; mas como este es colectivo, la apropiación estrictamente
individual va sin cesar disminuyendo; la organización del trabajo
correspondiente a este estado de cosas ha eliminado la casta propietaria
independientemente de la cual se reclutan las capacidades directrices; la
posesión por la burguesía ha traído como consecuencia el más funesto
derroche de productores, de medios de producción y de productos.

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Tales son los hechos ya determinados por la fuerza de los sucesos, hecho
que conducen a una organización económica en que la producción
socialmente reglamentada, lo estará en vista de las necesidades de una
sociedad que solo considerará los productos con relación a su utilidad
respectiva; en que al gobierno desordenado de los hombres reemplazará la
administración consciente de las cosas sometidas al poder del hombre, en vez
de pesar tiránicamente sobre él; en que, al mismo tiempo que el propietario
privado, habrá desaparecido el sistema de trabajar para otros, o sea el salario.
Esta supresión de la propiedad individual y, por tanto, del salario y de toda
clase de males que aquella entraña, no es una fatalidad que la justicia
prescribe, sino que la evolución del organismo productor la impone
imperiosamente. «El Socialismo —ha escrito Engels— no es más que e
reflejo en el pensamiento del conflicto que existe en los hechos entre la
fuerzas productivas y la forma de producción.»
Como teoría científicamente deducida, nuestro colectivismo o comunismo
se apoya en la observación, comprueba las tendencias y concluye afirmando
que los medios de producción, una vez efectuada su evolución actual, sean
socializados. Decimos socializados y no comunalizados, como alguno
querrían, porque los inconvenientes de la propiedad individual reaparecerían
en la propiedad comunal o municipal, y también en la corporativa
principalmente a causa de las particiones desiguales que serían su resultado, de
la productividad diferente de los medios de producción, etc. Que la lucha se
empeñe entre municipios y municipios, corporaciones y corporaciones, o
patronos y patronos, siempre habrá desigualdad entre trabajadores que
proporcionan una misma cantidad de trabajo y concurrencia ruinosa; esto
sería, aunque bajo otra forma, la continuación de la sociedad presente.
Ateniéndose a los hechos, el Socialismo científico no puede precisa
experimentalmente sino el modo de apropiación hacia el que caminan la
fuerzas productivas, el cual rige el modo de repartición de los productos. E
evidente que una vez socializados los medios de producción, es decir, cuando
estos hayan revestido como apropiación la forma comunista que ya tienen
como acción, seguirá como consecuencia una distribución comunista de lo
productos. Solo que no se operará con arreglo a la antigua fórmula tan querida
de los anarquistas y posibilistas, y que establece que «dando cada uno lo que
permitan sus fuerzas, recibirá con arreglo a sus necesidades».
Pero ¿quién mediría las fuerzas de cada uno? Bien fuese el mismo
individuo o cualquiera otro, siempre se tocaría en lo arbitrario. Por lo demás
no es nuestra tendencia exigir del hombre el máximum de esfuerzos que e

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capaz de producir; por el contrario, tratamos de disminuir el esfuerzo humano
de abreviar todo lo posible el tiempo de trabajo a fin de aumentar e
consagrado a las distracciones físicas e intelectuales y al placer.
¿Quién sería capaz de medir las necesidades de cada uno? Si el organismo
productor es tal que los productos están en cantidad suficiente para que cada
uno pueda consumir a su antojo sin limitar el consumo de los demás, ¿por qué
no dicen aquellos, dar a cada uno según su voluntad y no según su
necesidades? Si los productos son insuficientes para satisfacer por completo
todas las necesidades de todos, ¿cómo proclamar el derecho de cada uno a
consumir proporcionalmente para atender a las necesidades por él mismo
apreciadas? No puede negarse que, en esta última hipótesis, se impondría una
limitación del consumo individual, basada en las condiciones de existencia
material realizadas; y ¿qué limitación concordaría mejor con el nuevo modo
económico, que aquella cuya medida fuese, no la productividad individual
que favorecería a los individuos dotados de ventajas naturales, en detrimento
de los menos bien dotados, sino el tiempo de trabajo que, igual para todos
garantizaría a todos los trabajadores una posibilidad de consumo igual?

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III
EL PARTIDO OBRERO Y LA GUERRA DE CLASES

Si el régimen del salario toca ya a su fin, si el periodo de su duración está
destinado a ser mucho más corto que los de la esclavitud y la servidumbre, e
porque las condiciones exteriores que hacen inevitable su eliminación, se han
producido más rápidamente. No sorprende este hecho cuando se reflexiona
que las combinaciones sociales de la época burguesa, perturbadas a cada
instante por modificaciones fundamentales de las fuerzas productivas, distan
mucho de tener el carácter eminentemente conservador de los modos de
producción que nos han precedido, y son, por consecuencia, más aptos que
estos últimos para crear rápidamente una situación revolucionaria.
Un proletariado, conjunto de desdichados sin voluntad de independencia
sin conciencia de la posibilidad de emanciparse, sería incapaz de aprovecharse
de esta situación; para obviar este inconveniente se ha formado el Partido
Obrero.
En efecto, para una clase que no deberá su manumisión sino a su propio
esfuerzo, el primer paso para conseguirla es su formación en partido
conscientemente hostil a sus opresores. Organización, independientemente de
todos los partidos burgueses, cualquiera que sea la enseña de estos, de todo
los condenados al salario, de todos los que ven su actividad subordinada en su
ejercicio a un capital monopolizado por la minoría burguesa; organización de
la fuerza interesada en acabar con la sociedad capitalista; separación de clase
en todos los terrenos y guerra de clases para llegar a su supresión: tal es la
razón de ser del Partido Obrero.
Es necesario que los que emprenden una guerra de clase tengan un mismo
grito de combate, una bandera idéntica que simbolice la unión en pro de la
idea común; es preciso que tengan además un programa de clase, compendio
de reivindicaciones que, siendo colectivas, estén al abrigo de los capricho

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individuales. La amplitud que se dejara a cada agrupación de redactar su
programa, engendraría programas contradictorios y sería origen de divisiones
dando lugar a todas las intrigas, a todas las bajas especulaciones personales
Fundándose en estas razones, los Congresos obreros nacionales del Havre y de
Roanne han dado al Partido su programa único de combate.
El Partido Obrero, constituido y armado, no tiende solo a reclutar su
defensores entre los proletarios de las ciudades; si estos son «la fuerza motriz
histórica de la sociedad», no por eso excluye a los del campo y a los pequeño
burgueses; trata, por el contrario, de hacerles comprender su posición de clase
inferior, cuyos intereses son diametralmente opuestos a los de la burguesía
capitalista, a los intereses de la clase que vive de la explotación del trabajo
ajeno.
Ahora bien; es innegable que el mismo antagonismo que existe entre e
proletariado de las ciudades y la burguesía, existe también entre esta y lo
campesinos, pequeños propietarios, pequeños tenderos y artesanos o
trabajadores independientes. Este antagonismo, que en el primer caso proviene
del monopolio ya efectuado de los medios de producción, surge en el segundo
de la amenaza de un próximo acaparamiento.
Los comerciantes al por menor y los artesanos que trabajan por su cuenta se
consumen en vanos esfuerzos en su lucha con los grandes almacenes y la
grandes fábricas, contra las cuales la competencia es cada día más difícil, lo
mismo que la de nuestros agricultores contra los productos extranjeros; tratan
aquellos, por tanto, de compensar, mediante la depreciación de la mano de
obra, las cargas que sobre ellos pesan. Aunque les animasen las mejore
intenciones en favor de sus colaboradores asalariados, la necesidad de vivir lo
obliga a explotar su trabajo; nuestra organización económica no permite, en
efecto, dejar de ser explotador sin convertirse inmediatamente en explotado
aniquilando así la buena voluntad individual.
Aquellos cuya expropiación es inminente deben hacer, pues, causa común
con los que ya han sido expropiados. En pleno régimen capitalista, esta
expropiación inevitable los dejaría sin recursos, mientras que en el régimen
comunista continuarán disponiendo libremente de sus medios de trabajo. Si lo
proletarios combaten para obtener la libre disposición de estos medios, lo
pequeños burgueses tienen que combatir para conservarla. De parte de lo
primeros, esta es una guerra ofensiva; de parte de los segundos debe ser una
guerra defensiva, pero siempre contra el mismo adversario, que ha encerrado a
unos en el infierno del proletariado y que poco a poco arroja en él a los otros.

Page 27

Nosotros predicamos esta guerra franca y consciente de clases, conforme a
las enseñanzas suministradas por el estudio del modo de evolución de la
humanidad.
La lucha por la existencia aparece en la sociedad humana bajo la forma de
guerra de clases entre sí y guerra de individuos entre ellos mismos en el seno
de la clase dominante, guerras suscitadas por los intereses materiales. La
guerra de las clases creadas por las relaciones económicas de las diversa
épocas, es la que domina todo el movimiento histórico y explica las diferente
fases de la civilización. Guerra de clases, y nada más, era lo que se escondía
bajo el sentimentalismo hueco, las fórmulas pomposas, las majestuosa
apariencias y los inmortales principios de los constituyentes y de lo
convencionales. Así, pues, nosotros, al predicarla, lejos de desconocer la
historia, somos fieles a sus lecciones.
Se ha tratado de legitimar científicamente la existencia de las clases y de
justificar las desigualdades sociales, basándose en la teoría de Darwin, en la
selección natural que resulta de la concurrencia vital, del combate por la vida.
El cómo esta manera de ser de la materia que se llama la vida ha pasado de
la humilde célula a las formas complicadas de los organismos superiores; a
qué causa mecánica debe atribuirse la transformación gradual de lo
organismos y su desarrollo progresivo, esto es lo que ha investigado el ilustre
naturalista; la teoría darwinista es la indicación de un procedimiento de
constitución de las especies. Pero al lado de la selección natural, y má
eficaces o más generales que ella, pueden existir otras causas de la producción
de las especies, algunas de cuyas causas se empiezan ya a vislumbrar
pudiendo haber otras que aún no se hayan descubierto.
En todo caso, lejos de ser un manantial constante de progreso, la
competencia vital es, particularmente cuando se ejerce entre los hombres
causa de extenuación.
Lo que es preciso que haya entre los hombres es la acción común, la
solidaridad en la lucha contra el resto de la naturaleza, debiendo ser esta tanto
más fecunda cuanto que todos los esfuerzos se concentren en este punto, no
desperdiciándose una parte de actividad en una lucha intestina.
Admitiendo que la lucha entre organismos semejantes se impone a lo
animales distintos del hombre, se encuentra la razón de esta lucha en el hecho
de que, consumiendo el animal sin producir, la parte consumida por los uno
puede reducir la posibilidad de consumo de los otros; mientras que el hombre
capaz de producir y produciendo más de lo que consume, puede vivir y
desarrollarse sin limitar por esto el consumo de sus semejantes.

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Por otra parte, el trabajo humano es tanto más productivo, cuanto que está
basado en una combinación más amplia de trabajadores que funcionan junto
con un mismo objeto; la utilidad de semejante modo de ejecución del trabajo
tiende a excluir la lucha y la división entre los hombres.
Además, la lucha entre los hombres civilizados, la guerra, implica, no la
supresión, sino la permanencia de los más débiles; pues los más robustos, lo
más fuertes, son arrebatados por el servicio militar.
La selección sexual, favorable entre los animales a los más bellos, a lo
más vigorosos o a los más inteligentes, produce en el hombre un efecto
contrario: hombres y mujeres son generalmente atraídos solo por la riqueza
yendo esta unida con frecuencia a la inferioridad intelectual y física.
Finalmente, si es cierto que el progreso nace a veces de la lucha por la
existencia, es porque al oponer los seres en lucha sus cualidades intrínsecas, la
victoria pertenece incontestablemente al que es superior. Los que en la
sociedades humanas combaten por la vida, se hallan en condiciones de
desigualdad extrañas a su naturaleza, pues unos reciben la instrucción de que
los demás están privados, y se aprovechan de los capitales de que estos se
hallan desprovistos. Desde este momento, el resultado de la lucha no indica
cuál sea realmente el mejor, sino el que está socialmente mejor armado.
Y no solo, dentro de nuestra civilización, el hombre, reducido a sus fuerza
orgánicas casi incultas, el hombre sin armas tiene en la vida por adversario a
hombre completamente armado, que ha tenido medios de desarrollarse y lo
tiene de obrar, sino que ni aun le es permitido a este paria usar de las sola
fuerzas de que dispone, sus fuerzas naturales, más que en los límites estrecho
en que le encierra una legislación destinada únicamente a proteger a los fuerte
contra los débiles. No contenta con no armar a sus adversarios y colocarlos en
condiciones de desigualdad artificial, la ley burguesa los agarrota y los arroja
así maniatados en el combate de la vida.
Desde hace tiempo la lucha ha perdido su carácter individual al pasar de la
sociedades animales a las sociedades humanas. Los animales luchan con su
armas naturales incorporadas a su organismo, mientras que el hombre lucha
con armas artificialmente unidas a su ser; y sucede precisamente que lo
poseedores de estas armas no son, sino excepcionalmente, creadores de ellas
A consecuencia de esta particularidad, la lucha toma en las sociedade
humanas el carácter de lucha de clases, lucha que, lejos de consolidarla, la
evolución humana trata de eliminar con la contradicción que le sirve de base.
Para ofrecer un derivativo a las pasiones populares amenazadoras, lo
Napoleón III, los Bismarck y los Alejandro de Rusia, han imaginado sustitui

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con las guerras de razas las luchas nacionales interiores. Estos pasatiempos
que pueden tener para sus autores una utilidad momentánea, serán en lo
sucesivo impotentes para resucitar el patriotismo, para dar el extranjero como
alimento a los odios intestinos desviados de su objeto.
El capital no tiene patria, va adonde encuentra buenas colocaciones. Si la
explotación burguesa se ha convertido necesariamente, por el hecho de
desarrollo económico, en explotación internacional; si no conoce razas n
fronteras, ejerciéndose indiferentemente donde quiera que hay que robar, a
mismo tiempo que la intervención gubernamental se declara en su favor
enfrente del cosmopolitismo financiero, de la Internacional amarilla, e
internacionalismo obrero se levanta, correspondiendo al verdadero
antagonismo de los intereses que están en juego.
Hoy las fuerzas económicas, al encontrarse, acentúan, sin distinción de
fronteras, la separación de la sociedad en dos clases, obligando a los unos, que
son la mayoría, cada día más numerosa, a vender su facultad de trabajo para
vivir, y permitiendo a los otros, la minoría, cada vez más reducida, que la
compre para enriquecerse. En efecto, lo que obliga a la clase obrera a vende
su facultad de trabajo, es que le falta la posibilidad directa de ponerla en
actividad, es decir, los medios de trabajo. Mientras más veces la vende, má
enriquece a los capitalistas y, por consiguiente, les proporciona más medios de
monopolizar los instrumentos de trabajo que, faltándole a ella siempre
perpetúan su vasallaje.
La clase media, guiada por sus instintos conservadores, pero poco
perspicaces, se interponía entre la clase capitalista y el proletariado, en
beneficio de la primera; mas ya tiende a desaparecer, porque la centralización
económica aumenta a expensas suyas por la absorción constante de los medio
de producción pertenecientes a los pequeños detentadores, que se hallan en la
imposibilidad de sostener la competencia con los grandes capitales.

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IV
LA SUPRESIÓN DE CLASES Y EL MODO DE REALIZARLA

La distinción de clases que existe y la lucha que de ella se origina, no
desaparecerán más que con la supresión de las desigualdades artificiales y
mediante el reconocimiento de la igualdad social de todos ante los medios de
desarrollo y de acción de las facultades musculares y cerebrales.
La igualdad ante los medios de acción será la consecuencia de la
socialización de las fuerzas productivas que prepara, como ya hemos visto, la
centralización económica actual.
La igualdad ante los medios de desarrollo resultará de la admisión de todo
—no diré, empleando la fórmula usada, la cual, no pudiendo tomarse al pie de
la letra, es mala— a la instrucción integral, sino a la instrucción científica y
tecnológica, general y profesional.
Lo que es necesario procurar a todos, y reclama el sistema moderno de
producción, es una instrucción que, por medio de nociones universales
permita a los individuos emprenderlo todo, conocer las relaciones generale
que provienen de los resultados empíricos de las ciencias particulares
haciéndoles, no obstante, adquirir conocimientos especiales en armonía con
sus aptitudes e inclinaciones, en una palabra, una instrucción que adapte a
trabajador a las múltiples exigencias del trabajo.
Solo con esta igualdad ante los medios de desarrollo y de acción, cuya
garantía social, asegurada a todo ser humano sin distinción de sexo, está
conforme con las varias necesidades de la producción moderna, podrá
efectuarse la emancipación de la mujer, así como la del hombre.
La mujer es hoy casi exclusivamente un animal de lujo o una bestia de
carga. Mantenida por el hombre cuando no trabaja, está aún obligada a serlo
aun cuando se mate trabajando.

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En cantidad y calidad iguales, el trabajo de la mujer está menos retribuido
que el del hombre. Pero esté o no bajo la dependencia patronal, no escapa a la
dependencia masculina, y de todos modos se ve obligada a buscar en su sexo
transformado de una manera más o menos aparente en mercancía, un
suplemento a sus recursos, insuficientes.
Si durante mucho tiempo ha permanecido por su misma naturaleza
colocada en una situación inferior, a la hora presente existen ya la
condiciones que le abren los diversos géneros de actividad. El desarrollo de la
industria mecánica ha ensanchado la esfera estrecha en que la mujer estaba
confinada; la ha libertado de las antiguas funciones domésticas y, al suprimi
el esfuerzo muscular, la ha hecho apta para las faenas industriales. Así, pues
arrancada al hogar doméstico y arrojada en la fábrica, puesta al nivel de
hombre ante la producción, solo le falta emanciparse como obrera, para
igualarse socialmente con aquel y para ser dueña de sí misma.
No siendo su inferioridad legal otra cosa que el reflejo de la servidumbre
económica particular de que es víctima, su igualdad civil y política no se podrá
buscar eficazmente si no se logra la emancipación económica, a la cual, lo
mismo para ella que para el hombre, se halla subordinada la desaparición de
todas las servidumbres.
Porque el socialismo habla de igualdad, y sin cuidarse de examinar qué se
entiende por esta, se le acusa de soñar con una nivelación tan quimérica como
universal y de tender a una medianía uniforme.
De lo que precede resulta que el socialismo quiere la igualdad ante lo
medios de desarrollo y de acción, es decir, la igualdad del punto de partida
Mas esta igualdad no implica, en ningún caso, ni la igualdad de movimientos
ni la igualdad en el punto de llegada. Al asegurar a todos los organismo
humanos una parte igual de las posibilidades de educación y de ejercicio, lejo
de realizar la uniformidad, el socialismo hará brotar y acentuará la
desigualdades naturales, musculares o cerebrales. Aun cuando fuera posible, e
socialismo científico se guardaría muy bien de borrar esas diferencias, pues no
ignora que semejante heterogeneidad es una de las condiciones esenciales de
perfeccionamiento de la especie.
Mientras no se establezca la igualdad social ante los medios de desarrollo y
de acción, la cual se deduce de las tendencias íntimas de la producción
moderna, el proclamar el derecho del hombre a ser libre equivaldría a
conceder generosamente a un paralítico el permiso de andar. Solo mediante
esta igualdad, llegará a ser un hecho la libertad, que es el juego de todos lo
organismos humanos según su voluntad consciente.

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El socialismo quiere la libertad completa del hombre, sin que esto se
interprete torcidamente, pues no hay palabra más elástica que la de libertad; e
un pabellón que cubre todo género de mercancías.
Los campeones del más radical de los liberalismos, so pretexto de libertad
de cultos, tolerarían bajo cualquier régimen las prácticas religiosas, es decir, e
peligro seguro del estupro intelectual de los niños, poniéndolos así, gracias a
su deformado cerebro, en la imposibilidad moral de ejercer conscientemente
su facultad de iniciativa.
Otros hay que defienden una libertad especial del padre de familia, la que
no suele ser otra cosa que un atentado legitimado contra el niño, que no puede
llegar a ser por este motivo lo que su naturaleza le exige.
En nombre de la libertad del trabajo, se otorga al capitalista la libertad de
explotar a su antojo al trabajador, y a este la obligación de someterse.
Esas libertades, tan pródigamente concedidas a algunos, tienen el mismo
fundamento que tendría la libertad del guardagujas de manejar las agujas y
hacer los cambios de vía a medida de su capricho.
La libertad es para cada uno, no el derecho, que nada significa, sino e
poder moral y material de satisfacer sus necesidades naturales o adquiridas
Derivada de la igualdad ante los medios de desarrollo y de aplicación de la
facultades orgánicas, o en otros términos, de la universalización de la
instrucción y de la socialización de las fuerzas productivas, la libertad implica
la acción común, la solidaridad.
El hombre aislado no reconocería otros límites a su acción que los de su
propia fuerza, y su acción se vería, desde luego, singularmente limitada. Po
esta razón, y a impulsos del interés personal, la acción común reemplaza cada
día en mayor escala a la acción puramente personal. El hombre es para e
hombre un auxiliar necesario; la comunidad de acción, que tiende por medio
de funciones diferentes, pero respectivamente indispensables, a la realización
de un fin común, el bienestar, debe completarse evidentemente con la
comunidad de ventajas.
La solidaridad, que ha sido sucesivamente familiar, comunal, nacional
tiende a ser internacional. Desde este momento, la facultad que posee e
hombre de obrar solo, de ser en absoluto independiente de la acción de lo
demás, en una palabra, la autonomía tan obstinadamente glorificada, si no
fuera irrealizable, merced a la evolución económica que domina todas la
relaciones humanas, sería un retroceso, una disminución de fuerza, es decir, de
libertad, para el individuo, en lugar de ser un acrecentamiento.

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Siendo la libertad tanto mayor cuanto menos subordinada está en su
ejercicio a circunstancias extrañas a la voluntad, y siendo tanto más fáciles de
vencer los obstáculos contra los que tropieza la voluntad cuanto meno
diseminadas se hallen las fuerzas que los combaten, la centralización, merced
a la cual se puede conseguir el máximum de resultados con el mínimum de
esfuerzos, se impone como garantía de expansión para la libertad individual.
Por otra parte, la actividad corporal e intelectual solo fuera del taller podrá
revestir el carácter de libertad, que es su atractivo. En efecto, una organización
mecánica no permite el desarrollo espontáneo de las facultades humanas; e
hombre no es en tal caso sino un engranaje del maquinismo, reducido a
adaptarse a los movimientos automáticos del conjunto. Cuanto más se
perfeccione y universalice la máquina, menos trabajo tendrá que ejecutar e
hombre; pero menos también el trabajo, tomado en conjunto, será resultado de
la libre iniciativa humana, convirtiéndose en tarea enojosa para un gran
número de trabajadores. Con la corta duración del trabajo, la diversidad sana
en el aburrimiento inevitable será lo que pueda realizarse fácilmente.
Habrá, pues, dirán algunos, obligación de trabajar.
La libertad será en materia de trabajo todo cuanto esta pueda ser en
cualquier otra materia, es decir, el ejercicio de la actividad humana no
embargado socialmente y limitado solo por las fatalidades orgánica
exteriores. Supongamos que se permitiera a todo el mundo ir desnudo; la
gentes, dada la temperatura de nuestros inviernos, continuarían vistiéndose, no
obligadas por voluntad ajena, sino por una necesidad inherente a su
organismo. Es libre el hombre cuya voluntad no se halla determinada sino po
móviles nacidos de sí propio, los cuales puede acomodar a su antojo a la
condiciones necesarias de su vida: era, pues, libre el hombre cuya voluntad de
trabajar provenga solo, así como su voluntad de comer, de las necesidade
personales que tenga que satisfacer, y solo trabaje en lo que le convenga
sabiendo que trabaja exclusivamente para sí propio y teniendo conciencia de
que trabaja por su sola voluntad.
No será probablemente por distraerse por lo que se trabajará, dada la
manera de ser del trabajo, aunque este se mejorará cuanto sea posible; el único
móvil para ello será el interés, que es el punto de partida real de todos los acto
del hombre y el que rige todas las relaciones del individuo con el medio
ambiente.
Asimismo, excitando el interés, se conseguirá la ejecución de las labore
particularmente peligrosas o repugnantes, gracias a una elevación en el precio
de la hora de trabajo. Por ejemplo, se establecerá que cuatro horas dedicadas a

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una de estas especialidades ingratas equivalen a seis o siete de trabajo simple
Por lo demás, no habrá en esto determinación arbitraria; la diferencia que
exista, para una misma ganancia, entre el tiempo empleado en obras ordinaria
y el empleado en obras o labores penosas, variará según la oferta y la demanda
de estas últimas obras. No se condenará a una categoría de trabajadores a
ejecutarlas exclusivamente. En esta materia nadie tendrá obligación directa
emanada de una ley especial, ni obligación indirecta a consecuencia de la
imposibilidad de no poder subsistir haciendo otra cosa. Los que ejecuten
dichas obras serán absolutamente libres de dedicarse a otra ocupación. De
ninguna manera se especulará como hoy con su miseria, sino con el deseo
natural en algunos, ya de una ganancia mayor en un mismo tiempo de trabajo
o bien de un descanso más prolongado por la misma ganancia. Sentemo
además que el espíritu de abnegación innato en el hombre lo mismo que en e
perro, por ejemplo, podrá entonces ejercitarse, y se ejercitará tanto más cuanto
el entusiasmo y la emulación, no practicados hoy por los que saben que
trabajan para otros, llegarán al fin a su apogeo.
Una vez en estas condiciones, y no trabajando ya el hombre obligado po
una fuerza extraña a su organismo, el trabajo, según la ingeniosa expresión de
uno de los más eruditos pensadores socialistas, Pablo Lafargue, será para todo
tan solo «el condimento de los placeres de la pereza». Va en posesión de su
individualidad, anidada por la tarea mecánica, que los progresos de la
maquinaria abreviarán y aligerarán cada vez más, podrá el hombre, terminado
su trabajo, disfrutar ampliamente los goces físicos resultantes del completo
ejercicio de sus órganos, así como de los placeres intelectuales que procura e
cultivo de la ciencia y del arte. El placer, objeto final de todo organismo
viviente, se realizará entonces para cada uno con arreglo a su naturaleza.
Pero esta libertad se encuentra subordinada a la socialización de los medio
de producción; la colectividad no podrá disfrutar de ellos mientras no posea
los medios económicos de aprovecharlos. Ahora bien, ¿los detentadore
privilegiados de estos medios, condición sine qua non de la libertad, lo
abandonarán desde el instante en que ellos a su vez sean libres de no
abandonarlos?
Hallándose unida a la posibilidad de tener cada cual a su disposición e
instrumento y la materia de trabajo, la libertad no surgirá sino de una presión
ejercida sobre sus propietarios actuales, sobre los que son demasiado libre
mientras que la mayoría trabajadora no lo es nada.
Nosotros somos revolucionarios porque sabemos por la experiencia de toda
la historia que las clases dominantes solo se suicidan —si acaso se suicidan—

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cuando echan de ver que se las va a matar, sabiendo también que, lógica y
cronológicamente, la noche del 4 de agosto viene después de las jornadas de
14 de julio.
Somos partidarios de recurrir a la fuerza para alcanzar la libertad, de
mismo modo que en ciertos casos patológicos hay que recurrir a la camisa de
fuerza para conseguir la curación; una vez esta conseguida y recuperada
completamente la salud, se goza de libertad completa en los movimientos
pero mientras dura la enfermedad se prohíbe mover aquella parte del cuerpo
cuyos movimientos comprometerían la salud en general. Si es ser autoritario e
negar la libertad, durante el periodo de tratamiento que exija la modificación
del orden social, a aquellos cuya acción podría poner en peligro nuestra
reorganización, nosotros somos autoritarios. Queremos procede
autoritariamente contra la clase enemiga, y queremos suprimir las libertade
capitalistas, que impiden la expansión de las libertades obreras.
Expliquemos esto, a fin de que los jesuitas rojos o tricolores no deformen
nuestro pensamiento: la autoridad que nosotros proclamamos útil no es en
modo alguno la autoridad cesárea de las individualidades, cualesquiera que
estas sean, sobre la masa, sino al contrario, proclamamos la autoridad de la
masa sobre las individualidades que ella emplea, la acción directa de lo
interesados, la autoridad del Proletariado y no sobre el Proletariado. Esta
autoridad resultante del conjunto de los interesados en ser libres no será
opresiva para ellos, a menos de admitir la opresión de las gentes por ella
mismas. La dictadura de clase deberá reinar hasta el día en que la libertad
posible para todos, pueda, sin inconvenientes para nadie, ser ejercida po
todos.
El recurso a la fuerza, a la revolución, por la clase que, si ha de ser libre
necesita conquistar los medios de serlo, no será otra cosa que la fuerza
empleada a su vez por los explotados contra los explotadores.
La minoría poseedora ha colocado sus monopolios bajo la protección de
una fuerza capaz de refrenar las tentativas de rebelión de la mayoría
desheredada; en la existencia de clases antagónicas se halla la razón de ser de
los ejércitos permanentes, que representan la permanencia de la fuerza
necesaria para la defensa de la clase privilegiada —en Bélgica, por ejemplo
existe un ejército permanente, por más que las Potencias europeas hayan
establecido su neutralidad—, los cuales no desaparecerán sino con su causa.
Si el ejército permanente es, en toda su brutalidad, la organización de la
fuerza, a la que no vacilan jamás en dirigirse los apoderados de la clase
propietaria en peligro, la legalidad es tan solo la fuerza sistemática coordinada

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en sentencias. Entre el empleo de la fuerza bruta y el de la fuerza metódica no
media más que una simple cuestión de forma, el resultado es el mismo. Que a
uno le golpeen bárbaramente o con todas las reglas del pugilato, no por eso
quedará menos maltratado. La ley no es otra cosa que la consagración de la
fuerza encargada de mantener intactos los privilegios de la clase poseedora y
gobernante; y solo oponiendo victoriosamente la fuerza a la fuerza, y, po
consecuencia, destruyendo violentamente esa forma de la fuerza que es la
legalidad, puede llegar a su emancipación una clase inferior.
Si nuestro fin, la socialización de las fuerzas productivas, es una necesidad
económica, nuestro auxiliar, la fuerza, es una necesidad histórica.
Todos los progresos humanos, todas las transformaciones sociales y
políticas de nuestra especie han sido obra de la fuerza. Examinando la historia
moderna de nuestro país se ve que la abolición de la monarquía de derecho
divino y del orden feudal se deben a la revolución de 1789; que la
desaparición de una religión del Estado resultó de la revolución de 1830; que
el establecimiento del sufragio universal se debe a la revolución de 1848, y la
proclamación de la República a la revolución de 1870.
También ha habido un derecho, más aún, un deber de insurrección inscrito
en el evangelio burgués, en la Declaración de los derechos del hombre y de
ciudadano. De este derecho, del que ella hacía un deber para la masa a su
servicio, la burguesía ha usado ampliamente, y se ha emancipado por medio de
la insurrección, y merced a la insurrección ha llegado gradualmente a la
omnipotencia. Desde el momento que ha alcanzado su máximum de
dominación, este derecho, este deber no existe ya, y la burguesía condena
ahora que se emplea en contra suya, esta misma fuerza que ella ha utilizado en
provecho propio: el derecho a la insurrección debe abolirse puesto que ella no
lo necesita. Por esta razón trata de convencer al Proletariado de la ineficacia
del método revolucionario. ¿Qué le ofrece en cambio?

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V
INEFICACIA DE TODOS LOS MEDIOS PACÍFICOS

El argumento favorito de nuestros reformistas platónicos consiste en
asegurar que es preciso ante todo modificar las ideas y los sentimientos de la
nación. «Instruir al pueblo —exclaman—: esta es la clave de la cuestión
social; en los ánimos es donde debe efectuarse la revolución.»
La instrucción es incapaz de atenuar en lo más mínimo la explotación de la
clase trabajadora. Por grandes que fuesen los progresos de su educación, la
mayoría no poseedora, obligada a vender, para poder subsistir, su fuerza
muscular o cerebral, no por eso dejaría de estar bajo la dependencia de la
minoría poseedora. La universalización de la instrucción sin la
universalización de la propiedad no cambiaría en nada la situación material en
que se encuentra hoy el asalariado, pues no porque fuese más instruido tendría
medios de trabajo en proporción mayor, ni dejaría de ser siempre desposeído.
Si nos vemos obligados a declarar que la instrucción no aliviaría ni aun
levemente la suerte del Proletariado, no por eso hacemos caso omiso de ella
Reconocemos en alto grado su utilidad puesto que, difundida por la masa
ejercerá provechosa influencia desde el punto de vista revolucionario. Cuanto
más instruida esté la masa, más pronto se dará cuenta de su posición de
explotada, y menos dispuesta se encontrará a sufrir en silencio; todo asalariado
instruido se halla próximo a sublevarse. Pero si la educación de la clase obrera
puede impelerla a emplear la fuerza para apresurar la solución necesaria, e
incapaz de suplir a esta.
En cuanto a la idea de modificar directamente el estado mental de la nación
considerada en conjunto, es una utopía. Determinando el medio económico
juntamente con las condiciones de existencia, las ideas del hombre, para
cambiar estas en todos sería preciso comenzar modificando los fenómeno
exteriores de que aquellas no son más que la representación cerebral. La única

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transformación que hay que proponerse es la transformación del régimen de la
propiedad, cualquiera que sea el punto de vista desde que se considere la
cuestión, religioso, moral, político o económico.

Desde el punto de vista religioso, hay simplemente proyección de
fenómenos naturales fuera y por encima del mundo real. Subyugado po
fuerzas exteriores, los hombres han encarnado personajes místicos en esta
fuerzas. Hoy día las fuerzas naturales, dominadas casi por el hombre, que cada
vez se da cuenta más exacta de sus efectos y las refiere a sus verdadera
causas, no dan ya motivo a personificación, a divinización.
Solo las fuerzas sociales, juntamente con las de la Naturaleza, pesan sobre
la existencia del hombre, dominándola cada día de una manera má
preponderante. Para buscar hoy el origen de las ideas religiosas, hay que
remontarse al origen no explicado de los dolores sufridos y a su apariencia
inevitable metamorfoseada en institución sobrenatural. Mientras la masa sea
juguete del modo de producción, las miserias que el régimen capitalista
engendra y aquella sufre, conservarán a sus ojos un carácter sobrehumano, y
por tanto, persistirá ese terror de lo desconocido que la abruma, es decir, e
sentimiento religioso.
La religión no es otra cosa que el reflejo de las fuerzas sociales en la
mente, las últimas fuerzas externas cuya manera de ser hace creer al hombre
que dimanan de una fuerza superior. La emancipación del pensamiento está
pues, unida a la emancipación del trabajo, de la vida práctica. El déspota
terrestre, el capitalista, arrastrará en su caída al fantasma celeste; rigiendo e
hombre la producción en lugar de ser regido por ella; encontrando al fin e
bienestar sobre la tierra; teniendo noción clara y precisa de su situación en e
universo en general y en la sociedad en particular, desaparecerá
universalmente la necesidad de ese género de esperanzas y consuelos, que son
consecuencia de la tiranía hoy misteriosa para las masas, así como la creencia
en un ser supremo, dispensador soberano de los goces y de los sufrimientos.
Nuestros fogosos anticatólicos, ridículos aficionados a bautismos civiles y
otros ritos, que imaginan desprender la sociedad civil de toda ligadura mística
y mistificadora porque comen carne el viernes santo, hacen de
librepensamiento la condición primera de la regeneración social; y no ven, o
no quieren ver, que las religiones no son organismos independientes del medio
económico en que se agitan. Los grupos librepensadores, así como las logia
masónicas, son excelentes planteles de candidatos, trampolines que el uso ha

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demostrado ser útiles para saltar en las asambleas electivas, y nada más. No
pedirán ni siquiera la supresión del presupuesto de cultos, pues como servicio
público o un instrumento de dominación, que viene a ser lo mismo, la religión
es un resorte utilísimo para todo gobierno de clase.

Desde el punto de vista moral, y sin tratar de actos reprensibles o
criminales, los cuales, cuando no son productos orgánicos de un género
particular de la competencia de las casas de salud, provienen de la
condiciones sociales nacidas de un orden económico basado en la persecución
desenfrenada de los medios de goce sin el esfuerzo correspondiente
consideremos la tacha que la opinión pública arroja sobre la maternidad fuera
del matrimonio y sobre el nacimiento ilegítimo. ¿De qué proviene esta tacha?
Las costumbres son las relaciones que los intereses en contacto establecen
entre los hombres. Hasta hoy solo se han presenciado intereses antagónicos
habiéndose sacrificado siempre unos por la prosperidad de otros. Es evidente
desde luego que los intereses de los más fuertes han determinado solos e
sistema de relaciones entre los hombres e impuesto las apreciaciones relativa
a lo que había de considerarse como el bien y a lo que debía ser considerado
como el mal. Las costumbres preponderantes de una época son las costumbre
de la clase dominante, y la moral vulgar es siempre la que se conforma con su
intereses.
Si no se menospreciase a las jóvenes que tienen un hijo, y si se tratase a
hijo natural como hijo legítimo, la libertad de las relaciones sexuales se
extendería en detrimento del matrimonio. Y precisamente el matrimonio es e
que imprime a la clase poseedora su carácter hereditario y desarrolla su
instintos conservadores.
Así que, según la moral vigente, la honradez para la mujer no casada
estriba en la continencia, y cuando «sucumbe», ¡con qué dureza los libertino
le arrojan al rostro el insulto, mofándose de lo que llaman su deshonra! Poco
son los que no siguen la corriente general. Aun entre los escritores que han
tratado, pero sin fruto, de idealizarlo, el hecho de entregarse la mujer al que
ama y la desea, sin que haya sido previamente firmado, publicado y
legalizado, es un acto de los más trágicos.
La utilidad del matrimonio, que es una escritura de propiedad, un contrato
mercantil, antes de ser la unión de dos personas, resulta de la estructura
económica de una sociedad basada en la apropiación individual. Al ofrece
garantías para los hijos legítimos y al asegurarles los capitales paternos, e

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matrimonio perpetúa la dominación de la casta detentadora de las fuerza
productivas. Y notaremos de paso que, a pesar del divorcio, la
consideraciones pecuniarias que presiden a la conclusión del matrimonio y
representan el papel más importante mientras dura, mantendrán en pie, salvo
raras excepciones, su indisolubilidad. Las susceptibilidades morales cederán
ante los intereses materiales y se procurará evitar toda irregularidad en la
conducta de ambos a fin de no deshacer un buen negocio.
Transformado el modo de propiedad, y solo después de esta
transformación, perderá el matrimonio su razón de ser, y entonces, sin temo
del menosprecio, mujeres y hombres podrán escuchar libremente la voz de su
naturaleza, satisfacer sus necesidades amorosas y ejercitar todos los órgano
cuyo funcionamiento regular exige la higiene.
Realizada en favor de todos la igualdad de los medios de acción y de
desarrollo, y convirtiendo en carga social la manutención de los niños, as
como su instrucción, y libres ya de la diferencia de nacimiento, no habrá luga
para la prostitución ni para el matrimonio, que en su conjunto, no es más que
la prostitución ante el alcalde.
En efecto, la prostitución consiste en la subordinación de las relacione
sexuales a consideraciones económicas; y de cualquier modo que se la
considere, la mujer es hoy la manceba del hombre. Las que no pueden halla
un marido encargado de subvenir a todos los gastos, se alquilan
temporalmente para vivir; casadas o no, en general viven del hombre y para e
hombre. Las más virtuosas protestas en nada cambiarán esta costumbre, la
cual se practicará hasta que la mujer sea emancipada desde el punto de vista
económico. No estando entonces dominadas las relaciones sexuales po
móviles extraños a su fin natural, serán relaciones esencialmente privadas, y
se basarán en lo único que las hace dignas, en el amor, en el deseo mutuo, y
serán tan duraderas o tan mudables como el deseo que las provoque.

Desde el punto de vista político, la burguesía halaga a los obrero
diciéndoles que si desean reformas son dueños de imponerlas, pues poseen e
sufragio universal, que obra en las condiciones que ella se ha servido indicar
y en el momento escogido también por ella. Serían, pues, muy
descontentadizos si no aceptasen este arma de papel, con la cual no pueden
hacer daño alguno a sus adversarios.
La minoría detentadora de los medios de producción es dueña absoluta de
la existencia de una mayoría que no puede satisfacer sus más urgente

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necesidades orgánicas sino con auxilio del salario. Para obtener este salario
indispensable tiene que doblegarse a la voluntad de los únicos que pueden
proporcionárselo, los cuales disponen a su antojo de la vida y de la libertad de
todos.
La soberanía sin la propiedad es no tan solo inútil, sino el más pérfido de
los lazos. Antes del establecimiento del sufragio universal, el censo servía de
barrera entre poseedores y desposeídos; exentos estos últimos del gobierno y
de la propiedad, su organización en clase distinta —que hubiera amenazado
las prerrogativas capitalistas el día en que hubiesen tenido conciencia clara de
la inferioridad sistemática en que se los mantenía— resultaba del ostracismo
legal a que estaban condenados.
De resultas de haber otorgado a todos el derecho de participación
intermitente en los negocios públicos, sobrevino una confusión funesta. Lo
explotados, a quienes hasta entonces se había considerado tan solo como
asalariados, soldados y contribuyentes, fueron víctimas de una ilusión, de que
se aprovechó la casta gobernante: soberanos nominalmente, se creyeron lo
dueños. Con arreglo cada cual a su educación, a sus preocupaciones o a su
temperamento, se alistaron en los diferentes partidos burgueses, engrosaron
las filas de sus enemigos de clase, y dejaron que tal o cual fracción de la
burguesía, con auxilio suyo, se impusiera a las demás.
El obrero no es ya obrero exclusivamente. Creyendo votar po
correligionarios políticos, entrega el poder a hombres cuyos interese
económicos se oponen abiertamente a los suyos; en efecto, no puede habe
comunidad de intereses entre el que puede explotar a su voluntad y el que se
ve obligado a aceptar las condiciones de explotación que se le impongan.
Los que se hallaban bajo la dependencia económica de la clase burguesa se
han convertido, merced al sufragio universal, en factores de su propia
dominación política. Los gobernantes burgueses, cualquiera que sea el colo
de su bandera, están todos de acuerdo en oponerse a aquello que signifique
algún atentado contra su propiedad y disminuya sus monopolios de casta. Po
esto, si la forma gubernamental ha avanzado un paso con el establecimiento de
la República, último término de la evolución puramente política, la
organización social, causa inevitable de la miseria, no ha variado ni variará en
tanto no se modifique la forma de propiedad.
El sufragio universal encubre, en beneficio de la burguesía, la verdadera
lucha que debe emprenderse. Se entretiene al pueblo con las insulsece
políticas, tratando de interesarle en la modificación de tal o cual rueda de la
máquina gubernamental; mas, en realidad, ¿qué importa una modificación, s

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el objeto de la máquina es siempre el mismo, y lo será mientras haya
privilegios económicos que proteger, ni qué importa tampoco a los que ella
triturará mientras exista, un cambio de forma en el modo de triturarlos?
El pretender conseguir por medio del sufragio universal una reforma social
y el querer llegar por ese expediente a la destrucción de la tiranía del taller, de
la más inicua de las monarquías, de la monarquía patronal, es formarse una
idea singularmente falsa del poder del tal sufragio. Los hechos son innegables
examínense los dos países en que el sufragio universal se halla establecido
desde hace más tiempo y favorecido su ejercicio por una amplitud de libertad
de que todavía no gozamos en Francia.
Cuando Suiza quiso librarse de la invasión clerical, cuando los Estado
Unidos quisieron suprimir la esclavitud, no pudieron conseguirse estas do
reformas en ninguno de los dos países en que existía el derecho electoral, sino
empleando la fuerza; la guerra del Sonderbund y la guerra separatista son
prueba elocuente de ello.
No obstante, como en todo y para todo hay que adaptarse a las condicione
del medio en que se ha de vivir, desde el instante que el sufragio universa
existe, es preciso atenerse a él, ajustarse a la situación creada por su
establecimiento y tratar de utilizarse lo mejor que se pueda de un estado de
cosas que no se ha provocado, pero que no se puede menos de acatar.
El sistema abstencionista no conduciría a nada. Las abstenciones aumentan
debido a que, no votando nadie por el simple deseo de ejercer el acto de
soberanía que consiste en echar un papel en una urna, se echa de ver cada día
más la esterilidad del sufragio universal como instrumento de reformas. Pero
si la acción electoral es estéril, la abstención no lo es menos. Las abstencione
no interrumpen en modo alguno la máquina electoral, y, aunque no se tenga
participación alguna en la fabricación de diputados, estos no dejan de se
elegidos y tiene uno que someterse a las leyes confeccionadas por ellos
Negándose a tomar parte en las elecciones no se pone ningún obstáculo a la
política burguesa.
Debe aprovecharse el sufragio universal, puesto que existe; mas no debe
exigírsele lo que no puede conceder. El sufragio debe servir para reparar e
mal causado por la fusión política del Proletariado y de la burguesía, y para
formar, independientemente de todos los partidos burgueses, el ejército de la
revolución social.
A lo que hay que aspirar especialmente, no es a la entrada de alguno
socialistas en el Parlamento, ni tampoco a una acción parlamentaria
cualquiera: lo que debe buscarse es el reunir a la clase obrera, diseminada en

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los diversos partidos republicanos burgueses, y el separarla de aquellos cuyo
intereses económicos son opuestos a los suyos. Como medio de agrupar e
Proletariado para la lucha, el sufragio universal puede contribuir a acentuar la
división entre las clases confundidas políticamente por él, pero esto es todo lo
que puede realizar.
El medio de apresurar, con auxilio del sufragio universal, esta formación
del ejército obrero, es la candidatura de clase, que continúa en política la lucha
de clases que rige nuestro estado social, acentuando en el terreno electoral e
antagonismo existente entre aquellos que, cualesquiera que sean sus opinione
políticas, detentan los medios de producción, y los que no poseyendo más que
su fuerza de trabajo, tienen que adaptarse para vivir a las exigencias de lo
primeros.
Pero no deben confundirse la candidatura de clase y la candidatura obrera
Como esta última no es otra cosa que la candidatura de un obrero de ideas má
o menos radicales, lejos de tener para la burguesía una significación hostil
será poco a poco alabada y sostenida por ella; este es un nuevo lazo tendido a
la sencillez de un Proletariado que comienza a desconfiar de los políticos de
profesión, a comprender que ha sido burlado por ellos, y que, si legalmente ha
sido proclamado soberano, en realidad ha seguido siendo esclavo.
Se tratará de conservar la confianza del Proletariado, que disminuye
proponiendo a sus sufragios uno de los suyos. Con la candidatura obrera se
tratará de impedir que la guerra entre obreros y burgueses suceda a la
inocentes escaramuzas entre republicanos de diversos matices. Bien sea un
burgués o un obrero alistado bajo cualquier bandera de la burguesía el que
salga elegido, el resultado será el mismo. La candidatura obrera, cuando no e
otra cosa que la candidatura de un obrero, es una farsa; es necesario que la
candidatura de clase lleve a la esfera política la guerra de clases que llena la
páginas de la historia, y para efectuar esto debe elegirse el candidato en virtud
de los servicios que puede prestar y no del estado que ejerza.
En efecto: si así como el enfermo tiene una noción más precisa de su dolo
que el médico que le asiste, el obrero tiene más que nadie una idea exacta de
las privaciones que sufre; así también, al tratarse del remedio conveniente, lo
obreros, considerados únicamente como obreros, no son más aptos para
indicar la solución de la cuestión social que los enfermos para descubrir e
tratamiento que conviene. Cuando su competencia en esta materia existe
proviene de estudios especiales y no de su posición de obreros.
Después de lo que antecede, ¿es necesario añadir que no emprendemo
campaña alguna para obtener en la actualidad los derechos políticos de la

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mujer, y que, desde luego, la quimera de la candidatura femenina no no
cuenta en el número de sus partidarios, por más que en los grupos del Partido
Obrero la mujer sea considerada como enteramente igual al hombre?
Convencidos de que el derecho de sufragio es impotente para conseguir la
emancipación humana, no cometeremos la falta de perder un tiempo precioso
en perseguir un fin que, aun suponiendo que se alcanzase, sería incapaz de
mejorar la situación de la mujer. Esto sería para ella y para aquellos cuyo
esfuerzos hubiesen sido estériles, un engaño más que tendrían que añadir a lo
ya causados por el sufragio universal; solo que esta vez la responsabilidad
caería por completo sobre los que se hubieran dejado llevar de un
sentimentalismo demasiado irreflexivo. La emancipación femenina está
subordinada a la transformación económica, y únicamente trabajando en pro
de esta se hará algo en realidad por la primera; el obrar de otro modo e
hacerse cómplice, a sabiendas o inconscientemente, de extravíos perjudiciale
a los intereses que se aparenta defender.
Desde el punto de vista económico se ha hablado de asociación. Pero la
asociación obrera es quimérica para todo lo que es grande industria, puesto
que esta absorbe cada vez más la mayoría de los obreros, dada la forma
gigantesca que reviste el instrumento de trabajo y lo crecido de los anticipo
necesarios para la creación de una empresa.
¿Qué significaría el ahorro obrero, aun suponiendo que fuese practicable
comparado con la indispensable acumulación de los capitales? Además de
que, si por un hecho excepcional pudiera extenderse el ahorro, sería un nuevo
engaño. Quien dice ahorro generalizado, dice disminución de consumo, e
decir, disminución en la demanda de productos; y por ende, disminución de la
producción y aumento de los paros forzosos, en perjuicio de los que no pueden
vivir sino a condición de estar ocupados.
Respecto a la intervención del Estado, el conceder créditos a la
Asociaciones obreras permitiría hacer a la burguesía una guerra con éxito y
tendería, por consiguiente, a mermar sus beneficios; mas como es la burguesía
quien dirige el Estado, ella tendrá buen cuidado, digan lo que quieran alguno
hábiles que aspiran a hacerse populares reclamando con estruendo lo que
saben no puede obtenerse, de no proporcionar al Proletariado la posibilidad de
arruinarla en un plazo más o menos remoto.
En cuanto a la pequeña industria, en la que el instrumento de trabajo, de
poco valor, hace más asequible la posibilidad de la asociación, semejante
asociaciones tropiezan en la práctica con obstáculos difíciles, si no imposibles
de vencer.

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Impidiendo el modesto capital a los talleres cooperativos el acomete
empresas importantes, y no permitiéndoles tampoco dar fiado a los clientes
los coloca, respecto de los patronos, en la posición desfavorable del pequeño
productor frente al productor en grande escala, con otra desventaja sobre lo
dueños de pequeños talleres, a quienes nada impide, cuando escasea el trabajo
despedir todo o parte del personal asalariado, pues no les preocupa en lo má
mínimo el saber cómo vivirán sus obreros cuando no trabajan, ocupándose
solo en disminuir sus gastos; mientras que el taller cooperativo, no pudiendo
despedir a los asociados, los cuales aunque no trabajen tienen necesidad de
subsistir, se vería obligado a gastar sus fondos o contraería deudas. Lo
periodos de prosperidad, lejos de aprovechar al obrero, habrían de consagrarse
a enjugar el déficit producido en la caja durante la paralización de lo
negocios; el obrero trabajaría, lo mismo que antes, para el capitalista, que
entonces se llamaría acreedor en vez de llamarse patrón, y se consideraría
dichoso si no se consumaba su ruina.
La mayor parte de las veces, estas asociaciones cooperativas solo tienden a
la emancipación de unos cuantos, y, cuando por acaso prosperan, se convierten
en patronatos colectivos que se aprovechan del trabajo de simples asalariado
y reparten los beneficios entre varios accionistas, sin acordarse de los antiguo
compañeros de miseria más que para explotarlos.
Cuando se reflexiona que, en una industria privilegiada como la tipografía
muchos miles de obreros se hallan imposibilitados de intentar su
emancipación, por incompleta que sea, mediante la asociación obrera, e
preciso convenir en que este ejemplo, panacea favorita de los reformadore
charlatanes, solo prueba una cosa: la impotencia de la sociedad cooperativa y
la imposibilidad de generalizarla.
Otro de los remedios más cacareados consiste en la participación en lo
beneficios; y se explica el interés con que se aconseja este modo particular de
retribución, pues está ya hoy demostrado que únicamente beneficia a lo
capitalistas, quienes, gracias a este sistema, recogen por un lado más de lo que
aparentan prodigar por otro.
La participación en los beneficios, haciendo creer al obrero que trabaja
para sí y que logrará mayor producto cuanto más trabaje, sujeta el obrero a
taller, suprime las huelgas, asegura la disminución de los gastos generales po
la economía de las primeras materias y obliga al obrero a producir la mayo
cantidad posible de trabajo, precipitando así, por el exceso de producción que
de esto resulta, el advenimiento de los paros y de las crisis periódicas. La

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participación en los beneficios no es, pues, sino un medio de aumentar e
grado de explotación.
Hay que añadir que la esfera en que es aplicable, es decir, útil a lo
patronos, es limitada. Donde los movimientos del obrero tienen que adaptarse
forzosamente a los movimientos no interrumpidos de la máquina, donde e
empleo de la materia primera puede calcularse exactamente, donde la
vigilancia es fácil, la participación, siendo improductiva para el capitalista, no
es ni será nunca aplicable.
Hay quien habla de transformar la suerte de la clase obrera por un
perfeccionamiento de nuestro absurdo sistema de impuestos y sobre todo po
la abolición de los derechos de consumo.
Nuestro sistema fiscal grava extraordinariamente los artículos de primera
necesidad; la modificación de este sistema mejoraría inmediatamente la
posición del obrero, pero solo sería una mejora pasajera. El salario tiende a
regirse por el precio de las subsistencias indispensables al trabajador, y
suponiendo que disminuyese su precio por la rebaja de los arbitrios, el salario
concluiría al fin por bajar. Cuanto más barata es la vida, menor es el salario, y
la situación real sería la misma que antes de esta reforma improbable. En
definitiva, una rebaja en el precio de sus subsistencias no aprovecharía más a
asalariado que la disminución en el precio de la paja al animal que la come
Por otra parte, el experimento se ha hecho ya. En Bélgica se suprimieron lo
consumos en 1860; el obrero belga paga anualmente una cantidad media de
impuestos mucho menor que el obrero parisiense; ¿está por eso meno
explotado? ¿en qué es preferible su existencia a la de nuestros proletarios? La
sujeción obrera es independiente del sistema de contribuciones.
Respecto al librecambio y a la protección, panaceas ensalzadas po
algunos, son simplemente disputas entre capitalistas, que no interesan en lo
más mínimo a la clase obrera. Unos, necesitando proteger su campo de
explotación nacional amenazado por la competencia extranjera, reclaman
gravámenes sobre los productos extranjeros; otros, necesitando el libre acceso
del mercado universal para poder ensanchar su explotación, aspiran a la
libertad del cambio. Todos piensan únicamente en el mantenimiento
provechoso de una potencia que nace exclusivamente del modo de
apropiación, y que da origen a los desórdenes económicos y a las miseria
proletarias.
Sería una candidez el tratar de persuadir a los capitalistas a que renuncien
al orden de cosas de que se disfrutan. Una mejora ruinosa para ellos, y
efectuada, sin embargo, por ellos mismos, en la suerte del trabajador, es tan

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inverosímil como la intervención del Espíritu Santo. No acertaré nunca a
figurármelos en el interesante papel de empobrecidos por persuasión. ¿Se cree
no obstante, que esa problemática acción voluntaria será sustituida por la
acción legislativa? Pero, ¿cómo esperar de los hombres de la burguesía, como
diputados, lo que no se puede esperar de ellos como patronos, lo que rehúsan
individualmente cuando sus obreros solicitan un ligero aumento de salario o
una rebaja del tiempo de trabajo?

Para modificar al hombre y sus instituciones es necesario modifica
primero el medio económico que los produce. Una transformación socia
como la abolición de la esclavitud en los Estados Unidos y la abolición de
régimen del salario actualmente entre nosotros, si bien conforme con la
condiciones económicas del momento, no se efectúa sin una perturbación
violenta. El orden de cosas antiguo, matriz del organismo superior llamado a
sucederle, no sufre sin resistencia la aparición de los elementos nuevos que é
mismo ha engendrado: todo alumbramiento va acompañado de efusión de
sangre.
Y no por hablar en nombre del derecho se evitaría el recurrir a la fuerza
Pasaron los tiempos en que los hebreos, haciendo resonar sus trompetas
derribaban las murallas de Jericó; las frases más retumbantes sobre el derecho
y la justicia no arrancarían ni una piedra de la fortaleza capitalista. Si desde e
punto de vista subjetivo es cierto que la fuerza no puede constituir derecho, en
realidad sucede lo contrario: la fuerza constituye el derecho en el sentido de
que todo derecho no sancionado por la fuerza está confinado en el dominio
especulativo.

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VI
NUESTRA REVOLUCIÓN

La experiencia de la historia nos demuestra que una clase no abdica; una
casta propietaria no se desposee espontáneamente. Poner el interés genera
sobre el interés particular, cuando entre sí son antagónicos, es un acto de
generosidad que solo pueden efectuar aisladamente ciertos individuos. Es más
con la competencia que rige la producción, un patrono no puede pagar a su
obreros un salario mayor que sus competidores, sin correr el riesgo de
arruinarse y exponerse así a no poderles pagar ni poco ni mucho; pero este e
un sacrificio de que no es capaz una clase considerada como clase. El gran
revolucionario Augusto Blanqui, en Francia, y Marx, en Alemania, son lo
primeros que han afirmado que no había avenencia posible y que la
transformación social se llevará a cabo, no con la burguesía o por la burguesía
sino contra la burguesía. Arrinconada en sus últimas trincheras, lo más que
hará será conceder algunas reformas, a fin de acallar reivindicacione
alarmantes. Ciertamente, los socialistas no verían con disgusto que la
burguesía entrase en ese camino.
Por ejemplo, acogerían con entusiasmo la limitación de las horas de
trabajo. Las horas extenuantes empleadas en enriquecer a los capitalistas
podrían utilizarse entonces en beneficio de la acción política y de la
propaganda socialista, a las que es físicamente refractario el obrero que pasa
doce o quince horas en los presidios industriales. La desdicha perenne, la gran
miseria, el padecimiento constante, lejos de excitar los ánimos y reanimar lo
espíritus, deprimen las inteligencias y abaten el valor, engendran la postración
y no la fogosidad.
Conceder reformas equivale a proporcionarnos armas, a hacernos má
fuertes contra nuestros adversarios, quienes se debilitan a medida que nosotro
nos fortalecemos. El apetito se abre comiendo. Cuanto más se obtiene, más se

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exige; así, las reformas efectuadas, en vez de contener el movimiento
revolucionario, excitarán a la lucha, suministrando al propio tiempo esa
reformas los hombres más aptos para luchar. Los socialistas sacarán, pues
ventaja de todas las reformas. Solo que estas reformas, conquistas de detalle
no evitarán de ningún modo el combate final, puesto que, por muchas que sean
las cesiones de privilegios que haga la burguesía bajo la presión de lo
acontecimientos, esta clase querrá siempre conservar algunos.
Deplorable o no, la fuerza es el único medio de proceder a la renovación
económica de la sociedad. Aunque los intereses que representa el Partido
Obrero son los de la mayoría, solo milita en él la minoría consciente de
Proletariado, y, sin embargo, llama en su auxilio a la fuerza. ¡Qué ceguera
dirán algunos. Al criticarle sobre este punto, no se tiene en cuenta que la
mayor parte de las revoluciones son obra de minorías, cuya voluntad tenaz y
decidida ha sido secundada por la apatía de mayorías menos enérgicas
¿Estaríamos en plena República, si para establecerla se hubiese esperado la
adhesión de la mayoría del país a la idea republicana?
El número es una fuerza, pero no constituye exclusivamente la fuerza
puede ser tan solo uno de los elementos de ella y tener igual valor que el grado
de desarrollo, la energía, la organización, las armas de que se dispone.
Por lo demás, el número no basta para economizar el empleo de la fuerza
El tercer estado estaba en 1789 en mayoría en la nación y en los Estado
generales; a pesar de esta posición, hubiera sucumbido sin el 14 de julio
«aquella escaramuza —declaraba el 29 de junio de 1880 en la tribuna de
Senado un historiador burgués, M. Henri Martin— salvó el porvenir de
Francia.»
En materia de revolución, nosotros no predicamos el arte por el arte, como
esos espantajos a lo Félix Pyat, revolucionarios de ópera bufa, que tutean a
pueblo, hablándole siempre de la pólvora y tomando las de Villadiego en caso
de apuro. La revolución no es nuestro fin, es solamente el medio que no
imponen las circunstancias para conseguirlo.
Lo que nos proponemos no es la instauración, por medio de un acto de
violencia, de una forma social cuyo plan tengamos en la mente; sino la
sustitución del orden capitalista por el orden cuyos elementos, como antes se
ha visto, se desarrollan cada día más en el seno mismo del actual orden de
cosas. Esta transformación se halla subordinada al advenimiento previo a
poder político. La clase obrera debe apoderarse por la fuerza del gobierno, que
será en sus manos el instrumento con que se llevará a cabo la expropiación

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económica de la burguesía y la apropiación colectiva de los medios de
producción.
Lo primero que debe hacerse es arrojar a la burguesía del gobierno, as
como esta arrojó de él a la nobleza. En efecto, el Estado no es otra cosa que e
aparato gubernamental que permite mantener bajo el dominio de lo
poseedores a la clase desposeída, y si la burguesía consolida este instrumento
de dominación, es para servirse de él de una manera legal o ilegal el día que se
viera en peligro. Es necesario, pues, quitarle en primer lugar toda posibilidad
de resistencia.
Así es como la lógica enseña a proceder, y así es como procedió el terce
estado. Lo primero que hizo fue apoderarse del gobierno, y después atacó la
propiedad. Y la revolución burguesa ha sido tan duradera que lo
representantes de la sociedad aristocrática fueron impotentes en 1815, aun con
el auxilio del extranjero, para resucitar el antiguo orden de cosas, lo cual, entre
paréntesis, demuestra la eficacia de este método revolucionario. La Carta
borbónica se vio obligada a consagrar la irrevocabilidad de las adquisicione
hechas por los detentadores de los bienes nacionales; la cuestión de propiedad
base del edificio social, tal como había sido reglamentada, quedó a salvo.
Como una revolución social no es un fenómeno espontáneo ni local, no
podemos declararnos partidarios de los movimientos parciales debidos a la
iniciativa de individualidades, de grupos ni aun de ciudades, pues semejante
movimientos merman las filas de los revolucionarios sin compensación
ninguna. La Commune, cuyo aniversario celebramos como el de una de la
etapas de la evolución socialista, no triunfó por haber cometido la falta
gravísima de limitar su acción a París. La emancipación de París va unida a la
emancipación de la Francia obrera; casi todos los parisienses que se batieron
en 1871 lo hicieron por las ideas burguesas de federalismo y de comunalismo
cuando habría sido menester sublevar, o a lo menos tratar de sublevar, toda la
masa obrera del país, interesándola directamente en la lucha.
La tarea de los revolucionarios no consiste en determinar el momento de
esta revolución, que surgirá fatalmente de las complicaciones económicas y
políticas de que Europa será pronto teatro. Una vez demostrada la tendencia de
los fenómenos económicos, una vez analizados y conocidos los elemento
materiales de la transformación que se prepara, los revolucionarios no tendrán
que hacer sino organizar los elementos intelectuales, reclutar el ejército capaz
de hacer redundar en provecho suyo los sucesos que se elaboran, y tener la
fuerza obrera dispuesta para las luchas que provocará necesariamente e
desenfreno de los antagonismos sociales.

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Los revolucionarios no han de escoger sus armas como tampoco el día de la
revolución. En este punto, solo tendrán que preocuparse de una cosa, de la
eficacia de sus armas, sin inquietarse de su naturaleza. No hay duda que, a fin
de asegurar las probabilidades de victoria, deberán ser aquellas superiores a la
de sus adversarios, y, por consecuencia, habrán de utilizar todos los recurso
que la ciencia pone a disposición de los que tienen alguna cosa que destruir.
En resumen, el Proletariado debe recurrir a la fuerza para conquistar e
poder político, cuya posesión es indispensable para llevar su emancipación. A
la fuerza burguesa, a la legalidad burguesa, sistematización de la fuerza puesta
continuamente al servicio de los privilegios económicos de la burguesía, e
necesario oponer la fuerza obrera, la cual, una vez dueña del poder político
creará a su vez una legalidad nueva, y procederá legalmente a la expropiación
económica de los mismos a quienes habrá derribado violentamente del poder
Este modo de acción está prescrito por los hechos: los que emplean la fuerza
no pueden ser vencidos sino por la fuerza.
En cuanto a la transformación económica, que ha de efectuarse legalmente
son igualmente los hechos los que formarán los elementos directores de la
modificaciones sucesivas que habrán de llevarse a cabo.
El fin del socialismo es proporcionar a cada uno los medios de poner en
actividad sus facultades desarrolladas, mientras que hoy la acción de la
mayoría se halla subordinada a un capital de que carece, y nosotros sabemo
que este fin no puede conseguirse sino por la socialización de las fuerza
productivas.
Donde los medios de trabajo se encuentren en manos de quien los pone en
movimiento, aunque afecten la forma de apropiación individual, el Partido
Obrero dejará libre la acción de los acontecimientos, que eliminan de día en
día esta forma de apropiación. Por ejemplo, en el caso del labrador que cultiva
por sí mismo el pedazo de tierra que posee, del pequeño industrial que maneja
él mismo el modesto instrumento de trabajo que le pertenece, hay esfuerzo
personal, no existe explotación. Lejos de ser explotadores, son también a su
vez explotados, y víctimas de los intermediarios financieros y comerciales a
quienes necesitan recurrir forzosamente. No hay en tal caso lugar a
confiscación; lo único que les arrebatará su pequeña propiedad serán la
necesidades de la producción, a que tarde o temprano tendrán que someterse.
No obstante, mientras que los hechos hayan efectuado esta expropiación
inevitable y hayan obligado al labrador a ser, en vez de propietario nominal de
un trozo de tierra gravado con hipotecas, y que solo le procuraba una vida

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dulce y penosa, copropietario del suelo nacional con remuneración equivalente
al tiempo que trabaje, el Partido Obrero le interesará en el orden comunista.
Tan pronto como haya alcanzado el poder, el Proletariado anunciará a lo
labradores la anulación de todas sus deudas no hipotecarias, la supresión de
impuesto territorial en particular, la facultad de pagar en especie todos su
censos y la confiscación a beneficio de la colectividad de las deuda
hipotecarias, reducidas a un 50 por 100, poniendo además gratuitamente a su
disposición pastos, semillas y máquinas agrícolas.
El labrador propietario individual de la tierra que él mismo cultiva, hallaría
así beneficioso para él el nuevo régimen, hasta el día en que la necesidad
resultante de la competencia de las grandes propiedades actuales socializadas
o las ventajas reales que viera dimanar de la explotación social del suelo, le
hiciesen renunciar a la propiedad exclusiva de su pedazo de tierra.
La modificación económica del orden social es inmediatamente posible en
todo lo que sea grande industria y comercio al por mayor, doquiera se haya
efectuado la concentración de los capitales.
Tocante a lo que se encuentre en poder del Estado, no surgirá la meno
dificultad. Habrá que añadir a la toma de posesión de los servicios públicos, la
supresión de esa espantosa deuda por cuyos intereses paga Francia anualmente
1.200 millones, es decir, 32 francos por cabeza, 160 francos, término medio
por familia de cinco personas.
Respecto a lo que se halle constituido bajo la forma societaria, tampoco
ocurrirá dificultad de ningún género; lo único que habrá que hacer será anula
los títulos, acciones u obligaciones, reduciendo todos esos papeles pintados a
su valor al peso. Una vez realizada, la apropiación colectiva de los capitale
revestirá así, en lugar de la forma societaria que solo beneficia a algunos y a
casi todos perjudica, la forma social en beneficio de todos.
Esto será pura y simplemente una recuperación. Pero la idea de
expropiación sin ninguna indemnización hace poner el grito en el cielo a lo
defensores de la burguesía.
¿De dónde ha salido esa propiedad, que aún no cuenta un siglo de
existencia? De una expropiación parecida a la que tanto les repugna. La
nobleza y el clero han sido expropiados sin ninguna indemnización, así como
sus bienes, y, lo que es más grave, una parte de los bienes comunales han sido
transformados en dominios privados. La venta de estos bienes, pura y
simplemente confiscados, de los cuales, a pesar de solemnes promesas, lo
proletarios no han percibido ni un átomo, solo fue, según uno de los hombre
que más concienzudamente han estudiado el periodo revolucionario, Jorge

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Avenel, «una especie de orgía territorial, en la que todos los capitalista
hicieron su agosto».
¿No se ha visto, en nuestros días, que los talleres de tejidos mecánicos han
expropiado de su instrumento de trabajo a los dueños de los telares de mano?
¿Se les ha indemnizado acaso por aquellos telares, que han tenido que
quemar? Los ferrocarriles, en que cada nueva línea hace inútil un servicio de
diligencias, ¿indemnizan acaso a los empresarios de ellas? Ahora bien: e
interés público es el que exige igualmente la expropiación de la burguesía, de
mismo modo, sin indemnización de ningún género.
En oposición a lo que ha hecho el tercer estado, practicando aquello de
«quítate tú para ponerme yo», la expropiación socialista será una expropiación
en beneficio de todos. Habiendo ingresado todos los capitales en la
colectividad, el capitalista habrá desaparecido como capitalista; como hombre
los medios de producción socializados estarán a disposición de su actividad en
iguales condiciones que para todos, y, lo mismo que todos, percibirá la
retribución correspondiente al tiempo que trabaje. Si es viejo o está impedido
la colectividad atenderá a su subsistencia, como atenderá también
ampliamente a la de todos los viejos y enfermos.
En definitiva, la evolución del medio económico tiende fatalmente a hace
desaparecer la apropiación estrictamente individual. Tal es el hecho contra e
cual nada pueden nuestras preferencias personales. Pero si la centralización de
las fuerzas económicas, que es cada día más completa, tiene por término
necesario la apropiación colectiva, solo en el momento en que, a consecuencia
de la acción revolucionaria de la clase productora y no propietaria, haya
aquella entrado en su periodo socialista, esta evolución inevitable no se
duplicará, como en régimen capitalista, con la miseria de los trabajadores y la
ruina de los propietarios expropiados.

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DESARROLLO
DE LA PRODUCCIÓN CAPITALISTA

SECCIÓN PRIMERA
Mercancía y moneda.

CAPÍTULO PRIMERO
LA MERCANCÍA
I. Valor de uso y valor de cambio. — Valor, su sustancia. — Magnitud del valor, tiempo de trabaj
socialmente necesario. — II. Doble aspecto del trabajo. — Doble carácter social del trabajo privado
— Reducción de toda clase de trabajo a cierta cantidad de trabajo simple. — III. El valor, realida
social, solo aparece en el cambio. — Forma del valor. — IV. Apariencia material del carácter socia
del trabajo.

La mercancía, es decir, el objeto que en vez de ser consumido por el que lo
produce, está destinado al cambio, a la venta, es la forma elemental de la
riqueza de las sociedades en que impera el régimen de producción capitalista
El punto de partida de nuestro estudio debe ser, de consiguiente, el análisis de
la mercancía.

I. Valor de uso y valor de cambio.

Consideremos dos objetos, por ejemplo, una mesa y una cantidad de trigo
En virtud de sus cualidades particulares, cada uno de estos objetos sirve para
satisfacer necesidades distintas; ambos son, pues, útiles al hombre que hace
uso de ellos.
Para convertirse en mercancía un objeto debe ser ante todo una cosa útil
una cosa que ayude a satisfacer necesidades humanas de esta o de la otra
especie. La utilidad de una cosa, utilidad que depende de sus cualidade
naturales y aparece en su uso o consumo, hace de ella un valor de uso.

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Destinado por el que lo confecciona a satisfacer las necesidades o la
conveniencias de otros individuos, un objeto es entregado por el productor a
aquella persona a quien es útil, a quien quiere usarlo, en cambio de otro objeto
y por este acto se convierte en mercancía. La proporción variable en que una
mercancías de especie diferente se cambian entre sí, constituye su valor de
cambio.

Valor, su sustancia.

Consideremos la relación de cambio de dos mercancías: 75 kilogramos de
trigo, por ejemplo, igualan a 100 kilogramos de hierro. ¿Qué quiere decir esto?
Que en esos dos objetos diferentes, trigo y hierro, hay algo común.
Este algo no puede ser una propiedad natural de las mercancías: pues no se
tienen en cuenta sus cualidades naturales sino en cuanto estas cualidades le
dan una utilidad que las constituye en valores de uso. En su cambio, y esto e
lo que caracteriza la relación de cambio, no se atiende a su utilidad respectiva
y solo se considera si se encuentran respectivamente en cantidad suficiente
Como valores de uso, las mercancías son ante todo de cualidad distinta; como
valores de cambio, solo pueden ser diferentes en cantidad.
Prescindiendo de las propiedades naturales, del valor de uso de la
mercancías, solo queda a estas una cualidad: la de ser productos del trabajo.
En este concepto, puesto que en una mesa, una casa, un saco de trigo, etc.
debemos hacer caso omiso de la utilidad respectiva de estos objetos, de su
forma útil particular, no tenemos para qué preocuparnos del trabajo productivo
especial del ebanista, del albañil, del labrador, etc., que les han dado aquella
forma particular. Descartando así en estos trabajos su fisonomía propia, solo
nos resta su carácter común: desde cuyo momento todos ellos quedan
reducidos a un gasto de fuerza humana de trabajo, es decir, a un desgaste de
organismo del hombre, sin consideración a la forma particular en que se ha
gastado esta fuerza.
Resultantes de un gasto de fuerza humana en general, muestras del mismo
trabajo indistinto, las mercancías manifiestan únicamente que en su
producción se ha gastado una fuerza de trabajo; o de otro modo, que en ellas se
ha acumulado trabajo. Las mercancías son valores en tanto que son
materialización de este trabajo, sin examinar su forma. Lo que de común se
observa en la relación de cambio o en el valor de cambio de las mercancías, e
su valor.

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Magnitud del valor, tiempo de trabajo socialmente necesario.

La sustancia del valor es el trabajo; la medida de la cantidad de valor es la
cantidad de trabajo, que a su vez se mide por la duración, por el tiempo de
trabajo.
El tiempo de trabajo que determina el valor de un producto es el tiempo
socialmente necesario para su producción, es decir, el tiempo necesario no en
un caso particular, sino por término medio, este es, el tiempo que requiere todo
trabajo ejecutado con el grado medio de habilidad y de intensidad y en la
condiciones ordinarias con relación al medio social convenido.
La magnitud del valor de una mercancía no padecería alteración, si e
tiempo necesario para su producción continuara siendo el mismo; pero este
varía cada vez que se modifica la productividad del trabajo, es decir, con cada
modificación que se introduce en la actividad de los procedimientos o de la
condiciones exteriores, mediante las cuales se manifiesta la fuerza de trabajo
la productividad del trabajo depende, pues, entre otras cosas de la habilidad
media de los trabajadores, de la extensión y eficacia de los medios de produci
y de circunstancias puramente naturales: la misma cantidad de trabajo está
representada, por ejemplo, por ocho fanegas de trigo, si la estación ha sido
favorable, y por cuatro en el caso contrario.
Por regla general, si la productividad del trabajo aumenta, disminuyendo e
tiempo necesario para la producción de un artículo, el valor de este disminuye
y a la inversa, si la productividad disminuye el valor aumenta. Pero
cualesquiera que sean las variaciones de su productividad, el mismo trabajo
funcionando durante igual tiempo, crea siempre el mismo valor, solo que
suministra en un tiempo determinado una cantidad mayor o menor de valore
de uso u objetos útiles, según aumente o disminuya su productividad.
Aun cuando, merced a un aumento de productividad, se produzcan en e
mismo tiempo dos vestidos en vez de uno, cada vestido continuará teniendo la
misma utilidad que tenía antes de duplicarse la producción; pero con los do
vestidos se pueden vestir dos hombres en lugar de uno; por lo tanto, hay
aumento de riqueza material. No obstante, el valor del conjunto de objeto
útiles sigue siendo el mismo: dos vestidos hechos en un tiempo igual a
empleado anteriormente en hacer uno, no valen más de lo que antes valía un
solo vestido.
Una modificación en la productividad que haga más fecundo el trabajo
aumenta la cantidad de artículos que este trabajo proporciona, y po
consiguiente, la riqueza material; poro no modifica el valor de esta cantidad as

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materialmente aumentada, si continúa siendo igual el tiempo total de trabajo
empleado en su fabricación.

Sabemos ya que la sustancia del valor es el trabajo. Sabemos también que
su medida es la duración del trabajo.
Una cosa puede ser valor de uso sin ser un valor: basta para esto que sea
útil al hombre, sin que provenga de su trabajo. Así sucede con el aire, la
praderas naturales, una tierra virgen, etc. Un valor de uso solo tiene valo
cuando hay acumulada en él cierta suma de trabajo humano. Por ejemplo, e
agua que corre en un río, aunque útil para muchas necesidades del hombre, no
tiene, sin embargo, valor alguno; pero si por medio de cántaros o tubos se
transporta el agua a un quinto piso, adquiere inmediatamente valor, porque
para hacerla llegar hasta aquel punto se ha gastado cierta cantidad de fuerza
humana.
Una cosa puede ser útil y producto del trabajo sin ser mercancía. Todo
aquel que con su producto satisface sus propias necesidades, solo crea un valo
de uso por su cuenta personal. Para producir mercancías hay que produci
valores de uso, con el fin de entregarlos al consumo general por medio de
cambio.
Por último, ningún objeto puede ser valor si no es útil; si un objeto es inútil
como se ha gastado inútilmente el trabajo que contiene, no crea valor.

II. Doble aspecto del trabajo.

El trabajo del ebanista, el del albañil, del labrador, etcétera, crean valor po
su condición común de trabajo humano; pero no forman una mesa, una casa
cierta cantidad de trigo, etc., en una palabra, diferentes valores de uso, sino
porque poseen cualidades diferentes.
Toda clase de trabajo supone, por una parte, gasto físico de fuerza humana
siendo bajo este concepto de igual naturaleza y formando el valor de la
mercancías. Por otra parte, todo trabajo implica un gasto de la fuerza humana
bajo una u otra forma productiva determinada por un fin particular, y en este
concepto de trabajo útil diferente, produce valores de uso o cosas útiles.

Doble carácter social del trabajo privado.

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Al conjunto de objetos útiles de toda especie exigidos por la variedad de la
necesidades humanas, corresponde un conjunto de obras o trabajos igualmente
variados. Para satisfacer las diversas necesidades del hombre, el trabajo se
presenta, pues, bajo formas útiles distintas, de lo cual resulta una multitud de
industrias innumerables.
Aunque ejecutadas independientemente unas de otras, según la voluntad y
designio particular de sus productores, sin relación aparente, las diversa
especialidades de trabajos útiles se manifiestan como partes, que se completan
entre sí, del trabajo general destinado a satisfacer la suma de necesidade
sociales. Los oficios individuales, cada uno de los cuales corresponde cuando
más a un orden de necesidades, y cuya variedad indispensable no resulta de
ningún convenio previo, forman en su totalidad como los eslabones de
sistema social de la división del trabajo, que se adaptan a la diversidad infinita
de las necesidades.
De esta manera, trabajando los hombres unos para otros, sus obras privada
revisten, por esta sola razón, un carácter social; pero estas obras, tienen
también un carácter social por su semejanza en concepto de trabajo humano en
general, no apareciendo esta semejanza más que en el cambio, es decir, en una
relación social que los coloca frente a frente bajo una base de equivalencia, no
obstante su diferencia natural.

Reducción de toda clase de trabajo a cierta cantidad de trabajo simple.

Las diversas transformaciones de la materia natural y su adaptación a la
distintas necesidades humanas, que constituyen toda la tarea del hombre, son
más o menos penosas de efectuar, y, por consecuencia, los diferentes género
de trabajo de donde resultan son más o menos complicados.
Pero cuando hablamos del trabajo humano bajo el punto de vista del valor
consideramos tan solo el trabajo simple, es decir, el gasto de la simple fuerza
que todo hombre, sin educación especial, posee en su organismo. Es cierto que
el trabajo simple medio varía según los países y las épocas, pero siempre se
halla determinado en una sociedad dada, es decir, en cada sociedad. El trabajo
superior no es otra cosa que trabajo simple multiplicado, pudiendo siempre se
reducido a una cantidad mayor de trabajo simple: un día o jornada de trabajo
superior o complicado puede equivaler, por ejemplo, a dos días o jornadas de
trabajo simple.
La experiencia enseña que esta reducción de todo trabajo a determinada
cantidad de una sola especie de trabajo, se hace diariamente en todas partes

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Las mercancías más diversas hallan su expresión uniforme en moneda, e
decir, en una masa determinada de oro o de plata. Y por este solo hecho, lo
diferentes géneros de trabajo, cuyo producto son las mercancías, po
complicados que sean, se van a reducir en una proporción dada, al producto de
un trabajo único, el que suministra el oro o la plata. Cada género de trabajo
representa solamente una cantidad de este último.

III. El valor, realidad social, solo aparece en el cambio.

Las mercancías son tales mercancías por ser a la vez objetos de utilidad y
porta-valor. De consiguiente, solo pueden entrar en la circulación si se
presentan bajo una doble forma: su forma natural y su forma de valor.
Considerada aisladamente una mercancía, como objeto de valor, no puede
ser apreciada. En vano diremos, en efecto, que la mercancía es trabajo humano
materializado; la reduciremos a la abstracción valor sin que la más leve
partícula de materia constituya este valor, y en uno y otro caso solo tendrá una
forma palpable su forma natural de objeto útil.
Si recordamos que la realidad de las mercancías, en concepto de valores
consiste en que son la expresión varia de la misma unidad social, del trabajo
humano, aparece evidente que esta realidad, puramente social, solo puede
manifestarse en las transacciones sociales; el carácter de valor se manifiesta en
las relaciones de las mercancías unas con otras y solo en estas relaciones. Lo
productos del trabajo revelan en el cambio, como valores, una existencia socia
bajo idéntica forma, distinta de su existencia material, y bajo formas diversas
como objetos de utilidad. Una mercancía expresa su valor por el hecho de
poder cambiarse por otra; en una palabra, por el hecho de presentarse como
valor de cambio, y solo de este modo.
Si el valor se manifiesta en la relación de cambio, el cambio no engendra e
valor, antes al contrario, el valor de la mercancía es el que rige sus relacione
de cambio y determina sus relaciones con las demás. Esto se comprenderá con
una comparación.
Un pilón de azúcar es pesado, pero su sola apariencia no lo indica y meno
aún cuál sea su peso. Consideremos diferentes pedazos de hierro de peso
conocido. La forma material del hierro, como la del azúcar, no es, por s
misma, una indicación de la pesantez; los pedazos de hierro, puestos en
relación con el pilón de azúcar, nos darán a conocer el peso de este. Así, pues
la magnitud de su peso, que no aparecía, considerado el pilón de azúca
aisladamente, se manifiesta cuando se pone en relación con el hierro; pero la

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relación de peso entre el hierro y el azúcar no es la causa de la existencia de
peso del azúcar, antes al contrario este peso determina la relación.
La relación del hierro con el azúcar es posible, porque estos dos objetos tan
diferentes por su uso, tienen una propiedad común, la pesantez, y en esta
relación el hierro solo se considera como un cuerpo que representa peso; no se
tienen en cuenta sus demás propiedades y sirve únicamente como medida de
peso. De igual modo, al expresar un valor cualquiera, por ejemplo, veinte
metros de tela valen un vestido, la segunda mercancía no representa más que
valor; la utilidad particular del vestido no se tiene en cuenta en este caso, y
solo sirve como medida de valor de la tela. Empero aquí concluye la
semejanza. En la expresión de peso del pilón de azúcar, el hierro representa
una cualidad común a ambos cuerpos, pero es una cualidad natural, su
pesantez; en la expresión de valor de la tela con el vestido, este representa
seguramente una cualidad común a ambos objetos, pero ya no es una cualidad
natural, sino una cualidad de origen exclusivamente social, cual es su valor.
La mercancía, que tiene un doble aspecto, objeto de utilidad y valor, no
aparece, pues, tal como es, sino cuando se deja de considerarla aisladamente
cuando por su relación con otra mercancía, por la posibilidad de ser cambiada
adquiere su valor una forma apreciable, la forma de valor de cambio, distinta
de su forma natural.

Forma del valor.

En el concepto de valores, todas las mercancías son expresiones de la
misma unidad, trabajo humano, reemplazables mutuamente. Una mercancía
puede, por consecuencia, cambiarse por otra mercancía. En realidad hay
imposibilidad de cambio inmediato entre las mercancías. Una sola mercancía
reviste la forma susceptible de cambio inmediato con todas las demás: sabido
es que las mercancías poseen una forma especial de valor, la forma moneda.
Esta forma moneda tiene su fundamento en la simple forma de la relación
de cambio, que es: 20 metros de tela valen un vestido, o 75 kilogramos de trigo
valen 100 kilogramos de hierro, etc.
Primeramente, cualquier mercancía se cambia, con arreglo a esta fórmula
por otra mercancía diferente de cualquiera clase que sea. Esto es lo que ocurre
en los cambios aislados, en que una sola mercancía expresa accidentalmente su
valor en otra mercancía también sola.
En segundo lugar, una misma mercancía se cambia, no ya al azar con otra
sino regularmente con otras varias: 20 metros de tela, por ejemplo, valen

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alternativamente un vestido, 75 kilogramos de trigo, 100 kilogramos de hierro
etc.; en cuyo caso una mercancía expresa su valor en una serie de mercancías
mientras que en el caso anterior lo expresaba en una sola.
Hasta ahora no hay más que una mercancía que exprese su valo
primeramente en otra mercancía y después en varias. Cada mercancía tiene
que buscar su forma o sus formas de valor, no existiendo una forma de valo
común a todas las mercancías.
En la fórmula que precede vemos que 20 metros de tela valen un vestido, o
75 kilogramos de trigo, o 100 kilogramos de hierro, o..., etc. No cambiando la
mercancía cuyo valor se quiere expresar, y que es la tela, varían las que
expresan su valor, siendo ora un vestido, ora el trigo, o bien el hierro, etc. La
misma mercancía, la tela, puede tener tantas representaciones de su valo
cuantas son las mercancías diferentes. Y como, por el contrario, quisiéramo
que una sola representación reflejase el valor de todas las mercancías
invirtamos nuestro ejemplo de este modo: un vestido vale 20 metros de tela, 75
kilogramos de trigo valen 20 metros de tela, 100 kilogramos de hierro valen 20
metros de tela, etc., etc. Esta fórmula, que es la precedente invertida, la cua
era a su vez el desarrollo de la forma simple de la relación de cambio, nos da
por último, una expresión uniforme de valor para el conjunto de la
mercancías. Todas tienen ya una medida común de valor, la tela, que, siendo
susceptible de cambio inmediato con ellas, es para todas la forma de existencia
de su valor.
Desde el punto de vista del valor, las mercancías son cosas puramente
sociales y su forma valor debe, por lo tanto, revestir una forma de validez
social. Y la forma valor no ha adquirido consistencia sino desde el momento en
que se ha unido a un género especial de mercancías, a un objeto único
universalmente aceptado. Este objeto único, forma oficial de los valores podía
ser, en principio, una mercancía cualquiera; pero la mercancía especial, con
cuya forma natural se ha confundido poco a poco el valor, es el oro
Sustituyamos, en nuestra última fórmula, la tela con el oro, y obtendremos la
forma moneda del valor; todas las mercancías son reducidas a cierta cantidad
de oro.
Antes de conquistar históricamente este monopolio social de forma de
valor, el oro era una mercancía como cualquier otra, y solo porque
representaba de antemano el papel de mercancía al lado de las demás, funciona
hoy como moneda frente a las otras mercancías. Como toda mercancía, el oro
se presentó primero accidentalmente en cambios aislados. Poco a poco
funcionó, en una esfera más o menos limitada, como medida general del valor

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En la actualidad, los cambios de productos se verifican exclusivamente por su
mediación.
La forma moneda del valor aparece hoy como su forma natural. Al deci
que el trigo, un vestido, un par de botas, se refieren a la tela como a la medida
de valor, como a la encarnación general del trabajo humano, salta
inmediatamente a la vista lo extraño de tal proposición; pero cuando lo
productores de estas mercancías, en vez de referirlas a la tela, las refieren a
oro o a la plata, lo cual en el fondo es lo mismo, la proposición deja de
sorprenderles. No parece que una mercancía se haya convertido en moneda
porque las demás mercancías expresen en ella su valor, sino por el contrario
parece que las mercancías expresan en ella su valor, porque es moneda.

IV. Apariencia material del carácter social del trabajo.

Esta forma moneda o dinero, contribuye, pues, a dar una idea falsa de la
relaciones de los productores, cuyas relaciones ponen los productos en
presencia unos de otros para cambiarlos comparando sus valores, es decir
comparando el trabajo de diferente género que cada cual contiene en concepto
de trabajo humano semejante, y prestando así a este trabajo y a sus producto
un aspecto social distinto de su aspecto natural.
Y los productos del trabajo que en sí mismos son cosas sencillas y fácile
de comprender, se tornan complicados, llenos de sutilezas y enigmáticos, en
cuanto se les considera como objetos de valor prescindiendo de su naturaleza
física, en una palabra, desde que se convierten en mercancías.
El valor de cambio, que verdaderamente no es otra cosa que la manera
social de contar el trabajo invertido en la fabricación de un objeto, y que, po
consecuencia, solo tiene una realidad social, ha llegado a ser tan familiar para
todo el mundo que parece ser como la forma moneda para el oro y la plata, una
propiedad íntima de los objetos.
Habiendo aparecido en el periodo histórico en que domina el sistema
mercantil de producción, este carácter de valor ha tomado el aspecto de un
elemento material de las cosas, inseparable de ellas y eterno; mientras que
existen sistemas de producción en que la forma social de los productos de
trabajo se confunde con su forma natural, en lugar de ser distinta de ella, en
que los productos se presentan como objetos de utilidad bajo diverso
conceptos y no como mercancías que se cambian recíprocamente.
Esta apariencia material que se da a un fenómeno puramente social, esta
ilusión de que las cosas tienen una propiedad natural mediante la cual se

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cambian en proporciones determinadas, convierte, a los ojos de lo
productores, su propio movimiento social, sus relaciones personales para e
cambio de sus productos, en movimiento de las cosas mismas, movimiento que
los arrastra, sin que puedan dirigirlo, ni mucho menos. La producción y su
relaciones, creación humana, rigen al hombre en lugar de estar subordinadas a
él.
Un hecho análogo se observa en la nebulosa región del mundo religioso. En
esta región los productos del cerebro humano se convierten en dioses, toman e
aspecto de seres independientes, dotados de cuerpos propios, que se
comunican entre sí y con los hombres. Lo mismo ocurre con los producto
manuales en el mundo mercantil.

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CAPÍTULO II
DE LOS CAMBIOS
Relaciones de los poseedores de las mercancías; condiciones de estas relaciones. — La relación d
cambio entraña necesariamente la forma moneda. — La forma moneda va unida a los metale
preciosos.

Relaciones de los poseedores de las mercancías; condiciones de estas
relaciones.

No pudiendo las mercancías ir por sí solas al mercado ni cambiarse ella
mismas entre sí, sus poseedores, para ponerlas en contacto, tienen que ponerse
a su vez en mutuas relaciones. De suerte que cada uno se apropia la mercancía
ajena abandonándole la propia, por medio de un acto voluntario común. Así
pues, para que la enajenación sea recíproca, los poseedores deben reconocerse
tácitamente como propietarios privados de las cosas enajenadas. Esta relación
jurídica, cuya forma es el contrato, no es otra cosa que la relación de la
voluntades en que se refleja la relación económica. Las personas solo existen
en tal caso a título de representantes de la mercancía que poseen.
Para el dueño de una mercancía que quiere cambiarla por otra, esta
mercancía no es un valor de uso, un objeto de utilidad; si le fuera útil no
procuraría deshacerse de ella. La única utilidad que el mercader cambista
encuentra en su mercancía es que puede ser útil a otros, y que, po
consecuencia, es un instrumento de cambio y un porta-valor. Desde este punto
aspira a enajenarla por otras mercancías, cuyo valor de uso pueda satisface
sus necesidades personales.
Todas las mercancías son lo contrario de valores de uso o valores negativo
para los que las poseen, y valores de uso positivos para los que carecen de
ellas, siendo, pues, necesario que varíen de dueño, cuya variación constituye
precisamente su cambio. Pero el cambio no las relaciona unas con otras, sino

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en el concepto de valores; solo después del cambio vienen a ser valores de uso
para el nuevo poseedor que las ha adquirido atendiendo a su utilidad. E
necesario, por lo tanto, que las mercancías se manifiesten como valores ante
de que puedan realizarse como valores de uso.
Es necesario además que su valor de uso esté demostrado antes de que la
mercancías puedan realizarse como valores; porque solo se realizan como
valores a condición de que se demuestre que el trabajo invertido en
producirlas, lo haya sido en una forma útil a otros; y esta condición solo se
prueba cuando hay alguien que quiere adquirirlas atendiendo a su utilidad, en
una palabra, la utilidad de las mercancías solo se demuestra por su cambio.
En resumen, solo cuando son útiles pueden las mercancías presentarse
como valores; si bien deben haberse presentado como valores antes de
manifestar su utilidad. ¿Cómo quedarán satisfechas estas condicione
contradictorias para los poseedores de las mercancías?

La relación de cambio origina la forma moneda.

En esta situación las mercancías solo pueden manifestar su carácter de
valor y la cantidad de este si se colocan sobre una base de igualdad con una
cantidad determinada de una cosa útil, cuyo valor esté ya demostrado. Do
mercancías manifiestan su valor por su comparación con una tercera
mercancía, cuya utilidad, ya reconocida, da cuerpo al valor de las otras dos
Esta tercera mercancía se convierte en moneda, según hemos visto en e
capítulo precedente. La relación de cambio es la que origina necesariamente la
forma moneda.
El desarrollo histórico de la producción y del cambio ha impreso, cada vez
más, a los productos del trabajo el carácter de mercancías, de productos para
otros; una parte cada vez mayor de objetos útiles se ha producido
intencionadamente para el cambio, es decir, que hasta en su producción lo
objetos no son considerados, bajo el punto de vista de su utilidad, sino como
valores. A fin de efectuar el cambio, era necesario poder comparar su valo
respectivo, y no pudiendo hacerse esta comparación sino mediante otra
mercancía, la necesidad del comercio ha dado así origen a una forma palpable
que permite comparar los objetos bajo el punto de vista del valor.
Esta forma palpable que se adhiere, al principio, ora a una, ora a otra
mercancía, acaba por adherirse exclusivamente, a una especie particular de
mercancía. De común acuerdo, una mercancía especial que se separa de la

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otras, sirve para exponer sus valores recíprocos. La forma natural de esta
mercancía queda establecida socialmente como la forma de existencia de
valor, y funciona como moneda, convirtiéndose en dinero.

La forma moneda se adhiere a los metales preciosos.

La casualidad decide primeramente sobre qué género de mercancías ha de
fijarse la forma moneda; pero esta forma no tarda en adherirse a la
mercancías que por sus propiedades naturales son más aptas para esta función
social, es decir, a los metales preciosos. En efecto, todas las muestras de esto
metales son idénticas en el concepto de las cualidades, y solo unas materia
semejantes podían tener forma propia para manifestar el valor, para servir de
imágenes palpables del trabajo humano. Además, como las mercancías, en
concepto de valores, solo difieren por su cantidad, la mercancía moneda debe
ser susceptible de diferencias cuantitativas, a fin de adaptarse a las variacione
de cantidad.
El valor de uso del oro y de la plata convertidos en mercancía moneda e
doble: además de su utilidad como mercancías, pues sirven de materia primera
para fabricar muchos artículos, tienen una utilidad particular por su función
como moneda.
La relación social de cambio, que transforma al oro y la plata en moneda
no les da su valor, que ya tenían antes de ser moneda, solo les da esta forma
especial de valor. El hecho de saber que el oro tiene esta forma especial de
valor, la forma moneda, que lo hace susceptible de cambio inmediato con
todas las demás mercancías, implica el que se sepa cuánto valen, por ejemplo
veinte pesetas de oro. Como toda mercancía, el oro no puede expresar su
propia cantidad de valor sino en otras mercancías, y basta leer en sentido
inverso una tarifa de precios corrientes, para encontrar la cantidad de valor de
oro expresada en todas las mercancías imaginables.

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CAPÍTULO III
LA MONEDA O LA CIRCULACIÓN DE LAS MERCANCÍAS
I. Medida de los valores. — La forma precio. — II. Circulación de las mercancías. — Curso de l
moneda. — El numerario o las especies y el papel moneda. — III. Reservas de oro y de plata
tesoros. — El dinero como medio de pago. — La moneda universal.

I. Medida de los valores.

Supongamos, para mayor claridad, que el oro es la mercancía moneda
Realmente, en los países como Francia en que dos mercancías, el oro y la
plata, desempeñan legalmente la función de medida del valor, solo una de ella
se mantiene en su puesto.
La primera función del oro consiste en suministrar al conjunto de la
mercancías la materia en que expresan sus valores, como productos de
cualidad igual, comparables, por lo tanto, en el concepto de cantidad
Desempeña, pues, el papel de medida universal de los valores.
Pero no es el oro convertido en moneda lo que hace a las mercancía
conmensurables; al contrario, porque son conmensurables, siendo de igua
cualidad en concepto de valores y fuerza de trabajo materializada, pueden
hallar todas juntas su magnitud de valor en una mercancía convertida en
medida común. Esta medida de los valores mediante la moneda, no es más que
la forma que debe revestir necesariamente su medida efectiva, que será
siempre el tiempo de trabajo.

La forma precio.

La expresión en oro de la magnitud de valor de una mercancía es su forma
moneda o su precio.

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El precio de las mercancías no es cosa aparente por sí misma. El poseedo
se ve obligado a ponerles unas etiquetas para anunciar su precio, para
representar su igualdad con el oro. No hay comerciante que no sepa
perfectamente que no necesita ni un grano de oro efectivo para estimar en oro
el valor de millones de mercancías. Aun cuando en su función de medida de
los valores solo se emplea la moneda como moneda imaginaria, no por esto la
determinación de los precios deja de depender completamente de la materia de
la moneda. Si esta materia fuese cobre en vez de oro, los valores estarían
representados por cantidades de cobre diferentes de las cantidades de oro, en
otros términos, por precios diferentes.
Como cantidades diversas de una misma cosa, del oro, las mercancías se
comparan y se miden entre sí, y de aquí la necesidad de referirlas a una
cantidad de oro que se fija como término de comparación, como unidad de
medida. Debiendo tener esta cantidad de oro una autenticidad social, e
determinada por la ley. Dividida en partes iguales, esta cantidad fija de meta
se convierte en el tipo de los precios.
Por consecuencia, el oro desempeña aquí una segunda función. Sabemo
que, como medida de los valores, sirve para transformar los valores de la
mercancías en supuestas cantidades de oro, en precios; ahora, como tipo de lo
precios, mide estas diversas cantidades de oro por una cantidad fija y la
refiere a un peso fijo de oro. Los precios, o las cantidades de oro en que se
transforman imaginariamente las mercancías, se expresan desde este momento
con los nombres monetarios de este peso fijo, unidad de medida y de su
subdivisiones, por ejemplo, en pesetas.
Los precios indican, pues, dos cosas al mismo tiempo: la magnitud de
valor de las mercancías y la parte del peso de oro convertido en unidad de
medida, por la cual, son cambiables inmediatamente.
Si el precio, como índice de la magnitud del valor de la mercancía, es la
indicación de su relación de cambio con la moneda, no se ha de deducir que la
indicación de su relación de cambio con la moneda se confunde
necesariamente con la indicación de su magnitud de valor.
En efecto, la magnitud de valor expresa la relación íntima que existe entre
una mercancía y el tiempo de trabajo social necesario para producirla. Desde
que el valor se convierte en precio, esta relación aparece como la relación de
cambio de la mercancía con la moneda. Pero la relación de cambio puede
expresar, ora el valor mismo de la mercancía o bien lo más o lo menos que su
cambio produce accidentalmente en circunstancias dadas.

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Supongamos que un saco de trigo se produce en el mismo tiempo de
trabajo que 13 gramos de oro, y que el nombre monetario de estos 13 gramo
de oro sea el de dos escudos; la expresión moneda del valor del saco de trigo
o su precio, será dos escudos.
Aunque las condiciones de la producción no varíen, siendo necesario e
mismo tiempo de trabajo si se presentan circunstancias que permiten estimar e
saco de trigo en tres escudos u obligan a bajarlo a un escudo, en tal caso tre
escudos y un escudo son expresiones que aumentan o disminuyen el valor de
trigo, y sin embargo, son sus precios, porque expresan la relación de cambio
del trigo y de la moneda.
Es, pues, posible que exista una diferencia cuantitativa entre el precio de
una mercancía y su magnitud de valor, cuya posibilidad proviene del doble
papel que representa la misma forma precio.
En el precio, es decir, en el nombre monetario de las mercancías, su
equivalencia con el oro no es todavía un hecho consumado. Para produci
prácticamente el efecto de un valor de cambio, la mercancía debe dejar de se
oro simplemente imaginado y convertirse en oro real y positivo para darla un
precio, basta con declararla igual a una cantidad de oro puramente imaginaria
pero hay que reemplazarla con oro efectivo para que preste a su poseedor e
servicio de procurarle, por medio del cambio, las cosas que necesita.
La forma precio manifiesta simplemente que las mercancías son
enajenables y en qué condiciones su poseedor quiere enajenarlas. Los precio
son como miradas amorosas que las mercancías lanzan al dinero; para que e
dinero se deje atraer por las mercancías es preciso que su valor útil esté
reconocido. No hablamos de los errores más o menos intencionados que se
cometen al fijar los precios, cuyos errores son bien pronto corregidos en e
mercado por la tarifa de los concurrentes.

II. Circulación de las mercancías.

El cambio transporta las mercancías de manos en que son valores de uso
negativos a manos en que sirven de valores de uso. Llegadas al punto en que
sirven de objetos de utilidad, las mercancías desaparecen de la esfera de lo
cambios y caen en el dominio del consumo, lo cual, solo se verifica después de
una serie de cambios de forma.
Consideremos en el mercado un cambista cualquiera, un tejedor. Cambia su
mercancía, 20 metros de tela, por ejemplo, por 2 escudos de oro; después de lo

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cual cambia estos dos escudos por un vestido. Al operar así el tejedor, enajena
la tela, que para él no es más que porta-valor, por el oro, y el oro, figura de
valor de la tela, por otras mercancías, el vestido, que va a ser para él valor de
uso. De cuya operación resulta que el tejedor se ha proporcionado, en lugar de
su primera mercancía, otra mercancía de valor igual, pero de utilidad diferente
proporcionándose, de esta manera, medios de subsistencia y de producción.
En último resultado, el tejedor no hace más que sustituir una mercancía po
otra, o cambiar productos. Pero este cambio se efectúa dando lugar a do
transformaciones opuestas y complementarias: transformación de la mercancía
en dinero y nueva transformación del dinero en mercancía, cuya
transformaciones representan, bajo el punto de vista del poseedor de la
mercancía, dos actos: venta, o cambio de la mercancía por dinero, y compra o
cambio del dinero por la mercancía. El conjunto de los dos actos contenidos en
la operación (tela - dinero - vestido) o lo que es lo mismo (mercancía - dinero
mercancía) se resume así: vender para comprar.
El mismo acto que es venta para el tejedor es compra para el que da 2
escudos por su tela; y estos 2 escudos eran ya el producto de una venta en
manos del comprador de la tela. Porque, aparte del cambio del oro en su fuente
de producción, es decir, en el punto donde se cambia como producto inmediato
del trabajo por otro producto de igual valor, el oro representa, en manos de
cada productor cambista, un precio de mercancía realizado.
Supongamos que el comprador de la tela ha obtenido estos 2 escudos de la
transformación de un saco de trigo en dinero, y veremos en tal caso, que la
tela, que, como cosa vendida, es el principio del movimiento de cambio (tela
dinero - vestido), como cosa comprada es el término de otro movimiento de
cambio (trigo - dinero - tela).
Por otra parte, el acto que es compra para el tejedor, es venta para el sastre
que a su vez convierte los 2 escudos procedentes de la venta de su vestido en
otra mercancía, en una pipa de vino, por ejemplo. El término del movimiento
(tela - dinero - vestido) es de este modo el principio de otro movimiento
(vestido - dinero - vino).
La primera transformación de una mercancía, la tela, es, pues, la última de
otra, el trigo. La última transformación de la misma mercancía, la tela, es la
primera de otra, el vestido, y así sucesivamente. El conjunto de esto
movimientos que se encadenan constituye la circulación de las mercancías.
Como la circulación de las mercancías conduce, según acabamos de ver en
cada uno de sus movimientos particulares, a un cambio de productos, esta
circulación de las mercancías se distingue esencialmente de su cambio

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inmediato. No hay duda que nuestro tejedor ha cambiado en definitiva su
mercancía, es decir, la tela, por otra que es el vestido; pero este hecho solo e
verdadero desde su punto de vista. El vendedor del vestido, ante el cual se
presentó el tejedor con el oro, representación del valor de su tela, no creía
probablemente que cambiaba su vestido por tela. La mercancía del sastre ha
reemplazado la mercancía del tejedor, pero tejedor y sastre, en las condicione
generales de la circulación de las mercancías, no cambian sus producto
recíprocamente, no ven más que la moneda, y las monedas no pueden deci
por qué artículo las han trocado.
La circulación no acaba tampoco, como el cambio inmediato, en el cambio
de dueño de los productos. El dinero no desaparece. En el movimiento (tela
dinero - vestido), la tela, vendida a quien quiere usarla, sale de la circulación
reemplazándola el dinero; el vestido sale después, reemplazándolo también e
dinero, y así sucesivamente. Cuando la mercancía de un cambista, que en este
caso es el sastre, reemplaza la de otro, el tejedor, el dinero pasa siempre a un
tercero, el vendedor de vino.
La compra es el complemento forzoso de la venta; pero no es forzoso que
estas dos operaciones complementarias se sucedan inmediatamente; puede
separarlas un periodo de tiempo más o menos largo. Si la separación de las do
operaciones se prolonga demasiado, su unión íntima se demuestra por la crisi
que surge.

Curso de la moneda.

Desde el momento que el vendedor completa la venta por la compra, e
dinero sale de sus manos. En nuestro ejemplo, la moneda pasa de manos de
tejedor a las del sastre y de las de este a las del mercader de vino, realizando
sucesivamente el precio de su mercancía. El movimiento que la circulación de
las mercancías imprime a la moneda, la aleja, por lo tanto, de su punto de
partida, para trasmitirla sin interrupción de mano en mano: esto es lo que se
llama curso de la moneda. Trátase ahora de saber la cantidad de moneda que e
movimiento de circulación puede absorber.
En un país se realizan diariamente ventas más o menos numerosas de
mercancías diversas. El valor de las mercancías vendidas se hallaba expresado
antes de su venta, por su precio, es decir, por una cantidad de oro imaginado
La moneda realiza el precio de estas mercancías, trasmitiéndolas del vendedo
al comprador; en otros términos, representa realmente las cantidades de oro ya

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expresadas imaginariamente en el total de los precios. La cantidad de dinero
exigida por la circulación de todas las mercancías que existen en el mercado
se halla determinada, por lo tanto, por el total de sus precios. Siempre que
varíe este total, variará en la misma proporción la masa de moneda circulante.
Ciertas variaciones de esta masa dependen, en último resultado, de la
moneda, del oro mismo.
Antes de que el oro funcione como medida del valor, su propio valor se
halla determinado, y si funciona como tal, se debe a qué es un producto de
trabajo, es decir, un valor variable. En este concepto, cada vez que su valo
sufra alteración, se alterará evidentemente la estimación del valor de la
mercancías, hecha con arreglo al suyo.
Si el valor del oro aumenta, si, por ejemplo, se duplica, un escudo valdrá lo
que antes valían dos escudos, y las mercancías que valían dos escudos
valdrán, por consecuencia, uno. Si disminuye, por ejemplo, en la mitad, do
escudos valdrán lo que antes uno y las mercancías que valían dos escudo
valdrán cuatro. Hay que admitir, naturalmente, en ambos casos que el valo
particular de las mercancías, es decir, que el tiempo necesario para su
producción, sigue siendo el mismo.
Así, pues, los precios, estimación del valor de las mercancías en oro, varían
con el valor de este; y como no hay alteración en el valor de las mercancías
los precios bajan si aumenta el valor del oro y suben si disminuye.
Hallándose determinada la cantidad de moneda corriente por el total de
precios que deben realizarse, toda variación en estos precios produce una
alteración en la cantidad de moneda circulante; cuya variación puede
depender, según hemos visto, de la misma moneda, en su cualidad, no de
instrumento de la circulación, sino de medida del valor. Dicho esto
suponemos que el valor del oro se haya establecido, como lo está
efectivamente, en el momento de fijar los precios.
Consideremos cierto número de ventas sin relación entre sí, por ejemplo
las ventas aisladas de un saco de trigo, de veinte metros de tela, de un vestido
y de una pipa de vino. Siendo el precio de cada artículo dos escudos, para
realizar el precio de los cuatro, habría que poner ocho escudos en circulación
Por el contrario, si estas mismas mercancías forman la serie de
transformaciones expuestas en el párrafo precedente: un saco de trigo — do
escudos — un vestido — dos escudos — veinte metros de tela — dos escudo
— un barril de vino — dos escudos, los mismos dos escudos que se detienen
en la mano del mercader de vino ponen en circulación las cuatro mercancías

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realizando su precio sucesivamente; en cuyo caso, la velocidad del curso de la
moneda suple a su cantidad.
El cambio de lugar, cuatro veces repetido, de los dos escudos resulta de la
transformaciones completas (su venta seguida de compra) y en relación una
con otras, del trigo, de la tela y del vestido, que terminan con la primera
transformación de la pipa de vino. Los movimientos complementarios entre sí
que forman esta serie, se verifican sucesivamente; necesitan más o meno
tiempo para realizarse y la velocidad del curso de la moneda que, según
acabamos de ver influye en su cantidad, se mide por el número de mutacione
de las mismas monedas en un tiempo dado. Supongamos que la circulación de
nuestras cuatro mercancías dure un día; la masa de moneda corriente, do
escudos, multiplicada por el número de mutaciones de las mismas monedas, e
decir, por cuatro, es igual al total del precio de las mercancías, o sean ocho
escudos.
La circulación en un país comprende, durante un tiempo dado, las ventas o
compras aisladas, es decir, las transformaciones parciales en que la moneda
solo cambia de lugar una vez, y las series de transformaciones más o meno
extensas, en que las mismas monedas experimentan traslaciones más o meno
numerosas. Cada una de las monedas que componen la suma total de dinero en
circulación, funciona, pues, con actividad diferente, pero el conjunto de la
monedas semejantes realiza, durante un tiempo determinado, un total de
precios; por consecuencia, se establece una velocidad media en el curso de la
moneda. Conocida esta velocidad media, queda determinada la masa de oro
que puede funcionar como instrumento de la circulación, puesto que esta masa
multiplicada por el número medio de sus mutaciones debe ser igual al total de
precios que hay que realizar.
La velocidad del curso de la moneda solo indica la velocidad de la
transformaciones de las mercancías, la mayor o menor rapidez con que
desaparecen de la circulación y su reemplazo por nuevas mercancías.
En el curso rápido de la moneda aparece la unión de la venta y de la
compra como dos actos alternativamente realizados por los mismos cambistas
Por el contrario, la lentitud del curso de la moneda pone de manifiesto la
separación de estas dos operaciones, y la interrupción de los cambios de forma
de las mercancías. Es muy común la tendencia a explicar esta interrupción po
la cantidad insuficiente de moneda circulante, siendo así que (y esto resulta de
lo que precede) la cantidad de los medios de circulación, en un periodo dado
de tiempo, se halla determinada por el precio total de las mercancía

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circulantes y por la velocidad media de sus transformaciones, en dinero, po
medio de la venta, y en otras mercancías por medio de la compra.

El numerario o las especies y el papel-moneda.

El numerario tiene su origen en la función que desempeña la moneda como
instrumento de circulación. El peso de oro adoptado como unidad de medida y
sus subdivisiones deben presentarse ante las mercancías en el mercado bajo la
forma de numerario o de especies acuñadas. De la misma manera que e
establecimiento de la unidad de medida, la acuñación es de la incumbencia de
Estado. El oro y la plata revisten así, en concepto de numerario, una forma
oficial, un uniforme nacional, que abandonan en el mercado del mundo.
Las monedas de oro o de plata se desgastan más o menos en su circulación
y pierden, por consecuencia, mayor o menor cantidad de peso. Especies de
igual nombre, que vienen a ser, de este modo, de valor desigual por carecer de
mismo peso, se consideran iguales en la circulación. Aun cuando pierden parte
de su peso, conservan su valor nominal. La circulación tiende, pues, a
transformar el numerario en un emblema de su peso metálico oficial.
La función numeraria del oro, desprendida así de su valor metálico por e
roce mismo de su circulación, puede ser desempeñada por cosas relativamente
sin valor, tales como unos pedazos de papel. Y desde este momento, como la
moneda, en concepto de numerario o instrumento de circulación, queda
reducida a ser el signo de sí propia, puede reemplazársela en esta función con
simples signos. Solo es necesario que el signo de la moneda, el papel moneda
sea, como ella, socialmente valedero; cuyo carácter lo adquiere por la acción
del Estado. Además, ocupando el lugar de la moneda, el papel moneda debe
ser proporcionado, en su emisión, a la cantidad de moneda que represente y
que realmente debería circular. En el caso en que excediera de esta proporción
legítima, los hechos la reducirían al tipo indicado. Si la masa de papel moneda
llegara a ser el doble de la proporción debida, un billete de 100 pesetas, po
ejemplo, no representaría más que 50 pesetas. No se trata aquí más que de
papel moneda puesto en circulación por el Estado y con curso forzoso.

III. Reservas de oro y de plata o tesoros.

Al desarrollarse la circulación de las mercancías se desarrollan también la
necesidad y el deseo de adquirir y de conservar lo que, en el régimen de

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producción mercantil, constituye el nervio de todas las cosas: el dinero.
Todo productor debe hacer provisión de dinero. En efecto, las necesidade
del productor se renuevan sin cesar y le imponen constantemente la compra de
mercancías ajenas, mientras que la producción y la venta de las suyas exigen
más o menos tiempo y dependen de mil eventualidades. Para poder compra
sin vender, es preciso antes haber vendido sin comprar. Las mercancías no se
venden desde luego para comprar inmediatamente otras, sino para
reemplazarlas con dinero que se conserva, y se va empleando según la
necesidades. La moneda, detenida intencionadamente en su circulación, se
petrifica, por decirlo así, convirtiéndose en tesoro, y el vendedor se transforma
en acumulador de dinero. Fórmanse de este modo, en todos los puntos que se
hallan en relaciones de negocios, reservas de dinero en las proporciones má
diversas.
Ya hemos visto que la cantidad de moneda corriente se halla determinada
por el total de los precios de las mercancías circulantes y por la velocidad de
su circulación. Esta cantidad aumenta, pues, al mismo tiempo que la
circulación de las mercancías y disminuye con ella. En su consecuencia, una
veces debe entrar en circulación una masa mayor de moneda, y otras debe sali
de la circulación una parte. Esta condición se cumple por medio de la
reservas de dinero que entran o salen de la circulación, esto es, por la forma
tesoro.

El dinero como medio de pago.

En la forma de circulación de las mercancías examinada hasta aquí, lo
cambistas se presentan unos con la mercancía y otros con el dinero. Sin
embargo, a medida que se desenvuelve la circulación, se desarrollan también
varias circunstancias que tienden a establecer un intervalo, más o menos largo
entre la venta de la mercancía y la realización de su precio.
Algunas especies de mercancías, exigen para su producción más tiempo
que otras, las épocas de producción no son las mismas para todas, etc. Puede
ocurrir, pues, que uno de los cambistas esté dispuesto a vender en tanto que e
otro no tiene aún medios de comprar. Cuando las mismas transacciones se
renuevan constantemente entre las mismas personas, las condiciones de venta
y compra de las mercancías, se regulan según las condiciones de su
producción. El uno venderá una mercancía presente, el otro comprará sin
pagar inmediatamente en calidad de representante de dinero por venir. E

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vendedor se hace acreedor y el comprador deudor; el dinero adquiere una
nueva función, se hace medio de pago.
La aparición simultánea en una venta de la mercancía y del dinero deja de
existir. Desde este momento, el dinero funciona principalmente como medida
de valor en el señalamiento del precio de la mercancía vendida. Establecido
mediante contrato, este precio indica la obligación del comprador, es decir, la
suma de dinero de que es deudor a plazo fijo.
Funciona además como medio de compra imaginaria. Aunque solo existe
en la promesa del comprador le transfiere, sin embargo, la mercancía.
Al finalizar el plazo solamente entra como medio de pago en la circulación
es decir, que pasa de manos del comprador a las del vendedor.
Medio de circulación, el dinero se convertía en tesoro porque e
movimiento de circulación se había detenido en su primera mitad, no
siguiendo a la venta la compra. Medio de pago, solo entra en circulación
cuando la mercancía ha salido ya de ella. El vendedor transformaba la
mercancía en dinero para satisfacer sus necesidades por medio de la compra de
objetos útiles; el acumulador de dinero para conservarle bajo su forma de
permutabilidad inmediata con toda clase de mercancías, es decir, bajo su forma
dinero; el comprador deudor para poder pagar. Si no efectúa esta
transformación, si no paga al vencimiento tiene lugar una venta forzosa de su
hacienda. El cambio de la mercancía en dinero constituye, pues, una necesidad
social que se impone al productor cambista, independientemente de su
necesidades y caprichos personales.
Los pagos a efectuar pueden compensarse, cuando en vez de efectuarse de
hecho se saldan recíprocamente anulándose. Teniendo esto en cuenta, se
organizan instituciones a fin de realizar estas compensaciones que disminuyen
la masa de numerario empleado. Además, circula en un tiempo determinado
un día por ejemplo, cierta cantidad de dinero destinada a pagar la
obligaciones que vencen este día y que representan mercancías mucho tiempo
ha fuera de la circulación. En estas condiciones, la cantidad de moneda que
circula en cierto periodo, dada la velocidad de los medios de circulación y de
los medios de pago, es igual al total de los precios de las mercancías a realizar
añadiendo a esto el total de los pagos que cumplen en este periodo y
descontando, por ejemplo, el total de los pagos que se compensan.
La moneda de crédito (letras, pagarés, etc.), tiene su origen inmediato en la
función del dinero como medio de pago. Los certificados que acreditan la
deudas contraídas por las mercancías compradas, circulan también a su vez
para transferir a otros los créditos que representan. A medida que se extiende

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el sistema de crédito, la moneda, como medio de pago, reviste formas de
existencia especiales, merced a las cuales se regulan las grandes operacione
comerciales, en tanto que las especies de oro y plata quedan reducida
principalmente al comercio al por menor.
Establécense en cada país ciertos términos generales, ciertas época
determinadas en que los pagos se hacen en grande escala; y la función de
dinero como medio de pago exige la acumulación de las sumas necesarias para
las fechas de los vencimientos.

La moneda universal.

Al salir de la circulación interior de un país, el metal moneda abandona la
formas locales que había revestido para recobrar su forma primitiva de barra o
lingote.
En el recinto nacional de la circulación una sola mercancía es la que puede
servir de medida de valor; en el mercado universal reina una doble medida de
valor: el oro y la plata.

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SECCIÓN SEGUNDA
Transformación del dinero en capital.

CAPÍTULO IV
FÓRMULA GENERAL DEL CAPITAL

Circulación simple de las mercancías y circulación del dinero como capital. — La plusvalía.

Circulación simple de las mercancías y circulación del dinero como capital.

La circulación de las mercancías es el punto de partida del capital; solo
aparece este cuando la producción mercantil y el comercio alcanzaron cierto
grado de desarrollo. La historia moderna del capital data de la creación de
comercio y del mercado de ambos mundos en el siglo xvi.
Hemos visto que la forma inmediata de la circulación de las mercancías es
(20 metros de tela — 2 escudos — un vestido) o (mercancía — dinero —
mercancía), transformación de la mercancía en dinero y nueva transformación
del dinero en mercancía, o sea vender para comprar.
Pero al lado de esta forma, encontramos otra enteramente distinta (dinero
— mercancía — dinero), transformación del dinero en mercancía y nueva
transformación de la mercancía en dinero, o sea comprar para vender. Todo
dinero que realiza este movimiento se convierte en capital.
Conviene observar que este movimiento, comprar para vender, no se
diferencia de la forma ordinaria de la circulación de las mercancías sino para
aquel que imprime este movimiento al dinero, para el capitalista. En realidad
se compone de dos actos de la circulación ordinaria, compra y venta
separados de los que regularmente los preceden y les siguen, y se considera
que constituyen una operación completa. El primer acto, la compra, es una
venta para aquel a quien el capitalista compra; el segundo, la venta, es una
compra para aquel a quien el capitalista vende; solo existe aquí e

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encadenamiento ordinario de los actos comunes de la circulación. Compra
para vender, como operación completa, distinta de la circulación ordinaria
solo existe bajo el punto de vista del capitalista.
En cada uno de estos dos movimientos (mercancía — dinero — mercancía
y (dinero — mercancía — dinero) se presentan uno enfrente de otro dos
elementos materiales idénticos, mercancía y dinero. Pero en tanto que e
primer movimiento, la circulación simple de las mercancías, principia por la
venta y acaba por la compra, el segundo, o sea la circulación del dinero como
capital, empieza por la compra y termina por la venta.
En la primera forma, el dinero se convierte al fin en mercancía destinada a
servir de valor de uso, de cosa útil. Arrastrado por el hecho de la compra, e
dinero se aleja de su punto de partida, y es gastado definitivamente. En la
segunda, el comprador pone su dinero en circulación para recobrarlo en último
término como vendedor. Este dinero, que vuelve a su punto de partida, fue
sencillamente anticipado, cuando al principio se le puso en circulación.

La plusvalía.

La satisfacción de una necesidad, un valor de uso, tal es el objeto
determinante del primer movimiento, que termina en un cambio de productos
de igual cantidad como valores, si bien son de cualidad diferente como valores
de uso, por ejemplo, tela y vestido. Puede suceder que la tela sea vendida en
más de su valor o el vestido comprado en menos, pudiendo salir perjudicado
uno de los cambistas, pero esta desigualdad posible de los valores cambiados
es, en tal caso, solo un accidente; el carácter regular de esta forma de
circulación es la igualdad de valor de ambos extremos, es decir, de las dos
mercancías.
El segundo movimiento termina de la misma manera que empieza, por e
dinero; su objeto determinante es, por consecuencia, el valor de cambio. Los
dos extremos, las dos sumas de dinero, idénticas en cuanto a su calidad y
utilidad, solo se diferencian entre sí por su cantidad: cambiar 100 escudos, po
ejemplo, por 100 escudos sería una operación de todo punto inútil; de
consiguiente, el movimiento (dinero — mercancía — dinero) solo puede tene
razón de ser en la diferencia cuantitativa de ambas sumas de dinero
Finalmente, sale de la circulación más dinero del que entró; la forma completa
de este movimiento es, por ejemplo (100 escudos — 2.000 libras de algodón
— 110 escudos); concluye en el cambio de una suma de dinero, 100 escudos

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por una suma mayor, 110 escudos. A este excedente, a este acrecentamiento de
10 escudos, es a lo que llamamos plusvalía, es decir, sobrevalor o aumento de
valor. Por lo tanto, no solamente se conserva en la circulación el valo
anticipado, sino que se hace mayor, y esto es lo que lo convierte en capital.
El movimiento que consiste en vender para comprar, que tiende a la
apropiación de cosas aptas para satisfacer determinadas necesidades
encuentra fuera de la circulación un límite en el consumo de las cosas
compradas, en la satisfacción de las necesidades.
Por el contrario, el movimiento de comprar para vender, que tiende a
aumento de valor, no tiene límites, porque si se estanca el valor, que solo
aumenta por su renovación continua, no se acrecentará.
El último término del movimiento (dinero — mercancía — dinero), 110
escudos en nuestro ejemplo, es el primero de un nuevo movimiento de igua
género, cuyo último término es mayor que aquel y así sucesivamente.
Como representante de este movimiento, el poseedor del dinero se
convierte en capitalista. El movimiento continuo de la ganancia
constantemente renovado por el lanzamiento continuo del dinero en la
circulación, la plusvalía creada por el valor, tal es su único objeto. No se
preocupa para nada del valor de uso, de la utilidad; para él, mercancías y
dinero solo funcionan como formas diferentes del valor que, cambiando
incesantemente de forma, cambia también de magnitud y parece habe
adquirido la propiedad de procrear. Bajo la forma de dinero, el valor principia
termina y vuelve a empezar su procedimiento de adquisición de plusvalía
Bajo la forma de mercancía aparece como instrumento para hacer dinero. La
fórmula general del capital, tal como se manifiesta en la circulación, es
comprar para vender más caro.

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CAPÍTULO V
CONTRADICCIONES DE LA FÓRMULA GENERAL DEL CAPITAL

La circulación de las mercancías tiene por base el cambio de valores equivalentes. — Aun admitiendo e
cambio de valores desiguales, la circulación de las mercancías no crea plusvalía.

La circulación de las mercancías tiene por base el cambio de valores
equivalentes.

Vamos a examinar ahora si, por su naturaleza, la circulación de la
mercancías permite el aumento de los valores que entran en ella, es decir, la
formación de una plusvalía.
Consideremos el cambio de dos mercancías, cambio en que el dinero solo
interviene de un modo imaginario, como expresión en moneda de la
mercancías; es evidente que los dos cambistas pueden salir gananciosos
ambos se deshacen de productos que no son para ellos de ninguna utilidad y
adquieren otros que necesitan. Un individuo que posee mucho trigo y carece
de vino, cambia con otro que tiene mucho vino y carece de trigo, un valor de
500 pesetas en trigo por 500 pesetas en vino. Bajo el punto de vista del valo
de uso, de la utilidad, hay beneficio para ambos, siendo, en este concepto, e
cambio una transacción en que ganan ambas partes. Pero bajo el punto de vista
del valor de cambio, el trueque de 500 pesetas en trigo por 500 pesetas en vino
no representa aumento de riqueza para ninguno de los cambistas, pues cada
uno de ellos poseía antes del cambio un valor igual al que el cambio le ha
procurado.
Intervenga ahora realmente el dinero, sirva este de intermediario como
instrumento de circulación entre estas mercancías o sepárense los actos de
venta y compra del trigo y del vino, es indudable que esto no modificará en
nada la cuestión.

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Descartando las circunstancias accidentales que no dependen de las leye
mismas de la circulación, solo hay en esta, aparte del reemplazo de un
producto útil por otro, un simple cambio de forma de la mercancía, en nuestro
ejemplo, trigo en vez de vino. El mismo valor queda siempre en poder de
mismo cambista, solo que retiene este valor sucesivamente bajo la forma de su
propio producto puesto en venta, trigo por ejemplo, bajo la forma dinero
precio realizado de producto, 500 pesetas en nuestro caso; finalmente, bajo la
forma del producto ajeno comprado por esta misma suma, vino por ejemplo
Estos cambios de forma no entrañan cambio de la cantidad de valor, como no
lo hay tampoco en cambiar un billete de 100 pesetas por 20 duros; y de la
circulación que respecto al valor de las mercancías solo es un cambio de
forma, no puede resultar regularmente más que un cambio de valore
equivalentes.
De consiguiente, si con relación al valor de uso, el cambio beneficia a lo
dos cambistas, este cambio no puede ser, en su forma más pura, respecto a
valor de cambio, un origen de beneficios para ninguno de ellos. Por lo tanto, la
formación de plusvalía no puede provenir, en manera alguna, de la circulación
en sí misma.

Aun admitiendo el cambio de valores desiguales, la circulación de las
mercancías no crea plusvalía o aumento de valor.

No obstante, como en la realidad estamos obligados a admitir la formación
de la plusvalía, y en la práctica las cosas ocurren pocas veces con pureza
supongamos, a fin de explicar esta formación, que el cambio tenga lugar entre
valores desiguales.
De todos modos, en el mercado solo hay cambistas frente a cambistas. E
motivo material del cambio, que consiste en que los cambistas carecen de
objeto que necesitan y poseen el objeto necesario a otro, los pone en una
situación de dependencia recíproca.
Decir que la plusvalía resulta para los productores de que venden su
mercancías en más de lo que valen, equivale a decir que los cambistas tienen
como vendedores, el privilegio de vender demasiado caro. El vendedor ha
producido por sí mismo la mercancía o representa el producto de ella; pero e
comprador ha producido también o representa al que ha producido la
mercancía convertida en el dinero con que compra. Por ambas partes hay
productores; la única diferencia consiste en que el uno compra y el otro vende

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Que el poseedor de mercancías, bajo el nombre de productor o de vendedor
venda las mercancías en más de lo que valen, y que, bajo el nombre de
consumidor o de comprador, las compre demasiado caras, gana por un
concepto lo que pierde por otro y el resultado no se altera.
Lo mismo resultaría si se supusiera, no ya en el vendedor el privilegio de
vender muy caro, sino en el comprador el de pagar las mercancías en meno
de lo que valen; pues habiendo sido vendedor antes que comprador y
volviéndolo a ser después, perdería como vendedor el beneficio realizado
como comprador.
Hemos considerado a vendedores y compradores en general, sin tener en
cuenta sus caracteres individuales. Supongamos que el cambista Pedro, que e
muy ladino, consigue engañar a los cambistas Pablo y Santiago. Pedro vende a
Pablo una cantidad de vino que vale 400 pesetas por 500, y con esta cantidad
compra a Santiago trigo, que vale 600; Pedro realiza un beneficio, por lo tanto
de 200 pesetas.
Antes del cambio, teníamos 400 pesetas de vino en manos de Pedro, 500 en
dinero en las de Pablo y 600 en trigo en las de Santiago; valor total 1.500
pesetas. Después del cambio tenemos 600 pesetas de trigo en poder de Pedro
el ladino, 400 pesetas de vino en poder de Pablo, y 500 pesetas en dinero en
poder de Santiago: valor total 1.500 pesetas. El valor circulante no ha
aumentado ni un céntimo, solo ha cambiado su distribución entre Pedro, Pablo
y Santiago. Es igual que si Pedro hubiera robado 200 pesetas. Una
modificación en la distribución de los valores circulantes no aumenta su
cantidad.
Dese a esto las vueltas que se quiera, las cosas no varían. ¿Se cambian
valores equivalentes? no se produce plusvalía; tampoco se produce si se
cambian valores desiguales. La circulación o el cambio de las mercancías no
crea ningún valor. No pudiendo aumentar la cantidad de los valores lanzados a
la circulación, debe ocurrir fuera de ella algo que haga posible la formación de
una plusvalía. Pero, ¿es posible esa formación fuera de aquella?
Parece imposible que fuera de la circulación, el productor cambista pueda
comunicar a su producto la propiedad de engendrar una plusvalía; porque
fuera de ella se encuentra solo con la mercancía que contiene cierta cantidad
de su trabajo, la cual determina el valor del producto; puede hacer que
aumente el valor de su producto, añadiéndole, merced a un nuevo trabajo
nuevo valor, pero no conseguirá que este valor aumente por su propia virtud
sin nuevo trabajo.

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Llegamos, pues, a la siguiente conclusión: el poseedor de dinero debe
comprar primero mercancías en su justo valor, venderlas luego en lo que
valen, y no obstante recoger al fin un valor mayor que el que adelantó. Esta
transformación del dinero en capital debe ocurrir en el campo de la circulación
y al mismo tiempo no ha de ocurrir en él. Tales son las condiciones de
problema.

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CAPÍTULO VI
COMPRA Y VENTA DE LA FUERZA DE TRABAJO
El origen de la plusvalía es la fuerza de trabajo. — Valor de la fuerza de trabajo.

El origen de la plusvalía es la fuerza de trabajo.

El aumento de valor que convierte al dinero en capital no puede proveni
del dinero. Si es cierto que sirve de medio de compra o de medio de pago, no
hace otra cosa que realizar los precios de las mercancías que compra o que
paga. Si queda tal cual es, evidentemente no aumenta. Preciso es, por lo tanto
que la mudanza de valor provenga de la mercancía comprada y vendida
después más cara.
Esta mudanza no puede efectuarse ni en la compra ni en la reventa; en
efecto, en estos dos actos solo hay, en nuestra hipótesis, un cambio de valore
equivalentes. No queda, pues, más que una suposición posible; que la
mudanza provenga del uso de la mercancía después de su compra y antes de su
reventa. Pero se trata de una alteración en el valor cambiable. Para obtener un
aumento de valor cambiable por el uso de una mercancía sería necesario que e
capitalista tuviese la buena suerte de descubrir en la circulación una mercancía
que poseyera la especial virtud de ser, por su empleo, fuente de valo
cambiable, de tal modo que el hecho de usarla, de consumirla, equivaliera a
crear valor.
Y el capitalista encuentra efectivamente en el mercado una mercancía
dotada de esta virtud especial. La mercancía en cuestión tiene por nombre
potencia o fuerza de trabajo. Bajo esta denominación hay que comprender e
conjunto de las facultades musculares o intelectuales que existen en el cuerpo
de un hombre, y que debe poner en actividad para producir cosas útiles.
El cambio indica que los cambistas se consideran recíprocamente
propietarios de las mercancías cambiadas, obrando libremente y con iguale

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derechos. La fuerza de trabajo solo puede, pues, ser vendida por su propio
dueño; este debe gozar jurídicamente de los mismos derechos que el dueño de
dinero con quien trata; debe ser dueño de disponer de su persona y vender su
fuerza de trabajo siempre por un tiempo determinado, de tal suerte que
transcurrido este tiempo, recobre la plena posesión de ella. Si la vendiese de
una vez para siempre, se haría esclavo y de mercader se convertiría en
mercancía.
Por otra parte, para que el dueño del dinero encuentre fuerza de trabajo que
comprar, es preciso que el poseedor de esta fuerza, desprovisto de medios de
subsistencia y de producción, tales como materias primeras, herramientas, etc.
que le permitan satisfacer sus necesidades, vendiendo las mercancías, producto
de su trabajo, esté obligado a vender su fuerza de trabajo como mercancía, po
no tener otra mercancía que vender, ni de qué vivir fuera de esto.
Claro es que la naturaleza no produce por un lado poseedores de dinero o
de mercancías, y por otro individuos que solo posean su fuerza de trabajo. Esta
relación, sin fundamento natural, no es tampoco una relación social común a
todos los periodos de la historia. Y lo que caracteriza a la época capitalista e
que el detentador de los medios de subsistencia y de producción encuentra en
el mercado al trabajador, cuya fuerza de trabajo reviste la forma de mercancía
y el trabajo, por consecuencia, la forma de trabajo asalariado.

Valor de la fuerza de trabajo.

La fuerza de trabajo, como toda mercancía, posee un valor determinado
como en todas ellas, por el tiempo de trabajo necesario para su producción.
Siendo la fuerza de trabajo una facultad del individuo viviente, es preciso
que este se conserve para que aquella subsista. El individuo necesita para su
sustento o para su conservación de cierta cantidad de medios de subsistencia
La fuerza de trabajo tiene, pues, exactamente el valor de los medios de
subsistencia necesarios al que la pone en acción, para que pueda comenzar a
día siguiente en iguales condiciones de vigor y de salud.
Las necesidades naturales, como son, alimentos, vestidos, habitación
calefacción, etc., difieren, según los climas y según otras particularidade
físicas de un país. Por otra parte, así el número de las llamadas necesidade
naturales como el modo de satisfacerlas, dependen en gran parte del grado de
civilización alcanzado. Mas para un país y una época determinados, la medida
de los medios necesarios de subsistencia está igualmente determinada.

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Los dueños de la fuerza de trabajo son mortales; a fin de que se la
encuentre siempre en el mercado, como lo reclama la transformación continua
del dinero en capital, es necesario que se perpetúen, que reproduzcan en
cantidad igual por lo menos, la cantidad de fuerza de trabajo que el desgaste y
la muerte sustraen. La suma de los medios de subsistencia necesarios pava la
producción de la fuerza de trabajo comprenden, pues, los medios de
subsistencia de los sustitutos, es decir, de los hijos de los trabajadores.
Además, para modificar la naturaleza humana de suerte que adquiera
habilidad y rapidez en un género determinado de trabajo, es decir, para hace
de ella una fuerza de trabajo desarrollada en un sentido especial, es necesaria
cierta educación, que más o menos extensa, ocasiona un gasto mayor o meno
de mercancías diversas: siendo la fuerza de trabajo igual a la suma de
mercancías necesarias para su producción, cuando esta suma aumenta, como
ocurre en el caso actual, su valor aumenta también.
El precio de la fuerza de trabajo alcanza su mínimum cuando se reduce a
valor de los medios de subsistencia que no podrían disminuirse sin exponer la
vida misma del trabajador; en este caso el trabajador no hace más que vegetar
Ahora bien, como el valor de la fuerza de trabajo está basado en la
condiciones de una existencia normal, su precio es, entonces, inferior a su
valor.
Una vez hecho el contrato entre comprador y vendedor, resulta de la
naturaleza especial de la fuerza de trabajo que su valor de uso no ha pasado en
realidad a manos del comprador. Si su valor, puesto que ha exigido el gasto de
cierta cantidad de trabajo social, se hallaba determinado antes de que entrase
en la circulación, su valor de uso, que consiste en su ejercicio, solo se
manifiesta después. La enajenación de la fuerza de trabajo y su servicio como
valor útil, en otros términos, su venta y su empleo, no tienen lugar al mismo
tiempo. Ahora bien, casi siempre que se trata de mercancías de este género
cuyo valor de uso enajenado por la venta no es en realidad trasmitido
simultáneamente al comprador, el vendedor no recibe el dinero sino en un
plazo más o menos lejano, cuando su mercancía ha servido ya de cosa útil a
comprador. En todos los países en que reina la producción capitalista no se
paga la fuerza de trabajo hasta que ha funcionado durante cierto tiempo, fijado
en el contrato, al fin de cada semana por ejemplo. En todas partes, deja, pues
el trabajador que el capitalista consuma su fuerza de trabajo antes de obtener e
precio de ella; en una palabra, le fía o presta bajo todos conceptos. Como este
préstamo, que no es un beneficio vano para el capitalista, no modifica la
naturaleza misma del cambio, supondremos provisionalmente, para evita

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inútiles complicaciones, que el dueño de la fuerza de trabajo recibe el precio
estipulado desde el momento en que la vende.
El valor de uso entregado por el trabajador al comprador a cambio de
dinero, solo se muestra en su empleo, en el consumo de la fuerza de trabajo
vendida. Este consumo, que es a la vez producción de mercancías y de
plusvalía, se hace, de igual modo que el consumo de toda mercancía, fuera de
mercado, fuera del dominio de la circulación; por consecuencia, hemos de sali
de este dominio y penetrar en el de la producción, para conocer el secreto de la
fabricación de plusvalía.

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SECCIÓN TERCERA
Producción de la supervalía absoluta.

CAPÍTULO VII
PRODUCCIÓN DE VALORES DE USO Y PRODUCCIÓN
DE LA SUPERVALÍA
I. El trabajo en general y sus elementos. — El trabajo ejecutado por cuenta del capitalista. — II
Análisis del valor del producto. — Diferencia entro el valor de la fuerza de trabajo y el valor qu
puede crear. — El problema de la transformación del dinero en capital está resuelto.

I. El trabajo en general y sus elementos.

El uso o el empleo de la fuerza de trabajo es el trabajo. El comprador de la
fuerza de trabajo la consume haciendo trabajar al que la vende. Para que e
trabajador produzca mercancías, su trabajo debe ser útil, esto es, realizarse en
valores de uso. Luego el capitalista hace producir a su obrero un valor de uso
particular, un artículo útil determinado. La intervención del capitalista no
puede modificar en lo más mínimo la naturaleza misma del trabajo, por cuya
razón vamos a examinar ante todo el movimiento del trabajo útil en general.
Los elementos simples de todo trabajo son: 1.º, la actividad personal de
hombre o trabajo propiamente dicho; 2.º, el objeto en que se ejerce el trabajo
3.º, el medio por el cual se ejerce.
1.º La actividad personal del hombre es un gasto de las fuerzas de que está
dotado su cuerpo. El resultado de esta actividad existe, antes del gasto de
fuerza, en el cerebro del hombre, no siendo otra cosa que el propósito a cuya
realización el hombre aplica a sabiendas su voluntad. La obra exige, mientra
dura, además del esfuerzo de los órganos en acción, una atención sostenida
que solo puede resultar de un esfuerzo constante de la voluntad, y lo exige
tanto más cuanto menor atractivo ofrece el trabajo, por su objeto y su modo de
ejecución.

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2.º La tierra es el objeto universal de trabajo que existe
independientemente del hombre. Todas las cosas cuyo trabajo se limita a
romper la unión inmediata con la tierra, por ejemplo, la madera cortada en la
selva virgen, el mineral extraído de su vena, son objeto de trabajo por la gracia
de la Naturaleza. El objeto en que se ha ejercido ya un trabajo, como e
mineral lavado, se llama primera materia. Toda primera materia es objeto de
trabajo; pero todo objeto de trabajo no es primera materia: solo llega a serlo
después de haber sufrido una modificación cualquiera efectuada por el trabajo
3.º El medio de trabajo es una cosa o un conjunto de cosas que el hombre
pone entre sí y el objeto de su trabajo para ayudar a su acción. El hombre
convierte cosas exteriores en órganos de su propia actividad, órganos que
añade a los suyos. La tierra es el almacén primitivo de sus medios de trabajo
Ella le suministra, por ejemplo, la piedra de que se vale para frotar, cortar
lanzar, comprimir, etc. Tan luego como el trabajo alcanza algún desarrollo, po
pequeño que sea, no puede prescindir de medios ya trabajados. Lo que
distingue una época económica de otra, lo que muestra el desenvolvimiento
del trabajador, no es tanto lo que se fabrica como la manera de fabricar, como
los medios de trabajo con cuyo auxilio se fabrica. Además de las cosas que
sirven de instrumentos, de auxiliares de la acción del hombre, los medios de
trabajo comprenden, en una acepción más lata, todas las condicione
materiales que, sin entrar directamente en las operaciones ejecutadas, son sin
embargo indispensables o cuya falta haría defectuoso el trabajo, como son lo
obradores, talleres, canales, caminos, etc.
De consiguiente, en la acción de trabajo, la actividad del hombre efectúa
con ayuda de los medios de trabajo, una modificación voluntaria de su objeto
Esta acción tiene su fin en el producto terminado, es decir, en un valor de uso
en una materia que ha experimentado un cambio de forma que la ha adaptado
a las necesidades humanas. El trabajo se ha materializado al combinarse con e
objeto de trabajo. Lo que era movimiento en el trabajador aparece ahora en e
producto como una propiedad en reposo. El obrero ha tejido y el producto e
una tela. Si se considera el conjunto de este movimiento con relación a su
resultado, al producto, que es entonces medio y objeto de trabajo, se presentan
ambos como medios de producción, y el trabajo mismo como trabajo
productivo.
Fuera de la industria extractiva, explotación de minas, caza, pesca, etc., en
que la Naturaleza sola suministra el objeto de trabajo, en los demás ramos de
la industria entran primeras materias, es decir, objetos en que se ha efectuado

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ya un trabajo. El producto de un trabajo llega a ser así el medio de producción
de otro.
La primera materia puede constituir la sustancia principal de un producto o
solo entrar en él bajo la forma de materia auxiliar. En tal caso esta queda
consumida por el medio de trabajo, como la hulla por la máquina de vapor o e
heno por el caballo de tiro, o bien se une a la primera materia para modificarla
en algún concepto, como el color a la lana, o, finalmente, favorece la
realización del trabajo, como las materias usadas en el alumbrado y
calefacción del taller.
Poseyendo todo objeto propiedades diversas y prestándose por ellas a má
de una aplicación, el mismo producto es apto para formar la primera materia
de diferentes operaciones. Así, los granos sirven de primera materia a
molinero, al destilador, al ganadero, etc., y como semilla sirven de primera
materia en su propia producción.
En la misma producción el mismo producto puede servir de medio de
trabajo y de materia primera; en la cría de ganado, por ejemplo, el animal
materia trabajada, funciona también como medio de trabajo para la
preparación del estiércol.
Existiendo ya un producto bajo forma que le hace adecuado para e
consumo, puede llegar a ser a su vez primera materia de otro producto. La uva
es la primera materia del vino. Hay también productos que solo sirven para
primeras materias, en cuyo caso se dice que el producto no ha recibido má
que una semielaboración: el algodón, entre otros.
Se ve que el carácter de producto, de materia primera o de medio de
trabajo, depende, cuando se trata de un valor de uso u objeto útil, del lugar que
ocupa en el acto del trabajo, y al cambiar de lugar cambia de carácter.
Entrando todo valor de uso en operaciones nuevas como medio de
producción, pierde, pues, su carácter de producto y únicamente funciona en
calidad de colaborador del trabajo en actividad, para la producción de nuevo
productos.
El trabajo gasta sus elementos materiales, objeto de trabajo y medio de
trabajo, siendo, por consecuencia, un acto de consumo. Este consumo
productivo se distingue del consumo individual en que el último consume lo
productos como medios de satisfacción del individuo, mientras que el primero
los consume como medios de ejercicio del trabajo. El producto del consumo
individual es el consumidor mismo; el resultado del consumo productivo es un
producto distinto del consumidor.

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El movimiento del trabajo útil, tal como acabamos de analizarlo desde e
punto de vista general, es decir, la actividad que tiene por objeto la producción
de valores de uso, la adaptación de los medios exteriores a nuestra
necesidades, es una exigencia física de la vida humana, común a todas la
formas sociales; su estudio en general no puede, por lo tanto, indicarnos con
arreglo a qué condiciones sociales especiales se realiza en un caso dado.

El trabajo ejecutado por cuenta del capitalista.

El capitalista en agraz compra en el mercado, escogiéndolo de buena
calidad y pagándolo en su justo precio, todo lo necesario para la realización
del trabajo, medios de producción y fuerza de trabajo.
La naturaleza general del trabajo, que acabamos de exponer, no se modifica
evidentemente por la intervención del capitalista. Como consumo de fuerza de
trabajo para el capitalista, el movimiento del trabajo presenta do
particularidades.
En primer lugar, el obrero trabaja bajo la inspección del capitalista a quien
pertenece su trabajo. El capitalista vigila cuidadosamente para que los medio
de producción se empleen con arreglo al fin que desea, para que la tarea se
haga concienzudamente y para que el instrumento de trabajo solo sufra el daño
inseparable de su empleo.
En segundo lugar, el producto es propiedad, no del productor inmediato
que es el trabajador, sino del capitalista. Este paga el valor cotidiano, po
ejemplo, de la fuerza de trabajo; el uso de esta fuerza de trabajo le pertenece
por lo tanto, durante un día, como el de un caballo que se alquila diariamente
En efecto, el uso de la mercancía pertenece al comprador, y al dar su trabajo e
poseedor de la fuerza de trabajo, el obrero, solo da en realidad el valor de uso
que ha vendido; desde su entrada en el taller, la utilidad de su fuerza de trabajo
pertenece al capitalista. Al comprar este la fuerza de trabajo ha añadido e
trabajo, como elemento activo del producto, a los elementos pasivos, a lo
medios de producción que poseía. Es una operación de cosas que ha
comprado, que le pertenecen. Por lo tanto, el producto resultante le pertenece
con igual título que el producto de la fermentación en su bodega.

II. Análisis del valor del producto.

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El producto, propiedad del capitalista, es un valor de uso, como tela, botas
etc. Pero, de ordinario, el capitalista no fabrica por amor a la tela. En la
producción mercantil el valor de uso, el objeto útil, solo sirve de porta-valor
para el capitalista, lo principal es producir un objeto útil que tenga un valo
cambiable, un artículo destinado a la venta, una mercancía. Quiere además e
capitalista que el valor de esta mercancía supere al valor de las mercancía
empleadas en producirla, es decir, al valor de los medios de producción y de la
fuerza de trabajo en cuya compra invirtió su dinero. Quiere producir, no solo
una cosa útil, sino un valor, y no solamente un valor, sino también una
supervalía.
Así como la mercancía es a la vez valor de uso y valor de cambio, de
mismo modo su producción debe ser a la vez formación de valor de uso y de
valor. Examinemos ahora la producción desde el punto de vista del valor.
Sabemos que el valor de una mercancía está determinado por la cantidad de
trabajo que contiene, por el tiempo socialmente necesario para su producción
Necesitamos, pues, calcular el trabajo contenido en el producto que nuestro
capitalista ha hecho fabricar, 5 kilogramos de hilados, por ejemplo.
Para producir esta cantidad de hilados se necesita una primera materia
pongamos 5 kilogramos de algodón, comprados en el mercado en su valor, que
es, por ejemplo, 13 pesetas; admitamos que el desgaste de los instrumento
empleados, brocas, etc., asciende a 3 pesetas. Si una masa de oro de 16
pesetas, que es el total de los guarismos anteriores, es el producto de 24 hora
de trabajo, se deduce que, siendo la jornada de trabajo de 12 horas, hay ya do
jornadas contenidas en los hilados.
Sabemos ya cuál es el valor que el algodón y el desgaste de las brocas dan a
los hilados: es igual a 16 pesetas. Falta averiguar el valor que el trabajo de
hilandero añade al producto.
En esto es indiferente el género especial de trabajo o su cualidad; lo que
importa es su cantidad: no se trata, como cuando se considera el valor de uso
de las necesidades particulares que la actividad del trabajador tiene por objeto
satisfacer, sino únicamente del tiempo durante el cual ha gastado su fuerza en
esfuerzos útiles. No hay que olvidar, por otra parte, que el tiempo necesario en
las condiciones ordinarias de la producción es el único que se cuenta para la
formación del valor.
Desde este último punto de vista, la primera materia se impregna de cierta
cantidad de trabajo, considerado únicamente como gasto de fuerza humana en
general. Verdad es que esta absorción de trabajo convierte la primera materia
en hilados, gastándose la fuerza del obrero en la forma particular de trabajo

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que se llama hilar; pero el producto en hilados solo sirve por el momento para
indicar la cantidad de trabajo absorbido por el algodón. Por ejemplo, 5
kilogramos de hilados indicarán seis horas de trabajo, si para hilar 833 gramo
se necesita una hora. Ciertas cantidades de productos, determinadas por la
experiencia, representan el gasto de la fuerza de trabajo durante una hora, dos
un día.
Al realizarse la venta de la fuerza de trabajo, supongamos que se ha
sobreentendido que su valor diario era de 4 pesetas, suma equivalente a sei
horas de trabajo, y, por consiguiente, que era preciso trabajar seis horas para
producir lo necesario al sustento cotidiano del obrero. Pero nuestro hilandero
ha transformado en seis horas, en media jornada de trabajo, los 5 kilogramo
de algodón en 5 kilogramos de hilados. Habiéndose fijado este mismo tiempo
de trabajo en una cantidad de oro de 4 pesetas, ha añadido al algodón un valo
de 4 pesetas.
Hagamos ahora la cuenta del valor total del producto. Los 5 kilogramos de
hilados contienen dos jornadas y media de trabajo; algodón y broca
representan dos jornadas y la operación de hilar media jornada. La misma
cantidad de trabajo existe en una masa de oro de 20 pesetas. El precio de 20
pesetas expresa, pues, el valor exacto de 5 kilogramos de hilados; el precio 4
pesetas el de un kilogramo.
En toda demostración los guarismos son arbitrarios, pero la demostración
es la misma, cualesquiera que sean los guarismos y el género de producto que
se ha tenido en cuenta.
El valor del producto es igual al valor del capital adelantado. Este capita
no ha procreado, no ha engendrado supervalía, y el dinero no se ha convertido
por consecuencia, en capital. El precio de 5 kilogramos de hilados es de 20
pesetas, y 20 pesetas se han gastado en el mercado en la compra de lo
elementos constitutivos del producto: 13 pesetas para 5 kilogramos de
algodón, 3 pesetas por desgaste de las brocas durante seis horas, y 4 peseta
por la fuerza de trabajo.

Diferencia entre el valor de la fuerza de trabajo y el valor que puede crear.

Examinemos esta cuestión más de cerca. La fuerza de trabajo importa 4
pesetas, porque esto es lo que cuestan las subsistencias necesarias para e
sustento diario de esta fuerza. El dueño de ella, el obrero, produce un valo
equivalente en media jornada de trabajo, lo cual no significa que no pueda

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trabajar una jornada entera ni producir más. El valor que la fuerza de trabajo
posee y el que puede crear difieren, pues, en magnitud. En su venta, la fuerza
de trabajo realiza su valor determinado por sus gastos de sostén cotidiano; en
su uso puede producir en un día más valor del que ha costado. Al comprar la
fuerza de trabajo, el capitalista ha tenido precisamente en cuenta esa diferencia
de valor.
Por lo demás, nada hay en todo esto que no se acomode a las leyes de
cambio de las mercancías. En efecto, el obrero, vendedor de la fuerza de
trabajo, como el vendedor de toda mercancía, obtiene el valor cambiable y
cede el valor de uso: no puede obtener el primero sin entregar el segundo. E
valor de uso de la fuerza de trabajo, es decir, el trabajo, no pertenece al que lo
vende, así como no pertenece al tendero el empleo del aceite que ha vendido
El dueño del dinero ha pagado el valor diario de la fuerza de trabajo, cuyo uso
le pertenece por todo un día, durante una jornada entera. El hecho de que e
sustento diario de esta fuerza solo cuesta media jornada de trabajo, pudiendo
sin embargo, trabajar la jornada entera, esto es, que el valor creado por su uso
en el espacio de un día es mayor que su propio valor diario, constituye una
buena suerte para el comprador, pero que no lesiona en nada el derecho de
vendedor.
Desde este momento, el obrero encuentra en el taller los medios de
producción necesarios, no para medio día, sino para un día de trabajo, para
doce horas. Puesto que 5 kilogramos de algodón, al absorber seis horas de
trabajo, se convertían en 5 kilogramos de hilados, 10 kilogramos de algodón
absorbiendo 12 horas de trabajo, se convertirán en 10 kilogramos de hilados
Estos diez kilogramos contienen entonces cinco jornadas o días de trabajo
cuatro estaban contenidos en el algodón y las brocas consumidas y uno ha sido
absorbido por el algodón durante la hilanza. Pero si una masa de oro de 16
pesetas es el producto de 24 horas de trabajo, la expresión monetaria de cinco
días de trabajo de 12 horas, será 40 pesetas.
Este es, pues, el precio de los 10 kilogramos de hilados. El kilogramo
cuesta lo mismo que antes, 4 pesetas, pero el valor total de las mercancía
empleadas en la operación es de 36 pesetas: 26 pesetas por 10 kilogramos de
algodón, 6 pesetas por el desperfecto de las brocas durante 12 horas, y 4
pesetas por la jornada de trabajo.
Las 36 pesetas anticipadas se han convertido en 40 pesetas, habiendo
engendrado una supervalía de 4 pesetas. La jugada está hecha, el dinero se ha
transformado en capital.

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El problema de la transformación del dinero en capital está resuelto.

El problema, tal como lo habíamos planteado al final del capítulo quinto
está resuelto en todos sus términos.
El capitalista compra en el mercado cada mercancía en su justo valo
(algodón, brocas, fuerza de trabajo), y luego hace lo que todo comprador
consume su valor de uso. Siendo el consumo de la fuerza de trabajo al mismo
tiempo producción de mercancías, suministra un producto de 10 kilogramos de
hilados, que valen 40 pesetas. El capitalista que había salido del mercado
después de hacer sus compras, vuelve entonces a él como vendedor. Vende lo
hilados a 4 pesetas el kilogramo, ni un céntimo más de su valor, y, sin
embargo, retira de la circulación 4 pesetas más de lo que había puesto. Esta
transformación de su dinero en capital se efectúa y no se efectúa en el dominio
de la circulación, la cual sirve de intermediaria. La fuerza de trabajo se vende
en el mercado para ser explotada fuera del mercado, en el dominio de la
producción, donde es origen de supervalía.
La producción de supervalía no es, pues, otra cosa que la producción de
valor prolongada más allá de cierto límite. Si la acción del trabajo dura solo
hasta el momento en que el valor de la fuerza de trabajo pagada por el capita
es reemplazada por un valor equivalente, hay simple producción de valor
Cuando pasa de este límite, hay producción de supervalía.

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CAPÍTULO VIII
CAPITAL CONSTANTE Y CAPITAL VARIABLE
Propiedad del trabajo de conservar valor creando valor. — Valor simplemente conservado y valo
reproducido y aumentado.

Propiedad del trabajo de conservar valor creando valor.

Los diversos elementos que contribuyen a la ejecución del trabajo tienen
una parte diferente en la formación del valor de los productos.
El obrero añade un valor nuevo al objeto del trabajo por la adición de
nuevas dosis de trabajo, cualquiera que sea el género de utilidad de este. Po
otra parte, hallamos en el valor del producto el valor de los medios de
producción consumidos, por ejemplo, el valor del algodón y de las brocas en e
de los hilados. El valor de los medios de producción se conserva, pues, y se
trasmite al producto por medio del trabajo. Pero ¿de qué modo?
El obrero no trabaja una vez para añadir nuevo valor al algodón y otra vez
para conservar el antiguo, o lo que es lo mismo, para trasmitir a los hilados e
valor de las brocas que desgasta y del algodón que elabora. Por la simple
adición de valor conserva el antiguo. Mas como el hecho de añadir valo
nuevo al objeto de trabajo y conservar el valor antiguo en el producto, son do
resultados enteramente distintos que el obrero obtiene en el mismo espacio de
tiempo, este doble efecto no puede resultar indudablemente sino del doble
carácter de su trabajo. Este debe en el mismo momento crear valor en virtud de
una propiedad y conservar o trasmitir valor en virtud de otra.
El hilador añade valor hilando, el tejedor tejiendo, el forjador forjando, etc.
y esta forma de hilanza, de tejido, etc., en otros términos, la forma productiva
especial en que se emplea el trabajo, es causa de que los medios de
producción, tales como algodón y brocas, hilo y telar, hierro y yunque, den
origen a un nuevo producto. Ahora bien, ya hemos visto que el tiempo de

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trabajo necesario para crear los medios de producción consumidos entra en
cuenta en el producto nuevo; por consecuencia, el trabajador conserva el valo
de los medios de producción consumidos y lo trasmite al producto como parte
constitutiva de su valor por la forma útil especial del trabajo añadido.
Si el trabajo productivo especial del obrero no fuese la hilanza, po
ejemplo, no haría hilados y no trasmitiría a su producto los valores de la
brocas y del algodón empleado en la hilanza. Pero si nuestro hilador cambia de
oficio por un día de trabajo, y se hace, por ejemplo, carpintero, añadirá como
antes un valor a las materias. Añade, pues, este valor por su trabajo, no
considerado como trabajo de hilador o de carpintero, sino como trabajo en
general, como gasto de fuerza humana; y añade cierta cantidad de valor, no
porque su trabajo tenga tal o cual forma útil particular, sino porque ha durado
cierto tiempo. Así, una cantidad nueva de trabajo añade nuevo valor, y por la
calidad del trabajo añadido los antiguos valores de los medios de producción
se conservan en el producto.
Este doble efecto del mismo trabajo aparece claramente en una multitud de
circunstancias. Supongamos que una invención cualquiera permite al obrero
hilar en seis horas tanto algodón como antes en dieciocho. Como actividad
productiva, la potencia de su trabajo ha triplicado y su producto es tres vece
mayor: 15 kilogramos en lugar de 5. La cantidad de valor añadida por las sei
horas de hilanza al algodón sigue siendo la misma; solamente que esta
cantidad recaía antes sobre 5 kilogramos y ahora recae sobre 15, siendo, por lo
tanto, tres veces menor. Por otra parte, siendo ahora empleados 15 kilogramo
de algodón en lugar de 5, el producto de seis horas de trabajo contiene un
valor seis veces mayor de algodón. Así, en seis horas de hilanza, un valor tre
veces mayor de materia primera se conserva y trasmite al producto, aunque e
valor añadido a esta misma materia sea tres veces más pequeño. Esto muestra
que la propiedad en cuya virtud el trabajo conserva el valor, es esencialmente
distinta de la propiedad por la que crea el valor durante la misma operación.
El medio de producción solo trasmite al producto el valor que él pierde
perdiendo su utilidad primitiva; pero en este concepto, los elemento
materiales del trabajo se comportan de diferente modo.
Las materias primeras y materias auxiliares pierden su aspecto al servi
para la ejecución de un trabajo. Distinta cosa ocurre con los instrumento
propiamente dichos, que duran más o menos tiempo y funcionan en mayor o
menor número de operaciones. Se sabe por experiencia la duración media de
un instrumento de trabajo, y se puede, por consiguiente, calcular su desgaste
cotidiano y lo que cada día trasmite de su propio valor al producto; pero e

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instrumento de trabajo, por ejemplo, una máquina, aunque trasmite
diariamente una parte de su valor a su producto diario, funciona todos los día
entera durante la ejecución del trabajo.
Por consiguiente, aun cuando un elemento de trabajo entre todo entero en la
producción de un objeto de utilidad, de un valor de uso, no entra más que en
parte en la formación del valor. Al contrario, un medio de producción puede
entrar entero en la formación del valor, y solo en parte en la producción de un
valor de uso. Supongamos que en la hilanza de 115 kilogramos de algodón
haya 15 de desecho. Si esta pérdida del 15 por 100 es inevitable por término
medio en la fabricación, el valor de los 15 kilogramos de algodón que no se
transforman en hilados entra todo también en el valor de los hilados, como e
de los 100 kilogramos que forman parto de su sustancia. Desde el momento
que esta pérdida es una condición de la producción, el algodón perdido
trasmite a los hilados su valor.
No trasmitiendo los medios de producción al nuevo producto más que e
valor que pierden bajo su antigua forma, solo pueden añadirle valor si ello
mismos lo poseen. Su valor se halla determinado, no por el trabajo en que
entran como medios de producción, sino por el trabajo de donde se derivan
como productos.

Valor simplemente conservado y valor reproducido y aumentado.

La fuerza de trabajo en actividad, el trabajo viviente, tiene, pues, la
propiedad de conservar el valor añadiendo valor. Si esta propiedad no cuesta
nada al trabajador, produce mucho al capitalista, que le debe la conservación
del valor actual de su capital. Lo echa de ver perfectamente en el momento de
las crisis, de las interrupciones de trabajo, en que tiene que soportar los gasto
de deterioro de los medios de producción de que se compone su capital
primeras materias, instrumentos, etc., que permanecen inactivos.
Decíamos que el valor de los medios de producción se conserva y no se
reproduce, porque los objetos en los cuales existe en un principio no
desaparecen sino para revestir nueva forma útil, y el valor persiste bajo lo
cambios de forma. Lo producido es un nuevo objeto de utilidad en que
continúa apareciendo el valor antiguo.
En tanto que el trabajo conserva y trasmite al producto el valor de lo
medios de producción, crea a cada instante un valor nuevo. Supongamos que
la producción cesara cuando el trabajador ha creado de este modo e

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equivalente del valor diario de su propia fuerza, cuando ha añadido a
producto, por medio de un trabajo de seis horas, un valor de 4 pesetas. Este
valor reemplaza el dinero que el capitalista anticipa para la compra de la
fuerza de trabajo y que el obrero invierte en seguida en subsistencias. Pero este
valor, al contrario de lo que hemos sentado respecto del valor de los medios de
producción, ha sido producido en realidad; si un valor reemplaza a otro, e
merced a una nueva creación.
Sabemos ya, sin embargo, que la duración del trabajo traspasa el límite en
que el equivalente del valor de la fuerza de trabajo se hallaría reproducido y
añadido al objeto trabajado. En lugar de seis horas que suponemos bastarían
para esto, la operación dura doce horas o más. La fuerza de trabajo en
movimiento no reproduce solo su propio valor, sino que produce también valo
de más. Esta supervalía forma el excedente del valor del producto sobre el de
sus elementos constitutivos: los medios de producción y la fuerza de trabajo
Así, pues, en una producción, la parte del capital que se transforma en medio
de producción, es decir, en primeras materias, materias auxiliares o
instrumentos de trabajo, no cambia en el acto de la producción la magnitud de
su valor. Por esto la denominamos parte constante del capital o simplemente
capital constante.
Al contrario, la parte del capital transformada en fuerza de trabajo, cambia
el valor en una nueva producción y por el hecho mismo de esta producción
Reproduce primero su propio valor y además produce un excedente, una
supervalía mayor o menor. Esta parte del capital, de magnitud alterable, la
denominamos parte variable del capital o simplemente capital variable.

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CAPÍTULO IX
TIPO DE LA SUPERVALÍA
I. Trabajo necesario y sobretrabajo. — Grado de explotación de la fuerza de trabajo. — II. Lo
elementos del valor del producto expresados en partes de este producto y en fracciones de la jornad
de trabajo. — III. La «última hora». — IV. El producto neto.

Vemos, pues, por una parte, el capital constante que suministra a la fuerza
de trabajo los medios de materializarse; medios cuyo valor, reapareciendo
solamente, es igual antes y después del acto de producción; por otra, el capita
variable, que antes de la producción equivale al precio de compra de la fuerza
de trabajo, y después es igual a este valor, reproducido con un aumento mayo
o menor. Resultando la supervalía del aumento que experimenta el capita
variable, es evidente que la relación de la supervalía con el capital variable
determina la proporción en que tiene lugar este aumento. Consideremos la
cifras del capítulo séptimo. Siendo 4 pesetas la parte de capital empleado en la
compra de la fuerza de trabajo de un hombre durante una jornada o día de
trabajo, en una palabra, siendo el capital variable y la supervalía 4 pesetas, esta
última cifra expresa la magnitud absoluta de la supervalía producida por un
trabajador en un día de trabajo; la magnitud proporcional, es decir, la magnitud
comparada con la del capital variable antes del aumento de valor, está
expresada por la relación de 4 a 4, esto es, de un 100 por 100. A esta magnitud
proporcional es a lo que llamamos tipo de la supervalía. No se debe confundi
el tipo de la supervalía, que es la relación de esta con la parte variable de
capital adelantado y que solo expresa directamente el grado de explotación de
trabajo, con el tipo del beneficio, que es la relación de la supervalía con el tota
del capital adelantado.

I. Trabajo necesario y sobretrabajo.

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Hemos visto que, durante una parte de la jornada, el obrero solo produce e
valor diario de su fuerza de trabajo, esto es, el valor de las subsistencia
necesarias para su sostenimiento. Como hay una división del trabajo socia
organizada por sí misma en el medio en que trabaja, el obrero produce su
subsistencia, no directamente, sino bajo la forma de una mercancía particular
hilados, por ejemplo, cuyo valor es igual al de sus medios de subsistencia, o a
del dinero con que los compra.
En esta parte de la jornada, mayor o menor según el valor medio de su
subsistencia diaria, el obrero, trabajando o no trabajando para un capitalista
no hace más que reemplazar un valor por otro; en realidad, la producción de
valor durante este tiempo es una simple reproducción. Llamamos tiempo de
trabajo necesario a la parte de la jornada en que se verifica esta reproducción
y trabajo necesario al trabajo gastado en este tiempo: necesario para e
trabajador, que, sea cualquiera la forma social de su trabajo, gana la vida en
ese tiempo, y necesario para el mundo capitalista, cuya base es la existencia
del trabajador.
La parte de la jornada de trabajo que traspasa los límites del trabajo
necesario, no forma ningún valor para el obrero, forma la supervalía para e
capitalista; llamamos tiempo extra a esa parte de la jornada, y sobretrabajo a
trabajo gastado en ella. Si el valor en general es una simple materialización de
tiempo de trabajo, la supervalía es una simple materialización de tiempo de
trabajo extra, es sobretrabajo realizado. Las diferentes formas económicas que
la sociedad ha revestido, por ejemplo, la esclavitud y el salariado, solo se
distinguen por la forma de imponer y de usurpar este sobretrabajo al producto
inmediato.

Grado de explotación de la fuerza de trabajo.

Por una parte, el valor del capital variable es igual al valor de la fuerza de
trabajo que compra, y el valor de esta fuerza determina la parte necesaria de la
jornada de trabajo; por otra, la supervalía es determinada por la duración de la
parte extra de esta misma jornada, por el sobretrabajo. Luego el tipo de la
supervalía, expresado por la relación de aquella con el capital variable, lo está
también por la relación, igual a la anterior, del sobretrabajo con el trabajo
necesario.
El tipo de la supervalía es, por consecuencia, la expresión exacta del grado
de explotación de la fuerza de trabajo por el capital, o del trabajador por e

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capitalista; pero no se debe confundir el grado de explotación con la magnitud
absoluta de esta. Supongamos que el trabajo necesario es igual a cinco horas y
que el sobretrabajo es también igual a cinco horas; el grado de explotación
expresado por la relación de 5 a 5, es de 100 por 100, y la magnitud absoluta
de la explotación es de cinco horas. Si, por el contrario, el trabajo necesario y
el sobretrabajo son cada uno de seis horas, el grado de explotación expresado
por la relación de 6 a 6 no varía, sigue siendo de 100 por 100, en tanto que la
magnitud absoluta de la explotación, que antes era de cinco horas, crece en
una hora, es decir, en un 20 por 100.
Para calcular el tipo de la supervalía consideramos el valor del producto sin
tener en cuenta el valor del capital constante, que ya existía y que no hace má
que reaparecer; el valor que queda entonces es el único valor realmente creado
durante la producción de la mercancía. Conocida la supervalía, es preciso
restarla de este valor para encontrar el capital variable; conociendo el capita
variable, habrá que restar este para encontrar la supervalía. Conocidos ambos
solo hay que calcular la relación de la supervalía con el capital variable, e
decir, dividir la supervalía por el capital variable, y multiplicando por 100 e
cociente que resulte, se tiene el tanto por ciento del tipo de la supervalía.

II. Los elementos del valor del producto expresados en partes de este
producto y en fracciones de la jornada de trabajo.

Volvamos al ejemplo que en el capítulo séptimo nos sirvió para mostra
cómo el capitalista convierte su dinero en capital. El trabajo necesario de
hilandero ascendía a seis horas, lo mismo que su sobretrabajo; po
consiguiente, el obrero trabaja media jornada para sí y media para e
capitalista; el grado de explotación es de 100 por 100.
El producto de la jornada es 10 kilogramos de hilados, que valen 40
pesetas; los ocho décimos de este valor, 32 pesetas, están formados por e
valor de los medios de producción consumidos: 26 pesetas por la compra de
algodón y 6 pesetas por el desperfecto de las brocas. Por lo tanto, estas 32
pesetas representan el valor que no hace más que reaparecer; es decir, que lo
ocho décimos del valor de los hilados consisten en capital constante. Los do
décimos que restan son el nuevo valor de 8 pesetas creado durante la hilanza y
por la hilanza. Una mitad de este valor reemplaza el valor diario de la fuerza
de trabajo, que ha sido adelantado, es decir, el capital variable de 4 pesetas; la
otra mitad constituye la supervalía de 4 pesetas. El valor de 40 pesetas en

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hilados es igual a 32 pesetas de capital constante, más 4 pesetas de capita
variable, y, por último, más 4 pesetas de supervalía.
Puesto que el valor total de 40 pesetas está representado por 10 kilogramo
de hilados, los diferentes elementos de este valor, que acabamos de indicar
pueden representarse en partes del mismo producto.
Si existe un valor de 40 pesetas en 10 kilogramos de hilados, los ocho
décimos de este valor o su parte constante de 32 pesetas, existían en ocho
décimos del producto o en 8 kilogramos de hilados. Estos 8 kilogramo
representan, pues, el valor del algodón comprado y el desperfecto de la
brocas; en total, 32 pesetas, lo cual corresponde a 6 kilogramos y medio de
hilados, que representan las 26 pesetas de algodón, y kilogramo y medio, que
representa las 6 pesetas del desperfecto de las brocas.
En 6 kilogramos y medio de hilados solo se encuentran realmente 6
kilogramos y medio de algodón, que valen 16 pesetas y 90 céntimos, pero lo
10 kilogramos cuestan 26 pesetas; la diferencia de 9 pesetas y 10 céntimo
equivale al algodón contenido en los otros 3 kilogramos y medio de hilados
Pero los 6 kilogramos y medio de hilados representan todo el algodón
contenido en el producto total de 10 kilogramos de hilados; en efecto, a 4
pesetas kilogramo, valen 20 pesetas, como los 10 kilogramos de algodón; en
cambio, no representan nada más. Puede considerarse que no contienen una
partícula del valor de los instrumentos de trabajo utilizados, ni del nuevo valo
creado por la hilanza. De igual modo, kilogramo y medio de hilados valen 6
pesetas, como las brocas gastadas en doce horas de hilanza; en este caso
kilogramo y medio representa el valor de los instrumentos de trabajo utilizado
mientras dura la producción de 10 kilogramos de hilados; pero no representa
más que esto, y no contiene ni una partícula del valor nuevo creado por la
hilanza.
En resumen, ocho décimos del producto u 8 kilogramos de hilados se
considera que no contienen nada del valor nuevo creado por el trabajo de
hilandero. Y, de hecho, cuando el capitalista los vende en 32 pesetas y recobra
con esta suma lo que ha gastado en medios de producción, aparece evidente
que 8 kilogramos de hilados son brocas y algodón bajo otra forma. Por otra
parte, los dos décimos restantes, o sean los 2 kilogramos de hilados
representan, por consecuencia, el valor que queda, el valor nuevo de 8 peseta
creado en las doce horas de trabajo. El trabajo del hilandero, materializado en
el producto de 10 kilogramos de hilados, se concentra ahora en 2 kilogramos
en dos décimos del producto, de los cuales un décimo, esto es, un kilogramo

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representa el valor de la fuerza de trabajo empleada, es decir, las 4 pesetas de
capital variable adelantado, y el otro décimo las 4 pesetas de supervalía.
Puesto que doce horas de trabajo crean un valor de 8 pesetas, ascendiendo
el valor de los hilados a 40 pesetas, representa sesenta horas de trabajo. Esto e
porque, además de las doce horas de hilanza, en las 40 pesetas está
comprendido el tiempo de trabajo que contenían los medios de producción
consumidos: cuatro jornadas de doce horas o sean cuarenta y ocho horas de
trabajo, que precedieron a la operación de la hilanza y se realizaron en un
valor de 32 pesetas.
Se puede, pues, descomponer el resultado de la producción, el producto, en
una cantidad que representa únicamente el trabajo contenido en los medios de
producción, o parte constante del capital; en otra cantidad que solo representa
el trabajo necesario añadido durante la producción, o parte variable del capital
y, por último, en una cantidad que representa el sobretrabajo añadido o
supervalía.
El producto total fabricado en un tiempo determinado, por ejemplo, en una
jornada, descompuesto de esta suerte en partes que representan los diverso
elementos de su valor, puede también representarse en fracciones de la jornada
de trabajo.
El hilandero produce en doce horas 10 kilogramos de hilados; po
consiguiente, en una hora y doce minutos produce 1 kilogramo, y en siete
horas cuarenta y cinco minutos 6 kilogramos y medio de hilados, es decir, una
parte del producto que vale por sí sola todo el algodón empleado en la jornada
De igual suerte, la parte producida en la hora y cuarenta y cinco minuto
siguientes es igual a kilogramo y medio de hilados, y representa, por lo tanto
el valor de las brocas utilizadas durante las doce horas de trabajo. De la misma
manera, el hilandero produce en la hora y los doce minutos que siguen 1
kilogramo de hilados, que representa un valor igual a todo el valor que ha
creado en las seis horas de trabajo necesario. Finalmente, en los último
setenta y dos minutos produce otro kilogramo de hilados, cuyo valor es igual a
la supervalía producida en sus seis horas de sobretrabajo.
Nótese bien que lo que produce en estos setenta y dos minutos es un
kilogramo de hilados, cuyo valor entero es igual a la supervalía que la jornada
de trabajo rinde al capitalista; pero el valor entero de este kilogramo se
compone, además del valor que resulta del trabajo del hilandero, del valor de
trabajo anterior, que produjo el algodón y las brocas consumidas para su
fabricación.

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III. La «última hora».

De la representación de los diversos elementos del valor del producto en
partes proporcionales de la jornada de trabajo, y de que la supervalía esté
representada por el valor del producto de los setenta y dos últimos minutos, no
hay que deducir, como algunos economistas que en nombre de la ciencia
intentan oponerse a toda reducción de la jornada de trabajo, que el obrero en
su jornada de doce horas consagra al fabricante para la producción de la
supervalía tan solo los últimos setenta y dos minutos, la «última hora», como
ellos dicen.
La supervalía es igual, en efecto, no al valor de la fuerza de trabajo gastado
durante los últimos setenta y dos minutos, sino al valor del producto para e
cual se ha realizado el gasto de la fuerza de trabajo en ese tiempo, es decir, que
es igual al valor de los medios de producción (algodón y brocas) consumido
en setenta y dos minutos, más el nuevo valor que a ellos añade, durante e
mismo tiempo, el trabajo del hilandero al consumirlos.
Y, de creer a estos economistas, si se disminuyese en setenta y dos minuto
el tiempo de trabajo, siendo igual el salario, no habría supervalía, y la ganancia
del infeliz capitalista sería nula. Su razonamiento es, en suma, el siguiente
siendo un kilogramo de hilados el producto de setenta y dos minutos de
hilanza, si se reduce la jornada del hilandero setenta y dos minutos, e
capitalista tendrá un kilogramo de hilados menos, y valiendo 4 pesetas e
kilogramo, tendrá 4 pesetas menos; y como su supervalía, es decir, su
ganancia, era de 4 pesetas, desde el momento en que gana 4 pesetas menos, no
gana nada. Examinemos el asunto más detenidamente.
Para un kilogramo de hilados hace falta un kilogramo de algodón, más la
brocas que se desgastan funcionando. Costando los 10 kilogramos de algodón
26 pesetas, un kilogramo cuesta 2 pesetas y 60 céntimos; ascendiendo a 6
pesetas el desperfecto de las brocas para la hilanza de 10 kilogramos
representa 60 céntimos por kilogramo. Un kilogramo menos que se produzca
equivale a un gasto menos de 2 pesetas 60 céntimos, más 60 céntimos; total, 3
pesetas 20 céntimos. Si bien es cierto que el capitalista gana 4 pesetas menos
gasta también 3 pesetas 20 céntimos menos; por una disminución de setenta y
dos minutos en doce horas de trabajo solo pierde, pues, 80 céntimos. Si solo
pierde 80 céntimos de lo que antes ganaba, su supervalía o beneficio líquido
que era de 4 pesetas, es ahora de 4 pesetas menos 80 céntimos, o sean 3
pesetas 20 céntimos, y el sobretrabajo dura cuatro horas cuarenta y ocho

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minutos en lugar de seis horas, es decir, que el tipo de la supervalía es de 80
por 100, lo cual es aún muy agradable.
Decir, en nuestro ejemplo, que el hilandero, cuya jornada es de doce horas
produce en los últimos setenta y dos minutos el beneficio líquido de
capitalista, quiere decir, en puridad, que su producto de setenta y dos minutos
un kilogramo de hilados, representa, tomado en conjunto, tanto tiempo de
trabajo como la parte de la jornada consagrada a la fabricación de la
supervalía. En efecto, acabamos de ver que los medios de producción
consumidos para producir 10 kilogramos de hilados contenían antes de la
hilanza cuarenta y ocho horas de trabajo; los medios de producción
consumidos para un kilogramo contienen, pues, el décimo de este tiempo, e
decir, cuatro horas y cuarenta y ocho minutos de trabajo anterior, que
añadidas a los setenta y dos minutos de hilanza, dan, para un kilogramo de
hilados, un total de seis horas, igual al tiempo de sobretrabajo diario de
hilandero.

IV. El producto líquido.

Llamamos producto líquido a la parte del producto que representa la
supervalía. Así como el tipo de esta se determina por su relación, no con e
capital total, sino con la parte variable del capital, así el total del producto
líquido se determina por su relación, no con el producto entero, sino con la
parte que representa el trabajo necesario. La magnitud relativa del producto
líquido es la que mide el grado de elevación de la riqueza.
El total del trabajo necesario y del sobretrabajo, es decir, la suma de
tiempo durante el cual el obrero produce el equivalente de su fuerza de trabajo
y la supervalía, forma la magnitud absoluta de su tiempo de trabajo, esto es, la
jornada de trabajo.

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CAPÍTULO X
LA JORNADA DE TRABAJO
I. Límites de la jornada de trabajo. — II. El capital hambriento de sobretrabajo. — III. La explotación
del trabajador libre, en la forma y en el fondo. — Trabajo de día y trabajo de noche. — IV
Reglamentación de la jornada de trabajo. — V. Lucha por la limitación de la jornada de trabajo.

I. Límites de la jornada de trabajo.

Hemos partido del supuesto que la fuerza de trabajo es comprada y vendida
en su valor. Este valor, como el de toda mercancía, está determinado por e
tiempo de trabajo necesario para su producción. Habiendo comprado e
capitalista la fuerza de trabajo en su valor diario, ha adquirido en consecuencia
el derecho de hacer trabajar al obrero durante todo un día. Pero ¿qué es un día
de trabajo?
La jornada de trabajo varía entre límites que imponen la sociedad por una
parte y por otra la Naturaleza. Hay un mínimum, que es la parte de la jornada
en la que el obrero debe trabajar necesariamente para su propia conservación
en una palabra, es el tiempo de trabajo necesario, hasta el cual no consiente
descender nuestra organización social, basada en el sistema de producción
capitalista; en efecto, descansando este sistema de producción en la formación
de supervalía, exige cierta cantidad de trabajo además del trabajo necesario; en
otros términos, cierta cantidad de sobretrabajo. Hay también un máximum que
los límites físicos de la fuerza de trabajo, que el tiempo forzosamente
consagrado cada día por el trabajador a dormir, a comer, etc., que la
Naturaleza, en una palabra, no permite traspasar.
Estos límites son por sí mismos muy elásticos. De todos modos, un día de
trabajo es menor que un día natural. ¿En cuánto? Una de sus partes está bien
determinada por el tiempo de trabajo necesario; pero su magnitud total varía
con arreglo a la magnitud del sobretrabajo.

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Todo comprador procura sacar del empleo de la mercancía comprada e
mayor partido posible, y en este sentido obra el capitalista comprador de la
fuerza de trabajo; tiene un móvil único, acrecentar su capital, crear supervalía
absorber todo el sobretrabajo posible.
Por su parte, el trabajador tiende, con razón, a no gastar su fuerza de
trabajo sino en los límites compatibles con su duración natural y su desarrollo
regular. No quisiera gastar cada día más que la fuerza que puede rehacer
merced a su salario.
El capitalista sostiene su derecho como comprador cuando procura
prolongar todo lo posible la jornada de trabajo. El obrero sostiene su derecho
como vendedor cuando quiere reducir la jornada de trabajo, de suerte que solo
transforme en trabajo la cantidad de fuerza cuyo gasto no perjudique a su
cuerpo. Hay, pues, derecho contra derecho, ambos igualmente basados en la
ley que regula el cambio de las mercancías. ¿Quién decide entre dos derecho
iguales? La fuerza. He aquí por qué la reglamentación de la jornada de trabajo
se presenta en la historia de la producción capitalista como una lucha entre la
clase capitalista y la clase obrera.

II. El capital hambriento de sobretrabajo.

El capitalista no ha inventado el sobretrabajo. Doquiera una parte de la
sociedad posee el monopolio de los medios de producción, el trabajador, libre
o no, está obligado a añadir al tiempo de trabajo necesario para su propio
sostenimiento, un exceso destinado a suministrar la subsistencia del que posee
los medios de producción. Importa poco que este propietario sea dueño de
esclavos, señor feudal o capitalista.
Sin embargo, mientras la forma económica de una sociedad es tal que en
ella se considera más bien la utilidad de una cosa que la cantidad de oro o
plata por que puede cambiarse, en otros términos, el valor de uso más bien que
el valor de cambio, el sobretrabajo encuentra un límite en la satisfacción de
necesidades determinadas. Por el contrario, cuando domina el valor de
cambio, llega a ser ley hacer trabajar todo lo posible.
Cuando pueblos cuya producción se opera aún por medio de las forma
inferiores de esclavitud y servidumbre son arrastrados a un mercado
internacional donde domina el sistema de producción capitalista, y cuando po
este hecho llega a ser su interés principal la venta de sus productos en e
extranjero, desde este momento los horrores del sobretrabajo, fruto de la

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civilización, vienen a añadirse a la barbarie de la esclavitud y de la
servidumbre. Mientras que en los Estados del Sur de la Unión americana la
producción tendía principalmente a la satisfacción de las necesidade
inmediatas, el trabajo de los negros presentó un carácter moderado; pero a
medida que la exportación del algodón llegó a constituir el interés principal de
estos Estados, el negro fue extenuado por el trabajo, y el consumo de su vida
en siete años de trabajo entró como parte de un sistema fríamente calculado
No se trataba ya, como antes, de obtener de él cierta masa de productos útiles
tratábase ante todo de la producción de supervalía. Lo mismo ha ocurrido con
el siervo en los Principados danubianos.
¿Qué es una jornada de trabajo? ¿Cuál es la duración del tiempo en que e
capital tiene el derecho de consumir la fuerza de trabajo cuyo valor compra
por un día? ¿Hasta qué punto puede prolongarse la jornada más del trabajo
necesario para la reproducción de esta fuerza? A todas estas pregunta
responde el capital: la jornada de trabajo comprende veinticuatro hora
completas, deduciendo las horas de descanso sin las cuales la fuerza de trabajo
estaría en la imposibilidad absoluta de volver a la labor.
No queda, pues, tiempo para el desarrollo intelectual, para el libre ejercicio
del cuerpo y del espíritu. El capital monopoliza el tiempo que exigen e
desarrollo y sostenimiento del cuerpo en cabal salud, escatima el tiempo de la
comidas y reduce el tiempo de sueño al mínimum de pesado entorpecimiento
sin el cual el extenuado organismo no podría funcionar. No es, pues, e
sostenimiento regular de la fuerza de trabajo el que sirve de regla para la
limitación de la jornada de trabajo; al contrario, el tiempo de reposo concedido
al obrero está regulado por el mayor gasto posible por día de su fuerza.

III. Explotación del trabajador libre, en la forma y en el fondo.

Suponiendo que la jornada de trabajo esté compuesta de seis horas de
trabajo necesario y seis horas de sobretrabajo, el trabajador libre suministra a
capitalista treinta y seis horas de sobretrabajo en los seis días de la semana. E
lo mismo que si trabajase tres días para sí y tres días gratis para el capitalista
Pero esto no salta a la vista; el sobretrabajo y el trabajo necesario se
confunden entre sí. Distinta cosa ocurre con la servidumbre corporal. En esta
forma de servidumbre el sobretrabajo es independiente del trabajo necesario
el labriego ejecuta esto último en su campo propio y aquel en la tierra señorial

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de este modo distingue claramente el trabajo que ejecuta para su propio
sostenimiento y el que realiza para el señor.
La explotación del trabajador libre es menos visible, tiene una forma má
hipócrita. Pero, en realidad, la diferencia de forma en nada altera el fondo sino
es para empeorarlo. Tres días de sobretrabajo por semana son siempre tres día
de trabajo que nada producen al mismo trabajador, sea cualquiera el nombre
que tengan, servidumbre corporal o beneficio.
Hemos dicho que lo que únicamente interesa al capital es el máximum de
esfuerzos que, en definitiva, puede arrancar a la fuerza de trabajo en una
jornada. Procura conseguir su objeto sin inquietarse por lo que pueda durar la
vida de la fuerza de trabajo; así ocasiona la debilitación y la muerte prematura
privándola, por la prolongación impuesta de la jornada, de sus condicione
regulares de actividad y de desarrollo, así en lo físico como en lo moral.
Parece, sin embargo, que el interés mismo del capital debería impulsarle a
economizar una fuerza que le es indispensable. Pero la experiencia enseña a
capitalista que, por regla general, hay exceso de población, es decir, exceso
con relación a la necesidad del momento del capital, aunque esta masa
abundante esté formada de generaciones humanas mal desarrolladas, entecas y
en disposición de extinguirse.
La experiencia demuestra también al observador inteligente con qué
rapidez la producción capitalista, que, históricamente hablando, es de fecha
reciente, ataca en la misma raíz la sustancia y la fuerza del pueblo; manifiesta
cómo el aniquilamiento de la población industrial se hace más lento por la
absorción constante de elementos nuevos tomados a los campos, y cómo lo
mismos trabajadores de los campos empiezan a decaer.
Pero el capital se preocupa tanto de la extenuación de la raza como de la
dislocación de la tierra. En todo periodo de especulación, cada cual sabe que
un día ocurrirá la explosión, pero cada uno espera no ser arrollado por ella
después de haber obtenido, sin embargo, el beneficio ansiado. ¡Después de mí
el diluvio! Tal es el lema de todo capitalista.

Trabajo de día y trabajo de noche.

El capital solo piensa, pues, en la formación de supervalía, sin preocuparse
de la salud ni de la vida del trabajador. Verdad es que, considerando las cosa
en su conjunto, esto no depende tampoco de la mala o buena voluntad de

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capitalista como individuo. La concurrencia anula las voluntades individuale
y somete a los capitalistas a las leyes imperiosas de la producción capitalista.
Estando inactivos los medios de producción, son causa de pérdida para e
capitalista, porque durante el tiempo que no absorben trabajo representan un
adelanto inútil de capital, además de exigir con frecuencia un gasto
suplementario cada vez que se vuelve a empezar la obra. Siendo físicamente
imposible para las fuerzas de trabajo trabajar cada día veinticuatro horas, lo
capitalistas han vencido la dificultad; había en esto una cuestión de ganancia
para ellos e imaginaron emplear alternativamente fuerzas de trabajo por el día
y por la noche, lo cual puede efectuarse de diferentes maneras: una parte de
personal del taller hace, por ejemplo, durante una semana el servicio de día y
durante la siguiente semana el servicio de noche.
El sistema de trabajo de noche aprovecha tanto más al capitalista cuanto
que se presta a una escandalosa explotación del trabajador; tiene además una
influencia perniciosa sobre la salud, pero el capitalista realiza un beneficio y
esto es lo único importante para él.

IV. Reglamentación de la jornada de trabajo.

De todas suertes, el capitalista abusa sin tasa del trabajador en tanto que la
sociedad no se lo impide. El establecimiento de una jornada soportable de
trabajo es el resultado de una larga lucha entre capitalista y trabajador. La
historia de esta lucha presenta, sin embargo, dos tendencias opuestas.
En tanto que la legislación moderna acorta la jornada de trabajo, la antigua
legislación procuraba prolongarla; se quería obtener del trabajador, con e
auxilio de los Poderes públicos, una cantidad de trabajo que la sola fuerza de
las condiciones económicas no permitía imponerlo todavía. En efecto, se
necesitarían siglos para que el trabajador libre, a consecuencia del desarrollo
de la producción capitalista, se prestase voluntariamente, es decir, se viera
obligado socialmente a vender todo su tiempo de vida activa, su capacidad de
trabajo, por el precio de sus habituales medios de subsistencia, su derecho de
primogenitura por un plato de lentejas. Es, pues, natural que la prolongación
de la jornada de trabajo, impuesta con la ayuda del Estado desde mediados de
siglo xiv hasta el siglo xviii, corresponda poco más o menos a la disminución
del tiempo de trabajo que el Estado decreta e impone acá y allá, en la segunda
mitad del siglo xix.

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Si en Estados como Inglaterra las leyes moderan, por una limitación oficia
de la jornada de trabajo, el encarnizamiento del capital por absorber trabajo, e
porque, sin hablar del movimiento cada vez más amenazador de las clase
obreras, esta limitación ha sido dictada por la necesidad. La misma
concupiscencia ciega que agota el suelo, atacaba en su raíz la fuerza vital de la
nación y ocasionaba su aniquilamiento, como acabamos de demostrar.

V. Lucha por la limitación de la jornada de trabajo.

El objeto especial, el fin real de la producción capitalista es la producción
de supervalía o la sustracción de trabajo extra; téngase presente que solo e
trabajador independiente puede, en calidad de poseedor de la mercancía
contratar con el capitalista; pero el trabajador aislado, el trabajador como
vendedor libre de su fuerza de trabajo, debe someterse sin resistencia posible
cuando la producción capitalista alcanza cierto grado.
Preciso es confesar que nuestro trabajador sale del dominio de la
producción de distinto modo que entró en ella. Se había presentado en e
mercado como poseedor de la mercancía «fuerza de trabajo» enfrente de
poseedores de otras mercancías, mercader frente a mercader. El contrato
mediante el cual vendía su fuerza de trabajo, parecía resultar de un acuerdo
entre dos voluntades libres, la del vendedor y la del comprador. Una vez
concluido el negocio, se descubre que él no era libre, que el tiempo por el cua
puede vender su fuerza de trabajo es el tiempo por el cual está obligado a
venderla y que, en realidad, el vampiro que le chupa no le deja mientras quede
una gota de sangre que extraer; para defenderse contra esta explotación e
necesario que los obreros, por un esfuerzo colectivo, por una presión de clase
obtengan que un obstáculo social les impida venderse ellos y sus hijos po
«contrato libre» hasta la esclavitud y la muerte. La pomposa «declaración de
los derechos del hombre» es reemplazada de este modo por una modesta ley
que indica cuándo termina el tiempo que vende el trabajador y cuándo
empieza el tiempo que le pertenece.

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CAPÍTULO XI
TIPO Y MASA DE LA SUPERVALÍA
Compensación del número de obreros por una prolongación de la jornada de trabajo. — Necesidad d
cierto mínimum de dinero para la transformación del dinero en capital.

Compensación del número de obreros por una prolongación de la jornada de
trabajo.

Supongamos que el valor diario de una fuerza de trabajo es, por término
medio, de 4 pesetas y que se necesitan seis horas por día para reproducirlo
Para comprar esta fuerza, el capitalista tiene que adelantar 4 pesetas. ¿Qué
supervalía le producirán estas 4 pesetas? Esto depende de la relación de
trabajo destinado a la producción de supervalía, del sobretrabajo, con respecto
al trabajo destinado a la reproducción del salario, al trabajo necesario. En una
palabra, esto depende del tipo de la supervalía. Si esto tipo es de 100 por 100
la supervalía ascenderá a 4 pesetas, que representan seis horas de sobretrabajo
si su tipo es de 50 por 100, será de 2 pesetas, que representan tres horas de
sobretrabajo. El tipo de la supervalía determina, pues, la masa de supervalía
producida individualmente por un obrero, dado el valor de su fuerza.
El capital variable es la expresión monetaria del valor de todas las fuerza
de trabajo que el capitalista emplea a la vez. Si 4 pesetas, precio de una fuerza
de trabajo, producen una supervalía diaria de 2 pesetas, el precio de 100
fuerzas de trabajo, capital variable de 400 pesetas, producirá una supervalía de
200 pesetas, cifra igual al resultado de multiplicar el capital variable 400, po
50/100, que indica el tipo de la supervalía. La masa de la supervalía producida
por un capital variable es, pues, igual al valor de este capital multiplicado po
el tipo de la supervalía.
Supongamos que el tipo de la supervalía disminuya en la mitad y sea de 25
por 100 en vez de ser de 50 por 100; que, por otra parte, el capital variable sea

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doble, es decir, de 800 pesetas en lugar de 400: la supervalía será igual a 800
multiplicado por 25/100, o sea 200 pesetas otra vez. Por consecuencia, la masa
de la supervalía no varía cuando disminuye el tipo de la supervalía
aumentando el capital variable, o, por el contrario, cuando este disminuye y
aumenta aquel en la misma proporción.
Una disminución del capital variable puede ser compensada, por lo tanto
por una elevación proporcional del tipo de la supervalía, o, siendo así que e
capital variable depende del número de obreros empleados, una disminución
en el número de estos puede ser compensada por una prolongación
proporcional de su jornada de trabajo. Hasta cierto punto, la cantidad de
trabajo explotable por el capital llega a ser así independiente del número de
obreros.
Esta compensación encuentra, sin embargo, un límite infranqueable; la
jornada de trabajo tiene, en efecto, límites físicos: por mucho que se prolongue
es siempre menor que el día natural de veinticuatro horas. Con cien obrero
pagados a 4 pesetas y que trabajen doce horas, seis de las cuales son de trabajo
necesario, el tipo de la supervalía será de 100 por 100 y el capitalista tendrá
una supervalía diaria de 400 pesetas; si toma un número de obreros tres vece
menor, su supervalía no será nunca la misma porque no les podrá imponer un
número de horas de sobretrabajo tres veces mayor; porque dieciocho horas de
sobretrabajo añadidas a seis horas de trabajo necesario harían el día de trabajo
tan largo como el día natural, lo que no permitiría el tiempo de reposo
indispensable cada día. Una reducción en el número de obreros empleados no
puede, pues, ser compensada por la prolongación de la jornada de trabajo, po
un aumento en el grado de la explotación, sino dentro de los límites físicos de
esta jornada y, por consecuencia, del sobretrabajo que encierra.

Necesidad de cierto mínimum de dinero para la transformación del dinero en
capital.

Como el valor es trabajo realizado, es evidente que la masa de valor que un
capitalista hace producir depende exclusivamente de la cantidad de trabajo que
pone en movimiento; según lo que acabamos de ver, puede poner en
movimiento una cantidad mayor o menor con el mismo número de obreros
según sea su jornada más o menos larga. Pero dados el valor de la fuerza de
trabajo y el tipo de la supervalía, en otros términos, la división de la jornada en
trabajo necesario y sobretrabajo, la masa total de valor, comprendida la

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supervalía, que realiza un capitalista está exclusivamente determinada por e
número de obreros que emplea, y este mismo número depende de la magnitud
del capital variable que adelanta, de la suma que consagra a la compra de
fuerzas de trabajo.
La masa de supervalía producida es entonces proporcional a la magnitud
del capital variable; en cuanto al capital constante, no tiene aquí ninguna
acción; en efecto, sea grande o pequeño el valor de los medios de producción
permanece sin la menor influencia sobre la masa de valor producido, que es e
valor nuevo añadido por el trabajo al valor conservado de los medios de
producción.
De lo expuesto resulta que toda suma no puede ser transformada en capital
Esta transformación exige que el aspirante a capitalista maneje cierto
mínimum de dinero. Como no solo quiere vivir del trabajo de otro, sino que
quiere además enriquecerse por este trabajo, es necesario que pueda tener ta
número de obreros que su tiempo de sobretrabajo provea a su sostén y a su
enriquecimiento.
Seguramente él puede también poner manos a la obra, pero entonces no e
más que un intermediario entre capitalista y obrero, un pequeño patrón. En
cierto grado de desarrollo es necesario que el capitalista pueda emplear todo su
tiempo en la apropiación y en la vigilancia del trabajo ajeno y en la venta de
los productos de este trabajo; es preciso, pues, que explote suficientes obrero
para dispensarse de tomar parte en la producción.
Este mínimum de dinero que hay que adelantar, varía según los diverso
grados del desarrollo de la producción. Dado el grado de desarrollo, varía en
las diferentes industrias según sus condiciones técnicas particulares.

En la producción, considerada desde el punto de vista de la utilidad de
producto, los medios de producción desempeñan respecto del obrero el pape
de simples materiales de su actividad productora. Si se la considera desde e
punto de vista de la supervalía, los medios de producción se convierten
inmediatamente en medios de absorción del trabajo de otro.
No es ya el trabajador quien los emplea, ellos son, al contrario, los que
emplean al trabajador. En lugar de ser consumidos por él como elemento
materiales de su actividad productora, le consumen ellos como elemento
indispensable para su propia vida, y la vida del capital consiste en su
movimiento como valor perpetuamente en vías de multiplicación.

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Para poner en acción la actividad de otro, para explotar la fuerza de trabajo
y extraerle el trabajo extra, el sistema capitalista supera en energía, en eficacia
y en ilimitada potencia a todos los sistemas anteriores de producción fundado
directamente en las diferentes formas de trabajos forzados.

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SECCIÓN CUARTA
Producción de la supervalía relativa.

CAPÍTULO XII
SUPERVALÍA RELATIVA
Disminución del tiempo de trabajo necesario. — Aumento de la productividad del trabajo y de la
supervalía.

Disminución del tiempo de trabajo necesario.

Hemos considerado hasta aquí la parte de la jornada de trabajo durante la
cual el obrero reemplaza el valor que el capitalista le paga, como una duración
fija, lo que en realidad es en condiciones de producción invariables. Pasando
de esta duración fija, de este tiempo necesario, el trabajo podía prolongarse
más o menos horas, y según la magnitud de esta prolongación, variaban el tipo
de la supervalía y la duración total de la jornada. Así, el tiempo de trabajo
necesario era fijo y la jornada entera de trabajo variable.
Supongamos ahora una jornada entera de trabajo de límite determinado, po
ejemplo, una jornada de doce horas. El sobretrabajo y el trabajo necesario
considerados en conjunto, no exceden de doce horas; en estas condicione
¿cómo aumentar el sobretrabajo, la producción de supervalía? Solo hay un
medio: acortar el tiempo de trabajo necesario y aumentar en igual proporción
la parte de las doce horas consagrada al sobretrabajo; de este modo, una parte
del tiempo que empleaba el obrero, en realidad para sí mismo, se convertirá en
tiempo de trabajo para el capitalista. El límite de la jornada no variará, solo
cambiará su división en trabajo necesario y sobretrabajo.
Por otra parte, la duración del sobretrabajo está necesariamente marcada
desde que se dan los límites de la jornada entera y el valor diario de la fuerza
de trabajo. Si este valor es de 4 pesetas, cantidad de oro que contiene sei
horas de trabajo, el obrero debe trabajar seis horas para reemplazar el valor de

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su fuerza, pagada cotidianamente por el capitalista, o para producir un
equivalente de las subsistencias que exige su sustento diario. El valor de esta
subsistencias determina el valor diario de su fuerza, y este valor determina la
duración cotidiana de su trabajo necesario.
El tiempo de trabajo necesario podría ser y es en la práctica reducido po
una disminución del salario, que llega a ser inferior al valor de la fuerza de
trabajo. Pero aquí admitimos que la fuerza de trabajo se compra y se vende en
su justo valor; en este caso, el tiempo consagrado a reproducir dicho valor solo
puede disminuir cuando este valor disminuye. Pero este valor depende de
valor de la masa de subsistencias que necesita para su sustento; es necesario
pues, que el valor de esta masa disminuya, que se produzca, por ejemplo, en
cinco horas la cantidad de subsistencias que antes se producía en seis; y esta
producción de igual masa de subsistencias en un tiempo más reducido, solo
puede resultar de un aumento de la fuerza productiva del trabajo, aumento que
no ocurre sin una modificación en los instrumentos o en el método del trabajo
o en ambos a la vez. Es necesaria una revolución en las condiciones de la
producción.

El aumento de la productividad del trabajo y de la supervalía.

Por aumento de la fuerza productiva o de la productividad del trabajo
entendemos, en general, un cambio en sus procedimientos que abrevie e
tiempo actualmente necesario por término medio para la producción de una
mercancía, de tal suerte, que una cantidad menor de trabajo adquiera la
facultad de producir más objetos útiles.
Al examinar la supervalía proveniente de la duración prolongada de
trabajo, considerábamos determinado el modo de producción; tratándose de
producir supervalía por la transformación del trabajo necesario en
sobretrabajo, lejos de no tocar a los procedimientos habituales del trabajo, e
capital tiene que cambiar sus condiciones técnicas y sociales, esto es
transformar el modo de producción. Solo de esta suerte podrá aumentar la
productividad del trabajo, disminuir de este modo el valor de la fuerza de
trabajo y aminorar por lo mismo el tiempo empleado en reproducirla.
Denominamos supervalía absoluta a la supervalía producida por la simple
prolongación de la jornada de trabajo, y supervalía relativa a la supervalía que
proviene, al contrario, de la disminución del tiempo de trabajo necesario y de

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cambio, que es su consecuencia, en la duración relativa de las dos partes de
que se compone la jornada: trabajo necesario y sobretrabajo.
Para que produzca un descenso en el valor de la fuerza de trabajo, e
aumento de productividad debe tener lugar en los ramos de industria cuyo
productos determinan el valor de esta fuerza, es decir, en los que suministran
las mercancías necesarias para el sustento del obrero o los medios de
producción de estas mercancías. Pero la baratura de uno de estos artículos solo
rebaja el valor de la fuerza de trabajo en la proporción según la cual entra en
su reproducción. En los ramos de industria que no suministran ni los medio
de subsistencia ni sus elementos materiales, un aumento de productividad en
nada modifica el valor de la fuerza de trabajo.
Hemos visto en el capítulo primero que el valor de las mercancías y, por lo
tanto, de la fuerza de trabajo, puesto que el valor de esta lo determina el de
aquellas, disminuye cuando aumenta la productividad del trabajo de que
proviene. Por el contrario, como el aumento de la productividad del trabajo
hace que sea mayor el tiempo consagrado a la fabricación de supervalía, la
supervalía relativa crece cuando aumenta la productividad del trabajo.
De este modo, al rebajar el precio de las mercancías, el desarrollo de la
fuerza productiva del trabajo hace que baje el precio del trabajador; este
desarrollo, en el régimen capitalista, tiene por resultado aminorar la parte de la
jornada en que el obrero trabaja para sí mismo y prolongar, en consecuencia
aquella en que trabaja gratis para el capitalista; los mismos procedimientos que
rebajan el precio de las mercancías elevan la supervalía que producen. La
economía de trabajo que realiza un desarrollo de este género, no tiende jamá
a abreviar la jornada de trabajo, como pretenden hacer creer alguno
economistas; el que por un aumento de productividad llegue el obrero a
producir en una hora diez veces más de lo que producía, no impide que se
continúe haciéndole trabajar por lo menos tanto como antes.

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CAPÍTULO XIII
COOPERACIÓN
Fuerza colectiva del trabajo. — Resultados y condiciones del trabajo colectivo. — El mando en l
industria pertenece al capital. — La fuerza colectiva del trabajo aparece como una fuerza propia de
capital.

Fuerza colectiva del trabajo.

La producción capitalista comienza de hecho a establecerse cuando un solo
dueño explota muchos asalariados a la vez; un número considerable de obrero
que funcionan al mismo tiempo, bajo la dirección del mismo capital, en e
mismo lugar para producir el mismo género de mercancías, he aquí el punto de
partida histórico de la producción capitalista.
Las leyes de la producción del valor solo se realizan de una manera
completa para el que explota una colectividad de obreros. En efecto, el trabajo
considerado como creador de valor, es trabajo de calidad media, es decir, la
manifestación de una fuerza media. En cada ramo de industria el obrero
aislado se diferencia más o menos del obrero medio; aunque emplee más o
menos tiempo que el término medio para una misma operación, recibe el valo
medio de la fuerza de trabajo, lo que es causa de que su patrón obtenga de su
trabajo más o menos que el tipo general de la supervalía. Estas diferencia
individuales en el grado de habilidad se compensan y desaparecen cuando se
trata de un número grande de obreros. La jornada de un número considerable
de obreros explotados al mismo tiempo, constituye una jornada de trabajo
social, es decir, medio.
Aunque los procedimientos de ejecución del trabajo no experimenten
variaciones, el empleo de un personal numeroso ocasiona una revolución en
las condiciones materiales del trabajo. Un taller en que estén instalados veinte
tejedores con veinte telares debe ser mayor que el de un patrón que solo ocupa

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a dos tejedores; pero la construcción de diez talleres para veinte tejedores que
trabajan por grupos de dos, cuesta más que la de uno solo que sirva para veinte
a la vez.
El valor de los medios de producción comunes y concentrados es meno
que el valor de los medios diseminados que reemplazan; además, este valor se
reparte entre una masa relativamente mayor de productos. La porción de valo
que trasmiten a las mercancías disminuye, por consecuencia; el efecto es e
mismo que si se las hubiese hecho más baratas; la economía en su empleo
proviene de su consumo en común.
Cuando muchos trabajadores funcionan juntos para un objeto común, en e
mismo acto de producción o en actos de producción diferentes, pero
relacionados entre sí, cuando hay conjunto de fuerzas, el trabajo toma la forma
cooperativa.
Así como la fuerza de ataque de un escuadrón de caballería difiere
profundamente del total de las fuerzas puestas aisladamente en juego por cada
uno de los jinetes, así el total de las fuerzas de los obreros aislados difiere de la
fuerza que se desenvuelve desde el momento en que funcionan en conjunto en
una misma operación. Se trata, pues, de crear, merced a la cooperación, una
nueva fuerza que solo funciona como fuerza cooperativa.

Resultados y condiciones del trabajo colectivo.

Además de la nueva potencia que resulta de la reunión de numerosa
fuerzas en una fuerza común, el solo contacto social produce una excitación
que eleva la capacidad individual de ejecución.
La cooperación de trabajadores, repartiendo las diversas operaciones que
ocasiona la confección de un producto entre diferentes manos, permite
ejecutarlas al mismo tiempo y abreviar el tiempo necesario para su confección
permite también suplir la corta duración del tiempo disponible en cierta
circunstancias, por la gran cantidad de trabajo que ejecuta en poco tiempo una
colectividad de obreros; permite, además, las grandes empresas, imposibles sin
ella, limitando el espacio en que el trabajo se opera, en virtud de la
concentración de los medios de producción y de los trabajadores, y
disminuyendo por esta causa los gastos.
Comparada con un número igual de jornadas aisladas, la jornada de trabajo
colectivo produce más objetos útiles y disminuye así el tiempo necesario para
obtener el efecto que se busca; en resumen, el trabajo colectivo da resultado

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que no podría suministrar nunca el trabajo individual. Esta fuerza productiva
especial de la jornada colectiva es una fuerza de trabajo social o común
Obrando simultáneamente con otros para un fin común y según plan
concertado, el trabajador traspasa los límites de su individualidad y desarrolla
su potencia como especie.
La reunión de hombres es la condición misma de su acción común, de su
cooperación. Para que un capitalista pueda emplear al mismo tiempo cierto
número de asalariados, es necesario que compre a la vez sus fuerzas de
trabajo. El valor total de estas fuerzas, o cierta suma de salarios por día
semana, etc., debe estar reunida en la caja del capitalista antes que los obrero
estén reunidos en el acto de la producción. El número de los cooperantes o la
importancia de la cooperación depende, por consecuencia, ante todo de la
magnitud del capital que puede ser adelantado para la compra de fuerzas de
trabajo, es decir, de la relación en que un solo capitalista dispone de lo
medios de subsistencia de numerosos obreros.
Por otro lado, el incremento de la parte variable del capital necesita el de su
parte constante; con la cooperación, el valor y la cantidad de los medios de
producción, materias primeras e instrumentos de trabajo, aumentan
considerablemente. Cuanto más se desarrollan las fuerzas productivas de
trabajo, mayor es la cantidad de primeras materias que se invierten en un
tiempo determinado. La concentración de los medios de producción en mano
de capitalistas es, pues, la condición material de toda cooperación entre
asalariados.
Hemos visto en el capítulo decimoprimero que el poseedor de dinero
necesitaba tener un mínimum de este que lo permitiese explotar bastante
obreros para descargarse en ellos de todo trabajo manual. Sin esta condición
el pequeño patrón no hubiese podido ser sustituido por el capitalista, y la
producción no hubiera podido revestir la forma de producción capitalista. E
mínimum de magnitud del capital que debe encontrarse en manos de lo
particulares, se presenta ahora como la concentración de riqueza necesaria
para la transformación de los trabajos aislados en trabajo colectivo.

El mando en la industria pertenece al capital.

En los comienzos del capital, su mando sobre el trabajo tiene un carácte
casi accidental. El obrero trabaja bajo las órdenes del capital en el sentido de
que le ha vendido su fuerza por carecer de los medios materiales para trabaja

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por su propia cuenta. Pero desde el momento en que hay cooperación entre
obreros asalariados, el mando del capital se manifiesta como una condición
indispensable de la ejecución del trabajo. Todo trabajo social o común reclama
una dirección que armonice las actividades individuales. Un músico que
ejecuta un solo se dirige a sí propio, pero una orquesta necesita un director
Esta función directriz de vigilancia llega a ser la función del capital cuando e
trabajo que le está subordinado se hace cooperativo, y, como función
capitalista, adquiere caracteres especiales.
El aguijón poderoso de la producción capitalista es la necesidad de hace
valer el capital; su fin determinante es la mayor fabricación posible de
supervalía, o, lo que es lo mismo, la mayor explotación posible de la fuerza de
trabajo. A medida que aumenta el número de obreros explotados en conjunto
mayor es su fuerza de resistencia contra el capitalista y es preciso ejercer una
presión más enérgica para domar toda resistencia. En manos del capitalista la
dirección no es solo la función especial que nace de la naturaleza del trabajo
cooperativo o social, es además, y sobre todo, la función de explotar el trabajo
social, función que tiene por base el antagonismo inevitable entre e
explotador y la fuerza que explota. La forma de esta dirección llega a se
indefectiblemente despótica. Las formas particulares de este despotismo se
desenvuelven a medida que se desarrolla la cooperación.
El capitalista empieza por dispensarse del trabajo manual. Después, cuando
aumenta su capital y con este la fuerza colectiva que explota, abandona su
función de vigilancia inmediata de los obreros y de los grupos obreros y la
confía a una especie particular de asalariados. Cuando llega a encontrarse a la
cabeza de un ejército industrial, necesita oficiales superiores (directores
gerentes) y oficiales inferiores (vigilantes, inspectores, contramaestres) que
durante el trabajo, mandan en nombre del capital. El trabajo de la vigilancia se
convierte en función exclusiva de estos asalariados especiales.
El mando en la industria pertenece al capital, como en los tiempos feudale
pertenecían a la propiedad territorial la dirección de la guerra y la
administración de la justicia. Augusto Comte y la escuela positivista han
intentado demostrar la eterna necesidad de los señores del capital; hubieran
podido igualmente y con las mismas razones demostrar la de los señore
feudales.

La fuerza colectiva del trabajo aparece como una fuerza propia del capital.

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El obrero es propietario de su fuerza de trabajo mientras discute el precio
de venta con el capitalista, y solo puede vender lo que posee, su fuerza
individual. Así es como el capitalista contrata con uno o con cien obrero
independientes unos de otros y que podría emplear sin hacerlos cooperar. E
capitalista paga por separado a cada uno de los cien obreros su fuerza de
trabajo, pero no paga la fuerza combinada de los ciento.
Como personas independientes, los obreros son individuos aislados que
entran en relación con el mismo capital, pero no unos con otros. El vínculo
entre sus funciones individuales, su unidad como cuerpo productor, se
encuentra fuera de ellos, en el capital que los reúne. Su cooperación solo
empieza en el acto del trabajo, pero entonces han dejado ya los obreros de
pertenecerse. Desde que figuran en el trabajo no son más que una forma
particular de existencia del capital. La fuerza productora que los asalariado
desarrollan al funcionar como trabajador colectivo es, por consecuencia
fuerza productora del capital. La fuerza social de trabajo parece ser una fuerza
de que por naturaleza está dotado el capital, fuerza productora que le pertenece
como propia, porque esta fuerza social del trabajo nada cuesta al capital, y
además porque el asalariado la desarrolla, después que su trabajo pertenece a
capital.
Si la potencia colectiva del trabajo desarrollada por la cooperación aparece
como fuerza productora del capital, la cooperación aparece como forma
particular de la producción capitalista; en manos del capital, esta socialización
del trabajo aumenta las fuerzas productoras solo para explotarlas con má
provecho.

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CAPÍTULO XIV
DIVISIÓN DEL TRABAJO Y MANUFACTURA
I. Doble origen de la manufactura. — II. El trabajador fraccionario y su utensilio. — III. Las do
formas fundamentales de la manufactura. — Mecanismo general de la manufactura. — Acción de l
manufactura sobre el trabajo. — IV. División del trabajo en la manufactura y en la sociedad. — V
Carácter capitalista de la manufactura.

I. Doble origen de la manufactura.

El tipo de cooperación que tiene por base la división del trabajo reviste en
la manufactura su forma clásica, y domina durante el periodo manufacturero
propiamente dicho, que dura aproximadamente desde mediados del siglo xv
hasta el último tercio del xviii.
Por una parte, un solo taller puede reunir bajo las órdenes del mismo
capitalista artesanos de oficios diferentes, por cuyas manos debe pasar un
producto para quedar enteramente concluido. Un coche fue primero e
producto de los trabajos de gran número de artesanos independientes unos de
otros, tales como carreteros, guarnicioneros, torneros, pintores, cerrajeros
vidrieros, etc. La manufactura carrocera los ha reunido a todos en un mismo
local donde trabajan a la par; como se hacen muchos carruajes a la vez, cada
obrero tiene siempre su tarea particular que realizar. Pero bien pronto se
introduce una modificación esencial. El cerrajero, el carpintero, etc., que solo
se han ocupado en la fabricación de coches, pierden poco a poco la costumbre
y con ella la capacidad de ejercer su oficio en toda su extensión; limitado
desde este momento a una especialidad de su oficio, su habilidad adquiere la
forma más propia para este ejercicio circunscrito.
Por otra parte, gran número de obreros, cada uno de los cuales fabrica e
mismo objeto, pueden ser ocupados al mismo tiempo por el mismo capitalista
en el mismo taller; esta es la cooperación en su forma más sencilla. Cada

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obrero hace la mercancía entera ejecutando sucesivamente las diversa
operaciones necesarias. En virtud de circunstancias exteriores, un día, en vez
de hacer que cada uno de los obreros ejecute las diferentes operaciones, se
confía cada una de estas especialmente a uno entre aquellos, y todas en
conjunto resultan entonces ejecutadas al mismo tiempo por los cooperadores
ejecutando solo una cada uno de ellos en lugar de hacerlas toda
sucesivamente cada obrero. Realizada esta división accidentalmente la vez
primera, se repite, muestra sus ventajas y concluye por ser una división
sistemática del trabajo. De producto individual de un obrero independiente que
ejecuta una porción de operaciones diversas, la mercancía se convierte en e
producto social de una reunión de obreros, cada uno de los cuales efectúa
constantemente la misma operación de detalle.
El origen de la manufactura, su procedencia del oficio, presenta, pues, un
doble aspecto. Por un lado, tiene por punto de partida la combinación de
oficios diversos e independientes, la cual se simplifica hasta reducirlos a la
categoría de operaciones parciales y complementarias en la producción de la
misma mercancía. Por otro lado, se apodera de la cooperación de artesanos de
mismo género, descompone su oficio en sus diferentes operaciones, las aísla y
las hace independientes, de tal suerte que cada una de ellas llega a ser la
función exclusiva de un trabajador que, confeccionando solo una parte de un
producto, no es más que un trabajador fraccionario. Así, pues, ora combina
oficios distintos cuyo producto es la obra, ora desarrolla la división del trabajo
en un oficio. Cualquiera que sea su punto de partida, su forma definitiva es la
misma: un organismo de producción cuyos miembros son hombres.
Para apreciar bien la división del trabajo en la manufactura, es esencial no
perder de vista los dos puntos siguientes: 1.º, la ejecución de las operacione
no deja de depender de la fuerza, de la habilidad, de la rapidez del obrero en e
manejo de su utensilio; por eso cada obrero queda adscrito a una función de
detalle, a una función fraccionaria por toda su vida; 2.º, la división
manufacturera del trabajo es una cooperación de género particular; sin
embargo, sus ventajas dependen principalmente, no de esta forma particular
sino de la naturaleza general de la cooperación.

II. El trabajador fraccionario y su utensilio.

El obrero fraccionario convierte su cuerpo entero en órgano maquinal de
una sola operación simple, ejecutada por él durante su vida, de suerte que llega

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a efectuarla con más rapidez que el artesano que ejecuta toda una serie de
operaciones. Comparada con el oficio independiente, la manufactura
compuesta de trabajadores fraccionarios, suministra, pues, más productos en
menos tiempo; en otros términos, aumenta la fuerza productiva del trabajo.
El artesano que tiene que efectuar operaciones diferentes debe cambiar bien
de lugar o bien de instrumentos. El paso de una operación a otra ocasiona
interrupciones en el trabajo, intervalos improductivos, los cuales desaparecen
dejando más tiempo a la producción a medida que, en virtud de la división de
trabajo, disminuye para cada trabajador el número de cambios de operaciones
Por otra parte, este trabajo continuo y uniforme concluye por fatigar e
organismo, que encuentra alivio y solaz en la actividad variada.
Cuando las partes del trabajo dividido llegan a ser funciones exclusivas, su
método se perfecciona. Cuando se repite constantemente un acto simple y se
concentra en él la atención, se llega a alcanzar por la experiencia el efecto úti
deseado con el menor gasto posible de fuerza; y como siempre diversa
generaciones de obreros viven y trabajan al mismo tiempo en los mismo
talleres, los procedimientos técnicos adquiridos, las llamadas tretas del oficio
se acumulan y se transmiten, aumentándose así la potencia productora de
trabajo.
La productividad del trabajo no depende solo de la habilidad del obrero
sino también de la perfección de sus instrumentos. Una misma herramienta
puede servir para operaciones distintas; a medida que estas operaciones se
separan, el utensilio abandona su forma única y se subdivide cada vez más en
variedades diferentes, cada una de las cuales posee una forma propia para un
solo uso, pero la más adecuada para este uso. El periodo manufacturero
simplifica, perfecciona y multiplica los instrumentos de trabajo
acomodándolos a las funciones separadas y exclusivas de los obrero
fraccionarios.
El trabajador fraccionario y su utensilio; tales son los elementos simples de
la manufactura cuyo mecanismo general vamos a examinar.

III. Las dos formas fundamentales de la manufactura.

La manufactura presenta dos formas fundamentales que, no obstante su
mezcla accidental, constituyen dos especies esencialmente distintas, que
desempeñan papeles muy diferentes al ocurrir la transformación que despué
tiene lugar de la manufactura en grande industria. Este doble carácter depende

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de la naturaleza del producto, que debe su forma definitiva a un simple ajuste
mecánico de productos parciales independientes o a una serie de
transformaciones ligadas unas a otras.
La primera especie suministra productos cuya forma definitiva es una
simple reunión de productos parciales que hasta pueden ser ejecutados como
oficios distintos; un producto tipo de esta especie es el reloj. El relo
constituye el producto social de un inmenso número de trabajadores, tale
como los que hacen resortes, esferas, agujas, cajas, tornillos, los doradores
etc. Las subdivisiones abundan. Hay, por ejemplo, los fabricantes de rueda
(ruedas de latón y ruedas de acero separadamente), los que trabajan lo
muelles, ejes, escape, volante, el pulidor de las ruedas y el de los tornillos, e
pintor de las cifras, el grabador, el pulidor de la caja, etcétera, y, por último, e
ajustador que reúne estos elementos separados y entrega el relo
completamente concluido. Pero estos elementos tan diversos hacen
enteramente accidental la reunión en un mismo taller de los obreros que lo
preparan: los obreros domiciliarios que ejecutan en sus casas estos trabajos de
detalle, pero por cuenta de un capitalista, se hacen, en efecto, una terrible
concurrencia en provecho del capitalista, que economiza además los gastos de
taller; así, la explotación manufacturera solo da beneficios en circunstancia
excepcionales.
La segunda especie de manufactura, su forma perfecta, suministra
productos que recorren toda una serie de desarrollos graduales; en la
manufactura de alfileres, por ejemplo, el alambre de latón pasa por las mano
de un centenar de obreros próximamente, cada uno de los cuales efectúa
operaciones distintas. Combinando oficios que eran antes independientes, una
manufactura de este género disminuye el tiempo entre las diversa
operaciones, y la ganancia en fuerza productiva que resulta de esta economía
de tiempo depende del carácter cooperativo de la manufactura.

Mecanismo general de la manufactura.

Antes de llegar a su forma definitiva, el objeto de trabajo, el latón, po
ejemplo, en la manufactura de alfileres, recorre una serie de operaciones que
dado el conjunto de los productos en obra, se operan todas simultáneamente
se ve ejecutar a la vez el corte del alambre, la preparación de las cabezas, la
afiladura de las puntas, etc.; el producto aparece así en el mismo momento en
todos sus grados de transformación.

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Como el producto parcial de cada trabajador fraccionario es solo un grado
particular de desarrollo de la obra completa, el resultado del trabajo de uno e
el punto de partida del trabajo de otro. El tiempo de trabajo necesario para
obtener en cada operación parcial el efecto útil apetecido, se establece
experimentalmente, y el mecanismo total de la manufactura funciona con la
condición de que en un tiempo dado debe obtenerse un resultado determinado
De esta manera, los trabajos diversos y complementarios pueden marcha
paralelamente y sin interrupción. Esta dependencia inmediata en que se
encuentran recíprocamente trabajos y trabajadores obliga a cada uno a emplea
solo el tiempo necesario en su función y aumenta por lo mismo el rendimiento
del trabajo.
Operaciones diferentes exigen, sin embargo, tiempos desiguales y
suministran, por lo tanto, en tiempos iguales cantidades desiguales de
productos parciales. Así, pues, para conseguir que el mismo obrero ejecute
todos los días una sola operación sin pérdida de tiempo, es necesario emplea
para operaciones diferentes diverso número de obreros: cuatro fundidores, po
ejemplo, para dos rompedores y un raspador en una manufactura de caractere
de imprenta; en una hora el fundidor funde solo 2.000 caracteres, en tanto que
el rompedor desprende 4.000 y el raspador raspa 8.000 en el mismo espacio de
tiempo.
Una vez determinado por la experiencia, para una cifra dada de producción
el número proporcional más conveniente de obreros en cada grupo especial
únicamente puede aumentarse esta cifra aumentando cada grupo especia
proporcionalmente a su número de trabajadores.
El grupo especial puede componerse no solo de obreros que realizan la
misma tarea, sino de trabajadores cada uno de los cuales tiene su función
particular en la confección de un producto parcial. El grupo constituye
entonces un trabajador colectivo perfectamente organizado. Los obreros que le
componen forman otros tantos órganos diferentes de una fuerza colectiva, que
funciona merced a la cooperación inmediata de todos. Faltando uno de ellos se
paraliza el grupo de que forma parte.
Finalmente, de la misma manera que la manufactura proviene en parte de
una combinación de oficios diferentes, puede también desarrollarse
combinando diferentes manufacturas. De este modo, en las fábricas de vidrio
importantes se fabrican los crisoles de arcilla que se necesitan. La manufactura
del medio de producción se une a la manufactura del producto, y la
manufactura del producto a manufacturas en las que este entra como primera
materia. En este caso, las manufacturas combinadas forman secciones de la

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manufactura total, aunque constituyen actos independientes de producción
cada uno de los cuales tiene su división distinta del trabajo. A pesar de su
ventajas, la manufactura combinada no adquiere verdadera unidad sino
después de la transformación de la industria manufacturera en industria
mecánica.
Con la manufactura se ha desarrollado también en algunos puntos el uso de
las máquinas, sobre todo para ciertos trabajos preliminares sencillos que solo
pueden ejecutarse en grande y con un gasto considerable de fuerza, tales como
la partidura del mineral en los establecimientos metalúrgicos. Pero, en general
en el periodo manufacturero las máquinas desempeñan un papel secundario.

Acción de la manufactura sobre el trabajo.

El trabajador colectivo formado por la combinación de gran número de
obreros fraccionarios constituye el mecanismo propio del periodo
manufacturero.
Las diversas operaciones que el productor individual de una mercancía
ejecuta sucesivamente y que se confunden en el conjunto de su trabajo, exigen
cualidades de diferente índole. En una necesita emplear más habilidad, en otra
más fuerza, en una tercera más atención, etcétera, y el mismo individuo no
posee todas estas facultades en grado igual. Una vez separadas y hecha
independientes las distintas operaciones, los obreros son clasificados según la
facultades que dominan en cada uno de ellos. De esta suerte, el trabajado
colectivo posee todas las facultades productivas requeridas, que no es posible
encontrar reunidas en el trabajador individual, y las gasta lo más económica y
útilmente posible, empleando a las individualidades que componen solo en
funciones adecuadas a sus cualidades. Considerado como miembro de
trabajador colectivo, el trabajador fraccionario llega a ser tanto más perfecto
cuanto más incompleto es.
El hábito de una función única le convierte en órgano infalible y maquina
de esta función, al mismo tiempo que el conjunto del mecanismo le obliga a
obrar con la regularidad de una pieza de máquina.
Siendo las funciones del trabajador colectivo más o menos simples, más o
menos elevadas, sus órganos, es decir, las fuerzas individuales de trabajo
deben ser también más o menos simples, más o menos desarrolladas; poseen
por consecuencia, valores distintos. De esta suerte, para responder a la

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jerarquía de las funciones, la manufactura crea una jerarquía de fuerzas de
trabajo, a la cual corresponde una gradación de salarios.
Todo acto de producción exige ciertos trabajos de que cualquiera es capaz
esos trabajos son separados de las operaciones principales que los necesitan y
convertidos en funciones exclusivas. La manufactura produce, pues, en cada
oficio que entra en su dominio una categoría de simples peones o braceros. S
bien desarrolla la especialidad aislada hasta el punto de hacer de ella una
habilidad excesiva a expensas de la potencia del trabajo integral, empieza
también por hacer una especialidad de la falta de todo desarrollo. Al lado de la
gradación jerárquica se constituye una división simple de los trabajadores en
hábiles e inhábiles.
Para estos últimos son nulos los gastos de aprendizaje; para los primero
son menores que los que supone el oficio aprendido en su conjunto; en ambo
casos la fuerza de trabajo pierde de su valor. La pérdida relativa de valor de la
fuerza de trabajo, que depende de la disminución o desaparición de los gasto
de aprendizaje, ocasiona un aumento de supervalía; en efecto, todo lo que
aminora el tiempo necesario para la producción de la fuerza de trabajo
acrecienta por este mismo hecho el dominio del sobretrabajo.

IV. División del trabajo en la manufactura y en la sociedad.

Examinemos ahora la relación entre la división manufacturera del trabajo y
su división social, distribución de los individuos entre las diversas profesiones
la cual forma la base general de toda producción mercantil.
Si nos limitamos a considerar el trabajo en sí, se puede designar la
separación de la producción social en sus grandes ramas, industria, agricultura
etc., con el nombre de división del trabajo en general; la separación de esto
grandes géneros de producción en especies y variedades bajo el de división de
trabajo en particular; y, por último, la división en el taller con el nombre de
trabajo en detalle.
De la misma manera que la división del trabajo en la manufactura supone
como base material cierto número de obreros ocupados a la vez, así también la
división del trabajo en la sociedad supone una población bastante numerosa y
bastante compacta que corresponde a la aglomeración de los obreros en e
taller.
La división manufacturera del trabajo no se arraiga sino allí donde su
división social ha llegado ya a cierto grado de desarrollo, y como resultado

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desarrolla y multiplica esta última, subdividiendo una profesión con arreglo a
la variedad de sus operaciones y organizando estas diferentes operaciones en
oficios distintos.
A pesar de las semejanzas y relaciones que existen entre la división de
trabajo en la sociedad y la división del trabajo en el taller, existe entre ella
una diferencia esencial.
La semejanza resulta patente allí donde diversas ramas de industria están
unidas por lazo íntimo. El ganadero, por ejemplo, produce pieles; el curtido
las convierte en cuero; el zapatero con el cuero hace zapatos. En esta división
social del trabajo, como en la división manufacturera, cada uno suministra un
producto gradual, y el último producto es la obra colectiva de trabajo
especiales.
Pero ¿qué es lo que constituye la relación entre los trabajos independiente
del ganadero, del curtidor y del zapatero? El ser mercancías sus producto
respectivos. Y, por el contrario, ¿cuál es el carácter propio de la división
manufacturera del trabajo? El no producir mercancías los trabajadores, siendo
solo mercancías su producto colectivo. La división manufacturera del trabajo
supone una concentración de medios de producción en manos del capitalista
la división social del trabajo supone la dispersión de los medios de producción
entre gran número de productores comerciantes, independientes unos de otros
Mientras que en la manufactura la proporción indicada por la experiencia
determina el número de obreros afectos a cada función particular, el acaso y lo
arbitrario imperan de la manera más desarreglada en la distribución de lo
productores y de sus medios de producción entre las diversas ramas del trabajo
social. Los diferentes ramos de la producción se ensanchan o reducen según
las oscilaciones de los precios del mercado, pero tienden, sin embargo, a
buscar el equilibrio por la presión de las catástrofes. Pero esta tendencia a
equilibrarse no es más que una reacción contra la destrucción continua de este
equilibrio.
La división manufacturera del trabajo supone la autoridad absoluta de
capitalista sobre hombres transformados en simples miembros de un
mecanismo que le pertenece. La división social del trabajo pone frente a frente
a productores que no conocen más autoridad que la de la concurrencia ni otra
fuerza que la presión que sobre ellos ejercen sus intereses recíprocos. ¡Y esa
conciencia burguesa, que preconiza la división manufacturera del trabajo, e
decir, la condenación perpetua del trabajador a una operación de detalle y su
subordinación absoluta al capitalista, levanta el grito y se indigna cuando se
habla de intervención, de reglamentación, de organización regular de la

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producción! Denuncia toda tentativa de este género como un ataque contra lo
derechos de la propiedad y de la libertad. «¿Queréis, pues, convertir la
sociedad en una fábrica?» vociferan entonces esos partidarios entusiastas de
sistema de fábrica. A lo que parece, el sistema de las fábricas solo es bueno
para los proletarios. La anarquía en la división social y el despotismo en la
división manufacturera del trabajo caracterizan la sociedad burguesa.
En tanto que la división social del trabajo, con o sin cambio de mercancías
pertenece a las formas económicas de las sociedades más diversas, la división
manufacturera es una creación especial del sistema de producción capitalista.

V. Carácter capitalista de la manufactura.

Con la manufactura y la división del trabajo, el número mínimo de obrero
que un capitalista debe emplear le es impuesto por la división del trabajo
establecido; para obtener las ventajas de una división mayor necesita aumenta
su personal, y hemos visto que el aumento debe recaer al mismo tiempo, según
proporciones determinadas, sobre todos los grupos del taller. Este
acrecentamiento de la parte del capital consagrada a la compra de fuerzas de
trabajo, de la parte variable, necesita naturalmente el de la parte constante
anticipos en medios de producción y, sobre todo, en primeras materias. La
manufactura aumenta, por lo tanto, el mínimum de dinero indispensable a
capitalista.
La manufactura revoluciona totalmente el sistema de trabajo individual y
ataca en su raíz a la fuerza de trabajo. Estropea al trabajador, hace de él algo
monstruoso activando el desarrollo artificial de su destreza de detalle, en
perjuicio de su desarrollo general. El individuo queda convertido en resorte
automático de una operación exclusiva. Si adquiere destreza en detrimento de
su inteligencia, los conocimientos, el desarrollo intelectual, que desaparecen
en él, se concentran en otros como un poder que le domina, poder alistado a
servicio del capital.
En el principio, el obrero vende al capital su fuerza de trabajo solo porque
le faltan los medios materiales de producción. Desde el momento que en luga
de poseer todo un oficio, de saber ejecutar las diversas operaciones que
concurren a la producción de una obra, tiene el obrero necesidad de la
cooperación de mayor o menor número de compañeros para que la única
función de detalle que es capaz de realizar sea eficaz; cuando, en una palabra
es solo un accesorio que aislado no tiene utilidad, no puede obtener servicio

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formal de su fuerza de trabajo si no la vende. Para poder funcionar necesita un
medio social que solo existe en el taller del capitalista.
La cooperación fundada en la división del trabajo, es decir, en la
manufactura, es en sus principios una operación espontánea o inconsciente. En
cuanto adquiere alguna consistencia y base suficientemente amplia, llega a se
la forma reconocida y metódica de la producción capitalista.
La división del trabajo, que se desenvuelve experimentalmente, es tan solo
un método particular de aumentar el rendimiento del capital a expensas de
trabajador. Aumentando las fuerzas productivas del trabajo crea circunstancia
nuevas que aseguran la dominación del capital sobre el trabajo. Se presenta
pues, como un progreso histórico, periodo necesario en la formación
económica de la sociedad y como medio civilizado y refinado de explotar.
En tanto que la manufactura es la forma dominante del sistema de
producción capitalista, la realización de las tendencias dominadoras del capita
encuentra, sin embargo, obstáculos. La habilidad en el oficio queda siendo, a
pesar de todo, la base de la manufactura; los obreros hábiles son los má
numerosos y no se puede prescindir de ellos; tienen, por consiguiente, cierta
fuerza de resistencia; el capital tiene que luchar constantemente contra su
insubordinación.

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CAPÍTULO XV
MAQUINISMO Y GRANDE INDUSTRIA
I. Desarrollo del maquinismo. — Desarrollo de la grande industria. — II. Valor transmitido por l
máquina al producto. — III. Trabajo de las mujeres y de los niños. — Prolongación de la jornada d
trabajo. — El trabajo más intensificado. — IV. La fábrica. — V. Lucha entre el trabajador y l
máquina. — VI. La teoría de la compensación. — VII. Los obreros alternativamente rechazados d
la fábrica y atraídos por ella. — VIII. Supresión de la cooperación fundada en el oficio y en l
división del trabajo. — Reacción de la fábrica sobre la manufactura y el trabajo a domicilio. — Pas
de la manufactura moderna y del trabajo domiciliario a la grande industria. — IX. Contradicció
entre la naturaleza de la grande industria y su forma capitalista. — La fábrica y la instrucción. — L
fábrica y la familia. — Consecuencias revolucionarias de la legislación de fábrica. — X. Grand
industria y agricultura.

I. Desarrollo del maquinismo.

Como todo desarrollo de la fuerza productiva del trabajo, el empleo
capitalista de las máquinas solo tiende a disminuir el precio de las mercancía
y, por consecuencia, a aminorar la parte de la jornada en que el obrero trabaja
para sí mismo, a fin de prolongar la otra parte en que trabaja para e
capitalista; es, como la manufactura, un método particular para fabrica
supervalía relativa.
La fuerza de trabajo en la manufactura y el instrumento de trabajo en la
producción mecánica son los puntos de partida de la revolución industrial. Po
lo tanto, es necesario estudiar de qué modo el instrumento de trabajo se ha
convertido de utensilio en máquina, precisando así la diferencia que existe
entre la máquina y el instrumento manual.
Todo mecanismo desarrollado se compone de tres partes esencialmente
distintas: motor, transmisión y máquina de operación.
El motor da el impulso a todo el mecanismo. Engendra su propia fuerza de
movimiento, como la máquina de vapor, o recibe el impulso de una fuerza

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natural exterior, como la rueda hidráulica lo recibe de un salto de agua y e
aspa de un molino de viento de las corrientes de aire.
La transmisión compuesta de volantes, correas, poleas, etcétera, lo
distribuye, lo cambia de forma si es necesario y lo transmite a la máquina de
operación, a la máquina-utensilio. El motor y la transmisión existen solo, en
efecto, para comunicar a la máquina-utensilio el movimiento que la hace
actuar sobre el objeto de trabajo y cambiar su forma.
Examinando la máquina-utensilio, encontramos en grande, aunque bajo
formas modificadas, los aparatos e instrumentos que emplea el artesano o e
obrero manufacturero; pero de instrumentos manuales del hombre se han
convertido en instrumentos mecánicos de una máquina. La máquina-utensilio
es, pues, un mecanismo que, recibiendo el movimiento conveniente, ejecuta
con sus instrumentos las mismas operaciones que el trabajador ejecutaba ante
con instrumentos semejantes.
Desde que el instrumento, fuera ya de la mano del hombre, es manejado
por un mecanismo, la máquina-utensilio reemplaza a la simple herramienta y
realiza una revolución aun cuando el hombre continúe impulsándola sirviendo
de motor. Porque el número de utensilios que el hombre puede manejar a
mismo tiempo está limitado por el número de sus propios órganos: si e
hombre solo posee dos manos para tener agujas, la máquina de hacer medias
movida por un hombre, hace puntos con muchos millares de agujas; el número
de utensilios o herramientas que una sola máquina pone en actividad a la vez
se ha emancipado, por lo tanto, del límite orgánico que no podía traspasar e
utensilio manual.
Hay instrumentos que muestran claramente el doble papel del obrero como
simple motor y como ejecutor de la mano de obra propiamente dicha. Elijamo
como ejemplo el torno: el pie obra sobre el pedal como motor mientras la
manos hilan trabajando con el huso. De esta última parte del instrumento
órgano de la operación manual, se apodera en primer término la revolución
industrial, dejando al hombre, a la vez que la nueva tarea de vigilar la
máquina, el papel puramente mecánico de motor.
La máquina, punto de partida de la revolución industrial, reemplaza, pues
al operario que maneja una herramienta, con un mecanismo que trabaja a la
vez con muchos utensilios semejantes y que recibe el impulso de una fuerza
única, sea cualquiera la forma de esta fuerza. Esta máquina-utensilio no es, sin
embargo, más que el elemento simple de la producción mecánica.
Al llegar a cierto punto, solo es posible aumentar las dimensiones de la
máquina de operación y el número de sus utensilios cuando se dispone de una

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fuerza impulsiva superior a la del hombre, sin contar con que el hombre es un
agente muy imperfecto cuando se trata de producir un movimiento continuo y
uniforme. De este modo, al ser sustituido el utensilio por una máquina movida
por el hombre, se hizo necesario en seguida reemplazar al hombre en el pape
de motor por otras fuerzas naturales.
Recurriose al caballo, al viento y al agua; pero tan solo en la máquina de
vapor de Watt se encontró un motor capaz de engendrar por sí mismo su
propia fuerza motriz consumiendo agua y carbón, y cuyo ilimitado grado de
potencia es regulado perfectamente por el hombre. Además, no siendo
condición precisa que este motor funcione en los lugares especiales donde se
encuentra la fuerza motriz natural, como ocurre con el agua, puede
transportarse e instalarse allí donde se reclame su acción.
Una vez emancipado el motor de los límites de la fuerza humana, la
máquina-utensilio, que inauguró la revolución industrial, desciende a la
categoría de simple órgano del mecanismo de operación. Un solo motor puede
poner en movimiento muchas máquinas-utensilio. El conjunto del mecanismo
productivo presenta entonces dos formas distintas: o la cooperación de mucha
máquinas semejantes, como en el tejido, por ejemplo, o una combinación de
máquinas diferentes, como ocurre en la filatura.
En el primer caso, el producto es fabricado por completo por la misma
máquina-utensilio, que ejecuta todas las operaciones; y la forma propia de
taller fundado en el empleo de las máquinas, la fábrica, se presenta en prime
término como una aglomeración de máquinas-utensilio de la misma especie
que funcionan a la vez en el mismo local. Así, una fábrica de tejidos está
formada por la reunión de muchos telares mecánicos. Pero existe aquí una
verdadera unidad técnica en cuanto estas numerosas máquinas-utensilio
reciben uniformemente su impulso de un motor común. Así como numeroso
utensilios forman los órganos de una máquina-utensilio, así también
numerosas máquinas-utensilio forman otros tantos órganos semejantes de un
mismo mecanismo motor.
En el segundo caso, cuando el objeto de trabajo tiene que recorrer una serie
de transformaciones graduales, el sistema de maquinismo realiza esta
transformaciones merced a máquinas diferentes, aunque combinadas unas con
otras. La cooperación por división del trabajo, que caracteriza a la
manufactura, surge aquí también como combinación de máquinas de operación
fraccionarias. Sin embargo, se manifiesta inmediatamente una diferencia
esencial: la división manufacturera del trabajo debe tener en cuenta los límite
de las fuerzas humanas y solo puede establecerse con arreglo a la posibilidad

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manual de las diversas operaciones parciales; la producción mecánica, a
contrario, emancipada de los límites de las fuerzas humanas, funda la división
en muchas operaciones de un acto de producción, en el análisis de lo
principios constitutivos y de los estados sucesivos de este acto, mientras que la
cuestión de ejecución se resuelve por medio de la mecánica, etc. Así como en
la manufactura la cooperación inmediata de los obreros encargados de
operaciones parciales exige un número proporcional y determinado de obrero
en cada grupo, así también, en la combinación de máquinas diferentes, la
ocupación continua de unas máquinas parciales por otras, suministrando cada
una a la que la sigue el objeto de su trabajo, crea una relación determinada
entre su número, su dimensión, su velocidad y el número de obreros que se
debe emplear en cada categoría.
Sea cualquiera su forma, el sistema de máquinas-utensilio que marchan
solas bajo el impulso recibido por transmisión de un motor central que
engendra su propia fuerza motriz, es la expresión más desarrollada de
maquinismo productivo. La máquina aislada ha sido sustituida por un
monstruo mecánico cuyos gigantescos miembros llenan edificios enteros.

Desarrollo de la gran industria.

La división manufacturera del trabajo dio origen al taller de construcción
donde se fabricaban los instrumentos de trabajo y los aparatos mecánicos ya
empleados en algunas manufacturas. Este taller, con sus obreros hábile
mecánicos, permitió aplicar los grandes inventos, y en él se construyeron la
máquinas. A medida que se multiplicaron los inventos y los pedidos de
máquinas, su construcción se dividió en ramos variados e independientes
desarrollándose en cada uno de ellos la división del trabajo. La manufactura
constituye, pues, históricamente la base técnica de la gran industria.
Las máquinas suministradas por la manufactura hacen que esta sea
reemplazada por la gran industria. Pero al extenderse, la gran industria
modifica la construcción de las máquinas, que es su base técnica, y la
subordina a su nuevo principio, el empleo de las máquinas.
Así como la máquina-utensilio es mezquina mientras el hombre la mueve y
de la misma manera que el sistema mecánico progresa lentamente en tanto que
las fuerzas motoras tradicionales, animal, viento y aun agua, no son
reemplazadas por el vapor, así también la gran industria marcha con lentitud
mientras que la máquina debe su existencia a la fuerza y a la habilidad

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humanas y depende de la fuerza muscular, del golpe de vista y de la destreza
manual del obrero.
No es esto todo. La transformación del sistema de producción en un ramo
de la industria, entraña una transformación en otro. Los medios de
comunicación y de transporte, insuficientes para el aumento de producción
tuvieron que adaptarse a las exigencias de la gran industria (caminos de hierro
paquebotes transatlánticos). Las enormes masas de hierro que por efecto de
esto fue preciso preparar necesitaron monstruosas máquinas, cuya creación era
imposible para el trabajo manufacturero.
La grande industria se vio, pues, en la necesidad de dirigirse a su medio
característico de producción, a la misma máquina, para producir otra
máquinas; de este modo se creó una base técnica en armonía con su principio.
Teníase ya en la máquina de vapor un motor susceptible de cualquier grado
de potencia; pero para conseguir fabricar máquinas con máquinas hacía falta
producir mecánicamente las formas perfectas geométricas tales como e
círculo, el cono, la esfera, que exigen ciertas partes de las máquinas. Este
problema quedó resuelto a principios de este siglo con la invención del chario
en el torno, que poco después pudo moverse por sí solo; este accesorio de
torno permite producir las formas geométricas que se deseen con un grado de
exactitud, facilidad y rapidez que la experiencia acumulada no consigue nunca
dar a la mano del obrero más hábil.
Pudiendo desde este momento extenderse libremente, la gran industria hace
del carácter cooperativo del trabajo una necesidad técnica impuesta por la
naturaleza misma de su medio; crea un organismo de producción que el obrero
encuentra en el taller como condición material ya dispuesta de su trabajo. E
capital se presenta ante él bajo una forma nueva y mucho más temible, la de
un monstruoso autómata, a cuyo lado la fuerza del obrero individual es cas
nula.

II. Valor transmitido por la máquina al producto.

Hemos visto que las fuerzas productivas que resultan de la cooperación y
de la división del trabajo no cuestan nada al capital. Estas son las fuerza
naturales del trabajo social. Tampoco cuestan nada las fuerzas física
apropiadas para la producción, tales como el agua, el vapor, etc.; pero para
utilizarlas hacen falta ciertos aparatos preparados por el hombre: para explota

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la fuerza motriz del agua hace falta una rueda hidráulica, para explotar la
elasticidad del vapor es necesaria una máquina.
Si bien es desde luego evidente que la industria mecánica acrecienta de un
modo maravilloso la productividad del trabajo, surge la duda de si el empleo
de las máquinas economiza más trabajo del que cuestan su construcción y
entretenimiento.
Como cualquiera otro elemento del capital constante, que es la parte
adelantada en medios de producción, la máquina no produce valor y
únicamente transmite el suyo al artículo que fabrica. Pero la máquina, ese
medio de trabajo de la gran industria, es muy costosa comparada con lo
medios de trabajo del oficio y de la manufactura.
Aunque la máquina es utilizada siempre por completo para la creación de
un producto, es decir, como elemento de producción, es consumida solamente
por fracciones para la formación del valor, esto es, como elemento de valor. En
efecto, una vez creado el producto, la máquina subsiste aún; ha servido toda
ella para crearlo, pero no desaparece en esa creación, sino que continúa en
disposición de volver a empezar para un nuevo producto. Nunca da más valo
del que su desgaste la hace perder por término medio. Existe, pues, una gran
diferencia entre el valor de la máquina y el valor que transmite a su producto
entre la máquina elemento de valor y la máquina elemento de producción
Como una máquina funciona durante prolongados periodos de trabajo y su
desgaste y consumo diarios se reparten entre inmensas cantidades de
productos, cada uno de sus productos solo absorbe una pequeñísima porción
de su valor y absorbe tanto menos cuanto más productiva es la máquina.
Dada la proporción en que la máquina se gasta y transmite valor a
producto, la magnitud del valor transmitido depende del valor primitivo de la
máquina. Cuanto menos trabajo contiene, menor es su valor y menor es el que
añade al producto.
Es evidente que hay un simple cambio de lugar de trabajo; si en la
producción de una máquina se ha gastado tanto tiempo de trabajo como
economiza su uso, no disminuye la cantidad total de trabajo que exige la
producción de una mercancía y, por lo tanto, no baja el valor de esta. Pero e
que la compra de una máquina cueste tanto como la compra de las fuerzas de
trabajo que reemplaza, no impide que disminuya el valor transmitido a
producto, pues en este caso la máquina reemplaza más tiempo de trabajo de
que representa ella misma. En efecto, el precio de la máquina expresa su valor
esto es, equivale a todo el tiempo de trabajo contenido en ella, sea cualquiera
la división que de este tiempo se haga en trabajo necesario y sobretrabajo, en

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tanto que el mismo precio pagado a los obreros a quienes reemplaza no
equivale a todo el tiempo de trabajo que suministran, y solamente es igual a
una parte de este tiempo, a su tiempo de trabajo necesario.
Considerado exclusivamente como medio de hacer el producto más barato
el empleo de las máquinas encuentra un límite: es necesario que el tiempo de
trabajo gastado en su producción sea menor que el tiempo de trabajo
suprimido por su uso.
El capitalista encuentra para el empleo de las máquinas un límite todavía
más reducido. Lo que paga no es trabajo, sino fuerza de trabajo, y aun e
salario real del trabajador es muchas veces inferior al valor de su fuerza. Así
el capitalista se guía en sus cálculos por la diferencia que hay entre el precio
de las máquinas y el de las fuerzas de trabajo que estas pueden inutilizar. Esta
diferencia es la que determina el precio de costo y le decide a emplear o no la
máquina; en efecto, desde su punto de vista, la ganancia proviene de la
disminución del trabajo que paga y no del trabajo que emplea.

III. Trabajo de las mujeres y de los niños.

Haciendo inútil el trabajo muscular, la máquina permite emplear obreros de
poca fuerza física, pero cuyos miembros son tanto más flexibles cuanto meno
desarrollo tienen. Cuando el capital se apoderó de la máquina, su grito fue
¡trabajo de mujeres, trabajo de niños! La máquina, medio poderoso de
aminorar los trabajos del hombre, se convirtió en seguida en medio de
aumentar el número de asalariados. Doblegó bajo la vara del capital a todo
los miembros de la familia sin distinción de edad ni de sexo. El trabajo forzado
de todos en provecho del capital usurpó el tiempo de los juegos de la niñez y
reemplazó al trabajo libre, que tenía por objeto el sostenimiento de la familia.
El valor de la fuerza de trabajo estaba determinado por los gastos de
sostenimiento del obrero y de su familia. Lanzando a la familia en el mercado
y distribuyendo así entre muchas fuerzas el valor de una sola, la máquina la
rebaja. Puede suceder que las cuatro fuerzas, por ejemplo, que una familia
obrera vende al presente le produzcan más que antes la sola fuerza de su jefe
pero también son cuatro jornadas de trabajo en lugar de una; ahora, es preciso
que en vez de una sean cuatro las personas que suministran al capital no
solamente trabajo, sino también sobretrabajo para que viva una sola familia
Así es cómo la máquina, al aumentar la materia humana explotable, eleva a la
vez el grado de explotación.

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El empleo capitalista del maquinismo desnaturaliza profundamente e
contrato cuya primera condición era que capitalista y obrero debían tratar entre
sí como personas libres, ambos comerciantes, poseedor el uno de dinero o de
medios de producción y el otro de fuerza de trabajo. Todo esto queda destruido
desde el momento que el capitalista compra mujeres y niños. El obrero vendía
antes su propia fuerza de trabajo, de la cual podía disponer libremente; ahora
vende mujer e hijos y se convierte en mercader de esclavos.
Por la anexión al personal de trabajo de una masa considerable de niños y
mujeres, la máquina consiguió por fin romper la resistencia que el trabajado
varón oponía aún en la manufactura al despotismo del capital. La facilidad
aparente del trabajo con la máquina y el elemento más manejable y más dóci
de las mujeres y de los niños le ayudan en su obra de avasallamiento.

Prolongación de la jornada de trabajo.

La máquina crea condiciones nuevas que permiten al capital soltar el freno
a su tendencia constante de prolongar la jornada de trabajo y motivos nuevo
que aumentan aún su sed de trabajo ajeno.
Cuanto más largo es el periodo durante el cual funciona la máquina, mayo
es la masa de productos entre la cual se distribuye el valor que aquella
transmite, y menor es la parte que corresponde a cada mercancía. Empero, e
periodo de vida activa de la máquina está evidentemente determinado por la
duración de la jornada de trabajo multiplicada por el número de jornada
durante las cuales presta servicio.
El desgaste material de las máquinas se presenta bajo un doble aspecto. Po
una parte se desgastan por su empleo y por otra por su inacción, como una
espada se toma de orín en la vaina. Tan solo por el uso se gastan útilmente
mientras que se desgastan en balde por la falta de uso, y por esto se procura
aminorar el tiempo de inacción; si es posible, se la hace trabajar de día y de
noche.
La máquina se halla además sujeta a lo que se podría llamar su desgaste
moral. Aunque se encuentre en muy buen estado pierde de su valor por la
construcción de máquinas perfeccionadas que vienen a hacerle concurrencia
El peligro de su desgaste moral es tanto menor cuanto más corto es su periodo
de desgaste físico, y es evidente que una máquina se desgasta tanto más pronto
cuanto más larga es la jornada de trabajo.

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La prolongación de la jornada permite acrecentar la producción sin
aumentar la parte de capital representada por los edificios y las máquinas; po
consecuencia, aumenta la supervalía y disminuyen los gastos necesarios para
obtenerla. Por otra parte, el desarrollo de la producción mecánica obliga a
anticipar una parte cada vez mayor de capital en medios de trabajo, en
máquinas, etc., y cada interrupción del tiempo de trabajo hace inútil, mientra
dura, ese capital cada vez más considerable. La menor interrupción posible
una prolongación creciente de la jornada de trabajo es, pues, lo que desea e
capitalista.
Hemos visto en el capítulo undécimo que la suma de supervalía está
determinada por la magnitud del capital variable o, en otros términos, por e
número de obreros empleados a la vez y por el tipo de la supervalía. Pero si la
industria mecánica disminuye el tiempo de trabajo necesario para la
reproducción del trabajo pagado y aumenta así el tipo de la supervalía, solo
obtiene este resultado sustituyendo los obreros por máquinas, es decir
disminuyendo el número de obreros ocupados por un capital determinado
transforma en máquinas, en capital constante que no produce supervalía, una
parte del capital que, gastada anteriormente en fuerzas de trabajo, la producía
El empleo de las máquinas con el objeto de aumentar la supervalía encierra
pues, una contradicción: por la disminución del tiempo de trabajo necesario
aumenta el tipo de la supervalía; por la disminución del número de obrero
para un capital dado, disminuye la suma de la supervalía. Esta contradicción
conduce instintivamente al capitalista a prolongar la jornada de trabajo todo lo
posible, a fin de compensar la disminución del número proporcional de lo
obreros explotados con el aumento de su sobretrabajo, con el grado de su
explotación.
La máquina en manos del capital crea, por consecuencia, motivos nuevos y
poderosos para prolongar desmesuradamente la jornada de trabajo. Alistando
bajo las órdenes del capital elementos de la clase obrera, mujeres y niños
antes respetados, y dejando disponibles los obreros reemplazados por la
máquina, produce una población obrera superabundante que se ve obligada a
dejarse dictar la ley. De ahí el fenómeno económico de que la máquina, medio
el más eficaz de aminorar el tiempo de trabajo, se convierta, merced a un giro
extraño, en el medio más infalible de transformar la vida entera del trabajado
y de su familia en tiempo consagrado a dar valor al capital.

El trabajo más intensificado.

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La prolongación exagerada del trabajo cotidiano que lleva consigo la
máquina en manos capitalistas y el menoscabo de la clase obrera, que es su
consecuencia, acaban por producir una reacción de la sociedad, la cual
sintiéndose amenazada hasta en las raíces de su existencia, decreta límite
legales a la jornada. Desde que la rebelión cada vez mayor de la clase obrera
obligó al Estado a imponer una jornada normal, el capital procuró ganar por un
aumento de la cantidad de trabajo gastada en el mismo tiempo lo que se le
prohibía obtener por una multiplicación progresiva de las horas de trabajo.
Con la reducción legal de la jornada, el obrero se vio precisado a gastar
mediante un esfuerzo superior de su fuerza, más actividad en el mismo tiempo
Desde este momento se empieza a valuar la magnitud del trabajo de una
manera doble, según su duración y según su grado de intensidad. ¿Cómo se
obtiene en el mismo tiempo un gasto mayor de fuerza vital? ¿Cómo se hace
más intenso el trabajo?
Este resultado de la reducción de la jornada dimana de una ley evidente
según la cual la capacidad de acción de toda fuerza animal es tanto mayo
cuanto más corto es el tiempo durante el cual obra. En ciertos límites se gana
en eficacia lo que se pierde en duración.
En el momento que la legislación aminora la jornada de trabajo, la máquina
se convierte en las manos del capitalista en medio sistemático de arrancar en
cada instante más labor. Pero para que el maquinismo ejerza esta presión
superior sobre sus servidores humanos, es necesario perfeccionarle
continuamente; cada perfeccionamiento del sistema mecánico se convierte en
nuevo medio de explotación, a la vez que la reducción de la jornada obliga a
capitalista a sacar de los medios de producción, tirantes hasta el extremo, e
mayor efecto posible, si bien economizando gastos.

IV. La fábrica.

Acabamos de estudiar el fundamento de la fábrica, el maquinismo, y la
reacción inmediata de la industria mecánica sobre el trabajador; examinemo
ahora la fábrica.
La fábrica moderna puede ser representada como un enorme autómata
compuesto de numerosos órganos mecánicos e intelectuales —máquinas y
obreros— que obran de concierto y sin interrupción para producir un mismo
objeto, estando subordinados todos estos órganos a una potencia motriz que se
mueve por sí misma.

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La habilidad en el manejo de la herramienta pasa del obrero a la máquina
así, la gradación jerárquica de obreros dedicados a una especialidad, que
caracteriza la división manufacturera del trabajo, es sustituida en la fábrica po
la tendencia a hacer iguales los trabajos encomendados a los obreros auxiliare
del maquinismo.
La distinción fundamental que se establece es la de trabajadores en la
máquinas-utensilio (comprendiendo entre ellos a algunos obreros encargado
de calentar la caldera de vapor) y peones, casi todos salidos apenas de la
infancia, subordinados a los primeros. Al lado de estas categorías principale
colócase un personal, insignificante por su número, de ingenieros, mecánicos
etc., que vigilan el mecanismo general y atienden a las reparacione
necesarias.
Todo niño aprende con gran facilidad a adaptar sus movimientos a
movimiento continuo y uniforme del instrumento mecánico. Y teniendo en
cuenta la facilidad y rapidez con que se aprende a trabajar en la máquina
queda suprimida la necesidad de convertir, como en la manufactura, cada
género de trabajo en ocupación exclusiva. Si bien deben ser distribuidos lo
obreros entre las diversas máquinas, no es ya indispensable reducir a cada uno
a la misma tarea. Como el movimiento de conjunto de la fábrica depende de la
máquina y no del obrero, la variación continua del personal no produciría
ninguna interrupción en la marcha del trabajo.
Aunque desde el punto de vista técnico el sistema mecánico da fin, po
consecuencia, al antiguo sistema de división del trabajo, esta se mantiene, sin
embargo, en la fábrica, primeramente como tradición legada por la
manufactura, y además porque el capital se apodera de ella para conservarla y
reproducirla de una manera aun más repulsiva, como medio sistemático de
explotación. La especialidad que consistía en manejar durante toda la vida una
herramienta propia de una operación parcial, se convierte en la especialidad de
servir durante toda la vida a una máquina fraccionaria. Se abusa de
mecanismo para transformar al obrero desde su más tierna infancia en parte de
una máquina, la cual a su vez forma parte de otra; sujeto así a una operación
simple, sin aprender ningún oficio, no sirve para nada si se le separa de esta
operación, ya por ser despedido, ya por un nuevo descubrimiento; desde este
momento queda consumada su dependencia absoluta de la fábrica, y, por lo
tanto, del capital.
En la manufactura y en el oficio, el obrero se sirve de su utensilio; en la
fábrica sirve a la máquina. En la manufactura, el movimiento del instrumento
de trabajo parte de él; en la fábrica no hace más que seguir este movimiento

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El medio de trabajo, transformado en autómata, se levanta ante el obrero
durante el curso del trabajo, en forma de capital, de trabajo muerto que domina
y absorbe su fuerza viva.
Al mismo tiempo que el trabajo mecánico sobreexcita hasta el último grado
el sistema nervioso, impide el ejercicio variado de los músculos y dificulta
toda actividad libre del cuerpo y del espíritu. La facilidad misma del trabajo
llega a ser un tormento en el sentido de que la máquina no libra al obrero de
trabajo, pero quita a este todo interés. La grande industria acaba de realizar la
separación que ya hemos indicado entre el trabajo manual y las potencia
intelectuales de la producción, transformadas por ella en poderes del capita
sobre el trabajo; hace de la ciencia una fuerza productiva independiente de
trabajo, unida al sistema mecánico y que, como este, es propiedad del amo.
Todas las fuerzas de que dispone el capital aseguran el dominio de este
amo, a los ojos del cual su monopolio sobre las máquinas se confunde con la
existencia de las máquinas.
La subordinación del obrero a la regularidad invariable del maquinismo en
movimiento, crea una disciplina de cuartel perfectamente organizada en e
régimen de fábrica. En ella cesa de hecho y de derecho toda libertad. El obrero
come, bebe y duerme con arreglo a un mandato. La despótica campana le
obliga a interrumpir su descanso o sus comidas.
El fabricante es legislador absoluto; consigna en fórmulas a su antojo, en su
reglamento de fábrica, su autoridad tiránica sobre su obreros. A lo
trabajadores que se quejan de la arbitrariedad extravagante del capitalista se
les contesta: puesto que habéis aceptado voluntariamente ese contrato, debéi
someteros a él. El látigo del mayoral de esclavos es sustituido por la libreta de
castigos del contramaestre. Todos estos castigos quedan reducidos a multas y
retenciones del salario, de suerte que el capitalista saca más provecho aún de
la violación que del cumplimiento de sus leyes.
Y no hablemos de las condiciones materiales en que por cuestión de
economía se realiza el trabajo de fábrica: elevación de la temperatura
atmósfera viciada y cargada del polvo de las primeras materias, insuficiencia
de aire, ruido ensordecedor de las máquinas, sin contar los peligros que se
corren entre un mecanismo terrible que os rodea por todas partes y que
suministra periódicamente su contingente de mutilaciones y de asesinato
industriales.

V. Lucha entre trabajador y máquina.

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La lucha entre el capitalista y el asalariado data de los orígenes mismos de
capital industrial y se recrudece durante el periodo manufacturero; pero e
trabajador no ataca al medio de trabajo hasta que se introduce la máquina. Se
revuelve contra esa forma particular del instrumento que se le presenta como
su enemigo terrible.
Es necesario tiempo y experiencia antes de que los obreros, habiendo
aprendido a distinguir entre la máquina y su empleo capitalista, dirijan su
ataques, no contra el medio material de producción, sino contra su modo socia
de explotación.
Sucede que, bajo la forma de máquina, el medio de trabajo se convierte en
seguida en enemigo del trabajador, y este antagonismo se manifiesta sobre
todo cuando máquinas nuevamente introducidas vienen a hacer la guerra a lo
procedimientos ordinarios del oficio y de la manufactura.
El sistema de la producción capitalista se funda, por regla general, en que e
trabajador vende su fuerza como mercancía. La división del trabajo reduce
esta fuerza a ser tan solo apta para manejar una herramienta de detalle; en e
momento que esta herramienta es manejada por la máquina, el obrero pierde
su utilidad, de la misma manera que una moneda desmonetizada no tiene
curso. Cuando esa parte de la clase obrera que la máquina hace así inútil para
las necesidades momentáneas de la explotación, no sucumbe, o vegeta en una
miseria que la mantiene en reserva siempre a disposición del capital, o invade
otras profesiones, en las cuales rebaja el valor de la fuerza de trabajo.
El antagonismo de la máquina y del obrero aparece con efectos semejante
en la gran industria misma cuando hay perfeccionamiento del maquinismo. E
objeto constante de estos perfeccionamientos es disminuir el trabajo manua
para el mismo capital, que además de que exige el empleo de menos obreros
sustituye cada vez más a los hábiles con los menos diestros, a los adultos con
los niños, a los hombres con las mujeres; pero todos estos cambios ocasionan
variaciones sensibles para el trabajador en el tipo del salario. Y la máquina no
obra tan solo como un concurrente cuya fuerza superior está siempre a punto
de hacer inútil el asalariado. El capital la emplea como potencia enemiga de
obrero. Constituye el arma de guerra más eficaz para reprimir las huelgas, esa
rebeliones periódicas del trabajo contra el despotismo del capital. En efecto
para vencer la resistencia de sus obreros en huelga, el capital ha sido
conducido a algunas de las más importantes aplicaciones mecánicas
invenciones nuevas o perfeccionamientos del maquinismo existente.

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VI. Teoría de la compensación.

Algunos economistas burgueses sostienen que al hacer inútiles en un
trabajo a obreros que estaban empleados en él, es decir, al despedirlos y a
privarlos de su salario, la máquina deja disponible por este mismo hecho un
capital destinado a emplearlos de nuevo en otra ocupación cualquiera; po
consiguiente, dicen, hay compensación. A privar de víveres al obrero llaman
estos señores dejar víveres disponibles para el obrero como nuevo medio de
emplearlo en otra industria. Como se ve, todo depende de la manera de
expresarse.
La verdad es que los obreros que la máquina hace inútiles son arrojados de
taller en el mercado del trabajo, donde van a aumentar las fuerzas ya
disponibles para la explotación capitalista. Rechazados de un género de
industria, pueden seguramente buscar ocupación en otra; pero si la encuentran
si pueden de nuevo tener medios de consumir los víveres que por su privación
de salario habían quedado disponibles, es decir, que no les estaba permitido
comprar, es merced a un nuevo capital que se presenta en el mercado de
trabajo y no merced al capital que ya funciona, el cual se ha transformado en
máquinas. Y las probabilidades de encontrar ocupación son muy pequeñas
porque, fuera de su antigua ocupación, estos hombres deteriorados por la
división del trabajo sirven para poco y solo son admitidos en empleo
inferiores mal pagados y que por su misma sencillez son solicitados po
muchos.
La máquina es inocente de las miserias a que da lugar; no es culpa suya si
en nuestro medio social, separa al obrero de sus medios de subsistencia. En
todas partes donde se introduce hace el producto más barato y más abundante
Tanto después como antes de su introducción, la sociedad posee siempre por lo
menos la misma cantidad de víveres para los trabajadores que tienen que
cambiar de empleo, prescindiendo de la inmensa porción de su producto anua
despilfarrada por los ociosos.
Si la máquina se convierte en instrumento para esclavizar al hombre; si
medio infalible para aminorar el trabajo cotidiano, lo prolonga; si, varita
mágica para aumentar la riqueza del productor, lo empobrece, es por estar en
manos capitalistas. Estas contradicciones y estos antagonismos inseparable
del empleo de las máquinas en el medio burgués, provienen, no de la máquina
sino de su explotación capitalista.
Aunque suprime un número mayor o menor de obreros en los oficios y
manufacturas donde se introduce, la máquina puede ocasionar, sin embargo

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un aumento de empleos en otros ramos de producción.
Siendo mayor con las máquinas la cantidad de artículos fabricados, hacen
falta más materias primeras, y, por consiguiente, es preciso que las industria
que suministran estas materias primeras aumenten la cantidad de su
productos. Verdad es que este aumento puede resultar de la elevación de la
intensidad o de la duración del trabajo, y no exclusivamente de la del número
de obreros.
Las máquinas dan origen a una especie de obreros consagrado
exclusivamente a su construcción, y cuanto mayor es el número de máquinas
más numerosa es esta clase de obreros. A medida que las máquinas hacen as
aumentar la masa de primeras materias, de instrumentos de trabajo, etc., la
industrias que gastan estas primeras materias, etc., se dividen cada vez más en
ramas diferentes y la división social del trabajo se desarrolla má
poderosamente que bajo la acción de la manufactura propiamente dicha.
El sistema mecánico aumenta la supervalía. Este aumento de riqueza en la
clase capitalista, acompañada, como va siempre, de una disminución relativa
de los trabajadores empleados en la producción de las mercancías de primera
necesidad, da origen, con las nuevas necesidades de lujo, a nuevos medios de
satisfacerlas: la producción de lujo aumenta; y aumenta con ella, en una
proporción cada vez mayor, la clase sirviente, compuesta de lacayos, cocheros
cocineras, niñeras, etc.
El aumento de los medios de trabajo y de subsistencia impulsa el desarrollo
de las empresas de comunicación y de transporte; aparecen nuevas industrias y
abren nuevas salidas al trabajo.
Pero todos estos aumentos de empleos no tienen nada de común con la
llamada teoría de compensación.

VII. Los obreros alternativamente rechazados de la fábrica y atraídos
por ella.

Todo progreso del maquinismo disminuye el número de obreros necesario
y separa de la fábrica, por el momento, a una parte del personal. Pero cuando
la explotación mecánica se introduce o se perfecciona en un ramo de la
industria, los beneficios extraordinarios que no tarda en procurar a los que
hacen la primera aplicación de ella, ocasionan muy pronto un periodo de
actividad febril. Estos beneficios atraen al capital, que busca colocacione
privilegiadas; el nuevo procedimiento se generaliza; el establecimiento de

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nuevas fábricas y el engrandecimiento de las antiguas que de ello resulta hacen
que aumente entonces el número total de obreros ocupados. El aumento de la
fábricas, o, en otros términos, una modificación cuantitativa en la industria
mecánica, atrae, pues, a los obreros, en tanto que el perfeccionamiento de la
maquinaria, o, de otro modo, un cambio cualitativo, los separa.
Pero la elevación de la producción, consecuencia del mayor número de
fábricas, va seguida de una superabundancia de productos en el mercado que a
su vez produce un decaimiento, una paralización de la producción. La vida de
la industria se convierte así en series de periodos de actividad media, de
prosperidad, de exceso de producción y de inacción. Los obreros son
alternativamente atraídos y rechazados, llevados de aquí para allá, y este
movimiento va acompañado de cambios continuos en la edad, el sexo y la
habilidad de los obreros empleados; la incertidumbre, las alzas y las bajas a
que la explotación mecánica somete al trabajador, acaban por ser su estado
normal.

VIII. Supresión de la cooperación fundada en el oficio y en la división
del trabajo.

La explotación mecánica suprime la cooperación basada en el oficio: po
ejemplo, la máquina segadora reemplaza la cooperación de determinado
número de segadores; suprime igualmente la manufactura basada en la
división del trabajo manual, suministrando un ejemplo de ello la máquina de
fabricar alfileres: una mujer basta para vigilar cuatro de estas máquinas, que
producen mucho más que antes un número considerable de hombres por medio
de la división del trabajo.
Cuando una máquina-utensilio sustituye a la cooperación o a la
manufactura, puede a su vez llegar a ser la base de un nuevo oficio; empero
esta organización del oficio de un artesano sobre la base de la máquina solo
sirve de transición al régimen de la fábrica, que aparece ordinariamente desde
el momento en que el agua o el vapor reemplazan a los músculos humano
como fuerza motriz. La pequeña industria puede, sin embargo, funciona
momentáneamente con un motor mecánico, alquilando el vapor o sirviéndose
de pequeñas máquinas motrices particulares, como las máquinas de gas.

Reacción de la fábrica sobre la manufactura y el trabajo a domicilio.

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A medida que se desarrolla la grande industria se ve transformarse e
carácter de todos los ramos de la industria. Al introducirse en las antigua
manufacturas para una u otra operación, el maquinismo desconcierta su
organización, debida a una división consagrada del trabajo, y trastorna po
completo la composición de su personal obrero, fundando en lo sucesivo la
división del trabajo en el empleo de las mujeres, de los niños, de los obrero
poco hábiles, en una palabra, en el empleo del trabajo barato.
El maquinismo obra también de igual modo sobre la llamada industria
domiciliaria; practíquese en la habitación misma del obrero o en pequeño
talleres, solo es en lo sucesivo una dependencia de la fábrica, de la
manufactura o del almacén de mercancías. La confección de los artículos de
vestir, por ejemplo, es en gran parte ejecutada por esos trabajadores llamado
domiciliarios, no como antes para consumidores individuales, sino para
fabricantes, dueños de almacenes, etc., que les suministran los elementos de
trabajo encargándoles obra. Así, pues, además de los obreros de fábrica, lo
obreros manufactureros y los artesanos a quienes concentra en grandes masa
en vastos talleres, el capital posee un ejército industrial disperso en las grande
ciudades y en los campos.
La explotación de los trabajadores baratos se practica con más cinismo en
la manufactura moderna que en la fabrica propiamente dicha, porque la
sustitución de la fuerza muscular por máquinas, aplicada en esta última, falta
en gran parte en la manufactura; esta explotación es aún más escandalosa en la
industria domiciliaria que en la manufactura, porque el poder de resistencia de
los trabajadores es menor por efecto de su dispersión; porque entre e
empresario y el obrero se ingiere toda una cáfila de intermediarios, de
parásitos voraces; porque el obrero es demasiado pobre para procurarse la
condiciones de espacio, de aire, de luz, etc., más necesarias para su trabajo, y
por último, porque en ellos llega a su máximum la concurrencia entre
trabajadores.
Estos antiguos sistemas de producción, modificados, desfigurados bajo la
influencia de la gran industria, reproducen y aun exageran sus enormidade
hasta el día en que se ven obligados a desaparecer.

Paso de la manufactura moderna y del trabajo domiciliario a la grande
industria.

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La disminución del precio de la fuerza de trabajo solo por el empleo
abusivo de mujeres y niños, por la brutal privación de las condicione
normales de vida y de actividad, por el exceso de trabajo y el abuso del trabajo
de noche, encuentra, por último, obstáculos físicos que los límites de la
fuerzas humanas no permiten franquear. En ellos se detienen también, po
consiguiente, la reducción del precio de las mercancías, obtenida por esto
procedimientos, y la explotación capitalista fundada sobre ellos. Si bien e
cierto que son necesarios algunos años para llegar a este punto, entonces e
llegada la hora de la transformación del trabajo domiciliario y de la
manufactura en fábrica.
La marcha de esta revolución industrial es más rápida por la regularización
legal de la jornada, por la exclusión de los niños menores de cierta edad, etc.
todo lo cual obliga al capitalista manufacturero a multiplicar el número de su
máquinas y a sustituir los músculos con el vapor como fuerza motora. En
cuanto al trabajo domiciliario, su única arma en la guerra de concurrencia es la
explotación ilimitada de las fuerzas de trabajo barato. Así, pues, está
condenada a morir desde el momento en que la jornada esté limitada y
restringido el trabajo de los niños.

IX. Contradicción entre la naturaleza de la gran industria y su forma
capitalista.

Mientras que el oficio y la manufactura son la base de la producción social
la subordinación del trabajador a una profesión exclusiva y el obstáculo que
opone al desarrollo de sus aptitudes varias, se pueden considerar como
necesidades de la producción. Los diferentes ramos industriales forman otra
tantas profesiones cerradas para todo aquel que se halle impuesto en lo
secretos y la rutina del oficio.
La ciencia modernísima de la tecnología, creada por la gran industria
enseña hoy esos secretos, describe los diversos procedimientos industriales
los analiza, reduce su práctica a algunas formas fundamentales del movimiento
mecánico y averigua los perfeccionamientos de que son susceptibles eso
procedimientos. La industria moderna no considera y no trata nunca como
definitivo el modo actual de un procedimiento.
En tanto que el mantenimiento de su modo consagrado de producción era la
primera condición de existencia de todas las antiguas clases industriales, la
burguesía, al modificar constantemente los instrumentos de trabajo, modifica

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por esta misma razón, de una manera continua, las relaciones de la producción
y todas las relaciones sociales en su conjunto, que tiene por base la forma de la
producción material. Por lo tanto, su base es revolucionaria, mientras que la de
todos los sistemas pasados de producción era esencialmente conservadora.
Si la naturaleza misma de la gran industria necesita el cambio continuo en
el trabajo, la transformación frecuente de las funciones y la movilidad de
trabajador, por otra parte, en su forma capitalista, reproduce la antigua división
del trabajo todavía más odiosamente; si el obrero estaba encadenado durante
su vida a una operación de detalle, hace de él el accesorio de una máquina
parcial. Sabemos que esta contradicción absoluta entre las necesidade
técnicas de la gran industria y los caracteres sociales que reviste bajo e
régimen capitalista, acaba por destruir todas las garantías de vida de
trabajador, siempre amenazado, según hemos visto en el apartado cuarto de
presente capítulo, de verse privado, a la vez que del medio de trabajo, de lo
medios de subsistencia y de quedar inútil por la supresión de su función
particular; este antagonismo da origen, como hemos visto también en e
apartado quinto, a la monstruosidad de un ejército industrial de reserva que po
la miseria está a disposición de la demanda capitalista; conduce a las sangría
periódicas de la clase obrera, al despilfarro más desenfrenado de las fuerzas de
trabajo, a los estragos de la anarquía social, que hace de cada progreso
industrial una calamidad pública para la clase obrera.

La fábrica y la instrucción.

A pesar de los obstáculos que encuentra la variación en el trabajo bajo e
régimen capitalista, las catástrofes mismas que la gran industria ocasiona
imponen la necesidad de reconocer el trabajo variado y, por consiguiente, e
mayor desarrollo posible de las diversas aptitudes del trabajador como una ley
de la producción moderna, siendo necesario a toda costa que las circunstancia
se adapten al ejercicio normal de esta ley: es esta una cuestión de importancia
vital. En efecto, la grande industria obliga a la sociedad, bajo pena de muerte
a reemplazar el individuo fraccionado, sobre el cual pesa una función
productiva de detalle, por el individuo completo, que sabe hacer frente a la
exigencias más diversas del trabajo y que en funciones alternativas no hace
más que dar libre curso a sus diferentes capacidades naturales o adquiridas.
La burguesía, que al crear para sus hijos las escuelas especiales obedecía
tan solo a las tendencias íntimas de la producción moderna, ha concedido

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únicamente a los proletarios una sombra de enseñanza profesional. Pero si la
legislación se ha visto en la necesidad de combinar la instrucción elemental
siquiera sea mezquina, con el trabajo industrial, la inevitable conquista de
Poder político por la clase obrera introducirá en las escuelas públicas la
enseñanza de la tecnología práctica y teórica. En la educación del porvenir e
trabajo manual productivo irá unido a la instrucción y a la gimnasia para todo
los jóvenes de uno y otro sexo que pasen de cierta edad y a los ejercicio
militares para los varones; este es el único método para formar seres humano
completos.
Evidentemente, el desarrollo de los elementos nuevos, que llegará po
último a suprimir la antigua división del trabajo en la cual cada obrero está
consagrado a una operación parcial, se halla en flagrante contradicción con e
sistema industrial capitalista y con el medio económico en que coloca a
obrero, pero el único camino por el que un sistema de producción y la
organización social correspondiente marchan a su ruina y renovación, es e
desenvolvimiento histórico de sus contradicciones y antagonismos.
¡Zapatero, a tus zapatos! Esta frase, última expresión de la sensatez durante
el periodo del oficio y de la manufactura, pasa a ser una locura el día en que e
relojero Watt inventa la máquina de vapor, el barbero Arkwright el tela
continuo y el platero Fulton el barco de vapor.

La fábrica y la familia.

Ante la vergonzosa explotación del trabajo de los niños, los legisladores se
han visto en la necesidad de intervenir poniendo coto no solamente a lo
derechos señoriales del capital, sino también a la autoridad de los padres
aunque afecto al capital, viendo la torpe crueldad de estos, el legislador ha
tenido precisión de preservar a las generaciones venideras de una decadencia
prematura; los representantes de las clases que dominan han tenido necesidad
de dictar medidas contra los excesos de la explotación capitalista; ¿hay algo
que pueda caracterizar mejor este sistema de producción como la necesidad de
esas medidas?
No es el abuso de la autoridad paterna el que ha creado la explotación de la
niñez, antes al contrario, la explotación capitalista es la que ha hecho que esa
autoridad degenere en abuso; la intervención de la ley es la confesión oficia
de que la grande industria ha hecho una fatalidad económica de la explotación
de mujeres y niños por el capital, que, al descomponer el hogar doméstico, ha

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destruido la familia obrera de otras épocas; es la confesión de que la gran
industria ha convertido la autoridad paterna en dependencia del mecanismo
social, destinada a hacer suministrar directa o indirectamente niños a
capitalista por el proletario, que bajo pena de muerte tiene que desempeñar su
papel de abastecedor y de mercader de esclavos. Así, pues, la legislación solo
atiende a impedir los excesos de este sistema de esclavitud. Por terrible y
desagradable que parezca en el medio actual la disolución de los antiguo
lazos de la familia, la grande industria, por la decisiva importancia que
concede a las mujeres y a los niños fuera del círculo doméstico en la
producción socialmente organizada, no deja por eso de crear la nueva base
económica sobre la cual se ha de constituir una forma superior de familia y de
relaciones entre los sexos. Tan absurdo es considerar como absoluta y
definitiva la actual constitución de la familia como sus constituciones oriental
griega y romana. La misma composición del trabajador colectivo po
individuos de los dos sexos y de todas edades, fuente de corrupción y de
esclavitud bajo la dominación capitalista, contiene los gérmenes de una
próxima evolución social. En la Historia, como en la Naturaleza, la
putrefacción es el laboratorio de la vida.

Consecuencias revolucionarias de la legislación de fábrica.

Si bien imponen a cada establecimiento industrial, considerado
aisladamente, la uniformidad y la regularidad, las leyes sobre la limitación de
la jornada de trabajo, que han llegado a ser indispensables para proteger física
y moralmente a la clase obrera, multiplican la anarquía y las crisis de la
producción social por el enérgico impulso que dan al desarrollo mecánico
exageran la intensidad del trabajo y aumentan la competencia entre el obrero y
la máquina; apresuran la transformación del trabajo aislado en trabajo
organizado en grande y la concentración de capitales.
Al destruir la pequeña industria y el trabajo domiciliario suprime el último
refugio de una masa de trabajadores, a quienes priva de sus medios de
subsistencia, y que quedan por este motivo a disposición del capital para el día
en que a este le convenga admitirlos a trabajar; suprime, por lo tanto, la
válvula de seguridad de todo el mecanismo social. Generaliza al mismo
tiempo la lucha directa entablada contra la dominación del capital, y
desarrolla, a la vez que los elementos de formación de una nueva sociedad, la
fuerzas destructoras de la antigua.

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X. Gran industria y agricultura.

Si el empleo de las máquinas en la agricultura se halla en gran parte exento
de los inconvenientes y peligros físicos a que expone al obrero de fábrica, su
tendencia a suprimir, a quitar de su puesto al trabajador, se realiza en ella con
mayor fuerza.
La gran industria obra en el dominio de la agricultura má
revolucionariamente que en ningún otro punto, porque hace que desaparezca e
labrador, baluarte de la sociedad antigua, y le sustituye con el asalariado. La
necesidades de transformación social y la lucha de clases quedan así reducida
en los campos al mismo nivel que en las ciudades.
En la agricultura como en la manufactura, la transformación capitalista de
la producción parece ser tan solo el suplicio del trabajador, el medio de trabajo
un medio de subyugar, de explotar y empobrecer al trabajador, y la
combinación social del trabajo la opresión combinada de su independencia
individual. Pero la disgregación de los trabajadores agrícolas en vasto
espacios quebranta su fuerza de resistencia, mientras que la concentración
aumenta la de los obreros de las ciudades.
En la agricultura moderna, de igual modo que en la industria de la
ciudades, el aumento de productividad y el rendimiento superior del trabajo se
obtienen a costa de la destrucción de la fuerza de trabajo. Además, cada
progreso de la agricultura capitalista es un adelanto, no solamente en el arte de
explotar al trabajador, sino también en el de agotar el suelo; cada progreso en
el arte de hacerlo más fértil por un tiempo dado, un adelanto en la ruina de su
principios de fertilidad.
La producción capitalista solo desarrolla el sistema de producción socia
agotando a la vez las dos fuentes de toda riqueza: la tierra y el trabajador.

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SECCIÓN QUINTA
Nuevas consideraciones acerca de la producción
de la supervalía.

CAPÍTULO XVI
SUPERVALÍA ABSOLUTA Y SUPERVALÍA RELATIVA
Lo que caracteriza al trabajo productivo. — La productividad del trabajo y la supervalía.

Lo que caracteriza al trabajo productivo.

Hemos visto en el capítulo séptimo que si se considera el acto de trabajo
desde el punto de vista de su resultado, que es el producto, medio y objeto de
trabajo se presentan al mismo tiempo como medios de producción, y el trabajo
mismo como trabajo productivo. Al adaptar un objeto exterior a su
necesidades, el hombre crea un producto, hace un trabajo productivo; mas
durante esta operación, el trabajo manual y el trabajo intelectual están unido
por lazos indisolubles, del mismo modo que el brazo y la cabeza no obran e
uno sin la otra.
Sin embargo, desde que el producto individual se ha transformado en
producto social, en producto de un trabajador colectivo cuyos diferente
miembros toman parte en variadas operaciones para la confección de
producto, si esta determinación del trabajo productivo, derivada de la
naturaleza misma de la producción material, es verdadera en lo que se refiere
al trabajador colectivo considerado como una sola persona, no es aplicable a
cada uno de sus miembros individualmente.
Para efectuar un trabajo productivo no es necesario que se ejecute un
trabajo manual, basta con ser un órgano del trabajador colectivo o desempeña
una función cualquiera de él. Pero no es esto lo que caracteriza de una manera
especial al trabajo productivo en el sistema capitalista.

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En este, el objeto de la producción es la supervalía, y no se reputa como
trabajo productivo sino el del trabajador que produce supervalía al capitalista o
cuyo trabajo fecunda el capital. Por ejemplo, un profesor en una escuela es un
trabajador productivo, no porque forma útilmente el ánimo de sus alumnos
sino porque haciendo esto produce dinero a su patrono. El que este haya
colocado su capital en una fábrica de lecciones, como hubiera podido
colocarlo en una fábrica de embutidos, importa poco para la cuestión de
negocio; es preciso ante todo que el capital produzca.
Para en adelante, la idea de trabajo productivo no indica ya simplemente
una relación entre actividad y resultado útil, sino ante todo una relación socia
que convierte al trabajo en instrumento inmediato para hacer producir valor a
capital. También la Economía política clásica ha sostenido siempre que lo que
caracterizaba al trabajo productivo era el crear supervalía.

La productividad del trabajo y la supervalía.

La producción de la supervalía absoluta consiste, según hemos visto en e
capítulo duodécimo, en la prolongación de la jornada de trabajo más allá de
tiempo necesario al obrero para producir un equivalente de su subsistencia, y
en la asignación de este trabajo al capitalista. A fin de aumentar ese
sobretrabajo, se acorta el tiempo de trabajo necesario, haciendo producir e
equivalente del salario en menos tiempo, y la supervalía así realizada es la
supervalía relativa.
La producción de la supervalía absoluta solo afecta a la duración de
trabajo, mas la producción de la supervalía relativa transforma completamente
sus procedimientos técnicos y sus combinaciones sociales. La supervalía se
desarrolla, pues, juntamente con el sistema de producción capitalista
propiamente dicho. Una vez establecido y generalizado este, la diferencia
entre supervalía relativa y supervalía absoluta se echa de ver cuando se trata de
elevar el tipo de la supervalía.
Si se supone pagada la fuerza de trabajo en su justo valor, dados los límite
de la jornada de trabajo, el tipo de la supervalía no puede elevarse sino
aumentando la intensidad o la productividad del trabajo. Por el contrario
permaneciendo las mismas la intensidad y la productividad del trabajo, el tipo
de la supervalía no puede elevarse sino merced a una prolongación de la
jornada.

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No obstante, cualquiera que sea la duración de la jornada, el trabajo no
creará supervalía si no posee el mínimum de productividad que pone al obrero
en condiciones de producir, tan solo en una parte de la jornada, el equivalente
de su propia subsistencia.
Supongamos que el trabajo necesario para el sustento del productor y de su
familia absorbe todo su tiempo disponible: ¿cómo encontraría medio de
trabajar gratuitamente para otro? Sin un cierto grado de productividad de
trabajo, no hay tiempo disponible; sin este exceso de tiempo, no hay
sobretrabajo, y, por consiguiente, no hay supervalía, ni producto neto, pero
tampoco hay capitalistas, ni esclavistas, ni señores feudales; en una palabra, no
hay clase propietaria.
Se ha tratado de explicar este grado de productividad necesaria, como una
cualidad natural del trabajo; pero esta sería una productividad precoz con que
la Naturaleza hubiera dotado al hombre al colocarlo en el mundo.
Por el contrario, las facultades del hombre primitivo no se forman sino
lentamente, bajo la presión de sus necesidades físicas. Cuando, merced a rudo
esfuerzos, los hombres consiguen elevarse sobre su primer estado animal, y
cuando ya, por consiguiente, su trabajo está en cierto modo socializado
entonces, y solamente entonces, se producen condiciones tales que e
sobretrabajo de uno puede llegar a ser origen de vida para otro que se descarga
sobre él del peso del trabajo, lo cual jamás se efectúa sin el auxilio de la
fuerza, que somete el uno al otro. La productividad del trabajo es el resultado
de un largo desenvolvimiento histórico.
Excepción hecha del modo social de producción, la productividad de
trabajo depende de las condiciones naturales en que se efectúa el trabajo
Todas estas condiciones pueden referirse al hombre mismo, a su raza, o a la
Naturaleza que le rodea. Las condiciones naturales exteriores se descomponen
desde el punto de vista económico, en dos grandes clases: riqueza natural en
medios de subsistencia, es decir, fertilidad del suelo, pesca abundante, etc., y
riqueza natural en medios de trabajo, tales como saltos de agua, río
navegables, maderas, metales, carbón, etc. En los orígenes de la civilización
la primera de las dos clases la simboliza; en una sociedad más adelantada, la
civilización está representada por la segunda.
La ventaja de las circunstancias naturales proporciona, si se quiere, la
posibilidad, pero nunca la realidad del sobretrabajo, ni, por consiguiente, de
producto neto o de la supervalía. Según sea el clima más o menos dulce, e
suelo más o menos fértil, etc., el número de las primeras necesidade
(alimento, vestido) y los esfuerzos que su satisfacción exige, serán mayores o

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menores; de suerte que, en circunstancias por otra parte semejantes, el tiempo
de trabajo necesario variará de un país a otro; pero el sobretrabajo no puede
comenzar sino allí donde acaba el trabajo necesario. Las influencias física
que determinan la extensión relativa de este último imponen, pues, un límite
natural al sobretrabajo; este límite natural retrocede a medida que la industria
adelanta y, al paso que ella, los medios de producción.
En nuestra sociedad, en la que el trabajador solo obtiene el permiso de
trabajar para atender a su subsistencia a condición de producir supervalía, se
cree generalmente que es una cualidad del trabajo humano el crear supervalía
Fijémonos, por ejemplo, en el habitante de las islas orientales del archipiélago
asiático donde la palmera sagú crece en los bosques. Del interior de cada árbo
se sacan, por término medio, de trescientas a cuatrocientas libras de harina
comestible. Allí se va al bosque y se extrae el pan como entre nosotros se va a
cortar la leña. Supongamos que un habitante de esas islas emplee una jornada
de trabajo a fin de procurarse lo necesario para la satisfacción de su
necesidades durante una semana; se ve, pues, que la Naturaleza lo ha otorgado
un favor, es decir, mucho descanso, y solo obligado por la fuerza emplearía ese
tiempo de ocio en trabajar para otro, en sobretrabajo.
Si la producción capitalista se introdujese en su isla, el buen insular debería
trabajar tal vez seis días por semana para poder consagrar a su subsistencia e
producto de una jornada de trabajo. La concesión de la Naturaleza no
explicaría por qué trabajaba ahora seis días por semana en lugar de uno que
antes bastaba para su subsistencia, en otros términos, por qué creaba
supervalía. Únicamente explicaría por qué el sobretrabajo puede ser de cinco
días y el trabajo necesario de uno solamente. En resumen, la productividad
explica el grado alcanzado por la supervalía, pero nunca es causa de ella; la
causa de la supervalía es siempre el sobretrabajo, cualquiera que sea el modo
de arrancarlo.

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CAPÍTULO XVII
VARIACIONES EN LA RELACIÓN DE INTENSIDAD ENTRE LA
SUPERVALÍA Y EL VALOR DE LA FUERZA DE TRABAJO
I. La duración y la intensidad del trabajo no cambian, su productividad cambia. — II. La duración y l
productividad del trabajo no cambian, su intensidad cambia. — III. La intensidad y la productivida
del trabajo no cambian, su duración cambia. — IV. Cambios simultáneos en la duración, en l
intensidad y en la productividad del trabajo.

Hemos visto que la relación de intensidad entre la supervalía y el precio de
la fuerza de trabajo está determinada: 1.º, por la duración del trabajo o su
grado de extensión; 2.º, por su grado de intensidad, según el cual diferente
cantidades de trabajo son consumidas en el mismo tiempo; 3.º, por su grado de
productividad, según el cual la misma cantidad de trabajo produce en el mismo
tiempo diferentes cantidades de productos. Evidentemente, esto dará lugar a
variadas combinaciones según que uno de estos tres elementos cambie de
intensidad y los otros dos no cambien, o que dos, o los tres, cambien al mismo
tiempo. Además, uno de ellos puede aumentar cuando otro disminuye, o
sencillamente aumentar o disminuir más que este. Examinemos la
combinaciones principales.

I. La duración y la intensidad del trabajo no cambian,
su productividad cambia.

Admitidas estas condiciones, obtenemos las tres leyes siguientes:
1.ª La jornada de trabajo de una duración dada produce siempre el mismo
valor, cualesquiera que sean los cambios efectuados en la productividad de
trabajo.
Si una hora de trabajo de intensidad ordinaria produce un valor de 50
céntimos, una jornada de doce horas no producirá más que un valor de 6

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pesetas. Suponemos que el valor del dinero es siempre invariable. Si la
productividad del trabajo aumenta o disminuye, la misma jornada suministrará
simplemente más o menos productos, y el valor de 6 pesetas se distribuirá as
entre más o menos mercancías.
2.ª La supervalía y el valor de la fuerza de trabajo cambian en sentido
opuesto una respecto de otra. La supervalía aumenta al tiempo que la
productividad del trabajo o disminuye en la misma medida que ella, es decir
cambia en el mismo sentido; mientras que el valor de la fuerza de trabajo
cambia en sentido contrario: aumenta cuando la productividad disminuye, y
recíprocamente.
La jornada de doce horas produce siempre el mismo valor, 6 pesetas, po
ejemplo, cuya supervalía forma una parte de ese valor y otra el equivalente de
la fuerza de trabajo; pongamos 3 pesetas por cada una. Es evidente que, no
pudiendo exceder de 6 pesetas las dos partes reunidas, la supervalía no puede
alcanzar un precio de 4 pesetas sin que la fuerza de trabajo quede reducida a 2
pesetas, y viceversa.
Si un aumento de productividad permite proporcionar en cuatro horas la
misma masa de subsistencias que antes exigía seis horas, estando determinado
el valor de la fuerza obrera por el valor de dichas subsistencias, disminuye de
3 pesetas a 2; pero ese mismo valor se eleva de 3 pesetas a 4, si una
disminución de productividad exige ocho horas de trabajo donde antes solo se
necesitaban seis. Puesto que la supervalía aumenta cuando el valor de la fuerza
de trabajo disminuye, y recíprocamente, dedúcese que el aumento de
productividad, al disminuir el valor de la fuerza de trabajo, debe aumentar la
supervalía, y que la disminución de productividad, al aumentar el valor de la
fuerza de trabajo, debe disminuir la supervalía; se sabe que los únicos cambio
de productividad que actúan sobre el valor de la fuerza obrera son lo
concernientes a las industrias cuyos productos entran en el consumo ordinario
del trabajador.
De este cambio en sentido contrario no debe deducirse que no hay cambio
más que en la misma proporción. En efecto, si, suponiendo siempre que una
jornada produce un valor de 6 pesetas, el valor de la fuerza de trabajo es de 4
pesetas, la supervalía será de 2 pesetas; si, a consecuencia de un aumento de
productividad, el valor de la fuerza de trabajo desciende a 3 pesetas, la
supervalía se eleva en seguida a 3 pesetas; esta misma diferencia de una peseta
disminuye el valor de la fuerza de trabajo, que era de 4 pesetas, en una cuarta
parte o un 25 por 100, y aumenta la supervalía, que era de 2 pesetas, en una
mitad o un 50 por 100.

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3.ª El aumento o la disminución de la supervalía es siempre el efecto y
jamás la causa de la disminución o del aumento correspondiente del valor de la
fuerza de trabajo.
Supongamos que el valor de 6 pesetas de una jornada de trabajo de doce
horas se divide en 4 pesetas, valor de la fuerza de trabajo, y en una supervalía
de 2 pesetas, o, en otros términos, que hay ocho horas de trabajo necesario y
cuatro de sobretrabajo. Si la productividad del trabajo se duplica, entonces e
obrero solo necesitará la mitad del tiempo que hasta aquí había necesitado para
producir el equivalente de su subsistencia cotidiana. Su trabajo necesario
descenderá de ocho horas a cuatro, y, por consiguiente, su sobretrabajo se
elevará de cuatro horas a ocho, así como el valor de su fuerza de trabajo
descenderá de 4 pesetas a 2, y esta rebaja elevará la supervalía de 2 pesetas a
4. Luego el cambio de la productividad del trabajo es el que principalmente
hace aumentar o disminuir el valor de la fuerza de trabajo, mientras que e
movimiento ascendente o descendente de esta, produce por su parte un
movimiento de la supervalía en sentido contrario.
No obstante, esa reducción del precio de la fuerza de trabajo a su valor
determinada por el de las subsistencias necesarias para el sustento del obrero
puede tropezar, según el grado de resistencia de este y la presión del capital
con obstáculos que no le permitan realizarse sino incompletamente. La fuerza
de trabajo puede pagarse a más de su valor, aunque su precio no varíe o
disminuya, si el trabajo excede de su nuevo valor, si, en el ejemplo precedente
sigue siendo superior a 2 pesetas después de haberse duplicado la
productividad del trabajo.
Algunos economistas han sostenido que la supervalía puede elevarse, sin
que disminuya la fuerza de trabajo, reduciendo los impuestos que paga e
capitalista. Una disminución de impuestos no afecta absolutamente nada a la
cantidad de sobretrabajo, y, por consiguiente, de supervalía, que el capitalista
arranca al obrero. Únicamente cambia la proporción según la cual el capitalista
embolsa la supervalía o tiene que repartirla con otros. No altera, pues, la
relación que existe entre la supervalía y el valor de la fuerza de trabajo.

II. La duración y la productividad del trabajo no cambian, su intensidad
cambia.

Si su productividad aumenta, el trabajo rinde en el mismo tiempo má
productos, pero no más valor. Si su intensidad aumenta, rinde en el mismo

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tiempo, no solamente más productos, sino también más valor, puesto que, en
este caso, el aumento de productos proviene de un aumento de trabajo. Dada
su duración y su productividad, el trabajo crea, pues, tanto más valor cuanto
más excede su grado de intensidad de la intensidad media social.
Como el valor producido durante una jornada de doce horas, por ejemplo
deja así de estar encerrado en límites fijos, se deduce que supervalía y valor de
la fuerza de trabajo pueden cambiar en el mismo sentido, marchando
paralelamente, en proporción igual o desigual. Si la misma jornada, merced a
un aumento de la intensidad del trabajo, produce 8 pesetas en lugar de 6, e
evidente que la parte del obrero y la del capitalista pueden elevarse a un
tiempo de 3 pesetas a 4.
Semejante elevación en el precio de la fuerza de trabajo no significa que se
ha pagado por ella más de su valor, porque el aumento de la intensidad de
trabajo se refleja en el valor de la fuerza obrera, pues apresura el desgaste de
esta. A pesar de este alza, el precio puede ser inferior al valor. Sucede esto
cuando la elevación del precio no basta para compensar el aumento de
desgaste de la fuerza de trabajo.

III. La intensidad y la productividad del trabajo no cambian, su duración
cambia.

Bajo el aspecto del cambio de duración, el trabajo puede reducirse o
prolongarse. En las condiciones mencionadas obtenemos las leyes siguientes:
1.ª El valor realizado en una jornada de trabajo aumenta o disminuye a
mismo tiempo que su duración.
2.ª Todo cambio en la relación de cantidad entre la supervalía y el valor de
la fuerza de trabajo, proviene de un cambio de la cantidad del sobretrabajo y
por consiguiente, de la supervalía.
3.ª El valor absoluto de la fuerza de trabajo no puede cambiar sino
mediante la acción que ejerce sobre su desgaste la prolongación de
sobretrabajo; todo cambio de este valor absoluto es, pues, el efecto y jamás la
causa de un cambio en la cantidad de la supervalía.
Supongamos que la jornada de trabajo compuesta de doce horas, seis de
trabajo necesario y seis de sobretrabajo, produce un valor de 50 céntimos po
hora, o sea 6 pesetas, del cual percibe la mitad el obrero y la otra mitad e
capitalista.

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Empecemos reduciendo a diez horas la jornada de trabajo, que antes era de
doce. Al reducirse, no produce más que un valor de 5 pesetas. Siendo e
trabajo necesario de seis horas, el sobretrabajo queda reducido de seis horas a
cuatro, y la supervalía desciende de 3 pesetas a 2. Aun siguiendo invariable, e
valor de la fuerza de trabajo gana en cantidad, relativamente a la supervalía
gracias a la disminución de esta, que es, en efecto, como 3 es a 2, de 150 po
100, en vez de ser como 3 es a 3, o de 100 por 100. El capitalista no podría
desquitarse sino pagando por la fuerza de trabajo menos de su valor. En e
fondo de las elucubraciones ordinarias contra la reducción de la jornada de
trabajo, se advierte la suposición de que las cosas se hallan en las condicione
aquí admitidas, es decir, que se suponen inalterables la productividad y la
intensidad del trabajo, cuyo aumento, en suma, sigue siempre a la reducción de
la jornada.
Si se prolonga la jornada de doce horas a catorce, estas dos horas se añaden
al sobretrabajo y la supervalía se eleva de 3 pesetas a 4. Por más que el valo
nominal de la fuerza de trabajo sea el mismo, pierde en cantidad
relativamente a la supervalía, a causa del aumento de esta; en efecto, la
supervalía es como 3 es a 4, de 75 por 100, en vez de ser como 3 es a 3, de 100
por 100.
El valor de la fuerza de trabajo puede disminuir con una jornada de trabajo
prolongada, aunque su precio no cambie o se eleve, si este precio no compensa
el gran gasto en fuerza vital que el trabajo prolongado impone al obrero.

IV. Cambios simultáneos en la duración, en la intensidad y en la
productividad del trabajo.

No nos detendremos a examinar todas las combinaciones posibles, fácile
en suma de resolver por lo que antecede; solo nos detendremos en un caso de
interés especial: en el aumento de la intensidad y de la productividad de
trabajo junto con la disminución de su duración.
El aumento de la productividad del trabajo y de su intensidad multiplica la
masa de las mercancías obtenidas en un tiempo dado, y, por tanto, acorta la
parte de la jornada en que el obrero no hace más que producir un equivalente
de su subsistencia. Esta parte necesaria, pero susceptible de disminución, de la
jornada de trabajo forma el límite absoluto de esta, al cual es imposible
descender bajo el régimen capitalista. Suprimido este régimen, el sobretrabajo
desaparecería y la jornada entera tendría por límite el tiempo de trabajo

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necesario. Sin embargo, no hay que olvidar que una parte del sobretrabajo
actual, la parte consagrada a la formación de un fondo de reserva y de
acumulación, se contaría entonces como trabajo necesario, mientras que la
extensión actual de este trabajo está limitada solamente por los gastos de
manutención de una clase de asalariados destinada a producir la riqueza de su
dueños.
Cuanto mayor sea la fuerza productiva del trabajo, menor puede ser su
duración, y cuanto más corta sea su duración, más puede aumentar su
intensidad. Desde el punto de vista social, se aumenta también la
productividad del trabajo suprimiendo todo gasto inútil, ya en medios de
producción, ya en fuerza vital. Cierto que el régimen capitalista impone la
economía de los medios de producción a cada establecimiento tomado
aisladamente; pero, a más de hacer del insensato derroche de la fuerza obrera
un medio de economía para el explotador, necesita también, por su sistema de
competencia anárquica, el despilfarro más desenfrenado del trabajo productivo
y de los medios sociales de producción, fuera de las muchas funcione
parásitas que engendra y que el mismo capitalista hace más o meno
indispensables.
Determinadas la intensidad y la productividad del trabajo, el tiempo que la
sociedad debe consagrar a la producción material es tanto más corto, y e
tiempo disponible para el libre desarrollo de los individuos tanto más largo
cuanto más equitativamente está distribuido el trabajo entre todos lo
miembros de la sociedad y cuanto menos una clase se descarga sobre otra de
esta necesidad impuesta por la Naturaleza. En este sentido, la disminución de
la jornada encuentra su último límite en la generalización del trabajo manual
trabajando todos, corresponderá a cada uno el menor tiempo de trabajo
posible.
La sociedad capitalista compra el descanso, la holganza de una sola clase
mediante la transformación de la vida entera de las masas en tiempo de
trabajo.

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CAPÍTULO XVIII
EXPRESIONES DEL TIPO DE LA SUPERVALÍA
Fórmulas diversas que explican este tipo. — La supervalía proviene del trabajo no pagado.

Fórmulas diversas que explican este tipo.

Hemos visto en el capítulo noveno que el tipo de la supervalía es igual a la
relación de la supervalía con el capital variable, o a la relación de la supervalía
con el valor de la fuerza de trabajo, o bien a la relación del sobretrabajo con e
trabajo necesario. El tipo de la supervalía se expresa, finalmente, por la
relación del trabajo no pagado con el trabajo pagado.

La supervalía proviene del trabajo no pagado.

Lo que el capitalista paga no es el trabajo, el producto, sino la fuerza de
trabajo, la facultad de producir. Al comprar esta fuerza por un día, una semana
etc., el capitalista obtiene en cambio el derecho de explotarla durante un día
una semana, etc. El tiempo de explotación se divide en dos periodos. Durante
uno, la actividad de su fuerza produce solo un equivalente de su precio
durante el otro es gratuito y produce, por consecuencia, al capitalista un valo
por el cual no paga equivalente alguno, que no le cuesta nada. En este caso, e
sobretrabajo de donde saca la supervalía puede denominarse trabajo no
pagado.
Vese ahora cuán poco hay que fiar de la opinión de personas interesadas en
ocultar la verdad, las cuales se esfuerzan en dar a este cambio de la parte
variable del capital por el uso de la fuerza de trabajo, que conduce a la
apropiación del producto por el no productor, la falsa apariencia de una

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relación de asociación, en la cual el obrero y el capitalista comparten e
producto, en atención a la cantidad de elementos suministrados por cada uno.
El capital no es tan solo, como dice Adam Smith, la facultad de dispone
del trabajo de otro, sino que es principalmente la facultad de disponer de un
trabajo no pagado. Toda supervalía, cualquiera que sea su forma particular
beneficio, réditos, rentas, etc., es, en sustancia, la materialización de un trabajo
no pagado. Todo el secreto del poder que tiene el capital de procrear estriba en
el hecho de que dispone de cierta cantidad de trabajo de otro, que no paga.

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SECCIÓN SEXTA
El salario.

CAPÍTULO XIX
TRANSFORMACIÓN DEL VALOR O DEL PRECIO DE LA FUERZA
DE TRABAJO EN SALARIO
El salario es el precio, no del trabajo, sino de la fuerza de trabajo. — La forma salario oculta la relación
verdadera entre capital y trabajo.

El salario es el precio, no del trabajo, sino de la fuerza de trabajo.

Si se examina solo superficialmente la sociedad burguesa, parece que en
ella el salario del trabajador es la retribución del trabajo, es decir, que se paga
cierta cantidad de dinero por otra cantidad determinada de trabajo. El trabajo
está, pues, considerado como una mercancía cuyos precios corrientes oscilan
aumentando o disminuyendo su valor.
Pero ¿qué cosa es el valor? El valor representa el trabajo social gastado en
la producción de una mercancía. Y ¿cómo medir la cantidad de valor de una
mercancía? Por la cantidad de trabajo que contiene. ¿Cómo se determinará
por ejemplo, el valor de un trabajo de doce horas? Por las doce horas de
trabajo que contiene, lo cual evidentemente carece de sentido.
Para ser llevado y vendido en el mercado a título de mercancía, el trabajo
debería, en todo caso, existir de antemano. Pero si el trabajador pudiese
prestarle una existencia material, separada e independiente de su persona
vendería entonces mercancía y no trabajo.
Quien en el mercado se presenta directamente al capitalista, no es e
trabajo, sino el trabajador. Lo que este vende es su propio individuo, su fuerza
de trabajo. Desde el instante que empieza a poner en actividad su fuerza, e
decir, desde que empieza a trabajar, desde que su trabajo existe, este trabajo ha
dejado ya de pertenecerle y no puede ser vendido por él. El trabajo es la

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sustancia y la medida de los valores, pero él por sí mismo no tiene valo
alguno. La expresión «valor del trabajo» es una expresión inexacta, que tiene
origen en las formas aparentes de las relaciones de producción.
Una vez admitido este error, la Economía política clásica se preguntó cómo
se había determinado el precio del trabajo. Desde luego reconoció que, lo
mismo respecto al trabajo que a cualquiera otra mercancía, la relación entre la
oferta y la demanda no significa otra cosa sino las oscilaciones del precio de
mercado sobre o bajo cierto tipo. En cuanto la oferta y la demanda se
equilibran, cesan las variaciones de precio que habían ocasionado, pero
también cesa en aquel punto el efecto de la oferta y de la demanda. En su
estado de equilibrio, el precio del trabajo no depende ya de su acción; ¿de qué
depende, pues? Este precio no puede ser, lo mismo para el trabajo que para
toda otra mercancía, más que su valor expresado en dinero; este valor lo
determinó la Economía política por el valor de las subsistencias necesaria
para el sostenimiento y reproducción del trabajador. No cabe duda que de este
modo sustituyó el objeto aparente de sus investigaciones, el valor del trabajo
por el valor de la fuerza de trabajo, fuerza que solo existe en la persona de
trabajador y se diferencia de su función, el trabajo, como una máquina se
diferencia de sus operaciones. Pero la Economía política clásica no paró
mientes en la confusión introducida.

La forma salario oculta la relación verdadera entre capital y trabajo.

En efecto, según todas las apariencias, lo que el capitalista paga es el valo
de la utilidad que el obrero le produce, el valor del trabajo. Además, e
trabajador no percibe su salario hasta después de haber entregado su trabajo
Ahora bien, como medio de pago, el dinero no hace más que realiza
tardíamente el valor o el precio del artículo producido, o sea, en el caso
precedente, el valor o el precio del trabajo ejecutado. La sola experiencia de la
vida práctica no hace resaltar la doble utilidad del trabajo: la propiedad de
satisfacer una necesidad, propiedad que tiene de común con todas la
mercancías, y la de crear valor, propiedad que le distingue de todas la
mercancías y le impide, por ser elemento que crea valor, tenerlo por sí propio.
Examinemos una jornada de doce horas que produce un valor de 6 pesetas
y del que la mitad equivale al valor cotidiano de la fuerza de trabajo
Confundiendo el valor de la fuerza con el valor de su función, con el trabajo
que ejecuta, se obtiene esta fórmula: el trabajo de doce horas tiene un valor de

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3 pesetas, llegándose así al resultado absurdo de que un trabajo que crea un
valor de 6 pesetas, no vale más que 3. Pero esto no es visible en la sociedad
capitalista. El valor de 3 pesetas, para cuya producción solo son necesarias sei
horas de trabajo, se presenta en ella como el valor de la jornada entera de
trabajo. Al recibir un salario cotidiano de 3 pesetas, parece que el obrero recibe
el valor íntegro de su trabajo, sucediendo esto precisamente porque e
excedente del valor de su producto sobre el de su salario afecta la forma de
una supervalía de 3 pesetas creada por el capital y no por el trabajo.
La forma salario, o pago directo del trabajo, hace desaparecer, pues, todo
vestigio de la división de la jornada en trabajo necesario y sobretrabajo, en
trabajo pagado y en trabajo no pagado, de suerte que se considera pagado todo
el trabajo del obrero libre. El trabajo que el siervo ejecuta para sí propio y e
que está obligado a ejecutar para su señor, son perfectamente diferentes uno de
otro, y tienen lugar en sitios diversos. En el sistema esclavista, aun la parte de
la jornada en que el esclavo reemplaza el valor de sus subsistencias y en la
cual trabaja realmente para sí propio, no parece sino que trabaja para su
propietario; todo su trabajo reviste la apariencia de trabajo no pagado. Sucede
lo contrario con el trabajo asalariado: aun el sobretrabajo o trabajo no pagado
afecta la apariencia de trabajo pagado. En la esclavitud, la relación de
propiedad oculta el trabajo del esclavo para sí mismo; en el salariado, la
relación monetaria encubre el trabajo gratuito que el asalariado produce para
su capitalista.
Compréndese ahora la inmensa importancia que tiene en la práctica este
cambio de forma, el cual hace aparecer la retribución de la fuerza de trabajo
como salario del trabajo, el precio de la fuerza como precio de su función. La
forma aparente hace invisible la relación efectiva entre capital y trabajo; de esa
forma aparente dimanan todas las nociones jurídicas del asalariado y de
capitalista, todas las mistificaciones de la producción capitalista, todas la
ilusiones liberales y todas las glorificaciones justificativas de la Economía
política vulgar.

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CAPÍTULO XX
EL SALARIO A JORNAL
El precio del trabajo. — Paros parciales y reducción general de la jornada de trabajo. — El bajo preci
del trabajo y la prolongación de la jornada.

El salario reviste a su vez formas muy variadas; examinaremos sus do
formas fundamentales: el salario a jornal y el salario a destajo.

El precio del trabajo.

La venta de la fuerza de trabajo tiene siempre lugar, como hemos visto, po
un periodo de tiempo determinado. El valor diario, semanal, etc., de la fuerza
de trabajo se presenta, pues, bajo la forma aparente de salario a jornal, es decir
por días, por semanas, etc.
En el salario a jornal hay que hacer distinción entre el importe total de
salario diario, semanal, etc., y el precio del trabajo. En efecto, es evidente que
según la extensión de la jornada, el mismo salario cotidiano, semanal, etc.
puede representar precios de trabajo muy diversos. El precio medio del trabajo
se obtiene dividiendo el valor medio diario de la fuerza de trabajo por e
número medio de horas de la jornada de trabajo. Si el valor diario es, po
ejemplo, de 3 pesetas y la jornada de trabajo de doce horas, el precio de una
hora es igual a 3 pesetas divididas por 12, o sean 25 céntimos. El precio de la
hora así averiguado, es la medida del precio del trabajo.
El salario puede quedar invariable y el precio del trabajo puede aumentar o
disminuir. Si, por ejemplo, la jornada es de diez horas y el salario el mismo, de
3 pesetas, la hora de trabajo se paga a 30 céntimos; si la jornada es de quince
horas, ya solo se paga la hora a 20 céntimos. Por el contrario, el salario puede
elevarse aunque el precio del trabajo no varíe o disminuya. Si la jornada media
es de diez horas y el valor cotidiano de la fuerza de trabajo es de 3 pesetas, e

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precio de la hora es de 30 céntimos; si, a consecuencia de un aumento de obra
el obrero trabaja doce horas en lugar de diez, entonces, sin cambiar el precio
del trabajo, el salario cotidiano se elevará a 3,60 pesetas; hay que advertir que
en este último caso, a pesar de la elevación del salario, la fuerza de trabajo se
paga a menos de su valor, pues esta elevación no compensa el mayor desgaste
de la fuerza resultante del aumento de trabajo.
En general, dada la duración del trabajo diario o semanal, el salario
cotidiano o semanal dependerá del precio del trabajo; dado el precio de
trabajo, el salario por día o por semana dependerá de la duración del trabajo
diario o semanal.

Paros parciales y reducción general de la jornada de trabajo.

Ya hemos dicho que el precio de una hora de trabajo, medida del salario a
jornal, se obtiene dividiendo el valor diario de la fuerza de trabajo por e
número de horas de la jornada ordinaria. Pero si el patrono no da ocupación a
obrero con regularidad durante ese número de horas, este percibe tan solo una
parte de su salario regular. He aquí, pues, el origen de los males que resultan
para el obrero de una ocupación insuficiente, de un paro parcial.
Si el tiempo que ha servido de base para el cálculo del salario a jornal es de
doce horas, por ejemplo, y el obrero no está ocupado más que seis u ocho, su
salario por horas, que multiplicado por doce equivale al valor de su
subsistencias necesarias, desciende de este valor indispensable desde que, a
consecuencia de una reducción de ocupación, no se halla multiplicado sino po
seis o por ocho, es decir, por un número inferior a doce.
Como es lógico, no debe confundirse el efecto de esta insuficiencia de
ocupación con su disminución, que resultaría de una rebaja general de la
jornada de trabajo. En el primer caso, el precio ordinario del trabajo se calcula
suponiendo que la jornada regular es de doce horas, y si el obrero trabaja
menos, supongamos ocho horas, no percibe lo suficiente; mientras que, en e
segundo caso, el precio ordinario del trabajo se calcularía estableciendo que la
jornada regular fuese, por ejemplo, de ocho horas, y, por consecuencia, e
precio de la hora sería más elevado. Podría suceder que aun entonces el obrero
no percibiese su salario regular; pero esto solo sucedería si estaba ocupado
menos de ocho horas, mientras que en el primer caso ocurre no estando
ocupado doce horas.

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El precio inferior del trabajo y la prolongación de la jornada.

En ciertos ramos de la industria en que domina el salario a jornal, e
costumbre contar como regular una jornada de cierto número de horas, diez
por ejemplo. Después comienza el trabajo suplementario, el cual, tomando
como tipo la hora de trabajo, está algo más remunerado. A causa de la
inferioridad del precio del trabajo durante el tiempo reglamentario, el obrero
se ve obligado, para obtener un salario suficiente, a trabajar durante el tiempo
suplementario que está menos mal pagado. Esto conduce, en provecho de
capitalista, a una prolongación de la jornada de trabajo. La limitación legal de
la jornada de trabajo pone fin a esta canallada.
Hemos visto más arriba que, dado el precio del trabajo, el salario cotidiano
o semanal depende de la duración del trabajo suministrado. De esto resulta
que, mientras más inferior sea el precio del trabajo, más larga debe ser la
jornada para que el obrero alcance un salario suficiente. Si el precio de la hora
de trabajo es de 15 céntimos, el obrero debe trabajar quince horas para obtene
un salario cotidiano de 2,25 pesetas; si el precio de la hora de trabajo es de 25
céntimos, una jornada de doce horas le basta para obtener un salario cotidiano
de 3 pesetas. El precio inferior del trabajo, pues, hace forzosa la prolongación
del tiempo de trabajo.
Pero si la prolongación de la jornada es el efecto natural del precio inferio
del trabajo, puede ser también causa de una baja en el precio del trabajo, y, po
consiguiente, en el salario cotidiano o semanal. Si, gracias a la prolongación
de la jornada, un hombre ejecuta la tarea de dos, la oferta de trabajo aumenta
por más que no haya variado el número de obreros que hay en el mercado. La
competencia así creada entre los obreros, permite al capitalista reducir e
precio del trabajo, reducción que, como ya hemos visto, permite a su vez que
prolongue aún más la jornada. Por consiguiente, el capitalista saca doble
provecho de la disminución del precio corriente del trabajo y de su duración
extraordinaria.
No obstante, esta facultad de disponer de una cantidad considerable de
trabajo no pagado, no tarda en convertirse en medio de competencia entre lo
mismos capitalistas; para atraer el mayor número de compradores, rebajan e
precio de venta de las mercancías, que les salen a menos coste; este precio
concluye por fijarse en una cantidad excesivamente pequeña, la cual, a conta
desde ese momento, forma la base normal de un salario miserable para lo
obreros de aquellos industriales.

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CAPÍTULO XXI
EL SALARIO A DESTAJO
Esta forma del salario no altera en nada su naturaleza. — Particularidades que hacen de este forma de
salario la más conveniente para la producción capitalista.

Esta forma del salario no altera en nada su naturaleza.

El salario a destajo parece a primera vista demostrar que se paga al obrero
no el valor de su fuerza, sino el del trabajo ya realizado en el producto, y que
el precio de este trabajo está determinado por la capacidad de ejecución de
productor. En realidad, solo es una transformación del salario a jornal.
Supongamos que la jornada ordinaria de trabajo es de doce horas, seis de
trabajo necesario y seis de sobretrabajo, seis pagadas y seis no pagadas, y que
el valor producido es de 6 pesetas. El producto de una hora de trabajo será, po
consiguiente, de 50 céntimos. La experiencia ha establecido que un obrero
trabajando con el grado medio de intensidad y de habilidad, y empleando, po
tanto, solo el tiempo de trabajo socialmente necesario para la producción de un
artículo, entregue en doce horas doce de estos productos o fracciones de
producto. Estas doce porciones, deducidos los medios de producción que
contienen, valen 6 pesetas, y cada una de ellas vale 50 céntimos. El obrero
recibe por cada fracción 25 céntimos, y gana así 3 pesetas en doce horas
mientras que las mercancías, producto de doce horas de trabajo, valen 6
pesetas, deducidos los medios de producción consumidos.
Así como en el sistema del salario a jornal es indiferente decir que el obrero
trabaja seis horas para sí y seis para el capitalista, o la mitad de cada hora para
él y la otra mitad para el patrono, asimismo en este caso puede decirse
indiferentemente que cada fracción de producto está mitad pagada y mitad no
pagada, o que el precio de seis fracciones de producto no es más que un
equivalente de la fuerza de trabajo, mientras que la supervalía está contenida

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en las otras seis suministradas gratuitamente por el obrero. En el salario a
jornal, el trabajo se mide por su duración inmediata; en el salario a destajo, po
la cantidad de productos suministrados en un espacio de tiempo determinado
pero, en ambos casos, el valor de una jornada de trabajo está determinado po
el valor diario de la fuerza de trabajo. El salario a destajo no es, pues, sino una
forma modificada del salario a jornal.
Si la productividad del trabajo aumenta, si la cantidad de producto
realizable en cierto tiempo se duplica, por ejemplo, el salario a destajo bajará
en la misma proporción, disminuirá una mitad, de suerte que el salario
cotidiano no variará absolutamente. De una manera o de otra, lo que e
capitalista paga no es el trabajo, sino la fuerza de trabajo. Tal forma de
retribución puede ser más favorable que tal otra para el desarrollo de la
producción capitalista, pero ninguna modifica la naturaleza del salario.

Particularidades que hacen de esta forma del salario la más conveniente para
la producción capitalista.

Dentro de esta forma de salario, la obra debe ser de una calidad media para
que la fracción de producto se pague al precio estipulado. Bajo este concepto
el salario a destajo es un manantial inagotable de pretextos para retener parte
del salario del obrero y para privarle de lo que le pertenece.
Al mismo tiempo suministra al capitalista una medida exacta de la
intensidad del trabajo. No se paga más tiempo de trabajo que el que contiene
una masa de productos determinada de antemano y establecida
experimentalmente. Si el obrero no posee la capacidad media de ejecución, s
no puede suministrar en su jornada el mínimum fijado, se le despide.
Aseguradas así la calidad y la intensidad del trabajo, por la forma misma
del salario, se hace innecesaria una gran parte del trabajo de vigilancia. En esto
se funda, no solo el trabajo moderno a domicilio, sino todo un sistema de
opresión y de explotación jerárquicamente constituido. Este sistema reviste
dos formas fundamentales.
Por una parte, el salario a destajo facilita la intervención de parásitos entre
el capitalista y el trabajador, o sea la contrata. La ganancia de los contratista
proviene exclusivamente de la diferencia que existe entre el precio del trabajo
que paga el capitalista y la porción de este precio que ellos asignan al obrero
Por otra parte, el salario a destajo permite al capitalista ajustar en un tanto cada
fracción de producto con un obrero principal, jefe de grupo o tanda, etc., e

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cual se encarga, por el precio estipulado, de buscar el personal necesario y de
pagarlo. La explotación de los trabajadores por el capital se complica en este
caso con una explotación del trabajador por el trabajador.
Con el salario a destajo, el interés personal impele al obrero a redoblar su
fuerzas todo lo posible, lo cual facilita al capitalista la elevación de la
intensidad ordinaria del trabajo; el obrero está igualmente interesado en
prolongar la jornada de trabajo, pues es el único modo de aumentar su salario
cotidiano o semanal. De aquí se origina una reacción semejante a la de que
hemos hablado al final del capítulo anterior.
El salario a jornal supone, con raras excepciones, la igualdad de
remuneración para los obreros encargados de una misma tarea. El salario a
destajo, en el cual el precio del tiempo de trabajo se mide por una cantidad
determinada de producto, varía naturalmente según lo que la cantidad de
producto suministrada en un tiempo dado exceda del mínimum establecido. La
diferencia de habilidad, de fuerza, de energía, de perseverancia entre lo
trabajadores individuales, ocasionan en esta forma de salario grande
diferencias en sus ganancias respectivas.
Por lo demás, esto no altera lo más mínimo la relación general existente
entre el capital y el salario del trabajador. En primer lugar, esas diferencia
individuales se nivelan en el conjunto del taller. En segundo lugar, la
proporción entre el salario y la supervalía no está modificada en este segundo
sistema de salario, pues al salario individual de cada obrero corresponde la
masa de supervalía suministrada por él. El salario a destajo tiende por esto
mismo a desarrollar, por una parte, el espíritu de independencia y de
autonomía en los trabajadores, y, por otra, la competencia que se hacen entre
ellos. Síguese de aquí una elevación de los salarios individuales sobre su nive
general, acompañada de un descenso de este mismo nivel.
Por último, el salario a destajo permite al patrono aplicar el sistema ya
indicado de no ocupar regularmente al obrero durante la jornada o durante la
semana.
Todo esto demuestra que el salario a destajo es la forma de salario má
conveniente al sistema de producción capitalista.

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CAPÍTULO XXII
DIFERENCIA EN EL TIPO DE LOS SALARIOS NACIONALES
Cómo pueden compararse los diferentes tipos nacionales del salario. — Modificaciones de la ley de
valor en su aplicación internacional. — Salario aparente y salario real.

Cómo pueden compararse los diferentes tipos nacionales del salario.

Para comparar el tipo del salario entre diferentes naciones, es preciso ante
todo tener en cuenta las circunstancias de que depende en cada una de ellas e
valor de la fuerza de trabajo, tales como la cantidad de las necesidade
ordinarias, el precio de las subsistencias, el número medio de individuos de la
familias obreras, los gastos de educación del trabajador, el papel que
desempeña el trabajo de las mujeres y de los niños, y, en fin, la productividad
la duración y la intensidad del trabajo.
Conociendo la duración cotidiana del trabajo y el salario de la jornada en
cada país, se hallará para cada uno el precio de la hora de trabajo en lo
mismos ramos de industria; en cuyo caso podrán compararse los tipo
nacionales del salario a jornal. Después será necesario reducir el salario a
jornal a salario a destajo, único que indica los diferentes grados de intensidad
y de productividad del trabajo.

Modificaciones de la ley del valor en su aplicación internacional.

Existe en cada país cierta intensidad ordinaria, en defecto de la cual un
producto consume más tiempo de trabajo del socialmente necesario; pero
cualquiera que sea el tiempo que haya consumido, en el mercado nacional solo
se encuentra el valor correspondiente al tiempo socialmente necesario para su
producción. El valor no se regula más que por la duración de este tiempo, y

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semejante regla solo se modifica cuando el trabajo alcanza un grado de
intensidad superior a la intensidad ordinaria nacional.
No ocurre lo propio en el mercado universal, donde se encuentran lo
productos de los diversos países. La intensidad ordinaria del trabajo naciona
no es la misma en todos ellos. Mayor aquí, menor allá, sus diversos grado
nacionales forman una escala que tiene por medida el grado de intensidad
media internacional que su comparación proporciona. En comparación con e
trabajo nacional más intenso, el trabajo nacional menos intenso crea, en e
mismo tiempo, menos valor, que se traduce en menos dinero.
Otra modificación más profunda de la ley del valor en su aplicación a
mercado universal consiste en que el trabajo nacional más productivo se
considera en ese mercado como trabajo más intenso, es decir, como trabajo
que produce, no solo mayor cantidad de productos, sino mayor cantidad de
valor, siempre que la nación más productiva no se vea obligada por la
competencia a rebajar el precio de venta de sus mercancías al nivel de su valo
real.
Si la producción capitalista está más desarrollada en un país, el trabajo
nacional alcanza en él, por consecuencia, una productividad y una intensidad
ordinarias más acentuadas que la productividad y la intensidad media
internacionales, y la cantidad de valor producida en el mismo tiempo es all
más elevada y se expresa por una cantidad mayor de dinero, el cual vale
relativamente menos en ese país que en otro en que la producción capitalista
está menos desarrollada.

Salario aparente y salario real.

Resulta de este último hecho que el salario nominal, la expresión de la
fuerza de trabajo en dinero, será, por término medio, más elevado en el prime
país que en el segundo, lo cual no quiere decir que suceda lo mismo
precisamente con el salario real, es decir, con la cantidad de subsistencia
puestas a disposición del trabajador.
Aparte de esta diferencia en el valor del dinero con relación a la
mercancías, se verá con frecuencia que, si el salario cotidiano, semanal, etc.
es más elevado en una nación, el precio proporcional del trabajo, es decir, su
precio comparado con la supervalía o con el valor del producto, es en ella
menos elevado.

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Mientras que el precio aparente del trabajo es por lo general más bajo en
los países pobres, donde ordinariamente los artículos alimenticios están má
baratos, el precio real, o sea el que cuesta al capitalista una cantidad dada de
trabajo ejecutado, el precio real es en ellos, en casi todos los casos, má
elevado que en los países ricos.

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SECCIÓN SÉPTIMA
Acumulación del capital.

INTRODUCCIÓN
Circulación del capital. — Del estudio del mecanismo fundamental de la acumulación.

Circulación del capital.

La transformación de una cantidad de dinero en medios de producción y en
fuerza de trabajo, que es la primera manifestación del movimiento del valo
destinado a funcionar como capital, tiene lugar en el mercado, dentro de
dominio de la circulación.
El acto de producción, segunda manifestación del movimiento, termina en
cuanto los medios de producción se transforman en mercancías cuyo valor e
mayor que el de los elementos que han contribuido a formarlos, es decir
contiene una supervalía a más del dinero adelantado.
Entonces es cuando las mercancías deben ser puestas en circulación. E
necesario venderlas, realizar su valor en dinero, para después transformar de
nuevo este dinero en capital, y así sucesivamente.
Este movimiento, pues, es el que constituye la circulación del capital.

Del estudio del mecanismo fundamental de la acumulación.

La condición primera de la acumulación es la de que el capitalista haya
logrado vender sus mercancías y volver a transformar en capital la mayor parte
del dinero así obtenido; es necesario que el capital haya circulado con
regularidad, y vamos a suponer que así ha sido, en efecto.
El capitalista que produce la supervalía, es decir, que arranca directamente
al obrero trabajo no pagado, se la apropia el primero, pero no es él solo quien
la disfruta. La supervalía se divide en diversas partes que perciben diferente

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categorías de personas bajo variadas formas, tales como beneficio industrial
interés, ganancia comercial, renta agrícola, etc. Pero esta participación no
cambia la naturaleza de la supervalía ni las condiciones por las cuales se
convierte en origen de la acumulación. Cualquiera que sea la parte de
supervalía que el capitalista empresario retenga para sí, él es siempre e
primero que se la apropia por completo y el único que la transforma en capital
podemos, pues, considerar al capitalista como representante de todos los que
se reparten el botín.
El movimiento intermediario de la circulación y la división de la supervalía
en varias partes revisten formas diversas, que complican y oscurecen el acto
fundamental de la acumulación. Así, pues, y a fin de simplificar su análisis, e
necesario dejar a un lado todo lo que oculta el juego íntimo de su mecanismo y
estudiar la acumulación desde el punto de vista de la producción.

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CAPÍTULO XXIII
REPRODUCCIÓN SIMPLE
La parte del capital adelantada en salarios es solo una parte del trabajo efectuado por el trabajador. —
Todo capital adelantado se transforma más o menos pronto en capital acumulado. — Consum
productivo y consumo individual del trabajador. — La simple reproducción mantiene al trabajador e
la situación de asalariado.

La producción, cualquiera que sea su forma social, debe ser continua. Una
sociedad no puede dejar de producir, como tampoco de consumir. Para segui
produciendo, está obligada a transformar continuamente una parte de su
productos en medios de producción, en elementos de nuevos productos. Para
mantener su riqueza a la misma altura, en iguales circunstancias, necesita
sustituir los medios de trabajo, las materias primeras, las materias auxiliares
en una palabra, los medios de producción consumidos, por ejemplo, durante
un año, por idéntica cantidad anual de artículos de la misma especie, o, dicho
de otra manera, es necesario que haya reproducción de la riqueza. Si la
producción afecta la forma capitalista, igual forma afectará la reproducción
Desde el punto de vista de la primera, el acto de trabajo sirve entonces de
auxiliar para crear supervalía; desde el punto de vista de la segunda, sirve de
medio para reproducir o perpetuar como capital, es decir, como valor que
produce valor, la parte metálica adelantada. Como aumento periódico del valo
adelantado, la supervalía adquiere la forma de una renta procedente de
capital. Si el capitalista consume esta renta y la gasta en la misma medida que
se va produciendo, solo habrá simple reproducción, dadas las misma
circunstancias; en otros términos, el capital continuará funcionando sin
acrecentar. No obstante, las mismas operaciones repetidas por un capital en la
misma escala, le prestan ciertos caracteres que vamos a examinar.

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La parte del capital adelantada en salarios es solo una parte del trabajo
efectuado por el trabajador.

Examinemos, en primer lugar, la parte del capital adelantada en salarios, o
sea el capital variable.
Antes de comenzar a producir, el capitalista compra una cantidad de fuerza
de trabajo por un tiempo determinado, pero no la paga hasta después que e
obrero ha trabajado y añadido al producto el valor de su propia fuerza y una
supervalía. Además de esta supervalía, que constituye el caudal de consumo
del capitalista, el obrero ha producido, pues, ese caudal con su propia paga
que es el capital variable, antes de percibirlo bajo forma de salario. Una parte
del trabajo ejecutado por él la semana precedente o el mes anterior, sirve para
pagar su trabajo de hoy o del mes próximo. Esta parte de su producto, que
vuelve al trabajador convertida en salario, se le paga, cierto, en dinero; pero e
dinero solo es el porta-valor de las mercancías, y no afecta en nada al hecho de
que el salario percibido por el obrero bajo la forma de adelanto del capitalista
no es otra cosa sino una parte de su propio trabajo ya realizado.
Sin embargo, antes de tomar nuevo impulso, este movimiento de
producción ha debido tener un principio y durar cierto tiempo, durante el cua
el obrero, no habiendo aún producido, no podía ser pagado con su propio
producto, como tampoco mantenerse del aire. ¿No se deberá, pues, supone
que la primera vez que la clase capitalista se presenta en el mercado para
comprar la fuerza de trabajo, tiene ya acumulado, bien por sus propio
esfuerzos o por sus ahorros, capitales que le permitan adelantar la
subsistencias del obrero en forma de moneda? Aceptaremos provisionalmente
esta solución, cuyo fundamento examinaremos en el capítulo sobre la
acumulación primitiva.

Todo capital adelantado se transforma más o menos pronto en capital
acumulado.

Aunque así sea, la reproducción continua cambia muy pronto el carácte
primitivo del conjunto del capital adelantado, compuesto de parte variable y
parte constante.
Si un capital de 25.000 pesetas produce anualmente una supervalía de
5.000 pesetas, que consume el capitalista, es evidente que después de haberse
repetido cinco veces este movimiento, la suma de la supervalía consumida será

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igual a 5.000 pesetas multiplicadas por 5, o sean 25.000 pesetas, es decir, e
valor total del capital adelantado.
Si, por ejemplo, solo se consumiese la mitad de la supervalía anual, e
mismo resultado se obtendría a los diez años en vez de ser a los cinco, pue
multiplicando la mitad de la supervalía, que son 2.500 pesetas, por 10, se tiene
la misma cantidad de 25.000 pesetas. En términos generales, dividiendo e
capital adelantado por la cantidad de supervalía consumida anualmente, se
halla el número de años al cabo de los cuales el capital primitivo ha sido
consumido enteramente por el capitalista, y, por consiguiente, ha desaparecido
Según esto, después de cierto tiempo, el valor-capital que pertenecía a
capitalista se hace igual a la suma de supervalía que este ha adquirido
gratuitamente durante ese mismo tiempo; la suma de valor que ha adelantado
iguala a la que ha consumido.
Es cierto que tiene siempre entre manos un capital cuya cantidad no ha
variado. Pero cuando un hombre consume su hacienda por las deudas que
contrae, el valor de ella solo representa el importe de sus deudas; del mismo
modo, cuando el capitalista ha consumido el equivalente del capital que había
adelantado, el valor de este capital no representa más que la suma de
supervalía monopolizada por él.
Por consecuencia, la reproducción simple basta para transformar más o
menos pronto todo capital adelantado en capital acumulado o en supervalía
capitalizada. Aunque a su entrada en el dominio de la producción fuera
adquirido por el trabajo personal del empresario, al cabo de cierto tiempo se
convertiría en valor adquirido sin equivalente, sería la materialización de
trabajo no pagado de otro.

Consumo productivo y consumo individual del trabajador.

El trabajador hace un consumo doble. En el acto de producción consume
por su trabajo, medios de producción, con objeto de transformarlos en
productos de un valor superior al del capital adelantado; este es su consumo
productivo, que significa al mismo tiempo consumo de su fuerza por e
capitalista a quien pertenece. Pero el dinero desembolsado para la compra de
esta fuerza es empleado por el trabajador en medios de subsistencia, y esto e
lo que constituye su consumo individual.
El consumo productivo y el consumo individual del trabajador son, pues
perfectamente distintos. En el primero, el obrero actúa como fuerza que pone

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en actividad al capital y pertenece al capitalista; en el segundo, se pertenece a
sí propio y ejecuta funciones vitales independientemente del acto de
producción. El resultado del primero es la vida del capital, el resultado de
segundo es la vida del obrero mismo.
Al transformar en fuerza de trabajo una parte de su capital, el capitalista
asegura la conservación y la reducción a valor de su capital entero. Haciendo
esto, mata de una pedrada dos pájaros: saca beneficio de lo que recibe de
obrero, y además de lo que le paga.
El capital que sirve para pagar la fuerza de trabajo, lo cambia la clase
obrera por las subsistencias cuyo consumo fortalece los músculos, los nervios
el cerebro de los trabajadores existentes, y forma nuevos trabajadores. Dentro
de los límites de lo estrictamente necesario, el consumo individual de la clase
obrera no es más que la transformación de las subsistencias, la cual le permite
que venda su fuerza de trabajo en nueva fuerza de trabajo, en nueva materia
explotable por el capital. Por contribuir a la producción y reproducción de
instrumento más indispensable al capitalista, que es el trabajador, el consumo
individual de este es, pues, un elemento de la reproducción del capital.
Cierto es que el trabajador efectúa su consumo individual para su propia
satisfacción y no para la del capitalista. Pero las bestias de carga también
quieren comer; ¿acaso por esto su alimentación no contribuye a dar utilidad a
propietario? El resultado es que el capitalista no necesita cuidar del consumo
individual de los obreros; esto lo deja a merced de los instintos de
conservación y de reproducción del trabajador libre; su único interés en esta
materia es el de limitarlo a lo estrictamente necesario.
Por esto, el cortesano rastrero del capital, el economista vulgar, solo
considera como productiva la parte del consumo individual que necesita hace
la clase obrera para perpetuarse y acrecentarse, y sin ella el capital no hallaría
fuerza de trabajo que consumir, o no encontraría la suficiente. Todo cuanto e
trabajador puede gastar, aparte de su alimentación, en esparcimiento, sea físico
o intelectual, es un consumo improductivo que se le echa en cara como s
fuese un crimen.
El consumo individual del trabajador puede considerarse, con razón, como
improductivo, pero solo en cuanto a él, pues el consumo no reproduce sino a
individuo necesitado; en desquite, es productivo para el capitalista y para e
Estado, pues da origen a la fuerza creadora de toda riqueza.

La simple reproducción mantiene al trabajador en la situación de asalariado.

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Desde el punto de vista social, la clase obrera es, por consiguiente, como
cualquier otro instrumento de trabajo, una dependencia del capital, cuyo
movimiento de producción exige en ciertos límites el consumo individual de
los trabajadores. Este consumo individual que los sustenta y los reproduce
destruye al mismo tiempo las subsistencias que se habían procurado
vendiéndose, y los obliga a reaparecer constantemente en el mercado. Hemo
visto en el capítulo sexto que no bastan la producción y la circulación de la
mercancías para acrecentar el capital. Era necesario todavía que el hombre de
dinero encontrase en el mercado a otros hombres libres, pero obligados a
vender voluntariamente su fuerza de trabajo, no teniendo otra cosa que vender
La separación entre producto y productor, entre una categoría de persona
dotadas de todas las cosas necesarias al trabajo para realizarse y otra categoría
de individuos cuyo único patrimonio se reduce a su fuerza de trabajo, tal era e
punto de partida de la producción capitalista.
Pero lo que fue punto de partida se convirtió bien pronto, gracias a la
simple reproducción, en resultado constantemente renovado. Por una parte, e
movimiento de producción no cesa de transformar la riqueza material en
capital y en medios de gozar para el capitalista; por otra, el obrero es despué
lo mismo exactamente que antes era: origen personal de riqueza, privada de
sus propios medios de realización. La repetición periódica del movimiento de
producción capitalista transforma continuamente el producto del asalariado en
valor que absorbe la fuerza creadora de este, en medios de producción que
dominan al productor, en medios de subsistencias que sirven para avasallar a
obrero.
El sistema de producción capitalista reproduce, pues, por sí mismo la
separación entre el trabajador y las condiciones del trabajo. Por esto
solamente, reproduce y perpetúa las condiciones que obligan al obrero a
venderse para vivir y permiten al capitalista comprarlo para enriquecerse. No
es el acaso quien los coloca frente a frente en el mercado como vendedor y
comprador, es el hecho mismo del sistema de producción el que arroja siempre
al obrero en el mercado como vendedor de su fuerza de trabajo y el que
transforma su producto en medio de compra para el capitalista.
En realidad, el trabajador pertenece a la clase capitalista, a la clase que
dispone de los medios de vida, antes de venderse a un capitalista individual
Su esclavitud económica se oculta bajo la renovación continua de este acto de
venta, por el engaño del libre contrato, por el cambio de dueños individuales y
por las oscilaciones de los precios que el trabajo alcanza en el mercado.

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Considerado el movimiento de producción capitalista en su continuidad, o
como reproducción, no produce solamente mercancías y supervalía, sino que
reproduce y perpetúa su base: el trabajador en la condición de asalariado.

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CAPÍTULO XXIV
TRANSFORMACIÓN DE LA SUPERVALÍA EN CAPITAL
I. Reproducción en mayor escala. — Cuanto más acumula el capitalista más puede acumular. — L
apropiación capitalista no es más que la aplicación de las leyes de la producción mercantil. — II
Ideas falsas acerca de la acumulación. — III. División de la supervalía en capital y en renta. —
Teoría de la abstinencia. — IV. Circunstancias que influyen en la extensión de la acumulación. —
Grado de explotación de la fuerza obrera. — Productividad del trabajo. — Diferencia creciente entr
el capital empleado y el capital consumido. — Cantidad del capital adelantado. — V. El fondo de
trabajo.

I. Reproducción en mayor escala.

Hemos visto en los capítulos precedentes cómo la supervalía nace de
capital; ahora vamos a ver cómo el capital nace de la supervalía.
Si, en vez de ser consumida, la supervalía se adelanta y se emplea como
capital, se forma uno nuevo que se añade al primitivo. Consideremos desde
luego esta operación en lo que toca al capitalista individual.
Un industrial hilador, por ejemplo, adelanta 250.000 pesetas; las cuatro
quintas partes, o sean 200.000 pesetas, en algodón, máquinas, etc., y la
restante en salarios. Con esto produce anualmente 75.000 kilogramos de
hilados de un valor de 4 pesetas cada kilogramo, o sea un total de 300.000
pesetas. La supervalía, que es desde luego de 50.000 pesetas, está contenida en
el producto neto de 12.500 kilogramos, que es la sexta parte del producto
bruto, pues vendidos a 4 pesetas el kilogramo producen una suma igual de
50.000 pesetas, y esta cantidad vale siempre 50.000 pesetas. Su carácter de
supervalía indica cómo han llegado a manos del capitalista, pero no altera
absolutamente su carácter de valor o de dinero.
Para capitalizar la nueva suma de 50.000 pesetas, el industrial no hace má
que adelantar las cuatro quintas partes de ella para la compra de algodón y
demás materiales necesarios, y la parte restante para adquirir hilandero

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suplementarios. Después de hecho esto, el nuevo capital de 50.000 peseta
funciona en la filatura y produce a su vez una supervalía de 10.000 pesetas.
En sus comienzos, el capital ha sido adelantado en forma de dinero; la
supervalía, al contrario, existe desde luego como valor de cierta cantidad de
producto bruto. Si la venta de este último, su cambio por dinero, vuelve a
capital a su forma primitiva, la forma dinero, también transforma el modo de
ser primitivo de la supervalía, que es la forma mercancía. Pero después de la
venta del producto bruto, valor-capital y supervalía son igualmente sumas de
dinero, y su transformación en capital, que tiene lugar en seguida, se efectúa
de idéntica manera para ambas cantidades. El capitalista adelanta, pues, la
dos sumas para comprar las mercancías con cuyo auxilio vuelve a empezar de
nuevo, y ahora en mayor escala, la fabricación de su producto.
Sin embargo, para poder comprar los elementos constitutivos de aquella
fabricación, es necesario que los encuentre en el mercado. La producción
anual debe suministrar, por consecuencia, no solamente todos los artículo
necesarios para reemplazar los elementos materiales del capital gastado
durante el año, sino también una cantidad de dichos artículos mayor que la
consumida, así como fuerzas de trabajo suplementarias, a fin de que pueda
funcionar el nuevo valor-capital, que ya es mayor que el primitivo.
El mecanismo de la producción capitalista suministra esta demasía de
fuerza de trabajo, reproduciendo a la clase obrera como clase asalariada cuyo
salario usual asegura, no solo el sustento, sino aun la multiplicación
Únicamente se necesita para esto que una parte del sobretrabajo anual se haya
empleado en crear medios de producción y de subsistencia además de lo
necesarios para la reposición del capital adelantado, no habiendo que hace
entonces más que añadir las nuevas fuerzas de trabajo suministradas cada año
en edades diversas por la clase obrera, al exceso de medios de producción que
contiene la producción anual.
La acumulación resulta, por consecuencia, de la reproducción del capital en
proporción creciente.

Cuanto más acumula el capitalista, más puede acumular.

El capital primitivo se ha formado, en el ejemplo anterior, por el adelanto
de 250.000 pesetas. ¿De dónde ha sacado estas riquezas el capitalista? De su
propio trabajo o del de sus antepasados, responden a coro las eminencias de la

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Economía política; y su suposición parece que, en efecto, es la única conforme
con las leyes de la producción mercantil.
No sucede lo mismo con el nuevo capital de 50.000 pesetas. Su
procedencia nos es perfectamente conocida: dimana de la supervalía
capitalizada. Desde su origen, no contiene la partícula más mínima de valo
que no provenga del trabajo no pagado de otro. Los medios de producción a
los cuales se añade la fuerza obrera suplementaria, así como las subsistencia
que la mantienen, son partes del producto neto del tributo arrancado
anualmente a la clase obrera por la clase capitalista. El hecho de que esta
última, mediante cierta cantidad de dicho tributo, compre a la clase obrera una
demasía de fuerza, aun en su justo valor, se asemeja a la magnanimidad de un
conquistador que se halla dispuesto a pagar generosamente las mercancías de
los vencidos con el dinero que les ha arrancado. Merced a su sobretrabajo de
un año, la clase obrera crea el nuevo capital que permitirá el año próximo crea
trabajo de más; esto es lo que se llama crear capital por medio del capital.
La acumulación de 50.000 pesetas por el primer capital supone que la suma
de 250.000 pesetas, adelantada como capital primitivo, proviene del propio
caudal de su poseedor, de su «trabajo primitivo». Pero la acumulación de
10.000 pesetas por el segundo capital supone la acumulación precedente de
capital de 50.000 pesetas, que es la supervalía capitalizada del capita
primitivo. Síguese de esto, que cuanto más acumula el capitalista, adquiere
más medios de acumular. En otros términos, cuanto más trabajo no pagado de
otro se haya apropiado anteriormente, más aún puede monopolizar en la
actualidad.

La apropiación capitalista no es más que la aplicación de las leyes de la
producción mercantil.

Este modo de enriquecerse resulta, es necesario comprenderlo bien, no de
la violación, sino, al contrario, de la aplicación de las leyes que rigen la
producción mercantil. Para convencerse de ello, basta echar una ojeada sobre
las operaciones sucesivas que tienden a la acumulación.
Hemos visto que la transformación positiva de una suma de valor en capita
se hace conforme a las leyes del cambio. Uno de los dos que cambian vende su
fuerza de trabajo, que compra el otro. El primero recibe el valor de su
mercancía, y el uso de esta, que es el trabajo, pertenece al segundo, quien
transforma entonces los medios de producción, que le pertenecen, con e

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auxilio de un trabajo que le pertenece también, en un nuevo producto que e
suyo con perfecto derecho.
El valor de este producto contiene desde luego el de los medios de
producción consumidos; pero el trabajo no emplearía útilmente estos medios s
su valor no pasase al producto. Dicho valor encierra, además, el equivalente de
la fuerza de trabajo y una supervalía. Este resultado es debido a que la fuerza
obrera vendida por un tiempo determinado, un día, una semana, etc., posee
más valor del que su uso produce en el mismo tiempo. Pero al obtener el valo
de cambio de su fuerza, el trabajador ha enajenado el valor de uso de ella
como sucede en toda compra y venta de mercancías.
Por más que el uso de este artículo particular, el trabajo, sea suministra
trabajo, y, por consiguiente, producir valor, eso no altera en nada la dicha ley
general de la producción mercantil. Si, pues, la suma de valor adelantada en
salarios se vuelve a encontrar en el producto con una demasía, esta no
proviene de un engaño cometido con el vendedor, quien recibe el equivalente
de su mercancía, sino del consumo que de esta hace el comprador. La ley de
los cambios no exige la igualdad sino por relación del valor cambiable de lo
artículos enajenados mutuamente, pero supone una diferencia entre sus valore
de uso, y no tiene nada que ver con su consumo, que solo comienza después de
haberse llevado a cabo la venta.
La transformación primitiva del dinero en capital se efectúa, pues
conforme a las leyes económicas de la producción de mercancías y al derecho
de propiedad que de ellos se origina. ¿En qué se modifica este hecho porque e
capitalista transforme en seguida la supervalía en capital? Acabamos de deci
que esta supervalía es propiedad suya; y los nuevos obreros que la supervalía
recluta, funcionando a su vez como capital, no tienen que ver nada con que
ella haya sido producida anteriormente por obreros. Todo lo que estos nuevo
obreros pueden exigir es que el capitalista les pague también a ellos su fuerza
de trabajo.
Las cosas no se presentarían así si se examinasen las relaciones que hay
entre el capitalista y los obreros, no ya separadamente, sino en su
encadenamiento, y si se tuviesen en cuenta la clase capitalista y la clase
obrera. Mas como la producción mercantil no pone frente a frente sino
vendedores y compradores independientes unos de otros, para juzgar esta
producción según sus propias leyes es preciso considerar cada transacción
aisladamente, y no en su unión con la que le precede o con la que le sigue
Además, como las compras y ventas se hacen siempre de individuo a
individuo, no deben buscarse en ellas las relaciones entre una y otra clase.

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Asimismo, cada uno de los esfuerzos en función del capital le presta nuevo
impulso; y conforme al derecho de la producción mercantil, en régimen
capitalista la riqueza puede ser cada día más monopolizada, merced a la
apropiación sucesiva del trabajo no pagado de otro. ¡Qué ilusión es, pues, la de
ciertas escuelas socialistas que pretenden quebrantar el régimen del capita
aplicándole las leyes de la producción mercantil!

II. Ideas falsas acerca de la acumulación.

Las mercancías que el capitalista compra como medios de goce, no le
sirven evidentemente como medios de producción y de multiplicación de su
valor; el trabajo que paga con el mismo fin, tampoco es trabajo productivo. De
este modo derrocha la supervalía a título de ganancia, en vez de hacerla
fructificar como capital.
También la Economía política burguesa ha predicado, como el primero de
los deberes cívicos, la acumulación, es decir, el empleo de una gran parte de la
ganancia en el reclutamiento de trabajadores productivos, que producen má
de lo que reciben.
Ha combatido además la creencia popular que confunde la acumulación
capitalista con el hacinamiento de tesoros, como si el guardar el dinero bajo
llave no fuese el método más seguro para no capitalizarlo. No debe, pues
confundirse la acumulación capitalista, que es un acto de producción, con e
aumento de los bienes que figuran en el fondo de consumo de los ricos y que
se gastan lentamente, ni tampoco con la formación de reservas o provisiones
hecho común a todos los sistemas de producción.
La Economía política clásica ha sostenido con perfecta razón que el rasgo
más característico de la acumulación es que las gentes que viven del producto
neto deben ser trabajadores productivos y no improductivos. Pero se equivoca
cuando de aquí saca la conclusión de que la parte del producto neto que se
transforma en capital, es consumida por la clase obrera.
Dedúcese de esta manera de ver, que toda la supervalía transformada en
capital se adelanta únicamente en salarios. La supervalía se divide, a
contrario, lo mismo que el valor-capital de donde procede, en precio de
compra de medios de producción y de fuerza de trabajo. Para pode
transformarse en fuerza de trabajo suplementaria, el producto líquido ha de
contener un exceso de subsistencias de primera necesidad; pero, para que esta
fuerza suplementaria pueda ser explotada, debe contener, además, nuevo

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medios de producción que no entran en el consumo personal de lo
trabajadores ni tampoco en el de los capitalistas.

III. División de la supervalía en capital y en renta.

Una parte de la supervalía la gasta el capitalista como ganancia, y la otra la
acumula como capital. Siendo las mismas todas las demás circunstancias, la
proporción según la cual se hace esta división, determinará la cantidad de la
acumulación. El propietario de la supervalía, el capitalista, es quien la divide
según su voluntad. De la parte del tributo arrancado por él, y que él mismo
acumula, se dice que la ahorra, porque no la consume, es decir, porque cumple
su papel de capitalista, que es el de enriquecerse.
El capitalista no tiene ningún valor histórico, ningún derecho histórico a la
vida, ninguna razón de ser social, en tanto no funciona como capita
personificado. Solo bajo esta condición, la necesidad momentánea de su
propia existencia es una consecuencia de la necesidad pasajera del sistema de
producción capitalista. El fin determinante de su actividad no es, pues, ni e
valor de uso ni el goce, sino el valor de cambio y su continuo acrecentamiento
Agente fanático de la acumulación, obliga incesantemente a los hombres a
producir para producir, impulsándolos así instintivamente a desarrollar la
potencias productoras y las condiciones materiales que por sí solas pueden
formar la base de una sociedad nueva y superior.
El desarrollo de la producción capitalista exige un acrecentamiento
continuo del capital invertido en una empresa, y la competencia obliga a cada
capitalista individual a obrar de grado o por fuerza conforme a las leyes de la
producción capitalista. La competencia no le permite conservar su capital sin
aumentarlo, y no puede continuar aumentándolo sino mediante una
acumulación cada vez más considerable. Su voluntad y su conciencia no
expresan más que las necesidades del capital que representa; en su consumo
personal no ve sino una especie de robo, o de préstamo al menos, hecho a la
acumulación.
Pero, a medida que se desarrolla el régimen de producción capitalista, y con
él la acumulación y la riqueza, el capitalista deja de ser simple personificación
del capital. Mientras que el capitalista chapado a la antigua omite todo gasto
individual que no es indispensable, no viendo en él más que una usurpación
hecha a la riqueza, el capitalista a la moderna es capaz de ver en la

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capitalización de la supervalía un obstáculo para sus necesidades insaciable
de goces.
En los comienzos de la producción capitalista —y este hecho se renueva en
la vida privada de todo industrial principiante—, la avaricia y el afán de
enriquecerse le dominan exclusivamente. Pero el progreso de la producción no
solamente crea todo un nuevo mundo de goces, sino que abre, con la
especulación y el crédito, mil fuentes de súbito enriquecimiento. Llegado a
cierto grado el desarrollo, impone aun al infeliz capitalista una prodigalidad
puramente convencional, muestra a la vez de riqueza y de crédito. El lujo llega
a ser una necesidad del oficio y entra en los gastos de representación de
capital.
No es esto todo. El capitalista no se enriquece, como el labrador o e
artesano independiente, en proporción a su trabajo particular y a su sobriedad
personal, sino proporcionalmente al trabajo gratuito de otro que absorbe, y a la
privación de todos los placeres de la vida que inflige a sus obreros. Su
prodigalidad se acrecienta a medida que acumula, sin que su acumulación esté
necesariamente restringida por su gasto. De todas maneras, hay en él lucha
entre la tendencia a la acumulación y la tendencia al placer.

Teoría de la abstinencia.

Ahorrar, ahorrar constantemente, es decir, volver a transformar sin
descanso en capital la mayor parte posible de la supervalía o del producto
líquido, acumular para acumular, producir para producir, tal es el lema de la
Economía política al proclamar la misión histórica del periodo burgués; si e
proletario no es más que una máquina que produce supervalía, el capitalista e
también una máquina que capitaliza esta supervalía.
Pero después de 1830, en la época en que se propagaban las doctrina
socialistas, el fourierismo y el sansimonismo en Francia, el owenismo en
Inglaterra, mientras el proletariado de las ciudades tocaba en Lyon el somatén
de alarma, y en Inglaterra el proletariado del campo paseaba la tea incendiaria
fue cuando la Economía política reveló al mundo una doctrina maravillosa
para salvar la sociedad amenazada.
Dicha doctrina transformó instantáneamente las condiciones de
movimiento de trabajo del capitalista en otras tantas prácticas de «abstinencia»
del capitalista, aunque admitiendo que su obrero no se abstiene de trabaja
para él. El capitalista «se impone», escribe M. G. de Molinari, «una privación

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al prestar sus instrumentos de producción al trabajador»; dicho de otro modo
se impone una privación cuando hace valer los medios de producción como
capital añadiendo a ellos la fuerza obrera, en vez de comerse los piensos, lo
animales de tiro, el algodón, las máquinas de vapor, etc.
En resumen, todo el mundo se compadeció de las mortificaciones de
capitalista. No es solamente la acumulación, no, «la simple conservación de un
capital exige un esfuerzo constante para resistir a la tentación de consumirlo»
(Courcelle-Seneuil). Sería preciso, en verdad, haber renunciado a todo
sentimiento humanitario para no buscar el modo de librar al capitalista de su
tentaciones y de su martirio, librándole de su capital.

IV. Circunstancias que influyen en la extensión de la acumulación.

Determinada la proporción según la cual la supervalía se divide en capital y
en beneficio, la cantidad del capital acumulado depende evidentemente de la
cantidad de la supervalía. Supongamos, por ejemplo, que la proporción es de
80 por 100 lo capitalizado y de 20 por 100 lo consumido, entonces el capita
acumulado se eleva a 2.400 pesetas o a 1.200, según la supervalía sea de 3.000
o de 1.500 pesetas. Así, todas las circunstancias que determinan la cantidad de
la supervalía, contribuyen a determinar la extensión de la acumulación
Recapitulémoslas desde este último punto de vista solamente.

Grado de explotación de la fuerza obrera.

Se sabe que el tipo de la supervalía depende, en primer lugar, del grado de
explotación de la fuerza obrera. Al tratar de la producción de la supervalía
hemos supuesto siempre que el obrero recibe el justo valor de su fuerza. Lo
cercenamientos hechos a este valor juegan, no obstante, en la práctica un pape
muy importante. En cierto modo, este procedimiento transforma el fondo de
consumo necesario para el sustento del trabajador en fondo de acumulación
del capitalista. La tendencia del capital es también reducir los salarios todo lo
posible, y eliminar del consumo obrero lo que él llama lo superfluo. El capita
ha sido auxiliado en esta tarea por la competencia cosmopolita que e
desarrollo de la producción capitalista ha hecho nacer entre todos lo
trabajadores del globo. Hoy día se trata nada menos que de hacer descender, en
una época más o menos próxima, el nivel europeo de los salarios al nive
chino.

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Además, una explotación más intensa de la fuerza de trabajo permite
aumentar la cantidad de trabajo sin aumentar la maquinaria, es decir, e
conjunto de medios de trabajo, máquinas, aparatos, instrumentos, edificios
construcciones, etc. Un establecimiento que emplea, por ejemplo, cien
hombres trabajando ocho horas por día, recibirá diariamente ochocientas hora
de trabajo. Si, para aumentar este total en una mitad más, el capitalista
admitiese cincuenta nuevos obreros, necesitaría hacer un adelanto no
solamente en salarios, sino también en maquinaria. Pero, si hace trabajar a su
cien obreros doce horas diarias en lugar de ocho, obtiene el mismo resultado, y
la antigua maquinaria es suficiente. En adelante, esa maquinaria va a funciona
en mayor escala, se desgastará más pronto y habrá que reponerla antes, y esto
será todo. Obtenido de esa manera un excedente de trabajo por un esfuerzo
más considerable exigido a la fuerza obrera, aumenta la supervalía o e
producto líquido, fundamento de la acumulación, sin que haya necesidad de un
aumento previo y proporcional a la parte del capital adelantado en maquinaria.
Un simple excedente de trabajo, sacado del mismo número de obreros
basta en la industria extractora, la de las minas, por ejemplo, para aumentar e
valor y la masa del producto que suministra gratuitamente la Naturaleza, y, po
consecuencia, el fondo de acumulación. En la agricultura, en que la sola
acción mecánica del trabajo sobre el suelo aumenta maravillosamente su
fertilidad, un excedente de trabajo idéntico produce mayor efecto; como en la
industria extractora, la acción directa del hombre sobre la Naturaleza favorece
la acumulación. Además, como la industria extractora y la agricultura
suministran materias a la industria manufacturera, el acrecentamiento de
productos que el excedente de trabajo procura en las dos primeras, sin
aumento de adelantos, redunda en provecho de la última. Merced únicamente a
la fuerza obrera y a la tierra, fuentes primitivas de la riqueza, el capita
aumenta, pues, sus elementos de acumulación.

Productividad del trabajo.

Otro elemento importante de la acumulación es el grado de productividad
del trabajo social.
Estando determinada la supervalía, la abundancia del producto líquido, de
cual ella es el valor, corresponde a la productividad del trabajo puesto en
función. Así, pues, a medida que el trabajo desarrolla sus facultade
productivas, aumentando la eficacia y la cantidad de los medios de

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producción, rebajando su precio, el de las subsistencias y el de las materia
primeras y auxiliares, el producto líquido encierra más medios de gozar y de
acumular. De este modo, la parte de la supervalía que se capitaliza puede
aumentar a expensas de la otra que constituye la renta, sin que el consumo de
capitalista disminuya por eso, pues en lo sucesivo un valor más pequeño se
realiza en una cantidad mayor de objetos útiles.

Diferencia creciente entre el capital empleado y el capital consumido.

La propiedad natural del trabajo, al crear nuevos valores, es de conserva
los antiguos, pues el trabajo transmite al producto el valor de los medios de
producción consumidos. A medida, pues, que sus medios de producción
aumentan en actividad, en masa y en valor, es decir, a medida que se hace má
productivo y favorece más la acumulación, el capital conserva y perpetúa un
valor-capital siempre creciente.
La parte del capital que se adelanta en forma de maquinaria, funciona
siempre por completo en la producción, mientras que, no desgastándose sino
poco a poco, solo transmite su valor por fracciones a las mercancías que ayuda
a confeccionar sucesivamente. Su aumento produce una diferencia de cantidad
cada vez más considerable, entre la totalidad del capital empleado y la parte de
este consumido de una sola vez. Compárese, por ejemplo, el valor de lo
ferrocarriles europeos diariamente explotados, con la cantidad de valor que
pierden por su uso cotidiano. Luego estos medios creados por el hombre
prestan servicios gratuitos, en proporción de los efectos útiles que contribuyen
a producir sin aumento de gastos. Estos servicios gratuitos del trabajo de otro
periodo, puestos en actividad por el trabajo de hoy, se acumulan merced a
desarrollo de las fuerzas productivas y a la acumulación que le acompaña.
El concurso cada vez más potente que, en forma de maquinaria, el trabajo
pasado lleva al trabajo vivo, se atribuye por los economistas, no al obrero que
ha ejecutado la obra, sino al capitalista que se la ha apropiado. Desde su punto
de vista, el instrumento de trabajo y el carácter de capital que reviste en e
medio social actual no pueden separarse jamás, así como, en la mente de
plantador de la Georgia, el trabajador mismo tampoco podía separarse de su
carácter de esclavo.

Cantidad del capital adelantado.

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Dado el grado de explotación de la fuerza obrera, la cantidad de la
supervalía se determina por el número de obreros explotados a la vez, y este
número corresponde, aunque en proporciones variables, a la cantidad de
capital adelantado. Luego, cuanto más se acrecienta el capital mediante
acumulaciones sucesivas, más se acrecienta también el valor que ha de
dividirse en fondo de consumo y en fondo de nueva acumulación.

V. El fondo del trabajo.

Los capitalistas, sus hijos y sus gobiernos derrochan cada año una parte
considerable del producto líquido anual; además, guardan en su fondo de
consumo una porción de objetos que se gastan lentamente y son aptos para un
empleo reproductivo, y hacen estériles, al adaptarlas a su servicio personal
una multitud de fuerzas obreras. La cantidad de riqueza que se capitaliza no es
pues, nunca tan grande como podría ser. La relación de cantidad con el total de
la riqueza social varía con todo cambio en la división de la supervalía en renta
personal y en nuevo capital. Así, lejos de ser una parte determinada de
adelanto y una parte fija de la riqueza social, el capital social solo es una
porción variable de esta.
Sin embargo, ciertos economistas se hallan propensos a no ver, en el capita
social, más que una parte determinada de adelanto de la riqueza social, y
aplican esta teoría a lo que ellos llaman «fondo del salario» o «fondo de
trabajo». Según ellos, este es una porción particular de la riqueza social, e
valor de una cantidad dada de subsistencias, cuya naturaleza fija a cada
momento los límites fatales que la clase trabajadora trata inútilmente de
franquear. De creer esto, estando así determinada la suma que debe distribuirse
entre los asalariados, se sigue que si la parte que toca a cada uno es demasiado
pequeña, ocurre esto porque su número es demasiado grande, y que
finalmente, su miseria es un hecho, no del orden social, sino del orden natural.
En primer lugar, los límites que el sistema capitalista impone al consumo
del productor, no son «naturales» sino dentro del medio adecuado a este
sistema, así como el látigo no funciona como aguijón «natural» del trabajo
más que en el sistema esclavista. En efecto, es propio de la naturaleza de la
producción capitalista el limitar la parte del productor a lo que e
indispensable para el sustento de su fuerza obrera, y el atribuir la demasía de
su producto al capitalista. Lo que sería menester demostrar ante todo es que, a

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pesar de su origen completamente reciente, el sistema capitalista de la
producción social es, no obstante, su sistema irrevocable y «natural».
Pero, aun con la manera de ser del sistema capitalista, es falso que e
«fondo del salario» esté determinado de antemano por la suma de la riqueza
social o del capital social. Puesto que este es solamente una porción variable
de la riqueza social, el fondo del salario, que no es más que una parte de este
capital, no sería una parte fija y determinada de antemano de la riqueza social.

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CAPÍTULO XXV
LEY GENERAL DE LA ACUMULACIÓN CAPITALISTA
I. La composición del capital. — Circunstancias en que la acumulación del capital puede provocar u
alza de los salarios. — La magnitud del capital no depende del número de la población obrera. — II
La parte variable del capital disminuye relativamente a su parte constante. — Concentración
centralización. — III. Demanda de trabajo relativa y demanda de trabajo efectiva. — La ley d
población adecuada a la época capitalista. — Formación de un ejército industrial de reserva. — L
que determina el tipo general de los salarios. — La ley de la oferta y la demanda es un engaño. —
IV. Formas diversas del exceso relativo de población. — El pauperismo es la consecuencia fatal de
sistema capitalista.

I. La composición del capital.

Vamos ahora a tratar de la influencia que el acrecentamiento del capita
ejerce en la suerte de la clase obrera. El elemento más importante para la
solución de este problema es la composición del capital y los cambios que esta
experimenta con el progreso de la acumulación.
La composición del capital puede ser considerada desde un doble punto de
vista. Con relación al valor, se halla determinada por la proporción según la
cual el capital se divide en parte constante (el valor de los medios de
producción) y en parte variable (el valor de la fuerza obrera). Con relación a su
materia, tal como aparece en el acto de producción, todo capital consiste en
medios de producción y en fuerza obrera activa, y su composición está
determinada por la proporción que existe entre la masa de los medios de
producción empleados y la cantidad de trabajo necesario para hacerlo
funcionar.
La primera composición del capital es la composición-valor; la segunda la
composición técnica. Y, a fin de expresar el lazo íntimo existente entre ambas
llamaremos composición orgánica del capital a su composición-valor siempre
que esta dependa de su composición técnica, y que, por consiguiente, lo

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cambios ocurridos en la cantidad de medios de producción y de fuerza obrera
influyan en su valor. Cuando hablamos en general de la composición de
capital, se trata siempre de su composición orgánica.
Los numerosos capitales colocados en un mismo ramo de producción y que
funcionan en manos de una multitud de capitalistas independientes unos de
otros, difieren más o menos en su composición, pero el término medio de su
composiciones particulares constituye la composición del capital socia
consagrado a este ramo de producción. La composición media del capital varía
mucho de uno a otro ramo de producción, pero el término medio de todas esta
composiciones medias constituye la composición del capital social empleado
en un país, siendo de esta última de la que se trata en las investigacione
siguientes.

Circunstancias en que la acumulación del capital puede provocar un alza de
los salarios.

Cierta cantidad de la supervalía capitalizada debe ser adelantada en
salarios. Luego, suponiendo que la composición del capital sea la misma, la
demanda de trabajo marchará a compás de la acumulación, y la parte variable
del capital aumentará al menos en la misma proporción que su masa total.
En este supuesto, el progreso constante de la acumulación debe provoca
tarde o temprano una elevación gradual de los salarios. Porque
proporcionando cada año ocupación a un número de asalariados mayor que e
del año precedente, las necesidades de esta acumulación, la cual va siempre en
aumento, acabarán por sobrepujar la oferta ordinaria de trabajo, y, por de
contado, se elevará el tipo de los salarios.
No obstante, las circunstancias más o menos favorables en medio de la
cuales la clase obrera se reproduce y se multiplica, no alteran en lo má
mínimo el carácter fundamental de la reproducción capitalista. Así como la
reproducción simple vuelve a traer constantemente la misma relación social
capitalismo y salariado, así también la acumulación no hace más que
reproducir, con más capitalistas o capitalistas más poderosos por un lado, má
asalariados por otro. La reproducción del capital encierra la de su gran
instrumento de crear valor: la fuerza de trabajo. Acumulación del capital es
pues, al mismo tiempo, aumento del proletariado, de los asalariados que
transforman su fuerza obrera en fuerza vital del capital y se convierten así, de

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grado o por fuerza, en siervos de su propio producto, que es propiedad de
capitalista.
En la situación que suponemos, y que es la más favorable posible para lo
obreros, su estado de dependencia reviste, pues, las formas más soportables
En vez de ganar en intensidad, la explotación y la dominación capitalista
ganan simplemente en extensión a medida que aumenta el capital y, con él, e
número de sus vasallos. Entonces toca a estos una parte mayor del producto
líquido siempre creciente, de suerte que se hallan en disposición de ensancha
el círculo de sus goces, de alimentarse mejor, de vestirse, de proveerse de
muebles, etc., y de formar pequeñas reservas pecuniarias. Pero, si un trato
mejor para con el esclavo, una alimentación más abundante, vestidos má
decentes, y un poco más de dinero por añadidura, no pueden romper la
cadenas de la esclavitud, sucede lo mismo con las del salariado.
En efecto, no hay que olvidar que la ley absoluta del sistema de producción
capitalista es fabricar supervalía. Lo que se propone el comprador de la fuerza
obrera es enriquecerse haciendo valer su capital, produciendo mercancías que
contienen más trabajo del que paga por ellas, y con cuya venta realiza, por lo
tanto, una porción de valor que no le ha costado nada. Sean cuales fueren la
condiciones de la venta de la fuerza obrera, la naturaleza del salario es pone
siempre en movimiento cierta cantidad de trabajo gratuito. El aumento de
salario no indica, pues, sino una disminución relativa del trabajo gratuito que
el obrero debe proporcionar siempre; pero esta disminución no llegará nunca a
ser tal que ponga en peligro el sistema capitalista.
Hemos admitido que el tipo de los salarios haya podido elevarse merced a
un aumento del capital superior al del trabajo ofrecido. Solo queda entonce
esta alternativa: o los salarios continúan subiendo, y siendo motivado este
movimiento por los progresos de la acumulación, es evidente que la
disminución del trabajo gratuito de los obreros no impide al capital extende
su dominación, o bien el alza continua de los salarios comienza a perjudicar a
la acumulación, y esta llega a disminuir; pero esta disminución nunca hace
desaparecer la causa primera del alza, que no es otra sino el exceso del capita
comparado con la oferta del trabajo; inmediatamente el tipo del salario vuelve
a descender a un nivel en armonía con las necesidades del movimiento de
capital, nivel que puede ser superior, igual o inferior al que era en el momento
de efectuarse el alza de los salarios.
Así, el mecanismo de la producción capitalista vence por sí solo e
obstáculo que puede llegar a crear, aun dado caso de que no varíe la
composición del capital. Pero el alza de los salarios es un poderoso acicate que

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impele al perfeccionamiento de la maquinaria, y, por tanto, al cambio en la
composición del capital que trae por consecuencia la baja de los salarios.

La magnitud del capital no depende del número de la población obrera.

Hay que conocer a fondo la relación que existe entre los movimientos de
capital en vías de acumulación y las oscilaciones del tipo de los salarios que a
aquellos se refieren.
Ora es un exceso de capital procedente de una acumulación más rápida, la
cual hace que el trabajo ofrecido sea relativamente insuficiente, y tiende, po
consecuencia, a elevar su precio; ora un aminoramiento de la acumulación, e
cual da por resultado que el trabajo ofrecido sea relativamente superabundante
y rebaja su precio. El movimiento de aumento y de disminución del capital en
vías de acumulación produce, pues, alternativamente la insuficiencia y la
superabundancia relativas del trabajo ofrecido; pero ni una baja efectiva de
número de la población obrera hace que el capital abunde en el primer caso, n
un aumento efectivo de dicho número hace al capital insuficiente en e
segundo.
La relación entre la acumulación del capital y el tipo del salario no es má
que la relación entre el trabajo gratuito, transformado en capital, y e
suplemento de trabajo pagado que exige este capital suplementario para se
puesto en actividad. No es precisamente una relación entre dos término
independientes uno de otro, a saber, por un lado la suma del capital, y, po
otro, el número de la población obrera, sino, en último término, una relación
entre el trabajo gratuito y el trabajo pagado de la misma población obrera.
Si la cantidad de trabajo gratuito que la clase obrera suministra y que la
clase capitalista acumula, aumenta tan rápidamente que su transformación en
nuevo capital necesita un suplemento extraordinario de trabajo pagado, en una
palabra, si el aumento de capital produce una demanda más considerable de
trabajo, el salario sube y, siendo las mismas las demás circunstancias, e
trabajo gratuito disminuye proporcionalmente. Pero desde el momento en que
a consecuencia de esta disminución del sobretrabajo, hay aminoramiento de la
acumulación, sobreviene una reacción, la parte de la renta que se capitaliza e
menor, la demanda de trabajo disminuye y el salario baja.
El precio del trabajo no puede jamás elevarse sino en unos límites que
dejen intactas las bases del sistema capitalista y aseguren la reproducción de
capital en una escala mayor. ¿Cómo podría suceder otra cosa donde e

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trabajador existe únicamente para aumentar la riqueza ajena creada por él? As
como, en el mundo religioso, el hombre se halla dominado por la obra de su
mente, de igual manera lo es, en el mundo capitalista, por la obra de su
manos.

II. La parte variable del capital disminuye relativamente a su parte constante

No dependiendo el alza de los salarios sino del progreso continuo de la
acumulación y de su grado de actividad, nos es indispensable esclarecer la
condiciones en que tiene lugar este progreso.
«La misma causa —dice Adam Smith— que hace que se eleven los salario
del trabajo, el aumento del capital, tiende a aumentar las fuerzas productiva
del trabajo, y a poner a una cantidad menor de trabajo en estado de produci
mayor cantidad de obra.»
¿Cómo se obtiene este resultado? Mediante una serie de cambios en la
manera de producir, que ponen a una cantidad dada de fuerza obrera en
condiciones de manejar una masa cada vez mayor de medios de producción
En este aumento, por relación a la fuerza obrera empleada, los medios de
producción desempeñan un doble papel. Los unos, tales como máquinas
edificios, hornos, aumentan en número, extensión y eficacia para hacer a
trabajo más productivo; mientras que los otros, materias primeras y auxiliares
aumentan porque el trabajo, al hacerse más productivo, consume mayo
cantidad de ellas en un tiempo determinado.
En el progreso de la acumulación no hay solamente aumento cuantitativo
de los diversos elementos del capital; el desarrollo de las potencia
productivas, que este progreso trae, se manifiesta aún por cambios cualitativo
en la composición técnica del capital: la masa de los medios de producción
maquinaria y materiales, aumenta cada vez más en comparación con la
cantidad de fuerza obrera necesaria para hacerlos funcionar.
Estos cambios en la composición técnica del capital obran sobre su
composición-valor y traen consigo un aumento siempre creciente de su parte
constante a expensas de su parte variable; de suerte que si, por ejemplo, en una
época atrasada de la acumulación se transforma el 50 por 100 del valor-capita
en medios productivos y otro 50 por 100 en trabajo, en una época má
adelantada se empleará el 80 por 100 del valor-capital en medios de
producción y solo el 20 por 100 en trabajo.

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Pero este aumento de valor de los medios de producción no indica sino
lejanamente el aumento mucho más rápido y más considerable de su masa; la
razón de ello es que ese mismo progreso de las potencias del trabajo, que se
manifiesta por el aumento de la maquinaria y de los materiales puestos en
actividad con auxilio de una cantidad menor de trabajo, hace disminuir el valo
de la mayor parte de los productos, y principalmente el de los que funcionan
como medios de producción; su valor no se eleva, pues, tanto como su masa.
Por otra parte, hay que notar que el progreso de la acumulación, a
disminuir el capital variable relativamente al capital constante, no impide su
aumento efectivo. Supongamos que un valor-capital de 6.000 pesetas, se
divide primero por mitad en parte constante y en parte variable, y que má
tarde, habiendo llegado, a consecuencia de la acumulación a la cantidad de
18.000 pesetas, la parte variable de esta cantidad no es más que la quinta, y a
pesar de su disminución relativa de la mitad a la quinta parte, dicha parte
variable se ha elevado de 3.000 a 3.600 pesetas.
La cooperación, la división manufacturera del trabajo, la fabricación
mecánica, etc., en suma, los métodos apropiados para desarrollar las fuerza
del trabajo colectivo, no pueden introducirse sino allí donde la producción
tiene ya lugar en grande escala, y, a medida que esta se extiende, aquella
fuerzas se desarrollan más y más. La escala de las operaciones depende
teniendo por base el régimen del salario, en primer lugar, de la suma de lo
capitales acumulados entre las manos de los empresarios privados. Así e
como cierta acumulación previa, cuyo origen examinaremos después, llega a
ser el punto de partida del sistema de producción capitalista. Pero todos lo
métodos que emplea este sistema de producción para hacer más productivo e
trabajo, son otros tantos métodos para aumentar la supervalía o el producto
líquido, para alimentar la fuente de la acumulación. Si, pues, la acumulación
debe haber alcanzado cierto grado de extensión para que pueda establecerse e
modo de producción capitalista, este acelera de rechazo la acumulación, cuyo
nuevo progreso, al permitir un nuevo acrecentamiento de las empresas
extiende de nuevo la producción capitalista. Este desarrollo recíproco ocasiona
en la composición técnica del capital las variaciones que van disminuyendo
cada vez más su parte variable, pagando la fuerza de trabajo con relación a la
parte constante que representa el valor de los medios de producción
empleados.

Concentración y centralización.

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Cada uno de los capitales individuales de que se compone el capital social
representa desde luego cierta concentración, en manos de un capitalista, de
medios de producción y de medios de subsistencia del trabajo, y, a medida que
la acumulación se produce, esta concentración se extiende. Al aumentar lo
elementos reproductivos de la riqueza, la acumulación opera, pues, al mismo
tiempo, su concentración cada vez mayor en manos de empresarios privados.
Todos esos capitales individuales que componen el capital social llevan a
cabo juntamente su movimiento de acumulación, es decir, de reproducción en
una escala cada vez mayor. Cada capital se enriquece con los elemento
suplementarios que resultan de esta reproducción, conserva así, al aumentarse
su existencia distinta y limita el círculo de acción de los demás. Luego e
movimiento de concentración, no solo se esparce en tantos puntos como la
acumulación, sino que la división del capital social en una multitud de
capitales independientes unos de otros, se mantiene precisamente porque todo
capital individual funciona como centro de concentración.
El aumento de los capitales individuales acrecienta otro tanto el capita
social. Pero la acumulación del capital social resulta, no solo de
acrecentamiento sucesivo de los capitales individuales, sino aun del aumento
de su número, por la transformación, por ejemplo, en capitales de valore
improductivos. Además, capitales enormes lentamente acumulados se dividen
en un momento dado, en muchos capitales diferentes, como sucede con
ocasión del reparto de una herencia en las familias capitalistas. La
concentración desaparece con la formación de nuevos capitales y con la
división de los antiguos.
El movimiento de la acumulación social presenta, pues, por un lado, una
concentración cada vez mayor de los elementos reproductivos de la riqueza
entre manos de empresarios privados, y, por otro, la diseminación y la
multiplicación de los centros de acumulación y de concentración.
En cierto punto del progreso económico, esta división del capital social en
multitud de capitales individuales se ve contrariada por el movimiento
opuesto, gracias al cual, atrayéndose mutuamente, se reúnen diferentes centro
de acumulación y de concentración. Cierto número de capitales se funden
entonces en un número menor, en una palabra, hay concentración propiamente
dicha. Examinemos rápidamente esta atracción del capital por el capital.
La guerra de la competencia se hace bajando cada cual los precios todo lo
que puede. La baratura de los productos depende, siendo iguales las demá
circunstancias, de la productividad del trabajo, y esta de la escala de la
empresas. Los grandes capitales derrotan a los pequeños. Hemos visto ya, en

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los capítulos undécimo y decimotercero, que cuanto más se desarrolla e
sistema de producción capitalista, más aumenta el mínimum de los adelanto
necesarios para explotar una industria en sus condiciones regulares. Lo
pequeños capitales se dirigen, pues, hacia los ramos de la producción de lo
que la grande industria no se ha apoderado aún, o de que solo se ha apoderado
de una manera imperfecta. La competencia es en este terreno violentísima, y
termina siempre con la ruina de un buen número de pequeños capitalistas
cuyos capitales perecen en parte, y pasan, también en parte, a manos de
vencedor.
El desarrollo de la producción capitalista da origen a una potencia
completamente nueva, el crédito, que, en sus comienzos, se introduce
cautelosamente cual modesto auxiliar de la acumulación, se convierte en
seguida en una nueva y terrible arma de la guerra de la competencia, y se
transforma, por último, en un inmenso aparato social destinado a centraliza
los capitales.
A medida que la acumulación y la producción capitalistas se extienden, la
competencia y el crédito, los más poderosos agentes de la centralización, se
desarrollan también. Por eso en nuestra época la tendencia a la centralización
es más poderosa que en ninguna otra época histórica. Lo que principalmente
diferencia la centralización de la concentración, que no es otra cosa que la
consecuencia de la reproducción en mayor escala, es que la centralización no
depende de un aumento efectivo del capital social; los capitales individuale
de que este es la reunión, la materia que se centraliza, pueden ser más o meno
considerables, pues eso depende de los progresos de la acumulación, pero la
centralización no admite más que un cambio de distribución de los capitale
existentes, una sola modificación en el número de los capitales individuale
que componen el capital social.
En un ramo de producción particular, la centralización no habría llegado a
su último límite sino en el momento en que todos los capitales individuale
que estuviesen en ella empeñados, no formasen más que un solo capita
individual. En una sociedad dada, tampoco llegaría a su último límite sino
cuando el capital nacional entero no formase más que un solo capital y se
hallase en manos de un solo capitalista o de una sola compañía de capitalistas.
La centralización no hace sino ayudar a la obra de acumulación, poniendo a
los industriales en situación de ensanchar el círculo de sus operaciones. Que
este resultado se deba a la acumulación o a la centralización, que esta se
efectúe por el violento sistema de la anexión, derrotando unos capitales a otro
y enriqueciéndose con sus elementos desunidos, o que la fusión de una

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multitud de capitales se verifique por el procedimiento más suave de la
sociedades por acciones, etc., el efecto económico de esta transformación no
dejará de ser el mismo. La extensión del círculo de las empresas será
constantemente el punto de partida de una organización más vasta del trabajo
colectivo, de un desarrollo más amplio de sus resortes materiales, o en otro
términos, de la transformación cada vez mayor de movimientos de producción
parciales y rutinarios en movimientos de producción socialmente combinado
y ordenados científicamente.
Pero es evidente que la acumulación, el acrecentamiento gradual del capita
merced a su reproducción en una escala creciente, no es más que un
procedimiento lento, comparado con la centralización, la cual, en primer lugar
cambia únicamente la disposición cuantitativa de las partes componentes de
capital. El mundo carecería aún del sistema de los ferrocarriles, por ejemplo, s
hubiese tenido que aguardar el momento en que los capitales individuale
hubieran suficientemente acrecentado por la acumulación para hallarse en
estado de tomar a su cargo empresa de tamaña importancia, que la
centralización del capital, merced al auxilio de las sociedades por acciones, ha
efectuado, por decirlo así, en un abrir y cerrar de ojos.
Los grandes capitales creados por la centralización se reproducen como lo
demás, pero más rápidamente, y se convierten a su vez en poderosos agente
de la acumulación social. Al aumentar y hacer más rápidos los efectos de la
acumulación, la centralización extiende y precipita las variaciones en la
composición técnica del capital, variaciones que aumentan su parte constante a
expensas de su parte variable, o bien ocasionan en la demanda de trabajo una
disminución relativamente a la cantidad del capital.

III. Demanda de trabajo relativa y demanda de trabaja efectiva.

La demanda de trabajo efectiva que ocasiona un capital, no depende de la
cantidad absoluta de este capital, sino de la cantidad absoluta de su parte
variable, única que se cambia por la fuerza obrera. La demanda de trabajo
relativa que ocasiona un capital, es decir, la proporción entre la cantidad de
este capital y la suma de trabajo que absorbe, está determinada por la cantidad
proporcional de su parte variable relativamente a su cantidad total. Acabamo
de ver que la acumulación que acrecienta el capital social, reduce al mismo
tiempo la cantidad relativa de su parte variable y disminuye así la demanda de
trabajo relativa. ¿Cuál es ahora la influencia de este movimiento en la suerte

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de la clase obrera? Es evidente que, para resolver este problema, es preciso
examinar desde luego de qué modo una disminución en la demanda de trabajo
relativa ejerce su acción sobre la demanda de trabajo efectiva.
Supongamos un capital de 1.200 pesetas; la cantidad relativa de la parte
variable es de la mitad del capital entero. No variando este y bajando aquella
de la mitad a la tercera parte, la cantidad efectiva de esta parte no es más que
de 400 pesetas en lugar de ser de 600: mientras no varía la cantidad de un
capital, toda disminución en la cantidad relativa de su parte variable es a
mismo tiempo una disminución de la cantidad efectiva de aquel.
Tripliquemos el capital de 1.200 pesetas, que se convertirá en 3.600
pesetas; la cantidad relativa de la parte variable disminuye en esta misma
proporción; es decir, es dividida por 3, y baja entonces de la mitad a la sexta
parte; su cantidad efectiva será de 600 pesetas, como en su principio, pues 600
es la sexta parte de 3.600 y la mitad de 1.200: variando la cantidad total de
capital, el fondo de los salarios, no obstante una disminución de su cantidad
relativa, conserva la misma cantidad efectiva, si esta disminución tiene luga
en la misma proporción que el aumento del capital entero.
Si el capital de 1.200 pesetas se duplica, será de 2.400 pesetas; si la
cantidad relativa de la parte variable disminuye en mayor proporción que ha
aumentado el capital, y baja, por ejemplo, como en el caso anterior, de la
mitad a la sexta parte, su cantidad efectiva no será más que de 400 pesetas: s
la disminución de la cantidad relativa de la parte variable tiene lugar en mayo
proporción que el aumento del capital adelantado, el fondo de salario sufre una
disminución efectiva, a pesar del aumento del capital.
El mismo capital de 1.200 pesetas, triplicado de nuevo, es igual a 3.600
pesetas; la cantidad relativa de la parte variable disminuye, pero en meno
proporción que ha aumentado el capital; dividida por 2, mientras que el capita
ha sido multiplicado por 3, baja de la mitad a la cuarta parte; su cantidad
efectiva asciende a 900 pesetas: si la disminución de la cantidad relativa de la
parte variable tiene lugar en una proporción menor que el aumento del capita
entero, el fondo del salario experimenta un aumento efectivo, a pesar de la
disminución de su cantidad relativa.
Estos son, a la vez, los periodos sucesivos por que atraviesan las masas de
capital social distribuidas entre los diferentes ramos de producción, y la
condiciones diversas que presentan al mismo tiempo diferentes ramos de
producción.
Tenemos los ejemplos de fábricas en que un mismo número de obrero
basta para poner en actividad una cantidad creciente de medios de producción

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el aumento del capital procedente del acrecentamiento de su parte constante
hace que en este caso disminuya otro tanto la cantidad relativa de la fuerza
obrera explotada, sin variar su cantidad efectiva. Hay también ejemplos de
disminución efectiva del número de obreros ocupados en ciertos ramos de
industria y de su aumento simultáneo en otros ramos, aunque en todos haya
habido aumento del capital invertido.
En el capítulo decimoquinto hemos indicado las causas que, no obstante la
tendencias contrarias, hace que las filas de los asalariados vayan engrosando
con los progresos de la acumulación. Recordaremos aquí, pues, lo que hace
relación a nuestro asunto.
El mismo desarrollo del maquinismo que ocasiona una disminución no solo
relativa, sino frecuentemente efectiva, del número de obreros empleados en
ciertos ramos de industria, permite a estos suministrar una masa mayor de
productos a bajo precio; dichas industrias impulsan de esta manera e
desarrollo de otras industrias, el de aquellas a quienes proporcionan medios de
producción, o bien el de aquellas de donde sacan sus primeras materias
instrumentos, etc., formando así otros tantos mercados nuevos para el trabajo.
Además, hay momentos en que los trastornos técnicos se dejan senti
menos, en que la acumulación se presenta más bien como un movimiento de
extensión sobre la última base técnica establecida. Entonces empieza de nuevo
a operar más o menos la ley según la cual la demanda de trabajo aumenta en la
misma proporción que el capital. Pero, al mismo tiempo que el número de
obreros atraídos por el capital llega a su máximum, los productos vienen a se
tan abundantes, que al menor obstáculo que se oponga a su circulación, e
mecanismo social parece como que se detiene, y el trabajo se interrumpe
disminuye. La necesidad que obliga al capitalista a economizarlo, engendra
perfeccionamientos técnicos que reducen, por consecuencia, el número de lo
obreros necesarios. La duración de los momentos en que la acumulación
favorece más la demanda de trabajo, es cada día menor.
Así, desde que la industria mecánica ha alcanzado la supremacía, e
progreso de la acumulación redobla la energía de las fuerzas que tienden a
disminuir la demanda de trabajo relativa, y debilita las fuerzas que tienden a
aumentar la demanda de trabajo efectiva. El capital variable, y po
consecuencia la demanda de trabajo, aumenta con el capital social de que
forma parte, pero aumenta en proporción decreciente.

La ley de población adecuada a la época capitalista.

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Hallándose regida la demanda de trabajo, no solamente por la cantidad de
capital variable puesto ya en actividad, sino también por el término medio de
su aumento continuo (capítulo XXIV), la oferta de trabajo sigue siendo norma
mientras sigue este movimiento. Pero cuando el capital variable llega a un
término medio de aumento inferior, la misma oferta de trabajo, que hasta
entonces era normal, se hace superabundante, de suerte que una parte más o
menos considerable de la clase asalariada, habiendo dejado de ser necesaria
para poner en actividad el capital, es entonces superflua, supernumeraria
Como semejante hecho se repite con el progreso de la acumulación, esta
arrastra en pos de sí un sobrante de población que va continuamente en
aumento.
El progreso de la acumulación y el movimiento, que la acompaña, de
disminución proporcional del capital variable y de disminución
correspondiente en la demanda de trabajo relativa, los cuales, como acabamo
de ver, dan por resultado el aumento efectivo del capital variable y de la
demanda de trabajo en una proporción decreciente, tienen, finalmente, po
complemento, la creación de un sobrante de población relativo. Llamámosle
«relativo» porque proviene, no de un aumento real de la población obrera, sino
de la situación del capital social, que le permite prescindir de una parte más o
menos considerable de sus obreros. Como este sobrante de población no existe
más que con relación a las necesidades momentáneas de la explotación
capitalista, puede aumentar o disminuir repentinamente según los movimiento
de expansión y de contracción de la producción.
Al producir la acumulación del capital, y a medida que lo consigue, la clase
asalariada produce, pues, los instrumentos de su anulación o de su
transformación en sobrante de población relativo. Tal es la ley de población
que distingue a la época capitalista y corresponde a su sistema de producción
particular. Cada uno de los sistemas históricos de la producción social tiene su
ley de población adecuada, ley que solo a él se aplica, que pasa con él, y no
tiene, por consecuencia, más que un valor histórico.

Formación de un ejército industrial de reserva.

Si la acumulación, el progreso de la riqueza sobre la base capitalista, crea
necesariamente un sobrante de población obrera, este se convierte, a su vez, en
el auxiliar más poderoso de la acumulación, en una condición de existencia de
la producción capitalista, en su estado de completo desarrollo. Este sobrante de

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población forma un ejército de reserva industrial que pertenece al capitalista
de una manera tan absoluta como si lo hubiese educado y disciplinado a
expensas suyas: ejército que provee a sus necesidades variables de trabajo la
materia humana siempre explotable y siempre disponible, independientemente
del aumento natural de la población.
La presencia de esta reserva industrial, su entrada de nuevo, parcial o
general, en el servicio activo, y su reconstitución con arreglo a un plan má
vasto, todo esto se encuentra en el fondo de la vida accidentada que atraviesa
la industria moderna, con la repetición casi regular cada diez años, fuera de la
demás sacudidas irregulares, del mismo periodo compuesto de actividad
ordinaria, de producción excesiva, de crisis y de inacción.
Esta marcha singular de la industria no se encuentra en ninguna de la
épocas anteriores de la humanidad. Solo de la época en que el progreso
mecánico, habiendo echado raíces bastantes profundas, ejerció una influencia
preponderante sobre toda la producción nacional; en que, gracias a él, e
comercio exterior comenzó a sobreponerse al comercio interior; en que e
mercado universal se anexionó sucesivamente vastos territorios en América
en Asia y en Australia; en que, finalmente, las naciones rivales se hicieron
bastante numerosas, de esa época solamente datan los periodos floreciente
que van a parar siempre a una crisis general, fin de un periodo y punto de
partida de otro. Hasta el presente, la duración de estos periodos es de diez u
once años, pero no hay razón alguna para que este número sea inmutable. A
contrario, debe deducirse de las leyes de la producción capitalista, tales como
acabamos de desarrollarlas, que ese número variará y que los periodos irán
acortándose.
El progreso industrial que sigue la marcha de la acumulación, al mismo
tiempo que reduce cada vez más el número de obreros necesarios para pone
en actividad una masa siempre creciente de medios de producción, aumenta la
cantidad de trabajo que el obrero individual debe proporcionar. A medida que
el progreso desarrolla las potencias productivas del trabajo y hace, po
consecuencia, que se saquen más productos de menos trabajo, el sistema
capitalista desarrolla también los medios de sacar más trabajo del asalariado
ya prolongando su jornada o bien haciendo más intenso su trabajo, o de
aumentar en apariencia el número de los trabajadores empleados
reemplazando una fuerza superior y más cara con muchas fuerzas inferiores y
muy baratas, es decir, el hombre con la mujer, el adulto con el niño, un obrero
americano con tres chinos. He ahí diferentes métodos para disminuir la

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demanda de trabajo y hacer superabundante su oferta, en una palabra, para
fabricar supernumerarios.
El exceso de trabajo impuesto a la parte de la clase asalariada que se halla
en servicio activo, a los ocupados, engruesa las filas de los desocupados, de la
reserva, y la competencia de estos últimos, que buscan naturalmente
colocación, contra los primeros, ejerce sobre estos una presión que los obliga a
soportar más dócilmente los mandatos del capital.

Lo que determina el tipo general de los salarios.

La proporción diferente según la cual la clase obrera se descompone en
ejército activo y ejército de reserva, el aumento o la disminución del sobrante
de población relativo correspondiente al flujo y reflujo del periodo industrial
es lo que determina exclusivamente las variaciones en el tipo general de lo
salarios.
En vez de basar la oferta del trabajo en el aumento y la disminución
alternativos del capital que funciona, es decir, en las necesidades momentánea
de la clase capitalista, el evangelio economista burgués hace depender e
movimiento del capital de un movimiento en el número efectivo de la
población obrera. Según su doctrina, la acumulación produce un alza de
salarios, que poco a poco hace que se aumente el número de los obreros, hasta
el punto que estos obstruyen de tal manera el mercado, que el capital no basta
ya para ocuparlos a todos a un tiempo. Entonces el salario baja. Este descenso
es mortal para la población obrera, impidiéndole al menos aumentarse, de ta
modo que, a causa del corto número de obreros, el capital torna a se
superabundante, la demanda de trabajo comienza otra vez a ser mayor que la
oferta, los salarios vuelven a subir y así sucesivamente.
¡Y un movimiento de esta naturaleza sería posible con el sistema de
producción capitalista! Pero antes de que el alza de los salarios hubiese
provocado el menor aumento efectivo en la cifra absoluta de la población
realmente apta para trabajar, se hubiera dejado transcurrir veinte veces e
tiempo necesario para comenzar la campaña industrial, empeñar la lucha y
conseguir la victoria. Por rápida que sea la reproducción humana, necesita, en
todo caso, el intervalo de una generación para reemplazar a los trabajadore
adultos. Ahora bien, el beneficio de los fabricantes depende principalmente de
la posibilidad de explotar el momento favorable de una demanda abundante; e
necesario que puedan inmediatamente, según el capricho del mercado, activa

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sus operaciones; es preciso, pues, que hallen en él en seguida brazo
disponibles; no pueden aguardar a que su demanda de brazos produzca
mediante un alza de los salarios, un movimiento de población que le
proporcione los brazos que necesitan. La expansión de la producción, en un
momento dado, no es posible sino con un ejército de reserva a las órdenes de
capital, con un sobrante de trabajadores aparte del aumento natural de la
población.
Los economistas confunden las leyes que rigen el tipo general del salario y
expresan relaciones entre el capital y la fuerza obrera consideradas ambas en
conjunto, con las leyes que en particular distribuyen la población entre lo
diversos ramos de industria.
Hay circunstancias especiales que favorecen la acumulación ya en este o en
aquel ramo. En cuanto los beneficios exceden del tipo medio en uno de ellos
acuden a él nuevos capitales, la demanda de trabajo se deja sentir, se hace má
necesaria y eleva los salarios. El alza atrae una gran parte de la clase asalariada
al ramo de industria privilegiado hasta que, por el hecho de esta afluencia
continua, el salario vuelve a descender a su nivel ordinario o más bajo todavía
Desde este momento, no solo cesa la invasión de aquel ramo por los obreros
sino que da lugar a su emigración hacia otros ramos de industria. La
acumulación del capital produce un alza en los salarios; este alza, un aumento
de obreros; este aumento, una baja en los salarios, y esta, por último, una
disminución de obreros. Pero los economistas no tienen razón al proclama
como ley general del salario lo que no es más que una oscilación local de
mercado del trabajo, producida por el movimiento de distribución de lo
trabajadores entre los diversos ramos de producción.

La ley de la oferta y la demanda es un engaño.

Una vez convertido en eje sobre el cual gira la ley de la oferta y la demanda
de trabajo, el sobrante relativo de población no le permite funcionar sino
dentro de unos límites que no se opongan al espíritu de dominación y de
explotación del capital.
A este propósito, recordemos una teoría que ya hemos mencionado en e
capítulo XV. Cuando una máquina deja sin ocupación a obreros hasta entonce
ocupados, los utopistas de la economía política pretenden demostrar que esta
operación deja disponible al mismo tiempo un capital destinado a emplearlo
de nuevo en algún otro ramo de industria. Hemos demostrado que no sucede

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nada de eso; ninguna parte del antiguo capital queda disponible para lo
obreros despedidos, al contrario, son ellos los que quedan a disposición de
nuevos capitales si los hay. Y ahora puede apreciarse cuán poco fundamento
tiene la supuesta «teoría de compensación».
Los obreros destituidos por la máquina y que quedan disponibles, se hallan
a disposición de todo nuevo capital a punto de entrar en juego. Que este capita
los ocupe a ellos o a otros, el efecto que produce sobre la demanda general de
trabajo será siempre nulo, si este capital puede retirar del mercado tanto
brazos como a él han arrojado las máquinas. Si retira menos, el número de lo
desocupados aumentará al fin y al cabo; por último, si retira más, la demanda
general de trabajo se aumentará solo con la diferencia entre los brazos que
atraiga y los que la máquina haya rechazado. El aumento que, por efecto de
nuevos capitales en vías de colocación, habría tenido la demanda general de
brazos, se encuentra, pues, en todo caso anulada hasta la ocupación de lo
brazos arrojados por las máquinas al mercado.
Tal es el efecto general de todos los métodos que contribuyen a forma
trabajadores supernumerarios. Gracias a ellos, la oferta y la demanda de
trabajo dejan de ser movimientos procedentes de dos polos opuestos, el de
capital y el de la fuerza obrera. El capital influye en ambos polo
simultáneamente. Si su acumulación aumenta la demanda de brazos, sabemo
que aumenta también su oferta al fabricar supernumerarios. En esta
condiciones, la ley de la oferta y de la demanda de trabajo completa e
despotismo capitalista.
Así, cuando los trabajadores comienzan a notar que su función de
instrumentos que hacen valer el capital es cada vez más insegura a medida que
su trabajo y la riqueza de sus dueños aumentan; tan luego como echan de ve
que la violencia mortífera de la competencia que entre ellos se hacen, depende
enteramente de la presión ejercida por los supernumerarios; tan luego como, a
fin de aminorar el efecto funesto de esta ley «natural» de la acumulación
capitalista, se unen para organizar la inteligencia y la acción común entre lo
ocupados y los desocupados, se ve inmediatamente al capital y a su defenso
titular el economista burgués, clamar contra semejante sacrilegio y contra ta
violación de la ley «eterna» de la oferta y de la demanda.

IV. Formas diversas del sobrante relativo de población.

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Por más que el sobrante relativo de población presenta matices que varían
hasta lo infinito, distínguense en él, sin embargo, algunas grandes categorías
algunas diferencias de forma muy marcadas: la forma flotante, la forma oculta
y la forma permanente.
Los centros de la industria moderna, talleres mecánicos, manufacturas
fundiciones, minas, etc., no cesan de atraer y de rechazar alternativamente a
los trabajadores; pero, en general, concluyen por atraer más que rechazan, de
suerte que el número de obreros explotados va aumentando en ellos, aunque
disminuye proporcionalmente en la escala de la producción. El sobrante de
población existe allí en estado flotante.
Las fábricas, la mayor parte de las grandes manufacturas, solo emplean a
los obreros varones hasta la edad de su madurez. Pasado este término
conservan únicamente una escasa minoría y despiden casi siempre a lo
restantes. Este elemento del sobrante de población aumenta a medida que se
extiende la grande industria; el capital necesita una proporción mayor de
mujeres, de niños y de jóvenes, que de hombres adultos. Por otra parte, es ta
la explotación de la fuerza obrera por el capital, que el trabajador se encuentra
aniquilado a la mitad de su carrera. Al llegar a la edad madura, debe dejar su
puesto a una fuerza más joven y descender un peldaño de la escala social, y
dichoso él si no se ve relegado definitivamente entre los supernumerarios
Además, el término medio más corto de la vida se halla entre los obreros de la
grande industria. Dadas estas condiciones, las filas de esta fracción de
proletariado solo pueden engrosar cambiando frecuentemente de elemento
individuales. Es necesario, pues, que las generaciones se renueven
frecuentemente, cuya necesidad social queda satisfecha por medio de
matrimonios precoces y gracias a la prima que la explotación de los niño
asegura a su producción.
En seguida que la producción capitalista se apodera de la agricultura e
introduce en ella el empleo de las máquinas, la demanda de trabajo disminuye
efectivamente a medida que el capital se acumula en ese ramo; una parte de la
población agrícola se halla siempre a punto de transformarse en población
urbana y manufacturera. Para que la población de los campos se dirija, como
lo hace, a las ciudades, es preciso que, en los campos mismos, haya un
sobrante de población oculto, cuya extensión no se echa de ver sino en e
momento en que la emigración de los campos a las ciudades tiene lugar en
grande escala. Por consiguiente, el obrero agrícola se halla reducido a
mínimum de salario y tiene ya un pie en el fango del pauperismo.

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Por otra parte, a pesar de este sobrante relativo de población, los campo
quedan al mismo tiempo insuficientemente poblados. Esto se deja sentir no
solo de una manera local en los puntos donde se opera un rápido tránsito de
hombres hacia las ciudades, minas, ferrocarriles, etc., sino generalmente en la
primavera, en verano y en otoño, épocas en que la agricultura tiene necesidad
de un suplemento de brazos. Aunque hay demasiados obreros para la
necesidades ordinarias, hay escasez de ellos para las necesidade
excepcionales y temporales de la agricultura.
La tercera categoría del sobrante relativo de población, la permanente
pertenece al ejército industrial activo, pero, al mismo tiempo, la extremada
irregularidad de sus ocupaciones hace de él un depósito inagotable de fuerza
disponibles. Acostumbrado a la miseria crónica, a condiciones de existencia
completamente inseguras y vergonzosamente inferiores al nivel ordinario de la
clase obrera, se convierte en extensa base de ramos especiales de explotación
en los cuales el tiempo de trabajo llega a su máximum y el tipo del salario a su
mínimum. El llamado trabajo a domicilio nos ofrece un ejemplo espantoso de
esta categoría. Esta capa social, que se recluta sin cesar entre lo
supernumerarios de la grande industria y de la agricultura, se reproduce en
escala creciente. Si las defunciones son en ella numerosas, el número de lo
nacimientos es, en cambio, muy elevado. Semejante fenómeno trae a la
memoria la reproducción extraordinaria de ciertas especies animales débiles y
constantemente perseguidas. «La pobreza —dice Adam Smith— parece
favorable a la generación».
Finalmente, el último residuo del sobrante relativo de población habita e
infierno del pauperismo. Sin contar los vagabundos, los criminales, la
prostitutas, los mendigos, y todo ese mundo que llaman «clases peligrosas»
esta capa social se compone de tres categorías.
La primera comprende los obreros aptos para trabajar; su masa, que
engrosa a cada crisis, disminuye cuando los negocios recobran su actividad. La
segunda comprende los niños de los pobres socorridos y los huérfanos. Esto
son otros tantos candidatos de la reserva industrial, los cuales, en las épocas de
mayor prosperidad, entran en masa en el servicio activo. La tercera categoría
comprende los más miserables; en primer lugar los obreros y obreras a quiene
el desarrollo social ha, por decirlo así, desmonetizado, al suprimir la obra de
detalle que, por la división del trabajo, era su único recurso; después los que
por desgracia, han pasado de la edad productiva del asalariado, y por último
las víctimas directas de la industria, enfermos, mutilados, viudas, etc., cuyo

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número se eleva con el de las máquinas peligrosas, las minas, las manufactura
químicas, etc.

El pauperismo es la consecuencia fatal del sistema capitalista.

El pauperismo es el cuartel de inválidos del ejército del trabajo. Su
producción está comprendida en la del sobrante relativo de población, su
necesidad en la necesidad de este, y forma con él una condición de existencia
de la riqueza capitalista.
Las mismas causas que desarrollan con la potencia productiva del trabajo la
acumulación del capital, creando la facilidad de disponer de la fuerza obrera
hacen que aumente la reserva industrial con los resortes materiales de la
riqueza. Pero cuanto más aumenta la reserva, comparativamente al ejército de
trabajo, más aumenta también el pauperismo oficial. He ahí la ley general
absoluta, de la acumulación capitalista. La acción de esta ley, como la de
cualquiera otra, está naturalmente sujeta a las modificaciones de circunstancia
particulares.
El análisis de la supervalía relativa (sección cuarta) nos ha conducido a
siguiente resultado: que en el sistema capitalista, en que los medios de
producción no están al servicio del trabajador, sino el trabajador al servicio de
los medios de producción, todos los métodos para multiplicar los recursos y la
potencia del trabajo colectivo se practican a expensas del trabajado
individual; todos los medios de desarrollar la producción se transforman en
medios de dominar y explotar al productor; hacen de él un hombre truncado
parcelario, o el accesorio de una máquina; le oponen, como otros tanto
poderes enemigos, las potencias científicas de la producción; sustituyen e
trabajo atractivo por el trabajo forzado; hacen cada vez más penosas la
condiciones en que se efectúa el trabajo, y someten al obrero durante su
servicio a un despotismo tan mezquino como ilimitado; transforman su vida
entera en tiempo de trabajo y encierran a su mujer y a sus hijos en lo
presidios capitalistas.
Pero todos los métodos que ayudan a la producción de la supervalía
favorecen igualmente la acumulación, y toda extensión de esta necesita a su
vez de aquellos. De lo cual resulta que, cualquiera que sea el tipo de lo
salarios, alto o bajo, la condición del trabajador debe empeorar a medida que
el capital se acumula; de tal suerte, que acumulación de riqueza por un lado
significa acumulación igual de pobreza, de sufrimiento, de ignorancia, de

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embrutecimiento, de degradación física y moral, de esclavitud por otro, o sea
del lado de la clase que produce el capital mismo.

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SECCIÓN OCTAVA
La acumulación primitiva.

CAPÍTULO XXVI
EL SECRETO DE LA ACUMULACIÓN PRIMITIVA
I. Separación del productor y de los medios de producción. — Explicación del movimiento histórico qu
ha reemplazado el régimen feudal con el régimen capitalista. — II. Después de haber estad
sometido a la explotación por la fuerza bruta, el trabajador acaba por someterse a ell
voluntariamente. — III. Establecimiento del mercado interior para el capital industrial.

I. Separación del productor y de los medios de producción.

Ya hemos visto cómo el dinero se convierte en capital, el capital en origen
de supervalía, y la supervalía en origen de un nuevo capital. Pero la
acumulación capitalista supone la presencia de la supervalía, y esta el modo de
producción capitalista, el cual, a su vez, depende de la acumulación ya
operada, en mano de productores mercantiles, de capitales bastante
considerables. Todo este movimiento, por consecuencia, parece que gira en un
círculo vicioso del que no podría salirse sin admitir una acumulación
primitiva, que sirva de punto de partida a la producción capitalista, en vez de
proceder de ella. ¿Cuál es el origen de esta acumulación primitiva?
Según la historia real y verdadera, la conquista, la servidumbre, el robo a
mano armada, el reinado de la fuerza bruta son los que han triunfado siempre
En los manuales de Economía política, es, por el contrario, el idilio el que
siempre ha florecido; jamás ha habido otros medios de enriquecerse sino e
trabajo y el derecho. En realidad, los métodos de la acumulación primitiva son
todo lo que se quiera, excepto materia de idilio. El escamoteo de los bienes de
las iglesias y hospitales, la enajenación fraudulenta de los dominios de
Estado, el robo de las tierras comunales, la transformación terrorista de la

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propiedad feudal en propiedad moderna privada, tales son los orígenes idílico
de la acumulación primitiva.
Si, en la relación entre capitalista y asalariado, el primero desempeña e
papel de dueño y el segundo el de servidor, es merced a un contrato por el cua
no solo se pone el asalariado al servicio, y por lo tanto bajo la dependencia de
capitalista, sino que hasta ha renunciado a todo derecho de propiedad sobre su
propio producto.
¿Por qué hace el asalariado semejante convenio? Porque no posee más que
su fuerza personal, el trabajo en estado de potencia, mientras que todas la
condiciones exteriores requeridas para dar cuerpo a esta potencia, la materia y
los instrumentos necesarios para el ejercicio útil del trabajo, la facultad de
disponer de las subsistencias indispensables para la vida, se encuentran en e
lado opuesto.
La base del sistema capitalista es la separación radical del productor y lo
medios de producción. Para que este sistema se establezca, es necesario, pues
que, en parte al menos, los medios de producción hayan sido arrancados ya a
los productores que los empleaban en realizar su propia potencia de trabajo, y
que estos medios, hayan sido ya detentados por productores mercantiles
quienes los emplean en especular con el trabajo ajeno. El movimiento
histórico que da por resultado el divorcio entre el trabajo y sus condiciones
los medios de producción, tal es el significado de la acumulación primitiva.

Explicación del movimiento histórico que ha reemplazado el régimen feudal
con el régimen capitalista.

El orden económico capitalista ha salido del seno del orden económico
feudal. La disolución del uno ha disgregado los elementos constitutivos de
otro.
Para que el trabajador, el productor inmediato, pudiese disponer de su
propia persona, necesitaba ante todo no estar sujeto a una tierra o a otra
persona; tampoco podía llegar a ser vendedor libre de trabajo, llevando su
mercancía, la fuerza de trabajo, donde quiera que esta encontrase un mercado
sin haberse sustraído al régimen de los gremios con sus patronatos, su
jurados, sus leyes de aprendizaje, etc. El movimiento histórico que transforma
a los productores en asalariados, se presenta, pues, como su emancipación de
la servidumbre y del régimen de los gremios. Por otra parte, si esto
emancipados se venden a sí propios es porque se ven obligados a ello para

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vivir, porque han sido despojados de todos los medios de producción y de
todas las garantías de existencia ofrecidas por el antiguo orden de cosas. La
historia de su expropiación no tiene réplica, pues se halla escrita en la historia
de la humanidad con letras indelebles de sangre y fuego.
Tocante a los capitalistas empresarios, estos nuevos potentados no solo
tenían que destituir a los maestros de oficios, sino también a los detentadore
feudales de las fuentes de la riqueza. Su advenimiento se presenta, desde este
punto de vista, como el resultado de una lucha victoriosa contra el pode
señorial con sus irritantes privilegios, y contra el régimen de los gremios po
las trabas que oponía al libre desarrollo de la producción y a la libre
explotación del hombre por el hombre. El progreso ha consistido en variar la
forma de la explotación: la explotación feudal se ha convertido en explotación
capitalista.

II. Después de haber sido sometido a la explotación por la fuerza bruta, e
trabajador acaba por someterse a ella voluntariamente.

No basta que, por una parte, se presenten las condiciones materiales de
trabajo en forma de capital, y, por otra, hombres que nada tienen que vender s
no es su fuerza de trabajo. No basta tampoco que se les obligue por la fuerza a
venderse voluntariamente.
La burguesía naciente —y este es un momento esencial de la acumulación
primitiva— no podía prescindir de la intervención constante del Estado para
prolongar la jornada de trabajo (capítulo X), para «reglamentar» el salario, e
decir, para conservar al trabajador en el grado de dependencia requerido
abrumándole bajo el yugo del salariado mediante leyes de un terrorismo
grotesco, leyes que iban dirigidas en el occidente de Europa, a fines del siglo
xv y durante el xvi, contra el proletariado sin casa ni hogar, contra los padre
de la clase obrera de hoy, castigados por haber sido reducidos al estado de
vagabundos y de pobres, la mayor parte de las veces de resultas de
expropiación violenta.
No olvidemos que la burguesía, desde el principio de la Revolución
francesa, se atrevió a despojar a la clase obrera del derecho de asociación que
esta acababa apenas de conquistar. Por una ley de 14 de junio de 1791, se
consignó que todo acuerdo tomado por los trabajadores para la defensa de su
intereses comunes fuese declarado «atentatorio a la libertad y a la Declaración

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de los derechos del hombre», y castigado con multa y privación de lo
derechos de ciudadano.
Con el progreso de la producción capitalista, se forma una clase cada vez
más numerosa de trabajadores que, gracias a la educación, a las costumbre
transmitidas, se conforman con las exigencias del actual régimen económico
de un modo tan instintivo como se conforma con las variaciones atmosféricas
En cuanto este modo de producción adquiere cierto desarrollo, su mecanismo
destruye toda resistencia; la presencia constante de un sobrante relativo de
población mantiene la ley de la oferta y de la demanda de trabajo, y po
consecuencia el salario, dentro de los límites adecuados a las necesidades de
capital; la presión sorda de las relaciones económicas remata el despotismo de
capital sobre el trabajador. A veces se recurre todavía a la violencia, al empleo
de la fuerza bruta, pero solo como excepción. En el curso ordinario de la
cosas, el trabajador puede quedar abandonado a la acción de las «leye
naturales» de la sociedad, es decir, a la dependencia del capital, engendrada
defendida y perpetuada por el propio mecanismo de la producción.

III. Establecimiento del mercado interior para el capital industrial.

La continua expropiación de los labradores, fomentada por las leye
salvajes contra los vagabundos, introdujo violentamente en la industria de la
ciudades masas enormes de proletarios, y contribuyó a destruir la antigua
industria doméstica. Es necesario que nos detengamos un instante a examina
este elemento de la acumulación primitiva.
Antiguamente, la misma familia campesina elaboraba en primer lugar, y
luego consumía directamente, a lo menos en gran parte, los víveres y la
materias primeras, producto de su trabajo. De simples valores de uso que eran
al convertirse en mercancías, estas materias primeras se vendían a la
manufacturas, y los objetos que, gracias a ella, eran elaborados en el campo, se
transformaban en artículos de manufactura, a los que el campo servía de
mercado. Desde entonces desapareció la industria doméstica de los labriegos
Esta desaparición es la única que puede dar al mercado interior de un país la
extensión y la constitución que exigen las necesidades de la producción
capitalista.
No obstante, el periodo manufacturero propiamente dicho no consigue
hacer radical esta revolución. Si, en efecto, destruye, en ciertos ramos y en
determinados puntos, la industria doméstica, también le da vida en otros. Ese

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periodo contribuye a la formación de una clase de labradores en pequeño, para
quienes el cultivo de la tierra es una operación secundaria, y el trabajo
industrial, cuyo producto venden a las manufacturas directamente o po
mediación del comerciante, la ocupación principal. La grande industria es la
que separa definitivamente la agricultura de la industria doméstica de lo
campos, arrancando sus raíces, que son el hilado y el tejido a mano.
De esta separación fatal datan el desarrollo necesario de los podere
colectivos del trabajo y la transformación de la producción dividida, rutinaria
en producción combinada, científica. La industria mecánica, acabando esta
separación, es la primera que entrega al capital todo el mercado interior de un
país.

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CAPÍTULO XXVII
ORIGEN DEL CAPITALISTA INDUSTRIAL
La acumulación primitiva se ha efectuado por la fuerza. — Régimen colonial, deudas públicas, sistema
proteccionista.

La acumulación primitiva se ha efectuado por la fuerza.

No es dudoso que muchos jefes de gremios, artesanos independientes, y
aun obreros asalariados, se hayan hecho desde luego capitalistas en pequeño y
que, poco a poco, merced a una explotación siempre creciente de trabajo
asalariado seguida de una acumulación correspondiente, hayan por fin salido
de su concha transformados en capitalistas de la cabeza hasta los pies.
Sin embargo, esta transformación lenta del capital no respondía en manera
alguna a las necesidades comerciales del nuevo mercado universal, creado po
los grandes descubrimientos del siglo xv.
Pero la Edad Media había legado dos especies de capital que prosperan
bajo los más diversos regímenes de economía social, y que, antes de la época
moderna, ocupan por sí solos la categoría de capital. Tales son el capita
usurario y el capital comercial. Ahora bien, la constitución feudal de lo
campos y la organización corporativa de las ciudades, barreras que impedían a
capital-dinero, formado por el doble camino de la usura y del comercio
transformarse en capital industrial, concluyeron por desaparecer.
El descubrimiento de las minas de oro y plata de América, la sepultura en
ellas de sus habitantes reducidos a la esclavitud o al exterminio, los amagos de
conquista y de saqueo en las Indias orientales, la transformación de África en
territorio de caza para la captura de negros, tales fueron los procedimiento
suaves de acumulación primitiva con que se señaló en su aurora la era
capitalista. Inmediatamente después estalla la guerra mercantil, que llega a
tener el mundo entero por teatro. Empezando por la rebelión de Holanda

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contra España, adquiere proporciones gigantescas en la cruzada de Inglaterra
contra la Revolución francesa, y se prolonga hasta nuestros días en
expediciones de piratas como las famosas guerras de opio contra China.
Algunos de los diferentes métodos de acumulación primitiva, como
régimen colonial, deudas públicas, hacienda moderna, sistema proteccionista
etc., descansan en el empleo de la fuerza; pero todos, sin excepción, explotan
el poder del Estado, la fuerza concentrada y organizada de la sociedad, a fin de
precipitar violentamente el paso del orden económico feudal al orden
económico capitalista, y abreviar los periodos de transición. En efecto, la
fuerza es la partera de toda sociedad en vías de alumbramiento; la fuerza es un
agente económico.

Régimen colonial, deudas públicas, sistema proteccionista.

El régimen colonial dio un gran impulso a la navegación y al comercio, y
produjo las sociedades mercantiles, a las que los gobiernos concedieron
monopolios y privilegios, medios poderosos para efectuar la concentración de
los capitales. Dicho régimen proporcionaba mercados a las naciente
manufacturas, cuya facilidad de acumulación se duplicó merced al monopolio
del mercado en las colonias. Los tesoros directamente usurpados, fuera de
Europa, por el trabajo forzoso de los indígenas reducidos a la esclavitud por e
robo y el asesinato, volvían a la madre patria para funcionar allí como
capitales. En nuestros días, la superioridad industrial indica la superioridad
comercial; pero, en la época manufacturera propiamente dicha, la superioridad
comercial es la que da la superioridad industrial. De aquí proviene e
importante papel que desempeñó en aquella época el régimen colonial.
El sistema de las deudas públicas, cuya aplicación iniciaron en la Edad
Media Venecia y Génova, invadió definitivamente a Europa durante la época
manufacturera. La deuda pública, o, en otros términos, la enajenación de
Estado, ya sea este despótico, constitucional o republicano, es la que da
carácter a la era capitalista. La única parte de la llamada riqueza nacional que
entra efectivamente en la posesión colectiva de los pueblos modernos, es su
deuda pública.
La deuda pública obra como uno de los agentes más enérgicos de la
acumulación primitiva. Con facilidad mágica dota al dinero improductivo de la
virtud procreadora, transformándolo así en capital, y sin que por esto se halle

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expuesto a sufrir los riesgos inseparables de su empleo industrial y aun de la
usura privada.
A decir verdad, los que prestan al Estado no dan nada, pues su capital
transformado en efectos públicos de fácil circulación, continúa funcionando
entre sus manos como si fuese numerario. Mas, dejando a un lado la clase de
rentistas ociosos así creada y la fortuna improvisada de los hacendista
intermediarios entre el gobierno y la nación, la deuda pública ha dado impulso
a las sociedades por acciones, al comercio de toda clase de papele
negociables, a las operaciones dudosas, al agiotaje, en suma, a los juegos de
Bolsa y a la soberanía moderna de la banca.
Desde su creación, los grandes bancos engalanados de títulos nacionales
no son más que asociaciones de especuladores privados que se establecen a
lado de los gobiernos y que, merced a los privilegios que estos les conceden
llegan a prestarle aun el dinero del público.
Como la deuda pública está basada sobre la renta pública, la cual tiene que
satisfacer los intereses anuales de aquella, el sistema moderno de la
contribuciones era la consecuencia obligada de los empréstitos nacionales. Lo
empréstitos, que permiten a los gobiernos atender a los gastos extraordinario
sin que los contribuyentes se resientan de ellos inmediatamente, producen a
cabo una elevación en las contribuciones; por otra parte, el recargo de
impuestos, causado por la acumulación de las deudas sucesivamente
contraídas, obliga a los gobiernos, en caso de nuevos gastos extraordinarios, a
recurrir a nuevos empréstitos. El sistema fiscal moderno, que descansa ante
todo sobre la contribución de los artículos de primera necesidad, y produce
por consecuencia, la elevación de su precio, se ve arrastrado por su propio
mecanismo a hacerse cada vez más pesado e insoportable. El recargo excesivo
de las cuotas es el principio, no un incidente de dicho sistema, el cual ejerce
una acción expropiadora sobre el labrador, el artesano y demás elementos de la
clase media.
La gran parte que toca a la deuda pública y al sistema fisca
correspondiente en la capitalización de la riqueza y en la expropiación de la
masas, ha llevado a multitud de escritores a ver en este hecho la causa
primordial de la miseria de los pueblos modernos.
El sistema proteccionista, con ayuda de los derechos protectores, de la
primas de exportación, de los monopolios de venta en el interior, etc., fue un
medio artificial de crear fabricantes, de expropiar trabajadores independientes
de transformar en capital los instrumentos y condiciones materiales de
trabajo, de abreviar a viva fuerza el paso del antiguo sistema de producción a

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sistema moderno. El procedimiento de fabricación de fabricantes se simplificó
aún en ciertos países donde Colbert había formado escuela: la fuente
misteriosa de donde el capital primitivo llegaba directamente a lo
especuladores, en forma de adelanto y aun de donativo, fue a menudo el tesoro
público.
Régimen colonial, deudas públicas, dilapidaciones fiscales, protección
industrial, guerras comerciales, etc., adquirieron un desarrollo gigantesco
durante la primera juventud de la grande industria.

En resumen, así es como el trabajador se ha divorciado de las condicione
del trabajo, y como estas se han transformado en capital y la masa del pueblo
en asalariados. El capital viene al mundo sudando sangre y cieno por todos su
poros.

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CAPÍTULO XXVIII
TENDENCIA HISTÓRICA DE LA ACUMULACIÓN CAPITALISTA
Supresión, por la propiedad capitalista, de la propiedad privada basada en el trabajo personal. — L
transformación de la propiedad capitalista en propiedad social.

Supresión, por la propiedad capitalista, de la propiedad privada basada en el
trabajo personal.

Por lo ya expuesto, se advierte que lo que hay en el fondo de la
acumulación primitiva, y en el de su formación histórica, es la expropiación
del productor inmediato, la desaparición de la propiedad fundada en el trabajo
personal de su poseedor.
La propiedad privada, como oposición a la propiedad colectiva, solo existe
allí donde los instrumentos y demás condiciones exteriores del trabajo
pertenecen a particulares; pero, según que sean estos trabajadores o no
trabajadores, la propiedad privada cambia de aspecto.
La propiedad privada del trabajador que posee los medios para poner en
ejercicio su actividad productiva, acompaña a la pequeña industria agrícola o
manufacturera, que es la escuela donde se adquieren la habilidad manual, la
destreza ingeniosa y la libre individualidad del trabajador. Es cierto que este
modo de producción se encuentra en medio de la esclavitud, de la servidumbre
y otros estados de dependencia; pero no prospera, ni despliega toda su energía
ni reviste su forma completa y clásica sino donde el trabajador es propietario
libre de las condiciones de trabajo que él mismo pone en ejercicio, el labrado
del suelo que cultiva y el artesano de la herramienta que maneja, como e
artista lo es de su instrumento de trabajo.
Semejante régimen industrial de pequeños productores independientes, que
trabajan por cuenta propia, supone la división de la tierra y el fraccionamiento
de los demás medios de producción. Como excluye la concentración de esto

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medios, excluye también la cooperación en gran escala, la división del trabajo
en el taller y en el campo, el maquinismo, el dominio inteligente del hombre
sobre la naturaleza, el libre desarrollo de las potencias sociales del trabajo y e
concierto y la unidad en el fin, en los medios y en los esfuerzos de la actividad
colectiva; siendo solo compatible con un estado restringido y mezquino de la
producción y de la sociedad. El perpetuar semejante régimen, si fuera posible
equivaldría —como dice Pecqueur perfectamente— a «decretar la medianía en
todo».
Mas en cuanto llega a cierto grado, él mismo comienza a engendrar lo
agentes materiales de su disolución. A partir de este momento, las fuerzas y
pasiones que comprime, empiezan a agitarse en el seno de la sociedad. Está
condenado a ser, y será, en efecto, aniquilado. Su movimiento de eliminación
que consiste en transformar los medios de producción individuales y disperso
en medios de producción socialmente concentrados, y en convertir la diminuta
propiedad de la mayor parte en propiedad colosal de unos cuantos, por medio
de la dolorosa y terrible expropiación del pueblo trabajador, he ahí cuáles son
los orígenes del capital, que entrañan toda una serie de procedimiento
violentos, de los que solo hemos mencionado los más notables al investigar lo
métodos de acumulación primitiva.
La expropiación de los productores inmediatos se lleva a cabo con un
cinismo implacable, aguijoneado por los móviles más infames, por la
pasiones más sórdidas y más aborrecibles en medio de su pequeñez. La
propiedad privada, basada en el trabajo personal, esa propiedad que adhiere
por decirlo así, al trabajador aislado y autónomo a las condiciones exteriore
del trabajo, ha sido suplantada por la propiedad privada capitalista, fundada en
la explotación del trabajo ajeno, en el régimen del salario.

La transformación de la propiedad capitalista en propiedad social.

Desde que este movimiento de transformación ha descompuesto de arriba
abajo la vieja sociedad; desde que los productores se han convertido en
proletarios, y sus medios de trabajo en capital; desde que el régimen capitalista
se sostiene por la sola fuerza económica de las cosas, la socialización futura
del trabajo, así como la transformación progresiva de la tierra y de los demá
medios de producción en instrumentos socialmente explotados, comunes, en
una palabra, la eliminación futura de las propiedades privadas, va a revesti
una nueva forma. No es al trabajador independiente a quien hay que expropia

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ahora, sino al capitalista, al jefe de un ejército o de una escuadra de
asalariados.
Esta expropiación tiene lugar por la acción de las leyes de la misma
producción capitalista, las cuales tienden a la concentración de los capitales
Al mismo tiempo que la centralización —que es la expropiación de la mayoría
de los capitalistas por la minoría— se desarrollan, cada vez en mayor escala, la
aplicación de la ciencia a la industria, la explotación de la tierra con método y
en conjunto la transformación de la herramienta en instrumentos poderosos
solo por el uso común, y por consecuencia la economía de los medios de
producción y las relaciones de todos los pueblos en el mercado universal; de
donde procede el carácter internacional que lleva impreso el régimen
capitalista.
A medida que disminuye el número de los potentados del capital que
usurpan y monopolizan todos los beneficios de este periodo de evolución
social, aumentan la miseria, la opresión, la esclavitud, la degradación, la
explotación, pero también aumenta la resistencia de la clase obrera, cada vez
más numerosa y mejor disciplinada, unida y organizada por el propio
mecanismo de la producción capitalista. El monopolio del capital ha llegado a
ser un obstáculo para el sistema actual de producción, que ha crecido y
prosperado con él y gracias a él. La socialización del trabajo y la
centralización de sus resortes materiales han llegado a un punto en que no
pueden ya contenerse en la envoltura capitalista. Esta envoltura está próxima a
romperse: la hora postrera de la propiedad capitalista ha sonado ya; a su vez
los expropiadores van a ser expropiados.
La apropiación capitalista, conforme al modo de producción capitalista
también, constituye la primera negación de la propiedad privada resultante de
trabajo independiente e individual. Pero la producción capitalista misma
engendra su propia negación con la fatalidad que preside a las evoluciones de
la naturaleza. Esa producción tiende a restablecer, no la propiedad privada de
trabajador, sino la propiedad del mismo fundada en los progresos realizado
por el periodo capitalista, en la cooperación y posesión común de todos lo
medios de producción, incluida la tierra. Lo que la burguesía capitalista
produce, ante todo, a medida que la gran industria se desarrolla, son su
propios sepultureros; la eliminación de aquella y el triunfo del proletariado son
igualmente inevitables.
Naturalmente, para transformar la propiedad privada y fraccionada, objeto
del trabajo individual, en propiedad capitalista, se ha necesitado tiempo
esfuerzos y penas, que no serán precisos para transformar en propiedad socia

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la propiedad capitalista, la cual descansa ya de hecho en un sistema de
producción colectivo.
En el primer caso, se trataba de la expropiación de la masa por alguno
usurpadores; en el segundo, trátase de la expropiación de unos cuanto
usurpadores por la masa.

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CAPÍTULO XXIX
TEORÍA MODERNA DE LA COLONIZACIÓN
La necesidad de las condiciones que hemos reconocido como indispensables a la explotación capitalista
aparece claramente en las colonias. — Confesiones de la Economía política.

La necesidad de las condiciones que hemos reconocido como indispensables a
la explotación capitalista, aparece claramente en las colonias.

La Economía política burguesa no se detiene a examinar si tal o cual hecho
es cierto, sino si es beneficioso o nocivo al capital. Por tanto, trata de mantene
una confusión sumamente cómoda entre dos géneros de propiedad privada
completamente distintos: entre la propiedad privada basada en el trabajo
personal y la propiedad capitalista basada en el trabajo ajeno, y olvida
intencionadamente que esta última no crece sino sobre la tumba de la primera.
En nuestros países, en la Europa occidental, la acumulación primitiva, e
decir, la expropiación de los trabajadores, se halla en parte terminada, bien
porque el régimen capitalista se ha apoderado de toda la producción nacional
o bien porque, allí donde las condiciones económicas están meno
adelantadas, obra, por lo menos indirectamente, sobre las formas sociales que
persisten a su lado, pero que caen poco a poco juntamente con el modo de
producción atrasado que representan. En las colonias, o donde quiera que se
encuentre un suelo virgen colonizado por emigrantes libres, ocurre todo lo
contrario.
El modo de producción y de apropiación capitalista tropieza allí con la
propiedad fruto del trabajo personal, con el productor que, disponiendo de la
condiciones exteriores del trabajo, consigue enriquecerse en vez de enriquece
al capitalista. La pugna entre estos dos modos de apropiación, que la
Economía política niega entre nosotros, se demuestra allí con los hechos, con
la lucha.

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Cuando se trata de las colonias, el economista entra en el terreno de la
confesiones y asegura que, o hay que renunciar al desarrollo de las potencia
colectivas del trabajo, a la cooperación, a la división manufacturera, al empleo
en gran escala de las máquinas, etc., o buscar algún expediente para lograr que
los trabajadores, privados de los medios de trabajo, se vean obligados a
venderse, por supuesto en las condiciones de dependencia indispensables; en
una palabra, que hay que hallar un medio de fabricar asalariados.
El economista descubre entonces que el capital no es una cosa, sino una
relación social entre las personas, relación que se establece por mediación de
las cosas. Un negro es un negro; solo en determinadas condiciones se
convierte en esclavo. Esta máquina, por ejemplo, no es más que una máquina
de hilar algodón, y solo en ciertas condiciones se convierte en capital. Fuera de
estas condiciones, no es más capital que el oro por sí mismo es moneda; e
capital es una relación social de producción.
Descubre además el economista que la posesión de dinero, subsistencias
máquinas y otros medios de producción, no hace de un hombre un capitalista
si no dispone del complemento, que es el asalariado, es decir, de otro hombre
que se ve obligado a venderse voluntariamente: los medios de producción y de
subsistencia no se transforman en capital mientras no se utilicen como medio
de explotar y dominar el trabajo.
El carácter esencial de toda colonia libre es el de que cada colono puede
apropiarse una parte de la tierra que le sirve de medio de producción
individual, sin que esto impida que hagan otro tanto los colonos que lleguen
después que él. Allí donde todos los hombres son libres y donde cada cua
puede adquirir un trozo de terreno, es difícil encontrar un trabajador, y si se
encuentra, es a precio muy subido. Cuando el trabajador puede acumular para
sí mismo, y puede hacerlo mientras es propietario de sus medios de
producción, la acumulación y la apropiación capitalistas son imposibles, pue
les falta la clase asalariada, de la cual no pueden prescindir.
La perfección suprema de la producción capitalista consiste, no solamente
en que reproduce sin cesar al asalariado como tal asalariado, sino en que crea
asalariados supernumerarios, merced a los cuales mantiene la ley de la oferta y
de la demanda del trabajo en el cauce conveniente, hace que las oscilacione
del mercado tengan lugar dentro de los límites más favorables a la explotación
que la sumisión tan indispensable del trabajador al capitalista esté garantizada
y por último, perpetúa la relación de dependencia absoluta que, en Europa, e
economista farsante disfraza, engalanándola enfáticamente con el nombre de
libre contrato entre dos mercaderes igualmente independientes, o sea uno que

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vende la mercancía capital y otro la mercancía trabajo. En las colonias se
desvanece el dulce error economista. Desde el momento en que un asalariado
llega a ser artesano o labrador independiente, la oferta de trabajo no es n
regular ni suficiente. Esta continua transformación de asalariados en
productores libres, que trabajan por su cuenta propia y no por la del capital
que se enriquecen en vez de enriquecer a los señores capitalistas, influye, en
efecto, de una manera funesta sobre el estado del mercado del trabajo, y po
consecuencia, sobre el tipo del salario.

Confesiones de la Economía política.

En estas circunstancias, el grado de explotación no solo baja de una manera
ruinosa, sino que el asalariado pierde además, juntamente con la dependencia
real, todo sentimiento de docilidad respecto del capitalista. Así, el economista
Merivale declara que «esta dependencia debe crearse en las colonias po
medios artificiales».
Por otro lado, M. de Molinari, librecambista rabioso, dice: «En las colonia
donde la esclavitud ha sido abolida sin que el trabajo forzoso haya sido
reemplazado con una cantidad equivalente de trabajo libre, se ha operado la
inversa del hecho que se realiza diariamente entre nosotros. Se ha visto a lo
simples trabajadores explotar a su vez a los empresarios industriales, y exigi
de ellos salarios que no estaban en proporción con la parte legítima que le
correspondía en el producto.»
¡Cómo! ¿Y la ley sagrada de la oferta y la demanda? Si el empresario
cercena en Europa al obrero su parte legítima, ¿por qué este, en las colonias
favoreciéndole las circunstancias, en vez de perjudicarle, no ha de cercena
también la parte del empresario? Vamos, préstese un poco de ayuda
gubernamental a esa pobre ley de la oferta y la demanda, que algunos se
permiten hacer funcionar libremente.
El secreto que la economía política del antiguo mundo ha descubierto en e
nuevo, secreto inocentemente descubierto por sus elucubraciones sobre la
colonias, es que el sistema de producción y de acumulación capitalista, y po
consiguiente la propiedad privada capitalista, supone el aniquilamiento de la
propiedad privada basada en el trabajo personal, y que su base es la
expropiación del trabajador, pues no puede disponerse de los asalariado
indispensables, sometidos y disciplinados, sino cuando estos no pueden
trabajar para sí mismos, cuando no poseen los medios de producción.

Page 238

ÍNDICE

Páginas.
Nota preliminar. v
Prefacio. vii

Estudio sobre el socialismo científico.

I. Colectivismo o comunismo. xiii
II. La transformación social y sus elementos. xiv
III. El partido obrero y la guerra de clases. xxiv
IV. La supresión de clases y el modo de realizarla. xxx
V. Ineficacia de todos los medios pacíficos. xxxviii
VI. Nuestra revolución. l

Desarrollo de la producción capitalista.

Sección primera. — Mercancía y moneda.
CAPÍTULO I.—La mercancía. 1
— II.—De los cambios. 15
— III.—La moneda o la circulación de las mercancías. 19

Sección segunda. — Transformación del dinero en capital.
CAPÍTULO IV.—Fórmula general del capital. 35
— V.—Contradicciones de la fórmula general del capital. 39
— VI.—Compra y venta de la fuerza de trabajo. 44

Sección tercera. — Producción de la supervalía absoluta.
CAPÍTULO VII.—Producción de valores de uso y producción de la supervalía. 49
— VIII.—Capital constante y capital variable. 60
— IX.—Tipo de la supervalía. 66
— X.—La jornada de trabajo. 76
— XI.—Tipo y masa de la supervalía. 85

Page 239

Sección cuarta. — Producción de la supervalía relativa.
CAPÍTULO XII.—Supervalía relativa. 90
— XIII.—Cooperación. 94
— XIV.—División del trabajo y manufactura. 101
— XV.—Maquinismo y grande industria. 115

Sección quinta. — Nuevas consideraciones acerca de la producción de la supervalía.
CAPÍTULO XVI.—Supervalía absoluta y supervalía relativa. 148
— XVII.—Variaciones en la relación de intensidad entre la supervalía y el valor
de la fuerza de trabajo. 154
— XVIII.—Expresiones del tipo de la supervalía. 163

Sección sexta. — El salario.
CAPÍTULO XIX.—Transformación del valor o del precio de la fuerza de trabajo en
salario. 165
— XX.—El salario a jornal. 169
— XXI.—El salario a destajo. 174
— XXII.—Diferencia en el tipo de los salarios nacionales. 179

Sección séptima. — Acumulación del capital.
Introducción. 182
CAPÍTULO XXIII.—Reproducción simple. 184
— XXIV.—Transformación de la supervalía en capital. 192
— XXV.—Ley general de la acumulación capitalista. 209

Sección octava. — La acumulación primitiva.
CAPÍTULO XXVI.—El secreto de la acumulación primitiva. 238
— XXVII.—Origen del capitalista industrial. 245
— XXVIII.—Tendencia histórica de la acumulación capitalista. 250
— XXIX.—Teoría moderna de la colonización. 255

Page 240

*** END OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK EL CAPITAL:
RESUMIDO Y ACOMPAÑADO DE UN ESTUDIO SOBRE EL
SOCIALISMO CIENTÍFICO ***

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