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The Project Gutenberg eBook of La Divina Comedia
This eBook is for the use of anyone anywhere in the United States and
most other parts of the world at no cost and with almost no restrictions
whatsoever. You may copy it, give it away or re-use it under the terms
of the Project Gutenberg License included with this eBook or online at
www.gutenberg.org. If you are not located in the United States, you
will have to check the laws of the country where you are located
before using this eBook.
Title: La Divina Comedia
Author: Dante Alighieri
Contributor: Francesco De Sanctis
Translator: Manuel Aranda y Sanjuan
Release date: June 10, 2018 [eBook #57303]
Language: Spanish
Other information and formats: www.gutenberg.org/ebooks/57303
Credits: Produced by Carlos Colón, The University of Toronto and
the Online Distributed Proofreading Team at
http://www.pgdp.net (This file was produced from images
generously made available by The Internet Archive)
*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK LA DIVINA
COMEDIA ***
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Author: Dante Alighieri
Contributor: Francesco De Sanctis
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Release date: June 10, 2018 [eBook #57303]
Language: Spanish
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COMEDIA ***
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Nota del Transcriptor:
Se ha respetado la ortografía y la acentuación del original.
Errores obvios de imprenta han sido corregidos.
Páginas en blanco han sido eliminadas.
La portada fue diseñada por el transcriptor y se considera
dominio público.
Se ha respetado la ortografía y la acentuación del original.
Errores obvios de imprenta han sido corregidos.
Páginas en blanco han sido eliminadas.
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dominio público.
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DANTE ALIGHIERI
La Divina Comedia
Universidad Nacional
de México.
1921
La Divina Comedia
Universidad Nacional
de México.
1921
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"LA COMMEDIA"
UE es pues la Comedia? La edad medieval realizada como
arte, a pesar del autor y de los contemporáneos. ¡Y notad qué
cosa tan grande es ésta! La edad media no era un mundo
artístico, antes lo contrario del arte. La religión era
misticismo; la filosofía, escolástica. La primera
excomulgaba el arte, quemaba las imágenes, avezaba a los
espíritus a desasirse de lo real. La otra vivía de abstracciones
y de fórmulas y de citas, aguzando el entendimiento y llevándole a sutilizar
acerca de los nombres y de los vacuas generalidades llamadas esencias. Los
espíritus eran atraídos hacia lo general, más dispuestos a idealizar que a
realizar: y esto es precisamente lo contrario del arte. En los poetas sencillos
hallamos la realidad tosca e informe, como en los misterios, en las visiones
y en las leyendas. En los poetas doctos encontramos una forma crudamente
didascálica o figurativa y alegórica. El arte no había nacido aún. Existía la
imagen; pero no la realidad con su libertad y carácter.
Dante toma de los misterios la comedia del alma y hace de esta historia el
centro de una visión suya del otro mundo. Toda esta representación no es
más que sentido literal; la visión es alegórica, los personajes son imágenes y
no personas; todo lo que es activo en su espíritu lo lleva hacia la figura y no
hacia lo figurado. Su naturaleza poética, arrastrada a pesar suyo a las
abstracciones teológicas y escolásticas, se rebela y puebla su cerebro de
fantasmas, obligándolo a concretar, a materializar y a dar forma a lo que es
más espiritual e impalpable, aún a Dios mismo. Aquel mundo literal lo
hechiza, lo persigue, lo asedia y no descansa hasta que recibe de él su forma
definitiva; y ya no es letra, sino espíritu; ya no es imagen, sino realidad; un
mundo en sí cabal e inteligible, perfectamente realizado. Visión y alegoría,
tratado o leyenda, crónicas, historias, loores, himnos, misticismo y
UE es pues la Comedia? La edad medieval realizada como
arte, a pesar del autor y de los contemporáneos. ¡Y notad qué
cosa tan grande es ésta! La edad media no era un mundo
artístico, antes lo contrario del arte. La religión era
misticismo; la filosofía, escolástica. La primera
excomulgaba el arte, quemaba las imágenes, avezaba a los
espíritus a desasirse de lo real. La otra vivía de abstracciones
y de fórmulas y de citas, aguzando el entendimiento y llevándole a sutilizar
acerca de los nombres y de los vacuas generalidades llamadas esencias. Los
espíritus eran atraídos hacia lo general, más dispuestos a idealizar que a
realizar: y esto es precisamente lo contrario del arte. En los poetas sencillos
hallamos la realidad tosca e informe, como en los misterios, en las visiones
y en las leyendas. En los poetas doctos encontramos una forma crudamente
didascálica o figurativa y alegórica. El arte no había nacido aún. Existía la
imagen; pero no la realidad con su libertad y carácter.
Dante toma de los misterios la comedia del alma y hace de esta historia el
centro de una visión suya del otro mundo. Toda esta representación no es
más que sentido literal; la visión es alegórica, los personajes son imágenes y
no personas; todo lo que es activo en su espíritu lo lleva hacia la figura y no
hacia lo figurado. Su naturaleza poética, arrastrada a pesar suyo a las
abstracciones teológicas y escolásticas, se rebela y puebla su cerebro de
fantasmas, obligándolo a concretar, a materializar y a dar forma a lo que es
más espiritual e impalpable, aún a Dios mismo. Aquel mundo literal lo
hechiza, lo persigue, lo asedia y no descansa hasta que recibe de él su forma
definitiva; y ya no es letra, sino espíritu; ya no es imagen, sino realidad; un
mundo en sí cabal e inteligible, perfectamente realizado. Visión y alegoría,
tratado o leyenda, crónicas, historias, loores, himnos, misticismo y
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escolástica, todas las formas literarias y toda la cultura de la época están
aquí encerradas y animadas en este gran misterio del alma y de la
humanidad: poema universal en que se reflejan todos los pueblos y todos
los siglos que constituyen la edad media.
Más este mundo artístico, nacido de una contradicción entre la intención del
poeta y su obra, no es acabadamente armónico, no es poesía pura. La falsa
conciencia poética perturba la obra de aquella espontaneidad genial, y pone
en ella un no sé qué de inseguro y de no acabado, una mezcla y crudeza de
colores. El pensamiento, en su desnudez escolástica; o exornado con
imágenes que sin embargo no bastan a vencer su abstracción, tiene
demasiada importancia. Sus figuras alegóricas recuerdan en ocasiones a los
monstruos orientales más que a la serena belleza griega: lo mismo las
entidades abstractas que los personajes conscientes y libres. A menudo,
preocupado por el segundo sentido que tiene en mientes, agrega pormenores
extraños a la imagen, lo que perturba y distrae al lector, interrumpiéndole el
libre vuelo de la fantasía. La presencia constante de otro sentido que aligera
la representación y a veces la penetra, menoscaba la claridad y la armonía.
Aún el estilo, enmarañado de cuando en cuando con asuntos lejanos y
sutiles pierde su claridad y se torna confuso y turbio. No es un templo
griego sino una catedral gótica, llena de vastas sombras, en donde pugnan
elementos contrarios, que no han sido bien armonizados. A veces es tosco;
otras, delicado. En ocasiones, poeta docto y en otras, popular. Ora pierde de
vista a la verdad y se entrega a sutilezas, ora la intuye rápidamente y la
expresa con sencillez. Ya es un cronista burdo, ya un pintor acabado.
Cuándo se pierde en cuestiones abstractas; cuándo, en medio de ellas, hace
germinar la vida. Aquí desciende a cosas pueriles, allá se remonta a
excelsitudes sobrehumanas. Al ocuparse en un silogismo brilla la luz de una
imagen; mientras teologiza estalla la flama del sentimiento. En ratos os
halláis ante una fría alegoría y repentinamente sentís a la carne estremecerse
con ella. Su credulidad nos hace hoy sonreír; luego su audacia nos llenará
de asombro. Fué un pequeño mundo donde se reflejaba toda la existencia de
entonces.
Los elementos contrarios que fermentaban en una sociedad en estado aún de
formación contendían en él, sin que se diera cuenta de ello. Si miráis sus
aspiraciones encontraréis que en ellas todo es armonía. Filósofo, piensa en
el reino de la ciencia y de la virtud; cristiano, contempla el reino de Dios;
aquí encerradas y animadas en este gran misterio del alma y de la
humanidad: poema universal en que se reflejan todos los pueblos y todos
los siglos que constituyen la edad media.
Más este mundo artístico, nacido de una contradicción entre la intención del
poeta y su obra, no es acabadamente armónico, no es poesía pura. La falsa
conciencia poética perturba la obra de aquella espontaneidad genial, y pone
en ella un no sé qué de inseguro y de no acabado, una mezcla y crudeza de
colores. El pensamiento, en su desnudez escolástica; o exornado con
imágenes que sin embargo no bastan a vencer su abstracción, tiene
demasiada importancia. Sus figuras alegóricas recuerdan en ocasiones a los
monstruos orientales más que a la serena belleza griega: lo mismo las
entidades abstractas que los personajes conscientes y libres. A menudo,
preocupado por el segundo sentido que tiene en mientes, agrega pormenores
extraños a la imagen, lo que perturba y distrae al lector, interrumpiéndole el
libre vuelo de la fantasía. La presencia constante de otro sentido que aligera
la representación y a veces la penetra, menoscaba la claridad y la armonía.
Aún el estilo, enmarañado de cuando en cuando con asuntos lejanos y
sutiles pierde su claridad y se torna confuso y turbio. No es un templo
griego sino una catedral gótica, llena de vastas sombras, en donde pugnan
elementos contrarios, que no han sido bien armonizados. A veces es tosco;
otras, delicado. En ocasiones, poeta docto y en otras, popular. Ora pierde de
vista a la verdad y se entrega a sutilezas, ora la intuye rápidamente y la
expresa con sencillez. Ya es un cronista burdo, ya un pintor acabado.
Cuándo se pierde en cuestiones abstractas; cuándo, en medio de ellas, hace
germinar la vida. Aquí desciende a cosas pueriles, allá se remonta a
excelsitudes sobrehumanas. Al ocuparse en un silogismo brilla la luz de una
imagen; mientras teologiza estalla la flama del sentimiento. En ratos os
halláis ante una fría alegoría y repentinamente sentís a la carne estremecerse
con ella. Su credulidad nos hace hoy sonreír; luego su audacia nos llenará
de asombro. Fué un pequeño mundo donde se reflejaba toda la existencia de
entonces.
Los elementos contrarios que fermentaban en una sociedad en estado aún de
formación contendían en él, sin que se diera cuenta de ello. Si miráis sus
aspiraciones encontraréis que en ellas todo es armonía. Filósofo, piensa en
el reino de la ciencia y de la virtud; cristiano, contempla el reino de Dios;
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patriota, suspira por el reino de la justicia y de la paz; poeta, sueña una
forma toda luz, proporción y armonía, lo bello stile; su autor es Virgilio.
Mientras más grande era la barbarie y la ignorancia, mayor su aspiración
hacia un mundo armónico y concorde. Mas el poeta se halla rodeado por
esta burda realidad, por esas formas discordes; se apesadumbra y le falta la
serenidad del artista y saca de su fantasía un mundo del arte, en gran parte
realizado, pero donde se encuentra aún las asperezas de una materia
domeñada imperfectamente.
Penetremos en este mundo, mirémoslo e interroguémoslo. Porque un
argumento no es tabula rasa, donde podamos escribir a nuestro antojo, sino
mármol entallado, que tiene en sí mismo su concepto y las leyes de su
desarrollo. La virtud mayor del genio consiste en entender su argumento,
ser uno con él, apartando todo lo que le sea extraño. Es necesario
apasionarse por él, vivir dentro de él, constituirse en su alma o su
conciencia. De modo semejante el crítico en lugar de imponerse reglas
abstractas y juzgar con el mismo criterio la Comedia y la Ilíada, la
Gerusalemme y el Orlando Furioso, debe estudiar el mundo creado por el
poeta, interrogarlo, indagar su naturaleza que contiene forzosamente su
poética o sean las leyes orgánicas de su formación, su concepto, su forma,
su génesis, su estilo. ¿Qué cosa es el otro mundo?
Es el problema del destino humano resuelto, la explicación del misterio del
alma, el fin de la historia del hombre, el mundo perfecto, lo eterno presente,
la inmutable necesidad. En la naturaleza ya no ocurre el accidente; en el
hombre ya no hay libertad. La naturaleza está predeterminada y fijada por
una lógica preconcebida según la idea moral. Lo real y lo ideal se vuelven
idénticos; la apariencia y la sustancia son una misma cosa. El hombre ya no
tiene libre albedrío: está ahí fijo e inmóvil como la naturaleza. Toda acción
ha cesado; se ha roto todo vínculo que une a los hombres en la tierra; patria,
familia, riquezas, dignidad, costumbres. No existe sucesión ni
desenvolvimiento, ni principio, ni fin; falta la narración, el drama. El
individuo desaparece en el género. El carácter, la personalidad no tiene
modo de manifestarse. Eterno dolor, gozo eterno, sin eco, sin variación, sin
contraste ni grado. No hay epopeya porque falta la acción; no hay drama
forma toda luz, proporción y armonía, lo bello stile; su autor es Virgilio.
Mientras más grande era la barbarie y la ignorancia, mayor su aspiración
hacia un mundo armónico y concorde. Mas el poeta se halla rodeado por
esta burda realidad, por esas formas discordes; se apesadumbra y le falta la
serenidad del artista y saca de su fantasía un mundo del arte, en gran parte
realizado, pero donde se encuentra aún las asperezas de una materia
domeñada imperfectamente.
Penetremos en este mundo, mirémoslo e interroguémoslo. Porque un
argumento no es tabula rasa, donde podamos escribir a nuestro antojo, sino
mármol entallado, que tiene en sí mismo su concepto y las leyes de su
desarrollo. La virtud mayor del genio consiste en entender su argumento,
ser uno con él, apartando todo lo que le sea extraño. Es necesario
apasionarse por él, vivir dentro de él, constituirse en su alma o su
conciencia. De modo semejante el crítico en lugar de imponerse reglas
abstractas y juzgar con el mismo criterio la Comedia y la Ilíada, la
Gerusalemme y el Orlando Furioso, debe estudiar el mundo creado por el
poeta, interrogarlo, indagar su naturaleza que contiene forzosamente su
poética o sean las leyes orgánicas de su formación, su concepto, su forma,
su génesis, su estilo. ¿Qué cosa es el otro mundo?
Es el problema del destino humano resuelto, la explicación del misterio del
alma, el fin de la historia del hombre, el mundo perfecto, lo eterno presente,
la inmutable necesidad. En la naturaleza ya no ocurre el accidente; en el
hombre ya no hay libertad. La naturaleza está predeterminada y fijada por
una lógica preconcebida según la idea moral. Lo real y lo ideal se vuelven
idénticos; la apariencia y la sustancia son una misma cosa. El hombre ya no
tiene libre albedrío: está ahí fijo e inmóvil como la naturaleza. Toda acción
ha cesado; se ha roto todo vínculo que une a los hombres en la tierra; patria,
familia, riquezas, dignidad, costumbres. No existe sucesión ni
desenvolvimiento, ni principio, ni fin; falta la narración, el drama. El
individuo desaparece en el género. El carácter, la personalidad no tiene
modo de manifestarse. Eterno dolor, gozo eterno, sin eco, sin variación, sin
contraste ni grado. No hay epopeya porque falta la acción; no hay drama
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porque falta la libertad; la lírica es la inmutable y monótona expresión de
una sola aria; queda la existencia en su inmóvil manera de ser, la
descripción de la naturaleza y del hombre.
¿Qué cosa es, pues, el otro mundo—con relación al arte? Visión,
contemplación, descripción: una historia natural.
Más en esta visión penetra la leyenda o el misterio porque dentro está
representada la comedia o redención del alma en su peregrinaje desde lo
humano a lo divino, da Fiorenza in popol giusto e sano. Tiene pues la
apariencia de un drama que se desarrolla en el otro mundo, y sus actores
son Dante, Virgilio, Catón, Estacio, el demonio, Matilde, Beatriz, San
Pedro, San Bernardo, la Virgen, Dios; drama alegórico como lo es la
comedia del alma, Commedia dell'anima. Digo apariencia de un drama,
porque la santificación no nace del obrar sino del contemplar, y Dante
contempla, no obra, y los otros adoctrinan, enseñan. El drama, en
consecuencia, se desvanece en la contemplación.
Así concebido, este mundo era el de los misterios y las leyendas y se
convertía en mundo teológico-escolástico en manos de los doctos. Dante lo
ha realizado, lo ha hecho existir en el arte; ha creado esa naturaleza y ese
hombre. Y si su mundo no es perfectamente artístico, la falta no es de él
sino que aquel mundo en donde el hombre es naturaleza y la naturaleza,
ciencia, y del cual se ha desterrado a lo accidental y a la libertad, los dos
grandes factores de la vida real y del arte.
Si Dante hubiera sido fraile o filósofo, apartado de la vida real, se habría
encerrado en esas formas y en esa alegoría sin salir de ellas. Mas Dante, al
entrar en el reino de los muertos lleva consigo todas las pasiones de los
vivos, y las preocupaciones terrenas. Descuida ser un símbolo o una figura
alegórica, y es Dante, la más potente individualidad de aquel tiempo, en la
cual está compendiada toda la vida de la época, con sus abstracciones, sus
éxtasis, sus pasiones impetuosas, su refinamiento y su barbarie. A la vista de
un ser viviente y al oír sus palabras, las almas renacen por un instante,
sienten de nuevo la antigua vida, se tornan hombres; en lo eterno vuelve a
aparecer el tiempo; en el seno de lo porvenir, vive y se mueve Italia, y más
bien aún, la Europa de aquel siglo. Así la poesía abarca toda la vida, cielo y
tierra, tiempo y eternidad, lo humano y lo divino; y el poema sobrenatural
una sola aria; queda la existencia en su inmóvil manera de ser, la
descripción de la naturaleza y del hombre.
¿Qué cosa es, pues, el otro mundo—con relación al arte? Visión,
contemplación, descripción: una historia natural.
Más en esta visión penetra la leyenda o el misterio porque dentro está
representada la comedia o redención del alma en su peregrinaje desde lo
humano a lo divino, da Fiorenza in popol giusto e sano. Tiene pues la
apariencia de un drama que se desarrolla en el otro mundo, y sus actores
son Dante, Virgilio, Catón, Estacio, el demonio, Matilde, Beatriz, San
Pedro, San Bernardo, la Virgen, Dios; drama alegórico como lo es la
comedia del alma, Commedia dell'anima. Digo apariencia de un drama,
porque la santificación no nace del obrar sino del contemplar, y Dante
contempla, no obra, y los otros adoctrinan, enseñan. El drama, en
consecuencia, se desvanece en la contemplación.
Así concebido, este mundo era el de los misterios y las leyendas y se
convertía en mundo teológico-escolástico en manos de los doctos. Dante lo
ha realizado, lo ha hecho existir en el arte; ha creado esa naturaleza y ese
hombre. Y si su mundo no es perfectamente artístico, la falta no es de él
sino que aquel mundo en donde el hombre es naturaleza y la naturaleza,
ciencia, y del cual se ha desterrado a lo accidental y a la libertad, los dos
grandes factores de la vida real y del arte.
Si Dante hubiera sido fraile o filósofo, apartado de la vida real, se habría
encerrado en esas formas y en esa alegoría sin salir de ellas. Mas Dante, al
entrar en el reino de los muertos lleva consigo todas las pasiones de los
vivos, y las preocupaciones terrenas. Descuida ser un símbolo o una figura
alegórica, y es Dante, la más potente individualidad de aquel tiempo, en la
cual está compendiada toda la vida de la época, con sus abstracciones, sus
éxtasis, sus pasiones impetuosas, su refinamiento y su barbarie. A la vista de
un ser viviente y al oír sus palabras, las almas renacen por un instante,
sienten de nuevo la antigua vida, se tornan hombres; en lo eterno vuelve a
aparecer el tiempo; en el seno de lo porvenir, vive y se mueve Italia, y más
bien aún, la Europa de aquel siglo. Así la poesía abarca toda la vida, cielo y
tierra, tiempo y eternidad, lo humano y lo divino; y el poema sobrenatural
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conviértese en humano y terreno, con la marca del hombre y del tiempo.
Reaparece la naturaleza terrenal como oposición o parangón o
remembranza. Reaparece el accidente y el tiempo, la historia y la sociedad
en su vida exterior e interna; apunta la tradición virgiliana con Roma por
capital del mundo y con la monarquía preestablecida; y dentro de este
marco magnífico, pasa ante nuestros ojos la historia de la época: Bonifacio
VIII, Roberto, Felipe el hermoso, Carlos de Valois, los Cerchi y los Donati,
la nueva Florencia y la antigua, la historia de Italia, y la historia de Dante,
sus iras, sus odios, sus venganzas, sus amores, sus predilecciones.
Así se integra la vida; el otro mundo sale de su abstracción doctrinal y
mística; cielo y tierra se confunden; síntesis viviente de esta inmensa
comprensión, Dante es espectador, actor y juez. La vida, contemplada desde
el otro mundo adquiere nuevas actitudes, sensaciones e impresiones. El otro
mundo visto desde la tierra, se reviste de sus pasiones e intereses. Y resulta
de todo una concepción originalísima, una naturaleza nueva y un hombre
nuevo. Son dos mundos omnipresentes, en reciprocidad de acción, que se
suceden, se alternan, se cruzan, se compenetran, se explican y se iluminan
mutuamente, en perpetua vuelta. Su unidad no reside en un protagonista, ni
en una acción, ni en un fin abstracto y extraño a la materia; está en la misma
materia; unidad interior e impersonal, viviente, indivisible; unidad orgánica
cuyos instantes se suceden en el espíritu del poeta, no como agregación
mecánica de partes separables, sino compenetrados e identificados como en
la vida. Esta unidad enérgica y armoniosa se halla en la naturaleza misma
de los dos mundos, materialmente diversos, pero que no constituyen sino
una misma cosa en la unidad de la conciencia. Cielo y tierra son términos
correlativos; no es posible el uno sin el otro. Lo puramente real y lo
puramente ideal son dos abstracciones; cada cosa real lleva consigo su
ideal; todo hombre porta su infierno y su paraíso; todo hombre encierra en
su pecho a los dioses del Olimpo: el escéptico puede negar el infierno, pero
no suprimir la conciencia. Puesto que estos dos mundos son la vida misma
en sus dos aspectos, en el seno de esta unidad se desenvuelve el dualismo
más vivaz, mejor dicho, antagonismo: el otro mundo hace de los cuerpos
sombras; sombras son los afectos, las grandezas y las pompas; mas en esas
sombras aún se estremece la carne, se agita el deseo, resuenan las
imprecaciones terrenales que llegan hasta la tranquila bóveda del cielo. Los
hombres con sus pasiones, vicios y virtudes quedan eternizados como
Reaparece la naturaleza terrenal como oposición o parangón o
remembranza. Reaparece el accidente y el tiempo, la historia y la sociedad
en su vida exterior e interna; apunta la tradición virgiliana con Roma por
capital del mundo y con la monarquía preestablecida; y dentro de este
marco magnífico, pasa ante nuestros ojos la historia de la época: Bonifacio
VIII, Roberto, Felipe el hermoso, Carlos de Valois, los Cerchi y los Donati,
la nueva Florencia y la antigua, la historia de Italia, y la historia de Dante,
sus iras, sus odios, sus venganzas, sus amores, sus predilecciones.
Así se integra la vida; el otro mundo sale de su abstracción doctrinal y
mística; cielo y tierra se confunden; síntesis viviente de esta inmensa
comprensión, Dante es espectador, actor y juez. La vida, contemplada desde
el otro mundo adquiere nuevas actitudes, sensaciones e impresiones. El otro
mundo visto desde la tierra, se reviste de sus pasiones e intereses. Y resulta
de todo una concepción originalísima, una naturaleza nueva y un hombre
nuevo. Son dos mundos omnipresentes, en reciprocidad de acción, que se
suceden, se alternan, se cruzan, se compenetran, se explican y se iluminan
mutuamente, en perpetua vuelta. Su unidad no reside en un protagonista, ni
en una acción, ni en un fin abstracto y extraño a la materia; está en la misma
materia; unidad interior e impersonal, viviente, indivisible; unidad orgánica
cuyos instantes se suceden en el espíritu del poeta, no como agregación
mecánica de partes separables, sino compenetrados e identificados como en
la vida. Esta unidad enérgica y armoniosa se halla en la naturaleza misma
de los dos mundos, materialmente diversos, pero que no constituyen sino
una misma cosa en la unidad de la conciencia. Cielo y tierra son términos
correlativos; no es posible el uno sin el otro. Lo puramente real y lo
puramente ideal son dos abstracciones; cada cosa real lleva consigo su
ideal; todo hombre porta su infierno y su paraíso; todo hombre encierra en
su pecho a los dioses del Olimpo: el escéptico puede negar el infierno, pero
no suprimir la conciencia. Puesto que estos dos mundos son la vida misma
en sus dos aspectos, en el seno de esta unidad se desenvuelve el dualismo
más vivaz, mejor dicho, antagonismo: el otro mundo hace de los cuerpos
sombras; sombras son los afectos, las grandezas y las pompas; mas en esas
sombras aún se estremece la carne, se agita el deseo, resuenan las
imprecaciones terrenales que llegan hasta la tranquila bóveda del cielo. Los
hombres con sus pasiones, vicios y virtudes quedan eternizados como
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estatuas, en la misma actitud y expresión de odio, de desdén y de amor en
que han sido sorprendidos por el artista; pero mientras el otro mundo hace
de la tierra algo eterno, transportándola a su centro y poniéndole delante la
imagen de lo infinito, descubre lo vano y la nada; los hombres son los
mismos en un escenario distinto, que es su ironía. Esta unidad y dualidad
que salen del fondo mismo de la situación brilla a la luz del día en las más
variadas formas; a veces en un apóstrofe, en un discurso, en un gesto, en
una acción; ya en la naturaleza, ya en el hombre; en esta unidad queda
comprendida la mayor variedad, y no es fácil encontrar una obra artística
cuyos límites sean tan precisos y tan vastos. Nada hay en el argumento que
constriña al poeta a preferir a tal personaje, a cierta época o acción; él
escoge toda la historia, todos los aspectos bajo los cuales aparece la
humanidad; y puede abandonarse libremente a sus iras y opiniones e
intercalar en el plan general fines particulares sin que la unidad se dañe.
Todo esto da a su universo una acabada realidad poética, y es patente en la
permanente unidad, todo lo que surge del ser humano, del libre albedrío y
de lo casual y el moverse con vario juego todos los contrastes y lo necesario
unido con el libre albedrío y el destino con la casualidad.
En resumen, ¿qué clase de poesía es ésta? contiene materia épica y no es
epopeya; hay una situación lírica y no es lírica; posee una trama dramática y
no es drama. Trátase de una de aquellas construcciones gigantescas y
primitivas, verdaderas enciclopedias, biblias nacionales; no de un género
más bien que de otro, sino de un todo que contiene en embrión toda la
materia y todas las formas poéticas, el germen de todo desarrollo ulterior.
Por lo tanto ningún género de poesía sobresale y es explicado; el uno entra
en el otro y se perfecciona en él de la misma manera que los dos mundos se
identifican y no se puede decir: aquí está uno de ellos y allá el otro; así los
diversos géneros están unidos de manera que nadie puede señalar los
confines que los dividen y aún menos decir: esto es absolutamente épico y
esto, dramático.
Es el contenido universal del cual todas las poesías no son más que
fragmentos; el poema sacro; la eterna geometría y la eterna lógica de la
creación encarnada en los tres mundos cristianos; la ciudad de Dios, en la
que se refleja la ciudad del hombre con toda su realidad de determinado
lugar y época; la esfera inmóvil del mundo teológico, en la cual alientan
tempestuosamente todas las pasiones humanas.
que han sido sorprendidos por el artista; pero mientras el otro mundo hace
de la tierra algo eterno, transportándola a su centro y poniéndole delante la
imagen de lo infinito, descubre lo vano y la nada; los hombres son los
mismos en un escenario distinto, que es su ironía. Esta unidad y dualidad
que salen del fondo mismo de la situación brilla a la luz del día en las más
variadas formas; a veces en un apóstrofe, en un discurso, en un gesto, en
una acción; ya en la naturaleza, ya en el hombre; en esta unidad queda
comprendida la mayor variedad, y no es fácil encontrar una obra artística
cuyos límites sean tan precisos y tan vastos. Nada hay en el argumento que
constriña al poeta a preferir a tal personaje, a cierta época o acción; él
escoge toda la historia, todos los aspectos bajo los cuales aparece la
humanidad; y puede abandonarse libremente a sus iras y opiniones e
intercalar en el plan general fines particulares sin que la unidad se dañe.
Todo esto da a su universo una acabada realidad poética, y es patente en la
permanente unidad, todo lo que surge del ser humano, del libre albedrío y
de lo casual y el moverse con vario juego todos los contrastes y lo necesario
unido con el libre albedrío y el destino con la casualidad.
En resumen, ¿qué clase de poesía es ésta? contiene materia épica y no es
epopeya; hay una situación lírica y no es lírica; posee una trama dramática y
no es drama. Trátase de una de aquellas construcciones gigantescas y
primitivas, verdaderas enciclopedias, biblias nacionales; no de un género
más bien que de otro, sino de un todo que contiene en embrión toda la
materia y todas las formas poéticas, el germen de todo desarrollo ulterior.
Por lo tanto ningún género de poesía sobresale y es explicado; el uno entra
en el otro y se perfecciona en él de la misma manera que los dos mundos se
identifican y no se puede decir: aquí está uno de ellos y allá el otro; así los
diversos géneros están unidos de manera que nadie puede señalar los
confines que los dividen y aún menos decir: esto es absolutamente épico y
esto, dramático.
Es el contenido universal del cual todas las poesías no son más que
fragmentos; el poema sacro; la eterna geometría y la eterna lógica de la
creación encarnada en los tres mundos cristianos; la ciudad de Dios, en la
que se refleja la ciudad del hombre con toda su realidad de determinado
lugar y época; la esfera inmóvil del mundo teológico, en la cual alientan
tempestuosamente todas las pasiones humanas.
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La idea que anima esta vasta construcción y le infunde vida y la desarrolla,
es el concepto de la salvación, el camino que lleva al alma del mal al bien,
del error a la verdad, de la anarquía a la ley, de lo múltiple a lo uno. Es el
concepto cristiano y moderno de la unidad de Dios sustituída a la pluralidad
pagana. Si este concepto fuera solamente algo exterior, explicado en su
abstracción doctrinal, como pensamiento, o presentado en forma alegórica,
la imagen no bastaría para engendrar una obra de arte. Pero el concepto no
es sólo externo sino interno; no es únicamente del significado y la ciencia
de aquel mundo, obra de filósofo y de crítico, sino principio activo, como
en el hombre y en la naturaleza, que construye y forma ese mundo y le da
una historia y un desarrollo. Este principio activo puede llamarse en su
abstracción lo verdadero o el bien, o la virtud, o la ley; como realidad viva y
activa es el espíritu, que tiene por contrario a la materia o la carne, donde se
halla como en prisión o como en un vasello de donde se esfuerza por salir.
Así, pues, la vida es un antagonismo, una batalla entre el espíritu y la carne,
entre Dios y el demonio. Su historia es la victoria progresiva del espíritu, su
conciencia y albedrío, bajo las formas en que vive sutilizándose,
descorporificándose, idealizándose hasta Dios, espíritu absoluto, la Verdad,
la Bondad, la Unidad, el último Ideal. La concepción dantesca, el espíritu
que anima su mundo es, pues, la progresiva disolución de las formas, un
constante ascender desde la carne al espíritu, la emancipación de la materia
y del sentido mediante la expiación y el dolor, el choque entre lo satánico y
lo divino, el infierno y el paraíso. Homero transporta a los dioses a la tierra
y los materializa; Dante transporta a los hombres al otro mundo y los
espiritualiza. La materia no es más que apariencia; lo que sólo existe es el
espíritu; los hombres son sombras; las acciones humanas se reproducen
como fantasmas en el dominio de la memoria; la tierra misma es un
recuerdo que fluctúa como una visión; lo real, lo presente es el espíritu
infinito; todo lo demás es vanita che par persona. Todo se va acrisolando
progresivamente; el velo se torna cada vez más transparente; el Infierno es
la sede de la materia, el dominio de la carne y del pecado; lo terrenal no
solamente es remembranza sino presente; el castigo no logra modificar los
caracteres y las pasiones; el pecado y lo terreno se perpetúan en el otro
mundo y se inmovilizan en esas almas incapaces de arrepentimiento;
pecado eterno, pena eterna. En el Purgatorio cesan las tinieblas y brilla el
sol, la luz de la inteligencia, el espíritu; lo mundano es un penoso recuerdo
que el penitente procura olvidar; y el espíritu, separándose de lo corpóreo,
es el concepto de la salvación, el camino que lleva al alma del mal al bien,
del error a la verdad, de la anarquía a la ley, de lo múltiple a lo uno. Es el
concepto cristiano y moderno de la unidad de Dios sustituída a la pluralidad
pagana. Si este concepto fuera solamente algo exterior, explicado en su
abstracción doctrinal, como pensamiento, o presentado en forma alegórica,
la imagen no bastaría para engendrar una obra de arte. Pero el concepto no
es sólo externo sino interno; no es únicamente del significado y la ciencia
de aquel mundo, obra de filósofo y de crítico, sino principio activo, como
en el hombre y en la naturaleza, que construye y forma ese mundo y le da
una historia y un desarrollo. Este principio activo puede llamarse en su
abstracción lo verdadero o el bien, o la virtud, o la ley; como realidad viva y
activa es el espíritu, que tiene por contrario a la materia o la carne, donde se
halla como en prisión o como en un vasello de donde se esfuerza por salir.
Así, pues, la vida es un antagonismo, una batalla entre el espíritu y la carne,
entre Dios y el demonio. Su historia es la victoria progresiva del espíritu, su
conciencia y albedrío, bajo las formas en que vive sutilizándose,
descorporificándose, idealizándose hasta Dios, espíritu absoluto, la Verdad,
la Bondad, la Unidad, el último Ideal. La concepción dantesca, el espíritu
que anima su mundo es, pues, la progresiva disolución de las formas, un
constante ascender desde la carne al espíritu, la emancipación de la materia
y del sentido mediante la expiación y el dolor, el choque entre lo satánico y
lo divino, el infierno y el paraíso. Homero transporta a los dioses a la tierra
y los materializa; Dante transporta a los hombres al otro mundo y los
espiritualiza. La materia no es más que apariencia; lo que sólo existe es el
espíritu; los hombres son sombras; las acciones humanas se reproducen
como fantasmas en el dominio de la memoria; la tierra misma es un
recuerdo que fluctúa como una visión; lo real, lo presente es el espíritu
infinito; todo lo demás es vanita che par persona. Todo se va acrisolando
progresivamente; el velo se torna cada vez más transparente; el Infierno es
la sede de la materia, el dominio de la carne y del pecado; lo terrenal no
solamente es remembranza sino presente; el castigo no logra modificar los
caracteres y las pasiones; el pecado y lo terreno se perpetúan en el otro
mundo y se inmovilizan en esas almas incapaces de arrepentimiento;
pecado eterno, pena eterna. En el Purgatorio cesan las tinieblas y brilla el
sol, la luz de la inteligencia, el espíritu; lo mundano es un penoso recuerdo
que el penitente procura olvidar; y el espíritu, separándose de lo corpóreo,
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tiende a la completa posesión de sí, a la salvación. En el Paraíso la persona
humana desaparece y todas las formas se desvanecen y se elevan en la luz;
a medida que se asciende, y mientras más se idealiza esta gloriosa
transfiguración hasta llegar a la presencia de Dios, el espíritu absoluto, la
forma se desvanece y no persiste más que el sentimiento:
....Tutta cessa
Mia visione, ed ancor mi distilla
Nel cuor lo dolce che nacque da essa.
Cosi la neve al sol si disigilla;
Cosi al vento nelle foglie lievi
Si perdea la sentenzia di Sibilla.
Este concepto comprende todo lo que se puede saber y toda la historia; no
sólo construye y desarrolla el mundo dantesco sino que lo halláis siempre
vivo en el camino intelectual e histórico de la vida, bajo todas las formas,
en todos los problemas que se presentan al poeta, en religión, en filosofía,
en política, en moral; y así se concreta y cumple en todas las direcciones de
la vida. En religión, es el camino de la letra al espíritu, del símbolo a la
idea, del Viejo al Nuevo Testamento; en la ciencia, el tránsito de la
ignorancia y del error a la religión y de la razón a la revelación; en moral, el
paso del mal al bien, del odio al amor mediante la expiación; en política, la
senda que conduce de la anarquía a la unidad. Sometido a las condiciones
de espacio y de tiempo, vuélvese historia; tal hombre, tal pueblo, tal siglo.
En religión, está ante la Iglesia Romana, ante el papado, que el poeta quiere
emancipar de los intereses y pasiones terrenales y retornar a su fin
espiritual; en filosofía, encuentra la ciencia vulgar y la ciencia de la verdad
en el paraíso; en moral, os halláis delante de las pasiones, las discordias, las
culpas y los vicios de la edad bárbara de la cual os sentís poco a poco
alejados en vuestro camino hacia el sumo bien; en política, es la Italia
anárquica y ensangrentada que el poeta aspira a traer a la paz y concordia
en la unidad del imperio. De este modo un mismo concepto anima el todo,
en la forma, en el pensamiento y en la historia. Pero comprensión más vasta
y concorde no había salido jamás de mente humana. Algunos encuentran en
la Comedia el otro mundo, considerando lo demás como una intrusión, casi
humana desaparece y todas las formas se desvanecen y se elevan en la luz;
a medida que se asciende, y mientras más se idealiza esta gloriosa
transfiguración hasta llegar a la presencia de Dios, el espíritu absoluto, la
forma se desvanece y no persiste más que el sentimiento:
....Tutta cessa
Mia visione, ed ancor mi distilla
Nel cuor lo dolce che nacque da essa.
Cosi la neve al sol si disigilla;
Cosi al vento nelle foglie lievi
Si perdea la sentenzia di Sibilla.
Este concepto comprende todo lo que se puede saber y toda la historia; no
sólo construye y desarrolla el mundo dantesco sino que lo halláis siempre
vivo en el camino intelectual e histórico de la vida, bajo todas las formas,
en todos los problemas que se presentan al poeta, en religión, en filosofía,
en política, en moral; y así se concreta y cumple en todas las direcciones de
la vida. En religión, es el camino de la letra al espíritu, del símbolo a la
idea, del Viejo al Nuevo Testamento; en la ciencia, el tránsito de la
ignorancia y del error a la religión y de la razón a la revelación; en moral, el
paso del mal al bien, del odio al amor mediante la expiación; en política, la
senda que conduce de la anarquía a la unidad. Sometido a las condiciones
de espacio y de tiempo, vuélvese historia; tal hombre, tal pueblo, tal siglo.
En religión, está ante la Iglesia Romana, ante el papado, que el poeta quiere
emancipar de los intereses y pasiones terrenales y retornar a su fin
espiritual; en filosofía, encuentra la ciencia vulgar y la ciencia de la verdad
en el paraíso; en moral, os halláis delante de las pasiones, las discordias, las
culpas y los vicios de la edad bárbara de la cual os sentís poco a poco
alejados en vuestro camino hacia el sumo bien; en política, es la Italia
anárquica y ensangrentada que el poeta aspira a traer a la paz y concordia
en la unidad del imperio. De este modo un mismo concepto anima el todo,
en la forma, en el pensamiento y en la historia. Pero comprensión más vasta
y concorde no había salido jamás de mente humana. Algunos encuentran en
la Comedia el otro mundo, considerando lo demás como una intrusión, casi
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como una profanación; Edgard Quinet se siente choqué de ver como las
pasiones del poeta le siguen hasta el paraíso; otros descubren en él un
mundo político que no es más que una representación figurada. Llaman a
este poema religioso o político, didascálico o moral; lo reducen a querellas
de católicos y protestantes, a disputas de güelfos y gibelinos. No miran
desde la cumbre del monte sino desde la llanura y toman por el todo lo que
encuentran en la línea recta del camino. Cada uno se forja un pequeño
mundo y dice: este es el mundo de Dante. Y el mundo de Dante contiene en
sí todos esos mundos. Es el mundo universal de la edad media realizado en
el arte.
FRANCESCO DE SANCTIS.
(Tomado de la STORIA DELLA LETTERATURA ITALIANA,
Volume I.)
pasiones del poeta le siguen hasta el paraíso; otros descubren en él un
mundo político que no es más que una representación figurada. Llaman a
este poema religioso o político, didascálico o moral; lo reducen a querellas
de católicos y protestantes, a disputas de güelfos y gibelinos. No miran
desde la cumbre del monte sino desde la llanura y toman por el todo lo que
encuentran en la línea recta del camino. Cada uno se forja un pequeño
mundo y dice: este es el mundo de Dante. Y el mundo de Dante contiene en
sí todos esos mundos. Es el mundo universal de la edad media realizado en
el arte.
FRANCESCO DE SANCTIS.
(Tomado de la STORIA DELLA LETTERATURA ITALIANA,
Volume I.)
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INFIERNO
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CANTO PRIMERO
la mitad del viaje de nuestra vida me encontré en una selva
obscura, por haberme apartado del camino recto. ¡Ah! Cuán
penoso me sería decir lo salvaje, áspera y espesa que era esta
selva, cuyo recuerdo renueva mi pavor, pavor tan amargo,
que la muerte no lo es tanto. Pero antes de hablar del bien
que allí encontré, revelaré las demás cosas que he visto. No
sé decir fijamente cómo entré allí; tan adormecido estaba cuando abandoné
el verdadero camino. Pero al llegar al pie de una cuesta, donde terminaba el
valle que me había llenado de miedo el corazón, miré hacia arriba, y vi su
cima revestida ya de los rayos del planeta que nos guía con seguridad por
todos los senderos. Entonces se calmó algún tanto el miedo que había
permanecido en el lago de mi corazón durante la noche que pasé con tanta
angustia; y del mismo modo que aquel que, saliendo anhelante fuera del
piélago, al llegar a la playa, se vuelve hacia las ondas peligrosas y las
contempla, así mi espíritu, fugitivo aún, se volvió hacia atrás para mirar el
lugar de que no salió nunca nadie vivo. Después de haber dado algún
reposo a mi fatigado cuerpo, continué subiendo por la solitaria playa,
procurando afirmar siempre aquel de mis pies que estuviera más bajo. Al
principio de la cuesta, aparecióseme una pantera ágil, de rápidos
movimientos y cubierta de manchada piel. No se separaba de mi vista, sino
la mitad del viaje de nuestra vida me encontré en una selva
obscura, por haberme apartado del camino recto. ¡Ah! Cuán
penoso me sería decir lo salvaje, áspera y espesa que era esta
selva, cuyo recuerdo renueva mi pavor, pavor tan amargo,
que la muerte no lo es tanto. Pero antes de hablar del bien
que allí encontré, revelaré las demás cosas que he visto. No
sé decir fijamente cómo entré allí; tan adormecido estaba cuando abandoné
el verdadero camino. Pero al llegar al pie de una cuesta, donde terminaba el
valle que me había llenado de miedo el corazón, miré hacia arriba, y vi su
cima revestida ya de los rayos del planeta que nos guía con seguridad por
todos los senderos. Entonces se calmó algún tanto el miedo que había
permanecido en el lago de mi corazón durante la noche que pasé con tanta
angustia; y del mismo modo que aquel que, saliendo anhelante fuera del
piélago, al llegar a la playa, se vuelve hacia las ondas peligrosas y las
contempla, así mi espíritu, fugitivo aún, se volvió hacia atrás para mirar el
lugar de que no salió nunca nadie vivo. Después de haber dado algún
reposo a mi fatigado cuerpo, continué subiendo por la solitaria playa,
procurando afirmar siempre aquel de mis pies que estuviera más bajo. Al
principio de la cuesta, aparecióseme una pantera ágil, de rápidos
movimientos y cubierta de manchada piel. No se separaba de mi vista, sino
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que interceptaba de tal modo mi camino, que me volví muchas veces para
retroceder. Era a tiempo que apuntaba el día, y el sol subía rodeado de
aquellas estrellas que estaban con él cuando el amor divino imprimió el
primer movimiento a todas las cosas bellas. Hora y estación tan dulces me
daban motivo para augurar bien de aquella fiera de pintada piel. Pero no
tanto que no me infundiera terror el aspecto de un león que a su vez se me
apareció: figuróseme que venía contra mí, con la cabeza alta y con un
hambre tan rabiosa, que hasta el aire parecía temerle. Siguió a éste una loba
que, en medio de su demacración, parecía cargada de deseos; loba que ha
obligado a vivir miserable a mucha gente. El fuego que despedían sus ojos
me causó tal turbación, que perdí la esperanza de llegar a la cima. Y así
como el que gustoso atesora y se entristece y llora con todos sus
pensamientos cuando llega el momento en que sufre una pérdida, así me
hizo padecer aquella inquieta fiera, que, viniendo a mi encuentro, poco a
poco me repelía hacia donde el sol se calla. Mientras yo retrocedía hacia el
valle, se presentó a mi vista uno, que por su prolongado silencio parecía
mudo. Cuando le vi en aquel gran desierto:
—Piedad de mí—le grité—quienquiera que seas, sombra u hombre
verdadero.
Respondióme:
No soy ya hombre, pero lo he sido; mis padres fueron lombardos y ambos
tuvieron a Mantua por patria. Nací "sub Julio," aunque algo tarde, y vi a
Roma bajo el mando del buen Augusto en tiempo de los dioses falsos y
engañosos. Poeta fuí, y canté a aquel justo hijo de Anquises, que volvió de
Troya después del incendio de la soberbia Ilión. Pero, ¿por qué te entregas
de nuevo a tu aflicción? ¿Por qué no asciendes al delicioso monte, que es
causa y principio de todo goce?
—¡Oh! ¿Eres tú aquel Virgilio, aquella fuente que derrama tan ancho raudal
de elocuencia?—le respondí ruboroso. ¡Ah!, ¡honor y antorcha de los
demás poetas! Válganme para contigo el prolongado estudio y el grande
amor con que he leído y meditado tu obra. Tú eres mi maestro y mi autor
predilecto; tú solo eres aquél de quien he imitado el bello estilo que me ha
dado tanto honor. Mira esa fiera debido a la cual retrocedía; líbrame de ella,
retroceder. Era a tiempo que apuntaba el día, y el sol subía rodeado de
aquellas estrellas que estaban con él cuando el amor divino imprimió el
primer movimiento a todas las cosas bellas. Hora y estación tan dulces me
daban motivo para augurar bien de aquella fiera de pintada piel. Pero no
tanto que no me infundiera terror el aspecto de un león que a su vez se me
apareció: figuróseme que venía contra mí, con la cabeza alta y con un
hambre tan rabiosa, que hasta el aire parecía temerle. Siguió a éste una loba
que, en medio de su demacración, parecía cargada de deseos; loba que ha
obligado a vivir miserable a mucha gente. El fuego que despedían sus ojos
me causó tal turbación, que perdí la esperanza de llegar a la cima. Y así
como el que gustoso atesora y se entristece y llora con todos sus
pensamientos cuando llega el momento en que sufre una pérdida, así me
hizo padecer aquella inquieta fiera, que, viniendo a mi encuentro, poco a
poco me repelía hacia donde el sol se calla. Mientras yo retrocedía hacia el
valle, se presentó a mi vista uno, que por su prolongado silencio parecía
mudo. Cuando le vi en aquel gran desierto:
—Piedad de mí—le grité—quienquiera que seas, sombra u hombre
verdadero.
Respondióme:
No soy ya hombre, pero lo he sido; mis padres fueron lombardos y ambos
tuvieron a Mantua por patria. Nací "sub Julio," aunque algo tarde, y vi a
Roma bajo el mando del buen Augusto en tiempo de los dioses falsos y
engañosos. Poeta fuí, y canté a aquel justo hijo de Anquises, que volvió de
Troya después del incendio de la soberbia Ilión. Pero, ¿por qué te entregas
de nuevo a tu aflicción? ¿Por qué no asciendes al delicioso monte, que es
causa y principio de todo goce?
—¡Oh! ¿Eres tú aquel Virgilio, aquella fuente que derrama tan ancho raudal
de elocuencia?—le respondí ruboroso. ¡Ah!, ¡honor y antorcha de los
demás poetas! Válganme para contigo el prolongado estudio y el grande
amor con que he leído y meditado tu obra. Tú eres mi maestro y mi autor
predilecto; tú solo eres aquél de quien he imitado el bello estilo que me ha
dado tanto honor. Mira esa fiera debido a la cual retrocedía; líbrame de ella,
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famoso sabio, porque a su aspecto se estremecen mis venas y late con
precipitación mi pulso.
—Te conviene seguir otra ruta—respondió al verme llorar—, si quieres huír
de este sitio salvaje; porque esa fiera que te hace prorrumpir en tales
lamentaciones no deja pasar a nadie por su camino, sino que se opone a ello
matando al que a tanto se atreve. Su instinto es tan malvado y cruel, que
nunca ve satisfechos sus ambiciosos deseos, y después de comer tiene más
hambre que antes. Muchos son los animales a quienes se une, y serán aun
muchos más hasta que venga el Lebrel[1] y la haga morir entre dolores. Este
no se alimentará de tierra ni de peltre, sino de sabiduría, de amor y de
virtud, y su patria estará entre Feltro y Feltro. Será la salvación de esta
humilde Italia, por quien murieron de sus heridas la virgen Camila, Euríalo
y Turno y Niso. Perseguirá a la loba de ciudad en ciudad hasta que la haya
arrojado en el infierno, de donde en otro tiempo la hizo salir la envidia.
Ahora, por tu bien, pienso y veo claramente que debes seguirme: yo seré tu
guía, y te sacaré de aquí para llevarte a un lugar eterno, donde oirás aullidos
desesperados; verás los espíritus dolientes de los antiguos condenados, que
llaman a gritos a la segunda muerte; verás también a los que están contentos
entre las llamas, porque esperan, cuando llegue la ocasión, tener un puesto
entre los bienaventurados. Si quieres, en seguida, subir hasta ellos, te
acompañará en este viaje un alma más digna que yo, te dejaré con ella
cuando yo parta; pues el Emperador que reina en las alturas no quiere que
por mediación mía se entre en su ciudad, porque fuí rebelde a su ley. El
impera en todas partes y reina arriba; arriba está su ciudad y su alto solio:
¡Oh! ¡Feliz el elegido para su reino!
Y yo le contesté:
—Poeta, te requiero por ese Dios a quien no has conocido, que me hagas
huír de este mal y de otro peor; condúceme adonde has dicho, para que yo
vea la puerta de San Pedro y a los que, según dices, están tan desolados.
Entonces se puso en marcha, y yo seguí tras él.
precipitación mi pulso.
—Te conviene seguir otra ruta—respondió al verme llorar—, si quieres huír
de este sitio salvaje; porque esa fiera que te hace prorrumpir en tales
lamentaciones no deja pasar a nadie por su camino, sino que se opone a ello
matando al que a tanto se atreve. Su instinto es tan malvado y cruel, que
nunca ve satisfechos sus ambiciosos deseos, y después de comer tiene más
hambre que antes. Muchos son los animales a quienes se une, y serán aun
muchos más hasta que venga el Lebrel[1] y la haga morir entre dolores. Este
no se alimentará de tierra ni de peltre, sino de sabiduría, de amor y de
virtud, y su patria estará entre Feltro y Feltro. Será la salvación de esta
humilde Italia, por quien murieron de sus heridas la virgen Camila, Euríalo
y Turno y Niso. Perseguirá a la loba de ciudad en ciudad hasta que la haya
arrojado en el infierno, de donde en otro tiempo la hizo salir la envidia.
Ahora, por tu bien, pienso y veo claramente que debes seguirme: yo seré tu
guía, y te sacaré de aquí para llevarte a un lugar eterno, donde oirás aullidos
desesperados; verás los espíritus dolientes de los antiguos condenados, que
llaman a gritos a la segunda muerte; verás también a los que están contentos
entre las llamas, porque esperan, cuando llegue la ocasión, tener un puesto
entre los bienaventurados. Si quieres, en seguida, subir hasta ellos, te
acompañará en este viaje un alma más digna que yo, te dejaré con ella
cuando yo parta; pues el Emperador que reina en las alturas no quiere que
por mediación mía se entre en su ciudad, porque fuí rebelde a su ley. El
impera en todas partes y reina arriba; arriba está su ciudad y su alto solio:
¡Oh! ¡Feliz el elegido para su reino!
Y yo le contesté:
—Poeta, te requiero por ese Dios a quien no has conocido, que me hagas
huír de este mal y de otro peor; condúceme adonde has dicho, para que yo
vea la puerta de San Pedro y a los que, según dices, están tan desolados.
Entonces se puso en marcha, y yo seguí tras él.
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CANTO SEGUNDO
L día terminaba; la atmósfera obscura de la noche invitaba a
descansar de sus fatigas a los seres animados que existen
sobre la tierra, y yo solo me preparaba a sostener los
combates del camino y de las cosas dignas de compasión,
que mi memoria trazará sin equivocarse. ¡Oh Musas!, ¡oh
alto ingenio!, venid en mi ayuda: ¡oh mente, que escribiste lo
que ví!, ahora aparecerá tu nobleza.
Yo comencé:
—Poeta, que me guías, mira si mi virtud es bastante fuerte antes de
aventurarme en tan profundo viaje. Tú dices que el padre de Silvio, aun
corruptible, pasó al siglo inmortal y pasó sensiblemente. Si el adversario de
todo mal le fué favorable, debióse a los grandes efectos que de él debían
sobrevenir; y el por qué no parece injusto a un hombre de talento; pues en el
Empíreo fué elegido para ser el padre de la fecunda Roma y de su imperio:
el uno y la otra, a decir verdad, fueron establecidos en favor del sitio santo
en donde reside el sucesor del gran Pedro. Durante este viaje, por el que le
elogias, oyó cosas que presagiaron su victoria y el manto papal. Después el
Vaso de elección fué transportado hasta el cielo para dar más firmeza a la
L día terminaba; la atmósfera obscura de la noche invitaba a
descansar de sus fatigas a los seres animados que existen
sobre la tierra, y yo solo me preparaba a sostener los
combates del camino y de las cosas dignas de compasión,
que mi memoria trazará sin equivocarse. ¡Oh Musas!, ¡oh
alto ingenio!, venid en mi ayuda: ¡oh mente, que escribiste lo
que ví!, ahora aparecerá tu nobleza.
Yo comencé:
—Poeta, que me guías, mira si mi virtud es bastante fuerte antes de
aventurarme en tan profundo viaje. Tú dices que el padre de Silvio, aun
corruptible, pasó al siglo inmortal y pasó sensiblemente. Si el adversario de
todo mal le fué favorable, debióse a los grandes efectos que de él debían
sobrevenir; y el por qué no parece injusto a un hombre de talento; pues en el
Empíreo fué elegido para ser el padre de la fecunda Roma y de su imperio:
el uno y la otra, a decir verdad, fueron establecidos en favor del sitio santo
en donde reside el sucesor del gran Pedro. Durante este viaje, por el que le
elogias, oyó cosas que presagiaron su victoria y el manto papal. Después el
Vaso de elección fué transportado hasta el cielo para dar más firmeza a la
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fe, que es el principio del camino de la salvación. Pero yo ¿por qué he de
ir?, ¿quién me lo permite? Yo no soy Eneas, ni San Pablo: ante nadie, ni
ante mí mismo, me creo digno de tal honor. Porque si me lanzo a tal
empresa, temo por mi loco empeño. Puesto que eres sabio, comprenderás
las razones que me callo.
Y como aquel que no quiere ya lo que quería, y asaltado de una nueva idea,
cambia de parecer, de suerte que abandona todo lo que había comenzado,
así me sucedía en aquella obscura cuesta; porque, a fuerza de pensar,
abandoné la empresa que había empezado con tanto ardor.
—Si he comprendido bien tus palabras—respondió aquella sombra
magnánima—, tu alma está traspasada de espanto, el cual se apodera
frecuentemente del hombre, y tanto, que le retrae de una empresa honrosa,
como una vana sombra hace a veces retroceder a una fiera, cuando se
introduce en la obscuridad. Para librarte de ese temor, te diré por qué he
venido, y lo que vi en el primer momento en que me moviste a compasión.
Yo estaba entre los que se hallan en suspenso, y me llamó una dama tan
bienaventurada y tan bella, que le rogué me diera sus órdenes. Brillaban sus
ojos más que la estrella, y empezó a decirme con voz angelical, en su
lengua: "¡Oh alma cortés Mantuana, cuya fama dura aún en el mundo y
durará mientras su movimiento se prolongue! Mi amigo, que no lo es de la
ventura, se ve tan embarazado en la playa desierta, que en medio del
camino el miedo le ha hecho retroceder; y temo (por lo que he oído de él en
el Cielo) que se haya extraviado ya, y que yo haya acudido tarde en su
socorro. Vé, pues, y con tus elocuentes palabras, y con lo que se necesita
para sacarle de su apuro, auxíliale tan bien, que yo quede consolada. Yo soy
Beatriz, la que te hace marchar; vengo de un sitio adonde deseo volver:
amor me impele, y es el que me hace hablar. Cuando vuelva a estar delante
de mi Señor, le hablaré de ti bien y con frecuencia." Calló entonces, y yo
repuse: "¡Oh mujer de virtud única, por quien la especie humana excede en
dignidad a todos los seres contenidos bajo aquel Cielo que tiene los círculos
más pequeños! Tanto me place tu orden, que si ya te hubiera obedecido,
creería haber tardado: no tienes necesidad de expresarme más tus deseos.
Mas dime: ¿por qué causa no temes descender al fondo de este centro desde
lo alto de esos inmensos lugares, adonde ardes en deseos de volver?"
"Puesto que tanto quieres saber, te diré brevemente, respondióme, por qué
no temo venir a este abismo. Sólo deben temerse las cosas que pueden
ir?, ¿quién me lo permite? Yo no soy Eneas, ni San Pablo: ante nadie, ni
ante mí mismo, me creo digno de tal honor. Porque si me lanzo a tal
empresa, temo por mi loco empeño. Puesto que eres sabio, comprenderás
las razones que me callo.
Y como aquel que no quiere ya lo que quería, y asaltado de una nueva idea,
cambia de parecer, de suerte que abandona todo lo que había comenzado,
así me sucedía en aquella obscura cuesta; porque, a fuerza de pensar,
abandoné la empresa que había empezado con tanto ardor.
—Si he comprendido bien tus palabras—respondió aquella sombra
magnánima—, tu alma está traspasada de espanto, el cual se apodera
frecuentemente del hombre, y tanto, que le retrae de una empresa honrosa,
como una vana sombra hace a veces retroceder a una fiera, cuando se
introduce en la obscuridad. Para librarte de ese temor, te diré por qué he
venido, y lo que vi en el primer momento en que me moviste a compasión.
Yo estaba entre los que se hallan en suspenso, y me llamó una dama tan
bienaventurada y tan bella, que le rogué me diera sus órdenes. Brillaban sus
ojos más que la estrella, y empezó a decirme con voz angelical, en su
lengua: "¡Oh alma cortés Mantuana, cuya fama dura aún en el mundo y
durará mientras su movimiento se prolongue! Mi amigo, que no lo es de la
ventura, se ve tan embarazado en la playa desierta, que en medio del
camino el miedo le ha hecho retroceder; y temo (por lo que he oído de él en
el Cielo) que se haya extraviado ya, y que yo haya acudido tarde en su
socorro. Vé, pues, y con tus elocuentes palabras, y con lo que se necesita
para sacarle de su apuro, auxíliale tan bien, que yo quede consolada. Yo soy
Beatriz, la que te hace marchar; vengo de un sitio adonde deseo volver:
amor me impele, y es el que me hace hablar. Cuando vuelva a estar delante
de mi Señor, le hablaré de ti bien y con frecuencia." Calló entonces, y yo
repuse: "¡Oh mujer de virtud única, por quien la especie humana excede en
dignidad a todos los seres contenidos bajo aquel Cielo que tiene los círculos
más pequeños! Tanto me place tu orden, que si ya te hubiera obedecido,
creería haber tardado: no tienes necesidad de expresarme más tus deseos.
Mas dime: ¿por qué causa no temes descender al fondo de este centro desde
lo alto de esos inmensos lugares, adonde ardes en deseos de volver?"
"Puesto que tanto quieres saber, te diré brevemente, respondióme, por qué
no temo venir a este abismo. Sólo deben temerse las cosas que pueden
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redundar en perjuicio de otros; pero no aquellas que no inspiran este temor.
Por la merced de Dios, estoy hecha de tal suerte, que no me alcanzan
vuestras miserias, ni puede prender en mí la llama de este incendio. Hay en
el Cielo una dama gentil,[2] que se conduele del obstáculo opuesto al que te
envío, y que mitiga el duro juicio de la justicia divina. Ella se ha dirigido a
Lucía[3] con sus ruegos, y le ha dicho: "Tu fiel amigo tiene necesidad de ti,
y te lo recomiendo." Lucía, enemiga de todo corazón cruel, se ha
conmovido e ido al lugar donde yo me encontraba, sentada al lado de la
antigua Raquel. Y me ha dicho: "Beatriz, verdadera alabanza de Dios, ¿no
socorres a aquél que te amó tanto, y que por ti salió de la vulgar esfera? ¿No
oyes su queja conmovedora? ¿No ves la muerte contra quien combate sobre
ese río, más formidable que el mismo mar?" En el mundo no ha habido
jamás una persona más pronta en correr hacia un beneficio ni en huír de un
peligro, que yo, en cuanto oí tales palabras. Descendí desde mi dichoso
puesto, fiándome en esa elocuente palabra que te honra, y que honra a
cuantos la han oído." Después de haberme hablado de este modo, volvió
llorando hacia mí sus ojos brillantes, con lo que me hizo partir más
presuroso. Y me he dirigido a ti tal como ha sido su voluntad, y te he
preservado de aquella fiera que te cerraba el camino más corto de la
hermosa montaña. Pero ¿qué tienes?, ¿por qué te suspendes?, ¿por qué
abrigas tanta cobardía en tu corazón?, ¿por qué no tienes atrevimiento ni
valor, cuando tres mujeres benditas cuidan de ti en la corte celestial, y mis
palabras te prometen tanto bien?
Y así como las florecillas, inclinadas y cerradas por la escarcha, se abren
erguidas en cuanto el Sol las ilumina, así creció mi abatido ánimo, e inundó
tal aliento mi corazón, que exclamé como un hombre decidido:
—¡Oh! ¡Cuán piadosa es la que me ha socorrido! ¡Y tú, alma bienhechora,
que has obedecido con tal prontitud las palabras de verdad que ella te ha
dicho! Con las tuyas has preparado mi corazón de tal suerte, y le has
comunicado tanto deseo de emprender el gran viaje, que vuelvo a abrigar
mi primer propósito. Vé, pues; que una sola voluntad nos dirija: tú eres mi
guía, mi señor, mi maestro.
Así le dije, y en cuanto echó a andar, entré por el camino profundo y
salvaje.
Por la merced de Dios, estoy hecha de tal suerte, que no me alcanzan
vuestras miserias, ni puede prender en mí la llama de este incendio. Hay en
el Cielo una dama gentil,[2] que se conduele del obstáculo opuesto al que te
envío, y que mitiga el duro juicio de la justicia divina. Ella se ha dirigido a
Lucía[3] con sus ruegos, y le ha dicho: "Tu fiel amigo tiene necesidad de ti,
y te lo recomiendo." Lucía, enemiga de todo corazón cruel, se ha
conmovido e ido al lugar donde yo me encontraba, sentada al lado de la
antigua Raquel. Y me ha dicho: "Beatriz, verdadera alabanza de Dios, ¿no
socorres a aquél que te amó tanto, y que por ti salió de la vulgar esfera? ¿No
oyes su queja conmovedora? ¿No ves la muerte contra quien combate sobre
ese río, más formidable que el mismo mar?" En el mundo no ha habido
jamás una persona más pronta en correr hacia un beneficio ni en huír de un
peligro, que yo, en cuanto oí tales palabras. Descendí desde mi dichoso
puesto, fiándome en esa elocuente palabra que te honra, y que honra a
cuantos la han oído." Después de haberme hablado de este modo, volvió
llorando hacia mí sus ojos brillantes, con lo que me hizo partir más
presuroso. Y me he dirigido a ti tal como ha sido su voluntad, y te he
preservado de aquella fiera que te cerraba el camino más corto de la
hermosa montaña. Pero ¿qué tienes?, ¿por qué te suspendes?, ¿por qué
abrigas tanta cobardía en tu corazón?, ¿por qué no tienes atrevimiento ni
valor, cuando tres mujeres benditas cuidan de ti en la corte celestial, y mis
palabras te prometen tanto bien?
Y así como las florecillas, inclinadas y cerradas por la escarcha, se abren
erguidas en cuanto el Sol las ilumina, así creció mi abatido ánimo, e inundó
tal aliento mi corazón, que exclamé como un hombre decidido:
—¡Oh! ¡Cuán piadosa es la que me ha socorrido! ¡Y tú, alma bienhechora,
que has obedecido con tal prontitud las palabras de verdad que ella te ha
dicho! Con las tuyas has preparado mi corazón de tal suerte, y le has
comunicado tanto deseo de emprender el gran viaje, que vuelvo a abrigar
mi primer propósito. Vé, pues; que una sola voluntad nos dirija: tú eres mi
guía, mi señor, mi maestro.
Así le dije, y en cuanto echó a andar, entré por el camino profundo y
salvaje.
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CANTO TERCERO
OR mí se va a la ciudad del llanto; por mí se va al eterno
dolor; por mi se va hacia la raza condenada: la justicia animó
a mi sublime arquitecto; me hizo la divina potestad, la
suprema sabiduría y el primer amor. Antes que yo no hubo
nada creado, a excepción de lo eterno, y yo duro
eternamente. ¡Oh vosotros los que entráis, abandonad toda
esperanza!"
Vi escritas estas palabras con caracteres negros en el dintel de una puerta,
por lo cual exclamé:
—Maestro, el sentido de estas palabras me causa pena.
Y él, como hombre lleno de prudencia, me contestó:
—Conviene abandonar aquí todo temor; conviene que aquí termine toda
cobardía. Hemos llegado al lugar donde te he dicho que verías a la dolorida
gente, que ha perdido el bien de la inteligencia.
Y después de haber puesto su mano en la mía con rostro alegre, que me
reanimó, me introdujo en medio de las cosas secretas. Allí, bajo un cielo sin
OR mí se va a la ciudad del llanto; por mí se va al eterno
dolor; por mi se va hacia la raza condenada: la justicia animó
a mi sublime arquitecto; me hizo la divina potestad, la
suprema sabiduría y el primer amor. Antes que yo no hubo
nada creado, a excepción de lo eterno, y yo duro
eternamente. ¡Oh vosotros los que entráis, abandonad toda
esperanza!"
Vi escritas estas palabras con caracteres negros en el dintel de una puerta,
por lo cual exclamé:
—Maestro, el sentido de estas palabras me causa pena.
Y él, como hombre lleno de prudencia, me contestó:
—Conviene abandonar aquí todo temor; conviene que aquí termine toda
cobardía. Hemos llegado al lugar donde te he dicho que verías a la dolorida
gente, que ha perdido el bien de la inteligencia.
Y después de haber puesto su mano en la mía con rostro alegre, que me
reanimó, me introdujo en medio de las cosas secretas. Allí, bajo un cielo sin
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estrellas, resonaban suspiros, quejas y profundos gemidos, de suerte que al
escucharlos comencé a llorar. Diversas lenguas, horribles blasfemias,
palabras de dolor, acentos de ira, voces altas y roncas, acompañadas de
palmadas, producían un tumulto que va rodando siempre por aquel espacio
eternamente obscuro, como la arena impelida por un torbellino. Yo, que
estaba horrorizado, dije:
—Maestro, ¿qué es lo que oigo, y qué gente es ésa, que parece doblegada
por el dolor?
Me respondió:
—Esta miserable suerte está reservada a las tristes almas de aquellos que
vivieron sin merecer alabanzas ni vituperio: están confundidas entre el
perverso coro de los ángeles que no fueron rebeldes ni fieles a Dios, sino
que sólo vivieron para sí. El Cielo los lanzó de su seno por no ser menos
hermoso; pero el profundo Infierno no quiere recibirlos por la gloria que
con ello podrían reportar los demás culpables.
Y yo repuse:
—Maestro, ¿qué cruel dolor les hace lamentarse tanto?
A lo que me contestó:
—Te lo diré brevemente. Estos no esperan morir; y su ceguedad es tanta,
que se muestran envidiosos de cualquier otra suerte. El mundo no conserva
ningún recuerdo suyo; la misericordia y la justicia los desdeñan: no
hablemos más de ellos, míralos y pasa adelante.
Y yo, fijándome más, vi una bandera que iba ondeando tan de prisa, que
parecía desdeñosa del menor reposo: tras ella venía tanta muchedumbre,
que no hubiera creído que la muerte destruyera tan gran número. Después
de haber reconocido a algunos, miré más fijamente, y vi la sombra de aquel
que por cobardía hizo la gran renuncia[4]. Comprendí inmediatamente y
adquirí la certeza de que aquella turba era la de los ruines que se hicieron
desagradables a los ojos de Dios y a los de sus enemigos. Aquellos
desgraciados, que no vivieron nunca, estaban desnudos, y eran molestados
sin tregua por las picaduras de las moscas y de las avispas que allí había; las
escucharlos comencé a llorar. Diversas lenguas, horribles blasfemias,
palabras de dolor, acentos de ira, voces altas y roncas, acompañadas de
palmadas, producían un tumulto que va rodando siempre por aquel espacio
eternamente obscuro, como la arena impelida por un torbellino. Yo, que
estaba horrorizado, dije:
—Maestro, ¿qué es lo que oigo, y qué gente es ésa, que parece doblegada
por el dolor?
Me respondió:
—Esta miserable suerte está reservada a las tristes almas de aquellos que
vivieron sin merecer alabanzas ni vituperio: están confundidas entre el
perverso coro de los ángeles que no fueron rebeldes ni fieles a Dios, sino
que sólo vivieron para sí. El Cielo los lanzó de su seno por no ser menos
hermoso; pero el profundo Infierno no quiere recibirlos por la gloria que
con ello podrían reportar los demás culpables.
Y yo repuse:
—Maestro, ¿qué cruel dolor les hace lamentarse tanto?
A lo que me contestó:
—Te lo diré brevemente. Estos no esperan morir; y su ceguedad es tanta,
que se muestran envidiosos de cualquier otra suerte. El mundo no conserva
ningún recuerdo suyo; la misericordia y la justicia los desdeñan: no
hablemos más de ellos, míralos y pasa adelante.
Y yo, fijándome más, vi una bandera que iba ondeando tan de prisa, que
parecía desdeñosa del menor reposo: tras ella venía tanta muchedumbre,
que no hubiera creído que la muerte destruyera tan gran número. Después
de haber reconocido a algunos, miré más fijamente, y vi la sombra de aquel
que por cobardía hizo la gran renuncia[4]. Comprendí inmediatamente y
adquirí la certeza de que aquella turba era la de los ruines que se hicieron
desagradables a los ojos de Dios y a los de sus enemigos. Aquellos
desgraciados, que no vivieron nunca, estaban desnudos, y eran molestados
sin tregua por las picaduras de las moscas y de las avispas que allí había; las
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cuales hacían correr por su rostro la sangre, que mezclada con sus lágrimas,
era recogida a sus pies por asquerosos gusanos.
Habiendo dirigido mis miradas a otra parte, vi nuevas almas a la orilla de un
gran río, por lo cual, dije:
—Maestro, dígnate manifestarme quiénes son y por qué ley parecen ésos
tan prontos a atravesar el río, según puedo ver a favor de esta débil claridad.
Y él me respondió:
—Te lo diré cuando pongamos nuestros pies sobre la triste orilla del
Aqueronte.
Entonces, avergonzado y con los ojos bajos, temiendo que le disgustasen
mis preguntas, me abstuve de hablar hasta que llegamos al río. En aquel
momento vimos un anciano cubierto de canas, que se dirigía hacia nosotros
en una barquichuela, gritando: "¡Ay de vosotras, almas perversas! No
esperéis ver nunca el Cielo. Vengo para conduciros a la otra orilla, donde
reinan eternas tinieblas, en medio del calor y del frío. Y tú, alma viva, que
estás aquí, aléjate de entre esas que están muertas." Pero cuando vió que yo
no me movía, dijo: "Llegarás a la playa por otra orilla, por otro puerto, mas
no por aquí: para llevarte se necesita una barca más ligera."
Y mi guía le dijo:
—Carón, no te irrites. Así se ha dispuesto allí donde se puede todo lo que se
quiere; y no preguntes más.
Entonces se aquietaron las velludas mejillas del barquero de las lívidas
lagunas, que tenía círculos de llamas alrededor de sus ojos. Pero aquellas
almas, que estaban desnudas y fatigadas, no bien oyeron tan terribles
palabras, cambiaron de color, rechinando los dientes, blasfemando de Dios,
de sus padres, de la especie humana, del sitio y del día de su nacimiento, de
la prole de su prole y de su descendencia: después se retiraron todas juntas,
llorando fuertemente, hacia la orilla maldita en donde se espera a todo aquel
que no teme a Dios. El demonio Carón, con ojos de ascuas, haciendo una
señal, las fué reuniendo, golpeando con su remo a las que se rezagaban; y
así como en otoño van cayendo las hojas una tras otra, hasta que las ramas
han devuelto a la tierra todos sus despojos, del mismo modo los malvados
era recogida a sus pies por asquerosos gusanos.
Habiendo dirigido mis miradas a otra parte, vi nuevas almas a la orilla de un
gran río, por lo cual, dije:
—Maestro, dígnate manifestarme quiénes son y por qué ley parecen ésos
tan prontos a atravesar el río, según puedo ver a favor de esta débil claridad.
Y él me respondió:
—Te lo diré cuando pongamos nuestros pies sobre la triste orilla del
Aqueronte.
Entonces, avergonzado y con los ojos bajos, temiendo que le disgustasen
mis preguntas, me abstuve de hablar hasta que llegamos al río. En aquel
momento vimos un anciano cubierto de canas, que se dirigía hacia nosotros
en una barquichuela, gritando: "¡Ay de vosotras, almas perversas! No
esperéis ver nunca el Cielo. Vengo para conduciros a la otra orilla, donde
reinan eternas tinieblas, en medio del calor y del frío. Y tú, alma viva, que
estás aquí, aléjate de entre esas que están muertas." Pero cuando vió que yo
no me movía, dijo: "Llegarás a la playa por otra orilla, por otro puerto, mas
no por aquí: para llevarte se necesita una barca más ligera."
Y mi guía le dijo:
—Carón, no te irrites. Así se ha dispuesto allí donde se puede todo lo que se
quiere; y no preguntes más.
Entonces se aquietaron las velludas mejillas del barquero de las lívidas
lagunas, que tenía círculos de llamas alrededor de sus ojos. Pero aquellas
almas, que estaban desnudas y fatigadas, no bien oyeron tan terribles
palabras, cambiaron de color, rechinando los dientes, blasfemando de Dios,
de sus padres, de la especie humana, del sitio y del día de su nacimiento, de
la prole de su prole y de su descendencia: después se retiraron todas juntas,
llorando fuertemente, hacia la orilla maldita en donde se espera a todo aquel
que no teme a Dios. El demonio Carón, con ojos de ascuas, haciendo una
señal, las fué reuniendo, golpeando con su remo a las que se rezagaban; y
así como en otoño van cayendo las hojas una tras otra, hasta que las ramas
han devuelto a la tierra todos sus despojos, del mismo modo los malvados
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hijos de Adán se lanzaban uno a uno desde la orilla, a aquella señal, como
pájaros que acuden al reclamo. De esta suerte se fueron alejando por las
negras ondas; pero antes de que hubieran saltado en la orilla opuesta, se
reunió otra nueva muchedumbre en la que aquéllas habían dejado.
—Hijo mío—me dijo el cortés Maestro—, los que mueren en la cólera de
Dios acuden aquí de todos los países, y se apresuran a atravesar el río,
espoleados de tal suerte por la justicia divina, que su temor se convierte en
deseo. Por aquí no pasa nunca un alma pura; por lo cual, si Carón se irrita
contra ti, ya conoces ahora el motivo de sus desdeñosas palabras.
Apenas hubo terminado, tembló tan fuertemente la sombría campiña, que el
recuerdo del espanto que sentí aún me inunda la frente de sudor. De aquella
tierra de lágrimas salió un viento que produjo rojizos relámpagos,
haciéndome perder el sentido y caer como un hombre sorprendido por el
sueño.
pájaros que acuden al reclamo. De esta suerte se fueron alejando por las
negras ondas; pero antes de que hubieran saltado en la orilla opuesta, se
reunió otra nueva muchedumbre en la que aquéllas habían dejado.
—Hijo mío—me dijo el cortés Maestro—, los que mueren en la cólera de
Dios acuden aquí de todos los países, y se apresuran a atravesar el río,
espoleados de tal suerte por la justicia divina, que su temor se convierte en
deseo. Por aquí no pasa nunca un alma pura; por lo cual, si Carón se irrita
contra ti, ya conoces ahora el motivo de sus desdeñosas palabras.
Apenas hubo terminado, tembló tan fuertemente la sombría campiña, que el
recuerdo del espanto que sentí aún me inunda la frente de sudor. De aquella
tierra de lágrimas salió un viento que produjo rojizos relámpagos,
haciéndome perder el sentido y caer como un hombre sorprendido por el
sueño.
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CANTO CUARTO
NTERRUMPIO mi profundo sueño un trueno tan fuerte, que
me estremecí como hombre a quien se despierta a la fuerza:
me levanté, y dirigiendo una mirada en derredor mío, fijé la
vista para reconocer el lugar donde me hallaba. Vime junto
al borde del triste valle, abismo de dolor, en que resuenan
infinitos ayes, semejantes a truenos. El abismo era tan
profundo, obscuro y nebuloso, que en vano fijaba mis ojos
en su fondo, pues no distinguía cosa alguna.
—Ahora descendamos allá abajo, al tenebroso mundo—me dijo el poeta
muy pálido—: yo iré el primero; tú el segundo.
Yo, que había advertido su palidez, le respondí:
—¿Cómo he de ir yo, si tú, que sueles desvanecer mis incertidumbres, te
atemorizas?
Y él repuso:
—La angustia de los desgraciados que están ahí bajo, refleja en mi rostro
una piedad que tú tomas por terror. Vamos, pues; que la longitud del camino
NTERRUMPIO mi profundo sueño un trueno tan fuerte, que
me estremecí como hombre a quien se despierta a la fuerza:
me levanté, y dirigiendo una mirada en derredor mío, fijé la
vista para reconocer el lugar donde me hallaba. Vime junto
al borde del triste valle, abismo de dolor, en que resuenan
infinitos ayes, semejantes a truenos. El abismo era tan
profundo, obscuro y nebuloso, que en vano fijaba mis ojos
en su fondo, pues no distinguía cosa alguna.
—Ahora descendamos allá abajo, al tenebroso mundo—me dijo el poeta
muy pálido—: yo iré el primero; tú el segundo.
Yo, que había advertido su palidez, le respondí:
—¿Cómo he de ir yo, si tú, que sueles desvanecer mis incertidumbres, te
atemorizas?
Y él repuso:
—La angustia de los desgraciados que están ahí bajo, refleja en mi rostro
una piedad que tú tomas por terror. Vamos, pues; que la longitud del camino
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exige que nos apresuremos.
Y sin decir más, penetró y me hizo entrar en el primer círculo que rodea el
abismo. Allí, según pude advertir, no se oían quejas, sino sólo suspiros, que
hacían temblar la eterna bóveda, y que procedían de la pena sin tormento de
una inmensa multitud de hombres, mujeres y niños. El buen Maestro me
dijo:
—¿No me preguntas qué espíritus son los que estamos viendo? Quiero,
pues, que sepas, antes de seguir adelante, que éstos no pecaron; y si
contrajeron en su vida algunos méritos, no es bastante, pues no recibieron el
agua del bautismo, que es la puerta de la Fe que forma tu creencia. Y si
vivieron antes del cristianismo, no adoraron a Dios como debían: yo
también soy uno de ellos. Por tal falta, y no por otra culpa, estamos
condenados, consistiendo nuestra pena en vivir con el deseo sin esperanza.
Un gran dolor afligió mi corazón cuando oí esto, porque conocí personas de
mucho valor que estaban suspensas en el Limbo.
—Dime, Maestro y señor mío—le pregunté para afirmarme más en esta Fe
que triunfa de todo error;—¿alguna de esas almas ha podido, bien por sus
méritos o por los de otros, salir del Limbo y alcanzar la bienaventuranza?
Y él, que comprendió mis palabras encubiertas y obscuras, repuso:
—Yo era recién llegado a este sitio, cuando vi venir a un Sér poderoso,
coronado con la señal de la victoria. Hizo salir de aquí el alma del primer
padre, y la de Abel su hijo, y la de Noé; la del legislador Moisés, tan
obediente; la del patriarca Abraham, y la del rey David; a Israel, con su
padre y con sus hijos, y a Raquel por quien aquél hizo tanto,[5] y a otros
muchos, a quienes otorgó la bienaventuranza; pues debes saber que, antes
de ellos, no se salvaban las almas humanas.
Mientras así hablaba, no dejábamos de andar; pero seguíamos atravesando
siempre la selva, esto es, la selva que formaban los espíritus apiñados. Aun
no estábamos muy lejos de la entrada del abismo, cuando vi un resplandor
que triunfaba del hemisferio de las tinieblas: nos encontrábamos todavía a
bastante distancia, pero no a tanta que no pudiera yo distinguir que aquel
sitio estaba ocupado por personas dignas.
Y sin decir más, penetró y me hizo entrar en el primer círculo que rodea el
abismo. Allí, según pude advertir, no se oían quejas, sino sólo suspiros, que
hacían temblar la eterna bóveda, y que procedían de la pena sin tormento de
una inmensa multitud de hombres, mujeres y niños. El buen Maestro me
dijo:
—¿No me preguntas qué espíritus son los que estamos viendo? Quiero,
pues, que sepas, antes de seguir adelante, que éstos no pecaron; y si
contrajeron en su vida algunos méritos, no es bastante, pues no recibieron el
agua del bautismo, que es la puerta de la Fe que forma tu creencia. Y si
vivieron antes del cristianismo, no adoraron a Dios como debían: yo
también soy uno de ellos. Por tal falta, y no por otra culpa, estamos
condenados, consistiendo nuestra pena en vivir con el deseo sin esperanza.
Un gran dolor afligió mi corazón cuando oí esto, porque conocí personas de
mucho valor que estaban suspensas en el Limbo.
—Dime, Maestro y señor mío—le pregunté para afirmarme más en esta Fe
que triunfa de todo error;—¿alguna de esas almas ha podido, bien por sus
méritos o por los de otros, salir del Limbo y alcanzar la bienaventuranza?
Y él, que comprendió mis palabras encubiertas y obscuras, repuso:
—Yo era recién llegado a este sitio, cuando vi venir a un Sér poderoso,
coronado con la señal de la victoria. Hizo salir de aquí el alma del primer
padre, y la de Abel su hijo, y la de Noé; la del legislador Moisés, tan
obediente; la del patriarca Abraham, y la del rey David; a Israel, con su
padre y con sus hijos, y a Raquel por quien aquél hizo tanto,[5] y a otros
muchos, a quienes otorgó la bienaventuranza; pues debes saber que, antes
de ellos, no se salvaban las almas humanas.
Mientras así hablaba, no dejábamos de andar; pero seguíamos atravesando
siempre la selva, esto es, la selva que formaban los espíritus apiñados. Aun
no estábamos muy lejos de la entrada del abismo, cuando vi un resplandor
que triunfaba del hemisferio de las tinieblas: nos encontrábamos todavía a
bastante distancia, pero no a tanta que no pudiera yo distinguir que aquel
sitio estaba ocupado por personas dignas.
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—Oh tú, que honras toda ciencia y todo arte, ¿quiénes son ésos, cuyo
valimiento debe ser tanto, que así están separados de los demás?
Y él a mí:
—La hermosa fama que aún se conserva de ellos en el mundo que habitas,
les hace acreedores a esta gracia del cielo, que de tal suerte los distingue.
Entonces oí una voz que decía: "¡Honrad al sublime poeta; regresa su
sombra, que se había separado de nosotros!" Cuando calló la voz, vi venir a
nuestro encuentro cuatro grandes sombras, cuyo rostro no manifestaba
tristeza ni alegría. El buen maestro empezó a decirme:
—Mira aquel que tiene una espada en la mano, y viene a la cabeza de los
tres como su señor. Ese es Homero, poeta soberano: el otro es el satírico
Horacio, Ovidio es el tercero y el último Lucano. Cada cual merece, como
yo, el nombre que antes pronunciaron unánimes; me honran y hacen bien.
De este modo vi reunida la hermosa escuela de aquel príncipe del sublime
cántico, que vuela como el águila sobre todos los demás.
Después de haber estado conversando entre sí un rato, se volvieron hacia mí
dirigiéndome un amistoso saludo, que hizo sonreír a mi Maestro; y me
honraron aún más, puesto que me admitieron en su compañía, de suerte que
fuí el sexto entre aquellos grandes genios. Así seguimos hasta donde estaba
la luz, hablando de cosas que es bueno callar, como bueno era hablar de
ellas en el sitio en que nos encontrábamos. Llegamos al pie de un noble
castillo, rodeado siete veces de altas murallas, y defendido alrededor por un
bello riachuelo. Pasamos sobre éste como sobre tierra firme; y atravesando
siete puertas con aquellos sabios, llegamos a un prado de fresca verdura.
Allí había personajes de mirada tranquila y grave, cuyo semblante revelaba
una grande autoridad: hablaban poco y con voz suave. Nos retiramos luego
hacia un extremo de la pradera; a un sitio despejado, alto y luminoso, desde
donde podían verse todas aquellas almas. Allí, en pie sobre el verde
esmalte, me fueron señalados los grandes espíritus, cuya contemplación me
hizo estremecer de alegría. Allí vi a Electra con muchos de sus compañeros,
entre los que conocí a Héctor y a Eneas; después a César, armado, con sus
ojos de ave de rapiña. Vi en otra parte a Camila y a Pentesilea, y vi al Rey
Latino, que estaba sentado al lado de su hija Lavinia; vi a aquel Bruto, que
valimiento debe ser tanto, que así están separados de los demás?
Y él a mí:
—La hermosa fama que aún se conserva de ellos en el mundo que habitas,
les hace acreedores a esta gracia del cielo, que de tal suerte los distingue.
Entonces oí una voz que decía: "¡Honrad al sublime poeta; regresa su
sombra, que se había separado de nosotros!" Cuando calló la voz, vi venir a
nuestro encuentro cuatro grandes sombras, cuyo rostro no manifestaba
tristeza ni alegría. El buen maestro empezó a decirme:
—Mira aquel que tiene una espada en la mano, y viene a la cabeza de los
tres como su señor. Ese es Homero, poeta soberano: el otro es el satírico
Horacio, Ovidio es el tercero y el último Lucano. Cada cual merece, como
yo, el nombre que antes pronunciaron unánimes; me honran y hacen bien.
De este modo vi reunida la hermosa escuela de aquel príncipe del sublime
cántico, que vuela como el águila sobre todos los demás.
Después de haber estado conversando entre sí un rato, se volvieron hacia mí
dirigiéndome un amistoso saludo, que hizo sonreír a mi Maestro; y me
honraron aún más, puesto que me admitieron en su compañía, de suerte que
fuí el sexto entre aquellos grandes genios. Así seguimos hasta donde estaba
la luz, hablando de cosas que es bueno callar, como bueno era hablar de
ellas en el sitio en que nos encontrábamos. Llegamos al pie de un noble
castillo, rodeado siete veces de altas murallas, y defendido alrededor por un
bello riachuelo. Pasamos sobre éste como sobre tierra firme; y atravesando
siete puertas con aquellos sabios, llegamos a un prado de fresca verdura.
Allí había personajes de mirada tranquila y grave, cuyo semblante revelaba
una grande autoridad: hablaban poco y con voz suave. Nos retiramos luego
hacia un extremo de la pradera; a un sitio despejado, alto y luminoso, desde
donde podían verse todas aquellas almas. Allí, en pie sobre el verde
esmalte, me fueron señalados los grandes espíritus, cuya contemplación me
hizo estremecer de alegría. Allí vi a Electra con muchos de sus compañeros,
entre los que conocí a Héctor y a Eneas; después a César, armado, con sus
ojos de ave de rapiña. Vi en otra parte a Camila y a Pentesilea, y vi al Rey
Latino, que estaba sentado al lado de su hija Lavinia; vi a aquel Bruto, que
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arrojó a Tarquino de Roma; a Lucrecia también, a Julia, a Marcia y a
Cornelia, y a Saladino, que estaba solo y separado de los demás. Habiendo
levantado después la vista, vi al maestro de los que saben,[6] sentado entre
su filosófica familia. Todos le admiran, todos le honran: vi además a
Sócrates y Platón, que estaban más próximos a aquél que los demás; a
Demócrito, que pretende que el mundo ha tenido por origen la casualidad; a
Diógenes, a Anaxágoras y a Tales, a Empédocles, a Heráclito y a Zenón: vi
al buen observador de la cualidad, es decir, a Dioscórides, y vi a Orfeo, a
Tulio y a Lino, y al moralista Séneca; al geómetra Euclides, a Tolomeo,
Hipócrates, Avicena y Galeno, y a Averroes, que hizo el gran comentario.
No me es posible mencionarlos a todos, porque me arrastra el largo tema
que he de seguir y muchas veces las palabras son breves para el asunto.
Bien pronto la compañía de seis queda reducida a dos: mi sabio guía me
conduce por otro camino fuera de aquella inmovilidad hacia una aura
temblorosa, y llego a un punto privado totalmente de luz.
Cornelia, y a Saladino, que estaba solo y separado de los demás. Habiendo
levantado después la vista, vi al maestro de los que saben,[6] sentado entre
su filosófica familia. Todos le admiran, todos le honran: vi además a
Sócrates y Platón, que estaban más próximos a aquél que los demás; a
Demócrito, que pretende que el mundo ha tenido por origen la casualidad; a
Diógenes, a Anaxágoras y a Tales, a Empédocles, a Heráclito y a Zenón: vi
al buen observador de la cualidad, es decir, a Dioscórides, y vi a Orfeo, a
Tulio y a Lino, y al moralista Séneca; al geómetra Euclides, a Tolomeo,
Hipócrates, Avicena y Galeno, y a Averroes, que hizo el gran comentario.
No me es posible mencionarlos a todos, porque me arrastra el largo tema
que he de seguir y muchas veces las palabras son breves para el asunto.
Bien pronto la compañía de seis queda reducida a dos: mi sabio guía me
conduce por otro camino fuera de aquella inmovilidad hacia una aura
temblorosa, y llego a un punto privado totalmente de luz.
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CANTO QUINTO
SI descendí del primer círculo al segundo, que contiene
menos espacio, pero mucho más dolor, y dolor punzante, que
origina desgarradores gritos. Allí estaba el horrible Minos
que, rechinando los dientes, examina las culpas de los que
entran; juzga y da a comprender sus órdenes por medio de
las vueltas de su cola. Es decir, que cuando se presenta ante
él un alma pecadora, y le confiesa todas sus culpas, aquel
gran conocedor de los pecados ve qué lugar del infierno debe ocupar y se lo
designa, ciñéndose al cuerpo la cola tantas veces cuantas sea el número del
círculo a que debe ser enviada. Ante él están siempre muchas almas,
acudiendo por turno para ser juzgadas; hablan y escuchan, y después son
arrojadas al abismo.
—¡Oh, tú, que vienes a la mansión del dolor!—me gritó Minos cuando me
vió, suspendiendo sus terribles funciones—; mira cómo entras y de quién te
fías: no te alucine lo anchuroso de la entrada.
Entonces mi guía le preguntó:
—¿Por qué gritas? No te opongas a su viaje ordenado por el destino: así lo
han dispuesto allí donde se puede lo que se quiere; y no preguntes más.
SI descendí del primer círculo al segundo, que contiene
menos espacio, pero mucho más dolor, y dolor punzante, que
origina desgarradores gritos. Allí estaba el horrible Minos
que, rechinando los dientes, examina las culpas de los que
entran; juzga y da a comprender sus órdenes por medio de
las vueltas de su cola. Es decir, que cuando se presenta ante
él un alma pecadora, y le confiesa todas sus culpas, aquel
gran conocedor de los pecados ve qué lugar del infierno debe ocupar y se lo
designa, ciñéndose al cuerpo la cola tantas veces cuantas sea el número del
círculo a que debe ser enviada. Ante él están siempre muchas almas,
acudiendo por turno para ser juzgadas; hablan y escuchan, y después son
arrojadas al abismo.
—¡Oh, tú, que vienes a la mansión del dolor!—me gritó Minos cuando me
vió, suspendiendo sus terribles funciones—; mira cómo entras y de quién te
fías: no te alucine lo anchuroso de la entrada.
Entonces mi guía le preguntó:
—¿Por qué gritas? No te opongas a su viaje ordenado por el destino: así lo
han dispuesto allí donde se puede lo que se quiere; y no preguntes más.
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Empezaron a dejarse oír voces plañideras: y llegué a un sitio donde hirieron
mis oídos grandes lamentos. Entrábamos en un lugar que carecía de luz, y
que rugía como el mar tempestuoso cuando está combatido por vientos
contrarios. La tromba infernal, que no se detiene nunca, envuelve en su
torbellino a los espíritus; les hace dar vueltas continuamente, y les agita y
les molesta: cuando se encuentran ante la ruinosa valla que los encierra, allí
son los gritos, los llantos y los lamentos, y las blasfemias contra la virtud
divina. Supe que estaban condenados a semejante tormento los pecadores
carnales que sometieron la razón a sus lascivos apetitos; y así como los
estorninos vuelan en grandes y compactas bandadas en la estación de los
fríos, así aquel torbellino arrastra a los espíritus malvados llevándolos de
acá para allá, de arriba abajo, sin que abriguen nunca la esperanza de tener
un momento de reposo, ni de que su pena se aminore. Y del mismo modo
que las grullas van lanzando sus tristes acentos, formando todas una
prolongada hilera en el aire, así también vi venir, exhalando gemidos, a las
sombras arrastradas por aquella tromba. Por lo cual pregunté:
—Maestro, ¿qué almas son ésas a quienes de tal suerte castiga ese aire
negro?
—La primera de ésas, de quienes deseas noticias—me dijo entonces—, fué
emperatriz de una multitud de pueblos donde se hablaban diferentes
lenguas, y tan dada al vicio de la lujuria, que permitió en sus leyes todo lo
que excitaba el placer, para ocultar de este modo la abyección en que vivía.
Es Semíramis, de quien se lee que sucedió a Nino y fué su esposa y reinó en
la tierra en donde impera el Sultán. La otra es la que se mató por amor y
quebrantó la fe prometida a las cenizas de Siqueo. Después sigue la lasciva
Cleopatra. Ve también a Helena, que dió lugar a tan funestos tiempos; y ve
al gran Aquiles, que al fin tuvo que combatir por el amor. Ve a París y a
Tristán....
Y a más de mil sombras me fué enseñando y designando con el dedo, a
quienes Amor había hecho salir de esta vida. Cuando oí a mi sabio nombrar
las antiguas damas y los caballeros, me sentí dominado por la piedad y
quedé como aturdido. Empecé a decir:
—Poeta, quisiera hablar a aquellas dos almas que van juntas y parecen más
ligeras que las otras impelidas por el viento.
mis oídos grandes lamentos. Entrábamos en un lugar que carecía de luz, y
que rugía como el mar tempestuoso cuando está combatido por vientos
contrarios. La tromba infernal, que no se detiene nunca, envuelve en su
torbellino a los espíritus; les hace dar vueltas continuamente, y les agita y
les molesta: cuando se encuentran ante la ruinosa valla que los encierra, allí
son los gritos, los llantos y los lamentos, y las blasfemias contra la virtud
divina. Supe que estaban condenados a semejante tormento los pecadores
carnales que sometieron la razón a sus lascivos apetitos; y así como los
estorninos vuelan en grandes y compactas bandadas en la estación de los
fríos, así aquel torbellino arrastra a los espíritus malvados llevándolos de
acá para allá, de arriba abajo, sin que abriguen nunca la esperanza de tener
un momento de reposo, ni de que su pena se aminore. Y del mismo modo
que las grullas van lanzando sus tristes acentos, formando todas una
prolongada hilera en el aire, así también vi venir, exhalando gemidos, a las
sombras arrastradas por aquella tromba. Por lo cual pregunté:
—Maestro, ¿qué almas son ésas a quienes de tal suerte castiga ese aire
negro?
—La primera de ésas, de quienes deseas noticias—me dijo entonces—, fué
emperatriz de una multitud de pueblos donde se hablaban diferentes
lenguas, y tan dada al vicio de la lujuria, que permitió en sus leyes todo lo
que excitaba el placer, para ocultar de este modo la abyección en que vivía.
Es Semíramis, de quien se lee que sucedió a Nino y fué su esposa y reinó en
la tierra en donde impera el Sultán. La otra es la que se mató por amor y
quebrantó la fe prometida a las cenizas de Siqueo. Después sigue la lasciva
Cleopatra. Ve también a Helena, que dió lugar a tan funestos tiempos; y ve
al gran Aquiles, que al fin tuvo que combatir por el amor. Ve a París y a
Tristán....
Y a más de mil sombras me fué enseñando y designando con el dedo, a
quienes Amor había hecho salir de esta vida. Cuando oí a mi sabio nombrar
las antiguas damas y los caballeros, me sentí dominado por la piedad y
quedé como aturdido. Empecé a decir:
—Poeta, quisiera hablar a aquellas dos almas que van juntas y parecen más
ligeras que las otras impelidas por el viento.
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Y él me contestó:
—Espera que estén más cerca de nosotros: y entonces ruégales, por el amor
que las conduce, que se dirijan hacia ti.
Tan pronto como el viento las impulsó hacia nosotros, alcé la voz diciendo:
—¡Oh almas atormentadas!, venid a hablarnos, si otro no se opone a ello.
Así como dos palomas, excitadas por sus deseos, se dirigen con las alas
abiertas y firmes hacia el dulce nido, llevadas en el aire por una misma
voluntad, así salieron aquellas dos almas de entre la multitud donde estaba
Dido, dirigiéndose hacia nosotros a través del aire malsano, atraídas por mi
eficaz y afectuoso llamamiento.
—¡Oh sér gracioso y benigno, que vienes a visitar enmedio de este aire
negruzco a los que hemos teñido el mundo de sangre! Si fuéramos amados
por el Rey del universo, le rogaríamos por tu tranquilidad, ya que te
compadeces de nuestro acerbo dolor. Todo lo que te agrade oír y decir, te lo
diremos y escucharemos con gusto mientras que siga el viento tan tranquilo
como ahora. La tierra donde nací está situada en la costa donde desemboca
el Po con todos sus afluentes para descansar en el mar. Amor, que se
apodera pronto de un corazón gentil, hizo que éste se prendara de aquel
hermoso cuerpo que me fué arrebatado de un modo que aún me atormenta.
Amor, que no dispensa de amar al que es amado, hizo que me entregara
vivamente al placer de que se embriagaba éste, que, como ves, no me
abandona nunca. Amor nos condujo a la misma muerte. Caína[7] espera al
que nos arrancó la vida.
Tales fueron las palabras de las dos sombras. Al oír a aquellas almas
atormentadas, bajé la cabeza y la tuve inclinada tanto tiempo, que el poeta
me dijo:
—¿En qué piensas?
—¡Ah!—exclamé al contestarle—; ¡cuán dulces pensamientos, cuántos
deseos les han conducido a doloroso tránsito!
Después me dirigí hacia ellos, diciéndoles:
—Espera que estén más cerca de nosotros: y entonces ruégales, por el amor
que las conduce, que se dirijan hacia ti.
Tan pronto como el viento las impulsó hacia nosotros, alcé la voz diciendo:
—¡Oh almas atormentadas!, venid a hablarnos, si otro no se opone a ello.
Así como dos palomas, excitadas por sus deseos, se dirigen con las alas
abiertas y firmes hacia el dulce nido, llevadas en el aire por una misma
voluntad, así salieron aquellas dos almas de entre la multitud donde estaba
Dido, dirigiéndose hacia nosotros a través del aire malsano, atraídas por mi
eficaz y afectuoso llamamiento.
—¡Oh sér gracioso y benigno, que vienes a visitar enmedio de este aire
negruzco a los que hemos teñido el mundo de sangre! Si fuéramos amados
por el Rey del universo, le rogaríamos por tu tranquilidad, ya que te
compadeces de nuestro acerbo dolor. Todo lo que te agrade oír y decir, te lo
diremos y escucharemos con gusto mientras que siga el viento tan tranquilo
como ahora. La tierra donde nací está situada en la costa donde desemboca
el Po con todos sus afluentes para descansar en el mar. Amor, que se
apodera pronto de un corazón gentil, hizo que éste se prendara de aquel
hermoso cuerpo que me fué arrebatado de un modo que aún me atormenta.
Amor, que no dispensa de amar al que es amado, hizo que me entregara
vivamente al placer de que se embriagaba éste, que, como ves, no me
abandona nunca. Amor nos condujo a la misma muerte. Caína[7] espera al
que nos arrancó la vida.
Tales fueron las palabras de las dos sombras. Al oír a aquellas almas
atormentadas, bajé la cabeza y la tuve inclinada tanto tiempo, que el poeta
me dijo:
—¿En qué piensas?
—¡Ah!—exclamé al contestarle—; ¡cuán dulces pensamientos, cuántos
deseos les han conducido a doloroso tránsito!
Después me dirigí hacia ellos, diciéndoles:
Page 37
—Francisca, tus desgracias me hacen derramar tristes y compasivas
lágrimas. Pero dime: en tiempo de los dulces suspiros ¿cómo os permitió
Amor conocer vuestros secretos deseos?
Ella me contestó:
—No hay mayor dolor que acordarse del tiempo feliz en la miseria; y eso lo
sabe bien tu Maestro. Pero si tienes tanto deseo de conocer cuál fué el
principal origen de nuestro amor, haré como el que habla y llora a la vez.
Leíamos un día por pasatiempo las aventuras de Lancelote, y de qué modo
cayó en las redes del Amor: estábamos solos y sin abrigar sospecha alguna.
Aquella lectura hizo que nuestros ojos se buscaran muchas veces y que
palideciera nuestro semblante; mas un solo pasaje fué el que decidió de
nosotros. Cuando leímos que la deseada sonrisa de la amada fué
interrumpida por el beso del amante, éste, que jamás se ha de separar de mí,
me besó tembloroso en la boca: el libro y quien lo escribió fué para
nosotros otro Galeoto; aquel día ya no leímos más.
Mientras que un alma decía esto, la otra lloraba de tal modo, que, movido
de compasión, desfallecí como si me muriera, y caí como cae un cuerpo
inanimado.
lágrimas. Pero dime: en tiempo de los dulces suspiros ¿cómo os permitió
Amor conocer vuestros secretos deseos?
Ella me contestó:
—No hay mayor dolor que acordarse del tiempo feliz en la miseria; y eso lo
sabe bien tu Maestro. Pero si tienes tanto deseo de conocer cuál fué el
principal origen de nuestro amor, haré como el que habla y llora a la vez.
Leíamos un día por pasatiempo las aventuras de Lancelote, y de qué modo
cayó en las redes del Amor: estábamos solos y sin abrigar sospecha alguna.
Aquella lectura hizo que nuestros ojos se buscaran muchas veces y que
palideciera nuestro semblante; mas un solo pasaje fué el que decidió de
nosotros. Cuando leímos que la deseada sonrisa de la amada fué
interrumpida por el beso del amante, éste, que jamás se ha de separar de mí,
me besó tembloroso en la boca: el libro y quien lo escribió fué para
nosotros otro Galeoto; aquel día ya no leímos más.
Mientras que un alma decía esto, la otra lloraba de tal modo, que, movido
de compasión, desfallecí como si me muriera, y caí como cae un cuerpo
inanimado.
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CANTO SEXTO
L recobrar los sentidos, que perdí por la tristeza y la
compasión que me causó la suerte de los dos cuñados, vi en
derredor mío nuevos tormentos y nuevas almas atormentadas
doquier iba y doquier me volvía o miraba. Me encuentro en
el tercer círculo; en el de la lluvia eterna, maldita, fría y
densa, que cae siempre igualmente copiosa y con la misma
fuerza. Espesos granizos, agua negruzca y nieve descienden en turbión a
través de las tinieblas; la tierra, al recibirlos, exhala un olor pestífero.
Cerbero, fiera cruel y monstruosa, ladra con sus tres fauces de perro contra
los condenados que están allí sumergidos. Tiene los ojos rojos, los pelos
negros y cerdosos, el vientre ancho y las patas guarnecidas de uñas que
clava en los espíritus, les desgarra la piel y les descuartiza. La lluvia les
hace aullar como perros; los miserables condenados forman entre sí una
muralla con sus costados y se revuelven sin cesar. Cuando nos descubrió
Cerbero, el gran gusano abrió las bocas enseñándonos sus colmillos; todos
sus miembros estaban agitados. Entonces mi guía extendió las manos, cogió
tierra, y la arrojó a puñados en las fauces ávidas de la fiera. Y del mismo
modo que un perro se deshace ladrando al tener hambre, y se apacigua
cuando muerde su presa, ocupado tan sólo en devorarla, así también el
L recobrar los sentidos, que perdí por la tristeza y la
compasión que me causó la suerte de los dos cuñados, vi en
derredor mío nuevos tormentos y nuevas almas atormentadas
doquier iba y doquier me volvía o miraba. Me encuentro en
el tercer círculo; en el de la lluvia eterna, maldita, fría y
densa, que cae siempre igualmente copiosa y con la misma
fuerza. Espesos granizos, agua negruzca y nieve descienden en turbión a
través de las tinieblas; la tierra, al recibirlos, exhala un olor pestífero.
Cerbero, fiera cruel y monstruosa, ladra con sus tres fauces de perro contra
los condenados que están allí sumergidos. Tiene los ojos rojos, los pelos
negros y cerdosos, el vientre ancho y las patas guarnecidas de uñas que
clava en los espíritus, les desgarra la piel y les descuartiza. La lluvia les
hace aullar como perros; los miserables condenados forman entre sí una
muralla con sus costados y se revuelven sin cesar. Cuando nos descubrió
Cerbero, el gran gusano abrió las bocas enseñándonos sus colmillos; todos
sus miembros estaban agitados. Entonces mi guía extendió las manos, cogió
tierra, y la arrojó a puñados en las fauces ávidas de la fiera. Y del mismo
modo que un perro se deshace ladrando al tener hambre, y se apacigua
cuando muerde su presa, ocupado tan sólo en devorarla, así también el
Page 39
demonio Cerbero cerró sus impuras bocas, cuyos ladridos causaban tal
aturdimiento a las almas que quisieran quedarse sordas. Pasamos por
encima de las sombras derribadas por la incesante lluvia, poniendo nuestros
pies sobre sus fantasmas, que parecían cuerpos humanos. Todas yacían por
el suelo, excepto una que se levantó con presteza para sentarse, cuando nos
vió pasar ante ella.
—¡Oh, tú, que has venido a este Infierno!—me dijo—; reconóceme si
puedes. Tú fuiste hecho, antes que yo deshecho.
Yo le contesté:
—La angustia que te atormenta es quizá causa de que no me acuerde de ti;
me parece que no te he visto nunca. Pero dime, ¿quién eres tú, que a tan
triste lugar has sido conducido, y condenado a un suplicio, que si hay otro
mayor, no será por cierto tan desagradable?
Contestóme:
—Tu ciudad, tan llena hoy de envidia, que ya colma la medida, me vió en
su seno en vida más serena. Vosotros, los habitantes de esa ciudad, me
llamasteis Ciacco. Por el reprensible pecado de la gula, me veo, como ves,
sufriendo esta lluvia. Yo no soy aquí la única alma triste; todas las demás
están condenadas a igual pena por la misma causa.
Y no pronunció una palabra más. Yo le respondí:
—Ciacco, tu martirio me conmueve tanto, que me hace verter lágrimas;
pero dime, si es que lo sabes: ¿en qué pararán los habitantes de esa ciudad
tan dividida en facciones? ¿Hay algún justo entre ellos? Dime por qué razón
se ha introducido en ella la discordia.
Me contestó:
—Después de grandes debates, llegarán a verter su sangre, y el partido
salvaje arrojará al otro partido causándole grandes pérdidas. Luego será
preciso que el partido vencedor sucumba al cabo de tres años, y que el
vencido se eleve, merced a la ayuda de aquel que ahora es neutral. Esta
facción llevará la frente erguida por mucho tiempo, teniendo bajo su férreo
yugo a la otra, por más que ésta se lamente y avergüence. Aun hay dos
aturdimiento a las almas que quisieran quedarse sordas. Pasamos por
encima de las sombras derribadas por la incesante lluvia, poniendo nuestros
pies sobre sus fantasmas, que parecían cuerpos humanos. Todas yacían por
el suelo, excepto una que se levantó con presteza para sentarse, cuando nos
vió pasar ante ella.
—¡Oh, tú, que has venido a este Infierno!—me dijo—; reconóceme si
puedes. Tú fuiste hecho, antes que yo deshecho.
Yo le contesté:
—La angustia que te atormenta es quizá causa de que no me acuerde de ti;
me parece que no te he visto nunca. Pero dime, ¿quién eres tú, que a tan
triste lugar has sido conducido, y condenado a un suplicio, que si hay otro
mayor, no será por cierto tan desagradable?
Contestóme:
—Tu ciudad, tan llena hoy de envidia, que ya colma la medida, me vió en
su seno en vida más serena. Vosotros, los habitantes de esa ciudad, me
llamasteis Ciacco. Por el reprensible pecado de la gula, me veo, como ves,
sufriendo esta lluvia. Yo no soy aquí la única alma triste; todas las demás
están condenadas a igual pena por la misma causa.
Y no pronunció una palabra más. Yo le respondí:
—Ciacco, tu martirio me conmueve tanto, que me hace verter lágrimas;
pero dime, si es que lo sabes: ¿en qué pararán los habitantes de esa ciudad
tan dividida en facciones? ¿Hay algún justo entre ellos? Dime por qué razón
se ha introducido en ella la discordia.
Me contestó:
—Después de grandes debates, llegarán a verter su sangre, y el partido
salvaje arrojará al otro partido causándole grandes pérdidas. Luego será
preciso que el partido vencedor sucumba al cabo de tres años, y que el
vencido se eleve, merced a la ayuda de aquel que ahora es neutral. Esta
facción llevará la frente erguida por mucho tiempo, teniendo bajo su férreo
yugo a la otra, por más que ésta se lamente y avergüence. Aun hay dos
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justos, pero nadie les escucha: la soberbia, la envidia y la avaricia son las
tres chispas que han inflamado los corazones.
Aquí dió Ciacco fin a su lamentable discurso, y yo le dije:
—Todavía quiero que me informes, y me concedas algunas palabras. Dime
dónde están, y dame a conocer a Farinata y al Tegghiaio, que fueron tan
dignos, a Jacobo Rusticucci, Arigo y Mosca, y a otros que a hacer bien
consagraron su ingenio, pues siento un gran deseo de saber si están entre las
dulzuras del Cielo o entre las amarguras del Infierno.
A lo que me contestó:
—Están entre almas más perversas; otros pecados los han arrojado a un
círculo más profundo: si bajas hasta allí, podrás verlos. Pero cuando vuelvas
al dulce mundo, te ruego que hagas porque en él se renueve mi recuerdo: y
no te digo ni te respondo más.
Entonces torció los ojos que había tenido fijos; miróme un momento, y
luego inclinó la cabeza, y volvió a caer entre los demás ciegos. Mi guía me
dijo:
—Ya no volverá a levantarse hasta que se oiga el sonido de la angélica
trompeta; cuando venga la potestad enemiga del pecado. Cada cual
encontrará entonces su triste tumba; recobrará sus carnes y su figura; y oirá
el juicio que debe resonar por toda una eternidad.
Así fuimos atravesando aquella impura mezcla de sombras y de lluvia, con
paso lento, razonando un poco sobre la vida futura. Por lo cual dije:
—Maestro, ¿estos tormentos serán mayores después de la gran sentencia, o
bien menores, o seguirán siendo tan dolorosos?
Y él a mí:
—Acuérdate de tu ciencia, que pretende que cuanto más perfecta es una
cosa, tanto mayor bien o dolor experimenta. Aunque esta raza maldita no
debe jamás llegar a la verdadera perfección, espera ser después del juicio
más perfecta que ahora.
tres chispas que han inflamado los corazones.
Aquí dió Ciacco fin a su lamentable discurso, y yo le dije:
—Todavía quiero que me informes, y me concedas algunas palabras. Dime
dónde están, y dame a conocer a Farinata y al Tegghiaio, que fueron tan
dignos, a Jacobo Rusticucci, Arigo y Mosca, y a otros que a hacer bien
consagraron su ingenio, pues siento un gran deseo de saber si están entre las
dulzuras del Cielo o entre las amarguras del Infierno.
A lo que me contestó:
—Están entre almas más perversas; otros pecados los han arrojado a un
círculo más profundo: si bajas hasta allí, podrás verlos. Pero cuando vuelvas
al dulce mundo, te ruego que hagas porque en él se renueve mi recuerdo: y
no te digo ni te respondo más.
Entonces torció los ojos que había tenido fijos; miróme un momento, y
luego inclinó la cabeza, y volvió a caer entre los demás ciegos. Mi guía me
dijo:
—Ya no volverá a levantarse hasta que se oiga el sonido de la angélica
trompeta; cuando venga la potestad enemiga del pecado. Cada cual
encontrará entonces su triste tumba; recobrará sus carnes y su figura; y oirá
el juicio que debe resonar por toda una eternidad.
Así fuimos atravesando aquella impura mezcla de sombras y de lluvia, con
paso lento, razonando un poco sobre la vida futura. Por lo cual dije:
—Maestro, ¿estos tormentos serán mayores después de la gran sentencia, o
bien menores, o seguirán siendo tan dolorosos?
Y él a mí:
—Acuérdate de tu ciencia, que pretende que cuanto más perfecta es una
cosa, tanto mayor bien o dolor experimenta. Aunque esta raza maldita no
debe jamás llegar a la verdadera perfección, espera ser después del juicio
más perfecta que ahora.
Page 41
Caminando por la vía que gira alrededor del círculo, continuamos hablando
de otras cosas que no refiero, y llegamos al sitio donde se desciende: allí
encontramos a Plutón, el gran enemigo.
de otras cosas que no refiero, y llegamos al sitio donde se desciende: allí
encontramos a Plutón, el gran enemigo.
Page 42
CANTO SEPTIMO
APE satán, pape satán aleppe"[8] comenzó a gritar Plutón
con ronca voz. Y aquel sabio gentil, que lo supo todo, para
animarme, dijo:
—No te inquiete el temor; pues a pesar de su poder, no te
impedirá que desciendas a este círculo.
Después, volviéndose hacia aquel rostro hinchado de ira, le dijo:
—Calla, lobo maldito: consúmete interiormente con tu propia rabia. No sin
razón venimos al profundo infierno; pues así lo han dispuesto allá arriba,
donde Miguel castigó la soberbia rebelión.
Como las velas, hinchadas por el viento, caen derribadas cuando el mástil
se rompe, del mismo modo cayó al suelo aquella fiera cruel. Así bajamos a
la cuarta cavidad, aproximándonos más a la dolorosa orilla que encierra en
sí todo el mal del universo. ¡Ah, justicia de Dios!, ¿quién, si no tú, puede
amontonar tantas penas y trabajos como allí vi? ¿Por qué nos desgarran así
nuestras propias faltas? Como una ola se estrella contra otra ola en el
escollo de Caribdis, así chocan uno contra otro los condenados. Allí vi más
condenados que en ninguna otra parte, los cuales formados en dos filas, se
APE satán, pape satán aleppe"[8] comenzó a gritar Plutón
con ronca voz. Y aquel sabio gentil, que lo supo todo, para
animarme, dijo:
—No te inquiete el temor; pues a pesar de su poder, no te
impedirá que desciendas a este círculo.
Después, volviéndose hacia aquel rostro hinchado de ira, le dijo:
—Calla, lobo maldito: consúmete interiormente con tu propia rabia. No sin
razón venimos al profundo infierno; pues así lo han dispuesto allá arriba,
donde Miguel castigó la soberbia rebelión.
Como las velas, hinchadas por el viento, caen derribadas cuando el mástil
se rompe, del mismo modo cayó al suelo aquella fiera cruel. Así bajamos a
la cuarta cavidad, aproximándonos más a la dolorosa orilla que encierra en
sí todo el mal del universo. ¡Ah, justicia de Dios!, ¿quién, si no tú, puede
amontonar tantas penas y trabajos como allí vi? ¿Por qué nos desgarran así
nuestras propias faltas? Como una ola se estrella contra otra ola en el
escollo de Caribdis, así chocan uno contra otro los condenados. Allí vi más
condenados que en ninguna otra parte, los cuales formados en dos filas, se
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lanzaban de la una a la otra enormes pesos con todo el esfuerzo de su
pecho, gritando fuertemente: dábanse grandes golpes, y después se volvían
cada cual hacia atrás, exclamando: "¿Por qué guardas? ¿Por qué
derrochas?" De esta suerte iban girando por aquel tétrico círculo, yendo
desde un extremo a su opuesto, y repitiendo a gritos su injurioso estribillo.
Después, cuando cada cual había llegado al centro de su círculo, se volvían
todos a la vez para empezar de nuevo otra pelea.
Yo, que tenía el corazón conmovido de lástima, dije:
—Maestro mío, indícame qué gente es ésta. Todos esos tonsurados que
vemos a nuestra izquierda ¿han sido clérigos?
Y él me respondió:
—Erró la mente de todos en la primera vida, y no supieron gastar
razonablemente: así lo manifiestan claramente sus aullidos cuando llegan a
los dos puntos del círculo que los separa de los que siguieron camino
opuesto. Esos que no tienen cabellos que cubran su cabeza, fueron clérigos,
papas y cardenales, a quienes subyugó la avaricia.
Y yo:
—Maestro, entre todos ésos, bien deberá haber algunos a quienes yo
conozca y a quienes tan inmundos hizo este vicio.
Y él a mí:
—En vano esforzarás tu imaginación: la vida sórdida que los hizo
deformes, hace que hoy sean obscuros y desconocidos. Continuarán
chocando entre sí eternamente; y saldrán éstos del sepulcro con los puños
cerrados, y aquéllos con el cabello rapado. Por haber gastado mal y
guardado mal, han perdido el Paraíso, y se ven condenados a ese eterno
combate, que no necesito pintarte con palabras escogidas. Ahí podrás ver,
hijo mío, cuán rápidamente pasa el soplo de los bienes de la Fortuna, por
los que la raza humana se enorgullece y querella. Todo el oro que existe
bajo la Luna, y todo lo que ha existido, no puede dar un momento de reposo
a una sola de esas almas fatigadas.
pecho, gritando fuertemente: dábanse grandes golpes, y después se volvían
cada cual hacia atrás, exclamando: "¿Por qué guardas? ¿Por qué
derrochas?" De esta suerte iban girando por aquel tétrico círculo, yendo
desde un extremo a su opuesto, y repitiendo a gritos su injurioso estribillo.
Después, cuando cada cual había llegado al centro de su círculo, se volvían
todos a la vez para empezar de nuevo otra pelea.
Yo, que tenía el corazón conmovido de lástima, dije:
—Maestro mío, indícame qué gente es ésta. Todos esos tonsurados que
vemos a nuestra izquierda ¿han sido clérigos?
Y él me respondió:
—Erró la mente de todos en la primera vida, y no supieron gastar
razonablemente: así lo manifiestan claramente sus aullidos cuando llegan a
los dos puntos del círculo que los separa de los que siguieron camino
opuesto. Esos que no tienen cabellos que cubran su cabeza, fueron clérigos,
papas y cardenales, a quienes subyugó la avaricia.
Y yo:
—Maestro, entre todos ésos, bien deberá haber algunos a quienes yo
conozca y a quienes tan inmundos hizo este vicio.
Y él a mí:
—En vano esforzarás tu imaginación: la vida sórdida que los hizo
deformes, hace que hoy sean obscuros y desconocidos. Continuarán
chocando entre sí eternamente; y saldrán éstos del sepulcro con los puños
cerrados, y aquéllos con el cabello rapado. Por haber gastado mal y
guardado mal, han perdido el Paraíso, y se ven condenados a ese eterno
combate, que no necesito pintarte con palabras escogidas. Ahí podrás ver,
hijo mío, cuán rápidamente pasa el soplo de los bienes de la Fortuna, por
los que la raza humana se enorgullece y querella. Todo el oro que existe
bajo la Luna, y todo lo que ha existido, no puede dar un momento de reposo
a una sola de esas almas fatigadas.
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—Maestro—le dije entonces—, enséñame cuál es esa Fortuna de que me
hablas, y que así tiene entre sus manos los bienes del mundo.
Y él a mí:
—¡Oh necias criaturas! ¡Cuán grande es la ignorancia que os extravía!
Quiero que te alimentes con mis lecciones. Aquél, cuya sabiduría es
superior a todo, hizo los cielos y les dió un guía, de modo que toda parte
brilla para toda parte, distribuyendo la luz por igual; con el esplendor del
mundo hizo lo mismo, y le dió una guía, que administrándolo todo, hiciera
pasar de tiempo en tiempo las vanas riquezas de una a otra familia, de una a
otra nación, a pesar de los obstáculos que crean la prudencia y previsión
humanas. He aquí por qué, mientras una nación impera, otra languidece,
según el juicio de Aquél que está oculto, como la serpiente en la hierba.
Vuestro saber no puedo contrastarla; porque provee, juzga y prosigue su
reinado, como el suyo cada una de las otras deidades. Sus transformaciones
no tienen tregua; la necesidad la obliga a ser rápida; por eso se cambia todo
en el mundo con tanta frecuencia. Tal es esa a quien tan a menudo vituperan
los mismos que deberían ensalzarla, y de quien blasfeman y maldicen sin
razón. Pero ella es feliz, y no oye esas maldiciones: contenta entre las
primeras criaturas, prosigue su obra y goza en su beatitud. Bajemos ahora
donde existen mayores y más lamentables males: ya descienden todas las
estrellas que salían cuando me puse en marcha, y nos está prohibido
retrasarnos mucho.
Atravesamos el círculo hasta la otra orilla, sobre un hirviente manantial, que
vierte sus aguas en un arroyo que le debe su origen y cuyas aguas son más
bien obscuras que azuladas; y bajamos por un camino distinto, siguiendo el
curso de tan tenebrosas ondas. Cuando aquel arroyo ha llegado al pie de la
playa gris e infecta, forma una laguna llamada Estigia; y yo, que miraba
atentamente, vi algunas almas encenagadas en aquel pantano,
completamente desnudas y de irritado semblante. Se golpeaban no sólo con
las manos, sino con la cabeza, con el pecho, con los pies, arrancándose la
carne a pedazos con los dientes. Díjome el buen Maestro:
—Hijo, contempla las almas de los que han sido dominados por la ira:
quiero además que sepas que bajo esta agua hay una raza condenada que
suspira, y la hace hervir en la superficie, como te lo indican tus miradas en
hablas, y que así tiene entre sus manos los bienes del mundo.
Y él a mí:
—¡Oh necias criaturas! ¡Cuán grande es la ignorancia que os extravía!
Quiero que te alimentes con mis lecciones. Aquél, cuya sabiduría es
superior a todo, hizo los cielos y les dió un guía, de modo que toda parte
brilla para toda parte, distribuyendo la luz por igual; con el esplendor del
mundo hizo lo mismo, y le dió una guía, que administrándolo todo, hiciera
pasar de tiempo en tiempo las vanas riquezas de una a otra familia, de una a
otra nación, a pesar de los obstáculos que crean la prudencia y previsión
humanas. He aquí por qué, mientras una nación impera, otra languidece,
según el juicio de Aquél que está oculto, como la serpiente en la hierba.
Vuestro saber no puedo contrastarla; porque provee, juzga y prosigue su
reinado, como el suyo cada una de las otras deidades. Sus transformaciones
no tienen tregua; la necesidad la obliga a ser rápida; por eso se cambia todo
en el mundo con tanta frecuencia. Tal es esa a quien tan a menudo vituperan
los mismos que deberían ensalzarla, y de quien blasfeman y maldicen sin
razón. Pero ella es feliz, y no oye esas maldiciones: contenta entre las
primeras criaturas, prosigue su obra y goza en su beatitud. Bajemos ahora
donde existen mayores y más lamentables males: ya descienden todas las
estrellas que salían cuando me puse en marcha, y nos está prohibido
retrasarnos mucho.
Atravesamos el círculo hasta la otra orilla, sobre un hirviente manantial, que
vierte sus aguas en un arroyo que le debe su origen y cuyas aguas son más
bien obscuras que azuladas; y bajamos por un camino distinto, siguiendo el
curso de tan tenebrosas ondas. Cuando aquel arroyo ha llegado al pie de la
playa gris e infecta, forma una laguna llamada Estigia; y yo, que miraba
atentamente, vi algunas almas encenagadas en aquel pantano,
completamente desnudas y de irritado semblante. Se golpeaban no sólo con
las manos, sino con la cabeza, con el pecho, con los pies, arrancándose la
carne a pedazos con los dientes. Díjome el buen Maestro:
—Hijo, contempla las almas de los que han sido dominados por la ira:
quiero además que sepas que bajo esta agua hay una raza condenada que
suspira, y la hace hervir en la superficie, como te lo indican tus miradas en
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cuantos sitios se fijan. Metidos en el lodo, dicen: "Estuvimos siempre tristes
bajo aquel aire dulce que alegra el Sol, llevando en nuestro interior una
tétrica humareda: ahora nos entristecemos también en medio de este negro
cieno." Estas palabras salen del fondo de su garganta, como si formaran
gárgaras, no pudiendo pronunciar una sola íntegra.
Así fuimos describiendo un gran arco alrededor del fétido pantano, entre la
playa seca y el agua, vueltos los ojos hacia los que se atragantaban con el
fango, hasta que al fin llegamos al pie de una torre.
bajo aquel aire dulce que alegra el Sol, llevando en nuestro interior una
tétrica humareda: ahora nos entristecemos también en medio de este negro
cieno." Estas palabras salen del fondo de su garganta, como si formaran
gárgaras, no pudiendo pronunciar una sola íntegra.
Así fuimos describiendo un gran arco alrededor del fétido pantano, entre la
playa seca y el agua, vueltos los ojos hacia los que se atragantaban con el
fango, hasta que al fin llegamos al pie de una torre.
Page 46
CANTO OCTAVO
igo, continuando, que mucho antes de llegar al pie de la
elevada torre, nuestros ojos se fijaron en su parte más alta, a
causa de dos lucecitas que allí vimos, y otra que
correspondía a estas dos, pero desde tan lejos, que apenas
podía distinguirse. Entonces, dirigiéndome hacia el mar de
toda ciencia, dije:
—¿Qué significan esas llamas? ¿Qué responde aquella otra, y quiénes son
los que hacen esas señales?
Respondióme:
—Sobre esas aguas fangosas puedes ver lo que ha de venir, si es que no te
lo ocultan los vapores del pantano.
Jamás cuerda alguna despidió una flecha que corriese por el aire con tanta
velocidad, como una navecilla que vi surcando las aguas en nuestra
dirección, gobernada por un solo remero que gritaba: "¿Has llegado ya,
alma vil?"
igo, continuando, que mucho antes de llegar al pie de la
elevada torre, nuestros ojos se fijaron en su parte más alta, a
causa de dos lucecitas que allí vimos, y otra que
correspondía a estas dos, pero desde tan lejos, que apenas
podía distinguirse. Entonces, dirigiéndome hacia el mar de
toda ciencia, dije:
—¿Qué significan esas llamas? ¿Qué responde aquella otra, y quiénes son
los que hacen esas señales?
Respondióme:
—Sobre esas aguas fangosas puedes ver lo que ha de venir, si es que no te
lo ocultan los vapores del pantano.
Jamás cuerda alguna despidió una flecha que corriese por el aire con tanta
velocidad, como una navecilla que vi surcando las aguas en nuestra
dirección, gobernada por un solo remero que gritaba: "¿Has llegado ya,
alma vil?"
Page 47
—Flegias, Flegias, gritas en vano esta vez—dijo mi Señor—; no nos
tendrás en tu poder más tiempo que el necesario para pasar la laguna.
Flegias, conteniendo su cólera, hizo lo que un hombre a quien descubren
que ha sido víctima de un engaño, ocasionándole esto un dolor profundo.
Mi guía saltó a la barca y me hizo entrar en ella tras él; pero aquélla no
pareció ir cargada hasta que recibió mi peso. En cuanto ambos estuvimos
dentro, la antigua proa partió trazando en el agua una estela más profunda
de lo que solía cuando llevaba otros pasajeros. Mientras recorríamos aquel
canal de agua estancada, se me presentó una sombra llena de lodo, y me
preguntó:
—¿Quién eres tú, que vienes antes de tiempo?
A lo que contesté:
—Si he venido, no es para permanecer aquí; mas dime ¿quién eres tú, que
tan sucio estás?
Respondióme:
—Ya ves que soy uno de los que lloran.
Y yo a él:
—¡Permanece, pues, entre el llanto y la desolación, espíritu maldito! Te
conozco aunque estés tan enlodado.
Entonces extendió sus manos hacia la barca, pero mi prudente Maestro le
rechazó diciendo:
—Véte de aquí con los otros perros.
En seguida rodeó mi cuello con sus brazos, me besó en el rostro y me dijo:
—Alma desdeñosa, ¡bendita aquella que te llevó en su seno! Ese que ves
fué en el mundo una persona soberbia; ninguna virtud ha honrado su
memoria, por lo que su sombra está siempre furiosa. ¡Cuántos se tienen allá
arriba por grandes reyes, que se verán sumidos como cerdos en este
pantano, sin dejar en pos de sí más que horribles desprecios!
Y yo:
tendrás en tu poder más tiempo que el necesario para pasar la laguna.
Flegias, conteniendo su cólera, hizo lo que un hombre a quien descubren
que ha sido víctima de un engaño, ocasionándole esto un dolor profundo.
Mi guía saltó a la barca y me hizo entrar en ella tras él; pero aquélla no
pareció ir cargada hasta que recibió mi peso. En cuanto ambos estuvimos
dentro, la antigua proa partió trazando en el agua una estela más profunda
de lo que solía cuando llevaba otros pasajeros. Mientras recorríamos aquel
canal de agua estancada, se me presentó una sombra llena de lodo, y me
preguntó:
—¿Quién eres tú, que vienes antes de tiempo?
A lo que contesté:
—Si he venido, no es para permanecer aquí; mas dime ¿quién eres tú, que
tan sucio estás?
Respondióme:
—Ya ves que soy uno de los que lloran.
Y yo a él:
—¡Permanece, pues, entre el llanto y la desolación, espíritu maldito! Te
conozco aunque estés tan enlodado.
Entonces extendió sus manos hacia la barca, pero mi prudente Maestro le
rechazó diciendo:
—Véte de aquí con los otros perros.
En seguida rodeó mi cuello con sus brazos, me besó en el rostro y me dijo:
—Alma desdeñosa, ¡bendita aquella que te llevó en su seno! Ese que ves
fué en el mundo una persona soberbia; ninguna virtud ha honrado su
memoria, por lo que su sombra está siempre furiosa. ¡Cuántos se tienen allá
arriba por grandes reyes, que se verán sumidos como cerdos en este
pantano, sin dejar en pos de sí más que horribles desprecios!
Y yo:
Page 48
—Maestro, antes de salir de este lago, desearía en gran manera ver a ese
pecador sumergido en el fango.
Y él a mí:
—Antes de que veas la orilla, quedarás satisfecho: convendrá que goces de
ese deseo.
Poco después, le vi acometido de tal modo por las demás sombras
cenagosas, que aún alabo a Dios y le doy gracias por ello. Todas gritaban:
"¡A Felipe Argenti!" Este florentino, espíritu orgulloso, se revolvía contra sí
mismo, destrozándose con sus dientes. Dejémosle allí, pues no pienso
ocuparme más de él. Después vino a herir mis oídos un lamento doloroso,
por lo cual miré con más atención en torno mío. El buen Maestro me dijo:
—Hijo mío, ya estamos cerca de la ciudad que se llama Dite; sus habitantes
pecaron gravemente y son muy numerosos.
Y yo le respondí:
—Ya distingo en el fondo del valle sus torres bermejas, como si salieran de
entre llamas.
A lo cual me contestó:
—El fuego eterno que interiormente las abrasa, les comunica el rojo color
que ves en ese bajo infierno.
Al fin entramos en los profundos fosos que ciñen aquella desolada tierra:
las murallas me parecían de hierro. Llegamos, no sin haber dado antes un
gran rodeo, a un sitio en que el barquero nos dijo en alta voz: "Salid, he
aquí la entrada." Vi sobre las puertas más de mil espíritus, caídos del cielo
como una lluvia, que decían con ira: "¿Quién es ése que sin haber muerto
anda por el reino de los muertos?" Mi sabio Maestro hizo un ademán
expresando que quería hablarles en secreto. Entonces contuvieron un poco
su cólera y respondieron: "Ven tú solo, y que se vaya aquel que tan
audazmente entró en este reino. Que se vuelva solo por el camino que ha
emprendido locamente: que lo intente, si sabe; porque tú, que le has guiado
por esta obscura comarca, te has de quedar aquí."
pecador sumergido en el fango.
Y él a mí:
—Antes de que veas la orilla, quedarás satisfecho: convendrá que goces de
ese deseo.
Poco después, le vi acometido de tal modo por las demás sombras
cenagosas, que aún alabo a Dios y le doy gracias por ello. Todas gritaban:
"¡A Felipe Argenti!" Este florentino, espíritu orgulloso, se revolvía contra sí
mismo, destrozándose con sus dientes. Dejémosle allí, pues no pienso
ocuparme más de él. Después vino a herir mis oídos un lamento doloroso,
por lo cual miré con más atención en torno mío. El buen Maestro me dijo:
—Hijo mío, ya estamos cerca de la ciudad que se llama Dite; sus habitantes
pecaron gravemente y son muy numerosos.
Y yo le respondí:
—Ya distingo en el fondo del valle sus torres bermejas, como si salieran de
entre llamas.
A lo cual me contestó:
—El fuego eterno que interiormente las abrasa, les comunica el rojo color
que ves en ese bajo infierno.
Al fin entramos en los profundos fosos que ciñen aquella desolada tierra:
las murallas me parecían de hierro. Llegamos, no sin haber dado antes un
gran rodeo, a un sitio en que el barquero nos dijo en alta voz: "Salid, he
aquí la entrada." Vi sobre las puertas más de mil espíritus, caídos del cielo
como una lluvia, que decían con ira: "¿Quién es ése que sin haber muerto
anda por el reino de los muertos?" Mi sabio Maestro hizo un ademán
expresando que quería hablarles en secreto. Entonces contuvieron un poco
su cólera y respondieron: "Ven tú solo, y que se vaya aquel que tan
audazmente entró en este reino. Que se vuelva solo por el camino que ha
emprendido locamente: que lo intente, si sabe; porque tú, que le has guiado
por esta obscura comarca, te has de quedar aquí."
Page 49
Juzga, lector, si estaría yo tranquilo al oír aquellas palabras malditas: no creí
volver nunca a la tierra.
—¡Oh, mi guía querido!, tú que más de siete veces me has devuelto la
tranquilidad y librado de los grandes peligros con que he tropezado, no me
dejes, le dije, tan abatido: si nos está prohibido avanzar más, volvamos
inmediatamente sobre nuestros pasos.
Y aquel señor que allí me había llevado me dijo:
—No temas, pues nadie puede cerrarnos el paso que Dios nos ha abierto.
Aguárdame aquí: reanima tu abatido espíritu y alimenta una grata
esperanza, que yo no te dejaré en este bajo mundo.
En seguida se fué el dulce Padre, y me dejó solo. Permanecí en una gran
incertidumbre, agitándose el sí y el no en mi cabeza.
No pude oír lo que les propuso; pero habló poco tiempo con ellos, y todos a
una corrieron hacia la ciudad. Nuestros enemigos dieron con las puertas en
el rostro a mi Señor, que se quedó fuera, y se dirigió lentamente hacia
donde yo estaba. Tenía los ojos inclinados, sin dar señales de atrevimiento,
y decía entre suspiros: "¿Quién me ha impedido la entrada en la mansión de
los dolores?" Y dirigiéndose a mí:
—Si estoy irritado—me dijo—, no te inquietes; yo saldré victorioso de esta
prueba, cualesquiera que sean los que se opongan a nuestra entrada. Su
temeridad no es nueva: ya la demostraron ante una puerta menos secreta,
que se encuentra todavía sin cerradura. Ya has visto sobre ella la inscripción
de muerte. Pero más acá de esa puerta, descendiendo la montaña y pasando
por los círculos sin necesidad de guía, viene uno que nos abrirá la ciudad.
volver nunca a la tierra.
—¡Oh, mi guía querido!, tú que más de siete veces me has devuelto la
tranquilidad y librado de los grandes peligros con que he tropezado, no me
dejes, le dije, tan abatido: si nos está prohibido avanzar más, volvamos
inmediatamente sobre nuestros pasos.
Y aquel señor que allí me había llevado me dijo:
—No temas, pues nadie puede cerrarnos el paso que Dios nos ha abierto.
Aguárdame aquí: reanima tu abatido espíritu y alimenta una grata
esperanza, que yo no te dejaré en este bajo mundo.
En seguida se fué el dulce Padre, y me dejó solo. Permanecí en una gran
incertidumbre, agitándose el sí y el no en mi cabeza.
No pude oír lo que les propuso; pero habló poco tiempo con ellos, y todos a
una corrieron hacia la ciudad. Nuestros enemigos dieron con las puertas en
el rostro a mi Señor, que se quedó fuera, y se dirigió lentamente hacia
donde yo estaba. Tenía los ojos inclinados, sin dar señales de atrevimiento,
y decía entre suspiros: "¿Quién me ha impedido la entrada en la mansión de
los dolores?" Y dirigiéndose a mí:
—Si estoy irritado—me dijo—, no te inquietes; yo saldré victorioso de esta
prueba, cualesquiera que sean los que se opongan a nuestra entrada. Su
temeridad no es nueva: ya la demostraron ante una puerta menos secreta,
que se encuentra todavía sin cerradura. Ya has visto sobre ella la inscripción
de muerte. Pero más acá de esa puerta, descendiendo la montaña y pasando
por los círculos sin necesidad de guía, viene uno que nos abrirá la ciudad.
Page 50
CANTO NONO
QUEL color que el miedo pintó en mi rostro cuando vi a mi
guía retroceder, hizo que en el suyo se desvaneciera más
pronto la palidez insólita, púsose atento, como un hombre
que escucha, porque las miradas no podían penetrar a través
del denso aire y de la espesa niebla.
—Sin embargo, debemos vencer en esta lucha—empezó a
decir—; ¡si no!... pero se nos ha prometido... ¡Oh!, ¡cuánto tarda el otro en
llegar![9]
Yo vi bien que ocultaba lo que había comenzado a decir bajo otra idea que
le asaltó después, y que estas últimas palabras eran diferentes de las
primeras: sin embargo, su discurso me causó espanto, porque me parecía
descubrir en sus entrecortadas frases un sentido peor del que en realidad
tenían.
—¿Ha bajado alguna vez al fondo de este triste abismo algún espíritu del
primer círculo, cuya sola pena es la de perder la esperanza?—le pregunté.
A lo que me respondió:
QUEL color que el miedo pintó en mi rostro cuando vi a mi
guía retroceder, hizo que en el suyo se desvaneciera más
pronto la palidez insólita, púsose atento, como un hombre
que escucha, porque las miradas no podían penetrar a través
del denso aire y de la espesa niebla.
—Sin embargo, debemos vencer en esta lucha—empezó a
decir—; ¡si no!... pero se nos ha prometido... ¡Oh!, ¡cuánto tarda el otro en
llegar![9]
Yo vi bien que ocultaba lo que había comenzado a decir bajo otra idea que
le asaltó después, y que estas últimas palabras eran diferentes de las
primeras: sin embargo, su discurso me causó espanto, porque me parecía
descubrir en sus entrecortadas frases un sentido peor del que en realidad
tenían.
—¿Ha bajado alguna vez al fondo de este triste abismo algún espíritu del
primer círculo, cuya sola pena es la de perder la esperanza?—le pregunté.
A lo que me respondió:
Page 51
—Rara vez sucede que alguno recorra el camino por donde yo voy. Es
cierto que tuve que bajar aquí otra vez a causa de los conjuros de la cruel
Erictón, que llamaba las almas a sus cuerpos, hacía poco tiempo que mi
carne estaba despojada de su alma, cuando me hizo traspasar esas murallas
para sacar un espíritu del círculo de Judas. Este círculo es el más profundo,
el más obscuro y el más lejano del Cielo que lo mueve todo. Conozco bien
el camino; por lo cual debes estar tranquilo. Esta laguna, que exhala tan
gran fetidez, ciñe en torno la ciudad del dolor, donde ya no podremos entrar
sin justa indignación.
Dijo además otras cosas, que no he podido retener en mi memoria, porque
me hallaba absorto, mirando la alta torre de ardiente cúspide, donde vi de
improviso aparecer rápidamente tres furias infernales, tintas en sangre, las
cuales tenían movimientos y miembros femeniles. Estaban ceñidas de
hidras verdosas, y tenían por cabellos pequeñas serpientes y cerastas, que
ceñían sus horribles sienes. Y aquél que conocía muy bien a las siervas de la
Reina del dolor eterno:
—Mira—me dijo—, las feroces Erinnias. La de la izquierda es Megera; la
que llora a la derecha es Alecton, y la del centro es Tisifona.
Después calló. Las furias se desgarraban el pecho con sus uñas; se
golpeaban con las manos, y daban tan fuertes gritos, que por temor me
acerqué más al poeta. "Venga Medusa, y le convertiremos en piedra, decían
todas mirando hacia abajo: mal hemos vengado la entrada del audaz Teseo."
—Vuélvete y cúbrete los ojos con las manos, porque si apareciese la
Gorgona, y la vieses, no podrías jamás volver arriba.
Así me dijo el Maestro, volviéndome él mismo; y no fiándose de mis
manos, me tapó los ojos con las suyas. ¡Oh vosotros, que gozáis de sano
entendimiento; descubrid la doctrina que se oculta bajo el velo de tan
extraños versos!
Oíase a través de las turbias ondas un gran ruido, lleno de horror, que hacía
retemblar las dos orillas, asemejándose a un viento impetuoso, impelido por
contrarios ardores, que se ensaña en las selvas, y sin tregua las ramas rompe
y desgaja, y las arroja fuera; y marchando polvoroso y soberbio, hace huír a
las fieras y a los pastores. Me descubrió los ojos, y me dijo:
cierto que tuve que bajar aquí otra vez a causa de los conjuros de la cruel
Erictón, que llamaba las almas a sus cuerpos, hacía poco tiempo que mi
carne estaba despojada de su alma, cuando me hizo traspasar esas murallas
para sacar un espíritu del círculo de Judas. Este círculo es el más profundo,
el más obscuro y el más lejano del Cielo que lo mueve todo. Conozco bien
el camino; por lo cual debes estar tranquilo. Esta laguna, que exhala tan
gran fetidez, ciñe en torno la ciudad del dolor, donde ya no podremos entrar
sin justa indignación.
Dijo además otras cosas, que no he podido retener en mi memoria, porque
me hallaba absorto, mirando la alta torre de ardiente cúspide, donde vi de
improviso aparecer rápidamente tres furias infernales, tintas en sangre, las
cuales tenían movimientos y miembros femeniles. Estaban ceñidas de
hidras verdosas, y tenían por cabellos pequeñas serpientes y cerastas, que
ceñían sus horribles sienes. Y aquél que conocía muy bien a las siervas de la
Reina del dolor eterno:
—Mira—me dijo—, las feroces Erinnias. La de la izquierda es Megera; la
que llora a la derecha es Alecton, y la del centro es Tisifona.
Después calló. Las furias se desgarraban el pecho con sus uñas; se
golpeaban con las manos, y daban tan fuertes gritos, que por temor me
acerqué más al poeta. "Venga Medusa, y le convertiremos en piedra, decían
todas mirando hacia abajo: mal hemos vengado la entrada del audaz Teseo."
—Vuélvete y cúbrete los ojos con las manos, porque si apareciese la
Gorgona, y la vieses, no podrías jamás volver arriba.
Así me dijo el Maestro, volviéndome él mismo; y no fiándose de mis
manos, me tapó los ojos con las suyas. ¡Oh vosotros, que gozáis de sano
entendimiento; descubrid la doctrina que se oculta bajo el velo de tan
extraños versos!
Oíase a través de las turbias ondas un gran ruido, lleno de horror, que hacía
retemblar las dos orillas, asemejándose a un viento impetuoso, impelido por
contrarios ardores, que se ensaña en las selvas, y sin tregua las ramas rompe
y desgaja, y las arroja fuera; y marchando polvoroso y soberbio, hace huír a
las fieras y a los pastores. Me descubrió los ojos, y me dijo:
Page 52
—Ahora dirige el nervio de tu vista sobre esa antigua espuma, hacia el sitio
en que el humo es más maligno.
Como las ranas, que, al ver la culebra enemiga, desaparecen a través del
agua, hasta que se han reunido todas en el cieno, del mismo modo vi más de
mil almas condenadas, huyendo de uno que atravesaba la Estigia a pie
enjuto. Alejaba de su rostro el aire denso, extendiendo con frecuencia la
siniestra mano hacia delante, y sólo este trabajo parecía cansarle. Bien
comprendí que era un mensajero del Cielo, y volvíme hacia el Maestro;
pero éste me indicó que permaneciese quieto y me inclinara. ¡Ah!, ¡cuán
desdeñoso me pareció aquel enviado celeste! Llegó a la puerta, y la abrió
con una varita sin encontrar obstáculo.
—¡Oh demonios arrojados del Cielo, raza despreciable!—empezó a decir
en el horrible umbral—; ¿cómo habéis podido conservar vuestra
arrogancia? ¿Por qué os resistís contra esa voluntad, que no deja nunca de
conseguir su intento, y que ha aumentado tantas veces vuestros dolores?
¿De qué os sirve luchar contra el destino? Vuestro Cerbero, si bien lo
recordáis, tiene aún el cuello y el hocico pelados.
Entonces se volvió hacia el cenagoso camino sin dirigirnos la palabra,
semejante a un hombre a quien preocupan y apremian otros cuidados, que
no se relacionan con la gente que tiene delante. Y nosotros, confiados en las
palabras santas, dirigimos nuestros pasos hacia la ciudad de Dite. Entramos
en ella sin ninguna resistencia; y como yo deseaba conocer la suerte de los
que estaban encerrados en aquella fortaleza, luego que estuve dentro,
empecé a dirigir escudriñadoras miradas en torno mío, y vi por todos lados
un gran campo lleno de dolor y de crueles tormentos. Como en los
alrededores de Arlés, donde se estanca el Ródano, o como en Pola, cerca del
Quarnero, que encierra a Italia y baña sus fronteras, vense antiguos
sepulcros, que hacen montuoso el terreno, así también aquí se elevaban
sepulcros por todas partes; con la diferencia de que su aspecto era más
terrible, por estar envueltos entre un mar de llamas, que los encendían
enteramente, más que lo fué nunca el hierro en ningún arte. Todas sus losas
estaban levantadas, y del interior de aquéllos salían tristes lamentos,
parecidos a los de los míseros ajusticiados. Entonces le pregunté a mi
Maestro:
en que el humo es más maligno.
Como las ranas, que, al ver la culebra enemiga, desaparecen a través del
agua, hasta que se han reunido todas en el cieno, del mismo modo vi más de
mil almas condenadas, huyendo de uno que atravesaba la Estigia a pie
enjuto. Alejaba de su rostro el aire denso, extendiendo con frecuencia la
siniestra mano hacia delante, y sólo este trabajo parecía cansarle. Bien
comprendí que era un mensajero del Cielo, y volvíme hacia el Maestro;
pero éste me indicó que permaneciese quieto y me inclinara. ¡Ah!, ¡cuán
desdeñoso me pareció aquel enviado celeste! Llegó a la puerta, y la abrió
con una varita sin encontrar obstáculo.
—¡Oh demonios arrojados del Cielo, raza despreciable!—empezó a decir
en el horrible umbral—; ¿cómo habéis podido conservar vuestra
arrogancia? ¿Por qué os resistís contra esa voluntad, que no deja nunca de
conseguir su intento, y que ha aumentado tantas veces vuestros dolores?
¿De qué os sirve luchar contra el destino? Vuestro Cerbero, si bien lo
recordáis, tiene aún el cuello y el hocico pelados.
Entonces se volvió hacia el cenagoso camino sin dirigirnos la palabra,
semejante a un hombre a quien preocupan y apremian otros cuidados, que
no se relacionan con la gente que tiene delante. Y nosotros, confiados en las
palabras santas, dirigimos nuestros pasos hacia la ciudad de Dite. Entramos
en ella sin ninguna resistencia; y como yo deseaba conocer la suerte de los
que estaban encerrados en aquella fortaleza, luego que estuve dentro,
empecé a dirigir escudriñadoras miradas en torno mío, y vi por todos lados
un gran campo lleno de dolor y de crueles tormentos. Como en los
alrededores de Arlés, donde se estanca el Ródano, o como en Pola, cerca del
Quarnero, que encierra a Italia y baña sus fronteras, vense antiguos
sepulcros, que hacen montuoso el terreno, así también aquí se elevaban
sepulcros por todas partes; con la diferencia de que su aspecto era más
terrible, por estar envueltos entre un mar de llamas, que los encendían
enteramente, más que lo fué nunca el hierro en ningún arte. Todas sus losas
estaban levantadas, y del interior de aquéllos salían tristes lamentos,
parecidos a los de los míseros ajusticiados. Entonces le pregunté a mi
Maestro:
Page 53
—¿Qué clase de gente es ésa, que sepultada en aquellas arcas, se da a
conocer por sus dolientes suspiros?
A lo que me respondió:
—Son los heresiarcas, con sus secuaces de todas sectas: esas tumbas están
mucho más llenas de lo que puedes figurarte. Ahí está sepultado cada cual
con su semejante, y las tumbas arden más o menos.
Después, dirigiéndose hacia la derecha, pasamos por entre los sepulcros y
las altas murallas.
conocer por sus dolientes suspiros?
A lo que me respondió:
—Son los heresiarcas, con sus secuaces de todas sectas: esas tumbas están
mucho más llenas de lo que puedes figurarte. Ahí está sepultado cada cual
con su semejante, y las tumbas arden más o menos.
Después, dirigiéndose hacia la derecha, pasamos por entre los sepulcros y
las altas murallas.
Page 54
CANTO DECIMO
I maestro avanzó por un estrecho sendero, entre los muros de
la ciudad y las tumbas de los condenados, y yo seguí tras él.
—¡Oh suma virtud—exclamé—que me conduces a tu placer
por los círculos impíos! Háblame y satisface mis deseos.
¿Podré ver la gente que yace en esos sepulcros? Todas las
losas están levantadas, y no hay nadie que vigile.
Respondióme:
—Todos quedarán cerrados, cuando hayan vuelto de Josafat las almas con
los cuerpos que han dejado allá arriba. Epicuro y todos sus sectarios, que
pretenden que el alma muere con el cuerpo, tienen su cementerio hacia esta
parte. Así, que pronto contestarán aquí dentro a la pregunta que me haces, y
al deseo que me ocultas.
Yo le repliqué:
—Buen Guía, si acaso te oculto mi corazón, es por hablar poco, a lo cual no
es la primera vez que me has predispuesto con tus advertencias.
I maestro avanzó por un estrecho sendero, entre los muros de
la ciudad y las tumbas de los condenados, y yo seguí tras él.
—¡Oh suma virtud—exclamé—que me conduces a tu placer
por los círculos impíos! Háblame y satisface mis deseos.
¿Podré ver la gente que yace en esos sepulcros? Todas las
losas están levantadas, y no hay nadie que vigile.
Respondióme:
—Todos quedarán cerrados, cuando hayan vuelto de Josafat las almas con
los cuerpos que han dejado allá arriba. Epicuro y todos sus sectarios, que
pretenden que el alma muere con el cuerpo, tienen su cementerio hacia esta
parte. Así, que pronto contestarán aquí dentro a la pregunta que me haces, y
al deseo que me ocultas.
Yo le repliqué:
—Buen Guía, si acaso te oculto mi corazón, es por hablar poco, a lo cual no
es la primera vez que me has predispuesto con tus advertencias.
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—¡Oh Toscano, que vas por la ciudad del fuego hablando modestamente!,
dígnate detenerte en este sitio. Tu modo de hablar revela claramente el
noble país al que quizá fuí yo funesto.
Tales palabras salieron súbitamente de una de aquellas arcas, haciendo que
me aproximara con temor a mi Guía. Este me dijo:
—Vuélvete: ¿qué haces? Mira a Farinata, que se ha levantado en su tumba,
y a quien puedes contemplar desde la cintura a la cabeza.
Yo tenía ya mis miradas fijas en las suyas: él erguía su pecho y su cabeza en
ademán de despreciar al Infierno. Entonces mi Guía, con mano animosa y
pronta, me impelió hacia él a través de los sepulcros, diciéndome: "Háblale
con claridad."
En cuanto estuve al pie de su tumba, examinóme un momento; y después,
con acento un tanto desdeñoso, me preguntó:
—¿Quiénes fueron tus antepasados?
Yo, que deseaba obedecer, no le oculté nada, sino que se lo descubrí todo;
por lo cual arqueó un poco las cejas, y dijo:
—Fueron terribles contrarios míos, de mis parientes y de mi partido; por
eso los desterré dos veces.
—Si estuvieron desterrados—le contesté—, volvieron de todas partes una y
otra vez, arte que los vuestros no han aprendido.
Entonces, al lado de aquél, apareció a mi vista una sombra, que sólo
descubría hasta la barba, lo que me hace creer que estaba de rodillas. Miró
en torno mío, como deseando ver si estaba alguien conmigo; y apenas se
desvanecieron sus sospechas, me dijo llorando:
—Si la fuerza de tu genio es la que te ha abierto esta obscura prisión,
¿dónde está mi hijo y por qué no se encuentra a tu lado?
Respondíle:
—No he venido por mí mismo: el que me espera allí me guía por estos
lugares: quizá vuestro Guido "tuvo" hacia él demasiado desdén.
dígnate detenerte en este sitio. Tu modo de hablar revela claramente el
noble país al que quizá fuí yo funesto.
Tales palabras salieron súbitamente de una de aquellas arcas, haciendo que
me aproximara con temor a mi Guía. Este me dijo:
—Vuélvete: ¿qué haces? Mira a Farinata, que se ha levantado en su tumba,
y a quien puedes contemplar desde la cintura a la cabeza.
Yo tenía ya mis miradas fijas en las suyas: él erguía su pecho y su cabeza en
ademán de despreciar al Infierno. Entonces mi Guía, con mano animosa y
pronta, me impelió hacia él a través de los sepulcros, diciéndome: "Háblale
con claridad."
En cuanto estuve al pie de su tumba, examinóme un momento; y después,
con acento un tanto desdeñoso, me preguntó:
—¿Quiénes fueron tus antepasados?
Yo, que deseaba obedecer, no le oculté nada, sino que se lo descubrí todo;
por lo cual arqueó un poco las cejas, y dijo:
—Fueron terribles contrarios míos, de mis parientes y de mi partido; por
eso los desterré dos veces.
—Si estuvieron desterrados—le contesté—, volvieron de todas partes una y
otra vez, arte que los vuestros no han aprendido.
Entonces, al lado de aquél, apareció a mi vista una sombra, que sólo
descubría hasta la barba, lo que me hace creer que estaba de rodillas. Miró
en torno mío, como deseando ver si estaba alguien conmigo; y apenas se
desvanecieron sus sospechas, me dijo llorando:
—Si la fuerza de tu genio es la que te ha abierto esta obscura prisión,
¿dónde está mi hijo y por qué no se encuentra a tu lado?
Respondíle:
—No he venido por mí mismo: el que me espera allí me guía por estos
lugares: quizá vuestro Guido "tuvo" hacia él demasiado desdén.
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Sus palabras y la clase de su suplicio me habían revelado ya el nombre de
aquella sombra: así es que mi respuesta fué precisa. Irguiéndose
repentinamente exclamó:
—¿Cómo dijiste "tuvo"? Pues qué, ¿no vive aún? ¿No hiere ya sus ojos la
dulce luz del día?
Cuando observó que yo tardaba en responderle, cayó de espaldas en su
tumba, y no volvió a aparecer fuera de ella. Pero aquel otro magnánimo, por
quien yo estaba allí, no cambió de color, ni movió el cuello, ni inclinó el
cuerpo.
—El que no hayan aprendido bien ese arte—me dijo continuando la
conversación empezada—, me atormenta más que este lecho. Mas la deidad
que reina aquí no mostrará cincuenta veces su faz iluminada, sin que tú
conozcas lo difícil que es ese arte. Pero dime, así puedas volver al dulce
mundo, ¿por qué causa es ese pueblo tan desapiadado con los míos en todas
sus leyes?
A lo cual le contesté:
—El destrozo y la gran matanza que enrojeció el Arbia excita tales
discursos en nuestro templo.
Entonces movió la cabeza suspirando, y después dijo:
—No estaba yo allí solo; y en verdad, no sin razón me encontré en aquel
sitio con los demás; pero sí fuí el único que, cuando se trató de destruir a
Florencia, la defendí resueltamente.
—¡Ah!—le contesté—; ¡ojalá vuestra descendencia tenga paz y reposo!
Pero os ruego que deshagáis el nudo que ha enmarañado mi pensamiento.
Me parece, por lo que he oído, que prevéis lo que el tiempo ha de traer, a
pesar de que os suceda lo contrario con respecto a lo presente.
—Nosotros—dijo—somos como los que tienen la vista cansada, que vemos
las cosas distantes, gracias a una luz con que nos ilumina el Guía soberano.
Cuando las cosas están próximas o existen, nuestra inteligencia es vana, y si
otro no nos lo cuenta, nada sabemos de los sucesos humanos; por lo cual
aquella sombra: así es que mi respuesta fué precisa. Irguiéndose
repentinamente exclamó:
—¿Cómo dijiste "tuvo"? Pues qué, ¿no vive aún? ¿No hiere ya sus ojos la
dulce luz del día?
Cuando observó que yo tardaba en responderle, cayó de espaldas en su
tumba, y no volvió a aparecer fuera de ella. Pero aquel otro magnánimo, por
quien yo estaba allí, no cambió de color, ni movió el cuello, ni inclinó el
cuerpo.
—El que no hayan aprendido bien ese arte—me dijo continuando la
conversación empezada—, me atormenta más que este lecho. Mas la deidad
que reina aquí no mostrará cincuenta veces su faz iluminada, sin que tú
conozcas lo difícil que es ese arte. Pero dime, así puedas volver al dulce
mundo, ¿por qué causa es ese pueblo tan desapiadado con los míos en todas
sus leyes?
A lo cual le contesté:
—El destrozo y la gran matanza que enrojeció el Arbia excita tales
discursos en nuestro templo.
Entonces movió la cabeza suspirando, y después dijo:
—No estaba yo allí solo; y en verdad, no sin razón me encontré en aquel
sitio con los demás; pero sí fuí el único que, cuando se trató de destruir a
Florencia, la defendí resueltamente.
—¡Ah!—le contesté—; ¡ojalá vuestra descendencia tenga paz y reposo!
Pero os ruego que deshagáis el nudo que ha enmarañado mi pensamiento.
Me parece, por lo que he oído, que prevéis lo que el tiempo ha de traer, a
pesar de que os suceda lo contrario con respecto a lo presente.
—Nosotros—dijo—somos como los que tienen la vista cansada, que vemos
las cosas distantes, gracias a una luz con que nos ilumina el Guía soberano.
Cuando las cosas están próximas o existen, nuestra inteligencia es vana, y si
otro no nos lo cuenta, nada sabemos de los sucesos humanos; por lo cual
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puedes comprender que toda nuestra inteligencia morirá el día en que se
cierre la puerta del porvenir.
—Decid a ese que acaba de caer, que su hijo está aún entre los vivos. Si
antes no le respondí, hacedle saber que lo hice porque estaba distraído con
la duda que habéis aclarado.
Mi Maestro me llamaba ya, por cuya razón rogué más solícitamente al
espíritu que me dijera quién estaba con él.
—Estoy tendido entre más de mil—me respondió—; ahí dentro están el
segundo Federico y el Cardenal.[10] En cuanto a los demás, me callo.
Se ocultó después de decir esto, y yo dirigí mis pasos hacia el antiguo
poeta, pensando en aquellas palabras que me parecían amenazadoras. Se
puso en marcha, y mientras caminábamos, me dijo:
—¿Por qué estás tan turbado?
Y cuando satisfice su pregunta:
—Conserva en tu memoria lo que has oído contra ti—me ordenó aquel
sabio—; y ahora estáme atento.
Y levantando el dedo, prosiguió:
—Cuando estés ante la dulce mirada de aquella cuyos bellos ojos lo ven
todo, conocerás el porvenir que te espera.
En seguida se dirigió hacia la izquierda. Dejamos las murallas y fuimos
hacia el centro de la ciudad, por un sendero que conduce a un valle, el cual
exhalaba un hedor insoportable.
cierre la puerta del porvenir.
—Decid a ese que acaba de caer, que su hijo está aún entre los vivos. Si
antes no le respondí, hacedle saber que lo hice porque estaba distraído con
la duda que habéis aclarado.
Mi Maestro me llamaba ya, por cuya razón rogué más solícitamente al
espíritu que me dijera quién estaba con él.
—Estoy tendido entre más de mil—me respondió—; ahí dentro están el
segundo Federico y el Cardenal.[10] En cuanto a los demás, me callo.
Se ocultó después de decir esto, y yo dirigí mis pasos hacia el antiguo
poeta, pensando en aquellas palabras que me parecían amenazadoras. Se
puso en marcha, y mientras caminábamos, me dijo:
—¿Por qué estás tan turbado?
Y cuando satisfice su pregunta:
—Conserva en tu memoria lo que has oído contra ti—me ordenó aquel
sabio—; y ahora estáme atento.
Y levantando el dedo, prosiguió:
—Cuando estés ante la dulce mirada de aquella cuyos bellos ojos lo ven
todo, conocerás el porvenir que te espera.
En seguida se dirigió hacia la izquierda. Dejamos las murallas y fuimos
hacia el centro de la ciudad, por un sendero que conduce a un valle, el cual
exhalaba un hedor insoportable.
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CANTO UNDECIMO
la extremidad de un alto promontorio, formado por grandes
piedras rotas y acumuladas en círculo, llegamos hasta un
montón de espíritus más cruelmente atormentados. Allí, para
preservarnos de las horribles emanaciones y de la fetidez que
despedía el profundo abismo, nos pusimos al abrigo de la
losa de un gran sepulcro, donde vi una inscripción que decía:
"Encierro al papa Anastasio, a quien Fotino arrastró lejos del
camino recto."
—Es preciso que descendamos por aquí lentamente, a fin de acostumbrar de
antemano nuestros sentidos a este triste hedor, y después no tendremos
necesidad de precavernos de él.
Así habló mi Maestro, y yo le dije:
—Busca algún recurso para que no perdamos el tiempo inútilmente.
A lo que me respondió:
—Ya ves que en ello pienso. Hijo mío—continuó—, en medio de estas
rocas hay tres círculos, que se estrechan gradualmente como los que has
la extremidad de un alto promontorio, formado por grandes
piedras rotas y acumuladas en círculo, llegamos hasta un
montón de espíritus más cruelmente atormentados. Allí, para
preservarnos de las horribles emanaciones y de la fetidez que
despedía el profundo abismo, nos pusimos al abrigo de la
losa de un gran sepulcro, donde vi una inscripción que decía:
"Encierro al papa Anastasio, a quien Fotino arrastró lejos del
camino recto."
—Es preciso que descendamos por aquí lentamente, a fin de acostumbrar de
antemano nuestros sentidos a este triste hedor, y después no tendremos
necesidad de precavernos de él.
Así habló mi Maestro, y yo le dije:
—Busca algún recurso para que no perdamos el tiempo inútilmente.
A lo que me respondió:
—Ya ves que en ello pienso. Hijo mío—continuó—, en medio de estas
rocas hay tres círculos, que se estrechan gradualmente como los que has
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dejado: todos están llenos de espíritus malditos; mas para que después te
baste con sólo verlos, oye cómo y por qué están aquí encerrados. La injuria
es el fin de toda maldad que se atrae el odio del cielo, y se llega a este fin,
que redunda en perjuicio de otros, bien por medio de la violencia, o bien
por medio del fraude. Pero como el fraude es una maldad propia del
hombre, por eso es más desagradable a los ojos de Dios, y por esta razón los
fraudulentos están debajo, entregados a un dolor más vivo. Todo el primer
círculo lo ocupan los violentos, círculo que está además construído y
dividido en tres recintos; porque puede cometerse violencia contra tres
clases de seres: contra Dios, contra sí mismo y contra el prójimo; y no sólo
contra sus personas, sino también contra sus bienes, como lo comprenderás
por estas claras razones. Se comete violencia contra el prójimo dándole la
muerte o causándole heridas dolorosas; y contra sus bienes, por medio de la
ruina, del incendio o de los latrocinios. De aquí resulta que los homicidas,
los que causan heridas, los incendiarios y los ladrones están atormentados
sucesivamente en el primer recinto. Un hombre puede haber dirigido su
mano violenta contra sí mismo o contra sus bienes: justo es, pues, que
purgue su culpa en el segundo recinto, sin esperar tampoco mejor suerte
aquel que por su propia voluntad se priva de vuestro mundo, juega, disipa
sus bienes o llora donde debía haber estado alegre y gozoso. Puede cometer
violencia contra la Divinidad el que reniega de ella y blasfema con el
corazón, y el que desprecia la Naturaleza y sus bondades. He aquí por qué
el recinto más pequeño marca con su fuego a Sodoma y a Cahors, y a todo
el que, despreciando a Dios, le injuria sin hablar, desde el fondo de su
corazón. El hombre puede emplear el fraude que produce remordimientos
en todas las conciencias, ya con el que de él se fía, ya también con el que
desconfía de él. Este último modo de usar del fraude parece que sólo
quebranta los vínculos de amor, que forma la Naturaleza; por esta causa
están encadenados en el segundo recinto los hipócritas, los aduladores, los
hechiceros, los falsarios, los ladrones, los simoníacos, los rufianes, los
barateros y todos los que se han manchado con semejantes e inmundos
vicios. Por el primer fraude no sólo se olvida el amor que establece la
Naturaleza, sino también el sentimiento que le sigue, y de donde nace la
confianza: he aquí por qué, en el círculo menor, donde está el centro de la
Tierra y donde se halla el asiento de Dite, yace eternamente atormentado
todo aquel que ha cometido traición.
baste con sólo verlos, oye cómo y por qué están aquí encerrados. La injuria
es el fin de toda maldad que se atrae el odio del cielo, y se llega a este fin,
que redunda en perjuicio de otros, bien por medio de la violencia, o bien
por medio del fraude. Pero como el fraude es una maldad propia del
hombre, por eso es más desagradable a los ojos de Dios, y por esta razón los
fraudulentos están debajo, entregados a un dolor más vivo. Todo el primer
círculo lo ocupan los violentos, círculo que está además construído y
dividido en tres recintos; porque puede cometerse violencia contra tres
clases de seres: contra Dios, contra sí mismo y contra el prójimo; y no sólo
contra sus personas, sino también contra sus bienes, como lo comprenderás
por estas claras razones. Se comete violencia contra el prójimo dándole la
muerte o causándole heridas dolorosas; y contra sus bienes, por medio de la
ruina, del incendio o de los latrocinios. De aquí resulta que los homicidas,
los que causan heridas, los incendiarios y los ladrones están atormentados
sucesivamente en el primer recinto. Un hombre puede haber dirigido su
mano violenta contra sí mismo o contra sus bienes: justo es, pues, que
purgue su culpa en el segundo recinto, sin esperar tampoco mejor suerte
aquel que por su propia voluntad se priva de vuestro mundo, juega, disipa
sus bienes o llora donde debía haber estado alegre y gozoso. Puede cometer
violencia contra la Divinidad el que reniega de ella y blasfema con el
corazón, y el que desprecia la Naturaleza y sus bondades. He aquí por qué
el recinto más pequeño marca con su fuego a Sodoma y a Cahors, y a todo
el que, despreciando a Dios, le injuria sin hablar, desde el fondo de su
corazón. El hombre puede emplear el fraude que produce remordimientos
en todas las conciencias, ya con el que de él se fía, ya también con el que
desconfía de él. Este último modo de usar del fraude parece que sólo
quebranta los vínculos de amor, que forma la Naturaleza; por esta causa
están encadenados en el segundo recinto los hipócritas, los aduladores, los
hechiceros, los falsarios, los ladrones, los simoníacos, los rufianes, los
barateros y todos los que se han manchado con semejantes e inmundos
vicios. Por el primer fraude no sólo se olvida el amor que establece la
Naturaleza, sino también el sentimiento que le sigue, y de donde nace la
confianza: he aquí por qué, en el círculo menor, donde está el centro de la
Tierra y donde se halla el asiento de Dite, yace eternamente atormentado
todo aquel que ha cometido traición.
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Le dije entonces:
—Maestro, tus razones son muy claras, y bien me dan a conocer, por medio
de tales divisiones, ese abismo y la muchedumbre que le habita; pero dime:
los que están arrojados en aquella laguna cenagosa, los que agita el viento
sin cesar, los que azota la lluvia, y los que chocan entre sí lanzando tan
estridentes gritos, ¿por qué no son castigados en la ciudad del fuego, si se
han atraído la cólera de Dios? Y si no se la han atraído, ¿por qué se ven
atormentados de tal suerte?
Me contestó:
—¿Por qué tu ingenio, contra su costumbre, delira tanto ahora?, ¿o es que
tienes el pensamiento en otra parte? ¿No te acuerdas de aquellas palabras de
la Etica, que has estudiado, en las que se trata de las tres inclinaciones que
el Cielo reprueba: la incontinencia, la malicia y la loca bestialidad, y de qué
modo la incontinencia ofende menos a Dios y produce menor censura? Si
examinas bien esta sentencia, acordándote de los que sufren su castigo fuera
de aquí, conocerás por qué están separados de esos felones, y por qué los
atormenta la justicia divina, a pesar de demostrarse con ellos menos
ofendida.
—¡Oh Sol, que sanas toda vista conturbada!—exclamé—: tal contento me
das cuando desarrollas tus ideas, que sólo por eso me es tan grato dudar
como saber. Vuelve atrás un momento, y explícame de qué modo ofende la
usura a la bondad divina: desvanece esta duda.
—La filosofía—me contestó—enseña en más de un punto al que la estudia,
que la Naturaleza tiene su origen en la Inteligencia divina y en su arte; y si
consultas bien tu Física, encontrarás, sin necesidad de hojear muchas
páginas, que el arte humano sigue cuanto puede a la Naturaleza, como el
discípulo a su maestro; de modo que aquél es casi nieto de Dios. Partiendo,
pues, de estos principios, sabrás si recuerdas bien el Génesis, que es
conveniente sacar de la vida la mayor utilidad, y multiplicar el género
humano. El usurero sigue otra vía; desprecia a la naturaleza y a su secuaz, y
coloca su esperanza en otra parte. Ahora sígueme; que me place avanzar.
Los peces suben ya por el horizonte; el carro se ve hacia aquel punto donde
expira Coro, y lejos de aquí el alto promontorio parece que desciende.
—Maestro, tus razones son muy claras, y bien me dan a conocer, por medio
de tales divisiones, ese abismo y la muchedumbre que le habita; pero dime:
los que están arrojados en aquella laguna cenagosa, los que agita el viento
sin cesar, los que azota la lluvia, y los que chocan entre sí lanzando tan
estridentes gritos, ¿por qué no son castigados en la ciudad del fuego, si se
han atraído la cólera de Dios? Y si no se la han atraído, ¿por qué se ven
atormentados de tal suerte?
Me contestó:
—¿Por qué tu ingenio, contra su costumbre, delira tanto ahora?, ¿o es que
tienes el pensamiento en otra parte? ¿No te acuerdas de aquellas palabras de
la Etica, que has estudiado, en las que se trata de las tres inclinaciones que
el Cielo reprueba: la incontinencia, la malicia y la loca bestialidad, y de qué
modo la incontinencia ofende menos a Dios y produce menor censura? Si
examinas bien esta sentencia, acordándote de los que sufren su castigo fuera
de aquí, conocerás por qué están separados de esos felones, y por qué los
atormenta la justicia divina, a pesar de demostrarse con ellos menos
ofendida.
—¡Oh Sol, que sanas toda vista conturbada!—exclamé—: tal contento me
das cuando desarrollas tus ideas, que sólo por eso me es tan grato dudar
como saber. Vuelve atrás un momento, y explícame de qué modo ofende la
usura a la bondad divina: desvanece esta duda.
—La filosofía—me contestó—enseña en más de un punto al que la estudia,
que la Naturaleza tiene su origen en la Inteligencia divina y en su arte; y si
consultas bien tu Física, encontrarás, sin necesidad de hojear muchas
páginas, que el arte humano sigue cuanto puede a la Naturaleza, como el
discípulo a su maestro; de modo que aquél es casi nieto de Dios. Partiendo,
pues, de estos principios, sabrás si recuerdas bien el Génesis, que es
conveniente sacar de la vida la mayor utilidad, y multiplicar el género
humano. El usurero sigue otra vía; desprecia a la naturaleza y a su secuaz, y
coloca su esperanza en otra parte. Ahora sígueme; que me place avanzar.
Los peces suben ya por el horizonte; el carro se ve hacia aquel punto donde
expira Coro, y lejos de aquí el alto promontorio parece que desciende.
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Page 63
CANTO DUODECIMO
L sitio por donde empezamos a bajar era un paraje alpestre y,
a causa del que allí se hallaba, todas las miradas se
apartarían de él con horror. Como aquellas ruinas, cuyo
flanco azota el río Adigio, más acá de Trento, producidas por
un terremoto o por falta de base, que desde la cima del
monte de donde cayeron hasta la llanura, presentan la roca
tan hendida, que ningún paso hallaría el que estuviese sobre
ellas, así era la bajada de aquel precipicio; y en el borde de la entreabierta
sima estaba tendido el monstruo, oprobio de Creta, que fué concebido por
una falsa vaca. Cuando nos vió, se mordió a sí mismo, como aquel a quien
abrasa la ira. Gritóle entonces mi Sabio:
—¿Por ventura crees que esté aquí el rey de Atenas, que allá arriba, en el
mundo, te dió la muerte? Aléjate, monstruo; que éste no viene amaestrado
por tu hermana, sino con el objeto de contemplar vuestras penas.
Como el toro que rompe las ligaduras en el momento de recibir el golpe
mortal, que huír no puede, pero salta de un lado a otro, lo mismo hizo el
Minotauro; y mi prudente Maestro me gritó:
—Corre hacia el borde; mientras esté furioso, bueno es que desciendas.
L sitio por donde empezamos a bajar era un paraje alpestre y,
a causa del que allí se hallaba, todas las miradas se
apartarían de él con horror. Como aquellas ruinas, cuyo
flanco azota el río Adigio, más acá de Trento, producidas por
un terremoto o por falta de base, que desde la cima del
monte de donde cayeron hasta la llanura, presentan la roca
tan hendida, que ningún paso hallaría el que estuviese sobre
ellas, así era la bajada de aquel precipicio; y en el borde de la entreabierta
sima estaba tendido el monstruo, oprobio de Creta, que fué concebido por
una falsa vaca. Cuando nos vió, se mordió a sí mismo, como aquel a quien
abrasa la ira. Gritóle entonces mi Sabio:
—¿Por ventura crees que esté aquí el rey de Atenas, que allá arriba, en el
mundo, te dió la muerte? Aléjate, monstruo; que éste no viene amaestrado
por tu hermana, sino con el objeto de contemplar vuestras penas.
Como el toro que rompe las ligaduras en el momento de recibir el golpe
mortal, que huír no puede, pero salta de un lado a otro, lo mismo hizo el
Minotauro; y mi prudente Maestro me gritó:
—Corre hacia el borde; mientras esté furioso, bueno es que desciendas.
Page 64
Nos encaminamos por aquel derrumbamiento de piedras, que oscilaban por
primera vez bajo el peso de mi cuerpo. Iba yo pensativo; por lo cual me
dijo:
—Acaso piensas en estas ruinas, defendidas por aquella ira bestial, que he
disipado. Quiero, pues, que sepas que la otra vez que bajé al profundo
Infierno aun no se habían desprendido estas piedras; pero un poco antes (si
no estoy equivocado) de que viniese aquél que arrebató a Dite la gran presa
del primer círculo, retembló el impuro valle tan profundamente por todos
sus ámbitos, que creí ver al universo sintiendo aquel amor, por el cual otros
creyeron que el mundo ha vuelto más de una vez a sumirse en el caos; y
entonces fué cuando esa antigua roca se destrozó por tan diversas partes.
Pero fija tus miradas en el valle; pues ya estamos cerca del río de sangre, en
el cual hierve todo el que por medio de la violencia ha hecho daño a los
demás.
¡Oh ciegos deseos! ¡Oh ira desatentada, que nos aguijonea de tal modo en
nuestra corta vida, y así nos sumerge en sangre hirviente por toda una
eternidad! Vi un ancho foso en forma circular, como la montaña que rodea
toda la llanura, según me había dicho mi Guía, y entre el pie de la roca y
este foso corrían en fila muchos centauros armados de saetas, del mismo
modo que solían ir a cazar por el mundo. Al vernos descender, se
detuvieron, y tres de ellos se separaron de la banda, preparando sus arcos y
escogiendo antes sus flechas. Uno de ellos gritó desde lejos:
—¿Qué tormento os está reservado a vosotros los que bajáis por esa cuesta?
Decidlo desde donde estáis, porque si no, disparo mi arco.
Mi Maestro respondió:
—Contestaremos a Quirón, cuando estemos cerca. Tus deseos fueron
siempre por desgracia muy impetuosos.
Después me tocó y me dijo:
—Ese es Neso, el que murió por la hermosa Deyanira, y vengó por sí
mismo su muerte; el de enmedio, que inclina la cabeza sobre el pecho, es el
gran Quirón, que educó a Aquiles; el otro es el irascible Foló. Alrededor del
foso van a millares, atravesando con sus flechas a toda alma que sale de la
sangre más de lo que le permiten sus culpas.
primera vez bajo el peso de mi cuerpo. Iba yo pensativo; por lo cual me
dijo:
—Acaso piensas en estas ruinas, defendidas por aquella ira bestial, que he
disipado. Quiero, pues, que sepas que la otra vez que bajé al profundo
Infierno aun no se habían desprendido estas piedras; pero un poco antes (si
no estoy equivocado) de que viniese aquél que arrebató a Dite la gran presa
del primer círculo, retembló el impuro valle tan profundamente por todos
sus ámbitos, que creí ver al universo sintiendo aquel amor, por el cual otros
creyeron que el mundo ha vuelto más de una vez a sumirse en el caos; y
entonces fué cuando esa antigua roca se destrozó por tan diversas partes.
Pero fija tus miradas en el valle; pues ya estamos cerca del río de sangre, en
el cual hierve todo el que por medio de la violencia ha hecho daño a los
demás.
¡Oh ciegos deseos! ¡Oh ira desatentada, que nos aguijonea de tal modo en
nuestra corta vida, y así nos sumerge en sangre hirviente por toda una
eternidad! Vi un ancho foso en forma circular, como la montaña que rodea
toda la llanura, según me había dicho mi Guía, y entre el pie de la roca y
este foso corrían en fila muchos centauros armados de saetas, del mismo
modo que solían ir a cazar por el mundo. Al vernos descender, se
detuvieron, y tres de ellos se separaron de la banda, preparando sus arcos y
escogiendo antes sus flechas. Uno de ellos gritó desde lejos:
—¿Qué tormento os está reservado a vosotros los que bajáis por esa cuesta?
Decidlo desde donde estáis, porque si no, disparo mi arco.
Mi Maestro respondió:
—Contestaremos a Quirón, cuando estemos cerca. Tus deseos fueron
siempre por desgracia muy impetuosos.
Después me tocó y me dijo:
—Ese es Neso, el que murió por la hermosa Deyanira, y vengó por sí
mismo su muerte; el de enmedio, que inclina la cabeza sobre el pecho, es el
gran Quirón, que educó a Aquiles; el otro es el irascible Foló. Alrededor del
foso van a millares, atravesando con sus flechas a toda alma que sale de la
sangre más de lo que le permiten sus culpas.
Page 65
Nos fuimos aproximando a aquellos ágiles monstruos: Quirón cogió una
flecha, y con el regatón apartó las barbas hacia detrás de sus quijadas.
Cuando se descubrió la enorme boca, dijo a sus compañeros:
—¿Habéis observado que el de detrás mueve cuanto toca? Los pies de los
muertos no suelen hacer eso.
Y mi buen Maestro, que estaba ya junto a él, y le llegaba al pecho, donde
las dos naturalezas se unen, repuso:
—Está en efecto vivo, y yo sólo debo enseñarle el sombrío valle: viene a él
por necesidad, y no por distracción. La que me ha encomendado este nuevo
oficio, ha cesado por un momento de cantar "aleluya." No es él un ladrón,
ni yo un alma criminal. Pero por aquella virtud que dirige mis pasos en un
camino tan salvaje, cédeme uno de los tuyos para que nos acompañe, que
nos indique un punto vadeable y lleve a éste sobre sus ancas, pues no es
espíritu que vaya por el aire.
Quirón se volvió hacia la derecha, y dijo a Neso:
—Vé, guíales; y si tropiezan con algún grupo de los nuestros, haz que les
abran paso.
Nos pusimos en marcha, tan fielmente escoltados, hacia lo largo de las
orillas de aquella roja espuma, donde lanzaban horribles gritos los
ahogados. Los vi sumergidos hasta las cejas, por lo que el gran Centauro
dijo:
—Esos son los tiranos, que vivieron de sangre y de rapiña. Aquí se lloran
las desapiadadas culpas: aquí está Alejandro, y el feroz Dionisio, que tantos
años de dolor hizo sufrir a la Sicilia. Aquella frente que tiene el cabello tan
negro es la de Azzolino, y la otra que lo tiene rubio es la de Obezzo de Este,
que verdaderamente fué asesinado en el mundo por su hijastro.
Entonces me volví hacia el Poeta, el cual me dijo:
—Sea éste ahora tu primer guía; yo seré el segundo.
Algo más lejos se detuvo el Centauro sobre unos condenados, que parecían
sacar fuera de aquel hervidero su cabeza hasta la garganta, y nos mostró una
sombra que estaba separada de las demás, diciendo:
flecha, y con el regatón apartó las barbas hacia detrás de sus quijadas.
Cuando se descubrió la enorme boca, dijo a sus compañeros:
—¿Habéis observado que el de detrás mueve cuanto toca? Los pies de los
muertos no suelen hacer eso.
Y mi buen Maestro, que estaba ya junto a él, y le llegaba al pecho, donde
las dos naturalezas se unen, repuso:
—Está en efecto vivo, y yo sólo debo enseñarle el sombrío valle: viene a él
por necesidad, y no por distracción. La que me ha encomendado este nuevo
oficio, ha cesado por un momento de cantar "aleluya." No es él un ladrón,
ni yo un alma criminal. Pero por aquella virtud que dirige mis pasos en un
camino tan salvaje, cédeme uno de los tuyos para que nos acompañe, que
nos indique un punto vadeable y lleve a éste sobre sus ancas, pues no es
espíritu que vaya por el aire.
Quirón se volvió hacia la derecha, y dijo a Neso:
—Vé, guíales; y si tropiezan con algún grupo de los nuestros, haz que les
abran paso.
Nos pusimos en marcha, tan fielmente escoltados, hacia lo largo de las
orillas de aquella roja espuma, donde lanzaban horribles gritos los
ahogados. Los vi sumergidos hasta las cejas, por lo que el gran Centauro
dijo:
—Esos son los tiranos, que vivieron de sangre y de rapiña. Aquí se lloran
las desapiadadas culpas: aquí está Alejandro, y el feroz Dionisio, que tantos
años de dolor hizo sufrir a la Sicilia. Aquella frente que tiene el cabello tan
negro es la de Azzolino, y la otra que lo tiene rubio es la de Obezzo de Este,
que verdaderamente fué asesinado en el mundo por su hijastro.
Entonces me volví hacia el Poeta, el cual me dijo:
—Sea éste ahora tu primer guía; yo seré el segundo.
Algo más lejos se detuvo el Centauro sobre unos condenados, que parecían
sacar fuera de aquel hervidero su cabeza hasta la garganta, y nos mostró una
sombra que estaba separada de las demás, diciendo:
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Aquél hirió, en recinto sagrado, a un corazón, que aún se ve honrado en las
orillas del Támesis.[11]
Después vi otras sombras que sacaban la cabeza fuera del río, y algunas
todo el pecho, y reconocí a muchos de ellos. Como la sangre iba
disminuyendo poco a poco, hasta no cubrir más que el pie, vadeamos el
foso.
—Quiero que creas—me dijo el Centauro—que así como ves disminuir la
corriente por esta parte, por la otra es su fondo cada vez mayor, hasta que
llega a reunirse en aquel punto donde la tiranía está condenada a gemir. Allí
es donde la justicia divina ha arrojado a Atila, que fué su azote en la tierra; a
Pirro, a Sexto, y eternamente arranca lágrimas, con el hervor de esa sangre,
a Renato de Corneto y a Renato Pazzo, que tanto daño causaron en los
caminos.
Dicho esto, se volvió y repasó el vado.
orillas del Támesis.[11]
Después vi otras sombras que sacaban la cabeza fuera del río, y algunas
todo el pecho, y reconocí a muchos de ellos. Como la sangre iba
disminuyendo poco a poco, hasta no cubrir más que el pie, vadeamos el
foso.
—Quiero que creas—me dijo el Centauro—que así como ves disminuir la
corriente por esta parte, por la otra es su fondo cada vez mayor, hasta que
llega a reunirse en aquel punto donde la tiranía está condenada a gemir. Allí
es donde la justicia divina ha arrojado a Atila, que fué su azote en la tierra; a
Pirro, a Sexto, y eternamente arranca lágrimas, con el hervor de esa sangre,
a Renato de Corneto y a Renato Pazzo, que tanto daño causaron en los
caminos.
Dicho esto, se volvió y repasó el vado.
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CANTO DECIMOTERCIO
O había llegado aún Neso a la otra parte, cuando penetramos
en un bosque, que no estaba surcado por ningún sendero. El
follaje no era verde, sino de un color obscuro; las ramas no
eran rectas, sino nudosas y entrelazadas; no había frutas, sino
espinas venenosas. No son tan ásperas y espesas las selvas
donde moran las fieras, que aborrecen los sitios cultivados
entre el Cecina y Corneto. Allí anidan las brutales Arpías,
que arrojaron a los Troyanos de las Estrofades con el triste presagio de un
mal futuro. Tienen alas anchas, cuellos y rostros humanos, pies con garras,
y el vientre cubierto de plumas: subidas en los árboles, lanzan extraños
lamentos.
Mi buen Maestro empezó a decirme:
—Antes de avanzar más, debes saber que te encuentras en el segundo
recinto, por el cual continuarás hasta que llegues a los terribles arenales. Por
tanto, mira con atención; y de este modo verás cosas, que darán testimonio
de mis palabras.
Por todas partes oía yo gemidos, sin ver a nadie que los exhalara; por eso
me detuve todo atemorizado. Creo que él creyó que yo creía que aquellas
O había llegado aún Neso a la otra parte, cuando penetramos
en un bosque, que no estaba surcado por ningún sendero. El
follaje no era verde, sino de un color obscuro; las ramas no
eran rectas, sino nudosas y entrelazadas; no había frutas, sino
espinas venenosas. No son tan ásperas y espesas las selvas
donde moran las fieras, que aborrecen los sitios cultivados
entre el Cecina y Corneto. Allí anidan las brutales Arpías,
que arrojaron a los Troyanos de las Estrofades con el triste presagio de un
mal futuro. Tienen alas anchas, cuellos y rostros humanos, pies con garras,
y el vientre cubierto de plumas: subidas en los árboles, lanzan extraños
lamentos.
Mi buen Maestro empezó a decirme:
—Antes de avanzar más, debes saber que te encuentras en el segundo
recinto, por el cual continuarás hasta que llegues a los terribles arenales. Por
tanto, mira con atención; y de este modo verás cosas, que darán testimonio
de mis palabras.
Por todas partes oía yo gemidos, sin ver a nadie que los exhalara; por eso
me detuve todo atemorizado. Creo que él creyó que yo creía que aquellas
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voces eran de gente que se ocultaba de nosotros entre la espesura; y así me
dijo mi Maestro:
—Si rompes cualquier ramita de una de esas plantas, verás trocarse tus
pensamientos.
Entonces extendí la mano hacia delante, cogí una ramita de un gran
endrino, y su tronco exclamó:
—¿Por qué me tronchas?
Inmediatamente se tiñó de sangre, y volvió a exclamar:
—¿Por qué me desgarras? ¿No tienes ningún sentimiento de piedad?
Hombres fuimos, y ahora estamos convertidos en troncos: tu mano debería
haber sido más piadosa, aunque fuéramos almas de serpientes.
Cual de verde tizón que, encendido por uno de sus extremos, gotea y chilla
por el otro, a causa del aire que le atraviesa, así salían de aquel tronco
palabras y sangre juntamente; lo que me hizo dejar caer la rama, y
detenerme como hombre acobardado.
—Alma herida—respondió mi Sabio—; si él hubiera podido creer, desde
luego, que era verdad lo que ha leído en mis versos, no habría extendido su
mano hacia ti: el ser una cosa tan increíble me ha obligado a aconsejarle
que hiciese lo que ahora me está pesando. Pero dile quién fuiste, a fin de
que, en compensación, renueve tu fama en el mundo, donde le es lícito
volver.
El tronco respondió:
—Me halagas tanto con tus dulces palabras, que no puedo callar: no llevéis
a mal que me entretenga un poco hablando con vosotros. Yo soy aquél[12]
que tuvo las dos llaves del corazón de Federico, manejándolas tan
suavemente para cerrar y abrir, que a casi todos aparté de su confianza,
habiéndome dedicado con tanta fe a aquel glorioso cargo, que perdí el
sueño y la vida. La cortesana que no ha separado nunca del palacio de César
sus impúdicos ojos, peste común y vicio de las cortes, inflamó contra mí
todos los ánimos, y los inflamados inflamaron a su vez y de tal modo a
Augusto, que mis dichosos honores se trocaron en triste duelo. Mi alma, en
dijo mi Maestro:
—Si rompes cualquier ramita de una de esas plantas, verás trocarse tus
pensamientos.
Entonces extendí la mano hacia delante, cogí una ramita de un gran
endrino, y su tronco exclamó:
—¿Por qué me tronchas?
Inmediatamente se tiñó de sangre, y volvió a exclamar:
—¿Por qué me desgarras? ¿No tienes ningún sentimiento de piedad?
Hombres fuimos, y ahora estamos convertidos en troncos: tu mano debería
haber sido más piadosa, aunque fuéramos almas de serpientes.
Cual de verde tizón que, encendido por uno de sus extremos, gotea y chilla
por el otro, a causa del aire que le atraviesa, así salían de aquel tronco
palabras y sangre juntamente; lo que me hizo dejar caer la rama, y
detenerme como hombre acobardado.
—Alma herida—respondió mi Sabio—; si él hubiera podido creer, desde
luego, que era verdad lo que ha leído en mis versos, no habría extendido su
mano hacia ti: el ser una cosa tan increíble me ha obligado a aconsejarle
que hiciese lo que ahora me está pesando. Pero dile quién fuiste, a fin de
que, en compensación, renueve tu fama en el mundo, donde le es lícito
volver.
El tronco respondió:
—Me halagas tanto con tus dulces palabras, que no puedo callar: no llevéis
a mal que me entretenga un poco hablando con vosotros. Yo soy aquél[12]
que tuvo las dos llaves del corazón de Federico, manejándolas tan
suavemente para cerrar y abrir, que a casi todos aparté de su confianza,
habiéndome dedicado con tanta fe a aquel glorioso cargo, que perdí el
sueño y la vida. La cortesana que no ha separado nunca del palacio de César
sus impúdicos ojos, peste común y vicio de las cortes, inflamó contra mí
todos los ánimos, y los inflamados inflamaron a su vez y de tal modo a
Augusto, que mis dichosos honores se trocaron en triste duelo. Mi alma, en
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un arranque de indignación, creyendo librarse del oprobio por medio de la
muerte, me hizo injusto contra mí mismo, siendo justo. Os juro, por las
tiernas raíces de este leño, que jamás fuí desleal a mi señor, tan digno de ser
honrado. Y si uno de vosotros vuelve al mundo, restaure en él mi memoria,
que yace aún bajo el golpe que le asestó la envidia.
El poeta esperó un momento, y después me dijo:
—Pues que calla, no pierdas el tiempo: habla y pregúntale, si quieres saber
más.
Yo le contesté:
—Interrógale tú mismo lo que creas que me interese, pues yo no podría:
tanto es lo que me aflige la compasión.
Por lo cual volvió él a empezar de este modo:
—A fin de que este hombre haga generosamente lo que tu súplica reclama,
espíritu encarcelado, dígnate aún decirnos cómo se encierra el alma en esos
nudosos troncos, y dime además, si puedes, si hay alguna que se desprenda
de tales miembros.
Entonces el tronco suspiró, y aquel resoplido se convirtió en esta voz:
—Os contestaré brevemente: cuando el alma feroz sale del cuerpo de donde
se ha arrancado ella misma, Minos la envía al séptimo círculo. Cae en la
selva, sin que tenga designado sitio fijo, y allí donde la lanza la fortuna,
germina cual grano de espelta. Brota primero como un retoño, y luego se
convierte en planta silvestre: las Arpías, al devorar sus hojas, le causan
dolor, y abren paso por donde ese dolor se exhale. Como las demás almas,
iremos a recoger nuestros despojos; pero sin que ninguna de nosotras pueda
revestirse con ellos, porque no sería justo volver a tener lo que uno se ha
quitado voluntariamente. Los arrastraremos hasta aquí; y en este lúgubre
bosque estará cada uno de nuestros cuerpos suspendido en el mismo
endrino donde sufre tal tormento su alma.
Prestábamos aún atención a aquel tronco, creyendo que añadiría algo más,
cuando fuimos sorprendidos por un rumor, a la manera del que siente venir
el jabalí y los perros hacia el sitio donde está apostado, que juntamente oye
muerte, me hizo injusto contra mí mismo, siendo justo. Os juro, por las
tiernas raíces de este leño, que jamás fuí desleal a mi señor, tan digno de ser
honrado. Y si uno de vosotros vuelve al mundo, restaure en él mi memoria,
que yace aún bajo el golpe que le asestó la envidia.
El poeta esperó un momento, y después me dijo:
—Pues que calla, no pierdas el tiempo: habla y pregúntale, si quieres saber
más.
Yo le contesté:
—Interrógale tú mismo lo que creas que me interese, pues yo no podría:
tanto es lo que me aflige la compasión.
Por lo cual volvió él a empezar de este modo:
—A fin de que este hombre haga generosamente lo que tu súplica reclama,
espíritu encarcelado, dígnate aún decirnos cómo se encierra el alma en esos
nudosos troncos, y dime además, si puedes, si hay alguna que se desprenda
de tales miembros.
Entonces el tronco suspiró, y aquel resoplido se convirtió en esta voz:
—Os contestaré brevemente: cuando el alma feroz sale del cuerpo de donde
se ha arrancado ella misma, Minos la envía al séptimo círculo. Cae en la
selva, sin que tenga designado sitio fijo, y allí donde la lanza la fortuna,
germina cual grano de espelta. Brota primero como un retoño, y luego se
convierte en planta silvestre: las Arpías, al devorar sus hojas, le causan
dolor, y abren paso por donde ese dolor se exhale. Como las demás almas,
iremos a recoger nuestros despojos; pero sin que ninguna de nosotras pueda
revestirse con ellos, porque no sería justo volver a tener lo que uno se ha
quitado voluntariamente. Los arrastraremos hasta aquí; y en este lúgubre
bosque estará cada uno de nuestros cuerpos suspendido en el mismo
endrino donde sufre tal tormento su alma.
Prestábamos aún atención a aquel tronco, creyendo que añadiría algo más,
cuando fuimos sorprendidos por un rumor, a la manera del que siente venir
el jabalí y los perros hacia el sitio donde está apostado, que juntamente oye
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el ruido de las fieras y el fragor del ramaje. Y he aquí que aparecen a
nuestra izquierda dos infelices, desnudos y lacerados, huyendo tan
precipitadamente, que rompían todas las ramas de la selva. El de delante:
"¡Acude, acude, muerte!," decía; y el otro, que no corría tanto: "Lano, tus
piernas no eran tan ágiles en el combate del Toppo." Y sin duda, faltándole
el aliento, hizo un grupo de sí y de un arbusto.
Detrás de ellos estaba la selva llena de perras negras, ávidas y corriendo
cual lebreles a quienes quitan su cadena. Empezaron a dar terribles
dentelladas a aquél que se ocultó, y después de despedazarle, se llevaron
sus miembros palpitantes. Mi Guía me tomó entonces de la mano, y
llevóme hacia el arbusto, que en vano se quejaba por sus sangrientas
heridas:
—¡Oh, Jacobo de San Andrés!—decía—. ¿De qué te ha servido tomarme
por refugio? ¿Tengo yo la culpa de tu vida criminal?
Cuando mi Maestro se detuvo delante de aquel arbusto, dijo:
—¿Quién fuiste tú que por tantas ramas rotas exhalas con tu sangre tan
quejumbrosas palabras?
A lo que contestó:
—¡Oh, almas, que habéis venido a contemplar el lamentable estrago que me
ha separado así de mis hojas!, recogedlas al pie del triste arbusto. Yo fuí de
la ciudad que cambió su primer patrón por San Juan Bautista;[13] por cuya
razón aquél la contristará siempre con su terrible arte: y a no ser porque en
el puente del Arno se conserva todavía alguna imagen suya, fuera en vano
todo el trabajo de aquellos ciudadanos que la reedificaron sobre las cenizas
que de ella dejó Atila. Yo de mi casa hice mi propia horca.
nuestra izquierda dos infelices, desnudos y lacerados, huyendo tan
precipitadamente, que rompían todas las ramas de la selva. El de delante:
"¡Acude, acude, muerte!," decía; y el otro, que no corría tanto: "Lano, tus
piernas no eran tan ágiles en el combate del Toppo." Y sin duda, faltándole
el aliento, hizo un grupo de sí y de un arbusto.
Detrás de ellos estaba la selva llena de perras negras, ávidas y corriendo
cual lebreles a quienes quitan su cadena. Empezaron a dar terribles
dentelladas a aquél que se ocultó, y después de despedazarle, se llevaron
sus miembros palpitantes. Mi Guía me tomó entonces de la mano, y
llevóme hacia el arbusto, que en vano se quejaba por sus sangrientas
heridas:
—¡Oh, Jacobo de San Andrés!—decía—. ¿De qué te ha servido tomarme
por refugio? ¿Tengo yo la culpa de tu vida criminal?
Cuando mi Maestro se detuvo delante de aquel arbusto, dijo:
—¿Quién fuiste tú que por tantas ramas rotas exhalas con tu sangre tan
quejumbrosas palabras?
A lo que contestó:
—¡Oh, almas, que habéis venido a contemplar el lamentable estrago que me
ha separado así de mis hojas!, recogedlas al pie del triste arbusto. Yo fuí de
la ciudad que cambió su primer patrón por San Juan Bautista;[13] por cuya
razón aquél la contristará siempre con su terrible arte: y a no ser porque en
el puente del Arno se conserva todavía alguna imagen suya, fuera en vano
todo el trabajo de aquellos ciudadanos que la reedificaron sobre las cenizas
que de ella dejó Atila. Yo de mi casa hice mi propia horca.
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CANTO DECIMOCUARTO
NTERNECIDO por el amor patrio, reuní las hojas dispersas,
y las devolví a aquel que ya se había callado. Desde allí nos
dirigimos al punto en que se divide el segundo recinto del
tercero, y donde se ve el terrible poder de la justicia divina.
Para explicar mejor las cosas nuevas que allí vi, diré que
llegamos a un arenal, que rechaza toda planta de su
superficie. La dolorosa selva lo rodeaba cual guirnalda, así
como el sangriento foso circundaba a aquélla. Nuestros pies quedaron fijos
en el mismo lindero de la selva y la llanura. El espacio estaba cubierto de
una arena tan árida y espesa, como la que oprimieron los pies de Catón en
otro tiempo. ¡Oh venganza de Dios! ¡Cuánto debe temerte todo aquél que
lea lo que se presentó a mis ojos! Vi numerosos grupos de almas desnudas,
que lloraban miserablemente, y parecían cumplir sentencias diversas. Unas
yacían de espaldas sobre el suelo; otras estaban sentadas en confuso
montón; otras andaban continuamente. Las que daban la vuelta al círculo
eran más numerosas, y en menor número las que yacían para sufrir algún
tormento; pero éstas tenían la lengua más suelta para quejarse. Llovían
lentamente en el arenal grandes copos de fuego, semejantes a los de nieve
que en los Alpes caen cuando no sopla el viento. Así como Alejandro vió en
NTERNECIDO por el amor patrio, reuní las hojas dispersas,
y las devolví a aquel que ya se había callado. Desde allí nos
dirigimos al punto en que se divide el segundo recinto del
tercero, y donde se ve el terrible poder de la justicia divina.
Para explicar mejor las cosas nuevas que allí vi, diré que
llegamos a un arenal, que rechaza toda planta de su
superficie. La dolorosa selva lo rodeaba cual guirnalda, así
como el sangriento foso circundaba a aquélla. Nuestros pies quedaron fijos
en el mismo lindero de la selva y la llanura. El espacio estaba cubierto de
una arena tan árida y espesa, como la que oprimieron los pies de Catón en
otro tiempo. ¡Oh venganza de Dios! ¡Cuánto debe temerte todo aquél que
lea lo que se presentó a mis ojos! Vi numerosos grupos de almas desnudas,
que lloraban miserablemente, y parecían cumplir sentencias diversas. Unas
yacían de espaldas sobre el suelo; otras estaban sentadas en confuso
montón; otras andaban continuamente. Las que daban la vuelta al círculo
eran más numerosas, y en menor número las que yacían para sufrir algún
tormento; pero éstas tenían la lengua más suelta para quejarse. Llovían
lentamente en el arenal grandes copos de fuego, semejantes a los de nieve
que en los Alpes caen cuando no sopla el viento. Así como Alejandro vió en
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las ardientes comarcas de la India caer sobre sus soldados llamas, que
quedaban en el suelo sin extinguirse, lo que le obligó a ordenar a las tropas
que las pisaran, porque el incendio se apagaba mejor cuanto más aislado
estaba, así descendía el fuego eterno, abrasando la arena, como abrasa a la
yesca el pedernal, para redoblar el dolor de las almas. Sus míseras manos se
agitaban sin reposo, apartando a uno y otro lado las brasas continuamente
renovadas. Yo empecé a decir:
—Maestro, tú que has vencido todos los obstáculos, a excepción del que
nos opusieron los demonios inflexibles a la puerta de la ciudad, dime,
¿quién es aquella gran sombra, que no parece cuidarse del incendio, y yace
tan feroz y altanera, como si no la martirizara esa lluvia?
Y la sombra, observando que yo hablaba de ella a mi Guía, gritó:
—Tal cual fuí en vida, soy después de muerto. Aun cuando Júpiter cansara a
su herrero, de quien tomó en su cólera el agudo rayo que me hirió el último
día de mi vida; aun cuando fatigara uno tras otro a todos los negros obreros
del Mongibelo, gritando: "Ayúdame, ayúdame, buen Vulcano," según hizo
en el combate de Flegra, y me asaeteara con todas sus fuerzas, no lograría
vengarse de mí cumplidamente.
Entonces mi Guía habló con tanta vehemencia, que nunca yo lo había oído
expresarse de aquel modo:
—¡Oh! Capaneo, si no se modera tu orgullo, él será tu mayor castigo. No
hay martirio comparable al dolor que te hace sufrir tu rabia.
Después se dirigió a mí, diciendo con acento más apacible:
—Ese fué uno de los siete reyes que sitiaron a Tebas; despreció a Dios, y
aun parece seguir despreciándole, sin que se note que le ruegue; pero, como
le he dicho, su mismo despecho es el más digno premio debido a su
corazón. Ahora, sígueme, y cuida de no poner tus pies sobre la abrasada
arena; camina siempre arrimado al bosque.
Llegamos en silencio al sitio donde desemboca fuera de la selva un
riachuelo, cuyo rojo color aún me horripila. Cual sale del Bulicame[14] el
arroyo, cuyas aguas se reparten las pecadoras, así corría aquel riachuelo por
quedaban en el suelo sin extinguirse, lo que le obligó a ordenar a las tropas
que las pisaran, porque el incendio se apagaba mejor cuanto más aislado
estaba, así descendía el fuego eterno, abrasando la arena, como abrasa a la
yesca el pedernal, para redoblar el dolor de las almas. Sus míseras manos se
agitaban sin reposo, apartando a uno y otro lado las brasas continuamente
renovadas. Yo empecé a decir:
—Maestro, tú que has vencido todos los obstáculos, a excepción del que
nos opusieron los demonios inflexibles a la puerta de la ciudad, dime,
¿quién es aquella gran sombra, que no parece cuidarse del incendio, y yace
tan feroz y altanera, como si no la martirizara esa lluvia?
Y la sombra, observando que yo hablaba de ella a mi Guía, gritó:
—Tal cual fuí en vida, soy después de muerto. Aun cuando Júpiter cansara a
su herrero, de quien tomó en su cólera el agudo rayo que me hirió el último
día de mi vida; aun cuando fatigara uno tras otro a todos los negros obreros
del Mongibelo, gritando: "Ayúdame, ayúdame, buen Vulcano," según hizo
en el combate de Flegra, y me asaeteara con todas sus fuerzas, no lograría
vengarse de mí cumplidamente.
Entonces mi Guía habló con tanta vehemencia, que nunca yo lo había oído
expresarse de aquel modo:
—¡Oh! Capaneo, si no se modera tu orgullo, él será tu mayor castigo. No
hay martirio comparable al dolor que te hace sufrir tu rabia.
Después se dirigió a mí, diciendo con acento más apacible:
—Ese fué uno de los siete reyes que sitiaron a Tebas; despreció a Dios, y
aun parece seguir despreciándole, sin que se note que le ruegue; pero, como
le he dicho, su mismo despecho es el más digno premio debido a su
corazón. Ahora, sígueme, y cuida de no poner tus pies sobre la abrasada
arena; camina siempre arrimado al bosque.
Llegamos en silencio al sitio donde desemboca fuera de la selva un
riachuelo, cuyo rojo color aún me horripila. Cual sale del Bulicame[14] el
arroyo, cuyas aguas se reparten las pecadoras, así corría aquel riachuelo por
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la arena. Las orillas y el fondo estaban petrificados, por lo que pensé que
por ellas debía andar.
—Entre todas las cosas que te he enseñado, desde que entramos por la
puerta en cuyo umbral puede detenerse cualquiera, tus ojos no han visto
otra tan notable como esa corriente, que amortigua todas las llamas.
Tales fueron las palabras de mi Guía; por lo que le supliqué se explicase
más claramente, ya que había excitado mi curiosidad.
—En medio del mar existe un país arruinado—me dijo entonces—, que se
llama Creta, y tuvo un rey, bajo cuyo imperio el mundo fué virtuoso: en él
hay un monte, llamado Ida, que en otro tiempo fué delicioso por sus aguas y
su frondosidad, y hoy está desierto, como todas las cosas antiguas. Rea lo
escogió por cuna segura de su hijo; y para ocultarlo mejor, cuando lloraba,
hacía que se produjesen grandes ruidos. En el interior del monte se
mantiene en pie un gran anciano, que está de espaldas hacia Damieta, con la
mirada fija en Roma como en un espejo. Su cabeza es formada de oro fino,
y de plata pura son los brazos y el pecho; después es de bronce hasta la
entrepierna, y de allí para abajo, es todo de hierro escogido, excepto el pie
derecho, que es de barro cocido, y se afirma sobre éste más que sobre el
otro. Cada parte, menos la formada de oro, está surcada por una hendedura
que mana lágrimas, las cuales, reunidas, agujeran aquel monte. Su curso se
dirige hacia este valle, de roca en roca, formando el Aqueronte, la Estigia y
el Flegetón; después descienden por este estrecho conducto, hasta el punto
donde no se puede bajar más, y allí forman el Cocito: ya verás lo que es este
lago; por eso no te lo describo ahora.
Yo le contesté:
—Si ese riachuelo se deriva así de nuestro mundo, ¿por qué se deja ver
únicamente al margen de este bosque?
Y él a mí:
—Tú sabes que este lugar es redondo, y aunque hayas andado mucho,
descendiendo siempre al fondo por la izquierda, no has dado aún la vuelta a
todo el círculo; por lo cual, si se te aparece alguna cosa nueva, no debe
pintarse la admiración en tu rostro.
por ellas debía andar.
—Entre todas las cosas que te he enseñado, desde que entramos por la
puerta en cuyo umbral puede detenerse cualquiera, tus ojos no han visto
otra tan notable como esa corriente, que amortigua todas las llamas.
Tales fueron las palabras de mi Guía; por lo que le supliqué se explicase
más claramente, ya que había excitado mi curiosidad.
—En medio del mar existe un país arruinado—me dijo entonces—, que se
llama Creta, y tuvo un rey, bajo cuyo imperio el mundo fué virtuoso: en él
hay un monte, llamado Ida, que en otro tiempo fué delicioso por sus aguas y
su frondosidad, y hoy está desierto, como todas las cosas antiguas. Rea lo
escogió por cuna segura de su hijo; y para ocultarlo mejor, cuando lloraba,
hacía que se produjesen grandes ruidos. En el interior del monte se
mantiene en pie un gran anciano, que está de espaldas hacia Damieta, con la
mirada fija en Roma como en un espejo. Su cabeza es formada de oro fino,
y de plata pura son los brazos y el pecho; después es de bronce hasta la
entrepierna, y de allí para abajo, es todo de hierro escogido, excepto el pie
derecho, que es de barro cocido, y se afirma sobre éste más que sobre el
otro. Cada parte, menos la formada de oro, está surcada por una hendedura
que mana lágrimas, las cuales, reunidas, agujeran aquel monte. Su curso se
dirige hacia este valle, de roca en roca, formando el Aqueronte, la Estigia y
el Flegetón; después descienden por este estrecho conducto, hasta el punto
donde no se puede bajar más, y allí forman el Cocito: ya verás lo que es este
lago; por eso no te lo describo ahora.
Yo le contesté:
—Si ese riachuelo se deriva así de nuestro mundo, ¿por qué se deja ver
únicamente al margen de este bosque?
Y él a mí:
—Tú sabes que este lugar es redondo, y aunque hayas andado mucho,
descendiendo siempre al fondo por la izquierda, no has dado aún la vuelta a
todo el círculo; por lo cual, si se te aparece alguna cosa nueva, no debe
pintarse la admiración en tu rostro.
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Le repliqué:
—Maestro, ¿dónde están el Flegetón y el Leteo? Del uno no dices nada, y
del otro sólo me dices que lo origina esa lluvia de lágrimas.
—Me agradan todas tus preguntas—contestó—: pero el hervor de esa agua
roja debiera haberte servido de contestación a una de ellas. Verás el Leteo;
pero fuera de este abismo, allá donde van las almas a lavarse, cuando,
arrepentidas de sus culpas, les son perdonadas.
Después añadió:
—Ya es tiempo de que nos apartemos de este bosque; procura venir detrás
de mí: sus márgenes nos ofrecen un camino; pues no son ardientes, y sobre
ellas se extinguen todas las brasas.
—Maestro, ¿dónde están el Flegetón y el Leteo? Del uno no dices nada, y
del otro sólo me dices que lo origina esa lluvia de lágrimas.
—Me agradan todas tus preguntas—contestó—: pero el hervor de esa agua
roja debiera haberte servido de contestación a una de ellas. Verás el Leteo;
pero fuera de este abismo, allá donde van las almas a lavarse, cuando,
arrepentidas de sus culpas, les son perdonadas.
Después añadió:
—Ya es tiempo de que nos apartemos de este bosque; procura venir detrás
de mí: sus márgenes nos ofrecen un camino; pues no son ardientes, y sobre
ellas se extinguen todas las brasas.
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CANTO DECIMOQUINTO
OS pusimos en marcha siguiendo una de aquellas orillas
petrificadas: el vapor del arroyuelo formaba sobre él una
niebla, que preservaba del fuego las ondas y los ribazos. Así
como los flamencos que habitan entre Gante y Brujas,
temiendo al mar que avanza hacia ellos, levantan diques para
contenerle; o como los Paduanos lo hacen a lo largo del
Brenta para defender sus ciudades y castillos, antes que el
Chiarentana sienta el calor, de un modo semejante eran formados aquellos
ribazos; pero su constructor, quienquiera que fuese, no los había hecho tan
altos ni tan gruesos.
Nos hallábamos ya tan lejos de la selva, que no me habría sido posible
descubrirla, por más que volviese atrás la vista, cuando encontramos una
legión de almas, que venía a lo largo del ribazo: cada cual de ellas me
miraba, como de noche suelen mirarse unos a otros los humanos a la escasa
luz de la luna nueva, y aguzaban hacia nosotros las pestañas, como hace un
sastre viejo para enfilar la aguja.
Examinado de este modo por aquellas almas, fuí conocido por una de ellas,
que me cogió el vestido, exclamando:
OS pusimos en marcha siguiendo una de aquellas orillas
petrificadas: el vapor del arroyuelo formaba sobre él una
niebla, que preservaba del fuego las ondas y los ribazos. Así
como los flamencos que habitan entre Gante y Brujas,
temiendo al mar que avanza hacia ellos, levantan diques para
contenerle; o como los Paduanos lo hacen a lo largo del
Brenta para defender sus ciudades y castillos, antes que el
Chiarentana sienta el calor, de un modo semejante eran formados aquellos
ribazos; pero su constructor, quienquiera que fuese, no los había hecho tan
altos ni tan gruesos.
Nos hallábamos ya tan lejos de la selva, que no me habría sido posible
descubrirla, por más que volviese atrás la vista, cuando encontramos una
legión de almas, que venía a lo largo del ribazo: cada cual de ellas me
miraba, como de noche suelen mirarse unos a otros los humanos a la escasa
luz de la luna nueva, y aguzaban hacia nosotros las pestañas, como hace un
sastre viejo para enfilar la aguja.
Examinado de este modo por aquellas almas, fuí conocido por una de ellas,
que me cogió el vestido, exclamando:
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—¡Qué maravilla!
Y yo, mientras me tendía los brazos, miré atentamente su abrasado rostro,
de tal modo que, a pesar de estar desfigurado, no me fué imposible
conocerle a mi vez; e inclinando hacia su faz la mía contesté:
—¿Vos aquí, "ser" Brunetto?
Y él repuso:
—¡Oh hijo mío!, no te enojes si Brunetto Latini vuelve un poco atrás
contigo, y deja que se adelanten las demás almas.
Yo le dije:
—Os lo ruego cuanto me es posible; y si queréis que nos sentemos, lo haré,
si así le place a éste con quien voy.
—¡Oh hijo mío!—replicó—; cualquiera de nosotros que se detenga un
momento, queda después cien años sufriendo esta lluvia, sin poder esquivar
el fuego que le abrasa. Así, pues, sigue adelante; yo caminaré a tu lado, y
luego me reuniré a mi mesnada, que va llorando sus eternos tormentos.
No me atreví a bajar del ribazo por donde iba para nivelarme con él; pero
tenía la cabeza inclinada, en actitud respetuosa. Empezó de este modo:
—¿Cuál es la suerte o el destino que te trae aquí abajo antes de tu última
hora? ¿Y quién es ése que te enseña el camino?
—Allá arriba, en la vida serena—le respondí—, me extravié en un valle
antes de haberse llenado mi edad. Pero ayer de mañana le volví la espalda;
y cuando retrocedía otra vez hacia él, se me apareció ése, y me volvió al
verdadero camino por esta vía.
A lo que me contestó:
—Si sigues tu estrella, no puedes menos de llegar a glorioso puerto, dado
que yo en el mundo predijera bien tu destino. Y a no haber muerto tan
pronto, viendo que el cielo te era tan favorable, te habría dado alientos para
proseguir tu obra. Pero aquel pueblo ingrato y malo, que en otro tiempo
descendió de Fiésole, y que aun conserva algo de la aspereza de sus
Y yo, mientras me tendía los brazos, miré atentamente su abrasado rostro,
de tal modo que, a pesar de estar desfigurado, no me fué imposible
conocerle a mi vez; e inclinando hacia su faz la mía contesté:
—¿Vos aquí, "ser" Brunetto?
Y él repuso:
—¡Oh hijo mío!, no te enojes si Brunetto Latini vuelve un poco atrás
contigo, y deja que se adelanten las demás almas.
Yo le dije:
—Os lo ruego cuanto me es posible; y si queréis que nos sentemos, lo haré,
si así le place a éste con quien voy.
—¡Oh hijo mío!—replicó—; cualquiera de nosotros que se detenga un
momento, queda después cien años sufriendo esta lluvia, sin poder esquivar
el fuego que le abrasa. Así, pues, sigue adelante; yo caminaré a tu lado, y
luego me reuniré a mi mesnada, que va llorando sus eternos tormentos.
No me atreví a bajar del ribazo por donde iba para nivelarme con él; pero
tenía la cabeza inclinada, en actitud respetuosa. Empezó de este modo:
—¿Cuál es la suerte o el destino que te trae aquí abajo antes de tu última
hora? ¿Y quién es ése que te enseña el camino?
—Allá arriba, en la vida serena—le respondí—, me extravié en un valle
antes de haberse llenado mi edad. Pero ayer de mañana le volví la espalda;
y cuando retrocedía otra vez hacia él, se me apareció ése, y me volvió al
verdadero camino por esta vía.
A lo que me contestó:
—Si sigues tu estrella, no puedes menos de llegar a glorioso puerto, dado
que yo en el mundo predijera bien tu destino. Y a no haber muerto tan
pronto, viendo que el cielo te era tan favorable, te habría dado alientos para
proseguir tu obra. Pero aquel pueblo ingrato y malo, que en otro tiempo
descendió de Fiésole, y que aun conserva algo de la aspereza de sus
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montañas y de sus rocas, será tu enemigo, por lo mismo que prodigarás el
bien; lo cual es natural, pues no conviene que madure el dulce higo entre
ásperos serbales. Una antigua fama les da en el mundo el nombre de ciegos;
raza avara, envidiosa y soberbia: ¡que sus malas costumbres no te manchen
nunca! La fortuna te reserva tanto honor, que los dos partidos anhelarán
poseerte; pero la hierba estará lejos del pico. Hagan las bestias fiesolanas
forraje de sus mismos cuerpos, y no puedan tocar a la planta, si es que
todavía sale alguna de entre su estiércol, en la que reviva la santa semilla de
aquellos romanos que quedaron después de construído aquel nido de
perversidad.
—Si todos mis deseos se hubiesen realizado—le respondí—, no estaríais
vos fuera de la humana naturaleza; porque tengo siempre fija en mi mente,
y ahora me contrista verla así, vuestra querida, buena y paternal imagen,
cuando me enseñabais en el mundo cómo el hombre se inmortaliza: me
creo, pues, en el deber, mientras viva, de patentizar con mis palabras el
agradecimiento que os profeso. Conservo grabado en la memoria cuanto me
referís acerca de mi destino, para hacerlo explicar con otro texto por una
Dama que lo sabrá hacer, si consigo llegar hasta ella. Solamente deseo
manifestaros que estoy dispuesto a correr todos los azares de la Fortuna con
tal que mi conciencia no me remuerda nada. No es la vez primera que he
oído semejante predicción; y así, mueva su rueda la Fortuna como le plazca,
y el campesino su azada.
Entonces mi Maestro se volvió hacia la derecha, me miró, y después me
dijo:
—Bien escucha quien bien retiene.
No por eso dejé de seguir hablando con "ser" Brunetto; y preguntándole
quiénes eran sus más notables y eminentes compañeros, me contestó:
—Bueno es que conozcan los nombres de algunos de ellos: con respecto a
los otros, vale más callar; que para tanta conversación el tiempo es corto.
Sabe, pues, que todos ellos fueron clérigos y literatos de gran fama, y el
mismo pecado los contaminó a todos en el mundo. Con aquella turba
desolada va Prisciano, como también Francisco de Accorso; y si desearas
conocer a tan inmunda caterva, podrías ver a aquel que por el Siervo de los
siervos de Dios fué trasladado del Arno al Bacchiglione,[15] donde dejó sus
bien; lo cual es natural, pues no conviene que madure el dulce higo entre
ásperos serbales. Una antigua fama les da en el mundo el nombre de ciegos;
raza avara, envidiosa y soberbia: ¡que sus malas costumbres no te manchen
nunca! La fortuna te reserva tanto honor, que los dos partidos anhelarán
poseerte; pero la hierba estará lejos del pico. Hagan las bestias fiesolanas
forraje de sus mismos cuerpos, y no puedan tocar a la planta, si es que
todavía sale alguna de entre su estiércol, en la que reviva la santa semilla de
aquellos romanos que quedaron después de construído aquel nido de
perversidad.
—Si todos mis deseos se hubiesen realizado—le respondí—, no estaríais
vos fuera de la humana naturaleza; porque tengo siempre fija en mi mente,
y ahora me contrista verla así, vuestra querida, buena y paternal imagen,
cuando me enseñabais en el mundo cómo el hombre se inmortaliza: me
creo, pues, en el deber, mientras viva, de patentizar con mis palabras el
agradecimiento que os profeso. Conservo grabado en la memoria cuanto me
referís acerca de mi destino, para hacerlo explicar con otro texto por una
Dama que lo sabrá hacer, si consigo llegar hasta ella. Solamente deseo
manifestaros que estoy dispuesto a correr todos los azares de la Fortuna con
tal que mi conciencia no me remuerda nada. No es la vez primera que he
oído semejante predicción; y así, mueva su rueda la Fortuna como le plazca,
y el campesino su azada.
Entonces mi Maestro se volvió hacia la derecha, me miró, y después me
dijo:
—Bien escucha quien bien retiene.
No por eso dejé de seguir hablando con "ser" Brunetto; y preguntándole
quiénes eran sus más notables y eminentes compañeros, me contestó:
—Bueno es que conozcan los nombres de algunos de ellos: con respecto a
los otros, vale más callar; que para tanta conversación el tiempo es corto.
Sabe, pues, que todos ellos fueron clérigos y literatos de gran fama, y el
mismo pecado los contaminó a todos en el mundo. Con aquella turba
desolada va Prisciano, como también Francisco de Accorso; y si desearas
conocer a tan inmunda caterva, podrías ver a aquel que por el Siervo de los
siervos de Dios fué trasladado del Arno al Bacchiglione,[15] donde dejó sus
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mal extendidos miembros. Más te diría; pero no puedo avanzar ni hablar
más, porque ya veo salir nuevo humo de la arena. Vienen almas con las
cuales no debo estar. Te recomiendo mi "Tesoro,"[16] en el que aún vive mi
memoria, y no pido nada más.
Después se volvió con los otros, del mismo modo que los que, en la
campiña de Verona, disputan a la carrera el palio verde, pareciéndose en el
correr a los que vencen y no a los vencidos.
más, porque ya veo salir nuevo humo de la arena. Vienen almas con las
cuales no debo estar. Te recomiendo mi "Tesoro,"[16] en el que aún vive mi
memoria, y no pido nada más.
Después se volvió con los otros, del mismo modo que los que, en la
campiña de Verona, disputan a la carrera el palio verde, pareciéndose en el
correr a los que vencen y no a los vencidos.
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CANTO DECIMOSEXTO
NCONTRABAME ya en un sitio donde se oía el rimbombar
del agua que caía en el otro recinto, rumor semejante al
zumbido que producen las abejas en sus colmenas, cuando a
un tiempo y corriendo se separaron tres sombras de entre una
multitud que pasaba sobre la lluvia del áspero martirio.
Vinieron hacia nosotros, gritando cada cual: "Detente, tú,
que, a juzgar por tus vestidos, eres hijo de nuestra depravada
tierra." ¡Ah!, ¡qué de llagas antiguas y recientes vi en sus miembros,
producidas por las llamas! Su recuerdo me contrista todavía. A sus gritos se
detuvo mi Maestro; volvió el rostro hacia mí, y me dijo:
—Espera aquí si quieres ser cortés con esos; aunque si no fuese por el fuego
que lanza sus rayos sobre este lugar, te diría que, mejor que a ellos la prisa
de venir, te estaría a ti la de correr a su encuentro.
Las sombras volvieron de nuevo a sus exclamaciones luego que nos
detuvimos, y cuando llegaron adonde estábamos, empezaron las tres a dar
vueltas formando un círculo. Y como solían hacer los gladiadores desnudos
y untados de aceite, que antes de venir a las manos buscaba cada cual la
oportunidad de lanzarse con ventaja sobre su contrario, del mismo modo
NCONTRABAME ya en un sitio donde se oía el rimbombar
del agua que caía en el otro recinto, rumor semejante al
zumbido que producen las abejas en sus colmenas, cuando a
un tiempo y corriendo se separaron tres sombras de entre una
multitud que pasaba sobre la lluvia del áspero martirio.
Vinieron hacia nosotros, gritando cada cual: "Detente, tú,
que, a juzgar por tus vestidos, eres hijo de nuestra depravada
tierra." ¡Ah!, ¡qué de llagas antiguas y recientes vi en sus miembros,
producidas por las llamas! Su recuerdo me contrista todavía. A sus gritos se
detuvo mi Maestro; volvió el rostro hacia mí, y me dijo:
—Espera aquí si quieres ser cortés con esos; aunque si no fuese por el fuego
que lanza sus rayos sobre este lugar, te diría que, mejor que a ellos la prisa
de venir, te estaría a ti la de correr a su encuentro.
Las sombras volvieron de nuevo a sus exclamaciones luego que nos
detuvimos, y cuando llegaron adonde estábamos, empezaron las tres a dar
vueltas formando un círculo. Y como solían hacer los gladiadores desnudos
y untados de aceite, que antes de venir a las manos buscaba cada cual la
oportunidad de lanzarse con ventaja sobre su contrario, del mismo modo
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cada una de aquellas sombras dirigía su rostro hacia mí, girando sin cesar,
de suerte que tenían vuelto el cuello en distinta dirección de la que seguían
sus pies.
—Aunque la miseria de este suelo movedizo y nuestro llagado y sucio
aspecto haga que nosotros y nuestros ruegos seamos despreciables,
comenzó a decir una de ellas, nuestra fama debe incitar a tu corazón a
decirnos quién eres tú, que sientas con tal seguridad los pies vivos en el
Infierno. Este que ves tan desnudo y destrozado, y cuyas huellas voy
siguiendo, fué de un rango mucho más elevado de lo que te figuras. Nieto
fué de la púdica Gualdrata,[17] se llamó Guido Guerra, y durante su vida
hizo tanto con su talento, como con su espada: el otro, que tras de mí
oprime la arena, es Tegghiaio Aldobrandi, cuya voz debería ser agradecida
en el mundo; y yo, que sufro el mismo tormento que ellos, fuí Jacobo
Rusticucci, y por cierto que nadie me causó más daño que mi fiera mujer.
Si hubiese podido estar al abrigo del fuego, me habría lanzado hacia los de
abajo, y creo que mi Maestro lo hubiera tolerado; pero como estaba
expuesto a abrasarme y cocerme, el miedo venció la buena intención que
me impelía a abrazarlos. Así les dije:
—Vuestra situación no me ha inspirado desprecio, sino un dolor que tardará
en desaparecer; esto es lo que he sentido desde el momento que mi Señor
me dijo algunas palabras, por las cuales comprendí que era gente de vuestra
calidad la que hacia nosotros venía. De vuestra tierra soy; y siempre he
retenido y escuchado con gusto vuestros actos y vuestros honrados
nombres. Dejo las amarguras, y voy en busca de los sabrosos frutos que me
ha prometido mi sincero Guía; pero antes me es preciso bajar hasta el
centro.
—Así tu alma permanezca unida a tus miembros por mucho tiempo—
repuso aquél—, y así también resplandezca tu fama después de la muerte,
ruégote nos digas si la gentileza y el valor habitan aún en nuestra ciudad,
como solían, o si se han desterrado por completo; porque Guillermo
Borsiere, que gime hace poco tiempo entre nosotros, y va allí con los demás
compañeros, nos atormenta con sus relatos.
—¡Los advenedizos y las rápidas fortunas han engendrado en ti, Florencia,
tanto orgullo e inmoderación, que tú misma te lamentas ya por esa causa!
de suerte que tenían vuelto el cuello en distinta dirección de la que seguían
sus pies.
—Aunque la miseria de este suelo movedizo y nuestro llagado y sucio
aspecto haga que nosotros y nuestros ruegos seamos despreciables,
comenzó a decir una de ellas, nuestra fama debe incitar a tu corazón a
decirnos quién eres tú, que sientas con tal seguridad los pies vivos en el
Infierno. Este que ves tan desnudo y destrozado, y cuyas huellas voy
siguiendo, fué de un rango mucho más elevado de lo que te figuras. Nieto
fué de la púdica Gualdrata,[17] se llamó Guido Guerra, y durante su vida
hizo tanto con su talento, como con su espada: el otro, que tras de mí
oprime la arena, es Tegghiaio Aldobrandi, cuya voz debería ser agradecida
en el mundo; y yo, que sufro el mismo tormento que ellos, fuí Jacobo
Rusticucci, y por cierto que nadie me causó más daño que mi fiera mujer.
Si hubiese podido estar al abrigo del fuego, me habría lanzado hacia los de
abajo, y creo que mi Maestro lo hubiera tolerado; pero como estaba
expuesto a abrasarme y cocerme, el miedo venció la buena intención que
me impelía a abrazarlos. Así les dije:
—Vuestra situación no me ha inspirado desprecio, sino un dolor que tardará
en desaparecer; esto es lo que he sentido desde el momento que mi Señor
me dijo algunas palabras, por las cuales comprendí que era gente de vuestra
calidad la que hacia nosotros venía. De vuestra tierra soy; y siempre he
retenido y escuchado con gusto vuestros actos y vuestros honrados
nombres. Dejo las amarguras, y voy en busca de los sabrosos frutos que me
ha prometido mi sincero Guía; pero antes me es preciso bajar hasta el
centro.
—Así tu alma permanezca unida a tus miembros por mucho tiempo—
repuso aquél—, y así también resplandezca tu fama después de la muerte,
ruégote nos digas si la gentileza y el valor habitan aún en nuestra ciudad,
como solían, o si se han desterrado por completo; porque Guillermo
Borsiere, que gime hace poco tiempo entre nosotros, y va allí con los demás
compañeros, nos atormenta con sus relatos.
—¡Los advenedizos y las rápidas fortunas han engendrado en ti, Florencia,
tanto orgullo e inmoderación, que tú misma te lamentas ya por esa causa!
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Así exclamé con el rostro levantado; y las tres sombras, oyendo esta
respuesta, se miraron mutuamente, como cuando se oyen cosas que se
tienen por verdaderas.
—¡Si tan poco te cuesta en otras ocasiones satisfacer las preguntas de
cualquiera—respondieron todos—, dichoso tú que dices lo que sientes!
Mas, si sales de estos lugares, obscuros, y vuelves a ver las hermosas
estrellas, cuando te plazca decir: "Estuve allí," haz que los hombres hablen
de nosotros.
En seguida rompieron el círculo, y huyeron tan de prisa, que sus piernas
parecían alas. No podría decirse "amén" tan pronto como ellos
desaparecieron: por lo cual mi Maestro determinó que nos fuésemos. Yo le
seguía, y a los pocos pasos advertí que el ruido del agua estaba tan próximo,
que aun hablando alto apenas nos hubieran oído. Como aquel río que sigue
su propio curso desde el monte Veso hacia levante por la izquierda del
Apenino, el cual se llama Acquacheta antes de precipitarse en un lecho más
bajo, y perdiendo este nombre en Forli, y formando después una cascada,
ruge sobre San Benedetto en los Alpes, donde un millar de hombres debiera
hallar su retiro, así en la parte inferior de una roca escarpada, oímos resonar
tan fuertemente aquella agua teñida de sangre, que me habría hecho
ensordecer en poco tiempo. Tenía yo una cuerda ceñida al cuerpo, con la
cual había esperado apoderarme de la pantera de pintada piel: cuando me la
desaté, según me lo había ordenado mi Guía, se la presenté arrollada y
replegada: entonces se volvió hacia la derecha, y desde una distancia
considerable de la orilla, la arrojó en aquel abismo profundo. "Preciso es,
decía yo entre mí, que alguna novedad responda a esa nueva señal, cuyo
efecto espera con tanta atención mi Maestro." ¡Oh!; ¡qué circunspectos
deberían ser los hombres ante los que, no solamente ven sus actos, sino que,
con la inteligencia, leen en el fondo de su pensamiento! Mi Guía me dijo:
—Pronto vendrá de arriba lo que espero, y pronto también es preciso que
descubran tus ojos lo que tu pensamiento no ve con claridad.
El hombre debe, siempre que pueda, cerrar sus labios antes de decir una
verdad, que tenga visos de mentira; porque se expone a avergonzarse sin
tener culpa. Pero ahora no puedo callarme, y te juro, ¡oh lector!, por los
versos de esta comedia, a la que deseo la mayor aceptación, que vi venir
respuesta, se miraron mutuamente, como cuando se oyen cosas que se
tienen por verdaderas.
—¡Si tan poco te cuesta en otras ocasiones satisfacer las preguntas de
cualquiera—respondieron todos—, dichoso tú que dices lo que sientes!
Mas, si sales de estos lugares, obscuros, y vuelves a ver las hermosas
estrellas, cuando te plazca decir: "Estuve allí," haz que los hombres hablen
de nosotros.
En seguida rompieron el círculo, y huyeron tan de prisa, que sus piernas
parecían alas. No podría decirse "amén" tan pronto como ellos
desaparecieron: por lo cual mi Maestro determinó que nos fuésemos. Yo le
seguía, y a los pocos pasos advertí que el ruido del agua estaba tan próximo,
que aun hablando alto apenas nos hubieran oído. Como aquel río que sigue
su propio curso desde el monte Veso hacia levante por la izquierda del
Apenino, el cual se llama Acquacheta antes de precipitarse en un lecho más
bajo, y perdiendo este nombre en Forli, y formando después una cascada,
ruge sobre San Benedetto en los Alpes, donde un millar de hombres debiera
hallar su retiro, así en la parte inferior de una roca escarpada, oímos resonar
tan fuertemente aquella agua teñida de sangre, que me habría hecho
ensordecer en poco tiempo. Tenía yo una cuerda ceñida al cuerpo, con la
cual había esperado apoderarme de la pantera de pintada piel: cuando me la
desaté, según me lo había ordenado mi Guía, se la presenté arrollada y
replegada: entonces se volvió hacia la derecha, y desde una distancia
considerable de la orilla, la arrojó en aquel abismo profundo. "Preciso es,
decía yo entre mí, que alguna novedad responda a esa nueva señal, cuyo
efecto espera con tanta atención mi Maestro." ¡Oh!; ¡qué circunspectos
deberían ser los hombres ante los que, no solamente ven sus actos, sino que,
con la inteligencia, leen en el fondo de su pensamiento! Mi Guía me dijo:
—Pronto vendrá de arriba lo que espero, y pronto también es preciso que
descubran tus ojos lo que tu pensamiento no ve con claridad.
El hombre debe, siempre que pueda, cerrar sus labios antes de decir una
verdad, que tenga visos de mentira; porque se expone a avergonzarse sin
tener culpa. Pero ahora no puedo callarme, y te juro, ¡oh lector!, por los
versos de esta comedia, a la que deseo la mayor aceptación, que vi venir
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nadando por el aire denso y obscuro una figura, que causaría espanto al
corazón más entero; la cual se asemejaba al buzo que vuelve del fondo
adonde bajó acaso a desprender el ancla que está afianzada a un escollo, u
otro cualquier objeto escondido en el mar, y que extiende hacia arriba los
brazos, al mismo tiempo que encoge sus piernas.
corazón más entero; la cual se asemejaba al buzo que vuelve del fondo
adonde bajó acaso a desprender el ancla que está afianzada a un escollo, u
otro cualquier objeto escondido en el mar, y que extiende hacia arriba los
brazos, al mismo tiempo que encoge sus piernas.
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CANTO DECIMOSEPTIMO
E ahí la fiera de aguzada cola, que traspasa las montañas, y
rompe los muros y las armas: he ahí la que corrompe al
mundo entero.
Así empezó a hablarme mi Maestro, e hizo a aquélla una
seña, indicándole que se dirigiera hacia la margen de piedra
donde nos encontrábamos. Y aquella inmunda imagen del
fraude, llegó a nosotros, y adelantó la cabeza y el cuerpo, pero no puso la
cola sobre la orilla. Su rostro era el de un varón justo, tan bondadosa era su
apariencia exterior, y el resto del cuerpo el de una serpiente. Tenía dos
garras llenas de vello hasta los sobacos, y la espalda, el pecho y los
costados salpicados de tal modo de lazos y escudos, que no ha habido tela
turca ni tártara tan rica en colores, no pudiendo compararse tampoco a
aquéllos los de las telas de Aracnea. Como se ven muchas veces las barcas
en la orilla, mitad en el agua y mitad en tierra, o como en el país de los
glotones tudescos el castor se prepara a hacer la guerra a los peces, así la
detestable fiera se mantenía sobre el cerco de piedra que circunda la arenosa
llanura, agitando su cola en el vacío, y levantando el venenoso dardo de que
tenía armada su extremidad, como la de un escorpión. Mi Guía me dijo:
E ahí la fiera de aguzada cola, que traspasa las montañas, y
rompe los muros y las armas: he ahí la que corrompe al
mundo entero.
Así empezó a hablarme mi Maestro, e hizo a aquélla una
seña, indicándole que se dirigiera hacia la margen de piedra
donde nos encontrábamos. Y aquella inmunda imagen del
fraude, llegó a nosotros, y adelantó la cabeza y el cuerpo, pero no puso la
cola sobre la orilla. Su rostro era el de un varón justo, tan bondadosa era su
apariencia exterior, y el resto del cuerpo el de una serpiente. Tenía dos
garras llenas de vello hasta los sobacos, y la espalda, el pecho y los
costados salpicados de tal modo de lazos y escudos, que no ha habido tela
turca ni tártara tan rica en colores, no pudiendo compararse tampoco a
aquéllos los de las telas de Aracnea. Como se ven muchas veces las barcas
en la orilla, mitad en el agua y mitad en tierra, o como en el país de los
glotones tudescos el castor se prepara a hacer la guerra a los peces, así la
detestable fiera se mantenía sobre el cerco de piedra que circunda la arenosa
llanura, agitando su cola en el vacío, y levantando el venenoso dardo de que
tenía armada su extremidad, como la de un escorpión. Mi Guía me dijo:
Page 85
—Ahora conviene que dirijamos nuestros pasos hacia la perversa fiera que
allí está tendida.
Por lo cual descendimos por la derecha, y dimos diez pasos sobre la
extremidad del margen, procurando evitar la arena abrasada y las llamas:
cuando llegamos donde la fiera se encontraba, vi a corta distancia sobre la
arena mucha gente sentada al borde del abismo. Allí me dijo mi Maestro:
—A fin de que adquieras una completa experiencia de lo que es este
recinto, anda y examina la condición de aquellas almas, pero que sea corta
tu conferencia. Mientras vuelves, hablaré con esta fiera, para que nos preste
sus fuertes espaldas.
Continué, pues, andando solo hasta el extremo del séptimo círculo, donde
gemían aquellos desgraciados. El dolor brotaba de sus ojos, mientras acá y
allá se defendían con las manos, ya de las pavesas, ya de la candente arena,
como los perros, en el estío, rechazan con las patas o con el hocico las
pulgas, moscas o tábanos, que les molestan. Mirando atentamente el rostro
de muchos de aquellos a quienes azota el doloroso fuego, no conocí a
ninguno; pero observé que del cuello de cada cual pendía una bolsa de
cierto color, marcada con un signo, en cuya contemplación parecían
deleitarse sus miradas. Aproximándome más para examinar mejor, vi en una
bolsa amarilla una figura azul, que tenía toda la apariencia de un león.
Después, prosiguiendo el curso de mis observaciones, vi otra, roja como la
sangre, que ostentaba una oca más blanca que la leche. Uno de ellos, en
cuya bolsa blanca figuraba una puerca preñada, de color azul, me dijo:
—¿Qué haces en esta fosa? Véte; y puesto que aún vives, sabe que mi
vecino Vitaliano debe sentarse aquí a mi izquierda. Yo soy paduano, en
medio de estos florentinos, que muchas veces me atruenan los oídos
gritando: "Venga el caballero soberano, que llevará la bolsa con los tres
picos."
Después torció la boca, y sacó la lengua como el buey que se lame las
narices. Y yo, temiendo que mi tardanza incomodase a aquél que me había
encargado que estuviera allí poco tiempo, volví la espalda a tan miserables
almas. Encontré a mi Guía, que había saltado ya sobre la grupa del feroz
animal, y me dijo:
allí está tendida.
Por lo cual descendimos por la derecha, y dimos diez pasos sobre la
extremidad del margen, procurando evitar la arena abrasada y las llamas:
cuando llegamos donde la fiera se encontraba, vi a corta distancia sobre la
arena mucha gente sentada al borde del abismo. Allí me dijo mi Maestro:
—A fin de que adquieras una completa experiencia de lo que es este
recinto, anda y examina la condición de aquellas almas, pero que sea corta
tu conferencia. Mientras vuelves, hablaré con esta fiera, para que nos preste
sus fuertes espaldas.
Continué, pues, andando solo hasta el extremo del séptimo círculo, donde
gemían aquellos desgraciados. El dolor brotaba de sus ojos, mientras acá y
allá se defendían con las manos, ya de las pavesas, ya de la candente arena,
como los perros, en el estío, rechazan con las patas o con el hocico las
pulgas, moscas o tábanos, que les molestan. Mirando atentamente el rostro
de muchos de aquellos a quienes azota el doloroso fuego, no conocí a
ninguno; pero observé que del cuello de cada cual pendía una bolsa de
cierto color, marcada con un signo, en cuya contemplación parecían
deleitarse sus miradas. Aproximándome más para examinar mejor, vi en una
bolsa amarilla una figura azul, que tenía toda la apariencia de un león.
Después, prosiguiendo el curso de mis observaciones, vi otra, roja como la
sangre, que ostentaba una oca más blanca que la leche. Uno de ellos, en
cuya bolsa blanca figuraba una puerca preñada, de color azul, me dijo:
—¿Qué haces en esta fosa? Véte; y puesto que aún vives, sabe que mi
vecino Vitaliano debe sentarse aquí a mi izquierda. Yo soy paduano, en
medio de estos florentinos, que muchas veces me atruenan los oídos
gritando: "Venga el caballero soberano, que llevará la bolsa con los tres
picos."
Después torció la boca, y sacó la lengua como el buey que se lame las
narices. Y yo, temiendo que mi tardanza incomodase a aquél que me había
encargado que estuviera allí poco tiempo, volví la espalda a tan miserables
almas. Encontré a mi Guía, que había saltado ya sobre la grupa del feroz
animal, y me dijo:
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—Ahora sé fuerte y atrevido. Por aquí no se baja sino por escaleras de esta
clase: monta delante; quiero quedarme entre ti y la cola, a fin de que ésta no
pueda hacerte daño alguno.
Al oír estas palabras, me quedé como aquel que, presintiendo el frío de la
cuartana, tiene ya las uñas pálidas, y tiembla con todo su cuerpo tan sólo al
mirar la sombra; pero su sentido amenazador me produjo la vergüenza que
da ánimo a un servidor delante de un buen amo. Me coloqué sobre las
anchas espaldas de la fiera, y quise decir: "Ten cuidado de sostenerme;"
pero, contra lo que esperaba, me faltó la voz; si bien él, que ya
anteriormente me había socorrido en todos los peligros, apenas monté, me
estrechó y me sostuvo entre sus brazos. Después dijo:
—Gerión, ponte ya en marcha, trazando anchos círculos y descendiendo
lentamente: piensa en la nueva carga que llevas.
Aquel animal fué retrocediendo como la barca que se aleja de la orilla, y
cuando sintió todos sus movimientos en libertad, revolvió la cola hacia
donde antes tenía el pecho, y extendiéndola, la agitó como una anguila,
atrayéndose el aire con las garras. No creo que Faetón tuviera tanto miedo,
cuando abandonó las riendas, por lo cual se abrasó el cielo, como se puede
ver todavía; ni el desgraciado Icaro, cuando, derritiéndose la cera, sintió que
las alas se desprendían de su cintura, al mismo tiempo que su padre le
gritaba: "Mal camino llevas," como el que yo sentí, al verme en el aire por
toda partes, y alejado de mi vista todo, excepto la fiera. Esta empezó a
marchar, nadando lentamente, girando y descendiendo; pero yo no podía
apercibirme más que del viento que sentía en mi rostro y en la parte inferior
de mi cuerpo. Empecé a oír hacia la derecha el horrible estrépito que
producían las aguas en el abismo; por lo cual incliné la cabeza y dirigí mis
miradas hacia abajo, causándome un gran miedo aquel precipicio; porque vi
llamas y percibí lamentos, que me obligaron a encogerme tembloroso.
Entonces observé, pues no lo había reparado antes, que descendíamos
dando vueltas, como me lo hizo notar la proximidad de los grandes dolores,
amontonados por doquier en torno nuestro. Como el halcón, que ha
permanecido volando largo tiempo sin ver reclamo ni pájaro alguno, hace
exclamar al halconero: "¡Eh! ¿Ya bajas?," y efectivamente desciende
cansado de las alturas donde trazaba cien rápidos círculos, posándose lejos
del que lo amaestró, desdeñoso e iracundo, así nos dejó Gerión en el fondo
clase: monta delante; quiero quedarme entre ti y la cola, a fin de que ésta no
pueda hacerte daño alguno.
Al oír estas palabras, me quedé como aquel que, presintiendo el frío de la
cuartana, tiene ya las uñas pálidas, y tiembla con todo su cuerpo tan sólo al
mirar la sombra; pero su sentido amenazador me produjo la vergüenza que
da ánimo a un servidor delante de un buen amo. Me coloqué sobre las
anchas espaldas de la fiera, y quise decir: "Ten cuidado de sostenerme;"
pero, contra lo que esperaba, me faltó la voz; si bien él, que ya
anteriormente me había socorrido en todos los peligros, apenas monté, me
estrechó y me sostuvo entre sus brazos. Después dijo:
—Gerión, ponte ya en marcha, trazando anchos círculos y descendiendo
lentamente: piensa en la nueva carga que llevas.
Aquel animal fué retrocediendo como la barca que se aleja de la orilla, y
cuando sintió todos sus movimientos en libertad, revolvió la cola hacia
donde antes tenía el pecho, y extendiéndola, la agitó como una anguila,
atrayéndose el aire con las garras. No creo que Faetón tuviera tanto miedo,
cuando abandonó las riendas, por lo cual se abrasó el cielo, como se puede
ver todavía; ni el desgraciado Icaro, cuando, derritiéndose la cera, sintió que
las alas se desprendían de su cintura, al mismo tiempo que su padre le
gritaba: "Mal camino llevas," como el que yo sentí, al verme en el aire por
toda partes, y alejado de mi vista todo, excepto la fiera. Esta empezó a
marchar, nadando lentamente, girando y descendiendo; pero yo no podía
apercibirme más que del viento que sentía en mi rostro y en la parte inferior
de mi cuerpo. Empecé a oír hacia la derecha el horrible estrépito que
producían las aguas en el abismo; por lo cual incliné la cabeza y dirigí mis
miradas hacia abajo, causándome un gran miedo aquel precipicio; porque vi
llamas y percibí lamentos, que me obligaron a encogerme tembloroso.
Entonces observé, pues no lo había reparado antes, que descendíamos
dando vueltas, como me lo hizo notar la proximidad de los grandes dolores,
amontonados por doquier en torno nuestro. Como el halcón, que ha
permanecido volando largo tiempo sin ver reclamo ni pájaro alguno, hace
exclamar al halconero: "¡Eh! ¿Ya bajas?," y efectivamente desciende
cansado de las alturas donde trazaba cien rápidos círculos, posándose lejos
del que lo amaestró, desdeñoso e iracundo, así nos dejó Gerión en el fondo
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del abismo, al pie de una desmoronada roca; y libre de nuestras personas, se
alejó como la saeta despedida por la cuerda.
alejó como la saeta despedida por la cuerda.
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CANTO DECIMOOCTAVO
AY un lugar en el Infierno, llamado Malebolge,[18]
construído todo de piedra y de color ferruginoso, como la
cerca que lo rodea. En el centro mismo de aquella funesta
planicie se abre un pozo bastante ancho y profundo, de cuya
estructura me ocuparé en su lugar. El espacio que queda
entre el pozo y el pie de la dura cerca es redondo, y está
dividido en diez valles, o recintos cerrados, semejantes a los
numerosos fosos que rodean a un castillo para defensa de las murallas; y así
como estos fosos tienen puentes que van desde el umbral de la puerta a su
otro extremo, del mismo modo aquí avanzaban desde la base de la montaña
algunas rocas, que atravesando las márgenes y los fosos, llegaban hasta el
pozo central, y allí se reunían quedando truncadas. Tal era el sitio donde nos
encontramos cuando descendimos de la grupa de Gerión: el Poeta echó a
andar hacia la izquierda, y yo seguí tras él. A mi derecha vi nuevas causas
de conmiseración, nuevos tormentos y nuevos burladores, que llenaban la
primera fosa. En el fondo estaban desnudos los pecadores; los del centro
acá venían de frente a nosotros; y los de esta parte afuera seguían nuestra
misma dirección, pero con paso más veloz. Como en el año del Jubileo, a
causa de la afluencia de gente que atraviesa el puente de San Angelo, los
AY un lugar en el Infierno, llamado Malebolge,[18]
construído todo de piedra y de color ferruginoso, como la
cerca que lo rodea. En el centro mismo de aquella funesta
planicie se abre un pozo bastante ancho y profundo, de cuya
estructura me ocuparé en su lugar. El espacio que queda
entre el pozo y el pie de la dura cerca es redondo, y está
dividido en diez valles, o recintos cerrados, semejantes a los
numerosos fosos que rodean a un castillo para defensa de las murallas; y así
como estos fosos tienen puentes que van desde el umbral de la puerta a su
otro extremo, del mismo modo aquí avanzaban desde la base de la montaña
algunas rocas, que atravesando las márgenes y los fosos, llegaban hasta el
pozo central, y allí se reunían quedando truncadas. Tal era el sitio donde nos
encontramos cuando descendimos de la grupa de Gerión: el Poeta echó a
andar hacia la izquierda, y yo seguí tras él. A mi derecha vi nuevas causas
de conmiseración, nuevos tormentos y nuevos burladores, que llenaban la
primera fosa. En el fondo estaban desnudos los pecadores; los del centro
acá venían de frente a nosotros; y los de esta parte afuera seguían nuestra
misma dirección, pero con paso más veloz. Como en el año del Jubileo, a
causa de la afluencia de gente que atraviesa el puente de San Angelo, los
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romanos han determinado que todos los que se dirijan al castillo y vayan
hacia San Pedro pasen por un lado, y por el otro los que van hacia el monte,
así vi, por uno y otro lado de la negra roca, cornudos demonios con grandes
látigos, que azotaban cruelmente las espaldas de los condenados. ¡Oh!
¡Cómo les hacían mover las piernas al primer golpe! Ninguno aguardaba el
segundo ni el tercero. Mientras yo andaba, mis ojos se encontraron con los
de un pecador, y dije en seguida: "No es la primera vez que veo a ése." Por
lo que me detuve a observarlo mejor: mi dulce Guía se detuvo al mismo
tiempo, y aun me permitió retroceder un tanto. El azotado creyó ocultarse
bajando la cabeza; mas le sirvió de poco, pues le dije:
—Tú, que fijas los ojos en el suelo, si no son falsas las facciones que llevas,
eres Venedico Caccianimico. Pero ¿qué es lo que te ha traído a tan picantes
salsas?
A lo que me contestó:
—Lo digo con repugnancia; pero cedo a tu claro lenguaje, que me hace
recordar el mundo de otro tiempo. Yo fuí aquel que obligó a la bella Ghisola
a satisfacer los deseos del Marqués, cuéntese como se quiera la tal historia.
Y no soy el único boloñés que llora aquí; antes bien este sitio está tan lleno
de ellos, que no hay en el día entre el Savena y el Reno tantas lenguas que
digan "sipa,"[19] como en esta fosa; y si quieres una prueba de lo que te
digo, recuerda nuestra codicia notoria.
Mientras así hablaba, un demonio le pegó un latigazo, diciéndole: "Anda,
rufián; que aquí no hay mujeres que se vendan."
Me reuní a mi Guía; y a los pocos pasos llegamos a un punto de donde salía
una roca de la montaña. Subimos por ella ligeramente, y volviendo a la
derecha sobre su áspero dorso, salimos de aquel eterno recinto. Luego que
llegamos al sitio en que aquel peñasco se ahueca por debajo a modo de
puente, para dar paso a los condenados, mi Guía me dijo:
—Detente, y haz que en ti se fijen las miradas de esos otros malnacidos,
cuyos rostros no has visto aún, porque han caminado hasta ahora en nuestra
misma dirección.
hacia San Pedro pasen por un lado, y por el otro los que van hacia el monte,
así vi, por uno y otro lado de la negra roca, cornudos demonios con grandes
látigos, que azotaban cruelmente las espaldas de los condenados. ¡Oh!
¡Cómo les hacían mover las piernas al primer golpe! Ninguno aguardaba el
segundo ni el tercero. Mientras yo andaba, mis ojos se encontraron con los
de un pecador, y dije en seguida: "No es la primera vez que veo a ése." Por
lo que me detuve a observarlo mejor: mi dulce Guía se detuvo al mismo
tiempo, y aun me permitió retroceder un tanto. El azotado creyó ocultarse
bajando la cabeza; mas le sirvió de poco, pues le dije:
—Tú, que fijas los ojos en el suelo, si no son falsas las facciones que llevas,
eres Venedico Caccianimico. Pero ¿qué es lo que te ha traído a tan picantes
salsas?
A lo que me contestó:
—Lo digo con repugnancia; pero cedo a tu claro lenguaje, que me hace
recordar el mundo de otro tiempo. Yo fuí aquel que obligó a la bella Ghisola
a satisfacer los deseos del Marqués, cuéntese como se quiera la tal historia.
Y no soy el único boloñés que llora aquí; antes bien este sitio está tan lleno
de ellos, que no hay en el día entre el Savena y el Reno tantas lenguas que
digan "sipa,"[19] como en esta fosa; y si quieres una prueba de lo que te
digo, recuerda nuestra codicia notoria.
Mientras así hablaba, un demonio le pegó un latigazo, diciéndole: "Anda,
rufián; que aquí no hay mujeres que se vendan."
Me reuní a mi Guía; y a los pocos pasos llegamos a un punto de donde salía
una roca de la montaña. Subimos por ella ligeramente, y volviendo a la
derecha sobre su áspero dorso, salimos de aquel eterno recinto. Luego que
llegamos al sitio en que aquel peñasco se ahueca por debajo a modo de
puente, para dar paso a los condenados, mi Guía me dijo:
—Detente, y haz que en ti se fijen las miradas de esos otros malnacidos,
cuyos rostros no has visto aún, porque han caminado hasta ahora en nuestra
misma dirección.
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Desde el vetusto puente contemplamos la larga fila que hacia nosotros venía
por la otra parte, y que era igualmente castigada por el látigo. El buen
Maestro me dijo, sin que yo le preguntara nada:
—Mira esa gran sombra que se acerca, y que, a pesar de su dolor, no parece
derramar ninguna lágrima. ¡Qué aspecto tan majestuoso conserva aún! Ese
es Jasón, que con su valor y su destreza robó en Cólquide el vellocino de
oro. Pasó por la isla de Lemnos, después que las audaces y crueles mujeres
de aquella isla dieron muerte a todos los habitantes varones; y allí, con sus
artificios y sus halagüeñas palabras, engañó a la joven Hisipila, que antes
había engañado a todas sus compañeras, y la dejó encinta y abandonada;
por tal culpa está condenado a tal martirio, que es también la venganza de
Medea. Con él van todos los que han cometido igual clase de engaños:
bástete, pues, saber esto de la primera fosa, y de los que en ella son
atormentados.
Nos encontrábamos ya en el punto donde el estrecho sendero se cruza con
el segundo margen, que sirve de apoyo para otro arco. Allí vimos a los que
se anidan en una nueva fosa, dando resoplidos con sus narices y
golpeándose con sus propias manos. Las orillas estaban incrustadas de
moho, producido por las emanaciones de abajo, que allí se condensan,
ofendiendo a la vista y al olfato. La fosa es tan profunda, que no se puede
ver el fondo, sino mirando desde la parte más alta del arco, que lo domina
perpendicularmente. Allí nos pusimos, y desde aquel punto vimos en el foso
unas gentes sumergidas en un estiércol, que parecía salir de las letrinas
humanas; y mientras tenía la vista fija allí dentro, vi uno con la cabeza tan
sucia de excremento, que no podía saber si era clérigo o seglar. Aquella
cabeza me dijo:
—¿Por qué te muestras tan ávido de mirarme a mí, con preferencia a los
otros que están tan sucios como yo?
Le respondí:
—Porque, si mal no recuerdo, te he visto otra vez con los cabellos enjutos,
y tú eres Alejo Interminelli de Luca; por eso te miro más que a todos los
otros.
Entonces, él, golpeándose la calabaza, exclamó:
por la otra parte, y que era igualmente castigada por el látigo. El buen
Maestro me dijo, sin que yo le preguntara nada:
—Mira esa gran sombra que se acerca, y que, a pesar de su dolor, no parece
derramar ninguna lágrima. ¡Qué aspecto tan majestuoso conserva aún! Ese
es Jasón, que con su valor y su destreza robó en Cólquide el vellocino de
oro. Pasó por la isla de Lemnos, después que las audaces y crueles mujeres
de aquella isla dieron muerte a todos los habitantes varones; y allí, con sus
artificios y sus halagüeñas palabras, engañó a la joven Hisipila, que antes
había engañado a todas sus compañeras, y la dejó encinta y abandonada;
por tal culpa está condenado a tal martirio, que es también la venganza de
Medea. Con él van todos los que han cometido igual clase de engaños:
bástete, pues, saber esto de la primera fosa, y de los que en ella son
atormentados.
Nos encontrábamos ya en el punto donde el estrecho sendero se cruza con
el segundo margen, que sirve de apoyo para otro arco. Allí vimos a los que
se anidan en una nueva fosa, dando resoplidos con sus narices y
golpeándose con sus propias manos. Las orillas estaban incrustadas de
moho, producido por las emanaciones de abajo, que allí se condensan,
ofendiendo a la vista y al olfato. La fosa es tan profunda, que no se puede
ver el fondo, sino mirando desde la parte más alta del arco, que lo domina
perpendicularmente. Allí nos pusimos, y desde aquel punto vimos en el foso
unas gentes sumergidas en un estiércol, que parecía salir de las letrinas
humanas; y mientras tenía la vista fija allí dentro, vi uno con la cabeza tan
sucia de excremento, que no podía saber si era clérigo o seglar. Aquella
cabeza me dijo:
—¿Por qué te muestras tan ávido de mirarme a mí, con preferencia a los
otros que están tan sucios como yo?
Le respondí:
—Porque, si mal no recuerdo, te he visto otra vez con los cabellos enjutos,
y tú eres Alejo Interminelli de Luca; por eso te miro más que a todos los
otros.
Entonces, él, golpeándose la calabaza, exclamó:
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—Aquí me han sumergido las lisonjas que no se cansó de prodigar mi
lengua.
Después de esto, mi Guía me dijo:
—Procura adelantar un poco la cabeza, a fin de que tus miradas alcancen
las facciones de aquella sucia esclava desmelenada, que se desgarra las
carnes con sus uñas llenas de inmundicia, y que tan pronto se encoge como
se estira. Esa es Thais, la prostituta, que cuando su amante le preguntó:
"¿Tengo grandes méritos a tus ojos?," ella le contestó: "Sí, maravillosos." Y
con esto queden saciadas nuestras miradas.
lengua.
Después de esto, mi Guía me dijo:
—Procura adelantar un poco la cabeza, a fin de que tus miradas alcancen
las facciones de aquella sucia esclava desmelenada, que se desgarra las
carnes con sus uñas llenas de inmundicia, y que tan pronto se encoge como
se estira. Esa es Thais, la prostituta, que cuando su amante le preguntó:
"¿Tengo grandes méritos a tus ojos?," ella le contestó: "Sí, maravillosos." Y
con esto queden saciadas nuestras miradas.
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CANTO DECIMONONO
H Simón el mago! ¡Oh miserables sectarios suyos, almas
rapaces, que prostituís a cambio de oro y plata las cosas de
Dios, que deben ser las esposas de la virtud! Ahora resonará
la trompa para vosotros, puesto que os encontráis en la
tercera fosa.
Estábamos ya junto a ésta, subidos en aquella parte del
escollo que cae justamente sobre su centro. ¡Oh suma Sabiduría! ¡Cuán
grande es el arte que demuestras en el cielo, en la tierra y en el mundo
maldito, y con cuánta equidad se reparte tu virtud! Vi en los lados y en el
fondo la piedra lívida llena de pozuelos, todos redondos y de igual tamaño,
los cuales me parecieron ni más ni menos anchos que los que hay en mi
hermoso San Juan para servir de pilas bautismales; uno de éstos rompí yo
no ha muchos años, por salvar a un niño que dentro de él se ahogaba; y
baste lo que digo, para desengañar a todos.[20] Fuera de la boca de cada uno
de aquellos pozuelos salían los pies y las piernas de un pecador, hasta el
muslo, quedando dentro el resto del cuerpo. Ambos pies estaban
encendidos, por cuya razón se agitaban tan fuertemente sus coyunturas, que
hubieran roto sogas y cuerdas. Del mismo modo que la llama suele recorrer
H Simón el mago! ¡Oh miserables sectarios suyos, almas
rapaces, que prostituís a cambio de oro y plata las cosas de
Dios, que deben ser las esposas de la virtud! Ahora resonará
la trompa para vosotros, puesto que os encontráis en la
tercera fosa.
Estábamos ya junto a ésta, subidos en aquella parte del
escollo que cae justamente sobre su centro. ¡Oh suma Sabiduría! ¡Cuán
grande es el arte que demuestras en el cielo, en la tierra y en el mundo
maldito, y con cuánta equidad se reparte tu virtud! Vi en los lados y en el
fondo la piedra lívida llena de pozuelos, todos redondos y de igual tamaño,
los cuales me parecieron ni más ni menos anchos que los que hay en mi
hermoso San Juan para servir de pilas bautismales; uno de éstos rompí yo
no ha muchos años, por salvar a un niño que dentro de él se ahogaba; y
baste lo que digo, para desengañar a todos.[20] Fuera de la boca de cada uno
de aquellos pozuelos salían los pies y las piernas de un pecador, hasta el
muslo, quedando dentro el resto del cuerpo. Ambos pies estaban
encendidos, por cuya razón se agitaban tan fuertemente sus coyunturas, que
hubieran roto sogas y cuerdas. Del mismo modo que la llama suele recorrer
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la superficie de los objetos untados de grasa, así el fuego flameaba desde el
talón a la punta en los pies de los condenados.
—¿Quién es aquél, Maestro, que furioso agita los pies más que sus otros
compañeros—dije entonces—, y a quien corroe y deseca una llama mucho
más roja?
A lo cual me contestó:
—Si quieres que te conduzca por aquella parte de la escarpa que está más
cercana al fondo, él mismo te dirá quién es y cuáles son sus crímenes.
Le respondí:
—Me parece bien todo lo que a ti te agrada: tú eres el dueño y sabes que yo
no me separo de tu voluntad, así como también conoces lo que me callo.
Subimos entonces al cuarto margen; después volvimos y bajamos por la
izquierda hacia la estrecha y perforada fosa, sin que el buen Maestro me
hiciera separar de su lado, hasta haberme conducido junto al hoyo de aquel
que daba tantas señales de dolor con los movimientos de sus piernas.
—¡Oh! Quienquiera que seas, tú, que tienes enterrada la parte superior de tu
cuerpo; alma triste, plantada como una estaca—empecé a decir—, habla, si
puedes.
Yo estaba como el fraile que confiesa al pérfido asesino, que, metido en la
tierra, le llama para que cese su muerte. Y él gritó:
—¿Estás ya aquí derecho, estás ya aquí derecho, Bonifacio?[21] Me ha
engañado en algunos años lo que está escrito. ¿Tan pronto te has saciado de
aquellos bienes, por los cuales no temiste apoderarte con embustes de la
hermosa Dama,[22] y gobernarla después indignamente?
Quedéme, al oír esto, como aquellos que, casi avergonzados de no haber
comprendido lo que se les ha dicho, no saben qué contestar. Entonces
Virgilio dijo:
—Respóndele pronto: "yo no soy, yo no soy el que tú crees."
talón a la punta en los pies de los condenados.
—¿Quién es aquél, Maestro, que furioso agita los pies más que sus otros
compañeros—dije entonces—, y a quien corroe y deseca una llama mucho
más roja?
A lo cual me contestó:
—Si quieres que te conduzca por aquella parte de la escarpa que está más
cercana al fondo, él mismo te dirá quién es y cuáles son sus crímenes.
Le respondí:
—Me parece bien todo lo que a ti te agrada: tú eres el dueño y sabes que yo
no me separo de tu voluntad, así como también conoces lo que me callo.
Subimos entonces al cuarto margen; después volvimos y bajamos por la
izquierda hacia la estrecha y perforada fosa, sin que el buen Maestro me
hiciera separar de su lado, hasta haberme conducido junto al hoyo de aquel
que daba tantas señales de dolor con los movimientos de sus piernas.
—¡Oh! Quienquiera que seas, tú, que tienes enterrada la parte superior de tu
cuerpo; alma triste, plantada como una estaca—empecé a decir—, habla, si
puedes.
Yo estaba como el fraile que confiesa al pérfido asesino, que, metido en la
tierra, le llama para que cese su muerte. Y él gritó:
—¿Estás ya aquí derecho, estás ya aquí derecho, Bonifacio?[21] Me ha
engañado en algunos años lo que está escrito. ¿Tan pronto te has saciado de
aquellos bienes, por los cuales no temiste apoderarte con embustes de la
hermosa Dama,[22] y gobernarla después indignamente?
Quedéme, al oír esto, como aquellos que, casi avergonzados de no haber
comprendido lo que se les ha dicho, no saben qué contestar. Entonces
Virgilio dijo:
—Respóndele pronto: "yo no soy, yo no soy el que tú crees."
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Y yo contesté como se me ordenó. Por lo cual el espíritu retorció sus pies; y
luego, suspirando y con llorosa voz, me dijo:
—¿Pues qué es lo que me preguntas? Si te urge conocer quién soy, hasta el
punto de haber descendido para ello por todos estos peñascos, sabrás que
estuve investido del gran manto, y fuí verdadero hijo de la Osa, tan
codicioso, que, por aumentar la riqueza de los oseznos, embolsé arriba todo
el dinero que pude, y aquí mi alma. Bajo mi cabeza están sepultados los
demás papas, que antes de mí cometieron simonía, y se hallan comprimidos
a lo largo de este angosto agujero. Yo me hundiré también luego que venga
aquel que creí fueses tú, cuando te dirigí mi súbita pregunta. Pero desde que
mis pies se abrasan, y me encuentro colocado al revés, ha transcurrido más
tiempo del que él permanecerá en este mismo sitio con los pies quemados;
porque en pos de él vendrá de poniente un pastor sin ley, por causa más
repugnante, y ése deberá cubrirnos a entrambos. Será un nuevo Jasón,
parecido al de que se habla en el libro de los Macabeos; y así como el rey
de éste fué débil para con él, así con el otro lo será el que rige la Francia.
No sé si en tal momento fué demasiada audacia la mía; pues le respondí en
estos términos:
—¡Eh!, dime: ¿cuánto dinero exigió Nuestro Señor de San Pedro, antes de
poner las llaves en su poder? En verdad que no le pidió más sino que le
siguiera. Ni Pedro ni los otros pidieron a Matías oro ni plata cuando por
suerte fué elegido en reemplazo del que perdió su alma traidora. Permanece,
pues, ahí, porque has sido castigado justamente, y guarda bien la mal
adquirida riqueza, que tan atrevido te hizo contra Carlos. Y si no fuese
porque aun me contiene el respeto a las llaves soberanas, que poseíste en tu
alegre vida, emplearía palabras mucho más severas; porque vuestra avaricia
contrista al mundo, pisoteando a los buenos, y ensalzando a los malos.
Pastores, a vosotros se refería el Evangelista, cuando vió prostituída ante los
reyes a la que se sienta sobre las aguas; a la que nació con siete cabezas, y
obtuvo autoridad por sus diez cuernos, mientras la virtud agradó a su
marido.[23] Os habéis construído dioses de oro y plata: ¿qué diferencia,
pues, existe entre vosotros y los idólatras, sino la de que ellos adoran a uno
y vosotros adoráis a ciento? ¡Ah, Constantino! ¡A cuántos males dió origen,
no tu conversión al cristianismo, sino la donación que de ti recibió el primer
papa que fué rico!
luego, suspirando y con llorosa voz, me dijo:
—¿Pues qué es lo que me preguntas? Si te urge conocer quién soy, hasta el
punto de haber descendido para ello por todos estos peñascos, sabrás que
estuve investido del gran manto, y fuí verdadero hijo de la Osa, tan
codicioso, que, por aumentar la riqueza de los oseznos, embolsé arriba todo
el dinero que pude, y aquí mi alma. Bajo mi cabeza están sepultados los
demás papas, que antes de mí cometieron simonía, y se hallan comprimidos
a lo largo de este angosto agujero. Yo me hundiré también luego que venga
aquel que creí fueses tú, cuando te dirigí mi súbita pregunta. Pero desde que
mis pies se abrasan, y me encuentro colocado al revés, ha transcurrido más
tiempo del que él permanecerá en este mismo sitio con los pies quemados;
porque en pos de él vendrá de poniente un pastor sin ley, por causa más
repugnante, y ése deberá cubrirnos a entrambos. Será un nuevo Jasón,
parecido al de que se habla en el libro de los Macabeos; y así como el rey
de éste fué débil para con él, así con el otro lo será el que rige la Francia.
No sé si en tal momento fué demasiada audacia la mía; pues le respondí en
estos términos:
—¡Eh!, dime: ¿cuánto dinero exigió Nuestro Señor de San Pedro, antes de
poner las llaves en su poder? En verdad que no le pidió más sino que le
siguiera. Ni Pedro ni los otros pidieron a Matías oro ni plata cuando por
suerte fué elegido en reemplazo del que perdió su alma traidora. Permanece,
pues, ahí, porque has sido castigado justamente, y guarda bien la mal
adquirida riqueza, que tan atrevido te hizo contra Carlos. Y si no fuese
porque aun me contiene el respeto a las llaves soberanas, que poseíste en tu
alegre vida, emplearía palabras mucho más severas; porque vuestra avaricia
contrista al mundo, pisoteando a los buenos, y ensalzando a los malos.
Pastores, a vosotros se refería el Evangelista, cuando vió prostituída ante los
reyes a la que se sienta sobre las aguas; a la que nació con siete cabezas, y
obtuvo autoridad por sus diez cuernos, mientras la virtud agradó a su
marido.[23] Os habéis construído dioses de oro y plata: ¿qué diferencia,
pues, existe entre vosotros y los idólatras, sino la de que ellos adoran a uno
y vosotros adoráis a ciento? ¡Ah, Constantino! ¡A cuántos males dió origen,
no tu conversión al cristianismo, sino la donación que de ti recibió el primer
papa que fué rico!
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Mientras yo le hablaba con esta claridad, él, ya fuese a impulsos de la ira, o
porque le remordiese la conciencia, respingaba fuertemente con ambas
piernas. Creo que complací a mi Guía; porque escuchó siempre con rostro
satisfecho el sonido de mis palabras, expresadas con sinceridad. Entonces
me cogió con los dos brazos, y teniéndome en alto bien afianzado sobre su
pecho, volvió a subir por el camino por donde habíamos descendido, sin
dejar de estrecharme contra sí, hasta llegar a la parte superior del puente
que va de la cuarta a la quinta calzada. Allí, depositó suavemente su querido
fardo sobre el áspero y pelado escollo, que hasta para las cabras sería un
difícil sendero, desde donde descubrí una nueva fosa.
porque le remordiese la conciencia, respingaba fuertemente con ambas
piernas. Creo que complací a mi Guía; porque escuchó siempre con rostro
satisfecho el sonido de mis palabras, expresadas con sinceridad. Entonces
me cogió con los dos brazos, y teniéndome en alto bien afianzado sobre su
pecho, volvió a subir por el camino por donde habíamos descendido, sin
dejar de estrecharme contra sí, hasta llegar a la parte superior del puente
que va de la cuarta a la quinta calzada. Allí, depositó suavemente su querido
fardo sobre el áspero y pelado escollo, que hasta para las cabras sería un
difícil sendero, desde donde descubrí una nueva fosa.
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CANTO VIGESIMO
IS versos deben relatar un nuevo suplicio, el cual servirá de
asunto al vigésimo canto del primer cántico, que trata de los
sumergidos en el Infierno. Me hallaba ya dispuesto a
contemplar el descubierto fondo, que está bañado de
lágrimas de angustia, cuando vi venir por la fosa circular
gentes que, llorando en silencio, caminaban con aquel paso
lento que llevan las letanías en el mundo. Cuando incliné
más hacia ellos mi mirada, me pareció que cada uno de aquellos
condenados estaba retorcido de un modo extraño desde la barba al principio
del pecho; pues tenían el rostro vuelto hacia las espaldas, y les era preciso
andar hacia atrás, porque habían perdido la facultad de ver por delante.
Quizá, por la fuerza de la perlesía, se encuentre un hombre de tal manera
contrahecho; pero yo no lo he visto ni creo que pueda suceder. Ahora bien,
lector, ¡así Dios te permita sacar fruto de esta lectura! Considera por ti
mismo si mis ojos podrían permanecer secos, cuando vi de cerca nuestra
humana figura tan torcida, que las lágrimas le caían por la espina dorsal. Yo
lloraba en verdad, apoyado contra una de las rocas de la dura montaña, de
suerte que mi Guía me dijo:
IS versos deben relatar un nuevo suplicio, el cual servirá de
asunto al vigésimo canto del primer cántico, que trata de los
sumergidos en el Infierno. Me hallaba ya dispuesto a
contemplar el descubierto fondo, que está bañado de
lágrimas de angustia, cuando vi venir por la fosa circular
gentes que, llorando en silencio, caminaban con aquel paso
lento que llevan las letanías en el mundo. Cuando incliné
más hacia ellos mi mirada, me pareció que cada uno de aquellos
condenados estaba retorcido de un modo extraño desde la barba al principio
del pecho; pues tenían el rostro vuelto hacia las espaldas, y les era preciso
andar hacia atrás, porque habían perdido la facultad de ver por delante.
Quizá, por la fuerza de la perlesía, se encuentre un hombre de tal manera
contrahecho; pero yo no lo he visto ni creo que pueda suceder. Ahora bien,
lector, ¡así Dios te permita sacar fruto de esta lectura! Considera por ti
mismo si mis ojos podrían permanecer secos, cuando vi de cerca nuestra
humana figura tan torcida, que las lágrimas le caían por la espina dorsal. Yo
lloraba en verdad, apoyado contra una de las rocas de la dura montaña, de
suerte que mi Guía me dijo:
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—¿Tú también eres de los insensatos? Aquí vive la piedad cuando está bien
muerta. ¿Quién es más criminal que el que se apasiona contemplando la
justicia divina? Levanta la cabeza, levántala y mira a aquel por quién se
abrió la tierra en presencia de los tebanos, que exclamaban: "¿Adónde caes,
Anfiarao? ¿Por qué abandonas la guerra?" Y no cesó de caer en el Infierno
hasta llegar a Minos, que se apodera de cada culpable. Mira cómo ha
convertido sus espaldas en pecho: por haber querido ver demasiado hacia
adelante, ahora mira hacia atrás, y sigue un camino retrógrado. Mira a
Tiresias, que mudó de aspecto cuando de varón se convirtió en hembra,
cambiando también todos su miembros, y hubo de abatir con su vara las dos
serpientes unidas, antes que recobrara su pelo viril. El que acerca sus
espaldas al vientre de aquél es Aronte, que tuvo por morada una gruta de
blancos mármoles en las montañas de Luni, cultivadas por el carrarés que
habita en su falda, y desde allí no había nada que limitara su vista, cuando
contemplaba el mar o las estrellas. Aquella que, con los destrenzados
cabellos, cubre sus pechos, por lo cual se ocultan a tus miradas, y tiene en
ese lado de su cuerpo todas las partes velludas, fué Manto, que recorrió
muchas comarcas, hasta que se detuvo en el sitio donde yo nací; por lo cual
deseo que me prestes un poco de atención. Luego que su padre salió de la
vida, y fué esclavizada la ciudad de Baco,[24] Manto anduvo errante por el
mundo durante mucho tiempo. Allá arriba, en la bella Italia, existe un lago
al pie de los Alpes que ciñen la Alemania por la parte superior del Tirol, el
cual se llama Benaco. Mil corrientes, y aun más, según creo, vienen a
aumentar, entre Garda, Val-Camonica y el Apenino, el agua que se estanca
en dicho lago. En medio de éste hay un sitio, donde el Pastor de Trento, y
los de Verona y Brescia, podrían dar su bendición si siguiesen aquel
camino. En el punto donde es más baja la orilla que le circunda, está situada
Peschiera, bello y fuerte castillo, a propósito para hacer frente a los de
Brescia y a los de Bérgamo. Allí afluye necesariamente toda el agua que no
puede estar contenida en el lago de Benaco, formando un río que corre entre
verdes praderas. En cuanto aquella agua sigue un curso propio, ya no se
llama Benaco, sino Mincio, hasta que llega a Governolo, donde desemboca
en el Po. No corre mucho sin que encuentre una hondonada, en la cual se
extiende y se estanca, y suele ser malsana en el estío. Pasando, pues, por allí
la feroz doncella, vió en medio del pantano una tierra inculta y deshabitada.
Se detuvo en ella con sus esclavas, para huír de todo consorcio humano, y
para ejercer su arte mágica, y allí vivió y dejó sus restos mortales. Entonces
muerta. ¿Quién es más criminal que el que se apasiona contemplando la
justicia divina? Levanta la cabeza, levántala y mira a aquel por quién se
abrió la tierra en presencia de los tebanos, que exclamaban: "¿Adónde caes,
Anfiarao? ¿Por qué abandonas la guerra?" Y no cesó de caer en el Infierno
hasta llegar a Minos, que se apodera de cada culpable. Mira cómo ha
convertido sus espaldas en pecho: por haber querido ver demasiado hacia
adelante, ahora mira hacia atrás, y sigue un camino retrógrado. Mira a
Tiresias, que mudó de aspecto cuando de varón se convirtió en hembra,
cambiando también todos su miembros, y hubo de abatir con su vara las dos
serpientes unidas, antes que recobrara su pelo viril. El que acerca sus
espaldas al vientre de aquél es Aronte, que tuvo por morada una gruta de
blancos mármoles en las montañas de Luni, cultivadas por el carrarés que
habita en su falda, y desde allí no había nada que limitara su vista, cuando
contemplaba el mar o las estrellas. Aquella que, con los destrenzados
cabellos, cubre sus pechos, por lo cual se ocultan a tus miradas, y tiene en
ese lado de su cuerpo todas las partes velludas, fué Manto, que recorrió
muchas comarcas, hasta que se detuvo en el sitio donde yo nací; por lo cual
deseo que me prestes un poco de atención. Luego que su padre salió de la
vida, y fué esclavizada la ciudad de Baco,[24] Manto anduvo errante por el
mundo durante mucho tiempo. Allá arriba, en la bella Italia, existe un lago
al pie de los Alpes que ciñen la Alemania por la parte superior del Tirol, el
cual se llama Benaco. Mil corrientes, y aun más, según creo, vienen a
aumentar, entre Garda, Val-Camonica y el Apenino, el agua que se estanca
en dicho lago. En medio de éste hay un sitio, donde el Pastor de Trento, y
los de Verona y Brescia, podrían dar su bendición si siguiesen aquel
camino. En el punto donde es más baja la orilla que le circunda, está situada
Peschiera, bello y fuerte castillo, a propósito para hacer frente a los de
Brescia y a los de Bérgamo. Allí afluye necesariamente toda el agua que no
puede estar contenida en el lago de Benaco, formando un río que corre entre
verdes praderas. En cuanto aquella agua sigue un curso propio, ya no se
llama Benaco, sino Mincio, hasta que llega a Governolo, donde desemboca
en el Po. No corre mucho sin que encuentre una hondonada, en la cual se
extiende y se estanca, y suele ser malsana en el estío. Pasando, pues, por allí
la feroz doncella, vió en medio del pantano una tierra inculta y deshabitada.
Se detuvo en ella con sus esclavas, para huír de todo consorcio humano, y
para ejercer su arte mágica, y allí vivió y dejó sus restos mortales. Entonces
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los hombres, que estaban dispersos por los alrededores, se reunieron en
aquel sitio, que era fuerte a causa del pantano que le circundaba: edificaron
una ciudad sobre los huesos de la difunta, y del nombre de la primera que
había elegido aquel sitio, la llamaron Mantua, sin consultar para ello al
Destino. En otro tiempo fueron sus habitantes más numerosos, antes de que
Casalodi se dejara engañar neciamente por Pinamonte. Te lo advierto a fin
de que, si oyes atribuir otro origen a mi patria, ninguna mentira pueda
obscurecer la verdad.
Le respondí:
—Maestro, tus razonamientos son para mí tan verídicos, y me obligan a
prestarles tanta fe, que cualesquiera otros me parecerían carbones apagados.
Pero dime si entre la gente que va pasando hay alguno digno de notarse,
pues eso solo ocupa mi alma.
Entonces me dijo:
—Aquél, cuya barba se extiende desde el rostro a sus morenas espaldas, fué
augur cuando la Grecia se quedó tan exhausta de varones, que apenas los
había en las cunas, y junto con Calcas dió la señal en Aulide para cortar el
primer cable. Se llamó Euripilo, y así lo nombra en algún punto mi alta
tragedia. Aquel otro que ves tan demacrado fué Miguel Scott, que conoció
perfectamente las imposturas del arte mágica. Mira a Guido Bonatti, y ve
allí a Asdente, que ahora desearía no haber dejado su cuero y su bramante;
pero se arrepiente demasiado tarde: contempla las tristes que abandonaron
la aguja, la lanzadera y el huso para convertirse en adivinas, y para hacer
maleficios con hierbas y con figuras. Pero ven ahora, porque ya el astro en
que se ve a Caín con las espinas ocupa el confín de los dos hemisferios, y
toca el mar más abajo de Sevilla. La luna era ya redonda en la noche
anterior; debes recordar bien que no te molestó a veces por la selva umbría.
Así me hablaba y entre tanto íbamos caminando.
aquel sitio, que era fuerte a causa del pantano que le circundaba: edificaron
una ciudad sobre los huesos de la difunta, y del nombre de la primera que
había elegido aquel sitio, la llamaron Mantua, sin consultar para ello al
Destino. En otro tiempo fueron sus habitantes más numerosos, antes de que
Casalodi se dejara engañar neciamente por Pinamonte. Te lo advierto a fin
de que, si oyes atribuir otro origen a mi patria, ninguna mentira pueda
obscurecer la verdad.
Le respondí:
—Maestro, tus razonamientos son para mí tan verídicos, y me obligan a
prestarles tanta fe, que cualesquiera otros me parecerían carbones apagados.
Pero dime si entre la gente que va pasando hay alguno digno de notarse,
pues eso solo ocupa mi alma.
Entonces me dijo:
—Aquél, cuya barba se extiende desde el rostro a sus morenas espaldas, fué
augur cuando la Grecia se quedó tan exhausta de varones, que apenas los
había en las cunas, y junto con Calcas dió la señal en Aulide para cortar el
primer cable. Se llamó Euripilo, y así lo nombra en algún punto mi alta
tragedia. Aquel otro que ves tan demacrado fué Miguel Scott, que conoció
perfectamente las imposturas del arte mágica. Mira a Guido Bonatti, y ve
allí a Asdente, que ahora desearía no haber dejado su cuero y su bramante;
pero se arrepiente demasiado tarde: contempla las tristes que abandonaron
la aguja, la lanzadera y el huso para convertirse en adivinas, y para hacer
maleficios con hierbas y con figuras. Pero ven ahora, porque ya el astro en
que se ve a Caín con las espinas ocupa el confín de los dos hemisferios, y
toca el mar más abajo de Sevilla. La luna era ya redonda en la noche
anterior; debes recordar bien que no te molestó a veces por la selva umbría.
Así me hablaba y entre tanto íbamos caminando.
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CANTO VIGESIMOPRIMERO
SI, de un puente a otro, y hablando de cosas que mi comedia
no se cuida de referir, fuimos avanzando y llegamos a lo alto
del quinto, donde nos detuvimos para ver la otra hondonada
de Malebolge y otras vanas lágrimas, y la vi
maravillosamente obscura. Así como en el arsenal de los
venecianos hierve en el invierno la pez tenaz, destinada a
reparar los buques averiados que no pueden navegar, y al
mismo tiempo que uno construye su embarcación, otro calafatea los
costados de la que ha hecho ya muchos viajes; otro recorre la proa, otro la
popa; quién hace remos; quién retuerce las cuerdas; quiénes, por fin,
reparan el palo de mesana y el mayor; de igual suerte, y no por medio del
fuego, sino por la voluntad divina, hervía allá abajo una resina espesa, que
se pegaba a la orilla por todas partes. Yo la veía, pero sin percibir en ella
más que las burbujas que producía el hervor, hinchándose toda y volviendo
a caer desplomada. Mientras la contemplaba fijamente, mi Guía me atrajo
hacia sí desde el sitio en que me encontraba, diciéndome: "Ten cuidado, ten
cuidado." Entonces me volví como el hombre que ansía ver aquello de que
le conviene huír, y a quien asalta un temor tan grande y repentino, que ni
para mirar detiene su fuga; y vi detrás de nosotros un negro diablo, que
SI, de un puente a otro, y hablando de cosas que mi comedia
no se cuida de referir, fuimos avanzando y llegamos a lo alto
del quinto, donde nos detuvimos para ver la otra hondonada
de Malebolge y otras vanas lágrimas, y la vi
maravillosamente obscura. Así como en el arsenal de los
venecianos hierve en el invierno la pez tenaz, destinada a
reparar los buques averiados que no pueden navegar, y al
mismo tiempo que uno construye su embarcación, otro calafatea los
costados de la que ha hecho ya muchos viajes; otro recorre la proa, otro la
popa; quién hace remos; quién retuerce las cuerdas; quiénes, por fin,
reparan el palo de mesana y el mayor; de igual suerte, y no por medio del
fuego, sino por la voluntad divina, hervía allá abajo una resina espesa, que
se pegaba a la orilla por todas partes. Yo la veía, pero sin percibir en ella
más que las burbujas que producía el hervor, hinchándose toda y volviendo
a caer desplomada. Mientras la contemplaba fijamente, mi Guía me atrajo
hacia sí desde el sitio en que me encontraba, diciéndome: "Ten cuidado, ten
cuidado." Entonces me volví como el hombre que ansía ver aquello de que
le conviene huír, y a quien asalta un temor tan grande y repentino, que ni
para mirar detiene su fuga; y vi detrás de nosotros un negro diablo, que
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venía corriendo por el puente. ¡Oh! ¡Cuán feroz era su aspecto, y qué
amenazador me parecía con sus alas abiertas y sus ligeros pies! Sobre sus
hombros, altos y angulosos, llevaba a cuestas un pecador, a quien tenía
agarrado por ambos jarretes. Desde nuestro puente dijo:
—¡Oh! Malebranche, ved aquí uno de los ancianos de Santa Zita: ponedle
debajo; que yo me vuelvo otra vez a aquella tierra, que está tan bien
provista de ellos. Allí todos son bribones, excepto Bonturo; y por dinero, de
un "no" hacen un "ita."[25]
Le arrojó abajo, y se volvió por la dura roca tan de prisa, que jamás ha
habido mastín suelto que haya perseguido a un ladrón con tanta ligereza. El
pecador se hundió y volvió a subir hecho un arco; pero los demonios, que
estaban resguardados por el puente, gritaban:
—Aquí no está el Santo Rostro; aquí se nada de diferente modo que en el
Serchio. Si no quieres probar nuestros garfios, no salgas de la pez.
Después le pincharon con más de cien harpones, diciéndole:
—Es forzoso que bailes aquí a cubierto, de modo que, si puedes,
prevariques ocultamente.
No de otra suerte hacen los cocineros que sus marmitones sumerjan en la
caldera las viandas por medio de grandes tenedores, para que no
sobrenaden.
—A fin de que no adviertan que estás aquí—me dijo el buen Maestro—,
ocúltate detrás de una roca, que te sirva de abrigo; y aunque se me haga
alguna ofensa, no temas nada; pues ya conozco estas cosas por haber estado
otra vez entre estas almas venales.
En seguida pasó al otro lado del puente, y cuando llegó a la sexta orilla,
tuvo necesidad de mostrar su intrepidez. Con el furor y el ímpetu con que
salen los perros tras el pobre que de pronto pide limosna donde se detiene,
así salieron los demonios de debajo del puente, volviendo todos contra él
sus harpones; pero les gritó:
—Que ninguno de vosotros se atreva. Antes que me punce vuestra orquilla,
adelántese uno que me oiga, y después medite si debe perdonarme.
amenazador me parecía con sus alas abiertas y sus ligeros pies! Sobre sus
hombros, altos y angulosos, llevaba a cuestas un pecador, a quien tenía
agarrado por ambos jarretes. Desde nuestro puente dijo:
—¡Oh! Malebranche, ved aquí uno de los ancianos de Santa Zita: ponedle
debajo; que yo me vuelvo otra vez a aquella tierra, que está tan bien
provista de ellos. Allí todos son bribones, excepto Bonturo; y por dinero, de
un "no" hacen un "ita."[25]
Le arrojó abajo, y se volvió por la dura roca tan de prisa, que jamás ha
habido mastín suelto que haya perseguido a un ladrón con tanta ligereza. El
pecador se hundió y volvió a subir hecho un arco; pero los demonios, que
estaban resguardados por el puente, gritaban:
—Aquí no está el Santo Rostro; aquí se nada de diferente modo que en el
Serchio. Si no quieres probar nuestros garfios, no salgas de la pez.
Después le pincharon con más de cien harpones, diciéndole:
—Es forzoso que bailes aquí a cubierto, de modo que, si puedes,
prevariques ocultamente.
No de otra suerte hacen los cocineros que sus marmitones sumerjan en la
caldera las viandas por medio de grandes tenedores, para que no
sobrenaden.
—A fin de que no adviertan que estás aquí—me dijo el buen Maestro—,
ocúltate detrás de una roca, que te sirva de abrigo; y aunque se me haga
alguna ofensa, no temas nada; pues ya conozco estas cosas por haber estado
otra vez entre estas almas venales.
En seguida pasó al otro lado del puente, y cuando llegó a la sexta orilla,
tuvo necesidad de mostrar su intrepidez. Con el furor y el ímpetu con que
salen los perros tras el pobre que de pronto pide limosna donde se detiene,
así salieron los demonios de debajo del puente, volviendo todos contra él
sus harpones; pero les gritó:
—Que ninguno de vosotros se atreva. Antes que me punce vuestra orquilla,
adelántese uno que me oiga, y después medite si debe perdonarme.
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Todos gritaron:
—Vé, Malacoda.
Por lo cual uno de ellos se puso en marcha, mientras los otros permanecían
quietos, y se adelantó diciendo:
—¿Qué te podrá salvar de nuestras garras?
—¿Crees tú, Malacoda, que a no ser por la voluntad divina y por tener el
destino propicio—dijo mi Maestro—, me hubieras visto llegar aquí, sano y
salvo, a pesar de todas vuestras armas? Déjame pasar, porque en el cielo
quieren que enseñe a otro este camino salvaje.
Entonces quedó tan abatido el orgullo del demonio, que dejó caer el harpón
a sus plantas, y dijo a los otros:
—Que no se le haga daño.
Y mi guía a mí:
—¡Oh tú, que estás agazapado tras de las rocas del puente! Ya puedes llegar
a mí con toda seguridad.
Entonces eché a andar, y me acerqué a él con prontitud; pero los diablos
avanzaron, de modo que yo temí que no observaran lo pactado: así vi
temblar en otro tiempo a los que por capitulación salían de Caprona,
viéndose entre tantos enemigos. Me acerqué cuanto pude a mi Guía, y no
separaba mis ojos del rostro de aquéllos, que no era nada bueno. Bajaban
ellos sus garfios, y: "¿Quiéres que le pinche en la rabadilla?," decía uno de
ellos a los otros. Y respondían: "Sí, sí clávale." Pero aquel demonio, que
estaba conversando con mi Guía, se volvió de repente, y gritó: "Quieto,
quieto, Scarmiglione." Después nos dijo:
—Por este escollo no podréis ir más lejos, pues el sexto arco yace
destrozado en el fondo. Si os place ir más adelante, seguid esta costa
escarpada: cerca veréis otro escollo por el que podréis pasar. Ayer, cinco
horas más tarde que en este momento, se cumplieron mil doscientos sesenta
y seis años desde que se rompió aquí el camino.[26] Voy a enviar hacia allá
—Vé, Malacoda.
Por lo cual uno de ellos se puso en marcha, mientras los otros permanecían
quietos, y se adelantó diciendo:
—¿Qué te podrá salvar de nuestras garras?
—¿Crees tú, Malacoda, que a no ser por la voluntad divina y por tener el
destino propicio—dijo mi Maestro—, me hubieras visto llegar aquí, sano y
salvo, a pesar de todas vuestras armas? Déjame pasar, porque en el cielo
quieren que enseñe a otro este camino salvaje.
Entonces quedó tan abatido el orgullo del demonio, que dejó caer el harpón
a sus plantas, y dijo a los otros:
—Que no se le haga daño.
Y mi guía a mí:
—¡Oh tú, que estás agazapado tras de las rocas del puente! Ya puedes llegar
a mí con toda seguridad.
Entonces eché a andar, y me acerqué a él con prontitud; pero los diablos
avanzaron, de modo que yo temí que no observaran lo pactado: así vi
temblar en otro tiempo a los que por capitulación salían de Caprona,
viéndose entre tantos enemigos. Me acerqué cuanto pude a mi Guía, y no
separaba mis ojos del rostro de aquéllos, que no era nada bueno. Bajaban
ellos sus garfios, y: "¿Quiéres que le pinche en la rabadilla?," decía uno de
ellos a los otros. Y respondían: "Sí, sí clávale." Pero aquel demonio, que
estaba conversando con mi Guía, se volvió de repente, y gritó: "Quieto,
quieto, Scarmiglione." Después nos dijo:
—Por este escollo no podréis ir más lejos, pues el sexto arco yace
destrozado en el fondo. Si os place ir más adelante, seguid esta costa
escarpada: cerca veréis otro escollo por el que podréis pasar. Ayer, cinco
horas más tarde que en este momento, se cumplieron mil doscientos sesenta
y seis años desde que se rompió aquí el camino.[26] Voy a enviar hacia allá
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varios de los míos para que observen si algún condenado procura sacar la
cabeza al aire: id con ellos, que no os harán daño.
—Adelante, Alichino y Calcabrina—empezó a decir—; y tú también,
Cagnazzo; Barbariccia guiará a los diez. Vengan además Libicocco, y
Draghignazzo; Ciriatto, el de los grandes colmillos, y Graffiacane, y
Farfarello, y el loco de Rubicantondad en torno de la pez hirviente: éstos
deben llegar salvos hasta el otro escollo, que atraviesa enteramente sobre la
fosa.[27]
—¡Oh Maestro! ¿Qué es lo que veo?—dije—; si conoces el camino, vamos
sin escolta; yo, por mí, no la solicito. Si eres tan prudente como de
costumbre, ¿no ves que rechinan los dientes, y se hacen guiños que nos
amenazan algún mal?
—No quiero que te espantes—me contestó—; deja que rechinen los dientes
a su gusto. Si lo hacen, es por los desgraciados que están hirviendo.
Se pusieron en camino por la margen izquierda; pero cada uno de aquéllos
de antemano se habían mordido la lengua en señal de inteligencia con su
jefe, y éste se sirvió de su ano a guisa de trompeta.
cabeza al aire: id con ellos, que no os harán daño.
—Adelante, Alichino y Calcabrina—empezó a decir—; y tú también,
Cagnazzo; Barbariccia guiará a los diez. Vengan además Libicocco, y
Draghignazzo; Ciriatto, el de los grandes colmillos, y Graffiacane, y
Farfarello, y el loco de Rubicantondad en torno de la pez hirviente: éstos
deben llegar salvos hasta el otro escollo, que atraviesa enteramente sobre la
fosa.[27]
—¡Oh Maestro! ¿Qué es lo que veo?—dije—; si conoces el camino, vamos
sin escolta; yo, por mí, no la solicito. Si eres tan prudente como de
costumbre, ¿no ves que rechinan los dientes, y se hacen guiños que nos
amenazan algún mal?
—No quiero que te espantes—me contestó—; deja que rechinen los dientes
a su gusto. Si lo hacen, es por los desgraciados que están hirviendo.
Se pusieron en camino por la margen izquierda; pero cada uno de aquéllos
de antemano se habían mordido la lengua en señal de inteligencia con su
jefe, y éste se sirvió de su ano a guisa de trompeta.
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CANTO VEGISIMOSEGUNDO
E visto alguna vez a la caballería levantar el campo, empezar
el combate, pasar revista, y a veces batirse en retirada; he
visto ¡oh, aretinos! hacer excursiones por vuestra tierra y
saquearla; he visto luchar en los torneos y correr en las
justas, ya al sonido de las trompetas, ya al de las campanas,
al ruido de los tambores, con las señales de los castillos, y
con todo el aparato nacional y extranjero; pero lo que no he
visto nunca es que tan extraño instrumento de viento haya indicado la
marcha a jinetes ni peones; jamás, ni en la tierra, ni en los cielos, guió
semejante faro a ningún buque. Marchábamos juntamente con los diez
demonios (¡oh terrible compañía!); pero en la iglesia con los santos, y en la
taberna con los borrachos. Sin embargo, mi atención estaba concentrada en
la pez para distinguir todo lo que contenía la fosa y los que se abrasaban
dentro de ella. Así como saltan los delfines fuera del agua, indicando a los
marinos que precavan la nave de la tempestad, así también algunos
condenados, para aliviar su tormento, sacaban la espalda y la volvían a
esconder más rápidos que el relámpago; y lo mismo que en un charco las
ranas sacan la cabeza a flor de agua, aunque teniendo dentro de ella sus
patas y el resto del cuerpo, así estaban por todas partes los pecadores; pero
E visto alguna vez a la caballería levantar el campo, empezar
el combate, pasar revista, y a veces batirse en retirada; he
visto ¡oh, aretinos! hacer excursiones por vuestra tierra y
saquearla; he visto luchar en los torneos y correr en las
justas, ya al sonido de las trompetas, ya al de las campanas,
al ruido de los tambores, con las señales de los castillos, y
con todo el aparato nacional y extranjero; pero lo que no he
visto nunca es que tan extraño instrumento de viento haya indicado la
marcha a jinetes ni peones; jamás, ni en la tierra, ni en los cielos, guió
semejante faro a ningún buque. Marchábamos juntamente con los diez
demonios (¡oh terrible compañía!); pero en la iglesia con los santos, y en la
taberna con los borrachos. Sin embargo, mi atención estaba concentrada en
la pez para distinguir todo lo que contenía la fosa y los que se abrasaban
dentro de ella. Así como saltan los delfines fuera del agua, indicando a los
marinos que precavan la nave de la tempestad, así también algunos
condenados, para aliviar su tormento, sacaban la espalda y la volvían a
esconder más rápidos que el relámpago; y lo mismo que en un charco las
ranas sacan la cabeza a flor de agua, aunque teniendo dentro de ella sus
patas y el resto del cuerpo, así estaban por todas partes los pecadores; pero
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en cuanto Barbariccia se aproximaba, volvían a sumergirse en aquel
hervidero. Yo vi, y aun se estremece por ello mi corazón, a uno de aquellos
que había tardado más tiempo en hundirse, como sucede con las ranas, que
una queda fuera del agua, mientras otra se zambulle; y Graffiacane, que
estaba más cerca de él, le enganchó por los cabellos enviscados de pez, y lo
sacó fuera como si fuese una nutria. Yo sabía el nombre de todos aquellos
demonios, por haberme hecho cargo de ellos cuando los eligió Malacoda.
"Rubicante, plántale encima tu garfio y desuéllalo," gritaban a un tiempo
todos aquellos malditos. Yo dije:
—Maestro mío, si puedes, procura saber quién es ese desgraciado que ha
caído en manos de sus adversarios.
Mi Guía se le acercó, y le preguntó de dónde era, a lo que respondió:
—Yo nací en el reino de Navarra. Mi madre me puso al servicio de un
señor: ella me había engendrado de un pródigo, que se destruyó a sí mismo
y disipó su fortuna. Después fuí favorito del buen rey Tebaldo, y me lancé a
comerciar con sus favores; crimen de que doy cuenta en este horno.
Y Ciriatto, a quien salía de cada lado de la boca un colmillo como el de un
jabalí, le hizo sentir lo bien que uno de ellos hería. Entre malos gatos había
caído aquel ratón; porque Barbariccia lo sujetó entre sus brazos, diciendo:
"Quedaos ahí mientras que yo le ensarto." Y volviendo el rostro hacia mi
Maestro, añadió: "Pregúntale aún si deseas saber más, antes que otros lo
destrocen."
Mi Guía preguntó:
—Dime, pues, si entre los otros culpables que están sumergidos en esa pez,
conoces algunos que sean latinos.
A lo que contestó:
—Acabo de separarme de uno que fué de allí cerca. ¡Así estuviera, como él,
bajo la pez; no temería ahora ni las garras ni los garfios!
Y Libicocco: "Ya hemos tenido demasiada paciencia," dijo; y le enganchó
por el brazo con su harpón, arrancándole de un golpe todo el antebrazo.
Draghignazzo quiso también cogerle por las piernas; pero su Decurión se
hervidero. Yo vi, y aun se estremece por ello mi corazón, a uno de aquellos
que había tardado más tiempo en hundirse, como sucede con las ranas, que
una queda fuera del agua, mientras otra se zambulle; y Graffiacane, que
estaba más cerca de él, le enganchó por los cabellos enviscados de pez, y lo
sacó fuera como si fuese una nutria. Yo sabía el nombre de todos aquellos
demonios, por haberme hecho cargo de ellos cuando los eligió Malacoda.
"Rubicante, plántale encima tu garfio y desuéllalo," gritaban a un tiempo
todos aquellos malditos. Yo dije:
—Maestro mío, si puedes, procura saber quién es ese desgraciado que ha
caído en manos de sus adversarios.
Mi Guía se le acercó, y le preguntó de dónde era, a lo que respondió:
—Yo nací en el reino de Navarra. Mi madre me puso al servicio de un
señor: ella me había engendrado de un pródigo, que se destruyó a sí mismo
y disipó su fortuna. Después fuí favorito del buen rey Tebaldo, y me lancé a
comerciar con sus favores; crimen de que doy cuenta en este horno.
Y Ciriatto, a quien salía de cada lado de la boca un colmillo como el de un
jabalí, le hizo sentir lo bien que uno de ellos hería. Entre malos gatos había
caído aquel ratón; porque Barbariccia lo sujetó entre sus brazos, diciendo:
"Quedaos ahí mientras que yo le ensarto." Y volviendo el rostro hacia mi
Maestro, añadió: "Pregúntale aún si deseas saber más, antes que otros lo
destrocen."
Mi Guía preguntó:
—Dime, pues, si entre los otros culpables que están sumergidos en esa pez,
conoces algunos que sean latinos.
A lo que contestó:
—Acabo de separarme de uno que fué de allí cerca. ¡Así estuviera, como él,
bajo la pez; no temería ahora ni las garras ni los garfios!
Y Libicocco: "Ya hemos tenido demasiada paciencia," dijo; y le enganchó
por el brazo con su harpón, arrancándole de un golpe todo el antebrazo.
Draghignazzo quiso también cogerle por las piernas; pero su Decurión se
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volvió hacia todos ellos lanzando una mirada furiosa. Cuando se hubieron
calmado un poco, mi Guía no tardó en preguntar a aquel que estaba
contemplando su herida:
—¿Quién es ése de quien dices que te has separado, por tu desgracia, para
salir a flote?
Y le respondió:
—Es el hermano Gomita, aquel de Gallura, vaso de iniquidad, que tuvo en
su poder a los enemigos de su señor, e hizo de modo que todos le alabasen.
Aceptó su oro y los dejó libres, según él mismo dice; y con respecto a los
empleos, no fué un pequeño, sino un soberano prevaricador. Con él
conversa a menudo don Miguel Zanche de Logodoro, y sus lenguas no se
cansan nunca de hablar de las cosas de Cerdeña. ¡Ay de mí! Ved a ese otro
cómo aprieta los dientes. Aun hablaría más, pero temo que se prepare a
rascarme la tiña.
El gran jefe de los demonios se dirigió a Farfarelo, que movía sus ojos en
todas direcciones buscando donde herir, y le dijo: "Quítate de ahí, pájaro
malvado."
—Si queréis ver u oír a toscanos y lombardos—empezó a decir en seguida
el desgraciado pecador—, haré que vengan. Pero que esas malditas garras
se mantengan un poco apartadas, a fin de que ellos no teman sus venganzas:
yo, sentándome en este mismo sitio, por uno que soy haré venir siete,
silbando como acostumbramos cuando uno de nosotros saca la cabeza fuera
de la pez.
Al oír estas palabras, Gagnazzo levantó el hocico meneando la cabeza, y
dijo: "¡Oigan el medio malicioso de que se ha valido para volver a
sumergirse!" A lo cual contestó aquél, que tenía abundancia de
estratagemas: "¡En verdad que soy muy malicioso, cuando expongo a los
míos a mayores tormentos!" No pudo contenerse Alichino, y en contra de lo
dicho por los otros, respondió: "Si te arrojas en la pez, no correré al galope
detrás de ti, sino que emplearé mis alas para ello. Te damos de ventaja la
escarpa, y el ribazo por defensa, y veamos si tú solo vales más que todos
nosotros."
calmado un poco, mi Guía no tardó en preguntar a aquel que estaba
contemplando su herida:
—¿Quién es ése de quien dices que te has separado, por tu desgracia, para
salir a flote?
Y le respondió:
—Es el hermano Gomita, aquel de Gallura, vaso de iniquidad, que tuvo en
su poder a los enemigos de su señor, e hizo de modo que todos le alabasen.
Aceptó su oro y los dejó libres, según él mismo dice; y con respecto a los
empleos, no fué un pequeño, sino un soberano prevaricador. Con él
conversa a menudo don Miguel Zanche de Logodoro, y sus lenguas no se
cansan nunca de hablar de las cosas de Cerdeña. ¡Ay de mí! Ved a ese otro
cómo aprieta los dientes. Aun hablaría más, pero temo que se prepare a
rascarme la tiña.
El gran jefe de los demonios se dirigió a Farfarelo, que movía sus ojos en
todas direcciones buscando donde herir, y le dijo: "Quítate de ahí, pájaro
malvado."
—Si queréis ver u oír a toscanos y lombardos—empezó a decir en seguida
el desgraciado pecador—, haré que vengan. Pero que esas malditas garras
se mantengan un poco apartadas, a fin de que ellos no teman sus venganzas:
yo, sentándome en este mismo sitio, por uno que soy haré venir siete,
silbando como acostumbramos cuando uno de nosotros saca la cabeza fuera
de la pez.
Al oír estas palabras, Gagnazzo levantó el hocico meneando la cabeza, y
dijo: "¡Oigan el medio malicioso de que se ha valido para volver a
sumergirse!" A lo cual contestó aquél, que tenía abundancia de
estratagemas: "¡En verdad que soy muy malicioso, cuando expongo a los
míos a mayores tormentos!" No pudo contenerse Alichino, y en contra de lo
dicho por los otros, respondió: "Si te arrojas en la pez, no correré al galope
detrás de ti, sino que emplearé mis alas para ello. Te damos de ventaja la
escarpa, y el ribazo por defensa, y veamos si tú solo vales más que todos
nosotros."
Page 107
¡Oh tú, que lees esto, ahora verás un nuevo juego! Todos los demonios se
volvieron hacia la pendiente opuesta, y el primero de ellos, el que se había
mostrado más renitente. El navarro aprovechó bien el tiempo; fijó sus pies
en el suelo, y precipitándose de un solo salto, se puso al abrigo de los malos
propósitos de aquéllos. Contristados se quedaron los demonios ante esta
treta, pero mucho más el que tuvo la culpa de ella; por lo cual se lanzó tras
de él gritando: "Ya te tengo." Pero de poco le valió, porque sus alas no
pudieron igualar en velocidad al espanto de Ciampolo: éste se lanzó en la
pez, y aquél cambió la dirección de su vuelo, llevando el pecho hacia arriba.
No de otro modo se sumerge instantáneamente el pato cuando el halcón se
aproxima, y éste se remonta furioso y fatigado. Calcabrina, irritado contra
Lichino por aquel engaño, echó a volar tras él, deseoso de que el pecador se
escapara para tener un motivo de querella. Y cuando hubo desaparecido el
prevaricador, volvió sus garras contra su compañero, y se aferró con él
sobre el mismo estanque. Pero éste, gavilán adiestrado, hizo uso también de
las suyas, y los dos cayeron en medio de la pez hirviente. El calor los separó
bien pronto; pero todo su esfuerzo para remontarse era en vano, porque sus
alas estaban enviscadas. Barbariccia, descontento como los demás, hizo
volar a cuatro desde la otra parte con todos sus harpones, y bajando
rápidamente hacia el sitio designado, tendieron sus garfios a los dos
demonios, que estaban medio cocidos en la superficie de aquella fosa.
Nosotros los dejamos allí enredados de aquella manera.
volvieron hacia la pendiente opuesta, y el primero de ellos, el que se había
mostrado más renitente. El navarro aprovechó bien el tiempo; fijó sus pies
en el suelo, y precipitándose de un solo salto, se puso al abrigo de los malos
propósitos de aquéllos. Contristados se quedaron los demonios ante esta
treta, pero mucho más el que tuvo la culpa de ella; por lo cual se lanzó tras
de él gritando: "Ya te tengo." Pero de poco le valió, porque sus alas no
pudieron igualar en velocidad al espanto de Ciampolo: éste se lanzó en la
pez, y aquél cambió la dirección de su vuelo, llevando el pecho hacia arriba.
No de otro modo se sumerge instantáneamente el pato cuando el halcón se
aproxima, y éste se remonta furioso y fatigado. Calcabrina, irritado contra
Lichino por aquel engaño, echó a volar tras él, deseoso de que el pecador se
escapara para tener un motivo de querella. Y cuando hubo desaparecido el
prevaricador, volvió sus garras contra su compañero, y se aferró con él
sobre el mismo estanque. Pero éste, gavilán adiestrado, hizo uso también de
las suyas, y los dos cayeron en medio de la pez hirviente. El calor los separó
bien pronto; pero todo su esfuerzo para remontarse era en vano, porque sus
alas estaban enviscadas. Barbariccia, descontento como los demás, hizo
volar a cuatro desde la otra parte con todos sus harpones, y bajando
rápidamente hacia el sitio designado, tendieron sus garfios a los dos
demonios, que estaban medio cocidos en la superficie de aquella fosa.
Nosotros los dejamos allí enredados de aquella manera.
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CANTO VIGESIMOTERCERO
OLOS, en silencio y sin escolta, íbamos uno tras otro, como
acostumbran ir los frailes menores. La riña que acabábamos
de presenciar me trajo a la memoria la fábula de Esopo, en
que habló de la rana y del topo; pues las partículas "mo" e
"issa"[28] no son tan semejantes como estos dos hechos, si
atentamente se consideran el principio y el fin de entrambos.
Y como un pensamiento procede rápidamente de otro, de
éste nació uno nuevo, que redobló mi primitivo espanto. Yo pensaba así:
"Esos demonios han sido engañados por nuestra causa, y con tanto daño y
escarnio, que les creo muy ofendidos. Si a la malevolencia se añade la ira,
nos van a perseguir con más crueldad que el perro que sujeta a la liebre por
el cuello." Ya sentía que se erizaban mis cabellos a causa del temor, y
miraba hacia atrás atentamente, por lo que dije:
—Maestro, si no nos ocultas a los dos prontamente, temo a los demonios
que vienen detrás de nosotros; y tan así me lo imagino, que ya me parece
que los oigo.
A lo que él contestó:
OLOS, en silencio y sin escolta, íbamos uno tras otro, como
acostumbran ir los frailes menores. La riña que acabábamos
de presenciar me trajo a la memoria la fábula de Esopo, en
que habló de la rana y del topo; pues las partículas "mo" e
"issa"[28] no son tan semejantes como estos dos hechos, si
atentamente se consideran el principio y el fin de entrambos.
Y como un pensamiento procede rápidamente de otro, de
éste nació uno nuevo, que redobló mi primitivo espanto. Yo pensaba así:
"Esos demonios han sido engañados por nuestra causa, y con tanto daño y
escarnio, que les creo muy ofendidos. Si a la malevolencia se añade la ira,
nos van a perseguir con más crueldad que el perro que sujeta a la liebre por
el cuello." Ya sentía que se erizaban mis cabellos a causa del temor, y
miraba hacia atrás atentamente, por lo que dije:
—Maestro, si no nos ocultas a los dos prontamente, temo a los demonios
que vienen detrás de nosotros; y tan así me lo imagino, que ya me parece
que los oigo.
A lo que él contestó:
Page 109
—Si yo fuera un espejo, no verías en mí tu imagen tan pronto como veo en
tu interior. En este momento se cruzaban tus pensamientos con los míos
bajo la misma faz y aspecto, de suerte que he deducido de ambos un solo
consejo. Si es cierto que la cuesta que hay a nuestra derecha está tan
inclinada, que nos permita bajar a la sexta fosa, huiremos de la caza que
imaginamos.
Apenas había concluído de decirme su parecer, cuando vi venir a los
demonios con las alas extendidas y muy cerca de nosotros, queriendo
cogernos. Mi Guía me agarró súbitamente, como una madre que, despertada
por el ruido y viendo brillar las llamas cerca de ella, coge a su hijo y huye, y
teniendo más cuidado de él que de sí misma, no se detiene ni aun a ponerse
una camisa. Desde lo alto de la calzada, se deslizó de espaldas por la
pendiente roca, uno de cuyos lados divide la quinta de la sexta fosa. Jamás
corrió tan rápida el agua por la canal de un molino, cuando más se acerca a
las paletas de la rueda, como descendió por aquel declive mi Maestro,
llevándome sobre su pecho, cual si fuese hijo suyo y no su compañero.
Apenas tocaron sus pies al suelo del profundo abismo, cuando los demonios
aparecieron en la roca sobre nuestras cabezas: pero ya no nos inspiraban
temor; porque la alta Providencia que los había designado para ministros de
la quinta fosa, les quitó la facultad de separarse de allí. Abajo encontramos
unas gentes pintadas, que giraban en torno con bastante lentitud, llorosas y
con los semblantes fatigados y abatidos. Llevaban capas con capuchas
echadas sobre los ojos, por el estilo de las que llevan los monjes de Colonia.
[29]
Aquellas capas eran doradas por de fuera, de modo que deslumbraban;
pero por dentro eran todas de plomo, y tan pesadas, que las de Federico a su
lado parecían de paja.[30] ¡Oh manto fatigoso por toda la eternidad! Nos
volvimos aún hacia la izquierda, y anduvimos con aquellas almas,
escuchando sus tristes lamentos. Pero las sombras, rendidas por el peso,
caminaban tan despacio, que a cada paso que dábamos cambiábamos de
compañero. Yo dije a mi Guía:
—Procura encontrar a alguno que sea conocido por su nombre o por sus
hechos; y mira al efecto en derredor tuyo mientras andas.
Y uno de ellos, que entendió el idioma toscano, exclamó detrás de nosotros:
tu interior. En este momento se cruzaban tus pensamientos con los míos
bajo la misma faz y aspecto, de suerte que he deducido de ambos un solo
consejo. Si es cierto que la cuesta que hay a nuestra derecha está tan
inclinada, que nos permita bajar a la sexta fosa, huiremos de la caza que
imaginamos.
Apenas había concluído de decirme su parecer, cuando vi venir a los
demonios con las alas extendidas y muy cerca de nosotros, queriendo
cogernos. Mi Guía me agarró súbitamente, como una madre que, despertada
por el ruido y viendo brillar las llamas cerca de ella, coge a su hijo y huye, y
teniendo más cuidado de él que de sí misma, no se detiene ni aun a ponerse
una camisa. Desde lo alto de la calzada, se deslizó de espaldas por la
pendiente roca, uno de cuyos lados divide la quinta de la sexta fosa. Jamás
corrió tan rápida el agua por la canal de un molino, cuando más se acerca a
las paletas de la rueda, como descendió por aquel declive mi Maestro,
llevándome sobre su pecho, cual si fuese hijo suyo y no su compañero.
Apenas tocaron sus pies al suelo del profundo abismo, cuando los demonios
aparecieron en la roca sobre nuestras cabezas: pero ya no nos inspiraban
temor; porque la alta Providencia que los había designado para ministros de
la quinta fosa, les quitó la facultad de separarse de allí. Abajo encontramos
unas gentes pintadas, que giraban en torno con bastante lentitud, llorosas y
con los semblantes fatigados y abatidos. Llevaban capas con capuchas
echadas sobre los ojos, por el estilo de las que llevan los monjes de Colonia.
[29]
Aquellas capas eran doradas por de fuera, de modo que deslumbraban;
pero por dentro eran todas de plomo, y tan pesadas, que las de Federico a su
lado parecían de paja.[30] ¡Oh manto fatigoso por toda la eternidad! Nos
volvimos aún hacia la izquierda, y anduvimos con aquellas almas,
escuchando sus tristes lamentos. Pero las sombras, rendidas por el peso,
caminaban tan despacio, que a cada paso que dábamos cambiábamos de
compañero. Yo dije a mi Guía:
—Procura encontrar a alguno que sea conocido por su nombre o por sus
hechos; y mira al efecto en derredor tuyo mientras andas.
Y uno de ellos, que entendió el idioma toscano, exclamó detrás de nosotros:
Page 110
Detened vuestros pasos, vosotros que tanto corréis a través del aire
sombrío: quizá podrás obtener de mí lo que solicitas.
En seguida mi Guía se volvió y me dijo:
—Espera, y modera tu paso hasta igualar al suyo.
Me detuve, y vi dos de aquéllos, que en sus miradas demostraban gran
deseo de estar conmigo; pero su carga y lo estrecho del camino les hacían
tardar. Cuando se me hubieron reunido, me miraron con torvos ojos y sin
hablarme: después se volvieron uno a otros diciéndose: "Ese parece vivo, a
juzgar por el movimiento de su garganta; pero si están muertos, ¿por qué
privilegio no llevan nuestra pesada capa?" Después me dijeron:
—¡Oh toscano, que has venido a la mansión de los tristes hipócritas!,
dígnate decirnos quién eres.
Les contesté:
—Nací y crecí junto a la orilla del hermoso Arno, en la gran ciudad, y
conservo el cuerpo que he tenido siempre. Pero vosotros, a quienes, según
veo, cae tan doloroso llanto gota a gota por las mejillas, ¿quiénes sois, y qué
pena padecéis que tanto se hace ver?
Uno de ellos me respondió:
—¡Ay de mí! Estas doradas capas son de plomo, y tan gruesas, que su peso
nos hace gemir como cargadas balanzas. Fuimos hermanos Gozosos[31] y
boloñeses. Yo me llamé Catalano y éste Loderingo. Tu ciudad nos nombró
magistrados, como suele elegirse a un hombre neutral para conservar la paz;
y la conservamos tan bien como puede verse aún cerca del Gardingo.
Yo repuse: "¡Oh hermanos! Vuestros males..." Pero no pude continuar;
porque vi en el suelo a uno crucificado en tres palos. En cuanto me vió, se
retorció, haciendo agitar su barba con la fuerza de los suspiros; y el
hermano Catalano, que lo advirtió, me dijo:
—Ese que estás mirando crucificado aconsejó a los fariseos que era
necesario hacer sufrir a un hombre el martirio por el pueblo. Está
atravesado y desnudo sobre el camino, como ves; y es preciso que sienta lo
sombrío: quizá podrás obtener de mí lo que solicitas.
En seguida mi Guía se volvió y me dijo:
—Espera, y modera tu paso hasta igualar al suyo.
Me detuve, y vi dos de aquéllos, que en sus miradas demostraban gran
deseo de estar conmigo; pero su carga y lo estrecho del camino les hacían
tardar. Cuando se me hubieron reunido, me miraron con torvos ojos y sin
hablarme: después se volvieron uno a otros diciéndose: "Ese parece vivo, a
juzgar por el movimiento de su garganta; pero si están muertos, ¿por qué
privilegio no llevan nuestra pesada capa?" Después me dijeron:
—¡Oh toscano, que has venido a la mansión de los tristes hipócritas!,
dígnate decirnos quién eres.
Les contesté:
—Nací y crecí junto a la orilla del hermoso Arno, en la gran ciudad, y
conservo el cuerpo que he tenido siempre. Pero vosotros, a quienes, según
veo, cae tan doloroso llanto gota a gota por las mejillas, ¿quiénes sois, y qué
pena padecéis que tanto se hace ver?
Uno de ellos me respondió:
—¡Ay de mí! Estas doradas capas son de plomo, y tan gruesas, que su peso
nos hace gemir como cargadas balanzas. Fuimos hermanos Gozosos[31] y
boloñeses. Yo me llamé Catalano y éste Loderingo. Tu ciudad nos nombró
magistrados, como suele elegirse a un hombre neutral para conservar la paz;
y la conservamos tan bien como puede verse aún cerca del Gardingo.
Yo repuse: "¡Oh hermanos! Vuestros males..." Pero no pude continuar;
porque vi en el suelo a uno crucificado en tres palos. En cuanto me vió, se
retorció, haciendo agitar su barba con la fuerza de los suspiros; y el
hermano Catalano, que lo advirtió, me dijo:
—Ese que estás mirando crucificado aconsejó a los fariseos que era
necesario hacer sufrir a un hombre el martirio por el pueblo. Está
atravesado y desnudo sobre el camino, como ves; y es preciso que sienta lo
Page 111
que pesa cada uno de los que pasan. Su suegro está condenado a igual
suplicio en esta fosa, así como los demás del Consejo que fué para los
judíos origen de tantas desgracias.
Entonces vi a Virgilio que contemplaba con asombro a aquel que estaba tan
vilmente crucificado en el eterno destierro. Luego se dirigió al fraile en
estos términos:
—¿Queríais decirnos si hacia la derecha hay alguna abertura por donde
podamos salir los dos, sin obligar a los ángeles negros a que nos saquen de
este abismo?
Aquel respondió:
—Más cerca de aquí de lo que esperas, se levanta una peña que parte del
gran círculo y atraviesa todas las terribles fosas; pero está cortada en ésta y
no continúa sobre ella. Podréis subir por las ruinas que existen en el declive
de su falda y cubren el fondo.
Mi Guía permaneció un momento con la cabeza inclinada, y después dijo:
—¡Cómo nos ha engañado aquel que ensarta con su garfio a los pecadores!
Y el fraile repuso:
—He oído referir en Bolonia los numerosos vicios del demonio, entre los
cuales no era el menor el de ser falso y padre de la mentira.
Entonces mi Guía se alejó precipitadamente con el rostro inmutado por la
cólera; y en consecuencia, me alejé también de aquellas almas que
soportaban tanto peso, y seguí las huellas de los pies queridos.
suplicio en esta fosa, así como los demás del Consejo que fué para los
judíos origen de tantas desgracias.
Entonces vi a Virgilio que contemplaba con asombro a aquel que estaba tan
vilmente crucificado en el eterno destierro. Luego se dirigió al fraile en
estos términos:
—¿Queríais decirnos si hacia la derecha hay alguna abertura por donde
podamos salir los dos, sin obligar a los ángeles negros a que nos saquen de
este abismo?
Aquel respondió:
—Más cerca de aquí de lo que esperas, se levanta una peña que parte del
gran círculo y atraviesa todas las terribles fosas; pero está cortada en ésta y
no continúa sobre ella. Podréis subir por las ruinas que existen en el declive
de su falda y cubren el fondo.
Mi Guía permaneció un momento con la cabeza inclinada, y después dijo:
—¡Cómo nos ha engañado aquel que ensarta con su garfio a los pecadores!
Y el fraile repuso:
—He oído referir en Bolonia los numerosos vicios del demonio, entre los
cuales no era el menor el de ser falso y padre de la mentira.
Entonces mi Guía se alejó precipitadamente con el rostro inmutado por la
cólera; y en consecuencia, me alejé también de aquellas almas que
soportaban tanto peso, y seguí las huellas de los pies queridos.
Page 112
CANTO VIGESIMOCUARTO
N la época del año nuevo en que templa el sol su cabellera
bajo el Acuario, y en que ya las noches van igualándose con
los días; cuando la escarcha imita en la tierra, aunque por
poco tiempo, el color de su blanca hermana, el campesino
que carece de forraje, se levanta, mira, y al ver blanco el
campo se golpea el muslo, vuelve a su casa, y se lamenta
continuamente como el desgraciado que no sabe qué hacer;
pero torna luego a mirar, y recobra la esperanza, viendo que la tierra ha
cambiado de aspecto en pocas horas, y entonces coge su cayado y sale a
apacentar sus ovejas: así mi Maestro me llenó de inquietud cuando vi tan
turbado su rostro, y así también aplicó pronto remedio a mi mal; porque al
llegar al derruído puente, se volvió hacia mí con aquel amable aspecto que
tenía cuando le vi al pie del monte. Después de haber pensado la
determinación que había de tomar, contemplando antes con cuidado las
ruinas, abrió sus brazos, cogióme por detrás, y como aquel que trabaja,
pensando siempre en la labor que emprenderá en seguida, del mismo modo,
elevándome sobre la cima de una roca, contemplaba otra diciendo:
—Agárrate bien a ésa, pero tantea primero si tal cual es podrá sostenerte.
N la época del año nuevo en que templa el sol su cabellera
bajo el Acuario, y en que ya las noches van igualándose con
los días; cuando la escarcha imita en la tierra, aunque por
poco tiempo, el color de su blanca hermana, el campesino
que carece de forraje, se levanta, mira, y al ver blanco el
campo se golpea el muslo, vuelve a su casa, y se lamenta
continuamente como el desgraciado que no sabe qué hacer;
pero torna luego a mirar, y recobra la esperanza, viendo que la tierra ha
cambiado de aspecto en pocas horas, y entonces coge su cayado y sale a
apacentar sus ovejas: así mi Maestro me llenó de inquietud cuando vi tan
turbado su rostro, y así también aplicó pronto remedio a mi mal; porque al
llegar al derruído puente, se volvió hacia mí con aquel amable aspecto que
tenía cuando le vi al pie del monte. Después de haber pensado la
determinación que había de tomar, contemplando antes con cuidado las
ruinas, abrió sus brazos, cogióme por detrás, y como aquel que trabaja,
pensando siempre en la labor que emprenderá en seguida, del mismo modo,
elevándome sobre la cima de una roca, contemplaba otra diciendo:
—Agárrate bien a ésa, pero tantea primero si tal cual es podrá sostenerte.
Page 113
Aquel no era un camino a propósito para los que iban con capa; pues apenas
podíamos, Virgilio tan ágil, y yo sostenido por él, trepar de piedra en piedra.
Y a no ser porque en aquel recinto era más corto el camino que en otro
alguno, no sé lo que a él le habría sucedido, pero a mí me hubiera vencido
el cansancio. Mas como Malebolge va siempre en declive hasta la boca del
profundísimo pozo, cada fosa que se recorre presenta un margen que se
eleva y otro que desciende. Llegamos por fin al extremo en que se destaca
la última piedra. Cuando estuve sobre ella, de tal modo me faltaba el
aliento, que no podía más; así es que me senté en cuanto nos detuvimos.
—Ahora es preciso que sacudas tu pereza—me dijo el Maestro—; que no se
alcanza la fama reclinado en blanda pluma, ni al abrigo de colchas: y el que
sin gloria consume su vida, deja en pos de sí el mismo vestigio que el humo
en el aire o la espuma en el agua. Ea, pues, levántate; domina la fatiga con
el alma, que vence todos los obstáculos, mientras no se envilece con la
pesadez del cuerpo. Tenemos que subir todavía una escala mucho más
larga; pues no basta haber atravesado por entre los espíritus infernales. Si
me entiendes, deben reanimarte mis palabras.
Levantéme entonces, demostrando más resolución de la que
verdaderamente sentía en mi interior, y dije:
—Vamos, ya me siento fuerte y atrevido.
Echamos a andar por el escollo, que era áspero, estrecho y escabroso, y más
pendiente que el anterior. Iba hablando para disimular mi flaqueza, cuando
oí una voz que salía de la otra fosa, articulando palabras ininteligibles. No
sé lo que dijo, a pesar de encontrarme en la cima del arco que por allí pasa;
mas el que hablaba parecía conmovido por la ira. Yo me había inclinado;
pero los ojos de un vivo no podían distinguir el fondo a través de aquella
obscuridad; por lo cual dije:
—Maestro, haz por llegar al otro recinto, y descendamos este muro, porque
desde aquí oigo y no comprendo nada; miro hacia abajo y nada veo.
—Te responderé—me dijo—haciendo lo que deseas; que las peticiones
justas deben satisfacerse en silencio.
Bajamos por el puente desde lo alto hasta donde se une con el octavo
margen; y entonces descubrí la fosa, y vi una espantosa masa de serpientes,
podíamos, Virgilio tan ágil, y yo sostenido por él, trepar de piedra en piedra.
Y a no ser porque en aquel recinto era más corto el camino que en otro
alguno, no sé lo que a él le habría sucedido, pero a mí me hubiera vencido
el cansancio. Mas como Malebolge va siempre en declive hasta la boca del
profundísimo pozo, cada fosa que se recorre presenta un margen que se
eleva y otro que desciende. Llegamos por fin al extremo en que se destaca
la última piedra. Cuando estuve sobre ella, de tal modo me faltaba el
aliento, que no podía más; así es que me senté en cuanto nos detuvimos.
—Ahora es preciso que sacudas tu pereza—me dijo el Maestro—; que no se
alcanza la fama reclinado en blanda pluma, ni al abrigo de colchas: y el que
sin gloria consume su vida, deja en pos de sí el mismo vestigio que el humo
en el aire o la espuma en el agua. Ea, pues, levántate; domina la fatiga con
el alma, que vence todos los obstáculos, mientras no se envilece con la
pesadez del cuerpo. Tenemos que subir todavía una escala mucho más
larga; pues no basta haber atravesado por entre los espíritus infernales. Si
me entiendes, deben reanimarte mis palabras.
Levantéme entonces, demostrando más resolución de la que
verdaderamente sentía en mi interior, y dije:
—Vamos, ya me siento fuerte y atrevido.
Echamos a andar por el escollo, que era áspero, estrecho y escabroso, y más
pendiente que el anterior. Iba hablando para disimular mi flaqueza, cuando
oí una voz que salía de la otra fosa, articulando palabras ininteligibles. No
sé lo que dijo, a pesar de encontrarme en la cima del arco que por allí pasa;
mas el que hablaba parecía conmovido por la ira. Yo me había inclinado;
pero los ojos de un vivo no podían distinguir el fondo a través de aquella
obscuridad; por lo cual dije:
—Maestro, haz por llegar al otro recinto, y descendamos este muro, porque
desde aquí oigo y no comprendo nada; miro hacia abajo y nada veo.
—Te responderé—me dijo—haciendo lo que deseas; que las peticiones
justas deben satisfacerse en silencio.
Bajamos por el puente desde lo alto hasta donde se une con el octavo
margen; y entonces descubrí la fosa, y vi una espantosa masa de serpientes,
Page 114
de tan diferentes especies, que su recuerdo me hiela todavía la sangre. Deje
la Libia de envanecerse con sus arenas; que si produce quelidras, yáculos y
faras, cencros y anfisbenas, ni en ella, ni en toda la Etiopía con el país que
está sobre el mar Rojo, existieron jamás tantas ni tan nocivas pestilencias
como en este lugar. A través de aquella espantosa y cruel multitud de
reptiles corrían gentes desnudas y aterrorizadas, sin esperanza de encontrar
refugio ni heliotropo.[32] Tenían las manos atadas a la espalda con sierpes,
las cuales, formando nudos por encima, les hincaban la cola y la cabeza en
los riñones. Y he aquí que uno de aquellos desgraciados, que estaba cerca
de nosotros, fué mordido por una serpiente en el punto en que el cuello se
une a los hombros; y en el breve tiempo que se necesita para escribir una O
y una I, se incendió, ardió y cayó reducido a cenizas. Pero apenas quedó
consumido en el suelo, reuniéronse aquéllas por sí mismas, y súbitamente
se rehizo aquel espíritu como estaba antes. Así dicen los grandes sabios que
muere el Fénix, y renace cuando está cercano a su quinto siglo: no se
alimenta de hierba ni de trigo durante su vida, sino de amomo y lágrimas de
incienso, y su último nido está formado con nardo y mirra. Y como aquel
que cae y no sabe cómo, a impulsos del demonio que lo arroja en el suelo o
de algún accidente producido por su temperamento enfermizo, cuando se
levanta, se queda asombrado de la cruel angustia que ha sufrido y suspira al
mirar en torno suyo, así se levantó el pecador ante nosotros. ¡Oh, cuán
severa es la justicia de Dios, que hace estallar su cólera por medio de tales
golpes! Mi Guía le preguntó después quién era, y él le contestó:
—Yo caí hace poco tiempo desde Toscana en este horrible abismo. La vida
salvaje me agradó más que la humana; fuí lo mismo que un mulo: soy Vanni
Fucci, el bestia, y Pistoya fué mi digno cubil.
Entonces dije a mi Guía:
—Dile que no huya, y pregúntale qué delito le ha precipitado aquí; pues yo
le conocí ya hombre colérico y sanguinario.
El pecador, que me oyó, no se ocultó, sino que dirigió hacia mí atentamente
su mirada, y se cubrió el rostro de triste vergüenza. Después dijo:
—Siento más que me hayas encontrado en la miseria en que me ves, de lo
que sentí verme privado de la vida; pero no puedo negarme a satisfacer tus
preguntas. Estoy sumido aquí, porque robé en la sacristía los hermosos
la Libia de envanecerse con sus arenas; que si produce quelidras, yáculos y
faras, cencros y anfisbenas, ni en ella, ni en toda la Etiopía con el país que
está sobre el mar Rojo, existieron jamás tantas ni tan nocivas pestilencias
como en este lugar. A través de aquella espantosa y cruel multitud de
reptiles corrían gentes desnudas y aterrorizadas, sin esperanza de encontrar
refugio ni heliotropo.[32] Tenían las manos atadas a la espalda con sierpes,
las cuales, formando nudos por encima, les hincaban la cola y la cabeza en
los riñones. Y he aquí que uno de aquellos desgraciados, que estaba cerca
de nosotros, fué mordido por una serpiente en el punto en que el cuello se
une a los hombros; y en el breve tiempo que se necesita para escribir una O
y una I, se incendió, ardió y cayó reducido a cenizas. Pero apenas quedó
consumido en el suelo, reuniéronse aquéllas por sí mismas, y súbitamente
se rehizo aquel espíritu como estaba antes. Así dicen los grandes sabios que
muere el Fénix, y renace cuando está cercano a su quinto siglo: no se
alimenta de hierba ni de trigo durante su vida, sino de amomo y lágrimas de
incienso, y su último nido está formado con nardo y mirra. Y como aquel
que cae y no sabe cómo, a impulsos del demonio que lo arroja en el suelo o
de algún accidente producido por su temperamento enfermizo, cuando se
levanta, se queda asombrado de la cruel angustia que ha sufrido y suspira al
mirar en torno suyo, así se levantó el pecador ante nosotros. ¡Oh, cuán
severa es la justicia de Dios, que hace estallar su cólera por medio de tales
golpes! Mi Guía le preguntó después quién era, y él le contestó:
—Yo caí hace poco tiempo desde Toscana en este horrible abismo. La vida
salvaje me agradó más que la humana; fuí lo mismo que un mulo: soy Vanni
Fucci, el bestia, y Pistoya fué mi digno cubil.
Entonces dije a mi Guía:
—Dile que no huya, y pregúntale qué delito le ha precipitado aquí; pues yo
le conocí ya hombre colérico y sanguinario.
El pecador, que me oyó, no se ocultó, sino que dirigió hacia mí atentamente
su mirada, y se cubrió el rostro de triste vergüenza. Después dijo:
—Siento más que me hayas encontrado en la miseria en que me ves, de lo
que sentí verme privado de la vida; pero no puedo negarme a satisfacer tus
preguntas. Estoy sumido aquí, porque robé en la sacristía los hermosos
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ornamentos, de cuyo delito fué otro acusado falsamente. Mas para que no te
goces en mi desgracia, si acaso llegas a salir de estos lugares sombríos, abre
tus oídos a mi anuncio, y escucha: primeramente, Pistoya quedará
despoblada de Negros; después Florencia renovará sus habitantes y su
forma de gobierno; Marte hará salir del valle de Magra un vapor, que
envuelto en sombrías nieblas y en tempestad impetuosa y terrible, se
desencadenará sobre el campo Piceno; y allí, desgarrándose de repente la
nube, aniquilará todos los Blancos. Te he dicho esto para que te cause dolor.
goces en mi desgracia, si acaso llegas a salir de estos lugares sombríos, abre
tus oídos a mi anuncio, y escucha: primeramente, Pistoya quedará
despoblada de Negros; después Florencia renovará sus habitantes y su
forma de gobierno; Marte hará salir del valle de Magra un vapor, que
envuelto en sombrías nieblas y en tempestad impetuosa y terrible, se
desencadenará sobre el campo Piceno; y allí, desgarrándose de repente la
nube, aniquilará todos los Blancos. Te he dicho esto para que te cause dolor.
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CANTO VIGESIMOQUINTO
L terminar estas palabras, el ladrón alzó ambas manos
haciendo un gesto indecente y exclamando: "Toma, Dios,
esto es para tí." Desde entonces fuí amigo de las serpientes;
porque una de ellas se le enroscó en el cuello como diciendo:
"No quiero que hables más:" y otra se agarró a sus brazos,
sujetándolos de tal modo, que no le era posible al condenado
hacer ningún movimiento. ¡Ah, Pistoya, Pistoya! ¿Cómo no decides
reducirte tú misma a cenizas, y dejar de existir, pues que tus hijos son
peores que sus antepasados? En todos los círculos del obscuro Infierno no
he visto espíritu tan soberbio ante Dios, a no ser aquel que cayó desde los
muros de Tebas. El ladrón huyó sin decir una palabra más. Entonces vi un
Centauro lleno de ira, que acudía gritando: "¿Dónde está, dónde está el
soberbio?" No creo que contengan las Marismas tanto reptil como llevaba
el Centauro sobre su grupa hasta el sitio en que empezaba la forma humana:
sobre sus espaldas, detrás de la nuca, descansaba un dragón con las alas
abiertas, el cual abrasaba cuanto salía a su encuentro. Mi Maestro dijo:
—Ese monstruo es Caco, el que al pie de las rocas del monte Aventino
formó más de una vez un lago de sangre. No va por el mismo camino que
sus hermanos, porque robó fraudulentamente el gran rebaño que pacía en
L terminar estas palabras, el ladrón alzó ambas manos
haciendo un gesto indecente y exclamando: "Toma, Dios,
esto es para tí." Desde entonces fuí amigo de las serpientes;
porque una de ellas se le enroscó en el cuello como diciendo:
"No quiero que hables más:" y otra se agarró a sus brazos,
sujetándolos de tal modo, que no le era posible al condenado
hacer ningún movimiento. ¡Ah, Pistoya, Pistoya! ¿Cómo no decides
reducirte tú misma a cenizas, y dejar de existir, pues que tus hijos son
peores que sus antepasados? En todos los círculos del obscuro Infierno no
he visto espíritu tan soberbio ante Dios, a no ser aquel que cayó desde los
muros de Tebas. El ladrón huyó sin decir una palabra más. Entonces vi un
Centauro lleno de ira, que acudía gritando: "¿Dónde está, dónde está el
soberbio?" No creo que contengan las Marismas tanto reptil como llevaba
el Centauro sobre su grupa hasta el sitio en que empezaba la forma humana:
sobre sus espaldas, detrás de la nuca, descansaba un dragón con las alas
abiertas, el cual abrasaba cuanto salía a su encuentro. Mi Maestro dijo:
—Ese monstruo es Caco, el que al pie de las rocas del monte Aventino
formó más de una vez un lago de sangre. No va por el mismo camino que
sus hermanos, porque robó fraudulentamente el gran rebaño que pacía en
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las inmediaciones del sitio que había escogido por vivienda: pero sus
inicuos hechos acabaron por fin bajo la clava de Hércules, que si le dió cien
golpes con ella, aquél no llegó a sentir el décimo.
Mientras así hablaba Virgilio, Caco desapareció, al mismo tiempo que se
acercaban tres espíritus por debajo del margen donde estábamos, lo cual no
advertimos ni mi Guía ni yo, hasta que les oímos gritar: "¿Quiénes sois?"
Cesó entonces nuestra conversación, y nos fijamos solamente en ellos. Yo
no les conocía; pero sucedió, como suele acontecer algunas veces, que el
uno tuvo necesidad de llamar al otro, diciéndole: "Cianfa, ¿dónde te has
metido?" Y yo, a fin de que estuviese atento mi Guía, me puse el dedo
desde la nariz a la barba. Ahora, lector, si se te hace difícil creer lo que te
voy a decir, no será extraño, porque yo que lo vi, apenas lo creo. Mientras
estaba contemplando a aquellos espíritus, se lanzó una serpiente con seis
patas sobre uno de ellos, agarrándosele enteramente. Con las patas de
enmedio le oprimió el vientre; con las de delante le sujetó los brazos, y
después le mordió en ambas mejillas. Extendiendo en seguida las patas de
detrás sobre sus muslos, le pasó la cola por entre los dos, y se la mantuvo
apretada contra los riñones. Nunca se agarró tan fuertemente la hiedra al
árbol, como la horrible fiera adaptó sus miembros a los del culpable:
después una y otro se confundieron, como si fuesen de blanda cera, y
mezclaron tan bien sus colores, que ninguno de ambos parecía ya lo que
antes había sido. Así con el ardor del fuego se extiende sobre el papel un
color obscuro, que no es negro, y sin embargo deja de ser blanco. Los otros
dos condenados le miraban, exclamando cada cual: "¡Ay, Angel,[33] cómo
cambias! No eres ya uno ni dos." Las dos cabezas se habían convertido en
una, y aparecían dos figuras mezcladas en una sola faz, quedando en ella
confundidas entrambas. De los cuatro brazos se hicieron dos: los muslos y
las piernas, el vientre y el tronco se convirtieron en miembros nunca vistos.
Quedó borrado todo su primitivo aspecto: aquella imagen transformada
parecía dos y ninguna de las anteriores; y en tal estado se alejaba a pasos
lentos.
Como el lagarto, que bajo el ardor de los días caniculares, cuando cambia
de maleza, parece un rayo al atravesar el camino, tal parecía, dirigiéndose
hacia el vientre de los otros dos espíritus, una pequeña serpiente irritada,
lívida y negra como grano de pimienta. Picó a uno de ellos en aquella parte
del cuerpo por donde nos alimentamos antes de nacer, y después cayó a sus
inicuos hechos acabaron por fin bajo la clava de Hércules, que si le dió cien
golpes con ella, aquél no llegó a sentir el décimo.
Mientras así hablaba Virgilio, Caco desapareció, al mismo tiempo que se
acercaban tres espíritus por debajo del margen donde estábamos, lo cual no
advertimos ni mi Guía ni yo, hasta que les oímos gritar: "¿Quiénes sois?"
Cesó entonces nuestra conversación, y nos fijamos solamente en ellos. Yo
no les conocía; pero sucedió, como suele acontecer algunas veces, que el
uno tuvo necesidad de llamar al otro, diciéndole: "Cianfa, ¿dónde te has
metido?" Y yo, a fin de que estuviese atento mi Guía, me puse el dedo
desde la nariz a la barba. Ahora, lector, si se te hace difícil creer lo que te
voy a decir, no será extraño, porque yo que lo vi, apenas lo creo. Mientras
estaba contemplando a aquellos espíritus, se lanzó una serpiente con seis
patas sobre uno de ellos, agarrándosele enteramente. Con las patas de
enmedio le oprimió el vientre; con las de delante le sujetó los brazos, y
después le mordió en ambas mejillas. Extendiendo en seguida las patas de
detrás sobre sus muslos, le pasó la cola por entre los dos, y se la mantuvo
apretada contra los riñones. Nunca se agarró tan fuertemente la hiedra al
árbol, como la horrible fiera adaptó sus miembros a los del culpable:
después una y otro se confundieron, como si fuesen de blanda cera, y
mezclaron tan bien sus colores, que ninguno de ambos parecía ya lo que
antes había sido. Así con el ardor del fuego se extiende sobre el papel un
color obscuro, que no es negro, y sin embargo deja de ser blanco. Los otros
dos condenados le miraban, exclamando cada cual: "¡Ay, Angel,[33] cómo
cambias! No eres ya uno ni dos." Las dos cabezas se habían convertido en
una, y aparecían dos figuras mezcladas en una sola faz, quedando en ella
confundidas entrambas. De los cuatro brazos se hicieron dos: los muslos y
las piernas, el vientre y el tronco se convirtieron en miembros nunca vistos.
Quedó borrado todo su primitivo aspecto: aquella imagen transformada
parecía dos y ninguna de las anteriores; y en tal estado se alejaba a pasos
lentos.
Como el lagarto, que bajo el ardor de los días caniculares, cuando cambia
de maleza, parece un rayo al atravesar el camino, tal parecía, dirigiéndose
hacia el vientre de los otros dos espíritus, una pequeña serpiente irritada,
lívida y negra como grano de pimienta. Picó a uno de ellos en aquella parte
del cuerpo por donde nos alimentamos antes de nacer, y después cayó a sus
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pies quedando tendida. El herido la miró sin decir nada; y permaneció
inmóvil, en pie y bostezando, como si le hubiera sorprendido el sueño o la
fiebre. El y la serpiente se miraban, y el uno por la herida y la otra por la
boca, lanzaban un denso humo que llegaba a confundirse. Calle Lucano al
referir las miserias de Sabello y de Nasidio, y escuche atentamente lo que
describo aquí: calle Ovidio al ocuparse de Cadmo y Aretusa; que si, en su
poema, convirtió a aquél en serpiente y a éste en fuente, no le envidio.
Ovidio no transformó jamás dos naturalezas frente a frente, de tal modo que
sus formas cambiaran también de materia. El hombre y la serpiente se
correspondieron de tal suerte, que cuando ésta abrió su cola en forma de
horquilla, el herido juntó sus dos pies. Las piernas y los muslos de éste se
estrecharon tanto, que en poco tiempo no quedaron vestigios de su natural
separación. La cola hendida de la serpiente tomaba la figura que
desaparecía en el hombre, y su piel se hacía blanda al paso que dura la de
aquél. Vi entrar los brazos del condenado en los sobacos; y las dos patas de
la fiera, que eran cortas, se alargaban tanto cuanto aquéllos se encogían. Las
patas de detrás de aquélla, retorciéndose, formaban el miembro que el
hombre oculta, y el del miserable dividióse en dos patas. Mientras que el
humo daba el color de la serpiente al hombre y viceversa, y hacía salir en
aquélla el pelo que quitaba a éste, el uno, es decir, la fiera transformada en
hombre, se levantó, y cayó el otro; pero sin dejar de lanzarse miradas
feroces, ante las cuales cada uno de ellos cambiaba de rostro. El que estaba
en pie lo encogió hacia las sienes, y de la carne excedente se le formaron las
orejas en sus lisos carrillos. La parte del hocico de la serpiente que no se
replegó en la cabeza quedó fuera formando la nariz del rostro humano, y
abultó al propio tiempo convenientemente los labios. El que estaba en el
suelo extendió su boca hacia delante, e hizo entrar sus orejas en la cabeza,
como el caracol hace con sus cuernos; y la lengua, que estaba antes unida y
dispuesta a hablar, se hendió, al paso que se unía la lengua hendida del
reptil, dejando de lanzar humo. El alma que se había convertido en
serpiente huyó silbando por la fosa; y el otro, hablando detrás de ella, le
escupía. Volvióle después sus recién formadas espaldas, y dijo al otro
condenado: "Quiero que Buoso se arrastre por este camino como yo lo he
hecho." De tal suerte vi yo, en la séptima fosa, cambiarse y
metamorfosearse dos naturalezas; y si mi lenguaje no es florido, sírvame de
excusa la novedad del caso.
inmóvil, en pie y bostezando, como si le hubiera sorprendido el sueño o la
fiebre. El y la serpiente se miraban, y el uno por la herida y la otra por la
boca, lanzaban un denso humo que llegaba a confundirse. Calle Lucano al
referir las miserias de Sabello y de Nasidio, y escuche atentamente lo que
describo aquí: calle Ovidio al ocuparse de Cadmo y Aretusa; que si, en su
poema, convirtió a aquél en serpiente y a éste en fuente, no le envidio.
Ovidio no transformó jamás dos naturalezas frente a frente, de tal modo que
sus formas cambiaran también de materia. El hombre y la serpiente se
correspondieron de tal suerte, que cuando ésta abrió su cola en forma de
horquilla, el herido juntó sus dos pies. Las piernas y los muslos de éste se
estrecharon tanto, que en poco tiempo no quedaron vestigios de su natural
separación. La cola hendida de la serpiente tomaba la figura que
desaparecía en el hombre, y su piel se hacía blanda al paso que dura la de
aquél. Vi entrar los brazos del condenado en los sobacos; y las dos patas de
la fiera, que eran cortas, se alargaban tanto cuanto aquéllos se encogían. Las
patas de detrás de aquélla, retorciéndose, formaban el miembro que el
hombre oculta, y el del miserable dividióse en dos patas. Mientras que el
humo daba el color de la serpiente al hombre y viceversa, y hacía salir en
aquélla el pelo que quitaba a éste, el uno, es decir, la fiera transformada en
hombre, se levantó, y cayó el otro; pero sin dejar de lanzarse miradas
feroces, ante las cuales cada uno de ellos cambiaba de rostro. El que estaba
en pie lo encogió hacia las sienes, y de la carne excedente se le formaron las
orejas en sus lisos carrillos. La parte del hocico de la serpiente que no se
replegó en la cabeza quedó fuera formando la nariz del rostro humano, y
abultó al propio tiempo convenientemente los labios. El que estaba en el
suelo extendió su boca hacia delante, e hizo entrar sus orejas en la cabeza,
como el caracol hace con sus cuernos; y la lengua, que estaba antes unida y
dispuesta a hablar, se hendió, al paso que se unía la lengua hendida del
reptil, dejando de lanzar humo. El alma que se había convertido en
serpiente huyó silbando por la fosa; y el otro, hablando detrás de ella, le
escupía. Volvióle después sus recién formadas espaldas, y dijo al otro
condenado: "Quiero que Buoso se arrastre por este camino como yo lo he
hecho." De tal suerte vi yo, en la séptima fosa, cambiarse y
metamorfosearse dos naturalezas; y si mi lenguaje no es florido, sírvame de
excusa la novedad del caso.
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Aunque mis ojos estuviesen turbados y mi espíritu aturdido, no pudieron
huír las otras dos sombras tan ocultamente, que yo no conociese a Puccio
Sciancato, el único de los tres espíritus de los llegados anteriormente que no
había cambiado de forma: el otro era aquel que tú lloras, ¡oh Gaville![34]
huír las otras dos sombras tan ocultamente, que yo no conociese a Puccio
Sciancato, el único de los tres espíritus de los llegados anteriormente que no
había cambiado de forma: el otro era aquel que tú lloras, ¡oh Gaville![34]
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CANTO VIGESIMOSEXTO
LEGRATE, Florencia, pues eres tan grande, que tu nombre
vuela por mar y tierra, y es famoso en todo el infierno. Entre
los ladrones he encontrado cinco de tus nobles ciudadanos;
lo cual me avergüenza, y a tí no te honra mucho. Pero, si es
verdad lo que se sueña cerca del amanecer, dentro de poco
tiempo conocerás lo que contra ti desean, no ya otros
pueblos, sino Prato: y si este mal se hubiese ya cumplido, no
sería prematuro. ¡Así viniese hoy lo que ha de suceder, pues tanto más me
contristará, cuanto más viejo me vuelva!
Partimos; y por los mismos escalones de las rocas que nos habían servido
para bajar, subió mi Guía, tirando de mí. Prosiguiendo la ruta solitaria a
través de los picos y rocas del escollo, no era posible mover un pie sin el
auxilio de la mano. Entonces me afligí, como me aflijo ahora, cuando
pienso en lo que vi; y refreno mi espíritu más de lo que acostumbro, para
que no aventure tanto que deje de guiarlo la virtud; porque, si mi buena
estrella u otra influencia mejor me ha dado algún ingenio, no quiero yo
mismo envidiármelo. Así como en la estación en que aquel que ilumina al
mundo nos oculta menos su faz, el campesino que reposa en la colina a la
hora en que el mosquito reemplaza a la mosca, ve por el valle las
LEGRATE, Florencia, pues eres tan grande, que tu nombre
vuela por mar y tierra, y es famoso en todo el infierno. Entre
los ladrones he encontrado cinco de tus nobles ciudadanos;
lo cual me avergüenza, y a tí no te honra mucho. Pero, si es
verdad lo que se sueña cerca del amanecer, dentro de poco
tiempo conocerás lo que contra ti desean, no ya otros
pueblos, sino Prato: y si este mal se hubiese ya cumplido, no
sería prematuro. ¡Así viniese hoy lo que ha de suceder, pues tanto más me
contristará, cuanto más viejo me vuelva!
Partimos; y por los mismos escalones de las rocas que nos habían servido
para bajar, subió mi Guía, tirando de mí. Prosiguiendo la ruta solitaria a
través de los picos y rocas del escollo, no era posible mover un pie sin el
auxilio de la mano. Entonces me afligí, como me aflijo ahora, cuando
pienso en lo que vi; y refreno mi espíritu más de lo que acostumbro, para
que no aventure tanto que deje de guiarlo la virtud; porque, si mi buena
estrella u otra influencia mejor me ha dado algún ingenio, no quiero yo
mismo envidiármelo. Así como en la estación en que aquel que ilumina al
mundo nos oculta menos su faz, el campesino que reposa en la colina a la
hora en que el mosquito reemplaza a la mosca, ve por el valle las
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luciérnagas que corren por el sitio donde vendimia y ara, así también vi
resplandecer infinitas llamas en la octava fosa, en cuanto estuve en el punto
desde donde se distinguía su fondo. Y como aquel a quien los osos
ayudaron en su venganza[35] vió partir el carro de Elías, cuando los caballos
subían erguidos al cielo, de tal modo que no pudiendo sus ojos seguirle,
sólo distinguían una ligera llama elevándose como débil nubecilla, así
también noté que se agitaban aquéllas en la abertura de la fosa, encerrando
cada una un pecador, pero sin manifestar lo que ocultaban. Yo estaba sobre
el puente, tan absorto en la contemplación de aquel espectáculo, que, a no
haberme agarrado a un trozo de roca, hubiera caído sin ser empujado. Mi
Guía, que me vió tan atento, me dijo:
—Dentro del fuego están los espíritus, cada uno revestido de la llama que le
abrasa.
—¡Oh, Maestro!—respondí;—tus palabras han hecho que me cerciore de lo
que veo; pero ya lo había pensado así y quería decírtelo. Mas dime: ¿quién
está en aquella llama que se divide en su parte superior, y parece salir de la
pira donde fueron puestos Eteocles y su hermano?
Me contestó:
—Allí dentro están torturados Ulises y Diomedes: juntos sufren aquí un
mismo castigo, como juntos se entregaron a la ira. En esa llama se llora
también el engaño del caballo de madera, que fué la puerta por donde salió
la noble estirpe de los romanos. Llórase también el artificio por el que
Deidamia, aun después de muerta, se lamenta de Aquiles, y se sufre además
el castigo por el robo del Paladión.
—Si es que pueden hablar en medio de las llamas—dije yo—, Maestro, te
pido y te suplico, y así mi súplica valga por mil, que me permitas esperar
que esa llama dividida llegue hasta aquí: mira cómo, arrastrado por mi
deseo, me abalanzo hacia ella.
A lo que me contestó:
Tu súplica es digna de alabanza, y yo la acojo; pero haz que tu lengua se
reprima, y déjame a mí hablar; pues comprendo lo que quieres, y quizás
ellos, siendo griegos, se desdeñarían de contestarte.
resplandecer infinitas llamas en la octava fosa, en cuanto estuve en el punto
desde donde se distinguía su fondo. Y como aquel a quien los osos
ayudaron en su venganza[35] vió partir el carro de Elías, cuando los caballos
subían erguidos al cielo, de tal modo que no pudiendo sus ojos seguirle,
sólo distinguían una ligera llama elevándose como débil nubecilla, así
también noté que se agitaban aquéllas en la abertura de la fosa, encerrando
cada una un pecador, pero sin manifestar lo que ocultaban. Yo estaba sobre
el puente, tan absorto en la contemplación de aquel espectáculo, que, a no
haberme agarrado a un trozo de roca, hubiera caído sin ser empujado. Mi
Guía, que me vió tan atento, me dijo:
—Dentro del fuego están los espíritus, cada uno revestido de la llama que le
abrasa.
—¡Oh, Maestro!—respondí;—tus palabras han hecho que me cerciore de lo
que veo; pero ya lo había pensado así y quería decírtelo. Mas dime: ¿quién
está en aquella llama que se divide en su parte superior, y parece salir de la
pira donde fueron puestos Eteocles y su hermano?
Me contestó:
—Allí dentro están torturados Ulises y Diomedes: juntos sufren aquí un
mismo castigo, como juntos se entregaron a la ira. En esa llama se llora
también el engaño del caballo de madera, que fué la puerta por donde salió
la noble estirpe de los romanos. Llórase también el artificio por el que
Deidamia, aun después de muerta, se lamenta de Aquiles, y se sufre además
el castigo por el robo del Paladión.
—Si es que pueden hablar en medio de las llamas—dije yo—, Maestro, te
pido y te suplico, y así mi súplica valga por mil, que me permitas esperar
que esa llama dividida llegue hasta aquí: mira cómo, arrastrado por mi
deseo, me abalanzo hacia ella.
A lo que me contestó:
Tu súplica es digna de alabanza, y yo la acojo; pero haz que tu lengua se
reprima, y déjame a mí hablar; pues comprendo lo que quieres, y quizás
ellos, siendo griegos, se desdeñarían de contestarte.
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Cuando la llama estuvo cerca de nosotros, y mi Guía juzgó el lugar y el
momento favorables, le oí expresarse en estos términos:
—¡Oh vosotros, que sois dos en un mismo fuego! Si he merecido vuestra
gracia durante mi vida, si he merecido de vosotros poco o mucho, cuando
escribí mi gran poema en el mundo, no os alejéis; antes bien dígame uno de
vosotros dónde fué a morir, llevado de su valor.
La punta más elevada de la antigua llama empezó a oscilar murmurando
como la que agita el viento; después, dirigiendo a uno y otro lado su
extremidad, empezó a lanzar algunos sonidos, como si fuera una lengua que
hablara, y dijo:
—Cuando me separé de Circe, que me tuvo oculto más de un año en Gaeta,
antes de que Eneas le diera este nombre, ni las dulzuras paternales, ni la
piedad debida a un padre anciano, ni el amor mutuo que debía hacer
dichosa a Penélope, pudieron vencer el ardiente deseo que yo tuve de
conocer el mundo, los vicios y las virtudes de los humanos, sino que me
lancé por el abierto mar sólo con un navío, y con los pocos compañeros que
nunca me abandonaron. Vi entrambas costas, por un lado hasta España, por
otro hasta Marruecos, y la isla de los Sardos y las demás que baña en torno
aquel mar. Mis compañeros y yo nos habíamos vuelto viejos y pesados
cuando llegamos a la estrecha garganta donde plantó Hércules las dos
columnas para que ningún hombre pasase más adelante. Dejé a Sevilla a mi
derecha, como había dejado ya a Ceuta a mi izquierda. "¡Oh hermanos, dije,
que habéis llegado al Occidente a través de cien mil peligros!, ya que tan
poco os resta de vida, no os neguéis a conocer el mundo sin habitantes, que
se encuentra siguiendo al Sol. Pensad en vuestro origen; vosotros no habéis
nacido para vivir como brutos, sino para alcanzar la virtud y la ciencia."
Con esta corta arenga infundí en mis compañeros tal deseo de continuar el
viaje, que apenas los hubiera podido detener después. Y volviendo la popa
hacia el Oriente, de nuestros remos hicimos alas para seguir tan desatentado
viaje, inclinándonos siempre hacia la izquierda. La noche veía ya brillar
todas las estrellas del otro polo, y estaba el nuestro tan bajo que apenas
parecía salir fuera de la superficie de las aguas. Cinco veces se había
encendido y otras tantas apagado la luz de la luna desde que entramos en
aquel gran mar, cuando apareció una montaña obscurecida por la distancia,
la cual me pareció la más alta de cuantas había visto hasta entonces. Nos
momento favorables, le oí expresarse en estos términos:
—¡Oh vosotros, que sois dos en un mismo fuego! Si he merecido vuestra
gracia durante mi vida, si he merecido de vosotros poco o mucho, cuando
escribí mi gran poema en el mundo, no os alejéis; antes bien dígame uno de
vosotros dónde fué a morir, llevado de su valor.
La punta más elevada de la antigua llama empezó a oscilar murmurando
como la que agita el viento; después, dirigiendo a uno y otro lado su
extremidad, empezó a lanzar algunos sonidos, como si fuera una lengua que
hablara, y dijo:
—Cuando me separé de Circe, que me tuvo oculto más de un año en Gaeta,
antes de que Eneas le diera este nombre, ni las dulzuras paternales, ni la
piedad debida a un padre anciano, ni el amor mutuo que debía hacer
dichosa a Penélope, pudieron vencer el ardiente deseo que yo tuve de
conocer el mundo, los vicios y las virtudes de los humanos, sino que me
lancé por el abierto mar sólo con un navío, y con los pocos compañeros que
nunca me abandonaron. Vi entrambas costas, por un lado hasta España, por
otro hasta Marruecos, y la isla de los Sardos y las demás que baña en torno
aquel mar. Mis compañeros y yo nos habíamos vuelto viejos y pesados
cuando llegamos a la estrecha garganta donde plantó Hércules las dos
columnas para que ningún hombre pasase más adelante. Dejé a Sevilla a mi
derecha, como había dejado ya a Ceuta a mi izquierda. "¡Oh hermanos, dije,
que habéis llegado al Occidente a través de cien mil peligros!, ya que tan
poco os resta de vida, no os neguéis a conocer el mundo sin habitantes, que
se encuentra siguiendo al Sol. Pensad en vuestro origen; vosotros no habéis
nacido para vivir como brutos, sino para alcanzar la virtud y la ciencia."
Con esta corta arenga infundí en mis compañeros tal deseo de continuar el
viaje, que apenas los hubiera podido detener después. Y volviendo la popa
hacia el Oriente, de nuestros remos hicimos alas para seguir tan desatentado
viaje, inclinándonos siempre hacia la izquierda. La noche veía ya brillar
todas las estrellas del otro polo, y estaba el nuestro tan bajo que apenas
parecía salir fuera de la superficie de las aguas. Cinco veces se había
encendido y otras tantas apagado la luz de la luna desde que entramos en
aquel gran mar, cuando apareció una montaña obscurecida por la distancia,
la cual me pareció la más alta de cuantas había visto hasta entonces. Nos
Page 123
causó alegría, pero nuestro gozo se trocó bien pronto en llanto; pues de
aquella tierra se levantó un torbellino que chocó contra la proa de nuestro
buque: tres veces lo hizo girar juntamente con las encrespadas ondas, y a la
cuarta levantó la popa y sumergió la proa como plugo al Otro, hasta que el
mar volvió a unirse sobre nosotros.
aquella tierra se levantó un torbellino que chocó contra la proa de nuestro
buque: tres veces lo hizo girar juntamente con las encrespadas ondas, y a la
cuarta levantó la popa y sumergió la proa como plugo al Otro, hasta que el
mar volvió a unirse sobre nosotros.
Page 124
CANTO VIGESIMOSEPTIMO
ABIASE quedado derecha e inmóvil la llama para no decir
nada más, y ya se iba alejando de nosotros, con permiso del
dulce poeta, cuando otra que seguía detrás nos hizo volver la
vista hacia su punta, a causa del confuso rumor que salía de
ella. Como el toro de Sicilia que, lanzando por primer
mugido el llanto del que lo había trabajado con su lima (lo
cual fué justo), bramaba con las voces de los torturados en él
de tal suerte, que a pesar de estar construído de bronce, parecía realmente
traspasado de dolor, así también las palabras lastimeras del espíritu
contenido en la llama, no encontrando en toda la extensión de ella ninguna
abertura por donde salir, se convertían en el lenguaje del fuego; pero cuando
consiguieron llegar a su punta, comunicándole a ésta el movimiento que la
lengua les había dado al pasar, oímos decir:
—¡Oh tú, a quien me dirijo, y que hace poco hablabas en lombardo,
diciendo: "Véte ya, no te detengo más!" Aun cuando yo haya llegado tarde,
no te pese permanecer hablando conmigo; pues a mí no me pesa, no
obstante que estoy ardiendo.[36] Si acabas de caer en este mundo lóbrego
desde la dulce tierra latina, donde he cometido todas mis faltas, dime si los
ABIASE quedado derecha e inmóvil la llama para no decir
nada más, y ya se iba alejando de nosotros, con permiso del
dulce poeta, cuando otra que seguía detrás nos hizo volver la
vista hacia su punta, a causa del confuso rumor que salía de
ella. Como el toro de Sicilia que, lanzando por primer
mugido el llanto del que lo había trabajado con su lima (lo
cual fué justo), bramaba con las voces de los torturados en él
de tal suerte, que a pesar de estar construído de bronce, parecía realmente
traspasado de dolor, así también las palabras lastimeras del espíritu
contenido en la llama, no encontrando en toda la extensión de ella ninguna
abertura por donde salir, se convertían en el lenguaje del fuego; pero cuando
consiguieron llegar a su punta, comunicándole a ésta el movimiento que la
lengua les había dado al pasar, oímos decir:
—¡Oh tú, a quien me dirijo, y que hace poco hablabas en lombardo,
diciendo: "Véte ya, no te detengo más!" Aun cuando yo haya llegado tarde,
no te pese permanecer hablando conmigo; pues a mí no me pesa, no
obstante que estoy ardiendo.[36] Si acabas de caer en este mundo lóbrego
desde la dulce tierra latina, donde he cometido todas mis faltas, dime si los
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romañolos están en paz o en guerra; pues fuí de las montañas que se elevan
entre Urbino y el yugo de que el Tíber se desata.
Yo escuchaba aún atento e inclinado, cuando mi Guía me tocó, diciendo:
—Habla tú, ese es latino.
Y yo, que tenía la respuesta preparada, empecé a hablarle así sin tardanza:
—¡Oh alma, que te escondes ahí debajo! Tu Romanía no está ni estuvo
nunca sin guerra en el corazón de sus tiranos; pero al venir no he dejado
guerra manifiesta: Ravena está como hace muchos años: el águila de
Polenta anida allí, y cubre aún a Cervia con sus alas. La tierra que sostuvo
tan larga prueba, y contiene sangrientos montones de cadáveres franceses,
se encuentra en poder de las garras verdes; y el mastín viejo y el joven de
Verrucchio, que tanto daño hicieron a Montagna, siguen ensangrentando sus
dientes donde acostumbran. La ciudad del Lamone y la del Santerno están
dirigidas por el leoncillo de blanco cubil, que del verano al invierno cambia
de partido; y aquella que está bañada por el Savio, vive entre la tiranía y la
libertad, así como se asienta entre la llanura y la montaña. Ahora te ruego
que me digas quién eres: no seas más duro de lo que lo han sido otros; así
pueda tu nombre durar eternamente en el mundo.
Cuando el fuego hubo producido su acostumbrado rumor, movió de una
parte a otra su aguda punta, y después habló así:
Si yo creyera que dirijo mi respuesta a una persona que debe volver al
mundo, esta llama dejaría de agitarse; pero como ninguno pudo salir jamás
de esta profundidad, si es cierto lo que he oído, te responderé sin temor a la
infamia. Yo fuí hombre de guerra y luego franciscano, creyendo que con
este hábito expiaría mis faltas; y mi creencia hubiera tenido ciertamente
efecto, si el gran Sacerdote, a quien deseo todo mal, no me hubiese hecho
incurrir en mis primeras faltas. Quiero que tú sepas cómo y por qué.
Mientras conservé la forma de carne y hueso que mi madre me dió, mis
acciones no fueron de león, sino de zorra. Yo conocí toda clase de astucias,
todas las asechanzas, y las practiqué tan bien, que su fama resonó hasta en
el último confín del mundo. Cuando me ví cercano a la edad en que cada
cual debería cargar las velas y recoger las cuerdas, lo que antes me agradaba
me disgustó entonces; y arrepentido, confesé mis culpas, retirándome al
entre Urbino y el yugo de que el Tíber se desata.
Yo escuchaba aún atento e inclinado, cuando mi Guía me tocó, diciendo:
—Habla tú, ese es latino.
Y yo, que tenía la respuesta preparada, empecé a hablarle así sin tardanza:
—¡Oh alma, que te escondes ahí debajo! Tu Romanía no está ni estuvo
nunca sin guerra en el corazón de sus tiranos; pero al venir no he dejado
guerra manifiesta: Ravena está como hace muchos años: el águila de
Polenta anida allí, y cubre aún a Cervia con sus alas. La tierra que sostuvo
tan larga prueba, y contiene sangrientos montones de cadáveres franceses,
se encuentra en poder de las garras verdes; y el mastín viejo y el joven de
Verrucchio, que tanto daño hicieron a Montagna, siguen ensangrentando sus
dientes donde acostumbran. La ciudad del Lamone y la del Santerno están
dirigidas por el leoncillo de blanco cubil, que del verano al invierno cambia
de partido; y aquella que está bañada por el Savio, vive entre la tiranía y la
libertad, así como se asienta entre la llanura y la montaña. Ahora te ruego
que me digas quién eres: no seas más duro de lo que lo han sido otros; así
pueda tu nombre durar eternamente en el mundo.
Cuando el fuego hubo producido su acostumbrado rumor, movió de una
parte a otra su aguda punta, y después habló así:
Si yo creyera que dirijo mi respuesta a una persona que debe volver al
mundo, esta llama dejaría de agitarse; pero como ninguno pudo salir jamás
de esta profundidad, si es cierto lo que he oído, te responderé sin temor a la
infamia. Yo fuí hombre de guerra y luego franciscano, creyendo que con
este hábito expiaría mis faltas; y mi creencia hubiera tenido ciertamente
efecto, si el gran Sacerdote, a quien deseo todo mal, no me hubiese hecho
incurrir en mis primeras faltas. Quiero que tú sepas cómo y por qué.
Mientras conservé la forma de carne y hueso que mi madre me dió, mis
acciones no fueron de león, sino de zorra. Yo conocí toda clase de astucias,
todas las asechanzas, y las practiqué tan bien, que su fama resonó hasta en
el último confín del mundo. Cuando me ví cercano a la edad en que cada
cual debería cargar las velas y recoger las cuerdas, lo que antes me agradaba
me disgustó entonces; y arrepentido, confesé mis culpas, retirándome al
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claustro. Entonces ¡ay, infeliz de mí! pude haberme salvado: pero el
príncipe de los nuevos fariseos estaba en guerra cerca de Letrán (y no con
los sarracenos ni con los judíos, pues todos sus enemigos eran cristianos, y
ninguno de ellos había ido a conquistar a Acre, ni a comerciar en la tierra
del Sultán): no tuvo en cuenta su dignidad suprema ni las sagradas órdenes
de que estaba investido, ni vió en mí aquel cordón que solía enflaquecer a
los que lo llevaban; sino que, así como Constantino llamó a Silvestre en el
monte Soracto, para que le curase la lepra, así también me llamó aquél para
que le curara su orgullosa fiebre: pidióme consejo, y yo me callé, porque
sus palabras me parecieron las de un hombre ebrio. Después añadió: "No
abrigue tu corazón temor alguno: te absuelvo de antemano; pero me has de
decir cómo podré echar por tierra los muros de Preneste. Yo puedo abrir y
cerrar el cielo, como sabes; porque son dos las llaves a que no tuvo mucho
apego mi antecesor." Estos graves argumentos me impresionaron, y
pensando que sería peor callar que hablar, dije: "Padre, puesto que tú me
lavas del pecado en que voy a incurrir, para triunfar en tu alto solio, debes
prometer mucho y cumplir poco de lo que prometas." Cuando ocurrió mi
muerte, fué Francisco a buscarme; pero uno de los negros querubines le
dijo: "No puedes llevártelo; no me prives de lo que es mío: éste debe bajar a
lo profundo entre mis condenados, por haber aconsejado el fraude, desde
cuya falta le tengo cogido por los cabellos. No es posible absolver al que no
se arrepiente, como tampoco es posible arrepentirse y querer el pecado al
mismo tiempo, pues la contradicción no lo consiente." ¡Ay de mí,
desdichado! ¡Cómo me aterré cuando me agarró, diciendo: "¡Acaso no
creerías que fuera yo tan lógico!" Me condujo ante Minos, el cual se ciñó
ocho veces la cola en derredor de su duro cuerpo, y mordiéndosela con gran
rabia, dijo: "Ese debe estar entre los culpables que esconde el fuego." He
aquí por qué estoy sepultado donde me ves, y por qué gimo al llevar este
vestido.
Cuando hubo acabado de hablar, se alejó la plañidora llama, torciendo y
agitando su aguda punta. Mi Guía y yo seguimos adelante, a través del
escollo, hasta llegar al otro arco que cubre el foso donde se castiga a los que
cargaron su conciencia introduciendo la discordia.
príncipe de los nuevos fariseos estaba en guerra cerca de Letrán (y no con
los sarracenos ni con los judíos, pues todos sus enemigos eran cristianos, y
ninguno de ellos había ido a conquistar a Acre, ni a comerciar en la tierra
del Sultán): no tuvo en cuenta su dignidad suprema ni las sagradas órdenes
de que estaba investido, ni vió en mí aquel cordón que solía enflaquecer a
los que lo llevaban; sino que, así como Constantino llamó a Silvestre en el
monte Soracto, para que le curase la lepra, así también me llamó aquél para
que le curara su orgullosa fiebre: pidióme consejo, y yo me callé, porque
sus palabras me parecieron las de un hombre ebrio. Después añadió: "No
abrigue tu corazón temor alguno: te absuelvo de antemano; pero me has de
decir cómo podré echar por tierra los muros de Preneste. Yo puedo abrir y
cerrar el cielo, como sabes; porque son dos las llaves a que no tuvo mucho
apego mi antecesor." Estos graves argumentos me impresionaron, y
pensando que sería peor callar que hablar, dije: "Padre, puesto que tú me
lavas del pecado en que voy a incurrir, para triunfar en tu alto solio, debes
prometer mucho y cumplir poco de lo que prometas." Cuando ocurrió mi
muerte, fué Francisco a buscarme; pero uno de los negros querubines le
dijo: "No puedes llevártelo; no me prives de lo que es mío: éste debe bajar a
lo profundo entre mis condenados, por haber aconsejado el fraude, desde
cuya falta le tengo cogido por los cabellos. No es posible absolver al que no
se arrepiente, como tampoco es posible arrepentirse y querer el pecado al
mismo tiempo, pues la contradicción no lo consiente." ¡Ay de mí,
desdichado! ¡Cómo me aterré cuando me agarró, diciendo: "¡Acaso no
creerías que fuera yo tan lógico!" Me condujo ante Minos, el cual se ciñó
ocho veces la cola en derredor de su duro cuerpo, y mordiéndosela con gran
rabia, dijo: "Ese debe estar entre los culpables que esconde el fuego." He
aquí por qué estoy sepultado donde me ves, y por qué gimo al llevar este
vestido.
Cuando hubo acabado de hablar, se alejó la plañidora llama, torciendo y
agitando su aguda punta. Mi Guía y yo seguimos adelante, a través del
escollo, hasta llegar al otro arco que cubre el foso donde se castiga a los que
cargaron su conciencia introduciendo la discordia.
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CANTO VIGESIMOCTAVO
UIEN podría jamás, ni aún con palabras sin medida, por más
que lo intentase muchas veces, describir toda la sangre y las
heridas que vi entonces? No existe ciertamente lengua
alguna que pueda expresar, ni entendimiento que retenga, lo
que apenas cabe en la imaginación. Si pudiera reunirse toda
la gente que derramó su sangre en la infortunada tierra de la
Pulla, cuando combatieron los romanos durante aquella
prolongada guerra en que se recogió tan gran botín de anillos, como refiere
Tito Livio y no se equivoca, con la que sufrió tan rudos golpes por
contrastar a Roberto Guiscardo, y con aquella cuyos huesos se recogen aún,
tanto en Ceperano, donde cada habitante fué un traidor, como en
Tagliacozzo, donde el viejo Allard venció sin armas, y fuera posible que
todos los combatientes mencionados enseñaran sus miembros rotos y
traspasados, ni aun así tendría una idea del aspecto horrible que presentaba
la novena fosa. Una cuba que haya perdido las duelas del fondo no se vacía
tanto como un espíritu que ví hendido desde la barba hasta la parte inferior
del vientre; sus intestinos le colgaban por las piernas: se veía el corazón en
movimiento y el triste saco donde se convierte en excremento todo cuanto
se come. Mientras le estaba contemplando atentamente, me miró, y con las
manos se abrió el pecho, diciendo:
UIEN podría jamás, ni aún con palabras sin medida, por más
que lo intentase muchas veces, describir toda la sangre y las
heridas que vi entonces? No existe ciertamente lengua
alguna que pueda expresar, ni entendimiento que retenga, lo
que apenas cabe en la imaginación. Si pudiera reunirse toda
la gente que derramó su sangre en la infortunada tierra de la
Pulla, cuando combatieron los romanos durante aquella
prolongada guerra en que se recogió tan gran botín de anillos, como refiere
Tito Livio y no se equivoca, con la que sufrió tan rudos golpes por
contrastar a Roberto Guiscardo, y con aquella cuyos huesos se recogen aún,
tanto en Ceperano, donde cada habitante fué un traidor, como en
Tagliacozzo, donde el viejo Allard venció sin armas, y fuera posible que
todos los combatientes mencionados enseñaran sus miembros rotos y
traspasados, ni aun así tendría una idea del aspecto horrible que presentaba
la novena fosa. Una cuba que haya perdido las duelas del fondo no se vacía
tanto como un espíritu que ví hendido desde la barba hasta la parte inferior
del vientre; sus intestinos le colgaban por las piernas: se veía el corazón en
movimiento y el triste saco donde se convierte en excremento todo cuanto
se come. Mientras le estaba contemplando atentamente, me miró, y con las
manos se abrió el pecho, diciendo:
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—Mira cómo me desgarro: mira cuán estropeado está Mahoma. Allí va
delante de mí llorando, con la cabeza abierta desde el cráneo hasta la barba,
y todos los que aquí ves, vivieron; mas por haber diseminado el escándalo y
el cisma en la tierra, están hendidos del mismo modo. En pos de nosotros
viene un diablo que nos hiere cruelmente, dando tajos con su afilada espada
a cuantos alcanza entre esta multitud de pecadores, luego que hemos dado
una vuelta por esta lamentable fosa; porque nuestras heridas se cierran antes
de volvernos a encontrar con aquel demonio. Pero tú, que estás husmeando
desde lo alto del escollo, quizá para demorar tu marcha hacia el suplicio que
te haya sido impuesto por tus culpas, ¿quién eres?
—Ni la muerte le alcanzó aún, ni le traen aquí sus culpas para que sea
atormentado—contestó mi Maestro—, sino que ha venido para conocer
todos los suplicios. Yo, que estoy muerto, debo guiarle por cada uno de los
círculos del profundo Infierno, y esto es tan cierto como que te estoy
hablando.
Al oír estas palabras, más de cien condenados se detuvieron en la fosa para
contemplarme, haciéndoles olvidar la sorpresa su martirio.
—Pues bien, tú que tal vez dentro de poco volverás a ver el sol, di a fray
Dolcino que, si no quiere reunirse conmigo aquí muy pronto, debe
proveerse de víveres y no dejarse rodear por la nieve; pues sin el hambre y
la nieve, difícil le será al novarés vencerle.
Mahoma me dijo estas palabras después de haber levantado un pie para
alejarse; cuando cesó de hablar, lo fijó en el suelo y partió.
Otro, que tenía la garganta atravesada, la nariz cortada hasta las cejas, y una
oreja solamente, se quedó mirándome asombrado con los demás espíritus, y
abriendo antes que ellos su boca, exteriormente rodeada de sangre por todas
partes, dijo:
—¡Oh, tú a quien no condena culpa alguna, y a quien ya vi allá arriba, en la
tierra latina, si es que no me engaña una gran semejanza!, acuérdate de
Pedro de Medicina, si logras ver de nuevo la hermosa llanura que declina
desde Vercelli a Marcabó; y haz saber a los dos mejores de Fano, a messer
Guido y Angiolello, que si la previsión no es aquí vana, serán arrojados
fuera de su bajel, y ahogados cerca de la Católica por la traición de un
delante de mí llorando, con la cabeza abierta desde el cráneo hasta la barba,
y todos los que aquí ves, vivieron; mas por haber diseminado el escándalo y
el cisma en la tierra, están hendidos del mismo modo. En pos de nosotros
viene un diablo que nos hiere cruelmente, dando tajos con su afilada espada
a cuantos alcanza entre esta multitud de pecadores, luego que hemos dado
una vuelta por esta lamentable fosa; porque nuestras heridas se cierran antes
de volvernos a encontrar con aquel demonio. Pero tú, que estás husmeando
desde lo alto del escollo, quizá para demorar tu marcha hacia el suplicio que
te haya sido impuesto por tus culpas, ¿quién eres?
—Ni la muerte le alcanzó aún, ni le traen aquí sus culpas para que sea
atormentado—contestó mi Maestro—, sino que ha venido para conocer
todos los suplicios. Yo, que estoy muerto, debo guiarle por cada uno de los
círculos del profundo Infierno, y esto es tan cierto como que te estoy
hablando.
Al oír estas palabras, más de cien condenados se detuvieron en la fosa para
contemplarme, haciéndoles olvidar la sorpresa su martirio.
—Pues bien, tú que tal vez dentro de poco volverás a ver el sol, di a fray
Dolcino que, si no quiere reunirse conmigo aquí muy pronto, debe
proveerse de víveres y no dejarse rodear por la nieve; pues sin el hambre y
la nieve, difícil le será al novarés vencerle.
Mahoma me dijo estas palabras después de haber levantado un pie para
alejarse; cuando cesó de hablar, lo fijó en el suelo y partió.
Otro, que tenía la garganta atravesada, la nariz cortada hasta las cejas, y una
oreja solamente, se quedó mirándome asombrado con los demás espíritus, y
abriendo antes que ellos su boca, exteriormente rodeada de sangre por todas
partes, dijo:
—¡Oh, tú a quien no condena culpa alguna, y a quien ya vi allá arriba, en la
tierra latina, si es que no me engaña una gran semejanza!, acuérdate de
Pedro de Medicina, si logras ver de nuevo la hermosa llanura que declina
desde Vercelli a Marcabó; y haz saber a los dos mejores de Fano, a messer
Guido y Angiolello, que si la previsión no es aquí vana, serán arrojados
fuera de su bajel, y ahogados cerca de la Católica por la traición de un
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tirano desleal. Desde la isla de Chipre a la de Mallorca no habrá visto jamás
Neptuno una felonía tan grande, llevada a cabo por piratas, ni por corsarios
griegos. Aquel traidor, que ve solamente con un ojo, y que gobierna el país
que no quisiera haber visto uno que está aquí conmigo, les invitará a
parlamentar con él, y después hará de modo que no necesiten conjurar con
sus votos y oraciones el viento de Focara.
Yo le dije:
—Si quieres que lleve noticias tuyas allá arriba, muéstrame y declara quién
es ése que deplora haber visto aquel país.
Entonces puso su mano sobre la mandíbula de uno de sus compañeros, y le
abrió la boca exclamando:
—Héle aquí; pero no habla.
Era aquel que, desterrado de Roma, ahogó la duda en el corazón de César,
afirmando que el que está preparado, se perjudica en aplazar la realización
de una empresa. ¡Oh! ¡Cuán acorbardado me parecía con su lengua cortada
en la garganta aquel Curión, que tan audaz fué para hablar!
Otro, que tenía las manos cortadas, levantando sus muñones al aire
sombrío, de tal modo que se inundaba la cara de sangre, gritó:
—Acuérdate también de Mosca, que dijo, ¡desventurado!: "Cosa hecha está
concluída." Palabras que fueron el origen de las discordias civiles de los
toscanos.
—¡Y de la muerte de tu raza!—exclamé yo.
Entonces él, acumulando dolor sobre dolor, se alejó como una persona triste
y demente.
Continué examinando la banda infernal, y vi cosas que no me atrevería a
referir sin otra prueba, si no fuese por la seguridad de mi conciencia; esa
buena compañera, que confiada en su pureza, fortifica tanto el corazón del
hombre: vi, en efecto, y aun me parece que lo estoy viendo, un cuerpo sin
cabeza, andando como los demás que formaban aquella triste grey: asida
por los cabellos, y pendiente a guisa de linterna, llevaba en una mano su
cabeza cortada, la cual nos miraba exclamando: "¡Ay de mí!" Servíase de sí
Neptuno una felonía tan grande, llevada a cabo por piratas, ni por corsarios
griegos. Aquel traidor, que ve solamente con un ojo, y que gobierna el país
que no quisiera haber visto uno que está aquí conmigo, les invitará a
parlamentar con él, y después hará de modo que no necesiten conjurar con
sus votos y oraciones el viento de Focara.
Yo le dije:
—Si quieres que lleve noticias tuyas allá arriba, muéstrame y declara quién
es ése que deplora haber visto aquel país.
Entonces puso su mano sobre la mandíbula de uno de sus compañeros, y le
abrió la boca exclamando:
—Héle aquí; pero no habla.
Era aquel que, desterrado de Roma, ahogó la duda en el corazón de César,
afirmando que el que está preparado, se perjudica en aplazar la realización
de una empresa. ¡Oh! ¡Cuán acorbardado me parecía con su lengua cortada
en la garganta aquel Curión, que tan audaz fué para hablar!
Otro, que tenía las manos cortadas, levantando sus muñones al aire
sombrío, de tal modo que se inundaba la cara de sangre, gritó:
—Acuérdate también de Mosca, que dijo, ¡desventurado!: "Cosa hecha está
concluída." Palabras que fueron el origen de las discordias civiles de los
toscanos.
—¡Y de la muerte de tu raza!—exclamé yo.
Entonces él, acumulando dolor sobre dolor, se alejó como una persona triste
y demente.
Continué examinando la banda infernal, y vi cosas que no me atrevería a
referir sin otra prueba, si no fuese por la seguridad de mi conciencia; esa
buena compañera, que confiada en su pureza, fortifica tanto el corazón del
hombre: vi, en efecto, y aun me parece que lo estoy viendo, un cuerpo sin
cabeza, andando como los demás que formaban aquella triste grey: asida
por los cabellos, y pendiente a guisa de linterna, llevaba en una mano su
cabeza cortada, la cual nos miraba exclamando: "¡Ay de mí!" Servíase de sí
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mismo como de una lámpara, y eran dos en uno y uno en dos: cómo puede
ser esto, sólo lo sabe Aquél que nos gobierna. Cuando llegó al pie del
puente, levantó en alto su brazo con la cabeza para acercarnos más sus
palabras, que fueron éstas:
—Mira mi tormento cruel, tú que, aunque estás vivo, vas contemplando los
muertos: ve si puede haber alguno tan grande como éste. Y para que puedas
dar noticias mías, sabe que yo soy Bertrán de Born, aquel que dió tan malos
consejos al rey joven. Yo armé al padre y al hijo uno contra otro: no hizo
más Aquitofel con sus perversas instigaciones a David y Absalón. Por haber
dividido a personas tan unidas, llevo ¡ay de mí! mi cabeza separada de su
principio, que queda encerrado en este tronco: así se observa conmigo la
pena del talión.
ser esto, sólo lo sabe Aquél que nos gobierna. Cuando llegó al pie del
puente, levantó en alto su brazo con la cabeza para acercarnos más sus
palabras, que fueron éstas:
—Mira mi tormento cruel, tú que, aunque estás vivo, vas contemplando los
muertos: ve si puede haber alguno tan grande como éste. Y para que puedas
dar noticias mías, sabe que yo soy Bertrán de Born, aquel que dió tan malos
consejos al rey joven. Yo armé al padre y al hijo uno contra otro: no hizo
más Aquitofel con sus perversas instigaciones a David y Absalón. Por haber
dividido a personas tan unidas, llevo ¡ay de mí! mi cabeza separada de su
principio, que queda encerrado en este tronco: así se observa conmigo la
pena del talión.
Page 132
CANTO VIGESIMONONO
L espectáculo de aquella multitud de precitos y de sus
diversas heridas, de tal modo henchía de lágrimas mis ojos,
que hubiera deseado detenerme para llorar. Pero Virgilio me
dijo:
—¿Qué miras ahora? ¿Por qué tu vista se obstina en
contemplar ahí abajo esas sombras tristes y mutiladas? Tú no
has hecho eso en las otras fosas: si crees poder contar esas almas, piensa
que la fosa tiene veintidós millas de circunferencia. La luna está ya debajo
de nosotros: el tiempo que se nos ha concedido es muy corto, y aún nos
queda por ver más de lo que has visto.
—Si hubieses considerado atentamente—le respondí—la causa que me
obligaba a mirar, quizá hubieras permitido que me detuviera aquí un poco.
Mi Guía se alejaba ya, mientras yo iba tras de él contestándole y añadiendo:
—Dentro de aquella cueva donde tenía los ojos tan fijos, creo que había un
espíritu de mi familia llorando el delito que se castiga ahí con tan graves
penas.
L espectáculo de aquella multitud de precitos y de sus
diversas heridas, de tal modo henchía de lágrimas mis ojos,
que hubiera deseado detenerme para llorar. Pero Virgilio me
dijo:
—¿Qué miras ahora? ¿Por qué tu vista se obstina en
contemplar ahí abajo esas sombras tristes y mutiladas? Tú no
has hecho eso en las otras fosas: si crees poder contar esas almas, piensa
que la fosa tiene veintidós millas de circunferencia. La luna está ya debajo
de nosotros: el tiempo que se nos ha concedido es muy corto, y aún nos
queda por ver más de lo que has visto.
—Si hubieses considerado atentamente—le respondí—la causa que me
obligaba a mirar, quizá hubieras permitido que me detuviera aquí un poco.
Mi Guía se alejaba ya, mientras yo iba tras de él contestándole y añadiendo:
—Dentro de aquella cueva donde tenía los ojos tan fijos, creo que había un
espíritu de mi familia llorando el delito que se castiga ahí con tan graves
penas.
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Entonces me contestó el Maestro:
—No se ocupe ya más tu pensamiento en la suerte de ese espíritu; piensa en
otra cosa, y quédese él donde está. Le he visto al pie del puente señalarte y
amenazarte airadamente con el dedo, y oí que le llamaban Geri del Bello;
pero tú estabas tan distraído con el que gobernó a Altaforte, que como no
miraste hacia donde él estaba, se marchó.
—¡Oh, mi Guía!—dije yo—Su violenta muerte, que no ha sido aún vengada
por ninguno de nosotros, partícipes de la ofensa, le ha indignado: he aquí
por qué, según presumo, se ha ido sin hablarme; y esto es causa de que me
inspire más compasión.
Así continuamos hablando hasta el primer punto del peñasco, desde donde
se distinguiría la otra fosa hasta el fondo, si hubiera en ella más claridad.
Cuando estuvimos colocados sobre el último recinto de Malebolge, de
manera que los transfigurados que contenía pudieran aparecer a nuestra
vista, hirieron mis oídos diversos lamentos que cual agudas flechas me
traspasaron el corazón; por lo cual tuve que cubrirme las orejas con ambas
manos. Si entre los meses de julio y septiembre los hospitales de la
Valdichiana y los enfermos de las Marismas y de Cerdeña estuvieran
reunidos en una sola fosa, esta acumulación formaría un espectáculo tan
doloroso como el que ví en aquella, de la cual se exhalaba la misma
pestilencia que la que despiden los miembros gangrenados. Descendimos
hacia la izquierda por la última orilla del largo peñasco, y entonces pude
distinguir mejor la profundidad de aquel abismo, donde la infalible Justicia,
ministro del Altísimo, castiga a los falsarios que apunta en su registro.
No creo que causara mayor tristeza ver enfermo el pueblo entero de Egina,
cuando se inficionó tanto el aire, que perecieron todos los animales hasta el
miserable gusano, habiendo salido después los habitantes de aquella isla de
la raza de las hormigas, según aseguran los poetas, como causaba el ver a
los espíritus languidecer en tristes montones por aquel obscuro valle. Cuál
yacía tendido sobre el vientre, cuál sobre las espaldas unos de otros; y
alguno andaba a rastras por el triste camino.
Ibamos caminando paso a paso sin decir una palabra, mirando y escuchando
a los enfermos, que no podían sostener sus cuerpos. Vi dos de ellos sentados
y apoyados el uno contra el otro, como se apoyan las tejas para cocerlas, y
—No se ocupe ya más tu pensamiento en la suerte de ese espíritu; piensa en
otra cosa, y quédese él donde está. Le he visto al pie del puente señalarte y
amenazarte airadamente con el dedo, y oí que le llamaban Geri del Bello;
pero tú estabas tan distraído con el que gobernó a Altaforte, que como no
miraste hacia donde él estaba, se marchó.
—¡Oh, mi Guía!—dije yo—Su violenta muerte, que no ha sido aún vengada
por ninguno de nosotros, partícipes de la ofensa, le ha indignado: he aquí
por qué, según presumo, se ha ido sin hablarme; y esto es causa de que me
inspire más compasión.
Así continuamos hablando hasta el primer punto del peñasco, desde donde
se distinguiría la otra fosa hasta el fondo, si hubiera en ella más claridad.
Cuando estuvimos colocados sobre el último recinto de Malebolge, de
manera que los transfigurados que contenía pudieran aparecer a nuestra
vista, hirieron mis oídos diversos lamentos que cual agudas flechas me
traspasaron el corazón; por lo cual tuve que cubrirme las orejas con ambas
manos. Si entre los meses de julio y septiembre los hospitales de la
Valdichiana y los enfermos de las Marismas y de Cerdeña estuvieran
reunidos en una sola fosa, esta acumulación formaría un espectáculo tan
doloroso como el que ví en aquella, de la cual se exhalaba la misma
pestilencia que la que despiden los miembros gangrenados. Descendimos
hacia la izquierda por la última orilla del largo peñasco, y entonces pude
distinguir mejor la profundidad de aquel abismo, donde la infalible Justicia,
ministro del Altísimo, castiga a los falsarios que apunta en su registro.
No creo que causara mayor tristeza ver enfermo el pueblo entero de Egina,
cuando se inficionó tanto el aire, que perecieron todos los animales hasta el
miserable gusano, habiendo salido después los habitantes de aquella isla de
la raza de las hormigas, según aseguran los poetas, como causaba el ver a
los espíritus languidecer en tristes montones por aquel obscuro valle. Cuál
yacía tendido sobre el vientre, cuál sobre las espaldas unos de otros; y
alguno andaba a rastras por el triste camino.
Ibamos caminando paso a paso sin decir una palabra, mirando y escuchando
a los enfermos, que no podían sostener sus cuerpos. Vi dos de ellos sentados
y apoyados el uno contra el otro, como se apoyan las tejas para cocerlas, y
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llenos de pústulas desde la cabeza hasta los pies. Nunca he visto criado
alguno, a quien espera su amo o que vela a pesar suyo, tan diligente en
remover la almohaza, como lo era cada uno de aquellos condenados para
rascarse con frecuencia y calmar así la terrible rabia de su comezón, que no
tenía otro remedio. Se arrancaban con las uñas las pústulas, como el
cuchillo arranca las escamas del escaro o de otro pescado que las tenga más
grandes.
—¡Oh tú, que con los dedos te desarmas—dijo mi Guía a uno de ellos—, y
que los empleas como si fueran tenazas! Dime si hay algún latino entre los
que están aquí, y ¡ojalá puedan tus uñas bastarte eternamente para ese
trabajo!
—Latinos somos los dos a quienes ves tan deformes—respondió uno de
ellos llorando—; pero ¿quién eres tú, que preguntas por nosotros?
Y el Guía repuso:
—Soy un espíritu que he descendido con este sér viviente de grado en
grado, y tengo el encargo de enseñarle el Infierno.
Las dos sombras cesaron entonces de prestarse mutuo apoyo, y cada una de
ellas se volvió temblando hacia mí, juntamente con otras que lo oyeron,
aunque no se dirigía a ellas la contestación. El buen Maestro se me acercó
diciendo: "Diles lo que quieras." Y ya que él lo permitía, empecé de este
modo:
—Así vuestra memoria no se borre de las mentes humanas en el primer
mundo, y antes bien dure por muchos años; decidme quiénes sois y de qué
nación: no tengáis reparo en franquearos conmigo, sin que os lo impida
vuestro insoportable y vergonzoso suplicio.
—Yo fuí de Arezzo—respondió uno—, y Alberto de Siena me condenó a las
llamas; pero la causa de mi muerte no es la que me ha traído al Infierno.[37]
Es cierto que le dije chanceándome: "Yo sabría elevarme por el aire
volando;" y él, que era curioso y de cortos alcances, quiso que yo le
enseñase aquel arte: y tan sólo porque no le convertí en Dédalo, me hizo
quemar por mandato de uno que le tenía por hijo; pero Minos, que no puede
alguno, a quien espera su amo o que vela a pesar suyo, tan diligente en
remover la almohaza, como lo era cada uno de aquellos condenados para
rascarse con frecuencia y calmar así la terrible rabia de su comezón, que no
tenía otro remedio. Se arrancaban con las uñas las pústulas, como el
cuchillo arranca las escamas del escaro o de otro pescado que las tenga más
grandes.
—¡Oh tú, que con los dedos te desarmas—dijo mi Guía a uno de ellos—, y
que los empleas como si fueran tenazas! Dime si hay algún latino entre los
que están aquí, y ¡ojalá puedan tus uñas bastarte eternamente para ese
trabajo!
—Latinos somos los dos a quienes ves tan deformes—respondió uno de
ellos llorando—; pero ¿quién eres tú, que preguntas por nosotros?
Y el Guía repuso:
—Soy un espíritu que he descendido con este sér viviente de grado en
grado, y tengo el encargo de enseñarle el Infierno.
Las dos sombras cesaron entonces de prestarse mutuo apoyo, y cada una de
ellas se volvió temblando hacia mí, juntamente con otras que lo oyeron,
aunque no se dirigía a ellas la contestación. El buen Maestro se me acercó
diciendo: "Diles lo que quieras." Y ya que él lo permitía, empecé de este
modo:
—Así vuestra memoria no se borre de las mentes humanas en el primer
mundo, y antes bien dure por muchos años; decidme quiénes sois y de qué
nación: no tengáis reparo en franquearos conmigo, sin que os lo impida
vuestro insoportable y vergonzoso suplicio.
—Yo fuí de Arezzo—respondió uno—, y Alberto de Siena me condenó a las
llamas; pero la causa de mi muerte no es la que me ha traído al Infierno.[37]
Es cierto que le dije chanceándome: "Yo sabría elevarme por el aire
volando;" y él, que era curioso y de cortos alcances, quiso que yo le
enseñase aquel arte: y tan sólo porque no le convertí en Dédalo, me hizo
quemar por mandato de uno que le tenía por hijo; pero Minos, que no puede
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equivocarse, me condenó a la última de las diez fosas por haberme dedicado
a la alquimia en el mundo.
Yo dije al Poeta:
—¿Hubo jamás un pueblo tan vano como el sienés? Seguramente no lo es
tanto, ni con mucho, el pueblo francés.
Entonces el otro leproso, que me oyó, contestó a mis palabras:
—Exceptúa a Stricca, que supo hacer tan moderados gastos; y a Niccolo,
que fué el primero que descubrió la rica usanza del clavo de especia, en la
ciudad donde hoy es tan común su uso. Exceptúa también la sociedad en
que malgastó Caccia de Asciano sus viñas y sus bosques, y en la que
Abbagliato demostró hasta donde llegaba su juicio. Mas para que sepas
quién es el que de este modo te secunda contra los sieneses, fija en mí tus
ojos a fin de que mi rostro corresponda al deseo que tienes de conocerme, y
podrás ver que soy la sombra de Capocchio, el que falsificó los metales por
medio de la alquimia: y debes recordar, si eres efectivamente el que pienso,
que fuí por naturaleza un buen imitador.
a la alquimia en el mundo.
Yo dije al Poeta:
—¿Hubo jamás un pueblo tan vano como el sienés? Seguramente no lo es
tanto, ni con mucho, el pueblo francés.
Entonces el otro leproso, que me oyó, contestó a mis palabras:
—Exceptúa a Stricca, que supo hacer tan moderados gastos; y a Niccolo,
que fué el primero que descubrió la rica usanza del clavo de especia, en la
ciudad donde hoy es tan común su uso. Exceptúa también la sociedad en
que malgastó Caccia de Asciano sus viñas y sus bosques, y en la que
Abbagliato demostró hasta donde llegaba su juicio. Mas para que sepas
quién es el que de este modo te secunda contra los sieneses, fija en mí tus
ojos a fin de que mi rostro corresponda al deseo que tienes de conocerme, y
podrás ver que soy la sombra de Capocchio, el que falsificó los metales por
medio de la alquimia: y debes recordar, si eres efectivamente el que pienso,
que fuí por naturaleza un buen imitador.
Page 136
CANTO TRIGESIMO
N aquel tiempo en que Juno, por causa de Semele, estaba
irritada contra la sangre tebana, como lo demostró más de
una vez, Atamas se volvió tan insensato que, al ver acercarse
a su mujer, llevando de la mano a sus dos hijos, exclamó:
"Tendamos las redes de modo que yo coja a su paso la leona
con sus cachorros;" y extendiendo después las desapiadadas
manos, agarró a uno de ellos, que se llamaba Learco, le hizo
dar vueltas en el aire y lo estrelló contra una roca: la madre se ahogó con el
hijo restante. Cuando la fortuna abatió la grandeza de los troyanos, que a
todo se atrevían, hasta que el reino fué destruído juntamente con el rey, la
triste Hécuba, miserable y cautiva, después de haber visto a Polixena
muerta, y el cuerpo de su Polidoro tendido en la orilla del mar quedó con el
corazón tan desgarrado, que, fuera de sí, empezó a ladrar como un perro; de
tal modo la había trastornado el dolor. Pero ni los tebanos ni los troyanos
furiosos demostraron tanta crueldad, no ya en torturar cuerpos humanos,
sino ni siquiera animales, como la que vi en dos sombras desnudas y
pálidas, que corrían mordiéndose, como el cerdo cuando se escapa de su
pocilga. Una de ellas alcanzó a Capocchio, y se le afianzó a la nuca de tal
N aquel tiempo en que Juno, por causa de Semele, estaba
irritada contra la sangre tebana, como lo demostró más de
una vez, Atamas se volvió tan insensato que, al ver acercarse
a su mujer, llevando de la mano a sus dos hijos, exclamó:
"Tendamos las redes de modo que yo coja a su paso la leona
con sus cachorros;" y extendiendo después las desapiadadas
manos, agarró a uno de ellos, que se llamaba Learco, le hizo
dar vueltas en el aire y lo estrelló contra una roca: la madre se ahogó con el
hijo restante. Cuando la fortuna abatió la grandeza de los troyanos, que a
todo se atrevían, hasta que el reino fué destruído juntamente con el rey, la
triste Hécuba, miserable y cautiva, después de haber visto a Polixena
muerta, y el cuerpo de su Polidoro tendido en la orilla del mar quedó con el
corazón tan desgarrado, que, fuera de sí, empezó a ladrar como un perro; de
tal modo la había trastornado el dolor. Pero ni los tebanos ni los troyanos
furiosos demostraron tanta crueldad, no ya en torturar cuerpos humanos,
sino ni siquiera animales, como la que vi en dos sombras desnudas y
pálidas, que corrían mordiéndose, como el cerdo cuando se escapa de su
pocilga. Una de ellas alcanzó a Capocchio, y se le afianzó a la nuca de tal
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modo, que tirando de él, le hizo arañar con su vientre el duro suelo. El
aretino, que quedó temblando, me dijo:
—Ese loco es Gianni Schicchi, que va rabioso maltratando a los demás.
—¡Oh!—le dije yo—: no temas decirme quién es la otra sombra que va con
él, antes que desaparezca, y ojalá no venga a hincarte los dientes en el
cuerpo.
Me contestó:
—Es el alma antigua de la perversa Mirra, que fué amante de su padre
contra las leyes del amor honesto: para cometer tal pecado se disfrazó bajo
la forma de otra; como aquel que ya se va tuvo empeño en fingirse Buoso
Donati, a fin de ganar la "Donna della Torma," testando en su lugar, y
dictando las cláusulas del testamento.[38]
Cuando hubieron pasado aquellas dos almas furiosas, sobre las cuales había
tenido fija mi vista, me volví para mirar las sombras de los otros mal
nacidos. Vi uno, que pareciera un laúd, si hubiese tenido el cuerpo cortado
en el sitio donde el hombre se bifurca. La pesada hidropesía, que, a causa de
los humores convertidos en maligna sustancia, hace los miembros tan
desproporcionados, que el rostro no corresponde al vientre, le obligaba a
tener la boca abierta, pareciéndose al hético que, cuando está sediento,
dirige uno de sus labios hacia la barba y otro hacia la nariz.
—¡Oh vosotros, que no sufrís pena alguna (y no sé por qué) en este mundo
miserable!—nos dijo—: mirad y estad atentos al infortunio de maese Adam:
yo tuve en abundancia, mientras viví, todo cuanto deseé; y ahora, ¡ay de
mí!, sólo deseo una gota de agua.
Los arroyuelos que desde las verdes colinas del Casentino descienden hasta
el Arno, trazando frescos y apacibles cauces, continuamente están ante mi
vista, y no en vano; pues su imagen me reseca más que el mal que descarna
mi rostro. La rígida justicia que me castiga se sirve del mismo lugar donde
he pecado para hacerme exhalar más suspiros. Allí está Romena, donde
falsifiqué la moneda acuñada con el busto del Bautista, por lo cual dejé en
la tierra mi cuerpo quemado. Pero si yo viese aquí el alma criminal de
Guido, o la de Alejandro, o la de su hermano, no cambiaría el placer de
aretino, que quedó temblando, me dijo:
—Ese loco es Gianni Schicchi, que va rabioso maltratando a los demás.
—¡Oh!—le dije yo—: no temas decirme quién es la otra sombra que va con
él, antes que desaparezca, y ojalá no venga a hincarte los dientes en el
cuerpo.
Me contestó:
—Es el alma antigua de la perversa Mirra, que fué amante de su padre
contra las leyes del amor honesto: para cometer tal pecado se disfrazó bajo
la forma de otra; como aquel que ya se va tuvo empeño en fingirse Buoso
Donati, a fin de ganar la "Donna della Torma," testando en su lugar, y
dictando las cláusulas del testamento.[38]
Cuando hubieron pasado aquellas dos almas furiosas, sobre las cuales había
tenido fija mi vista, me volví para mirar las sombras de los otros mal
nacidos. Vi uno, que pareciera un laúd, si hubiese tenido el cuerpo cortado
en el sitio donde el hombre se bifurca. La pesada hidropesía, que, a causa de
los humores convertidos en maligna sustancia, hace los miembros tan
desproporcionados, que el rostro no corresponde al vientre, le obligaba a
tener la boca abierta, pareciéndose al hético que, cuando está sediento,
dirige uno de sus labios hacia la barba y otro hacia la nariz.
—¡Oh vosotros, que no sufrís pena alguna (y no sé por qué) en este mundo
miserable!—nos dijo—: mirad y estad atentos al infortunio de maese Adam:
yo tuve en abundancia, mientras viví, todo cuanto deseé; y ahora, ¡ay de
mí!, sólo deseo una gota de agua.
Los arroyuelos que desde las verdes colinas del Casentino descienden hasta
el Arno, trazando frescos y apacibles cauces, continuamente están ante mi
vista, y no en vano; pues su imagen me reseca más que el mal que descarna
mi rostro. La rígida justicia que me castiga se sirve del mismo lugar donde
he pecado para hacerme exhalar más suspiros. Allí está Romena, donde
falsifiqué la moneda acuñada con el busto del Bautista, por lo cual dejé en
la tierra mi cuerpo quemado. Pero si yo viese aquí el alma criminal de
Guido, o la de Alejandro, o la de su hermano, no cambiaría el placer de
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mirarlos a mi lado ni aun por la fuente Branda. Una de ellas está ya aquí
dentro, si es cierto lo que dicen las coléricas sombras de los que giran por
estos sitios; pero ¿qué me importa, si tengo encadenados mis miembros? Si
a lo menos fuese yo tan ágil que en cien años pudiera andar una pulgada, ya
me habría internado por el sendero, buscándola entre esa gente deforme, a
pesar de que la fosa tiene once millas de circunferencia y no menos de
media milla de diámetro. Por su causa me veo entre estos condenados: ellos
me indujeron a acuñar los florines, que bien tenían tres quilates de liga.
A mi vez lo dije:
—¿Quiénes son esos dos espíritus infelices, que despiden vaho, como en el
invierno una mano mojada, y que tan unidas yacen a tu derecha?
—Aquí los encontré—respondióme—, cuando bajé a este abismo; y desde
entonces, ni se han movido, ni creo que eternamente se muevan. El uno es
la falsa que acusó a José; el otro es el falso Sinón, griego de Troya: por
efecto de su ardiente fiebre, lanzan ese vapor fétido.
Uno de ellos, indignado quizá porque se le daba aquel nombre infame, le
golpeó con el puño en su endurecido vientre, haciéndoselo resonar como un
tambor. Maese Adam le dió a su vez en el rostro con su puño, que no
parecía menos duro, diciéndole:
—Aunque me vea privado de moverme a causa de la pesadez de algunos de
mis miembros, tengo el brazo suelto para semejante tarea.
A lo que aquél replicó:
—Cuando marchabas hacia la hoguera no lo tenías tan suelto; pero lo tenías
mucho más cuando acuñabas moneda.
El hidrópico repuso:
—Eres verídico en eso; mas no lo fuiste tanto cuando en Troya te incitaron
a que dijeses la verdad.
—Si allí dije una falsedad, en cambio tú falsificaste el cuño—dijo Sinón—;
y si yo estoy aquí por una falta, tú lo estás por muchas más que ninguno
otro demonio.
dentro, si es cierto lo que dicen las coléricas sombras de los que giran por
estos sitios; pero ¿qué me importa, si tengo encadenados mis miembros? Si
a lo menos fuese yo tan ágil que en cien años pudiera andar una pulgada, ya
me habría internado por el sendero, buscándola entre esa gente deforme, a
pesar de que la fosa tiene once millas de circunferencia y no menos de
media milla de diámetro. Por su causa me veo entre estos condenados: ellos
me indujeron a acuñar los florines, que bien tenían tres quilates de liga.
A mi vez lo dije:
—¿Quiénes son esos dos espíritus infelices, que despiden vaho, como en el
invierno una mano mojada, y que tan unidas yacen a tu derecha?
—Aquí los encontré—respondióme—, cuando bajé a este abismo; y desde
entonces, ni se han movido, ni creo que eternamente se muevan. El uno es
la falsa que acusó a José; el otro es el falso Sinón, griego de Troya: por
efecto de su ardiente fiebre, lanzan ese vapor fétido.
Uno de ellos, indignado quizá porque se le daba aquel nombre infame, le
golpeó con el puño en su endurecido vientre, haciéndoselo resonar como un
tambor. Maese Adam le dió a su vez en el rostro con su puño, que no
parecía menos duro, diciéndole:
—Aunque me vea privado de moverme a causa de la pesadez de algunos de
mis miembros, tengo el brazo suelto para semejante tarea.
A lo que aquél replicó:
—Cuando marchabas hacia la hoguera no lo tenías tan suelto; pero lo tenías
mucho más cuando acuñabas moneda.
El hidrópico repuso:
—Eres verídico en eso; mas no lo fuiste tanto cuando en Troya te incitaron
a que dijeses la verdad.
—Si allí dije una falsedad, en cambio tú falsificaste el cuño—dijo Sinón—;
y si yo estoy aquí por una falta, tú lo estás por muchas más que ninguno
otro demonio.
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—Acuérdate, perjuro, del caballo—replicó aquel que tenía el vientre
hinchado—; y sírvate de castigo el que el mundo entero conoce tu delito.
—Sírvate a ti también de castigo la sed que tiene agrietada tu lengua—
contestó el Griego—, y el agua podrida que eleva tu vientre como una
barrera ante tus ojos.
Entonces el monedero replicó:
—También tu boca se rasga por hablar mal, como acostumbra: si yo tengo
sed, y si el humor me hincha, tú tienes fiebre y te duele la cabeza; no te
harías mucho de rogar para lamer el espejo de Narciso.
Yo estaba escuchándoles atentamente, cuando me dijo mi Maestro:
—Sigue, sigue contemplándolos aún; que poco me falta para reírme de ti.
Cuando le oí hablarme con ira, me volví hacia él tan abochornado, que aún
conservo vivo el recuerdo en mi memoria: y como quien sueña en su
desgracia, que aun soñando desea soñar, y anhela ardientemente que sea
sueño lo que ya lo es, así estaba yo, sin poder proferir una palabra, por más
que quisiera excusarme; y a pesar de que con el silencio me excusaba, no
creía hacerlo así.
—Con menos vergüenza habría bastante para borrar una falta mayor que la
tuya—me dijo el Maestro—: consuélate; y si acaso vuelve a suceder que te
reunas con gente entregada a semejantes debates, piensa en que estoy
siempre a tu lado; porque querer oír eso es querer una bajeza.
hinchado—; y sírvate de castigo el que el mundo entero conoce tu delito.
—Sírvate a ti también de castigo la sed que tiene agrietada tu lengua—
contestó el Griego—, y el agua podrida que eleva tu vientre como una
barrera ante tus ojos.
Entonces el monedero replicó:
—También tu boca se rasga por hablar mal, como acostumbra: si yo tengo
sed, y si el humor me hincha, tú tienes fiebre y te duele la cabeza; no te
harías mucho de rogar para lamer el espejo de Narciso.
Yo estaba escuchándoles atentamente, cuando me dijo mi Maestro:
—Sigue, sigue contemplándolos aún; que poco me falta para reírme de ti.
Cuando le oí hablarme con ira, me volví hacia él tan abochornado, que aún
conservo vivo el recuerdo en mi memoria: y como quien sueña en su
desgracia, que aun soñando desea soñar, y anhela ardientemente que sea
sueño lo que ya lo es, así estaba yo, sin poder proferir una palabra, por más
que quisiera excusarme; y a pesar de que con el silencio me excusaba, no
creía hacerlo así.
—Con menos vergüenza habría bastante para borrar una falta mayor que la
tuya—me dijo el Maestro—: consuélate; y si acaso vuelve a suceder que te
reunas con gente entregada a semejantes debates, piensa en que estoy
siempre a tu lado; porque querer oír eso es querer una bajeza.
Page 140
CANTO TRIGESIMOPRIMERO
A misma lengua que antes me hirió, tiñendo de rubor mis
mejillas, me aplicó en seguida el remedio: Así he oído contar
que la lanza de Aquiles y de su padre solía ocasionar primero
un disfavor, y luego un buen regalo. Volvimos la espalda a
aquel desventurado valle, andando, sin decir una palabra, por
encima del margen que lo rodea. Allí no era de día ni de
noche, de modo que mi vista alcanzaba poco delante de mí: pero oí resonar
una gran trompa, tan fuertemente, que habría impuesto silencio a cualquier
trueno; por lo cual mis ojos, siguiendo la dirección que aquel ruido traía, se
fijaron totalmente en un solo punto. No hizo sonar tan terriblemente su
trompa Orlando, después de la dolorosa derrota en que Carlo Magno perdió
el fruto de su santa empresa. A poco de haber vuelto hacia aquel lado la
cabeza, me pareció ver muchas torres elevadas, por lo que dije:
—Maestro, ¿qué tierra es ésta?
Me respondió:
—Como miras a lo lejos a través de las tinieblas, te equivocas en lo que te
imaginas. Ya verás, cuando hayas llegado allí, cuánto engaña a la vista la
A misma lengua que antes me hirió, tiñendo de rubor mis
mejillas, me aplicó en seguida el remedio: Así he oído contar
que la lanza de Aquiles y de su padre solía ocasionar primero
un disfavor, y luego un buen regalo. Volvimos la espalda a
aquel desventurado valle, andando, sin decir una palabra, por
encima del margen que lo rodea. Allí no era de día ni de
noche, de modo que mi vista alcanzaba poco delante de mí: pero oí resonar
una gran trompa, tan fuertemente, que habría impuesto silencio a cualquier
trueno; por lo cual mis ojos, siguiendo la dirección que aquel ruido traía, se
fijaron totalmente en un solo punto. No hizo sonar tan terriblemente su
trompa Orlando, después de la dolorosa derrota en que Carlo Magno perdió
el fruto de su santa empresa. A poco de haber vuelto hacia aquel lado la
cabeza, me pareció ver muchas torres elevadas, por lo que dije:
—Maestro, ¿qué tierra es ésta?
Me respondió:
—Como miras a lo lejos a través de las tinieblas, te equivocas en lo que te
imaginas. Ya verás, cuando hayas llegado allí, cuánto engaña a la vista la
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distancia: así pues, aprieta el paso.
Después me cogió afectuosamente de la mano, y me dijo:
—Antes que pasemos más adelante, y a fin de que el caso no te cause tanta
extrañeza, sabe que eso no son torres, sino gigantes; todos los cuales están
metidos hasta el ombligo en el pozo alrededor de sus muros.
Así como la vista, cuando se disipa la niebla, reconoce poco a poco las
cosas ocultas por el vapor en que estaba envuelto el aire, de igual modo, y a
medida que la mía atravesaba aquella atmósfera densa y obscura, conforme
nos íbamos acercando hacia el borde del pozo, mi error se disipaba y crecía
mi miedo. Lo mismo que Montereggione corona de torres su recinto
amurallado, así, por el borde que rodea el pozo, se elevaban como torres y
hasta la mitad del cuerpo los horribles gigantes, a quienes amenaza todavía
Júpiter desde el cielo, cuando truena. Yo podía distinguir ya el rostro, los
hombros y el pecho de uno de ellos, y gran parte de su vientre, y sus dos
brazos a lo largo de los costados. En verdad que hizo bien la Naturaleza
cuando abandonó el arte de crear semejantes animales, para quitar pronto a
Marte tales ejecutores; y si ella no se arrepiente de producir elefantes y
ballenas, quien lo repare sutilmente, verá en esto mismo su justicia y su
discreción; porque donde la fuerza del ingenio se une a la malevolencia y al
vigor, no hay resistencia posible para los hombres.
Su cabeza me parecía tan larga y gruesa como la piña de San Pedro en
Roma[39], guardando la misma proporción los demás huesos; de suerte que,
aun cuando el ribazo le ocultaba de medio cuerpo abajo, se veía lo bastante
para que tres frisones no hubieran podido alabarse de alcanzar a su
cabellera; porque yo calculaba que tendría treinta grandes palmos desde el
borde del pozo hasta el sitio donde el hombre se abrocha la capa.
"Raphel mai amech isabi almi"[40], empezó a gritar la fiera boca, en la cual
no estarían bien otras voces más suaves; y mi Guía le dijo:
—Alma insensata, sigue entreteniéndote con la trompa, y desahógate con
ella, cuando te agite la cólera u otra pasión. Busca por tu cuello y
encontrarás la soga que la sujeta, ¡oh alma turbada!; mírala cómo ciñe tu
enorme pecho.
Después me cogió afectuosamente de la mano, y me dijo:
—Antes que pasemos más adelante, y a fin de que el caso no te cause tanta
extrañeza, sabe que eso no son torres, sino gigantes; todos los cuales están
metidos hasta el ombligo en el pozo alrededor de sus muros.
Así como la vista, cuando se disipa la niebla, reconoce poco a poco las
cosas ocultas por el vapor en que estaba envuelto el aire, de igual modo, y a
medida que la mía atravesaba aquella atmósfera densa y obscura, conforme
nos íbamos acercando hacia el borde del pozo, mi error se disipaba y crecía
mi miedo. Lo mismo que Montereggione corona de torres su recinto
amurallado, así, por el borde que rodea el pozo, se elevaban como torres y
hasta la mitad del cuerpo los horribles gigantes, a quienes amenaza todavía
Júpiter desde el cielo, cuando truena. Yo podía distinguir ya el rostro, los
hombros y el pecho de uno de ellos, y gran parte de su vientre, y sus dos
brazos a lo largo de los costados. En verdad que hizo bien la Naturaleza
cuando abandonó el arte de crear semejantes animales, para quitar pronto a
Marte tales ejecutores; y si ella no se arrepiente de producir elefantes y
ballenas, quien lo repare sutilmente, verá en esto mismo su justicia y su
discreción; porque donde la fuerza del ingenio se une a la malevolencia y al
vigor, no hay resistencia posible para los hombres.
Su cabeza me parecía tan larga y gruesa como la piña de San Pedro en
Roma[39], guardando la misma proporción los demás huesos; de suerte que,
aun cuando el ribazo le ocultaba de medio cuerpo abajo, se veía lo bastante
para que tres frisones no hubieran podido alabarse de alcanzar a su
cabellera; porque yo calculaba que tendría treinta grandes palmos desde el
borde del pozo hasta el sitio donde el hombre se abrocha la capa.
"Raphel mai amech isabi almi"[40], empezó a gritar la fiera boca, en la cual
no estarían bien otras voces más suaves; y mi Guía le dijo:
—Alma insensata, sigue entreteniéndote con la trompa, y desahógate con
ella, cuando te agite la cólera u otra pasión. Busca por tu cuello y
encontrarás la soga que la sujeta, ¡oh alma turbada!; mírala cómo ciñe tu
enorme pecho.
Page 142
Después me dijo:
El mismo se acusa: ese es Nemrod, por cuyo audaz pensamiento se ve
obligado el mundo a usar más de una lengua. Dejémosle estar, y no
lancemos nuestras palabras al viento; pues ni él comprende el lenguaje de
los demás, ni nadie conoce el suyo.
Continuamos, pues, nuestro viaje, siguiendo hacia la izquierda; y a un tiro
de ballesta de aquel punto encontramos otro gigante mucho más grande y
fiero. No podré decir quién fué capaz de sujetarle; pero sí que tenía ligado
el brazo izquierdo por delante y el otro por detrás con una cadena, la cual le
rodeaba del cuello abajo, dándole cinco vueltas en la parte del cuerpo que
salía fuera del pozo.
—Ese soberbio quiso ensayar su poder contra el sumo Júpiter—dijo mi
Guía—, por lo cual tiene la pena que ha merecido. Llámase Efialto, y dió
muestras de audacia cuando los gigantes causaron miedo a los Dioses: los
brazos que tanto movió entonces, no los moverá ya jamás.
Y yo le dije:
—Si fuese posible, quisiera que mis ojos tuviesen una idea de lo que es el
desmesurado Briareo.
A lo que contestó:
—Verás cerca de aquí a Anteo, que habla y anda suelto, el cual nos
conducirá al fondo del Infierno. El que tú quieres ver está atado mucho más
lejos, y es lo mismo que éste, sólo que su rostro parece más feroz.
El más impetuoso terremoto no sacudió nunca una torre con tal violencia
como se agitó repentinamente Efialto. Entonces temí la muerte más que
nunca, y a no haber visto que el gigante estaba bien atado, bastara para ello
el miedo que me poseía. Seguimos avanzando, y llegamos adonde estaba
Anteo, que, sin contar la cabeza, salía fuera del abismo lo menos cinco alas.
[41]
—¡Oh tú, que en el afortunado valle donde Escipión heredó tanta gloria,
cuando Aníbal y los suyos volvieron las espaldas, recogiste mil leones por
presa, y que, si hubieras asistido a la gran guerra de tus hermanos, aún hay
El mismo se acusa: ese es Nemrod, por cuyo audaz pensamiento se ve
obligado el mundo a usar más de una lengua. Dejémosle estar, y no
lancemos nuestras palabras al viento; pues ni él comprende el lenguaje de
los demás, ni nadie conoce el suyo.
Continuamos, pues, nuestro viaje, siguiendo hacia la izquierda; y a un tiro
de ballesta de aquel punto encontramos otro gigante mucho más grande y
fiero. No podré decir quién fué capaz de sujetarle; pero sí que tenía ligado
el brazo izquierdo por delante y el otro por detrás con una cadena, la cual le
rodeaba del cuello abajo, dándole cinco vueltas en la parte del cuerpo que
salía fuera del pozo.
—Ese soberbio quiso ensayar su poder contra el sumo Júpiter—dijo mi
Guía—, por lo cual tiene la pena que ha merecido. Llámase Efialto, y dió
muestras de audacia cuando los gigantes causaron miedo a los Dioses: los
brazos que tanto movió entonces, no los moverá ya jamás.
Y yo le dije:
—Si fuese posible, quisiera que mis ojos tuviesen una idea de lo que es el
desmesurado Briareo.
A lo que contestó:
—Verás cerca de aquí a Anteo, que habla y anda suelto, el cual nos
conducirá al fondo del Infierno. El que tú quieres ver está atado mucho más
lejos, y es lo mismo que éste, sólo que su rostro parece más feroz.
El más impetuoso terremoto no sacudió nunca una torre con tal violencia
como se agitó repentinamente Efialto. Entonces temí la muerte más que
nunca, y a no haber visto que el gigante estaba bien atado, bastara para ello
el miedo que me poseía. Seguimos avanzando, y llegamos adonde estaba
Anteo, que, sin contar la cabeza, salía fuera del abismo lo menos cinco alas.
[41]
—¡Oh tú, que en el afortunado valle donde Escipión heredó tanta gloria,
cuando Aníbal y los suyos volvieron las espaldas, recogiste mil leones por
presa, y que, si hubieras asistido a la gran guerra de tus hermanos, aún hay
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quien crea que habrías asegurado la victoria a los hijos de la Tierra! Si no lo
llevas a mal, condúcenos al fondo en donde el frío endurece al Cocito. No
hagas que me dirija a Ticio ni a Tifeo: este que ves puede dar lo que aquí se
desea: por tanto, inclínate y no tuerzas la boca. Todavía puede renovar tu
fama en el mundo; pues vive, y espera gozar aún de larga vida, si la gracia
no lo llama a sí antes de tiempo.
Así le dijo el Maestro; y el gigante, apresurándose a extender aquellas
manos que tan rudamente oprimieron a Hércules, cogió a mi Guía. Cuando
Virgilio se sintió agarrar, me dijo: "Acércate para que yo te tome." Y en
seguida me abrazó de modo, que los dos juntos formábamos un solo fardo.
Como al mirar la Carisenda[42] por el lado a que está inclinada, cuando pasa
una nube por encima de ella en sentido contrario, parece próxima a
derrumbarse, tal me pareció Anteo cuando le vi inclinarse; y fué para mí tan
terrible aquel momento, que habría querido ir por otro camino. Pero él nos
condujo suavemente al fondo del abismo que devora a Lucifer y a Judas; y
sin demora cesó su inclinación, volviendo a erguirse como el mástil de un
navío.
llevas a mal, condúcenos al fondo en donde el frío endurece al Cocito. No
hagas que me dirija a Ticio ni a Tifeo: este que ves puede dar lo que aquí se
desea: por tanto, inclínate y no tuerzas la boca. Todavía puede renovar tu
fama en el mundo; pues vive, y espera gozar aún de larga vida, si la gracia
no lo llama a sí antes de tiempo.
Así le dijo el Maestro; y el gigante, apresurándose a extender aquellas
manos que tan rudamente oprimieron a Hércules, cogió a mi Guía. Cuando
Virgilio se sintió agarrar, me dijo: "Acércate para que yo te tome." Y en
seguida me abrazó de modo, que los dos juntos formábamos un solo fardo.
Como al mirar la Carisenda[42] por el lado a que está inclinada, cuando pasa
una nube por encima de ella en sentido contrario, parece próxima a
derrumbarse, tal me pareció Anteo cuando le vi inclinarse; y fué para mí tan
terrible aquel momento, que habría querido ir por otro camino. Pero él nos
condujo suavemente al fondo del abismo que devora a Lucifer y a Judas; y
sin demora cesó su inclinación, volviendo a erguirse como el mástil de un
navío.
Page 144
CANTO TRIGESIMOSEGUNDO
I poseyese un estilo áspero y ronco, cual conviene para
describir el sombrío pozo, sobre el que se apoyan todas las
otras rocas, expresaría mucho mejor la esencia de mi
pensamiento; pero como no lo tengo, me decido a ello con
temor; pues no es empresa que pueda tomarse como juego,
ni para ser acometida por una lengua balbuciente, la de
describir el fondo de todo el universo. Pero vengan en
auxilio de mis versos aquellas Mujeres que ayudaron a Anfión a fundar a
Tebas, para que el estilo no desdiga de la naturaleza del asunto. ¡Oh gentes
malditas sobre todas las demás, que estáis en el sitio del que me es tan duro
hablar; más os valiera haber sido aquí convertidas en ovejas o cabras!
Cuando llegamos al fondo del obscuro pozo, mucho más abajo de donde
tenía los pies el gigante, como yo estuviese aún mirando el alto muro, oí
que me decían: "Cuidado cómo andas: procura no pisar las cabezas de
nuestros infelices y torturados hermanos." Volvíme al oír esto, y vi delante
de mí y a mis pies un lago, que por estar helado, parecía de vidrio y no de
agua. Ni el Danubio en Austria durante el invierno, ni el Tanais allá, bajo el
frío cielo, cubren su curso de un velo tan denso como el de aquel lago, en el
cual, aunque hubieran caído el Tabernick o el Pietrapana, no habrían
I poseyese un estilo áspero y ronco, cual conviene para
describir el sombrío pozo, sobre el que se apoyan todas las
otras rocas, expresaría mucho mejor la esencia de mi
pensamiento; pero como no lo tengo, me decido a ello con
temor; pues no es empresa que pueda tomarse como juego,
ni para ser acometida por una lengua balbuciente, la de
describir el fondo de todo el universo. Pero vengan en
auxilio de mis versos aquellas Mujeres que ayudaron a Anfión a fundar a
Tebas, para que el estilo no desdiga de la naturaleza del asunto. ¡Oh gentes
malditas sobre todas las demás, que estáis en el sitio del que me es tan duro
hablar; más os valiera haber sido aquí convertidas en ovejas o cabras!
Cuando llegamos al fondo del obscuro pozo, mucho más abajo de donde
tenía los pies el gigante, como yo estuviese aún mirando el alto muro, oí
que me decían: "Cuidado cómo andas: procura no pisar las cabezas de
nuestros infelices y torturados hermanos." Volvíme al oír esto, y vi delante
de mí y a mis pies un lago, que por estar helado, parecía de vidrio y no de
agua. Ni el Danubio en Austria durante el invierno, ni el Tanais allá, bajo el
frío cielo, cubren su curso de un velo tan denso como el de aquel lago, en el
cual, aunque hubieran caído el Tabernick o el Pietrapana, no habrían
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causado el menor estallido. Y a la manera de las ranas cuando gritan con la
cabeza fuera del agua, en la estación en que la villana sueña que espiga, así
estaban aquellas sombras llorosas y lívidas, sumergidas en el hielo hasta el
sitio donde aparece la vergüenza, produciendo con sus dientes el mismo
sonido que la cigüeña con su pico. Tenían todas el rostro vuelto hacia abajo:
su boca daba muestras del frío que sentían, y sus ojos las daban de la
tristeza de su corazón. Cuando hube examinado algún tiempo en torno mío,
miré a mis pies, y vi dos sombras tan estrechamente unidas, que sus
cabellos se mezclaban.
—Decidme quiénes sois, vosotros, que tanto unís vuestros pechos—dije yo.
Levantaron la cabeza, y después de haberme mirado, sus ojos, que estaban
preñados de lágrimas, se derramaron en los párpados; pero el frío congeló
en ellos aquellas lágrimas, volviéndolos a cerrar. Ninguna grapa unió jamás
tan fuertemente dos trozos de madera; por lo cual ambos condenados se
entrechocaron como dos carneros: tanta fué la ira que los dominó. Y otro, a
quien el frío había hecho perder las orejas, me dijo, sin levantar la cabeza:
—¿Por qué nos miras tanto? Si quieres saber quiénes son estos dos, te diré
que el valle por donde corre el Bisenzio fué de su padre Alberto y de ellos.
Ambos salieron de un mismo cuerpo; y aunque recorras toda la Caína, no
encontrarás una sombra más digna de estar sumergida en el hielo, ni aun la
de aquel a quien la mano de Arturo rompió de un golpe el pecho y la
sombra, ni la de Focaccia, ni la de éste que me impide con su cabeza ver
más lejos, y que se llamó Sassolo Mascheroni: si eres toscano, bien sabrás
quién es. Y para que no me hagas hablar más, sabe que yo soy Camiccione
de Pazzi, y que espero a Carlino, cuyas culpas harán aparecer menos graves
las mías.
Después vi otros mil rostros amoratados por el frío, tanto que desde
entonces tengo horror, y lo tendré siempre a los estanques helados. Y
mientras nos dirigíamos hacia el centro, donde converge toda la gravedad
de la Tierra, yo temblaba en la lobreguez eterna; y no sé si lo dispuso Dios,
el Destino o la Fortuna; pero al pasar por entre aquellas cabezas, dí un
fuerte golpe con el pie en el rostro de una de ellas, que me dijo llorando:
—¿Por qué me pisas? Si no vienes a aumentar la venganza de Monteaperto,
¿por qué me molestas?
cabeza fuera del agua, en la estación en que la villana sueña que espiga, así
estaban aquellas sombras llorosas y lívidas, sumergidas en el hielo hasta el
sitio donde aparece la vergüenza, produciendo con sus dientes el mismo
sonido que la cigüeña con su pico. Tenían todas el rostro vuelto hacia abajo:
su boca daba muestras del frío que sentían, y sus ojos las daban de la
tristeza de su corazón. Cuando hube examinado algún tiempo en torno mío,
miré a mis pies, y vi dos sombras tan estrechamente unidas, que sus
cabellos se mezclaban.
—Decidme quiénes sois, vosotros, que tanto unís vuestros pechos—dije yo.
Levantaron la cabeza, y después de haberme mirado, sus ojos, que estaban
preñados de lágrimas, se derramaron en los párpados; pero el frío congeló
en ellos aquellas lágrimas, volviéndolos a cerrar. Ninguna grapa unió jamás
tan fuertemente dos trozos de madera; por lo cual ambos condenados se
entrechocaron como dos carneros: tanta fué la ira que los dominó. Y otro, a
quien el frío había hecho perder las orejas, me dijo, sin levantar la cabeza:
—¿Por qué nos miras tanto? Si quieres saber quiénes son estos dos, te diré
que el valle por donde corre el Bisenzio fué de su padre Alberto y de ellos.
Ambos salieron de un mismo cuerpo; y aunque recorras toda la Caína, no
encontrarás una sombra más digna de estar sumergida en el hielo, ni aun la
de aquel a quien la mano de Arturo rompió de un golpe el pecho y la
sombra, ni la de Focaccia, ni la de éste que me impide con su cabeza ver
más lejos, y que se llamó Sassolo Mascheroni: si eres toscano, bien sabrás
quién es. Y para que no me hagas hablar más, sabe que yo soy Camiccione
de Pazzi, y que espero a Carlino, cuyas culpas harán aparecer menos graves
las mías.
Después vi otros mil rostros amoratados por el frío, tanto que desde
entonces tengo horror, y lo tendré siempre a los estanques helados. Y
mientras nos dirigíamos hacia el centro, donde converge toda la gravedad
de la Tierra, yo temblaba en la lobreguez eterna; y no sé si lo dispuso Dios,
el Destino o la Fortuna; pero al pasar por entre aquellas cabezas, dí un
fuerte golpe con el pie en el rostro de una de ellas, que me dijo llorando:
—¿Por qué me pisas? Si no vienes a aumentar la venganza de Monteaperto,
¿por qué me molestas?
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Entonces dije yo:
—Maestro mío, espérame aquí, a fin de que éste me esclarezca una duda: en
seguida me daré cuanta prisa quieras.
El Guía se detuvo, y yo dije a aquel que aún estaba blasfemando:
—¿Quien eres tú, que así reprendes a los demás?
Me contestó:
—Y tú, que vas por el recinto de Antenor, golpeando a los demás en el
rostro, de modo que, si estuvieras vivo, aún serían tus golpes demasiado
fuertes, ¿quién eres?
—Yo estoy vivo—fué mi respuesta—; y puede serte grato, si fama deseas,
que ponga tu nombre entre los otros que conservo en la memoria.
A lo que repuso:
—Deseo todo lo contrario: véte de aquí, y no me causes más molestia, pues
suenan mal tus lisonjas en esta caverna.
Entonces le cogí por los pelos del cogote, y le dije:
—Es preciso que digas tu nombre, o no te quedará ni un solo cabello.
Pero él me replicó:
—Aunque me repeles, ni te diré quien soy, ni verás mi rostro, por más que
me golpees mil veces en la cabeza.
Yo tenía ya sus cabellos enroscados en mi mano, y le había arrancado más
de un puñado de ellos, mientras él aullaba con los ojos fijos en el hielo,
cuando otro condenado gritó: "¿Qué tienes, Bocca? ¿No te basta castañetear
los dientes, sino que también ladras? ¿Qué demonio te atormenta?"
—Ahora—dije—ya no quiero que hables, traidor maldito; que para tu
eterna vergüenza, llevaré al mundo noticias ciertas de ti.
—Véte pronto—repuso—, y cuenta lo que quieras; pero si sales de aquí, no
dejes de hablar de ese que ha tenido la lengua tan suelta, y que está llorando
—Maestro mío, espérame aquí, a fin de que éste me esclarezca una duda: en
seguida me daré cuanta prisa quieras.
El Guía se detuvo, y yo dije a aquel que aún estaba blasfemando:
—¿Quien eres tú, que así reprendes a los demás?
Me contestó:
—Y tú, que vas por el recinto de Antenor, golpeando a los demás en el
rostro, de modo que, si estuvieras vivo, aún serían tus golpes demasiado
fuertes, ¿quién eres?
—Yo estoy vivo—fué mi respuesta—; y puede serte grato, si fama deseas,
que ponga tu nombre entre los otros que conservo en la memoria.
A lo que repuso:
—Deseo todo lo contrario: véte de aquí, y no me causes más molestia, pues
suenan mal tus lisonjas en esta caverna.
Entonces le cogí por los pelos del cogote, y le dije:
—Es preciso que digas tu nombre, o no te quedará ni un solo cabello.
Pero él me replicó:
—Aunque me repeles, ni te diré quien soy, ni verás mi rostro, por más que
me golpees mil veces en la cabeza.
Yo tenía ya sus cabellos enroscados en mi mano, y le había arrancado más
de un puñado de ellos, mientras él aullaba con los ojos fijos en el hielo,
cuando otro condenado gritó: "¿Qué tienes, Bocca? ¿No te basta castañetear
los dientes, sino que también ladras? ¿Qué demonio te atormenta?"
—Ahora—dije—ya no quiero que hables, traidor maldito; que para tu
eterna vergüenza, llevaré al mundo noticias ciertas de ti.
—Véte pronto—repuso—, y cuenta lo que quieras; pero si sales de aquí, no
dejes de hablar de ese que ha tenido la lengua tan suelta, y que está llorando
Page 147
el dinero que recibió de los franceses: "Yo vi, podrás decir, a Buoso de
Duera, allí donde los pecadores están helados." Si te preguntan por los
demás que están aquí, a tu lado tienes al de Becchería, cuya garganta segó
Florencia. Creo que más allá está Gianni de Soldanieri con Ganelón y
Tebaldello, el que entregó a Faenza cuando sus habitantes dormían.
Estábamos ya lejos de aquél, cuando vi a otros dos helados en una misma
fosa, colocados de tal modo, que la cabeza del uno parecía ser el sombrero
del otro. Y como el hambriento en el pan, así el de encima clavó sus dientes
al de debajo en el sitio donde el cerebro se une con la nuca. No mordió con
más furor Tideo las sienes de Menalipo, que aquél roía el cráneo de su
enemigo y las demás cosas inherentes al mismo.
—¡Oh tú, que demuestras, por medio de tan brutal acción, el odio que tienes
al que estás devorando! Dime qué es lo que te induce a ello—le pregunté—
bajo el pacto de que, si te quejas con razón de él, sabiendo yo qué crimen es
el suyo y quiénes sois, te vengaré en el mundo, si mi lengua no llega antes a
secarse.
Duera, allí donde los pecadores están helados." Si te preguntan por los
demás que están aquí, a tu lado tienes al de Becchería, cuya garganta segó
Florencia. Creo que más allá está Gianni de Soldanieri con Ganelón y
Tebaldello, el que entregó a Faenza cuando sus habitantes dormían.
Estábamos ya lejos de aquél, cuando vi a otros dos helados en una misma
fosa, colocados de tal modo, que la cabeza del uno parecía ser el sombrero
del otro. Y como el hambriento en el pan, así el de encima clavó sus dientes
al de debajo en el sitio donde el cerebro se une con la nuca. No mordió con
más furor Tideo las sienes de Menalipo, que aquél roía el cráneo de su
enemigo y las demás cosas inherentes al mismo.
—¡Oh tú, que demuestras, por medio de tan brutal acción, el odio que tienes
al que estás devorando! Dime qué es lo que te induce a ello—le pregunté—
bajo el pacto de que, si te quejas con razón de él, sabiendo yo qué crimen es
el suyo y quiénes sois, te vengaré en el mundo, si mi lengua no llega antes a
secarse.
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CANTO TRIGESIMOTERCIO
QUEL pecador apartó su boca de tan horrible alimento,
limpiándosela en los pelos de la cabeza cuya parte posterior
acababa de roer; y luego empezó a hablar de esta manera:
—Tú quieres que renueve el desesperado dolor que oprime
mi corazón, sólo al pensar en él, y aun antes de hablar. Pero
si mis palabras deben ser un germen de infamia para el
traidor a quien devoro, me verás llorar y hablar a un mismo tiempo. No sé
quién eres, ni de qué medios te has valido para llegar hasta aquí; pero al
oírte, me pareces efectivamente florentino. Has de saber que yo fuí el conde
Ugolino, y éste el arzobispo Ruggieri: ahora te diré por qué lo trato así. No
es necesario manifestarte que por efecto de sus malos pensamientos, y
fiándome de él, fuí preso y muerto después. Pero te contaré lo que no
puedes haber sabido; esto es, lo cruel que fué mi muerte, y comprenderás
cuánto me ha ofendido. Un pequeño agujero abierto en la torre, que por mi
mal se llama hoy del Hambre, y en la que todavía serán encerrados otros,
me había permitido ver por su hendedura ya muchas lunas, cuando tuve el
mal sueño que descorrió para mí el velo del porvenir. Ruggieri se me
aparecía como señor y caudillo, cazando el lobo y los lobeznos en el monte
que impide a los pisanos ver la ciudad de Luca. Se había hecho preceder de
QUEL pecador apartó su boca de tan horrible alimento,
limpiándosela en los pelos de la cabeza cuya parte posterior
acababa de roer; y luego empezó a hablar de esta manera:
—Tú quieres que renueve el desesperado dolor que oprime
mi corazón, sólo al pensar en él, y aun antes de hablar. Pero
si mis palabras deben ser un germen de infamia para el
traidor a quien devoro, me verás llorar y hablar a un mismo tiempo. No sé
quién eres, ni de qué medios te has valido para llegar hasta aquí; pero al
oírte, me pareces efectivamente florentino. Has de saber que yo fuí el conde
Ugolino, y éste el arzobispo Ruggieri: ahora te diré por qué lo trato así. No
es necesario manifestarte que por efecto de sus malos pensamientos, y
fiándome de él, fuí preso y muerto después. Pero te contaré lo que no
puedes haber sabido; esto es, lo cruel que fué mi muerte, y comprenderás
cuánto me ha ofendido. Un pequeño agujero abierto en la torre, que por mi
mal se llama hoy del Hambre, y en la que todavía serán encerrados otros,
me había permitido ver por su hendedura ya muchas lunas, cuando tuve el
mal sueño que descorrió para mí el velo del porvenir. Ruggieri se me
aparecía como señor y caudillo, cazando el lobo y los lobeznos en el monte
que impide a los pisanos ver la ciudad de Luca. Se había hecho preceder de
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los Gualandi, de los Sismondi y los Lanfranchi, que iban a la cabeza con
perros hambrientos, diligentes y amaestrados. El padre y sus hijuelos me
parecieron rendidos después de una corta carrera, y creí ver que aquéllos les
desgarraban los costados con sus agudas presas. Cuando desperté antes de
la aurora, oí llorar entre sueños a mis hijos, que estaban conmigo, y pedían
pan. Bien cruel eres, si no te contristas pensando en lo que aquello
anunciaba a mi corazón; y si ahora no lloras, no sé lo que puede excitar tus
lágrimas. Estábamos ya despiertos, y se acercaba la hora en que solían
traernos nuestro alimento; pero todos dudábamos, porque cada cual había
tenido un sueño semejante. Oí que clavaban la puerta de la horrible torre,
por lo cual miré al rostro de mis hijos sin decir palabra: yo no podía llorar,
porque el dolor me tenía como petrificado: lloraban ellos, y mi Anselmito
dijo: "¿Qué tienes, padre, que así nos miras?" Sin embargo, no lloré ni
respondí una palabra en todo aquel día, ni en la noche siguiente, hasta que
el otro Sol alumbró el mundo. Cuando entró en la dolorosa prisión uno de
sus débiles rayos, y consideré en aquellos cuatro rostros el aspecto que
debía tener el mío, empecé a morderme las manos desesperado; y ellos,
creyendo que yo lo hacía obligado por el hambre, se levantaron con
presteza y dijeron: "Padre, nuestro dolor será mucho menor, si nos comes a
nosotros: tú nos diste estas miserables carnes; despójanos, pues, de ellas."
Entonces me calmé para no entristecerlos más; y aquel día y el siguiente
permanecimos mudos. ¡Ay, dura tierra! ¿Por qué no te abriste? Cuando
llegamos al cuarto día, Gaddo se tendió a mis pies, diciendo: "Padre mío,
¿por qué no me auxilias?" Allí murió; y lo mismo que me estás viendo, vi
yo caer los tres, uno a uno, entre el quinto y el sexto día. Ciego ya, fuí a
tientas buscando a cada cual, llamándolos durante tres días después de estar
muertos; hasta que, al fin, pudo en mí más la inedia que el dolor.
Cuando hubo pronunciado estas palabras, torciendo los ojos, volvió a coger
el miserable cráneo con los dientes, que royeron el hueso como los de un
perro. ¡Ah, Pisa, vituperio de las gentes del hermoso país donde el "si"
suena! Ya que tus vecinos son tan morosos en castigarte, muévanse la
Capraja y la Gorgona, y formen un dique a la embocadura del Arno, para
que sepulte en sus aguas a todos tus habitantes; pues si el conde Ugolino
fué acusado de haber vendido tus castillos, no debiste someter a sus hijos a
tal suplicio. Su tierna edad patentizaba, ¡oh nueva Tebas!, la inocencia de
Ugucción y del Brigata, y la de los otros dos que ya he nombrado.
perros hambrientos, diligentes y amaestrados. El padre y sus hijuelos me
parecieron rendidos después de una corta carrera, y creí ver que aquéllos les
desgarraban los costados con sus agudas presas. Cuando desperté antes de
la aurora, oí llorar entre sueños a mis hijos, que estaban conmigo, y pedían
pan. Bien cruel eres, si no te contristas pensando en lo que aquello
anunciaba a mi corazón; y si ahora no lloras, no sé lo que puede excitar tus
lágrimas. Estábamos ya despiertos, y se acercaba la hora en que solían
traernos nuestro alimento; pero todos dudábamos, porque cada cual había
tenido un sueño semejante. Oí que clavaban la puerta de la horrible torre,
por lo cual miré al rostro de mis hijos sin decir palabra: yo no podía llorar,
porque el dolor me tenía como petrificado: lloraban ellos, y mi Anselmito
dijo: "¿Qué tienes, padre, que así nos miras?" Sin embargo, no lloré ni
respondí una palabra en todo aquel día, ni en la noche siguiente, hasta que
el otro Sol alumbró el mundo. Cuando entró en la dolorosa prisión uno de
sus débiles rayos, y consideré en aquellos cuatro rostros el aspecto que
debía tener el mío, empecé a morderme las manos desesperado; y ellos,
creyendo que yo lo hacía obligado por el hambre, se levantaron con
presteza y dijeron: "Padre, nuestro dolor será mucho menor, si nos comes a
nosotros: tú nos diste estas miserables carnes; despójanos, pues, de ellas."
Entonces me calmé para no entristecerlos más; y aquel día y el siguiente
permanecimos mudos. ¡Ay, dura tierra! ¿Por qué no te abriste? Cuando
llegamos al cuarto día, Gaddo se tendió a mis pies, diciendo: "Padre mío,
¿por qué no me auxilias?" Allí murió; y lo mismo que me estás viendo, vi
yo caer los tres, uno a uno, entre el quinto y el sexto día. Ciego ya, fuí a
tientas buscando a cada cual, llamándolos durante tres días después de estar
muertos; hasta que, al fin, pudo en mí más la inedia que el dolor.
Cuando hubo pronunciado estas palabras, torciendo los ojos, volvió a coger
el miserable cráneo con los dientes, que royeron el hueso como los de un
perro. ¡Ah, Pisa, vituperio de las gentes del hermoso país donde el "si"
suena! Ya que tus vecinos son tan morosos en castigarte, muévanse la
Capraja y la Gorgona, y formen un dique a la embocadura del Arno, para
que sepulte en sus aguas a todos tus habitantes; pues si el conde Ugolino
fué acusado de haber vendido tus castillos, no debiste someter a sus hijos a
tal suplicio. Su tierna edad patentizaba, ¡oh nueva Tebas!, la inocencia de
Ugucción y del Brigata, y la de los otros dos que ya he nombrado.
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Seguimos luego más allá, donde el hielo oprime duramente a otros
condenados, que no están con el rostro hacia abajo, sino vueltos hacia
arriba. Su mismo llanto no les deja llorar; pues las lágrimas, que al salir
encuentran otras condensadas, se vuelven adentro, aumentando la angustia;
porque las primeras lágrimas forman un dique, y como una visera de cristal,
llenan debajo de los párpados toda la cavidad del ojo. Y aunque mi rostro, a
causa del gran frío, había perdido toda sensibilidad, como si estuviera
encallecido, me pareció qué sentía algún viento, por lo cual dije:
—Maestro, ¿qué causa mueve este viento? ¿No está extinguido aquí todo
vapor?
A lo cual me contestó:
—Pronto llegarás a un sitio donde tus ojos te darán la respuesta, viendo la
causa de ese viento.
Y uno de los desgraciados de la helada charca nos gritó:
—¡Oh almas tan culpables que habéis sido destinadas al último recinto!
Arrancadme de los ojos este duro velo, a fin de que pueda desahogar el
dolor que me hincha el corazón, antes que mis lágrimas se hielen de nuevo.
Al oír tales palabras, le dije:
—Si quieres que te alivie, dime quién fuiste; y si no te presto ese consuelo,
véame sumergido en el fondo de ese hielo.
Entonces me contestó:
—Yo soy fray Alberigo[43]: soy aquel, cuyo huerto ha producido tan mala
fruta, que aquí recibo un dátil por un higo.
—¡Oh!—le dije—; ¿también tú has muerto?
—No sé cómo estará mi cuerpo allá arriba—repuso—; esta Ptolomea tiene
el privilegio de que las almas caigan con frecuencia en ella antes de que
Atropos mueva los dedos; y para que de mejor grado me arranques las
congeladas lágrimas del rostro, sabe que en cuanto un alma comete alguna
traición como la que yo cometí, se apodera de su cuerpo un demonio, que
después dirige todas sus acciones, hasta que llega el término de su vida. En
condenados, que no están con el rostro hacia abajo, sino vueltos hacia
arriba. Su mismo llanto no les deja llorar; pues las lágrimas, que al salir
encuentran otras condensadas, se vuelven adentro, aumentando la angustia;
porque las primeras lágrimas forman un dique, y como una visera de cristal,
llenan debajo de los párpados toda la cavidad del ojo. Y aunque mi rostro, a
causa del gran frío, había perdido toda sensibilidad, como si estuviera
encallecido, me pareció qué sentía algún viento, por lo cual dije:
—Maestro, ¿qué causa mueve este viento? ¿No está extinguido aquí todo
vapor?
A lo cual me contestó:
—Pronto llegarás a un sitio donde tus ojos te darán la respuesta, viendo la
causa de ese viento.
Y uno de los desgraciados de la helada charca nos gritó:
—¡Oh almas tan culpables que habéis sido destinadas al último recinto!
Arrancadme de los ojos este duro velo, a fin de que pueda desahogar el
dolor que me hincha el corazón, antes que mis lágrimas se hielen de nuevo.
Al oír tales palabras, le dije:
—Si quieres que te alivie, dime quién fuiste; y si no te presto ese consuelo,
véame sumergido en el fondo de ese hielo.
Entonces me contestó:
—Yo soy fray Alberigo[43]: soy aquel, cuyo huerto ha producido tan mala
fruta, que aquí recibo un dátil por un higo.
—¡Oh!—le dije—; ¿también tú has muerto?
—No sé cómo estará mi cuerpo allá arriba—repuso—; esta Ptolomea tiene
el privilegio de que las almas caigan con frecuencia en ella antes de que
Atropos mueva los dedos; y para que de mejor grado me arranques las
congeladas lágrimas del rostro, sabe que en cuanto un alma comete alguna
traición como la que yo cometí, se apodera de su cuerpo un demonio, que
después dirige todas sus acciones, hasta que llega el término de su vida. En
Page 151
cuanto al alma, cae en esta cisterna; y por eso tal vez aparezca todavía en el
mundo el cuerpo de esa sombra que está detrás de mí en este hielo. Debes
conocerle, si es que acabas de llegar al Infierno: es "ser" Branca d'Oria, el
cual hace ya muchos años que fué encerrado aquí.
—Yo creo—le dije—que me engañas; porque Branca d'Oria no ha muerto
aún, y come, y bebe, y duerme, y va vestido.
—Aun no había caído Miguel Zanche—repuso aquél—en la fosa de
Malebranche, allí donde hierve continuamente la pez, cuando Branca d'Oria
ya dejaba un diablo haciendo sus veces en su cuerpo y en el de uno de sus
parientes, que fué cómplice de su traición. Extiende ahora la mano y
ábreme los ojos.
Yo no se los abrí, y creo que fué una lealtad el ser con él desleal.
¡Ah, genoveses!, ¡hombres diversos de los demás en costumbres, y llenos
de toda iniquidad!, ¿por qué no sois desterrados del mundo? Junto con el
peor espíritu de la Romanía he encontrado uno de vosotros, que, por sus
acciones, tiene el alma sumergida en el Cocito, mientras que su cuerpo
aparece aún vivo en el mundo.
mundo el cuerpo de esa sombra que está detrás de mí en este hielo. Debes
conocerle, si es que acabas de llegar al Infierno: es "ser" Branca d'Oria, el
cual hace ya muchos años que fué encerrado aquí.
—Yo creo—le dije—que me engañas; porque Branca d'Oria no ha muerto
aún, y come, y bebe, y duerme, y va vestido.
—Aun no había caído Miguel Zanche—repuso aquél—en la fosa de
Malebranche, allí donde hierve continuamente la pez, cuando Branca d'Oria
ya dejaba un diablo haciendo sus veces en su cuerpo y en el de uno de sus
parientes, que fué cómplice de su traición. Extiende ahora la mano y
ábreme los ojos.
Yo no se los abrí, y creo que fué una lealtad el ser con él desleal.
¡Ah, genoveses!, ¡hombres diversos de los demás en costumbres, y llenos
de toda iniquidad!, ¿por qué no sois desterrados del mundo? Junto con el
peor espíritu de la Romanía he encontrado uno de vosotros, que, por sus
acciones, tiene el alma sumergida en el Cocito, mientras que su cuerpo
aparece aún vivo en el mundo.
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CANTO TRIGESIMOCUARTO
EXILLA regis prodeunt inferni"[44] hacia nosotros. Mira
adelante—dijo mi Maestro,—a ver si lo distingues.
Como aparece a lo lejos un molino, cuyas aspas hace girar el
viento, cuando éste arrastra una espesa niebla, o cuando
anochece en nuestro hemisferio, así me pareció ver a gran
distancia un artificio semejante; y luego, para resguardarme
del viento, a falta de otro abrigo, me encogí detrás de mi Guía. Estaba ya
(con pavor lo digo en mis versos) en el sitio donde las sombras se hallaban
completamente cubiertas de hielo, y se transparentaban como paja en
vidrio. Unas estaban tendidas, otras derechas; aquéllas con la cabeza, éstas
con los pies hacia abajo, y otras por fin con la cabeza tocando a los pies
como un arco. Cuando mi Guía creyó que habíamos avanzado lo suficiente
para enseñarme la criatura que tuvo el más hermoso rostro, me dejó libre el
paso, e hizo que me detuviera.
—He ahí a Dite—me dijo—, y he aquí el lugar donde es preciso que te
armes de fortaleza.
EXILLA regis prodeunt inferni"[44] hacia nosotros. Mira
adelante—dijo mi Maestro,—a ver si lo distingues.
Como aparece a lo lejos un molino, cuyas aspas hace girar el
viento, cuando éste arrastra una espesa niebla, o cuando
anochece en nuestro hemisferio, así me pareció ver a gran
distancia un artificio semejante; y luego, para resguardarme
del viento, a falta de otro abrigo, me encogí detrás de mi Guía. Estaba ya
(con pavor lo digo en mis versos) en el sitio donde las sombras se hallaban
completamente cubiertas de hielo, y se transparentaban como paja en
vidrio. Unas estaban tendidas, otras derechas; aquéllas con la cabeza, éstas
con los pies hacia abajo, y otras por fin con la cabeza tocando a los pies
como un arco. Cuando mi Guía creyó que habíamos avanzado lo suficiente
para enseñarme la criatura que tuvo el más hermoso rostro, me dejó libre el
paso, e hizo que me detuviera.
—He ahí a Dite—me dijo—, y he aquí el lugar donde es preciso que te
armes de fortaleza.
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No me preguntes, lector, si me quedaría entonces helado y yerto; no quiero
escribirlo, porque cuanto dijera sería poco. No quedé muerto ni vivo: piensa
por ti, si tienes alguna imaginación, lo que me sucedería viéndome así
privado de la vida sin estar muerto. El emperador del doloroso reino salía
fuera del hielo desde la mitad del pecho: mi estatura era más proporcionada
a la de un gigante, que la de uno de éstos a la longitud de los brazos de
Lucifer: juzga, pues, cuál deba ser el todo que a semejante parte
corresponda. Si fué tan bello como deforme es hoy, y osó levantar sus ojos
contra su Creador, de él debe proceder sin duda todo mal. ¡Oh! ¡Cuánto
asombro me causó, al ver que su cabeza tenía tres rostros! Uno por delante,
que era de color bermejo: los otros dos se unían a éste sobre el medio de los
hombros, y se juntaban por detrás en lo alto de la coronilla, siendo el de la
derecha entre blanco y amarillo, según me pareció; el de la izquierda tenía
el aspecto de los oriundos del valle del Nilo.[45] Debajo de cada rostro
salían dos grandes alas, proporcionadas a la magnitud de tal pájaro; y no he
visto jamás velas de buque comparables a ellas: no tenían plumas, pues eran
por el estilo de las del murciélago; y se agitaban de manera que producían
tres vientos, con los cuales se helaba todo el Cocito. Con seis ojos lloraba
Lucifer, y por las tres barbas corrían sus lágrimas, mezcladas de baba
sanguinolenta. Con los dientes de cada boca, a modo de agramadera,
trituraba un pecador, de suerte que hacía tres desgraciados a un tiempo. Los
mordiscos que sufría el de adelante no eran nada en comparación de los
rasguños que le causaban las garras de Lucifer, dejándole a veces las
espaldas enteramente desolladas.
—El alma que está sufriendo la mayor pena allá arriba—dijo el Maestro—
es la de Judas Iscariote, que tiene la cabeza dentro de la boca de Lucifer y
agita fuera de ella las piernas. De las otras dos, que tienen la cabeza hacia
abajo, la que pende de la boca negra es Bruto; mira cómo se retuerce sin
decir una palabra: el otro, que tan membrudo parece, es Casio. Pero se
acerca la noche, y es hora ya de partir, pues todo lo hemos visto.
Según le plugo, me abracé a su cuello; aprovechó el momento y el lugar
favorable, y cuando las alas estuvieron bien abiertas, agarróse a las velludas
costillas de Lucifer, y de pelo en pelo descendió por entre el hirsuto costado
y las heladas costras. Cuando llegamos al sitio en que el muslo se desarrolla
justamente sobre el grueso de las caderas, mi Guía, con fatiga y con
angustia, volvió su cabeza hacia donde aquél tenía las zancas, y se agarró al
escribirlo, porque cuanto dijera sería poco. No quedé muerto ni vivo: piensa
por ti, si tienes alguna imaginación, lo que me sucedería viéndome así
privado de la vida sin estar muerto. El emperador del doloroso reino salía
fuera del hielo desde la mitad del pecho: mi estatura era más proporcionada
a la de un gigante, que la de uno de éstos a la longitud de los brazos de
Lucifer: juzga, pues, cuál deba ser el todo que a semejante parte
corresponda. Si fué tan bello como deforme es hoy, y osó levantar sus ojos
contra su Creador, de él debe proceder sin duda todo mal. ¡Oh! ¡Cuánto
asombro me causó, al ver que su cabeza tenía tres rostros! Uno por delante,
que era de color bermejo: los otros dos se unían a éste sobre el medio de los
hombros, y se juntaban por detrás en lo alto de la coronilla, siendo el de la
derecha entre blanco y amarillo, según me pareció; el de la izquierda tenía
el aspecto de los oriundos del valle del Nilo.[45] Debajo de cada rostro
salían dos grandes alas, proporcionadas a la magnitud de tal pájaro; y no he
visto jamás velas de buque comparables a ellas: no tenían plumas, pues eran
por el estilo de las del murciélago; y se agitaban de manera que producían
tres vientos, con los cuales se helaba todo el Cocito. Con seis ojos lloraba
Lucifer, y por las tres barbas corrían sus lágrimas, mezcladas de baba
sanguinolenta. Con los dientes de cada boca, a modo de agramadera,
trituraba un pecador, de suerte que hacía tres desgraciados a un tiempo. Los
mordiscos que sufría el de adelante no eran nada en comparación de los
rasguños que le causaban las garras de Lucifer, dejándole a veces las
espaldas enteramente desolladas.
—El alma que está sufriendo la mayor pena allá arriba—dijo el Maestro—
es la de Judas Iscariote, que tiene la cabeza dentro de la boca de Lucifer y
agita fuera de ella las piernas. De las otras dos, que tienen la cabeza hacia
abajo, la que pende de la boca negra es Bruto; mira cómo se retuerce sin
decir una palabra: el otro, que tan membrudo parece, es Casio. Pero se
acerca la noche, y es hora ya de partir, pues todo lo hemos visto.
Según le plugo, me abracé a su cuello; aprovechó el momento y el lugar
favorable, y cuando las alas estuvieron bien abiertas, agarróse a las velludas
costillas de Lucifer, y de pelo en pelo descendió por entre el hirsuto costado
y las heladas costras. Cuando llegamos al sitio en que el muslo se desarrolla
justamente sobre el grueso de las caderas, mi Guía, con fatiga y con
angustia, volvió su cabeza hacia donde aquél tenía las zancas, y se agarró al
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pelo como un hombre que sube, de modo que creí que volvíamos al
Infierno.
—Sosténte bien—me dijo jadeando como un hombre cansado—; que por
esta escalera es preciso partir de la mansión del dolor.
Después salió fuera por la hendedura de una roca, y me sentó sobre el borde
de la misma, poniendo junto a mí su pie prudente. Yo levanté mis ojos,
creyendo ver a Lucifer como le había dejado; pero vi que tenía las piernas
en alto. Si debí quedar asombrado, júzguelo el vulgo, que no sabe qué punto
es aquel por donde yo había pasado.
—Levántate—me dijo el Maestro—; la ruta es larga, el camino malo, y ya
el Sol se acerca a la mitad de tercia.
El sitio donde nos encontrábamos no era como la galería de un palacio, sino
una caverna de mal piso y escasa de luz.
—Antes que yo salga de este abismo, Maestro mío,—le dije al ponerme en
pie—, dime algo que me saque de confusiones. ¿Dónde está el hielo, y
cómo es que Lucifer está de ese modo invertido? ¿Cómo es que, en tan
pocas horas, ha recorrido el Sol su carrera desde la noche a la mañana?
Me contestó:
—¿Te imaginas sin duda que estás aún al otro lado del centro, donde me
cogí al pelo de ese miserable gusano que atraviesa el mundo? Allá te
encontrabas mientras descendíamos; cuando me volví, pasaste el punto
hacia el que converge toda la gravedad de la Tierra; y ahora estás bajo el
hemisferio opuesto a aquel que cubre el árido desierto, y bajo cuyo más alto
punto fué muerto el Hombre que nació y vivió sin pecado. Tienes los pies
sobre una pequeña esfera, que por el otro lado mira a la Judesca. Aquí
amanece, cuando allí anochece; y éste de cuyo pelo nos hemos servido
como de una escala, permanece aún fijo del mismo modo que antes. Por
esta parte cayó del cielo; y la tierra, que antes se mostraba en este lado,
aterrorizada al verle, se hizo del mar un velo, y se retiró hacia nuestro
hemisferio; y quizá también huyendo de él, dejó aquí este vacío la que
aparece por acá formando un elevado monte.
Infierno.
—Sosténte bien—me dijo jadeando como un hombre cansado—; que por
esta escalera es preciso partir de la mansión del dolor.
Después salió fuera por la hendedura de una roca, y me sentó sobre el borde
de la misma, poniendo junto a mí su pie prudente. Yo levanté mis ojos,
creyendo ver a Lucifer como le había dejado; pero vi que tenía las piernas
en alto. Si debí quedar asombrado, júzguelo el vulgo, que no sabe qué punto
es aquel por donde yo había pasado.
—Levántate—me dijo el Maestro—; la ruta es larga, el camino malo, y ya
el Sol se acerca a la mitad de tercia.
El sitio donde nos encontrábamos no era como la galería de un palacio, sino
una caverna de mal piso y escasa de luz.
—Antes que yo salga de este abismo, Maestro mío,—le dije al ponerme en
pie—, dime algo que me saque de confusiones. ¿Dónde está el hielo, y
cómo es que Lucifer está de ese modo invertido? ¿Cómo es que, en tan
pocas horas, ha recorrido el Sol su carrera desde la noche a la mañana?
Me contestó:
—¿Te imaginas sin duda que estás aún al otro lado del centro, donde me
cogí al pelo de ese miserable gusano que atraviesa el mundo? Allá te
encontrabas mientras descendíamos; cuando me volví, pasaste el punto
hacia el que converge toda la gravedad de la Tierra; y ahora estás bajo el
hemisferio opuesto a aquel que cubre el árido desierto, y bajo cuyo más alto
punto fué muerto el Hombre que nació y vivió sin pecado. Tienes los pies
sobre una pequeña esfera, que por el otro lado mira a la Judesca. Aquí
amanece, cuando allí anochece; y éste de cuyo pelo nos hemos servido
como de una escala, permanece aún fijo del mismo modo que antes. Por
esta parte cayó del cielo; y la tierra, que antes se mostraba en este lado,
aterrorizada al verle, se hizo del mar un velo, y se retiró hacia nuestro
hemisferio; y quizá también huyendo de él, dejó aquí este vacío la que
aparece por acá formando un elevado monte.
Page 155
Hay allá abajo una cavidad que se aleja tanto de Lucifer cuanta es la
extensión de su tumba; cavidad que no puede reconocerse por la vista, sino
por el rumor de un arroyuelo, que desciende por el cauce de un peñasco que
ha perforado con su curso sinuoso y poco pendiente. Mi Guía y yo entramos
en aquel camino oculto, para volver al mundo luminoso; y sin concedernos
el menor descanso, subimos, él delante y yo detrás, hasta que pude ver por
una abertura redonda las bellezas que contiene el Cielo, y por allí salimos
para volver a ver las estrellas.
extensión de su tumba; cavidad que no puede reconocerse por la vista, sino
por el rumor de un arroyuelo, que desciende por el cauce de un peñasco que
ha perforado con su curso sinuoso y poco pendiente. Mi Guía y yo entramos
en aquel camino oculto, para volver al mundo luminoso; y sin concedernos
el menor descanso, subimos, él delante y yo detrás, hasta que pude ver por
una abertura redonda las bellezas que contiene el Cielo, y por allí salimos
para volver a ver las estrellas.
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PURGATORIO
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CANTO PRIMERO
HORA la navecilla de mi ingenio, que deja en pos de sí un
mar tan cruel, desplegará las velas para navegar por mejores
aguas; y cantaré aquel segundo reino, donde se purifica el
espíritu humano, y se hace digno de subir al Cielo. Resucite
aquí, pues, la muerta poseía, ¡oh santas Musas!, pues que soy
vuestro; y realce Calíope mi canto, acompañándolo con
aquella voz que produjo tal efecto en las desgraciadas
Urracas, que desesperaron de alcanzar su perdón.[46]
Un suave color de zafiro oriental, contenido en el sereno aspecto del aire
puro hasta el primer cielo, reapareció delicioso a mi vista en cuanto salí de
la atmósfera muerta, que me había contristado los ojos y el corazón. El
bello planeta que convida a amar hacía sonreír todo el Oriente,
desvaneciendo al signo de Piscis, que seguía en pos de él. Me volví a la
derecha, y dirigiendo mi espíritu hacia el otro polo, distinguí cuatro estrellas
únicamente vistas por los primeros humanos. El cielo parecía gozar con sus
resplandores. ¡Oh Septentrión, sitio verdaderamente viudo, pues que te ves
privado de admirarlas! Cuando cesé en su contemplación, volvíme un tanto
hacia el otro polo, de donde el Carro había desaparecido, y vi cerca de mí
un anciano solo, y digno, por su aspecto, de tanta veneración, que un padre
HORA la navecilla de mi ingenio, que deja en pos de sí un
mar tan cruel, desplegará las velas para navegar por mejores
aguas; y cantaré aquel segundo reino, donde se purifica el
espíritu humano, y se hace digno de subir al Cielo. Resucite
aquí, pues, la muerta poseía, ¡oh santas Musas!, pues que soy
vuestro; y realce Calíope mi canto, acompañándolo con
aquella voz que produjo tal efecto en las desgraciadas
Urracas, que desesperaron de alcanzar su perdón.[46]
Un suave color de zafiro oriental, contenido en el sereno aspecto del aire
puro hasta el primer cielo, reapareció delicioso a mi vista en cuanto salí de
la atmósfera muerta, que me había contristado los ojos y el corazón. El
bello planeta que convida a amar hacía sonreír todo el Oriente,
desvaneciendo al signo de Piscis, que seguía en pos de él. Me volví a la
derecha, y dirigiendo mi espíritu hacia el otro polo, distinguí cuatro estrellas
únicamente vistas por los primeros humanos. El cielo parecía gozar con sus
resplandores. ¡Oh Septentrión, sitio verdaderamente viudo, pues que te ves
privado de admirarlas! Cuando cesé en su contemplación, volvíme un tanto
hacia el otro polo, de donde el Carro había desaparecido, y vi cerca de mí
un anciano solo, y digno, por su aspecto, de tanta veneración, que un padre
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no puede inspirarla mayor a su hijo. Llevaba una larga barba, canosa como
sus cabellos, que le caía hasta el pecho, dividida en dos mechones. Los
rayos de las cuatro luces santas rodeaban de tal resplandor su rostro, que lo
veía como si hubiese tenido el Sol ante mis ojos.
—¿Quiénes sois vosotros que, contra el curso del tenebroso río, habéis
huído de la prisión eterna?—dijo el anciano, agitando su barba venerable—.
¿Quién os ha guiado, o quién os ha servido de antorcha para salir de la
profunda noche, que hace sea continuamente negro el valle infernal? ¿Así
se han quebrantado las leyes del abismo? ¿O se ha dado quizás en el Cielo
un nuevo decreto, que os permite, a pesar de estar condenados, venir a mis
grutas?
Entonces mi Guía me indicó, por medio de sus palabras, de sus gestos y sus
miradas, que debía mostrarme respetuoso, doblar la rodilla e inclinar la
vista. Después le respondió:
—No vine por mi deliberación, sino porque una mujer, descendida del
cielo, me ha rogado que acompañe y ayude a éste. Pero ya que es tu
voluntad que te expliquemos más ampliamente cuál sea nuestra verdadera
condición, la mía no puede rehusarte nada. Este no ha visto aún su última
noche; pero por su locura estuvo tan cerca de ello, que le quedaba
poquísimo tiempo de vida. Así es que, según he dicho, fuí enviado a su
encuentro para salvarle, y no había otro camino más que este, por el cual
me he aventurado. Hele dado a conocer todos los réprobos, y ahora
pretendo mostrarle aquellos espíritus que se purifican bajo tu jurisdicción.
Sería largo de referir el modo como le he traído hasta aquí: de lo alto baja la
virtud que me ayuda a conducirle para verte y oírte. Dígnate, pues, acoger
su llegada benignamente: va buscando la libertad, que es tan amada, como
lo sabe el que por ella desprecia la vida. Bien lo sabes tú, que por ella no te
pareció amarga la muerte en Utica, donde dejaste tu cuerpo, que tanto
brillará en el gran día. No han sido revocados por nosotros los eternos
decretos; pues éste vive, y Minos no me tiene en su poder, sino que
pertenezco al círculo donde están los castos ojos de tu Marcia, que parece
rogarte aún, ¡oh santo corazón!, que la tengas por compañera y por tuya. En
nombre, pues, de su amor, accede a nuestra súplica, y déjanos ir por tus
siete reinos: le manifestaré mi agradecimiento hacia ti si permites que allá
abajo se pronuncie tu nombre.
sus cabellos, que le caía hasta el pecho, dividida en dos mechones. Los
rayos de las cuatro luces santas rodeaban de tal resplandor su rostro, que lo
veía como si hubiese tenido el Sol ante mis ojos.
—¿Quiénes sois vosotros que, contra el curso del tenebroso río, habéis
huído de la prisión eterna?—dijo el anciano, agitando su barba venerable—.
¿Quién os ha guiado, o quién os ha servido de antorcha para salir de la
profunda noche, que hace sea continuamente negro el valle infernal? ¿Así
se han quebrantado las leyes del abismo? ¿O se ha dado quizás en el Cielo
un nuevo decreto, que os permite, a pesar de estar condenados, venir a mis
grutas?
Entonces mi Guía me indicó, por medio de sus palabras, de sus gestos y sus
miradas, que debía mostrarme respetuoso, doblar la rodilla e inclinar la
vista. Después le respondió:
—No vine por mi deliberación, sino porque una mujer, descendida del
cielo, me ha rogado que acompañe y ayude a éste. Pero ya que es tu
voluntad que te expliquemos más ampliamente cuál sea nuestra verdadera
condición, la mía no puede rehusarte nada. Este no ha visto aún su última
noche; pero por su locura estuvo tan cerca de ello, que le quedaba
poquísimo tiempo de vida. Así es que, según he dicho, fuí enviado a su
encuentro para salvarle, y no había otro camino más que este, por el cual
me he aventurado. Hele dado a conocer todos los réprobos, y ahora
pretendo mostrarle aquellos espíritus que se purifican bajo tu jurisdicción.
Sería largo de referir el modo como le he traído hasta aquí: de lo alto baja la
virtud que me ayuda a conducirle para verte y oírte. Dígnate, pues, acoger
su llegada benignamente: va buscando la libertad, que es tan amada, como
lo sabe el que por ella desprecia la vida. Bien lo sabes tú, que por ella no te
pareció amarga la muerte en Utica, donde dejaste tu cuerpo, que tanto
brillará en el gran día. No han sido revocados por nosotros los eternos
decretos; pues éste vive, y Minos no me tiene en su poder, sino que
pertenezco al círculo donde están los castos ojos de tu Marcia, que parece
rogarte aún, ¡oh santo corazón!, que la tengas por compañera y por tuya. En
nombre, pues, de su amor, accede a nuestra súplica, y déjanos ir por tus
siete reinos: le manifestaré mi agradecimiento hacia ti si permites que allá
abajo se pronuncie tu nombre.
Page 160
—Marcia fué tan agradable a mis ojos mientras pertenecí a la Tierra—dijo
él entonces—, que obtuvo de mí cuantas gracias quiso; ahora que habita a la
otra parte del mal río, no puedo ya conmoverme a causa de la ley que se me
impuso cuando salí fuera de mi cuerpo. Pero si una mujer del cielo te anima
y te dirige, según dices, no tienes necesidad de tan laudatorios ruegos; me
basta conque me supliques en su nombre. Vé, pues, y haz que ése se ciña
con un junco sin hojas, y lávale el rostro de modo que quede borrada en él
toda mancha; porque no conviene que se presente con la vista ofuscada ante
el primer ministro, que es de los del Paraíso. Esa pequeña isla que ves allá
abajo produce, en torno suyo y por donde la combaten las olas, juncos en su
tierra blanda y limosa. Ninguna clase de plantas que eche hojas o que se
endurezca puede existir ahí, porque le sería imposible doblegarse a los
embates de las olas. Después no volváis por esta parte; el sol naciente os
indicará el modo de encontrar la más fácil subida del monte.
Al decir esto desapareció. Me levanté sin hablar, me coloqué junto a mi
Guía, y fijé en él los ojos. Entonces empezó a hablarme de este modo:
—Hijo mío, sigue mis pasos: volvamos atrás; porque esta llanura va
descendiendo siempre hasta su último límite.
El alba vencía ya al aura matutina, que huía delante de ella, y desde lejos
pude distinguir las ondulaciones del mar. Ibamos por la llanura solitaria,
como el que busca la senda perdida, y cree caminar en vano hasta que logra
encontrarla. Cuando llegamos a un sitio en que el rocío resiste al calor del
sol, y protegido por la sombra, se desvanece poco a poco, puso mi Maestro
suavemente sus dos manos abiertas sobre la fresca hierba; y yo,
comprendiendo su intento, le presenté mis mejillas cubiertas aún de
lágrimas, y en las que por su mediación apareció de nuevo el color de que
las privó el Infierno.
Llegamos después a la playa desierta, que no vió nunca navegar por sus
aguas a hombre alguno capaz de salir de ellas. Allí me hizo un cinturón,
según la voluntad del otro; y, ¡oh maravilla!, cuando arrancó la humilde
planta, volvió otra a renacer súbitamente en el mismo sitio de donde había
arrancado aquélla.
él entonces—, que obtuvo de mí cuantas gracias quiso; ahora que habita a la
otra parte del mal río, no puedo ya conmoverme a causa de la ley que se me
impuso cuando salí fuera de mi cuerpo. Pero si una mujer del cielo te anima
y te dirige, según dices, no tienes necesidad de tan laudatorios ruegos; me
basta conque me supliques en su nombre. Vé, pues, y haz que ése se ciña
con un junco sin hojas, y lávale el rostro de modo que quede borrada en él
toda mancha; porque no conviene que se presente con la vista ofuscada ante
el primer ministro, que es de los del Paraíso. Esa pequeña isla que ves allá
abajo produce, en torno suyo y por donde la combaten las olas, juncos en su
tierra blanda y limosa. Ninguna clase de plantas que eche hojas o que se
endurezca puede existir ahí, porque le sería imposible doblegarse a los
embates de las olas. Después no volváis por esta parte; el sol naciente os
indicará el modo de encontrar la más fácil subida del monte.
Al decir esto desapareció. Me levanté sin hablar, me coloqué junto a mi
Guía, y fijé en él los ojos. Entonces empezó a hablarme de este modo:
—Hijo mío, sigue mis pasos: volvamos atrás; porque esta llanura va
descendiendo siempre hasta su último límite.
El alba vencía ya al aura matutina, que huía delante de ella, y desde lejos
pude distinguir las ondulaciones del mar. Ibamos por la llanura solitaria,
como el que busca la senda perdida, y cree caminar en vano hasta que logra
encontrarla. Cuando llegamos a un sitio en que el rocío resiste al calor del
sol, y protegido por la sombra, se desvanece poco a poco, puso mi Maestro
suavemente sus dos manos abiertas sobre la fresca hierba; y yo,
comprendiendo su intento, le presenté mis mejillas cubiertas aún de
lágrimas, y en las que por su mediación apareció de nuevo el color de que
las privó el Infierno.
Llegamos después a la playa desierta, que no vió nunca navegar por sus
aguas a hombre alguno capaz de salir de ellas. Allí me hizo un cinturón,
según la voluntad del otro; y, ¡oh maravilla!, cuando arrancó la humilde
planta, volvió otra a renacer súbitamente en el mismo sitio de donde había
arrancado aquélla.
Page 161
Page 162
CANTO SEGUNDO
A estaba el Sol tocando al horizonte, cuyo círculo meridiano
cubre a Jerusalén con su punto más elevado; y ya la noche,
formando un arco en oposición a él, salía fuera del Ganges
con las Balanzas que se le caen de las manos cuando supera
en extensión al día; de modo que allí, donde yo me
encontraba, las blancas y sonrosadas mejillas de la bella
Aurora, según iba creciendo, se tornaban de color de oro.
Estábamos aún en la orilla del mar, como quien piensa en el camino que
debe seguir, y anda con el deseo, sin que el cuerpo se mueva. Cuando he
aquí que, así como, al amanecer, por efecto de los densos vapores, se ve a
Marte enrojecido hacia Poniente sobre las aguas marinas, de igual modo me
apareció—¡ojalá pudiese verla otra vez!—una luz, la cual venía tan
rápidamente por el mar, que ningún vuelo sería comparable a su celeridad.
Un solo momento aparté de ella la vista para interrogar a mi Guía, y al
punto volví a verla mucho más voluminosa y brillante; distinguiendo luego
a cada lado de la misma una cosa blanca, sin saber lo que era, debajo de la
cual se descubría poco a poco otro objeto igualmente blanco. Aun no había
pronunciado una palabra mi Maestro, cuando se vió que las primeras
formas blancas eran alas; y entonces, habiendo conocido bien al gondolero,
exclamó:
A estaba el Sol tocando al horizonte, cuyo círculo meridiano
cubre a Jerusalén con su punto más elevado; y ya la noche,
formando un arco en oposición a él, salía fuera del Ganges
con las Balanzas que se le caen de las manos cuando supera
en extensión al día; de modo que allí, donde yo me
encontraba, las blancas y sonrosadas mejillas de la bella
Aurora, según iba creciendo, se tornaban de color de oro.
Estábamos aún en la orilla del mar, como quien piensa en el camino que
debe seguir, y anda con el deseo, sin que el cuerpo se mueva. Cuando he
aquí que, así como, al amanecer, por efecto de los densos vapores, se ve a
Marte enrojecido hacia Poniente sobre las aguas marinas, de igual modo me
apareció—¡ojalá pudiese verla otra vez!—una luz, la cual venía tan
rápidamente por el mar, que ningún vuelo sería comparable a su celeridad.
Un solo momento aparté de ella la vista para interrogar a mi Guía, y al
punto volví a verla mucho más voluminosa y brillante; distinguiendo luego
a cada lado de la misma una cosa blanca, sin saber lo que era, debajo de la
cual se descubría poco a poco otro objeto igualmente blanco. Aun no había
pronunciado una palabra mi Maestro, cuando se vió que las primeras
formas blancas eran alas; y entonces, habiendo conocido bien al gondolero,
exclamó:
Page 163
—Dobla, dobla pronto la rodilla: he aquí el ángel de Dios; une las manos:
nunca verás semejantes ministros del Señor. Mira cómo desdeña los medios
humanos, pues no necesita remo, ni otras velas que sus alas, entre tan
apartadas orillas. Mira cómo las tiene elevadas hacia el cielo, agitando el
aire con las eternas plumas, que no se mudan como el cabello de los
mortales.
Cuanto más se acercaba a nosotros el ave divina, más brillante aparecía: por
lo cual, no pudiendo resistir su resplandor mis ojos, los incliné; y aquél se
dirigió hacia la orilla en un esquife airoso y ligero, que apenas se sumergía
un poco en el agua. El celestial barquero estaba en la popa, y la
bienaventuranza parecía estar escrita en su semblante. Más de cien
espíritus, sentados en la barquilla, cantaban a coro: "In exitu Israel de
Ægipto" y todo lo demás que sigue de este salmo. El ángel les hizo la señal
de la santa cruz, a cuya señal se arrojaron todos a la playa, y él se alejó con
la misma velocidad con que había venido. La turba que dejó allí parecía
llena de estupor en tal sitio, mirando y remirando en torno suyo, como el
que descubre cosas que no ha visto nunca. El Sol, que había arrojado con
sus brillante saetas al signo de Capricornio del centro del cielo, irradiaba
por todas partes el día, cuando los recién llegados alzaron la frente hacia
nosotros, diciéndonos:
—Si lo sabéis, indicadnos el camino que conduce a la montaña.
Virgilio respondió:
—¿Por ventura creéis que conocemos este sitio? Somos aquí tan nuevos
como vosotros, y hemos llegado a él poco antes por otro camino tan rudo y
áspero, que el subir esta montaña será para nosotros ahora cosa de juego.
Las almas, que advirtieron, por mi respiración, que yo estaba aún vivo,
palidecieron de asombro; y así como se agolpa la gente en derredor del
mensajero coronado de olivo para oír sus noticias, sin temor de empujarse y
pisarse unos a otros, así se agolparon en torno mío todas aquellas almas
afortunadas, olvidando casi su deseo de ir a embellecerse. Vi una de ellas,
que se adelantó para abrazarme con tales muestras de afecto, que me movió
a hacer lo mismo con ella; pero, ¡oh sombras vanas, excepto para la vista!
Tres veces quise rodearla con mis brazos, y otras tantas volvieron éstos a
caer solos sobre mi pecho. Creo que la admiración debió pintarse en mi
nunca verás semejantes ministros del Señor. Mira cómo desdeña los medios
humanos, pues no necesita remo, ni otras velas que sus alas, entre tan
apartadas orillas. Mira cómo las tiene elevadas hacia el cielo, agitando el
aire con las eternas plumas, que no se mudan como el cabello de los
mortales.
Cuanto más se acercaba a nosotros el ave divina, más brillante aparecía: por
lo cual, no pudiendo resistir su resplandor mis ojos, los incliné; y aquél se
dirigió hacia la orilla en un esquife airoso y ligero, que apenas se sumergía
un poco en el agua. El celestial barquero estaba en la popa, y la
bienaventuranza parecía estar escrita en su semblante. Más de cien
espíritus, sentados en la barquilla, cantaban a coro: "In exitu Israel de
Ægipto" y todo lo demás que sigue de este salmo. El ángel les hizo la señal
de la santa cruz, a cuya señal se arrojaron todos a la playa, y él se alejó con
la misma velocidad con que había venido. La turba que dejó allí parecía
llena de estupor en tal sitio, mirando y remirando en torno suyo, como el
que descubre cosas que no ha visto nunca. El Sol, que había arrojado con
sus brillante saetas al signo de Capricornio del centro del cielo, irradiaba
por todas partes el día, cuando los recién llegados alzaron la frente hacia
nosotros, diciéndonos:
—Si lo sabéis, indicadnos el camino que conduce a la montaña.
Virgilio respondió:
—¿Por ventura creéis que conocemos este sitio? Somos aquí tan nuevos
como vosotros, y hemos llegado a él poco antes por otro camino tan rudo y
áspero, que el subir esta montaña será para nosotros ahora cosa de juego.
Las almas, que advirtieron, por mi respiración, que yo estaba aún vivo,
palidecieron de asombro; y así como se agolpa la gente en derredor del
mensajero coronado de olivo para oír sus noticias, sin temor de empujarse y
pisarse unos a otros, así se agolparon en torno mío todas aquellas almas
afortunadas, olvidando casi su deseo de ir a embellecerse. Vi una de ellas,
que se adelantó para abrazarme con tales muestras de afecto, que me movió
a hacer lo mismo con ella; pero, ¡oh sombras vanas, excepto para la vista!
Tres veces quise rodearla con mis brazos, y otras tantas volvieron éstos a
caer solos sobre mi pecho. Creo que la admiración debió pintarse en mi
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rostro; porque la sombra sonrió y se retiró; y yo, siguiéndola, continué
avanzando. Me dijo con voz suave que me detuviese; conocí entonces quién
era, y habiéndole rogado que se parase un momento para hablarme,
respondióme:
—Lo mismo que te amaba con mi cuerpo mortal, te amo también
desprendido de él; por eso me detengo; pero tú ¿por qué vienes aquí?
—Casella mío, hago este viaje para volver al mundo de los vivos, donde
permanezco aún; pero a ti, ¿cómo es que se te ha negado por tanto tiempo el
venir a este sitio?
Me respondió:
—Si aquel que conduce a quien y cómo le place me ha negado muchas
veces este pasaje, no se ha cometido conmigo ninguna injusticia; porque es
justa la voluntad a quien obedece. En verdad, de tres meses a esta parte ha
recogido sin oposición a cuantos han querido entrar en su nave: así es que
yo, que me encontraba en la playa donde el Tíber se mezcla con las saladas
ondas del mar, fuí acogido benignamente por él. A la embocadura de aquel
río dirige ahora su vuelo; pues allí se reúnen siempre los que no descienden
hacia el Aqueronte.
Y yo dije:
—Si alguna nueva ley no te quita la memoria o el uso de aquellos cantos
amorosos, que solían calmar todos mis deseos, dígnate consolar un poco mi
alma, que viniendo aquí con su cuerpo, se ha angustiado tanto.
"Amor, que dentro de mi mente habla,"[47] empezó él a cantar tan
dulcemente, que su dulzura aún resuena en mi corazón. Mi Maestro, y yo, y
las sombras que allí estaban, parecíamos tan contentos, como si no
tuviéramos otra cosa en que pensar. Estábamos absortos y atentos a sus
notas, cuando apareció el venerable anciano exclamando:
—¿Qué es esto, espíritus perezosos? ¿Qué negligencia, qué demora es ésta?
Corred al monte a purificaros de vuestros pecados, que no permiten que
Dios se os manifieste.
avanzando. Me dijo con voz suave que me detuviese; conocí entonces quién
era, y habiéndole rogado que se parase un momento para hablarme,
respondióme:
—Lo mismo que te amaba con mi cuerpo mortal, te amo también
desprendido de él; por eso me detengo; pero tú ¿por qué vienes aquí?
—Casella mío, hago este viaje para volver al mundo de los vivos, donde
permanezco aún; pero a ti, ¿cómo es que se te ha negado por tanto tiempo el
venir a este sitio?
Me respondió:
—Si aquel que conduce a quien y cómo le place me ha negado muchas
veces este pasaje, no se ha cometido conmigo ninguna injusticia; porque es
justa la voluntad a quien obedece. En verdad, de tres meses a esta parte ha
recogido sin oposición a cuantos han querido entrar en su nave: así es que
yo, que me encontraba en la playa donde el Tíber se mezcla con las saladas
ondas del mar, fuí acogido benignamente por él. A la embocadura de aquel
río dirige ahora su vuelo; pues allí se reúnen siempre los que no descienden
hacia el Aqueronte.
Y yo dije:
—Si alguna nueva ley no te quita la memoria o el uso de aquellos cantos
amorosos, que solían calmar todos mis deseos, dígnate consolar un poco mi
alma, que viniendo aquí con su cuerpo, se ha angustiado tanto.
"Amor, que dentro de mi mente habla,"[47] empezó él a cantar tan
dulcemente, que su dulzura aún resuena en mi corazón. Mi Maestro, y yo, y
las sombras que allí estaban, parecíamos tan contentos, como si no
tuviéramos otra cosa en que pensar. Estábamos absortos y atentos a sus
notas, cuando apareció el venerable anciano exclamando:
—¿Qué es esto, espíritus perezosos? ¿Qué negligencia, qué demora es ésta?
Corred al monte a purificaros de vuestros pecados, que no permiten que
Dios se os manifieste.
Page 165
Del mismo modo que las palomas, cuando están reunidas en torno a su
alimento, cogiendo el grano y quietas, sin hacer oír sus acostumbrados
arrullos, si acontece algo que las asuste, abandonan súbitamente la comida,
porque las asalta un cuidado mayor, así vi yo aquellas almas recién llegadas
abandonar el canto y desbandarse por la costa, como quien corre sin saber
adónde va; y no menos rápidamente huimos también nosotros.
alimento, cogiendo el grano y quietas, sin hacer oír sus acostumbrados
arrullos, si acontece algo que las asuste, abandonan súbitamente la comida,
porque las asalta un cuidado mayor, así vi yo aquellas almas recién llegadas
abandonar el canto y desbandarse por la costa, como quien corre sin saber
adónde va; y no menos rápidamente huimos también nosotros.
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CANTO TERCERO
IENTRAS la repentina fuga dispersaba por la campiña
aquellas almas, que se volvían hacia la montaña donde la
razón divina las aguija, me acerqué a mi fiel compañero;
porque, ¿cómo hubiera podido sin él seguir mi viaje?, ¿quién
me habría sostenido al subir por la montaña? Me pareció que
mi Guía estaba por sí mismo arrepentido de su flaqueza. ¡Oh
conciencia digna y pura!, ¡qué amargo roedor es para ti la
más pequeña falta! Cuando sus pies cesaron de caminar con aquella
precipitación que se aviene mal con la majestad de la persona, mi mente,
desechando el pensamiento que la inquietaba, concentró su atención, como
deseosa de recibir las nuevas impresiones; y me puse a contemplar el monte
más alto de cuantos hacia el Cielo se elevan sobre las aguas. El Sol, que a
mis espaldas despedía su rubicunda luz, quedaba interceptado por mi
cuerpo, en el que se apoyaban sus rayos; y cuando vi que sólo delante de mí
se obscurecía la tierra, volvíme de lado, temeroso de haber sido
abandonado. Mi Protector entonces empezó a decirme, vuelto hacia mí:
—¿Por qué desconfías aún? ¿Crees que no estoy contigo, y que ya no te
guío? Ahora es ya por la tarde allá donde está sepultado el cuerpo, dentro
del cual hacía yo sombra. Nápoles lo posee, porque lo han quitado de
IENTRAS la repentina fuga dispersaba por la campiña
aquellas almas, que se volvían hacia la montaña donde la
razón divina las aguija, me acerqué a mi fiel compañero;
porque, ¿cómo hubiera podido sin él seguir mi viaje?, ¿quién
me habría sostenido al subir por la montaña? Me pareció que
mi Guía estaba por sí mismo arrepentido de su flaqueza. ¡Oh
conciencia digna y pura!, ¡qué amargo roedor es para ti la
más pequeña falta! Cuando sus pies cesaron de caminar con aquella
precipitación que se aviene mal con la majestad de la persona, mi mente,
desechando el pensamiento que la inquietaba, concentró su atención, como
deseosa de recibir las nuevas impresiones; y me puse a contemplar el monte
más alto de cuantos hacia el Cielo se elevan sobre las aguas. El Sol, que a
mis espaldas despedía su rubicunda luz, quedaba interceptado por mi
cuerpo, en el que se apoyaban sus rayos; y cuando vi que sólo delante de mí
se obscurecía la tierra, volvíme de lado, temeroso de haber sido
abandonado. Mi Protector entonces empezó a decirme, vuelto hacia mí:
—¿Por qué desconfías aún? ¿Crees que no estoy contigo, y que ya no te
guío? Ahora es ya por la tarde allá donde está sepultado el cuerpo, dentro
del cual hacía yo sombra. Nápoles lo posee, porque lo han quitado de
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Brindis. Si, pues, ninguna sombra se proyecta delante de mí, no debes
admirarte de ello más que de ver cómo los cielos no interceptan unos a
otros el paso de sus luces. La Virtud divina hace que semejantes cuerpos
sean aptos para sufrir tormentos, calor y frío; mas no ha querido revelarnos
cómo opera tal maravilla. Insensato es el que espera que nuestra razón
pueda recorrer las infinitas vías de que dispone el que es una substancia en
tres personas. Seres humanos, contentaos con el "quia;"[48] pues si os fuera
dable verlo todo, no habría sido necesario que pariese María; y habéis visto
desearlo en vano a tales hombres, que, a ser posible, hubieran satisfecho ese
deseo, el cual forma su eterno suplicio: hablo de Aristóteles, de Platón y
otros muchos.
En este punto, inclinó la frente sin decir nada más, y quedó como turbado.
Llegamos en tanto al pie del monte, cuyas rocas encontramos tan
escarpadas, que las piernas más ágiles nos hubieran sido inútiles. El camino
más desierto, el más áspero entre Lerici y Turbía, es, comparado con aquél,
una rampa suave y anchurosa.
—¿Quién sabe ahora—dijo mi Maestro deteniendo sus pasos—hacia qué
mano es accesible la costa, de modo que pueda subir el que no tiene alas?
Y mientras él tenía los ojos bajos, meditando qué camino seguiríamos, y yo
miraba hacia arriba alrededor de las rocas, apareció por la izquierda una
multitud de almas, que se dirigían hacia nosotros, aunque no lo parecía;
tanta era la lentitud con que caminaban.
—Levanta los ojos—dije a mi Maestro—; he aquí quien nos podrá
aconsejar, si es que no puedes aconsejarte a ti mismo.
Miróme entonces, y con rostro franco respondió:
—Vamos allá, pues ellos vienen muy despacio; y tú no pierdas la esperanza,
hijo querido.
Habríamos andado mil pasos, y aun distaba de nosotros aquella
muchedumbre tanto espacio cuanto podría recorrer una piedra lanzada por
un buen hondero, cuando se arrimaron todos a los duros peñascos de la
escarpada orilla, y permanecieron firmes y apretados entre sí, como se
detiene a mirar aquel que duda.
admirarte de ello más que de ver cómo los cielos no interceptan unos a
otros el paso de sus luces. La Virtud divina hace que semejantes cuerpos
sean aptos para sufrir tormentos, calor y frío; mas no ha querido revelarnos
cómo opera tal maravilla. Insensato es el que espera que nuestra razón
pueda recorrer las infinitas vías de que dispone el que es una substancia en
tres personas. Seres humanos, contentaos con el "quia;"[48] pues si os fuera
dable verlo todo, no habría sido necesario que pariese María; y habéis visto
desearlo en vano a tales hombres, que, a ser posible, hubieran satisfecho ese
deseo, el cual forma su eterno suplicio: hablo de Aristóteles, de Platón y
otros muchos.
En este punto, inclinó la frente sin decir nada más, y quedó como turbado.
Llegamos en tanto al pie del monte, cuyas rocas encontramos tan
escarpadas, que las piernas más ágiles nos hubieran sido inútiles. El camino
más desierto, el más áspero entre Lerici y Turbía, es, comparado con aquél,
una rampa suave y anchurosa.
—¿Quién sabe ahora—dijo mi Maestro deteniendo sus pasos—hacia qué
mano es accesible la costa, de modo que pueda subir el que no tiene alas?
Y mientras él tenía los ojos bajos, meditando qué camino seguiríamos, y yo
miraba hacia arriba alrededor de las rocas, apareció por la izquierda una
multitud de almas, que se dirigían hacia nosotros, aunque no lo parecía;
tanta era la lentitud con que caminaban.
—Levanta los ojos—dije a mi Maestro—; he aquí quien nos podrá
aconsejar, si es que no puedes aconsejarte a ti mismo.
Miróme entonces, y con rostro franco respondió:
—Vamos allá, pues ellos vienen muy despacio; y tú no pierdas la esperanza,
hijo querido.
Habríamos andado mil pasos, y aun distaba de nosotros aquella
muchedumbre tanto espacio cuanto podría recorrer una piedra lanzada por
un buen hondero, cuando se arrimaron todos a los duros peñascos de la
escarpada orilla, y permanecieron firmes y apretados entre sí, como se
detiene a mirar aquel que duda.
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—¡Oh muertos en la gracia de Dios, espíritus ya elegidos!—empezó a decir
Virgilio—; por aquella paz que, según creo, esperáis todos vosotros,
decidme por qué parte declina esta montaña, de modo que sea posible
ascender a ella; pues al que mejor conoce el valor del tiempo, le es más
desagradable perderlo.
Como las ovejas que salen de su redil una a una, dos a dos y tres y tres,
mientras las otras se detienen tímidamente, inclinando hacia la tierra sus
ojos y su hocico, y lo mismo que hace la primera hacen las demás,
deteniéndose a su lado si se detiene, sencillas y tranquilas, y sin darse
cuenta de por qué lo hacen, así vi yo moverse para venir hacia nosotros las
primeras almas de aquella temerosa y afortunada grey, de rostro púdico y de
honesto continente. Cuando vieron que la luz se interrumpía en el suelo a
mi mano derecha, de modo que se proyectaba la sombra desde mí a la gruta,
se detuvieron y aun retrocedieron algún tanto, y todos los que venían detrás,
sin saber por qué, hicieron lo mismo.
—Sin que me lo preguntéis, os confieso que este que aquí veis es un cuerpo
humano; por cuya causa la luz del Sol aparece cortada en el suelo. No os
asombréis; pero creed que si pretende trepar esta escarpada costa, lo hace
inducido por virtud celestial.
Así habló mi Maestro; y aquella noble multitud nos dijo:
—Pues volveos atrás y caminad delante de nosotros.
Y al mismo tiempo nos hacían señas con el dorso de las manos. Uno de
ellos exclamó:
—Quienquiera que seas, andando como vas, vuelve el rostro hacia mí, y
procura recordar si me has visto en el mundo alguna vez.
Yo me volví hacia él, y le miré fijamente: era rubio, hermoso y de gentil
aspecto; pero tenía la ceja partida de un golpe. Cuando le manifesté
humildemente que no le había visto nunca, me dijo:
—¡Mira, pues!
Y enseñóme una herida en la parte superior de su pecho. Después añadió
sonriendo:
Virgilio—; por aquella paz que, según creo, esperáis todos vosotros,
decidme por qué parte declina esta montaña, de modo que sea posible
ascender a ella; pues al que mejor conoce el valor del tiempo, le es más
desagradable perderlo.
Como las ovejas que salen de su redil una a una, dos a dos y tres y tres,
mientras las otras se detienen tímidamente, inclinando hacia la tierra sus
ojos y su hocico, y lo mismo que hace la primera hacen las demás,
deteniéndose a su lado si se detiene, sencillas y tranquilas, y sin darse
cuenta de por qué lo hacen, así vi yo moverse para venir hacia nosotros las
primeras almas de aquella temerosa y afortunada grey, de rostro púdico y de
honesto continente. Cuando vieron que la luz se interrumpía en el suelo a
mi mano derecha, de modo que se proyectaba la sombra desde mí a la gruta,
se detuvieron y aun retrocedieron algún tanto, y todos los que venían detrás,
sin saber por qué, hicieron lo mismo.
—Sin que me lo preguntéis, os confieso que este que aquí veis es un cuerpo
humano; por cuya causa la luz del Sol aparece cortada en el suelo. No os
asombréis; pero creed que si pretende trepar esta escarpada costa, lo hace
inducido por virtud celestial.
Así habló mi Maestro; y aquella noble multitud nos dijo:
—Pues volveos atrás y caminad delante de nosotros.
Y al mismo tiempo nos hacían señas con el dorso de las manos. Uno de
ellos exclamó:
—Quienquiera que seas, andando como vas, vuelve el rostro hacia mí, y
procura recordar si me has visto en el mundo alguna vez.
Yo me volví hacia él, y le miré fijamente: era rubio, hermoso y de gentil
aspecto; pero tenía la ceja partida de un golpe. Cuando le manifesté
humildemente que no le había visto nunca, me dijo:
—¡Mira, pues!
Y enseñóme una herida en la parte superior de su pecho. Después añadió
sonriendo:
Page 169
—Yo soy Manfredo, nieto de la emperatriz Constanza: por lo cual te ruego,
que cuando vuelvas a la Tierra, vayas a visitar a mi graciosa hija, madre del
honor de Sicilia y de Aragón, y le digas la verdad, si es que se ha dicho lo
contrario. Después de tener atravesado mi cuerpo por dos heridas mortales,
me volví llorando hacia Aquél, que voluntariamente perdona. Mis pecados
fueron horribles; pero la bondad infinita tiene tan largos los brazos, que
recibe a todo el que se vuelve hacia ella. Si el Pastor de Cosenza, que fué
enviado por Clemente para darme caza, hubiese leído bien en aquella
página de Dios, mis huesos estarían aún en la cabeza del puente, cerca de
Benevento, bajo la salvaguardia de las pesadas piedras. Ahora los moja la
lluvia; el viento los impele fuera del reino, casi a la orilla del Verde, donde
los hizo transportar con cirios apagados. Pero por su maldición no se pierde
el amor de Dios de tal modo, que no vuelva nunca, mientras reverdezca la
flor de la esperanza. Es verdad que el que muere contumaz para con la santa
Iglesia, por más que al fin se arrepienta, debe estar en la parte exterior de
esta montaña un espacio de tiempo treinta veces mayor del que vivió en
contumacia, a menos que no se abrevie la duración de este decreto merced a
eficaces oraciones. Calcula, pues, lo dichoso que puedes hacerme,
revelando a mi buena Constanza cómo me has visto, y la prohibición que
pesa sobre mí, que puede alzarse por los ruegos de los que existen allá
arriba.
que cuando vuelvas a la Tierra, vayas a visitar a mi graciosa hija, madre del
honor de Sicilia y de Aragón, y le digas la verdad, si es que se ha dicho lo
contrario. Después de tener atravesado mi cuerpo por dos heridas mortales,
me volví llorando hacia Aquél, que voluntariamente perdona. Mis pecados
fueron horribles; pero la bondad infinita tiene tan largos los brazos, que
recibe a todo el que se vuelve hacia ella. Si el Pastor de Cosenza, que fué
enviado por Clemente para darme caza, hubiese leído bien en aquella
página de Dios, mis huesos estarían aún en la cabeza del puente, cerca de
Benevento, bajo la salvaguardia de las pesadas piedras. Ahora los moja la
lluvia; el viento los impele fuera del reino, casi a la orilla del Verde, donde
los hizo transportar con cirios apagados. Pero por su maldición no se pierde
el amor de Dios de tal modo, que no vuelva nunca, mientras reverdezca la
flor de la esperanza. Es verdad que el que muere contumaz para con la santa
Iglesia, por más que al fin se arrepienta, debe estar en la parte exterior de
esta montaña un espacio de tiempo treinta veces mayor del que vivió en
contumacia, a menos que no se abrevie la duración de este decreto merced a
eficaces oraciones. Calcula, pues, lo dichoso que puedes hacerme,
revelando a mi buena Constanza cómo me has visto, y la prohibición que
pesa sobre mí, que puede alzarse por los ruegos de los que existen allá
arriba.
Page 170
CANTO CUARTO
UANDO por efecto del placer o del dolor de que se siente
afectada alguna de nuestras facultades, el alma entera se
concentra en esa facultad, parece que no atienda a ninguna
otra; y esto demuestra el error de los que creen que en
nosotros arde un alma sobre otra alma. Por eso mismo,
cuando se oye o ve alguna cosa que absorbe fuertemente el
alma en su contemplación, el tiempo se desliza sin que el
hombre se aperciba de ello; porque una es la facultad que escucha, y otra la
que cautiva por completo el alma: ésta está como atada; aquella es libre. Yo
adquirí una prueba de esta verdad oyendo y admirando a aquel espíritu;
pues había el Sol ascendido cincuenta grados sobre el horizonte, sin que yo
lo echase de ver, cuando llegamos a un punto en que las almas exclamaron a
una voz: "Aquí está el objeto de vuestra demanda."
Cualquier portillo de los que suele tapar el aldeano con un manojo de
espinos, cuando maduran las uvas, es mayor que el sendero por donde
subimos solos mi Maestro y yo, cuando la multitud de almas se separó de
nosotros. Bastan los pies para ir a San Leo, para bajar a Noli, para ascender
hasta la elevada cumbre de Bismantua; pero aquí es preciso que el hombre
vuele: quiero decir, como volaba yo, conducido por las ligeras alas y por las
UANDO por efecto del placer o del dolor de que se siente
afectada alguna de nuestras facultades, el alma entera se
concentra en esa facultad, parece que no atienda a ninguna
otra; y esto demuestra el error de los que creen que en
nosotros arde un alma sobre otra alma. Por eso mismo,
cuando se oye o ve alguna cosa que absorbe fuertemente el
alma en su contemplación, el tiempo se desliza sin que el
hombre se aperciba de ello; porque una es la facultad que escucha, y otra la
que cautiva por completo el alma: ésta está como atada; aquella es libre. Yo
adquirí una prueba de esta verdad oyendo y admirando a aquel espíritu;
pues había el Sol ascendido cincuenta grados sobre el horizonte, sin que yo
lo echase de ver, cuando llegamos a un punto en que las almas exclamaron a
una voz: "Aquí está el objeto de vuestra demanda."
Cualquier portillo de los que suele tapar el aldeano con un manojo de
espinos, cuando maduran las uvas, es mayor que el sendero por donde
subimos solos mi Maestro y yo, cuando la multitud de almas se separó de
nosotros. Bastan los pies para ir a San Leo, para bajar a Noli, para ascender
hasta la elevada cumbre de Bismantua; pero aquí es preciso que el hombre
vuele: quiero decir, como volaba yo, conducido por las ligeras alas y por las
Page 171
plumas de un gran deseo, detrás de Aquel que reanimaba mi esperanza y me
iluminaba. Ibamos subiendo por el sendero excavado en el peñasco, cuyas
quebradas rocas nos estrechaban por ambos lados, y el suelo que pisábamos
nos obligaba a ayudarnos con pies y manos. Cuando llegamos a sitio
descubierto, sobre el rellano de la alta base del monte, dije:
—Maestro mío, ¿qué camino seguiremos?
Y él me contestó:
—No des ningún paso hacia abajo: prosigue subiendo detrás de mí hacia la
cima de este monte, hasta que se nos aparezca algún experto guía.
La cima era tan alta, que no podía alcanzarla la vista, y la subida mucho
más empinada que la línea que divide en dos partes el cuadrante. Yo estaba
ya cansado, y entonces exclamé:
—¡Oh amado Padre! Vuélvete, y mira que me quedo aquí solo, si no te
detienes.
—Hijo mío, haz por llegar hasta aquel punto—respondió mostrándome una
prominencia que rodeaba por aquel lado toda la montaña.
Sus palabras me aguijonearon de tal modo, que me esforcé cuanto pude
trepando hasta donde él estaba, tanto que puse mis plantas sobre aquella
especie de cornisa. Nos sentamos allí ambos, vueltos hacia Levante, por
cuyo lado habíamos subido; pues suele agradar la contemplación del
camino que uno ha hecho. Primeramente dirigí los ojos al fondo, después
los levanté hacia el Sol, y me admiraba de que éste nos iluminase por la
izquierda.
El Poeta observó que me quedaba estupefacto, mirando el carro de la luz
que iba a pasar entre nosotros y el Aquilón; por lo cual me dijo:
—Si Cástor y Pólux estuvieran en compañía de aquel espejo, que ilumina al
mundo tanto por arriba como por abajo, verías al Zodíaco refulgente girar
más próximo aún a las Osas, a no ser que saliese fuera de su antiguo
camino. Y si quieres comprender cómo puede suceder esto, reconcentra tu
pensamiento, y considera que el monte Sion está situado sobre la Tierra,
relativamente a éste, de modo que ambos tienen un mismo horizonte y
iluminaba. Ibamos subiendo por el sendero excavado en el peñasco, cuyas
quebradas rocas nos estrechaban por ambos lados, y el suelo que pisábamos
nos obligaba a ayudarnos con pies y manos. Cuando llegamos a sitio
descubierto, sobre el rellano de la alta base del monte, dije:
—Maestro mío, ¿qué camino seguiremos?
Y él me contestó:
—No des ningún paso hacia abajo: prosigue subiendo detrás de mí hacia la
cima de este monte, hasta que se nos aparezca algún experto guía.
La cima era tan alta, que no podía alcanzarla la vista, y la subida mucho
más empinada que la línea que divide en dos partes el cuadrante. Yo estaba
ya cansado, y entonces exclamé:
—¡Oh amado Padre! Vuélvete, y mira que me quedo aquí solo, si no te
detienes.
—Hijo mío, haz por llegar hasta aquel punto—respondió mostrándome una
prominencia que rodeaba por aquel lado toda la montaña.
Sus palabras me aguijonearon de tal modo, que me esforcé cuanto pude
trepando hasta donde él estaba, tanto que puse mis plantas sobre aquella
especie de cornisa. Nos sentamos allí ambos, vueltos hacia Levante, por
cuyo lado habíamos subido; pues suele agradar la contemplación del
camino que uno ha hecho. Primeramente dirigí los ojos al fondo, después
los levanté hacia el Sol, y me admiraba de que éste nos iluminase por la
izquierda.
El Poeta observó que me quedaba estupefacto, mirando el carro de la luz
que iba a pasar entre nosotros y el Aquilón; por lo cual me dijo:
—Si Cástor y Pólux estuvieran en compañía de aquel espejo, que ilumina al
mundo tanto por arriba como por abajo, verías al Zodíaco refulgente girar
más próximo aún a las Osas, a no ser que saliese fuera de su antiguo
camino. Y si quieres comprender cómo puede suceder esto, reconcentra tu
pensamiento, y considera que el monte Sion está situado sobre la Tierra,
relativamente a éste, de modo que ambos tienen un mismo horizonte y
Page 172
diferentes hemisferios; por lo cual, si tu inteligencia te permite discernir con
claridad, verás cómo el camino que por su mal no supo recorrer Faetón,
debe ir necesariamente por un lado de este monte, al paso que va por el
opuesto lado de aquel otro.
—En verdad. Maestro mío—le contesté—, nunca había visto tan claramente
como ahora distingo estas cosas, para cuya comprensión no me parecía
bastante apto mi ingenio. Por las razones que me has dado entiendo que el
círculo intermedio del primer móvil, llamado Ecuador en alguna ciencia, y
que permanece siempre entre el Sol y el invierno, dista de aquí tanto hacia
el Septentrión, cuanto los Hebreos lo veían hacia la parte cálida. Pero, si te
place, quisiera saber cuanto hemos de andar aún; pues el monte se eleva
más de lo que puede alcanzar mi vista.
—Esta montaña es tal—me respondió—, que siempre cuesta trabajo
empezar a subirla, y cuanto más va para arriba es menos fatigoso. Cuando
te parezca tan suave, que subas ligeramente por ella como van por el agua
las naves, entonces habrás llegado al fin de este sendero: espera, pues, a
conseguirlo para descansar de tu fatiga. Y no respondo más, pues sólo esto
tengo por cierto.
Cuando hubo terminado de decir estas palabras, resonó cerca de nosotros
una voz que decía: "Quizá te veas precisado antes a sentarte." Al sonido de
aquella voz, volvímonos, y vimos a la izquierda un gran peñasco, en el que
no habíamos reparado antes ninguno de los dos. Nos dirigimos hacia allí,
donde estaban algunos espíritus reposando a la sombra detrás del peñasco,
como quien lo hace por indolencia. Uno de ellos, que me parecía cansado,
estaba sentado con las rodillas abrazadas, reposando sobre ellas su cabeza.
—¡Oh amado Señor mío!—dije entonces—: contempla a ése, que se
muestra más negligente que si fuese hermano de la pereza.
Entonces se volvió hacia nosotros, y nos examinó, dirigiendo su mirada por
encima de los muslos, y diciendo:
—Vé, pues, allá arriba, tú que eres tan valiente.
Conocí entonces quién era; y aquella fatiga que agitaba todavía un poco mi
respiración, no me impidió acercarme a él. Cuando estuve a su lado, alzó
apenas la cabeza, diciendo:
claridad, verás cómo el camino que por su mal no supo recorrer Faetón,
debe ir necesariamente por un lado de este monte, al paso que va por el
opuesto lado de aquel otro.
—En verdad. Maestro mío—le contesté—, nunca había visto tan claramente
como ahora distingo estas cosas, para cuya comprensión no me parecía
bastante apto mi ingenio. Por las razones que me has dado entiendo que el
círculo intermedio del primer móvil, llamado Ecuador en alguna ciencia, y
que permanece siempre entre el Sol y el invierno, dista de aquí tanto hacia
el Septentrión, cuanto los Hebreos lo veían hacia la parte cálida. Pero, si te
place, quisiera saber cuanto hemos de andar aún; pues el monte se eleva
más de lo que puede alcanzar mi vista.
—Esta montaña es tal—me respondió—, que siempre cuesta trabajo
empezar a subirla, y cuanto más va para arriba es menos fatigoso. Cuando
te parezca tan suave, que subas ligeramente por ella como van por el agua
las naves, entonces habrás llegado al fin de este sendero: espera, pues, a
conseguirlo para descansar de tu fatiga. Y no respondo más, pues sólo esto
tengo por cierto.
Cuando hubo terminado de decir estas palabras, resonó cerca de nosotros
una voz que decía: "Quizá te veas precisado antes a sentarte." Al sonido de
aquella voz, volvímonos, y vimos a la izquierda un gran peñasco, en el que
no habíamos reparado antes ninguno de los dos. Nos dirigimos hacia allí,
donde estaban algunos espíritus reposando a la sombra detrás del peñasco,
como quien lo hace por indolencia. Uno de ellos, que me parecía cansado,
estaba sentado con las rodillas abrazadas, reposando sobre ellas su cabeza.
—¡Oh amado Señor mío!—dije entonces—: contempla a ése, que se
muestra más negligente que si fuese hermano de la pereza.
Entonces se volvió hacia nosotros, y nos examinó, dirigiendo su mirada por
encima de los muslos, y diciendo:
—Vé, pues, allá arriba, tú que eres tan valiente.
Conocí entonces quién era; y aquella fatiga que agitaba todavía un poco mi
respiración, no me impidió acercarme a él. Cuando estuve a su lado, alzó
apenas la cabeza, diciendo:
Page 173
—¿Has comprendido bien por qué el Sol dirige su carro por tu izquierda?
Sus perezosos movimientos y sus lacónicas palabras hicieron asomar una
sonrisa a mis labios; después dije:
—Belacqua, ahora ya no me conduelo de ti: pero dime, ¿por qué estás aquí
sentado? ¿Esperas algún guía, o es que has vuelto a tus antiguas
costumbres?
Contestóme:
—¡Oh, hermano! ¿Para qué he de ir arriba, si no ha de permitirme llegar al
sitio de la expiación el Angel de Dios, que está sentado a su puerta? Antes
que yo entre por ella, es necesario que el cielo dé tantas vueltas en torno
mío, cuantas dió en el transcurso de mi vida, por haber aplazado los buenos
suspiros hasta la hora de mi muerte; a no ser que me auxilie una plegaria,
que se eleve de un corazón que viva en la gracia. ¿De qué sirven las demás,
si no han de ser oídas en el cielo?
Ya el Poeta subía delante de mí diciendo:
—No te detengas más: mira que el Sol toca al Meridiano, y la Noche cubre
ya con su pie la costa de Marruecos.
Sus perezosos movimientos y sus lacónicas palabras hicieron asomar una
sonrisa a mis labios; después dije:
—Belacqua, ahora ya no me conduelo de ti: pero dime, ¿por qué estás aquí
sentado? ¿Esperas algún guía, o es que has vuelto a tus antiguas
costumbres?
Contestóme:
—¡Oh, hermano! ¿Para qué he de ir arriba, si no ha de permitirme llegar al
sitio de la expiación el Angel de Dios, que está sentado a su puerta? Antes
que yo entre por ella, es necesario que el cielo dé tantas vueltas en torno
mío, cuantas dió en el transcurso de mi vida, por haber aplazado los buenos
suspiros hasta la hora de mi muerte; a no ser que me auxilie una plegaria,
que se eleve de un corazón que viva en la gracia. ¿De qué sirven las demás,
si no han de ser oídas en el cielo?
Ya el Poeta subía delante de mí diciendo:
—No te detengas más: mira que el Sol toca al Meridiano, y la Noche cubre
ya con su pie la costa de Marruecos.
Page 174
CANTO QUINTO
E había alejado ya de aquellas sombras, y seguía las huellas
de mi Guía, cuando detrás de mí, y señalándome con el
dedo, gritó una de ellas:
—Mirad; no se nota que el Sol brille a la izquierda de aquel
de más abajo, que marcha al parecer como un vivo.
Al oír estas palabras, volví la cabeza, y vi que las sombras miraban con
admiración, no solamente a mí, sino también a la luz interceptada por mi
cuerpo.
—¿Por qué se turba tanto tu ánimo—dijo el Maestro—, que así acortas el
paso? ¿Qué te importa lo que allí murmuran? Sígueme, y deja que hable esa
gente. Sé firme como una torre, cuya cúspide no se doblega jamás al embate
de los vientos: el hombre en quien bulle pensamiento sobre pensamiento,
siempre aleja de sí el fin que se propone; porque el uno debilita la actividad
del otro.
¿Qué otra cosa podría yo contestarle sino: "Ya voy?" Así lo hice, cubierto
algún tanto de aquel color que hace a veces al hombre digno de perdón. En
tanto, de través por la cuesta venían hacia nosotros algunas almas
E había alejado ya de aquellas sombras, y seguía las huellas
de mi Guía, cuando detrás de mí, y señalándome con el
dedo, gritó una de ellas:
—Mirad; no se nota que el Sol brille a la izquierda de aquel
de más abajo, que marcha al parecer como un vivo.
Al oír estas palabras, volví la cabeza, y vi que las sombras miraban con
admiración, no solamente a mí, sino también a la luz interceptada por mi
cuerpo.
—¿Por qué se turba tanto tu ánimo—dijo el Maestro—, que así acortas el
paso? ¿Qué te importa lo que allí murmuran? Sígueme, y deja que hable esa
gente. Sé firme como una torre, cuya cúspide no se doblega jamás al embate
de los vientos: el hombre en quien bulle pensamiento sobre pensamiento,
siempre aleja de sí el fin que se propone; porque el uno debilita la actividad
del otro.
¿Qué otra cosa podría yo contestarle sino: "Ya voy?" Así lo hice, cubierto
algún tanto de aquel color que hace a veces al hombre digno de perdón. En
tanto, de través por la cuesta venían hacia nosotros algunas almas
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entonando, versículo a versículo, el "Miserere." Cuando observaron que yo
no daba paso al través de mi cuerpo a los rayos solares, cambiaron su canto
en un "¡Oh!" ronco y prolongado: y dos de ellas, a guisa de mensajeros,
corrieron a nuestro encuentro, diciendo:
—Hacednos sabedores de vuestra condición.
Mi Maestro contestó:
—Podéis iros y referir a los que os han enviado, que el cuerpo de éste es de
verdadera carne. Si se han detenido, según me figuro, por ver su sombra,
bastante tienen con tal respuesta: hónrenle, porque podrá serles grato.
Jamás he visto a prima noche los vapores encendidos, ni a puesta del Sol las
exhalaciones de Agosto, hendir el Cielo sereno tan rápidamente como
corrieron aquellas almas hacia sus compañeras; y una vez allí, regresaron
adonde estábamos, juntas con las demás, como escuadrón que corre a rienda
suelta.
—Esa gente que se agolpa hacia nosotros es numerosa—dijo el Poeta—, y
vienen a dirigirte alguna súplica: tú, sin embargo, sigue adelante, y escucha
mientras andas.
—¡Oh alma, que, para llegar a la felicidad, vas con los miembros con que
naciste!—venían gritando—: modera un poco tu paso. Repara si has
conocido a alguno de nosotros, de quien puedas llevar allá noticias. ¡Ah!
¿Por qué te vas? ¿Por qué no te detienes? Todos hemos terminado nuestros
días por muerte violenta, y fuimos pecadores hasta la última hora: entonces
la luz del Cielo iluminó nuestra razón tan bien, que, arrepentidos y
perdonados, abandonamos la vida en la gracia de Dios, que nos abrasa por
el gran deseo que tenemos de verle.
Yo les contesté:
—Aun cuando no reconozco las desfiguradas facciones de ninguno de
vosotros, no obstante, si deseáis de mí algo que me sea posible, espíritus
bien nacidos, yo lo haré por aquella paz que se me hace buscar de mundo en
mundo, siguiendo los pasos de este Guía.
Uno de ellos empezó diciendo:
no daba paso al través de mi cuerpo a los rayos solares, cambiaron su canto
en un "¡Oh!" ronco y prolongado: y dos de ellas, a guisa de mensajeros,
corrieron a nuestro encuentro, diciendo:
—Hacednos sabedores de vuestra condición.
Mi Maestro contestó:
—Podéis iros y referir a los que os han enviado, que el cuerpo de éste es de
verdadera carne. Si se han detenido, según me figuro, por ver su sombra,
bastante tienen con tal respuesta: hónrenle, porque podrá serles grato.
Jamás he visto a prima noche los vapores encendidos, ni a puesta del Sol las
exhalaciones de Agosto, hendir el Cielo sereno tan rápidamente como
corrieron aquellas almas hacia sus compañeras; y una vez allí, regresaron
adonde estábamos, juntas con las demás, como escuadrón que corre a rienda
suelta.
—Esa gente que se agolpa hacia nosotros es numerosa—dijo el Poeta—, y
vienen a dirigirte alguna súplica: tú, sin embargo, sigue adelante, y escucha
mientras andas.
—¡Oh alma, que, para llegar a la felicidad, vas con los miembros con que
naciste!—venían gritando—: modera un poco tu paso. Repara si has
conocido a alguno de nosotros, de quien puedas llevar allá noticias. ¡Ah!
¿Por qué te vas? ¿Por qué no te detienes? Todos hemos terminado nuestros
días por muerte violenta, y fuimos pecadores hasta la última hora: entonces
la luz del Cielo iluminó nuestra razón tan bien, que, arrepentidos y
perdonados, abandonamos la vida en la gracia de Dios, que nos abrasa por
el gran deseo que tenemos de verle.
Yo les contesté:
—Aun cuando no reconozco las desfiguradas facciones de ninguno de
vosotros, no obstante, si deseáis de mí algo que me sea posible, espíritus
bien nacidos, yo lo haré por aquella paz que se me hace buscar de mundo en
mundo, siguiendo los pasos de este Guía.
Uno de ellos empezó diciendo:
Page 176
—Todos confiamos en tu benevolencia sin necesidad de que lo jures, a no
ser que la impotencia destruya tu buena voluntad. Yo, que hablo solo antes
que los demás, te ruego que si ves alguna vez aquel país que se extiende
entre la Romanía y el de Carlos,[49] me concedas en Fano el dón de tus
preces, a fin de que los buenos rueguen allí por mí, de modo que yo pueda
purgar mis graves pecados. De allí fuí yo: pero las profundas heridas por
donde salió la sangre en la que me asentaba, me fueron hechas en el
territorio de los Antenóridas,[50] donde creía encontrarme más seguro. El de
Este lo ordenó, porque me odiaba mucho más de lo que le permitía la
justicia; pero si yo hubiese huído hacia la Mira, cuando llegué a Oriaco, aún
estaría allá donde se respira: corrí al pantano, donde las cañas y el lodo me
embarazaron tanto, que caí, y vi formarse en tierra un lago con la sangre de
mis venas.
Después me dijo otro:
—¡Ay! Así se cumpla el deseo que te conduce a esta elevada montaña,
dígnate auxiliar al mío con obras de piedad. Yo fuí de Montefeltro, y soy
Buonconte. Ni Juana ni los otros se cuidan de mí; por lo cual voy entre
éstos con la cabeza baja.
Le pregunté:
—¿Qué violencia o qué aventura te sacó fuera de Campaldino, que no se
supo nunca donde está tu sepultura?
—¡Oh!—me respondió—; al pie del Casentino corre un río llamado
Archiano, que nace en el Apenino encima del Ermo. Allí donde pierde su
nombre, llegué yo con el cuello atravesado, huyendo a pie y ensangrentando
la llanura. Allí perdí la vista, y mi última palabra fué el nombre de María;
allí caí, y no quedó más que mi carne. Te diré la verdad, y tú la referirás
entre los vivos: el ángel de Dios me cogió, y el del Infierno gritaba: "¡Oh tú,
venido del Cielo! ¿Por qué me lo quitas? Te llevas la parte eterna de éste
por una pequeña lágrima que me le arrebata; pero yo trataré de diferente
modo la otra parte." Tú sabes bien cómo se condensa en el aire ese húmedo
vapor, que se convierte en lluvia en cuanto sube hasta donde le sorprende el
frío: pues bien, el demonio, juntando a su entendimiento aquella
malevolencia que sólo procura hacer daño, con el poder inherente a su
naturaleza, agitó el vapor y el viento. En cuanto se extinguió el día, cubrió
ser que la impotencia destruya tu buena voluntad. Yo, que hablo solo antes
que los demás, te ruego que si ves alguna vez aquel país que se extiende
entre la Romanía y el de Carlos,[49] me concedas en Fano el dón de tus
preces, a fin de que los buenos rueguen allí por mí, de modo que yo pueda
purgar mis graves pecados. De allí fuí yo: pero las profundas heridas por
donde salió la sangre en la que me asentaba, me fueron hechas en el
territorio de los Antenóridas,[50] donde creía encontrarme más seguro. El de
Este lo ordenó, porque me odiaba mucho más de lo que le permitía la
justicia; pero si yo hubiese huído hacia la Mira, cuando llegué a Oriaco, aún
estaría allá donde se respira: corrí al pantano, donde las cañas y el lodo me
embarazaron tanto, que caí, y vi formarse en tierra un lago con la sangre de
mis venas.
Después me dijo otro:
—¡Ay! Así se cumpla el deseo que te conduce a esta elevada montaña,
dígnate auxiliar al mío con obras de piedad. Yo fuí de Montefeltro, y soy
Buonconte. Ni Juana ni los otros se cuidan de mí; por lo cual voy entre
éstos con la cabeza baja.
Le pregunté:
—¿Qué violencia o qué aventura te sacó fuera de Campaldino, que no se
supo nunca donde está tu sepultura?
—¡Oh!—me respondió—; al pie del Casentino corre un río llamado
Archiano, que nace en el Apenino encima del Ermo. Allí donde pierde su
nombre, llegué yo con el cuello atravesado, huyendo a pie y ensangrentando
la llanura. Allí perdí la vista, y mi última palabra fué el nombre de María;
allí caí, y no quedó más que mi carne. Te diré la verdad, y tú la referirás
entre los vivos: el ángel de Dios me cogió, y el del Infierno gritaba: "¡Oh tú,
venido del Cielo! ¿Por qué me lo quitas? Te llevas la parte eterna de éste
por una pequeña lágrima que me le arrebata; pero yo trataré de diferente
modo la otra parte." Tú sabes bien cómo se condensa en el aire ese húmedo
vapor, que se convierte en lluvia en cuanto sube hasta donde le sorprende el
frío: pues bien, el demonio, juntando a su entendimiento aquella
malevolencia que sólo procura hacer daño, con el poder inherente a su
naturaleza, agitó el vapor y el viento. En cuanto se extinguió el día, cubrió
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de nieblas el valle desde Pratomagno hasta el Apenino, e hizo tan denso
aquel cielo, que el espeso aire se convirtió en agua: cayó la lluvia, y el agua
que la tierra no pudo absorber fué a parar a los barrancos, y uniéndose a la
de los torrentes, se precipitó hacia el río real con tal rapidez, que nada podía
contenerla. El Archiano furioso encontró mi cuerpo helado en su
embocadura, lo arrastró hacia el Arno, y separó mis brazos que había puesto
en cruz sobre el pecho cuando me venció el dolor. Después de haberme
volteado por sus orillas y su fondo, me cubrió y rodeó con la arena que
había hecho desprenderse de los campos.
—¡Ah!, cuando vuelvas al mundo, y hayas descansado de tu largo viaje—
continuó un tercer espíritu, luego que hubo acabado de hablar el segundo—,
acuérdate de mí, que soy la Pía.[51] Siena me hizo, y las Marismas me
deshicieron: bien lo sabe aquel que, siendo ya viuda, me puso en el dedo su
anillo enriquecido de piedras preciosas.
aquel cielo, que el espeso aire se convirtió en agua: cayó la lluvia, y el agua
que la tierra no pudo absorber fué a parar a los barrancos, y uniéndose a la
de los torrentes, se precipitó hacia el río real con tal rapidez, que nada podía
contenerla. El Archiano furioso encontró mi cuerpo helado en su
embocadura, lo arrastró hacia el Arno, y separó mis brazos que había puesto
en cruz sobre el pecho cuando me venció el dolor. Después de haberme
volteado por sus orillas y su fondo, me cubrió y rodeó con la arena que
había hecho desprenderse de los campos.
—¡Ah!, cuando vuelvas al mundo, y hayas descansado de tu largo viaje—
continuó un tercer espíritu, luego que hubo acabado de hablar el segundo—,
acuérdate de mí, que soy la Pía.[51] Siena me hizo, y las Marismas me
deshicieron: bien lo sabe aquel que, siendo ya viuda, me puso en el dedo su
anillo enriquecido de piedras preciosas.
Page 178
CANTO SEXTO
UANDO, acabado el juego de la zara, se desparten los
jugadores, el que pierde se queda triste, pensando en las
jugadas, y aprendiendo entonces con sentimiento el modo de
que debió haberse valido para ganar: con el ganancioso se
van los circunstantes; y uno por delante, otro por detrás y
otro por el lado procuran hacerse presentes al afortunado;
éste no se detiene aunque los escucha a todos, hasta que
tiende a uno su mano, que por ello deja de atosigarle, librándose así de los
empujones de la multitud. Así estaba yo en medio de aquella compacta
muchedumbre de almas, volviendo a uno y otro lado el rostro, hasta que,
merced a mis promesas, pude desprenderme de ellas. Allí estaban el Aretino
que recibió la muerte de los brazos crueles de Ghin di Tacco, y el otro que
se ahogó al darle caza sus enemigos. Allí oraba, con los brazos extendidos,
Federico Novello, y aquel de Pisa, que dió ocasión de demostrar la
grandeza de su alma al buen Marzucco. Vi al conde Orso, y a aquella alma
separada de su cuerpo por hastío y por envidia, como ella misma decía, y no
por sus culpas; a Pedro de la Broccia, digo: y bien es menester que provea
en ello la princesa de Brabante, mientras esté por acá, si no quiere verse
colocada entre peores compañeros.
UANDO, acabado el juego de la zara, se desparten los
jugadores, el que pierde se queda triste, pensando en las
jugadas, y aprendiendo entonces con sentimiento el modo de
que debió haberse valido para ganar: con el ganancioso se
van los circunstantes; y uno por delante, otro por detrás y
otro por el lado procuran hacerse presentes al afortunado;
éste no se detiene aunque los escucha a todos, hasta que
tiende a uno su mano, que por ello deja de atosigarle, librándose así de los
empujones de la multitud. Así estaba yo en medio de aquella compacta
muchedumbre de almas, volviendo a uno y otro lado el rostro, hasta que,
merced a mis promesas, pude desprenderme de ellas. Allí estaban el Aretino
que recibió la muerte de los brazos crueles de Ghin di Tacco, y el otro que
se ahogó al darle caza sus enemigos. Allí oraba, con los brazos extendidos,
Federico Novello, y aquel de Pisa, que dió ocasión de demostrar la
grandeza de su alma al buen Marzucco. Vi al conde Orso, y a aquella alma
separada de su cuerpo por hastío y por envidia, como ella misma decía, y no
por sus culpas; a Pedro de la Broccia, digo: y bien es menester que provea
en ello la princesa de Brabante, mientras esté por acá, si no quiere verse
colocada entre peores compañeros.
Page 179
Cuando me vi libre de todas aquellas sombras, que rogaban para que otros
rogasen por ellas, a fin de abreviar el tiempo de su purificación, empecé a
decir:
—Parece que me niegas expresamente en algún texto, ¡oh luz que
desvaneces mis dudas!, que la oración aplaca los decretos del cielo; y sin
embargo, esta gente ruega para conseguirlo. ¿Será, pues, vana su esperanza?
¿O es que no he comprendido bien el sentido de tus palabras?
A lo que me contestó:
—Lo que escribí es muy claro, y la esperanza de ésos no se verá fallida, si
se examina con recto sentido. No se menoscaba el alto juicio divino, porque
el fuego amoroso de la caridad cumpla en un instante lo que deben
satisfacer los que aquí están relegados; y allí, donde senté tal máxima, la
oración no tenía la virtud de borrar las faltas, porque el objeto de aquélla
estaba alejado de Dios. No te detenga, sin embargo, tan profunda duda,
hasta que te la desvanezca aquélla que ha de iluminar tu entendimiento,
mostrándole la verdad. No sé si me entiendes: hablo de Beatriz, a quien
verás risueña y feliz sobre la cumbre de este monte.
Yo repuse:
—Mi buen Guía, caminemos más de prisa: pues ya no me canso tanto como
antes, y la montaña proyecta su sombra hacia este lado.
—Avanzaremos hoy tanto como podamos—me respondió—; pero el
camino es muy diferente de lo que te figuras. Antes que lleguemos arriba,
verás volver a aquel que ahora se oculta tras de la cuesta, y cuyos rayos no
quiebras en este momento. Pero ve allí un alma que, inmóvil y
completamente sola, dirige hacia nosotros sus miradas: ella nos enseñará el
camino más corto.
Llegamos junto a ella. ¡Oh alma lombarda, cuán altanera y desdeñosa
estabas, y cuán noble y grave era el movimiento de tus ojos! Ella no nos
decía nada; pero dejaba que nos aproximásemos, mirando únicamente como
el león cuando reposa. Virgilio se le acercó, rogándole que nos enseñase la
subida más fácil; pero ella, sin contestar a su pregunta, quiso informarse
acerca de nuestro país y de nuestra vida; y al empezar mi Guía a decir.
"Mantua...," la sombra, que antes estaba como concentrada en sí misma,
rogasen por ellas, a fin de abreviar el tiempo de su purificación, empecé a
decir:
—Parece que me niegas expresamente en algún texto, ¡oh luz que
desvaneces mis dudas!, que la oración aplaca los decretos del cielo; y sin
embargo, esta gente ruega para conseguirlo. ¿Será, pues, vana su esperanza?
¿O es que no he comprendido bien el sentido de tus palabras?
A lo que me contestó:
—Lo que escribí es muy claro, y la esperanza de ésos no se verá fallida, si
se examina con recto sentido. No se menoscaba el alto juicio divino, porque
el fuego amoroso de la caridad cumpla en un instante lo que deben
satisfacer los que aquí están relegados; y allí, donde senté tal máxima, la
oración no tenía la virtud de borrar las faltas, porque el objeto de aquélla
estaba alejado de Dios. No te detenga, sin embargo, tan profunda duda,
hasta que te la desvanezca aquélla que ha de iluminar tu entendimiento,
mostrándole la verdad. No sé si me entiendes: hablo de Beatriz, a quien
verás risueña y feliz sobre la cumbre de este monte.
Yo repuse:
—Mi buen Guía, caminemos más de prisa: pues ya no me canso tanto como
antes, y la montaña proyecta su sombra hacia este lado.
—Avanzaremos hoy tanto como podamos—me respondió—; pero el
camino es muy diferente de lo que te figuras. Antes que lleguemos arriba,
verás volver a aquel que ahora se oculta tras de la cuesta, y cuyos rayos no
quiebras en este momento. Pero ve allí un alma que, inmóvil y
completamente sola, dirige hacia nosotros sus miradas: ella nos enseñará el
camino más corto.
Llegamos junto a ella. ¡Oh alma lombarda, cuán altanera y desdeñosa
estabas, y cuán noble y grave era el movimiento de tus ojos! Ella no nos
decía nada; pero dejaba que nos aproximásemos, mirando únicamente como
el león cuando reposa. Virgilio se le acercó, rogándole que nos enseñase la
subida más fácil; pero ella, sin contestar a su pregunta, quiso informarse
acerca de nuestro país y de nuestra vida; y al empezar mi Guía a decir.
"Mantua...," la sombra, que antes estaba como concentrada en sí misma,
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corrió hacia él desde el sitio en que se encontraba, diciendo: "¡Oh,
mantuano!, yo soy Sordello, de tu tierra." Y se abrazaron mutuamente.
¡Ah Italia esclava, albergue de dolor, nave sin timonel en medio de una gran
tempestad, no ya señora de provincias, sino de burdeles! Al dulce nombre
de su país natal, aquel alma gentil se apresuró a festejar a su conciudadano;
al paso que tus vivos no saben estar sin guerra, y se destrozan entre sí
aquellos a quienes guarda una misma muralla y un mismo foso. Busca,
desgraciada, en derredor de tus costas, y después contempla en tu seno si
alguna parte de ti misma goza de paz. ¿Qué vale que Justiniano te
enfrenara, si la silla está vacía? Tu vergüenza sería menor sin ese mismo
freno. ¡Ah, gentes que debierais ser devotas, y dejar al César en su trono, si
comprendierais bien lo que Dios ha prescrito! Mirad cuán arisca se ha
vuelto esa Italia, por no haber sido castigada a tiempo con las espuelas,
desde que os apoderasteis de sus riendas. ¡Oh alemán Alberto, que la
abandonas, al verla tan indómita y salvaje, cuando debiste oprimir sus
ijares! Caiga sobre tu sangre el justo castigo del Cielo, y sea éste tan nuevo
y evidente, que sirva también de temeroso escarmiento a tu sucesor, ya que
tú y tu padre, alejados de aquí por ambición, habéis tolerado que quede
desierto el jardín del imperio. Hombre indolente, ven a ver a los Montecchi
y a los Cappelletti, a los Monaldi y Filippeschi, aquéllos ya tristes, y éstos
poseídos de amargos recelos. Ven, cruel, ven; y mira la opresión de tus
nobles, y remedia sus males, y verás cuán segura está Santaflora. Ven a ver
a tu Roma, que llora, viuda y sola, exclamando día y noche: "¡César mío!
¿Por qué no estás en mi compañía?" Ven y contempla cuán grande es el
mutuo amor de la gente; y si nada te mueve a compasión de nosotros, ven a
avergonzarte de tu fama. Y, séame lícito preguntarte, ¡oh sumo Jove, que
fuiste crucificado por nosotros en la tierra! ¿Están vueltos hacia otra parte
tus justos ojos? ¿O es que nos vas preparando de ese modo, en lo profundo
de tus pensamientos, para recibir algún gran bien que no puede prever
nuestra inteligencia? Porque la tierra de Italia está llena de tiranos; y el
hombre más ruin, al ingresar en un partido, se convierte en un Marcelo.
Florencia mía, bien puedes estar satisfecha de esta digresión, que no habla
contigo, merced a tu pueblo que tanto se ingenia. Hay muchos que tienen la
justicia en el corazón, pero son tardíos en aplicarla, porque temen disparar
el arco imprudentemente; mas tu pueblo la tiene en la punta de sus labios.
Muchos rehusan los cargos públicos; pero tu pueblo responde solícito, sin
mantuano!, yo soy Sordello, de tu tierra." Y se abrazaron mutuamente.
¡Ah Italia esclava, albergue de dolor, nave sin timonel en medio de una gran
tempestad, no ya señora de provincias, sino de burdeles! Al dulce nombre
de su país natal, aquel alma gentil se apresuró a festejar a su conciudadano;
al paso que tus vivos no saben estar sin guerra, y se destrozan entre sí
aquellos a quienes guarda una misma muralla y un mismo foso. Busca,
desgraciada, en derredor de tus costas, y después contempla en tu seno si
alguna parte de ti misma goza de paz. ¿Qué vale que Justiniano te
enfrenara, si la silla está vacía? Tu vergüenza sería menor sin ese mismo
freno. ¡Ah, gentes que debierais ser devotas, y dejar al César en su trono, si
comprendierais bien lo que Dios ha prescrito! Mirad cuán arisca se ha
vuelto esa Italia, por no haber sido castigada a tiempo con las espuelas,
desde que os apoderasteis de sus riendas. ¡Oh alemán Alberto, que la
abandonas, al verla tan indómita y salvaje, cuando debiste oprimir sus
ijares! Caiga sobre tu sangre el justo castigo del Cielo, y sea éste tan nuevo
y evidente, que sirva también de temeroso escarmiento a tu sucesor, ya que
tú y tu padre, alejados de aquí por ambición, habéis tolerado que quede
desierto el jardín del imperio. Hombre indolente, ven a ver a los Montecchi
y a los Cappelletti, a los Monaldi y Filippeschi, aquéllos ya tristes, y éstos
poseídos de amargos recelos. Ven, cruel, ven; y mira la opresión de tus
nobles, y remedia sus males, y verás cuán segura está Santaflora. Ven a ver
a tu Roma, que llora, viuda y sola, exclamando día y noche: "¡César mío!
¿Por qué no estás en mi compañía?" Ven y contempla cuán grande es el
mutuo amor de la gente; y si nada te mueve a compasión de nosotros, ven a
avergonzarte de tu fama. Y, séame lícito preguntarte, ¡oh sumo Jove, que
fuiste crucificado por nosotros en la tierra! ¿Están vueltos hacia otra parte
tus justos ojos? ¿O es que nos vas preparando de ese modo, en lo profundo
de tus pensamientos, para recibir algún gran bien que no puede prever
nuestra inteligencia? Porque la tierra de Italia está llena de tiranos; y el
hombre más ruin, al ingresar en un partido, se convierte en un Marcelo.
Florencia mía, bien puedes estar satisfecha de esta digresión, que no habla
contigo, merced a tu pueblo que tanto se ingenia. Hay muchos que tienen la
justicia en el corazón, pero son tardíos en aplicarla, porque temen disparar
el arco imprudentemente; mas tu pueblo la tiene en la punta de sus labios.
Muchos rehusan los cargos públicos; pero tu pueblo responde solícito, sin
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que le llamen, y grita: "Yo los acepto." Alégrate, pues, que motivo tienes
para ello. Eres rica, disfrutas tranquilidad, tienes prudencia. Si digo la
verdad, claramente lo demuestran los hechos. Atenas y Lacedemonia, que
hicieron las antiguas leyes y fueron tan civilizadas, dieron un débil ejemplo
de vivir bien, comparadas contigo; pues dictas tan sutiles decretos, que los
que expides en Octubre no llegan a mediados de Noviembre. ¿Cuántas
veces, en el tiempo a que alcanza la memoria, has cambiado de leyes, de
monedas, de oficios y de costumbres, y renovado tus habitantes? Y si
quieres recordarlo y ver la luz, conocerás que eres semejante a aquella
enferma, que no encuentra posición que le cuadre sobre la pluma, y procura
hacer más llevadero su dolor dando continuas vueltas.
para ello. Eres rica, disfrutas tranquilidad, tienes prudencia. Si digo la
verdad, claramente lo demuestran los hechos. Atenas y Lacedemonia, que
hicieron las antiguas leyes y fueron tan civilizadas, dieron un débil ejemplo
de vivir bien, comparadas contigo; pues dictas tan sutiles decretos, que los
que expides en Octubre no llegan a mediados de Noviembre. ¿Cuántas
veces, en el tiempo a que alcanza la memoria, has cambiado de leyes, de
monedas, de oficios y de costumbres, y renovado tus habitantes? Y si
quieres recordarlo y ver la luz, conocerás que eres semejante a aquella
enferma, que no encuentra posición que le cuadre sobre la pluma, y procura
hacer más llevadero su dolor dando continuas vueltas.
Page 182
CANTO SEPTIMO
ESPUES de haber cambiado entre sí tres o cuatro veces
corteses y halagüeños saludos, Sordello se hizo un poco
atrás, y dijo:
—¿Quiénes sois?
—Mis huesos fueron sepultados por mandato de Octavio,
antes que se hubiesen dirigido hacia esta montaña las almas dignas de subir
hasta Dios. Yo soy Virgilio, que perdí el cielo por no tener fe, y no por otra
culpa.
Así respondió mi Guía. Como el que de improviso ve una cosa que le
asombra, y a la que no sabe si dar o no crédito, diciendo: "es, no es," así se
quedó aquél: después bajó los ojos, se adelantó humildemente hacia él, y le
abrazó en el sitio del cuerpo donde alcanza el pequeño.
—¡Oh gloria de los latinos—dijo—, por quién nuestra lengua demostró
cuánto podía! ¡Honor eterno del lugar donde nací! ¿Qué mérito o qué gracia
permite que yo te vea? Si es que soy digno de oír tus palabras, dime si
vienes del Infierno, y de qué recinto.
ESPUES de haber cambiado entre sí tres o cuatro veces
corteses y halagüeños saludos, Sordello se hizo un poco
atrás, y dijo:
—¿Quiénes sois?
—Mis huesos fueron sepultados por mandato de Octavio,
antes que se hubiesen dirigido hacia esta montaña las almas dignas de subir
hasta Dios. Yo soy Virgilio, que perdí el cielo por no tener fe, y no por otra
culpa.
Así respondió mi Guía. Como el que de improviso ve una cosa que le
asombra, y a la que no sabe si dar o no crédito, diciendo: "es, no es," así se
quedó aquél: después bajó los ojos, se adelantó humildemente hacia él, y le
abrazó en el sitio del cuerpo donde alcanza el pequeño.
—¡Oh gloria de los latinos—dijo—, por quién nuestra lengua demostró
cuánto podía! ¡Honor eterno del lugar donde nací! ¿Qué mérito o qué gracia
permite que yo te vea? Si es que soy digno de oír tus palabras, dime si
vienes del Infierno, y de qué recinto.
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—He llegado hasta aquí pasando por todos los círculos del reino del llanto
—respondióle—; la virtud del cielo me guía, y con ella vengo. No por lo
que he hecho, sino por lo que no he hecho, he perdido la facultad de
contemplar el alto Sol que tú deseas, y que conocí demasiado tarde. Allá
abajo hay un lugar triste, no por los martirios, sino por las tinieblas, donde
en vez de lamentos como gritos, sólo resuenan suspiros. Allí estoy yo con
los inocentes párvulos, mordidos por los dientes de la muerte antes de que
fueran lavados del pecado original. Allí estoy yo con aquellos que no se
cubrieron con las tres virtudes santas, aunque, exentos de vicios, conocieron
y observaron las demás. Pero danos algún indicio, si es que puedes y sabes,
a fin de que lleguemos más pronto al sitio donde tiene verdadero principio
el Purgatorio.
Sordello respondió:
—Aquí no tenemos designado un punto fijo, y a mí me es lícito subir
andando alrededor por la montaña: te serviré de guía por todos los parajes
hasta donde puedo llegar. Pero advierte que ya declina el día; y no siendo
posible ir arriba de noche, convendrá que pensemos en buscar un buen
abrigo. Algo lejos de aquí, a la derecha, hay algunas almas: si quieres, te
conduciré adonde están, seguro de que te agradará conocerlas.
—¿Cómo es eso?—le contestó—. Quien quisiera subir de noche, ¿se vería
detenido por alguien? ¿O es acaso que no podría subir?
El buen Sordello pasó su dedo por el suelo, diciendo:
—¿Ves esta sola línea? Pues no la atravesarás después de haberse ocultado
el Sol; no por otra causa, sino porque te lo impedirán las tinieblas
nocturnas; las cuales, con la impotencia que originan, contrarrestan la
voluntad. Con ellas, podríase muy bien volver abajo y recorrer la cuesta
vagando en torno, mientras el día esté bajo el horizonte.
Entonces mi Señor, como asombrado, repuso:
—Condúcenos adonde dices que puede ser agradable permanecer.
Nos habíamos alejado un poco de allí, cuando eché de ver que el monte
estaba hendido como los valles que hay en nuestro hemisferio.
—respondióle—; la virtud del cielo me guía, y con ella vengo. No por lo
que he hecho, sino por lo que no he hecho, he perdido la facultad de
contemplar el alto Sol que tú deseas, y que conocí demasiado tarde. Allá
abajo hay un lugar triste, no por los martirios, sino por las tinieblas, donde
en vez de lamentos como gritos, sólo resuenan suspiros. Allí estoy yo con
los inocentes párvulos, mordidos por los dientes de la muerte antes de que
fueran lavados del pecado original. Allí estoy yo con aquellos que no se
cubrieron con las tres virtudes santas, aunque, exentos de vicios, conocieron
y observaron las demás. Pero danos algún indicio, si es que puedes y sabes,
a fin de que lleguemos más pronto al sitio donde tiene verdadero principio
el Purgatorio.
Sordello respondió:
—Aquí no tenemos designado un punto fijo, y a mí me es lícito subir
andando alrededor por la montaña: te serviré de guía por todos los parajes
hasta donde puedo llegar. Pero advierte que ya declina el día; y no siendo
posible ir arriba de noche, convendrá que pensemos en buscar un buen
abrigo. Algo lejos de aquí, a la derecha, hay algunas almas: si quieres, te
conduciré adonde están, seguro de que te agradará conocerlas.
—¿Cómo es eso?—le contestó—. Quien quisiera subir de noche, ¿se vería
detenido por alguien? ¿O es acaso que no podría subir?
El buen Sordello pasó su dedo por el suelo, diciendo:
—¿Ves esta sola línea? Pues no la atravesarás después de haberse ocultado
el Sol; no por otra causa, sino porque te lo impedirán las tinieblas
nocturnas; las cuales, con la impotencia que originan, contrarrestan la
voluntad. Con ellas, podríase muy bien volver abajo y recorrer la cuesta
vagando en torno, mientras el día esté bajo el horizonte.
Entonces mi Señor, como asombrado, repuso:
—Condúcenos adonde dices que puede ser agradable permanecer.
Nos habíamos alejado un poco de allí, cuando eché de ver que el monte
estaba hendido como los valles que hay en nuestro hemisferio.
Page 184
—Iremos—dijo aquella sombra—allá donde la cuesta forma una cavidad, y
esperaremos en ella el nuevo día.
Un sendero tortuoso, entre pendiente y llano, nos condujo a un lado de
aquella cavidad, en donde las orillas que la circundan descienden más de la
mitad de su altura. El oro y la plata fina, la púrpura, el albayalde, el añil
azul y brillante, y las esmeraldas recientemente talladas en el momento en
que se desprenden sus trozos, serían vencidos en brillantez por las hierbas y
las flores de aquella cavidad, como lo menor es vencido por lo mayor. La
naturaleza no había ostentado solamente allí sus adornos, sino que con la
suavidad de mil aromas había formado un olor indistinto y desconocido
para nosotros. Allí vi sentadas sobre la verdura y entre las flores algunas
almas, que desde fuera no podían distinguirse, por ocultarlas las laderas del
valle, las cuales estaban cantando el "Salve Regina." El Mantuano, que nos
había conducido por el tortuoso sendero, nos dijo:
—No pretendáis que os guíe hasta donde están ésos, antes de que se oculte
el poco Sol que queda. Desde esta altura veréis las acciones y los rostros de
todos, mejor que si estuvierais entre ellos en el mismo valle. Aquel que está
sentado en el puesto más alto, que en su actitud parece haberse descuidado
de hacer lo que debía, y cuya boca no se mueve para cantar con los demás,
fué el emperador Rodolfo, que pudo curar las heridas que han dado muerte
a Italia, de tal modo, que tarde le vendrá de otro el remedio. El que con su
presencia conforta al primero, gobernó la tierra donde nace el agua que el
Moltava conduce al Elba, y el Elba al mar. Llamóse Ottokar, y ya en la
infancia fué mucho mejor príncipe que su hijo Wenceslao cuando barbado,
a quien enervaron el ocio y la lujuria. Y aquel romo, que parece consultar
con tanta intimidad al otro de benigno aspecto, murió huyendo y
marchitando la flor de lis: mirad cómo se golpea el pecho; y ved cómo el
otro, suspirando, apoya su mejilla en la palma de la mano. Padre y suegro
son del mal de Francia: saben que su vida es grosera y viciosa, y de ahí
proviene el dolor que les aflige. Aquel que parece tan corpulento,[52] y que
canta acorde con el narigudo,[53] llevó ceñida la cuerda de toda virtud; y si
después de él hubiera reinado más tiempo el jovencito que a su espalda se
sienta,[54] bien habría pasado el valor de padre a hijo; lo cual no se puede
decir de sus otros herederos Jaime y Fadrique conservan los reinos; pero
ninguno de ellos posee la mejor herencia. Raras veces renace por las ramas
esperaremos en ella el nuevo día.
Un sendero tortuoso, entre pendiente y llano, nos condujo a un lado de
aquella cavidad, en donde las orillas que la circundan descienden más de la
mitad de su altura. El oro y la plata fina, la púrpura, el albayalde, el añil
azul y brillante, y las esmeraldas recientemente talladas en el momento en
que se desprenden sus trozos, serían vencidos en brillantez por las hierbas y
las flores de aquella cavidad, como lo menor es vencido por lo mayor. La
naturaleza no había ostentado solamente allí sus adornos, sino que con la
suavidad de mil aromas había formado un olor indistinto y desconocido
para nosotros. Allí vi sentadas sobre la verdura y entre las flores algunas
almas, que desde fuera no podían distinguirse, por ocultarlas las laderas del
valle, las cuales estaban cantando el "Salve Regina." El Mantuano, que nos
había conducido por el tortuoso sendero, nos dijo:
—No pretendáis que os guíe hasta donde están ésos, antes de que se oculte
el poco Sol que queda. Desde esta altura veréis las acciones y los rostros de
todos, mejor que si estuvierais entre ellos en el mismo valle. Aquel que está
sentado en el puesto más alto, que en su actitud parece haberse descuidado
de hacer lo que debía, y cuya boca no se mueve para cantar con los demás,
fué el emperador Rodolfo, que pudo curar las heridas que han dado muerte
a Italia, de tal modo, que tarde le vendrá de otro el remedio. El que con su
presencia conforta al primero, gobernó la tierra donde nace el agua que el
Moltava conduce al Elba, y el Elba al mar. Llamóse Ottokar, y ya en la
infancia fué mucho mejor príncipe que su hijo Wenceslao cuando barbado,
a quien enervaron el ocio y la lujuria. Y aquel romo, que parece consultar
con tanta intimidad al otro de benigno aspecto, murió huyendo y
marchitando la flor de lis: mirad cómo se golpea el pecho; y ved cómo el
otro, suspirando, apoya su mejilla en la palma de la mano. Padre y suegro
son del mal de Francia: saben que su vida es grosera y viciosa, y de ahí
proviene el dolor que les aflige. Aquel que parece tan corpulento,[52] y que
canta acorde con el narigudo,[53] llevó ceñida la cuerda de toda virtud; y si
después de él hubiera reinado más tiempo el jovencito que a su espalda se
sienta,[54] bien habría pasado el valor de padre a hijo; lo cual no se puede
decir de sus otros herederos Jaime y Fadrique conservan los reinos; pero
ninguno de ellos posee la mejor herencia. Raras veces renace por las ramas
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la humana probidad; pues así lo quiere Aquél que nos la da, para que se la
pidamos. No menos se dirigen mis palabras al narigudo, que al otro, a
Pedro, que canta con él; pues de su descendencia se lamentan ya la Pulla y
la Provenza. La planta es inferior a su semilla tanto, cuanto más que Beatriz
y Margarita se gloria Constanza aún de su marido. Ved ahí al rey de sencilla
vida, sentado aparte y solo, a Enrique de Inglaterra: éste ha producido
mejores vástagos. Aquel que está en el suelo más abajo que los otros,
mirando hacia arriba, es el marqués Guillermo, por quien Alejandría y sus
guerreros hacen llorar hoy al Monferrato y al Canavés.
pidamos. No menos se dirigen mis palabras al narigudo, que al otro, a
Pedro, que canta con él; pues de su descendencia se lamentan ya la Pulla y
la Provenza. La planta es inferior a su semilla tanto, cuanto más que Beatriz
y Margarita se gloria Constanza aún de su marido. Ved ahí al rey de sencilla
vida, sentado aparte y solo, a Enrique de Inglaterra: éste ha producido
mejores vástagos. Aquel que está en el suelo más abajo que los otros,
mirando hacia arriba, es el marqués Guillermo, por quien Alejandría y sus
guerreros hacen llorar hoy al Monferrato y al Canavés.
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CANTO OCTAVO
RA ya la hora en que se enternece el corazón de los
navegantes, y renace su deseo de abrazar a los caros amigos,
de quienes el mismo día se han despedido, y en que el novel
viajero se compunge de amor, si oye a lo lejos alguna
campana, que parezca plañir al moribundo día; cuando dejé
de oír, y comencé a mirar a una de aquellas almas, que,
puesta en pie, hacía señas con la mano en ademán de que las
otras la escuchasen. Unió y levantó ambas palmas, dirigiendo sus ojos hacia
Oriente, como si dijese a Dios: "Sólo en ti pienso;" y salió de su boca tan
devotamente y con tan dulces notas el "Te lucis ante," que el placer me hizo
salir fuera de mí. Aguza bien aquí la vista, ¡oh lector!, para descubrir la
verdad; porque el velo es ahora tan sutil, que te será en efecto sumamente
fácil atravesarlo.
Vi luego a aquel ejército gentil, pálido y humilde, que en silencio contempla
el cielo, como esperando algo; y vi salir de las alturas y descender al valle
dos ángeles con dos espadas flamígeras, truncadas y privadas de sus puntas.
Verdes como las tiernas hojas que acaban de brotar eran sus vestiduras, y
agitadas por las plumas de sus alas, verdes también, flotaban por detrás a
merced del viento. El uno se posó algo más arriba de donde estábamos; el
RA ya la hora en que se enternece el corazón de los
navegantes, y renace su deseo de abrazar a los caros amigos,
de quienes el mismo día se han despedido, y en que el novel
viajero se compunge de amor, si oye a lo lejos alguna
campana, que parezca plañir al moribundo día; cuando dejé
de oír, y comencé a mirar a una de aquellas almas, que,
puesta en pie, hacía señas con la mano en ademán de que las
otras la escuchasen. Unió y levantó ambas palmas, dirigiendo sus ojos hacia
Oriente, como si dijese a Dios: "Sólo en ti pienso;" y salió de su boca tan
devotamente y con tan dulces notas el "Te lucis ante," que el placer me hizo
salir fuera de mí. Aguza bien aquí la vista, ¡oh lector!, para descubrir la
verdad; porque el velo es ahora tan sutil, que te será en efecto sumamente
fácil atravesarlo.
Vi luego a aquel ejército gentil, pálido y humilde, que en silencio contempla
el cielo, como esperando algo; y vi salir de las alturas y descender al valle
dos ángeles con dos espadas flamígeras, truncadas y privadas de sus puntas.
Verdes como las tiernas hojas que acaban de brotar eran sus vestiduras, y
agitadas por las plumas de sus alas, verdes también, flotaban por detrás a
merced del viento. El uno se posó algo más arriba de donde estábamos; el
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otro descendió hacia el lado opuesto; de suerte que las almas quedaron entre
ellos. Se distinguía perfectamente su blonda cabellera; pero al querer mirar
sus facciones, se ofuscaba la vista, como se ofusca toda facultad, por la
excesiva fuerza de las impresiones.
—Ambos vienen del seno de María—dijo Sordello—para guardar el valle
contra la serpiente, que acudirá a él en breve.
Y yo, que no sabía por qué sitio había de venir, miré en torno mío, y helado
de terror, me arrimé cuanto pude a las fieles espaldas. Sordello continuó:
—Ahora descendamos hacia donde están esas grandes sombras, y
hablaremos con ellas: les será muy grato veros.
Sólo había descendido tres pasos, según creo, cuando ya me encontré abajo,
y vi uno que me miraba como si hubiera querido conocerme. El aire iba ya
obscureciéndose, pero no tanto que entre sus ojos y los míos no permitiese
ver lo que antes por la distancia se ocultaba. Vino hacia mí, y yo me
adelanté hacia él. ¡Noble juez! ¡Oh, Nino! ¡Con cuánto placer vi que no
estabas entre los condenados! No hubo amistoso saludo que no nos
dirigiésemos; después me preguntó:
—¿Cuánto tiempo hace que has llegado al pie de este monte a través de las
lejanas aguas?
—¡Ah!—le dije—; esta mañana he llegado pasando por tristes lugares, y
estoy aún en la primera vida; aunque al hacer este viaje, voy preparándome
para la otra.
Apenas oyeron mi respuesta, cuando Sordello y él retrocedieron como
hombres poseídos de un repentino espanto. El primero se volvió hacia
Virgilio, y el otro hacia uno que estaba sentado, gritando: "Ven, Conrado,
ven a ver lo que Dios por su gracia permite." Después, dirigiéndose a mí,
exclamó:
—Por la singular gratitud que debes a Aquél que oculta de tal modo su
primitivo origen, que no es posible penetrarlo, cuando estés más allá de las
anchurosas aguas, di a mi Juana, que pida por mí allí donde se oyen los
ruegos de los inocentes. No creo que su madre me ame ya, pues ha dejado
las blancas tocas, que la desventurada echará de menos algún día. Por ella
ellos. Se distinguía perfectamente su blonda cabellera; pero al querer mirar
sus facciones, se ofuscaba la vista, como se ofusca toda facultad, por la
excesiva fuerza de las impresiones.
—Ambos vienen del seno de María—dijo Sordello—para guardar el valle
contra la serpiente, que acudirá a él en breve.
Y yo, que no sabía por qué sitio había de venir, miré en torno mío, y helado
de terror, me arrimé cuanto pude a las fieles espaldas. Sordello continuó:
—Ahora descendamos hacia donde están esas grandes sombras, y
hablaremos con ellas: les será muy grato veros.
Sólo había descendido tres pasos, según creo, cuando ya me encontré abajo,
y vi uno que me miraba como si hubiera querido conocerme. El aire iba ya
obscureciéndose, pero no tanto que entre sus ojos y los míos no permitiese
ver lo que antes por la distancia se ocultaba. Vino hacia mí, y yo me
adelanté hacia él. ¡Noble juez! ¡Oh, Nino! ¡Con cuánto placer vi que no
estabas entre los condenados! No hubo amistoso saludo que no nos
dirigiésemos; después me preguntó:
—¿Cuánto tiempo hace que has llegado al pie de este monte a través de las
lejanas aguas?
—¡Ah!—le dije—; esta mañana he llegado pasando por tristes lugares, y
estoy aún en la primera vida; aunque al hacer este viaje, voy preparándome
para la otra.
Apenas oyeron mi respuesta, cuando Sordello y él retrocedieron como
hombres poseídos de un repentino espanto. El primero se volvió hacia
Virgilio, y el otro hacia uno que estaba sentado, gritando: "Ven, Conrado,
ven a ver lo que Dios por su gracia permite." Después, dirigiéndose a mí,
exclamó:
—Por la singular gratitud que debes a Aquél que oculta de tal modo su
primitivo origen, que no es posible penetrarlo, cuando estés más allá de las
anchurosas aguas, di a mi Juana, que pida por mí allí donde se oyen los
ruegos de los inocentes. No creo que su madre me ame ya, pues ha dejado
las blancas tocas, que la desventurada echará de menos algún día. Por ella
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se comprende fácilmente cuánto dura en una mujer el fuego del amor, si la
vista o el íntimo trato no lo alimenta. La víbora que campea en las armas
del Milanés no le proporcionará tan hermosa sepultura como se la hubiera
dado el gallo de Gallura.[55]
Así decía, y en todo su aspecto se veía impreso el sello de aquel recto celo
que arde con mesura en el corazón. Entretanto, mis ojos se dirigían ávidos
hacia la parte del cielo donde es más lento el curso de las estrellas, como
sucede en los puntos de una rueda más próximos al eje. Mi Guía me
preguntó:
—Hijo mío, ¿qué miras allá arriba?
Y yo le contesté:
—Aquellas tres antorchas[56], en cuya luz arde todo el polo hacia esta parte.
Y él repuso:
—Las cuatro estrellas brillantes que viste esta mañana, han descendido por
aquel lado, y éstas han subido donde estaban aquéllas.
Mientras él hablaba, Sordello se le acercó, diciendo: "He ahí a nuestro
adversario;" y extendió el dedo para que mirásemos hacia el sitio que
indicaba. En la parte donde queda indefenso el pequeño valle, había una
serpiente, que quizá era la que dió a Eva el amargo manjar. Se adelantaba el
maligno reptil por entre la hierba y las flores, volviendo de vez en cuando la
cabeza, y lamiéndose el lomo como un animal que se alisa la piel. No puedo
decir cómo se movieron los azores celestiales, pues no me fué posible
distinguirlo; pero sí vi a entreambos en movimiento. Sintiendo que sus
verdes alas hendían el aire, huyó la serpiente, y los ángeles se volvieron a
su puesto con vuelo igual. La sombra que se acercó al juez, cuando éste la
llamó, no dejó un momento de mirarme durante todo aquel asalto.
—Que la antorcha que te conduce hacia arriba encuentre en tu voluntad
tanta cera cuanta se necesita para llegar al sumo esmalte—empezó a decir
—; si sabes alguna noticia positiva del Val di Magra o de su tierra
circunvecina, dímela, pues yo era señor en aquel país: fuí llamado Conrado
Malaspina, no el antiguo, sino descendiente suyo, y tuve para con los míos
un amor que aquí se purifica.
vista o el íntimo trato no lo alimenta. La víbora que campea en las armas
del Milanés no le proporcionará tan hermosa sepultura como se la hubiera
dado el gallo de Gallura.[55]
Así decía, y en todo su aspecto se veía impreso el sello de aquel recto celo
que arde con mesura en el corazón. Entretanto, mis ojos se dirigían ávidos
hacia la parte del cielo donde es más lento el curso de las estrellas, como
sucede en los puntos de una rueda más próximos al eje. Mi Guía me
preguntó:
—Hijo mío, ¿qué miras allá arriba?
Y yo le contesté:
—Aquellas tres antorchas[56], en cuya luz arde todo el polo hacia esta parte.
Y él repuso:
—Las cuatro estrellas brillantes que viste esta mañana, han descendido por
aquel lado, y éstas han subido donde estaban aquéllas.
Mientras él hablaba, Sordello se le acercó, diciendo: "He ahí a nuestro
adversario;" y extendió el dedo para que mirásemos hacia el sitio que
indicaba. En la parte donde queda indefenso el pequeño valle, había una
serpiente, que quizá era la que dió a Eva el amargo manjar. Se adelantaba el
maligno reptil por entre la hierba y las flores, volviendo de vez en cuando la
cabeza, y lamiéndose el lomo como un animal que se alisa la piel. No puedo
decir cómo se movieron los azores celestiales, pues no me fué posible
distinguirlo; pero sí vi a entreambos en movimiento. Sintiendo que sus
verdes alas hendían el aire, huyó la serpiente, y los ángeles se volvieron a
su puesto con vuelo igual. La sombra que se acercó al juez, cuando éste la
llamó, no dejó un momento de mirarme durante todo aquel asalto.
—Que la antorcha que te conduce hacia arriba encuentre en tu voluntad
tanta cera cuanta se necesita para llegar al sumo esmalte—empezó a decir
—; si sabes alguna noticia positiva del Val di Magra o de su tierra
circunvecina, dímela, pues yo era señor en aquel país: fuí llamado Conrado
Malaspina, no el antiguo, sino descendiente suyo, y tuve para con los míos
un amor que aquí se purifica.
Page 189
—¡Oh!—le contesté—; no estuve nunca en vuestro país; pero ¿a qué parte
de Europa no habrá llegado su fama? La gloria que honra vuestra casa da tal
renombre a sus señores y a la comarca entera, que tiene noticia de ella aun
aquel que no la ha visitado. Y os juro, así pueda llegar a lo alto de este
monte, que vuestra honrosa estirpe no pierde la prez que le han conquistado
su bolsa y su espada. Sus buenas costumbres y excelente carácter la colocan
en tan privilegiado puesto, que aunque el perverso jefe aparte al mundo del
verdadero camino, ella va por el recto sendero despreciando el torcido.
El replicó:
—Ve, pues; que antes de que el Sol entre siete veces en el espacio que Aries
con sus cuatro patas cubre y abarca, esa opinión cortés te será clavada en
medio de la cabeza con clavos mayores que lo pueden ser las palabras de
otro, si no se cambia el curso de lo dispuesto por la Providencia.
de Europa no habrá llegado su fama? La gloria que honra vuestra casa da tal
renombre a sus señores y a la comarca entera, que tiene noticia de ella aun
aquel que no la ha visitado. Y os juro, así pueda llegar a lo alto de este
monte, que vuestra honrosa estirpe no pierde la prez que le han conquistado
su bolsa y su espada. Sus buenas costumbres y excelente carácter la colocan
en tan privilegiado puesto, que aunque el perverso jefe aparte al mundo del
verdadero camino, ella va por el recto sendero despreciando el torcido.
El replicó:
—Ve, pues; que antes de que el Sol entre siete veces en el espacio que Aries
con sus cuatro patas cubre y abarca, esa opinión cortés te será clavada en
medio de la cabeza con clavos mayores que lo pueden ser las palabras de
otro, si no se cambia el curso de lo dispuesto por la Providencia.
Page 190
CANTO NONO
A concubina del viejo Titón, desprendida de los brazos de su
dulce amigo, alboreaba ya en los linderos orientales,
reluciendo su frente de rica pedrería colocada en la forma del
frío animal que sacude a la gente con la cola;[57] y ya por el
lugar donde nos hallábamos había dado la Noche dos de los
pasos con que asciende, y el tercero inclinaba hacia abajo su
vuelo, cuando yo, que tenía conmigo la flaqueza de Adán, vencido del
sueño, me tendí en la hierba sobre que estábamos sentados los cinco.
A la hora del amanecer, cuando la golondrina empieza sus tristes endechas,
quizá en memoria de sus primeros ayes, y cuando nuestro espíritu, más libre
de los lazos de la carne y menos asediado de pensamientos, es casi divino
en sus visiones, parecióme ver entre sueños un águila con plumas de oro
suspendida del cielo, con las alas abiertas y preparada a bajar, y creía estar
allí donde Ganimedes abandonó a los suyos, cuando fué arrebatado a la
celestial asamblea. Yo pensaba entre mí: "Quizá esta águila tenga la
costumbre de cazar aquí solamente, y puede ser que en otro sitio se desdeñe
de levantar en alto la presa con sus garras." Después me pareció que, dando
algunas vueltas, bajaba terrible como un rayo, y me arrebataba hasta la
esfera del fuego, donde parecía que ardiésemos los dos; y de tal modo me
A concubina del viejo Titón, desprendida de los brazos de su
dulce amigo, alboreaba ya en los linderos orientales,
reluciendo su frente de rica pedrería colocada en la forma del
frío animal que sacude a la gente con la cola;[57] y ya por el
lugar donde nos hallábamos había dado la Noche dos de los
pasos con que asciende, y el tercero inclinaba hacia abajo su
vuelo, cuando yo, que tenía conmigo la flaqueza de Adán, vencido del
sueño, me tendí en la hierba sobre que estábamos sentados los cinco.
A la hora del amanecer, cuando la golondrina empieza sus tristes endechas,
quizá en memoria de sus primeros ayes, y cuando nuestro espíritu, más libre
de los lazos de la carne y menos asediado de pensamientos, es casi divino
en sus visiones, parecióme ver entre sueños un águila con plumas de oro
suspendida del cielo, con las alas abiertas y preparada a bajar, y creía estar
allí donde Ganimedes abandonó a los suyos, cuando fué arrebatado a la
celestial asamblea. Yo pensaba entre mí: "Quizá esta águila tenga la
costumbre de cazar aquí solamente, y puede ser que en otro sitio se desdeñe
de levantar en alto la presa con sus garras." Después me pareció que, dando
algunas vueltas, bajaba terrible como un rayo, y me arrebataba hasta la
esfera del fuego, donde parecía que ardiésemos los dos; y de tal modo me
Page 191
quemaba aquel incendio imaginario, que se interrumpió súbitamente mi
sueño. No de otra suerte se sobresaltó Aquiles revolviendo en torno suyo
sus ojos desvelados y sin saber donde se encontraba, cuando su madre,
robándolo a Quirón, le transportó dormido en sus brazos a la isla de Scyros,
de donde le sacaron después los griegos, como me sobresalté yo, apenas
huyó el sueño de mi rostro; y me puse pálido como el hombre a quien hiela
el espanto. A mi lado estaba únicamente mi Protector; el Sol había salido
hacía ya más de dos horas, y yo me hallaba con la cara vuelta hacia el mar.
—No temas—dijo mi Señor—; tranquilízate, que estamos en buen lugar. Da
rienda suelta a tu vigor, lejos de reprimirlo, pues has llegado ya junto al
Purgatorio; mira allí el muro que le cerca en derredor; y mira la entrada en
aquel sitio donde parece estar roto. Durante el alba que precede al día,
cuando tu alma dormía dentro del cuerpo sobre las flores que allá abajo
adornan el suelo, vino una dama y dijo: "Yo soy Lucía: déjame coger a ese
que duerme, y haré que recorra más ágilmente su camino." Sordello se
quedó con las otras nobles sombras; ella te cogió, y cuando fué de día, se
vino hacia arriba y yo seguí sus huellas: aquí te dejó, habiéndome antes
designado con sus bellos ojos aquella entrada abierta; y después, ella y tu
sueño desaparecieron al mismo tiempo.
Me quedé como el hombre que ve sus dudas convertidas en certidumbre, y
cuyo miedo se trueca en fortaleza, cuando le han descubierto la verdad; y
viéndome tranquilo mi Guía, empezó a subir por la calzada, y yo seguí tras
él hacia lo alto.
Lector: bien ves cómo ensalzo el objeto de mis cantos: no te admire, pues,
si procuro sostenerlo cada vez con más arte. Nos aproximamos hasta llegar
al sitio que antes me había parecido ser una rotura, semejante a la brecha
que divide un muro; y vi una puerta a la cual se subía por tres gradas de
diferentes colores, y un portero que aún no había proferido ninguna palabra.
Y como yo abriese cada vez más los ojos, le vi sentado sobre la grada
superior, con tan luminoso rostro, que no podía fijar en él mi vista. Tenía en
la mano una espada desnuda, que reflejaba sus rayos hacia nosotros de tal
modo, que en vano intentó fijar en ella mis miradas.
—Decidme desde ahí: ¿qué queréis?—empezó a decir.—¿Dónde está el que
os acompaña? Cuidad que vuestra llegada no os sea funesta.
sueño. No de otra suerte se sobresaltó Aquiles revolviendo en torno suyo
sus ojos desvelados y sin saber donde se encontraba, cuando su madre,
robándolo a Quirón, le transportó dormido en sus brazos a la isla de Scyros,
de donde le sacaron después los griegos, como me sobresalté yo, apenas
huyó el sueño de mi rostro; y me puse pálido como el hombre a quien hiela
el espanto. A mi lado estaba únicamente mi Protector; el Sol había salido
hacía ya más de dos horas, y yo me hallaba con la cara vuelta hacia el mar.
—No temas—dijo mi Señor—; tranquilízate, que estamos en buen lugar. Da
rienda suelta a tu vigor, lejos de reprimirlo, pues has llegado ya junto al
Purgatorio; mira allí el muro que le cerca en derredor; y mira la entrada en
aquel sitio donde parece estar roto. Durante el alba que precede al día,
cuando tu alma dormía dentro del cuerpo sobre las flores que allá abajo
adornan el suelo, vino una dama y dijo: "Yo soy Lucía: déjame coger a ese
que duerme, y haré que recorra más ágilmente su camino." Sordello se
quedó con las otras nobles sombras; ella te cogió, y cuando fué de día, se
vino hacia arriba y yo seguí sus huellas: aquí te dejó, habiéndome antes
designado con sus bellos ojos aquella entrada abierta; y después, ella y tu
sueño desaparecieron al mismo tiempo.
Me quedé como el hombre que ve sus dudas convertidas en certidumbre, y
cuyo miedo se trueca en fortaleza, cuando le han descubierto la verdad; y
viéndome tranquilo mi Guía, empezó a subir por la calzada, y yo seguí tras
él hacia lo alto.
Lector: bien ves cómo ensalzo el objeto de mis cantos: no te admire, pues,
si procuro sostenerlo cada vez con más arte. Nos aproximamos hasta llegar
al sitio que antes me había parecido ser una rotura, semejante a la brecha
que divide un muro; y vi una puerta a la cual se subía por tres gradas de
diferentes colores, y un portero que aún no había proferido ninguna palabra.
Y como yo abriese cada vez más los ojos, le vi sentado sobre la grada
superior, con tan luminoso rostro, que no podía fijar en él mi vista. Tenía en
la mano una espada desnuda, que reflejaba sus rayos hacia nosotros de tal
modo, que en vano intentó fijar en ella mis miradas.
—Decidme desde ahí: ¿qué queréis?—empezó a decir.—¿Dónde está el que
os acompaña? Cuidad que vuestra llegada no os sea funesta.
Page 192
—Una dama del Cielo, enterada de estas cosas—le respondió mi Maestro
—, nos ha dicho hace poco: "Id allí: aquella es la puerta."
—Ella guía felizmente vuestros pasos—replicó el cortés portero—. Llegad,
pues, y subid nuestras gradas.
Nos adelantamos: el primer escalón era de mármol blanco, tan bruñido y
terso, que me reflejé en él tal como soy: el segundo, más obscuro que el
color turquí, era de una piedra calcinada y áspera, resquebrajada a lo largo y
de través: el tercero, que gravita sobre los demás, me parecía de un pórfido
tan rojo como la sangre que brota de las venas. Sobre este último tenía
ambas plantas el Angel de Dios, el cual estaba sentado en el umbral, que me
pareció formado de diamante. Mi Guía me condujo de buen grado por los
tres escalones, diciendo:
—Pide humildemente que se abra la cerradura.
Me postré devotamente a los pies santos: le pedí por misericordia que
abriese, pero antes me dí tres golpes en el pecho. Con la punta de su espada
me trazó siete veces en la frente la letra P[58], y dijo:
—Procura lavar estas manchas cuando estés dentro.
En seguida sacó de debajo de sus vestiduras, que eran del color de la ceniza
o de la tierra seca, dos llaves, una de las cuales era de oro y la otra de plata:
primero con la blanca, y luego con la amarilla, hizo en la puerta lo que yo
deseaba.
—Cuando una de estas llaves falsea, y no gira con regularidad por la
cerradura—nos dijo—, esta entrada no se abre. Una de ellas es más
preciosa; pero la otra requiere más arte e inteligencia antes de abrir, porque
es la que mueve el resorte. Pedro me las dió, previniéndome que más bien
me equivocara en abrir la puerta, que en tenerla cerrada, siempre que los
pecadores se prosternen a mis pies.
Después empujó la puerta hacia el sagrado recinto, diciendo:
—Entrad; mas debo advertiros que quien mira hacia atrás vuelve a salir.
—, nos ha dicho hace poco: "Id allí: aquella es la puerta."
—Ella guía felizmente vuestros pasos—replicó el cortés portero—. Llegad,
pues, y subid nuestras gradas.
Nos adelantamos: el primer escalón era de mármol blanco, tan bruñido y
terso, que me reflejé en él tal como soy: el segundo, más obscuro que el
color turquí, era de una piedra calcinada y áspera, resquebrajada a lo largo y
de través: el tercero, que gravita sobre los demás, me parecía de un pórfido
tan rojo como la sangre que brota de las venas. Sobre este último tenía
ambas plantas el Angel de Dios, el cual estaba sentado en el umbral, que me
pareció formado de diamante. Mi Guía me condujo de buen grado por los
tres escalones, diciendo:
—Pide humildemente que se abra la cerradura.
Me postré devotamente a los pies santos: le pedí por misericordia que
abriese, pero antes me dí tres golpes en el pecho. Con la punta de su espada
me trazó siete veces en la frente la letra P[58], y dijo:
—Procura lavar estas manchas cuando estés dentro.
En seguida sacó de debajo de sus vestiduras, que eran del color de la ceniza
o de la tierra seca, dos llaves, una de las cuales era de oro y la otra de plata:
primero con la blanca, y luego con la amarilla, hizo en la puerta lo que yo
deseaba.
—Cuando una de estas llaves falsea, y no gira con regularidad por la
cerradura—nos dijo—, esta entrada no se abre. Una de ellas es más
preciosa; pero la otra requiere más arte e inteligencia antes de abrir, porque
es la que mueve el resorte. Pedro me las dió, previniéndome que más bien
me equivocara en abrir la puerta, que en tenerla cerrada, siempre que los
pecadores se prosternen a mis pies.
Después empujó la puerta hacia el sagrado recinto, diciendo:
—Entrad; mas debo advertiros que quien mira hacia atrás vuelve a salir.
Page 193
Entonces giraron en sus quicios los espigones de la sacra puerta, que son de
metal, macizos y sonoros; y no produjo tanto fragor, ni se mostró tan
resistente la de la roca Tarpeya, cuando fué arrojado de ésta el buen Metelo,
por el cual quedó luego vacía. Yo me volví atento al primer ruido, y me
pareció oír voces que cantaban al son de dulces acordes: "Te Deum
laudamus." Tal impresión hizo en mí aquello que oía, como la que
ordinariamente se recibe cuando se oye el canto acompañado del órgano,
que tan pronto se perciben como dejan de percibirse las palabras.
metal, macizos y sonoros; y no produjo tanto fragor, ni se mostró tan
resistente la de la roca Tarpeya, cuando fué arrojado de ésta el buen Metelo,
por el cual quedó luego vacía. Yo me volví atento al primer ruido, y me
pareció oír voces que cantaban al son de dulces acordes: "Te Deum
laudamus." Tal impresión hizo en mí aquello que oía, como la que
ordinariamente se recibe cuando se oye el canto acompañado del órgano,
que tan pronto se perciben como dejan de percibirse las palabras.
Page 194
CANTO DECIMO
UANDO hubimos traspasado el umbral de la puerta que se
abre pocas veces, porque la mala inclinación de las pasiones
lo impide, haciendo aparecer recta la vía tortuosa, conocí por
el ruido que acababa de cerrarse; y si yo hubiese vuelto mis
ojos hacia ella, ¿qué excusa hubiera sido digna de tal falta?
Subíamos por la hendedura de una roca, la cual ondulaba
tortuosamente, semejante a la ola que va y viene.
—Aquí—dijo mi Guía—, es preciso que tengamos alguna precaución,
acercándonos, ya por un lado, o por otro, a las ondulaciones de esta
hendedura.
Y este cuidado hizo tan lentos nuestros pasos, que la Luna llegó a su lecho
para acurrucarse, antes que nosotros saliésemos de aquel angosto camino.
Mas cuando estuvimos arriba, libres y al descubierto, en el paraje donde se
interna el monte, nos encontramos, yo fatigado, y ambos inciertos de la
dirección que debíamos seguir, en un rellano más solitario que sendero a
través del desierto. Desde el borde exterior hasta el pie del alto tajo que se
alza en la parte interior, aquel rellano sólo tendría de anchura tres veces un
cuerpo humano; y hasta donde mis ojos alcanzaban, tanto por la izquierda
UANDO hubimos traspasado el umbral de la puerta que se
abre pocas veces, porque la mala inclinación de las pasiones
lo impide, haciendo aparecer recta la vía tortuosa, conocí por
el ruido que acababa de cerrarse; y si yo hubiese vuelto mis
ojos hacia ella, ¿qué excusa hubiera sido digna de tal falta?
Subíamos por la hendedura de una roca, la cual ondulaba
tortuosamente, semejante a la ola que va y viene.
—Aquí—dijo mi Guía—, es preciso que tengamos alguna precaución,
acercándonos, ya por un lado, o por otro, a las ondulaciones de esta
hendedura.
Y este cuidado hizo tan lentos nuestros pasos, que la Luna llegó a su lecho
para acurrucarse, antes que nosotros saliésemos de aquel angosto camino.
Mas cuando estuvimos arriba, libres y al descubierto, en el paraje donde se
interna el monte, nos encontramos, yo fatigado, y ambos inciertos de la
dirección que debíamos seguir, en un rellano más solitario que sendero a
través del desierto. Desde el borde exterior hasta el pie del alto tajo que se
alza en la parte interior, aquel rellano sólo tendría de anchura tres veces un
cuerpo humano; y hasta donde mis ojos alcanzaban, tanto por la izquierda
Page 195
como por la derecha, parecíame siempre igual esta especie de cornisa. Aún
no habíamos dado un paso por aquella vía, cuando observé que el tajo
interior y escueto, por el cual no se podía subir, era de mármol blanco, y
adornado de tan preciosas entalladuras, que no ya Policleto, sino la
Naturaleza en presencia de ellas habría sido superada y vencida. El ángel
que bajó a la Tierra con el decreto de la paz por tantos años suspirada, y
abrió las puertas del cielo después de su prolongada clausura, se ofreció a
nuestra vista con tanta verdad, y en tan dulce actitud esculpido, que no
parecía una figura silenciosa. Hubiérase jurado que hablaba diciendo:
"Ave;" porque también estaba allí representada la que dió vuelta a la llave
para abrir al Amor supremo. En su actitud se veían impresas estas palabras:
"Ecce ancilla Dei," tan propiamente como aparece una figura sellada en la
cera.
—No fijes tu atención en un solo punto—me dijo el querido Maestro—, que
me tenía cerca de sí en el lado que los hombres tienen el corazón.
Volví el rostro, y hacia la parte donde se encontraba el que movía mis pasos,
vi después de María otra historia esculpida en la roca; y para examinarla
mejor, pasé al otro lado de Virgilio, y me aproximé a ella. Estaban tallados
en el mismo mármol el carro y los bueyes conduciendo el Arca santa, por la
cual es temible desempeñar un cargo que Dios no ha confiado. Delante de
ella veíase alguna gente, dividida en siete coros, que a dos de mis sentidos
hacía decir: a uno, "sí canta," y a otro, "no canta." En igual discordancia
ponía a mi vista y a mi olfato el humo del incienso que estaba allí
representado. El humilde Salmista, danzando y saltando, precedía al vaso
bendito; y en aquella ocasión era más y menos que rey. Desde lo alto de un
gran palacio que había enfrente, Micol lo contemplaba como mujer
despechada y mohina. Moví mis pies más allá del sitio en que me
encontraba, para examinar de cerca otra historia que resaltaba después de
Micol. Allí estaba escrita en piedra la alta gloria del príncipe romano, cuya
insigne virtud movió a Gregorio para alcanzar su gran victoria: hablo del
emperador Trajano. Asida al freno de su caballo se veía a una viuda,
penetrada de dolor y deshecha en lágrimas: en torno suyo aparecía una
considerable multitud de caballeros, sobre cuyas cabezas se movían al
viento las águilas de oro. La desventurada, metida entre todos ellos, parecía
decir: "Señor, véngame de la muerte de mi hijo, que me ha traspasado el
corazón;" y él responderle: "Espérate a que yo vuelva;" y ella replicar, como
no habíamos dado un paso por aquella vía, cuando observé que el tajo
interior y escueto, por el cual no se podía subir, era de mármol blanco, y
adornado de tan preciosas entalladuras, que no ya Policleto, sino la
Naturaleza en presencia de ellas habría sido superada y vencida. El ángel
que bajó a la Tierra con el decreto de la paz por tantos años suspirada, y
abrió las puertas del cielo después de su prolongada clausura, se ofreció a
nuestra vista con tanta verdad, y en tan dulce actitud esculpido, que no
parecía una figura silenciosa. Hubiérase jurado que hablaba diciendo:
"Ave;" porque también estaba allí representada la que dió vuelta a la llave
para abrir al Amor supremo. En su actitud se veían impresas estas palabras:
"Ecce ancilla Dei," tan propiamente como aparece una figura sellada en la
cera.
—No fijes tu atención en un solo punto—me dijo el querido Maestro—, que
me tenía cerca de sí en el lado que los hombres tienen el corazón.
Volví el rostro, y hacia la parte donde se encontraba el que movía mis pasos,
vi después de María otra historia esculpida en la roca; y para examinarla
mejor, pasé al otro lado de Virgilio, y me aproximé a ella. Estaban tallados
en el mismo mármol el carro y los bueyes conduciendo el Arca santa, por la
cual es temible desempeñar un cargo que Dios no ha confiado. Delante de
ella veíase alguna gente, dividida en siete coros, que a dos de mis sentidos
hacía decir: a uno, "sí canta," y a otro, "no canta." En igual discordancia
ponía a mi vista y a mi olfato el humo del incienso que estaba allí
representado. El humilde Salmista, danzando y saltando, precedía al vaso
bendito; y en aquella ocasión era más y menos que rey. Desde lo alto de un
gran palacio que había enfrente, Micol lo contemplaba como mujer
despechada y mohina. Moví mis pies más allá del sitio en que me
encontraba, para examinar de cerca otra historia que resaltaba después de
Micol. Allí estaba escrita en piedra la alta gloria del príncipe romano, cuya
insigne virtud movió a Gregorio para alcanzar su gran victoria: hablo del
emperador Trajano. Asida al freno de su caballo se veía a una viuda,
penetrada de dolor y deshecha en lágrimas: en torno suyo aparecía una
considerable multitud de caballeros, sobre cuyas cabezas se movían al
viento las águilas de oro. La desventurada, metida entre todos ellos, parecía
decir: "Señor, véngame de la muerte de mi hijo, que me ha traspasado el
corazón;" y él responderle: "Espérate a que yo vuelva;" y ella replicar, como
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persona a quien impacienta su mismo dolor: "Señor mío, ¿y si no vuelves?"
Y él: "Quien ocupe mi lugar te vengará." Y ella: "¿Qué te importa el bien
que pueda hacer otro, si te olvidas del que puedes hacer tú?" Y él por
último: "Tranquilízate; preciso es que cumpla con mi deber antes de
ponerme en marcha: la justicia lo quiere, y la piedad me detiene." Aquel
que no vió jamás cosa nueva produjo este hablar visible, nuevo para
nosotros, porque no se encuentra en la Tierra nada parecido. Mientras yo
me deleitaba contemplando aquellas imágenes de tanta humildad, más que
por su belleza, gratas a la vista, por ser quien era su Artífice, el poeta
murmuraba:
—Mira cuántas almas se dirigen hacia acá con paso lento: ellas nos
conducirán a las gradas superiores.
Mis ojos atentos a mirar para ver las novedades de que se mostraban tan
ávidos, no fueron tardos en volverse hacia él. No quiero, ¡oh lector!, que te
apartes de tus buenas disposiciones, oyendo cómo Dios quiere que se
paguen las deudas. No presten atención a la forma de estas penas, sino a lo
que en pos de ellas vendrá: piensa que, en el último y peor resultado, no
pueden prolongarse más allá de la gran sentencia. Yo empecé a decir:
—Maestro, lo que veo dirigirse hacia nosotros no me parecen personas, ni
sé lo que es; pues se desvanece a mi vista.
Me contestó:
—La abrumadora condición de sus tormentos les hace inclinarse de tal
modo hacia el suelo, que aun mis ojos dudaron al principio; pero mira allí
fijamente, descubre con tu vista lo que viene debajo de aquellas peñas, y
podrás juzgar cuál es el tormento de cada uno de ellos.
¡Oh cristianos soberbios, miserables y débiles, que enfermos de la vista del
entendimiento, os fiáis en vuestros pasos retrógrados! ¿No observáis que
somos gusanos nacidos para formar la angelical mariposa, que dirige su
vuelo sin impedimento hacia la justicia de Dios? ¿Por qué se engríe
soberbio vuestro ánimo, cuando sólo sois defectuosos insectos, como
crisálidas que no llegan a desarrollarse? Así como, para sostener un piso o
un techo, se ve a veces por ménsula una figura cuyas rodillas se doblan
hasta el pecho, la cual, con ser fingido su esfuerzo, produce verdadera
Y él: "Quien ocupe mi lugar te vengará." Y ella: "¿Qué te importa el bien
que pueda hacer otro, si te olvidas del que puedes hacer tú?" Y él por
último: "Tranquilízate; preciso es que cumpla con mi deber antes de
ponerme en marcha: la justicia lo quiere, y la piedad me detiene." Aquel
que no vió jamás cosa nueva produjo este hablar visible, nuevo para
nosotros, porque no se encuentra en la Tierra nada parecido. Mientras yo
me deleitaba contemplando aquellas imágenes de tanta humildad, más que
por su belleza, gratas a la vista, por ser quien era su Artífice, el poeta
murmuraba:
—Mira cuántas almas se dirigen hacia acá con paso lento: ellas nos
conducirán a las gradas superiores.
Mis ojos atentos a mirar para ver las novedades de que se mostraban tan
ávidos, no fueron tardos en volverse hacia él. No quiero, ¡oh lector!, que te
apartes de tus buenas disposiciones, oyendo cómo Dios quiere que se
paguen las deudas. No presten atención a la forma de estas penas, sino a lo
que en pos de ellas vendrá: piensa que, en el último y peor resultado, no
pueden prolongarse más allá de la gran sentencia. Yo empecé a decir:
—Maestro, lo que veo dirigirse hacia nosotros no me parecen personas, ni
sé lo que es; pues se desvanece a mi vista.
Me contestó:
—La abrumadora condición de sus tormentos les hace inclinarse de tal
modo hacia el suelo, que aun mis ojos dudaron al principio; pero mira allí
fijamente, descubre con tu vista lo que viene debajo de aquellas peñas, y
podrás juzgar cuál es el tormento de cada uno de ellos.
¡Oh cristianos soberbios, miserables y débiles, que enfermos de la vista del
entendimiento, os fiáis en vuestros pasos retrógrados! ¿No observáis que
somos gusanos nacidos para formar la angelical mariposa, que dirige su
vuelo sin impedimento hacia la justicia de Dios? ¿Por qué se engríe
soberbio vuestro ánimo, cuando sólo sois defectuosos insectos, como
crisálidas que no llegan a desarrollarse? Así como, para sostener un piso o
un techo, se ve a veces por ménsula una figura cuyas rodillas se doblan
hasta el pecho, la cual, con ser fingido su esfuerzo, produce verdadera
Page 197
aflicción en quien la mira, del mismo modo vi yo a aquellas almas cuando
las examiné con cuidado. Es cierto que estaban más o menos contraídas,
según era mayor o menor el peso que soportaban; pero aun la que más
paciente y aliviada se mostraba en sus movimientos parecía decir llorando:
"No puedo más."
las examiné con cuidado. Es cierto que estaban más o menos contraídas,
según era mayor o menor el peso que soportaban; pero aun la que más
paciente y aliviada se mostraba en sus movimientos parecía decir llorando:
"No puedo más."
Page 198
CANTO UNDECIMO
H padre nuestro, que estás en los cielos, aunque no
circunscrito a ellos, sino por el mayor amor que arriba
sientes hacia los primeros efectos! Alabados sean tu nombre
y tu poder por las criaturas, así como se deben dar gracias a
las dulces emanaciones de tu bondad. Venga a nos la paz de
tu reino, a la que no podemos llegar por nosotros mismos, a
pesar de toda nuestra inteligencia, si ella no se dirige hacia
nosotros. Así como los ángeles te sacrifican su voluntad entonando
Hosanna, deben sacrificarte la suya los hombres. Danos hoy el pan
cuotidiano, sin el cual retrocede por este áspero desierto aquel que más se
afana por avanzar. Y así como nosotros perdonamos a cada cual el mal que
nos ha hecho padecer, perdónanos tú benigno, sin mirar a nuestros méritos.
No pongas a prueba nuestra virtud, que tan fácilmente se abate, contra el
antiguo adversario, sino líbranos de él, que la instiga de tantos modos. No
hacemos, ¡oh Señor amado!, esta última súplica por nosotros, pues ya no
tenemos necesidad de ella, sino por los que tras de nosotros quedan."
De esta suerte, pidiendo para ellas y para nosotros un feliz viaje, iban
aquellas almas soportando su carga, semejante a la que a veces cree uno
llevar cuando sueña. Desigualmente cargadas y desfallecidas caminaban
H padre nuestro, que estás en los cielos, aunque no
circunscrito a ellos, sino por el mayor amor que arriba
sientes hacia los primeros efectos! Alabados sean tu nombre
y tu poder por las criaturas, así como se deben dar gracias a
las dulces emanaciones de tu bondad. Venga a nos la paz de
tu reino, a la que no podemos llegar por nosotros mismos, a
pesar de toda nuestra inteligencia, si ella no se dirige hacia
nosotros. Así como los ángeles te sacrifican su voluntad entonando
Hosanna, deben sacrificarte la suya los hombres. Danos hoy el pan
cuotidiano, sin el cual retrocede por este áspero desierto aquel que más se
afana por avanzar. Y así como nosotros perdonamos a cada cual el mal que
nos ha hecho padecer, perdónanos tú benigno, sin mirar a nuestros méritos.
No pongas a prueba nuestra virtud, que tan fácilmente se abate, contra el
antiguo adversario, sino líbranos de él, que la instiga de tantos modos. No
hacemos, ¡oh Señor amado!, esta última súplica por nosotros, pues ya no
tenemos necesidad de ella, sino por los que tras de nosotros quedan."
De esta suerte, pidiendo para ellas y para nosotros un feliz viaje, iban
aquellas almas soportando su carga, semejante a la que a veces cree uno
llevar cuando sueña. Desigualmente cargadas y desfallecidas caminaban
Page 199
alrededor del primer círculo, a fin de purificarse de las vanidades del
mundo. Si desde allí siempre se ruega por nosotros, ¿qué no podrán decir y
hacer por ellas desde aquí los que a su voluntad reúnen la gracia divina? Es
preciso ayudarles a lavarse las manchas que del mundo llevaron, para que
puedan llegar, limpias y ágiles, hasta las estrelladas esferas.
—¡Ah! Que la justicia y la piedad os alivien pronto de vuestro peso, de
modo que podáis desplegar las alas y elevaros según vuestro deseo:
mostradnos por qué lado se va más pronto hacia la escala; y si hay más de
un camino, enseñadnos cuál es el menos pendiente, pues este que viene
conmigo es muy tardo en subir, a causa de la carne de Adán de que va
revestido.
No pudimos averiguar de quién procedían las palabras que respondieron a
éstas que había proferido aquel a quien yo seguía; pero contestaron:
—Venid con nosotros, a mano derecha, por la orilla, y encontraréis un
sendero por donde puede subir una persona viva. Y si no me lo impidiera
este peñasco, que doma mi soberbia cerviz, y me obliga a llevar la cabeza
baja, miraría a ese que vive aún y no se nombra, para ver si le conozco, y
para excitar su piedad por mi suplicio. Yo fuí latino e hijo de un gran
toscano: mi padre fué Guillermo Aldobrandeschi; no sé si habréis oído
alguna vez su nombre. La antigua nobleza y las brillantes acciones de mis
antepasados me hicieron tan arrogante, que no pensando en nuestra madre
común, tuve tanto desprecio hacia los demás hombres, que este desprecio
causó mi muerte, como saben los sieneses, y como sabe en Campagnatico
todo el que habla. Yo soy Umberto; y no es a mí solo a quien ha perjudicado
el orgullo, sino que también ha acarreado la desgracia de todos mis
parientes. Por mis pecados me veo en la precisión de soportar aquí este
peso, hasta dejar a Dios satisfecho: ya que no lo hice entre los vivos, debo
hacerlo entre los muertos.
Al oirle, bajé la cabeza; y uno de ellos, que no era el que hablaba, se volvió
bajo el peso que lo agobiaba: me vió, conocióme, y me llamó, teniendo los
ojos fijos con gran trabajo en mí, que caminaba inclinado junto a ellos.
—¡Oh!—le dije—; ¿no eres tú Oderisi, honor de Agobbio y de aquel arte
que llaman de iluminar en París?
mundo. Si desde allí siempre se ruega por nosotros, ¿qué no podrán decir y
hacer por ellas desde aquí los que a su voluntad reúnen la gracia divina? Es
preciso ayudarles a lavarse las manchas que del mundo llevaron, para que
puedan llegar, limpias y ágiles, hasta las estrelladas esferas.
—¡Ah! Que la justicia y la piedad os alivien pronto de vuestro peso, de
modo que podáis desplegar las alas y elevaros según vuestro deseo:
mostradnos por qué lado se va más pronto hacia la escala; y si hay más de
un camino, enseñadnos cuál es el menos pendiente, pues este que viene
conmigo es muy tardo en subir, a causa de la carne de Adán de que va
revestido.
No pudimos averiguar de quién procedían las palabras que respondieron a
éstas que había proferido aquel a quien yo seguía; pero contestaron:
—Venid con nosotros, a mano derecha, por la orilla, y encontraréis un
sendero por donde puede subir una persona viva. Y si no me lo impidiera
este peñasco, que doma mi soberbia cerviz, y me obliga a llevar la cabeza
baja, miraría a ese que vive aún y no se nombra, para ver si le conozco, y
para excitar su piedad por mi suplicio. Yo fuí latino e hijo de un gran
toscano: mi padre fué Guillermo Aldobrandeschi; no sé si habréis oído
alguna vez su nombre. La antigua nobleza y las brillantes acciones de mis
antepasados me hicieron tan arrogante, que no pensando en nuestra madre
común, tuve tanto desprecio hacia los demás hombres, que este desprecio
causó mi muerte, como saben los sieneses, y como sabe en Campagnatico
todo el que habla. Yo soy Umberto; y no es a mí solo a quien ha perjudicado
el orgullo, sino que también ha acarreado la desgracia de todos mis
parientes. Por mis pecados me veo en la precisión de soportar aquí este
peso, hasta dejar a Dios satisfecho: ya que no lo hice entre los vivos, debo
hacerlo entre los muertos.
Al oirle, bajé la cabeza; y uno de ellos, que no era el que hablaba, se volvió
bajo el peso que lo agobiaba: me vió, conocióme, y me llamó, teniendo los
ojos fijos con gran trabajo en mí, que caminaba inclinado junto a ellos.
—¡Oh!—le dije—; ¿no eres tú Oderisi, honor de Agobbio y de aquel arte
que llaman de iluminar en París?
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—Hermano—me dijo—: más agradan los dibujos que ilumina Francisco
Bolognese: ahora todo el honor es suyo, si bien yo participo de él. No
hubiera yo sido en vida tan generoso, a causa del gran deseo de sobresalir
en mi arte que dominaba mi corazón. De tal soberbia aquí se paga la pena; y
estoy aquí, gracias a que, cuando aún podía pecar, volví mi alma a Dios.
¡Oh vanagloria del ingenio humano! ¡Cuán poco dura tu lozano verdor,
cuando no alcanza épocas de ignorancia! Creía Cimabue ser árbitro en el
campo de la pintura, y ahora es Giotto al que se aclama, de modo que ha
quedado obscurecida la fama de aquél: de igual suerte un Guido ha
despojado a otro de la gloria de la lengua[59], y acaso ha nacido ya quien
arroje a los dos de su nido. El rumor del mundo no es más que un soplo, que
tan pronto viene de un lado, como de otro, y cambia de nombres por lo
mismo que cambia de sitios. ¡Qué mayor fama será la tuya de aquí a mil
años, separando de ti tu cuerpo envejecido, que si hubieses muerto antes de
dejar el "pappo" y el "dindi"[60]? Ese espacio de tiempo, comparado con la
eternidad, es mucho más corto que un abrir y cerrar de ojos respecto al
círculo que más lentamente se mueva en el cielo. En toda la Toscana resonó
el nombre del que camina paso a paso delante de mí; y ahora apenas se le
menciona en Siena, de donde era Señor cuando fué destruída la ira
florentina, que en aquel tiempo era tan altanera, como prostituta es ahora.
Vuestra fama es semejante al color de la hierba, que viene y va; y el que la
decolora es el mismo que hace brotar sus tiernos tallos.
Le contesté:
—Tus verídicas palabras infunden en mi corazón una buena humildad, y
abaten mi hinchazón; pero ¿quién es ese del cual hablabas ahora?
—Es—me respondió—Provenzano Salvani—; está aquí, porque tuvo la
presunción de reunir en su mano todo el gobierno de Siena. Ha marchado y
continúa marchando sin reposo desde que murió; pues en tal moneda paga
quien allá se ha mostrado demasiado audaz.
Le repliqué:
—Si un espíritu que, para arrepentirse, aguarda llegar al límite de la vida,
permanece en la parte inferior de la montaña, y a no ser que le ayude una
ferviente oración, no sube a este sitio hasta haber transcurrido un espacio de
tiempo igual al que vivió, ¿cómo es que se le ha permitido a ése venir aquí?
Bolognese: ahora todo el honor es suyo, si bien yo participo de él. No
hubiera yo sido en vida tan generoso, a causa del gran deseo de sobresalir
en mi arte que dominaba mi corazón. De tal soberbia aquí se paga la pena; y
estoy aquí, gracias a que, cuando aún podía pecar, volví mi alma a Dios.
¡Oh vanagloria del ingenio humano! ¡Cuán poco dura tu lozano verdor,
cuando no alcanza épocas de ignorancia! Creía Cimabue ser árbitro en el
campo de la pintura, y ahora es Giotto al que se aclama, de modo que ha
quedado obscurecida la fama de aquél: de igual suerte un Guido ha
despojado a otro de la gloria de la lengua[59], y acaso ha nacido ya quien
arroje a los dos de su nido. El rumor del mundo no es más que un soplo, que
tan pronto viene de un lado, como de otro, y cambia de nombres por lo
mismo que cambia de sitios. ¡Qué mayor fama será la tuya de aquí a mil
años, separando de ti tu cuerpo envejecido, que si hubieses muerto antes de
dejar el "pappo" y el "dindi"[60]? Ese espacio de tiempo, comparado con la
eternidad, es mucho más corto que un abrir y cerrar de ojos respecto al
círculo que más lentamente se mueva en el cielo. En toda la Toscana resonó
el nombre del que camina paso a paso delante de mí; y ahora apenas se le
menciona en Siena, de donde era Señor cuando fué destruída la ira
florentina, que en aquel tiempo era tan altanera, como prostituta es ahora.
Vuestra fama es semejante al color de la hierba, que viene y va; y el que la
decolora es el mismo que hace brotar sus tiernos tallos.
Le contesté:
—Tus verídicas palabras infunden en mi corazón una buena humildad, y
abaten mi hinchazón; pero ¿quién es ese del cual hablabas ahora?
—Es—me respondió—Provenzano Salvani—; está aquí, porque tuvo la
presunción de reunir en su mano todo el gobierno de Siena. Ha marchado y
continúa marchando sin reposo desde que murió; pues en tal moneda paga
quien allá se ha mostrado demasiado audaz.
Le repliqué:
—Si un espíritu que, para arrepentirse, aguarda llegar al límite de la vida,
permanece en la parte inferior de la montaña, y a no ser que le ayude una
ferviente oración, no sube a este sitio hasta haber transcurrido un espacio de
tiempo igual al que vivió, ¿cómo es que se le ha permitido a ése venir aquí?
Page 201
—Cuando vivía en medio de su mayor gloria—dijo—, se presentó en la
plaza de Siena deponiendo toda vanidad, y allí, para librar a un amigo
suyo[61] del cautiverio que sufría en la prisión de Carlos, se portó de modo
que temblaban todas sus venas. No te diré más: sé que te hablo en términos
obscuros; pero no transcurrirá mucho tiempo sin que tus conciudadanos
obren de modo que te permitirán penetrar el sentido de mis palabras. Esta
acción le ha valido traspasar los límites del Purgatorio.
plaza de Siena deponiendo toda vanidad, y allí, para librar a un amigo
suyo[61] del cautiverio que sufría en la prisión de Carlos, se portó de modo
que temblaban todas sus venas. No te diré más: sé que te hablo en términos
obscuros; pero no transcurrirá mucho tiempo sin que tus conciudadanos
obren de modo que te permitirán penetrar el sentido de mis palabras. Esta
acción le ha valido traspasar los límites del Purgatorio.
Page 202
CANTO DUODECIMO
NIDOS, como bueyes bajo el yugo, íbamos aquella alma
cargada y yo, mientras lo permitió mi amado pedagogo; pero
cuando dijo: "Déjale, y sigue, que aquí conviene que cada
cual dé cuanto impulso pueda a su barca con la vela y con
los remos," erguí mi cuerpo como debe andar el hombre, por
más que mis pensamientos continuaran siendo humildes y
sencillos. Ya estaba yo en marcha, siguiendo gustoso los
pasos de mi Maestro, y ambos hacíamos alarde de nuestra agilidad, cuando
él me dijo:
—Mira hacia abajo; pues para que sea menos penoso el camino, te
convendrá ver el suelo en que se asientan tus plantas.
Del modo que las sepulturas tienen esculpido en signos emblemáticos lo
que fueron los muertos enterrados en ellas, para perpetuar su memoria, por
lo cual muchas veces arranca lágrimas allí el aguijón del recuerdo, que sólo
punza a las almas piadosas, de igual suerte, pero con más propiedad y
perfecto artificio, vi yo cubierto de figuras todo el plano de aquella vía que
avanza fuera del monte. Veía, por una parte, a aquel que fué creado más
noble que las demás criaturas, cayendo desde el cielo como un rayo[62].
NIDOS, como bueyes bajo el yugo, íbamos aquella alma
cargada y yo, mientras lo permitió mi amado pedagogo; pero
cuando dijo: "Déjale, y sigue, que aquí conviene que cada
cual dé cuanto impulso pueda a su barca con la vela y con
los remos," erguí mi cuerpo como debe andar el hombre, por
más que mis pensamientos continuaran siendo humildes y
sencillos. Ya estaba yo en marcha, siguiendo gustoso los
pasos de mi Maestro, y ambos hacíamos alarde de nuestra agilidad, cuando
él me dijo:
—Mira hacia abajo; pues para que sea menos penoso el camino, te
convendrá ver el suelo en que se asientan tus plantas.
Del modo que las sepulturas tienen esculpido en signos emblemáticos lo
que fueron los muertos enterrados en ellas, para perpetuar su memoria, por
lo cual muchas veces arranca lágrimas allí el aguijón del recuerdo, que sólo
punza a las almas piadosas, de igual suerte, pero con más propiedad y
perfecto artificio, vi yo cubierto de figuras todo el plano de aquella vía que
avanza fuera del monte. Veía, por una parte, a aquel que fué creado más
noble que las demás criaturas, cayendo desde el cielo como un rayo[62].
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Veía en otro lado a Briareo, herido por el dardo celestial, yaciendo en el
suelo y oprimiéndolo con el peso de su helado cuerpo. Veía a Timbreo[63], a
Palas y a Marte, armados aún y en derredor de su padre, contemplando los
esparcidos miembros de los Gigantes. Veía a Nemrod al pie de su gran obra,
mirando con ojos extraviados a los que fueron en Senaar soberbios como él.
¡Oh Níobe, con cuán desolados ojos te veía representada en el camino entre
tus siete y siete hijos exánimes! ¡Oh Saúl, cómo te me aparecías allí,
atravesado con tu propia espada y muerto en Gelboé, que desde entonces no
volvió a recibir la lluvia ni el rocío! Con igual evidencia te veía, ¡oh loca
Aracnea!, ya medio convertida en araña, y triste sobre los rotos pedazos de
la obra que labraste por desgracia tuya. ¡Oh Roboam! Allí no estabas ya
representado con aspecto amenazador, sino lleno de espanto y conducido en
un carro, huyendo antes que otros te expulsasen de tu reino. Mostrábase
además en aquel duro pavimento de qué modo Alcmeón hizo pagar caro a
su madre el desastroso adorno; cómo los hijos de Sennaquerib se arrojaron
sobre su padre dentro del templo, dejándole allí muerto; la destrucción y el
cruel estrago que hizo Tamiris, cuando dijo a Ciro: "Tuviste sed de sangre;
pues bien, yo te harto de ella;" y la derrota de los asirios, después de la
muerte de Holofernes, y el destrozo de sus restos fugitivos. Veíase a Troya
convertida en cenizas y en ruinas. ¡Oh Ilión!, ¡cuán abatida y despreciable
te representaba la escultura que allí se distinguía! ¿Quién fué el maestro,
cuyo pincel o buril trazó tales sombras y actitudes, que causarían
admiración al más agudo ingenio? Allí los muertos parecían muertos, y los
vivos realmente vivos. El que presenció los hechos no vió mejor que yo la
verdad de cuanto fuí pisando mientras anduve inclinado. Así, pues, hijos de
Eva, ensoberbeceos; marchad con la mirada altiva, y no inclinéis el rostro
de modo que podáis ver el mal sendero.
Habíamos dado ya una gran vuelta por el monte, y el Sol estaba mucho más
adelantado en su camino de lo que nuestro absorto espíritu creyera, cuando
aquel que siempre andaba cuidadoso, empezó a decir:
—Levanta la cabeza: no es tiempo de ir tan pensativo. He allí un ángel, que
se prepara a venir hacia nosotros, y ve también que se retira del servicio del
día la sexta esclava. Reviste de reverencia tu rostro y tu actitud, a fin de que
le plazca conducirnos más arriba: piensa en que este día no volverá jamás a
lucir.
suelo y oprimiéndolo con el peso de su helado cuerpo. Veía a Timbreo[63], a
Palas y a Marte, armados aún y en derredor de su padre, contemplando los
esparcidos miembros de los Gigantes. Veía a Nemrod al pie de su gran obra,
mirando con ojos extraviados a los que fueron en Senaar soberbios como él.
¡Oh Níobe, con cuán desolados ojos te veía representada en el camino entre
tus siete y siete hijos exánimes! ¡Oh Saúl, cómo te me aparecías allí,
atravesado con tu propia espada y muerto en Gelboé, que desde entonces no
volvió a recibir la lluvia ni el rocío! Con igual evidencia te veía, ¡oh loca
Aracnea!, ya medio convertida en araña, y triste sobre los rotos pedazos de
la obra que labraste por desgracia tuya. ¡Oh Roboam! Allí no estabas ya
representado con aspecto amenazador, sino lleno de espanto y conducido en
un carro, huyendo antes que otros te expulsasen de tu reino. Mostrábase
además en aquel duro pavimento de qué modo Alcmeón hizo pagar caro a
su madre el desastroso adorno; cómo los hijos de Sennaquerib se arrojaron
sobre su padre dentro del templo, dejándole allí muerto; la destrucción y el
cruel estrago que hizo Tamiris, cuando dijo a Ciro: "Tuviste sed de sangre;
pues bien, yo te harto de ella;" y la derrota de los asirios, después de la
muerte de Holofernes, y el destrozo de sus restos fugitivos. Veíase a Troya
convertida en cenizas y en ruinas. ¡Oh Ilión!, ¡cuán abatida y despreciable
te representaba la escultura que allí se distinguía! ¿Quién fué el maestro,
cuyo pincel o buril trazó tales sombras y actitudes, que causarían
admiración al más agudo ingenio? Allí los muertos parecían muertos, y los
vivos realmente vivos. El que presenció los hechos no vió mejor que yo la
verdad de cuanto fuí pisando mientras anduve inclinado. Así, pues, hijos de
Eva, ensoberbeceos; marchad con la mirada altiva, y no inclinéis el rostro
de modo que podáis ver el mal sendero.
Habíamos dado ya una gran vuelta por el monte, y el Sol estaba mucho más
adelantado en su camino de lo que nuestro absorto espíritu creyera, cuando
aquel que siempre andaba cuidadoso, empezó a decir:
—Levanta la cabeza: no es tiempo de ir tan pensativo. He allí un ángel, que
se prepara a venir hacia nosotros, y ve también que se retira del servicio del
día la sexta esclava. Reviste de reverencia tu rostro y tu actitud, a fin de que
le plazca conducirnos más arriba: piensa en que este día no volverá jamás a
lucir.
Page 204
Estaba yo tan acostumbrado por sus amonestaciones a no desperdiciar el
tiempo, que su lenguaje, con respecto a este punto, no podía parecerme
obscuro. La hermosa criatura venía en nuestra dirección, vestida de blanco,
y centelleando su rostro como la estrella matutina. Abrió los brazos y
después las alas, diciendo:
—Venid; cerca de aquí están las gradas, y puede subirse fácilmente por
ellas. ¡Qué pocos acuden a esta invitación! ¡Oh raza humana, nacida para
remontar el vuelo!, ¿por qué el menor soplo de viento te hace caer?
Nos condujo hacia donde la roca estaba cortada; y allí agitó sus alas sobre
mi frente, permitiéndome luego seguir con seguridad mi camino. Así como,
para subir al monte donde está la iglesia que, a mano derecha y más arriba
del Rubaconte, domina a la bien gobernada ciudad[64], se modera la rápida
pendiente por medio de las escaleras hechas en otro tiempo, cuando estaban
seguros los registros y las marcas oficiales, así también aquí, de un modo
semejante, se templa la aspereza de la escarpada cuesta que desciende casi a
plomo desde el otro círculo; pero es preciso pasar rasando por ambos lados
con las altas rocas. Mientras nos internábamos en aquella angostura, oímos
voces que cantaban "Beati pauperes spiritu," de tal manera, que no podía
expresarse con palabras. ¡Ah! ¡Cuán diferentes de los del Infierno son estos
desfiladeros! Aquí se entra oyendo cánticos, y allá horribles lamentos.
Subíamos ya por la escalera santa, y me parecía ir más ligero por ella, que
antes iba por el camino llano; lo que me obligó a exclamar:
—Maestro, dime: ¿de qué peso me han aliviado, pues ando sin sentir apenas
cansancio alguno?
Respondióme:
—Cuando las P, que aún quedan en tu frente casi borradas, hayan
desaparecido enteramente, como una de ellas, tus pies obedecerán tan
sumisos a tu voluntad, que lejos de sentir el menor cansancio, tendrán un
placer en moverse.
Al oír esto, hice como los que llevan algo en la cabeza y no lo saben, pero
lo sospechan por los ademanes de otros; que procuran acertarlo con ayuda
de la mano, la cual busca y encuentra, y desempeña el oficio que no es
posible encomendar a la vista: extendiendo los dedos de la mano derecha,
tiempo, que su lenguaje, con respecto a este punto, no podía parecerme
obscuro. La hermosa criatura venía en nuestra dirección, vestida de blanco,
y centelleando su rostro como la estrella matutina. Abrió los brazos y
después las alas, diciendo:
—Venid; cerca de aquí están las gradas, y puede subirse fácilmente por
ellas. ¡Qué pocos acuden a esta invitación! ¡Oh raza humana, nacida para
remontar el vuelo!, ¿por qué el menor soplo de viento te hace caer?
Nos condujo hacia donde la roca estaba cortada; y allí agitó sus alas sobre
mi frente, permitiéndome luego seguir con seguridad mi camino. Así como,
para subir al monte donde está la iglesia que, a mano derecha y más arriba
del Rubaconte, domina a la bien gobernada ciudad[64], se modera la rápida
pendiente por medio de las escaleras hechas en otro tiempo, cuando estaban
seguros los registros y las marcas oficiales, así también aquí, de un modo
semejante, se templa la aspereza de la escarpada cuesta que desciende casi a
plomo desde el otro círculo; pero es preciso pasar rasando por ambos lados
con las altas rocas. Mientras nos internábamos en aquella angostura, oímos
voces que cantaban "Beati pauperes spiritu," de tal manera, que no podía
expresarse con palabras. ¡Ah! ¡Cuán diferentes de los del Infierno son estos
desfiladeros! Aquí se entra oyendo cánticos, y allá horribles lamentos.
Subíamos ya por la escalera santa, y me parecía ir más ligero por ella, que
antes iba por el camino llano; lo que me obligó a exclamar:
—Maestro, dime: ¿de qué peso me han aliviado, pues ando sin sentir apenas
cansancio alguno?
Respondióme:
—Cuando las P, que aún quedan en tu frente casi borradas, hayan
desaparecido enteramente, como una de ellas, tus pies obedecerán tan
sumisos a tu voluntad, que lejos de sentir el menor cansancio, tendrán un
placer en moverse.
Al oír esto, hice como los que llevan algo en la cabeza y no lo saben, pero
lo sospechan por los ademanes de otros; que procuran acertarlo con ayuda
de la mano, la cual busca y encuentra, y desempeña el oficio que no es
posible encomendar a la vista: extendiendo los dedos de la mano derecha,
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sólo encontré seis de las letras que el Angel de las llaves había grabado en
mi frente; y al ver lo que yo hacía, se sonrió mi Maestro.
mi frente; y al ver lo que yo hacía, se sonrió mi Maestro.
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CANTO DECIMO TERCIO
ABIAMOS llegado a lo alto de la escala, donde por segunda
vez se adelgaza la montaña destinada a la purificación de los
que suben por ella. También allí la ciñe en derredor un
rellano como el primero, sólo que el arco de su
circunferencia se repliega más pronto: en él no hay
esculturas ni nada parecido, y así el ribazo interior, como el
camino presentan al desnudo el color lívido de la piedra.
—Si esperamos aquí a alguien para preguntarle hacia qué lado hemos de
seguir—decía el Poeta—, temo que tardaremos mucho en decidirnos.
Dirigió luego la vista fijamente hacia el Sol; afirmó en el pie derecho el
centro de rotación, e hizo girar su costado izquierdo.
—¡Oh dulce luz, en quien confío al entrar por el nuevo camino!
Condúcenos—decía—como conviene ser conducido por este lugar. Tú das
calor al mundo, tú le iluminas: tus rayos, pues, deben servir siempre de
guía, a menos que otra razón disponga lo contrario.
Ya habíamos recorrido en poco tiempo y merced a nuestra activa voluntad,
un trayecto como el que acá se cuenta por una milla, cuando sentimos volar
ABIAMOS llegado a lo alto de la escala, donde por segunda
vez se adelgaza la montaña destinada a la purificación de los
que suben por ella. También allí la ciñe en derredor un
rellano como el primero, sólo que el arco de su
circunferencia se repliega más pronto: en él no hay
esculturas ni nada parecido, y así el ribazo interior, como el
camino presentan al desnudo el color lívido de la piedra.
—Si esperamos aquí a alguien para preguntarle hacia qué lado hemos de
seguir—decía el Poeta—, temo que tardaremos mucho en decidirnos.
Dirigió luego la vista fijamente hacia el Sol; afirmó en el pie derecho el
centro de rotación, e hizo girar su costado izquierdo.
—¡Oh dulce luz, en quien confío al entrar por el nuevo camino!
Condúcenos—decía—como conviene ser conducido por este lugar. Tú das
calor al mundo, tú le iluminas: tus rayos, pues, deben servir siempre de
guía, a menos que otra razón disponga lo contrario.
Ya habíamos recorrido en poco tiempo y merced a nuestra activa voluntad,
un trayecto como el que acá se cuenta por una milla, cuando sentimos volar
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hacia nosotros, pero sin verlos, algunos espíritus que, hablando, invitaban
cortésmente a tomar asiento en la mesa de amor. La primera voz que pasó
volando decía distintamente: "Vinum non habent!" y se alejó, repitiéndolo
por detrás de nosotros. Antes que dejara de percibirse enteramente a causa
de la distancia, pasó otra gritando: "Yo soy Orestes;" y tampoco se detuvo.
—¡Oh Padre!—dije yo—; ¿qué voces son esas?
Y mientras esto preguntaba, oímos una tercera que decía: "Amad a los que
os han hecho daño." El buen Maestro me contestó:
—En este círculo se castiga la culpa de la envidia; pero las cuerdas del
azote son movidas por el amor. El freno de ese pecado debe producir
diferente sonido; y creo que lo oirás, según me parece, antes de que llegues
al paso del perdón. Pero fija bien tus miradas a través del aire, y verás
algunas almas sentadas delante de nosotros, apoyándose todas a lo largo de
la roca.
Entonces abrí los ojos más que antes; miré hacia delante, y vi sombras con
mantos, cuyo color no era diferente del de la piedra. Y luego que hubimos
avanzado algo más, oí exclamar: "¡María, ruega por nosotros!" "¡Miguel, y
Pedro, y todos los santos, rogad!" No creo que hoy exista en la Tierra un
hombre tan duro, que no se sintiese movido de compasión hacia lo que vi en
seguida; pues cuando llegué junto a las almas, y pude observar sus actos
claramente, brotó de mis ojos un gran dolor. Me parecían cubiertas de vil
cilicio; cada cual sostenía a otra con la espalda, y todas lo estaban a su vez
por la roca, como los ciegos, a quienes falta la subsistencia, se colocan en
los Perdones, y solicitan el socorro de sus necesidades, apoyando cada uno
su cabeza sobre la del otro, para excitar más pronto la compasión, no por
medio de sus palabras, sino con su aspecto que no contrista menos. Y del
mismo modo que el sol no llega hasta los ciegos, así también la luz del
Cielo no quiere mostrarse a las sombras de que hablo; pues todas tienen sus
párpados atravesados y cosidos por un alambre, como se hace con los
gavilanes salvajes para domesticarlos.
Mientras iba andando, me parecía inferir una ofensa, viendo a otros sin ser
visto de ellos; por lo cual me volví hacia mi prudente Consejero. Bien sabía
él lo que quería significar mi silencio; así es que no esperó mi pregunta,
sino que me dijo:
cortésmente a tomar asiento en la mesa de amor. La primera voz que pasó
volando decía distintamente: "Vinum non habent!" y se alejó, repitiéndolo
por detrás de nosotros. Antes que dejara de percibirse enteramente a causa
de la distancia, pasó otra gritando: "Yo soy Orestes;" y tampoco se detuvo.
—¡Oh Padre!—dije yo—; ¿qué voces son esas?
Y mientras esto preguntaba, oímos una tercera que decía: "Amad a los que
os han hecho daño." El buen Maestro me contestó:
—En este círculo se castiga la culpa de la envidia; pero las cuerdas del
azote son movidas por el amor. El freno de ese pecado debe producir
diferente sonido; y creo que lo oirás, según me parece, antes de que llegues
al paso del perdón. Pero fija bien tus miradas a través del aire, y verás
algunas almas sentadas delante de nosotros, apoyándose todas a lo largo de
la roca.
Entonces abrí los ojos más que antes; miré hacia delante, y vi sombras con
mantos, cuyo color no era diferente del de la piedra. Y luego que hubimos
avanzado algo más, oí exclamar: "¡María, ruega por nosotros!" "¡Miguel, y
Pedro, y todos los santos, rogad!" No creo que hoy exista en la Tierra un
hombre tan duro, que no se sintiese movido de compasión hacia lo que vi en
seguida; pues cuando llegué junto a las almas, y pude observar sus actos
claramente, brotó de mis ojos un gran dolor. Me parecían cubiertas de vil
cilicio; cada cual sostenía a otra con la espalda, y todas lo estaban a su vez
por la roca, como los ciegos, a quienes falta la subsistencia, se colocan en
los Perdones, y solicitan el socorro de sus necesidades, apoyando cada uno
su cabeza sobre la del otro, para excitar más pronto la compasión, no por
medio de sus palabras, sino con su aspecto que no contrista menos. Y del
mismo modo que el sol no llega hasta los ciegos, así también la luz del
Cielo no quiere mostrarse a las sombras de que hablo; pues todas tienen sus
párpados atravesados y cosidos por un alambre, como se hace con los
gavilanes salvajes para domesticarlos.
Mientras iba andando, me parecía inferir una ofensa, viendo a otros sin ser
visto de ellos; por lo cual me volví hacia mi prudente Consejero. Bien sabía
él lo que quería significar mi silencio; así es que no esperó mi pregunta,
sino que me dijo:
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—Habla, y sé breve y sensato.
Virgilio caminaba a mi lado por aquella parte de la calzada desde donde se
podía caer, pues no estaba resguardada por ningún pretil: hacia mi otro lado
estaban las devotas sombras, las cuales lanzaban con tanta fuerza las
lágrimas a través de su horrible costura, que bañaban con ellas sus mejillas.
Me dirigí a ellas y les dije:
—¡Oh gente segura de ver la más alta luz del cielo, único fin a que aspira
vuestro deseo! Así la gracia disipe pronto las impurezas de vuestra
conciencia, de tal suerte que descienda por ella puro y claro el río de vuestra
mente, decidme (que me será muy dulce y grato) si entre vosotras hay algún
alma que sea latina, a quien quizá podrá serle útil que yo la conozca.
—¡Oh hermano mío!, todas nosotras somos ciudadanas de una verdadera
ciudad; pero tú querrás decir si hay alguna que haya peregrinado en vida
por Italia.
Estas palabras creí percibir en respuesta a las mías, algo más adelante del
sitio en que me encontraba; por lo cual me hice oír de nuevo más allá. Entre
las demás sombras vi una que parecía estar a la expectativa; y si alguien
pregunta cómo podía insinuarse, le diré que levantando en alto la barba,
como hacen los ciegos.
—Espíritu—le dije—, que te abates para subir, si eres aquel que me ha
respondido, dame cuenta de tu país y de tu nombre.
—Yo fuí sienesa—respondió—, y estoy aquí con estos otros purificando mi
vida culpable, y suplicando con lágrimas a Aquél que debe concedérsenos.
No fuí sabia, por más que me llamaran "Sapía," y me alegraron más los
males ajenos que mis propias venturas. Y porque no creas que te engaño,
oye si fuí tan necia como te digo. Descendía ya por la pendiente de mis
años, cuando mis conciudadanos se encontraron cerca de Colle a la vista de
sus adversarios, y yo rogaba a Dios lo mismo que El quería. Fueron
destrozados, y reducidos en aquel sitio al paso amargo de la fuga; y al ver
aquella caza, tuve tal contento, que ningún otro puede igualársele. Mientras
tanto elevaba al cielo mi atrevida faz gritando a Dios: "Ahora ya no te
temo," como hizo el mirlo engañado en invierno por algunos días apacibles.
Hacia el fin de mi vida quise reconciliarme con Dios; y aún no habría
Virgilio caminaba a mi lado por aquella parte de la calzada desde donde se
podía caer, pues no estaba resguardada por ningún pretil: hacia mi otro lado
estaban las devotas sombras, las cuales lanzaban con tanta fuerza las
lágrimas a través de su horrible costura, que bañaban con ellas sus mejillas.
Me dirigí a ellas y les dije:
—¡Oh gente segura de ver la más alta luz del cielo, único fin a que aspira
vuestro deseo! Así la gracia disipe pronto las impurezas de vuestra
conciencia, de tal suerte que descienda por ella puro y claro el río de vuestra
mente, decidme (que me será muy dulce y grato) si entre vosotras hay algún
alma que sea latina, a quien quizá podrá serle útil que yo la conozca.
—¡Oh hermano mío!, todas nosotras somos ciudadanas de una verdadera
ciudad; pero tú querrás decir si hay alguna que haya peregrinado en vida
por Italia.
Estas palabras creí percibir en respuesta a las mías, algo más adelante del
sitio en que me encontraba; por lo cual me hice oír de nuevo más allá. Entre
las demás sombras vi una que parecía estar a la expectativa; y si alguien
pregunta cómo podía insinuarse, le diré que levantando en alto la barba,
como hacen los ciegos.
—Espíritu—le dije—, que te abates para subir, si eres aquel que me ha
respondido, dame cuenta de tu país y de tu nombre.
—Yo fuí sienesa—respondió—, y estoy aquí con estos otros purificando mi
vida culpable, y suplicando con lágrimas a Aquél que debe concedérsenos.
No fuí sabia, por más que me llamaran "Sapía," y me alegraron más los
males ajenos que mis propias venturas. Y porque no creas que te engaño,
oye si fuí tan necia como te digo. Descendía ya por la pendiente de mis
años, cuando mis conciudadanos se encontraron cerca de Colle a la vista de
sus adversarios, y yo rogaba a Dios lo mismo que El quería. Fueron
destrozados, y reducidos en aquel sitio al paso amargo de la fuga; y al ver
aquella caza, tuve tal contento, que ningún otro puede igualársele. Mientras
tanto elevaba al cielo mi atrevida faz gritando a Dios: "Ahora ya no te
temo," como hizo el mirlo engañado en invierno por algunos días apacibles.
Hacia el fin de mi vida quise reconciliarme con Dios; y aún no habría
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comenzado a pagar mi deuda por medio de la penitencia, si no fuera porque
me tuvo presente en sus santas oraciones Pedro Pettinagno, que se apiadó
de mí, movido de su caridad. Pero ¿quién eres tú, que vas informándote de
esa suerte de nuestra condición, con los ojos libres, según creo, y que hablas
respirando?
—También estarán mis ojos cosidos aquí—le dije—, pero por poco tiempo;
pues el delito que cometí mirando con ellos envidiosamente ha sido
pequeño. Mucho más miedo infunde a mi alma el castigo de abajo; pues ya
siento gravitar sobre mí el peso de que van cargados los que allí están.
Ella me preguntó:
—¿Quién te ha conducido, pues, aquí arriba entre nosotros, si crees volver
abajo?
Contestéle:
—Ese que está conmigo y no pronuncia una palabra. Vivo estoy; por lo cual
dime, espíritu elegido, si quieres que allá mueva en tu favor aún los pies
mortales.
—¡Oh!, eso sí que es una cosa nunca oída—repuso—, y una gran señal de
que Dios te ama: ruégote, por tanto, que me auxilies con tus oraciones; y te
suplico por aquello que más desees, que si vuelves a pisar la tierra de
Toscana, me pongas en buen lugar con mis parientes. Los verás entre
aquella gente vana, que confía en Talamone; y esa esperanza, más
descabellada que la de encontrar la Diana, los perderá; pero los almirantes
perderán más aún.
me tuvo presente en sus santas oraciones Pedro Pettinagno, que se apiadó
de mí, movido de su caridad. Pero ¿quién eres tú, que vas informándote de
esa suerte de nuestra condición, con los ojos libres, según creo, y que hablas
respirando?
—También estarán mis ojos cosidos aquí—le dije—, pero por poco tiempo;
pues el delito que cometí mirando con ellos envidiosamente ha sido
pequeño. Mucho más miedo infunde a mi alma el castigo de abajo; pues ya
siento gravitar sobre mí el peso de que van cargados los que allí están.
Ella me preguntó:
—¿Quién te ha conducido, pues, aquí arriba entre nosotros, si crees volver
abajo?
Contestéle:
—Ese que está conmigo y no pronuncia una palabra. Vivo estoy; por lo cual
dime, espíritu elegido, si quieres que allá mueva en tu favor aún los pies
mortales.
—¡Oh!, eso sí que es una cosa nunca oída—repuso—, y una gran señal de
que Dios te ama: ruégote, por tanto, que me auxilies con tus oraciones; y te
suplico por aquello que más desees, que si vuelves a pisar la tierra de
Toscana, me pongas en buen lugar con mis parientes. Los verás entre
aquella gente vana, que confía en Talamone; y esa esperanza, más
descabellada que la de encontrar la Diana, los perderá; pero los almirantes
perderán más aún.
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CANTO DECIMOCUARTO
UIEN es ese que gira en torno de nuestro monte, antes de
que la muerte le haya hecho emprender su vuelo, y abre y
cierra los ojos según su voluntad?
—Ignoro quién sea; pero sé que no va solo: pregúntale tú
que estás más próximo a él, y acógele con dulzura, de modo
que le hagas hablar.
Así razonaban a mi derecha dos espíritus, apoyado uno contra otro: después
levantaron la cabeza para dirigirme la palabra, y dijo uno de ellos:
—¡Oh alma que, encerrada aún en tu cuerpo, te encaminas hacia el Cielo!
Consuélanos por caridad, y dinos de dónde vienes y quién eres; pues la
gracia que de Dios has recibido nos causa el asombro que produce una cosa
que no ha existido jamás.
Yo les contesté:
—Por en medio de la Toscana serpentea un riachuelo, que nace en
Falterona, y al que no le bastan cien millas de curso: a orillas de este río he
UIEN es ese que gira en torno de nuestro monte, antes de
que la muerte le haya hecho emprender su vuelo, y abre y
cierra los ojos según su voluntad?
—Ignoro quién sea; pero sé que no va solo: pregúntale tú
que estás más próximo a él, y acógele con dulzura, de modo
que le hagas hablar.
Así razonaban a mi derecha dos espíritus, apoyado uno contra otro: después
levantaron la cabeza para dirigirme la palabra, y dijo uno de ellos:
—¡Oh alma que, encerrada aún en tu cuerpo, te encaminas hacia el Cielo!
Consuélanos por caridad, y dinos de dónde vienes y quién eres; pues la
gracia que de Dios has recibido nos causa el asombro que produce una cosa
que no ha existido jamás.
Yo les contesté:
—Por en medio de la Toscana serpentea un riachuelo, que nace en
Falterona, y al que no le bastan cien millas de curso: a orillas de este río he
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recibido mi persona: deciros quién soy yo, sería hablar en vano, porque mi
nombre aún no es muy conocido.
—Si he penetrado bien tu entendimiento con el mío—me respondió el que
me había preguntado—, hablas del Arno.
Y el otro le dijo:
—¿Por qué oculta el nombre de aquel río, como se hace con una cosa
horrible?
Y la sombra a quien le preguntaban esto respondió como debía:
—No lo sé; pero es muy digno de desaparecer el nombre de tal valle;
porque desde su origen (donde la alpestre cordillera de que está desprendido
el Peloro es tan copiosa de aguas, que en pocos sitios lo será más) hasta el
punto en que restituye lo que el cielo ha sacado del mar, a quien deben los
ríos el caudal que va con ellos, todos sus pobladores, enemistados con la
virtud, la persiguen como a una serpiente, ya sea por desventura del país, o
ya por una mala costumbre que los arrastra; por lo cual tienen los habitantes
de aquel mísero valle tan pervertida su naturaleza, que parece que Circe los
haya apacentado. Aquel río lleva primero su débil curso por entre sucios
puercos, más dignos de bellotas que de otro alimento condimentado para
uso de los hombres. Llegando abajo, encuentra viles gozquecillos, más
rabiosos de lo que permite su fuerza, y a quienes tuerce con desdén el
hocico. Va descendiendo, y cuanto más acrecienta su caudal, tanto más
encuentra los perros convertidos en lobos la maldecida y desdichada fosa:
bajando luego por entre profundas gargantas, tropieza con las engañosas
zorras, que no temen lazo que pueda cogerlas. No he de dejar de decirlo,
aunque haya quien me oiga; y le convendrá a ése, con tal que se acuerde de
lo que un espíritu de verdad me revela. Veo a tu sobrino, que se convierte en
cazador cruel de aquellos lobos sobre la orilla del feroz río, y a todos los
atemoriza. Vende por dinero su carne, aun estando viva: después los mata
como si fuesen bueyes viejos, y quita a muchos la vida y a sí mismo el
honor. Ensangrentado sale de la triste selva, dejándola de tal modo, que de
aquí a mil años no volverá a su estado primitivo[65].
Como al anuncio de futuros males se turba el rostro del que lo escucha,
venga de donde quiera el peligro que le amenace, así vi yo turbarse y
nombre aún no es muy conocido.
—Si he penetrado bien tu entendimiento con el mío—me respondió el que
me había preguntado—, hablas del Arno.
Y el otro le dijo:
—¿Por qué oculta el nombre de aquel río, como se hace con una cosa
horrible?
Y la sombra a quien le preguntaban esto respondió como debía:
—No lo sé; pero es muy digno de desaparecer el nombre de tal valle;
porque desde su origen (donde la alpestre cordillera de que está desprendido
el Peloro es tan copiosa de aguas, que en pocos sitios lo será más) hasta el
punto en que restituye lo que el cielo ha sacado del mar, a quien deben los
ríos el caudal que va con ellos, todos sus pobladores, enemistados con la
virtud, la persiguen como a una serpiente, ya sea por desventura del país, o
ya por una mala costumbre que los arrastra; por lo cual tienen los habitantes
de aquel mísero valle tan pervertida su naturaleza, que parece que Circe los
haya apacentado. Aquel río lleva primero su débil curso por entre sucios
puercos, más dignos de bellotas que de otro alimento condimentado para
uso de los hombres. Llegando abajo, encuentra viles gozquecillos, más
rabiosos de lo que permite su fuerza, y a quienes tuerce con desdén el
hocico. Va descendiendo, y cuanto más acrecienta su caudal, tanto más
encuentra los perros convertidos en lobos la maldecida y desdichada fosa:
bajando luego por entre profundas gargantas, tropieza con las engañosas
zorras, que no temen lazo que pueda cogerlas. No he de dejar de decirlo,
aunque haya quien me oiga; y le convendrá a ése, con tal que se acuerde de
lo que un espíritu de verdad me revela. Veo a tu sobrino, que se convierte en
cazador cruel de aquellos lobos sobre la orilla del feroz río, y a todos los
atemoriza. Vende por dinero su carne, aun estando viva: después los mata
como si fuesen bueyes viejos, y quita a muchos la vida y a sí mismo el
honor. Ensangrentado sale de la triste selva, dejándola de tal modo, que de
aquí a mil años no volverá a su estado primitivo[65].
Como al anuncio de futuros males se turba el rostro del que lo escucha,
venga de donde quiera el peligro que le amenace, así vi yo turbarse y
Page 212
entristecerse a la otra alma, que estaba vuelta escuchando, apenas hubo
recapacitado aquellas palabras. El lenguaje de la una y el rostro de la otra
excitaban en mí el deseo de saber sus nombres: híceles entre ruegos esta
pregunta; por lo cual, el espíritu que antes me había hablado repuso:
—Quieres que yo condescienda en hacer por ti lo que tú no quieres hacer
por mí; pero pues Dios permite que se trasluzca tanto su gracia en ti, no
dejaré de satisfacer tus deseos. Sabe, pues, que yo soy Guido del Duca: de
tal modo abrasó la envidia mi sangre, que cuando veía un hombre feliz,
hubieras podido contemplar la lividez de mi rostro. Por eso ahora siego la
mies de mi simiente.—¡Oh raza humana!, ¿por qué pones tu corazón en lo
que requiere una posesión exclusiva? Este es Rinieri, honra y prez de la
casa de Calboli, la cual no ha tenido después ningún heredero de sus
virtudes. Y no es sólo su descendencia la que, entre el Po y los montes, el
mar y el Reno, se encuentra hoy despojada de los bienes que entrañan la
verdad y subliman el ánimo; pues dentro de esos límites todo el terreno está
cubierto de plantas venenosas, de tal modo que tarde podrá volvérsele a
meter en cultivo. ¿Dónde está el buen Licio y Enrique Manardi, Pedro
Traversaro y Guido de Carpigna? ¡Oh, romañoles, raza bastardeada!
¿Cuándo nacerá en Bolonia un nuevo Fabbro? ¿Cuándo en Faenza echará
raíces otro Bernardino de Fosco, hermoso tronco salido de una
insignificante semilla? No te asombres, Toscano, si ves que lloro al recordar
a Guido de Prata, y a Ugolino de Azzo, que vivió entre nosotros; a Federico
Tignoso y a todos los suyos; a la familia Traversara y los Anastagi, casas
ambas que están hoy desheredadas de la virtud de sus mayores: no te
asombre mi duelo al recordar las damas y los caballeros, los afanes y
agasajos que inspiraban amor y cortesía, allí donde han llegado a ser tan
depravados los corazones. ¡Oh Brettinoro! ¿por qué no desapareciste
cuando tu antigua familia y muchos de tus habitantes huyeron por no ser
culpables? Bien hace Bagnacaval en no reproducirse; y por el contrario,
hace mal Castrocaro y peor Conio, que se empeña en procrear tales condes.
Los Pagani se portarán bien cuando huya el Demonio; pero no tanto que
consigan dejar de sí un recuerdo puro. ¡Oh Ugolino de Fantoli!, tu nombre
está bien seguro; pues no es de esperar que haya quien, degenerando, pueda
obscurecerlo. Pero déjame, ¡oh Toscano!; que ahora me son más gratas las
lágrimas que las palabras: tanto es lo que me ha oprimido la mente nuestra
conversación.
recapacitado aquellas palabras. El lenguaje de la una y el rostro de la otra
excitaban en mí el deseo de saber sus nombres: híceles entre ruegos esta
pregunta; por lo cual, el espíritu que antes me había hablado repuso:
—Quieres que yo condescienda en hacer por ti lo que tú no quieres hacer
por mí; pero pues Dios permite que se trasluzca tanto su gracia en ti, no
dejaré de satisfacer tus deseos. Sabe, pues, que yo soy Guido del Duca: de
tal modo abrasó la envidia mi sangre, que cuando veía un hombre feliz,
hubieras podido contemplar la lividez de mi rostro. Por eso ahora siego la
mies de mi simiente.—¡Oh raza humana!, ¿por qué pones tu corazón en lo
que requiere una posesión exclusiva? Este es Rinieri, honra y prez de la
casa de Calboli, la cual no ha tenido después ningún heredero de sus
virtudes. Y no es sólo su descendencia la que, entre el Po y los montes, el
mar y el Reno, se encuentra hoy despojada de los bienes que entrañan la
verdad y subliman el ánimo; pues dentro de esos límites todo el terreno está
cubierto de plantas venenosas, de tal modo que tarde podrá volvérsele a
meter en cultivo. ¿Dónde está el buen Licio y Enrique Manardi, Pedro
Traversaro y Guido de Carpigna? ¡Oh, romañoles, raza bastardeada!
¿Cuándo nacerá en Bolonia un nuevo Fabbro? ¿Cuándo en Faenza echará
raíces otro Bernardino de Fosco, hermoso tronco salido de una
insignificante semilla? No te asombres, Toscano, si ves que lloro al recordar
a Guido de Prata, y a Ugolino de Azzo, que vivió entre nosotros; a Federico
Tignoso y a todos los suyos; a la familia Traversara y los Anastagi, casas
ambas que están hoy desheredadas de la virtud de sus mayores: no te
asombre mi duelo al recordar las damas y los caballeros, los afanes y
agasajos que inspiraban amor y cortesía, allí donde han llegado a ser tan
depravados los corazones. ¡Oh Brettinoro! ¿por qué no desapareciste
cuando tu antigua familia y muchos de tus habitantes huyeron por no ser
culpables? Bien hace Bagnacaval en no reproducirse; y por el contrario,
hace mal Castrocaro y peor Conio, que se empeña en procrear tales condes.
Los Pagani se portarán bien cuando huya el Demonio; pero no tanto que
consigan dejar de sí un recuerdo puro. ¡Oh Ugolino de Fantoli!, tu nombre
está bien seguro; pues no es de esperar que haya quien, degenerando, pueda
obscurecerlo. Pero déjame, ¡oh Toscano!; que ahora me son más gratas las
lágrimas que las palabras: tanto es lo que me ha oprimido la mente nuestra
conversación.
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Sabíamos que aquellas almas queridas nos oían andar; y pues que callaban,
debíamos estar seguros del camino que seguíamos. Luego que andando nos
encontramos solos, llegó directamente a nosotros una voz, que hendió el
aire como un rayo, diciendo: "El que me encuentre debe darme la muerte;"
y huyó como el trueno que se aleja, cuando de pronto se desgarra la nube.
Apenas cesamos de oirla, percibimos otra, la cual retumbó con gran
estrépito, semejante al trueno que sigue inmediatamente al relámpago: "Yo
soy Aglauro, que me convertí en piedra." Entonces, para unirme más al
Poeta, dí un paso hacia atrás y no hacia adelante. Ya se había calmado el
aire por todas partes, cuando él me dijo:
—Aquel fué el duro freno que debería contener al hombre en sus límites;
pero mordéis tan fácilmente el cebo, que os atrae con su anzuelo el antiguo
adversario, sirviendoos de poco el freno o el reclamo. El cielo os llama y
gira en torno vuestro mostrándoos sus eternas bellezas, y sin embargo,
vuestras miradas se dirijen hacia la Tierra; por lo cual os castiga Aquél que
lo ve todo.
debíamos estar seguros del camino que seguíamos. Luego que andando nos
encontramos solos, llegó directamente a nosotros una voz, que hendió el
aire como un rayo, diciendo: "El que me encuentre debe darme la muerte;"
y huyó como el trueno que se aleja, cuando de pronto se desgarra la nube.
Apenas cesamos de oirla, percibimos otra, la cual retumbó con gran
estrépito, semejante al trueno que sigue inmediatamente al relámpago: "Yo
soy Aglauro, que me convertí en piedra." Entonces, para unirme más al
Poeta, dí un paso hacia atrás y no hacia adelante. Ya se había calmado el
aire por todas partes, cuando él me dijo:
—Aquel fué el duro freno que debería contener al hombre en sus límites;
pero mordéis tan fácilmente el cebo, que os atrae con su anzuelo el antiguo
adversario, sirviendoos de poco el freno o el reclamo. El cielo os llama y
gira en torno vuestro mostrándoos sus eternas bellezas, y sin embargo,
vuestras miradas se dirijen hacia la Tierra; por lo cual os castiga Aquél que
lo ve todo.
Page 214
CANTO DECIMOQUINTO
AMINANDO ya el Sol hacia la noche, parecía quedarle por
recorrer tanto espacio como el que media entre el principio
del día y el punto donde aquel señala el término de la hora de
tercia en la esfera, que, cual niño inquieto, se mueve
continuamente: allí era ya la tarde, y aquí media noche. Los
rayos solares nos herían de lleno en el rostro, porque
habíamos dado tal vuelta en derredor de la montaña, que
íbamos directamente hacia el Ocaso; cuando sentí que el resplandor
deslumbraba mis ojos mucho más que antes; y siéndome desconocida la
causa, me quedé estupefacto: levanté las manos, y me formé con ellas una
sombrilla encima de las cejas, que es el preservativo contra el exceso de luz.
Como cuando en el agua o en un espejo rebota el rayo luminoso,
elevándose al lado opuesto de idéntica manera que desciende, y
desviándose por ambas partes a igual distancia de la caída de la piedra,
según demuestran la experiencia y el arte, así me pareció ser herido por una
luz que delante de mí se reflejaba; por lo cual aparté de ella presurosamente
los ojos.
—¿Qué es aquello, amado Padre, de que no puedo, por más que haga,
resguardar mi vista—dije—, y que parece venir hacia nosotros?
AMINANDO ya el Sol hacia la noche, parecía quedarle por
recorrer tanto espacio como el que media entre el principio
del día y el punto donde aquel señala el término de la hora de
tercia en la esfera, que, cual niño inquieto, se mueve
continuamente: allí era ya la tarde, y aquí media noche. Los
rayos solares nos herían de lleno en el rostro, porque
habíamos dado tal vuelta en derredor de la montaña, que
íbamos directamente hacia el Ocaso; cuando sentí que el resplandor
deslumbraba mis ojos mucho más que antes; y siéndome desconocida la
causa, me quedé estupefacto: levanté las manos, y me formé con ellas una
sombrilla encima de las cejas, que es el preservativo contra el exceso de luz.
Como cuando en el agua o en un espejo rebota el rayo luminoso,
elevándose al lado opuesto de idéntica manera que desciende, y
desviándose por ambas partes a igual distancia de la caída de la piedra,
según demuestran la experiencia y el arte, así me pareció ser herido por una
luz que delante de mí se reflejaba; por lo cual aparté de ella presurosamente
los ojos.
—¿Qué es aquello, amado Padre, de que no puedo, por más que haga,
resguardar mi vista—dije—, y que parece venir hacia nosotros?
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—No te asombres si la familia del Cielo te deslumbra todavía—me
respondió—: es un mensajero que viene a invitar a un hombre a que suba.
En breve, no sólo podrás contemplar estas cosas sin molestia, sino que te
serán tanto más deleitables, cuanto más dispuesta se halle tu naturaleza a
sentirlas.
Luego que llegamos cerca del Angel bendito, con agradable voz nos dijo:
"Entrad por aquí a una escalera, que es menos empinada que las otras."
Subíamos ya, dejando en pos de nosotros aquel círculo, cuando oímos
cantar a nuestra espalda: "Beati misericordes" y "Regocíjate tú que vences."
Mi maestro y yo ascendíamos solos, y yo pensaba entretanto sacar provecho
de sus palabras; por lo que, dirigiéndome a él, le pregunté:
—¿Qué quiso decir el espíritu de la Romanía al hablar de lo que requiere
una posesión exclusiva?
Respondióme:
—Ahora conoce el daño que causa su principal pecado: así, pues, no debes
admirarte si le condena, a fin de que haya menos que llorar por él; porque si
vuestros deseos se cifran en bienes que puedan disminuirse dando a otros
participación en ellos, la envidia excita vuestros pulmones a suspirar; pero
si el amor de la suprema esfera dirigiese hacia el Cielo vuestros deseos, no
abrigaríais tal temor en vuestro corazón; pues cuanto más se dice allí "lo
nuestro," tanto mayor es el bien que posee cada cual, y mayor caridad arde
en aquel recinto.
—Menos contento estoy que si me hubiese callado—dije—; y ahora
ofuscan más dudas mi mente. ¿Cómo puede ser que un bien distribuído
entre muchos haga más ricos a sus poseedores, que poseyéndolo unos
pocos?
A lo que me contestó:
—Por fijar siempre tu pensamiento en las cosas terrenales deduces
obscuridad y error de las claras verdades que te demuestro. Aquel bien
infinito e inefable que está arriba, se lanza hacia el amor, como un rayo de
luz a un cuerpo fúlgido, comunicándose tanto más cuanto mayor es el ardor
que encuentra; de modo que la eterna virtud crece sobre la caridad a medida
que ésta se aumenta; por lo cual, cuanto mayor número de almas se dirigen
respondió—: es un mensajero que viene a invitar a un hombre a que suba.
En breve, no sólo podrás contemplar estas cosas sin molestia, sino que te
serán tanto más deleitables, cuanto más dispuesta se halle tu naturaleza a
sentirlas.
Luego que llegamos cerca del Angel bendito, con agradable voz nos dijo:
"Entrad por aquí a una escalera, que es menos empinada que las otras."
Subíamos ya, dejando en pos de nosotros aquel círculo, cuando oímos
cantar a nuestra espalda: "Beati misericordes" y "Regocíjate tú que vences."
Mi maestro y yo ascendíamos solos, y yo pensaba entretanto sacar provecho
de sus palabras; por lo que, dirigiéndome a él, le pregunté:
—¿Qué quiso decir el espíritu de la Romanía al hablar de lo que requiere
una posesión exclusiva?
Respondióme:
—Ahora conoce el daño que causa su principal pecado: así, pues, no debes
admirarte si le condena, a fin de que haya menos que llorar por él; porque si
vuestros deseos se cifran en bienes que puedan disminuirse dando a otros
participación en ellos, la envidia excita vuestros pulmones a suspirar; pero
si el amor de la suprema esfera dirigiese hacia el Cielo vuestros deseos, no
abrigaríais tal temor en vuestro corazón; pues cuanto más se dice allí "lo
nuestro," tanto mayor es el bien que posee cada cual, y mayor caridad arde
en aquel recinto.
—Menos contento estoy que si me hubiese callado—dije—; y ahora
ofuscan más dudas mi mente. ¿Cómo puede ser que un bien distribuído
entre muchos haga más ricos a sus poseedores, que poseyéndolo unos
pocos?
A lo que me contestó:
—Por fijar siempre tu pensamiento en las cosas terrenales deduces
obscuridad y error de las claras verdades que te demuestro. Aquel bien
infinito e inefable que está arriba, se lanza hacia el amor, como un rayo de
luz a un cuerpo fúlgido, comunicándose tanto más cuanto mayor es el ardor
que encuentra; de modo que la eterna virtud crece sobre la caridad a medida
que ésta se aumenta; por lo cual, cuanto mayor número de almas se dirigen
Page 216
a él, tanto más amor hay allá arriba, y más allí se ama, reflejándose este
amor de una a otra alma como la luz entre dos espejos. Si no te satisfacen
mis razones, ya verás a Beatriz, y ella acallará por completo ese deseo y
cualquier otro que tengas. Avanza, pues, para que pronto desaparezcan,
como ya han desaparecido dos, esas cinco señales, que sólo se borran por
medio de lágrimas.
Cuando iba a decir: "Me has dejado satisfecho," observé que habíamos
llegado al otro círculo; por lo cual, ocupado en pasear por él mis anhelantes
miradas, guardé silencio. Allí me pareció que era súbitamente arrebatado en
éxtasis, y que veía un templo con muchas personas, y una mujer a la entrada
exclamando, en la dulce actitud de una madre: "Hijo mío, ¿por qué has
obrado así con nosotros? Tu Padre y yo te buscábamos angustiados."
Cuando se calló, desapareció lo que antes se me había aparecido. Después
se ofreció a mi vista otra, por cuyas mejillas se deslizaba aquel agua que
destila el dolor, cuando procede de un gran despecho contra otro; ésta decía:
"Si eres señor de la ciudad cuyo nombre originó tanta contienda entre los
dioses, y en la que toda ciencia destella[66], véngate de los atrevidos brazos
que abrazaron a nuestra hija, ¡oh Pisístrato!" Y este señor bondadoso y
clemente le respondía con rostro sereno: "¿Qué haremos con el que nos
quiere mal, si condenamos al que nos ama?" Después vi a varios hombres
abrasados por la ira, matando a pedradas a un joven[67], y diciéndose a
grandes gritos unos a otros: "¡Martirízale, martirízale!" Y le contemplaba
encorvado hacia el suelo bajo el peso de la muerte que ya le derribaba; pero
haciendo de sus ojos puertas para llegar al cielo, y rogando al Señor en
medio de tal martirio y con aquel aspecto que excita a la piedad, que
perdonase a sus perseguidores. Cuando mi alma volvió de fuera a las cosas
que fuera de ella son verdaderas, reconocí mis errores que, sin embargo, no
eran falsos. Mi Guía, que me veía hacer lo que un hombre que sale de un
sueño, me dijo:
—¿Qué tienes, que no puedes sostenerte? Has andado más de media legua
con los ojos cerrados y con paso vacilante, como el que está dominado por
el vino o por el sueño.
—¡Oh amado Padre mío!—dije yo—; si me prestas atención, te diré lo que
se me ha aparecido cuando mis piernas vacilaban.
amor de una a otra alma como la luz entre dos espejos. Si no te satisfacen
mis razones, ya verás a Beatriz, y ella acallará por completo ese deseo y
cualquier otro que tengas. Avanza, pues, para que pronto desaparezcan,
como ya han desaparecido dos, esas cinco señales, que sólo se borran por
medio de lágrimas.
Cuando iba a decir: "Me has dejado satisfecho," observé que habíamos
llegado al otro círculo; por lo cual, ocupado en pasear por él mis anhelantes
miradas, guardé silencio. Allí me pareció que era súbitamente arrebatado en
éxtasis, y que veía un templo con muchas personas, y una mujer a la entrada
exclamando, en la dulce actitud de una madre: "Hijo mío, ¿por qué has
obrado así con nosotros? Tu Padre y yo te buscábamos angustiados."
Cuando se calló, desapareció lo que antes se me había aparecido. Después
se ofreció a mi vista otra, por cuyas mejillas se deslizaba aquel agua que
destila el dolor, cuando procede de un gran despecho contra otro; ésta decía:
"Si eres señor de la ciudad cuyo nombre originó tanta contienda entre los
dioses, y en la que toda ciencia destella[66], véngate de los atrevidos brazos
que abrazaron a nuestra hija, ¡oh Pisístrato!" Y este señor bondadoso y
clemente le respondía con rostro sereno: "¿Qué haremos con el que nos
quiere mal, si condenamos al que nos ama?" Después vi a varios hombres
abrasados por la ira, matando a pedradas a un joven[67], y diciéndose a
grandes gritos unos a otros: "¡Martirízale, martirízale!" Y le contemplaba
encorvado hacia el suelo bajo el peso de la muerte que ya le derribaba; pero
haciendo de sus ojos puertas para llegar al cielo, y rogando al Señor en
medio de tal martirio y con aquel aspecto que excita a la piedad, que
perdonase a sus perseguidores. Cuando mi alma volvió de fuera a las cosas
que fuera de ella son verdaderas, reconocí mis errores que, sin embargo, no
eran falsos. Mi Guía, que me veía hacer lo que un hombre que sale de un
sueño, me dijo:
—¿Qué tienes, que no puedes sostenerte? Has andado más de media legua
con los ojos cerrados y con paso vacilante, como el que está dominado por
el vino o por el sueño.
—¡Oh amado Padre mío!—dije yo—; si me prestas atención, te diré lo que
se me ha aparecido cuando mis piernas vacilaban.
Page 217
Y él a su vez:
—Aunque tuvieras cien máscaras que ocultaran tu rostro, adivinaría yo
hasta tus menores pensamientos. Lo que has visto te ha sido revelado para
que no te excuses de abrir el corazón al agua de la paz, que mana de la
fuente eterna. Te he preguntado "¿qué tienes?," no porque me dijeras lo que
hace el que tiene los ojos entornados cuando se ha apoderado algún sopor
de su cuerpo, sino para que tus pies recobrasen fuerzas: es preciso estimular
así a los perezosos, demasiado lentos en emplear el tiempo de sus vigilias,
cuando, una vez despiertos, recobran el imperio de su voluntad.
Seguíamos nuestro camino, cuando ya obscurecía, mirando atentamente lo
más allá que podían nuestros ojos por entre los luminosos rayos
vespertinos, cuando vimos adelantarse poco a poco hacia nosotros una
humareda obscura como la noche, sin que hubiese por allí un sitio donde
guarecerse de ella, y que nos privó del uso de la vista y del aire puro.
—Aunque tuvieras cien máscaras que ocultaran tu rostro, adivinaría yo
hasta tus menores pensamientos. Lo que has visto te ha sido revelado para
que no te excuses de abrir el corazón al agua de la paz, que mana de la
fuente eterna. Te he preguntado "¿qué tienes?," no porque me dijeras lo que
hace el que tiene los ojos entornados cuando se ha apoderado algún sopor
de su cuerpo, sino para que tus pies recobrasen fuerzas: es preciso estimular
así a los perezosos, demasiado lentos en emplear el tiempo de sus vigilias,
cuando, una vez despiertos, recobran el imperio de su voluntad.
Seguíamos nuestro camino, cuando ya obscurecía, mirando atentamente lo
más allá que podían nuestros ojos por entre los luminosos rayos
vespertinos, cuando vimos adelantarse poco a poco hacia nosotros una
humareda obscura como la noche, sin que hubiese por allí un sitio donde
guarecerse de ella, y que nos privó del uso de la vista y del aire puro.
Page 218
CANTO DECIMOSEXTO
A obscuridad del Infierno, y la de la noche privada de todo
planeta bajo un mezquino cielo, entenebrecido por las nubes
hasta lo sumo, no echarían sobre mi vista un velo tan denso
como aquel humo que allí nos envolvió; siendo tal la
sensación de su punzante aspereza, que no podían los ojos
permanecer abiertos; por lo cual, mi sabio y fiel
Acompañante se acercó a mí, ofreciéndome su hombro.
Como va el ciego detrás de su lazarillo para no extraviarse, ni tropezar en
algo que le ofenda o acaso le origine la muerte, así caminaba yo a través de
aquel aire fosco y acre, atento a la voz de mi Guía, que únicamente iba
diciendo: "Cuida de no separarte de mí." Oía yo voces, cada una de las
cuales parecía rogar a fin de obtener paz y misericordia del Cordero de
Dios, que quita los pecados. El principio de su oración era solamente
"Agnus Dei;" todos pronunciaban estas palabras a un mismo tiempo y con
tan igual tono, que parecía existir entre ellos una perfecta concordia.
—Maestro—dije—; ¿son espíritus esos que oigo?
—Lo has acertado—contestó—; van desatando el nudo de la ira.
A obscuridad del Infierno, y la de la noche privada de todo
planeta bajo un mezquino cielo, entenebrecido por las nubes
hasta lo sumo, no echarían sobre mi vista un velo tan denso
como aquel humo que allí nos envolvió; siendo tal la
sensación de su punzante aspereza, que no podían los ojos
permanecer abiertos; por lo cual, mi sabio y fiel
Acompañante se acercó a mí, ofreciéndome su hombro.
Como va el ciego detrás de su lazarillo para no extraviarse, ni tropezar en
algo que le ofenda o acaso le origine la muerte, así caminaba yo a través de
aquel aire fosco y acre, atento a la voz de mi Guía, que únicamente iba
diciendo: "Cuida de no separarte de mí." Oía yo voces, cada una de las
cuales parecía rogar a fin de obtener paz y misericordia del Cordero de
Dios, que quita los pecados. El principio de su oración era solamente
"Agnus Dei;" todos pronunciaban estas palabras a un mismo tiempo y con
tan igual tono, que parecía existir entre ellos una perfecta concordia.
—Maestro—dije—; ¿son espíritus esos que oigo?
—Lo has acertado—contestó—; van desatando el nudo de la ira.
Page 219
—¿Quién eres tú, que hiendes nuestro humo, y hablas de nosotros como si
contaras aún el tiempo por calendas?
De esta suerte habló una voz; por lo cual el Maestro me dijo:
Responde, y pregúntale si por aquí se va arriba.
Entonces dije yo:
—¡Oh criatura, que te purificas para volver a presentarte hermosa ante
Aquél que te hizo! Oirás cosas maravillosas si quieres seguirme.
—Te seguiré cuanto me está permitido—me contestó—; y si el humo
impide que nos veamos, el oído nos aproximará a falta de la vista.
Empecé, pues, de esta manera:
—Me dirijo hacia arriba con la forma que la muerte desvanece, y he llegado
hasta aquí a través de las penas del Infierno. Y si Dios me ha acogido en su
gracia de tal modo, que quiere que yo vea su corte por un medio tan distinto
de lo usual, no me ocultes quién fuiste antes de morir, sino dímelo: dime
también si voy bien por aquí hacia la subida, y tus palabras nos servirán de
guía.
—Fuí lombardo, y me llamé Marco: conocí el mundo; y amé aquella virtud
hacia la cual nadie dirige hoy su mira. Para llegar a lo alto, sigue en
derechura por donde vas.
Así respondió, añadiendo después:
—Te suplico que ruegues por mí cuando estés arriba.
A lo que le contesté:
—Por mi fe te prometo que haré lo que me pides; pero me veo envuelto en
una duda, que no me es dado aclarar. Primeramente era sencilla, más ahora
se ha duplicado con tus palabras, que unidas a las que he oído en otra parte,
me certifican un mismo hecho. El mundo está, pues, exhausto de toda
virtud, como me indicas, y sembrado y cubierto de maldad; pero te ruego
que me digas la causa, de modo que yo pueda verla y mostrarla a los demás;
pues unos la hacen depender del cielo, y otros de aquí abajo.
contaras aún el tiempo por calendas?
De esta suerte habló una voz; por lo cual el Maestro me dijo:
Responde, y pregúntale si por aquí se va arriba.
Entonces dije yo:
—¡Oh criatura, que te purificas para volver a presentarte hermosa ante
Aquél que te hizo! Oirás cosas maravillosas si quieres seguirme.
—Te seguiré cuanto me está permitido—me contestó—; y si el humo
impide que nos veamos, el oído nos aproximará a falta de la vista.
Empecé, pues, de esta manera:
—Me dirijo hacia arriba con la forma que la muerte desvanece, y he llegado
hasta aquí a través de las penas del Infierno. Y si Dios me ha acogido en su
gracia de tal modo, que quiere que yo vea su corte por un medio tan distinto
de lo usual, no me ocultes quién fuiste antes de morir, sino dímelo: dime
también si voy bien por aquí hacia la subida, y tus palabras nos servirán de
guía.
—Fuí lombardo, y me llamé Marco: conocí el mundo; y amé aquella virtud
hacia la cual nadie dirige hoy su mira. Para llegar a lo alto, sigue en
derechura por donde vas.
Así respondió, añadiendo después:
—Te suplico que ruegues por mí cuando estés arriba.
A lo que le contesté:
—Por mi fe te prometo que haré lo que me pides; pero me veo envuelto en
una duda, que no me es dado aclarar. Primeramente era sencilla, más ahora
se ha duplicado con tus palabras, que unidas a las que he oído en otra parte,
me certifican un mismo hecho. El mundo está, pues, exhausto de toda
virtud, como me indicas, y sembrado y cubierto de maldad; pero te ruego
que me digas la causa, de modo que yo pueda verla y mostrarla a los demás;
pues unos la hacen depender del cielo, y otros de aquí abajo.
Page 220
Antes de contestar exhaló un profundo suspiro, que terminó en un ¡ay!
doloroso, y después dijo:
—Hermano, el mundo es ciego, y se conoce que tú vienes de él. Vosotros
los vivos hacéis estribar toda causa en el cielo, como si él imprimiera por
necesidad su movimiento a todas las cosas. Si así fuese, quedaría destruído
en vosotros el libre albedrío, y no sería justo que se retribuyera el bien con
goces y alegrías, y el mal con llanto y luto. El cielo inicia vuestros
movimientos: no quiero decir todos; pero, aunque así lo dijese, os ha dado
luz para distinguir el bien y el mal. Os ha dado también el libre albedrío,
que aun cuando se fatigue luchando en los primeros combates con el cielo,
después lo vence todo, si persevera en el buen propósito. A mayor fuerza y
a naturaleza mejor estáis sometidos, sin dejar de ser libres; y ella crea
vuestro espíritu, que no está bajo el dominio del cielo. Así pues, si el mundo
se aparta del verdadero camino, vuestra es la culpa; que en vosotros debe
buscarse, y ahora te lo probaré con toda veracidad. Sale el alma de manos
de su Creador, que la acaricia antes de que exista, semejante al niño que
entre el llanto y la risa balbucea; y es entonces una simplecilla, que nada
sabe, y solamente movida por el instinto de la felicidad, se inclina gustosa
hacia lo que la contenta y regocija. Desde luego siente placer en los bienes
más mezquinos; pero en esto se engaña, y corre tras ellos, si no tiene guía o
freno que tuerza su inclinación. Por eso es necesario establecer leyes que
sirvan de freno, y tener un rey que sepa discernir al menos la torre de la
verdadera ciudad. Las leyes existen; pero ¿quién se cuida de su
cumplimiento? Nadie; porque el pastor que precede a las almas puede
rumiar, pero no tiene la pezuña hendida; por lo cual, viendo todo el rebaño a
su pastor cebarse únicamente en aquellos bienes de que él es tan codicioso,
se apacienta de lo mismo y no pide más. Bien puedes ver, por esto, que en
el mal gobierno estriba la causa de que el mundo sea culpable, y no en que
vuestra naturaleza esté corrompida. Roma, que hizo bueno al mundo, solía
tener dos soles, que hacían ver uno y otro camino, el del mundo y el de
Dios. Uno de los dos soles ha obscurecido al otro, y la espada se ha unido al
báculo pastoral: así juntos, por fuerza deben ir las cosas de mala manera;
porque estando unidos, no se temen mutuamente. Si no me prestas crédito,
pon mientes en la espiga; pues toda hierba se conoce por su semilla. En el
país que bañan el Po y el Adigio solía encontrase valor y cortesía, antes de
que Federico tuviese contiendas. Hoy, todo aquel que dejara de acercarse a
doloroso, y después dijo:
—Hermano, el mundo es ciego, y se conoce que tú vienes de él. Vosotros
los vivos hacéis estribar toda causa en el cielo, como si él imprimiera por
necesidad su movimiento a todas las cosas. Si así fuese, quedaría destruído
en vosotros el libre albedrío, y no sería justo que se retribuyera el bien con
goces y alegrías, y el mal con llanto y luto. El cielo inicia vuestros
movimientos: no quiero decir todos; pero, aunque así lo dijese, os ha dado
luz para distinguir el bien y el mal. Os ha dado también el libre albedrío,
que aun cuando se fatigue luchando en los primeros combates con el cielo,
después lo vence todo, si persevera en el buen propósito. A mayor fuerza y
a naturaleza mejor estáis sometidos, sin dejar de ser libres; y ella crea
vuestro espíritu, que no está bajo el dominio del cielo. Así pues, si el mundo
se aparta del verdadero camino, vuestra es la culpa; que en vosotros debe
buscarse, y ahora te lo probaré con toda veracidad. Sale el alma de manos
de su Creador, que la acaricia antes de que exista, semejante al niño que
entre el llanto y la risa balbucea; y es entonces una simplecilla, que nada
sabe, y solamente movida por el instinto de la felicidad, se inclina gustosa
hacia lo que la contenta y regocija. Desde luego siente placer en los bienes
más mezquinos; pero en esto se engaña, y corre tras ellos, si no tiene guía o
freno que tuerza su inclinación. Por eso es necesario establecer leyes que
sirvan de freno, y tener un rey que sepa discernir al menos la torre de la
verdadera ciudad. Las leyes existen; pero ¿quién se cuida de su
cumplimiento? Nadie; porque el pastor que precede a las almas puede
rumiar, pero no tiene la pezuña hendida; por lo cual, viendo todo el rebaño a
su pastor cebarse únicamente en aquellos bienes de que él es tan codicioso,
se apacienta de lo mismo y no pide más. Bien puedes ver, por esto, que en
el mal gobierno estriba la causa de que el mundo sea culpable, y no en que
vuestra naturaleza esté corrompida. Roma, que hizo bueno al mundo, solía
tener dos soles, que hacían ver uno y otro camino, el del mundo y el de
Dios. Uno de los dos soles ha obscurecido al otro, y la espada se ha unido al
báculo pastoral: así juntos, por fuerza deben ir las cosas de mala manera;
porque estando unidos, no se temen mutuamente. Si no me prestas crédito,
pon mientes en la espiga; pues toda hierba se conoce por su semilla. En el
país que bañan el Po y el Adigio solía encontrase valor y cortesía, antes de
que Federico tuviese contiendas. Hoy, todo aquel que dejara de acercarse a
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aquellas provincias por vergüenza de hablar con hombres probos, puede
pasar por ellas, seguro de que no hallará ninguno. Bien es verdad que aun
existen allí tres ancianos, en quienes la edad antigua reprende a la moderna,
y les parece que Dios tarda en llamarlos a mejor vida: son éstos Conrado de
Palazzo, el buen Gerardo, y Guido de Castel, a quien mejor le llaman al
estilo francés el lombardo sencillo. En el día la Iglesia de Roma, para
confundir en sí dos gobiernos, cae en el lodo ensuciándose a sí misma y a
su carga.
—¡Oh Marco mío!—dije yo—; razonas bien: y ahora comprendo por qué
fueron excluídos de heredar los hijos de Leví. Pero ¿qué Gerardo es ése a
quien tienes por un sabio, ese resto de una raza extinguida, que es un
reproche para este siglo salvaje?
—O tus palabras me engañan, o me tientan—respondióme—; porque, a
pesar de hablarme en toscano, parece que no sepas nada del buen Gerardo.
Yo no le conozco ningún sobrenombre, a no ser que lo tome de su hija
Gaya. Dios sea con vosotros, que no puedo seguiros más. Mira el albor que
ya clarea, brillando a través del humo: me es preciso partir antes de que
aparezca el Angel que está allí.
Así dijo, y no quiso escuchar más.
pasar por ellas, seguro de que no hallará ninguno. Bien es verdad que aun
existen allí tres ancianos, en quienes la edad antigua reprende a la moderna,
y les parece que Dios tarda en llamarlos a mejor vida: son éstos Conrado de
Palazzo, el buen Gerardo, y Guido de Castel, a quien mejor le llaman al
estilo francés el lombardo sencillo. En el día la Iglesia de Roma, para
confundir en sí dos gobiernos, cae en el lodo ensuciándose a sí misma y a
su carga.
—¡Oh Marco mío!—dije yo—; razonas bien: y ahora comprendo por qué
fueron excluídos de heredar los hijos de Leví. Pero ¿qué Gerardo es ése a
quien tienes por un sabio, ese resto de una raza extinguida, que es un
reproche para este siglo salvaje?
—O tus palabras me engañan, o me tientan—respondióme—; porque, a
pesar de hablarme en toscano, parece que no sepas nada del buen Gerardo.
Yo no le conozco ningún sobrenombre, a no ser que lo tome de su hija
Gaya. Dios sea con vosotros, que no puedo seguiros más. Mira el albor que
ya clarea, brillando a través del humo: me es preciso partir antes de que
aparezca el Angel que está allí.
Así dijo, y no quiso escuchar más.
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CANTO DECIMOSEPTIMO
ECTOR, si alguna vez te ha sorprendido la niebla en los
Alpes, de modo que no vieses a través de ella sino como el
topo a través de la membrana que cubre sus ojos, recuerda
cuán débilmente penetra el globo solar por entre los
húmedos y densos vapores, cuando éstos empiezan a
enrarecerse, y tu imaginación podrá fácilmente figurarse
cómo volví yo a ver el Sol, que estaba ya próximo a su
ocaso. Así pues, caminando al igual de mi fiel Maestro, salimos fuera de la
nube de humo a los rayos luminosos, que ya se habían extinguido en la
falda de la montaña.
¡Oh fantasía, que de tal modo nos arrebatas a veces fuera de nosotros
mismos, que nada siente el hombre aunque suenen mil trompetas en torno
suyo! ¿Quién te anima cuando no recibes impresión alguna de los sentidos?
sin duda te anima una luz que se forma en el cielo, y que desciende por sí
misma, o por la voluntad divina que nos la envía. En mi imaginación
aparecieron las huellas de la impiedad de aquélla, que se transformó en el
pájaro que más se deleita cantando. Entonces mi espíritu se reconcentró
tanto en sí mismo, que no llegaba hasta él ninguna cosa exterior. Después
descendió a mi exaltada fantasía la imagen desdeñosa y fiera de un
ECTOR, si alguna vez te ha sorprendido la niebla en los
Alpes, de modo que no vieses a través de ella sino como el
topo a través de la membrana que cubre sus ojos, recuerda
cuán débilmente penetra el globo solar por entre los
húmedos y densos vapores, cuando éstos empiezan a
enrarecerse, y tu imaginación podrá fácilmente figurarse
cómo volví yo a ver el Sol, que estaba ya próximo a su
ocaso. Así pues, caminando al igual de mi fiel Maestro, salimos fuera de la
nube de humo a los rayos luminosos, que ya se habían extinguido en la
falda de la montaña.
¡Oh fantasía, que de tal modo nos arrebatas a veces fuera de nosotros
mismos, que nada siente el hombre aunque suenen mil trompetas en torno
suyo! ¿Quién te anima cuando no recibes impresión alguna de los sentidos?
sin duda te anima una luz que se forma en el cielo, y que desciende por sí
misma, o por la voluntad divina que nos la envía. En mi imaginación
aparecieron las huellas de la impiedad de aquélla, que se transformó en el
pájaro que más se deleita cantando. Entonces mi espíritu se reconcentró
tanto en sí mismo, que no llegaba hasta él ninguna cosa exterior. Después
descendió a mi exaltada fantasía la imagen desdeñosa y fiera de un
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crucificado, a quien veía morir de aquel modo. Junto a él estaban el grande
Asuero, Esther su esposa, y el justo Mardoqueo, que fué tan recto en sus
obras y en sus palabras. Cuando se desvaneció por sí misma aquella visión,
como una burbuja a la que falta el agua de que estaba formada, surgió a mi
imaginación una doncella que, llorando desconsolada, decía: "¡Oh Reina!,
¿por qué tu cólera te redujo a la nada? Te has dado muerte por no perder a
Lavinia: sin embargo, me has perdido; y yo soy la que lloro, madre, tu
pérdida antes que la de otro."
Así como se interrumpe el sueño, cuando una nueva luz hiere de improviso
nuestros ojos cerrados, y aunque interrumpido se agita antes de morir
enteramente, así terminaron mis visiones tan pronto como me dió en el
rostro una claridad mucho mayor de la que estamos acostumbrados a ver.
Me volví a uno y otro lado para examinar el sitio en que me encontraba,
cuando oí una voz que decía: "Por aquí se sube." Aquella voz hizo que me
olvidase de todo, y despertó en mí tan vivo deseo de mirar quién era el que
hablaba, que no habría descansado hasta averiguarlo; pero me faltó allí la
facultad de ver, como sucede cuando el Sol nos deslumbra y se vela a
nuestros ojos con el esplendor de sus rayos.
—Este—me dijo mi Maestro—es un espíritu divino, que se oculta en su
propia luz, y que nos indica la vía para ir arriba, sin que se lo roguemos.
Hace con nosotros lo que el hombre consigo mismo; pues el que ve una
necesidad, y aguarda que le supliquen, ya se prepara malignamente a
rehusar todo socorro. Ahora nuestros pies deben aprestarse a obedecer tan
cortés invitación: apresurémonos, pues, a subir antes que obscurezca,
porque después no podríamos hacerlo hasta la nueva aurora.
Así dijo mi Guía, y ambos dirigimos nuestros pasos hacia una escalera: en
cuanto estuve en la primera grada, sentí junto a mí como un movimiento de
alas, que aventaba mi rostro, y oí decir: "Beati pacifici," que carecen de
pecaminosa ira. Estaban ya tan elevados sobre nosotros los últimos rayos a
quienes sigue la noche, que las estrellas aparecían por muchas partes. "¡Oh
valor mío!, ¿por qué así me abandonas?," decía yo entre mí, sintiendo que
me flaqueaban las piernas. Nos encontrábamos donde concluía la escalera,
y estábamos parados, como la nave que llega a la playa: escuché un
momento por si oía algo en el nuevo círculo; y después, dirigiéndome hacia
mi Maestro, le dije:
Asuero, Esther su esposa, y el justo Mardoqueo, que fué tan recto en sus
obras y en sus palabras. Cuando se desvaneció por sí misma aquella visión,
como una burbuja a la que falta el agua de que estaba formada, surgió a mi
imaginación una doncella que, llorando desconsolada, decía: "¡Oh Reina!,
¿por qué tu cólera te redujo a la nada? Te has dado muerte por no perder a
Lavinia: sin embargo, me has perdido; y yo soy la que lloro, madre, tu
pérdida antes que la de otro."
Así como se interrumpe el sueño, cuando una nueva luz hiere de improviso
nuestros ojos cerrados, y aunque interrumpido se agita antes de morir
enteramente, así terminaron mis visiones tan pronto como me dió en el
rostro una claridad mucho mayor de la que estamos acostumbrados a ver.
Me volví a uno y otro lado para examinar el sitio en que me encontraba,
cuando oí una voz que decía: "Por aquí se sube." Aquella voz hizo que me
olvidase de todo, y despertó en mí tan vivo deseo de mirar quién era el que
hablaba, que no habría descansado hasta averiguarlo; pero me faltó allí la
facultad de ver, como sucede cuando el Sol nos deslumbra y se vela a
nuestros ojos con el esplendor de sus rayos.
—Este—me dijo mi Maestro—es un espíritu divino, que se oculta en su
propia luz, y que nos indica la vía para ir arriba, sin que se lo roguemos.
Hace con nosotros lo que el hombre consigo mismo; pues el que ve una
necesidad, y aguarda que le supliquen, ya se prepara malignamente a
rehusar todo socorro. Ahora nuestros pies deben aprestarse a obedecer tan
cortés invitación: apresurémonos, pues, a subir antes que obscurezca,
porque después no podríamos hacerlo hasta la nueva aurora.
Así dijo mi Guía, y ambos dirigimos nuestros pasos hacia una escalera: en
cuanto estuve en la primera grada, sentí junto a mí como un movimiento de
alas, que aventaba mi rostro, y oí decir: "Beati pacifici," que carecen de
pecaminosa ira. Estaban ya tan elevados sobre nosotros los últimos rayos a
quienes sigue la noche, que las estrellas aparecían por muchas partes. "¡Oh
valor mío!, ¿por qué así me abandonas?," decía yo entre mí, sintiendo que
me flaqueaban las piernas. Nos encontrábamos donde concluía la escalera,
y estábamos parados, como la nave que llega a la playa: escuché un
momento por si oía algo en el nuevo círculo; y después, dirigiéndome hacia
mi Maestro, le dije:
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—Dulce Padre mío, ¿qué ofensa se purifica en el círculo en que estamos?
Ya que se detienen nuestros pies, no detengas tus palabras.
Me contestó:
—El amor del bien, que no ha cumplido su deber, aquí se reintegra: aquí se
castiga al tardo remero. Para que lo entiendas más claramente, dirige tu
pensamiento hacia mí, y recogerás algún buen fruto de nuestra detención.
Hijo mío—empezó a decir—, ni el Creador, ni criatura alguna carecieron
jamás de amor, bien sea natural o racional, según te consta. El natural no se
equivocó nunca: el otro puede errar, por dirigirse a un mal objeto, por
exceso o por falta de fervor. Mientras se dirige a los principales bienes, y se
modera en su afecto a los secundarios, no puede ser causa de censurable
deleite; pero cuando se inclina al mal, o se lanza al bien con mayor o menor
solicitud de la que debe, entonces la criatura se vuelve contra su Creador.
De aquí puedes deducir que el amor es en vosotros la semilla de toda virtud,
y de toda acción que merezca castigo. Ahora bien, como el amor no puede
nunca renunciar a la dicha del sujeto en quien reside, todas las cosas están
preservadas de su propio odio; y como no se concibe que ningún ser creado
pueda existir por sí solo, ni separado del Sér primero, es imposible todo
sentimiento que tienda a odiar a éste. Resulta, pues, si mi deducción es
lógica, que el mal que se desea es contra el prójimo; y este amor nace de
tres modos en vuestro frágil barro. Hay quien espera elevarse sobre la ruina
de su vecino, y sólo por esto desea que se derrumbe desde la altura de su
grandeza; hay quien teme perder mando, gracia, honor y fama ante la
elevación de otro, y esto le causa tal disgusto, que anhela lo contrario; y en
fin, hay quien, por haber recibido alguna injuria, se irrita de tal suerte, que
arde en sed de venganza, y únicamente piensa en hacer daño a su contrario.
Este triforme amor es el que hemos visto llorar en los círculos inferiores.
Ahora quiero que conozcas el otro amor que corre al bien sin orden ni
medida. Cada cual concibe confusamente y desea un bien en el que se
recrea el alma; y por eso se esfuerzan todos para alcanzarlo. Si vuestro
amor es lento en dirigirse o en adquirir aquel bien, este círculo os da el
debido castigo, aun después de vuestro arrepentimiento en vida. Existe otro
bien que no hace al hombre dichoso: no es la felicidad, no es la buena
esencia, el fruto y la raíz de todo bien. El amor que se entrega demasiado a
ese bien, se castiga en los tres círculos superiores a éste; pero no te diré el
modo cómo está hecha esta división, a fin de que tú lo averigües.
Ya que se detienen nuestros pies, no detengas tus palabras.
Me contestó:
—El amor del bien, que no ha cumplido su deber, aquí se reintegra: aquí se
castiga al tardo remero. Para que lo entiendas más claramente, dirige tu
pensamiento hacia mí, y recogerás algún buen fruto de nuestra detención.
Hijo mío—empezó a decir—, ni el Creador, ni criatura alguna carecieron
jamás de amor, bien sea natural o racional, según te consta. El natural no se
equivocó nunca: el otro puede errar, por dirigirse a un mal objeto, por
exceso o por falta de fervor. Mientras se dirige a los principales bienes, y se
modera en su afecto a los secundarios, no puede ser causa de censurable
deleite; pero cuando se inclina al mal, o se lanza al bien con mayor o menor
solicitud de la que debe, entonces la criatura se vuelve contra su Creador.
De aquí puedes deducir que el amor es en vosotros la semilla de toda virtud,
y de toda acción que merezca castigo. Ahora bien, como el amor no puede
nunca renunciar a la dicha del sujeto en quien reside, todas las cosas están
preservadas de su propio odio; y como no se concibe que ningún ser creado
pueda existir por sí solo, ni separado del Sér primero, es imposible todo
sentimiento que tienda a odiar a éste. Resulta, pues, si mi deducción es
lógica, que el mal que se desea es contra el prójimo; y este amor nace de
tres modos en vuestro frágil barro. Hay quien espera elevarse sobre la ruina
de su vecino, y sólo por esto desea que se derrumbe desde la altura de su
grandeza; hay quien teme perder mando, gracia, honor y fama ante la
elevación de otro, y esto le causa tal disgusto, que anhela lo contrario; y en
fin, hay quien, por haber recibido alguna injuria, se irrita de tal suerte, que
arde en sed de venganza, y únicamente piensa en hacer daño a su contrario.
Este triforme amor es el que hemos visto llorar en los círculos inferiores.
Ahora quiero que conozcas el otro amor que corre al bien sin orden ni
medida. Cada cual concibe confusamente y desea un bien en el que se
recrea el alma; y por eso se esfuerzan todos para alcanzarlo. Si vuestro
amor es lento en dirigirse o en adquirir aquel bien, este círculo os da el
debido castigo, aun después de vuestro arrepentimiento en vida. Existe otro
bien que no hace al hombre dichoso: no es la felicidad, no es la buena
esencia, el fruto y la raíz de todo bien. El amor que se entrega demasiado a
ese bien, se castiga en los tres círculos superiores a éste; pero no te diré el
modo cómo está hecha esta división, a fin de que tú lo averigües.
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CANTO DECIMOCTAVO
L gran doctor había terminado su razonamiento, y miraba
atentamente a mi ojos para ver si me dejaba satisfecho; y yo,
que me sentía excitado por una nueva sed, callaba
exteriormente, pero decía en mi interior: "Quizá le cansen
mis numerosas preguntas." Mas aquel Padre veraz, que
adivinó el tímido deseo que no me atrevía a descubrir,
hablando, me dió aliento para hablar; por lo que le dije:
—Maestro, mi vista se aviva de tal modo con tu luz, que discierne
claramente cuanto tu razón abarca o describe: por eso te ruego, dulce y
querido Padre, que me definas el Amor al que atribuyes toda buena y mala
acción.
—Dirige hacia mí—me dijo—las penetrantes miradas de tu inteligencia y te
será manifiesto el error de los ciegos que se convierten en guías. El alma,
que ha sido creada con predisposición al amor, se lanza hacia todo lo
agradable, tan pronto como es incitada por el placer a ponerse en acción.
Vuestra facultad aprehensiva recibe la imagen o la especie de un objeto
exterior, y la desenvuelve dentro de vosotros, de tal modo que induce a
vuestro ánimo a dirigirse hacia dicho objeto; y si al hacerlo se abandona a
L gran doctor había terminado su razonamiento, y miraba
atentamente a mi ojos para ver si me dejaba satisfecho; y yo,
que me sentía excitado por una nueva sed, callaba
exteriormente, pero decía en mi interior: "Quizá le cansen
mis numerosas preguntas." Mas aquel Padre veraz, que
adivinó el tímido deseo que no me atrevía a descubrir,
hablando, me dió aliento para hablar; por lo que le dije:
—Maestro, mi vista se aviva de tal modo con tu luz, que discierne
claramente cuanto tu razón abarca o describe: por eso te ruego, dulce y
querido Padre, que me definas el Amor al que atribuyes toda buena y mala
acción.
—Dirige hacia mí—me dijo—las penetrantes miradas de tu inteligencia y te
será manifiesto el error de los ciegos que se convierten en guías. El alma,
que ha sido creada con predisposición al amor, se lanza hacia todo lo
agradable, tan pronto como es incitada por el placer a ponerse en acción.
Vuestra facultad aprehensiva recibe la imagen o la especie de un objeto
exterior, y la desenvuelve dentro de vosotros, de tal modo que induce a
vuestro ánimo a dirigirse hacia dicho objeto; y si al hacerlo se abandona a
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él, ese abandono es amor, y ese amor es la naturaleza que de nuevo se une a
vosotros, por efecto del placer. Después, así como el fuego se dirige hacia
lo alto, a causa de su forma, que ha sido hecha para subir allá donde más se
conserva en su materia primitiva, así también el alma apasionada se entrega
al deseo, que es el movimiento espiritual, y no sosiega hasta que goza de la
cosa amada. Por lo dicho puedes comprender cuánto se oculta la verdad a
los que afirman que todo amor tiene en sí algo de laudable, quizá porque
creen que su materia es siempre buena; pero no todos los sellos estampados
en cera son buenos, por más que la cera lo sea.
—Tus palabras y mi inteligencia que las ha seguido—le respondí—, me han
descubierto lo que es el amor: pero eso mismo me ha llenado de nuevas
dudas; porque si el amor nace en nosotros por efecto de las cosas exteriores,
sin que el alma proceda de otro modo, ésta no tendrá ningún mérito en
seguir un camino recto o tortuoso.
Respondióme:
—Puedo decirte todo cuanto en ello ve nuestra razón: respecto a lo demás,
espera llegar hasta Beatriz, porque esto es materia de fe. Toda forma
substancial, que es distinta de la materia, y que sin embargo está unida a
ella, contiene una virtud que le es particular; la cual, sin las obras, no se
siente, ni se demuestra sino por los efectos, como la vida de la planta por su
verde follaje. El hombre ignora de dónde proceden el conocimiento de las
ideas primarias y el afecto a las cosas que primeramente apetece, los cuales
existen en vosotros como en las abejas la inclinación a fabricar miel: en
estos primeros deseos no cabe alabanza ni censura. Mas por cuanto a ellos
se agregan todos los demás deseos, es innata en vosotros la virtud que
aconseja, y que debe custodiar los umbrales del consentimiento. Ella es el
principio de donde sacáis la ocasión de contraer méritos, según que acoge o
rechaza los buenos o los malos amores. Los que razonando llegaron al
fondo de las cosas, han reconocido esa libertad innata, y han dejado al
mundo doctrinas morales. Supongamos, pues, que nazca por fuerza
necesaria todo amor que se enciende en vosotros; siempre tenéis la potestad
de contenerlo. Esa noble virtud es lo que Beatriz entiende por libre albedrío;
y debes procurar tenerlo presente, si acaso te habla de ello.
vosotros, por efecto del placer. Después, así como el fuego se dirige hacia
lo alto, a causa de su forma, que ha sido hecha para subir allá donde más se
conserva en su materia primitiva, así también el alma apasionada se entrega
al deseo, que es el movimiento espiritual, y no sosiega hasta que goza de la
cosa amada. Por lo dicho puedes comprender cuánto se oculta la verdad a
los que afirman que todo amor tiene en sí algo de laudable, quizá porque
creen que su materia es siempre buena; pero no todos los sellos estampados
en cera son buenos, por más que la cera lo sea.
—Tus palabras y mi inteligencia que las ha seguido—le respondí—, me han
descubierto lo que es el amor: pero eso mismo me ha llenado de nuevas
dudas; porque si el amor nace en nosotros por efecto de las cosas exteriores,
sin que el alma proceda de otro modo, ésta no tendrá ningún mérito en
seguir un camino recto o tortuoso.
Respondióme:
—Puedo decirte todo cuanto en ello ve nuestra razón: respecto a lo demás,
espera llegar hasta Beatriz, porque esto es materia de fe. Toda forma
substancial, que es distinta de la materia, y que sin embargo está unida a
ella, contiene una virtud que le es particular; la cual, sin las obras, no se
siente, ni se demuestra sino por los efectos, como la vida de la planta por su
verde follaje. El hombre ignora de dónde proceden el conocimiento de las
ideas primarias y el afecto a las cosas que primeramente apetece, los cuales
existen en vosotros como en las abejas la inclinación a fabricar miel: en
estos primeros deseos no cabe alabanza ni censura. Mas por cuanto a ellos
se agregan todos los demás deseos, es innata en vosotros la virtud que
aconseja, y que debe custodiar los umbrales del consentimiento. Ella es el
principio de donde sacáis la ocasión de contraer méritos, según que acoge o
rechaza los buenos o los malos amores. Los que razonando llegaron al
fondo de las cosas, han reconocido esa libertad innata, y han dejado al
mundo doctrinas morales. Supongamos, pues, que nazca por fuerza
necesaria todo amor que se enciende en vosotros; siempre tenéis la potestad
de contenerlo. Esa noble virtud es lo que Beatriz entiende por libre albedrío;
y debes procurar tenerlo presente, si acaso te habla de ello.
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La Luna, que salió tarde y casi a media noche, hacía que nos parecieran más
escasas las estrellas: semejante a un caldero encendido, corría contra el
cielo por aquel camino que inflama el Sol cuando el habitante de Roma le
ve caer entre Córcega y Cerdeña; y la Sombra gentil, por quien Piétola goza
de más fama que la ciudad de Mantua, se hallaba descargada del peso de
mis preguntas: por lo cual yo, que había recibido claras y sólidas razones
con respecto a todas ellas, estaba como el hombre que sorprendido por el
sueño no piensa en nada. Pero esta soñolencia me fué desvanecida de
improviso por mucha gente que avanzaba ya detrás de nosotros; y así como
en otro tiempo el Ismeno y el Asopo vieron correr de noche por sus orillas
una muchedumbre furiosa de tebanos para tener propicio a Baco, así
avanzaban por aquel círculo, según pude ver, los que eran estimulados por
una buena voluntad y un justo amor. En breve llegaron hasta nosotros;
porque toda aquella gran turba venía corriendo, y los dos de delante
gritaban llorando: "María se dirigió con suma celeridad a la montaña; y
César, por subyugar a Ilerda, voló a Marsella, y después pasó a España."
"Pronto, pronto, exclamaban otros en pos de ellos; que el tiempo no se
pierda por poco amor, a fin de que el anhelo de las buenas obras haga
reverdecer la gracia."
—¡Oh almas, en quienes un fervor ardiente compensa ahora quizá la
negligencia y la tardanza, que por tibieza empleasteis para el bien! Este, que
vive aún (y no os engaño), quiere ir allá arriba en cuanto el Sol brille de
nuevo: decidnos, pues, dónde está la subida.
Tales fueron las palabras de mi Guía; y uno de aquellos espíritus dijo:
—Ven tras de nosotros, y la encontrarás. Estamos tan deseosos de avanzar,
que no podemos detenernos: perdona, pues, si lo que hacemos por justo
castigo te parece una descortesía. Yo fuí abad en San Zenón de Verona,
durante el imperio del buen Barbarroja, de quien todavía se lamenta Milán.
Hay quien tiene ya un pie en la fosa, que pronto llorará por aquel
monasterio, entristeciéndole el poder que allí tuvo; porque en lugar de su
verdadero pastor, ha puesto en él a un hijo suyo, malo de cuerpo, peor aún
del espíritu, y nacido de mal consorcio.
No sé si dijo más, o si se calló; tan lejos se encontraba ya de nosotros; pero
esto es lo que oí, y me pareció bien retenerlo en la memoria. Y aquél que
escasas las estrellas: semejante a un caldero encendido, corría contra el
cielo por aquel camino que inflama el Sol cuando el habitante de Roma le
ve caer entre Córcega y Cerdeña; y la Sombra gentil, por quien Piétola goza
de más fama que la ciudad de Mantua, se hallaba descargada del peso de
mis preguntas: por lo cual yo, que había recibido claras y sólidas razones
con respecto a todas ellas, estaba como el hombre que sorprendido por el
sueño no piensa en nada. Pero esta soñolencia me fué desvanecida de
improviso por mucha gente que avanzaba ya detrás de nosotros; y así como
en otro tiempo el Ismeno y el Asopo vieron correr de noche por sus orillas
una muchedumbre furiosa de tebanos para tener propicio a Baco, así
avanzaban por aquel círculo, según pude ver, los que eran estimulados por
una buena voluntad y un justo amor. En breve llegaron hasta nosotros;
porque toda aquella gran turba venía corriendo, y los dos de delante
gritaban llorando: "María se dirigió con suma celeridad a la montaña; y
César, por subyugar a Ilerda, voló a Marsella, y después pasó a España."
"Pronto, pronto, exclamaban otros en pos de ellos; que el tiempo no se
pierda por poco amor, a fin de que el anhelo de las buenas obras haga
reverdecer la gracia."
—¡Oh almas, en quienes un fervor ardiente compensa ahora quizá la
negligencia y la tardanza, que por tibieza empleasteis para el bien! Este, que
vive aún (y no os engaño), quiere ir allá arriba en cuanto el Sol brille de
nuevo: decidnos, pues, dónde está la subida.
Tales fueron las palabras de mi Guía; y uno de aquellos espíritus dijo:
—Ven tras de nosotros, y la encontrarás. Estamos tan deseosos de avanzar,
que no podemos detenernos: perdona, pues, si lo que hacemos por justo
castigo te parece una descortesía. Yo fuí abad en San Zenón de Verona,
durante el imperio del buen Barbarroja, de quien todavía se lamenta Milán.
Hay quien tiene ya un pie en la fosa, que pronto llorará por aquel
monasterio, entristeciéndole el poder que allí tuvo; porque en lugar de su
verdadero pastor, ha puesto en él a un hijo suyo, malo de cuerpo, peor aún
del espíritu, y nacido de mal consorcio.
No sé si dijo más, o si se calló; tan lejos se encontraba ya de nosotros; pero
esto es lo que oí, y me pareció bien retenerlo en la memoria. Y aquél que
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era el socorro de todas mis necesidades dijo:
—Vuélvete hacia aquí; mira dos que vienen mordiendo a la Pereza.
Estos iban diciendo detrás de todos: "La nación por quien se abrió el mar,
murió antes de que sus descendientes viesen el Jordán;[68] y aquella gente
que no quiso compartir hasta el fin las fatigas del hijo de Anquises, se
ofreció por sí misma a una vida sin gloria."[69]
En seguida, cuando aquellas sombras se alejaron tanto de nosotros, que ya
no podíamos verlas, me asaltó una nueva idea, de la que nacieron otras
varias; y mi imaginación empezó a divagar de tal modo de una a otra, que
por alucinación cerré los ojos, y mi pensamiento se trocó pronto en sueño.
—Vuélvete hacia aquí; mira dos que vienen mordiendo a la Pereza.
Estos iban diciendo detrás de todos: "La nación por quien se abrió el mar,
murió antes de que sus descendientes viesen el Jordán;[68] y aquella gente
que no quiso compartir hasta el fin las fatigas del hijo de Anquises, se
ofreció por sí misma a una vida sin gloria."[69]
En seguida, cuando aquellas sombras se alejaron tanto de nosotros, que ya
no podíamos verlas, me asaltó una nueva idea, de la que nacieron otras
varias; y mi imaginación empezó a divagar de tal modo de una a otra, que
por alucinación cerré los ojos, y mi pensamiento se trocó pronto en sueño.
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CANTO DECIMONONO
la hora en que el calor del día, vencido por la tierra y por
Saturno acaso, no puede ya templar el frío de la Luna;
cuando los geománticos ven, antes del alba, elevarse en
Oriente "su mayor fortuna"[70] por aquel camino que para
ella permanece poco tiempo obscuro, se me apareció en
sueños una mujer tartamuda, bizca, con los pies torcidos,
manca y de amarillento color. Yo la miraba; y así como el Sol reanima los
miembros entorpecidos por el frío de la noche, de igual suerte mi mirada
hacía expedita su lengua, y erguía su cuerpo en poco tiempo, colorándole el
marchito rostro, como requiere el amor. Cuando tuvo la lengua suelta,
empezó a cantar de tal modo, que con trabajo hubiera podido separar mi
atención de ella. "Yo soy, cantaba, yo soy dulce Sirena, que distraigo a los
marineros en medio del mar; tanto es el placer que hago sentir. Con mi
canto aparté a Ulises de su camino inseguro; y el que conmigo se aviene,
rara vez se va; de tal modo le fascino." Aun no se había cerrado su boca,
cuando apareció a mi lado una mujer santa, pronta a confundirla: "¡Oh
Virgilio, Virgilio! ¿Quién es ésa?," decía con altivez; y él se acercaba con
los ojos fijos solamente en aquella honesta mujer. Cogió a la otra, y
desgarrando sus vestiduras, la descubrió por delante y me mostró su vientre.
la hora en que el calor del día, vencido por la tierra y por
Saturno acaso, no puede ya templar el frío de la Luna;
cuando los geománticos ven, antes del alba, elevarse en
Oriente "su mayor fortuna"[70] por aquel camino que para
ella permanece poco tiempo obscuro, se me apareció en
sueños una mujer tartamuda, bizca, con los pies torcidos,
manca y de amarillento color. Yo la miraba; y así como el Sol reanima los
miembros entorpecidos por el frío de la noche, de igual suerte mi mirada
hacía expedita su lengua, y erguía su cuerpo en poco tiempo, colorándole el
marchito rostro, como requiere el amor. Cuando tuvo la lengua suelta,
empezó a cantar de tal modo, que con trabajo hubiera podido separar mi
atención de ella. "Yo soy, cantaba, yo soy dulce Sirena, que distraigo a los
marineros en medio del mar; tanto es el placer que hago sentir. Con mi
canto aparté a Ulises de su camino inseguro; y el que conmigo se aviene,
rara vez se va; de tal modo le fascino." Aun no se había cerrado su boca,
cuando apareció a mi lado una mujer santa, pronta a confundirla: "¡Oh
Virgilio, Virgilio! ¿Quién es ésa?," decía con altivez; y él se acercaba con
los ojos fijos solamente en aquella honesta mujer. Cogió a la otra, y
desgarrando sus vestiduras, la descubrió por delante y me mostró su vientre.
Page 231
La pestilencia que de él salía me despertó. Volví los ojos y el buen Virgilio
me dijo:
Lo menos te he llamado tres veces: levántate y ven; busquemos la abertura
por donde has de entrar.
Me levanté: todos los círculos del sagrado monte estaban ya inundados por
la luz del día, y continuamos caminando teniendo el Sol a nuestra espalda.
Mientras le seguía, llevaba yo la frente como aquel a quien abruman los
pensamientos, que de sí mismo hace un arco de puente, cuando oí decir:
"Venid, por aquí se pasa." Estas palabras fueron pronunciadas con un tono
suave y benigno, como no se oye en esta región mortal. Con las alas
abiertas, que parecían de cisne, el que nos había hablado así nos dirigió
hacia arriba por entre las dos laderas del áspero peñasco. Movió después sus
plumas, y aventó mi frente, afirmando que son bienaventurados "qui
lugent," porque sus almas serán ricas de consuelo.
—¿Qué tienes, que sólo miras hacia el suelo?—me preguntó mi Guía,
cuando estuvimos poco más arriba del Angel.
Y yo le contesté:
—Me hace ir de este modo, suspenso y caviloso, una visión reciente, la cual
me atrae hacia sí, de suerte que no puedo eximirme de pensar en ella.
—¿Has visto—me dijo—la antigua hechicera, causante única del llanto que
más arriba de donde estamos se vierte? ¿Has visto cómo el hombre puede
desprenderse de ella? Bástete, pues, eso, y apresura el paso; vuelve tus ojos
al reclamo de las magníficas esferas, que hace girar el Rey eterno.
Como el halcón, que, mirando primero a sus pies, acude al grito del cazador
y tiende el vuelo, atraído por el deseo de la presa, lo mismo hice yo,
recorriendo la hendedura de la roca destinada a dar paso a los que suben, sin
detenerme hasta llegar al punto donde se camina en redondo. Cuando hube
salido al quinto círculo, vi algunas almas, que lloraban tendidas en el suelo
boca abajo; y las oí exclamar con tan fuertes suspiros, que apenas se
entendían las palabras: "Adhæsit pavimento anima mea."[71]
—¡Oh elegidos de Dios, cuyos padecimientos son suavizados por la
resignación y la esperanza! Dirigidnos hacia las altas gradas.
me dijo:
Lo menos te he llamado tres veces: levántate y ven; busquemos la abertura
por donde has de entrar.
Me levanté: todos los círculos del sagrado monte estaban ya inundados por
la luz del día, y continuamos caminando teniendo el Sol a nuestra espalda.
Mientras le seguía, llevaba yo la frente como aquel a quien abruman los
pensamientos, que de sí mismo hace un arco de puente, cuando oí decir:
"Venid, por aquí se pasa." Estas palabras fueron pronunciadas con un tono
suave y benigno, como no se oye en esta región mortal. Con las alas
abiertas, que parecían de cisne, el que nos había hablado así nos dirigió
hacia arriba por entre las dos laderas del áspero peñasco. Movió después sus
plumas, y aventó mi frente, afirmando que son bienaventurados "qui
lugent," porque sus almas serán ricas de consuelo.
—¿Qué tienes, que sólo miras hacia el suelo?—me preguntó mi Guía,
cuando estuvimos poco más arriba del Angel.
Y yo le contesté:
—Me hace ir de este modo, suspenso y caviloso, una visión reciente, la cual
me atrae hacia sí, de suerte que no puedo eximirme de pensar en ella.
—¿Has visto—me dijo—la antigua hechicera, causante única del llanto que
más arriba de donde estamos se vierte? ¿Has visto cómo el hombre puede
desprenderse de ella? Bástete, pues, eso, y apresura el paso; vuelve tus ojos
al reclamo de las magníficas esferas, que hace girar el Rey eterno.
Como el halcón, que, mirando primero a sus pies, acude al grito del cazador
y tiende el vuelo, atraído por el deseo de la presa, lo mismo hice yo,
recorriendo la hendedura de la roca destinada a dar paso a los que suben, sin
detenerme hasta llegar al punto donde se camina en redondo. Cuando hube
salido al quinto círculo, vi algunas almas, que lloraban tendidas en el suelo
boca abajo; y las oí exclamar con tan fuertes suspiros, que apenas se
entendían las palabras: "Adhæsit pavimento anima mea."[71]
—¡Oh elegidos de Dios, cuyos padecimientos son suavizados por la
resignación y la esperanza! Dirigidnos hacia las altas gradas.
Page 232
—Si venís libres de yacer aquí con nosotros, y queréis encontrar más pronto
la subida, caminad siempre llevando vuestra derecha hacia fuera del círculo.
Tal fué la súplica del Poeta, y tal la contestación que le dieron algo más
adelante de nosotros; pudiendo yo conocer por el sonido de las palabras
cuál era el que había hablado: volví entonces los ojos hacia mi Señor, quien
con un gesto complaciente consintió en lo que pedía la expresión de mi
deseo. Cuando pude obrar a mi gusto, me acerqué a aquella criatura, que
había llamado mi atención con sus palabras, diciéndole:
—Espíritu, en quien el llanto madura la expiación, sin la cual no se puede
llegar hasta Dios, suspende un momento por mí tu mayor cuidado. Dime
quién fuiste, y por qué tenéis todos la espalda vuelta hacia arriba, y si
quieres que pida por ti alguna cosa en el mundo de donde salí vivo.
Me respondió:
—Sabrás por qué ordena el Cielo que tengamos la espalda vuelta hacia él;
pero antes "scias quod ego fui successor Petri."[72] Entre Sesti y Chiavari se
interna un hermoso río, de cuyo nombre toma origen el título de mi sangre.
Un mes y poco más pude experimentar cuán pesado es el gran manto al que
lo preserva del lodo; pues cualquier otra carga parece una pluma. Mi
conversión ¡ay de mí! fué tardía; pero cuando fuí elegido Pastor romano,
conocí lo engañosa que es la vida. Vi que ni aun allí reposaba el corazón, no
siendo posible subir a más altura en aquella vida mortal: así es que me
inflamó el amor de la eterna. Hasta entonces fuí una alma miserable, alejada
de Dios, y completamente avara, por lo cual sufro el castigo que ves. Lo
que hace la avaricia, se manifiesta aquí con la pena que sufren las almas
echadas boca abajo; pena mas amarga que ninguna otra. Así como nuestros
ojos, fijos en las cosas terrenales, no miraron nunca hacia arriba, del mismo
modo la justicia los sumerge aquí en el suelo. Así como la avaricia
extinguió en nosotros el amor hacia todo verdadero bien, por lo cual fueron
vanas nuestras obras, así también la justicia nos tiene aquí oprimidos,
atados de pies y manos, e inmóviles y extendidos mientras plazca al justo
Señor.
Yo me había arrodillado, y quise hablar; pero cuando empezaba, el espíritu
advirtió, con sólo escuchar, este acto de reverencia, y me dijo:
la subida, caminad siempre llevando vuestra derecha hacia fuera del círculo.
Tal fué la súplica del Poeta, y tal la contestación que le dieron algo más
adelante de nosotros; pudiendo yo conocer por el sonido de las palabras
cuál era el que había hablado: volví entonces los ojos hacia mi Señor, quien
con un gesto complaciente consintió en lo que pedía la expresión de mi
deseo. Cuando pude obrar a mi gusto, me acerqué a aquella criatura, que
había llamado mi atención con sus palabras, diciéndole:
—Espíritu, en quien el llanto madura la expiación, sin la cual no se puede
llegar hasta Dios, suspende un momento por mí tu mayor cuidado. Dime
quién fuiste, y por qué tenéis todos la espalda vuelta hacia arriba, y si
quieres que pida por ti alguna cosa en el mundo de donde salí vivo.
Me respondió:
—Sabrás por qué ordena el Cielo que tengamos la espalda vuelta hacia él;
pero antes "scias quod ego fui successor Petri."[72] Entre Sesti y Chiavari se
interna un hermoso río, de cuyo nombre toma origen el título de mi sangre.
Un mes y poco más pude experimentar cuán pesado es el gran manto al que
lo preserva del lodo; pues cualquier otra carga parece una pluma. Mi
conversión ¡ay de mí! fué tardía; pero cuando fuí elegido Pastor romano,
conocí lo engañosa que es la vida. Vi que ni aun allí reposaba el corazón, no
siendo posible subir a más altura en aquella vida mortal: así es que me
inflamó el amor de la eterna. Hasta entonces fuí una alma miserable, alejada
de Dios, y completamente avara, por lo cual sufro el castigo que ves. Lo
que hace la avaricia, se manifiesta aquí con la pena que sufren las almas
echadas boca abajo; pena mas amarga que ninguna otra. Así como nuestros
ojos, fijos en las cosas terrenales, no miraron nunca hacia arriba, del mismo
modo la justicia los sumerge aquí en el suelo. Así como la avaricia
extinguió en nosotros el amor hacia todo verdadero bien, por lo cual fueron
vanas nuestras obras, así también la justicia nos tiene aquí oprimidos,
atados de pies y manos, e inmóviles y extendidos mientras plazca al justo
Señor.
Yo me había arrodillado, y quise hablar; pero cuando empezaba, el espíritu
advirtió, con sólo escuchar, este acto de reverencia, y me dijo:
Page 233
—¿Por qué te inclinas al suelo de ese modo?
Le contesté:
—Mi recta conciencia me obliga a respetar vuestra dignidad.
—Endereza tus piernas, y levántate, hermano—repuso—; no te engañes:
como tú y los demás, soy servidor de la misma potestad. Si has podido
comprender aquellas palabras evangélicas que dicen "neque nubent," bien
puedes ver por qué hablo así. Véte ya: no quiero que te detengas por más
tiempo; que tu permanencia aquí da treguas a mi llanto, con el que acelero
lo que tú has dicho antes. Tengo allá abajo una sobrina, que se llama Alagia,
naturalmente buena, a no ser que nuestra casa la haya pervertido con su
ejemplo. Ella sola me queda ya en el mundo.
Le contesté:
—Mi recta conciencia me obliga a respetar vuestra dignidad.
—Endereza tus piernas, y levántate, hermano—repuso—; no te engañes:
como tú y los demás, soy servidor de la misma potestad. Si has podido
comprender aquellas palabras evangélicas que dicen "neque nubent," bien
puedes ver por qué hablo así. Véte ya: no quiero que te detengas por más
tiempo; que tu permanencia aquí da treguas a mi llanto, con el que acelero
lo que tú has dicho antes. Tengo allá abajo una sobrina, que se llama Alagia,
naturalmente buena, a no ser que nuestra casa la haya pervertido con su
ejemplo. Ella sola me queda ya en el mundo.
Page 234
CANTO VIGESIMO
AL resiste un deseo contra otro mejor: por esto, para
complacer a aquel espíritu, retiré del agua, contra mi gusto,
la esponja de la curiosidad no saturada. Púseme en marcha, y
mi Guía se encaminó por los únicos parajes que había
expeditos a lo largo de la escarpa del monte, andando como
quien va por una muralla pegado a los merlones; porque
aquellas almas que vierten gota a gota por sus ojos el mal
que se apodera del mundo entero, se acercan demasiado de la otra parte
hacia fuera. ¡Maldita seas, antigua loba, que con tu hambre profunda e
insaciable haces más presas que todas las demás fieras! ¡Oh Cielo, en cuyas
revoluciones ven algunos la causa de los cambios que sufren las cosas y las
condiciones humanas!, ¿cuándo vendrá el que haga huír a esa loba?
Ibamos caminando con pasos lentos y contados, y yo ponía toda mi
atención en las sombras, escuchándolas piadosamente llorar y lamentarse;
cuando por ventura oí exclamar con dolorida voz, semejante a la de una
mujer próxima a su alumbramiento: "¡Dulce María!" Y en seguida: "Fuiste
tan pobre como se puede ver por aquel establo donde depusiste tu santo
fruto." A continuación oí: "¡Oh buen Fabricio!, preferiste ser pobre y
virtuoso, antes que poseer grandes riquezas cayendo en el vicio." Estas
AL resiste un deseo contra otro mejor: por esto, para
complacer a aquel espíritu, retiré del agua, contra mi gusto,
la esponja de la curiosidad no saturada. Púseme en marcha, y
mi Guía se encaminó por los únicos parajes que había
expeditos a lo largo de la escarpa del monte, andando como
quien va por una muralla pegado a los merlones; porque
aquellas almas que vierten gota a gota por sus ojos el mal
que se apodera del mundo entero, se acercan demasiado de la otra parte
hacia fuera. ¡Maldita seas, antigua loba, que con tu hambre profunda e
insaciable haces más presas que todas las demás fieras! ¡Oh Cielo, en cuyas
revoluciones ven algunos la causa de los cambios que sufren las cosas y las
condiciones humanas!, ¿cuándo vendrá el que haga huír a esa loba?
Ibamos caminando con pasos lentos y contados, y yo ponía toda mi
atención en las sombras, escuchándolas piadosamente llorar y lamentarse;
cuando por ventura oí exclamar con dolorida voz, semejante a la de una
mujer próxima a su alumbramiento: "¡Dulce María!" Y en seguida: "Fuiste
tan pobre como se puede ver por aquel establo donde depusiste tu santo
fruto." A continuación oí: "¡Oh buen Fabricio!, preferiste ser pobre y
virtuoso, antes que poseer grandes riquezas cayendo en el vicio." Estas
Page 235
palabras me eran tan agradables, que me adelanté para conocer el espíritu
de quien al parecer procedían. Este seguía hablando de los donativos que
hizo Nicolás a las doncellas para conducir su juventud por la senda del
honor.[73]
—¡Oh alma, que recuerdas tan benéficas acciones! Dime quién fuiste—le
pregunté—, y por qué eres la única que reitera esas dignas alabanzas. Tus
palabras no quedarán sin recompensa, si vuelvo al mundo para concluir el
corto camino de aquella vida que vuela a su término.
—Te lo diré—me contestó—, no porque espere consuelo alguno que
proceda de allá, sino porque brilla en ti tanta gracia antes de haber muerto.
Yo fuí raíz de la mala planta que arroja hoy sobre toda la tierra cristiana tan
nociva sombra que apenas se coge en ella ningún fruto bueno. Pero si
Douay, Gante, Lilla, y Brujas pudieran, pronto tomarían venganza; y yo se
la pido a Aquél que lo juzga todo. En el mundo me llamé Hugo Capeto: de
mí descienden los Felipes y los Luises, que en estos últimos tiempos rigen
la Francia. Hijo fuí de un carnicero de París. Cuando faltaron los antiguos
reyes, salvo uno que se revistió de paños grises, empuñé las riendas del
gobierno del reino, y en mi nueva posición adquirí tal poder y tantos
amigos, que la corona vacante fué colocada en la cabeza de mi hijo, en
quien comienza la estirpe consagrada de los nuevos reyes. Mientras la gran
adquisición de los Estados provenzales no quitó la vergüenza a mi familia,
ésta valió poco, mas en cambio no hizo daño; pero allí dió principio a sus
rapiñas, empleando la fuerza y la mentira: luego, para enmendarse, usurpó
el Ponthieu, la Normandía y la Gascuña. Carlos fué a Italia, y para
enmendarse, hizo una víctima de Conradino, y después envió al Cielo a
Tomás, también para enmendarse. Veo un tiempo, no muy lejano, en que
saldrá de Francia otro Carlos, para darse a conocer mejor a sí mismo y a los
suyos.[74] Sale de ella sin armas, y sólo con la lanza con que luchó Judas; y
la maneja de modo que abre con ella y vacía el vientre de Florencia. En esta
ocasión no adquirirá comarcas, sino pecados y oprobio, tanto más gravosos
para él, cuanto más leve le parezca semejante daño. Veo al otro que ya salió,
y cayó prisionero en un bajel, vender a su hija regateando el precio, como
hacen los corsarios con sus esclavas. ¡Oh avaricia! ¿Qué más puedes hacer,
cuando te has apoderado de mi estirpe, tanto que no se cuida de su propia
carne? Y a fin de que parezca menor el mal futuro y el pasado, veo a la flor
de Lis entrar en Alagna, y a Cristo prisionero en la persona de su vicario,
de quien al parecer procedían. Este seguía hablando de los donativos que
hizo Nicolás a las doncellas para conducir su juventud por la senda del
honor.[73]
—¡Oh alma, que recuerdas tan benéficas acciones! Dime quién fuiste—le
pregunté—, y por qué eres la única que reitera esas dignas alabanzas. Tus
palabras no quedarán sin recompensa, si vuelvo al mundo para concluir el
corto camino de aquella vida que vuela a su término.
—Te lo diré—me contestó—, no porque espere consuelo alguno que
proceda de allá, sino porque brilla en ti tanta gracia antes de haber muerto.
Yo fuí raíz de la mala planta que arroja hoy sobre toda la tierra cristiana tan
nociva sombra que apenas se coge en ella ningún fruto bueno. Pero si
Douay, Gante, Lilla, y Brujas pudieran, pronto tomarían venganza; y yo se
la pido a Aquél que lo juzga todo. En el mundo me llamé Hugo Capeto: de
mí descienden los Felipes y los Luises, que en estos últimos tiempos rigen
la Francia. Hijo fuí de un carnicero de París. Cuando faltaron los antiguos
reyes, salvo uno que se revistió de paños grises, empuñé las riendas del
gobierno del reino, y en mi nueva posición adquirí tal poder y tantos
amigos, que la corona vacante fué colocada en la cabeza de mi hijo, en
quien comienza la estirpe consagrada de los nuevos reyes. Mientras la gran
adquisición de los Estados provenzales no quitó la vergüenza a mi familia,
ésta valió poco, mas en cambio no hizo daño; pero allí dió principio a sus
rapiñas, empleando la fuerza y la mentira: luego, para enmendarse, usurpó
el Ponthieu, la Normandía y la Gascuña. Carlos fué a Italia, y para
enmendarse, hizo una víctima de Conradino, y después envió al Cielo a
Tomás, también para enmendarse. Veo un tiempo, no muy lejano, en que
saldrá de Francia otro Carlos, para darse a conocer mejor a sí mismo y a los
suyos.[74] Sale de ella sin armas, y sólo con la lanza con que luchó Judas; y
la maneja de modo que abre con ella y vacía el vientre de Florencia. En esta
ocasión no adquirirá comarcas, sino pecados y oprobio, tanto más gravosos
para él, cuanto más leve le parezca semejante daño. Veo al otro que ya salió,
y cayó prisionero en un bajel, vender a su hija regateando el precio, como
hacen los corsarios con sus esclavas. ¡Oh avaricia! ¿Qué más puedes hacer,
cuando te has apoderado de mi estirpe, tanto que no se cuida de su propia
carne? Y a fin de que parezca menor el mal futuro y el pasado, veo a la flor
de Lis entrar en Alagna, y a Cristo prisionero en la persona de su vicario,
Page 236
véole otra vez entregado al ludibrio, veo renovar la hiel y vinagre, y le veo
morir entre otros dos ladrones. Veo tan cruel al nuevo Pilatos, que no le
basta eso, y sin dictar sentencia, lleva hasta el templo sus codiciosos deseos.
¡Oh Señor mío! ¿Cuándo tendré la dicha de contemplar la venganza que,
oculta en tus arcanos, te hace agradable tu ira? En cuanto a lo que yo decía
de la única Esposa del Espíritu Santo, lo cual hizo que te volvieses hacia mí
para obtener alguna explicación, te diré que esto forma parte de nuestras
oraciones durante el día; mas luego que anochece, recitamos en su lugar
ejemplos contrarios. Entonces recordamos a Pigmalión, a quien su pasión
por el oro hizo traidor, ladrón y parricida; y la miseria del avaro Midas,
consecuencia de su petición desmesurada, que será siempre motivo de
burla. Recuérdese también al insensato Acham, y cómo robó los despojos
del enemigo, de suerte que aun aquí parece que le persiga la ira de Josué.
Después acusamos a Safira y a su marido; alabamos los pies que pisotearon
a Eliodoro, y por todo el monte circula infamado el nombre de Polinéstor,
que mató a Polidoro. Por último, gritamos: "¡Oh Craso! Dinos, pues no lo
ignoras, qué sabor tiene el oro." A veces hablamos unos en alta voz, otros
en voz baja, según la afección que a ello nos estimula con más o menos
fuerza. Por lo demás, no era yo sólo quien antes recordaba los buenos
ejemplos de que nos ocupamos durante el día; pero no había cerca de aquí
otro que levantara la voz.
Nos habíamos separado ya de aquel espíritu, y procurábamos avanzar por el
camino cuanto nos era posible, cuando sentí retemblar el monte como si se
hundiera; por lo cual me sobrecogió un frío, sólo comparable al que siente
aquel que va a morir. No se estremeció en verdad tan fuertemente Delos,
antes que Latona anidase en ella para dar a luz los dos ojos del Cielo.[75]
Después resonó por todos los ámbitos de la montaña tal grito, que el
Maestro se acercó a mí diciendo:
—No vaciles, mientras yo te guíe.
"Gloria in excelsis Deo," decían todos, según comprendí por las voces que
salían de los puntos cercanos, desde donde era posible oirlas. Nos
quedamos inmóviles y suspensos, como los pastores que por primera vez
oyeron aquel canto, hasta que cesó el temblor, y acabó el himno.
Emprendimos nuevamente nuestro santo camino, mirando las sombras que
yacían por el suelo vueltas boca abajo y exhalando su acostumbrado llanto.
morir entre otros dos ladrones. Veo tan cruel al nuevo Pilatos, que no le
basta eso, y sin dictar sentencia, lleva hasta el templo sus codiciosos deseos.
¡Oh Señor mío! ¿Cuándo tendré la dicha de contemplar la venganza que,
oculta en tus arcanos, te hace agradable tu ira? En cuanto a lo que yo decía
de la única Esposa del Espíritu Santo, lo cual hizo que te volvieses hacia mí
para obtener alguna explicación, te diré que esto forma parte de nuestras
oraciones durante el día; mas luego que anochece, recitamos en su lugar
ejemplos contrarios. Entonces recordamos a Pigmalión, a quien su pasión
por el oro hizo traidor, ladrón y parricida; y la miseria del avaro Midas,
consecuencia de su petición desmesurada, que será siempre motivo de
burla. Recuérdese también al insensato Acham, y cómo robó los despojos
del enemigo, de suerte que aun aquí parece que le persiga la ira de Josué.
Después acusamos a Safira y a su marido; alabamos los pies que pisotearon
a Eliodoro, y por todo el monte circula infamado el nombre de Polinéstor,
que mató a Polidoro. Por último, gritamos: "¡Oh Craso! Dinos, pues no lo
ignoras, qué sabor tiene el oro." A veces hablamos unos en alta voz, otros
en voz baja, según la afección que a ello nos estimula con más o menos
fuerza. Por lo demás, no era yo sólo quien antes recordaba los buenos
ejemplos de que nos ocupamos durante el día; pero no había cerca de aquí
otro que levantara la voz.
Nos habíamos separado ya de aquel espíritu, y procurábamos avanzar por el
camino cuanto nos era posible, cuando sentí retemblar el monte como si se
hundiera; por lo cual me sobrecogió un frío, sólo comparable al que siente
aquel que va a morir. No se estremeció en verdad tan fuertemente Delos,
antes que Latona anidase en ella para dar a luz los dos ojos del Cielo.[75]
Después resonó por todos los ámbitos de la montaña tal grito, que el
Maestro se acercó a mí diciendo:
—No vaciles, mientras yo te guíe.
"Gloria in excelsis Deo," decían todos, según comprendí por las voces que
salían de los puntos cercanos, desde donde era posible oirlas. Nos
quedamos inmóviles y suspensos, como los pastores que por primera vez
oyeron aquel canto, hasta que cesó el temblor, y acabó el himno.
Emprendimos nuevamente nuestro santo camino, mirando las sombras que
yacían por el suelo vueltas boca abajo y exhalando su acostumbrado llanto.
Page 237
Si la memoria no me es infiel, jamás la ignorancia de una cosa incitó con
tanto empeño mi deseo de saber, como entonces, pensando en lo ocurrido: y
como, por la premura de nuestra marcha, no me atreví a preguntar, ni por mí
mismo podía comprender nada, caminaba tímido y pensativo.
tanto empeño mi deseo de saber, como entonces, pensando en lo ocurrido: y
como, por la premura de nuestra marcha, no me atreví a preguntar, ni por mí
mismo podía comprender nada, caminaba tímido y pensativo.
Page 238
CANTO VIGESIMOPRIMERO
E atormentaba la sed natural, que no se sacia nunca sino con
aquella agua que pidió como gracia la joven samaritana;
excitábame la prisa de seguir a mi jefe por el obstruído
sendero, y me afligía el espectáculo del justo castigo. En
esto, según refiere Lucas que se apareció Cristo a dos
hombres en el camino, después de haber salido del sepulcro,
así se nos apareció una sombra, que venía en pos de nosotros
mirando a sus plantas las almas tendidas: aun no habíamos reparado en ella,
cuando nos dirigió la palabra diciéndonos:
—Hermanos míos, la paz de Dios sea con vosotros.
Nos volvimos presurosamente, y Virgilio le hizo la demostración que
convenía a aquel saludo. Después le dijo:
—¡Que en el concilio bienaventurado te admita en paz el tribunal de verdad
que me relega a un destierro perpetuo!
—¡Cómo!—exclamó el espíritu—; ¿pues por qué vais tan de prisa, si sois
sombras que Dios no se digna admitir allá arriba? ¿Quien os ha guiado
hasta aquí por su escala?
E atormentaba la sed natural, que no se sacia nunca sino con
aquella agua que pidió como gracia la joven samaritana;
excitábame la prisa de seguir a mi jefe por el obstruído
sendero, y me afligía el espectáculo del justo castigo. En
esto, según refiere Lucas que se apareció Cristo a dos
hombres en el camino, después de haber salido del sepulcro,
así se nos apareció una sombra, que venía en pos de nosotros
mirando a sus plantas las almas tendidas: aun no habíamos reparado en ella,
cuando nos dirigió la palabra diciéndonos:
—Hermanos míos, la paz de Dios sea con vosotros.
Nos volvimos presurosamente, y Virgilio le hizo la demostración que
convenía a aquel saludo. Después le dijo:
—¡Que en el concilio bienaventurado te admita en paz el tribunal de verdad
que me relega a un destierro perpetuo!
—¡Cómo!—exclamó el espíritu—; ¿pues por qué vais tan de prisa, si sois
sombras que Dios no se digna admitir allá arriba? ¿Quien os ha guiado
hasta aquí por su escala?
Page 239
Mi Doctor contestó:
—Si miras las señales que lleva éste y trazas al Angel, podrás ver que tiene
el derecho de reinar con los buenos; pero como aquella que hila de noche y
de día no había terminado aún la husada que le corresponde, y que Cloto
prepara e impone a cada uno de nosotros, su alma, que es hermana tuya y
mía, viniendo aquí, no podía venir sola, porque no puede ver como
nosotros. Por esta razón fuí yo sacado de la vasta garganta del Infierno para
enseñarle el camino, y se lo enseñaré hasta donde mi ciencia pueda guiarle.
Pero dime, si es que lo sabes, ¿por qué dió antes el monte tales sacudidas, y
por qué hasta en sus húmedos fundamentos parecían gritar a la vez todas las
almas?
Haciendo esta pregunta, Virgilio acertó como en una aguja con el ojo de mi
deseo, de tal suerte, que bastó la esperanza para mitigar mi sed de saber.
Aquél empezó de esta manera:
—Nada sucede en la religiosa montaña, que esté fuera del orden o del uso
establecido. Este sitio está libre de toda conmoción; y la que habéis sentido
sólo puede proceder de aquello que el Cielo recibe digno de sí mismo, y no
de otra causa. Porque no llueve, ni graniza, ni nieva, ni cae escarcha ni
rocío más acá de la puerta de las tres pequeñas gradas. No aparecen nubes
densas ni enrarecidas, ni se ven relámpagos, ni a la hija de Taumante, que
allá abajo cambia con frecuencia de sitio. No hay seco vapor, que se eleve a
mayor altura de la de aquellas tres gradas de que he hablado, donde tiene
sus plantas el vicario de Pedro. Quizá temblará el monte poco o mucho más
abajo de allí; pero por más viento que se esconda en la tierra, no sé en qué
consiste que aquí no ha temblado nunca. Unicamente se estremece cuando
algún alma, sintiéndose purificada, se levanta o se mueve para subir,
acompañándola aquel cántico. La prueba de la purificación es la voluntad
que excita al alma, libre ya, a mudar de sitio, ayudándole en su mismo
deseo. No por eso deja de sentir antes de tiempo el anhelo ineficaz de subir
al cielo, pero sin que tampoco la abandone el de satisfacer a la justicia
divina, pues ésta le impone por el castigo el mismo afán que tuvo por el
pecado. Yo, que he yacido en esta mansión de dolor más de quinientos años,
no he tenido hasta este momento la libre voluntad de pasar a otra mejor: por
eso has sentido el terremoto, y a los piadosos espíritus alabando por la
montaña a aquel Señor, que los admitirá pronto en su seno.
—Si miras las señales que lleva éste y trazas al Angel, podrás ver que tiene
el derecho de reinar con los buenos; pero como aquella que hila de noche y
de día no había terminado aún la husada que le corresponde, y que Cloto
prepara e impone a cada uno de nosotros, su alma, que es hermana tuya y
mía, viniendo aquí, no podía venir sola, porque no puede ver como
nosotros. Por esta razón fuí yo sacado de la vasta garganta del Infierno para
enseñarle el camino, y se lo enseñaré hasta donde mi ciencia pueda guiarle.
Pero dime, si es que lo sabes, ¿por qué dió antes el monte tales sacudidas, y
por qué hasta en sus húmedos fundamentos parecían gritar a la vez todas las
almas?
Haciendo esta pregunta, Virgilio acertó como en una aguja con el ojo de mi
deseo, de tal suerte, que bastó la esperanza para mitigar mi sed de saber.
Aquél empezó de esta manera:
—Nada sucede en la religiosa montaña, que esté fuera del orden o del uso
establecido. Este sitio está libre de toda conmoción; y la que habéis sentido
sólo puede proceder de aquello que el Cielo recibe digno de sí mismo, y no
de otra causa. Porque no llueve, ni graniza, ni nieva, ni cae escarcha ni
rocío más acá de la puerta de las tres pequeñas gradas. No aparecen nubes
densas ni enrarecidas, ni se ven relámpagos, ni a la hija de Taumante, que
allá abajo cambia con frecuencia de sitio. No hay seco vapor, que se eleve a
mayor altura de la de aquellas tres gradas de que he hablado, donde tiene
sus plantas el vicario de Pedro. Quizá temblará el monte poco o mucho más
abajo de allí; pero por más viento que se esconda en la tierra, no sé en qué
consiste que aquí no ha temblado nunca. Unicamente se estremece cuando
algún alma, sintiéndose purificada, se levanta o se mueve para subir,
acompañándola aquel cántico. La prueba de la purificación es la voluntad
que excita al alma, libre ya, a mudar de sitio, ayudándole en su mismo
deseo. No por eso deja de sentir antes de tiempo el anhelo ineficaz de subir
al cielo, pero sin que tampoco la abandone el de satisfacer a la justicia
divina, pues ésta le impone por el castigo el mismo afán que tuvo por el
pecado. Yo, que he yacido en esta mansión de dolor más de quinientos años,
no he tenido hasta este momento la libre voluntad de pasar a otra mejor: por
eso has sentido el terremoto, y a los piadosos espíritus alabando por la
montaña a aquel Señor, que los admitirá pronto en su seno.
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Así habló; y como el hombre goza tanto más en beber, cuanta mayor sed
tiene, no sabré decir el contento que me dió. Mi sabio Guía le dijo:
—Ahora veo la red en que estáis prendidos, y de qué manera os libráis de
ella; la causa del temblor del monte y la de que os congratuléis. Hazme
saber ahora, si lo tienes a bien, quién fuiste, y por qué has estado tendido
durante tantos siglos: permíteme que lo deduzca de tus palabras.
—En aquel tiempo en que el buen Tito, con la ayuda del supremo Rey,
vengó las heridas por donde salió la sangre que había vendido Judas—
respondió aquel espíritu—, estaba yo allá abajo llevando el nombre que más
dura y honra más, bastante famoso, pero todavía sin fe. Fué tan dulce mi
canto, que, a pesar de ser tolosano, me atrajo a sí Roma, donde merecí que
coronaran de mirto mis sienes. Aun me llama Estacio la gente que allí vive:
canté a Tebas, y después al gran Aquiles; pero caí en el camino llevando mi
segunda carga. Encendieron mi ardor las chispas de la divina llama que han
inflamado a más de mil. Hablo de la "Eneida," la cual fué mi madre y mi
nodriza en poesía: nada escribí sin ella que tuviera el menor peso; y pasaría
gustoso un año más en este destierro, con tal de haber vivido en el mundo
cuando vivió Virgilio.
Estas palabras hicieron que Virgilio se volviera hacia mí, con un ademán,
que tácitamente decía: "Cállate;" pero la voluntad no lo puede todo; porque
la risa y el llanto siguen de tal modo a la pasión de que proceden, que en los
hombres más sinceros se manifiestan sin querer: así es que yo me sonreí,
como quien muestra estar en inteligencia con otro; por lo cual la sombra se
calló, y me miró a los ojos, que es donde más se refleja el pensamiento.
—¡Ah! ¡Ojalá puedas llevar a buen término tu grande obra!—dijo—; más
¿por qué tu rostro me ha mostrado ahora ese relámpago de sonrisa?
Vime entonces apurado entre ambos: el uno me obligaba a callar, el otro me
pedía que hablase; por lo cual suspiré, y fuí comprendido.
—Puedes hablar sin temor—me dijo mi Maestro—; habla y dile lo que
pregunta con tanto empeño.
Contesté, pues:
tiene, no sabré decir el contento que me dió. Mi sabio Guía le dijo:
—Ahora veo la red en que estáis prendidos, y de qué manera os libráis de
ella; la causa del temblor del monte y la de que os congratuléis. Hazme
saber ahora, si lo tienes a bien, quién fuiste, y por qué has estado tendido
durante tantos siglos: permíteme que lo deduzca de tus palabras.
—En aquel tiempo en que el buen Tito, con la ayuda del supremo Rey,
vengó las heridas por donde salió la sangre que había vendido Judas—
respondió aquel espíritu—, estaba yo allá abajo llevando el nombre que más
dura y honra más, bastante famoso, pero todavía sin fe. Fué tan dulce mi
canto, que, a pesar de ser tolosano, me atrajo a sí Roma, donde merecí que
coronaran de mirto mis sienes. Aun me llama Estacio la gente que allí vive:
canté a Tebas, y después al gran Aquiles; pero caí en el camino llevando mi
segunda carga. Encendieron mi ardor las chispas de la divina llama que han
inflamado a más de mil. Hablo de la "Eneida," la cual fué mi madre y mi
nodriza en poesía: nada escribí sin ella que tuviera el menor peso; y pasaría
gustoso un año más en este destierro, con tal de haber vivido en el mundo
cuando vivió Virgilio.
Estas palabras hicieron que Virgilio se volviera hacia mí, con un ademán,
que tácitamente decía: "Cállate;" pero la voluntad no lo puede todo; porque
la risa y el llanto siguen de tal modo a la pasión de que proceden, que en los
hombres más sinceros se manifiestan sin querer: así es que yo me sonreí,
como quien muestra estar en inteligencia con otro; por lo cual la sombra se
calló, y me miró a los ojos, que es donde más se refleja el pensamiento.
—¡Ah! ¡Ojalá puedas llevar a buen término tu grande obra!—dijo—; más
¿por qué tu rostro me ha mostrado ahora ese relámpago de sonrisa?
Vime entonces apurado entre ambos: el uno me obligaba a callar, el otro me
pedía que hablase; por lo cual suspiré, y fuí comprendido.
—Puedes hablar sin temor—me dijo mi Maestro—; habla y dile lo que
pregunta con tanto empeño.
Contesté, pues:
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—Quizá te asombres, antiguo espíritu, de mi sonrisa; pero quiero causarte
mayor admiración. Este, que guía mis ojos hacia arriba, es aquel Virgilio, de
quien aprendiste a cantar en sublimes versos los actos de los hombres y de
los dioses. Si creíste que mi sonrisa tenía otra causa, deséchala como
errónea, que sólo procedía de las palabras que pronunciaste con respecto a
él.
Estacio se inclinaba ya para abrazar las rodillas de mi Señor; pero éste le
dijo:
—Hermano, no lo hagas; que tú eres sombra, y ves ante ti a otra sombra.
Y él, levantándose, contestó:
—Tú puedes comprender ahora la magnitud del amor que por ti me inflama,
cuando olvido nuestra vanidad, tratando a una sombra como a un cuerpo
sólido.
mayor admiración. Este, que guía mis ojos hacia arriba, es aquel Virgilio, de
quien aprendiste a cantar en sublimes versos los actos de los hombres y de
los dioses. Si creíste que mi sonrisa tenía otra causa, deséchala como
errónea, que sólo procedía de las palabras que pronunciaste con respecto a
él.
Estacio se inclinaba ya para abrazar las rodillas de mi Señor; pero éste le
dijo:
—Hermano, no lo hagas; que tú eres sombra, y ves ante ti a otra sombra.
Y él, levantándose, contestó:
—Tú puedes comprender ahora la magnitud del amor que por ti me inflama,
cuando olvido nuestra vanidad, tratando a una sombra como a un cuerpo
sólido.
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CANTO VIGESIMOSEGUNDO
A el ángel se había quedado detrás de nosotros; el ángel que
nos dirigió hacia el sexto círculo, después de haber borrado
una de las manchas de mi frente; y nos había dicho que son
bienaventurados los que cifran sus deseos en la justicia, pero
su voz expresó esta sentencia con la palabra "sitiunt" sin
pronunciar la otra. Yo andaba por allí más ligero que por las
otras aberturas, de modo que sin ningún trabajo seguía hacia
arriba a los veloces espíritus. Entonces Virgilio empezó a decir:
—El amor que nace de la virtud inflama siempre otros amores, con tal que
su llama se dé a conocer. Desde la hora en que Juvenal bajó entre nosotros
al Limbo del Infierno, y me manifestó tu afecto hacia mí, mi benevolencia
para contigo fué la mayor que sentirse puede por una persona a quien no se
ha visto nunca: así es que ahora me parecen cortas estas escaleras. Pero
dime, y, como amigo, perdona si la demasiada confianza afloja el freno de
mi lengua, en el concepto de que también deseo que como amigo me
hables: ¿cómo pudo encontrar la avaricia un lugar en tu corazón, a pesar del
recto sentido que con tu diligencia y estudio llegaste a poseer en tanto
grado?
A el ángel se había quedado detrás de nosotros; el ángel que
nos dirigió hacia el sexto círculo, después de haber borrado
una de las manchas de mi frente; y nos había dicho que son
bienaventurados los que cifran sus deseos en la justicia, pero
su voz expresó esta sentencia con la palabra "sitiunt" sin
pronunciar la otra. Yo andaba por allí más ligero que por las
otras aberturas, de modo que sin ningún trabajo seguía hacia
arriba a los veloces espíritus. Entonces Virgilio empezó a decir:
—El amor que nace de la virtud inflama siempre otros amores, con tal que
su llama se dé a conocer. Desde la hora en que Juvenal bajó entre nosotros
al Limbo del Infierno, y me manifestó tu afecto hacia mí, mi benevolencia
para contigo fué la mayor que sentirse puede por una persona a quien no se
ha visto nunca: así es que ahora me parecen cortas estas escaleras. Pero
dime, y, como amigo, perdona si la demasiada confianza afloja el freno de
mi lengua, en el concepto de que también deseo que como amigo me
hables: ¿cómo pudo encontrar la avaricia un lugar en tu corazón, a pesar del
recto sentido que con tu diligencia y estudio llegaste a poseer en tanto
grado?
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Estas palabras hicieron sonreír desde luego a Estacio; después respondió:
—Todo cuanto me digas es para mí una prueba de cariño. Muchas veces, en
efecto, aparecen las cosas de manera, que dan motivo a falsas presunciones,
porque las verdaderas causas están ocultas. Tú crees, según me prueba tu
pregunta, que yo fuí avaro en la otra vida, quizá por haberme visto en el
círculo en que me encontraba. Sabe, pues, que la avaricia estuvo muy lejos
de mí, y que mis excesos en contrario han sido castigados por millares de
lunas. Y si no hubiera sido porque me apliqué el oportuno remedio, cuando
medité los versos en que exclamas, casi irritado contra la humana
naturaleza: "¡Oh execrable hambre del oro!, ¿adónde no conduces al
insaciable apetito de los mortales?," me vería dando vueltas por el círculo
donde se lanzan pesos. Entonces calculé que, por abrir demasiado las alas,
podían llegar a gastarse mis manos, y me arrepentí tanto de aquél como de
los otros males. ¡Cuántos resucitarán con los cabellos rapados, por la
ignorancia en que están de que la prodigalidad sea un pecado, y que les
impide arrepentirse, ya durante su vida, ya en el término de ella! Y sabe que
la culpa diametralmente opuesta a cada pecado se expía aquí juntamente
con el mismo pecado: así es que si he permanecido purificándome entre los
que lloran su avaricia, ha sido precisamente por el vicio contrario.
El Cantor de las "Bucólicas" dijo entonces:
—Cuando cantaste las crueles contiendas de la doble tristeza de Yocasta, no
creo, a juzgar por los acentos en que Clío te hizo prorrumpir, que te contase
entre los suyos la Fe, sin la cual no basta obrar bien. Si así es, ¿qué sol o
qué luz ha disipado tus tinieblas de tal modo, que te permitiera elevar tus
velas hacia el Pescador?
Y el otro contestó:
—Tú me enviaste primero a beber en las grutas del Parnaso, y luego me
iluminaste para que conociese al verdadero Dios. Hiciste como el que
camina de noche llevando tras de sí una luz, que a él no le sirve, pero
alumbra a las personas que le siguen, cuando dijiste: "El siglo se renueva,
vuelve la justicia con los primeros tiempos del género humano, y una nueva
progenie desciende del cielo." Por ti fuí poeta, por ti cristiano; mas para que
veas mejor lo que te pinto, extenderé las manos a fin de darle más colorido.
Ya estaba el mundo lleno de la verdadera creencia, sembrada por los
—Todo cuanto me digas es para mí una prueba de cariño. Muchas veces, en
efecto, aparecen las cosas de manera, que dan motivo a falsas presunciones,
porque las verdaderas causas están ocultas. Tú crees, según me prueba tu
pregunta, que yo fuí avaro en la otra vida, quizá por haberme visto en el
círculo en que me encontraba. Sabe, pues, que la avaricia estuvo muy lejos
de mí, y que mis excesos en contrario han sido castigados por millares de
lunas. Y si no hubiera sido porque me apliqué el oportuno remedio, cuando
medité los versos en que exclamas, casi irritado contra la humana
naturaleza: "¡Oh execrable hambre del oro!, ¿adónde no conduces al
insaciable apetito de los mortales?," me vería dando vueltas por el círculo
donde se lanzan pesos. Entonces calculé que, por abrir demasiado las alas,
podían llegar a gastarse mis manos, y me arrepentí tanto de aquél como de
los otros males. ¡Cuántos resucitarán con los cabellos rapados, por la
ignorancia en que están de que la prodigalidad sea un pecado, y que les
impide arrepentirse, ya durante su vida, ya en el término de ella! Y sabe que
la culpa diametralmente opuesta a cada pecado se expía aquí juntamente
con el mismo pecado: así es que si he permanecido purificándome entre los
que lloran su avaricia, ha sido precisamente por el vicio contrario.
El Cantor de las "Bucólicas" dijo entonces:
—Cuando cantaste las crueles contiendas de la doble tristeza de Yocasta, no
creo, a juzgar por los acentos en que Clío te hizo prorrumpir, que te contase
entre los suyos la Fe, sin la cual no basta obrar bien. Si así es, ¿qué sol o
qué luz ha disipado tus tinieblas de tal modo, que te permitiera elevar tus
velas hacia el Pescador?
Y el otro contestó:
—Tú me enviaste primero a beber en las grutas del Parnaso, y luego me
iluminaste para que conociese al verdadero Dios. Hiciste como el que
camina de noche llevando tras de sí una luz, que a él no le sirve, pero
alumbra a las personas que le siguen, cuando dijiste: "El siglo se renueva,
vuelve la justicia con los primeros tiempos del género humano, y una nueva
progenie desciende del cielo." Por ti fuí poeta, por ti cristiano; mas para que
veas mejor lo que te pinto, extenderé las manos a fin de darle más colorido.
Ya estaba el mundo lleno de la verdadera creencia, sembrada por los
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mensajeros del eterno reino, y tus palabras, antes citadas, concordaban con
la doctrina de los nuevos apóstoles; por lo cual yo me acostumbré a
visitarlos: después me parecieron rodeados de tal santidad, que cuando
Domiciano los persiguió, corrieron mis lágrimas mezcladas con las suyas.
Mientras viví, les socorrí; sus rectas costumbres me hicieron despreciar
todas las otras sectas, y antes que, en mi poema, condujese a los griegos
ante los ríos de Tebas, había recibido el bautismo; pero por miedo fuí
cristiano en secreto, y durante largo tiempo me mostré pagano. Esta timidez
me ha hecho recorrer el cuarto círculo durante más de cuatro siglos. Y
ahora, pues tenemos más tiempo del que necesitamos para subir por nuestro
camino, dime tú, que has descorrido el velo que me ocultaba el soberano
bien, dónde están nuestro antiguo Terencio, Cecilio, Plauto y Varrón, si es
que lo sabes. Dime si están condenados y en qué círculo.
—Todos esos, y Persio, y yo, y otros muchos—respondió mi Guía—,
estamos en el primer círculo de la ciega prisión con aquel Griego[76] a quien
lactaron las Musas más que a otro alguno: muchas veces hablamos del
monte donde se encuentran siempre nuestras nodrizas. Allí están con
nosotros Eurípides, Anacreonte, Simónides, Agatón, y otros muchos griegos
que vieron ya sus frentes coronadas de laurel. De los que tú cantaste, se ve
allí a Antígona, a Deifila, Argía e Ismene, tan triste como antes. Está
también la que enseñó la Langía, la hija de Tiresias, y Tetis, y Deidamia con
sus hermanas.
Los dos poetas habían guardado silencio, mirando de nuevo con atención en
torno suyo, por haber terminado la escala y sus paredes: ya las cuatro
esclavas del día habían quedado atrás, y la quinta estaba en el timón del
carro solar, dirigiendo hacia arriba su luminosa punta, cuando mi Guía dijo:
—Creo conveniente que volvamos nuestro hombro derecho hacia la orilla
del círculo, para dar la vuelta a la montaña, según acostumbramos hacer.
Esta costumbre fué nuestra guía, y emprendimos el camino sin titubear, una
vez que a ello asintió la otra alma virtuosa. Ellos iban delante y yo detrás,
solo, escuchando sus palabras, que me comunicaban la inteligencia de la
poesía. Pero pronto interrumpió tan dulce coloquio la vista de un árbol, que
encontramos en medio del camino, cargado de manzanas olorosas; y así
como el abeto, elevándose hacia el cielo, va disminuyendo de rama en
la doctrina de los nuevos apóstoles; por lo cual yo me acostumbré a
visitarlos: después me parecieron rodeados de tal santidad, que cuando
Domiciano los persiguió, corrieron mis lágrimas mezcladas con las suyas.
Mientras viví, les socorrí; sus rectas costumbres me hicieron despreciar
todas las otras sectas, y antes que, en mi poema, condujese a los griegos
ante los ríos de Tebas, había recibido el bautismo; pero por miedo fuí
cristiano en secreto, y durante largo tiempo me mostré pagano. Esta timidez
me ha hecho recorrer el cuarto círculo durante más de cuatro siglos. Y
ahora, pues tenemos más tiempo del que necesitamos para subir por nuestro
camino, dime tú, que has descorrido el velo que me ocultaba el soberano
bien, dónde están nuestro antiguo Terencio, Cecilio, Plauto y Varrón, si es
que lo sabes. Dime si están condenados y en qué círculo.
—Todos esos, y Persio, y yo, y otros muchos—respondió mi Guía—,
estamos en el primer círculo de la ciega prisión con aquel Griego[76] a quien
lactaron las Musas más que a otro alguno: muchas veces hablamos del
monte donde se encuentran siempre nuestras nodrizas. Allí están con
nosotros Eurípides, Anacreonte, Simónides, Agatón, y otros muchos griegos
que vieron ya sus frentes coronadas de laurel. De los que tú cantaste, se ve
allí a Antígona, a Deifila, Argía e Ismene, tan triste como antes. Está
también la que enseñó la Langía, la hija de Tiresias, y Tetis, y Deidamia con
sus hermanas.
Los dos poetas habían guardado silencio, mirando de nuevo con atención en
torno suyo, por haber terminado la escala y sus paredes: ya las cuatro
esclavas del día habían quedado atrás, y la quinta estaba en el timón del
carro solar, dirigiendo hacia arriba su luminosa punta, cuando mi Guía dijo:
—Creo conveniente que volvamos nuestro hombro derecho hacia la orilla
del círculo, para dar la vuelta a la montaña, según acostumbramos hacer.
Esta costumbre fué nuestra guía, y emprendimos el camino sin titubear, una
vez que a ello asintió la otra alma virtuosa. Ellos iban delante y yo detrás,
solo, escuchando sus palabras, que me comunicaban la inteligencia de la
poesía. Pero pronto interrumpió tan dulce coloquio la vista de un árbol, que
encontramos en medio del camino, cargado de manzanas olorosas; y así
como el abeto, elevándose hacia el cielo, va disminuyendo de rama en
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rama, aquél iba disminuyendo por su parte inferior, con objeto, según creo,
de que nadie suba a él. Por el lado en que estaba cerrado nuestro camino,
caía de la alta roca un agua cristalina, que se esparcía por las hojas
superiores.
Los dos Poetas se acercaron al árbol, cuando exclamó una voz entre el
follaje: "Os puede costar caro tocar este manjar." Después dijo: "María
pensaba más en que las bodas fuesen honrosas y cumplidas, que en su boca
que ahora intercede por vosotros. Las antiguas romanas se contentaron con
el agua por toda bebida, y Daniel despreció los manjares y adquirió la
ciencia. El primer siglo fué tan bello como el oro; el hambre hacía más
sabrosas las bellotas, y la sed convertía en néctar cualquier arroyuelo. En
miel y langostas consistió el alimento del Bautista en el Desierto: esto le da
más gloria, y le hace tan grande como lo patentiza el Evangelio."
de que nadie suba a él. Por el lado en que estaba cerrado nuestro camino,
caía de la alta roca un agua cristalina, que se esparcía por las hojas
superiores.
Los dos Poetas se acercaron al árbol, cuando exclamó una voz entre el
follaje: "Os puede costar caro tocar este manjar." Después dijo: "María
pensaba más en que las bodas fuesen honrosas y cumplidas, que en su boca
que ahora intercede por vosotros. Las antiguas romanas se contentaron con
el agua por toda bebida, y Daniel despreció los manjares y adquirió la
ciencia. El primer siglo fué tan bello como el oro; el hambre hacía más
sabrosas las bellotas, y la sed convertía en néctar cualquier arroyuelo. En
miel y langostas consistió el alimento del Bautista en el Desierto: esto le da
más gloria, y le hace tan grande como lo patentiza el Evangelio."
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CANTO VIGESIMOTERCERO
IENTRAS tenía mi vista fija en el verde follaje, como suele
hacer quien pierde el tiempo detrás de un pájaro, el que era
para mí más que un padre, decía:
—Hijo mío, ven ahora, porque el tiempo que se nos concede
debe emplearse más útilmente.
Volví el rostro con ligereza y con no menos mis pasos hacia los Sabios, los
cuales hablaban tan bien, que escuchándolos no sentía en el andar cansancio
alguno; cuando se oyó cantar llorando: "Labia mea, Dómine," de un modo
que hizo nacer en mí placer y dolor.
—¡Oh dulce Padre!, ¿qué es lo que oigo?—empecé a decir.
Y él dijo:
—Son las sombras, que van quizá deshaciendo el nudo de sus deudas.
Cual peregrinos pensativos, que al encontrar en su camino gente a quien no
conocen, se vuelven hacia ella sin detenerse, así venía tras de nosotros, pero
con paso más rápido, una turba de espíritus, callados y piadosos, que
IENTRAS tenía mi vista fija en el verde follaje, como suele
hacer quien pierde el tiempo detrás de un pájaro, el que era
para mí más que un padre, decía:
—Hijo mío, ven ahora, porque el tiempo que se nos concede
debe emplearse más útilmente.
Volví el rostro con ligereza y con no menos mis pasos hacia los Sabios, los
cuales hablaban tan bien, que escuchándolos no sentía en el andar cansancio
alguno; cuando se oyó cantar llorando: "Labia mea, Dómine," de un modo
que hizo nacer en mí placer y dolor.
—¡Oh dulce Padre!, ¿qué es lo que oigo?—empecé a decir.
Y él dijo:
—Son las sombras, que van quizá deshaciendo el nudo de sus deudas.
Cual peregrinos pensativos, que al encontrar en su camino gente a quien no
conocen, se vuelven hacia ella sin detenerse, así venía tras de nosotros, pero
con paso más rápido, una turba de espíritus, callados y piadosos, que
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pasaban adelante mirándonos. Todos ellos tenían los ojos hundidos y
apagados, la faz pálida, y tan demacrada, que a través de la piel se notaba la
forma de los huesos. No creo que Erisictón se viese reducido a una piel tan
seca cuando más tuvo que temer el hambre. Yo decía, pensando entre mí:
"He aquí cómo debía estar la nación que perdió a Jerusalén, cuando María
llegó a devorar a su propio hijo." Sus ojos parecían anillos sin piedras; los
que en el rostro del hombre leen Homo, hubieran conocido allí con facilidad
la M[77]. ¿Quién creería, ignorando la causa, que el olor de una fruta y aquel
salto de agua, excitando su deseo, pudiera reducirlos a tal extremo? Yo
estaba asombrado al verles tan hambrientos, porque aun no conocía la causa
de su demacración y de su triste aridez; cuando desde la profunda cavidad
de su cabeza dirigió hacia mí sus ojos una sombra, y me miró fijamente;
después de lo cual exclamó en alta voz:
—¿Qué gracia es ésta que se me concede?
Nunca le hubiera conocido por su rostro; pero su voz me recordó todo lo
que sus facciones habían absorbido en sí mismas; esta chispa encendió en
mí el completo conocimiento de aquel rostro cambiado, y reconocí el de
Forese.
—¡Ah!—me dijo—; no fijes tu atención en esta lepra árida, que me
decolora la piel, ni en la carne que me falta. Pero dime la verdad con
respecto a ti, y dime quiénes son esas dos almas que te guían: no pararé
hasta que me lo digas.
—Tu rostro, que ya muerto me hizo llorar, excita ahora en mí nuevos
deseos de llanto—le respondí viéndole tan desfigurado—; pero dime, por
Dios, qué es lo que os demacra tanto; y no me hagas hablar de otra cosa
mientras dura mi asombro, porque mal puede hablar el que está poseído de
otro deseo.
Me contestó:
—Desde el eterno tribunal desciende una virtud sobre el agua y la planta
que hemos dejado más atrás; virtud que me extenúa de esta suerte. Todos
esos que cantan llorando por haberse entregado desenfrenadamente al vicio
de la gula, deben santificarse aquí por medio del hambre y de la sed. El olor
que se exhala de la fruta y el agua que se extiende sobre ese follaje, excitan
apagados, la faz pálida, y tan demacrada, que a través de la piel se notaba la
forma de los huesos. No creo que Erisictón se viese reducido a una piel tan
seca cuando más tuvo que temer el hambre. Yo decía, pensando entre mí:
"He aquí cómo debía estar la nación que perdió a Jerusalén, cuando María
llegó a devorar a su propio hijo." Sus ojos parecían anillos sin piedras; los
que en el rostro del hombre leen Homo, hubieran conocido allí con facilidad
la M[77]. ¿Quién creería, ignorando la causa, que el olor de una fruta y aquel
salto de agua, excitando su deseo, pudiera reducirlos a tal extremo? Yo
estaba asombrado al verles tan hambrientos, porque aun no conocía la causa
de su demacración y de su triste aridez; cuando desde la profunda cavidad
de su cabeza dirigió hacia mí sus ojos una sombra, y me miró fijamente;
después de lo cual exclamó en alta voz:
—¿Qué gracia es ésta que se me concede?
Nunca le hubiera conocido por su rostro; pero su voz me recordó todo lo
que sus facciones habían absorbido en sí mismas; esta chispa encendió en
mí el completo conocimiento de aquel rostro cambiado, y reconocí el de
Forese.
—¡Ah!—me dijo—; no fijes tu atención en esta lepra árida, que me
decolora la piel, ni en la carne que me falta. Pero dime la verdad con
respecto a ti, y dime quiénes son esas dos almas que te guían: no pararé
hasta que me lo digas.
—Tu rostro, que ya muerto me hizo llorar, excita ahora en mí nuevos
deseos de llanto—le respondí viéndole tan desfigurado—; pero dime, por
Dios, qué es lo que os demacra tanto; y no me hagas hablar de otra cosa
mientras dura mi asombro, porque mal puede hablar el que está poseído de
otro deseo.
Me contestó:
—Desde el eterno tribunal desciende una virtud sobre el agua y la planta
que hemos dejado más atrás; virtud que me extenúa de esta suerte. Todos
esos que cantan llorando por haberse entregado desenfrenadamente al vicio
de la gula, deben santificarse aquí por medio del hambre y de la sed. El olor
que se exhala de la fruta y el agua que se extiende sobre ese follaje, excitan
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en nosotros el deseo de comer y beber, y más de una vez se repite nuestra
pena mientras damos la vuelta a este círculo: he dicho pena, debiendo decir
consuelo; porque el deseo que nos conduce hacia ese árbol es el mismo que
condujo a Jesucristo a decir lleno de gozo: "Eli," cuando nos redimió con la
sangre de sus venas.
—Forese—repliqué—, desde aquel día en que dejaste el mundo por mejor
vida, no han transcurrido aún cinco años. Si la facultad de pecar concluyó
en ti antes de que sobreviniera la hora del saludable dolor que nos reconcilia
con Dios, ¿cómo es que has venido aquí arriba? Creía encontrarte abajo,
donde el tiempo con el tiempo se repara.
Respondióme:
—Mi Nella es la que, con sus ruegos asiduos, me ha conducido a beber el
dulce ajenjo del dolor. Con sus devotas oraciones y sus suspiros me ha
sacado del lugar donde se espera, y me ha librado de los otros círculos. Mi
viudita, a quien amé mucho, es tanto más querida y agradable a Dios,
cuanto más sola es en obrar bien; pues la Barbagia de Cerdeña tiene
mujeres mucho más púdicas que la Barbagia donde la he dejado. ¡Oh caro
hermano!, ¿qué quieres que te diga? Ante mi vista se presenta un tiempo
futuro, del que no dista mucho el presente, en el cual se prohibirá desde el
púlpito a las descaradas florentinas ir enseñando los pechos, ¿Qué mujeres
bárbaras ni sarracenas ha habido jamás, contra las que se debiera apelar a
penas espirituales o a otras restricciones para obligarlas a ir cubiertas? Pero
si las impúdicas estuvieran seguras de lo que el cielo les prepara pronto,
tendría ya la boca abierta para aullar; porque si mi previsión no me engaña,
serán entristecidas antes de que salga el bozo al niño que ahora se consuela
con la "nana." ¡Ah, hermano!, no te me ocultes más: estás viendo que, no
sólo yo, sino todas esas almas, miran el sitio donde interceptas la luz del
Sol.
Entonces le dije:
—Si recuerdas lo que tú y yo fuimos, aun el mencionarlo ahora deberá serte
doloroso. De aquella vida me sacó el otro día ese que va delante de mí,
cuando se ostentaba redonda la hermana de aquel (y le designé el Sol). Ese
sabio me ha guiado a través de la profunda noche por entre los verdaderos
muertos, y con mi verdadera carne que le sigue. Su auxilio me ha sostenido
pena mientras damos la vuelta a este círculo: he dicho pena, debiendo decir
consuelo; porque el deseo que nos conduce hacia ese árbol es el mismo que
condujo a Jesucristo a decir lleno de gozo: "Eli," cuando nos redimió con la
sangre de sus venas.
—Forese—repliqué—, desde aquel día en que dejaste el mundo por mejor
vida, no han transcurrido aún cinco años. Si la facultad de pecar concluyó
en ti antes de que sobreviniera la hora del saludable dolor que nos reconcilia
con Dios, ¿cómo es que has venido aquí arriba? Creía encontrarte abajo,
donde el tiempo con el tiempo se repara.
Respondióme:
—Mi Nella es la que, con sus ruegos asiduos, me ha conducido a beber el
dulce ajenjo del dolor. Con sus devotas oraciones y sus suspiros me ha
sacado del lugar donde se espera, y me ha librado de los otros círculos. Mi
viudita, a quien amé mucho, es tanto más querida y agradable a Dios,
cuanto más sola es en obrar bien; pues la Barbagia de Cerdeña tiene
mujeres mucho más púdicas que la Barbagia donde la he dejado. ¡Oh caro
hermano!, ¿qué quieres que te diga? Ante mi vista se presenta un tiempo
futuro, del que no dista mucho el presente, en el cual se prohibirá desde el
púlpito a las descaradas florentinas ir enseñando los pechos, ¿Qué mujeres
bárbaras ni sarracenas ha habido jamás, contra las que se debiera apelar a
penas espirituales o a otras restricciones para obligarlas a ir cubiertas? Pero
si las impúdicas estuvieran seguras de lo que el cielo les prepara pronto,
tendría ya la boca abierta para aullar; porque si mi previsión no me engaña,
serán entristecidas antes de que salga el bozo al niño que ahora se consuela
con la "nana." ¡Ah, hermano!, no te me ocultes más: estás viendo que, no
sólo yo, sino todas esas almas, miran el sitio donde interceptas la luz del
Sol.
Entonces le dije:
—Si recuerdas lo que tú y yo fuimos, aun el mencionarlo ahora deberá serte
doloroso. De aquella vida me sacó el otro día ese que va delante de mí,
cuando se ostentaba redonda la hermana de aquel (y le designé el Sol). Ese
sabio me ha guiado a través de la profunda noche por entre los verdaderos
muertos, y con mi verdadera carne que le sigue. Su auxilio me ha sostenido
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hasta aquí en las cuestas y recodos del monte, que hace que seáis rectos
vosotros a quienes tan torcidos hizo el mundo. Me ha dicho que me
acompañaría hasta dejarme donde está Beatriz: allí es preciso que me quede
sin él. Virgilio es ese que me habló así (y se lo indiqué con el dedo); el otro
es aquella sombra por quien hubo hace poco tales sacudimientos en todos
los ámbitos de vuestro monte, que de sí la despide.
vosotros a quienes tan torcidos hizo el mundo. Me ha dicho que me
acompañaría hasta dejarme donde está Beatriz: allí es preciso que me quede
sin él. Virgilio es ese que me habló así (y se lo indiqué con el dedo); el otro
es aquella sombra por quien hubo hace poco tales sacudimientos en todos
los ámbitos de vuestro monte, que de sí la despide.
Page 250
CANTO VIGESIMOCUARTO
I la conversación detenía nuestra marcha, ni ésta a aquélla,
sino que, a pesar de ir hablando, caminábamos de prisa,
como la nave impelida por un viento favorable. Las sombras,
que parecían cosas doblemente muertas, noticiosas de que yo
estaba vivo, mostraban su admiración por las hondas
cavidades de sus ojos. Continuando yo mi discurso, dije:
—Esa sombra, quizá por causa del otro, se dirige arriba más lentamente de
lo que lo haría. Pero dime, si acaso lo sabes, dónde está Piccarda, y si entre
esta gente que así me mira veo alguna persona digna de llamar mi atención.
—Mi hermana, que no sé lo que fué más, si hermosa o buena, ostenta ya su
triunfal corona en el alto Olimpo.
Esto dijo primero, y luego añadió:
—Aquí no está prohibido nombrar a nadie, atendida la prontitud con que es
alterado nuestro semblante por la dieta. Ese (y lo señaló con el dedo) es
Buonaggiunta, Buonaggiunta el de Luca; y aquel de más allá, más
apergaminado que los otros, tuvo en sus brazos la Santa Iglesia: fué natural
I la conversación detenía nuestra marcha, ni ésta a aquélla,
sino que, a pesar de ir hablando, caminábamos de prisa,
como la nave impelida por un viento favorable. Las sombras,
que parecían cosas doblemente muertas, noticiosas de que yo
estaba vivo, mostraban su admiración por las hondas
cavidades de sus ojos. Continuando yo mi discurso, dije:
—Esa sombra, quizá por causa del otro, se dirige arriba más lentamente de
lo que lo haría. Pero dime, si acaso lo sabes, dónde está Piccarda, y si entre
esta gente que así me mira veo alguna persona digna de llamar mi atención.
—Mi hermana, que no sé lo que fué más, si hermosa o buena, ostenta ya su
triunfal corona en el alto Olimpo.
Esto dijo primero, y luego añadió:
—Aquí no está prohibido nombrar a nadie, atendida la prontitud con que es
alterado nuestro semblante por la dieta. Ese (y lo señaló con el dedo) es
Buonaggiunta, Buonaggiunta el de Luca; y aquel de más allá, más
apergaminado que los otros, tuvo en sus brazos la Santa Iglesia: fué natural
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de Tours, y ahora expía con el ayuno las anguilas del Bolsena y la
garnacha[78].
Otros muchos me fué citando uno a uno, y todos parecían contentos de que
se les nombrase; pues no reparé en ellos ningún gesto de desagrado. Vi
mover las mandíbulas, mascando en vacío por efecto del hambre, a
Ubaldino de la Pila, y a Bonifacio, que apacentó a muchos revestido con el
roquete[79]. Vi a meser Marchese, que habiendo tenido tiempo para beber en
Forli con menos sed, fué tal que nunca se sintió saciado. Pero, como aquel
que mira, y después simpatiza más con uno que con otro, así me pasó con el
de Luca, que parecía querer decirme algo. Murmuraba entre dientes; y yo le
oía no sé qué de Gentucca donde él sentía el castigo que tanto le devoraba.
—¡Oh alma, le dije, que tan deseosa pareces de hablar conmigo! Haz de
modo que yo te entienda, y satisfácenos a los dos con tu conversación.
El empezó a decir:
—Existe una mujer que no lleva el velo todavía, la cual hará que te agrade
mi ciudad, aunque alguno hable mal de ella. Tú irás allá con esta
predicción, y si acaso no has entendido bien lo que murmuro, ya te lo
pondrá en claro la realidad de los hechos. Pero dime: ¿no estoy viendo al
que ha dado a luz las nuevas rimas, que comienzan así: "Donne, ch'avete
intelleto d'Amore"[80]
Le contesté:
—Yo soy uno que voy notando lo que Amor inspira, y luego lo expreso tal
como él me dicta dentro del alma.
—¡Oh hermano!—exclamó.—Ahora veo el nudo que al Notario, a
Guittone[81] y a mí nos impidió llegar al dulce y nuevo estilo que oigo. Bien
veo que vuestras plumas siguen fielmente al que les dicta, lo cual no han
hecho en verdad las nuestras; y que quien se propone remontarse a mayor
altura, no ve la diferencia del uno al otro estilo.
Dichas estas palabras, se calló como si estuviese satisfecho.
Así como las grullas que pasan el invierno a orillas del Nilo forman a veces
una bandada en el aire, y luego vuelan rápidamente marchando en hilera, de
garnacha[78].
Otros muchos me fué citando uno a uno, y todos parecían contentos de que
se les nombrase; pues no reparé en ellos ningún gesto de desagrado. Vi
mover las mandíbulas, mascando en vacío por efecto del hambre, a
Ubaldino de la Pila, y a Bonifacio, que apacentó a muchos revestido con el
roquete[79]. Vi a meser Marchese, que habiendo tenido tiempo para beber en
Forli con menos sed, fué tal que nunca se sintió saciado. Pero, como aquel
que mira, y después simpatiza más con uno que con otro, así me pasó con el
de Luca, que parecía querer decirme algo. Murmuraba entre dientes; y yo le
oía no sé qué de Gentucca donde él sentía el castigo que tanto le devoraba.
—¡Oh alma, le dije, que tan deseosa pareces de hablar conmigo! Haz de
modo que yo te entienda, y satisfácenos a los dos con tu conversación.
El empezó a decir:
—Existe una mujer que no lleva el velo todavía, la cual hará que te agrade
mi ciudad, aunque alguno hable mal de ella. Tú irás allá con esta
predicción, y si acaso no has entendido bien lo que murmuro, ya te lo
pondrá en claro la realidad de los hechos. Pero dime: ¿no estoy viendo al
que ha dado a luz las nuevas rimas, que comienzan así: "Donne, ch'avete
intelleto d'Amore"[80]
Le contesté:
—Yo soy uno que voy notando lo que Amor inspira, y luego lo expreso tal
como él me dicta dentro del alma.
—¡Oh hermano!—exclamó.—Ahora veo el nudo que al Notario, a
Guittone[81] y a mí nos impidió llegar al dulce y nuevo estilo que oigo. Bien
veo que vuestras plumas siguen fielmente al que les dicta, lo cual no han
hecho en verdad las nuestras; y que quien se propone remontarse a mayor
altura, no ve la diferencia del uno al otro estilo.
Dichas estas palabras, se calló como si estuviese satisfecho.
Así como las grullas que pasan el invierno a orillas del Nilo forman a veces
una bandada en el aire, y luego vuelan rápidamente marchando en hilera, de
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igual suerte todas las almas que allí estaban, volviendo el rostro, aceleraron
el paso, ligeras por su demacración y por su deseo: y al modo que un
hombre cansado de correr deja ir delante a sus compañeros, y sigue
lentamente hasta que cesa la agitación de su pecho, así Forese dejó pasar a
la grey santa, y continuó conmigo su camino diciéndome:
—¿Cuándo te volveré a ver?
—No sé cuánto he de vivir—le respondí—; pero no será tan pronto mi
regreso, que antes no llegue yo con el deseo a la orilla; porque el sitio
donde fuí colocado para vivir se despoja de día en día y cada vez más del
bien, y parece destinado a una triste ruina.
—Vé, pues—repuso—; que ya estoy viendo al que tiene la mayor culpa de
esa ruina, arrastrado a la cola de un animal hacia el valle donde nadie se
excusa de sus faltas[82]. El animal a cada paso va más rápido, aumentando
siempre su celeridad, hasta que lo arroja, y abandona el cuerpo vilmente
destrozado. Esas esferas no darán muchas vueltas (y dirigió sus ojos al
cielo) sin que sea claro para ti lo que mis palabras no pueden ampliar más.
Ahora te dejo; porque el tiempo es caro en este reino, y yo pierdo mucho
caminando a tu lado.
Cual jinete que se adelanta al galope de entre el escuadrón que avanza, a fin
de alcanzar el honor del primer choque, del mismo modo y con mayores
pasos se apartó de nosotros aquel espíritu, y yo quedé en el camino con
aquellos dos que fueron tan grandes generales del mundo. Cuando estuvo
tan retirado de nosotros, que mis ojos no podían seguirle, así como tampoco
podía mi mente alcanzar el sentido de sus palabras, observé no muy lejos
las ramas frescas y cargadas de frutas de otro manzano, por haberme vuelto
entonces hacia aquel lado. Y vi debajo de él muchas almas que alzaban las
manos y gritaban no sé qué en dirección del follaje, como los niños que,
codiciando impotentes alguna cosa, la piden sin que aquel a quien ruegan
les responda, y antes al contrario, para excitar más sus deseos, tiene elevado
y sin ocultar lo que causa su anhelo. Después se marcharon como
desengañadas, y nosotros nos acercamos entonces al gran árbol, que
rechaza tantos ruegos y tantas lágrimas.
"Pasad adelante sin aproximaros: más arriba existe otro árbol, cuyo fruto
fué mordido por Eva, y éste es un retoño de aquél." Así decía no sé quién
el paso, ligeras por su demacración y por su deseo: y al modo que un
hombre cansado de correr deja ir delante a sus compañeros, y sigue
lentamente hasta que cesa la agitación de su pecho, así Forese dejó pasar a
la grey santa, y continuó conmigo su camino diciéndome:
—¿Cuándo te volveré a ver?
—No sé cuánto he de vivir—le respondí—; pero no será tan pronto mi
regreso, que antes no llegue yo con el deseo a la orilla; porque el sitio
donde fuí colocado para vivir se despoja de día en día y cada vez más del
bien, y parece destinado a una triste ruina.
—Vé, pues—repuso—; que ya estoy viendo al que tiene la mayor culpa de
esa ruina, arrastrado a la cola de un animal hacia el valle donde nadie se
excusa de sus faltas[82]. El animal a cada paso va más rápido, aumentando
siempre su celeridad, hasta que lo arroja, y abandona el cuerpo vilmente
destrozado. Esas esferas no darán muchas vueltas (y dirigió sus ojos al
cielo) sin que sea claro para ti lo que mis palabras no pueden ampliar más.
Ahora te dejo; porque el tiempo es caro en este reino, y yo pierdo mucho
caminando a tu lado.
Cual jinete que se adelanta al galope de entre el escuadrón que avanza, a fin
de alcanzar el honor del primer choque, del mismo modo y con mayores
pasos se apartó de nosotros aquel espíritu, y yo quedé en el camino con
aquellos dos que fueron tan grandes generales del mundo. Cuando estuvo
tan retirado de nosotros, que mis ojos no podían seguirle, así como tampoco
podía mi mente alcanzar el sentido de sus palabras, observé no muy lejos
las ramas frescas y cargadas de frutas de otro manzano, por haberme vuelto
entonces hacia aquel lado. Y vi debajo de él muchas almas que alzaban las
manos y gritaban no sé qué en dirección del follaje, como los niños que,
codiciando impotentes alguna cosa, la piden sin que aquel a quien ruegan
les responda, y antes al contrario, para excitar más sus deseos, tiene elevado
y sin ocultar lo que causa su anhelo. Después se marcharon como
desengañadas, y nosotros nos acercamos entonces al gran árbol, que
rechaza tantos ruegos y tantas lágrimas.
"Pasad adelante sin aproximaros: más arriba existe otro árbol, cuyo fruto
fué mordido por Eva, y éste es un retoño de aquél." Así decía no sé quién
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entre las ramas; por lo cual Virgilio, Estacio y yo seguimos adelante,
estrechándonos cuanto pudimos hacia el lado en que se eleva el monte.
"Acordaos, decía la voz, de los malditos formados en las nubes, que,
repletos, combatieron a Teseo con sus dobles pechos[83]. Acordaos de los
hebreos, que mostraron al beber su molicie, por lo que Gedeón no los quiso
por compañeros cuando descendió de las colinas cerca de Madián." De este
modo, arrimados a una de las orillas, pasamos adelante, oyendo diferentes
ejemplos del pecado de la gula, seguidos de las miserables consecuencias
de aquel vicio. Después, entrando nuevamente en medio del camino
desierto, nos adelantamos mil pasos y aun más, reflexionando cada cual y
sin hablar. "¿Qué vais pensando vosotros tres solos?", dijo de improviso una
voz, que me hizo estremecer, como sucede a los animales tímidos y
asustadizos. Levanté la cabeza para ver quién fuese, y jamás se vieron en un
horno vidrios o metales tan luminosos y rojos como lo estaba uno que
decía: "Si queréis llegar hasta arriba, es preciso que deis aquí la vuelta: por
aquí va el que quiere ir en paz." Su aspecto me había deslumbrado la vista;
por lo cual me volví, siguiendo a mis Doctores a la manera de quien se guía
por lo que escucha. Y sentí que me daba en medio de la frente un viento,
como sopla y embalsama el ambiente la brisa de Mayo, mensajera del alba,
impregnada con el aroma de las plantas y flores; y bien sentí moverse la
pluma, que me hizo percibir el perfume de la ambrosía, oyendo decir:
"Bienaventurados aquellos a quienes ilumina tanta gracia, que la inclinación
a comer no enciende en sus corazones desmesurados deseos, y sólo tienen
el hambre que es razonable."
estrechándonos cuanto pudimos hacia el lado en que se eleva el monte.
"Acordaos, decía la voz, de los malditos formados en las nubes, que,
repletos, combatieron a Teseo con sus dobles pechos[83]. Acordaos de los
hebreos, que mostraron al beber su molicie, por lo que Gedeón no los quiso
por compañeros cuando descendió de las colinas cerca de Madián." De este
modo, arrimados a una de las orillas, pasamos adelante, oyendo diferentes
ejemplos del pecado de la gula, seguidos de las miserables consecuencias
de aquel vicio. Después, entrando nuevamente en medio del camino
desierto, nos adelantamos mil pasos y aun más, reflexionando cada cual y
sin hablar. "¿Qué vais pensando vosotros tres solos?", dijo de improviso una
voz, que me hizo estremecer, como sucede a los animales tímidos y
asustadizos. Levanté la cabeza para ver quién fuese, y jamás se vieron en un
horno vidrios o metales tan luminosos y rojos como lo estaba uno que
decía: "Si queréis llegar hasta arriba, es preciso que deis aquí la vuelta: por
aquí va el que quiere ir en paz." Su aspecto me había deslumbrado la vista;
por lo cual me volví, siguiendo a mis Doctores a la manera de quien se guía
por lo que escucha. Y sentí que me daba en medio de la frente un viento,
como sopla y embalsama el ambiente la brisa de Mayo, mensajera del alba,
impregnada con el aroma de las plantas y flores; y bien sentí moverse la
pluma, que me hizo percibir el perfume de la ambrosía, oyendo decir:
"Bienaventurados aquellos a quienes ilumina tanta gracia, que la inclinación
a comer no enciende en sus corazones desmesurados deseos, y sólo tienen
el hambre que es razonable."
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CANTO VIGESIMOQUINTO
RA la hora en que no debía demorarse nuestra subida, pues
el sol había dejado el círculo meridional al Tauro, y la noche
al Escorpión: por lo cual, así como el hombre a quien
estimula el aguijón de la necesidad, no se detiene por nada
que encuentre, sino que sigue su camino, de igual suerte
entramos nosotros por la abertura del peñasco, uno delante
de otro, tomando la escalera, que por su angostura obliga a
separarse a los que la suben. Y como la joven cigüeña que extiende sus alas
deseosa de volar, y no atreviéndose a abandonar el nido, las pliega
nuevamente, lo mismo hacía yo llevado de un ardiente deseo de preguntar,
que se inflamaba y se extinguía, hasta que llegué a hacer el ademán del que
se prepara a hablar. A pesar de lo rápido de nuestra marcha, mi amado Padre
no dejó de decirme:
—Dispara el arco de la palabra, que tienes tirante hasta el hierro.
Entonces abrí la boca con seguridad, y empecé a decir:
—¿Cómo es posible enflaquecer donde no hay necesidad de alimentarse?
RA la hora en que no debía demorarse nuestra subida, pues
el sol había dejado el círculo meridional al Tauro, y la noche
al Escorpión: por lo cual, así como el hombre a quien
estimula el aguijón de la necesidad, no se detiene por nada
que encuentre, sino que sigue su camino, de igual suerte
entramos nosotros por la abertura del peñasco, uno delante
de otro, tomando la escalera, que por su angostura obliga a
separarse a los que la suben. Y como la joven cigüeña que extiende sus alas
deseosa de volar, y no atreviéndose a abandonar el nido, las pliega
nuevamente, lo mismo hacía yo llevado de un ardiente deseo de preguntar,
que se inflamaba y se extinguía, hasta que llegué a hacer el ademán del que
se prepara a hablar. A pesar de lo rápido de nuestra marcha, mi amado Padre
no dejó de decirme:
—Dispara el arco de la palabra, que tienes tirante hasta el hierro.
Entonces abrí la boca con seguridad, y empecé a decir:
—¿Cómo es posible enflaquecer donde no hay necesidad de alimentarse?
Page 255
—Si te acordaras de cómo se consumió Meleagre al consumirse un tizón—
respondió—, no te sería ahora tan difícil comprender esto; y si considerases
cómo, al moveros, se mueve vuestra imagen dentro del espejo, te parecería
blando lo que te parece duro. Mas para que tu deseo quede satisfecho, aquí
tienes a Estacio, a quien pido y suplico que sea el médico de tus heridas.
—Si estando tú presente, le descubro los arcanos de la eterna justicia—
respondió Estacio—, sírvame de disculpa el no poder negarte nada.
Luego empezó diciendo:
—Hijo, si tu mente recibe y guarda mis palabras, ellas te darán luz sobre el
punto de que hablas. La sangre más pura, que nunca es absorbida por las
sedientas venas y que sobra, como el resto de los alimentos que se retiran de
la mesa, adquiere en el corazón una virtud tan apta para formar todos los
miembros humanos, como la que tiene para transformarse en ellos la que va
por las venas. Todavía más depurada, desciende a un punto que es mejor
callar que nombrar, de donde se destila después sobre la sangre de otro ser
en vaso natural. Aquí se mezclan las dos, la una dispuesta a recibir la
impresión, la otra a producirla por efecto de la perfección del lugar de que
procede; y apenas están juntas, la sangre viril empieza desde luego a operar,
coagulando primero, y vivificando en seguida lo que ha hecho unírsele
como materia propia. Convertida la virtud activa en alma, como la de una
planta, pero con la diferencia de que aquélla está en vías de formación,
mientras que la otra ha llegado ya a su término, continúa obrando de tal
modo, que luego se mueve y siente como la esponja marina, y en seguida
emprende la organización de las potencias, de la cual es el germen. Hijo
mío, la virtud que procede del corazón del padre, y desde la cual atiende la
naturaleza a todos los miembros, ora se ensancha, y ora se prolonga; mas no
ves todavía cómo el feto, de animal pasa a ser racional: este punto es tal,
que uno más sabio que tú incurrió con su doctrina en el error de separar del
alma el intelecto posible, porque no vió que éste tuviese ningún órgano
especial adecuado a sus funciones. Abre tu corazón a la verdad que te
presento, y sabe que, en cuanto está concluído el organismo del cerebro del
feto, el Primer Motor se dirige placentero hacia aquella obra maestra de la
naturaleza, y le infunde un nuevo espíritu, lleno de virtud, que atrae a su
substancia lo que allí encuentra de activo, y se convierte en un alma sola,
que vive, y siente, y se refleja sobre sí misma: a fin de que te causen menos
respondió—, no te sería ahora tan difícil comprender esto; y si considerases
cómo, al moveros, se mueve vuestra imagen dentro del espejo, te parecería
blando lo que te parece duro. Mas para que tu deseo quede satisfecho, aquí
tienes a Estacio, a quien pido y suplico que sea el médico de tus heridas.
—Si estando tú presente, le descubro los arcanos de la eterna justicia—
respondió Estacio—, sírvame de disculpa el no poder negarte nada.
Luego empezó diciendo:
—Hijo, si tu mente recibe y guarda mis palabras, ellas te darán luz sobre el
punto de que hablas. La sangre más pura, que nunca es absorbida por las
sedientas venas y que sobra, como el resto de los alimentos que se retiran de
la mesa, adquiere en el corazón una virtud tan apta para formar todos los
miembros humanos, como la que tiene para transformarse en ellos la que va
por las venas. Todavía más depurada, desciende a un punto que es mejor
callar que nombrar, de donde se destila después sobre la sangre de otro ser
en vaso natural. Aquí se mezclan las dos, la una dispuesta a recibir la
impresión, la otra a producirla por efecto de la perfección del lugar de que
procede; y apenas están juntas, la sangre viril empieza desde luego a operar,
coagulando primero, y vivificando en seguida lo que ha hecho unírsele
como materia propia. Convertida la virtud activa en alma, como la de una
planta, pero con la diferencia de que aquélla está en vías de formación,
mientras que la otra ha llegado ya a su término, continúa obrando de tal
modo, que luego se mueve y siente como la esponja marina, y en seguida
emprende la organización de las potencias, de la cual es el germen. Hijo
mío, la virtud que procede del corazón del padre, y desde la cual atiende la
naturaleza a todos los miembros, ora se ensancha, y ora se prolonga; mas no
ves todavía cómo el feto, de animal pasa a ser racional: este punto es tal,
que uno más sabio que tú incurrió con su doctrina en el error de separar del
alma el intelecto posible, porque no vió que éste tuviese ningún órgano
especial adecuado a sus funciones. Abre tu corazón a la verdad que te
presento, y sabe que, en cuanto está concluído el organismo del cerebro del
feto, el Primer Motor se dirige placentero hacia aquella obra maestra de la
naturaleza, y le infunde un nuevo espíritu, lleno de virtud, que atrae a su
substancia lo que allí encuentra de activo, y se convierte en un alma sola,
que vive, y siente, y se refleja sobre sí misma: a fin de que te causen menos
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admiración mis palabras, considera el calor del Sol, que se transforma en
vino, uniéndose al humor que sale de la vid. Cuando Laquesis no tiene ya
lino, el alma se separa del cuerpo, llevándose virtualmente consigo sus
potencias divinas y humanas: todas las facultades sensitivas quedan como
mudas; pero la memoria, el entendimiento y la voluntad son en su acción
mucho más sutiles que antes. Sin detenerse, el alma llega maravillosamente
por sí misma a una de las orillas, donde conoce el camino que le está
reservado. En cuanto se encuentra circunscrita en él, la virtud informativa
irradia en torno, del mismo modo que cuando vivía en sus miembros; y así
como el aire, cuando el tiempo está lluvioso, se presenta adornado de
distintos colores por los rayos del Sol que en él se reflejan, de igual suerte
el aire de alrededor toma la forma que le imprime virtualmente el alma que
está allí detenida; y semejante después a la llama que sigue en todos sus
movimientos al fuego, la nueva forma va siguiendo al espíritu. Por fin,
como el alma toma de esto su apariencia, se le llama sombra, y en esa forma
organiza luego cada uno de sus sentidos, hasta el de la vista. En virtud de
este cuerpo aéreo hablamos, reímos, derramamos lágrimas y suspiramos,
como habrás podido observar por el monte. Según como los deseos y los
demás afectos nos impresionan, la sombra toma diferentes figuras: tal es la
causa de lo que te admira.
Habíamos llegado ya al círculo de la última tortura, y nos dirigíamos hacia
la derecha, cuando llamó nuestra atención otro cuidado. Allí la ladera de la
montaña lanza llamas con ímpetu hacia el exterior, y la orilla opuesta del
camino da paso a un viento que, dirigiéndose hacia arriba, la rechaza y aleja
de sí. Por esta razón nos era preciso caminar de uno en uno por el lado
descubierto del camino, de modo que si, por una parte, me causaba temor el
fuego, por otra temía despeñarme. Mi Jefe decía:
—En este sitio es preciso refrenar bien los ojos, porque muy poco bastaría
para dar un mal paso.
Entonces oí cantar en el seno de aquel gran ardor: "Summæ Deus
clementiæ"[84]; lo cual excitó en mí un deseo no menos ardiente de
volverme, y vi a varios espíritus andando por la llama: yo les miraba, pero
fijando alternativamente la vista, ya en sus pasos, ya en los míos. Después
de la última estrofa de aquel himno, gritaron en voz alta: "Virum non
cognosco"[85]; y en seguida volvieron a entonarlo en voz baja. Terminado el
vino, uniéndose al humor que sale de la vid. Cuando Laquesis no tiene ya
lino, el alma se separa del cuerpo, llevándose virtualmente consigo sus
potencias divinas y humanas: todas las facultades sensitivas quedan como
mudas; pero la memoria, el entendimiento y la voluntad son en su acción
mucho más sutiles que antes. Sin detenerse, el alma llega maravillosamente
por sí misma a una de las orillas, donde conoce el camino que le está
reservado. En cuanto se encuentra circunscrita en él, la virtud informativa
irradia en torno, del mismo modo que cuando vivía en sus miembros; y así
como el aire, cuando el tiempo está lluvioso, se presenta adornado de
distintos colores por los rayos del Sol que en él se reflejan, de igual suerte
el aire de alrededor toma la forma que le imprime virtualmente el alma que
está allí detenida; y semejante después a la llama que sigue en todos sus
movimientos al fuego, la nueva forma va siguiendo al espíritu. Por fin,
como el alma toma de esto su apariencia, se le llama sombra, y en esa forma
organiza luego cada uno de sus sentidos, hasta el de la vista. En virtud de
este cuerpo aéreo hablamos, reímos, derramamos lágrimas y suspiramos,
como habrás podido observar por el monte. Según como los deseos y los
demás afectos nos impresionan, la sombra toma diferentes figuras: tal es la
causa de lo que te admira.
Habíamos llegado ya al círculo de la última tortura, y nos dirigíamos hacia
la derecha, cuando llamó nuestra atención otro cuidado. Allí la ladera de la
montaña lanza llamas con ímpetu hacia el exterior, y la orilla opuesta del
camino da paso a un viento que, dirigiéndose hacia arriba, la rechaza y aleja
de sí. Por esta razón nos era preciso caminar de uno en uno por el lado
descubierto del camino, de modo que si, por una parte, me causaba temor el
fuego, por otra temía despeñarme. Mi Jefe decía:
—En este sitio es preciso refrenar bien los ojos, porque muy poco bastaría
para dar un mal paso.
Entonces oí cantar en el seno de aquel gran ardor: "Summæ Deus
clementiæ"[84]; lo cual excitó en mí un deseo no menos ardiente de
volverme, y vi a varios espíritus andando por la llama: yo les miraba, pero
fijando alternativamente la vista, ya en sus pasos, ya en los míos. Después
de la última estrofa de aquel himno, gritaron en voz alta: "Virum non
cognosco"[85]; y en seguida volvieron a entonarlo en voz baja. Terminado el
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himno, gritaron aún: "Diana corrió al bosque, y arrojó de él a Hélice, que
había gustado el veneno de Venus." Repetían su canto, y citaban después
ejemplos de mujeres y maridos que fueron castos, como lo exigen la virtud
y el matrimonio. Y de este modo, según creo, continuarán durante todo el
tiempo que los abrase el fuego; pues con tal remedio y tales ejercicios ha de
cicatrizarse la última llaga.
había gustado el veneno de Venus." Repetían su canto, y citaban después
ejemplos de mujeres y maridos que fueron castos, como lo exigen la virtud
y el matrimonio. Y de este modo, según creo, continuarán durante todo el
tiempo que los abrase el fuego; pues con tal remedio y tales ejercicios ha de
cicatrizarse la última llaga.
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CANTO VIGESIMOSEXTO
IENTRAS que uno tras otro íbamos por el borde del camino,
el buen Maestro decía muchas veces: "Mira, y ten cuidado,
pues ya estás advertido." Daba en mi hombro derecho el Sol,
que irradiando por todo el Occidente, cambiaba en blanco su
color azulado. Con mi sombra hacía parecer más roja la
llama, y aquí también vi muchas almas que, andando, fijaban
su atención en tal indicio. Con este motivo se pusieron a
hablar de mí, y empezaron a decir: "Parece que éste no tenga un cuerpo
ficticio." Después se cercioraron, aproximándose a mí cuanto podían, pero
siempre con el cuidado de no salir adonde no ardieran.
—¡Oh tú, que vas en pos de los otros, no por ser el más lento, sino quizá
por respeto!, respóndeme a mí, a quien abrasan la sed y el fuego. No soy yo
el único que necesita tu respuesta, pues todos éstos tienen mayor sed, que
deseo de agua fresca el Indio y el Etíope. Dinos: ¿cómo es que formas con
tu cuerpo un muro que se antepone al Sol, cual si no hubieras caído aún en
las redes de la muerte?
Así me hablaba una de aquellas sombras, y yo me habría explicado en el
acto, si no hubiese atraído mi atención otra novedad que apareció entonces.
IENTRAS que uno tras otro íbamos por el borde del camino,
el buen Maestro decía muchas veces: "Mira, y ten cuidado,
pues ya estás advertido." Daba en mi hombro derecho el Sol,
que irradiando por todo el Occidente, cambiaba en blanco su
color azulado. Con mi sombra hacía parecer más roja la
llama, y aquí también vi muchas almas que, andando, fijaban
su atención en tal indicio. Con este motivo se pusieron a
hablar de mí, y empezaron a decir: "Parece que éste no tenga un cuerpo
ficticio." Después se cercioraron, aproximándose a mí cuanto podían, pero
siempre con el cuidado de no salir adonde no ardieran.
—¡Oh tú, que vas en pos de los otros, no por ser el más lento, sino quizá
por respeto!, respóndeme a mí, a quien abrasan la sed y el fuego. No soy yo
el único que necesita tu respuesta, pues todos éstos tienen mayor sed, que
deseo de agua fresca el Indio y el Etíope. Dinos: ¿cómo es que formas con
tu cuerpo un muro que se antepone al Sol, cual si no hubieras caído aún en
las redes de la muerte?
Así me hablaba una de aquellas sombras, y yo me habría explicado en el
acto, si no hubiese atraído mi atención otra novedad que apareció entonces.
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Por el centro del camino inflamado venía una multitud de almas con el
rostro vuelto hacia las primeras, lo cual me hizo contemplarlas asombrado.
Por ambas partes vi apresurarse todas las sombras, y besarse unas a otras,
sin detenerse, y contentándose con tan breve agasajo; semejantes a las
hormigas, que en medio de sus pardas hileras, van a encontrarse cara a cara,
quizá para darse noticias de su viaje o de su botín. Una vez terminado el
amistoso saludo, y antes de dar el primer paso, cada una de ellas se ponía a
gritar con todas sus fuerzas, las recién llegadas: "Sodoma y Gomorra," y las
otras: "En la vaca entró Pasifae, para que el toro acudiera a su lujuria."
Después, como grullas que dirigiesen su vuelo, parte hacia los montes
Rifeos, y parte hacia las ardientes arenas, huyendo éstas del hielo, y
aquéllas del Sol, así unas almas se iban y otras venían, volviendo a entonar
entre lágrimas sus primeros cantos, y a decir a gritos lo que más
necesitaban. Como anteriormente, se acercaron a mí las mismas almas que
me habían preguntado, atentas y prontas a escucharme. Yo, que dos veces
había visto su deseo, empecé a decir:
—¡Oh almas seguras de llegar algún día al estado de paz! Mis miembros no
han quedado allá verdes ni maduros, sino que están aquí conmigo, con su
sangre y con sus coyunturas. De este modo voy arriba, a fin de no ser ciego
nunca más: sobre nosotros existe una mujer, que alcanza para mí esta gracia
por la cual llevo por vuestra mundo mi cuerpo mortal. Pero decidme, ¡así se
logre en breve vuestro mayor deseo, y os acoja el cielo que está más lleno
de amor y por más ancho espacio se dilata! Decidme, a fin de que yo pueda
ponerlo por escrito, ¿quiénes sois, y quién es aquella turba que se va en
dirección contraria a la vuestra?
No de otra suerte se turba estupefacto el montañés, y enmudece absorto,
cuando, rudo y salvaje, entra en una ciudad, de como pareció turbarse cada
una de aquellas sombras: pero repuestas de su estupor, el cual se calma
pronto en los corazones elevados, empezó a decirme la que anteriormente
me había preguntado:
—¡Dichoso tú, que sacas de nuestra actual mansión experiencia para vivir
mejor! Las almas que no vienen con nosotros cometieron el pecado por el
que César, en medio de su triunfo, oyó que se burlaban de él y le llamaban
reina. Por esto se alejan gritando "Sodoma;" y reprendiéndose a sí mismos,
como has oído, añaden al fuego que les abrasa el que les produce su
rostro vuelto hacia las primeras, lo cual me hizo contemplarlas asombrado.
Por ambas partes vi apresurarse todas las sombras, y besarse unas a otras,
sin detenerse, y contentándose con tan breve agasajo; semejantes a las
hormigas, que en medio de sus pardas hileras, van a encontrarse cara a cara,
quizá para darse noticias de su viaje o de su botín. Una vez terminado el
amistoso saludo, y antes de dar el primer paso, cada una de ellas se ponía a
gritar con todas sus fuerzas, las recién llegadas: "Sodoma y Gomorra," y las
otras: "En la vaca entró Pasifae, para que el toro acudiera a su lujuria."
Después, como grullas que dirigiesen su vuelo, parte hacia los montes
Rifeos, y parte hacia las ardientes arenas, huyendo éstas del hielo, y
aquéllas del Sol, así unas almas se iban y otras venían, volviendo a entonar
entre lágrimas sus primeros cantos, y a decir a gritos lo que más
necesitaban. Como anteriormente, se acercaron a mí las mismas almas que
me habían preguntado, atentas y prontas a escucharme. Yo, que dos veces
había visto su deseo, empecé a decir:
—¡Oh almas seguras de llegar algún día al estado de paz! Mis miembros no
han quedado allá verdes ni maduros, sino que están aquí conmigo, con su
sangre y con sus coyunturas. De este modo voy arriba, a fin de no ser ciego
nunca más: sobre nosotros existe una mujer, que alcanza para mí esta gracia
por la cual llevo por vuestra mundo mi cuerpo mortal. Pero decidme, ¡así se
logre en breve vuestro mayor deseo, y os acoja el cielo que está más lleno
de amor y por más ancho espacio se dilata! Decidme, a fin de que yo pueda
ponerlo por escrito, ¿quiénes sois, y quién es aquella turba que se va en
dirección contraria a la vuestra?
No de otra suerte se turba estupefacto el montañés, y enmudece absorto,
cuando, rudo y salvaje, entra en una ciudad, de como pareció turbarse cada
una de aquellas sombras: pero repuestas de su estupor, el cual se calma
pronto en los corazones elevados, empezó a decirme la que anteriormente
me había preguntado:
—¡Dichoso tú, que sacas de nuestra actual mansión experiencia para vivir
mejor! Las almas que no vienen con nosotros cometieron el pecado por el
que César, en medio de su triunfo, oyó que se burlaban de él y le llamaban
reina. Por esto se alejan gritando "Sodoma;" y reprendiéndose a sí mismos,
como has oído, añaden al fuego que les abrasa el que les produce su
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vergüenza. Nuestro pecado fué hermafrodita; pero no habiendo observado
la ley humana, y sí seguido nuestro apetito al modo de las bestias, por eso,
al separarnos de los otros, gritamos para oprobio nuestro el nombre de
aquélla, que se bestializó en una envoltura bestial. Ya conoces nuestras
acciones y el delito que cometimos: si por nuestros nombres quieres
conocer quiénes somos, ni sabré decírtelos, ni tengo tiempo para ello.
Satisfaré, sin embargo, tu deseo diciéndote el mío: soy Guido Guinicelli,
que me purifico ya por haberme arrepentido antes de mi última hora.
Como corrieron hacia su madre los dos hijos al encontrarla bajo las tristes
iras de Licurgo, así me lancé yo, pero sin atreverme a tanto, cuando escuché
nombrarse a sí mismo a mi padre, y al mejor de todos los míos que jamás
hicieron rimas de amor dulces y floridas; y sin oír hablar, anduve pensativo
largo trecho, contemplándolo, aunque sin poder acercarme más a causa del
fuego. Cuando me harté de mirarle, me ofrecí de todo corazón a su servicio
con aquellos juramentos que hacen creer en las promesas. Me contestó:
—Dejas en mí, por lo que oigo, una huella tan profunda y clara, que el
Leteo no puede borrarla ni obscurecerla: pero si tus palabras han jurado la
verdad, dime, ¿cuál es la causa del cariño que me demuestras en tus frases y
en tus miradas?
Le contesté:
—Vuestras dulces rimas, que harán preciosos los manuscritos que las
contienen, tanto como dure el lenguaje moderno.
—¡Oh hermano!—replicó—; éste que te señalo con el dedo[86] (e indicó un
espíritu que iba delante de él), fué mejor obrero en su lengua materna.
Sobrepujó a todos en sus versos amorosos y en la prosa de sus novelas; y
deja hablar a los necios, que creen que el Lemosín[87] es mejor que él;
prestan más atención al ruido que a la verdad, y así forman su juicio antes
de dar oídos al arte o la razón. Lo mismo hicieron muchos de los antiguos
con respecto a Guittone, colocándole, merced a sus gritos, en el primer
lugar, hasta que lo ha vencido la verdad con los méritos adquiridos por otras
personas. Ahora, si tienes el alto privilegio de poder penetrar en el claustro
donde Cristo es abad del colegio, díle por mí del "Padre nuestro" todo lo
que necesitamos nosotros los habitantes de este mundo, en el que ya no
tenemos el poder de pecar.
la ley humana, y sí seguido nuestro apetito al modo de las bestias, por eso,
al separarnos de los otros, gritamos para oprobio nuestro el nombre de
aquélla, que se bestializó en una envoltura bestial. Ya conoces nuestras
acciones y el delito que cometimos: si por nuestros nombres quieres
conocer quiénes somos, ni sabré decírtelos, ni tengo tiempo para ello.
Satisfaré, sin embargo, tu deseo diciéndote el mío: soy Guido Guinicelli,
que me purifico ya por haberme arrepentido antes de mi última hora.
Como corrieron hacia su madre los dos hijos al encontrarla bajo las tristes
iras de Licurgo, así me lancé yo, pero sin atreverme a tanto, cuando escuché
nombrarse a sí mismo a mi padre, y al mejor de todos los míos que jamás
hicieron rimas de amor dulces y floridas; y sin oír hablar, anduve pensativo
largo trecho, contemplándolo, aunque sin poder acercarme más a causa del
fuego. Cuando me harté de mirarle, me ofrecí de todo corazón a su servicio
con aquellos juramentos que hacen creer en las promesas. Me contestó:
—Dejas en mí, por lo que oigo, una huella tan profunda y clara, que el
Leteo no puede borrarla ni obscurecerla: pero si tus palabras han jurado la
verdad, dime, ¿cuál es la causa del cariño que me demuestras en tus frases y
en tus miradas?
Le contesté:
—Vuestras dulces rimas, que harán preciosos los manuscritos que las
contienen, tanto como dure el lenguaje moderno.
—¡Oh hermano!—replicó—; éste que te señalo con el dedo[86] (e indicó un
espíritu que iba delante de él), fué mejor obrero en su lengua materna.
Sobrepujó a todos en sus versos amorosos y en la prosa de sus novelas; y
deja hablar a los necios, que creen que el Lemosín[87] es mejor que él;
prestan más atención al ruido que a la verdad, y así forman su juicio antes
de dar oídos al arte o la razón. Lo mismo hicieron muchos de los antiguos
con respecto a Guittone, colocándole, merced a sus gritos, en el primer
lugar, hasta que lo ha vencido la verdad con los méritos adquiridos por otras
personas. Ahora, si tienes el alto privilegio de poder penetrar en el claustro
donde Cristo es abad del colegio, díle por mí del "Padre nuestro" todo lo
que necesitamos nosotros los habitantes de este mundo, en el que ya no
tenemos el poder de pecar.
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Luego, tal vez para hacer sitio a otro que venía en pos de él, desapareció
entre el fuego, como desaparece el pez en el fondo del agua. Yo me adelanté
un poco hacia el que me había designado, y le dije que mi deseo preparaba
a su nombre una grata acogida: él empezó a decir donosamente:
—Me complace tanto vuestra cortés pregunta, que ni puedo ni quiero
ocultarme a vos: yo soy Arnaldo, que lloro y voy cantando: veo, triste, mis
pasadas locuras, y veo, contento, el día que en adelante me espera. Ahora os
ruego, por esa virtud que os conduce a lo más alto de la escala, que os
acordéis de endulzar mi dolor.
Después se ocultó en el fuego que les purifica.
entre el fuego, como desaparece el pez en el fondo del agua. Yo me adelanté
un poco hacia el que me había designado, y le dije que mi deseo preparaba
a su nombre una grata acogida: él empezó a decir donosamente:
—Me complace tanto vuestra cortés pregunta, que ni puedo ni quiero
ocultarme a vos: yo soy Arnaldo, que lloro y voy cantando: veo, triste, mis
pasadas locuras, y veo, contento, el día que en adelante me espera. Ahora os
ruego, por esa virtud que os conduce a lo más alto de la escala, que os
acordéis de endulzar mi dolor.
Después se ocultó en el fuego que les purifica.
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CANTO VIGESIMOSEPTIMO
L Sol estaba ya en aquel punto desde donde lanza sus
primeros rayos sobre la ciudad en que se derramó la sangre
de su Hacedor: el Ebro caía bajo el alto signo de Libra, y las
ondas del Ganges eran caldeadas al empezar la hora de nona;
de modo que donde estábamos terminaba el día, cuando nos
divisó placentero el Angel de Dios, que apartado de la llama
se puso en la orilla a cantar: "Beati mundo corde," en voz
bastante más viva que la nuestra. Después dijo:
—No se sigue adelante, almas santas, si el fuego no os muerde antes: entrad
en él, y no os hagáis sordas al cántico que llegará hasta vosotras.
Así habló cuando estuvimos cerca de él, por lo que me quedé al oirle como
aquel que es metido en la fosa. Elevé mis manos entrelazadas mirando al
fuego, y se representaron vivamente en mi imaginación los cuerpos
humanos que había visto arder. Mis buenos Guías se volvieron hacia mí, y
Virgilio me dijo:
—Hijo mío, aquí puedes encontrar un tormento; pero no la muerte.
Acuérdate, acuérdate... y si te guié sano y salvo sobre Gerión, ¿qué no haré
L Sol estaba ya en aquel punto desde donde lanza sus
primeros rayos sobre la ciudad en que se derramó la sangre
de su Hacedor: el Ebro caía bajo el alto signo de Libra, y las
ondas del Ganges eran caldeadas al empezar la hora de nona;
de modo que donde estábamos terminaba el día, cuando nos
divisó placentero el Angel de Dios, que apartado de la llama
se puso en la orilla a cantar: "Beati mundo corde," en voz
bastante más viva que la nuestra. Después dijo:
—No se sigue adelante, almas santas, si el fuego no os muerde antes: entrad
en él, y no os hagáis sordas al cántico que llegará hasta vosotras.
Así habló cuando estuvimos cerca de él, por lo que me quedé al oirle como
aquel que es metido en la fosa. Elevé mis manos entrelazadas mirando al
fuego, y se representaron vivamente en mi imaginación los cuerpos
humanos que había visto arder. Mis buenos Guías se volvieron hacia mí, y
Virgilio me dijo:
—Hijo mío, aquí puedes encontrar un tormento; pero no la muerte.
Acuérdate, acuérdate... y si te guié sano y salvo sobre Gerión, ¿qué no haré
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ahora que estoy más cerca de Dios? Ten por cierto que, aunque estuvieras
mil años en medio de esa llama, no perderías un solo cabello; y si acaso
crees que te engaño, ponte cerca de ella, y como prueba, aproxima con tus
manos al fuego la orla de tu ropaje. Depón, pues, depón todo temor;
vuélvete hacia aquí, y pasa adelante con seguridad.
Yo, sin embargo, permanecí inmóvil aun en contra de mi conciencia.
Cuando vió que me estaba quieto y reacio, repuso algo turbado:
—Hijo mío, repara en que entre Beatriz y tú sólo existe ese obstáculo.
Así como al oír el nombre de Tisbe, Piramo, cercano a la muerte, abrió los
ojos y la contempló bajo la morera, que desde entonces echó frutos rojos,
así yo, vencida mi obstinación, me dirigí hacia mi sabio Guía, al oír el
nombre que siempre está en mi mente. Entonces él, moviendo la cabeza,
dijo:
—¡Cómo! ¿Queremos permanecer aquí?
Y se sonrió, como se sonríe al niño a quien se conquista con una fruta.
Después se metió en el fuego el primero, rogando a Estacio, que durante
todo el camino se había interpuesto entre ambos, que viniese detrás de mí.
Cuando estuve dentro, habríame arrojado, para refrescarme, en medio del
vidrio hirviendo; tan desmesurado era el ardor que allí se sentía. Mi dulce
Padre, para animarme, continuaba hablando de Beatriz y diciendo: "Ya me
parece ver sus ojos." Nos guiaba una voz que cantaba al otro lado; y
nosotros, atentos solamente a ella, salimos del fuego por el sitio donde está
la subida.
—"Venite, benedicti patris mei"—se oyó en medio de una luz que allí había,
tan resplandeciente que me ofuscó y no la pude mirar.—El Sol se va—
añadió—, y viene la noche; no os detengáis, sino acelerad el paso antes que
el horizonte se obscurezca.
El sendero subía recto a través de la peña hacia el Oriente, y yo interrumpía
delante de mí los rayos del Sol, que ya estaba muy bajo. Habíamos subido
pocos escalones, cuando mis sabios Guías y yo, por mi sombra que se
desvanecía, observamos que tras de nosotros se ocultaba el Sol; y antes de
que en toda su inmensa extensión tomara el horizonte el mismo aspecto, y
de que la noche se esparciera por todas partes, cada uno de nosotros hizo de
mil años en medio de esa llama, no perderías un solo cabello; y si acaso
crees que te engaño, ponte cerca de ella, y como prueba, aproxima con tus
manos al fuego la orla de tu ropaje. Depón, pues, depón todo temor;
vuélvete hacia aquí, y pasa adelante con seguridad.
Yo, sin embargo, permanecí inmóvil aun en contra de mi conciencia.
Cuando vió que me estaba quieto y reacio, repuso algo turbado:
—Hijo mío, repara en que entre Beatriz y tú sólo existe ese obstáculo.
Así como al oír el nombre de Tisbe, Piramo, cercano a la muerte, abrió los
ojos y la contempló bajo la morera, que desde entonces echó frutos rojos,
así yo, vencida mi obstinación, me dirigí hacia mi sabio Guía, al oír el
nombre que siempre está en mi mente. Entonces él, moviendo la cabeza,
dijo:
—¡Cómo! ¿Queremos permanecer aquí?
Y se sonrió, como se sonríe al niño a quien se conquista con una fruta.
Después se metió en el fuego el primero, rogando a Estacio, que durante
todo el camino se había interpuesto entre ambos, que viniese detrás de mí.
Cuando estuve dentro, habríame arrojado, para refrescarme, en medio del
vidrio hirviendo; tan desmesurado era el ardor que allí se sentía. Mi dulce
Padre, para animarme, continuaba hablando de Beatriz y diciendo: "Ya me
parece ver sus ojos." Nos guiaba una voz que cantaba al otro lado; y
nosotros, atentos solamente a ella, salimos del fuego por el sitio donde está
la subida.
—"Venite, benedicti patris mei"—se oyó en medio de una luz que allí había,
tan resplandeciente que me ofuscó y no la pude mirar.—El Sol se va—
añadió—, y viene la noche; no os detengáis, sino acelerad el paso antes que
el horizonte se obscurezca.
El sendero subía recto a través de la peña hacia el Oriente, y yo interrumpía
delante de mí los rayos del Sol, que ya estaba muy bajo. Habíamos subido
pocos escalones, cuando mis sabios Guías y yo, por mi sombra que se
desvanecía, observamos que tras de nosotros se ocultaba el Sol; y antes de
que en toda su inmensa extensión tomara el horizonte el mismo aspecto, y
de que la noche se esparciera por todas partes, cada uno de nosotros hizo de
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un escalón su lecho; porque la naturaleza del monte, más bien que nuestro
deseo, nos impedía subir. Como las cabras que antes de haber satisfecho su
apetito van veloces y atrevidas por los picos de los montes, y una vez
saciado éste, se quedan rumiando tranquilas a la sombra, mientras el Sol
quema, guardadas por el pastor, que, apoyado en su cayado, cuida de ellas;
y como el pastor que se queda fuera y pernocta cerca de su rebaño, para
preservarlo de que lo disperse alguna bestia feroz, así estábamos entonces
nosotros tres, yo como cabra, y ellos como pastores, estrechados por los dos
lados de aquella abertura. Poco alcanzaba nuestra vista de las cosas que
había fuera de allí; pero por aquel reducido espacio veía yo las estrellas más
claras y mayores de lo acostumbrado. Rumiando de esta suerte y
contemplándolas me sorprendió el sueño; el sueño que muchas veces
predice lo que ha de sobrevenir. En la hora, según creo, en que Citerea, que
parece siempre abrasada por el fuego del amor, lanzaba desde Oriente sus
primeros rayos sobre la montaña, me parecía ver entre sueños una mujer
joven y bella, que iba cogiendo flores por una pradera, y decía cantando:
"Sepa todo aquel que preguntó mi nombre, que yo soy Lía, y voy
extendiendo en torno mis bellas manos para formarme una guirnalda. Para
agradarme delante del espejo, me adorno aquí; pero mi hermana Raquel no
se separa jamás del suyo, y permanece todo el día sentada ante él. A ella le
gusta contemplar sus hermosos ojos, como a mí adornarme con mis propias
manos: ella se satisface con mirar, yo con obrar." Ya, ante los esplendores
que preceden al día, tanto más gratos a los peregrinos, cuanto más cerca de
su patria se albergan al volver a ella, huían por todas partes las tinieblas, y
con ellas mi sueño; por lo cual me levanté, y vi a mis grandes Maestros
levantados también.
La dulce fruta que por tantas ramas va buscando la solicitud de los
mortales, hoy calmará tu hambre.
Tales fueron las palabras que me dirigió Virgilio; palabras que me causaron
un placer como no lo ha causado jamás regalo alguno. Acrecentóse tanto en
mí el deseo de llegar a la cima del monte, que a cada paso que daba sentía
crecer alas para mi vuelo. Cuando, recorrida toda la escalera, estuvimos en
la última grada, Virgilio fijó en mí sus ojos y dijo:
—Has visto el fuego temporal y el eterno, hijo mío, y has llegado a un sitio
donde no puedo ver nada más por mí mismo. Con ingenio y con arte te he
deseo, nos impedía subir. Como las cabras que antes de haber satisfecho su
apetito van veloces y atrevidas por los picos de los montes, y una vez
saciado éste, se quedan rumiando tranquilas a la sombra, mientras el Sol
quema, guardadas por el pastor, que, apoyado en su cayado, cuida de ellas;
y como el pastor que se queda fuera y pernocta cerca de su rebaño, para
preservarlo de que lo disperse alguna bestia feroz, así estábamos entonces
nosotros tres, yo como cabra, y ellos como pastores, estrechados por los dos
lados de aquella abertura. Poco alcanzaba nuestra vista de las cosas que
había fuera de allí; pero por aquel reducido espacio veía yo las estrellas más
claras y mayores de lo acostumbrado. Rumiando de esta suerte y
contemplándolas me sorprendió el sueño; el sueño que muchas veces
predice lo que ha de sobrevenir. En la hora, según creo, en que Citerea, que
parece siempre abrasada por el fuego del amor, lanzaba desde Oriente sus
primeros rayos sobre la montaña, me parecía ver entre sueños una mujer
joven y bella, que iba cogiendo flores por una pradera, y decía cantando:
"Sepa todo aquel que preguntó mi nombre, que yo soy Lía, y voy
extendiendo en torno mis bellas manos para formarme una guirnalda. Para
agradarme delante del espejo, me adorno aquí; pero mi hermana Raquel no
se separa jamás del suyo, y permanece todo el día sentada ante él. A ella le
gusta contemplar sus hermosos ojos, como a mí adornarme con mis propias
manos: ella se satisface con mirar, yo con obrar." Ya, ante los esplendores
que preceden al día, tanto más gratos a los peregrinos, cuanto más cerca de
su patria se albergan al volver a ella, huían por todas partes las tinieblas, y
con ellas mi sueño; por lo cual me levanté, y vi a mis grandes Maestros
levantados también.
La dulce fruta que por tantas ramas va buscando la solicitud de los
mortales, hoy calmará tu hambre.
Tales fueron las palabras que me dirigió Virgilio; palabras que me causaron
un placer como no lo ha causado jamás regalo alguno. Acrecentóse tanto en
mí el deseo de llegar a la cima del monte, que a cada paso que daba sentía
crecer alas para mi vuelo. Cuando, recorrida toda la escalera, estuvimos en
la última grada, Virgilio fijó en mí sus ojos y dijo:
—Has visto el fuego temporal y el eterno, hijo mío, y has llegado a un sitio
donde no puedo ver nada más por mí mismo. Con ingenio y con arte te he
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conducido hasta aquí: en adelante sírvate de guía tu voluntad; fuera estás de
los caminos escarpados y de las estrechuras; mira el Sol que brilla en tu
frente; mira la hierba, las flores, los arbustos, que se producen solamente en
esta tierra. Mientras no vengan radiantes de alegría los hermosos ojos que,
entre lágrimas, me hicieron acudir en tu socorro, puedes sentarte, y puedes
pasear entre esas flores. No esperes ya mis palabras, ni mis consejos: tu
albedrío es ya libre, recto y sano, y sería una falta no obrar según lo que él
te dicte. Así, pues, ensalzándote sobre ti mismo, te corono y te mitro.[88]
los caminos escarpados y de las estrechuras; mira el Sol que brilla en tu
frente; mira la hierba, las flores, los arbustos, que se producen solamente en
esta tierra. Mientras no vengan radiantes de alegría los hermosos ojos que,
entre lágrimas, me hicieron acudir en tu socorro, puedes sentarte, y puedes
pasear entre esas flores. No esperes ya mis palabras, ni mis consejos: tu
albedrío es ya libre, recto y sano, y sería una falta no obrar según lo que él
te dicte. Así, pues, ensalzándote sobre ti mismo, te corono y te mitro.[88]
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CANTO VIGESIMOCTAVO
ESEOSO ya de observar en su interior y en sus contornos la
divina floresta espesa y viva, que amortiguaba la luz del
nuevo día, dejé sin esperar más el borde del monte y marché
lentamente a través del campo, cuyo suelo por todas partes
despedía gratos aromas. Un aura blanda e invariable me
oreaba la frente con no mayor fuerza que la de un viento
suave: a su impulso, todas las verdes frondas se inclinaban
trémulas hacia el lado a que proyecta su primera sombra el sagrado monte;
pero sin separarse tanto de su derechura, que las avecillas dejaran por esta
causa de ejercitar su arte sobre las copas de los árboles, pues antes bien,
llenas de alegría, saludaban a las primeras auras, cantando entre las hojas,
que acompañaban a sus ritmos haciendo el bajo, con un susurro semejante
al que de rama en rama va creciendo en los pinares del llano de Chiassi,
cuando Eolo deja escapar el Sirocco.
Ya me habían transportado mis lentos pasos tan adentro de la antigua selva,
que no podía distinguir el sitio por donde había entrado, cuando vi
interceptado mi camino por un riachuelo, que corriendo hacia la izquierda,
doblegaba bajo el peso de pequeñas linfas las hierbas que brotaban en sus
orillas. Las aguas que en la tierra se tienen por más puras, parecerían turbias
ESEOSO ya de observar en su interior y en sus contornos la
divina floresta espesa y viva, que amortiguaba la luz del
nuevo día, dejé sin esperar más el borde del monte y marché
lentamente a través del campo, cuyo suelo por todas partes
despedía gratos aromas. Un aura blanda e invariable me
oreaba la frente con no mayor fuerza que la de un viento
suave: a su impulso, todas las verdes frondas se inclinaban
trémulas hacia el lado a que proyecta su primera sombra el sagrado monte;
pero sin separarse tanto de su derechura, que las avecillas dejaran por esta
causa de ejercitar su arte sobre las copas de los árboles, pues antes bien,
llenas de alegría, saludaban a las primeras auras, cantando entre las hojas,
que acompañaban a sus ritmos haciendo el bajo, con un susurro semejante
al que de rama en rama va creciendo en los pinares del llano de Chiassi,
cuando Eolo deja escapar el Sirocco.
Ya me habían transportado mis lentos pasos tan adentro de la antigua selva,
que no podía distinguir el sitio por donde había entrado, cuando vi
interceptado mi camino por un riachuelo, que corriendo hacia la izquierda,
doblegaba bajo el peso de pequeñas linfas las hierbas que brotaban en sus
orillas. Las aguas que en la tierra se tienen por más puras, parecerían turbias
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comparadas con aquellas, que no ocultan nada, aunque corran obscurecidas
bajo una perpetua sombra, que no da paso nunca a los rayos del Sol ni de la
Luna. Detuve mis pasos, y atravesé con la vista aquel riachuelo, para
admirar la gran variedad de sus frescas arboledas, cuando se me apareció,
como aparece súbitamente una cosa maravillosa que desvía de nuestra
mente todo otro pensamiento, una mujer sola, que iba cantando y cogiendo
flores de las muchas de que estaba esmaltado todo su camino.
—¡Ah!, hermosa Dama, que te abrasas en los rayos de Amor, si he de dar
crédito al semblante que suele ser testimonio del corazón; dígnate
adelantarte—le dije—hacia este riachuelo, lo bastante para que pueda
comprender qué es lo que cantas. Tú traes a mi memoria el sitio donde
estaba Proserpina, y cómo era cuando la perdió su madre, y ella perdió sus
lozanas flores.
Así como bailando se vuelve una mujer, con los pies juntos y arrimados al
suelo, poniendo apenas uno delante de otro, de igual suerte se volvió
aquélla hacia mí sobre las florecillas rojas y amarillas, semejante a una
virgen que inclina sus modestos ojos, y satisfizo mis súplicas
aproximándose tanto, que llegaba hasta mí la dulce armonía de su canto, y
sus palabras claras y distintas. Luego que se detuvo en el sitio donde las
hierbas son bañadas por las ondas del lindo riachuelo, me concedió el favor
de levantar sus ojos. No creo que saliera tal resplandor bajo las cejas de
Venus, cuando su hijo la hirió inconsideradamente. Ella se sonreía desde la
orilla derecha, cogiendo mientras tanto las flores que aquella elevada tierra
produce sin necesidad de simiente. El río nos separaba a la distancia de tres
pasos; pero el Helesponto por donde pasó Jerjes, cuyo ejemplo sirve aún de
freno a todo orgullo humano, no fué tan odioso a Leandro, por el impetuoso
movimiento de sus aguas entre Sestos y Abydos, como lo era aquél para mí
por no abrirme paso.
—Sois recién llegados—dijo ella—; y quizá porque me sonrío en este sitio
escogido para nido de la humana naturaleza, os causo asombro y hasta
alguna sospecha; pero el salmo "Delectasti" esparce una luz que puede
disipar las nubes de vuestro entendimiento. Y tú, que vas delante y me has
rogado que hable, dime si quieres oír otra cosa, que yo responderé con
presteza a todas tus preguntas hasta dejarte satisfecho.
bajo una perpetua sombra, que no da paso nunca a los rayos del Sol ni de la
Luna. Detuve mis pasos, y atravesé con la vista aquel riachuelo, para
admirar la gran variedad de sus frescas arboledas, cuando se me apareció,
como aparece súbitamente una cosa maravillosa que desvía de nuestra
mente todo otro pensamiento, una mujer sola, que iba cantando y cogiendo
flores de las muchas de que estaba esmaltado todo su camino.
—¡Ah!, hermosa Dama, que te abrasas en los rayos de Amor, si he de dar
crédito al semblante que suele ser testimonio del corazón; dígnate
adelantarte—le dije—hacia este riachuelo, lo bastante para que pueda
comprender qué es lo que cantas. Tú traes a mi memoria el sitio donde
estaba Proserpina, y cómo era cuando la perdió su madre, y ella perdió sus
lozanas flores.
Así como bailando se vuelve una mujer, con los pies juntos y arrimados al
suelo, poniendo apenas uno delante de otro, de igual suerte se volvió
aquélla hacia mí sobre las florecillas rojas y amarillas, semejante a una
virgen que inclina sus modestos ojos, y satisfizo mis súplicas
aproximándose tanto, que llegaba hasta mí la dulce armonía de su canto, y
sus palabras claras y distintas. Luego que se detuvo en el sitio donde las
hierbas son bañadas por las ondas del lindo riachuelo, me concedió el favor
de levantar sus ojos. No creo que saliera tal resplandor bajo las cejas de
Venus, cuando su hijo la hirió inconsideradamente. Ella se sonreía desde la
orilla derecha, cogiendo mientras tanto las flores que aquella elevada tierra
produce sin necesidad de simiente. El río nos separaba a la distancia de tres
pasos; pero el Helesponto por donde pasó Jerjes, cuyo ejemplo sirve aún de
freno a todo orgullo humano, no fué tan odioso a Leandro, por el impetuoso
movimiento de sus aguas entre Sestos y Abydos, como lo era aquél para mí
por no abrirme paso.
—Sois recién llegados—dijo ella—; y quizá porque me sonrío en este sitio
escogido para nido de la humana naturaleza, os causo asombro y hasta
alguna sospecha; pero el salmo "Delectasti" esparce una luz que puede
disipar las nubes de vuestro entendimiento. Y tú, que vas delante y me has
rogado que hable, dime si quieres oír otra cosa, que yo responderé con
presteza a todas tus preguntas hasta dejarte satisfecho.
Page 268
—El agua—le dije—y el rumor de la floresta impugnan en mi interior una
nueva creencia sobre una cosa que he oído y que es contraria a esta.
A lo que ella contestó:
—Te diré cómo procede de su causa eso que te admira, y disiparé la nube
que te ciega. El Sumo Bien, que se complace sólo en sí mismo, hizo al
hombre bueno y apto para el bien, y le dió este sitio como arras en señal de
eterna paz. El hombre, por sus culpas, permaneció aquí poco tiempo: por
sus culpas cambió su honesta risa y su dulce pasatiempo en llanto y en
tristeza. A fin de que todas las conmociones producidas más abajo por las
exhalaciones del agua y de la tierra, que se dirigen cuanto pueden tras del
calor, no molestasen al hombre, se elevó este monte hacia el cielo tanto
como has visto, y está libre de todas ellas desde el punto donde se cierra su
puerta. Ahora bien, como el aire gira en torno de la tierra con la primera
bóveda movible del cielo, si el círculo no es interrumpido por algún punto,
un movimiento semejante viene a repercutir en esta altura, que está libre de
toda perturbación en medio del aire puro, produciendo este ruido en la
selva, porque es espesa; y la planta sacudida comunica su propia virtud
generativa al aire, el cual girando en torno deposita dicha virtud en el suelo;
y la otra tierra, según que es apta por sí misma o por su cielo, concibe y
produce diversos árboles de diferentes especies. Una vez oído esto, no te
parecerá ya maravilloso que haya plantas que broten sin semillas aparentes.
Debes saber, además, que la santa campiña en que te encuentras está llena
de toda clase de semillas, y encierra frutos que allá abajo no se cogen. El
agua que ves no brota de ninguna vena que sea renovada por los vapores
que el frío del cielo convierte en lluvia, como un río que adquiere o pierde
caudal, sino que sale de una fuente invariable y segura, que recibe de la
voluntad de Dios cuanto derrama por dos partes. Por esta desciende con una
virtud que borra la memoria del pecado; por la otra renueva la de toda
buena acción. Aquí se llama Leteo; en el otro lado, Eunoe; y no produce sus
efectos si no se bebe aquí primero que allí: su sabor supera a todos los
demás. Aunque tu sed esté ya bastante mitigada sin necesidad de más
explicaciones mías, por una gracia especial, aún te daré un corolario; y no
creo que mis palabras te sean menos gratas, si por ti exceden a mis
promesas. Los que antiguamente fingieron la edad de oro y su estado feliz,
quizá soñaron en el Parnaso este sitio. Aquí fué inocente el origen de la raza
nueva creencia sobre una cosa que he oído y que es contraria a esta.
A lo que ella contestó:
—Te diré cómo procede de su causa eso que te admira, y disiparé la nube
que te ciega. El Sumo Bien, que se complace sólo en sí mismo, hizo al
hombre bueno y apto para el bien, y le dió este sitio como arras en señal de
eterna paz. El hombre, por sus culpas, permaneció aquí poco tiempo: por
sus culpas cambió su honesta risa y su dulce pasatiempo en llanto y en
tristeza. A fin de que todas las conmociones producidas más abajo por las
exhalaciones del agua y de la tierra, que se dirigen cuanto pueden tras del
calor, no molestasen al hombre, se elevó este monte hacia el cielo tanto
como has visto, y está libre de todas ellas desde el punto donde se cierra su
puerta. Ahora bien, como el aire gira en torno de la tierra con la primera
bóveda movible del cielo, si el círculo no es interrumpido por algún punto,
un movimiento semejante viene a repercutir en esta altura, que está libre de
toda perturbación en medio del aire puro, produciendo este ruido en la
selva, porque es espesa; y la planta sacudida comunica su propia virtud
generativa al aire, el cual girando en torno deposita dicha virtud en el suelo;
y la otra tierra, según que es apta por sí misma o por su cielo, concibe y
produce diversos árboles de diferentes especies. Una vez oído esto, no te
parecerá ya maravilloso que haya plantas que broten sin semillas aparentes.
Debes saber, además, que la santa campiña en que te encuentras está llena
de toda clase de semillas, y encierra frutos que allá abajo no se cogen. El
agua que ves no brota de ninguna vena que sea renovada por los vapores
que el frío del cielo convierte en lluvia, como un río que adquiere o pierde
caudal, sino que sale de una fuente invariable y segura, que recibe de la
voluntad de Dios cuanto derrama por dos partes. Por esta desciende con una
virtud que borra la memoria del pecado; por la otra renueva la de toda
buena acción. Aquí se llama Leteo; en el otro lado, Eunoe; y no produce sus
efectos si no se bebe aquí primero que allí: su sabor supera a todos los
demás. Aunque tu sed esté ya bastante mitigada sin necesidad de más
explicaciones mías, por una gracia especial, aún te daré un corolario; y no
creo que mis palabras te sean menos gratas, si por ti exceden a mis
promesas. Los que antiguamente fingieron la edad de oro y su estado feliz,
quizá soñaron en el Parnaso este sitio. Aquí fué inocente el origen de la raza
Page 269
humana; aquí la primavera y los frutos son eternos: este es el verdadero
néctar de que todos hablan.
Entonces me volví completamente hacia mis Poetas y vi que habían acogido
con una sonrisa esta última explicación: después dirigí de nuevo mis ojos
hacia la bella Dama.
néctar de que todos hablan.
Entonces me volví completamente hacia mis Poetas y vi que habían acogido
con una sonrisa esta última explicación: después dirigí de nuevo mis ojos
hacia la bella Dama.
Page 270
CANTO VIGESIMONONO
ESPUES de aquellas últimas palabras, continuó cantando
cual mujer enamorada: "Beati, quorum tecta sunt peccata"
[89]
: y a la manera de las ninfas, que andaban solas por las
umbrías selvas, complaciéndose unas en huír del Sol, y otras
en verle, púsose a caminar por la orilla contra la corriente del
río; y yo al igual de ella, seguí sus cortos pasos con los míos.
Entre los dos no habíamos aún adelantado ciento, cuando las
dos riberas equidistantes presentaron una curva, de tal modo que me
encontré vuelto hacia Oriente. A poco de andar así, volvióse la Dama
enteramente a mí, diciendo: "Hermano mío, mira y escucha." Y he aquí que
por todas partes iluminó la selva un resplandor tan súbito, que dudé si había
sido un relámpago; mas como éste desaparece en cuanto brilla, y aquél
duraba cada vez más resplandeciente, decía yo entre mí: "¿Qué será esto?"
Circulaba por el luminoso aire una dulce melodía, por lo cual mi buen celo
me hizo censurar el atrevimiento de Eva; pues que allí, donde obedecían la
tierra y el cielo, una mujer sola y apenas formada, no pudo sufrir el
permanecer bajo ningún velo; cuando si hubiera permanecido resignado
bajo él, habría yo gozado más pronto, y luego eternamente aquellas
inefables delicias.
ESPUES de aquellas últimas palabras, continuó cantando
cual mujer enamorada: "Beati, quorum tecta sunt peccata"
[89]
: y a la manera de las ninfas, que andaban solas por las
umbrías selvas, complaciéndose unas en huír del Sol, y otras
en verle, púsose a caminar por la orilla contra la corriente del
río; y yo al igual de ella, seguí sus cortos pasos con los míos.
Entre los dos no habíamos aún adelantado ciento, cuando las
dos riberas equidistantes presentaron una curva, de tal modo que me
encontré vuelto hacia Oriente. A poco de andar así, volvióse la Dama
enteramente a mí, diciendo: "Hermano mío, mira y escucha." Y he aquí que
por todas partes iluminó la selva un resplandor tan súbito, que dudé si había
sido un relámpago; mas como éste desaparece en cuanto brilla, y aquél
duraba cada vez más resplandeciente, decía yo entre mí: "¿Qué será esto?"
Circulaba por el luminoso aire una dulce melodía, por lo cual mi buen celo
me hizo censurar el atrevimiento de Eva; pues que allí, donde obedecían la
tierra y el cielo, una mujer sola y apenas formada, no pudo sufrir el
permanecer bajo ningún velo; cuando si hubiera permanecido resignado
bajo él, habría yo gozado más pronto, y luego eternamente aquellas
inefables delicias.
Page 271
Mientras iba yo enteramente absorto en la contemplación de tantas
primicias del placer eterno, y deseoso todavía de más dichas, el aire,
semejante a un gran fuego, apareció ante nosotros inflamado bajo las verdes
ramas, y la dulce armonía que habíamos percibido se convirtió en un canto
claro y distinto. ¡Oh sacrosantas Vírgenes! Si alguna vez he soportado por
vosotras el hambre, el frío y las vigilias, prestadme en cambio la ayuda, que
la necesidad me obliga a demandaros. Es preciso que Helicón derrame para
mí sus aguas, y que el coro de Urania me ayude a poner en versos cosas
apenas concebibles.
Parecióme ver algo más allá siete árboles de oro[90], engañado por la gran
distancia que todavía mediaba entre nosotros y ellos; mas cuando me hube
aproximado tanto, que la semejanza engañadora del sentido no perdía ya
por la distancia ninguno de sus rasgos distintivos, la facultad que prepara
materia al raciocinio me hizo conocer que eran candelabros, y que las voces
cantaban "Hosanna." Los hermosos muebles llameaban en su parte superior
despidiendo una luz mucho más clara que la Luna a media noche y a la
mitad de su mes. Me volví lleno de admiración al buen Virgilio, y él me
respondió con una mirada no menos llena de asombro. Después fijé de
nuevo mi atención en los altos candelabros, los cuales avanzaban en nuestra
dirección tan lentamente que una recién desposada los habría vencido en
celeridad. La Dama me gritó:
—¿Por qué contemplas con tanto ardor esas vívidas luces, y no reparas en
lo que viene tras de ellas?
Entonces vi venir detrás de las luces, y como guiadas por éstas, muchos
personajes[91], vestidos de un blanco tan puro como no ha brillado jamás en
el mundo. A la izquierda resplandecía el agua, y reflejaba la parte izquierda
de mi cuerpo; así es que me miraba en ella como en un espejo. Cuando
desde mi orilla llegué a un punto en que únicamente el río me separaba de
aquéllos, me detuve para mirar mejor, y vi las llamas caminando hacia
adelante, dejando tras de sí pintado el aire con rasgos semejantes a
banderolas extendidas; de modo que sobre ellas se veían claramente siete
listas formadas de los colores de que el Sol hace su arco y Delia su
cinturón. Aquellas listas se extendían por el cielo más allá de lo que
alcanzaba mi vista, y según me pareció, las de los extremos distaban entre sí
diez pasos una de otra[92]. Bajo el hermoso cielo que describo, se
primicias del placer eterno, y deseoso todavía de más dichas, el aire,
semejante a un gran fuego, apareció ante nosotros inflamado bajo las verdes
ramas, y la dulce armonía que habíamos percibido se convirtió en un canto
claro y distinto. ¡Oh sacrosantas Vírgenes! Si alguna vez he soportado por
vosotras el hambre, el frío y las vigilias, prestadme en cambio la ayuda, que
la necesidad me obliga a demandaros. Es preciso que Helicón derrame para
mí sus aguas, y que el coro de Urania me ayude a poner en versos cosas
apenas concebibles.
Parecióme ver algo más allá siete árboles de oro[90], engañado por la gran
distancia que todavía mediaba entre nosotros y ellos; mas cuando me hube
aproximado tanto, que la semejanza engañadora del sentido no perdía ya
por la distancia ninguno de sus rasgos distintivos, la facultad que prepara
materia al raciocinio me hizo conocer que eran candelabros, y que las voces
cantaban "Hosanna." Los hermosos muebles llameaban en su parte superior
despidiendo una luz mucho más clara que la Luna a media noche y a la
mitad de su mes. Me volví lleno de admiración al buen Virgilio, y él me
respondió con una mirada no menos llena de asombro. Después fijé de
nuevo mi atención en los altos candelabros, los cuales avanzaban en nuestra
dirección tan lentamente que una recién desposada los habría vencido en
celeridad. La Dama me gritó:
—¿Por qué contemplas con tanto ardor esas vívidas luces, y no reparas en
lo que viene tras de ellas?
Entonces vi venir detrás de las luces, y como guiadas por éstas, muchos
personajes[91], vestidos de un blanco tan puro como no ha brillado jamás en
el mundo. A la izquierda resplandecía el agua, y reflejaba la parte izquierda
de mi cuerpo; así es que me miraba en ella como en un espejo. Cuando
desde mi orilla llegué a un punto en que únicamente el río me separaba de
aquéllos, me detuve para mirar mejor, y vi las llamas caminando hacia
adelante, dejando tras de sí pintado el aire con rasgos semejantes a
banderolas extendidas; de modo que sobre ellas se veían claramente siete
listas formadas de los colores de que el Sol hace su arco y Delia su
cinturón. Aquellas listas se extendían por el cielo más allá de lo que
alcanzaba mi vista, y según me pareció, las de los extremos distaban entre sí
diez pasos una de otra[92]. Bajo el hermoso cielo que describo, se
Page 272
adelantaban de dos en dos veinticuatro ancianos coronados de azucenas[93].
Todos cantaban: "Bendita tú eres entre las hijas de Adán, y benditas sean
eternamente tus bellezas." Después que las flores y las frescas hierbecillas
que había en la otra ribera frente a mí se vieron libres de aquellos espíritus
elegidos, así como en el cielo siguen unas a otras las estrellas, en pos de los
ancianos vinieron cuatro animales, con ellos coronados de verdes hojas[94].
Cada uno tenía seis alas, con las plumas llenas de ojos, como serían los de
Argos si viviese[95]. Lector, no empleo mis rimas en describir las formas de
estos animales, pues me contiene tanto el gasto futuro, que no puedo ser
ahora pródigo; pero puedes leer a Ezequiel, que los pinta tales como los vió
acudir de las frías regiones, con el viento, con las nubes y con el fuego; y
del mismo modo que los encontrarás en sus libros, así se presentaban aquí
si se exceptúa que, en cuanto a las alas, Juan está conmigo y se separa de él.
El espacio que quedaba entre los cuatro lo ocupaba un carro triunfal sobre
dos ruedas, que iba tirado por un grifo. Este extendía sus alas ante la lista de
en medio y las tres de ambos lados, sin que interceptara ninguna de ellas al
hender el espacio entre las mismas comprendido. Se elevaban tanto, que se
las perdía de vista: la parte de su cuerpo que era ave tenía los miembros de
oro, y los de la otra parte eran blancos manchados de rojo. Ni Escipión el
Africano, ni aun Augusto, hicieron jamás recrearse a Roma en la
contemplación de un carro tan bello, y aun comparado con él, sería pobre
aquel carro del Sol, que desviándose de su camino, fué abrasado, por los
ruegos de la Tierra suplicante, cuando Júpiter fué misteriosamente justo.
Tres mujeres venían danzando en redondo al lado de la rueda derecha; una
de ellas tan roja, que apenas se la hubiera distinguido dentro del fuego: la
otra era como si su carne y sus huesos fuesen de esmeralda: la tercera
parecía nieve recién caída[96]. Tan pronto iba a la cabeza la blanca, como la
roja; y según el canto de ésta, así las demás ajustaban el paso, avanzando
lentas o rápidas. Hacia la izquierda del carro venían gozosas otras cuatro
vestidas de púrpura asustando sus movimientos al de una de ellas, que tenía
tres ojos en la cabeza.[97] En pos de estos grupos de que acabo de hablar, vi
dos ancianos con diferentes vestiduras; pero iguales en su actitud, venerable
y reposada. Uno de ellos parecía ser de los discípulos de aquel gran
Hipócrates, a quien hizo la naturaleza en favor de los seres animados que le
son más queridos;[98] el otro demostraba un cuidado contrario, con una
espada tan reluciente y aguda, que a través del río me causó miedo.[99]
Todos cantaban: "Bendita tú eres entre las hijas de Adán, y benditas sean
eternamente tus bellezas." Después que las flores y las frescas hierbecillas
que había en la otra ribera frente a mí se vieron libres de aquellos espíritus
elegidos, así como en el cielo siguen unas a otras las estrellas, en pos de los
ancianos vinieron cuatro animales, con ellos coronados de verdes hojas[94].
Cada uno tenía seis alas, con las plumas llenas de ojos, como serían los de
Argos si viviese[95]. Lector, no empleo mis rimas en describir las formas de
estos animales, pues me contiene tanto el gasto futuro, que no puedo ser
ahora pródigo; pero puedes leer a Ezequiel, que los pinta tales como los vió
acudir de las frías regiones, con el viento, con las nubes y con el fuego; y
del mismo modo que los encontrarás en sus libros, así se presentaban aquí
si se exceptúa que, en cuanto a las alas, Juan está conmigo y se separa de él.
El espacio que quedaba entre los cuatro lo ocupaba un carro triunfal sobre
dos ruedas, que iba tirado por un grifo. Este extendía sus alas ante la lista de
en medio y las tres de ambos lados, sin que interceptara ninguna de ellas al
hender el espacio entre las mismas comprendido. Se elevaban tanto, que se
las perdía de vista: la parte de su cuerpo que era ave tenía los miembros de
oro, y los de la otra parte eran blancos manchados de rojo. Ni Escipión el
Africano, ni aun Augusto, hicieron jamás recrearse a Roma en la
contemplación de un carro tan bello, y aun comparado con él, sería pobre
aquel carro del Sol, que desviándose de su camino, fué abrasado, por los
ruegos de la Tierra suplicante, cuando Júpiter fué misteriosamente justo.
Tres mujeres venían danzando en redondo al lado de la rueda derecha; una
de ellas tan roja, que apenas se la hubiera distinguido dentro del fuego: la
otra era como si su carne y sus huesos fuesen de esmeralda: la tercera
parecía nieve recién caída[96]. Tan pronto iba a la cabeza la blanca, como la
roja; y según el canto de ésta, así las demás ajustaban el paso, avanzando
lentas o rápidas. Hacia la izquierda del carro venían gozosas otras cuatro
vestidas de púrpura asustando sus movimientos al de una de ellas, que tenía
tres ojos en la cabeza.[97] En pos de estos grupos de que acabo de hablar, vi
dos ancianos con diferentes vestiduras; pero iguales en su actitud, venerable
y reposada. Uno de ellos parecía ser de los discípulos de aquel gran
Hipócrates, a quien hizo la naturaleza en favor de los seres animados que le
son más queridos;[98] el otro demostraba un cuidado contrario, con una
espada tan reluciente y aguda, que a través del río me causó miedo.[99]
Page 273
Después vi otros cuatro de humilde apariencia;[100] y detrás de todos venía
un anciano solo y durmiendo, pero con la faz inspirada.[101] Estos siete
estaban vestidos como los veinticuatro primeros; pero no iban coronados de
azucenas, sino de rosas y de otras flores coloradas; quien los hubiese visto
desde algo lejos, habría jurado que ardía una llama sobre sus sienes.
Cuando el carro estuvo frente a mí, se oyó un trueno; y aquellos dignos
personajes, como si se les hubiera prohibido seguir adelante, se detuvieron
allí al mismo tiempo que los candelabros.
un anciano solo y durmiendo, pero con la faz inspirada.[101] Estos siete
estaban vestidos como los veinticuatro primeros; pero no iban coronados de
azucenas, sino de rosas y de otras flores coloradas; quien los hubiese visto
desde algo lejos, habría jurado que ardía una llama sobre sus sienes.
Cuando el carro estuvo frente a mí, se oyó un trueno; y aquellos dignos
personajes, como si se les hubiera prohibido seguir adelante, se detuvieron
allí al mismo tiempo que los candelabros.
Page 274
CANTO TRIGESIMO
UANDO se detuvo el septentrión del primer Cielo, que no
conoció nunca orto ni ocaso, ni más niebla que el velo que
sobre él corrió el pecado, y que allí enseñaba a cada cual su
deber, como el septentrión más bajo lo enseña al que dirige
el timón para llegar al puerto, los veraces personajes que
iban entre el Grifo y los siete candelabros se volvieron hacia
el carro, como hacia el fin de sus deseos; y uno de ellos
como enviado del Cielo, exclamó tres veces cantando: "Veni, sponsa, de
Libano," y todos los demás cantaron lo mismo después de él. Así como los
bienaventurados, cuando llegue la hora del juicio final, se levantarán con
presteza de sus tumbas, cantando "Aleluya" con su voz recobrada por fin,
del mismo modo se elevaron sobre el carro divino, "ad vocem tanti senis,"
cien ministros y mensajeros de la vida eterna. Todos decían: "Benedictus
qui venis," y después, esparciendo flores por encima y alrededor, añadían:
"Manibus o date lilia plenis."
Yo he visto, al romper el día, la parte oriental enteramente sonrosada, el
resto del cielo adornado de una hermosa serenidad, y la faz del Sol naciente
cubierta de sombras, de suerte que a través de los vapores que amortiguaban
su resplandor, podía contemplarla el ojo por largo tiempo: del mismo modo,
UANDO se detuvo el septentrión del primer Cielo, que no
conoció nunca orto ni ocaso, ni más niebla que el velo que
sobre él corrió el pecado, y que allí enseñaba a cada cual su
deber, como el septentrión más bajo lo enseña al que dirige
el timón para llegar al puerto, los veraces personajes que
iban entre el Grifo y los siete candelabros se volvieron hacia
el carro, como hacia el fin de sus deseos; y uno de ellos
como enviado del Cielo, exclamó tres veces cantando: "Veni, sponsa, de
Libano," y todos los demás cantaron lo mismo después de él. Así como los
bienaventurados, cuando llegue la hora del juicio final, se levantarán con
presteza de sus tumbas, cantando "Aleluya" con su voz recobrada por fin,
del mismo modo se elevaron sobre el carro divino, "ad vocem tanti senis,"
cien ministros y mensajeros de la vida eterna. Todos decían: "Benedictus
qui venis," y después, esparciendo flores por encima y alrededor, añadían:
"Manibus o date lilia plenis."
Yo he visto, al romper el día, la parte oriental enteramente sonrosada, el
resto del cielo adornado de una hermosa serenidad, y la faz del Sol naciente
cubierta de sombras, de suerte que a través de los vapores que amortiguaban
su resplandor, podía contemplarla el ojo por largo tiempo: del mismo modo,
Page 275
a través de una nube de flores que salía de manos angelicales y caía sobre el
carro y en torno suyo, se me apareció una dama coronada de oliva sobre un
velo blanco, cubierta de un verde manto, y vestida del color de una vívida
llama.[102] Mi espíritu, que hacía largo tiempo no había quedado abatido,
temblando de estupor en su presencia, sin que mis ojos la reconocieran,
sintió no obstante el gran poder del antiguo amor, a causa de la oculta
influencia que de ella emanaba. En cuanto hirió mis ojos la alta virtud que
me había avasallado antes de que yo saliera de la infancia, me volví hacia la
izquierda, con el mismo respeto con que corre el niño hacia su madre,
cuando tiene miedo, o cuando está afligido, para decir a Virgilio: "No ha
quedado en mi cuerpo una sola gota de sangre que no tiemble; reconozco
las señales de mi antigua llama." Pero Virgilio nos había privado de sí;
Virgilio, el dulcísimo padre, Virgilio, que me había sido enviado por aquélla
para mi salvación. Ni aun todo lo que perdió la antigua madre pudo impedir
que mis mejillas enjutas se bañaran en triste llanto.
—¡Dante, no llores todavía; no llores todavía porque Virgilio se vaya, pues
es preciso que llores por otra herida!
Como el almirante que va de popa a proa examinando la gente que monta
los otros buques, y la anima a portarse bien, del mismo modo sobre el borde
izquierdo del carro, vi yo, cuando me volví al oír mi nombre, que aquí se
consigna por necesidad, a la Dama que se me apareció anteriormente velada
por los halagos angelicales, dirigiendo sus ojos hacia mí de la parte acá del
río. Aunque el velo que descendía de su cabeza, rodeado de las hojas de
Minerva, no permitiese que se distinguieran sus facciones, con su actitud
regia y altiva continuó de esta suerte, como aquel que al hablar reserva las
palabras más calurosas para lo último:
—Mírame bien, soy yo; soy en efecto Beatriz, ¿Cómo te has dignado subir
a este monte? ¿No sabías que el hombre es aquí dichoso?
Mis ojos se inclinaron hacia las limpias ondas; pero viéndome reflejado en
ellas, los dirigí hacia la hierba: tanta fué la vergüenza que abatió mi frente.
Parecióme Beatriz tan terrible como una madre irritada a su hijo, porque
amarga el sabor de la piedad acerba. Ella guardó silencio, y los ángeles
cantaron de improviso: "In te Domine speravi;" pero no pasaron de "pedes
meos." Así como la nieve se congela y endurece al soplo de los vientos de
carro y en torno suyo, se me apareció una dama coronada de oliva sobre un
velo blanco, cubierta de un verde manto, y vestida del color de una vívida
llama.[102] Mi espíritu, que hacía largo tiempo no había quedado abatido,
temblando de estupor en su presencia, sin que mis ojos la reconocieran,
sintió no obstante el gran poder del antiguo amor, a causa de la oculta
influencia que de ella emanaba. En cuanto hirió mis ojos la alta virtud que
me había avasallado antes de que yo saliera de la infancia, me volví hacia la
izquierda, con el mismo respeto con que corre el niño hacia su madre,
cuando tiene miedo, o cuando está afligido, para decir a Virgilio: "No ha
quedado en mi cuerpo una sola gota de sangre que no tiemble; reconozco
las señales de mi antigua llama." Pero Virgilio nos había privado de sí;
Virgilio, el dulcísimo padre, Virgilio, que me había sido enviado por aquélla
para mi salvación. Ni aun todo lo que perdió la antigua madre pudo impedir
que mis mejillas enjutas se bañaran en triste llanto.
—¡Dante, no llores todavía; no llores todavía porque Virgilio se vaya, pues
es preciso que llores por otra herida!
Como el almirante que va de popa a proa examinando la gente que monta
los otros buques, y la anima a portarse bien, del mismo modo sobre el borde
izquierdo del carro, vi yo, cuando me volví al oír mi nombre, que aquí se
consigna por necesidad, a la Dama que se me apareció anteriormente velada
por los halagos angelicales, dirigiendo sus ojos hacia mí de la parte acá del
río. Aunque el velo que descendía de su cabeza, rodeado de las hojas de
Minerva, no permitiese que se distinguieran sus facciones, con su actitud
regia y altiva continuó de esta suerte, como aquel que al hablar reserva las
palabras más calurosas para lo último:
—Mírame bien, soy yo; soy en efecto Beatriz, ¿Cómo te has dignado subir
a este monte? ¿No sabías que el hombre es aquí dichoso?
Mis ojos se inclinaron hacia las limpias ondas; pero viéndome reflejado en
ellas, los dirigí hacia la hierba: tanta fué la vergüenza que abatió mi frente.
Parecióme Beatriz tan terrible como una madre irritada a su hijo, porque
amarga el sabor de la piedad acerba. Ella guardó silencio, y los ángeles
cantaron de improviso: "In te Domine speravi;" pero no pasaron de "pedes
meos." Así como la nieve se congela y endurece al soplo de los vientos de
Page 276
Esclavonia, entre los árboles que crecen sobre el dorso de Italia; y luego se
licúa por sí misma, en cuanto la tierra que pierde la sombra envía su aliento,
semejante al fuego que derrite una vela; así me quedé sin lágrimas ni
suspiros antes que cantasen aquéllos cuyas notas responden siempre a la
armonía de las esferas celestiales: mas cuando comprendí por sus dulces
palabras que se compadecían de mí más que si hubiesen dicho: "Mujer, ¿por
qué así le maltratas?," el hielo que oprimía mi corazón se deshizo en
suspiros y agua, y junto con mi angustia, salió del pecho por la boca y por
los ojos. Estando Ella, sin embargo, inmóvil sobre el costado izquierdo del
carro, dirigió de este modo sus palabras a las compasivas substancias:
—Vosotros veláis en el eterno día, de modo que ni la noche ni el sueño os
roban ninguno de los pasos que da el siglo en su camino: así pues,
responderé con más cuidado, a fin de que me comprenda el que allí llora, y
sienta un dolor proporcionado a su falta. No solamente por influencia de las
grandes esferas que dirigen cada semilla hacia algún fin, según la virtud de
la estrella que la acompaña, sino también por la abundancia de la gracia
divina (cuya lluvia desciende de tan altos vapores, que no puede alcanzarlos
nuestra vista), fué tal ése en su edad temprana por natural disposición, que
todos los buenos hábitos habrían producido en él admirables efectos; pero el
terreno mal sembrado e inculto se hace tanto más maligno y salvaje, cuanto
mayor vigor terrestre hay en él. Por algún tiempo le sostuve con mi
presencia: mostrándole mis ojos juveniles, le llevaba conmigo en dirección
del camino recto; pero tan pronto como estuve en el umbral de la segunda
edad, y cambié de vida, ése se separó de mí y se entregó a otros amores.
Cuando subí desde la carne al espíritu, y hube crecido en belleza y virtud,
fuí para él menos querida y menos agradable. Encaminó sus pasos por una
vía falsa, siguiendo tras engañosas imágenes del bien, que no cumplen
totalmente ninguna promesa: ni siquiera me ha valido impetrar para él
inspiraciones, por medio de las cuales le llamaba en sueños o de otros
modos, según el poco caso que de ellas ha hecho. Tan abajo cayó, que todos
mis medios eran ya insuficientes para salvarle, si no le mostraba las razas
condenadas. Por él he visitado el umbral de los muertos, y dirigí mis ruegos
y mis lágrimas al que le ha conducido hasta aquí. Se hubiera violado el alto
decreto de Dios, si pasara el Leteo y gustara tales manjares sin haber
pagado alguna parte de la penitencia que hace verter lágrimas.
licúa por sí misma, en cuanto la tierra que pierde la sombra envía su aliento,
semejante al fuego que derrite una vela; así me quedé sin lágrimas ni
suspiros antes que cantasen aquéllos cuyas notas responden siempre a la
armonía de las esferas celestiales: mas cuando comprendí por sus dulces
palabras que se compadecían de mí más que si hubiesen dicho: "Mujer, ¿por
qué así le maltratas?," el hielo que oprimía mi corazón se deshizo en
suspiros y agua, y junto con mi angustia, salió del pecho por la boca y por
los ojos. Estando Ella, sin embargo, inmóvil sobre el costado izquierdo del
carro, dirigió de este modo sus palabras a las compasivas substancias:
—Vosotros veláis en el eterno día, de modo que ni la noche ni el sueño os
roban ninguno de los pasos que da el siglo en su camino: así pues,
responderé con más cuidado, a fin de que me comprenda el que allí llora, y
sienta un dolor proporcionado a su falta. No solamente por influencia de las
grandes esferas que dirigen cada semilla hacia algún fin, según la virtud de
la estrella que la acompaña, sino también por la abundancia de la gracia
divina (cuya lluvia desciende de tan altos vapores, que no puede alcanzarlos
nuestra vista), fué tal ése en su edad temprana por natural disposición, que
todos los buenos hábitos habrían producido en él admirables efectos; pero el
terreno mal sembrado e inculto se hace tanto más maligno y salvaje, cuanto
mayor vigor terrestre hay en él. Por algún tiempo le sostuve con mi
presencia: mostrándole mis ojos juveniles, le llevaba conmigo en dirección
del camino recto; pero tan pronto como estuve en el umbral de la segunda
edad, y cambié de vida, ése se separó de mí y se entregó a otros amores.
Cuando subí desde la carne al espíritu, y hube crecido en belleza y virtud,
fuí para él menos querida y menos agradable. Encaminó sus pasos por una
vía falsa, siguiendo tras engañosas imágenes del bien, que no cumplen
totalmente ninguna promesa: ni siquiera me ha valido impetrar para él
inspiraciones, por medio de las cuales le llamaba en sueños o de otros
modos, según el poco caso que de ellas ha hecho. Tan abajo cayó, que todos
mis medios eran ya insuficientes para salvarle, si no le mostraba las razas
condenadas. Por él he visitado el umbral de los muertos, y dirigí mis ruegos
y mis lágrimas al que le ha conducido hasta aquí. Se hubiera violado el alto
decreto de Dios, si pasara el Leteo y gustara tales manjares sin haber
pagado alguna parte de la penitencia que hace verter lágrimas.
Page 277
CANTO TRIGESIMOPRIMERO
H tú, que estás a la otra parte del sagrado río!—Empezó de
nuevo a decir, continuando sin demora, y dirigiéndome de
punta sus palabras, que aun de filo me habían parecido tan
acerbas—; di, di si esto es verdad—; a tal acusación es
preciso que tu confesión corresponda.
Estaba yo tan confuso, que mi voz conmovida se extinguió
antes de salir de sus órganos. Ella esperó un momento, y después dijo:
—¿En qué piensas? Respóndeme, pues todavía las aguas del Leteo no han
borrado tus tristes recuerdos.
La confusión y el miedo reunidos me arrancaron de la boca un "sí" tan
débil, que fué menester el auxilio de la vista para entenderlo. Así como se
rompe una ballesta por estar demasiado tirantes la cuerda y el arco, de
modo que la flecha da con menos fuerza en el blanco, así yo, quebrantado
bajo el peso de tan grave cargo, prorrumpí en lágrimas y suspiros, y la voz
enflaquecida vino a expirar entre mis labios. Entonces Ella me dijo:
—En medio de los saludables deseos procedentes de mí, que te impulsaban
a amar el bien, más allá del cual no hay nada a que aspirar, ¿qué fosos
H tú, que estás a la otra parte del sagrado río!—Empezó de
nuevo a decir, continuando sin demora, y dirigiéndome de
punta sus palabras, que aun de filo me habían parecido tan
acerbas—; di, di si esto es verdad—; a tal acusación es
preciso que tu confesión corresponda.
Estaba yo tan confuso, que mi voz conmovida se extinguió
antes de salir de sus órganos. Ella esperó un momento, y después dijo:
—¿En qué piensas? Respóndeme, pues todavía las aguas del Leteo no han
borrado tus tristes recuerdos.
La confusión y el miedo reunidos me arrancaron de la boca un "sí" tan
débil, que fué menester el auxilio de la vista para entenderlo. Así como se
rompe una ballesta por estar demasiado tirantes la cuerda y el arco, de
modo que la flecha da con menos fuerza en el blanco, así yo, quebrantado
bajo el peso de tan grave cargo, prorrumpí en lágrimas y suspiros, y la voz
enflaquecida vino a expirar entre mis labios. Entonces Ella me dijo:
—En medio de los saludables deseos procedentes de mí, que te impulsaban
a amar el bien, más allá del cual no hay nada a que aspirar, ¿qué fosos
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insuperables o qué cadenas has encontrado para perder de tal modo la
esperanza de pasar adelante? ¿Y qué ventajas o atractivos descubriste en el
aspecto de los otros bienes, para que debieras rondar en torno de ellos?
Después de haber exhalado un amargo suspiro, apenas tuve bastante voz
para responder; voz que mis labios formaron con trabajo. Llorando dije:
—Las cosas presentes con sus falsos placeres desviaron mis pasos, apenas
se me ocultó vuestro rostro.
Ella me respondió:
—Aunque callases o negases lo mismo que ahora confiesas, no por eso tu
falta sería menos conocida: ¡tal es el Juez que la sabe! Pero cuando la
confesión del pecado sale de la propia boca del pecador, la rueda se vuelve
en nuestro tribunal contra el filo de la espada. Sin embargo, para que más te
aproveche la vergüenza de tu error, y para que otra vez seas más fuerte al
oír las sirenas, depón la causa de tu llanto y escucha: de este modo sabrás
que mi carne sepultada debía encaminarte en una dirección totalmente
contraria. El arte o la naturaleza no te presentaron jamás una cosa tan
agradable como los bellos miembros en que estuve contenida, miembros
que ahora son polvo de la tierra. Y si el sumo placer de verme te faltó por
mi muerte, ¿qué cosa mortal debía excitar después tus deseos? A la primera
herida que te causaron las cosas falaces del mundo, debiste elevar tus ojos
al cielo, siguiéndome a mí, que no era ya como ellas. No debían abatirse tus
alas para esperar allí nuevos golpes, o bien alguna doncellita u otra
cualquiera vanidad de tan corta duración. El tierno pajarillo cae en dos o
tres asechanzas; pero ante los ojos de los ya cubiertos de pluma en vano se
despliegan las redes, en vano se lanzan flechas.
Yo estaba como los niños que, mudos de vergüenza y con los ojos fijos en
el suelo, escuchan en pie, reconociendo sus faltas, y arrepentidos. Ella
continuó:
—Ya que te muestras tan contrito por lo que has oído, alza la barba, y
sentirás más dolor mirándome.
Con menos resistencia se desarraiga la robusta encina, bien al embate de los
vientos boreales, o bien al de aquel que viene del país de Jarba, de la que, al
oír su orden, opuse yo para levantar la cabeza; y cuando dió el nombre de
esperanza de pasar adelante? ¿Y qué ventajas o atractivos descubriste en el
aspecto de los otros bienes, para que debieras rondar en torno de ellos?
Después de haber exhalado un amargo suspiro, apenas tuve bastante voz
para responder; voz que mis labios formaron con trabajo. Llorando dije:
—Las cosas presentes con sus falsos placeres desviaron mis pasos, apenas
se me ocultó vuestro rostro.
Ella me respondió:
—Aunque callases o negases lo mismo que ahora confiesas, no por eso tu
falta sería menos conocida: ¡tal es el Juez que la sabe! Pero cuando la
confesión del pecado sale de la propia boca del pecador, la rueda se vuelve
en nuestro tribunal contra el filo de la espada. Sin embargo, para que más te
aproveche la vergüenza de tu error, y para que otra vez seas más fuerte al
oír las sirenas, depón la causa de tu llanto y escucha: de este modo sabrás
que mi carne sepultada debía encaminarte en una dirección totalmente
contraria. El arte o la naturaleza no te presentaron jamás una cosa tan
agradable como los bellos miembros en que estuve contenida, miembros
que ahora son polvo de la tierra. Y si el sumo placer de verme te faltó por
mi muerte, ¿qué cosa mortal debía excitar después tus deseos? A la primera
herida que te causaron las cosas falaces del mundo, debiste elevar tus ojos
al cielo, siguiéndome a mí, que no era ya como ellas. No debían abatirse tus
alas para esperar allí nuevos golpes, o bien alguna doncellita u otra
cualquiera vanidad de tan corta duración. El tierno pajarillo cae en dos o
tres asechanzas; pero ante los ojos de los ya cubiertos de pluma en vano se
despliegan las redes, en vano se lanzan flechas.
Yo estaba como los niños que, mudos de vergüenza y con los ojos fijos en
el suelo, escuchan en pie, reconociendo sus faltas, y arrepentidos. Ella
continuó:
—Ya que te muestras tan contrito por lo que has oído, alza la barba, y
sentirás más dolor mirándome.
Con menos resistencia se desarraiga la robusta encina, bien al embate de los
vientos boreales, o bien al de aquel que viene del país de Jarba, de la que, al
oír su orden, opuse yo para levantar la cabeza; y cuando dió el nombre de
Page 279
barba a mi rostro, bien conocí el veneno que encerraban sus palabras. Por
fin, cuando alcé la faz, advertí que las primeras criaturas habían cesado de
esparcir flores, y mis miradas, poco seguras aún, vieron a Beatriz vuelta
hacia la fiera que es una sola persona con dos naturalezas. Cubierta con su
velo, y al otro lado de la verde orilla, parecióme que se vencía a sí misma
en su primitiva belleza, mucho más de lo que vencía a las demás mujeres
cuando vivía en el mundo. La ortiga del arrepentimiento me punzó tanto,
que de todas las cosas mortales la que más me desvió de su amor me fué la
más odiosa: el remordimiento me oprimió el corazón de tal modo, que caí
desmayado. Lo que me sucedió entonces lo sabe aquélla que fué la causa de
ello. Cuando el corazón me restituyó la facultad de percibir las cosas
exteriores, vi por encima de mí a la Dama que antes había encontrado sola,
y la oí decir:
—¡Agárrate, agárrate a mí!
Habíame sumergido en el río hasta la garganta, e impeliéndome tras ella,
iba caminando sobre el agua con la ligereza de una lanzadera. Cuando
estuve cerca de la dichosa orilla, oí tan dulcemente "Asperges me," que no
sabría recordarlo, cuanto menos escribirlo. La hermosa Dama abrió sus
brazos, rodeó con ellos mi cabeza, y me sumergió de modo que hube de
beber el agua. Después me sacó fuera, y mojado como estaba me presentó a
las cuatro bellas bailarinas, cada una de las cuales extendió sobre mí su
brazo.
—Aquí somos ninfas, y en el Cielo estrellas: antes de que Beatriz
descendiese al mundo fuimos designadas como siervas suyas. Te
conduciremos ante sus ojos; pero las tres del otro lado, que ven más a
fondo, aguzarán los tuyos para que percibas la plácida luz que hay dentro de
ellos.
Así me dijeron cantando; y después me llevaron hacia el pecho del Grifo,
donde estaba Beatriz vuelta hacia nosotros. En seguida añadieron:
—No economices tus miradas: te hemos puesto delante de las esmeraldas,
desde donde Amor te lanzó un día sus dardos.
Mil deseos más ardorosos que la llama atrajeron mis ojos hacia aquellos
ojos brillantes, que aún estaban fijos en el Grifo. Como el Sol en un espejo,
fin, cuando alcé la faz, advertí que las primeras criaturas habían cesado de
esparcir flores, y mis miradas, poco seguras aún, vieron a Beatriz vuelta
hacia la fiera que es una sola persona con dos naturalezas. Cubierta con su
velo, y al otro lado de la verde orilla, parecióme que se vencía a sí misma
en su primitiva belleza, mucho más de lo que vencía a las demás mujeres
cuando vivía en el mundo. La ortiga del arrepentimiento me punzó tanto,
que de todas las cosas mortales la que más me desvió de su amor me fué la
más odiosa: el remordimiento me oprimió el corazón de tal modo, que caí
desmayado. Lo que me sucedió entonces lo sabe aquélla que fué la causa de
ello. Cuando el corazón me restituyó la facultad de percibir las cosas
exteriores, vi por encima de mí a la Dama que antes había encontrado sola,
y la oí decir:
—¡Agárrate, agárrate a mí!
Habíame sumergido en el río hasta la garganta, e impeliéndome tras ella,
iba caminando sobre el agua con la ligereza de una lanzadera. Cuando
estuve cerca de la dichosa orilla, oí tan dulcemente "Asperges me," que no
sabría recordarlo, cuanto menos escribirlo. La hermosa Dama abrió sus
brazos, rodeó con ellos mi cabeza, y me sumergió de modo que hube de
beber el agua. Después me sacó fuera, y mojado como estaba me presentó a
las cuatro bellas bailarinas, cada una de las cuales extendió sobre mí su
brazo.
—Aquí somos ninfas, y en el Cielo estrellas: antes de que Beatriz
descendiese al mundo fuimos designadas como siervas suyas. Te
conduciremos ante sus ojos; pero las tres del otro lado, que ven más a
fondo, aguzarán los tuyos para que percibas la plácida luz que hay dentro de
ellos.
Así me dijeron cantando; y después me llevaron hacia el pecho del Grifo,
donde estaba Beatriz vuelta hacia nosotros. En seguida añadieron:
—No economices tus miradas: te hemos puesto delante de las esmeraldas,
desde donde Amor te lanzó un día sus dardos.
Mil deseos más ardorosos que la llama atrajeron mis ojos hacia aquellos
ojos brillantes, que aún estaban fijos en el Grifo. Como el Sol en un espejo,
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la doble fiera se reflejaba en ellos, ya de un modo, ya de otro. Piensa, lector,
si yo estaría maravillado al ver tal objeto permanecer inalterable en sí
mismo, y transformándose en su imagen reflejada. Mientras que, llena de
estupor y gozosa, mi alma gustaba de aquel alimento que, satisfaciéndola, la
hacía más deseosa de él, aquellas tres, que demostraban en su actitud ser de
una jerarquía más elevada, se adelantaron danzando al compás de sus
angélicos cantares.
—Vuelve, Beatriz, vuelve tus ojos santos (tal era su canción) hacia tu fiel
amigo, que ha dado tantos pasos para verte. Por gracia, haznos la gracia de
descubrirle tu faz, de modo que contemple la nueva belleza que le ocultas.
¡Oh esplendor de viva luz eterna! ¿Quién es el que habiendo palidecido a la
sombra del Parnaso, o bebido en su fuente, no tendría la mente ofuscada, al
intentar representarte tal cual apareciste allí donde el cielo te circundaba,
resonando con su acostumbrada armonía, cuando al aire libre te
descubriste?
si yo estaría maravillado al ver tal objeto permanecer inalterable en sí
mismo, y transformándose en su imagen reflejada. Mientras que, llena de
estupor y gozosa, mi alma gustaba de aquel alimento que, satisfaciéndola, la
hacía más deseosa de él, aquellas tres, que demostraban en su actitud ser de
una jerarquía más elevada, se adelantaron danzando al compás de sus
angélicos cantares.
—Vuelve, Beatriz, vuelve tus ojos santos (tal era su canción) hacia tu fiel
amigo, que ha dado tantos pasos para verte. Por gracia, haznos la gracia de
descubrirle tu faz, de modo que contemple la nueva belleza que le ocultas.
¡Oh esplendor de viva luz eterna! ¿Quién es el que habiendo palidecido a la
sombra del Parnaso, o bebido en su fuente, no tendría la mente ofuscada, al
intentar representarte tal cual apareciste allí donde el cielo te circundaba,
resonando con su acostumbrada armonía, cuando al aire libre te
descubriste?
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CANTO TRIGESIMOSEGUNDO
STABAN mis ojos tan fijos y atentos para calmar su sed de
diez años, que tenía embotados los otros sentidos,
encontrando además aquéllos por todas partes obstáculos que
no les permitían cuidarse de ninguna otra cosa; así es que la
santa sonrisa los atraía con sus antiguas redes. Pero por
fuerza me obligaron aquellas diosas a volver la cabeza hacia
la izquierda, porque les oía decir: "Mira demasiado
fijamente;" y la disposición en que se encuentran los ojos cuando acaban de
ser heridos por los rayos del Sol, me dejó por algún tiempo sin vista; mas
cuando se repusieron los míos ante otro pequeño resplandor (y digo
pequeño, comparándolo con la gran luz de que me había separado
forzosamente), vi que el glorioso ejército se había vuelto hacia la derecha,
recibiendo en el rostro los rayos del Sol y los de las siete llamas. Así como
para salvarse una cohorte, se retira cobijada bajo los escudos, y se vuelve
con su estandarte antes de que haya terminado por completo su evolución,
así la milicia del reino celestial que precedía al carro desfiló toda antes de
que éste hubiera vuelto su lanza. En seguida las mujeres se volvieron a
colocar cerca de las ruedas, y el Grifo puso en movimiento el carro bendito,
de tal modo que no se agitó ninguna de sus plumas. La hermosa Dama que
STABAN mis ojos tan fijos y atentos para calmar su sed de
diez años, que tenía embotados los otros sentidos,
encontrando además aquéllos por todas partes obstáculos que
no les permitían cuidarse de ninguna otra cosa; así es que la
santa sonrisa los atraía con sus antiguas redes. Pero por
fuerza me obligaron aquellas diosas a volver la cabeza hacia
la izquierda, porque les oía decir: "Mira demasiado
fijamente;" y la disposición en que se encuentran los ojos cuando acaban de
ser heridos por los rayos del Sol, me dejó por algún tiempo sin vista; mas
cuando se repusieron los míos ante otro pequeño resplandor (y digo
pequeño, comparándolo con la gran luz de que me había separado
forzosamente), vi que el glorioso ejército se había vuelto hacia la derecha,
recibiendo en el rostro los rayos del Sol y los de las siete llamas. Así como
para salvarse una cohorte, se retira cobijada bajo los escudos, y se vuelve
con su estandarte antes de que haya terminado por completo su evolución,
así la milicia del reino celestial que precedía al carro desfiló toda antes de
que éste hubiera vuelto su lanza. En seguida las mujeres se volvieron a
colocar cerca de las ruedas, y el Grifo puso en movimiento el carro bendito,
de tal modo que no se agitó ninguna de sus plumas. La hermosa Dama que
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me hizo vadear el río, Estacio y yo seguíamos a la rueda que describió al
girar el arco menor. Caminando de esta suerte a través de la alta selva
deshabitada por culpa de aquella que creyó a la serpiente, ajustaba mis
pasos al cántico de los ángeles. Una flecha despedida del arco recorre quizá
en tres veces el espacio que habíamos avanzado, cuando bajó Beatriz. Oí
que todos murmuraban: "¡Adán!" En seguida rodearon un árbol
enteramente despojado de hojas y flores en todas sus ramas. Su copa, que se
extendía a medida que el árbol se elevaba, sería, a causa de su altura,
admirada por los indios en sus selvas.
—¡Bendito seas, oh Grifo, que con tu pico no arrancaste nada de este tronco
dulce al gusto, después que, por haberlo probado, se inclinó al mal el
apetito humano!
Así exclamaron todos en derredor del árbol robusto; y el animal de doble
naturaleza respondió:
—De ese modo se conserva la semilla de toda justicia.
Y volviéndose al timón de que había tirado, lo condujo al pie de la planta
viuda de sus hojas, y dejó atado a ella el carro que era de ella. Así como
nuestras plantas se ponen turgentes cuando la gran luz desciende mezclada
con aquella que irradia detrás de los celestes Peces, y luego se reviste cada
una con su propio color antes que el Sol guíe sus caballos bajo otra estrella,
de igual modo se renovó el árbol cuyas ramas estaban antes tan desnudas,
adquiriendo colores menos vivos que los de la rosa, pero más que los de la
violeta. Yo no pude entender, ni aquí abajo se canta, el himno que aquella
gente entonó entonces, ni tampoco pude oír todo el canto hasta el fin. Si me
fuera posible describir cómo se adormecieron aquellos desapiadados ojos
que tan cara pagaron su excesiva vigilancia, oyendo las aventuras de
Siringa, representaría, como un pintor que copia un modelo, el modo como
me dormí; pero hágalo quienquiera que sepa figurar bien el sueño.
Paso, pues, al momento en que me desperté, y digo que un resplandor
desgarró el velo de mi sueño, al mismo tiempo que me gritaba una voz:
"Levántate; ¿qué haces?" Como Pedro, Juan y Jacobo, conducidos a ver las
florecitas del manzano, que hace a los ángeles codiciosos de su fruta y
perpetuas las bodas en el cielo; y aterrados por el esplendor divino,
volvieron en sí al oír la palabra que ha interrumpido sueños mayores, y
girar el arco menor. Caminando de esta suerte a través de la alta selva
deshabitada por culpa de aquella que creyó a la serpiente, ajustaba mis
pasos al cántico de los ángeles. Una flecha despedida del arco recorre quizá
en tres veces el espacio que habíamos avanzado, cuando bajó Beatriz. Oí
que todos murmuraban: "¡Adán!" En seguida rodearon un árbol
enteramente despojado de hojas y flores en todas sus ramas. Su copa, que se
extendía a medida que el árbol se elevaba, sería, a causa de su altura,
admirada por los indios en sus selvas.
—¡Bendito seas, oh Grifo, que con tu pico no arrancaste nada de este tronco
dulce al gusto, después que, por haberlo probado, se inclinó al mal el
apetito humano!
Así exclamaron todos en derredor del árbol robusto; y el animal de doble
naturaleza respondió:
—De ese modo se conserva la semilla de toda justicia.
Y volviéndose al timón de que había tirado, lo condujo al pie de la planta
viuda de sus hojas, y dejó atado a ella el carro que era de ella. Así como
nuestras plantas se ponen turgentes cuando la gran luz desciende mezclada
con aquella que irradia detrás de los celestes Peces, y luego se reviste cada
una con su propio color antes que el Sol guíe sus caballos bajo otra estrella,
de igual modo se renovó el árbol cuyas ramas estaban antes tan desnudas,
adquiriendo colores menos vivos que los de la rosa, pero más que los de la
violeta. Yo no pude entender, ni aquí abajo se canta, el himno que aquella
gente entonó entonces, ni tampoco pude oír todo el canto hasta el fin. Si me
fuera posible describir cómo se adormecieron aquellos desapiadados ojos
que tan cara pagaron su excesiva vigilancia, oyendo las aventuras de
Siringa, representaría, como un pintor que copia un modelo, el modo como
me dormí; pero hágalo quienquiera que sepa figurar bien el sueño.
Paso, pues, al momento en que me desperté, y digo que un resplandor
desgarró el velo de mi sueño, al mismo tiempo que me gritaba una voz:
"Levántate; ¿qué haces?" Como Pedro, Juan y Jacobo, conducidos a ver las
florecitas del manzano, que hace a los ángeles codiciosos de su fruta y
perpetuas las bodas en el cielo; y aterrados por el esplendor divino,
volvieron en sí al oír la palabra que ha interrumpido sueños mayores, y
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vieron su compañía mermada por la ausencia de Moisés y Elías, y cambiada
la túnica de su Maestro, así desperté yo, viendo inclinada sobre mí a aquella
compasiva mujer que había guiado anteriormente mis pasos por el río; lleno
de inquietud dije:
—¿Dónde está Beatriz?
A lo que me contestó:
—Mírala sentada sobre las raíces y bajo el nuevo follaje de ese árbol. Mira
la compañía que la rodea: los otros se van hacia arriba tras el Grifo,
entonando cánticos más dulces y más profundos.
Ignoro si fué más difusa su respuesta; porque se hallaba otra vez ante mis
ojos aquella que me impedía fijar la atención en ninguna otra cosa. Estaba
sentada ella sola en la tierra verdadera, como dejada allí para custodiar el
carro que vi atar a la biforme fiera. En torno suyo formaban un círculo las
siete Ninfas, teniendo en las manos aquellas luces que no puede apagar el
Aquilón ni el Austro.
—Poco tiempo habitarás esta selva, y serás eternamente conmigo ciudadano
de aquella Roma donde Cristo es romano. Por lo tanto, fija tus ojos en este
carro para bien del mundo que vive mal, y cuando vuelvas a él, escribe lo
que has visto.
Así habló Beatriz; y yo, enteramente sumiso a sus órdenes, puse mi mente y
mis ojos donde ella quiso. Nunca tan velozmente partió el rayo de
condensada nube, cuando cae del más remoto confín del aire, como vi yo al
ave de Júpiter precipitarse y bajar por el árbol, rompiendo su corteza, ya
que no las flores y hojas nuevas: y con toda su fuerza hirió al carro, y le
hizo vacilar, como nave combatida por la tempestad, que las olas derriban,
ora a babor, ora a estribor. Vi luego introducirse en el carro triunfal una
zorra, que parecía no haber tomado jamás ningún buen alimento: pero
reprendiéndole mi Dama sus feas culpas, la obligó a huír tan
precipitadamente como lo permitieron sus descarnados huesos. En seguida,
por donde mismo había venido antes, vi al águila descender a la caja del
carro, y dejarla cubierta de sus plumas: y semejante a la voz que sale de un
corazón contristado, salió del cielo una voz que dijo: "¡Ay, navecilla mía,
cuán mal cargada estás!" Después me pareció que se abría la tierra entre las
la túnica de su Maestro, así desperté yo, viendo inclinada sobre mí a aquella
compasiva mujer que había guiado anteriormente mis pasos por el río; lleno
de inquietud dije:
—¿Dónde está Beatriz?
A lo que me contestó:
—Mírala sentada sobre las raíces y bajo el nuevo follaje de ese árbol. Mira
la compañía que la rodea: los otros se van hacia arriba tras el Grifo,
entonando cánticos más dulces y más profundos.
Ignoro si fué más difusa su respuesta; porque se hallaba otra vez ante mis
ojos aquella que me impedía fijar la atención en ninguna otra cosa. Estaba
sentada ella sola en la tierra verdadera, como dejada allí para custodiar el
carro que vi atar a la biforme fiera. En torno suyo formaban un círculo las
siete Ninfas, teniendo en las manos aquellas luces que no puede apagar el
Aquilón ni el Austro.
—Poco tiempo habitarás esta selva, y serás eternamente conmigo ciudadano
de aquella Roma donde Cristo es romano. Por lo tanto, fija tus ojos en este
carro para bien del mundo que vive mal, y cuando vuelvas a él, escribe lo
que has visto.
Así habló Beatriz; y yo, enteramente sumiso a sus órdenes, puse mi mente y
mis ojos donde ella quiso. Nunca tan velozmente partió el rayo de
condensada nube, cuando cae del más remoto confín del aire, como vi yo al
ave de Júpiter precipitarse y bajar por el árbol, rompiendo su corteza, ya
que no las flores y hojas nuevas: y con toda su fuerza hirió al carro, y le
hizo vacilar, como nave combatida por la tempestad, que las olas derriban,
ora a babor, ora a estribor. Vi luego introducirse en el carro triunfal una
zorra, que parecía no haber tomado jamás ningún buen alimento: pero
reprendiéndole mi Dama sus feas culpas, la obligó a huír tan
precipitadamente como lo permitieron sus descarnados huesos. En seguida,
por donde mismo había venido antes, vi al águila descender a la caja del
carro, y dejarla cubierta de sus plumas: y semejante a la voz que sale de un
corazón contristado, salió del cielo una voz que dijo: "¡Ay, navecilla mía,
cuán mal cargada estás!" Después me pareció que se abría la tierra entre las
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dos ruedas, y vi salir un dragón que hincó su maligna cola en el carro, y
retirándola luego como la avispa su aguijón, se llevó consigo una parte del
fondo, y se alejó muy contento. Lo que quedó del carro, como la tierra fértil
que se cubre de grama, se cubrió de la pluma ofrecida por el águila quizá
con intención casta y benigna; y de ella se cubrieron una y otra rueda y la
lanza en menos tiempo del que mantiene un suspiro la boca abierta.
Transformado de esta suerte el edificio santo, salieron de sus diversas partes
varias cabezas, tres de ellas sobre la lanza, y las restantes una en cada
ángulo. Las primeras tenían cuernos como los bueyes; pero las otras sólo
tenían un cuerno por frente: jamás se han visto semejantes monstruos.
Tan segura como una fortaleza sobre una alta montaña, vi sentada en el
carro a una prostituta desenvuelta, paseando sus miradas en torno suyo. Y
como para impedir que se la quitaran, vi un gigante colocado en pie junto a
ella, y ambos se besaban de vez en cuando; más habiendo ella vuelto hacia
mí sus ojos codiciosos y errantes, el feroz amante la azotó desde la cabeza a
los pies. Después, lleno de suspicacia y de cruel ira, desató el monstruoso
carro, y lo arrastró tan lejos por la selva, que tras de ella se ocultaron a mi
vista la prostituta y la nueva fiera.
retirándola luego como la avispa su aguijón, se llevó consigo una parte del
fondo, y se alejó muy contento. Lo que quedó del carro, como la tierra fértil
que se cubre de grama, se cubrió de la pluma ofrecida por el águila quizá
con intención casta y benigna; y de ella se cubrieron una y otra rueda y la
lanza en menos tiempo del que mantiene un suspiro la boca abierta.
Transformado de esta suerte el edificio santo, salieron de sus diversas partes
varias cabezas, tres de ellas sobre la lanza, y las restantes una en cada
ángulo. Las primeras tenían cuernos como los bueyes; pero las otras sólo
tenían un cuerno por frente: jamás se han visto semejantes monstruos.
Tan segura como una fortaleza sobre una alta montaña, vi sentada en el
carro a una prostituta desenvuelta, paseando sus miradas en torno suyo. Y
como para impedir que se la quitaran, vi un gigante colocado en pie junto a
ella, y ambos se besaban de vez en cuando; más habiendo ella vuelto hacia
mí sus ojos codiciosos y errantes, el feroz amante la azotó desde la cabeza a
los pies. Después, lleno de suspicacia y de cruel ira, desató el monstruoso
carro, y lo arrastró tan lejos por la selva, que tras de ella se ocultaron a mi
vista la prostituta y la nueva fiera.
Page 285
CANTO TRIGESIMOTERCIO
AS mujeres comenzaron llorosas una dulce salmodia,
cantando alternativamente, ya las tres, ya las cuatro: "Deus,
venerunt gentes."[103] Y Beatriz, suspirando compasiva, las
escuchaba tan abatida, que poco más lo estuvo María al pie
de la Cruz. Pero cuando las otras vírgenes le dieron ocasión
de hablar, poniéndose en pie, respondió encendida como el
fuego:
—"Modicum, et non videbitis me; et iterum," mis queridas hermanas,
"modicum, et vos videbitis me."[104]
Después reunió ante sí a todas siete, y con sólo un ademán, nos hizo
marchar tras ellas a mí, a la Dama, y al sabio que quedó en nuestra
compañía. Así se alejaba, y no creo que hubiese dado diez pasos, cuando
hirió mis ojos con sus ojos, y con aspecto tranquilo me dijo:
—Ven más de prisa, de modo que si hablo contigo, estés dispuesto a
escucharme.
Cuando estuve cerca de ella, como debía, añadió:
AS mujeres comenzaron llorosas una dulce salmodia,
cantando alternativamente, ya las tres, ya las cuatro: "Deus,
venerunt gentes."[103] Y Beatriz, suspirando compasiva, las
escuchaba tan abatida, que poco más lo estuvo María al pie
de la Cruz. Pero cuando las otras vírgenes le dieron ocasión
de hablar, poniéndose en pie, respondió encendida como el
fuego:
—"Modicum, et non videbitis me; et iterum," mis queridas hermanas,
"modicum, et vos videbitis me."[104]
Después reunió ante sí a todas siete, y con sólo un ademán, nos hizo
marchar tras ellas a mí, a la Dama, y al sabio que quedó en nuestra
compañía. Así se alejaba, y no creo que hubiese dado diez pasos, cuando
hirió mis ojos con sus ojos, y con aspecto tranquilo me dijo:
—Ven más de prisa, de modo que si hablo contigo, estés dispuesto a
escucharme.
Cuando estuve cerca de ella, como debía, añadió:
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—Hermano, ¿por qué, viniendo conmigo, no te atreves a preguntarme algo?
Me sucedió lo que a aquellos que, por excesiva reverencia, al hablar con sus
superiores, no pueden hacer salir con viveza las palabras de entre sus
dientes, y contesté balbuceando:
—Señora, vos conocéis mis necesidades y lo que les conviene.
Contestóme:
—Quiero que en adelante te despojes de ese temor y esa vergüenza, para
que no hables como hombre que sueña. Sabe que el vaso que rompió la
serpiente fué y no es; pero crea el culpable que la venganza de Dios no se
vence con sortilegios. El águila que dejó sus plumas en el carro,
convirtiéndolo en un monstruo y después en una presa, no estará siempre
sin herederos; pues veo ciertamente, y por eso lo refiero, algunas estrellas
ya cercanas a un tiempo seguro de todo obstáculo y de todo impedimento,
en el cual un quinientos diez y cinco,[105] enviado por Dios, destruirá a la
ramera, y a aquel gigante que con ella delinque. Y quizá mi predicción
obscura, como los oráculos de Temis y de la Esfinge, no te persuade,
porque, como ellos, ofusca el entendimiento; pero en breve los hechos serán
las Náyades que resuelvan este difícil enigma, sin temor por los ganados y
los trigos. Anota estas palabras, y tales como salen de mis labios
enséñaselas a los que viven con aquella vida que no es más que una rápida
carrera hacia la muerte: acuérdate además, cuando las escribas, de no
ocultar cómo has visto la planta, que ha sido robada dos veces. Quien la
despoja o la rompe ofende con una blasfemia de hecho a Dios, que la hizo
santa sólo para su uso. Por haber mordido su fruto, la primera alma aguardó
en el dolor y en el deseo durante cinco mil años y más al que en sí mismo
castigó aquel bocado. Tu espíritu está adormecido, si no comprende que
sólo por una causa singular es aquel árbol tan alto, y tan anchurosa su copa:
y si los vanos pensamientos no hubiesen sido alrededor de tu mente como
las aguas del Elsa, y el placer que te causaron no la hubiera manchado como
Píramo manchó la mora, sólo por tantas circunstancias reconocerías
moralmente la justicia de Dios en la prohibición de tocar aquel árbol. Mas
como veo tu inteligencia petrificada y tan obscurecida por el pecado, que te
deslumbra el brillo de mis palabras, quiero que te las lleves, si no escritas,
Me sucedió lo que a aquellos que, por excesiva reverencia, al hablar con sus
superiores, no pueden hacer salir con viveza las palabras de entre sus
dientes, y contesté balbuceando:
—Señora, vos conocéis mis necesidades y lo que les conviene.
Contestóme:
—Quiero que en adelante te despojes de ese temor y esa vergüenza, para
que no hables como hombre que sueña. Sabe que el vaso que rompió la
serpiente fué y no es; pero crea el culpable que la venganza de Dios no se
vence con sortilegios. El águila que dejó sus plumas en el carro,
convirtiéndolo en un monstruo y después en una presa, no estará siempre
sin herederos; pues veo ciertamente, y por eso lo refiero, algunas estrellas
ya cercanas a un tiempo seguro de todo obstáculo y de todo impedimento,
en el cual un quinientos diez y cinco,[105] enviado por Dios, destruirá a la
ramera, y a aquel gigante que con ella delinque. Y quizá mi predicción
obscura, como los oráculos de Temis y de la Esfinge, no te persuade,
porque, como ellos, ofusca el entendimiento; pero en breve los hechos serán
las Náyades que resuelvan este difícil enigma, sin temor por los ganados y
los trigos. Anota estas palabras, y tales como salen de mis labios
enséñaselas a los que viven con aquella vida que no es más que una rápida
carrera hacia la muerte: acuérdate además, cuando las escribas, de no
ocultar cómo has visto la planta, que ha sido robada dos veces. Quien la
despoja o la rompe ofende con una blasfemia de hecho a Dios, que la hizo
santa sólo para su uso. Por haber mordido su fruto, la primera alma aguardó
en el dolor y en el deseo durante cinco mil años y más al que en sí mismo
castigó aquel bocado. Tu espíritu está adormecido, si no comprende que
sólo por una causa singular es aquel árbol tan alto, y tan anchurosa su copa:
y si los vanos pensamientos no hubiesen sido alrededor de tu mente como
las aguas del Elsa, y el placer que te causaron no la hubiera manchado como
Píramo manchó la mora, sólo por tantas circunstancias reconocerías
moralmente la justicia de Dios en la prohibición de tocar aquel árbol. Mas
como veo tu inteligencia petrificada y tan obscurecida por el pecado, que te
deslumbra el brillo de mis palabras, quiero que te las lleves, si no escritas,
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al menos estampadas en ti mismo, por aquel motivo que el peregrino lleva
el bordón rodeado de palmas.
Le contesté:
—Así como la cera conserva inalterable la imagen que en ella imprime el
sello, del mismo modo la vuestra ha quedado grabada en mi cerebro. Pero
¿por qué vuestra deseada palabra se eleva tanto sobre mi entendimiento,
que cuanto más procura comprenderla menos lo consigue?
—Para que conozcas—dijo—aquella escuela que has seguido, y cómo ha de
poder su doctrina seguir a mis palabras; y veas que vuestro camino se
separa tanto del divino, cuanto de la Tierra dista el cielo que gira más
velozmente a la mayor altura.
Entonces le respondí:
—No recuerdo haberme alejado jamás de vos, ni me remuerde por ello la
conciencia.
—Es que tú no puedes recordarlo—me dijo sonriéndose—; acuérdate de
que has bebido las aguas del Leteo; y si del humo se deduce el fuego, de ese
olvido se infiere claramente que tu voluntad, ocupada en otras cosas, era
culpable. Pero en adelante serán mis palabras tan desnudas cuanto es
preciso descubrirlas a tu rudo entendimiento.
El Sol, más resplandeciente y con pasos más lentos, atravesaba el círculo
del Meridiano, que cambia de posición según de donde se mira, cuando al
extremo de una opaca umbría, semejante a las que se ven bajo las verdes
hojas y las negruzcas ramas por donde llevan los Alpes sus fríos riachuelos,
se detuvieron las siete mujeres, como se detiene la tropa que va de
avanzada, si encuentra alguna novedad en su camino. Ante ellas me pareció
ver salir el Tigris y el Eufrates de un mismo manantial, y como amigos
separarse lentamente.
—¡Oh luz!, ¡oh gloria de la raza humana! ¿Qué agua es esta que mana de
una misma fuente, y dividida, se aleja una de otra?
A tal pregunta se me contestó:
—Ruega a Matilde que te lo diga.
el bordón rodeado de palmas.
Le contesté:
—Así como la cera conserva inalterable la imagen que en ella imprime el
sello, del mismo modo la vuestra ha quedado grabada en mi cerebro. Pero
¿por qué vuestra deseada palabra se eleva tanto sobre mi entendimiento,
que cuanto más procura comprenderla menos lo consigue?
—Para que conozcas—dijo—aquella escuela que has seguido, y cómo ha de
poder su doctrina seguir a mis palabras; y veas que vuestro camino se
separa tanto del divino, cuanto de la Tierra dista el cielo que gira más
velozmente a la mayor altura.
Entonces le respondí:
—No recuerdo haberme alejado jamás de vos, ni me remuerde por ello la
conciencia.
—Es que tú no puedes recordarlo—me dijo sonriéndose—; acuérdate de
que has bebido las aguas del Leteo; y si del humo se deduce el fuego, de ese
olvido se infiere claramente que tu voluntad, ocupada en otras cosas, era
culpable. Pero en adelante serán mis palabras tan desnudas cuanto es
preciso descubrirlas a tu rudo entendimiento.
El Sol, más resplandeciente y con pasos más lentos, atravesaba el círculo
del Meridiano, que cambia de posición según de donde se mira, cuando al
extremo de una opaca umbría, semejante a las que se ven bajo las verdes
hojas y las negruzcas ramas por donde llevan los Alpes sus fríos riachuelos,
se detuvieron las siete mujeres, como se detiene la tropa que va de
avanzada, si encuentra alguna novedad en su camino. Ante ellas me pareció
ver salir el Tigris y el Eufrates de un mismo manantial, y como amigos
separarse lentamente.
—¡Oh luz!, ¡oh gloria de la raza humana! ¿Qué agua es esta que mana de
una misma fuente, y dividida, se aleja una de otra?
A tal pregunta se me contestó:
—Ruega a Matilde que te lo diga.
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Y la hermosa Dama respondió como aquel que se disculpa:
—Ya le he dicho esta y otras varias cosas; y estoy segura de que el agua del
Leteo no se las ha hecho olvidar.
Beatriz añadió:
—Quizá un interés mayor, de esos que muchas veces quitan la memoria, ha
obscurecido su mente con respecto a los demás objetos. Pero mira el Eunoe,
que por allí se desliza; condúcele hacia él, y según acostumbras, reanima su
amortecida virtud.
Como una alma gentil que de nada se excusa, sino que adapta su voluntad a
la de los otros en cuanto se la dan a conocer por medio de alguna seña, de
igual suerte se puso en marcha la bella Dama en cuanto estuve a su lado, y
dijo a Estacio con su gracia femenil:
—Ven con él.
Lector, si dispusiera de mayor espacio para escribir, cantaría en parte la
dulzura de las aguas de que no me habría saciado nunca; pero como están
ya llenos todos los papeles dispuestos para este segundo cántico, el freno
del arte no me deja ir más allá.
Volví de aquellas sacrosantas ondas tan reanimado como las plantas nuevas,
renovadas con nuevas hojas, purificado y dispuesto para subir a las
estrellas.
—Ya le he dicho esta y otras varias cosas; y estoy segura de que el agua del
Leteo no se las ha hecho olvidar.
Beatriz añadió:
—Quizá un interés mayor, de esos que muchas veces quitan la memoria, ha
obscurecido su mente con respecto a los demás objetos. Pero mira el Eunoe,
que por allí se desliza; condúcele hacia él, y según acostumbras, reanima su
amortecida virtud.
Como una alma gentil que de nada se excusa, sino que adapta su voluntad a
la de los otros en cuanto se la dan a conocer por medio de alguna seña, de
igual suerte se puso en marcha la bella Dama en cuanto estuve a su lado, y
dijo a Estacio con su gracia femenil:
—Ven con él.
Lector, si dispusiera de mayor espacio para escribir, cantaría en parte la
dulzura de las aguas de que no me habría saciado nunca; pero como están
ya llenos todos los papeles dispuestos para este segundo cántico, el freno
del arte no me deja ir más allá.
Volví de aquellas sacrosantas ondas tan reanimado como las plantas nuevas,
renovadas con nuevas hojas, purificado y dispuesto para subir a las
estrellas.
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PARAISO
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CANTO PRIMERO
A gloria de Aquél que todo lo mueve se difunde por el
universo, y resplandece en unas partes más y en otras menos.
Yo estuve en el cielo que recibe mayor suma de su luz, y vi
tales cosas, que ni sabe ni puede referirlas el que desciende
de allá arriba; porque nuestra inteligencia, al acercarse al fin
de sus deseos, profundiza tanto, que la memoria no puede
volver atrás. Sin embargo, todo cuanto mi mente haya
podido atesorar de lo concerniente al reino santo, será en lo sucesivo objeto
de mi cántico.
¡Oh buen Apolo! Haz de mí para este último trabajo un vaso lleno de tu
valor, tal como lo exiges para conceder tu laurel amado; pues si hasta aquí
tuve bastante con una cima del Parnaso, ahora necesito las dos para entrar
en el resto de mi carrera. Entra en mi seno, e inspírame el aliento de que
estabas poseído cuando sacaste los miembros de Marsias fuera de su piel.
¡Oh divina virtud! Si te prestas a mí, de modo que yo pueda poner de
manifiesto la sombra del reino bienaventurado estampada en mi cabeza, me
verás acudir a tu árbol querido y coronarme entonces de aquellas hojas;
pues el asunto de mi canto y tu favor me harán digno de ello.
A gloria de Aquél que todo lo mueve se difunde por el
universo, y resplandece en unas partes más y en otras menos.
Yo estuve en el cielo que recibe mayor suma de su luz, y vi
tales cosas, que ni sabe ni puede referirlas el que desciende
de allá arriba; porque nuestra inteligencia, al acercarse al fin
de sus deseos, profundiza tanto, que la memoria no puede
volver atrás. Sin embargo, todo cuanto mi mente haya
podido atesorar de lo concerniente al reino santo, será en lo sucesivo objeto
de mi cántico.
¡Oh buen Apolo! Haz de mí para este último trabajo un vaso lleno de tu
valor, tal como lo exiges para conceder tu laurel amado; pues si hasta aquí
tuve bastante con una cima del Parnaso, ahora necesito las dos para entrar
en el resto de mi carrera. Entra en mi seno, e inspírame el aliento de que
estabas poseído cuando sacaste los miembros de Marsias fuera de su piel.
¡Oh divina virtud! Si te prestas a mí, de modo que yo pueda poner de
manifiesto la sombra del reino bienaventurado estampada en mi cabeza, me
verás acudir a tu árbol querido y coronarme entonces de aquellas hojas;
pues el asunto de mi canto y tu favor me harán digno de ello.
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Tan pocas veces, ¡oh Padre!, se recoge el lauro del triunfo, ya como César,
ya como poeta (por culpa y vergüenza de la humana voluntad), que cuando
alguno arde en deseos de alcanzarlo, el follaje penéico debería difundir la
alegría en la feliz deidad délfica. A una pequeña chispa sigue una gran
llama: quizá después de mí habrá quien ruegue con mejor voz para que
responda Cirra.
La lámpara del mundo se presenta a los mortales por diferentes aberturas;
pero cuando se deja ver por aquella en que se unen cuatro círculos
formando tres cruces, entonces sale con mejor curso y con mejor estrella, y
modela y sella más a su modo la cera de nuestro mundo. Por aquella
abertura se había hecho allí de día, y aquí de noche: casi todo aquel
hemisferio estaba ya blanco, y la otra parte negra, cuando vi a Beatriz
vuelta hacia el lado izquierdo, mirando al Sol; jamás lo ha mirado un águila
con tanta fijeza. Y así como un segundo rayo sale del primero, y se remonta
a lo alto, semejante al peregrino que quiere volverse, así la acción de
Beatriz, penetrando por mis ojos en mi imaginación, originó la mía, y fijé
los ojos en el Sol contra nuestra costumbre. Muchas cosas son allí
permitidas a nuestras facultades, que no lo son aquí, por ser aquel lugar
creado para residencia propia de la especie humana. Me fué imposible mirar
por mucho tiempo al Sol; pero no tan poco, que no le viera centellear en
torno suyo, como el hierro que sale candente del fuego; y de pronto me
pareció que un nuevo día se unía al día, como si Aquél que puede hubiese
adornado el Cielo con otro Sol.
Beatriz miraba fijamente las eternas esferas, y yo fijé mis ojos en ella,
desviándolos de allá arriba: contemplándola, me transformé interiormente,
como Glauco al gustar la hierba que le hizo en el mar compañero de los
otros Dioses. No es posible significar con palabras el acto de pasar a un
grado superior la naturaleza humana; pero baste el citado ejemplo a quien la
gracia divina reserve tal experiencia.
¡Oh Amor, que gobiernas el cielo! Tú, que me elevaste con tu luz, sabes si
yo era entonces solamente aquella parte de mí que primero creaste. Cuando
la rotación de los cielos, que eternizas por el deseo que estos tienen de
poseerte, atrajo mi atención con su armonía, que regularizas y distribuyes,
me pareció que entonces se encendía con la llama del Sol tanto espacio del
cielo, que ni las lluvias ni los ríos han ocasionado jamás tan extenso lago.
ya como poeta (por culpa y vergüenza de la humana voluntad), que cuando
alguno arde en deseos de alcanzarlo, el follaje penéico debería difundir la
alegría en la feliz deidad délfica. A una pequeña chispa sigue una gran
llama: quizá después de mí habrá quien ruegue con mejor voz para que
responda Cirra.
La lámpara del mundo se presenta a los mortales por diferentes aberturas;
pero cuando se deja ver por aquella en que se unen cuatro círculos
formando tres cruces, entonces sale con mejor curso y con mejor estrella, y
modela y sella más a su modo la cera de nuestro mundo. Por aquella
abertura se había hecho allí de día, y aquí de noche: casi todo aquel
hemisferio estaba ya blanco, y la otra parte negra, cuando vi a Beatriz
vuelta hacia el lado izquierdo, mirando al Sol; jamás lo ha mirado un águila
con tanta fijeza. Y así como un segundo rayo sale del primero, y se remonta
a lo alto, semejante al peregrino que quiere volverse, así la acción de
Beatriz, penetrando por mis ojos en mi imaginación, originó la mía, y fijé
los ojos en el Sol contra nuestra costumbre. Muchas cosas son allí
permitidas a nuestras facultades, que no lo son aquí, por ser aquel lugar
creado para residencia propia de la especie humana. Me fué imposible mirar
por mucho tiempo al Sol; pero no tan poco, que no le viera centellear en
torno suyo, como el hierro que sale candente del fuego; y de pronto me
pareció que un nuevo día se unía al día, como si Aquél que puede hubiese
adornado el Cielo con otro Sol.
Beatriz miraba fijamente las eternas esferas, y yo fijé mis ojos en ella,
desviándolos de allá arriba: contemplándola, me transformé interiormente,
como Glauco al gustar la hierba que le hizo en el mar compañero de los
otros Dioses. No es posible significar con palabras el acto de pasar a un
grado superior la naturaleza humana; pero baste el citado ejemplo a quien la
gracia divina reserve tal experiencia.
¡Oh Amor, que gobiernas el cielo! Tú, que me elevaste con tu luz, sabes si
yo era entonces solamente aquella parte de mí que primero creaste. Cuando
la rotación de los cielos, que eternizas por el deseo que estos tienen de
poseerte, atrajo mi atención con su armonía, que regularizas y distribuyes,
me pareció que entonces se encendía con la llama del Sol tanto espacio del
cielo, que ni las lluvias ni los ríos han ocasionado jamás tan extenso lago.
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La novedad de los sonidos y tan gran resplandor me abrasaron de tal modo
en el deseo de conocer su causa, que jamás he sentido tan punzante aguijón.
Así es que Ella, que veía mi interior como yo mismo, abrió su boca para
calmar mi excitado ánimo, antes que yo la abriera para preguntarle, y
empezó a decir:
—Tú mismo te atontas con tus falsas ideas, de tal modo que no ves lo que
verías si las hubieras desechado. No estás ya en la Tierra, según te figuras:
el rayo, huyendo de la región donde se forma, no corre tan velozmente
como tú asciendes hacia ella.
Si vi desvanecida mi primera duda, gracias a sus palabras sonrientes y
breves, me vi en cambio más envuelto en otra nueva, y dije:
—Ya me contemplo con placer libre de mi primitiva admiración; mas ahora
me asombra cómo es que puedo atravesar por entre estos cuerpos leves.
Por lo cual Beatriz, lanzando un piadoso suspiro, dirigió hacia mí sus ojos
con aquel aspecto de que se reviste la madre al oír un desvarío de su hijo, y
repuso:
—Todas las cosas guardan un orden entre sí; y este orden es la forma, que
hace al universo semejante a Dios. Aquí ven las altas criaturas el signo de la
eterna sabiduría, que es el fin para que se ha creado el orden antedicho. En
el de que hablo, todas las naturalezas propenden y, según su diversa esencia,
se aproximan más o menos a su principio. Así es que se dirigen a diferentes
puertos por el gran mar del sér, y cada una con el instinto que se le concedió
para que la lleve al suyo. Este instinto es el que conduce al fuego hacia la
Luna; el que promueve los primeros movimientos del corazón de los
mortales, y el que concentra y hace compacta a la Tierra. Y este arco se
dispara, no tan sólo contra las criaturas desprovistas de inteligencia, sino
contra las que tienen inteligencia y amor. La Providencia, que todo lo
ordena, hace con su luz que esté tranquilo el cielo en el que gira aquél que
tiene mayo velocidad: allí es donde ahora, como a sitio designado, nos lleva
la virtud de la cuerda de aquel arco que dirige todo cuanto despide hacia un
objeto agradable. Bien es verdad que, así como la forma no guarda muchas
veces armonía con las intenciones del arte, porque la materia es sorda para
contestar, así de esta dirección se desvía tal vez la criatura, que tiene el
poder de inclinarse hacia otro lado, por más que esté impulsada de aquel
en el deseo de conocer su causa, que jamás he sentido tan punzante aguijón.
Así es que Ella, que veía mi interior como yo mismo, abrió su boca para
calmar mi excitado ánimo, antes que yo la abriera para preguntarle, y
empezó a decir:
—Tú mismo te atontas con tus falsas ideas, de tal modo que no ves lo que
verías si las hubieras desechado. No estás ya en la Tierra, según te figuras:
el rayo, huyendo de la región donde se forma, no corre tan velozmente
como tú asciendes hacia ella.
Si vi desvanecida mi primera duda, gracias a sus palabras sonrientes y
breves, me vi en cambio más envuelto en otra nueva, y dije:
—Ya me contemplo con placer libre de mi primitiva admiración; mas ahora
me asombra cómo es que puedo atravesar por entre estos cuerpos leves.
Por lo cual Beatriz, lanzando un piadoso suspiro, dirigió hacia mí sus ojos
con aquel aspecto de que se reviste la madre al oír un desvarío de su hijo, y
repuso:
—Todas las cosas guardan un orden entre sí; y este orden es la forma, que
hace al universo semejante a Dios. Aquí ven las altas criaturas el signo de la
eterna sabiduría, que es el fin para que se ha creado el orden antedicho. En
el de que hablo, todas las naturalezas propenden y, según su diversa esencia,
se aproximan más o menos a su principio. Así es que se dirigen a diferentes
puertos por el gran mar del sér, y cada una con el instinto que se le concedió
para que la lleve al suyo. Este instinto es el que conduce al fuego hacia la
Luna; el que promueve los primeros movimientos del corazón de los
mortales, y el que concentra y hace compacta a la Tierra. Y este arco se
dispara, no tan sólo contra las criaturas desprovistas de inteligencia, sino
contra las que tienen inteligencia y amor. La Providencia, que todo lo
ordena, hace con su luz que esté tranquilo el cielo en el que gira aquél que
tiene mayo velocidad: allí es donde ahora, como a sitio designado, nos lleva
la virtud de la cuerda de aquel arco que dirige todo cuanto despide hacia un
objeto agradable. Bien es verdad que, así como la forma no guarda muchas
veces armonía con las intenciones del arte, porque la materia es sorda para
contestar, así de esta dirección se desvía tal vez la criatura, que tiene el
poder de inclinarse hacia otro lado, por más que esté impulsada de aquel
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modo, y cae (como se puede ver caer el fuego desde una nube), si su primer
impulso la tuerce hacia la Tierra por un falso placer. No debes, pues, a lo
que pienso, admirarte más de tu ascensión, que de ver a un río descender
desde lo alto de una montaña hasta su base. Lo maravilloso en ti sería que,
libre de todo obstáculo, te hubieras sentado abajo, como lo sería el que la
viva llama permaneciese quieta y apegada a la Tierra.
Dicho esto, elevó sus ojos al Cielo.
impulso la tuerce hacia la Tierra por un falso placer. No debes, pues, a lo
que pienso, admirarte más de tu ascensión, que de ver a un río descender
desde lo alto de una montaña hasta su base. Lo maravilloso en ti sería que,
libre de todo obstáculo, te hubieras sentado abajo, como lo sería el que la
viva llama permaneciese quieta y apegada a la Tierra.
Dicho esto, elevó sus ojos al Cielo.
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CANTO SEGUNDO
H vosotros, que, deseosos de escucharme, habéis seguido en
una pequeña barca tras de mi bajel que navega cantando,
virad para ver de nuevo vuestras playas! No os internéis en
el piélago, porque quizá, perdiéndome yo, quedaríais
perdidos. El agua por donde sigo no fué jamás recorrida;
Minerva sopla en mi vela, Apolo me conduce y las nueve
Musas me enseñan las Osas. Y vosotros los que, en corto
número, levantasteis ha tiempo las miradas hacia el pan de los ángeles, del
cual se vivo aquí pero sin que nadie quede harto, bien podéis dirigir vuestra
nave por el alta mar, siguiendo mi estela sobre el agua que se reúne en
breve. Aquellos gloriosos héroes que pasaron a Colcos no se admiraron
cuando vieron a Jasón convertido en boyero, como os admiraréis ahora
vosotros. La innata y perpetua sed del deiforme reino nos hacía ir tan
veloces como veloz veis al mismo cielo. Beatriz miraba hacia arriba, y yo la
miraba a ella; y quizá en menos tiempo del en que se coloca un dardo, y se
despide del arco y vuela, me vi llegado a un punto donde una cosa
admirable atrajo mis miradas: por lo cual, Aquélla para quien no podían
estar ocultos mis sentimientos, vuelta hacia mí tan agradable como bella,
me dijo:
H vosotros, que, deseosos de escucharme, habéis seguido en
una pequeña barca tras de mi bajel que navega cantando,
virad para ver de nuevo vuestras playas! No os internéis en
el piélago, porque quizá, perdiéndome yo, quedaríais
perdidos. El agua por donde sigo no fué jamás recorrida;
Minerva sopla en mi vela, Apolo me conduce y las nueve
Musas me enseñan las Osas. Y vosotros los que, en corto
número, levantasteis ha tiempo las miradas hacia el pan de los ángeles, del
cual se vivo aquí pero sin que nadie quede harto, bien podéis dirigir vuestra
nave por el alta mar, siguiendo mi estela sobre el agua que se reúne en
breve. Aquellos gloriosos héroes que pasaron a Colcos no se admiraron
cuando vieron a Jasón convertido en boyero, como os admiraréis ahora
vosotros. La innata y perpetua sed del deiforme reino nos hacía ir tan
veloces como veloz veis al mismo cielo. Beatriz miraba hacia arriba, y yo la
miraba a ella; y quizá en menos tiempo del en que se coloca un dardo, y se
despide del arco y vuela, me vi llegado a un punto donde una cosa
admirable atrajo mis miradas: por lo cual, Aquélla para quien no podían
estar ocultos mis sentimientos, vuelta hacia mí tan agradable como bella,
me dijo:
Page 296
—Eleva tu agradecida mente hacia Dios, que nos ha transportado a la
primera estrella.
Parecíame que se extendiese sobre nosotros una nube lúcida, densa, sólida y
bruñida, como un diamante herido por los rayos del Sol. La eterna margarita
nos recibió dentro de sí, como el agua que, permaneciendo unida, recibe un
rayo de luz. Si yo era cuerpo, y si en la Tierra no se concibe cómo una
dimensión pueda admitir a otra, según debe suceder si un cuerpo penetra en
otro, debería abrasarnos mucho más el deseo de contemplar aquella esencia,
en que se ve cómo Dios y nuestra naturaleza se unieron. Allí se verá esto
que creemos por la fe; pero sin demostración alguna, pues será conocido
por sí mismo, como la primera verdad en que el hombre cree. Yo respondí:
—Señora, con tanto reconocimiento como cabe en mí, doy gracias a Aquél
que me ha alejado del mundo mortal. Pero decidme: ¿qué son las obscuras
señales de este cuerpo, que allá abajo en la Tierra dan ocasión a algunos
para inventar patrañas sobre Caín?[106]
Sonrióse un poco, y después me dijo:
—Si la opinión de los mortales se extravía donde la llave de los sentidos no
puede abrir, no deberían en verdad punzarte desde ahora las flechas de la
admiración; pues ves que, si la razón sigue a los sentidos, debe tener muy
cortas las alas; pero dime qué es lo que tú piensas con respecto a esto.
Le contesté:
—Lo que aquí arriba me parece de diferente forma, creo que debe ser
producido por cuerpos enrarecidos y por cuerpos densos.
Ella repuso:
—Verás de un modo cierto que tu creencia está basada en una idea falsa, si
escuchas bien el argumento que voy a oponerte. La octava esfera os muestra
muchas luces, las cuales puede verse que presentan aspectos diferentes así
en calidad como en cantidad. Si esto fuera efecto solamente del
enrarecimiento y la densidad, en todas ellas habría una sola e idéntica
virtud, aunque distribuida en más o menos abundancia y proporcionalmente
a sus respectivas masas. Siendo diversas las virtudes, necesariamente han
de ser fruto de principios formales; y éstos, menos uno, quedarían
primera estrella.
Parecíame que se extendiese sobre nosotros una nube lúcida, densa, sólida y
bruñida, como un diamante herido por los rayos del Sol. La eterna margarita
nos recibió dentro de sí, como el agua que, permaneciendo unida, recibe un
rayo de luz. Si yo era cuerpo, y si en la Tierra no se concibe cómo una
dimensión pueda admitir a otra, según debe suceder si un cuerpo penetra en
otro, debería abrasarnos mucho más el deseo de contemplar aquella esencia,
en que se ve cómo Dios y nuestra naturaleza se unieron. Allí se verá esto
que creemos por la fe; pero sin demostración alguna, pues será conocido
por sí mismo, como la primera verdad en que el hombre cree. Yo respondí:
—Señora, con tanto reconocimiento como cabe en mí, doy gracias a Aquél
que me ha alejado del mundo mortal. Pero decidme: ¿qué son las obscuras
señales de este cuerpo, que allá abajo en la Tierra dan ocasión a algunos
para inventar patrañas sobre Caín?[106]
Sonrióse un poco, y después me dijo:
—Si la opinión de los mortales se extravía donde la llave de los sentidos no
puede abrir, no deberían en verdad punzarte desde ahora las flechas de la
admiración; pues ves que, si la razón sigue a los sentidos, debe tener muy
cortas las alas; pero dime qué es lo que tú piensas con respecto a esto.
Le contesté:
—Lo que aquí arriba me parece de diferente forma, creo que debe ser
producido por cuerpos enrarecidos y por cuerpos densos.
Ella repuso:
—Verás de un modo cierto que tu creencia está basada en una idea falsa, si
escuchas bien el argumento que voy a oponerte. La octava esfera os muestra
muchas luces, las cuales puede verse que presentan aspectos diferentes así
en calidad como en cantidad. Si esto fuera efecto solamente del
enrarecimiento y la densidad, en todas ellas habría una sola e idéntica
virtud, aunque distribuida en más o menos abundancia y proporcionalmente
a sus respectivas masas. Siendo diversas las virtudes, necesariamente han
de ser fruto de principios formales; y éstos, menos uno, quedarían
Page 297
destruídos por tu raciocinio. Además, si el enrarecimiento fuese la causa de
aquellas manchas acerca de las cuales me preguntas, entonces o el planeta
estaría en algunos puntos privado de su materia de parte a parte, o bien del
modo que en un cuerpo alternan lo graso y magro, así el volumen de éste se
compondría de hojas diferentes. Si fuese cierto lo primero, se manifestaría
en los eclipses de Sol, porque la luz de éste pasaría a través de la Luna,
como atraviesa por cualquier cuerpo enrarecido. Esto no es así: por lo tanto
hemos de examinar el otro supuesto; y si llego también a anularlo, verás
demostrado lo falso de tu opinión. Si ese cuerpo enrarecido no llega de un
lado a otro de la Luna, es preciso que termine en algún punto donde su
contrario no deje pasar la luz, y que el otro rayo reverbere desde allí, como
el color se refleja en un cristal que está forrado de estaño. Pero tú dirás que
el rayo aparece aquí más obscuro que en otras partes, porque se refracta
desde mayor profundidad. De esta réplica puede librarte la experiencia, si
haces uso de ella alguna vez, por ser la fuente de donde manan los arroyos
de vuestras artes. Toma tres espejos: coloca dos de ellos delante de ti a igual
distancia, y el otro un poco más lejos: después fija tus ojos entre los dos
primeros. Vuelto así hacia ellos, dispon que a tu espalda se eleve una luz
que ilumine los tres espejos, y vuelva a ti reflejada por todos: entonces, aun
cuando la luz reflejada sea menos intensa en el más distante, verás que
resplandece igualmente en los tres. Desvanecido ya el primer error de tu
entendimiento, como a impulso de los cálidos rayos se desvanecen el color
y el frío primitivos de la nieve, quiero mostrarte ahora una luz tan viva, que
apenas aparezca sentirás sus destellos. Dentro del Cielo de la divina paz se
mueve un cuerpo, en cuya virtud reside el ser de todo su contenido. El Cielo
siguiente, que tiene tantas estrellas, distribuye aquel sér entre diversas
esencias, distintas de él y que en él están contenidas. Los demás cielos, por
varios y diferentes modos, disponen para sus fines aquellas cosas distintas
que hay en cada uno, y sus influencias. Estos órganos del mundo van así
descendiendo de grado en grado, como ahora ves, de suerte que adquieren
del superior la virtud que comunican al inferior. Repara bien cómo voy por
este camino hacia la verdad que deseas, a fin de que después sepas por ti
solo vencer toda dificultad. El movimiento y la virtud de las sagradas
esferas deben proceder de los bienaventurados motores, como del artífice
procede la obra del martillo. Aquel cielo, al que tantas luces hermosean,
recibe forma y virtud de la inteligencia profunda que lo mueve, y se
transforma en su sello. Y así como el alma dentro de vuestro polvo se
aquellas manchas acerca de las cuales me preguntas, entonces o el planeta
estaría en algunos puntos privado de su materia de parte a parte, o bien del
modo que en un cuerpo alternan lo graso y magro, así el volumen de éste se
compondría de hojas diferentes. Si fuese cierto lo primero, se manifestaría
en los eclipses de Sol, porque la luz de éste pasaría a través de la Luna,
como atraviesa por cualquier cuerpo enrarecido. Esto no es así: por lo tanto
hemos de examinar el otro supuesto; y si llego también a anularlo, verás
demostrado lo falso de tu opinión. Si ese cuerpo enrarecido no llega de un
lado a otro de la Luna, es preciso que termine en algún punto donde su
contrario no deje pasar la luz, y que el otro rayo reverbere desde allí, como
el color se refleja en un cristal que está forrado de estaño. Pero tú dirás que
el rayo aparece aquí más obscuro que en otras partes, porque se refracta
desde mayor profundidad. De esta réplica puede librarte la experiencia, si
haces uso de ella alguna vez, por ser la fuente de donde manan los arroyos
de vuestras artes. Toma tres espejos: coloca dos de ellos delante de ti a igual
distancia, y el otro un poco más lejos: después fija tus ojos entre los dos
primeros. Vuelto así hacia ellos, dispon que a tu espalda se eleve una luz
que ilumine los tres espejos, y vuelva a ti reflejada por todos: entonces, aun
cuando la luz reflejada sea menos intensa en el más distante, verás que
resplandece igualmente en los tres. Desvanecido ya el primer error de tu
entendimiento, como a impulso de los cálidos rayos se desvanecen el color
y el frío primitivos de la nieve, quiero mostrarte ahora una luz tan viva, que
apenas aparezca sentirás sus destellos. Dentro del Cielo de la divina paz se
mueve un cuerpo, en cuya virtud reside el ser de todo su contenido. El Cielo
siguiente, que tiene tantas estrellas, distribuye aquel sér entre diversas
esencias, distintas de él y que en él están contenidas. Los demás cielos, por
varios y diferentes modos, disponen para sus fines aquellas cosas distintas
que hay en cada uno, y sus influencias. Estos órganos del mundo van así
descendiendo de grado en grado, como ahora ves, de suerte que adquieren
del superior la virtud que comunican al inferior. Repara bien cómo voy por
este camino hacia la verdad que deseas, a fin de que después sepas por ti
solo vencer toda dificultad. El movimiento y la virtud de las sagradas
esferas deben proceder de los bienaventurados motores, como del artífice
procede la obra del martillo. Aquel cielo, al que tantas luces hermosean,
recibe forma y virtud de la inteligencia profunda que lo mueve, y se
transforma en su sello. Y así como el alma dentro de vuestro polvo se
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extiende a los diferentes miembros, aptos para distintas facultades, así la
inteligencia despliega por las estrellas su bondad multiplicada, girando
sobre su unidad. Cada virtud se une de distinto modo con el precioso cuerpo
a quien vivifica, y en el cual se infunde como en vosotros la vida. Por la
plácida naturaleza de donde se deriva, esa virtud mezclada a los cuerpos
celestes brilla en ellos, como la alegría en una pupila ardiente. De ella
procede la diferencia que se observa de luz a luz, y no de los cuerpos
densos y enrarecidos; ella es el principio formal que produce lo obscuro y lo
claro, según su bondad.
inteligencia despliega por las estrellas su bondad multiplicada, girando
sobre su unidad. Cada virtud se une de distinto modo con el precioso cuerpo
a quien vivifica, y en el cual se infunde como en vosotros la vida. Por la
plácida naturaleza de donde se deriva, esa virtud mezclada a los cuerpos
celestes brilla en ellos, como la alegría en una pupila ardiente. De ella
procede la diferencia que se observa de luz a luz, y no de los cuerpos
densos y enrarecidos; ella es el principio formal que produce lo obscuro y lo
claro, según su bondad.
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CANTO TERCERO
QUEL Sol que primeramente abrasó de amor mi corazón[107]
me había descubierto, con sus pruebas y refutaciones, el
dulce aspecto de una hermosa verdad; y yo, para confesarme
desengañado y persuadido, levanté la cabeza, tanto como era
necesario a fin de declararlo resueltamente. Pero apareció
una visión, la cual haciéndose perceptible me atrajo de tal
modo hacia sí, que ya no me acordé de mi confesión. Así como a través de
cristales tersos y transparentes o de aguas nítidas y tranquilas, aunque no
tan profundas que se obscurezca el fondo, llegan a nuestra vista las
imágenes tan debilitadas, que una perla en una frente blanca no la
distinguirían más débilmente nuestros ojos, así vi yo muchos rostros
prontos a hablarme; por lo cual caí en el error contrario a aquel que inflamó
el amor entre un hombre y una fuente.[108] En cuanto las distinguí, creyendo
que fuesen imágenes reflejadas en un espejo, volví los ojos para ver los
cuerpos a que correspondían; y como nada vi, los dirigí de nuevo hacia
delante, fijándolos en mi dulce Guía, que sonriéndose despedía vívidos
destellos de sus santos ojos.
—No te asombres porque me sonría de tu pueril pensamiento—me dijo—;
pues no se apoya todavía tu pie sobre la verdad, y como de costumbre, te
QUEL Sol que primeramente abrasó de amor mi corazón[107]
me había descubierto, con sus pruebas y refutaciones, el
dulce aspecto de una hermosa verdad; y yo, para confesarme
desengañado y persuadido, levanté la cabeza, tanto como era
necesario a fin de declararlo resueltamente. Pero apareció
una visión, la cual haciéndose perceptible me atrajo de tal
modo hacia sí, que ya no me acordé de mi confesión. Así como a través de
cristales tersos y transparentes o de aguas nítidas y tranquilas, aunque no
tan profundas que se obscurezca el fondo, llegan a nuestra vista las
imágenes tan debilitadas, que una perla en una frente blanca no la
distinguirían más débilmente nuestros ojos, así vi yo muchos rostros
prontos a hablarme; por lo cual caí en el error contrario a aquel que inflamó
el amor entre un hombre y una fuente.[108] En cuanto las distinguí, creyendo
que fuesen imágenes reflejadas en un espejo, volví los ojos para ver los
cuerpos a que correspondían; y como nada vi, los dirigí de nuevo hacia
delante, fijándolos en mi dulce Guía, que sonriéndose despedía vívidos
destellos de sus santos ojos.
—No te asombres porque me sonría de tu pueril pensamiento—me dijo—;
pues no se apoya todavía tu pie sobre la verdad, y como de costumbre, te
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inclina a las ilusiones. Esas que ves son verdaderas substancias, relegadas
aquí por haber faltado a su votos. Por consiguiente, habla con ellas, y oye y
cree lo que te digan; pues la verdadera luz que las regocija no permite que
se tuerzan sus pasos.
Y yo me dirigí a la sombra que parecía más dispuesta a hablar, y empecé a
decirle, como hombre a quien su mismo deseo le quita el valor.
—¡Oh espíritu bien creado, que bajo los rayos de la vida eterna sientes la
dulzura que no se comprende nunca si no se ha gustado! Me será muy grato
que te dignes decirme tu nombre y cuál es vuestra suerte.
A lo que contestó pronta y con risueños ojos:
—Nuestra caridad nunca cierra sus puertas a un deseo justo, siendo como
aquella que quiere que se le asemeje toda su corte. Yo fuí en el mundo una
virgen religiosa; y si tu mente me contempla bien, no me ocultará a tus
recuerdos el ser hoy la más bella, sino que reconocerás que yo soy Piccarda:
colocada aquí con estos otros bienaventurados, soy como ellos
bienaventurada en la esfera más lenta. Nuestros afectos a quienes sólo
inflama el amor del Espíritu Santo, se regocijan en el orden designado por
él, y nos ha cabido en suerte este sitio que parece tan bajo, porque
descuidamos nuestros votos, y en parte no fueron observados.
A lo que le contesté:
—En vuestros admirables rostros resplandece no sé qué de divino, que
cambia el primer aspecto que de vosotras se ha conservado. Por eso no fuí
más presto en recordar; pero ahora viene en mi ayuda lo que tú me dices, de
suerte que me es más fácil reconocerte. Mas dime: vosotras que sois aquí
felices ¿deseáis estar en otro lugar más elevado para ver más o para haceros
más amigas?
Sonrióse un poco mirando a las otras sombras, y en seguida me respondió
tan placentera, que parecía arder en el primer fuego del amor:
—Hermano, la virtud de la caridad calma nuestra voluntad, y esa virtud nos
hace querer solamente lo que tenemos, y no apetecer nada más. Si
deseáramos estar más elevadas, nuestro anhelo estaría en desacuerdo con la
voluntad de Aquél que nos reúne aquí; desacuerdo que no admiten las
aquí por haber faltado a su votos. Por consiguiente, habla con ellas, y oye y
cree lo que te digan; pues la verdadera luz que las regocija no permite que
se tuerzan sus pasos.
Y yo me dirigí a la sombra que parecía más dispuesta a hablar, y empecé a
decirle, como hombre a quien su mismo deseo le quita el valor.
—¡Oh espíritu bien creado, que bajo los rayos de la vida eterna sientes la
dulzura que no se comprende nunca si no se ha gustado! Me será muy grato
que te dignes decirme tu nombre y cuál es vuestra suerte.
A lo que contestó pronta y con risueños ojos:
—Nuestra caridad nunca cierra sus puertas a un deseo justo, siendo como
aquella que quiere que se le asemeje toda su corte. Yo fuí en el mundo una
virgen religiosa; y si tu mente me contempla bien, no me ocultará a tus
recuerdos el ser hoy la más bella, sino que reconocerás que yo soy Piccarda:
colocada aquí con estos otros bienaventurados, soy como ellos
bienaventurada en la esfera más lenta. Nuestros afectos a quienes sólo
inflama el amor del Espíritu Santo, se regocijan en el orden designado por
él, y nos ha cabido en suerte este sitio que parece tan bajo, porque
descuidamos nuestros votos, y en parte no fueron observados.
A lo que le contesté:
—En vuestros admirables rostros resplandece no sé qué de divino, que
cambia el primer aspecto que de vosotras se ha conservado. Por eso no fuí
más presto en recordar; pero ahora viene en mi ayuda lo que tú me dices, de
suerte que me es más fácil reconocerte. Mas dime: vosotras que sois aquí
felices ¿deseáis estar en otro lugar más elevado para ver más o para haceros
más amigas?
Sonrióse un poco mirando a las otras sombras, y en seguida me respondió
tan placentera, que parecía arder en el primer fuego del amor:
—Hermano, la virtud de la caridad calma nuestra voluntad, y esa virtud nos
hace querer solamente lo que tenemos, y no apetecer nada más. Si
deseáramos estar más elevadas, nuestro anhelo estaría en desacuerdo con la
voluntad de Aquél que nos reúne aquí; desacuerdo que no admiten las
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esferas celestiales, como verás si consideras bien que aquí es condición
necesaria estar unidas a Dios por medio de la caridad, y la naturaleza de
esta misma caridad. También es esencial a nuestra existencia
bienaventurada uniformar la propia voluntad a la de Dios, de modo que
nuestras mismas voluntades se refundan en una. Así es que al estar como
estamos distribuídas de grado en grado por este reino, place a todo él,
porque place al Rey cuya voluntad forma la nuestra. En su voluntad está
nuestra paz; ella es el mar adonde va a parar todo lo que ha creado, o lo que
hace la naturaleza.
Entonces comprendí claramente por qué en el Cielo todo es Paraíso, por
más que la gracia del Supremo Bien no llueva en todas partes por igual.
Pero, así como suele suceder que un manjar nos sacie, y que sintamos aún
apetito por otro, de suerte que pedimos éste y rechazamos aquél, así hice yo
con el gesto y la palabra para saber por ella cuál fué el tejido cuya lanzadera
no continuó manejando hasta el fin.
—Una virtud perfecta, un mérito eminente colocan en un cielo más alto a
una mujer[109]—me dijo—, según cuya regla se lleva allá abajo en vuestro
mundo el hábito y el velo monacal, a fin de que hasta la muerte se viva
noche y día con aquel esposo, a quien es grato todo voto que la caridad hace
conforme a su deseo. Por seguirla, huí del mundo jovencita aún, y me
encerré en su hábito, y prometí observar la regla de su orden.
Posteriormente, algunos hombres, más habituados al mal que al bien, me
arrebataron de la dulce clausura. ¡Dios sabe cuál fué después mi vida!... Lo
que digo de mí, entiende que lo digo asimismo de esta otra alma
esplendente que te se muestra a mi derecha, y en quien brilla toda la luz de
nuestra esfera: monja fué, y también le arrebataron de la cabeza la sombra
de las sagradas tocas; pero cuando volvió al mundo, contra su gusto y
contra ley, no se despojó jamás del velo de su corazón. Esa es la luz de la
gran Constanza, que del segundo príncipe poderoso de la casa de Suabia
engendró al tercero, última potencia de esta raza.
Así me habló y empezó después a cantar "Ave María," y cantando
desapareció, como una cosa pesada a través del agua profunda. Mi vista,
que la siguió tanto cuanto le fué posible, después que la perdió, se volvió
hacia el objeto de su mayor deseo, y se fijó enteramente en Beatriz; pero
necesaria estar unidas a Dios por medio de la caridad, y la naturaleza de
esta misma caridad. También es esencial a nuestra existencia
bienaventurada uniformar la propia voluntad a la de Dios, de modo que
nuestras mismas voluntades se refundan en una. Así es que al estar como
estamos distribuídas de grado en grado por este reino, place a todo él,
porque place al Rey cuya voluntad forma la nuestra. En su voluntad está
nuestra paz; ella es el mar adonde va a parar todo lo que ha creado, o lo que
hace la naturaleza.
Entonces comprendí claramente por qué en el Cielo todo es Paraíso, por
más que la gracia del Supremo Bien no llueva en todas partes por igual.
Pero, así como suele suceder que un manjar nos sacie, y que sintamos aún
apetito por otro, de suerte que pedimos éste y rechazamos aquél, así hice yo
con el gesto y la palabra para saber por ella cuál fué el tejido cuya lanzadera
no continuó manejando hasta el fin.
—Una virtud perfecta, un mérito eminente colocan en un cielo más alto a
una mujer[109]—me dijo—, según cuya regla se lleva allá abajo en vuestro
mundo el hábito y el velo monacal, a fin de que hasta la muerte se viva
noche y día con aquel esposo, a quien es grato todo voto que la caridad hace
conforme a su deseo. Por seguirla, huí del mundo jovencita aún, y me
encerré en su hábito, y prometí observar la regla de su orden.
Posteriormente, algunos hombres, más habituados al mal que al bien, me
arrebataron de la dulce clausura. ¡Dios sabe cuál fué después mi vida!... Lo
que digo de mí, entiende que lo digo asimismo de esta otra alma
esplendente que te se muestra a mi derecha, y en quien brilla toda la luz de
nuestra esfera: monja fué, y también le arrebataron de la cabeza la sombra
de las sagradas tocas; pero cuando volvió al mundo, contra su gusto y
contra ley, no se despojó jamás del velo de su corazón. Esa es la luz de la
gran Constanza, que del segundo príncipe poderoso de la casa de Suabia
engendró al tercero, última potencia de esta raza.
Así me habló y empezó después a cantar "Ave María," y cantando
desapareció, como una cosa pesada a través del agua profunda. Mi vista,
que la siguió tanto cuanto le fué posible, después que la perdió, se volvió
hacia el objeto de su mayor deseo, y se fijó enteramente en Beatriz; pero
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ésta lanzó tales fulgores sobre mi mirada, que no los pude sufrir en el
primer momento, por cuya causa tardé más en preguntarle.
primer momento, por cuya causa tardé más en preguntarle.
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CANTO CUARTO
N hombre libre de elegir entre dos manjares igualmente
distantes de él y que exciten del mismo modo su apetito,
moriría de hambre antes de llevarse a la boca uno de ambos.
De igual suerte permanecería inmóvil un cordero entre dos
hambrientos lobos, temiéndoles igualmente, o un perro entre
dos gamos. Por esta razón no me culpo ni me alabo de haber
callado, teniéndome en suspenso igualmente dos dudas; pues
mi silencio era necesario. Yo callaba; pero tenía pintado en el rostro mi
deseo, y en él aparecía más clara mi pregunta que si la hubiera expresado
por medio de palabras. Beatriz hizo lo que Daniel al librar a Nabucodonosor
de aquella cólera que le había hecho cruel injustamente, y me dijo:
—Bien veo cómo te atrae uno y otro deseo, de modo que tu curiosidad se
liga a sí misma de tal suerte, que no se manifiesta con palabras. Tú
raciocinas así: si la buena voluntad persevera, ¿por qué razón la violencia
ajena ha de disminuir la medida de mi mérito? También te ofrece motivo de
duda el que las almas al parecer vuelvan a las estrellas, según la sentencia
de Platón. Tales son las cuestiones que pesan igualmente sobre tu voluntad;
pero antes me ocuparé en lo que tiene más hiel. El serafín que más goce de
Dios, Moisés, Samuel, cualquiera de los dos Juanes que quieras escoger,
N hombre libre de elegir entre dos manjares igualmente
distantes de él y que exciten del mismo modo su apetito,
moriría de hambre antes de llevarse a la boca uno de ambos.
De igual suerte permanecería inmóvil un cordero entre dos
hambrientos lobos, temiéndoles igualmente, o un perro entre
dos gamos. Por esta razón no me culpo ni me alabo de haber
callado, teniéndome en suspenso igualmente dos dudas; pues
mi silencio era necesario. Yo callaba; pero tenía pintado en el rostro mi
deseo, y en él aparecía más clara mi pregunta que si la hubiera expresado
por medio de palabras. Beatriz hizo lo que Daniel al librar a Nabucodonosor
de aquella cólera que le había hecho cruel injustamente, y me dijo:
—Bien veo cómo te atrae uno y otro deseo, de modo que tu curiosidad se
liga a sí misma de tal suerte, que no se manifiesta con palabras. Tú
raciocinas así: si la buena voluntad persevera, ¿por qué razón la violencia
ajena ha de disminuir la medida de mi mérito? También te ofrece motivo de
duda el que las almas al parecer vuelvan a las estrellas, según la sentencia
de Platón. Tales son las cuestiones que pesan igualmente sobre tu voluntad;
pero antes me ocuparé en lo que tiene más hiel. El serafín que más goce de
Dios, Moisés, Samuel, cualquiera de los dos Juanes que quieras escoger,
Page 304
María misma, no tienen su asiento en un cielo distinto de aquel donde
moran esos espíritus que aquí te han aparecido, ni su estado de beatitud
tiene fijada más ni menos duración, sino que todos embellecen el primer
círculo, y gozan de una vida diferentemente feliz, según que sienten más o
menos el Espíritu eterno. Aquí se te aparecieron, no porque les haya tocado
en suerte esta esfera, sino para significar que ocupan en la celestial la parte
menos elevada. Así es preciso hablar a vuestro espíritu, porque sólo
comprende por medio de los sentidos lo que hace después digno de la
inteligencia. Por eso la Escritura, atemperándose a vuestras facultades,
atribuye a Dios pies y manos, mientras que ella lo ve de otro modo; y la
Santa Iglesia os representa bajo formas humanas a Gabriel y a Miguel y al
que sanó a Tobías. Lo que Timeo dice acerca de las almas no es figurado,
como aquí se ve, pues parece que siente lo que afirma. Dice que el alma
vuelve a su estrella, creyendo que se desprendió de ella cuando la
naturaleza la unió a su forma. Tal vez su opinión sea diferente de lo que
expresan sus palabras, y es posible que la intención de éstas no sea irrisoria.
Si quiere decir que la influencia operada por las estrellas se convierte en
honor o en vituperio de las mismas, quizá haya dado su flecha en el blanco
de una verdad. Este principio, mal comprendido, extravió a casi todo el
mundo, haciendo que corriese a invocar a Júpiter, a Mercurio y a Marte. La
otra duda que te agita tiene menos veneno, porque su malignidad no te
podría alejar de mí. Que nuestra justicia parezca injusta a los ojos de los
mortales, es un argumento de fe y no de herética malicia; pero como puede
vuestro discernimiento penetrar bien esta verdad, te dejaré satisfecho según
deseas. Si hay verdadera violencia cuando el que la sufre no se adhiere en
nada a aquel que la comete, aquellas almas no pueden servirse de ella como
excusa; porque la voluntad, si no quiere, no se aquieta, sino que hace lo que
naturalmente hace el fuego, aunque la tuerzan mil veces con violencia. Por
lo cual, si la voluntad se doblega poco o mucho, sigue a la fuerza; y así
hicieron aquéllas, pues pudieron haber vuelto al sagrado lugar. Si su
voluntad hubiera sido firme, como lo fué la de Lorenzo sobre las parrillas, y
como la de Mucio al ser tan severo con su mano, ella misma las habría
vuelto al camino de donde las habían separado, en cuanto se vieron libres;
pero una voluntad tan sólida es muy rara. Por estas palabras, si es que las
has recogido como debes, queda destruído el argumento que te hubiera
importunado aún muchas veces. Pero se atraviesa otra dificultad ante tus
ojos, y tal que por ti mismo no sabrías salir de ella; antes bien te rendirías
moran esos espíritus que aquí te han aparecido, ni su estado de beatitud
tiene fijada más ni menos duración, sino que todos embellecen el primer
círculo, y gozan de una vida diferentemente feliz, según que sienten más o
menos el Espíritu eterno. Aquí se te aparecieron, no porque les haya tocado
en suerte esta esfera, sino para significar que ocupan en la celestial la parte
menos elevada. Así es preciso hablar a vuestro espíritu, porque sólo
comprende por medio de los sentidos lo que hace después digno de la
inteligencia. Por eso la Escritura, atemperándose a vuestras facultades,
atribuye a Dios pies y manos, mientras que ella lo ve de otro modo; y la
Santa Iglesia os representa bajo formas humanas a Gabriel y a Miguel y al
que sanó a Tobías. Lo que Timeo dice acerca de las almas no es figurado,
como aquí se ve, pues parece que siente lo que afirma. Dice que el alma
vuelve a su estrella, creyendo que se desprendió de ella cuando la
naturaleza la unió a su forma. Tal vez su opinión sea diferente de lo que
expresan sus palabras, y es posible que la intención de éstas no sea irrisoria.
Si quiere decir que la influencia operada por las estrellas se convierte en
honor o en vituperio de las mismas, quizá haya dado su flecha en el blanco
de una verdad. Este principio, mal comprendido, extravió a casi todo el
mundo, haciendo que corriese a invocar a Júpiter, a Mercurio y a Marte. La
otra duda que te agita tiene menos veneno, porque su malignidad no te
podría alejar de mí. Que nuestra justicia parezca injusta a los ojos de los
mortales, es un argumento de fe y no de herética malicia; pero como puede
vuestro discernimiento penetrar bien esta verdad, te dejaré satisfecho según
deseas. Si hay verdadera violencia cuando el que la sufre no se adhiere en
nada a aquel que la comete, aquellas almas no pueden servirse de ella como
excusa; porque la voluntad, si no quiere, no se aquieta, sino que hace lo que
naturalmente hace el fuego, aunque la tuerzan mil veces con violencia. Por
lo cual, si la voluntad se doblega poco o mucho, sigue a la fuerza; y así
hicieron aquéllas, pues pudieron haber vuelto al sagrado lugar. Si su
voluntad hubiera sido firme, como lo fué la de Lorenzo sobre las parrillas, y
como la de Mucio al ser tan severo con su mano, ella misma las habría
vuelto al camino de donde las habían separado, en cuanto se vieron libres;
pero una voluntad tan sólida es muy rara. Por estas palabras, si es que las
has recogido como debes, queda destruído el argumento que te hubiera
importunado aún muchas veces. Pero se atraviesa otra dificultad ante tus
ojos, y tal que por ti mismo no sabrías salir de ella; antes bien te rendirías
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fatigado. He dado como cierto a tu mente que el alma bienaventurada no
podía mentir, porque está siempre próxima a la primera Verdad; y luego
habrás podido oír por Piccarda, que Constanza había guardado su
inclinación al velo, de manera que parece contradecirme. Muchas veces,
hermano, sucede que por huír de un peligro, se hace con repugnancia
aquello que no debería hacerse; como Alcmeón, que, a instancias de su
padre, mató a su propia madre, y por no faltar a la piedad, se hizo
desapiadado. Con respecto a este punto, quiero que sepas que, si la fuerza y
la voluntad obran de acuerdo, resulta que no pueden excusarse las faltas. La
voluntad en absoluto no consiente el daño; pero lo consiente en cuanto teme
caer en mayor pena oponiéndose a él. Cuando Piccarda, pues, se expresa
como lo ha hecho, entiende que habla de la voluntad absoluta, y yo de la
otra; de suerte que ambas decíamos la verdad.
Tales fueron las ondulaciones del santo arroyo que salía de la fuente de
donde fluye toda verdad, y que aquietaron todos mis deseos.
—¡Oh amada del primer Amante!, ¡oh divina—dije en seguida—, cuyas
palabras me inundan comunicándome tal calor que me reaniman cada vez
más! No es tan profunda mi afección, que baste a devolveros gracia por
gracia; pero que responda por mí Aquél que todo lo ve y lo puede. Bien veo
que nuestra inteligencia no queda nunca satisfecha, si no la ilumina aquella
Verdad, fuera de la cual no se difunde ninguna otra. En cuanto ha podido
alcanzarla, descansa en ella como la fiera en su cubil; y puedo
indudablemente conseguirla; de lo contrario, todos nuestros deseos serían
vanos. De este deseo de saber nace, como un retoño, la duda al pie de la
verdad; siendo esto un impulso de la naturaleza que guía de grado en grado
nuestra inteligencia al conocimiento de Dios. Esto mismo me invita, esto
mismo me anima, Señora, a pediros reverentemente que me aclaréis otra
verdad que encuentro obscura. Quiero saber si el hombre puede
satisfaceros, con respecto a los votos quebrantados, por medio de otras
buenas acciones que no sean pocas en vuestra balanza.
Beatriz me miró con los ojos llenos de amorosos destellos, y tan divinos,
que sintiendo mi fuerza vencida, me volví y quedé como anonadado con los
ojos bajos.
podía mentir, porque está siempre próxima a la primera Verdad; y luego
habrás podido oír por Piccarda, que Constanza había guardado su
inclinación al velo, de manera que parece contradecirme. Muchas veces,
hermano, sucede que por huír de un peligro, se hace con repugnancia
aquello que no debería hacerse; como Alcmeón, que, a instancias de su
padre, mató a su propia madre, y por no faltar a la piedad, se hizo
desapiadado. Con respecto a este punto, quiero que sepas que, si la fuerza y
la voluntad obran de acuerdo, resulta que no pueden excusarse las faltas. La
voluntad en absoluto no consiente el daño; pero lo consiente en cuanto teme
caer en mayor pena oponiéndose a él. Cuando Piccarda, pues, se expresa
como lo ha hecho, entiende que habla de la voluntad absoluta, y yo de la
otra; de suerte que ambas decíamos la verdad.
Tales fueron las ondulaciones del santo arroyo que salía de la fuente de
donde fluye toda verdad, y que aquietaron todos mis deseos.
—¡Oh amada del primer Amante!, ¡oh divina—dije en seguida—, cuyas
palabras me inundan comunicándome tal calor que me reaniman cada vez
más! No es tan profunda mi afección, que baste a devolveros gracia por
gracia; pero que responda por mí Aquél que todo lo ve y lo puede. Bien veo
que nuestra inteligencia no queda nunca satisfecha, si no la ilumina aquella
Verdad, fuera de la cual no se difunde ninguna otra. En cuanto ha podido
alcanzarla, descansa en ella como la fiera en su cubil; y puedo
indudablemente conseguirla; de lo contrario, todos nuestros deseos serían
vanos. De este deseo de saber nace, como un retoño, la duda al pie de la
verdad; siendo esto un impulso de la naturaleza que guía de grado en grado
nuestra inteligencia al conocimiento de Dios. Esto mismo me invita, esto
mismo me anima, Señora, a pediros reverentemente que me aclaréis otra
verdad que encuentro obscura. Quiero saber si el hombre puede
satisfaceros, con respecto a los votos quebrantados, por medio de otras
buenas acciones que no sean pocas en vuestra balanza.
Beatriz me miró con los ojos llenos de amorosos destellos, y tan divinos,
que sintiendo mi fuerza vencida, me volví y quedé como anonadado con los
ojos bajos.
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CANTO QUINTO
I te parezco más radiante en el fuego de este amor de lo que
suele verse en la tierra, hasta el punto de superar la fuerza de
tus ojos, no debes asombrarte, porque esto procede de una
vista perfecta, que, distinguiendo bien los objetos, se dirige
con más rapidez hacia el bien. Veo claramente cómo
resplandece ya en tu inteligencia la eterna luz, que
contemplada una sola vez enciende un perpetuo amor. Y si otra cosa seduce
el vuestro, sólo es un vestigio mal conocido del resplandor que aquí brilla.
Tú quieres saber si con otras buenas acciones puede satisfacerse el voto no
cumplido, de modo que el alma esté segura de todo debate con la justicia
divina.
Así empezó Beatriz este canto, y como hombre que no interrumpe su
razonamiento, continuó de este modo su santa enseñanza:
—El mayor dón que Dios, en su liberalidad, nos hizo al crearnos, como más
conforme a su bondad, y el que más aprecia, fué el del libre albedrío de que
estuvieron y están dotadas únicamente las criaturas inteligentes. Ahora
conocerás, si raciocinas según este principio, el alto valor del voto, si éste
es tal que Dios consienta cuando tú consientes; porque al cerrarse el pacto
I te parezco más radiante en el fuego de este amor de lo que
suele verse en la tierra, hasta el punto de superar la fuerza de
tus ojos, no debes asombrarte, porque esto procede de una
vista perfecta, que, distinguiendo bien los objetos, se dirige
con más rapidez hacia el bien. Veo claramente cómo
resplandece ya en tu inteligencia la eterna luz, que
contemplada una sola vez enciende un perpetuo amor. Y si otra cosa seduce
el vuestro, sólo es un vestigio mal conocido del resplandor que aquí brilla.
Tú quieres saber si con otras buenas acciones puede satisfacerse el voto no
cumplido, de modo que el alma esté segura de todo debate con la justicia
divina.
Así empezó Beatriz este canto, y como hombre que no interrumpe su
razonamiento, continuó de este modo su santa enseñanza:
—El mayor dón que Dios, en su liberalidad, nos hizo al crearnos, como más
conforme a su bondad, y el que más aprecia, fué el del libre albedrío de que
estuvieron y están dotadas únicamente las criaturas inteligentes. Ahora
conocerás, si raciocinas según este principio, el alto valor del voto, si éste
es tal que Dios consienta cuando tú consientes; porque al cerrarse el pacto
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entre Dios y el hombre, se le sacrifica ese tesoro de que hablo, y se le
sacrifica por su propio acto. Así, pues, ¿qué se podrá dar en cambio de esto?
Si crees que puedes hacer buen uso de lo que ya has ofrecido, es como si
quisieras hacer una buena obra con una cosa mal adquirida. Ya conoces,
pues, la importancia del punto principal: pero como la Santa Iglesia da
sobre esto sus dispensas, lo cual parece contrario a la verdad que te he
descubierto, es preciso que continúes sentado un poco a la mesa, porque el
pesado alimento que has tomado requiere alguna ayuda para ser digerido.
Abre el espíritu a lo que te presento y enciérralo en ti mismo, pues no
proporciona ciencia alguna el oír sin retener. Dos cosas son necesarias en la
esencia de este sacrificio: una es la materia del voto, y otra el pacto que se
forma con Dios. Este último no se borra jamás, si no es observado, y acerca
de ello te he hablado antes en términos precisos. Por esta causa fué
necesario que los Hebreos continuasen ofreciendo, aunque alguna de sus
ofrendas fuese permutada, como debes saber. Respecto a la que te he dado a
conocer como materia del voto, puede ser tal que no se cometa yerro alguno
al cambiarla en otra materia: pero que ninguno por su propia autoridad
mude el fardo de su espalda, sin la vuelta de la llave blanca y de la llave
amarilla: crea que todo cambio es insensato, si la cosa abandonada no se
contiene en la elegida, como el cuatro está contenido en el seis. Todo lo que
pese tanto por su valor, que incline hacia su lado la balanza, no puede
reemplazarse con otra cosa. Que los mortales no tomen a broma el voto.
Sed fieles, y al comprometeros no seáis ciegos como lo fué Jephté en su
primera ofrenda, porque más le valiera haber dicho: "Hice mal," que hacer
otra cosa peor al cumplir su voto: tan insensato como a él puedes suponer al
gran jefe de los Griegos,[110] quien obligó a Ifigenia a llorar su hermoso
rostro, e hizo llorar por ella a sabios e ignorantes, cuando oyeron hablar de
tal sacrificio. Cristianos, sed más pausados en vuestras acciones; no seáis
como la pluma a todo viento, ni creáis que toda agua pueda lavaros. Tenéis
el Antiguo y el Nuevo Testamento, y el Pastor de la Iglesia que os guía:
baste esto para vuestra salvación. Si os dice otra cosa el espíritu del mal,
sed hombres, y no locas ovejas, de suerte que el judío no se ría de vosotros
entre vosotros. No hagáis como el cordero, que deja la leche de su madre, y
sencillo y alegre, combate a su placer consigo mismo.
Así me habló Beatriz, según lo escribo: después se volvió anhelante hacia
aquella parte donde el mundo es más vivo. Su silencio y la mudanza de su
sacrifica por su propio acto. Así, pues, ¿qué se podrá dar en cambio de esto?
Si crees que puedes hacer buen uso de lo que ya has ofrecido, es como si
quisieras hacer una buena obra con una cosa mal adquirida. Ya conoces,
pues, la importancia del punto principal: pero como la Santa Iglesia da
sobre esto sus dispensas, lo cual parece contrario a la verdad que te he
descubierto, es preciso que continúes sentado un poco a la mesa, porque el
pesado alimento que has tomado requiere alguna ayuda para ser digerido.
Abre el espíritu a lo que te presento y enciérralo en ti mismo, pues no
proporciona ciencia alguna el oír sin retener. Dos cosas son necesarias en la
esencia de este sacrificio: una es la materia del voto, y otra el pacto que se
forma con Dios. Este último no se borra jamás, si no es observado, y acerca
de ello te he hablado antes en términos precisos. Por esta causa fué
necesario que los Hebreos continuasen ofreciendo, aunque alguna de sus
ofrendas fuese permutada, como debes saber. Respecto a la que te he dado a
conocer como materia del voto, puede ser tal que no se cometa yerro alguno
al cambiarla en otra materia: pero que ninguno por su propia autoridad
mude el fardo de su espalda, sin la vuelta de la llave blanca y de la llave
amarilla: crea que todo cambio es insensato, si la cosa abandonada no se
contiene en la elegida, como el cuatro está contenido en el seis. Todo lo que
pese tanto por su valor, que incline hacia su lado la balanza, no puede
reemplazarse con otra cosa. Que los mortales no tomen a broma el voto.
Sed fieles, y al comprometeros no seáis ciegos como lo fué Jephté en su
primera ofrenda, porque más le valiera haber dicho: "Hice mal," que hacer
otra cosa peor al cumplir su voto: tan insensato como a él puedes suponer al
gran jefe de los Griegos,[110] quien obligó a Ifigenia a llorar su hermoso
rostro, e hizo llorar por ella a sabios e ignorantes, cuando oyeron hablar de
tal sacrificio. Cristianos, sed más pausados en vuestras acciones; no seáis
como la pluma a todo viento, ni creáis que toda agua pueda lavaros. Tenéis
el Antiguo y el Nuevo Testamento, y el Pastor de la Iglesia que os guía:
baste esto para vuestra salvación. Si os dice otra cosa el espíritu del mal,
sed hombres, y no locas ovejas, de suerte que el judío no se ría de vosotros
entre vosotros. No hagáis como el cordero, que deja la leche de su madre, y
sencillo y alegre, combate a su placer consigo mismo.
Así me habló Beatriz, según lo escribo: después se volvió anhelante hacia
aquella parte donde el mundo es más vivo. Su silencio y la mudanza de su
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semblante impusieron silencio a mi ávido espíritu, que tenía ya preparadas
nuevas preguntas. Y como la saeta que da en el blanco antes de que haya
quedado en reposo la cuerda, así corríamos hacia el segundo reino[111]. Allí
vi yo tan contenta a mi Dama cuando penetró en la luz de aquel cielo, que el
planeta se volvió más resplandeciente. Y si la estrella se transformó y rió,
¿cuánto más alegre estaría yo, que por mi naturaleza soy en todos sentidos
transmutable? Así como en un vivero, que está tranquilo y puro, acuden
solícitos los peces al objeto procedente del exterior, por creerlo su pasto, así
vi yo más de mil almas esplendorosas acudir hacia nosotros, y a cada cual
de ellas se oía exclamar: "¡He ahí quien acrecentará nuestros amores!" Y tan
pronto como cada una se nos acercaba, conocíase su júbilo por el claro
fulgor que de ella salía. Piensa, lector, cuál sería tu impaciente anhelo de
saber, si lo que aquí empieza no siguiese adelante, y por ti comprenderás
cuánto sería mi deseo de conocer la condición de estas almas, en cuanto se
presentaron a mi vista.
—¡Oh bien nacido, a quien está concedida la gracia de ver los tronos del
triunfo eterno, antes de haber abandonado la milicia de los vivos! Nosotros
nos abrasamos en el fuego que se extiende por todo el cielo: así, pues, si
deseas que te iluminemos acerca de nuestra suerte, puedes saciarte según tu
deseo.
Así me dijo uno de aquellos espíritus piadosos, y Beatriz añadió:
—Di, di con toda confianza, y créeles como a Dioses.
—Veo bien cómo anidas en tu propia luz, y que la despides por tus ojos,
para que resplandezcan cuando ríes; pero no sé quién eres, ni por qué
ocupas, ¡oh alma digna!, el grado de la esfera que se oculta a los mortales
con los rayos de otro.
Esto dije dirigiéndome al alma resplandeciente que me había hablado; por
lo cual se volvió más luminosa de lo que antes era. Lo mismo que el Sol,
que a sí mismo se oculta por su excesiva luz, cuando el calor ha destruído
los densos vapores que la amortiguaban, así aquella santa figura se ocultó a
causa de su alegría en su mismo fulgor, y encerrada de aquel modo me
contestó como se verá en el canto siguiente.
nuevas preguntas. Y como la saeta que da en el blanco antes de que haya
quedado en reposo la cuerda, así corríamos hacia el segundo reino[111]. Allí
vi yo tan contenta a mi Dama cuando penetró en la luz de aquel cielo, que el
planeta se volvió más resplandeciente. Y si la estrella se transformó y rió,
¿cuánto más alegre estaría yo, que por mi naturaleza soy en todos sentidos
transmutable? Así como en un vivero, que está tranquilo y puro, acuden
solícitos los peces al objeto procedente del exterior, por creerlo su pasto, así
vi yo más de mil almas esplendorosas acudir hacia nosotros, y a cada cual
de ellas se oía exclamar: "¡He ahí quien acrecentará nuestros amores!" Y tan
pronto como cada una se nos acercaba, conocíase su júbilo por el claro
fulgor que de ella salía. Piensa, lector, cuál sería tu impaciente anhelo de
saber, si lo que aquí empieza no siguiese adelante, y por ti comprenderás
cuánto sería mi deseo de conocer la condición de estas almas, en cuanto se
presentaron a mi vista.
—¡Oh bien nacido, a quien está concedida la gracia de ver los tronos del
triunfo eterno, antes de haber abandonado la milicia de los vivos! Nosotros
nos abrasamos en el fuego que se extiende por todo el cielo: así, pues, si
deseas que te iluminemos acerca de nuestra suerte, puedes saciarte según tu
deseo.
Así me dijo uno de aquellos espíritus piadosos, y Beatriz añadió:
—Di, di con toda confianza, y créeles como a Dioses.
—Veo bien cómo anidas en tu propia luz, y que la despides por tus ojos,
para que resplandezcan cuando ríes; pero no sé quién eres, ni por qué
ocupas, ¡oh alma digna!, el grado de la esfera que se oculta a los mortales
con los rayos de otro.
Esto dije dirigiéndome al alma resplandeciente que me había hablado; por
lo cual se volvió más luminosa de lo que antes era. Lo mismo que el Sol,
que a sí mismo se oculta por su excesiva luz, cuando el calor ha destruído
los densos vapores que la amortiguaban, así aquella santa figura se ocultó a
causa de su alegría en su mismo fulgor, y encerrada de aquel modo me
contestó como se verá en el canto siguiente.
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Page 311
CANTO SEXTO
ESPUES que Constantino volvió el águila contra el curso del
Cielo que antes siguiera tras el antiguo esposo de Lavinia,
cien y cien años y más permaneció el ave de Dios en el
extremo de Europa, próxima a los montes de que
primitivamente había salido; y bajo la sombra de las
sagradas plumas gobernó allí el mundo pasando de mano en
mano, hasta que en estos cambios llegó a las mías. César fuí;
soy Justiniano, que por voluntad del primer Amor, de que ahora disfruto en
el cielo, suprimí de las leyes lo superfluo y lo inútil: antes de haberme
dedicado a esta obra, creí que había en Cristo una sola naturaleza y no más,
y estaba contento con tal creencia; pero el bendito Agapito, que fué Sumo
Pastor, me encaminó con sus palabras a la verdadera fe; yo le creí, y ahora
veo claramente cuanto él me decía, así como tú ves en toda contradicción
una parte falsa y otra verdadera. En cuanto caminé al par de la Iglesia,
plugo a Dios por su gracia inspirarme la grande obra, y me dediqué
completamente a ella: confié las armas a mi Belisario, a quien se unió de tal
modo la diestra del cielo, que ésta fué para mí una señal de que debía
descansar en él. Aquí termina, pues, mi respuesta a tu primera pregunta;
pero su condición me obliga a añadir algunas explicaciones. Para que veas
ESPUES que Constantino volvió el águila contra el curso del
Cielo que antes siguiera tras el antiguo esposo de Lavinia,
cien y cien años y más permaneció el ave de Dios en el
extremo de Europa, próxima a los montes de que
primitivamente había salido; y bajo la sombra de las
sagradas plumas gobernó allí el mundo pasando de mano en
mano, hasta que en estos cambios llegó a las mías. César fuí;
soy Justiniano, que por voluntad del primer Amor, de que ahora disfruto en
el cielo, suprimí de las leyes lo superfluo y lo inútil: antes de haberme
dedicado a esta obra, creí que había en Cristo una sola naturaleza y no más,
y estaba contento con tal creencia; pero el bendito Agapito, que fué Sumo
Pastor, me encaminó con sus palabras a la verdadera fe; yo le creí, y ahora
veo claramente cuanto él me decía, así como tú ves en toda contradicción
una parte falsa y otra verdadera. En cuanto caminé al par de la Iglesia,
plugo a Dios por su gracia inspirarme la grande obra, y me dediqué
completamente a ella: confié las armas a mi Belisario, a quien se unió de tal
modo la diestra del cielo, que ésta fué para mí una señal de que debía
descansar en él. Aquí termina, pues, mi respuesta a tu primera pregunta;
pero su condición me obliga a añadir algunas explicaciones. Para que veas
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con cuán poca razón se levantan contra la sacrosanta enseña los que se la
apropian y los que se le oponen, considera cuántas virtudes la han hecho
digna de reverencia, desde el día en que Palanto murió para darle el
imperio. Tú sabes que aquel signo fijó su mansión en Alba por más de
trescientos años, hasta el día en que por él combatieron tres contra tres[112].
Sabes lo que hizo bajo siete reyes, desde el robo de las Sabinas hasta el
dolor de Lucrecia, conquistando los países circunvecinos. Sabes lo que hizo
llevado por los egregios romanos contra Breno, contra Pirro, contra otros
príncipes solos y coligados, por lo cual Torcuato, y Quintio que recibió un
sobrenombre por su descuidada cabellera[113], los Decios y los Fabios,
conquistaron un renombre que me complazco en admirar. El abatió el
orgullo de los árabes que tras de Aníbal pasaron las rocas alpestres de donde
tú, Po, te desprendes. A su sombra triunfaron, siendo aún muy jóvenes,
Escipión y Pompeyo; y su dominio pareció amargo a aquella colina bajo la
cual naciste[114]. Después, cerca del tiempo en que todo el cielo quiso
reducir el mundo al estado sereno de que es modelo, César tomó aquel
signo por la voluntad del pueblo romano; y lo que hizo desde el Var hasta el
Rhin, lo vieron el Isere y el Loira, y lo vió el Sena, y todos los ríos que
afluyen al Ródano. Lo que hizo cuando César salió de Ravena y pasó el
Rubicón fué con tan levantado vuelo, que no lo podrían seguir la lengua ni
la pluma. Hacia España dirigió sus tropas, después hacia Durazzo, y a
Farsalia hirió de tal modo, que hasta en las cálidas orillas del Nilo se sintió
el dolor. Volvió a ver a Antandro y al Simois de donde había salido, y el
sitio donde reposa Héctor; después se alejó de nuevo, con detrimento de
Tolomeo. Desde allí cayó como un rayo sobre Juba, y luego se dirigió hacia
vuestro Occidente, donde oía la trompa pompeyana. Lo que aquel signo
hizo en manos del que lo llevó en seguida lo ladran Bruto y Casio en el
Infierno; y de ello se lamentan Módena y Perusa. También llora la triste
Cleopatra, que, huyendo ante él, recibió de un áspid muerte cruel y súbita.
Con él corrió en seguida al mar Rojo; con él estableció en el mundo paz tan
grande que se cerró el templo de Jano. Pero lo que el signo de que hablo
había hecho antes, y lo que debía hacer después por el reino mortal que le
está sometido, es en la apariencia poco y obscuro, si con mirada clara y con
afecto puro se le considera después en manos del tercer César; porque la
viva justicia que me inspira le concedió, puesto en manos de aquel a quien
me refiero, la gloria de vengar la cólera divina[115]. Admírate, pues, ante lo
que voy a repetirte. Con Tito corrió en seguida a tomar venganza de la
apropian y los que se le oponen, considera cuántas virtudes la han hecho
digna de reverencia, desde el día en que Palanto murió para darle el
imperio. Tú sabes que aquel signo fijó su mansión en Alba por más de
trescientos años, hasta el día en que por él combatieron tres contra tres[112].
Sabes lo que hizo bajo siete reyes, desde el robo de las Sabinas hasta el
dolor de Lucrecia, conquistando los países circunvecinos. Sabes lo que hizo
llevado por los egregios romanos contra Breno, contra Pirro, contra otros
príncipes solos y coligados, por lo cual Torcuato, y Quintio que recibió un
sobrenombre por su descuidada cabellera[113], los Decios y los Fabios,
conquistaron un renombre que me complazco en admirar. El abatió el
orgullo de los árabes que tras de Aníbal pasaron las rocas alpestres de donde
tú, Po, te desprendes. A su sombra triunfaron, siendo aún muy jóvenes,
Escipión y Pompeyo; y su dominio pareció amargo a aquella colina bajo la
cual naciste[114]. Después, cerca del tiempo en que todo el cielo quiso
reducir el mundo al estado sereno de que es modelo, César tomó aquel
signo por la voluntad del pueblo romano; y lo que hizo desde el Var hasta el
Rhin, lo vieron el Isere y el Loira, y lo vió el Sena, y todos los ríos que
afluyen al Ródano. Lo que hizo cuando César salió de Ravena y pasó el
Rubicón fué con tan levantado vuelo, que no lo podrían seguir la lengua ni
la pluma. Hacia España dirigió sus tropas, después hacia Durazzo, y a
Farsalia hirió de tal modo, que hasta en las cálidas orillas del Nilo se sintió
el dolor. Volvió a ver a Antandro y al Simois de donde había salido, y el
sitio donde reposa Héctor; después se alejó de nuevo, con detrimento de
Tolomeo. Desde allí cayó como un rayo sobre Juba, y luego se dirigió hacia
vuestro Occidente, donde oía la trompa pompeyana. Lo que aquel signo
hizo en manos del que lo llevó en seguida lo ladran Bruto y Casio en el
Infierno; y de ello se lamentan Módena y Perusa. También llora la triste
Cleopatra, que, huyendo ante él, recibió de un áspid muerte cruel y súbita.
Con él corrió en seguida al mar Rojo; con él estableció en el mundo paz tan
grande que se cerró el templo de Jano. Pero lo que el signo de que hablo
había hecho antes, y lo que debía hacer después por el reino mortal que le
está sometido, es en la apariencia poco y obscuro, si con mirada clara y con
afecto puro se le considera después en manos del tercer César; porque la
viva justicia que me inspira le concedió, puesto en manos de aquel a quien
me refiero, la gloria de vengar la cólera divina[115]. Admírate, pues, ante lo
que voy a repetirte. Con Tito corrió en seguida a tomar venganza de la
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venganza del pecado antiguo. Cuando el diente lombardo mordió a la Santa
Iglesia, venciendo Carlo-Magno bajo sus alas, acudió a socorrerla. En
adelante puedes juzgar a los que he acusado más arriba y sus faltas, que son
la causa de todos vuestros males. El uno opone a la enseña común las
amarillas lises, y el otro se la apropia, no pensando más que en su partido,
de suerte que es difícil comprender cuál comete mayor falta. Lleven los
gibelinos, lleven a cabo sus empresas bajo otra enseña; que mal sigue ésta a
los que ponen un obstáculo entre ella y la justicia; y que este nuevo Carlos
no la abata con sus güelfos, pues debe temer las garras que a más feroces
leones arrancaron la piel. Muchas veces han tenido que llorar los hijos las
faltas de los padres; y no se crea que Dios cambie sus armas por las lises.
Esta pequeña estrella está poblada de buenos espíritus, que fueron activos
en la Tierra, para dejar en ella memoria de su honor y su fama; y cuando los
deseos se elevan hacia tales objetos desviándose del Cielo, es preciso que
los rayos del verdadero amor se eleven también con menos viveza; pero
nuestra beatitud consiste en la medida de las recompensas con nuestros
méritos, porque no la vemos mayor ni menor que éstos. La viva justicia
endulza, pues, de tal modo en nosotros el deseo, que nunca puede dirigirse
éste a ninguna malicia. Diversas voces despiden dulce armonía; así también
los diversos grados de gloria de nuestra vida producen una dulce armonía
entre estas esferas. Dentro de la presente margarita fulgura la luz de
Romeo[116], cuya hermosa y grande obra fué tan mal agradecida. Pero los
Provenzales que se declararon en contra suya no se han reído por mucho
tiempo; porque mal camina quien convierte en desgracia propia los
beneficios que ha recibido de otro. Raimundo Berenguer tuvo cuatro hijas;
todas fueron reinas, y esto lo hizo Romeo, persona humilde y errante
peregrino; pero después algunas palabras envidiosas movieron a aquél a
pedir cuentas a este justo, que le dió siete y cinco por diez, por lo cual
partió pobre y anciano; y si el mundo hubiera sabido cuál era su corazón al
mendigar pedazo a pedazo su vida, le ensalzaría más de lo que ahora le
ensalza.
Iglesia, venciendo Carlo-Magno bajo sus alas, acudió a socorrerla. En
adelante puedes juzgar a los que he acusado más arriba y sus faltas, que son
la causa de todos vuestros males. El uno opone a la enseña común las
amarillas lises, y el otro se la apropia, no pensando más que en su partido,
de suerte que es difícil comprender cuál comete mayor falta. Lleven los
gibelinos, lleven a cabo sus empresas bajo otra enseña; que mal sigue ésta a
los que ponen un obstáculo entre ella y la justicia; y que este nuevo Carlos
no la abata con sus güelfos, pues debe temer las garras que a más feroces
leones arrancaron la piel. Muchas veces han tenido que llorar los hijos las
faltas de los padres; y no se crea que Dios cambie sus armas por las lises.
Esta pequeña estrella está poblada de buenos espíritus, que fueron activos
en la Tierra, para dejar en ella memoria de su honor y su fama; y cuando los
deseos se elevan hacia tales objetos desviándose del Cielo, es preciso que
los rayos del verdadero amor se eleven también con menos viveza; pero
nuestra beatitud consiste en la medida de las recompensas con nuestros
méritos, porque no la vemos mayor ni menor que éstos. La viva justicia
endulza, pues, de tal modo en nosotros el deseo, que nunca puede dirigirse
éste a ninguna malicia. Diversas voces despiden dulce armonía; así también
los diversos grados de gloria de nuestra vida producen una dulce armonía
entre estas esferas. Dentro de la presente margarita fulgura la luz de
Romeo[116], cuya hermosa y grande obra fué tan mal agradecida. Pero los
Provenzales que se declararon en contra suya no se han reído por mucho
tiempo; porque mal camina quien convierte en desgracia propia los
beneficios que ha recibido de otro. Raimundo Berenguer tuvo cuatro hijas;
todas fueron reinas, y esto lo hizo Romeo, persona humilde y errante
peregrino; pero después algunas palabras envidiosas movieron a aquél a
pedir cuentas a este justo, que le dió siete y cinco por diez, por lo cual
partió pobre y anciano; y si el mundo hubiera sabido cuál era su corazón al
mendigar pedazo a pedazo su vida, le ensalzaría más de lo que ahora le
ensalza.
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CANTO SEPTIMO
LORIA a ti, Santo Dios de los Ejércitos, que esparces tu
claridad sobre los felices fuegos, esto es, sobre las almas
dichosas de este reino." Así oí que cantaba, volviéndose
hacia su esfera, aquella substancia, sobre la cual resplandece
un doble fulgor. Ella y las otras emprendieron su danza, y
cual centellas velocísimas se me ocultaron con su repentino
alejamiento. Yo dudaba y decía entre mí: "Dile, dile a mi
Dama que calme mi sed con sus dulces palabras." Pero aquel respeto que se
apodera completamente de mí tan sólo al oír B o ICE,[117] me hacía inclinar
la cabeza como un hombre que dormita. Beatriz no consintió que yo
estuviese así mucho tiempo; e irradiando sobre mí una sonrisa que haría
feliz a un hombre en el fuego, empezó a decirme:
—Según mi parecer infalible, estás pensando cómo fué justamente
castigada la justa venganza; pero yo despejaré en breve tu espíritu: escucha,
pues, que mis palabras te ofrecerán el dón de una gran verdad. Por no haber
soportado un útil freno a su voluntad aquel hombre que no nació[118], al
condenarse, condenó a toda su descendencia; por lo cual la especie humana
yació enferma por muchos siglos en medio de un grande error, hasta que el
LORIA a ti, Santo Dios de los Ejércitos, que esparces tu
claridad sobre los felices fuegos, esto es, sobre las almas
dichosas de este reino." Así oí que cantaba, volviéndose
hacia su esfera, aquella substancia, sobre la cual resplandece
un doble fulgor. Ella y las otras emprendieron su danza, y
cual centellas velocísimas se me ocultaron con su repentino
alejamiento. Yo dudaba y decía entre mí: "Dile, dile a mi
Dama que calme mi sed con sus dulces palabras." Pero aquel respeto que se
apodera completamente de mí tan sólo al oír B o ICE,[117] me hacía inclinar
la cabeza como un hombre que dormita. Beatriz no consintió que yo
estuviese así mucho tiempo; e irradiando sobre mí una sonrisa que haría
feliz a un hombre en el fuego, empezó a decirme:
—Según mi parecer infalible, estás pensando cómo fué justamente
castigada la justa venganza; pero yo despejaré en breve tu espíritu: escucha,
pues, que mis palabras te ofrecerán el dón de una gran verdad. Por no haber
soportado un útil freno a su voluntad aquel hombre que no nació[118], al
condenarse, condenó a toda su descendencia; por lo cual la especie humana
yació enferma por muchos siglos en medio de un grande error, hasta que el
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Verbo de Dios se dignó descender adonde, por un sólo acto de su eterno
amor, unió a sí en persona la naturaleza, que se había alejado de su Hacedor.
Ahora mira atentamente lo que digo: Esta naturaleza unida a su Hacedor, tal
cual fué creada, era sincera y buena; pero por sí misma fué desterrada del
Paraíso, porque se salió del camino de la verdad y de su vida. La pena,
pues, que la Cruz hizo sufrir a la naturaleza humana de Jesucristo, si se
mide por esa misma naturaleza, fué más justa que otra cualquiera; pero
tampoco hubo otra tan injusta, si se atiende a la Persona divina que la
sufrió, y a la que estaba unida aquella naturaleza. Por lo tanto, aquel hecho
produjo efectos diferentes; porque la misma muerte fué grata a Dios y a los
Judíos; por ella tembló la Tierra, y por ella se abrió el Cielo. No te debe ya
parecer tan incomprensible cuando te digan que un tribunal justo ha
castigado una justa venganza. Mas ahora veo tu mente comprimida, de idea
en idea, en un nudo, del que espera con ansia verse libre. Tú dices:
"Comprendo bien lo que oigo; pero no veo bien por qué Dios quisiera
valerse de este medio para nuestra redención." Este decreto, hermano, está
velado a los ojos de todo aquel cuyo espíritu no haya crecido en la llama de
la caridad. Y en efecto, como se examina mucho este punto, y se le
comprende poco, te diré por qué fué elegido aquel medio como el más
digno. La divina bondad, que rechaza de sí todo rencor, ardiendo en sí
misma centellea de tal modo, que hace brotar las bellezas eternas. Lo que
procede inmediatamente de ella sin otra cooperación no tiene fin; porque
nada hace cambiar su sello una vez impreso. Lo que sin cooperación
procede de ella es completamente libre, porque no está sujeto a la influencia
de las cosas secundarias; y cuanto más se le asemeja, más le place, pues el
amor divino que irradia sobre todo, se manifiesta con mayor brillo en lo que
se le parece más. La criatura humana disfruta la ventaja de todos estos
dones; pero si le falta uno solo, es preciso que decaiga su nobleza. Sólo el
pecado es el que le arrebata su libertad y su semejanza con el Sumo Bien;
por lo cual refleja muy poco su luz, y no vuelve a adquirir su dignidad, si no
llena de nuevo el vacío que dejó la culpa, expiando sus malos placeres por
medio de justas penas. Cuando vuestra naturaleza entera pecó en su germen,
se vió despojada de estas dignidades y lanzada del Paraíso, y no hubiera
podido recobrarlas (si lo examinas sutilmente) por ningún camino, sin pasar
por uno de estos vados: o porque Dios, en su bondad, perdonara el pecado,
o porque el hombre por sí mismo redimiera su falta. Fija ahora tus miradas
en el abismo del Consejo eterno, y está tan atento como puedas a mis
amor, unió a sí en persona la naturaleza, que se había alejado de su Hacedor.
Ahora mira atentamente lo que digo: Esta naturaleza unida a su Hacedor, tal
cual fué creada, era sincera y buena; pero por sí misma fué desterrada del
Paraíso, porque se salió del camino de la verdad y de su vida. La pena,
pues, que la Cruz hizo sufrir a la naturaleza humana de Jesucristo, si se
mide por esa misma naturaleza, fué más justa que otra cualquiera; pero
tampoco hubo otra tan injusta, si se atiende a la Persona divina que la
sufrió, y a la que estaba unida aquella naturaleza. Por lo tanto, aquel hecho
produjo efectos diferentes; porque la misma muerte fué grata a Dios y a los
Judíos; por ella tembló la Tierra, y por ella se abrió el Cielo. No te debe ya
parecer tan incomprensible cuando te digan que un tribunal justo ha
castigado una justa venganza. Mas ahora veo tu mente comprimida, de idea
en idea, en un nudo, del que espera con ansia verse libre. Tú dices:
"Comprendo bien lo que oigo; pero no veo bien por qué Dios quisiera
valerse de este medio para nuestra redención." Este decreto, hermano, está
velado a los ojos de todo aquel cuyo espíritu no haya crecido en la llama de
la caridad. Y en efecto, como se examina mucho este punto, y se le
comprende poco, te diré por qué fué elegido aquel medio como el más
digno. La divina bondad, que rechaza de sí todo rencor, ardiendo en sí
misma centellea de tal modo, que hace brotar las bellezas eternas. Lo que
procede inmediatamente de ella sin otra cooperación no tiene fin; porque
nada hace cambiar su sello una vez impreso. Lo que sin cooperación
procede de ella es completamente libre, porque no está sujeto a la influencia
de las cosas secundarias; y cuanto más se le asemeja, más le place, pues el
amor divino que irradia sobre todo, se manifiesta con mayor brillo en lo que
se le parece más. La criatura humana disfruta la ventaja de todos estos
dones; pero si le falta uno solo, es preciso que decaiga su nobleza. Sólo el
pecado es el que le arrebata su libertad y su semejanza con el Sumo Bien;
por lo cual refleja muy poco su luz, y no vuelve a adquirir su dignidad, si no
llena de nuevo el vacío que dejó la culpa, expiando sus malos placeres por
medio de justas penas. Cuando vuestra naturaleza entera pecó en su germen,
se vió despojada de estas dignidades y lanzada del Paraíso, y no hubiera
podido recobrarlas (si lo examinas sutilmente) por ningún camino, sin pasar
por uno de estos vados: o porque Dios, en su bondad, perdonara el pecado,
o porque el hombre por sí mismo redimiera su falta. Fija ahora tus miradas
en el abismo del Consejo eterno, y está tan atento como puedas a mis
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palabras. El hombre no podía jamás, en sus límites naturales, dar
satisfacción, por no poder después humillarse con su obediencia tanto
cuanto pretendió elevarse con su desobediencia; y esta es la causa porque el
hombre fué exceptuado de poder dar satisfacción por sí mismo. Era preciso,
pues, que Dios condujera al hombre a la vida sempiterna por sus propias
vías, bien por una, o bien por ambas. Pero, como la obra es tanto más grata
al obrero, cuanto más representa la bondad del corazón de donde ha salido,
la divina bondad, que imprime al mundo su imagen, se regocijó de proceder
por todas sus vías para elevaros hasta ella. Entro el primer día y la última
noche no hubo ni habrá jamás un procedimiento tan sublime y magnífico,
de cualquier modo que se le considere; porque al entregarse Dios a sí
mismo, haciendo al hombre apto para levantarse de su caída, fué más liberal
que si le hubiese perdonado por su clemencia; y todos los demás medios
eran insuficientes ante la justicia, si el Hijo de Dios no se hubiera humillado
hasta encarnarse. Ahora, para colmar bien todos tus deseos, vuelvo atrás, a
fin de aclararte algún punto de modo que lo veas como yo. Tú dices: "Yo
veo el aire, veo el fuego, el agua, la tierra y todas sus mezclas llegar a
corromperse y durar poco; y estas cosas, sin embargo, fueron creadas: ahora
bien, si lo que has dicho es cierto, deberían estar al abrigo de la
corrupción." Los ángeles, hermano, y el país libre y puro en que estás,
pueden decirse creados tales como son, en su eterno sér; pero los elementos
que has nombrado, y aquellas cosas que de ellos se componen, tienen su
forma de una potencia creada. Creada fué la materia de que están hechos:
creada fué la virtud generatriz de las formas en estas estrellas que giran en
torno suyo. El rayo y el movimiento de las santas luces sacan de la
complexión potencial el alma de todos los brutos y plantas; pero vuestra
vida aspira directamente la divina bondad, la cual la enamora de sí de modo
que siempre la desea. De aquí puedes deducir aún vuestra resurrección, si
reflexionas cómo fué creada la carne humana, cuando fueron creados los
primeros padres.
satisfacción, por no poder después humillarse con su obediencia tanto
cuanto pretendió elevarse con su desobediencia; y esta es la causa porque el
hombre fué exceptuado de poder dar satisfacción por sí mismo. Era preciso,
pues, que Dios condujera al hombre a la vida sempiterna por sus propias
vías, bien por una, o bien por ambas. Pero, como la obra es tanto más grata
al obrero, cuanto más representa la bondad del corazón de donde ha salido,
la divina bondad, que imprime al mundo su imagen, se regocijó de proceder
por todas sus vías para elevaros hasta ella. Entro el primer día y la última
noche no hubo ni habrá jamás un procedimiento tan sublime y magnífico,
de cualquier modo que se le considere; porque al entregarse Dios a sí
mismo, haciendo al hombre apto para levantarse de su caída, fué más liberal
que si le hubiese perdonado por su clemencia; y todos los demás medios
eran insuficientes ante la justicia, si el Hijo de Dios no se hubiera humillado
hasta encarnarse. Ahora, para colmar bien todos tus deseos, vuelvo atrás, a
fin de aclararte algún punto de modo que lo veas como yo. Tú dices: "Yo
veo el aire, veo el fuego, el agua, la tierra y todas sus mezclas llegar a
corromperse y durar poco; y estas cosas, sin embargo, fueron creadas: ahora
bien, si lo que has dicho es cierto, deberían estar al abrigo de la
corrupción." Los ángeles, hermano, y el país libre y puro en que estás,
pueden decirse creados tales como son, en su eterno sér; pero los elementos
que has nombrado, y aquellas cosas que de ellos se componen, tienen su
forma de una potencia creada. Creada fué la materia de que están hechos:
creada fué la virtud generatriz de las formas en estas estrellas que giran en
torno suyo. El rayo y el movimiento de las santas luces sacan de la
complexión potencial el alma de todos los brutos y plantas; pero vuestra
vida aspira directamente la divina bondad, la cual la enamora de sí de modo
que siempre la desea. De aquí puedes deducir aún vuestra resurrección, si
reflexionas cómo fué creada la carne humana, cuando fueron creados los
primeros padres.
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CANTO OCTAVO
OLIA creer el mundo en su peligro, que de los rayos de la
bella Ciprina, que gira en el tercer epiciclo, emanaba el loco
amor: por esto las naciones antiguas, en su antiguo error, no
solamente la honraban por medio de sacrificios y de ruegos
votivos, sino que también honraban a Dione y a Cupido, a
aquélla como madre, y a éste como hijo suyo, de quien
decían que estaba sentado en el regazo de Dido. Y de ésta
que he citado al empezar mi canto dieron nombre a la estrella que el Sol
mira placentero, ya contemplando sus pestañas, ya su cabellera[119].
Yo no advertí mi ascensión a ella; pero me cercioré de que estaba en su
interior, cuando vi a mi Dama adquirir más hermosura. Y así como se ve la
chispa en la llama, y se distinguen dos voces entre sí, cuando la una
sostiene una nota y la otra ejecuta varias modulaciones, del mismo modo vi
en aquella luz otros resplandores que se movían en círculo más o menos
ágiles, con arreglo, según creo, a sus dichosas visiones eternas. De fría nube
no salieron jamás, visibles o invisibles, vientos tan veloces, que no
parecieran entorpecidos y lentos a quien hubiese visto llegar hasta nosotros
aquellos divinos fulgores, dejando la órbita comenzada antes en el Cielo de
los serafines. Y dentro de los que se nos aparecieron delante resonaba
OLIA creer el mundo en su peligro, que de los rayos de la
bella Ciprina, que gira en el tercer epiciclo, emanaba el loco
amor: por esto las naciones antiguas, en su antiguo error, no
solamente la honraban por medio de sacrificios y de ruegos
votivos, sino que también honraban a Dione y a Cupido, a
aquélla como madre, y a éste como hijo suyo, de quien
decían que estaba sentado en el regazo de Dido. Y de ésta
que he citado al empezar mi canto dieron nombre a la estrella que el Sol
mira placentero, ya contemplando sus pestañas, ya su cabellera[119].
Yo no advertí mi ascensión a ella; pero me cercioré de que estaba en su
interior, cuando vi a mi Dama adquirir más hermosura. Y así como se ve la
chispa en la llama, y se distinguen dos voces entre sí, cuando la una
sostiene una nota y la otra ejecuta varias modulaciones, del mismo modo vi
en aquella luz otros resplandores que se movían en círculo más o menos
ágiles, con arreglo, según creo, a sus dichosas visiones eternas. De fría nube
no salieron jamás, visibles o invisibles, vientos tan veloces, que no
parecieran entorpecidos y lentos a quien hubiese visto llegar hasta nosotros
aquellos divinos fulgores, dejando la órbita comenzada antes en el Cielo de
los serafines. Y dentro de los que se nos aparecieron delante resonaba
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"Hosanna," tan dulce que nunca me ha abandonado el deseo de volverlo a
oír. Entonces se acercó uno de ellos a nosotros, y empezó a decir solo:
—Todos estamos prontos en tu obsequio, para que te regocijes en nosotros.
Todos giramos con los príncipes celestiales dentro de la misma órbita, con
el mismo movimiento circular y con idéntico deseo que aquellos de quienes
has dicho ya en el mundo: "Vosotros que movéis el tercer cielo con vuestra
inteligencia"[120], y estamos tan llenos de amor, que por agradarte, no nos
será menos dulce un momento de reposo.
Después que mis ojos se fijaron reverentes en mi Dama, y que ella les dió la
seguridad de su contentamiento, los volví hacia la resplandeciente alma que
tanto se me había ofrecido, y:
—Di, ¿quién fuiste?—fué mi respuesta, impregnada del mayor afecto.
¡Oh, cuánto más brillante y bella se volvió cuando le hablé, a causa del
nuevo gozo que acrecentó sus alegrías! Embellecida de este modo, me dijo:
—Poco tiempo me tuvo allá abajo el mundo[121]: si yo hubiera permanecido
más en él, no habrían sucedido muchos de los males que allí suceden. La
alegría que despide en torno mío estos fulgores, me cubre como al gusano
su capullo, y me oculta a tus ojos. Tú me has amado mucho, y tuviste
motivo para ello; porque si yo hubiera estado allá abajo más tiempo, te
habría dado en prueba de mi amor algo más que las hojas. Aquella ribera
izquierda, que baña el Ródano después de haberse unido con el Sorgues, me
esperaba, andando el tiempo, para recibirme por su señor; así como también
aquella punta de la Ausonia que comprende los pueblos de Bari, Gaeta y
Crotona, desde donde el Tronto y el Verde desembocan en el mar. Brillaba
ya en mi frente la corona de aquella tierra que riega el Danubio después de
abandonar las riberas tudescas; y la bella Trinacria, que entre los
promontorios Pachino y Peloro, sobre el golfo que el Euro azota con más
violencia, se cubre de humo caliginoso, no a causa de Tifeo, sino por el
azufre que se exhala de su suelo, habría esperado aún sus reyes nacidos por
mí de Carlos y de Rodolfo, si el mal gobierno que rebela siempre a los
pueblos sumisos, no hubiese excitado a Palermo a gritar: "¡Muera! ¡muera!"
Y si mi hermano hubiera previsto esto, huiría ya la avara pobreza de
Cataluña para no ofender a aquellos pueblos. Necesita, en verdad, proveer
por sí mismo o por otros, a fin de que su barca no tenga más carga de la que
oír. Entonces se acercó uno de ellos a nosotros, y empezó a decir solo:
—Todos estamos prontos en tu obsequio, para que te regocijes en nosotros.
Todos giramos con los príncipes celestiales dentro de la misma órbita, con
el mismo movimiento circular y con idéntico deseo que aquellos de quienes
has dicho ya en el mundo: "Vosotros que movéis el tercer cielo con vuestra
inteligencia"[120], y estamos tan llenos de amor, que por agradarte, no nos
será menos dulce un momento de reposo.
Después que mis ojos se fijaron reverentes en mi Dama, y que ella les dió la
seguridad de su contentamiento, los volví hacia la resplandeciente alma que
tanto se me había ofrecido, y:
—Di, ¿quién fuiste?—fué mi respuesta, impregnada del mayor afecto.
¡Oh, cuánto más brillante y bella se volvió cuando le hablé, a causa del
nuevo gozo que acrecentó sus alegrías! Embellecida de este modo, me dijo:
—Poco tiempo me tuvo allá abajo el mundo[121]: si yo hubiera permanecido
más en él, no habrían sucedido muchos de los males que allí suceden. La
alegría que despide en torno mío estos fulgores, me cubre como al gusano
su capullo, y me oculta a tus ojos. Tú me has amado mucho, y tuviste
motivo para ello; porque si yo hubiera estado allá abajo más tiempo, te
habría dado en prueba de mi amor algo más que las hojas. Aquella ribera
izquierda, que baña el Ródano después de haberse unido con el Sorgues, me
esperaba, andando el tiempo, para recibirme por su señor; así como también
aquella punta de la Ausonia que comprende los pueblos de Bari, Gaeta y
Crotona, desde donde el Tronto y el Verde desembocan en el mar. Brillaba
ya en mi frente la corona de aquella tierra que riega el Danubio después de
abandonar las riberas tudescas; y la bella Trinacria, que entre los
promontorios Pachino y Peloro, sobre el golfo que el Euro azota con más
violencia, se cubre de humo caliginoso, no a causa de Tifeo, sino por el
azufre que se exhala de su suelo, habría esperado aún sus reyes nacidos por
mí de Carlos y de Rodolfo, si el mal gobierno que rebela siempre a los
pueblos sumisos, no hubiese excitado a Palermo a gritar: "¡Muera! ¡muera!"
Y si mi hermano hubiera previsto esto, huiría ya la avara pobreza de
Cataluña para no ofender a aquellos pueblos. Necesita, en verdad, proveer
por sí mismo o por otros, a fin de que su barca no tenga más carga de la que
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pueda soportar. Su índole, que de liberal se ha hecho avara, necesitaría
ministros que no se cuidasen sólo de llenar sus arcas.
—El gran contento que me infunden tus palabras, ¡oh señor mío!, me es
mucho más grato al considerar que aquí, donde está el principio y el fin de
todo bien, lo ves como yo lo veo; y también gozo pensando que en
presencia de Dios conoces mi felicidad. Ya que me has dado esta alegría,
aclárame (pues hablando me has hecho dudar) cómo de una semilla dulce
puede salir un fruto amargo.
Esto le dije, y él me contestó:
—Si puedo demostrarte una verdad, volverás el rostro a lo que preguntas,
como ahora le vuelves la espalda. El Bien que da movimiento y alegría a
todo el reino por donde asciendes, hace que su providencia sea virtud
influyente de estos grandes cuerpos; y en la Mente perfecta por sí misma,
no sólo se ha provisto a la naturaleza de cada cosa, sino también a la
conservación y estabilidad de todas juntas: por lo cual, todo cuanto
desciende disparando de este arco, va dispuesto hacia un fin determinado,
como la flecha se dirige al blanco. Si esto no fuese así, el cielo sobre que
caminas produciría sus efectos de tal modo, que no serían obras de arte,
sino ruinas; y eso no puede ser, a no admitir que son defectuosas las
inteligencias que mueven estos astros, y defectuoso también el Sér primero,
que no las hizo perfectas. ¿Quieres que te aclare más esta verdad?
—No es menester—contesté—; pues considero imposible que la naturaleza
llegue a faltar en aquello que es necesario.
El Alma continuó:
—Dime, pues: ¿sería peor la existencia del hombre en la Tierra, si no
viviera en sociedad?
—Sí—repuse—; y no pregunto la razón de eso.
—¿Y puede ser tal cosa, si allá abajo no vive cada cual de diferente modo
por la diversidad de oficios? No puede ser, si vuestro maestro escribió la
verdad.
ministros que no se cuidasen sólo de llenar sus arcas.
—El gran contento que me infunden tus palabras, ¡oh señor mío!, me es
mucho más grato al considerar que aquí, donde está el principio y el fin de
todo bien, lo ves como yo lo veo; y también gozo pensando que en
presencia de Dios conoces mi felicidad. Ya que me has dado esta alegría,
aclárame (pues hablando me has hecho dudar) cómo de una semilla dulce
puede salir un fruto amargo.
Esto le dije, y él me contestó:
—Si puedo demostrarte una verdad, volverás el rostro a lo que preguntas,
como ahora le vuelves la espalda. El Bien que da movimiento y alegría a
todo el reino por donde asciendes, hace que su providencia sea virtud
influyente de estos grandes cuerpos; y en la Mente perfecta por sí misma,
no sólo se ha provisto a la naturaleza de cada cosa, sino también a la
conservación y estabilidad de todas juntas: por lo cual, todo cuanto
desciende disparando de este arco, va dispuesto hacia un fin determinado,
como la flecha se dirige al blanco. Si esto no fuese así, el cielo sobre que
caminas produciría sus efectos de tal modo, que no serían obras de arte,
sino ruinas; y eso no puede ser, a no admitir que son defectuosas las
inteligencias que mueven estos astros, y defectuoso también el Sér primero,
que no las hizo perfectas. ¿Quieres que te aclare más esta verdad?
—No es menester—contesté—; pues considero imposible que la naturaleza
llegue a faltar en aquello que es necesario.
El Alma continuó:
—Dime, pues: ¿sería peor la existencia del hombre en la Tierra, si no
viviera en sociedad?
—Sí—repuse—; y no pregunto la razón de eso.
—¿Y puede ser tal cosa, si allá abajo no vive cada cual de diferente modo
por la diversidad de oficios? No puede ser, si vuestro maestro escribió la
verdad.
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Así, procediendo de una en otra deducción, llegó a ésta; y después
concluyó:
—Luego es preciso que sean diversas las raíces de vuestras aptitudes; por lo
cual uno nace Solón y otro Jerjes, uno Melquisedec y otro aquel que perdió
a su hijo, al volar éste por el aire.[122] La influencia de los círculos celestes,
que imprime su sello a la cera mortal, hace bien su oficio; pero no distingue
una morada de otra. De aquí proviene que Esaú se aparte de Jacob desde el
vientre materno, y que Quirino descienda de un padre tan vil, que se
atribuye su origen a Marte. La naturaleza engendrada sería siempre
semejante a la naturaleza que engendra, si la Providencia divina no
predominase. Ahora tienes ya delante lo que antes detrás; mas para que
sepas que me complazco en instruirte, quiero proveerte aún de un corolario.
La naturaleza es siempre estéril, si la fortuna le es contraria, como toda
simiente esparcida fuera del clima que le conviene. Y si el mundo allá abajo
se apoyara en los cimientos que pone la naturaleza, habría por cierto
mejores habitantes en él; pero vosotros destináis para el templo al que nació
para ceñir la espada, y hacéis rey al que debía ser predicador: así es que
vuestros pasos se separan siempre del camino recto.
concluyó:
—Luego es preciso que sean diversas las raíces de vuestras aptitudes; por lo
cual uno nace Solón y otro Jerjes, uno Melquisedec y otro aquel que perdió
a su hijo, al volar éste por el aire.[122] La influencia de los círculos celestes,
que imprime su sello a la cera mortal, hace bien su oficio; pero no distingue
una morada de otra. De aquí proviene que Esaú se aparte de Jacob desde el
vientre materno, y que Quirino descienda de un padre tan vil, que se
atribuye su origen a Marte. La naturaleza engendrada sería siempre
semejante a la naturaleza que engendra, si la Providencia divina no
predominase. Ahora tienes ya delante lo que antes detrás; mas para que
sepas que me complazco en instruirte, quiero proveerte aún de un corolario.
La naturaleza es siempre estéril, si la fortuna le es contraria, como toda
simiente esparcida fuera del clima que le conviene. Y si el mundo allá abajo
se apoyara en los cimientos que pone la naturaleza, habría por cierto
mejores habitantes en él; pero vosotros destináis para el templo al que nació
para ceñir la espada, y hacéis rey al que debía ser predicador: así es que
vuestros pasos se separan siempre del camino recto.
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CANTO NONO
UANDO tu Carlos, hermosa Clemencia, hubo aclarado mis
dudas, me refirió los fraudes de que había de ser víctima su
descendencia, pero añadió: "Calla, y deja transcurrir los
años." Así es que yo no puedo decir más, sino que tras de
vuestros daños vendrá el llanto originado por un justo
castigo.
La santa y viva luz se había vuelto ya hacia el Sol que la inunda, como
hacia el bien que a todo alcanza. ¡Oh almas engañadas, locas e impías, que
apartáis vuestros corazones de semejante bien, dirigiendo hacia la vanidad
vuestros pensamientos! He aquí que otro de aquellos esplendores se dirigió
hacia mí, expresando, con la claridad que esparcía, su deseo de
complacerme. Los ojos de Beatriz, que estaban fijos en mí, como antes, me
aseguraron del dulce asentimiento que daba a mi deseo.
—¡Oh espíritu bienaventurado!—dije—; satisface cuanto antes mi anhelo, y
pruébame que lo que pienso puede reflejarse en ti.
Entonces la luz, a quien aún no conocía, desde su interior donde antes
cantaba, respondió a mis palabras como quien se complace en ser cortés con
UANDO tu Carlos, hermosa Clemencia, hubo aclarado mis
dudas, me refirió los fraudes de que había de ser víctima su
descendencia, pero añadió: "Calla, y deja transcurrir los
años." Así es que yo no puedo decir más, sino que tras de
vuestros daños vendrá el llanto originado por un justo
castigo.
La santa y viva luz se había vuelto ya hacia el Sol que la inunda, como
hacia el bien que a todo alcanza. ¡Oh almas engañadas, locas e impías, que
apartáis vuestros corazones de semejante bien, dirigiendo hacia la vanidad
vuestros pensamientos! He aquí que otro de aquellos esplendores se dirigió
hacia mí, expresando, con la claridad que esparcía, su deseo de
complacerme. Los ojos de Beatriz, que estaban fijos en mí, como antes, me
aseguraron del dulce asentimiento que daba a mi deseo.
—¡Oh espíritu bienaventurado!—dije—; satisface cuanto antes mi anhelo, y
pruébame que lo que pienso puede reflejarse en ti.
Entonces la luz, a quien aún no conocía, desde su interior donde antes
cantaba, respondió a mis palabras como quien se complace en ser cortés con
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otro:
—En aquella parte de la depravada tierra de Italia que está situada entre
Rialto y las fuentes del Brenta y del Piava, se eleva una colina no muy alta,
de donde descendió una llamarada que causó un gran desastre en toda la
comarca. Ella y yo salimos de la misma raíz: Cunizza fué llamada; y aquí
brillo, porque me venció la luz de esta estrella; pero con alegría me perdono
a mí misma la causa de mi muerte, y no me pesa, lo cual quizá parecerá
difícil de comprender a vuestro vulgo. Esta alma próxima a mí, que es una
espléndida y preciosa joya de nuestro cielo, dejó en la Tierra una gran fama;
y antes que su gloria se pierda, este centésimo año se quintuplicará. Ya ves
si el hombre debe hacerse ilustre a fin de que su primera vida deje sobre la
tierra una segunda. Esto es lo que no piensa la turba presente que habita
entre el Tagliamento y el Adigio, sin que le sirvan de escarmiento los males
de que es víctima. Pero pronto sucederá que Padua y sus habitantes, por ser
obstinados contra el deber, enrojecerán el agua de la laguna que baña a
Vicenza, y allí donde el Sile y el Cagnano se unen hay quien domina y va
con la cabeza erguida,[123] cuando ya se componen las redes que han de
cogerle. También llorará Feltro la felonía de su impío pastor, que será tal,
que ninguno por otra semejante ha sido encerrado en Malta. Será necesario
un recipiente muy ancho para recibir la sangre ferraresa, y cansado quedará
el que quiera pesar onza a onza la que derramará tan cortés sacerdote por
mostrarse hombre de partido, siendo por otra parte tales dones conformes a
las costumbres de tal país. Allá arriba hay unos espejos, que vosotros
llamáis Tronos, de donde se reflejan hasta nosotros los juicios de Dios; así
es que tenemos por buenas y verídicas nuestras palabras.
Al llegar aquí, el alma guardó silencio, y habiéndose vuelto a colocar en la
órbita como estaba anteriormente, me dió a conocer que no pensaba ya en
mí. La otra alma dichosa, a quien ya conocía, se me presentó tan
resplandeciente como una piedra preciosa herida por los rayos del Sol. Allá
arriba la alegría produce un vivo esplendor, como entre nosotros produce la
risa; pero en el Infierno la sombra de los condenados se obscurece cada vez
más, a medida que se entristece su espíritu.
—Dios lo ve todo, y tu vista se identifica en El—exclamé—, ¡oh feliz
espíritu!, de suerte que ningún deseo puede ocultarse a ti. Así, pues, ¿por
qué tu voz, que deleita siempre al Cielo con el canto de aquellas llamas
—En aquella parte de la depravada tierra de Italia que está situada entre
Rialto y las fuentes del Brenta y del Piava, se eleva una colina no muy alta,
de donde descendió una llamarada que causó un gran desastre en toda la
comarca. Ella y yo salimos de la misma raíz: Cunizza fué llamada; y aquí
brillo, porque me venció la luz de esta estrella; pero con alegría me perdono
a mí misma la causa de mi muerte, y no me pesa, lo cual quizá parecerá
difícil de comprender a vuestro vulgo. Esta alma próxima a mí, que es una
espléndida y preciosa joya de nuestro cielo, dejó en la Tierra una gran fama;
y antes que su gloria se pierda, este centésimo año se quintuplicará. Ya ves
si el hombre debe hacerse ilustre a fin de que su primera vida deje sobre la
tierra una segunda. Esto es lo que no piensa la turba presente que habita
entre el Tagliamento y el Adigio, sin que le sirvan de escarmiento los males
de que es víctima. Pero pronto sucederá que Padua y sus habitantes, por ser
obstinados contra el deber, enrojecerán el agua de la laguna que baña a
Vicenza, y allí donde el Sile y el Cagnano se unen hay quien domina y va
con la cabeza erguida,[123] cuando ya se componen las redes que han de
cogerle. También llorará Feltro la felonía de su impío pastor, que será tal,
que ninguno por otra semejante ha sido encerrado en Malta. Será necesario
un recipiente muy ancho para recibir la sangre ferraresa, y cansado quedará
el que quiera pesar onza a onza la que derramará tan cortés sacerdote por
mostrarse hombre de partido, siendo por otra parte tales dones conformes a
las costumbres de tal país. Allá arriba hay unos espejos, que vosotros
llamáis Tronos, de donde se reflejan hasta nosotros los juicios de Dios; así
es que tenemos por buenas y verídicas nuestras palabras.
Al llegar aquí, el alma guardó silencio, y habiéndose vuelto a colocar en la
órbita como estaba anteriormente, me dió a conocer que no pensaba ya en
mí. La otra alma dichosa, a quien ya conocía, se me presentó tan
resplandeciente como una piedra preciosa herida por los rayos del Sol. Allá
arriba la alegría produce un vivo esplendor, como entre nosotros produce la
risa; pero en el Infierno la sombra de los condenados se obscurece cada vez
más, a medida que se entristece su espíritu.
—Dios lo ve todo, y tu vista se identifica en El—exclamé—, ¡oh feliz
espíritu!, de suerte que ningún deseo puede ocultarse a ti. Así, pues, ¿por
qué tu voz, que deleita siempre al Cielo con el canto de aquellas llamas
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piadosas que se forman una ancha vestidura con sus seis alas, no satisface
mis deseos? No esperaría yo por cierto tus preguntas, si viera en tu interior
como tú ves en el mío.
Entonces contestó con estas palabras:
—El mayor valle en que se vierten las aguas, después de aquel mar que
circunda la Tierra, se aleja tanto contra el curso del Sol entre las desacordes
playas, que aquel círculo que antes era su horizonte se convierte en
meridiano. Yo fuí uno de los ribereños de aquel valle, entre el Ebro y el
Macra, que por un corto trecho separa el genovés del toscano. Casi a la
misma distancia a Oriente y Occidente se asienta Bugia y la tierra de donde
fuí, en cuyo puerto se vertió un día la sangre de sus habitantes.[124] Folco
me llamó aquella gente, que conocía mi nombre, y este cielo recibe mi luz,
como recibí yo su influjo amoroso; pues en tanto que me lo permitió la
edad, no ardieron cual yo en aquel fuego la hija de Belo, causando enojos a
Siqueo y a Creusa; ni aquella Rodopea que fué abandonada por Demofón,
ni Alcides cuando tuvo a Iole encerrada en su pecho. Aquí empero no hay
arrepentimiento, sino regocijo; no de las culpas, que jamás vuelven a la
memoria, sino de la sabiduría que ordenó este cielo y provee sus influjos.
Aquí se contempla el arte que adorna y embellece tantas cosas creadas, y se
descubre el bien por el cual el mundo de arriba obra directamente sobre el
de abajo. Mas a fin de que queden satisfechos todos los deseos que te han
nacido en esta esfera, es preciso que lleve más adelante mis instrucciones.
Tú quieres saber quién está en esa luz que centellea cerca de mí, como un
rayo de Sol en el agua pura y cristalina. Sabe, pues, que en su interior es
dichosa Rahab, y unida a nuestro coro, brilla en él con el esplendor más
eminente. Ascendió a este cielo, en el que termina la sombra que proyecta
vuestro mundo, antes que ninguna otra alma se viese libre por el triunfo de
Cristo. Era justo dejarla en algún cielo como trofeo de la alta victoria que El
alcanzó con ambas palmas; porque aquella mujer favoreció las primeras
hazañas de Josué en la Tierra Santa, que tan poco excita la memoria del
Papa. Tu ciudad, que debió su origen a aquel que fué el primero en volver
las espaldas a su Hacedor y cuya envidia ocasionó tantas lágrimas, produce
y esparce las malditas flores, que han descarriado a las ovejas y los
corderos, porque han convertido en lobo al pastor. Por eso están
abandonados el Evangelio y los grandes doctores, y tan sólo se estudian las
Decretales, según lo indica lo usado de sus márgenes. A eso se dedican el
mis deseos? No esperaría yo por cierto tus preguntas, si viera en tu interior
como tú ves en el mío.
Entonces contestó con estas palabras:
—El mayor valle en que se vierten las aguas, después de aquel mar que
circunda la Tierra, se aleja tanto contra el curso del Sol entre las desacordes
playas, que aquel círculo que antes era su horizonte se convierte en
meridiano. Yo fuí uno de los ribereños de aquel valle, entre el Ebro y el
Macra, que por un corto trecho separa el genovés del toscano. Casi a la
misma distancia a Oriente y Occidente se asienta Bugia y la tierra de donde
fuí, en cuyo puerto se vertió un día la sangre de sus habitantes.[124] Folco
me llamó aquella gente, que conocía mi nombre, y este cielo recibe mi luz,
como recibí yo su influjo amoroso; pues en tanto que me lo permitió la
edad, no ardieron cual yo en aquel fuego la hija de Belo, causando enojos a
Siqueo y a Creusa; ni aquella Rodopea que fué abandonada por Demofón,
ni Alcides cuando tuvo a Iole encerrada en su pecho. Aquí empero no hay
arrepentimiento, sino regocijo; no de las culpas, que jamás vuelven a la
memoria, sino de la sabiduría que ordenó este cielo y provee sus influjos.
Aquí se contempla el arte que adorna y embellece tantas cosas creadas, y se
descubre el bien por el cual el mundo de arriba obra directamente sobre el
de abajo. Mas a fin de que queden satisfechos todos los deseos que te han
nacido en esta esfera, es preciso que lleve más adelante mis instrucciones.
Tú quieres saber quién está en esa luz que centellea cerca de mí, como un
rayo de Sol en el agua pura y cristalina. Sabe, pues, que en su interior es
dichosa Rahab, y unida a nuestro coro, brilla en él con el esplendor más
eminente. Ascendió a este cielo, en el que termina la sombra que proyecta
vuestro mundo, antes que ninguna otra alma se viese libre por el triunfo de
Cristo. Era justo dejarla en algún cielo como trofeo de la alta victoria que El
alcanzó con ambas palmas; porque aquella mujer favoreció las primeras
hazañas de Josué en la Tierra Santa, que tan poco excita la memoria del
Papa. Tu ciudad, que debió su origen a aquel que fué el primero en volver
las espaldas a su Hacedor y cuya envidia ocasionó tantas lágrimas, produce
y esparce las malditas flores, que han descarriado a las ovejas y los
corderos, porque han convertido en lobo al pastor. Por eso están
abandonados el Evangelio y los grandes doctores, y tan sólo se estudian las
Decretales, según lo indica lo usado de sus márgenes. A eso se dedican el
Page 326
Papa y los cardenales: sus pensamientos no llegan a Nazareth, allí donde
Gabriel abrió las alas; pero el Vaticano y demás sitios elegidos de Roma,
que han sido el cementerio de la milicia que siguió a Pedro, pronto se verán
libres del adulterio.
Gabriel abrió las alas; pero el Vaticano y demás sitios elegidos de Roma,
que han sido el cementerio de la milicia que siguió a Pedro, pronto se verán
libres del adulterio.
Page 327
CANTO DECIMO
L inefable poder primero, juntamente con su hijo y con el
amor que de uno y otro eternamente procede, hizo con tanto
orden todo cuanto concibe la inteligencia y ven los ojos, que
no es posible a nadie contemplarlo sin gustar de sus bellezas.
Eleva, pues, lector, conmigo tus ojos hacia las altas esferas,
por aquella parte en que un movimiento se encuentra con
otro, y empieza a recrearte en la obra de aquel Maestro, que la ama tanto en
su interior, que jamás separa de ella sus miradas. Observa cómo desde allí
se desvía el círculo oblicuo, conductor de los planetas, para satisfacer al
mundo que le llama. Y si el camino de aquéllos no fuese inclinado, más de
una influencia en el cielo sería vana, y como muerta aquí abajo toda
potencia. Y si al girar se alejaran más o menos de la línea recta, dejaría
mucho que desear arriba y abajo el orden del mundo. Ahora, lector,
permanece tranquilo en tu asiento, meditando acerca de estas cosas que aquí
sólo se bosquejan, si quieres que te causen mayor deleite antes que tedio. Te
he puesto delante el alimento; tómalo ya por ti mismo, porque el asunto de
que escribo reclama para sí todos mis cuidados.
El mayor ministro de la naturaleza, que imprime en el mundo la virtud del
Cielo y mide el tiempo con su luz, giraba, juntamente con aquella parte de
L inefable poder primero, juntamente con su hijo y con el
amor que de uno y otro eternamente procede, hizo con tanto
orden todo cuanto concibe la inteligencia y ven los ojos, que
no es posible a nadie contemplarlo sin gustar de sus bellezas.
Eleva, pues, lector, conmigo tus ojos hacia las altas esferas,
por aquella parte en que un movimiento se encuentra con
otro, y empieza a recrearte en la obra de aquel Maestro, que la ama tanto en
su interior, que jamás separa de ella sus miradas. Observa cómo desde allí
se desvía el círculo oblicuo, conductor de los planetas, para satisfacer al
mundo que le llama. Y si el camino de aquéllos no fuese inclinado, más de
una influencia en el cielo sería vana, y como muerta aquí abajo toda
potencia. Y si al girar se alejaran más o menos de la línea recta, dejaría
mucho que desear arriba y abajo el orden del mundo. Ahora, lector,
permanece tranquilo en tu asiento, meditando acerca de estas cosas que aquí
sólo se bosquejan, si quieres que te causen mayor deleite antes que tedio. Te
he puesto delante el alimento; tómalo ya por ti mismo, porque el asunto de
que escribo reclama para sí todos mis cuidados.
El mayor ministro de la naturaleza, que imprime en el mundo la virtud del
Cielo y mide el tiempo con su luz, giraba, juntamente con aquella parte de
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que te he hablado antes, por las espirales en que cada día se nos presenta
más temprano. Yo estaba en él, sin haber notado mi ascensión, sino como
nota el hombre una idea después que se le ocurre. ¡Oh Beatriz! ¡Cuán
esplendorosa no debía de estar por sí misma, ella que de tal modo me hacía
pasar de bien a mejor tan súbitamente, que su acción no se sujetaba al
transcurso del tiempo! Lo que por dentro era el Sol, donde yo entraba, y lo
que aparecía, no por medio de colores, sino de luz, jamás pudiera
imaginarse, aun cuando para explicarlo llamase en mi auxilio el ingenio, el
arte y todos sus recursos; pero puede creérseme, y debe desearse verlo. Y si
nuestra fantasía no alcanza a tanta altura, no es maravilla; pues nadie ha
visto un resplandor que supere al del Sol. Como él era allí la cuarta
familia[125] del Padre Supremo, que siempre sacia sus deseos, mostrándole
cómo engendra al Hijo, y cómo procede el Espíritu. Y Beatriz exclamó:
—Da gracias, da gracias al Sol de los ángeles, que por su bondad te ha
elevado a este Sol sensible.
Jamás ha habido un corazón humano tan dispuesto a la devoción y a
entregarse a Dios tan vivamente con todo su agradecimiento, como el mío
al oír aquellas palabras; y puse en El de tal modo todo mi amor, que Beatriz
se eclipsó en el olvido. No le desagradó; antes por el contrario, se sonrió; y
el esplendor de sus ojos sonrientes dividió en muchos mi pensamiento
absorto en uno solo. Vi muchos espíritus vivos y triunfantes, más gratos aún
por su voz que relucientes a la vista, los cuales, tomándonos por centro, nos
formaron una corona de sí mismos. No de otro modo vemos a veces a la
hija de Latona rodeada de un cerco, cuando el aire, impregnado de vapores,
retiene las substancias de que aquél se compone. En la corte del cielo, de
donde vuelvo, se encuentran muchas joyas, tan raras y bellas, que no es
posible hallarlas fuera de aquel reino; y una de estas joyas era el encanto de
aquellos fulgores: el que no se provea de alas para volar hasta allí, espere
tener noticias de aquel canto como si las preguntase a un mudo.
Después que, cantando de esta suerte, aquellos ardientes soles dieron tres
vueltas en derredor nuestro, como las estrellas próximas a los fijos polos,
me parecieron semejantes a las mujeres, que, sin dejar el baile, se detienen
escuchando con atención, hasta que han conocido cuáles son las nuevas
notas. Y oí que del interior de una de aquellas luces salían estas palabras:
más temprano. Yo estaba en él, sin haber notado mi ascensión, sino como
nota el hombre una idea después que se le ocurre. ¡Oh Beatriz! ¡Cuán
esplendorosa no debía de estar por sí misma, ella que de tal modo me hacía
pasar de bien a mejor tan súbitamente, que su acción no se sujetaba al
transcurso del tiempo! Lo que por dentro era el Sol, donde yo entraba, y lo
que aparecía, no por medio de colores, sino de luz, jamás pudiera
imaginarse, aun cuando para explicarlo llamase en mi auxilio el ingenio, el
arte y todos sus recursos; pero puede creérseme, y debe desearse verlo. Y si
nuestra fantasía no alcanza a tanta altura, no es maravilla; pues nadie ha
visto un resplandor que supere al del Sol. Como él era allí la cuarta
familia[125] del Padre Supremo, que siempre sacia sus deseos, mostrándole
cómo engendra al Hijo, y cómo procede el Espíritu. Y Beatriz exclamó:
—Da gracias, da gracias al Sol de los ángeles, que por su bondad te ha
elevado a este Sol sensible.
Jamás ha habido un corazón humano tan dispuesto a la devoción y a
entregarse a Dios tan vivamente con todo su agradecimiento, como el mío
al oír aquellas palabras; y puse en El de tal modo todo mi amor, que Beatriz
se eclipsó en el olvido. No le desagradó; antes por el contrario, se sonrió; y
el esplendor de sus ojos sonrientes dividió en muchos mi pensamiento
absorto en uno solo. Vi muchos espíritus vivos y triunfantes, más gratos aún
por su voz que relucientes a la vista, los cuales, tomándonos por centro, nos
formaron una corona de sí mismos. No de otro modo vemos a veces a la
hija de Latona rodeada de un cerco, cuando el aire, impregnado de vapores,
retiene las substancias de que aquél se compone. En la corte del cielo, de
donde vuelvo, se encuentran muchas joyas, tan raras y bellas, que no es
posible hallarlas fuera de aquel reino; y una de estas joyas era el encanto de
aquellos fulgores: el que no se provea de alas para volar hasta allí, espere
tener noticias de aquel canto como si las preguntase a un mudo.
Después que, cantando de esta suerte, aquellos ardientes soles dieron tres
vueltas en derredor nuestro, como las estrellas próximas a los fijos polos,
me parecieron semejantes a las mujeres, que, sin dejar el baile, se detienen
escuchando con atención, hasta que han conocido cuáles son las nuevas
notas. Y oí que del interior de una de aquellas luces salían estas palabras:
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—Ya que el rayo de la gracia, en que se enciende el verdadero amor, y que
después crece amando, resplandece en ti tan multiplicado, que te conduce
hacia arriba por aquella escala de donde nadie desciende sin volver a subir
de nuevo, el que negase a tu sed el vino de su redoma se vería en el mismo
estado de violencia en que está el agua impedida de correr hasta el mar. Tú
quieres saber de qué flores se compone esta guirnalda, que acaricia en torno
a la hermosa Dama que te da ánimo para subir al cielo. Yo fuí uno de los
corderos del santo rebaño que condujo Domingo por el camino en que el
alma se fortifica si no se extravía. Este, que está el más próximo a mi
derecha, fué mi maestro y mi hermano; es Alberto de Colonia, y yo Tomás
de Aquino. Si quieres saber quiénes son los demás, sigue mis palabras con
tus miradas, dando la vuelta a la bienaventurada corona. Aquel otro
esplendor brota de la sonrisa de Graciano, tan útil por sus escritos a uno y
otro fuero, que mereció el Paraíso. El otro que le sigue fué Pedro,[126] que,
como la pobre viuda, ofreció su tesoro a la Santa Iglesia. La quinta luz,[127]
que es la más bella entre nosotros, se abrasa en tal amor, que todo el mundo
tiene abajo sed de sus noticias. Dentro de ella está el alto espíritu, donde se
albergó tan profunda sabiduría, que si la verdad es verdad, ninguno otro
ascendió a tanto saber. Después contempla la luz de aquel cirio, que ha sido
el que en vida vió mejor la naturaleza y el ministerio de los ángeles.[128] En
aquella diminuta luz sonríe el abogado de los tiempos cristianos, cuya
doctrina aprovechó Agustín.[129] Si diriges ahora la mirada de tu
entendimiento de luz en luz, siguiendo mis elogios, debes ya tener sed de
conocer la octava. Dentro de ella se recrea en la vista del soberano Bien el
alma santa que pone de manifiesto las falacias del mundo a quien
atentamente escucha sus doctrinas. El cuerpo de donde fué separada yace en
Cieldauro,[130] y desde el martirio y el destierro ha venido a disfrutar de esta
paz celestial. Ve más allá fulgurar el ardiente espíritu de Isidoro, el de Beda
y el de Ricardo,[131] que en sus contemplaciones fué más que hombre. Esa,
de quien se separa tu mirada para fijarse en mí, es la luz de un espíritu que,
considerando tranquilamente la vanidad del mundo, deseó morir. Es la luz
eterna de Sigieri,[132] que ejerciendo el profesorado en la calle de la Paja,
excitó la envidia por sus verdaderos silogismos.
En seguida, como el reloj que nos llama a la hora en que la Esposa de Dios
principia a cantar maitines a su Esposo, a fin de que la ame, y cuyas ruedas
mueven unas a otras, y apresuran a la que va delante hasta que ese oye "tin
después crece amando, resplandece en ti tan multiplicado, que te conduce
hacia arriba por aquella escala de donde nadie desciende sin volver a subir
de nuevo, el que negase a tu sed el vino de su redoma se vería en el mismo
estado de violencia en que está el agua impedida de correr hasta el mar. Tú
quieres saber de qué flores se compone esta guirnalda, que acaricia en torno
a la hermosa Dama que te da ánimo para subir al cielo. Yo fuí uno de los
corderos del santo rebaño que condujo Domingo por el camino en que el
alma se fortifica si no se extravía. Este, que está el más próximo a mi
derecha, fué mi maestro y mi hermano; es Alberto de Colonia, y yo Tomás
de Aquino. Si quieres saber quiénes son los demás, sigue mis palabras con
tus miradas, dando la vuelta a la bienaventurada corona. Aquel otro
esplendor brota de la sonrisa de Graciano, tan útil por sus escritos a uno y
otro fuero, que mereció el Paraíso. El otro que le sigue fué Pedro,[126] que,
como la pobre viuda, ofreció su tesoro a la Santa Iglesia. La quinta luz,[127]
que es la más bella entre nosotros, se abrasa en tal amor, que todo el mundo
tiene abajo sed de sus noticias. Dentro de ella está el alto espíritu, donde se
albergó tan profunda sabiduría, que si la verdad es verdad, ninguno otro
ascendió a tanto saber. Después contempla la luz de aquel cirio, que ha sido
el que en vida vió mejor la naturaleza y el ministerio de los ángeles.[128] En
aquella diminuta luz sonríe el abogado de los tiempos cristianos, cuya
doctrina aprovechó Agustín.[129] Si diriges ahora la mirada de tu
entendimiento de luz en luz, siguiendo mis elogios, debes ya tener sed de
conocer la octava. Dentro de ella se recrea en la vista del soberano Bien el
alma santa que pone de manifiesto las falacias del mundo a quien
atentamente escucha sus doctrinas. El cuerpo de donde fué separada yace en
Cieldauro,[130] y desde el martirio y el destierro ha venido a disfrutar de esta
paz celestial. Ve más allá fulgurar el ardiente espíritu de Isidoro, el de Beda
y el de Ricardo,[131] que en sus contemplaciones fué más que hombre. Esa,
de quien se separa tu mirada para fijarse en mí, es la luz de un espíritu que,
considerando tranquilamente la vanidad del mundo, deseó morir. Es la luz
eterna de Sigieri,[132] que ejerciendo el profesorado en la calle de la Paja,
excitó la envidia por sus verdaderos silogismos.
En seguida, como el reloj que nos llama a la hora en que la Esposa de Dios
principia a cantar maitines a su Esposo, a fin de que la ame, y cuyas ruedas
mueven unas a otras, y apresuran a la que va delante hasta que ese oye "tin
Page 330
tin" con notas tan dulces, que el espíritu felizmente dispuesto se inflama de
amor; así vi yo en la gloriosa esfera moverse y responder las voces a las
voces con una armonía tan llena de dulzura, que sólo puede conocerse allá
donde la dicha se eterniza.
amor; así vi yo en la gloriosa esfera moverse y responder las voces a las
voces con una armonía tan llena de dulzura, que sólo puede conocerse allá
donde la dicha se eterniza.
Page 331
CANTO UNDECIMO
H insensatos afanes de los mortales!, ¡cuán débiles son las
razones que os inducen a bajar el vuelo y a rozar la Tierra
con vuestras alas! Mientras unos se dedicaban al foro, y
otros se entregaban a los aforismos de la medicina; y éstos
seguían el sacerdocio, y aquéllos se esforzaban en reinar por
la fuerza de las armas, haciendo creer en su derecho por
medio de sofismas; y algunos rodaban, y otros se
consagraban a los negocios civiles; y muchos se enervaban en los placeres
de la carne, y bastantes por fin se daban a la ociosidad, yo, libre de todas
estas cosas, había subido con Beatriz hasta el cielo, donde tan
gloriosamente fuí acogido. Después que cada uno de aquellos espíritus hubo
vuelto al punto del círculo en que antes estaba, tan inmóvil como la bujía de
un candelero, la luz[133] que me había hablado anteriormente se hizo más
esplendorosa y risueña, y dentro de ella oí una voz que comenzó a decir de
esta manera:
—Así como yo me enciendo a los rayos de la luz eterna, del mismo modo,
mirándola, conozco la causa de donde proceden tus pensamientos. Tú
dudas, y quieres que mi boca emplee palabras tan claras y ostensibles, que
pongan al alcance de tu inteligencia las que pronuncié antes cuando dije:
H insensatos afanes de los mortales!, ¡cuán débiles son las
razones que os inducen a bajar el vuelo y a rozar la Tierra
con vuestras alas! Mientras unos se dedicaban al foro, y
otros se entregaban a los aforismos de la medicina; y éstos
seguían el sacerdocio, y aquéllos se esforzaban en reinar por
la fuerza de las armas, haciendo creer en su derecho por
medio de sofismas; y algunos rodaban, y otros se
consagraban a los negocios civiles; y muchos se enervaban en los placeres
de la carne, y bastantes por fin se daban a la ociosidad, yo, libre de todas
estas cosas, había subido con Beatriz hasta el cielo, donde tan
gloriosamente fuí acogido. Después que cada uno de aquellos espíritus hubo
vuelto al punto del círculo en que antes estaba, tan inmóvil como la bujía de
un candelero, la luz[133] que me había hablado anteriormente se hizo más
esplendorosa y risueña, y dentro de ella oí una voz que comenzó a decir de
esta manera:
—Así como yo me enciendo a los rayos de la luz eterna, del mismo modo,
mirándola, conozco la causa de donde proceden tus pensamientos. Tú
dudas, y quieres que mi boca emplee palabras tan claras y ostensibles, que
pongan al alcance de tu inteligencia las que pronuncié antes cuando dije:
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"Camino en que el alma se fortifica;" y las otras: "Ningún otro ascendió."
En cuanto a éstas, es preciso hacer una distinción. La Providencia, que
gobierna al mundo con el consejo en que se abisma la mirada de todo sér
creado antes de penetrar en el fondo, a fin de que la Esposa de Aquél, que
con su bendita sangre se unió a ella en altas voces, corriese hacia su amado
segura de sí misma y siéndole más fiel, envió en su ayuda dos príncipes,
que para entrambos objetos le sirvieran de guías. El uno fué todo seráfico
en su ardor; el otro, por su sabiduría, resplandeció en la Tierra con la luz de
los querubines.[134] Hablaré de uno solo; pues elogiando a cualquiera de
ellos indistintamente, se habla de los dos, porque sus obras tendieron a un
mismo fin. Entre el Tupino y el agua que desciende del collado elegido por
el beato Ubaldo, baja un fértil declive de un alto monte, del cual Perusa
siente venir el calor y el frío por la parte de Porta Sole, y tras de cuyo monte
lloran oprimidas Nocera y Gualdo. En el sitio donde aquella pendiente es
menos rápida, vino al mundo un Sol, resplandeciendo como éste a veces
cuando asoma sobre las márgenes del Ganges. Quien hable de ese lugar, no
le llame Asís, pues diría muy poco: si quiere hablar con propiedad, llámele
Oriente. Aun no distaba mucho de su nacimiento, cuando aquel Sol
comenzó a hacer que la Tierra sintiese algún consuelo con su gran virtud;
pues siendo todavía muy joven, incurrió en la cólera de su padre por
inclinarse a una dama,[135] a quien, como a la muerte, nadie acoge con
gusto; y ante la corte espiritual "et coram patre" se unió a ella, amándola
después más y más cada día. Ella, privada de su primer marido,[136]
permaneció despreciada y obscura mil cien años y más, sin que nadie lo
solicitase hasta que vino éste. De nada le valió que se oyera decir cómo
aquel que hizo temer a todo el mundo la encontró alegre con Amiclates,
cuando llamó a su puerta: ni le valió haber sido constante y animosa hasta
el punto de ser crucificada con Cristo, mientras María estaba al pie de la
Cruz. Mas, para no continuar en un estilo demasiado obscuro, reconoce en
mis difusas palabras que estos dos amantes son Francisco y la Pobreza. Su
concordia y sus placenteros semblantes, su amor maravilloso y sus dulces
miradas inspiraban santos pensamientos a otros; de tal modo que el
venerable Bernardo fué el primero que se descalzó para correr en pos de
tanta paz, y aun corriendo le parecía llegar tarde. ¡Oh riqueza ignorada! ¡Oh
verdadero bien! Egidio se descalza, se descalza también Silvestre por seguir
al Esposo; tanto es lo que les agrada la Esposa. Desde allí partió aquel padre
y maestro con su mujer y con aquella familia, ceñida ya del humilde
En cuanto a éstas, es preciso hacer una distinción. La Providencia, que
gobierna al mundo con el consejo en que se abisma la mirada de todo sér
creado antes de penetrar en el fondo, a fin de que la Esposa de Aquél, que
con su bendita sangre se unió a ella en altas voces, corriese hacia su amado
segura de sí misma y siéndole más fiel, envió en su ayuda dos príncipes,
que para entrambos objetos le sirvieran de guías. El uno fué todo seráfico
en su ardor; el otro, por su sabiduría, resplandeció en la Tierra con la luz de
los querubines.[134] Hablaré de uno solo; pues elogiando a cualquiera de
ellos indistintamente, se habla de los dos, porque sus obras tendieron a un
mismo fin. Entre el Tupino y el agua que desciende del collado elegido por
el beato Ubaldo, baja un fértil declive de un alto monte, del cual Perusa
siente venir el calor y el frío por la parte de Porta Sole, y tras de cuyo monte
lloran oprimidas Nocera y Gualdo. En el sitio donde aquella pendiente es
menos rápida, vino al mundo un Sol, resplandeciendo como éste a veces
cuando asoma sobre las márgenes del Ganges. Quien hable de ese lugar, no
le llame Asís, pues diría muy poco: si quiere hablar con propiedad, llámele
Oriente. Aun no distaba mucho de su nacimiento, cuando aquel Sol
comenzó a hacer que la Tierra sintiese algún consuelo con su gran virtud;
pues siendo todavía muy joven, incurrió en la cólera de su padre por
inclinarse a una dama,[135] a quien, como a la muerte, nadie acoge con
gusto; y ante la corte espiritual "et coram patre" se unió a ella, amándola
después más y más cada día. Ella, privada de su primer marido,[136]
permaneció despreciada y obscura mil cien años y más, sin que nadie lo
solicitase hasta que vino éste. De nada le valió que se oyera decir cómo
aquel que hizo temer a todo el mundo la encontró alegre con Amiclates,
cuando llamó a su puerta: ni le valió haber sido constante y animosa hasta
el punto de ser crucificada con Cristo, mientras María estaba al pie de la
Cruz. Mas, para no continuar en un estilo demasiado obscuro, reconoce en
mis difusas palabras que estos dos amantes son Francisco y la Pobreza. Su
concordia y sus placenteros semblantes, su amor maravilloso y sus dulces
miradas inspiraban santos pensamientos a otros; de tal modo que el
venerable Bernardo fué el primero que se descalzó para correr en pos de
tanta paz, y aun corriendo le parecía llegar tarde. ¡Oh riqueza ignorada! ¡Oh
verdadero bien! Egidio se descalza, se descalza también Silvestre por seguir
al Esposo; tanto es lo que les agrada la Esposa. Desde allí partió aquel padre
y maestro con su mujer y con aquella familia, ceñida ya del humilde
Page 333
cordón; y sin que una vil cobardía le hiciese bajar la frente por ser hijo de
Pedro Bernardone, ni por su apariencia asombrosamente despreciable,
manifestó con gran dignidad sus rígidas intenciones a Inocencio, de quien
recibió la primera aprobación de su orden. Luego que fué aumentado en
torno suyo la pobre gente, cuya admirable vida se cantaría mejor entre las
glorias del Cielo, el Eterno Espíritu, valiéndose de Honorio, coronó de
nuevo el santo propósito de aquel archimandrita; y cuando éste, sediento del
martirio, predicó en presencia del soberbio Soldán la doctrina de Cristo y de
los que le siguieron, encontrando aquella gente poco dispuesta a la
conversión, para no permanecer inactivo, volvió a recoger el fruto de las
plantas de Italia. Sobre un áspero monte, entre el Tíber y el Arno, recibió de
Cristo el último sello, que sus miembros llevaron durante dos años. Cuando
plugo a Aquél que le había elegido para tan gran tarea elevarle a la
recompensa que mereció por haberse humillado, recomendó a sus
hermanos, como a herederos legítimos, el cuidado de su más querida
Esposa, y que la amaran con fe: y en el seno de ella quiso el alma preclara
desprenderse para volver a su reino, sin permitir que a su cuerpo se le diese
otra sepultura. Piensa ahora cuál fué el digno colega de Francisco,
encargado de mantener la barca de Pedro en alta mar y dirigirla hacia su
objeto: ese fué, pues, nuestro patriarca; por lo cual, el que le sigue, según él
manda, puede decir que adquiere buena mercancía. Pero su rebaño se ha
vuelto tan codicioso de nuevo alimento, que no puede menos de esparcirse
por distintos prados; y cuanto más lejos de él van sus vagabundas ovejas,
más exhaustas de leche vuelven al redil. Algunas de ellas, temiendo el
peligro, se agrupan junto al pastor; pero son tan pocas, que no se necesita
mucho paño para sus capas. Así pues, si mis palabras no son obscuras, si me
has escuchado con atención, y si tu mente recuerda lo que te he dicho, tu
deseo debe estar en parte satisfecho; porque habrás visto la causa de que la
planta se desgaje, y comprenderás la distinción que hice al decir: "Donde el
alma se fortifica, si no se extravía."
Pedro Bernardone, ni por su apariencia asombrosamente despreciable,
manifestó con gran dignidad sus rígidas intenciones a Inocencio, de quien
recibió la primera aprobación de su orden. Luego que fué aumentado en
torno suyo la pobre gente, cuya admirable vida se cantaría mejor entre las
glorias del Cielo, el Eterno Espíritu, valiéndose de Honorio, coronó de
nuevo el santo propósito de aquel archimandrita; y cuando éste, sediento del
martirio, predicó en presencia del soberbio Soldán la doctrina de Cristo y de
los que le siguieron, encontrando aquella gente poco dispuesta a la
conversión, para no permanecer inactivo, volvió a recoger el fruto de las
plantas de Italia. Sobre un áspero monte, entre el Tíber y el Arno, recibió de
Cristo el último sello, que sus miembros llevaron durante dos años. Cuando
plugo a Aquél que le había elegido para tan gran tarea elevarle a la
recompensa que mereció por haberse humillado, recomendó a sus
hermanos, como a herederos legítimos, el cuidado de su más querida
Esposa, y que la amaran con fe: y en el seno de ella quiso el alma preclara
desprenderse para volver a su reino, sin permitir que a su cuerpo se le diese
otra sepultura. Piensa ahora cuál fué el digno colega de Francisco,
encargado de mantener la barca de Pedro en alta mar y dirigirla hacia su
objeto: ese fué, pues, nuestro patriarca; por lo cual, el que le sigue, según él
manda, puede decir que adquiere buena mercancía. Pero su rebaño se ha
vuelto tan codicioso de nuevo alimento, que no puede menos de esparcirse
por distintos prados; y cuanto más lejos de él van sus vagabundas ovejas,
más exhaustas de leche vuelven al redil. Algunas de ellas, temiendo el
peligro, se agrupan junto al pastor; pero son tan pocas, que no se necesita
mucho paño para sus capas. Así pues, si mis palabras no son obscuras, si me
has escuchado con atención, y si tu mente recuerda lo que te he dicho, tu
deseo debe estar en parte satisfecho; porque habrás visto la causa de que la
planta se desgaje, y comprenderás la distinción que hice al decir: "Donde el
alma se fortifica, si no se extravía."
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CANTO DUODECIMO
N cuanto la bendita llama hubo dicho su última palabra,
empezó a girar la santa rueda, y aún no había dado una
vuelta entera, cuando otra la encerró en un círculo, uniendo
movimiento a movimiento y canto a canto: y eran éstos tales
que, articulados por los dulces órganos de aquellos espíritus,
sobrepujaban a los de nuestras Musas y nuestras Sirenas,
tanto como la luz directa supera a sus reflejos. Cual se ve a dos arcos
paralelos y del mismo color encorvarse sobre una ligera nube, cuando Juno
envía a su mensajera (naciendo el de fuera del de dentro, al modo de la voz
de aquella ninfa[137] que consumió el amor, como el Sol consume los
vapores), y cuyos arcos son un presagio para los hombres, a causa del pacto
que Dios hizo con Noé, de que el mundo no volverá a sufrir otro diluvio, de
igual suerte aquellas dos guirnaldas de sempiternas rosas daban vueltas en
torno de nosotros, correspondiendo en todo la guirnalda exterior a la
interior. Cuando cesaron simultánea y unánimemente las danzas y los
fulgurantes y mutuos destellos de aquellas luces gozosas y placenteras,
semejantes a los ojos que se abren y se cierran al mismo tiempo, dóciles a la
voluntad del que los mueve, del seno de una de las nuevas luces salió una
N cuanto la bendita llama hubo dicho su última palabra,
empezó a girar la santa rueda, y aún no había dado una
vuelta entera, cuando otra la encerró en un círculo, uniendo
movimiento a movimiento y canto a canto: y eran éstos tales
que, articulados por los dulces órganos de aquellos espíritus,
sobrepujaban a los de nuestras Musas y nuestras Sirenas,
tanto como la luz directa supera a sus reflejos. Cual se ve a dos arcos
paralelos y del mismo color encorvarse sobre una ligera nube, cuando Juno
envía a su mensajera (naciendo el de fuera del de dentro, al modo de la voz
de aquella ninfa[137] que consumió el amor, como el Sol consume los
vapores), y cuyos arcos son un presagio para los hombres, a causa del pacto
que Dios hizo con Noé, de que el mundo no volverá a sufrir otro diluvio, de
igual suerte aquellas dos guirnaldas de sempiternas rosas daban vueltas en
torno de nosotros, correspondiendo en todo la guirnalda exterior a la
interior. Cuando cesaron simultánea y unánimemente las danzas y los
fulgurantes y mutuos destellos de aquellas luces gozosas y placenteras,
semejantes a los ojos que se abren y se cierran al mismo tiempo, dóciles a la
voluntad del que los mueve, del seno de una de las nuevas luces salió una
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voz,[138] la cual hizo que me volviese hacia donde estaba, como la aguja
hacia el polo: aquella voz empezó a decir:
—El amor que me embellece me obliga a tratar del otro jefe por quien se
habla tan bien del mío.[139] Es justo que donde se hace mención del uno, se
haga también del otro; pues habiendo militado ambos por una misma causa,
debe brillar su gloria juntamente. El ejército de Cristo, al que tan caro costó
armar de nuevo, seguía su enseña lento, receloso y escaso, cuando el
Emperador que siempre reina acudió en ayuda de su milicia, que se hallaba
en peligro, no porque ésta fuera digna de ello, sino por un efecto de su
gracia; y según se ha dicho, socorrió a su Esposa con dos campeones, ante
cuyas obras y palabras se reunió el descarriado pueblo. En aquella parte
donde el dulce céfiro acude a hacer germinar las nuevas plantas de que se
reviste Europa,[140] no muy lejos de los embates de las olas, tras de las
cuales, por su larga extensión, el Sol se oculta a veces a todos los hombres,
se asienta la afortunada Calahorra, bajo la protección del grande escudo, en
que el león está subyugado y subyuga a su vez. En ella nació el apasionado
amante de la fe cristiana, el santo atleta, benigno para los suyos, y cruel
para sus enemigos. Apenas fué creada, su alma se llenó de virtud tan viva,
que en el seno mismo de su madre inspiró a ésta el dón de profecía. Cuando
se celebraron los esponsales entre él y la fe en la sagrada pila, donde se
dotaron de mutua salud, la mujer que dió por él su asentimiento vió en
sueños el admirable fruto que debía salir de él y de sus herederos; y para
que fuese más visible lo que ya era, descendió del cielo un espíritu, y le dió
el nombre de Aquél que le poseía por completo. Domingo se llamó; y habló
de él como del labrador que Cristo escogió para que le ayudase a cultivar su
huerto. Pareció en efecto enviado y familiar de Cristo; porque el primer
deseo que se manifestó en él fué el de seguir el primer consejo de Cristo.
Muchas veces su nodriza lo encontró despierto y arrodillado en el suelo,
como diciendo: "He venido para esto." ¡Oh padre verdaderamente Feliz!,
¡oh madre verdaderamente Juana!, si la interpretación de sus nombres es la
que se les da. En poco tiempo llegó a ser un gran doctor, no por esa vanidad
mundana por la que se afanan hoy todos tras del Ostiense y de Tadeo, sino
por amor hacia el verdadero maná; entonces se puso a custodiar la viña que
pierde en breve su verdura, si el viñador es malo; y habiendo acudido a la
Sede, que en otro tiempo fué más benigna de lo que es ahora para los
pobres justos, no por culpa suya, sino del que en ella se sienta y la mancilla,
hacia el polo: aquella voz empezó a decir:
—El amor que me embellece me obliga a tratar del otro jefe por quien se
habla tan bien del mío.[139] Es justo que donde se hace mención del uno, se
haga también del otro; pues habiendo militado ambos por una misma causa,
debe brillar su gloria juntamente. El ejército de Cristo, al que tan caro costó
armar de nuevo, seguía su enseña lento, receloso y escaso, cuando el
Emperador que siempre reina acudió en ayuda de su milicia, que se hallaba
en peligro, no porque ésta fuera digna de ello, sino por un efecto de su
gracia; y según se ha dicho, socorrió a su Esposa con dos campeones, ante
cuyas obras y palabras se reunió el descarriado pueblo. En aquella parte
donde el dulce céfiro acude a hacer germinar las nuevas plantas de que se
reviste Europa,[140] no muy lejos de los embates de las olas, tras de las
cuales, por su larga extensión, el Sol se oculta a veces a todos los hombres,
se asienta la afortunada Calahorra, bajo la protección del grande escudo, en
que el león está subyugado y subyuga a su vez. En ella nació el apasionado
amante de la fe cristiana, el santo atleta, benigno para los suyos, y cruel
para sus enemigos. Apenas fué creada, su alma se llenó de virtud tan viva,
que en el seno mismo de su madre inspiró a ésta el dón de profecía. Cuando
se celebraron los esponsales entre él y la fe en la sagrada pila, donde se
dotaron de mutua salud, la mujer que dió por él su asentimiento vió en
sueños el admirable fruto que debía salir de él y de sus herederos; y para
que fuese más visible lo que ya era, descendió del cielo un espíritu, y le dió
el nombre de Aquél que le poseía por completo. Domingo se llamó; y habló
de él como del labrador que Cristo escogió para que le ayudase a cultivar su
huerto. Pareció en efecto enviado y familiar de Cristo; porque el primer
deseo que se manifestó en él fué el de seguir el primer consejo de Cristo.
Muchas veces su nodriza lo encontró despierto y arrodillado en el suelo,
como diciendo: "He venido para esto." ¡Oh padre verdaderamente Feliz!,
¡oh madre verdaderamente Juana!, si la interpretación de sus nombres es la
que se les da. En poco tiempo llegó a ser un gran doctor, no por esa vanidad
mundana por la que se afanan hoy todos tras del Ostiense y de Tadeo, sino
por amor hacia el verdadero maná; entonces se puso a custodiar la viña que
pierde en breve su verdura, si el viñador es malo; y habiendo acudido a la
Sede, que en otro tiempo fué más benigna de lo que es ahora para los
pobres justos, no por culpa suya, sino del que en ella se sienta y la mancilla,
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no pidió la facultad de dispensar dos o tres por seis; no pidió el primer
beneficio vacante; "non decimas, quæ sunt pauperum Dei;" sino que pidió
licencia para combatir los errores del mundo, y en defensa de la semilla de
que nacieron las veinticuatro plantas que te rodean. Después, con su
doctrina y su voluntad juntamente, corrió a desempeñar su misión
apostólica, cual torrente que se desprende de un elevado origen; y su ímpetu
atacó con más vigor los retoños de la herejía allí donde era mayor la
resistencia. De él salieron en breve varios arroyos, con los que se regó el
jardín católico, de modo que sus arbustos adquirieron más vida. Si tal fué
una de las ruedas del carro en que se defendió la Santa Iglesia, venciendo en
el campo las discordias civiles, bastante debes conocer ya la excelencia de
la otra rueda de que te ha hablado Tomás con tantos elogios antes de mi
llegada. Pero el carril trazado por la parte superior de la circunferencia de
esta última rueda está abandonado, de suerte que ahora se halla el mal
donde antes el bien. La familia que seguía fielmente las huellas de
Francisco ha cambiado tanto su marcha, que pone la punta del pie donde él
ponía los talones: pero pronto verá la cosecha que ha producido tan mal
cultivo, cuando la cizaña se queje de que no se la lleve al granero.
Convengo en que quien examinase hoja por hoja nuestro libro aún
encontraría una página en que leería: "Yo soy el que acostumbro;" pero no
procederá de Casale ni Acquasparta, de donde vienen algunos que, o huyen
el rigor de la regla, o aumentan desmesuradamente su austeridad. Yo soy el
alma de Buenaventura de Bagnoregio, que en mis grandes cargos pospuse
siempre los cuidados temporales a los espirituales. Iluminato y Agustín
están aquí: éstos fueron de los primeros pobres descalzos que, llevando el
cordón, se hicieron amigos de Dios. Con ellos están Hugo de San Víctor, y
Pedro Mangiadore, y Pedro Hispano, el cual brilló allá abajo por sus doce
libros; el profeta Natán, y el metropolitano Crisóstomo, y Anselmo, y aquel
Donato que se dignó poner su mano en la primera de las artes.[141] Aquí está
también Rabano, y a mi lado brilla Joaquín, abad de Calabria, que estuvo
dotado de espíritu profético. He debido alabar a aquel gran paladín de la
Iglesia, por moverme a ello la ardiente simpatía y las discretas palabras de
fray Tomás, que, así como a mí, han conmovido a todas estas almas.
beneficio vacante; "non decimas, quæ sunt pauperum Dei;" sino que pidió
licencia para combatir los errores del mundo, y en defensa de la semilla de
que nacieron las veinticuatro plantas que te rodean. Después, con su
doctrina y su voluntad juntamente, corrió a desempeñar su misión
apostólica, cual torrente que se desprende de un elevado origen; y su ímpetu
atacó con más vigor los retoños de la herejía allí donde era mayor la
resistencia. De él salieron en breve varios arroyos, con los que se regó el
jardín católico, de modo que sus arbustos adquirieron más vida. Si tal fué
una de las ruedas del carro en que se defendió la Santa Iglesia, venciendo en
el campo las discordias civiles, bastante debes conocer ya la excelencia de
la otra rueda de que te ha hablado Tomás con tantos elogios antes de mi
llegada. Pero el carril trazado por la parte superior de la circunferencia de
esta última rueda está abandonado, de suerte que ahora se halla el mal
donde antes el bien. La familia que seguía fielmente las huellas de
Francisco ha cambiado tanto su marcha, que pone la punta del pie donde él
ponía los talones: pero pronto verá la cosecha que ha producido tan mal
cultivo, cuando la cizaña se queje de que no se la lleve al granero.
Convengo en que quien examinase hoja por hoja nuestro libro aún
encontraría una página en que leería: "Yo soy el que acostumbro;" pero no
procederá de Casale ni Acquasparta, de donde vienen algunos que, o huyen
el rigor de la regla, o aumentan desmesuradamente su austeridad. Yo soy el
alma de Buenaventura de Bagnoregio, que en mis grandes cargos pospuse
siempre los cuidados temporales a los espirituales. Iluminato y Agustín
están aquí: éstos fueron de los primeros pobres descalzos que, llevando el
cordón, se hicieron amigos de Dios. Con ellos están Hugo de San Víctor, y
Pedro Mangiadore, y Pedro Hispano, el cual brilló allá abajo por sus doce
libros; el profeta Natán, y el metropolitano Crisóstomo, y Anselmo, y aquel
Donato que se dignó poner su mano en la primera de las artes.[141] Aquí está
también Rabano, y a mi lado brilla Joaquín, abad de Calabria, que estuvo
dotado de espíritu profético. He debido alabar a aquel gran paladín de la
Iglesia, por moverme a ello la ardiente simpatía y las discretas palabras de
fray Tomás, que, así como a mí, han conmovido a todas estas almas.
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CANTO DECIMOTERCIO
UIEN deseare conocer bien lo que yo vi ahora, imagínese (y,
mientras hablo, retenga la imagen como si fuese esculpida en
fuerte roca) las quince estrellas, que en diversas regiones
iluminan el cielo con tanta viveza, que vencen toda la
densidad del aire: imagínese aquel Carro, al cual le basta el
espacio de nuestro cielo para girar de noche y día, sin
desaparecer nunca de aquella bocina, que comienza en la
punta del eje en torno del cual se mueve la primera esfera; y piense que
estas estrellas forman juntas en el cielo dos signos semejantes al que formó
la hija de Minos cuando sintió el frío de la muerte:[142] figúrese uno de ellos
despidiendo sus resplandores dentro del otro, y ambos a dos girando de
manera que vayan en sentido inverso; y así tendrá como una sombra de la
verdadera constelación y de la doble danza que circulaba en el sitio donde
yo me encontraba; pues lo que vi es tan superior a lo que acostumbramos a
ver, como el lento curso del Chiana es inferior al movimiento del más alto y
veloz de los cielos. Allí se cantaba, no a Baco ni Peán, sino a tres Personas
en una Naturaleza Divina, y ésta y la humana en una sola Persona. Tan
luego como en las danzas y los cantos invirtieron el debido tiempo, aquellas
santas luces se fijaron en nosotros, felicitándose de pasar de uno a otro
UIEN deseare conocer bien lo que yo vi ahora, imagínese (y,
mientras hablo, retenga la imagen como si fuese esculpida en
fuerte roca) las quince estrellas, que en diversas regiones
iluminan el cielo con tanta viveza, que vencen toda la
densidad del aire: imagínese aquel Carro, al cual le basta el
espacio de nuestro cielo para girar de noche y día, sin
desaparecer nunca de aquella bocina, que comienza en la
punta del eje en torno del cual se mueve la primera esfera; y piense que
estas estrellas forman juntas en el cielo dos signos semejantes al que formó
la hija de Minos cuando sintió el frío de la muerte:[142] figúrese uno de ellos
despidiendo sus resplandores dentro del otro, y ambos a dos girando de
manera que vayan en sentido inverso; y así tendrá como una sombra de la
verdadera constelación y de la doble danza que circulaba en el sitio donde
yo me encontraba; pues lo que vi es tan superior a lo que acostumbramos a
ver, como el lento curso del Chiana es inferior al movimiento del más alto y
veloz de los cielos. Allí se cantaba, no a Baco ni Peán, sino a tres Personas
en una Naturaleza Divina, y ésta y la humana en una sola Persona. Tan
luego como en las danzas y los cantos invirtieron el debido tiempo, aquellas
santas luces se fijaron en nosotros, felicitándose de pasar de uno a otro
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cuidado. Después rompió el silencio de los espíritus acordes la luz que me
había referido la admirable vida del Pobre de Dios, y dijo:
—Estando ya trillada una parte del trigo y guardado el grano, el dulce amor
que te profeso me invita a trillar la otra parte. Tú crees que en el pecho de
donde fué sacada la costilla para formar la hermosa boca cuyo paladar costó
caro a todo el mundo, y en aquel otro que, atravesado de una lanzada,
satisfizo tanto, que venció el peso de toda culpa cometida antes y después,
el gran poder creador de uno y otro infundió cuanta ciencia es asequible a la
naturaleza humana: por esto te admiras de lo que dije antes, al manifestar
que el bienaventurado que está contenido en la quinta luz[143] fué sin
segundo. Abre, pues, los ojos de la inteligencia a lo que voy a exponerte, y
verás cómo tu creencia y mis palabras son con respecto a la verdad como el
centro es respecto de todos los puntos del círculo. Lo que no muere, y lo
que puede morir, no es más que un destello de la idea que nuestro Señor
engendra por efecto de su bondad; porque aquella viva luz que sale del
radiante Padre, y no se separa de él ni del Amor que se interpone entre
ambos, por un efecto de su bondad, comunica su irradiación a nueve cielos,
como transmitida de espejo en espejo, pero permaneciendo una
eternamente. De allí desciende hasta las últimas potencias, disminuyendo de
tal modo su fuerza por grados, que últimamente sólo produce breves
contingencias. Por estas contingencias entiendo las cosas engendradas, que
el Cielo en su movimiento produce con germen o sin él. La materia de
éstas, y la mano que le da forma, no causan siempre los mismos efectos; por
lo cual dichas cosas, que llevan el sello de la idea divina, aparecen más o
menos perfectas. De aquí se sigue que una misma especie de árboles dé
frutos buenos o malos, y que vosotros nazcáis con diferente ingenio. Si la
materia fuese enteramente perfecta, y el Cielo estuviese también en su
virtud suprema, la luz de la idea divina se mostraría en todo su esplendor.
Pero la naturaleza da siempre una forma imperfecta, semejante en sus obras
al artista que domina prácticamente su arte, y cuya mano tiembla. Si, pues,
el ferviente amor dispone la materia, e imprime en ella la clara luz del ideal
divino, entonces las cosas contingentes alcanzan la perfección. Así es como
fué hecha la tierra digna de toda perfección animal, y así es cómo concibió
la Virgen. Por lo tanto, apruebo tu opinión, porque la humana naturaleza no
fué ni será jamás lo que ha sido en esas dos personas. Pero si yo no siguiese
ahora adelante, empezarías por exclamar: "¿Cómo es, pues, que aquél no
había referido la admirable vida del Pobre de Dios, y dijo:
—Estando ya trillada una parte del trigo y guardado el grano, el dulce amor
que te profeso me invita a trillar la otra parte. Tú crees que en el pecho de
donde fué sacada la costilla para formar la hermosa boca cuyo paladar costó
caro a todo el mundo, y en aquel otro que, atravesado de una lanzada,
satisfizo tanto, que venció el peso de toda culpa cometida antes y después,
el gran poder creador de uno y otro infundió cuanta ciencia es asequible a la
naturaleza humana: por esto te admiras de lo que dije antes, al manifestar
que el bienaventurado que está contenido en la quinta luz[143] fué sin
segundo. Abre, pues, los ojos de la inteligencia a lo que voy a exponerte, y
verás cómo tu creencia y mis palabras son con respecto a la verdad como el
centro es respecto de todos los puntos del círculo. Lo que no muere, y lo
que puede morir, no es más que un destello de la idea que nuestro Señor
engendra por efecto de su bondad; porque aquella viva luz que sale del
radiante Padre, y no se separa de él ni del Amor que se interpone entre
ambos, por un efecto de su bondad, comunica su irradiación a nueve cielos,
como transmitida de espejo en espejo, pero permaneciendo una
eternamente. De allí desciende hasta las últimas potencias, disminuyendo de
tal modo su fuerza por grados, que últimamente sólo produce breves
contingencias. Por estas contingencias entiendo las cosas engendradas, que
el Cielo en su movimiento produce con germen o sin él. La materia de
éstas, y la mano que le da forma, no causan siempre los mismos efectos; por
lo cual dichas cosas, que llevan el sello de la idea divina, aparecen más o
menos perfectas. De aquí se sigue que una misma especie de árboles dé
frutos buenos o malos, y que vosotros nazcáis con diferente ingenio. Si la
materia fuese enteramente perfecta, y el Cielo estuviese también en su
virtud suprema, la luz de la idea divina se mostraría en todo su esplendor.
Pero la naturaleza da siempre una forma imperfecta, semejante en sus obras
al artista que domina prácticamente su arte, y cuya mano tiembla. Si, pues,
el ferviente amor dispone la materia, e imprime en ella la clara luz del ideal
divino, entonces las cosas contingentes alcanzan la perfección. Así es como
fué hecha la tierra digna de toda perfección animal, y así es cómo concibió
la Virgen. Por lo tanto, apruebo tu opinión, porque la humana naturaleza no
fué ni será jamás lo que ha sido en esas dos personas. Pero si yo no siguiese
ahora adelante, empezarías por exclamar: "¿Cómo es, pues, que aquél no
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tuvo igual?" Para que aparezca bien lo que ahora no aparece, piensa quién
era, y la razón que tuvo para pedir cuando se le dijo: "Pide." No he hablado
de modo que no hayas podido comprender que aquél fué un rey, que pidió
la sabiduría, a fin de ser un verdadero rey, y no por saber cuál es el número
de los motores celestiales; o si lo necesario con lo contingente produce lo
necesario; o bien "si est dare primum motum esse," ni si en un semicírculo
puede colocarse un triángulo que no tenga un ángulo recto: así pues, si has
comprendido bien lo que he dicho y lo que digo, conocerás que la sabiduría
real era la ciencia sin par en que se clavaba la flecha de mi intención. Si
claramente miras, verás que la palabra "Ascendió" sólo hacía referencia a
los reyes, que son muchos, pero pocos los buenos. Acoge mis palabras con
esta distinción; y así podrás conservar tu creencia sobre el primer padre y
nuestro Amado. Esto debe hacerte andar siempre con pies de plomo, para
que, cual hombre cansado, los muevas lentamente hacia el sí y el no que no
distingues con claridad; pues necio es entre los necios el que sin distinción
afirma o niega, ya en uno, ya en otro caso; porque acontece a menudo que
una opinión precipitada se extravía, y después el amor propio ofusca
nuestro entendimiento. El que va en busca de la verdad, sin conocer el arte
de encontrarla, hace el viaje peor que en vano, porque no vuelve tal como
fué; de lo cual son en el mundo pruebas ostensibles Parménides, Meliso,
Briso y otros muchos que marchaban y no sabían adónde. Así hicieron
Sabelio y Arrio, y aquellos necios que fueron como espadas para las
Escrituras, torciendo el recto sentido de sus palabras. Los hombres no deben
aventurarse a juzgar, como hace el que aprecia las mieses en el campo sin
estar granadas; porque he visto primero el zarzal áspero y punzante durante
todo el invierno, y luego cubrirse de rosas en su cima; y he visto a la nave
surcar el mar recta y veloz durante su viaje, y perecer a la entrada del
puerto. No crean doña Berta y seor Martino,[144] por haber visto a uno
robando, y a otro haciendo ofrendas, verlos del mismo modo en la mente de
Dios, porque aquél puede elevarse y éste caer.
era, y la razón que tuvo para pedir cuando se le dijo: "Pide." No he hablado
de modo que no hayas podido comprender que aquél fué un rey, que pidió
la sabiduría, a fin de ser un verdadero rey, y no por saber cuál es el número
de los motores celestiales; o si lo necesario con lo contingente produce lo
necesario; o bien "si est dare primum motum esse," ni si en un semicírculo
puede colocarse un triángulo que no tenga un ángulo recto: así pues, si has
comprendido bien lo que he dicho y lo que digo, conocerás que la sabiduría
real era la ciencia sin par en que se clavaba la flecha de mi intención. Si
claramente miras, verás que la palabra "Ascendió" sólo hacía referencia a
los reyes, que son muchos, pero pocos los buenos. Acoge mis palabras con
esta distinción; y así podrás conservar tu creencia sobre el primer padre y
nuestro Amado. Esto debe hacerte andar siempre con pies de plomo, para
que, cual hombre cansado, los muevas lentamente hacia el sí y el no que no
distingues con claridad; pues necio es entre los necios el que sin distinción
afirma o niega, ya en uno, ya en otro caso; porque acontece a menudo que
una opinión precipitada se extravía, y después el amor propio ofusca
nuestro entendimiento. El que va en busca de la verdad, sin conocer el arte
de encontrarla, hace el viaje peor que en vano, porque no vuelve tal como
fué; de lo cual son en el mundo pruebas ostensibles Parménides, Meliso,
Briso y otros muchos que marchaban y no sabían adónde. Así hicieron
Sabelio y Arrio, y aquellos necios que fueron como espadas para las
Escrituras, torciendo el recto sentido de sus palabras. Los hombres no deben
aventurarse a juzgar, como hace el que aprecia las mieses en el campo sin
estar granadas; porque he visto primero el zarzal áspero y punzante durante
todo el invierno, y luego cubrirse de rosas en su cima; y he visto a la nave
surcar el mar recta y veloz durante su viaje, y perecer a la entrada del
puerto. No crean doña Berta y seor Martino,[144] por haber visto a uno
robando, y a otro haciendo ofrendas, verlos del mismo modo en la mente de
Dios, porque aquél puede elevarse y éste caer.
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CANTO DECIMOCUARTO
L agua contenida en un vaso redondo se mueve del centro a
la circunferencia o de ésta al centro, según que la agiten por
dentro o por fuera. Ocurrióseme de pronto esto que digo en
cuanto calló el alma gloriosa de Santo Tomás, por la
semejanza que nacía de sus palabras y de las de Beatriz, a
quien plugo decir, después de aquél:
—Este necesita, aunque no os lo indique ni con la voz ni con el
pensamiento, llegar a la raíz de otra verdad. Decidle si la luz con que se
adorna vuestra substancia permanecerá con vosotros eternamente tal como
es ahora; y si así es, decidle cómo podrá suceder que no os ofenda la vista
cuando os rehagáis visiblemente.
Así como en un arranque de alegría los que dan vueltas danzando elevan la
voz y manifiestan en sus gestos su regocijo, del mismo modo, ante aquel
ruego piadoso y expresivo, los santos círculos demostraron nuevo gozo en
su danza y en su admirable canto. El que se lamenta de que haya de morir
aquí abajo para vivir después en el cielo, no ha visto el placer que la lluvia
eterna de la sacrosanta luz produce en los bienaventurados. Aquel uno y dos
y tres que vive siempre, y siempre reina en tres y dos y uno, no circunscrito
L agua contenida en un vaso redondo se mueve del centro a
la circunferencia o de ésta al centro, según que la agiten por
dentro o por fuera. Ocurrióseme de pronto esto que digo en
cuanto calló el alma gloriosa de Santo Tomás, por la
semejanza que nacía de sus palabras y de las de Beatriz, a
quien plugo decir, después de aquél:
—Este necesita, aunque no os lo indique ni con la voz ni con el
pensamiento, llegar a la raíz de otra verdad. Decidle si la luz con que se
adorna vuestra substancia permanecerá con vosotros eternamente tal como
es ahora; y si así es, decidle cómo podrá suceder que no os ofenda la vista
cuando os rehagáis visiblemente.
Así como en un arranque de alegría los que dan vueltas danzando elevan la
voz y manifiestan en sus gestos su regocijo, del mismo modo, ante aquel
ruego piadoso y expresivo, los santos círculos demostraron nuevo gozo en
su danza y en su admirable canto. El que se lamenta de que haya de morir
aquí abajo para vivir después en el cielo, no ha visto el placer que la lluvia
eterna de la sacrosanta luz produce en los bienaventurados. Aquel uno y dos
y tres que vive siempre, y siempre reina en tres y dos y uno, no circunscrito
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y circunscribiéndolo todo, era cantado tres veces por cada uno de aquellos
espíritus con tal melodía, que oírlos sería justa recompensa para todo
mérito. Yo oí en la luz más resplandeciente del menor círculo una voz
modesta,[145] quizá como la del Angel al dirigirse a María que respondió:
—Mientras dure la fiesta del Paraíso, otro tanto tiempo irradiará nuestro
amor en torno de nuestra vestidura. Su claridad corresponde al ardor que
nos inflama; el ardor, a nuestras celestiales visiones; y éstas son tanto más
claras, cuanto mayor es la gracia que cada uno tiene según su valor. Cuando
nos revistamos de la carne gloriosa y santa, nuestra persona será mucho más
grata a Dios y a nosotros, porque estará completa: entonces se aumentará lo
que de su gratuita luz nos da el Sumo Bien, luz que nos permite
contemplarle; y entonces deberá aumentarse también nuestra santa visión,
el ardor que ésta produce y el rayo que del ardor desciende; pero así como
el carbón que origina la llama la sobrepuja en deslumbrante blancura, de tal
modo que aparece en medio de ella, de igual suerte este fulgor que ya nos
rodea, será vencido en apariencia por la carne, que todavía está cubierta por
la tierra; y un esplendor tan grande no podrá ofendernos, porque los órganos
del cuerpo serán bastante fuertes para todo lo que pueda deleitarnos.
Uno y otro coro me parecieron tan prontos y unánimes en decir "Amén,"
que manifestaron bien claramente el deseo de revestir sus cuerpos mortales;
no por ellos quizá, sino por sus madres, por sus padres, y por los demás
seres que les fueron queridos antes de convertirse en sempiternas llamas. Y
he aquí que en derredor de tales claridades nació una nueva luz sobre la que
allí había, semejante a un horizonte luminoso; y así como al anochecer
empiezan a entreverse en el Cielo nuevas apariciones, que parecen ser y no
ser, así me pareció empezar a ver allí nuevas substancias. ¡Oh verdadero
centelleo del Espíritu Santo! ¡Cuán brillante se presentó de improviso a mis
ojos que, vencidos, no pudieron soportarlo! Pero se me mostró Beatriz tan
bella y sonriente, que a su aspecto hubo de quedar esta visión entre las
demás que no he podido retener en la memoria: entonces mis ojos
recobraron fuerzas para alzarse de nuevo, y me vi transportado a mayor
gloria sólo con mi Dama. Por el ígneo fulgor de la estrella, que me parecía
más rojo que de costumbre, eché de ver que había subido a un punto más
elevado; y con el lenguaje que es común a todos, de todo corazón ofrecí a
Dios el holocausto debido por esta nueva gracia. No se había extinguido
aún en mi pecho el ardor del sacrificio, cuando conocí que éste había sido
espíritus con tal melodía, que oírlos sería justa recompensa para todo
mérito. Yo oí en la luz más resplandeciente del menor círculo una voz
modesta,[145] quizá como la del Angel al dirigirse a María que respondió:
—Mientras dure la fiesta del Paraíso, otro tanto tiempo irradiará nuestro
amor en torno de nuestra vestidura. Su claridad corresponde al ardor que
nos inflama; el ardor, a nuestras celestiales visiones; y éstas son tanto más
claras, cuanto mayor es la gracia que cada uno tiene según su valor. Cuando
nos revistamos de la carne gloriosa y santa, nuestra persona será mucho más
grata a Dios y a nosotros, porque estará completa: entonces se aumentará lo
que de su gratuita luz nos da el Sumo Bien, luz que nos permite
contemplarle; y entonces deberá aumentarse también nuestra santa visión,
el ardor que ésta produce y el rayo que del ardor desciende; pero así como
el carbón que origina la llama la sobrepuja en deslumbrante blancura, de tal
modo que aparece en medio de ella, de igual suerte este fulgor que ya nos
rodea, será vencido en apariencia por la carne, que todavía está cubierta por
la tierra; y un esplendor tan grande no podrá ofendernos, porque los órganos
del cuerpo serán bastante fuertes para todo lo que pueda deleitarnos.
Uno y otro coro me parecieron tan prontos y unánimes en decir "Amén,"
que manifestaron bien claramente el deseo de revestir sus cuerpos mortales;
no por ellos quizá, sino por sus madres, por sus padres, y por los demás
seres que les fueron queridos antes de convertirse en sempiternas llamas. Y
he aquí que en derredor de tales claridades nació una nueva luz sobre la que
allí había, semejante a un horizonte luminoso; y así como al anochecer
empiezan a entreverse en el Cielo nuevas apariciones, que parecen ser y no
ser, así me pareció empezar a ver allí nuevas substancias. ¡Oh verdadero
centelleo del Espíritu Santo! ¡Cuán brillante se presentó de improviso a mis
ojos que, vencidos, no pudieron soportarlo! Pero se me mostró Beatriz tan
bella y sonriente, que a su aspecto hubo de quedar esta visión entre las
demás que no he podido retener en la memoria: entonces mis ojos
recobraron fuerzas para alzarse de nuevo, y me vi transportado a mayor
gloria sólo con mi Dama. Por el ígneo fulgor de la estrella, que me parecía
más rojo que de costumbre, eché de ver que había subido a un punto más
elevado; y con el lenguaje que es común a todos, de todo corazón ofrecí a
Dios el holocausto debido por esta nueva gracia. No se había extinguido
aún en mi pecho el ardor del sacrificio, cuando conocí que éste había sido
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felizmente bien aceptado; pues se me aparecieron unos resplandores tan
deslumbrantes y rojos dentro de dos rayos luminosos, que exclamé: "¡Oh
Helios, cuánto los embelleces!"
Salpicados de grandes y pequeños luminares, lo mismo de Galaxia, cuya
blancura extendida entre los polos del mundo hace dudar a los más sabios,
aquellos rayos formaban en el fondo de Marte el venerable signo que
produce la intersección de los cuadrantes en un círculo. Aquí el ingenio es
inferior a mi memoria; en aquella cruz resplandecía Cristo de suerte, que no
puedo encontrar una comparación digna; pero el que toma su cruz y sigue a
Cristo me perdonará una vez más lo que omito, cuando vea centellear a
Cristo en aquel albor. De uno a otro extremo de los brazos de la cruz y de
arriba abajo se agitaban luces, que lanzaban vívidos destellos cada vez que
se unían o pasaban más allá, tal como se ven en la Tierra los átomos
agitándose en línea recta o curva, ágiles o lentos, cambiando sin cesar de
aspecto, en el rayo de luz que corta la sombra que el hombre, por medio de
su inteligencia y de su arte, se procura contra el Sol; y así como el laúd o el
arpa forman con sus numerosas cuerdas una dulce armonía, aun para el que
no distingue cada nota, del mismo modo aquellas luces que allí se me
aparecieron produjeron alrededor de la cruz una melodía, que me arrebataba
a pesar de no comprender el himno. Bien conocí que encerraba altas
alabanzas, porque llegaron hasta mí estas palabras: "Resucita y vence," pero
como el que oye sin entender. Y aquella melodía me arrobaba tanto, que
hasta entonces no hubo cosa alguna que me ligara con tan dulces vínculos.
Quizá parezcan demasiado atrevidas mis palabras, creyendo que pospongo
a otras delicias el placer de los bellos ojos, en cuya contemplación se
calman todos mis deseos; pero quien sepa que las vivas marcas de toda
belleza la imprimen mayor a medida que están más elevadas, y considere
que allí no me había vuelto aun hacia ellos, podrá excusarme de lo que me
acuso para excusarme, y conocerá que digo la verdad; pues el santo placer
de aquella mirada no está excluído aquí, supuesto que se hace más puro a
medida que nos elevamos.
deslumbrantes y rojos dentro de dos rayos luminosos, que exclamé: "¡Oh
Helios, cuánto los embelleces!"
Salpicados de grandes y pequeños luminares, lo mismo de Galaxia, cuya
blancura extendida entre los polos del mundo hace dudar a los más sabios,
aquellos rayos formaban en el fondo de Marte el venerable signo que
produce la intersección de los cuadrantes en un círculo. Aquí el ingenio es
inferior a mi memoria; en aquella cruz resplandecía Cristo de suerte, que no
puedo encontrar una comparación digna; pero el que toma su cruz y sigue a
Cristo me perdonará una vez más lo que omito, cuando vea centellear a
Cristo en aquel albor. De uno a otro extremo de los brazos de la cruz y de
arriba abajo se agitaban luces, que lanzaban vívidos destellos cada vez que
se unían o pasaban más allá, tal como se ven en la Tierra los átomos
agitándose en línea recta o curva, ágiles o lentos, cambiando sin cesar de
aspecto, en el rayo de luz que corta la sombra que el hombre, por medio de
su inteligencia y de su arte, se procura contra el Sol; y así como el laúd o el
arpa forman con sus numerosas cuerdas una dulce armonía, aun para el que
no distingue cada nota, del mismo modo aquellas luces que allí se me
aparecieron produjeron alrededor de la cruz una melodía, que me arrebataba
a pesar de no comprender el himno. Bien conocí que encerraba altas
alabanzas, porque llegaron hasta mí estas palabras: "Resucita y vence," pero
como el que oye sin entender. Y aquella melodía me arrobaba tanto, que
hasta entonces no hubo cosa alguna que me ligara con tan dulces vínculos.
Quizá parezcan demasiado atrevidas mis palabras, creyendo que pospongo
a otras delicias el placer de los bellos ojos, en cuya contemplación se
calman todos mis deseos; pero quien sepa que las vivas marcas de toda
belleza la imprimen mayor a medida que están más elevadas, y considere
que allí no me había vuelto aun hacia ellos, podrá excusarme de lo que me
acuso para excusarme, y conocerá que digo la verdad; pues el santo placer
de aquella mirada no está excluído aquí, supuesto que se hace más puro a
medida que nos elevamos.
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CANTO DECIMOQUINTO
A benigna voluntad, en la que se manifiesta siempre el amor
cuyas aspiraciones son rectas, como la codicia se manifiesta
en la voluntad inicua, impuso silencio a aquella dulce
armonía e hizo reposar las santas cuerdas que por la diestra
de Dios están templadas. ¿Cómo se habían de hacer sordas a
súplicas justas aquellas substancias, que, para infundirme el
deseo de dirigirles alguna pregunta, estuvieron acordes en
callarse? Justo es que se lamente sin tregua el que, por amor a cosas que no
pueden durar eternamente, se desprende de aquel amor. Como en noche
serena discurre acá o allá por el cielo tranquilo y puro un repentino fuego,
atrayendo las miradas hasta entonces indiferentes, y parecido a una estrella
que cambia de sitio, sólo que ninguna desaparece de la parte donde aquél se
enciende y dura poco, así desde el extremo del brazo derecho al pie de la
cruz se corrió un astro de la constelación que aquí resplandece;[146] pero el
diamante no se separó de su ángulo, sino que siguió la faja luminosa,
asemejándose a una luz que pasa por detrás del alabastro. No menos
afectuosa que aquel espíritu se mostró la sombra de Anquises cuando
reconoció a su hijo en los Campos Elíseos, si hemos de dar crédito a nuestro
mayor Poeta.
A benigna voluntad, en la que se manifiesta siempre el amor
cuyas aspiraciones son rectas, como la codicia se manifiesta
en la voluntad inicua, impuso silencio a aquella dulce
armonía e hizo reposar las santas cuerdas que por la diestra
de Dios están templadas. ¿Cómo se habían de hacer sordas a
súplicas justas aquellas substancias, que, para infundirme el
deseo de dirigirles alguna pregunta, estuvieron acordes en
callarse? Justo es que se lamente sin tregua el que, por amor a cosas que no
pueden durar eternamente, se desprende de aquel amor. Como en noche
serena discurre acá o allá por el cielo tranquilo y puro un repentino fuego,
atrayendo las miradas hasta entonces indiferentes, y parecido a una estrella
que cambia de sitio, sólo que ninguna desaparece de la parte donde aquél se
enciende y dura poco, así desde el extremo del brazo derecho al pie de la
cruz se corrió un astro de la constelación que aquí resplandece;[146] pero el
diamante no se separó de su ángulo, sino que siguió la faja luminosa,
asemejándose a una luz que pasa por detrás del alabastro. No menos
afectuosa que aquel espíritu se mostró la sombra de Anquises cuando
reconoció a su hijo en los Campos Elíseos, si hemos de dar crédito a nuestro
mayor Poeta.
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—¡Oh sangre mía!, ¡oh superabundante gracia de Dios! ¿Quién, como tú,
ha visto abiertas dos veces ante sí las puertas del Cielo?
Así dijo aquella luz; por lo cual fijé en ella toda mi atención: después volví
el rostro hacia mi Dama, y por una y otra parte quedé asombrado; pues en
sus ojos brillaba tal sonrisa, que creí llegar con los míos al fondo de mi
gracia y de mi Paraíso. Luego aquel espíritu, al que era tan grato ver y oír,
añadió a sus primeras palabras cosas que no comprendí; tan profundos
fueron sus conceptos: no porque fuese su intento el ocultármelos, sino por
necesidad a causa de ser éstos superiores a la inteligencia de los mortales.
Cuando el arco de su ardiente afecto estuvo menos tirante para que sus
palabras descendiesen hasta el límite concedido a nuestra inteligencia, la
primera cosa que oí fué:
—Bendito seas Tú, trino y uno, que tan propicio eres a mi descendencia.
Y continuó diciendo:
—Hijo mío: gracias a ésa que te ha revestido de plumas para emprender tan
alto vuelo, has satisfecho dentro de esta luz en que te hablo un plácido y
largo deseo de verte, originado en mí de haber leído tu venida en el gran
libro donde no se cambia jamás lo blanco en negro, ni lo negro en blanco.
Tú crees que tu pensamiento ha llegado hasta mí por medio de aquel que es
el primero, así como de la unidad, de todos conocida, se forman el cinco y
el seis; y por eso ni me preguntas quién soy, ni por qué te parezco más
gozoso que otro alguno de esta alegre cohorte. Crees la verdad; porque, en
esta vida, los espíritus que disfrutan, así de mayor como de menor gloria,
miran en el espejo en que aparece el pensamiento antes de nacer. Pero a fin
de que el sagrado amor que observo con perpetua atención, y que excita en
mí un dulce deseo, se satisfaga mejor, manifiesta con voz segura, franca y
placentera, cuál es tu voluntad, cuál tu deseo, pues mi respuesta está ya
preparada.
Yo me volví hacia Beatriz; y ella, que me había oído antes de que yo
hablara, se sonrió de un modo que hizo crecer las alas de mi deseo. Después
empecé de este modo:
—Desde que se os patentizó la Igualdad primera, el afecto y la inteligencia
tienen un peso igual en cada uno de vosotros; porque en ese Sol, que os
ha visto abiertas dos veces ante sí las puertas del Cielo?
Así dijo aquella luz; por lo cual fijé en ella toda mi atención: después volví
el rostro hacia mi Dama, y por una y otra parte quedé asombrado; pues en
sus ojos brillaba tal sonrisa, que creí llegar con los míos al fondo de mi
gracia y de mi Paraíso. Luego aquel espíritu, al que era tan grato ver y oír,
añadió a sus primeras palabras cosas que no comprendí; tan profundos
fueron sus conceptos: no porque fuese su intento el ocultármelos, sino por
necesidad a causa de ser éstos superiores a la inteligencia de los mortales.
Cuando el arco de su ardiente afecto estuvo menos tirante para que sus
palabras descendiesen hasta el límite concedido a nuestra inteligencia, la
primera cosa que oí fué:
—Bendito seas Tú, trino y uno, que tan propicio eres a mi descendencia.
Y continuó diciendo:
—Hijo mío: gracias a ésa que te ha revestido de plumas para emprender tan
alto vuelo, has satisfecho dentro de esta luz en que te hablo un plácido y
largo deseo de verte, originado en mí de haber leído tu venida en el gran
libro donde no se cambia jamás lo blanco en negro, ni lo negro en blanco.
Tú crees que tu pensamiento ha llegado hasta mí por medio de aquel que es
el primero, así como de la unidad, de todos conocida, se forman el cinco y
el seis; y por eso ni me preguntas quién soy, ni por qué te parezco más
gozoso que otro alguno de esta alegre cohorte. Crees la verdad; porque, en
esta vida, los espíritus que disfrutan, así de mayor como de menor gloria,
miran en el espejo en que aparece el pensamiento antes de nacer. Pero a fin
de que el sagrado amor que observo con perpetua atención, y que excita en
mí un dulce deseo, se satisfaga mejor, manifiesta con voz segura, franca y
placentera, cuál es tu voluntad, cuál tu deseo, pues mi respuesta está ya
preparada.
Yo me volví hacia Beatriz; y ella, que me había oído antes de que yo
hablara, se sonrió de un modo que hizo crecer las alas de mi deseo. Después
empecé de este modo:
—Desde que se os patentizó la Igualdad primera, el afecto y la inteligencia
tienen un peso igual en cada uno de vosotros; porque en ese Sol, que os
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ilumina y abrasa con su luz y su calor, son tan iguales ambas virtudes, que
toda semejanza es poca. Pero el entendimiento y la voluntad de los
mortales, por la razón que os es ya manifiesta, vuelan con diferentes alas.
Así es que yo, que soy mortal, me veo en esta desigualdad, y únicamente
puedo dar gracias con el corazón a tan paternal acogida. Te suplico, pues,
encarecidamente, ¡oh vivo topacio, que enriqueces esa preciosa joya!, que
me hagas sabedor de tu nombre.
—¡Oh vástago mío, en quien me complacía mientras te esperaba! Yo fuí tu
raíz.
De esta suerte dió principio a su respuesta. Después añadió:
—Aquel de quien ha tomado su nombre tu prosapia, y que por espacio de
ciento y más años ha estado girando por el primer círculo del monte, fué mi
hijo y tu bisabuelo: bien necesita que con tus obras disminuyas su
prolongada fatiga. Florencia, dentro del antiguo recinto donde oye sonar
aún tercia y nona, estaba en paz, sobria y púdica. No tenía gargantillas, ni
coronas, ni mujeres ostentosamente calzadas, ni cinturones más llamativos a
la vista que la persona que los lleva. Al nacer, no causaba miedo la hija al
padre, porque la época del matrimonio y el dote no habían salido aún de los
límites regulares. No estaban entonces las casas vacías de moradores; no
había llegado aún Sardanápalo a enseñar lo que se puede hacer en una
cámara. Montemalo no era aún vencido por Uccellatoio, el cual, así como le
excede en la subida, le excederá en la bajada. Yo he visto a Bellincion Berti
con cinturón de cuero y hebilla de hueso, y a su mujer separarse del espejo
sin colorete en el rostro: he visto a los de Nerli y a los del Vecchio
contentarse con ir cubiertos de una simple piel, y a sus mujeres dedicadas a
la rueca y al huso. ¡Oh afortunadas! Cada una de ellas conocía el lugar
donde había de ser sepultada, y ninguna se había visto abandonada en el
lecho por causa de Francia. La una velaba su cuna, y para consolar a su hijo
usaba el idioma que constituye la primera alegría de los padres y de las
madres: la otra, tirando de la blanca cabellera de su rueca, charlaba con su
familia de los troyanos, y de Fiésole y de Roma. En aquellos tiempos se
habría mirado como una maravilla a una Cianghella y a un Lapo Salterello,
como hoy causarían asombro un Cincinato y una Cornelia. En medio de
tanta calma, y de tan hermosa vida por parte de todos y entre tan fieles
conciudadanos, me hizo nacer la Virgen María, llamada a grandes gritos, y
toda semejanza es poca. Pero el entendimiento y la voluntad de los
mortales, por la razón que os es ya manifiesta, vuelan con diferentes alas.
Así es que yo, que soy mortal, me veo en esta desigualdad, y únicamente
puedo dar gracias con el corazón a tan paternal acogida. Te suplico, pues,
encarecidamente, ¡oh vivo topacio, que enriqueces esa preciosa joya!, que
me hagas sabedor de tu nombre.
—¡Oh vástago mío, en quien me complacía mientras te esperaba! Yo fuí tu
raíz.
De esta suerte dió principio a su respuesta. Después añadió:
—Aquel de quien ha tomado su nombre tu prosapia, y que por espacio de
ciento y más años ha estado girando por el primer círculo del monte, fué mi
hijo y tu bisabuelo: bien necesita que con tus obras disminuyas su
prolongada fatiga. Florencia, dentro del antiguo recinto donde oye sonar
aún tercia y nona, estaba en paz, sobria y púdica. No tenía gargantillas, ni
coronas, ni mujeres ostentosamente calzadas, ni cinturones más llamativos a
la vista que la persona que los lleva. Al nacer, no causaba miedo la hija al
padre, porque la época del matrimonio y el dote no habían salido aún de los
límites regulares. No estaban entonces las casas vacías de moradores; no
había llegado aún Sardanápalo a enseñar lo que se puede hacer en una
cámara. Montemalo no era aún vencido por Uccellatoio, el cual, así como le
excede en la subida, le excederá en la bajada. Yo he visto a Bellincion Berti
con cinturón de cuero y hebilla de hueso, y a su mujer separarse del espejo
sin colorete en el rostro: he visto a los de Nerli y a los del Vecchio
contentarse con ir cubiertos de una simple piel, y a sus mujeres dedicadas a
la rueca y al huso. ¡Oh afortunadas! Cada una de ellas conocía el lugar
donde había de ser sepultada, y ninguna se había visto abandonada en el
lecho por causa de Francia. La una velaba su cuna, y para consolar a su hijo
usaba el idioma que constituye la primera alegría de los padres y de las
madres: la otra, tirando de la blanca cabellera de su rueca, charlaba con su
familia de los troyanos, y de Fiésole y de Roma. En aquellos tiempos se
habría mirado como una maravilla a una Cianghella y a un Lapo Salterello,
como hoy causarían asombro un Cincinato y una Cornelia. En medio de
tanta calma, y de tan hermosa vida por parte de todos y entre tan fieles
conciudadanos, me hizo nacer la Virgen María, llamada a grandes gritos, y
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en vuestro antiguo Baptisterio fuí a un tiempo cristiano y Cacciaguida.
Moronto y Eliseo fueron mis hermanos; mi esposa procedía del valle del
Po, y de ella viene tu apellido. Después seguí al emperador Conrado, que
me concedió el título de caballero; tanto fué lo que le agradé por mis buenas
acciones. Tras él fuí contra la maldad de aquella ley, cuyo pueblo usurpa
vuestro dominio, por culpa del Pastor. Allí aquella torpe raza me libró del
mundo falaz, cuyo amor envilece tantas almas, y desde el martirio llegué a
esta paz.
Moronto y Eliseo fueron mis hermanos; mi esposa procedía del valle del
Po, y de ella viene tu apellido. Después seguí al emperador Conrado, que
me concedió el título de caballero; tanto fué lo que le agradé por mis buenas
acciones. Tras él fuí contra la maldad de aquella ley, cuyo pueblo usurpa
vuestro dominio, por culpa del Pastor. Allí aquella torpe raza me libró del
mundo falaz, cuyo amor envilece tantas almas, y desde el martirio llegué a
esta paz.
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CANTO DECIMOSEXTO
H nobleza de la sangre! Aunque seas muy poca cosa, nunca
me admiraré de que hagas vanagloriarse de ti a la gente aquí
abajo, donde nuestros afectos languidecen; pues yo mismo,
allá donde el apetito no se tuerce, quiero decir, en el cielo,
me vanaglorié de poseerte. A la verdad, eres como un manto
que se acorta en breve, de modo que si cada día no se le
añade algún pedazo, el tiempo lo va recortando en torno con
sus tijeras. Con el "vos," al que Roma fué la primera en someterse y en
cuyo empleo no han perseverado tanto sus descendientes, empezaron esta
vez mis palabras: por lo cual, Beatriz, que estaba algún tanto apartada,
sonrióse, pareciéndose a la que tosió cuando Ginebra cometió la primera
falta de que habla la crónica.[147] Yo empecé a decir:
—Vos sois mi padre; vos me infundís aliento para hablar; vos me enaltecéis
de modo, que soy más que yo mismo. Por tantos arroyos se inunda de
alegría mi mente, que se goza en sí misma al considerar que puede contener
tanta sin que la abrume. Decidme, pues, ¡oh mi querido antepasado!,
quiénes fueron vuestros predecesores, y cuáles los años en que comenzó
vuestra infancia. Decidme lo que era entonces el rebaño de San Juan, y
cuáles las personas más dignas de elevados puestos.
H nobleza de la sangre! Aunque seas muy poca cosa, nunca
me admiraré de que hagas vanagloriarse de ti a la gente aquí
abajo, donde nuestros afectos languidecen; pues yo mismo,
allá donde el apetito no se tuerce, quiero decir, en el cielo,
me vanaglorié de poseerte. A la verdad, eres como un manto
que se acorta en breve, de modo que si cada día no se le
añade algún pedazo, el tiempo lo va recortando en torno con
sus tijeras. Con el "vos," al que Roma fué la primera en someterse y en
cuyo empleo no han perseverado tanto sus descendientes, empezaron esta
vez mis palabras: por lo cual, Beatriz, que estaba algún tanto apartada,
sonrióse, pareciéndose a la que tosió cuando Ginebra cometió la primera
falta de que habla la crónica.[147] Yo empecé a decir:
—Vos sois mi padre; vos me infundís aliento para hablar; vos me enaltecéis
de modo, que soy más que yo mismo. Por tantos arroyos se inunda de
alegría mi mente, que se goza en sí misma al considerar que puede contener
tanta sin que la abrume. Decidme, pues, ¡oh mi querido antepasado!,
quiénes fueron vuestros predecesores, y cuáles los años en que comenzó
vuestra infancia. Decidme lo que era entonces el rebaño de San Juan, y
cuáles las personas más dignas de elevados puestos.
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Como se aviva la llama del carbón al soplo del viento, así vi yo
resplandecer aquella luz ante mis afectuosas palabras; y si pareció más bella
a mis ojos, más dulce y suave fué también su acento cuando me dijo,
aunque no en nuestro moderno lenguaje:
—Desde el día en que se dijo "Ave," hasta el parto en que mi madre, que
hoy es santa, se libró de mi peso, este Planeta fué a inflamarse quinientas
cincuenta y tres veces a los pies del León. Mis antepasados y yo nacimos en
aquel sitio donde primero encuentra el último distrito el que corre en
vuestros juegos anuales. Bástete saber esto con respecto a mis mayores; lo
que fueron o de dónde vinieron, es más cuerdo callarlo que decirlo. Todos
los que se encontraban entonces en estado de llevar las armas, entre la
estatua de Marte y el Baptisterio, formaban la quinta parte de los que ahora
viven allí; pero la población, que es al presente una mezcla de gente de
Campi, de Certaldo y de Fighine, se veía pura hasta en el último artesano.
¡Oh!, ¡cuánto mejor fuera tener por vecinas a aquellas gentes, y vuestras
fronteras en Galluzo y Trespiano, que no tenerlas dentro de vuestros muros,
y soportar la fetidez del villano de Aguglión y del de Signa, que tiene ya los
ojos muy abiertos para traficar! Si la gente que está más degenerada en el
mundo no hubiera sido una madrastra para César, sino benigna como una
madre para con su hijo, más de uno que se ha hecho florentino, y cambia y
trafica, se habría vuelto a Semifonti, donde andaba su abuelo pordioseando:
los Conti estarían aún en Montemurlo; los Cerchi en la jurisdicción de
Ancona, y quizá aun en Valdigrieve los Buondelmonti. La confusión de las
personas fué siempre el principio de las desgracias de las ciudades, como la
mescolanza de los alimentos lo es de las del cuerpo; pues un toro ciego cae
más pronto que un cordero ciego; y muchas veces corta más y mejor una
espada que cinco. Si consideras cómo han desaparecido Luni y Urbisaglia,
y cómo siguen sus huellas Chiusi y Sinigaglia, no te parecerá una cosa
difícil de creer el oír cómo se deshacen las familias, puesto que las ciudades
mismas tienen un término. Todas vuestras cosas mueren como vosotros;
pero se os oculta la muerte de algunas que duran mucho, porque vuestra
vida es muy corta; y así como los giros del cielo de la Luna cubren y
descubren sin tregua las orillas del mar, lo mismo hace con Florencia la
Fortuna: por lo cual no debe asombrarte lo que voy a decir con respecto a
los primeros florentinos, cuya fama está envuelta en la obscuridad de los
tiempos. He visto ya en decadencia los Ughi, los Catellini, Filippi, Greci,
resplandecer aquella luz ante mis afectuosas palabras; y si pareció más bella
a mis ojos, más dulce y suave fué también su acento cuando me dijo,
aunque no en nuestro moderno lenguaje:
—Desde el día en que se dijo "Ave," hasta el parto en que mi madre, que
hoy es santa, se libró de mi peso, este Planeta fué a inflamarse quinientas
cincuenta y tres veces a los pies del León. Mis antepasados y yo nacimos en
aquel sitio donde primero encuentra el último distrito el que corre en
vuestros juegos anuales. Bástete saber esto con respecto a mis mayores; lo
que fueron o de dónde vinieron, es más cuerdo callarlo que decirlo. Todos
los que se encontraban entonces en estado de llevar las armas, entre la
estatua de Marte y el Baptisterio, formaban la quinta parte de los que ahora
viven allí; pero la población, que es al presente una mezcla de gente de
Campi, de Certaldo y de Fighine, se veía pura hasta en el último artesano.
¡Oh!, ¡cuánto mejor fuera tener por vecinas a aquellas gentes, y vuestras
fronteras en Galluzo y Trespiano, que no tenerlas dentro de vuestros muros,
y soportar la fetidez del villano de Aguglión y del de Signa, que tiene ya los
ojos muy abiertos para traficar! Si la gente que está más degenerada en el
mundo no hubiera sido una madrastra para César, sino benigna como una
madre para con su hijo, más de uno que se ha hecho florentino, y cambia y
trafica, se habría vuelto a Semifonti, donde andaba su abuelo pordioseando:
los Conti estarían aún en Montemurlo; los Cerchi en la jurisdicción de
Ancona, y quizá aun en Valdigrieve los Buondelmonti. La confusión de las
personas fué siempre el principio de las desgracias de las ciudades, como la
mescolanza de los alimentos lo es de las del cuerpo; pues un toro ciego cae
más pronto que un cordero ciego; y muchas veces corta más y mejor una
espada que cinco. Si consideras cómo han desaparecido Luni y Urbisaglia,
y cómo siguen sus huellas Chiusi y Sinigaglia, no te parecerá una cosa
difícil de creer el oír cómo se deshacen las familias, puesto que las ciudades
mismas tienen un término. Todas vuestras cosas mueren como vosotros;
pero se os oculta la muerte de algunas que duran mucho, porque vuestra
vida es muy corta; y así como los giros del cielo de la Luna cubren y
descubren sin tregua las orillas del mar, lo mismo hace con Florencia la
Fortuna: por lo cual no debe asombrarte lo que voy a decir con respecto a
los primeros florentinos, cuya fama está envuelta en la obscuridad de los
tiempos. He visto ya en decadencia los Ughi, los Catellini, Filippi, Greci,
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Ormanni y Alberichi, todos ilustres caballeros; he visto también con los de
la Sannella a los del Arca y a los Soldanieri, los Ardinghi y los Bostichi, tan
grandes como antiguos. Sobre la puerta, cargada al presente con una felonía
de tan gran peso, que en breve hará zozobrar vuestra barca, estaban los
Ravignani, de quienes descienden el conde Guido, y los que han tomado
después el nombre del gran Bellincion. El primogénito de la familia de la
Pressa conocía el arte de gobernar bien, y en casa de Galigaio se veían ya
los distintivos de la nobleza, que consistían en usar dorados la guarnición y
el pomo de la espada. Grande era ya la columna de la Comadreja, e ilustres
los Cacchetti, Giuochi, Fifanti, Baruci y Galli, y los que se avergüenzan al
recuerdo de la medida. El tronco de que nacieron los Calfucci era ya
grande, y ya habían sido promovidos a las sillas curules los Sizii y los
Arrigucci. ¡Oh! ¡cuán fuertes he visto a aquéllos, que han sido destruídos
por su soberbia! Y sin embargo, las bolas de oro[148] con sus altos hechos
hacían florecer a Florencia; así como también los padres de aquellos que
siempre que está vacante vuestra iglesia engordan mientras se hallan
reunidos en consistorio. La presuntuosa familia[149] que persigue como un
dragón al que huye, y se humilla como un cordero ante el que le enseña los
dientes o la bolsa, venía ya engrandeciéndose; pero su origen era bajo: por
esto no agradó a Ubertino Donato que su suegro le hiciera emparentar con
ella. Los Caponsacco habían descendido ya de Fiésole, y habitaban en el
Mercado, y ya Giuda e Infangato eran buenos ciudadanos. Voy a decirte una
cosa increíble y verdadera: en el pequeño círculo que formaba la ciudad, se
entraba por una puerta que debía su nombre a la familia de la Pera. Todos
los que llevan las bellas insignias del gran Barón, cuyo nombre y cuya
gloria se renuevan en la fiesta de Santo Tomás, recibieron de él sus títulos
de caballero y sus privilegios; si bien hoy se ha colocado en el partido del
pueblo aquel que rodea sus insignias de un círculo de oro. Ya los Gualterotti
y los Importuni vivían tranquilos en el Borgo, y más lo habrían estado sin
nuevos vecinos. La casa de que ha nacido vuestro llanto, por el justo rencor
que os ha destruído y dado fin a vuestra agradable vida, era honrada con
todos los suyos. ¡Oh Buondelmonte!, ¡cuán mal hiciste en no aliarte con
ella por medio del matrimonio para consuelo de los demás! Muchos de los
que hoy están tristes estarían alegres, si Dios te hubiese entregado a Ema la
primera vez que viniste a la ciudad. Pero era preciso que ante aquella piedra
rota que guarda el puente sacrificara Florencia una víctima en sus últimos
días de paz. Con tales familias y con otras muchas he visto a Florencia en
la Sannella a los del Arca y a los Soldanieri, los Ardinghi y los Bostichi, tan
grandes como antiguos. Sobre la puerta, cargada al presente con una felonía
de tan gran peso, que en breve hará zozobrar vuestra barca, estaban los
Ravignani, de quienes descienden el conde Guido, y los que han tomado
después el nombre del gran Bellincion. El primogénito de la familia de la
Pressa conocía el arte de gobernar bien, y en casa de Galigaio se veían ya
los distintivos de la nobleza, que consistían en usar dorados la guarnición y
el pomo de la espada. Grande era ya la columna de la Comadreja, e ilustres
los Cacchetti, Giuochi, Fifanti, Baruci y Galli, y los que se avergüenzan al
recuerdo de la medida. El tronco de que nacieron los Calfucci era ya
grande, y ya habían sido promovidos a las sillas curules los Sizii y los
Arrigucci. ¡Oh! ¡cuán fuertes he visto a aquéllos, que han sido destruídos
por su soberbia! Y sin embargo, las bolas de oro[148] con sus altos hechos
hacían florecer a Florencia; así como también los padres de aquellos que
siempre que está vacante vuestra iglesia engordan mientras se hallan
reunidos en consistorio. La presuntuosa familia[149] que persigue como un
dragón al que huye, y se humilla como un cordero ante el que le enseña los
dientes o la bolsa, venía ya engrandeciéndose; pero su origen era bajo: por
esto no agradó a Ubertino Donato que su suegro le hiciera emparentar con
ella. Los Caponsacco habían descendido ya de Fiésole, y habitaban en el
Mercado, y ya Giuda e Infangato eran buenos ciudadanos. Voy a decirte una
cosa increíble y verdadera: en el pequeño círculo que formaba la ciudad, se
entraba por una puerta que debía su nombre a la familia de la Pera. Todos
los que llevan las bellas insignias del gran Barón, cuyo nombre y cuya
gloria se renuevan en la fiesta de Santo Tomás, recibieron de él sus títulos
de caballero y sus privilegios; si bien hoy se ha colocado en el partido del
pueblo aquel que rodea sus insignias de un círculo de oro. Ya los Gualterotti
y los Importuni vivían tranquilos en el Borgo, y más lo habrían estado sin
nuevos vecinos. La casa de que ha nacido vuestro llanto, por el justo rencor
que os ha destruído y dado fin a vuestra agradable vida, era honrada con
todos los suyos. ¡Oh Buondelmonte!, ¡cuán mal hiciste en no aliarte con
ella por medio del matrimonio para consuelo de los demás! Muchos de los
que hoy están tristes estarían alegres, si Dios te hubiese entregado a Ema la
primera vez que viniste a la ciudad. Pero era preciso que ante aquella piedra
rota que guarda el puente sacrificara Florencia una víctima en sus últimos
días de paz. Con tales familias y con otras muchas he visto a Florencia en
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medio de tan gran reposo, que no tenía motivo para llorar. Con estas
familias he visto a su pueblo tan glorioso y justo, que jamás el lirio fué
llevado al revés en la lanza, ni se había vuelto aún rojo a causa de las
discordias.
familias he visto a su pueblo tan glorioso y justo, que jamás el lirio fué
llevado al revés en la lanza, ni se había vuelto aún rojo a causa de las
discordias.
Page 354
CANTO DECIMOSEPTIMO
STABA yo afanoso como aquel cuyo ejemplo hace que los
padres sean un poco condescendientes con sus hijos, cuando
acudió a Climene para cerciorarse de lo que acerca de él
había oído; y bien lo conocían Beatriz y aquella luz que por
mí había cambiado antes de sitio; por lo cual me dijo mi
Dama:
—Exhala el ardor de tu deseo de tal modo que salga bien expresado con la
fuerza que lo sientes; no para que nosotros lo conozcamos mejor por tus
palabras, sino para que te atrevas a manifestar tu sed, a fin de que otros te
den de beber.
—¡Oh mi querida planta, que te elevas tanto, que mirando al punto a quien
todos los tiempos son presentes, ves las cosas contingentes antes de que
sean en sí, como ven las inteligencias terrestres que dos ángulos obtusos no
pueden caber en un triángulo! Mientras acompañado de Virgilio subía yo
por el monte donde se curan las almas, y cuando bajaba por el mundo de los
muertos, se me dijeron palabras graves acerca de mi vida futura; y aunque
me considere como un tetrágono ante los golpes de la desgracia, quisiera
STABA yo afanoso como aquel cuyo ejemplo hace que los
padres sean un poco condescendientes con sus hijos, cuando
acudió a Climene para cerciorarse de lo que acerca de él
había oído; y bien lo conocían Beatriz y aquella luz que por
mí había cambiado antes de sitio; por lo cual me dijo mi
Dama:
—Exhala el ardor de tu deseo de tal modo que salga bien expresado con la
fuerza que lo sientes; no para que nosotros lo conozcamos mejor por tus
palabras, sino para que te atrevas a manifestar tu sed, a fin de que otros te
den de beber.
—¡Oh mi querida planta, que te elevas tanto, que mirando al punto a quien
todos los tiempos son presentes, ves las cosas contingentes antes de que
sean en sí, como ven las inteligencias terrestres que dos ángulos obtusos no
pueden caber en un triángulo! Mientras acompañado de Virgilio subía yo
por el monte donde se curan las almas, y cuando bajaba por el mundo de los
muertos, se me dijeron palabras graves acerca de mi vida futura; y aunque
me considere como un tetrágono ante los golpes de la desgracia, quisiera
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saber cuál es la suerte que me está reservada; pues el dardo previsto hiere
con menos fuerza.
Así dije a la misma luz que me había hablado antes, manifestando mi deseo
como lo quiso Beatriz. Aquel amoroso progenitor mío, encerrado y patente
a un mismo tiempo en su esplendor risueño, me contestó, no en los términos
ambiguos con que eran engañados los necios gentiles antes de que fuese
inmolado el Cordero de Dios que redimió los pecados, sino con palabras
claras y en latín correcto:
—Las contingencias a cuyo conocimiento no alcanzan los límites de vuestra
materia, están todas presentes a la vista de Dios. De aquí no se infiere, sin
embargo, su necesidad, sino como es preciso que se pinte en los ojos de
quien la mira, la nave que desciende por una corriente. Desde la mente
divina llega a mi vista, como a los oídos la dulce armonía del órgano, el
tiempo que para ti se prepara. Del mismo modo que Hipólito partió de
Atenas por la crueldad y perfidia de su madrastra, tendrás que salir de
Florencia. Esto es lo que se quiere, y lo que se busca y pronto será hecho
por los que lo meditan allá donde diariamente se vende a Cristo. Las culpas
caerán sobre los vencidos, como es costumbre; pero el castigo dará
testimonio de la verdad, que lo envía al que lo merece. Tú abandonarás
todas las cosas que más entrañablemente amas, y este es el primer dardo
que arroja el arco del destierro. Tú probarás cuán amargo es el pan ajeno, y
cuán duro camino el que conduce a subir y bajar las escaleras de otros. Y lo
que más gravará tus espaldas será la compañía estúpida y malvada con la
cual caerás en este valle; porque ingrata, loca e impía, se revolverá contra tí;
si bien poco después, ella y no tú, verá destrozada su frente. Su conducta
probará su bestialidad, de suerte que para ti será más laudable haberte
separado completamente de ella. Tu primer refugio y tu primer albergue
serán la cortesía del Gran Lombardo, que sobre la escala lleva el ave santa,
[150]
el cual te mirará tan benignamente, que entre ambos el dar precederá al
pedir, al contrario de lo que sucede entre los demás. Sí, verás a aquel que al
nacer fué tan inspirado por esta fuerte estrella, que sus hechos serán siempre
admirados. Los pueblos no han reparado en él aún a causa de su corta edad,
pues sólo hace nueve años que giran en derredor suyo estas esferas. Pero
antes de que el Gascón engañe al gran Enrique,[151] aparecerán los destellos
de su virtud en su desprecio al dinero y a las fatigas. Sus magnificencias
serán tan conocidas, que ni aun sus mismos enemigos podrán dejar de
con menos fuerza.
Así dije a la misma luz que me había hablado antes, manifestando mi deseo
como lo quiso Beatriz. Aquel amoroso progenitor mío, encerrado y patente
a un mismo tiempo en su esplendor risueño, me contestó, no en los términos
ambiguos con que eran engañados los necios gentiles antes de que fuese
inmolado el Cordero de Dios que redimió los pecados, sino con palabras
claras y en latín correcto:
—Las contingencias a cuyo conocimiento no alcanzan los límites de vuestra
materia, están todas presentes a la vista de Dios. De aquí no se infiere, sin
embargo, su necesidad, sino como es preciso que se pinte en los ojos de
quien la mira, la nave que desciende por una corriente. Desde la mente
divina llega a mi vista, como a los oídos la dulce armonía del órgano, el
tiempo que para ti se prepara. Del mismo modo que Hipólito partió de
Atenas por la crueldad y perfidia de su madrastra, tendrás que salir de
Florencia. Esto es lo que se quiere, y lo que se busca y pronto será hecho
por los que lo meditan allá donde diariamente se vende a Cristo. Las culpas
caerán sobre los vencidos, como es costumbre; pero el castigo dará
testimonio de la verdad, que lo envía al que lo merece. Tú abandonarás
todas las cosas que más entrañablemente amas, y este es el primer dardo
que arroja el arco del destierro. Tú probarás cuán amargo es el pan ajeno, y
cuán duro camino el que conduce a subir y bajar las escaleras de otros. Y lo
que más gravará tus espaldas será la compañía estúpida y malvada con la
cual caerás en este valle; porque ingrata, loca e impía, se revolverá contra tí;
si bien poco después, ella y no tú, verá destrozada su frente. Su conducta
probará su bestialidad, de suerte que para ti será más laudable haberte
separado completamente de ella. Tu primer refugio y tu primer albergue
serán la cortesía del Gran Lombardo, que sobre la escala lleva el ave santa,
[150]
el cual te mirará tan benignamente, que entre ambos el dar precederá al
pedir, al contrario de lo que sucede entre los demás. Sí, verás a aquel que al
nacer fué tan inspirado por esta fuerte estrella, que sus hechos serán siempre
admirados. Los pueblos no han reparado en él aún a causa de su corta edad,
pues sólo hace nueve años que giran en derredor suyo estas esferas. Pero
antes de que el Gascón engañe al gran Enrique,[151] aparecerán los destellos
de su virtud en su desprecio al dinero y a las fatigas. Sus magnificencias
serán tan conocidas, que ni aun sus mismos enemigos podrán dejar de
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referirlas. Espera en él y en sus beneficios; por él muchos hombres serán
transformados, y los ricos y los pobres cambiarán de condición. Lleva
grabado en tu mente cuanto te predigo acerca de él; pero no lo manifiestes a
nadie.
Y me refirió después cosas, que parecerán increíbles aun a aquellos que las
presencien. Después añadió:
—Hijo mío, tales son las interpretaciones de lo que se te ha dicho; tales las
asechanzas que se te ocultarán por pocos años. No quiero, sin embargo, que
odies a tus conciudadanos; pues tu vida se prolongará más aún de lo que
tarde el castigo de su perfidia.
Cuando, por su silencio, demostró el alma santa que había concluído de
poner la trama en la tela que le presenté urdida, empecé a decir, como el que
en sus dudas desea el consejo de una persona entendida, recta y amante:
—Bien veo, padre mío, cómo corre el tiempo hacia mí para darme uno de
esos golpes, tanto más graves, cuanto más desprevenido se vive; por lo cual
es bueno que me arme de previsión, a fin de que, si se me priva del lugar
que más quiero, no pierda los demás por causa de mis versos. Allá abajo, en
el mundo eternamente amargo, y en el monte desde cuya hermosa cumbre
me elevaron los ojos de mi Dama, y después en el cielo, de luz en luz, he
oído cosas, que si las repitiera, serían para muchos de un sabor
desagradable; y si soy cobarde amigo de la verdad, temo perder la fama
entre los que llamarán a este tiempo el tiempo antiguo.
La luz en que sonreía el tesoro que yo había encontrado allí, empezó por
brillar como un espejo de oro a los rayos del Sol, y después respondió:
—Sólo una conciencia manchada por su propia vergüenza o por la ajena
encontrará aspereza en tus palabras: no obstante esto, aparte de ti toda
mentira manifiesta por completo tu visión, y deja que se rasque el que tenga
sarna; pues si tu voz es desagradable al gustarla por primera vez, dejará un
alimento vivificante cuando sea digerida. Tu grito hará lo que el viento, que
azota más las más elevadas cumbres, lo cual no será una pequeña prueba de
honor. Por eso tan sólo se te han mostrado en estas esferas, en el monte y en
el doloroso valle las almas que han gozado de cierto renombre; porque el
ánimo del que escucha no fija su atención ni presta fe a ejemplos sacados de
transformados, y los ricos y los pobres cambiarán de condición. Lleva
grabado en tu mente cuanto te predigo acerca de él; pero no lo manifiestes a
nadie.
Y me refirió después cosas, que parecerán increíbles aun a aquellos que las
presencien. Después añadió:
—Hijo mío, tales son las interpretaciones de lo que se te ha dicho; tales las
asechanzas que se te ocultarán por pocos años. No quiero, sin embargo, que
odies a tus conciudadanos; pues tu vida se prolongará más aún de lo que
tarde el castigo de su perfidia.
Cuando, por su silencio, demostró el alma santa que había concluído de
poner la trama en la tela que le presenté urdida, empecé a decir, como el que
en sus dudas desea el consejo de una persona entendida, recta y amante:
—Bien veo, padre mío, cómo corre el tiempo hacia mí para darme uno de
esos golpes, tanto más graves, cuanto más desprevenido se vive; por lo cual
es bueno que me arme de previsión, a fin de que, si se me priva del lugar
que más quiero, no pierda los demás por causa de mis versos. Allá abajo, en
el mundo eternamente amargo, y en el monte desde cuya hermosa cumbre
me elevaron los ojos de mi Dama, y después en el cielo, de luz en luz, he
oído cosas, que si las repitiera, serían para muchos de un sabor
desagradable; y si soy cobarde amigo de la verdad, temo perder la fama
entre los que llamarán a este tiempo el tiempo antiguo.
La luz en que sonreía el tesoro que yo había encontrado allí, empezó por
brillar como un espejo de oro a los rayos del Sol, y después respondió:
—Sólo una conciencia manchada por su propia vergüenza o por la ajena
encontrará aspereza en tus palabras: no obstante esto, aparte de ti toda
mentira manifiesta por completo tu visión, y deja que se rasque el que tenga
sarna; pues si tu voz es desagradable al gustarla por primera vez, dejará un
alimento vivificante cuando sea digerida. Tu grito hará lo que el viento, que
azota más las más elevadas cumbres, lo cual no será una pequeña prueba de
honor. Por eso tan sólo se te han mostrado en estas esferas, en el monte y en
el doloroso valle las almas que han gozado de cierto renombre; porque el
ánimo del que escucha no fija su atención ni presta fe a ejemplos sacados de
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una raíz oculta y desconocida, ni a otras cosas que no se manifiesten
claramente.
claramente.
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CANTO DECIMOCTAVO
QUEL espíritu bienaventurado se recreaba ya en sus
reflexiones, y yo saboreaba las mías, atemperando lo amargo
con lo dulce, cuando la Dama que me conducía hasta Dios
me dijo:
—Cambia de ideas; piensa que yo estoy al lado de Aquél que
alivia todas las contrariedades.
Yo me volví hacia la voz amorosa de mi consuelo, y desisto de expresar
cuál fué el amor que vi entonces en sus santos ojos; no sólo porque
desconfíe de mis palabras, sino porque la mente no puede repetir lo que es
superior a ella, si otro poder no le ayuda. Sólo puedo decir con respecto a
este punto que, contemplándola, mi ánimo se vió libre de todo otro deseo:
pues el placer eterno, que irradiaba directamente sobre Beatriz, me hacía
dichoso al verlo reflejado en su hermoso rostro. Pero ella, desviándome de
esta contemplación con la luz de una sonrisa, me dijo:
—Vuélvete y escucha; que no está solamente en mis ojos el paraíso.
Así como algunas veces se ve la pasión en la fisonomía, si aquélla es tanta
que el alma entera le está sometida, del mismo modo en los destellos del
QUEL espíritu bienaventurado se recreaba ya en sus
reflexiones, y yo saboreaba las mías, atemperando lo amargo
con lo dulce, cuando la Dama que me conducía hasta Dios
me dijo:
—Cambia de ideas; piensa que yo estoy al lado de Aquél que
alivia todas las contrariedades.
Yo me volví hacia la voz amorosa de mi consuelo, y desisto de expresar
cuál fué el amor que vi entonces en sus santos ojos; no sólo porque
desconfíe de mis palabras, sino porque la mente no puede repetir lo que es
superior a ella, si otro poder no le ayuda. Sólo puedo decir con respecto a
este punto que, contemplándola, mi ánimo se vió libre de todo otro deseo:
pues el placer eterno, que irradiaba directamente sobre Beatriz, me hacía
dichoso al verlo reflejado en su hermoso rostro. Pero ella, desviándome de
esta contemplación con la luz de una sonrisa, me dijo:
—Vuélvete y escucha; que no está solamente en mis ojos el paraíso.
Así como algunas veces se ve la pasión en la fisonomía, si aquélla es tanta
que el alma entera le está sometida, del mismo modo en los destellos del
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fulgor santo, hacia el cual me volví, conocí el deseo de continuar nuestra
plática. Y en efecto, empezó diciendo:
—En esta quinta rama del árbol que recibe la vida por la copa, y fructifica
siempre y nunca pierde sus hojas, son bienaventurados los espíritus que allá
abajo, antes de venir al cielo, alcanzaron tan gran renombre, que toda musa
se enriquecería con sus acciones: mira los brazos de la cruz, y los que te iré
nombrando harán en ellos lo que el relámpago en la nube.
Apenas nombró a Josué, vi pasar un fulgor por la cruz, y el oír pronunciar
aquel nombre y ver deslizarse su resplandor fué todo uno. Al nombre del
Gran Macabeo, vi moverse otra luz dando vueltas a causa de su alegría. Del
mismo modo, a los nombres de Carlo-Magno y de Orlando, mi atenta
mirada siguió a dos luces, como sigue la vista el vuelo del halcón. Después
pasaron ante mis ojos por aquella cruz Guillermo y Rinoardo, el duque
Godofredo y Roberto Guiscardo. En seguida, el alma que me había hablado
se movió del mismo modo y se reunió a los anteriores, demostrándome lo
artista que era entre los cantores del cielo.
Volvíme hacia la derecha para conocer en Beatriz lo que debía hacer, bien
por sus palabras o por sus ademanes; y vi sus ojos tan serenos, tan gozosos,
que su rostro sobrepujaba a todos los otros, y hasta a su anterior aspecto. Y
así como el hombre que obra bien, por el mayor placer que siente, advierte
de día en día el aumento de su virtud, así yo, viendo más resplandeciente
aquel milagro de belleza, reparé que se había hecho más extenso el círculo
de mi rotación juntamente con el cielo; y en breve espacio de tiempo que
muda de color el rostro de una doncella cuando depone el peso de la
vergüenza, presentóse a mis ojos, al volverme, una transmutación
semejante, por efecto de la blancura de la sexta y templada estrella, que me
había recibido en su interior. Yo vi en aquella antorcha de Jove los destellos
del amor que en ella existía, representando a mis ojos nuestro alfabeto; y así
como las aves que se elevan sobre un río, regocijándose al llegar al sitio
donde encuentran su alimento, forman a veces una hilera circular, y otras
veces la prolongan, de igual suerte revoloteaban cantando las santas
criaturas dentro de aquellas luces, y describiendo D, I o L con sus
movimientos.[152] Primeramente ajustaban su baile al canto; después,
representando uno de aquellos caracteres, se detenían un momento y
guardaban silencio.
plática. Y en efecto, empezó diciendo:
—En esta quinta rama del árbol que recibe la vida por la copa, y fructifica
siempre y nunca pierde sus hojas, son bienaventurados los espíritus que allá
abajo, antes de venir al cielo, alcanzaron tan gran renombre, que toda musa
se enriquecería con sus acciones: mira los brazos de la cruz, y los que te iré
nombrando harán en ellos lo que el relámpago en la nube.
Apenas nombró a Josué, vi pasar un fulgor por la cruz, y el oír pronunciar
aquel nombre y ver deslizarse su resplandor fué todo uno. Al nombre del
Gran Macabeo, vi moverse otra luz dando vueltas a causa de su alegría. Del
mismo modo, a los nombres de Carlo-Magno y de Orlando, mi atenta
mirada siguió a dos luces, como sigue la vista el vuelo del halcón. Después
pasaron ante mis ojos por aquella cruz Guillermo y Rinoardo, el duque
Godofredo y Roberto Guiscardo. En seguida, el alma que me había hablado
se movió del mismo modo y se reunió a los anteriores, demostrándome lo
artista que era entre los cantores del cielo.
Volvíme hacia la derecha para conocer en Beatriz lo que debía hacer, bien
por sus palabras o por sus ademanes; y vi sus ojos tan serenos, tan gozosos,
que su rostro sobrepujaba a todos los otros, y hasta a su anterior aspecto. Y
así como el hombre que obra bien, por el mayor placer que siente, advierte
de día en día el aumento de su virtud, así yo, viendo más resplandeciente
aquel milagro de belleza, reparé que se había hecho más extenso el círculo
de mi rotación juntamente con el cielo; y en breve espacio de tiempo que
muda de color el rostro de una doncella cuando depone el peso de la
vergüenza, presentóse a mis ojos, al volverme, una transmutación
semejante, por efecto de la blancura de la sexta y templada estrella, que me
había recibido en su interior. Yo vi en aquella antorcha de Jove los destellos
del amor que en ella existía, representando a mis ojos nuestro alfabeto; y así
como las aves que se elevan sobre un río, regocijándose al llegar al sitio
donde encuentran su alimento, forman a veces una hilera circular, y otras
veces la prolongan, de igual suerte revoloteaban cantando las santas
criaturas dentro de aquellas luces, y describiendo D, I o L con sus
movimientos.[152] Primeramente ajustaban su baile al canto; después,
representando uno de aquellos caracteres, se detenían un momento y
guardaban silencio.
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¡Oh divina Pegásea,[153] que glorificas y prolongas la vida de los ingenios,
haciendo que perpetúen la memoria de las ciudades y de los reinos!
Ilumíname a fin de que describa sus figuras tales cuales las he visto, y de
que aparezca tu poder en estos cortos versos.
Las luces formaron, pues, cinco veces siete vocales y consonantes, y yo
observé aquellas figuras conforme me fueron apareciendo. "Diligite
justitiam" fué el primer verbo y el primer nombre que representaron; "qui
judicatis terram" fueron las últimas palabras. Después, en la M del quinto
vocablo se quedaron formadas de modo que la estrella de Júpiter en aquel
punto parecía de plata moteada de oro. Entonces vi descender otras luces
sobre la parte superior de la M y detenerse allí cantando, según creo, el bien
que hacia sí las atrae. Después, así como del choque de dos tizones
ardientes salen innumerables chispas, de donde los necios deducen
augurios, parecióme que se elevaban más de mil luces, remontándose unas
más y otras menos, según las distribuye el Sol que las enciende; y cuando
cada cual quedó fijo en su puesto, vi que aquellas luces formaban
distintamente la cabeza y el cuello de un águila. Aquel que pinta esto no
tiene quien le guíe, antes bien él guía todas las cosas, y de él procede esa
virtud que mueve a los animales a dar una forma apropiada a sus nidos. Los
demás bienaventurados, que anteriormente parecían contentarse con formar
sobre la M una corona de lises, por medio de un pequeño movimiento
concluyeron la figura del águila.
—¡Oh dulce estrella!, ¡cuántas y qué resplandecientes almas me
demostraron allí que nuestra justicia es un efecto del cielo que tú adornas!
Por eso suplico a la Mente, principio de tu movimiento y de tu fuerza, que
repare de dónde sale el humo que obscurece tus rayos, a fin de que se irrite
otra vez contra los compradores y vendedores del templo que se fortificó
con los milagros y la sangre de los mártires. ¡Oh milicia celestial a quien
contemplo! Ruega por los que existen en la Tierra extraviados por el mal
ejemplo. Era ya antigua costumbre hacer la guerra con la espada; hoy se
hace arrebatando por doquiera el pan que a nadie niega nuestro piadoso
Padre. Pero tú, que escribes solamente para borrar, piensa que aún están
vivos Pedro y Pablo, los cuales murieron por la viña que de tal modo echas
a perder. Con razón puedes decir: "Tengo tan fijos mis deseos en aquél que
quiso vivir solo, y que a consecuencia de un baile fué arrastrado al martirio,
[154]
que no conozco al Pescador ni a Pablo."
haciendo que perpetúen la memoria de las ciudades y de los reinos!
Ilumíname a fin de que describa sus figuras tales cuales las he visto, y de
que aparezca tu poder en estos cortos versos.
Las luces formaron, pues, cinco veces siete vocales y consonantes, y yo
observé aquellas figuras conforme me fueron apareciendo. "Diligite
justitiam" fué el primer verbo y el primer nombre que representaron; "qui
judicatis terram" fueron las últimas palabras. Después, en la M del quinto
vocablo se quedaron formadas de modo que la estrella de Júpiter en aquel
punto parecía de plata moteada de oro. Entonces vi descender otras luces
sobre la parte superior de la M y detenerse allí cantando, según creo, el bien
que hacia sí las atrae. Después, así como del choque de dos tizones
ardientes salen innumerables chispas, de donde los necios deducen
augurios, parecióme que se elevaban más de mil luces, remontándose unas
más y otras menos, según las distribuye el Sol que las enciende; y cuando
cada cual quedó fijo en su puesto, vi que aquellas luces formaban
distintamente la cabeza y el cuello de un águila. Aquel que pinta esto no
tiene quien le guíe, antes bien él guía todas las cosas, y de él procede esa
virtud que mueve a los animales a dar una forma apropiada a sus nidos. Los
demás bienaventurados, que anteriormente parecían contentarse con formar
sobre la M una corona de lises, por medio de un pequeño movimiento
concluyeron la figura del águila.
—¡Oh dulce estrella!, ¡cuántas y qué resplandecientes almas me
demostraron allí que nuestra justicia es un efecto del cielo que tú adornas!
Por eso suplico a la Mente, principio de tu movimiento y de tu fuerza, que
repare de dónde sale el humo que obscurece tus rayos, a fin de que se irrite
otra vez contra los compradores y vendedores del templo que se fortificó
con los milagros y la sangre de los mártires. ¡Oh milicia celestial a quien
contemplo! Ruega por los que existen en la Tierra extraviados por el mal
ejemplo. Era ya antigua costumbre hacer la guerra con la espada; hoy se
hace arrebatando por doquiera el pan que a nadie niega nuestro piadoso
Padre. Pero tú, que escribes solamente para borrar, piensa que aún están
vivos Pedro y Pablo, los cuales murieron por la viña que de tal modo echas
a perder. Con razón puedes decir: "Tengo tan fijos mis deseos en aquél que
quiso vivir solo, y que a consecuencia de un baile fué arrastrado al martirio,
[154]
que no conozco al Pescador ni a Pablo."
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CANTO DECIMONONO
NTE mi aparecía, con las alas abiertas, la bella imagen que
en su dulce fruición hacía dichosas a las almas reunidas.
Cada una de éstas parecía un pequeño rubí, en el que brillaba
tan encendido un rayo de Sol, que reflejaba a mis ojos la
imagen del mismo Sol. Y lo que necesito describir ahora no
lo anunció la voz jamás, ni lo escribió la tinta, ni lo concibió
la imaginación. Porque vi, y aun oí hablar al pico del águila
y decir con su voz "Yo" y "Mio," cuando su intención era decir: "Nos" y
"Nuestro." Y empezó así:
—Por haber sido justo y piadoso estoy aquí exaltado hasta esta gloria, que
no se deja vencer por el deseo; y en la Tierra dejé tal memoria de mí, que
los hombres más perversos la recomiendan, pero no siguen su ejemplo.
Así como de muchas brasas sale un solo calor, así también de aquella
imagen, formada por muchos amores, salía una sola voz. Entonces
respondí:
—¡Oh perpetuas flores de la dicha eterna, que como un solo perfume me
hacéis sentir todos vuestros aromas! Poned fin con vuestras palabras al gran
NTE mi aparecía, con las alas abiertas, la bella imagen que
en su dulce fruición hacía dichosas a las almas reunidas.
Cada una de éstas parecía un pequeño rubí, en el que brillaba
tan encendido un rayo de Sol, que reflejaba a mis ojos la
imagen del mismo Sol. Y lo que necesito describir ahora no
lo anunció la voz jamás, ni lo escribió la tinta, ni lo concibió
la imaginación. Porque vi, y aun oí hablar al pico del águila
y decir con su voz "Yo" y "Mio," cuando su intención era decir: "Nos" y
"Nuestro." Y empezó así:
—Por haber sido justo y piadoso estoy aquí exaltado hasta esta gloria, que
no se deja vencer por el deseo; y en la Tierra dejé tal memoria de mí, que
los hombres más perversos la recomiendan, pero no siguen su ejemplo.
Así como de muchas brasas sale un solo calor, así también de aquella
imagen, formada por muchos amores, salía una sola voz. Entonces
respondí:
—¡Oh perpetuas flores de la dicha eterna, que como un solo perfume me
hacéis sentir todos vuestros aromas! Poned fin con vuestras palabras al gran
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ayuno que me ha tenido hambriento durante largo tiempo, por no encontrar
en la Tierra alimento alguno. Bien sé que, si la justicia divina se refleja en
otras esferas como en un espejo, en la vuestra no se ve a través de un velo.
Sabéis cuán atento me preparo a escucharos; sabéis también cuál es aquella
duda que para mí se convierte en tan antiguo ayuno.
Así como el halcón a quien quitan la caperuza mueve la cabeza, y bate las
alas en señal de contento, demostrando sus deseos e irguiéndose con
gallardía, lo mismo ví hacer al águila que estaba formada de alabanzas de la
divina Gracia, las cuales cantaban como sabe cantar el que se deleita allá
arriba. Después comenzó de esta suerte:
—Aquel que abarcó con su compás hasta las extremidades del mundo, y
encerró en su abertura tantas cosas ocultas y manifiestas, no pudo dejar
sobre todo el universo una huella tan profunda de su poder, que su
entendimiento no fuese infinitamente superior al de todos los
entendimientos creados, como lo prueba el que el primer soberbio, que era
la criatura más excelente, por no esperar la luz de la gracia divina, cayó del
Cielo antes de ser confirmado en ella. De aquí resulta que las criaturas
menos perfectas que aquélla son pequeños receptáculos para contener aquel
bien sin fin, único que puede medirse a sí mismo. Aun nuestra vista, que es
casi un rayo de la mente divina de que están llenas todas las cosas, no
puede, por su naturaleza, ser tan penetrante que discierna su principio sino
bajo una apariencia muy lejana de la verdad. La vista que recibe vuestro
mundo sólo penetra en la justicia sempiterna como el ojo se interna en el
mar; que aunque vea el fondo cerca de la orilla, no lo ve en el inmenso
piélago; y sin embargo, el fondo existe, pero su profundidad misma lo
oculta. No existe luz si no procede del Sér tranquilo que no se turba nunca;
fuera de él no hay más que tinieblas, o sombras de la carne o su veneno.
Bastante he descorrido el velo que te ocultaba la viva justicia, sobre la que
hacías tan frecuentes preguntas, pues tú decías: "Un hombre nace en la
orilla del Indo, y allí no hay quien hable de Cristo, ni quien lea o escriba
con respecto a él; todas sus acciones y deseos son buenos, y en cuanto
puede ver la razón humana, no ha pecado ni en obras ni en palabras: si
muere sin bautismo y sin fe, ¿dónde está la justicia que le condena? ¿Dónde
su falta, si no cree?" Ahora bien: ¿quién eres tú, que quieres tomar asiento
en el tribunal para juzgar a mil millas de distancia con un palmo de vista?
En verdad que quien hablando conmigo sutiliza por ver los rayos de la
en la Tierra alimento alguno. Bien sé que, si la justicia divina se refleja en
otras esferas como en un espejo, en la vuestra no se ve a través de un velo.
Sabéis cuán atento me preparo a escucharos; sabéis también cuál es aquella
duda que para mí se convierte en tan antiguo ayuno.
Así como el halcón a quien quitan la caperuza mueve la cabeza, y bate las
alas en señal de contento, demostrando sus deseos e irguiéndose con
gallardía, lo mismo ví hacer al águila que estaba formada de alabanzas de la
divina Gracia, las cuales cantaban como sabe cantar el que se deleita allá
arriba. Después comenzó de esta suerte:
—Aquel que abarcó con su compás hasta las extremidades del mundo, y
encerró en su abertura tantas cosas ocultas y manifiestas, no pudo dejar
sobre todo el universo una huella tan profunda de su poder, que su
entendimiento no fuese infinitamente superior al de todos los
entendimientos creados, como lo prueba el que el primer soberbio, que era
la criatura más excelente, por no esperar la luz de la gracia divina, cayó del
Cielo antes de ser confirmado en ella. De aquí resulta que las criaturas
menos perfectas que aquélla son pequeños receptáculos para contener aquel
bien sin fin, único que puede medirse a sí mismo. Aun nuestra vista, que es
casi un rayo de la mente divina de que están llenas todas las cosas, no
puede, por su naturaleza, ser tan penetrante que discierna su principio sino
bajo una apariencia muy lejana de la verdad. La vista que recibe vuestro
mundo sólo penetra en la justicia sempiterna como el ojo se interna en el
mar; que aunque vea el fondo cerca de la orilla, no lo ve en el inmenso
piélago; y sin embargo, el fondo existe, pero su profundidad misma lo
oculta. No existe luz si no procede del Sér tranquilo que no se turba nunca;
fuera de él no hay más que tinieblas, o sombras de la carne o su veneno.
Bastante he descorrido el velo que te ocultaba la viva justicia, sobre la que
hacías tan frecuentes preguntas, pues tú decías: "Un hombre nace en la
orilla del Indo, y allí no hay quien hable de Cristo, ni quien lea o escriba
con respecto a él; todas sus acciones y deseos son buenos, y en cuanto
puede ver la razón humana, no ha pecado ni en obras ni en palabras: si
muere sin bautismo y sin fe, ¿dónde está la justicia que le condena? ¿Dónde
su falta, si no cree?" Ahora bien: ¿quién eres tú, que quieres tomar asiento
en el tribunal para juzgar a mil millas de distancia con un palmo de vista?
En verdad que quien hablando conmigo sutiliza por ver los rayos de la
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justicia divina, tendría razón para dudar de su rectitud, si no estuviese sobre
vosotros la Escritura. ¡Oh animales terrestres!, ¡oh inteligencias burdas! La
primera voluntad, que es buena por sí misma, que es el Sumo Bien, no se ha
separado jamás de sí misma. Solamente es justo lo que a ella se conforma;
ningún bien creado la atrae; pero ella produce este bien con sus rayos.
Cual cigüeña que se revuelve sobre el nido, después de haber alimentado a
sus hijos, y así como uno de éstos, ya alimentado, la mira, del mismo modo
empezó la bella imagen a agitarse sobre mí, e igualmente elevé mis ojos
hacia ella, que movía sus alas, impelidas por tantos espíritus. Al dar vueltas,
cantaba y decía: "Mis notas son tan incomprensibles para tí, como el juicio
eterno para vosotros los mortales." Luego que aquellos refulgentes ardores
del Espíritu Santo se detuvieron, sin dejar de formar el signo que hizo a los
Romanos temibles en el mundo,[155] el mismo signo continuó diciendo:
—A este reino no ha subido jamás quien no creyó en Cristo, ni antes ni
después de que éste fuera enclavado en el santo leño: pero mira; muchos
que exclaman "Cristo, Cristo," estarán menos próximos a él en el día del
juicio, que algunos de los que no han conocido a Cristo; y a tales cristianos
causará vergüenza el Etíope, cuando se dividan los dos colegios, uno
enteramente rico, y otro miserable. ¿Qué no podrán decir los Persas a
vuestros reyes, cuando vean abierto aquel volumen en el que se escriben
todos sus desprecios? Allí se verá, entre las obras de Alberto, la que en
breve agitará la pluma, y por la cual quedará desierto el reino de Praga. Allí
se verá el daño que ocasiona junto al Sena, falsificando la moneda, el que
morirá herido por un jabalí.[156] Allí se verá la insaciable soberbia que
enloquece del tal modo al escocés y al inglés, que no pueden sufrir el verse
contenidos en los límites de sus Estados.[157] Se verá la lujuria y la molicie
del de España, y del de Bohemia, que jamás conoció ni quiso conocer el
valor.[158] Allí se verá también marcada con una I la bondad del Cojo de
Jerusalén,[159] mientras que lo contrario a ella tendrá por marca una M. Se
verá la avaricia y la vileza de aquel que guarda la isla del fuego, donde
terminaron los prolongados días de Anquises;[160] y para demostrar su
mezquindad, se emplearán muchas abreviaturas en su escrito, a fin de que
en poco espacio se contengan muchas palabras. Y a la vista de todos
aparecerán las vergonzosas obras del tío y del hermano,[161] que han
envilecido tan egregia estirpe y dos coronas. Allí serán conocidos el de
vosotros la Escritura. ¡Oh animales terrestres!, ¡oh inteligencias burdas! La
primera voluntad, que es buena por sí misma, que es el Sumo Bien, no se ha
separado jamás de sí misma. Solamente es justo lo que a ella se conforma;
ningún bien creado la atrae; pero ella produce este bien con sus rayos.
Cual cigüeña que se revuelve sobre el nido, después de haber alimentado a
sus hijos, y así como uno de éstos, ya alimentado, la mira, del mismo modo
empezó la bella imagen a agitarse sobre mí, e igualmente elevé mis ojos
hacia ella, que movía sus alas, impelidas por tantos espíritus. Al dar vueltas,
cantaba y decía: "Mis notas son tan incomprensibles para tí, como el juicio
eterno para vosotros los mortales." Luego que aquellos refulgentes ardores
del Espíritu Santo se detuvieron, sin dejar de formar el signo que hizo a los
Romanos temibles en el mundo,[155] el mismo signo continuó diciendo:
—A este reino no ha subido jamás quien no creyó en Cristo, ni antes ni
después de que éste fuera enclavado en el santo leño: pero mira; muchos
que exclaman "Cristo, Cristo," estarán menos próximos a él en el día del
juicio, que algunos de los que no han conocido a Cristo; y a tales cristianos
causará vergüenza el Etíope, cuando se dividan los dos colegios, uno
enteramente rico, y otro miserable. ¿Qué no podrán decir los Persas a
vuestros reyes, cuando vean abierto aquel volumen en el que se escriben
todos sus desprecios? Allí se verá, entre las obras de Alberto, la que en
breve agitará la pluma, y por la cual quedará desierto el reino de Praga. Allí
se verá el daño que ocasiona junto al Sena, falsificando la moneda, el que
morirá herido por un jabalí.[156] Allí se verá la insaciable soberbia que
enloquece del tal modo al escocés y al inglés, que no pueden sufrir el verse
contenidos en los límites de sus Estados.[157] Se verá la lujuria y la molicie
del de España, y del de Bohemia, que jamás conoció ni quiso conocer el
valor.[158] Allí se verá también marcada con una I la bondad del Cojo de
Jerusalén,[159] mientras que lo contrario a ella tendrá por marca una M. Se
verá la avaricia y la vileza de aquel que guarda la isla del fuego, donde
terminaron los prolongados días de Anquises;[160] y para demostrar su
mezquindad, se emplearán muchas abreviaturas en su escrito, a fin de que
en poco espacio se contengan muchas palabras. Y a la vista de todos
aparecerán las vergonzosas obras del tío y del hermano,[161] que han
envilecido tan egregia estirpe y dos coronas. Allí serán conocidos el de
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Portugal y el de Noruega,[162] y el de Rascia, que alteró los cuños de
Venecia.[163] ¡Oh Hungría feliz, si no se deja guiar mal! ¡Oh dichosa
Navarra, si se defendiese con el monte que la rodea! Todos deben creer que
ya, en presagio de esto, Nicosia y Famagusta se lamentan y claman contra
su bestia, que no discrepa de las otras.
Venecia.[163] ¡Oh Hungría feliz, si no se deja guiar mal! ¡Oh dichosa
Navarra, si se defendiese con el monte que la rodea! Todos deben creer que
ya, en presagio de esto, Nicosia y Famagusta se lamentan y claman contra
su bestia, que no discrepa de las otras.
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CANTO VIGESIMO
UANDO Aquél que ilumina el mundo entero desciende de
nuestro hemisferio, de tal modo que el día se extingue en
todas partes, el cielo encendido antes por él solo, aparece
súbitamente sembrado de luces, en las cuales se refleja una
sola. Y aquel estado del cielo me vino a la imaginación,
cuando la enseña del mundo y de sus jefes cerró su bendito
pico; porque brillando mucho más todos aquellos vivos
resplandores, entonaron suaves cantos, que han desaparecido de mi
memoria. ¡Oh dulce amor, que bajo aquella riente luz te ocultas! ¡Cuán
ardiente me parecías en medio de aquellos efluvios sonoros, que sólo
respiran santos pensamientos!
Después que las preciosas y brillantes joyas de que vi adornada la sexta
estrella cesaron en sus cantos angélicos, me pareció oír el murmullo de un
río que límpido desciende de roca en roca, mostrando la fecundidad de su
elevado manantial. Y así como el sonido adquiere su forma en el cuello de
la cítara, y en los orificios de la zampoña el soplo del que la toca, así
también subió de improviso aquel murmullo por el cuello del Aguila, como
si éste estuviese perforado. Prodújose allí una voz, que salió por su pico en
forma de palabras, según las esperaba mi corazón, donde las escribí:
UANDO Aquél que ilumina el mundo entero desciende de
nuestro hemisferio, de tal modo que el día se extingue en
todas partes, el cielo encendido antes por él solo, aparece
súbitamente sembrado de luces, en las cuales se refleja una
sola. Y aquel estado del cielo me vino a la imaginación,
cuando la enseña del mundo y de sus jefes cerró su bendito
pico; porque brillando mucho más todos aquellos vivos
resplandores, entonaron suaves cantos, que han desaparecido de mi
memoria. ¡Oh dulce amor, que bajo aquella riente luz te ocultas! ¡Cuán
ardiente me parecías en medio de aquellos efluvios sonoros, que sólo
respiran santos pensamientos!
Después que las preciosas y brillantes joyas de que vi adornada la sexta
estrella cesaron en sus cantos angélicos, me pareció oír el murmullo de un
río que límpido desciende de roca en roca, mostrando la fecundidad de su
elevado manantial. Y así como el sonido adquiere su forma en el cuello de
la cítara, y en los orificios de la zampoña el soplo del que la toca, así
también subió de improviso aquel murmullo por el cuello del Aguila, como
si éste estuviese perforado. Prodújose allí una voz, que salió por su pico en
forma de palabras, según las esperaba mi corazón, donde las escribí:
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—Debes ahora mirar fijamente—empezó a decir—aquella parte de mí
misma que en las águilas mortales contempla y soporta la luz del Sol;
porque entre los fuegos que componen mi figura, los que hacen centellear el
ojo de mi cabeza tienen un grado de luz mayor que todos los demás. Aquel
que, haciendo las veces de pupila, luce en medio, fué el cantor del Espíritu
Santo, que transportó el arca de ciudad en ciudad: ahora conoce el mérito de
su canto en la parte que fué obra de su propia voluntad, por la remuneración
que proporcionalmente ha recibido. De los cinco que forman el arco de mi
ceja, el que está más próximo al pico consoló a la viuda de la pérdida de su
hijo;[164] ahora conoce cuán caro cuesta no seguir a Cristo, por la
experiencia que tiene de esta dulce vida y de la opuesta. El que le sigue en
la parte superior de la circunferencia de que hablo, dilató su muerte para
hacer verdadera penitencia:[165] ahora conoce que los eternos juicios de
Dios son invariables, aunque una ferviente oración consiga allá abajo que
suceda mañana lo que debería suceder hoy. El otro que sigue se hizo griego
conmigo y con las leyes para ceder su puesto al Pastor, guiado por una
buena intención que produjo malos frutos:[166] ahora conoce que el mal
resultado de su buena acción no le es nocivo, por más que haya sido causa
de la destrucción del mundo. Aquel que ves en el declive del arco fué
Guillermo, a quien llora la Tierra que se lamenta de Carlos y Federico
vivos:[167] ahora conoce el amor del cielo hacia un rey justo, y así lo
manifiesta por el resplandor de que está rodeado. ¿Quién creería en el
mundo lleno de errores, que el troyano Rifeo fuera en este arco la quinta de
las luces santas? Aunque su vista no penetre hasta el fondo de la divina
gracia, demasiado conoce ahora lo que en ella no puede ver el mundo.
Como la alondra que en el aire se cierne cantando, y después calla, contenta
de la última melodía que la satisface, tal me pareció la imagen, satisfecha
del eterno placer, por cuya voluntad todas las cosas son lo que son: y aun
cuando yo hiciese allí visibles mis dudas como el vidrio manifiesta por su
transparencia el color de que se ha revestido su superficie, esas mismas
dudas no me permitieron esperar la respuesta callando, sino que con su
fuerza hicieron salir de mi boca estas palabras: "¿Qué cosas son esas?": por
lo cual conocí en los nuevos destellos que despedían aquellas almas
dichosas la alegría que les causaba responder a mis preguntas. Después, con
el ojo más inflamado, me respondió el bendito signo, para no tenerme por
más tiempo entregado a mi asombro:
misma que en las águilas mortales contempla y soporta la luz del Sol;
porque entre los fuegos que componen mi figura, los que hacen centellear el
ojo de mi cabeza tienen un grado de luz mayor que todos los demás. Aquel
que, haciendo las veces de pupila, luce en medio, fué el cantor del Espíritu
Santo, que transportó el arca de ciudad en ciudad: ahora conoce el mérito de
su canto en la parte que fué obra de su propia voluntad, por la remuneración
que proporcionalmente ha recibido. De los cinco que forman el arco de mi
ceja, el que está más próximo al pico consoló a la viuda de la pérdida de su
hijo;[164] ahora conoce cuán caro cuesta no seguir a Cristo, por la
experiencia que tiene de esta dulce vida y de la opuesta. El que le sigue en
la parte superior de la circunferencia de que hablo, dilató su muerte para
hacer verdadera penitencia:[165] ahora conoce que los eternos juicios de
Dios son invariables, aunque una ferviente oración consiga allá abajo que
suceda mañana lo que debería suceder hoy. El otro que sigue se hizo griego
conmigo y con las leyes para ceder su puesto al Pastor, guiado por una
buena intención que produjo malos frutos:[166] ahora conoce que el mal
resultado de su buena acción no le es nocivo, por más que haya sido causa
de la destrucción del mundo. Aquel que ves en el declive del arco fué
Guillermo, a quien llora la Tierra que se lamenta de Carlos y Federico
vivos:[167] ahora conoce el amor del cielo hacia un rey justo, y así lo
manifiesta por el resplandor de que está rodeado. ¿Quién creería en el
mundo lleno de errores, que el troyano Rifeo fuera en este arco la quinta de
las luces santas? Aunque su vista no penetre hasta el fondo de la divina
gracia, demasiado conoce ahora lo que en ella no puede ver el mundo.
Como la alondra que en el aire se cierne cantando, y después calla, contenta
de la última melodía que la satisface, tal me pareció la imagen, satisfecha
del eterno placer, por cuya voluntad todas las cosas son lo que son: y aun
cuando yo hiciese allí visibles mis dudas como el vidrio manifiesta por su
transparencia el color de que se ha revestido su superficie, esas mismas
dudas no me permitieron esperar la respuesta callando, sino que con su
fuerza hicieron salir de mi boca estas palabras: "¿Qué cosas son esas?": por
lo cual conocí en los nuevos destellos que despedían aquellas almas
dichosas la alegría que les causaba responder a mis preguntas. Después, con
el ojo más inflamado, me respondió el bendito signo, para no tenerme por
más tiempo entregado a mi asombro:
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—Veo que crees estas cosas, porque yo las digo; pero no comprendes cómo
pueden ser: de suerte que, aunque creídas, no por eso están menos ocultas.
Tú haces como aquel que aprende a conocer las cosas por su nombre, pero
que no puede ver su esencia, si otro no se la manifiesta. "Regnum
coelorum" cede a la violencia del ardiente deseo y de la viva esperanza,
cuyos afectos vencen a la divina voluntad; pero no a la manera que el
hombre prevalece sobre el hombre, sino que la vencen porque quiere ser
vencida; y vencida, vence con su benignidad. Te causan asombro la primera
y la quinta almas que forman el arco de la ceja, porque ves adornada con
ellas la región de los Angeles. No salieron paganas de sus cuerpos, como
crees, sino cristianas, teniendo fe viva, la una en los pies que debían ser
crucificados, y la otra en los que ya lo habían sido. Una de ellas, saliendo
del Infierno donde nadie se convierte a Dios con buen deseo, volvió a
habitar su cuerpo en recompensa de una viva esperanza; de una viva
esperanza, que rogó fervientemente a Dios para resucitarla, a fin de que su
voluntad pudiera ser movida. El alma gloriosa de que se habla, vuelta a su
carne en que permaneció poco tiempo, creyó en Aquél que podía ayudarla;
y al creer, se abrasó de tal modo en el fuego de un verdadero amor, que
después de su segunda muerte fué digna de venir a participar de estos
goces. La otra, merced a una gracia que mana de una fuente tan profunda,
que no ha habido criatura cuya mirada pudiera penetrar hasta su manantial,
cifró allá abajo todo su amor en la justicia; por lo cual de gracia en gracia
Dios abrió sus ojos a nuestra redención futura, y creyendo en ella, no
soportó por más tiempo la fetidez del paganismo, reprendiendo por su causa
a las gentes pervertidas. Aquellas tres mujeres que viste junto a la rueda
derecha del carro, le bautizaron más de mil años antes de que se instituyera
el bautismo. ¡Oh predestinación!, ¡cuán remota está tu raíz de la vista de
aquellos que no ven toda la causa primera! Y vosotros, mortales, sed
circunspectos en vuestros juicios; pues nosotros, que vemos a Dios, no
conocemos aún todos sus elegidos: y sin embargo, no es grata semejante
ignorancia; porque nuestra beatitud se perfecciona con este bien, y
queremos lo que Dios quiere.
Tal fué el suave remedio que me dió aquella imagen divina para aclarar mi
vista. Y así como un buen tocador de cítara hace acompañamiento a un buen
cantor con la vibración de las cuerdas, adquiriendo de este modo mayor
atractivo el canto, así mientras hablaba, recuerdo que vi a los benditos
pueden ser: de suerte que, aunque creídas, no por eso están menos ocultas.
Tú haces como aquel que aprende a conocer las cosas por su nombre, pero
que no puede ver su esencia, si otro no se la manifiesta. "Regnum
coelorum" cede a la violencia del ardiente deseo y de la viva esperanza,
cuyos afectos vencen a la divina voluntad; pero no a la manera que el
hombre prevalece sobre el hombre, sino que la vencen porque quiere ser
vencida; y vencida, vence con su benignidad. Te causan asombro la primera
y la quinta almas que forman el arco de la ceja, porque ves adornada con
ellas la región de los Angeles. No salieron paganas de sus cuerpos, como
crees, sino cristianas, teniendo fe viva, la una en los pies que debían ser
crucificados, y la otra en los que ya lo habían sido. Una de ellas, saliendo
del Infierno donde nadie se convierte a Dios con buen deseo, volvió a
habitar su cuerpo en recompensa de una viva esperanza; de una viva
esperanza, que rogó fervientemente a Dios para resucitarla, a fin de que su
voluntad pudiera ser movida. El alma gloriosa de que se habla, vuelta a su
carne en que permaneció poco tiempo, creyó en Aquél que podía ayudarla;
y al creer, se abrasó de tal modo en el fuego de un verdadero amor, que
después de su segunda muerte fué digna de venir a participar de estos
goces. La otra, merced a una gracia que mana de una fuente tan profunda,
que no ha habido criatura cuya mirada pudiera penetrar hasta su manantial,
cifró allá abajo todo su amor en la justicia; por lo cual de gracia en gracia
Dios abrió sus ojos a nuestra redención futura, y creyendo en ella, no
soportó por más tiempo la fetidez del paganismo, reprendiendo por su causa
a las gentes pervertidas. Aquellas tres mujeres que viste junto a la rueda
derecha del carro, le bautizaron más de mil años antes de que se instituyera
el bautismo. ¡Oh predestinación!, ¡cuán remota está tu raíz de la vista de
aquellos que no ven toda la causa primera! Y vosotros, mortales, sed
circunspectos en vuestros juicios; pues nosotros, que vemos a Dios, no
conocemos aún todos sus elegidos: y sin embargo, no es grata semejante
ignorancia; porque nuestra beatitud se perfecciona con este bien, y
queremos lo que Dios quiere.
Tal fué el suave remedio que me dió aquella imagen divina para aclarar mi
vista. Y así como un buen tocador de cítara hace acompañamiento a un buen
cantor con la vibración de las cuerdas, adquiriendo de este modo mayor
atractivo el canto, así mientras hablaba, recuerdo que vi a los benditos
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resplandores agitar sus llamas al compás de las palabras, como los párpados
que se mueven acordes y al mismo tiempo.
que se mueven acordes y al mismo tiempo.
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CANTO VIGESIMOPRIMERO
IS ojos se habían fijado de nuevo en el rostro de mi Dama, y
el ánimo con ellos se había separado de todo otro objeto.
Ella no sonreía:
—Pero si yo riese—empezó a decirme—, te quedarías como
Semele, cuando fué reducida a cenizas; pues mi belleza, que,
según has visto, brilla más cuanto más asciende por las
gradas del eterno palacio, si no se moderase, resplandecería tanto, que tu
fuerza mortal perecería ante su fulgor como la rama destrozada por el rayo.
Nos hemos elevado al séptimo esplendor[168] que, colocado bajo el pecho
del ardiente León, difunde ahora sobre la Tierra sus rayos mezclados con el
fuerte influjo de aquél. Fija la mente en pos de tus miradas, y haz de tus
ojos un espejo para la imagen que se te aparecerá en este espejo.
Quien supiese cuán dulcemente se recreaba mi vista en el semblante
dichoso de Beatriz, cuando invitado por ella la dirigí hacia otro objeto,
conocería lo grato que me sería obedecer a mi Guía celestial, considerando
que el placer de obedecerla contrabalanceaba al que yo sentía
contemplándola. Dentro del cristal que, rodeando al mundo, lleva el nombre
de su querido señor, bajo cuyo imperio permaneció muerto todo mal, vi una
IS ojos se habían fijado de nuevo en el rostro de mi Dama, y
el ánimo con ellos se había separado de todo otro objeto.
Ella no sonreía:
—Pero si yo riese—empezó a decirme—, te quedarías como
Semele, cuando fué reducida a cenizas; pues mi belleza, que,
según has visto, brilla más cuanto más asciende por las
gradas del eterno palacio, si no se moderase, resplandecería tanto, que tu
fuerza mortal perecería ante su fulgor como la rama destrozada por el rayo.
Nos hemos elevado al séptimo esplendor[168] que, colocado bajo el pecho
del ardiente León, difunde ahora sobre la Tierra sus rayos mezclados con el
fuerte influjo de aquél. Fija la mente en pos de tus miradas, y haz de tus
ojos un espejo para la imagen que se te aparecerá en este espejo.
Quien supiese cuán dulcemente se recreaba mi vista en el semblante
dichoso de Beatriz, cuando invitado por ella la dirigí hacia otro objeto,
conocería lo grato que me sería obedecer a mi Guía celestial, considerando
que el placer de obedecerla contrabalanceaba al que yo sentía
contemplándola. Dentro del cristal que, rodeando al mundo, lleva el nombre
de su querido señor, bajo cuyo imperio permaneció muerto todo mal, vi una
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escala del color del oro en que se refleja un rayo de Sol, y tan elevada, que
mis ojos no podían seguirla. Vi además bajar por sus escalones tantos
resplandores, que pensé que todas las luces que brillaban en el cielo estaban
esparcidas allí. Y así, como, por una costumbre natural, las cornejas se
agitan reunidas al romper el día para dar calor a sus ateridas alas, y mientras
se alejan algunas sin volver, otras regresan al punto de donde se
remontaban, y otras revolotean sobre él, lo mismo me pareció que hacían
aquellos fulgores que habían ido descendiendo hasta que se detuvieron en
un escalón determinado. El que se quedó más cerca de nosotros empezó a
resplandecer tanto, que yo decía entre mí: "Conozco el amor que me
anuncias." Pero Aquélla, de quien espero la orden para hablar o callar,
permaneció inmóvil: así es que, a pesar mío, hice bien en no preguntar
nada. Por lo cual, ella, que leía en la vista de Aquél que lo ve todo el deseo
que yo ocultaba, me dijo:
—Puedes manifestar tu ardiente anhelo.
Entonces empecé de esta suerte:
—Mis méritos no me hacen digno de tu respuesta; pero en nombre de
aquella que me permite interrogarte, alma bienaventurada, que te ocultas en
tu alegría, dame a conocer la causa que tanto te aproxima a mí, y dime por
qué no se oye en esta esfera la dulce sinfonía del Paraíso, que tan
devotamente resuena en las de abajo.
—Tu oído es tan débil como tu vista—me contestó—; aquí no se canta por
la misma razón que Beatriz no sonríe. He descendido tanto por las gradas
de la escala santa, sólo para recrearte con mis palabras y con la luz de que
estoy revestida. No es un mayor afecto lo que me ha hecho más solícita;
pues en toda esta escala hay un amor tan ferviente y más que el mío, según
te lo manifiestan los destellos de esas almas; pero la alta caridad, que nos
convierte en siervas atentas a la voluntad que rige al mundo, nos designa el
sitio en que, según puedes ver, estamos colocadas.
—Bien veo—dije yo—, ¡oh sagrada lámpara!, que un amor libre basta en
esta corte para hacer lo que quiere la eterna Providencia; mas lo que me
parece sumamente difícil de comprender es por qué fuiste tú entre todas tus
compañeras la destinada a este cargo.
mis ojos no podían seguirla. Vi además bajar por sus escalones tantos
resplandores, que pensé que todas las luces que brillaban en el cielo estaban
esparcidas allí. Y así, como, por una costumbre natural, las cornejas se
agitan reunidas al romper el día para dar calor a sus ateridas alas, y mientras
se alejan algunas sin volver, otras regresan al punto de donde se
remontaban, y otras revolotean sobre él, lo mismo me pareció que hacían
aquellos fulgores que habían ido descendiendo hasta que se detuvieron en
un escalón determinado. El que se quedó más cerca de nosotros empezó a
resplandecer tanto, que yo decía entre mí: "Conozco el amor que me
anuncias." Pero Aquélla, de quien espero la orden para hablar o callar,
permaneció inmóvil: así es que, a pesar mío, hice bien en no preguntar
nada. Por lo cual, ella, que leía en la vista de Aquél que lo ve todo el deseo
que yo ocultaba, me dijo:
—Puedes manifestar tu ardiente anhelo.
Entonces empecé de esta suerte:
—Mis méritos no me hacen digno de tu respuesta; pero en nombre de
aquella que me permite interrogarte, alma bienaventurada, que te ocultas en
tu alegría, dame a conocer la causa que tanto te aproxima a mí, y dime por
qué no se oye en esta esfera la dulce sinfonía del Paraíso, que tan
devotamente resuena en las de abajo.
—Tu oído es tan débil como tu vista—me contestó—; aquí no se canta por
la misma razón que Beatriz no sonríe. He descendido tanto por las gradas
de la escala santa, sólo para recrearte con mis palabras y con la luz de que
estoy revestida. No es un mayor afecto lo que me ha hecho más solícita;
pues en toda esta escala hay un amor tan ferviente y más que el mío, según
te lo manifiestan los destellos de esas almas; pero la alta caridad, que nos
convierte en siervas atentas a la voluntad que rige al mundo, nos designa el
sitio en que, según puedes ver, estamos colocadas.
—Bien veo—dije yo—, ¡oh sagrada lámpara!, que un amor libre basta en
esta corte para hacer lo que quiere la eterna Providencia; mas lo que me
parece sumamente difícil de comprender es por qué fuiste tú entre todas tus
compañeras la destinada a este cargo.
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Aun no había pronunciado la última palabra, cuando la luz, haciendo un eje
de su centro, giró con la rapidez de una rueda. Después me respondió la
amorosa alma que estaba dentro de ella:
—La luz divina se fija en mí penetrando en la que me envuelve, y su virtud,
unida a mi vista, me eleva tanto sobre mí misma, que veo la suma esencia
de que aquélla emana. De aquí proviene la alegría con que brillo; porque a
la claridad de mi visión junto la de la luz que me rodea. Pero el alma que
más brilla en el cielo, el serafín que tiene más fijos los ojos en Dios no
podrá satisfacer tus preguntas; porque lo que deseas saber penetra tan
profundamente en el abismo del decreto eterno, que está muy apartado de
toda vista creada; y cuando vuelvas al mundo mortal, refiere lo que te digo,
a fin de que nadie presuma llegar al fondo de tal arcano. La mente, que aquí
es luz, en la Tierra es humo; considera, pues, cómo podrá comprender allá
abajo lo que aquí no comprende, por más que el cielo la enaltezca.
Sus palabras me contuvieron de tal modo, que abandoné la cuestión, y me
limité a rogarle humildemente que me dijese quién era.
—Entre las dos costas de Italia, y no muy lejos de tu patria, se elevan unos
peñascos, tanto que los truenos retumban a mucha menos altura. Aquellos
peñascos forman una eminencia que se llama Catria, al pie de la cual hay un
yermo consagrado únicamente al culto del verdadero Dios.
Así empezó a hablar por tercera vez; y continuando luego, añadió:
—De tal modo me dediqué allí al servicio de Dios, que sólo con legumbres
y zumo de olivas pasaba fácilmente fríos y calores, satisfecho con mis ideas
contemplativas. Aquel claustro producía fértilmente para esta parte de los
cielos, y ahora está tan vacío, que será preciso que en breve lo sepa el
mundo. En aquel sitio estuve yo, Pedro Damián; y Pedro el Pecador en la
casa de Nuestra Señora, a orillas del Adriático. Escasa era ya mi vida
mortal, cuando fuí llamado y obligado a recibir aquel capelo que sólo se
transmite de malo a peor. Vinieron en otro tiempo Cefas y el Vaso de
elección del Espíritu Santo,[169] flacos y descalzos, aceptando su alimento
de cualquier mano. Ahora los modernos pastores quieren que de uno y otro
lado los apoyen, ¡tan pesados son!, y que les lleven en litera, y que vaya
detrás quien les sostenga la cola. Cubren con sus mantos sus cabalgaduras,
de su centro, giró con la rapidez de una rueda. Después me respondió la
amorosa alma que estaba dentro de ella:
—La luz divina se fija en mí penetrando en la que me envuelve, y su virtud,
unida a mi vista, me eleva tanto sobre mí misma, que veo la suma esencia
de que aquélla emana. De aquí proviene la alegría con que brillo; porque a
la claridad de mi visión junto la de la luz que me rodea. Pero el alma que
más brilla en el cielo, el serafín que tiene más fijos los ojos en Dios no
podrá satisfacer tus preguntas; porque lo que deseas saber penetra tan
profundamente en el abismo del decreto eterno, que está muy apartado de
toda vista creada; y cuando vuelvas al mundo mortal, refiere lo que te digo,
a fin de que nadie presuma llegar al fondo de tal arcano. La mente, que aquí
es luz, en la Tierra es humo; considera, pues, cómo podrá comprender allá
abajo lo que aquí no comprende, por más que el cielo la enaltezca.
Sus palabras me contuvieron de tal modo, que abandoné la cuestión, y me
limité a rogarle humildemente que me dijese quién era.
—Entre las dos costas de Italia, y no muy lejos de tu patria, se elevan unos
peñascos, tanto que los truenos retumban a mucha menos altura. Aquellos
peñascos forman una eminencia que se llama Catria, al pie de la cual hay un
yermo consagrado únicamente al culto del verdadero Dios.
Así empezó a hablar por tercera vez; y continuando luego, añadió:
—De tal modo me dediqué allí al servicio de Dios, que sólo con legumbres
y zumo de olivas pasaba fácilmente fríos y calores, satisfecho con mis ideas
contemplativas. Aquel claustro producía fértilmente para esta parte de los
cielos, y ahora está tan vacío, que será preciso que en breve lo sepa el
mundo. En aquel sitio estuve yo, Pedro Damián; y Pedro el Pecador en la
casa de Nuestra Señora, a orillas del Adriático. Escasa era ya mi vida
mortal, cuando fuí llamado y obligado a recibir aquel capelo que sólo se
transmite de malo a peor. Vinieron en otro tiempo Cefas y el Vaso de
elección del Espíritu Santo,[169] flacos y descalzos, aceptando su alimento
de cualquier mano. Ahora los modernos pastores quieren que de uno y otro
lado los apoyen, ¡tan pesados son!, y que les lleven en litera, y que vaya
detrás quien les sostenga la cola. Cubren con sus mantos sus cabalgaduras,
Page 373
de suerte que van dos bestias bajo una sola piel. ¡Oh paciencia de Dios, que
tanto soportas!
Al sonido de estas palabras, vi muchas llamas que bajaban girando de
escalón en escalón, y a cada vuelta se hacían más bellas. Vinieron a
detenerse alrededor de aquella luz, y prorrumpieron en un clamor tan alto,
que nada en el mundo puede asemejársele: su estruendo me ensordeció de
tal modo, que no comprendí lo que dijeron.
tanto soportas!
Al sonido de estas palabras, vi muchas llamas que bajaban girando de
escalón en escalón, y a cada vuelta se hacían más bellas. Vinieron a
detenerse alrededor de aquella luz, y prorrumpieron en un clamor tan alto,
que nada en el mundo puede asemejársele: su estruendo me ensordeció de
tal modo, que no comprendí lo que dijeron.
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CANTO VEGESIMOSEGUNDO
UDO de estupor me volví hacia mi Guía, como un niño que
se acoge siempre a quien le inspira más confianza: y aquélla,
como la madre que socorre prontamente al hijo azorado y
pálido con su voz consoladora, me dijo:
—¿No sabes que estás en el cielo? ¿No sabes que todo el
cielo es santo, y que lo que en él se hace procede de un buen
celo? Si el grito que acabas de oír te ha conmovido tanto, ahora puedes
pensar cómo te habría perturbado aquel suave cántico unido a mi sonrisa. Y
si hubieras comprendido lo que se rogó al exhalar ese grito, conocerías la
venganza que verás antes de tu muerte. La espada de aquí arriba no hiere
nunca demasiado pronto, ni demasiado tarde, como suele parecerles a los
que la esperan con temor o con deseo. Pero ahora vuélvete hacia otro lado,
y verás muchos espíritus ilustres, si diriges tus miradas según te indico.
Volví los ojos como ella quiso, y vi cien pequeñas esferas, que se
embellecían unas a otras con sus mutuos rayos. Yo estaba como aquel que
reprime en sí el agudo estímulo del deseo, y no se aventura a preguntar,
temiendo excederse, cuando la mayor y más brillante de aquellas perlas se
adelantó para contentar mi curiosidad: después oí en su interior:
UDO de estupor me volví hacia mi Guía, como un niño que
se acoge siempre a quien le inspira más confianza: y aquélla,
como la madre que socorre prontamente al hijo azorado y
pálido con su voz consoladora, me dijo:
—¿No sabes que estás en el cielo? ¿No sabes que todo el
cielo es santo, y que lo que en él se hace procede de un buen
celo? Si el grito que acabas de oír te ha conmovido tanto, ahora puedes
pensar cómo te habría perturbado aquel suave cántico unido a mi sonrisa. Y
si hubieras comprendido lo que se rogó al exhalar ese grito, conocerías la
venganza que verás antes de tu muerte. La espada de aquí arriba no hiere
nunca demasiado pronto, ni demasiado tarde, como suele parecerles a los
que la esperan con temor o con deseo. Pero ahora vuélvete hacia otro lado,
y verás muchos espíritus ilustres, si diriges tus miradas según te indico.
Volví los ojos como ella quiso, y vi cien pequeñas esferas, que se
embellecían unas a otras con sus mutuos rayos. Yo estaba como aquel que
reprime en sí el agudo estímulo del deseo, y no se aventura a preguntar,
temiendo excederse, cuando la mayor y más brillante de aquellas perlas se
adelantó para contentar mi curiosidad: después oí en su interior:
Page 375
—Si vieses, como yo, la caridad que arde entre nosotros, habrías expresado
ya tus deseos; pero a fin de que, por demasiado esperar, no tardes en llegar
al alto fin de tu viaje, contestaré al pensamiento que no te atreves a proferir.
La cumbre de aquel monte en cuya falda está Casino fué frecuentada en
otro tiempo por gentes engañadas y mal dispuestas. Yo soy el que llevó allí
el nombre de Aquél que enseñó en la Tierra la verdad que tanto nos
enaltece;[170] y lució sobre mí tanta gracia, que aparté a las ciudades
circunvecinas del impío culto que sedujo al mundo. Esos otros fuegos
fueron todos hombres contemplativos, abrasados en aquel ardor que hace
nacer las flores y los frutos santos. Aquí están Macario y Romualdo; aquí
están mis hermanos, que se encerraron en el claustro y conservaron un
corazón perseverante.
Lo contesté:
—El afecto que demuestras hablando conmigo, y la benevolencia que veo y
observo en todas vuestras luces, me inspiran la misma confianza que inspira
el Sol a la rosa cuando se abre tanto cuanto le es posible. Por eso te ruego,
padre, que si soy digno de tal merced, me concedas la gracia de ver tu
imagen descubierta.
—Hermano—me respondió—: tu elevado deseo se realizará en la última
esfera, donde se realizan todos los otros y los míos, y donde todos son
perfectos, maduros y enteros: en aquella sola esfera, todas sus partes
permanecen inmóviles, porque no está en un sitio, ni gira entre dos polos, y
nuestra escala llega hasta ella, lo que hace que la pierdas de vista. El
patriarca Jacob la vió prolongarse hasta arriba, cuando se le apareció tan
llena de ángeles; pero ahora no retira nadie sus pies de la tierra para subirla,
y mi regla sólo sirve abajo para gastar papel. Los muros que eran una
abadía se han convertido en cavernas; y las cogullas en sacos de mala
harina. La más sórdida usura no es tan contraria a la voluntad de Dios,
como lo es el fruto de esas riquezas que tanto enloquecen el corazón de los
monjes, porque todo lo que la Iglesia guarda pertenece a aquellos que piden
por Dios, y no a los parientes o a otros más indignos. La carne de los
mortales es tan flexible, que las buenas obras no duran el tiempo que
transcurre desde el nacimiento de la encina hasta la formación de la bellota.
Pedro empezó su fecunda tarea sin oro ni plata; yo con oraciones y con
ayunos; Francisco basó su orden en la humildad: y si atiendes al principio
ya tus deseos; pero a fin de que, por demasiado esperar, no tardes en llegar
al alto fin de tu viaje, contestaré al pensamiento que no te atreves a proferir.
La cumbre de aquel monte en cuya falda está Casino fué frecuentada en
otro tiempo por gentes engañadas y mal dispuestas. Yo soy el que llevó allí
el nombre de Aquél que enseñó en la Tierra la verdad que tanto nos
enaltece;[170] y lució sobre mí tanta gracia, que aparté a las ciudades
circunvecinas del impío culto que sedujo al mundo. Esos otros fuegos
fueron todos hombres contemplativos, abrasados en aquel ardor que hace
nacer las flores y los frutos santos. Aquí están Macario y Romualdo; aquí
están mis hermanos, que se encerraron en el claustro y conservaron un
corazón perseverante.
Lo contesté:
—El afecto que demuestras hablando conmigo, y la benevolencia que veo y
observo en todas vuestras luces, me inspiran la misma confianza que inspira
el Sol a la rosa cuando se abre tanto cuanto le es posible. Por eso te ruego,
padre, que si soy digno de tal merced, me concedas la gracia de ver tu
imagen descubierta.
—Hermano—me respondió—: tu elevado deseo se realizará en la última
esfera, donde se realizan todos los otros y los míos, y donde todos son
perfectos, maduros y enteros: en aquella sola esfera, todas sus partes
permanecen inmóviles, porque no está en un sitio, ni gira entre dos polos, y
nuestra escala llega hasta ella, lo que hace que la pierdas de vista. El
patriarca Jacob la vió prolongarse hasta arriba, cuando se le apareció tan
llena de ángeles; pero ahora no retira nadie sus pies de la tierra para subirla,
y mi regla sólo sirve abajo para gastar papel. Los muros que eran una
abadía se han convertido en cavernas; y las cogullas en sacos de mala
harina. La más sórdida usura no es tan contraria a la voluntad de Dios,
como lo es el fruto de esas riquezas que tanto enloquecen el corazón de los
monjes, porque todo lo que la Iglesia guarda pertenece a aquellos que piden
por Dios, y no a los parientes o a otros más indignos. La carne de los
mortales es tan flexible, que las buenas obras no duran el tiempo que
transcurre desde el nacimiento de la encina hasta la formación de la bellota.
Pedro empezó su fecunda tarea sin oro ni plata; yo con oraciones y con
ayunos; Francisco basó su orden en la humildad: y si atiendes al principio
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de cada orden, y consideras después adonde han llegado, verás lo blanco
cambiado en negro. Más admiración causó en verdad ver al Jordán
retrocediendo y al mar huír cuando Dios quiso, que la causará ver
remediados estos males.
Así me dijo, y después se reunió a sus demás compañeros, que a su vez se
reconcentraron, y como un torbellino se elevaron a lo alto. La dulce Dama
con un solo ademán me impulsó a subir tras ellos por aquella escala: tanto
fué lo que su virtud venció mi grave naturaleza: y jamás aquí abajo, donde
se sube y desciende naturalmente, hubo un movimiento tan rápido que
pudiera igualar a mi vuelo. Así pueda volver, ¡oh lector!, a aquel piadoso
reino triunfante, por el que lloro con frecuencia mis pecados golpeándome
el pecho, como es cierto que vi el signo que sigue al Tauro,[171] y me
encontré en él en menos tiempo del que necesitarías para meter y sacar un
dedo del fuego. ¡Oh gloriosas estrellas!, ¡oh luz llena de gran virtud, en la
que reconozco todo mi ingenio, cualquiera que ésta sea! Con vosotras nacía,
y se ocultaba con vosotras aquel que es padre de toda vida mortal,[172]
cuando sentí por vez primera el aire toscano; y cuando más tarde se me
concedió la gracia de entrar en la alta rueda que os hace girar, me fué
también permitido pasar por la región en donde estáis. A vosotras dirige
ahora devotamente mi alma sus suspiros, para alcanzar la virtud necesaria
en la difícil empresa que la atrae.
—Estás tan cerca de la última salvación—empezó a decirme Beatriz—, que
debes tener los ojos claros y penetrantes; así pues, antes de que llegues a
ella, mira hacia abajo y contempla cuántos mundos he puesto bajo tus pies,
a fin de que tu corazón se presente tan gozoso como pueda ante la triunfante
multitud que alegre acude por esta bóveda etérea.
Recorrí con la vista todas las siete esferas, y ví a nuestro globo tan pequeño,
que me reí de su vil aspecto: así es que apruebo como mejor parecer el de
quien le tiene en poca estima; pudiendo llamarse verdaderamente probo el
que sólo piensa en el otro mundo.
Vi a la hija de Latona inflamada, sin aquella sombra que fué causa de que
yo la creyera enrarecida y densa. Allí, ¡oh Hiperión!, pudieron soportar mis
ojos la luz de tu hijo, y vi cómo se mueven próximas a él y en derredor suyo
Maya y Dione. Allí me apareció Júpiter atemperando a su padre y a su hijo;
cambiado en negro. Más admiración causó en verdad ver al Jordán
retrocediendo y al mar huír cuando Dios quiso, que la causará ver
remediados estos males.
Así me dijo, y después se reunió a sus demás compañeros, que a su vez se
reconcentraron, y como un torbellino se elevaron a lo alto. La dulce Dama
con un solo ademán me impulsó a subir tras ellos por aquella escala: tanto
fué lo que su virtud venció mi grave naturaleza: y jamás aquí abajo, donde
se sube y desciende naturalmente, hubo un movimiento tan rápido que
pudiera igualar a mi vuelo. Así pueda volver, ¡oh lector!, a aquel piadoso
reino triunfante, por el que lloro con frecuencia mis pecados golpeándome
el pecho, como es cierto que vi el signo que sigue al Tauro,[171] y me
encontré en él en menos tiempo del que necesitarías para meter y sacar un
dedo del fuego. ¡Oh gloriosas estrellas!, ¡oh luz llena de gran virtud, en la
que reconozco todo mi ingenio, cualquiera que ésta sea! Con vosotras nacía,
y se ocultaba con vosotras aquel que es padre de toda vida mortal,[172]
cuando sentí por vez primera el aire toscano; y cuando más tarde se me
concedió la gracia de entrar en la alta rueda que os hace girar, me fué
también permitido pasar por la región en donde estáis. A vosotras dirige
ahora devotamente mi alma sus suspiros, para alcanzar la virtud necesaria
en la difícil empresa que la atrae.
—Estás tan cerca de la última salvación—empezó a decirme Beatriz—, que
debes tener los ojos claros y penetrantes; así pues, antes de que llegues a
ella, mira hacia abajo y contempla cuántos mundos he puesto bajo tus pies,
a fin de que tu corazón se presente tan gozoso como pueda ante la triunfante
multitud que alegre acude por esta bóveda etérea.
Recorrí con la vista todas las siete esferas, y ví a nuestro globo tan pequeño,
que me reí de su vil aspecto: así es que apruebo como mejor parecer el de
quien le tiene en poca estima; pudiendo llamarse verdaderamente probo el
que sólo piensa en el otro mundo.
Vi a la hija de Latona inflamada, sin aquella sombra que fué causa de que
yo la creyera enrarecida y densa. Allí, ¡oh Hiperión!, pudieron soportar mis
ojos la luz de tu hijo, y vi cómo se mueven próximas a él y en derredor suyo
Maya y Dione. Allí me apareció Júpiter atemperando a su padre y a su hijo;
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[173]
allí distinguí con claridad sus frecuentes cambios de lugar, y todos los
siete planetas me manifestaron su magnitud, su velocidad, y la distancia a
que respectivamente se encuentran colocados. Aquel pequeño punto que
nos hace tan orgullosos se me apareció por completo desde las montañas a
los mares, mientras que yo giraba con los eternos Gemelos. Después fijé
mis ojos en los hermosos ojos.
allí distinguí con claridad sus frecuentes cambios de lugar, y todos los
siete planetas me manifestaron su magnitud, su velocidad, y la distancia a
que respectivamente se encuentran colocados. Aquel pequeño punto que
nos hace tan orgullosos se me apareció por completo desde las montañas a
los mares, mientras que yo giraba con los eternos Gemelos. Después fijé
mis ojos en los hermosos ojos.
Page 378
CANTO VIGESIMOTERCERO
OMO el ave que, habiendo reposado entre la predilecta
enramada junto al nido de sus dulces hijuelos, durante la
noche ocultadora de las cosas, y deseando ver tan caros
objetos y hallar el sustento para nutrirlos, cuyo penoso
trabajo soporta placentera, se adelanta al día, y antes de rayar
el alba sube a la cima del abierto follaje, y fijamente mira,
esperando con ardoroso anhelo la salida del Sol, así estaba
mi Dama, en pie y atenta, vuelto el rostro hacia la región del cielo bajo la
cual se muestra el Sol menos presuroso; y en tanto yo, viéndola suspensa y
ansiosa, permanecí como el que anhelante querría otra cosa, pero se calma
con la esperanza de obtenerla. Poco intervalo medió entre ambos
momentos, es decir, entre el de mi expectativa y el de ver de un instante a
otro iluminarse más el cielo. Y Beatriz dijo:
—He ahí la legión del triunfo de Cristo, y todo el fruto recogido de la
rotación de estas esferas.
Me pareció que ardía todo su semblante; y tenía los ojos tan llenos de
alegría, que debo seguir adelante sin más explicación. Cual en los
plenilunios serenos Trivia ríe entre las ninfas eternas, que iluminan el cielo
OMO el ave que, habiendo reposado entre la predilecta
enramada junto al nido de sus dulces hijuelos, durante la
noche ocultadora de las cosas, y deseando ver tan caros
objetos y hallar el sustento para nutrirlos, cuyo penoso
trabajo soporta placentera, se adelanta al día, y antes de rayar
el alba sube a la cima del abierto follaje, y fijamente mira,
esperando con ardoroso anhelo la salida del Sol, así estaba
mi Dama, en pie y atenta, vuelto el rostro hacia la región del cielo bajo la
cual se muestra el Sol menos presuroso; y en tanto yo, viéndola suspensa y
ansiosa, permanecí como el que anhelante querría otra cosa, pero se calma
con la esperanza de obtenerla. Poco intervalo medió entre ambos
momentos, es decir, entre el de mi expectativa y el de ver de un instante a
otro iluminarse más el cielo. Y Beatriz dijo:
—He ahí la legión del triunfo de Cristo, y todo el fruto recogido de la
rotación de estas esferas.
Me pareció que ardía todo su semblante; y tenía los ojos tan llenos de
alegría, que debo seguir adelante sin más explicación. Cual en los
plenilunios serenos Trivia ríe entre las ninfas eternas, que iluminan el cielo
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por todas partes, así vi yo sobre millares de luces un Sol, que las encendía
todas, como hace el nuestro con las que vemos sobre nosotros; y a través de
su viva luz aparecía tan clara a mis ojos la divina substancia, que no podían
soportarla.
—¡Oh Beatriz—exclamé—, Guía dulce y querida!
Ella me dijo:
—Lo que te abisma es una virtud a la que nada resiste. Allí están la
Sabiduría y el Poder que abrieron entre el Cielo y la Tierra las vías por tanto
tiempo deseadas.
Así como el fuego de la nube, dilatándose de modo que ésta no puede
contenerlo, se escapa de ella, y, contra su naturaleza, se precipita hacia
abajo, de igual suerte mi mente, engrandeciéndose más entre aquellas
delicias, salió de sí misma, y no sabe recordar lo que fué de ella.
—Abre los ojos y mírame cual soy; has visto cosas que te han dado fuerza
suficiente para sostener mi sonrisa.
Yo estaba como aquel que conserva cierta reminiscencia de una visión
olvidada, y que se esfuerza en vano por renovarla en su imaginación,
cuando oí proferir estas palabras tan dignas de gratitud, que no se borrarán
jamás del libro donde se consigna lo pasado. Si ahora resonasen todas
aquellas lenguas que Polimnia y sus hermanas hicieron más pingües con su
dulcísima leche para venir en mi ayuda, no expresarían la milésima parte de
la verdad, al pretender cantar tan santa sonrisa, y el resplandor que
comunicaba a aquel santo rostro: por lo mismo, al describir yo el Paraíso, es
forzoso que mi sagrado poema salte como un hombre que encuentra cortado
su camino. Quien considere el peso del asunto y el hombro mortal que
soporta la carga, no censurará el que éste tiemble bajo su gravedad. El
derrotero que hiende mi atrevida proa no es a propósito para una pequeña
embarcación, ni para el nauta que quiera ahorrarse la fatiga.
—¿Por qué te enamora mi faz de tal suerte, que no te vuelves hacia el
hermoso jardín que florece bajo los rayos de Cristo? Allí está la Rosa[174] en
que el Verbo divino encarnó; y allí están los lirios[175] por cuyo aroma se
descubre el buen camino.
todas, como hace el nuestro con las que vemos sobre nosotros; y a través de
su viva luz aparecía tan clara a mis ojos la divina substancia, que no podían
soportarla.
—¡Oh Beatriz—exclamé—, Guía dulce y querida!
Ella me dijo:
—Lo que te abisma es una virtud a la que nada resiste. Allí están la
Sabiduría y el Poder que abrieron entre el Cielo y la Tierra las vías por tanto
tiempo deseadas.
Así como el fuego de la nube, dilatándose de modo que ésta no puede
contenerlo, se escapa de ella, y, contra su naturaleza, se precipita hacia
abajo, de igual suerte mi mente, engrandeciéndose más entre aquellas
delicias, salió de sí misma, y no sabe recordar lo que fué de ella.
—Abre los ojos y mírame cual soy; has visto cosas que te han dado fuerza
suficiente para sostener mi sonrisa.
Yo estaba como aquel que conserva cierta reminiscencia de una visión
olvidada, y que se esfuerza en vano por renovarla en su imaginación,
cuando oí proferir estas palabras tan dignas de gratitud, que no se borrarán
jamás del libro donde se consigna lo pasado. Si ahora resonasen todas
aquellas lenguas que Polimnia y sus hermanas hicieron más pingües con su
dulcísima leche para venir en mi ayuda, no expresarían la milésima parte de
la verdad, al pretender cantar tan santa sonrisa, y el resplandor que
comunicaba a aquel santo rostro: por lo mismo, al describir yo el Paraíso, es
forzoso que mi sagrado poema salte como un hombre que encuentra cortado
su camino. Quien considere el peso del asunto y el hombro mortal que
soporta la carga, no censurará el que éste tiemble bajo su gravedad. El
derrotero que hiende mi atrevida proa no es a propósito para una pequeña
embarcación, ni para el nauta que quiera ahorrarse la fatiga.
—¿Por qué te enamora mi faz de tal suerte, que no te vuelves hacia el
hermoso jardín que florece bajo los rayos de Cristo? Allí está la Rosa[174] en
que el Verbo divino encarnó; y allí están los lirios[175] por cuyo aroma se
descubre el buen camino.
Page 380
Así dijo Beatriz, y yo, que estaba siempre pronto a seguir sus consejos, me
lancé nuevamente a la batalla de mis débiles párpados. Y así como mis ojos,
al abrigo de la sombra, han visto alguna vez un prado de flores iluminado
por un rayo de Sol que atravesaba por entre desgarrada nube, del mismo
modo distinguí entonces una multitud de esplendores, iluminados desde
arriba por ardientes rayos, sin ver el origen de donde estos fulgores
procedían.
¡Oh benigna virtud que así los iluminas! Sin duda te elevaste por dejar
campo libre a mis ojos, que eran demasiado débiles para contemplarte. El
nombre de la hermosa flor que invoco siempre, por mañana y tarde,
concentró todo mi espíritu en la contemplación del mayor fuego; y cuando
mis dos ojos me representaron la belleza y la extensión de la fulgente
estrella que vence arriba, como venció abajo, desde el interior del cielo
descendió una llamarada, que tenía la forma de un círculo como una corona,
[176]
y rodeó a la estrella girando en torno suyo. La melodía que más
dulcemente se deje oír en la Tierra, y que más atraiga el ánimo, parecería
una nube que desgarrada truena, comparada con el sonido de aquella lira de
que estaba coronado el bello zafiro con que se engalana el más claro cielo.
—Yo soy el amor angélico, que giro difundiendo la sublime dicha, nacida
del vientre que fué morada de nuestro deseo; y giraré, Señora del Cielo,
mientras acompañas a tu Hijo, y hagas resplandeciente la suprema esfera en
donde habitas.
Así se dejaba oír la circular melodía, y todas las demás luces hacían resonar
el nombre de María. El manto real de todas las esferas del mundo, que más
se inflama y anima bajo el hálito y las perfecciones de Dios, tenía sobre
nosotros tan distante la faz interna, que no me era posible distinguir su
aspecto desde el sitio en que me encontraba; por lo cual no tuvieron mis
ojos la fuerza necesaria para seguir a la llama coronada, que se elevó en pos
de su divina primogenitura. Y semejantes al niño que tiende los brazos
hacia su madre después de haberse alimentado con su leche, movido del
afecto que aun exteriormente se inflama, cada uno de aquellos fulgores se
prolongó hacia arriba, patentizándome así el amor que profesaban a María.
Después permanecieron ante mi vista cantando "Regina cœli" tan
dulcemente, que jamás ha huído de mí el placer que me causaron.
lancé nuevamente a la batalla de mis débiles párpados. Y así como mis ojos,
al abrigo de la sombra, han visto alguna vez un prado de flores iluminado
por un rayo de Sol que atravesaba por entre desgarrada nube, del mismo
modo distinguí entonces una multitud de esplendores, iluminados desde
arriba por ardientes rayos, sin ver el origen de donde estos fulgores
procedían.
¡Oh benigna virtud que así los iluminas! Sin duda te elevaste por dejar
campo libre a mis ojos, que eran demasiado débiles para contemplarte. El
nombre de la hermosa flor que invoco siempre, por mañana y tarde,
concentró todo mi espíritu en la contemplación del mayor fuego; y cuando
mis dos ojos me representaron la belleza y la extensión de la fulgente
estrella que vence arriba, como venció abajo, desde el interior del cielo
descendió una llamarada, que tenía la forma de un círculo como una corona,
[176]
y rodeó a la estrella girando en torno suyo. La melodía que más
dulcemente se deje oír en la Tierra, y que más atraiga el ánimo, parecería
una nube que desgarrada truena, comparada con el sonido de aquella lira de
que estaba coronado el bello zafiro con que se engalana el más claro cielo.
—Yo soy el amor angélico, que giro difundiendo la sublime dicha, nacida
del vientre que fué morada de nuestro deseo; y giraré, Señora del Cielo,
mientras acompañas a tu Hijo, y hagas resplandeciente la suprema esfera en
donde habitas.
Así se dejaba oír la circular melodía, y todas las demás luces hacían resonar
el nombre de María. El manto real de todas las esferas del mundo, que más
se inflama y anima bajo el hálito y las perfecciones de Dios, tenía sobre
nosotros tan distante la faz interna, que no me era posible distinguir su
aspecto desde el sitio en que me encontraba; por lo cual no tuvieron mis
ojos la fuerza necesaria para seguir a la llama coronada, que se elevó en pos
de su divina primogenitura. Y semejantes al niño que tiende los brazos
hacia su madre después de haberse alimentado con su leche, movido del
afecto que aun exteriormente se inflama, cada uno de aquellos fulgores se
prolongó hacia arriba, patentizándome así el amor que profesaban a María.
Después permanecieron ante mi vista cantando "Regina cœli" tan
dulcemente, que jamás ha huído de mí el placer que me causaron.
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¡Oh cuánta es la abundancia que se encierra en aquellas arcas riquísimas
por haber esparcido en la Tierra buenas semillas! Allí viven y gozan del
eterno tesoro que conquistaron en el destierro de Babilonia, donde hicieron
dejación del oro. Allí triunfa de su victoria bajo el alto Hijo de Dios y de
María, y juntamente con el antiguo y el nuevo concilio, el que tiene las
llaves de tal gloria.
por haber esparcido en la Tierra buenas semillas! Allí viven y gozan del
eterno tesoro que conquistaron en el destierro de Babilonia, donde hicieron
dejación del oro. Allí triunfa de su victoria bajo el alto Hijo de Dios y de
María, y juntamente con el antiguo y el nuevo concilio, el que tiene las
llaves de tal gloria.
Page 382
CANTO VIGESIMOCUARTO
H compañía escogida para la gran cena del cordero bendito,
el cual os alimenta de tal modo, que vuestro apetito está
siempre satisfecho! Ya que por la gracia de Dios éste prueba
prematuramente lo que cae de vuestra mesa, antes de que la
muerte ponga fin a sus días, pensad en su deseo inmenso, y
refrescadlo algún tanto: vosotros bebéis siempre en la fuente
de donde procede lo que él piensa.
Esto dijo Beatriz: y aquellas almas gozosas se convirtieron en esferas sobre
polos fijos, resplandeciendo vivamente a guisa de cometas. Y como las
ruedas en el mecanismo de un reloj se mueven de tal suerte, que a quien las
observa le parece que la primera está quieta y la última vuela, así también
aquellos glóbulos, danzando diferentemente, me hacían estimar su
velocidad o lentitud por el grado de sus resplandores. De aquel conjunto de
bellas luces vi salir un fulgor tan alegre y esplendente, que superaba a todos
los demás. Tres veces giró en torno de Beatriz, cantando de un modo tan
divino, que mi fantasía no ha podido retener su encanto; por lo cual mi
pluma pasa adelante sin describirlo, pues para pintar tales pliegues carece
de matices, no ya la lengua, sino la misma imaginación.
H compañía escogida para la gran cena del cordero bendito,
el cual os alimenta de tal modo, que vuestro apetito está
siempre satisfecho! Ya que por la gracia de Dios éste prueba
prematuramente lo que cae de vuestra mesa, antes de que la
muerte ponga fin a sus días, pensad en su deseo inmenso, y
refrescadlo algún tanto: vosotros bebéis siempre en la fuente
de donde procede lo que él piensa.
Esto dijo Beatriz: y aquellas almas gozosas se convirtieron en esferas sobre
polos fijos, resplandeciendo vivamente a guisa de cometas. Y como las
ruedas en el mecanismo de un reloj se mueven de tal suerte, que a quien las
observa le parece que la primera está quieta y la última vuela, así también
aquellos glóbulos, danzando diferentemente, me hacían estimar su
velocidad o lentitud por el grado de sus resplandores. De aquel conjunto de
bellas luces vi salir un fulgor tan alegre y esplendente, que superaba a todos
los demás. Tres veces giró en torno de Beatriz, cantando de un modo tan
divino, que mi fantasía no ha podido retener su encanto; por lo cual mi
pluma pasa adelante sin describirlo, pues para pintar tales pliegues carece
de matices, no ya la lengua, sino la misma imaginación.
Page 383
—¡Oh mi santa hermana, que tan devotamente ruegas, movida de tu
ardiente afecto, que me separas de aquella hermosa esfera!
De este modo, luego que se detuvo aquel fuego bendito,[177] dirigió su
aliento hacia mi Dama, y le habló como he dicho. Y ella contestó:
—¡Oh luz eterna del gran Barón a quien nuestro Señor dejó las llaves que
llevó abajo desde este goce maravilloso! Examina a éste como te plazca con
respecto a los puntos fáciles y difíciles de la Fe, que te hizo andar sobre el
mar. A ti no se te oculta si él ama bien, y espera bien y cree; porque tienes la
vista fija donde todo está patente; pero ya que este reino ha conseguido
ciudadanos por medio de la Fe veraz, es bueno que para glorificarla le toque
a él hablar de ella.
Así como el bachiller se prepara, y no habla hasta que el maestro propone la
cuestión que debe aprobar, pero no resolver, del mismo modo preparaba yo
todas mis razones, mientras ella hablaba, para estar pronto a contestar a tal
examinador y a tal profesión.
—Dí buen cristiano, explícate: ¿Qué es la Fe?
Al oír esto alcé la frente hacia aquella luz de donde salían tales palabras;
después me volví hacia Beatriz, y ella me hizo un rápido ademán para que
dejara brotar el agua de mi fuente interior.
La gracia divina que me permite confesarme con tan alto primipilo—
exclamé,—haga claros y expresivos mis conceptos.
Después continué:
—Según lo ha escrito, padre, la verídica pluma de tu querido hermano,[178]
que contigo hizo entrar a Roma por el buen camino, la Fe es la substancia
de las cosas que se esperan, y el argumento de las que no aparecen a nuestra
mente: tal me parece su esencia.
Entonces oí:
—Piensas rectamente, si comprendes bien por qué la colocó entre las
substancias, y no entre los argumentos.
A lo cual contesté:
ardiente afecto, que me separas de aquella hermosa esfera!
De este modo, luego que se detuvo aquel fuego bendito,[177] dirigió su
aliento hacia mi Dama, y le habló como he dicho. Y ella contestó:
—¡Oh luz eterna del gran Barón a quien nuestro Señor dejó las llaves que
llevó abajo desde este goce maravilloso! Examina a éste como te plazca con
respecto a los puntos fáciles y difíciles de la Fe, que te hizo andar sobre el
mar. A ti no se te oculta si él ama bien, y espera bien y cree; porque tienes la
vista fija donde todo está patente; pero ya que este reino ha conseguido
ciudadanos por medio de la Fe veraz, es bueno que para glorificarla le toque
a él hablar de ella.
Así como el bachiller se prepara, y no habla hasta que el maestro propone la
cuestión que debe aprobar, pero no resolver, del mismo modo preparaba yo
todas mis razones, mientras ella hablaba, para estar pronto a contestar a tal
examinador y a tal profesión.
—Dí buen cristiano, explícate: ¿Qué es la Fe?
Al oír esto alcé la frente hacia aquella luz de donde salían tales palabras;
después me volví hacia Beatriz, y ella me hizo un rápido ademán para que
dejara brotar el agua de mi fuente interior.
La gracia divina que me permite confesarme con tan alto primipilo—
exclamé,—haga claros y expresivos mis conceptos.
Después continué:
—Según lo ha escrito, padre, la verídica pluma de tu querido hermano,[178]
que contigo hizo entrar a Roma por el buen camino, la Fe es la substancia
de las cosas que se esperan, y el argumento de las que no aparecen a nuestra
mente: tal me parece su esencia.
Entonces oí:
—Piensas rectamente, si comprendes bien por qué la colocó entre las
substancias, y no entre los argumentos.
A lo cual contesté:
Page 384
—Las profundas cosas que aquí se me manifiestan claras y patentes están
tan ocultas a los ojos del mundo, que sólo existen en la creencia sobre que
se funda la alta esperanza; por eso toma el nombre de substancia. Con
respecto a esta creencia es preciso argumentar sin otra luz; por eso toma el
nombre de argumento.
Entonces oí:
—Si todo lo que en la Tierra se aprende por vía de enseñanza, se entendiera
de ese modo, la sutileza del sofisma sería en vano.
Tales fueron las palabras que exhaló aquel ardiente amor; y después añadió:
—Ha salido bien la prueba de la liga y el peso de esta moneda; pero dime si
la tienes en tu bolsa.
Le respondí:
—Sí, la tengo tan brillante y tan redonda, que no cabe duda sobre su cuño.
En seguida salieron estas palabras de la profunda luz que allí resplandecía:
—Esa querida joya, en la que se funda toda otra virtud, ¿de dónde te
proviene?
—La abundante lluvia del Espíritu Santo—le contesté—, que está esparcida
sobre las antiguas y las nuevas páginas, es el silogismo que me la ha
demostrado tan sutilmente, que comparada con ella me parece obtusa toda
otra demostración.
Después oí:
—¿Por qué tienes por palabra divina a la antigua y la nueva proposición,
que así te han convencido?
Respondí:
—La prueba que me descubre la verdad consiste en las obras subsiguientes,
para las cuales la naturaleza no calentó nunca el hierro ni dió golpes en el
yunque.
Se me contestó:
tan ocultas a los ojos del mundo, que sólo existen en la creencia sobre que
se funda la alta esperanza; por eso toma el nombre de substancia. Con
respecto a esta creencia es preciso argumentar sin otra luz; por eso toma el
nombre de argumento.
Entonces oí:
—Si todo lo que en la Tierra se aprende por vía de enseñanza, se entendiera
de ese modo, la sutileza del sofisma sería en vano.
Tales fueron las palabras que exhaló aquel ardiente amor; y después añadió:
—Ha salido bien la prueba de la liga y el peso de esta moneda; pero dime si
la tienes en tu bolsa.
Le respondí:
—Sí, la tengo tan brillante y tan redonda, que no cabe duda sobre su cuño.
En seguida salieron estas palabras de la profunda luz que allí resplandecía:
—Esa querida joya, en la que se funda toda otra virtud, ¿de dónde te
proviene?
—La abundante lluvia del Espíritu Santo—le contesté—, que está esparcida
sobre las antiguas y las nuevas páginas, es el silogismo que me la ha
demostrado tan sutilmente, que comparada con ella me parece obtusa toda
otra demostración.
Después oí:
—¿Por qué tienes por palabra divina a la antigua y la nueva proposición,
que así te han convencido?
Respondí:
—La prueba que me descubre la verdad consiste en las obras subsiguientes,
para las cuales la naturaleza no calentó nunca el hierro ni dió golpes en el
yunque.
Se me contestó:
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—Dí, ¿quién te asegura que aquellas obras hayan existido? ¿Acaso te lo
asegura aquello mismo que se quiere probar con ellas? ¿No tienes otro
testimonio?
—Si el mundo se convirtió al cristianismo sin necesidad de milagros—dije
yo—esto sólo es un milagro tan grande, que los otros no son la centésima
parte de él; porque tú entraste pobre y famélico en el campo a sembrar la
buena planta que en otro tiempo fué vid y ahora se ha convertido en zarza.
Terminadas estas palabras, resonó en las esferas de la sublime y elevada
corte un "Alabemos a Dios" con la melodía que se canta allá arriba. Y aquel
Barón que examinándome así me había llevado de rama en rama hasta
acercarnos a las últimas hojas, volvió a empezar de esta manera:
—La gracia que enamora a tu mente hate abierto la boca hasta este punto,
como abrirse debía: por tanto apruebo cuanto ha salido de ella; mas ahora es
preciso que expliques lo que crees y el origen de tu creencia.
—¡Oh Santo Padre!, ¡oh Espíritu, que ves lo que creíste con tal firmeza, que
dirigiéndote hacia el sepulcro venciste a pies más jóvenes!—empecé a decir
—: quieres que te manifieste el orden de las cosas en que creo, y además
me preguntas el motivo de mi creencia. Pues bien, yo te respondo: Creo en
un solo y eterno Dios, que sin ser movido, mueve todo el Cielo con amor y
con deseo; y en apoyo de tal creencia, no sólo tengo pruebas físicas y
metafísicas, sino que también me las suministra la verdad que de aquí
llueve por medio de Moisés, por los profetas, por los salmos, por el
Evangelio, y por lo que vosotros escribistéis después de haberos iluminado
el ardiente Espíritu. Creo en tres Personas eternas, y las creo una esencia tan
trina y una, que admiten a la vez "son" y "es." La profunda naturaleza
divina de que ahora trato se ha grabado en mi mente muchas veces por la
doctrina evangélica. Tal es el principio, tal la chispa que se dilata hasta
convertirse en viva llama, y que brilla en mi interior como estrella en el
cielo.
Cual señor que oye lo que lo agrada, y por ello abraza a su siervo,
congratulándose por la noticia en cuanto éste se calla, de igual suerte me
bendijo cantando y giró tres veces en derredor de mi frente, luego que me
callé, aquel apostólico fulgor, por cuyo mandato había yo hablado: tanto fué
lo que mis palabras le agradaron.
asegura aquello mismo que se quiere probar con ellas? ¿No tienes otro
testimonio?
—Si el mundo se convirtió al cristianismo sin necesidad de milagros—dije
yo—esto sólo es un milagro tan grande, que los otros no son la centésima
parte de él; porque tú entraste pobre y famélico en el campo a sembrar la
buena planta que en otro tiempo fué vid y ahora se ha convertido en zarza.
Terminadas estas palabras, resonó en las esferas de la sublime y elevada
corte un "Alabemos a Dios" con la melodía que se canta allá arriba. Y aquel
Barón que examinándome así me había llevado de rama en rama hasta
acercarnos a las últimas hojas, volvió a empezar de esta manera:
—La gracia que enamora a tu mente hate abierto la boca hasta este punto,
como abrirse debía: por tanto apruebo cuanto ha salido de ella; mas ahora es
preciso que expliques lo que crees y el origen de tu creencia.
—¡Oh Santo Padre!, ¡oh Espíritu, que ves lo que creíste con tal firmeza, que
dirigiéndote hacia el sepulcro venciste a pies más jóvenes!—empecé a decir
—: quieres que te manifieste el orden de las cosas en que creo, y además
me preguntas el motivo de mi creencia. Pues bien, yo te respondo: Creo en
un solo y eterno Dios, que sin ser movido, mueve todo el Cielo con amor y
con deseo; y en apoyo de tal creencia, no sólo tengo pruebas físicas y
metafísicas, sino que también me las suministra la verdad que de aquí
llueve por medio de Moisés, por los profetas, por los salmos, por el
Evangelio, y por lo que vosotros escribistéis después de haberos iluminado
el ardiente Espíritu. Creo en tres Personas eternas, y las creo una esencia tan
trina y una, que admiten a la vez "son" y "es." La profunda naturaleza
divina de que ahora trato se ha grabado en mi mente muchas veces por la
doctrina evangélica. Tal es el principio, tal la chispa que se dilata hasta
convertirse en viva llama, y que brilla en mi interior como estrella en el
cielo.
Cual señor que oye lo que lo agrada, y por ello abraza a su siervo,
congratulándose por la noticia en cuanto éste se calla, de igual suerte me
bendijo cantando y giró tres veces en derredor de mi frente, luego que me
callé, aquel apostólico fulgor, por cuyo mandato había yo hablado: tanto fué
lo que mis palabras le agradaron.
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CANTO VIGESIMOQUINTO
I alguna vez sucede que el poema sagrado en que han puesto
sus manos el Cielo y la Tierra, y que me ha hecho
enflaquecer por espacio de muchos años, triunfe de la
crueldad que me tiene alejado del bello redil, donde dormí
corderillo enemigo de los lobos que le hacen la guerra;
entonces volveré como poeta, con otra voz y otros cabellos,
y tomaré la corona de laurel sobre mis fuentes bautismales:
porque allí entré en la fe que hace las almas familiares a Dios, y por ella me
rodeó Pedro de aquel modo la frente. Después se adelantó hacia nosotros un
resplandor desde aquella legión de que salió el primero de los vicarios que
Cristo dejó en la Tierra; y mi Dama, llena de alegría, me dijo:
—Mira, mira, he ahí el Barón por quien allá abajo visitan a Galicia.[179]
Cual dos palomas que, al reunirse, se demuestran su amor dando vueltas y
arrullándose, así vi yo aquellos grandes y gloriosos príncipes acogerse
mutuamente, alabando el alimento de que allá arriba se nutren. Mas, cuando
hubieron dado fin a sus gratulaciones, ambos se detuvieron silenciosos
"coram me," tan encendidos que humillaban mi rostro. Beatriz dijo entonces
riendo:
I alguna vez sucede que el poema sagrado en que han puesto
sus manos el Cielo y la Tierra, y que me ha hecho
enflaquecer por espacio de muchos años, triunfe de la
crueldad que me tiene alejado del bello redil, donde dormí
corderillo enemigo de los lobos que le hacen la guerra;
entonces volveré como poeta, con otra voz y otros cabellos,
y tomaré la corona de laurel sobre mis fuentes bautismales:
porque allí entré en la fe que hace las almas familiares a Dios, y por ella me
rodeó Pedro de aquel modo la frente. Después se adelantó hacia nosotros un
resplandor desde aquella legión de que salió el primero de los vicarios que
Cristo dejó en la Tierra; y mi Dama, llena de alegría, me dijo:
—Mira, mira, he ahí el Barón por quien allá abajo visitan a Galicia.[179]
Cual dos palomas que, al reunirse, se demuestran su amor dando vueltas y
arrullándose, así vi yo aquellos grandes y gloriosos príncipes acogerse
mutuamente, alabando el alimento de que allá arriba se nutren. Mas, cuando
hubieron dado fin a sus gratulaciones, ambos se detuvieron silenciosos
"coram me," tan encendidos que humillaban mi rostro. Beatriz dijo entonces
riendo:
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—¡Oh alma ilustre, que has escrito acerca de la liberalidad de nuestra
basílica! Haz resonar la Esperanza en esta altura. Tú sabes que la has
simbolizado tantas veces cuantas Jesucristo se os manifestó a los tres en
todo su esplendor.
—Levanta la cabeza, y tranquilízate; porque es preciso que lo que llega aquí
arriba desde el mundo mortal se madure a nuestros rayos.
Tan consoladoras palabras me fueron dirigidas por el segundo resplandor:
entonces elevé los ojos hacia aquellos montes que antes los habían
inclinado con su excesivo peso.
—Ya que nuestro Emperador te dispensa la merced de que te encuentres,
antes de tu muerte, en la estancia más secreta de su palacio con sus condes,
a fin de que habiendo visto la verdad de esta corte, os anime por eso a ti y a
los otros la Esperanza que tanto enamora allá abajo, dime en qué consiste
ésta; dime cómo florece en tu mente, y de dónde te proviene.
Así habló el segundo resplandor. Y aquella piadosa Dama que guió las
plumas de mis alas hacia tan elevado vuelo, respondió antes que yo de esta
suerte:
—La Iglesia militante no tiene entre sus hijos otro más provisto de
esperanza, como está escrito en el Sol que irradia sobre nuestra multitud:
por eso se le ha concedido que desde Egipto venga a ver a Jerusalén, antes
de terminar sus combates. Los otros dos puntos sobre que han versado tus
preguntas, no por deseo de saber, sino para que él refiera lo grata que te es
esta virtud, los dejo a su cargo; que no le serán de difícil resolución, ni le
servirán de jactancia: responda, pues, y que la gracia de Dios se lo conceda.
Cual discípulo que responde a su maestro con gusto y prontitud en aquello
en que es experto, a fin de revelar su mérito, así respondí yo:
—La Esperanza es una expectación cierta de la vida futura, producida por la
gracia divina y los méritos anteriores. Muchas son las estrellas que me
comunican esta luz; pero quien primero la derramó en mi corazón fué el
supremo cantor[180] del Supremo Señor, "Que esperen en ti los que conocen
tu nombre," dice en sus sublimes cánticos; y ¿quién no lo conoce teniendo
basílica! Haz resonar la Esperanza en esta altura. Tú sabes que la has
simbolizado tantas veces cuantas Jesucristo se os manifestó a los tres en
todo su esplendor.
—Levanta la cabeza, y tranquilízate; porque es preciso que lo que llega aquí
arriba desde el mundo mortal se madure a nuestros rayos.
Tan consoladoras palabras me fueron dirigidas por el segundo resplandor:
entonces elevé los ojos hacia aquellos montes que antes los habían
inclinado con su excesivo peso.
—Ya que nuestro Emperador te dispensa la merced de que te encuentres,
antes de tu muerte, en la estancia más secreta de su palacio con sus condes,
a fin de que habiendo visto la verdad de esta corte, os anime por eso a ti y a
los otros la Esperanza que tanto enamora allá abajo, dime en qué consiste
ésta; dime cómo florece en tu mente, y de dónde te proviene.
Así habló el segundo resplandor. Y aquella piadosa Dama que guió las
plumas de mis alas hacia tan elevado vuelo, respondió antes que yo de esta
suerte:
—La Iglesia militante no tiene entre sus hijos otro más provisto de
esperanza, como está escrito en el Sol que irradia sobre nuestra multitud:
por eso se le ha concedido que desde Egipto venga a ver a Jerusalén, antes
de terminar sus combates. Los otros dos puntos sobre que han versado tus
preguntas, no por deseo de saber, sino para que él refiera lo grata que te es
esta virtud, los dejo a su cargo; que no le serán de difícil resolución, ni le
servirán de jactancia: responda, pues, y que la gracia de Dios se lo conceda.
Cual discípulo que responde a su maestro con gusto y prontitud en aquello
en que es experto, a fin de revelar su mérito, así respondí yo:
—La Esperanza es una expectación cierta de la vida futura, producida por la
gracia divina y los méritos anteriores. Muchas son las estrellas que me
comunican esta luz; pero quien primero la derramó en mi corazón fué el
supremo cantor[180] del Supremo Señor, "Que esperen en ti los que conocen
tu nombre," dice en sus sublimes cánticos; y ¿quién no lo conoce teniendo
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mi fe? Tú me has inundado después con su oleada en tu Epístola; de modo
que ya estoy lleno, y derramo sobre otros vuestra lluvia.
Mientras yo hablaba, en el seno de aquel incendio fulguraba una llama
rápida y frecuente como un relámpago. Después me dijo:
—El amor en que me abraso todavía por la virtud que me siguió hasta la
palma y hasta mi salida del campo, quiero que te hable, a ti que con ella te
deleitas; siéndome por lo mismo grato que me digas lo que la Esperanza te
promete.
Yo le contesté:
—Las nuevas y las antiguas Escrituras prefijan el término a que deben
aspirar las almas a quienes Dios ha concedido su amistad, y ese término lo
veo ahora tal cual es. Isaías dice que cada una de ellas vestirá en su patria
un doble ropaje, y su patria es esta dulce vida. Y tu hermano[181] nos
manifiesta más claramente esta revelación, allí donde trata de las blancas
vestiduras.
Inmediatamente después de pronunciadas estas palabras, se oyó
primeramente sobre nosotros: "Sperent in te;" a lo cual respondieron todos
los círculos de almas. Luego resplandeció entre ellas una luz tan viva, que si
Cáncer tuviera semejante claridad, el invierno tendría un mes de un solo
día. Y como la doncella placentera, que se levanta, y va y toma parte en la
danza, sólo por festejar a la recién venida, y no por vanidad u otra flaqueza,
así vi al esclarecido esplendor acercarse a los otros dos, que seguían dando
vueltas cual era necesario a su ardiente amor. Púsose a cantar con ellos las
mismas palabras con la misma melodía; y mi Dama fijó en él sus miradas
como esposa inmóvil y silenciosa.
—Ese es aquél que descansó sobre el pecho de nuestro Pelícano; es el que
fué elegido desde la cruz para el gran cargo.
Así dijo mi Dama; y sus miradas no dejaron de estar más atentas después
que antes de pronunciar estas palabras. Como a quien fija los ojos en el Sol
esperando verlo eclipsarse un poco, que a fuerza de mirar, concluye por no
ver, así me sucedió con aquel último fuego, hasta que me fué dicho:
que ya estoy lleno, y derramo sobre otros vuestra lluvia.
Mientras yo hablaba, en el seno de aquel incendio fulguraba una llama
rápida y frecuente como un relámpago. Después me dijo:
—El amor en que me abraso todavía por la virtud que me siguió hasta la
palma y hasta mi salida del campo, quiero que te hable, a ti que con ella te
deleitas; siéndome por lo mismo grato que me digas lo que la Esperanza te
promete.
Yo le contesté:
—Las nuevas y las antiguas Escrituras prefijan el término a que deben
aspirar las almas a quienes Dios ha concedido su amistad, y ese término lo
veo ahora tal cual es. Isaías dice que cada una de ellas vestirá en su patria
un doble ropaje, y su patria es esta dulce vida. Y tu hermano[181] nos
manifiesta más claramente esta revelación, allí donde trata de las blancas
vestiduras.
Inmediatamente después de pronunciadas estas palabras, se oyó
primeramente sobre nosotros: "Sperent in te;" a lo cual respondieron todos
los círculos de almas. Luego resplandeció entre ellas una luz tan viva, que si
Cáncer tuviera semejante claridad, el invierno tendría un mes de un solo
día. Y como la doncella placentera, que se levanta, y va y toma parte en la
danza, sólo por festejar a la recién venida, y no por vanidad u otra flaqueza,
así vi al esclarecido esplendor acercarse a los otros dos, que seguían dando
vueltas cual era necesario a su ardiente amor. Púsose a cantar con ellos las
mismas palabras con la misma melodía; y mi Dama fijó en él sus miradas
como esposa inmóvil y silenciosa.
—Ese es aquél que descansó sobre el pecho de nuestro Pelícano; es el que
fué elegido desde la cruz para el gran cargo.
Así dijo mi Dama; y sus miradas no dejaron de estar más atentas después
que antes de pronunciar estas palabras. Como a quien fija los ojos en el Sol
esperando verlo eclipsarse un poco, que a fuerza de mirar, concluye por no
ver, así me sucedió con aquel último fuego, hasta que me fué dicho:
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—¿Por qué te deslumbras para ver una cosa que aquí no existe? Mi cuerpo
es tierra en la Tierra, y allí permanecerá con los otros cuerpos hasta tanto
que nuestro número se iguale con el eterno propósito. Las dos luces que se
elevaron antes son las únicas que existen en este bienaventurado claustro
con sus dos vestiduras; y así lo debes repetir en tu mundo.
Dichas estas palabras, cesó el girar del círculo inflamado juntamente con el
dulce concierto que formaba la armonía del triple canto; así como, para
descansar o huír de un peligro, se detienen al sonido de un silbo los remos
que venían azotando el agua.
¡Ah! ¡Cuánta fué la turbación de mi mente cuando me volví para ver a
Beatriz, y no pude lograrlo, a pesar de encontrarme cerca de ella y en el
dichoso mundo!
es tierra en la Tierra, y allí permanecerá con los otros cuerpos hasta tanto
que nuestro número se iguale con el eterno propósito. Las dos luces que se
elevaron antes son las únicas que existen en este bienaventurado claustro
con sus dos vestiduras; y así lo debes repetir en tu mundo.
Dichas estas palabras, cesó el girar del círculo inflamado juntamente con el
dulce concierto que formaba la armonía del triple canto; así como, para
descansar o huír de un peligro, se detienen al sonido de un silbo los remos
que venían azotando el agua.
¡Ah! ¡Cuánta fué la turbación de mi mente cuando me volví para ver a
Beatriz, y no pude lograrlo, a pesar de encontrarme cerca de ella y en el
dichoso mundo!
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CANTO VIGESIMOSEXTO
IENTRAS yo permanecía indeciso a causa de mi
deslumbrada vista, salió la fúlgida llama que la deslumbró
una voz, que llamó mi atención diciendo:
—En tanto que recobras la vista que has perdido mirándome,
bueno es que hablando conmigo compenses su pérdida.
Empieza, pues, y dime adónde se dirige tu alma, y
persuádete de que tu vista sólo está ofuscada, pero no destruída; pues la
Dama que te conduce por esta región luminosa tiene en su mirada la virtud
que tuvo la mano de Ananías.
Yo dije:
—Venga tarde o temprano, según su voluntad, el remedio a mis ojos, que
fueron las puertas por donde ella entró con el fuego en que me abraso. El
bien que esparce la alegría en esta corte es el "alfa" y el "omega" de cuanto
el amor escribe en mí, ya sea leve o fuertemente.
Aquella misma voz que había desvanecido el miedo causado por mi súbito
deslumbramiento, excitó nuevamente en mí el deseo de hablar, diciendo:
IENTRAS yo permanecía indeciso a causa de mi
deslumbrada vista, salió la fúlgida llama que la deslumbró
una voz, que llamó mi atención diciendo:
—En tanto que recobras la vista que has perdido mirándome,
bueno es que hablando conmigo compenses su pérdida.
Empieza, pues, y dime adónde se dirige tu alma, y
persuádete de que tu vista sólo está ofuscada, pero no destruída; pues la
Dama que te conduce por esta región luminosa tiene en su mirada la virtud
que tuvo la mano de Ananías.
Yo dije:
—Venga tarde o temprano, según su voluntad, el remedio a mis ojos, que
fueron las puertas por donde ella entró con el fuego en que me abraso. El
bien que esparce la alegría en esta corte es el "alfa" y el "omega" de cuanto
el amor escribe en mí, ya sea leve o fuertemente.
Aquella misma voz que había desvanecido el miedo causado por mi súbito
deslumbramiento, excitó nuevamente en mí el deseo de hablar, diciendo:
Page 392
—Es preciso que te limpies en una criba más fina: es preciso que digas
quién dirigió tu arco hacia tal blanco.
—Los argumentos filosóficos—contesté—, y la autoridad que desciende de
aquí, han debido infundirme tal amor; porque el bien, por sí mismo, apenas
es conocido, enciende tanto más el amor, cuanta mayor bondad encierra.
Así pues, la mente de todo el que conoce la verdad en que se funda esta
prueba, debe inclinarse a amar con preferencia a ninguna otra cosa aquella
esencia,[182] en la cual hay tanta ventaja, que los demás bienes existentes
fuera de ella no son más que un rayo de su luz. Esa verdad la ha declarado a
mi inteligencia aquel que me demuestra el primer amor de todas las
substancias eternas. Me la declaran también las palabras del veraz Hacedor,
que dijo a Moisés hablando de sí mismo: "Yo te mostraré reunidas en mí
todas las perfecciones." Tú también me la declaras en el principio de tu
sublime anuncio, que publica en la Tierra el arcano de arriba más altamente
que ningún otro.
Y yo oí:
—Por cuanto te dice la inteligencia humana, de acuerdo con la autoridad
divina, reserva para Dios el mayor de tus amores. Pero dime todavía si te
sientes atraído hacia él por otras cuerdas, y dime con cuantos dientes te
muerde este amor.
No se me ocultó la santa intención del águila de Cristo; pues comprendí
hasta dónde quería llevar mi confesión: por eso empecé a decir:
—Todos los estímulos que pueden obligar al corazón a volverse hacia Dios
concurren en mi caridad; porque la existencia del mundo y mi existencia, la
muerte que El sufrió para que yo viva, y lo que espera todo fiel como yo,
juntamente con el conocimiento antedicho, me han sacado del piélago de
los amores tortuosos, y me han puesto en la playa del recto amor. Amo las
hojas que adornan todo el huerto del Hortelano eterno en la misma
proporción del bien que aquél les comunica.
Apenas guardé silencio, resonó por el Cielo un dulcísimo canto; y mi Dama
decía con los demás: "¡Santo, Santo, Santo!" Y así como la aparición de una
luz penetrante desvanece el sueño, excitando el sentido de la vista, el cual
acude a la claridad que atraviesa las membranas; y el despertado la rehuye,
quién dirigió tu arco hacia tal blanco.
—Los argumentos filosóficos—contesté—, y la autoridad que desciende de
aquí, han debido infundirme tal amor; porque el bien, por sí mismo, apenas
es conocido, enciende tanto más el amor, cuanta mayor bondad encierra.
Así pues, la mente de todo el que conoce la verdad en que se funda esta
prueba, debe inclinarse a amar con preferencia a ninguna otra cosa aquella
esencia,[182] en la cual hay tanta ventaja, que los demás bienes existentes
fuera de ella no son más que un rayo de su luz. Esa verdad la ha declarado a
mi inteligencia aquel que me demuestra el primer amor de todas las
substancias eternas. Me la declaran también las palabras del veraz Hacedor,
que dijo a Moisés hablando de sí mismo: "Yo te mostraré reunidas en mí
todas las perfecciones." Tú también me la declaras en el principio de tu
sublime anuncio, que publica en la Tierra el arcano de arriba más altamente
que ningún otro.
Y yo oí:
—Por cuanto te dice la inteligencia humana, de acuerdo con la autoridad
divina, reserva para Dios el mayor de tus amores. Pero dime todavía si te
sientes atraído hacia él por otras cuerdas, y dime con cuantos dientes te
muerde este amor.
No se me ocultó la santa intención del águila de Cristo; pues comprendí
hasta dónde quería llevar mi confesión: por eso empecé a decir:
—Todos los estímulos que pueden obligar al corazón a volverse hacia Dios
concurren en mi caridad; porque la existencia del mundo y mi existencia, la
muerte que El sufrió para que yo viva, y lo que espera todo fiel como yo,
juntamente con el conocimiento antedicho, me han sacado del piélago de
los amores tortuosos, y me han puesto en la playa del recto amor. Amo las
hojas que adornan todo el huerto del Hortelano eterno en la misma
proporción del bien que aquél les comunica.
Apenas guardé silencio, resonó por el Cielo un dulcísimo canto; y mi Dama
decía con los demás: "¡Santo, Santo, Santo!" Y así como la aparición de una
luz penetrante desvanece el sueño, excitando el sentido de la vista, el cual
acude a la claridad que atraviesa las membranas; y el despertado la rehuye,
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aturdido en su repentino desvelo, mientras no le ayuda la facultad
estimativa, de igual suerte ahuyentó Beatriz todo entorpecimiento de mis
ojos con el rayo de los suyos, que brillaba a más de mil millas: entonces vi
mejor que antes, y casi estupefacto pregunté quién era un cuarto resplandor
que distinguí con nosotros. Mi Dama me dijo:
—Dentro de esos rayos contempla amorosa a su Hacedor la primera alma
creada por la Virtud primera.[183]
Como el follaje que doblega su copa al paso del viento, y después se levanta
por la propia virtud que la endereza, tal hice yo, maravillado mientras ella
hablaba, e irguiéndome después a impulsos del deseo de preguntar que me
abrasaba; por lo que empecé de esta suerte:
—¡Oh fruto, que fuiste producido ya maduro! ¡Oh padre antiguo, de quien
toda esposa es hija y nuera! Tan devotamente como puedo te suplico que
me hables; tú ves mis deseos, los cuales no te manifiesto por oír más pronto
tus palabras.
A veces un animal encubertado se agita de modo que manifiesta por los
movimientos de su envoltura aquello que desea: del mismo modo la primer
alma me daba a conocer por la luz de que estaba revestida la alegría que le
causaba complacerme. Después dijo:
—Sin que me lo hayas expresado, conozco tu deseo mejor que tú aquello de
que estés más cierto; porque lo veo en el veraz espejo cuyo parhelio son las
demás cosas, y que no es parhelio de ninguna. Quieres oír cuánto tiempo ha
que Dios me colocó en el excelso jardín en donde ésa te preparó a subir tan
larga escala; por cuánto tiempo deleitó mis ojos; la verdadera causa de la
gran ira, y el idioma inventado por mí de que hice uso. Sabe, pues, hijo mío,
que el haber probado la fruta del árbol no fué la causa de tan largo destierro,
sino solamente el haber infringido la orden. En aquel lugar de donde tu
Dama hizo partir a Virgilio, estuve deseando esta compañía por espacio de
cuatro mil trescientas dos revoluciones del Sol; y mientras permanecí en la
Tierra, le vi volver a todas las luces de su carrera novecientas treinta veces.
La lengua que hablé se extinguió completamente antes que las gentes de
Nemrod se dedicaran a la obra interminable; porque ningún efecto racional
fué jamás duradero, a causa de la voluntad humana, que se renueva según la
posición y la influencia de los astros. Es cosa muy natural que el hombre
estimativa, de igual suerte ahuyentó Beatriz todo entorpecimiento de mis
ojos con el rayo de los suyos, que brillaba a más de mil millas: entonces vi
mejor que antes, y casi estupefacto pregunté quién era un cuarto resplandor
que distinguí con nosotros. Mi Dama me dijo:
—Dentro de esos rayos contempla amorosa a su Hacedor la primera alma
creada por la Virtud primera.[183]
Como el follaje que doblega su copa al paso del viento, y después se levanta
por la propia virtud que la endereza, tal hice yo, maravillado mientras ella
hablaba, e irguiéndome después a impulsos del deseo de preguntar que me
abrasaba; por lo que empecé de esta suerte:
—¡Oh fruto, que fuiste producido ya maduro! ¡Oh padre antiguo, de quien
toda esposa es hija y nuera! Tan devotamente como puedo te suplico que
me hables; tú ves mis deseos, los cuales no te manifiesto por oír más pronto
tus palabras.
A veces un animal encubertado se agita de modo que manifiesta por los
movimientos de su envoltura aquello que desea: del mismo modo la primer
alma me daba a conocer por la luz de que estaba revestida la alegría que le
causaba complacerme. Después dijo:
—Sin que me lo hayas expresado, conozco tu deseo mejor que tú aquello de
que estés más cierto; porque lo veo en el veraz espejo cuyo parhelio son las
demás cosas, y que no es parhelio de ninguna. Quieres oír cuánto tiempo ha
que Dios me colocó en el excelso jardín en donde ésa te preparó a subir tan
larga escala; por cuánto tiempo deleitó mis ojos; la verdadera causa de la
gran ira, y el idioma inventado por mí de que hice uso. Sabe, pues, hijo mío,
que el haber probado la fruta del árbol no fué la causa de tan largo destierro,
sino solamente el haber infringido la orden. En aquel lugar de donde tu
Dama hizo partir a Virgilio, estuve deseando esta compañía por espacio de
cuatro mil trescientas dos revoluciones del Sol; y mientras permanecí en la
Tierra, le vi volver a todas las luces de su carrera novecientas treinta veces.
La lengua que hablé se extinguió completamente antes que las gentes de
Nemrod se dedicaran a la obra interminable; porque ningún efecto racional
fué jamás duradero, a causa de la voluntad humana, que se renueva según la
posición y la influencia de los astros. Es cosa muy natural que el hombre
Page 394
hable; pero la naturaleza deja a vuestra discreción que lo hagáis de este o
del otro modo. Antes que yo descendiese a las angustias infernales, se daba
en la Tierra el nombre de I[184] al Sumo Bien de quien procede la alegría
que me circunda; ELI se le llamó después y así debía ser; porque el uso de
los mortales es como la hoja de una rama, que desaparece para ceder su
puesto a otra nueva. En el monte que se eleva más sobre las ondas estuve
yo, con vida pura y deshonesta, desde la primera hora hasta la que es
segunda después de la hora sexta, cuando el Sol pasa de uno a otro
cuadrante.
del otro modo. Antes que yo descendiese a las angustias infernales, se daba
en la Tierra el nombre de I[184] al Sumo Bien de quien procede la alegría
que me circunda; ELI se le llamó después y así debía ser; porque el uso de
los mortales es como la hoja de una rama, que desaparece para ceder su
puesto a otra nueva. En el monte que se eleva más sobre las ondas estuve
yo, con vida pura y deshonesta, desde la primera hora hasta la que es
segunda después de la hora sexta, cuando el Sol pasa de uno a otro
cuadrante.
Page 395
CANTO VIGESIMOSEPTIMO
LORIA al Padre, gloria al Hijo, gloria al Espíritu Santo,"
entonó todo el Paraíso con tan dulce canto, que me
embriagaba. Lo que veía me parecía una sonrisa del
Universo, pues mi embriaguez penetraba por el oído y por la
vista. ¡Oh gozo!, ¡oh inefable alegría!, ¡oh vida entera de
amor y de paz!, ¡oh riqueza segura y sin deseo! Ante mis
ojos estaban encendidas las cuatro antorchas, y aquella que
había venido primero empezó a lanzar más vivos destellos, transformándose
su aspecto cual aparecería el de Júpiter, si éste y Marte fueran aves y
trocasen su plumaje. La Providencia, que distribuye aquí a su placer los
oficios de cada uno, había impuesto silencio a todo el coro de los
bienaventurados, cuando oí estas palabras:
—No te admires al ver que mi semblante se demuda; pues verás demudarse
el de todos éstos mientras hablo. Aquel que usurpa en la Tierra mi puesto,
mi puesto, mi puesto, que está vacante a los ojos del Hijo de Dios, ha hecho
de mi cementerio una sentina de sangre y podredumbre, que al perverso
caído desde aquí[185] sirve allá abajo de complacencia.
LORIA al Padre, gloria al Hijo, gloria al Espíritu Santo,"
entonó todo el Paraíso con tan dulce canto, que me
embriagaba. Lo que veía me parecía una sonrisa del
Universo, pues mi embriaguez penetraba por el oído y por la
vista. ¡Oh gozo!, ¡oh inefable alegría!, ¡oh vida entera de
amor y de paz!, ¡oh riqueza segura y sin deseo! Ante mis
ojos estaban encendidas las cuatro antorchas, y aquella que
había venido primero empezó a lanzar más vivos destellos, transformándose
su aspecto cual aparecería el de Júpiter, si éste y Marte fueran aves y
trocasen su plumaje. La Providencia, que distribuye aquí a su placer los
oficios de cada uno, había impuesto silencio a todo el coro de los
bienaventurados, cuando oí estas palabras:
—No te admires al ver que mi semblante se demuda; pues verás demudarse
el de todos éstos mientras hablo. Aquel que usurpa en la Tierra mi puesto,
mi puesto, mi puesto, que está vacante a los ojos del Hijo de Dios, ha hecho
de mi cementerio una sentina de sangre y podredumbre, que al perverso
caído desde aquí[185] sirve allá abajo de complacencia.
Page 396
Entonces vi cubrirse todo el cielo de aquel color que comunica el Sol por
mañana y tarde a las nubes opuestas a él; y cual mujer honesta que, segura
de sí misma, se ruboriza tan sólo al escuchar las faltas ajenas, así vi yo a
Beatriz cambiar de aspecto: un eclipse semejante creo que hubo en el cielo
cuando la pasión del Poder Supremo. Después, con voz tan alterada, que no
fué mayor la alteración de su semblante, continuó en estos términos:
—Mi sangre, así como la de Lino y la de Cleto,[186] no alimentó a la Esposa
de Cristo para acostumbrarla a adquirir oro, sino para que adquiriese
aquella vida virtuosa por la que Sixto y Pío, Calixto y Urbano derramaron
su sangre después de muchas lágrimas. No fué nuestra intención que una
parte del pueblo cristiano estuviese sentada a la derecha y otra a la izquierda
de nuestro sucesor, ni que las llaves que me fueron concedidas se
convirtieran en una enseña de guerra para combatir contra los bautizados, ni
que estuviese representada mi imagen en un sello para servir a privilegios
vendidos y falsos, de que con frecuencia me avergüenzo e irrito. En todos
los prados se ven allá abajo lobos rapaces disfrazados de pastores. ¡Oh
justicia de Dios!, ¿por qué duermes? Los de Cahors y los de Gascuña se
preparan a beber nuestra sangre. ¡Oh buen principio, en que fin tan vil has
de venir a parar! Pero la alta Providencia, que por medio de Escipión
defendió en Roma la gloria del mundo, lo socorrerá en breve según
imagino. Y tú, hijo, que todavía has de volver abajo, llevado por el peso de
tu cuerpo mortal, abre allí la boca y no ocultes lo que yo no oculto.
Así como nuestro aire despide hacia la Tierra copos de helados vapores,
cuando el cuerno de la Cabra del cielo toca al Sol,[187] de igual modo vi
elevarse aquel éter puro, y despedir hacia lo alto los vapores triunfantes que
allí se habían detenido con nosotros. Mi vista seguía sus semblantes, y los
siguió hasta que la mucha distancia me impidió ir más adelante: por lo cual
mi Dama, reparando que había cesado de mirar hacia arriba, me dijo:
—Baja la vista y advierte cuánto has girado.
Entonces vi que, desde la hora en que miré por primera vez a la Tierra,
había yo recorrido todo el arco formado por el primer clima desde la mitad
hasta el fin; de modo que veía más allá de Cádiz el insensato paso de
Ulises, y a esta parte casi divisaba la playa donde Europa se convirtió en
dulce carga:[188] y aun habría descubierto mayor espacio de este globulillo,
mañana y tarde a las nubes opuestas a él; y cual mujer honesta que, segura
de sí misma, se ruboriza tan sólo al escuchar las faltas ajenas, así vi yo a
Beatriz cambiar de aspecto: un eclipse semejante creo que hubo en el cielo
cuando la pasión del Poder Supremo. Después, con voz tan alterada, que no
fué mayor la alteración de su semblante, continuó en estos términos:
—Mi sangre, así como la de Lino y la de Cleto,[186] no alimentó a la Esposa
de Cristo para acostumbrarla a adquirir oro, sino para que adquiriese
aquella vida virtuosa por la que Sixto y Pío, Calixto y Urbano derramaron
su sangre después de muchas lágrimas. No fué nuestra intención que una
parte del pueblo cristiano estuviese sentada a la derecha y otra a la izquierda
de nuestro sucesor, ni que las llaves que me fueron concedidas se
convirtieran en una enseña de guerra para combatir contra los bautizados, ni
que estuviese representada mi imagen en un sello para servir a privilegios
vendidos y falsos, de que con frecuencia me avergüenzo e irrito. En todos
los prados se ven allá abajo lobos rapaces disfrazados de pastores. ¡Oh
justicia de Dios!, ¿por qué duermes? Los de Cahors y los de Gascuña se
preparan a beber nuestra sangre. ¡Oh buen principio, en que fin tan vil has
de venir a parar! Pero la alta Providencia, que por medio de Escipión
defendió en Roma la gloria del mundo, lo socorrerá en breve según
imagino. Y tú, hijo, que todavía has de volver abajo, llevado por el peso de
tu cuerpo mortal, abre allí la boca y no ocultes lo que yo no oculto.
Así como nuestro aire despide hacia la Tierra copos de helados vapores,
cuando el cuerno de la Cabra del cielo toca al Sol,[187] de igual modo vi
elevarse aquel éter puro, y despedir hacia lo alto los vapores triunfantes que
allí se habían detenido con nosotros. Mi vista seguía sus semblantes, y los
siguió hasta que la mucha distancia me impidió ir más adelante: por lo cual
mi Dama, reparando que había cesado de mirar hacia arriba, me dijo:
—Baja la vista y advierte cuánto has girado.
Entonces vi que, desde la hora en que miré por primera vez a la Tierra,
había yo recorrido todo el arco formado por el primer clima desde la mitad
hasta el fin; de modo que veía más allá de Cádiz el insensato paso de
Ulises, y a esta parte casi divisaba la playa donde Europa se convirtió en
dulce carga:[188] y aun habría descubierto mayor espacio de este globulillo,
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a no ser porque el Sol me precedía bajo mis pies un signo y algo más. El
amoroso espíritu con que adoro siempre a mi Dama ardía más que nunca en
deseos de volver nuevamente hacia ella los ojos; y las bellezas que la
naturaleza o el arte han producido para cautivar la vista y atraer los
espíritus, ya en cuerpos humanos, ya en pinturas, todas juntas serían nada
en comparación del placer divino que me iluminó cuando me volví hacia su
faz riente: la fuerza que me infundió su mirada me apartó del bello nido de
Leda,[189] y me transportó al cielo más veloz.[190] Sus partes vivísimas y
excelsas son tan uniformes, que no sabré decir cuál de ellas escogió Beatriz
para mi entrada en él; pero ella, que veía mi deseo, empezó a decirme,
sonriéndose tan placentera, que parecía regocijarse Dios en su semblante:
—En esta esfera empieza, como en su meta, el movimiento, que
naturalmente cesa en el centro, mientras todo lo demás gira en torno suyo; y
este cielo no tiene otro sitio donde adquirir movimiento más que la mente
divina, en la cual se enciende el amor que le impulsa y la influencia que
vierte sobre las demás cosas. La luz y el amor la circundan, así como él
circunda a los otros cielos inferiores; y ese círculo de luz y de amor lo
dirige y lo comprende tan sólo Aquél que rodea con él a este cielo. Su
movimiento no está determinado por otro alguno; pero los demás están
medidos por éste, lo mismo que diez por la mitad y el quinto. Ahora puedes
comprender cómo el tiempo tiene sus raíces en este tiesto, y en los otros las
hojas. ¡Oh concupiscencia, que de tal modo sumerges en ti a los mortales,
que a ninguno le es posible sacar los ojos fuera de tus ondas! Mucho florece
la voluntad en los hombres; pero la continua lluvia convierte las verdaderas
ciruelas en endrinas. La fe y la inocencia sólo se encuentran en los niños; y
después cada una de ellas huye antes de que el vello cubra sus mejillas. Hay
quien ayuna balbuceando todavía, y luego que tiene la lengua suelta, devora
cualquier alimento en cualquier época; y también hay quien, balbuciente
aún, ama y escucha a su madre, y cuando llega a hablar claramente, desea
verla sepultada. No de otro modo la piel de la bella hija del que os trae la
mañana y os deja la noche, siendo blanca al principio, se ennegrece
después.[191] Y a fin de que no te maravilles, sabe que en la Tierra no hay
quien gobierne; por lo cual va tan descarriada la raza humana. Pero antes de
que el mes de enero deje de pertenecer al invierno, a causa del centésimo de
que allá abajo no hacen caso, estos círculos superiores rugirán de tal suerte,
que la borrasca, por tanto tiempo esperada, volverá las popas donde ahora
amoroso espíritu con que adoro siempre a mi Dama ardía más que nunca en
deseos de volver nuevamente hacia ella los ojos; y las bellezas que la
naturaleza o el arte han producido para cautivar la vista y atraer los
espíritus, ya en cuerpos humanos, ya en pinturas, todas juntas serían nada
en comparación del placer divino que me iluminó cuando me volví hacia su
faz riente: la fuerza que me infundió su mirada me apartó del bello nido de
Leda,[189] y me transportó al cielo más veloz.[190] Sus partes vivísimas y
excelsas son tan uniformes, que no sabré decir cuál de ellas escogió Beatriz
para mi entrada en él; pero ella, que veía mi deseo, empezó a decirme,
sonriéndose tan placentera, que parecía regocijarse Dios en su semblante:
—En esta esfera empieza, como en su meta, el movimiento, que
naturalmente cesa en el centro, mientras todo lo demás gira en torno suyo; y
este cielo no tiene otro sitio donde adquirir movimiento más que la mente
divina, en la cual se enciende el amor que le impulsa y la influencia que
vierte sobre las demás cosas. La luz y el amor la circundan, así como él
circunda a los otros cielos inferiores; y ese círculo de luz y de amor lo
dirige y lo comprende tan sólo Aquél que rodea con él a este cielo. Su
movimiento no está determinado por otro alguno; pero los demás están
medidos por éste, lo mismo que diez por la mitad y el quinto. Ahora puedes
comprender cómo el tiempo tiene sus raíces en este tiesto, y en los otros las
hojas. ¡Oh concupiscencia, que de tal modo sumerges en ti a los mortales,
que a ninguno le es posible sacar los ojos fuera de tus ondas! Mucho florece
la voluntad en los hombres; pero la continua lluvia convierte las verdaderas
ciruelas en endrinas. La fe y la inocencia sólo se encuentran en los niños; y
después cada una de ellas huye antes de que el vello cubra sus mejillas. Hay
quien ayuna balbuceando todavía, y luego que tiene la lengua suelta, devora
cualquier alimento en cualquier época; y también hay quien, balbuciente
aún, ama y escucha a su madre, y cuando llega a hablar claramente, desea
verla sepultada. No de otro modo la piel de la bella hija del que os trae la
mañana y os deja la noche, siendo blanca al principio, se ennegrece
después.[191] Y a fin de que no te maravilles, sabe que en la Tierra no hay
quien gobierne; por lo cual va tan descarriada la raza humana. Pero antes de
que el mes de enero deje de pertenecer al invierno, a causa del centésimo de
que allá abajo no hacen caso, estos círculos superiores rugirán de tal suerte,
que la borrasca, por tanto tiempo esperada, volverá las popas donde ahora
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están las proas, haciendo que la flota navegue directamente, y que el
verdadero fruto venga en pos de la flor.
verdadero fruto venga en pos de la flor.
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CANTO VIGESIMOCTAVO
ESPUES que aquella que eleva mi alma al Paraíso me
manifestó la verdad contrapuesta a la vida actual de los
míseros mortales, recuerda mi memoria que, así como el que
ve en un espejo la llama de una antorcha encendida detrás de
él, antes de haberla visto o pensado en ella, se vuelve para
cerciorarse de si el cristal le dice la verdad, y ve que los dos
están acordes, como la nota musical con el compás, así hice
yo al contemplar los hermosos ojos en donde tejió amor la cuerda que me
sujetó: y cuando me volví, y se vieron heridos los míos por lo que aparece
en aquel cielo toda vez que se observe con atención su movimiento,
distinguí un punto que despedía tan penetrante luz, que es preciso cerrar los
ojos iluminados por ella, a causa de su aguda intensidad. La estrella que
más pequeña parece desde la Tierra, colocada a su lado, como una estrella
cerca de otra, parecería una luna. Casi tanto como el cerco de un astro
parece distar de la luz que le traza, cuando el vapor que lo forma es más
denso, distaba del centro de aquel punto un círculo de fuego, girando tan
rápidamente, que hubiera vencido en celeridad al movimiento de aquel
Cielo que más velozmente gira ciñendo al mundo. Este círculo estaba
rodeado por otro, y éste por un tercero, y el tercero por el cuarto, por el
ESPUES que aquella que eleva mi alma al Paraíso me
manifestó la verdad contrapuesta a la vida actual de los
míseros mortales, recuerda mi memoria que, así como el que
ve en un espejo la llama de una antorcha encendida detrás de
él, antes de haberla visto o pensado en ella, se vuelve para
cerciorarse de si el cristal le dice la verdad, y ve que los dos
están acordes, como la nota musical con el compás, así hice
yo al contemplar los hermosos ojos en donde tejió amor la cuerda que me
sujetó: y cuando me volví, y se vieron heridos los míos por lo que aparece
en aquel cielo toda vez que se observe con atención su movimiento,
distinguí un punto que despedía tan penetrante luz, que es preciso cerrar los
ojos iluminados por ella, a causa de su aguda intensidad. La estrella que
más pequeña parece desde la Tierra, colocada a su lado, como una estrella
cerca de otra, parecería una luna. Casi tanto como el cerco de un astro
parece distar de la luz que le traza, cuando el vapor que lo forma es más
denso, distaba del centro de aquel punto un círculo de fuego, girando tan
rápidamente, que hubiera vencido en celeridad al movimiento de aquel
Cielo que más velozmente gira ciñendo al mundo. Este círculo estaba
rodeado por otro, y éste por un tercero, y el tercero por el cuarto, por el
Page 400
quinto el cuarto, y después por el sexto el quinto; sobre éstos seguía el
séptimo, de tan gran extensión, que la mensajera de Juno[192] sería
demasiado estrecha para contenerlo por completo. Lo mismo sucedía con el
octavo y el noveno,[193] y cada cual de ellos se movía con más lentitud
según su mayor distancia del Uno, teniendo la llama más clara el que menos
distaba de la luz purísima; porque, según creo, participa más de su verdad.
Mi Dama, que me veía presa de una viva curiosidad, me dijo:
—De aquel punto depende el Cielo y toda la naturaleza. Mira aquel círculo
que está más próximo a él, y sabe que su movimiento es tan rápido a causa
del ardiente amor que le impulsa.
Le contesté:
—Si el mundo estuviera dispuesto en el orden en que veo esas ruedas, tu
explicación me hubiera satisfecho; pero en el mundo sensible se pueden ver
las cosas tanto más rápidas cuanto más apartadas están de su centro: así es
que, si mi deseo debe tener fin en este maravilloso y angélico templo, cuyos
únicos confines son el amor y la luz, necesito todavía oír cómo es que el
modelo y la copia no van del mismo modo; porque yo en vano reflexiono
en ello.
—Si tus dedos no bastan para deshacer ese nudo, no es maravilla: ¡tan
sólido se ha hecho por no haber sido tocado!
Así dijo mi Dama; después añadió:
—Medita lo que voy a decirte, si quieres quedar satisfecho, y aguza sobre
ello el ingenio. Los círculos corpóreos son anchos y estrechos, según la
mayor o menor virtud que se difunde por todas partes. Cuanto mayor es su
bondad, más saludables son los efectos que produce; y el cuerpo mayor
contiene mayor bondad, con tal que sean todas sus partes igualmente
perfectas. Ahora bien, este círculo en que estamos, que arrastra consigo
todo el alto universo, corresponde al que más ama y más sabe; por lo cual,
si te fijas en la virtud y no en la extensión de las substancias que te aparecen
dispuestas en círculos, verás una relación admirable y gradual entre cada
Cielo y su inteligencia.
séptimo, de tan gran extensión, que la mensajera de Juno[192] sería
demasiado estrecha para contenerlo por completo. Lo mismo sucedía con el
octavo y el noveno,[193] y cada cual de ellos se movía con más lentitud
según su mayor distancia del Uno, teniendo la llama más clara el que menos
distaba de la luz purísima; porque, según creo, participa más de su verdad.
Mi Dama, que me veía presa de una viva curiosidad, me dijo:
—De aquel punto depende el Cielo y toda la naturaleza. Mira aquel círculo
que está más próximo a él, y sabe que su movimiento es tan rápido a causa
del ardiente amor que le impulsa.
Le contesté:
—Si el mundo estuviera dispuesto en el orden en que veo esas ruedas, tu
explicación me hubiera satisfecho; pero en el mundo sensible se pueden ver
las cosas tanto más rápidas cuanto más apartadas están de su centro: así es
que, si mi deseo debe tener fin en este maravilloso y angélico templo, cuyos
únicos confines son el amor y la luz, necesito todavía oír cómo es que el
modelo y la copia no van del mismo modo; porque yo en vano reflexiono
en ello.
—Si tus dedos no bastan para deshacer ese nudo, no es maravilla: ¡tan
sólido se ha hecho por no haber sido tocado!
Así dijo mi Dama; después añadió:
—Medita lo que voy a decirte, si quieres quedar satisfecho, y aguza sobre
ello el ingenio. Los círculos corpóreos son anchos y estrechos, según la
mayor o menor virtud que se difunde por todas partes. Cuanto mayor es su
bondad, más saludables son los efectos que produce; y el cuerpo mayor
contiene mayor bondad, con tal que sean todas sus partes igualmente
perfectas. Ahora bien, este círculo en que estamos, que arrastra consigo
todo el alto universo, corresponde al que más ama y más sabe; por lo cual,
si te fijas en la virtud y no en la extensión de las substancias que te aparecen
dispuestas en círculos, verás una relación admirable y gradual entre cada
Cielo y su inteligencia.
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Puro y sereno, como queda el hemisferio del aire cuando Bóreas sopla con
la menos impetuosa de sus mejillas, limpiando y disolviendo la niebla que
antes lo obscurecía todo, y haciendo que el cielo ostente las bellezas de toda
su comitiva, quedé yo cuando mi Dama me satisfizo con sus claras
respuestas, viendo entonces la verdad tan brillante como las estrellas en el
cielo. Cuando hubo terminado sus palabras, empezaron a chispear los
círculos, como chispea el hierro candente; y aquel centelleo, que parecía un
incendio, era imitado por cada chispa de por sí, siendo éstas tantas, que su
número se multiplicaba mil veces más que el producido por la
multiplicación de las casillas de un tablero de ajedrez.[194] Yo oía cantar
"Hosanna," de coro en coro, en alabanza del punto fijo, que los tiene y
siempre los tendrá en el lugar donde siempre han estado: y aquella que veía
las dudas de mi mente dijo:
—Los primeros círculos te han mostrado los Serafines y los Querubines.
Siguen con tal velocidad su amorosa cadena para asemejarse al punto
cuanto pueden, y pueden tanto más, cuanto más altos están para verle.
Aquellos otros amores, que van en torno de ellos, se llaman Tronos de la
presencia divina, en los cuales termina el primer ternario; y debes saber que
es tanto mayor su gozo, cuanto más penetra su vista en la Verdad, en que se
calma toda inteligencia. Aquí puede conocerse que la beatitud se funda en el
acto de ver, y no en el de amar a Dios, lo cual viene después; y siendo las
obras meritorias engendradas por la gracia y la buena voluntad, la medida
de la contemplación procede así de grado en grado. El otro ternario, que
germina en esta primavera eterna de modo que no le despoja el Aries
nocturno, canta perpetuamente "Hosanna" con tres melodías, que resuenan
en los tres órdenes de alegría de que se compone. En esa jerarquía están las
tres diosas: primera, Dominaciones; segunda, Virtudes, y el tercer orden es
el de las Potestades. Después, en los dos penúltimos círculos giran los
Principados y los Arcángeles: el último se compone todo de angélicos
festejos. Todos estos órdenes tienen sus miradas fijas arriba, y ejercen abajo
tal influencia, que así como ellos son atraídos por Dios, atraen lo que está
debajo de ellos. Con tal ardor se puso Dionisio[195] a contemplar esos
órdenes, que los nombró y distinguió como yo. Pero Gregorio[196] se separó
de él después; así es que en cuanto abrió los ojos en este cielo, se ha reído
de sí mismo. Y si un mortal ha revelado en la Tierra una verdad tan secreta,
no quiero que te admires; porque el que la vió aquí arriba[197] se la
la menos impetuosa de sus mejillas, limpiando y disolviendo la niebla que
antes lo obscurecía todo, y haciendo que el cielo ostente las bellezas de toda
su comitiva, quedé yo cuando mi Dama me satisfizo con sus claras
respuestas, viendo entonces la verdad tan brillante como las estrellas en el
cielo. Cuando hubo terminado sus palabras, empezaron a chispear los
círculos, como chispea el hierro candente; y aquel centelleo, que parecía un
incendio, era imitado por cada chispa de por sí, siendo éstas tantas, que su
número se multiplicaba mil veces más que el producido por la
multiplicación de las casillas de un tablero de ajedrez.[194] Yo oía cantar
"Hosanna," de coro en coro, en alabanza del punto fijo, que los tiene y
siempre los tendrá en el lugar donde siempre han estado: y aquella que veía
las dudas de mi mente dijo:
—Los primeros círculos te han mostrado los Serafines y los Querubines.
Siguen con tal velocidad su amorosa cadena para asemejarse al punto
cuanto pueden, y pueden tanto más, cuanto más altos están para verle.
Aquellos otros amores, que van en torno de ellos, se llaman Tronos de la
presencia divina, en los cuales termina el primer ternario; y debes saber que
es tanto mayor su gozo, cuanto más penetra su vista en la Verdad, en que se
calma toda inteligencia. Aquí puede conocerse que la beatitud se funda en el
acto de ver, y no en el de amar a Dios, lo cual viene después; y siendo las
obras meritorias engendradas por la gracia y la buena voluntad, la medida
de la contemplación procede así de grado en grado. El otro ternario, que
germina en esta primavera eterna de modo que no le despoja el Aries
nocturno, canta perpetuamente "Hosanna" con tres melodías, que resuenan
en los tres órdenes de alegría de que se compone. En esa jerarquía están las
tres diosas: primera, Dominaciones; segunda, Virtudes, y el tercer orden es
el de las Potestades. Después, en los dos penúltimos círculos giran los
Principados y los Arcángeles: el último se compone todo de angélicos
festejos. Todos estos órdenes tienen sus miradas fijas arriba, y ejercen abajo
tal influencia, que así como ellos son atraídos por Dios, atraen lo que está
debajo de ellos. Con tal ardor se puso Dionisio[195] a contemplar esos
órdenes, que los nombró y distinguió como yo. Pero Gregorio[196] se separó
de él después; así es que en cuanto abrió los ojos en este cielo, se ha reído
de sí mismo. Y si un mortal ha revelado en la Tierra una verdad tan secreta,
no quiero que te admires; porque el que la vió aquí arriba[197] se la
Page 402
descubrió, con otras muchas cosas referentes a las verdades de estos
círculos.
círculos.
Page 403
CANTO VIGESIMONONO
ILENCIOSA y con el rostro risueño permaneció Beatriz,
mirando fijamente al punto que me había deslumbrado, tanto
espacio de tiempo como el que media desde el momento en
que el cenit mantiene en equilibrio a los dos hijos de Latona,
cuando éstos, cobijados respectivamente por Aries y Libra,
se forman una misma zona del horizonte, hasta que uno y
otro rompen aquel cinto cambiando de hemisferio.[198]
Después empezó así:
—Yo te diré sin preguntar lo que deseas oír, porque lo he visto desde allí
donde converge todo "ubi" y todo "quando." No con objeto de adquirir para
sí ningún bien (que esto no puede ser), sino a fin de que su esplendor,
reflejándose en las criaturas, pudiera decir: "Existo," el Eterno Amor, en su
eternidad, antes que el tiempo fuese, y de un modo incomprensible a toda
otra inteligencia, se difundió según le plugo, creando nuevos amores. No es
decir que antes permaneciera ocioso y como inerte; pues el proceder del
espíritu de Dios sobre estas aguas no tuvo antes ni después. La forma y la
materia pura salieron juntamente con una existencia sin defecto, como salen
tres flechas de un arco de tres cuerdas; y así como la luz brilla en el vidrio,
en el ámbar o en el cristal, de manera que entre el llegar y el ser toda no
ILENCIOSA y con el rostro risueño permaneció Beatriz,
mirando fijamente al punto que me había deslumbrado, tanto
espacio de tiempo como el que media desde el momento en
que el cenit mantiene en equilibrio a los dos hijos de Latona,
cuando éstos, cobijados respectivamente por Aries y Libra,
se forman una misma zona del horizonte, hasta que uno y
otro rompen aquel cinto cambiando de hemisferio.[198]
Después empezó así:
—Yo te diré sin preguntar lo que deseas oír, porque lo he visto desde allí
donde converge todo "ubi" y todo "quando." No con objeto de adquirir para
sí ningún bien (que esto no puede ser), sino a fin de que su esplendor,
reflejándose en las criaturas, pudiera decir: "Existo," el Eterno Amor, en su
eternidad, antes que el tiempo fuese, y de un modo incomprensible a toda
otra inteligencia, se difundió según le plugo, creando nuevos amores. No es
decir que antes permaneciera ocioso y como inerte; pues el proceder del
espíritu de Dios sobre estas aguas no tuvo antes ni después. La forma y la
materia pura salieron juntamente con una existencia sin defecto, como salen
tres flechas de un arco de tres cuerdas; y así como la luz brilla en el vidrio,
en el ámbar o en el cristal, de manera que entre el llegar y el ser toda no
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media intervalo alguno, así también aquel triforme efecto irradió a la vez de
su Señor, sin distinción entre su principio y su existencia perfecta.
Simultáneamente fué también creado y establecido el orden de las
substancias; y aquellas en que se produjo el acto puro fueron colocadas en
la cima del mundo. A la parte inferior fué destinada la potencia pura; y en el
medio unió a la potencia y a la acción un vínculo que nunca se desata.
Jerónimo escribió que los ángeles fueron creados muchos siglos antes de
que fuera hecho el otro mundo; pero esta verdad está escrita en varios
pasajes de los escritores del Espíritu Santo, y la podrás observar si bien la
examinas, como que hasta la misma razón la ve en parte; pues no podría
comprender que los motores permanecieran tanto tiempo sin su perfección.
Ahora sabes ya dónde, cómo y cuándo fueron creados estos amores; de
modo que están extinguidos tres ardores de tu deseo. No contarías de uno a
veinte con la prontitud con que una parte de los ángeles turbó el mundo de
vuestros elementos. La otra parte quedó aquí, y empezó la obra que
contemplas, con tanto placer que nunca cesa de girar. La causa de la caída
fué el maldito orgullo de aquel que viste en el centro de la Tierra, pesando
sobre él toda la gravedad del mundo. Esos que ves aquí fueron modestos,
reconociendo la bondad que los había hecho dispuestos a tan altas miras;
por lo cual sus inteligencias fueron de tal modo exaltadas por la gracia que
ilumina y por su mérito, que poseen una plena y firme voluntad. Y no
quiero que dudes, sino que tengas completa certidumbre de que es meritorio
recibir la gracia en proporción del amor con que se la pide y acoge. En
adelante, puedes contemplar a tu placer y sin otra ayuda este consistorio, si
has entendido mis palabras: pero como en la Tierra y en vuestras escuelas se
lee que la naturaleza angélica es tal que entiende, recuerda y quiere, te diré
más todavía para que veas en toda su pureza la verdad que abajo se
confunde, equivocando semejante doctrina. Estas substancias, después de
haberse recreado en el rostro de Dios, no separaron su mirada de éste para
quien nada hay oculto; así es que su vista no está interceptada por ningún
nuevo objeto, y en consecuencia, no necesitan la memoria para recordar un
concepto separado de su pensamiento. Allá abajo, pues, se sueña sin dormir,
creyendo unos y no creyendo otros decir la verdad; pero en éstos hay más
falta y más vergüenza. Los que allá abajo os dedicáis a filosofar, no vais por
un mismo sendero; tanto es lo que os arrastra el afán de parecer sabios e
ingeniosos: y aun esto se tolera aquí con menos rigor que el desprecio de la
Sagrada Escritura o su torcida interpretación. No pensáis en la sangre que
su Señor, sin distinción entre su principio y su existencia perfecta.
Simultáneamente fué también creado y establecido el orden de las
substancias; y aquellas en que se produjo el acto puro fueron colocadas en
la cima del mundo. A la parte inferior fué destinada la potencia pura; y en el
medio unió a la potencia y a la acción un vínculo que nunca se desata.
Jerónimo escribió que los ángeles fueron creados muchos siglos antes de
que fuera hecho el otro mundo; pero esta verdad está escrita en varios
pasajes de los escritores del Espíritu Santo, y la podrás observar si bien la
examinas, como que hasta la misma razón la ve en parte; pues no podría
comprender que los motores permanecieran tanto tiempo sin su perfección.
Ahora sabes ya dónde, cómo y cuándo fueron creados estos amores; de
modo que están extinguidos tres ardores de tu deseo. No contarías de uno a
veinte con la prontitud con que una parte de los ángeles turbó el mundo de
vuestros elementos. La otra parte quedó aquí, y empezó la obra que
contemplas, con tanto placer que nunca cesa de girar. La causa de la caída
fué el maldito orgullo de aquel que viste en el centro de la Tierra, pesando
sobre él toda la gravedad del mundo. Esos que ves aquí fueron modestos,
reconociendo la bondad que los había hecho dispuestos a tan altas miras;
por lo cual sus inteligencias fueron de tal modo exaltadas por la gracia que
ilumina y por su mérito, que poseen una plena y firme voluntad. Y no
quiero que dudes, sino que tengas completa certidumbre de que es meritorio
recibir la gracia en proporción del amor con que se la pide y acoge. En
adelante, puedes contemplar a tu placer y sin otra ayuda este consistorio, si
has entendido mis palabras: pero como en la Tierra y en vuestras escuelas se
lee que la naturaleza angélica es tal que entiende, recuerda y quiere, te diré
más todavía para que veas en toda su pureza la verdad que abajo se
confunde, equivocando semejante doctrina. Estas substancias, después de
haberse recreado en el rostro de Dios, no separaron su mirada de éste para
quien nada hay oculto; así es que su vista no está interceptada por ningún
nuevo objeto, y en consecuencia, no necesitan la memoria para recordar un
concepto separado de su pensamiento. Allá abajo, pues, se sueña sin dormir,
creyendo unos y no creyendo otros decir la verdad; pero en éstos hay más
falta y más vergüenza. Los que allá abajo os dedicáis a filosofar, no vais por
un mismo sendero; tanto es lo que os arrastra el afán de parecer sabios e
ingeniosos: y aun esto se tolera aquí con menos rigor que el desprecio de la
Sagrada Escritura o su torcida interpretación. No pensáis en la sangre que
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cuesta sembrarla por el mundo, y lo grato que es a Dios el que uniforma
humildemente sus ideas a las de aquélla. Sólo por parecer docto, cada cual
se ingenia y se esfuerza en invenciones, que sirven de texto a los
predicadores, mientras que el Evangelio se calla. Uno dice que la Luna
retrocedió cuando la pasión de Cristo, y se interpuso a fin de que la luz del
Sol no pudiera bajar a la Tierra; otros que la luz se ocultó por sí misma,
razón por la cual este eclipse fué tan sensible para los Españoles y los
Indios, como para los Judíos. No tiene Florencia tantos Lapi y Bindi[199]
como fábulas se pronuncian durante un año y por todas partes en el púlpito;
así es que las ovejas ignorantes vuelven del pasto repletas de viento, sin que
les sirva de excusa no haber visto el daño. Cristo no dijo a su primer
convento: "Andad y predicad patrañas al mundo," sino que les dió por base
la verdad: y ésta sonó en sus bocas de tal modo, que al combatir para
encender la Fe, solamente se valieron del Evangelio como de escudo y
lanza. Ahora, para predicar, se abusa de las argucias y bufonadas; con tal de
excitar la hilaridad, la cogulla se hincha y no se desea otra cosa. Pero en la
punta de esa cogulla anida tal pájaro,[200] que si el vulgo lo viese, no
admitiría las indulgencias de aquellos en quienes confía; por las cuales ha
crecido tanto la necedad en la Tierra, que sin pedir pruebas de su
autenticidad, se agolparía la gente a cualquier promesa de ellas. Con esto
engorda el puerco de San Antonio, y engordan otros muchos que son peores
que puercos, pagando en moneda sin cuño. Mas, poniendo fin a esta larga
digresión, vuelve ya tus ojos hacia la vía recta, de modo que el camino y el
tiempo se abrevien. La naturaleza de los ángeles aumenta tanto su número
de grado en grado, que no hay palabra ni inteligencia mortal que pueda
llegar a significar ese número; y si examinas bien lo que reveló Daniel,
verás que en sus millares no se manifiesta un número determinado. La
primera luz que ilumina toda la naturaleza angélica penetra en ella de tantos
modos cuantos son los esplendores a que se une. Así pues, como el afecto
es proporcionado a la intensidad de la visión beatífica, la dulzura del amor
es en los ángeles diversamente fervorosa o tibia. Contempla en adelante la
altura y la extensión del Poder Eterno; pues ha formado para sí tantos
espejos en los que se reparte, quedando siempre uno e indivisible como
antes de haberlos creado.
humildemente sus ideas a las de aquélla. Sólo por parecer docto, cada cual
se ingenia y se esfuerza en invenciones, que sirven de texto a los
predicadores, mientras que el Evangelio se calla. Uno dice que la Luna
retrocedió cuando la pasión de Cristo, y se interpuso a fin de que la luz del
Sol no pudiera bajar a la Tierra; otros que la luz se ocultó por sí misma,
razón por la cual este eclipse fué tan sensible para los Españoles y los
Indios, como para los Judíos. No tiene Florencia tantos Lapi y Bindi[199]
como fábulas se pronuncian durante un año y por todas partes en el púlpito;
así es que las ovejas ignorantes vuelven del pasto repletas de viento, sin que
les sirva de excusa no haber visto el daño. Cristo no dijo a su primer
convento: "Andad y predicad patrañas al mundo," sino que les dió por base
la verdad: y ésta sonó en sus bocas de tal modo, que al combatir para
encender la Fe, solamente se valieron del Evangelio como de escudo y
lanza. Ahora, para predicar, se abusa de las argucias y bufonadas; con tal de
excitar la hilaridad, la cogulla se hincha y no se desea otra cosa. Pero en la
punta de esa cogulla anida tal pájaro,[200] que si el vulgo lo viese, no
admitiría las indulgencias de aquellos en quienes confía; por las cuales ha
crecido tanto la necedad en la Tierra, que sin pedir pruebas de su
autenticidad, se agolparía la gente a cualquier promesa de ellas. Con esto
engorda el puerco de San Antonio, y engordan otros muchos que son peores
que puercos, pagando en moneda sin cuño. Mas, poniendo fin a esta larga
digresión, vuelve ya tus ojos hacia la vía recta, de modo que el camino y el
tiempo se abrevien. La naturaleza de los ángeles aumenta tanto su número
de grado en grado, que no hay palabra ni inteligencia mortal que pueda
llegar a significar ese número; y si examinas bien lo que reveló Daniel,
verás que en sus millares no se manifiesta un número determinado. La
primera luz que ilumina toda la naturaleza angélica penetra en ella de tantos
modos cuantos son los esplendores a que se une. Así pues, como el afecto
es proporcionado a la intensidad de la visión beatífica, la dulzura del amor
es en los ángeles diversamente fervorosa o tibia. Contempla en adelante la
altura y la extensión del Poder Eterno; pues ha formado para sí tantos
espejos en los que se reparte, quedando siempre uno e indivisible como
antes de haberlos creado.
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CANTO TRIGESIMO
CASO arde la hora sexta distante seis mil millas de nosotros,
y este mundo inclina ya su sombra casi horizontalmente,
cuando el centro del cielo que vemos más profundo empieza
a ponerse de modo, que algunas estrellas van perdiéndose de
vista desde la Tierra; y a medida que viene adelantando la
clarísima sierva del Sol, el cielo apaga de una en una sus
luces hasta la más bella. No de otra suerte desapareció poco
a poco a mi vista el triunfo de los coros angélicos, que siempre festeja en
torno de aquel punto que me deslumbró, pareciéndome contenido en lo
mismo que él contiene; por lo cual, no viendo ya nada, esto unido al amor
me obligó a volver los ojos hacia Beatriz. Si todo cuanto hasta aquí se ha
dicho acerca de ella estuviera reunido en una sola alabanza, sería poco para
llenar el objeto. La belleza que en ella vi no sólo está fuera del alcance de
nuestra inteligencia, sino que creo con certeza que su Hacedor es el único
que la comprende toda. Me confieso vencido por este pasaje de mi poema
más de lo que con respecto a otro punto lo fué jamás autor trágico o
cómico; porque así como el Sol ofusca la vista más trémula, del mismo
modo el recuerdo de la dulce sonrisa paraliza mi mente. Desde el primer día
que vi su rostro en esta vida, hasta mi actual contemplación, no se ha
interrumpido la continuación de mi canto; pero ahora es preciso que mi
CASO arde la hora sexta distante seis mil millas de nosotros,
y este mundo inclina ya su sombra casi horizontalmente,
cuando el centro del cielo que vemos más profundo empieza
a ponerse de modo, que algunas estrellas van perdiéndose de
vista desde la Tierra; y a medida que viene adelantando la
clarísima sierva del Sol, el cielo apaga de una en una sus
luces hasta la más bella. No de otra suerte desapareció poco
a poco a mi vista el triunfo de los coros angélicos, que siempre festeja en
torno de aquel punto que me deslumbró, pareciéndome contenido en lo
mismo que él contiene; por lo cual, no viendo ya nada, esto unido al amor
me obligó a volver los ojos hacia Beatriz. Si todo cuanto hasta aquí se ha
dicho acerca de ella estuviera reunido en una sola alabanza, sería poco para
llenar el objeto. La belleza que en ella vi no sólo está fuera del alcance de
nuestra inteligencia, sino que creo con certeza que su Hacedor es el único
que la comprende toda. Me confieso vencido por este pasaje de mi poema
más de lo que con respecto a otro punto lo fué jamás autor trágico o
cómico; porque así como el Sol ofusca la vista más trémula, del mismo
modo el recuerdo de la dulce sonrisa paraliza mi mente. Desde el primer día
que vi su rostro en esta vida, hasta mi actual contemplación, no se ha
interrumpido la continuación de mi canto; pero ahora es preciso que mi
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poema desista de seguir cantando la belleza de mi Dama, como hace todo
artista que llega al último esfuerzo en su arte. Tal cual la dejo para que la
anuncie una trompa de mayor sonido que la mía, que conduce al término su
difícil tarea, Beatriz repuso con el gesto y la voz de una guía solícita:
—Hemos salido fuera del mayor de los cuerpos celestes, para subir al cielo
que es pura luz;[201] luz intelectual, llena de amor, amor de verdadero bien,
lleno de gozo; gozo superior a toda dulzura. Aquí verás una y otra milicia
del Paraíso, y una de ellas bajo aquel aspecto con que la contemplarás en el
juicio final.
Como súbito relámpago que disipa las potencias visivas, privando al ojo de
la facultad de distinguir los mayores objetos, así me circundó una luz
resplandeciente, dejándome velado de tal suerte con su fulgor, que nada
descubría.
—El Amor que tranquiliza este cielo, acoge siempre con semejante saludo
al que entra en él, a fin de disponer al cirio para recibir su llama.
No bien hube oído estas palabras, cuando me sentí elevar de un modo
superior a mis fuerzas, y adquirí una nueva vista de tal vigor, que no hay luz
alguna tan brillante que no pudieran soportarla mis ojos. Y vi en forma de
río una luz áurea, que despedía espléndidos fulgores entre dos orillas
adornadas de admirable primavera. De este río salían vivas centellas, que
por todas partes llovían sobre las flores, pareciendo rubíes engastados en
oro. Después, como embriagadas con aquellos aromas, volvían a sumergirse
en el maravilloso raudal; pero si una entraba en él, otra salía.
—El alto deseo que ahora te inflama y estimula para comprender lo que
estás viendo, me place tanto más cuanto es más vehemente; pero es preciso
que bebas de esa agua antes que sacies tanta sed.
Así me dijo el Sol de mis ojos. Luego añadió:
—El río y los topacios, que entran y salen, y la sonrisa de las hierbas son
nada más que sombras y prefacios de la verdad: no es decir que estas cosas
sean en sí de difícil comprensión; pues el defecto está en ti, que no tienes
aún la vista bastante elevada.
artista que llega al último esfuerzo en su arte. Tal cual la dejo para que la
anuncie una trompa de mayor sonido que la mía, que conduce al término su
difícil tarea, Beatriz repuso con el gesto y la voz de una guía solícita:
—Hemos salido fuera del mayor de los cuerpos celestes, para subir al cielo
que es pura luz;[201] luz intelectual, llena de amor, amor de verdadero bien,
lleno de gozo; gozo superior a toda dulzura. Aquí verás una y otra milicia
del Paraíso, y una de ellas bajo aquel aspecto con que la contemplarás en el
juicio final.
Como súbito relámpago que disipa las potencias visivas, privando al ojo de
la facultad de distinguir los mayores objetos, así me circundó una luz
resplandeciente, dejándome velado de tal suerte con su fulgor, que nada
descubría.
—El Amor que tranquiliza este cielo, acoge siempre con semejante saludo
al que entra en él, a fin de disponer al cirio para recibir su llama.
No bien hube oído estas palabras, cuando me sentí elevar de un modo
superior a mis fuerzas, y adquirí una nueva vista de tal vigor, que no hay luz
alguna tan brillante que no pudieran soportarla mis ojos. Y vi en forma de
río una luz áurea, que despedía espléndidos fulgores entre dos orillas
adornadas de admirable primavera. De este río salían vivas centellas, que
por todas partes llovían sobre las flores, pareciendo rubíes engastados en
oro. Después, como embriagadas con aquellos aromas, volvían a sumergirse
en el maravilloso raudal; pero si una entraba en él, otra salía.
—El alto deseo que ahora te inflama y estimula para comprender lo que
estás viendo, me place tanto más cuanto es más vehemente; pero es preciso
que bebas de esa agua antes que sacies tanta sed.
Así me dijo el Sol de mis ojos. Luego añadió:
—El río y los topacios, que entran y salen, y la sonrisa de las hierbas son
nada más que sombras y prefacios de la verdad: no es decir que estas cosas
sean en sí de difícil comprensión; pues el defecto está en ti, que no tienes
aún la vista bastante elevada.
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Ningún niño se tira de cabeza tan presuroso al pecho de su madre cuando
despierta más tarde de lo acostumbrado, como yo, para mejorar los espejos
de mis ojos, me incliné sobre la onda luminosa, que corre a fin de que se
perfeccione la vista; y apenas se bañó en ella la extremidad de mis
párpados, me pareció que la larga corriente se había vuelto redonda.
Después, así como la gente enmascarada parece otra cosa muy distinta en
cuanto se despoja de la falsa apariencia bajo la cual se ocultaba, así me
pareció que adquirían mayor alegría las flores y las centellas; de modo que
vi distintamente las dos cortes del cielo. ¡Oh esplendor de Dios, merced al
cual vi el gran triunfo del reino de la verdad! Dame fuerzas para decir cómo
lo vi.
Hay allá arriba una luz, que hace visible el Creador a toda criatura que sólo
funda su paz en contemplarle; y se extiende en forma circular por tanto
espacio, que su circunferencia sería para el Sol un cinturón demasiado
anchuroso. Toda su apariencia procede de un rayo reflejado sobre la cumbre
del Primer Móvil, que de él adquiere movimiento y potencia; y así como
una colina se contempla en el agua que baña su base, cual si quisiera
mirarse adornada cuando es más rica de verdor y flores, así, suspendidas en
torno, en torno de la luz, vi reflejarse en más de mil gradas todas las almas
que desde nuestro mundo han vuelto allá arriba. Y si la última grada
concentra en sí tanta luz, ¡cuál no será el esplendor de esta rosa en sus
últimas hojas! Mi vista no se perdía en la anchura ni en la elevación de esta
rosa, sino que abarcaba toda la cantidad y la calidad de aquella alegría. Allí,
el estar cerca o lejos, no da ni quita; porque donde Dios gobierna sin
interposición de causas secundarias, no ejerce ninguna acción la ley natural.
Hacia el centro de la rosa sempiterna, que se dilata, se eleva gradualmente y
exhala un perfume de alabanzas al Sol que allí produce una eterna
primavera, me atrajo Beatriz como el que calla al mismo tiempo que quiere
hablar, y dijo:
—¡Mira cuán grande es la reunión de blancas estolas! ¡Mira qué gran
circuito tiene nuestra ciudad! ¡Mira nuestros escaños tan llenos, que ya son
pocos los llamados a ocuparlos! En aquel gran asiento donde tienes los ojos
fijos a causa de la corona que está colocada sobre él, antes que tú cenes en
estas bodas se sentará el alma de gran Enrique, que será augusta en la
Tierra,[202] el cual irá a reformar la Italia antes que se halle preparada para
ello. La ciega codicia que os enferma, os ha hecho semejantes al niño que
despierta más tarde de lo acostumbrado, como yo, para mejorar los espejos
de mis ojos, me incliné sobre la onda luminosa, que corre a fin de que se
perfeccione la vista; y apenas se bañó en ella la extremidad de mis
párpados, me pareció que la larga corriente se había vuelto redonda.
Después, así como la gente enmascarada parece otra cosa muy distinta en
cuanto se despoja de la falsa apariencia bajo la cual se ocultaba, así me
pareció que adquirían mayor alegría las flores y las centellas; de modo que
vi distintamente las dos cortes del cielo. ¡Oh esplendor de Dios, merced al
cual vi el gran triunfo del reino de la verdad! Dame fuerzas para decir cómo
lo vi.
Hay allá arriba una luz, que hace visible el Creador a toda criatura que sólo
funda su paz en contemplarle; y se extiende en forma circular por tanto
espacio, que su circunferencia sería para el Sol un cinturón demasiado
anchuroso. Toda su apariencia procede de un rayo reflejado sobre la cumbre
del Primer Móvil, que de él adquiere movimiento y potencia; y así como
una colina se contempla en el agua que baña su base, cual si quisiera
mirarse adornada cuando es más rica de verdor y flores, así, suspendidas en
torno, en torno de la luz, vi reflejarse en más de mil gradas todas las almas
que desde nuestro mundo han vuelto allá arriba. Y si la última grada
concentra en sí tanta luz, ¡cuál no será el esplendor de esta rosa en sus
últimas hojas! Mi vista no se perdía en la anchura ni en la elevación de esta
rosa, sino que abarcaba toda la cantidad y la calidad de aquella alegría. Allí,
el estar cerca o lejos, no da ni quita; porque donde Dios gobierna sin
interposición de causas secundarias, no ejerce ninguna acción la ley natural.
Hacia el centro de la rosa sempiterna, que se dilata, se eleva gradualmente y
exhala un perfume de alabanzas al Sol que allí produce una eterna
primavera, me atrajo Beatriz como el que calla al mismo tiempo que quiere
hablar, y dijo:
—¡Mira cuán grande es la reunión de blancas estolas! ¡Mira qué gran
circuito tiene nuestra ciudad! ¡Mira nuestros escaños tan llenos, que ya son
pocos los llamados a ocuparlos! En aquel gran asiento donde tienes los ojos
fijos a causa de la corona que está colocada sobre él, antes que tú cenes en
estas bodas se sentará el alma de gran Enrique, que será augusta en la
Tierra,[202] el cual irá a reformar la Italia antes que se halle preparada para
ello. La ciega codicia que os enferma, os ha hecho semejantes al niño que
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muere de hambre y rechaza a su nodriza. Entonces será prefecto en el foro
divino un hombre,[203] que abierta y ocultamente no irá por el mismo
camino que aquél; pero poco tiempo le tolerará Dios en su santo cargo;
porque será arrojado donde está Simón Mago por sus merecimientos, y hará
que el de Alagna[204] se hunda más.
divino un hombre,[203] que abierta y ocultamente no irá por el mismo
camino que aquél; pero poco tiempo le tolerará Dios en su santo cargo;
porque será arrojado donde está Simón Mago por sus merecimientos, y hará
que el de Alagna[204] se hunda más.
Page 411
CANTO TRIGESIMOPRIMERO
N forma, pues, de blanca rosa se ofrecía a mi vista la milicia
santa que Cristo con su sangre hizo su esposa; pero la otra,
que volando ve y canta la gloria de aquel que la enamora y la
bondad que tan excelsa la ha hecho, como un enjambre de
abejas, que ora se posa sobre las flores, ora vuelve al sitio
donde su trabajo se convierte en dulce miel, descendía a la
gran flor que se adorna de tantas hojas, y desde allí se
lanzaba de nuevo hacia el punto donde siempre permanece su Amor. Todas
estas almas tenían el rostro de llama viva, las alas de oro, y lo restante de tal
blancura, que no hay nieve que pueda comparársele. Cuando descendían
por la flor de grada en grada, comunicaban a las otras almas la paz y el
ardor que ellas adquirían volando; y por más que aquella familia alada se
interpusiera entre lo alto y la flor, no impedía la vista ni el esplendor,
porque la luz divina penetra en el universo según que éste es digno de ello,
de manera que nada puede servirle de obstáculo.
Este reino tranquilo y gozoso, poblado de gente antigua y moderna, tenía
todo él la vista y el amor dirigidos hacia un solo punto. ¡Oh trina luz, que
centelleando en una sola estrella, regocijas de tal modo la vista de esos
espíritus!, mira cuál es aquí abajo nuestra tormenta. Si los bárbaros,
N forma, pues, de blanca rosa se ofrecía a mi vista la milicia
santa que Cristo con su sangre hizo su esposa; pero la otra,
que volando ve y canta la gloria de aquel que la enamora y la
bondad que tan excelsa la ha hecho, como un enjambre de
abejas, que ora se posa sobre las flores, ora vuelve al sitio
donde su trabajo se convierte en dulce miel, descendía a la
gran flor que se adorna de tantas hojas, y desde allí se
lanzaba de nuevo hacia el punto donde siempre permanece su Amor. Todas
estas almas tenían el rostro de llama viva, las alas de oro, y lo restante de tal
blancura, que no hay nieve que pueda comparársele. Cuando descendían
por la flor de grada en grada, comunicaban a las otras almas la paz y el
ardor que ellas adquirían volando; y por más que aquella familia alada se
interpusiera entre lo alto y la flor, no impedía la vista ni el esplendor,
porque la luz divina penetra en el universo según que éste es digno de ello,
de manera que nada puede servirle de obstáculo.
Este reino tranquilo y gozoso, poblado de gente antigua y moderna, tenía
todo él la vista y el amor dirigidos hacia un solo punto. ¡Oh trina luz, que
centelleando en una sola estrella, regocijas de tal modo la vista de esos
espíritus!, mira cuál es aquí abajo nuestra tormenta. Si los bárbaros,
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procedentes de la región que cubre Hélice diariamente girando con su hijo a
quien mira con amor,[205] se quedaban estupefactos al ver a Roma y sus
magníficos monumentos, cuando Letrán superaba a todas las obras salidas
de manos de los hombres, yo, que acababa de pasar de lo humano a lo
divino, del tiempo limitado a lo eterno, y de Florencia a un pueblo justo y
santo, ¿de qué estupor no estaría lleno? En verdad que, entregado a tal
estupor y a mi gozo, me complacía el no oír ni decir nada. Y como el
peregrino que se recrea contemplando el templo que había hecho voto de
visitar, y espera, al volver a su país, referir cómo estaba construído, así yo,
contemplando la viva luz, paseaba mis miradas por todas las gradas, ya
hacia arriba, ya hacia abajo, ya en derredor, y veía rostros que excitaban a la
caridad, embellecidos por otras luces y por su sonrisa, y en actitudes
adornadas de toda clase de gracia. Mi vista había abarcado por completo la
forma general del Paraíso, pero no se había fijado en parte alguna: entonces,
poseído de un nuevo deseo, me volví hacia mi Dama para preguntarle sobre
algunos puntos que tenían en suspenso mi mente; pero cuando esperaba una
cosa, me sucedió otra: creía ver a Beatriz, y vi un anciano[206] vestido como
la familia gloriosa. En sus ojos y en sus mejillas estaba esparcida una
benigna alegría, y su aspecto era tan dulce como el de un tierno padre.
—Y ella ¿dónde está?—dije al momento.
A lo cual contestó él:
—Beatriz me ha enviado desde mi asiento para poner fin a tu deseo; y si
miras el tercer círculo a partir de la grada superior, la verás ocupar el trono
en que la han colocado sus méritos.
Sin responder levanté los ojos, y la vi formándose una corona de los eternos
rayos que de sí reflejaba. El ojo del que estuviese en lo profundo del mar no
distaría tanto de la región más elevada donde truena, como distaban de
Beatriz los míos; pero nada importaba, porque su imagen descendía hasta
mí sin interposición de otro cuerpo.
—¡Oh mujer, en quien vive mi esperanza, y que consentiste, por mi
salvación, en dejar tus huellas en el Infierno! Si he visto tantas cosas, a tu
bondad y a tu poder debo esta gracia y la fuerza que me ha sido necesaria.
Tú, desde la esclavitud, me has conducido a la libertad por todas las vías y
por todos los medios que para hacerlo han estado a tu alcance. Consérvame
quien mira con amor,[205] se quedaban estupefactos al ver a Roma y sus
magníficos monumentos, cuando Letrán superaba a todas las obras salidas
de manos de los hombres, yo, que acababa de pasar de lo humano a lo
divino, del tiempo limitado a lo eterno, y de Florencia a un pueblo justo y
santo, ¿de qué estupor no estaría lleno? En verdad que, entregado a tal
estupor y a mi gozo, me complacía el no oír ni decir nada. Y como el
peregrino que se recrea contemplando el templo que había hecho voto de
visitar, y espera, al volver a su país, referir cómo estaba construído, así yo,
contemplando la viva luz, paseaba mis miradas por todas las gradas, ya
hacia arriba, ya hacia abajo, ya en derredor, y veía rostros que excitaban a la
caridad, embellecidos por otras luces y por su sonrisa, y en actitudes
adornadas de toda clase de gracia. Mi vista había abarcado por completo la
forma general del Paraíso, pero no se había fijado en parte alguna: entonces,
poseído de un nuevo deseo, me volví hacia mi Dama para preguntarle sobre
algunos puntos que tenían en suspenso mi mente; pero cuando esperaba una
cosa, me sucedió otra: creía ver a Beatriz, y vi un anciano[206] vestido como
la familia gloriosa. En sus ojos y en sus mejillas estaba esparcida una
benigna alegría, y su aspecto era tan dulce como el de un tierno padre.
—Y ella ¿dónde está?—dije al momento.
A lo cual contestó él:
—Beatriz me ha enviado desde mi asiento para poner fin a tu deseo; y si
miras el tercer círculo a partir de la grada superior, la verás ocupar el trono
en que la han colocado sus méritos.
Sin responder levanté los ojos, y la vi formándose una corona de los eternos
rayos que de sí reflejaba. El ojo del que estuviese en lo profundo del mar no
distaría tanto de la región más elevada donde truena, como distaban de
Beatriz los míos; pero nada importaba, porque su imagen descendía hasta
mí sin interposición de otro cuerpo.
—¡Oh mujer, en quien vive mi esperanza, y que consentiste, por mi
salvación, en dejar tus huellas en el Infierno! Si he visto tantas cosas, a tu
bondad y a tu poder debo esta gracia y la fuerza que me ha sido necesaria.
Tú, desde la esclavitud, me has conducido a la libertad por todas las vías y
por todos los medios que para hacerlo han estado a tu alcance. Consérvame
Page 413
tus magníficos dones, a fin de que mi alma, que sanaste, se separe de su
cuerpo siendo agradable a tus ojos.
Así oré; y aquella que tan lejana parecía, se sonrió y me miró, volviéndose
después hacia la eterna fuente.[207] El santo Anciano me dijo:
—A fin de que lleves a feliz término tu viaje, para lo cual me han movido el
ruego y el amor santo, vuela con los ojos por este jardín; pues mirándolo se
avivará más tu vista para subir hasta el rayo divino. Y la Reina del Cielo,
por quien ardo enteramente en amor, nos concederá todas las gracias,
porque yo soy su fiel Bernardo.
Como aquel que acaso viene de Croacia para ver nuestra Verónica, y no se
cansa de contemplarla a causa de su antigua fama, antes bien dice para sí
mientras se la enseñan: "Señor mío Jesucristo, Dios verdadero, ¿era tal
vuestro rostro?," lo mismo estaba yo mirando la viva caridad de aquél, que
entregado a la contemplación, gustó en el mundo las delicias de que ahora
goza.
—Hijo de la gracia—empezó a decirme—, no podrás conocer esta
existencia dichosa, mientras fijes los ojos solamente aquí abajo. Ve mirando
los círculos hasta el más remoto, a fin de que veas el trono de la Reina a
quien está sometido y consagrado este reino.
Levanté los ojos; y así como por la mañana la parte oriental del horizonte
excede en claridad a aquella por donde el Sol se pone, del mismo modo, y
dirigiendo la vista como el que va del fondo de un valle a la cumbre de un
monte, vi en el más elevado círculo una parte del mismo que sobrepujaba
en claridad a todas las otras; y así como allí donde se espera el carro que tan
mal guió Faetón,[208] más se inflama el cielo y fuera de aquel punto va
perdiendo la luz su viveza, de igual suerte aquella pacífica oriflama[209]
brillaba más en su centro, disminuyéndose gradualmente el resplandor en
todas las demás partes. En aquel centro vi más de mil ángeles que la
festejaban con las alas desplegadas, diferente cada cual en su esplendor y en
su actitud. Ante sus juegos y sus cantos vi sonreír una beldad, que infundía
el contento en los ojos de los demás santos. Aun cuando tuviera tantos
recursos para decir como para imaginar, no me atrevería a expresar la
mínima parte de sus delicias.
cuerpo siendo agradable a tus ojos.
Así oré; y aquella que tan lejana parecía, se sonrió y me miró, volviéndose
después hacia la eterna fuente.[207] El santo Anciano me dijo:
—A fin de que lleves a feliz término tu viaje, para lo cual me han movido el
ruego y el amor santo, vuela con los ojos por este jardín; pues mirándolo se
avivará más tu vista para subir hasta el rayo divino. Y la Reina del Cielo,
por quien ardo enteramente en amor, nos concederá todas las gracias,
porque yo soy su fiel Bernardo.
Como aquel que acaso viene de Croacia para ver nuestra Verónica, y no se
cansa de contemplarla a causa de su antigua fama, antes bien dice para sí
mientras se la enseñan: "Señor mío Jesucristo, Dios verdadero, ¿era tal
vuestro rostro?," lo mismo estaba yo mirando la viva caridad de aquél, que
entregado a la contemplación, gustó en el mundo las delicias de que ahora
goza.
—Hijo de la gracia—empezó a decirme—, no podrás conocer esta
existencia dichosa, mientras fijes los ojos solamente aquí abajo. Ve mirando
los círculos hasta el más remoto, a fin de que veas el trono de la Reina a
quien está sometido y consagrado este reino.
Levanté los ojos; y así como por la mañana la parte oriental del horizonte
excede en claridad a aquella por donde el Sol se pone, del mismo modo, y
dirigiendo la vista como el que va del fondo de un valle a la cumbre de un
monte, vi en el más elevado círculo una parte del mismo que sobrepujaba
en claridad a todas las otras; y así como allí donde se espera el carro que tan
mal guió Faetón,[208] más se inflama el cielo y fuera de aquel punto va
perdiendo la luz su viveza, de igual suerte aquella pacífica oriflama[209]
brillaba más en su centro, disminuyéndose gradualmente el resplandor en
todas las demás partes. En aquel centro vi más de mil ángeles que la
festejaban con las alas desplegadas, diferente cada cual en su esplendor y en
su actitud. Ante sus juegos y sus cantos vi sonreír una beldad, que infundía
el contento en los ojos de los demás santos. Aun cuando tuviera tantos
recursos para decir como para imaginar, no me atrevería a expresar la
mínima parte de sus delicias.
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Cuando Bernardo vió mis ojos atentos y fijos en el objeto de su ferviente
amor, volvió los suyos hacia él con tanto afecto, que infundió en los míos
más ardor para contemplarlo.
amor, volvió los suyos hacia él con tanto afecto, que infundió en los míos
más ardor para contemplarlo.
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CANTO TRIGESIMOSEGUNDO
TENTO a su dicha, aquel contemplador asumió
espontáneamente en sí el cargo de maestro y empezó por
estas santas palabras:
—La herida que María restañó y curó fué abierta y enconada
por aquella mujer tan hermosa que está a sus pies.[210]
Debajo de ésta, en el orden que forman los terceros puestos,
se sientan, como ves, Raquel y Beatriz.[211] Sara, Rebeca, Judith, y la
bisabuela[212] del Cantor que en medio del dolor producido por su falta dijo
"Miserere mei," puedes verlas sucederse de grado en grado, descendiendo, a
medida que en la rosa te las voy nombrando de hoja en hoja. Y desde la
séptima grada para abajo, como desde la más alta a la misma grada, se
suceden las Hebreas, dividiendo todas las hojas de la flor; porque aquéllas
son como un recto muro, que comparte los sagrados escalones, según como
se fijó en Cristo la mirada de la fe. En esa parte, en que la flor está provista
de todas sus hojas, se sientan los que creyeron en la venida de Jesucristo; y
en la otra, en que los semicírculos se ven interrumpidos por algunos huecos,
se sientan los que creyeron en El después de haber venido; y así como en
esa parte el glorioso trono de la Señora del cielo y los otros escaños
TENTO a su dicha, aquel contemplador asumió
espontáneamente en sí el cargo de maestro y empezó por
estas santas palabras:
—La herida que María restañó y curó fué abierta y enconada
por aquella mujer tan hermosa que está a sus pies.[210]
Debajo de ésta, en el orden que forman los terceros puestos,
se sientan, como ves, Raquel y Beatriz.[211] Sara, Rebeca, Judith, y la
bisabuela[212] del Cantor que en medio del dolor producido por su falta dijo
"Miserere mei," puedes verlas sucederse de grado en grado, descendiendo, a
medida que en la rosa te las voy nombrando de hoja en hoja. Y desde la
séptima grada para abajo, como desde la más alta a la misma grada, se
suceden las Hebreas, dividiendo todas las hojas de la flor; porque aquéllas
son como un recto muro, que comparte los sagrados escalones, según como
se fijó en Cristo la mirada de la fe. En esa parte, en que la flor está provista
de todas sus hojas, se sientan los que creyeron en la venida de Jesucristo; y
en la otra, en que los semicírculos se ven interrumpidos por algunos huecos,
se sientan los que creyeron en El después de haber venido; y así como en
esa parte el glorioso trono de la Señora del cielo y los otros escaños
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inferiores forman tan gran separación, así en la opuesta está el trono del
gran Juan que, siempre santo, sufrió la soledad y el martirio, y el Infierno
después durante dos años;[213] y así también debajo de él, formando a
propósito igual separación, está el de Francisco; bajo éste el de Benito, bajo
Benito Agustín y otros varios, descendiendo de igual modo hasta aquí de
círculo en círculo. Admira, pues, la elevada Providencia divina; porque uno
y otro aspecto de la Fe llenarán por igual este jardín. Y sabe que desde la
grada que corta por mitad ambas filas hasta abajo, nadie se sienta por su
propio mérito, sino por el que contrajo otro, y con ciertas condiciones;
porque todos ellos son espíritus desprendidos de la Tierra antes que
estuviesen dotados de criterio para elegir la verdad. Fácil te será cerciorarte
de ello por sus rostros y también por sus voces infantiles, si los miras y los
escuchas bien. Ahora dudas, y dudando guardas silencio; pero yo soltaré las
fuertes ligaduras con que te estrechan tus sutiles pensamientos. En toda la
extensión de este reino no puede tener cabida un asiento dado por
casualidad, como tampoco caben la tristeza, la sed, ni el hambre; pues todo
cuanto ves se halla establecido por eterna ley, de modo que aquí cada cosa
viene justa como anillo al dedo. Por lo tanto, estas almas apresuradas a la
verdadera vida no son aquí "sine causa" más o menos excelentes entre sí. El
Rey por quien este reino reposa en tanto amor y deleite, que ninguna
voluntad se atreve a desear más, creando todas las almas bajo su dichoso
aspecto, las dota según quiere de más o menos gracia: en cuanto a esto baste
conocer el efecto; lo cual se demuestra expresa y claramente por la Sagrada
Escritura en aquellos gemelos a quienes agitó la ira en el vientre de su
madre.[214] Por lo tanto, es preciso que la altísima luz corone de su gloria a
los espíritus según sea el color de los cabellos de tal gracia. Así pues, sin
consideración al mérito de sus obras, se hallan ésos colocados en diferentes
grados, distinguiéndose tan sólo por su penetración primitiva. En los
primeros siglos bastaba ciertamente para salvarse tener, junto con la
inocencia, la fe de los padres. Transcurridas las primeras edades, fué
menester que los varones todavía inocentes adquiriesen la virtud por medio
de la circuncisión; pero cuando llegó el tiempo de la Gracia, toda aquella
inocencia debió permanecer en el Limbo, si no había recibido el perfecto
bautismo de Cristo. Contempla ahora la faz que más se asemeja a la de
Cristo, pues sólo su resplandor podrá disponerte a ver a Cristo.
gran Juan que, siempre santo, sufrió la soledad y el martirio, y el Infierno
después durante dos años;[213] y así también debajo de él, formando a
propósito igual separación, está el de Francisco; bajo éste el de Benito, bajo
Benito Agustín y otros varios, descendiendo de igual modo hasta aquí de
círculo en círculo. Admira, pues, la elevada Providencia divina; porque uno
y otro aspecto de la Fe llenarán por igual este jardín. Y sabe que desde la
grada que corta por mitad ambas filas hasta abajo, nadie se sienta por su
propio mérito, sino por el que contrajo otro, y con ciertas condiciones;
porque todos ellos son espíritus desprendidos de la Tierra antes que
estuviesen dotados de criterio para elegir la verdad. Fácil te será cerciorarte
de ello por sus rostros y también por sus voces infantiles, si los miras y los
escuchas bien. Ahora dudas, y dudando guardas silencio; pero yo soltaré las
fuertes ligaduras con que te estrechan tus sutiles pensamientos. En toda la
extensión de este reino no puede tener cabida un asiento dado por
casualidad, como tampoco caben la tristeza, la sed, ni el hambre; pues todo
cuanto ves se halla establecido por eterna ley, de modo que aquí cada cosa
viene justa como anillo al dedo. Por lo tanto, estas almas apresuradas a la
verdadera vida no son aquí "sine causa" más o menos excelentes entre sí. El
Rey por quien este reino reposa en tanto amor y deleite, que ninguna
voluntad se atreve a desear más, creando todas las almas bajo su dichoso
aspecto, las dota según quiere de más o menos gracia: en cuanto a esto baste
conocer el efecto; lo cual se demuestra expresa y claramente por la Sagrada
Escritura en aquellos gemelos a quienes agitó la ira en el vientre de su
madre.[214] Por lo tanto, es preciso que la altísima luz corone de su gloria a
los espíritus según sea el color de los cabellos de tal gracia. Así pues, sin
consideración al mérito de sus obras, se hallan ésos colocados en diferentes
grados, distinguiéndose tan sólo por su penetración primitiva. En los
primeros siglos bastaba ciertamente para salvarse tener, junto con la
inocencia, la fe de los padres. Transcurridas las primeras edades, fué
menester que los varones todavía inocentes adquiriesen la virtud por medio
de la circuncisión; pero cuando llegó el tiempo de la Gracia, toda aquella
inocencia debió permanecer en el Limbo, si no había recibido el perfecto
bautismo de Cristo. Contempla ahora la faz que más se asemeja a la de
Cristo, pues sólo su resplandor podrá disponerte a ver a Cristo.
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Vi llover sobre ella tanta alegría, llevada por los santos espíritus, creados
para volar por aquella altura, que todo cuanto antes había visto no me había
causado tal admiración, ni me había mostrado mayor semejanza con Dios.
Y aquel amor[215] que fué el primero en descender cantando "Ave, María,
gratia plena," extendió sus alas delante de ella. A tan divina cantinela
respondió por todas partes la corte bienaventurada, de tal modo que cada
espíritu pareció más radiante.
—¡Oh Santo Padre, que por mí te dignas estar aquí abajo, dejando el dulce
sitio donde te sientas por toda una eternidad! ¿Qué ángel es ese, que con
tanto gozo mira los ojos de nuestra Reina, y tan enamorado está que parece
de fuego?
Con estas palabras recurrí nuevamente a la enseñanza de aquel que se
embellecía con las bellezas de María, como a los rayos del Sol se embellece
la estrella matutina. Y él me respondió:
—Toda la confianza y la gracia que pueden caber en un ángel y en un alma,
se encuentran en él, y así queremos que sea; porque es el que llevó la palma
a María, cuando el Hijo de Dios quiso cargar con nuestro peso. Pero sigue
ahora con la vista según yo vaya hablando, y fija la atención en los grandes
patricios de este imperio justísimo y piadoso. Aquellos dos que ves sentados
allá arriba, más felices por estar sumamente próximos a la Augusta Señora,
son casi dos raíces de esta rosa. El que está a la izquierda es el padre, cuyo
atrevido paladar fué causa de que la especie humana probara tanta
amargura.[216] Contempla a la derecha al anciano padre de la santa Iglesia, a
quien Cristo confió las llaves de esta encantadora flor:[217] a su lado se
sienta aquel que vió, antes de morir, todos los tiempos calamitosos que
debía atravesar la bella esposa que fué conquistada con la lanza y los
clavos;[218] y próximo al otro, aquel Jefe bajo cuyas órdenes vivió de maná
la nación ingrata, voluble y obstinada.[219] Mira sentada a Ana frente a
Pedro, contemplando a su hija con tal arrobamiento, que ni aun al cantar
"Hosanna" separa de ella los ojos: y frente al mayor Padre de familia se
sienta Lucía, que envió a tu Dama en tu socorro, cuando cerraste los
párpados al borde del abismo. Mas, puesto que huye el tiempo que te
adormece, haremos punto aquí, como un buen sastre, que según el paño con
que cuenta, así hace el traje y elevaremos los ojos hacia el primer Amor, de
modo que, mirándole, penetres en su fulgor cuanto te sea posible. Sin
para volar por aquella altura, que todo cuanto antes había visto no me había
causado tal admiración, ni me había mostrado mayor semejanza con Dios.
Y aquel amor[215] que fué el primero en descender cantando "Ave, María,
gratia plena," extendió sus alas delante de ella. A tan divina cantinela
respondió por todas partes la corte bienaventurada, de tal modo que cada
espíritu pareció más radiante.
—¡Oh Santo Padre, que por mí te dignas estar aquí abajo, dejando el dulce
sitio donde te sientas por toda una eternidad! ¿Qué ángel es ese, que con
tanto gozo mira los ojos de nuestra Reina, y tan enamorado está que parece
de fuego?
Con estas palabras recurrí nuevamente a la enseñanza de aquel que se
embellecía con las bellezas de María, como a los rayos del Sol se embellece
la estrella matutina. Y él me respondió:
—Toda la confianza y la gracia que pueden caber en un ángel y en un alma,
se encuentran en él, y así queremos que sea; porque es el que llevó la palma
a María, cuando el Hijo de Dios quiso cargar con nuestro peso. Pero sigue
ahora con la vista según yo vaya hablando, y fija la atención en los grandes
patricios de este imperio justísimo y piadoso. Aquellos dos que ves sentados
allá arriba, más felices por estar sumamente próximos a la Augusta Señora,
son casi dos raíces de esta rosa. El que está a la izquierda es el padre, cuyo
atrevido paladar fué causa de que la especie humana probara tanta
amargura.[216] Contempla a la derecha al anciano padre de la santa Iglesia, a
quien Cristo confió las llaves de esta encantadora flor:[217] a su lado se
sienta aquel que vió, antes de morir, todos los tiempos calamitosos que
debía atravesar la bella esposa que fué conquistada con la lanza y los
clavos;[218] y próximo al otro, aquel Jefe bajo cuyas órdenes vivió de maná
la nación ingrata, voluble y obstinada.[219] Mira sentada a Ana frente a
Pedro, contemplando a su hija con tal arrobamiento, que ni aun al cantar
"Hosanna" separa de ella los ojos: y frente al mayor Padre de familia se
sienta Lucía, que envió a tu Dama en tu socorro, cuando cerraste los
párpados al borde del abismo. Mas, puesto que huye el tiempo que te
adormece, haremos punto aquí, como un buen sastre, que según el paño con
que cuenta, así hace el traje y elevaremos los ojos hacia el primer Amor, de
modo que, mirándole, penetres en su fulgor cuanto te sea posible. Sin
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embargo, a fin de que al mover tus alas no retrocedas acaso creyendo
adelantar, es preciso pedir con ruegos la gracia que necesitas, e impetrarla
de aquella que puede ayudarte: sígueme, pues, con el afecto, de modo que
tu corazón acompañe a mis palabras.
Y comenzó a decir esta santa oración:
adelantar, es preciso pedir con ruegos la gracia que necesitas, e impetrarla
de aquella que puede ayudarte: sígueme, pues, con el afecto, de modo que
tu corazón acompañe a mis palabras.
Y comenzó a decir esta santa oración:
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CANTO TRIGESIMOTERCIO
IRGEN madre, hija de tu hijo, la más humilde al par que la
más alta de todas las criaturas, término fijo de la voluntad
eterna, tú eres la que has ennoblecido de tal suerte la humana
naturaleza, que su Hacedor no se desdeñó de convertirse en
su propia obra. En tu seno se inflamó el amor cuyo calor ha
hecho germinar esta flor en la paz eterna. Eres aquí para
nosotros meridiano Sol de caridad, y abajo para los mortales
vivo manantial de esperanza. Eres tan grande, señora, y tanto vales, que
todo el que desea alcanzar alguna gracia y no recurre a ti, quiere que su
deseo vuele sin alas. Tu benignidad no sólo socorre al que te implora, sino
que muchas veces se anticipa espontáneamente a la súplica. En ti se reúnen
la misericordia, la piedad, la magnificencia, y todo cuanto bueno existe en
la criatura. Este, pues, que desde la más profunda laguna del universo hasta
aquí ha visto una a una todas las existencias espirituales, te suplica le
concedas la gracia de adquirir tal virtud, que pueda elevarse con los ojos
hasta la salud suprema. Y yo, que nunca he deseado ver más de lo que deseo
que él vea, te dirijo todos mis ruegos, y te suplico que no sean vanos, a fin
de que disipes con los tuyos todas las nieblas procedentes de su condición
mortal, de suerte que pueda contemplar abiertamente el sumo placer. Te
IRGEN madre, hija de tu hijo, la más humilde al par que la
más alta de todas las criaturas, término fijo de la voluntad
eterna, tú eres la que has ennoblecido de tal suerte la humana
naturaleza, que su Hacedor no se desdeñó de convertirse en
su propia obra. En tu seno se inflamó el amor cuyo calor ha
hecho germinar esta flor en la paz eterna. Eres aquí para
nosotros meridiano Sol de caridad, y abajo para los mortales
vivo manantial de esperanza. Eres tan grande, señora, y tanto vales, que
todo el que desea alcanzar alguna gracia y no recurre a ti, quiere que su
deseo vuele sin alas. Tu benignidad no sólo socorre al que te implora, sino
que muchas veces se anticipa espontáneamente a la súplica. En ti se reúnen
la misericordia, la piedad, la magnificencia, y todo cuanto bueno existe en
la criatura. Este, pues, que desde la más profunda laguna del universo hasta
aquí ha visto una a una todas las existencias espirituales, te suplica le
concedas la gracia de adquirir tal virtud, que pueda elevarse con los ojos
hasta la salud suprema. Y yo, que nunca he deseado ver más de lo que deseo
que él vea, te dirijo todos mis ruegos, y te suplico que no sean vanos, a fin
de que disipes con los tuyos todas las nieblas procedentes de su condición
mortal, de suerte que pueda contemplar abiertamente el sumo placer. Te
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ruego además, ¡oh Reina, que puedes cuanto quieres!, que conserves puros
sus afectos después de tanto ver; que tu custodia triunfe de los impulsos de
las pasiones humanas: mira a Beatriz cómo junta sus manos con todos los
bienaventurados para unir sus plegarias a las mías."
Los ojos que Dios ama y venera,[220] fijos en el que por mí oraba, me
demostraron cuán gratos le son los devotos ruegos. Después se elevaron
hacia la Luz eterna en la cual no es creíble que la mirada de criatura alguna
pueda fijarse tan abiertamente. Y yo, que me acercaba al fin de todo anhelo,
puse término en mí, como debía, al ardor del deseo. Bernardo sonriéndose
me indicaba que mirase hacia arriba; pero yo había hecho ya por mí mismo
lo que él quería: porque mi vista, adquiriendo más y más pureza y claridad,
penetraba gradualmente en la alta luz que tiene en sí misma la verdad de su
existencia. Desde aquel instante, lo que vi excede a todo humano lenguaje,
que es impotente para expresar tal visión, y la memoria se rinde a tanta
grandeza. Como el que ve soñando, y después del sueño conserva impresa
la sensación que ha recibido, sin que le quede otra cosa en la mente, así
estoy yo ahora; pues casi ha cesado del todo mi visión, y aun destila en mi
pecho la dulzura que nació de ella. Del mismo modo ante el Sol pierde su
forma la nieve, y así también se dispersaban al viento en las ligeras hojas
las sentencias de la Sibila.
¡Oh luz suprema que te elevas tanto sobre los pensamientos de los mortales!
Presta a mi mente algo de lo que parecías, y haz que mi lengua sea tan
potente, que pueda dejar a lo menos un destello de tu gloria a las
generaciones venideras; pues si se muestra algún tanto a mi memoria y
resuena lo mínimo en mis versos, se podrá concebir más tu victoria.
Por la intensidad del vivo rayo que soporté sin cegar, creo que me habría
perdido, si hubiera separado de él mis ojos; y recuerdo que por esto fuí tan
osado para sostenerlo, que uní mi mirada con el Poder infinito. ¡Oh gracia
abundante, por la cual tuve atrevimiento para fijar mis ojos en la Luz eterna
hasta tanto que consumí toda mi fuerza visiva! En su profundidad vi que se
contiene ligado con vínculos de amor en un volumen todo cuanto hay
esparcido por el universo: substancias, accidentes y sus cualidades, unido
todo de tal manera, que cuanto digo no es más que una pálida luz. Creo que
vi la forma universal de este nudo, porque, recordando estas cosas, me
siento poseído de mayor alegría. Un solo punto me causa mayor olvido, que
sus afectos después de tanto ver; que tu custodia triunfe de los impulsos de
las pasiones humanas: mira a Beatriz cómo junta sus manos con todos los
bienaventurados para unir sus plegarias a las mías."
Los ojos que Dios ama y venera,[220] fijos en el que por mí oraba, me
demostraron cuán gratos le son los devotos ruegos. Después se elevaron
hacia la Luz eterna en la cual no es creíble que la mirada de criatura alguna
pueda fijarse tan abiertamente. Y yo, que me acercaba al fin de todo anhelo,
puse término en mí, como debía, al ardor del deseo. Bernardo sonriéndose
me indicaba que mirase hacia arriba; pero yo había hecho ya por mí mismo
lo que él quería: porque mi vista, adquiriendo más y más pureza y claridad,
penetraba gradualmente en la alta luz que tiene en sí misma la verdad de su
existencia. Desde aquel instante, lo que vi excede a todo humano lenguaje,
que es impotente para expresar tal visión, y la memoria se rinde a tanta
grandeza. Como el que ve soñando, y después del sueño conserva impresa
la sensación que ha recibido, sin que le quede otra cosa en la mente, así
estoy yo ahora; pues casi ha cesado del todo mi visión, y aun destila en mi
pecho la dulzura que nació de ella. Del mismo modo ante el Sol pierde su
forma la nieve, y así también se dispersaban al viento en las ligeras hojas
las sentencias de la Sibila.
¡Oh luz suprema que te elevas tanto sobre los pensamientos de los mortales!
Presta a mi mente algo de lo que parecías, y haz que mi lengua sea tan
potente, que pueda dejar a lo menos un destello de tu gloria a las
generaciones venideras; pues si se muestra algún tanto a mi memoria y
resuena lo mínimo en mis versos, se podrá concebir más tu victoria.
Por la intensidad del vivo rayo que soporté sin cegar, creo que me habría
perdido, si hubiera separado de él mis ojos; y recuerdo que por esto fuí tan
osado para sostenerlo, que uní mi mirada con el Poder infinito. ¡Oh gracia
abundante, por la cual tuve atrevimiento para fijar mis ojos en la Luz eterna
hasta tanto que consumí toda mi fuerza visiva! En su profundidad vi que se
contiene ligado con vínculos de amor en un volumen todo cuanto hay
esparcido por el universo: substancias, accidentes y sus cualidades, unido
todo de tal manera, que cuanto digo no es más que una pálida luz. Creo que
vi la forma universal de este nudo, porque, recordando estas cosas, me
siento poseído de mayor alegría. Un solo punto me causa mayor olvido, que
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el que han causado veinticinco siglos transcurridos desde la empresa que
hizo a Neptuno admirarse de la sombra de Argos. Así es que mi mente en
suspenso miraba fija, inmóvil y atenta, y continuaba mirando con ardor
creciente. El efecto de esta luz es tal, que no es posible consentir jamás en
separarse de ella para contemplar otra cosa; porque el bien, que es objeto de
la voluntad, se encierra todo en ella, y fuera de ella es defectuoso lo que allí
perfecto. Desde este punto, a causa de lo poco que recuerdo, mis palabras
serán más breves que las de un niño cuya lengua se baña todavía en la leche
materna. No porque hubiese más de un simple aspecto en la viva luz que yo
miraba, pues siempre es tal como antes era, sino porque mi vista se
avaloraba contemplándola, su apariencia única se me representaba en otra
forma según iba alterándose mi aptitud visiva. En la profunda y clara
substancia de la alta luz se me aparecieron tres círculos de tres colores y de
una sola dimensión:[221] el uno parecía reflejado por otro como Iris por Iris,
y el tercero parecía un fuego procedente de ambos por igual. ¡Ah!, ¡cuán
escasa y débil es la lengua para decir mi concepto! Y éste lo es tanto,
comparado a lo que vi, que la palabra "poco" no basta para expresar su
pequeñez.
¡Oh Luz eterna, que en ti solamente resides, que sola te comprendes, y que
siendo por ti a la vez inteligente y entendida, te amas y te complaces en ti
misma! Aquel de tus círculos, que parecía proceder de ti como el rayo
reflejado procede del rayo directo, cuando mis ojos lo contemplaron en
torno, parecióme que dentro de sí con su propio color representaba nuestra
efigie, por lo cual mi vista estaba fija atentamente en él. Como el geómetra
que se dedica con todo empeño a medir el círculo, y por más que piensa no
encuentra el principio que necesita, lo mismo estaba yo ante aquella nueva
imagen. Yo quería ver cómo correspondía la efigie al círculo, y cómo a él
estaba unida; pero no alcanzaban a tanto mis propias alas, si no hubiera sido
iluminada mi mente por un resplandor, merced al cual fué satisfecho su
deseo.
Aquí faltó la fuerza a mi elevada fantasía; pero ya eran movidos mi deseo y
mi voluntad, como rueda cuyas partes giran todas igualmente, por el Amor
que mueve el Sol y las demás estrellas.
hizo a Neptuno admirarse de la sombra de Argos. Así es que mi mente en
suspenso miraba fija, inmóvil y atenta, y continuaba mirando con ardor
creciente. El efecto de esta luz es tal, que no es posible consentir jamás en
separarse de ella para contemplar otra cosa; porque el bien, que es objeto de
la voluntad, se encierra todo en ella, y fuera de ella es defectuoso lo que allí
perfecto. Desde este punto, a causa de lo poco que recuerdo, mis palabras
serán más breves que las de un niño cuya lengua se baña todavía en la leche
materna. No porque hubiese más de un simple aspecto en la viva luz que yo
miraba, pues siempre es tal como antes era, sino porque mi vista se
avaloraba contemplándola, su apariencia única se me representaba en otra
forma según iba alterándose mi aptitud visiva. En la profunda y clara
substancia de la alta luz se me aparecieron tres círculos de tres colores y de
una sola dimensión:[221] el uno parecía reflejado por otro como Iris por Iris,
y el tercero parecía un fuego procedente de ambos por igual. ¡Ah!, ¡cuán
escasa y débil es la lengua para decir mi concepto! Y éste lo es tanto,
comparado a lo que vi, que la palabra "poco" no basta para expresar su
pequeñez.
¡Oh Luz eterna, que en ti solamente resides, que sola te comprendes, y que
siendo por ti a la vez inteligente y entendida, te amas y te complaces en ti
misma! Aquel de tus círculos, que parecía proceder de ti como el rayo
reflejado procede del rayo directo, cuando mis ojos lo contemplaron en
torno, parecióme que dentro de sí con su propio color representaba nuestra
efigie, por lo cual mi vista estaba fija atentamente en él. Como el geómetra
que se dedica con todo empeño a medir el círculo, y por más que piensa no
encuentra el principio que necesita, lo mismo estaba yo ante aquella nueva
imagen. Yo quería ver cómo correspondía la efigie al círculo, y cómo a él
estaba unida; pero no alcanzaban a tanto mis propias alas, si no hubiera sido
iluminada mi mente por un resplandor, merced al cual fué satisfecho su
deseo.
Aquí faltó la fuerza a mi elevada fantasía; pero ya eran movidos mi deseo y
mi voluntad, como rueda cuyas partes giran todas igualmente, por el Amor
que mueve el Sol y las demás estrellas.
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FIN
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NOTAS:
[1] Can Grande della Scala, señor de Verona y bienhechor de Dante.
[2] La clemencia divina.
[3] La gracia divina, o más bien, la gracia que ilumina.
[4] Según algunos comentadores, éste debe ser Esaú, que renunció a su derecho
de primogenitura; según otros, Diocleciano, que abdicó el imperio; según
Venturini, el papa Celestino V, y otros creen que el que hizo la gran renuncia es
Pilatos.
[5] Se refiere a Jacobo o Israel, que por casarse con Raquel sirvió al padre de ella
catorce años.
[6] El filósofo Aristóteles.
[7] La primera de las cuatro divisiones concéntricas del último círculo del
Infierno, en donde son castigados los traidores y los matadores de sus propios
consanguíneos. Véase el canto trigésimo segundo.
[8] Pape, interjección griega y latina, que significa sorpresa; aleppe, lo mismo
que aleph (o Ioseph), voz hebraica, equivalente a jefe, príncipe, etc. La frase,
truncada por reticencia, quiere decir: "¡Cómo, Satanás; cómo, Satanás, príncipe
del Infierno!... ¿Un audaz mortal se atreve a entrar aquí?"—Fraticelli.
[9] Si no... Esta reticencia expresa el temor y la duda, que inmediatamente
desecha Virgilio por respeto al Sér Supremo. Quiere decir: "¡Si no... viniese
ayuda del cielo!... Pero, ¿qué digo? Se me ha prometido... y no puede faltar." Se
refiere a la llegada del ángel.
[10] El emperador Federico II, siempre en guerra con los Papas, contra los cuales
escribió versos, fué excomulgado por Gregorio IX e Inocencio IV, y murió en
1250.—Octaviano degli Ubaldini, de Florencia y del partido gibelino, a pesar de
ser Cardenal, dijo una vez, que, si acaso tuviera alma, la perdería por los
gibelinos. Por esta razón los coloca Dante entre los herejes.
[11] Guido de Montfort. Para vengar la muerte de Simón, su padre, muerto en
Inglaterra por Eduardo, asesinó en 1271, en una iglesia de Viterbo, a Enrique,
hermano de aquél, mientras el sacerdote elevaba la hostia. El corazón del
asesinado fué llevado en una copa a Londres, y colocado sobre una columna en
[1] Can Grande della Scala, señor de Verona y bienhechor de Dante.
[2] La clemencia divina.
[3] La gracia divina, o más bien, la gracia que ilumina.
[4] Según algunos comentadores, éste debe ser Esaú, que renunció a su derecho
de primogenitura; según otros, Diocleciano, que abdicó el imperio; según
Venturini, el papa Celestino V, y otros creen que el que hizo la gran renuncia es
Pilatos.
[5] Se refiere a Jacobo o Israel, que por casarse con Raquel sirvió al padre de ella
catorce años.
[6] El filósofo Aristóteles.
[7] La primera de las cuatro divisiones concéntricas del último círculo del
Infierno, en donde son castigados los traidores y los matadores de sus propios
consanguíneos. Véase el canto trigésimo segundo.
[8] Pape, interjección griega y latina, que significa sorpresa; aleppe, lo mismo
que aleph (o Ioseph), voz hebraica, equivalente a jefe, príncipe, etc. La frase,
truncada por reticencia, quiere decir: "¡Cómo, Satanás; cómo, Satanás, príncipe
del Infierno!... ¿Un audaz mortal se atreve a entrar aquí?"—Fraticelli.
[9] Si no... Esta reticencia expresa el temor y la duda, que inmediatamente
desecha Virgilio por respeto al Sér Supremo. Quiere decir: "¡Si no... viniese
ayuda del cielo!... Pero, ¿qué digo? Se me ha prometido... y no puede faltar." Se
refiere a la llegada del ángel.
[10] El emperador Federico II, siempre en guerra con los Papas, contra los cuales
escribió versos, fué excomulgado por Gregorio IX e Inocencio IV, y murió en
1250.—Octaviano degli Ubaldini, de Florencia y del partido gibelino, a pesar de
ser Cardenal, dijo una vez, que, si acaso tuviera alma, la perdería por los
gibelinos. Por esta razón los coloca Dante entre los herejes.
[11] Guido de Montfort. Para vengar la muerte de Simón, su padre, muerto en
Inglaterra por Eduardo, asesinó en 1271, en una iglesia de Viterbo, a Enrique,
hermano de aquél, mientras el sacerdote elevaba la hostia. El corazón del
asesinado fué llevado en una copa a Londres, y colocado sobre una columna en
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el puente del Támesis, para recordar a los ingleses la ofensa que se les había
hecho.
[12] Pedro Desvignes, o Pedro della Vigna, jurisconsulto de Capua; gozó por
mucho tiempo el favor del emperador Federico II, de quien era canciller y a
quien inclinaba lo mismo a la clemencia que a la severidad. Acusado de traición
por envidiosos cortesanos, le sacaron los ojos en 1246. Su desesperación fué tal
que se estrelló la cabeza contra los muros de su calabozo.
[13] Florencia, cuyo antiguo patrón era el dios Marte. Su estatua ecuestre se
conservaba aún en 1337 en el Ponte-Vecchio, de donde la arrancó, juntamente
con un trozo del puente, una avenida del Arno.
[14] Manantial de aguas minerales calientes, a dos millas de Viterbo. De él salía
un riachuelo con el cual se formaba un baño, al que acudían toda clase de
enfermos, y más abajo tomaban y se repartían sus aguas le peccatrici, las mujeres
públicas.
[15] Andrés de Mozzi, que fué desposeído del obispado de Florencia a causa de
sus vicios, y trasladado después al de Vicenza, por donde pasa el Bacchiglione.
[16] Título de la obra principal de Brunetto Latini, escrita en francés. El "Tesoro"
fué publicado en su lengua original por Chabaille (París, 1863), y traducido al
italiano por Bono Giamboni (Bolonia, 1878-83, 4 vols.).
[17] Bellísima y honesta doncella, hija de Bellicion Berti, la cual, al mostrarse el
emperador Otón IV deseoso de besarla, se volvió hacia su padre diciendo:
"Nadie me ha da besar, excepto aquel a quien dé la mano de esposa." Se casó con
el conde Guido, de familia germánica, del cual descendieron los condes Guidi,
señores de Casentino. De este matrimonio nació Marcovaldo, que fué padre de
Guido Guerra, valiente caballero y hombre de gran prudencia y talento, a quien
se debió la victoria en la batalla de Benavento.
[18] "Malebolge," fosas malditas. Vocablo dantesco compuesto de "bolge,"
bolsas, alforjas, y "male" malditas.
[19] En la provincia de Bolonia, situada entre los ríos Savena y Reno, para decir
sia o sí, decían sipa o sipó. En el día pronuncian: se pó, que viene a ser el c'est
bon de los franceses.
[20] Habiendo roto Dante una de las pilas bautismales de la iglesia de San Juan
en Florencia, para salvar a un niño que se ahogaba, fué acusado de sacrilegio.
Por esto hace constar aquí que no lo hizo por desprecio a las cosas sagradas, sino
por amor a la humanidad.
[21] Esta sombra es la del papa Nicolás III, de la familia de los Orsini de Roma,
electo en 1277. Cree que quien le interroga es el alma de Bonifacio VIII; y por
eso dice: "¿Estás ya aquí, Bonifacio?" Y añade en seguida: "Me ha engañado en
algunos años lo escrito." Es decir: El libro profético, en que nosotros los
condenados leemos lo futuro, me ha engañado; porque, según él, tú debías morir
en 1303, y no en 1300.
[22] Según la Historia, esta opinión de Dante es exagerada. Sin embargo,
Celestino V dijo de Bonifacio VIII, que este papa entró a reinar como un zorro,
hecho.
[12] Pedro Desvignes, o Pedro della Vigna, jurisconsulto de Capua; gozó por
mucho tiempo el favor del emperador Federico II, de quien era canciller y a
quien inclinaba lo mismo a la clemencia que a la severidad. Acusado de traición
por envidiosos cortesanos, le sacaron los ojos en 1246. Su desesperación fué tal
que se estrelló la cabeza contra los muros de su calabozo.
[13] Florencia, cuyo antiguo patrón era el dios Marte. Su estatua ecuestre se
conservaba aún en 1337 en el Ponte-Vecchio, de donde la arrancó, juntamente
con un trozo del puente, una avenida del Arno.
[14] Manantial de aguas minerales calientes, a dos millas de Viterbo. De él salía
un riachuelo con el cual se formaba un baño, al que acudían toda clase de
enfermos, y más abajo tomaban y se repartían sus aguas le peccatrici, las mujeres
públicas.
[15] Andrés de Mozzi, que fué desposeído del obispado de Florencia a causa de
sus vicios, y trasladado después al de Vicenza, por donde pasa el Bacchiglione.
[16] Título de la obra principal de Brunetto Latini, escrita en francés. El "Tesoro"
fué publicado en su lengua original por Chabaille (París, 1863), y traducido al
italiano por Bono Giamboni (Bolonia, 1878-83, 4 vols.).
[17] Bellísima y honesta doncella, hija de Bellicion Berti, la cual, al mostrarse el
emperador Otón IV deseoso de besarla, se volvió hacia su padre diciendo:
"Nadie me ha da besar, excepto aquel a quien dé la mano de esposa." Se casó con
el conde Guido, de familia germánica, del cual descendieron los condes Guidi,
señores de Casentino. De este matrimonio nació Marcovaldo, que fué padre de
Guido Guerra, valiente caballero y hombre de gran prudencia y talento, a quien
se debió la victoria en la batalla de Benavento.
[18] "Malebolge," fosas malditas. Vocablo dantesco compuesto de "bolge,"
bolsas, alforjas, y "male" malditas.
[19] En la provincia de Bolonia, situada entre los ríos Savena y Reno, para decir
sia o sí, decían sipa o sipó. En el día pronuncian: se pó, que viene a ser el c'est
bon de los franceses.
[20] Habiendo roto Dante una de las pilas bautismales de la iglesia de San Juan
en Florencia, para salvar a un niño que se ahogaba, fué acusado de sacrilegio.
Por esto hace constar aquí que no lo hizo por desprecio a las cosas sagradas, sino
por amor a la humanidad.
[21] Esta sombra es la del papa Nicolás III, de la familia de los Orsini de Roma,
electo en 1277. Cree que quien le interroga es el alma de Bonifacio VIII; y por
eso dice: "¿Estás ya aquí, Bonifacio?" Y añade en seguida: "Me ha engañado en
algunos años lo escrito." Es decir: El libro profético, en que nosotros los
condenados leemos lo futuro, me ha engañado; porque, según él, tú debías morir
en 1303, y no en 1300.
[22] Según la Historia, esta opinión de Dante es exagerada. Sin embargo,
Celestino V dijo de Bonifacio VIII, que este papa entró a reinar como un zorro,
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gobernó como un león y murió como un perro.
[23] Dante alude aquí a Roma, edificada sobre siete colinas, a la que rendían
obediencia muchos pueblos y naciones, y permaneció constituída en gran poder
y autoridad, mientras (su marido) sus jefes fueron virtuosos: pero decayó en la
opinión, que por tanto tiempo había merecido y gozado, cuando la corte romana
prefirió a la virtud el oro y la plata, prostituyéndose a los reyes de la tierra.
[24] Tebas, ciudad consagrada a Baco.
[25] Solíase antiguamente, en los testimonios públicos, escribir el ita de los
latinos por signo de afirmación, y el no por signo de negación.
[26] Ayer, Viernes, a las tres de la tarde, quiere decir el diablo (pues se supone
que habla a las diez de la mañana del Sábado Santo), se cumplieron 1266 años
desde que se rompió este puente, a consecuencia de un terremoto, en el momento
de la muerte de Jesucristo.
[27] He aquí traducidos los nombres de los doce diablos que Dante menciona en
este canto: Malebranche, malas garras.—Malacoda, cola maldita.—
Scarmiglione, que arranca los cabellos.—Alichino, que hace inclinar a los otros.
—Calcabrina, que pisa el rocío.—Cagnazzo, perro malo.—Barbariccia, el de la
barba erizada.—Libicocco, deseo ardiente.—Draghignazzo, veneno de dragón.—
Ciriatto-Sannuto, colmillo de jabalí.—Graffiaccane, perro que araña.—
Rubicante, inflamado. Todas estas versiones son de Landino.
[28] Mo e issa, voces que significan ahora en lombardo. Mo, del latín modo, que
es ahora; issa, elipsis del latín hac, ipsa hora, es también ahora.
[29] Cuéntase que hubo en Colonia un abad tan ambicioso e insolente, que pidió
permiso al Papa para que sus monjes pudieran usar capas de escarlata, cintos,
espuelas y estribos de plata sobredorada. Esta petición desagradó tanto al
Pontífice, que dispuso que en adelante el abad y sus monjes usaran capas negras
y mal hechas, y cintos y estribos de madera.
[30] El emperador Federico II encerraba a los culpables de lesa majestad en
capas de plomo, y luego los arrojaba al fuego.
[31] Hermanos de una orden de caballería instituída para combatir contra los
infieles y los que violaran la justicia. Se les llamó Gaudenti (gozosos) por la vida
licenciosa que llevaron.
[32] Agata de color verde obscuro con manchas rojizas, a la que se atribuían
virtudes milagrosas contra toda clase de veneno y especialmente contra las
mordeduras de las serpientes, y que tenía además la de hacer invisible al que la
llevaba.
[33] Agnolo Bruneleschi, florentino.
[34] Para mayor claridad, nótese bien que Dante ve primero tres espíritus:
Agnolo Brunelleschi, Buoso Donati y Puccio Sciancato. Luego viene Cianfa en
forma de serpiente con seis patas, se arroja sobre Brunelleschi, y los dos se
convierten en un solo monstruo, que se va con pasos lentos. Llega después, en
forma de serpiente lívida y negra, Guercio Cavalcante: pica a Buoso, le
[23] Dante alude aquí a Roma, edificada sobre siete colinas, a la que rendían
obediencia muchos pueblos y naciones, y permaneció constituída en gran poder
y autoridad, mientras (su marido) sus jefes fueron virtuosos: pero decayó en la
opinión, que por tanto tiempo había merecido y gozado, cuando la corte romana
prefirió a la virtud el oro y la plata, prostituyéndose a los reyes de la tierra.
[24] Tebas, ciudad consagrada a Baco.
[25] Solíase antiguamente, en los testimonios públicos, escribir el ita de los
latinos por signo de afirmación, y el no por signo de negación.
[26] Ayer, Viernes, a las tres de la tarde, quiere decir el diablo (pues se supone
que habla a las diez de la mañana del Sábado Santo), se cumplieron 1266 años
desde que se rompió este puente, a consecuencia de un terremoto, en el momento
de la muerte de Jesucristo.
[27] He aquí traducidos los nombres de los doce diablos que Dante menciona en
este canto: Malebranche, malas garras.—Malacoda, cola maldita.—
Scarmiglione, que arranca los cabellos.—Alichino, que hace inclinar a los otros.
—Calcabrina, que pisa el rocío.—Cagnazzo, perro malo.—Barbariccia, el de la
barba erizada.—Libicocco, deseo ardiente.—Draghignazzo, veneno de dragón.—
Ciriatto-Sannuto, colmillo de jabalí.—Graffiaccane, perro que araña.—
Rubicante, inflamado. Todas estas versiones son de Landino.
[28] Mo e issa, voces que significan ahora en lombardo. Mo, del latín modo, que
es ahora; issa, elipsis del latín hac, ipsa hora, es también ahora.
[29] Cuéntase que hubo en Colonia un abad tan ambicioso e insolente, que pidió
permiso al Papa para que sus monjes pudieran usar capas de escarlata, cintos,
espuelas y estribos de plata sobredorada. Esta petición desagradó tanto al
Pontífice, que dispuso que en adelante el abad y sus monjes usaran capas negras
y mal hechas, y cintos y estribos de madera.
[30] El emperador Federico II encerraba a los culpables de lesa majestad en
capas de plomo, y luego los arrojaba al fuego.
[31] Hermanos de una orden de caballería instituída para combatir contra los
infieles y los que violaran la justicia. Se les llamó Gaudenti (gozosos) por la vida
licenciosa que llevaron.
[32] Agata de color verde obscuro con manchas rojizas, a la que se atribuían
virtudes milagrosas contra toda clase de veneno y especialmente contra las
mordeduras de las serpientes, y que tenía además la de hacer invisible al que la
llevaba.
[33] Agnolo Bruneleschi, florentino.
[34] Para mayor claridad, nótese bien que Dante ve primero tres espíritus:
Agnolo Brunelleschi, Buoso Donati y Puccio Sciancato. Luego viene Cianfa en
forma de serpiente con seis patas, se arroja sobre Brunelleschi, y los dos se
convierten en un solo monstruo, que se va con pasos lentos. Llega después, en
forma de serpiente lívida y negra, Guercio Cavalcante: pica a Buoso, le
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transforma en serpiente y él se vuelve hombre: Buoso huye silbando. Quedan
solos en escena Puccio Sciancato, que no ha sufrido transformación, y "aquel a
quien llora Gaville;" es decir, Guercio Cavalcante.
[35] Colocados en una misma pira los cadáveres de los hermanos Eteocles y
Polinyces, que se habían dado muerte el uno al otro, la llama descubría,
bifurcándose, que se odiaban aun después de muertos.
[36] Este espíritu es el conde Guido de Montefeltro.
[37] Dícese que éste fué cierto Griffolino, alquimista, que alabándose de conocer
el arte de volar, prometió enseñárselo a un sienés llamado Alberto, el cual al
principio le creyó; pero habiendo advertido después el engaño, le acusó ante el
obispo de Siena como reo de nigromancia, y Griffolino fué condenado por dicho
obispo a ser quemado vivo, como nigromante.
[38] Gianni Schicchi acometió la empresa de suplantar la persona de Buoso
Donati, muerto sin testar; para lo cual se metió en la cama de éste, y fingiendo
que estaba cercano a la muerte, testó e instituyó por heredero a Simón Donati,
hijo de Buoso, y como legado, dejó a Gianni Schicchi, es decir, a sí mismo, la
mejor yegua de las caballerizas de Buoso, llamada Madona Tonina. Dante dice:
della Torma por desprecio.
[39] Piña de bronce que primero estuvo sobre la Mole Adriana; en tiempo de
Dante estaba en la plaza de la antigua basílica de San Pedro en el Vaticano, y
ahora en la sala del gran nicho de Bramante en el jardín que rodean los Museos,
llamado por esto "giardin della pigna." Su altura actualmente es de diez palmos,
pero en tiempo de Dante, antes de truncada su parte superior, medía unos quince.
[40] Según Fraticelli, cada una de estas cinco extrañas palabras pertenece a
diferente lengua; la primera al hebreo, y las otras a cuatro de los principales
dialectos derivados de aquélla. Esta opinión parece confirmarla Dante, cuando
dice más abajo: "El mismo se acusa: este es Nemrod, etc.;" el que por haber
querido construir la torre de Babel, produjo la confusión e hizo que en el mundo
no se hable una sola lengua. En tal supuesto, y admitiendo la versión del abate
José Venturi (aunque éste dice que las palabras son siriacas), significarían ¡Poder
de Dios! ¿Por qué estoy en esta profundidad? Vuelve atrás: escóndete: pero
perteneciendo a varias lenguas, sería como si traducidas en español, latín,
alemán, francés e italiano, dijésemos: ¡Pardiez!—cur ego—hier—Va-t-en:—
fascondi.
[41] Antigua medida inglesa, equivalente a un metro ciento sesenta y ocho
milímetros. Cinco alas equivalen, pues, a unos treinta palmos.
[42] Torre inclinada de Bolonia, llamada así del nombre de sus constructores,
Felipe y Odón de Garisendi (año de 1110), y que hoy se llama la Torre Mozza
por haberla mandado truncar en 1355 el tirano Juan Visconti de Oleggio. Tiene
130 pies de elevación. Al que se coloca al pie de ella en el lado a que se inclina,
mirando arriba cuando pasa una nube en sentido contrario a su inclinación, le
parece que la torre va a caerse.
[43] Alberigo de Manfredi, señor de Faenza, que ingresó en la orden de los
hermanos Gozosos, se había enemistado con sus parientes. Un día, fingiendo
solos en escena Puccio Sciancato, que no ha sufrido transformación, y "aquel a
quien llora Gaville;" es decir, Guercio Cavalcante.
[35] Colocados en una misma pira los cadáveres de los hermanos Eteocles y
Polinyces, que se habían dado muerte el uno al otro, la llama descubría,
bifurcándose, que se odiaban aun después de muertos.
[36] Este espíritu es el conde Guido de Montefeltro.
[37] Dícese que éste fué cierto Griffolino, alquimista, que alabándose de conocer
el arte de volar, prometió enseñárselo a un sienés llamado Alberto, el cual al
principio le creyó; pero habiendo advertido después el engaño, le acusó ante el
obispo de Siena como reo de nigromancia, y Griffolino fué condenado por dicho
obispo a ser quemado vivo, como nigromante.
[38] Gianni Schicchi acometió la empresa de suplantar la persona de Buoso
Donati, muerto sin testar; para lo cual se metió en la cama de éste, y fingiendo
que estaba cercano a la muerte, testó e instituyó por heredero a Simón Donati,
hijo de Buoso, y como legado, dejó a Gianni Schicchi, es decir, a sí mismo, la
mejor yegua de las caballerizas de Buoso, llamada Madona Tonina. Dante dice:
della Torma por desprecio.
[39] Piña de bronce que primero estuvo sobre la Mole Adriana; en tiempo de
Dante estaba en la plaza de la antigua basílica de San Pedro en el Vaticano, y
ahora en la sala del gran nicho de Bramante en el jardín que rodean los Museos,
llamado por esto "giardin della pigna." Su altura actualmente es de diez palmos,
pero en tiempo de Dante, antes de truncada su parte superior, medía unos quince.
[40] Según Fraticelli, cada una de estas cinco extrañas palabras pertenece a
diferente lengua; la primera al hebreo, y las otras a cuatro de los principales
dialectos derivados de aquélla. Esta opinión parece confirmarla Dante, cuando
dice más abajo: "El mismo se acusa: este es Nemrod, etc.;" el que por haber
querido construir la torre de Babel, produjo la confusión e hizo que en el mundo
no se hable una sola lengua. En tal supuesto, y admitiendo la versión del abate
José Venturi (aunque éste dice que las palabras son siriacas), significarían ¡Poder
de Dios! ¿Por qué estoy en esta profundidad? Vuelve atrás: escóndete: pero
perteneciendo a varias lenguas, sería como si traducidas en español, latín,
alemán, francés e italiano, dijésemos: ¡Pardiez!—cur ego—hier—Va-t-en:—
fascondi.
[41] Antigua medida inglesa, equivalente a un metro ciento sesenta y ocho
milímetros. Cinco alas equivalen, pues, a unos treinta palmos.
[42] Torre inclinada de Bolonia, llamada así del nombre de sus constructores,
Felipe y Odón de Garisendi (año de 1110), y que hoy se llama la Torre Mozza
por haberla mandado truncar en 1355 el tirano Juan Visconti de Oleggio. Tiene
130 pies de elevación. Al que se coloca al pie de ella en el lado a que se inclina,
mirando arriba cuando pasa una nube en sentido contrario a su inclinación, le
parece que la torre va a caerse.
[43] Alberigo de Manfredi, señor de Faenza, que ingresó en la orden de los
hermanos Gozosos, se había enemistado con sus parientes. Un día, fingiendo
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reconciliarse con ellos, les invitó a un gran banquete, y en el momento de
servirse los postres, les hizo asesinar. De aquí tuvo origen el proverbio italiano:
"Ese ha probado la fruta de Alberigo."
[44] "Los estandartes del rey de los Infiernos avanzan."—Imitación del primer
verso del himno que entona la Iglesia ante el estandarte de la Cruz, y que aquí
aplica irónicamente Virgilio hablando de Lucifer.
[45] Los tres rostros de diversos colores significan las tres partes del mundo
entonces conocidas. El rojo o bermejo, los europeos; el entre blanco y amarillo,
los asiáticos; el negro, los africanos.—Los tres vientos de que habla luego
simbolizan tal vez los tres vicios generadores de todo mal, a saber: la soberbia, la
envidia y la avaricia.
[46] Las nueve hijas de Piero, rey de Pella en Macedonia, que habiendo
desafiado a las Musas, fueron vencidas y transformadas en urracas. Las mismas
Musas son llamadas Piérides.
[47] "Amor, che nella mente mi ragiona"... Así empieza la canción de Dante
señalada con el número XV en "Il Canzionere" anotado por Pedro Fraticelli
(Florencia, 1911).
[48] Según Aristóteles, la demostración es de dos clases: una llamada propter
quod, que es cuando los efectos se deducen de las causas, y otra llamada quia, y
es cuando las causas se deducen de los efectos por lo cual este período debe
interpretarse del modo siguiente: Contentaos, ¡oh humanos!, con las
demostraciones que se pueden deducir de los efectos, por los cuales se viene en
conocimiento de sus causas, y no pretendáis conocer más de lo que los hechos os
demuestran: que en las cosas que son superiores a la inteligencia humana y a la
fuerza de la razón, se ejercita la fe.
[49] La Marca de Ancona, gobernada por Carlos de Anjou.
[50] Padua, fundada por Antenor.
[51]Pía de Tolomei, natural de Siena, casó con Nello o Paganello
Pannocchieschi, señor del castillo della Pietra, en la Marisma Toscana, el cual,
creyéndola infiel, le dió muerte, en 1295, mandando, según refiere algún
comentarista, arrojarla por una ventana.
[52] Pedro III de Aragón.
[53] Carlos I, conde de Provenza y rey de Pulla.
[54] Alfonso III, primogénito de Pedro el Grande, que sucedió a su padre, y sólo
reinó seis años, muriendo en 1291.
[55] No será tan honrosa su sepultura cuando muera enlazada a la casa de los
Visconti de Milán, como lo sería si hubiera guardado fidelidad a la de los
Visconti de Gallura. Los primeros tenían una víbora en su escudo; los segundos
un gallo.
[56] Las constelaciones del Eridano, de la Nave y del Pez de oro.—
Alegóricamente son las tres virtudes teologales.
servirse los postres, les hizo asesinar. De aquí tuvo origen el proverbio italiano:
"Ese ha probado la fruta de Alberigo."
[44] "Los estandartes del rey de los Infiernos avanzan."—Imitación del primer
verso del himno que entona la Iglesia ante el estandarte de la Cruz, y que aquí
aplica irónicamente Virgilio hablando de Lucifer.
[45] Los tres rostros de diversos colores significan las tres partes del mundo
entonces conocidas. El rojo o bermejo, los europeos; el entre blanco y amarillo,
los asiáticos; el negro, los africanos.—Los tres vientos de que habla luego
simbolizan tal vez los tres vicios generadores de todo mal, a saber: la soberbia, la
envidia y la avaricia.
[46] Las nueve hijas de Piero, rey de Pella en Macedonia, que habiendo
desafiado a las Musas, fueron vencidas y transformadas en urracas. Las mismas
Musas son llamadas Piérides.
[47] "Amor, che nella mente mi ragiona"... Así empieza la canción de Dante
señalada con el número XV en "Il Canzionere" anotado por Pedro Fraticelli
(Florencia, 1911).
[48] Según Aristóteles, la demostración es de dos clases: una llamada propter
quod, que es cuando los efectos se deducen de las causas, y otra llamada quia, y
es cuando las causas se deducen de los efectos por lo cual este período debe
interpretarse del modo siguiente: Contentaos, ¡oh humanos!, con las
demostraciones que se pueden deducir de los efectos, por los cuales se viene en
conocimiento de sus causas, y no pretendáis conocer más de lo que los hechos os
demuestran: que en las cosas que son superiores a la inteligencia humana y a la
fuerza de la razón, se ejercita la fe.
[49] La Marca de Ancona, gobernada por Carlos de Anjou.
[50] Padua, fundada por Antenor.
[51]Pía de Tolomei, natural de Siena, casó con Nello o Paganello
Pannocchieschi, señor del castillo della Pietra, en la Marisma Toscana, el cual,
creyéndola infiel, le dió muerte, en 1295, mandando, según refiere algún
comentarista, arrojarla por una ventana.
[52] Pedro III de Aragón.
[53] Carlos I, conde de Provenza y rey de Pulla.
[54] Alfonso III, primogénito de Pedro el Grande, que sucedió a su padre, y sólo
reinó seis años, muriendo en 1291.
[55] No será tan honrosa su sepultura cuando muera enlazada a la casa de los
Visconti de Milán, como lo sería si hubiera guardado fidelidad a la de los
Visconti de Gallura. Los primeros tenían una víbora en su escudo; los segundos
un gallo.
[56] Las constelaciones del Eridano, de la Nave y del Pez de oro.—
Alegóricamente son las tres virtudes teologales.
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[57] La esposa de Titón es la Aurora, y su frente aparecía coronada en las
estrellas que forman el signo de Piscis.
[58] Símbolo de los siete pecados capitales.
[59] Guido Guinicelli, poeta de Bolonia, y Guido Cavalcanti, otro célebre poeta
florentino, hijo de Cavalcante: éste hizo olvidar la fama del primero; murió en
1301.
[60] Voces con las que designaban los niños al pan y al dinero. Quiere decir: Al
cabo de mil años, que son nada comparados con la eternidad, tu fama no será
mayor si mueres viejo, que si hubieses muerto en la infancia.
[61] Para librar a un amigo suyo, un tal Vigna, que sólo mediante la suma de diez
mil florines de oro podía salir de la cárcel, donde lo tenía Carlos I, rey de Pulla,
se presentó en la plaza de Siena a pedir limosna, tembloroso y angustiado.
[62] Luzbel.
[63] Apolo.
[64] Florencia.
[65] En los puercos, perros, lobos y zorras de que habla en este párrafo ha
simbolizado Dante respectivamente a los casentinos, aretinos, güelfos florentinos
y pisanos. El cazador a que se alude es Fulcieri da Calboli, que, siendo en 1302
potestad de Florencia, fué inducido por los Negros a perseguir a los Blancos, a
muchos de los cuales puso por dinero en manos de sus enemigos.
[66] El protomártir San Esteban.
[67] Atenas, por cuyo nombre trabaron gran contienda Neptuno y Minerva.
[68] El pueblo hebreo.
[69] Los troyanos.
[70] Los geománticos solían trazar figuras de puntos hechos a la ventura, y
cuando resultaba una parecida a la de las estrellas que forman lo último del signo
Acuario y el principio del de Piscis, la llamaban su mayor fortuna.
[71] Palabras del salmo CXVIII, con las que aquellas almas expresan el apego
que tuvieron a los cosas terrenas.
[72] "Sabe que yo fuí sucesor de Pedro." Este es Ottobon de Fieschi, conde de
Lavagna, pontífice con el nombre de Adriano V, que reinó un mes y nueve días:
murió en 1276.
[73] San Nicolás, obispo de Mira, dotó a tres doncellas que a causa de su
pobreza se veían en peligro de llevar una vida deshonesta.
[74] Carlos de Valois. El destierro de Dante provino principalmente de la ida de
este príncipe a Florencia, enviado por el papa Bonifacio VIII en calidad de
mediador entre los dos partidos en que estaba dividida la ciudad.
estrellas que forman el signo de Piscis.
[58] Símbolo de los siete pecados capitales.
[59] Guido Guinicelli, poeta de Bolonia, y Guido Cavalcanti, otro célebre poeta
florentino, hijo de Cavalcante: éste hizo olvidar la fama del primero; murió en
1301.
[60] Voces con las que designaban los niños al pan y al dinero. Quiere decir: Al
cabo de mil años, que son nada comparados con la eternidad, tu fama no será
mayor si mueres viejo, que si hubieses muerto en la infancia.
[61] Para librar a un amigo suyo, un tal Vigna, que sólo mediante la suma de diez
mil florines de oro podía salir de la cárcel, donde lo tenía Carlos I, rey de Pulla,
se presentó en la plaza de Siena a pedir limosna, tembloroso y angustiado.
[62] Luzbel.
[63] Apolo.
[64] Florencia.
[65] En los puercos, perros, lobos y zorras de que habla en este párrafo ha
simbolizado Dante respectivamente a los casentinos, aretinos, güelfos florentinos
y pisanos. El cazador a que se alude es Fulcieri da Calboli, que, siendo en 1302
potestad de Florencia, fué inducido por los Negros a perseguir a los Blancos, a
muchos de los cuales puso por dinero en manos de sus enemigos.
[66] El protomártir San Esteban.
[67] Atenas, por cuyo nombre trabaron gran contienda Neptuno y Minerva.
[68] El pueblo hebreo.
[69] Los troyanos.
[70] Los geománticos solían trazar figuras de puntos hechos a la ventura, y
cuando resultaba una parecida a la de las estrellas que forman lo último del signo
Acuario y el principio del de Piscis, la llamaban su mayor fortuna.
[71] Palabras del salmo CXVIII, con las que aquellas almas expresan el apego
que tuvieron a los cosas terrenas.
[72] "Sabe que yo fuí sucesor de Pedro." Este es Ottobon de Fieschi, conde de
Lavagna, pontífice con el nombre de Adriano V, que reinó un mes y nueve días:
murió en 1276.
[73] San Nicolás, obispo de Mira, dotó a tres doncellas que a causa de su
pobreza se veían en peligro de llevar una vida deshonesta.
[74] Carlos de Valois. El destierro de Dante provino principalmente de la ida de
este príncipe a Florencia, enviado por el papa Bonifacio VIII en calidad de
mediador entre los dos partidos en que estaba dividida la ciudad.
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[75] Cuéntase que la isla de Delos, en el Archipiélago, temblaba y se movía,
hasta que Latona, refugiándose en ella, dió a luz a Apolo y Diana, representados
por la Mitología en el Sol y la Luna, que Dante llama aquí los dos ojos del Cielo.
[76] Homero.
[77] Algunos teólogos y predicadores místicos de la Edad Media pretendían que
Dios había escrito de propio puño las palabras Homo Dei en el rostro humano.
Como a causa de su flacura, quiere decir Dante, sus ojos (las oes) estaban tan
hundidos en la cabeza, claramente podía verse la M, formada por la nariz, las
cejas y las mejillas.
[78] El papa Martín IV, natural de Tours. Fué hombre de bien, y muy amigo de la
casa de Francia. Dado a la gula, hacía morir las anguilas del lago de Bolsena,
ahogándolas en vino blanco generoso y dulce (garnacha), y después de bien
guisadas, las comía con afán.
[79] Bonifacio de Fieschi, conde de Lavagna y arzobispo de Ravena.
[80] Así empieza una bellísima canción de Dante, que puede verse en La Vida
Nueva.
[81] Jacobo de Lentino, llamado el Notario, y Guittone de Arezzo, poetas
mediocres.
[82] Corso Donati, hermano del mismo Forese, jefe de los Negros, y principal
causante de los males de Florencia. Forese no nombra a Corso, porque es su
hermano.
[83] Los Centauros, engendrados por el consorcio de Ixion con una nube, llenos
de vino, intentaron robar la esposa de Piritóo en medio del convite nupcial, por
lo cual Teseo los mató. Combatieron con sus dobles pechos, de hombre y de
caballo.
[84] Principio del himno que la Iglesia recita en los maitines del Sábado, y que
cantan las almas que se purifican del vicio de la lujuria, porque en él se pide a
Dios la pureza.
[85] Palabras dichas por María al arcángel San Gabriel. Dante continúa haciendo
citar a las almas ejemplos contrarios a los vicios de que se purifican. Enumeran
los ejemplos en alta voz, porque con ellos las almas se reprenden a sí mismas: el
himno lo cantan en voz baja, como una oración que dirigen a Dios.
[86] Arnaldo Daniel, célebre poeta provenzal del siglo XII, celebrado por
Petrarca como gran maestro de amor y como el primer poeta en lengua vulgar.
Escribió novelas caballerescas en prosa.
[87] Gerardo Borneil, poeta de Limoges.
[88] Tu albedrío es ya libre; recto y sano, por el esclarecimiento de tu razón y el
dominio de tus pasiones: por lo tanto te hago señor de ti mismo, en lo tocante a
la dirección civil (corona), y a la espiritual (mitra).
[89] Beati, quorum remissae sunt iniquitates, et quorum tecta sunt peccata:
palabras del segundo Salmo penitencial, con las cuales la Dama congratula a
hasta que Latona, refugiándose en ella, dió a luz a Apolo y Diana, representados
por la Mitología en el Sol y la Luna, que Dante llama aquí los dos ojos del Cielo.
[76] Homero.
[77] Algunos teólogos y predicadores místicos de la Edad Media pretendían que
Dios había escrito de propio puño las palabras Homo Dei en el rostro humano.
Como a causa de su flacura, quiere decir Dante, sus ojos (las oes) estaban tan
hundidos en la cabeza, claramente podía verse la M, formada por la nariz, las
cejas y las mejillas.
[78] El papa Martín IV, natural de Tours. Fué hombre de bien, y muy amigo de la
casa de Francia. Dado a la gula, hacía morir las anguilas del lago de Bolsena,
ahogándolas en vino blanco generoso y dulce (garnacha), y después de bien
guisadas, las comía con afán.
[79] Bonifacio de Fieschi, conde de Lavagna y arzobispo de Ravena.
[80] Así empieza una bellísima canción de Dante, que puede verse en La Vida
Nueva.
[81] Jacobo de Lentino, llamado el Notario, y Guittone de Arezzo, poetas
mediocres.
[82] Corso Donati, hermano del mismo Forese, jefe de los Negros, y principal
causante de los males de Florencia. Forese no nombra a Corso, porque es su
hermano.
[83] Los Centauros, engendrados por el consorcio de Ixion con una nube, llenos
de vino, intentaron robar la esposa de Piritóo en medio del convite nupcial, por
lo cual Teseo los mató. Combatieron con sus dobles pechos, de hombre y de
caballo.
[84] Principio del himno que la Iglesia recita en los maitines del Sábado, y que
cantan las almas que se purifican del vicio de la lujuria, porque en él se pide a
Dios la pureza.
[85] Palabras dichas por María al arcángel San Gabriel. Dante continúa haciendo
citar a las almas ejemplos contrarios a los vicios de que se purifican. Enumeran
los ejemplos en alta voz, porque con ellos las almas se reprenden a sí mismas: el
himno lo cantan en voz baja, como una oración que dirigen a Dios.
[86] Arnaldo Daniel, célebre poeta provenzal del siglo XII, celebrado por
Petrarca como gran maestro de amor y como el primer poeta en lengua vulgar.
Escribió novelas caballerescas en prosa.
[87] Gerardo Borneil, poeta de Limoges.
[88] Tu albedrío es ya libre; recto y sano, por el esclarecimiento de tu razón y el
dominio de tus pasiones: por lo tanto te hago señor de ti mismo, en lo tocante a
la dirección civil (corona), y a la espiritual (mitra).
[89] Beati, quorum remissae sunt iniquitates, et quorum tecta sunt peccata:
palabras del segundo Salmo penitencial, con las cuales la Dama congratula a
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Dante por verle limpio de las manchas de los siete pecados. Esta Dama
representa, según algunos comentadores, la Iglesia católica.
[90] Según unos comentadores, los siete dones del Espíritu Santo; según otros,
los siete sacramentos.
[91] Los patriarcas, profetas y otros santos varones, que creyeron en la venida de
Jesucristo.
[92] Estos diez pasos figuran, según todos los comentadores, los diez
mandamientos.
[93] Símbolos de los libros del Antiguo Testamento.
[94] Símbolos de los cuatro Evangelistas.
[95] Las alas son símbolo de la prontitud con que el Evangelio recorrió el
mundo. Los ojos, semejantes a los de Argos, lo son de la vigilancia que es
necesaria para mantener pura la verdad evangélica contra los sofismas de que se
valen las pasiones.
[96] Las tres virtudes teologales: la Fe, color de nieve; la Esperanza, color de
esmeralda, y la Caridad, color de fuego.
[97] Las cuatro Virtudes cardinales: Prudencia, Justicia, Fortaleza y Templanza.
Se suponen tres ojos a la Prudencia: con uno mira al pasado, para sacar un
recuerdo provechoso; con el otro al presente, para no equivocarse al tomar una
determinación; y con el otro al porvenir, para evitar a tiempo el mal y prepararse
al bien.
[98] San Lucas.
[99] San Pablo.
[100] Los apóstoles Santiago, Pedro, Juan y Judas, escritores de las Epístolas
canónicas; y dice de humilde apariencia, porque sus escritos son breves.
[101] S. Juan Apóstol, que cuando escribió el Apocalipsis, estaba cercano a los
noventa años.
[102] El velo blanco, el manto verde y el vestido color de fuego, que adornan a
Beatriz, simbolizan las tres Virtudes teologales: la corona de oliva indica la
Sabiduría.
[103] Cantan, alternando, los versículos del salmo LXXVIII, que el poeta aplica
en este lugar a las desventuras de la Iglesia cristiana.
[104] "Dentro de poco no me veréis: pero dentro de otro poco me veréis."
Palabras de Jesús, en el Evangelio de San Juan, prediciendo su próxima muerte y
su resurrección.
[105] Esto es, un DXV, letras que transportadas equivalen a un DVX, o Capitán,
o, como otros quieren, iniciales abreviativas de Dante Xristi Vertagus, Domini
Xristi Vicarius, Dominus Xristi Victor o Vitor, etc.
representa, según algunos comentadores, la Iglesia católica.
[90] Según unos comentadores, los siete dones del Espíritu Santo; según otros,
los siete sacramentos.
[91] Los patriarcas, profetas y otros santos varones, que creyeron en la venida de
Jesucristo.
[92] Estos diez pasos figuran, según todos los comentadores, los diez
mandamientos.
[93] Símbolos de los libros del Antiguo Testamento.
[94] Símbolos de los cuatro Evangelistas.
[95] Las alas son símbolo de la prontitud con que el Evangelio recorrió el
mundo. Los ojos, semejantes a los de Argos, lo son de la vigilancia que es
necesaria para mantener pura la verdad evangélica contra los sofismas de que se
valen las pasiones.
[96] Las tres virtudes teologales: la Fe, color de nieve; la Esperanza, color de
esmeralda, y la Caridad, color de fuego.
[97] Las cuatro Virtudes cardinales: Prudencia, Justicia, Fortaleza y Templanza.
Se suponen tres ojos a la Prudencia: con uno mira al pasado, para sacar un
recuerdo provechoso; con el otro al presente, para no equivocarse al tomar una
determinación; y con el otro al porvenir, para evitar a tiempo el mal y prepararse
al bien.
[98] San Lucas.
[99] San Pablo.
[100] Los apóstoles Santiago, Pedro, Juan y Judas, escritores de las Epístolas
canónicas; y dice de humilde apariencia, porque sus escritos son breves.
[101] S. Juan Apóstol, que cuando escribió el Apocalipsis, estaba cercano a los
noventa años.
[102] El velo blanco, el manto verde y el vestido color de fuego, que adornan a
Beatriz, simbolizan las tres Virtudes teologales: la corona de oliva indica la
Sabiduría.
[103] Cantan, alternando, los versículos del salmo LXXVIII, que el poeta aplica
en este lugar a las desventuras de la Iglesia cristiana.
[104] "Dentro de poco no me veréis: pero dentro de otro poco me veréis."
Palabras de Jesús, en el Evangelio de San Juan, prediciendo su próxima muerte y
su resurrección.
[105] Esto es, un DXV, letras que transportadas equivalen a un DVX, o Capitán,
o, como otros quieren, iniciales abreviativas de Dante Xristi Vertagus, Domini
Xristi Vicarius, Dominus Xristi Victor o Vitor, etc.
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[106] Las manchas de la Luna, que, según el vulgo, eran Caín con un haz de
leña.
[107] Beatriz.
[108] Alude a la fábula de Narciso.
[109] Santa Clara, a cuya orden pertenecía Piccarda.
[110] Agamenón.
[111] Al cielo de Mercurio.
[112] Alude al combate de los Horacios y los Curiacios, en que éstos fueron
vencidos por aquéllos, quedando Alba sujeta al dominio romano.
[113] Cincinato.
[114] Alude a la destrucción de Fiésole, ocasionada por haber dado asilo esta
ciudad a Catilina. En su lugar fué edificada Florencia, donde nació Dante.
[115] El emperador Tiberio.
[116] Hombre de obscuro nacimiento, que al volver de su peregrinación a
Santiago de Galicia, llegó a Provenza y se acomodó en casa del conde Raimundo
Berenguer. Administrando los bienes de éste, los acrecentó de tal modo que lo
que valía diez valió después doce, lo que fué causa de que cuatro hijas del Conde
se casaran con cuatro reyes. Romeo, malquistado con Raimundo por algunos
barones envidiosos, se separó de él, y fué mendigando su vida.
[117] Bice, diminutivo de Beatriz. Significa que la reverencia que le causaba
sólo el oír pronunciar una sílaba de aquel nombre, le tenía con la cabeza baja y
sin atreverse a hablar.
[118] Adán.
[119] Ya cuando va tras de él y se llama Espero, ya cuando va delante y se llama
Lucífero, de cuya palabra hemos hecho los españoles lucero.
[120] Así comienza una canción de Dante en el Convito.
[121] Esta es el alma de Carlos Martel, muerto en 1295, hijo de Carlos II.
[122] Uno nace, como Solón, a propósito para dar leyes a los pueblos; otro,
como Jerjes, para regir imperios; otro, como Melquisedec, para el sacerdocio, y
otro, como Dédalo, para la industria.—Estas diferentes aptitudes con que nacen
los hombres las infunden los influjos celestes, según el poeta, pero sin distinguir
de clases ni de jerarquías.
[123] Ricardo de Cammino, que fué muerto por instigación de Altiniero del
Calzoni.
[124] Se refiere al sitio de Marsella por Julio César.
[125] Brillantes como el Sol eran los bienaventurados que allí estaban. Los llama
cuarta familia, porque se le aparecen en el cuarto cielo. Estos son las almas de
los doctores de la Iglesia.
leña.
[107] Beatriz.
[108] Alude a la fábula de Narciso.
[109] Santa Clara, a cuya orden pertenecía Piccarda.
[110] Agamenón.
[111] Al cielo de Mercurio.
[112] Alude al combate de los Horacios y los Curiacios, en que éstos fueron
vencidos por aquéllos, quedando Alba sujeta al dominio romano.
[113] Cincinato.
[114] Alude a la destrucción de Fiésole, ocasionada por haber dado asilo esta
ciudad a Catilina. En su lugar fué edificada Florencia, donde nació Dante.
[115] El emperador Tiberio.
[116] Hombre de obscuro nacimiento, que al volver de su peregrinación a
Santiago de Galicia, llegó a Provenza y se acomodó en casa del conde Raimundo
Berenguer. Administrando los bienes de éste, los acrecentó de tal modo que lo
que valía diez valió después doce, lo que fué causa de que cuatro hijas del Conde
se casaran con cuatro reyes. Romeo, malquistado con Raimundo por algunos
barones envidiosos, se separó de él, y fué mendigando su vida.
[117] Bice, diminutivo de Beatriz. Significa que la reverencia que le causaba
sólo el oír pronunciar una sílaba de aquel nombre, le tenía con la cabeza baja y
sin atreverse a hablar.
[118] Adán.
[119] Ya cuando va tras de él y se llama Espero, ya cuando va delante y se llama
Lucífero, de cuya palabra hemos hecho los españoles lucero.
[120] Así comienza una canción de Dante en el Convito.
[121] Esta es el alma de Carlos Martel, muerto en 1295, hijo de Carlos II.
[122] Uno nace, como Solón, a propósito para dar leyes a los pueblos; otro,
como Jerjes, para regir imperios; otro, como Melquisedec, para el sacerdocio, y
otro, como Dédalo, para la industria.—Estas diferentes aptitudes con que nacen
los hombres las infunden los influjos celestes, según el poeta, pero sin distinguir
de clases ni de jerarquías.
[123] Ricardo de Cammino, que fué muerto por instigación de Altiniero del
Calzoni.
[124] Se refiere al sitio de Marsella por Julio César.
[125] Brillantes como el Sol eran los bienaventurados que allí estaban. Los llama
cuarta familia, porque se le aparecen en el cuarto cielo. Estos son las almas de
los doctores de la Iglesia.
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[126] Pedro Lombardo, llamado el Maestro de las sentencias. En el proemio de
su obra dice modestamente que con ella hacía un pequeño dón a la Iglesia, como
la viuda de que habla San Lucas, cap. XXI.
[127] El rey Salomón.
[128] San Dionisio Areopagita, autor de un libro titulado: De coelesti
hierarchia.
[129] Paulo Orosio, que escribió contra los idólatras siete libros de historia, y los
dedicó a San Agustín.
[130] Boecio, a quien hizo morir Teodorico, rey de los godos, y que está
sepultado en la iglesia de San Pedro llamada Cielo de oro, en Pavía.
[131] Canónigo regular de San Víctor, escocés.
[132] Seguier, profesor de Filosofía y Ciencias, que enseñaba en la rue du
Fouarre, de París, donde estaban las escuelas.
[133] Santo Tomás de Aquino.
[134] Los dos grandes jefes que debían guiar a la Iglesia, el uno hacia la caridad
por el espíritu de pobreza, el otro a la mayor fidelidad por medio de la
predicación, son, respectivamente, San Francisco de Asís, modelo de amor
seráfico, y Santo Domingo, dotado de esplendor querúbico por su sabiduría.
[135] La Pobreza.
[136] Jesucristo.
[137] La ninfa Eco, que enamorada de Narciso, se consumió, quedando
únicamente su voz. Entiéndase: naciendo el arco exterior de la reflexión de los
rayos del arco menor concéntrico, lo mismo que el eco nace de la reflexión de la
voz.
[138] San Buenaventura.
[139] Me obliga a ocuparme en Santo Domingo, por quien Santo Tomás habló
tan bien de mi jefe San Francisco.
[140] En España.
[141] La Gramática.
[142] Imagine que estas veinticuatro estrellas formen en el cielo dos
constelaciones dispuestas en círculo, como aquella corona en que al morir
Ariadna, hija de Minos, hizo que se convirtiera la guirnalda de flores que
adornaba su cabeza.
[143] El rey Salomón.
[144] Nombres usados antiguamente para significar gentes de poco cacúmen.
[145] La voz de Salomón, modesta como lo es la verdadera sabiduría.
[146] El alma de Caociaguida, tatarabuelo del Poeta.
su obra dice modestamente que con ella hacía un pequeño dón a la Iglesia, como
la viuda de que habla San Lucas, cap. XXI.
[127] El rey Salomón.
[128] San Dionisio Areopagita, autor de un libro titulado: De coelesti
hierarchia.
[129] Paulo Orosio, que escribió contra los idólatras siete libros de historia, y los
dedicó a San Agustín.
[130] Boecio, a quien hizo morir Teodorico, rey de los godos, y que está
sepultado en la iglesia de San Pedro llamada Cielo de oro, en Pavía.
[131] Canónigo regular de San Víctor, escocés.
[132] Seguier, profesor de Filosofía y Ciencias, que enseñaba en la rue du
Fouarre, de París, donde estaban las escuelas.
[133] Santo Tomás de Aquino.
[134] Los dos grandes jefes que debían guiar a la Iglesia, el uno hacia la caridad
por el espíritu de pobreza, el otro a la mayor fidelidad por medio de la
predicación, son, respectivamente, San Francisco de Asís, modelo de amor
seráfico, y Santo Domingo, dotado de esplendor querúbico por su sabiduría.
[135] La Pobreza.
[136] Jesucristo.
[137] La ninfa Eco, que enamorada de Narciso, se consumió, quedando
únicamente su voz. Entiéndase: naciendo el arco exterior de la reflexión de los
rayos del arco menor concéntrico, lo mismo que el eco nace de la reflexión de la
voz.
[138] San Buenaventura.
[139] Me obliga a ocuparme en Santo Domingo, por quien Santo Tomás habló
tan bien de mi jefe San Francisco.
[140] En España.
[141] La Gramática.
[142] Imagine que estas veinticuatro estrellas formen en el cielo dos
constelaciones dispuestas en círculo, como aquella corona en que al morir
Ariadna, hija de Minos, hizo que se convirtiera la guirnalda de flores que
adornaba su cabeza.
[143] El rey Salomón.
[144] Nombres usados antiguamente para significar gentes de poco cacúmen.
[145] La voz de Salomón, modesta como lo es la verdadera sabiduría.
[146] El alma de Caociaguida, tatarabuelo del Poeta.
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[147] Según cuenta la crónica de la Tabla redonda, la camarera de la reina
Ginebra tosió al notar el primer mal paso dado por su señora, llevada del amor a
Lanzarote.
[148] Los Umberti y los Lamberti, que en sus armas tenían bolas de oro.
[149] Los Adimari, uno de los cuales perjudicó mucho a Dante.
[150] Can el Grande, señor de Verona.
[151] El papa Clemente V, de Gascuña, después de haber promovido al imperio a
Enrique VII, favoreció a sus enemigos.
[152] Son las tres primeras letras de la palabra Diligite de la frase: Diligite
justitiam qui judicatis terram; que se lee en la Sagrada Escritura.
[153] La musa Calíope.
[154] San Juan Bautista.
[155] El águila.
[156] Felipe el Hermoso.
[157] Los reyes Roberto de Escocia y Eduardo I de Inglaterra.
[158] Alfonso, rey de España. Wenceslao, rey de Bohemia.
[159] La bondad de Carlos el Cojo, rey de Pulla y Jerusalén, estará marcada con
una I (uno): es decir, que será igual a uno, mientras que sus maldades llevarán
por marca una M (mil), serán iguales a mil.
[160] Fadrique, hijo de Pedro de Aragón, que gobierna la isla de Sicilia, donde
está el fuego del Etna.—Dice la vileza, porque Fadrique, después de la muerte de
Enrique VII, abandonó vilmente la causa de los gibelinos.
[161] Jaime, rey de Mallorca, y Menorca, y Jaime de Aragón, tío aquél y
hermano éste de dicho Fadrique.
[162] Dionisio el Agrícola, rey de Portugal. Noruega, en tiempo de Dante, tenía
su rey propio.
[163] Rascia, Raugia, Ragusa, ciudad y territorio de la antigua Dalmacia, sobre
el Adriático, cuyo rey falsificó los ducados de Venecia.
[164] El emperador Trajano. (Véase el canto X del Purgatorio.)
[165] Ezequías, rey de Judá, a quien Dios, escuchando sus ruegos, concedió
quince años más de vida para arrepentirse de sus culpas.
[166] El emperador Constantino, que se hizo griego, esto es, trasladó de Roma a
Bizancio la capital del Imperio romano, con las leyes romanas y con el Aguila
imperial, por ceder al Papa la ciudad eterna.
[167] Guillermo II, llamado el Bueno, de cuya pérdida se lamenta Sicilia, así
como de ver vivos a Carlos el Cojo y Fadrique de Aragón.
Ginebra tosió al notar el primer mal paso dado por su señora, llevada del amor a
Lanzarote.
[148] Los Umberti y los Lamberti, que en sus armas tenían bolas de oro.
[149] Los Adimari, uno de los cuales perjudicó mucho a Dante.
[150] Can el Grande, señor de Verona.
[151] El papa Clemente V, de Gascuña, después de haber promovido al imperio a
Enrique VII, favoreció a sus enemigos.
[152] Son las tres primeras letras de la palabra Diligite de la frase: Diligite
justitiam qui judicatis terram; que se lee en la Sagrada Escritura.
[153] La musa Calíope.
[154] San Juan Bautista.
[155] El águila.
[156] Felipe el Hermoso.
[157] Los reyes Roberto de Escocia y Eduardo I de Inglaterra.
[158] Alfonso, rey de España. Wenceslao, rey de Bohemia.
[159] La bondad de Carlos el Cojo, rey de Pulla y Jerusalén, estará marcada con
una I (uno): es decir, que será igual a uno, mientras que sus maldades llevarán
por marca una M (mil), serán iguales a mil.
[160] Fadrique, hijo de Pedro de Aragón, que gobierna la isla de Sicilia, donde
está el fuego del Etna.—Dice la vileza, porque Fadrique, después de la muerte de
Enrique VII, abandonó vilmente la causa de los gibelinos.
[161] Jaime, rey de Mallorca, y Menorca, y Jaime de Aragón, tío aquél y
hermano éste de dicho Fadrique.
[162] Dionisio el Agrícola, rey de Portugal. Noruega, en tiempo de Dante, tenía
su rey propio.
[163] Rascia, Raugia, Ragusa, ciudad y territorio de la antigua Dalmacia, sobre
el Adriático, cuyo rey falsificó los ducados de Venecia.
[164] El emperador Trajano. (Véase el canto X del Purgatorio.)
[165] Ezequías, rey de Judá, a quien Dios, escuchando sus ruegos, concedió
quince años más de vida para arrepentirse de sus culpas.
[166] El emperador Constantino, que se hizo griego, esto es, trasladó de Roma a
Bizancio la capital del Imperio romano, con las leyes romanas y con el Aguila
imperial, por ceder al Papa la ciudad eterna.
[167] Guillermo II, llamado el Bueno, de cuya pérdida se lamenta Sicilia, así
como de ver vivos a Carlos el Cojo y Fadrique de Aragón.
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[168] Al cielo de Saturno.
[169] San Pedro y San Pablo.
[170] San Benito abad, que dió a conocer allí la religión cristiana.
[171] La constelación de Géminis.
[172] El Sol.
[173] Saturno y Marte.
[174] La Virgen María, llamada por la Iglesia Rosa Mística.
[175] Los bienaventurados.
[176] El arcángel San Gabriel.
[177] San Pedro.
[178] San Pablo.
[179] El apóstol Santiago.
[180] David.
[181] San Juan en el Apocalipsis.
[182] Dios.
[183] Adán.
[184] Otros escriben un (único), El, por Eli, o J, principio del nombre de Jehová,
y sobre cada una de estas opiniones se ha discutido mucho.
[185] Lucifer.
[186] Papas y mártires, sucesores de San Pedro.
[187] Cuando el Sol está en Capricornio, o sea en diciembre y enero.
[188] Las playas fenicias, donde Júpiter, transformado en toro, robó a Europa.
[189] Del signo de Géminis.
[190] Al cielo llamado Primer móvil.
[191] La Naturaleza humana.
[192] Iris.
[193] Estos nueve círculos luminosos son formados por los nueve órdenes
angélicos, y su punto céntrico es Dios.
[194] La multiplicación duplicada de las casillas del tablero de ajedrez produce
una cantidad asombrosa, en esta forma: 1.ª casilla, 1; 2.ª, 2; 3.ª, 4; 4.ª, 8; 5.ª, 16;
6.ª, 32; hasta la casilla 64, que arroja veinte cifras, o sean decenas de trillón.
Cuéntase que el inventor del ajedrez fué un indiano, el cual presentó el nuevo
juego a un rey de Persia; y habiéndole ofrecido éste darle lo que pidiese, pidió un
[169] San Pedro y San Pablo.
[170] San Benito abad, que dió a conocer allí la religión cristiana.
[171] La constelación de Géminis.
[172] El Sol.
[173] Saturno y Marte.
[174] La Virgen María, llamada por la Iglesia Rosa Mística.
[175] Los bienaventurados.
[176] El arcángel San Gabriel.
[177] San Pedro.
[178] San Pablo.
[179] El apóstol Santiago.
[180] David.
[181] San Juan en el Apocalipsis.
[182] Dios.
[183] Adán.
[184] Otros escriben un (único), El, por Eli, o J, principio del nombre de Jehová,
y sobre cada una de estas opiniones se ha discutido mucho.
[185] Lucifer.
[186] Papas y mártires, sucesores de San Pedro.
[187] Cuando el Sol está en Capricornio, o sea en diciembre y enero.
[188] Las playas fenicias, donde Júpiter, transformado en toro, robó a Europa.
[189] Del signo de Géminis.
[190] Al cielo llamado Primer móvil.
[191] La Naturaleza humana.
[192] Iris.
[193] Estos nueve círculos luminosos son formados por los nueve órdenes
angélicos, y su punto céntrico es Dios.
[194] La multiplicación duplicada de las casillas del tablero de ajedrez produce
una cantidad asombrosa, en esta forma: 1.ª casilla, 1; 2.ª, 2; 3.ª, 4; 4.ª, 8; 5.ª, 16;
6.ª, 32; hasta la casilla 64, que arroja veinte cifras, o sean decenas de trillón.
Cuéntase que el inventor del ajedrez fué un indiano, el cual presentó el nuevo
juego a un rey de Persia; y habiéndole ofrecido éste darle lo que pidiese, pidió un
Page 435
cuartillo de grano, duplicado y tantas veces multiplicado cuantas eran las casillas
del tablero. El rey se lo concedió riéndose; pero no pudo pagarle, porque no hubo
en todo el reino bastante grano para ello.
[195] San Dionisio Areopagita, en su libro De coelesti hierarchia.
[196] San Gregorio el Grande, que modificó el orden de los ángeles seguido por
San Dionisio.
[197] San Pablo, que fué transportado al cielo, e instruyó a San Dionisio.
[198] Quiere decir que Beatriz guardó silencio, mirando fijamente a Dios sólo un
instante. Los hijos de Latona son el Sol y la Luna: cuando ambos se hallan en el
mismo horizonte, uno en frente de otro, en Aries y Libra, como tenidos en
balanza por una mano invisible, inmediatamente rompen ese equilibrio aparente,
ascendiendo el uno a nuestro hemisferio, y pasando el otro al hemisferio opuesto.
[199] Nombres muy comunes en Florencia.
[200] El demonio.
[201] Del Primer móvil al Empíreo.
[202] Aquí Dante finge predecir en 1300 la coronación del emperador Enrique
VII de Luxemburgo, que tuvo efecto en 1308.
[203] El papa Clemente V.
[204] El papa Bonifacio VIII. (Véase el Infierno, canto XIX.)
[205] El Norte, sobre el cual gira constantemente la Osa mayor, junto con su hijo
Bootes o Arturo.
[206] Beatriz ha cumplido ya su misión, y desaparece del lado de Dante,
sustituyéndole San Bernardo, símbolo de la contemplación y del amor a María,
de quien impetra luego que alcance para el Poeta la gracia de ver a Dios; tal vez
porque para esto no basta la ciencia teológica, y se necesita de la Gracia.
[207] Dios, eterna fuente de bien.
[208] El carro del Sol.
[209] La Virgen María.
[210] Eva.
[211] Beatriz es la imagen de la Teología, y Raquel de la vida contemplativa.
[212] Ruth, bisabuela de David.
[213] San Juan Bautista estuvo en el Limbo casi dos años, porque murió antes
que Jesucristo.
[214] Esaú y Jacob.
[215] El arcángel San Gabriel.
[216] Adán, cabeza del Antiguo Testamento.
del tablero. El rey se lo concedió riéndose; pero no pudo pagarle, porque no hubo
en todo el reino bastante grano para ello.
[195] San Dionisio Areopagita, en su libro De coelesti hierarchia.
[196] San Gregorio el Grande, que modificó el orden de los ángeles seguido por
San Dionisio.
[197] San Pablo, que fué transportado al cielo, e instruyó a San Dionisio.
[198] Quiere decir que Beatriz guardó silencio, mirando fijamente a Dios sólo un
instante. Los hijos de Latona son el Sol y la Luna: cuando ambos se hallan en el
mismo horizonte, uno en frente de otro, en Aries y Libra, como tenidos en
balanza por una mano invisible, inmediatamente rompen ese equilibrio aparente,
ascendiendo el uno a nuestro hemisferio, y pasando el otro al hemisferio opuesto.
[199] Nombres muy comunes en Florencia.
[200] El demonio.
[201] Del Primer móvil al Empíreo.
[202] Aquí Dante finge predecir en 1300 la coronación del emperador Enrique
VII de Luxemburgo, que tuvo efecto en 1308.
[203] El papa Clemente V.
[204] El papa Bonifacio VIII. (Véase el Infierno, canto XIX.)
[205] El Norte, sobre el cual gira constantemente la Osa mayor, junto con su hijo
Bootes o Arturo.
[206] Beatriz ha cumplido ya su misión, y desaparece del lado de Dante,
sustituyéndole San Bernardo, símbolo de la contemplación y del amor a María,
de quien impetra luego que alcance para el Poeta la gracia de ver a Dios; tal vez
porque para esto no basta la ciencia teológica, y se necesita de la Gracia.
[207] Dios, eterna fuente de bien.
[208] El carro del Sol.
[209] La Virgen María.
[210] Eva.
[211] Beatriz es la imagen de la Teología, y Raquel de la vida contemplativa.
[212] Ruth, bisabuela de David.
[213] San Juan Bautista estuvo en el Limbo casi dos años, porque murió antes
que Jesucristo.
[214] Esaú y Jacob.
[215] El arcángel San Gabriel.
[216] Adán, cabeza del Antiguo Testamento.
Page 436
[217] San Pedro, cabeza del Nuevo Testamento.
[218] San Juan Evangelista.
[219] Moisés, que está cerca de Adán.
[220] Los ojos de la Virgen María.
[221] La Santísima Trinidad.
[218] San Juan Evangelista.
[219] Moisés, que está cerca de Adán.
[220] Los ojos de la Virgen María.
[221] La Santísima Trinidad.
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Page 438
INDICE
Pág.
"La Commedia" 5
INFIERNO
Canto Primero 25
Canto Segundo 29
Canto Tercero 33
Canto Cuarto 39
Canto Quinto 45
Canto Sexto 51
Canto Séptimo 55
Canto Octavo 59
Canto Nono 63
Canto Décimo 67
Canto Undécimo 78
Canto Duodécimo 77
Canto Décimotercio 83
Canto Décimocuarto 89
Canto Décimoquinto 95
Canto Décimosexto 99
Pág.
"La Commedia" 5
INFIERNO
Canto Primero 25
Canto Segundo 29
Canto Tercero 33
Canto Cuarto 39
Canto Quinto 45
Canto Sexto 51
Canto Séptimo 55
Canto Octavo 59
Canto Nono 63
Canto Décimo 67
Canto Undécimo 78
Canto Duodécimo 77
Canto Décimotercio 83
Canto Décimocuarto 89
Canto Décimoquinto 95
Canto Décimosexto 99
Page 439
Canto Décimoséptimo 105
Canto Décimoctavo 109
Canto Décimonono 113
Canto Vigésimo 119
Canto Vigésimoprimero 123
Canto Vigésimosegundo 129
Canto Vigésimotercio 135
Canto Vigésimocuarto 141
Canto Vigésimoquinto 147
Canto Vigésimosexto 153
Canto Vigésimoséptimo 157
Canto Vigésimoctavo 161
Canto Vigésimonono 165
Canto Trigésimo 171
Canto Trigésimoprimero 177
Canto Trigésimosegundo 183
Canto Trigésimotercio 189
Canto Trigésimocuarto 195
PURGATORIO
Canto Primero 203
Canto Segundo 207
Canto Tercero 211
Canto Cuarto 217
Canto Quinto 223
Canto Sexto 229
Canto Séptimo 235
Canto Octavo 241
Canto Nono 247
Canto Décimoctavo 109
Canto Décimonono 113
Canto Vigésimo 119
Canto Vigésimoprimero 123
Canto Vigésimosegundo 129
Canto Vigésimotercio 135
Canto Vigésimocuarto 141
Canto Vigésimoquinto 147
Canto Vigésimosexto 153
Canto Vigésimoséptimo 157
Canto Vigésimoctavo 161
Canto Vigésimonono 165
Canto Trigésimo 171
Canto Trigésimoprimero 177
Canto Trigésimosegundo 183
Canto Trigésimotercio 189
Canto Trigésimocuarto 195
PURGATORIO
Canto Primero 203
Canto Segundo 207
Canto Tercero 211
Canto Cuarto 217
Canto Quinto 223
Canto Sexto 229
Canto Séptimo 235
Canto Octavo 241
Canto Nono 247
Page 440
Canto Décimo 251
Canto Undécimo 255
Canto Duodécimo 261
Canto Décimotercio 265
Canto Décimocuarto 271
Canto Décimoquinto 277
Canto Décimosexto 283
Canto Décimoséptimo 289
Canto Décimoctavo 293
Canto Décimonono 299
Canto Vigésimo 305
Canto Vigésimoprimero 311
Canto Vigésimosegundo 315
Canto Vigésimotercio 321
Canto Vigésimocuarto 325
Canto Vigésimoquinto 331
Canto Vigésimosexto 337
Canto Vigésimoséptimo 343
Canto Vigésimoctavo 347
Canto Vigésimonono 351
Canto Trigésimo 357
Canto Trigésimoprimero 361
Canto Trigésimosegundo 367
Canto Trigésimotercio 373
PARAISO
Canto Primero 381
Canto Segundo 385
Canto Tercero 391
Canto Undécimo 255
Canto Duodécimo 261
Canto Décimotercio 265
Canto Décimocuarto 271
Canto Décimoquinto 277
Canto Décimosexto 283
Canto Décimoséptimo 289
Canto Décimoctavo 293
Canto Décimonono 299
Canto Vigésimo 305
Canto Vigésimoprimero 311
Canto Vigésimosegundo 315
Canto Vigésimotercio 321
Canto Vigésimocuarto 325
Canto Vigésimoquinto 331
Canto Vigésimosexto 337
Canto Vigésimoséptimo 343
Canto Vigésimoctavo 347
Canto Vigésimonono 351
Canto Trigésimo 357
Canto Trigésimoprimero 361
Canto Trigésimosegundo 367
Canto Trigésimotercio 373
PARAISO
Canto Primero 381
Canto Segundo 385
Canto Tercero 391
Page 441
Canto Cuarto 395
Canto Quinto 399
Canto Sexto 403
Canto Séptimo 409
Canto Octavo 413
Canto Nono 419
Canto Décimo 425
Canto Undécimo 431
Canto Duodécimo 435
Canto Décimotercio 441
Canto Décimocuarto 447
Canto Décimoquinto 451
Canto Décimosexto 457
Canto Décimoséptimo 463
Canto Décimoctavo 467
Canto Décimonono 471
Canto Vigésimo 477
Canto Vigésimoprimero 483
Canto Vigésimosegundo 489
Canto Vigésimotercio 495
Canto Vigésimocuarto 499
Canto Vigésimoquinto 505
Canto Vigésimosexto 511
Canto Vigésimoséptimo 517
Canto Vigésimoctavo 523
Canto Vigésimonono 529
Canto Trigésimo 535
Canto Trigésimoprimero 541
Canto Quinto 399
Canto Sexto 403
Canto Séptimo 409
Canto Octavo 413
Canto Nono 419
Canto Décimo 425
Canto Undécimo 431
Canto Duodécimo 435
Canto Décimotercio 441
Canto Décimocuarto 447
Canto Décimoquinto 451
Canto Décimosexto 457
Canto Décimoséptimo 463
Canto Décimoctavo 467
Canto Décimonono 471
Canto Vigésimo 477
Canto Vigésimoprimero 483
Canto Vigésimosegundo 489
Canto Vigésimotercio 495
Canto Vigésimocuarto 499
Canto Vigésimoquinto 505
Canto Vigésimosexto 511
Canto Vigésimoséptimo 517
Canto Vigésimoctavo 523
Canto Vigésimonono 529
Canto Trigésimo 535
Canto Trigésimoprimero 541
Page 442
Canto Trigésimosegundo 547
Canto Trigésimotercio 553
Canto Trigésimotercio 553
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SE ACABÓ DE IMPRIMIR EN LOS TALLERES
GRÁFICOS, BAJO LA DIRECCIÓN DEL
DEPARTAMENTO EDITORIAL DE LA
SECRETARÍA DE EDUCACIÓN
PÚBLICA, EL 18 DE NOVIEMBRE,
EN EL AÑO DEL SEXTO
CENTENARIO DE LA
MUERTE DEL
POETA.
GRÁFICOS, BAJO LA DIRECCIÓN DEL
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SECRETARÍA DE EDUCACIÓN
PÚBLICA, EL 18 DE NOVIEMBRE,
EN EL AÑO DEL SEXTO
CENTENARIO DE LA
MUERTE DEL
POETA.
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COMEDIA ***
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and (c) any Defect you cause.
Section 2. Information about the Mission of Project
Gutenberg
Project Gutenberg is synonymous with the free distribution of
electronic works in formats readable by the widest variety of
computers including obsolete, old, middle-aged and new computers. It
exists because of the efforts of hundreds of volunteers and donations
from people in all walks of life.
Volunteers and financial support to provide volunteers with the
assistance they need are critical to reaching Project Gutenberg’s goals
and ensuring that the Project Gutenberg collection will remain freely
available for generations to come. In 2001, the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation was created to provide a secure and
permanent future for Project Gutenberg and future generations. To
learn more about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation
and how your efforts and donations can help, see Sections 3 and 4 and
the Foundation information page at www.gutenberg.org.
Section 3. Information about the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation
The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non-profit
501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the state
of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal Revenue
Service. The Foundation’s EIN or federal tax identification number is
64-6221541. Contributions to the Project Gutenberg Literary Archive
Foundation are tax deductible to the full extent permitted by U.S.
federal laws and your state’s laws.
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The Foundation’s business office is located at 41 Watchung Plaza
#516, Montclair NJ 07042, USA, +1 (862) 621-9288. Email contact
links and up to date contact information can be found at the
Foundation’s website and official page at www.gutenberg.org/contact
Section 4. Information about Donations to the Project
Gutenberg Literary Archive Foundation
Project Gutenberg™ depends upon and cannot survive without
widespread public support and donations to carry out its mission of
increasing the number of public domain and licensed works that can be
freely distributed in machine-readable form accessible by the widest
array of equipment including outdated equipment. Many small
donations ($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax
exempt status with the IRS.
The Foundation is committed to complying with the laws regulating
charities and charitable donations in all 50 states of the United States.
Compliance requirements are not uniform and it takes a considerable
effort, much paperwork and many fees to meet and keep up with these
requirements. We do not solicit donations in locations where we have
not received written confirmation of compliance. To SEND
DONATIONS or determine the status of compliance for any particular
state visit www.gutenberg.org/donate.
While we cannot and do not solicit contributions from states where we
have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition
against accepting unsolicited donations from donors in such states who
approach us with offers to donate.
International donations are gratefully accepted, but we cannot make
any statements concerning tax treatment of donations received from
outside the United States. U.S. laws alone swamp our small staff.
Please check the Project Gutenberg web pages for current donation
methods and addresses. Donations are accepted in a number of other
#516, Montclair NJ 07042, USA, +1 (862) 621-9288. Email contact
links and up to date contact information can be found at the
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Please check the Project Gutenberg web pages for current donation
methods and addresses. Donations are accepted in a number of other
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ways including checks, online payments and credit card donations. To
donate, please visit: www.gutenberg.org/donate.
Section 5. General Information About Project Gutenberg
electronic works
Professor Michael S. Hart was the originator of the Project Gutenberg
concept of a library of electronic works that could be freely shared
with anyone. For forty years, he produced and distributed Project
Gutenberg eBooks with only a loose network of volunteer support.
Project Gutenberg eBooks are often created from several printed
editions, all of which are confirmed as not protected by copyright in
the U.S. unless a copyright notice is included. Thus, we do not
necessarily keep eBooks in compliance with any particular paper
edition.
Most people start at our website which has the main PG search facility:
www.gutenberg.org.
This website includes information about Project Gutenberg, including
how to make donations to the Project Gutenberg Literary Archive
Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to
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