Curiosities of Literature_ Vol. 3 Isaac Disraeli 1283 downloads.pdf

758 pages · Make another flipbook

Page 1

Page 2

Page 3

El eBook de Project Gutenberg de Curiosidades de la literatura, Vol. 3

Este eBook está destinado al uso de cualquier persona en cualquier lugar de los Estados Unidos y de la mayor parte del resto del mundo, sin costo alguno y casi sin ninguna restricción. Puede copiarlo, regalarlo o reutilizarlo según los términos de la Licencia de Project Gutenberg incluida con este eBook o disponible en línea en www.gutenberg.org. Si no se encuentra en los Estados Unidos, deberá consultar las leyes del país donde se encuentra antes de usar este eBook.

Título: Curiosidades de la literatura, Vol. 3

Autor: Isaac Disraeli

Editor: Conde de Beaconsfield, Benjamin Disraeli

Fecha de publicación: 25 de enero de 2010 [eBook #31078]
Última actualización: 6 de enero de 2021

Idioma: Inglés

Otra información y formatos: www.gutenberg.org/ebooks/31078

Agradecimientos: Producido por Marius Masi, Jonathan Ingram y el Equipo de Revisión Distribuida en Línea en https://www.pgdp.net

*** INICIO DEL EBOOK DE PROJECT GUTENBERG CURIOSIDADES
DE LA LITERATURA, VOL. 3 ***

Page 4

Del transcriptor: Se han corregido algunos errores tipográficos. Aparecen en el texto de esta manera, y la explicación se mostrará cuando se mueva el cursor del ratón sobre el pasaje marcado.

CURIOSIDADES DE LA LITERATURA.

DE

ISAAC DISRAELI.

EDITADO, CON MEMORIAS Y NOTAS,

POR SU HIJO,

EL CONDE DE BEACONSFIELD.

Page 5

EN TRES VOLUMENES.
VOL. III.

LONDRES:

FREDERICK WARNE AND CO.
Y NUEVA YORK

ÍNDICE DEL VOLUMEN III.

PÁGINA

DESCRIPCIONES LOCALES 1
MÁSCARAS 4
DE DES MAIZEAUX, Y LA HISTORIA SECRETA DE
LOS MANUSCRITOS DE ANTHONY COLLINS 13
HISTORIA DE LAS PALABRAS NUEVAS 23
LA FILOSOFÍA DE LOS PROVERBIOS 32
CONFUSIÓN DE PALABRAS 65

Page 6

Apodos políticos 80
La vida doméstica de un poeta—Shenstone 90
Reivindicado 90
Historia secreta de la construcción de Blenheim 102
Historia secreta de Sir Walter Raleigh 111
Una narración auténtica de las últimas horas de Sir Walter Raleigh 124
Uniones literarias 131
De una biografía pintada 136
Causa y pretexto 141
Falsificaciones y ficciones políticas 144
Expresión de opiniones reprimidas 150
Autógrafos 163
La historia de los maestros escribas 167
Los historiadores italianos 177
De los palacios construidos por ministros 186
“El impuesto, no una tiranía” 193
El libro de la muerte 200
Historia del esqueleto de la muerte 206
Los biógrafos rivales de Heilin 215
De Lenglet du Fresnoy 221
El diccionario de Trevoux 229
El relato de Quadrio sobre la poesía inglesa 233
“Religiosismo político” 238
Tolerancia 245
Disculpa por la masacre en París 255
Predicción 260

Page 7

SUEÑOS AL AMANECER DE LA FILOSOFÍA 280
SOBRE PUCK, EL COMENTADOR 296
FALSIFICACIONES LITERARIAS 303
DE LOS FALSIFICADORES LITERARIOS 316
DE LORD BACON EN CASA 320
HISTORIA SECRETA DE LA MUERTE DE LA REINA ISABEL 328
JACOBO I COMO PADRE Y ESPOSO 333
EL HOMBRE DE UN SOLO LIBRO 337
UN BIBLIOGNOTISTA 340
HISTORIA SECRETA DE UNA MONARQUÍA ELEGIDA 346
EDIFICIOS EN LA METROPOLIS Y RESIDENCIA EN EL CAMPO 363
PROCLAMACIONES REALES 371
FUENTES VERDADERAS DE LA HISTORIA SECRETA 380
RESIDENCIAS LITERARIAS 394
¿ESTÁ PERMITIDO DESTRUIRSE A SÍ MISMO? 400
DESCUBRIMIENTOS DE HOMBRES AISLADOS 408
BIOGRAFÍA SENTIMENTAL 414
PARALELOS LITERARIOS 425
LAS BIBLIAS DE PERLA Y SEIS MIL ERRORES 427
VISTA DE UN PERIODO CONCRETO DEL ESTADO DE LA RELIGIÓN DURANTE NUESTRAS GUERRAS CIVILES 423
LA COQUETERÍA POLÍTICA DE BUCKINGHAM CON LOS PURITANOS 443
LAS EXCEPCIONES DE SIR EDWARD COKE CONTRA EL JURAMENTO DEL ALTO SHERIFF 446

Page 8

HISTORIA SECRETA DE CARLOS I Y SUS PRIMEROS
PARLAMENTOS 448
EL RESTO 482
VIDA Y HÁBITOS DE UN ANTIGUARIO LITERARIO: OLDYS
Y SUS MANUSCRITOS 493
ÍNDICE 513

CURIOSIDADES DE LA LITERATURA.

DESCRIPCIONES LOCALES.

Nada hay más ocioso, y, lo que es menos perdonable en un escritor, más
tedioso, que las descripciones detalladas y prolongadas de lugares; donde es muy dudoso que los propios escritores hayan formado alguna noción razonable del lugar que describen; ¡es seguro que sus lectores nunca podrán hacerlo! Estos pasajes descriptivos, en los que los escritores de imaginación tan frecuentemente se entregan, suelen ser una confusión brillante de cosas sin relación entre sí; circunstancias recordadas de otros o observadas por ellos mismos en diferentes momentos; las más interesantes se mezclan entre todas. Si se trata de una escena de la naturaleza, es posible que todas las estaciones del año estén mezcladas entre sí; o si se trata de un castillo o una habitación, su grandeza o su pequeñez pueden ser igualmente

Page 9

Confundir. Sin embargo, encontramos, incluso en las obras de autores famosos, páginas enteras llenas de estos esbozos descriptivos, generales o particulares, que no dejan nada más que sustantivos respaldados por epítetos aleatorios. Los escritores antiguos se complacían enormemente en llenar sus extensas páginas con algo que suponía un gran ahorro de sentido y reflexión. En el “Alarico” de Scudery, dieciséis páginas que contienen casi quinientos versos describen un palacio, comenzando por la fachada y terminando finalmente en el jardín; pero su descripción, podríamos decir, fue mucho mejor hecha por Boileau, cuyo buen gusto percibió la absurdidad de esta “abundancia estéril”, al sobrecargar una obra con detalles inútiles.

Un autor, a veces, demasiado ocupado con su tema,
nunca abandona un asunto sin haberlo agotado.
Si encuentra un palacio, me lo describe por fuera;
me lleva de terraza en terraza.
Aquí hay un pórtico, allí reina un corredor;
allí ese balcón está rodeado de barandillas de oro;
cuenta los techos, los redondos y los ovalados…
Salto veinte páginas para encontrar el final;
y apenas logro escapar a través del jardín.

Y luego añade un canon de crítica tan excelente que no debemos descuidarlo:

Todo lo que se dice en exceso resulta insípido y repugnante;
el espíritu, saciado, lo rechaza al instante.
Quien no sabe limitarse, nunca supo escribir.

Tenemos un ejemplo memorable de la ineficacia de las descripciones detalladas en una obra muy notable de un escritor de gran talento, que compuso con…

Page 10

Un cariño extremo por su tema, y una curiosa ansiedad por dejar a la posteridad la representación más elaborada de su propia villa: este era el Laurentinum de Plinio. No podemos leer su carta a Gallus, que el lector inglés puede encontrar en la elegante versión de Melmoth,¹ sin participar en cierta medida de la alegría del autor ante muchos de sus detalles; pero no podemos formarnos ni la más mínima idea de su villa, mientras él nos lleva de apartamento en apartamento, señalándonos el ala opuesta con expresiones como “más allá de esto”, “no muy lejos de allí” o “en este apartamento hay otro del mismo tipo”, etc. Sin embargo, dado que carecíamos enormemente de un conocimiento preciso sobre una villa romana, y siendo esta la fuente más fiable posible, los arquitectos han estudiado con frecuencia, y los eruditos han traducido con extraordinaria atención, la descripción que Plinio hizo de su Laurentinum. Se convirtió en un objeto tan apreciado que arquitectos destacados intentaron reconstruir este edificio, proporcionando su planta y elevación; y el resultado de este hecho extraordinario es que ninguno de ellos ha ofrecido una representación idéntica a la de los demás. Montfaucon, un anticuario más fiel, en su cuidadosa traducción de la descripción de esta villa, al compararla con el plano de la misma realizado por Felibien, observa que “el arquitecto adaptó su edificio a su traducción, pero sus concepciones no son las mismas”; “sin duda”, añade, “si diez traductores hábiles realizaran su tarea por separado, no habría ni uno solo que estuviera de acuerdo con otro”.

Si, entonces, en lo que respecta a las descripciones locales, descubrimos que es imposible transmitir nociones exactas de una escena real, ¿qué debemos pensar de aquellas que, en realidad, describen escenas que no tienen otra existencia que la confusa invención de un autor? Cuanto más detalla, más confunde; y cuanto más desea ser preciso, más indistinta resulta la imagen general.

Las descripciones locales, tras seleccionar unas pocas circunstancias destacadas, no admiten más detalles. No es su longitud, sino su acierto, lo que…

Page 11

No entra dentro de nuestra comprensión; la imaginación solo puede asimilar y mantener juntas muy pocas partes de una imagen. El bolígrafo no debe invadir el ámbito del lápiz, del mismo modo que el lápiz no debe intentar hacer lo que en modo alguno puede ser presentado a la vista, aunque sí al entendimiento.

La gran arte, quizás, de la descripción local consiste más bien en una visión general que en una detallada; los detalles deben dejarse a la imaginación; se trata más bien de sugerencias que de descripciones propiamente dichas. Existe un antiguo soneto italiano de este tipo que he leído con frecuencia con deleite; y aunque quizás no pueda transmitir al lector el mismo placer, la historia de la autora es sumamente interesante, y esa dama (pues así era) tiene todo el derecho a ser considerada, al igual que la dama de Evelyn, entre las esposas literarias.

Francesca Turina Bufalini di Città di Castello, de origen noble y devota a la literatura, tuvo una colección de sus poemas publicada en 1628. Con frecuencia incluía pequeños incidentes domésticos relacionados con su amiga, su esposo, su hijo y sus nietos; y en uno de estos sonetos describe su palacio de San Giustino, cuyos lugares parecían deleitarla enormemente en compañía de “su señor”, a quien relaciona cariñosamente con la escena descrita. Hay una frescura y sencillez en la descripción que quizás permita tener una idea más clara del lugar que incluso Plinio podría haber dado en su extensa descripción de su villa. Nos cuenta lo que encontró al llegar a la casa de su esposo:

Amplias salas, amplios balcones, un amplio patio; habitaciones adornadas con hermosas pinturas. Encontré todo esto al llegar, además de nobles esculturas de mármol, realizadas por un escultor de gran habilidad. Un jardín magnífico, con un “abril” permanente lleno de flores diversas, frutos y verduras; sombras agradables y aguas que alivian el calor.

Page 12

Y caminos de belleza no disímiles;
Y no menos fuerte es la fortaleza, que por su solidez
tiene el puente, y los flancos, y lo rodea por todas partes
un foso profundo y de gran amplitud.
Aquí pasé con mi Señor una dulce estancia,
con amor sagrado, con suma alegría;
Por eso bendigo el mes y el día.

Amplias salas, amplias galerías y un patio espacioso,
habitaciones adornadas por el encanto sereno de los cuadros,
todo ello combinado; esculturas nobles
en mármol, pulido sin ayuda de cinceles vulgares;
un jardín espléndido, donde un abril eterno
despliega flores, frutos y vegetación de todo tipo;
sombras suaves, y aguas que atenúan el aire caliente;
¡Y senderos ondulantes de igual belleza!
Tampoco es menor la grandeza del castillo,
con su puente y sus flancos protegidos. Alrededor de él serpentea
el foso profundo, que muestra su tamaño majestuoso.
Aquí, con mi señor, pasé mi dulce estancia,
con amor sagrado y con suprema felicidad;
Y por eso bendigo el mes y bendigo el día.

1 Libro II, carta 17.

Page 13

MÁSCARAS.

A veces ocurre, en la historia de los entretenimientos nacionales, que un nombre sobrevive mientras que la cosa misma se olvida. Así ha sido notablemente el caso con nuestras máscaras teatrales, respecto a las cuales nuestros escritores más eminentes se atrevieron hace tiempo a expresar tantas opiniones erróneas, por completo ignorantes de la naturaleza de estas composiciones, que combinaban todo lo que había de exquisito en las artes imitativas de la poesía, la pintura, la música, el canto, la danza y la mecánica, en una época en que nuestro teatro público estaba en su rudimentaria infancia. Convencidos del miserable estado de nuestro drama representado, y sin poseer entonces ese conocimiento más detallado de su historia doméstica que nos gusta explorar, llegaron a concebir ideas erróneas sobre uno de los entretenimientos dramáticos más espléndidos, fascinantes y poéticos. Nuestras exposiciones teatrales actuales están, de hecho, a un nivel al que el público de dos peniques de las tablas rústicas de Shakespeare jamás habría podido asomarse; y nuestros trajes pintorescos y eruditos, junto con los brillantes cambios de escenografía, habrían vuelto locos a los “administradores” y a las “trabajadoras” del Globe o del Red Bull. El propio Shakespeare nunca contempló las verdaderas ilusiones mágicas de sus propios dramas, con frases como “Entra el hombre de abrigo rojo” y “Salen sombrero y capa”, reforzadas por “telas pintadas”; o, como canta un bardo de la época de Carlos II—

Mira atrás y observa
Las extrañas vicisitudes de la poesía;
Tus padres ancianos iban a las obras en busca de diversión,
Y se sentaban hasta las rodillas en cáscaras de nuez en la grada.

Page 14

Pero mientras el teatro público permanecía durante mucho tiempo en este estado de decadencia, sin escenarios, sin vestuario, sin orquesta, la corte ofrecía espectáculos escénicos y dramáticos con una magnificencia tan costosa, una fantasía tan inventiva y un arte tan milagroso, que podemos dudar de si el genio combinado de Ben Jonson, Inigo Jones y Lawes, o de Ferobosco, en una época sumamente favorable a las artes de la imaginación, ha sido igualado por el espectáculo moderno de la ópera.

Pero esta circunstancia pasó completamente desapercibida para nuestros críticos. El crítico de un mascarado no solo debía haberlo leído, sino también haberlo visto y escuchado. Los únicos testigos en este caso son aquellos escritores de la época, que estaban acostumbrados a comunicar tales noticias a sus amigos ausentes; de dicha amplia correspondencia he extraído a menudo información curiosa y, a veces, importante. Es interesante observar las opiniones de algunos grandes críticos: cómo, a partir de una interpretación errónea inicial, llegaron a conclusiones infundadas, y cómo uno hereda del otro el error que él mismo propaga. Warburton dijo sobre los mascarados que “Shakespeare era enemigo de estas tonterías, como se desprende de sus obras”. Esta opinión fue una de las muchas que ese singular crítico expresó según se le ocurrían en el momento; pues Warburton olvidó que Shakespeare introduce uno de estos personajes en la escena más fantástica de La tempestad. Granger, quien no tuvo mucho tiempo para estudiar las costumbres de la época cuyos personajes conocía tan bien, dijo en una nota sobre el mascarado de Milton que “estas composiciones eran alegorías insignificantes y confusas, cuyos personajes eran de lo más fantástico. Ben Jonson, en su ‘Mascarada de Navidad’, introdujo a ‘Minced Pie’ y ‘Baby Cake’, quienes desempeñan sus papeles en la obra”. Pero incluso las peores representaciones de este tipo podían resultar agradables gracias a la música, la maquinaria y la danza. Granger comete un error al describir, mediante dos personajes cómicos, un tipo de composición cuya característica no era precisamente la farsa. Dichos personajes, según él, formarían parte del Anti-mascarado, que era…

Page 15

Parodia humorística del más solemne Mascarada, y a veces una distracción frente a él.
Malone, cuya imaginación no era vívida, condena las Mascaradas y la época de las mismas, en la cual, dice, haciendo eco del epíteto de Granger, “el pésimo gusto de la época encontraba diversión”. Y finalmente está el señor Todd, a quien ni el espléndido fragmento de “Arcades”, ni toda la Mascarada, que conocemos de memoria, pudieron entusiasmar; mientras que su crítica neutralizadora lo fija en el punto de congelación del termómetro. “Este entretenimiento dramático, representado no sin enormes gastos en maquinaria y decoración, al cual ciertamente debemos el entretenimiento de ‘Arcades’ y la inigualable Mascarada de ‘Comus’”. Sin embargo, Comus es solo un hermoso poema dramático, que apenas conserva rasgos propios de la Mascarada. El único crítico moderno que escribió con algún estudio sobre esta elegancia ya desaparecida del drama inglés fue Warton, cuya imaginación respondía a la fascinación de la magnificencia casi fantástica y al espíritu lírico de la Mascarada. Warton tuvo el gusto de ofrecer un ejemplo de “The Inner Temple Mask” de William Browne, el poeta pastoral, cuyo “Discurso al Sueño”, según observó, “nos recuerda algunos de los toques favoritos de Comus de Milton, a los cuales quizá dio origen”. Pero incluso Warton carecía de ese tipo de investigación que solo puede descubrir la verdadera naturaleza de estos singulares dramas.

Así era el estado en el que, hace algunos años, encontré todo nuestro conocimiento sobre este entretenimiento que antaño era favorito de nuestra corte, de nuestra nobleza y de nuestros cuerpos eruditos de las cuatro academias de la corte. Algunas investigaciones exhaustivas, realizadas entre manuscritos contemporáneos, arrojaron una nueva luz sobre este oscuro producto de la fantasía y la magnificencia. No podía tomar a la ligera lo que Ben Jonson llamó “La elocuencia de las Mascaradas”; entretenimientos en los que se gastaban de tres a cinco mil libras, y en ocasiones más públicas, diez o veinte mil. A la poesía, compuesta por los mejores poetas, se sumaban los músicos más hábiles y los ingenieros más expertos; Ben Jonson, Inigo Jones y Lawes combinaron en una sola obra su respectivo genio; y Lord Bacon, Whitelocke y Selden, que formaban parte de

Page 16

Los comités encargados de la última gran mascarada presentada a Carlos I inventaron los dispositivos necesarios; organizaron la procesión de los participantes en la mascarada y de aquellos que se oponían a ella; mientras unos se ocupaban de la danza o de las peleas, Whitelocke se encargaba de la música. ¡El sabio Whitelocke! Él registró su propia complacencia en esta ocasión, al afirmar haber inventado un coranto, que durante treinta años posteriormente fue el deleite de la nación y fue bautizado como “el coranto de Whitelocke”. Siempre se solicitaba que se tocara ese coranto, dos o tres veces, cada vez que ese gran estadista “venía a ver una obra de teatro”. Se consideraba que había tanto honor personal en la organización de una mascarada, que incluso este comité de hombres ilustres estuvo a punto de disolverse debido a discusiones demasiado serias sobre quién tenía prioridad; la mascarada casi no llegó a celebrarse, hasta que encontraron la solución de lanzar dados para decidir cuál era el orden en la procesión. Gracias a esta rivalidad por el honor en la organización de una mascarada, descubrí algo que hasta entonces había pasado desapercibido, aunque no la curiosidad de los investigadores literarios: la causa de la enemistad entre Ben Jonson e Inigo Jones, quienes hasta entonces habían trabajado juntos con afecto fraternal. “Es una circunstancia”, dice Gifford, a quien se lo comuniqué, “no poco importante en la historia de nuestro poeta calumniado”. La causa fue trivial, pero sus consecuencias no lo fueron: el poeta puso su propio nombre antes que el del arquitecto en la portada de una mascarada, cuando hasta entonces solo se mencionaba al arquitecto. El gran arquitecto estaba tan celoso de su papel en la mascarada, y su poder y su nombre tenían tanta influencia en la corte, que consideró que sus derechos eran invadidos por las pretensiones inferiores del poeta. Jonson expresó toda la amargura de su alma en dos sátiras breves. Pero, para desgracia del objeto de esas sátiras, estas provocaron a Inigo a mejorar su habilidad como poeta; sin embargo, su obra permanece en estado manuscrito, sin haber sido publicada. Mientras mis investigaciones me mantenían ocupado, aparecieron las Memorias de Ben Jonson de Gifford. Allí se describen, por primera vez, en detalle las características de las mascaradas, con el espíritu claro y perspicaz de ese autor.

Page 17

El más capaz de nuestros críticos dramáticos. Considero una presunción añadir algo a lo que ya ha sido perfeccionado por un maestro; pero su joya está encerrada en un arcón, que temo se abra muy raramente, y él me permitirá tomar prestado algo de su esplendor. “La mascarada, en su grado más alto de excelencia, permitía la presencia de diálogos, cantos y danzas; estos no eran independientes entre sí, sino que, mediante la introducción de alguna fábula ingeniosa, se combinaban en un todo armonioso. Cuando se formuló el plan, se solicitó la ayuda de las artes afines; pues la esencia de la mascarada era el esplendor y la grandeza. Se emplearon escenarios móviles de lo más costoso y magnífico en las mascaradas; los maestros más célebres trabajaron en los cantos y las danzas; y todo lo que el reino podía ofrecer en cuanto a excelencia vocal e instrumental se utilizó para embellecer la presentación.8 Así, tan magníficamente concebida, la mascarada no estaba destinada a intérpretes comunes. Estaba compuesta, como dice Lord Bacon, para príncipes, y por príncipes se representaba.9 De estas mascaradas, la habilidad con que se diseñaban sus adornos y la gracia indescriptible con que se ejecutaban parecen haber dejado una impresión vívida en la mente de Jonson. Su genio se despierta de inmediato, y todas sus facultades se ponen al servicio de la vivacidad y el placer. Él aparece, como su propio Delight, ‘acompañado por la Gracia, el Amor, la Armonía, la Fiesta, el Juego y la Risas’.”

“En extraños nudos y laberintos así
Se enseñó primero a la Primavera a moverse;
Y Zefiro, cuando vino a cortejar
A su Flora, también tuvo que seguir esos movimientos10;

Y así aprendió Venus a dirigir
Las peleas idalias, y a caminar
como si fuera el viento quien caminara,
y no ella, sin aplastar ninguna flor ni doblar ningún tallo.”

Page 18

“Pero, ¿en qué”, dice Gifford, “fue miserable el gusto de esa época? En poesía, pintura y arquitectura, nunca se ha vuelto a alcanzar tal nivel; y no nos conviene juzgar negativamente el gusto de una época que contó con un grupo de escritores de los cuales incluso el más mediocre sería considerado hoy en día como un prodigio”. Malone no llegó a leer esta denuncia de sus objeciones contra esos “espectáculos torpes”; Warburton los califica de “tonterías”; Granger, de “representaciones miserables”; mientras que el señor Todd los considera simplemente “el humor de la época”.

Los mascarados solían ser espectáculos teatrales privados de las familias de nuestra nobleza, interpretados por las damas y caballeros sentados en sus asientos; y se organizaban de manera espléndida en ciertas ocasiones, como en la celebración de una boda o como homenaje a algún visitante importante. El Mascarada de Comus fue compuesto por Milton para celebrar la proclamación de Carlos I como Príncipe de Gales; una escena de este mascarada mostraba tanto el castillo como la ciudad de Ludlow, lo cual demuestra que, aunque nuestros pequeños teatros públicos aún no presentaban ninguna de las ilusiones escénicas que Davenant introduciría mucho tiempo después, estos efectos escénicos ya existían con gran perfección en los mascaradas. Las detalladas descripciones que Thomas Campion incluyó en su “Mascarada memorable”, como se le llama, nos convencerán de que el escenario debió de ser exquisito y fantasioso, y de que el poeta siempre fue un colaborador atento y preocupado del artífice encargado de los efectos escénicos, con quien, sin embargo, a veces tenía disputas.

El tema de este muy raro mascarada era “La noche y las horas”. Sería tedioso describir la primera escena con todo el detalle con el que el poeta la describió. Era un valle doble: por un lado, nubes oscuras suspendidas sobre él; por el otro, un valle verde, con árboles y nueve árboles dorados de quince pies de altura; desde ese bosque, hacia “el Estado”, es decir, la residencia del rey, había un amplio descenso hasta el lugar donde se bailaba. El pabellón de Flora estaba a la derecha, la casa de la Noche a la izquierda; entre ellos había una colina que colgaba como un acantilado sobre el bosque. El pabellón de Flora era espacioso.

Page 19

Adornada con flores y ramas floridas, con luces entre ellas; la casa de la Noche, amplia y majestuosa, con columnas negras salpicadas de estrellas doradas; en su interior, nada más que nubes y estrellas parpadeantes; mientras alrededor se colocaban, sobre alambres, murciélagos y búhos artificiales, en constante movimiento. Tan pronto como el rey entró en el gran salón, los oboes, desde el bosque en la cima de la colina, entretuvieron a los presentes, hasta que se vio a Flora y Zefiro ocupados recogiendo flores del arbusto, arrojándolas en cestas que sostenían dos silvanos, vestidos con tela de tafetán cambiante. La canción es ligera como sus dedos, pero su contenido es encantador:—

Ahora Flora ha saqueado sus arbustos
Para embellecer este lugar con flores;
¡Esparcidlas! ¡Esparcidlas!
Diferentes, muy diferentes flores tienen
Un valor especial para alguien querido;
¡Esparcidlas! ¡Esparcidlas!
Pero no hay nadie amigo de Flora
Que no alabe a la rosa;
¡Esparcidlas! ¡Esparcidlas!

No puedo dejar esta mascarada, cuya rareza conocen los coleccionistas, sin conservar una de esas delicadezas dóricas, de las cuales quizá ya hemos superado el gusto por ellas. Es un diálogo juguetón entre un silvano y una hora, mientras la Noche aparece en su casa, con su largo cabello negro adornado de oro, rodeada de sus horas; sus rostros son negros, y cada una lleva una antorcha negra encendida.

Silvano: Dime, dulce hora de la Noche,
¿En qué te deleitas más?

Hora: ¡No en el sueño!

Page 20

Silvan. ¿Y en qué, entonces?

Hour. ¡En la alegre visión de los hombres!

Silvan. ¿Amas la música?

Hour. ¡Oh! Es dulce.

Silvan. ¿Qué es lo que baila?

Hour. ¡Hasta la alegría de los pies!

Silvan. ¿Te deleitan las hadas y los elfos?

Hour. ¡Nosotras mismas somos de esa especie!
Pero, Silvan, dime, ¿por qué amas
solo frecuentar el bosquecillo?

Silvan. La vida está más llena de satisfacción
cuando el placer es inocente.

Hour. El placer debe variar, no permanecer mucho tiempo.
Vamos, terminemos y cierremos la canción.

Que el escenario móvil de estos Máscaras formaba una ilusión escénica tan perfecta como cualquier otra que nuestra época, con toda su perfección decorativa, haya logrado, no lo negarán quienes hayan leído los pocos Máscaras que se han impreso. Por lo general, ideaban una doble división del escenario: una parte quedaba oculta al espectador durante un tiempo, lo cual generaba sorpresa y variedad. Así, en el Máscara del Señor, en la boda del Palatino, el escenario se dividía en dos partes, desde el techo hasta el suelo; primero se descubría la parte inferior, donde aparecía un bosque en perspectiva; la parte más interna era de “relevo o completamente redonda”, y el resto estaba pintado. A la izquierda había una cueva, y a la derecha un matorral, de donde salía Orfeo. En la parte posterior del escenario, con la caída repentina de un telón, la parte superior se revelaba ante los espectadores: un cielo de nubes de todos los colores; las estrellas desaparecían de repente, las nubes se dispersaban; un elemento de fuego artificial se movía alrededor de la casa de Prometeo: una nube brillante y transparente, que llegaba…

Page 21

Desde los cielos hasta la tierra, de donde descendían los ocho enmascarados al ritmo de una canción completa; y al final de su descenso, la nube se dividió en dos, y una de sus partes, como empujada por el viento, fue arrastrada por toda la escena. Mientras esa nube desaparecía, la parte inferior de la escena, que era el bosque, cambiaba insensiblemente: se abría una vista en perspectiva, con pórticos a cada lado, y estatuas femeninas de plata, acompañadas de adornos arquitectónicos, que llenaban el extremo de la casa de Prometeo; parecían todas obras de orfebrería. Las mujeres de Prometeo descendían de sus nichos, hasta que la ira de Júpiter las volvía de nuevo en estatuas. También es evidente que el tamaño del proscenio, o escenario, correspondía a la magnificencia de la escena; pues encuentro descripciones de coros y de medios para transmitir la música, como un eco, ejecutados por más de cuarenta voces e instrumentos diferentes en distintas partes de la escena. Los adornos arquitectónicos eran el orgullo de Inigo Jones; algo así no podía ser trivial.

“Supongo”, dice el autor de este mascarado, “que pocos han visto nunca una artesanía tan exquisita como la que mostró el maestro Inigo Jones al idear el movimiento de esos elementos; quien, al igual que todo lo demás de esta invención, demostró una laboriosidad y habilidad extraordinarias. Aunque esto no quede tan bien reflejado por escrito como lo estaba a simple vista, eso no le quita sus méritos, sino que la culpa debe atribuirse a mi incapacidad para comprender adecuadamente sus instrucciones, por mi admiración hacia su arte”. No aparece en ninguna corrección si esta expresión tan enérgica debe considerarse simplemente decorativa; pero el sentimiento de admiración entre los espectadores de aquel día era intenso; estaban tanto asombrados como encantados. Las descripciones en prosa de escenas hechas por Ben Jonson en sus propios mascarados exquisitos, como señala Gifford, “son singularmente audaces y hermosas”. En una carta que descubrí, cuyo autor había estado presente en uno de estos mascarados y que Gifford ha conservado, el lector puede ver al gran poeta trabajando ansiosamente junto a Inigo Jones en la creación de esos mecanismos. Jonson, antes de que pudiera realizarse un sacrificio, giró la esfera terrestre que se encontraba detrás del altar. En esa esfera “el mar estaba representado…”.

Page 22

Realzadas por olas plateadas, que se erguían, o más bien colgaban (pues no se veía eje alguno que las sostuviera), y al girar suavemente revelaban la primera Máscara”, etc. Este “girar suavemente” producía un efecto muy mágico, y el gran poeta confiaba en ninguna otra mano que en la suya propia.

Sin embargo, parece que, así como ningún autor de máscaras igualaba a Jonson, tampoco había maquinista que pudiera competir con Inigo Jones. A veces he escuchado los lamentos de algún poeta desafortunado, cuyas hermosas fantasías se arruinaban por culpa del torpe maquinista. Uno dice: “El orden de esta escena estaba dispuesto con cuidado e ingenio, y puesta en práctica con éxito (en cuanto a los movimientos) por el carpintero principal del rey”; pero añade: “debo decir que los pintores, sin querer desacreditarlos, dieron poca coloración a nada, atribuyendo gran parte del espíritu de estas escenas a su pincel”. Campion, en una de sus máscaras, describiendo cómo los árboles debían hundirse suavemente, etc., mediante un mecanismo situado bajo el escenario, y al hundirse abrirse para que los personajes aparecieran en lo alto de ellos, etc., agrega esta nota vengativa al margen: “Ya sea por simplicidad, negligencia o conspiración del pintor, la desaparición de los árboles resultó algo precaria, aunque ese mismo día habían sido mostrados con gran admiración y se dejaron allí hasta la misma noche”; es decir, se ensayaron correctamente durante los ensayos, pero fallaron en la representación, lo cual debió desconcertar a los nueve personajes en lo alto de esos nueve árboles. Pero tales accidentes eran solo contratiempos que entorpecían las fantasías del poeta: no perjudicaban en realidad la magnificencia, el esplendor y el mundo fantástico que se ofrecía a los espectadores. El carácter de estas máscaras era tan poco conocido que todos nuestros críticos parecían cometer errores repetidos, y las consideraban, como sospechaba Campion que hacían sus pintores, “ya sea por simplicidad, negligencia o conspiración”. Hurd, un crítico frío y sistemático, pensó que podía preferir con seguridad la Máscara de La Tempestad, ya que “humillaba a todas las máscaras de Jonson, no solo en su estructura, sino también en el esplendor de su presentación”; “la cual”, añade Gifford, “fue bailada y cantada por los artistas habituales al son de un par de violines, quizás desde el balcón del escenario”. Tal

Page 23

¡Ese es el destino de la crítica sin conocimiento! Y ahora, para cerrar nuestros Máscaras, permítanme emplear el estilo contundente del propio Ben Jonson: “La gloria de todas estas solemnidades había perecido como una llama, y se había extinguido ante los ojos del espectador; ¡tan efímeros son los cuerpos de todas las cosas en comparación con sus almas!”13

2 Sir Philip Sidney, en su “Defensa de la poesía”, de 1595, alude a la costumbre de escribir sobre el escenario la supuesta localidad de cada escena, y pregunta: “¿Qué niño, al ir a ver una obra y ver escrito ‘Tebas’ en letras grandes en una puerta antigua, cree que realmente se trata de Tebas?”. Incluso en la representación de “El asedio de Rodas” de Davenant (alrededor de 1656), se continuó con esta costumbre, y así se describe en la edición impresa de la obra: “En medio del friso había un compartimento en el que estaba escrito ‘Rodas’”. En muchos casos, al espectador le correspondía deducir la localidad de la escena a partir del diálogo. “Ahora”, dice Sidney, “verán a tres damas paseando para recoger flores; entonces debemos creer que el escenario es un jardín. Poco después oímos noticias de un naufragio en el mismo lugar; entonces seríamos culpables si no lo consideráramos una roca”. En “La doncella casta” de Middleton, de 1630, cuando la escena cambia a un dormitorio, “se coloca una cama en el escenario, con la esposa de Alwit en ella”; este sencillo procedimiento se lograba empujándola a través de las cortinas que colgaban en la entrada al escenario, el cual en aquel entonces sobresalía hacia la zona destinada al público.

3 La obra “Piramo y Tisbe”, interpretada por los payasos en “Sueño de una noche de verano” de Shakespeare, está sin duda construida como una burla de los personajes de los Máscaras cortesanas, que a veces resultaban tan difíciles de comprender para el público como “los payasos de Atenas”, según lo expresado por Wall y Moonshine.

4 Es gracias a un gran poeta como Ben Jonson que, sin tener que molestar al lector para que consulte sus obras, podemos presentar su propia descripción de estos personajes, para demostrar que no eran las “alegorías confusas” que afirma Granger; tampoco eran inapropiados para el Máscara de Navidad para el cual fueron creados. Minced-Pie iba vestida “como la esposa de un buen cocinero, elegantemente vestida, mientras su esposo llevaba una tarta, un plato y una cuchara”. Baby-Cake iba “vestido como un niño, con un abrigo largo, un babero, un pañuelo y un pequeño puñal; su acompañante llevaba una gran tarta, con un guisante y un garbanzo”; estos últimos elementos indicaban aquellos que generalmente se incluían en…

Page 24

El pastel de Navidad, que, al cortarse en rebanadas y distribuirse, indicaba, por la presencia de un guisante, quién debía ser el rey; la rebanada con un guisante hacía lo mismo para la reina. Ninguno de estos personajes hablaba, pero formaban parte del espectáculo que describía Papá Noel. El talento inventivo de Jonson nunca fue más evidente que en la creación de máscaras cortesanas.

5 La primera obra en la que participaron estos dos grandes hombres fue “La Máscara de la Oscuridad”, representada en Whitehall en Nochebuena de 1603; su realización costó casi 10.000 libras, según el valor monetario actual.

6 La música de “Coranto” de Whitelocke se conserva en la “Historia de la Música” de Hawkins. ¿Sería posible restaurarla como vals para las damas?

7 Se trataba de “Chloridia”, una máscara representada por la reina y sus damas de la corte en Cuaresma de 1630; en la portada de esta obra se indica “los inventores: Ben Jonson, Inigo Jones”. Debido a la influencia de Inigo, Jonson perdió para siempre su puesto en la corte, siendo reemplazado por otros poetas designados por el arquitecto, entre ellos Heywood, Shirley y Davenant.

8 “La Memorable Máscara” de George Chapman, representada en Whitehall en 1630 por los caballeros del Middle Temple y Lincoln’s Inn, costó a esta última institución casi 2000 libras por su parte de los gastos.

9 Ben Jonson registra los nombres de las damas y caballeros nobles que interpretaron sus creaciones en la corte.

10 Las figuras y acciones de los bailarines en las máscaras se denominaban “movimientos”.

11 Memorias de Jonson, p. 88.

12 Véase Gifford’s Jonson, vol. vii, p. 78. Esta representación tuvo lugar en “La Máscara de Himeneo”, presentada en la corte en 1605, con motivo de la boda del conde de Essex con la hija del conde de Suffolk.

13 El esplendor acabó arruinando estas obras; terminaron siendo espectáculos llenos de vestidos lujosos y maquinaria costosa, pero la poesía no estaba relacionada con ellas. Los años jóvenes de Luis XIV las elevaron a un nivel de lujo excesivo, para luego hacer que cayeran en el olvido para siempre.

Page 25

DE DES MAIZEAUX, Y LA HISTORIA SECRETA DE LOS MANUSCRITOS DE ANTHONY COLLINS.

Des Maizeaux fue un hombre literario activo en su época; sus relaciones con Bayle, St. Evremond, Locke y Toland, además del hecho de que fuera miembro de la F.R.S., hicieron que los biógrafos incluyeran su nombre entre los “hombres ilustres”. De su vida privada no parece saberse nada. Al tener algo importante que comunicar respecto a uno de sus amigos, de carácter mucho más destacado, con cuyo destino estaba relacionado, incluso Des Maizeaux se convierte en objeto de nuestra investigación.

Era uno de aquellos refugiados franceses a quienes la locura política o la desesperación por la intolerancia habían llevado hasta nuestras costas. La proscripción de Luis XIV, que nos proporcionó trabajadores hábiles en el sector de la seda, también generó una clase de desempleados que no resultaron tan expertos en el arte de la encuadernación; entre ellos estaban Motteux, La Coste, Ozell, Durand y otros. Nuestro autor llegó en esa etapa delicada de la juventud, justo a tiempo para convertirse en medio inglés; era tan diestro en los idiomas de las dos grandes naciones literarias de Europa, que, cada vez que tomaba la pluma —como se puede observar en sus manuscritos, que he examinado—, era pura casualidad lo que determinaba si escribiría en francés o en inglés. Aunque no componía con genio ni siquiera con gusto, ni con viveza ni fuerza, la sencillez y fluidez de su estilo eran suficientes para los fines de un comerciante versado en todos los detalles literarios: anécdotas literarias, citas curiosas, notas sobre…

Page 26

Libros oscuros, y todo ese material que debe formar parte de la historia de la literatura, sin llegar a constituir una verdadera historia. Esas pequeñas cosas, que por sí solas eran bastante interesantes, sin ninguna conexión con nada más, se volvían triviales cuando adoptaban la forma de detalles excesivamente minuciosos; y Des Maizeaux llegó a pensar que lo único necesario para escribir las vidas de los hombres geniales eran las anécdotas. Con este tipo de talento, escribió una extensa biografía de Bayle, en la cual relató todo lo que pudo; y no hay nada más tedioso ni curioso: pues, aunque omitir algo sea un grave defecto que demuestra una falta de capacidad para desarrollar el carácter del personaje y esa simpatía que da inspiración a las páginas de la biografía, admitirlo todo tiene esta ventaja: ¡nos aseguramos de encontrar lo que buscamos! Warburton describe con crudeza a nuestro Des Maizeaux en una de esas cartas dirigidas al Dr. Birch, escritas en la época apasionada de sus estudios, con la vivacidad impaciente de su genio: “Casi todos los biógrafos que tuvimos antes que Toland y Des Maizeaux son, en verdad, criaturas extrañas e insípidas; y, sin embargo, preferiría leer al peor de ellos antes que tener que leer esta biografía de Milton o la otra de Boileau; donde hay una secuencia tan aburrida y pesada de largas citas de pasajes poco interesantes, que su método resulta realmente nauseabundo. Pero ese francés prolijo y sin gusto parece haber establecido como principio que toda biografía debe ser un libro; y, lo que es peor, parece ser un libro sin vida propia; porque, al final, ¿qué sabemos de Boileau después de todo ese material tedioso?”

Des Maizeaux trabajaba mucho para los libreros holandeses, que en aquel entonces eran los grandes monopolistas en el mercado literario europeo. Les suministraba las “novedades literarias” provenientes de Inglaterra; pero el precio por página era muy bajo en aquellos tiempos. He visto estados de cuentas anuales de Des Maizeaux en los que una línea costaba cuatro o cinco libras; y, sin embargo, él enviaba las “novedades” tan pronto como el correo podía transportarlas. Mantenía una correspondencia confidencial con esos grandes libreros holandeses, quienes recurrían a él en sus dificultades; y parece que más bien les ayudaba a ellos que a sí mismo. Pero si solo recibía unos pocos…

Page 27

Florines en Rotterdam; las mismas “nouvelles littéraires” le procuraban a veces valiosos amigos en Londres. Pues en aquellos tiempos, que quizás vuelven a repetirse hoy, un autor inglés solía recurrir a una revista extranjera en busca de elogios que no lograba obtener en su propio país. He descubierto, en más de una ocasión, que, al igual que otros productos contrabandeados, el artículo extranjero era a menudo de fabricación nacional.

Cito uno de estos curiosos casos de dificultades bibliopólicas. Sauzet, librero en Rotterdam, que juzgaba con demasiada severidad para el bienestar de sus autores, parece haber siempre tenido gusto por crear una nueva “revista”. Atormentado por la excelencia ideal que concebía para tal obra, le molestaba no poder encontrar a los colaboradores adecuados. Una vez decepcionado con la ayuda que esperaba de un escritor talentoso, prefería aceptar a uno de quien se avergonzaba, pero establecía condiciones muy extrañas. Confesó este precioso secreto literario a Des Maizeaux. Traduzco de su carta manuscrita:

“Le envío, querido señor, cuatro hojas de la continuación de mi revista, y espero que esta segunda parte salga mejor que la anterior. El autor se considera una persona muy capaz; pero debo decirle francamente que es un hombre sin erudición y sin ningún criterio crítico. Escribe bastante bien y expresa sus ideas de forma aceptable; pero eso es todo. Dado que el señor Van Effen no cumplió sus promesas de hacer realidad mis esperanzas en esta ocasión, la necesidad me obligó a recurrir a él; pero solo por seis meses, y bajo la condición de que, bajo ninguna circunstancia, permitiera que nadie supiera que él era el autor de la revista. Pues solo su nombre sería suficiente para desacreditar incluso un libro aceptable. Como usted es uno de mis amigos, le confiaré en secreto el nombre de este autor: es el señor De Limiers. Como ve, mi interés radica en que el autor no sea conocido”. Este anécdota se presenta gratuitamente a los editores de ciertas revistas, como una útil pista para que hagan lo mismo.

Page 28

La relación con algunos de sus propios escritores: pues suelen ser los De Limiers quienes gastan sus últimas fuerzas difundiendo el nombre propio por toda la ciudad.

En Inglaterra, Des Maizeaux, como hombre de letras, resultó de gran utilidad para otros literatos, y en particular para personas de alto rango; encontró patrocinio y una pensión, muy moderada, al igual que sus talentos. Amigo de los hombres de letras, vivió entre ellos, desde “Orator” Henley hasta Addison, Lord Halifax y Anthony Collins. Encuentro una descripción curiosa de nuestro Des Maizeaux en la letra de Edward, Conde de Oxford, a cuyo padre (el Conde de Oxford de Pope) y a él mismo la nación debe los tesoros de Harleian. Su señoría es un crítico con altos principios tory y concepciones religiosas estrictas. “Este Des Maizeaux es un gran hombre entre aquellos que gustan de llamarse librepensadores, especialmente con el señor Anthony Collins; recopila pasajes de libros para sus escritos. Su ‘Vida de Chillingworth’ fue escrita para complacer a ese grupo de personas”. La historia secreta que voy a relatar concierne a Anthony Collins y a Des Maizeaux. Algunos apasionados de los libros se interesarán por la historia personal de un autor al que conocen bien, pero que hasta ahora ha permanecido desconocida. Él cuenta su propia historia en una especie de petición epistolar dirigida a un noble amigo, algo típico de un autor que no puede considerarse desprovisto de patrocinio, pero cuyo nombre, tras todos sus trabajos arduos, podría incluirse en mi “Calamidades de los autores”.

En esta carta anuncia su intención de publicar un diccionario similar al de Bayle; habiendo escrito la vida de Bayle, el siguiente paso era convertirse él mismo en un Bayle; tan breve es el paso de la ilusión literaria. Había publicado, como muestra, las vidas de Hales y Chillingworth. Se queja de que sus circunstancias no le han permitido avanzar con esa obra ni digerir los materiales que había recopilado.

Una obra de esa naturaleza requiere una dedicación constante, libre de las preocupaciones y ocupaciones propias de todas aquellas personas obligadas a buscar su sustento. He tenido la desgracia de pertenecer a ese grupo de personas, y ahora estoy reducido a una pensión del sistema irlandés, de la cual, después de deducir el impuesto…

Page 29

Cuatro chelines por libra, más otros gastos, me permiten ganar unos 40 libras al año en nuestra moneda inglesa. Esta pensión me fue concedida en 1710, y se lo debo principalmente a la amistad del señor Addison, quien en aquel entonces era secretario del conde de Wharton, lugarteniente general de Irlanda. En los años 1711, 1712 y 1714 fui nombrado uno de los comisionados de la Lotería gracias a la influencia del lord Halifax. Y eso es todo lo que recibí jamás del gobierno, aunque tenía algún derecho a la gracia real; pues en 1710, cuando los enemigos de nuestra constitución trataban de destruirla, escribí un panfleto titulado “Lethe”, que se publicó en Holanda y posteriormente fue traducido al inglés y impreso dos veces en Londres; al ser reimpreso en Dublín, resultó tan ofensivo para el gobierno irlandés que fue quemado por manos del verdugo. Pero así son las cosas: después de haber demostrado en todas las ocasiones mi celo por la familia real y de haber intentado ser útil al público a través de varios libros publicados, tras cuarenta años en Inglaterra y a una edad avanzada, me encuentro a mí y a mi familia sin un sustento suficiente, sufriendo dolores de cabeza y problemas de visión debido al constante estudio. Estoy seguro, mi señor, añade, de que si la reina, a quien fui presentado en ocasión de la traducción francesa de Thuanus, conociera mi actual situación, estaría dispuesta a brindarme algún alivio.

Entre los amigos literarios confidenciales de Des Maizeaux, tuvo el honor de contar con Anthony Collins, un gran amante de la literatura y un hombre de gran talento. A través de una correspondencia continua con nuestro Des Maizeaux, lo trató como a un amigo y lo empleó como su agente en sus asuntos literarios. Estos últimos estaban siempre ocupados en formar una amplia biblioteca, y Collins era un verdadero amante de los libros, hasta el punto de redactar el catálogo con su propia pluma. Anthony Collins escribió varias obras conocidas sin firmarlas; pero al llevar demasiado lejos sus investigaciones sobre algunos temas oscuros y polémicos, se ganó el odio de los llamados “librepensadores”, término que comenzó a usarse en aquel entonces y que los franceses adoptaron traduciéndolo como “esprit fort”, es decir, un pensador fuerte. Cualquiera que sea la tendencia a “liberalizar” la mente de los dogmas y credos en estas obras, los talentos y el conocimiento de Collins eran de primera clase. Su moral era impecable y su carácter personal independiente; pero el odio teológico de aquellos tiempos encontró todos los medios posibles para atacarlo en la oscuridad, hasta que ese odio se volvió hereditario.

Page 30

Con algunos… Mencionaré un hecho de esta cruel intolerancia, que ocurrió bajo mi propia observación, en relación con uno de los hombres más distinguidos de esa época. El difunto Sr. Cumberland, en la obra titulada “Su vida”, relató este hecho extraordinario: el Dr. Bentley, quien respondió tan hábilmente con sus “Comentarios”, bajo el nombre de Phileleutherus Lipsiensis, al “Discurso sobre el libre pensamiento” de Collins, descubrió muchos años después que este se encontraba en una situación muy difícil. Al pensar que, al haber arruinado para siempre la reputación de Collins como escritor, él mismo era la causa de su miseria personal, decidió contribuir generosamente a su sustento. En vano le mencioné a ese elegante escritor, que no mostraba interés por los hechos reales, que esa persona no podía ser Anthony Collins, quien siempre contó con una gran fortuna. Y cuando se le sugirió que ese “A. Collins”, tal como lo escribía, debía ser Arthur Collins, el compilador histórico que a menudo tenía dificultades económicas, él insistió en transmitir esa mentira a las generaciones futuras, sin hacer ninguna modificación en su segunda edición. Le dijo a un amigo mío que “la historia, aunque bien contada, podía servir como un ejemplo destacado de la generosidad de su pariente; y que debía permanecer tal cual, ya que no causaba daño a nadie más que a Anthony Collins, a quien consideraba casi un ateo”. ¡Eso es todo sobre este fraude piadoso! Pero hay que recordar que ese Anthony Collins era amigo cercano de Locke, de quien Locke dijo, en su lecho de muerte, que “Collins era un hombre a quien valoraba en el primer lugar entre aquellos que dejaba atrás”. Las últimas palabras de Collins en su lecho de muerte fueron: “Estaba convencido de que iba al lugar que Dios había destinado para aquellos que lo aman”. La causa de la verdadera religión nunca será beneficiada por el uso de instrumentos tan defectuosos como las calumnias intencionadas de Cumberland, las cuales, al final, se revelarán como meras ficciones vacías, como ocurre en este caso.

Ocurrió una circunstancia extraordinaria con la muerte de Anthony Collins. Dejó tras de sí una cantidad considerable de sus propios manuscritos; uno de ellos estaba compilado en ocho volúmenes en formato octavo.

Page 31

Para protegerlos del destino común de los manuscritos, los legó todos y los confió al cuidado de nuestro Des Maizeaux. La elección de Collins es un reflejo del honor del carácter de Des Maizeaux, pero él resultó ser indigno de ello. Se dejó llevar por la traición, influenciado por el ferviente deseo de la viuda y, quizás, también por las artimañas del señor Tomlinson, quien parece haber sido introducido en la familia por recomendación del decano Sykes; a quien finalmente sustituyó, y a quien la viuda, para salvar su reputación, se vio obligada a descartar posteriormente. En un momento de imprudencia, renunció a este precioso legado de manuscritos y aceptó cincuenta guineas como regalo. Pero si bien Des Maizeaux perdió su honor en esta transacción, en el fondo era un hombre honesto que solo se desvió por un instante; su conciencia pronto despertó y experimentó las más intensas penas de conciencia. Fue en un paroxismo de este tipo cuando dirigió la siguiente carta a un amigo en común del difunto Anthony Collins y suyo propio.

6 de enero de 1730.
Señor,
Me alegra mucho saber que ha venido a la ciudad. Y como usted es mi mejor amigo, ahora que he perdido al señor Collins, permítame abrirle mi corazón y pedirle su ayuda en un asunto que afecta profundamente tanto al honor y reputación del señor Collins (su amigo) como a la mía propia. En pocas palabras, la situación es la siguiente: el señor Collins, en su testamento, me dejó sus manuscritos. El señor Tomlinson, quien primero me informó al respecto, me dijo que la señora Collins estaría contenta de tenerlos, y yo se los entregué; ella, a su vez, tuvo la amabilidad de darme cincuenta guineas. Al mismo tiempo, le pedí que se asegurara de que los manuscritos quedaran guardados de forma segura, lo cual prometió hacer. Esto ocurrió el 25 del mes pasado. El señor Tomlinson, quien se encargó de todo esto, estuvo presente. Ahora, tras reflexionar más sobre el asunto, me doy cuenta de que he cometido una acción muy perversa. Estoy convencido de haber traicionado la confianza de una persona que, durante veintiséis años, me ha demostrado constantemente su amistad y confianza. Estoy seguro de haber actuado en contra de la voluntad e intención de mi querido difunto amigo; mostré desprecio por el especial respeto que me había demostrado en aquella ocasión; en resumen, he perdido lo que es más valioso para mí que mi propia vida: el honor y la reputación.

Page 32

Estos pensamientos melancólicos han dejado en mí una impresión tan profunda, que le aseguro que no puedo disfrutar de ningún descanso; me persiguen por todas partes, día y noche. Le ruego encarecidamente, señor, que exponga mi desdichada situación a la señora Collins. Actué con toda la sencillez y rectitud de mi corazón; consideré que los manuscritos estarían tan seguros en manos de la señora Collins como en las mías; que ella estaba tan obligada a protegerlos como yo mismo; y que, dado que la biblioteca le había sido dejada a ella, era lógico que los manuscritos fueran con ella. Además, pensé que no podía hacer demasiado para satisfacer el deseo de una dama a quien debo tanto. Pero ahora veo claramente que esto no cumple la voluntad del señor Collins, y que los deberes de nuestra conciencia son superiores a cualquier otro consideramiento. Sin embargo, está en su poder perdonar y corregir lo que hice imprudentemente, aunque fuera con buenas intenciones. Estoy seguro de que su alto sentido de la virtud y la generosidad no la dejarán aprovecharse de mi debilidad; y el tierno respeto que siente por la memoria del mejor de los hombres y del más afectuoso de los esposos no permitirá que sus intenciones se frustren, ni que ella sea el instrumento para violar lo que es más sagrado. Si nuestro difunto amigo hubiera querido que sus manuscritos permanecieran en sus manos, sin duda los habría dejado allí en su testamento; su acción en contra es una prueba evidente de que esa no era su intención. Todo esto pretendía exponérselo de la manera más respetuosa; pero usted lo hará infinitamente mejor que yo en este estado de distracción mental; y confío en que el mutuo respeto y amistad que ha existido durante tantos años entre el señor Collins y usted le harán aceptar con gusto todo lo que contribuya a honrar su memoria. Le envío las cincuenta guineas que recibí, las cuales ahora considero como el salario de la iniquidad; y deseo que se las devuelva a la señora Collins, quien, espero por su justicia, equidad y respeto por las intenciones del señor Collins, estará dispuesta a cancelar mi deuda. Atentamente,
P. Des Maizeaux.

Los manuscritos nunca fueron devueltos a Des Maizeaux; siete años después, la señora Collins, que parecía ser una dama muy decidida, le escribió la siguiente carta sobre un informe según el cual había permitido que se difundieran copias de esos mismos manuscritos. Esto provocó una intensa correspondencia entre ambas partes.

10 de marzo de 1736-37.
Señor,
He esperado tanto tiempo con la esperanza de que ya habría ido a ver al decano Sykes, como dijo el señor B. Lucy que tenía intención de hacer, para poder tener alguna satisfacción respecto a una decisión muy injusta…

Page 33

Reproche: es decir, que yo, o alguien en quien confiaba, habíamos entregado algunas de las transcripciones o manuscritos del señor Collins en manos del obispo de Londres. Por lo tanto, ya que usted no ha estado con el decano como se esperaba, no puedo sino preguntarle cuál era su autoridad para hacer tal afirmación; o sobre qué bases sostuvo que esas transcripciones se encuentran en poder del obispo de Londres. Estoy decidida a averiguar las causas de tal informe; y usted no puede ser amigo mío, ni amigo del señor Collins, ni amigo de la justicia, si se niega a informarme sobre qué fundamento tenía para tal acusación. Deseo una respuesta muy rápida a esto. Soy, señor, su servidora,
Eliz. Collins.

Al señor Des Maizeaux, en su residencia junto al cementerio de los cuáqueros, Hanover Street, en Long-Acre.

A la señora Collins.
14 de marzo de 1737.
He tenido el honor de recibir su carta del día 10 del mes pasado, y como veo que algo ha sido malinterpretado, le ruego permiso para aclarar este asunto.
Hace poco, estando con algunas personas distinguidas, les conté que se había dicho que algunos de los manuscritos del señor C. habían caído en manos de extraños, y que me complacería recibir de usted información que me permitiera refutar ese rumor. No pude averiguar qué motivó esa suposición, ni a qué manuscritos se referían; así que me quedé con mis propias conjeturas, las cuales, tras una seria consideración, me llevaron a creer que podían referirse a los manuscritos en ocho volúmenes en formato 8vo, de los cuales existe una transcripción. Pero como el original y la transcripción están en su poder, si tiene la amabilidad, señora, de compararlos, podrá comprobar fácilmente si ambos están completos y perfectos, o si falta algo en alguno de ellos. De esta manera, podrá asegurarse a sí misma y satisfacer a sus amigos de que varios documentos importantes están a salvo en sus manos, y de que el rumor es falso e infundado. Todo esto lo ofrezco por el profundo respeto que siempre he sentido por usted y por la memoria del señor Collins, a quien he procurado hacer justicia en todas las ocasiones, especialmente en las memorias utilizadas en el Diccionario General; y espero que mi sincera preocupación por su reputación quede aún más de manifiesto cuando publique su biografía.

6 de abril de 1737.
Señor,
Mi mala salud me ha impedido responder antes a su carta, de la cual esperaba obtener alguna explicación respecto a su acusación, en la que me siento profundamente afectada. Ahora me dice que tuvo que recurrir a sus propias conjeturas para saber a qué manuscritos se refería el rumor de que habían caído en manos de extraños, y que, tras una seria…

Page 34

Le ruego que me aclare muy explícitamente quiénes fueron las personas que le informaron al respecto y de quién recibió esta información. Usted sabe que el señor Collins dejó tras de sí varios manuscritos; ¿qué motivos tuvo para suponer que se trataba de los manuscritos en ocho volúmenes, y no de cualquier otro manuscrito del cual existiera una transcripción? Le pido que sea muy claro y me diga qué extraños le mencionaron; y por qué dijo el obispo de Londres, si su informante le habló de un extraño. Estoy tan preocupada por esto que debo repetirlo: si realmente tiene ese profundo respeto por el señor Collins que afirma tener, espero que me ayude a esclarecer esta acusación, que es tan insultante para él.

Atentamente,

Su sirvienta,
Eliz. Collins.

A la señora Collins:

Me ilusionaba pensar que mi última carta la habría satisfecho, pero tengo la mortificación de comprobar que mis esperanzas fueron vanas. Por lo tanto, le ruego una vez más que permita corregir este asunto. Cuando le conté lo que se había informado, actué, como creí, como un verdadero amigo, al ponerla al corriente de que algunos de sus manuscritos habían sido robados, para que pudiera examinar un hecho que a mí me parecía de la mayor importancia; y realmente creo que cualquiera en mi lugar habría esperado agradecimiento por tal información amistosa. Pero en lugar de eso, me encuentro presentado como un enemigo, y se me exige que presente pruebas y testigos de algo que surgió en una conversación, un simple rumor, como si en esos casos la gente mantuviera un registro de lo que escucha, anotando los nombres de las personas que hablaron, la hora, el lugar, etc., y tuviera a personas listas para testimoniar todo ello, etc. Debo admitir que nunca pensé en algo así, y cada vez que oía que algunos de mis amigos sufrían alguna pérdida, consideraba mi deber informarles de tales rumores, para que pudieran investigar el asunto y ver si había algún fundamento en ellos. Pero nunca me preocupé por los nombres de las personas que hablaron, ya que era algo completamente innecesario e inútil.

Permítame además señalar que usted no tiene ninguna relación con este asunto, como parece temer. Supongamos que algunos manuscritos han sido sacados de su biblioteca: ¿quién dirá que usted debe cargar con la culpa? ¿Qué hombre sensato, que tenga el honor de conocerla, dirá que usted dio su consentimiento a algo así, que estaba al tanto de ello? ¿Cómo puede entonces asumir una acción de la que ni fue informada ni dio su consentimiento? ¿Acaso no ocurren tales cosas todos los días, y los perjudicados no se sienten agraviados o maltratados cuando se habla de ellos? ¿Es imposible ser traicionado por alguien en quien confiamos?

Usted llama a lo que le conté un rumor, una conjetura; yo digo que es una información, y habla de informantes como si hubiera una conspiración en la que yo recibí esa información. Pensé que tenía el honor de ser mejor conocido por usted. El señor Collins me quería y me respetaba por mi integridad y sinceridad.

Page 35

que tenía varias pruebas; cómo fui arrastrado a hacerle daño, a perder la buena opinión que tenía de mí, y lo cual, de estar él vivo ahora, me expondría merecidamente a su más absoluto desprecio, es una pena que llevaré a la tumba. Sería una especie de consuelo para mí si aquellos que consentieron en que yo fuera arrastrado tuvieran, hasta cierto punto, conciencia de su culpa hacia un hombre tan bueno, amable y generoso.

Así encontramos que, siete años después de que Des Maizeaux traicionara imprudentemente su sagrado cargo, su remordimiento seguía vigente; y la sinceridad de su dolor está atestiguada por el conmovedor estilo con el que lo describe: el espíritu de su difunto amigo parecía rondar a su alrededor y, en su imaginación, perseguirlo hasta la tumba.

La naturaleza de estos manuscritos; la causa del ferviente deseo de la viuda de conservarlos; la evidente hostilidad de su conducta hacia Des Maizeaux; y si estos manuscritos, que constan de ocho volúmenes en octavo junto con sus transcripciones, fueron destruidos o siguen existiendo, son todas circunstancias que mis investigaciones hasta ahora no han podido determinar.

14 Van Effen fue un escritor holandés de cierto mérito, y uno de un grupo literario formado por hombres ingeniosos, como Sallengre, St. Hyacinthe, Prosper Marchand, etc., que dirigían una revista muy notable para aquellos tiempos, publicada en La Haya bajo el título de “Journal Littéraire”. Todos ellos escribían en francés; y Van Effen realizó las primeras traducciones de nuestra “Guardiana”, “Robinson Crusoe” y “La historia de un barril”, etc. Hizo algo más, pero no mejor; intentó imitar al “Spectator” en su “El misántropo”, de 1726, obra que muestra una imagen de las costumbres poco interesantes de una nación a la que no logró dar mucha vida.

De Limiers tiene su nombre incluido en nuestros diccionarios biográficos. Un autor no puede escapar a la fatalidad del alfabeto; sus numerosos males están registrados. Se dice que, si no hubiera sido tan codicioso, habría demostrado poseer algún talento.

15 Descubro que la pensión nominal era de 3 chelines y 6 peniques por día en la lista civil irlandesa, lo que equivale a más de 63 libras al año. Si una pensión se concede como recompensa, parece una burla que los ingresos se reduzcan de tal manera, costumbre cruel que aún persiste.

Page 36

16 Esta carta, o petición, fue escrita en 1732. En 1743 logró que su pensión fuera asignada al seguro de vida de su esposa, y murió en 1745.

Fue investido como miembro de la cámara privada de Su Majestad en 1722—Sloane MSS. 4289.

17 Existe un catálogo impreso de su biblioteca.

18 Esta información proviene de una nota encontrada entre los papeles de Des Maizeaux; pero no tengo forma de comprobar su veracidad.

HISTORIA DE LAS NUEVAS PALABRAS.

La neología, o la novedad de palabras y frases, es una innovación que, dada la riqueza de nuestro idioma actual, el filólogo inglés se muestra muy reacio a permitir; pero existen puritanos o exigentes en cuanto al inglés, excesivamente meticulosos. La creación fantástica de palabras por afectación o capricho dejará de circular debido a su propia naturaleza defectuosa; pero, ¿debemos rechazar entonces las palabras de excelente calidad y solidez? No existe una casa de moneda para las palabras, y no constituye un delito según la ley inventar una expresión ingeniosa o audaz sin la autorización del señor Todd. Cuando un hombre de genio, en el calor de sus investigaciones o sentimientos, crea una palabra peculiar, probablemente transmita más precisión o energía que cualquier otra palabra ya establecida; de lo contrario, no es más que un pretendiente ignorante.

Julio César, quien, a diferencia de otros grandes capitanes, era experto tanto en palabras como en estrategias militares, escribió un extenso tratado sobre la “analogía”, en el cual ese gran…

Page 37

El genio aconsejaba “evitar toda palabra inusual como si fuera una roca”. El cauteloso Quintiliano, como era de esperar, se oponía a toda innovación en el lenguaje. “Si la nueva palabra es bien recibida, su gloria es escasa; si es rechazada, provoca risa”. Esto solo demuestra la escasez de sentimientos por parte de Quintiliano en este tipo de situaciones. El gran legislador de las palabras, que vivió cuando su propio idioma estaba en su apogeo, parecía indeciso, pero defendió esta libertad. “¿Acaso lo que los romanos permitieron a Cécilio y a Plauto debe ser negado a Virgilio y a Vario?”. La respuesta a esta pregunta podría no ser favorable para quien la plantea. Mientras un idioma está en formación, se aplaude a los escritores por ampliar sus límites; una vez establecido, se les alaba por respetarlos. Pero eso supone que puede existir un idioma perfecto. El buen sentido y la observación de Horacio le hicieron darse cuenta de que pueden haber ocasiones en las que la necesidad hace que sea necesario inventar nuevas palabras:

———Si forte necesse est
Indiciis monstrare recentibus abdita rerum.

Si escribes sobre cosas complejas o nuevas, podrías utilizar algunas palabras que hayas inventado tú mismo; pero hazlo con moderación y discreción.

Roscommon.

Pero el criterio de Horacio para decidir si una nueva invención es aceptable, o el estándar según el cual debe ser evaluada, no sirve de ayuda al inventor de palabras:

———Licuit, semperque licebit,
Signatum præsente nota procudere nummum.

Page 38

Esta nota presente, o sello público, nunca puede ser aplicada a ninguna nueva palabra creada: pues muchas de las que se aceptaron en su momento han perecido junto con él.22 El privilegio de estampar palabras está reservado para su mayor enemigo: el propio Tiempo. El inventor de una nueva palabra nunca debe engañarse pensando que ha asegurado su adopción por parte del público, ya que tendrá que estar en su tumba antes de poder entrar en el diccionario.

En el discurso dirigido al lector por Willes, que precede a la colección de Viajes publicada en 1577, critica la traducción de Eden de Peter Martyr por utilizar palabras que “huelen demasiado a latín”. Apenas podríamos esperar encontrar entre ellas palabras como ponderouse, portentouse, despicable, obsequious, homicide, imbibed, destructive, prodigious. Las únicas palabras que cita como no completamente naturalizadas son dominators, dictionaries (subjects), solicitute (cuidadoso).

El Tatler, número 230, presenta varias palabras polisilábicas introducidas por relatos militares; “las cuales”, dice, “si nos atacan con demasiada frecuencia, ciertamente las haremos huir y les cortaremos la retirada”; sin embargo, todas ellas siguen manteniendo su lugar en el idioma.

La mitad de las palabras francesas utilizadas de forma afectada por Melantha en Marriage à-la-Mode, de Dryden, como innovaciones en nuestro idioma, ahora se emplean habitualmente: naïveté, foible, chagrin, grimace, embarras, double entendre, equivoco, éclaircissement, ridicule. Todas estas palabras, que ella aprende de memoria para usar ocasionalmente, ahora se usan comúnmente. Un tal Dr. Russell llamó a los cantores de salmos “cantores de baladas”, al encontrar el Canto de Salomón en una antigua traducción como “la balada de las baladas”; por ello fue reprendido por su oponente por no saber que el significado de las palabras cambia con el tiempo. Si lo llamara sinvergüenza, él no debería preocuparse por ello, ya que el apóstol Pablo también es llamado sinvergüenza de Jesucristo.23

Page 39

Indudablemente, la neología abre una amplia puerta a la innovación; apenas ha pasado un siglo desde que nuestro idioma se enriqueció con expresiones del francés, así como en el siglo anterior lo hizo con términos del español, del italiano e incluso del holandés. Las relaciones políticas entre los habitantes de las islas y sus vecinos siempre han influido en su idioma. Durante el reinado de Isabel se importaron frases en italiano y palabras en holandés; bajo los reinados de Jacobo y Carlos, el español marcó el estilo de cortesía; bajo el reinado de Carlos II, tanto la nación como el idioma se francesizaron por igual. Sin embargo, de tales fuentes proviene gran parte de la riqueza de nuestro idioma.

Existen tres elementos que corrompen gravemente un idioma: el capricho, la afectación y la ignorancia. Términos de moda como “teatrales” y “musicales”, inventados por el frívolo Topham, siguen existiendo entre quienes comparten su misma actitud frívola. Una dama conocida por la elegancia de su gusto, y de quien una de las mejores críticas, la famosa señorita Edgeworth, me dijo que hablaba el inglés más puro e idiomático que había oído jamás, hizo una observación que podría aplicarse a gran parte de nuestro vocabulario actual de moda. Ella dijo que ahora tiene edad suficiente para haber vivido lo suficiente como para ver cómo los vulgarismos de su juventud eran adoptados en los círculos sociales. La palabra “almuerzo”, hoy tan común en los labios de las personas más distinguidas, en su juventud solo se utilizaba en las cocinas. Una expresión muy frecuente entre nuestras jóvenes damas, “un hombre guapo”, sea lo que sea lo que eso signifique, ya sea que el hombre se parezca a un pudín o a algo aún más atractivo, transmite la idea ofensiva de que están dispuestas a devorarlo. Cuando yo era niño, era una época de buen gusto; ese buen gusto transmitía misteriosamente una idea sublime de la moda. El término, importado a finales del siglo XVIII, desapareció con él. Durante un tiempo, la tontería sustituyó al buen gusto; pero este último ha recuperado su supremacía. Necesitamos otro Swift para que escriba una nueva edición de su “Conversación educada”. También se podría recopilar un diccionario de barbarismos de aquellos neólogos lamentables cuyas plumas siguen en actividad. Lord Chesterfield, en sus exhortaciones a seguir el Diccionario de Johnson, deseaba, no obstante, que el gran lexicógrafo añadiera como…

Page 40

Apéndice: “Un diccionario neológico que contiene aquellas palabras y frases corteses, aunque quizás no estrictamente gramaticales, de uso común y a veces comprendidas por el beau-monde”.26 Esta última frase fue sin duda una contribución. Ya había aparecido un diccionario de este tipo en lengua francesa, elaborado por dos críticos mordaces, quienes en el Dictionnaire néologique à l’usage des beaux Esprits du Siècle recopilaron las numerosas invenciones afectadas, junto con sus fuentes modernas. Una colección de las palabras y frases más elegantes, extraídas de poesías muy modernas, podría mostrar la verdadera medida de los favores que se nos brindan.

Sin embargo, los intentos de los neólogos no necesariamente deben ser condenados; podemos unirnos a los comentaristas de Aulo Gelio, quienes lamentaron la pérdida de un capítulo del cual solo nos ha llegado el título. Ese capítulo habría demostrado lo que ocurre con todos los idiomas: que algunos neologismos, que al principio se consideran forzados o poco elegantes, terminan siendo aceptados por el uso y, con el tiempo, se citan como autoridad en el mismo idioma que, en sus inicios, se creía que habían degradado.

La verdadera historia de la mente humana se encuentra en sus acciones; sus necesidades se manifiestan a través de sus inventos; y es cierto que en épocas altamente cultivadas encontramos los intelectos más refinados intentando crear neologismos.27 Sería un tema de gran curiosidad rastrear el origen de muchas expresiones ingeniosas, cuándo y por quién fueron creadas. Platón sustituyó el término “fate” por “Providence”; y de una sola palabra surgió un nuevo sistema para entender los asuntos humanos. Cicerón inventó varios; a este filósofo le debemos el término “filosofía moral”, que antes de su tiempo se llamaba “filosofía de las costumbres”. Pero en este tema quizás nos interesen más los idiomas modernos que los antiguos. Richardson, el pintor del corazón humano, creó algunas expresiones para indicar sus pequeños movimientos secretos, las cuales son admirables: ese gran genio merecía una educación más elevada y más tiempo para dedicarse a la literatura de lo que podía ofrecerle la vida de un impresor. Montaigne también creó…

Page 41

Algunas expresiones audaces, muchas de las cuales no han sobrevivido hasta nuestros días; su incuriosité, tan opuesta a la curiosidad, describe bien ese estado de negligencia en el que no aprendemos aquello de lo cual somos ignorantes. Entre nosotros, la palabra incurious fue descrita por Heylin en 1656 como una palabra inusual; ha sido adoptada adecuadamente por nuestros mejores escritores, aunque todavía necesitamos la palabra incuriosidad. Charron inventó étrangeté sin éxito, pero que, según un crítico francés, sería el verdadero sustantivo de la palabra étrange; nuestro Locke es el único ejemplo presentado para “extranjería”, es decir, “alejamiento o falta de relación con algo”. Malherbe tomó prestados del latín insidieux y sécurité, palabras que fueron aceptadas; pero una palabra más audaz, dévouloir, con la cual pretendía expresar “cesar de querer”, no lo fue. Sin embargo, es un término expresivo y preciso. Corneille introdujo felizmente invaincu en un verso de El Cid:

Vous êtes invaincu, mais non pas invincible.

Pero esta palabra creada por su gran poeta no ha consolidado esta fina distinción entre los franceses, ya que se dice que es casi un caso aislado. Balzac fue un gran inventor de neologismos. Urbanité y féliciter surgieron de su pluma. “Si la palabra féliciter no es francesa, lo será el año que viene”; así de confiado estaba el neólogo, y prosperó tanto como urbanité, de la cual dice: “Cuando el uso haya eliminado entre nosotros una palabra de tan mal gusto y corregido la amargura de la novedad que pueda haber en ella, nos acostumbraremos a ella como a las demás que hemos tomado prestadas de la misma lengua”. Sin embargo, Balzac fue demasiado optimista con otras palabras; pues sus términos délecter, sériosité, etc., conservan aún esa “amargura de la novedad”.

Menage inventó un término para el cual no existe equivalente en nuestro idioma; “J’ai fait prosateur a imitación del italiano prosatore, para designar a un hombre que escribe en prosa”. Para distinguir a un escritor en prosa de uno en verso,

Page 42

Hubo una vez un “proser”. Drayton lo utiliza; pero esta útil distinción ha degenerado desafortunadamente, y el sentido actual es tan cotidiano que el sentido más puro ya es irreparable.

Cuando D’Albancourt traducía a Luciano, inventó en francés las palabras indolence e indolent para describir una languidez momentánea, y no esa indolencia habitual en el sentido en que ahora se aceptan; y al traducir a Tácito, creó la palabra turbulemment; pero no tuvo más éxito que temporisement. Segrais inventó la palabra impardonnable, que, después de haber sido rechazada, fue revivida y equivale a nuestro expresivo “impardonable”. Molière se burló de algunos neologismos de las Précieuses de su época; pero somos demasiado propensos a burlarnos de lo nuevo, y a menudo lo adoptamos cuando se vuelve antiguo. Molière se rió del término s’encanailler, para describir a quien adoptaba las maneras de un canalla; esa palabra expresiva ha permanecido en el idioma. El significado de algunos términos nuevos está en disputa, así como se ha perdido su origen. Esto le ocurrió a una palabra de uso cotidiano: Fudge. Es un término coloquial que no aparece en Grose, y solo Todd lo rastrea hasta Goldsmith. Sin embargo, no es una invención suya. En un panfleto titulado “Observaciones sobre la Marina”, de 1700, se afirma que era el nombre de cierta figura naval que vivió en la época del autor. “Hubo, señor, en nuestra época, un capitán Fudge, comandante de un barco mercante, que, al regresar de un viaje, por más vacío que estuviera su barco, siempre llevaba a sus dueños una buena carga de mentiras; tanto que ahora, a bordo, los marineros, cuando oyen una gran mentira, gritan: ‘¡Estás fudgeando!’”. Es singular que tal jerga oscura entre los marineros haya llegado a ser una de las más populares en nuestro lenguaje cotidiano; y no menos sorprendente es que recientemente, en un tribunal, su significado preciso confundiera al demandante, al demandado y a sus abogados. Creo que no significa meras mentiras, sino mentiras exageradas o tonterías.

Page 43

Existen dos palabras francesas notables creadas por el abad de Saint-Pierre, quien dedicó su vida meritoria a la contemplación de la moralidad política y de la benevolencia universal: bienfaisance y gloriole. Él inventó gloriole como un diminutivo despectivo de glorie, para describir esa vanidad de algunos egoístas, tan orgullosos de los pequeños talentos que pueden haber recibido de la naturaleza o por casualidad. Bienfaisance apareció por primera vez en esta frase: “El espíritu de la verdadera religión y el objetivo principal del evangelio es la bienfaisance, es decir, la práctica de la caridad hacia el prójimo”. Esta palabra era tan nueva que, en el momento de su creación, este buen hombre explicó su necesidad y origen. Quejándose de que “la palabra ‘caridad’ es mal utilizada por todo tipo de cristianos en la persecución de sus enemigos, e incluso los herejes afirman que practican la caridad cristiana al perseguir a otros herejes, busqué un término que pudiera transmitirnos una idea precisa de hacer el bien a nuestros vecinos, y no puedo encontrar ninguno más adecuado para hacerme entender que el término bienfaisance, es decir, buenas acciones. Que aquellos que quieran lo usen; yo solo quiero ser comprendido, y no es ambiguo”. La feliz palabra fue criticada al principio, pero con el tiempo todo corazón bondadoso descubrió que se ajustaba a sus propios sentimientos. Algunos versos de Voltaire, que aluden a las fantasías políticas del buen abad, mencionan esa oposición crítica; sin embargo, la nueva palabra respondía a la gran regla de Horacio.

Cierto legislador, cuya pluma fértil
Creó tantos proyectos vanos para el bien del mundo,
Y que desde hace treinta años escribe para ingratos,
Acaba de crear una palabra que falta en Vaugelas:
Esa palabra es bienfaisance; me gusta, reúne
Si el corazón es sincero, muchas virtudes juntas.
Pequeños gramáticos, grandes preceptores de necios,
Que pesáis las palabras y midís las frases,
Una expresión así os parece arriesgada.

Page 44

Pero todo el universo debe buscar esa idea.

Los revolucionarios franceses, en su afán por la innovación, casi barbarizaron el francés puro de la época augustea de su literatura, al hacer muchas cosas que nunca antes habían ocurrido; y a veces experimentaban sentimientos tan transitorios como extraños. Su nomenclatura era abundante; pero el jerga revolucionaria muestra a menudo el peligro y la necesidad de los neologismos. Forman un apéndice al Diccionario de la Academia. Nuestro inglés sencillo ha servido para enriquecer esta extraña mezcla de filología y política: Club, clubiste, comité, jure, juge de paix, se mezclan con su terrorisme, lanterner, un verbo activo, lévee en masse, noyades, y otro verbo activo, septembriser, etc. Se dice que el término bárbaro demoralisation fue invención del horrible capuchino Chabot; y la notable expresión arrière pensée perteneció exclusivamente, en su origen, a la astucia jesuítica del Abbé Sieyes, ese actor político que, al cambiar de bando, nunca necesitó ser instado para asumir su nuevo papel.

Una palabra nueva, fruto de mucha reflexión por parte de su autor, o un término que, aunque desconocido para la lengua, transmite un conjunto colectivo de ideas mediante una designación acertada, es una valiosa contribución del genio; las palabras nuevas deben transmitir nuevas ideas. Swift, viviendo en medio de una guerra civil de panfletos, cuando ciertos escritores eran empleados regularmente por un bando para redactar respuestas al otro, creó un término que no se encuentra en nuestros diccionarios, pero que, con un solo golpe, caracteriza a estos mercenarios; los llamó answer-jobbers. No hemos descartado esta expresión acertada por falta de uso, sino por falta de percepción por parte de nuestros lexicógrafos. El célebre Marqués de Lansdowne introdujo una palabra útil, que recientemente ha sido adoptada con entusiasmo tanto en Francia como en Inglaterra: liberaliser; el sustantivo proviene del verbo, pues en la época del marqués aquello era solo una concepción abstracta que ahora es una secta; y liberaliser fue introducido teóricamente antes de que surgieran los liberales. Es curioso observar

Page 45

Que, como adjetivo, en nuestro idioma tenía antiguamente un significado muy opuesto al que tiene actualmente. Era sinónimo de “libertino o licencioso”; tenemos expresiones como “un villano liberal” y “un consejero sumamente profano y liberal”; encontramos también a alguien que declara: “He hablado con demasiada libertad”. Esto es desafortunado para los liberales, quienes no querrán…

Permitir nuestras burlas liberales dirigidas contra ellos…
Beaumont y Fletcher.

El Dr. Priestley empleó un término contundente, pero no elegante, para designar esa difusión general del conocimiento que comenzó en su época; a esto lo llamaba frecuentemente “la difusión del conocimiento”. Burke intentó darle un nombre nuevo a ese grupo de eruditos caprichosos, petulantes y sofísticos, cuya filosofía los franceses, desde su período revolucionario, han denominado “filosofismo”, y a los propios filósofos, “filosofistas”. Hubiera querido denominarlos “literatos”, pero pocas palabras exóticas circulan; las nuevas palabras deben ser creadas por nuestro propio idioma para integrarse en el lenguaje cotidiano. Todavía se necesitan muchas palabras nuevas. No tenemos palabra alguna con la que podamos traducir el “otium” de los latinos, el “dilettante” de los italianos, el “alembiqué” de los franceses, como epíteto para describir esa ingeniosidad sublime que agota la mente, hasta que, al igual que la fusión del diamante, el propio intelecto desaparece. Un filósofo, al analizar ampliamente un tema en todos sus aspectos, puede transmitirnos el resultado de sus reflexiones mediante la creación de una expresión nueva e significativa, como la del profesor Dugald Stewart: “religiosismo político”. Permítanme reclamar el honor de haber creado un neologismo puro. Me atreví a introducir el término “patria” para describir nuestro “natale solum”; viví lo suficiente como para ver cómo Lord Byron y el señor Southey lo adoptaron, y ahora esa palabra es común. Incluso una dama compuso tanto las palabras como la melodía de una canción sobre “la patria”. Por lo tanto, esta expresión enérgica puede…

Page 46

se consideran auténticas; y el patriotismo puede estamparles su gloria y su afecto. La patria es compatible con el idioma en el que encontramos esa otra hermosa expresión: lengua materna. El neologismo patriótico surgió conmigo en Holanda, cuando, en mi juventud, era mi ocupación diaria examinar la gloriosa historia de su independencia bajo el título de Vaderlandsche Historie: la historia de la Patria.

Si reconocemos que la creación de algunos neologismos puede a veces producir lo bello, la resurrección de las palabras olvidadas es un milagro aún más auténtico; pues una palabra nueva debe permanecer durante mucho tiempo en duda, pero una palabra antigua recuperada felizmente se apoya sobre una base de solidez permanente; tiene tanto novedad como autoridad. Una colección de palabras pintorescas, encontradas entre nuestros escritores antiguos, constituiría un complemento precioso para la historia de nuestro idioma. Mucho más expresivo que nuestro término “ejecutor” es su término solemne “el que causa la muerte”; que nuestro “vagabundo”, su “el que vaga sin rumbo”; que nuestro “idioto” o “loco”, su “moonling”: una palabra que, según observa el señor Gifford, no debería haber sido dejada obsoleta. Herrick describe con precisión, mediante el término “pittering”, el grito peculiar, agudo y breve del saltamontes: el grito del saltamontes es “pit! pit! pit!”, repetido rápidamente. “Envidia, que atenúa el brillo del genio” es un verbo perdido para nosotros, pero que da una expresión más precisa a ese sentimiento que cualquier otra palabra que pudiéramos usar.

El difunto Dr. Boucher, en el prospecto de su diccionario propuesto, tuvo la amabilidad, hacia mí, que entonces era un joven escritor, de citar una opinión que había formado temprano en mi vida sobre la fuente más pura de neología, que está en la resurrección de las palabras antiguas.

¡Palabras que pronunciaron el sabio Bacon o el valiente Rawleigh!

Hemos perdido muchas expresiones exquisitas y pintorescas debido a la falta de rigor de nuestros lexicógrafos, o por la insuficiencia en ese estudio más profundo de nuestros escritores, estudio que sus trabajos requieren mucho más de lo que ellos mismos…

Page 47

Se sabe que las gracias naturales de nuestro idioma se han empobrecido. El genio que lanza su mirada profética sobre el idioma, y ese gusto que debe provenir del Cielo, son cosas que ningún lexicógrafo imagina que sean necesarias para acompañarlo en una biblioteca llena de libros antiguos.

19 Aulo Gelio, lib. I, c. 10.

20 Instituciones, lib. I, c. 5.

21 Este verso fue corregido por Bentley, pasando de “producere nomen” a “procudere nummum”; los críticos coinciden en que esta es una de sus conjeturas acertadas.

22 El curioso pequeño “Diccionario inglés, o interpretación de palabras difíciles del inglés” de Henry Cockeram, en formato 12mo, publicado en 1631, afirma ofrecer en su primer libro “las palabras más selectas que actualmente se utilizan, con las cuales nuestro idioma se enriquece y se vuelve tan rico”. Muchas de estas palabras no han sobrevivido hasta hoy, como las siguientes:

Acyrologicall: Lenguaje inapropiado.

Adacted: Forzado a hacer algo.

Blandiloquy: Discurso adulador.

Compaginate: Unir aquello que está roto.

Concessation: Concesión.

Delitigate: Regañar o reprender con vehemencia.

Depalmate: Dar un golpe en la oreja.

Esuriate: Tener hambre.

Strenuitie: Actividad.

Curiosamente, este autor señala algunas palabras como aquellas “que ahora están fuera de uso y solo eran utilizadas por algunos escritores antiguos”, pero que hoy en día usamos habitualmente. Tales son las siguientes:

Abandon: Abandonar o dejar atrás.

Abate: Disminuir o quitar algo.

Page 48

23 Un ejemplo muy llamativo del cambio de significado de una palabra se encuentra en el término jurídico antiguo “let”: “sin impedimentos ni obstáculos”; es decir, sin ninguna oposición. Por lo tanto, “Te dejaré hacerlo” significaba “Te impediré hacerlo”; y no, como pensaríamos ahora, “Te daré permiso para hacerlo”.

24 Shakespeare hace que “Ancient Pistol” utilice una palabra italiana recién acuñada cuando habla de estar “mejor alojado”, para gran alegría del juez Shallow, quien exclama: “Proviene de ‘accommodo’, ¡qué buena expresión!”. Y Ben Jonson, en su “Tale of a Tub”, se burla del amor de Inigo Jones por dos palabras que solía usar frecuentemente:—

———Si eso conduce al objetivo, sea lo que sea factible, puedo expresarlo.

25 El término “pluck”, que antiguamente solo era conocido en los rings de lucha, ahora se utiliza en la conversación cotidiana y también en la literatura, como término que indica valentía inmediata.

26 Términos como “patente para el público”, “condición normal” y “comportamiento grosero” son invenciones de los últimos años.

27 Shakespeare tiene una línea magistral en el discurso del Duque de Borgoña (Henry V, acto V, escena 2), cuando, al describir los campos cubiertos de malezas, exclama:

———La azada se oxida, aquella que debería arrancar tal salvajismo.

28 La “Quarterly Review” marcó recientemente la palabra “liberalizar” en cursiva, considerándola una palabra extraña, sin duda sin conocer su origen. Últimamente ha sido utilizada por el señor Dugald Stewart para referirse a “liberalizar las opiniones”. —Dissert., segunda parte, p. 138.

Page 49

LA FILOSOFÍA DE LOS PROVERBIOS.

En los muebles antiguos a veces descubrimos una comodidad de la que el largo desuso nos había hecho perder conocimiento, y nos sorprende la idoneidad que no sospechábamos estuviera oculta en sus formas sólidas. Hemos comprobado que el trabajo de los artesanos fue tan admirable como el propio material, el cual sigue resistiendo al paso del tiempo entre esas invenciones modernas, elegantes pero insustanciales, que, a menudo fabricadas con madera sin curar, tienden a deformarse y romperse en pedazos al ser utilizadas. Hemos comprendido que la solidez radica en la selección de los materiales, y que, siempre que el sustituto no es mejor que el original, estamos perdiendo algo en esa prueba de la experiencia de la cual todas las cosas derivan de su duración.

¡Sea como sea! No esperaré injustificadamente a que los artistas de nuestras novedades regresen a una grandeza masiva, aunque no puedo evitar recordarles cuán a menudo reviven las cosas olvidadas de tiempos pasados. Es bien sabido que muchas de nuestras novedades ya eran utilizadas por nuestros antepasados. En la historia de la mente humana existe, de hecho, una especie de muebles antiguos que recojo, no solo por su antigüedad, sino también por el buen estado en el que aún se encuentran y por la solidez que siguen mostrando. Los siglos no han mermado su solidez; y la utilidad y el encanto que todavía ofrecen los hacen parecer tan frescos e ingeniosos como cualquier una de nuestras invenciones patentadas.

Por el título de este artículo, el lector ya ha intuido la naturaleza de los muebles antiguos a los que me refiero. Propongo presentar lo que, al estilo de nuestros tiempos, podría llamarse la Filosofía de los Proverbios: un tema que parece virgen. De hecho, el arte de interpretar los proverbios no siempre se ha aprendido.

Page 50

Incluso por parte de algunos de sus admiradores; pero mis observaciones, al igual que su tema, deben ser versátiles e inconexas; y debo rogar indulgencia por intentar ilustrar una rama muy curiosa de la literatura, más bien poco comprendida que completamente olvidada.

Los proverbios han estado en desuso desde hace tiempo. “Un hombre de moda”, observa Lord Chesterfield, “nunca recurre a proverbios ni a aforismos vulgares”; y, desde que su señoría prohibió tan solemnemente su uso, parecen haberse marchitado bajo la maldición de su anatema. Su señoría conocía poco la historia de los proverbios, y sin duda habría sonreído ante aquellos “hombres de moda” de otro tipo, que en los tiempos de Isabel, Jacobo y Carlos eran grandes coleccionistas de ellos; los utilizaban en sus conversaciones y los aplicaban en su correspondencia erudita o política. Pocos, quizá incluso ahora, sospechan que estos fragmentos descuidados de sabiduría, que existen en todas las naciones, siguen ofreciendo muchos temas interesantes para el estudio del filósofo y del historiador; y para los hombres de mundo siguen abriendo una amplia escuela sobre la vida y las costumbres humanas.

Los refranes populares y las expresiones anticuadas que permanecen en boca de la gente están adaptados a sus capacidades y a sus temperamentos. Fáciles de recordar y de aplicar, estos constituyen la filosofía del vulgo, y a menudo son más sensatos que la de sus maestros. Quien quiera conocer lo que piensa y siente la gente no debe rechazar ni siquiera estos como insignificantes. Los proverbios de la calle y del mercado, fieles a la naturaleza y perdurables solo porque son verdaderos, son testimonios de que la población de Atenas y Roma era la misma que la de París y Londres, y como lo había sido antes en la ciudad de Jerusalén.

Los proverbios existían antes que los libros. Los españoles sitúan el origen de sus refranes que dicen las viejas tras el fuego, “los dichos de las ancianas junto a sus fogatas”, antes de la existencia de cualquier escrito en su idioma, desde…

Page 51

La circunstancia de que estos estén en el antiguo lenguaje romántico o en el idioma más grosero y vulgar. El poema más antiguo de la Edda, “el discurso sublime de Odín”, está repleto de proverbios antiguos que describen de manera sorprendente a los escandinavos de la antigüedad. Sin duda, los proverbios en las épocas más tempranas sirvieron durante mucho tiempo como lengua no escrita de la moralidad, e incluso de las artes útiles; al igual que las tradiciones orales de los judíos, pasaron de generación en generación por boca de las sucesivas generaciones. El nombre del primer sabio que aprobó dicho refrán se olvidaría con el tiempo, mientras que la opinión, la metáfora o la expresión permanecían, consagradas como proverbio. Tal fue el origen de esas frases memorables mediante las cuales los hombres aprendieron a pensar y a hablar adecuadamente; eran preceptos a los que nadie podía oponerse, en una época en la que la autoridad se valoraba más que la opinión, y la experiencia se prefería a la novedad. Los proverbios de un padre se convertían en herencia de su hijo; la jefa de familia perpetuaba los suyos a través de su hogar; el artesano condensaba algún secreto tradicional de su oficio en una expresión proverbial. Cuando los países aún no estaban poblados y la propiedad aún no había generado grandes desigualdades entre sus miembros, cada día les mostraba cómo “el borracho y el glotón caen en la pobreza, y el sueño viste al hombre con harapos”. En tal período, quien daba consejos otorgaba riqueza.

Por lo tanto, podría haberse decidido, a priori, que los proverbios más sencillos abundarían en los escritores más antiguos; y tales encontramos en Hesíodo, un poeta cuyo conocimiento no provenía de los libros. Solo en el estado agrícola pudo este venerable bardo indicar un estado de tranquilidad mediante este proverbio rústico:

Πηδάλιον μὲν ύπὲρ καπνοῦ καταδεῖο
¡Cuelga tu barra de arado sobre la chimenea!

La envidia de los trabajadores rivales se describe tan bien al referirse a los humildes fabricantes de cerámica como a las envidias más elevadas de los…

Page 52

los literatos y los artistas de una época más refinada. El famoso verso proverbial de Las obras y los días de Hesíodo—

Καὶ κεραμεὺς κεραμεῖ κοτέει,

significa literalmente: “¡El alfarero es hostil al alfarero!”.

La exhortación del poeta a su hermano para que prefiriera un acuerdo amistoso a una demanda judicial ha dado origen a un proverbio paradójico que se aplica con frecuencia—

Πλέον ἢμισυ παντός,
¡La mitad es mejor que el todo!

Con el paso del tiempo, el conjunto de proverbios populares recibió adiciones provenientes de las fuentes más elevadas de la inteligencia humana; a medida que los filósofos de la antigüedad formaban sus colecciones, estas aumentaban en “peso y número”. Erasmo señaló algunas de estas fuentes: las respuestas de los oráculos; los símbolos alegóricos de Pitágoras; los versos de los poetas; alusiones a acontecimientos históricos; la mitología y los cuentos morales; y otras origenes complejas. Tales materias tan dispares, provenientes de todas direcciones, fueron fundidas en este vasto corpus de conocimiento aforístico. Esas “palabras de los sabios y sus dichos oscuros”, como se les denomina en esa gran colección que lleva el nombre del gran monarca hebreo, parecen haber requerido finalmente comentarios; pues, ¿qué más podemos deducir de la enigmática sabiduría de los sabios, si el parémografo real incluye entre sus estudios el “entendimiento de los proverbios y su interpretación”? Esta noción elevada de “los dichos oscuros de los sabios” concuerda con la audaz conjetura sobre su origen que planteó el Estagirita, quien los consideró como restos de una antigua filosofía perdida para la humanidad debido a las revoluciones fatales de todas las cosas humanas, y que esos restos habían sido salvados de

Page 53

La ruina general por su elegancia concisa y su forma diminuta; como esas conchas marinas que se encuentran en la cima de las montañas, reliquias del Diluvio. Incluso en una época posterior, el sabio de Queronea las consideró entre los misterios más solemnes; y Plutarco las describió de tal manera que los proverbios aún pueden merecerlo: “Bajo el velo de estas curiosas frases se ocultan esos gérmenes de moralidad que los maestros de la filosofía desarrollaron posteriormente en tantos volúmenes”.

En la época más alta del genio griego, los poetas trágicos y cómicos introdujeron en sus dramas ese estilo proverbial. San Pablo cita una frase que sigue estando entre los primeros ejercicios de nuestros estudiantes:—

Las malas compañías corrompen las buenas costumbres.

Es un verso encontrado en un fragmento de Menandro, el poeta cómico:

Φθείρουσιν ἢθη χρήσθ᾽ ὁμιλίαι κακαί.

Dado que este verso es un proverbio, y el apóstol, e incluso la máxima autoridad, Jesús mismo, consagra el uso de los proverbios mediante su aplicación ocasional, es incierto si San Pablo cita al poeta griego o simplemente repite algún refrán popular. Los proverbios eran flechas brillantes en los carcajes griegos y latinos; y cuando Bentley, por su astucia superficial, fue acusado de pedantería por usar algunos proverbios antiguos, el firme crítico defendió su gusto demostrando que Cicerón introducía constantemente proverbios griegos en sus escritos, que Scaliger y Erasmo los amaban y habían formado colecciones extraídas de los tesoros de la antigüedad.

Ha surgido alguna dificultad en su definición. Los proverbios deben distinguirse de las frases proverbiales y de las máximas sentenciosas; pero como los proverbios tienen muchas formas, debido a su naturaleza variada, la categoría en sí misma

Page 54

Apenas admite ninguna definición. Cuando Johnson definió el proverbio como “una frase corta que es repetida con frecuencia por la gente”, esta definición no incluiría a los más curiosos, que no siempre han circulado entre la población, ni siquiera pertenecen a ella; tampoco designa las cualidades esenciales de un proverbio. La concisa y originalidad de Howell describió admirablemente los ingredientes de un proverbio exquisito: sentido, brevedad y picantez. Un proverbio se distingue de una máxima o un aforismo por esa brevedad que condensa un pensamiento o una metáfora, en la que se dice una cosa y otra debe aplicarse. Esto suele generar ingenio y esa agudeza rápida que provoca sorpresa, pero impacta con convicción; esto le confiere un carácter epigramático. George Herbert tituló la pequeña colección que formó “Jacula Prudentium”, Esposas o jabalinas: algo arrojado que golpea profundamente; una característica del proverbio que posiblemente Herbert tomó prestada de un pasaje notable del diálogo de Platón “Protágoras o los sofistas”.

La influencia de los proverbios en las mentes y conversaciones de todo un pueblo queda ilustrada de manera notable por la explicación de este filósofo sobre el término “laconizar”: la forma de hablar propia de los lacedemonios. Este pueblo fingía ser ignorante y parecía solo empeñado en superar al resto de los griegos en valentía y habilidad militar. Según la concepción de Platón, esto era en realidad un artificio político, con el fin de ocultar su sabiduría sobresaliente. Con el celo propio de un estado pequeño, intentaron confinar su famosa sagacidad dentro de sí mismos y, bajo su carácter militar, ocultar su naturaleza contemplativa. El filósofo asegura a aquellos que en otras ciudades creían que laconizaban simplemente imitando los ejercicios severos y otras costumbres guerreras de los lacedemonios, que estaban gravemente engañados; y así describe de manera curiosa el tipo de sabiduría que practicaba este singular pueblo.

Page 55

“Si alguien desea conversar con el más vulgar de los lacedemonios, al principio lo encontrará, en su mayor parte, aparentemente despreciable en la conversación; pero después, cuando se presenta una oportunidad adecuada, esa misma persona vulgar, como un hábil orador, lanzará una frase digna de atención, breve y retorcida; de modo que quien hable con él parecerá no ser en absoluto superior a un niño. Que ser lacónico consiste, por tanto, mucho más en filosofar que en amar el ejercicio, es algo que comprenden algunos de nuestros días, y ya lo sabían los antiguos, quienes estaban convencidos de que la capacidad de pronunciar tales frases era propio de un hombre perfectamente erudito. Los siete sabios fueron imitadores, amantes y discípulos de la erudición lacedemonia. Su sabiduría era de este tipo: frases breves pronunciadas por cada uno, dignas de ser recordadas. Estos hombres, reunidos, consagraron a Apolo los primeros frutos de su sabiduría; escribieron en el templo de Apolo, en Delfos, aquellas frases que todos celebran, a saber: ¡Conócete a ti mismo! y ¡Nada en exceso! Pero, ¿por qué menciono estas cosas? Para mostrar que la forma de filosofar entre los antiguos era una cierta dicción lacónica”.29

Los “laconismos” de los lacedemonios evidentemente compartían el estilo proverbial: sin duda, a menudo eran ellos mismos proverbios. Las mismas ejemplos que Platón da de este “laconismo” son dos proverbios muy venerables.

Todo esto eleva la ciencia de los proverbios e indica que estas abreviaturas del conocimiento logran grandes resultados, con una parcimonia de palabras que es generosa en sentido. Por lo tanto, han preservado muchos “una frase breve, que la gente no repite”.

Es evidente, sin embargo, que los escritos más antiguos de todo pueblo están marcados por sus proverbios más cotidianos o domésticos; pues estos estaban dirigidos más directamente a sus necesidades. Franklin, a quien se puede considerar como el

Page 56

fundador de un pueblo que fue colocado de repente en una etapa de sociedad civil que aún no podía permitirse la literatura, descubrió el carácter filosófico de su genio cuando llenó sus almanaques de proverbios, mediante la ingeniosa invención de enmarcarlos en un discurso coherente, narrado por un anciano que asistía a una subasta. “Estos proverbios”, nos dice, “que contenían la sabiduría de muchas épocas y naciones, cuando sus consejos dispersos se reunían, causaron una gran impresión. Fueron reimpresos en Gran Bretaña, en un gran hoja de papel, y pegados en las casas; además, fueron traducidos dos veces en Francia y distribuidos entre sus pobres parroquianos”. Lo mismo ocurrió con nosotros antes de que nos convirtiéramos en un pueblo lector. Sir Thomas Elyot, durante el reinado de Enrique VIII, al describir los adornos de la casa de un noble, entre sus tapices, vajillas y cuadros, menciona las grabaciones de proverbios “en sus platos y vasijas, que ofrecían a los invitados consejos y comentarios muy oportunos”. Incluso después del reinado de Isabel, nuestros antepasados tenían proverbios siempre a mano, en todo aquello que tuviera espacio para un consejo; los tenían pintados en sus tapices, estampados en los utensilios más comunes, en las hojas de sus cuchillos, en los bordes de sus platos, y “los grababan también en los anillos de los orfebres”. El usurero, en “Groat’s Worth of Wit” de Robert Greene, condensó toda su filosofía en el círculo de su anillo, habiendo aprendido suficiente latín como para comprender el lema proverbial “Tu tibi cura!”. Al marido se le recordaba su autoridad señorial cada vez que miraba su cuchara, ya que uno de sus aforismos sabios ha llegado hasta nosotros:

Los maridos más tranquilos tienen las esposas más turbulentas.

Los proverbios ingleses del pueblo, la mayoría de los cuales siguen en circulación, fueron recopilados por el anciano John Heywood. Están organizados por Tusser para “la sala de estar, la habitación de los invitados, el salón, las lecciones en la mesa”, etc. Una parte no pequeña de nuestros antiguos proverbios se adaptó a la vida rural.

Page 57

Cuando nuestros antepasados vivían más entre las obras de Dios que entre las de los hombres. En aquel tiempo, uno de nuestros antiguos estadistas, al recomendar el arte de condensar un discurso tedioso en unas pocas frases significativas, sugirió el uso de proverbios en las relaciones diplomáticas, convencido del gran beneficio que ello supondría tanto para los negociadores como para otros. Cito aquí una curiosidad literaria de este tipo: un miembro de la Cámara de los Comunes, durante el reinado de Isabel, pronunció un discurso compuesto íntegramente por los proverbios más sencillos. El tema era un proyecto de ley contra los pagos duplicados por deudas relacionadas con libros. En aquel entonces, los comerciantes astutos solían inflar sus deudas con quienes les concedían crédito, especialmente con sus clientes más jóvenes. Uno de los miembros que comenzó a hablar “temblaba de miedo” y permaneció en silencio. Al orador nervioso le siguió un representante directo y sincero del famoso gobernador de Barataria, quien se expresó así: “Ahora es mi oportunidad de decir algo, y eso sin balbuceos ni titubeos. Considero que esta ley es una buena ley. Incluso las cuentas hacen buenos amigos. Donde va el penique, va su dueño. A los vigilantes, no a los dormidos, llegan las leyes. Paga las cuentas de inmediato y no tendrás problemas por la mañana. Si el dinero en efectivo es la medida pública, que cada uno se adapte según sus posibilidades. Cuando su ropa vieja ya no sirva, que espere hasta que su dinero le permita adquirir una nueva”. Otro ejemplo del uso de proverbios entre nuestros estadistas se encuentra en una carta manuscrita de Sir Dudley Carlton, escrita en 1632, sobre el juicio contra Lord Middlesex, quien, según él, “hoy defenderá su causa en la Cámara del Tesoro, por una deuda de cuarenta mil libras que se le imputa. No sé cómo salió todo, pero recuerdo bien el proverbio francés: Qui mange de l’oy du Roy chiera une plume quarante ans après. ‘Quien come del ganso del rey, evacuará una pluma cuarenta años después’”.

Page 58

Esa fue la época en que existían los proverbios entre nosotros; pues entonces eran pronunciados por todos los estratos sociales. El uso indiscriminado de proverbios triviales los puso en descrédito; y como el abuso de algo genera una oposición justificada a su práctica, un ingenio fino que empleaba un “humor irónico” publicó un pequeño volumen titulado “Crucifixión de proverbios, respuestas cruzadas y humor irónico”. Pretende contradecir los más populares; pero no siempre tiene el talento para crear paradojas divertidas.

Los proverbios fueron durante mucho tiempo los favoritos de nuestros vecinos; en la espléndida y refinada corte de Luis XIV dieron lugar a una invención extraña. Se idearon comedias e incluso ballets fantásticos basados en ellos. En estas “Curiosidades de la literatura” no puedo pasar por alto tales invenciones excéntricas sin mencionarlas.

El duque de La Vallière describe una comedia de proverbios que se representó en 1634 con un éxito prodigioso. Considera que esta comedia debería clasificarse entre las farsas; pero es alegre, bien escrita y curiosa, ya que contiene los mejores proverbios, que se introducen de manera adecuada en el diálogo.

Un intento aún más extraordinario fue un ballet de proverbios. Antes de que la ópera se estableciera en Francia, los antiguos ballets constituían la principal diversión de la corte, y el propio Luis XIV se unía a los intérpretes. El singular intento de crear un baile pantomímico a partir de proverbios es típicamente francés; tenemos un “ballet des proverbes, dansé par le Roi, en 1654”. Con cada proverbio, la escena cambiaba y se adaptaba al tema. Daré dos o tres ejemplos para que podamos hacernos una idea de estos caprichos.

El proverbio era:

Tel menace qui a grand peur.
Quien amenaza es quien tiene mucho miedo.

Page 59

La escena estaba compuesta por matones arrogantes y algunos ciudadanos honestos, quienes al final los derrotaron.

En otra entrada, el refrán era:

L’occasion fait le larron.
La oportunidad hace al ladrón.

El papel de la oportunidad lo interpretó el señor Beaubrun, pero es difícil concebir cómo el personaje real podía encarnar a ese personaje abstracto. Los ladrones eran el duque d’Amville y monsieur de la Chesnaye.

Otra entrada correspondía al refrán:

Ce qui vient de la flute s’en va au tambour.
Lo que viene por la flauta se va por el tambor.

El papel de un oficial disoluto y libertino lo interpretó el señor l’Anglois; el de la flauta, St. Aignan; y el del tambor, el señor el Conde. De esta manera, cada refrán se expresaba a través de acciones, y todo estaba conectado mediante diálogos. Mucho más dependía de los actores que del poeta.

Los franceses conservaron durante mucho tiempo esta afición por los refranes; aún hoy tienen composiciones dramáticas tituladas “proverbes”, pero de forma más refinada. Su invención es tan reciente que el término no figura en su gran diccionario de Trevoux. Estos “proverbes” son dramas de un solo acto, inventados por Carmontel, quien tenía un sentido del humor muy particular, pero los concibió únicamente para representaciones privadas. Cada refrán servía de tema para unas pocas escenas y creaba situaciones sumamente cómicas. Se trata de una forma de entretenimiento dramático que, al parecer, no llegó hasta nosotros, pero que a la famosa Catalina de Rusia le gustaba componer para su propio círculo.

Page 60

Entre las clases medias de la sociedad hasta nuestros días, podemos observar que ciertos refranes familiares se conservan tradicionalmente: el dicho favorito de un padre es repetido por los hijos; y con frecuencia la conducta de toda una generación ha sido influenciada por tales refranes domésticos. Esto puede percibirse en muchos de los lemas de nuestra antigua nobleza, los cuales parecen haberse originado en algún refrán habitual del fundador de la familia. En épocas en que los refranes eran muy comunes, tales frases concisas servían admirablemente para los asuntos cotidianos de la vida y ayudaban a tomar decisiones, incluso en las situaciones más urgentes. Los oradores, mediante algún refrán oportuno, lograban convencer a sus oyentes sin cansarlos; y los grandes personajes recurrían a un refrán o pronunciaban aquello que, con el tiempo, por su adecuación, se convirtió en uno. Cuando Nerón fue reprendido por el entusiasmo con el que se dedicaba al estudio de la música, respondió a sus críticos con el refrán griego: “El artista está en todas partes”. El emperador respondió, siguiendo el espíritu del sistema de Rousseau, que a todo niño debía enseñársele algún oficio. Cuando César, tras una ansiosa deliberación, decidió cruzar el Rubicón (evento que dio origen a un refrán), se animó con un impulso de valentía y se entregó al destino, con esa expresión proverbial en los labios, utilizada por los jugadores en situaciones desesperadas. Una vez cruzado el Rubicón, exclamó: “¡Las fichas ya están echadas!”. La respuesta de Paulo Emilio a los familiares de su esposa, quienes le habían reprochado su decisión de separarse de ella, contra quien no se podía imputar ninguna falta, se ha convertido en uno de nuestros refranes más conocidos. Este héroe reconoció las virtudes de su esposa; pero, pidiéndoles que miraran su zapato, que parecía estar bien hecho, dijo: “Ninguno de ustedes sabe dónde aprieta el zapato”. O bien utilizó una frase proverbial, o bien, por su adecuación, esta se convirtió en una de las más populares.

De hecho, existen refranes relacionados con las personalidades de hombres ilustres. Eran o sus refranes favoritos, o bien surgieron de ellos mismos. Tal colección constituiría una curiosidad histórica.

Page 61

Los franceses deben su conocimiento de este proverbio militar al célebre Bayard; algunos de ellos todavía lo repiten: “Ce que le gantelet gagne, le gorgerin le mange” —“Lo que obtiene el guantelete, lo consume el gorjal”. Este proverbio refleja cómo el soldado calcula bien las ganancias de la vida militar, la cual, con todo el esplendor y derroche necesarios para su mantenimiento, consume el escaso salario que recibe, e incluso aquello que su codicia logra adquirir a veces. El proverbio favorito de Erasmo era Festina lente: “¡Apresúrate despacio!”. Deseaba que se inscribiera dondequiera que pudiera llegar a nuestros ojos, en edificios públicos, y en nuestros anillos y sellos. Uno de nuestros estadistas utilizó una frase favorita que enriqueció nuestro repertorio de proverbios nacionales. Sir Amias Pawlet, cuando percibía demasiada prisa en cualquier asunto, solía decir: “Espera un momento, para terminarlo más pronto”. El proverbio grosero pero descriptivo de Oliver Cromwell expresa el desprecio que sentía por algunos de sus colaboradores mezquinos y problemáticos: “¡Las liendres se convertirán en piojos!”. Los italianos tienen un proverbio que se ha aplicado ocasionalmente a ciertas figuras políticas:

Él es lo que Dios quiere;
Será lo que Dios quiera.

Antes de ser un proverbio, sirvió como lema bordado en el manto místico de Castruccio Castracani. Ese genio militar, que buscó revolucionar Italia y aspiraba a su soberanía, vivió lo suficiente como para arrepentirse de su ambición romántica y desenfrenada, que provocó que toda Italia se uniera contra él; ese misterioso lema pasó a formar parte de los proverbios de su país. El proverbio de los Douglas, “Es mejor escuchar el canto del ruiseñor que el chillido del ratón”, fue adoptado por todos los jefes de esa región para expresar, como señala Sir Walter Scott, lo que el gran Bruce ya había señalado.

Page 62

que los bosques y colinas de su país eran sus baluarte más seguros, en lugar de los lugares fortificados en los que los ingleses superaban a sus vecinos en las artes de atacar o defenderse. Estas ilustraciones indican una de las fuentes de los proverbios; a menudo surgieron de las emociones espontáneas o de las profundas reflexiones de algún individuo extraordinario, cuya expresión enérgica fue captada por un oído atento, para no perecer jamás.

Los poetas han estado muy ocupados con los proverbios en todos los idiomas de Europa: algunos parecen haber sido versos favoritos de algún poema antiguo; incluso en épocas más refinadas, muchos de los versos incisivos de Boileau y Pope se han convertido en proverbios. Muchos proverbios triviales y lacónicos llevan el ritmo de la aliteración o la rima, lo cual facilitó su difusión, y probablemente fueron inventados de forma improvisada; era una técnica que utilizaba Swift, quien era un hábil creador de tales proverbios rimados y ridículos: disfrutaba sorprendiendo a quienes los escuchaban con su humor facético o sarcástico, presentándolos como “un viejo dicho y verdadero”. Sin embargo, algunos de estos proverbios rimados son breves y elegantes: tenemos:

Golpes ligeros derribaron robles enormes.

En italiano:

Chi due lepri caccia, uno perde, e l’altro lascia.

Quien persigue dos liebres, pierde una y deja la otra.

El orgulloso español—

Page 63

Dar es honor,
y pedir, dolor.

Dar es honor, pedir es tristeza.

Y los franceses…

El amigo de la mesa
es muy variable.

El amigo que comparte la mesa
es sumamente inconstante.

Los autores de estos breves proverbios fueron una multitud de poetas
que, probablemente, entre los sueños de su inmortalidad nunca sospecharon
que llegarían a la posteridad sin que ni ellos ni sus obras fueran conocidos,
mientras que sus pensamientos espontáneos serían repetidos por su propio pueblo.

Los proverbios pasaron finalmente a formar parte del pueblo, cuando los libros se dirigían a los eruditos; pero el pueblo no se encontró tan desprovisto de sabiduría práctica al conservar sus proverbios nacionales como algunos de aquellos estudiosos encerrados en sí mismos que dejaron de repetirlos. Las diversas naturalezas humanas, en la cambiabilidad de los asuntos humanos, dieron origen a todo tipo de expresiones; y los hombres eran sabios, alegres, satíricos, o lloraban o se regocijaban a través de los proverbios. Las naciones mantenían un intercambio universal de proverbios, desde el mundo oriental hasta el occidental; pues entre aquellos que parecen estrictamente nacionales, hay muchos que son comunes a todas ellas. De nuestros propios proverbios más familiares, varios pueden encontrarse entre los de los latinos y los griegos, y a veces provienen de “Las minas del Oriente”. Como familias decadentes que permanecen en la oscuridad, pueden jactarse de un linaje noble.

Page 64

la descendencia cada vez que recuperen sus títulos de propiedad perdidos. El vulgar refrán, “Llevar carbón a Newcastle”, por más local e idiomático que parezca, ha sido tomado y aplicado por nosotros mismos; se puede encontrar entre los persas: en el “Bustan” de Sadi tenemos “Llevar flauta a Hindostán”; “Llevar pimienta a Hindostán”; entre los hebreos, “Llevar aceite a la Ciudad de las Olivas”; un refrán similar aparece en griego; y en las “Máximas del Oriente” de Galland podemos descubrir cuántos de los refranes más comunes entre nosotros, así como algunas de las bromas de Joe Miller, son de origen oriental.

La similitud de ciertos refranes en diferentes naciones debe, sin embargo, atribuirse a menudo a la identidad de la naturaleza humana; situaciones similares y objetos similares han hecho, sin duda, que los hombres piensen, actúen y se expresen de manera similar. Todas las naciones son paralelas entre sí. De ahí que todos los parémiógrafos, o coleccionistas de refranes, se quejen de la dificultad de separar sus propios refranes nacionales de aquellos que han llegado al idioma desde otros, especialmente cuando las naciones han mantenido mucho contacto entre sí. Contamos con una abundante colección de refranes escoceses de Kelly, pero este erudito se sintió mortificado al descubrir que muchos de los cuales había creído durante mucho tiempo que eran genuinamente escoceses, no solo eran ingleses, sino también franceses, italianos, españoles, latinos y griegos; muchos de sus refranes escoceses se encuentran expresados casi literalmente en fragmentos de la antigüedad remota. Le habría sorprendido aún más si hubiera sabido que sus originales griegos no eran más que copias, y que podrían encontrarse en D’Herbelot, Erpenius y Golius, así como en muchas obras asiáticas, que han sido introducidas recientemente para ampliar los conocimientos del estudiante europeo, quien anteriormente veía limitadas sus investigaciones más extensas por el conocimiento helenístico.

Tal vez fue debido a una circunstancia casual que los refranes de las naciones europeas se hayan conservado en forma permanente de volúmenes. Erasmo suele considerarse el primer coleccionista moderno, pero él

Page 65

Parece que le precedió Polydore Vergil, quien reprochó amargamente a Erasmo su envidia y plagio, por haber pasado por alto su colección sin siquiera un pobre cumplido para el autor. Polydore era un escritor vanidoso y superficial, que se enorgullecía de ser pionero en más temas de los que existían en aquel entonces. Erasmo, con su habitual amabilidad, se disculpó de forma provocadora, admitiendo que había olvidado el libro de su amigo. Pocos simpatizan con las peleas entre autores; y dado que Erasmo escribió un libro mucho mejor que el de Polydore Vergil, los “Adagia” originales quedaron únicamente como una curiosidad en la historia literaria.

Los “Adagia” de Erasmo contienen una colección de unos cinco mil proverbios, recopilados gradualmente a través de un estudio constante de los antiguos. Erasmo, dotado del genio necesario para dar vida a sus obras, deleitó a sí mismo y a toda Europa con las nuevas adiciones que realizaba a este volumen, que aún hoy puede servir como compañía para los literatos durante las noches de invierno junto al fuego. El exitoso ejemplo de Erasmo inspiró a los eruditos de Europa a imitarlo y a prestar atención a los proverbios de sus propios países. Algunos de los hombres más eruditos, y otros menos, se dedicaron entonces a este nuevo campo de estudio.

En España, Fernández Nunes, profesor de griego, y el marqués de Santellana, un noble, publicaron colecciones de sus refranes o proverbios; este término deriva de “referendo”, ya que se repiten con frecuencia. Los “Refranes o Proverbios Castellanos”, de Cæsar Oudin, publicados en 1624 y traducidos al francés, constituyen una valiosa compilación. En Cervantes y Quevedo, los mejores ilustradores prácticos, los proverbios aparecen de forma abundante en sus obras. Existe también una amplia colección de proverbios italianos, obra de Florio, un inglés de origen italiano, quien publicó “Il Giardino di Ricreatione” en Londres ya en 1591, con más de seis mil proverbios; pero estos no están explicados y suelen ser oscuros. Otro italiano residente en Inglaterra, Torriano, publicó en 1649 una interesante colección en formato reducido, de veinticuatro proverbios cada uno.

Page 66

Tras estas publicaciones en Inglaterra, en Italia Angelus Monozini, en 1604, publicó su colección; y Julius Varini, en 1642, elaboró su Scuola del Vulgo. En Francia, Oudin, después de otros que le precedieron, publicó una colección de proverbios franceses bajo el título de Curiosités Françaises. La Explication de Proverbes Français de Fleury de Bellingen, al compararla con Les Illustres Proverbes Historiques, una publicación posterior, resultó ser la misma obra. Es el primer intento por hacer que el estudio de los proverbios sea algo divertido. El plan consiste en un diálogo entre un filósofo y un Sancho Panza, quien suelta sus proverbios con más alegría que comprensión. El filósofo aprovecha esa oportunidad para explicarlos a través de los acontecimientos en los que surgieron, aunque estos no siempre son fiables. Una obra de gran mérito sobre los proverbios franceses es la inacabada del abad Tuet, sensato y erudito. Una colección de proverbios daneses, acompañada de una traducción al francés, fue impresa en Copenhague, en un volumen en cuarto, en 1761. Inglaterra puede presumir de no tener parémiografos inferiores. El grave y juicioso Camden, el religioso Herbert, el entretenido Howell, el faceto Fuller y el laborioso Ray, entre otros, han preservado nuestros refranes nacionales. Los escoceses fueron ampliamente recopilados y explicados por el erudito Kelly. Existe una excelente colección anónima, no infrecuente, en varios idiomas, de 1707; su compilador y traductor fue el Dr. J. Mapletoft. Hay que reconocer que, aunque ninguna nación supera a la nuestra en sentido agudo, rara vez igualamos la delicadeza, la ingeniosidad y la felicidad expresiva de los españoles e italianos, así como la fuerza emotiva de algunos proverbios franceses.

El interés que podemos obtener del estudio de los proverbios no se limita a sus verdades universales ni a su gracia conmovedora; una mente filosófica descubrirá en los proverbios una gran variedad de los conocimientos más curiosos. Las costumbres de un pueblo se reflejan fielmente en sus proverbios domésticos; y no sería exagerado afirmar que el genio de la época puede detectarse a menudo en sus proverbios más habituales. El erudito Selden nos dice:

Page 67

Que los proverbios de varias naciones fueron estudiados en profundidad por el obispo Andrews: la razón que dio fue que “a través de ellos conocía la mentalidad de diversas naciones, lo cual”, dijo, “es algo admirable, ya que consideramos sabio a quien conoce la mente y los pensamientos de los hombres, y eso se logra conociendo sus costumbres habituales”. Lord Bacon resumió un amplio conjunto de ideas filosóficas al observar que “el genio, la astucia y el espíritu de una nación se descubren a través de sus proverbios”.

Los proverbios propiamente nacionales, al transmitirnos las formas de pensar, indican también las formas de actuar de un pueblo. Los romanos tenían una expresión proverbial para referirse a su reserva militar: “Rem ad triarios venisse”, “¡La reserva ya está en combate!”. Era una expresión proverbial a partir de la cual se podían deducir las costumbres militares del pueblo; los triarii eran su reserva. Un proverbio ha conservado una costumbre curiosa de la antigüedad, originaria de los griegos. A aquellos hombres de modales afeminados en su vestimenta, se les aplicaba el proverbio “Unico digitulo scalpit caput”. Rascar la cabeza con un solo dedo era, al parecer, una práctica de los jóvenes muy exigentes en Roma, para no desordenar su peinado. El árabe, cuya vida inestable lo hace infeliz e interesado, dice: “Mejor es el vinagre que se recibe que la miel que se compra”. Todo aquello que tiene gran valor para quien pasa tanto tiempo en el desierto es descrito como leche: “¡Qué abundante es su flujo de leche!”, es una expresión proverbial entre los árabes para designar la elocuencia más copiosa. Para expresar un estado de perfecta tranquilidad, el proverbio árabe dice: “Dejo las riendas sobre mi espalda”; es una alusión a la forma en que se sueltan las cuerdas de los camellos, que se dejan sobre su espalda cuando se los envía al pasto. Descubrimos las costumbres rústicas de nuestros antiguos británicos en los proverbios cámbricos; muchos de ellos están relacionados con los setos. “El británico limpio se reconoce en el seto: el caballo no mira el seto sino el grano; el seto del mal marido está lleno de huecos”. El estado de un pueblo agrícola se refleja en proverbios como “No debes contar tus animales jóvenes hasta el Día de Mayo”; y su expresión proverbial para la vejez es: “Un…”

Page 68

“¿Acaso el destino del anciano es cuidar ovejas?”. Pasemos del árabe errante y del británico agrícola a una nación que vive en un alto grado de civilización artificial: los proverbios chinos aluden con frecuencia a edificios magníficos. Al adoptar una apariencia más solemne que todas las demás naciones, uno de sus proverbios favoritos dice: “Una fachada grave y majestuosa es, por así decirlo, el palacio del alma”. Su concepción del gobierno es de carácter arquitectónico. Dicen: “Un soberano puede compararse con un salón; sus funcionarios, con los escalones que conducen a él; y el pueblo, con el suelo sobre el que se encuentran”. ¿Qué pensar de un pueblo que tenía el proverbio: “Quien da golpes es señor, quien no da ninguno es perro”? Debemos concluir de inmediato que aquellos que podían repetirlo tenían un espíritu mezquino y servil; y así fue el caso de los bengalíes, a quienes pertenece ese proverbio degradante, derivado del trato que solían recibir de sus gobernantes mogoles, quienes respondían a las reclamaciones de sus acreedores con un uso vigoroso del látigo. En algunos de los proverbios hebreos nos sorprenden las frecuentes alusiones de ese pueblo nómada a su propia historia. La cruel opresión ejercida por el poder gobernante y la confianza en la esperanza de cambio en el día de la venganza se expresan en este proverbio hebreo: “¡Cuando se dupliquen los ladrillos, vendrá Moisés!”. La devoción excesiva de esos hebreos hacia su ley ceremonial y hacia todo lo relacionado con su sublime teocracia, en su magnífico Templo, queda expresada perfectamente en este proverbio: “Nadie ha sacado jamás una piedra del Templo, pero el polvo le entra en los ojos”. El proverbio hebreo que dice “Un ayuno por un sueño es como el fuego para la paja, que lo enciende”, solo pudo ser inventado por un pueblo cuyas supersticiones atribuían un misterio sagrado a los ayunos y a los sueños. Imaginaban que un ayuno religioso era propicio para tener un sueño religioso, o para obtener la interpretación de aquellos sueños que perturbaban su imaginación. Peyssonel, quien vivió mucho tiempo entre los turcos, observa que sus proverbios están llenos de sentido, ingenio y elegancia, la prueba más segura de las capacidades intelectuales de cualquier nación. Dijo esto para corregir la opinión errática de De Tott, quien…

Page 69

Transmiten una idea de su estúpido orgullo; citan uno de sus refranes favoritos, en los cuales la verdad y la sinceridad son admirables: “Riquezas en las Indias, ingenio en Europa y pompa entre los otomanos”.

Los españoles pueden recurrir a sus proverbios para demostrar que eran una raza de espíritu elevado e independiente. Un celo whig por el poder monárquico se reflejó en este antiguo refrán: Va el rey hasta dónde puede, y no hasta dónde quiere: “El rey va tan lejos como puede, no tanto como desea”. Debe haber sido en un período posterior, cuando el genio nacional se volvió más sumiso y todo español temía encontrar bajo su propio techo a un espía o informante, cuando surgió otro refrán: Con el rey y la Inquisición, ¡silencio! La seriedad y la taciturnidad de la nación se han atribuido a los efectos de este refrán. Sus sentimientos populares pero reprimidos respecto a los impuestos y a las diversas tasas exigidas por su clero se expresaban en proverbios: Lo que no lleva Cristo, lo lleva el fisco: “¡Lo que Cristo no toma, lo se lleva el erario!”. Tienen numerosos proverbios sarcásticos sobre la insistencia del “abad avariento”, el sacerdote codicioso, que, “habiendo comido el aceite ofrecido, reclama el plato también”. Una notable mezcla de costumbres caballerescas, decencia doméstica y comodidad epicúrea aparece en el refrán español: La mujer y la salsa a la mano de la lanza: “La esposa y la salsa al alcance de la lanza”; para honrar a la dama y tener la salsa cerca.

Los proverbios italianos tienen un matiz derivado de su profundo y político genio, y su sabiduría parece concentrarse íntegramente en sus intereses personales. Creo que de cada diez proverbios en una colección italiana, uno es alguna máxima cínica o egoísta: ¡Un libro del mundo para los mundanos! El refrán veneciano, Primero veneciano, luego cristiano: “Primero veneciano, y después cristiano”, resume todo el espíritu de su antigua República en el menor espacio posible. Sin duda, sus proverbios políticos surgieron del extraordinario estado de un pueblo que a veces estaba dividido entre repúblicas.

Page 70

A veces, en los tribunales menores, se comportan de forma servil. El italiano dice: “I popoli s’ammazzano, ed i principi s’abbracciano”: “El pueblo se mata entre sí, y los príncipes se abrazan”. Quien trata con los poderosos, es el último en sentarse a la mesa, pero el primero en recibir golpes. Quien no sabe halagar, no sabe gobernar. Quien sirve en la corte, muere sobre paja. La astucia en la vida cotidiana siempre está presente. Un refrán italiano, inmortalizado en nuestro idioma, ya que aparece en la historia de Milton, era aquel con el cual el elegante Wotton aconsejaba al joven viajero poeta que tuviera “Un rostro abierto, pero pensamientos cerrados”. En el mismo espíritu, “Quien habla siembra, quien calla cosecha”; también se dice: “Hazte todo miel, y las moscas te devorarán”. Hay algunos refranes que demuestran un profundo conocimiento de la naturaleza humana: “¡Te vi en Lucca, te conocí en Pisa!”. “Cuidado con el vinagre hecho de vino dulce”; ¡no provoques la ira de un hombre paciente!

Entre un pueblo que había presenciado repetidamente cómo su hermoso país era devastado por guerras menores, su concepción del carácter militar no solía ser heroica. “El soldado recibe buen pago por causar daño”. “Un soldado, fuego y agua pronto se hacen lugar”. Pero en un pueblo poético, dotado de gran sensibilidad, sus refranes a veces eran tiernos y fantásticos. Describen la actividad de la amistad: “Quien tiene amor en el pecho, tiene un estímulo en sus miembros”. O su pasión generosa: “Los amigos atan su bolsa con un hilo de telaraña”. Caracterizaban al amante universal con un elegante refrán: “Colgar mayo en cada puerta”, en alusión a la rama que los campesinos suelen colocar frente a las puertas durante las noches de mayo.

Page 71

La puerta de su amante. Si nos volvemos hacia los franceses, descubrimos que el genio militar de Francia dictó el refrán Maille à maille se fait le haubergeon: “Enlace por enlace se hace la cota de malla”; y Tel coup de langue est pire qu’un coup de lance: “El golpe de lengua hiere más que el golpe de lanza”; y Ce qui vient du tambour s’en retourne à la flute: “Lo que viene con el tambor vuelve con la flauta”. Point d’argent point de Suisse se ha convertido en un refrán, observa un editorialista de Edinburgh Review; una expresión llamativa que, mientras prevalecía el oro francés o austriaco, se utilizó con razón para caracterizar la política iliberal y egoísta de los gobiernos cantonales y federales de Suiza, cuando comenzó a degenerar de su patriotismo moral. El antiguo, quizá ya extinto, espíritu de los ingleses se expresó en cierto momento mediante nuestro refrán: “Mejor ser la cabeza de un perro que la cola de un león”; es decir, el primero entre los campesinos libres en lugar del último entre la nobleza. Un filósofo extranjero podría haber descubierto nuestra antigua habilidad en el tiro con arco entre nuestros refranes; pues solo verdaderos amantes de las armas podrían haber tenido un refrán como: “¡De esto haré o una vara o una flecha!”, lo cual, según el autor de Ivanhoe, significa una determinación de utilizar de una u otra manera lo que se menciona: la flecha era la saeta propia del arco compuesto, mientras que la del arco largo se llamaba vara. Estos ejemplos demuestran suficientemente que las circunstancias y sentimientos característicos de un pueblo se encuentran en sus nociones populares y quedan reflejados en sus refranes habituales.

También es evidente que el humor peculiar, y a menudo idiomático, de un pueblo se conserva mejor en sus refranes. Hay una astucia, aunque carente de delicadeza, en los refranes escoceses; son idiomáticos, jocosos y contundentes. Kelly, quien ha recopilado tres mil de ellos, nos informa que, en 1725, los escoceses eran una nación muy rica en refranes; pues pocos de los de clase alta conversan durante mucho tiempo, sino que confirman cada afirmación y observación con un refrán escocés. Los escoceses especulativos de nuestros tiempos probablemente han degenerado en conocimientos de prudencia y se consideran mucho más sabios que sus refranes. Pueden responder con un refrán escocés.

Page 72

Un proverbio sobre proverbios, creado por un gran hombre de Escocia, quien, después de ofrecer un espléndido entretenimiento, fue severamente reprendido con las palabras: “Los necios organizan fiestas, y los sabios las disfrutan”; pero él respondió rápidamente: “Los sabios crean proverbios, y los necios los repiten”.

El humor nacional, frecuentemente local e idiomático, depende de hábitos artificiales de la humanidad, muy opuestos entre sí; pero existe una vena natural que la gente, siempre fiel a la naturaleza, mantiene, incluso entre las personas más serias. El proverbio árabe: “El barbero aprende su oficio en el rostro del huérfano”; el chino: “En un campo de melones no te quites el zapato; bajo un ciruelo no te arregles el sombrero” —para recordarnos la necesidad de ser cautelosos en situaciones sospechosas—; y el hebreo: “Quien haya tenido a algún miembro de su familia colgado no puede decirle a su vecino: ‘Cuelga este pez’”, son todos ejemplos de este tipo de humor. Los españoles son un pueblo serio, pero ninguna nación se ha igualado a ellos en su humor peculiar. El genio de Cervantes compartía en gran medida el de su país; ese aire de seriedad que casi oculta su faceta juguetona, y con el cual impregnó su estilo y su forma de expresarse de una riqueza idiomática indescifrable, se debe a la erudición proverbial de su nación. “Robar una oveja y regalarle las patas por amor de Dios”, ¡eso es la esencia de Cervantes! Para aquel que busca una oportunidad para discutir con otro, su proverbio dice: “Si quieres dar golpes a tu mujer, pídele que te traiga agua bajo el sol” —¡se puede iniciar una discusión por culpa de las motas en el agua más clara! En cuanto a los jueces de Galicia, que, al igual que nuestros antiguos jueces de paz, “por media docena de pollos prescindirían de una docena de leyes penales”, existe el dicho: “A los jueces de Galicia hay que acercárseles con los pies en las manos”; una broma referida al regalo de aves de corral, que generalmente se sostienen por las patas. Para describir a personas que viven con comodidad sin tener medios visibles, se dice: “Aquellos que venden cabritos y no tienen cabras, ¿de dónde los sacan?”. El vino…

Page 73

No lleva bragas; “El vino no usa calzas”; porque los hombres, bajo el efecto del vino, revelan sus pensamientos más secretos. “Vino de una sola oreja”: ¡es vino bueno! Pues en el vino malo, al sacudir la cabeza, se ven ambas orejas; pero en el vino bueno, el español, mediante un gesto natural de inclinar la cabeza hacia un lado, muestra solo una oreja.

Los proverbios repletos de humor sarcástico, y que se encuentran en todos los pueblos, son aquellos dirigidos contra países rivales. Entre nosotros, apenas hay una región que haya escapado a algún chiste popular; incluso las ciudades vecinas tienen sus sarcasmos, generalmente expresados en alguna rima desafortunada. El egoísmo humano se aferra con avidez a todo lo que sirve para menospreciar o ridiculizar a su vecino: las naciones se dicen cosas unas a otras; las regiones se burlan unas de otras; las ciudades poco conocidas agudizan su ingenio contra otras ciudades igualmente desconocidas. El mismo principio malvado que acecha en la naturaleza humana, si no puede siempre imponerse, se satisfará de forma mezquina mediante insultos o desprecio. Exponen alguna tontería común o aluden a alguna vergüenza que los habitantes hayan sufrido. En Francia, los borgoñones tienen un proverbio: “Mejor una buena comida que un traje bonito”. Estos buenos hombres son grandes comilones, pero se visten de forma modesta; se dice comúnmente que tienen “intestinos de seda y terciopelo”; es decir, toda su seda y terciopelo se destina a sus intestinos. Así, Picardía es famosa por sus “cabezas calientes”; y los normandos por “su dicho y su no dicho”. En Italia, las numerosas ciudades rivales se lanzan proverbios unas a otras: “Quien tiene que tratar con un toscano no debe tener los ojos cerrados”. En Venecia: “A quien Venecia engendra, ella lo alimenta mal”.

Existe otra fuente de características nacionales, que con frecuencia produce combinaciones extrañas o caprichosas: un pueblo, debido a circunstancias muy naturales, ha tomado sus proverbios de objetos locales o de alusiones a costumbres peculiares. La influencia de las costumbres y modales sobre…

Page 74

Las ideas y el lenguaje de un pueblo constituirían un tema de investigación extensa y curiosa. Existe un proverbio japonés que dice: “¡Una niebla no se puede disipar con un abanico!”. Si no hubiéramos conocido el origen de este proverbio, sería evidente que solo podría ocurrírsele a un pueblo que tuviera constantemente nieblas y abanicos a su alrededor; y parece que las nieblas son frecuentes en la costa de Japón, y que desde los cinco años tanto hombres como mujeres japoneses llevan abanicos. Los españoles tienen un proverbio extraño para describir a aquellos que molestan y fastidian a una persona antes de hacerle el beneficio que están a punto de concederle: actuar con amabilidad, pero hablar de manera brusca; “Mostrar primero la horca que el lugar”, es decir, mostrar la horca antes de mostrar la ciudad; una circunstancia que alude a sus pequeñas ciudades, las cuales tienen una horca colocada en una elevación, de modo que esta queda a la vista del viajero antes de que pueda ver la ciudad en sí.

El proverbio de Cheshire sobre el matrimonio dice: “Mejor casarse cerca de casa que en el páramo”, es decir, en casa o en sus cercanías; “mixon” hace referencia al estiércol, etc., en el patio de la granja, mientras que el camino de Chester a Londres pasa por el páramo de Staffordshire. Este proverbio local es un ejemplo curioso del orgullo provincial, quizás también de la sabiduría, destinado a incentivar a la nobleza de esa región a contraer matrimonios entre sí, para prolongar sus familias antiguas y perpetuar las amistades ancestrales entre ellos.

En la Isla de Man, una expresión proverbial indica con fuerza el objeto que ocupa constantemente la mente de sus habitantes. Los dos jueces, cuando son nombrados para ocupar sus cargos, declaran que administrarán justicia entre las personas “de la misma manera en que la espina de arenque se encuentra entre los dos lados”; una imagen que no podría ocurrírsele a ningún pueblo acostumbrado a la pesca del arenque. Existe un proverbio cornualles que dice: “Aquellos que no quieren ser gobernados por el timón deben serlo por la roca”; las costas de Cornualles, tan frecuentemente cubiertas de restos de barcos hundidos, no podían dejar de dejar una impresión en ellos.

Page 75

En la imaginación de sus habitantes, esos dos objetos fueron la fuente de este provecho proverbial contra los cabezotas obstinados.

Cuando Escocia, en el siglo pasado, sintió que su lealtad hacia Inglaterra era dudosa, y cuando los franceses enviaron una expedición a la Tierra de los Pasteles, se revivió un proverbio local para mostrar la identidad de intereses que afectaban a ambas naciones:

Si Skiddaw tiene sombrero,
Scruffel lo sabe muy bien.

Se trata de dos colinas altas, una en Escocia y otra en Inglaterra; tan cercanas que lo que sucede en una no tarda en llegar a la otra. Si hay niebla en una, seguramente lloverá en la otra; de ahí se dedujeron las simpatías mutuas entre los dos países en un extenso tratado escrito por Oswald Dyke sobre lo que se llamó “El proverbio de la Unión”. Fuller incluyó estos proverbios locales en su obra “Worthies”, mientras que Ray y Grose los recopilaron por separado.

Recientemente me divirtió un curioso dato financiero que encontré en un periódico de oposición, donde se afirma que “los ministros pretenden hacer que su carga de impuestos sea más llevadera al trasladarla o modificar su peso, sin, sin embargo, disminuirlo; según el proverbio italiano ‘Accommodare le bisaccie nella strada’, ‘Ajustar la carga durante el viaje’”. Este proviene de una costumbre de los conductores de mulas, quienes, al colocar primero sus bultos de manera torpe sobre el lomo de sus pobres animales y ver que están a punto de hundirse, gritan: “¡No importa! ¡Debemos ajustarlos mejor en el camino!”. Me complació descubrir, a través de este ejemplo y de algunos otros modernos, que el gusto por los proverbios estaba resurgiendo, y que volvíamos a aquellos tiempos sobrios en los que la solidez de un simple proverbio se prefería a la verbosidad de políticos, tories, whigs o radicales.

Page 76

Existen proverbios locales que tienen su origen en incidentes conocidos únicamente por los habitantes de su provincia. La literatura italiana es particularmente rica en estos relatos. El vivo gusto proverbial de ese pueblo vivaz se transmitió a sus propios autores; y cuando estas alusiones se oscurecieron con el tiempo, los italianos eruditos, en su entusiasmo por su literatura nacional y en su amor por la narrativa, escribieron serios comentarios incluso sobre historias ridículas pero populares, de las cuales se dice que surgieron los proverbios. Se asemejan a los antiguos cuentos humorísticos, cuya sencillez y humor siguen presentes en las páginas de Boccaccio, y no han sido olvidados en las de la Reina de Navarra.

Los italianos aplican un proverbio a una persona que, mientras es golpeada, soporta los golpes en silencio:

—¡Por suerte no eran melocotones!

Y para amenazar a alguien con golpearlo:

—Un melocotón en el ojo.

Significa darle una paliza. Se dice que este proverbio surgió al final de cierta aventura graciosa. La comunidad del castillo de Poggibonsi, probablemente debido a alguna costumbre juguetona observada en el día de San Bernardo, entregaba como tributo melocotones a la corte de la Toscana, los cuales solían repartirse entre las damas de compañía y los pajes de la corte. Una temporada, en tiempos de gran escasez de melocotones, la gente de Poggibonsi, al encontrarlos demasiado caros, envió, en lugar del tributo habitual, una cantidad de higos exquisitos y jugosos, lo cual fue tan desaprobado por los pajes que, en cuanto los tuvieron en sus manos, comenzaron furiosamente a vaciar las cestas sobre las cabezas

Page 77

de los embajadores de Poggibonsi, que, al intentar alejarse lo más rápido posible de esa lluvia de jugo, medio cegados, y recordando que los melocotones solían tener semillas, gritaron—

¡Por suerte no eran melocotones!

“Subir las escaleras de San Ambrosio”; un refrán que alude a las intrigas de la escuela del escándalo. Varchi lo explica mediante una circunstancia muy común en las ciudades provinciales. Por las noches de verano, en busca de aire fresco y chismes, los ociosos se reunían en los escalones y plataformas de la iglesia de San Ambrosio: quienquiera que se marchara de ese grupo, “leían en su libro”, como lo expresa nuestro comentarista; ¡y no se pasaba por alto ni una sola cosa! A todos les gustaba formar parte de un grupo tan bien informado sobre los asuntos de los demás, y cada uno trataba de ser el último en irse… ¡no “para dejar atrás su reputación”! Se convirtió en una expresión proverbial para aquellos que abandonaban un grupo y, por cuidar demasiado su reputación, pedían que no los obligaran a “subir las escaleras de San Ambrosio”. Jonson describió muy bien tal tipo de grupo:

Se teme tanto a unos de otros, pero no se les quiere, que nadie se atreve a separarse del grupo, por miedo a que caigan sobre quien se haya ido.

Existen leyendas e historias que pertenecen a los refranes; y algunas de las más antiguas se refieren a incidentes que no siempre han sido recordados. Dos refranes griegos han sido explicados accidentalmente por Pausanias: “Es un hombre de Ténedos”, para describir a una persona de veracidad indiscutible; y “Cortar con el hacha de Ténedos”, para expresar…

Page 78

Rechazo absoluto e irrevocable. El primero tuvo su origen en un rey de Ténedos, quien decretó que siempre debía haber detrás del juez un hombre con un hacha, listo para ejecutar la justicia contra cualquiera condenado por mentira. El otro surgió del mismo rey: su padre, al llegar a su isla para suplicar el perdón de su hijo por las afrentas causadas por las artes de su madrastra, se disponía a desembarcar; ya el barco estaba amarrado con una cuerda a una roca, cuando el hijo bajó, cortó la cuerda con un hacha y dejó que el barco se alejara a merced de las olas. De allí proviene el dicho “cortar con el hacha de Ténedos”, que pasó a ser un modo común de expresar un rechazo absoluto. “¡Asuntos para mañana!”, es otro refrán griego, aplicado a una persona arruinada por su propia negligencia. La suerte de una persona importante hizo que esa expresión, utilizada casualmente en aquella ocasión, perdurara. Uno de los polemarcas tebanos, en medio de una fiesta, recibió mensajes relacionados con una conspiración: ebrio por el vino, aunque el mensajero le insistía en que los abriera de inmediato, sonrió, puso la carta debajo de la almohada de su lecho y dijo: “¡Asuntos para mañana!”. Plutarco relata que ese hombre se convirtió en víctima de las veinticuatro horas que perdió, y así nació un refrán que aún circula entre los griegos.

El estudioso de la filosofía antigua puede descubrir con frecuencia cuántos refranes conmemoran acontecimientos que han quedado fuera de los monumentos más solemnes de la historia, y que a menudo constituyen la única prueba de su existencia. Un evento nacional de la historia española también está preservado mediante un refrán. “Y vengar quinientos sueldos”; “¡Y vengar quinientas libras!”. Es una expresión extraña para designar a una persona distinguida… pero el refrán tiene un origen histórico. Los españoles de la Vieja Castilla estaban obligados a pagar un tributo anual de quinientas doncellas a sus señores, los moros. Tras varias batallas, los españoles lograron sustituir ese vergonzoso tributo por monedas. Finalmente llegó el día en que pudieron liberarse por completo de esa odiosa imposición. Esa acción heroica fue llevada a cabo por hombres distinguidos, y ese acontecimiento permanece en la memoria de los…

Page 79

Con esta expresión singular, que alude al tributo deshonroso, se designaba a todos los hombres de alto honor y devotos amantes de su país.

Pasquier, en sus Récherches sur la France, al analizar los cambios periódicos de las familias antiguas en la época feudal, observa que un refrán entre la gente común resume el resultado de todas sus investigaciones; pues aquellas casas nobles que en una sola era pasaron de la nobleza y la riqueza a la pobreza y la miseria dieron origen al refrán: “¡Cien años con banderas y cien años con carros funerarios!”. El refrán italiano, “Con l’Evangilio si diventa eretico”, “Con el evangelio nos convertimos en herejes”, refleja la política de la corte de Roma; y debe datarse en la época de la Reforma, cuando la traducción de las Escrituras al idioma vulgar encontró una oposición tan fuerte. El refrán escocés dice: “Quien inventó la guillotina fue quien primero la utilizó”; es decir, quien se benefició primero de ella. La guillotina es ese instrumento de decapitación tan conocido, reavivado por el cirujano francés Guillotin. Este refrán puede aplicarse a aquel que se convierte en víctima de su propia ingeniosidad; ¡el artífice de su propia destrucción! El inventor fue James, conde de Morton, quien gobernó Escocia durante algunos años y, posteriormente, según se dice, sufrió de manera muy injusta a causa de su propia invención. Es una coincidencia sorprendente que el mismo destino corriera el renovador francés; ambos son ejemplos tristes de tiempos turbulentos. Entre nuestros propios refranes se ha conmemorado un incidente notable: “Entregárselo a la fuerza”, en referencia a cómo se arrebató el Pacto a la gente. Esto refleja la forma en que el Pacto escocés, tan famoso en nuestra historia, fue arrebatado violentamente por más de sesenta mil personas cerca de Edimburgo en 1638; una circunstancia novedosa en nuestra historia revolucionaria, y posteriormente imitada por los franceses al votar por aclamación. Un antiguo refrán inglés relata un hecho curioso sobre nuestra moneda. Los “testers” fueron a Oxford para estudiar en Brazennose. Cuando Enrique VIII devaluó la moneda de plata, llamada “testers”, debido a que tenía una cabeza estampada en un lado; la de bronce…

Page 80

La aparición de espinillas rojas en sus rostros plateados provocó el mal humor de la gente, el cual se expresó a través de este refrán juguetón, que ha conservado para los estudiosos de la historia ese sentimiento popular que perduró unos cincuenta años, hasta que Isabel reformó la situación monetaria. Un refrán del norte, entre nosotros, ha preservado esa idea notable que parece haber sido común en su momento: que la metrópoli de Inglaterra debía ser la ciudad de York; Lincoln lo fue, Londres lo es, ¡York lo será! Ya sea en el momento de la unión de las coronas, bajo Jacobo I, cuando Inglaterra y Escocia se convirtieron en Gran Bretaña, o por alguna otra razón que aún no he descubierto, esta idea debió ser muy difundida para llegar a formar parte de un refrán. El magistrado principal de York es el único de las provincias al que se le permite llevar el título de Alcalde Mayor; circunstancia que parece estar relacionada con este refrán.

La historia italiana de sus pequeños principados, cuyo bienestar dependía en gran medida de su prudencia y sagacidad, ofrece muchos ejemplos del uso oportuno de los refranes. Muchas negociaciones complejas se resolvieron gracias a un refrán amable; muchos otros, sarcásticos, sirvieron para silenciar a un adversario; y a veces se emplearon en ocasiones más solemnes, incluso trágicas. Cuando Rinaldo degli Albizzi fue exiliado debido a la firmeza de Cosmo de’ Medici, Maquiavelo nos cuenta que el expulsado envió a Cosmo una amenaza en forma de refrán: “¡La gallina está incubando!”, dicho de alguien que planeaba vengarse. El intrépido Cosmo respondió con otro refrán: “¡No hay nada incubándose en el nido!”.

Doy un ejemplo de especial interés, ya que es perpetuado por Dante y está relacionado con el carácter de Milton.

Cuando las familias de los Amadei y los Uberti sintieron que su honor había sido herido por el insulto que el joven Buondelmonte les causó al romper su compromiso con una joven de su familia para casarse con otra…

Page 81

Otra vez se celebró un consejo, y se propuso que la muerte del joven caballero fuera la única forma de expiar su honor mancillado. Pero las consecuencias que anticipaban, y que más tarde resultaron tan fatales para los florentinos, retrasaron durante mucho tiempo su decisión. Finalmente, Mosca Lamberti se levantó de repente y exclamó, en dos proverbios: “¡Que aquellos que lo consideran todo nunca llegarán a decidirse por nada!”, concluyendo con un antiguo dicho proverbial: “Cosa fatta, capo ha”: “¡Una acción hecha tiene fin!”. El proverbio selló esa decisión fatal, y los toscanos lo recordaron durante mucho tiempo con tristeza; pues, según Villani, fue la causa y el origen de las malditas facciones de los güelfos y los gibelinos. Dante inmortalizó así esa expresión enérgica en una escena del “Infierno”.

Y uno, al que le faltaban ambas manos, alzando los muñones en la oscuridad, de modo que la sangre ensuciaba su rostro, gritó: “¡Recuerda también a Mosca, a quien dije, ay, ‘La acción hecha tiene fin’, lo cual resultó ser la semilla de la desgracia para la raza toscana”.

Page 82

Este proverbio italiano fue adoptado por Milton; pues cuando estaba profundamente dedicado a escribir “La Defensa del Pueblo”, y se temía que eso pudiera causarle ceguera, decidió con firmeza terminar su obra, exclamando con gran magnanimidad, aunque la funesta predicción ya se hubiera cumplido: “Cosa fatta, capo ha”. ¿Influyó también este proverbio en su terrible decisión durante aquel gran acontecimiento nacional, cuando los más honestos vacilaban entre dudas y miedos?

Sobre una persona utilizada de forma traicionera, el proverbio italiano dice que ha comido las “frutte di frate Alberigo”, es decir, el fruto del hermano Alberigo.

Landino, al comentar el siguiente pasaje de Dante, relata esta historia trágica:

——“Yo soy fraile Alberigo,
Yo soy aquel de las frutas del mal jardín
Que aquí recibo su castigo, etc.
Canto xxxiii.”

“El fraile Alberigo”, respondió él,
“Soy yo, quien de ese jardín malvado recogí
Sus frutos, y aquí recibo a cambio
Un fruto aún más dulce”.

Ese era Manfred, señor de Fuenza, quien, después de cometer muchas crueldades, se convirtió en fraile. Para reconciliarse con aquellos a quienes tantas veces se había opuesto y celebrar la renovación de su amistad, los invitó a un espléndido banquete. Al final de la cena, sonó el cuerno para anunciar…

Page 83

postre… pero era la señal de ese conspirador disimulado. Las “frutas” que ese día se sirvieron a sus invitados eran hombres armados, quienes, al irrumpir, sacrificaban a sus víctimas.

Entre estos proverbios históricos, ninguno es más entretenido que aquellos que perpetúan acontecimientos nacionales relacionados con los de otro pueblo. Cuando un francés quería hacernos entender que había saldado sus deudas con sus acreedores, el proverbio era: “J’ai payé tous mes Anglois”: “He pagado a todos mis ingleses”. Este proverbio surgió cuando Juan, rey de Francia, fue hecho prisionero por nuestro Príncipe Negro. Se cobraron impuestos para el rescate del rey y de muchos nobles franceses; así, el pueblo francés perpetuó la gloria militar de nuestra nación, así como su propia concepción de ella, al hacer sinónimos a los ingleses y a sus acreedores. Otro proverbio se refiere al mismo evento: “Le Pape est devenu Français, et Jésus-Christ Anglais”: “Ahora el Papa es francés y Jesucristo inglés”; este proverbio surgió cuando el Papa, exiliado de Roma, estableció su corte en Aviñón, en Francia; y los ingleses prosperaron tanto que poseían más de la mitad del reino. El proverbio español sobre Inglaterra es bien conocido:

¡Guerra con todo el mundo,
y paz con Inglaterra!

No puedo determinar si este proverbio fue uno de los resultados de su memorable armada, y si solo se acuñó después de que comprendieran la gran tontería que habían cometido. Inglaterra siempre ha sido un aliado deseable para España contra su poderoso rival y vecino. Los italianos tienen un proverbio que, al menos en el pasado, indicaba claramente la tendencia a viajar.

Page 84

Los ingleses en su propio país: el inglés italianizado es un diablo encarnado. Antiguamente existía una relación más estrecha entre nuestro país e Italia que con Francia. Antes y durante los reinados de Isabel y Jacobo I, esa tierra de las artes elegantes moldeó nuestro gusto y nuestras costumbres; además, más italianos viajaron a Inglaterra y se establecieron allí de forma permanente por motivos comerciales, que posteriormente, cuando Francia adquirió un mayor prestigio en Europa gracias a su superioridad política. Esta causa explica suficientemente la cantidad de proverbios italianos relacionados con Inglaterra, los cuales demuestran una intimidad con nuestras costumbres que de otro modo no habría sido posible. Probablemente fue algún italiano sarcástico, quizás relojero, quien, para describir las desavenencias entre las personas, dijo sobre nuestra nación: “¡Están de acuerdo como los relojes de Londres!”. En el pasado, éramos más famosos por nuestras alegres Navidades y sus pasteles; seguramente fueron los italianos que vivían con nosotros quienes difundieron el proverbio: “Tiene más trabajo que los hornos navideños en Inglaterra”. Nuestra nobleza, amante de los pasteles, era muy conocida, y los libros de Shakespeare solían colocarse abiertos en los grandes salones de nuestra nobleza para entretener a sus sirvientes, quienes devoraban tanto a Shakespeare como sus pasteles. Algunos de esos volúmenes han llegado hasta nosotros, no solo con manchas, sino incluso con las mismas masas de masa utilizadas en la época isabelina.

He intentado así desarrollar el arte de leer proverbios; pero he hecho poco más que indicar la teoría, y debo dejar que el estudiante hábil se ocupe de la delicada práctica. Deseo rescatar de los prejuicios predominantes estos valiosos recursos de diversión y de profundo conocimiento sobre las formas de ser humano, y señalar las verdades audaces y ocultas que se encuentran dispersas en estas colecciones. Parece que no hay ningún acontecimiento en los asuntos humanos al cual no se pueda aplicar algún proverbio. Todo conocimiento era antiguamente en forma de aforismos y tradiciones, que resumían de manera concisa los descubrimientos que debían comprenderse de inmediato y recordarse fácilmente. Sea lo que sea…

Page 85

El estado revolucionario del hombre hace que principios y acontecimientos similares vuelvan a presentarse ante nosotros; y la antigüedad, siempre que sea aplicable a nuestros tiempos, pierde su denominación y se convierte en la verdad de nuestra propia época. Un proverbio a menudo resuelve el nudo que otros intentan desatar en vano. Johnson, cansado de las elegancias redundantes de la composición moderna, dijo una vez: “Imagino que con el tiempo la humanidad llegará a escribir todo de forma aforística, excepto en lo narrativo; se cansará de la preparación, de la conexión, de la ilustración y de todas esas artes mediante las cuales se elabora un libro extenso”. De hecho, muchos volúmenes han sido escritos para demostrar lo que un amante de los proverbios podría haber mostrado ya desde hace tiempo con solo uno de sus proverbios favoritos.

Una dificultad insuperable que todos los parémiógrafos han encontrado es la de establecer una clasificación adecuada, rápida y sistemática: el “Linné” moral de tal “systema naturae” aún no ha aparecido. Cada uno consideró imperfecto el método de su predecesor, pero todos estaban condenados a compartir el mismo destino. La organización de los proverbios ha desconcertado la ingeniosidad de todos aquellos que los han recopilado. Nuestro Ray, tras larga reflexión, eligió un sistema que parecía basarse en un orden alfabético; pero, en realidad, su sistema no es un sistema, y su alfabeto no es un alfabeto. Tras diez años de trabajo, este buen hombre solo pudo organizar sus proverbios por lugares comunes, por frases completas, por formas de expresión, por comparaciones propias de los proverbios, etc. Todo esto se ordena alfabéticamente, “por la primera letra de la palabra más ‘material’, o, si hay varias palabras ‘igualmente materiales’, por aquella que suele estar en primer lugar”. El examinador más paciente descubrirá, por lo general, que necesita la sagacidad del coleccionista para encontrar esa palabra que es “la más material”, o “las palabras igualmente materiales”. Debemos buscar entre toda esa multiplicidad de categorías, o “cajas mágicas”, en las que este malabarista de proverbios pretende ocultar la pelota.

Page 86

Otra objeción aún más importante contra una colección de proverbios, para el lector impaciente, es su dificultad para ser comprendidos. Al tomar uno tras otro una multitud de proverbios aislados, su naturaleza esquiva hace imposible recordar siquiera uno de cada cien; el estudio de los proverbios debe consistir en recopilar gradualmente aquellos que nos gusten, y esa colección la debemos formar nosotros mismos. La experiencia de la vida aportará siempre una frescura a estos textos breves y sencillos; cada día puede ofrecer un nuevo comentario; y podemos envejecer sin dejar de encontrar novedad en los proverbios gracias a su uso constante.

Quizás existan unas veinte mil proverbios entre las naciones de Europa: muchos de ellos se han difundido a través de los intercambios entre ellas; muchos son tomados de los antiguos, principalmente de los griegos, quienes a su vez los tomaron en gran medida de las naciones orientales. Nuestros propios proverbios carecen con demasiada frecuencia de esa elegancia e ingenio que se encuentran a menudo en los proverbios españoles e italianos. En esos países, los proverbios animan con frecuencia las conversaciones o forman parte de la vida cotidiana, sin que se asocie a ellos ningún sentido de vulgaridad: son demasiado numerosos, demasiado ingeniosos y demasiado sabios como para dejar de ser agradables por su precisión y su adecuación. Los he escuchado salir de los labios de hombres de letras y de estadistas. Cuando recientemente el estado caótico de los fabricantes de Mánchester amenazó con provocar una insurrección, un político italiano muy perspicaz me dijo que no se trataba de algo que pudiera alarmar a una gran nación, ya que la solución estaba al alcance de la mano, en el proverbio de los Lazzaroni de Nápoles: “¡Mitad consejo, mitad ejemplo, mitad dinero!”. El resultado confirmó la veracidad de ese proverbio, el cual, de haberse conocido en ese momento, podría haber calmado los temores legítimos de gran parte de la nación.

Los proverbios dejaron de estudiarse o utilizarse en las conversaciones desde que pasamos a obtener nuestro conocimiento a través de los libros; pero en una época filosófica parecen ofrecer infinitos temas para la curiosidad especulativa. Originarios de diferentes épocas, estos testimonios de costumbres, acontecimientos y modos de…

Page 87

El pensamiento, tanto por razones históricas como morales, sigue ejerciendo una fuerte influencia en nuestra atención. El conocimiento acumulado a lo largo de las épocas y por parte de diferentes pueblos debe integrarse siempre en alguna parte de nuestro propio conocimiento. La verdad y la naturaleza nunca pueden volverse obsoletas.

Los proverbios abarcan toda la esfera de la existencia humana; adoptan todos los matices de la vida. A menudo son expresiones exquisitas de genialidad; nos deleitan con su sarcasmo o su sátira mordaz, con la riqueza de su humor, con su espíritu lúdico, e incluso con la elegancia de sus imágenes y la ternura de sus sentimientos. Nos brindan una profunda comprensión de la vida cotidiana y nos abren el corazón del hombre, en todos los estados en que pueda encontrarse. Una revisión frecuente de los proverbios debería formar parte de nuestras lecturas. Y aunque ya no son adornos de la conversación, no han dejado de ser tesoros del pensamiento.

Page 88

29 Traducción de las obras de Platón por Taylor, tomo V, p. 36.

30 Shakespeare alude de forma satírica a la calidad de tales rimas en su *Mercader de Venecia*, acto V, escena 1. Hablando de uno de ellos:

“——cuya poesía era, en todo sentido, como la poesía grabada en un cuchillo: ‘Ámame y no me abandones’”.

31 Uno de los platos para frutas, así como se denominan estos grabados en el *Gent. Mag.* de 1798, p. 398, está grabado allí, junto con las inscripciones de todo un conjunto. Véase también el suplemento de ese volumen, p. 1187. El autor de *El arte de la poesía inglesa*, de 1589, nos dice que nunca contenían más de un verso, o a lo sumo dos, pero cuanto más corto, mejor. Dos ejemplos pueden ser suficientes para el lector. Uno, bajo el símbolo de un cráneo, dice lo siguiente de forma moralizadora:

“Conténete con tu condición y no eches a nadie pobre de tu puerta; porque este es mi consejo: aprende a morir y muere para vivir”.

En otro, decorado con imágenes de frutas, se encuentran estas líneas satíricas:

“Aliméntate y engorda: las peras y las ciruelas nunca dañarán tus dientes ni arruinarán tus encías. Y deseo que aquellas muchachas que las pintaron no tengan otro alimento que tales delicias pintadas”.

32 Esta costumbre constante de grabar “poesías”, como se les llamaba, en anillos es mencionada por muchos autores de la época isabelina. Lilly, en su *Euphues*, pide a las damas que juzguen favorablemente su obra, esperando que sea registrada “como ustedes graban las poesías en sus anillos, que siempre quedan junto al dedo, de modo que quien les sostiene la mano no pueda verlas, y sin embargo…”

Page 89

“Sabed que los llevamos en vuestras manos”. Siempre estaban grabados en el interior del anillo. Un manuscrito de la época de Carlos I nos proporciona un único verso al respecto: “Esto contiene aleación; mi amor es puro”. De la misma fuente obtenemos los dos siguientes versos rimados:

“La constancia y el cielo son redondos,
Y en esto se encuentra el emblema”.

“Llévanme con vos; el amor no se desperdiciará;
El amor permanece más allá del tiempo”.

33 Heywood, “Diálogo que contiene el número de todos los proverbios en la lengua inglesa”, 1561. Existen más ediciones de este pequeño volumen de las que Warton ha señalado. Hay algo de humor en su narrativa, pero su métrica y sus expresiones groseras representan una carga excesiva para nuestra curiosidad.

34 Todo el contenido de “Quinientas enseñanzas sobre cómo ser buen esposo” de Tusser, 1580, está compuesto en pareados curiosos, recordados durante mucho tiempo por los campesinos por su sabiduría práctica y cotidiana. Uno de ellos, dirigido a quienes trabajan en panaderías, dice así:

“El pan nuevo es un derroche;
Demasiada corteza también es malo”.

Otro, dirigido a las criadas lecheras, les dice:

“Una buena leche da placer;
Una mala leche hace perder riquezas”.

Otro más podría competir con cualquier lección sobre la frugalidad:

“Donde nada durará,
Ahorra lo que tengas”.

Page 90

35 Townshend’s Historical Collections, p. 283.

36 Fue publicado en 1616: el autor solo se refiere a algunas expresiones verbales, como, por ejemplo:

El refrán vulgar dice: “Cuanto más, mejor”.

La cruz: “¡No! Una sola mano basta para manejar la bolsa”.

El refrán: “Es un camino directo hacia el fondo del mar”.

La cruz: “¡No! Es solo a un tiro de piedra”.

El refrán: “El orgullo de los ricos hace que los pobres trabajen más”.

La cruz: “¡No! Son los trabajos de los pobres los que generan el orgullo de los ricos”.

El refrán: “Quien no se detiene llega lejos”.

La cruz: “¡No! Puede romperse el cuello en poco tiempo”.

37 Se ha sugerido que este entretenimiento caprichoso ha sido revivido, hasta cierto punto, recientemente en los juegos de adivinanzas entre grupos de jóvenes.

38 Ahora, el lema juguetón de una familia noble.

39 En la Institución Real existe una excelente copia de los “Adagia” de Polydore Vergil, junto con su otra obra, curiosa para su época, “De Inventoribus Rerum”, impresa por Frobenius en 1521. Las xilografías de esta edición me parecen ejecutadas con una delicadeza inigualable, similar a un dibujo a lápiz que incluso Rafael podría haber envidiado.

40 Desde la aparición de este artículo, se han intentado varias colecciones de proverbios. Un volumen sencillo, titulado “Proverbios seleccionados de todas las naciones, con notas y comentarios, de Thomas Fielding, 1824”, está bien organizado; es un libro excelente para la lectura popular. El editor de una reciente compilación variada, “El tesoro del conocimiento”, decidió adornar los cuatro bordes de las páginas de un diccionario con tantos proverbios como fuera posible. La idea era ingeniosa, pero los proverbios no lo son. La banalidad y lo trivial son fatales para un proverbio.

Page 91

41 Una nueva edición del libro de Ray, con amplias adiciones, fue publicada por Bohn en 1855, bajo el título de “A Handbook of Proverbs”. Se trata de una vasta colección de “sentencias sabias” de todas las épocas y países.

CONFUSIÓN DE PALABRAS.

“No hay nada más común”, dice el vivaz Voltaire, “que leer y conversar sin propósito alguno. En la historia, en la moral, en el derecho, en la física y en la teología, hay que tener cuidado con los términos equívocos”. Uno de los antiguos escribió un libro para demostrar que no existía palabra que no transmitiera un significado ambiguo e incierto. Si poseyéramos ese libro perdido, nuestros ingeniosos diccionarios de “sinónimos” probablemente no demostrarían su inutilidad. Cada vez que las mismas palabras son asociadas por las partes involucradas con ideas diferentes, pueden conversar o discutir hasta “el fin de los tiempos”. Con un poco de obstinación y algo de agilidad para cambiar de posición, esto puede ser la ruina de un oponente. Mientras una parte se esfuerza por desentrañar un significado, y la otra le habla de otro tema, una palabra de este tipo, introducida descuidadamente o de forma perversa en el debate, puede prolongarlo durante un siglo o dos, como ya ha ocurrido. Vaugelas, quien dedicó toda su vida al estudio de las palabras, no admitía que fuera el sentido lo que determinara el significado de las palabras; pues, según él, era función de las palabras explicar el sentido. Kant, durante mucho tiempo, descubrió de esta manera una forma de argumentar sin fin, tal como lo hacen hoy en día nuestros políticos.

Page 92

economistas. “¡Os ruego!”, exclama un crítico poético, en la agonía de una confusión de palabras, sobre la controversia del Papa, “¡que no pregunten si me refiero a esto o a aquello!”. Nuestro crítico, seguro de haberse hecho entender, ha demostrado cómo unos pocos términos vagos pueden dar lugar a volúmenes enteros de justificaciones. Arroja una palabra capaz de cincuenta significados, y se crean cincuenta facciones. Si algún amigo de la paz lograra que esas cincuenta facciones se conformaran con un único significado, esa palabra inocente, ya sin sonar como señal de conflicto, quedaría olvidada en el diccionario. Es aún más provocador cuando la identidad de significado solo está disfrazada por diferentes formas de expresión, y cuando el término es examinado detenidamente, para asombro mutuo de ambas partes, descubren que bajo la paja y las briznas hay algo igual. Probablemente Platón y Aristóteles estuvieron mucho más de acuerdo de lo que las facciones opuestas que ellos mismos crearon imaginaban; su diferencia radicaba en la forma de expresión, no en los puntos discutidos. Los nominalistas y los realistas, que alguna vez llenaron el mundo con sus peleas, y que pasaron de palabras irregulares a enfrentamientos directos, nunca pudieron comprender su absurdo intercambio de argumentos: “¿Al emplear términos generales utilizamos únicamente palabras o nombres, o acaso existe en la naturaleza algo que corresponda a lo que entendemos por una idea general?”. Los nominalistas solo negaban lo que nadie sensato afirmaría; y los realistas solo defendían lo que nadie sensato negaría. ¡Una pequeña diferencia podría haber unido lo que el espíritu partidista había separado!

¿Nos engañamos al pensar que las logomaquias de los nominalistas y los realistas terminaron con esos escolásticos regañones? La tontería moderna, comparada con lo obsoleto, puede hacer temblar la balanza por un tiempo, pero perderá su calidad agradable de novedad y se establecerá un equilibrio. ¡Encuentramos aún su espíritu entre nuestros propios metafísicos! “¡Miren! ¡Los nominalistas y los realistas otra vez!”, exclamó mi erudito amigo Sharon Turner, aludiendo a nuestras doctrinas modernas sobre las ideas abstractas, sobre las cuales todavía existe duda de si son algo más que términos generalizados. Leibniz confundió su filosofía con el término “razón suficiente”: para cada…

Page 93

Existe, para todo evento y para toda verdad, una razón suficiente. Esta vaguedad del lenguaje produjo un malentendido perpetuo, y Leibniz se enorgullecía de sus triunfos equívocos al ofrecer siempre una nueva interpretación. Se supone que él utilizó el término “razón suficiente” simplemente como sinónimo de “causa”. Incluso Locke, quien él mismo señaló de manera admirable el “abuso de las palabras”, fue acusado de usar términos vagos e indefinidos; a veces empleó las palabras “reflexión”, “mente” y “espíritu” de tal manera que confundieron su filosofía. Así, mediante algunas expresiones ambiguas, nuestro gran metafísico terminó estableciendo doctrinas perjudiciales para la inmutabilidad de las distinciones morales. Incluso la aguda mirada intelectual de Newton se nubló ante la oscuridad del lenguaje de Locke. Nos sorprende descubrir que dos inteligencias tan destacadas no pudieran comprender las mismas ideas; pues Newton escribió a Locke: “Le pido disculpas por haber sugerido que usted atacaba la raíz de la moralidad en un principio expuesto en su libro de Ideas… y por haberlo tomado por un hobbesiano”. La diferencia de opinión entre Locke y Reid se debe a la ambigüedad de la palabra “principio”, tal como la utilizó Reid. La eliminación de una sola palabra puede arrojar luz sobre todo un conjunto de doctrinas filosóficas: “Si hubiéramos llamado al infinito ‘lo indefinido’”, dice Condillac en su Traité des Sensations, “con este pequeño cambio en una palabra habríamos evitado el error de pensar que tenemos una idea precisa del infinito; de ahí surgieron tantos razonamientos erróneos, no solo por parte de los metafísicos, sino también de los geométricos”. La palabra “razón” ha sido utilizada con diferentes significados por distintos autores; el razonamiento y la razón misma a menudo se han confundido. Una persona puede tener una capacidad ilimitada para razonar, sin ser demasiado influenciada por la razón; y ser razonable quizás sea algo distinto a ambos conceptos. Así nos dice Molière:

“Razonar es el oficio de toda mi casa;
¡Y el razonamiento, en cambio, excluye a la razón!”

Page 94

En esta investigación sobre la “confusión de palabras”, podría entrar en juego la vasta historia de los fundadores de sectas, quienes suelen emplear términos que no tenían ningún significado concreto, o eran tan ambiguos que sus verdaderas ideas nunca fueron comprendidas; de ahí que se hayan atribuido a los fundadores de sectas las opiniones más quiméricas. Podemos dar como ejemplo a los antinomianos, cuyo nombre mismo explica su doctrina, ya que decían ser “en contra de la ley”. Su fundador fue Juan Agrícola, seguidor de Lutero, quien, mientras vivió, evitó que las locuras de Agrícola llegaran a manifestarse abiertamente; pero estas sí surgieron cuando él afirmó que no existía tal cosa como el pecado, que nuestra salvación dependía de la fe y no de las obras; y cuando se opuso a la Ley de Dios. Se sabe hasta qué punto algunos de sus seguidores llevaron esta doctrina verbal; pero las verdaderas ideas de este Agrícola probablemente nunca serán conocidas. Bayle lo consideró un soñador inofensivo en teología, alguien que había confundido su mente debido a las controversias de Pablo con los judíos; pero Mosheim, quien califica a este reformador temprano con los epítetos de “ventosus” y “versipellis”, es decir, voluble y astuto; o, como lo dice su traductor, lo acusa de “vanidad, presunción y artificio”. Según Mosheim, con la expresión “Ley de Dios”, Agrícola solo se refería a los diez mandamientos de Moisés, que consideraba abolidos por el Evangelio, ya que estaban destinados a los judíos y no a los cristianos. Por lo tanto, al usar las palabras “Ley de Dios” y “que no existía tal cosa como el pecado”, Agrícola debió haber dicho una cosa pero querido decir otra. Parece que esto fue el caso de la mayoría de los teólogos del siglo XVI; incluso Mosheim se queja de “su falta de precisión y coherencia al expresar sus sentimientos, por lo que sus verdaderos sentimientos han sido malinterpretados”. Evidentemente, entre ellos reinaba una gran “confusión de palabras”. La gracia suficiente y la gracia eficaz de los jansenistas y los jesuitas muestran los artificios y estratagemas mediante los cuales se puede dar dignidad a lo absurdo. “¿Acaso todos los hombres recibieron de Dios suficiente gracia para su conversión?”, fue una pregunta planteada por algún desdichado teólogo metafísico. Los jesuitas, según su sistema mundano de hacer que las personas…

Page 95

Con conciencias tranquilas, lo afirmaron; pero los jansenistas insistieron en que esta gracia suficiente nunca sería eficaz, a menos que estuviera acompañada por una gracia especial. “¡Entonces la gracia suficiente, que no es eficaz, es una contradicción en sí misma, y peor aún, una herejía!”, exclamaron triunfantes los jesuitas, regocijándose por sus adversarios. Esta “confusión de palabras” se acentuó hasta el punto de que los jesuitas introdujeron en esta polémica con los jansenistas bulas papales, decretos reales y un regimiento de dragones. Los jansenistas, desesperados, recurrieron a milagros y prodigios, que presentaron ante el público; pero, sobre todo, a su Pascal, cuya sátira inmortal los jesuitas consideraban verdaderamente “suficiente y eficaz”, aunque los dragones, al resolver esa “confusión de palabras”, no tuvieron un éxito menor que el de Pascal. En efecto, épocas anteriores habían presenciado incluso una polémica más melancólica, en torno a la Homoousión y la Homoiousión. Un acontecimiento que Boileau inmortalizó con algunos versos excelentes, los cuales, en su famosa sátira L’Équivoque, por razones bien conocidas en la Sorbona, fueron eliminados del texto.

De una sílaba impía surge una palabra sagrada,
Que llena todos los espíritus de amarguras tan mortales…
Tú hiciste, en una guerra tan triste y tan larga,
Que perecieran tantos cristianos, mártires de una diptongo.

Si el Hijo era similar a la sustancia del Padre, o de la misma sustancia, dependía del diptongo “oi”, que se rechazaba y aceptaba alternativamente. Si hubieran descubierto antes lo que finalmente acordaron: que las palabras designaban algo incomprensible, eso habría salvado a miles de personas, como relata un testigo, “de destrozarse unos a otros”. La gran controversia entre Abelardo y San Bernardo, cuando el santo acusó al escolástico de mantener nociones heréticas sobre la Trinidad, agitó mucho al mundo durante mucho tiempo; sin embargo, ahora que estos confusores de palabras ya no pueden encender nuestras pasiones, nos preguntamos cómo es posible que esos grupos puedan seguir existiendo.

Page 96

Existen diferencias respecto a palabras a las que no podemos atribuir ningún significado en absoluto. Han habido pocos concilios o sínodos en los que la omisión o adición de una palabra o frase no haya puesto fin a interminables disputas lingüísticas. En el concilio de Basilea, para facilitar las cosas a los contendientes, Juan de Secubia redactó un tratado sobre las palabras indeclinables, principalmente para determinar el significado de las partículas “de”, “por”, “pero” y “excepto”, las cuales parecían provocar constantemente nuevos conflictos entre los husitas y los bohemios. Si Jerónimo de Praga hubiera conocido, como nuestro Shakespeare, la utilidad de la palabra “si”, o hubiera estado de acuerdo con Hobbes en cuanto a no ser tan estricto en el uso del verbo “es”, quizás habría podido evitar ser quemado. El filósofo de Malmsbury declaró que “quizás el juicio no fuera más que la combinación o unión de dos nombres de cosas o modos, mediante el verbo ‘es’”. En tiempos modernos, los papas han logrado liberar a la Iglesia de esta “confusión de palabras” de manera más hábil. En una ocasión, Su Santidad, temiendo tanto a la corte de Francia, que protegía a los jesuitas, como a la corte de España, que apoyaba a los dominicos, ideó una frase en la que una coma o un punto final, colocados al principio o al final, pretendían indicar que Su Santidad toleraba opiniones que en realidad condenaba. Cuando las partes rivales enviaron delegaciones a la corte de Roma para defender el uso de la coma o del punto final, Su Santidad, en medio de esta “confusión de palabras”, envió a las partes una copia sin signos de puntuación; y no fue culpa suya, sino del espíritu partidista, si la ira de unos no se transformaba en una coma, ni la de otros en un punto final.

En el ámbito del derecho, ha habido mucha confusión en el uso del término “derechos”; sin embargo, la unión social y la felicidad humana dependen de la precisión en la expresión. Cuando Montesquieu estableció la virtud como principio activo de una república, parecía inferir que la república era el mejor tipo de gobierno. Para defender su gran obra, se vio obligado a definir ese término; y parece que con “virtud” solo se refería a la virtud política, es decir, al amor por el país.

Page 97

En política, ¿qué males han surgido de términos abstractos a los que no se les asigna ninguna idea concreta? Términos como “la igualdad del hombre”, “la soberanía o majestad del pueblo”, “lealtad”, “reforma”, ¡incluso la propia libertad!, “la opinión pública”, “el interés público”. Y otras nociones abstractas que han provocado el odio o el ridículo en las personas vulgares. Las ideas abstractas, al igual que los sonidos, se han utilizado como consignas. Los contendientes suelen estar dispuestos a luchar por palabras a las cuales, quizás, ninguno de ellos les ha dado un significado concreto. Locke aborda este tema de manera admirable en su capítulo sobre “el abuso de las palabras”. “Sabiduría, gloria, gracia, etc., son palabras muy frecuentes en boca de todos; pero si se le preguntara a muchos de quienes las utilizan qué significan, se quedarían sin saber qué responder. Esto demuestra claramente que, aunque hayan aprendido esos sonidos y los tengan listos para usarlos, en sus mentes no existen ideas concretas que puedan expresar a los demás”.

Cuando el estadounidense exclamó que no estaba representado en la Cámara de los Comunes porque no era elector, le dijeron que solo una pequeña parte del pueblo inglés era electora. Como no podían considerar eso como una representación real, inventaron un nuevo nombre para ello: representación virtual. Esto se impuso a la nación inglesa, que no podía objetar que otros fueran gravados en lugar de ellos mismos; pero para los estadounidenses era un sofisma. Y esta representación virtual, en lugar de ser real, condujo a nuestra separación. “Lo cual”, dice el señor Flood, “en aquel momento pareció haber arrebatado casi toda nuestra gloria y nuestro territorio; cuarenta mil vidas y cien millones en riquezas”.

Esa expresión fatal que Rousseau introdujo, “la igualdad de los hombres”, que al final afectó la felicidad de todo un pueblo… Si hubiera vivido, probablemente habría mostrado cuán mal había sido comprendida por su país. Solo podía referirse, en su mente, a la igualdad política, pero no a una igualdad de posesiones, de propiedades, de poderes, que destruye el orden social.

Page 98

Deberes morales, que deben existir entre todo pueblo. “Libertad”, “Igualdad” y “Reforma” (palabras inocentes…) lamentablemente fermentan las mentes de aquellos que no pueden fijarse en ellas ninguna noción concreta; son como esas ficciones quiméricas en el derecho, que declaran al “soberano inmortal, proclaman su ubicuidad en diversos lugares”, e irritan los sentimientos del pueblo al suponer que “el rey nunca puede cometer un error”. En tiempos de Jacobo II, “es curioso”, dice Lord Russell, “leer la discusión entre las Cámaras sobre el significado de las palabras ‘abandonar’ y ‘abdicar’, y los debates en la Cámara de los Lores sobre si existe o no un contrato original entre el rey y el pueblo”. El pueblo necesariamente decidiría que “los reyes derivaban su poder de ellos”; pero los reyes antiguamente se sostenían por un “derecho divino”, una “confusión de términos”, derivada de dos teorías opuestas, y ambas solo son relativamente verdaderas. Cuando escuchamos tan frecuentemente términos tan abstractos como “la majestad del pueblo”, “la soberanía del pueblo”, de los cuales se infiere que “todo poder deriva del pueblo”, no podemos formarnos ninguna noción concreta: es “una confusión de términos”, que contradice toda la experiencia política que nuestros estudios o nuestras observaciones nos brindan; pues la soberanía se establece para gobernar, dirigir y resolver las vacilaciones y pasiones efímeras de la multitud. La opinión pública expresa demasiado a menudo las ideas de un partido en lugar de las de otro. Los axiomas políticos, debido a que las nociones a ellos vinculadas están sin definir, se aplican a los fines más opuestos. “En tiempos de la Dirección Francesa”, observa un filósofo italiano de profundas visiones, “en la revolución de Nápoles, la facción democrática proclamó que ‘Cada acto de un gobierno tiránico es, en su origen, ilegal’; una proposición que a primera vista parece evidente, pero que hizo que todas las leyes existentes fueran inviables”. La doctrina de la ilegalidad de los actos de un tirano fue proclamada por Bruto y Cicerón, en nombre del Senado, contra el pueblo, que había favorecido la dictadura perpetua de César; y el pueblo de París la utilizó en contra de la Asamblea Nacional.

Page 99

Esta “confusión de palabras”, en la política servil al poder, ha confundido con demasiada frecuencia lo correcto y lo incorrecto; y hombres astutos, acorralados y con el único objetivo de apoderarse del poder, no han tenido dificultad alguna para resolver dudas y reconciliar contradicciones. Nuestra propia historia en tiempos revolucionarios está llena de ejemplos peligrosos de todos los partidos: hipótesis engañosas para complacer al gobierno del momento o a las pasiones del parlamento. He aquí un ejemplo en el que el sutil confusor de palabras fingió sustituir dos conciencias, privando por completo a un hombre de toda conciencia. Cuando el desdichado Carlos I argumentó que aprobar la ley de destierro contra el conde de Strafford iba en contra de su conciencia, aquel notable personaje de “valentía e impiedad”, como lo describe Clarendon de Williams, arzobispo de York, sobre este argumento de conciencia (una palabra bastante sencilla), demostró “que existían dos tipos de conciencia: pública y privada; que su conciencia pública como rey podía prescindir de su conciencia privada como hombre”. Tal fue el argumento infamante que decidió el destino de esa gran víctima del Estado. Fue una descarada “confusión de palabras” cuando Prynne (con el fin de calmar las conciencias de quienes se sentían incómodos al luchar contra el rey) señaló que la ley del vigésimo quinto año de Eduardo III estaba redactada en singular: “Si un hombre declara guerra contra el rey, esta ley no podría aplicarse a las familias, que son muchas y personas públicas”. Más tarde, encontramos a Sherlock bendecido con el espíritu de Williams, el arzobispo de York, a quien acabamos de mencionar. Cuando algunos no sabían cómo cumplir o eludir los juramentos hechos a Jacobo II y a Guillermo III, este confusor de palabras descubrió que existían dos derechos, tal como otros habían dicho que existían dos conciencias: uno era un derecho providencial y el otro, un derecho legal; una persona podía reclamar y tomar algo de manera completamente legítima, y otra podía poseerlo y conservarlo igualmente legítimamente; pero quien tuviera la ventaja tenía el derecho providencial por la posesión; y puesto que toda autoridad proviene de Dios, la gente estaba obligada a transferirle su lealtad como rey creado por Dios; de modo que

Page 100

Quien tenía el derecho providencial necesariamente tenía también el derecho legal. ¡Un descubrimiento muy sencillo, que sin embargo debió costarle algún esfuerzo; pues este confusor de palabras fue él mismo confundido por doce respuestas de los no jurados! Un político francés de esta calaña fue recientemente suspendido de sus cátedras por afirmar que la posesión de la tierra era un derecho; según ese principio, cualquier rey que reinara sobre un país, ya fuera por traición, crimen o usurpación, era un soberano legítimo. Por este conveniente principio, el catedrático fue juzgado y declarado inocente, por personas que recientemente han encontrado su beneficio en la confusión de palabras. En los tratados entre naciones, se ha estudiado con mayor detalle la “confusión de palabras”; y aquel negociador se consideraba muy hábil si, mediante este abuso de las palabras, lograba mantener una intención oculta que pudiera reforzar o debilitar la expresión ambigua que había insertado tan cuidadosa y delicadamente en su mosaico de traiciones. Una escena de esta naturaleza la tomo de “La negociación de Mesnager con la Corte de Inglaterra”. Cuando aquel agente secreto de Luis XIV negociaba la paz, surgió una dificultad insuperable respecto al reconocimiento de la sucesión hanoveriana. Era absolutamente necesario, en este punto delicado, calmar la ansiedad del público inglés y de nuestros aliados; pero aunque el rey francés estaba dispuesto a reconocer el derecho de Ana al trono, la sucesión en la casa de Hannover era incompatible con los intereses y el honor franceses. Mesnager le dijo a Lord Bolingbroke que “el rey, su señor, estaría dispuesto a aceptar cualquier cláusula que permitiera liberarlo de la obligación de ese acuerdo, según lo exigieran las circunstancias”. Probablemente Lord Bolingbroke comprendió ese lenguaje ambiguo: en la siguiente reunión, su señoría informó al agente secreto “que la reina no podía admitir ninguna explicación, cualesquiera que fueran sus intenciones; que la sucesión estaba establecida por ley parlamentaria; que en cuanto a los sentimientos privados de la reina o de quienes la rodeaban, no podía decir nada”. “Todo esto se dijo con tal aire, que me hizo comprender que daba su consentimiento secreto a lo que…”

Page 101

Yo había propuesto, etc.; pero él quiso que dejara de hablar del tema”. Así, dos grandes negociadores, ambos igualmente ansiosos por concluir el tratado, se encontraron ante un obstáculo insuperable que ninguno de los dos podía controlar. Dos hombres honestos habrían roto la relación; pero el “habilidoso manipulador de palabras”, el diplomático francés, encontró una solución: escribió las palabras que posteriormente aparecieron en los preliminares: “Que Luis XIV reconocerá a la Reina de Gran Bretaña en esa calidad, así como la sucesión al trono según el acuerdo actual”. “El agente inglés”, añade el francés, “quería que yo añadiera algo sobre la casa de Hannover, pero le rogué que no me lo pidiera”. Por lo tanto, el término “acuerdo actual” era ese artículo que servía para liberar a su señor de la obligación de cumplir ese acuerdo, según lo exigieran las circunstancias; es decir, que Luis XIV entendía por “acuerdo actual” el antiguo acuerdo, según el cual la corona británica debía ser devuelta al pretendiente. Ana y la nación inglesa, en cambio, lo entendían a su manera: como el nuevo acuerdo, que la transfería a la casa de Hannover.

Cuando los políticos no pueden confiar en la interpretación que el otro da de una de las palabras más comunes de nuestro idioma, ¿cómo pueden actuar juntos? El obispo de Winchester demostró esta observación con la notable anécdota del duque de Portland y el señor Pitt, quienes, con el objetivo de unir a los partidos, debían celebrar una conferencia en condiciones justas e iguales. Su gracia no tenía objeciones a la palabra “justas”, pero “iguales” era un término más específico y limitado; por lo tanto, como requisito previo, pidió al señor Pitt que le explicara qué entendía por “iguales”. Ya sea porque Pitt se sintió perplejo ante la pregunta o porque no quería revelar sus verdaderas intenciones, pospuso la explicación hasta la conferencia. Pero el duque no quiso reunirse con el señor Pitt hasta que se explicara esa palabra; y así, esa importante negociación se frustró por no haberse explicado una palabra sencilla que, aparentemente, no requería explicación alguna.

Page 102

No hay nada más fatal en el lenguaje que desviarse de la aceptación popular de las palabras; y sin embargo, ese sentido popular no siempre puede coincidir con la precisión de las ideas, ya que él mismo está sujeto a grandes cambios.

Otra fuente, por lo tanto, del abuso de las palabras, es esa mutabilidad a la cual, con el paso del tiempo, está condenado el edificio verbal, así como los más sustanciales. Un ejemplo conocido se presenta en los títulos de tirano, parásito y sofista, que originalmente eran distinciones honorables. Los abusos del poder hicieron que el título apropiado para los reyes se volviera odioso; el título de un magistrado, encargado de los graneros públicos de grano, acabó aplicándose a un miserable adulador a cambio de una cena; y filósofos absurdos hicieron que una mera denominación se convirtiera en un apodo. Utilizar tales términos en su sentido primitivo confundiría ahora todas las ideas; sin embargo, existe una afectación de erudición que ha revivido con frecuencia términos sancionados por la antigüedad. El obispo Watson tituló su defensa de la Biblia “una apología”: esta palabra, en su sentido primitivo, llevaba mucho tiempo perdida para la multitud a la que dirigía especialmente esta obra, y que solo podía entenderla en el sentido al que estaba acostumbrada. Sin duda, muchos de sus lectores imaginaron que el obispo ofrecía una excusa para creer en la Biblia, en lugar de una defensa de su verdad. La palabra impertinente, según los antiguos jurisconsultos o consejeros legales que emitían su opinión sobre los casos, se utilizaba simplemente en oposición a pertinente: ratio pertinens es una razón pertinente, es decir, una razón relacionada con la causa en cuestión, y ratio impertinens, una razón impertinente, es un argumento que no se refiere al tema. Por lo tanto, impertinente originalmente no significaba ni absurdez ni intrusión grosera, como lo hace en nuestro sentido popular actual. El erudito Arnauld, al calificar la respuesta de uno de sus adversarios con el epíteto de impertinente, cuando fue criticado por la libertad de su lenguaje, explicó su significado dando esta historia de la palabra, que se aplica a nuestro propio idioma. Así también entre nosotros la palabra indiferente ha cambiado por completo: un historiador cuyo trabajo estuviera escrito de forma indiferente habría llamado antes nuestra atención. En

Page 103

En la liturgia se reza para que “los magistrados administren la justicia con indiferencia”. Originalmente, “indiferentemente” significaba imparcialmente. La palabra “extravagante”, en su significado primitivo, solo indicaba desviarse del tema principal. Los Decretales, esas cartas de los papas que decidían sobre cuestiones de disciplina eclesiástica, fueron eventualmente incorporados al derecho canónico; sin embargo, se les llamó “extravagantes” porque se alejaban del cuerpo principal del derecho canónico, estando dispersos de forma confusa dentro de esa colección. Cuando Lutero hizo quemar públicamente los Decretales en Wittenberg, el insulto iba dirigido al papa, y no como una condena del propio derecho canónico. Supongamos, en este caso, a dos personas con opiniones opuestas: el católico, que decía que los Decretales eran extravagantes, quizás no pretendía menospreciarlos ni hacer concesiones al luterano. ¡Qué confusión de palabras ha introducido el sentido común de los metafísicos escoceses en la filosofía! Quizás no existan palabras en ningún idioma que puedan ser interpretadas de manera tan diferente; y el profesor Dugald Stewart recopiló, en una nota curiosa del segundo volumen de su “Filosofía de la mente humana”, una gran variedad de sus significados opuestos. La expresión latina “sensus communis”, en varios pasajes de Cicerón, puede traducirse como “sentido común”; pero en otras ocasiones significa algo diferente. El “sensus communis” de los escolásticos es algo completamente distinto, y es sinónimo de concepción, refiriéndose al lugar donde reside el intelecto. En su curioso poema metafísico, Sir John Davies utiliza “sentido común” para referirse a la imaginación. Esto generó controversias con Beattie y Reid; y Reid, quien introdujo esta expresión vaga y ambigua en el lenguaje filosófico, a menudo entendía el término en su acepción habitual. Este cambio de significado de las palabras, que ocurre constantemente en las disputas metafísicas, ha hecho que esa ciencia, aunque curiosa, sea vulnerable a la objeción de Hobbes: “¡Con muchas palabras no se logra entender nada!”.

Se han generado intensas controversias sobre los principios de la moral, los cuales se reducen por completo a disputas verbales, o, como máximo, a cuestiones de…

Page 104

El arreglo y la clasificación tienen poca importancia comparativa en relación con los puntos en cuestión. Esta observación del señor Dugald Stewart puede ilustrarse con el destino de los numerosos inventores de sistemas de pensamiento o moralidad, quienes emplearon términos muy diferentes e incluso opuestos en apariencia para expresar lo mismo. Algunos, por su forma de filosofar, han confundido de manera extraña los conceptos de interés propio y amor propio; y sus concepciones erróneas han desviado tristemente a los seguidores de estos sistemas morales; al igual que otros, mediante términos vagos como “utilidad”, “idoneidad”, etc.

Cuando Epicuro afirmó que el bien supremo consistía en el placer, oponiendo la austeridad insensible de los estoicos a la suavidad de las emociones placenteras, su principio fue pronto ignorado; mientras que sus palabras, quizás elegidas en espíritu de paradoja, fueron adoptadas con entusiasmo por los sensualistas. Epicuro, de quien Séneca ha pintado una escena doméstica tan hermosa, en cuyo jardín un pan, un queso de Citera y una bebida que no provocaba sed constituían el único banquete, se habría indignado ante…

¡El cerdo más gordo del establo de Epicuro!

Estos son los hechos que ilustran ese principio del “abuso de las palabras”, que Locke denomina “una oscuridad afectada que surge de aplicar palabras antiguas a significados nuevos o inusuales”.

Fue esa misma “confusión de palabras” la que dio origen a la famosa secta de los saduceos. El maestro de su fundador, Sadoc, en su pureza moral, anhelaba un culto desinteresado a la Deidad; no quería que las personas actuaran como esclavos, obedeciendo por la esperanza de recompensa o el miedo al castigo. Sadoc sacó una conclusión completamente opuesta de la intención de su maestro, llegando a la conclusión de que no existían ni recompensas ni castigos en el estado futuro. El resultado es similar al destino de Epicuro. La moralidad del maestro de Sadoc era de la clase más pura y elevada, pero debido a la “confusión de palabras”,…

Page 105

Los libertinos los adoptaron para sus propios fines; y habiendo supuesto una vez que en el más allá no existían ni recompensas ni castigos, llegaron a la conclusión errónea de que el hombre perecía junto con su propio polvo.

Las palabras más sencillas, por asociaciones accidentales, pueden sugerir las concepciones más erróneas y haber dado origen a los errores más groseros. En la famosa controversia de Bangor, uno de los escritores provoca sonrisas con una queja surgida de su interpretación del significado de una palabra sencilla, cuyo sentido, según él, había sido modificado por las partes en conflicto. Dice: “La palabra ‘país’, al igual que muchas otras, como ‘iglesia’ y ‘reino’, con el permiso del obispo de Bangor, ha pasado a designar un conjunto de ideas muy diferentes de su significado original; para algunos implica partido, para otros opinión privada, y para la mayoría, interés; quizás, con el tiempo, pueda significar algún otro país. Cuando esta buena y inocente palabra siga siendo manipulada de este modo, podría surgir algún nuevo reformador del lenguaje que la devuelva a su significado primitivo: el verdadero interés de Gran Bretaña”. El oponente de este polemista probablemente le respondió con su propia definición del verdadero interés, la cual podría ser completamente opuesta, según sus concepciones. Se ha dicho, no sé con cuánta verdad, que fue por una mera confusión de palabras por lo que Burke pudo alarmar a las grandes familias whig, mostrándoles que su destino era similar al de la nobleza francesa; fueron engañados por la similitud de nombres. La nobleza francesa tiene tan poca semejanza con nuestra nobleza como con los mandarines de China. Sea como sea en este caso, lo cierto es que los mismos términos mal aplicados han provocado a menudo esas nociones engañosas llamadas falsas analogías. Durante mucho tiempo se creyó en este país que los parlamentos de Francia eran algo similares a los nuestros; pero estas asambleas estaban constituidas de manera muy diferente, compuestas únicamente por abogados de los tribunales. Un nombre incorrecto confunde todo razonamiento. Existe un truco que consiste en…

Page 106

Dar nombres buenos a cosas malas. Los vicios, así disfrazados, se nos presentan como virtudes, según un antiguo poeta:

¿A la embriaguez la llamamos buena compañía?

Sir Thomas Wiat.

O lo contrario, cuando la lealtad puede ser objeto de burla, como

¡El derecho divino de los reyes: gobernar mal!

Las diversiones más inocentes, como el teatro, la danza, la vestimenta, han sido condenadas por los puritanos, mientras que los filósofos han escrito tratados elaborados en su defensa. El enigma se resuelve cuando descubrimos que estas palabras sugerían un conjunto de nociones opuestas entre sí.

Pero los nominalistas y los realistas, y los doctores fundatissimi, resolutissimi, refulgentes, profundi y extatici, han dejado este legado de logomachias a una raza tan sutil e irrefutable. Recientemente, una nueva compañía de actores ha representado una escena extraordinaria en la comedia moderna de Economía Política; todo el diálogo se desarrolló en una “confusión de palabras” inigualable. Esta fraternidad de razonamiento e irracionalidad nunca utiliza un término como tal, sino como explicación, y aquel que todos ellos emplean significa cosas opuestas, pero nunca las más claras. ¿No es, entonces, extraño que aún no puedan decirnos qué son las riquezas, qué es la renta, qué es el valor? Monsieur Say, el más brillante de todos ellos, nos asegura que los escritores ingleses son oscuros, al confundir, como Smith, la denominación de trabajo. El galo vivaz grita al grave británico, el señor Malthus: “Si consiento en usar su palabra ‘trabajo’, usted debe entenderme, así y asá”. El señor Malthus dice: “Las mercancías no se intercambian solo por otras mercancías; también se intercambian por trabajo”. Y cuando el inglés hipócondríaco, con consternación, prevé “el exceso de…

Page 107

“los mercados”, y concluye que podemos producir más de lo que podemos consumir. El paradójico señor Say descubre que “mercancías” es una palabra inadecuada, ya que da una idea errónea; debería ser “producciones”, pues su axioma es que “las producciones solo pueden adquirirse con otras producciones”. El dinero, al parecer, según las definiciones del diccionario, no existe en su vocabulario; pues el señor Say ha adoptado una especie de concepción berkeleyana de la riqueza como algo inmaterial, mientras que nosotros limitamos nuestra visión a su materialidad. De esta “confusión de palabras” surge este paradoja sumamente brillante: ¡un mercado saturado no es prueba de que producimos demasiado, sino de que producimos demasiado poco! Pues en ese caso no se produce lo suficiente para intercambiarlo por lo que se ha producido. Dado que los franceses sobresalen en cortesía e insolencia, el señor Say añade: “Respeto a Adam Smith; él es mi maestro; pero este primer economista político no comprendió todos los fenómenos de la producción y el consumo”. Nosotros, que permanecemos inexpertos en este misterio de explicar las operaciones comerciales mediante ideas metafísicas y de crear teorías para guiar a quienes nunca teorizan, solo podemos partir de la “confusión de palabras” y dejar esta bendita herencia a nuestros hijos, si es que la ciencia sobrevive a esta lucha verbal.

Caramuel, un famoso obispo español, fue un gran arquitecto de las palabras. Ingenioso en teoría, sus errores se limitaban a la práctica: decía mucho sin significar nada; y, según una evaluación precisa de su inteligencia en aquel tiempo, parecía que “tenía genio en el octavo grado, elocuencia en el quinto, pero juicio solo en el segundo”. Este gran hombre no quería leer a los antiguos; pues tenía la idea de que los modernos debían haber adquirido todo lo que poseían con mucho de su propio esfuerzo. Doscientos sesenta y dos obras, de diferente extensión, además de sus manuscritos, demuestran que, si el mundo leyera sus escritos, no necesitaría otros; con este fin, su obra final siempre hacía referencia a las anteriores, y nunca podía comprenderse hasta que los lectores poseyeran aquellas que venían después. Como tuvo el buen sentido de darse cuenta de que

Page 108

Los metafísicos abundan en términos oscuros y equívocos; para evitar esta “confusión de palabras”, inventaron un jerga propia; y para hacer aún peor esa confusión, diseñaron gramáticas y vocabularios mediante los cuales debíamos aprenderla. Pero se supone que él era el único que se entendía a sí mismo. Sumió a todos los autores en la desesperación con las obras que anunciaba. Este famoso arquitecto de palabras construyó, sin embargo, más laberintos de los que podía salir, a pesar de su “gramática cabalística” y su “gramática audaz”. Sin embargo, este gran Caramuel, según han acordado los críticos, no era más que un gigante hinchado, con piernas demasiado débiles para su tamaño, y solo podía considerarse un héroe en medio de una “confusión de palabras”.

¡Temamos el destino de Caramuel! Y antes de entrar en discusión con el metafísico, decidamos primero qué entiende por naturaleza de las ideas; con el político, cuál es su concepción de libertad e igualdad; con el teólogo, qué considera ortodoxo; con el economista político, qué entiende por valor e renta. De este modo podemos evitar esa laxitud o vaguedad extrema de las palabras que se repite constantemente, y que hace que todo escritor o orador se queje de su predecesor, e intente, a veces, no del mejor modo, definir y establecer el significado de aquellas palabras que el ingenioso suriano llama “esas palabras encantadoras para la plebe, que llevan consigo tanto fuego oculto”.

42 “Historia de Inglaterra” de Turner, i. 514.

43 Debemos esta curiosa carta inédita al celo y dedicación del profesor Dugald Stewart, en sus excelentes “Dissertations”.

44 Sigue siendo una expresión jurídica. Una respuesta en los tribunales judiciales, etc., se considera irrelevante, se declara irrelevante, y se ordena que se elimine lo irrelevante, es decir, lo que es materialmente insignificante o superfluo, y que conlleva gastos innecesarios. Debo esta explicación a mi amigo, el señor Merivale; y a otro amigo erudito que trabajó anteriormente en ese tribunal, quien describe su significado como “un exceso de palabras o contenido en las demandas”, y que ha recibido muchas…

Page 109

Tasa oficial para “eliminar la irrelevancia”, aunque, como él mismo admite, queda una cantidad suficiente como para hacer que los abogados se avergüencen de su verbosidad.

45 Sen. Epist. 21.

46 Baillet indica las fechas y los planes de estas gramáticas. La cabalística fue publicada en Bruselas, en 1642, en formato 12mo. La audaz se imprimió en formato folio, en Fráncfort, en 1654.—Jugemens des Savans. Tomo II, tercera parte.

APODOS POLÍTICOS.

Se dice que la calumnia política fue convertida en un arte, similar al de la lógica, por los jesuitas. ¡Esto en sí mismo podría ser una calumnia política! Un grupo poderoso, que había practicado él mismo las artimañas de los calumniadores, podía, a su vez, ser calumniado con frecuencia. El pasaje en cuestión fue extraído de uno de los autores clásicos utilizados en sus colegios. Busembaum, un jesuita alemán, había compuesto, en formato duodecimo, una “Medulla Theologiæ moralis”, donde, entre otras proposiciones casuísticas, se encontraba oculta en este antiguo jesuita una que favorecía el regicidio y el asesinato. Cincuenta ediciones del libro pasaron desapercibidas; hasta que, en el momento crítico del intento de Damián, la edición en duodecimo del antiguo jesuita escolástico, ahora ampliada por sus comentaristas a dos volúmenes en formato folio, fue considerada no solo ridícula, sino también peligrosa. Fue quemada en Toulouse, en 1757, por orden del parlamento.

Page 110

y condenado en París. Un jesuita italiano publicó una “disculpa” por esta teoría del asesinato, y las mismas llamas lo devoraron. Si Busembaum merecía el honor otorgado a su ingenio, el lector puede juzgarlo por el propio pasaje.

“Quienquiera que quiera arruinar a una persona o a un gobierno debe comenzar esta operación difundiendo calumnias para difamar a esa persona o gobierno; pues, sin duda, el calumniador siempre encontrará a un gran número de personas dispuestas a creerle o a ponerse de su lado. Por lo tanto, cada vez que el objeto de tales calumnias ve disminuido su prestigio por esos medios, pronto perderá la reputación y el poder basados en ese prestigio, y caerá bajo los ataques permanentes y vengativos del calumniador”. Esta es la política de Satanás: el principio maligno que regula tantas cosas en este mundo. Los enemigos de los jesuitas han elaborado una lista de grandes nombres que fueron víctimas de tal maquiavelismo atroz.

Esta ha sido una de las artes empleadas por todos los partidos políticos. Su primera estratagema es asignar a una nueva facción un apodo despreciable o infamante. En la historia de las revoluciones europeas, cada vez que un nuevo partido logra finalmente establecer su independencia, el nombre original que se le había dado, marcado por las pasiones del partido que lo impuso, contrasta extrañamente con la situación real del partido una vez establecido.

Los primeros revolucionarios de Holanda recibieron el nombre despectivo de “Les Gueux”, es decir, los mendigos. Cuando la duquesa de Parma preguntó por ellos, el conde de Barlamont los describió con desdén como pertenecientes a esa clase; y fue la adulación de los poderosos la que hizo que ese nombre se difundiera. Los holandeses aceptaron ese nombre tanto por desafío como por indignación, y actuaron en consecuencia. En lugar de broches en sus sombreros, llevaban pequeñas bandejas de madera, como las que usan los mendigos, y colas de zorro en lugar de plumas. En los blancos de algunos de

Page 111

Estos Gueux grababan “¡Más turcos que papistas!”, y tenían impreso el dibujo de un gallo que cantaba, del cual salía una inscripción: ¡Vive les Gueux par tout le monde!, la cual se colocaba por todas partes y era el símbolo favorito de sus posadas. Los protestantes en Francia, después de utilizar toda clase de apodos para despreciarlos —como Christodins, porque solo hablaban de Cristo, similar a nuestros puritanos; y Parpaillots o Parpirolles, un término despectivo aplicado a ellos—, finalmente adoptaron el conocido nombre de hugonotes, que probablemente derivó, como sugiere el Dictionnaire de Trévoux, de su costumbre de esconderse en lugares secretos y aparecer por la noche, como el rey Hugon, el gran ogro de Francia. Parece que este término se ha conservado gracias a un recipiente de barro sin patas, utilizado en la cocina, que los hugonotes empleaban en días de escasez para aderezar su carne y evitar ser vistos; un ejemplo curioso en el que algo aún en uso demuestra las circunstancias oscuras de su origen.

La atroz insurrección llamada La Jacquerie fue un término que surgió de la cruel burla. Cuando Juan de Francia estaba prisionero en Inglaterra, su reino parecía estar devastado por sus nobles miserables, quienes, cediendo a sus pasiones, no ponían límites a su lujo ni a sus extorsiones. Saqueaban a sus campesinos sin piedad, y cuando estos se quejaban e incluso reprochaban a esa nobleza tiránica haber abandonado a su soberano, se les decía que Jacques bon homme debía pagar por todo. Pero Jacques bon homme apareció en persona: surgió un líder bajo ese nombre fatídico, y los campesinos, en su locura, se rebelaron y, con la ayuda de todos los asesinos y ladrones de París, condenaron de inmediato a todo caballero de Francia. Froissart relata esta historia horrible: doce mil de esos Jacques bon homme pagaron por sus crímenes; pero los jacqueries, que inicialmente recibieron ese nombre como burla, lo adoptaron como su nombre de guerra.

Page 112

En las apasionadas Memorias del Duque de Guisa, escritas por él mismo sobre su empresa contra el reino de Nápoles, encontramos un relato curioso sobre este arte político de designar a las personas con apodos odiosos. “Gennaro y Vicenzo”, dice el duque, “cultivaban en secreto esa aversión que los malhechores sentían hacia los ciudadanos de mejor condición y las personas más respetables, quienes, debido a las insolencias que sufrían por parte de estos, los odiaban con razón. La clase más elevada que vivía en los suburbios de la Virgen era llamada ‘capas negras’, mientras que la gente común recibía el nombre de ‘lazares’; tanto en francés como en inglés, esta palabra designa a un mendigo leproso, y de ahí proviene el término ‘lazaroni’ en Nápoles”. Podemos imaginar fácilmente la hostilidad de un ‘lazar’ cuando se encontraba con alguien de las ‘capas negras’. El duque añade: “Así como, al inicio de la revolución, los rebeldes en Flandes adoptaron el nombre de mendigos; los de Guyena, el de comedores; los de Normandía, el de descalzos; y los de Beauvais y Soulogne, el de aquellos que usaban zuecos de madera”. Durante la Revolución Francesa, observamos los extremos a los que llegaron ambas partes involucradas en la revolución: los ricos y los pobres. Los ricos, que, por burla, llamaban a sus conciudadanos humildes con el término despectivo de ‘sans-culottes’, provocaron una injusticia por parte de la población, quien, como venganza por algo tan insignificante, convirtió el inocente término ‘aristócrata’ en señal para saquear o masacrar. Es curioso que el verbo francés ‘fronder’, así como el sustantivo ‘frondeur’, se utilicen para describir a aquellos que condenan las medidas del gobierno; además, designan cualquier crítica hiperbólica y maliciosa, o cualquier tipo de condena. Estas palabras solo fueron introducidas en el idioma después de que las intrigas del cardenal de Retz lograran crear una facción en contra del cardenal Mazarino, conocido en la historia francesa con el apodo de ‘Frondeurs’. Todo comenzó como una broma, pero luego se convirtió en la señal para la insurrección en Francia, y en el nombre odioso de una facción. Un ingenioso comentó que el parlamento era como esos escolares que lanzan piedras a los pozos de París y, en cuanto ven al lugarteniente civil, huyen; pero seguramente vuelven a hacerlo de inmediato.

Page 113

Desaparece. La comparación fue vívida y sirvió de base para las canciones; posteriormente, cuando se resolvieron los asuntos entre el rey y el parlamento, se aplicó más específicamente a la facción del cardenal de Retz, que aún se resistía. “Alentamos su uso”, dice de Retz; “pues observamos que la distinción que suponía un apodo encendía los ánimos de la gente; una tarde decidimos usar cintas para sombreros en forma de honda. Un sombrerero, en quien podíamos confiar con el secreto, fabricó una gran cantidad de ellas como nueva moda, y muchas personas que no comprendían la broma las utilizaron; nosotros mismos fuimos los últimos en adoptarlas, para que la invención no pareciera provenir de nosotros. El efecto de este detalle fue inmenso: ahora todo artículo de moda debía adoptar la forma de una honda; pan, sombreros, guantes, pañuelos, abanicos, etc.; y nosotros mismos nos volvimos más de moda gracias a esta tontería que por cualquier cosa esencial”. Este término revolucionario nunca fue olvidado por los franceses, circunstancia que podría considerarse un presagio de aquella posterior revolución que de Retz tuvo la imaginación para proyectar, pero no el coraje para llevar a cabo. Vemos, sin embargo, a este gran político confesar las ventajas que su partido obtuvo al fomentar el uso de un apodo, el cual servía “para encender los ánimos de la gente”.

Es curioso que tenga que relatar en este capítulo sobre “Apodos políticos” un término conocido por todos los amantes del arte: ¡silueta! Se entiende bien como un perfil negro; pero lo más extraordinario es que un término tan universalmente adoptado no se encuentre en ningún diccionario, ni en el de la Academia ni en el de Todd, e incluso no haya sido conservado, donde resulta absolutamente indispensable, en el Dictionnaire des Beaux-Arts de Millin. Pocas personas sospechan que este término inocente tenga su origen en un apodo político. Silueta fue ministro de Estado en Francia en 1759; ese período era crítico: la tesorería estaba agotada, y Silueta, un hombre muy honesto que no quería tener trato alguno con financieros o prestamistas, no pudo encontrar otro medio para evitar la bancarrota nacional que la economía extrema y reformas interminables.

Page 114

París no era una metrópoli, al igual que Londres, donde un Platón o un Zenón podrían ser ministros de estado durante mucho tiempo sin tener que soportar todas las burlas de esos necios. Al principio fingían seguir sus consejos, solo para reírse de él: se cortaban los abrigos y los llevaban sin mangas; convertían sus cajitas de rapé de oro en objetos de madera tosca; y los retratos de moda pasaron a ser simplemente perfiles de rostros, trazados con un lápiz negro sobre la sombra que proyectaba una vela sobre papel blanco. Todas las modas adoptaron un aire de economía excesiva, hasta que el pobre Silueta se vio obligado a retirarse, junto con todos sus proyectos de ahorro y reforma. Pero dejó su nombre como designativo del tipo de retrato más económico, y uno tan melancólico como su propio destino.

Este artificio político de apropiarse de términos peyorativos o apodos odiosos no podía dejar de florecer entre un pueblo tan constantemente dividido por intereses opuestos como el nuestro. Cada partido tenía su lema, que servía ya sea para unirse entre sí o para que los perros de una facción atacaran y molestaran a los de otra. Lo practicamos desde temprano, y seguimos viendo cómo prospera. El puritano del reinado de Isabel sigue existiendo hasta hoy; las difíciles dificultades que esa sabia soberana tuvo que superar para establecer la religión nacional no encontraron simpatía en ninguna de las grandes divisiones de su pueblo. Ella mantuvo tantos ritos católicos como era apropiado en la nueva religión, y buscó unir, y no separar, a sus hijos. John Knox, en espíritu de caridad, declaró que “ella no era ni una buena protestante, ni tampoco una papista decidida; que el mundo juzgue cuál es la tercera opción”.

Surgió un partido celoso que quería reformar la reforma. En su intento por alcanzar una pureza sobrehumana, recibieron el apodo de puritanos; y debido a su meticulosidad en asuntos muy pequeños, fueron llamados precisianos. Drayton los describe como personas que, por una ventana de vidrio pintado, estarían dispuestas a…

Page 115

Por toda la iglesia. En aquellos tiempos tempranos, estos apodos pronto se utilizaron en un sentido odioso; pues Warner, un poeta del reinado de Isabel, dice:—

Si se nos pregunta por qué llamamos hipócritas a los puritanos, en resumen, es solo un término irónico; así es como lo escribe ese buen hombre.

El honesto Fuller, que sabía que había muchos hombres buenos entre esos puritanos, quiso rechazar completamente ese término, optando por el menos ofensivo de “no conformistas”. Pero los más violentos y fervientes de este partido, en tiempos de Carlos I, eran tan intrusivos que merecían plenamente ese apodo irónico; y la solución pacífica propuesta por nuestro moderador desapareció junto con la página en la que estaba escrita. La gente ha expresado con frecuencia sus propias opiniones sobre los diferentes parlamentos mediante algunos apodos apropiados. En tiempos de Ricardo II, para expresar su disgusto por los procedimientos extraordinarios e irregulares de los lores contra el soberano, así como por sus medidas sangrientas, lo llamaron “el parlamento milagroso e implacable”. Durante el reinado de Eduardo III, cuando el Príncipe Negro aún vivía, el parlamento, por haber perseguido con severidad al partido del Duque de Lancaster, era tan popular que la gente lo consideraba el buen parlamento. En tiempos de Enrique III, el parlamento que se oponía al rey fue llamado “Parliamentum insanum”, el parlamento loco, porque los lores llegaron armados para insistir en la confirmación de la gran carta. Un parlamento escocés, debido a sus constantes traslados de un lugar a otro, recibió el ridículo apodo de “el parlamento errante”; con el mismo espíritu, tuvimos también nuestro “largo parlamento”. El apodo de “parlamento pensionista” se quedó con la Cámara de los Comunes, que estuvo reunida durante casi dieciocho años sin disolverse, bajo el reinado de Carlos II; y otros han recibido epítetos satíricos o elogiosos. Es cierto, como observó el anciano Holingshed: “La gente común muchas veces da nombres que les parecen los más adecuados”.

Page 116

Sería una especulación curiosa descubrir las fuentes de esa opinión popular: ¿influenciada por la ilusión o impulsada por el sentido común?

El apodo político destructivo de “malignos” oscureció a la nación durante las guerras civiles: se trataba de una lista de señores buenos y malos que eran leída por los líderes de los primeros disturbios. De todas estas invenciones, esta diabólica fue la más adecuada para exacerbar las hostilidades del pueblo, tan a menudo engañado por los nombres. Nunca he podido averiguar quién fue el primer hombre de facción que ideó este odioso calificativo para las personas, pero la época en que la palabra cambió su significado habitual fue temprana; Carlos, en 1642, respondió a los parlamentarios con ese insultante término, calificándolos como “el verdadero partido maligno que ideó y respaldó esos bárbaros disturbios”. Los realistas, por su parte, argumentaron que ese odioso apelativo no les correspondía: “Con ‘malignos’”, decían, “se quiere decir actividad en hacer el mal, mientras que nosotros siempre hemos estado del lado de los perjudicados, tanto en cuanto a nuestras personas como a nuestros bienes”; pero los parlamentarios, “con una sonrisa tétrica”, respondían que “los realistas habrían sido malignos si hubieran tenido éxito”. La verdad es que “malignidad” significaba, para ambas partes, cualquier oposición de opiniones. En la misma época, los insultantes apodos de “cabezas redondas” y “caballeros” proporcionaron al pueblo nombres para las facciones, quienes ya contaban con numerosas causas religiosas y civiles de conflicto; las cabezas cortadas de los sectarios y del pueblo fueron la origen de ese apodo burlón; la espléndida elegancia y el espíritu romántico de los realistas siempre habían impresionado al vulgo, quien, en sus burlas, solo podía llamarlos con un nombre del cual sus portadores se enorgullecían. En los tiempos confusos de la revolución inicial, cualquier apodo, por vaguo que fuera, servía perfectamente a su propósito, aunque ni aquellos a quienes se les aplicaba ese odio ni quienes lo lanzaban podían definir ese término odioso. Cuando surgió el término “delincuentes”, expresaba un grado y tipo de culpa que, según Hume, no era exactamente conocido ni determinable. Sin embargo, sirvió a los fines de aquellos revolucionarios que lo inventaron, al implicar a cualquier persona en…

Page 117

Dar un matiz negativo a cualquier acción mediante la calumnia; y muchos de los nobles y gentilhombres, sin que se les hiciera ninguna pregunta, resultaron haber cometido el crimen de la delincuencia. No decidiré si el honesto Fuller habla en broma o en serio sobre este período de apodos; pero cuando nos dice que en ese tiempo se introdujo otra palabra en nuestra nación, creo que al menos todo el pasaje constituye un comentario admirable sobre ese vocabulario relacionado con los apodos. “Contemporáneo de los malvados está la palabra ‘saqueo’, cuya origen algunos atribuyen al latín ‘planum dare’, es decir, dejar todo en ruinas. Otros la consideran de origen holandés, como si significara arrancar las plumas de un pájaro hasta dejar la piel al descubierto. Estoy seguro de que la primera vez que escuchamos esta palabra fue durante las guerras suecas; y si su nombre y su significado se remontaran a su origen, pocos ingleses llorarían por ello”. Toda Inglaterra lloró ante la introducción de esa palabra. “Rump” era el apodo sucio de una facción odiosa; la historia de este famoso apodo, que al principio era motivo de horror y posteriormente se convirtió en objeto de burla y desprecio, debe ser tratada en otro lugar. “Rump” se convirtió en un estímulo constante para los ingenios leales, hasta que finalmente sus antiguos admiradores, la plebe misma, tanto en la ciudad como en el campo, compitieron entre sí para “quemar rumps” de carne, que se colgaban de cadenas en una horca con un fuego debajo; esto demuestra cómo la gente, como los niños, terminan convirtiendo en juguete aquello que alguna vez fue motivo de terror para ellos.

Carlos II, durante las breves vacaciones de la Restauración —¡todas las vacaciones parecen cortas!— y cuando él y el pueblo estaban de buen humor, concedía cualquier cosa a todos. Pero el método de presentar peticiones se volvió muy incómodo, y el rey, junto con su consejo, declaró que tales peticiones eran “un método utilizado por personas malintencionadas para sembrar descontento entre la gente”, e instó a sus súbditos a no firmarlas. Sin embargo, los peticionarios persistieron. Entonces surgió otro grupo que expresaba su rechazo a las peticiones; ambos grupos se llamaron mutuamente peticionarios y opositores. Su tiempo fue breve, pero intenso; los peticionarios, aunque débiles…

Page 118

Su apodo revelaba que eran mucho más audaces de los dos, ya que el pueblo estaba de su lado, y aquellos que los odiaban expresaban con ese término más bien la fuerza de sus inclinaciones que la de su número. Carlos II le dijo a un peticionario de Taunton: “¿Cómo se atreve a entregarme tal documento?”. “Señor”, respondió el peticionario de Taunton, “¡mi nombre es Dare!”. Fue una respuesta atrevida, por la cual fue juzgado, multado y encarcelado; pero he aquí que el pueblo volvió a pedir la liberación del peticionario. “El propio nombre”, dice Hume, “con el cual cada bando designaba a sus adversarios revela la virulencia y el rencor que reinaban; pues además de ‘peticionario’ y ‘odioso’, este año es notable por ser el punto de partida de los conocidos epítetos de ‘whig’ y ‘tory’”. Estos términos ridículos de reproche, ‘whig’ y ‘tory’, siguen estando en uso entre nosotros, como si el pilar de la libertad británica estuviera protegido por esos nombres exóticos, ya que no son ingleses, y los partidos se los otorgan con envidia mutua. Su origen es bastante absurdo. Los partidarios de la corte y los defensores de la sucesión hereditaria fueron calificados por el partido republicano como ‘tories’, que era el nombre de ciertos ladrones irlandeses; mientras que el partido de la corte, a su vez, no encontró otra venganza que atribuir a los covenanters y a los republicanos de esa clase el nombre de la bebida escocesa hecha de leche agria, cuyas propiedades consideraban muy expresivas de sus características, y que se llama ‘whigg’. Tan ridículo era su origen que estos apodos perjudiciales provocaron durante mucho tiempo disputas y peleas en la vida política, y aún hoy se puede decir que dividen este país de libertad política en dos grandes partidos. Pero nada se vuelve obsoleto en las facciones políticas; cuanto más vil y escandaloso sea el nombre que un partido asigna al otro, más se convierte no solo en su grito de guerra o en su contraseña, sino incluso en su gloria. Así, los holandeses se enorgullecieron durante mucho tiempo del humillante apodo de “Les Gueux”; los protestantes de Francia, del despectivo “Huguenots”; los no conformistas de Inglaterra, del burlón “puritano”; y todos los partidos han perpetuado su ira mediante esos nombres deshonrosos. Swift era plenamente consciente de esta verdad.

Page 119

Historia política: “Cada partido”, dice ese perspicaz observador, “se enorgullece de ese apelativo que sus adversarios pretendían inicialmente como una reproche; así eran los güelfos y los gibelinos, los hugonotes y los caballeros”.

Tampoco fue solo mediante apodos burlones o denigrantes como se distinguieron los partidos, sino que también usaron colores distintivos y adoptaron costumbres propias. ¡Qué sufrimientos no tuvo que soportar Italia durante muchos años bajo esos funestos nombres de partidos, güelfos y gibelinos! Alternativamente, los vencedores y los vencidos; la hermosa tierra de Italia derramó la sangre de sus hijos. Italia, al igual que Grecia, ofrece una imagen conmovedora de los odios y celos de las pequeñas repúblicas; sus Blancos y sus Negros, sus güelfos y sus gibelinos. En Bolonia, dos grandes familias sacudieron una vez esa ciudad con sus divisiones: los Pepoli apoyaban los intereses franceses; los Maluezzi, los españoles. Era peligroso caminar por las calles de Bolonia, ya que los Pepoli llevaban sus plumas en el lado derecho de sus sombreros, y los Maluezzi en el izquierdo. Tal era el odio entre estas dos grandes facciones italianas que llevaron su rencor incluso a sus costumbres domésticas: en la mesa, los güelfos colocaban sus cuchillos y cucharas en posición longitudinal, mientras que los gibelinos los hacían transversalmente; unos cortaban el pan de forma transversal, otros de forma longitudinal. Incluso para cortar una naranja no podían ponerse de acuerdo: el güelfo la cortaba horizontalmente, y el gibelino, verticalmente. A los niños se les enseñaban estos trucos de facción; sus odios se convirtieron en algo tradicional, y así los italianos perpetuaron los efectos negativos de su espíritu partidista de generación en generación.

En la vida privada, las personas van a la tumba con algún nombre desafortunado, no recibido en el bautismo, sino más descriptivo y pintoresco; e incluso los ministros de estado han rechazado un “bautismo político”. Malagrida, el jesuita, y Jemmy Twitcher fueron apodos que hicieron que uno de nuestros ministros fuera detestable y otro, despreciable. El conde de Godolphin se enfureció tanto por el apodo de Volpone que eso lo llevó a unirse al partido opuesto.

Page 120

Un propósito vengativo de lograr el procesamiento políticamente incorrecto de Sacheverell, quien, en su famoso sermón, lo había aplicado primero al conde, y desafortunadamente eso le quedó grabado.

“La facción”, dice Lord Orford, “es tan caprichosa como la fortuna; las injusticias, la opresión, el celo de los verdaderos patriotas o el genio de los falsos pueden emplearse durante años para avivar una oposición sustancial contra la autoridad; en otras ocasiones, el impulso de un momento, una balada, un apodo, una moda pueden sumir a una ciudad en el tumulto y sacudir los cimientos de un estado”.

¡He ahí una breve historia de las pasiones humanas en la política! Podríamos desesperar al descubrir que la sabiduría y el patriotismo surgen tan frecuentemente de esta turbia fuente del partidismo; pero nos consuela pensar que los principios políticos más importantes son inmutables: y que son precisamente aquellos que incluso el espíritu partidista debe aprender a respetar.

47 Véase Recueil Chronologique et Analytique de tout ce qui a fait en Portugal la Société de Jesus. Vol. ii. secc. 406.

48 El saqueo, señaló el Sr. Douce, es puramente holandés o flamenco: Plunderen, de Plunder, que significa propiedad de cualquier tipo. May nos dice que fue introducido por aquellos oficiales que regresaron de las guerras de los Países Bajos.

49 Una de las mejores colecciones de canciones políticas escritas durante la gran Guerra Civil se titula “The Rump” y cuenta con un curioso frontispicio que representa a la multitud quemando nalgas, tal como se describe anteriormente.

50 “La Historia de los Tories y Rapparees” fue un librito irlandés muy popular hace unos años, dedicado a los actos audaces de estos merodeadores.

51 Encontré estos curiosos detalles en un manuscrito.

52 Lord Shelburne fue llamado “Malagrida”, y Lord Sandwich, “Jemmy Twitcher”; un nombre derivado del jefe de la banda de Macheath en La ópera del mendigo.

Page 121

LA VIDA DOMÉSTICA DE UN POETA.—SHENSTONE
REIVINDICADO.

El dogmatismo de Johnson y la meticulosidad de Gray, el crítico que pasaba sus días entre “el bullicio de la gente”, y el poeta que meditaba en soledad recluido, dañaron gravemente un excelente talento natural en Shenstone. El señor Campbell, con sentimientos de hermano, ha simpatizado (desde que se redactó este artículo) con los dones y las aficiones de este poeta; pero los hechos que recopilé me parecieron abrir una perspectiva más importante. Soy consciente de lo poco que algunos grandes contemporáneos valoran el carácter poético de Shenstone, aunque este mismo poeta nos haya dejado al menos un poema de una originalidad inigualable. El señor Campbell ha lamentado que Shenstone no solo “adoptara ese arcaísmo” que “confiere un cierto aire de máscara a su carácter pastoral”, adoptado por nuestros poetas anteriores, sino que también “mezclara de manera bastante incongruente al campesino con el discípulo de la virtud”. Todo esto requiere alguna explicación. No es solo como poeta, poseedor de las características de la poesía, sino también como creador de otra índole, por lo que pido la atención del lector. He trazado un retrato de la vida doméstica de un poeta y de las aficiones de un amante del gusto, ambos igualmente limitados en sus esfuerzos, a partir de los hábitos, las emociones y los acontecimientos que ocurrieron en la vida de Shenstone.

Cuatro circunstancias materiales influyeron en su carácter y fueron causa de toda su infelicidad. La negligencia de la que fue objeto en aquel ámbito poético…

Page 122

los estudios a los que había dedicado sus esperanzas; sus penas secretas por no haber formado, por motivos de prudencia, una unión familiar con alguien a quien amaba; el estado ruinoso de sus asuntos domésticos, derivado de una pasión seductora por crear un nuevo estilo en la jardinería paisajística y una granja adornada; y finalmente, su decepción por aquel patrocinio prometido que podría haberlo inducido a convertirse en escritor político, para lo cual sus inclinaciones, y se dice también sus talentos, ya desde su juventud estaban adecuadamente preparados. Teniendo en cuenta estos puntos, podemos seguir los diferentes estados de su ánimo, mostrar qué hizo y qué tenía la firme intención de hacer.

¿Por qué las “Elegías” de Shenstone, que hace cuarenta años constituían para muchos de nosotros los poemas favoritos de nuestra juventud, han dejado de deleitarnos en la edad madura? Quizá sea porque estas Elegías, planeadas con especial habilidad, carecen de expresión poética en su ejecución. Constituyen una serie de verdades poéticas, desprovistas de expresión poética; verdades, pues a pesar del ambiente pastoral en el que se envuelve el poeta, los temas son reales y, por lo tanto, los sentimientos no podían ser ficticios.

En un prefacio notable por su sencillez elegante, nuestro poeta nos dice que “abordaba sus temas ocasionalmente, según lo sugerían incidentes concretos de la vida o según sus disposiciones mentales los recomendaran para su elección”. Demuestra que “tomaba sus imágenes directamente del lugar y sentía muy claramente los afectos que transmitía”. Afirma que todos esos elementos relacionados con los paisajes rurales y todas esas alusiones a la vida campesina no eran escenas falsas propias de un poeta urbano, al igual que los sentimientos inspirados por la Naturaleza. Graves, amigo de Shenstone que lo conoció desde su juventud hasta sus últimos días, nos informa que estas Elegías fueron escritas cuando tomó las riendas de Leasowes; y aunque su granja adornada ocupaba sus pensamientos, de vez en cuando las escribía “en parte”, decía Shenstone, “para distraer mi impaciencia actual, y en parte, como una representación de casi todo lo que pasa en mi propia mente; un retrato que los amigos podrían valorar”. Este, entonces, es el

Page 123

Un encanto secreto que actúa con tanta fuerza sobre las primeras emociones de nuestra juventud, en un momento en el que no es difícil complacernos; las descripciones de los hábitos y los afectos, las esperanzas y los placeres, junto con todas las asociaciones domésticas de este poeta, siempre fiel a la Naturaleza, reflejan esa imagen de nosotros mismos que reconocemos al instante. Solo a medida que avanzamos en la vida perdemos el gusto por esa sencillez inicial, y descubrimos que Shenstone no contaba con una gran imaginación.

Estas elegías, junto con algunos otros poemas, pueden leerse con un nuevo interés cuando descubrimos que constituyen las verdaderas memorias de Shenstone. Registros de sentimientos melancólicos pero encantadores; cuyos temas surgían espontáneamente de incidentes pasajeros; siguen perpetuando emociones que interesarán tanto al joven poeta como al joven amante del buen gusto.

La Elegía IV, la primera que compuso Shenstone, se titula “La urna de Ofelia”, y no era una imagen irreal. Fue erigida por Graves en la iglesia de Mickleton en memoria de una joven extraordinaria, Utrecia Smith, hija literaria de un clérigo erudito pero pobre. Utrecia tenía un gusto tan exquisito por la literatura y componía con tanta elegancia en verso y en prosa, que un excelente juez declaró que “no quería formarse una opinión sobre ningún autor hasta conocer primero la suya”. Graves estuvo mucho tiempo enamorado de ella, pero por motivos de prudencia interrumpió su relación con esta mujer interesante, quien sucumbió ante esa severa decepción. Cuando su prudente amante, Graves, inscribió la urna, su amigo Shenstone, quizás de manera más emotiva, conmemoró sus virtudes y sus gustos. De hecho, la relación entre Shenstone y Utrecia era tan cordial, que en la Elegía XVIII, escrita mucho después de su muerte, ella seguía presente en sus recuerdos. Al componer esta elegía sobre el trágico final de la vida de Somerville, otro poeta, también víctima de circunstancias difíciles, y que probablemente lo consideraba como una imagen de sí mismo, Shenstone recuerda con ternura que solía leer los poemas de Somerville a Utrecia.

Page 124

¡Oh, la perdida Ofelia! El día transcurrió sin contratiempos,
para que pudiera sentir su música en armonía con mis llamas;
para saborear las bellezas de su canto encantador,
y pensar que eso también te era querido a ti.

¡Qué verdadero es ese sentimiento! ¡Qué pobre es la expresión poética!

La Séptima Elegía describe una visión en la que la sombra de Wolsey
aparece ante el autor:

Apareció una figura elegante;
sus cabellos eran blancos, coronados por una terrible corona escarlata.

Incluso este tema imaginario no fue elegido al azar, sino que surgió de un incidente. Una vez, de camino a Cheltenham, Shenstone se perdió y vagó hasta altas horas de la noche entre las colinas de Cotswold. En esa ocasión, parece haber hecho una reflexión moral, que encontramos en sus “Ensayos”.

“¡Qué melancólico es viajar tarde, con algún proyecto ambicioso, en una noche de invierno, y observar las luces de las casas, donde todas las personas sin ambiciones viven calientes y felices, o descansan en sus camas!” Mientras el poeta, perdido entre las solitarias colinas, meditaba sobre esos “proyectos ambiciosos”, la figura de Wolsey apareció ante él; el cardenal visionario cruzó su camino e ocupó su imaginación. “Tú”, exclama el poeta,

“Como el fuego de un meteoro,
brillaste intensamente, despreciando los grados más humildes”.
Elegía VII.

Y el bardo, después de descubrir todas las miserias de la grandeza infeliz y murmurando por esta demora en llegar a la casa de su amigo, exclama—

Page 125

Oh, si estos males son el precio del poder,
¡no midan mi velocidad cuando las alegrías sociales me invitan!

La silenciosa partida del espectro poético es hermosa:
La visión perturbada lanzó una mirada triste,
Y, suspirando, desapareció en las sombras de la noche.

Y para demostrar que el tema de esta elegía surgió así en la imaginación del poeta, él mismo recordó el incidente que la motivó, al principio:

En brezales lejanos, bajo cielos otoñales,
Pensativo, vi descender las sombras que giraban en círculo;
Cansado y débil, escuché cómo surgía la tormenta,
Mientras el sol desaparecía como un amigo infiel.
Elegía VII.

La Decimoquinta Elegía, compuesta “en memoria de una familia particular en Worcestershire”, trata sobre la extinción de la antigua familia Penn en la línea masculina. La madre de Shenstone era una Penn; y el poeta ahora habitaba su antigua mansión, una vieja casa de madera de la época de Isabel. La descripción del lugar era una escena real: “la piscina sombreada”, “el grupo de olmos antiguos”, “las urracas que volaban en bandadas”; y la imagen de las sencillas costumbres de sus propios antepasados también era real. Las emociones que estas evocaban eran, por tanto, genuinas, y no formaban parte de esas “exageraciones” propias de los poetas.

La Décima Elegía, “A la Fortuna, en la que explica su motivo para lamentarse por sus decisiones”, junto con su célebre “Balada pastoral, en cuatro partes”, fueron…

Page 126

Lo mismo que lo expresó tan bellamente uno de los grandes trovadores de nuestros tiempos cuando cantó:

Los secretos dolores que el mundo nunca conoció;
Mientras en la noche agotadora surgía un día aún más cansador,
Y el dolor se volvía aún más amargo al ser sufrido en soledad.

En esta elegía, Shenstone se lamenta por las decisiones del Destino, no porque le haya negado sus dones más elevados, ni porque lo obligue a

Suprimir ese profundo amor por el arte que arde en mis venas;

ni porque algún “tonto rico y aburrido” prefiera su “flauta vulgar” a la del bardo, sino porque la “pastora vulgar” de ese tonto, con su “orgullo”, hace que el “señor rural” desprecie a la Delia del poeta.

¿Debe la dulzura, elegancia y delicadeza de Delia
someterse a la ropa de Marian? ¿Al oro de Marian?
¿Debe complacer la túnica de Marian, proveniente de la lejana India?
¡El sencillo vellón con el que están cubiertos los miembros de mi Delia!
¡Ah! ¿Qué valor puede tener lo auténtico en manos de payasos?
Es tu falso brillo, oh Destino, lo que ellos ven;
Es por mi Delia por quien temo tus ceños fruncidos,
Y mi último aliento será una maldición para ti.

La Delia de nuestro poeta no era una “Iris en el aire”. Shenstone quedó cautivado desde joven por una joven dama, a quien Graves describe con todas esas gracias suaves y serenas propias de una melancolía pensativa, sensible a las canciones de amor y a las elegías de tristeza, adecuada no solo para ser la musa, sino también la amante de un poeta. La intensidad de esta pasión se apoderó por completo de su corazón durante algún tiempo.

Page 127

Años después, fue al despedirse de ella cuando esbozó por primera vez su exquisita “Balada pastoral”. A medida que se retiraba cada vez más a la soledad, su pasión no disminuía en absoluto. El Dr. Nash nos informa que Shenstone reconoció que era su propia culpa el no haber aceptado la mano de la dama a quien amaba con tanta ternura; pero su espíritu no podía soportar ser testigo permanente de su degradación en la sociedad, debido a una unión imprudente con la poesía y la pobreza. Podemos deducir que ese era su motivo a partir de un pasaje de una de sus cartas: “El amor, tal como tiende regularmente hacia el matrimonio, requiere ciertos favores por parte de la fortuna y las circunstancias para poder ser cultivado adecuadamente”. En su correspondencia hay constantes alusiones a estos “dolores secretos”; pues, aunque tenía la fortaleza para rechazar el matrimonio, no tenía el estoicismo necesario para someter su propio corazón a un celibato frío y sombrío. Así alude a este tema, que tan a menudo despertaba emociones muy distintas a las del humor: “Hace ya tiempo que dejé de considerarme arruinado. Quizás el mundo no me considere así del todo hasta que me case con mi criada”.

Es probable que nuestro poeta tuviera la intención de casarse con su criada. Descubrí una anécdota interesante entre las colecciones del difunto Sr. Bindley, que transcribí del original. En el reverso de una imagen de Shenstone mismo, de la cual Dodsley publicó una impresión en 1780, el poeta escribió la siguiente inscripción en su regalo de Año Nuevo:

“Esta imagen pertenece a Mary Cutler; fue entregada por su amo, William Shenstone, el 1 de enero de 1754, como reconocimiento a su talento natural, su magnanimidad, su ternura y su fidelidad.

“W. S.”

“El progreso del gusto; o el destino de la delicadeza” es un poema sobre el carácter y los estudios del autor; y “Economía; una rapsodia dirigida a los jóvenes”.

Page 128

“Los poetas”, está repleto de referencias a sí mismos. Si bien Shenstone creó pocas obras fruto de la imaginación, al menos siempre estuvo bajo la influencia de emociones reales. Esta es la razón por la cual sus verdades actúan con tanta fuerza en la mente juvenil, aún no madura: y así hemos podido confirmar suficientemente el hecho, como lo expresó el propio poeta, “de que dibujaba sus imágenes desde la realidad, y sentía muy claramente las emociones que transmitía”.

Todas las ansiedades propias de una vida poética fueron experimentadas por Shenstone desde temprana edad. Publicó primero algunas obras juveniles, bajo un título muy extraño, que quizás indicaba modestia… o quizás demasiado orgullo. Y su lema “Contentus paucis lectoribus” incluso podría haber hecho sonreír a Horacio, ya que solo oculta el deseo de todo poeta que anhela ser leído por muchos. Pero cuando intentó crear una obra poética más elaborada, “El juicio de Hércules”, esta no logró llamar la atención. Se apresuró a la ciudad y recorrió los cafés literarios; regresó al campo, cansado, sin haber logrado nada.

Un soplo lo revivió… pero también lo derribó.

Incluso “El juicio de Hércules”, entre la pereza y el trabajo, o el placer y la virtud, era una representación de sus propios sentimientos; un razonamiento basado en sus propias reflexiones; que evidenciaba la incertidumbre de su carácter dubitativo. Al final, al aliarse con la pereza, perdió ese triunfo que su héroe había obtenido siguiendo un camino completamente opuesto.

Al año siguiente comenzó esa nota melancólica en su correspondencia, que reflejaba la decepción de aquel que había apostado una gran parte de su felicidad por el mundo poético. Es ese momento crítico de la vida en el que nuestro carácter se forma por los hábitos y nuestro destino se decide por nuestras elecciones. ¿Se convertiría Shenstone en una persona activa o en una persona contemplativa? ¡Cedió ante la naturaleza!

Page 129

Fue entonces cuando entró en otra especie de poesía, trabajando con materiales demasiado costosos, en la composición mágica de plantas, agua y tierra; con estos creó aquellas emociones que sus poemas más estrictamente poéticos no lograban despertar. Planificó un paraíso en medio de su soledad. Cuando consideramos que Shenstone, al desarrollar sus hermosas ideas pastorales en Leasowes, educó a la nación en ese gusto por la jardinería paisajística que se ha convertido en el modelo de toda Europa, esto mismo constituye un motivo para la gratitud de las generaciones futuras. Así, los placeres privados de un hombre genial pueden llegar a ser los de todo un pueblo. El creador de este nuevo gusto parece haber recibido mucho menos reconocimiento del que merecía. El nombre de Shenstone no aparece en el Ensayo sobre la jardinería de Lord Orford; incluso el arrogante Gray solo dedicó una imagen ridícula a estas escenas pastorales, aunque su amigo Mason las haya celebrado; y el genio de Johnson, incapaz por naturaleza de abordar temas relacionados con la fantasía rural, después de describir algunas de las funciones del diseñador de paisajes, añade que “no investigará si se requieren grandes capacidades mentales”. Sin embargo, Johnson nos transmite sus propios sentimientos, al expresarlos inmediatamente bajo la figura de un “especulador sombrío y malhumorado”. La vida agitada de Shenstone, de hecho, habría sido recompensada si hubiera podido leer el encantador elogio de Wheatley sobre Leasowes; el cual, según él, “es una imagen perfecta de su mente: sencilla, elegante y amable; y siempre suscitará la duda de si fue el lugar el que inspiró sus versos, o si en las escenas que creó simplemente plasmó las imágenes pastorales que abundan en sus canciones”. ¡Sí! Shenstone habría estado encantado si hubiera sabido que Montesquieu, al regresar a casa, adornó su “Castillo gótico, pero adornado con maderas encantadoras, de las cuales tomé la idea en Inglaterra”; y Shenstone, incluso con su naturaleza modesta y tímida, se habría sentido orgulloso de haber visto a un noble extranjero, entre monumentos dedicados a Teócrito y Virgilio, a Thomson y Gesner, erigir en sus terrenos una inscripción, en un inglés deficiente, pero de gusto puro, en honor a Shenstone mismo por haber mostrado en sus escritos

Page 130

“Una mente natural”, y en su Leasowes “verdes arcadios rurales”. Recientemente, Pindemonte ha rastreado el gusto por la jardinería inglesa hasta Shenstone. Un hombre de genio a veces recibe de los extranjeros, que están libres de los prejuicios de sus compatriotas, el homenaje de las generaciones futuras.

Entre estas elegancias rurales que Shenstone creaba a su alrededor, su musa cantó con patetismo sus sentimientos melancólicos…

Pero, ¿acaso las Musas rondaban su celda, o era Venus quien habitaba en su morada? Cuando todas las construcciones brillaban completas, ¡ah!, era la propia confesión de Damon: llegó la pobreza y se apoderó de todo. El progreso del gusto.

El poeta observa que las necesidades de la filosofía se satisfacen con un “contentamiento barato”, pero el gusto, por sí solo, exige una abundancia total: días y noches, horas enteras… Tu voz, fantasía hídrica, clama insistentemente por bebidas costosas. —— Economía.

Una imagen original ilustra esa fatal falta de economía que se oculta entre las hermosas apariencias del gusto: alguna marca sin gracia, algún síntoma mal disimulado, pronto o tarde estallará como un grano en la mala corriente de sangre ácida, proclamando así la enfermedad de la escasez.

Page 131

En medio del esplendor de los espectáculos…
Economía.

Él se pinta a sí mismo:—

Observad la expresión de Florelio;
¿Por qué mi amigo camina con paso melancólico
por ese hermoso césped? ¿Por qué su mirada vaga pensativa
sobre estatuas, grutas y urnas, creadas con arte
y proporciones perfectas? ¿O acaso, desde su elevada atalaya,
vuelve su mirada insatisfecha y desolada?

La causa es el “gasto excesivo”; él exclama:—

Dulce combinación de ríos, valles, montañas, bosques y llanuras…
¡Cuán feliz era cuando recorría tus tierras natales,
cuán encantadas le parecían tus escenas sencillas! Antes de que el gasto excesivo
hiciera necesario añadir miles de adornos, antes de que la comodidad lo confundiera, el arte lo entristeciera, la pompa lo deprimiera y la belleza lo disgustara.
Economía.

Mientras Shenstone cultivaba avellanos y espinojos, abría nuevos paisajes y
creaba corrientes de agua serpenteantes;
y, después de mostrarles por dónde debían vagar,
soltaba pequeñas piedras en su camino.

Page 132

Mientras derribaba chozas y establos, para componer lemas e inscripciones para bancos de jardín y urnas; mientras velaba con una suave penumbra el bosquecillo de Virgilio, y erigía “en medio de un plantío de tejos, un puente de un solo arco, construido con piedra de color polvoriento, y tan sencillo que resultaba incluso tosco”,58 e invocaba a Oberón en alguna escena arcadia,

Donde, en grutas frescas y celdas musgosas,
Viven los faunos traviesos y las hadas hermosas;

el mago solitario que había creado todas estas maravillas era, en realidad, un poeta desdichado, inquilino de una casa de campo en ruinas, por donde pasaban los vientos y se detenían las lluvias, refugiándose a menudo en su propia cocina—

Lejos de todo lugar de diversión,
¡Solo el grillo en la chimenea!

En una carta59 del desolado fundador de la jardinería paisajística, nuestro autor describe su situación con toda su miseria: lamenta que su casa no sea adecuada para recibir “amigos educados, si es que así lo deseas”; y decidido a excluir a todos los demás, continúa:

“Pero me he hecho una regla: ‘arcere profanum vulgus’. Personas que te despreciarán por no tener un buen conjunto de sillas o una pala para el fuego poco práctica, al mismo tiempo que no pueden apreciar ninguna excelencia en una mente que pasa por alto esas cosas; con quienes es en vano que tu mente esté cultivada, si las paredes están desnudas; de hecho, uno pierde gran parte de sus logros en virtud tras una hora de conversación con aquellos que juzgan el mérito por el dinero… Sin embargo, de vez en cuando soy impulsado por el deseo social a sentarme media hora en mi cocina”.

Page 133

Pero la preocupación de los amigos y el destino de Somerville, un vecino y poeta, obligaban a menudo a Shenstone a interrumpir sus ensoñaciones; y así conservó sus sentimientos y sus indecisiones. Al reflexionar sobre la muerte de Somerville, escribe:

“Ser forzado a emborracharse para aliviar los dolores del cuerpo, con el fin de librarse de los dolores del espíritu, es una miseria que puedo comprender perfectamente, porque, sin vanidad, puedo considerarme su igual en cuanto a economía, y por lo tanto debería prestar atención a sus desgracias —(como usted amablemente insinuó ante mí alrededor de las doce, en el Feathers.)— Reduciré gastos… Lo haré, pero usted no me verá; no le haré saber que lo he aceptado de buen grado; lo haré en momentos solitarios, cuando pueda”.

Tales eran las calamidades del “gran gusto” junto con la “poca fortuna”; pero en el caso de Shenstone, estas se combinaban con otra calamidad: la “mediocridad del genio”.

Así, en Leasowes, con viajes ocasionales a la ciudad en busca de fama, que siempre se le escapaba; en la correspondencia con unas pocas mentes delicadas, cuya admiración sustituía a una celebridad más genuina; componiendo diatribas contra la economía y el gusto, mientras sus ingresos disminuían año tras año, nuestro autor descuidado se volvía cada día más perezoso y sedentario, retirándose por completo a su propio eremitorio, donde gemía y se desesperaba en una soledad arcadiaica. Los lamentos y las “penas secretas” de Shenstone han llegado hasta nosotros; ¡los de sus hermanos no siempre! ¿Acaso se permitirá a hombres insensibles, cuyas mentes son frías y oscuras, como un año en Laponia sin verano, regocijarse por estos hombres de sensibilidad y gusto, pero de genio moderado y sin fortuna? Las pasiones y emociones del corazón son hechos y realidades solo para quienes las poseen.

Page 134

A qué estado de melancolía fue reducido nuestro autor cuando se dirigió así a su amigo:

“Supongo que ya sabrás que mi fiebre era en gran medida hipocondríaca, y dejó mis nervios tan extremadamente sensibles, que incluso ante temas nada interesantes, podía fácilmente imaginarme en un estado de vértigo; casi diría epilepsia, pues ciertamente muchas veces estuve cerca de ella.”

Los rasgos de este triste retrato se detallan con mayor precisión en otro lugar.

“Ahora que he regresado a casa tras una visita, cualquier pequeña inquietud es suficiente para desatar toda mi serie de pensamientos melancólicos y hacerme completamente insatisfecho con la vida que ahora llevo y con la que presiento que llevaré. Estoy enojado, envidioso, abatido y frenético, e ignoro todas las cosas presentes, tal como corresponde a un loco. Me siento infinitamente complacido (aunque sea una alegría sombría) con la descripción hecha por el Dr. Swift: ‘que está obligado a morir en cólera, como una rata envenenada en su madriguera’. Mi alma no es más adecuada para el papel que desempeño que una cuerda de cáñamo para una aguja de lana; no puedo soportar ver cómo se me arrebatan las ventajas que creo merecer, y que disfrutaría mucho más que aquellas de quienes ya las poseen.”

Existen otros testimonios en toda su correspondencia. Cada vez que quedaba solo, describía los horrores a su alrededor, entregado “al invierno, al silencio y a la reflexión”; siempre se veía a sí mismo “regresando a esa misma serie de horas melancólicas”. Su cuerpo, destrozado por toda esa serie de síntomas hipocondríacos, no tenía nada que alegrara al autor melancólico, quien, con solo la mitad de la conciencia de su genialidad, vivía abandonado y sin apoyo. Su mente elegante no tenía la fuerza, a través de sus obras, para atraer a la fama que anhelaba hasta su ermita.

Shenstone estaba tan preocupado por su reputación literaria, que contemplaba la fama póstuma que podría obtener de la publicación de sus

Page 135

Cartas: véase la Carta LXXIX. Al enterarse, se supo que sus cartas dirigidas al señor Whistler habían sido destruidas; fue obra de un comerciante, su hermano, quien, según describe Graves, era un hombre muy sensato, pero que al mismo tiempo mostraba la estupidez propia de un godo, y destruyó toda la correspondencia de Shenstone por “sus relaciones sentimentales”. Shenstone lamenta amargamente esa pérdida y dice: “Habría dado más dinero por esas cartas de lo que me es permitido mencionar con decencia. Considero mis cartas como algunas de mis obras maestras; son la historia de mi mente durante estos veinte años pasados”. Todo esto, junto con la pérdida de la correspondencia de Cowley, debería haberse conservado en el artículo “Sobre los que suprimen y destruyen manuscritos”.

Hacia el final de su vida, cuando sus fuerzas estaban agotadas y “esa absurda esperanza y expectativa”, como él las llamaba, ya no existía, comenzaron a llegarle noticias de algunas personas de alto rango. Sin embargo, Shenstone describía de forma exagerada el estado variable de su propia mente: “Al recuperarme de una fiebre nerviosa, como he descubierto posteriormente por varios síntomas simultáneos, parece que empiezo a experimentar un poco de ese ‘placer primaveral’ del que habla Milton y que, según él, puede disipar toda tristeza salvo la desesperación… Al menos comienzo a retomar esa absurda esperanza y expectativa”.

En una carta anterior, sin embargo, ya había renunciado a ellas: “Comienzo a alejarme de toda esperanza y expectativa. Alimento a mis patos salvajes y riego mis claveles. Sería muy feliz si pudiera extinguir por completo mi ambición y satisfacer el deseo de ser algo más útil en mi ámbito… Quizás también habría que ajustar algunas otras circunstancias”.

¿Cuáles eran esas “esperanzas y expectativas”, de las cuales a veces se alejaba y que, sin embargo, siempre volvían a surgir, y que se atribuían a “un…”?

Page 136

“¿Una ambición que no puede apagar?” Este artículo ha sido escrito en vano, si el lector aún no ha percibido que esa ambición lo persiguió desde su juventud; enfermaba su espíritu después de haber alcanzado una fama poética inalcanzable para su genio; también podría haber albergado ciertas expectativas gracias al talento que poseía para los estudios políticos, en los cuales Graves afirma con seguridad que “habría logrado algo importante, si hubiera tenido un motivo suficiente para dedicar su mente a ellos”. Shenstone dejó varias pruebas de este talento.61 Pero su pasión por la fama literaria no produjo más que ansiedades y decepciones; y cuando satisfacía su imaginación pastoral creando obras hermosas en sus propiedades, estas acababan consumiendo las mismas tierras que adornaban. Johnson expresó con fuerza su situación: “Su muerte probablemente fue acelerada por sus ansiedades. Era como una lámpara que gastaba todo su aceite en arder. Se dice que, si hubiera vivido un poco más, habría recibido una pensión”.

53 Esta antigua residencia del poeta se encuentra en Hales-Owen, Shropshire.

54 Esto lo sabemos gracias a la “Historia de Worcestershire” del Dr. Nash.

55 Mientras estaba en la universidad, imprimió, sin firmar su nombre, un pequeño volumen de versos, con el título “Poemas sobre diversas ocasiones, escritos para el entretenimiento del autor y impresos para el placer de unos pocos amigos que favorecían sus ideas”. Oxford, 1737. 12mo.—“Historia de Worcestershire” de Nash, vol. I, p. 528.

Encuentro esta información en el catálogo de W. Lowndes: 4433 Shenstone (W.) Poems, 3l. 13s. 6d.—Shenstone se esforzó mucho por suprimir este libro, recogiendo y destruyendo todas las copias que encontraba. En la “Bibliotheca Anglo-Poetica” de Longman, su valor es de 15l. Oxford, 1737. El señor Harris me informa que, alrededor del año 1770, Fletcher, el librero de Oxford, tenía muchas copias de esta primera edición, que vendía a dieciocho peniques cada una. ¡Estos precios son curiosos! Los precios de los libros están relacionados con su historia.

56 Sobre este tema, Graves hace una observación muy útil: “En esta decisión estaba en juego la felicidad del señor Shenstone. Ya sea que tomara una decisión sabia o no, las personas de buen gusto…”

Page 137

Y las personas de prudencia mundana probablemente tendrán opiniones muy diferentes. Sospecho algo que esas “personas de prudencia mundana” no son ni la mitad de tontas de lo que los “personas de buen gusto” insisten en decir.

57 La granja de Shenstone estaba rodeada de senderos sinuosos, decorados con jarrones y estatuas, alternando zonas arboladas y acuáticas, y ofreciendo ocasionalmente hermosas vistas de las colinas de Frankley y Clent, así como de la región circundante a Cradley, Dudley, Rawley y otros lugares intermedios. Algunos de sus jarrones llevaban inscripciones en memoria de parientes y amigos. Uno tenía una inscripción en latín dedicada a su prima María; otro estaba dedicado a Somerville, su amigo poeta. En diferentes partes de su propiedad construyó edificios tanto útiles como ornamentales, destinados a fines agrícolas, pero también agradables a la vista. Un puente chino conducía a un templo junto a un lago; cerca había un banco con una inscripción que contenía el brindis popular de Shropshire dirigido “a todos los amigos alrededor del Wrekin”, lugar desde donde se podía contemplar a distancia esa colina. Un sendero salvaje que atravesaba un pequeño bosque conducía a una cabaña construida de forma ingeniosa, junto a la cual corría un arroyo que contribuía a formar el lago ya mencionado; a orillas de este había una urna dedicada al Genio Loci. El efecto general de todo aquel lugar fue muy elogiado en la época del poeta. Fue descuidado tras su muerte; y su descripción ahora no es más que un registro del pasado.

58 Wheatley, en “Jardinería moderna”, p. 172. 5ª edición.

59 En “La colección de Hull”, vol. II, carta II.

60 Se supone que Graves hizo referencia a su amigo Shenstone en su novela “Columella; o, el anacoreta angustiado”. El objetivo de esta obra es transmitir toda la enseñanza moral que podría desear ofrecer aquí al genio juvenil. Está escrita para mostrar las consecuencias de que una persona educada y talentosa se retire a la soledad y la pereza en la plenitud de su juventud. “Anécdotas literarias” de Nichols, vol. III, p. 134. “Historia de Worcestershire” de Nash, vol. I, p. 528.

61 Véanse sus “Cartas” XL y XLI, y más especialmente XLII y XLIII, que contienen una nueva teoría sobre los principios políticos.

Page 138

HISTORIA SECRETA DE LA CONSTRUCCIÓN DE BLENHEIM.

La historia secreta de este edificio nacional adquiere importancia por su naturaleza y por los personajes destacados involucrados en esta transacción sin precedentes. El gran arquitecto, al verse obstaculizado en el avance de sus trabajos debido a los pagos irregulares de los obreros, parece haber empleado uno de sus propios trucos para cargar las deudas sobre el propio héroe; mientras que el duque, que anhelaba vivir en el palacio que le daría fama, pero que se mostraba cauteloso bajo la vigilante y feroz mirada de Atossa,62 ni aprobaba ni desaprobaba nada; simplemente observaba en silencio, con esperanza y tristeza, año tras año, cómo avanzaban los trabajos o cómo se detenían. Finalmente, vemos cómo esta comedia lacrimógena termina a manos de la propia duquesa, en un intento por arruinar por completo al arquitecto, enfurecido e insultado.63

Tal vez esta fue la primera vez que se decidió en el parlamento erigir un monumento público en señal de gloria y gratitud… ¡hacia una persona! La novedad de este intento puede ser la única excusa para los arreglos improvisados que se hicieron después de que el parlamento aprobara el diseño, sin asignar fondos específicos para ello. La reina siempre daba las órdenes a sus propios costos y exigía celeridad en los trabajos; y mientras Ana vivió, los gastos de construcción se incluyeron entre las deudas de Su Majestad, ya que formaban parte de la lista de gastos civiles aprobada por el parlamento.64

Cuando Jorge I ascendió al trono, el parlamento declaró que esa deuda era de la reina, y el rey concedió un sello real, como ocurría con otras deudas. Hasta entonces, la corona y el parlamento habían actuado en perfecta armonía respecto a este edificio nacional. Sin embargo, descubro que los obreros…

Page 139

estaban muy atrasados en los pagos; pues cuando Jorge I ascendió al trono, aceptaron de buen grado una tercera parte de sus deudas respectivas.

El gran arquitecto se encontró rodeado de dificultades insuperables. Con la ingeniosa invención que caracteriza sus comedias, ideó un plan extraordinario mediante el cual proponía hacer que el propio duque fuera responsable de la construcción de Blenheim.

Por más que el duque anhelara ver terminado ese magnífico edificio, mostró la misma calma e intrépididad en su construcción que en todas las demás situaciones. Consciente de que, si daba alguna orden o sugería algún cambio, podría verse involucrado en los gastos de la construcción, nunca permitió que lo engañaran ni que se dejara llevar por emociones espontáneas de agrado o desaprobación. Declaró que en ninguna ocasión mantuvo conversación con el arquitecto (aunque era su amigo) ni con nadie que actuara bajo sus órdenes sobre Blenheim House. Tal prudencia implacable por parte del duque a menudo frustraba la astucia del arquitecto y autor de comedias.

Durante la ausencia del duque, en el año 1705, cuando estaba fuera del país, Sir John logró obtener de Lord Godolphin, amigo y pariente del Duque de Marlborough, y probablemente su agente en algunos de sus asuntos, un documento que nombraba a Vanbrugh como inspector, con poderes para firmar contratos en nombre del Duque de Marlborough. No se sabe cómo logró convencer a Lord Godolphin de otorgarle ese cargo; probablemente el lord consideró que era útil y que podía ayudar a acelerar la gran obra, objetivo favorito del duque. Sin embargo, Vanbrugh guardó ese documento para sí mismo; nunca mencionó al duque que tenía tales poderes, ni, al regresar, solicitó que se le renovaran.

La construcción continuó con las mismas demoras y los pagos con la misma irregularidad. El veterano arquitecto ya preveía lo que iba a suceder: que él mismo…

Page 140

¡Nunca seas habitante de tu propia casa! El dinero público proveniente del Tesoro nunca debía ser considerado como una fuente fiable de financiación; y después de 1712, el duque se hizo cargo personalmente del edificio, con el fin de alojar a los trabajadores. Hasta entonces, estos recibían lo que se llamaba “salario real”, que consistía en salarios elevados pero pagos inciertos; ahora, estaban dispuestos a reducir en un tercio sus precios. Pero aunque el duque se comprometió a pagar a los trabajadores, eso no cambiaba en nada las deudas contraídas con el Tesoro. Blenheim debía ser construido para Marlborough, no por él; era un monumento erigido por la nación en honor a su héroe, no un palacio construido con contribuciones mutuas.

No sé si Marlborough se dio cuenta de que su propio millón podía verse afectado poco a poco mientras el Tesoro seguía siendo inflexible, o si el arquitecto se veía cada vez más involucrado en todo esto; pero en 1715, parece que los trabajadores iniciaron una huelga, y las antiguas demoras y paralizaciones volvieron a producirse. Fue entonces cuando Sir John presentó, por primera vez, el documento que había obtenido del Lord Godolphin para entregarlo al Tesoro; sin embargo, añadió un memorando para evitar cualquier malentendido, indicando que el duque debía considerarse como el responsable del pago, y que las deudas correspondían a la Corona. Esta parte de nuestra historia secreta requiere más desarrollo del que puedo ofrecer: como mi información proviene del “caso” del Duque de Marlborough en respuesta a los testimonios de Sir John, es posible que Vanbrugh sea tratado de forma injusta en esta narración; no obstante, esto sirve también para mencionar sus propias declaraciones.

¡Se abre una nueva escena! Al no poder obtener lo que le correspondía del Tesoro y ante las crecientes reclamaciones de los trabajadores, el arquitecto se volvió de repente contra el duque, acusándolo de toda la deuda.

La lamentable historia de este magnífico monumento de gratitud pública, desde sus inicios, es descrita por Vanbrugh en su testimonio. El gran arquitecto se presenta a sí mismo como supervisor de las obras de Su Majestad; y en ese papel fue encargado de preparar un modelo, el modelo de Blenheim.

Page 141

La Cámara de Su Majestad mantuvo el asunto en su palacio y le dio instrucciones para que distribuyera dinero según las indicaciones del señor Travers, el inspector general de la reina; que el tesorero nombró a los propios oficiales de Su Majestad para supervisar estas obras; que fue por falta de fondos del Tesoro que los trabajadores se mostraron inquietos; que las obras se detuvieron hasta recibir nuevas órdenes de financiación del Tesoro; que entonces la reina ordenó fondos suficientes para protegerlas del clima invernal; que posteriormente ordenó más dinero para pagar a los trabajadores; que estos recibieron un pago parcial; y cuando sir John les comunicó la decisión de la reina de concederles más fondos (tras una interrupción ordenada por la duquesa), continuaron con las obras y contrajeron la deuda actual; que esto fue luego presentado en la Cámara de los Comunes como deuda de la Corona, no debida por la reina al duque de Marlborough, sino a los trabajadores, y ello a través de los oficiales de la reina.

Durante el avanzar incierto de la construcción, y mientras los trabajadores solían estar muy atrasados en sus pagos, parece que el arquitecto intentó a menudo involucrar a los Marlborough en el destino de las obras y en el suyo propio; probablemente pensó que parte de ese millón podría ser utilizada para completar su gran obra, con la cual también estaba estrechamente ligada su gloria. La famosa duquesa había evidentemente puesto al duque en posición defensiva; pero quizás hubo una ocasión en la que el duque estuvo a punto de ceder a algún capricho arquitectónico generoso, cuando, de repente, Atossa intervino y “puso fin a la construcción”.

Cuando Vanbrugh finalmente presentó el poder otorgado por lord Godolphin, que lo autorizaba a contratar en nombre del duque, este documento fue completamente rechazado por Marlborough; el duque declaró que existía sin su conocimiento; y que si tal documento fuera considerado válido aunque fuera por un momento, nadie estaría a salvo, ya que cualquier persona podría ser arruinada por las acciones de otro.

Parece que Vanbrugh complicó aún más su intriga, hasta que esta llegó a contener contradicciones. A la reina no le había resultado difícil manejarla; pero tras su muerte, cuando el Tesoro perdió su fuente de ingresos, parece que…

Page 142

Se sentó a idear cómo hacer que el duque se convirtiera en el gran deudor. Vanbrugh jura que “él mismo consideraba que la corona era responsable de cubrir los gastos; pero cree que los obreros siempre veían al duque como su pagador”. Va incluso más allá y jura haber firmado un contrato con ciertos obreros, contrato del cual el duque estaba al tanto. Esto no fue negado; pero el duque, en su respuesta, señala que “no sabía que los obreros estaban empleados por su cuenta o por medio de su propio agente”: nunca había oído hablar de ello hasta que Sir John presentó la orden de Lord Godolphin, según la cual Sir John era “su inspector”, algo que él niega.

Nuestro arquitecto, por muy contradictorios que parezcan sus testimonios, logró convertirse en testigo de hechos que tendían a demostrar que el duque era el deudor de la construcción; y “en sus declaraciones se esforzó tanto por evitar ser acusado de perjurio sin sufrir las consecuencias, como cualquier otro podría hacerlo”. Logró esto, aunque no juró nada contradictorio, de tal manera que la tendencia natural de una parte de sus pruebas apunta en una dirección, mientras que la tendencia natural de otra parte apunta en dirección completamente opuesta. En su memorando anterior, el objetivo principal era eximir al duque de la deuda; en sus declaraciones, el objetivo principal era culpar al duque de dicha deuda. Hay que admitir que Vanbrugh puso en juego no menos de su genio dramático que de su genio arquitectónico en la construcción de Blenheim.

“El caso” concluye con una reflexión elocuente, en la cual Vanbrugh es presentado como un hombre de genio, aunque, en esta situación, no como un hombre de honor. “Si al final la carga impuesta por orden de la corona debe recaer sobre el duque, entonces la infamia debe recaer sobre otro, que quizás era el único arquitecto del mundo capaz de construir una casa así; y el único amigo del mundo capaz de idear la forma de cargar la deuda a alguien a quien le debía tanto”.

Page 143

Existe un hecho curioso en los testimonios de Vanbrugh, por el cual podríamos inferir que la idea de la Casa de Blenheim podría haber surgido del propio duque; él jura que “en 1704, el duque se reunió con él y le dijo que tenía intención de construir una casa y que debía consultarle acerca de un modelo, etc.; pero fue la reina quien ordenó que se construyera la casa actual con toda celeridad”.

Toda la gestión de esta obra nacional fue indigna de la nación, si es que realmente la nación participó activamente en ella. No se había votado ninguna suma específica en el parlamento para tan gran emprendimiento; lo cual más tarde sirvió de motivo para involucrar a todas las partes interesadas en problemas y litigios; amenazó con la ruina del arquitecto; y creo que, según las cartas de Vanbrugh, la obra se terminó a expensas exclusivas, e incluso bajo la supervisión, de la propia duquesa. Puede plantearse si este magnífico monumento de gloria no surgió más bien del espíritu partidista, del deseo urgente de la reina de disminuir el orgullo y los celos de los Marlborough. A partir de la circunstancia sobre la cual Vanbrugh juró, de que el duque tenía intención de que Vanbrugh construyera una casa antes incluso de decidirse por Blenheim, podemos suponer que esa intención del duque le dio a la reina la idea de una obra nacional.

El archidiácono Coxe, en su Vida de Marlborough, aludió de forma vaga a las circunstancias relacionadas con la construcción de Blenheim. “La enfermedad del duque y los tediosos litigios que siguieron causaron tales demoras que se avanzó muy poco en las obras en el momento de su fallecimiento. Mientras tanto, surgió un grave malentendido entre la duquesa y el arquitecto, que constituye el tema de una extensa correspondencia. En consecuencia, Vanbrugh fue destituido y la dirección de la construcción fue confiada a otras manos, bajo su propia supervisión directa”.

Esa “extensa correspondencia” probablemente contenga “palabras que queman” por la altiva insolencia de Atossa, y “pensamientos que resuenan” acerca de…

Page 144

El ingenio cómico; también podría relacionarse, en muchos aspectos curiosos, con la propia estructura magnífica de esa obra. Si su gracia se dignara a criticar sus partes con esa franqueza y rudeza de las que se sabe que hizo gala con el propio arquitecto, sus propias defensas y explicaciones podrían ayudarnos a comprender las extrañas fantasías de su arquitectura mágica. De esa autocreación por la cual fue tan maltratado en su época, hasta el punto de perder su verdadera vocación como arquitecto, y que queda condenada para la posteridad en la amargura volátil de Lord Orford, no nos queda más que nuestra propia convicción: contemplar y quedarnos para siempre asombrados. Pero “¿esta extensa correspondencia?”. ¡Ay! El historiador de la guerra y la política pasa por alto con desdén las pequeñas historias secretas del arte y de la naturaleza humana. Y esa “extensa correspondencia”, que indica tanto y sobre la cual no se dedica ni una sola idea, solo ha servido para petrificar nuestra curiosidad.

De esta disputa entre la famosa duquesa y Vanbrugh, solo he podido recuperar algunos fragmentos interesantes extraídos de cartas confidenciales de Vanbrugh dirigidas a Jacob Tonson. Había igualdad en cuanto al genio inventivo, así como rencor, entre su gracia y su ingenio. No puedo determinar si Atossa, al igual que Vanbrugh, habría tenido la paciencia para componer una comedia de cinco actos; pero sin duda habría podido dictar muchas escenas con el mismo espíritu. Hemos visto cómo Vanbrugh intentó hacer recaer sobre el duque las deudas derivadas de la construcción de Blenheim; ahora sabemos, por primera vez, que la duquesa, con igual habilidad, ideó un plan para hacer recaer esas deudas sobre Vanbrugh.

“Tengo la desgracia de no recibir, ya que veo pocas esperanzas de obtenerlo alguna vez, casi 2000 libras que me corresponden por años de servicio, sufrimientos y dificultades en Blenheim. Esa mujer malvada de ‘Marlborough’ está lejos de pagármelas. Como el duque fue demandado por algunos de los trabajadores por el trabajo realizado allí, ella intentó hacer recaer sobre mí la deuda que les corresponde. Por eso creo que debería ser ahorcada”.

Page 145

En 1722, con motivo de la muerte del duque, Vanbrugh hace un relato a Tonson sobre la inmensa riqueza de los Marlborough, con un tono sarcástico dirigido a sus ilustres víctimas.

“La fortuna del Duque de Marlborough supera cualquier suposición más extravagante. La enorme suma de dinero que, se sospechaba, él había desbaratado, sigue intacta y entrega una riqueza inmensa a Lord Godolphin y a sus sucesores. Un millón entero circula en forma de préstamos relacionados con los impuestos sobre la tierra, etc. El Tesoro ya lo sabía antes de su muerte, y eso sin contar con sus ingresos provenientes de sus propiedades; sus 5000 libras al año por los servicios postales; sus hipotecas sobre propiedades en dificultades; sus acciones en la Compañía de las Indias Orientales; sus rentas, además de lo que tenía en los bancos extranjeros. Y, aun así, este hombre no podía ni pagar las facturas de sus trabajadores ni el salario de su arquitecto.

“Le ha dado a su viuda (¡ojalá algún oficial escocés se la quede!) 10.000 libras al año para que desperdicie Blenheim a su antojo; 12.000 libras al año para mantenerse y litigar; 2.000 libras al año a Lord Rialton como mantenimiento inmediato; y a Lord Godolphin solo 5.000 libras al año como dote, si sobrevive a mi señora. Esta última cantidad es realmente miserable. El resto de esa fortuna, que no es más que una pequeña parte, va a parar a Lord Godolphin y así sucesivamente. Ella tendrá 40.000 libras al año como mantenimiento inmediato”.

A medida que la disputa se intensificaba y la trama se complicaba, debido a la malicia de Puck y a la soberbia de esa emperatriz de Blenheim, Atossa inventó el insulto más cruel que jamás haya soportado un arquitecto… ¡Un insulto típicamente propio de esa mujer extraordinaria! Vanbrugh fue a Blenheim con su esposa, acompañado por gente de Castle Howard, otro magnífico monumento de su singular genio.

“Pasamos dos noches en Woodstock; pero había una orden para los sirvientes, firmada por ella misma, de no dejarme entrar en Blenheim. Y como si eso no fuera suficiente para humillarme, al enterarse de que mi esposa también iba con nosotros, envió a alguien de prisa la noche anterior a nuestra llegada”.

Page 146

Con órdenes de que, si ella venía con las damas de Castle Howard, los sirvientes no debían permitirle ver ni las casas, ni los jardines, ni siquiera entrar al parque; así que se vio obligada a pasar todo el día sentada y a hacerme compañía en la posada.

¡Fue un golpe de teatro en esta comedia conjunta de Atossa y Vanbrugh! El arquitecto de Blenheim, alzando la vista hacia su propia magnificencia, fue exiliado a una posada sosa y encarcelado junto a alguien que más bien necesitaba consuelo que ser capaz de consolar al enfurecido arquitecto.

En 1725, Atossa, aún persiguiendo a su presa, la había llevado a un lugar del que se creía que podría cercarla con la seguridad de una reserva. Esto provocó la siguiente explosión:

“Me han obligado a acudir a los tribunales por culpa de esa B. B. B., la duquesa de Marlborough, quien obtuvo una orden judicial en mi contra a través de su amigo, el difunto y buen canciller (conde de Macclesfield), quien declaró que nunca fui empleado por el duque y, por lo tanto, no tenía derecho alguno sobre sus propiedades por mis servicios en Blenheim. Como mis manos estaban atadas para intentar recuperar legalmente lo que me debían, logré convencer a Sir Robert Walpole de que me ayudara con un plan que le propuse, gracias al cual conseguí mi dinero a pesar de las maquinaciones de esa bruja. El hecho de que haya logrado esto la enfurece aún más, sobre todo porque representa una parte importante de mi escasa fortuna, que ella se esforzó al máximo por destruir para arrojarme a una especie de Bastilla inglesa, donde terminar mis días, como los comencé, en una francesa”.

Trama contra trama… ¡Y las pretensiones superiores de uno de los genios más ingeniosos se ven vindicadas! El escritor, acostumbrado desde hace tiempo a escribir comedias, ha superado al genio autodidacta de Atossa. El “plan” mediante el cual la fértil imaginación de Vanbrugh, con la ayuda de Sir Robert Walpole, logró finalmente eludir a la codiciosa, arrogante y caprichosa Atossa, permanece sin revelarse, salvo por una mención en “Anecdotes of Painting” de Lord Orford, donde nos informa que “la duquesa discutió con Sir John y recurrió a los tribunales con…”

Page 147

a él; pero aunque resultó tener razón, o más bien porque resultó tenerla, ella encargó a Sir Christopher Wren que construyera la casa en St. James’s Park”.

Debo añadir un descubrimiento curioso respecto al propio Vanbrugh, que explica una circunstancia de su vida hasta ahora inexplicada.

En todas las biografías de Vanbrugh, desde las “Vidas de los poetas” de Cibber, la primera parte de la vida de este hombre de genio permanece desconocida. Se dice que descendía de una antigua familia de Cheshire, originaria de Francia, aunque por el nombre, que correctamente escrito sería Van Brugh, parecería tener origen holandés. Se repite universalmente una historia según la cual Sir John, al visitar Francia para estudiar arquitectura y mientras inspeccionaba algunas fortificaciones, causó alarma y fue llevado a la Bastilla: allí, para aumentar el interés de la historia, esbozó diversas comedias, que seguramente comunicó al gobernador, quien, susurrándolo sin duda como asunto de estado a varios nobles, admiradores de esos “bocetos de comedias” —sin duda inglesas—, lograron la liberación de este Molière inglés. Esta historia se ve confirmada además por una circunstancia muy extraña. Sir John construyó en Greenwich, en un lugar aún llamado “Los campos de Van Brugh”, dos casas caprichosas; una en el lado del Parque de Greenwich sigue llamándose “la Casa de la Bastilla”, construida a su modelo para conmemorar ese encarcelamiento.

¡Probablemente ni una palabra de esta historia detallada sea cierta! Que la Bastilla fuera un objeto que a veces ocupaba la imaginación de nuestro arquitecto es probable; pues por la carta que acabamos de citar, descubrimos por él mismo el singular hecho de que Vanbrugh nació en la Bastilla.65

Probablemente deseoso de ocultar su origen extranjero, esta circunstancia sumió en la oscuridad sus primeros años. Sentía que era británico en todos los aspectos, salvo en lo referente a su singular nacimiento. El padre de Vanbrugh se casó con Sir Dudley

Page 148

La hija de Carleton. Se dice que tenía “conexiones políticas”; y uno de sus viajes “políticos” probablemente fue la causa de su encarcelamiento en esa mazmorra estatal, donde su esposa dio a luz a su hijo. Esta extraña idea de construir una “prisión tipo Bastilla” en Greenwich sugirió a su primer biógrafo la idea de una hermosa historia romántica; pero ahora esa historia debe ser descartada, junto con esas ficciones literarias que los franceses denominan con el término algo indulgente pero también irreverente de “Anecdotes hasardées”, con el cual Varillas y sus imitadores llenaban sus páginas; mentiras que parecían hechos reales.

62 El nombre con el cual Pope satirizó cruelmente a Sarah, duquesa de Marlborough.

63 Extraigo los materiales de esta historia secreta de un documento inédito titulado “El caso del duque de Marlborough y Sir John Vanbrugh”, así como de algunas correspondencias confidenciales entre Vanbrugh y Jacob Tonson, su amigo y editor.

64 El Parlamento votó 500.000 libras para la construcción, cantidad insuficiente. La reina añadió además el señorío de Woodstock, un feudo de la corona, con la única condición de que cada año, en el aniversario de la victoria de Blenheim, se entregara en el castillo de Windsor una bandera adornada con tres flores de lis, “como pago por todos los impuestos, gastos y servicios debidos a la corona”.

65 Cunningham, en su obra “Vidas de los arquitectos británicos”, no está de acuerdo con las conclusiones anteriores. Dice: “Sospecho que Vanbrugh, al decir que comenzó su vida en la Bastilla, solo quería decir que fue su inquilino en su juventud, al comienzo de su madurez”. El mismo autor nos cuenta que el abuelo de Vanbrugh huyó de Gante, su ciudad natal, para evitar las persecuciones del duque de Alba, y se estableció como comerciante en Walbrook, donde vivió su hijo y donde nació John Vanbrugh (más tarde, el gran arquitecto) en el año 1666. En ese momento, su padre era controlador de la Cámara del Tesoro. Cunningham considera que la parte de la genealogía relacionada con Cheshire “es poco probable que sea cierta”.

Page 149

HISTORIA SECRETA DE SIR WALTER RAWLEIGH.66

Rawleigh ejerció con perfección talentos incompatibles, y su carácter unía los extremos opuestos de nuestra naturaleza. Su “Libro de la Vida”, con sus episodios de prosperidad y adversidad, de gloria y humillación, era tan variado como lo desearía un novelista para una historia de ficción. Sin embargo, en este genio extraordinario existe una disposición insospechada, que debe ser demostrada antes de que sea posible comprender su realidad. Desde sus primeros días, probablemente debido a su temprana lectura de los episodios románticos de los primeros aventureros españoles en el Nuevo Mundo, él mismo mostró el genio de un aventurero, el cual prevaleció en su carácter hasta el final; y esto a menudo lo llevó a recurrir a artimañas mezquinas y engaños insignificantes; cosas que parecen necedades en la sabiduría de un sabio, incompetencia en las profundas visiones de un político, cobardía en la magnanimidad de un héroe; y degradan, por su insignificancia, la grandeza de un carácter que terminó con una muerte espléndida, digna de la vida del más sabio y grande de los hombres.

La época más brillante de su vida fue durante el reinado de Isabel. Desde niño, siempre soñando con conquistas románticas (pues nació en una época de heroísmo), y formado por la naturaleza para la galantería caballeresca de la corte de una reina soltera, desde el momento en que, con infinita habilidad, extendió su rico manto sobre aquel lugar pantanoso, su vida fue un camino de gloria. Todo a su alrededor era tan espléndido como la ropa que vestía: su soberana, cuyos ojos disfrutaban contemplando a hombres que podrían haber sido sujetos adecuados para “La Reina de las Hadas” de Spenser, escasa en recompensas, solo premiaba a sus favoritos permitiéndoles hacer fortuna en tierra y mar; e Isabel escuchaba los brillantes proyectos de su héroe, indulgiendo ese espíritu.

Page 150

que podría haber conquistado el mundo, para haber puesto el juguete a los pies del soberano.

Este hombre, este ser extraordinario, que fue generoso con su vida y fortuna en las Indias Occidentales, en la ociosidad de la paz podía igualmente dirigir su invención para satisfacer las necesidades cotidianas, en su proyecto de “una oficina de correspondencia”. Nada era demasiado elevado para su ambición, ni demasiado humilde para su genio. Eminente como comandante militar y naval, como estadista y estudioso, Rawleigh estaba tan empeñado en formar el carácter del príncipe Enrique, como aquel príncipe se esforzaba por moldear sus propias cualidades aspirantes mediante el genio del amigo que tenía en mente. Sin embargo, la vida activa de Rawleigh no es más notable que su vida contemplativa. Ciertamente puede considerarse uno de los fundadores de nuestra literatura; pues al escribir sobre un tema que despertaba poco interés, su fino genio otorgó inmortalidad a su volumen inacabado. Por la magnificencia de su elocuencia y la profundidad de sus pensamientos, debemos seguir reflexionando sobre sus páginas. Así era el hombre que fue el patrón adorado de Spenser; a quien Ben Jonson, orgulloso de llamar a otros favoritos “sus hijos”, honró con el título de “su padre”; y quien dejó instrucciones políticas que Milton se dignó editar.

Pero, ¿cómo ha ocurrido que, de un carácter tan elevado, Gibbon haya afirmado que era “ambiguo”, mientras que Hume lo describe como “una gran mente, pero mal regulada”?

Había una peculiaridad en el carácter de este hombre eminente: practicaba la astucia de un aventurero, una astucia sumamente humillante en la narrativa. La gran dificultad para comprender esto es explicar cómo un sabio y un héroe pueden actuar con locura y cobardía, e intentar obtener, mediante engaños circunvalatorios, aquello que se supone que un espíritu tan magnánimo solo se dignaría adquirir por métodos directos y abiertos.

Page 151

Desde que se escribió este artículo, aparece una carta, hasta ahora inédita, en la edición reciente de Shakespeare, la cual registra de manera curiosa y detallada uno de esos artificios del tipo que estoy a punto de describir en detalle. Cuando, durante el reinado de Isabel, Rawleigh estuvo encarcelado, parece que, al ver pasar a la reina, fue presa de una extraña determinación de enfrentarse al gobernador y a sus hombres, declarando que tan solo ver a la reina lo había vuelto desesperado, como lo haría un amante encarcelado al ver a su amada. La carta ofrece un relato minucioso de la sorprendente conducta de Sir Walter, y reproduce con cuidado el cálido estilo romántico con el que hablaba de su amante real, así como su firme decisión de morir antes que vivir lejos de ella. Esta escena extravagante, con toda su astucia, fue redactada con gran esmero por el ingenioso autor de la carta, con una insinuación dirigida a la persona a quien se la enviaba, para que permitiera que llegara a los ojos de su amante real, quien sin duda admiraría a nuestro nuevo “Orlando Furioso”, y poco después liberaría a este tierno prisionero. Para mí es evidente que toda la escena fue inventada y preparada especialmente para esa ocasión, y fue obra del propio Rawleigh; sabía muy bien que ese incidente romántico se adaptaba perfectamente al gusto de la reina. Otro incidente similar, en el cual fui yo quien reveló los hechos, aunque no su naturaleza, fue aquel al que Sir Toby Matthews alude de forma velada en sus cartas, sobre “el golpe culpable que se dio a sí mismo en la Torre”; un pasaje que había llamado mi atención durante mucho tiempo, hasta que descubrí ese curioso incidente en algunas cartas manuscritas de Lord Cecil. En aquel entonces, Rawleigh estaba encarcelado en la Torre por la conspiración de Cobham; una trama tan absurda y oscura que un historiador la ha calificado de “acertijo de estado”, pero por la cual, muchos años después, Rawleigh perdió la vida de manera cruel.

Lord Cecil da cuenta del interrogatorio de los prisioneros involucrados en esta conspiración. “Una tarde, mientras varios de nosotros estábamos en la Torre interrogando a algunos de esos prisioneros, Sir Walter intentó suicidarse; al enterarnos, fuimos a verlo y lo encontramos en algún…”

Page 152

La agonía de no poder soportar sus desgracias, y la protesta de su inocencia, junto con una negligencia hacia la vida; en ese estado de ánimo se hirió bajo el pecho derecho, pero no de forma mortal, ya que en realidad era más bien un corte que una puñalada, y ahora está completamente curado, tanto física como mentalmente”. Este débil intento de suicidio, este “corte más que una puñalada”, debo incluirlo entre esas escenas de la vida de Rawleigh que resultan tan incomprensibles dada la genialidad del hombre. Si no fuera más que uno de esos…

¡Miedos de los valientes!

¡Debemos ahora abrir otro de los!

¡Locuras de los sabios!

Rawleigh regresó del viaje salvaje y desesperado por Guyana, rodeado de todo tipo de miserias. Su hijo había perecido; su fiel Keymis no sobreviviría a sus reproches; y Rawleigh, sin fortuna ni esperanza, enfermo y afligido, se sumergía en el triste pensamiento de que, debido al odio de los españoles y a la pusilanimidad política de Jacobo, solo llegaría para enfrentar una muerte inevitable. Con esta premonición, incluso quiso entregar su barco a la tripulación, si ésta accedía a dejarlo desembarcar en Francia; pero probablemente fue indeciso en esta decisión tanto en el mar como después, en tierra, donde quería huir y se negó a escapar: incluso el intelecto más claro se oscurecía, y la magnanimidad misma quedaba humillada, flotando entre el sentido del honor y el de la vida.

Rawleigh desembarcó en su condado natal de Devon: su llegada se convirtió en tema de conversación habitual, y él fue objeto de censura o de compasión; pero nadie lo molestó, hasta que los temores de Jacobo se hicieron más urgentes que su piedad.

Page 153

El cervantino Gondomar, cuyos “chistes y bromas” ocultaban las preocupaciones del estado, un día se presentó ante Jacobo, jadeante, pidiendo ser recibido, y resumió su mensaje “estridente” en la brevedad lacónica de “¡Piratas! ¡Piratas! ¡Piratas!”. En ese grito de Gondomar había tanto dolor como política, ya que su hermano, el gobernador español, había sido masacrado en esa expedición depredadora. El tímido monarca, aterrorizado por la trágica aparición de su amigo jocoso, comprendió de inmediato las exigencias de todo el gabinete español y expresó sus reparos mediante una proclamación suave. Rawleigh, habiendo arreglado sus asuntos en el oeste, partió hacia Londres para presentarse ante el rey, a raíz de dicha proclamación. A pocos kilómetros de Plymouth fue recibido por Sir Lewis Stucley, vicealmirante de Devon, pariente y amigo suyo, quien, en comunicación con el gobierno, había aceptado una especie de vigilancia sobre Sir Walter. Se dice (y se creerá cuando escuchemos la historia de Stucley) que tenía ojos puestos en el barco, como una posible buena adquisición, y en la persona contra quien, para dar color a su traición natural, fingía sentir un antiguo odio. Primero se acercó a Rawleigh más como pariente que como vicealmirante, y le propuso viajar juntos a Londres y hacer visitas a las casas de los amigos de Rawleigh. La orden de arresto que Stucley había solicitado fue enviada de inmediato, y quien la llevó fue Manoury, un empirista francés, que evidentemente fue enviado para desempeñar ese papel; un papel que siempre se ha representado, y el último título, en la política francesa, que tan a menudo recurre a este instrumento estatal, es “Mouton”.

Sin embargo, Rawleigh aún no estaba sometido a ninguna restricción severa: su compañero confidencial, el capitán King, lo acompañaba; y es probable que, si Rawleigh hubiera logrado escapar, le habría hecho un gran favor al gobierno.

No pudieron salvarlo en Londres. Es seguro que podría haber huido; pues el capitán King había alquilado un barco, y Rawleigh había logrado escapar.

Page 154

Por la noche, podría haber llegado allí, pero regresó a casa por indecisión; otra noche, el mismo barco estaba listo, ¡pero Rawleigh nunca llegó! La pérdida de su honor le pareció la calamidad más grande.

A medida que avanzaba en este viaje lleno de acontecimientos, todo adquiría un aspecto aún más formidable. Sus amigos le daban consejos temerosos; un perseguidor o mensajero del rey parecía aún más amenazante; y en su propia mente surgían sospechas de que estaba destinado a convertirse en víctima del estado. Cuando se llevaron las cartas de autorización del Consejo Privado a Sir Lewis Stucley, se observó que Rawleigh cambiaba de expresión y exclamaba, jurando: “¿Es posible que mi suerte vuelva a caer sobre mí de esta manera?”. Lamentó ante el capitán King haber descuidado la oportunidad de escapar; y cuanto más avanzaba hacia el interior, más se alejaba de cualquier posibilidad de huida.

Al principio, Rawleigh sospechó que Manoury era uno de esos agentes del estado que a veces se emplean cuando no se pueden tomar medidas abiertas, o cuando el gabinete aún no ha decidido qué hacer con una persona implicada en un crimen de estado. En resumen, Rawleigh pensaba que Manoury era un espía a sus órdenes, y probablemente también a las de Stucley. La primera impresión en estos asuntos suele ser la correcta; pero cuando Rawleigh se vio atrapado en dificultades, imaginó que tales agentes corruptos podían ser sobornados. Se puso en contacto con el francés, quien resultó muy complaciente; Rawleigh quería aprovechar su ayuda para fingir estar enfermo, y con ese fin inventó una serie de estratagemas muy humillantes. Pensó que una apariencia constante de enfermedad podría causar retrasos y demoras en los procedimientos judiciales, lo que podría terminar en un perdón. Consiguió vómitos del francés y, cada vez que quería, simulaba estar enfermo: tenía visión borrosa, mareos, se tambaleaba de un lado a otro; una vez incluso se golpeó con tanta fuerza contra una columna en la galería que no quedó duda alguna de su enfermedad. El sirviente de Rawleigh…

Page 155

Al entrar por la mañana en la habitación de Stucley, declaró que su amo había perdido el juicio, ya que lo había dejado allí, en camisa, a cuatro patas, mordiendo las hierbas del suelo. Al entrar Stucley, Rawleigh deliraba y sufría fuertes convulsiones. Stucley ordenó que lo frotaran y le aplicaran compresas calientes; posteriormente, Rawleigh se rió de esta escena con Manoury, señalando que había convertido a Stucley en un médico perfecto.

Pero Rawleigh consideró que se necesitaba una enfermedad más visible y alarmante que aquellas escenas ridículas. Los vómitos eran tan lentos que Manoury temía repetir las dosis. Rawleigh preguntó si el médico conocía algún preparado que pudiera hacerlo parecer espantoso sin dañar su salud. El francés ofreció un ungüento inofensivo para aplicar sobre la piel, que le daría el aspecto de un leproso. “¡Eso servirá!”, dijo Rawleigh, “pues los nobles tendrán miedo de acercarse a mí, y además eso despertará su compasión”. Al aplicar el ungüento en sus cejas, brazos y pecho, aparecieron ampollas, la piel se inflamó y quedó cubierta de manchas moradas. Stucley concluyó que Rawleigh padecía la peste. Ahora había que llamar a médicos; Rawleigh tomó la cinta de seda negra de su puñal y Manoury la apretó fuertemente alrededor de su brazo para alterar su pulso; pero su pulso seguía latiendo con fuerza y regularidad. Parecía no comer nada, aunque Manoury le proporcionaba comida en secreto. Para confundir aún más a los médicos, Rawleigh hizo que el orinal se tiñera con un medicamento de olor intenso. Los médicos declararon que la enfermedad era mortal y que el paciente no podía ser trasladado al aire libre sin correr un peligro inmediato. Poco después, mientras estaba en su dormitorio, desnudo y sin nadie más presente aparte de Manoury, Sir Walter sostuvo un espejo en sus manos para admirar su rostro manchado, y comentó, divertido, a su nuevo confidente: “¿Cómo reirán algún día por haber engañado así al rey, al consejo, a los médicos, a los españoles y a todos?”. La excusa que Rawleigh dio para este conjunto de estratagemas tan indignas de su genio fue ganar tiempo y privacidad para escribir su Apología, o Defensa de su viaje, la cual ha llegado hasta nosotros en sus

Page 156

“Restos”. “El profeta David se hizo el tonto y permitió que la saliva cayera sobre su barba, para así escapar de las manos de sus enemigos”, dijo Rawleigh en su último discurso. Bruto también fue otro ejemplo. Pero su prudencia solía prevalecer sobre esta burla a su espíritu. El rey le permitió residir en su propia casa al llegar a Londres; Manoury observó que con esta concesión el rey demostraba tener una buena opinión de él; pero Rawleigh respondió: “Usaron todo tipo de lisonjas con el duque de Biron para atraparlo y luego le cortaron la cabeza. Sé que han decidido entre ellos que es conveniente que alguien muera, para restablecer el comercio que yo interrumpí con España”. Y Manoury añade, de cuya narración obtenemos todos estos detalles, que Sir Walter estalló diciendo: “Si pudiera salvarse por ahora, urdiría tales intrigas que harían que el rey quisiera llamarlo de nuevo, devolverle sus posesiones y obligar al rey de España a escribir a Inglaterra en su favor”.

Finalmente, Rawleigh propuso huir a Francia con Manoury; este declaró que fue entonces cuando reveló a Stucley todo lo que hasta entonces había ocultado, para que Stucley redoblara su vigilancia. Rawleigh se dio cuenta de que ahora tenía que sobornar a dos bribones en lugar de uno, y de que ambos trabajaban en contra uno del otro. Se hicieron entonces propuestas a Stucley a través de Manoury, quien era tan complaciente como su cómplice. Rawleigh le ofreció a Stucley una “joya hecha a semejanza de granizo, con diamantes esparcidos por ella y un rubí en el centro”. Pero Stucley le dijo a su pariente y amigo que perdería su cargo de vicealmirante, que le había costado seiscientos libras, si permitía que Rawleigh escapara; Rawleigh le aseguró solemnemente que no perdería nada, y que su esposa le daría mil libras una vez llegaran a Francia u Holanda. Por aquel entonces, el charlatán francés se despidió: había cumplido su papel; la farsa había terminado; y dos desgraciados habían triunfado sobre la sagacidad y magnanimidad de un sabio y un héroe, a quienes la desgracia había reducido a la locura.

Page 157

Y aquel que, al violar la dignidad de su propio carácter, solo se igualaba a unos canallas vulgares; hombres que se regocijaban porque el que intentaba engañar a los demás había sido engañado a su vez; o, como lo expresaban ellos, “el gran estafador había sido estafado”. Pero nuestra historia no termina aquí, pues las traiciones de Stucley eran aún más complejas. Este villano perfecto había obtenido un permiso que le autorizaba a aceptar cualquier oferta para ayudar a Rawleigh a escapar; ese miserable era el confidente y verdugo de Rawleigh; llevaba consigo un permiso para traicionarlo y se aprovechaba de la víctima antes de entregarla al sacrificio. Rawleigh seguía planeando su fuga; en Salisbury había enviado a su amigo confidente, el capitán King, a Londres para conseguir un barco en Tilbury; también tuvo un encuentro secreto con el agente francés. El sirviente de Rawleigh le dijo al capitán King que su contramaestre tenía su propio bote y estaba dispuesto a servirlo por “treinta piezas de plata”; el contramaestre y el sirviente de Rawleigh actuaron como Judas y revelaron el plan al señor William Herbert, primo de Stucley, de modo que la traición quedó entre ellos como un asunto familiar. La noche de la fuga ya estaba fijada, pero él no podía irse sin su amigo Stucley, quien había prometido no abandonarlo nunca; y, de hecho, informado por su primo Herbert, sorprendió a Rawleigh mientras se ponía una barba falsa. El grupo se reunió en el lugar acordado: Sir Lewis Stucley con su hijo, y Rawleigh disfrazado. Stucley, al saludar a King, le preguntó si no se había mostrado como un hombre honesto. King esperaba que siguiera siéndolo. Aún no habían remado veinte veces cuando los remeros observaron que el señor Herbert había tomado un barco recientemente y se dirigía hacia el puente, pero luego regresó río abajo tras ellos. Rawleigh expresó de inmediato sus temores y quiso volver a casa; consultó con King; los remeros se asustaron; Stucley interpretó bien su papel: maldijo su mala suerte por tener un amigo tan lleno de dudas y temores, y amenazó con dispararles a los remeros si no continuaban remando. Incluso King se dejó convencer por la actitud decidida de Stucley, y un nuevo espíritu se infundió en los remeros. Mientras ellos…

Page 158

Cerca de Greenwich, una barca los cruzó. Rawleigh afirmó que había venido para descubrirlos. King intentó disipar sus temores y le aseguró que, una vez llegaran a Gravesend, arriesgaría su vida para llegar a Tilbury. Pero, debido a estas demoras y discusiones, la marea estaba bajando; los remeros declararon que no podrían llegar a Gravesend antes del amanecer. Rawleigh quería desembarcar en Purfleet, y el timonel lo animó, ya que allí creían que podría conseguir caballos para ir a Tilbury. Sir Lewis Stucley también era muy entusiasta; dijo que estaba dispuesto a llevar la bolsa con los documentos sobre sus propios hombros durante media milla, pero King afirmó que era inútil, ya que a esa hora no podrían conseguir caballos para viajar por tierra.

Remaron una milla más allá de Woolwich, acercándose a dos o tres barcas, cuando el timonel dudó si alguna de ellas era la que él había proporcionado para transportarlos. “¡Nos han traicionado!”, gritó Rawleigh, y ordenó a los remeros que regresaran. Examinó detenidamente al timonel; ¡ay!, su astucia fue vencida por un villano astuto, cuya verdadera intención se reveló cuando una barca los llamó. Rawleigh vio que en ella iba la tripulación de Herbert. Comprendió que todo había sido descubierto. Llevó a Stucley aparte; su mente ingeniosa seguía ideando planes para regresar a casa sano y salvo, o cómo Stucley podría fingir que solo había ido con Rawleigh para apoderarse de sus papeles privados. Susurraron entre sí, y Rawleigh sacó algunas cosas de su bolsillo y se las entregó a Stucley; probablemente eran “rubíes mezclados con diamantes”. Eso tuvo un efecto inmediato: el tierno corazón de su amigo Stucley se ablandó, y no solo lo abrazó repetidamente con extraordinaria ternura, sino que también expresó su amistad y fidelidad de manera efusiva. Stucley convenció a Rawleigh de desembarcar en Gravesend; la extraña barca que los había seguido también desembarcó al mismo tiempo; eran personas pertenecientes al señor Herbert y a Sir William St. John, quienes, al parecer, habían compartido anteriormente los botines de este desdichado héroe. En el puente de Greenwich, Stucley aconsejó al capitán King que sería beneficioso para Sir Walter que King confesara.

Page 159

que se había unido con Stucley para traicionar a su amo; y Rawleigh cedió a la sugerencia de Stucley, de cuya traición aún podía dudar; pero King, un marinero rudo y honesto, declaró que no participaría en ese acto odioso. En el momento en que se negó, Stucley arrestó al capitán en nombre del rey, entregándolo a los hombres de Herbert. Luego se dirigieron a una taberna, pero Rawleigh, que ahora veía al monstruo en su verdadera forma, observó: “Sir Lewis, estas acciones no le reportarán crédito alguno”. Al día siguiente, cuando pasaron por la Puerta de la Torre, Rawleigh, volviéndose hacia King, dijo: “Stucley y mi sirviente Cotterell me han traicionado. Usted no tiene nada que temer, pero en cuanto a mí, soy yo quien es el objetivo de sus ataques”. Así concluye la narrativa del capitán King. El destino de Rawleigh confirmó pronto esa predicción.

Sin embargo, esta larga narración sobre la traición no estará completa si no la cerramos con el destino del infame Stucley. La ficción logra la perfección en sus narrativas gracias al privilegio que tiene de resolver el destino de sus criminales de la manera más ejemplar; pero el trabajo del historiador no siempre se ve aliviado por este placer moral. La retribución no siempre se manifiesta en la etapa actual de la existencia humana, pero la historia puede ser igualmente deleitable que la ficción, siempre que sus catástrofes perfectas se asemejen a las de la invención romántica. El presente es un ejemplo espléndido.

He descubierto la historia secreta de Sir Lewis Stucley en varias cartas manuscritas de aquellos tiempos.

Rawleigh, en su admirable discurso desde la horca, donde parecía más bien uno de los espectadores que el propio víctima, declaró que perdonaba a Sir Lewis, ya que había perdonado a todos los hombres; pero estaba obligado, por caridad, a advertir a todos contra él y contra alguien como él. La última y solemne denuncia de Rawleigh sobre la traición de su “pariente y amigo” resultó irremediablemente fatal para ese desdichado. Los corazones de la gente estaban abiertos a las más profundas expresiones de simpatía, derramando lágrimas ante el patético discurso del magnánimo.

Page 160

espíritu que los había tocado; en un instante, Sir Lewis Stucley se convirtió en objeto de execración en toda la nación; pronto obtuvo un nuevo título, el de “Sir Judas”, y fue evitado por todos. Para eliminar esa marca similar a la de Caín, que Dios y los hombres le habían impuesto, publicó una disculpa por su conducta; una acción que, al menos por su habilidad, podría elevarlo en nuestra consideración; pero posteriormente descubrí, en uno de los manuscritos, que fue escrito por el Dr. Sharpe, quien había sido capellán de Enrique, Príncipe de Gales. El autor, en defensa de Stucley, argumenta que este era un agente del Estado; que era lícito mentir con el fin de descubrir traiciones; que sentía un odio personal hacia Rawleigh, por haberle quitado a su padre su parte de algún dinero ganado en premios; y luego profundiza más en el carácter de Rawleigh, quien “al no tener esperanzas de obtener fortuna aquí, acorde con la grandeza de su espíritu, habría buscado hacerse rico en otro lugar, bajo cualquier condición que fuera en contra de su soberano y de su país. ¿No es maravilloso”, continúa la personificación de Stucley, “que estuviera enojado conmigo tras su muerte por haberlo traído de vuelta? Además, siendo un hombre de tan gran ingenio, no era poca pena que se pensara que un hombre de tan escaso ingenio como yo lo superaba. ¿No? Sic ars deluditur arte. Neque enim lex justiorulla est quam necis artifices arte perire suâ. [Esta adecuada expresión en latín revela al Dr. Sharpe.] Pero, ¿por qué no cumplió valientemente [abiertamente] con su misión? —¿Por qué? Mi misión era, por el contrario, descubrir sus pretensiones y apoderarme de sus documentos secretos”, etc.

Pero el doctor, aunque no era un escritor inexperto, escribió en vano aquí; porque, ¿qué ingenio puede ocultar la vileza de una traición prolongada y practicada? Para mantener las apariencias, Sir Judas recurrió más que de costumbre a la corte; donde, sin embargo, siempre sufría rechazos o era evitado, como si estuviera infectado por la plaga de la traición. En su propia defensa, ofreció al rey tomar los sacramentos, jurando que todo lo que había atribuido a Rawleigh era cierto, y que presentaría a dos testigos irreprochables para confirmarlo. “Entonces, ¿por qué”, respondió Su Majestad, “fue Sir Walter aún más malicioso al decir tales cosas?”

Page 161

“Discursos en su muerte”. Sir Thomas Badger, que estaba presente, observó: “Que el rey le corte la cabeza a Stucley, como Stucley ha hecho con la de Sir Walter; y que él, al morir, reciba los sacramentos y jure sobre ellos. Entonces lo creeré. Pero hasta que Stucley pierda la cabeza, daré más crédito a la simple afirmación de Sir Walter Rawleigh que a mil juramentos de Stucley”. Cuando Stucley, bajo pretexto de rendir cuentas de sus funciones, se presentó en la sala de audiencias del almirante, este lo ignoró por completo. Sir Judas intentó dirigirse al conde, pero este, con una mirada furiosa, exclamó: “¡Canalla! ¿Te atreves tú, que eres objeto de desprecio y burla para todos, a presentarte ante mí? Si no fuera en mi propia casa, te golpearía con mi bastón por tu atrevimiento”. Stucley se apresuró a comunicar esta afrenta al rey. Su majestad le respondió: “¿Qué quieres que haga? ¿Que lo ahorque? Por mi alma, si tuviera que ahorcar a todos aquellos que hablan mal de ti, ni todos los árboles del país serían suficientes, tan grande es su número”.

Uno de los crímenes frecuentes en esa época, antes de que existiera la falsificación de billetes, era el recorte de oro. Este era uno de los pasatiempos propios del carácter de nuestro Sir Judas. La traición y la falsificación son el mismo crimen en formas diferentes. Stucley recibió quinientas libras del tesoro público como recompensa por su espionaje y perfidia. Era el precio de sangre; apenas llegó a sus manos cuando fue convertido en moneda fraudulenta. Fue capturado en el palacio de Whitehall por haber adulterado las monedas de oro. “La forma en que se descubrió el crimen”, dice el autor del manuscrito, “fue extraña, si mis circunstancias me lo permitieran relatar en detalle”. Durante el interrogatorio, intentó echarle la culpa a su propio hijo, quien había huido, y también a su sirviente, quien, según palabras del autor de la carta, “estaba dispuesto a acusar a su amo”. Manoury, el experimentador francés, también fue arrestado en Plymouth por el mismo crimen y acusó a su valioso amigo. Pero tal era el interés que Stucley tenía en el gobierno, probablemente comprado con…

Page 162

Su último chelín, y, como se dice, con su última camisa, logró obtener el perdón para sí mismo y para su hijo, por un crimen que debería haber puesto fin definitivamente a la historia de esta bendita familia.75 Una catástrofe aún más solemne y trágica le esperaba al pérfido Stucley. Fue privado de su cargo de vicealmirante y quedó en la miseria. Abandonado por todos los seres humanos, y muy probablemente también por el hijo al que había enseñado las artes de la maldad, parece que vagó por ahí como un mendigo infame y desquiciado. Es posible que incluso una conciencia tan marcada por el pecado haya conservado algún resto de sensibilidad.

Todos son hombres,
Condenados igualmente a gemir;
Los compasivos ante el dolor ajeno,
Los insensibles ante el propio.

Y Camden ha registrado, entre sus notas históricas sobre Jacobo I, que en agosto de 1620, “Lewis Stucley, quien traicionó a Sir Walter Rawleigh, murió de forma loca”. Tal es la catástrofe de uno de los relatos domésticos más perfectos; un ejemplo histórico, difícil de igualar, de retribución moral.

Las prácticas secretas del “Señor Judas” de la corte de Jacobo I, que he descubierto, arrojan luz sobre una antigua tradición que aún existe en los alrededores de Affeton, antigua residencia de este miserable hombre. La gente del campo lleva tiempo creyendo que hay un tesoro escondido en el fondo de un pozo en sus tierras, protegido por algún poder sobrenatural: una tradición que sin duda proviene de la historia de este hombre, y una alusión oscura al oro que Stucley recibió como soborno, o al otro oro que robó y podría haber ocultado allí. Este es un ejemplo destacado de los muchos hechos históricos que, aunque completamente desconocidos u olvidados, a menudo pueden encontrarse ocultos o disfrazados en las tradiciones populares.

Page 163

Page 164

66 Rawleigh, como era costumbre en un período mucho más tardío, escribió su nombre de diversas maneras. He descubierto al menos cómo se pronunciaba en su época: así, Rawly. Esto puede ser confirmado además por el poeta escocés Drummond, quien lo escribe (en sus conversaciones con Ben Jonson) como Raughley. La traducción de “Epitome of the Worlde” de Ortelius, de 1603, está dedicada a Sir Walter Rawleigh. Véase vol. ii, p. 261, artículo “Ortografía de los nombres propios”. Sus contemporáneos también lo escribían como Rawly. A veces lo escribía como Ralegh; la última sílaba probablemente se pronunciaba ly o lay. Ralegh aparece en su sello oficial.

67 En el artículo “Uniones literarias” ofreceré un relato curioso sobre cómo se compuso “La historia del mundo de Rawleigh”, relato que hasta ahora había pasado desapercibido.

68 Se narra en una carta dirigida a Sir Robert Cecil por el señor (más tarde Sir) Arthur Gorges, y dice lo siguiente: “Al enterarse de que Su Majestad se encontraba en casa de Sir George Carew, Sir W. Ralegh, después de mirar y suspirar largo rato por la ventana de su estudio, desde donde podía ver las barcas y botes cerca de las escaleras de Blackfriars, estalló de repente en una gran furia y juró que sus enemigos habían llevado a Su Majestad allí a propósito para destrozarle el ánimo con tormentos similares a los de Tántalo, de modo que, cuando ella se marchara, él pudiera ver la muerte ante sus ojos; con muchas fantasías similares. Y, como hombre dominado por la pasión, juró a Sir George Carew que se disfrazaría e iría a remar para calmarse, pero solo con ver a la reina; de lo contrario, afirmaba que su corazón se rompería”. Por supuesto, el carcelero se negó, y entonces comenzaron a pelear, “revolcándose y forcejeando como locos”, hasta que Gorges los separó. Sir Walter continuó con su absurdez con otra carta dirigida a Cecil, redactada en lenguaje romántico, en la cual declaraba que, mientras la reina “estaba aún cerca, podía oír hablar de ella cada dos o tres días, y así mis penas eran menores; pero ahora mi corazón está sumido en la más profunda miseria”.

69 Estas cartas fueron escritas por Lord Cecil a Sir Thomas Parry, nuestro embajador en Francia, y fueron transcritas del libro de correspondencia de Sir Thomas Parry, que se conserva en la biblioteca Pepysiana de Cambridge.

70 Emprendió la expedición inmediatamente después de ser liberado de la Torre en 1617. El rey nunca lo perdonó, y su liberación se logró sobornando a poderosos cortesanos.

Page 165

los favoritos, que trabajaron sobre la avaricia de Jacobo I, llevándolo a esperar la posesión de Guayana, que, aunque descubierta por los españoles, nunca había sido conquistada por ellos; y que Rawleigh prometió colonizar.

71 Esto ocurrió durante el ataque a la ciudad de San Tomás, un asentamiento español cerca de las minas de oro. Terminó desastrosamente para Rawleigh: sus barcos se amotinaron; y nunca recuperó su mala suerte; sino que zarpó hacia Terranova y, desde allí, tras un segundo amotinamiento, regresó a Plymouth.

72 Un amigo me informa que recientemente vio en una librería de grabados un retrato pintado de sir Walter Rawleigh, con el rostro así manchado. Es extraordinario que algún artista haya elegido tal tema para su pincel; pero si se trata de un retrato de la época, demuestra que esta extraña estratagema había despertado la atención del público.

73 Una pequeña embarcación costera, redondeada en proa y popa como los barcos holandeses. La palabra todavía se usa en algunos condados ingleses para designar una tina.

74 La Humilde Petición de Stucley, relativa al juicio contra sir W. Rawleigh, 4to. 1618; republicada en Somers’ Tracts, vol. iii. 751.

75 Las anécdotas sobre Stucley las he obtenido de cartas manuscritas, y se consideraban de tal naturaleza peligrosa que el autor recomendaba el secreto y solicitaba, después de leerlas, que “fuesen quemadas”. Con tales instrucciones, he comprobado generalmente que las cartas se conservaban con aún más cuidado.

Page 166

UNA NARRATIVA AUTÉNTICA DE LAS ÚLTIMAS HORAS DE
SIR WALTER RAWLEY.

El final de la vida de Sir Walter Rawleigh fue tan extraordinario como muchos aspectos de su variada historia; la prontitud y vivacidad de su genio, su descuido con respecto a la vida, y la serenidad de este gran espíritu al dejar este mundo solo pueden compararse con las de unos pocos héroes y sabios más. Rawleigh era ambas cosas. Pero no es simplemente su conducta digna pero activa en la horca, ni su admirable discurso en aquella ocasión —circunstancias por las cuales se juzga a muchos grandes hombres cuando sus energías se despiertan por un momento para desempeñar un papel tan importante ante los ojos del mundo reunido a sus pies—; no son solo estas las que merecen nuestra atención.

Podemos detenernos con admiración ante la verdadera grandeza del carácter de Rawleigh, no por una sola circunstancia, por más importante que sea, sino por una serie continua de pequeños incidentes que ocurrieron desde el momento de su condena hasta que depositó su cabeza sobre el bloque. Rawleigh era un hombre de tal relevancia que captó profundamente la atención de sus contemporáneos; y a esto debemos la conservación de varios detalles interesantes sobre lo que hizo y dijo, que forman parte de su vida; pero no todo ha sido contado en las narraciones publicadas. Los escritores contemporáneos, en sus cartas, registraron cada nuevo incidente y capturaron con entusiasmo su sentido del humor, su ingenio y, lo que es aún más encantador, aquellos signos de la alegría natural y de su serenidad inquebrantable: y estos no podrían haber surgido de ninguna afectación o ostentación, ya que veremos que le sirvieron incluso en su último y tierno adiós a su dama, y en muchas ocasiones imprevistas.

He reunido en un breve compendio todos los hechos que mis investigaciones han proporcionado, sin omitir aquellos que son conocidos, acerca de los sentimientos y la conducta de Rawleigh en estos solemnes momentos de su vida.

Page 167

Conservar solo lo nuevo habría significado mutilar la estatua y dañarla en su conjunto con una visión imperfecta.

Una mañana, Rawleigh fue sacado de su cama, aquejado de fiebre, y de forma inesperada se le llevó, no para ser juzgado, sino para recibir una sentencia de muerte. La historia es bien conocida. Sin embargo, suplicando con “una voz debilitada por la enfermedad y la fiebre que padecía en ese instante”, empleó todos los medios posibles para evitar su destino: valoraba, pues, la vida de la que podía deshacerse tan fácilmente. Sus jueces, al menos, respetaron a este criminal de alto rango y se dirigieron a él en un tono muy distinto al que había escuchado quince años antes de boca de Coke. El fiscal general, Yelverton, dijo: “Sir Walter Rawleigh ha sido como una estrella a la que el mundo ha contemplado; pero las estrellas pueden caer, más aún, deben caer, cuando perturban la esfera en la que se encuentran”. Y el lord presidente del tribunal destacó la gran labor de Rawleigh: “Sé que has sido valiente y sabio, y no dudo que sigas teniendo ambas virtudes, porque ahora tendrás ocasión de utilizarlas. Tu libro es una obra admirable; me gustaría darte consejos, pero sé que puedes aplicártelos tú mismo mucho mejor de lo que yo podría hacerlo”. Pero el juez concluyó diciendo: “Se concede la ejecución”. Era como ahogar a Rawleigh con rosas; el heroico sabio sentía como si escuchara la fama a través de la voz de la muerte.

Declaró que, ahora que era viejo, enfermizo y desacreditado, y “estando seguro de que, si se le permitía vivir, volvería a enfrentarse a lo mismo, la vida le resultaba agotadora”; todo lo que pedía era permiso para hablar libremente en su despedida, para demostrarle al mundo que siempre había sido leal al rey y un verdadero amante de la comunidad; para ello estaba dispuesto a sellar sus palabras con su sangre.

Al regresar a su prisión, mientras algunos lamentaban su destino, Rawleigh observó que “el propio mundo no es más que una prisión más grande, de la cual diariamente se selecciona a algunos para ser ejecutados”.

Page 168

Esa última noche de su existencia la dedicó a escribir lo que el autor de la carta denomina “un recuerdo que dejar para su dama, con el fin de hacer conocer al mundo sus sentimientos, en caso de que se le negara entregarlo desde el patíbulo, como ya le había ocurrido ante el tribunal del King’s Bench”. Esa noche, su dama fue a verlo y, entre lágrimas, le comunicó que había logrado el permiso para disponer de su cuerpo; a lo cual él respondió sonriendo: “Bien está, Bess, que puedas disponer de eso; muerto, no siempre tuviste ese poder cuando estaba vivo”. A medianoche le pidió que lo dejara solo. Debió ser entonces cuando, con firmeza inquebrantable, Rawleigh se sentó a componer esos versos sobre su muerte; siendo estos breves, los más apropiados pueden repetirse.

Así es el tiempo: se apodera de nuestra juventud, de nuestras alegrías, de todo lo que tenemos, y solo nos retribuye con vejez y polvo; él, en la tumba oscura y silenciosa, cuando ya hemos recorrido todos nuestros caminos, cierra el relato de nuestros días.

Añadió además dos versos más que expresan su confianza en su resurrección. Su autenticidad es confirmada por el autor de esta carta, así como por otro escritor, quien incluyó “media docena de versos que Sir Walter compuso la víspera de su muerte como despedida de la poesía, en la que había sido un escritor desde su juventud”. Ese material no se encuentra ahora junto a la carta.

Chamberlain, el autor, era un hombre inteligente y mundano, pero sin una profunda formación literaria. La misma noche en que Rawleigh escribió este dístico, la vela ardía débilmente:—

Los cobardes temen morir; pero el valiente, antes que vivir como un resto inútil, prefiere ser extinguido.

Page 169

En este momento solemne, antes de acostarse para descansar, y en el instante de despedirse de su dama, con todos sus afectos domésticos aún vivos, expresar sus sentimientos en versos era para él una manifestación natural, a la que ya estaba acostumbrado desde hacía tiempo. Es peculiar en el destino de Rawleigh que, habiendo sufrido anteriormente un largo encarcelamiento con la expectativa de una muerte pública, su mente se hubiera acostumbrado a contemplar tal eventualidad y hubiera reflexionado frecuentemente sobre lo que ahora ocurría. El alma, en su partida repentina y en su estado futuro, es a menudo tema de sus pocos poemas; aquel tan original titulado “La despedida”:

“Vete, alma, huésped del cuerpo,
en una misión ingrata, etc.”

se atribuye a Rawleigh, aunque las pruebas son inciertas. Pero otro, titulado “La peregrinación”, contiene este hermoso pasaje:

“Dame mi concha de tranquilidad,
mi bastón de verdad para caminar,
mi provisión de alegría, alimento inmortal;
mi frasco de salvación;
mi túnica de gloria, verdadero símbolo de la esperanza,
y así emprenderé mi peregrinación—
Mientras mi alma, como una palmera serena,
viaja hacia la tierra del cielo—”

La alegría de Rawleigh era tan notable, y su valentía ante la muerte tan evidente, que el deán de Westminster, quien estuvo a su lado, al principio, maravillado por ese héroe, reprendió la ligereza de su actitud. Pero Rawleigh dio gracias a Dios por no haber temido nunca a la muerte, ya que no era más que...

Page 170

opinión e imaginación; y en cuanto a la forma de morir, prefería morir así antes que de una fiebre ardiente; y que algunos pudieran hacer demostraciones externas, pero él sentía la alegría por dentro. El deán dice que no hizo de su muerte un gran espectáculo, como si fuera a emprender un viaje: “No”, dijo, “sino porque soy un gran pecador, pues he sido soldado, marinero y cortesano”. El autor de una carta manuscrita nos cuenta que el deán declaró que murió no solo de manera religiosa, sino que también lo encontró como un hombre dispuesto y capaz tanto de dar como de recibir instrucciones.

La mañana de su muerte fumó, como de costumbre, su tabaco favorito, y cuando le trajeron una taza de excelente vino, al preguntársele qué le parecía, Rawleigh respondió: “Como aquel tipo que, al beber del cáliz de San Giles de camino a Tyburn, dijo: ‘Era una buena bebida, si uno pudiera quedarse junto a ella’”. El día anterior, al pasar de Westminster Hall a la puerta de entrada, su vista captó a Sir Hugh Beeston entre la multitud; llamándolo, Rawleigh le pidió que fuera a verlo morir al día siguiente. Sir Hugh, para asegurarse un lugar en la horca, se había procurado una carta dirigida al alcalde, que no se leyó en ese momento, y Sir Walter encontró a su amigo allí, lamentando no poder llegar. “¡Adiós!”, exclamó Rawleigh, “no sé qué harás tú, pero yo estoy seguro de tener un lugar”. Al ir de la prisión a la horca, entre los demás que se apresuraban a verlo, un anciano calvo se acercó mucho, tanto que Rawleigh lo notó y le preguntó si quería algo de él. El anciano respondió: “Nada más que verlo y rezar por él”. Rawleigh replicó: “Te agradezco, buen amigo, y lamento no tener algo mejor para devolverte a cambio de tu buena voluntad”. Al observar su cabeza calva, continuó: “Pero toma este gorro (que era uno muy rico y elaborado que llevaba), porque ahora lo necesitas más que yo”.

Page 171

Su vestimenta, como era habitual en él, era elegante, aunque no lujosa. Oldys la describe, pero menciona que “llevaba una gorra forrada debajo del sombrero”; esto ya lo hemos tratado anteriormente. Llevaba un cuello postizo, una bata de terciopelo negro forrado sobre un chaleco de satén de color liebre, y un chaleco negro forrado; pantalones de tafilete negro cortados, y medias de seda de color ceniza.

Subió al patíbulo con la misma alegría con la que había llegado allí; al ver a los nobles sentados a cierta distancia, algunos junto a las ventanas, les pidió que se acercaran, ya que deseaba que todos presenciaran lo que tenía que decir. Varios accedieron a su petición. Su discurso es bien conocido; pero algunas copias contienen cosas que no están en otras. Cuando terminó, pidió al lord Arundel que el rey no permitiera que se difamara su nombre después de su muerte. “Y ahora tengo un largo viaje por delante, y debo despedirme”. “Abrazó a todos los nobles y a otros amigos con tales cumplidos corteses, como si los hubiera encontrado en alguna fiesta”, dice un escritor. Después de quitarse la bata, llamó al verdugo para que le mostrara el hacha; como esto no se hizo de inmediato, repitió: “Por favor, déjemela ver. ¿Crees acaso que tengo miedo de ella?”. Pasó suavemente el filo de la hoja por su dedo y, sonriendo, dijo al alguacil: “Este es un remedio agudo, pero una cura eficaz para todas las enfermedades”. Luego la besó y la dejó a un lado. Otro escritor dice: “Esto es lo que curará todas las penas”. Después de eso, fue a tres rincones diferentes del patíbulo, se arrodilló y pidió a toda la gente que rezara por él; también recitó una larga oración en voz alta. Cuando comenzó a prepararse para recibir el golpe, primero se acostó para probar cómo le quedaría el bloque; tras levantarse, el verdugo se arrodilló para pedirle perdón. Rawleigh se lo concedió con un abrazo, pero le pidió que no golpeara hasta que él diera la señal levantando la mano. “Entonces, no tengas miedo, ¡golpea con fuerza!”. Cuando bajó la cabeza para recibir el golpe, el verdugo le pidió que girara el rostro hacia el este. “No importaba mucho en qué dirección estuviera la cabeza de una persona, siempre y cuando el corazón quedara en la posición correcta”, dijo Rawleigh; pero esas no fueron sus últimas palabras. Todavía tenía algo más que decir.

Page 172

Este mundo, con la misma intrépididad con la que había vivido en él: pues, después de permanecer unos minutos arrodillado en oración, dio la señal; pero el verdugo, ya fuera por descuido o por miedo, no logró asestar el golpe, y Rawleigh, tras extender las manos una o dos veces, se vio obligado a preguntarle: “¿Por qué no golpeas? ¡Golpea, hombre!”. Con dos golpes fue decapitado; pero desde el primero su cuerpo no se movió ni un ápice, sin que su postura cambiara, ya que, al igual que su espíritu, era inmóvil.

“Durante todo el tiempo que estuvo en el patíbulo, y antes también”, dice uno de los autores de las cartas manuscritas, “no hubo el más mínimo cambio en él, ni en su voz ni en su rostro; parecía estar libre de toda clase de aprensiones, como si hubiera ido allí más bien como espectador que como víctima; más aún, quienes lo observaban parecían estar mucho más preocupados que él, de modo que ganó entre la gente tal honor y reputación, que se considera que sus peores enemigos son aquellos que más lamentan su muerte, ya que ven que esta puede serle de gran ventaja”.

La gente quedó profundamente conmovida al verlo, tanto que uno dijo: “No tenemos a nadie más a quien decapitar”; y otro deseó que “la cabeza y el cerebro cayeran sobre los hombros del secretario Naunton”. El observador sufrió las consecuencias de ello: era un ciudadano adinerado y gran difusor de noticias, además de alguien que solía frecuentar Paul’s Walk. Se presentaron quejas y el ciudadano fue convocado ante el Consejo Privado. Alegó que no pretendía faltar al respeto al señor secretario, sino que solo hablaba en referencia al antiguo refrán de que “¡dos cabezas valen más que una!”. Su excusa fue aceptada en ese momento; pero cuando posteriormente se le pidió que hiciera una contribución para la Catedral de San Pablo, y después de donar cien libras, el secretario le dijo: “¡Dos son mejores que uno, señor Wiemark!”. Ya sea por miedo o por caridad, el astuto ciudadano duplicó su donación.

Así murió este glorioso y valiente caballero, de quien Osborne dice: “Su muerte fue gestionada por él con una resolución tan elevada y religiosa, como si…”

Page 173

Romano actuó como un cristiano, o más bien, como un cristiano que era romano”.79

Después de leer el artículo anterior, nos asombra la grandeza y la naturaleza variable de este hombre extraordinario y de este genio excepcional. Junto con Gibbon, quien alguna vez pensó en escribir su biografía, podemos detenernos y decir que “su carácter era ambiguo”; pero no dudaremos en afirmar que Rawleigh supo mejor cómo morir que cómo vivir. “Sus horas gloriosas”, dice un contemporáneo, “fueron su juicio y ejecución”; pero nunca se olvidarán los años intermedios de su encarcelamiento intelectual; el encarcelamiento de los eruditos puede ser, a veces, su momento de mayor tranquilidad.

76 En la antigüedad, cuando los prisioneros eran trasladados desde Newgate hasta Tyburn, se detenían a mitad de camino en el “Old Hospital”, en St. Giles’s-in-the-fields; “y”, dice Stow, “se les ofrecía un gran cuenco de cerveza, para que bebieran cuanto quisieran, como si fuera su último refrigerio en esta vida”.

77 El amor de Rawleigh por la ropa se nota claramente en los primeros retratos que poseemos de él, y especialmente en aquel grabado por Lodge.

78 La opinión general era tan desfavorable a este asesinato judicial que Jacobo I consideró oportuno publicar en 1618 un panfleto de formato 8vo titulado “Declaración sobre el comportamiento y las acciones de Sir Walter Raleigh, caballero, tanto durante su viaje como al regresar; así como sobre los verdaderos motivos e incentivos que llevaron a Su Majestad a hacer justicia con él, tal como se hizo”. En él se defiende la autorización concedida a Rawleigh para ir a Guyana, “ya que el honor de Su Majestad estaba, de cierta manera, comprometido a no negar a su pueblo la posibilidad de obtener tales riquezas” que podrían provenir de las minas de esa isla. Luego se detallan sus acciones allí, las cuales se califican de criminales, peligrosas para los aliados de Su Majestad y como un abuso de su cargo. Finalmente, se defiende su ejecución, “porque no podía ser juzgado legalmente, ya que su anterior condena por traición constituía la máxima pena prevista por la ley (con lo cual quedaba técnicamente muerto); Su Majestad se vio obligada a decidir ejecutarlo basándose en esa condena anterior (a menos que dichas condenas se convirtieran en privilegios para todos los delitos posteriores)”.

Page 174

79 Los detalles principales de esta narrativa provienen de dos cartas manuscritas de la época, que se encuentran en la Colección Sloane, con sus fechas respectivas: 3 de noviembre de 1618, de Larkin a Sir Thos. Pickering; 13 de octubre de 1618, cartas de Chamberlain.

UNIONES LITERARIAS.

HISTORIA SECRETA DE LA HISTORIA DEL MUNDO DE RAWLEIGH Y DE LAS VIDAS DE VASARI.

Una unión de talentos, aunque diferentes en sus cualidades, puede llevar a una perfección mayor algunas obras importantes. En una obra de gran envergadura, la ayuda de una mano amiga puede ser absolutamente necesaria para completar el trabajo del autor, quien quizás no cuente ni con el coraje, ni con el tiempo libre, ni con todos los conocimientos necesarios para llevar a cabo la tarea que ha planeado. Muchas obras importantes, iniciadas por un genio, han quedado inacabadas o han sido deficientes debido a la falta de esta ayuda amistosa. El público habría estado agradecido con Johnson si hubiera combinado en su diccionario el trabajo de algún etimólogo erudito. La Crónica de Speed debe gran parte de su valor, así como sus adornos, a la labor de Sir Robert Cotton y otros investigadores curiosos, quienes contribuyeron con partes completas del texto. La estimada obra de Goguet, “Origen de las artes y las ciencias”, debió mucho al celo fraternal de un amigo devoto. Los libros aún valiosos de la Sociedad de Port Royal también fueron fruto de esta feliz unión.

Page 175

La historia secreta de muchas obras eminentes mostraría las ventajas que se pueden obtener de esa combinación de talentos, diferentes en su naturaleza. Las versiones magistrales de Cumberland de los fragmentos de los poetas dramáticos griegos nunca habrían llegado al mundo poético si no hubiera poseído, por casualidad, las notas manuscritas de su pariente, el erudito Bentley. Ese tesoro permitió realizar investigaciones sobre las obras más oscuras, algo que los estudios efímeros de Cumberland jamás podrían haber explorado; una circunstancia que él ocultó al mundo, orgulloso de la erudición griega que así poseía a bajo costo. Sin embargo, gracias a esta unión literaria, la vasta erudición de Bentley permitió llevar a cabo aquellas investigaciones que Cumberland no podía; y Cumberland ofreció a la nación una copia del drama doméstico de Grecia, algo para lo cual Bentley era incapaz.

Existe una obra extensa que aún hoy es celebrada; su composición incluso sorprendió al filósofo Hume, pero su historia secreta sigue sin revelarse. Este volumen extraordinario es “La Historia del Mundo de Rawleigh”. Transcribiré las observaciones de Hume para que el lector pueda apreciar este fenómeno literario. “Quedaron impresionados por el genio excepcional de ese hombre, quien, habiendo sido educado en entornos navales y militares, superó en las actividades literarias incluso a aquellos que llevaban vidas más reclusas y sedentarias; y admiraron su magnanimidad inquebrantable, que, a su edad y dadas sus circunstancias, le permitió emprender y llevar a cabo una obra tan grande como su Historia del Mundo”. Ahora, cuando se conoce la verdad, lo maravilloso de este misterio literario desaparece, salvo en los pasajes elocuentes, grandiosos y patéticos dispersos en ese venerable volumen. De hecho, podemos perdonar la sorpresa de nuestro filósofo sereno, si consideramos la complejidad de los temas contenidos en esta obra y recordamos el poco tiempo que ese espíritu aventurero, cuya vida transcurrió en la búsqueda de su propia fortuna y en constantes empresas, pudo dedicar a tales estudios eruditos. ¿Dónde pudo Rawleigh adquirir ese conocimiento profundo de los rabinos?

Page 176

de cuyo idioma probablemente era completamente ignorante. Sus numerosas publicaciones, fruto de una mente sumamente activa, aunque excelentes en su género, fueron evidentemente compuestas por alguien que no se dedicaba a investigaciones curiosas y remotas, sino que estaba ocupado con los asuntos cotidianos y la sabiduría de la vida humana. Su encarcelamiento en la Torre, que duró varios años, fue de hecho suficiente para componer este volumen en formato folio, y otro segundo que parece haberle ocupado también. Pero durante ese encarcelamiento ocurrió algo singular: vivió entre personajes literarios con los cuales mantuvo una amistad muy estrecha. Allí se unió al conde de Northumberland, patrón de los filósofos de su época, con quien Rawleigh continuó sus estudios químicos; y al sargento Hoskins, poeta y hombre ingenioso, y “padre poético” de Ben Jonson, quien reconoció que “fue Hoskins quien lo pulió”; además, sé por un manuscrito que Rawleigh solía consultar a Hoskins sobre sus obras literarias. Pero por más literaria que resultara ser la atmósfera de la Torre para Rawleigh, ni una pizca de hebreo, y quizá poco del conocimiento griego, provenía de un químico y poeta. La verdad es que la recopilación de los materiales para esta historia fue obra de varias personas, de las cuales no todas han sido identificadas. Se ha determinado que Ben Jonson fue un contribuyente importante; y hubo también un filósofo inglés del cual, según dicen incluso sus propios compatriotas, Descartes tomó prestadas muchas ideas: Thomas Hariot, a quien Anthony Wood acusa de inculcar en el volumen de Rawleigh nociones filosóficas mientras este escribía su Historia del Mundo. Pero si las actividades de Rawleigh superaron incluso las de aquellos que llevaban una vida más reclusa y sedentaria, como observa Hume, debemos atribuirlo a “el Dr. Robert Burrel, rector de Northwald, en el condado de Norfolk, quien era un gran favorito de sir Walter Rawleigh y había sido su capellán. Toda, o casi toda, la labor pesada relacionada con la Historia de sir Walter —críticas, cronología y lectura de autores griegos e hebreos— fue realizada por él para sir Walter”. Así, un simple hecho, una vez descubierto, aclara todo el misterio; y así sabemos cómo se adquirió ese conocimiento.

Page 177

adquirida, la cual, como detectó sagazmente Hume, requería “una vida reclusa y sedentaria”, tal como las estudios y los hábitos de un clérigo rural habrían sido en una época erudita.

La historia secreta de otra obra, aún más célebre que la Historia del Mundo, de Sir Walter Rawleigh, sin duda sorprenderá a sus numerosos admiradores.

Sin la ayuda de una mano amiga, probablemente nos habríamos visto privados de la deliciosa Historia de los Artistas de Vasari: aunque era solo pintor y orfebre, y no hombre de letras, Vasari contaba con el buen juicio de quien está profundamente versado en el arte, y supo qué hacer cuando la idea de la obra le fue sugerida por el célebre Paulus Jovius como complemento a su propia obra de “Elogios de Hombres Ilustres”. Vasari aprobó el proyecto; pero en aquella ocasión observó con prudencia, sin dejarse cegar por la fama del hombre de letras que lo propuso, que “se necesitaría la ayuda de un artista para recopilar los materiales y ordenarlos en su debido lugar; porque, aunque Jovius demostró gran conocimiento en sus observaciones, no fue igualmente preciso al organizar los hechos en su libro de Elogios”. Más tarde, cuando Vasari comenzó a recopilar información y consultó a Paulus Jovius sobre el plan, aunque ese autor aprobó en alto grado lo que veía, alegó su propia falta de tiempo y capacidad para llevar a cabo tal empresa; y eso fue una suerte: de lo contrario, en lugar del estilo fluido que nos encanta en los volúmenes de Vasari, tendríamos el discurso prolijo de un orador. Sin embargo, Vasari buscó la ayuda que necesitaba; circunstancia que Tiraboschi no señaló: al igual que Hogarth, necesitaba a un hombre de letras como escribano. He descubierto el nombre del principal redactor de las Vidas de los Pintores, quien escribió bajo la dirección de Vasari y probablemente utilizó a menudo su propio estilo natural, transmitiéndonos esas reflexiones que sin duda provienen de su fuente. Daré el

Page 178

Un pasaje curioso, que demuestra cómo la historia secreta de los libros suele descubrirse en los rincones más oscuros de la investigación. ¿Quién podría haber imaginado que en una colección de las vidas de los santos y beatos de la Orden de los Predicadores tendríamos que buscar al autor de las vidas de Vasari? Don Serafini Razzi, autor de esta biografía eclesiástica, hace esta referencia: “Quien quiera conocer más al respecto puede dirigirse a Las vidas de pintores, escultores y arquitectos, escritas en su mayor parte por mi hermano Don Silvano Razzi, para el señor caballero M. Giorgio Vasari, su gran amigo”.81

El descubrimiento de que los volúmenes de Vasari no fueron escritos íntegramente por él mismo, aunque probablemente bajo su dictado e indudablemente con su colaboración —ya que sabemos que el Dr. Morell escribió el “Análisis de la belleza” para Hogarth— quizás sirva para aclarar algunos errores u omisiones inexplicables que aparecen en esa serie de volúmenes, escritos a largos intervalos y por diferentes autores. El Sr. Fuseli ha hecho alusión a ellos con gran asombro; y no puede explicar la “increíble negligencia de Vasari en sus recuerdos, lo que le llevó a trasladar lo que había atribuido correctamente a Giorgione en una edición a Parma el Viejo en las ediciones posteriores”. Además: “La memoria de Vasari era o bien muy defectuosa, o bien su rapidez al escribir tan imprudente, que su relato de la Capilla Sixtina y de las estancias de Rafael es simplemente un montón de errores y confusión imperdonable”. Incluso Bottari, su erudito editor, no sabe cómo explicar sus errores. El Sr. Fuseli observa acertadamente: “Se le ha llamado el Heródoto de nuestro arte; y si la sencillez fundamental de su narrativa y su deseo de acumular anécdota tras anécdota le dan en cierto grado ese título, no debemos olvidar que la información cotidiana añade algo a la autenticidad del historiador griego, mientras que cada día ofrece motivos para cuestionar la credibilidad del toscano”. Todo esto confirma firmemente la sospecha de que Vasari empleó a diferentes autores en distintos momentos para redactar su obra. Tales errores ocurrirían a un escritor novato, que no siempre está familiarizado con el tema sobre el que escribe, y lo desorganizado

Page 179

Los materiales de los cuales a menudo se encontraban en un estado desordenado. Sin embargo, es extraño que ni Bottari ni Tiraboschi parezcan haberse dado cuenta de que Vasari empleaba a otros para que escribieran por él; lo vemos ya en la primera sugerencia del trabajo que originalmente había propuesto, según la cual Paulus Jovius debía tomar la pluma en su lugar.

El principio ilustrado en este artículo podría seguirse; pero la historia secreta de dos obras tan conocidas es suficiente como veinte otras de escritos menos célebres. El fenómeno literario que dejó perplejo al sereno e investigador Hume hasta hacerle exclamar “¡Un milagro!”, ha sido resuelto por el descubrimiento de un pequeño hecho sobre las uniones literarias, el cual adquiere importancia debido a esta circunstancia.82

80 Extraigo mi información de un manuscrito muy singular de la colección Lansdowne, que creo que fue confundido con un cuaderno de cifrado de un niño, ya que tiene mucho de eso; n.º 741, fol. 57, tal como aparece en el catálogo del subastador. Parece ser una colección escrita con gran detalle, extraída de los papeles de Anthony Wood; y como he descubierto en el manuscrito numerosas notas que no se conservan en ningún otro lugar, tiendo a pensar que el transcriptor las copió de esa masa de papeles de Anthony Wood, de los cuales más de una bolsa fue quemada a petición suya antes de morir. Si es así, este manuscrito es el único registro de muchos hechos curiosos.

Ben Jonson ha sido criticado de forma excesiva por sus propias críticas, y en particular por una que dirigió contra Sir Walter Rawleigh, quien, según le dijo a Drummond, “valoraba más la fama que la conciencia”. Los mejores ingenios de Inglaterra fueron empleados en la redacción de su Historia; Ben mismo le había escrito un texto sobre la Guerra Púnica, el cual él modificó e incluyó en su libro. El poderoso defensor de Jonson, el señor Gifford, no dijo ni una palabra en defensa de las críticas libres de nuestro gran bardo; la historia secreta de la gran obra de Rawleigh nunca había sido descubierta; sin embargo, en esta ocasión, Jonson solo dijo lo que sabía que era cierto… Y puede que hubiera otras verdades en esas conversaciones que Drummond anotó al azar, quien probablemente solo recogió los toques satíricos.

Page 180

81 Encuentro esta cita en una especie de obra polémica de filosofía natural, titulada “Saggio di Storia Litteraria Fiorentina del Secolo XVII. da Giovanne Clemente Nelli”, Lucca, 1759, p. 58.
Nelli también se refiere a lo que había dicho sobre este tema en su Piante ad alzati di S.M. del Fiore, págs. vi y vii; una obra sobre arquitectura. Véase Brunet; y Haym, Bib. Ital. de Libri rari.

82 El señor Patrick Fraser Tytler, en su reciente biografía de Sir Walter Rawleigh, obra de rigurosa investigación y elegante composición, me ha dedicado un artículo suplementario en su Apéndice, titulado ¡Los errores del señor D’Israeli!

Ha inferido de este artículo que negué que Rawleigh fuera el autor de su propia gran obra; ¡cuando yo solo he mostrado cómo las grandes obras pueden realizarse con ventaja con la ayuda de la “Unión Literaria”. Es una inferencia monstruosa. La quimera que se presenta ante sus ojos es fruto de su propia invención; se asusta de su propia fantasía y, al final, me deja luchar contra su sombra.

El señor Tytler no ha contradicho ni una sola de mis afirmaciones. He leído cuidadosamente su artículo y el mío, y no he hecho ninguna modificación.

Puedo permitirme añadir que hay mucho material redundante en el artículo del señor Tytler; y, para usar el lenguaje jurídico, hay mucha “impertinencia”, que, con un poco de sinceridad y más filosofía, él eliminaría de su escrito, como hacen los buenos abogados en tales ocasiones.

DE UNA BIOGRAFÍA PINTADA.

Existen objetos relacionados con la curiosidad literaria, cuya propia historia, aunque quizá nunca satisfaga nuestra vista, es de carácter literario; y la originalidad de

Page 181

Su invención, si provoca imitación, podría servir para constituir una categoría. Observo una curiosidad bibliográfica de esta naturaleza.

Se puede decir que este extraordinario volumen contenía los viajes y aventuras de Carlos Magno, un noble veneciano; y este volumen, tan precioso, constaba únicamente de dieciocho páginas, compuestas por una serie de pinturas en miniatura de gran calidad sobre pergamino, algunas realizadas por la mano de Paolo Veronés. Sin embargo, se puede decir que cada página contiene muchos capítulos; pues, en general, está formada por una pieza central grande, rodeada de diez más pequeñas, con numerosas inscripciones apropiadas, alegorías y alusiones; todo ello muestra incidentes románticos de la vida de este noble veneciano. Pero no debemos considerarlo únicamente como una hermosa obra de arte; se relaciona con un sentimiento más elevado en la ocasión que lo originó. El autor, que él mismo es el héroe, después de haber sido calumniado durante mucho tiempo, decidió mostrar ante los ojos de sus acusadores los sufrimientos y aventuras que quizás habría descrito con indiferencia: y en lugar de componer un volumen tedioso para justificarse, inventó este nuevo tipo de biografía pictórica. El autor describió detalladamente las situaciones notables en las que la fortuna lo había colocado; y los artistas, al embellecer los hechos que él les proporcionaba para registrar, se esforzaron unos por otros en dar vida a su verdad y poner en escena, ante el espectador, incidentes que la pluma no habría mostrado de manera tan impactante. Esta obra única puede considerarse como un modelo para representar las acciones de aquellos que podrían tener más éxito mediante este nuevo modo de perpetuar su historia; descubriendo, con la ayuda del lápiz y no de la pluma, las formas y colores de una vida extraordinaria.

Fue cuando los otomanos (alrededor de 1571) atacaron la isla de Chipre cuando este noble veneciano fue encargado por su república de inspeccionar y reparar las fortificaciones. Posteriormente fue enviado al papa para negociar una alianza; regresó al senado para dar cuenta de su misión. Investido

Page 182

Bajo el mando supremo, al frente de sus tropas, Magius se lanzó hacia la isla de Chipre. Tras una defensa hábil que no logró evitar su caída, en Famagusta fue capturado por los turcos y hecho esclavo. Su edad y sus debilidades llevaron finalmente a su amo a venderlo a algunos comerciantes cristianos. Después de varios años lejos de su amada Venecia, apareció de repente, para asombro y mortificación de aquellos que nunca dejaron de calumniarlo; mientras que su propia familia noble se vio obligada a guardar un silencio indignado, al no tener contacto con su pariente perdido y esclavizado. Magius regresó entonces para defender su honor, recuperar el favor del Senado y volver junto a sus seres queridos. Les presentó a un nuevo miembro de la familia: un niño de siete años, fruto de sus desgracias. Nacido en medio de las dificultades y ajeno a los afectos familiares, ese niño llegó a formar parte de ese círculo de seres queridos.

Daré una breve descripción de algunas de las ilustraciones de la vida de este noble veneciano. Toda esta serie fue elaborada con gran detalle por el Duque de la Vallière, famoso coleccionista de libros, quien analizó cada detalle con la curiosidad de un aficionado.

En un rico frontispicio, Cristo está muriendo en la cruz; la Religión, apoyada en una columna, contempla la Divinidad, y la Esperanza no está lejos de ella. También hay un árbol genealógico de la familia Magius, junto con una representación alegórica de Venecia, su nobleza, su poder y sus riquezas. Se muestran además los escudos de armas de Magius, en los cuales se incluye una imagen del Santo Sepulcro de Jerusalén, lugar donde fue nombrado caballero. También está su retrato, con una inscripción en latín: “He atravesado armas y enemigos, entre fuego y agua; el Señor me condujo a un refugio seguro, en el año de gracia 1571”. El retrato de su hijo, de siete años, está ejecutado con gran belleza y se cree que fue obra de Paolo Veronese. Lleva esta inscripción: “Vencido por la violencia y la astucia, casi muerto antes incluso de nacer, su madre estuvo…”

Page 183

Longitud de su cuerpo: lleno de vida, con toda la belleza de la infancia; bajo la protección divina, su nacimiento fue feliz, y su vida, con aún mayor felicidad, concluirá con buena fortuna.

Un plano de la isla de Chipre, donde Magius mandó y donde ocurrió su primera desgracia: su esclavitud por parte de los turcos. El pintor lo ha representado mediante un emblema de un árbol sacudido por los vientos y dañado por los relámpagos; pero del tronco brota una hermosa rama verde que brilla bajo el sol resplandeciente, con esta inscripción: “De este tronco caído surge una rama llena de vigor”.

Las misiones de Magius para reclutar tropas en la provincia de Apulia. En una de ellas se ve a Magius regresando a Venecia; su partida definitiva: se observa un rayo cayendo sobre su barco; su paso por Córcega y Zante, y su llegada a Creta.

Sus viajes a Egipto. La figura central representa a esta provincia, con su mano derecha extendida hacia una palmera y la izquierda apoyada en una pirámide, con la inscripción “Famosa en todo el mundo por sus maravillas”. Las imágenes más pequeñas muestran la entrada de Magius al puerto de Alejandría; Rosetta, con una caravana de turcos y personas de diferentes naciones; la ciudad del Gran Cairo, tanto en su exterior como en su interior, con vistas a otros lugares; y finalmente, su regreso a Venecia.

Su viaje a Roma. La figura central es Pallas armada, sentada sobre trofeos; el Tíber debajo de sus pies y un globo en sus manos, con la inscripción Quod rerum victrix ac domina, “Porque ella es la Conquistadora y Señora del Mundo”. Las diez imágenes pequeñas muestran las ciudades que están bajo el dominio del papa. Su primera audiencia en el cónclave forma una composición agradable y hermosa.

Sus viajes a Siria. La figura principal es una mujer, emblema de esa hermosa región; está sentada en medio de un frondoso huerto y abraza…

Page 184

Un ramo de rosas, con la inscripción Mundi deliciæ: “La delicia del universo”.
Los pequeños compartimentos muestran vistas de ciudades y puertos, así como el lugar donde Magius reunió su flota.

Su peregrinación a Jerusalén, donde fue nombrado caballero del Santo Sepulcro. La figura principal representa la Devoción, con la inscripción Ducit: “Es ella quien me guía”. Los compartimentos exhiben una variedad de objetos, con un nivel de precisión en los dibujos que se considera propio de esa época, y que comparte los encantos del trazo de Claude Lorraine. Su barco se ve primero en el puerto de Venecia, azotado por una tormenta; llega a Creta para descansar; entra al puerto de Simiso; allí, desembarcado, él y sus compañeros se dirigen a la ciudad en asnos, ya que a los cristianos no se les permitía viajar en caballos por Turquía. En la iglesia de Jerusalén, el obispo, vestido con sus hábitos pontificios, lo recibe como caballero del Santo Sepulcro, vistiéndolo con la armadura de Godofredo de Bouillon y poniendo su espada en las manos de Magius. Su llegada a Belén, para ver el pesebre del Señor; y su regreso por Jaffa junto a sus compañeros, vestidos como peregrinos. Los grupos están finamente contrastados con los turcos que se mezclan entre ellos.

La toma de la ciudad de Famagusta y su esclavitud. La figura central, con un perro a sus pies, representa la Fidelidad, cualidad propia de Magius, quien siempre la prefirió a su vida o a su libertad; lleva la inscripción Captivat: “Ella me ha reducido a la esclavitud”. Seis imágenes más pequeñas muestran los diferentes puntos de la isla de Chipre donde los turcos llevaron a cabo sus ataques. Magius se retira a Famagusta, que defendió durante mucho tiempo; allí murió su primo, un ingeniero hábil. Los turcos se ven obligados a levantar el asedio, pero regresan con fuerzas mayores; se produce el saqueo de la ciudad y del palacio, donde Magius fue capturado. Una imagen lo muestra ante un bashaw, quien ordena que lo desnuden para evaluar su fuerza y fijar su precio; tras el examen, es enviado entre otros esclavos. Se le ve atado entre los demás esclavos.

Page 185

Compañeros en la desgracia: una vez más se ve obligado a trabajar, llevando un barril de agua sobre los hombros. En otra imagen, su amo, al ver que está débil de cuerpo, lo lleva ante un comerciante de esclavos para venderlo. En otra se le ve guiando a un asno cargado con paquetes; su nuevo amo, al encontrarlo holgazaneando en el camino, lo golpea sin piedad, mientras se ve a un soldado robando uno de los paquetes del asno. Otra imagen muestra a Magius hundiéndose de fatiga en la arena, mientras su amo intenta levantarlo mediante golpes brutales. Los diversos detalles de estas pequeñas pinturas están ejecutados de manera muy agradable.

El final de su esclavitud: la figura central arrodillada ante el Cielo, del cual emana luz; está inscrito “Él rompe mis cadenas”, para expresar la confianza de Magius. Se ven a los turcos desembarcando con sus botines y sus esclavos. En una de las imágenes se observan dos barcos en llamas; una joven de Chipre prefiere la muerte a perder su honor y soportar las miserias de la esclavitud, y decide incendiar el barco en el que viaja; lo logra, y las llamas se propagan al otro barco.

Su regreso a Venecia: el pintor eligió como figura principal a Pallas, con un casco en la cabeza, el escudo en un brazo y la lanza en el otro, para representar el coraje con el que Magius enfrentó sus desgracias; está inscrito “Reducit” —“Ella me devuelve”. En el último compartimento se le ve en la aduana de Venecia; entra en la casa de su padre; el anciano se apresura a recibirlo y lo abraza.

Una página está ocupada por una sola imagen, que representa al senado de Venecia, con el dogo en su trono; Magius presenta un informe de sus diferentes tareas y sostiene en su mano un pergamino en el que está escrito: “Quod commisisti perfeci; quod restat agendum, pare fide complectar” —“He hecho lo que me encomendaste; y cumpliré con la misma fidelidad lo que queda por hacer”. Es recibido por el senado con

Page 186

Los más distinguidos honores, y no solo está justificado, sino que también es alabado y honrado.

La más magnífica de estas pinturas es la que se atribuye a Paolo Veronés. El duque de La Vallière la describe como casi inigualable por su riqueza, su elegancia y su brillo. En ella está inscrito: “Pater meus et fratres mei dereliquerunt me; Dominus autem assumpsit me” —“Mi padre y mis hermanos me abandonaron; pero el Señor me tomó bajo su protección”. Esta es una alusión a la acusación que se levantó contra él en el senado cuando los turcos tomaron la isla de Chipre, y a que su familia quería o bien su confianza o bien el coraje para defender a Magio. En la parte delantera de esta gran pintura, Magio, llevando de la mano a su hijo, lo conduce para que se reconcilie con sus hermanos y cuñados, que se encuentran al otro lado; en su mano sostiene este pergamino: “Vos cogitastis de me malum; sed Deus convertit illud in bonum” —“Ustedes pensaron mal de mí; pero el Señor lo ha convertido en bien”. Con esto alude a la satisfacción que había dado al senado y a los honores que le habían concedido. Se presenta otra escena, en la que Magio aparece en un salón magnífico, sentado a una mesa en medio de toda su familia, con quienes ya se ha logrado una reconciliación general: a su izquierda hay jardines que ofrecen un efecto encantador y están magníficamente adornados, con la villa de su padre, sobre cuyo techo parecen caer flores y guirnaldas, como si vinieran del cielo. Desde el punto de vista perspectivo, el paisaje probablemente representa el entorno rural de los primeros días de Magio.

Estos son los incidentes más interesantes que he seleccionado de la extensa descripción del duque de La Vallière. La idea de esta obra es novedosa: una autobiografía en forma de una serie de escenas extraordinarias, pintadas bajo la mirada de quien las describe, en las cuales también ha conservado toda la plenitud de sus sentimientos y sus recuerdos más mínimos; pero la novedad resulta interesante debido al carácter del noble Magio y a la fantasía romántica que inspiró esta curiosidad elaborada y costosa. De hecho, no era…

Page 187

Sin ciertas dificultades, he redactado este pequeño relato; pero mientras lo hacía, parecía estar componiendo una novela muy poco común.

83 La descripción del Duque no se encuentra, como era de esperar, en su propio valioso catálogo, sino que fue una contribución al de Gaignat, ii. 16, donde ocupa catorce páginas. Esta singular obra se vendió en la subasta de Gaignat por 902 libras. Era entonces la edad de oro de la curiosidad literaria, cuando las cosas más raras no eran costosas; y esa precio ya entonces se consideraba extraordinario, aunque la obra fuera única. Debe constar de unos 180 sujetos, realizados por artistas italianos.

CAUSA Y PRETEXTO.

Es un principio importante en la moral y en la política no confundir la causa con el pretexto, ni el pretexto con la causa, y así distinguir entre el motivo oculto y el aparente. Según este principio, la historia podría ser recompuesta de una manera nueva; no describiría con frecuencia las circunstancias y los personajes tal como suelen aparecer. Cuando confundimos el carácter de las personas, confundimos también la naturaleza de sus acciones; y encontraremos, al estudiar la historia secreta, que algunos de los acontecimientos más importantes de la historia moderna surgieron de motivos muy diferentes a los aparentes. Polibio, el escritor más filosófico de la antigüedad, ha señalado esta útil distinción entre causa y pretexto, e ilustra adecuadamente esta observación con los hechos que explica. Aníbal, por

Page 188

Por ejemplo, fue el primer autor y instigador de la segunda guerra púnica, aunque murió diez años antes de su inicio. “Un estadista”, dice el sabio y serio historiador, “que no sabe cómo rastrear el origen de los acontecimientos ni discernir las diferentes fuentes de donde surgen, puede compararse con un médico que descuida informarse sobre las causas de aquellas enfermedades que debe curar. Nuestros esfuerzos nunca pueden emplearse mejor que en buscar las causas de los acontecimientos; pues los incidentes más insignificantes dan lugar a asuntos de la mayor importancia”. La última parte de esta observación de Polibio señala otro principio que ha sido frecuentemente verificado por la historia, y que sirvió de base para el pequeño libro “Grandes Eventos por Pequeñas Causas”.

Nuestra investigación actual se refiere a “causa y pretexto”.

León X planeó una alianza entre los soberanos de la Cristiandad contra los turcos. El objetivo declarado era oponerse al avance de los otomanos contra los mamelucos de Egipto, quienes eran más amistosos con los cristianos; pero el motivo oculto de Su Santidad era enriquecerse a sí mismo y a su familia con los despojos de la Cristiandad, y engrandecer el trono papal mediante la guerra; y de hecho, esa era siempre la política de estos pontífices en aquellas locas cruzadas que provocaban contra Oriente.

La Reforma, por excelentes que hayan resultado sus consecuencias en favor de la verdadera libertad, tuvo su origen en fuentes nada puras, como las pasiones humanas y los motivos egoístas: fue fruto de la avaricia en Alemania, de la búsqueda de novedades en Francia y del amor en Inglaterra. A este último se hace una elegante alusión por parte de Gray—

Y la luz evangélica brilló primero en los ojos de Bullen.

La Reforma es considerada por el duque de Nevers, en una obra impresa en 1590, así como lo había sido por Francisco I en su Apología de 1537, como un golpe de Estado de Carlos V orientado hacia una monarquía universal. El duque dice que el emperador

Page 189

Permitieron en silencio que Lutero estableciera sus principios en Alemania, para que pudieran dividir la confederación de los príncipes electores y, mediante esa división, facilitar su conquista más fácil, enfrentándolos unos contra otros, y así asegurar la corona imperial como hereditaria para la casa de Austria. Si Carlos V no hubiera sido meramente un instrumento de sus propias políticas, y si hubiera sentido algún celo por la causa católica que pretendía defender, nunca habría permitido que las nuevas doctrinas se difundieran durante más de veinte años sin la menor oposición.

La famosa Liga en Francia se formó en nombre de “la religión y la solución de las quejas del pueblo”; ese era el pretexto. Después de que tanto los príncipes como el pueblo se convirtieran en sus víctimas, se descubrió que esta “liga” había sido formada por el orgullo y la ambición de los Guisa, con la ayuda de las maquinaciones de los jesuitas contra los intentos del Príncipe de Condé de expulsarlos de su “asiento de poder”. Mientras los hugonotes saqueaban, quemaban y masacraban, declarando en sus manifiestos que solo luchaban para liberar al rey, a quien afirmaban era prisionero de los Guisa, los católicos les respondían con la misma persecución y los mismos manifiestos, declarando que solo querían liberar al Príncipe de Condé, quien era prisionero de los hugonotes. El pueblo era conducido por el grito de “¡religión!”, pero en realidad esa guerra civil no era tanto católicos contra hugonotes, sino Guisa contra Condé. Ocurrió un evento similar entre nuestro Carlos I y los covenanters escoceses; y el rey declaró expresamente, en “una amplia declaración sobre los recientes disturbios en Escocia”, que “la religión es solo una excusa, utilizada por ellos como pretexto para disimular su intención de rebelarse”, lo cual demostró con los hechos que alegaba. En Francia existía un partido revolucionario que, tomando el nombre de Frondeurs, sacudió ese reino bajo el gobierno del cardenal Mazarino, y utilizó la libertad pública como pretexto. Pero esa facción, compuesta por algunos de los príncipes franceses descontentos y la multitud, estaba completamente organizada por el cardenal de Retz, quien los controlaba para frenarlos o estimularlos según fuera necesario.

Page 190

Se requería una ocasión concreta, más que un simple rencor personal hacia Mazarino, quien no había tratado a ese genio vivaz con toda la deferencia que él exigía. Esto se desprende de sus propias Memorias.

Hemos sonreído al ver cómo Jacobo I amenazaba a los Estados Generales a través del embajador inglés, por causa de Vorstius, un profesor holandés que defendía las doctrinas de Arminio frente a las de los contraremonstrantes o calvinistas. El motivo aparente era religioso, o mejor dicho, metafísico-religioso, pero el verdadero motivo era una lucha por la supremacía entre el Pensionario Barnevelt, respaldado por los intereses franceses, y el Príncipe de Orange, apoyado por los ingleses. “Esas eran las verdaderas causas”, dice Lord Hardwicke, estadista y hombre de letras, profundamente versado en la historia secreta y pública, y un juez mucho más capaz que Diodati, el teólogo suizo, y Brandt, el historiador eclesiástico, quienes en el sínodo de Dort solo veían lo que se mostraba allí y narraban seriamente las disputas sin importancia sobre cuestiones relacionadas con la predestinación o la gracia. Hales, de Eaton, que era secretario del embajador inglés en ese sínodo, coincide perfectamente con la descripción de Lord Hardwicke. “Nuestro sínodo”, escribe ese perspicaz observador, “avanza como un reloj; las ruedas principales sobre las cuales gira todo el asunto son las menos visibles; todas las decisiones importantes se toman en sesiones privadas; lo que se hace en público sirve solo de espectáculo y entretenimiento”.

La causa de la persecución de los jansenistas fue el celo de los jesuitas; el pretexto fue la doctrina de la gracia suficiente. El erudito La Croze señala que ocurrió lo mismo en el caso de Nestorio y la iglesia de Alejandría: el pretexto era la ortodoxia, pero la causa era el celo de la iglesia de Alejandría, o más bien el carácter irascible y turbulento de Cirilo, quien odiaba personalmente a Nestorio. Las opiniones de Nestorio y el concilio que las condenó eran, en efecto, las mismas. Solo menciono este hecho remoto para demostrar que los tiempos antiguos no alteran la verdad de nuestros principios.

Page 191

Cuando Jacobo II fue un tan ferviente defensor de la tolerancia y de la libertad de conciencia al abolir la Ley del Test, este iluminado principio de gobierno no era más que un pretexto para aquel monarca dominado por los monjes; es bien sabido que el verdadero objetivo era hacer que los católicos predominaran en sus consejos y en su gobierno. El resultado, algo que ese político ansioso y ciego impulsó con demasiada prisa y que, por lo tanto, no se produjo, habría sido que la “libertad de conciencia” se habría convertido pronto en un “acto manifiesto de traición” ante la Inquisición de sus jesuitas.

En todos los asuntos políticos, hay que abandonar los pretextos y atacar las causas reales; así podemos comprender qué es lo que los líderes de los partidos prefieren ocultar.

FALSIFICACIONES Y FICCIÓN POLÍTICA

Un escritor, cuyo conocimiento da valor a su elocuencia, en sus Conferencias de Bampton ha condenado, con ese espíritu liberal tan favorable a la causa de la verdad, las calumnias y rumores de los partidos, que siguen difundiéndose con insistencia, aunque ya hayan sido refutados en numerosas ocasiones. Se siguen citando documentos falsificados o historias sin fundamento alguno. El tema abordado por el señor Heber se limitó a la historia teológica; él nos dijo que “Agustín, en su disputa con Fausto, no duda en aprovecharse de las calumnias populares contra los seguidores de Manes, aunque su propia experiencia (pues él mismo había pertenecido a esa secta) era suficiente para descubrir esa falsedad”. Los romanistas, a pesar de las respuestas satisfactorias, han…

Page 192

Continuó instando contra los protestantes ingleses la crítica hacia la consagración de Parker;84 mientras que los protestantes persisten en atribuir falsamente a los textos oficiales católicos la omisión sistemática del segundo mandamiento. “Las calumnias de Rimius y Stinstra contra los hermanos moravos son ejemplos claros de ello”, continúa el señor Heber. “Ahora ya nadie les cree, pero en su momento lograron engañar incluso a Warburton”. También podemos añadir la calumnia obsoleta de que los judíos crucificaban a niños; de esto existe un monumento erigido en honor a Hugo de Lincoln que perpetúa ese recuerdo, y un historiador moderno lo registra sin ningún escrúpulo. Las pocas fuentes citadas al respecto se reducen únicamente a la de Mateo Paris, quien la presenta como un rumor popular. Tales acusaciones solían surgir cuando los judíos eran demasiado ricos y el rey demasiado pobre.85

¡Las falsedades y las falsificaciones creadas por ciertos grupos son abrumadoras! Sorprende al filósofo, en la tranquilidad de su estudio, descubrir cómo escritores que, podríamos suponer, buscan la verdad, en realidad resultan ser buscadores de las ficciones más groseras. Esto altera los hábitos del hombre literario: es una degeneración antinatural de sus actividades, y demuestra que lo personal tiende demasiado a predominar sobre el carácter literario.

Ya he tocado el punto principal de este artículo en el dedicado a los “Apodos políticos”. Allí mostré cómo la calumnia política parece haberse convertido en un arte; uno de sus aspectos consiste en transformar falsedades y ficciones en fuentes históricas válidas.

Cuando una nación está en guerra con otra, no hay duda de que ambos gobiernos toleran, e incluso fomentan, las calumnias más atroces contra el otro, con el fin de enloquecer a la población para así preservar su independencia y contribuir voluntariamente a los costos de la guerra. Francia e Inglaterra se quejaban antiguamente de Holanda; los atenienses emplearon la misma estrategia contra los macedonios y los persas. De ahí proviene una gran cantidad de documentos y libros falsos, que a veces, en épocas remotas…

Page 193

Confunden los esfuerzos del historiador honesto y, con demasiada frecuencia, sirven a los propósitos de los deshonestos, con quienes se convierten en autoridades. Las calumnias groseras y sospechosas que surgieron de su oscuridad en tiempos de Cromwell contra Jacobo I han dañado gravemente la imagen de ese monarca; sin embargo, hoy en día son citadas con entusiasmo por escritores partidistas, aunque en su época ya eran obsoletas y dudosas. Durante las guerras civiles de Carlos I existen tales documentos falsos en forma de discursos que nunca se pronunciaron; cartas que nunca fueron escritas por los nombres que llevaban; declaraciones impresas que nunca se hicieron; batallas que nunca se libraron y victorias que nunca se obtuvieron. Tal es el lenguaje de Rushworth, quien se queja de este malvado espíritu de falsificaciones partidistas, mientras él mismo es sospechoso de haber anulado o suprimido todo lo que no era conveniente para su patrón Cromwell. Se podría elaborar una lista curiosa, y quizás necesaria, de las falsificaciones políticas de nuestros días, que a veces se han presentado como auténticas, pero que son invenciones de ingenios y satíricos. Bayle observa con astucia que, al final de cada siglo, tales producciones deberían ser marcadas por un discriminador hábil, para salvar al investigador futuro de errores que difícilmente podrá evitar. “¡Cuántos siguen siendo engañados por las sátiras del siglo XVI! Las de nuestra época serán igualmente activas en futuros tiempos, ya que seguirán conservándose en las bibliotecas públicas”. El arte y la habilidad con que algunos han fabricado narrativas falsas hacen que su detección sea casi imposible. Cuando el joven Maitland, hermano del secretario, fue encargado de elaborar una supuesta conversación entre él, Knox y otros, con el fin de manchar su reputación al sugerir que debía destronarse al joven monarca y sustituirse al regente por su soberano, Maitland logró una representación tan dramática, dando a cada persona su propio modo de expresión, que esto dificultó durante mucho tiempo la incredulidad de aquellos que no podían negar la veracidad de una narrativa aparentemente tan precisa en sus detalles. “La ficción de…”

Page 194

“El calentador que protegía al joven pretendiente atrajo a más adeptos a la causa de los whigs que la Carta de Derechos”, observa Lord John Russell. Entre tales narrativas del partido, la horrible historia del sanguinario coronel Kirk fue exagerada por Hume con toda su elocuencia y patetismo; y, debido a su interés, no surgió ninguna sospecha sobre su veracidad. Sin embargo, en lo que respecta a Kirk, al reinado de Jacobo II o incluso a la historia inglesa, es, como lo expresa con honestidad Ritson, “¡una mentira descarada y flagrante!”. El hecho simple es relatado por Kennet en pocas palabras: probablemente él era consciente de la naturaleza de esta ficción política. Hume, de hecho, no fue el autor de esa historia; pero tampoco tenía ninguna autoridad histórica. El origen de este cuento fue probablemente un engaño piadoso por parte del partido whig, al cual Kirk se había vuelto odioso; en aquel momento se aceptaban con avidez historias aún más aterradoras, y que, según insinúa Ritson, pasaron a formar parte de la historia de Inglaterra. La versión original, relatada de manera más detallada, aunque no más conmovedora ni quizás más verdadera, puede encontrarse en “Maravillas del pequeño mundo” de Wanley, que presento aquí, liberándola de la monotonía de la versión original de Wanley.

Un gobernador de Zelanda, bajo el valiente duque de Borgoña, intentó en vano seducir al amor de la hermosa esposa de un ciudadano. El gobernador encarceló al esposo bajo la acusación de traición; y cuando la esposa apareció como suplicante, el gobernador, tras un breve discurso, logró convertirse en su amante, argumentando que solo su conformidad podría salvar la vida de su esposo. La mujer, entre lágrimas y repulsión, y no sin esperanzas de venganza, perdió su honor. Señalando la prisión, el gobernador le dijo: “Si buscas a tu esposo, entra allí y llévatelo contigo”. La esposa, en la amargura de sus pensamientos, pero no sin el consuelo de haber salvado a su esposo de la tumba, entró en la prisión; allí, en una celda, para su asombro y horror, vio el cadáver de su esposo tendido en un ataúd, listo para ser enterrado.

Page 195

Llorando por ello, al final regresó con el gobernador, exclamando con furia: “¡Has cumplido tu palabra! ¡Me has devuelto a mi esposo! ¡Y ten la seguridad de que este favor será recompensado!” El villano despiadado, aterrorizado ante su intrépida víctima, intentó aplacar su venganza e incluso ganarse su apoyo. Al volver a casa, reunió a sus amigos, les contó toda su historia y, bajo su protección, acudió a Carlos el Audaz, un firme defensor de la justicia, quien entonces impuso una pena singular pero ejemplar. El duque ordenó primero que el gobernador criminal se casara de inmediato con la mujer a la que había convertido en viuda, y al mismo tiempo firmara su testamento, con una cláusula que establecía que, si moría antes que ella, la nombraría su heredera. Todo esto se mantuvo en secreto para satisfacer al duque, más que a las propias partes involucradas. Una vez hecho esto, a la desdichada mujer la dejaron sola. El gobernador fue llevado a la prisión para sufrir la misma muerte que había infligido al esposo de su esposa; y cuando a esta mujer se le pidió nuevamente que entrara en la prisión, vio a su segundo esposo sin cabeza en su ataúd, tal como había ocurrido con el primero. Tales acontecimientos extraordinarios en tan corto espacio de tiempo sobrepasaron la débil resistencia de la afectada; murió, dejando un hijo que heredó la enorme fortuna obtenida de forma tan fatal por su madre, víctima de tanto sufrimiento.

Esa es la historia de la cual, según Ritson, la versión de Kirk parecía ser una adaptación; pero en realidad es más bien la base que la superestructura. Este crítico tenía razón en lo general, pero no en los detalles. No era necesario señalar la fuente actual, cuando existen tantas otras de naturaleza similar. Este relato, ampliamente difundido, es considerado por el señor Douce como el origen de “Medida por medida”, y probablemente se trató de algún evento tradicional; ya que aparece a veces con cambios de nombres y lugares, sin ningún otro detalle. Siempre gira en torno a un soldado, un hermano o un esposo ejecutado, y a una esposa, una hermana o una víctima engañada que intenta salvarlos de la muerte. Por lo tanto, fue fácil trasladarlo a Kirk, así como al poema de Pomfret titulado “Crueldad”.

Page 196

Y la lujuria” hicieron que la historia se volviera popular desde hace tiempo. Solo podía ser en esta forma como llegó al historiador, quien, cabe señalar, la presenta como “una historia comúnmente contada sobre él”; pero los romances trágicos populares no deberían formar parte de los documentos polvorientos de una historia de Inglaterra, y mucho menos ser mencionados específicamente en el índice. Belleforest, en su versión antigua de la historia, incluso incluye el episodio del “capitán que, después de seducir a la esposa prometiéndole salvar la vida de su esposo, poco después lo exhibió por la ventana de su apartamento, colgado de una horca”. Este constituye el horrible incidente en la historia del “colonel sanguinario”, y sirvió a los intereses de aquellos que querían difamarlo. Kirk era un soldado oportunista, de costumbres disolutas y muy fanfarrón; a veces amenazaba con aniquilar a todo su regimiento, pero se dice que olvidaba esas amenazas al día siguiente. Por más odiosos que sean siempre esos militares, en este caso el coronel Kirk fue calumniado de manera vergonzosa por poetas e historiadores, quienes se dejan engañar por las falsificaciones de los partidos políticos. Mientras detectamos una fuente de error a la que los prejuicios partidistas de los historiadores modernos pueden llevarlos, confesemos que estos son mucho más valiosos que los antiguos; porque, al menos para nosotros, los antiguos escribieron la historia sin presentar fuentes fiables. Los historiadores modernos deben proporcionar a sus lectores los medios más precisos para que puedan convertirse en sus críticos, ofreciéndoles fuentes fiables; y solo apreciando juiciosamente estas podemos aceptar con confianza sus descubrimientos. Sin duda, los antiguos introdujeron frecuentemente en sus historias muchas historias similares a la de Kirk: falsificaciones populares o partidistas. La excesiva elocuencia de Tito Livio oculta muchas historias extraordinarias; la prosa más grave de Tácito relata muchos acontecimientos fatales; y la historia secreta de Suetonio suscita con demasiada frecuencia sospechas acerca de esos rumores: “¿Qué dirá el rey al oído de la reina? ¿Qué habrá contado Júpiter a Juno?”. Es cierto que Plutarco contó con frecuencia, y además varió en su relato, la misma historia, aplicándola a diferentes personajes. Un crítico en…

Page 197

El estilo de Ritson dijo de esa tumba: Plutarco, ese mentiroso Plutarco que antaño escribió las vidas de los oradores, compuestas de falsedades y errores.88 “Ese Plutarco mentiroso, que antes redactó las vidas de los oradores, hechas de engaños y errores”. En italiano existe un libro escaso, de mejor diseño que ejecución, del abad Lancellotti, Farfalloni degli Antichi Historici. —“Tonterías de los antiguos”. Los historiadores modernos deben disputar paso a paso su paso hacia la inmortalidad; y por más ferviente que sea su elocuencia, su verdadera prueba de valor debe buscarse en las humildes referencias al margen de sus escritos. Sin embargo, estas no deben poner fin a nuestras indagaciones; pues al rastrear una historia hasta su fuente original descubriremos que a veces se han injertado ficciones sobre verdades o rumores, y separarlas tal como aparecieron en su primera etapa es el orgullo y la gloria de la crítica erudita.

84 Se cuenta absurdamente que ocurrió en una reunión en la taberna Nag’s-head, en Cheapside.

85 M. Michel publicó en París, en 1834, una colección de poemas y baladas sobre Hugo de Lincoln, que fueron muy populares tanto en su país como en el extranjero durante la Edad Media. Uno de ellos, conservado en un manuscrito anglo-normando en la Biblioteca Real de París, fue evidentemente compuesto para ser cantado por la gente poco después del acontecimiento, que se dice ocurrió durante el reinado de nuestro Enrique III; pero existen muchas baladas relativamente modernas que muestran cuán cuidadosamente se guardó la historia ante el público; y pueden verse en las colecciones del obispo Percy, Jameson, Motherwell, etc.

86 Libro III, capítulo 29, sección 18.

87 Una historia aún más absurda estuvo relacionada con el nombre del coronel Lunsford, un soldado que defendió constantemente a Carlos I y murió en 1643. Echard relata, según lo que se decía de él, que mataba y comía a los hijos del bando contrario. Esta acusación horriblemente grotesca se ha conservado en las baladas y poesías políticas de la época. Cleveland se burla de ella en uno de sus poemas, donde hace que un roundhead declare—

“Juró haber visto, cuando cayó Lunsford,

Page 198

Un brazo de niño en su bolsillo.

88 Taylor, Annot. ad Lysiam.

EXPRESIÓN DE LA OPINIÓN SUPRIMIDA.

Un pueblo al que se le niega la libertad de expresión o de escritura suele dejar algunos testimonios de sus sentimientos en ese lenguaje silencioso que se dirige a la vista. Se han inventado muchas soluciones ingeniosas para dar salida a su indignación reprimida. Las quejas abundantes que no podían confiar a la voz o a la pluma las han tallado en madera o esculpido en piedra; e incluso a veces han ocultado humorísticamente su sátira entre los adornos lúdicos diseñados para entretener a aquellos de quienes se quejaban tan en vano. Tales monumentos de los sentimientos reprimidos de la multitud rara vez son examinados por el historiador: su delicadeza escapa a todos los ojos salvo a los del anticuario filosófico; tampoco estas manifestaciones satíricas siempre se consideran como fuentes fiables, algo que sin duda se comprobará para quien observe atentamente la naturaleza humana. Una historia entretenida sobre las formas de pensar o los descontentos de un pueblo, extraída de tales esfuerzos dispersos en cada época, arrojaría una nueva luz sobre la historia secreta de muchos períodos oscuros.

Si pudiéramos disponer de una historia secreta de las Saturnalias, sin duda aportaría material para este artículo. En aquellas celebraciones venerables…

Page 199

El radicalismo: cuando el Senado estaba cerrado y se llevaba triunfalmente el Pileus, o gorro de la libertad, todas las cosas adquirían un aspecto contrario a lo que realmente eran; y se podría decir que tanto la naturaleza humana como las leyes humanas habían sido parodiadas. Entre tantas regulaciones caprichosas en favor de la multitud licenciosa, había una que prohibía la circulación del dinero; si alguien ofrecía la moneda del estado, se consideraba un acto de locura, y a esa persona se la hacía recuperar la cordura mediante un ayuno penitencial ese mismo día. Un ingenioso anticuario francés parece haber descubierto una clase de medallas miserables, fundidas en plomo o cobre, que constituían el medio de circulación de esos señores de la turba, quienes, para burlarse de la idea del dinero, utilizaban los metales más viles, estampando en ellos figuras grotescas o diseños extraños: como una cerda; un pájaro quimérico; un emperador en su carroza, con un mono detrás; o la cabeza de una anciana, Acca Laurentia, ya sea la nodriza tradicional de Rómulo o una cortesana anciana del mismo nombre, que legó los frutos de su trabajo al pueblo romano. Como todo se hacía en broma, este metal vil llevaba estampado el símbolo S. C., para burlarse del Senatûs consulto; nuestro anticuario lo explica felizmente,89 en el verdadero espíritu de este gobierno de burlas, Saturnalium consulto, en consonancia con la leyenda del reverso, inscrita en medio de cuatro tali, o huesos, que utilizaban como dados: Qui ludit arram det, quod satis sit —“Que aquellos que juegan den una garantía, que será suficiente”. Este dinero falso no solo servía como expresión de la ironía propia de la nobleza radical de Roma durante sus festividades, sino que, de haber expresado abiertamente sus pensamientos, también habría sido una burla al propio dinero; pues estos ciudadanos de igualdad siempre han imaginado que la sociedad podía funcionar sin esta invención de un medio que sirviera para representar la propiedad, en la cual ellos mismos participaban tan poco.

Un período tan glorioso para conocer los sentimientos reprimidos de la población, como lo fueron estas Saturnalias, casi se habría perdido para nosotros, de no ser porque Luciano conservó algunas ideas al respecto; pues solo obtenemos escasas informaciones de las páginas solemnes del historiador, salvo en ese caso notable…

Page 200

Suetonio ha conservado la descripción del arquimimo que siguió el cortejo fúnebre del emperador Vespasiano. Este oficial, al igual que otro similar que acompañaba al general a quien se le concedió un triunfo y al que se le permitía la libertad desenfrenada de expresión, eran ambos instrumentos de los sentimientos populares, y se esforzaban por complacer a la multitud, que era su verdadero amo. En esta ocasión, el arquimimo, representando tanto la figura externa como el carácter de Vespasiano, según la costumbre, preguntó cuál era el costo del funeral. Le respondieron: “Diez millones de sestercios”. En alusión al amor por el dinero que caracterizaba al emperador, su representante burlesco exclamó: “¡Dadme el dinero, y, si queréis, arrojad mi cuerpo al Tíber!”.

Considero que todos estos cargos y festividades burlescas entre los antiguos eran instrumentos de las opiniones y sentimientos reprimidos de la población, a la cual no se le permitía expresarse de otra manera y que no contaba con los medios de la era de la imprentura para dejar registros permanentes. En una época posterior, antes del descubrimiento del arte que permite reproducir con facilidad difamaciones o elogios, cuando la gente no podía hablar libremente contra aquel clero codicioso que solo se preocupaba por sí mismo y no por las ovejas, muchos secretos de la indignación popular se confiaban no a libros (pues no sabían leer), sino a pinturas y esculturas, que son como libros que la gente siempre puede leer. Los escultores e iluminadores de aquella época sin duda compartían los sentimientos populares, y confiaban audazmente en las pinturas o grabados que llegaban a los ojos de sus amos lujuriosos e indolentes para expresar sus invenciones satíricas. Ya en el año 1300, encontramos en Wolfius la descripción de una pintura de este tipo, en un manuscrito de las Fábulas de Esopo hallado en la abadía de Fulda, entre otros emblemas de la vida corrupta de los clérigos. Se trataba de un lobo, del tamaño real, vestido con una capucha monástica y con la cabeza afeitada, que predicaba a un rebaño de ovejas, con estas palabras del apóstol en una inscripción en su boca: “Dios es mi testigo de cuánto os añoro en lo más profundo de mi corazón”. Y debajo estaba escrito: “Este lobo encapuchado es el hipócrita del cual se habla en…”.

Page 201

Evangelio: “¡Cuidado con los falsos profetas!”. Estas representaciones solían incluirse en los muebles. En una antigua abadía se encontró un cojín en el que estaba tallada la imagen de un zorro que predicaba a gansos, cada uno de los cuales sostenía entre su pico sus cuentas de oración. En la pared de piedra y en las columnas de la gran iglesia de Estrasburgo se podían ver numerosos lobos, osos, zorros y otros animales traviesos, portando agua bendita, crucifijos y velas; también había otras representaciones aún más indecentes. Probablemente anteriores al año 1300, estas esculturas fueron grabadas en 1617 por un protestante; no fueron destruidas hasta 1685, debido a la ira piadosa de los católicos, quienes finalmente parecieron comprender bien el significado de estas burlas silenciosas; a su vez, destruyeron las imágenes protestantes, tal como los demás habían hecho con las figuras papistas. Los asientos y bancos tallados en nuestras propias catedrales presentan temas no solo extraños y satíricos, sino incluso indecentes. En la época en que se construían las iglesias, se satirizaba a los ministros religiosos; es un ejemplo curioso de cómo los sentimientos de la gente buscaban una vía de expresión. Se supone que las órdenes rivales se satirizaban mutuamente, y que algunas de las esculturas eran caricaturas de ciertos monjes. Los márgenes de los manuscritos iluminados suelen contener ingeniosas caricaturas o alegorías satíricas. En una magnífica crónica de Froissart observé varias de ellas: un lobo, como de costumbre, vestido con hábito y capucha de monje, extendiendo su pata para bendecir a un gallo, que inclinaba sumisamente su cabeza ante el lobo; o un zorro con un báculo, dejando caer cuentas de oración que un gallo recogía; todo ello para satirizar la devoción ciega de los fanáticos. Quizás la figura del gallo hacía alusión a nuestros vecinos galos. Una gata vestida como monja, sosteniendo una bandeja en sus patas, frente a un ratón que se acercaba para lamerla; esto aludía a los engaños de las abadesas para atraer a mujeres jóvenes a sus conventos. A veces también se veía a una cerda con el velo de una abadesa, montada sobre zancos; el sexo de la cerda se indicaba mediante sus pezones. A veces, un papa parecía ser arrojado por demonios dentro de una olla; y se veía a cardenales asándose en espetones. Estos adornos debieron ser realizados generalmente por los propios monjes; pero estos miembros más ingeniosos de la orden eclesiástica parecen haber simpatizado con la gente, al igual que…

Page 202

Curaban en nuestra iglesia, y envidiaban al abad mimado y al obispo de púrpura. Los clérigos eran los objetos habituales de la indignación reprimida del pueblo en aquellos tiempos; pero los caballeros y señores feudales no siempre escaparon de las “maldiciones no sonoras, pero profundas” de sus plumas satíricas.

A medida que la Reforma, o más bien la Revolución, se aceleraba, esta costumbre se volvió tan general que, en uno de los diálogos de Erasmo, donde dos franciscanos son entretenidos por su anfitrión, parece que tales exhibiciones satíricas se colgaban como muebles comunes en las habitaciones de las posadas. El ingenio faceto de Erasmo o bien inventa o describe una que había visto: un mono disfrazado de franciscano sentado junto a la cama de un enfermo, dando consejos fantasmales, sosteniendo un crucifijo en una mano, mientras con la otra robaba una billetera del bolsillo del enfermo. Estas son “las briznas” mediante las cuales siempre podemos observar de qué dirección sopla el viento.

El señor Dibdin nos ha informado recientemente que Geyler, a quien llama “el heraldo de la Reforma”, doce años antes que Lutero, tenía una silla de piedra o púlpito en la catedral de Estrasburgo, desde el cual impartía sus conferencias, o más bien lanzaba los truenos de sus anatemas contra los monjes. Este púlpito de piedra fue construido bajo su propia supervisión y está cubierto con figuras muy indecentes de monjes y monjas, diseñadas expresamente por él para exponer sus costumbres desenfrenadas. Vemos a Geyler haciendo lo que durante siglos se había hecho.

En los curiosos folios de Sauval, el Stowe de Francia, hay un capítulo extenso titulado “Herejes, sus ataques”. En esta enumeración de sus intentos por dar salida a su indignación reprimida, es muy notable que, antes de la época de Lutero, la mentalidad de muchos era perfectamente luterana respecto al culto idólatra de la Iglesia Romana; y lo que ahora señalo debería haberse incluido adecuadamente en esa significativa Historia Reformationis ante Reformationem, que anteriormente fueron proyectando los escritores continentales.

Page 203

Lutero no entregó los decretos del papa a las llamas hasta 1520: este fue el primer acto abierto de reforma e insurrección, ya que hasta entonces se había sometido a la corte de Roma. Sin embargo, en 1490, treinta años antes de este gran acontecimiento, encuentro a un sacerdote quemado por haber arrebatado en burla la hostia de las manos de otro que celebraba la misa. Doce años después, en 1502, un estudiante repitió el mismo acto, pisoteándola; y en 1523, la muerte decidida de Ana de Borgoña, consejera en el parlamento de París, corrompió el mundo, según las palabras de Sauval. Es evidente que los hugonotes iban en rápido aumento. A partir de ese período encuentro relatos continuos que demuestran que los hugonotes de Francia, al igual que los puritanos de Inglaterra, eran iconoclastas muy decididos. Decapitaban a las vírgenes y a los pequeños Jesús, o mellaban sus dagas al astillar a los santos de madera que luego se colocaban en las esquinas de las calles. Cada mañana se descubría el escandaloso trato que habían sufrido durante la noche. Luego sus imágenes se pintaban en las paredes, pero estas eran heréticamente rayadas y desfiguradas; y, como los santos no podían defenderse, se publicó un edicto real a su favor, ordenando que todas las pinturas sagradas en las calles no pudieran estar a menos de diez pies del suelo. Entraban en las iglesias por la noche, arrancando o derribando los altares, las pilas bautismales, los crucifijos y las enormes figuras de “ecce homo”, que no siempre lograban sacar debido a la falta de tiempo o herramientas. En medio de estas batallas contra adversarios de madera, podemos sonreír ante las frecuentes procesiones solemnes instituidas para ahuyentar la venganza del santo parroquial; el de madera se compensaba con una imagen de plata, protegida por barras de hierro y acompañada por el rey y la nobleza, quienes llevaban al nuevo santo, con oraciones para que se protegiera de los herejes.

En una etapa temprana de la Reforma, hay un ejemplo del arte de ocultar aquello que solo queremos que unas pocas personas comprendan, al mismo tiempo que nos dirigimos al público. Los coleccionistas curiosos conocen la “Biblia de Oliveto”; esta fue la primera traducción publicada por…

Page 204

protestantes, y no parece haber duda de que Calvino fue el principal, si no el único traductor; pero en ese momento, al no querer hacerse responsable de esta nueva versión, utilizó el nombre de un pariente poco conocido, Robert Pierre Olivetano. Sin embargo, Calvino puso un prefacio en latín, notable por exponer posiciones muy opuestas a esas doctrinas de predestinación absoluta que, en su despotismo teológico, adoptaría posteriormente. De Bure describe esta primera Biblia protestante no solo como algo raro, sino también, cuando se encontraba, como generalmente imperfecta, muy manchada y con las esquinas dobladas, al igual que la bien leída primera edición de Shakespeare, debido al uso constante por parte de la multitud. Pero un hecho curioso ha pasado desapercibido tanto para De Bure como para Beloe: al final del volumen se encuentran diez versos que, de manera oculta, autentifican la traducción; y que nadie, a menos que estuviera al tanto del secreto, podría sospechar. Los versos no son poéticos, pero presento la primera frase:—

Lecteur entends, si vérité adresse
Viens donc ouyr instamment sa promesse
Et vif parler———&c.

Las primeras letras de cada palabra de estos diez versos forman un dístico perfecto, que contiene información importante para aquellos a quienes estaba dirigida la Biblia Olivetana.

Les Vaudois, peuple évangélique,
Ont mis ce thrésor en publique.

Un anagrama habría sido un artificio demasiado artificial para servir al propósito de ocultar este secreto al mundo en general. Hay una astucia en la invención de las primeras letras de todas las palabras a lo largo de estos diez versos. Contenían una comunicación necesaria para

Page 205

Autenticar la versión, pero que, al mismo tiempo, no pudiera ser sospechado por ninguna persona que no tuviera conocimiento del secreto.

Cuando el arte de la grabación de medallas se revivió en Europa, el espíritu que ahora observamos se apoderó de esos soportes menos perecederos y más difundidos. Las medallas satíricas eran casi desconocidas en las casas de moneda antiguas, con excepción de las de las Saturnalias y de unas pocas que contenían juegos de palabras lamentables sobre los nombres desafortunados de algunos cónsules. Las medallas ilustran la historia, y la historia arroja luz sobre las medallas; pero no deberíamos tener una confianza tan total en ellas como sus defensores, que son entusiastas de su campo de estudio favorito. Se ha afirmado que las medallas son monumentos más auténticos que la propia historia; pero una medalla no es menos susceptible de las pasiones negativas que un panfleto o un epigrama. La ambición tiene su vanidad y graba una victoria dudosa; y la adulación practicará su arte y nos engañará con oro. Una calumnia o una ficción en metal puede ser más duradera que en una página efímera; y una difamación tiene más posibilidades de ser conservada cuando el artista es hábil, que las simples verdades cuando están ejecutadas de forma deficiente. Existen numerosas medallas de este tipo, y fueron precursoras de aquellas sátiras políticas que se exhibían en grabados caricaturescos.92 Existe una amplia colección de xilografías de la época de Calvino, en las cuales la religión romana se representa bajo las formas más grotescas que los primeros reformadores pudieron inventar para ridiculizarla. Más de mil figuras atestiguan la exuberante sátira de los diseñadores. Esta obra es igualmente rara y costosa.93

Las sátiras de este tipo surgieron durante la libertad de la Reforma; pues encontramos una medalla de Lutero vestido de monje, que en su reverso muestra de forma satírica a Catalina de Bora, la monja a quien ese monje se casó; ¡el primer paso de su reforma personal! Tampoco podemos estar seguros de que Catalina no estuviera más involucrada en esa gran revolución de lo que se indica en las extensas biografías que tenemos del gran reformador. Sin embargo, los reformadores eran tan aficionados a las medallas como los “papelins”. De Juan VIII, un hombre afeminado…

Page 206

Como voluptuarios, tenemos una medalla con su retrato, con la inscripción “Papa Juana”. También hay otra con Inocencio X, vestido como mujer y sosteniendo un huso; en el reverso, su famosa amante, Donna Olympia, vestida como Papa, con la tiara en la cabeza y las llaves de San Pedro en sus manos.

Cuando, durante el reinado de María, Inglaterra sufría bajo la influencia española, y ninguna queja podía llegar hasta el trono, la figura de la reina y su gobierno se volvieron ridículos a los ojos del pueblo a través de grabados o imágenes que la representaban desnuda, demacrada, marchita y arrugada, con todas las deformidades posibles que pudieran deshonrar a una figura femenina; sentada en un trono real, con una corona en la cabeza, rodeada de las letras mayúsculas “M. R. y A.”, acompañadas de letras pequeñas: “Maria Regina Angliæ”. Se mostraba a varios españoles devorándola hasta dejarla en los huesos, y se especificaban además el dinero, los anillos, las joyas y otros regalos con los que ella había complacido en secreto a su esposo Felipe. Se dice que la reina sospechó que algunos de sus propios consejeros eran responsables de esta invención, ya que solo ellos tenían conocimiento de estas transacciones. Sin embargo, es de esta manera como la voz suprimida por la autoridad acaba por manifestarse, aunque bajo otra forma.

La época de Isabel, cuando el pontífice romano y todos sus seguidores eran odiados por el pueblo, dio lugar a una caricatura notable e ingeniosa: ¡la cabeza de una gorgona! La campana de una iglesia forma el casco; en lugar de plumas, los adornos son la cabeza de un lobo dentro de una mitra devorando a un cordero, la cabeza de un asno con gafas leyendo, y un ganso sosteniendo un rosario. La cara está formada con un pez como nariz, un cáliz y agua como ojos, y otros adornos sacerdotales en los hombros y el pecho, de los cuales cuelgan rollos de pergamino con indulgencias.

Un famoso obispo de Münster, Bernardo de Galeno, quien, debido a su violencia caritativa para convertir a los protestantes, alcanzó tal fama que parecía servir como excelente señal indicativa para las posadas en Alemania.

Page 207

Era la verdadera iglesia militante: su figura se representaba según la imaginación popular. Su cabeza era en parte mitra y en parte casco; en una mano llevaba un báculo y en la otra una espada; medio manto y medio peto. Se le mostraba celebrando misa como un dragón a caballo, dando la orden de ataque cuando debería decir “Ite, missa est”. Lo llamaban el “convertidor”; y el “Obispo de Munster” se hizo popular como símbolo en las ciudades alemanas, ya que al pueblo le gustan los hombres guerreros, aunque incluso tuvieran que luchar contra sí mismos.

Es bastante curioso observar esta nueva forma de sátira, tan fácilmente difundida entre la gente y dirigida directamente a su comprensión, hasta el punto de convertirse en vehículo del sentimiento nacional. Los ministros de Estado se dignaron a inventar estos recursos. Lord Orford dice que las caricaturas en naipes fueron invención de George Townshend en el asunto de Byng, seguidas pronto por un mazo completo. Me han hablado de un antiguo mazo de naipes que contiene caricaturas de todos los generales parlamentarios, algo que podría ser útil para un escritor de historia secreta. Podemos sorprendernos al descubrir que el grave Sully utilizó este recurso en varias ocasiones. Durante las guerras civiles en Francia, el Duque de Saboya tomó por sorpresa Saluzzo y acuñó una medalla; en el reverso aparecía un centauro disparando con arco y flecha, con la inscripción “¡Oportuno!”. Pero cuando Enrique IV reconquistó la ciudad, publicó otra medalla en la que Hércules mataba al centauro, con la palabra “Oportunius”. El gran ministro fue el autor de esta respuesta. Se dice que una medalla del embajador holandés en la corte francesa, Van Beuninghen, a quien los franceses representaban como un alcalde arrogante, pero que tenía la vivacidad de un francés y la arrogancia de un español, tal como lo describe Voltaire, fue la causa de la guerra holandesa de 1672; pero difícilmente se libran guerras por una medalla sin importancia. Sin embargo, las medallas pueden indicar una guerra en preparación. Luis XIV era comparado tan a menudo con el sol en su meridiano, que algunos de sus súbditos pudieron imaginar que, al igual que el sol, él podía irrumpir en cualquier lugar.

Page 208

parte de Europa según su voluntad, y ser recibido con alegría.99 Sin embargo, el ministro holandés, cuyo nombre cristiano era Josué, hizo acuñar una medalla en la que se veía a Josué deteniendo el sol en su curso, deduciendo que este milagro había sido obra de su pequeña república. La propia medalla está grabada en el voluminoso Histoire Médallique du Pays Bas de Van Loon, y en el Dictionnaire Historique de Marchand, quien se esfuerza por demostrar, frente a veinte autores, que el embajador holandés no fue el inventor; no obstante, no dejaba de ser digno de él, y transmitía al mundo el alto sentimiento de poder que Holanda tenía en aquel entonces. Dos años después del revuelo causado por esta medalla, la república pagó caro ese ardid; pero treinta años después, ese mismo burgomaestre logró una paz gloriosa, y Francia y España se vieron obligadas a aceptar la mediación del holandés Josué y del sol francés.100 En estos vehículos de la sátira nacional, resulta extraño que los holandeses, más bien que cualquier otra nación, y desde los primeros tiempos de su república, hayan consentido libremente, si no con licencia, en ello. Era un humor republicano. Su gusto solía ser grosero. Les debemos, incluso en el reinado de Isabel, una medalla severa contra Leicester, quien, habiéndose retirado disgustado del gobierno de sus provincias, acuñó una medalla con su busto, y en el reverso, un perro y una oveja:

Non gregem, sed ingratos invitus desero;

sobre la cual los enfadados estados jóvenes acuñaron otra, representando a un mono y a sus crías; en el reverso, Leicester cerca de un fuego,

Fugiens fumum, incidit in ignem.

Otra medalla, con un excelente retrato de Cromwell, fue acuñada por los holandeses. El Protector, coronado de laureles, está de rodillas, con la cabeza apoyada en el regazo de la comunidad, pero mostrándose de forma descuidada a

Page 209

Embajadores franceses y españoles con una indecencia flagrante: el francés, cubierto de flores de lis, empuja a un lado al grave Don y discute con él la precedencia—“Retírate; el honor pertenece al rey, mi señor, Luis el Grande”. Van Loon tiene toda la razón al denunciar esta misma medalla, tan groseramente halagadora para los ingleses, como extremadamente detestable e indecente. Pero, ¿por qué Van Loon nos envidia esta invención tan torpe? ¿Por qué el holandés se pelea con su propio queso? Nosotros reclamamos el honor de la medalla, pero la invención pertenece a su país. Los holandeses continuaron comentando de este modo los asuntos ingleses de reinado en reinado. Carlos II declaró la guerra contra ellos en 1672 por una medalla maliciosa, aunque los Estados Generales ofrecieron romper el molde comprándolo al artesano por mil ducados; pero eso sirvió de pretexto para una guerra holandesa, a la que Carlos dio más importancia que a esa “mala bestia” representada en su escudo. Carlos también se quejó de un cuadro escandaloso que los hermanos de Witt tenían en su casa, que representaba una batalla naval contra los ingleses. Parece que Carlos II fue más sensato ante este tipo de sátira nacional de lo que podríamos esperar de alguien considerado ingenioso; sin embargo, son un pueblo que no es muy paciente cuando se les devuelve su propia “salsa” a los labios. El rey encargó a Evelyn que escribiera una historia de la guerra holandesa, y “le ordenó que la hiciera un poco más contundente, ya que los holandeses lo habían insultado de forma muy fea en sus pinturas, libros y difamaciones”. Los holandeses continuaron con su práctica de transmitir sus sentimientos nacionales sobre los asuntos ingleses de manera aún más triunfal cuando su Stadtholder ascendió al trono inglés. El nacimiento del Pretendiente está representado por el cofre que Minerva entregó a las hijas de Cécrope para que lo guardaran, y cuyo contenido, al abrirse, reveló a un infante con cola de serpiente: “Infantemque vident apporrectumque draconem”; el cofre quizás alude a los movimientos de la bandeja de calentar; y en otra imagen, Jacobo y un jesuita huyendo aterrorizados, el rey arrojando su corona y cetro, y el jesuita cargando con un niño; “Ite missa est”, palabras tomadas de la misa. Pero en estas disputas de sentimientos nacionales, mientras la grandeza de Luis el…

Page 210

El decimocuarto no permitió estas exhibiciones ridículas y satíricas, y mientras que la idolatría política que sus cuarenta académicos le profesaban se manifestaba en las espléndidas ficciones de una serie de medallas famosas, que sumaban casi cuatrocientas, parece que no quedamos sin represalias; pues encuentro a Prosper Marchand, que escribe como holandés, criticando a su propio país por haber finalmente adorado al gran monarca mediante una medalla de homenaje. Dice: “A los ingleses no se les puede reprochar una similar debonairidad”. Después de las famosas victorias de Marlborough, de hecho incluyeron en una medalla la cabeza del monarca francés y la de la reina inglesa, con esta inscripción: Ludovicus Magnus, Anna Major. Mucho antes de esto, una de nuestras reinas ya había sido representada por nosotros con considerable energía. Tras la derrota de la Armada, Isabel, según nos cuenta Pinkerton, acuñó una medalla que representaba a las flotas inglesa y española, con la inscripción: Hesperidum regem devicit virgo. Felipe distribuyó en Inglaterra medallas con el mismo diseño, pero con la adición: Negatur. Est meretrix vulgi. La reina suprimió estas, pero publicó otra medalla, con esta leyenda:—

Hesperidum regem devicit virgo; negatur,
Est meretrix vulgi; res eo deterior.

Una época fértil en grabados satíricos fue la tumultuosa era de Carlos I: se emitían desde todas partes, y una amplia colección de ellos permitiría un comentario histórico crítico, que podría convertirse en vehículo de la historia secreta más curiosa. La mayoría están de mal estilo, ya que son alegóricos; sin embargo, es evidente que estas exhibiciones satíricas influyeron en los ojos y las mentes de la gente, como lo demuestra una circunstancia extraordinaria. Dos importantes colecciones de documentos históricos las adoptaron. Nos sorprende encontrar como prefacio a las colecciones históricas de Rushworth y Nalson dos de estos grabados políticos. La de Nalson fue un acto de justicia retributiva; pero parece que era consciente de que la sátira en forma de imágenes es un lenguaje muy

Page 211

Atractivo para la multitud, ya que introdujo una caricatura en el solemne folio del Juicio de Carlos I.102 De las más felices de estas grabaciones políticas está una de Taylor, el poeta del agua; no forma parte de su folio, sino que precede a su obra “Modas locas, modas extrañas, o los emblemas de estos tiempos distraídos”. Se trata de la figura de un hombre cuyos ojos han salido de sus órbitas y cuyas piernas han tomado el lugar de sus brazos; un caballo sobre sus patas traseras tira de un carro; una iglesia está invertida; los peces vuelan en el aire; una vela arde con la llama hacia abajo; y el ratón y el conejo persiguen al gato y al zorro.

Las hostilidades del odio nacional han sido una fuente fértil de estos vehículos del sentimiento popular, que se manifiestan en caricaturas severas o grotescas. Los franceses y los españoles se representan mutuamente bajo las figuras más extravagantes. Las caricaturas políticas de los franceses en el siglo XVII son numerosas. Los curiosos de París se entretuvieron, como compensación por sus pérdidas, dando un emético a un español para hacerle devolver todas las ciudades que había conquistado: se ven siete u ocho españoles sentados alrededor de una gran col, con sus bigotes erizados, sus sombreros en forma de “pot-a-beurre”; sus largas espadas, con las empuñaduras hasta los pies y las puntas hasta los hombros; sus cuellos rígidos debido a numerosas filas de adornos, y trozos de ajo clavados en sus cinturones. A los holandeses se los representaba con tanta variedad como lo permitía la uniformidad de las ranas. Hemos participado en gran medida en el espíritu vengativo que estos emblemas grotescos mantienen entre la gente; marcan los sentimientos secretos de orgullo nacional. Los griegos despreciaban a los extranjeros y los consideraban únicamente aptos para ser esclavos;103 los antiguos judíos, inflados por una idea falsa de su pequeño territorio, querían ser dueños del mundo; los italianos establecieron una línea de demarcación para el genio y el gusto, marcándola con sus montañas. Los españoles alguna vez imaginaron que las conversaciones de Dios con Moisés en el Monte Sinaí se llevaban a cabo en idioma español. Si un japonés se hace amigo de un extranjero, se considera que comete traición contra su emperador, y

Page 212

Rechazado como un falso hermano en un país que, según se nos dice, se denomina figurativamente Tenka, o el Reino bajo los Cielos. El “John Bullismo” no es algo propio exclusivamente de los ingleses; y el patriotismo es una virtud noble cuando asegura nuestra independencia sin privarnos de nuestra humanidad.

Las guerras civiles de la Liga en Francia, y las que hubo en Inglaterra durante el reinado de Carlos I, presentan una sorprendente similitud; y al examinar las escenas revolucionarias representadas por el grabador en la famosa sátira Ménippée, descubrimos que el artista extranjero se deleitaba con la caricatura de esa muestra ridícula y severa. En aquel otro período revolucionario de La Fronde, existió una manía por las canciones políticas; los curiosos las reunieron en colecciones; y no solo tenemos las “Canciones de la Rump” de la época de Carlos I, sino que también hemos encontrado este tipo de testimonios de los sentimientos del público en muchos períodos posteriores. Las caricaturas y las canciones políticas podrían, entre nosotros, constituir un nuevo tipo de historia; y quizás permitirían conservar algunas verdades y describir algunos acontecimientos concretos que no se encuentran en fuentes más serias.

89 Baudelot de Dairval, De l’Utilité des Voyages, ii. 645. Existe una obra de Ficoroni sobre estas monedas o billetes de plomo. Se encuentran en los gabinetes de los coleccionistas de medallas interesados en este tema. Pinkerton, al referirse a esta obra interesante, lamenta que “estos curiosos restos hayan pasado casi desapercibidos para los medallistas, y que aún no hayan sido clasificados ni nombrados. Una obra especial sobre ellos sería muy bien recibida”. Quizás haya llegado el momento en que los anticuarios puedan convertirse en filósofos, y los filósofos en anticuarios. La desafortunada separación entre la erudición y la filosofía, y entre la filosofía y la erudición, ha obstaculizado hasta ahora el progreso de la mente humana y la historia de la humanidad.

90 Lect. Mem. i. ad. an. 1300.

91 Se pueden ver muchos ejemplos en los fascinantes volúmenes de Carter sobre “Arquitectura y Pintura Antiguas”.

Page 213

92 Las series publicadas durante las guerras en los Países Bajos son las más notables, y pueden verse en los volúmenes de Van Loon.

93 El señor Douce poseía una parte de esta muy curiosa colección; para obtener una completa, De Bure pedía unos veinte libras.

94 Los satíricos romanos también inventaron un cuento para ridiculizar aquello que no se atrevían a condenar abiertamente, en el cual se afirmaba que se representó ante Cromwell una obra llamada La boda del Papa, en la cual la dama, habiendo obtenido de Inocencio la llave del Paraíso, insistía también en la de el Purgatorio, para no ser enviada allí cuando él se cansara de ella. La “boda” era entonces celebrada por un grupo de monjes y monjas, encantados al pensar que algún día podrían casarse también. Tal era el medio que empleaban los romanos para expresar su sentido de la degradación del papa.

95 “Vida de Sir Thomas Pope”, de Warton, p. 58.

96 Esta antigua caricatura, tan descriptiva de los sentimientos populares, se muestra de forma bastante fiel en la historia de Malcolm sobre las “caricaturas”, lámina II, figura 1.

97 Este mazo probablemente fue elaborado en Holanda en tiempos de Carlos II. Existen otros juegos de cartas políticas del mismo reinado, especialmente uno relacionado con las llamadas “tramas papistas” y el asesinato de Sir Edmundbury Godfrey. La burbuja financiera del Mar del Sur fue objeto de un mazo similar, después de haber estallado.

98 La casa real de Navarra fue, según los antiguos heraldistas, derivada de Hispalo, hijo de Hércules; y la procesión organizada por los ciudadanos de Aviñón para darle la bienvenida a su entrada allí en 1600 estaba completamente inspirada en ello, y Enrique la tituló L’Hercule Gaulois Triumphant.

99 Como emblema y lema en su escudo, en ocasiones de justas y festividades cortesanas, adoptó la representación del sol en todo su esplendor y las palabras Nec Pluribus Impar.

100 La historia de esta medalla es útil en más de un aspecto; y puede encontrarse en Prosper Marchand.

101 Otra representa al joven príncipe sosteniendo en su mano derecha el símbolo de la fe romana, y coronándose a sí mismo con la izquierda; la Verdad abre una puerta abajo y revela al padre Petre.

Page 214

como influencia guía de todos.

102 Representa a Cromwell como un monstruo armado, que lleva cautivos los tres reinos a sus pies en un carro triunfal conducido por el diablo sobre el cuerpo de la libertad y el decapitado Carlos I. La situación del pueblo está simbolizada por un pájaro que vuela de su jaula para ser devorado por un halcón; y ovejas que se escapan del rebaño para ser atacadas por lobos hambrientos.

103 Se puede encontrar un pasaje en la Política de Aristóteles, vol. I, caps. 3-7; donde Aristóteles aconseja a Alejandro que gobierne a los griegos como a sus súbditos, y a los bárbaros como a esclavos; pues a unos debía considerarlos compañeros, y a los otros como criaturas de una raza inferior.

104 Cabe mencionar los siguientes como los más importantes de estas colecciones:—

“Roma rimada a la Muerte”. 1683.

“Una colección de los poemas, canciones, estrofas, etc., más recientes e ingeniosos contra el papado”. 1689.

“Poemas sobre asuntos de Estado”. 1703-7.

“Whig y Tory; o, ingenio de ambos bandos”. 1712.

“Diversiones políticas; o, verdades contadas al compás de alguna melodía”. 1714.

AUTÓGRAFOS.105

El arte de juzgar el carácter de las personas por su letra solo puede tener alguna validez cuando el pluma, actuando sin restricciones, se convierte en

Page 215

Un instrumento guiado por, e indicativo de, las disposiciones naturales. Pero, al igual que la pluma está ahora demasiado a menudo regulada por un proceso mecánico, que la actual generación de maestros de la escritura parece haber inventado para su propia conveniencia, toda una promoción muestra una caligrafía similar; los alumnos se ven forzados en sus movimientos automáticos, como si estuvieran sometidos a la presión de una máquina de vapor; un grupo de mujeres hermosas escribirán tales réplicas unas de otras, que en un montón de letras presentadas al amante más perspicaz para que elija la de su amada —aunque, como Bassanio entre los cofres, tuviera que arriesgar su felicidad en esa elección— desesperaría por decidirse por la correcta, ya que todas parecen provenir de la misma prensa de impresión. Incluso hermanos de temperamentos diferentes han sido enseñados por el mismo maestro a darle la misma forma a sus letras, la misma regularidad a sus trazos, y han hecho que nuestra caligrafía sea tan monótona como lo son nuestros caracteres en las costumbres actuales de la sociedad. La verdadera fisonomía de la escritura se perderá entre nuestra nueva generación: ya no es un rostro el que vemos, sino una hermosa máscara de un único patrón; y la caligrafía de moda de nuestras jóvenes damas es como los apretados lazos de la juventud de sus madres, cuando todos tenían, supuestamente, una buena figura.

Ciertamente, la naturaleza impulsaría a cada individuo a tener un tipo de escritura distinto, así como le ha dado un rostro peculiar, una voz y una manera de ser. La flexibilidad de los músculos difiere en cada persona, y la mano seguirá la dirección de los pensamientos, las emociones y los hábitos del escritor. El colérico plasmará sus palabras, mientras que la prisa juguetona del volátil apenas las esbozará; el descuidado manchará, borrará y garabateará, mientras que el ordenado y metódico se verá a sí mismo en el papel que tiene ante sus ojos. El empleado de comercio no escribirá como el abogado o el poeta. Incluso las naciones se distinguen por su escritura; la vivacidad y variabilidad del francés, y la delicadeza y flexibilidad del italiano, son perceptiblemente distintas de la lentitud y fuerza de la pluma que se observa en el colérico alemán, danés y sueco. Cuando estamos en

Page 216

En tiempos de tristeza, no escribimos como deberíamos hacerlo en tiempos de alegría. La mente elegante y correcta, que ha adquirido el hábito ventajoso de una atención firme, escribirá casi sin borrar nada en la página, como Fenelón, Gray y Gibbon; mientras que en los manuscritos de Pope encontramos las constantes correcciones y las anotaciones apresuradas y rápidas tachadas por impaciencia. La concepción de Lavater sobre la caligrafía no es en modo alguno quimérica; tampoco era fantasioso el general Paoli cuando le dijo al señor Northcote que había podido determinar el carácter y las disposiciones de un hombre a partir de sus cartas y de su letra.

Mucho antes de los tiempos de Lavater, Shenstone dijo en una de sus cartas: “Quiero ver la letra de la señora Jago para poder juzgar su temperamento”. Sin embargo, hay que reconocer una gran verdad a los oponentes de la fisonomía de la escritura: solo se pueden establecer reglas generales. Pero debe ser cierto ese principio fundamental de que la caligrafía guarda una analogía con el carácter del escritor, así como todas las acciones voluntarias son características del individuo. Pero muchas causas actúan para contrarrestar u obstaculizar este resultado. Conozco muy bien la caligrafía de cinco de nuestros grandes poetas. El primero, en su juventud, adquirió entre los abogados escoceses una letra que no se distingue de la de sus compañeros comunes; el segundo, educado en escuelas públicas donde la escritura se descuida vergonzosamente, compone sus versos sublimes o juguetones con una letra descuidada, como si nunca hubiera terminado sus tareas con el maestro de escritura; el tercero escribe sus poemas elaborados con la letra común de un empleado de comercio, debido a sus primeras actividades comerciales; el cuarto tiene esa pulcritud perfecta que embellece sus versos; mientras que el quinto es un ejemplo de una mente plena, que no tiene costumbre de corregir ni modificar nada; por lo que parece estar imprimiendo directamente sus pensamientos, sin ni siquiera una sola tacha. Hemos explicado ya por qué la letra de los primeros dos poetas no indica su carácter; los demás son ejemplos admirables de autógrafos característicos.

Page 217

Oldys, en una de sus notas curiosas, se sorprendió por la distinción en el carácter de la escritura de varios de nuestros reyes. No observó nada más que el mero hecho, y no extendió su idea al arte de juzgar el carácter natural por la escritura. Oldys describió estas escrituras con la mayor exactitud, como he comprobado muchas veces. Añadiré algunos comentarios.

“Enrique VIII escribía con letra fuerte, pero como si rara vez tuviera una buena pluma”. La vehemencia de su carácter se reflejaba en su escritura: audaz, apresurada y autoritaria. No dudo que el defensor de la supremacía del Papa y su destructor triunfante rompió muchas buenas plumas.

“Eduardo VI escribía con letra clara y legible”. Tenemos el diario de este prometedor joven príncipe, escrito de su propia mano. En todos los aspectos era un estudiante aplicado; apenas había aprendido a escribir y a gobernar cuando lo perdimos.

“La reina Isabel escribía con letra recta, como la de los italianos”. Era, de hecho, una calígrafa muy elegante; Roger Ascham le enseñó todas las sutilezas de la escritura a pluma. El editor francés de esa pequeña obra autógrafa ha incluido el autógrafo de su nombre, que ella solía escribir con caracteres muy grandes y altos, y de forma sumamente elaborada. Lo acompaña con el de María Estuardo, quien a veces escribía con elegancia, aunque generalmente con líneas irregulares; cuando estaba apresurada o angustiada, en varias cartas durante su encarcelamiento —que he leído— ocurría todo lo contrario. El editor francés hace esta observación: “¿Quién podría creer que estas escrituras pertenecen a la misma época? La primera denota aspereza y ostentación; la segunda indica sencillez, dulzura y nobleza. Una es de Isabel, reina de Inglaterra; la otra, de su prima, María Estuardo. La diferencia entre estas dos escrituras responde muy evidentemente a la diferencia de sus caracteres”.

Page 218

«Jaime I escribía con una letra fea y torpe, toda torcida, y sin seguir una línea recta». Sin duda, Jaime escribía de forma descuidada, lo cual indica claramente esa negligencia personal que mostraba en todos los pequeños detalles de la vida; y Buchanan, quien lo había convertido en un excelente estudiante, puede verse afectado por la fea caligrafía de su discípulo, cuyas letras son desordenadas e inelegantes.

«Carlos I escribía con una letra italiana clara y legible, quizá más correcta que la de cualquier otro príncipe que hayamos tenido». Carlos fue el primer monarca nuestro que quiso imponer un gusto refinado en el reino, y se podría suponer, por este desafortunado príncipe, que tan bien distinguía las maneras de los diferentes pintores —que en realidad son sus formas de escribir—, que no sería insensible a las elegancias de la pluma.

«Carlos II escribía con una letra pequeña, clara y fluida, como si lo hiciera apresuradamente o con inquietud hasta terminar». Tal era la caligrafía que cabría esperar de este ilustre vagabundo, que tenía mucho que escribir, a menudo en situaciones extrañas, y nunca lograba liberarse de su inquietud y vivacidad naturales.

«Jaime II escribía con una letra grande y clara». Se caracteriza por su temperamento flemático, por ser un detallista preciso de los acontecimientos y por el talento práctico del escritor.

«La reina Ana escribía con una letra redonda y clara»; era la caligrafía que le habían enseñado sus maestros, probablemente sin ninguna modificación impuesta por sus propias inclinaciones naturales; la letra típica de una persona común.

El tema de los autógrafos está relacionado con aquello que sus expertos han denominado caligrafía, o el arte de escribir bellamente. Como tengo algo curioso que comunicar sobre este tema desde un punto de vista profesional, ello constituirá el contenido de nuestro próximo artículo.

Page 219

105 Un pequeño volumen que encontré en París, titulado “L’Art de juger du Caractère des Hommes sur leurs Ecritures”, es curioso por sus ilustraciones, que constan de veinticuatro láminas que muestran facsímiles de la escritura de personas eminentes y otras, tomados correctamente de los autógrafos originales. Desde esa época, tanto Francia como Alemania han producido muchos libros dedicados al estudio de los autógrafos. En nuestro propio país, J.T. Smith publicó una curiosa colección de facsímiles de cartas, principalmente de personajes literarios.

106 Será de interés para el lector conocer los nombres de estos poetas en el orden en que se mencionan: Scott, Byron, Rogers, Moore y Campbell.

107 También fue tutor de la señora Jane Grey y autor de una de nuestras obras más antiguas y mejores sobre educación.

108 Desde que se escribió este artículo, Nichols ha publicado una serie de autógrafos de personas reales, nobles e ilustres de Gran Bretaña, ejecutada con gran habilidad; en ella el lector puede comprobar la exactitud de las críticas expuestas anteriormente.

LA HISTORIA DE LOS MAESTROS DE ESCRITURA.

Existe una carta muy interesante de Jacobo I dirigida al príncipe Enrique cuando era muy joven, acerca de la pulcritud y regularidad de su letra. El padre real sospechaba que el tutor del príncipe, el señor Newton —más tarde sir Adam Newton—, había ayudado al joven príncipe en la redacción de dicha carta, y que también se había apoyado en los esfuerzos del gran maestro de escritura, el señor Peter Bales, para mejorar sus letras; su majestad muestra así una actitud encomiable.

Page 220

La ansiedad de que el príncipe quedara impresionado por la mayor importancia de uno sobre el otro. James mismo hablará: “Confieso que anhelo recibir una carta tuya que sea enteramente tuya, tanto en contenido como en forma; tanto fruto de tu mente como producto de tus dedos; pues debes recordar que en mi libro dirigido a ti te advierto que tengas cuidado con ese tipo de ingenio que puede surgir al final de tus dedos; no es que desestime una buena caligrafía; sed hoc facito, illud non omittito: y lo otro es mucho más importante”. El príncipe Enrique, de hecho, escribía con esa elegancia que tomaba de su propia mente; y en una época en la que tal delicadeza no era común entre los monarcas de Europa. Enrique IV, al recibir una carta del príncipe Enrique, la abrió de inmediato, algo que no solía hacer, y comparando la escritura con la firma para decidir si eran de la misma mano, Sir George Carew, al observar la vacilación del rey francés, llamó al señor Douglas para que testificara al respecto; ante lo cual Enrique el Grande, admirando un arte en el que tenía poca habilidad y contemplando la pulcra elegancia de la escritura que tenía ante sí, comentó cortésmente: “Veo que, en la escritura bella, como en otras cosas, el mayor debe ceder ante el menor”.

Si este anécdota sobre la caligrafía pulcra hubiera llegado a los profesores de caligrafía, quienes en este país han escrito tan dolorosos elogios a este arte, sin duda esos nombres reales habrían adornado sus páginas. No es que estos escribas necesiten algún tipo de exaltación adicional; pues nunca ha habido un grupo de profesores en ningún arte que haya superado en solemnidad y pretensiones a los practicantes de este arte sencillo y mecánico. Debo dejar que investigadores más ingeniosos de la naturaleza humana revelen la causa oculta que ha provocado tales ilusiones en estos hombres que proclaman “¡Viva la pluma!”, quienes, por lo general, se observa que poseen la menor capacidad intelectual en proporción a la excelencia que han alcanzado en su propio arte. Sospecho que esta vanidad maníaca es propia de los maestros de escritura de Inglaterra; y solo puedo atribuir la inmensa importancia que han dado a su arte a la perfección que han logrado en el arte de la escritura abreviada.

Page 221

un arte que siempre fue mejor comprendido y practicado con mayor habilidad en Inglaterra que en cualquier otro país. Sorprenderá a algunos saber que los artistas de la palabra y del color, poetas y pintores, no han alzado pretensiones más elevadas para ganar la admiración de la humanidad. Los maestros de la escritura, o calígrafos, tuvieron sus “efígies” grabadas, con la Fama representada en adornos, una pluma en una mano y una trompeta en la otra; además, llevaban inscritos hermosos versos y se describía incluso su vida. Compararon el manejo ágil de su pluma de plata con lo bello en el arte y lo sublime en la invención; y esto no es sorprendente, ya que consideran el arte de escribir, al igual que la invención del lenguaje, como algo divinamente originario; y a partir de las tablas de piedra que el propio Dios entregó, trazan su letra amplia y clara o su letra fina y fluida. Uno, por “el audaz trazo de esas palabras, Vive la Plume”, era tan consciente de la reputación que ese estilo de escritura le daría al libro que así adornaba —y cuyo autor biográfico reconoce que fue fruto de aproximadamente un minuto— (¡pero, entonces, ¡cuántos años de esfuerzo le costó ese único minuto!)— que reclamó la gloria de ser artista; observando:

Rara vez encontramos al hombre de negocios unido al artista.

Otro se sentía halagado pensando que su escritura podía otorgar inmortalidad a las composiciones más miserables.

Y cualquier línea resulta agradable cuando se escribe.

A veces, el calígrafo es una especie de héroe:—

Page 222

A ti, raro comandante de la pluma,
cuya inteligencia y valía, profundo conocimiento y alta habilidad,
te confieren el honor de Great Tower Hill.

La última línea fue adoptada tradicionalmente por aquellos que tuvieron la suerte de vivir en las cercanías de este Parnaso. Pero el lector debe hacerse una idea de ese encanto de la caligrafía que ha hechizado tanto a sus profesores, cuando:

Suaves, audaces y libres, tus manuscritos siguen deleitando.

¡Cuán justamente audaz es la mano de Snell, que une de inmediato la libertad con el dominio!
Con suavidad firme, sin adornos vanos;
con proporciones adecuadas y limpieza sobria;
no exagerado, completo en cada parte,
y sumamente artístico cuando no pretende serlo.

Y estos describen esos nudos y adornos trazados con la pluma: “los ángeles, los hombres, los pájaros y las bestias”, que, como observó uno de ellos, podía
controlar, incluso con el simple movimiento de su mano,
todos los maravillosos efectos de la caligrafía.

Tus trazos delicados, inigualablemente finos,
coronan de perfección cada línea fluida;
y a cada obra magnífica le añaden gracia,
como el cabello ondulado adorna un rostro hermoso.

Page 223

En cada página, nuevas fantasías brindan deleite,
y los adornos en los márgenes embellecen la vista.

Un tal Massey, maestro de la escritura, publicó en 1763 “El origen y progreso de las letras”. La gran singularidad de este volumen es “una nueva especie de biografía que nunca se había intentado antes en inglés”. Consiste en las vidas de “escritores ingleses”, es decir, maestros de la escritura. Si algunos han imaginado, de forma bastante necia, que la vida sedentaria de los autores carece de interés por falta de acontecimientos interesantes o catástrofas significativas, ¿qué pensarán entonces del trabajo árido de aquellos que, cuanto más destacan —para usar sus propias palabras— en el arte de la escritura, menos interesantes resultan para el público? Pues, ¿qué puede hacer el maestro de la escritura más hábil sino pasar su vida inclinado sobre los escritos de sus discípulos, o a veces tomar la pluma para decorar los márgenes, aunque no sea capaz de componer la página entera? Montaigne tiene una idea muy original sobre los maestros de la escritura: dice que algunos de esos calígrafos que habían alcanzado un alto rango gracias a su excelencia en el arte, posteriormente fingían escribir con descuido, para que no se sospechara que su ascenso se debía a una habilidad tan común.

Massey es un entusiasta, afortunadamente para su tema. Considera que existen escuelas de escritura, al igual que de pintura o escultura; y expone, con sentimientos fraternales, sobre “un genio natural, un trazo delicado, una obra magnífica, una libertad audaz y llamativa, así como una vivacidad en las letras, los nudos y los adornos trazados con pluma”; mientras que este Vasari de los maestros de la escritura relata las controversias y los ataques de muchos rivales. “George Shelley, uno de los más célebres maestros que han dejado una huella brillante en el mundo de la caligrafía inglesa, supongo que nació de padres humildes, ya que fue criado en el Christ’s Hospital. Sin embargo, bajo esa sencilla ropa azul sentó las bases de su excelencia caligráfica y de su fama duradera, pues fue elegido maestro de escritura en ese hospital”. Shelley publicó su “Escritura natural”; pero, ¡ay!, Snell, otro…

Page 224

Snell, el hombre de traje azul, superó a los demás. Era un genio que no toleraba a ningún otro cerca del trono. “Me han informado de que hubo celos y resentimientos, si no incluso disputas, entre él y el coronel Ayres, otro de nuestros grandes reformadores en el arte de la escritura; ambos eran hombres eminentes, pero, al igual que nuestros poetas más célebres, Pope y Addison, o, para llevar la comparación aún más lejos, como César y Pompeyo, uno no podía soportar a un superior y el otro no podía soportar a un igual”. De hecho, el gran Snell empleó una pequeña estratagema contra el señor Shelley; si los maestros de la escritura celebraran juicios militares, este héroe debería haber comparecido ante sus rivales. En una de sus obras, consiguió que varios amigos escribieran cartas en las que Massey confesaba que había “algunos ataques satíricos contra Shelley”, como si este se hubiera atribuido demasiado mérito en su libro “Natural Writing”. Criticaban severamente los nudos dibujados con pluma y las letras decoradas. Shelley, partidario de los adornos en la caligrafía, algo que Snell rechazaba por completo, había parodiado un verso conocido de Herbert en defensa de sus decoraciones favoritas:

“Un nudo puede atrapar a quien escribe sin cuidado,
y convertir el placer en una tarea”.

Estas diferencias generaron hostilidad e incluso desacuerdos abiertos entre varios de los mejores artistas de la escritura. El genio dominante de Snell se enfrentó a una competencia aún más feroz cuando publicó sus “Reglas estándar”, pretendiendo demostrarlas como lo haría Euclides. “Esto se convirtió en motivo de disputa y provocó una gran pelea entre el señor Snell y el señor Clark. La disputa por las ‘Reglas estándar’ llegó a tal punto que apenas pudieron evitar usar un lenguaje insultante y tratarse de manera indigna de caballeros. Ambas partes tenían sus instigadores; y decir cuál tenía más razón no es asunto nuestro; quizás ambas partes estuvieran demasiado enamoradas de sus propios planes. Deberían haber dejado que la gente eligiera cuáles preferían”.

Page 225

“El mejor”. Un político sincero es nuestro Massey; además, es también un historiador filosófico. Pues él concluye toda la historia de esta guerra civil describiendo su resultado, que ocurrió como siempre ocurren todas las grandes controversias. “¿Quién hoy en día toma esas Reglas Estándar, ya sea una u otra, como guía para escribir?” Esta es la lección más valiosa que se ha ofrecido jamás a los líderes furiosos de los partidos y a todos sus seguidores; que reflexionen sobre la insignificancia de sus “Reglas Estándar”, a través del destino del señor Snell.

Era de esperar que, cuando esos maestros de la escritura se imaginaron que eran artistas, quedaran afectados por esos males del genio: envidia, difamación y toda clase de celos profesionales. Y así los encontramos hasta el día de hoy. Hace tiempo se produjo una escena extraordinaria de este tipo en mi vecindario: dos valientes defensores de la pluma publicaban difamaciones en sus ventanas sobre el inventor de un nuevo método de escritura, el carstairiano o el lewisiano. Cuando el gran filósofo alemán afirmó haber descubierto el método de las flujiones antes que sir Isaac, y cuando la disputa se volvió tan violenta que incluso el tranquilo Newton envió una carta formal de desafío, e incluso logró que Jorge II intentara actuar como árbitro (aunque preferiría haber emprendido una campaña militar), el método de las flujiones no quedó resuelto, al igual que el asunto actual entre nuestros dos héroes de la pluma.

Un ejemplo reciente de uno de estos calígrafos escandalosos es el difunto Tomkins. Este vanidoso maestro de la escritura soñó toda su vida con que la caligrafía era una de las bellas artes, y que un maestro de la escritura debería sentarse junto a sus pares en la Academia. Dejó en herencia al Museo Británico su obra maestra: una copia de la Biblia de Macklin, ricamente adornada con las más hermosas y variadas decoraciones realizadas con su pluma. Y como consideraba que tanto el artesano como su obra serían objetos queridos para las generaciones futuras, dejó algo inmortal como legado: su hermoso busto, creado por Chantrey; sin el cual no debían recibirlo.

Page 226

¡Un regalo sin igual! Cuando Tomkins solicitó que se le creara un busto, nuestro gran escultor redujo el precio habitual y, mostrando cortesía hacia los sentimientos del hombre, dijo que lo consideraba un artista. Fue el día más orgulloso de la vida de nuestro maestro calígrafo.

Pero un eminente artista y humorista que vive hoy en día, al ver este hermoso busto de Tomkins, declaró que “este hombre murió por no tener nada para comer”. Sin embargo, ese destino no era tan lamentable como parecía. Nuestro calígrafo llevaba tiempo sintiéndose humillado por no ser aceptado en la Academia, al menos entre los grabadores. La forma más cercana a obtener un honor académico, según él, era asistir como invitado a su cena anual. Esas invitaciones son muy limitadas y selectivas, y toda la Academia insistió en considerar a Tomkins como un simple maestro calígrafo. Pasaron muchos años; se intentaron todo tipo de estrategias, se hicieron todas las súplicas posibles, pero él seguía lamentándose por el fracaso de sus esperanzas. El desdichado calígrafo murió sin haber podido asistir a la cena de la Academia. Algunos amigos del señor Tomkins consideraron este relato como “sátira mal dirigida”, pero esa crítica es demasiado severa. La debilidad del señor Tomkins como maestro calígrafo ilustra perfectamente a este tipo de personas. Yo soy solo un historiador, y solo soy responsable de la veracidad de estos hechos. Creo que el señor Tomkins mantuvo relaciones cercanas con los miembros de la Academia Real de su época y era un invitado frecuente en sus cenas privadas. Además, era un hombre muy digno. Pero ¿no es cierto también que se sintió profundamente humillado por no ser invitado nunca a la cena de la Academia, debido a su habilidad como calígrafo? Tenía motivos para pensar que su arte pertenecía a esa categoría elevada a la que aspiraba elevarlo. Este amigo concluye su elogio al señor Tomkins diciendo: “El señor Tomkins, como artista, ocupaba un lugar destacado en su profesión, y su nombre será transmitido a las generaciones futuras junto con el de los héroes y estadistas”.

Page 227

“Sus excelencias, su caligrafía ha contribuido a ilustrar y a conmemorar”. Siempre doy la razón tanto al a favor como en contra.

Hombres de este tipo organizaron competiciones públicas, enfrentamientos extremos, en los cuales los caballeros derramaron mucha tinta en duelos con plumas de ganso; estos solemnes juicios ocurrieron con frecuencia en la historia de los maestros de la escritura, la cual se animaba con desafíos públicos, proclamaciones y juicios por parte de árbitros. El premio solía ser una pluma dorada de cierto valor. Uno de ellos tuvo lugar incluso durante el reinado de Ana, entre el señor German y el señor More. German insistió cortésmente en que fuera el señor More quien redactara el texto, y él lo hizo, de manera ingeniosa y original.

Cuanto más aprendemos, más se hace evidente nuestra ignorancia.

El resultado de este duelo de caligrafía fue realmente lamentable; mostraron tal igualdad en su excelencia que los árbitros se negaron a decidir, hasta que uno de ellos descubrió que el señor German había omitido la tilde de una “i”. Pero el señor More era evidentemente un hombre de genio, no solo por su dúo poético, sino también en su “Ensayo sobre la invención de la escritura”, donde aparece este noble pasaje: “El arte, para mí, no pertenece a ningún bando. Valoraría una noble emulación, siempre y cuando no proviniera ni condujera a la maldad. Bales tenía a su Johnson, Norman a su Mason, Ayres a su Matlock y a su Shelley; sin embargo, el arte nunca sufrió por ello. El entrometido que se dedica a crear malentendidos entre artistas puede compararse con un umbral que se interpone en el camino de todos, pero que no impide el paso a nadie; y es el difamador quien da crédito a las calumnias”.

Entre estos caballeros de la “Pluma volante”, cuyas hazañas caballerescas asombraban a los espectadores, destaca Peter Bales en su duelo con David Johnson. En este enfrentamiento, el premio en caligrafía lo ganó…

Page 228

El más grande de los calígrafos; sus atributos fueron asumidos por el vencedor: un azul intenso, una pluma… Mientras que la “pluma dorada”, llevada en triunfo, estaba decorada con una mano dibujada sobre la puerta del calígrafo. La historia de este renombrado enfrentamiento solo era conocida tradicionalmente, hasta que pude contemplar con mis propios ojos todo este despliegue de habilidad en el precioso manuscrito del propio campeón; quien, al igual que César, no solo sabía cómo ganar batallas, sino también cómo registrarlas. Peter Bales fue un héroe de tal eminencia que su nombre pasó a formar parte de nuestra historia. Holinshed relata una de sus curiosidades relacionadas con la escritura en escala microscópica, en una época en la que prevalecía el gusto por admirar escrituras que ningún ojo podía leer. En el interior de una moneda de plata, este calígrafo logró incluir más contenido del que llenaría varias páginas. Ofreció al rey Enrique VIII el manuscrito, incrustado en un anillo de oro cubierto con cristal. También inventó una lupa tan potente que, para deleite y asombro de Su Majestad, ella pudo leer todo el volumen, que sostenía en su uña del pulgar, y “lo recomendó a los miembros del consejo y a los embajadores”. Con frecuencia, como Peter solía escuchar, Su Majestad se dignaba a usar ese anillo caligráfico.

“Algunos pensarán que estoy perdiendo el tiempo”, exclamó modestamente Bales en su relato. ¡Y nuestro historiador actual teme mucho por sí mismo! La gratitud del lector no será proporcional a mis esfuerzos por condensar tantas páginas en el tamaño de una moneda de plata, sin que esta tenga ningún valor real.

Durante todo un año, David Johnson lanzó un desafío: “A cualquiera que tuviera objeciones a mi forma de escribir y enseñar”. Era un joven amigo de Bales, audaz y deseoso de enfrentarse a él. Pero Bales permaneció magnánimamente en silencio, hasta que se dio cuenta de que “estaba haciendo mucho menos en lo que respecta a escribir y enseñar” desde que se anunció ese desafío público. Entonces, él también lanzó su propio desafío, y una hora después, Johnson lo aceptó de manera arrogante, “de una forma extremadamente despectiva y vergonzosa”. El desafío de Bales, en cambio, fue presentado “con buenas palabras”. “A todos los ingleses y…”

Page 229

“Extraños”. Se trataba de escribir con una pluma de oro valorada en veinte libras, de todas las maneras posibles: “la mejor, la más recta y la más rápida”; también se podía escribir de forma completa, escasa o reducida, con línea o sin ella; con una letra lenta, una letra media y fácil, o una letra rápida. Además, había que escribir de la manera más precisa y rápida posible, como lo haría un secretario o empleado, basándose en lo que decía o pronunciaba una persona, ya fuera en inglés o en latín.

El joven Johnson tuvo la audacia de volver la situación en contra de su gran antagonista, acusando al experimentado Bales de arrogancia. Según él, nunca se había visto un desafío tan absoluto, “sin excepción alguna en el mundo”. Pocos días después de conocer a Bales, con la intención de humillarlo cuanto pudiera, le mostró un texto escrito a mano, en estilo de secretario, que había elaborado con mucho esfuerzo sobre pergamino de mala calidad. Le dijo a Bales: “Señor Bales, démeme una libra de su bolsillo. Si en seis meses logra superar o igualar este texto, le daré cuarenta libras por él”. Se realizó ese depósito legal de una libra, y así el demandante quedó obligado por ley a cumplir su promesa.

Un día antes del juicio, se distribuyeron por toda la ciudad declaraciones impresas que se burlaban de la “pobreza orgullosa” de Bales y de sus motivos económicos, calificándolos de algo vulgar, mezquino y mercenario, algo que no correspondía a la dignidad de la pluma de oro. Johnson declaró que habría mantenido su desafío incluso por mil libras más, pero debido a la incapacidad del demandado para pagar esa cantidad. Bales respondió a esas calumnias, considerándolas una señal de la debilidad de su rival. “Pero, ¿quién es tan valiente como el ciego Bayard, que no tiene ni una palabra en latín para dirigirle a un perro, o para decir ‘¡Bo!’ a un ganso?”.

El día de San Miguel, en 1595, comenzó el juicio ante cinco jueces. El demandante y el demandado se presentaron en el lugar indicado, y a un caballero anciano se le confió “la pluma de oro”. En la primera prueba, relacionada con la forma de enseñar a los estudiantes, después de que Johnson hubo enseñado a su discípulo…

Page 230

Cada quince días, no lo presentaba ante el jurado. La decisión se inclinó a favor de Bales.

En la segunda prueba, relacionada con la escritura similar a la de un secretario o escribano, donde había que dictar en inglés y en latín, Bales tuvo el mejor rendimiento, terminando primero; su escritura era la más recta, sin líneas, y con una ortografía correcta. El propio oponente admitió que prefería el idioma latino y que no era escribano.

En la tercera y última prueba, relativa a la escritura correcta en diversos estilos, el oponente ganó por la belleza y la “proporción más auténtica” de su letra, así como por la superioridad de su estilo de escritura romana. En cuanto a la escritura cursiva, el demandado superó al demandante, al igual que en la escritura regular; también fue algo más perfecto en la escritura similar a la de un escribano mediocre.

Finalmente, Bales, quizás al darse cuenta de que la decisión del jurado era equilibrada, para superar a su rival presentó lo que él consideraba su “obra maestra”: una composición escrita en cuatro estilos diferentes, mezclando la escritura de escribano y la romana. Ofreció al demandado dejarlo ganar en todos sus puntos anteriores si lograba superar este ejemplar de caligrafía. El oponente permaneció en silencio. En ese momento, algunos de los jueces, al darse cuenta de que la decisión debía inclinarse a favor de Bales, teniendo en cuenta la juventud del oponente para evitar que fuera humillado ante el mundo, pidieron a los demás jueces que no emitieran un veredicto en público. Bales asegura que intentó en vano convencerlos, ya que de esa manera el premio de la pluma dorada no se habría hecho tan famoso como de otro modo habría sido. El premio le fue otorgado a Bales. Pero nuestra historia tiene un final aún más interesante: el astuto maquiavelismo del primer oponente.

Cuando concluyó la gran prueba y Bales se llevó la pluma dorada, decorándola y colocándola como símbolo suyo, el oponente derrotado comenzó a decir que él había ganado la pluma dorada, pero que el demandado la había obtenido mediante “traiciones y artimañas, y otros métodos bajos y astutos”.

Page 231

“Prácticas”. Bales defendió su afirmación y se ofreció a mostrar al mundo su “obra maestra”, aquella con la que la había adquirido. Johnson emitió un “Llamado a todos los escritores imparciales”, el cual distribuyó en grandes cantidades por toda la ciudad durante diez días; era una difamación contra los jueces y el acusado vencedor. Declaró que había habido una conspiración sutil con uno de los jueces respecto al lugar del juicio; esperaba que este tuviera lugar “frente a escritores”, y no ante una multitud como en una obra teatral, con gritos y tumultos, algo con lo que el acusador hasta entonces no estaba familiarizado. Se pretendía que hubiera doce jueces; pero de los cinco, cuatro eran amigos del acusador, caballeros honestos, pero inexpertos para juzgar la mayoría de las obras; además, ofreció otros cuarenta libras para poder, en seis meses, crear algo igual a la “obra maestra” de Bales. Y concluye su “llamado” declarando que Bales perdió en varios aspectos del juicio, y que los jueces tampoco negaron que Bales se había apoderado del bolígrafo dorado mediante un truco. Antes de que se dictara sentencia, y alegando que su esposa estaba gravemente enferma, pidió que le permitieran ver el bolígrafo dorado para consolarla. El anciano caballero que era su dueño, creyendo en las palabras del acusado, permitió que el bolígrafo dorado fuera llevado a la esposa enferma; Bales lo empeñó de inmediato y, posteriormente, para asegurarse de no quedarse sin nada, lo vendió a un precio muy bajo, de modo que cuando los jueces se reunieron para dictar la sentencia definitiva, ya no quedaba ni el bolígrafo ni un solo penique. Los jueces, avergonzados de su propio comportamiento, se vieron obligados a emitir un veredicto adecuado a la situación.

Bales responde: publica para todo el mundo el día y la hora en que los jueces llevaron el bolígrafo dorado a su casa; y mientras refuta la insolencia de este Bobadil, para demostrar que no es un cobarde, toma el bolígrafo dorado como símbolo suyo.

Esa es la historia más breve que puedo contar sobre esta “caballería de la pluma”; algo misterioso envuelve el destino del acusado; el de Bales…

Page 232

La historia, como la de César, no es más que una evidencia parcial. ¿Quién puede decir si no tergiversó sus derrotas y solo se detuvo en sus victorias?

Existe una extraña frase relacionada con el arte del calígrafo, que creo que se puede encontrar en la mayoría, si no en todas, las lenguas modernas: escribir como un ángel. A menudo se ha comparado a las damas con ángeles; son hermosas como ángeles, cantan y bailan como ángeles; pero, por más comprensibles que sean estas comparaciones, no conectamos tan fácilmente la caligrafía con los demás logros celestiales. Sin embargo, esta frase fantasiosa tiene un origen muy humano. Entre aquellos eruditos griegos que emigraron a Italia y luego a Francia, durante el reinado de Francisco I, estaba Angelo Vergecio, cuya hermosa caligrafía despertó la admiración de los eruditos. El monarca francés mandó fundir una fuente inspirada en su letra. El erudito Henry Stephens, quien, al igual que nuestro Porson por su corrección y delicadeza, fue uno de los escritores de griego más elegantes, aprendió este arte de nuestro Angelo. Su nombre pasó a ser sinónimo de hermosa escritura, dando origen al proverbio vulgar o frase cotidiana de “escribir como un ángel”.

Page 233

109 No he tenido ocasión de leer el libro de More, y debo transcribir esto de la Biog. Brit.

110 Howes, en su Crónica con fecha de 1576, narra así la historia: “Una obra extraña y casi increíble fue realizada por un inglés de la ciudad de Londres, y un empleado de la Cancillería llamado Peter Bales, quien, gracias a su esfuerzo y habilidad para escribir, logró incluir, dentro del espacio que ocupa una moneda de un penique, la Oración del Señor, el Credo, los Diez Mandamientos, una oración a Dios, una oración por la reina, su nombre, el día del mes, el año de Nuestro Señor y el reinado de la reina; y en Hampton Court se la presentó a Su Majestad la Reina”.

111 Esto fue escrito durante el reinado de Isabel. Holyoke menciona el “pergamino virgen, hecho a partir de piel no utilizada; membrana virgo”. Peacham, al hablar de “dibujos”, denomina simplemente al pergamino “no utilizado”.

LOS HISTORIADORES ITALIANOS.

Es notable que el país que perdió hace tiempo su independencia política pueda considerarse el verdadero padre de la historia moderna. La mayor parte de sus historiadores evitaron el aplauso de sus contemporáneos, pero no por ello dejaron de redactar con gran esmero sus obras póstumas, dedicadas exclusivamente a la verdad y a las generaciones futuras. Los verdaderos principios de la gloria nacional se revelan a través de la grandeza de las mentes de estos defensores de la libertad política. Fue su espíritu indignado el que buscó…

Page 234

Consolan sus heridas confiándolas en sus manuscritos secretos, lo cual dio origen a este fenómeno singular en el mundo literario.

De las diversas causas que dieron origen a una raza tan elevada de patriotas, una destaca sobre todas. Los orgullosos recuerdos de sus padres romanos a menudo perturbaban los sueños de los hijos. Las pequeñas repúblicas rivales y los pequeños principados despóticos, surgidos de algunas familias poderosas que al principio se presentaron como protectores del pueblo contra sus enemigos externos o sus facciones internas, terminaron sumidos en la corrupción del poder; un poder que les había sido conferido precisamente para preservar la libertad. Estas facciones, con sus celos, miedos y odios, a menudo sacudían esa tierra, que gemía cada vez que veía descender a los “ultramontanos” desde los Alpes y los Apeninos. Petrarca, en una noble invectiva, inspirado por Tito Livio y la Roma antigua, observaba con impaciencia cómo franceses y alemanes cruzaban las montañas. “Enemigos”, exclamaba, “tan a menudo vencedores, preparaos para atacar con espadas que antes nos sirvieron para levantar nuestros trofeos: ¿acaso la señora del mundo habrá de llevar cadenas forjadas por manos que tantas veces las han atado a sus espaldas?”. Maquiavelo, en sus “Exhortaciones para liberar a Italia de los bárbaros”, incita a su país contra sus cambiantes amos: los alemanes, los franceses y los españoles; concluyendo con el verso de Petrarca: breve será la batalla en la que la virtud podrá mostrar al mundo su fuerza—

che l’antico valore
Ne gl’Italiani cuor non è ancor morto.

Tampoco este sublime patriotismo ha disminuido en tiempos más recientes; no puedo resistirme a incluir aquí un soneto de Filicaja, que nunca puedo leer sin sentir la agitación del autor por la antigua gloria de su país degenerado. La enérgica personificación de

Page 235

¡Oh, Italia! ¿Dónde está tu brazo? ¿Qué propósito sirve que te ayuden otros? ¿Acaso es cierto que tu defensor está entre los ofensores? Ambos son tus enemigos… ambos fueron tus sirvientes. ¿Así honras tú… así preservas los vastos límites del glorioso imperio? ¿Y así guardas la fe que tu valentía original te juró? ¡Vete! Abandona esa antigua valentía y casa con la ociosidad. En medio de la sangre, de los gemidos y gritos de agonía, duerme y busca descanso en tu último peligro. ¡Duerme, vil adúltera! Mientras la espada asesina te despierte… y te mate desnuda, en los brazos de tu traidor.

Page 236

¡La venganza te despertará! Y mientras estés dormido, desnudo en los brazos de tu sirviente, ella atacará.

Entre las disputas internas de Italia se desarrollaron los verdaderos principios de la libertad política; y en ese país podemos encontrar el origen de esa historia filosófica que incluye tantas ideas importantes y tantos resultados nuevos desconocidos para los antiguos.

Machiavelli parece haber sido el primer escritor que descubrió el secreto de lo que se puede llamar historia comparativa. Fue él quien primero buscó en la historia antigua los materiales necesarios para ilustrar los acontecimientos de su propia época, señalando hechos análogos, personajes similares y períodos paralelos. Esto amplió el campo de la historia y abrió una nueva posibilidad para la especulación filosófica. Su genio profundo fue aún más allá: no solo explicó lo moderno a través de la historia antigua, sino que también dedujo aquellos principios basados en este nuevo tipo de evidencia que le guiaron al formar sus opiniones. Hasta entonces, la historia, si exceptuamos a Tácito, no era más que una historia bien contada; y por parte de escritores de capacidad limitada, el detalle y la cantidad de hechos solían considerarse como la única parte valiosa de la historia. Un conocimiento exhaustivo de los hechos no constituye la filosofía de la historia; un historiador inexperto en el arte de aplicar esos hechos acumula material impuro, del cual no puede extraer nada útil. El canciller D’Aguesseau, en sus instrucciones a su hijo sobre el estudio de la historia, abordó admirablemente esta distinción. “Las mentes puramente históricas confunden un hecho con un argumento; están tan acostumbradas a satisfacerse repitiendo una gran cantidad de hechos y enriqueciendo su memoria, que se vuelven incapaces de razonar sobre principios. A menudo ocurre que el resultado de su conocimiento genera confusión e indecisión general; pues sus hechos, a menudo contradictorios, solo suscitan dudas. Lo superfluo y lo frívolo ocupan el lugar de lo esencial y sólido, o al menos lo sobrecargan y oscurecen tanto que debemos navegar entre trivialidades para llegar a tierra firme”.

Page 237

Aquellos que solo valoran la parte filosófica de la historia caen en un extremo opuesto; juzgan lo que se ha hecho por lo que debería hacerse; mientras que los demás siempre deciden qué debería hacerse por lo que ya se ha hecho: los primeros son víctimas de su propio razonamiento, los segundos de los hechos que confunden con el razonamiento. No debemos separar dos cosas que siempre deben ir de la mano y prestarse mutua ayuda: la razón y el ejemplo. Debemos evitar igualmente el desdén de algunos filósofos por la ciencia de los hechos, así como el disgusto o la incapacidad que aquellos que se limitan a los hechos suelen tener hacia todo lo que depende del puro razonamiento. Una filosofía verdadera y sólida debe guiarnos en el estudio de la historia, y el estudio de la historia debe dar perfección a la filosofía. Tal era la opinión ilustrada, ya desde principios del siglo XVII, del estudioso canciller de Francia, antes de que la denominación de Historia Filosófica fuera tan generalmente aceptada y tan habitual en nuestras portadas.

Desde el momento en que el secretario florentino concibió la idea de que la historia del pueblo romano, al ofrecer tan variados espectáculos de la naturaleza humana, servía como punto de comparación al que podía recurrir constantemente para analizar los hechos análogos de otras naciones y los acontecimientos que ocurrían ante sus propios ojos, surgió una nueva luz que iluminó las vastas extensiones de la historia. La madurez adquirida mediante la experiencia parecía haber sido alcanzada por el historiador a través de su meditación solitaria. Tito Livio, en la grandeza de Roma, y Tácito, en su declive inevitable, le mostraron a Maquiavelo una imagen conmovedora de sus propias repúblicas: el curso del destino en todos los gobiernos humanos. El texto de Livio y Tácito le reveló muchos secretos imperfectos; la verdad completa la obtuvo de la profundidad de sus propias observaciones sobre su propia época. En los “Discursos sobre Tito Livio” de Maquiavelo podemos encontrar los fundamentos de nuestra Historia Filosófica.

El ejemplo de Maquiavelo, al igual que el de todo genio creativo, influyó en el carácter de su época, y su historia de Florencia sirvió de modelo a otros.

Page 238

espíritu entre una nueva dinastía de historiadores.

Los historiadores italianos se han demostrado ser una raza extraordinaria, pues dedicaron sus días a la composición de obras históricas de las cuales estaban seguros de que no verían la luz en vida. Decidieron noblemente que sus obras fueran publicadas póstumamente, en lugar de verse obligados a mutilarlas para la imprenta. Estos historiadores eran más bien santos que mártires de la historia; no siempre sufrieron personalmente por la verdad, pero durante su arduo trabajo sostuvieron su espíritu anticipando su estado glorificado después de la muerte.

Entre estos historiadores italianos debe incluirse el ilustre Guicciardini, amigo de Maquiavelo. Hasta tiempos recientes no existió una edición perfecta de este historiador. La historia en sí fue publicada póstumamente; ni siquiera su sobrino se atrevió a publicarla hasta veinte años después de la muerte del historiador. Solo publicó los primeros dieciséis libros, y estos estaban mutilados. Los pasajes problemáticos consistían en algunas declaraciones relacionadas con la corte papal, entonces tan importante en los asuntos de Europa; algún relato sobre el origen y el desarrollo del poder papal; algunas descripciones elocuentes de los abusos y desórdenes de esa corrupta corte; y algunas caricaturas libres sobre el gobierno de Florencia. Afortunadamente, esos valiosos fragmentos se conservaron en manuscrito, y los protestantes obtuvieron transcripciones que publicaron por separado, pero que durante mucho tiempo fueron muy raras. Todas las ediciones italianas continuaron siendo reimpresas en la misma condición truncada, y parece que solo se restableció su texto completo en la historia inmortal en el año 1775. Así, hicieron falta dos siglos antes de que un editor se atreviera a ofrecer al mundo el texto puro y completo del manuscrito del teniente general del ejército papal, quien había sido un observador tan cercano e indignado del gabinete romano.

Adriani, a quien su hijo denomina gentiluomo Fiorentino, autor de la agradable disertación “Sobre los pintores antiguos mencionados por Plinio”, que precede a las biografías de su amigo Vasari, escribió como continuación de Guicciardini, un

Page 239

La historia de su propia época en veintidós libros, de los cuales Denina destaca su espíritu moderado, y de los cuales De Thou tomó ampliamente material, elogiando además su autenticidad. Sin embargo, nuestro autor no se atrevió a publicar su historia en vida; fue después de su muerte cuando su hijo se convirtió en el editor.

Nardi, perteneciente a una familia noble y ocupando un alto cargo, famoso por una traducción de Tito Livio que compite con el original en cuanto al placer que proporciona, escribió en su retiro de los asuntos públicos una historia de Florencia que termina con la pérdida de la libertad de su país en 1531. No fue publicada hasta cincuenta años después de su muerte; incluso entonces, los editores suprimieron muchos pasajes que se encuentran en manuscritos en las bibliotecas de Florencia y Venecia, junto con otros documentos históricos de este noble e histórico patriota.

Cerca de esa misma época, el senador Felipe Nerli estaba escribiendo sus “Commentarj de’ fatti civili”, sobre los acontecimientos ocurridos en Florencia. Con su última voluntad los entregó a su sobrino, quien presentó los manuscritos al Gran Duque; sin embargo, aunque esta obra es más bien una defensa que una acusación contra la familia Médici por sus ambiciones y su poder desmedido, probablemente alguna razón de Estado intervinió para impedir su publicación, la cual no tuvo lugar hasta 150 años después de la muerte del historiador.

Bernardo Segni compuso una historia de Florencia aún más valiosa, que compartió el mismo destino que la de Nerli. Fue solo después de su muerte cuando sus parientes descubrieron accidentalmente esta historia de Florencia, que el autor había ocultado cuidadosamente durante su vida. Se abstuvo de comunicarle a nadie la existencia de tal obra mientras vivía, para no verse obligado a restringir la libertad de su pluma ni comprometer la causa e intereses de la verdad. Sus herederos la presentaron a uno de los miembros de la familia Médici, quien la descartó. Otra copia había sido conservada con más cuidado, a partir de la cual se imprimió en 1713, unos 150 años después de haber sido escrita. Parece haber despertado gran curiosidad, ya que Lenglet du

Page 240

Fresnoy observa que la escasez de esta historia se debe a la circunstancia de “que el Gran Duque había adquirido todas las copias”. De hecho, Du Fresnoy ha señalado en más de una ocasión este tipo de comportamiento del Gran Duque; así, comenta sobre la historia florentina de Bruto que esa obra no era común, ya que el Gran Duque había comprado todas las copias para suprimirlas. El autor incluso se vio obligado a huir de Italia por haber expresado demasiado abiertamente sus opiniones sobre la casa de los Médici. Este honesto historiador se expresa así al final de su obra: “Mi propósito tiene un solo objetivo: que nuestra posteridad pueda conocer, a través de estas notas, la raíz y las causas de tantos problemas que hemos sufrido, al tiempo que se revela la maldad de aquellos que los provocaron o prolongaron, así como la bondad de quienes hicieron todo lo posible por evitarlos”.

Fue el mismo motivo, el miedo a ofender a los grandes personajes o a sus familias, sobre quienes estos historiadores habían escrito tan libremente, lo que disuadió a Benedetto Varchi de publicar sus conocidas “Storie Fiorentine”, las cuales no llegaron al público hasta 1721, fecha que parece haber despertado a los literatos italianos para que volvieran a recurrir a sus historiadores nacionales. Varchi, quien escribió con tanto entusiasmo la historia de su patria, es descrito por Nardi como alguien que nunca participó activamente en los acontecimientos que relataba; nunca se unió a ningún partido y vivió simplemente como espectador. Este historiador cierra la narración de un horrible crimen cometido por Pedro Luis Farnesio con esta admirable reflexión: “Sé bien que esta historia, junto con muchas otras que he expuesto libremente, podría impedir en el futuro la lectura de mi historia; pero también sé que, además de lo que Tácito dijo sobre este tema, el gran deber de un historiador no es preocuparse más por la reputación de las personas de lo que sea adecuado según la verdad, la cual debe tener prioridad sobre todo, por perjudicial que sea para el escritor”.

Ese era el modo libre de pensar y de escribir que prevalecía entre estos historiadores italianos, quienes, a menudo viviendo en medio de las ruinas de la población…

Page 241

La libertad… vertían sus sentimientos heridos en sus páginas secretas; sin la esperanza, y quizás sin el deseo, de que fueran publicadas en vida suya: un ejemplo glorioso de abnegación y patriotismo sublime.

Si se les hubiera preguntado a estos escritores por qué no publicaban sus historias, podrían haber respondido, casi con las palabras de un antiguo sabio: “Porque no se me permite escribir como quisiera; y yo no escribiría como se me permite”. No podemos imaginar que estos grandes hombres fueran en lo más mínimo insensibles al aplauso que se negaban a sí mismos; no eran de aquellos temperamentos que se dejan desviar fácilmente; y fue el motivo más elevado que puede inspirar a un historiador, una devoción rigurosa a la verdad, lo que los redujo al silencio, pero no a la inactividad. Estos historiadores florentinos y venecianos, apasionados por la verdad y profundos en su sagacidad política, escribían estos legados de la historia únicamente para sus compatriotas, sin esperanza alguna de recibir su gratitud. Si un francés escribía la historia inglesa, ese trabajo era alimento para su propia gloria; si Hume y Robertson dedicaban sus plumas a la historia, el motivo de su tarea era menos glorioso que su obra; pero aquí descubrimos a una raza de historiadores, cuyo único patriotismo impulsaba su labor secreta, y que sustituyeron la fama y la fortuna por ese espíritu más poderoso, que, en medio de sus pasiones contradictorias, desarrolló los principios más verdaderos, e incluso los errores, de la Libertad Política.

Como hemos visto, ninguno de estos historiadores publicó sus obras en vida. Los he llamado santos de la historia, más que mártires. Sin embargo, uno tuvo la valentía de arriesgarse a asumir esta terrible responsabilidad, y se destaca entre los ejemplos más ilustres y desafortunados de martirio histórico.

Este gran historiador es Giannone, cuya historia civil del reino de Nápoles destaca por sus profundas investigaciones sobre la constitución civil y eclesiástica, así como sobre las leyes y costumbres de ese reino. Con algunas interrupciones debidas a sus obligaciones profesionales como abogado, durante veinte años…

Page 242

Se consumieron en la redacción de esta historia. Las investigaciones sobre las usurpaciones eclesiásticas y las severas restricciones impuestas al clero son los principales temas de su pluma audaz y sin reservas. Estos pasajes, curiosos, graves e indignados, fueron posteriormente extraídos de la historia por Vernet y publicados en un pequeño volumen, bajo el título de “Anécdotas Eclesiásticas”, en 1738. Cuando Giannone consultó a un amigo sobre la conveniencia de publicar su historia, su crítico, admirando la obra, predijo el destino del autor. “Usted”, dijo, “se ha puesto sobre la cabeza una corona de espinas, y de espinas muy afiladas”. El historiador despreció su propio descanso personal, y en 1723 vio la luz esta elaborada historia. A partir de ese momento, el historiador nunca disfrutó ni un solo día de tranquilidad. Roma intentó primero silenciar al autor con su obra; todos los libros fueron confiscados, y las copias de la primera edición son extremadamente raras. Para escapar de las garras del poder inquisitorial, el historiador de Nápoles huyó de la ciudad tras la publicación de su inmortal obra. El autor, ahora proscrito y excomulgado, buscó refugio en Viena, donde, aunque no encontró amigos entre el emperador, el príncipe Eugenio y otros nobles se convirtieron en sus patrocinadores. Forzado a abandonar Viena, se retiró a Venecia, pero surgió una nueva persecución debido a los celos de los inquisidores estatales, quienes una noche lo dejaron en las fronteras de los dominios del papa. Logrando escapar con vida a Ginebra, estaba preparando un volumen complementario a su célebre historia cuando, seducido por un amigo traidor a un pueblo católico, Giannone fue arrestado por orden del rey de Cerdeña; sus manuscritos fueron enviados a Roma y el historiador encarcelado en una fortaleza. Es curioso que el prisionero Giannone escribiera una defensa de los derechos del rey de Cerdeña, contra las pretensiones de la corte romana. Este poderoso llamamiento a los sentimientos de dicho soberano fue recibido inicialmente favorablemente; pero, bajo la influencia secreta de Roma, el monarca cerdeñés, con el pretexto de que mantenía a Giannone como prisionero de estado para protegerlo del poder papal, ordenó que el defensor de sus derechos fuera encerrado aún más estrictamente.

Page 243

Antes; y, con este fin, trasladó a su prisionero estatal a la ciudadela de Turín, donde, después de doce años de persecución y agitación, nuestro gran historiador puso fin a su vida.

Tal fue el destino de este mártir histórico, cuya obra el católico Haym describe como “una obra escrita con mucho fervor y demasiada libertad”. Insinúa que solo la gran obra de De Thou puede compararse con ella. Esta historia italiana siempre será considerada una de las más filosóficas. Pero, por profundo que fuera el genio de Giannone, tan grande era su amor por la fama, que deseaba tener la valentía necesaria para negarse el placer de ofrecer su historia al mundo, aunque algunos de sus grandes predecesores le habían dado un ejemplo noble y digno.

Otra observación sobre estos historiadores italianos: todos ellos representan al hombre en sus aspectos más oscuros; su drama es tétrico; los personajes son monstruos de perfidia e inhumanidad, inventores de crímenes que parecen carecer incluso de nombre. Todos eran “príncipes de las tinieblas”; y la época parecía ser un triunfo del maniqueísmo. Las peores pasiones eran utilizadas por todas las partes. Pero si algo se debe atribuir a las costumbres de esa época, mucho más se puede atribuir a esa ciencia de la política, que buscaba el dominio en una lucha indefinible entre poderes políticos ingobernables; a la ambición despiadada de los déspotas, y a los odios y celos de las repúblicas. Estos historiadores italianos han constituido una sátira permanente de la simulación y la hipocresía despreciables, así como de los crímenes imperdonables de ese sistema político, que debe su nombre a uno de ellos: el gran, digamos, calumniado Maquiavelo.

Fueron impresas en Basilea en 1569, en Londres en 1595, y en Ámsterdam en 1663. ¡Cuántos intentos hubo por hacer oír la voz de la verdad suprimida! – Bib. Ital. de Haym, 1803.

Mi amigo, el señor Merivale, cuyas investigaciones críticas solo son superadas por la elegancia de su gusto, me ha proporcionado una nota que demuestra muy bien que incluso aquellos escritores que componen…

Page 244

Inmune a los prejuicios partidistas, puede que, no obstante, no sea lo suficientemente escrupuloso al sopesar las pruebas de los hechos que recoge. El señor Merivale observa: «La narrativa extraña e improbable con la que Varchi tiene la desgracia de concluir su historia no debería haber sido siquiera insinuada sin añadir que otros escritores la denuncian como una falsificación sumamente atrevida, inventada años después de cuando se supone que ocurrió, por el obispo ‘apóstata’ Petrus Paulus Vergerius». Véase su refutación en Amiani, «Hist. di Fano», ii. 149 y ss. 160.

«El carácter de Varchi como historiador no puede dejar de verse gravemente afectado por haber incluido tal relato basándose en semejante autoridad. La responsabilidad del autor por la veracidad de lo que relata debería hacernos muy cautelosos a la hora de dar crédito a los autores de memorias que no estaban destinadas a ver la luz hasta un período lejano. La credibilidad de Vergerius, como difamador reconocido del papa Pablo III y de su familia, resulta aún más concluyente a partir de su artículo en Bayle, nota K». Cabe añadir que la calumnia de Vergerius se encuentra en las Lect. Mem. de Wolfius, ii. 691, en un tratado sobre el ídolo laurentino publicado en 1556. Varchi es más detallado en sus descripciones de esta historia monstruosa. Las difamaciones de Vergerius, leídas universalmente en su época aunque fueron recopiladas posteriormente, hoy ya no se encuentran, ni siquiera en las bibliotecas públicas. No sé si había algo de verdad en la historia de Pedro Luis Farnesio; pero crímenes de tan monstruosa naturaleza aparecen en las obras auténticas de Guicciardini. La historia aún no ha sido olvidada, ya que en la última edición de la Biblioteca Italiana de Haym, la mejor edición es aquella que en la p. 639 contiene «la sceleratezza di Pier Lewis Farnese». Estoy de opinión de que Varchi creyó en la historia, dada la solemnidad de su planteamiento. Sea cual sea su veracidad, el sentimiento del historiador era elevado e intrépido.

114 Rapin.

Page 245

DE LOS PALACIOS CONSTRUIDOS POR LOS MINISTROS.

Nuestros ministros y favoritos de la corte, así como aquellos del Continente, practicaban una costumbre muy impopolular, y una que probablemente se repetiría, aunque nunca dejó de sembrar odio popular contra sus nombres, despertando incluso la envidia de sus iguales: la de construirse palacios propios que superaban en esplendor a los del soberano; y que, a los ojos del pueblo, parecían una exhibición permanente e insolente de lo que consideraban el salario mal ganado mediante la corrupción, la opresión y el favor cortesano. Descubrimos la seducción de esta pasión por la ostentación, este orgulloso sentido de su poder y esta autoídolatría, incluso entre los ministros más prudentes y sabios; y ninguno de ellos dejó de lamentarse por este vano acto de imprudencia. Para estos ministros, la noble sencillez de Pitt siempre constituirá un contraste admirable; mientras que su carácter personal, como estadista, pasa a la posteridad sin mancha alguna de calumnias.

Las residencias del cardenal Wolsey parecen haber superado en esplendor a los palacios del soberano; y tan poderoso era él en cuanto al orgullo y la pompa, que el “gran cardenal” se vio perseguido por una envidia feroz que lo seguía de cerca, hasta el punto de renunciar uno tras otro a sus palacios y entregar como regalos al monarca aquello que, en toda su excesiva grandeza, temía conservar para sí mismo. La sátira política de aquel tiempo solía dirigirse precisamente a esta circunstancia, como se ve en los poemas de Skelton “¿Por qué no venís a la corte?” y de Roy “Hablad conmigo, y no os enojéis”. Los versos sarcásticos de Skelton dejan huellas amargas en su orgullo pretencioso; y el estilo de ambos satíricos, si usamos nuestra propia ortografía, muestra cuán poco ha variado el lenguaje del pueblo común a lo largo de tres siglos.

Elevar a un desdichado a lo alto,
en un trono, triunfalmente;
hacer de él un gran estadista.

Page 246

Y él jugará jaque mate,
Con la majestad real——
La Corte del Rey
Debería tener la excelencia,
Pero Hampton Court
Posee la preeminencia;
Y Yorke Place116,

Con la gracia de mi señor,
A cuya magnificencia
Acude toda petición y súplica;
Embajadas de todas las naciones.

Roy, al contemplar el palacio, recuerda maliciosamente al
muchacho carnicero, y solo expresa sus pensamientos con palabras sencillas.

¿Tiene el cardenal alguna mansión espléndida?
Palacios grandiosos sin comparación,
Los más gloriosos a simple vista,
Y por dentro adornados con todo lujo,117

Más parecidos a un paraíso
Que a una morada terrenal.
¿Proviene entonces de una familia noble?
Su padre podría competir con un buey,
Era carnicero de oficio.

Cualquiera que sea nuestra opinión ahora sobre la estructura y las habitaciones humildes del palacio de Wolsey, se describe no solo en su propia época, sino también mucho después, como de una magnificencia sin igual; y de hecho, el relato de Cavendish sobre el banquete que el cardenal ofreció a los embajadores franceses da una idea de ello.

Page 247

La residencia imperial del prelado ministerial resulta sumamente desconcertante para la comprensión de un inspector moderno. Seiscientas personas, creo, fueron agasajadas y durmieron en una vivienda que nos parece tan humilde, pero que Stowe denomina “un palacio tan majestuoso”. Para evitar el odio que conllevaba vivir en este espléndido edificio, Wolsey se lo ofreció al rey, quien, a cambio, permitía que el cardenal habitara ocasionalmente esta maravilla de Inglaterra, en calidad de encargado del palacio real;118 de modo que Wolsey solo se atrevía a vivir en su propio palacio mediante un subterfugio. Quizá esto fue un tributo que la soberbia ministerial pagó ante el sentimiento popular o ante los celos de un señor real.

En otro lugar he mostrado la extraordinaria elegancia y la prodigalidad en los gastos de las residencias de Buckingham; eran tales que incluso causaron asombro en Bassompierre e, indudablemente, provocaron la indignación de quienes vivían en una corte pobre, mientras que solo nuestro alegre e imprudente ministro podía permitirse semejante derroche.

Pero Wolsey y Buckingham eran ambiciosos y aventureros; surgieron como cometas en el horizonte político de Europa. La tiara romana seguía rondando la imaginación del cardenal; y el orgullo egoísta por haber superado a Richelieu y Olivares, ministros nominales pero verdaderos soberanos de Europa, avivaba el espíritu audaz de los alegres, valientes y espléndidos Villiers. Pero, ¿qué “locura de los sabios” puede explicar la conducta del perspicaz Clarendon y del sensato Sir Robert Walpole, quienes, al igual que los otros dos ministros, también cayeron víctimas de esta imprudente pasión por la pompa ostentosa de los palacios? Esta magnificencia parecía un desafío de insolencia a los ojos del pueblo y cubrió a los ministros con el odio popular.

La Casa Clarendon ahora solo puede verse en grabados; pero su historia aún está por contar. Fue construida en el sitio de Grafton Street; y cuando posteriormente fue adquirida por Monk, duque de Albemarle, él dejó su título a…

Page 248

esa calle tan conocida. Era un edificio de considerables dimensiones y grandeza. Clarendon se reprocha en su autobiografía por “su debilidad y vanidad” por los enormes gastos incurridos en su construcción; reconoce que estos gastos “contribuyeron más a ese arrebato de envidia que tanto lo sacudió, que cualquier fechoría de la que se creyera que era culpable”. Eso arruinó sus posesiones; pero fue alentado a hacerlo por la concesión real del terreno, por esa pasión por la construcción a la que, según él mismo admitía, “estaba naturalmente demasiado inclinado”, y quizás también por otras circunstancias, entre las cuales estaba la oportunidad de adquirir las piedras destinadas a la reconstrucción de San Pablo. Pero la envidia que eso despertó en torno a él, así como el exceso de los costos propuestos por el arquitecto, hicieron que su vida fuera “muy incómoda, casi insoportable”. La verdad es que, cuando este palacio quedó terminado, se le atribuyó como un crimen contra el Estado; todos los males que existían en el país en aquel entonces —epidemias, incendios, guerras y derrotas— se consideraron de alguna manera relacionados con Clarendon House, o, como se le llamaba popularmente, Dunkirk House o Tangier Hall, debido a la idea de que había sido construido con el dinero obtenido mediante sobornos para vender Dunkerque y Tánger. Se le reprochó haber profanado las piedras sagradas destinadas al uso de la iglesia. Este gran, pero desdichado, dueño de este palacio, quien, partiendo de ser un abogado privado, logró ascender hasta la realeza gracias a alianzas, yerno del Duque de York, fue acusado maliciosamente de haber convencido a Carlos II de casarse con la infanta de Portugal, sabiendo (pero cómo obtuvo esa información sus enemigos no lo revelaron) que la princesa portuguesa probablemente no pondría obstáculos a la sucesión de su propia hija al trono. Durante la Restauración, entre otros enemigos, Clarendon se encontró con que los realistas eran igualmente activos; se le reprochó por preferir a aquellos que habían causado sus problemas anteriores. La misma acusación se levantó durante la restauración de los Borbones. Quizás sea más político mantener a personas activas que han obtenido el poder, en lugar de restituirlos al poder.

Page 249

Tales son los talentos inferiores, que al menos carecen de popularidad. Este es uno de esos casos paralelos que tan frecuentemente nos sorprenden al explorar la historia política; y los ultristas de Luis XVIII no eran más que los realistas de Carlos II. Existía una fuerte ilusión popular, fomentada por los ingeniosos y las damas que formaban la corte de Carlos II, de que el gobierno era compartido tanto por los Hyde como por los Stuart. En los poemas políticos encontramos una sátira inclemente titulada “La inauguración de la casa de Clarendon”; pero he descubierto en manuscrito una sátira que no le cede en dureza, y que también destaca por basarse principalmente en un juego de palabras con el apellido del conde de Clarendon. El ingenioso y malicioso rimador, después de hacer que Carlos II exija el Sello Real y decida ser su propio canciller, continúa reflexionando sobre la gran víctima política:

¡He aquí! Ya toda su ambición divide
el cetro entre los Stuart y los Hyde.
Mirad, en medio de nuestra plaga y guerras,
él se construyó un palacio más imponente que las estrellas;
Esa casa (nosotros la llamamos Dunkerque, él, Clarendon),
mira con vergüenza hacia San Jaime;
Pero no será su globo dorado lo que lo salve,
ya que vale menos que lo que le dieron los recaudadores de aduanas;
Llama a su capilla para la consagración,
cuya profanación saqueó las piedras de la de San Pablo.
Cuando la reina Dido desembarcó, compró tanto terreno
como lo que rodearía un toro gordo y vigoroso de los Hyde;
Pero cuando dicho Hyde fue cortado en tiras,
una ciudad y un reino pasaron a pertenecer a los Hyde;
Así, aquí en la corte, en la iglesia y en el campo, por doquier,
no se ve nada más que Hyde… Hyde… Hyde!
Desde tiempos antiguos, y donde la ley divide el reino,

Page 250

Era nuestra tierra de los Hydes; ahora es tierra de los Hydes.

Clarendon House era un palacio construido con tanto cariño como orgullo; Evelyn nos cuenta que el jardín fue planeado por él mismo y por su señoría. Pero el costo, como de costumbre, triplicó las estimaciones iniciales, y el noble dueño se entristeció en silencio ante ese espléndido conjunto arquitectónico. Incluso cuando, en su exilio, se propuso vender el palacio para pagar sus deudas y asegurar algo de sustento para sus hijos menores, él mismo nos dice honestamente que “permaneció tan enamorado de los placeres que había disfrutado, que, aunque se los arrebataron, accedió muy a regañadientes al consejo”. En 1683, Clarendon House sufrió su destino: fue abandonado a los corredores de bienes, que lo habían comprado para aprovechar sus materiales. Evelyn relata una circunstancia conmovedora al respecto. Al regresar a la ciudad con el conde de Clarendon, hijo del gran conde, “al pasar junto al espléndido palacio que su padre había construido pocos años antes, y que ahora estaban demoliendo ya que se vendía a ciertos contratistas, volví la cabeza hacia otro lado hasta que el carruaje pasó de largo, para no dar motivo a hablar de ello, lo cual seguramente le habría entristecido, ya que en tan poco tiempo toda esa pompa había desaparecido”. ¡Un sentimiento de infinita delicadeza, tan típico de Evelyn!

Y ahora, para llevar este tema a tiempos aún más recientes, descubrimos que sir Robert Walpole se encontraba exactamente en la misma situación que el gran ministro del que hemos hablado. Tenemos su confesión dirigida a su hermano, lord Walpole, y a su amigo, sir John Hynde Cotton. El historiador de este ministro señala que su magnífica casa en Houghton le causó grandes críticas. Al ver la casa de su hermano en Wolterton, sir Robert expresó su deseo de haberse conformado con una estructura similar. Durante el reinado de Ana, sir Robert, sentado junto a sir John Hynde Cotton, aludiendo a una lujosa casa que Harley estaba construyendo en ese momento, comentó que construir una casa grande era un acto de gran imprudencia por parte de cualquier ministro. Fue mucho después, cuando ya se había convertido en primer ministro, cuando olvidó todo eso.

Page 251

Todo el resultado de este artículo se debe a que derribaron la mansión familiar de Houghton para construir su magnífico edificio; fue entonces cuando Sir John Hynde Cotton le recordó la reflexión que él mismo había hecho algunos años antes. La respuesta de Sir Robert es notable: “Su recuerdo llega demasiado tarde; ojalá me lo hubiera recordado antes de comenzar a construir, porque entonces podría haberme sido útil”.

Los estadistas y políticos son, pues, susceptibles a todas las tentaciones de la ostentación y del orgullo. ¿Quién lo habría creído? Pero, confundidos por el poder y por la magnificencia de los edificios en los que viven, parecen contemplar su propia imagen.

Sir Francis Walsingham murió sin dejar nada con qué pagar sus deudas, como se desprende de un dato curioso mencionado en la vida anónima de Sir Philip Sidney, que precede a Arcadia y que evidentemente fue escrito por alguien familiarizado con la historia familiar de su amigo e héroe. El caballeroso Sidney, aunque era buscado por las bellezas de la corte, solicitó la mano de la hija de Walsingham, aunque, al parecer, ella solo podía ofrecerle sus virtudes y el nombre de su padre. “Y en esto”, observa nuestro biógrafo anónimo, “fue ejemplar para todos los caballeros, ya que no llevaban su amor en sus bolsillos”. Sobre esto, menciona esta historia secreta de Walsingham:

“Ese es ese Sir Francis que se empobreció para enriquecer al estado, y de hecho convirtió a Inglaterra en su heredera. Estaba tan lejos de enriquecerse gracias a su posición que derribó esa hermosa propiedad que le habían dejado sus antepasados para comprar valiosas informaciones de todas partes de la Cristiandad. Tenía una llave para abrir el gabinete del papa; y, como si fuera dueño de algún lugar donde se susurraban secretos, todos los secretos de los príncipes cristianos llegaban a sus manos. No es de extrañar, entonces, que no dejara grandes riquezas a su hija; fue enterrado en privado en el coro de San Pablo, tan endeudado con sus acreedores como nuestra nación lo está con su memoria”.

Page 252

Algún curioso investigador podría proporcionarnos un catálogo de grandes ministros de Estado que rechazaron voluntariamente aumentar su fortuna privada, dedicando sus días a las nobles empresas de la gloria patriótica. El trabajo de esta investigación será enorme, y el volumen resultante, pequeño.

115 La sátira de Skelton está al alcance del lector en la edición de las obras del poeta realizada por el reverendo Alexander Dyce. El poema de Roy fue impreso en el extranjero hacia el año 1525, y es extremadamente raro, ya que el cardenal no escatimó esfuerzos ni gastos para adquirir y destruir todas las copias. Una segunda edición fue impresa en Wesel en 1546. Su autor, que había sido fraile, fue finalmente quemado en Portugal por herejía.

116 El palacio de Wolsey, cuando era arzobispo de York, el cual había amueblado de la manera más lujosa; tras su caída, se convirtió en residencia real bajo el nombre de Whitehall. —Nota en la edición de Dyce de las Obras de Skelton.

117 “Point-device”, término explicado por el señor Douce. Él cree que proviene de los trabajos de la aguja; así como existen los encajes de puntada, también existe “point-device”, es decir, “punto”, una puntada, y “devise”, que significa idear o inventar; se emplea para describir algo excepcionalmente preciso, o elaborado con la delicadeza y precisión de las puntadas hechas o ideadas por la aguja. —Ilustraciones de Shakespeare, i. 93. Pero el señor Gifford ha señalado posteriormente que el origen de esta expresión quizás aún esté por determinarse: él la deriva de una frase matemática, “à point devisé”, o “un punto dado”, y por lo tanto, exacto, correcto, etc. —Ben Jonson, vol. iv. 170. Para ver diversos ejemplos, véase el Glosario del señor Nares, artículo “Point-devise”.

118 “Environs” de Lyson, v. 58.

119 Burnet dice: “Otros lo llamaban Holland House, porque se creía que no era partidario de la guerra; así se difundió que tenía dinero de los holandeses”.

120 En la entrada de la Three Kings Inn, cerca de Dover Street, en Piccadilly, hay dos pilastras con capiteles corintios, que pertenecían a Clarendon House y son quizás los únicos restos de ese edificio.

Page 253

121 Un término antiguo para referirse a los contratistas. Evelyn nos dice que eran “ciertos banqueros ricos y mecánicos que aportaron dinero, así como el terreno correspondiente, por 35.000 libras”. Construyeron calles y casas en ese lugar, obteniendo así grandes beneficios; el terreno abarcaba veinticuatro acres.

“¡IMPOSICIONES, NO TIRANÍA!”

Ese era el título de un famoso panfleto político, publicado en un momento en que un pueblo, en estado de insurrección, proclamó que las imposiciones constituían tiranía. No protestaban contra un impuesto insignificante, sino contra las imposiciones en sí mismas. En el clima de aquel momento, esta propuesta abstracta parecía un paradoja insolente. Fue rápidamente atacada por ese partido eterno que, ya desde las leyes de nuestro Enrique I, es denominado con el extraño término de “acefálicos”, es decir, un pueblo sin líderes. ¡La extraña igualdad de los niveladores!

Estos monstruos políticos, a lo largo de los tiempos, siempre han asociado la idea de las imposiciones con la de la tiranía; uno de esos nombres hace pensar inmediatamente en el otro. Esto le sucedió a un tal Gigli de Siena, quien publicó la primera parte de un diccionario del idioma toscano. Solo 312 hojas de este diccionario sirvieron de entretenimiento para los florentinos; estas fueron arrojadas al fuego por orden del verdugo debido a ciertos errores populares. Por ejemplo, bajo la palabra “Gran Duque” se encontraba la indicación “¡Véase Gabelli! (¡Véanse los impuestos!)”, y la palabra “Gabella” se explicaba haciendo referencia al “Gran Duque”. Gran duque.

Page 254

Y los impuestos eran sinónimos, según este mordaz lexicógrafo.
Tales quejas y las formas de expresarlas son igualmente antiguas. Un cónsul romano, al imponer un impuesto sobre la sal durante la guerra púnica, recibió el apodo de Salinator y fue condenado por “la majestad” del pueblo. Anteriormente había cumplido con su deber hacia el país, pero ahora la sal era su recompensa. Se retiró de Roma, dejó que le creciera la barba y, con su vestimenta sucia y su aire melancólico, demostraba su aguda sensibilidad. Los romanos querían finalmente que ese hombre dirigiera el ejército; pero él, como persona herida, se negó. Le dijeron que debía soportar los caprichos del pueblo romano con la ternura que un hijo tiene hacia los humores de sus padres. Había perdido su reputación debido a ese impuesto sobre la sal, aunque dicho impuesto había permitido formar un ejército y obtener una victoria.

Es cierto que Gigli y sus numerosos seguidores están equivocados: porque, aunque estuvieran libres de todas las restricciones, como si vivieran en bosques y no en casas; aunque fueran habitantes de la naturaleza y no de ciudades, de modo que cada uno fuera su propio legislador, con inmunidad perpetua de todo tipo de impuestos, no podríamos necesariamente deducir su felicidad política. Hay naciones donde los impuestos apenas existen, ya que la gente vive en tal miseria que es demasiado pobre para ser gravada con impuestos; los chinos, entre otros, son un ejemplo notable de esto. Cuando Nerón quiso abolir todos los impuestos, en su excesiva pasión por ganarse el favor del pueblo, el senado le agradeció su buena voluntad hacia el pueblo, pero le aseguró que eso no era una forma de reparar, sino de arruinar la república. Bodin, en su curioso obra “La República”, señaló una clase de políticos que gozan de demasiado favor entre el pueblo. “Muchos ciudadanos sediciosos y deseosos de innovaciones han prometido en los últimos años inmunidad de impuestos y subsidios a nuestro pueblo; pero ni pueden hacerlo, o, si pudieran, no lo harían; y, si se hiciera, ¿tendríamos aún una república, siendo esa la base y fundamento de toda ella?”

Page 255

El término descarado y directo de “imposición fiscal” es, sin embargo, tan odioso para la gente, que puede resultar curioso observar las artes empleadas por los gobiernos, e incluso por la propia gente, para velarlo bajo algún término atenuante. Al estallar por primera vez los problemas en América, probablemente habrían cedido a la metrópoli el derecho de imponer impuestos, modificado mediante el término “regulación” (de su comercio); esto lo infiero de una carta del Dr. Robertson, quien señala que “¡la distinción entre imposición fiscal y regulación es pura tontería!”. Incluso los gobiernos despóticos han tenido la condescendencia de disfrazar las contribuciones exigidas por la fuerza con algún nombre que debía ocultar en parte su verdadera naturaleza. Los términos a menudo han influido en las circunstancias, así como los nombres influyen en las cosas; y la conquista u opresión, que podemos considerar sinónimos, se asemejan a la benevolencia cuando presentan como don aquello que exigen como tributo.

Una especie de historia filosófica de la imposición fiscal aparece en la narración de Wood, en su “Investigación sobre Homero”. Nos cuenta que “los regalos (término de amplio significado en Oriente) que el bashaw de Damasco distribuye anualmente entre los diversos príncipes árabes a través de cuyo territorio hace pasar la caravana de peregrinos hacia La Meca, en Constantinopla se denominan regalo gratuito y se consideran un acto de generosidad del sultán hacia sus súbditos indigentes; mientras que, por otro lado, los jeques árabes niegan incluso el derecho de paso por los distritos bajo su mando y exigen esas sumas como impuesto por permitir el tránsito por su país. En los frecuentes enfrentamientos sangrientos que produce el acuerdo de estos tributos, los turcos se quejan de robo y los árabes de invasión”.125

Aquí seguimos la evolución de la imposición fiscal en todas sus formas cambiantes, adaptándose a los sentimientos de los diferentes pueblos; el mismo principio regulaba los términos alternativos propuestos por los piratas, cuando preguntaban qué era lo que la parte más débil estaba obligada a dar, o cuando cobraban lo que los demás pagaban únicamente como peaje común.

Page 256

Cuando Luis XI de Francia vio a su país agotado por las guerras depredadoras de Inglaterra, compró la paz con Eduardo IV mediante un pago anual de cincuenta mil coronas, que debía abonarse en Londres, y también concedió pensiones a los ministros ingleses. Holinshed y todos nuestros historiadores denominan esto un tributo anual; pero Comines, el escritor francés de memorias, con espíritu nacionalista, niega que esas donaciones fueran pensiones o tributos. “Sin embargo”, dice Bodin, también francés, pero adoptando una indiferencia más filosófica, “debe ser una cosa u otra; aunque confieso que aquellos que reciben una pensión para obtener la paz, suelen alardear de ella como si fuera un tributo”. Tales son las matices de nuestros sentimientos en esta historia de impuestos y tributos. Pero existe otro artificio para dar nombres suaves a cosas duras, ocultando un acto tiránico bajo un término que no provoca ninguna idea desagradable en la imaginación. Antiguamente, en la relajación moral que reinaba en Venecia, se consideró deseable establecer el cargo de censor; se eligieron tres magistrados con ese título. Pero pareció algo demasiado severo y austero en esa ciudad disoluta, por lo que estos reformadores de costumbres se vieron obligados a cambiar su título; ya no se les llamaba censores, sino “I signori sopra il bon vivere della città”, y todos estuvieron de acuerdo en la pertinencia del cargo bajo ese término más suave. El padre Joseph, agente secreto del cardenal Richelieu, fue el inventor de las “lettres de cachet”, disfrazando ese instrumento de despotismo con el término amable de “carta sellada”. La expatriación habría sido misericordiosa en comparación con las consecuencias de esa “carta dulce”, una carta sellada de Su Majestad.

Burke reflexiona con profunda verdad: “La libertad abstracta, como cualquier otra abstracción, no existe. La libertad está inherente a algún objeto sensible; y cada nación ha formado para sí misma algún punto preferido, que, por su importancia, se convierte en el criterio de su felicidad. Sucedió que las grandes luchas por la libertad en este país, desde los tiempos más remotos, giraron principalmente en torno a la cuestión de los impuestos. La mayoría de las disputas en las antiguas repúblicas se centraban fundamentalmente en el derecho a elegir a los magistrados, o…”

Page 257

sobre el equilibrio entre los diversos órdenes del Estado. La cuestión del dinero no era para ellos tan inmediata. Pero en Inglaterra era diferente. Sobre este punto de los impuestos se han empleado las plumas más hábiles y las lenguas más elocuentes; los espíritus más grandes han actuado y sufrido.”127

Un partido afirma ruidosamente que la tributación es su queja, mientras que otro demuestra que la abolición de los impuestos sería su ruina. Los intereses de una gran nación, entre sí, suelen ser contradictorios, y cada uno parece alternativamente predominar y declinar. “El efecto nocivo de la tributación”, observa el señor Hallam, “es el derroche; pero es difícil señalar un límite más allá del cual los impuestos no se soportarían con impaciencia cuando se aplican de manera justa”. En palabras más sencillas, esto solo significa, suponemos, que el partido del señor Hallam nos impondría impuestos sin “derroche”. Ya sea el gobierno o la oposición, cualquiera que sea la administración, se deduce que “la tributación no es tiranía”; el doctor Johnson fue entonces terriblemente difamado en su época por ser “voz y nada más”.

Aun así, la palabra inocente seguirá siendo odiada, y la gente se volverá incluso contra su mejor amigo, quien, al ocupar un cargo gubernamental, impone un nuevo gravamen; como lo demostró el destino del salinero romano. Entre nosotros, nuestro gobierno, en su constitución, si no siempre en su práctica, siempre tuvo en cuenta los sentimientos del pueblo y a menudo procuraba ocultar la naturaleza de sus exigencias bajo nombres engañosos. Una queja enorme durante mucho tiempo fue la función del proveedor. Un proveedor era un funcionario encargado de suministrar todo tipo de provisiones para la casa real y, a veces, para los grandes señores, durante sus desplazamientos o viajes. Su función opresiva, al fijar arbitrariamente los precios del mercado y obligar a los campesinos a llevar sus productos al mercado, pasará a formar parte de la historia de la explotación de la clase trabajadora de la sociedad; un vestigio de la tiranía feudal. El propio título de este funcionario se volvió odioso; y por un decreto de Eduardo III, se ordenó cambiar ese nombre detestable de “proveedor” por “acheteur” o…

Page 258

¡Comprador! Se imaginó que un cambio de nombre ocultaría su verdadera naturaleza. El término empleado con frecuencia contrastaba extrañamente con la cosa en sí misma. Durante mucho tiempo se recaudaron fondos bajo el pretexto de actos de benevolencia. Cuando Eduardo IV se dirigía a Francia, obtuvo, bajo esta aparente solicitud amable, dinero para “el gran viaje”. Después de recorrer casi todo el reino y tratar al pueblo de manera tan generosa que estos eran generosos en sus donaciones, el anciano Fabiano añade: “Esta forma de recaudar dinero pasó a llamarse ‘benevolencia’”. Eduardo IV era cortés según este estilo recién inventado, y además era el recaudador de impuestos más eficiente de su reino. Su presencia real era muy perjudicial para las finanzas de sus súbditos leales, especialmente para las mujeres. En uno de sus viajes, tras besar a una viuda por haber contribuido una suma mayor de la esperada según su condición social, ella se sintió tan feliz por ese honor excepcional que duplicó su donación; pero un segundo beso la arruinó. Durante el reinado posterior de Ricardo III, ese término ya había perdido su inocencia inicial. En el discurso que el duque de Buckingham pronunció desde el púlpito del Guildhall, explicó ese término satisfaciendo a sus oyentes, quienes, incluso entonces, tenían ideas similares a las de hoy en día respecto a lo que ahora llamamos “impuestos”. “Bajo el pretexto engañoso de la benevolencia, como ocurría en tiempos de Eduardo IV, se les quitaban los bienes a las personas contra su voluntad, como si ese término significara que cada persona debía pagar no lo que quisiera, sino lo que el rey exigiera”. O, como dice una nota al margen en la biografía de Ricardo III escrita por Buck, “el término ‘benevolencia’ significaba que cada persona debía pagar no lo que quisiera voluntariamente, sino lo que el rey decidiera exigir”. Ricardo III, cuyo objetivo, como el de todos los usurpadores, era ganarse el apoyo popular, incluso condenó esta “benevolencia” como “una nueva imposición”, y dispuso que “en lo sucesivo nadie fuera gravado con ella; muchas familias habían sido arruinadas por estas supuestas donaciones”. Sin embargo, su sucesor encontró formas de seguir recaudando impuestos.

Page 259

“Una benevolencia”; pero cuando Enrique VIII exigió una, los ciudadanos de Londres apelaron al acta de Ricardo III. El cardenal Wolsey insistió en que no se debía aplicar la ley de un usurpador asesino. Uno de los miembros del Consejo respondió valientemente que “el rey Ricardo, junto con el parlamento, había promulgado muchas leyes buenas”. Incluso entonces, parece que los ciudadanos comprendían el espíritu de nuestra constitución: ¡que los impuestos no deben imponerse sin el consentimiento del parlamento!

Carlos I, en medio de sus urgentes necesidades, al principio esperaba, mediante un patético llamamiento a la benevolencia, conmover los corazones de sus súbditos hostiles; pero el término “benevolencia” resultó ser inútil. Los que se oponían a los impuestos aprovecharon al máximo un significado que ya llevaba tiempo perdido en la práctica cotidiana: afirmaban que todos los cobros de dinero no eran obligatorios, sino donaciones voluntarias del pueblo. En esa crisis política, cuando, en el momento adecuado, todas las quejas nacionales que hasta entonces habían sido reprimidas surgieron al unísono, ese término cortés contrastaba extrañamente con la exigencia brusca. Lord Digby dijo que “conceder subsidios bajo un nombre tan absurdo como ‘benevolencia’ era en realidad maldad”. Y el señor Grimstone observó que “han concedido una benevolencia, pero la naturaleza de la cosa no concuerda con el nombre”. De hecho, la naturaleza de esos subsidios había cambiado por completo en relación con su nombre; así, cuando Jacobo I intentó ganarse el corazón de su pueblo “benevolente”, obtuvo “poco dinero y perdió mucho cariño”. “Los subsidios”, es decir, las ayudas concedidas por el parlamento, según señala Arthur Wilson, un historiador imparcial, “consiguen más dinero del pueblo, pero las exacciones esclavizan la mente”.

Cuando la “benevolencia” se convirtió en motivo de queja, para disminuir el rechazo inventaron frases más atractivas. Se informaba con cautela al interesado de que las sumas solicitadas eran solo préstamos; o se le enviaba una carta sellada con el sello real, un compromiso del rey de devolver el dinero en un plazo determinado; pero con el tiempo esos sellos reales comenzaron a venderse a quienes salían de…

Page 260

iglesia. “Los sellos privados”, dice una carta manuscrita, “vuelan en gran cantidad y de forma evidente para todo el mundo; seguramente habría sido mejor entregarlos a cada persona en privado, en su propia casa”. El préstamo general, que en realidad era un préstamo forzoso, fue una de las quejas más graves durante el reinado de Carlos I. El rey, ingenioso a la hora de destruir su propia popularidad, ideó un nuevo método de “instrucciones secretas para los comisionados”. Estos debían encontrar a personas dispuestas a pagar las tasas más altas. La forma en que los comisionados obtenían esta información secreta e investigativa se puede ver en las torpes disposiciones establecidas. Una de sus órdenes era que, después de hacer varias preguntas a una persona sobre otros que habían hablado en contra del préstamo y qué argumentos habían utilizado, esa persona debía ser acusada en nombre de Su Majestad, bajo juramento de no revelar a nadie más la respuesta que hubiera dado. Es un ejemplo notable de la estupidez de la mente humana cuando un gobierno débil intenta hacer algo que no sabe cómo llevar a cabo: trataba de lograr un objetivo secreto mediante los medios más abiertos y generales… ¡un principio autodestructivo!

Nuestros antepasados eran inexpertos en asuntos financieros; su simplicidad ha sido descrita con demasiada frecuencia como tiranía. Pero, de todo corazón, creo que el consejo que el anciano Burleigh dio a Isabel sobre este oscuro tema de los impuestos contiene más valor que todos los panfletos polémicos de nuestros economistas políticos: “Gana los corazones, y tendrás sus manos y sus bolsillos”.

122 El “Interpreter” de Cowel, artículo Acephali. Este apodo lo encontramos inesperadamente en un antiguo diccionario legal. Probablemente proviene de la descripción que Plinio hizo de un pueblo al que algunos viajeros afirmaron haber encontrado en esa situación, debido al pánico y la prisa por desembarcar en una costa hostil, entre salvajes. Para explicar a este pueblo fabuloso, se ha supuesto que llevaban cubrimientos tan altos que sus cabezas no se veían por encima de los hombros, y que sus ojos parecían estar situados en el pecho. Cómo este nombre llegó a formar parte de las leyes de Enrique I sigue siendo algo que algún erudito especializado debería explicar.

Page 261

La alusión era común en la Edad Media. Cowel dice: «A aquellos se les llamaba acéfalos, que eran los igualitarios de esa época y no reconocían ninguna cabeza ni superior».

123 Vocabulario di Santa Caterina e della Lingua Sanese, 1717. Este léxico mordaz fue prohibido en Roma por voluntad de la corte de Florencia. La historia de esta obra suprimida puede encontrarse en Il Giornale de’ Letterati d’ Italia, tomo xxix. 1410. En la última edición de la “Biblioteca Italiana” de Haym, de 1803, se dice que fue reimpresa en Manila, en las Islas Filipinas. Para los licenciatarios de libros, es una gran oportunidad para conseguirla.

124 Los “Seis libros sobre la comunidad política” de Bodin, traducidos por Richard Knolles, 1606. Una obra llena de conocimientos prácticos sobre política, de la cual el señor Dugald Stewart tiene una alta opinión. Sin embargo, este gran político escribió un volumen para condenar a los que dudaban de la existencia de brujos y hechiceros, a quienes condena a las llamas. Véase su “Demonomanie des Sorciers”, 1593.

125 “Investigación sobre Homero” de Wood, p. 153.

126 “La comunidad política” de Bodin, traducida por R. Knolles, p. 148. 1606.

127 Obras de Burke, vol. I, p. 288.

128 Algunos autores relacionan la palabra moderna “estafador” con este término, que pronto se volvió odioso para la población.

129 Daines Barrington, en “Observaciones sobre los estatutos”, atribuye la nota marginal de Buck a las palabras del duque; ciertamente sirvieron para entretener, mejor que las versiones más verídicas; pero esperamos de un erudito serio una autenticidad inviolable. Barrington presenta al duque como una especie de ingenioso, pero la gracia y originalidad provienen de Buck.

130 Estas “Instrucciones privadas para los comisionados encargados del préstamo general” pueden encontrarse en Rushworth, I, p. 418.

Page 262

EL LIBRO DE LA MUERTE.

A Montaigne le gustaba leer relatos detallados de las muertes de personas destacadas; y, en la sencillez de su corazón, el viejo Montaigne deseaba ser lo suficientemente erudito como para reunir una colección de esas muertes, para observar “sus palabras, sus acciones y qué expresión tenían en ese momento”. Parece que era algo demasiado curioso respecto a las muertes, sin duda por referencia a la suya propia, en la cual ciertamente fue engañado; pues se nos dice que no murió como se había prometido a sí mismo, falleciendo en medio de la adoración de la multitud; o, como lo habría llamado su preceptor Buchanan, en “el acto de idolatría extrema”.

Me han hablado de un volumen impreso en privado, con el título singular de “El Libro de la Muerte”, en el cual un aficionado ha recopilado los piadosos recuerdos de muchos de nuestros hombres ilustres en sus últimos momentos: y podría servir como complemento al pequeño volumen sobre “Los grandes hombres que murieron bromeando”. Temo que esta obra sea monótona; las muertes de los justos deben parecerse entre sí; los eruditos y los elocuentes solo pueden recibir en silencio esa esperanza que aguarda “el pacto de la tumba”. Pero este volumen no establecerá ningún principio decisivo, ya que los justos y los religiosos no siempre enfrentaron la muerte con indiferencia, ni siquiera con serenidad mental.

Las funciones de la mente están relacionadas con las del cuerpo. En la cama de muerte, una enfermedad de quince días puede reducir al más firme a un estado extremadamente miserable; mientras que, por el contrario, el alma lucha, por así decirlo, en tortura, dentro de un cuerpo robusto. Nani, el historiador veneciano, describió con detalle la muerte de Inocencio X, quien era una persona libre de vicios, y quien

Page 263

Murió a una edad avanzada, con una constitución demasiado robusta. Tras una larga y terrible agonía, con gran dolor y sufrimiento, cuando su alma se separó de ese cuerpo robusto, falleció el siete de enero, a los ochenta y un años de edad.

“Después de una larga y terrible agonía, con gran dolor físico y dificultades, su alma se separó de ese cuerpo robusto y falleció a los ochenta y un años.”

Algunos han compuesto sermones sobre la muerte, después de haber pasado muchos años en ansiedad, al borde de la locura, al contemplar su propia muerte. La certeza de una separación inmediata de todas nuestras relaciones humanas puede, incluso en la cama de muerte, perturbar repentinamente la imaginación. El gran médico de nuestros tiempos me contó de un general que solía enfrentarse a las bocas de los cañones, pero que se desplomaba de terror al enterarse de que su enfermedad era rápida y mortal. Algunos han muerto debido a la fuerte imaginación relacionada con la muerte. Existe una impresión de un caballero llevado al patíbulo para ser ejecutado; él miró al verdugo, se cegó y se arrodilló para recibir el golpe. Después de pasar por toda la ceremonia de una ejecución criminal, acompañada de toda su vergüenza, se decidió perdonarle la vida. En lugar del golpe de espada, le vertieron agua fría sobre el cuello. Después de esto, el caballero permaneció inmóvil; descubrieron que había fallecido simplemente debido a la imaginación de la muerte. Estas son algunas de las muchas causas que pueden afectar la mente en el momento de su último trance. Las asociaciones habituales del carácter natural son las más propensas a prevalecer, aunque no siempre. El intrépido mariscal Biron manchó su salida con lágrimas femeninas e idiotismo furioso; el virtuoso Erasmo, entre gemidos miserables, se oía gritar: “¡Domine! ¡Domine! ¡Fac finem! ¡Fac finem!”. Bayle, después de preparar su obra para la imprenta, señaló dónde estaba cuando estaba muriendo. Las últimas palabras que se escucharon decir al lord Chesterfield fueron, cuando el criado abrió las cortinas de la cama y anunció la llegada del señor Dayroles: “¡Denle una silla a Dayroles!”. “Esta buena educación”, observó el difunto doctor Warren, su médico, “solo lo abandona junto con su vida”. Las últimas palabras de Nelson fueron: “Digan a Collingwood que traiga…”.

Page 264

“Diríjanse rápidamente al ancla”. La tranquila grandeza que confería una nueva majestad a Carlos I en el patíbulo se manifestó cuando declaró: “¡No temo a la muerte! La muerte no es algo terrible para mí”. Y la característica amabilidad de sir Thomas More animó sus últimos momentos; al observar la fragilidad del patíbulo, dijo, al subir a él: “Por favor, asegúrense de que suba sano y salvo, y para bajar, déjenme hacerlo yo mismo”. Sir Walter Rawleigh también hizo un chiste similar antes de dirigirse al patíbulo.

Mi ingenioso amigo, el doctor Sherwen, me ha proporcionado las siguientes anécdotas sobre la muerte: En una de las sangrientas batallas libradas por el duque de Enghien, dos nobles franceses quedaron heridos entre los muertos en el campo de batalla. Uno se quejaba fuertemente de sus dolores; el otro, después de un largo silencio, le ofreció consuelo así: “Amigo mío, sea quien sea usted, recuerde que nuestro Dios murió en la cruz, nuestro rey en el patíbulo; y si tiene fuerzas para mirar a quien ahora le habla, verá que le han disparado en ambas piernas”.

Cuando asesinaron al duque de Enghien, la víctima real, al mirar a los soldados que apuntaban con sus armas, dijo: “¡Granaderos! Bajen sus armas, de lo contrario fallarán o solo me herirán”. A dos de ellos que propusieron vendarle los ojos, dijo: “Un soldado leal, que ya ha estado tantas veces expuesto al fuego y a la espada, puede enfrentarse a la muerte con los ojos desnudos y sin miedo”.

Tras una advertencia similar por parte de sir George Lisle o sir Charles Lucas, cuando fueron asesinados de manera similar en Colchester por los soldados de Fairfax, el valiente héroe, en respuesta a sus afirmaciones de que se asegurarían de no fallarle, respondió noblemente: “A menudo me han fallado cuando estaba más cerca de ustedes en el campo de batalla”.

Cuando el gobernador de Cádiz, el marqués de Solano, fue asesinado por ciudadanos enfurecidos y equivocados, a uno de sus asesinos, que había…

Page 265

Una lanza le atravesó la espalda; él se volvió con calma y dijo: “Cobarde, atacar ahí… ¡Acércate si te atreves a enfrentarte a mí y destruirme!”

Abernethy, en sus “Conferencias fisiológicas”, observó ingeniosamente que “Shakespeare ha representado a Mercucio continuando bromeando, aunque era consciente de estar mortalmente herido; al moribundo Hotspur, pensando únicamente en el honor; y al agonizante Falstaff, todavía haciendo bromas sobre la nariz de Bardolph. Si se prestara atención adecuada a tales hechos, nos llevarían a ser más indulgentes con el comportamiento de los demás, en ciertas circunstancias, de lo que estamos acostumbrados a hacer”. La verdad parece ser que, siempre que las funciones de la mente no se ven perturbadas por “las funciones nerviosas de los órganos digestivos”, el carácter personal predomina incluso en la muerte, y sus asociaciones habituales persisten hasta los últimos momentos. Muchas personas religiosas pueden haber muerto sin mostrar en sus últimos instantes ninguno de esos actos externos ni utilizar esas expresiones fervorosas que el compilador de “El Libro de la Muerte” solo se dignaría a registrar; su esperanza no se concentra en su última hora.

Sin embargo, muchos han disfrutado anticipadamente de la muerte, mucho antes de morir, y han puesto ante sus ojos todo lo relacionado con la mortalidad. Los horrores de un cementerio son el escenario de su placer. Las “Meditaciones de medianoche” de Quarles precedieron en un siglo a “Pensamientos nocturnos” de Young, y ambos poetas amaban el terror sobrenatural.

“Si tengo que morir, me aferraré a todo aquello que pueda recordarme mi último aliento; cabezas de muerte, tumbas, campanas fúnebres, tumbas oscuras… Todo esto traerá a mi alma pensamientos útiles sobre la muerte, de modo que este rey negro del miedo no pueda sorprenderme por sorpresa.” —Quarles.

Page 266

Pero puede ser dudoso que los pensamientos sobre la muerte sean útiles, siempre y cuando impidan al hombre gozar de sus facultades. Young siguió el plan de Quarles: creó alrededor de sí mismo una emoción artificial relacionada con la muerte; oscureció su estudio, colocando un cráneo sobre su mesa bajo la luz de la lámpara; así como el Dr. Donne hizo que le tomaran un retrato, primero cubriéndose la cabeza con una sábana y cerrando los ojos; mantuvo esa imagen melancólica junto a su cama durante toda su vida, para recordarle su mortalidad133. Incluso en su jardín, Young tenía sus propias representaciones de la muerte: al final de un sendero se veía un asiento de admirable efecto de claroscuro; al acercarse, solo se veía una superficie pintada, con una inscripción que aludía al engaño de las cosas de este mundo. Mirar “el espejo que no halaga”; descubrirnos únicamente como un esqueleto, con la horrible vida de la corrupción a nuestro alrededor, ha sido una de esas invenciones penitenciales que a menudo terminaron por agitar a los inocentes con dolores propios solo de los condenados134. Sin referirme a esos numerosos testimonios, los diarios de los fanáticos, ofreceré una imagen de una dama distinguida e inocente, a través de una transcripción curiosa y sincera que dejó de su mente extremadamente sensible; quizás el terror sobrenatural por la muerte aceleró su fallecimiento prematuro.

De “Reliquiæ Gethinianæ”135, cito algunas de las ideas de Lady Gethin sobre “la Muerte”: “Los mismos pensamientos sobre la muerte perturban la razón; y aunque un hombre pueda tener muchas cualidades excelentes, puede tener la debilidad de no poder controlar sus sentimientos. Nada es peor para la salud que temer a la muerte. Hay algunos tan sabios que ni la odian ni la temen; pero yo, personalmente, siento aversión hacia ella; y con razón; porque es algo imprudente e irresponsable, que siempre llega antes de lo esperado; siempre llega en el momento inoportuno, separa a los amigos, destruye la belleza, se burla de la juventud y extiende un velo oscuro sobre todos los placeres de la vida. Este terrible mal es solo un mal momentáneo, algo que de ninguna manera podemos evitar; y eso es lo que lo hace tan terrible para mí; porque si fuera incierto, la esperanza podría disminuir algo…”

Page 267

Forma parte del miedo; pero cuando pienso que debo morir, y que puedo morir en cualquier momento, y además de mil maneras diferentes, estoy tan aterrorizada que usted no puede imaginárselo. Veo peligros donde quizás nunca los hubo. Estoy convencida de que es agradable tener cierta falta de aprensión en este caso; y sin embargo, la mejor manera de curar la preocupación por los pensamientos sobre la muerte es pensar en ella lo menos posible”. Continúa enumerando los terrores de quienes temen a la muerte, quienes “no pueden disfrutar en los lugares más agradables, y aunque no se encuentren ni en el mar, ni en un río, ni en un arroyo, sino sanos y salvos en su habitación, están tan condicionados por el miedo a morir que no lo miden solo por los peligros presentes que nos acechan. ¿Acaso no es mejor someterse a Dios? Pero algunas personas no pueden hacerlo como quisieran; y aunque no carecen de razón, y saben que son culpables, al mismo tiempo que su razón los condena, su imaginación hace que sus corazones sientan lo que le place”.

Así es el retrato de una mente ingeniosa y religiosa, dibujado por una mujer amable que, evidentemente, vivió siempre con miedo a la muerte. El esqueleto gótico siempre rondaba su imaginación. En el Dr. Johnson, el mismo horror era provocado por los pensamientos sobre la muerte. Cuando Boswell, en una conversación, atacó a Johnson sobre este tema, preguntándole si no podríamos fortalecer nuestras mentes para enfrentar la muerte, él respondió con pasión: “¡No, señor! Déjelo estar. No importa cómo muera un hombre, sino cómo vive. El arte de morir no es importante, dura tan poco tiempo”. Pero cuando Boswell insistió en la conversación, Johnson se puso en un estado de tal agitación que gritó: “¡No nos dé más de esto!”, y además le dijo severamente al filósofo tembloroso y demasiado curioso: “¡No nos veamos mañana!”.

Puede ser una pregunta si aquellos que, mediante su comportamiento preparatorio, han dado la impresión de mostrar la mayor indiferencia hacia la muerte, en realidad no han revelado el arte más curioso para disfrazar sus terrores. Algunos han inventado…

Page 268

Un modo de escapar de la vida en medio del disfrute social. Se ha registrado una preparación funeraria de este tipo para un hombre amable, Moncriff, autor de “Histoire des Chats” y “L’Art de Plaire”, por parte de su amigo literario La Place, quien fue actor y también historiador de esa singular narrativa. Una mañana, La Place recibió una nota de Moncriff en la que le pedía que “elegiera de inmediato una docena de volúmenes que pudieran entretenerlo y que sirvieran para alejar al lector de los pensamientos melancólicos”. La Place se sorprendió ante esa petición inusual y corrió hacia su viejo amigo, a quien encontró profundamente ocupado midiéndose para una nueva peluca y una bata de dormir de tela fina, instándole con insistencia a darse prisa. “¡Cierra la puerta!”, dijo Moncriff al ver la sorpresa de su amigo. “Y ahora que estamos solos, te confío mi secreto: al levantarme esta mañana, mi criado, mientras me vestía, me mostró en esta pierna esta mancha oscura; desde ese momento supe que estaba ‘condenado a muerte’, pero tuve suficiente serenidad como para no delatarme”. “¿Puede una mente tan organizada como la tuya pensar que algo tan insignificante sea una sentencia de muerte?”, preguntó La Place. “¡No hables tan alto, amigo mío! O mejor, ten la amabilidad de escucharme un momento. A mi edad es fatal. El sistema gracias al cual he disfrutado de una larga vida ha sido este: cada vez que nos ocurre algún mal, ya sea moral o físico, si existe un remedio, hay que sacrificarlo todo para librarnos de él; pero en caso contrario, prefiero no luchar contra el destino ni comenzar con quejas interminables e inútiles. Todo lo que te pido, amigo mío, es que me ayudes a pasar los pocos días que me quedan sin preocupaciones, ya que de otro modo podrían ser demasiado afectados por ellas. Pero no pienses”, añadió con calidez, “que pretendo eludir los deberes religiosos de un ciudadano, que tantos hoy en día tienden a despreciar. El buen y virtuoso párroco de mi parroquia vendrá aquí bajo el pretexto de una contribución anual, e incluso he ordenado a mi médico, en quien puedo confiar, que venga también. Aquí tienes una lista de diez o doce personas, queridos amigos, la mayoría de las cuales ya conoces. Les escribiré esta tarde para contarles sobre mi condena; pero si ellos quieren que yo…”

Page 269

Vivos, me harán el favor de reunirse aquí a las cinco de la tarde, donde podrán estar seguros de encontrar todos esos objetos de entretenimiento, que yo estudiaré para descubrir aquellos adecuados a sus gustos. Y tú, mi viejo amigo, junto con mi médico, sois los dos en quienes más confío.

La Place se vio profundamente afectado por este ruego; ni Sócrates, ni Cato, ni Séneca miraron con mayor serenidad la llegada de la muerte.

“¡Familiarízate pronto con la muerte!”, dijo el buen anciano sonriendo. “¡Solo es terrible para aquellos que la temen!”

Durante diez días, que fueron los restantes de la vida de Moncriff, su apartamento estuvo abierto a sus amigos, entre los cuales había varias damas; se jugaban todo tipo de juegos hasta las nueve de la noche; y para que las penas del anfitrión no perturbaran a sus invitados, él jugaba al chouette, su juego favorito de picquet; una cena, amenizada con el ingenio del anfitrión, concluía a las once. En la décima noche, al despedirse de su amigo, Moncriff le susurró: “Adiós, amigo mío. Mañana por la mañana te devolveré tus libros”. Murió, como había previsto, al día siguiente.

A veces he pensado que podríamos elaborar una historia de este miedo a la muerte, trazando las primeras apariciones del esqueleto que habita nuestra imaginación funeraria. En la historia moderna de la humanidad podríamos descubrir contrastes muy marcados en la concepción de la muerte que tenían los hombres en diferentes épocas. El siguiente artículo ofrecerá un esbozo de este tipo.

131 A estos se puede añadir a la reina Ana Bolena. Kingston, el teniente de la Torre, en una carta dirigida a Cromwell, relata que ella comentó sobre su propia ejecución: “‘He oído decir que el verdugo era muy bueno, y yo tengo el cuello muy fino’; y se puso las manos alrededor de él, riendo a carcajadas. En verdad, esta dama encuentra gran alegría y placer en la muerte”.

132 “Blacks” era el término utilizado para referirse al luto en la época de Jacobo I y Carlos I.

Page 270

133 Fue a partir de esta imagen como se construyó su efigie de piedra para su tumba en la antigua Santa Paul’s. Esta figura mutilada, que sobrevivió al gran incendio de Londres, se conserva aún en la cripta de la catedral actual.

134 Una forma aún más curiosa de este gusto por los monumentos funerarios surgió en la corte de Enrique II de Francia; cuya amante, Diana de Poitiers, al ser viuda, hizo que los colores del luto, negro y blanco, se convirtieran en la moda en la corte. Se usaban relojes en forma de cráneos; joyas y colgantes en forma de ataúdes; y anillos decorados con cráneos y esqueletos.

135 Mi descubrimiento sobre la naturaleza de este volumen tan raro, sobre qué es original y qué fue recopilado, se encontrará en el volumen II de esta obra.

HISTORIA DEL ESQUELETO DE LA MUERTE.

¡Eutanasia! ¡Eutanasia! ¡Una muerte fácil!, era el grito de Augusto; eso era lo que disfrutaba Antonino Pío; y es eso por lo que todo hombre sabio rezará, dijo Lord Orrery, quizás mientras contemplaba el final de la vida de Swift.

Los antiguos contemplaban la muerte sin terror y la enfrentaban con indiferencia. Era la única deidad a la que nunca sacrificaban, convencidos de que ningún ser humano podía evitar su golpe. Erigían altares a la fiebre, a la desgracia, a todos los males de la vida; porque estos podían cambiar. Pero aunque no buscaban la presencia de la muerte bajo ninguna forma, reconocían su tranquilidad; y en las hermosas fábulas de su literatura alegórica…

Page 271

La religión: La Muerte era hija de la Noche y hermana del Sueño; siempre la compañera de los desdichados. A ese sueño eterno de la muerte dedicaban sus monumentos funerarios: Æternali somno. Si la luz plena de la revelación aún no había iluminado a esos pueblos, es difícil negar que tuvieran alguna vislumbre, algún atisbo de la vida futura, a través de las numerosas invenciones alegóricas que describen la transmigración del alma. Una mariposa en el extremo de una lámpara apagada, sostenida por el mensajero de los dioses que miraba fijamente hacia arriba, simbolizaba la dedicación de ese alma; el Amor, con aire melancólico, con las piernas cruzadas y apoyado en una antorcha invertida, cuya llama se apagaba así naturalmente, representaba elegantemente el fin de la vida humana; una rosa esculpida en un sarcófago, o los emblemas de la vida epicúrea trazados sobre él, además de un cráneo rodeado de una guirnalda de flores, como las que usaban en sus reuniones sociales, una jarra de vino, una patera y los pequeños huesos utilizados como dados: todos estos símbolos eran alusiones indirectas a la muerte, que ocultaban sus dolorosos recuerdos. No contaminaban su imaginación con las imágenes de un lugar de entierro. Los sarcófagos de los antiguos nos recuerdan más bien la actividad de la vida; están esculpidos con escenas de batallas o juegos, en bajorrelieve. Es una especie de homenaje tierno a los muertos, observa Madame de Staël, con su particular refinamiento de pensamiento.

Parece que los romanos incluso sentían aversión por mencionar la muerte de forma directa, ya que disfrazaban su nombre con ciertas perífrasis, como “discessit e vita”, “se ha ido de la vida”. No decían que su amigo había muerto, sino que había vivido: vixit. En las crónicas en latín antiguo, e incluso en los Fœdera y otros documentos de la Edad Media, encontramos la misma delicadeza al usar la palabra fatal “muerte”, especialmente cuando se refería a reyes y personas importantes. “Transire à Sæculo—Vitam suam mutare—Si quid de eo humanitùs contigerit, &c.” Debo este comentario al señor Merivale. Incluso entre pueblos menos refinados, se evitaba cuidadosamente la idea intrusiva de la muerte: se cuenta que cuando el emperador de Marruecos pregunta por alguien que acaba de morir, va en contra de las normas de etiqueta…

Page 272

Mencione la palabra “muerte”; la respuesta es “¡Su destino está cerrado!”. Pero esta ternura solo se reserva para “los elegidos” de los musulmanes. La muerte de un judío se expresa de manera directa: “¡Está muerto, señor! Pido su perdón por mencionar a un ser tan despreciable”, es decir, a un judío. La muerte de un cristiano se describe como “¡El infiel está muerto!”, o “¡El engañado está muerto!”.

Los artistas antiguos rara vez intentaron personificar a la Muerte, de modo que no hemos encontrado ni una sola imagen repugnante de este tipo en todas las obras de la antigüedad. Parece haber sido un sentimiento universal el querer ocultar su deformidad a la vista y evitar que suscitara asociaciones negativas en la mente; esto estaba en consonancia con un principio fundamental del arte antiguo: nunca permitir que las pasiones violentas causaran distorsiones en la representación de las formas. Esto se puede observar en Laocoonte, donde la boca solo se abre lo suficiente para indicar la agonía reprimida de un ser humano noble, sin expresar el grito agudo del sufrimiento vulgar. Pausanias consideraba que la personificación de la muerte era una figura femenina, cuyos dientes y uñas largas y torcidas estaban grabados en un ataúd de cedro que contenía el cuerpo de Cípselo; sin duda, esta mujer era solo una de las Parcas, o las Fuerzas del Destino, “encargadas de cortar el hilo de la vida”. Hesíodo describe a Átropos como alguien con dientes afilados y uñas largas, lista para desgarrar y devorar a los muertos; pero esta imagen pertenece a una época bárbara. Catulo se atrevió a personificar a las Hermanas del Destino como tres figuras parecidas a Crones; “pero, en general”, observa Winkelmann, “son representadas como vírgenes hermosas, con cabezas aladas, una de las cuales siempre está en posición de escribir en un pergamino”. Para el artista antiguo, la Muerte no era más que una entidad inexistente. ¿Podría él representar algo que no existe? ¿Podría dar vida a algo que se encuentra en un estado de eterna tranquilidad? Las únicas imágenes que podía crear eran aquellas que reflejaban el descanso y la tristeza suave, para indicar el estado de la muerte. Incluso los términos que las diferentes naciones utilizaban para designar los lugares de entierro no estaban relacionados con emociones de horror. Los griegos llamaban a los cementerios con el término tranquilizador de Cœmeterion, o “lugar de descanso”; los judíos, que no tenían temores relacionados con la tumba, los llamaban Beth-haim, o “el…”.

Page 273

“Casa de los vivos”; los alemanes, con su simplicidad religiosa, la llamaban “el campo de Dios”.
Las Escrituras solo mencionaban a ese ser celestial como “el Ángel de la Muerte”: elegante, solemne y sagrado.

¿De dónde provino entonces ese esqueleto que evoca tantas ideas falsas y funerarias, y que durante tanto tiempo ha servido como imagen de la muerte para nosotros?

Cuando la religión cristiana se extendió por Europa, el mundo cambió. La certeza de un estado de existencia futura, por medio de las artimañas de hombres malvados, asustó en lugar de consolar a la naturaleza humana. En cuanto a la resurrección, la multitud ignorante parecía temer más bien el castigo que esperar una recompensa. El fundador del cristianismo difundía por todas partes la idea de la bondad de los sentimientos sociales. Era a “Nuestro Padre” a quien dirigía sus palabras.

Los horrores con los que posteriormente se disfrazó el cristianismo surgieron de las corrupciones dentro de esa religión, entre aquellos ascetas locos que, interpretando erróneamente “la Palabra de Vida”, pisoteaban la naturaleza. Creían que, para asegurar una existencia en el otro mundo, era necesario no existir en aquel en el que Dios los había colocado. El dominio de la humanidad cayó en manos de esos monjes autoritarios, cuyas artimañas se basaban en los terrores de los “emperadores y reyes” ignorantes e hipocondríacos. La escena se oscureció aún más debido a las penitencias, las peregrinaciones, las vigilias de medianoche, los santuarios milagrosos y las flagelaciones sangrientas. Los fantasmas aparecían en medio de esas tinieblas; millones de misas aumentaban su influencia sobrenatural.

En medio de esta oscuridad general en Europa, sus imaginaciones perturbadas solían predecir el fin del mundo. Fue en ese período cuando vieron por primera vez cómo la tumba se abría, y cómo la Muerte, en su forma gótica de anatomía demacrada, recorría el universo. La gente se asustaba al ver, por todas partes, en el crepúsculo de sus catedrales y sus “clausuras pálidas”, los símbolos más repugnantes de la muerte. Esos símbolos asustaban al viajero que cruzaba los puentes, y miraban fijamente al pecador…

Page 274

Esculturas de su mesa y silla; el espectro se movía entre las cortinas del apartamento; estaba en la hornacina, y era la imagen de su salón; estaba grabado en sus anillos, mientras que el iluminador sombreaba al fantasma esquelético en los márgenes de sus “Horæ”, sus libros de enseñanza básica y sus breviarios. Su gusto bárbaro no percibía ninguna absurdez en dar vida a un montón de huesos secos, que solo podían permanecer juntos en un estado de inmovilidad y reposo; ni tampoco que se estuviera burlando de la terrible idea de la resurrección, al mostrar al espíritu incorruptible bajo la figura antinatural y ridícula de la mortalidad, surgida de la corrupción de la tumba.

Una anécdota de esos tiempos monásticos ha sido conservada por el anciano Gerard Leigh; y como las historias antiguas se realzan mejor con palabras antiguas, ¡hable Gerard! “El gran emperador Maximiliano llegó a un monasterio en Alta Alemania; los monjes habían hecho pintar de forma muy detallada el esqueleto de un hombre, al que llamaban ‘La Muerte’. Después de contemplarlo durante un rato, el emperador llamó a su pintor y le ordenó borrar el esqueleto y pintar en su lugar la imagen de un necio. El abad, suplicándole humildemente que hiciera lo contrario, dijo: ‘¡Era un buen recuerdo!’ —‘No’, respondió el emperador, ‘así como los parásitos que atormentan el cuerpo humano aparecen sin previo aviso, así ocurre la muerte; aquí no es más que una imagen falsa, mientras que la vida es algo real, siempre y cuando sepamos merecerla’”. La verdadera mentalidad de Maximiliano el Grande se caracteriza por esta curiosa historia sobre cómo convirtió nuestro símbolo de la muerte en un necio de colores vivos; tales alusiones satíricas a la locura de aquellos que persistían en su concepción del esqueleto no eran algo inusual entre los artistas de esa época; encontramos la figura de un necio sentado de forma graciosa entre las piernas de uno de esos esqueletos.

Esta historia está relacionada con un hecho importante. Después de haber aterrorizado con éxito a la gente con esa imagen del esqueleto, se produjo una reacción en los sentimientos del público, ya que ahora el esqueleto pasó a ser utilizado como…

Page 275

medio para transmitir las nociones más facéticas, satíricas y burlescas de la vida humana. La muerte, que durante tanto tiempo había atormentado su imaginación, se convirtió de repente en un tema fértil en humor grosero. Los italianos estaban demasiado acostumbrados al estudio de lo bello como para permitir que su lápiz se dedicara a deformidades; pero el gusto gótico de los artistas alemanes, que solo podían copiar su propia naturaleza vulgar, disfrutaba dándole pasiones humanas a la fisonomía horrible de un cráneo sin nariz; poniendo en su cavidad hueca un ojo de burla o maldad, y estirando esa anatomía demacrada en posturas al estilo de Hogarth; y para llevar lo ridículo a su extremo, a esta criatura imaginaria, sacada del osario, se la representaba bailando. Esta mezcla de lo grotesco con la imagen más repugnante de la mortalidad es lo más singular de esta historia del esqueleto, e incluso de la propia naturaleza humana.

“La Danza de la Muerte”, erróneamente considerada obra de Holbein, junto con otras danzas similares, aunque tratadas de manera diferente, tienen un tema común: se pintaban en las arcadas de los cementerios, en los ayuntamientos o en las plazas. El tema suele ser “el esqueleto” llevando a todos los estratos sociales hacia la tumba, representado según la naturaleza y con el traje típico de la época. Este invento abrió un nuevo campo para el genio; y cuando podemos olvidar por un momento su elección desafortunada de ese héroe huesudo y sin sangre, que para entretenernos mediante diversas acciones se convierte en una especie de horrible arlequín en estas escenas pantomímicas, podemos deleitarnos con los numerosos personajes humanos que se nos presentan de forma tan vívida. Se cree que el origen de este invento extraordinario fue una fiesta popular o mascarada religiosa ideada por el clero, quien en aquellas épocas del cristianismo bárbaro siempre consideró necesario entretener, además de asustar, a la población; circunstancia bien conocida por haber ocurrido en muchos otros festivales grotescos y licenciosos que permitían a la gente celebrar. La práctica de bailar en iglesias y patios eclesiásticos fue prohibida por varios consejos; pero resultó conveniente en aquellos tiempos primitivos. Parece probable

Page 276

Que el clero ideó este baile, por ser más decoroso y no carecer de emociones morales y religiosas. Esta representación se llevaba a cabo en las iglesias, donde los personajes principales de la sociedad participaban en una especie de máscara, mezclándose en un baile general, durante el cual cada uno, a su turno, desaparecía del escenario para mostrar cómo morían uno tras otro. El tema era a la vez poético y ético; y los poetas y pintores de Alemania, adoptando la imagen del esqueleto, crearon este Ulises quimérico de otro mundo para que deambulara entre los hombres y costumbres de su propio tiempo. Se compuso un poema popular, atribuido a alguien llamado Macaber, nombre que parece ser una corrupción de San Macaire; la versión galo antigua, reformada, sigue imprimiéndose en Troyes, Francia, con las antiguas xilografías, bajo el título de “La Grande Danse Macabre des Hommes et des Femmes”. “Todten Tanz” de Merian, o “El baile de los muertos”, es un curioso conjunto de grabados de un Baile de la Muerte extraído de una pintura antigua, que creo que no está del todo dañada, en un cementerio de Basilea, Suiza. Fue encargado su pintura por un consejo celebrado allí durante muchos años, con el fin de conmemorar la mortalidad causada por una plaga en 1439. El carácter predominante de todas estas obras es, sin duda, grotesco y ridículo; sin embargo, ni siquiera el genio más bárbaro pudo abstenerse, en este amplio tema de la vida humana, de inventar escenas a menudo concebidas con gran delicadeza e incluso con gran patetismo. Así es la pareja recién casada, a quien la Muerte conduce, tocando un tambor; y en el éxtasis de ese momento, la novia parece, con una mirada melancólica, no ser insensible a su presencia; o se ve a la Muerte saliendo de la cabaña de la pobre viuda con su hijo más pequeño, quien agita tristemente la mano, mientras la madre y la hermana responden en vano; o el anciano, a quien la Muerte toca el salterio, parece ansioso porque sus dedos marchitos toquen nuevamente las cuerdas, mientras es llevado consigo en calma y tranquilidad. Sin embargo, la mayor parte de estos temas relacionados con la muerte son ridículos; y cabe preguntarse si los espectadores de estos Bailes de la Muerte no encontraban su diversión más estimulada que sus emociones religiosas.

Page 277

Aunque la gente estaba ignorante y aterrorizada al ver el esqueleto, incluso la más grosera simplicidad no podía dejar de reírse de algunas de aquellas escenas domésticas y personas familiares extraídas de entre ellos mismos. El esqueleto, siendo lo que es, en la creación del genio, gesticula y imita, mientras que incluso su horrible cráneo se ve obligado a expresar todo tipo de caracteres diferentes; el resultado es difícil de describir, pues al mismo tiempo nos divertimos y nos disgustamos ante tanto genio basado en tanta barbarie.140

Cuando el artista logró transmitir al ojo las ideas más ridículas sobre la muerte, los poetas también descubrieron en ella una fuente fértil para el burlesco. El curioso coleccionista conoce muchos volúmenes en los que los temas más extraordinarios se han combinado con este asunto. Hicieron que el cuerpo y el alma debatieran entre sí, y se burlaron de las quejas de un alma condenada. La mayor parte de los poetas de esa época siempre componían sobre el tema de la Muerte en sus obras humorísticas.141 Tales registros históricos de la mentalidad pública han sido rara vez tomados en consideración por los historiadores, ocupados en los acontecimientos políticos.

De una obra de esta naturaleza, uno de los favoritos del público durante mucho tiempo fue el titulado “Le faut mourir, et les Excuses Inutiles qu’on apporte à cette Necessité; Le tout en vers burlesques, 1658”. Su autor era Jacques Jacques, canónigo de Ambrun, quien decía de sí mismo de forma humorística que expresaba sus pensamientos tal como le venían a la mente, sin disimulos: “¡Pues no tengo nada doble aparte de mi nombre! Te digo algunas de las verdades más importantes riendo; es para que tú las pienses seriamente”. Este pequeño volumen me fue conseguido con cierta dificultad en Francia; y se considera uno de los más felices de esta clase de poemas sobre la muerte, de los cuales no conozco ninguno en nuestra literatura.

Nuestro canónigo de Ambrun, con rimas jocosas y la ingenuidad en la expresión propia de su época, además de un estilo idiomático fatal para un traductor, sobresale en lo que respecta a la gracia; su orgulloso héroe se digna a mantener…

Page 278

Diálogos divertidos con todas las clases sociales, y le gusta confundir sus “excusas inútiles”. Los hombres más miserables, los esclavos de las galeras, los mendigos, todos huirían al verlo aparecer. “Si no fuera absoluto sobre ellos”, exclama la Muerte, “me confundirían con sus largos discursos; pero tengo asuntos que atender y debo seguir mi camino”. Sus rimas geográficas son graciosas.

Lo que hice en África, lo hago igualmente en América;
Se le llama mundo nuevo,
Pero no son más que bridas para terneros.
Para mí no existe tierra nueva;
Voy a todas partes sin que nadie me llame.
Mi brazo siempre ha mandado
En el país de Canadá;
Siempre he tenido bajo control
A Virginia y Florida,
Y he dado una buena lección
A los franceses del fuerte de Kebec.
Cuando quiero, me burlo de los incas y de los reyes de México;
Y les demuestro a los nuevos granadinos
Que son unos locos y bromistas.
Todos saben bien cómo domino
A los de Brasil y de la Pampa,
Así como a los Taupinembous…
En resumen, les muestro a todos
Que todo lo que nace en la naturaleza
Debe someterse a mi voluntad.

Page 279

Los empleos perpetuos de la Muerte demuestran una gran inventiva, junto con una facilidad para el humor.

También voy clasificando:
el consejero y el sargento,
el noble y el pastor,
el burgués y el panadero,
la señora y la criada,
la sobrina y la tía;
el señor abad, su monje,
el pequeño escribano y el canónigo.
Sin elegir, incluyo en mi botín
al maestro Claude, al maestro Martin,
a la dama Luce, a la dama Perrette, etc.
Tomo a uno mientras llora;
a otro, por el contrario, en el momento en que ríe excesivamente;
le doy el golpe que lo destruye.
Tomo a uno mientras se levanta;
al otro, cuando se acuesta, se lo quito.
Tomo al enfermo y al sano:
a uno hoy, al otro mañana.
A uno lo sorprendo en su cama;
al otro, estudiando, mientras lee.
A uno lo sorprendo con el estómago lleno;
al otro, llevándolo por el hambre.
Apto a uno mientras reza;
al otro, mientras niega.
Apto a uno en la taberna,
entre el vino blanco y el vino claro.

Page 280

El otro, que en su oratorio rinde honor y gloria a su Dios: a uno lo sorprendo mientras reza, el día en que se casa con su esposa; al otro, el día en que, lleno de tristeza, ve el cadáver en el ataúd. Uno a pie y el otro a caballo: uno jugando y el otro en el baile. Uno comiendo y el otro bebiendo; uno pagando y el otro debiendo. Uno en verano, cuando cosecha; el otro en otoño, durante la vendimia. Uno gritando por almanaques nuevos… Otro pidiendo limosna; el otro, en el momento en que la da. Tomo al buen maestro Clemente, en el momento en que se somete a un lavamiento intestinal; y tomo a la dama Catalina, el día en que toma medicinas.

Este velo de alegría del antiguo canon de Ambrosio oculta pensamientos más profundos y filosóficos que el modo singular de abordar un tema tan solemne. Él ha introducido muchas escenas de la vida humana que siguen siendo interesantes; se dirige tanto al “testa de triple corona” como al “prisionero de galeras”, quien exclama: “Déjenme vivir entre mis cadenas”. También se dirige al “mendigo”, al “burgués”, al “canónigo”, al “pobre soldado”, al “médico”. En resumen, se muestran todos los estratos sociales, como en todas las “Danzas de la Muerte”. Pero nuestro objetivo al señalar estas pinturas y poemas burlescos es mostrar que, después de que los godos monásticos sembraran en Europa una atmósfera general de melancolía y tribulación, dieron origen a ese esqueleto tétrico de la muerte.

Page 281

lo cual sigue aterrorizando la imaginación de muchos; la población experimentó una reacción emocional y, al final, llegó a reírse del sombrío espectro que durante tanto tiempo los había aterrorizado.

136 Montfaucon, “L’Antiquité Expliquée”, i. 362.

137 Entre los egipcios existía una representación de la Muerte en forma de esqueleto: prevalecía una costumbre más singular que bárbara, consistente en encerrar un esqueleto de exquisita elaboración en un pequeño ataúd, que el portador llevaba consigo durante las fiestas, diciendo: “Después de la muerte te parecerás a esta figura: ¡bebe, entonces, y sé feliz!”. El símbolo de la Muerte en una reunión social no tenía como objetivo provocar ideas tétricas o sombrías, sino recordar la brevedad de la vida humana.

138 “The Accidence of Armorie”, p. 199.

139 Una xilografía conservada en el Bibliographical Decameron del Sr. Dibdin, i. 35.

140 Mi muy lamentado amigo, el difunto Sr. Douce, ha expuesto los conocimientos más curiosos sobre este singular tema, “La Danza de la Muerte”. Este erudito investigador ha reducido lo macabro a una simple nulidad, pero no “La Danza Macabra”, que ha sido pintada con frecuencia. La edición del Sr. Douce va acompañada de un conjunto de xilografías que han copiado con éxito los exquisitos originales del xilógrafo de Lyon.

141 Goujet, “Bib. Françoise”, vol. x. 185.

142 Según Cotgrave, Tablature d’un luth se refiere al vientre de un laúd, lo que significa “¡Todo en la naturaleza debe bailar a mi música!”.

Page 282

LOS BIOGRAFOS RIVALES DE HEYLIN.

Peter Heylin fue uno de los escritores más populares de su época, al igual que Fuller y Howell, quienes, dedicando sus plumas ingeniosas a temas que interesaban profundamente a su ajetreada época, no serán desatendidos por los curiosos.143 Hemos sobrevivido casi a su divinidad, pero no a su política. Las absurdidades metafísicas son malas hierbas exuberantes que deben ser cortadas con la guadaña del Tiempo; pero las grandes pasiones que nacen del árbol de la vida siguen “creciendo junto con nosotros”.

Existen dos biografías de nuestro Heylin, lo cual dio lugar a una disputa literaria de carácter extraordinario; y, a lo largo de su historia secreta, todos los sentimientos relacionados con la rivalidad entre autores salieron a la luz.

Heylin murió en 1662. El Dr. Barnard, su yerno y erudito, comunicó un esbozo de la vida del autor para que se incluyera como prefacio a un volumen póstumo, cuyo editor era el hijo de Heylin. Esta biografía fue publicada por el hijo, pero de forma anónima, lo cual quizás no satisfizo al autor, es decir, al yerno.144

Veinte años después, en 1682, apareció “La vida del Dr. Peter Heylin, de George Vernon”. El autor, al referirse a la biografía anterior incluida como prefacio al volumen póstumo, afirmó que, al tomar algo de Barnard, este también “extrajo pasajes de mis documentos, tanto las palabras como el contenido, cuando los tuvo en su poder, como cualquier lector podrá comprobar si se toma la molestia de comparar la biografía publicada ahora con lo que existe antes de la Keimalea Ecclesiastica”; ese título curioso y pedante, al estilo de la época, del volumen póstumo.

Esta acusación contundente parecía estar respaldada por una dedicatoria dirigida al hijo y al sobrino de Heylin. Indignado, Barnard pronto elaboró una biografía más completa, a la que añadió como prefacio “Un texto necesario”.

Page 283

“Vindicación”. Se trata de una crítica severa contra Vernon, ese favorito literario al que los Heylin preferían en lugar de a su pariente erudito.145 El rencor familiar, largo tiempo reprimido, así como las humillaciones derivadas del orgullo literario, después de veinte años de quejas ocultas, estallaron finalmente; las palabras hirientes y las invectivas agudas volaron por todas partes; toda la lava de la venganza de un autor, provocada por la elección de un rival inferior.

Parece que Vernon fue elegido por el hijo de Heylin, en lugar de su cuñado, el Dr. Barnard, debido a algún desacuerdo familiar. Barnard nos cuenta, al describir a Vernon, que “nadie más que él mismo, que ignoraba por completo al doctor y todas las circunstancias de su vida, habría aceptado tal tarea, que nunca estuvo destinada originalmente para él, sino debido a algunas diferencias desafortunadas, como suele ocurrir en las familias; y él, que ama meter su remo en aguas turbulentas en lugar de calmarlas, las ha hecho aún más profundas”.

Barnard relata su historia de manera sencilla. El hijo de Heylin quería que se incluyera una biografía más detallada de su padre al principio de sus obras. El Dr. Barnard, debido al gran respeto que sentía por su suegro, se ofreció a contribuir con esa biografía. Se celebraron muchas reuniones, y el hijo le encomendó varios documentos. Pero de repente, más por capricho que por juicio, decidió que George Vernon valía más que John Barnard. El doctor pretende describir su rechazo con la mayor indiferencia posible. Nos dice: “Estaba satisfecho y esperé pacientemente la publicación de la obra, no solo término tras término, sino año tras año; era un tiempo muy largo para un texto de ese tipo. Pero al final, en lugar de la biografía, recibí una carta de un librero de Londres, que vivía en la casa llamada Black Boy, en Fleet Street”.146

Parece que aquel que vivía en Black Boy se había asociado con otro que vivía en Fleur de Luce, y que este último le aseguró a Black Boy que el Dr. Barnard estaba involucrado en la redacción de la biografía.

Page 284

Heylin: fue una recomendación muy fuerte. Pero, ¡mire! resultó que el hombre indicado era “un tal señor Vernon, de Gloucester”: un autor delicado y de piel fina, que balaba como un cordero y tenía tanto miedo de salir de su refugio que permitía al Chico Negro y a la Fleur de Luce entregar sus documentos a quien quisieran, y borrar o añadir en ellos lo que les pareciera.147

Al Chico Negro se le ocurrió, ante esta propuesta de crítica matemática, que la obra requería suma, resta y división; que el crítico más adecuado, cuyo nombre, de hecho, había utilizado originalmente para llevar a cabo el trabajo, era nuestro Dr. Barnard; y envió el paquete al médico, quien residía cerca de Lincoln.

Parece que al médico no le apetecía comer algo preparado por otro, mientras él mismo estaba ocupado cocinando; así que dejaron que el paquete permaneciera frío durante tres semanas en casa del transportista.

Pero, tras ser instado y convencido, el buen médico finalmente fue a buscarlo a casa del transportista. “Lo encontré, según la descripción del librero, extremadamente deficiente e imperfecto: mal comenzado, peor desarrollado y concluido de forma abrupta”. El erudito médico ejerció toda esa autoridad que el Chico Negro le había conferido: mostró amablemente al autor en qué estado confuso se encontraban sus materiales y cómo organizarlos…

Ni la elocuencia debe abandonar a este hombre, ni tampoco un orden claro.

Si bien sus rechazos fueron numerosos, para demostrar tanto su buena voluntad como su severidad, sus adiciones fueron generosas, aunque tuvo la precaución de distinguir cuidadosamente sus propias inserciones entre los textos de Vernon mediante “párrafos separados”, con una sutil insinuación de que “él sabía más sobre Heylin que cualquier otro hombre vivo, y por lo tanto debería haber sido el biógrafo”. Devolvió el manuscrito al caballero con gran cortesía, pero no recibió nada a cambio. Cuando Vernon fingió pedir mejoras, no imaginaba que…

Page 285

El trabajo debía mejorarse al ser casi destruido; y cuando pidió correcciones, probablemente esperaba que todo terminara con un cumplido.

La narración puede proseguir ahora con los detalles del doctor Barnard sobre sus penosas humillaciones, al ser “alterado y destrozado” por el señor Vernon.

“En lugar de agradecimientos por su parte (de Vernon) y de un trato cortés, desfiguró mis documentos; tan pronto como cayeron en sus manos, se abalanzó sobre ellos como un león furioso, o como el gato sobre el pobre gallo de la fábula, diciendo: ‘Tu hodie mihi discerperis’. Así, mis documentos regresaron a casa terriblemente dañados: con arañazos, manchas y borrones; frases enteras desmembradas y páginas rayadas; varias hojas faltaban, cuando deberían haberse impreso… De manera vergonzosa utilizó mi copia; así que, antes de que fuera llevada a la imprenta, eliminó por completo la segunda parte de la biografía; en su lugar, incluyó una conclusión absurda en la última página, impresa en un tipo de letra diferente. Pero no pudo mantenerse honesto, como dice el poeta:

‘Dicitque tua pagina, fur es.’ Martial.

Pues sacó de mi copia el sueño del doctor Heylin, su enfermedad, sus últimas palabras antes de morir, y omitió la descripción de la quema de sus vestiduras sacerdotales. Destrozó y transformó por completo la biografía que yo había compuesto, tanto que puedo decir, como lo hizo Sosia: ‘Egomet mihi non credo, ille alter Sosia me malis mulcavit modis’ —Plauto”.

El doctor Barnard habría “soportado pacientemente estas injusticias”; pero la acusación que Vernon formuló, de que Barnard era el plagio, obligó al doctor a “devolver la copa envenenada a sus propios labios”, argumentando que “él mismo era el plagio, tanto en las palabras como en el contenido”. La verdad es que esta acusación mutua se debía a que Barnard había leído previamente los documentos de Heylin, los cuales posteriormente cayeron en manos de Vernon; ambos extrajeron…

Page 286

Su agua proviene de la misma fuente. Estos escritos que el propio Heylin había dejado como “una regla para guiar al autor de su vida”.

Barnard responde con dureza a Vernon por su uso furtivo de páginas enteras de las obras de Heylin, que se ha apropiado sin ninguna marca de cita. “Yo no soy ese tipo de extractor (como él me llama); él es del tipo de persona que se apropió de todos los barcos del puerto de Ática para sí mismo, y sin embargo no era dueño de ni un solo barco”.

Otra vez:

“Pero todo este tiempo lo he malinterpretado, porque quizás se refiere a sus propias palabras que he extraído. ¿Por qué no habla en un inglés claro y directo, para que el mundo pueda ver mis errores? Pues no todo el mundo sabe qué significa extraer fragmentos de algo. Si he tenido la osadía de tomar una palabra suya, espero poder beneficiarme de ello. ¿Qué palabras le he robado? ¿Y cómo me he enriquecido con ellas? Nunca estuve tan fascinado por él como para sentir tentaciones de violar los mandamientos, porque yo amo hablar y escribir de manera clara y honesta, algo que él no hace. Odio la palabra ‘extracto’ y la acción que implica. Sin embargo, él es un hombre caprichoso, que cree que no existe elegancia ni ingenio más que en su propia forma de hablar. Debo decir, como lo hizo Tully: ‘Malim equidem indisertam prudentiam quam stultam loquacitatem’”.

A su vez, acusa a Vernon de ser un copista perpetuo, y de ser excesivamente detallista en su relato histórico.

“Pero, ¿cómo he podido extraer fragmentos de sus escritos? Entonces seguramente estoy robando al pobre hombre; él es tan pobre y tiene que trabajar duro que le cuesta mucho tiempo componer una historia aceptable. Ha estado trabajando en ello durante cuatro años antes de poder presentar sus ‘transcripciones intolerables’ que molestan la paciencia y la memoria del lector. ¿Cómo se agota tanto, a veces en veinte páginas o más?”

Page 287

Otras veces, quince; normalmente, nueve y diez. Esas cifras provienen de los viejos libros del Dr. Heylin, antes de que pueda recuperar el aliento para continuar con su historia. En toda mi vida nunca había conocido a un transcriptor así; por falta de material con el que llenar los espacios vacíos, algo de lo cual su libro corría gran peligro, decidió escribir la historia de Westminster, tan larga como el “Ploughman’s Tale” de Chaucer, lo cual habría sido más relevante y agradable para el lector. Me pregunto por qué no transcribió documentos judiciales, especialmente aquellos relacionados con una tediosa demanda que mi padre tuvo durante varios años por un arrendamiento en Norton.

En sus burlas hacia las metáforas y comparaciones afectadas de Vernon, Barnard observa: “Sus semejanzas y diferencias están extrañamente entrelazadas, y se extienden hasta los antípodas”. También dice que ese hombre tiene una extraña opinión de sí mismo, creyendo ser el Dr. Heylin; y como escribe su propia biografía, piensa que posee las cualidades naturales necesarias, aunque no las haya adquirido. “El alma de San Agustín —dicen los escolásticos— fue trasfundida de forma pitagórica en el cuerpo de Aquino; así, el alma del Dr. Heylin en un alma mediocre”. Sé que existe una pregunta en la filosofía: ¿Son iguales las almas? Pero hay diferencia entre los espíritus de Elías y Eliseo: ¡un profeta tan insignificante frente a uno tan grande!

El Dr. Barnard concluye lamentando que el buen consejo llegue ahora de forma inoportuna; de lo contrario, habría aconsejado al escritor que delegara su tarea en alguien que fuera amigo antiguo del Dr. Heylin, en lugar de asumirla él mismo, siendo en realidad un completo desconocido para él. Por eso, no se podía esperar de él nada mejor que lo que ya ha escrito. Describe así a este personaje biográfico: “Una vida incompleta; una criatura imperfecta, que no solo está coja (como dijo el honesto librero), sino que carece además de piernas y de todas las demás partes integrales de un ser humano; incluso de ese alma que debería animar un cuerpo como el del Dr. Heylin. Por eso debo decir de él, como Plutarco dijo de Tiberio Graco, ‘que es un emprendedor audaz…’”.

Page 288

“Habla imprudentemente sobre cosas que no comprende”. Y así he actuado con él, a menos que se cree para sí mismo y para mí problemas en el futuro”.

Parece que Vernon se escurrió del duelo. El hijo de Heylin fue corregido por la vida superior que produjo su pariente; el erudito y vivaz Barnard probablemente nunca más se atrevió a modificar o mejorar las obras de un autor que se arrodillaba y rezaba pidiendo correcciones. ¡Estos corderos balidos, al parecer, a menudo se convierten en leones rugientes!

143 La obra principal del Dr. Heylin, “Ecclesia Restaurata; o, la Historia de la Reforma de la Iglesia de Inglaterra”, fue reimpresa por la Cambridge University Press, para la “Ecclesiastical History Society”, en 2 volúmenes de formato 8vo, en 1849, bajo la capaz dirección editorial de J. C. Robertson, M.A., vicario de Bekesbourne, Kent. El relato introductorio de Heylin nos ha permitido corregir algunos detalles de este artículo y añadir algunas notas útiles.

144 El Dr. John Barnard se casó con la hija de Heylin cuando vivía en Abingdon, cerca de Oxford. Más tarde se convirtió en rector de la parroquia próspera de Waddington, cerca de Lincoln, de la cual adquirió el beneficio perpetuo, ocupando también el cargo sin funciones reales de Gedney, en el mismo condado. Finalmente fue nombrado prebendario de Asgarby, en la iglesia de Lincoln, y murió en Newark, durante un viaje, en agosto de 1683. Su vida lujosa e indolente naturalmente ofrecía pocas motivaciones para dedicarse al trabajo literario.

145 Según Wood (Athen. Oxon. iv. 606), el Sr. George Vernon fue nombrado capellán del All Souls’ College, y posteriormente rector de Sarsden, cerca de Churchill, en Oxfordshire, de Bourton-on-the-Water, en Gloucestershire, y de St. John y St. Michael, en la ciudad de Gloucester. Wood enumera varias obras suyas, por lo que era evidentemente más un “hombre literario” que Barnard, quien disfrutaba en gran medida de una vida erudita y tranquila, y evidentemente solo se dejaba motivar por algo escandaloso.

146 Se trataba de Harper, un librero que se había encargado de la reedición de Ecclesia Vindicata y otros escritos de Heylin, a los cuales se iba a añadir una biografía como prefacio.

Page 289

147 El autor había “deseado que el señor Harper comunicara los documentos a quien quisiera y tachara o añadiera lo que considerara conveniente”. ¡Un permiso que muy pocos literatos estarían dispuestos a conceder!

148 La parte más curiosa de la historia aún está por contar. El doctor Barnard se equivocó en sus acusaciones, y Vernon no era realmente la parte culpable. Contamos la historia con las palabras del señor Robertson en la obra ya mencionada: “¿Quién fue el responsable de estos atropellos? Barnard supuso que no podía ser otro que Vernon; pero la verdad parece ser que el rector de Bourton no tuvo nada que ver con el asunto. El editor consultó a un consejero más importante: el doctor Barlow, obispo de Lincoln (Ath. Oxon. iii. 567; iv. 606); las mutilaciones del manuscrito de Barnard fueron, en realidad, obra no del oscuro clérigo de Gloucestershire, sino del propio obispo diocesano del indignado autor; y no debemos dudar en atribuir la brusquedad de la conclusión y el tamaño reducido del tipo en que está impresa al deseo económico del señor Harper de ahorrar los gastos de una hoja adicional”. Así, “el obispo Barlow y el librero causaron discordia entre las partes, quienes, en lugar de intentar una explicación privada, se atacaron mutuamente en la prensa”.

DE LENGLET DU FRESNOY.

La “Méthode pour étudier l’Histoire”, del abad Lenglet du Fresnoy, es una llave maestra para todos los tesoros ocultos de la historia antigua y moderna, así como para los archivos más secretos de los memorialistas menos conocidos de cada nación. La historia de esta obra y de su autor es igualmente notable. Ese hombre era una especie de curiosidad de la naturaleza humana, al igual que sus obras lo son en la literatura. Lenglet du Fresnoy no es simplemente un escritor trabajador; sin genio, aún así…

Page 290

Posee una originalidad robusta en su forma de escribir y de pensar; y su vasta e inquieta curiosidad, que fermentaba su inmenso conocimiento bibliográfico, junto con una libertad que rozaba la cínica corrosividad, lo llevó a abordar temas insólitos. Incluso los prefacios de las obras que editó son singularmente curiosos, y solía añadir bibliografías o catálogos críticos de autores, que aún podemos consultar para obtener información sobre los escritores de novelas —aquellas de temática literaria—, sobre alquimia o la filosofía hermética; sobre quienes han escrito sobre apariciones, visiones, etc.; un tratado histórico sobre el secreto de la confesión, etc.; además de esas “Piezas Justificativas”, que constituyen algunos de los documentos más extraordinarios en la filosofía de la historia. Su estilo de escritura le aseguró lectores incluso entre los poco cultos; su mordacidad, su sarcasmo, su burla, sus interjecciones cargadas de significado, su franqueza descuidada y, a menudo, sus opiniones extrañas, contribuyen a entretener a sus lectores más que a adecuarse a sus tareas más serias; pero sus particularidades no pueden alterar el valor de sus conocimientos, por mucho que a veces disminuyan el valor de sus opiniones; y podemos admirar con seguridad su ingenio, sin discutir la sinceridad del escritor, quien, después de componer una obra titulada *L’Usage des Romans*, en la cual atacaba con alegría la autenticidad de toda la historia para demostrar que no era su autor, publicó de forma ambidestra otra titulada *L’Histoire justifiée contre les Romans*; y quizás no fue su culpa que el ataque fuera enérgico y la justificación mediocre.

Esta “Método” y sus “Tablillas Cronológicas”, junto con casi cuarenta otras publicaciones, son las únicas que han sobrevivido a su autor; los volúmenes meramente curiosos quedan relegados a la estantería del coleccionista; incluso el nombre de un autor meramente curioso —esa sombra entre sombras— no siempre es conservado por el compilador de diccionarios en su caritativa disposición alfabética.

Page 291

La historia de esta obra es un ejemplo llamativo de esos comienzos imperfectos que a menudo han marcado el final de los trabajos más importantes. Esta admirable “Méthode” apareció por primera vez en dos volúmenes en 1713. Pronto fue reimpresa en el país y en el extranjero, y traducida a varios idiomas. En 1729 adquirió la forma de cuatro volúmenes en formato cuarto; pero en esa etapa se topó con la vigilancia del gobierno y con la crítica severa de un célebre censor, Gros de Boze. Se dice que, por antipatía personal hacia el autor, este eliminó ciento cincuenta páginas de la copia impresa sometida a su censura. Anteriormente había aprobado la obra y había pasado por alto silenciosamente algunos de esos pasajes problemáticos; es cierto que Gros de Boze, en un ensayo sobre el Jano de los antiguos incluido en esta obra, borró efectivamente un elogio muy alto dirigido a él mismo, el cual Lenglet le había hecho con una cortesía inusual; pues como crítico era extremadamente escaso en elogios, e incluso en sus palabras amables siempre había un tono mordaz. Este censor o bien fingió despreciar ese elogio, o bien lo utilizó como una estrategia política. Era una situación difícil para un autor que ahora se sentía orgulloso de su gran obra y que, además, tenía más rasgos de toro que de cordero. Aquel que se estremecía ante el más mínimo reproche vio cómo sus “miembros perfectos” quedaban magullados por las tachaduras y mutilados por las eliminaciones. Este tipo de problemas no eran infrecuentes en el caso de Lenglet. Había ocupado tantas veces su antiguo apartamento en la Bastilla que, al ver al oficial encargado de llevarlo allí, Lenglet pedía su gorro de dormir y su tabaco, para continuar trabajando en lo que tenía entre manos en la Bastilla; allí, según contó a Jordan, realizó su edición de Marot. A menudo devolvía en silencio algún epíteto o frase que hubiera sido condenada por el censor, arriesgándose a ser llevado nuevamente allí; pero en esta situación desesperada se vengó recopilando todas esas tachaduras en un volumen en formato cuarto, que se vendía en secreto. Según Jordan, en su Voyage Littéraire, quien lo visitó, era su orgullo leer estas tachaduras a sus amigos, quienes, por lo general, aunque en secreto, consideraban que la decisión del censor no estaba tan equivocada.

Page 292

tal como lo exigía la audacia de Lenglet. Todo esto aumentó los rumores entre el público y elevó el precio de las “cancelaciones”. El arte y el misterio relacionados con la autoría fueron perfeccionados por Lenglet; y él solía regocijarse no solo por los artificios con los que esquivaba a sus críticos, sino también por sus acuerdos con los libreros, quienes deseaban igualmente poseer sus derechos de autor, aunque al mismo tiempo temían disfrutarlos. Cuando la única copia del Méthode, en su estado original, antes de que sufriera cualquier daño, apareció en la subasta de la curiosa biblioteca del censor Gros de Boze, provocó una competencia feroz entre los coleccionistas, quienes se superaban unos a otros en las ofertas, hasta que el precio de esta copia llegó a las 1500 libras; algo realmente extraordinario en la historia de la bibliografía francesa, e incluso más que en la nuestra. Los interesados pueden encontrar ahora todas estas hojas de “cancelación” conservadas en alguna de esas obras de historia literaria, a las cuales los alemanes han contribuido más que otras naciones europeas; además, he descubierto que incluso las marcas de borrado están bien documentadas en otro registro bibliográfico.150

Este Méthode, tras varias ediciones posteriores, seguía ampliándose con nuevos suplementos; y habiendo sido traducido por literatos de Europa —por Coleti en Italia, por Mencken en Alemania y por el Dr. Rawlinson en Inglaterra—, estos traductores enriquecieron sus propias ediciones con artículos adicionales, destinados a sus respectivos países. La sagacidad del autor original renovó su obra gracias a las aportaciones de sus traductores; al igual que el antiguo Æson, sus “venas” se llenaron de “jugos verdes”; y así su obra antigua permanecía siempre en un proceso mágico de rejuvenecimiento.151

El carácter personal de nuestro autor era tan singular como muchos de los temas insólitos que ocupaban sus investigaciones; podríamos concluir que estos surgían de una simple excentricidad o se elegían al azar. Pero Lenglet demostró no carecer de juicio en varias obras de indudable utilidad; y sus opiniones críticas, como ha mostrado su último editor, han tenido…

Page 293

En su mayor parte, han sido sancionadas por la opinión pública. Es curioso observar cómo la primera dirección que puede tomar la mente de un investigador tenaz suele explicar esa variedad de temas insólitos que le gustan, y los cuales, al examinarse más de cerca, pueden revelar una conexión invisible con alguna investigación anterior. Así como existe una asociación de ideas, también en la historia literaria existe una asociación de investigaciones; y así, un escritor muy perspicaz puede verse impulsado a componer sobre temas que podrían considerarse extraños o poco juiciosos.

Esta observación puede ilustrarse con la historia literaria de Lenglet du Fresnoy. Inició su carrera dirigiendo una carta y un tratado a la Sorbona sobre el extraordinario caso de María d’Agreda, abadesa del convento de la Inmaculada Concepción en España. Su mística “Vida de la Virgen”, publicada tras la muerte de la abadesa y recibida con tanto entusiasmo en España, acababa de aparecer en París, donde provocó murmullos entre los piadosos e indagaciones entre los curiosos. Se afirmaba que esta “Vida mística” se basaba en apariciones y revelaciones experimentadas por la abadesa. Lenglet demostró, o al menos sostuvo, que la abadesa no era la autora de esta supuesta obra, aunque el manuscrito estaba escrito de su puño y letra; además, afirmó que las apariciones y revelaciones descritas violaban todas las reglas relativas a tales fenómenos, reglas que él mismo había descubierto con esfuerzo. El asunto era de naturaleza delicada: el autor era joven e incrédulo; un hombre de barba canosa, más versado en teología, respondió, y los miembros de la Sorbona silenciaron a este filósofo en ciernes.

Lenglet mantuvo estas investigaciones en secreto; pasaron cincuenta y cinco años antes de que vieran la luz. Fue cuando Calmet publicó sus “Disertaciones sobre las apariciones” cuando el tema motivó a Lenglet a retomar sus investigaciones abandonadas. Entonces publicó todo lo que había escrito anteriormente sobre el caso de María d’Agreda, además de dos otras obras; una de ellas era “Tratado histórico y dogmático sobre las apariciones, las visiones, y…”

Page 294

“Les Révélations particulières”, en dos volúmenes; y “Recueil de Dissertations anciennes et nouvelles, sur les Apparitions, &c.”, con un catálogo de autores sobre este tema, en cuatro volúmenes. Al editar el Roman de la Rose, al compilar el glosario de este poema antiguo, eso lo llevó a reeditar a muchos de los poetas franceses más tempranos; a publicar una edición ampliada de los Arrêts d’Amour, esa obra de amor y caballería en la que su imaginación estaba ahora tan profundamente arraigada; mientras que el tema del romance en sí condujo naturalmente al gusto por las producciones románticas que aparecieron en “L’Usage des Romans”, junto con su abundante nomenclatura de todos los romances y escritores de romance, antiguos y modernos. Nuestro vivaz abad se había dejado confundir por su entusiasmo por las obras de un filósofo químico; y aunque no creía en la existencia de apariciones, y ciertamente era más que escéptico respecto a la historia, es seguro que la “gran obra” formaba parte de sus creencias; eso lo habría arruinado en sus experimentos, si hubiera sido lo suficientemente rico como para arruinarse. Eso afectó su salud; y el resultado más importante de sus estudios químicos parece haber sido la invención de un jarabe en el que tenía gran confianza; pero su prueba lo llevó a sufrir de tímpano, del cual solo pudo recuperarse recurriendo a un medicamento, también de su propia invención, el cual, al contrarrestar el efecto del jarabe, lo dejó en un estado alarmante de atrofia. Pero las desdichas del historiador no forman parte de su historia: y nuestra curiosidad debe seguir siendo grande para abrir la “Histoire de la Philosophie Hermétique” de Lenglet, acompañada de un catálogo de los escritores en esta ciencia misteriosa, en dos volúmenes; así como su edición ampliada de las obras de un gran paracelsiano, Nicolás le Fevre. Este filósofo fue nombrado por Carlos II supervisor del laboratorio real en St. James’s: también era miembro de la Real Sociedad y amigo de Boyle, a quien le comunicó el secreto de infundir sangre joven en venas viejas, con la idea de poder renovar aquello que no admite una segunda creación.152 Tal fue el origen de la actividad de Du Fresnoy.

Page 295

Curiosidad por una variedad de temas singulares, cuyos orígenes se pueden rastrear en tres o cuatro de las principales obras de nuestro autor.

Nuestro abad prometió escribir su propia biografía, y su vivacidad combativa y su franqueza incisiva habrían dado sabor a un texto autobiográfico; sin embargo, un aficionado la escribió al estilo que a los aficionados les gusta, con toda la verdad que pudo descubrir, enriquecida por alguna historia secreta, narrando la vida de Lenglet con el mismo espíritu de Lenglet: es una máscara tomada directamente de los rasgos del propio hombre, y no una obra insípida de algún elogista hiperbólico.153

Aunque Lenglet du Fresnoy comenzó temprano en su vida su carrera como hombre de letras, al principio se dedicó a las grandes aventuras políticas; se registran algunos hechos destacados que demuestran su actividad exitosa. Michault describe sus ocupaciones con una delicadeza lingüística paráfrástica que un inglés quizás no habría logrado expresar tan bien. El ministro de Asuntos Exteriores, el marqués de Torcy, envió a Lenglet a Lille, donde se celebraba entonces la corte del Elector de Colonia: “Recibió órdenes específicas de vigilar para que los dos ministros del elector no hicieran nada perjudicial para los asuntos del rey”. Parece, sin embargo, que también vigiló a muchas otras personas y descubrió muchas otras cosas. Descubrió a un capitán que accedió a abrir las puertas de Mons para Marlborough a cambio de 100.000 pistolas; el capitán fue arrestado durante una parada militar, se encontró la carta de Marlborough en su bolsillo, y el traidor fue torturado hasta morir. Lenglet denunció a un general extranjero al servicio de Francia, y los acontecimientos confirmaron sus sospechas. Su descubrimiento más importante fue el de la famosa conspiración del príncipe Cellamar, una de las intrigas quiméricas de Alberoni; en honor a Lenglet, este no quiso participar en su descubrimiento a menos que el ministro prometiera que no se derramaría sangre. Estos éxitos en la vida de este espía honorable le valieron una pensión moderada. —Lenglet seguramente no era un intrigante vulgar; no solo estaba siempre…

Page 296

Restringido por sus propios mecenas cuando residía en casa, por la libertad de su pluma, pero lo encuentro prontamente encarcelado en la ciudadela de Estrasburgo durante seis meses: se dice que por robar algunos libros curiosos de la biblioteca del abad Bignon, de la cual era responsable. Es cierto que conocía el valor de las obras más escasas y era uno de aquellos amantes de la bibliografía que a veces comerciaban con rarezas costosas. En Viena se hizo íntimamente amigo del poeta Rousseau y del príncipe Eugenio. Sin embargo, el príncipe, que sospechaba del carácter de nuestro autor, lo evitó durante mucho tiempo. Lenglet se ganó el favor del bibliotecario del príncipe; y tal era su habilidad bibliográfica, que este conocimiento terminó haciendo que el príncipe Eugenio dejara de lado sus temores políticos y prefiriera los consejos de Lenglet a los de su bibliotecario, para enriquecer su magnífica biblioteca. Cuando el motivo de la estancia de Lenglet en Viena fue siendo cada vez más sospechoso, se encargó a Rousseau que lo vigilara; y aún sin haberse peleado con su hermano espía, solo podía informar que el abad Lenglet pasaba todas las mañanas trabajando en sus “Tablettes Chronologiques”, una obra que no merecía preocupar al gobierno; que pasaba las tardes en casa de un violinista casado con una francesa, y regresaba a casa a las once. Tan pronto como nuestro historiador descubrió que el poeta era un espía y chismoso al servicio del príncipe Eugenio, su mutua cortesía se enfrió. Lenglet ahora imaginaba que debía sus seis meses de reclusión en la ciudadela de Estrasburgo a la diligencia secreta de Rousseau: cada uno sospechaba de la fidelidad del otro; y los espías son como los amantes, pues sus celos mutuos se convirtieron en el odio más arraigado. Una de las calumnias más difamatorias es la dedicación que Lenglet pretendía hacer a Rousseau de su edición de Marot; dedicación que, al verse obligado a suprimirla en Holanda por orden de los Estados Generales, en Bruselas por intervención del duque de Aremberg, y por todos los medios que los amigos del desdichado Rousseau pudieron idear, fue finalmente añadida muchos años después por Lenglet al primer volumen de su obra sobre los romances; donde un lector corriente puede sorprenderse de su aparición.

Page 297

Desconectado de cualquier parte de la obra. En esta dedicatoria, o “Éloge Historique”, a menudo se dirige a “Mi querido Rousseau”, pero la ironía no es delicada y la calumnia es grave. Rousseau estaba demasiado expuesto a la mordacidad sin restricciones de su acusador. El poeta fue entonces exiliado de Francia por una falsa acusación contra Saurin, al intentar atribuirle aquellos dísticos criminales que tanto perturbaron la paz del mundo literario en Francia, y de los cuales se suponía generalmente que Rousseau era el autor; pero en su lecho de muerte protestó solemnemente ser inocente. El golpe de gracia para el poeta, sometido a este tormento de invectivas, lo dieron las acusaciones por aquellos epigramas infames que aparecen en algunas ediciones de las obras de ese poeta; una lección para los poetas, si es que los poetas quisieran aprender, que dejan volar su imaginación a costa de su felicidad y parecen inventar crímenes, como si ellos mismos fueran criminales.

Pero volviendo a nuestro Lenglet. Si hubiera escrito sobre su propia vida, habría ofrecido un boceto de servidumbre política y aventuras políticas, en un hombre demasiado terco para lo primero y demasiado literato para lo segundo. Sin embargo, en honor a sus capacidades, debemos señalar que podría haber elegido a sus mecenas, si se hubiera sometido al mecenazgo. El príncipe Eugenio en Viena; el cardenal Passionei en Roma; o monsieur Le Blanc, el ministro francés, lo habrían mantenido bajo sus propias condiciones. Pero “¡Libertad y mis libros!”, era la exclamación secreta de Lenglet; y a partir de ese momento todo en la vida fue sacrificado a un celoso espíritu de independencia, que se manifestó tanto en sus acciones como en sus escritos; y una pasión por el estudio aplastó para siempre al gusano de la ambición.

Era igualmente singular en sus conversaciones, las cuales, según Jordan, eran extremadamente agradables para un extranjero, ya que se expresaba sin reservas sobre todo y sobre todos, sazonando sus palabras con anécdotas secretas y literarias. Rechazó todas las comodidades que le ofrecía una hermana adinerada, para no tener que soportar la restricción de una hora fija para las comidas. Vivió hasta su

Page 298

En su octogésimo año, todavía ocupado en sus tareas, murió a causa de uno de esos trágicos accidentes a los que están expuestos los hombres de letras de edad avanzada: nuestro crítico mordaz se quedó dormido mientras leía alguna obra moderna y, al caer en el fuego, murió quemado. Muchas anécdotas características sobre el abad Lenglet han sido conservadas en el Dictionnaire Historique, pero no repetiré aquellas que son fáciles de encontrar.

Page 299

149 Este hecho aparece en el relato de las correcciones menores.

150 Las castraciones se encuentran en Beyeri Memoriæ historico-criticæ Librorum rariorum, p. 166. Los moretones están cuidadosamente anotados en el Catálogo del Duque de la Valière, 4467. Aquellos que sientan curiosidad por tales singularidades quedarán satisfechos con las opiniones y resultados extraordinarios de Beyer; opiniones y resultados que, al fin y al cabo, fueron robados de un manuscrito titulado “Abridgment of Universal History”, redactado por el Conde de Boulainvilliers y insertado con más astucia que delicadeza por Lenglet en su propia obra. El manuscrito original existe en varias copias, que fueron descubiertas posteriormente. Las correcciones menores, en el catálogo del Duque de la Valière, constituyen un artículo sumamente interesante dentro de la monotonía de la bibliografía.

151 La última edición, ampliada por Drouet, consta de quince volúmenes, pero no es posterior a 1772. Sigue siendo un manual inestimable para el estudiante de historia, al igual que sus Tablettes Chronologiques.

152 El “Dictionnaire Historique”, de 1789, en su artículo sobre Nich. Le Fevre, menciona la tercera edición de su “Curso de Química”, la de 1664, en dos volúmenes; pero la edición actual de Lenglet du Fresnoy es más reciente, de 1751, ampliada a cinco volúmenes, dos de los cuales contienen sus propias adiciones. Nunca he encontrado esta edición, y falta en el British Museum. Le Fevre publicó un tratado sobre el gran tónico de Sir Walter Rawleigh, que puede resultar interesante.

153 Esta obra anónima, “Mémoires de Monsieur l’Abbé Lenglet du Fresnoy”, aunque la dedicatoria está firmada por G. P., fue escrita por Michault, de Dijon, como ejemplar de regalo para el Conde de Vienne, como demuestra el ejemplar que poseo. Michault es el autor de dos volúmenes de agradables “Mélanges Historiques et Philologiques”; y esta obra constituye una pieza muy curiosa de la historia literaria. El “Dictionnaire Historique” compiló el artículo sobre Lenglet íntegramente a partir de esta obra; pero el Journal des Sçavans fue demasiado escéptico al respecto. ¿Valía la pena escribir un libro para informar al público de que un hombre de letras fue espía, estafador, extraño, apasionado, cínico, incapaz de amistad o de someterse a las leyes? etc. Sin embargo, no pretenden que la bibliografía de Lenglet du Fresnoy carezca en absoluto de interés.

Page 300

EL DICIONARIO DE TREVOUX.

Un amigo erudito, en su muy agradable “Trimestre, o un viaje de tres meses por Francia y Suiza”, no pudo pasar por la pequeña ciudad de Trevoux sin que se le ocurrieran asociaciones literarias que deberían acompañar a todo hombre de letras en sus viajes, ya sea al extranjero o en su propio país. Una mente bien informada no puede viajar sin darse cuenta de que hay objetos que se presentan constantemente, y que sugieren hechos literarios, históricos y morales. Mi amigo escribe: “A medida que uno se acerca a Lyon, se detiene para cenar en Trevoux, en la orilla izquierda del Saona. Sobre una colina inclinada, hasta la orilla del agua, se eleva un anfiteatro, coronado por un antiguo castillo gótico, en ruinas venerables; debajo de él se encuentra la pequeña ciudad de Trevoux, famosa por su periódico y su diccionario, este último casi una enciclopedia, ya que hay pocas cosas sobre las cuales no se hable en esa valiosa compilación; todo fue impreso en Trevoux. El conocimiento de este hecho aumenta enormemente el placer de cualquier visitante que haya consultado el libro y conozca sus méritos; además, debe añadir mucho a sus placeres locales”.

Una obra de la cual todo hombre de letras puede obtener continuamente conocimientos tan variados, y que solo es conocida por los lectores más curiosos, merece un lugar en estos volúmenes; tampoco la historia de la propia obra carece de interés. Ocho grandes folios, cada uno compuesto por mil páginas impresas con gran precisión, se asemejan a una enorme montaña; antes de escalarla, podemos sentirnos ansiosos por conocer la seguridad del camino. La historia de los diccionarios es la más cambiante de todas las historias; es un reflejo de la inconstancia del conocimiento humano; los conocimientos de una generación desaparecen con la siguiente; y un diccionario de este tipo siempre necesita ser revisado, corregido y ampliado.

Page 301

La pequeña ciudad de Trevoux dio su nombre a una excelente revista literaria, dirigida durante mucho tiempo por los jesuitas, y también a este diccionario; al igual que Edimburgo tiene su Critical Review y Annual Register, etc. Fue el Duque del Maine, como príncipe soberano de Dombes, quien primero la convirtió en una ciudad literaria, trasladando a esta pequeña localidad no solo su parlamento y otras instituciones públicas, sino también estableciendo una magnífica imprenta a principios del siglo pasado. Probablemente, con el fin de mantener a sus impresores ocupados constantemente, el duque creó el “Journal de Trévoux”; y esto quizás contribuyó en gran medida a dar fama a la imprenta, de modo que se convirtió en el lugar preferido por muchos buenos escritores, quienes parecen no tener ningún otro vínculo con ese lugar. Este diccionario tomó su primer título, el cual conservó siempre, simplemente del lugar donde se imprimía. Sin embargo, tanto la revista como el diccionario quedaron en manos de algunos eruditos jesuitas; y quizás el lugar indicaba siempre los principios de los escritores, entre los cuales ninguno era más destacado en lo que respecta a la literatura elegante que los jesuitas.

La primera edición de este diccionario surgió del espíritu de rivalidad provocado por un diccionario francés publicado en Holanda por el protestante Basnage de Beauval. El duque puso rápidamente a trabajar a sus jesuitas; estos, después de un anuncio pomposo según el cual este diccionario se había elaborado siguiendo un plan sugerido por su patrón, no hicieron más que plagiar a Furetière y saquear las obras de Basnage, produciendo así tres volúmenes nuevos sin ninguna novedad real. Satisficieron al Duque del Maine, pero a nadie más. Esto ocurrió en 1704. Veinte años después fue reeditado y mejorado; y a medida que aumentaban las ediciones, los volúmenes se sucedieron hasta alcanzar su tamaño y valor actuales en ocho grandes volúmenes, en 1771, siendo esa la única edición que hoy se considera valiosa. Muchos de los nombres de los colaboradores en esta excelente colección de palabras y conceptos han sido revelados por el trabajo de Monsieur Barbier en su “Dictionnaire des Anonymes”, artículo 10782. A lo largo de un siglo, esta obra se convirtió evidentemente en el recurso preferido por los hombres de letras en Francia, quienes…

Page 302

Con entusiasmo, aportaron los artículos más cortos o más extensos, con un celo digno de la literatura y de gran utilidad para el público. Hicieron de este diccionario su libro de referencia para todas sus curiosas adquisiciones; cualquiera que fuera capaz de escribir un breve artículo que conservara un hecho importante no aspiraba a compilar todo el diccionario, ni siquiera un artículo completo en él; pero era un tesoro en el que tales contribuciones formaban su riqueza; y se puede decir que todos los literatos se dedicaron a perfeccionar estos volúmenes durante un siglo. De esta manera, desde los humildes comienzos de tres volúmenes, en los cuales el plagio era mucho más evidente que la contribución real, finalmente se crearon ocho volúmenes con materiales más duraderos, que merecen la atención y la gratitud del estudiante.

Parece que la obra interesó incluso al propio gobierno, como asunto nacional, a juzgar por el contenido de las siguientes anécdotas.

La mayoría de los contribuyentes menores a esta gran colección se conformaban con permanecer anónimos; pero, como era de esperar en un número tan grande, a veces algún colaborador deseaba ser conocido en su círculo y no le gustaba esa abstinencia penitencial de la fama. Una anécdota sobre uno de estos casos resultará entretenida: un tal Monsieur Lautour du Chatel, abogado en el Parlamento de Normandía, dedicó voluntariamente sus horas de estudio a mejorar esta obra y aportó casi tres mil artículos para el suplemento de la edición de 1752. Este apasionado erudito había tenido una acalorada discusión treinta años antes con los primeros autores del diccionario. Les había enviado mil trescientos artículos, con la condición de que al donante se le diera una generosa agradecimiento en el prefacio de la nueva edición y además se le entregara una copia en papel de buena calidad. Los aceptaron. Pero los responsables de la nueva edición, en 1721, olvidaron todas las promesas: ni agradecimientos ni copia. Nuestro erudito abogado, algo irritable, como reconoce su sobrino que escribió su biografía, tan pronto como apareció la gran obra, sorprendido, como Denis, de que “estuvieran imitando su propio trabajo”, sin decir palabra, dejó su pueblo natal y…

Page 303

Aventurándose, medio muerto de enfermedad e indignación, en una expedición a París para presentar su queja al canciller; y la obra se consideró de tal importancia a los ojos del gobierno, y se estimó que un contribuyente tan celoso tenía un derecho tan honorable, que el canciller ordenó, primero, que se entregara de inmediato a Monsieur Lautour una copia en papel grande, ricamente encuadernada y sin gastos de envío; y segundo, como reparación por la promesa incumplida y como muestra de gratitud, que se incluyera y explicara la omisión de agradecimientos en las tres principales revistas literarias de Francia; un caso curioso, entre otros, de cómo el gobierno francés solía intervenir cuando surgían dificultades en grandes proyectos literarios, y no tomaba a la ligera las demandas y los honores de los hombres de letras.

Otra prueba, de hecho, del mismo tipo, relativa a esta obra, ocurrió después de la edición de 1752. Un tal Jamet l’aîné, quien junto con otros había trabajado útilmente en esta edición, dirigió una propuesta al gobierno para una edición mejorada, fechada desde la Bastilla. Propuso que el gobierno eligiera a una persona erudita, acostumbrada al trabajo de investigación que requiere tal obra; y calculó que, si contara con tres amanuenses, dicho editor completaría su tarea en unos diez o doce años, y el producto de la edición reembolsaría pronto todos los gastos y el capital invertido. Este proyectista literario no quería quedarse ocioso en la Bastilla. Quince años después apareció la última edición mejorada, publicada por los libreros asociados de París.

En cuanto a la obra en sí, tiene el carácter de nuestras Enciclopedias; pero en este sentido no puede consultarse con seguridad, ya que la ciencia ha ampliado enormemente sus dominios y corregido sus errores desde 1771. Pero es valiosa como una vasta colección de conocimientos antiguos y modernos, particularmente en aquel tipo de sabiduría que solemos denominar arqueológica y filológica. No es simplemente un diccionario gramatical, científico y técnico, sino que está repleto

Page 304

Con divinidad, derecho, filosofía moral, conocimientos críticos e históricos, y está repleto de innumerables curiosidades diversas. Sería difícil, sea cual sea el tema de investigación, abrirlo sin obtener algún conocimiento, ni obvio ni trivial. Escuché a un hombre de gran erudición declarar que, cada vez que no podía recordar su conocimiento, abría el Lexicon Universale Historicum de Hoffman, donde estaba seguro de encontrar lo que había perdido. Las obras son similares; y, aunque los cuatro volúmenes en formato folio del alemán son valiosos, los ocho del francés pueden recomendarse con seguridad como sustituto o complemento de ellos. Como diccionario de la lengua francesa, presenta una característica particular que fue presuntuosamente omitida en el Dictionnaire de l’Académie: este último inventa frases para explicar las palabras, las cuales, por lo tanto, no tienen otra autoridad que la del propio escritor. Este de Trevoux está provisto, no solo de meras fuentes de autoridad, sino también de citas de los escritores clásicos franceses: una mejora que probablemente fue sugerida por el Diccionario inglés de Johnson. Una nación mejora gracias a otra.

154 Siempre fue reconocida como estado independiente por los reyes franceses desde la época de Felipe Augusto. Tenía su propio parlamento y también el privilegio de acuñar su propia moneda.

155 La casa en la que residían los jesuitas, con el escudo de armas de su orden sobre su portal, sigue existiendo en Trevoux.

Page 305

LA RELACIÓN DE QUADRIO SOBRE LA POESÍA INGLÉS.

Es quizás algo mortificante, en nuestras investigaciones literarias, descubrir que nuestra propia literatura solo fue conocida por las demás naciones de Europa en tiempos relativamente recientes. Finalmente hemos triunfado sobre nuestros rivales continentales en las nobles luchas del genio, y ahora nuestros autores ven sus obras publicadas incluso en imprentas extranjeras, mientras que nosotros, con nuestro trabajo gratuito, suministramos casi toda la literatura de un nuevo imperio; sin embargo, tan tarde como durante el reinado de Ana, nuestros poetas solo eran conocidos por los versificadores latinos de las “Musæ Anglicanæ”; y cuando a Boileau le hablaron del funeral público de Dryden, se mostró satisfecho con los honores nacionales otorgados al genio, pero declaró que nunca había oído hablar de su nombre antes. Este gran legislador del Parnaso nunca hizo mención a ninguno de nuestros poetas; ¡tan aislada estaba entonces nuestra gloria literaria! El hecho más notable, o quizás la afirmación más sorprendente, que he encontrado sobre el escaso conocimiento que tenía el Continente de nuestros escritores, es una traducción francesa de “Characters of Virtues and Vices” del obispo Hall. Se trata de un libro en formato duodécimo, impreso en París, de 109 páginas, del año 1610, con el título Charactères de Vertus et de Vices; tirés de l’Anglois de M. Josef Hall. En una dedicatoria al conde de Salisbury, el traductor informa a su señoría que “este libro es la primera traducción del inglés jamás impresa en ningún idioma vulgar”: ¡la primera traducción del inglés impresa en algún idioma moderno! Si el traductor es un mentiroso audaz o un ignorante torpe, eso aún está por determinarse; en cualquier caso, es una demostración humillante del escaso progreso que nuestra literatura nacional había logrado en el extranjero en 1610.

Ahora paso a mencionar a un escritor contemporáneo que pretendía escribir la historia de nuestra poesía; su conocimiento al respecto nos será útil a medida que continuemos con este historiador ilustrado y aficionado.

Page 306

La obra de Padre Quadrio, Della Storia e dell’ragione d’ogni Poesia, es una tarea gigantesca, que solo podría haber sido planeada y llevada a cabo por algún monje hipocondríaco, quien, para librarse del aburrimiento de la vida, no encontró forma más placentera que enterrarse vivo en siete volúmenes enormes de texto muy denso, dedicándose cada día a compilar algo sobre un tema que no comprendía. Afortunadamente para Padre Quadrio, al carecer de gusto para apreciar y de discernimiento para decidir, nada en el desarrollo de la historia literaria y la crítica impidió que ampliara sus volúmenes y continuara con sus ocupaciones. Con una diligencia y erudición sin igual, construyó aquí un recopilatorio de su inmenso conocimiento, curioso y a veces trivial, sobre la poesía de todas las naciones. Quadrio pertenece a esa clase de autores a quienes recibimos con más gratitud que placer, a los que a veces recurrimos para citarlos, pero nunca nos detenemos a leerlos en profundidad; quedan en nuestras estanterías, pero rara vez llegan a nuestras manos.

Me sentí muy consternado al examinar esta vasta compilación, al descubrir que, aunque fue escrita hacia el año 1750, los extranjeros sabían muy poco sobre la historia de la poesía inglesa. Sin duda, es nuestra propia culpa. Hemos descuidado durante demasiado tiempo la bibliografía y la historia literaria de nuestro propio país. Italia, España y Francia han tenido bibliógrafos destacados; nosotros no tenemos a nadie que les pueda competir. Italia puede enorgullecerse legítimamente de sus Tiraboschi y Mazzuchelli; España, de las Bibliothecas de Nicolás Antonio; y Francia, tan rica en tesoros bibliográficos, ofrece modelos a todas las naciones literarias para todo tipo de historias literarias. En nuestro caso, el trabajo parcial del ermitaño Anthony sobre los escritores de Oxford, realizado antes de que existiera la crítica filosófica en el país, y la Historia de la Poesía de Warton, que quedó inacabada en su momento más crítico, cuando ese encantador estudioso del arte apenas había traspasado el umbral de su “Paraíso”, son los únicos grandes trabajos a los que los extranjeros podrían recurrir, pero estos no les serán de mucha utilidad. Por lo tanto, el descuido de nuestra propia historia literaria ha causado errores, a veces muy ridículos, por parte de los escritores extranjeros respecto a nuestros autores. Incluso el vivaz Chaudon, en su “Dictionnaire”…

Page 307

“Historique” ofrece los relatos más extraordinarios sobre la mayoría de los escritores ingleses. Sin una guía en idioma inglés que guiara a esos viajeros cansados, con demasiada frecuencia fueron engañados por las ilusiones de nuestra literatura. Dieron descripciones erróneas de obras que sí existían, y registraron otras que nunca existieron; además, a menudo inventaron la historia personal de nuestros autores, confundiendo a dos o tres en uno solo. Chaudon, al mencionar las tragedias de Dryden, observa que Atterbury tradujo dos de ellas al verso latino, tituladas Achitophel y Absalom.156

De todos estos autores extranjeros, ninguno fracasó de manera tan evidente como este buen padre Quadrio. En esta historia universal de la poesía, me interesaba saber qué tipo de imagen presentábamos, y si el genio fecundo de nuestros poetas originales había causado admiración o crítica en los críticos extranjeros. Pero muy poco se sabía de nuestra poesía inglesa por parte de este historiador universal. En el capítulo dedicado a aquellos que cultivaron “la melica poesia in propria lingua tra, Tedeschi, Fiamminghi e Inglesi”,157 encontramos la siguiente lista de poetas ingleses:

“De John Gower; cuyos versos y rimas se conservan en manuscrito en el colegio de la Santísima Trinidad, en Cambridge.

“Arthur Kelton, activo en 1548, un hábil poeta inglés: compuso varios poemas en inglés; también elogió a los cambrianos y su genealogía.

“Las obras de William Wycherly, en prosa y verso en inglés”.

Estos eran los únicos poetas ingleses que Quadrio logró reunir al principio. En sus adiciones posteriores, incluyó el nombre de Sir Philip Sidney, acompañado de una crítica entusiasta: “le sue poesie assai buone”. Luego tuvo la suerte de encontrar el título —no el volumen, seguramente—, que era uno de los más raros: “Fiori poetici de A. Cowley”, que él califica como “poesie amorose”: esto debe referirse al primer volumen de Cowley, publicado cuando tenía trece años, bajo el título de “Poetical Blossoms”. Además, también mencionó…

Page 308

de “John Donne” por la falda, y “Thomas Creech”, en quien hizo una pausa prolongada, informando a sus italianos de que “sus poemas son considerados por su nación como ‘assai buone’”. También tiene “Le opere di Guglielmo”; pero a este nombre cristiano, al parecer, no se atrevió a añadir el apellido. Finalmente, en el curso de sus investigaciones, en su cuarto volumen (pues fueron publicados en diferentes períodos), descubre de repente a una multitud de poetas ingleses: Waller, Duque de Buckingham, Lord Roscommon y otros, entre los cuales se encuentra el Dr. Swift; pero admite que sus obras no han llegado hasta él. Shakespeare aparece finalmente en escena; pero las ideas de Quadrio provienen de Voltaire, a quien quizá tradujo con audacia. En lugar de mejorar nuestro drama, lo condujo a una total ruina en sus farsas monstruosas, que se llaman tragedias; hay algunas escenas luminosas y hermosas y algunos rasgos que resultan terribles y grandiosos. Se dice que Otway compuso un drama trágico sobre el tema de “Venezia Salvata”; agrega con sorpresa: “pero completamente regular”. La regularidad es la esencia del genio para críticos como Quadrio. También se menciona a Dryden; pero el único drama especificado es “King Arthur”. Addison es el primer inglés que produjo una tragedia clásica; pero aunque Quadrio escribe mucho sobre la vida de Addison, nunca hace alusión al Spectator.

Llegamos ahora a un punto más curioso. Puede ser dudoso que Quadrio haya leído nuestras comedias; pero las distingue con muy altas alabanzas. Nuestra comedia, dice, representa la vida humana, las costumbres de los ciudadanos y del pueblo, mucho mejor que las comedias francesas y españolas, en las cuales todos los asuntos de la vida se mezclan con asuntos amorosos. Los españoles tomaron su galantería de los moros y sus costumbres de la caballería; a lo cual añadieron su gusto africano exagerado, diferente al de otras naciones. Traduciré lo que ahora añade sobre la comedia inglesa.

“Los ingleses, incluso con más habilidad que los franceses, se han acercado a la verdadera idea de los temas cómicos, eligiendo como argumento de sus creaciones

Page 309

los objetos habituales y naturales de los ciudadanos y del pueblo. Y cuando la religión y el decoro se respetaban más en sus teatros, eran más avanzados en este tipo de poesía y merecían no poca alabanza, por encima de sus naciones vecinas. Pero más que los ingleses y los franceses (para hablar según la pura y simple verdad), los italianos se han distinguido. ¡Una crítica astuta e insinuante! Pero, en general, y por razones que no puedo explicar, parece que al padre Quadrio le gustó nuestra comedia inglesa, por lo que debemos valorar su sinceridad. Elogia nuestra comedia; “por lo bello y lo bueno”; pero, como es un aristotélico metódico, no nos permite esa libertad en el teatro que se supone que tenemos en el parlamento: decir todo lo que se nos ocurre con ese fin. Su crítica es un ejemplo de lo irrefutable. “No debemos abandonar las reglas legítimas solo para procurarnos placer; porque el placer proviene de lo bello, y lo bello se deriva principalmente del buen orden y unidad en los que consiste”.

Quadrio logró descubrir el nombre de uno de nuestros mayores genios cómicos; pues, aludiendo a la diversidad de acciones en la comedia, menciona en su quinto volumen, página 148: “El célebre Benjanson, en su comedia titulada Bartolommeo Foicere, y en esa otra comedia titulada Ipsum Veetz”. El lector puede descifrar el nombre del poeta con su ayuda; pero fue necesaria la sagacidad crítica del señor Douce para descubrir que con Ipsum Veetz nos referimos a la comedia de Shadwell, Epsom Wells. El crítico italiano había transcrito lo que él y su impresor italiano no podían deletrear. También hemos descubierto la fuente de su conocimiento en St. Evremond, quien clasificó la comedia de Shadwell junto a la de Ben Jonson. ¡A tales artimañas se ve reducido miserablemente el autor de una historia universal de toda poesía!

Hacia el final del quinto volumen, finalmente encontramos a la musa sagrada de Milton; pero, desafortunadamente, él era un hombre “de muy poca religión” y hablaba de Cristo como un arriano. Quadrio cita a Ramsay respecto a los vómitos de Milton.

Page 310

abuso contra la Iglesia Romana. Se dice que sus descripciones suelen ser mezquinas, indignas de la majestad de su tema; pero en un pasaje posterior, con excepción de su religión —de la cual nuestro poeta, según se afirma, es digno “di molti laudi”—, se sostiene lo contrario.

Eso es todo cuanto los curiosos pueden obtener sobre la poesía inglesa a partir de su historia universal. Quadrio, sin duda, escribe con más ignorancia que prejuicio contra nosotros: no solo ha destacado enormemente el genio cómico de nuestros escritores, elevándolo por encima del de nuestros vecinos, sino que también ha hecho otra descubrimiento que nos sitúa aún más arriba en cuanto a inventiva original, y que, estoy seguro, resultará tan novedoso como extraordinario para el lector inglés.

Quadrio, quien, entre otros datos eruditos sobre su obra, ha realizado las investigaciones más exhaustivas acerca del origen de Punch y Harlequin, también ha escrito, con igual curiosidad y valor, la historia de los espectáculos de marionetas. Pero, ¿a quién ha elogiado? ¿A quién ha colocado por encima de todos los demás por su genio inventivo en el perfeccionamiento de este arte? ¡A los ingleses! Y la gloria que hasta ahora se había reconocido universalmente a la nación italiana parece pertenecernos a nosotros. Pues, al parecer, mientras otros manipulaban torpemente a sus pequeños representantes de la naturaleza humana, haciendo que realizaran movimientos torpes e antinaturales, nosotros fuimos los primeros en inventar poleas o cables, y así dimos a la vida artificial de estas máquinas gestuales un movimiento fino y natural.

Parece que sabemos poco sobre nosotros mismos en relación con la historia de los espectáculos de marionetas; pero en un artículo del curioso Diccionario de Trevoux, encuentro que John Brioché, a quien se había atribuido la invención de las marionetas, solo debe considerarse como un perfeccionador. En su época (pero los autores eruditos no indican fecha alguna), un inglés descubrió el secreto para moverlas mediante resortes, sin hilos; pero las marionetas de Brioché fueron preferidas por las frases ingeniosas que él les hacía decir. El erudito Quadrio parece haber fundamentado con mayor éxito nuestra…

Page 311

afirma más sobre las poleas o cables, o resortes de los títeres, que cualquiera de nuestros propios anticuarios; y quizá el nombre olvidado de este inglés fuera Powell, cuyos “Salomón y Saba” fueron celebrados en la época de Addison y Steele; el primero de ellos compuso un poema latino, clásico y divertido, sobre este mismo tema. Pero Quadrio podría estar satisfecho de saber que la nación que podía presumir de sus Fantoccini superó, y siempre superará, los débiles esfuerzos de un pueblo amante de las muñecas.

156 Incluso recientemente, il Cavaliere Onofrio Boni, en su Elogio de Lanzi, al nombrar las tres épocas augustanas de la literatura moderna, las sitúa, para los italianos, bajo León X; para los franceses, bajo Luis XIV, el Grande; y para los ingleses, bajo Carlos II.

157 Quadrio, vol. II, p. 416.

“RELIGIOSISMO POLÍTICO”.

En la primera disertación del profesor Dugald Stewart sobre el progreso de la filosofía, encuentro este término singular y significativo. Me ha hecho reflexionar sobre aquellas luchas por la religión, en las cuales una fe particular se utilizaba como pretexto aparente, mientras que el motivo real solía ser político. Los historiadores, que ven en las guerras religiosas únicamente a la religión misma, han escrito grandes volúmenes en los cuales nunca podemos descubrir que estas fueran una lucha por obtener predominio o un medio para asegurarlo. Los odios de los hombres ambiciosos han disfrazado sus propios propósitos, mientras que el cristianismo…

Page 312

soportaron el odio por haber sembrado un espíritu destructivo entre la humanidad; espíritu que, de no haber existido el cristianismo, habría prevalecido igualmente en los asuntos humanos. Se trata de una enfermedad moral; no solo es necesario conocer su naturaleza, sino también designarla con el nombre adecuado, para no cometer errores en su tratamiento. Si llamamos religioso aquello que, en su mayor parte, resulta ser político, es probable que nos equivoquemos en el régimen y la cura.

Fox, en sus “Actas y Monumentos”, escribe el martirologio de los protestantes en tres voluminosos folios; en el tercero, las “ternas misericordias” de los católicos están “grabadas en madera” para aquellos que de otro modo no podrían leerlas ni escribirlas. Dichas ilustraciones son resúmenes de largas narrativas, pero dejan en la mente una gran sensación de horror. Fox hizo temblar a más de una generación; y su volumen, especialmente este tercero, colocado sobre mesas de lectura en los salones de los poderosos y en los pasillos de las iglesias, a menudo retenía al ocioso, ya que le proporcionaba nuevas escenas de horrores papistas para contar al regresar a su hogar. En aquel entonces, los protestantes eran los mártires, porque, bajo María, habían sido expulsados del poder.

Dodd contrapuso a Fox tres curiosos volúmenes, a los que llamó “La Historia de la Iglesia de Inglaterra”, en los cuales se presenta un abundante martirologio de los católicos, causado por mano de los protestantes; quienes, durante el reinado posterior de Isabel, tras largas vacilaciones, lograron afianzarse en el poder. Lamenta la ilusión y la seducción que genera la novela en prosa de John Fox, diciendo que “ha obtenido un lugar en las iglesias protestantes junto a la Biblia, mientras que el propio John Fox es considerado casi como un evangelista”. Las narraciones de Dodd no son menos patéticas: pues la situación del católico, que tenía que esconderse además de sufrir, era más propicia para aventuras románticas que incluso la historia melancólica pero monótona de los protestantes torturados en celdas o atados a estacas. Sin embargo, estos católicos intentaban todo tipo de intrigas.

Page 313

Los santos y mártires de Dodd, para el parlamento de Inglaterra, no eran más que traidores y conspiradores.

Heylin, en su historia de los puritanos y presbiterianos, los tacha de demonios políticos. Es el Spagnolet de la historia, deleitándose con horrores ante los cuales incluso el pintor mismo debió estremecerse. Habla de sus “oposiciones” al gobierno monárquico y episcopal; de sus “innovaciones” en la iglesia; y de sus “conflictos” que sumieron a los reinos en caos. La espada rugía en sus manos: traición, sacrilegio, saqueo; mientras “más sangre de ingleses se derramó como agua en el transcurso de cuatro años, que la que se vertió en las guerras civiles entre York y Lancaster en cuatro siglos”.

Neal se oponía a una historia más detallada; en ella, estos “hombres grandes y buenos”, los puritanos y presbiterianos, “eran incluidos entre los reformadores”; mientras su fama era presentada como una pureza angelical. Neal y su grupo opinaban que los protestantes no se habían manifestado lo suficiente, y que la propia reforma necesitaba ser reformada. Cansaron a la impaciente Isabel y a sus fervientes clérigos; y discutieron con el erudito Jacobo y sus obispos cortesanos por nimiedades ceremoniales, tales que el historiador se avergüenza o sonríe al tener que registrarlas. Y cuando los puritanos fueron apartados de los cargos importantes y se separaron del resto, se convirtieron en presbiterianos. La desobediencia era su pecado favorito, y su triunfo sombrío.

Calamy, en cuatro volúmenes dolorosos, narra el martirologio sin derramamiento de sangre de los dos mil ministros silenciados y expulsados. Su historia no es gloriosa, y sus héroes son desconocidos; pero es una historia íntima. Cuando Carlos II fue restaurado, los presbiterianos, al igual que cualquier otra facción, debían ser tolerados, si no incluso favorecidos. Algunos de los capellanes del rey fueron seleccionados entre ellos y predicaron una vez. Se alzaron sus esperanzas de poder, mediante algún acuerdo, participar en ese orden eclesiástico al que tantas veces se habían opuesto; y los obispos se reunieron…

Page 314

Presbíteros en una convocatoria en el Savoy. Se celebró una conferencia entre la Iglesia alta, que recuperaba el poder, y la Iglesia baja, ahora derrotada; es decir, entre el clero antiguo, que recientemente había sido expulsado sin piedad por el nuevo, quienes a su vez esperaban su destino. La conferencia terminó con argumentos por parte de los más débiles y votaciones por parte de los más fuertes. Han llegado hasta nosotros muchas anécdotas curiosas sobre esta conferencia. Los presbiterianos, en su último esfuerzo, solicitaron indulgencia; pero los opresores, convertidos ahora en solicitantes, solo demostraron que ya no contaban con los medios para resistir. A esta conferencia le siguió la Ley de Uniformidad, promulgada el Día de Bartolomé, el 24 de agosto de 1652: una ley que expulsó a los dos mil ministros de Calamy del seno de la iglesia establecida. El Día de Bartolomé estuvo durante mucho tiempo relacionado con este grupo, y quizás aún lo esté, con la terrible masacre francesa en ese día fatídico del santo. Sin embargo, la catástrofe fue más bien de carácter privado que público. Los dos mil ministros expulsados sí fueron privados de sus medios de vida; pero eso fue, aun así, un destino mejor que el que a menudo ocurre en estas luchas por el poder político. Esta expulsión no fue como la expulsión de los moriscos, los mejores y más útiles súbditos de España, que supuso un sacrificio humano de medio millón de hombres, ni como la proscripción de muchos judíos de esa tierra católica; ni tampoco como la masacre de miles de hugonotes y la expulsión de más de cien mil personas por Luis XIV de Francia. Los teólogos presbiterianos no fueron expulsados de su patria ni obligados a aprender otro idioma además de su lengua materna. Aunque carecían de sus cargos religiosos, se les permitió seguir siendo ciudadanos; y el resultado fue notable. Estos teólogos no pudieron deshacerse de su erudición y su piedad, aunque algunos de ellos se vieron obligados a convertirse en comerciantes: entre ellos estaba el erudito Samuel Chandler, cuyas obras literarias son numerosas, quien tenía una librería en Poultry.

Por duro que resultara este acontecimiento en sus consecuencias, se argumentó que “era solo igual por igual”. Y que la historia de ese “igual” podría no ser…

Page 315

Se reduce la narración en este caso, en contraste con la crónica de Calamy sobre los dos mil ministros expulsados. Existe otra crónica, de tamaño folio, del mismo tipo, sobre el clero de la Iglesia de Inglaterra, con un título no menos patético.

Se trata del “Intento de recuperar un relato del clero de la Iglesia de Inglaterra que fueron secuestrados, perseguidos, etc., en tiempos recientes”, de Walker. El propio Walker se sorprende por el tamaño de su volumen, por el número de quienes sufrieron y por la variedad de sus padecimientos. “¿Acaso la iglesia —dice— no debe tener la libertad de conservar la historia de sus sufrimientos, así como la de exponerlos? ¿Puede absolverse al Dr. Calamy por publicar la historia de los que sufrieron en la masacre de San Bartolomé, si yo soy condenado por escribir la historia de los leales secuestrados?”. Él admite que “el número de los expulsados asciende a dos mil”, y que hubo nada menos que “siete u ocho mil miembros del clero episcopal encarcelados, desterrados y enviados a morir de hambre”, etcétera.

Ya sea que los reformados fueran martirizados por los católicos, o que los católicos fueran ejecutados por los reformados; ya sea que los puritanos expulsaran a los de la iglesia establecida, o que esta última expulsara a los puritanos, todo parece reducirse a dos categorías: los conformistas y los no conformistas, o, en términos políticos, la administración y la oposición. Cuando descubrimos que los líderes de todos los partidos tienen el mismo temperamento apasionado y observamos la misma conducta perversa en situaciones similares; cuando vemos al honesto Latimer colgando con sus propias manos a un fraile mendicante de un árbol, y, al cambiar el gobierno, a los frailes atando a Latimer a la pira; cuando vemos a los católicos franceses cortar las lenguas a los protestantes para que ya no pudieran protestar; al orgulloso Lutero escribiendo disculpas sumisas a León X e Enrique VIII por la rudeza con que los había tratado en sus escritos, y al ver que sus disculpas eran recibidas con desdén, retirándolas luego; cuando descubrimos que…

Page 316

El más arrogante de los arrogantes, John Knox: cuando Isabel ascendió por primera vez al trono, él se postró y se arrepintió de haber escrito su famosa excomunión contra toda forma de soberanía femenina, así como de haber destruido los monasterios, basándose en el principio de que, una vez destruido el nido, las urracas nunca volverían. Cuando encontramos a su apologista actual admirando, al mismo tiempo que lo disculpa, algunas pruebas extraordinarias de la política maquiavélica, parece que un misterio impenetrable envuelve la conducta de aquellos que pretenden guiarse por el código no violento de Jesús. Pero si los juzgamos según estándares humanos y los tratamos como políticos, una vez descubiertos sus motivos, sus acciones se vuelven comprensibles.

Dos decretos de Carlos V, en 1555, condenaron a muerte a los reformados de los Países Bajos, incluso si volvían a la fe católica. Sin embargo, había una excepción: no serían quemados vivos; los hombres serían decapitados y las mujeres enterradas vivas. Por lo tanto, la religión no podía ser el verdadero motivo del gobierno español, ya que al volver a la fe antigua se lograba ese objetivo. La verdad es que el gobierno español consideraba a los reformados como rebeldes, a quienes no era seguro readmitir en sus derechos de ciudadanía. Este hecho evidente aparece en el codicilo del testamento del emperador, donde declara solemnemente que había escrito a la Inquisición “para quemar y erradicar a los herejes”, después de intentar convertirlos al cristianismo, porque estaba convencido de que nunca podrían convertirse en católicos sinceros. También reconoce haber cometido un gran error al permitir que Lutero regresara libremente, basándose en su salvoconducto, ya que el emperador no estaba obligado a cumplir su promesa con un hereje. “Es porque no lo destruí que la herejía se ha vuelto tan fuerte; estoy convencido de que podría haber sido sofocada desde su origen”. Toda la conducta de Carlos V durante esta gran revolución fue, desde el principio, criticada por sus contemporáneos como algo puramente político. Francisco I señaló que el emperador, bajo el pretexto de la religión, se ponía al frente de una liga con el fin de alcanzar sus propios objetivos.

Page 317

monarquía dominante. “El pretexto de la religión no es algo nuevo”, escribe el Duque de Nevers. “Carlos V nunca emprendió una guerra contra los príncipes protestantes sino con el propósito de hacer hereditaria la corona imperial en la casa de Austria; y solo atacó a los príncipes electores para arruinarlos y abolir su derecho de elección. Si se tratara de celo por la religión católica, ¿habría demorado desde 1519 hasta 1549 para armarse? Podría haber extinguido la herejía luterana, lo cual habría podido hacer fácilmente en 1526, pero consideró que esta novedad serviría para dividir a los príncipes alemanes, y esperó pacientemente a que se produjera ese efecto”.160

Hombres buenos de ambos partidos, al malinterpretar la naturaleza de estas guerras religiosas, han sacado conclusiones terribles. Las “dragonadas” de Luis XIV despertaron la admiración de Bruyère; y Anquetil, en su “Esprit de la Ligue”, compara la revocación del Edicto de Nantes con una amputación beneficiosa. La masacre de San Bartolomé, en su momento, e incluso recientemente, ha tenido defensores; un profesor griego de aquel entonces afirmó que existían dos clases de protestantes en Francia: políticos y religiosos; y que “la reciente efusión de venganza pública estaba dirigida únicamente contra los primeros”. El Dr. M’Crie, maldiciendo al católico con una maldición católica, denuncia “la sofística obsoleta de este calumniador”. Pero, aunque admitiéramos que el profesor griego que defendió su crimen nacional era el desdichado que describe el doctor calvinista, la naturaleza de las cosas no puede cambiarse por la igual violencia de Peter Charpentier y el Dr. M’Crie.

Este tema del “religionalismo político” es realmente interesante y curioso; la política se ha entrelazado de tal manera con la causa de la religión que los propios partidos nunca podrán separarlas; y hasta el momento existen opiniones muy opuestas respecto a los mismos acontecimientos y las mismas personas. Cuando estallaron disturbios públicos en Nîmes durante la primera restauración de los Borbones, los protestantes, que allí son numerosos, declararon que eran perseguidos por motivos religiosos, y su grito fue repetido por

Page 318

Sus hermanos los disidentes, sus voces resonaron en este país. No hemos olvidado el revuelo que causaron aquí; se dijo mucho y se hizo algo. Sin embargo, nuestro ministro insistió en declarar que se trataba de un mero asunto político. Es evidente que nuestro gobierno tenía razón en este asunto, y que aquellos celosos denunciantes estaban equivocados, ya que solo observaron los efectos; porque tan pronto como los borbones triunfaron sobre los bonapartistas, dejamos de escuchar hablar de aquellas sangrientas persecuciones contra los protestantes de Nîmes, sobre las cuales un disidente acaba de publicar una extensa historia. Es un hecho curioso que, cuando dos escritores trabajaban al mismo tiempo en una biografía del cardenal Ximenes, Flechier convirtió al cardenal en un santo, y cada incidente de su administración fue relacionado con su carácter religioso; Marsollier, un escritor muy inferior a Flechier, lo presenta simplemente como un político. Las elegancias de Flechier fueron pronto descuidadas por el público, mientras que los profundos intereses por la verdad ganaron, y siguen ganando, la atención del estadista hacia ese escritor menos elegante.

Un historiador moderno ha señalado que “los asuntos religiosos fueron los principales promotores de la Guerra de los Treinta Años, la cual fue lo que primero llevó a las potencias del Norte a intervenir en la política de los estados del Sur”. El hecho es indiscutible, pero la causa no es tan evidente. Gustavo Adolfo, el gran genio militar de su época, había planeado, y estaba intentando con éxito, oponerse al poder desmedido de la casa imperial de Austria, que desde hacía tiempo aspiraba a establecer una monarquía universal en Europa; circunstancia que Felipe IV insinuó débilmente al mundo cuando puso este lema bajo sus armas: “Sine ipso factum est nihil”; una expresión aplicada a Jesucristo por San Juan.

158 “Los mártires de Fox”, como se llamaba popularmente el libro, solía estar encadenado a un pupitre de lectura en las iglesias; uno de ellos sigue así colgado en Cirencester; de este modo recibió el mismo honor que la Biblia.

159 “Historia crítica de la Inquisición” de Llorente.

Page 319

160 Naudé, “Considéraciones Políticas”, p. 115. Véase una nota curiosa en “Life of Gustavus Adolphus” de Hart, ii. 129.

TOLERANCIA.

Una tolerancia ilustrada es una bendición de la última época: parece que fue practicada por los romanos, cuando no confundían a los cristianos primitivos con miembros sediciosos de la sociedad; también fue inculcada por Mahoma en un pasaje del Corán, pero apenas practicada por sus seguidores. En la historia moderna fue condenada cuando la religión se convirtió en un conflicto político bajo la ambiciosa casa de Austria, así como en España y Francia. Pasó mucho tiempo antes de que se comprendiera su verdadera naturaleza; y hasta el momento aún no está clara, ni para quienes toleran ni para quienes son tolerados.

No parece que los preceptos o la práctica de Jesús y los apóstoles inculquen la obligación de hacer que alguien sea cristiano;161 sin embargo, una expresión utilizada en la parábola nupcial de la gran cena, cuando el anfitrión ordenó al sirviente, al ver que aún había espacio para más invitados, que saliera a los caminos y senderos y “los obligara a entrar, para que mi casa esté llena”, fue invocada como autoridad por aquellos católicos que se autodenominaban “los conversores”, para justificar el uso de la fuerza religiosa, la cual, siguiendo con la analogía del anfitrión, llamaron “una violencia caritativa y beneficiosa”. Fue esta circunstancia la que…

Page 320

Se trata del “Commentaire Philosophique sur ces Paroles de Jésus-Christ” de Bayle, publicado bajo el nombre supuesto de un inglés, como si hubiera sido impreso en Canterbury en 1686, pero en realidad en Ámsterdam. Es curioso que Locke publicara su primera carta sobre la “tolerancia” en latín en Gouda, en 1689; la segunda, en 1690; y la tercera, en 1692. Bayle abrió la mente de Locke, y algún tiempo después citó su carta en latín con grandes elogios. Sin embargo, la precaución de ambos escritores al publicar en lugares extranjeros indica la prudencia que se consideraba necesaria al escribir a favor de la tolerancia.

Estos fueron los primeros intentos filosóficos en este sentido; pero los primeros defensores de la tolerancia pueden encontrarse entre los controversistas religiosos de un período anterior. Probablemente surgió entre las sectas perseguidas que hallaron refugio en Holanda. Fue una bendición que buscaron con tanto esfuerzo; aquellos desdichados, reducidos a sentimientos humanitarios, se compadecían unos de otros. Entre nosotros, la secta llamada “Los Independientes” ya defendía, al comienzo de nuestra revolución bajo Carlos I, la doctrina de la libertad religiosa, y la mantuvo durante mucho tiempo frente a los presbiterianos. Ambos grupos resultaron ser perseguidores cuando llegaron al poder. Los primeros de nuestros teólogos respetables que defendieron esta causa fueron Jeremy Taylor, en su “Discurso sobre la libertad de profetizar”, en 1647, y el obispo Hall, quien también defendió la moderación en un discurso de esa misma época. Locke sin duda examinó a todos estos escritores. La historia de las opiniones es una de las historias más interesantes; sospecho que Bayle estaba bien informado sobre los panfletos de nuestros sectarios, quienes, al huir a Holanda, llevaron consigo aquellas curiosidades teológicas que les habían costado su felicidad y sus propiedades. Creo que él indica esta fuente oculta de sus ideas mediante la atribución extraordinaria de su libro a un inglés y fijando el lugar de su publicación en Canterbury.

Page 321

La tolerancia ha sido un poderoso instrumento en manos de los políticos modernos. Se estableció en las Provincias Unidas de Holanda, y nuestros numerosos disidentes encontraron refugio en ese lugar para quienes tenían una conciencia perturbada; atrajo a una valiosa comunidad de refugiados franceses; albergó a colonias de fugitivos hebreos provenientes de Portugal; había congregaciones de brownistas, reuniones de cuáqueros, iglesias francesas y sinagogas judías, y (de haber sido necesario) mezquitas musulmanas. En Ámsterdam se dieron los primeros pasos hacia la tolerancia; en cuanto pudieron preservar su conciencia, vivieron sin persecución mutua y se mezclaron como buenos holandeses.

La parte de Europa que estaba excomulgada parecía ser la más ilustrada, y entonces se consideraba una prueba del admirable progreso de la mente humana el hecho de que Locke, Clarke y Newton mantuvieran correspondencia con Leibniz y otros eruditos de Francia e Italia. Algunos se sorprendían de que filósofos que diferían en sus opiniones religiosas pudieran comunicarse entre sí con tanta tolerancia.

Sin embargo, no está claro si alguna de estas sectas en Ámsterdam hubiera concedido a las demás la misma tolerancia de la que disfrutaban ellas mismas, ya que a veces se intentaba lograr tal dominio. La infancia de un partido va acompañada de una debilidad política que le impide debilitar a los demás.

El católico en este país aboga por la tolerancia; pero en su propio país se niega a concederla. Aquí, el presbiteriano, que antes se quejaba de la persecución, una vez que llegó al poder, abolió toda forma de independencia en los demás. Cuando las llamas devoraron a Serveto en Ginebra, comenzó la controversia sobre si el magistrado civil podía castigar a los herejes; Beza, colaborador de Calvino, sostenía esta opinión. Triunfó en la pequeña ciudad de Ginebra, pero el libro que escribió resultó fatal para los protestantes que vivían a pocas leguas de allí, entre una mayoría de católicos. Cada vez que los protestantes…

Page 322

Se quejaban de las persecuciones que sufrían los católicos; para obtener autoridad y apoyo, nunca dejaron de recurrir al respaldo de su propio Beza.

M. Necker de Saussure ha observado recientemente “¡en qué circunstancias triviales ha dependido el cambio o la conservación de la religión establecida en diferentes regiones de Europa!”. Cuando la Reforma penetró en Suiza, el gobierno del principado de Neufchatel, deseando conceder libertad de conciencia a todos sus súbditos, invitó a cada parroquia a votar “a favor o en contra de la adopción del nuevo culto”; y en todas las parroquias, salvo dos, la mayoría de los votos se emitieron a favor de la comunión protestante. Los habitantes del pequeño pueblo de Cressier también se reunieron; y, al ser un número par, hubo igualdad de votos a favor y en contra del cambio de religión. Un pastor, ausente por estar cuidando los rebaños en las colinas, fue llamado para decidir esta importante cuestión: como no le gustaban las innovaciones, dio su voto a favor de la forma de culto existente; y esa parroquia permaneció católica, y lo sigue siendo hasta hoy, en pleno corazón de los cantones protestantes.

Paso ahora a algunos hechos que he organizado para la historia de la tolerancia. En las Memorias de Jacobo II, cuando ese monarca publicó “La Declaración sobre la Libertad de Conciencia”, razonaba como un filósofo moderno, desde una perspectiva católica y liberal: acusaba “al celo de nuestro clero, que se había degradado hasta convertirse en intrigantes; y, como los artesanos de un oficio, que no temen nada tanto como a los intrusos, habían hecho creer a las personas indiferentes que su verdadera lucha no era por su fe, sino por sus posesiones temporales. Era incongruente que una iglesia, que no pretende ser infalible, obligara a las personas, bajo severas penas, a creer como ella; disfrutaban, afirmaba, de mantener un hierro sobre los disidentes y los católicos; tan dulce era el dominio, que incluso el simple pensamiento de los demás…

Page 323

“Participar en su libertad los llevó a negar precisamente la doctrina que ellos mismos predicaban”. El principal argumento que el católico esgrimió en esa ocasión fue “la razonabilidad de derogar leyes que hacían a los hombres susceptibles de las penas más severas por algo que estaba fuera de su poder remediar, ya que nadie podía obligarse a creer en lo que realmente no creía”.165

¡Tal era el lenguaje racional de los más fanáticos de los fanáticos! —El zorro puede balir como el cordero. En el mismo momento en que Jacobo II pronunciaba estas palabras moderadas, en lo más profundo de su corazón había condenado a la nación; pues he visto algunos de los documentos privados del rey, que aún existen; consisten en comunicaciones, principalmente de los sacerdotes más fanáticos, con proyectos más descabellados y profecías y sueños más absurdos, todos orientados a restablecer la verdadera fe católica en Inglaterra. De haber conservado el trono inglés el monarca liderado por los jesuitas, el lenguaje que ahora dirigía a la nación ya no se habría utilizado; y en ese caso habría servido a sus súbditos protestantes. Pedía tolerancia, para luego volverse intolerante. Se dedicó, ni siquiera, a una centésima parte de la nación inglesa; y, sin embargo, se sorprendió al encontrarse una mañana sin ejército. Cuando el monarca católico emitió esta declaración en favor de la “libertad de conciencia”, el “Jekyll” de su época observó que “no era más que andamios: pretendían construir otra casa, y cuando esa casa (el papado) estuviera construida, derribarían los andamios”.166

Cuando el presbiterianismo era nuestro señor, aquellos que habían soportado las torturas de la persecución y habían elevado tan fuertes clamores por la libertad, eran de todos los hombres los más intolerantes: apenas habían probado la copa de dominio, cuando se transformaron en los monstruos más horribles o más grotescos del poder político. Para ellos, la tolerancia era una hidra; y los obispos depuestos nunca habían denunciado con tanta vehemencia aquello a lo que, en una rabia ridícula, uno de los presbiterianos más extremistas llamó “una maldita e intolerable tolerancia”. Abogaban por los derechos de la persecución; y “el superficial Edwards”, como Milton llama al autor de “The Gangræna”.

Page 324

Publicaron un tratado contra la tolerancia. Aquellos que durante tanto tiempo se habían quejado de “los que concedían licencias”, ahora enviaban todos los libros que condenaban a ser quemados. Prynne defendió entonces las mismas doctrinas por las cuales él mismo había sufrido tan severamente; asumiendo el máximo poder del gobierno civil, incluso el de imponer la muerte a sus oponentes. Prynne perdió todo sentido por los sentimientos de los demás.

La idea de la tolerancia no fue comprensible durante mucho tiempo en la historia de Europa: probablemente ningún grupo estuviera dispuesto a concebirla en la lucha por la supremacía. No se ofrecían tratados cuando el objetivo oculto era la conquista. ¡Se sacrificaban personas! ¡Un masacre era considerado un sacrificio! Se acuñaban medallas para conmemorar estas “santas persecuciones”. El ángel destructor, sosteniendo en una mano una cruz y en la otra una espada, con las palabras “Vgonottorum Strages, 1572” —“El masacre de los hugonotes”— demuestra que la tolerancia no puede coexistir con esa fecha.

Castelnau, un estadista y hombre humano, no sabía cómo decidir sobre un asunto de suma importancia para Francia. En 1532 comenzaron a quemar a los luteranos o calvinistas, y a cortarles la lengua a todos los protestantes, “para que ya no pudieran protestar”. Según el padre Paul, cincuenta mil personas murieron en los Países Bajos debido a diferentes torturas por motivos religiosos. Pero Castelnau consideraba que un cambio en la religión del estado provocaría un cambio en el gobierno. Se preguntaba cómo era posible que cuanto más castigaban con la muerte, más aumentaba el número de víctimas: los mártires generaban nuevos prosélitos. Como estadista, observó el gran campo de acciones humanas en la historia pasada; allí descubrió que los romanos eran más iluminados en sus acciones que nosotros; que Trajano ordenó a Plinio el Joven que no molestara a los cristianos por su religión, pero que, si su comportamiento ponía en peligro al estado, debía disolver las reuniones ilegales; que Juliano el Apóstata prohibió expresamente la ejecución de los cristianos, quienes entonces creían que aseguraban su salvación mediante el martirio; pero ordenó que se confiscaran todos sus bienes, lo cual era una medida severa.

Page 325

castigo, mediante el cual Juliano logró más de lo que habría podido conseguir con las persecuciones. “Todo esto”, añade, “lo leemos en la historia eclesiástica”.169
Tales eran los sentimientos de Castelnau en 1560. En medio de las complejidades de la necesidad estatal y de nuestra humanidad común, la noción de tolerancia aún no había entrado en las concepciones del estadista. Fue también en ese momento cuando De Sainctes, un gran escritor polémico, declaró que, de no haberse extinguido los incendios encendidos para destruir el calvinismo, la secta no se habría extendido.
Unos cincuenta años después de este período, Thuanus fue quizás la primera gran mente que pareció insinuar al monarca francés y a su nación que podían vivir en paz con los herejes; con esta declaración atrajo sobre sí mismo la arrogante indignación de Roma y una declaración de que el hombre que hablaba a favor de los herejes debía ser necesariamente de primera categoría. Escuchemos al afligido historiador: “¿Acaso los hombres no tienen compasión, después de cuarenta años llenos de continuas miserias? ¿No tienen miedo tras la pérdida de los Países Bajos, causada por la frenética obstinación que caracterizó aquella época? Lamento que tales sentimientos hayan hecho que mi libro fuera examinado con una rigurosidad que equivale a calumnia”. Tal era el lenguaje de Thuanus en una carta escrita en 1606;170 lo cual indica una aproximación a la tolerancia, pero término que probablemente aún no existía en ningún diccionario. Podemos considerar, como tantos intentos de tolerancia, el gran sínodo nacional de Dort, cuya historia está ampliamente descrita por Brandt; así como el protestantismo moderado de Laud, orientado a acercarse a las ceremonias de la Iglesia romana. Pero el sínodo, tras celebrar unas doscientas sesiones, concluyó dividiendo a los hombres en universalistas y semiversalistas, supralapsores y sublapsores. Los propios reformados dieron origen a los remonstrantes; y las ceremonias de Laud terminaron con la colocación del altar hacia el este y con el establecimiento de un sistema jerárquico en torno a la monarquía. El error es circunflejo cuando intenta hacer lo que aún no ha aprendido. Presionaban por la conformidad para hacer aquello que, un siglo después, descubrieron que solo podía lograrse mediante la tolerancia.

Page 326

La historia secreta de la tolerancia entre ciertos grupos nos ha sido revelada por un documento curioso, escrito por ese maquiavélico religioso, el feroz y ascético republicano John Knox, un “papa” calvinista. “Mientras la descendencia de Abraham”, dice ese poderoso y astuto reformador, “era escasa en número y vivía en diferentes países, solo se les exigía que evitaran toda participación en los ritos idólatras de los paganos; pero tan pronto como prosperaron y formaron un reino, y obtuvieron posesión de Canaán, se les ordenó estrictamente que suprimieran la idolatría y destruyeran todos los monumentos y símbolos relacionados con ella. La misma obligación recaía ahora sobre los defensores de la verdadera religión en Escocia. Anteriormente, cuando no había más que diez personas ilustradas en un condado, habría sido absurdo exigir a la nobleza que suprimiera la idolatría. Pero ahora, cuando el conocimiento había aumentado…”, etc. Estos son los hombres que claman por la tolerancia mientras se encuentran en una situación de debilidad política, pero que anulan los compromisos mediante los cuales mantienen su poder en cuanto “obtienen posesión de Canaán”. El único comentario sobre este fragmento de la historia secreta de la tolerancia es la aguda observación de Swift: “Estamos plenamente convencidos de que siempre los toleraremos, pero no de que ellos nos tolerarán a nosotros”.

La verdad es que ninguna de las partes permitió la tolerancia. Ahora mostraré los dilemas en los que cada grupo se vio envuelto.

Cuando los reyes de Inglaterra querían imponer por la fuerza el sistema episcopal en Escocia, los presbiterianos aprobaron una ley contra la tolerancia de aquellos que discrepaban de las doctrinas y disciplinas presbiterianas. Así, como señala Guthrie, estaban cometiendo la misma violencia contra la conciencia de sus hermanos que criticaban en el rey. Los presbiterianos idearon su famoso pacto para despojar a los realistas de sus medios de vida; y los independientes, que adoptaron el principio de la tolerancia en su propio nombre, poco después impusieron lo que llamaban un acuerdo para expulsar a los presbiterianos. En Inglaterra, donde los disidentes fueron expulsados, sus líderes…

Page 327

El defensor Calamy se queja de que los disidentes solo utilizaban los mismos argumentos que los más eminentes reformadores habían empleado en su noble defensa de la reforma contra los papistas; mientras que los argumentos de la iglesia establecida contra los disidentes eran los mismos que empleaban los papistas contra la reforma protestante.172 Cuando los presbiterianos eran nuestros amos y predicaban la doctrina de la obediencia pasiva en asuntos espirituales ante el poder civil, sin duda estaban condenándose a sí mismos por su oposición reciente al antiguo episcopado. Cada vez que las personas actúan por un motivo secreto completamente opuesto al que aparentan tener, surgen resultados monstruosos; y como los extremos se unen, por muy opuestos que parezcan en sus inicios, Juan Knox y el padre Petre, en el poder, habrían servido igualmente a Jacobo II como confesor y primer ministro.

Un hecho relacionado con el famoso Justo Lipsio demuestra la dificultad de formar una noción clara de tolerancia. Este erudito, después de haber sido arruinado por las guerras religiosas de los Países Bajos, encontró un refugio honorable en una cátedra universitaria en Leiden, y sin dificultad renunció al papado. Publicó algunas obras políticas y adoptó como principio fundamental que solo se debía permitir una religión a un pueblo, y que no se debía conceder clemencia a los no conformistas, quienes, según él, debían ser perseguidos con espada y fuego: de esta manera, se eliminaría un solo miembro para mantener sano el cuerpo. “Ure, seca”, son sus palabras. Qué extrañas nociones en una república protestante; de hecho, en Holanda se aprobaban todos los horrores de sus opresores, el duque de Alba y Felipe II, de los cuales apenas se habían recuperado.173 Era un principio del cual, dice Bayle, debemos inferir inevitablemente que en Holanda solo se debería permitir una forma de creencia religiosa, es decir, una sola secta; y que aquellos paganos que habían colgado a los misioneros del evangelio habían hecho lo correcto. Lipsio se encontró tristemente en apuros cuando fue refutado por Teodoro Cornhert,174 firme defensor de la libertad política y religiosa; y al final, Lipsio…

Page 328

Un protestante con corazón católico se vio obligado a retractarse de sus palabras, al igual que Pistol con su cebolla, declarando que esas dos palabras problemáticas, “ure” y “seca”, eran préstamos de la medicina, y no significaban literalmente fuego y espada, sino un remedio poderoso y eficaz, uno de esos medicamentos capaces de expulsar el veneno. Jean de Serres, un ferviente hugonote, llevó el principio de la tolerancia tan lejos en su “Inventaire général de l’Histoire de France” que llegó a culpar a Carlos Martel por obligar a los francos, a quienes había conquistado, a adoptar el cristianismo. “Un celo perdonable”, observa, “en un guerrero; pero en realidad las mentes de los hombres no pueden ser conquistadas por las armas, ni esa religión puede imponérseles, ya que debe introducirse en los corazones de los hombres por medio de la razón”. Es curioso ver a un protestante, en su celo por la tolerancia, culpar a un rey por obligar a los idólatras a convertirse al cristianismo; y el hecho de haber encontrado una oportunidad para expresar sus opiniones en la oscura historia del siglo VIII es un ejemplo de cómo los historiadores incorporan sus pasiones en sus obras y ven los hechos antiguos con ojos modernos.

El protestante no puede conceder tolerancia al católico, a menos que este deje de ser papista; y la iglesia arminiana, que abrió sus brazos para acoger a todas las denominaciones de cristianos, se vio obligada, no obstante, a excluir a los papistas debido a su obediencia pasiva a la supremacía del pontífice romano. Curiosamente, el católico nos ha dicho, respecto a esta palabra “tolerancia”, que “Ce mot devient fort en usage à mesure que le nombre des tolérans augmente”. Era una palabra que parecía de reciente aparición, aunque el libro sea moderno. Los protestantes han discutido mucho hasta qué punto podrían ser tolerantes, o si deberían serlo en absoluto; “una dificultad”, exclama triunfante el católico, “que probablemente nunca resolverán mientras mantengan sus principios de supuesta reforma; las consecuencias que de ello se derivan provocan horror en el cristiano. Son los débiles quienes levantan tales clamores por la tolerancia; los fuertes consideran legítima la autoridad”.

Page 329

Una religión que no admite la tolerancia no puede ser tolerada sin riesgo, si existe alguna posibilidad de que obtenga una ventaja política.

Cuando Prisciliano y seis de sus seguidores fueron condenados a tortura y ejecución por afirmar que las tres personas de la Trinidad debían considerarse como tres manifestaciones diferentes del mismo ser, San Ambrosio y San Martín defendieron la causa de la humanidad ofendida y se negaron a comunicarse con los obispos que pedían la sangre de los priscilianistas; pero el cardenal Baronio, el cronista de la Iglesia, se vio muy en apuros para explicar cómo hombres de verdadera pureza podían abstenerse de aplaudir el ferviente celo de la persecución: prefirió renunciar a los santos antes que permitir la tolerancia, ya que reconocía que la tolerancia que estos santos habrían permitido no estaba exenta de pecado.176

En el artículo anterior, “Religiosismo político”, hemos mostrado cómo protegerse contra el posible mal de que quienes son tolerados se conviertan en tolerantes. La tolerancia ha sido sospechosa de indiferencia hacia la religión misma; pero con mentes sanas, no es más que una indiferencia hacia las polémicas teológicas: cosas “no de Dios, sino del hombre”, que han perecido y que siguen pereciendo a nuestro alrededor.

161 “Varios casos diversos y importantes de conciencia resueltos”, del obispo Barlow, 1692. Su “Caso de tolerancia en asuntos religiosos”, dirigido a Robert Boyle, p. 39. Este volumen no estaba destinado a ser dado al público, circunstancia que no hace que sea menos curioso.

162 En el artículo Sancterius. Nota F.

163 Algunos escritores recientes entre nuestros sectarios afirman que el Dr. Owen fue el primero en escribir a favor de la tolerancia, en 1648. Otro atribuye ese honor a John Goodwin, capellán de Oliver Cromwell, quien publicó uno de sus tratados polémicos en 1644, entre varios otros.

Page 330

de otras personas que, en aquella crisis, no se atrevieron a poner su nombre al frente de peticiones a favor de la tolerancia, ¡tan delicado y tan oscuro parecía entonces ese tema! En 1651 tradujeron el tratado liberal de Grotius, De Imperio Summarum Potestatum circa Sacra, bajo el título de “La autoridad de las más altas potestades sobre las cosas sagradas”. Londres, 8vo, 1651. En honor a Grotius, el primero de los reformadores filosóficos, cabe señalar que disgustó a ambas partes.

164 J. P. Rabaut, “sobre la Revolución Francesa”, p. 27.

165 “Vida de Jacobo II, según sus propios documentos”, ii 114.

166 Se trataba de un barón Wallop. Del diario manuscrito del Dr. H. Sampson.

167 Es curioso observar que los católicos más tarde se avergonzaron de estas indiscreciones; no querían admitir que existieran medallas que conmemorasen masacres. Thuanus, en su libro 53, las describió en detalle. Sin embargo, las medallas se han vuelto excesivamente escasas; pero se han vendido copias inferiores a los originales. También tenían imágenes sobre temas similares, acompañadas de inscripciones insultantes, las cuales han sido borradas, a veces de manera muy imperfecta. Véase los “Memorias” de Hollis, págs. 312-14. Este entusiasta publicó anuncios en los periódicos pidiendo a los viajeros que las consiguieran.

168 La Sala Regia del Vaticano todavía tiene en sus paredes una pintura de Vasari de esta masacre, entre otros acontecimientos importantes de la historia de los papas igualmente conmemorados.

169 “Memorias de Michel de Castelnau”, lib. i, cap. 4.

170 “Vida de Thuanus, por el reverendo J. Collinson”, p. 115.

171 “Vida de John Knox”, del Dr. M’Crie, ii. 122.

172 Cito de una carta inpublicada, escrita ya en 1749, dirigida al autor de “The Free and Candid Disquisition” por el reverendo Thomas Allen, rector de Kettering, Northamptonshire. Por extravagante que nos parezca su doctrina, sospecho que expresa los sentimientos ocultos incluso de algunos clérigos protestantes. Este rector de Kettering atribuye el aumento del cisma a la negligencia del clero, y parece haber perseguido tanto a los arzobispos, “en su propio perjuicio”, como nos cuenta, con singulares planes de reforma tomados de

Page 331

instituciones monásticas. Deseaba revivir la práctica inculcada por un canon del concilio de Laodicea de realizar oraciones ad horam nonam et ad vesperam —oraciones dos veces al día en las iglesias—. Pero su gran proyecto, según sus propias palabras, era:

“Hice saber al arzobispo que había compuesto un irénico en el cual demostraba la necesidad de un poder eclesiástico sobre las conciencias en asuntos religiosos, lo cual silenciaba por completo los argumentos de aquellos que abogan con tanta fuerza por la tolerancia. Tomé mi plan del ‘Discurso sobre la política eclesiástica’, en el cual se afirma la autoridad del magistrado civil sobre las conciencias de los súbditos en asuntos de religión externa; se describen los males e inconvenientes de la tolerancia, y se responde completamente a todos los pretextos esgrimidos en defensa de la libertad de conciencia. Si este libro fuera reimpreso y considerado, el rey conocería su poder y el pueblo su deber”.

El rector de Kettering parece no haber sabido que el autor de este “Discurso sobre la política eclesiástica” era el notorio Parker, inmortalizado por la sátira de Marvell. Este apóstata político, originariamente republicano y presbiteriano, se convirtió en un feroz defensor de un gobierno arbitrario tanto en la iglesia como en el estado. Ganó fácilmente el favor de Jacobo II, quien lo nombró obispo de Oxford. Sus principios eran tan violentos que el padre Petre, confesor de Jacobo, se encargó de ponerle fin. Esta carta del rector de Kettering, al adoptar el sistema de un obispo tan católico, confirma mi sospecha de que la tolerancia es condenada como un mal entre algunos protestantes.

173 Las crueldades practicadas por los protestantes contra los católicos están representadas y descritas en el libro de Arnoudt Van Geluwe, “Over de Ontledinghe van dry verscheyden Niew-Ghereformeerde Martelaers Boecken”, publicado en Amberes en 1656.

174 Cornhert fue uno de los padres de la literatura holandesa, e incluso de sus artes. Fue el compositor del gran himno nacional de Guillermo de Orange; también fue un famoso grabador, maestro de Goltzius. En su lecho de muerte seguía escribiendo contra la persecución de los herejes.

175 “Dictionnaire de Trevoux”, bajo la entrada Tolerancia. Impreso en 1771.

176 Sismondi, “Hist. des Français”, i. 41. El carácter de la primera persona que introdujo la persecución civil en la iglesia cristiana ha sido descrito por Sulpicio Severo. Véase la nota del Dr. Maclaine en su traducción de la “Historia eclesiástica” de Mosheim, vol. i. 428.

Page 332

DISCULPA POR LA MASACRE DE PARÍS.

Un documento original que ahora tengo ante mí, la carta autógrafa de Carlos IX, demostrará que la masacre sin precedentes, calificada por el mundo como religiosa, fue considerada en el gabinete francés simplemente como un medio político; uno de esos procedimientos estatales repugnantes que una supuesta necesidad inmediata ha impuesto con demasiada frecuencia a esa parte de la nación que, como una corriente subterránea, actúa en contra de la corriente principal, hasta que llega el momento crítico en el que una u otra debe cesar.

La masacre comenzó el día de San Bartolomé, en agosto de 1572, y duró siete días en Francia. Ese acontecimiento terrible interrumpió la correspondencia entre nuestra corte y la de Francia. Siguió un largo silencio; una no se atrevía a contar lo que la otra no podía escuchar. Pero los soberanos saben cómo convertir un simple acontecimiento interno en un medio político. Carlos IX, con motivo del nacimiento de una hija, envió a un embajador extraordinario para pedirle a Isabel que actuara como padrina. De este modo, el monarca francés logró un doble propósito: sirvió para reanudar sus relaciones interrumpidas con la reina silenciosa y, al mismo tiempo, alarmó a los protestantes franceses al disminuir sus esperanzas, que durante mucho tiempo habían reposado en la ayuda de la reina inglesa.

La siguiente carta, fechada el 8 de febrero de 1573, está dirigida por el rey a La Motte Fénélon, su embajador residente en Londres. En esta carta, el rey detalla minuciosamente una correspondencia confidencial con su madre, Catalina de Médici, quien quizás dictó esta carta al secretario.

Page 333

Aunque estaba firmado por el rey con su propia mano.177 Tales detalles minuciosos solo podían ser conocidos por ella misma. El conde de Wolchester (Worcester) se disponía ahora a partir, habiendo venido a París para el bautismo de la princesa; y acompañado por Walsingham, nuestro embajador residente, después de despedirse de Carlos, mantuvo la siguiente conversación con Catalina de Médici. Una entrevista con el joven monarca solía concluirse con una audiencia separada con su madre, quien probablemente seguía siendo la directora de sus consejos.

La corte francesa volvió a plantear su proyecto favorito: casar al duque de Alençon con Isabel. Hacía tiempo que deseaban calmar a ese espíritu turbulento, y las negociaciones con Isabel se habían interrumpido a causa de la masacre en París. Estaban algo preocupados por temor a que él compartiera el destino de su hermano, el duque de Anjou, quien no mucho antes había sido enviado en una misión igualmente infructuosa; e Isabel ya se había opuesto a la diferencia de edad entre ellos, ya que el duque de Alençon tenía solo diecisiete años, mientras que la reina era de treinta y seis. Pero Catalina señaló que Alençon era solo un año más joven que su hermano, contra quien esa objeción no se había planteado a Isabel, pues este había sido devuelto bajo otro pretexto: alguna dificultad que la reina había inventado respecto a su derecho a celebrar misas en su propia casa.

Después de que Catalina de Médici asegurara al conde de Worcester su gran afecto por la reina de Inglaterra, así como la firme intención de ella y del rey de preservarlo, y de que por lo tanto deseaban que este matrimonio propuesto tuviera lugar, aprovechó la oportunidad para preguntarle al conde de Worcester cuál era la causa de la marcada frialdad de la reina, su señora, hacia ellos. La narrativa se vuelve ahora dramática.

“Entonces Walsingham, que siempre permanecía junto al conde, se encargó de responder, reconociendo que efectivamente al dicho conde se le había encomendado hablar sobre este asunto; y luego dirigió algunas palabras…”

Page 334

Palabras en inglés dirigidas a Worcester. Y después el conde hizo comprender a mi señora y madre que la reina, su amante, había estado esperando una respuesta respecto a dos puntos: uno relacionado con la religión y el otro, una entrevista. Mi señora y madre respondieron de inmediato que nunca habían oído hablar de ningún punto sobre el cual no hubieran satisfecho de inmediato al señor Walsingham, quien entonces tomó la palabra; primero observando que el conde no estaba acostumbrado a tratos de esta naturaleza, pero que él mismo sabía con certeza que la razón por la cual estas negociaciones matrimoniales no avanzaban era realmente esos dos puntos pendientes: que su amante aún deseaba que se resolviera el asunto de la religión; porque en Inglaterra concluían que este asunto solo tenía como objetivo entretener y nunca llegar a concretarse (como ocurrió en el caso de mi hermano, el Duque de Anjou); y el otro punto concernía a la entrevista entre mi hermano, el Duque de Alençon; porque algunas cartas que pudieran haberse escrito entre las partes en asuntos de este tipo no podrían tener la misma fuerza que la vista y presencia de ambas personas, sin duda alguna. Pero añadió que otra cosa que también había retrasado enormemente este asunto era lo que había ocurrido recientemente en este reino; y durante tales disturbios, originados en cuestiones religiosas, no era el momento adecuado para hablar con ellos sobre dicho matrimonio; y que él y los suyos habían estado en gran temor en este reino, pensando que pretendíamos exterminar a todos aquellos de dicha religión. Ante esto, mi señora y madre le respondieron de inmediato y de forma ordenada: que estaba segura de que la reina, su amante, nunca podría apreciar ni valorar a un príncipe que no tuviera la religión en cuenta; y que quien quisiera que fuera de otro modo estaría privándolo de lo que más valoramos en este mundo; que debía recordar que mi hermano siempre había insistido en la libertad de religión, y que fue precisamente la dificultad para ejercerla públicamente, en lo que siempre insistió, lo que puso fin a estas negociaciones: el Duque de Alençon quedará satisfecho cuando se acuerde este punto, y se apresurará a ir con la reina, convencido de que ella

Page 335

no le causará el dolor y la vergüenza de cruzar los mares sin poner fin felizmente a este asunto. En cuanto a lo que ha ocurrido en estos últimos días, él debe haber visto cómo sucedió por culpa de los jefes de aquellos que se quedaron aquí; pues cuando el difunto almirante fue herido traicioneramente en Nôtre Dame, él conocía la aflicción en la que eso nos sumió (temiendo que pudiera causar grandes problemas en este reino), así como el esfuerzo que hicimos para averiguar judicialmente de dónde provenía; y la investigación estaba casi terminada, cuando ellos fueron tan olvidadizos que urdieron una conspiración para atentar contra mi vida, la de mi señora y madre, y la de mis hermanos, poniendo en peligro todo el reino; y esa fue la razón por la cual, para evitarlo, me vi obligada, con gran pesar, a permitir lo que ocurrió en esta ciudad; pero como él había sido testigo, di órdenes de detener, lo antes posible, esta furia del pueblo y de restablecer la calma entre todos. Al respecto, el señor Walsingham respondió a mi señora y madre que el ejercicio de dicha religión había sido prohibido en este reino. A lo cual ella también respondió que eso no se había hecho sino con un propósito bueno y sagrado: es decir, para calmar cuanto antes la furia del pueblo católico, quienes, de lo contrario, habrían recordado las calamidades pasadas y vuelto a atacar a los de dicha religión si hubieran seguido predicando en este reino. Además, si volvieran a fijarse en algunos jefes, yo lo impediré en la medida de lo posible, haciéndole entender claramente que lo que se hace aquí es muy similar a lo que se ha hecho y se practica ahora por la reina, su amante, en su reino. Pues ella solo permite el ejercicio de una sola religión, aunque hay muchos de sus súbditos que pertenecen a otra; y durante su reinado también castigó a aquellos de sus súbditos que consideró sediciosos y rebeldes. Es cierto que esto se ha hecho mediante leyes, pero yo realmente no podría actuar de la misma manera; pues al encontrarme en un peligro tan inminente, y con la conspiración levantada contra mí, los míos y mi reino, lista para ejecutarse, no tuve tiempo de acusar y juzgar públicamente tanto como hubiera deseado, sino que me vi obligada a…

Page 336

“Lamento profundamente tener que intervenir en lo que se ha hecho en esta ciudad”. Sin embargo, esta carta de Carlos IX no termina aquí. “Mi señora y madre” informa claramente al conde de Worcester y a sir Francis Walsingham de que su hijo nunca se había entrometido entre su ama y sus súbditos, y espera a cambio el mismo trato; aunque, según las noticias que habían recibido de Inglaterra, muchos barcos se estaban armando para ayudar a los rebeldes de La Rochela. “Mi señora y madre” da un paso más y declara que, por tratado, Isabel está obligada a ayudar a su hijo contra sus súbditos rebeldes; y esperan, al menos, que Isabel no solo detenga estos armamentos en todos sus puertos, sino que también castigue ejemplarmente a los infractores. Reanudo la transcripción de la carta.

“Al oír esto, dicho Walsingham cambió de color y pareció algo sorprendido, como mi señora y madre pudo observar perfectamente en su rostro; entonces pidió al conde de Worcester que mencionara la orden que sabía que la reina, su ama, había emitido para impedir que esas personas ayudaran a los de La Rochela; pero en Inglaterra había tantos marineros y otros que ganaban su vida con actividades marítimas, y que morirían de hambre sin la total libertad de los mares, que era imposible impedírselo”.

Carlos IX adjunta una copia de una carta que había recibido de Londres, en la que se coincide en parte con el relato que el embajador había enviado al rey sobre una expedición inglesa casi lista para zarpar hacia La Rochela, con el fin de ayudar a sus súbditos rebeldes. Está aún más alarmado por el hecho de que Isabel fomente a los descontentos y los ayude en secreto. Insta al embajador a dirigirse rápidamente a la reina para transmitirle estas quejas de la manera más amistosa posible, ya que sabe que el embajador puede hacerlo bien, y sin duda Walsingham ya la habrá preparado para recibirlo. Carlos ruega a Isabel que demuestre su buena fe con hechos y no con palabras; que actúe abiertamente.

Page 337

en un punto que no admite engaños. La mejor prueba de su amistad será el matrimonio; y el embajador, después de tratar este asunto con sus ministros principales, a quienes el rey considera deseosos de este matrimonio proyectado, deberá “informar a la reina de lo que ha pasado entre sus embajadores y yo”.

Tal es la primera carta sobre los asuntos ingleses que Carlos IX envió a su embajador, tras un terrible silencio de seis meses, durante el cual La Motte Fénélon no fue admitido en presencia de Isabel. La disculpa por la masacre de San Bartolomé proviene del propio rey, y contiene varias expresiones notables, las cuales, al menos, están libres de ese estilo de fanatismo y júbilo que podríamos haber esperado: por el contrario, este joven monarca sanguinario e imprudente, tal como se le describe, escribe en un tono sombrío y triste, lamentando su dura necesidad, lamentando no poder recurrir a las leyes, e implorando ayuda para contener la furia del pueblo, que él mismo había desatado. Catalina de Médici, quien lo había gobernado desde su tierna edad de once años, cuando ascendió al trono, sin duda podría haberlo convencido de que una conspiración estaba a punto de estallar. Carlos IX murió joven, y su carácter es visto negativamente por los historiadores. En la voluminosa correspondencia que he examinado, si pudiéramos juzgar por las cartas oficiales el carácter de quien las firma, deberíamos formarnos una idea muy diferente; son tan extensas y tan sinceras que uno podría pensar que fueron dictadas por el propio joven monarca.

177 Todas las numerosas cartas que he visto de Carlos IX, ahora en poder del señor Murray, están cuidadosamente firmadas por él mismo, y también he observado posdata escritas de su propia mano: siempre están firmadas además por su secretario. Menciono esta circunstancia porque, en el Dictionnaire Historique, se dice que Carlos, que murió joven, estaba tan entregado a los entretenimientos de su edad que ni siquiera quería firmar sus despachos, e introdujo

Page 338

Costumbre de los secretarios de suscribirse en nombre del rey. Esta voluminosa correspondencia demuestra la falsedad de esta afirmación. La historia está demasiado a menudo compuesta por relatos populares de este tipo.

178 Estas cartas de amor de Alençon a nuestra Isabel son mencionadas por Camden, quien observa que la reina se cansó de recibir tantas; y para poner fin a este problema, accedió a que el joven duque viniera, con la condición de que no se ofendiera si su pretendiente regresaba a casa sin éxito.

PREDICCIÓN.

En un curioso tratado sobre la “Adivinación”, o el conocimiento de los acontecimientos futuros, Cicerón ha conservado un relato completo de las artimañas estatales que utilizaba el gobierno romano para inculcar entre la gente esas esperanzas y temores mediante los cuales regulaban la opinión pública. La creencia pagana, ahora obsoleta y ridícula, ha hecho que este tratado sea raramente consultado; sin embargo, sigue siendo un capítulo de la historia de la humanidad.

A estos dos libros de Cicerón sobre la “Adivinación”, quizás se podría añadir un tercero, sobre la predicción política y moral. Los principios que incluso podrían elevarla a ciencia son evidentes por sí mismos; provienen del corazón del hombre y dependen de la naturaleza y conexión de los acontecimientos humanos. Presumimos que demostraremos la existencia real de tal facultad; una facultad que Lord Bacon describe como “hacer que las cosas futuras y lejanas parezcan presentes”. El arúspice, el augur y el astrólogo han desaparecido junto con

Page 339

sus propias supersticiones; pero el predictor moral y político, que actúa según principios autorizados por la naturaleza y la experiencia, se ha vuelto más hábil en sus observaciones de los fenómenos de la historia humana; y a menudo ha ocurrido que un filósofo razonable no haya sido un profeta indiferente.

No ha habido ninguna gran revolución política o moral que no estuviera acompañada de su pronóstico; y los hombres de mentalidad filosófica, en su retiro, liberados de las ilusiones de los partidos y de las sectas, inteligentes respecto a todo lo que hacen los hombres cuando están alejados de sus intereses conflictivos, rara vez se han visto confundidos por la sorpresa que abruma a aquellos que, absortos en la vida activa, son meras criaturas de la sensación, agitados por las sombras de la verdad, por las apariencias insustanciales de las cosas. Las naciones intelectuales avanzan en un círculo eterno de acontecimientos y pasiones que se suceden unos a otros, y el último está necesariamente relacionado con su predecesor; solo la fuerza aislada de algún incidente fortuito puede interrumpir este progreso concatenado de los asuntos humanos.

Que todo gran acontecimiento ha estado acompañado de un presagio o pronóstico fue algo que observó Lord Bacon. “Los pastores del pueblo deberían comprender los pronósticos de las tempestades estatales; soplos de viento huecos, aparentemente lejanos, y crecidas secretas del mar, a menudo preceden a una tormenta”. Tales fueron los pronósticos discernidos por el político obispo Williams en tiempos de Carlos I, quien previó claramente el éxito final del partido puritano en nuestro país: preocupado por su propia seguridad, abandonó el gobierno y se puso del lado de la oposición en ascenso, en un momento en que tal cambio en los asuntos públicos no era en absoluto evidente.

Con este espíritu de previsión, nuestro anticuario contemplativo Dugdale debió haber anticipado la escena que se avecinaba en 1641, con la destrucción de nuestros antiguos monumentos en las catedrales. Se apresuró en sus trabajos itinerantes de tomar dibujos y transcribir inscripciones, como él mismo dice, “para preservarlas para tiempos futuros y mejores”. La posteridad debe a este hombre previsor…

Page 340

El espíritu de Dugdale en los antiguos monumentos de Inglaterra, que llevan las marcas de la prisa, así como del celo, que los han perpetuado.

Los escritores continentales empleaban antiguamente una expresión acertada cuando querían referirse a una Historia Reformationis ante Reformationem: esta historia de la Reforma habría comenzado al menos un siglo antes de la propia Reforma. Una carta del cardenal Juliano al papa Eugenio IV, escrita un siglo antes de la aparición de Lutero, predice claramente la Reforma y sus consecuencias. Observó que las mentes de los hombres estaban maduras para algo trágico; sintió cómo el hacha golpeaba la raíz y el árbol comenzaba a doblarse, y que su partido, en lugar de sostenerlo, aceleraba su caída. En Inglaterra, sir Thomas More no fue menos perspicaz en sus opiniones; pues cuando su hijo Roper le señaló que la religión católica, bajo “el Defensor de la Fe”, se encontraba en un estado de gran florecimiento, la respuesta de More fue una muestra de visión política: “Es verdad, hijo Roper. Pero rezo a Dios para que no vivamos para ver el día en que estuviéramos dispuestos a hacer alianza y acuerdo con los herejes, para dejar que tengan sus iglesias en paz, de modo que ellos estuvieran contentos de dejarnos tener las nuestras en paz”. Si nuestro gran canciller predijo esto a partir de un conocimiento más profundo del carácter del rey, o por alguna circunstancia privada que quizás no se registró para nuestra información —de lo cual tengo una sospecha vaga—, eso aún está por determinar. Las mentes de los hombres de gran sagacidad política estaban, sin duda, en ese momento llenas de indicios oscuros del cambio que se avecinaba; Erasmo, cuando se encontraba en Canterbury frente a la tumba de Becket y la vio cargada de una enorme cantidad de joyas, deseó que esas joyas hubieran sido distribuidas entre los pobres y que el santuario solo estuviera adornado con ramas y flores; “Pues”, dijo, “aquellos que han acumulado toda esta masa de riquezas algún día serán saqueados y caerán presa de quienes están en el poder”; una predicción que se cumplió literalmente unos veinte años después de haber sido hecha. El autor desconocido de las Visiones de Piers

Page 341

Ploughman, que escribió durante el reinado de Eduardo III, sorprendió al mundo con una famosa predicción sobre la caída de las casas religiosas por mano de un rey. Ese acontecimiento se cumplió doscientos años después, por obra de nuestro Enrique VIII. Los escritores protestantes no dudaron en declarar que, en este caso, él fue inspirado por un poder divino. Pero la predicción moral y política no es inspiración; una puede ser fruto del hombre, mientras que la otra proviene de Dios. El mismo principio que llevó a Erasmo a predecir que aquellos que estuvieran “en el poder” destruirían los ricos santuarios, ya que ninguna otra clase social podía competir con un grupo tan poderoso como los monjes, condujo al autor de Piers Ploughman a la misma conclusión; y como solo el poder podía lograr ese gran objetivo, consideró que el más alto cargo era el más probable; así, esa sabia predicción se cumplió, literalmente, mucho tiempo después.

Sir Walter Rawleigh previó las consecuencias futuras de los separatistas y los sectarios dentro de la iglesia nacional, y la escena que su imaginación creó en 1530 se ha reproducido, palabra por palabra, dos siglos después de su predicción. Sus memorables palabras son: “El tiempo hará que, si no se opone, Dios sea expulsado de las iglesias hacia los graneros, y de allí nuevamente a los campos y montañas, y bajo setos; toda forma de disciplina y gobierno eclesiástico quedaría en manos de las nuevas opiniones y caprichos de los hombres, y surgirían tantas formas de religión como iglesias parroquiales haya en Inglaterra”. Nos impresiona el profundo genio de Tácito, quien claramente previó las calamidades que tanto devastaron Europa tras la caída del Imperio Romano, en una obra escrita quinientos años antes de ese acontecimiento. En esa sublime anticipación del futuro, observó: “Cuando los romanos sean expulsados de esos países que han conquistado, ¿qué ocurrirá entonces? La gente rebelde, liberada de su opresor, no podrá sobrevivir sin destruir a sus vecinos, y habrá guerras crueles entre todas estas naciones”.

Page 342

Se nos cuenta que Solón, en Atenas, contemplando el puerto y la ciudadela de Munychia, exclamó de repente: “¡Cuán ciego es el hombre ante el futuro! Si los atenienses pudieran prever el daño que esto causaría a su ciudad, ¡incluso lo devorarían con sus propios dientes para deshacerse de él!”. Una predicción que se cumplió más de doscientos años después. Tales deseaba ser enterrado en un barrio olvidado de Milecia, señalando que ese mismo lugar se convertiría con el tiempo en el foro. Carlomagno, en su vejez, al observar desde la ventana de un castillo la invasión normanda en sus costas, se llenaron de lágrimas los ojos del monarca anciano. Predijo que, ya que se atrevían a amenazar sus dominios mientras él aún vivía, ¿qué harían cuando ya no estuviera? —una predicción melancólica, según De Foix, de sus posteriores invasiones y de las calamidades prolongadas de la nación francesa durante todo un siglo.

Parece haber algo en las mentes que abarcan una visión amplia de la naturaleza humana que les sirve como una especie de adivinación, y algunos incluso han afirmado la existencia de esta facultad. Cicerón recuerda a Atico cómo siempre había juzgado los asuntos de la República como un buen adivino; y que su caída ocurrió tal como él lo había previsto catorce años antes. Cicerón no solo predijo lo que sucedió en su propia época, sino también lo que ocurrió mucho después, según el testimonio de Cornelio Nepos. El filósofo, de hecho, no afirma tener revelaciones secretas ni una segunda vista visionaria; nos dice honestamente que este arte se adquirió meramente mediante el estudio y la gestión de los asuntos públicos, mientras recuerda a su amigo varios ejemplos notables de sus predicciones acertadas. “No adivino los acontecimientos humanos mediante las artes practicadas por los augures, sino que uso otros signos”. Cicerón entonces se expresa con la ambigüedad cautelosa de un filósofo que no podía ridiculizar abiertamente las supersticiones reinantes; pero comprendemos perfectamente la naturaleza de sus “signos” cuando, en el gran evento pendiente de los conflictos entre Pompeyo y César, muestra los medios que utilizó para ello. “Por un lado, considero el carácter y el genio de César, y por otro, la situación…”

Page 343

“y la forma en que se desarrollan las guerras civiles”.184 En resumen, el adivino político predecía los acontecimientos en función de causas generales, mientras que el adivino moral, gracias a su experiencia con el carácter personal, anticipaba las acciones del individuo. Otros también han afirmado poseer esta facultad. Du Vair, un famoso canciller de Francia, creía que esta facultad era intuitiva en él: por su propia experiencia había observado los resultados de esta curiosa y oscura facultad, y en una época en la que la historia de la mente humana se comprendía de manera tan imperfecta, es fácil explicar el aparente egoísmo de este carácter serio y digno. “Nacido”, dice, “con una debilidad constitucional, con una mente y un cuerpo poco adecuados para el trabajo, con una memoria extremadamente defectuosa, sin ningún don natural, y sin embargo siempre capaz de ejercer una sabiduría tan grande que, desde que llegué a la edad adulta, no recuerdo que haya ocurrido nada importante en el estado, en el público o en mí mismo que yo no hubiera previsto”.185 Esta facultad parece estar descrita por una expresión notable utilizada por Tucídides en su retrato de Temístocles; la siguiente es una traducción aproximada: “Gracias a una especie de sabiduría propia de él, de la cual no dependía en absoluto ni de la educación temprana ni de los estudios posteriores, era excepcionalmente capaz de tomar decisiones rápidas en asuntos que requerían poco tiempo para ser considerados; al mismo tiempo, superaba con creces a todos en su capacidad para deducir el futuro a partir del pasado, o sea, era el mejor para adivinar el futuro a partir del pasado”.186 Si esta facultad de predicción moral y política llegara a considerarse como una ciencia, incluso podríamos darle un nombre; pues el autor de la Vida de Sir Thomas Browne, al incluirla como parte de sus obras dedicadas a ese filósofo, la denomina “el Estocástico”, término derivado del griego y relacionado con el tiro con arco, que significa “disparar contra un objetivo”. Parece que este genio eminente lograba con frecuencia “dar en el blanco”. Nuestro biógrafo afirma que “aunque no era profeta, destacaba en esa facultad que más se le acerca, es decir, el Estocástico”.

Page 344

En él rara vez se equivocaba respecto a los acontecimientos futuros, tanto públicos como privados.

De hecho, no estamos inculcando los elementos fantásticos de un arte oculto. Sabemos de dónde pueden provenir sus principios; y podemos observar cómo era practicado por los más sabios entre los antiguos. Aristóteles, quien recopiló todo el conocimiento curioso de su época, ha conservado algunas opiniones notables sobre el arte de la adivinación. Al detallar los diversos artificios empleados por los supuestos adivinos de su tiempo, revela el principio secreto mediante el cual uno de ellos regulaba sus predicciones. Declaró abiertamente que, dado que el futuro es siempre muy oscuro, mientras que el pasado es fácil de conocer, sus predicciones nunca tenían en cuenta el futuro; pues decidía a partir del pasado tal como se manifestaba en los asuntos humanos, los cuales, sin embargo, quedan ocultos para la multitud.187 Tal es el verdadero principio mediante el cual un historiador filosófico puede convertirse en un adivino hábil.

Los asuntos humanos se dan por sí mismos; surgen unos de otros, con ligeras variaciones; y así es como suelen ocurrir como han ocurrido. La dependencia necesaria de los efectos de las causas, y la similitud de los intereses y pasiones humanas, se confirman mediante paralelismos comparativos con el pasado. El sabio filosófico de las Escrituras sagradas dedujo realmente el importante principio de que “lo que ha sido es lo que será”. Los hechos vitales de la historia, embotados por el toque del anticuario cronológico, recuperan su vitalidad cuando comprendemos los principios que inevitablemente conducen a ciertos resultados, y descubrimos a los personajes entre la humanidad que son los actores habituales en estas escenas. El corazón del hombre late al ritmo de las mismas fuentes eternas; y ya sea que avance o retroceda, no puede escapar al curso del pensamiento humano. Por lo tanto, en las revoluciones más extraordinarias descubrimos que solo han cambiado el tiempo y el lugar; porque incluso cuando los acontecimientos no son estrictamente paralelos, detectamos los mismos principios rectorios. Escipión Ammirato, uno de los grandes italianos

Page 345

Los historiadores, en sus curiosos discursos sobre Tácito, mezclan ejemplos antiguos con los modernos; así, dice, todos pueden ver cómo la verdad de las cosas no se ve alterada por los cambios y las diversidades del tiempo. Maquiavelo tomó como ejemplos para ilustrar la historia moderna aquellos de la antigüedad.

Cuando la Revolución Francesa volvió a llamar nuestra atención hacia un período similar y lleno de acontecimientos en nuestra propia historia, los volúmenes olvidados que conservaban la historia pública y privada de nuestro Carlos I y Cromwell fueron recopilados con gran curiosidad. Con frecuencia, la escena que teníamos ante nosotros, e incluso los propios personajes, se revelaban en esas páginas olvidadas. Pero como los anales de la naturaleza humana no comenzaron con los de Carlos I, dimos un paso aún más atrás y descubrimos, en este ámbito más amplio, que en los diversos gobiernos de Grecia y Roma, los acontecimientos de aquellas épocas no eran más que reproducciones de otros. Entre ellos, los mismos principios conducían a los mismos resultados, y los mismos personajes intervenían en el mismo drama. Esto se manifestó de manera llamativa en un pequeño volumen curioso, titulado “Essai sur l’Histoire de la Révolution Française, par une Société d’Auteurs Latins”, publicado en París en 1801. Esta “Sociedad de Autores Latinos”, que escribió de forma tan inigualable sobre la historia de la Revolución Francesa, está formada por los propios historiadores romanos. Mediante extractos aplicados con ingenio, los acontecimientos de ese triste período son descritos de manera muy precisa, de hecho, narrados con tanto detalle que sin duda sorprenderán a quienes no están acostumbrados a detectar los paralelismos constantes que encontramos en la historia filosófica.

Muchas de estas crisis en la historia se parecen mucho entre sí. Comparemos la historia de la “Liga” en Francia con la de nuestras propias guerras civiles. Nos sorprenden los acontecimientos similares protagonizados por los mismos personajes políticos que desempeñaron su papel en ambos de esos grandes escenarios de la acción humana. Un realista satírico de aquellos tiempos recordó los motivos, los incidentes y los personajes en la “Satire Ménippée de la”.

Page 346

“La virtud del Catholicon de España”; y esta famosa “Sátira menipea” es un Hudibras perfecto en prosa. El escritor descubre toda la amarga burla de Butler en su ridícula y severa exposición de los “Estados de París”, mientras que el artista que diseñó las grabaciones satíricas se convierte en un Hogarth despreciable. Estos acontecimientos públicos son tan similares en su espíritu general y finalidad, que han servido de tema para un volumen impreso pero no publicado, titulado “Ensayo sobre las revoluciones”. Toda la obra se basó en este principio. “Sería posible”, dice el elocuente escritor, “crear una tabla o gráfico en el que todos los acontecimientos imaginables de la historia de un pueblo se redujeran a una exactitud matemática”. La concepción es fantasiosa, pero sus bases se encuentran en la verdad.

Una ilustración notable del principio secreto revelado por Aristóteles y descrito por Tucídides aparece en la reciente confesión de un hombre de genio entre nosotros. Cuando el señor Coleridge era escritor político en el Morning Post and Courier, en un período de oscuridad y total confusión, ese escritor fue guiado por un hilo de luz, no revelado a los periodistas comunes, hacia el imperio napoleónico. Sobre ese “despotismo disfrazado”, llegó a una conclusión basándose en “la situación de Roma bajo los primeros césares”; y respecto a la Revolución hispanoamericana, tomó como base para la comparación la guerra de las Provincias Unidas contra Felipe II. “En cada acontecimiento importante”, dice, “traté de encontrar, en la historia pasada, el evento que se le pareciera más. Consulté a los historiadores contemporáneos, memorialistas y panfletistas. Luego, restando cuidadosamente los puntos de diferencia de los de similitud, según favoreciera la balanza a unos u otros, supuse que el resultado sería el mismo o diferente. En los ensayos ‘Sobre la probable restauración final de los Borbones’, me siento autorizado para afirmar, por el efecto producido en muchos hombres inteligentes, que, de no faltar las fechas, podría sospecharse que los ensayos habían sido escritos en los últimos doce meses”.

Page 347

En las predicciones morales sobre los individuos, muchos han logrado descubrir su carácter futuro. El carácter revolucionario del cardenal de Retz, incluso en su juventud, fue detectado por la sagacidad de Mazarino. Este escribió luego la historia de la conspiración de Fiesco, con una admiración tan vehemente hacia su héroe, que el político italiano, tras leerla, predijo que el joven autor sería uno de los espíritus más turbulentos de su época. El padre del mariscal Biron, incluso en medio de la gloria de su hijo, descubrió esa nube que, invisible para los demás, estaba destinada a oscurecerla. De hecho, el padre conocía bien las pasiones ardientes de su hijo. “Biron”, dijo el vidente, “te aconsejo que, cuando haya paz, vayas a plantar coles en tu jardín; de lo contrario, te advierto que perderás la cabeza en la horca”. Lorenzo de’ Medici estudió el temperamento de su hijo Piero; pues Guicciardini nos informa que a menudo se quejaba a sus amigos más cercanos de que “preveía que la imprudencia y arrogancia de su hijo causarían la ruina de su familia”. Existe una predicción notable de Jacobo I sobre los males que podrían derivarse de la violencia de Laud, en una conversación mantenida por Hacket entre el rey y el arzobispo Williams. Cuando el rey se veía presionado a promover a Laud, dio las razones por las cuales pretendía “mantenerlo alejado de todo cargo de poder y autoridad, porque veo que tiene un espíritu inquieto y no puede conformarse con que las cosas vayan bien; prefiere cambiarlas constantemente y llevarlas a un estado de reforma basado en sus propias ideas, lo cual pone en peligro la estabilidad de lo que ya va bien. No hablo al azar; él mismo me ha demostrado ser así”. Luego, Jacobo expuso las circunstancias a las que se refería; y finalmente, cuando seguía siendo perseguido por el arzobispo, que era, como siempre, el instrumento de Buckingham, la buena naturaleza de este rey cedió demasiado fácilmente; sin embargo, no lo hizo sin hacer esta predicción final: “¡Entonces llévatelo contigo! Pero, por mi alma, te arrepentirás”. El carácter futuro de Cromwell era evidente para dos de nuestros grandes políticos. “Este hombre grosero e insignificante”, dijo Lord Falkland, señalando a Cromwell, “será la primera persona en el reino, si la nación llega a las manos”.

Page 348

El arzobispo Williams le dijo en privado a Carlos I: “Había algo en Cromwell que presagiaba algo peligroso; deseaba que su majestad lo ganara para sí o que lo hiciera desaparecer”. El carácter incomparable del marqués de Wellesley sobre Bonaparte permitió prever su caída cuando estaba en la cúspide de su gloria; ese gran estadista entonces empleó un lenguaje sublime propio de la profecía filosófica. “Su afán por el poder es tan desmedido; su celo por la independencia tan feroz; su apetito tan voraz en todo lo relacionado con su ambición, incluso en las cosas más insignificantes, que inevitablemente se verá sumido en terribles dificultades. Pertenece a esa clase de personas que, por naturaleza, se causan grandes contratiempos”.

A Lord Mansfield se le preguntó, tras el inicio de la Revolución Francesa, cuándo terminaría. Su señoría respondió: “Es un acontecimiento sin precedentes, y por lo tanto sin posibilidad de predicción”. Sin embargo, la verdad es que sí había precedentes, ya que nuestra propia historia ofrecía ejemplos de ello en tiempos de Carlos I. Las predicciones eran tan numerosas que se podría reunir un volumen con pasajes de diversos autores que habían previsto dicho acontecimiento. Por ingeniosa que fuera una historia de la Reforma antes de que ocurriera, las pruebas no podrían ser más auténticas y contundentes que las de la gran revolución moral y política que hemos presenciado en nuestros días.

Una predicción hecha por el obispo Butler en un sermón ante la Cámara de los Lores en 1741 demuestra su sagacidad política, así como su conocimiento de la naturaleza humana; calculó que el espíritu irreligioso provocaría, en algún momento, disturbios políticos similares a aquellos que, en el siglo XVII, surgieron debido al fanatismo religioso. “¿No existe el peligro”, observó, “de que todo esto genere algo similar a ese espíritu igualitario, basado en principios ateístas, que en la época pasada prevaleció sobre los entusiastas? ¡Y eso sin hablar de la posibilidad de que diferentes tipos de personas se unan bajo esos principios opuestos!”. Todo esto se ha cumplido literalmente. De hecho, Leibniz previó los resultados de ese egoísmo…

Page 349

y, finalmente, opiniones desmoralizadoras que comenzaron a prevalecer por toda Europa en su época. Estos principios desorganizadores, impulsados por una secta política que intentaba “ser peor de lo que podía ser”, como lo expresó el antiguo Montaigne; una especie de hombres que fueron audazmente elogiados por “tener gusto por el mal”; mostraron al mundo asombrado la catastrófica situación que el filósofo había predicho. Citaré este pasaje notable: “Observo que ciertas opiniones, similares a las de Epicuro y Spinoza, se van infiltrando poco a poco en la mente de los grandes gobernantes de los asuntos públicos, quienes sirven de guías para los demás y de quienes dependen todos los asuntos; además, estas opiniones también se introducen en los libros de moda, preparando así todo para esa revolución general que amenaza a Europa; destruyendo esos sentimientos generosos de los antiguos, griegos y romanos, que preferían el amor por la patria y el bien público, así como las preocupaciones por las generaciones futuras, a la fortuna e incluso a la vida. Nuestros espíritus públicos, como los llaman los ingleses, disminuyen excesivamente y ya no están de moda; seguirán estando aún menos cuando los menos viciosos de estos hombres solo conserven un principio, al que denominan honor; un principio que solo les impide hacer aquello que consideran una acción vil, mientras se ríen abiertamente del amor por la patria, se burlan de quienes son celosos por los fines públicos; y cuando un hombre bienintencionado pregunta qué será de sus descendientes, ellos responden: ‘¡Pues lo mismo que ahora!’. Pero puede ocurrir que estos mismos individuos tengan que soportar esos males que creen reservados para otros. Si esta perturbación epidémica e intelectual pudiera corregirse, cuyos efectos negativos ya son visibles, esos males aún podrían evitarse; pero si continúa creciendo, la Providencia corregirá al hombre a través de la misma revolución que debe surgir de ella. Sea lo que sea lo que ocurra, al final todo terminará como de costumbre, en beneficio de todos en general, aunque esto no podrá suceder sin el castigo de aquellos que, con sus acciones malvadas, contribuyen incluso al bien común”. El lector más superficial apenas necesitará un comentario sobre este pasaje tan notable; deberá percibirlo de inmediato.

Page 350

Cómo Leibniz, en el siglo XVII, previó lo que ocurrió en el siglo XVIII; y esa predicción se ha verificado en la historia de los actores de la revolución tardía, mientras que el resultado, que quizás aún no hemos tenido, según el propio y estimulante sistema de optimismo de Leibniz, es una obtención del bien a partir del mal.

Un gran genio, que fue oprimido por rivales malintencionados en su propia época, fue señalado por Madame de Staël como alguien que dejó tras de sí una verdadera profecía de la Revolución Francesa: se trataba de Guibert, quien, en su Comentario sobre el Polibio de Folard, publicado en 1727, declaró que “en Europa se está formando realmente una conspiración, por medios a la vez tan sutiles y eficaces, que lamento no haber nacido treinta años más tarde para presenciar su resultado. Hay que confesar que los soberanos de Europa usan gafas muy malas. Las pruebas de ello son matemáticas, si es que tales pruebas existen alguna vez, de una conspiración”. Guibert sin duda previó el espíritu antimonárquico alzando sus poderosas alas y extendiéndose por el universo; pero no pudo juzgar la naturaleza del impulso que predijo; al profetizar a partir de las ideas de su brillante intelecto, parece haber estado mucho más curioso que seguro acerca de las consecuencias.

Rousseau incluso predijo de forma circunstancial las convulsiones de la Europa moderna. Estuvo presente en la crisis de la Revolución Francesa, que previó vívidamente, ya que aconsejó seriamente a las clases altas de la sociedad que enseñaran a sus hijos algún oficio útil; una idea muy ridiculizada cuando apareció por primera vez Emilio; pero llegó el momento en que la terrible verdad se hizo evidente. Él también previó los horrores de esa revolución; pues anunció que Emilio tenía intención de emigrar, porque, debido al estado moral de la gente, una revolución virtuosa se había vuelto imposible. La elocuencia de Burke era a menudo oracular; y un discurso de Pitt, en 1800, pintó el estado de Europa tal como solo se hizo realidad quince años después.

Page 351

Pero muchas predicciones notables resultaron ser falsas. Cada vez que los hechos en los que se basa una predicción cambian, lo que antes era relativamente cierto deja de funcionar como principio general. Por ejemplo, a esa sorprendente anticipación que Rousseau hizo sobre la Revolución Francesa, añadió, como nota, una predicción igualmente notable sobre la monarquía: “Considero imposible que las grandes monarquías de Europa sigan existiendo por mucho tiempo; todas han brillado, y todo estado que brilla está en declive”. El espíritu antimonárquico predominante entre nuestra generación emergente parece acelerar la realización de esta profecía; pero si ha ocurrido un cambio importante en la naturaleza de las cosas, podemos cuestionar el resultado. Si al examinar el pasado Rousseau encontró hechos que demostraban suficientemente que las naciones en la cúspide de su esplendor y corrupción terminaban convirtiéndose en presa fácil de invasores bárbaros, quienes aniquilaban a los pueblos más refinados de un solo golpe, ahora descubrimos que ya no existe tal poder en la gran familia europea: por lo tanto, la situación ha cambiado. Ahora la pregunta es: ¿cómo actuarán las naciones corruptas contra otras naciones igualmente corruptas? Pero si el ciudadano de Ginebra basó su predicción sobre la extinción de la monarquía en Europa en esa preferencia por la democracia que supone que una república debe necesariamente producir más felicidad al pueblo que una monarquía, entonces decimos que ese experimento fatídico se repitió, ya que la predicción y el hecho resultaron no ser ciertos. El exceso de democracia inevitablemente conduce a un estado monárquico; y si todas las monarquías de Europa fueran actualmente repúblicas, un filósofo podría predecir con seguridad la restauración de la monarquía.

Si una predicción se basa en hechos que nuestros propios prejuicios nos inducen a pensar que existirán, entonces debe ser quimérica. Contamos con una Crónica Universal del monje Carion, impresa en 1532, en la cual anuncia que el mundo estaba a punto de terminar, así como su crónica al respecto; que el imperio turco no duraría muchos años; que después de la muerte de Carlos V, el imperio alemán sería despedazado por los propios alemanes.

Page 352

Este monje ya no podrá pasar por profeta; pertenece a esa clase de historiadores que escriben para satisfacer sus propios prejuicios, al igual que cierta profetisa que, en 1811, predijo que crecería hierba en Cheapside más o menos en esa época. El monje Carion, al igual que otros de mayor renombre, calculó mal las semanas mencionadas por Daniel y deseó a los mahometanos más males de los que era conveniente para los gobiernos cristianos de Europa infligirles. Por último, el historiador monástico no tenía ni idea de que a la Providencia le complacería favorecer la herejía de Lutero. Sir James Mackintosh dijo una vez: “Soy consciente de que en el campo de las predicciones políticas, la sabiduría experimentada ha sido a menudo engañada”. Sir James se refería al memorable ejemplo de Harrington, quien publicó una demostración de la imposibilidad de restablecer la monarquía en Inglaterra seis meses antes de la restauración de Carlos II. Pero el autor de Oceana era un fanático político que se atrevió a predecir un acontecimiento no mediante otros eventos similares, sino mediante un principio teórico que él mismo había formulado: “el equilibrio de poder depende del equilibrio de la propiedad”. Harrington, en su visión reducida de la naturaleza humana, excluyó de sus cálculos todas las pasiones apasionadas relacionadas con la ambición y los partidos, así como las vacilaciones de la multitud. Un error similar cometió un gran genio como Defoe. “Child”, dice el señor George Chalmers, “al prever, por experiencia, que la conducta de los hombres debía decidirse finalmente por sus principios, predijo la rebelión colonial. Defoe, permitiendo que sus prejuicios nublaran su sabiduría, rechazó esa idea, porque consideraba que los intereses eran un motivador más fuerte que el entusiasmo”. Las predicciones de Harrington y Defoe son precisamente las que podríamos esperar de un simple calculador, un economista político que solo puede ver resultados inmediatos. Pero el verdadero predictor filosófico fue Child, quien había estudiado el pasado. Es probable que la emancipación de los estadounidenses de su país madre, Inglaterra, fuera prevista veinte o treinta años antes de que ocurriera, aunque quizás no por parte de la administración. Lord Orford, escribiendo en 1754, durante el gobierno del Duque de Newcastle, criticó “Las instrucciones para el gobernador de Nueva York”.

Page 353

que parecía más adecuado para la latitud de México y para un tribunal español que para un asentamiento británico libre, y con tal opulencia y tal altivez, que desde hacía tiempo se sospechaba que planeaban liberarse de la dependencia de su país madre”. Si esto fue escrito en aquel momento, como afirma el autor, es un pasaje muy notable, observa el noble editor de sus memorias. Los pronósticos o presagios de esta revolución pueden ser ahora difíciles de recuperar; pero es evidente que Child, antes de que Lord Orford escribiera este pasaje, predijo la separación basándose en principios verdaderos y filosóficos.

Incluso cuando el acontecimiento no siempre justifica la predicción, el que la hizo puede no haber sido menos correcto en sus principios de adivinación. La catástrofe de la vida humana y el giro de los grandes acontecimientos suelen resultar accidentales. El mariscal Biron, a quien ya hemos mencionado, podría haber ascendido al trono en lugar de al patíbulo; Cromwell y De Retz podrían haberse convertido únicamente en los generales favoritos o en ministros de sus soberanos. Los acontecimientos fortuitos no están al alcance de la previsión humana; tales casos deben ser atribuidos a esas supersticiones vulgares que pretenden descubrir el desenlace de los acontecimientos humanos sin pretender poseer ningún conocimiento humano. No hay nada sobrenatural en la previsión del filósofo.

A veces las predicciones han sido condenadas como falsas, pero, al examinarlas detenidamente, apenas podemos considerarlas erróneas: pudieron haberse cumplido y podrían volver a afectarnos. En 1749, el Dr. Hartley publicó sus “Observaciones sobre el hombre” y predijo la caída de los gobiernos y jerarquías existentes mediante dos proposiciones simples; entre otras:

Prop. 81. Es probable que todos los gobiernos civiles sean derrocados.

Prop. 82. Es probable que las formas actuales de gobierno eclesiástico sean disueltas.

Page 354

Muchos se alarmaron ante estas predicciones de declive de la iglesia y del estado. La señora Charlotte Wentworth preguntó a Hartley cuándo ocurrirían esas cosas terribles. La respuesta del vidente no fue menos espantosa: “Soy un hombre anciano y no viviré lo suficiente para verlo; pero usted es una mujer joven y probablemente lo verá”. En las revoluciones posteriores en América y Francia, y quizás ahora en España, difícilmente podemos negar que estas predicciones resultaron erróneas. Un acontecimiento fortuito ha vuelto a sumir a Europa en sus antiguas condiciones; pero seguimos girando en círculos, y lo que ahora parece oscuro y lejano podría volver a surgir cuando el tiempo complete su gran ciclo. Había un pasaje profético en la obra *Ecclesiastical Polity* de Hooker sobre la iglesia, que durante mucho tiempo ocupó las especulaciones de sus interpretadores. De hecho, parecía que Hooker había hecho lo que ningún vidente debería hacer: determinó el período en que se cumpliría ese acontecimiento. En 1597 declaró que probablemente serían “setenta años, o, si la fuerza lo permite, ochenta”. Aquellos que sobrevivieron a la revolución de 1641, cuando el Parlamento largo derribó el sistema eclesiástico y vendió las tierras de la iglesia —una circunstancia que Hooker ya había previsto— y posteriormente regresaron a sus cargos durante la Restauración, pensaban que la predicción aún no se había cumplido, y esperaban con gran ansiedad el año 1677, fecha en que según ellos terminaría esa extraordinaria predicción. Cuando en 1675 se consultó al obispo Barlow al respecto, él intentó disipar el pánico refiriéndose a un historiador antiguo que había reprochado a nuestra nación su tendencia a las profecías. En verdad, la predicción del venerable Hooker ya se había cumplido por completo, y el acontecimiento ocurrió sin que el obispo Barlow tuviera que recordarlo; ¡es tan fácil olvidar aquello que preferimos no recordar! El período de tiempo se tomó de forma demasiado literal, y parece haber sido solo una expresión figurada, en lenguaje bíblico, de la edad del hombre, tal como la utilizó Hooker; pero ahora nadie negará que este sabio previsor previó profundamente los resultados de aquel partido en ascenso.

Page 355

Cuyos planes respecto a la iglesia y el estado estaban claramente descritos en su propia visión luminosa.

El predictor filosófico, al predecir una crisis a partir de las apariencias de las cosas, no asignará imprudentemente el período de tiempo; pues la crisis que anticipa se calcula según ese marchar inevitable de los acontecimientos que se generan unos a otros en los asuntos humanos; pero el plazo siempre es dudoso, ya sea retrasado o acelerado por circunstancias de una naturaleza incapaz de entrar en esta aritmética moral. Es probable que una revolución similar a la de Francia hubiera ocurrido en este país, de no haber sido contrarrestada por el genio de Pitt. En 1618 era fácil predecir, mediante la prognosis política, que necesariamente tendría lugar una gran guerra en toda Europa. En aquel momento, observa Bayle, la casa de Austria aspiraba a una monarquía universal; el espíritu dominador de los ministros del Emperador y del Rey de España, combinado con su determinación de exterminar la nueva religión, provocó una reacción contra ese despotismo imperial; la opinión pública había sido suprimida, hasta que todo pueblo se volvió impaciente; mientras que sus soberanos, influenciados por el sentimiento nacional, se unían contra Austria. Pero Austria era una poderosa potencia militar, y sus generales eran los mejores de su clase. Los esfuerzos de Europa serían entonces a menudo rechazados. Esta situación predecía una larga guerra; y cuando finalmente estalló, duró treinta años. Se podía prever la aproximación y la duración de la guerra; pero no se podía anticipar el momento de su fin.

Sin embargo, existe un espíritu de vaticinio político que se atreve a trascender los límites de la previsión humana; a menudo ha sido atribuido a la más alta fuente de inspiración por los entusiastas; pero desde que “el lenguaje de la profecía” ha cesado, tales pretensiones son tan impías como poco filosóficas. Knox, el reformador, poseía una extraordinaria dosis de esa terrible confianza profética: parece haber predicho varios…

Page 356

Hechos extraordinarios y el destino de algunas personas. Se nos cuenta que, condenado a trabajar en una galera en Rochelle, predijo que “en dos o tres años predicaría el evangelio en Saint Giles’s, en Edimburgo”; un acontecimiento improbable que, sin embargo, ocurrió. Sobre María y Darnley, afirmó que “ya que el rey, por complacer a la reina, había ido a misa, el Señor, en su justicia, la haría instrumento de su derrocamiento”. Otras predicciones sorprendentes sobre la muerte de Thomas Maitland y de Kirkaldy de Grange, así como la advertencia solemne que dirigió al regente Murray para que no fuera a Linlithgow, donde fue asesinado, llevaron a aquel pueblo bárbaro a pensar que el profeta Knox había recibido una comunicación directa del Cielo. Un fraile español y fabricante de almanaques predijo, con palabras claras y precisas, la muerte de Enrique IV de Francia; y Pieresc, aunque no creía en la vana ciencia de la astrología, alarmado por todo lo que amenazaba la vida de un monarca querido, consultó a algunos amigos del rey y puso el almanaque español ante su majestad. Ese monarca de gran espíritu les agradeció su preocupación, pero desestimó por completo esa predicción; el acontecimiento se produjo, y al año siguiente el fraile español difundió su propia fama en un nuevo almanaque. A veces me han llamado la atención las “jeremías” del honesto George Withers, el poeta vaticinador de nuestras guerras civiles: algunas de sus obras contienen numerosas predicciones solemnes. Podemos explicar muchas de estas predicciones sin necesidad de recurrir a ninguna fuerza sobrenatural. Entre los espíritus activos de una época revolucionaria, los líderes de un partido, como Knox, suelen tener comunicaciones secretas con espías o con amigos. En una fuente constante de información oculta, un carácter astuto, confiado y entusiasta encontrará material suficiente para manifestar una previsión misteriosa. Knox demostró esa profunda sabiduría que le permitía contemplar las perspectivas más amplias del futuro, como se evidencia en su visión maquiavélica sobre la destructiva destrucción de los monasterios y las catedrales: “La mejor manera de evitar que vuelvan las urracas es destruir sus nidos”. En el caso de la predicción de la muerte de Enrique IV, hecha por el fraile español…

Page 357

Fray, ello resultó ya sea porque estaba al tanto de la conspiración, o porque fue utilizado como instrumento para sus propósitos por aquellos que sí lo sabían. Parece que los rumores sobre el asesinato de Enrique eran abundantes en España e Italia antes de que ocurriera el hecho. Tales vaticinadores como George Withers siempre surgirán en esos tiempos turbulentos, tal como su propio verso prosaico ha descrito con fuerza:—

Puede ser que en esa oscuridad que encuentran dentro de sus corazones haya brillado de repente una luz, que proyecta reflejos de cosas venideras, las cuales dejan en ellos reflexiones preocupantes para sus débiles espíritus; o demasiado complejas como para que puedan ordenarlas y relatarlas. Actúan como lo hacen quienes están en éxtasis, esforzándose por explicar sus visiones confusas; y yo, quizás, pueda ser uno de esos que fueron puestos en libertad para cumplir una misión: yo balbuceo aquello que los hombres prudentes consideran locura.—P. 7.195

Al separar la predicción humana de la profecía inspirada, solo atribuimos a las facultades humanas esa previsión de la cual hemos demostrado que algunas mentes excepcionales la han ejercido sin duda alguna. Hemos descubierto sus principios en la dependencia necesaria de los efectos respecto a las causas generales, y hemos mostrado que, impulsados por los mismos motivos y limitados por las mismas pasiones, todos los asuntos humanos giran en círculo; además, hemos revelado la verdadera fuente de esta ciencia aún imperfecta de la predicción moral y política: un conocimiento profundo pero discriminativo del pasado.

La autoridad es sagrada cuando la experiencia ofrece paralelismos y analogías. Si se puede prever gran parte de lo que podría abrumarnos cuando ocurra, el estadista y moralista previsor puede tomar medidas defensivas para contrarrestarlo.

Page 358

las aguas, cuyos caudales no siempre pueden dirigir; y el venerable Hooker ha observado profundamente que “las mejores cosas han sido derrocadas, no tanto por la fuerza y poder de los adversarios, como por defecto de consejo en aquellos que deberían haberlas sostenido y defendido”.196

La filosofía de la historia combina el pasado con el presente, y une el presente con el futuro: cada uno no es más que una parte del otro. El estado real de algo está necesariamente determinado por sus antecedentes, y así, progresivamente, a través de la cadena de la existencia humana; mientras que “el presente está siempre lleno del futuro”, como expresó acertadamente Leibniz esta idea.

Así, una luz nueva y hermosa se proyecta sobre los anales de la humanidad, a través de las analogías y paralelismos entre diferentes épocas sucesivas. Cómo el siglo XVII influyó en el XVIII; y los resultados del siglo XIX tal como aparecerán en el XX, podrían abrir una fuente de predicciones. Por difícil que sea fijar sus fechas, no habría tal dificultad al explorar las causas y rastrear sus efectos inevitables.

La multitud vive solo entre las sombras de las cosas, en las apariencias del presente; los eruditos, ocupados con el pasado, solo pueden rastrear de dónde y cómo proviene todo; pero aquel que es uno del pueblo y también uno de los eruditos, el verdadero filósofo, contempla la tendencia natural y los desenlaces que se preparan para el futuro.

179 Véase Rushworth, vol. I, p. 420. Su lenguaje fue decisivo.

180 Esta carta se encuentra en las obras de Æneas Sylvius; Bossuet ofrece un extenso extracto en sus “Variaciones”. Véase también Mosheim, Cent. XIII, parte II, cap. 2, nota m.

181 Aunque no se puede afirmarlo con certeza, se cree generalmente que el autor fue Robert Longlande, un monje de Malvern. Véase la introducción a la edición de Wright de “The Vision”. Se cree que la segunda mitad del año 1362 fue el momento de su composición.

Page 359

182 Este pasaje es tan notable que merece ser reproducido aquí, para la referencia inmediata de aquellos lectores que no tengan acceso fácil al original. Modernizamos la ortografía según la edición del Sr. Wright:—

Pero vendrá un rey,
Y os declarará religiosos,
Y os castigará, como dice la Biblia,
Por haber roto vuestras reglas.

* * * *

Y entonces el abad de Abingdon
Y todos sus descendientes para siempre,
Recibirán el castigo del rey,
Y su herida será incurable.

183 Ep. ad Att. Lib. x. Ep. 4.

184 Ep. ad Att. Lib. vi. Ep. 6.

185 Esta notable confesión la encuentro en las “Observaciones sobre el idioma francés” de Menage, Parte II, p. 110.

186 Οὶκείᾳ γὰρ ξυνέσει, καἱ οὔτε προμαθὡν ἐς αὐτἃν οὐδὲν, οὔτ’ ἐπιμαθὼν τῶν τε παραχρῆμα δἰ ἐλαχίστης βουλῆς κράτιστος γνώμων, καἱ τῶν μελλόντων ἐπιπλεῖστον τοῦ γενησομένου ἄριστος εἰκαστής.—Tucídides, lib. i.

187 Aristóteles, Retórica, lib. vii, cap. 5.

188 Esta obra se imprimió en Londres como primer volumen, pero permaneció inpublicada. Esta producción singularmente curiosa fue suprimida, pero reimpresa en París. Sufrió las mutilaciones más crueles. Leí con sorpresa e interés el único ejemplar del que me aseguraron que era el único que había sobrevivido a la destrucción de toda la edición. El autor era el célebre Chateaubriand.

Page 360

189 “Biographia Literaria; o, Esbozos biográficos de mi vida y opiniones literarias”. De S.T. Coleridge, Esq. 1807. Vol. I, p. 214.

190 “Espíritu público” era una expresión muy común entre nosotros alrededor del año 1700. Leibniz se sintió impresionado por su importancia, pero hoy en día nos resultaría difícil encontrar sinónimos, o incluso explicar el significado de esos términos mismos.

191 Este pasaje extraordinario se encuentra al final del tercer libro de Emilio; debo remitir al lector a dicho libro. Sin embargo, es curioso observar que en 1760 Rousseau hizo las siguientes predicciones terribles, consideradas completamente absurdas: “Confían en el orden actual de la sociedad, sin pensar que ese orden está sujeto a revoluciones inevitables: el grande se vuelve pequeño, el rico se vuelve pobre, el monarca se vuelve súbdito. Nos acercamos a un estado de crisis y a un siglo de revoluciones. ¿Qué hará entonces en la miseria ese tirano a quien solo han elevado para que sea grande? ¿Qué hará en la pobreza ese hombre que solo sabe vivir de oro? ¿Qué hará, sin nada, ese necio extravagante que no sabe cómo valerse por sí mismo?” etc.

192 Esta predicción sobre el fin del mundo es una de las ilusiones más populares; es recibida con entusiasmo por muchos cada vez que se difunde. Tuvo un efecto muy marcado cuando se acercaba a su fin el ciclo de mil años desde el nacimiento de Cristo; se creía que ese era el límite del estado actual del mundo. Se realizaron numerosos actos de piedad: se construyeron iglesias, se fundaron instituciones religiosas, y el ascetismo se convirtió en la norma. Pero el temido año pasó sin que ocurrieran los horrores sobrenaturales que tanto se temían. El mundo pronto volvió a olvidarse de todo y continuó como antes. Desde entonces se han difundido muchas más profecías; y, a pesar de estos repetidos fracasos, aún hay personas que se atreven a hacer tales predicciones, de quienes se podría esperar algo mejor. Richard Brothers, en el siglo pasado, y más de un clérigo en el actual, han tenido la osadía de fijar una fecha exacta para ese acontecimiento; pero también pasó sin novedad, al igual que el milenario mencionado anteriormente.

193 Una de las profecías más efectivas contra Londres, y que asustó en su momento a un gran número de sus habitantes, fue la que se difundió en la primavera de 1750, después de que se sintiera un ligero terremoto en Londres. Se profetizó que ocurriría otro terremoto que destruiría la ciudad y a todos sus habitantes. Todas las carreteras estaban llenas de personas que se dirigían al campo un día o dos antes del supuesto evento; y todas ellas fueron tratadas sin piedad.

Page 361

Fueron objeto de burlas cuando el día pasó tranquilamente. Walpole, en una de sus cartas divertidas, habla de un grupo que fue “a una posada a diez millas de la ciudad, donde iban a seguir bebiendo hasta las cinco de la mañana y luego volver… supongo, para buscar los huesos de sus maridos y familias bajo la basura”. Los bromistas que estaban fuera hasta tarde se entretenían imitando la voz de los vigilantes: “¡Son más de las cuatro, y hay un terremoto terrible!”. Un panfleto que pretendía ser “un relato completo y verídico” de este terremoto que nunca ocurrió fue “impreso para Tim Tremor, en Fleet Street, en 1750”, y sirvió como pretexto para muchas sátiras personales. Así se decía que “los comisionados del puente de Westminster ordenaron que esta catástrofe se registrara en sus libros, como excusa gloriosa para el próximo hundimiento del muelle”; y que la ciudad encontró cierto consuelo al saber que “todos los edificios de los abogados se habían hundido, y se dieron varias órdenes para que nadie ayudara a sacar a ningún abogado a la superficie”.

194 Un testigo ocular del gran incendio de Londres señaló la dificultad para obtener ayuda efectiva para detener su avance, debido a la superstición que afectaba a muchas personas, ya que se citaba una profecía de Mother Shipton para demostrar que Londres estaba condenado a una destrucción total e irremediable.

195 “Una linterna oscura, que ofrece un descubrimiento tenue, mezclado con recuerdos, predicciones, etc. 1652”.

196 Hooker escribió esto alrededor de 1560, es decir, antes de que comenzara el Siglo de las Revoluciones, ¡incluso entre nosotros! Él llegó a este importante principio únicamente mediante la fuerza de su propia meditación. En la actualidad, tras haber adquirido más experiencia práctica en revoluciones políticas, un escritor francés muy inteligente, en un panfleto titulado “M. da Villèle”, dice: “La experiencia demuestra una gran verdad: es decir, que las revoluciones por sí solas no pueden tener éxito, a menos que cuenten con el apoyo de parte del gobierno”. Ilustra este axioma con las diferentes revoluciones que han tenido lugar en su país en estos treinta años. Es la misma verdad, rastreada hasta su origen por otro camino.

Page 362

SUEÑOS AL AMANECER DE LA FILOSOFÍA.

La filosofía moderna, ya sea teórica o experimental, solo resulta entretenida mientras la acción de descubrimiento está suspendida o avanza; el interés cesa en el investigador cuando se determina la catástrofe, como en la novela cuyo desenlace gira en torno a un incidente misterioso, que, una vez revelado, pone fin a toda agitación futura. Pero en la verdadera infancia de la ciencia, los filósofos eran una raza tan imaginativa como los poetas: maravillas y presagios, indemostrables e indefinibles, junto con fantasías ocultas, que comenzaban perpetuamente y nunca terminaban, resultaban deliciosos al igual que los cambiantes cantos de Ariosto. Entonces, la ciencia hechizaba la vista con su taumaturgia; cuando miraban a través de un tubo óptico, creían estar mirando hacia el futuro; o, al ver alguna sombra que oscurecía la esfera vidriosa, contemplaban a la persona ausente; mientras que las invenciones mecánicas del arte eran juguetes y trucos, con a veces un autómata que los asustaba con su apariencia de vida.

Los primeros adeptos de la filosofía moderna solo fueron testigos, como llama Gaffarel a su colección, de “Curiosidades inauditas”. Este estado de lo maravilloso, del cual ahora estamos para siempre privados, prevaleció entre los filósofos y los virtuosos en Europa, y también entre nosotros, mucho después del establecimiento de la Real Sociedad. La filosofía dependía entonces principalmente de la autoridad; sin embargo, una sola era suficiente: así, cuando esa autoridad era repetida por cincuenta otros, tenían la autoridad de cincuenta hombres honestos, ¡fuera quien fuese ese primer hombre! Eran entonces una raza dichosa de niños, deambulando aquí y allá en una edad de oro de inocencia e ignorancia, donde a cada paso cada descubridor talentoso susurraba a los pocos algunos secreto medio oculto de la naturaleza, o jugaba con algún juguete del arte; alguna invención que, con gran dificultad, realizaba aquello que, sin ella, podría haberse hecho con gran

Page 363

Facilidad. Los gabinetes de los amantes de las artes mecánicas formaban apartamentos encantados, donde los admiradores temían moverse o mirar a su alrededor; mientras que los propios filósofos casi se imaginaban que eran ellos mismos los taumaturgos, a quienes el mundo les daba demasiado crédito, al menos por su tranquilidad. ¿Deberíamos perseguir sombras en esta tierra resplandeciente iluminada por la luna, o jugar con estos niños en la fresca mañana de la ciencia, antes de que Aurora apenas asomara sobre las colinas? Debemos entrar en sus sentimientos, ver con sus ojos y creer todo lo que nos confían; y de entre estos montones de sueños, a veces elegir uno o dos para nuestros propios sueños. Son los cuentos de hadas y las historias de Las mil y una noches de la ciencia. Pero si el lector es obstinadamente matemático y lógico, solo estará sosteniendo una gran antorcha frente a la cortina de muselina, sobre la cual las sombras fantásticas que se proyectan en ella desaparecerán al instante. Es un entretenimiento que solo puede tener lugar manteniéndose cuidadosamente en la oscuridad.

¡Qué tema serían, si me atreviera a tratarlo, las narraciones de los escritores mágicos! Estos valiosos volúmenes han sido tan constantemente desperdiciados por los profanos, que hoy en día un libro de verdadera magia requiere que alguien lo encuentre, así como un gran mago para utilizarlo. Alberto Magno, o Alberto el Grande, como se le denomina erróneamente —pues este sabio solo obtuvo este envidiable epíteto de su apellido De Groot, al igual que Hugo Grotius— este sabio, en sus “Admirables Secretos”, expresa su opinión de que estos libros de magia deben ser preservados con sumo cuidado; pues, añadió proféticamente, está llegando el momento en que serán comprendidos. Parece que no eran comprensibles en el siglo XIII; pero si Alberto no se equivocó, en la actualidad podrían serlo. Los términos mágicos con figuras talismánicas aún pueden ocultar muchos secretos; la pólvora llegó hasta nosotros en una especie de anagrama, y el caleidoscopio, con todas sus interminables multiplicaciones de formas, estuvo al alcance durante dos siglos en “Magia Natural” de Baptista Porta. El abad Trithemio, en una carta confidencial, se llamó a sí mismo mago, quizá en el momento en que se consideraba tal, y envió tres o cuatro hojas.

Page 364

Repletas de los nombres de los demonios y de sus invocaciones. A la muerte de su amigo, estas hojas cayeron en las manos indignas del prior, quien, al ver de un vistazo esa nomenclatura diabólica, se asustó tanto que incitó al pueblo contra el abad, y Trithemio estuvo a punto de perderlo todo. Sin embargo, esta invocación de demonios ha llegado hasta nosotros en su “Steganographia”, y resulta ser solo uno de los ingeniosos intentos de este astuto abad por crear métodos de escritura secreta; pues se había engañado a sí mismo pensando que había inventado una forma de ocultar sus pensamientos de todo el mundo, mientras los comunicaba a un amigo. Roger Bacon prometió provocar truenos y relámpagos, y disipar las nubes convirtiéndolas en lluvia. El primer proceso mágico fue logrado por Franklin; el otro, mucho más útil para nuestros agricultores, quizás se encuentre escondido en algún rincón pasado por alto en el “Opus majus” de nuestro “Doctor mirabilis”. ¿Nos burlamos de sus obras artísticas mágicas? ¿Somos acaso nosotros mismos artistas tan indiferentes? Cornelio Agripa, antes de escribir su “Vanidad de las artes y las ciencias”, pretendía reducir a sistema y método el secreto de comunicarse con espíritus y demonios. Según fuentes fiables, como las de Porfirio, Psello, Plotino y Jámblico —y aún más fiables, si fuera necesario mencionarlas—, estaba completamente seguro de que las regiones superiores del aire estaban repletas de lo que los griegos llamaban dæmones, tal como nuestra atmósfera inferior está llena de pájaros, nuestras aguas de peces y nuestra tierra de insectos. Sin embargo, este filósofo ocultista, que dominaba perfectamente ocho idiomas y se casó con dos mujeres, con las cuales nunca intercambió ni una palabra brusca en ninguno de ellos, era evitado por todos, ya que se creía que tenía como compañero a nada menos que un demonio. Se trataba de un gran perro negro, al cual permitía acostarse entre sus manuscritos mágicos o en su cama; a menudo lo besaba y acariciaba, y le daba comida de calidad. Pero por esto, Paulus Jovius y todo el mundo habrían querido someterlo a la prueba del fuego. Más tarde, Wierus, su erudito sirviente, afirmó valientemente la verdad: creía que el perro de su amo no era en realidad más que lo que parecía. “Yo…”

Page 365

“Creo”, dice él, “que era realmente un perro nato para ello; era de hecho negro, pero de tamaño moderado. A menudo lo llevaba atado con una cuerda y lo llamaba por el nombre que Agripa le había dado: ¡Monsieur! Tenía también una hembra a la que llamaban Mademoiselle. Me pregunto cómo es posible que autores de tal gran talento escriban de forma tan absurda sobre su desaparición al morir; nadie sabe cómo ocurrió”. Pero como es probable que Monsieur y Mademoiselle hayan engendrado algunos cachorros demoníacos, Wierus debería haber sido más detallado en sus descripciones.

Albertus Magnus, durante treinta años, no dejó de trabajar en ese hombre de bronce, combinando las cualidades de los materiales utilizados bajo ciertas constelaciones, lo que infundió en dicho hombre un espíritu tan poderoso que se decía que su tamaño aumentaba visiblemente: sus pies, piernas, muslos, hombros, cuello y cabeza se expandían, lo que causaba inquietud en la ciudad de Colonia, ya que tenían un ciudadano demasiado poderoso para ellos. Cuando ese hombre de bronce alcanzó la madurez, se volvió tan locuaz que el maestro de Alberto, el gran escolástico Tomás de Aquino, cansado de sus monsergas y considerándolo un demonio, le golpeó la cabeza con su bastón. Y lo extraordinario fue que ese hombre de bronce, al ser silenciado de esa manera, “nunca volvió a hablar”. Este incidente es igualmente histórico y auténtico; aunque si las cabezas de bronce pueden hablar, e incluso profetizar, fue realmente un tema de profundo estudio incluso en épocas posteriores. Naudé, quien nunca puso en duda su capacidad para hablar, pero que se mostraba perplejo ante la naturaleza de esta nueva especie de animal, planteó muy acertadamente la pregunta: ¿Esas cabezas de bronce que hablaban tenían una naturaleza sensible y capaz de razonar, o eran los demonios quienes hablaban a través de ellas? Pero el bronce no tiene la facultad de procurarse su propio alimento, como ocurre en las plantas; por lo tanto, esas cabezas no eran sensibles. En cuanto al razonamiento, parecía que esas cabezas de bronce solo conocían el futuro; del pasado y del presente parecían no tener conocimiento alguno, por lo que su memoria y su capacidad de observación eran muy limitadas. En cuanto al futuro, este siempre es algo dudoso y oscuro.

Page 366

—incluso para cabezas de bronce. Este erudito deduce entonces que “estas cabezas de bronce no podían tener facultades racionales, ya que nada cambiaba su naturaleza; decían lo que tenían que decir, algo que nadie podía contradecir; y una vez que habían dicho lo suyo, se podría haber roto la cabeza sin obtener nada más de ellas. Si tuvieran vida en su interior, ¿no se moverían también además de hablar? La vida misma no es más que movimiento, pero ellos no tenían pulmones ni bazo; y, de hecho, aunque hablaban, no tenían lengua. ¿Había un demonio dentro de ellos? Creo que no. Entonces, ¿por qué habrían de tomarse tantas molestias para crear, no a un hombre, sino a una trompeta?”

Nuestro profundo filósofo tuvo razón al no plantearse si esas cabezas de bronce habían hablado alguna vez. ¿Por qué no iba a hablar un hombre de bronce, si una muñeca puede susurrar, una estatua jugar al ajedrez y patos de bronce han llevado a cabo todo el proceso de digestión? Otra invención mágica ha sido ridiculizada con igual motivo. Un mago se molestaba, como todavía lo hacen los filósofos, por los transeúntes en la calle; y especialmente porque llevaran caballos a beber debajo de su ventana. Según uno de los libros de Hermes, fabricó un caballo de madera que cumplió perfectamente su función, ya que ahuyentaba a los caballos, o mejor dicho, a los mozos. Sin duda, el caballo de madera daba algún golpe tangible. Se podría contar la misma historia mágica sobre el Dr. Franklin, quien, al descubrir que los transeúntes bajo su ventana habían encontrado un lugar demasiado cómodo para ellos, lo cargó con su recién descubierto fuego eléctrico. Tras algunos incidentes notables, que en tiempos pasados habrían enviado al gran descubridor de la electricidad a la Inquisición, el mago moderno tuvo tanto éxito como el antiguo, quien contaba con la ventaja de poder recurrir a los libros de Hermes. En lugar de ridiculizar estas obras mágicas, ¡mejor seamos nosotros mismos magos!

Las obras de los antiguos alquimistas han proporcionado innumerables descubrimientos a los químicos modernos: ni siquiera su gran operación está condenada al fracaso.

Page 367

Si últimamente no han sido tan famosos, esto se debe a una falta de lo que Ashmole llama “franqueza”; una cualidad que se inculca desde temprano entre estos sabios iluminados. Encontramos relatos auténticos de algunos que vivieron tres siglos, con un aspecto físico aceptable, y que no poseían más que un crisol y fuelles; pero eran tan innecesariamente misteriosos, que cada vez que se descubría a uno de ellos, desaparecía al instante y nunca más se tenía noticia de él.

En el “Liber Patris Sapientiæ” esta cautela egoísta se insiste constantemente en el estudiante para que pueda comprender el gran misterio. En el comentario a esta preciosa obra del alquimista Norton, quien aconseja:

“Está en un lugar secreto, solo, para que nadie vea ni escuche lo que digas o hagas. No confíes demasiado en tu amigo, vayas donde vayas, porque aquel en quien más confías puede convertirse en tu enemigo.”

Ashmole observa que “Norton da consejos sumamente buenos al estudiante en esta ciencia, indicándole que debe mantener en secreto sus estudios y operaciones, y que no debe dejar que nadie sepa de sus emprendimientos, salvo su buen ángel y él mismo”. Y su maestro de Norton tenía un carácter igualmente reservado y retraído; cuando la gente discutía sobre los colores de la rosa, él no hablaba, sino que se mantenía completamente apartado.

Lamentamos que, al dejar cada uno todo su conocimiento “a su buen ángel y a sí mismo”, haya ocurrido que “los buenos ángeles” se hayan quedado con todo para sí mismos.

Page 368

No se puede negar, sin embargo, que, aunque no siempre lograban extraer oro del plomo, a veces conseguían eliminar las espinillas de los rostros de las damas. No obstante, Sir Kenelm Digby envenenó a su dama más hermosa, porque, como diría Sancho, era uno de aquellos que querían «tener su pan más blanco que el trigo más fino». Van Helmont, que no logró descubrir el verdadero elixir de la vida, encontró, sin embargo, el espíritu del cuerno de ciervo, que durante mucho tiempo consideró como el propio elixir maravilloso, capaz de devolver la vida a quienes parecían haberla perdido. Y aunque este encantador entusiasta no podía resucitar a un fantasma, creía haberlo hecho; pues extraía algo del agua termal y, confundiéndolo con un fantasma, le dio ese mismo nombre; un nombre que aún conservamos en la palabra «gas», proveniente del alemán «Geist», que significa fantasma. Paracelso llevaba consigo esos pequeños espíritus en el pomo de su gran espada. Después de descubrir las propiedades del láudano, este ilustre charlatán lo utilizó como remedio universal y lo distribuyó en forma de píldoras, que guardaba en el pomo de su espada; las operaciones que realizaba eran tan rápidas como mágicas. Sin duda, hemos perdido algunos secretos inconcebibles debido a acontecimientos inesperados, que el propio secreto debería haber evitado. Cuando un filósofo descubría el arte de prolongar la vida por un período indefinido, resulta muy irritante saber que se permitió morir a una edad temprana. Tenemos una historia muy auténtica del propio Sir Kenelm Digby: cuando fue disfrazado a visitar a Descartes en su retiro en Egmond, lamentando la brevedad de la vida, que dificultaba a los filósofos avanzar en sus estudios, el filósofo francés le aseguró que «había considerado ese asunto; hacer inmortal a un hombre era algo que no podía prometer, pero estaba seguro de que era posible alargar su vida hasta el período de los patriarcas». Y cuando se anunció su muerte al mundo, el abad Picot, un ferviente discípulo, durante mucho tiempo no quiso creer que fuera posible; y al final insistió en que, si realmente había ocurrido, debía ser debido a algún error del filósofo.

Page 369

Los difuntos Holcroft, Loutherbourg y Cosway imaginaron que podían escapar de la vulgar era de la vida basada en las Escrituras reorganizando sus “huesos antiguos” e hidratando su “medula seca”. Sus nuevos principios de vitalidad se encontraban, según ellos, en los poderes de la mente; esto parecía más razonable, pero resultó ser tan ineficaz como aquellos otros filósofos que creían haber descubierto el principio oculto de la vida en las anguilas que nadaban en vinagre, o que hacían alusión al “encuadernador que crea al gusano del libro”.

Paracelso nos reveló uno de los secretos más grandiosos de la naturaleza. Cuando el mundo comenzó a discutir sobre la existencia misma de tales seres elementales, fue entonces cuando él se atrevió a ofrecerse a crear un hada, y transmitió a la posteridad la receta para ello. Describe la impureza que debe transformarse en tal pureza, los elementos brutos necesarios para formar una hada delicada; estos, una vez colocados en un frasco dentro de estiércol humeante, con el tiempo se convertirán en una hada adulta, que romperá sus cadenas de vidrio… Según el mismo principio que los antiguos egipcios utilizaban para incubar sus huevos en hornos. Recuerdo, en la subasta del Dr. Farmer, la hoja en la que se guardaba esta receta para crear una hada; el erudito comentarista la dobló por fuerza. De esto podemos deducir cuánto valor le daba a dicho experimento. Paracelso tenía una gran grandeza de espíritu: después de proporcionar la receta para crear una hada, tuvo la delicadeza de abstenerse de llevarla a cabo. Incluso Baptista Porta, uno de los filósofos más ilustrados, no niega la posibilidad de crear criaturas que, “al alcanzar su pleno desarrollo, no superarán el tamaño de un ratón”; pero añade que “son solo pequeños perros bonitos con los que jugar”. ¿Eran estas criaturas similares a las hadas de Paracelso?

Estaban firmemente convencidos de la existencia de tales seres elementales. Los frecuentes accidentes en las minas demostraban la potencia de esos espíritus metálicos, que atormentaban a los trabajadores en algunas minas alemanas causándoles ceguera, mareos y enfermedades repentinas, hasta el punto de que se vieron obligados a…

Page 370

Abandonaron minas bien conocidas por ser ricas en plata. Un espíritu metálico, en un solo golpe, aniquiló a doce mineros, quienes fueron encontrados todos muertos juntos. El hecho era indiscutible; y la lámpara de seguridad no fue descubierta.

Nunca hubo una imaginación filosófica más hermosa que esa exquisita Palingenesis, como se le ha llamado en griego, o regeneración; o más bien, las apariciones de animales y plantas. Schott, Kircher, Gaffarel, Borelli, Digby y toda esa admirable escuela descubrieron en las cenizas de las plantas sus formas primitivas, las cuales volvían a surgir por la fuerza del calor. Nada, dicen, perece en la naturaleza; todo no es más que una continuación, o un renacimiento. Las semillas de la resurrección están ocultas en cuerpos extintos, como en la sangre del hombre; las cenizas de las rosas volverán a convertirse en rosas, aunque más pequeñas y pálidas que si hubieran sido plantadas; insustanciales e inodoras, no son rosas que crezcan en rosales, sino sus delicadas apariciones; y, como apariciones, solo se ven por un momento.

Se describe el proceso de la Palingenesis, esta imagen de la inmortalidad. Estos filósofos, después de quemar una flor, mediante calcinación separaron las sales de sus cenizas y las depositaron en un frasco de vidrio; una mezcla química actuó sobre ellas, hasta que, en la fermentación, adquirieron un tono azulado y espectral. Este polvo, así estimulado por el calor, se eleva hacia sus formas primitivas; por simpatía, las partes se unen, y mientras cada una vuelve a su lugar destinado, vemos claramente cómo surge el tallo, las hojas y la flor; es el pálido espectro de una flor que emerge lentamente de sus cenizas. El calor desaparece, la escena mágica se desvanece, hasta que toda la materia vuelve a precipitarse en el caos del fondo. Este fénix vegetal permanece así oculto en sus frías cenizas hasta que la presencia del calor provoca esta resurrección; en su ausencia, vuelve a su muerte. Así, los muertos reviven naturalmente; y un cadáver puede experimentar una reanimación sombría cuando no está enterrado demasiado profundamente en la tierra. Los cuerpos corrompidos en sus tumbas han resucitado, especialmente los asesinados; pues los asesinos tienden a enterrar a sus víctimas de manera superficial y apresurada. Sus sales, expulsadas en forma de vapor por medio de sus

Page 371

La fermentación se ha producido en la superficie de la Tierra, y así han surgido esos fantasmas que, por las noches, a menudo aterrorizan a los transeúntes, como atestigua la historia auténtica. Han abierto las tumbas de esos fantasmas y descubierto el cadáver sangrante debajo; por eso es sorprendente cuántos fantasmas se pueden ver por las noches, después de una batalla reciente, de pie sobre sus propios cadáveres. Según el mismo principio, mi viejo filósofo Gaffarel especula sobre la lluvia de ranas; pero estas ranas, debemos suponer, solo pueden ser los fantasmas de ranas; y Gaffarel mismo ha presentado este hecho de forma modesta con la expresión “quizás”. La filosofía moderna no ha ofrecido una explicación más satisfactoria para la existencia de los fantasmas.

¿Y quién no cree en la existencia de los fantasmas? Pues, como dice con fuerza el Dr. More: “Que haya una fama y un miedo tan generalizados hacia algo que nunca existió, ni existe, ni podrá existir jamás en el mundo, es para mí el mayor de los milagros. Si en algún momento no hubieran existido verdaderos milagros, no habría sido tan fácil engañar a la gente con cosas falsas. El alquimista nunca se habría molestado en transformar metales para hacerlos pasar por oro y plata verdaderos, si tal cosa no fuera reconocida como oro y plata verdaderos en el mundo”.

La farmacopea de aquellos tiempos combinaba más moral que medicina que la nuestra. Descubrieron que el ágata hacía que un hombre fuera elocuente e incluso ingenioso; una hoja de laurel colocada en el centro del cráneo fortalecía la memoria; los cerebros de aves de alas rápidas ayudaban maravillosamente a la imaginación. Todos estos remedios han desaparecido ahora, lo que ha reducido en gran medida las posibilidades de que un enfermo recupere algo que quizás nunca tuvo. Las lentejas y las semillas de colza eran un remedio seguro contra la viruela, y eso porque sus granos se parecían a las manchas de esta enfermedad. Descubrieron que quienes se alimentaban de plantas “hermosas” se volvían hermosos, y que quienes se alimentaban de plantas fructíferas nunca quedaban estériles; según el principio de que Hércules adquirió su enorme fuerza al alimentarse de la médula de los leones.

Page 372

Pero sus talismanes, siempre y cuando fueran auténticos, parecen haber sido maravillosamente eficaces; y si tuviéramos la misma confianza y fundiéramos las guineas que damos a los médicos, grabando en ellas figuras talismánicas, yo respondería por los buenos efectos del experimento. De hecho, Naudé ha ridiculizado por completo las virtudes ocultas de los talismanes, en su defensa de Virgilio, acusado de ser mago: el poeta, al parecer, arrojó a un pozo un talismán en forma de sanguijuela equina, grabado en una placa de oro, para ahuyentar la gran cantidad de sanguijuelas equinas que infestaban Nápoles. Naudé niega categóricamente que los talismanes hayan tenido jamás tales virtudes ocultas: Gaffarel lamenta que un hombre tan juicioso como Naudé haya llegado a tal extremo, desmintiendo a tantos autores auténticos; y el paradoja de Naudé es, en verdad, tan extraña como su negación; sospecha que la cosa no es cierta precisamente porque se cuenta tan generalmente. “Esto lleva a sospechar”, dice, “ya que se dice que animales fueron ahuyentados de muchos lugares por estos talismanes, si realmente fueron expulsados de algún lugar”. Gaffarel, reprimiendo con su buen talante sus sentimientos de indignación ante tal razonamiento, vuelve el paradoja contra quien la planteó: “¡Como si, debido a la gran cantidad de batallas que se dice que libró Aníbal contra los romanos, no pudiéramos, por la misma razón, dudar de que luchara alguna vez contra ellos!”. El lector debe saber que la fuerza del argumento reside íntegramente en el firme creyente en los talismanes. De hecho, Gaffarel, quien pasó sus días recopilando “Curiosités inouïes”, es un historiador sumamente fidedigno de acontecimientos sin parangón, incluso en su propia época. Como aquella lluvia torrencial en Poitou, que dejó caer “pequeñas criaturas”, seres semejantes a obispos con sus mitras y monjes con sus capuchas sobre la cabeza; es cierto que luego todos se convirtieron en mariposas.

Los museos, los gabinetes y las invenciones de nuestros primeros virtuosos fueron las “guarderías” de los filósofos. Baptista Porta, el obispo Wilkins y el anciano Ashmole, de estar vivos hoy, habrían sido incluidos entre los miembros tranquilos de “La Sociedad de las Artes”, en lugar de volar por los aires, recogiendo “una ala del fénix, según la tradición”; o capturando sílabas sueltas.

Page 373

de un antiguo astrólogo cariñoso. Pero estos primeros aficionados no obtenían el mismo placer de las invenciones útiles de la mencionada “Sociedad de Artes” que del que recibían de aquello que Cornelio Agripa, en un arrebato de mal humor, llama “cosas vanas y superfluas, inventadas sin otro fin que la pompa y el placer ocioso”. Baptista Porta era más hábil en los misterios del arte y la naturaleza que cualquier otro hombre de su época. Habiendo fundado la Academia degli Oziosi, mantenía en su propia casa una asociación de menor rango llamada di Secreti, a la cual solo se admitía a aquellos elegidos que hubieran revelado algún secreto; pues, en la primera etapa del arte y la ciencia modernos, la más mínima novedad se convertía en un secreto que no debía confiarse a los no iniciados. Porta era, sin duda, un gran genio, como demuestran aún hoy sus obras; pero su desgracia fue atribuir su propia perspicacia penetrante a su habilidad en el arte de la adivinación. Se consideraba un pronosticador; y, lo que fue aún más desafortunado, algunas personas eminentes realmente creían que lo era. Las predicciones y los secretos son inofensivos, siempre y cuando no se les crea: pero Su Santidad, al descubrir que las predicciones de Porta eran reales, le advirtió que las ciencias mágicas eran un gran obstáculo para el estudio de la Biblia, e incluso tuvo la amabilidad de prohibirle que profetizara. El genio de Porta quedó entonces limitado a asombrar, y a veces a aterrorizar, a los miembros más ingeniosos de di Secreti. Al entrar en su gabinete, siempre había algún fantasma de sirviente flotando en el aire, moviéndose al mismo ritmo que quien entraba; o observaba en algún espejo que su rostro estaba torcido del lado equivocado de sus hombros, y no estaba del todo seguro de que todo estuviera bien hasta que se golpeaba la cara con la mano; o al pasar por una habitación oscura, aparecía ante él un paisaje mágico, con seres humanos en movimiento, ramas de árboles doblándose y hasta nubes pasando sobre el sol; o a veces, en esa misma habitación, había banquetes, batallas y cacerías. “¡Todos estos espectáculos han sido presenciados por mis amigos!”, exclama el complacido Baptista Porta. Cuando sus amigos bebían vino del mismo vaso que él había utilizado, quedaban atónitos de asombro; ¡pues él bebía vino, mientras ellos solo bebían agua! O en un día de verano, cuando todos se quejaban del siroco, él…

Page 374

Congelaría a sus invitados con el aire frío de la habitación; o, de repente, soltaría un dragón volador que volaría llevando un cacahuete en la cola y un gato atado a su espalda; era un sonido estridente y la conmoción terrible, de modo que se necesitaban nervios fuertes, en una época de apariciones y demonios, para enfrentarse a este gran filósofo cuando estaba de buen humor. Alberto Magno entretuvo al Conde de Holanda, mientras este pasaba por Colonia en un invierno riguroso, con una escena de verano cálido, llena de frutos y flores. Este hecho es relatado por Trithemio; y esta escena mágica, relacionada con su cabeza parlante y sus libros De Secretis Mulierum y De Mirabilibus, confirmó las acusaciones que se levantaron contra el gran Alberto por ser un mago. Su apologista, Teófilo Raynaud, se esforzó tanto en defender a Alberto que afirmó de inmediato que el invierno se había convertido en verano y que esa cabeza parlante no era más que dos llamas infames. No quiso creer en estos hechos verificados, aunque reconoció un milagro que demostraba la santidad de Alberto: ¡tras tres siglos, el cuerpo de Alberto el Grande seguía siendo tan fresco como siempre!

“Si tales encantamientos”, como observa cautelosamente el anciano Mandeville, dos siglos antes de los tiempos de Porta, se realizaban “por arte o por nigromancia, no lo sé”. Pero el hecho de que no fueran desconocidos para Chaucer se evidencia en su “Cuento de Frankelein”, donde, describiéndolos en detalle, transmite el mismo placer que seguramente él mismo sintió ante las ilusiones ópticas de “los artificieros” o “los juglares”. Chaucer atribuye el milagro a una “magia natural”, aunque tampoco quedaba claro si el “Príncipe de las Tinieblas” estaba involucrado en ello.

Pues estoy seguro de que existen ciencias mediante las cuales los hombres pueden crear diversas apariencias, tal como lo hacen estos sutiles artificieros. Pues a menudo, en las fiestas, he oído decir que los artificieros, dentro de un gran salón, han hecho aparecer agua y barcos.

Page 375

Y en el salón, todo sube y baja.
A veces aparece un león feroz,
y otras veces brotan flores como en un jardín,
a veces una vid con uvas blancas y rojas,
a veces un castillo hecho de cal y piedra;
y cuando así lo desea, lo destruye al instante:
Así lo ven todos los hombres.

El museo del obispo Wilkins fue visitado por Evelyn, quien describe las curiosidades que entretenían a los niños interesados en la ciencia. “Aquí también había una estatua hueca que emitía sonidos, pronunciando palabras a través de un tubo largo oculto en su boca, mientras uno hablaba a través de él desde cierta distancia”: una circunstancia que, quizás, ellos no comprendieron en ese momento, pero que revelaba todo el misterio de los oráculos antiguos, que atribuían a demonios en lugar a tubos, poleas y ruedas. El erudito Charles Patin, en sus viajes científicos, registra, entre otras valiosas obras de arte, una piedra de cerezo en la que estaban grabados unos doce o quince retratos.

Incluso el mayor de los genios humanos, Leonardo da Vinci, para ganarse el patrocinio real, creó un león que corría delante del monarca francés, dejando caer flores de lis desde su pecho peludo. Otro filósofo que tenía un telar capaz de tocar música según se ordenara, podría haber provocado una revolución en las artes y las ciencias, si aquel niño reprimido que se encontraba dentro del telar no hubiera sido forzado, desafortunadamente, a salir a la luz del día; así se demostró que un filósofo podía ser un impostor.

Las artes, al igual que las ciencias, en las primeras reuniones de la Real Sociedad, pertenecían a la categoría más entretenida. El famoso Sir Samuel Moreland había convertido su casa en un palacio encantado. Todo estaba lleno de dispositivos que mostraban el arte y la mecánica en su máxima perfección: su carruaje contaba con una cocina portátil; tenía una chimenea y una rejilla, con las cuales podía preparar sopa, asar filetes y hornear huevos; y él mismo preparaba la carne…

Page 376

Mecánica de relojería. Otro de estos virtuosos, descrito como “un caballero de alto rango, cuya casa estaba llena de objetos curiosos”, se enorgullecía de sus numerosas invenciones; pero la más famosa era “la de sembrar lechugas por la mañana para cortarlas y comerlas en la cena”. La casa de Winstanley, quien posteriormente construyó el primer faro de Eddystone, debió ser una maravilla de su época. Si uno apartaba a propósito un zapato viejo que estuviera en su camino, aparecía un fantasma frente a él; o si uno se sentaba en cierta silla, un par de brazos gigantescos lo abrazaban de inmediato. Había un pabellón en el jardín, junto a un canal; apenas uno se sentaba, era lanzado al centro del canal, desde donde no podía escapar hasta que ese hombre de arte y ciencia lo devolvía al pabellón. Lo que ocurría en la “Real Sociedad” también ocurría en la “Academia de Ciencias” de París. Un miembro importante y afectado de gota de ese cuerpo filosófico, al marcharse un desconocido, señalaba sus piernas para demostrar la imposibilidad de llevarlo hasta la puerta; sin embargo, el visitante sorprendido siempre encontraba al virtuoso esperándolo afuera, listo para hacerle una reverencia final. Mientras el visitante bajaba las escaleras, ese genio inventivo descendía a gran velocidad en una máquina desde la ventana; así demostraba que, si un hombre de ciencia no puede obligar a la naturaleza a bajar escaleras, puede expulsarla por la ventana.

Si viajaban por su país, se ponían en camino para registrar los prodigios. El Dr. Plott, en un magnífico proyecto de viajar por Inglaterra con el fin de fomentar el “conocimiento y el comercio”, así como descubrir “antigüedades y otras curiosidades”, para lo cual solicitó la ayuda real que disfrutó Leland, entre otros objetivos notables, clasificó así los temas a investigar: “A continuación, investigaré sobre los animales; y primero, sobre las personas extrañas”. —“Accidentes extraños que afectan a corporaciones o familias, como el hecho de que los decanos de Rochester, desde su fundación, mueran alternativamente como decanos o obispos; el pájaro de pecho blanco que merodea por la familia Oxenham, cerca de Exeter, justo antes de la muerte de alguno de sus miembros; los troncos de árboles que se ven flotando en una piscina cercana…”

Page 377

Brereton, en Cheshire: una especie de advertencia para el heredero de esa honorable familia, para que se prepare para el otro mundo. Y cosas tan notables como “el número de hijos: por ejemplo, la señora Temple, quien antes de morir vio cómo setecientos descendientes suyos nacían”. Este miembro de la Real Sociedad, que vivió casi hasta el año 1700, fue solicitado para que preparara una edición de Plinio; ¡hemos perdido así la oportunidad de disfrutar de un comentario muy extenso! El obispo Hall fue a “las termas”. Los bosques de esa zona estaban infestados no solo por “bandidos, sino también por lobos y brujas; aunque estas últimas a menudo no eran más que uno solo”. Se les llamaba lobos-garou; y los griegos, al parecer, los conocían con el nombre de λυκάνθρωποι, hombres-lobo: brujas que adoptaban la forma de esas bestias crueles. “Vimos allí a un niño, cuya mitad del rostro había sido devorada por uno de ellos cerca del pueblo; sin embargo, la oreja estaba más bien cortada que mordida”. Se difundió el rumor de que al niño le habían devorado la mitad del rostro; pero al examinarlo, resultó que su oreja solo había sido arañada. Sin embargo, no puede haber duda sobre la existencia de esos “lobos-brujas”; pues Hall vio en Limburgh “a uno de esos criminales ejecutados, quien confesó bajo tortura haber devorado cuarenta y dos niños bajo esa forma”. Probablemente les habría resultado difícil encontrar a las madres que habían perdido a sus hijos. Pero observen el razonamiento de nuestro filósofo: “Se necesitaría un volumen entero para analizar este problema de la licantropía”. Había recopilado con esfuerzo todas las pruebas y añadido sus propios argumentos; el resultado constituye un ejemplo curioso de razonamiento agudo basado en un principio erróneo.

Los hombres de ciencia y arte pasaban entonces sus días sumidos en el maravilloso. Voy a dar un ejemplo de correspondencia filosófica en una carta dirigida al anciano John Aubrey. El autor demuestra la versatilidad de su curiosidad a través de descubrimientos muy diferentes entre sí. “Tengo tanto trabajo que no tengo tiempo de transcribir para el doctor Henry More un relato sobre la aparición en Barnstable; Lord Keeper North lo recibiría con agrado de su parte. Mire esta carta desde Barnstable dirigida al doctor Whitchcot”. Recientemente había oído hablar de un escocés que había sido llevado a Francia por hadas; pero el propósito de…

Page 378

Su carta actual tiene como objetivo comunicar otro tipo de apariciones además del fantasma de Barnstable. Había ido a Glastonbury “para recoger unas bayas del espino sagrado que florecía cada día de Navidad”. El espino original había sido talado por un santo militar durante las guerras civiles; pero el negocio de ese lugar no se vio afectado, ya que lograron tener varios espinos sagrados, “mediante injerto e inoculación”. Promete enviar esas “bayas”; pero pide a Aubrey que informe “a esa persona distinguida que preferiría tener un arbusto, de que es imposible conseguirle uno. Me han dicho”, añade, “que hay alguien en Glastonbury que tiene un vivero con ellos, y los vende a una corona cada uno”, pero se supone que no son “del tipo adecuado”.

El objetivo principal de esta carta es la “sospecha del autor sobre la existencia de oro en este país”; para ello ofrece tres razones. Tácito dice que había oro en Inglaterra, y que Agripa llegó a un lugar desde donde podía ver Irlanda —de donde escribe él; en segundo lugar, que “un hombre honesto” encontró en ese lugar piedras de las cuales extrajo buen oro, y que él mismo “había visto en las piedras rotas una clara apariencia de oro”; y en tercer lugar, “hay una historia que circula por tradición en esa región, según la cual en la colina mencionada había una puerta que daba a un agujero; cuando alguien necesitaba dinero, iban a llamar a esa puerta, y aparecía una mujer que les daba lo que pedían”. En cierta ocasión, alguien, por codicia u otra razón, la ofendió, y ella arrojó algo contra la puerta y dijo este antiguo refrán, aún recordado en la región:

“Cuando todas las urracas se hayan ido y muerto,
entonces... la colina brillará de oro rojo”.

Creo que esto se refiere a una antigua familia con ese nombre, de la cual ahora solo queda un hombre, y es poco probable que tenga descendientes”. Estas son sus tres razones; y quizás algunas minas hayan sido abiertas sin...

Page 379

¡Mejores aún! Pero no imaginemos que este gran naturalista fuera crédulo; pues le dice a Aubrey que “pensaba que era solo un cuento monástico forjado en la abadía tan famosa en tiempos pasados; pero como he aprendido a no despreciar a nuestros antepasados, me pregunto si esto no podría referirse a alguna mina rica en la colina, que antiguamente se utilizaba pero ahora está perdida. Pronto le pediré que hable al respecto con mi señor, para obtener consejo, etc. Mientras tanto, será mejor mantener todo en secreto, en beneficio de Su Majestad, de su señoría y quizás de alguna persona privada”. Pero también tiene pruebas concretas: “Hace poco, un albañil fue al arrendatario de la abadía en busca de una piedra blanca y, al serrarla, salieron varios trozos de oro valorados en 3 libras y 10 chelines cada uno, monedas antiguas. La piedra pertenecía a algún elemento de chimenea; el oro estaba oculto en ella, quizás cuando se acercaba la disolución de las órdenes religiosas”. Este último incidente de encontrar monedas en un elemento de chimenea, que él había explicado de manera muy racional, sirve solo para confirmar su sueño de que esas monedas fueron acuñadas con el oro de la mina de la colina; y se vuelve aún más insistente en cuanto a “una búsqueda privada de esas minas, para lo cual creo que tengo un modo”. En el posdata añade una descripción de un pozo cuyo agua, al lavarse, curó a una persona gravemente afectada por la enfermedad del rey. “Espero que no olvide su promesa de comunicarme todo lo que tenga relacionado con su idea”.

Esta idea prometida por Aubrey puede encontrarse en sus manuscritos, bajo el título de “La idea de la educación universal”. Por más caprichosa que sea, uno querría verla. La vida de Aubrey podría constituir un volumen entero de estos sueños filosóficos: era una persona a quien, debido a su actividad constante y su curiosidad insaciable, llamaban “el portador de las concepciones de la Real Sociedad”. Muchas noches agradables fueron disfrutadas “en privado” por Aubrey y su corresponsal sobre “la mina de la colina”; los manuscritos de Ashmole en Oxford contienen una colección de muchos secretos de los rosacruces; una de las invenciones más completas es “una receta para caminar invisible”. ¡Tales eran las fantasías que agitaban a los hijos de la ciencia en su cuna! Y tan débiles…

Page 380

¡Eran los pasos de nuestra curiosa infancia! —Pero comienzo en mis sueños, temiendo que el lector también se haya quedado dormido.

“La medida es lo más excelente”, dice uno de los oráculos; “y nosotros, convencidos de lo mismo, oh Asclepiades, tan amable y piadoso, terminamos aquí” —los sueños al amanecer de la filosofía.

Las entretenidas Vidas de los nigromantes de Godwin están repletas de historias maravillosas sobre las hazañas sobrenaturales de estos antiguos estudiosos.

Agripa fue el más afortunado y honrado de los filósofos ocultistas. Fue recibido en las cortes y gozó del favor de todos sus contemporáneos. Erasmo y otros eruditos hablaban de él con admiración; la realeza buscaba constantemente sus poderes de adivinación. Pero en su vejez fue acusado de brujería y murió pobre en 1534.

Una de las novelas en prosa inglesa más populares de la antigüedad, “La historia de Fryer Bacon”, narra cómo este pretendió “cercar Inglaterra con bronce” mediante una cabeza de bronce, de no haber sido por la estupidez de un sirviente. La historia puede leerse en la “Colección de novelas en prosa inglesa antigua” de Thoms.

La alusión aquí es al ajedrecista autómata, presentado por primera vez en Inglaterra por Kempelen (su inventor) alrededor de 1785. La figura iba vestida como un turco y se colocaba detrás de un cofre; el expositor abría este cofre para mostrar la maquinaria, que parecía dar movimiento a la figura mientras jugaba partidas complejas de ajedrez con cualquier espectador. Pero se ha demostrado completamente que ese cofre podía ocultar a un hombre adulto, quien podía meter su brazo por el del autómata y dirigir sus movimientos durante el juego; la maquinaria estaba realmente diseñada para ocultarlo y disipar sospechas. Dado que todo el truco ha sido demostrado mediante diagramas, la naturaleza maravillosa de dicha maquinaria queda desvelada.

Este pato de bronce fue obra de un mecánico muy ingenioso, el señor Vaucanson; se dice que emitía su voz natural, movía sus alas, bebía agua y comía maíz. En 1738, deleitó a los parisinos con una figura de pastor que tocaba una flauta y golpeaba un tambor; además, había un flautista que interpretaba doce melodías.

Page 381

202 Este gran charlatán, después de muchas imposturas exitosas, terminó su vida en la pobreza en el hospital de Salzburgo, en 1541.

203 Se pueden observar falacias populares similares, detalladamente registradas, en “Admirable Curiosities, Rarities, and Wonders in England, Scotland, and Ireland” de R. Burton, de 1684. Es uno de esos curiosos volúmenes de “folclore” publicados por el librero Nat. Crouch bajo un nombre ficticio.

204 El postulado de Hall es que la obra de Dios no podía admitir ningún cambio sustancial, algo que está más allá del alcance de todos los poderes infernales; pero “en esto el diablo actúa como un doble sofista: el hechicero entre hechiceros. Engaña tanto la vanidad de la bruja como los ojos del espectador”. En resumen, Hall cree en lo que no puede comprender. Sin embargo, Hall no quiere creer en ninguno de los milagros católicos de “la Virgen de Lovaina”, aunque Lipsius había escrito un libro para conmemorar a “la diosa”, como Hall la llama sarcásticamente. En la tienda del librero de Lipsius le dijeron, con gran indignación, que cuando Jacobo I apenas había echado un vistazo a esta obra, la arrojó al suelo, gritando: “¡Maldición para quien la creó y para quien la cree!”.

205 Miles de personas acudieron a ver este “milagro” en la Edad Media, y su presencia aportó una gran riqueza a la abadía. Se creía que había crecido milagrosamente a partir del bastón utilizado por San José. Parece que fue traído desde Palestina y simplemente floreció según su estación natural, aunque diferente a la nuestra.

206 Taylor, el poeta del agua, en su “Wonders of the West”, de 1649, dice que un brote fue conservado por un vinatero que vivía en Glastonbury, cuando los soldados cortaron el árbol; él lo puso en su jardín, “y él, junto con otros, me contó que ese mismo brote florece también el día 25 de diciembre, cada año”.

207 Muchas de estas historias sobre tesoros en las colinas se han reducido ahora a los simples hechos de que se han encontrado monedas y adornos personales en túmulos de colonos romanos y sajones en Inglaterra. En el Museo Británico hay un peto de oro hallado en una tumba en Mold, en Flintshire. Las colinas funerarias de Bohemia han suministrado al museo de Viena un gran número de objetos de oro de gran tamaño y valor. En Rusia se ha encontrado a los muertos colocados entre grandes placas de oro puro en el centro de dichos túmulos; y en Irlanda se han encontrado con frecuencia adornos personales de oro muy grandes y valiosos en las colinas funerarias.

Page 382

SOBRE PUCK, EL COMENTADOR.

Recientemente se han cometido con frecuencia falsificaciones literarias, y se sostiene que son de naturaleza inocente; pero las imposturas más fáciles de llevar a cabo que de detectar dejan su daño atrás, para surtir efecto en un período lejano; y, como demostraré, pueden incluso engañar a los más perspicaces. Puede no ser necesario un gran esfuerzo de ingenio para redactar un relato detallado sobre un dramaturgo antiguo cuyo nombre nunca ha llegado hasta nosotros, o para dar un extracto de un volumen inaccesible a nuestras investigaciones, y como la monotonía no es prueba de falsedad, con el tiempo las falsificaciones se mezclan con los documentos auténticos.208

Nosotros mismos hemos sido testigos de versiones de poetas españoles y portugueses, que se transmiten sin dificultad a sus lectores ingenuos, pero en las cuales no se puede encontrar rastro alguno de los supuestos originales; y hasta el momento actual, sea lo que sea lo que afirmen los anticuarios, los poemas de Chatterton209 y Ossian210 permanecen envueltos en misterio.

Si pudiéramos conocer la historia secreta de la vida literaria de George Steevens, se revelaría una serie sin par de engaños flagrantes e ingeniosidad maliciosa. Gifford lo describió acertadamente como “el Puck de los comentadores”. Steevens es una figura tan plagada de falsificaciones y adulteraciones literarias, que cualquier hecho notable de la época en que floreció puede atribuirse a él. Eran hábitos propios de una mente degenerada, y había en su carácter una oscuridad mucho más profunda que

Page 383

Pertenecía a Puck; incluso en la juguetonería de sus invenciones solía haber un matiz de maldad personal, y el objetivo real no era tanto provocar risas como esbozar una “sonrisa espantosa y tétrica” en la persona afectada. Es más que un rumor que llevó su ingeniosa maldad también a la vida privada; y es de lamentar que el señor Nichols, quien podría haber proporcionado mucha información sobre este extraordinario falsificador literario, haya, por delicadeza, mutilado su obra colectiva.

George Steevens solía comenzar sus maniobras anunciando algún supuesto descubrimiento en los periódicos vespertinos, que en aquel entonces tenían un carácter más literario que hoy en día; el St. James’s Chronicle, el General Evening Post o el Whitehall, de no estar ya muertos en cuerpo y alma, darían testimonio ahora de sus éxitos. El difunto señor Boswell me contó que Steevens escribía con frecuencia notas sobre Shakespeare, con el propósito de engañar o tenderle trampas a Malone y así obtener para sí mismo una fácil victoria en la próxima edición. A Steevens le gustaba ayudar a los crédulos a creer en algo extraño e nuevo, haciéndoles creer en ilusiones: ora asustándolos con una carcajada estridente, ora hundiéndolos hasta el cuello en un pantano, como si fuera Pigwigging sonriente. Una vez les presentó un retrato ficticio de Shakespeare; cuando los miembros de esa comunidad estaban lo suficientemente divididos en sus opiniones, atacó a todos ellos demostrando que todo retrato de Shakespeare carecía de autoridad fiable. Steevens solía usar el seudónimo de Collins, un supuesto comentarista, y a veces el de Amner, quien resultó ser un ministro puritano poco conocido que nunca leyó los textos ni las notas de ningún dramaturgo, aunque afirmaba conocer “mil secretos importantes” con los cuales había contaminado las páginas de Shakespeare. La maravillosa narración sobre el árbol upas de Java, que Darwin adoptó en su plan de “sumir la imaginación bajo la bandera de la ciencia”, parece haber sido otra falsificación que divirtió a nuestro “Puck”. Fue publicada por primera vez en el London Magazine, como extracto de un viajero holandés, pero ese extracto nunca se encontró en el autor original.

Page 384

Y “los efluvios de este árbol nocivo, que en un área de doce o catorce millas mató toda la vegetación y esparció los esqueletos de hombres y animales, creando una escena de melancolía superior a todo lo que los poetas han descrito o los pintores han representado”, es algo completamente ficticio. ¡Qué engaño espléndido! Mientras el Dr. Berkenhout se dedicaba a escribir, sin mucho conocimiento ni habilidad, una historia de nuestros autores ingleses, Steevens permitió que ese buen hombre incluyera una carta selecta de George Peele, en la que se relataba un “encuentro alegre en el Globe”, en el cual Shakespeare decía que Ben Jonson y Ned Alleyne interpretaban admirablemente sus respectivos papeles. Dado que la naturaleza de la “Biographia Literaria” requería fuentes fiables, Steevens añadió ingeniosamente: “No recuerdo de dónde copié esta carta”. Sin embargo, sabía muy bien que provenía del “Theatrical Mirror”, donde había depositado originalmente ese texto precioso, al cual había tenido la imprudencia de asignarle la fecha de 1600; desafortunadamente, se descubrió que Peele había muerto dos años antes de escribir su propia carta. La fecha fue introducida hábilmente por Berkenhout. Steevens no quería hacer referencia a su original, el cual he visto citado con frecuencia como fuente fiable. Una de estas numerosas falsificaciones atribuidas a nuestro Puck aparece en un artículo del catálogo de Isaac Reed, artículo 8708: “The Boke of the Soldan, conteyninge strange matters touchynge his lyfe and deathe, and the ways of his course, in two partes, 12mo”, con esta nota marginal de Reed: “Lo anterior fue escrito por George Steevens, Esq., de quien lo recibí. Fue compuesto únicamente para engañar a ‘un amigo literario’, y tuvo efecto; pues él quedó tan engañado respecto a su autenticidad que le dio crédito total y anotó el nombre de la persona en cuya posesión se suponía que estaban los libros originales”.

Una de las invenciones que atribuyo a Steevens fue creada con mucho efecto romántico, con el fin de embellecer la vida poética de Milton; sin duda debió haber confundido gravemente a su último editor, un hombre que no era capaz de comprender semejantes engaños, ya que aprobó toda esa ficción al incluirla en su narrativa biográfica. El primero…

Page 385

El impulso de Milton para viajar a Italia se atribuye a que fue encontrado durmiendo al pie de un árbol en las cercanías de Cambridge. Allí, dos damas extranjeras, atraídas por la belleza del joven poeta, bajaron de su carruaje y, después de admirarlo durante algún tiempo, creyendo que él no se daba cuenta, la más joven, que era muy hermosa, sacó un lápiz de su bolsillo, escribió unas líneas y, con su mano temblorosa, puso el papel en la de él. Pero parece —ya que había que explicar cómo el joven dormido podía estar al tanto de esos detalles tan minúsculos, a menos que los estuviera soñando— que las damas fueron observadas desde la distancia por algunos amigos de Milton, quienes le contaron toda esa aventura silenciosa. Al abrir el papel, Milton leyó cuatro versos de Guarini, dirigidos a esas “estrellas humanas”: sus propios ojos. Inspirado por esta aventura romántica, Milton partió hacia Italia para encontrar a esa hermosa “incógnita”. Se dice que a esa dama desconocida debemos los pasajes más apasionados de Paraíso Perdido. Sabemos cómo pasó Milton su tiempo en Italia, junto a Dati, Gaddi, Frescobaldi y otros amigos literatos, entre sus academias, y a menudo ocupado en coleccionar libros. Si el viaje de Milton a Italia hubiera sido una aventura de caballero andante para encontrar a una dama a quien nunca había visto, al menos no tendría el mérito de haberse desviado del camino directo hacia Florencia y Roma, ni de haber mencionado alguna vez a esa “Dama de sus pensamientos” en sus cartas o en sus conversaciones con amigos, quienes se habrían considerado afortunados de poder incluir tal aventura poética en las numerosas canciones que dedicaban a nuestro joven poeta.

Esta pequeña historia, apenas apta para ser incluida en una novela, apareció por primera vez en el lugar donde solían publicarse las diversiones literarias de Stevens: el General Evening Post o la St. James’s Chronicle. El señor Todd, en la edición mejorada de La vida de Milton, encontró este texto falso, donde el lector puede encontrarlo. Pero la parte más curiosa de la historia aún está por contar. El señor Todd continúa: “Sin embargo, este relato tan detallado no es algo excepcional; mi amigo, el señor Walker, me señala un caso similar en…”

Page 386

Extracto del prefacio a *Poésies de Marguerite-Eleanore Clotilde*, desde *Madame de Surville, Poète François du XV. Siècle*. París, 1803.

Y, en efecto, entre “las tradiciones familiares” de la misma Clotilde encontramos que Justine de Levis, bisabuela de esta poeta desconocida del siglo XV, al pasear por un bosque, presenció el mismo hermoso espectáculo que el Desconocido italiano en Cambridge; nunca se borró tal impresión, y no pudo evitar dejar sus tablillas junto al hermoso durmiente, declarando su pasión en ellas mediante cuatro versos en italiano. ¡El mismo número que Milton le había asignado a él! Oh, esos cuatro versos: son tan fatales en su cantidad como la fecha de la carta de Peele resultó serlo para George Steevens. Algo sigue escapando en la fabricación más ingeniosa que sirva para descomponer los materiales. Afortunadamente, nuestro historiador veraz dejó de lado toda mención a Guarini; de lo contrario, eso habría supuesto el golpe de gracia: un anacronismo fatal. Sin embargo, su invención le proporcionó más originalidad de la que nos haría pensar la adopción de esta historia y esos cuatro versos. Nos cuenta cómo Petrarca estaba celoso del genio de la abuela de Clotilde, e incluso señala un soneto que, “entre las tradiciones familiares”, le fue dedicado. Narra que el caballero, al despertarse y leer los “cuatro versos”, partió hacia Italia, recorriéndola hasta encontrar a Justine, quien a su vez lo encontró en un torneo en Módena. Esta aventura paralela desconcertó a nuestros dos serios críticos ingleses: encuentran una historia que juzgan sabiamente improbable, y como descubren que está copiada, concluyen que “no es nada especial”. Sin embargo, este nudo de perplejidad se resuelve fácilmente si, con total justificación, sustituimos “Poète du XV. Siècle” por “Poète du XIX. Siècle”. Las *Poésies* de Clotilde son una fabricación tan genuina como las de Chatterton; están sujetas a las mismas objeciones, presentan muchas ideas y expresiones que eran desconocidas en el idioma en el momento en que se pretende que fueron compuestas, y muestran numerosas imitaciones de Voltaire y otros poetas. La historia actual de los cuatro versos italianos, y…

Page 387

La hermosa “Sleeper” sería una prueba más que suficiente de la autenticidad de las “tradiciones familiares” de Clotilde, desde Madame de Surville, y también de Monsieur de Surville en persona; un supuesto editor que, según se dice, encontró por pura casualidad ese precioso manuscrito. Mientras lo copiaba en 1793, esos hermosos poemas, que en realidad pertenecían a su tía abuela, él fue asesinado durante el Reinado del Terror y desapareció por completo, de modo que nadie pudo jamás rastrear su existencia. El verdadero editor, que debemos suponer que era el propio poeta, los publicó en 1803.

Así pues, esa es la historia de una falsificación literaria. Un tal Puck compone una breve aventura romántica, que es presentada discretamente al mundo a través de un periódico o una revista; algún coleccionista, como el difunto señor Bindley, quien consiguió para el señor Todd el original, tan ocioso como curioso, acoge esa ficción abandonada… y así entra en la historia literaria. Un “Chatterton” francés toma esa historia poco conocida y, ¡mirad!, sorprende a los estudiosos literarios del mismo país del que proviene la impostura. Pero esos cuatro versos italianos y el “Joven durmiente”. ¡Oh, señor Vanderbourg! Pues ese caballero es el supuesto editor de los poemas de Clotilde del siglo XV. Algunas personas ingeniosas son desafortunadas en este mundo. Quizá algún día descubramos que esta “aventura romántica” de Milton y Justine de Levis no es tan original como parece; podría estar oculta en la obra Astrée de D’Urfé, o en alguna de las largas novelas de las Scuderie, de donde los “Chatterton” ingleses y franceses podrían haberla tomado. A tales inventores literarios les decimos, con Swift:

—Esos son vuestros trucos; pero ya que los habéis ideado, ¡reconoced al menos a vuestros “polluelos”!

¿Se creerá que, por el simple placer de causar un poco de maldad, Stevens estaría dispuesto a arriesgar su propia reputación como crítico literario? Sin embargo, eso fue exactamente lo que hizo, al excluir de su edición los poemas de Shakespeare.

Page 388

Una hipercrítica notable, según la cual “el acto más enérgico que pudiera formularse por parte del parlamento no lograría obligar a los lectores a someterse a su voluntad”. No solo denunció los sonetos de Shakespeare, sino también al soneto en sí, planteando una pregunta absurda: “¿Qué tienen que ver la verdad o la naturaleza con los sonetos?”. La historia oculta de esta mutilación injustificada de un gran autor por parte de su editor fue, según me informó el difunto señor Boswell, simplemente un acto de envidia hacia su rival comentarista Malone, quien se había esforzado enormemente en explicarlos. El propio Steevens los había reimpreso anteriormente, pero cuando Malone reclamó para sí mismo uno de esos sonetos como muestra de su orgullo como comentarista, Steevens, enfurecido, estuvo dispuesto a destruir incluso a Shakespeare en sí para poder triunfar sobre Malone. Con el mismo espíritu, pero con un tono aún más sarcástico, inició una controversia con Malone respecto a la esposa de Shakespeare. Parece que el poeta se había olvidado de mencionar a su esposa en su extenso testamento; y su mención a la señora Shakespeare parece reflejar lo poco que la valoraba, ya que solo le dejó, mediante una nota al margen, su “segunda mejor cama, junto con los muebles”, y nada más. Malone dedujo naturalmente que el poeta se había olvidado de ella, y así la recordó de forma más explícita para demostrar cuán poco la estimaba. Ya la había “descartado”, como se dice vulgarmente, “no con un chelín, sino con una cama vieja”. Todo esto parece razonable, hasta que Steevens afirma la afectividad conyugal del bardo, diciendo que el poeta, mientras estaba sano, ya se había ocupado de ella mediante disposiciones legales, o sabiendo que su padre ya lo había hecho (circunstancias completamente especulativas); por lo tanto, al morir, no solo le dejó un mueble viejo, sino quizás, como muestra de una ternura especial, ¡la misma cama que en su noche de bodas lo recibió en los brazos de Belvidera!

Page 389

La severidad satírica de Steevens reflejaba la profunda maldad de su corazón; y Murphy lo ha retratado vívidamente en su discurso dirigido a los Malevoli.

¡Otro Puck similar fue Horace Walpole! La “Carta” del Rey de Prusia a Rousseau, así como el “Memorial”, fingían haber sido firmados por nobles y caballeros; eran fabricaciones, como él mismo confiesa, con el único fin de sembrar el caos. Le cuadraba perfectamente, a él, cuya invención más exitosa, el Castillo de Otranto, fue presentada bajo el pretexto de ser una falsificación, condenar de forma tan despiadada las inocentes creaciones de Chatterton.

Tenemos a esos “Pucks” entre nuestros contemporáneos: quienquiera que descubra su historia la encontrará extensa, aunque compleja; la maldad en ella superará con creces la diversión que puedan generar.

208 Un ejemplo notable se encuentra en esta obra; véase la nota al artículo sobre periódicos, en el Vol. I, donde se detalla uno de ellos que difundió la falsedad en gran medida a través de toda nuestra literatura general.

209 Los supuestos “manuscritos antiguos” conservados entre los papeles de Chatterton en el British Museum, así como el facsímil del “Rollo Amarillo”, publicado en la edición de Cambridge de las obras de Chatterton, son, sin embargo, tan diferentes de la escritura de la época a la que pretenden pertenecer, que no hay duda alguna sobre su falsedad.

210 Sin embargo, están tan determinados por los fragmentos de los originales en gaélico, publicados posteriormente por anticuarios escoceses, que las amplificaciones de Macpherson pueden ser detectadas.

211 El señor Charles Knight, en su edición de Shakespeare, fue el primero en señalar claramente la verdadera naturaleza de esa herencia. Las propiedades del gran poeta, con excepción de una finca arrendada mencionada expresamente en el testamento, eran de propiedad libre. Su esposa tenía derecho a una dote, o a una participación vitalicia del tercio de los ingresos provenientes de las tierras o propiedades que pertenecían a Shakespeare y que tenían un valor considerable; así, estaba adecuadamente protegida por la clara e indiscutible aplicación de la ley inglesa. El señor Halliwell demostró además que tales herencias eran la forma habitual de mostrar consideración hacia aquellos parientes que ya contaban con una buena provisión gracias a las normas legales habituales.

Page 390

curso de los acontecimientos; y añade: “Lejos de ser este legado de escasa importancia y que demuestre poca estima, era la forma habitual de expresar un gran afecto”.

FALSIFICACIONES LITERARIAS.

El artículo anterior me ha recordado un tema que no deja indiferentes a los amantes de la literatura. Se podría escribir un volumen entero sobre los impostores literarios; sin embargo, sus métodos de engaño solían ser repetitivos, especialmente aquellos de la época de la restauración de las letras, cuando prevalecía una manía por enterrar antigüedades falsas para luego sacarlas a la luz y confundir a sus contemporáneos. Incluso hoy en día nos causan perplejidad. Se han cometido falsificaciones aún más siniestras por parte de escoceses, entre los cuales Archibald Bower, Lauder y Macpherson son bien conocidos.

Incluso algunas imposturas inofensivas, debido a algún accidente inesperado, han llevado a un investigador descuidado por el camino equivocado. George Steevens debe aparecer nuevamente por el ingenioso truco que le jugó al anticuario Gough. Se trataba de la famosa lápida en la que estaba grabada la trompa de beber de Hardyknute, para indicar su última y fatal juerga; ¡pues ese rey danés murió borracho! Para evitar cualquier duda, el nombre, escrito en caracteres sajones, era suficientemente legible. Sumergida en vinagre para simular una antigüedad antigua, fue luego dejada en la esquina de una tienda de anticuarios, donde el ojo experto de Gough examinaba con frecuencia esos objetos venerables; funcionó perfectamente con el “director de la Sociedad de Anticuarios”. Él la compró.

Page 391

Un relicario por una miseria, y disertaciones de tamaño adecuado se preparaban para la Archæologia. Gough nunca se perdonó a sí mismo ni a Steevens por este flagrante acto de incompetencia. En cada ocasión en que el Gentleman’s Magazine se veía obligado a mencionar esta ridícula imitación, él siempre tachaba su propio nombre y se ocultaba bajo su cargo oficial de “El Director”. Gough nunca supo que esa “antigüedad moderna” no era más que un acto de venganza. Al revisar la obra de Masters sobre la vida de Baker, encontró dos cabezas; una de ellas había sido grabada en vidrio pintado por George Steevens, quien habría querido hacerla pasar por un retrato de uno de nuestros reyes. Gough, deseoso de atacar a George Steevens, criticó su obra gráfica y denunció ese retrato, del cual no había nada humano. Steevens juró que, por más miserable que Gough considerara su lápiz, este haría que “El Director” se avergonzara de sus propios ojos, y que terminaría siendo reemplazado por algo aún peor. Así surgió la idea de utilizar ese fragmento de losa de chimenea; yo lo he visto, y, con un mejor juicio, me sorprendió aquel anticuario imprudente, capaz de dejarse engañar por esas marcas insignificantes y mal formadas, e incluso por una ortografía incorrecta del nombre, que, sin embargo, logró ser presentada como una inscripción sajona auténtica. Pero él confiaba en su hombre. El truco no es tan original como parece. Un tal De Grassis grabó en mármol el epitafio de una mula, que enterró en su viñedo. Algún tiempo después, al ordenar la plantación de nuevos árboles en ese lugar, los excavadores no pudieron evitar desenterrar lo que ya estaba allí. La inscripción indicaba que Publius Grassus había erigido ese monumento en honor a su mula. De Grassis lo presentó como una extraña coincidencia de nombres y como una profecía sobre su propia mula. Era simplemente una broma. El mármol fue descartado y no se volvió a pensar en ello. Varios años después, ganó fama, ya que entre los eruditos pasó a considerarse una inscripción antigua. El anticuario Poracchi incluyó ese epitafio en su obra sobre “Entierros”. Así, De Grassis y su mula, ambos igualmente respetables, habrían llegado hasta la posteridad, de no haberse difundido la historia de alguna manera. Un incidente de esta naturaleza está registrado en…

Page 392

La historia portuguesa, inventada con la intención de mantener el espíritu nacional y difundir las esperanzas relacionadas con la nueva empresa de Vasco de Gama, quien acababa de emprender un viaje de exploración hacia las Indias. Se descubrieron tres piedras cerca de Cintra, que llevaban inscripciones en caracteres antiguos en latín; un oráculo sibilino se dirigía proféticamente “¡A los habitantes del Occidente!”, afirmando que cuando esas tres piedras fueran encontradas, el Ganges, el Indo y el Tajo intercambiarían sus mercancías. Era el engaño piadoso de un poeta portugués, sancionado por la aprobación del rey. Cuando las piedras estuvieron suficiente tiempo en la tierra húmeda, hasta parecer realmente antiguas, nuestro poeta invitó a un gran número de personas a una cena en su casa de campo; en medio de la fiesta, un campesino irrumpió anunciando el descubrimiento repentino de ese tesoro. La inscripción fue incluida entre las colecciones reales como una curiosidad sagrada. La profecía se cumplió, y durante mucho tiempo se consideró que el oráculo era auténtico.

En tales casos no surgió ningún daño; los anales de la humanidad no se vieron confundidos por dinastías falsas ni cronologías fabulosas. Pero cuando las falsificaciones literarias son publicadas por personas cuyo carácter apenas permite sospechar que ellos mismos sean los impostores, la dificultad para determinar el motivo solo aumenta la dificultad para tomar una decisión: aceptarlas o rechazarlas puede ser igualmente peligroso.

En esta categoría debemos incluir a Annius de Viterbo, quien publicó una supuesta colección de historiadores de la antigüedad más remota. Algunos de esos nombres nos habían llegado a través de las obras de escritores antiguos, mientras que sus propias obras se habían perdido. Luego añadió comentarios para confirmar su autoridad, citando pasajes de autores conocidos. Al principio, los eruditos los aceptaron con entusiasmo; pero los errores del supuesto editor, uno de los cuales fue confundir el nombre correcto del historiador que fingía ser, fueron detectados gradualmente, hasta que finalmente el engaño quedó evidente. Los supuestos originales destacaban más por su cantidad que por su volumen.

Page 393

Toda la colección no supera las 171 páginas, lo que redujo la dificultad de la falsificación; mientras que los comentarios que se publicaron posteriormente debieron ser elaborados al mismo tiempo que el texto. A favor de Annius, su alto rango en la Corte romana, su conducta irreprochable y su declaración de haber recuperado algunos de estos fragmentos en Mantua, y de que otros provenían de Armenia, indujeron a muchos a creer en estos pseudohistoriadores. Pronto estalló una guerra literaria; Nicerón distinguió cuatro facciones involucradas en este conflicto. Una facción denunció toda la colección como falsificaciones groseras; otra defendió obstinadamente su autenticidad; una tercera sostuvo que eran falsificaciones incluso antes de que Annius los poseyera, y que él solo era crédulo; mientras que una cuarta facción los consideró parcialmente auténticos, atribuyendo sus errores a las interpolaciones del editor para aumentar su importancia. Tal como eran, sembraron confusión en todo el ámbito de la historia. El falso Beroso inicia su historia antes del diluvio, cuando, según él, los caldeos habían conservado fielmente sus pruebas históricas a lo largo de las edades anteriores. Annius, en su comentario, hace alusión a los archivos y bibliotecas públicas de los babilonios: con este editor soñador, los días de Noé parecían historia moderna. Algunos de los escritores fantasiosos de Italia fueron engañados: Sansovino, para complacer a la nobleza florentina, les otorgó un nuevo título de antigüedad a su antepasado Noé, “Imperatore e monarcha delle genti, visse e morì in quelle parti”. Los españoles se quejaron de que, al forjar estos orígenes fabulosos de diferentes naciones, algunos de sus historiadores presuntuosos habían introducido una nueva serie de reyes procedentes del arca de Noé para contaminar las fuentes de su historia. Las obras, de por sí valiosas, de Bodin se vieron considerablemente dañadas por los descubrimientos ficticios de Annius. Un historiador murió de tristeza por haber basado sus elaboradas especulaciones en estos originales fabulosos; y su credibilidad disminuyó tanto que tanto Pignori como Maffei anunciaron a sus lectores que no se habían referido en sus obras a los supuestos escritores de Annius. Sin embargo, hasta el día de hoy, estos…

Page 394

Las falsificaciones presuntas no siempre son abandonadas. El problema permanece sin resolver, y el silencio del respetable Annius respecto a la falsificación, así como lo que afirmó en vida, nos dejan dudosos sobre si realmente pretendía burlarse del mundo con estas historias de gigantes de la antigüedad. Sanchoniathon, tal como lo conservó Eusebio, puede clasificarse entre estos escritos o falsificaciones antiguas, y ha sido igualmente rechazado y defendido.

Otra falsificación literaria, supuestamente añadida a las de Annius, involucró a la familia Inghirami. Al cavar en sus terrenos descubrieron una serie de antigüedades etruscas, que consistían en inscripciones y también fragmentos de una crónica, supuestamente redactada sesenta años antes de la era vulgar. Los caracteres de los mármoles eran los etruscos antiguos, y la obra histórica tendía a confirmar los supuestos descubrimientos de Annius. Fueron recopilados y consagrados en un magnífico volumen en formato folio por Curtius Inghirami, quien, pocos años después, publicó un volumen en formato cuarto de más de mil páginas para respaldar su autenticidad. A pesar de la erudición del falsificador, estos monumentos de la antigüedad delataban su origen moderno. Había letras unciales que nadie conocía; pero se decía que se trataba de caracteres etruscos antiguos aún no descubiertos. Era más difícil defender las pequeñas letras itálicas, ya que no se utilizaban en la época a la que se les atribuía; además, había puntos en la letra “i”, una costumbre que no se practicó hasta el siglo XI. El estilo fue copiado del latín de los Salmos y del Breviario; pero Inghirami descubrió que había habido intercambios entre los etruscos y los hebreos, y que David había imitado los escritos de Noé y sus descendientes. La crónica detallaba los discursos y anécdotas de Noé.

Los romanos, que han conservado tanto de los etruscos, no habían observado ni un solo hecho registrado en estas antigüedades etruscas. Inghirami respondió que el manuscrito era obra del secretario del colegio de los augures etruscos, a quien solo se le permitía redactar…

Page 395

Materiales de los archivos, y quien, al parecer, fue el único escriba que ha legado a la posteridad tanta historia secreta. Se argumentó en favor de la autenticidad de estos monumentos etruscos que Inghirami era un arqueólogo tan joven en el momento del descubrimiento que ni siquiera podía explicarlos; y que cuando se realizaron nuevas investigaciones en el lugar, también se desenterraron otros monumentos similares, que evidentemente habían yacido allí durante mucho tiempo. Todo este asunto, por más inventado que estuviera, se limitaba a la familia Inghirami. Uno de ellos, medio siglo antes, había sido bibliotecario del Vaticano, y a él se le atribuye el mérito de las falsificaciones que enterró en un lugar donde estaba seguro de que serían encontradas. Sin embargo, esto no es más que una conjetura. Inghirami, quien publicó y defendió su autenticidad, no tuvo nada que ver con su fabricación; probablemente el propósito era simplemente elevar la antigüedad de Volaterra, la propiedad familiar de los Inghirami; y con este fin, uno de sus miembros más eruditos legó a su descendencia una colección de monumentos históricos falsos, que tendían a derrocar todas las ideas aceptadas sobre las primeras épocas de la historia.

Probablemente fueron tales imposturas, y las de los falsos decretales de Isidoro, las que se forjaron para mantener la supremacía papal, y que durante ochocientos años formaron la base fundamental del derecho canónico, de la disciplina de la Iglesia e incluso de la fe cristiana. Esto condujo al monstruoso pirronismo del padre Hardouin, quien, con una enorme erudición, se convenció de que, con excepción de la Biblia y Homero, Heródoto, Plauto, Plinio el Viejo, junto con fragmentos de Cicerón, Virgilio y Horacio, todos los restos de la literatura clásica eran falsificaciones de los siglos XIII y XIV. En dos disertaciones imaginó haber demostrado que la Eneida no fue escrita por Virgilio, ni las Odas de Horacio por ese poeta. Hardouin era uno de esos hombres erróneos que, una vez caídos en una ilusión, todo lo que luego les ocurre sobre su tema favorito solo tiende a reforzarla. Murió en su propia fe. Parece que no era consciente de que al atribuir invenciones tan extravagantes como las de Plutarco…

Page 396

Tucídides, Tito Livio, Tácito y otros historiadores… En comparación con ellos, él estaba creando una era sin igual de conocimiento y genialidad, mientras que los monjes solo podían escribir crónicas escasas, y el conocimiento y el genio mismos permanecían en un sueño encantado, con la suspensión de todas sus facultades vitales.

Existen numerosos ejemplos de falsificaciones de documentos de menor importancia. El Libro de Oraciones de Colón, que le fue entregado por el Papa y que el gran descubridor de un nuevo mundo legó a la república genovesa, cuenta con un codicilo escrito por él mismo, como lo atestigua una de las hojas, pero volúmenes redactados para negar su autenticidad lo niegan. La famosa descripción que Petrarca hace en su obra “Vergilio”, tan frecuentemente citada, sobre su primer encuentro con Laura en la iglesia de San Claudio el Viernes Santo, 6 de abril de 1327, ha sido objeto recientemente de intentos por demostrar que se trata de una falsificación. Según los cálculos, el 6 de abril de 1327 era lunes. Parece que el Viernes Santo fue un error del autor de esa descripción. Él cayó en la trampa al leer el segundo soneto, tal como aparece en las ediciones impresas.

Era el día en que los rayos del sol se oscurecían, por la compasión de su Creador hacia él. El falsificador imaginó que esta descripción aludía al Viernes Santo y al eclipse durante la crucifixión. Pero, ¿qué pasa con el pasaje que se encuentra en el manuscrito de la Biblioteca Imperial de Viena, descubierto por el abad Costaing?

Era el día en que los rayos del sol adquirieron un color extraño, debido a la compasión de su Creador hacia él, cuando fue capturado; y no miré más que vuestros ojos, que me ataron por completo.

Page 397

Fue en el día en que fui cautivado cuando la devoción hacia su Creador apareció en los rayos de un sol brillante; y no se me ocurrió pensar que eran tus ojos los que me encadenaban.

Según el abad Costaing, el primer encuentro no tuvo lugar en una iglesia, sino en un prado, como se desprende del noveno soneto. La Laura de Sade no era la Laura de Petrarca, sino Laura de Baux, soltera y fallecida joven, residente en las cercanías de Vaucluse. Petrarca solía contemplarla desde su propia ventana y disfrutaba a menudo de su compañía entre su familia. Si la descubrimiento del abad Costaing se confirma, el buen nombre de Petrarca quedará libre de esa pasión romántica e infundada por una mujer casada. Sería curioso si la famosa historia del primer encuentro con Laura en la iglesia de Saint-Clair surgiera del error del falsificador al interpretar erróneamente un pasaje impreso incorrectamente, como demuestran los manuscritos existentes.

Se han introducido falsificaciones literarias en la bibliografía; se han alterado las fechas; se han añadido títulos ficticios; y se han reimpreso libros, ya sea para omitir o para insertar pasajes completos. Me abstengo de entrar en detalles sobre esta parte de la historia de las falsificaciones literarias, ya que este artículo ya es bastante extenso. Sin embargo, cuando descubrimos que uno de los aficionados más destacados y uno de los bibliógrafos más críticos estuvo involucrado en una falsificación de este tipo, puede ser útil alertar a los coleccionistas. El duque de La Vallière y el abad de Saint-Léger se unieron una vez para suministrar al ávido comprador de rarezas literarias una copia de *De Tribus Impostoribus*, un libro que, según la fecha indicada, supuestamente había sido impreso en 1598, aunque probablemente fuera una falsificación moderna de 1698. El título de tal obra existía desde hacía tiempo solo por rumores, pero nunca se había visto una copia real. Todas las obras impresas con ese título han resultado ser fabricaciones modernas. No obstante, se vendió una copia del original, que parecía imposible de encontrar, en la subasta del duque de La Vallière. La historia de este volumen es curiosa: el duque y el abad, después de elaborar un texto, lo hicieron imprimir en estilo gótico antiguo.

Page 398

Personaje este, bajo el título De Tribus Impostoribus. Propusieron poner de buen humor al gran bibliópulo De Bure, cuya agencia aprobaría la impostura. Posteriormente, distribuirían copias a veinticinco luises cada una, lo cual habría sido un precio razonable para un libro que nadie había visto jamás. Invitaron a De Bure a cenar, lo halagaron y lo persuadieron, y, como imaginaban, en un instante lo tuvieron a su merced; entonces exhibieron su obra. La mirada perspicaz del renombrado catalogador de la “Bibliographie Instructive” recorrió instantáneamente la misma como un rayo y, como un rayo, destruyó toda la edición. No solo descubrió la falsificación, sino que la condenó. Se negó a dar su aprobación; y los falsificadores, duque y abad, confundidos, suprimieron el libro introuvable. Pero guardaban rencor hacia el honesto bibliógrafo e intentaron borrar la obra de la cual derivaban su fama los De Bure.

Entre los extraordinarios impostores literarios de nuestra época —si excluimos a Lauder, quien, descubierto por la pluma de Ithuriel del obispo Douglas, vivió lo suficiente como para hacer una retractación pública de sus audaces falsificaciones, y a Chatterton, quien enterró su historia inexplicable en su propia tumba, una historia que parece estar solo a medias contada— debemos incluir a un hombre bien conocido en el mundo literario bajo el nombre falso de George Psalmanazar. Compuso su autobiografía como penitencia de arrepentimiento, para no publicarla hasta después de su muerte, cuando hubieran cesado todos los motivos humanos que pudieran hacer sospechar su veracidad. La vida es tediosa; pero he seguido con curiosidad el desarrollo de la mente de este ingenioso impostor, algo que merece ser preservado. La falsificación literaria en cuestión consistió en hacerse pasar por un isleño convertido de Formosa: un lugar entonces poco conocido, salvo por los relatos de los jesuitas, y en crear un idioma y una historia de un nuevo pueblo y una nueva religión, todo ello de su propia invención. Este hombre era evidentemente originario del sur de Francia; se educó en algún colegio provincial de los jesuitas, donde oyó hablar mucho de sus descubrimientos sobre Japón; había examinado sus mapas y escuchado sus comentarios. Olvidó la forma en que los japoneses

Page 399

Escribió; pero supuso, al igual que los orientalistas, que escribían de derecha a izquierda, lo cual le resultó difícil de manejar. Se puso a inventar un alfabeto; pero en realidad olvidó dar nombres a sus letras, lo que más tarde le causó problemas ante los literatos.

Cometió errores graves; al afirmar inadvertidamente que los formoseños sacrificaban dieciocho mil infantes varones anualmente, insistió en no reducir esa cifra. Se demostró que era imposible hacerlo en una isla tan pequeña sin provocar una despoblación. Había hecho principio en esta impostura no cambiar nunca lo que decía una vez. Todo esto se planeó a toda prisa, por miedo a ser descubierto por quienes lo rodeaban.

Él mismo se sorprendió de su facilidad para inventar y del progreso de su falsificación. Había creado un alfabeto, una parte considerable de un nuevo idioma, una gramática, una nueva división del año en veinte meses y una nueva religión. Se había acostumbrado a escribir en su idioma; pero siendo un escritor inexperto con ese método inusual de escribir hacia atrás, lo encontró tan difícil que se vio obligado a cambiar las formas complicadas de algunas de sus letras. Finalmente abandonó su hogar, haciéndose pasar por un formoseño convertido, educado por los jesuitas. En ese momento tenía quince o dieciséis años. Para sostener su nuevo papel, practicó algunas ceremonias religiosas; se le vio adorando al sol naciente y poniente. Hizo un libro de oraciones con dibujos rudimentarios del sol, la luna y las estrellas, a los cuales añadió algo de prosa y verso incoherente, escrito en su alfabeto inventado, murmurándolo o cantándolo según le daba la gana. Su costumbre de comer carne cruda parecía ayudar más a su engaño que el sol y la luna.

En una guarnición en Sluys encontró un regimiento escocés al servicio de los holandeses; el comandante tuvo la curiosidad de invitar a nuestro formoseño a conversar con Innes, el capellán de su regimiento. Este Innes fue probablemente la causa principal de que la impostura llegara a la magnitud que alcanzó posteriormente. Innes era un

Page 400

clérigo, pero una desgracia para su hábito. Tan pronto como fijó la vista en nuestro formosano, se le ocurrió un plan: nada menos que hacer de Psalmanazar la escalera de sus propias ambiciones y el peldaño por el que ascender a una buena vida. Innes era un personaje sin valor; como se demostró más tarde, cuando, mediante una audaz impostura, engañó al obispo de Londres, se declaró autor de una obra anónima titulada “Una modesta investigación sobre la virtud moral”; por ello obtuvo una buena vida en Essex. El verdadero autor, un pobre clérigo escocés, lo obligó posteriormente a renunciar a la publicación de esa obra y a pagarle las ganancias de la edición que Innes había hecho. Perdió su reputación y se retiró a la soledad de su vivienda; si no arrepentido, al menos mortificado.

Un personaje así era perfectamente adecuado para convertirse en el padrino de la impostura. Innes cortejó al formosano y ganó fácilmente la confianza del aventurero, que hasta entonces había buscado en vano un patrocinador. Mientras tanto, Innes no perdió tiempo en informar al ingenuo y generoso obispo de Londres sobre el “tesoro” que poseía; convertir al formosano era su pretexto aparente; conseguir un cargo importante, su motivo oculto. Es curioso observar que el entusiasmo por la conversión desapareció en Innes, y prevaleció una notable negligencia hacia su “convertido”, mientras la respuesta del obispo se demoraba o era dudosa. Al principio, propuso a nuestro impostor formosano que procurara su liberación y lo llevara a Inglaterra; esto fue aceptado con entusiasmo por nuestro complaciente aventurero. Unos pocos chelines holandeses y palabras amables mantenían su buen humor; pero como no llegaba ninguna carta del obispo, disminuyeron las palabras… ¡y ni un solo stuiver! Esto arrojó una nueva luz sobre el carácter de Innes ante el joven inexperto. Psalmanazar, con astucia, dirigió toda su atención hacia algunos ministros holandeses; Innes se puso celoso, temiendo que ellos se llevaran al “pájaro” que ya tenía en su red. Decidió bautizar al impostor; eso convenció aún más a Psalmanazar de que Innes también era un impostor, pues antes de eso Innes ya había empleado una estratagema contra él que mostraba claramente qué clase de persona era su formosano.

Page 401

La estratagema era la siguiente: le hizo traducir un pasaje de Cicerón, de cierta extensión, a su supuesto idioma y entregárselo por escrito; esto se logró fácilmente gracias a la habilidad de Psalmanazar para inventar caracteres. Después de que Innes le pidió que lo interpretara, quiso tener otra versión en otro papel. La propuesta y la forma en que se llevó a cabo pusieron a nuestro impostor en la mayor confusión. Solo había tenido poco tiempo para inventar el primer texto, y aún menos para recordarlo; así que en la segunda transcripción apenas se encontraba la mitad de las palabras que había en la primera. Innes adoptó un aire solemne, y Psalmanazar estuvo a punto de arrojarse a sus pies pidiendo misericordia, pero Innes no quería desenmascarar al impostor; más bien deseaba ajustarle mejor la máscara al rostro. En esta dura prueba, Psalmanazar demostró una habilidad extraordinaria, combinada con una memoria excepcional. Innes frunció el ceño, sonrió amablemente y solo insinuó, de manera vaga, que debería tener más cuidado en el futuro. Un consejo que Psalmanazar tuvo en cuenta posteriormente, y que finalmente condujo a la falsificación de un idioma completamente nuevo; y, como observa él mismo, “por todo lo que he intentado desde que llegué a Inglaterra, no puedo sino decir que podría haberlo logrado con menos dificultad de la que se pueda imaginar si me hubiera dedicado seriamente a ello”. Cuando se elaboró una versión del catecismo en el supuesto idioma formosano y se sometió a juicio de los primeros eruditos, les pareció gramaticalmente correcto y se declaró que era un idioma real, por el hecho de que no se parecía a ningún otro. ¡Y no podían concebir que un joven pudiera ser el inventor de un idioma! Si al lector le interesa examinar este extraordinario engaño, le remito a esa obra literaria, “Descripción histórica y geográfica de Formosa, con relatos sobre la religión, costumbres y modales de sus habitantes, de George Psalmanazar, nativo de dicha isla”, de 1704; con numerosas ilustraciones: inventos miserables sobre su vestimenta, sus ceremonias religiosas, sus santuarios y altares dedicados al sol, la luna y las diez estrellas, su arquitectura…

Page 402

¡El castillo del virrey! ¡Un templo! ¡Una casa urbana! ¡La casa de un campesino! ¡Y el alfabeto formosano! En sus conferencias ante la Real Sociedad con un jesuita recién regresado de China, este jesuita tenía serias sospechas de que nuestro héroe era un impostor. El buen padre se mantuvo obstinado en su propia convicción, pero no pudo transmitirla de manera satisfactoria a los demás; y Psalmanazar, después de pedir cortésmente disculpas por la expresión, se quejó del jesuita diciendo que “mintió de la manera más descarada”, mentitur impudentissime. El Dr. Mead insistió absurdamente en que Psalmanazar era holandés o alemán; algunos pensaban que era un jesuita disfrazado, una herramienta de los no jurados; los católicos creían que había sido sobornado por los protestantes para denunciar a su iglesia; los presbiterianos sostenían que le pagaban para socavar su doctrina e impulsar el episcopado. Esta fabulosa historia de Formosa parece haber sido ideada por su astuto instigador Innes, quien puso a Varenius en manos de Psalmanazar para que lo ayudara; se difundió ampliamente en los periódicos nacionales e internacionales la historia de este formosano convertido; esto enfureció a los libreros, quienes apremiaron al autor, al que apenas se le permitieron dos meses para elaborar este extraordinario volumen. Y como las descripciones anteriores que el público tenía de esta isla estaban llenas de absurdidades y contradicciones monstruosas, estas contribuyeron a la presente impostura. Nuestro falsificador decidió no describir cosas nuevas y sorprendentes, como lo habían hecho antes, sino más bien esforzarse en contradecirlas, probablemente para tener la oportunidad de fingir que las corregía. La primera edición se vendió de inmediato; el mundo estaba más dividido que nunca en sus opiniones; en la segunda edición añadió una defensa propia… El desdichado falsificador obtuvo unas veinte guineas por una impostura cuya ilusión se extendió por todas partes. Unos años después, Psalmanazar se vio involucrado en otra pequeña impostura: un hombre lo convenció de ser el autor de una obra titulada Formosan Japan, que se vendería a un alto precio. Era curiosa por su blancura, pero tenía sus defectos. El proyecto fracasó, y Psalmanazar consideró ese fracaso como una advertencia divina para arrepentirse de todas sus imposturas relacionadas con Formosa.

Page 403

Entre estas falsificaciones literarias se pueden clasificar varias ingeniosas, fabricadas con un propósito político. Ciertamente hubo muchas durante nuestras guerras civiles en el reinado de Carlos I. Este no es el lugar para continuar la controversia respecto al misterioso Eikon Basiliké, que ha sido incluido entre ellas, a partir de la afirmación ambigua de Gauden.219 Un escritor reciente que probablemente preferiría no dejar al monarca, de estar vivo, no solo sin su cabeza sino también sin la poca fama que podría haber obtenido gracias a los “Versos” supuestamente escritos por él en el castillo de Carisbrook, le privaría también de estos. La retractación de Henderson en su lecho de muerte también se cuenta entre ellas; además, disponemos de una gran colección de “Cartas de Sir Henry Martin a su Dama del Placer”, que eran expresiones satíricas de la ingeniosidad de aquel tiempo, pero debido al precio que han alcanzado, probablemente se consideran auténticas y ofrecen una imagen divertida de su vida disoluta y errática.220 Existe también un discurso ridículo del extraño conde de Pembroke, que fue forjado por el inigualable Butler. Sir John Birkenhead, un gran humorista e ingenio, mantuvo una pluma activa en la redacción de estas cartas y discursos falsos.221

212 Más tarde me informaron de que esta famosa invención fue originalmente un engaño del señor Thomas White, un conocido coleccionista y comerciante de antigüedades. Pero fue Steevens quien la colocó en la tienda del marchante, donde estaba seguro de atrapar al anticuario. Cuando el difunto señor Pegge, un hermano profundamente devoto, se preparaba para escribir una disertación sobre ella, el primer inventor de ese engaño dio un paso al frente para evitar un final aún más trágico; ya que aquel malvado ingenioso había tenido demasiado éxito.

213 La piedra se puede encontrar en el Museo Británico. HARDCNVT es la lectura que aparece en la piedra de Harthacnut; pero la ortografía correcta del nombre es HARÐACNVT. Se informó que fue descubierta en Kennington-lane, donde se decía que se encontraba el palacio del monarca, y la inscripción, cuidadosamente hecha en caracteres anglosajones, decía algo así como: “Aquí, Hardcnut bebió hasta vaciar una trompa de vino, miró a su alrededor y murió”.

Page 404

Sylvanus Urban, mi antiguo y excelente amigo, parece un tanto descortés en esta solemne ocasión. Sin embargo, nos dice que “la historia de este truco descarado, con un facsímil del dibujo de Schnebbelie, puede consultarse en su volumen LX, página 217”. Afirma que esta malvada artimaña de George Steevens tenía como objetivo atrapar a ese famoso dibujante. ¿Niega entonces Sylvanus que “el Director” también fuera “atrapado”? ¿Y que siempre tachaba su propio nombre en las pruebas de imprenta de la revista, sustituyéndolo por su designación oficial, mediante la cual toda la sociedad parecía proteger al “Director”?

214 Era un monje dominico; su nombre real era Giovanni Nanni, que latinizó conforme a la costumbre de su época. Nació en 1432 y murió en 1502. Su gran obra, *Antiquitatem Rariorum*, pretende contener las obras de Maneto, Beroso y otros autores de igual antigüedad.

215 Recientemente se ha producido una falsificación de carácter similar en los restos de la Capilla de San Eloy (departamento de L’Eure, Francia), donde se exhumaron muchas inscripciones relacionadas con la historia temprana de Francia; una delegación de anticuarios, convocada para examinar su autenticidad, las ha declarado posteriormente falsificaciones.

216 El volumen de estas supuestas Antigüedades se titula *Etruscarum Antiquitatum Fragmenta*, folio Franc. 1637. Lo que Inghirami publicó para defender su autenticidad está en italiano: *Discorso sopra l’Opposizioni fatte all’Antichità Toscane*, 4to, Florencia, 1645.

217 Obtengo esta información de un pequeño “regalo de Año Nuevo” que mi erudito amigo, el reverendo S. Weston, regaló a sus amigos en 1822, titulado *A Visit to Vaucluse*, acompañado de un suplemento. Al parecer, obtuvo su relato de una curiosa publicación del abad Costaing de Pusigner d’Aviñón, que yo y otros investigadores no hemos podido conseguir, pero que es absolutamente necesario examinar antes de poder decidir sobre los relatos, muy curiosos pero insatisfactorios, que hasta ahora hemos tenido sobre Laura de Petrarca.

218 Para obtener más información sobre Psalmanazar y sus trabajos literarios, podemos remitir al lector al volumen I, página 137, nota.

219 La cuestión ha sido discutida con gran agudeza crítica por el dr. Wordsworth.

Page 405

220 Desde que esto se publicó, he descubierto que las Cartas de Harry Martin no son falsificaciones, pero no puedo recuperar de inmediato mi autoridad.

221 Uno de los trucos más divertidos de este tipo fue perpetrado contra William Prynne, el conocido enemigo puritano del teatro, por algún caballero ingenioso. La gran obra de Prynne, “Histriomastix, el azote de los actores; o, tragedia de un actor”, un enorme volumen en formato cuarto de 1100 páginas, era una condena total de todos los entretenimientos teatrales; pero en 1649 apareció un folleto de cuatro hojas titulado “El señor William Prynne, su defensa de las obras de teatro; o, retractación de un libro anterior suyo llamado Histriomastix”. Debió sorprender a muchos lectores en su época, y habría pasado por obra suya en tiempos más modernos, de no ser por la conservación casual de una única copia de un volante que Prynne publicó para negar todo aquello. Se imita de forma muy divertida su estilo, así como su gran afición a citar fuentes en los márgenes. Se le hace lamentar que “este ejército perverso y tiránico haya arrebatado recientemente, de la manera más inhumana, cruel, brusca y bárbara, a los pobres actores de sus casas, donde se encontraban para cumplir con su oficio: como si ese ejército estuviera decidido, de la forma más traicionera y maliciosa, a suprimir y oprimir a todos los amigos del rey, no solo en el parlamento sino también en los propios teatros; no les importan ni los pactos ni nada más”. Además, se le hace declarar, a pesar de “lo que puedan objetar las personas maliciosas, ruidosas y estruendosas”, que alguna vez escribió en contra de las obras de teatro: “Fue cuando no tenía una visión tan clara como la que tengo ahora”. Podemos imaginarnos el entretenimiento que este panfleto debió suponer para muchos lectores durante la gran Guerra Civil.

DE LOS ROBAPAPELES LITERARIOS.

Page 406

Un historiador honesto, a veces, tendrá que infligir un duro golpe a sus favoritos. Eso me ha tocado a mí, pues en el curso de mis investigaciones he tenido que registrar que en la república de las letras existen tanto falsificadores como ladrones, así como otros impostores aún más evidentes. El presente artículo relata anécdotas sobre algunos artificios empleados para poseer nuestras curiosidades literarias por medios distintos a la compra; y la única excusa que se puede aducir para los “splendida peccata”, como llama San Agustín a las virtudes de los paganos, de estos inocentes criminales, es su pasión excesiva por la literatura y, además, el prestigio de sus nombres. Según el “Diccionario Clásico de la Lengua Vulgaria” de Grose, hemos tenido coleccionistas célebres, tanto en el lenguaje erudito como en el vulgar. Pero uno de ellos, que también tenía motivos para ser delicado al respecto, distinguía este modo de completar sus colecciones no por robar libros, sino por codiciarlos. En algunas ocasiones, por compasión, debemos permitir que se suavicen los nombres. ¿Acaso a los espartanos no se les permitía robar entre sí, y solo se castigaba a los torpes?

Se dice que Pinelli realizaba ocasionalmente adiciones a sus tesoros literarios, a veces gracias a su habilidad en un arte que dependía más de la mano que de la cabeza. Sin embargo, como Pinelli nunca salió de su ciudad natal más que una vez en su vida, cuando la peste lo obligó a huir de casa, su ámbito de acción era tan limitado que apenas podemos concluir que pudiera haber sido un emprendedor tan grande en este sentido. Nadie puede perder su carácter mediante este tipo de actividades en un círculo reducido y seguir teniendo éxito. Un Mercurio hábil difícilmente habría permanecido en el mismo lugar… Pero, sea como sea, es probable que debamos a este tipo de acumulación muchos manuscritos valiosos de la colección Cottoniana. Según el cuaderno de notas manuscritas de Sir Nicholas Hyde, juez principal de la Corte Real desde el segundo hasta el séptimo año del reinado de Carlos I, Sir Robert Cotton tenía en su biblioteca registros, pruebas, libros de contabilidad, cartas originales y otros documentos oficiales pertenecientes al rey; ya que el fiscal general de aquel tiempo…

Page 407

Probó esto, mostrando una copia del perdón que Sir Robert había obtenido del rey Jacobo por haber malversado registros, etc.222

Gough ha insinuado más de una vez que Rawlinson y su amigo Umfreville “están bajo muy fuertes sospechas”; y afirma que el coleccionista de los tesoros de Wilton se comportó con las monedas de su amigo de la misma manera que lo hizo el Dr. Willis.223 Pero también ha presentado una declaración relativa al obispo More, el famoso coleccionista, según la cual “el obispo reunió su biblioteca saqueando las de los clérigos de su diócesis; a algunos los compensó con sermones o libros más modernos; a otros, de forma menos cortés, únicamente con un ‘quid illiterati cum libris’. Este saqueo consistía, pues, más bien en convencer a otros de que entregaran aquello que no sabían valorar; y esta es una ventaja que todo amante experto de los libros debe tener sobre aquellos cuyo aprendizaje aún no ha finalizado. Yo mismo fui víctima de un muy querido amigo aficionado a tales curiosidades literarias, en mis días de inocencia y en su precoz conocimiento. Sin embargo, parece que el obispo More realmente puso sus manos en algún pequeño tesoro irresistible; lo deducimos de una precaución adoptada por un amigo del obispo, a quien un día se encontró ocupado escondiendo sus libros más raros y guardando bajo llave cuantos podía. Al preguntársele el motivo de esa extraña actividad, el bibliófilo respondió ingenuamente: “El obispo de Ely cena hoy conmigo”. Este hecho es bastante claro, y aquí hay otro igualmente indiscutible. Sir Robert Saville, al escribir a Sir Robert Cotton para concertar una entrevista con el fundador de la Biblioteca Bodleiana, advierte a Sir Robert que “si posee algún libro tan valioso que le duela perderlo, no debe dejar a Sir Thomas fuera de su vista, sino guardar ‘ese libro’ aparte de antemano”. Un descubrimiento de este tipo fue revelado en un fragmento de historia secreta de Amelot de la Houssaie, lo cual tuvo consecuencias políticas muy importantes. Él nos asegura que el disgusto personal que el papa Inocencio X. sentía hacia los franceses se originó en su juventud, cuando era cardenal, al ser descubierto en la biblioteca de un destacado coleccionista francés por haber robado un volumen sumamente raro.

Page 408

El delirio de la rabia de un coleccionista superó incluso la cortesía francesa; el francés no solo acusó abiertamente a su ilustre culpable, sino que estaba decidido a que este no saliera de la biblioteca sin reemplazar ese volumen precioso. Tanto los acusadores como los negadores estaban dispuestos a poner a prueba su fuerza; pero en ese “combate literario”, el libro cayó de las vestiduras del cardenal. A partir de ese día, odió a los franceses… al menos a aquellos coleccionistas demasiado curiosos.

Incluso un autor en su lecho de muerte, en esos momentos terribles, si hay un coleccionista a su lado, no puede considerarse a salvo de sus manos demasiado curiosas. Sir William Dugdale poseía las actas de la vida del rey Jacobo, escritas por Camden, hasta apenas dos semanas antes de su muerte; también tenía la biografía de Camden, obtenida de Hackett, autor de la biografía en formato folio del obispo Williams. Aubrey añade que este último “la robó al señor Camden mientras este estaba agonizando”. Más tarde corrige esa información, mencionando al doctor Thorndyke; sin embargo, eso también sirve para demostrar que incluso los autores moribundos pueden temer a tales coleccionistas.

Supongo que los ladrones de medallas han sido aún más depredadores que estos saqueadores de nuestros tesoros literarios. No solo por la facilidad con la que pueden transportarlas, sino también por un método especial que, de entre todas las cosas que se pueden robar en secreto, solo es posible aplicar en este caso: pueden robarlas y ninguna mano humana puede buscarlas sin riesgo de ser descubiertos. Pueden tomar las cosas valiosas y transportarlas con total seguridad, para digerirlas cuando les convenga. Una aventura de este tipo le ocurrió al famoso anticuario Barón Stosch. Mientras examinaba las joyas del gabinete real de medallas, el encargado se dio cuenta de que faltaba una. Su puesto, su pensión y su reputación estaban en juego. Insistió en que se examinara al Barón Stosch minuciosamente. En esta situación, forzado a confesar, este erudito coleccionista aseguró al encargado del gabinete real que ningún registro exhaustivo serviría de nada: “¡Ay, señor! La tengo aquí dentro”, dijo, señalándose el pecho. Se sugirió entonces el uso de un emético…

Page 409

él mismo un practicante erudito, probablemente a partir de algún experimento anterior. No era la primera vez que se inventaba un gabinete tan natural; el anticuario Vaillant, cuando fue atacado en el mar por un argelino, tragó con entusiasmo toda una serie de reyes sirios; al desembarcar en Lyon, gimiendo por su tesoro oculto, se apresuró a ver a su amigo, su médico, y a su hermano, también anticuario, Dufour —quien al principio solo quería preguntarle a su paciente si las medallas pertenecían al Imperio Romano—. Vaillant mostró dos o tres, de las cuales la naturaleza ya lo había librado. Una colección de medallas fue dejada a la ciudad de Exeter, y el donante acompañó la donación con una cláusula en su testamento según la cual, si cierto anticuario, su viejo amigo y rival, deseaba examinar las monedas, debería ser vigilado por dos personas, una a cada lado. La Croze nos informa en su biografía que el erudito Charles Patin, quien escribió una obra sobre medallas, formaba parte de esta generación de coleccionistas: Patin ofreció a los curadores de la biblioteca pública de Basilea elaborar un catálogo del gabinete de Amberback que allí se conservaba, el cual contenía un buen número de medallas; pero habría habido aún más si el redactor del catálogo no hubiera reducido tanto su cantidad como su propio trabajo, secuestrando algunas de las más raras, lo cual no se descubrió hasta que este saqueador de antigüedades estuvo muy lejos de su alcance.

Cuando Gough abordó este extraño tema en la primera edición de su “British Topography”, un “académico” del Gentleman’s Magazine de agosto de 1772 insinuó que esta acusación de robo literario era solo jocosa; ante lo cual Gough, en su segunda edición, señaló que no era así, y que “se podrían citar suficientes anticuarios de dedos ligeros en la época actual como para hacer tal acusación extremadamente probable contra los de épocas anteriores”. Lo más extraordinario de esta breve historia es que nuestro denunciante público demostró tiempo después ser uno de esos “anticuarios de dedos ligeros”: sin embargo, el hecho en sí fue más singular que vergonzoso. Durante la exhumación de los restos de Eduardo I, alrededor de los cuales se reunieron hace unos treinta años nuestros anticuarios más eruditos,

Page 410

Se observó a Gough, como solía relatar Steevens, envuelto en un abrigo de dimensiones inusuales; aquel astuto y malicioso “Puck”, capaz él mismo de inventar travesuras, sospechaba fácilmente de los demás y dirigía su mirada tanto al auténtico objeto antiguo como al anciano. Al intentar guardar los restos de la realeza, se descubrió que faltaba todo el dedo índice de Eduardo I; y como el cuerpo estaba en perfectas condiciones cuando se abrió, comenzó a extenderse un murmullo de insatisfacción, hasta que “Puck” dirigió su atención hacia el gran anticuario vestido con el abrigo del vigilante; de allí, sin duda alguna, fue extraído el gran dedo índice de Eduardo I. Así, “el anticuario de dedos ligeros” fue reconocido diez años después de haber denunciado a esa gente, cuando vino a “probar suerte”.224

222 Lansdowne MSS. 888, en el catálogo impreso anterior, artículo 79.

223 Las monedas son las cosas más peligrosas que se pueden exhibir a un coleccionista aficionado. Uno de los miembros de esa cofradía, fallecido hace pocos años, llevaba un registro detallado de sus robos; logró enriquecer su colección asistiendo también a subastas y cambiando sus propias monedas por otras en mejor estado de conservación.

224 Es probable que esta historia sobre cómo Gough se quedó con el dedo índice de Eduardo I fuera una de las invenciones maliciosas de George Steevens, después de descubrir que ese anticuario formaba parte de los pocos a quienes se les permitió exhumar el cadáver real; ¡Steevens mismo no estuvo allí! Sylvanus Urban (el difunto y respetado John Nichols), quien seguramente sabe mucho más de “Puck” de lo que está dispuesto a registrar, ha proporcionado, no obstante, la siguiente “historia secreta” de lo que él denomina “ataques poco caballerescos e injustificados” de Steevens contra Gough. Parece que Steevens era coleccionista de obras de Hogarth, y mientras se dedicaba a formar su colección, escribió una carta brusca a Gough para obtener de él algunas obras tempranas, ya sea mediante compra o intercambio. Gough se sintió ofendido por la forma en que le hablaron y rechazó su petición de manera contundente, ya que se reconoce que fue “un rechazo perentorio”. De allí surgió la venganza implacable de Steevens, quien solía jactarse de que todas las travesuras que le jugaba al anticuario, quien rara vez era amable con nadie, no eran más que una especie de venganza placentera.

Page 411

DE LORD BACÓN EN SU CASA.

La historia de Lord Bacon sería la historia de sus facultades intelectuales, y un tema tan digno del biógrafo filosófico aún está por escribirse. La narrativa personal de este genio o inventor debe permanecer para siempre separada de la “escala del intelecto” que ascendía sin cesar; y la historia doméstica de esta mente creativa debe quedar relegada al capítulo más humillante del volumen de la vida humana; un capítulo ya suficientemente ampliado, que ha demostrado irrefutablemente cómo las mentes más grandes no están exentas de las debilidades de los más vulgares.

El padre de nuestra filosofía debe ahora ser considerado bajo una nueva luz, una que parece que otros no han observado. Mis investigaciones sobre las crónicas contemporáneas sobre Bacon me han convencido en muchas ocasiones de que sus obras filosóficas, en su propia época y entre sus compatriotas, no solo no fueron comprendidas, sino que a menudo fueron objeto de burla y, a veces, de condena; que fueron causa de muchos desprecios y humillaciones que este hombre despreciado tuvo que soportar; pero que, desde muy temprano en su vida, hasta ese último registro de sus sentimientos que aparece en su testamento, este “siervo de la posteridad”, como se llamó proféticamente a sí mismo, sostuvo su poderoso espíritu con la confianza en su propia grandeza póstuma. Bacon proyectó sus ideas a través de la madurez de los tiempos, y quizás, en medio de los escépticos y rechazadores de sus planes, sintió en ocasiones toda esa idolatría hacia la fama que hoy ha consagrado sus obras filosóficas.

Page 412

En la universidad, Bacon descubrió que “ese fragmento de conocimiento griego, la filosofía peripatética”, así como las divagaciones escolásticas, no podían servir para los fines del conocimiento; que los silogismos no eran cosas reales, y que una nueva lógica podría enseñarnos a inventar y juzgar por inducción. Comprendió que las teorías debían basarse en experimentos. Cuando era joven, en el extranjero, comenzó a hacer esas observaciones sobre la naturaleza, las cuales más tarde sentaron las bases de la nueva filosofía. A los dieciséis años ya filosofaba; a los veintiséis había dado forma a su sistema; y después de cuarenta años de trabajo ininterrumpido, hasta su última hora, dejó tras de sí lo suficiente como para fundar la gran reforma filosófica.

Al iniciar su vida activa, el estudio no era sin embargo su principal objetivo. Con su fortuna por ganar, sus conexiones en la corte y el ejemplo de su padre, se abrió un camino para su ambición. Elegió la práctica del derecho común como medio para alcanzar sus metas, mientras que sus inclinaciones lo llevaban hacia los asuntos políticos como fin último. Sin embargo, una pasión por el estudio lo marcó profundamente; había leído mucho más de lo necesario para su profesión, y esta circunstancia despertó las envidias de Cecil y del fiscal general Coke. Ambos eran hombres prácticos, cuyas concepciones estrechas y hábitos obstinados les hacían pensar que, siempre que una persona adquiere mucho conocimiento ajeno a su profesión, sabrá menos sobre lo relacionado con ella de lo que debería. Estos hombres de mente fuerte, pero capacidades limitadas, desprecian todo estudio ajeno a sus costumbres.

Bacon aspiró desde temprano a ocupar el cargo de abogado general. La corte de Isabel estaba dividida en facciones; Bacon se puso del lado de Essex, quien era generoso y cuyos intereses eran opuestos a los de Cecil. La reina, desde su infancia, disfrutaba conversando con su “joven señor”, ya que había percibido desde temprano la seriedad prematura y el ingenio del futuro filósofo. Sin duda, fue para ganar su favor que Bacon presentó a la reina sus “Máximas y Elementos de la”.

Page 413

“Derecho consuetudinario”, que no se publicó hasta después de su muerte. Isabel contaba con su ministro para formarse opiniones sobre el carácter jurídico de Bacon. Se afirmaba que Bacon estaba más interesado en actividades más generales que en el derecho, y los libros diversos que se sabía que había leído confirmaban esa acusación. Esto se presentó como motivo por el cual el cargo de Abogado General no debería otorgarse a un hombre dedicado a la especulación, más propenso a distraerse que a dirigir sus asuntos. Isabel, en la cúspide de esa prudencia política que caracterizaba su carácter, se dejó influir por la noción vulgar de Cecil y creyó que Bacon, quien posteriormente ocupó tanto el cargo de Abogado General como el de Lord Canciller, era “un hombre más de apariencia que de profundidad”. Recientemente, un gran abogado nos dijo que “Bacon era un maestro”.

Con la ascensión de Jacobo I, cuando Bacon seguía encontrando a los mismos partidos obstaculizando su avance político, parece que, en un arrebato momentáneo de disgusto, pensó en retirarse a un país extranjero; una circunstancia que le ha ocurrido a varios de nuestros genios durante accesos de indignación solitaria. Durante algún tiempo estuvo alejado de la luz de la vida, pero descubrió que su sombra era más adecuada para la contemplación; y, sin duda, la filosofía se benefició de su soledad en Gray’s Inn. Su mano siempre estaba ocupada con su trabajo, y los mejores pensamientos encuentran fácil entrada en la mente de quienes se alimentan de sus pensamientos y viven entre sus ensueños. En una carta escrita en esa ocasión, escribió: “Ahora solo pondré mi ambición en mi pluma, mediante la cual podré preservar el recuerdo y los méritos de los tiempos venideros”. Y muchos años después, cuando finalmente abandonó la vida pública, le dijo al rey: “Quisiera vivir para estudiar, y no estudiar para vivir; sin embargo, estoy preparado para cualquier sacrificio”.

Siempre tuvo presentes los tiempos venideros. En esa encantadora carta en latín dirigida al padre Fulgencio, donde, con la sencillez de la verdadera grandeza, examina todas sus obras y se describe a sí mismo como “alguien que sirvió”.

Page 414

“La posteridad”, al comunicarle su pasado y sus planes futuros, añade que “estos requieren algunos siglos para madurar”. Allí, mientras desespera por terminar lo que tenía previsto para la sexta parte de su Instauración, ¡qué noblemente desespera! “He abandonado toda esperanza de perfeccionar esto; pero quizás en épocas futuras, el proyecto pueda brotar de nuevo”. Y concluye afirmando que el celo y la constancia de su mente en ese gran proyecto, después de tantos años, nunca se habían vuelto fríos ni indiferentes. Recuerda cómo, hace cuarenta años, compuso una obra juvenil sobre esas mismas cuestiones, a la que, con confianza pero con un título demasiado pomposo, llamó Temporis Partus Maximus; el gran nacimiento del tiempo. Además de la dedicatoria pública de su Novum Organum a Jacobo I, la acompañó con una carta privada. Deseaba el favor del rey para esa obra, algo que consideraba tan importante como cien años de trabajo; pues añadía: “Estoy convencido de que esta obra ganará terreno en la mente de los hombres con el paso de los tiempos”.

En su testamento final aparece su notable legado de fama. “Dejo mi nombre y mi memoria a las naciones extranjeras y a mis propios compatriotas, después de que haya transcurrido algún tiempo”. El tiempo parecía siempre personificado en la imaginación de nuestro filósofo, y con él luchaba con una conciencia de triunfo.

Ahora presentaré pruebas suficientes para demostrar cuán poco se comprendió a Bacon, y cuánto incluso se despreció su carácter filosófico.

En aquellas visiones previsoras con las cuales el genio de Verulam a menudo anticipó las instituciones y los descubrimientos de épocas posteriores, había un objetivo importante que ni siquiera su perspicacia parece haber contemplado. Lord Bacon no previó que el idioma inglés llegaría a ser capaz de contener todo lo que la filosofía puede descubrir o la poesía puede inventar; que su país llegaría a tener una literatura nacional propia, y que se regocijaría con composiciones clásicas que podrían ser

Page 415

Era apreciado por los mejores modelos de la antigüedad. Su gusto estaba muy por debajo de su capacidad inventiva. Tan poco estimaba el idioma de su país que sus obras favoritas estaban escritas en latín; y deseaba ardientemente que lo que había escrito en inglés fuera preservado en ese “idioma universal que podrá perdurar tanto como los libros”. Habría sorprendido a Bacon saber que los hombres más eruditos de Europa habían estudiado a los autores ingleses para aprender a pensar y a escribir. Nuestro filósofo seguramente se sintió algo mortificado cuando, en la dedicatoria de sus Ensayos, observó que “de todas mis demás obras, mis Ensayos han sido las más populares; porque, al parecer, tratan de asuntos y sentimientos propios de las personas”. Es demasiado esperar encontrar en un inventor tan grande y profundo también a un escritor que otorgue inmortalidad a su idioma. El idioma inglés es el único elemento en su gran estudio del arte y de la naturaleza que no debe nada de su excelencia al genio de Bacon.

De hecho, tenía motivos para sentirse mortificado por la acogida de sus obras filosóficas; y el Dr. Rawley, incluso algunos años después de la muerte de su ilustre maestro, tuvo ocasión de observar que “su fama es mayor y resuena más fuerte en tierras extranjeras que en su propio país”; lo cual confirmaba esa sentencia divina: un profeta no carece de honor, salvo en su propio país y en su propia casa. Incluso los hombres de genio, que deberían haber comprendido esta nueva fuente de conocimiento que se les abría, entraron en ella con reticencia; tan reacios somos a abandonar de repente los errores antiguos que el tiempo y la costumbre han hecho parte de nosotros mismos. Harvey, quien él mismo experimentó la lenta obstinación de los eruditos, que rechazaron un descubrimiento importante pero novedoso, pudo, sin embargo, a su vez burlarse de la asombrosa novedad del Novum Organum de Bacon. Harvey le dijo a Aubrey que “Bacon no era un gran filósofo; escribe filosofía como un canciller”. Se me ha sugerido que los escritos filosóficos de Bacon han sido sobrevalorados. Su filosofía experimental, desde la época en que fueron escritos, debe ser necesariamente defectuosa: el tiempo que les dedicó solo pudo provenir de horas libres; pero, al igual que el gran profeta…

Page 416

Bacon estaba condenado a contemplar esa tierra desde lejos, tierra en la que él mismo nunca podría entrar.

Bacon encontró poco estímulo para sus nuevos conocimientos entre los eruditos más destacados, a quienes presentó sus primeros descubrimientos. Ha llegado hasta nosotros una carta muy extensa de Sir Thomas Bodley, en la cual este le pide a Bacon que devuelva el manuscrito de Cogitata et Visa, así como parte del Novum Organum; dicha carta está llena de objeciones contra la nueva filosofía. “Soy uno de aquellos que sostienen”, dice Sir Thomas, “que poseemos una base mucho más sólida de certeza en las ciencias de lo que usted parece reconocer”. También insinúa que Salomón se quejaba “de la infinita cantidad de libros que se escribían en su época”; que todo lo que ofrece Bacon no es más que “una afirmación sin otro tipo de argumento, con el fin de rechazar todos nuestros axiomas, máximas, etc., transmitidos por tradición de nuestros antepasados, y que ya han superado todas las pruebas de los ingenios más agudos que jamás existieron”. Concluye diciendo que el objetivo de toda la filosofía de Bacon, al “crear nuevos principios para las ciencias”, sería privarnos del conocimiento que ya poseemos; teme además que se necesiten tantas épocas como las que ya han transcurrido para que ese conocimiento sea alcanzado perfectamente. Bodley se compara realmente con “el caballo de carga que no puede borrar el camino trazado por el que fui entrenado”.

Bacon no se desanimó por la timidez de ese “caballo de carga”: una respuesta ágil y vivaz demuestra su rapidez de comprensión.

“Como me dirijo a mi casa en el campo, necesitaré mis documentos; por lo tanto, le ruego que me los devuelva. Usted es perezoso y no me ayuda en nada; por eso sospecho que no comprende el argumento. Yo sé bien que usted sí lo comprende y lo acepta. No puedo decir más; ‘non canimus surdis, respondent omnia silvae’. Si usted no pertenece a aquellos a quienes me refiero en mi prefacio, simplemente pasaré por delante de su casa. Pero si pudiera retenerlo dos semanas en Gorhambury, haría que contara otra historia; o bien añadiría un argumento en contra de las bibliotecas, vengándome así de usted”.

Page 417

Una réplica aguda pero juguetona de un gran autor demasiado consciente de sus propias opiniones como para enfadarse con su crítico. La frase sobre el uso del tizón para marcar los lugares donde se alojar era un sarcasmo, explicado en este pasaje de “The Advancement of Learning”: “Así como Alejandro Borgia solía decir acerca de la expedición de los franceses a Nápoles que venían con tizón en las manos para marcar sus alojamientos, y no con armas para luchar; así prefiero esa forma de verdad que llega pacíficamente, con tizón, para marcar aquellas mentes capaces de acogerla, antes que aquella que llega con belicosidad y disputas”. La amenaza de agitación contra las bibliotecas debió de hacer que a Bodley le picara la cara.

Ahora, dejemos de lado a los eruditos y volvámonos hacia los hombres del mundo; veremos qué tipo de idea tenían estos críticos sobre la filosofía de Bacon. Chamberlain escribe: “Esta semana, el lord chanceler presentó su nueva obra, llamada Instauratio Magna, o algo así como un Novum Organum para toda la filosofía. Al enviarla al rey, escribió que deseaba que Su Majestad tardara tanto en leerla como él mismo había tardado en componerla y pulirla, lo cual han sido casi treinta años. Yo solo he leído el título, y no estoy muy animado por el juicio del señor Cuffe, quien, después de haberla examinado detenidamente, dijo que ni un necio podría haber escrito tal obra, ni tampoco un hombre sabio”. Un mes o dos después, vemos que “el rey, al leer a veces el último libro del lord chanceler, no puede evitar decir que es como la paz de Dios, que supera todo entendimiento”.

Dos años después, el mismo autor continúa con otro párrafo literario sobre Bacon: “Este señor se dedica por completo a los libros; recientemente publicó dos obras, Historia Ventorum y De Vitâ et Morte, con la promesa de más. Todavía no he visto ninguna de ellas, porque no tengo tiempo; pero si la Vida de Enrique VIII (el Séptimo), de la que dicen que está trabajando, pudiera publicarse a su manera (refiriéndose a sus Ensayos Morales)…”

Page 418

“Debo encontrar tiempo y los medios suficientes para leerlo”. Cuando esta historia vio la luz, el mismo escritor observa: “La historia de Enrique VII, escrita por mi señor Verulam, ya está publicada; no he leído mucho de ella, pero dicen que es un libro muy bueno”.228

Bacon, en su amplio estudio del conocimiento humano, incluyó incluso sus aspectos más sencillos, y se tomó la molestia de reunir una colección de aforismos. Su señoría lamentó la pérdida de una colección elaborada por Julio César, mientras que Plutarco tomó sin discriminación gran parte de ese material. Aquellos que no siempre podían comprender sus planes se burlaron del sabio. Citaré ahora a un poeta contemporáneo, cuyas obras, por su extensión, podrían considerarse destacadas, pero que nunca fueron publicadas. Un tal Dr. Andrews dedicó su pluma a describir acontecimientos efímeros; aunque no carecía siempre de humor e ingenio, la libertad con la que escribía hacía que sus textos rara vez pudieran ser citados. Lo siguiente no es más que un extraño juego de palabras basado en el título de Bacon, derivado de la ciudad de St. Albans y de su colección de aforismos:

SOBRE EL SEÑOR BACON AL PUBLICAR AFORISMOS

Cuando el erudito Bacon escribió sus Ensayos, mereció y sigue mereciendo elogios; pero ahora que escribe sus aforismos, seguramente está durmiendo o soñando. Alguien dijo: “St. Albans ya no es capaz de nada, y está en el camino hacia Dunstable [es decir, ‘mesa de tontos’]”.

Hasta el final de sus días, las investigaciones filosóficas del señor Bacon siguieron siendo ignoradas y menospreciadas por la ignorancia y la envidia, ya sea bajo forma de amistad o rivalidad. Daré ahora un ejemplo notable. Sir Edward Coke era simplemente un gran abogado; como todos ellos, tenía una mente tan limitada por el conocimiento del derecho, que sus perspectivas estrechas le impedían ver más allá de lo que le permitían esas normas legales.

Page 419

Las facultades intelectuales, y toda su filosofía, residían en los estatutos. En la biblioteca de Holkham se encontrará un ejemplar dedicado de Novum Organum de Lord Bacon, la Instauratio Magna, de 1620. Fue entregado a Coke, ya que lleva la siguiente nota en la portada, escrita por Coke:—

Edw. Coke, Ex dono authoris,
Auctori consilium
Instaurare paras veterum documenta sophorum
Instaura leges, justitiamque prius.

Estos versos no solo reprochan a Bacon por abandonar su profesión, sino que también deben haber aludido a su carácter de abogado con prerrogativas y a su administración corrupta de la cancillería. El libro fue publicado en octubre de 1620, unos meses antes de su juicio político. Hasta aquí se puede perdonar fácilmente la cáustica actitud de Coke; pero cuán poco valoraba realmente la filosofía de Bacon se desprende de lo siguiente: en esta primera edición hay un diseño de un barco que pasa entre las columnas de Hércules; el plus ultra, la orgullosa exaltación de nuestro filósofo. Sobre este diseño, Coke escribió un miserable dístico en inglés, que demuestra su absoluto desdén por las actividades filosóficas de su ilustre rival. Ese barco que pasa más allá de las columnas de Hércules lo califica sarcásticamente como “El Barco de los Locos”, la famosa sátira del alemán Sebastian Brandt, traducida por Alexander Barclay.

No merece ser leído en las escuelas,
sino ser cargado en el Barco de los Locos.

Ese fue, pues, el destino de Lord Bacon; una historia no escrita por sus biógrafos, pero que puede servir como comentario sobre ese pasaje oscuro.

Page 420

Extraído de la pluma de su capellán, y ya citado, que era más valorado en el extranjero que en su propio país.

225 Esta carta se puede encontrar en Reliquiæ Bodleianæ, p. 369.

226 He recibido esta ilustración oportuna de un comunicante anónimo, procedente de la “Universidad de Londres”. Le ruego que acepte mi agradecimiento.

227 Henry Cuffe, secretario de Robert, conde de Essex, y ejecutado por estar implicado en su traición. Hombre destacado por sus conocimientos clásicos y su genio, que murió joven.

228 Chamberlain añade el precio de este folio de tamaño moderado, que era de seis chelines. Valdría la pena que algún estudiante de literatura anotara los precios de nuestros libros antiguos, cuyos precios suelen estar escritos por sus propios dueños originales. Un tratado raro, comprado inicialmente por dos peniques, a menudo alcanza cuatro guineas o más en la actualidad.

HISTORIA SECRETA DE LA MUERTE DE LA REINA
ISABEL.

Es una circunstancia extraordinaria en nuestra historia que la sucesión al dominio inglés, en dos casos notables, nunca fue resuelta por los propios poseedores del trono durante su vida; y que hay todas las razones para creer que este poderoso traspaso de tres reinos se convirtió en el único acto de sus ministros, quienes consideraban la sucesión simplemente como un medio para el Estado. Dos de nuestros monarcas más capaces se encontraron en esta

Page 421

Dilema: la reina Isabel y el Protector Cromwell. Probablemente Cromwell tuvo sus razones para no nombrar a su sucesor; su elección habría disgustado a los partidos opuestos de su gobierno, a los cuales solo logró controlar mientras pudo persuadirlos. Debió ser consciente de que, hacia el final, necesitaba ganarse el apoyo de todos los partidos para mantener su usurpación, y probablemente, en su lecho de muerte, dudaba tanto sobre quién nombrar como en cualquier otro momento de su reinado. Ludlow sospecha que Cromwell estaba “tan perturbado física o mentalmente que no podía ocuparse de ese asunto; y si nombró a alguien, para mí es incierto”. Todo lo que sabemos es lo que relatan el secretario Thurlow y sus capellanes, quienes, cuando el Protector se encontraba en sus últimos momentos, le sugirieron la conveniencia de elegir a su hijo mayor, y nos dicen que él estuvo de acuerdo con esta opción. Si Cromwell hubiera estado en sus cabales, probablemente habría elegido a Enrique, el lugarteniente de Irlanda, en lugar de a Ricardo, o quizás ni siquiera habría elegido a ninguno de sus hijos.

Isabel, por debilidad femenina o por razones de Estado, no podía soportar la idea de un sucesor; y durante mucho tiempo puso en peligro la política de todos los gobiernos europeos, cada uno de los cuales tenía a su candidato favorito al que apoyar. El heredero legítimo al trono de Inglaterra debía ser obra de su voluntad, pero Isabel se negaba a darle existencia. Esto, sin embargo, solía provocar descontento entre la población, y veremos cómo afectó a la reina en sus últimos momentos. Incluso se sospecha que la reina conservaba aún demasiado de su naturaleza femenina, por lo que nunca logró superar su aversión perversa a nombrar un sucesor; así, según esta opinión, murió dejando la corona a merced de algún partido. Eso habría sido una acción indigna de la magnanimidad de su gran carácter. Y como está comprobado que la reina era plenamente consciente de que se encontraba en estado terminal varios días antes de que ocurriera la catástrofe, es difícil creer que ignorara por completo una circunstancia tan importante. Por lo tanto, por razonamiento a priori, es muy lógico concluir que la elección de un…

Page 422

El futuro sucesor debió ocupar sus pensamientos, al igual que las ansiedades de sus ministros; y es probable que ella no hubiera dejado el trono en el mismo estado de incertidumbre al morir, como lo había mantenido durante toda su vida. ¿Cómo se expresó al legar la corona a Jacobo I, o acaso la legó realmente?

En las páginas populares de su historiadora, la señorita Aikin, se señala que “la escena final de la larga y llena de acontecimientos vida de la reina Isabel estuvo marcada por esa peculiaridad de carácter y destino que la acompañó desde la cuna y la persiguió hasta la tumba”. Los últimos días de Isabel fueron, de hecho, muy melancólicos: murió víctima de pasiones intensas, y quizás tanto por el dolor como por la vejez, rechazando todo remedio e incluso los alimentos. Pero en todos los relatos publicados, no puedo encontrar en ningún lugar cómo se comportó respecto a la cuestión que nos ocupa ahora. El relato más detallado, o como lo llama el poeta Gray, “el extraño relato del conde de Monmouth sobre la muerte de la reina Isabel”, es el que merece mayor atención; y allí encontramos la mención a este asunto. En ese momento, la reina se encontraba en un estado tan lamentable que resulta dudoso que tuviera conciencia alguna de las preguntas que le hacían sus ministros sobre la sucesión. El conde de Monmouth dice: “El miércoles 23 de marzo, dejó de hablar. Esa tarde, con gestos, llamó a su consejo; y al ponerse la mano en la cabeza cuando se nombró al rey de Escocia como su sucesor, todos supieron que era él el hombre a quien ella deseaba que reinara después de ella”. Un gesto como aquel de una mujer moribunda poniéndose la mano en la cabeza era, por decir lo menos, una confirmación muy ambigua del derecho del monarca escocés al trono inglés. El relato “extraño” pero muy ingenuo de Robert Cary, posteriormente conde de Monmouth, no incluye fechas ni la precisión de un diario. Podría haber ocurrido algo el día anterior que no llegó a sus manos. Camden describe la escena en la cama de muerte de Isabel; según este autor fiable, parece que ella confió su secreto relacionado con la sucesión a…

Page 423

El almirante en jefe (el conde de Nottingham); y cuando el conde vio que la reina estaba al borde del agotamiento, comunicó el secreto de su majestad al consejo, quien encargó al almirante en jefe, al tesorero y al secretario que atendieran a su majestad y le hicieran saber que venían en nombre de los demás para conocer cuál era su deseo respecto a la sucesión. La reina estaba entonces muy débil y les respondió con voz débil que ya había declarado que, puesto que tenía un cetro real, no deseaba otro sucesor que no fuera uno de sangre real. Cuando el secretario le pidió que se explicara mejor, la reina dijo: “Quisiera que me sucediera un rey; y ¿quién podría ser ese sino mi pariente más cercano, el Rey de Escocia?”. Aquí, esta conversación fue interrumpida por la intervención del arzobispo, quien aconsejó a su majestad que dirigiera sus pensamientos hacia Dios. “Nunca”, respondió ella, “mi mente se ha alejado de Él”.

Un historiador de la alta integridad como Camden difícilmente habría inventado una ficción para complacer al nuevo monarca; sin embargo, Camden no es mencionado en esta ocasión por Birch, quien obtiene su información de las cartas del embajador francés Villeroy; información que, al parecer, los ministros ingleses habían confiado a dicho embajador. Tampoco obtenemos ideas claras del historiador más reciente dedicado a Isabel, quien solo pudo transcribir el relato de Cary. Este nos contó un hecho del cual no podía equivocarse: que la reina quedó sin voz el miércoles 23 de marzo; sin embargo, ese mismo día convocó a su consejo e hizo ese gesto con la mano, que, según interpretan los nobles, unió para siempre a los dos reinos. Pero el noble editor de las Memorias de Cary (el conde de Cork y Orrery) señaló que “todos los discursos pronunciados en nombre de Isabel en su lecho de muerte son falsos”. Echard, Rapin y una larga lista de historiadores hacen que ella diga, en voz muy débil (tan débil que era imposible oírla): “Quiero que me suceda un rey; y ¿quién podría ser ese sino mi pariente más cercano, el Rey de Escocia?”. Se encontrará una versión diferente de este asunto en las siguientes memorias: “Ella estaba sin voz y casi a punto de morir”.

Page 424

Cuando los principales consejeros de Estado fueron llamados a su dormitorio. Tan pronto como estuvieron completamente convencidos de que ella no podía pronunciar ni una palabra clara, y apenas podía oír o entender algo, nombraron al Rey de Escocia como su sucesor, una libertad que no se habrían atrevido a tomar si ella hubiera podido hablar; ella se llevó la mano a la cabeza, que probablemente en ese momento estaba sumida en un dolor agudo. Los nobles, que interpretaron sus gestos a su antojo, se convencieron de inmediato de que el movimiento de su mano hacia la cabeza era una declaración de que Jacobo VI sería su sucesor. ¿Qué era esto sino la interpretación unánime de personas que adoraban al sol naciente?

Esto es vívido y verosímil; pero el noble editor no recordó que “los discursos pronunciados por Isabel en su lecho de muerte”, que él considera “falsificaciones”, debido a la circunstancia que encontró en las Memorias de Cary, tienen su origen en Camden, y solo fueron repetidos por Rapin y Echard, etc. Ahora voy a confirmar la narrativa del historiador más antiguo, así como la circunstancia relatada por Cary, describiendo el gesto de la reina de manera ligeramente diferente, lo cual ocurrió el miércoles 23. Un documento hasta ahora desconocido pretende ofrecer un relato más completo y detallado de este asunto, que comenzó el día anterior, cuando la reina aún tenía capacidad para hablar; y hay que admitir que el lenguaje utilizado aquí tiene toda esa grandeza y brevedad que era el estilo natural de esta reina. He descubierto un documento curioso en un volumen manuscrito que anteriormente estuvo en poder de Petyt, y aparentemente escrito de su propia mano. No dudo de su autenticidad, y solo pudo provenir de alguna de las personalidades ilustres que participaron en esa escena solemne, probablemente de Cecil. Este memorando se titula:

“Relato de las últimas palabras de la Reina Isabel sobre su sucesor”.

“El martes antes de su muerte, es decir, el veintitrés de marzo, el almirante estaba al lado derecho de su cama, el lord tesorero al izquierdo, y el señor secretario Cecil (más tarde conde de Salisbury) a los pies de la cama; todos…”

Page 425

De pie, el almirante le recordó su discurso sobre la sucesión que había pronunciado en Whitehall, y que ellos, en nombre de todos los demás miembros de su consejo, habían ido a verla para saber cuál era su deseo respecto a quien debería sucederle; a lo cual ella respondió así:

“Ya os dije que mi trono siempre ha sido el de los reyes, y no quiero que ningún sinvergüenza me suceda. ¿Y quién podría sucederme si no un rey?

“Los lords, sin comprender esas palabras enigmáticas y mirándose unos a otros, finalmente el señor secretario le preguntó con valentía qué quería decir con que ningún sinvergüenza debía sucederla. Ella respondió que quería decir que debía sucederle un rey; y, añadió, ¿quién podría ser ese sino nuestro primo de Escocia?

“Le preguntaron si esa era su decisión definitiva; a lo cual ella contestó: ‘Os ruego que no me molesten más, porque no quiero a nadie más que a él’. Con esta respuesta se marcharon.

“No obstante, alrededor de las cuatro de la tarde del día siguiente, que era miércoles, después de que el arzobispo de Canterbury y otros clérigos hubieran estado con ella y la hubieran dejado sin palabras, los tres lords mencionados volvieron a visitarla, preguntándole si seguía manteniendo su decisión anterior y quién debería sucederle. Pero como no podía hablar, el señor secretario le preguntó de este modo: ‘Suplicamos a vuestra majestad que, si sigue manteniendo su decisión anterior y desea que el rey de Escocia le suceda en su reino, nos dé alguna señal’. Entonces, de repente, se incorporó en la cama, extendió los brazos por encima de la cabeza como si fuera una corona; y, como supusieron, con eso indicó que no solo deseaba que él tuviera el reino, sino también que su condición continuara. Después de eso se marcharon, y a la mañana siguiente murió. Inmediatamente después de su muerte, todos los lords, tanto del consejo como otros nobles que estaban en la corte, vinieron desde Richmond a

Page 426

Whitehall, a las seis de la mañana, donde otros nobles que se encontraban en Londres se reunieron con ellos. En cuanto a la sucesión, tras algunos discursos de diversos competidores y asuntos de estado, finalmente el almirante relató todos los puntos mencionados anteriormente que la difunta reina le había dicho a él, al lord tesorero y al señor secretario (Cecil), así como la forma en que lo había hecho; y ellos, al ser preguntados, afirmaron que era cierto bajo su honor.

Así es este singular documento de historia secreta. No puedo dejar de considerarlo auténtico, porque una parte de él es evidentemente aludida por Camden, y la otra está plenamente confirmada por Cary; además, la notable expresión “canalla” se encuentra en la carta del embajador francés. Hubo dos entrevistas con la reina, y parece que Cary solo tomó nota de la última, el miércoles, cuando la reina estaba sin poder hablar. Isabel mantuvo durante toda su vida una obstinada reserva respecto a la sucesión, y esto la atormentó en sus últimos momentos. La segunda entrevista con sus ministros puede parecernos completamente innecesaria; pero la descripción de Cary de que “se llevó la mano a la cabeza” describe de manera demasiado vulgar el gesto de “unir las manos en forma de corona”.

Page 427

JACOBO I COMO PADRE Y ESPOSO.

Las calumnias y los sarcasmos han reducido el carácter de Jacobo I al desprecio entre el público en general; mientras que la narrativa de los historiadores, que han relatado los hechos a pesar suyo, está en perpetua contradicción con sus propias opiniones. Quizás ningún soberano haya sufrido tanto por ese arte, descrito por un antiguo proverbio irlandés como “matar a un hombre con mentiras”. Las conjeturas e insinuaciones de un grupo insatisfecho con el gobierno establecido en la iglesia y el estado; las concepciones erróneas de escritores más modernos, que no poseían los conocimientos necesarios; y las difamaciones anónimas, enviadas en un período determinado para difamar a los Estuardo; todo esto no puede ser considerado por el filósofo como autoridad histórica. Al menos es más honorable resistir los prejuicios populares que cederles una obediencia pasiva; y lo que podamos averiguar sería una traición a la verdad ocultarlo. Mucho se puede demostrar a favor de los afectos y costumbres familiares de este monarca pacífico; y aquellos que estén más familiarizados con la historia secreta de esa época percibirán cuán erróneamente se presenta el carácter personal de este soberano en nuestros historiadores populares, e incluso a menudo entre los pocos que, con mejor información, han repetido sus opiniones preconcebidas.

Limitándome aquí a su carácter familiar, no trataré de los numerosos y admirables proyectos públicos de este monarca, que han merecido elogios e incluso admiración por parte de algunos que no han escatimado esfuerzos para menospreciarlo. A Jacobo I se le ha acusado de cobardía e insensatez; sin embargo, no se le puede reprochar haberlas generado. Todos sus hijos, en cuya educación su padre estaba tan profundamente involucrado, mantuvieron a lo largo de sus vidas un carácter digno y un alto…

Page 428

Espíritu. La breve vida de Enrique transcurrió en una escuela de habilidades y en medio de una academia de literatura. De la solicitud paterna del rey, e incluso de las cartas que escribía el príncipe Enrique cuando era joven, he conservado pruebas en el artículo “La historia de los maestros de escritura”. Carlos I, en su juventud destinado especialmente a una vida de estudio y con un carácter serio, sin embargo, nunca careció de valentía activa ni de fortaleza magnánima. En cuanto a Isabel, reina de Bohemia, quien sufrió tantas vicisitudes de la fortuna, es una gran lástima que su interesante historia quede sin contar; su espíritu animoso siempre se elevaba por encima de los cambios constantes de ser princesa a plebeya, de reina a exiliada. El padre de tales hijos obtiene cierto reconocimiento por su capacidad al haber criado descendencia tan noble; y la notable atención que prestaba el rey a la formación intelectual de sus hijos fue tal que Ben Jonson la señaló, diciendo acertadamente de Jacobo, usando su término propio:

Eres un hombre honesto y bueno, y cuidas bien de tus hijos.

Entre las burlas y sarcasmos que se dirigían con frecuencia contra el carácter personal de Jacobo I, está la acusación de frialdad y negligencia hacia su reina. Sin embargo, sería difícil demostrar con algún hecho conocido que Jacobo no fuera tan indulgente como esposo como lo era como padre. Incluso un escritor tan bien informado como Daines Barrington, quien, como abogado, no pudo evitar elogiar al sabio monarca durante su visita a Dinamarca con motivo de su boda, por haber tomado prestados tres estatutos del código danés, encontró que el nombre del rey era tan propicio para el sarcasmo, que no pudo evitar observar que Jacobo “pasaba más tiempo en esos tribunales que atendiendo a su consorte destinada”. “Gente de todo tipo ha tenido el orgullo de atacarme”, podría haber exclamado este monarca. Pero todo tiene dos caras, dice el antiguo refrán. Si un puritano austero hubiera decidido señalar que Jacobo…

Page 429

En primer lugar, cuando se encontraba en el extranjero, vivió de manera alegre; y si ese historiador hubiera omitido en silencio la interesante circunstancia de que el rey “pasaba su tiempo en las cortes judiciales danesas”, ese hecho habría respaldado sus críticas contra él. De hecho, Francis Osborne ha reprochado a Jacobo por mostrar signos de su carácter celoso hacia su esposa. En la conducta de Jacobo I hacia su reina no había falta de galantería alguna; la propia circunstancia de que, cuando la princesa de Dinamarca fue devuelta a Noruega por una tormenta, el rey decidió apresurarse a su lado para celebrar su matrimonio allí, era en sí misma una expedición tan romántica como la posterior del hijo de Jacobo a España, y no revela ningún signo de esa cobardía de la que se le acusa.

El carácter de la reina de Jacobo I es algo oscuro en nuestra historia oficial, ya que no ocupa un lugar destacado en ella; mientras que en la historia secreta aparece con mayor claridad. Ana de Dinamarca era una mujer enérgica y emprendedora. Según un pasaje de Sully, cuya autoridad debería tener peso para nosotros, aunque debemos recordar que es el ministro francés quien escribe, parece que ella logró formar una facción en la corte en contra de Jacobo, inclinada a favorecer los intereses españoles y católicos. Sin embargo, se puede argumentar como una fuerte prueba de la sabiduría política de Jacobo que nunca se permitió que la reina liderara un partido poderoso, aunque más tarde podría haber involucrado al príncipe Enrique en esa oposición en la corte. La amabilidad del rey al respecto, expresada con una sencillez de estilo que, aunque quizás no sea propia de un monarca, es algo mejor, se encuentra en una carta dirigida a la reina, conservada en el apéndice de las colecciones de Sir David Dalrymple. No tiene fecha, pero fue escrita mientras se encontraba en Escocia, con el fin de disipar las sospechas de la reina: el conde de Mar, quien tenía a su cargo al príncipe Enrique y a quien ella deseaba arrebatarle esa responsabilidad, había insinuado al rey que su majestad estaba fuertemente inclinada a seguir cualquier “camino papista o español”. Esta carta confirma la versión de Sully; pero el extracto destaca por la sencillez masculina de estilo que utilizó el rey.

Page 430

“Digo una vez más: dejad de lado esas preocupaciones femeninas y maliciosas. Agradezco a Dios por sentir hacia vos ese amor y respeto que, según la ley de Dios y la naturaleza, debo tener hacia mi esposa y madre de mis hijos. Pero no es porque seáis hija de un rey; ya sea que seáis hija de un rey o de una cocinera, para mí sois igualmente mi esposa. Me casé con vos por el respeto a vuestro noble linaje, pero el amor y respeto que ahora siento por vos se debe a que sois mi esposa legítima, y por lo tanto compartís mi honor, al igual que mis demás bienes. Os ruego que perdonéis mi franqueza al respecto, pues hablar de vuestro origen es un argumento innecesario e irrelevante para mí. Dios es mi testigo: siempre os he preferido a mis propios hijos, mucho más que a cualquier súbdito.”

En un ingenioso trabajo histórico, aunque puramente teórico, sobre esa misteriosa conspiración conocida como la conspiración de Gowrie, Pinkerton intentó demostrar que Ana de Dinamarca era una mujer propensa a las intrigas, y que “el rey tenía motivos para estar celoso”. Confiesa que “no puede encontrar ninguna prueba concreta de adulterio contra Ana de Dinamarca, sino solo indicios de coquetería”. Sería difícil determinar en qué consistían realmente esas acusaciones. Los descendientes de Jacobo I demuestran claramente su parecido familiar. Si es cierto que “el rey siempre tuvo motivos para estar celoso”, y sin embargo no se registró ningún acto criminal por parte de la reina, hay que admitir que una o ambas partes fueron excepcionalmente discretas y decentes; el rey nunca se quejó, y la reina nunca fue acusada, salvo por esa referencia en una antigua balada escocesa:

¡Oh, el apuesto conde de Murray!
Él era el amor de la reina.

Sea lo que sea que haya ocurrido en Escocia, en Inglaterra parece que la reina vivió ocupada principalmente en los entretenimientos de la corte, y no parece haber…

Page 431

Interferió en los asuntos de estado. Parece que sucumbió a la pasión por las elegancias y esplendores de esa época, tal como se manifestaban en esos magníficos máscarados cortesanos, con los cuales el gusto de Jacobo era compatible, ya fuera por su galantería hacia la reina o por su propia simpatía poética. Pero este gusto por los máscarados cortesanos no pudo evitar las críticas y escándalos de los puritanos; así, estas “fantasías excesivas” son registradas por el honesto Arthur Wilson, a quien llamamos como testigo indudable de la cordialidad mutua de esta pareja real. Siguiendo el espíritu de su partido, y al igual que Milton, él critica ese gusto, pero al mismo tiempo lo aprecia. Dice: “La corte era un lugar donde siempre había máscaradas; allí ella (la reina) y sus damas, como si fueran ninfas marinas o nereidas, aparecían con frecuencia vestidas de diferentes maneras, para el deleite de los espectadores; el propio rey también se deleitaba con tales elegancias que hacían que la noche fuera más espléndida que el día”. Esto es una prueba directa de que Jacobo no fue en modo alguno frío o negligente en su atención hacia su reina; y la carta que se ha presentado refleja su forma de pensar. Un anécdota encantadora que demuestra que Jacobo I era muy afectuoso con su reina, y que podía mostrar actos de galantería caballeresca con toda la generosidad de su pasión y la ingeniosidad de su mente elegante, se encuentra en una carta inédita de esa época. La presento con las palabras del autor:

“Agosto de 1613.

“En su última estancia en Theobalds, hace unas dos semanas, la reina, al disparar contra un ciervo, erró el tiro y mató a Jewel, el perro más importante y especial del rey. Él se enfureció mucho durante un rato; pero cuando supo quién lo había hecho, pronto se calmó y, con gran amabilidad, le pidió que no se preocupara por ello, ya que seguiría amándola igualmente. Al día siguiente le envió un diamante valorado en dos mil libras como legado de su perro fallecido. El amor y la bondad entre ellos crecían día a día”.

Page 432

Tal es la historia de un contemporáneo que vivió en la corte, muy opuesta a esa representación de frialdad y negligencia con la cual se ha calificado tan libremente el carácter del rey; y tal es también el verdadero retrato de Jacobo I en la vida doméstica. Sus primeras reacciones eran imprudentes e impulsivas; y solía proferir juramentos de manera grosera, los cuales un puritano habría anotado en sus “tablas”, omitiendo al mismo tiempo señalar que el perdón y el olvido de las ofensas personales por parte de este rey surgían inevitablemente tras los sentimientos que estas provocaban.

229 La disertación histórica se adjunta al primer volumen de “Historia de Escocia” del Sr. Malcolm Laing, quien considera que “ha puesto esa transacción poco conocida bajo su verdadera luz”.

230 Véase el artículo sobre las máscaras cortesanas en las primeras páginas de este volumen, donde se describen el esplendor y el costo de estas exhibiciones tan apreciadas.

EL HOMBRE DE UN SOLO LIBRO.

El Sr. Maurice, en sus animados Memorias, nos ha informado recientemente de un hecho que puede considerarse importante en la vida de un hombre literario. Nos dice: “Acabamos de saber que Sir William Jones leía cada año sin falta las obras de Cicerón, cuya vida fue, de hecho, el gran modelo para la suya propia”. Otras personas han compartido la misma pasión por las obras de Cicerón. Cuando los mejores medios para desarrollar un buen estilo eran…

Page 433

Al consultar al erudito Arnauld, él aconsejó el estudio diario de Cicerón; pero se observó que el objetivo no era formar un estilo latino, sino uno francés: “En ese caso”, respondió Arnauld, “deben seguir leyendo a Cicerón”.

Una preferencia por algún gran autor, entre la inmensa cantidad que debe ocupar temporalmente nuestra atención, parece ser el mejor conservante para nuestro gusto: acostumbrados a ese excelente autor que hemos elegido como favorito, es posible que, en esa intimidad, nos parezcamos a él. Hay que temer que, si no formamos tal apego permanente, podamos adquirir conocimientos mientras nuestro gusto, cada vez más debilitado, se vuelve menos y menos vivo. El gusto embalsama el conocimiento, que de otro modo no podría conservarse. Quien ha estado mucho tiempo en estrecha relación con un gran autor siempre resultará ser un adversario formidable; ha saturado su mente con las excelencias del genio; ha moldeado sus facultades insensiblemente siguiendo su modelo, y es como un hombre que siempre duerme armado, listo en cualquier momento. El antiguo proverbio latino nos recuerda este hecho: Cave ab homine unius libri: ¡Ten cuidado con el hombre de un solo libro!

Plinio y Séneca dan consejos muy seguros sobre la lectura: que debemos leer mucho, pero no muchos libros; pero ellos no tenían “lista mensual de nuevas publicaciones”. Desde sus tiempos, otros nos han brindado “Métodos de estudio” y “Catálogos de libros para leer”. ¡Inútiles intentos por delimitar ese círculo invisible del conocimiento humano que se expande constantemente! La multiplicidad de libros es un mal para muchos; pues ahora encontramos un helluo librorum no solo entre los eruditos, sino, con su permiso, también entre los ignorantes; porque aquellos que, incluso en perjuicio de su salud, insisten únicamente en leer las interminables novedades literarias de nuestro tiempo, adquirirán, después de muchos años, una especie de ignorancia erudita. Ahora carecemos de un arte que enseñe cómo leer los libros, en lugar de no leerlos; tal arte es factible. Pero en medio de esta inmensa multitud, seamos aún “el hombre de un solo libro” y mantengamos una relación ininterrumpida con ese…

Page 434

Un gran autor con cuyo modo de pensar simpatizamos, y cuyos encantos en la composición podemos conservar habitualmente.

Es notable que todo gran escritor parezca tener una preferencia por algún autor favorito; y, al igual que Alejandro, si hubieran poseído un cofre de oro, habrían guardado allí las obras que consultaban tan constantemente. Demóstenes sentía tal deleite por la historia de Tucídides que, para adquirir un dominio completo y perfecto de su estilo, copió su obra ocho veces; mientras que Bruto no solo leía constantemente a Polibio, incluso en los períodos más ocupados de su vida, sino que también resumió una copia de ese autor en la última noche terrible de su existencia, cuando al día siguiente debía enfrentarse a Antonio y Octavio. Selim II hizo traducir los Comentarios de César para su uso; y se dice que su ardor militar se intensificó gracias a su lectura. Se cuenta que Escipión Africano se convirtió en héroe gracias a los escritos de Jenofonte. Cuando Clarendon se dedicaba a escribir su historia, estudiaba constantemente a Tito Livio y a Tácito, para adquirir el estilo fluido y completo del primero y el talento para retratar personajes del segundo; registró este hecho en una carta. Voltaire solía tener sobre su mesa Atalia de Racine y Petit Carême de Massillon; las tragedias de uno eran el mejor modelo de verso francés, y los sermones del otro, los mejores ejemplos de prosa francesa. “Si tuviera que vender mi biblioteca”, exclamó Diderot, “me quedaría con Moisés, Homero y Richardson”; y, por el elogio que este entusiasta escritor dedicó a nuestro novelista inglés, es dudoso que, de haber tenido que perder dos de ellos, Richardson no hubiera sido el elegido como favorito. Monsieur Thomas, un escritor francés que a veces demuestra una gran elocuencia y un pensamiento profundo, según nos cuenta Herault de Sechelles, estudió principalmente a un autor, y ese autor era Cicerón; nunca iba al campo sin llevar consigo algunas de sus obras. Fénelon se dedicó constantemente a su versión de Homero; dejó una traducción de la mayor parte de la Odisea, sin intención de publicarla, sino simplemente como ejercicio de estilo. Montesquieu

Page 435

Fue un estudiante constante de Tácito, de quien debe considerarse un imitador ferviente. Ha caracterizado a Tácito a la manera de este: “Ese historiador”, dice, “que resumió todo, porque lo vio todo”. El famoso Bourdaloue releía cada año a San Pablo, a San Crisóstomo y a Cicerón. “Estos”, dice un crítico francés, “fueron las fuentes de su elocuencia masculina y sólida”. Grotius tenía tal afición por Lucano que siempre llevaba consigo una edición de bolsillo, y se le vio besar su manual con el entusiasmo de un verdadero devoto. Si esta anécdota es cierta, los sentimientos elevados del severo romano fueron probablemente el atractivo para el republicano batavo. La diversa lectura de Leibniz es bien conocida; pero él seguía aferrándose a uno o dos autores favoritos: Virgilio siempre estaba en sus manos cuando tenía tiempo libre, y Leibniz había leído tanto a Virgilio que, incluso en su vejez, podía repetir libros enteros de memoria; Argenis de Barclay era su modelo de prosa; cuando fue encontrado muerto en su silla, Argenis había caído de sus manos. Rabelais y Marot eran los favoritos perpetuos de La Fontaine; de uno tomó su humor y del otro su estilo. Quevedo era tan apasionadamente aficionado a Don Quijote de Cervantes que, al leer esa obra incomparable, a menudo sentía el impulso de quemar sus propias composiciones inferiores: ser un admirador sincero y un rival desesperado es uno de los casos de autoría más difíciles de imaginar. Pocos escritores pueden atreverse a anticipar el juicio de la posteridad; sin embargo, quizá Quevedo ni siquiera habría sido lo que fue sin la excitación constante que recibía de su gran maestro. Horacio era el amigo de su corazón para Malherbe; lo ponía sobre su almohada, lo llevaba al campo y llamaba a su Horacio su breviario. Plutarco, Montaigne y Locke eran los tres autores que estaban constantemente en las manos de Rousseau, y de ellos extrajo los fundamentos de sus ideas en Emilio. El autor favorito del gran conde de Chatham era Barrow; de su estilo formó su elocuencia, y leyó a su gran maestro con tanta constancia que pudo repetir de memoria sus sermones elaborados. El gran lord Burleigh siempre llevaba consigo las Obras de Tullio en su bolsillo; Carlos V.

Page 436

Y Bonaparte tenía a Maquiavelo siempre a mano; y Davila era el objeto permanente de estudio de Hampden: parecía haber descubierto en aquel historiador de las guerras civiles aquellas situaciones que él mismo anticipaba en la tierra de sus padres.

Estos hechos ilustran suficientemente el hábito invariable de sir William Jones de leer a Cicerón cada año, y ejemplifican el feliz resultado para él, quien, en medio de la multitudidad de autores que leía, sigue siendo “el hombre de un solo libro”.

UN BIBLIOGRÁFICO.

Una sorprendente profecía literaria, recientemente emitida por nuestra literatura oracular, amenaza con la aniquilación de las bibliotecas públicas, que algún día se descompondrán.

¡Escuchen al vaticinador! “Como reservorios de tesoros intelectuales, su valor en tiempos de oscurantismo y barbarie era incalculable; e incluso en estos días más felices, cuando los hombres se sienten impulsados a explorar nuevas áreas del pensamiento, siguen mereciendo respeto como depósitos de referencias metódicas y bien organizadas para la investigación de los curiosos. Pero lo que en un estado social es de inestimable valor, en otro puede ser sin valor alguno; y el progreso que el mundo ha logrado en tan pocos siglos ha reducido considerablemente la estima que se debe a tales establecimientos. Diremos más…”, pero basta. Esta idea de reducir a polvo “al dios de su idolatría”, al Dagon de su…

Page 437

La devoción es suficiente para aterrorizar al bibliógrafo, que solo ve a un Sansón ciego derribando las columnas de su templo.

Esta futura inundación universal de libros, esta abundancia de conocimiento, en miles de millones y billones, abruma la imaginación. Han pasado ya unos cuatrocientos años desde que se descubrió el arte de multiplicar los libros; y un aritmético ha intentado calcular lo incalculable de estas cuatro épocas de la tipografía, descubriendo que en realidad se han producido 3.641.960 obras. Si consideramos que cada obra consta de tres volúmenes, y calculamos que cada impresión incluye solo trescientas copias —lo cual es demasiado poco—, la cantidad real que saldrá de las imprentas de Europa para el año 1816 ascenderá a 3.277.764.000 volúmenes. Cada uno de ellos, con un grosor de una pulgada, si se colocaran en fila, cubrirían 6069 leguas. Leibniz afirmó, de forma humorística, que el aumento de la literatura sería tal que las generaciones futuras encontrarían ciudades enteras insuficientes para albergar sus bibliotecas. Sin embargo, estamos en deuda con los esfuerzos patrióticos de nuestros tenderos y fabricantes de baúles, ¡alquimistas de la literatura! Ellos destruyen los cuerpos groseros sin dañar los espíritus más sutiles. Estamos aún más en deuda con esa raza olvidada: los bibliógrafos.

La ciencia de los libros, pues así se denomina a veces la bibliografía, merece la gratitud del público, que aún no es consciente del útil celo de esos especialistas en libros, cuya naturaleza del trabajo aún no se comprende del todo. ¿Quién es este vaticinador de la inutilidad de las bibliotecas públicas? ¿Es un bibliognóstico, un bibliógrafo, un bibliómano, un bibliófilo o un bibliotecario? No puede ser un bibliópulo, pues el bibliotecario está demasiado ocupado entre sus estanterías, y el bibliópulo está demasiado interesado en suministrar adiciones constantes como para dar crédito a este terror hiperbólico de la aniquilación.

Sin darnos cuenta, hemos caído en ese jerga profesional que fue creada principalmente por alguien que, aunque se sentaba en la “silla del despectivo”, era el taumaturgo de los libros y manuscritos. El abad Rive había adquirido…

Page 438

Un gusto y una curiosidad singulares, no exentos de un toque de charlatanería también singular; en cuanto a su obra bibliográfica: los pequeños volúmenes que ocasionalmente publicaba eran cosas que pocas manos habían tocado. Sabía bien que, para que algunos libros se hablaran de ellos, no era necesario leerlos: ese era uno de esos misterios ocultos suyos, que quizá tengamos oportunidad de revelar más adelante. Este héroe bibliográfico fue bibliotecario del más magnífico de los coleccionistas de libros, el Duque de la Vallière. El Abad Rive era una bestia fuerte pero indomable, rabioso, hosco, pero muy mordaz. Su amo, a quien descubrí que era cómplice de las artimañas del cura, solía acariciarlo; y cuando los bibliógnostos y los bibliómanos estaban en plena disputa, dejaba suelto entre ellos a su “perro bulldog”, como el duque llamaba cariñosamente a su bibliotecario. El “perro bulldog” de la bibliografía parecía también tener el gusto y el apetito del tigre de la política, pero apenas llegó a vivir lo suficiente para participar en la fiesta de la guillotina. Lo juzgo por una expresión que solía usar hacia alguien que se quejaba de su párroco, a quien aconsejaba que le celebrara “una misa en el estómago”. Intentó agotar todo su genio en *La Chasse aux Bibliographes et aux Antiquaires mal avisés*, actuando como Caín con sus hermanos. Toda Europa debía recibir de él nuevas ideas sobre libros y manuscritos. Sin embargo, todas sus poderosas promesas se desvanecieron en proyectos; y aunque parecía dedicarse siempre a corregir los errores de otros, este francés Ritson dejó suficientes propios como para darles motivos de venganza. Su estilo de crítica era perfectamente ritsoniano. Describe a uno de sus rivales como “el insolente y muy insensato autor del Almanach de Gotha”, por el simple tema del origen de las cartas de juego. El Abad Rive fue uno de esos hombres de letras, de los cuales hay no pocos que pasan toda su vida en preparativos. El Dr. Dibdin, desde que se escribió lo anterior, ha sido testigo de la confusión mental y del enorme esfuerzo de nuestro bibliógnosta, que consistía en muchos baúles llenos de memorandos. La descripción mostrará al lector a qué dura caza se condenan voluntariamente estos cazadores de libros, con escasa esperanza de alcanzar la fama.

Page 439

“En un baúl había unos seis mil avisos sobre manuscritos de todas las épocas. En otro estaban apilados unos doce mil descripciones de libros en todos los idiomas, excepto el francés e italiano; a veces con notas críticas. En un tercer baúl había un montón de papeles relacionados con la Historia de los trovadores. En un cuarto había una colección de memorandos y bocetos literarios relacionados con la invención de las artes y las ciencias, con piezas exclusivamente bibliográficas. Un quinto baúl contenía entre dos y tres mil tarjetas, escritas por ambos lados, relativas a una colección de grabados. En un sexto baúl se encontraban sus documentos sobre terremotos, volcanes y temas geográficos”.233 Este flagelador bibliográfico de la tribu de los bibliófilos, que, como observa el Dr. Dibdin, “era el terror de sus conocidos y el orgullo de sus patrocinadores”, se dice que en privado era un hombre muy distinto de su carácter público; todo esto puede ser cierto, sin alterar ni un ápice ese carácter público. La Revolución Francesa mostró cómo hombres amables e incluso bondadosos en la vida familiar eran sanguinarios y feroces en su vida pública.

El rabioso abad Rive se regocijaba en aterrorizar a sus rivales sin iluminarlos; se jactaba de dedicar “a los látigos de la crítica y a las risas de Europa a los bibliopolos”, es decir, a los comerciantes de libros, que no aprendían de memoria su “Catecismo” de mil una preguntas y respuestas: eso despertó al honrado De Bure, quien consideraba que la vida ya era demasiado corta para su propia “Bibliografía Instructiva”.

El abad Rive había ideado formas de identificar a los aficionados a los libros; y del primer término se le reconoce como su inventor.

Un bibliognóstico, del griego, es alguien que conoce las portadas y colofones, así como las ediciones; el lugar y año en que se imprimieron; las imprentas desde donde salieron; y todos los detalles de un libro.

Un bibliógrafo es quien describe libros y otras obras literarias.

Page 440

Un bibliómano es un acumulador indiscriminado que comete errores más rápido de lo que compra, imprudente y con el bolsillo lleno.

Un bibliófilo, el amante de los libros, es el único de este grupo que parece leerlos por placer propio.

Un bibliotecófobo entierra sus libros, guardándolos bajo llave o en vitrinas.

¡Atraparé a nuestro bibliognóstico en el momento del éxtasis por los libros! Esto dará lugar a una colección de escritores bibliográficos, y mostrará al edimburgo de visión aguda qué inventos humanos han surgido gracias al arte de escritores aún más dolorosos que él: ya sea para posponer el día de la aniquilación universal, o para preservar para nuestra posteridad, dentro de tres siglos, el conocimiento que ahora nos ocupa tanto, y transmitirles algo más que lo que Bacon llama “inventarios” de nuestros tesoros literarios.

“Las historias y las bibliotecas literarias (o bibliotecas) siempre nos presentarán”, dice La Rive, “una inmensa cosecha de errores, hasta que los autores de tales catálogos comprendan plenamente la importancia de su arte; y, por así decirlo, al leer en las épocas más lejanas del futuro el bien y el mal literario que puedan producirse, lograrán un triunfo gracias a la devoción pura a la verdad, a pesar de todo el disgusto que implica su tarea profesional; soportando aún con paciencia las pesadas cadenas que atan a quienes se dedican a esta búsqueda, con una pasión similar al heroísmo.”

“Los catálogos de bibliotecas fijas (o registros críticos, históricos y clasificados de los escritores) han generado ese enorme enjambre de errores bibliográficos, que han echado raíces, en cantidades mayores o menores, en todos nuestros bibliógrafos”. Aquí ha proporcionado una larga lista, que conservaré en la nota.234

Page 441

La lista, aunque curiosa, está lejos de ser completa. Tales son los hombres de los que el abad Rive habla con más respeto que su habitual cortesía. “Si tales personas”, dice, “no pueden escapar de los errores, ¿quién podrá hacerlo? Solo los he señalado para demostrar la importancia de la historia bibliográfica. Un escritor de este tipo debe preocuparse más por su reputación que por su propio beneficio, y dedicarse por completo al estudio de los libros”.

El mero conocimiento de los libros, que se ha calificado de erudición de portadas, puede ser suficiente para ocupar la vida de algunos; y mientras los ingenios y “el millón” se burlan de estos cazadores de ediciones, que fuerzan su paso por lugares recónditos así como por campos abiertos, se descubrirá que este arte del conocimiento de los libros puede resultar ser una búsqueda muy filosófica, y que hombres de gran renombre se han dedicado a tareas más frecuentemente despreciadas que comprendidas. Apostolo Zeno, poeta, crítico y verdadero hombre de letras, consideraba como una parte importante de su gloria haber comentado las obras de Fontanini, quien, él mismo un eminente prelado, había dedicado su vida a compilar su Bibliotheca Italiana. Zeno no consideraba que corregir errores y enriquecer con información ese catálogo de escritores italianos fuera una tarea insignificante. El entusiasmo del abad Rive consideraba la bibliografía como una búsqueda sublime, exclamando sobre el comentario de Zeno sobre Fontanini: “Unió en conjunto el conocimiento de generaciones enteras para la posteridad, y leyó para las épocas futuras”.

Hay pocas cosas mediante las cuales podamos rastrear tan bien la historia de la mente humana como a través de un catálogo clasificado, con fechas de la primera publicación de los libros; incluso los precios relativos de los libros en diferentes períodos, su declive y luego su ascenso, y de nuevo su caída, constituyen un capítulo de esta historia de la mente humana; nos convertimos en críticos incluso gracias a esta cronología literaria y a esta valoración de los subastadores. El libro favorito de cada época es una especie de retrato de ese pueblo. La depreciación gradual de un gran autor marca un cambio en el conocimiento o en los gustos.

Page 442

Pero se supone que no estamos interesados en la historia de los escritores indiferentes, y apenas en la de los secundarios. Si solo los grandes originales merecieran nuestra atención, en el transcurso de dos mil años no contaríamos con veinte autores. Cada libro, sea cual sea su carácter, puede considerarse como un nuevo experimento realizado por la inteligencia humana; y como el libro es una especie de representación individual, no existe volumen aislado que no pueda personificarse y describirse como un ser humano. Las pistas dan origen a descubrimientos: suelen encontrarse en autores muy diferentes que no pudieron ir más allá; y el historiador de los libros oscuros a menudo conserva para los hombres de genio indicios de conocimiento que, sin su intervención, no poseeríamos. Muchos secretos los descubrimos en la bibliografía. Los grandes escritores, inexpertos en esta ciencia de los libros, han utilizado con frecuencia ediciones defectuosas, como Hume con el castrado Whitelocke; o, como Robertson, ignoran incluso las fuentes del conocimiento que querrían dar al público; o componen sobre un tema que, demasiado tarde, descubren que ya había sido abordado. La bibliografía mostrará lo que se ha hecho y sugerirá a nuestra inventiva lo que falta. Muchos han prolongado a menudo su viaje por un camino ya desgastado por las ruedas que lo habían recorrido: la bibliografía despliega todo el mapa del país que pretendemos atravesar: las carreteras principales y los caminos secundarios.

De hecho, cada medio siglo las dificultades se multiplican; y la predicción de Edimburgo, si se acerca al evento que había previsto, podría asustar con mayor razón a una posteridad muy lejana. Mazzuchelli declaró, tras sus arduas investigaciones en la literatura italiana, que uno de sus predecesores más recientes, que había iniciado un trabajo similar, había recopilado datos sobre cuarenta mil escritores; y, sin embargo, añadió, mi obra debe elevar esa cifra en diez mil más. Mazzuchelli dijo esto en 1753; y ahora hay que sumar casi un siglo, pues las imprentas de Italia no han estado inactivas.

Page 443

Pero la literatura de Alemania, de Francia y de Inglaterra ha superado la multiplicidad de las producciones de Italia, y una abrumadora multitud de autores abunda ante la imaginación.235 ¡Viva, pues, el espíritu pacífico del historiador literario, que, sentado en medio de la noche de los tiempos, junto a los monumentos del genio, cuida las lámparas sepulcrales de la mente humana! ¡Viva el Reaumur literario, que, gracias a la claridad de sus lentes, hace interesante hasta lo más mínimo y nos revela el mundo de los insectos! Estos son espíritus guardianes que, al final de cada siglo, mientras este está en su ascenso, trazan los caminos antiguos que habíamos seguido y, con una línea más ligera, indican los nuevos que se abren a partir de los intentos imperfectos e incluso de los errores de nuestros predecesores.

231 “Edinburgh Review”, vol. xxxiv, 384.

232 ¿Perdonará este escritor que, por un momento, lo incluya entre esos “generalizadores” de la época que sobresalen en lo que un amigo crítico ha calificado acertadamente como escritura ambiciosa? Es decir, escritura sobre cualquier tema, y sobre todo de manera llamativa sobre aquel sobre el cual saben menos; hombres, de otro modo, de buen gusto, que destacan en todos los encantos de la composición.

233 El difunto Wm. Upcott poseía, en gran medida, un gusto similar por las colecciones variadas. Nunca tiraba un sombrero viejo, sino que lo utilizaba como recipiente para ciertos “recortes” de libros y publicaciones periódicas sobre temas particulares. Había llenado una habitación con sombreros y baúles repletos de ese modo; pero al morir fueron sacrificados por falta de un orden adecuado.

234 Gessner—Simler—Bellarmin—L’Abbé—Mabillon—Montfaucon—Moreri—Bayle—Baillet—Niceron—Dupin—Cave—Warton—Casimir Oudin—Le Long—Goujet—Wolfius—John Albert Fabricius—Argelati—Tiraboschi—Nicholas Antonio—Walchius—Struvius—Brucker—Scheuchzer—Linnæus—Seguier—Haller—Adamson—Manget—Kestner—Eloy—Douglas—Weidler—Hailbronner—Montucla—Lalande—Bailly—Quadrio—Morhoff—Stollius—Funccius—Schelhorn—Engles—Beyer—Gerdesius—Vogts—Freytag—David Clement—Chevillier—Maittaire—Orlandi—Prosper Marchand—Schoeplin—De Boze—Abbé Sallier—y de Saint Leger.

Page 444

235 La biblioteca del Museo Británico cuenta ahora con más de 500.000 volúmenes. Solo el catálogo constituye una pequeña biblioteca.

HISTORIA SECRETA DE UNA MONARQUÍA ELECCIONADA.

UN BOCETO POLÍTICO.

Polonia, que en su momento fue un reino poderoso y magnífico, al convertirse en una monarquía electoral, se convirtió en un lugar “corrupto tres veces por siglo”. Ese país debió haber presenciado numerosas escenas diplomáticas llenas de intrigas complejas; aunque estas no podían hacerse públicas, sin duda muchas de ellas quedaron registradas en su historia secreta. En nuestro caso, la corrupción en ciertos distritos electorales a veces revelaba las maniobras de un partido y las estrategias astutas del otro; pero la maestría en las artes diplomáticas y políticas, así como las elecciones celebradas a gran escala, con un reino entero en juego y una corona que podía ganarse o perderse en el transcurso de un solo día, constituyen un drama político de rara e increíble aparición, para el honor y la felicidad de la humanidad. Hubo una escena en este drama que podría parecer demasiado grandiosa para un teatro ordinario: los actores eran, aparentemente, entre cincuenta y cien mil; se erigieron doce enormes tiendas en una amplia llanura, había cien mil caballos en los alrededores, y además estaban los palatinos y castellanos, las órdenes eclesiásticas y los embajadores de los competidores reales, todos ellos agitados por las intrigas constantes.

Page 445

Los movimientos de las diferentes facciones durante las seis semanas de las elecciones, así como los de los muchos meses anteriores, marcados por medidas previamente acordadas y opiniones cambiantes, ahora se reunían solemnemente en la dieta. Una vez, el poeta, en medio de su gigantesca concepción de una escena, decidió omitirla:
“Tanta multitud que el escenario nunca podrá contenerla… ¡Entonces hay que construir uno nuevo o representarla en un lugar abierto!”, exclamó el “caballero de La Mancha”, entusiasmado ante una escena tan novedosa y tan vasta.

Esta negociación electoral, la única de la que tengo conocimiento, se describe en los “Discursos” de Choisin, secretario de Montluc, obispo de Valence y agente confidencial de Catalina de Médicis. Este último fue enviado a intrigar en la dieta polaca para obtener la corona de Polonia para su hijo, el duque de Anjou, quien más tarde sería Enrique III. Esta audaz empresa pareció al principio sin esperanzas y, a medida que avanzaba, se encontró con crecientes obstáculos; pero Montluc fue uno de los diplomáticos más hábiles que jamás haya producido el gabinete galo. En todas las cortes de Europa era apodado “el Cojo”, debido a su cojera. Nuestro obispo político era, en cuanto a intrigas de gabinete, el Talleyrand de su época; dieciséis misiones en Italia, Alemania, Inglaterra, Escocia y Turquía convirtieron a este “conocedor de hombres” en un político extraordinario.

Catalina de Médicis estaba obsesionada con los sueños de la astrología judicial. Sus oráculos, que recibían un salario, habían declarado que viviría lo suficiente como para ver coronado a cada uno de sus hijos. Probablemente, con esa predicción solo pretendían halagar su orgullo y su amor por el poder. Sin embargo, al final terminaron asustando a la crédula reina. Temiendo ver el trono de Francia disputado quizás por fratricidios, buscó ansiosamente una corona separada para cada uno de sus tres hijos. Había sido burlada en sus serias negociaciones con nuestra Isabel; en dos ocasiones había visto cómo sus esfuerzos fracasaban.

Page 446

Según sus opiniones, en el caso de los Duques de Alençon y de Anjou. Catalina entonces proyectó un nuevo imperio para Anjou, incorporando a un mismo reino Argel, Córcega y Cerdeña; pero el otro déspota, el de Constantinopla, Selim II, frustró la brillante especulación de esta mujer-macartista. Carlos IX era enfermizo, celoso y deseaba alejar de la corte al Duque de Anjou, quien, gracias a dos victorias, se había vuelto popular, aunque posteriormente cayó en la decadencia. Montluc penetró en los deseos secretos de Catalina y Carlos, y les sugirió la posibilidad de coronar al Duque de Anjou con la corona de Polonia, ya que el monarca polaco se encontraba en un estado de evidente declive. El plan fue aprobado; y, como un político astuto, el obispo se preparó para un acontecimiento que podía ser lejano y siempre problemático, enviando a Polonia a un hijo natural suyo, Balagny, como agente disfrazado. Su juventud, su humilde condición social y su amor por los placeres no provocarían alarma entre las potencias vecinas, todas ellas alerta para arrebatar el botín esperado; pero como era necesario contar con un político más hábil detrás de escena, recomendó a su secretario, Choisnin, como tutor itinerante para un joven que aparentemente lo necesitaba.

Balagny se dirigió a Polonia, donde, bajo el pretexto de la diversión y en medio de espléndidas fiestas, junto a su fiel ayudante, este joven imprudente y dado a los placeres comenzó a tejer aquellas intrigas que más tarde serían resueltas, o deshechas, por el propio Montluc. Logró mantenerse tan poco sospechoso que el agente del emperador reveló con frecuencia secretos importantes a su joven y amable amigo. Tras la muerte de Segismundo Augusto, Balagny, dejando atrás a Choisnin para difundir las virtudes del Duque de Anjou, se apresuró a París para dar cuenta de todo lo que había visto u oído. Pero el pobre Choisnin se encontró en un dilema entre aquellos que durante tanto tiempo habían escuchado sus elogios sobre la humanidad y el carácter humilde del Duque de Anjou; pues las noticias de la masacre de San Bartolomé habían llegado más rápido que el correo; y Choisnin se queja de que ahora…

Page 447

Fue tratado como un mentiroso descarado, y al príncipe francés como un monstruo. En vano les aseguró que todo era una exageración, una mera insurrección del pueblo o los efectos de algunas enemistades personales, rogando a los indignados polacos que pospusieran su decisión hasta la llegada del obispo: “¡Esperen al Cojo!”, gritó él, angustiado.

Mientras tanto, en París, resultó difícil elegir a la persona adecuada para esta embajada. Se trataba más bien de un asunto de intrigas que de formalidades, y se necesitaba a un orador capaz de pronunciar discursos y arengas ante una especie de asamblea popular; pues, aunque el pueblo en realidad no tenía nada que ver con esa asamblea, los nobles y caballeros, todos ellos electores, sumaban cien mil personas. Se consideraba que un abogado capaz de negociar en buen latín, y uno que, como dice el refrán francés, supiera “ir y hablar”, lograría confundirlos aún más y convencer a sus conciencias de votar por su cliente. Catalina finalmente eligió a Montluc mismo, debido a un prejuicio supersticioso que, sin embargo, en este caso coincidía con la experiencia filosófica: “Montluc siempre había tenido suerte en sus negociaciones”.

Montluc apresuró su partida de París; y parece que nuestro obispo político, gracias a su aguda perspicacia para penetrar en el gabinete francés, había previsto la horrible catástrofe que ocurrió poco después de que lo dejara; ya que había advertido al conde de Rochefoucault que se alejara; pero este señor, al igual que muchos otros, no sospechaba los planes traicioneros de Catalina y su gabinete. Sin embargo, Montluc no había viajado mucho cuando recibió las noticias, lo cual causó innumerables obstáculos en su camino, obstáculos que ni siquiera su sagacidad había podido prever. En Estrasburgo había designado a algunos colaboradores competentes, entre los cuales se encontraba el famoso Joseph Scaliger; pero estaban tan aterrorizados por Les Matinées Parisiennes que Scaliger huyó a Ginebra y se negó a salir de ese lugar seguro; y los demás regresaron a casa, sin imaginar que Montluc…

Page 448

Se atrevió a pasar por Alemania, donde la indignación de los protestantes había hecho que los caminos fueran demasiado peligrosos para un obispo católico. Pero Montluc estaba decidido a seguir adelante. Ya había logrado escapar por poco de las estratagemas de la facción de los Guisa, quienes en más de una ocasión intentaron colgar o ahogar al obispo, a quien acusaban de ser calvinista. Los temores y celos de los Guisa se habían avivado debido a esta misión política. Entre todos estos problemas y demoras, lo que más afectó a Montluc fue el rumor de que la elección estaba a punto de realizarse, y de que la peste reinaba en toda Polonia; por lo que seguramente sintió que podría llegar tarde para una cosa y demasiado pronto para la otra.

Finalmente, Montluc llegó y descubrió que todo el peso de estas negociaciones recaería sobre sus hombros; además, tendría que dormir cada noche sobre un cojín de espinas. Nuestro obispo no solo tenía que calmar la agitación del espíritu popular de los evangélicos, como se llamaba entonces a los protestantes, sino también la de los católicos más racionales de Polonia. También tenía que enfrentarse a esos señores orgullosos y feudales, cuyo único principio era que su elección de soberano debía regirse únicamente por el interés público; y era difícil esperar que el emperador, el zar y el rey de Suecia pudieran competir con éxito contra el cruel, voluptuoso y fanático duque de Anjou, cuyos intereses políticos eran demasiado remotos y extraños como para generar alguna facción entre esos polacos independientes.

El astuto político sabía cómo vestirse con todos los encantos de la sinceridad y la lealtad; de sus labios brotaban palabras dulces como la miel, mientras que su corazón, frío e inmóvil como una roca, permanecía inalterable ante las dificultades más inesperadas.

El emperador había asignado al abad Cyre un papel ambiguo: era un enviado temporal, cuya autoridad podía ser reconocida o rechazada según conviniera.

Page 449

Era conveniente; y gracias a su actividad logró una influencia considerable entre los lituanos, los valacos y casi toda Prusia, a favor del archiduque Ernesto. Dos bohemios, que tenían la ventaja de hablar polaco, habían llegado con un esplendor y una pompa propios de reyes, más que de embajadores. El moscovita había escrito cartas llenas de promesas tentadoras dirigidas a la nobleza, y contaba con el apoyo de un palatino de gran carácter; una paz permanente entre dos vecinos tan poderosos era un proyecto demasiado atractivo como para no encontrar partidarios; y este grupo, según observa Choisnin, parecía al principio el más temible. El rey de Suecia era un vecino cercano, que se había casado con la hermana de su difunto soberano, y su hijo sostenía que los derechos de su familia eran superiores a los de los extranjeros. Entre estos grupos había uno patriótico, que deseaba un monarca polaco; un rey de su patria, que hablara su lengua materna, alguien que no atentara contra la independencia de su país, sino que preservara su integridad frente a los extranjeros. Este grupo popular incluso era del agrado de algunas de las potencias extranjeras, que no querían ver cómo una potencia rival se fortalecía mediante una unión tan estrecha con Polonia; pero en esta elección de un soberano entre ellos mismos, había al menos treinta señores que creían igualmente que ellos eran el material adecuado del cual debían tallarse los reyes. Por lo tanto, los polacos no podían ponerse de acuerdo sobre quién merecía ser un Piasta; un título afectuoso para un monarca nativo, que provenía del nombre de la familia de los Piastas, quienes gobernaron felizmente sobre el pueblo polaco durante cinco siglos. El recuerdo de sus virtudes perduraba en la mente de los polacos honestos a través de este título cariñoso, y a su grupo se le llamó los Piastas.

Montluc había sido privado de la ayuda de muchas personas capaces de las cuales dependía, personas que el masacre de San Bartolomé había disuadido de cualquier vinculación política con Francia. Se dio cuenta de que solo podía contar consigo mismo. Se nos dice que no contaba con los medios habituales que se consideran más eficaces en las elecciones, ni poseía…

Page 450

Ni el interés ni el esplendor de sus poderosos competidores: debía obtener todos sus recursos de la astucia diplomática. Los diversos embajadores tenían residencias fijas y alejadas, para no mantener una relación demasiado estrecha con la nobleza polaca. Por encima de todo, deseaba tener un acceso fácil a esos jefes, para poder observarlos y que ellos le escucharan. Quien quisiera seducir con su propia ingeniosidad debía ponerse en contacto con el objeto que quería corromper. Sin embargo, Montluc insistió en no acercarse a ellos sin ser buscado, lo cual al final sirvió a sus propósitos. Uno de los argumentos favoritos que utilizó nuestro Talleyrand fue demostrar que todos los beneficios que los diferentes competidores habían prometido a los polacos iban acompañados de otras circunstancias que inevitablemente serían destructivas para el país; mientras que la oferta de su señor, cuyos intereses estaban lejos, no podía ser perjudicial para los intereses de la nación polaca: así, se podía esperar mucho bien de él, sin temor a que hubiera algún mal asociado. Montluc consiguió que un francés astuto llevara su primer mensaje, en latín, a la dieta; apenas esta se había reunido cuando ya surgían sospechas y celos. Los embajadores del emperador habían ofendido el orgullo de la nobleza polaca al viajar por el país sin permiso y recurrir a la infanta; además, en algunas cartas interceptadas, la nación polaca era calificada como gens barbara et gens inepta. “No creo que dicha carta fuera realmente escrita por dichos embajadores, que eran estadistas demasiado políticos como para emplear un lenguaje tan descuidado”, escribe muy ingeniosamente el secretario de Montluc.

Sin embargo, era un golpe dirigido contra los embajadores imperiales; mientras que la carta del obispo francés, redactada “en un estilo humilde y modesto”, comenzó a ablandar sus orgullosos ánimos, y dos mil copias de dicha carta se difundieron rápidamente.

“Pero esta buena fortuna no duró más de veinticuatro horas”, escribe tristemente nuestro honesto secretario; “pues de repente llegaron las noticias del desastre”.

Page 451

Llegó el día de San Bartolomé, y todo francés era odiado.

En esta situación difícil, Montluc publicó una disculpa por Les Matinées Parisiennes, atribuyendo dichos excesos al pueblo, fruto de una conspiración orquestada por los protestantes; además, presentó hábilmente como personaje a su señor Anjou, declarando que “desdeñaba oprimir a un grupo al que tantas veces había vencido con la espada en mano”. Este panfleto, que aún existe, debió costarle al buen obispo no poca inventiva; pero en las elecciones, la mentira del momento sirve a un propósito; y aunque Montluc fue severamente reprendido a su debido tiempo, la disculpa sirvió para dividir la opinión pública.

Montluc era como todo un gabinete por sí mismo: difundió otro escrito bajo el seudónimo de un caballero polaco, en el cual se defendían los intereses franceses con argumentos tales que los líderes más importantes nunca se reunían sin discutir; y Montluc comprobó entonces que había logrado crear un partido francés. Los austriacos emplearon entonces a un verdadero caballero polaco para que escribiera en nombre de su partido; pero esa obra era demasiado auténtica, ya que el autor escribía con demasiada seriedad; y en política no debemos dejarnos llevar por la pasión.

Los celos mutuos entre los distintos partidos favorecían los planes de nuestro negociador; estaban dispuestos a aliarse con él contra los demás. El archiduque y el zar se oponían a los turcos; los moscovitas no podían soportar que Suecia se enriqueciera con esta nueva corona; y Dinamarca estaba aún más inquieta. Montluc había descubierto cómo cada partido tenía su punto débil, mediante el cual podía manipularlo. Ahora las cartas estaban bien barajadas, y él confiaba en su habitual habilidad para jugar.

Nuestro obispo consiguió a un palatino para que escribiera a favor de la causa francesa en lengua vernácula; parece que también mantuvo relaciones misteriosas con otro palatino, Albert Lasky. Se hicieron acusaciones mutuas durante las sesiones públicas: los polacos acusaron a algunos señores lituanos de haberse aliado…

Page 452

ciertos acuerdos con el zar; estos, a su vez, acusaron a los polacos, y en particular a este Lasky, de estar corrompidos por el oro de Francia. Más tarde surgió otra circunstancia: el embajador español había recibido cuarenta mil táleros, pero éstos nunca cruzaron las fronteras, ya que este nuevo suministro llegó demasiado tarde para las elecciones. “Creo”, escribe nuestro secretario con gran sencillez, “que ese dinero solo estaba destinado a ser distribuido entre los trompetistas y los tamborileros”. El recurso habitual en elecciones disputadas se empleó ahora evidentemente; nuestro secretario reconoció que Montluc ganaba cada día nuevos partidarios, porque no intentaba ganárselos únicamente con promesas, basando toda su causa en el argumento de que los intereses de la nación estaban en juego en las elecciones francesas.

Aun así, la mala suerte siguió persiguiendo a nuestro astuto político, cuando todo parecía ir bien. La masacre fue descrita con detalles aún más condenatorios; algunas cartas fueron falsificadas, y otras eran demasiado verídicas; todos los bandos, con una audacia rival, llevaban a cabo una verdadera escena de engaño. Se difundió el rumor de que el rey francés renegaba de su agente acreditado y se disculpaba ante el emperador por haber cedido a las insistencias de un especulador político, a quien ahora estaba decidido a llamar de vuelta. Esto paralizó algo los esfuerzos de aquellos palatinos que se habían involucrado en las intrigas de Montluc, quien ahora se vio obligado a esperar pacientemente la llegada de un mensajero con nuevas pruebas de su carácter diplomático desde la corte francesa. Durante estas negociaciones se sembró un gran odio contra los franceses mediante la distribución de grabados que revelaban las crueldades más inventivas cometidas por los católicos contra los reformados; como mujeres partidas en dos mientras intentaban arrebatar a sus hijos a sus verdugos; mientras que Carlos IX y el duque de Anjou eran representados de forma horrible, como espectadores de tales tragedias espantosas, con palabras escritas en las etiquetas que se quejaban de que los verdugos no eran lo suficientemente celosos en esta tarea sagrada. Estos grabados, acompañados de calumnias y narrativas horribles, avivaron la indignación popular, y más

Page 453

En particular, las mujeres, que se llenaron de lágrimas, como si esas escenas horribles se estuvieran desarrollando ante sus ojos.

Montluc respondía a las calumnias tan pronto como aparecían, mientras que habilidosamente presentaba los más elaborados elogios al Duque de Anjou; y en respuesta a las caricaturas, distribuyó dos retratos del rey y del duque para mostrar a las damas, si no al parlamento, que ninguno de esos príncipes tenía rostros tan feroces e inhumanos. Así son los pequeños medios mediante los cuales el político se digna a llevar a cabo sus grandes designios; y los mismos medios que sus enemigos creían que servirían para arruinar su causa, Montluc los convirtió hábilmente en su propio beneficio. Cualquier acontecimiento inmediato sirve para fines electorales, y Montluc aprovechó con entusiasmo esta oportunidad favorable para dar rienda suelta a su imaginación en torno a un soberano ideal, y arriesgarse, con elocuencia y anécdotas cuya autenticidad nunca podría demostrar, a dejar perplejas incluso a las mentes reacias, haciéndolas dudar de si ese duque intolerante e inhumano no era en realidad el príncipe más heroico y misericordioso. Es probable que el francés abusara incluso de la libertad que permite el elogio en francés, ya que un noble polaco le dijo a Montluc que siempre exageraba las cualidades de su duque, atribuyéndole una pureza de sentimientos tan impecable, que se deducía que no había nadie en Polonia capaz de igualarlo; y que su declaración de que el duque no deseaba gobernar Polonia para poseer sus riquezas y grandeza, sino que su única ambición era ser el líder de una nobleza tan grande y virtuosa, había ofendido a muchos señores, quienes no creían que el duque buscara la corona polaca simplemente para ser el soberano de un pueblo virtuoso.

Estos estadistas polacos parecen, de hecho, haber sido más ilustrados de lo que quizás calculaba el astuto político; porque cuando Montluc estaba demasiado ansioso por eximir al Duque de Anjou de haber sido cómplice de la masacre de París, un noble polaco observó: “Que no necesita perder su tiempo en…”.

Page 454

Enmarcar cualquier disculpa; pues si podía demostrar que era en interés del país que el duque fuera elegido como su rey, eso era todo lo que se necesitaba. Su crueldad, de ser cierta, no sería motivo para impedir su elección, ya que no tenemos nada que temer de ella: una vez en nuestro reino, tendrá más motivos para temernos a nosotros que nosotros a él, si alguna vez intenta atentar contra nuestras vidas, nuestras propiedades o nuestra libertad.

Otro señor polaco, cuyos escrúpulos eran tan piadosos como su patriotismo era sospechoso, observó, sin embargo, que, en sus conversaciones con el obispo francés, este nunca había mencionado a Dios, a quien todas las partes deberían implorar para que tocara los corazones de los electores en la elección del “ungido” de Dios. Montluc podría haberse sentido incómodo de forma inesperada por los escrúpulos religiosos de este señor, pero el político nunca cometía errores. “Hablando con un hombre de letras, como lo era su señoría”, respondió el obispo francés, “no correspondía a él recordarle a su señoría algo que él sabía tan bien; pero, ya que había tocado el tema, diría, no obstante, que si un hombre enfermo desea tener un médico, el amigo que se encargue de conseguirlo no cumpliría con su deber si dijera que es necesario llamar a aquel a quien Dios ha elegido para restablecer su salud; pero otro que dijera que el más sabio y hábil es aquel a quien Dios ha elegido, estaría haciendo lo mejor por el paciente y demostrando gran sensatez. Por una lógica similar, debemos creer que Dios no enviará a un ángel para indicar al hombre a quien quiere que sea su ungido; basta con que Dios nos haya dado conocimiento de los requisitos de un buen rey; y si los señores polacos eligen a tal soberano, será aquel a quien Dios ha elegido”. Este argumento astuto deleitó al señor polaco, quien repitió la historia en diferentes círculos, en honor al obispo. “Y de esta manera”, añade el secretario con gran ingenuidad, “el señor, fortalecido por buenos argumentos, difundió sus opiniones, las cuales fueron aceptadas por muchos y circularon de mano en mano”.

Page 455

Montluc contaba con sus propias estrategias para manejar la situación. Tenía que equilibrar los intereses opuestos de los católicos y los evangélicos, o de los reformados: era como mezclar fuego y agua sin permitir que uno ahogara al otro. Cuando los embajadores imperiales organizaban fiestas solo para la nobleza de alto rango, ofendían por consiguiente a la nobleza de menor rango. El francés no ofrecía banquetes, pero su casa estaba abierta en todo momento para todos, quienes eran igualmente bienvenidos. “Verá que las fiestas de los imperialistas les causarán más daño que beneficio”, observó Montluc a su secretario.

Después de ganarse, por medio de todo tipo de artimañas, a algunos de los nobles polacos y de prodigar sus atenciones a aquellos de rangos inferiores, finalmente llegó el momento crítico, y había que dar el golpe de gracia a toda la operación. Polonia, bajo la apariencia de un gobierno popular, era en realidad una aristocracia singular formada por cien mil electores, compuestos por la nobleza de alto y bajo rango, así como por la gente de condición similar; el pueblo no tenía ninguna participación en el gobierno. Sin embargo, el político debía tratarla como si fuera un gobierno popular, donde quienes tenían mayor influencia sobre tales asambleas eran los oradores, y aquel que se expresara con mayor fluidez y con argumentos más pertinentes lograría, sin duda, hacer que todos siguieran su voluntad. El obispo francés dependía en gran medida del efecto que tuviera su discurso cuando los embajadores fueran escuchados ante la dieta reunida; el gran paso final de tantas negociaciones tediosas y difíciles… “Lo cual le costó a mi señor”, escribe el ingenuo secretario, “seis meses de trabajo día y noche; nunca recibió ayuda ni consuelo de nadie más que de sus pobres sirvientes, y durante esos seis meses escribió diez resmas de papel, algo a lo que él mismo no estaba acostumbrado desde hacía cuarenta años”.

Ahora cada embajador debía pronunciar un discurso ante los electores reunidos, y se imprimirían treinta y dos copias, una para cada palatino, quien a su vez se encargaría de transmitirla a sus señores. Pero surgió un nuevo problema…

Page 456

Surgió una gran dificultad para el negociador francés; ya que confiaba enormemente en su capacidad para influir en la multitud y crear una opinión pública a su favor, lamentó descubrir que el embajador imperial pronunciaría su discurso en lengua bohemia, de modo que fuera comprendido por la mayor parte de la asamblea; una ventaja considerable sobre Montluc, quien solo podía dirigirse a ellos en latín. El genio inventivo del obispo francés ideó dos cosas que nunca se habían practicado antes: primero, hacer traducir su texto en latín al idioma vernáculo; y, segundo, imprimir una edición de quinientas copias en ambos idiomas, obteniendo así una gran ventaja sobre los demás embajadores, cuyas treinta y dos copias manuscritas se utilizaban para leerlas ante 1200 personas cada una. La gran dificultad radicaba en conseguir que se tradujera e imprimiera en secreto. Esta tarea recayó en Choisnin, el secretario. Este se dirigió al castillo del palatino Solikotski, quien estaba profundamente a favor de los intereses franceses; Solikotski envió la versión en seis días. Apresurándose con el precioso manuscrito hacia Cracovia, Choisnin acudió a un impresor de confianza con quien mantenía relaciones; las hojas se depositaban cada noche en la residencia de Choisnin, y al cabo de quince días el diligente secretario llevó triunfalmente las 1500 copias en secreto a Varsovia.

Sin embargo, este glorioso trabajo aún no había terminado; Montluc no tenía prisa por pronunciar su discurso milagroso, del cual parecía depender el destino de una corona. Cuando llegó su turno de hablar, de repente cayó enfermo; en realidad, quería hablar por último, lo que le daría la ventaja de responder a cualquier objeción planteada por sus rivales y también permitirle atacar sus puntos débiles.

Logró obtener copias de sus discursos y descubrió cinco puntos que afectaban a los intereses franceses. Nuestro pobre obispo tuvo entonces que pasar toda la noche en vela para reescribir cinco páginas de su discurso impreso y cancelar otras cinco que ya se habían impreso; ¡y peor aún! tuvo que memorizarlos.

Page 457

Y para que fueran traducidos e insertados, se emplearon veinte escribas día y noche. “Es difícil creer todo lo que mi señor tuvo que soportar en ese tiempo”, dice el historiador de sus “hechos”.

El consejo o dieta se celebró en una vasta llanura. Se erigieron doce pabellones para recibir a la nobleza polaca y a los embajadores. Uno de ellos, de forma circular, estaba sostenido por un único mástil; era lo suficientemente grande como para albergar a 6000 personas, sin que nadie se acercara al mástil a menos de veinte pasos, dejando ese espacio vacío para mantener el silencio. Las diferentes categorías de personas estaban dispuestas alrededor: el arzobispo y los obispos, los palatinos, los castellanos, cada uno según su rango. Durante las seis semanas que duraron las sesiones de la dieta, había 100.000 caballos en los alrededores, pero había abundancia de forraje y todo tipo de provisiones. No hubo disturbios, ni siquiera una sola pelea, aunque en esa reunión no faltaban enemistades de larga data. Era extraño, e incluso espantoso, ver tal asamblea tan numerosa manteniendo el mayor orden, y todos seriamente concentrados en aquella solemne ocasión.

Finalmente se pronunció el discurso elaborado: duró tres horas, y Choisnin nos asegura que ningún oyente se sintió cansado. “Un grito de alegría brotó de la tienda y se repitió por toda la llanura cuando Montluc terminó de hablar; fue una aclamación pública. Y si la elección se hubiera fijado para ese momento, cuando todos los corazones estaban llenos de entusiasmo, seguramente el duque habría sido elegido sin ninguna voz disidente”, escribe, lleno de entusiasmo, el ingenuo secretario. Y, en el espíritu de la época, transmite un augurio encantador relacionado con ese discurso, mediante el cual evidentemente se preveía un final feliz. “Aquellos que desprecian todo esto lo considerarán simplemente una invención mía”, dice el honesto Choisnin; “pero es cierto que, mientras dicho señor pronunciaba su discurso, se vio una alondra sobre el mástil del pabellón, cantando y trinando, algo que fue observado por muchos nobles, ya que la alondra suele descansar solo en el suelo. Los más imparciales reconocieron que era un buen presagio”. También se observó que, cuando los demás…

Page 458

Mientras los embajadores hablaban, una liebre, y en otra ocasión un cerdo, corrían por la tienda; y cuando el embajador sueco hablaba, la gran tienda se derrumbaba a mitad de altura. El canto de este alondra, que no dejaba de cantar en todo momento, fue de gran ayuda para nuestra causa; pues muchos de los nobles y gentilhombres se fijaron en esta curiosa particularidad, ya que cuando ocurre algo que no sucede habitualmente en un asunto público, tales apariciones generan esperanzas, ya sean buenas o malas.

El canto de este alondra a favor del Duque de Anjou no es tan evidente como el astuto truco del otro agente francés, el obispo político de Valence, quien ahora aprovechó al máximo sus 1500 copias frente a las treinta y dos de sus rivales. Todos tenían la versión francesa en mano o se la leían a sus amigos; mientras que las demás, en formato manuscrito, estaban reservadas a un círculo muy reducido.

El período comprendido entre el 10 de abril y el 6 de mayo, cuando procedieron a la elección, resultó ser un intervalo de infinitas complicaciones, problemas y actividad; es probable que la historia secreta de este periodo de las negociaciones nunca haya sido escrita. Los otros embajadores abogaban por prolongar la elección, al percibir el predominio de los intereses franceses; pero la demora no serviría a los fines de Montluc, ya que él no contaba con tantos amigos ni recursos en el lugar como los demás. La opinión pública que había logrado crear podía cambiar debido a alguna circunstancia imprevista.

Durante este intervalo, el obispo tuvo que dejar fuera de combate a varios agentes de las otras partes. Se deshizo de un adversario formidable en el cardenal Commendon, un agente del papa, a quien demostró que no debía estar presente en la elección, y al cardenal se le ordenó que se marchara. Un coronel arrogante atacó al negociador francés y recorrió de tienda en tienda con una lista de las deudas del Duque de Anjou, para mostrar que la nación no podía esperar nada beneficioso de un derrochador arruinado. El paje de un conde polaco acudió a Montluc en busca de protección, solicitando permiso para…

Page 459

Acompañar al obispo en su regreso a París. Los sirvientes del conde persiguieron al paje; pero este joven caballero se había ganado tanto el favor del obispo que se le permitió quedarse. Al día siguiente, el paje solicitó a Montluc que le concediera plena libertad religiosa, ya que era evangélico, para poder comunicárselo a sus amigos y así atraerlos al bando francés. Montluc era demasiado perspicaz como para dejarse engañar por ese joven agente político, a quien descubrió como espía, y comprendió que la persecución por parte de sus compinches no era más que una farsa; envió al paje de vuelta con su amo, el conde evangélico, señalando que tales trucos eran demasiado burdos como para emplearlos contra alguien que ya había manejado asuntos en todas las cortes de Europa antes de llegar a Polonia.

Otra alarma surgió a causa de una carta del gran visir de Selim II, dirigida a la dieta, en la cual solicitaba que eligieran un rey entre ellos o bien que eligieran al hermano del rey de Francia. Algún francés fervoroso en la Sublime Puerta se había encargado de obtener esta recomendación del enemigo del cristianismo; pero una alianza con el islamismo no servía de nada a Montluc, ni con los católicos ni con los evangélicos. El obispo estaba desesperado, pensando que todo el trabajo de seis meses de esfuerzo y dificultades se vería destruido en una hora. Al mostrarle la carta a Montluc, este insistió de inmediato en que era una falsificación, destinada a perjudicar a su amo, el duque. La carta presentaba algunas circunstancias sospechosas; y el obispo francés, ágil para encontrar soluciones, aprovechó la oportunidad que un político sabe cómo aprovechar en situaciones imprevistas. “La carta no estaba sellada con el sello dorado, ni guardada en un estuche de seda o tela de oro; además, si examinaban la traducción”, dijo, “descubrirían que no estaba escrita en papel turco”. Esto fue una suerte para el señor, ya que la carta no era falsa; pero debido a que el boyardo de Valaquia había sacado la carta para enviar junto con ella una traducción, algo que el visir había omitido, llegó sin sus accesorios habituales; y el mensajero, cuando fue interrogado…

Page 460

Más tarde, se dejó de hacer caso de todo aquello; de modo que, en pocos días, ya no se supo nada más sobre la carta del gran visir. “Tal fue nuestra afortunada escapada”, dice el secretario, “de la interferencia amistosa pero fatal del sultán; no temía nada tanto como eso”.

Muchos agentes secretos de las diferentes potencias tejían sus oscuros intrigas; y con frecuencia, cuando eran descubiertos o perturbados, volvían a dedicarse a sus “trabajos sucios”. Estos agentes eran convenientemente negados o reconocidos por sus empleadores. El abad Cyre era un agente activo del emperador, y aunque no estaba oficialmente acreditado, seguía merodeando por allí. En Lituania había logrado ganarse el apoyo de esa importante provincia para el archiduque; pasaba por Prusia para apresurarse a comunicarse con el emperador, pero “algunos hombres honestos”, quelques bons personnages, dice el secretario francés, y sin duda algunos buenos amigos de su amo, “lo sorprendieron y lo encerraron seguramente en el castillo de Marienburgo, donde, en verdad, fue tratado de forma algo grosera por los soldados, quienes saquearon su maletín y nos enviaron sus papeles, cuando descubrimos todas sus prácticas sórdidas”. Parece que el emperador estaba enfadado por el arresto de su agente secreto; pero como nadie tenía el poder de liberar al abad Cyre en ese momento, entre las reclamaciones y las respuestas, el tiempo pasó, y un adversario muy problemático quedó bajo custodia segura durante las elecciones. Las discordias entre católicos y evangélicos estaban siempre a punto de estallar; pero Montluc logró calmar a estos grupos irreconciliables asustándolos con la idea de sangrientas guerras civiles e invasiones de turcos y tártaros. Satisface a los católicos con la esperanza de que el tiempo pondría fin a la herejía, y los evangélicos se alegraban de obtener una tregua de la persecución. El día antes de las elecciones, Montluc se sintió tan seguro que envió un mensajero a la corte francesa y se expresó en el verdadero estilo de un político especulativo: “De las doce casillas del damero, tenemos nueve aseguradas”.

Page 461

Hubo preludios a la elección; y el primero fue probablemente en consonancia con un humor satírico que prevalecía en algunos países, donde a las clases bajas solo se les permite satisfacer su gusto por burlarse de los poderosos en momentos determinados y en ocasiones fijas. Tuvo lugar una escena graciosa de elecciones simuladas, así como de combates, entre los numerosos pajes polacos, quienes, según dice el serio secretario, son aún más traviesos que los nuestros: estos eligieron entre sí a cuatro competidores, formaron un senado para burlarse de la dieta y terminaron en enfrentamiento. Aquellos que representaban al archiduque fueron derrotados por completo; al sueco lo persiguieron sin piedad, y en cuanto a los Piastas, se apoderaron de un carro perteneciente a un caballero, cargado de provisiones, lo destrozaron y quemaron el eje, que en ese país se llama “piasti”, gritando: “¡El Piasti está quemado!”. Ni siquiera los senadores presentes en la dieta pudieron imponer orden o silencio aquel día. El grupo francés llevaba pañuelos blancos en sus sombreros, y eran tan numerosos que lograron derrotar a los demás.

Sin embargo, al día siguiente se desarrolló una escena diferente: “Los nobles se prepararon para deliberar, y cada uno de ellos, en su lugar, estaba con sus compañeros de rodillas, muchos con lágrimas en los ojos, cantando un himno al Espíritu Santo; hay que admitir que esto parecía una obra de Dios”, dice nuestro secretario, quien probablemente comprendió mejor las maniobras de esos combates simulados o esas oraciones fingidas que nosotros. ¡Todo indica algo durante una elección, ya sea que sea burlesca o solemne!

Se celebraron las elecciones, y el duque de Anjou fue proclamado rey de Polonia… pero los problemas causados por Montluc no terminaron allí. Cuando le presentaron ciertos artículos para que los firmara, el obispo descubrió que estos habían sufrido cambios sustanciales respecto a las propuestas que le habían sido presentadas antes de la proclamación; esos cambios se referían a la renuncia a los masacres de París, al castigo de sus autores y a la tolerancia religiosa. Montluc se negó a firmar y interrogó a sus amigos polacos al respecto.

Page 462

Propuestas originales; una de las partes estuvo de acuerdo en que se habían hecho algunos cambios, pero que eran demasiado triviales como para perder por ellos la corona; otros declararon que dichas modificaciones eran necesarias para disipar los temores o garantizar la seguridad del pueblo. Nuestro diplomático galo fue engañado, y tras todas sus intrigas y astucias, descubrió que la corona de Polonia solo se entregaría bajo condiciones.

En este dilema, con una corona pendiente de un simple trazo de su pluma —protestando, suplicando, argumentando y siguiendo posponiendo, como el “Pistola Antigua” que traga su puerro—, presenció con alarma algunos preparativos para nuevas elecciones, y a sus rivales alerta con sus protestas. Montluc, desesperado, firmó las condiciones; “seguro, sin embargo”, dice el secretario, que gime ante este final, “de que cuando llegara el monarca elegido, los Estados serían fácilmente inducidos a corregirlas y a restablecer todo en el statu quo anterior a la proclamación. Yo no fui testigo, ya que en ese momento fui enviado a París con la alegría de la noticia, pero oí decir que se creía que el señor obispo habría muerto de agonía al verse reducido a la dura necesidad de firmar o perder los frutos de su trabajo. Las condiciones fueron posteriormente objeto de largos debates en Francia”. De Thou nos informa, en el libro LVII de su historia, que Montluc, después de firmar esas condiciones, escribió a su amo diciendo que no estaba obligado por ellas, porque no afectaban a Polonia en general, y que lo habían obligado a firmar algo que, al mismo tiempo, les había comunicado que sus instrucciones no autorizaban. Tal era la verdadera conducta jesuítica de un político de cabellos grises, quien al final descubrió que el sentido común honesto podía avergonzar e incluso atrapar a la criatura del gabinete, al genio artificial de la sutileza diplomática.

El secretario, sin embargo, solo ve en el resultado de esta negociación sumamente difícil la gloria de su amo; y el triunfo de Anjou sobre el joven archiduque, a quien los polacos podrían haber moldeado a su voluntad, y sobre el rey de Suecia, que reclamaba la corona junto a su reina.

Page 463

Había ofrecido unir su parte de Livonia con aquella que poseían los polacos. Se esfuerza por demostrar que los palatinos y los castellanos no eran personas a las que se podía comprar su voto, como se decía; por su número y sus intereses opuestos, confiesa que el señor obispo dormía poco mientras estuvo en Polonia, y que solo logró ganarse los corazones de la gente gracias al don natural de Dios, lo cual le valió el título de embajador afortunado. Parece más bien lamentar que Francia no fuera generosa con el dinero destinado a sobornos, que afirmar que todos los palatinos fueran igualmente escrupulosos con su honor.

Un hecho más puede cerrar este breve resumen político: una lección sobre la naturaleza de la gratitud en la corte. La corte francesa fingió recibir a Choisnin con favor, pero su descontento reprimido se dirigió contra “el embajador afortunado”. Las circunstancias habían cambiado: Carlos IX estaba muriendo, y Catalina de Médici se encontraba desesperada por no tener un hijo a quien hubiera sacrificado todo; mientras tanto, Anjou, ya inmerso en la locura de la juventud y los placeres, consideraba su ascenso al trono de Polonia como un exilio que lo separaba de sus viciosos entretenimientos. Montluc solo recibió como recompensa la desgracia; Catalina de Médici y el duque de Anjou ahora lo miraban con frialdad y expresaban su disgusto por su exitosa misión. “La madre de reyes”, como Choisnin denomina a Catalina de Médici, a quien dirige sus memorias con la esperanza de despertar en ella recuerdos del celo, el genio y el éxito de su antiguo amo, ya no tenía ningún uso para su favorito; y Montluc descubrió, como expresa en pocas palabras el comentarista de Choisnin, una importante verdad en la moral política: “En la corte, el interés del momento es la medida de sus afectos y sus odios”.

236 Nuestro honesto secretario me recuerda un pasaje de Godofredo de Monmouth, quien dice: “En este lugar, un águila habló mientras se construía la muralla de la ciudad; de hecho, no habría dejado de transmitir ese discurso a las generaciones futuras si lo hubiera considerado tan verdadero como el resto de la historia”.

Page 464

237 He redactado este artículo, por la curiosidad que despierta su tema y sus detalles, a partir de “Discours au vray de tout ce qui s’est fait et passé pour l’entière Négociation de l’Élection du Roi de Pologne, divisés en trois livres, por Jehan Choisnin du Chatelleraud, antiguo Secretario de Monseñor el Obispo de Valence”, 1574.

EDIFICIOS EN LA METROPOLIS Y RESIDENCIA EN EL CAMPO.

Recientemente, más de uno de nuestros eruditos jueces quizás haya sorprendido a sus oyentes al impresionarlos con una concepción anticuada de vivir más en sus propiedades que según las formas de vida modernas y el espíritu social, que ahora domina sobre cualquier otro espíritu. Estas opiniones llamaron mi atención hacia una circunstancia curiosa en la historia de nuestras costumbres: la gran preocupación de nuestro gobierno, desde los tiempos de Isabel hasta mucho después de los de Carlos II, por proteger el reino de los males de una metrópolis demasiado grande. El propio pueblo, de hecho, compartía esa misma alarma ante el crecimiento de la ciudad; sin embargo, ellos mismos perpetuaban el problema del cual se quejaban.

Es interesante observar que, aunque el gobierno empleaba con frecuencia incluso las medidas más drásticas para limitar los límites de la metrópolis, los suburbios se fueron integrando gradualmente a la ciudad, y Westminster acabó uniendo-se a Londres. Desde ese feliz matrimonio, sus descendientes han mezclado tanto sus rasgos que ya casi no existen pequeñas Londres.

Page 465

Es cada vez más difícil distinguirlo del antiguo centro urbano original; hemos logrado expandir la capital a todo el condado, y hemos confirmado la predicción de Jacobo I: “Que Inglaterra pronto será Londres, y Londres, Inglaterra”.

“Considero que es un objetivo importante”, dijo el juez Best al expresar su apoyo a las leyes relacionadas con los juegos, “que los caballeros tengan la tentación de vivir en el campo, entre sus vecinos y arrendatarios, cuyos intereses se verán significativamente beneficiados por tal situación. De este modo, los vínculos sociales se mantienen mejor, y las ventajas mutuas y la dependencia entre las clases altas y bajas se preservan también mejor. Hemos visto recientemente los efectos perjudiciales de nuestro sistema actual en un país vecino, y un ingenioso escritor francés ha demostrado recientemente las malas consecuencias de él en el continente”.238

Estos sentimientos de este destacado jurista ofrecen una explicación para el temor que nuestro gobierno siempre tuvo respecto al crecimiento perpetuo de la metrópoli; la nación, como un hipocondríaco, estaba ridículamente aterrorizada ante la idea de que su cabeza fuera demasiado grande en comparación con su cuerpo, y que esto absorbiera toda la vitalidad de las partes centrales y periféricas del cuerpo. Se emitían proclamaciones para advertir y exhortar; pero incluso la intervención mediante prohibiciones reales parecía hacer que la ciudad abarrotada resultara aún más atractiva. En vano Isabel aprobó leyes contra la construcción de nuevos edificios; en vano, durante los reinados de Jacobo I y de los dos Carlos, se emitieron continuamente proclamaciones para prohibir nuevas construcciones.

Jacobo solía expresar sus opiniones en estos frecuentes discursos dirigidos al pueblo, quienes nunca les prestaban atención: Su Majestad señalaba “a esos grupos de nobles que, por instigación de sus esposas o para darle a sus hijas un aspecto más moderno y elegante (ya que si estaban solteras, eso dañaba su reputación, y si estaban casadas, la perdían), descuidaban su deber de acoger a los visitantes en su tierra y llenaban la ciudad, causando un gran problema para el reino”. —Se dirigió a…

Page 466

La Cámara Estelar tenía como función regular “la excesiva proliferación de los nuevos edificios en torno a la ciudad, que no eran más que refugio para aquellos que, después de haber gastado sus fortunas en carruajes, sirvientes y ropas lujosas al estilo francés, vivían miserablemente en sus casas como los italianos; pero el honor de la nobleza y la gente distinguida inglesa consiste en ser hospitalarios con sus inquilinos”. Una vez, al hablar sobre este tema, el monarca hizo esa ilustración tan acertada, ya mencionada en más de una ocasión: “Los caballeros que residían en sus propiedades eran como barcos en el puerto; su valor y grandeza se apreciaban y reconocían; pero cuando estaban lejos, su tamaño parecía insignificante, y por lo tanto su valor e importancia no se estimaban adecuadamente”.239

Un escritor manuscrito de esa época se quejaba de la desintegración de las antiguas estructuras familiares, ya que todos se trasladaban a “la arrogante Londres”. “Todos procuran ser Diógenes en su casa y emperadores en las calles; no les importa dormir en una bañera con tal de poder viajar rápidamente en un carruaje: dedican recursos a caballos y yeguas que antes mantenían casas llenas de personas; privan a muchos de lo necesario para adornar unos pocos objetos, y entierran todos los tesoros del reino en los cofres de unos pocos ciudadanos; convierten sus bosques en armarios, sus arrendamientos en encajes, y sus bienes y pertenencias en abrigos ostentosos y juguetes llamativos”. Así describía un contemporáneo elocuente la situación; y aunque su conocimiento de los principios de la economía política y de esa prosperidad de la que se dice que goza una nación rica gracias al consumo de artículos de lujo pudiera ser limitado, los efectos morales no han cambiado, ni la realidad ha variado significativamente.

El gobierno no solo prohibía con frecuencia la construcción de nuevos edificios a diez millas de Londres, sino que a veces ordenaba su demolición, incluso después de que hubieran sido erigidos durante varios años. Cada seis o siete años se emitían decretos al respecto. Durante el reinado de Carlos I, los infractores eran perseguidos con dureza, no solo en relación con las casas, sino también con las personas.240 En 1632, a muchos miembros de la nobleza y la gente distinguida se les informó…

Page 467

por haber residido en la ciudad, en contravención de la proclamación emitida. Y el Fiscal General estaba entonces completamente ocupado presentando actas de acusación contra ellos, así como contra damas, por permanecer en la ciudad. La siguiente “información” curiosa presentada en la Cámara Estrella servirá a nuestros fines.

El Fiscal General informa a Su Majestad de que tanto Isabel como Jacobo, mediante varias proclamaciones, habían ordenado que “las personas con medios de vida residieran en sus condados y no permanecieran ni vivieran en la ciudad de Londres, para que los condados no quedaran desatendidos”. Estas proclamaciones fueron renovadas por Carlos I, quien observó que “un mayor número de nobles y gentilhombres, así como personas más capaces, junto con sus familias, se habían dirigido a las ciudades de Londres y Westminster para residir allí, en contravención de la antigua costumbre de la nación inglesa”; “si permanecieran en sus respectivos condados, de donde provienen sus recursos, no solo servirían a Su Majestad según su rango, sino que, al administrar sus propiedades en esas regiones, guiarían, orientarían y ayudarían a las personas de menor condición”. Los acusa de desperdiciar sus propiedades en la metrópoli, cuando estas podrían emplear y ayudar a la gente común en sus respectivos condados. La gente disoluta y desordenada que los sigue, viviendo dentro y alrededor de las ciudades, es tan numerosa que no puede ser controlada fácilmente por los magistrados habituales: aumenta en gran medida el número de mendigos, los precios de todos los bienes se elevan mucho, etc. El rey había proclamado anteriormente que todas las personas que no ocuparan cargos públicos, tras un plazo de aviso de cuarenta días, debían regresar a sus respectivos condados y continuar residiendo allí con sus familias. Además, Su Majestad les advirtió “que no se cargaran innecesariamente con los gastos necesarios para poder regresar en invierno a dichas ciudades, ya que era la firme decisión del rey hacer frente a tal mal tan grande y creciente”. La información concluye con una lista muy extensa de infractores, entre los cuales hay un gran número de nobles, damas y caballeros, acusados de haber vivido en Londres durante varios meses después de la advertencia de cuarenta días. Parece que la mayoría de

Page 468

Ellos, para eludir la acción de la ley, habían fingido abandonar la metrópoli y, tras una breve ausencia, regresaron de nuevo; “y así se descuidó y se perjudicó el servicio a su majestad y a su pueblo en los distintos condados”.

Esa es la esencia de esta curiosa información, que al menos nos permite conocer los motivos aparentes de esta singular prohibición. Hasta entonces, las proclamaciones eran consideradas poco más que noticias del día, y tres días después se leían tanto como los periódicos de la semana anterior. Sin embargo, ahora se decidió emplear el brazo fuerte de la ley y asustar a todos con un ejemplo. Se ordenó a los policías que elaboraran una lista con los nombres de los extranjeros y el tiempo que pretendían permanecer en sus parroquias. Una víctima notable en esta ocasión fue el señor Palmer, un caballero de Sussex, quien fue llevado ante la Cámara Estrella por desobedecer la proclamación que exigía vivir en el campo. Palmer era un terrateniente con unos ingresos anuales de 1000 libras, lo cual constituía una suma considerable en aquel entonces. Parece haber sido un soltero rico, ya que en su defensa afirmó que nunca se había casado, que nunca había tenido sirvientes, y que no tenía una casa adecuada para un hombre de su condición, ya que su mansión en el campo se había incendiado dos años antes. Estos motivos parecieron a sus jueces agravar en lugar de atenuar su delito; y después de una larga reprimenda por haber abandonado a sus arrendatarios y vecinos, se le impuso una fuerte multa de mil libras.

La condena de este caballero de Sussex sembró el pánico entre muchos residentes de la metrópolis. Hay relatos bastante patéticos sobre cómo “empacaban sus cosas por todas partes por miedo a lo peor”; y también sobre caballeros que “se quejaban de tener que quedarse encerrados en sus casas”. A veces esto se veía reforzado por una segunda proclamación, relativa a “sus esposas y familias, así como a las viudas”, lo cual era “un lenguaje duro para las mujeres”. “Nada agrada a todos”, dice el autor de la carta, “pero menos aún a…”

Page 469

“Mujeres”. “Para animar a los caballeros a vivir más voluntariamente en el campo”, dice otro remitente de cartas, “toda ave de caza, como faisanes, perdices, patos, así como liebres, está hoy prohibida por decreto ser preparada o consumida en ninguna posada”. Aquí vemos materializado el argumento del señor juez Best a favor de las leyes sobre la caza.

Es evidente que esta estricta restricción debió causar grandes inconvenientes a ciertas personas para quienes era necesario residir en Londres por sus ocupaciones. Esto se desprende del diario manuscrito de un honesto anticuario, Sir Symonds D’Ewes; él conservó una opinión que, sin duda, se difundía rápidamente, según la cual tales acciones del Fiscal General constituían una violación de la libertad de los súbditos. “La mayoría de las personas se sorprendían de que el señor Noy, el Fiscal General, considerado un gran abogado, quitara de forma tan estricta las libertades de la gente, obligándolos a residir en sus propias casas y no permitiéndoles vivir donde quisieran dentro de los dominios del rey. Yo mismo me sorprendí un poco al conocerse el decreto; pero después de hablar primero con Lord Coventry, Lord Guardián del Sello Real, en Islington, cuando lo visité, y posteriormente con Sir William Jones, uno de los jueces del rey, sobre mi situación y residencia en dicha ciudad de Islington, y ambos estuvieron de acuerdo en que yo no me encontraba ni dentro del alcance literal ni de la intención del decreto, me sentí tranquilo y seguro, haciendo todos los preparativos necesarios para mantener mi hogar durante el año siguiente, sin imaginar jamás que estuviera en peligro, hasta que surgió esta inesperada crítica del señor Palmer en la Cámara Estrella; así que, tras consultar con mis amigos, decidí mudarme, preocupado no solo por separarme de Recordes, sino también por mi esposa, que estaba muy embarazada, temiendo que un viaje en invierno pudiera ser peligroso para ella”.242 Dejó Islington y los registros en la Torre para regresar a su casa de campo, lo que causó grandes perturbaciones en sus estudios.

Page 470

Es quizás difícil determinar la causa de esta marcada ansiedad del gobierno por la estricta restricción de los límites de la metrópolis, y por perseguir a la nobleza y a la gente adinerada para obligarlos a residir en sus propiedades. Cualesquiera que fuesen los motivos, no eran propios del soberano reinante, sino que se transmitían de un gobierno a otro, e incluso se renovaron bajo Carlos II. En una época en la que la peste estallaba con frecuencia, una metrópolis densa y en expansión podía considerarse un gran mal; un terror expresado por el autor del manuscrito citado anteriormente, que se quejaba de “esta avalancha de construcciones, que todos nos envenenaremos al respirar el aire unos de otros”. La policía de la metrópolis era, durante mucho tiempo, incompetente, a pesar de las “estrechas vigilancias y guardias” que se establecían de vez en cuando; además, los ociosos y los rebeldes solían adoptar algún título misterioso y era difícil controlarlos. Podemos imaginar el estado de la policía cuando los “aprendices de Londres”, cada vez más numerosos e insolentes, realizaban con frecuencia ataques contra Bridewell o derribaban casas. Un día, los ciudadanos, al poner a prueba alguna medida, aterrorizaron a toda la corte de Jacobo I con el pánico de que hubiera “un levantamiento en la ciudad”. Es posible que el gobierno haya sido inducido a adoptar esta conducta tan extraña, ya que no conozco ningún caso similar: derribar casas recién construidas según algún principio de economía política que aún queda por explicar, o que sea objeto de burla por parte de nuestros expertos modernos. Apenas se podría pensar que este tema pueda ser enriquecido por un poema, cuya elegancia y libertad pueden admirarse incluso hoy en día. Se trata de una gran curiosidad literaria, y su extensión puede justificarse por varios aspectos notables.

UNA ODAS,

DE SIR RICHARD FANSHAW,

Page 471

Con motivo de la proclamación de Su Majestad en el año 1630, que ordenaba a la nobleza residir en sus propiedades del campo.

Ahora la guerra reina en todo el mundo,
y por doquier reinan las Erinias;
de la antorcha tan recientemente extinguida
quedó su olor fétido.
Holanda, durante muchos años, ha sido
el escenario de tragedias cristianas;
sin embargo, rara vez ha presenciado
escenas de furia más sangrienta.
Francia, que no hace mucho tiempo se había calmado,
vuelve a resonar con los tambores de la guerra civil;
y antes de que las heridas antiguas sanen del todo,
recibe nuevas heridas.
El gran Gustavo, en el oeste,
le arranca al águila imperial sus alas;
nunca antes la tierra había tenido
un rey más feroz que él.
Solo la isla en la que vivimos,
un mundo alejado del resto del mundo,
lejos de las heridas actuales,
no muestra cicatrices antiguas.
La paz blanca, lo más hermoso de todas las cosas,
parece aquí su descanso eterno,
para extender sus alas suaves
sobre el nido.
Como cuando el gran Júpiter, usurpando el poder,
la exilió del mundo atormentado.

Page 472

Y la ató con una cadena de oro
a una isla bendita,
que flotaba en un mar de abundancia;
las tortugas cantaban en cada rama,
un refugio seguro para todos los que llegaban,
como lo es ahora el nuestro.
Pero nosotros, como si hubiera algún enemigo aquí,
dejamos los campos despreciados a los payasos,
y venimos a salvarnos, como si estuviéramos
en ciudades amuralladas.
Aquí traemos esposas, niños, ropas lujosas
y joyas… Hasta ahora, mi soberano
se opone al mal que crece:
en vano cuenta
que su cuidado nos protege de las molestias
de enemigos que invaden sus reinos;
a menos que nos obligue a disfrutar
de la paz que él ha creado,
para que podamos vivir en un ocio envidiable.
Por eso envía a los herederos terrenales,
mientras no declara su propio placer,
pues tanto les pertenece.
La savia y la sangre de la tierra, que huyeron
hacia las raíces y ahogaron el corazón,
se le pide que extienda su poder vital
por todas partes.
¡Ojalá fuera un acto que ni mi musa ni esta época sombría
debieran celebrar, hasta que el aire del campo infunda
una ira más pura!

Page 473

Y si los campos demuestran estar agradecidos
por los beneficios recibidos, como semillas,
entonces tenderán hacia un amor aún mayor,
de tipo virgílico.
Ni que los nobles se opongan a regresar
a esos lugares donde nacieron;
piensen que son afortunados al poder hacerlo.
¿Quién querría perseguir
la gloria humeante de la ciudad,
cuando puede volver a su tierra natal
y sentarse junto al fuego brillante
de su propio hogar,
libre de las ataduras del escribano,
y de los libros tan opresivos del comerciante;
libre de las tentaciones de manos untadas
y de miradas pintadas?
Inclusco el campo pide lluvia;
tú, que la haces descender con tu poder,
deja que las gotas caigan de nuevo
en una lluvia abundante.
Y vosotras, hermosuras de este tiempo,
que os desperdiciáis aquí en medio del brillo,
dirigid vuestros rayos errantes
hacia vuestro lugar adecuado.
Que ningún rincón oscuro de la tierra
quede sin embellecer con alguna joya,
y aquellas que están demasiado juntas aquí,
esparcidlas también allí.
Créanme, señoras: encontrarán
en esa luz dulce alegrías más verdaderas.

Page 474

Más verdadera satisfacción para la mente
que todos los juguetes de la ciudad.
Ni Cupido derrama menos sangre allí;
sus flechas están adornadas con un amor más puro,
no con plumas de gorrión,
sino de paloma.
Allí oirás al ruiseñor,
la inocente sirena del bosque;
qué hermosamente cuenta historias
de violación y sangre.
La alondra lírica, junto con todo
lo demás del coro emplumado de la Naturaleza,
y toda la comunidad de flores en su esplendor…
todo eso lo verás.
La reina de los lirios, la rosa real,
la flor de gilly, príncipe de la sangre…
La tulipa cortesana, vestida con colorido,
el brote real;
la violeta, senadora de color púrpura…
¡Cómo se burlan de la pompa del estado,
y de todo lo que espera ante las puertas severas
de los poderosos!
Puedes plantar árboles y ver cómo crecen
junto con tus hijos, para servir
en tus mesas, y dar los frutos más hermosos
para conservarlos;
y aprender a utilizar sus diferentes propiedades.
Es la inocencia en la dulce sangre
de las cerezas, albaricoques y ciruelas,
que debe ser preservada.

Page 475

238 Morning Chronicle, 23 de enero de 1820.

239 Se emitió una proclamación en el primer año del rey Jacobo, “ordenando a los caballeros que abandonaran la corte y la ciudad”, porque esto obstaculizaba la hospitalidad y ponía en peligro a las personas cercanas a sus propias residencias, “que obtenían de tales casas mucho confort y comodidad para su vida”. El rey dice amablemente: “Sentía gran satisfacción por la visita de los caballeros y de otros de nuestros súbditos que venían a vernos, considerando su deseo afectuoso de verme como una prueba cierta de su amor interior”; pero afirma que no debe “ceder ante un mal tan grande como el que podría surgir de una visita continua”, y que, por lo tanto, todos aquellos que no tuvieran una razón especial para permanecer allí deben regresar de inmediato hasta el momento de su coronación, cuando podrán “volver hasta que pase la solemnidad”; pero solo por ese tiempo, ya que si se ignora la proclamación, “hará de ellos un ejemplo de desprecio si encontramos a alguien que se quede aquí en contra de estas instrucciones”. Tales proclamaciones se emitían de vez en cuando, y aunque a veces se eludían, con frecuencia se hacían cumplir mediante multas, de modo que vivir en Londres era un riesgo y un peligro para los caballeros rurales adinerados.

240 Rushworth, vol. ii, p. 288.

241 De una carta manuscrita de sir George Gresley a sir Thomas Puckering, noviembre de 1632.

242 Harl. MSS. 6. fo. 152.

PROCLAMACIONES REALES.

Page 476

Las sátiras y las comedias de la época han sido consultadas por el historiador de nuestras costumbres, y las características de aquellos tiempos han sido rastreadas a partir de esos entretenidos registros de necedades. Daines Barrinton amplió este campo de la historia doméstica en sus muy entretenidas “Observaciones sobre los Estatutos”. Otra fuente, que a mi parecer no ha sido explorada, son las proclamaciones que con frecuencia emitieron nuestros soberanos, producto de las exigencias de la época.

Estas proclamaciones o decretos reales en nuestro país nunca contaron con la fuerza de las leyes; solo servían para hacer cumplir la ejecución de leyes ya establecidas. La proclamación de un monarca británico puede incluso convertirse en un acto ilegal si va en contra de la ley del país. En efecto, una vez, bajo el gobierno arbitrario de Enrique VIII, y con la aprobación de un parlamento cobarde, se decidió que la fuerza de las leyes parlamentarias se aplicara también a las proclamaciones del rey. En una época mucho más tardía, el canciller, Lord Ellesmere, estuvo dispuesto a elevar las proclamaciones del rey al rango de leyes, basándose en la sofística máxima de que “todos los precedentes tuvieron un momento en que comenzaron”. Pero este canciller argumentó mal, como se le dijo con ironía por Lord Coke, en presencia de Jacobo I, quien probablemente no juzgó tan mal la lógica del canciller. Blackstone, a quien no pude dejar de recurrir en esta ocasión, observa que la ley promulgada por Enrique VIII habría introducido la tiranía más despótica y seguramente habría resultado fatal para las libertades de este reino, de no haber sido derogada afortunadamente durante el reinado minoritario de su sucesor, a quien en otro lugar denomina príncipe amable. ¡Descubrimos que todos nuestros príncipes jóvenes eran amables!

Blackstone no registra el intento posterior del lord canciller bajo Jacobo I, que tenía como objetivo elevar las proclamaciones al nivel de decretos del autócrata de ambas Rusias. Parece que nuestra libertad nacional, a pesar de nuestra antigua constitución, ha tenido varias escapadas por poco.

Page 477

Las proclamaciones reales, sin embargo, por su propia naturaleza son lo suficientemente inocuas; ya que, dado que la forma, el momento y las circunstancias para poner en práctica las leyes deben dejarse con frecuencia a la discreción del magistrado ejecutivo, una proclamación que no sea contraria a las leyes existentes no necesita causar alarma alguna; el único peligro al que se exponen es que parezca que nunca se han tenido en cuenta, y más bien den testimonio de los deseos del gobierno que del cumplimiento de los súbditos. No eran leyes, y por eso se consideraban como sermones o panfletos, o algo que se olvidaría en una semana.

Estas proclamaciones son mencionadas con frecuencia por los escritores de la época entre las noticias del día, pero por lo general su carácter “real” apenas les permitía sobrevivir más allá de esa semana. Algunas relacionadas con temas importantes sí son registradas en nuestra historia. Se pueden extraer muchas indicaciones sobre la situación de los asuntos, los sentimientos del pueblo y la historia interna de nuestra nación de estos singulares registros. Nunca he encontrado que existan en ninguna forma compilada, y probablemente solo se hayan conservado por casualidad.

Las proclamaciones de todo soberano caracterizaban su reinado y nos revelaban algunas de las actividades internas del gabinete. La voluntad despótica, aunque vacilante, de Enrique VIII hacia el final de su reinado puede rastrearse en una proclamación para abolir las traducciones de las Escrituras e incluso la lectura de las Biblias por parte del pueblo; ordenaba a todos los impresores de libros y panfletos en inglés que pusieran sus nombres en ellos, y prohibía la venta de cualquier libro en inglés impreso en el extranjero. Cuando al pueblo no se le permitía publicar sus opiniones en el país, toda la oposición se dirigía a las prensas extranjeras, y sus escritos eran luego introducidos de contrabando en el país donde deberían haber sido impresos. De ahí que en nuestras colecciones se encuentren muchos volúmenes impresos con tipos extranjeros en ese período. El rey, intimidado por ese espíritu de reforma que para él había sido solo un asunto partidista, y al hacerse a sí mismo papa, decidió que no se debía aprender nada salvo lo que él mismo decidiera enseñar.

Page 478

Las antipatías y los celos que nuestra población ha tolerado durante demasiado tiempo, a través de su conducta grosera hacia todos los extranjeros, se evidencian en una proclamación emitida por María, quien ordenaba a sus súbditos que se comportaran pacíficamente con los extranjeros que llegaban con el rey Felipe. Se pedía a los nobles y caballeros que advirtieran a sus sirvientes que se abstuvieran de “peleas y disputas, ya sea mediante acciones externas, palabras burlonas, actitudes inapropiadas o imitándolos, etc.” La pena no era solo “el descontento de su gracia”, sino también ser encarcelado sin posibilidad de fianza ni liberación.

Las proclamaciones de Eduardo VI muestran curiosamente el estado de inestabilidad de la reforma: mientras los nuevos creyentes seguían practicando los ritos y ceremonias del catolicismo, otro grupo, decididamente empeñado en una separación permanente de Roma, defendía doctrinas que posteriormente se consolidaron en el puritanismo. Otros, por su parte, fomentaban ese fanatismo demoralizante que más tarde conmocionó a la nación con esas sectas monstruosas, una vergüenza indeleble para nuestro país. En una proclamación, el rey denunciaba ante el pueblo “a aquellos que desprecian los sacramentos llamándolos ídolos o con otros nombres igualmente viles”. Otra proclamación iba dirigida contra aquellos que “inventaban nuevas ceremonias”; se trataba de “ciertos predicadores privados y otros laicos que, con su propia astucia e imaginación, intentaban no solo convencer al pueblo de abandonar los ritos y ceremonias tradicionales, sino también imponer nuevos y extraños procedimientos según sus fantasías. Esto, además de ser una muestra evidente de orgullo y arrogancia, también contribuía a la confusión y el desorden”. Otra proclamación tenía como objetivo promover “una conducta piadosa en todo su reino”; en ella se menciona el siguiente hecho curioso: “había sacerdotes ignorantes e imprudentes, de mentalidad y intenciones diabólicas, que enseñaban que un hombre podía abandonar a su esposa para casarse con otra, aun cuando esta aún estuviera viva; también decían que la esposa podía hacer lo mismo con su esposo. Otros afirmaban que un hombre podía tener dos esposas o más al mismo tiempo, argumentando que tales cosas no estaban prohibidas por la ley de Dios, sino únicamente por la ley del obispo de Roma”.

Page 479

Que, debido a tales opiniones malvadas y fantásticas, algunos realmente no han dudado en casarse y tener dos esposas”. Aquí, al igual que en el brote, podemos desarrollar esas escenas posteriores de nuestra historia que tuvieron lugar en el siglo siguiente: la división de los disidentes en sus diversas sectas; y la prisa indecente de nuestro clero reformado, que, en su celo por desprenderse del yugo de Roma, se sometió desesperadamente a la libertad de tener “dos esposas o más”. Hay una proclamación para abstenerse de carne los viernes y sábados; se insta a hacerlo no solo porque “los hombres deben abstenerse en esos días y renunciar a sus placeres y a las carnes que más les gustan, con el fin de someter sus cuerpos al alma y al espíritu, sino también por razones prácticas. Se permite consumir pescado, en beneficio de la comunidad y en provecho de quienes son pescadores o se dedican a ese oficio; dado que este reino, rodeado por mares en todas partes y rico en aguas dulces, puede aumentar la alimentación de la tierra al ahorrar carne”. Al parecer, al rey en su consejo no se le ocurrió pensar que los carniceros podrían tener motivos para presentar quejas contra este monopolio de dos días a la semana concedido a los pescaderos; y mucho menos que sería mejor dejar que la gente comiera carne o pescado según les conviniera. En cuanto al rito religioso en sí, evidentemente no se consideraba un punto esencial de la fe, ya que el rey lo imponía con el argumento de “el beneficio y provecho de su reino”. Burnet ha hecho una observación acertada sobre los ayunos religiosos.

Una proclamación contra el exceso en la vestimenta, durante el reinado de Isabel, y renovada muchos años después, muestra el lujo en la ropa, que era realmente excesivo. También existe una proclamación contra los iconoclastas, o aquellos que destruían imágenes y pinturas; por esto, los estudiosos de la antigüedad la tendrán en alta estima. Su majestad nos informa que “varias personas, ignorantes, maliciosas o codiciosas, en los últimos años han dañado y destruido monumentos antiguos, erigidos únicamente para dejar un recuerdo a las generaciones futuras, y no para fomentar ningún tipo de superstición”. La reina lamenta que lo que está roto y destruido sea ahora difícil de recuperar, pero aconseja a su buen pueblo que lo repare.

Page 480

A ellos; y les ordena que en el futuro dejen de cometer tales daños. Una circunstancia aún más extraordinaria que la propia proclamación fue la manifestación del celo de su majestad, al firmar con su propia mano cada proclamación difundida por toda Inglaterra. Estos destruidores de imágenes aparecieron por primera vez durante el reinado de Isabel; fue posteriormente cuando florecieron en toda la perfección de su arte, y lograron que estos monumentos del arte transmitieran a las generaciones futuras el recuerdo de su vergüenza y de su época. Estos destruidores de imágenes, tan famosos en nuestra historia, ya habían aparecido bajo Enrique VIII, y continuaron con su celo práctico, a pesar de las proclamaciones y advertencias, hasta que llevaron a cabo su tarea. En 1641, los Comunes emitieron una orden para que “se retiraran todas las imágenes escandalosas de las iglesias”; pero se pretendía algo más de lo que se expresaba; y se nos dice que al principio la gente no llevó su práctica bárbara contra todo tipo de arte hasta los extremos a los que llegaron después, hasta que recibieron instrucciones por medio de informes privados. El Diario de Dowsing ha sido publicado, y muestra cuál era el verdadero significado de esa orden. Él era su destructor gigantesco. Tales son los secretos maquiavélicos de los gobiernos revolucionarios: dan una orden pública con palabras moderadas, pero la secreta, destinada a las acciones, es la de la exterminación. Fueron este tipo de personas quienes liberaban a sus prisioneros dando una señal secreta para conducirlos a su ejecución.

Se dice que, por su número, las proclamaciones de Jacobo I disminuyeron su valor ante la gente. Le gustaba darles consejos suaves; y según Wilson, existía la intención de reunir las proclamaciones impresas de este rey en un volumen, para que se prestara más atención a los asuntos que contenían. Hay varias proclamaciones que advierten a la gente contra “hablar demasiado libremente sobre temas que están fuera de su alcance”, prohibiendo todo tipo de “discursos irrespetuosos”. Sospecho que muchas de estas proclamaciones fueron redactadas por el propio rey; a menudo él mismo era su secretario. Hay una proclamación admirable contra los duelos privados y

Page 481

desafíos. Lo curioso, en relación con el “Intérprete” de Cowell, es una especie de revisión real de algunos de los arcanos del Estado: me refiero a esa cita.249

Conservaré un pasaje de una proclamación “contra el exceso de un discurso ostentoso y licencioso”. ¡Jaime era un rey de las palabras!

“Aunque la mezcla de naciones, la confluencia de embajadores y la relación que han tenido los asuntos de nuestros reinos con los asuntos e intereses de los estados extranjeros hayan causado, durante nuestro gobierno, una mayor apertura y libertad de expresión, incluso en asuntos de Estado (que no son temas ni sujetos adecuados para personas vulgares o reuniones comunes), que lo que se solía usar o permitir en tiempos pasados; y aunque, por nuestra propia naturaleza y juicio, consideramos oportuna cierta libertad de expresión, juzgando cualquier intento de control excesivo como una debilidad o como una severidad excesiva por parte del gobierno; sin embargo, según hemos sabido por informes, en la actualidad existe un discurso más licencioso y críticas más audaces en asuntos de Estado de lo que es apropiado tolerar: Por ello damos esta advertencia, etc., para que tengan cuidado de no interferir, ya sea por escrito o verbalmente, en los asuntos de Estado y los secretos del imperio, tanto dentro como fuera del país, sino que se mantengan dentro de ese respeto modesto y reverente hacia los asuntos que están más allá de su alcance y competencia; ni tampoco brinden ningún tipo de apoyo a tales discursos, sin informar a uno de nuestros consejeros privados dentro de un plazo de veinticuatro horas”.

Parece que esos “oradores audaces”, como se les llamaba entonces a ciertas personas, practicaban un viejo artificio: elogiar a Su Majestad mientras criticaban severamente los planes del gabinete. Sobre esto, Jaime observa: “Que nadie se equivoque al pensar que, al atribuirnos cualidades positivas y aparentemente sinceras, están ocultando los escándalos que de otro modo atribuyen a nuestro gobierno; piensen, más bien, que nosotros no interpretamos esas cualidades más que como adornos artificiales, con el fin de facilitar el resto de sus acusaciones y escándalos”.

Era una proclamación hecha en el decimoctavo año de su reinado; la repitió en el decimonoveno, y podría haber continuado haciéndolo hasta el final de su reinado, con el mismo efecto.

Page 482

Rushworth, en su segundo volumen de Colecciones Históricas, ha conservado un número considerable de las proclamaciones de Carlos I, muchas de las cuales son notables; pero más tarde estas reflejan el estado febril de su reinado. Una regula el acceso para curar la enfermedad del rey, enfermedad por la cual su majestad, al parecer, “había tenido buen éxito”; pero aunque estaba dispuesto y deseoso, como cualquier rey o reina de este reino, a aliviar las penurias de sus buenos súbditos, “su majestad ordena cambiar las fechas de su ‘tocado sagrado’ de Pascua y Pentecostés a Pascua y San Miguel, ya que son épocas más adecuadas según la temperatura de la estación”, etc. Otra proclamación está dirigida contra “la salida del reino sin permiso”. Hay también una para crear una oficina “para la supresión de las maldiciones y los juramentos”, con el fin de recibir las multas correspondientes; además, hay una contra “los panfletos y discursos difamatorios y sediciosos provenientes de Escocia”, elaborados por elementos facciosos y reproducidos en Londres; esto ocurrió en 1640. Y Carlos, en la crisis de esa gran insurrección en la que debía ser a la vez actor y espectador, imaginaba ingenuamente que quienes poseían esos panfletos “escandalosos” los llevarían, como él proclamaba, “a uno de los jueces de paz de su majestad, para que este los enviara a uno de sus principales secretarios de Estado”.

Con la Restauración, Carlos II tuvo que ganarse el favor de su pueblo mediante regulaciones internas. Pronto emitió una proclamación notable, que parecía dirigirse a sus compañeros favoritos, y que refleja claramente los desórdenes morales de aquellos tiempos depravados y miserables. Está dirigida contra “personas viciosas, degeneradas y profanas”, a quienes se describe así:

“Un tipo de personas de las cuales hemos oído mucho y de las cuales nos sentimos profundamente avergonzados; personas que pasan su tiempo en tabernas, burdeles y lugares de corrupción; que no demuestran ningún otro signo de afecto hacia nosotros más que brindando por nuestra salud y difamando a todos aquellos que no comparten su estilo de vida disoluto. En verdad, han desacreditado aún más nuestra causa con su comportamiento y modo de vida, que lo que podrían haber logrado con su afecto o valentía. Esperamos que todas las personas de honor, o aquellas que ocupan cargos y tienen autoridad, nos ayuden a rechazar a tales personas, para que su prudencia y vergüenza…”

Page 483

Persuádalos de que reformen aquello que su conciencia no les permite hacer; y que el descontento de los hombres buenos hacia ellos pueda compensar lo que las leyes no han previsto, o quizás no puedan prever adecuadamente. Debido a la licencia y corrupción de los tiempos, así como a la naturaleza depravada del hombre, existen muchas atrocidades, escándalos e impiedades en las costumbres y comportamientos, que las leyes no pueden describir con precisión, y por lo tanto no pueden prevenir adecuadamente. Estos males pueden ser fácilmente disuadidos, y gradualmente suprimidos, mediante el ejemplo y la severidad de los hombres virtuosos.

Ciertamente, la gravedad y severidad moral de Clarendon dictaron esta proclamación. ¡Seguramente esto debió causar alguna diversión en aquel círculo frívolo y degenerado de allegados de la realeza!

Es curioso que, en 1660, Carlos II emitiera una larga proclamación para el estricto cumplimiento de la Cuaresma, aduciendo como motivo el mismo que encontramos en la proclamación de Eduardo VI: “por el bien que produce en el trabajo de los pescadores”. Se prohibía a los comerciantes, taberneros, etc., preparar cenas los viernes por la noche, ya fuera durante la Cuaresma o fuera de ella.

Carlos II también emitió proclamaciones “para reprimir el exceso en el dorado de carruajes y carros”, con el fin de frenar el derroche de oro, que, según ellos, se había vuelto escaso debido al uso excesivo de este material para el dorado. También se prohibía la exportación y la compra-venta de oro y plata a precios superiores a los establecidos en nuestra casa de moneda, en referencia a una ley promulgada en el noveno año de reinado de Eduardo III, llamada Estatuto Monetario. En 1661, se emitió otra proclamación contra la construcción en Londres y Westminster: “Las molestias que surgen día a día debido al aumento de nuevos edificios son que la gran cantidad de gente que vive allí no puede ser gobernada adecuadamente por los funcionarios habituales; los precios de los alimentos aumentan; la salud de quienes viven en las ciudades está gravemente amenazada, y muchas ciudades y pueblos quedan despoblados y sus industrias se deterioran mucho; además, ocurren frecuentes incendios debido a los edificios de madera”. Se ordenaba construir con ladrillo y piedra, “lo cual embellecería los edificios y haría que fueran uniformes; además, son no solo más resistentes y seguros contra los incendios, sino que, según la experiencia, su costo es apenas mayor, si acaso menor, que el de los edificios de madera”.

Page 484

“con madera”. Debemos deducir que, debido al uso general de la madera, su precio había aumentado considerablemente, mientras que el ladrillo y la piedra, al no utilizarse en aquel entonces de forma generalizada, se volvieron tan baratos como la madera.250

Las proclamaciones más notables de Carlos II son aquellas relacionadas con las regulaciones de las casas de café, así como una destinada a cerrarlas;251 para frenar la difusión de noticias falsas y de conversaciones licenciosas sobre el estado y el gobierno, tanto los oradores como los oyentes fueron sometidos a las mismas penas. Esto fue considerado un acto ilegal por parte de los defensores de la libertad civil; sin embargo, lograron obtener la libertad para las casas de café, bajo la promesa de no tolerar discursos traidores. Según nos cuenta el importante tory Roger North, los abogados de la corte argumentaron que la venta al por menor de café podía ser un negocio inocente, siempre y cuando no se utilizara como lugar de reunión para hablar de asuntos de estado y de personajes importantes, con el fin de “suscitar descontento entre la gente”. Por otro lado, Kennet afirmó que el descontento ya existía antes de que la gente se reuniera en las casas de café, y que la proclamación solo tenía como objetivo suprimir un mal que, de todos modos, era imposible evitar. Hoy sabemos cuál de esos dos historiadores emitió el juicio más acertado. No fueron las casas de café las que generaron sentimientos políticos, sino todo lo contrario. Cada vez que el gobierno atribuye efectos a una causa completamente insuficiente para producirlos, en realidad está buscando formas de ocultar el mal que es demasiado débil para suprimir.

243 Toda la historia se encuentra en 12 Co. 746. Debo este curioso hecho al autor de Eunomus, ii. 116.

244 Un volumen en formato cuarto fue publicado por Barker, el impresor del rey, y lleva por título “Un libro de proclamaciones publicadas desde el inicio del feliz reinado de Su Majestad sobre Inglaterra, hasta el mes actual de febrero de 1609”. Contiene un total de 110 proclamaciones. La Sociedad de Anticuarios de Londres posee actualmente la colección más extensa y completa de proclamaciones reales.

Page 485

Proclamaciones existentes, recopiladas desde que se escribió lo anterior. Se encuentran en folletos separados, tal como fueron publicados.

245 En 1529 el rey emitió una proclamación para resistir y combatir las más detestables herejías que se extendían por el reino por parte de los discípulos de Lutero y otros “herejes, pervertidores de la religión de Cristo”. En junio de 1530, a esta le siguió otra proclamación “para condenar los libros y herejías erróneas, y prohibir la tenencia de las Sagradas Escrituras traducidas a las lenguas vulgares del inglés, francés o holandés”. Señala que hay muchos libros “impresos fuera de la sede episcopal” que no permitirá, “es decir, el libro llamado Mammóna malvada, el libro titulado La obediencia del hombre cristiano, La súplica de los mendigos y el libro llamado La revelación del Anticristo, El resumen de las Escrituras, y diversos otros libros escritos en lengua inglesa”; de hecho, todos los libros en lengua vernácula que no fueran publicados por impresores nativos. “Y teniendo en cuenta la maldad de estos tiempos, y la inclinación de la gente hacia opiniones erróneas, la traducción del Nuevo y del Viejo Testamento a la lengua vulgar inglesa debería ser más bien motivo de continuación o aumento de errores entre dicha gente, que cualquier beneficio o utilidad para el bien de sus almas”. Por lo tanto, decide que las Escrituras solo deben ser explicadas al pueblo como hasta entonces, y que estos libros “deben ser erradicados por completo y expulsados de este reino de Inglaterra para siempre”.

246 Historia de la Reforma, vol. II, p. 96, folio.

247 En junio de 1574, la reina emitió desde su “mansión de Greenwich” esta proclamación contra “el exceso de vestimentas y la abundancia de artículos extranjeros innecesarios relacionados con ellas”, la cual declara haber “crecido por tolerancia hasta tal extremo, que es probable que siga una evidente decadencia, no solo de una gran parte de la riqueza de todo el reino en general, sino también debido a la entrada en el reino de tales excesos de sedas, ropas de oro, plata y otros adornos vanos, de tan alto costo en proporción a su cantidad; de modo que, inevitablemente, el dinero y los tesoros del reino deben ser sacados de allí cada año”. A esto le siguen tres hojas en formato folio que describen en detalle qué se puede usar en las prendas de cada categoría social; llegando incluso a especificar qué clases sociales no pueden utilizar encajes, flecos o bordes de terciopelo en sus vestidos y faldas, bajo pena de multa o castigo.

Page 486

porque era inapropiado para su condición y estaba por encima de sus posibilidades. Parece que se eludió esa orden, ya que le siguió otra en febrero de 1580, la cual recapitulaba estas prohibiciones y las hacía aún más estrictas.

248 La lista de muy pocas de las emitidas en la primera parte de su reinado puede ilustrar esto. En 1604 se publicó una “Proclamación sobre el correcto enrollado o plegado de las lanas”, así como otra “Para la debida regulación de los precios de los alimentos dentro de los límites de Kent”. En 1605, “Contra ciertas acusaciones calumniosas relativas al gobierno eclesiástico de Escocia”. En 1608, “Una proclamación contra la fabricación de almidón”. En 1612, “Que nadie compre ni venda metales preciosos de oro y plata a precios superiores a los establecidos”. Otra contra el teñido de la seda con sustancias corruptas. En 1613, “Para prohibir la introducción prematura de vinos”, así como “Para prohibir la publicación de cualquier informe o escrito sobre duelos”, y también “La importación de sombreros de fieltro”. En 1615, “Para prohibir la fabricación de vidrio con madera”, porque “en los últimos años el desperdicio de madera ha sido excesivo e intolerable, debido a las fábricas de vidrio construidas recientemente en diversos lugares”, y su majestad teme que esto pueda privar a Inglaterra de madera para construir su armada.

249 Lo he señalado en Calamidades de los autores.

250 Lilly, el astrólogo, en sus memorias, señala que Thomas Howard, conde de Arundel (el famoso coleccionista de los mármoles arundelianos que ahora se encuentran en Oxford), “trajo a la ciudad la nueva forma de construir con ladrillos, lo que contribuyó en gran medida a la seguridad de la ciudad y a la conservación de la madera de este país”.

251 Esta proclamación “para la supresión de las casas de café” data del 20 de diciembre de 1675, y se dice que fue emitida porque “la multitud de casas de café establecidas recientemente en este reino, y el gran número de personas ociosas y disolutas que acuden a ellas, han producido efectos muy perjudiciales y peligrosos”, especialmente en la difusión de rumores y en el hecho de incitar a los comerciantes a descuidar su oficio, lo que representa un peligro para el bien común, debido al desperdicio ocioso de tiempo y dinero. Por lo tanto, se ordena a todos los dueños de casas de café “que ellos, o alguno de ellos, no se atrevan, a partir del décimo día de enero del año siguiente, a mantener ninguna casa de café pública, ni a servir o vender al por menor, en su casa o casas (para ser consumidas allí mismo), ningún tipo de café, chocolate, jarabe o té; de lo contrario, responderán por ello bajo su mayor riesgo”.

Page 487

Fuentes verdaderas de la historia secreta.

Este es un tema que hasta ahora ha sido comprendido de manera imperfecta, incluso por algunos historiadores mismos; y con demasiada frecuencia ha sido objeto de sátira e incluso de desprecio por parte de aquellos espíritus volubles que se mueven en las superficies de la verdad, careciendo de la diligencia necesaria para contemplarla desde más de un ángulo, así como por parte de esos lectores superficiales que imaginan que cada historia queda completa en cuanto se escribe.

La historia secreta es el complemento de la historia misma y su gran corrector; y la combinación de la historia secreta con la historia pública posee en sí misma una perfección que cada una por separado no tiene. El historiador popular compone una narración plausible más que precisa; investigaciones excesivamente detalladas dañarían las proporciones adecuadas o sobrecargarían el diseño elegante de la narrativa; y los hechos, presentados tal como ocurrieron, no se adaptarían a aquellos escritores teóricos de la historia que organizan los acontecimientos no en un orden natural, sino en uno sistemático. Pero en la historia secreta estamos más ocupados observando lo que sucede que escuchando que se nos cuente al respecto. Nos transformamos en contemporáneos de los escritores, mientras estamos en la “posición ventajosa” de su posteridad; y así, lo que para ellos parecía ambiguo, para nosotros se ha vuelto indudable; lo que era secreto para ellos nos ha sido confiado. Ellos marcan los comienzos, y nosotros los finales. De la riqueza de sus relatos recuperamos mucho de lo que se había perdido para nosotros en las visiones generales de la historia, y es a través de este conocimiento más íntimo de las personas y

Page 488

Circunstancias que nos permiten corregir las apariencias menos claras, y a veces erróneas, en la obra del historiador popular. Quien solo ve las cosas en su conjunto no tendrá una noción clara de ninguna parte concreta; puede ser un historiador fantasioso o apasionado, pero no es el historiador que ilumina mientras encanta.

Pero como la historia secreta parece tratar de detalles menores, su relación con resultados importantes suele pasar desapercibida. La circunstancialidad de sus relatos, las sombras cambiantes de sus personajes, la redundancia de sus conversaciones y los numerosos detalles innecesarios que el egoísmo o la vanidad pueden introducir, suelen confundirse con ese chisme al que comúnmente se denomina charla trivial. Sin embargo, el chisme de un político profundo o de un observador perspicaz, en alguna de sus cartas o memorias, a menudo revela, por un gesto espontáneo, al individuo en cuestión, o desentraña un acontecimiento misterioso mediante un simple incidente. Podemos descubrir el valor de estas descripciones de la naturaleza humana, con las que abunda la historia secreta, a través de una observación que tuvo lugar entre dos estadistas en ejercicio. Lord Raby, nuestro embajador, pidió disculpas a Lord Bolingbroke, entonces secretario de Estado, por molestarlo con los detalles menores de sus reuniones; en respuesta, el ministro le pidió al embajador que continuara escribiendo de esa misma manera, y adujo una excelente razón: “Esos detalles menores arrojan mucha luz sobre el alcance general y las intenciones de las personas con las que se negociaba. Debo admitir que nada me gusta más en esa valiosa colección de cartas del cardenal D’Ossat que las descripciones ingenuas que hace de las miradas, gestos e incluso tonos de voz de las personas con las que se reunió”. Lamento tener que registrar las opiniones de otro autor noble, quien recientemente ha expresado algunas ideas degradantes sobre la historia secreta, y en particular sobre los historiadores. Habría pasado por alto silenciosamente a un escritor vulgar, superficial, prejuiciado e ignorante, pero como aún hay muchos que carecen de nociones correctas sobre la historia secreta, es justo que se escuche a su representante antes de condenarlos.

Page 489

Su señoría dice que “Últimamente, el apetito por todo tipo de historias escandalosas ha aumentado de manera sorprendente. Una historia contada por la doncella de la Duquesa de Portsmouth al ayuda de cámara de Lord Rochester constituye el tema de investigación para un historiador filosófico; también se puede hablar de una reunión de eruditos y autores que discuten la validez de un escándalo inventado por una dama de compañía hace más de dos siglos, y posteriormente relatado a un escritor poco conocido por la ama de llaves de la Reina Isabel. Es de gran interés examinar las cartas de todos esos charlatanes ocupados. Pero, ¿quién no se ríe de tales personas?” Eso es un ataque… Pero como si algunas verdades a medias, como la luz que entra por una rendija en una habitación oscura, hubieran iluminado de repente a este burlón de la historia secreta, de pronto ve su objeto bajo una apariencia muy diferente: su señoría concluye acertadamente que “debe admitirse, sin embargo, que este tipo de conocimiento es muy entretenido; y aquí y allá, entre toda esa basura, encontramos indicios que pueden dar al filósofo pistas sobre hechos importantes, y permitir al moralista realizar un análisis más profundo de la mente humana que todo un arsenal de textos de metafísica”. El filósofo puede bien detestar todo tipo de relación con los charlatanes… Pues la facultad del juicio suele estar inactiva en ellos; y en su éxtasis, denuncian furiosamente aquello que, con sentido común, alaban con entusiasmo. Permítanme informar a su señoría de que las doncellas y ayudantes de cámara de personas importantes a veces son personajes no insignificantes en la historia. A través de los Memorias de Monsieur de La Porte, primer ayuda de cámara de Luis XIV, sabemos cosas que antes no se conocían: las prácticas vergonzosas que Mazarino permitió que se llevaran a cabo para dar una mala educación al príncipe y manipularlo corrompiendo sus gustos. Madame de Motteville, en sus Memorias, la dama de compañía de nuestra Henrietta, ha conservado para nuestra historia inglesa algunos hechos que resultaron tan esenciales para la narrativa que nuestros historiadores los mencionan. En Gui Joly, el humilde sirviente del Cardenal de Retz, encontramos un comentarista inconsciente pero útil de las memorias de su amo; además, existen las anécdotas personales más conmovedoras sobre Carlos I.

Page 490

Han sido conservados por Thomas Herbert, su gentilhombre de cámara; Cléry, el ayuda de cámara de Luis XVI, con una fidelidad patética, nos ha mostrado al hombre que había en el monarca al que servía.

Obviamente, existen dos tipos de historia secreta: la histórica y la relativa. Es histórica cuando los hechos se dan por primera vez al mundo; es una especie de conocimiento que solo puede obtenerse de nuestra propia experiencia personal, o de documentos contemporáneos conservados en estado manuscrito en colecciones públicas o privadas. En cambio, es relativa en función del conocimiento de quienes reciben esa información, y será valorada más o menos según los conocimientos del lector. Este tipo inferior de historia secreta se obtiene de libros raros y oscuros, así como de otras fuentes publicadas, a menudo tan escasas como los manuscritos.

He tenido alguna experiencia en esas investigaciones literarias, donde la curiosidad, siempre despierta y vigilante, descubre entre los manuscritos contemporáneos nuevos hechos, ilustraciones de otros antiguos; y a veces detecta, no solo por conjetura, las causas ocultas de muchos acontecimientos. A menudo revela escenas en las que alguna figura conocida aparece bajo un nuevo carácter; así, se penetra más allá de esas representaciones genéricas que satisfacen a los superficiales y que, con frecuencia, cubren las páginas de la historia con ilusiones y ficciones.

Solo desde la creación de las bibliotecas nacionales se han formado estas inmensas colecciones de manuscritos. Entre nosotros, constituyen una variedad indescriptible, generalmente clasificadas bajo el título vago de “documentos estatales”. Incluyen instrucciones de embajadores, pero sobre todo sus propios despachos; cartas y crónicas antiguas que preservan un mundo que de otro modo habría quedado perdido para nosotros, como el que existía antes del diluvio. También hay series de correspondencia privada, entre las cuales encontramos las comunicaciones más confidenciales, destinadas a ser destruidas por quien las recibía. Además, existen memorias de individuos, escritas por ellos mismos o por sus amigos, tal como ahora son publicadas por…

Page 491

La pompa de la vanidad, o la infidelidad de sus poseedores; y las colecciones misceláneas formadas por todo tipo de personas, características de todos los países y de todas las épocas: materiales para la historia de la humanidad. Registros de la fuerza o de la debilidad del entendimiento humano, y también monumentos de sus pasiones.

Los primeros coleccionistas de estos manuscritos dispersos fueron un grupo de hombres ingeniosos, benefactores silenciosos de la humanidad, a quienes aún no se les ha reconocido plenamente su mérito. Pero en su afán por acumular, todo lo que estaba en estado de manuscrito les resultaba atractivo. La adquisición era el único objetivo de nuestros primeros coleccionistas; por ello, estos espíritus inquietos sacrificaron sus fortunas, su comodidad y sus días. Pero la vida habría sido demasiado corta para poder determinar el valor intrínseco de los manuscritos que llegaban constantemente a manos de los coleccionistas. Incluso suprimir los escritos de locos o las ideas descabelladas de aquellos que proyectaban algo podría considerarse un capricho, o algo aún más perjudicial para la investigación histórica: ese sentimiento partidista que con frecuencia ha destruido los testimonios de sus adversarios.

Estas colecciones de manuscritos ahora presentan un aspecto imponente. Un arduo camino a través de estos “Alpes sobre Alpes”, un viaje por “un mar sin orillas”… Todo esto ha alejado a la mayoría de los historiadores de sus deberes más importantes. Aquellos que buscaron la fama desde temprano se conformaron con darle una nueva forma a los materiales históricos, en lugar de contribuir realmente a enriquecerlos. La simple visión de estas masas de información histórica ha asustado a algunos historiadores modernos. Cuando el padre Daniel se propuso escribir una historia de Francia, el erudito Boivin, bibliotecario del rey, le mostró un inmenso tesoro de documentos oficiales, además de cartas autógrafas reales y correspondencia privada. ¡Tesoros que ocupaban mil cuatrocientos folios! El historiador moderno pasó dos horas examinándolos impacientemente, pero, asustado ante la idea de sumergirse nuevamente en ese abismo, este “Curtio de la historia” no quiso sacrificarse por ellos.

Page 492

¡En el campo! Escribió una carta cortés al bibliotecario por su “amabilidad excesiva”, pero insinuó que podría escribir una historia muy legible sin necesidad de más ayuda de esos papeles o “basura de papel”. Por lo tanto, el padre Daniel “se sentó tranquilamente a escribir su historia”, copiando a otros; un cumplido que nadie le devolvió jamás. Pero había esta sorprendente novedad en su “historia legible”: según el cálculo preciso del conde Boulainvilliers, la historia de Francia escrita por el padre Daniel contenía diez mil errores. La misma circunstancia me fue contada por un historiador vivo de Gilbert Stuart; quien, al serle mostrados algunos volúmenes manuscritos de cartas mientras redactaba su historia de Escocia, confesó que “lo que ya estaba impreso era más de lo que él podía leer”. Y eso es todo respecto a su historia teórica, escrita para contrarrestar otra historia teórica: Stuart contra Robertson. Ambas dependen igualmente de la simplicidad de sus lectores y de los encantos del estilo. Otro historiador, Anquetil, autor de *L’Esprit de la Ligue*, describió su vergüenza al examinar los manuscritos contemporáneos de aquel período. Tras trece años de investigaciones para recopilar todo lo que los libros impresos ofrecían sobre la historia secreta, el autor, que vivía en el campo, decidió visitar la biblioteca real de París. El señor Melot lo recibió con esa amabilidad que constituye uno de los deberes oficiales del bibliotecario público hacia los estudiosos, y abrió los armarios en los que se guardaban los tesoros de la historia francesa. “¡Esto es lo que necesita! Venga aquí cuando quiera, y le atenderán”, dijo el bibliotecario al joven historiador, quien permanecía allí, temblando ligeramente, mientras él abría armario tras armario. El intrépido investigador repitió sus visitas, examinando todo al azar, atacando un tema y luego pasando a otro. El historiador, que durante trece años no había sentido cansancio entre los libros impresos, descubrió que ahora se enfrentaba a una tarea que aparentemente siempre comenzaba, pero nunca terminaba. Sin embargo, *L’Esprit de la Ligue* se enriqueció gracias a esfuerzos que en ese momento parecían tan infructuosos.

Page 493

El estudio de estos papeles quizá no sea tan repugnante como imaginaba el impaciente padre Daniel; existe una fascinación literaria al examinar los mismos documentos que en su día sostuvieron y sobre los que escribieron los grandes personajes de la historia; al captar de ellos sus sentimientos secretos; y a menudo al descubrir tantas de sus acciones no registradas. Por costumbre, el trabajo se vuelve ligero; y con un espíritu inquisitivo agudo, incluso deleitable. Pues, ¿qué hay más deleitable para el curioso que hacer nuevos descubrimientos cada día? Addison tiene una observación verdadera y agradable sobre tales ocupaciones: “Nuestros quehaceres se convierten en entretenimientos, de modo que incluso en aquellos objetos que antes nos eran indiferentes o incluso desagradables, la mente no solo pierde gradualmente su aversión, sino que también desarrolla cierto cariño y afecto por ellos”. Addison ilustra este caso con uno de los mayores genios de la época, quien, por costumbre, encontró un placer increíble en investigar registros y documentos, hasta el punto de preferirlos a Virgilio y Cicerón. La facultad de la curiosidad es tan apasionada, e incluso tan refinada en su búsqueda de la verdad, como lo es la del gusto en los objetos de la imaginación; y cuanto más se la cultiva, más exquisitamente se disfruta.

Los historiadores populares de Inglaterra y de Francia, en realidad, han hecho poco uso de la investigación de manuscritos. La vida es demasiado corta para escribir historias extensas; y aquellos que anhelan fama o beneficio con avidez prefieren disfrutar del fruto que no pueden madurar. Las investigaciones demasiado lejanas, o que se realizan con demasiada lentitud, o que son demasiado detalladas, constituyen numerosos obstáculos en la fluidez de una narrativa. Nuestros historiadores teóricos escriben partiendo de algún resultado particular y preconcebido; a diferencia de Tito Livio, De Thou y Maquiavelo, quienes describen los acontecimientos en su orden natural, estos últimos los agrupan mediante hilos fantasiosos de alguna teoría política o moral, por medio de los cuales los hechos se distorsionan, se desplazan y, a veces, se omiten por completo. A veces, un único documento original ha hecho pedazos su edificio histórico de estilo palladiano. En el momento en que Hume enviaba algunas hojas de su historia a la imprenta, aparecieron los Documentos Estatales de Murdin. Y nos resulta sumamente entretenido e instructivo leer una carta de nuestro historiador dirigida a su rival, Robertson, quien probablemente…

Page 494

se encontraba con frecuencia en la misma situación desesperada. Nuestro historiador descubrió en esa colección lo que lo llevó a retirar su sistema preconcebido: se apresuró a detener la impresión y pintó su confusión y su ansiedad con toda la ingenua sencillez de su naturaleza. “¡Todos estamos equivocados!”, exclamó. Respecto a Hume, he oído que ciertos manuscritos de la Oficina de Documentos Estatales habían sido preparados para su inspección durante quince días, pero nunca logró reunir el valor para hacer la visita prometida. Satisfecho con los relatos comunes y las fuentes más evidentes de la historia, cuando era bibliotecario en la Biblioteca de los Abogados —donde aún se pueden examinar los libros que utilizó, marcados por su mano—, esparcía los volúmenes sobre el sofá, del cual rara vez se levantaba para realizar investigaciones oscuras o retrasar, con nuevas dificultades, la redacción de aquellas páginas que día a día crecían bajo su encantadora pluma. Una prueba notable de su felicidad descuidada fue que nunca se refirió a la edición perfecta de “Memorias de Whitelocke” de 1732, sino a la antigua y truncada versión de 1682.

El Dr. Birch era un escritor sin genio para la composición, pero a quien la historia británica debe más que a cualquier autor superior; su increíble amor al trabajo, al transcribir con sus propias manos una gran biblioteca de manuscritos a partir de originales dispersos en repositorios públicos y privados, ha enriquecido al Museo Británico con miles de los documentos más auténticos de una verdadera historia secreta. En una ocasión proyectó una colección de cartas históricas originales, para la cual había preparado un prefacio, en el que encuentro el siguiente pasaje: “Es un servicio más importante para el público contribuir con algo que antes no se conocía al acervo general de la historia, que darle una nueva forma y color a lo que ya poseemos, añadiendo refinamiento y adornos, los cuales con demasiada frecuencia tienden a disfrazar la verdadera situación de los hechos; un defecto que no puede ser compensado por la pompa del estilo, ni siquiera por la fina elocuencia del historiador”. Este fue un golpe velado dirigido a Robertson, a quien Birch había abierto generosamente los archivos de la historia, pues el historiador escocés necesitaba toda su bondad; pero

Page 495

Las atractivas invenciones de Robertson y su composición de gran calidad seducen el gusto del público; y podemos perdonar la chispa de envidia que se esconde en los sentimientos sinceros de ese hombre, profundamente hábil para explorar las vetas minerales naturales, pero no para darles forma; y cuyas propias obras históricas, descuidadas, basadas en los verdaderos principios de la historia secreta, podemos consultar con frecuencia para corregir las versiones erróneas, prejuiciadas y artificiosas de aquellos que han ocultado sus defectos bajo “la pompa del estilo y la elocuencia del historiador”.

Las grandes colecciones de manuscritos que contienen documentos originales, de los cuales se puede extraer lo que he llamado historia secreta verdadera, son, como ya he señalado, de origen relativamente reciente. Anteriormente estaban ampliamente dispersos en manos privadas; y la naturaleza de tales fuentes de descubrimiento histórico rara vez se le ocurría a nuestros escritores. Incluso si las hubieran buscado, su acceso habría sido parcial y casual. Lord Hardwicke observó que todavía existen muchas colecciones de manuscritos sin ser examinadas en estos reinos, las cuales, debido a la ignorancia o negligencia de sus dueños, están condenadas al olvido y a la oscuridad; pero cuán valiosas e indispensables pueden ser para los intereses de la historia auténtica y de la verdad sagrada, no se puede demostrar de manera más contundente que en las recientes publicaciones de los Documentos de Marlborough y Shrewsbury realizadas por el archidiácono Coxe. El editor estaba plenamente autorizado para afirmar: “Es sorprendente que esas transacciones hayan sido pasadas por alto en silencio o representadas de manera incompleta por la mayoría de nuestros historiadores nacionales”. Nuestra historia moderna no sería más que una simple novela política, sin la impresionante imagen de Guillermo y sus ministros que se muestra en esos documentos indiscutibles. Burnet fue uno de los primeros historiadores modernos en mostrarle al mundo el valor de tales materiales, en su “Historia de la Reforma”, de la cual tomó gran parte de la colección Cottoniana. Nuestros primeros historiadores simplemente repetían una historia ya contada diez veces. Milton, que no carecía de diligencia literaria, no tenía nuevos materiales para su “Historia de Inglaterra”; mientras que Hume se limita, en comparación, a pocas…

Page 496

páginas, un tema que ha permitido, gracias a la ferviente diligencia de mi erudita amiga Sharon Turner, la creación de volúmenes preciosos para el anticuario, el abogado y el filósofo.

Para ilustrar mi idea sobre la utilidad y la absoluta necesidad de la historia secreta, me centro primero en un evento público y, segundo, en un personaje público; ambos destacables en nuestra propia historia moderna, y ambos sirven para exponer las apariencias engañosas de la historia popular a través de fuentes indiscutiblemente auténticas. El evento es la Restauración de Carlos II; y el personaje, el de María, reina de Guillermo III.

En la historia, la Restauración de Carlos aparece en todo su esplendor: el rey es recibido con alegría en Dover, y la orilla está cubierta por sus súbditos arrodillados; multitudes se dirigen rápidamente a Canterbury; el ejército se organiza en número y con un esplendor sin precedentes; su recepción entusiasta tiene lugar en su cumpleaños, ya que ese era el día propicio para su entrada en la capital. En resumen, todo lo que se cuenta en la historia describe a un monarca extremadamente poderoso y feliz. Uno de los textos de aquel día, titulado “El triunfo de Inglaterra”, con el estilo peculiar de la época, nos dice que “los soldados, que hasta entonces habían hecho de los garrotes sus armas, ahora deciden coronar al rey de corazones”. Si recurrimos al fiel cronista, que conocía tan bien los secretos del corazón del rey y que él mismo fue un actor detrás de los bastidores; si consultamos a Clarendon en su propia autobiografía, descubriremos que el poder del rey era entonces tan dudoso como cuando estaba en el exilio; y sus sentimientos estaban tan agitados que casi decidió huir por última vez.

Clarendon, al observar el carácter y el espíritu de aquella época, comenta: “Quien reflexione sobre toda esta mezcla de deseos y expectativas contradictorias, debe admitir que el rey aún no era dueño del reino, ni su autoridad y seguridad eran las que proclamaban el ruido general, las aclamaciones, las campanas y las hogueras”. —“Lo primero”

Page 497

La mortificación que el rey sufrió tan pronto como llegó a Canterbury, en menos de tres horas después de desembarcar en Dover. Clarendon relata luego cuántos encontró allí, quienes, mientras esperaban con alegría para besarle la mano, también venían con solicitudes insistentes para sí mismos; lo obligaron a recibirlos personalmente, y en esa ocasión le enumeraron las pérdidas insostenibles sufridas por ellos o por sus padres; exigían algún favor o promesa de ocupar ciertos cargos; algunos incluso pedían aún más. “Presionaban a dos o tres con tanta confianza e insistencia, y con discursos tan tediosos, que al rey le causaban una gran repulsión sus peticiones, aunque su modestia no sabía cómo zafarse de ellos; apenas entró en su habitación —lo cual no pudo hacer durante algunas horas—, lamentó la situación a la que se veía obligado a someterse; y, de hecho, desde ese momento desarrolló un prejuicio tan grande contra algunas de esas personas”. Pero aún le esperaba una mortificación mayor, una que casi llevó al rey a la desesperación.

El general Monk había actuado de manera muy misteriosa desde el principio hasta ese momento, sin corresponder ni responder a ninguna carta del rey, de modo que Su Majestad dudaba frecuentemente si el general pretendía actuar por sí mismo o por el rey: una conducta ambigua que atribuyo al poder que su esposa tenía sobre él, quien tenía intereses opuestos. El general, de forma brusca, le presentó un papel grande con unos setenta nombres para su consejo privado, de los cuales no más de dos eran aceptables. “El rey”, dice Clarendon, “estaba en una confusión mayor de lo normal, pues no sabía bien qué pensar del general, cuyo poder absoluto lo dominaba; de modo que en ese momento Su Majestad estaba casi alarmada ante las exigencias y la situación”. Posteriormente, el general disipó esta impresión negativa al admitir que la lista había sido elaborada por su esposa, quien le había hecho prometer que la presentaría; pero permitió a Su Majestad actuar como considerara oportuno. En ese momento, el general Monk era más rey que Carlos.

Page 498

Todavía no hemos llegado a una conclusión. Cuando Carlos se reunió con el ejército en Blackheath, compuesto por 50.000 hombres, “conocía bien la mala condición del ejército, la desunión y los murmullos que reinaban en él, así como las numerosas enfermedades y problemas a los que estaba sujeta su lealtad aún incipiente; que, por más unidos que parecieran sus deseos y aclamaciones en Blackheath, sus sentimientos no eran los mismos —y las expresiones de muchos oficiales, así como de soldados, demostraban claramente que habían sido llevados allí a cumplir un servicio del que no estaban contentos. Los soldados veteranos tenían poca consideración por sus nuevos oficiales; y pronto se hizo evidente, por la mezcla selectiva y afectada de grupos de oficiales y soldados melancólicos y hoscos”. —Y entonces el canciller de la naturaleza humana añade: “Y en esta situación melancólica y confusa se encontraba el rey y todas sus esperanzas, cuando él apareció muy alegre y orgulloso, con una expresión amable en el rostro que le sentaba bien, y daba la impresión de tener toda la seguridad posible”. Se imagina que Luis XVIII sería el comentarista más capaz de este fragmento de historia secreta, y podría añadir otro volumen similar a “Gemelles ou Pareiles” de Pierre de Saint Julien, un antiguo tratado francés sobre historias similares entre sí: un volumen tan escaso que nunca he podido encontrarlo.

Burnet nos informa que, cuando la reina María administraba el gobierno durante la ausencia de Guillermo, algunos pensaban que, “ya que toda mujer sensata ama meterse en todo, ella debía tener poca sensatez, porque vivía tan alejada de todos los asuntos”. Él elogia su comportamiento ejemplar: “Era regular en sus devociones, pasaba mucho tiempo en su habitación, leía mucho, solía estar ocupada en trabajos y parecía dedicar su tiempo y pensamientos a cualquier cosa antes que a asuntos de estado. Su conversación era animada y amable; todo en ella era sencillo y natural. El rey le dijo al conde de Shrewsbury que, aunque él no lograba encontrar la forma correcta de complacer a Inglaterra, confiaba en que ella lo haría, y que todos seríamos muy felices bajo su gobierno”. Así es la imagen que Burnet ofrece de la reina; solo vemos su tranquilidad, su sencillez…

Page 499

Su descuido, en medio de las importantes transacciones que tenían lugar ante sus ojos; pero yo levanto el velo para mostrar un panorama más amplio. El estado de distracción en el que vivía la reina, las preocupaciones, las penas secretas, los sufrimientos y la desesperación de María en ausencia de Guillermo, ¡no aparecen por ningún lado en la historia! Y, como vemos, también pasaron desapercibidos para el obispo escocés. Estos detalles estaban reservados para la curiosidad e instrucción de las generaciones futuras; fueron encontrados por Dalrymple en las cartas de María dirigidas a su esposo, en el gabinete del rey Guillermo. Será conveniente poner al alcance del lector los gritos reprimidos de esta afligida reina en aquellos momentos en que “todo en ella era tan sencillo y natural, dedicando su tiempo y pensamientos a cualquier cosa antes que a asuntos de estado; a menudo ocupada en su trabajo”.

No me detendré en los sufrimientos de la reina por el destino de Guillermo, ni en sus sospechas mortales de que muchos eran infieles con ella; una batalla perdida podría haber sido fatal; una conspiración podría haber arruinado todo lo que incluso una victoria había logrado. Los terrores constantes que padecía eran tales, que podríamos no saber quién sufría más: aquellos que fueron expulsados o aquellos que ascendieron al trono.

La reina estaba lejos de no “dedicar sus pensamientos” a “asuntos de estado”; cada carta, generalmente escrita al atardecer, relata los conflictos del día. No solo registraba acontecimientos, sino también diálogos y características personales; insinuaba sus sospechas y multiplicaba sus miedos. Su atención era constante: “Nunca escribo más que lo que creo que los demás no piensan”. Y sus terrores eran igualmente incesantes: “Rezo a Dios para que te devuelva pronto, porque veo que todo está a punto de arder”. Las dificultades de la reina no se aliviaban con ninguna conversación confidencial. En una ocasión dijo: “Como no sé qué debo decir y cuándo no, permanezco en silencio tanto como puedo”. “Siempre temo no hacer bien las cosas, y confío en lo que solo tú dices. Me parece que todos tienen miedo de sí mismos. Estoy muy inquieta por una cosa: la falta de alguien con quien poder hablar libremente de mis pensamientos, ya que es algo muy importante”.

Page 500

La obligación de pensar y permanecer en silencio; y hay tanto asunto que soy una de las necias de Salomón, a punto de estallar. Debo contarle de nuevo cómo el señor Monmouth intenta asustarme, y, en verdad, las cosas tienen un panorama muy sombrío”. Realmente tenía motivos para temer al señor Monmouth, quien, al parecer, reveló todos los secretos de los consejos reales al mayor Wildman, que era uno de nuestros antiguos republicanos; y, para sembrar el pánico en el Consejo Privado, transmitió por medio de jugo de limón todos sus secretos a Francia, a menudo el mismo día en que se habían decidido en el consejo. Descubrieron el hecho, y todos sospechaban del otro como traidor. El señor Lincoln incluso le aseguró en una ocasión que “el presidente del Consejo y todos en general, quienes ocupan cargos de confianza, eran bribones”. Su consejo estaba compuesto por facciones, y las sospechas de la reina eran más bien generales que específicas: pues decía sobre ellos: “Hasta ahora pensé que me habían dado descripciones erróneas de esas personas; pero ahora veo que cumplen con mi expectativa de ser tan poco inteligentes como físicamente débiles”. Para un último fragmento, considere esta imagen completa de la miseria real: “Debo tener compañía en mis días fijados; debo tocar dos veces por semana; más aún, debo reírme y hablar, aunque nunca contra mi voluntad: creo que finjo muy mal ante aquellos que me conocen; al menos, es una gran carga para mí, pero debo soportarlo. Todos mis movimientos están tan vigilados, y todo lo que hago tan observado, que si como menos, hablo menos o parezco más seria, todo se pierde a los ojos del mundo; así que tengo esta miseria además de la de su ausencia: debo sonreír cuando mi corazón está a punto de romperse, y hablar cuando mi corazón está tan oprimido que apenas puedo respirar. Voy a Kensington tan seguido como puedo para tomar aire; pero allí nunca puedo estar completamente sola, ni tampoco puedo quejarme; eso sería algún alivio; pero no tengo a nadie cuyo humor y circunstancias coincidan lo suficiente con los míos como para poder expresar libremente mis pensamientos. Además, debo enterarme de los asuntos de estado, cosa en la que soy tan inexperta e incapaz, que solo sirve para agotarme aún más y no aliviar mi corazón”.

Así, la situación real de la reina María era muy diferente de la descripción de Burnet; y sospecho que nuestro ardiente y vehemente obispo solo…

Page 501

Poco conocimiento personal sobre Su Majestad, a pesar del carácter elaborado que él le ha dado en su elogio fúnebre. Debió saber que ella no siempre simpatizaba con sus inclinaciones partidistas: pues la reina escribe: “El obispo de Salisbury ha pronunciado esta mañana un largo y estruendoso sermón, que vino conmigo para pedir que se imprimiera; no pude negárselo, aunque no lo habría ordenado, por razones que le dije”. Burnet (a quien estoy lejos de llamar lo que Edward, conde de Oxford, denomina en una de sus notas manuscritas “ese escocés mentiroso”) sin duda ha dicho muchas verdades en sus páginas prolijas; pero la causa por la que estaba tan profundamente comprometido, sumada a su temperamento cálido y optimista, puede haber oscurecido a veces su sagacidad, haciendo que confundiera, como en este caso, una máscara con un rostro, especialmente en una época en que casi todo el mundo parecía llevar una.

Ambos casos, el de Carlos II y el de la reina María, demuestran la absoluta necesidad de investigaciones sobre la historia secreta, para corregir las apariencias y las falacias que tan a menudo nos engañan en la historia pública.

“El apetito por los restos”, como lo llama el noble autor al que ya he mencionado, puede ser entonces algo muy beneficioso, si proporciona los únicos materiales mediante los cuales nuestras historias populares pueden ser corregidas, y puesto que a menudo infunde frescura a una historia que, tras haber sido copiada de libro en libro, inspira a otro a contarla por décima vez. Así son las fuentes de la historia secreta, insospechadas por el ocioso y el superficial, entre esas masas de manuscritos inexplorados: esa historia subterránea que, de hecho, puede aterrorizar al perezoso, desconcertar al inexperto y confundir al imprudente, si no han adquirido el conocimiento que no solo decide sobre hechos y opiniones, sino también sobre las fuentes que los han proporcionado. Los historiadores populares han escrito a sus lectores; cada uno con puntos de vista diferentes, pero todos juntos constituyen los documentos oficiales de la historia; como alimento.

Page 502

Los abogados, según ellos, o como defensores especiales, se mantienen siempre del lado de su causa: rara vez se esfuerzan al máximo en el contrainterrogatorio, pues vienen a lograr su objetivo y no a arriesgarlo.

El tiempo hará que la época actual sea tan obsoleta como la anterior, porque nuestros hijos arrojarán una nueva luz sobre las escenas ambiguas que distraen a sus padres; sabrán cómo ocurrieron algunas cosas de las cuales no podemos dar explicación; darán testimonio de cuántos personajes hemos malinterpretado; se les contarán muchos de esos secretos que nuestros contemporáneos nos ocultan; se detendrán en los finales de nuestros comienzos; leerán la historia perfecta del hombre, que nunca puede contarse mientras está en curso. Todo esto será propiedad de la posteridad, porque juzgarán sin nuestras pasiones; y todo esto nosotros mismos hemos podido poseer gracias a la historia secreta de las dos últimas épocas.

Page 503

252 La gran cantidad de documentos importantes que se encuentran en la Oficina Estatal de Documentos ha sido recientemente puesta a disposición de los estudiosos de la historia, con excelentes resultados, y sin duda tendrá una influencia importante en la futura literatura histórica del país.

253 Véase lo que he dicho sobre “Los supresores y deterioradores de manuscritos”, volumen II, página 443.

254 Los “Documentos Conway” siguen sin publicarse. Por lo que ya he tenido la oportunidad de ver, puedo atreverme a predecir que nuestra historia podría beneficiarse con ellos. El lector puede encontrar un resumen detallado del contenido de estos documentos en el relato de Horace Walpole sobre su visita a Ragley, en su carta dirigida a George Montague, fechada el 20 de agosto de 1758. El honorable John Wilson Croker, a quien el marqués de Hertford encomendó la custodia de los Documentos Conway, también posee los Documentos Throckmorton; sobre estos últimos, el lector puede encontrar información en el testamento de Sir Henry Wotton, así como en las “Vidas” de Izaak Walton. Hay tesoros ocultos en la Oficina Estatal de Documentos.

255 Desde que este artículo fue enviado a imprenta, acabo de leer uno en la Edinburgh Review sobre los memorias de Lord Orford y Lord Waldegrave. Se trata de uno de esos artículos muy raros que solo podrían ser escritos por un experto con amplia experiencia en los temas que critica. El crítico, o más bien el historiador, señala que “de un período tan importante para el establecimiento de nuestro actual sistema de gobierno, aún no habían aparecido materiales auténticos. Los acontecimientos de conocimiento general se encuentran, aunque a menudo descritos de forma inexacta, en nuestras historias comunes; pero las causas reales de los acontecimientos, las opiniones y motivos privados de las personas, etc., son tan poco conocidos para nosotros como si esos acontecimientos hubieran tenido lugar en China o Japón”. La narración clara, coherente, imparcial y detallada con la que ha enriquecido los archivos de la historia inglesa proviene de fuentes de historia secreta: memorias publicadas y correspondencia contemporánea.

Page 504

RESIDENCIAS LITERARIAS.

Los hombres de genio suelen verse condenados a componer sus mejores obras, que por lo general son las primeras que escriben, bajo el techo de un ático; y pocos personajes literarios han vivido, como Plinio y Voltaire, en una villa o castillo propio. Por lo tanto, no es frecuente que un hombre de genio pueda despertar emociones en la gente mediante sus propias sugerencias intelectuales. Ariosto, que construyó un palacio en sus versos, se alojaba en una casa pequeña, y descubrió que los versos y las piedras no se creaban al mismo ritmo: el anciano Montaigne dejó una descripción de su biblioteca: “Sobre la entrada de mi casa, desde donde puedo ver mis patios, mi jardín y, al mismo tiempo, observar todas las actividades de mi familia”.

Sin embargo, existe entre los literatos el deseo de crear sus propias fantasías elegantes y dar permanencia a sus gustos personales; nos detenemos en sus escenas favoritas como si fueran retratos, y recopilamos con entusiasmo esos pocos objetos que constituyen sus únicos vestigios. Se podría formar una colección de tales residencias literarias, elegidas por su tranquilidad y su soledad, y adornadas con los objetos relacionados con sus estudios; desde la de Plinio el Joven, quien llamó a su villa de ocio literario con el afectuoso nombre de Villula, hasta la de Casiodoro, primer ministro de Teodorico, quien dejó una descripción magnífica de su retiro literario, donde estaban al alcance todas las comodidades de la vida; donde los jardineros y agricultores trabajaban según principios científicos; y donde, entre jardines y parques, se encontraba su extensa biblioteca, con escribas encargados de copiar sus manuscritos: desde la de Tycho Brahe, quien construyó una magnífica casa astronómica en una isla, a la cual dio el nombre de Uranienburg, o el Castillo de los Cielos, en honor a los únicos objetos de sus reflexiones; hasta la de Evelyn, quien fue el primero en embellecer Wotton, construyendo “un pequeño estudio”.

Page 505

Muchos años después de haber dedicado esa casa antigua a la contemplación, entre “arroyos deliciosos y bosques venerables, jardines, fuentes y arboledas, todo ello sumamente tentador para una persona importante y para un bolsillo generoso; y de hecho sirvió como uno de los primeros ejemplos de esa elegancia que tanto estaba de moda en aquel entonces”. —De Pope, cuyo pequeño jardín parecía multiplicar sus escenas gracias a la gloriosa unión de nobles y hombres literarios que conversaban en grupos;— hasta el solitario Shenstone, cuya “elegancia rural”, como él mismo tituló una de sus odas, lo llevó a lamentar su duro destino, cuando

———Gastos
Había gastado miles en adornos, y había permitido que la comodidad lo confundiera, el arte lo entristeciera, la pompa lo deprimiera y la belleza lo desagradara.

Todos recordamos perfectamente la verdadera y encantadora reflexión de Johnson sobre las asociaciones locales: cuando el lugar por el que caminamos nos hace pensar en las personas o los hechos que han dejado su fama en ese sitio. Estamos ante su fama y sentimos su influencia.

Un amigo literario, a quien mi sugerencia indujo a visitar la antigua torre del jardín de Buffon, donde el sabio se retiraba cada mañana para componer, pasó tanto tiempo en esa habitación solitaria que causó cierta preocupación entre los honestos habitantes de Montbard. Al ver entrar al “inglés” pero no verlo regresar durante una fuerte tormenta eléctrica, informaron al buen alcalde, quien acudió de inmediato para informarse sobre la situación incierta del extranjero. Mi amigo es, como es bien sabido, un genio de ese tipo capaz de pasar dos horas en la Torre de Buffon sin darse cuenta de que todo ese tiempo estuvo ocupado con ideas y ensueños que en algunas mentes tal lugar puede provocar. También estaba ocupado con su lápiz; ya que me ha regalado dos dibujos del interior y el exterior de esta antigua torre del jardín.

Page 506

La desnudez interior solo puede compararse con la soledad exterior. Así era el estudio de Buffon, donde su mirada, sin fijarse en ningún objeto, nunca interrumpía la unidad de sus meditaciones sobre la naturaleza.

A cambio de la amabilidad de mi amigo, me ha costado, creo, dos horas intentar traducir la hermosa descripción de este retiro literario, que Vicq d’Azyr ha redactado con toda la calidez propia de un devoto. “En Montbard, en medio de un jardín adornado, se ve una torre antigua; fue allí donde Buffon escribió la Historia de la Naturaleza, y desde ese lugar su fama se extendió por todo el universo. Allí llegaba al amanecer, y a nadie, por más insistente que fuera, se le permitía molestarlo. La calma de la hora matutina, el primer canto de los pájaros, la variedad del paisaje, todo aquello que tocaba los sentidos, lo hacía volver a su modelo. Libre e independiente, paseaba a su antojo; allí se le veía con pasos rápidos o lentos, o de pie, sumido en pensamientos; a veces con la mirada fija en el cielo en el momento de la inspiración, como si estuviera satisfecho con el pensamiento que ocupaba tan profundamente su alma; otras veces, concentrado en sí mismo, buscaba algo que no siempre se encontraba; o en los momentos de creación, escribía, borraba y volvía a escribir, para borrar de nuevo; así armonizaba, en silencio, todas las partes de su composición, que repetía frecuentemente para sí mismo, hasta que, satisfecho con sus correcciones, parecía compensarse por los esfuerzos de su hermosa prosa con el placer que obtenía al recitarla en voz alta. De este modo la grababa en su memoria y la recitaba a sus amigos, o pedía a alguno que se la leyera. En esos momentos era él mismo un juez severo, y volvía a componerla, deseoso de alcanzar esa perfección que se niega al escritor impaciente”.

Una circunstancia curiosa, relacionada con asociaciones locales, le ocurrió a ese extraordinario estudioso oriental, Fourmont. Originalmente pertenecía a una comunidad religiosa y nunca dejó de cumplir con sus deberes; pero fue expulsado por su superior por una irregularidad de conducta que probablemente no habría...

Page 507

Se volvía contagioso a través de la hermandad: con frecuencia prolongaba sus estudios hasta altas horas de la noche, y era posible que la casa se incendiara debido a tal exceso de estudio. Fourmont se retiró al colegio de Montaigne, donde ocupó las mismas habitaciones que anteriormente habían sido de Erasmo; circunstancia que contribuyó a despertar su emulación y a acelerar sus estudios. Quien se ríe de la fuerza de tales emociones solo demuestra que no ha experimentado lo que es real y sustancial para quienes están involucrados en ello. Pope, que tenía mucho más entusiasmo en su disposición poética de lo que generalmente se cree, era extremadamente susceptible a las asociaciones literarias con ciertos lugares: uno de los volúmenes de su versión de Homero fue comenzado y terminado en una antigua torre sobre la capilla de Stanton Harcourt; y él perpetuó ese hecho, si no consagró el lugar, grabando con un diamante en un panel de vitral esta inscripción:

En el año 1718,
Alexander Pope
Terminó aquí el quinto volumen de Homero.

Fue el mismo sentimiento el que un día, mientras paseaba como de costumbre con Harte por Haymarket, le hizo desear a Harte que entrara en una pequeña tienda. Subiendo tres tramos de escaleras hasta una habitación diminuta, Pope dijo: “¡En este ático escribió Addison su ‘Campaign’!”. Nada menos que un fuerte sentimiento impulsó al poeta a ascender a ese ático; era un lugar sagrado a sus ojos; y sin duda un caso curioso del poder del genio frente a su ubicación miserable. Addison, cuya mente había luchado en un ático durante toda una “campaña”, si hubiera podido rodearse de “los placeres de la imaginación”, probablemente habría planeado una casa de descanso literario, donde todas las partes estuvieran en armonía con su mente.

Page 508

Algunos han disfrutado de tales residencias de hombres geniales; y las vívidas descripciones que nos han dejado transmiten algo de la delicia que embellecía su reposo dedicado al estudio.

El italiano Paul Jovius compuso más de trescientos elogios concisos de estadistas, guerreros y literatos de los siglos XIV, XV y XVI; pero la ocasión que lo indujo a componerlos es quizás más interesante que las propias composiciones.

Jovius tenía una villa situada en una península, bordeada por el lago de Como. Estaba construida sobre las ruinas de la villa de Plinio, y en su tiempo aún se podían ver sus cimientos. Cuando el lago circundante estaba en calma, las mármolas esculpidas, los troncos de columnas y los fragmentos de aquellas pirámides que antaño adornaban la residencia del amigo de Trajano podían verse aún en sus aguas cristalinas. Jovius era un entusiasta de la literatura y del ocio que ella proporciona. Era historiador, con la imaginación de un poeta; y aunque era un prelado cristiano, era casi un adorador de las dulces ficciones de la mitología pagana. Cuando su pluma se mantenía libre de sátira o adulación, a las que estaba demasiado acostumbrada, se convertía en un pincel. Pintaba con entusiasmo sus jardines bañados por las aguas del lago, la sombra y frescura de sus bosques, sus laderas verdes, sus fuentes relucientes, el profundo silencio y la calma de su soledad. En sus jardines se erigió una estatua a la Naturaleza. En su salón había una hermosa estatua de Apolo, y las Musas a su alrededor, con sus atributos. Su biblioteca estaba custodiada por Mercurio, y había un apartamento adornado con columnas dóricas y con pinturas de los temas más agradables, dedicadas a las Gracias. Así era el interior. Afuera, el lago transparente extendía su amplio espejo, y se podía ver cómo serpenteaba luminosamente entre orillas cubiertas de olivos y laureles. A lo lejos, ciudades, promontorios, colinas que se elevaban como en un anfiteatro, cubiertas de viñas, y las primeras cumbres de los Alpes, pobladas de bosques y pastizales, y salpicadas de rebaños y manadas.

Page 509

Fue en un lugar céntrico de esta encantadora morada donde se erigió un gabinete o galería, en la que Jovio había reunido a un costo exorbitante los retratos de hombres ilustres; y fue para explicar y describir las características de estos nombres distinguidos que compuso sus elogios. Esta colección se volvió tan notable, que los grandes hombres de su época le ofrecieron a nuestro coleccionista literario sus propios retratos; entre ellos, el famoso Fernández Cortés envió a Jovio el suyo antes de morir, y probablemente otros que tenían menos derecho a enriquecer la colección; pero es igualmente probable que nuestro mordaz Jovio los descartara. Nuestro historiador tuvo que describir con frecuencia a hombres más famosos que virtuosos: soberanos, políticos, poetas y filósofos, hombres de todos los rangos, países y épocas, formaban un escenario abarrotado de genios o personajes célebres; a veces unas pocas líneas resumen su carácter, y otras veces unas pocas páginas despiertan su admiración. Si a veces adula a los vivos, podemos perdonar las ilusiones de un contemporáneo; pero tiene el honor de satirizar a algunos con la honesta libertad de su pluma, que ocasionalmente revelaba verdades prematuras.

Tal era la inspiración de la literatura y del ocio que embelleció la morada de Jovio y levantó en medio del Lago de Como un gabinete de retratos: un noble homenaje a aquellos que son “la sal de la tierra”.

Poseemos grabados de la casa de Rubens en Amberes. Ese artista magnífico quizás fue el primero en diseñar para su estudio un apartamento circular con cúpula, similar a la rotonda del Panteón, donde la luz que descendía por una abertura o ventana en la parte superior proyectaba una luz uniforme y única; esa perfección de la luz que distribuía sus efectos mágicos sobre los objetos que había debajo. Bellori lo describe como “una estancia circular con un único ojo en la parte superior”; ese “único ojo” es lo que en francés se denomina œil de bœuf; nosotros mismos utilizamos este término en nuestro lenguaje técnico artístico. Ese era su precioso museo, donde había reunido una gran cantidad de libros, los cuales…

Page 510

Mezclados con sus mármoles, estatuas, camafeos, tallados y toda esa variedad de riquezas artísticas que había traído de Roma:259 pero las paredes no eran menos valiosas, ya que estaban cubiertas por pinturas de su propia composición, o copias hechas por él mismo en Venecia y Madrid de obras de Tiziano y Paolo Veronés. Ningún extranjero, hombre de letras, amante de las artes, e incluso príncipes, pasaba por Amberes sin visitar la casa de Rubens, para presenciar el hogar vibrante del genio y al gran hombre que había concebido esa idea. Sin embargo, por grande que fuera su talento y espléndidas sus costumbres de vida, no pudo resistir las súplicas del duque de Buckingham, que le ofrecía cien mil florines para que se deshiciera de ese estudio. El gran artista, no obstante, no podía abandonar para siempre las deliciosas contemplaciones a las que se estaba privando; y como sustituto de los milagros del arte que había perdido, solicitó y obtuvo permiso para reemplazarlos por réplicas que fueron depositadas con sumo cuidado en los lugares donde habían estado los originales.

En cuanto a este sentimiento por las residencias locales de los genios, parece que los italianos no eran quizá más susceptibles que otros pueblos, pero sí más enérgicos en su entusiasmo. Florencia exhibe muchos monumentos de este tipo. En los alrededores de Santa Maria Novella, Zimmerman observó una casa del célebre Viviani, que constituye un singular monumento de gratitud hacia su ilustre maestro, Galileo. La fachada está adornada con el busto de este padre de la ciencia, y entre las ventanas hay grabados que relatan los descubrimientos de Galileo; ¡es la biografía más hermosa de un genio! Otro monumento que despierta aún más nuestras emociones es la casa de Miguel Ángel: sus discípulos, como testimonio permanente de su admiración y gratitud, la han adornado con todos los aspectos más importantes de su vida; es como si el alma de este enorme genio estuviera en acción: ¡esto es más que una biografía! Es como vivir con un contemporáneo.

256 La habitación es un pequeño apartamento con revestimientos en la segunda planta, desde donde se disfruta de una vista agradable.

Page 511

257 La inscripción anterior es un facsímil de la que se encuentra en el cristal. La palabra “quinto” en la tercera línea fue borrada por Pope debido a la falta de espacio para escribirla adecuadamente. Está grabada en un pequeño trozo de vidrio rojo y fue llevada a Nuneham Courtney, residencia de la familia Harcourt, a orillas del Támesis, a pocos kilómetros de Oxford.

258 En 1684, Harrewyns publicó una serie de vistas interesantes de la casa y de algunos de sus apartamentos, incluido este de cúpula. La serie está en una sola hoja grande, hoy en día muy rara.

259 Rubens era un coleccionista apasionado y no perdía ninguna oportunidad de aumentar su colección; en el apéndice de “Pictorial Notices of Vandyke” de Carpenter se imprime la correspondencia entre él y Sir D. Carleton, en la que Rubens ofrece intercambiar algunas de sus propias pinturas por antigüedades que poseía este último, quien era embajador de Inglaterra en Holanda y también coleccionaba para el conde de Arundel.

¿Es permisible arruinarse a sí mismo?

El economista político responde que sí.

Uno de nuestros antiguos dramaturgos, que presenció la singular extravagancia en la vestimenta de los creadores de moda, nuestra nobleza, condena su “valentía excesiva”, haciendo eco del grito popular:

“Hay cierto tipo de hombres cuyas cabezas son como cunas de todas las modas nuevas; han causado más daño al reino con su valentía excesiva”.

Page 512

Los necios nobles imitan esto, en lugar de una guerra o un largo hambre. Todo el tesoro obtenido gracias a este exceso se queda en manos de los comerciantes, bordadores, fabricantes de seda, joyeros y sastres; ¡incluso una tercera parte de las tierras! La nobleza solo se dedica a conservar sus títulos.

Nuestro poeta podría haberse sorprendido ante la respuesta de nuestro economista político. Si la nobleza, en tales locuras, solo conservaba sus “títulos”, mientras que sus “tierras” se distribuían entre las clases trabajadoras, el pueblo no sufriría. Las víctimas necias que se arruinaban por su excesivo lujo o por sus vestidos costosos, como parece ser el caso de algunos, constituían un mal que, dejado a su propio curso, debía detenerse por sí mismo; si los ricos no gastaban, los pobres pasarían hambre. El lujo es la solución a ese mal inevitable en la sociedad: la gran desigualdad en la fortuna. Por lo tanto, los economistas políticos nos dicen que cualquier regulación sería ridícula, ya que, como lo expresa Lord Bacon, serviría para “reprimir el derroche y el exceso mediante leyes sobre el lujo”. Adam Smith no solo está indignado con las “leyes sobre el lujo”, sino que afirma, con una insolencia democrática, que “es la mayor irreverencia y presunción por parte de los reyes y ministros pretender controlar la economía de las personas privadas y restringir sus gastos mediante tales leyes. Ellos mismos son siempre los mayores derrochadores de la sociedad; que se ocupen bien de sus propios gastos, y podrán confiar sin problemas los de los demás a ellos. Si su propia extravagancia no arruina al estado, la de sus súbditos nunca lo hará”. Debemos, por lo tanto, deducir que los gobiernos, por medio del derroche, pueden arruinar un estado, pero que los individuos gozan del privilegio extraordinario de arruinarse a sí mismos sin perjudicar a la sociedad. Adam Smith distingue luego dos tipos de lujo: aquel que se ejerce en “bienes duraderos, como edificios, muebles, libros, estatuas, cuadros”, aumentará “la opulencia de una nación”; pero el otro tipo, que se desperdicia en…

Page 513

Vestidos y equipajes, adornos frívolos, joyas, baratijas, objetos sin valor, etc.: él reconoce que “no quedaría rastro ni vestigio alguno; y los efectos de una prodigalidad de diez o veinte años serían completamente aniquilados, como si nunca hubieran existido”. Por lo tanto, en este importante tema del hombre opulento, no restringido por ninguna ley, que arruina a toda su generación, existe un mal mayor y uno menor.

Cuando “la riqueza de las naciones” se convierte en el único criterio de su prosperidad, se convierte en una fuente fértil de errores en la ciencia de la moral; y la felicidad del individuo se sacrifica con demasiada frecuencia en aras de lo que se denomina prosperidad del estado. Si un individuo, por orgullo y egoísmo, arruina la fortuna de toda su generación, sin ser castigado por las leyes como criminal, deja tras de sí a una raza de descontentos y sediciosos, que, habiendo caído en la escala social, deben ascender de nuevo desde su degradación mediante el trabajo y la humillación; pero sus hábitos los han vuelto inexpertos para el trabajo, y su propio estatus representa un obstáculo permanente para la humillación.

Las leyes de lujo, tan frecuentemente promulgadas y revocadas, y siempre eludidas, fueron los intentos perpetuos, pero ineficaces, de todos los gobiernos por contener algo que quizás sea imposible de contener: la locura criminal. Y castigar a alguien por haberse arruinado a sí mismo sería, por lo general, castigar a un penitente profundamente arrepentido.

No es sorprendente que, antes de que “los vicios privados fueran considerados beneficios públicos”, los gobernantes de las naciones establecieran leyes de lujo: la pasión por el esplendor y una prodigalidad increíble en cuanto a vestimentas empobrecían continuamente a las grandes familias. Hoy en día, una mayor igualdad en la riqueza ha reducido más bien la forma de ruina privada que ha erradicado este mal. Los gastos incalculables y el esplendor deslumbrante de nuestros antepasados pueden sorprender a la incredulidad de nuestras mujeres elegantes. Vemos a hombres de alto rango agotar sus riquezas y empeñar sus castillos, y luego intentar desesperadamente salir de esa situación.

Page 514

¡Ellos, héroes de una cruzada o bandidos en su propio barrio! —y esto con frecuencia por la simple circunstancia de haber mantenido durante poco tiempo algún espléndido festival caballeresco en sus propiedades, o de haber convertido miles de acres en tela dorada; sus hijos quedaban obligados a mendigar su pan en las propiedades que deberían haber heredado.

Fue cuando la caballería aún encantaba al mundo con los restos de su seductor esplendor, hacia el final del siglo XV, cuando encuentro un ejemplo de este tipo en el Pas de Sandricourt, que se celebró en las cercanías del señor del mismo nombre. Es un acontecimiento memorable, no solo para nosotros, curiosos investigadores de costumbres y moral, sino también para toda la familia de los Sandricourt; porque aunque dicho señor ahora recibe la inmortalidad que le otorgamos, y la dama que presidió aquel magnífico acto caballeresco quedó infinitamente satisfecha, el señor de Sandricourt quedó arruinado para siempre… ¡Y todo por tres meses breves y románticos!

Esta historia del período caballeresco puede resultar entretenida. Un pas d’armes, aunque consistía en ejercicios militares y actos de valentía, era una especie de festival distinto de un torneo. Significaba un paso o ruta que debía ser disputada por uno o más caballeros contra todos los que se atrevieran a enfrentárseles. Era necesario que el camino fuera tal que no pudiera atravesarse sin encontrarse con algún caballero guardián. Los caballeros que disputaban ese paso colgaban sus escudos blasonados en árboles, estacas o postes erigidos para ese fin. Los aspirantes a honores caballerescos golpeaban con su lanza uno de esos escudos, y cuando este resonaba, inmediatamente se llamaba al dueño al desafío. A veces, un puente o un camino servían para este deporte militar, ya que así era como se pretendía que fuera, siempre que el ímpetu de los rivales no fuera demasiado intenso. El señor de Sandricourt era un gran soñador de hazañas caballerescas, y en las cercanías de su castillo imaginaba que había un lugar perfectamente adecuado para cada juego; había uno admirablemente apto para la barrera de un duelo; otro embellecido por un pino solitario; otro que era…

Page 515

llamada la pradera de la Espina; había un cruce, donde, en cuatro caminos, cuatro caballeros podían encontrarse; y, sobre todo, había un bosque llamado Devoyable, sin ningún sendero, tan propicio para los caballeros errantes que podían adentrarse allí en extrañas aventuras y, según lo dispusiera el azar, encontrarse con otros tan perdidos como ellos mismos. Nuestro caballeroso Sandricourt encontró a nueve jóvenes señores de la corte de Carlos VIII de Francia, quienes accedieron a todos sus deseos. Para sancionar esta gloriosa hazaña era necesario obtener permiso del rey, y un heraldo del Duque de Orleans debía distribuir el cartel o desafío por toda Francia, anunciando que a partir de cierta fecha diez jóvenes señores estarían listos para combatir en esos diferentes lugares, en las cercanías del castillo de Sandricourt. Los nombres de esta flor de la caballería fueron registrados fielmente, y eran tales que inmediatamente encendían una chispa en el corazón de todo amante de las armas. El mundo de la caballería se puso en movimiento. Pronto se reunieron cuatro grupos de atacantes, cada uno compuesto por diez combatientes. El heraldo de Orleans, después de examinar los escudos de estos caballeros y asegurarse de su antiguo linaje y su fama militar, admitió sus derechos al honor ofrecido. Sandricourt vio ahora con deleite los numerosos escudos de los atacantes colocados a los lados de sus puertas, correspondiendo a los de los desafiadores que colgaban sobre ellas. Se eligieron a antiguos señores como jueces de las hazañas de los caballeros, acompañados por damas, por cuyo honor únicamente declaraban los combatientes que luchaban.

El heraldo de Orleans narra la historia en versos no muy comprensibles; pero el contenido de su estrofa sigue siendo:

Du pas d’armes du chasteau Sandricourt.

Canta, o dice:

Nunca, desde los tiempos del rey Arturo,

Page 516

Fueron tantas las armas empleadas, tantos caballeros y valientes guerreros, que varios príncipes tuvieron que trasladar sus tierras para poder llegar allí y lanzar ataques. Pero fueron rechazados tan rápidamente que, por la fuerza, lograron superar las barreras y entrar en el castillo de Sandricourt.

Sin duda, muchos “Roland” se encontraron con sus “Oliver”, pero no pudieron superar esas barreras. Como iban completamente vestidos de acero, desde la cabeza hasta los pies, se supone que no podían causarse daños graves entre sí. Sin embargo, cuando luchaban a pie, los jueces antiguos detectaban signos de peligro, por lo que al día siguiente aconsejaron a nuestros caballeros que lucharan a caballo. Durante algún tiempo, estos protestaron contra este consejo prudente, considerándolo una forma inferior de gloria. Pero al día siguiente, se decidió que las justas se llevarían a cabo en el cruce del camino, junto al pino. Al día siguiente, probaron sus lanzas en el prado de los Espinos; pero, aunque luchaban a caballo, los jueces consideraron que sus ataques eran tan feroces que también ese ataque era peligroso: algunos caballos murieron, y algunos caballeros cayeron al suelo, magullados por su propia armadura. Pero los caballos equipados solo con adornos en la cabeza no encontraron protección en esos adornos. Los últimos días se dedicaron a combates de dos contra dos, o a enfrentamientos individuales a pie, en el bosque prohibido. Estas justas transcurrieron sin ningún accidente, y los premios se entregaron de manera igualmente satisfactoria para todos los participantes. El último día de la fiesta concluyó con un banquete sumamente lujoso. Dos nobles caballeros se encargaron de servir la comida; mientras los caballeros buscaban aventuras en el bosque prohibido, se veía a cientos de sirvientes en todas partes, llevando hipocrás blanco y rojo, julepes, sirope de violetas, dulces y…

Page 517

Otras especias, para consolar a esos viajeros, quienes, al regresar al castillo, encontraron un banquete grandioso y abundante. Las mesas estaban llenas en las salas del castillo; algunas acogían a ciento doce caballeros, sin contar a las damas y doncellas. En los pasillos y fuera del castillo había otras mesas. En esa fiesta, más de dos mil personas fueron agasajadas espléndidamente, sin ningún costo; también estaban presentes sus sirvientes, sus armeros, sus plumassiers y otros. La Dame de Sandricourt “estuvo muy contenta de haber organizado en su castillo una fiesta tan hermosa, tan magnífica y tan opulenta”. Los historiadores tienden a describir a sus personajes tal como aparecen, y no tal como son en realidad: si la señora del Señor de Sandricourt realmente estaba “muy contenta” durante esos días espléndidos, no se puede sino simpatizar con ella cuando su leal caballero y esposo le confesó, después de la partida de esa multitud de dos mil visitantes, vecinos, soldados y cortesanos —los caballeros desafiantes, los caballeros atacantes, las hermosas escenas bajo el pino, la barrera en el prado de los Espinos, la lucha a caballo en el cruce, las justas en el bosque prohibido, los festejos en las salas del castillo, la alegría en las mesas del banquete, los bailes hasta que recordaban “cómo la noche menguante envejecía”… En resumen, cuando ese sueño costoso desapareció, él se convirtió en un hombre arruinado para siempre, al inmortalizar su nombre en una gran fiesta caballeresca. El Señor de Sandricourt, como una gran antorcha, se consumió en su propio brillo; y la misma tierra donde se celebró el famoso Pas de Sandricourt también desapareció con él. Así, un solo hombre puede arruinar a generaciones enteras por esa derroche, algo que un economista político nos aseguraría que no causa daño alguno a la sociedad. El mal moral no figura en los estados financieros.

Podemos encontrar ejemplos similares de lujo destructivo en el derroche excesivo en vestimentas durante los reinados de Isabel, Jacobo I y Carlos I. No solo superaban a los demás en su grandeza, sino que la acumulación y variedad de sus atuendos demostraban una gran fantasía.

Page 518

Con sus colores y sus adornos, la sala de recepción en aquellos tiempos debía resplandecer con su presencia y cambiar de color a medida que se movía la multitud. Pero si podemos confiar en las proclamaciones reales, la ruina era general entre algunas clases sociales. Isabel emitió más de una proclamación contra “el exceso en la vestimenta”. Entre los demás males que el gobierno consideraba causados por esta pasión por la ropa, se mencionaba “la destrucción y ruina de un gran número de jóvenes caballeros, que de otro modo podrían ser útiles; y que otros, buscando ser considerados caballeros mediante su vestimenta y seducidos por esa vanidad, no solo consumían sus bienes y tierras, sino que también contraían deudas tan grandes que no podían vivir sin arriesgarse a cometer actos ilegales”. La reina ordenaba a su propia casa “que sirviera de buen ejemplo para todo el reino; y que todos los nobles, arzobispos y obispos, todos los alcaldes, jueces de paz, etc., vieran cómo se aplicaban estas normas en sus propias casas”. La mayor dificultad para regular el uso de la ropa radicaba en determinar los ingresos de las personas; en palabras de la proclamación, “resultaba muy difícil que los demás pudieran comprender realmente el nivel de vida y la fortuna de cada persona”. Se pretendía regularlos según constara en los libros de subsidios. Pero si alguien quería vestirse de manera más lujosa, se le permitía justificar sus medios económicos; en ese caso, si se lo permitían, Su Majestad no saldría perdiendo, ya que se les valoraría en los libros de subsidios según los criterios que ellos mismos indicaran como justificación para tal lujo.

En mis investigaciones entre las cartas manuscritas de esa época, he tenido frecuentes ocasiones de descubrir cómo personas de alto rango parecían llevar sus propiedades a cuestas, y cómo, debido a sus lujos excesivos y extravagantes, veían mermada su capacidad para recibir visitas. Esto era lo que con tanta frecuencia los llevaba a caer en las garras de los “orfebres” y otros usureros comerciales. En la coronación de Jacobo I, encontré el caso de un simple caballero cuyo manto le costó quinientas libras; pero eso no era algo inusual.

Page 519

Isabel, hija de Jacobo I: «La señora Wotton tenía un vestido cuyo bordado costaba cincuenta libras por yarda. La señora Arabella confeccionó cuatro vestidos, uno de los cuales costó 1500 libras. El lord Montacute (Montague) gastó 1500 libras en ropa para sus dos hijas. Una dama, de rango de baronesa, contaba con joyas por valor de más de cien mil libras; “y la señora Arabella supera incluso a ella”, dice el autor de la carta. “Todos estos gastos excesivos y esta riqueza nos vuelven a todos pobres”, según él imaginaba». Me ha divertido observar que los graves escritores de despachos de estado se mofaban de cualquier contratiempo o humillación que sufrieran aquellas personas cuya felicidad dependía por completo de su vestimenta. Sir Dudley Carleton, nuestro ministro en Venecia, transmite, como algo digno de ser transmitido, la gran decepción sufrida por sir Thomas Glover, «quien acababa de llegar aquí y un día apareció como un cometa, todo de terciopelo carmesí y oro labrado, pero todas sus expectativas se vieron arruinadas de repente por la noticia de la muerte del príncipe Enrique». Un contratiempo similar, por una causa diferente, fue el destino del lord Hay, quien realizó grandes preparativos para su embajada a Francia, los cuales, sin embargo, se limitaron sobre todo a su vestimenta. Debía permanecer allí veinte días; y el autor de la carta observa maliciosamente que «Se va con veinte trajes especiales para esos veinte días de estancia, además de sus túnicas de viaje; pero recientemente llegó la noticia de que los franceses han cambiado su moda, por lo que seguramente quedará fuera de lugar si no se viste según la última tendencia». Encontrarse fuera de moda, con veinte trajes para veinte días, era un contratiempo con el que su señoría no tenía derecho a contar.

El «estándar de la moda» estaba indudablemente en manos de dos personajes muy destacados: Rawleigh y Buckingham; y los hechos auténticos registrados sobre su vestimenta explican suficientemente las frecuentes “proclamaciones” destinadas a controlar a ese rebaño servil de imitadores: la pequeña nobleza.

Existe un retrato notable de sir Walter que, al menos, servirá para dar una idea de la alegría y el esplendor de su vestimenta. Es de satén blanco.

Page 520

Chaleco rosado, de mangas cortas hasta la muñeca; sobre el cuerpo, un doublé marrón, finamente floreado y bordado con perlas. En la pluma de su sombrero había una gran rubí y una perla en la parte inferior de la pluma, en lugar de un botón; sus calzas, junto con sus medias y ligas, tenían flecos en los extremos; todo era de color blanco, además de zapatos color beige con cintas blancas. Oldys, quien vio esta imagen, describió así la vestimenta de Rawleigh. Pero yo tengo algunas adiciones importantes: descubrí que los zapatos de Rawleigh, en los días de gran ceremonia, estaban tan ricamente adornados con piedras preciosas que su valor superaba los seis mil seiscientas libras. Además, poseía un conjunto de armadura de plata maciza, con espada y cinturón repletos de diamantes, rubíes y perlas, cuyo valor no era fácil de calcular. Rawleigh no tenía herencia alguna; en ese momento llevaba consigo una buena parte del contenido de un galeón español, además de las ganancias provenientes del monopolio comercial que ejercía con Virginia, recién descubierta. Probablemente pusiera todas sus esperanzas en su vestimenta. La reina virgen, cuando emitía proclamas contra “el exceso de adornos”, perdonaba, con su mirada, esa promesa de riqueza que emanaba de Rawleigh; y, aunque era muy parcimoniosa, olvidaba los tres mil trajes que ella misma dejaba en el armario real.

Buckingham podía permitirse tener sus diamantes fijados de forma tan relajada, que cuando decidía dejar caer algunos al suelo, obtenía toda la fama que deseaba gracias a quienes los recogían, que generalmente eran las damas de la corte; ya que nuestro duque nunca se dignaba a recoger lo que él mismo había dejado caer. Sus capas estaban adornadas con grandes botones de diamante, así como cintas para sombreros, plumas y pendientes, todos ellos unidos con cuerdas y nudos de perlas. Pero eso era solo para bailes ordinarios. “Tenía veintisiete trajes hechos con todo lo más lujoso que podían ofrecer el bordado, el encaje, la seda, el terciopelo, la plata, el oro y las gemas; uno de ellos era de terciopelo blanco sin tallar, completamente cubierto, tanto el traje como la capa, con diamantes valorados en ochenta mil libras. Además, tenía una gran pluma cubierta por completo de diamantes, al igual que su espada, su cinturón, su sombrero y sus espuelas”. En las mascaradas y banquetes…

Page 521

Buckingham entretenía a la corte; por lo general, gastaba, cada noche, de mil a cinco mil libras. Dejo que otros calculen el valor del dinero: hay que recordar que las sumas derivadas de tal derroche excesivo se daban ya en esta era nuestra de un millón de años de antigüedad.

Si, para financiar tales gastos enormes, Buckingham multiplicó los abusos derivados de los monopolios; si saqueó el tesoro público para comprar su abrigo de ochenta mil libras; si Rawleigh se vio finalmente obligado a emprender su último intento desesperado por librarse de sus acreedores con el fin de adquirir un par de zapatos que costaban seis mil libras… En ambos casos, al igual que en el caso del caballero Sandricourt, el economista político quizás pueda reconocer que existe una especie de lujo sumamente criminal. Todos los argumentos que pueda esgrimir, todas las estadísticas que pueda calcular, y el buen estado del medio monetario entre “los comerciantes, bordadores, fabricantes de seda y joyeros”, no cambiarán tal mal moral, que deja una mancha eterna sobre “la riqueza de las naciones”. Es el principio de que “los vicios privados son beneficios públicos”, y de que se puede permitir que las personas arruinen a sus generaciones sin causar ningún daño a la sociedad.

El famoso escritor puritano Philip Stubbes, quien publicó su “Anatomie of Abuses” en 1593, declara haber oído hablar de camisas que costaban unos diez chelines, otros veinte, otros cuarenta, otros cinco libras, otros veinte nobles; y (lo cual es horrible de escuchar), algunas incluso diez libras cada una. Su libro está lleno de denuncias similares contra los abusos; otros satíricos le siguieron el ejemplo. Parece que todo esto tuvo poco efecto en términos de reforma; pues en tiempos de Jacobo I, John Taylor, el poeta, también lamentaba el derroche de aquellos que…

Llevaban zapatos con cordones dorados, ligas adornadas con piedras preciosas cuyo valor equivalía al de una propiedad entera; calzas y jubones cuyo precio era comparable al de un título nobiliario; capas lujosas cuyo valor era casi igual al de tres propiedades.

Page 522

Una banda de castor y una pluma para la cabeza.
Con un precio equivalente al diezmo de la iglesia, el pan del pobre.

261 No es raro encontrar en los inventarios de esa época los enseres domésticos valorados mucho menos que la ropa que usaba la persona cuya propiedad se valoraba de ese modo.

262 El jesuita Drexelius, en uno de sus Diálogos religiosos, señala este hecho; pero me refiero a un manuscrito de la colección Harleian, que confirma la información proporcionada por el jesuita.

**Descubrimientos de hombres reclusos**

Aquellos que no están acostumbrados a los trabajos del estudio no conocen las victorias secretas y silenciosas que se logran en la búsqueda del conocimiento por parte de los hombres eruditos. Esa capacidad, que en poesía a veces se denomina inspiración, en el ámbito del conocimiento podemos llamarla sagacidad; y es probable que la intensidad de la primera no genere más placer que la tranquilidad serena de la segunda. Ambas, según el sentido estricto del término latino del cual hemos tomado nuestra palabra “invención”, representan un descubrimiento, el resultado de una combinación que solo nosotros mismos hemos logrado.

Presentaré varios ejemplos notables de la excelencia de esta capacidad de los eruditos para hacer descubrimientos que solo podrían realizarse mediante un contacto ininterrumpido con los objetos de su estudio, convirtiendo en algo familiar y presente aquello que está lejos y disperso.263

Page 523

Una de las antigüedades es más conocida por el lector que aquellas que estoy preparando para él. Cuando los magistrados de Siracusa mostraban a Cicerón las curiosidades del lugar, él deseó visitar la tumba de Arquímedes; pero, para su sorpresa, ellos admitieron no saber nada sobre tal tumba y negaron que hubiera existido alguna vez. El erudito Cicerón, convencido por las autoridades de los escritores antiguos, por los versos de la inscripción que recordaba y por el hecho de que en ella estuviera grabada una esfera con un cilindro, les pidió que lo ayudaran en la búsqueda. Guiaron al ilustre pero obstinado extranjero hasta su cementerio más antiguo: entre la multitud de sepulcros, observaron una pequeña columna cubierta de zarzas; Cicerón, mientras los veía quitar la basura, exclamó de repente: “¡Aquí está lo que buscamos!”. Su mirada había captado las figuras geométricas de la tumba, y la inscripción confirmó pronto su conjetura. Mucho tiempo después, Cicerón se regocijó por el triunfo de este descubrimiento. “Así”, dice, “una de las ciudades más nobles de Grecia, y antiguamente la más erudita, no sabía nada del monumento de su ciudadano más merecedor e ingenioso, si no fuera porque un nativo de Arpinum lo descubrió para ellos”.

El gran anticuario francés Peiresc demostró una singular combinación de erudición, reflexión paciente y sagacidad brillante, capaz de transformar un “nada efímero” en “un lugar de habitación y un nombre”. En un amatista se encontraron varios signos o hendiduras que habían desconcertado durante mucho tiempo a los investigadores, sobre todo porque se observaban frecuentemente signos o hendiduras similares en monumentos antiguos. Como nadie podía entenderlos y todos querían estar satisfechos, se llegó a la conclusión de que se trataba de jeroglíficos secretos. A Peiresc se le ocurrió que esos signos no eran más que agujeros para pequeños clavos, que antiguamente servían para fijar pequeñas láminas que representaban letras griegas. Esta idea propia le sugirió trazar líneas de un agujero a otro; y así vio cómo el amatista revelaba el nombre del escultor.

Page 524

¡Y el friso del templo con el nombre del dios! Este curioso descubrimiento se ha aplicado con frecuencia desde entonces; pero parece haber tenido su origen en este gran anticuario, quien, gracias a su erudición y sagacidad, explicó un supuesto jeroglífico que había permanecido oculto en el silencio de diecisiete siglos.264

Los hombres eruditos, confinados a sus estudios, han corregido a menudo los errores de los viajeros; han hecho más aún: han encontrado caminos para que estos los exploren o han abierto mares por donde navegar. La ubicación del valle de Tempe fue malinterpretada por los viajeros modernos; y es singular, observa el Quarterly Reviewer, aunque no tanto como parece a ese elegante crítico, que las únicas indicaciones precisas para encontrarlo fueron dadas por una persona que nunca estuvo en Grecia. Arthur Browne, un hombre de letras del Trinity College de Dublín —es grato citar a un filósofo e intelectual irlandés, dada la extrema rareza de tal figura— fue el primero en detectar las incoherencias de Pococke y Busching, y en indicar a los futuros viajeros que buscaran Tempe en su verdadera ubicación: los desfiladeros entre Ossa y Olimpo; un descubrimiento que posteriormente se concretó. Cuando el Dr. Clarke encontró una inscripción que afirmaba que el paso de Tempe había sido fortificado por Casio Longino, el Sr. Walpole, con igual habilidad, detectó en la “Historia de la Guerra Civil” de César el nombre y la misión de esa misma persona.

Un geógrafo contemporáneo, a quien el mundo le debe mucho, no lee a Heródoto en el original; sin embargo, gracias al ejercicio de su extraordinaria capacidad, es bien sabido que a menudo ha corregido al historiador griego, ha explicado las oscuridades de un texto que nunca leyó mediante sus propias conjeturas acertadas, y ha confirmado sus propios descubrimientos con los conocimientos que los viajeros modernos han aportado.

La perseverancia de Gray en el estudio de la geografía de la India y de Persia, en una época en que nuestro país no tenía intereses directos con esos antiguos imperios, habría sido considerada por un observador cínico como algo curioso.

Page 525

La ociosidad de un mero hombre de letras. Estos estudios sí se llevaron a cabo, como observa el señor Mathias, “según los principios desinteresados de una investigación liberal, y no según los de la política, ni de la regulación del comercio, ni de la expansión del imperio, ni de establecimientos permanentes, sino simplemente y únicamente desde una visión amplia de lo que es y de lo que ha sido. Fueron las investigaciones de un erudito solitario en retiro académico”. Desde la época de Gray, estas mismas investigaciones han sido continuadas por dos geógrafos consumados, el mayor Rennel y el dr. Vincent, quienes han puesto a disposición del lector clásico y político todo lo que este deseaba saber, en una época en que la India y Persia se habían convertido en objetos interesantes e importantes para nosotros. Los frutos del conocimiento de Gray, mucho tiempo después de que su autor ya no estuviera, se volvieron valiosos.

Los estudios del “erudito solitario” siempre son útiles para el mundo, aunque no siempre coincidan con las necesidades actuales de este; de hecho, con él no están destinados únicamente a ese fin. Gray descubrió la India por sí mismo; pero las investigaciones solitarias de un gran estudioso, orientadas hacia un propósito específico, nunca dejarán de ser útiles para el mundo; aunque pueda ocurrir que pase un siglo entre el momento del descubrimiento y su utilidad práctica.

La versión de Halley de un manuscrito árabe sobre un tema matemático es un ejemplo de la extraordinaria sagacidad a la que me refiero; también puede servir como demostración de las ventajas peculiares y sobresalientes que poseen los matemáticos, observa el señor Dugald Stewart, en sus relaciones fijas, que constituyen los objetos de su ciencia, y en la precisión correspondiente de su lenguaje y razonamiento: como cuestión de historia literaria, es sumamente curiosa. El dr. Bernard descubrió accidentalmente en la Biblioteca Bodleiana una versión árabe de Apollonius de Sectione Rationis, que decidió traducir al latín, pero solo logró terminar aproximadamente una décima parte. Halley, extremadamente interesado en el tema, pero completamente ignorante del idioma árabe, decidió completar la versión incompleta. Con la ayuda únicamente de…

Page 526

El manuscrito que había dejado Bernard le sirvió como clave para investigar el sentido del original; primero hizo una lista de esas palabras dondequiera que aparecieran, junto con la secuencia de razonamientos en los que estaban involucradas, para descifrar, paso a paso y de forma muy lenta, el significado del contexto; hasta que finalmente Halley logró dominar toda la obra y llevar la traducción, sin la ayuda de nadie, a la forma en que la presentó al público; así que aquí tenemos una obra difícil traducida del árabe por alguien que en modo alguno dominaba ese idioma, meramente gracias al esfuerzo de su sagacidad.

Presento el relato memorable, tal como lo contó Boyle, de las circunstancias que llevaron a Harvey al descubrimiento de la circulación de la sangre.

“Recuerdo que cuando le pregunté a nuestro famoso Harvey, en el único diálogo que tuve con él, poco antes de su muerte, cuáles eran las cosas que lo llevaron a pensar en la circulación de la sangre, me respondió que, al observar que las válvulas en las venas de muchas partes del cuerpo estaban dispuestas de tal manera que permitían el paso libre de la sangre hacia el corazón, pero impedían el paso de la sangre venosa en dirección contraria, se vio inducido a pensar que una causa tan providente como la naturaleza no habría colocado tantas válvulas sin un propósito; y no parecía haber propósito más probable que aquel, ya que, debido a las válvulas intermedias, la sangre no podía ser enviada por las venas a los miembros, por lo que debía ser enviada a través de las arterias y regresar por las venas, cuyas válvulas no obstaculizaban su curso en esa dirección”.

La razón atribuida aquí a Harvey ahora parece tan natural y obvia, que algunos han querido cuestionar su derecho al alto rango que comúnmente se le asigna entre los mejoradores de la ciencia. El Dr. William Hunter dijo que, después del descubrimiento de las válvulas en las venas, algo que Harvey aprendió en Italia de su maestro, Fabricius ab

Page 527

Aquapendente: el paso restante podría haber sido llevado a cabo fácilmente por cualquier persona con capacidades normales. “Este descubrimiento”, observa, “hizo que Harvey se dedicara al estudio del uso del corazón y del sistema vascular en los animales; y en el transcurso de algunos años, tuvo la suerte de descubrir, y demostrar más allá de toda duda, la circulación de la sangre”. Posteriormente expresa su asombro por el hecho de que este descubrimiento haya quedado en manos de Harvey, aunque reconoce que esto requirió “varios años”; añadiendo que “la Providencia quiso reservárselo a él, y no permitió que los hombres vieran lo que tenían delante ni comprendieran lo que leían”. Es notable que, cuando se realizan grandes descubrimientos, su sencillez parece siempre restarle originalidad: en tales ocasiones recordamos el huevo de Colón.

Se dice que un descubrimiento reciente, que demuestra que el Níger desemboca en el Océano Atlántico, ya había sido anticipado gracias a la agudeza geográfica de un estudiante de Glasgow, quien llegó a la misma conclusión mediante una investigación muy perseverante de las obras de viajeros y geógrafos, antiguos y modernos, así como mediante el examen de prisioneros africanos; e incluso construyó, para su presentación al gobierno, un mapa de África en el cual trazó todo el curso del Níger desde su nacimiento en el interior del continente.

Franklin conjeturó sobre la identidad entre el rayo y la electricidad, antes de poder confirmarlo mediante experimentos decisivos. Una vez elevada la cometa, transcurrió bastante tiempo sin que se observara ningún signo de que estuviera electrificada. Una nube muy prometedora pasó por encima de ella sin causar ningún efecto. Justo cuando comenzaba a desesperar de su invento, observó que algunos hilos sueltos de la cuerda de cáñamo se erguían y se apartaban unos de otros, como si estuvieran suspendidos en un conductor común. Sorprendido por este resultado prometedor, inmediatamente acercó su nudillo al dispositivo. ¡Que el lector juzgue el exquisito placer que debió sentir en ese momento, cuando el descubrimiento se completó! Debemos a Priestley este admirable…

Page 528

Narrativa: la intensa sensación de alegría que experimentó Franklin cuando su nudillo tocó la llave, y en el momento en que sintió que se abría un mundo nuevo, podría haber sido igualada, pero probablemente no superada, cuando esa misma mano firmó la tan disputada independencia de su país.

Mientras Leibniz se dedicaba a sus razonamientos filosóficos sobre su Ley de Continuidad, su singular sagacidad le permitió prever un descubrimiento que posteriormente se hizo realidad: imaginó la existencia necesaria del pólipo.

Se ha señalado acerca de Newton que varios de sus sutiles indicios, algunos en forma de preguntas modestas, resultaron ser predicciones; entre ellos, el relativo a la inflamabilidad del diamante. Muchos de ellos fueron tomados como axiomas indiscutibles. Una indicación al final de su obra *Óptica*, según la cual “si la filosofía natural sigue mejorando en sus diversos campos, también se ampliarán los límites de la filosofía moral”, es quizás una de las descubrimientos más importantes de la humanidad; dio origen a la Teoría Fisiológica de la Mente de Hartley. Las preguntas, los indicios y las conjeturas de Newton demuestran la mayor sagacidad creativa; y muestran de qué manera los descubrimientos de hombres retirados, al dejar su legado al mundo, les proporcionan una fuente frecuente de triunfos secretos y silenciosos.

263 La notable pista para la lectura del idioma jeroglífico del antiguo Egipto, perfeccionada en nuestros días, es un ejemplo destacado de esto; al igual que las investigaciones que actualmente se llevan a cabo sobre inscripciones babilónicas, las cuales prometen permitirnos comprender un idioma que alguna vez se consideró irremediablemente perdido.

264 El lector curioso puede observar las marcas y la forma en que se formaban los caracteres griegos en el prefacio de los *Discursos Curiosos* de Hearne. La amatista resultó ser más difícil de trabajar que el friso, debido a que, al grabar en la piedra, las letras deben colocarse al revés.

Page 529

BIOGRAFÍA SENTIMENTAL.

Un crítico periódico, probablemente uno de los más jóvenes, ha hecho una observación sorprendente. “Hay”, dice este senador literario, “algo melancólico en el estudio de la biografía, porque es… una historia de los muertos”. Un tópico y una falsedad mezclados juntos constituyen la tentación para algunos críticos modernos de cometer ese pecado tan querido por ellos: la novedad y la originalidad. Pero realmente no podemos compadecernos de los lectores de Plutarco por su profunda melancolía; nosotros, que sentimos que nuestro espíritu se renueva, en medio de la mediocridad de la sociedad, cuando somos llevados de vuelta a aquellos hombres y mujeres que fueron ilustres en todo sentido. Para nosotros, la biografía es una reunión con la existencia humana en su estado más excelente; y no encontramos nada muerto en el pasado, ya que conservamos las simpatías que solo necesitan ser despertadas.

Habría sido más razonable que el crítico descubriera que nuestro país aún no ha tenido a su Plutarco, y que nuestra biografía sigue siendo poco más que un conjunto de compilaciones.

En este estudio de la biografía existe una categoría que aún no ha sido distinguida: las biografías escritas por algún amigo cercano o por algún entusiasta que trabaja con amor. Sin duda se necesita un término para esta clase distinta. Los alemanes parecen haber inventado uno de carácter platónico, tomado del griego “psyche”, o alma; lo denominan vida psicológica. Se ha hecho otro intento, dandole el término científico de

Page 530

Idiosincrasia, para designar una peculiaridad de carácter. Yo lo llamaría biografía sentimental.

Es distinta de la biografía cronológica, ya que busca los sentimientos del individuo entre los hechos comprobados de su vida; de modo que los hechos que ocurrieron a grandes distancias entre sí son aquí reunidos de inmediato. Los detalles de los acontecimientos que completan la biografía cronológica contienen muchos que no están relacionados con la peculiaridad del propio carácter. Lo sentimental también se diferencia de la autobiografía, por más que pueda parecer parte de ella. Si un hombre tiene derecho a dedicarle elogios excesivos a sí mismo, eso no lo decidiré; pero es cierto que arriesga todo al recurrir a un testigo solitario y sospechoso.

Tenemos dos Vidas de Dante, una de Boccaccio y otra de Leonardo Aretino, ambas interesantes: pero la de Boccaccio es la vida sentimental.

Aretino, en efecto, encuentra defectos, pero con toda la ternura posible, en el esbozo afectuoso de Boccaccio, *Origine, Vita, Studi e Costumi del clarissimo Dante*, etc. “Origen, vida, estudios y costumbres del ilustre Dante”, etc. “Me parece”, dice, “que nuestro Boccaccio, dolcissimo e suavissimo uomo, hombre dulce y encantador, ha escrito la vida y las costumbres de este sublime poeta como si estuviera componiendo el *Filocolo*, el *Filostrato* o el *Fiametta*”, las novelas de Boccaccio, “llenas de suspiros de amor y cubiertas de lágrimas cálidas, como si un hombre hubiera nacido en este mundo solo para vivir entre las damas enamoradas y los jóvenes galantes de los diez días amorosos de sus cien novelas”.

Aretino, que no poseía toda la sensibilidad necesaria para describir de manera encantadora los “costumi e studi” del Dante de Boccaccio, pide modestamente que su propia vida de Dante sea considerada como un complemento, y no como un sustituto, de la de Boccaccio. Patético con todas las penas, y elocuente con todas las reproches de un conciudadano, Boccaccio, mientras lloraba, colgaba…

Page 531

Ira por la vergüenza de su país por su apatía hacia el honor de su ilustre exiliado, que tanto sufrió. Inspirándose en las páginas llenas de vida de Boccaccio, uno desea tener dos biografías de este personaje tan importante: una estrictamente y completamente histórica, y otra llena de esos mismos sentimientos del difunto, que quizás tengamos que buscar en vano en la biografía basada en hechos concretos y en orden cronológico. De hecho, Boccaccio se dejó llevar por sus propios sentimientos. O bien no conocía los acontecimientos importantes de la vida de Dante, o bien los omitió; mientras que su imaginación le daba un tono romántico a acontecimientos que tal vez no tenían ningún fundamento real. Boccaccio narra un sueño de la madre de Dante de forma tan poética, que probablemente olvidó que solo alguien soñador podría haberlo contado. Sentada bajo un alto laurel, junto a una gran fuente, la madre soñó que daba a luz a su hijo; lo vio nutriéndose de sus frutos y refrescándose con sus aguas claras; pronto lo vio convertido en pastor. Al acercarse para arrancar unas ramas, lo vio caer. Cuando se levantó, ya no era un hombre, sino que se había transformado en un pavo real. Perturbada por su asombro, despertó de repente. Pero cuando el padre descubrió que realmente tenía un hijo, en alusión al sueño lo llamó Dante… ¡Y con razón! Pues, como veremos más adelante, el efecto correspondía perfectamente al nombre. A los nueve años, en un día de mayo, cuya festividad Boccaccio describe maravillosamente, cuando la suavidad del cielo adornaba la tierra con sus flores, moviendo las ramas verdes y haciendo que todo sonriera, Dante se mezcló con los niños y niñas en la casa del buen ciudadano que organizaba esa fiesta. Allí vio a la pequeña Bricè, como se la llamaba cariñosamente, pero cuyo nombre real era Beatriz. Es posible que el pequeño Dante la hubiera visto antes, pero en ese momento la amó, y desde ese día nunca dejó de amarla. Así, Dante, en su temprana edad, se convirtió en un sirviente devoto del amor… ¡Qué sirviente tan devoto del amor en una edad infantil! Boccaccio se remite al propio relato de Dante sobre su larga pasión y sus constantes suspiros, en la Vita.

Page 532

Nada. Ni mirada, ni palabra, ni señal, empañó la pureza de su pasión; pero en su vigésimo cuarto año murió “la bellissima Beatrice”. Se describe entonces a Dante como más que inconsolable: sus ojos eran dos fuentes abundantes de lágrimas; indiferente a la vida, dejó que su barba creciera salvajemente, y para los demás parecía un hombre salvaje y demacrado, cuyo aspecto había cambiado tanto que, mientras duró esa vida de llanto, apenas era reconocido por sus amigos; todos contemplaban con profunda compasión a un hombre tan completamente transformado. Dante, conmovido por aquellos que podían consolar al inconsolable, fue finalmente instado por sus parientes a casarse con una dama de su misma condición social; y se sugirió que, ya que la difunta le había causado tan grandes dolores, la nueva podría ser fuente de alegría. Los parientes y amigos de Dante le dieron una esposa para que sus lágrimas por Beatriz cesaran.

Se supone que este matrimonio resultó infeliz. Boccaccio, como un amante patético más que como biógrafo, exclama: “¡Oh mentes ciegas! ¡Oh inteligencias oscuras! ¡Oh argumentos vanos de muchos mortales! ¡Cuántas veces son los resultados contrarios a nuestros consejos!”. “¡Oh hombres ciegos! ¡Oh mentes oscuras! ¡Oh argumentos vanos de la mayoría de los mortales! ¡Con qué frecuencia los resultados son contrarios a nuestro consejo! A menudo es como llevar a alguien que respira el aire fresco de Italia para que se refresque en las sombras eternas de las montañas de Ródope. ¿Qué médico expulsaría una fiebre ardiente con fuego, o pondría nieve e hielo en la médula temblorosa de los huesos? Así ocurrirá sin duda con aquel que, con un nuevo amor, pretende aliviar el antiguo. Aquellos que creen esto no conocen la naturaleza del amor, ni cuánto añade una segunda pasión a la primera. En vano intentaríamos ayudar o aconsejar a esta pasión poderosa, si ha echado raíces cerca del corazón de quien ha amado durante mucho tiempo”.

Boccaccio ha engañado a mi pluma durante media hora con todos los amores y fantasías que surgieron de su propio corazón afectuoso y romántico. ¡Qué cosas tan efímeras ha tejido en la “Vida” de Dante! ¡Esta biografía sentimental! ¿Acaso sabía muy poco sobre la historia personal del gran…?

Page 533

El hombre a quien él idolatraba, o si el sueño de la madre —la entrevista del Día del Trabajo con el pequeño Bricè y los demás niños—, así como las expresiones de alegría por el matrimonio de Dante, estaban basados en la tradición, uno no rechazaría con dureza tales momentos tiernos. Pero no se debe pensar que el corazón de Boccaccio solo fuera susceptible a impresiones amorosas: arrebatos de entusiasmo y elocuencia, que solo un hombre genial merece recibir y solo un hombre genial es capaz de otorgar, encienden el patriotismo masculino de su espíritu valiente e indignado.

Habían transcurrido medio siglo desde la muerte de Dante, y aún los florentinos no mostraban signo alguno de arrepentimiento por su antiguo odio hacia ese patriota perseguido, ni tampoco ningún sentido de memoria hacia el creador de su lengua, cuya inmortalidad se había convertido en parte de su propia gloria. Boccaccio, apasionado por toda su naturaleza generosa, aunque lamenta no poder erigir una estatua a Dante, ha dejado a la posteridad algo más que mármol, en la “Vida”. Me atrevo a dirigir este mensaje elevado y valiente a sus conciudadanos; pero siento que incluso el genio de nuestra lengua parece insignificante frente a la elocuencia armoniosa de este gran devoto de Dante.

“¡Paisaje ingrato! ¿Qué locura te impulsó, cuando tu ciudadano más querido, tu principal benefactor, tu único poeta, fue expulsado por una crueldad inusual? Si esto hubiera ocurrido en el terror general de aquel tiempo, producto de malas intenciones, podrías tener excusa; pero cuando pasó esa pasión, ¿te arrepentiste? ¿Lo llamaste de vuelta? Ten paciencia conmigo, y no consideres molesto que yo, que soy tu hijo, exprese lo que la justa indignación me impulsa a decir, como alguien que desea más ver cambios en ustedes que verlos castigados. ¿Te parece glorioso, estar orgulloso de tantos títulos y de tales personas, y aun así haber elegido expulsar de entre ustedes al único igual al cual ninguna ciudad vecina puede presumir? ¿Con qué triunfos, con qué ciudadanos valientes, te crees magnífico? Tu riqueza es algo efímero e incierto; tu belleza frágil también desaparecerá.”

Page 534

Vieja; tu delicadeza es vergonzosa y femenina; pero eso te hace ser objeto de los juicios falsos de la plebe. ¿Te glorías de tus comerciantes y de tus artistas? Hablo imprudentemente; pero aquellos son tenazmente avaros en su comercio servil; y el Arte, que antaño fue tan noble y se convirtió en una segunda naturaleza, golpeado por la misma avaricia, ahora está tan corrompido que ya no vale nada. ¿Te glorías de la vileza y la pereza de esos ociosos, que, porque se recuerdan sus antepasados, intentan crear entre vosotros una nobleza para gobernaros, siempre mediante robos, traiciones y mentiras? ¡Ah! ¡Miserable madre! Abre tus ojos; mira con algo de arrepentimiento lo que has hecho, y avergüénzate, al menos, de ser considerada sabia, de haber tomado decisiones tan fatales en tus errores. ¿Por qué no imitar, más bien, las acciones de aquellas ciudades que discutían encarnizadamente solo por el honor del lugar de nacimiento del divino Homero? Mántua, nuestra vecina, considera como su mayor gloria el hecho de que Virgilio fuera mantuano; y respeta tanto su nombre que, no solo en lugares públicos, sino también en los más privados, vemos su imagen esculpida. Solo vosotras, mientras os hicisteis famosas gracias a hombres ilustres, no mostrasteis ningún interés por vuestro gran poeta. Vuestro Dante Alighieri murió en el exilio, al cual le destinasteis injustamente, por envidia a su grandeza. Es un crimen que no debe recordarse: que una madre albergue envidia hacia las virtudes de su hijo. Ahora deja de ser injusta. Él ya no puede hacerte lo que, estando vivo, nunca te hizo. Yace bajo otro cielo que el tuyo, y nunca podrás volver a verlo, salvo ese día en que todos vuestros ciudadanos lo contemplarán, y el gran Reparador lo examinará y lo castigará. Si la ira, el odio y la enemistad se entierran con un hombre, como se cree, entonces comienza a volver a ti misma; comienza a avergonzarte de haber actuado en contra de tu antigua humanidad; comienza, entonces, a querer parecer una madre, y no una madrastra fría e indiferente. Entrega tus lágrimas a tu hijo; entrega tu piedad materna a aquel a quien una vez rechazaste y, estando vivo, alejaste de ti. Al menos piensa en tenerlo en tu memoria, incluso muerto, y devuelve a su memoria tu ciudadanía, tu reconocimiento y tu gracia. Fue un hijo que…

Page 535

Te tuvo en gran estima, y aunque estuvo mucho tiempo en el exilio, siempre se consideró, y quería ser llamado, florentino. Te tuvo siempre por encima de todos los demás; siempre te amó. ¿Qué harás entonces? ¿Permanecerás obstinada en la iniquidad? ¿Serás menos humana que los bárbaros? Deseas que el mundo crea que eres la hermana de la famosa Troya y la hija de Roma; ciertamente, los hijos deben parecerse a sus padres y a sus antepasados. Príamo, en su desgracia, compró el cadáver de Héctor con oro; y Roma quiso poseer los huesos del primer Escipión, sacándolos de Linternum, esos huesos que él, al morir, le había negado tan justamente. Procura, pues, ser la verdadera guardiana de tu Dante, reclámalo; muestra este sentimiento humano, reclámalo. Puedes hacerlo sin temor: estoy segura de que no te será devuelto; pero así podrás mostrar al menos un poco de compasión, y, sin tenerlo de nuevo, seguir disfrutando de tu antigua crueldad. ¡Ay! ¿Qué consuelo te traigo? Casi creo que, si los muertos pudieran sentir, el cuerpo de Dante no resucitaría para volver contigo, porque yace en Rávena, cuya tierra sagrada está cubierta por todas partes de las cenizas de los santos. ¿Acaso Dante dejaría esta bendita compañía para mezclarse con los restos de aquellos odios e iniquidades que no le dieron descanso en vida? Las reliquias de Dante, incluso entre los cuerpos de emperadores y mártires, y de sus ilustres antepasados, son consideradas un tesoro, pues allí sus obras son admiradas; esas obras de las cuales aún no has sabido hacerte digna. Su lugar de nacimiento, su origen, permanecen para ti, a pesar de tu ingratitud. Y esta Rávena te envidia, mientras se gloría de tus honores, que le ha arrebatado a lo largo de los siglos venideros.

Tal fue la profunda emoción que abrió el corazón de Boccaccio en esta biografía sentimental, y que despertó incluso vergüenza y confusión en las mentes de los florentinos; se sonrojaron por sus viejos odios, y, con simpatías renovadas, se apresuraron a honrar la memoria de su gran bardo. Por orden de la ciudad, La Divina Comedia fue leída y explicada públicamente al pueblo. Boccaccio, entonces, abrumado por sus enfermedades…

Page 536

La edad despertó su genio ya en declive: aún había vigor en los huesos del león anciano, y se dedicó a componer sus célebres Comentarios sobre la Divina Comedia.

En esta categoría de biografías sentimentales colocaría una especie que el historiador Carte observó durante sus viajes literarios por el Continente, en busca de su objetivo histórico. Encontró, conservados entre varias familias antiguas de Francia, sus anales familiares. “Con un espíritu cálido y patriótico, digno de imitación, han preservado con cuidado a lo largo de las generaciones los hechos de sus antepasados”. Este deleite y orgullo de los galos modernos por las grandes y buenas acciones de sus antepasados, conservadas en archivos familiares, será atribuido a su necedad o a su vanidad; sin embargo, en esa necedad puede haber tanta sabiduría, y en esa vanidad tanta grandeza, que una podrá redimir ampliamente a la otra.

Esta costumbre ha sido raramente adoptada entre nosotros; no obstante, contamos con algunas historias separadas de algunas familias antiguas, como las de Mordaunt y Warren. Una de las más notables es “Una historia genealógica de la casa de Yvery, en sus diferentes ramas: Yvery, Luvel, Perceval y Gournay”. Dos volúmenes extensos, impresos con gran detalle, que exponen los caracteres y acontecimientos de una sola familia con la pompa solemne de un heráldico, pero más bien reflejan la idolatría del autor hacia la nobleza antigua y su desdén por aquellos que ocupan posiciones elevadas en la sociedad y a quienes denomina “hombres nuevos”; esto provocó al menos la burla de quienes fueron objeto de tales críticas. Esta obra extraordinaria, pese a sus absurdidades en su conjunto, ha dejado una profunda impresión. Extraída de registros familiares auténticos, no carece de interés examinar sus páginas abundantes; seguimos con simpatía romántica la suerte de los descendientes de la casa de Yvery, desde ese héroe inolvidable, el valiente Perceval, caballero de la Mesa Redonda, hasta el barón normando Asselin, apodado el Lobo por su valentía o ferocidad; y luego hasta el caballero de Carlos I, Sir Philip Perceval.

Page 537

Quien, habiendo defendido gloriosamente su castillo, fue finalmente privado de sus posesiones señoriales, pero nunca de su lealtad; murió en la oscuridad, en la metrópoli de un corazón roto. Hasta que llegamos al noble distinguido, el señor Egmont de los Georges.

La nación ha perdido muchos ejemplos nobles de hombres y mujeres que desempeñaron un papel importante en ocasiones cruciales y luego se retiraron a la vida privada. Podemos estar seguros de que muchos nombres no han sido inscritos en el registro de la gloria nacional solo por falta de unas pocas gotas de tinta. Estos anales familiares aún pueden consultarse en los registros de la familia en el castillo de Appleby. Ana, condesa de Pembroke, fue una mujer gloriosa, descendiente de dos poderosas familias del norte: los Veteripont y los Clifford. Vivía en un estado de esplendor y autonomía reales, habitando cinco o siete castillos. Aunque su espíritu generoso se manifestaba a través de sus numerosas obras de caridad, y aunque su independencia era comparable a la de los monarcas, en su vida cotidiana vivía como una ermitaña en sus propios castillos. Aunque solo conocía su idioma nativo, cultivó su mente en diversos campos del conocimiento. Como observa Donne, “sabía cómo conversar sobre todo, desde la predestinación hasta la seda”. Su objetivo favorito era reunir material para la historia de esas dos poderosas familias del norte con las que estaba emparentada. Invertió una suma considerable para que personas eruditas recopilaran información de los registros de la Torre, de los libros oficiales y de otros depósitos de manuscritos. Gilpin vio tres volúmenes grandes ya transcritos. Estos registros familiares, compuestos por anécdotas de personajes muy diversos que actuaron en ocasiones importantes, nos hacen desear que el público cuente con tales anales de la vida privada de héroes y sabios, que solo han fallado en encontrar un historiador.

Un monumento biográfico de esta naturaleza, publicado ya, demostrará suficientemente la utilidad de este tipo de obras sentimentales.

Page 538

Biografía. Se trata de la vida de Robert Price, un abogado galo y antepasado del caballero cuya ingeniosidad, en nuestros días, ha perfeccionado los principios del pictoresquismo en el arte. Esta biografía se anuncia como “impresa por encargo de la familia”; pero no debe considerarse meramente como un homenaje de afecto privado. Queda por contar hasta qué punto nos interesan hoy en día las acciones de un abogado galés durante el reinado de Guillermo III, cuyo nombre probablemente nunca llegó a quedar registrado en las páginas de la historia.

Robert Price, después de haber servido a Carlos II, vivió posteriormente en los tiempos turbulentos de Guillermo III. Probablemente tenía principios torys, ya que, con la llegada del príncipe holandés, fue destituido de su cargo de fiscal general de Glamorgan. El nuevo monarca fue acusado de favoritismo y de entregar concesiones exorbitantes a algunos de sus súbditos extranjeros, lo que pronto generó una fuerte oposición por parte de los ingleses celosos. El gran favorito, William Bentinck, tras ser elevado al rango de conde de Portland, recibió tres títulos nobiliarios en el condado de Denbigh. El patriota de su país natal —título que los galeses ya habían otorgado a Robert Price— entonces se levantó para defender los derechos de su patria. Sus discursos son admirables tanto por su conocimiento como por su espíritu. “Someter a 1500 propietarios libres a la voluntad de un señor holandés”, declaró sarcásticamente, “significaba ponerlos en una situación peor que la que tenían anteriormente, bajo Guillermo el Conquistador y sus señores normandos. Inglaterra no debe estar sometida a extranjeros; debemos, como patriotas, apoyar a nuestro país. De lo contrario, cuando Dios nos envíe un príncipe de Gales, podría recibir como regalo una corona, tal como el Papa hizo con el rey Juan, apodado Sin Tierra, a quien su padre nombró señor de Irlanda. Esa concesión fue confirmada por el Papa, quien le envió una corona hecha de plumas de pavo real, en señal de desprecio hacia su poder y la pobreza de su país”. Robert Price afirmó que el rey no podía, según la Carta de Derechos, enajenar o entregar la herencia de un príncipe de Gales sin el consentimiento del parlamento. Concluyó con un discurso extenso y patriótico.

Page 539

discurso, proponiendo que se presentara una petición al rey para poner fin de inmediato a la concesión que ahora iba a parar al Conde de Portland para los señores, etc.

Este discurso tuvo tal efecto que la petición fue aprobada por unanimidad; y el rey, aunque estaba muy resentido por el discurso de Robert Price, envió un mensaje a los comunes en el que declaraba que no debería haber dado esas tierras a Lord Portland si hubiera imaginado que la Cámara de los Comunes podría verse afectada; “¡Por lo tanto, retiraré esa concesión!”. Al recibir el mensaje real, Robert Price redactó una resolución a la que la cámara accedió, según la cual “obtener o aprobar concesiones exorbitantes por parte de cualquier miembro del Consejo Privado, etc., era un crimen y delito grave”. El discurso de Robert Price contenía demasiadas verdades y era demasiado audaz como para ser publicado durante ese reinado; pero este discurso contra los extranjeros fue impreso el año siguiente a la muerte del rey Guillermo, con el título “Gloria Cambriæ, o el discurso de un británico valiente en el parlamento, contra un príncipe holandés de Gales”, acompañado del lema “Opposuit et Vicit”. Tal era el gran carácter de Robert Price que fue nombrado juez de Gales por el mismo soberano cuyos planes favoritos había frustrado tan patrióticamente.

Otro acontecimiento destacado en la vida de este patriota inglés fue una segunda postura noble que adoptó contra la autoridad real, cuando esta iba en contra del interés público. La historia secreta de una disputa entre Jorge I y el Príncipe de Gales, posteriormente Jorge II, tras el nacimiento de un hijo, aparece en esta biografía; y cuando el príncipe, en desgracia, dejó el palacio, su alteza real propuso llevarse a sus hijos y a la princesa con él; pero el rey retuvo a los niños, alegando que la custodia de la descendencia real era una prerrogativa real. Ahora se convirtió en un punto legal determinar “si la educación de los nietos de su majestad y el cuidado de sus matrimonios, etc., pertenecían por derecho a su majestad como rey de este reino, o no”. Diez de los jueces concedieron servilmente plena validez a dicha prerrogativa. Robert Price

Page 540

Y otro juez decidió que la educación, etc., era derecho del padre, aunque el matrimonio lo había contraído Su Majestad como rey de este reino, pero eso no excluía al príncipe, su padre. Aseguró al rey que aquellos diez jueces serviles no tenían autoridad para respaldar su opinión precipitada; todos los libros y precedentes no podían constituir una prerrogativa para que el rey de este reino se encargara del cuidado y educación de sus nietos durante su vida y sin el consentimiento de su padre, una prerrogativa desconocida en las leyes de Inglaterra. Abogó por los derechos del padre, con el espíritu de quien los siente, así como con conocimientos jurídicos e históricos.

Estos fueron los dos grandes acontecimientos en la vida de este juez galés. Sin embargo, si la familia no hubiera encontrado a alguien para conmemorar estos memorables eventos en la vida de su antepasado, habríamos perdido la noble imagen de un intérprete constitucional de las leyes, de un caballero rural independiente y de un inglés celoso de la excesiva influencia ministerial o real.

Cicerón y otros nos han informado de que la propia historia antigua de Roma estaba compuesta por tales relatos de familias privadas; a los cuales, de hecho, debemos añadir esos anales o registros de eventos públicos que, sin duda, fueron conservados en los archivos de los templos por los sacerdotes. Pero la historia de un individuo puede tener interés público siempre que la habilidad del escritor se combine con la importancia del evento. Mesala, el orador, se enorgullecía de haber compuesto muchos volúmenes sobre las genealogías de la nobleza romana; y Atico escribió la genealogía de Bruto para demostrar que descendía de Junio Bruto, el que expulsó a los Tarquinios y fundador de la República, casi quinientos años antes.

Otra categoría de esta biografía sentimental fue concebida por la difunta Elizabeth Hamilton. Consistiría en una serie de lo que ella llamaba biografías comparativas, en las cuales un personaje antiguo sería comparado con uno moderno. Ocupada por su novela histórica con…

Page 541

Por el carácter de Agripina, buscó en la historia moderna una compañera del mismo sexo y “alguien que, como ella, hubiera experimentado las vicisitudes de la fortuna”; y no encontró a nadie más cualificado que la princesa palatina, Isabel, hija de Jacobo I. Su próxima vida habría sido la de Séneca, con “las escenas y personajes con los que su Vida de Agripina ya la había familiarizado”; y el contraste o paralelo habría sido Locke; lo cual, bien manejado, según ella, habría resultado suficientemente sorprendente. Me parece que eso más bien habría servido como prueba de su invención. Un proyecto biográfico así recuerda a las Paralelas de Plutarco, y podría correr el riesgo de mostrar más ingenio que verdad. El sabio de Queronea debió de esforzarse mucho para crear sus paralelos, combinando los acontecimientos más dispares y los sentimientos más distintos para hacerlos similares; y, para mantener sus paralelos en línea recta, probablemente utilizó libremente adjetivos aumentativos y diminutivos para ayudar a sus parejas, que podían ser iguales, pero no idénticas.

Nuestra patria es generosa con nombres inmortales, o nombres que podrían hacerse inmortales. Gibbon contempló una vez con complacencia el ideal mismo de la BIOGRAFÍA SENTIMENTAL, y podemos lamentar que solo haya dejado el proyecto. “He estado mucho tiempo pensando en escribir un volumen de biografías: las vidas, o mejor dicho, los caracteres, de las personas más destacadas en las artes y las armas, en la Iglesia y el Estado, que han brillado en Gran Bretaña desde el reinado de Enrique VIII hasta nuestros días. Este tema permitiría mostrar de manera rica la naturaleza humana y la historia nacional, y llegaría poderosamente a los sentimientos de todo inglés”.

“Un Comentario sobre la Divina Comedia de Dante”, en inglés, impreso en Italia, acaba de llegarme. Me alegra comprobar que esta biografía del Amor, por más romántica que sea, es verdadera. A los nueve años, Dante ya era amante y poeta. El tierno soneto, libre de toda oscuridad, que compuso sobre Beatriz, se conserva en ese singular volumen. Ya no puede haber dudas al respecto.

Page 542

Dudas sobre la historia de Beatriz; pero el soneto y la pasión deben ser “clasificados entre curiosos fenómenos naturales”, o hasta qué punto son apócrifos, queda para investigaciones futuras.

266 Esta obra fue publicada en 1742, y la escasez de estos volúmenes se sintió en la época de Granger, ya que entonces alcanzaban un precio considerable de cuatro guineas; hace algún tiempo se vendió un ejemplar en buen estado por treinta en una subasta, y un ejemplar barato me fue ofrecido a doce guineas. Estos volúmenes deberían contener diecisiete retratos. El primero fue escrito por el señor Anderson, quien, muriendo antes de que apareciera el segundo, Lord Egmont, con los materiales que Anderson había dejado, concluyó su historia familiar—con amore.

267 El señor Anderson, autor del primer volumen, era un entusiasta del feudalismo; planteó la extraña idea de que la clase comercial o la clase adinerada había invadido la dignidad de la antigua nobleza; pero como la riqueza ha elevado tanto los precios del trabajo, las mercancías, etc., había llegado a su límite máximo, y el comercio ya no podía seguir existiendo. Se atrevió a hacer esta divertida predicción: “Puesto que es evidente que en ninguna época surgirán nuevos hombres con tales ventajas económicas, al menos en números considerables, su grupo disminuirá gradualmente”.

268 Se puede encontrar mucha información curiosa sobre la antigua condesa de Westmoreland y sus siete castillos en la Historia de Craven de Whitaker y en Pennant.

PARALELOS LITERARIOS.

Una opinión sobre este tema en el artículo anterior me llevó a realizar una investigación más profunda. Puede ser correcto reconocer que esto es tan atractivo…

Page 543

Es entretenido, desde un punto de vista crítico y moral, comparar a grandes personajes entre sí; el obispo Hurd propuso en una ocasión escribir un libro de paralelos, y ya proporcionó un ejemplo con Petrarca y Rousseau, planeando otro con Erasmo y Cicerón. Resulta interesante observar cómo una mente vivaz y perspicaz puede encontrar similitudes y hacer que lo opuesto concuerde; al mismo tiempo, puede mostrarse las dificultades insuperables a través de las cuales se intenta establecer un paralelo, hasta que este termina en un paradoja.

Hurd dice sobre Petrarca y Rousseau: “Ambos fueron impulsados por un entusiasmo igual, aunque dirigido hacia objetivos diferentes: el de Petrarca hacia la gloria del nombre romano, el de Rousseau hacia su ídolo, el estado de naturaleza; uno religioso, el otro de espíritu fuerte; pero ¿no podría considerarse el rechazo de Petrarca a Babilonia, en su época, como una forma de pensamiento libre?”. Y concluye que “ambos estaban locos, pero de naturaleza diferente”.

Sin duda había rasgos muy similares, y casi propios, de estos dos personajes literarios; pero dudo que Hurd los haya comprendido en el marco de esos paralelos.

Ahora presento un ejemplo de esos paralelos que han causado tanto daño en el mundo literario, cuando son elaborados por alguien que se inclina secretamente por un lado. Un ejemplo elaborado de este tipo fue escrito por Longolius o Longuel, entre Budæus y Erasmo. Este hombre, aunque de origen holandés, fingía ser francés y, para halagar a su pueblo preferido, daba preferencia de forma velada al francés Budæus; aunque, para aparentar imparcialidad, reconocía que Francisco I lo había otorgado a Erasmo. Pero probablemente no dedujo que los reyes fueran los mejores críticos. Este paralelo fue publicado durante la vida de ambos grandes eruditos, quienes llevaban tiempo manteniendo correspondencia; pero la publicación del paralelo interrumpió su relación amistosa. Erasmo devolvió sus cumplidos y agradecimientos a Longolius, pero al mismo tiempo insinuó suavemente que no estaba del todo satisfecho. “Lo que más me gusta”, dijo Erasmo…

Page 544

Escribe: “Es la justa preferencia que has dado a Budæus sobre mí; confieso que eres incluso demasiado económico en tus elogios hacia él, ya que eres demasiado generoso con los míos. Te agradezco que me hayas informado de cuál es ese deseo de erudición que se tiene hacia mí; mi amor propio me sugiere muchas excusas pequeñas, con las cuales, como observas, tiendo a favorecer mis defectos. Si soy descuidado, se debe en parte a mi ignorancia, y más aún a mi pereza; estoy hecho de tal manera que no puedo vencer mi naturaleza; actúo con prisa en lugar de con calma, y para mí es mucho más molesto revisar que escribir”.

Esta comparación entre Erasmo y Budæus, aunque en sí misma no tenía un carácter malicioso, perturbó la tranquilidad y interrumpió la amistad entre ambos. Cuando Longolius descubrió que el parisino superaba al holandés en literatura griega y en conocimientos del derecho civil, y que trabajaba de manera más erudita y diligente, ¿cómo eso restaba valor al genio más refinado y a la erudición más variada del escritor más encantador? El autor de esta comparación describe a Erasmo como “un río cuyas aguas se desbordan con frecuencia; Budæus, en cambio, fluye como un arroyo majestuoso, manteniendo siempre sus olas dentro de su cauce. El francés tiene más vigor, sangre y vida, mientras que el holandés posee más plenitud, frescura y color”.

El gusto por las comparaciones biográficas debe haber llegado hasta nosotros a través de Plutarco; existe algo malicioso en nuestra naturaleza que nos lleva a hacer evaluaciones comparativas, generalmente con el fin de elevar a un gran hombre a expensas de otro, a quien secretamente queremos menospreciar. Nuestros partidos políticos en nuestro país han incurrido a menudo en estas comparaciones erróneas; Pitt y Fox equilibraron una vez las balanzas, no con las medidas estándar que deberían haberse utilizado, sino con la habilidad de la mano que presionaba la balanza. En literatura, estas evaluaciones comparativas han resultado ser muy perjudiciales. No existe modelo más adecuado que la comparación entre Dryden y Pope, hecha por Johnson; pues, sin pretender dar ninguna preferencia indebida, su juicio perspicaz los analizó a través de sus contrastes, mostrando así sus diferencias.

Page 545

La distinción entre ellos es mayor que su similitud. Pero los paralelismos literarios suelen terminar por crear facciones; y, como he observado en otros lugares, a menudo surgen de subestimar a un hombre genial debido a la falta de alguna cualidad destacada que posee otro hombre genial; con frecuencia provienen de gustos adversos y se forman con el propósito oculto de favorecer a alguien en particular. El mundo literario está profundamente infectado por esta tontería. Probablemente Virgilio se vio molestado con frecuencia en su época por los paralelismos con Homero, y los partidarios de Homero lucharon contra los de Virgilio. La Italia moderna estuvo durante mucho tiempo dividida en tales sectas literarias: se mantiene un enfrentamiento constante entre los ariostistas y los tassistas; y surgieron rencillas tan graves como las entre dos clanes de las Highlands por cuestiones relacionadas con los petrarquistas y los chiabreristas. El anciano Corneille llegó a doblegar su venerable genio ante un paralelismo con Racine; y nadie ha sufrido más injustamente a causa de tales críticas arbitrarias que el Papa, ya que con frecuencia se reanuda una extraña y antinatural guerra civil entre los drydenistas y los papistas. Dos hombres de gran genio nunca deberían ser menospreciados por la aplicación errónea de algún paralelismo; en tales ocasiones deberíamos concluir que son más parecidos en dignidad que similares en características.

269 Lo señala Jortin en su Vida de Erasmo, vol. I, p. 160.

LAS BIBLIAS DE PERLA Y SEIS MIL ERRORES.

Page 546

Como curiosidad literaria, destaco un tema que más bien pertenece a la historia de la religión. Se refiere al estado extraordinario de nuestras Biblias en inglés, las cuales, durante algún tiempo, sufrieron tal grado de corrupción que nunca antes libros habían estado repletos de tantos errores.

Estos errores fueron, sin duda, en gran medida fruto de decisiones voluntarias: pasajes interpolados y significados fabricados con ciertos propósitos; a veces para respaldar el nuevo credo de una secta recién formada, y otras veces con la intención de destruir toda autoridad bíblica mediante la confusión o omisión de textos. Todo quedaba a merced de la discreción o maldad de los editores, quienes, probablemente, al igual que ciertos astutos comerciantes de vino, se esforzaban por adaptar “las aguas de la vida” al gusto particular de sus clientes. También tenían como objetivo imprimir Biblias lo más baratas y en un formato lo más reducido posible para la gente común; y procedieron hasta casi llegar al punto de no tener ninguna Biblia en absoluto. Como señala Fuller, en sus “Mixt Contemplations on Better Times”, aludiendo a esta circunstancia y sin uno solo de sus habituales juegos de palabras, “El bajo precio de la Biblia ha causado su escasa apreciación”.

Este intento extraordinario contra la Biblia en inglés comenzó incluso antes del derrocamiento de Carlos I, y probablemente surgió debido a una demanda inusual de Biblias, a medida que aumentaba el fanatismo sectario. La impresión de Biblias en inglés era un negocio abierto; todos imprimían al precio más bajo y tan rápido como lo permitían sus prensas. Incluso aquellos considerados “impresores de Su Majestad” formaban parte de estos fabricantes; pues tenemos constancia de una omisión escandalosa por su parte del importante negativo del séptimo mandamiento. Los impresores fueron convocados ante el Tribunal de Alto Comisionado, pero eso no sirvió para obligarlos a pagar una multa de tres mil libras. De hecho, ya había ocurrido un incidente anterior que llevó al gobierno a ser más vigilante con respecto a la imprenta bíblica. El erudito Usher, un día, al apresurarse para predicar en Paul’s Cross, entró en la tienda…

Page 547

De uno de los libreros, como se les llamaba entonces a los vendedores de libros, quien preguntó por una Biblia de la edición londinense; al ir a buscar su texto, para su asombro y horror descubrió que ese versículo estaba omitido en la Biblia. Esto supuso la primera ocasión para que el rey se quejara de la intolerable negligencia e incapacidad de la imprenta londinense. Según el autor del manuscrito donde se narra esta anécdota, esto fue lo que desató la gran disputa que siguió entre la Universidad de Cambridge y los libreros londinenses por el derecho a imprimir Biblias.

La historia bibliográfica secreta de aquellos tiempos revelaría el estado extraordinario de la imprenta en este nuevo negocio de las Biblias. El autor de un curioso panfleto expone la conspiración de aquellos a quienes se denominaba “imprimidores del rey”, con sus artimañas para mantener altos los precios de las Biblias; su correspondencia con los libreros de Escocia y Dublín, mediante la cual conservaban ese privilegio en sus manos. Los impresores londinenses lograban imprimir Biblias más baratas en Edimburgo. En 1629, cuando había demanda de Biblias en formato folio, los impresores de Cambridge las vendían a diez chelines por conjunto; ante esto, los londinenses pusieron en marcha seis imprentas y, para arruinar a los de Cambridge, imprimieron una Biblia en formato folio similar, pero la vendieron junto con quinientas Biblias en formato cuarto en versión romana y quinientas en versión inglesa, a cinco chelines cada una. Esto provocó la ruina de las Biblias en formato folio, ya que sus precios quedaron por debajo del costo de producción. Surgió además otra competencia entre quienes imprimían Biblias en inglés en Holanda, en formato duodécimo y con colofón inglés, a la mitad del precio incluso del más barato en Londres. Doce mil de estas Biblias en formato duodécimo, con notas, fabricadas en Holanda, generalmente por nuestros sectarios fugitivos, fueron confiscadas por los impresores del rey, por considerarlas contrarias a la ley. Así era esa vergonzosa guerra de las Biblias: en formatos folio, cuarto y duodécimo, incluso en los tiempos de Carlos I. El espíritu público de las sectas emergentes fue la verdadera causa de esta creciente demanda de Biblias.

Page 548

Durante las guerras civiles continuaron con el mismo comercio y competencia abiertos, además de las empresas privadas relacionadas con la contrabanda de Biblias. Una gran cantidad de estas Biblias neerlandesas e inglesas fue quemada por orden de la Asamblea de Teólogos, debido a estos tres errores:

Génesis 36:24: Se trata de ese asno que encontró gobernantes en el desierto; debería decir mula.

Rut 4:13: El Señor le dio corrupción; debería decir concepción.

Lucas 21:28: Levanten la vista y alzuen sus manos, porque su condenación se acerca; debería decir redención.

Estos errores no eran del impresor; sino, como lo expresa un escritor de esa época, “blasfemias graves y errores detestables” de algún sectario o de algún editor de aquel tiempo.

Finalmente, la impresión de Biblias se convirtió en un privilegio concedido a William Bentley; pero él se enfrentó a Hills y Field. Surgió así una “guerra de artículos”, en la cual ambos se acusaban mutuamente con igual veracidad.

Field imprimió, en 1653, lo que se llamó la Biblia Perla; supongo que se refiere al tipo de letra muy pequeño utilizado en la impresión, ya que su nombre no puede provenir de su valor. Está dividida en veinticuatro libros; pero para reducir tanto este voluminoso libro a tamaño tan reducido, todo el texto hebreo original que precedía a los Salmos, explicando la ocasión y el tema de su composición, fue completamente eliminado. Esta Biblia Perla, que puede ser consultada en la gran colección de nuestras Biblias inglesas del British Museum, presenta muchos errores notables, entre los cuales se destacan estos:

Romanos 6:13: Ni tampoco entreguen sus miembros como instrumentos de justicia al pecado; debería decir a la injusticia.

Page 549

1 Corintios 6:9: —¿Acaso no saben que los injustos no heredarán el reino de Dios? Pues ciertamente no heredarán.

Este error sirvió de base para una doctrina peligrosa; pues muchos libertinos utilizaron este texto de esta Biblia corrupta en contra de las reprensiones divinas.

Field era un gran falsificador; se dice que recibió un regalo de 1500 libras de los independientes para corromper el texto de Hechos 6:3, con el fin de respaldar el derecho del pueblo a nombrar a sus propios pastores. La corrupción era la más sencilla posible: bastaba con sustituir “nosotros” por “ellos”; así, el derecho, según la Biblia de Field, provenía del pueblo y no de los apóstoles. El único testimonio que recuerdo sobre este estado extraordinario de nuestras Biblias es una feliz alusión en un pasaje de Butler:

La religión dio origen a toda clase de sectas caprichosas e indisciplinadas, gusanos de textos corruptos.

En otras Biblias de Hills y Field podemos encontrar tantos errores que reducen el texto a absurdo o a blasfemia, haciendo que las Escrituras resulten despreciables para la multitud, que venía a orar y no a burlarse.

Se afirma, en el relato manuscrito ya mencionado, que una sola Biblia estaba llena de seis mil defectos. De hecho, según otra fuente, “Sterne, un erudito competente, fue el primero en enumerar los tres mil seiscientos defectos que había en nuestras Biblias impresas en Londres”. Si se puede hacer que un libro contenga casi cuatro mil errores, no se necesita mucha ingeniosidad para llegar a los seis mil; pero quizás esta sea la primera vez que un incidente tan notable en la historia de la literatura es registrado. Y esa famosa edición de la Vulgata, realizada por el papa Sixto V, es un libro lleno de errores, que sin embargo se vende a precios muy elevados.

Page 550

Debería ahora perder valor, antes que la Biblia de perlas, publicada en veinticuatro ejemplares por los señores Hills y Field.

El señor Field y su digno colaborador parecen haber contado con el favor de los poderes reinantes frente a sus oponentes; pues encuentro un fragmento de su historia secreta. Se comprometieron a pagar 500 libras al año a algunos “cuyos nombres me abstengo de mencionar”, observa con cautela el redactor del manuscrito; y más de 100 libras al año al señor Marchmont Needham y a su esposa, con los beneficios de las ventas de sus Biblias; burlándose, insultando y triunfando sobre otros, gracias a su confianza en sus poderosos amigos y en su fortuna, como si fueran impunes y libres tanto de ofensa como de castigo. Este Marchmont Needham es suficientemente notorio, y su historia secreta probablemente sea cierta; pues en un Mercurius Politicus de ese cobarde Cobbett de su época, encontré una exagerada alabanza a una edición publicada por quien les concedía esa pensión a este hombre y a su esposa.

No solo la Biblia tuvo que soportar estas indignidades en cuanto a tamaño y precio, sino que también el Libro de Oraciones se imprimió en una tipografía ilegible y desgastada; cuando se quejaron del impresor, él respondió con firmeza que “era tan bueno como el precio que se pagaba; y siendo un libro que todas las personas deberían conocer de memoria, no importaba si se leía o no, por lo que se desgastaba en sus manos”. Los puritanos, al parecer, no eran tan exigentes en cuanto a la fuente misma de la pureza.

Estas Biblias hechas a mano por los sectarios, con sus seis mil errores, al igual que la falsa Duessa, ocultaban su astuta deformidad bajo un aspecto aparentemente correcto; pues cuando el gran Selden, en la asamblea de teólogos, disfrutaba refutándolos con sus propios conocimientos, decía, según relata Whitelock, cuando ellos citaban un texto para demostrar su afirmación: “Tal vez en su pequeña Biblia de bolsillo con páginas doradas”, que solían sacar y leer, “la traducción pueda ser así, pero el griego o el hebreo significan esto”.

Page 551

Mientras tenían lugar estas transacciones, parece que la traducción auténtica de la Biblia, tal como la conocemos hoy en día, realizada por los eruditos traductores en tiempos de Jacobo I, fue dejada de lado sin atención alguna. Las copias del manuscrito original estaban en poder de dos de los impresores del rey, quienes, por cobardía, consentimiento y connivencia, impidieron su publicación; considerando que la Biblia, llena de errores y probablemente adaptada a las ideas de ciertos sectarios, era más valiosa que una autenticada por la jerarquía. Así era la situación de la Biblia en inglés hasta 1660.

La expresión proverbial de “capítulo y versículo” parece ser propia de nosotros, y sospecho que surgió en el período puritano, probablemente justo antes de las guerras civiles bajo Carlos I, debido al uso frecuente de recurrir a la Biblia en las ocasiones más frívolas, práctica de aquellos a quienes South denomina “esos hombres poderosos que se aferran al capítulo y versículo”. Con una especie de coquetería religiosa, se enorgullecían de abrir constantemente sus Biblias de bolsillo doradas; lo hacían con tanta autosuficiencia e ignorancia total del texto original, que el erudito Selden encontraba gran diversión asistiendo a sus “reuniones de teólogos” para confundirlos o refutarlos, como ya hemos señalado. Un anécdota ridícula sobre una de estas ocasiones es narrada por un contemporáneo, que muestra cuán maravillosamente se entretenía ese erudito con esa “reunión de teólogos”. Estaban discutiendo la distancia entre Jerusalén y Jericó, con una ignorancia total de la geografía sagrada o antigua; uno dijo que eran veinte millas, otro diez, y finalmente se concluyó que eran solo siete, por esta extraña razón: porque se llevaban peces desde Jericó al mercado de Jerusalén. Selden observó que “posiblemente el pez en cuestión estaba salado”, y silenció a esos acalorados disputantes.

Probablemente habría desconcertado enormemente a esos hombres que se aferraban al “capítulo y versículo” saber que las Escrituras no tienen ni capítulos ni…

Page 552

¡Versículo! En modo alguno está claro cómo se dividían antiguamente las Escrituras sagradas, y mucho menos cómo se citaban o se hacía referencia a ellas. El mérito de la invención del actual ordenamiento de las Escrituras se atribuye a Robert Stephens, según su hijo, en el prefacio de su Concordancia; tarea que realizó durante un viaje a caballo desde París hasta Londres, en 1551. Ya sea que lo hiciera como lo haría Yorick a su manera, recostado en su mula, o en sus paradas intermedias, recibió todo tipo de agradecimientos por haber dedicado su tiempo a ello. Dos años después concluyó su trabajo con la Biblia. Pero como el mérito de toda invención puede ser discutido, la Biblia de Sanctus Pagninus, impresa en Lyon en 1527, parece haber abierto el camino a estas divisiones prácticas; sin embargo, Stephens mejoró el sistema de marcas paragráficas y versículos marginales de Pagninus; y nuestros actuales “capítulos y versículos”, más numerosos y numerados de forma más conveniente, fueron fruto de la iniciativa de este erudito impresor, con el fin de promocionar su edición de la Biblia. ¡En aquel entonces, el comercio y el conocimiento estaban unidos! Si este ordenamiento ha causado alguna perturbación en la continuidad del texto, es un tema que no corresponde a mi investigación.

270 Harl. MS. 6395.

271 “Scintilla, o una luz que se rompe en almacenes oscuros; sobre algunos impresores, libreros dormilones y comerciantes de libros; en la cual solo se menciona brevemente su práctica de reservar los libros mediante patentes y venderlos a precios excesivos. Se deja a consideración de la noble y honorable Cámara del Parlamento, ahora reunida. Londres: No se vende en ningún lugar, sino que se regala en algún sitio”. 1641.

272 Término técnico de impresión para una hoja que contiene veinticuatro páginas.

273 El pasaje es el siguiente, y fue dirigido por los apóstoles “a la multitud de discípulos”, quienes deseaban una regla de escritura mejorada: “Por tanto, hermanos, busquen entre ustedes a siete hombres de buena reputación, llenos del Espíritu Santo y de sabiduría, a quienes podamos encargar esta tarea”.

Page 553

274 Carta de G. Garrard al conde de Strafford, vol. I, p. 208.

275 Harl. MS. 7580.

276 Véase la Lamentación de los impresores londinenses por la prensa oprimida. Harl. Coll. III, 280.

Vista de un período particular del estado de la religión durante nuestras guerras civiles.

Al revisar el diario manuscrito de Sir Symonds D’Ewes, me llamó la atención una imagen de la vida religiosa doméstica que en aquel período prevalecía entre las familias. Sir Symonds era un erudito sobrio, sin fanatismo alguno; sin embargo, descubrí en su diario que era una persona visionaria por naturaleza, que mortificaba su cuerpo mediante ayunos privados y buscaba signos secretos. Estas penitencias ascéticas dieron lugar posteriormente en la nación a una era de santidad hipócrita; podemos rastrear esta última etapa de locura e inmoralidad que terminó en impiedad. Sería una imagen terrible de la religión, si por un momento supusiéramos que se trataba de religión; esa fuerza consoladora que tiene su origen en nuestros sentimientos y, según el significado de su término, une a los hombres. En nuestro caso, fue el sectarismo, cuyo origen y causas no abordaremos ahora, el que tomó tantas formas monstruosas, cuando cada pretendido reformador se dejaba guiar por sus propias fantasías. Hemos vivido para comprobar que la necedad y la maldad rara vez pasan de moda.

Page 554

La época de Sir Symonds D’Ewes, quien vivió en tiempos de Carlos I, fue una época religiosa; pues el carácter de este monarca tenía toda la seriedad y piedad que faltaban en la bondad y descuido indecente de su padre, cuyas maneras en la corte escocesa estaban influenciadas por la alegría francesa, fruto de las antiguas relaciones entre los gobiernos francés y escocés. Pero esta época religiosa de Carlos I presenta un extraño contraste con la licenciosidad que posteriormente prevaleció entre la gente: parece haber una conexión secreta entre un período religioso e uno irreligioso; la ligereza de los sentimientos populares es llevada de un extremo a otro por su propia reacción; cuando al hombre se le enseña a despreciar su mera condición humana, sus fantasías abstractas abren un camino secreto hacia su supuesta salvación; él vaga hasta perderse, tiembla hasta sumirse en la melancolía, delira hasta que incluso la verdad deja de ser inmutable. La transición a un estado completamente opuesto es igualmente rápida y violenta. Así es la historia del hombre cuando su religión se basa en sentimientos mal dirigidos; y así también es la reacción que actúa constantemente en todos los asuntos humanos.

El autor de este diario no pertenecía a aquellos disidentes que se opusieron a la religión establecida y al gobierno político de nuestro país. Como caballero particular y anticuario de carácter tranquilo, Sir Symonds era además un protestante devoto de la Iglesia de Inglaterra. Sin embargo, entre las alusiones místicas de una época marcada por controversias religiosas, vemos cómo estos temas están presentes en las escenas que vamos a describir, y encontramos a este caballero tranquilo atormentándose a sí mismo y a su esposa al buscar “ciertos signos evidentes de una vida mejor”, así como todo tipo de “gracias” posibles.

Presento un extracto del diario manuscrito:

“Pasé este día principalmente en ayuno privado, oración y otras prácticas religiosas. Era la primera vez que cumplía con este deber, ya que siempre lo había rechazado antes, debido a los abusos supersticiosos que los papistas hacían de él. Anteriormente había participado en ayunos públicos, pero nunca conocí su utilidad ni sus beneficios”.

Page 555

del mismo deber, cumplido en soledad en secreto, o con otros de mi propia familia en privado. En estos aspectos, amplié mucho mis conocimientos gracias a las conversaciones religiosas que tuve en Albury Lodge, pues allí también empecé poco después a elaborar una lista de signos y señales que me sirvieran de garantía para una vida mejor.

“Obtuve gran beneficio de mi ayuno secreto, gracias a un discurso erudito sobre el ayuno pronunciado por el Sr. Henry Mason, y seguí su regla según la cual los cristianos deben retirarse a veces en soledad para su humillación y ayuno habituales, y tengo la intención de continuar con este procedimiento mientras mi salud me lo permita. Sin embargo, variaba las fechas y la duración de mi ayuno. Al principio, antes de haber terminado la lista de signos y señales que constituían mi garantía para una vida mejor —una tarea que, debido a las investigaciones necesarias, me costó unos sesenta días de ayuno—, lo hacía a veces dos veces en el transcurso de cinco semanas, luego una vez al mes, más o menos, y también a veces terminaba las tareas del día y tomaba algo de comida alrededor de las tres de la tarde. Pero durante varios años pasados, me abstuve constantemente de toda comida durante todo el día. Ayunaba hasta la hora de la cena, alrededor de las seis de la tarde, y solía dedicar unas ocho o nueve horas al cumplimiento de deberes religiosos; una parte de ellos consistía en oración y confesión de pecados, para lo cual redacté un catálogo ordenado de todos mis pecados conocidos. Todos eran pecados de debilidad; pues, por la gracia de Dios, estaba tan lejos de permitirme cometer cualquier pecado real, que ni siquiera me atrevía a incurrir en pecados controvertidos como la usura, el juego de naipes, los juegos de azar, las danzas mixtas y cosas por el estilo, porque, a mi juicio, eran ilícitos. Hasta que no terminé mi obra, primero en inglés y luego en latín, con un extenso y elaborado prefacio también en latín, pasé gran parte del día en esa tarea, etc.”

“Sábado, 1 de diciembre de 1627, me dediqué a mi habitual ayuno secreto y extraje diversos signos de mi garantía para una vida mejor a partir de la gracia del arrepentimiento, habiendo previamente atravesado las gracias del conocimiento, la fe, la esperanza, el amor, el celo, la paciencia, la humildad y la alegría; y, en días similares de humillación, extraía varios signos de ellas. Mi querida esposa también comenzó a extraer signos muy claros de su propia felicidad futura después de la muerte, a partir de varias gracias.”

“19 de enero de 1628: Pasé el sábado en humillación y ayuno secretos, y completé toda mi garantía para una vida mejor, que constaba de setenta y cuatro signos o marcas extraídas de diversas gracias. Más tarde hice algunas pequeñas modificaciones en esos signos; y cuando los traduje al latín, enriquecí los márgenes con pruebas y autoridades adicionales. Obtuve gran consuelo y tranquilidad espiritual de ellos, lo cual demuestra los sofismas diabólicos de los papistas, anabaptistas y pseudo-luteranos, así como de los hombres ateos profanos, que afirman que la certeza genera presunción y una vida perversa e imprudente. Es cierto que hay quienes pretenden alcanzar el fin sin utilizar los medios adecuados.”

“Mi esposa se unió a mí en un día privado de ayuno, y, con mi ayuda y asistencia, extrajo varios signos y marcas para su propia garantía de una vida mejor.”

Fue una época de diarios religiosos, especialmente entre los no conformistas; pero, como vemos, también fueron utilizados por otros. De la condesa

Page 556

De Warwick, quien murió en 1678, se nos dice que «mantenía un diario y consultaba a dos personas a las que llamaba amigas de su alma». Llamaba a las oraciones tranquilidad del corazón, pues así las consideraba. «Su propio señor, al conocer las horas en que rezaba, una vez hizo llegar a un ministro piadoso a un lugar secreto desde donde podía oírla; este, siendo un hombre muy capaz de juzgar, admiró mucho su humilde fervor, ya que, cuando rezaba, lo hacía en voz alta; pero cuando no lo hacía con voz audible, sus suspiros y gemidos se podían escuchar a buena distancia del cuarto de oración». No nos sorprende encontrar esta práctica de los diarios religiosos entre los más puritanos: podemos saber qué eran a partir de esta descripción de uno de ellos. El señor John Janeway «mantenía un diario, en el cual anotaba cada noche cómo había estado su estado espiritual durante el día; registraba cuáles eran sus ingresos, qué beneficio obtenía en su actividad espiritual, qué resultados llegaban de aquel país lejano, qué respuestas recibía a sus oraciones, qué letargo y falta de entusiasmo espiritual experimentaba», etc. Y así encontramos que el señor John Carter «mantenía un registro diario y hacía cuentas con Dios cada día».277 Hasta tales nociones mundanas habían humillado el espíritu de la religión; y este estilo, esta forma de practicar la religión, ha continuado durante mucho tiempo entre nosotros, incluso entre hombres de gran cultura: testimonio de ello son los «Diarios espirituales y soliloquios» de un médico erudito de nuestros tiempos, el doctor Rutty, que constituyen una gran curiosidad de este tipo.

Así era la situación doméstica de muchas familias bienintencionadas: rechazaban con el mayor horror toda semejanza con lo que llamaban la idolatría de Roma, mientras, de hecho, la oscuridad de la celda monástica se cernía sobre las casas de estos melancólicos puritanos. Las ayunas privadas se practicaban más que nunca; y una dama, supuestamente destacada por su talento e inteligencia y que sobrevivió a esa época, declaró que casi perdió la vida debido a la creencia generalizada de que una persona gorda no podía llegar al cielo; y así arruinó y deterioró su cuerpo mediante ayunos excesivos. Un cuáquero, para demostrar el texto que dice «El hombre no vivirá solo de pan, sino de la palabra de Dios», insistió en negarse a comer. El texto literal resultó para él una letra muerta.

Page 557

Y este práctico comentarista murió a causa de una metáfora. Sin embargo, este cuáquero no fue la única víctima de la letra del texto; pues el famoso Orígenes, al interpretar de manera demasiado literal el versículo 12 del capítulo 19 de San Mateo, que alude a aquellas personas que se convierten en eunucos por el reino de los cielos, se armó con sus propias manos contra sí mismo, como es bien sabido. “¡Regresemos a nuestros rebaños!”. Posteriormente, el parlamento estableció ayunos tanto periódicos como ocasionales; y Carlos I se opuso “al hipócrita ayuno de cada miércoles del mes, designando uno para el segundo viernes”; las dos partes desdichadas, que anhelaban con hambre y sed la sangre una de la otra, ayunaban una contra la otra.

Sin investigar las causas, incluso si pensáramos que podríamos determinarlas, de esa terrible disolución de la religión que prevaleció durante tanto tiempo en nuestro país, y de la cual la misma corrupción que dejó tras de sí sigue germinando en formas monstruosas, será suficiente observar que la destrucción de la monarquía y del orden eclesiástico fue un terremoto moral que trastornó todas las mentes y abrió paso a todos los cambios. Una logomacia teológica fue sustituida por los ascetas sombríos y orgullosos que ascendieron al poder. Estos, sin cansarse ellos mismos, agotaron a todos los demás y triunfaron unos sobre otros gracias a su mutua oscuridad. Los dos grandes gigantes en esta guerra teológica fueron el famoso Richard Baxter y el Dr. Owen. Ambos escribieron toda una biblioteca de libros; pero la controversia interminable entre ellos giraba en torno al tema extraordinario e incomprensible de si la muerte de Cristo fue solutio ejusdem o solo tantundem; es decir, si fue el pago exacto de lo que por ley deberíamos haber pagado, o de algo que Dios consideraba equivalente. En ese punto consistió el debate interminable entre Owen y Baxter.

Sin embargo, estas absurdidades metafísicas eran inofensivas en comparación con lo que ocurría entre los fanáticos más extremos, quienes estaban dispuestos a llevar a cabo las fantasías salvajes que sus mentes melancólicas generaban; hombres que, desde los lugares en

Page 558

Aquellos en quienes se habían lanzado ahora podrían llamarse “las clases superiores de la sociedad”. Ambos partidos enviaron un espíritu maligno para que caminara entre la multitud. Cada uno se convertiría en su propio legislador e incluso en su propio profeta; los más vulgares aspiraban a dar su nombre a su secta. Todo debía ponerse en movimiento según el baile de San Vito del último santo nuevo. “¡Fuera con la Ley, que corta las piernas a un hombre y luego le exige que camine!”, gritó uno desde su púlpito. “Dejen que los creyentes pequen tanto como quieran; tienen una fuente abierta para lavarse”, declaró otro maestro. Tuvimos a los brownistas, de Robert Brown; a los vaneistas, de Sir Harry Vane; luego estábamos los señores Traske, Wilkinson, Robinson y H. N., o Henry Nicholas, de la Familia del Amor; además, la señora Hutchinson y la familia Grindletoniana, que preferían “movimientos a motivos” y suponían convenientemente que “su espíritu no debe ser juzgado por las Escrituras, sino que las Escrituras deben ser juzgadas por su espíritu”. Edwards, autor de “Gangræna”, adversario de Milton, cuya obra aún puede conservarse por su curiosidad, aunque inmortalizada por el azote del genio, ha proporcionado una lista de unas doscientas sectas de este tipo en aquellos tiempos. Un clérigo de la Iglesia de Inglaterra dijo a un gran sectario: “Hablas de la idolatría de Roma, pero cada uno de ustedes, cada vez que hace y erige un becerro, baila alrededor de él”. Esta confusión de religiones, si es que realmente estos pretendidos modos de fe podían clasificarse como religiones, perturbó las conciencias de los hombres buenos, quienes se veían a sí mismos dentro y fuera de sus creencias inestables. Incluso uno de los propios puritanos, que anteriormente se había quejado de no haber disfrutado de suficiente libertad bajo los obispos, clamó contra “esta maldita tolerancia insoportable”. Y lo cierto es que, cuando los presbiterianos se hicieron con el gobierno, publicaron varios tratados contra la tolerancia. La similitud entre estas nociones salvajes de reforma y las de otro tipo es muy grande. Por aquella época, personas bien intencionadas, que no eran ni entusiastas por la ambición de fundar sectas, ni por ocultar su inmoralidad con…

Page 559

La impiedad se extendió, y la gente quedó infectada por esa locura religiosa. Un caso puede representar a muchos otros. Un tal señor Greswold, un caballero de Warwickshire, al que un seguidor de Brown lo fue seduciendo poco a poco lejos de su iglesia parroquial, fue posteriormente convencido de regresar a ella; pero lo hizo con la mente perturbada, perdido en los acalorados debates teológicos de la época. El horror por su existencia futura lo alejó, por así decirlo, de su vida presente: se retiró a su propia casa con sus hijos y dejó de comunicarse con el mundo exterior. Le llevaban la comida por la ventana; y cuando sus hijos estaban enfermos, no permitía que nadie los ayudara. Finalmente, forzaron la entrada a su casa y encontraron a dos niños muertos, mientras el padre permanecía confinado en su cama. Había destrozado su Biblia, cortando los títulos, los índices y todo lo demás, excepto el texto en sí; parecía pensar que todo lo humano era pecaminoso, y creía que los títulos de los libros y los contenidos de los capítulos debían eliminarse de las Sagradas Escrituras, ya que habían sido escritos por hombres.279

Fue aún más terrible cuando esa locura, que hasta entonces se había limitado a las clases altas, estalló entre la gente común. Si tuviéramos que detenernos en detalle en ese período, nos sentiríamos horrorizados al contemplar la situación; quizá podríamos consolarnos negando su veracidad; pero ese “fármaco”, aunque amargo, a veces debemos digerirlo. Observar hasta dónde puede llegar la población cuando carece de ley y religión siempre dejará un recuerdo imborrable.

Lo que ocurrió durante la Revolución Francesa también sucedió aquí: una era de impiedad. La sociedad misma parecía haberse disuelto, ya que todos los vínculos de afecto personal y de deber público se habían roto. Incluso la naturaleza fue violada de forma extraña. Desde la primera oposición a las ceremonias adecuadas de la iglesia nacional por parte de los puritanos, el siguiente paso fue el ridículo, y el último, la difamación. Comenzaron llamando al hábito sacerdotal un pedazo de tela de lino en la espalda; al bautismo, una cruz de Cristo en el rostro de un bebé; y al órgano, al bramido, al gruñido y al ladrido de los animales correspondientes. De hecho, bautizaban…

Page 560

caballos en las iglesias junto a las fuentes bautismales; y la broma de aquel día era que la Reforma ahora era completa en Inglaterra, ya que nuestros caballos iban a la iglesia.280 La catedral de San Pablo se convirtió en un mercado, y los pasillos, la mesa de la comunión y el altar sirvieron para los propósitos más viles.281 La libertad que ahora todos se arrogaban para expresar sus propias opiniones condujo a actos tan execrables que no puedo encontrar paralelo alguno para ellos salvo en los tiempos locos de la Revolución Francesa. Algunos sostenían que no existía distinción entre el bien moral y el mal moral; y que las acciones de cada hombre eran impulsadas por el Creador. La prostitución se profesaba como un acto religioso; a un vidriero se le declaró profeta, y se decía que la mujer con quien cohabitaba estaba preparada para acostarse con el Mesías. Un hombre se casó con la esposa de su padre. Ocurrían asesinatos de la naturaleza más extraordinaria; una mujer crucificó a su madre; otra, imitando a Abraham, sacrificó a su hijo; también oímos hablar de parricidios. En medio de las masacres de las guerras civiles, el saqueo y la sangre habían acostumbrado a la gente a contemplar las escenas más horribles. Uno de los muchos locos, encontramos, brindaba de rodillas en medio de una ciudad, “¡por el diablo!, para que se dijera que su familia no desaparecería sin cometer algún acto infame”. Un escocés, llamado Alexander Agnew, conocido como “Jock de la amplia Escocia”, a quien no se puede calificar de ateo, ya que no parece negar la existencia del Creador ni un estado futuro, tenía una astucia y un humor peculiar en sus extrañas ideas. Omitiendo algunas cosas ofensivas, otras igualmente extrañas pueden mostrar el estado al que la reacción de un sistema religioso hipócrita había llevado al pueblo llano. “Jock de la amplia Escocia” decía que no era nada en la comunidad de Dios, porque Dios no le había dado nada; no le debía nada a Dios ni al diablo; porque Dios era muy codicioso. Ni Dios ni el diablo daban los frutos de la tierra; las esposas del campo le proporcionaban la comida. Cuando se le preguntó en qué creía, respondió: “Creía en harina blanca, agua y sal. Cristo no era Dios; porque vino al mundo después de que este fuera creado y murió como cualquier otro hombre”. Declaró que

Page 561

“No sabía si Dios o el diablo tenían más poder; pero pensaba que el diablo era el más poderoso. Cuando yo muera, que Dios y el diablo luchen por mi alma, y que el que sea más fuerte se la quede”. Sin duda, el presbiterio le había enseñado a burlarse de los ritos religiosos; y cuando se le pedía que diera gracias a Dios por su comida, decía: “Lleven un saco lleno de oraciones al molino y trítelas; así podrán desayunar con ellas”. A otros les decía: “Les daré dos peniques para que oren hasta que una bolsa de harina y una piedra de mantequilla caigan del cielo, a través del techo, hasta ustedes”. Cuando ponían pan y queso en el suelo, él decía: “Si dejo esto aquí, lloraré mucho ante Dios antes de que me lo devuelva”. A otros les decía: “Tomen un pan redondo, córtenlo en dos, dejen una mitad en el suelo y oren mucho antes de que Dios vuelva a añadir la otra mitad”. Parece haber sido un antitrinitario. Decía que recibía todo de la naturaleza, que siempre había reinado y siempre reinaría. No quería someterse a ningún sistema religioso, ni mencionar las tres Personas divinas; “De todas estas cosas he negado rotundamente”, decía. “Jock de Escocia” parece haber sido uno de aquellos que creían que Dios debería proporcionarles panes ya horneados.

El fervor excesivo que reinaba en la mente de la gente se evidencia en la historia contada por Clement Walker sobre un soldado que entró en una iglesia con una linterna en la que ardía una vela, y en la otra mano cuatro velas apagadas. Decía que había venido a transmitir el mensaje de Dios, y a demostrarlo mediante esas velas. Al verse obligado a quedarse en el cementerio, con el viento soplando con fuerza, no pudo encender sus velas, y el nuevo profeta se vio forzado a concluir sus cinco denuncias: la abolición del sábado, de los diezmos, de los ministros, de los magistrados, e incluso de la Biblia misma, sin poder apagar cada vela, ya que no podía encenderlas; observando, sin embargo, cada vez: “Y aquí debería apagar la primera vela, pero el viento es tan fuerte que no puedo encenderla”.

Page 562

Puedo ofrecer una escena perfecta de los efectos que el estado de una sociedad irreligiosa produjo entre las clases bajas, basada en el manuscrito de la vida de John Shaw, vicario de Rotherham. Con algo de tedio, pero con una ingenuidad infinita, él relata lo que le sucedió a sí mismo. Este honesto clérigo tenía inclinaciones puritanas, pero no se puede exagerar en estos hechos sin adornos. Cuenta una historia notable sobre el estado del conocimiento religioso en Lancashire, en un lugar llamado Cartmel: algunas personas parecían deseosas de recibir instrucción religiosa, declarando que no tenían ningún ministro y que habían descuidado por completo todos los ritos religiosos; por eso le insistieron para que dejara su puesto en Lymm por un breve período. Ahora puede contar su propia historia.

“Encontré una iglesia muy grande y espaciosa, casi sin asientos; gente muy ignorante, pero dispuesta a aprender; así que con frecuencia tenía a miles de oyentes, y enseñaba la doctrina religiosa en todo momento. Las iglesias estaban tan llenas a las nueve de la mañana que me costaba mucho llegar al púlpito. Un día, un anciano de unos sesenta años, bastante sensato en otros aspectos y residente en la parroquia de Cartmel, vino a verme por algún asunto. Le dije que estaba bajo mi cuidado y responsabilidad, y quise saber cuál era su conocimiento religioso. Le pregunté cuántos dioses había. Dijo que no lo sabía. Al informarle yo, volví a preguntarle cómo pensaba salvarse. Respondió que no podía decirlo. Sin embargo, consideró que esa era una pregunta más difícil que la anterior. Le dije que el camino hacia la salvación pasaba por Jesucristo, Dios-hombre, quien, al ser hombre, derramó su sangre por nosotros en la cruz, etc. ‘Oh, señor’, dijo él, ‘creo que escuché hablar de ese hombre del que habla una vez en una obra teatral en Kendall, llamada “Corpus-Christ’s Play”, donde había un hombre en un árbol y sangre que caía, etc.’. Después afirmó que no recordaba haber oído hablar nunca de la salvación por medio de Jesús, sino solo en esa obra”.

Las escenas que tienen lugar en la metrópoli, así como en el campo, se nos muestran en uno de los poemas narrativos de George Withers. Nuestro sensato poeta escribió en noviembre de 1652 un poema titulado “A Darke Lanthorne” sobre este tema.

Después de señalar que Dios, para mortificarnos, había enviado predicadores desde el “taller y el arado”,

Page 563

———Como aquellos a quienes, con razón, despreciamos,
Porque convierten en algo detestable las verdades que provienen de ellos;

Sin embargo, parece inclinado a pensar que estos “maestros y profetas” autodidactas, en su oscuridad, podrían albergar cierta luz dentro de sí mismos:

———Niños, necios,
Mujeres y locos: a menudo los encontramos
Predicando y amenazando con juicios en la calle;
Incluso mediante acciones extrañas, gestos, tonos y gritos,
Ellos mismos se ofrecen a nuestros oídos y ojos
Como señales para esta nación.——
Actúan como lo han hecho los hombres en éxtasis——
Esforzándose por dar a conocer sus visiones confusas,
Hasta que pierden las nociones que tenían,
Y solo les falta poco para volverse completamente locos.283

Tal es el retrato de la locura y de la maldad, que, después de haber sido precedidas por la piedad de una época religiosa, fueron seguidas por un dominio de santidad hipócrita, y luego culminaron en todos los horrores de la inmoralidad e impiedad. El parlamento emitió finalmente una de sus ordenanzas para “castigar las opiniones blasfemas y execrables”, y esta se aplicó con mayor rigor que las proclamaciones ignoradas de Jacobo y Carlos; pero la redacción curiosa de dicha ordenanza constituye un comentario sobre nuestro tema actual. En el preámbulo se señala que “hombres y mujeres han descubierto recientemente opiniones monstruosas, incluso aquellas que tienden a la disolución de la sociedad humana, y han abusado de la libertad otorgada en materia de religión, convirtiéndola en licenciosidad”. Castiga a toda persona que no esté perturbada mentalmente y que sostenga que alguna criatura sea Dios; o que todos los actos de

Page 564

Que la injusticia no está prohibida en las Escrituras; o que Dios la aprueba; o que no existe una verdadera diferencia entre el bien y el mal morales, etc.

A este estado desordenado fue reducido el pensamiento público, ya que esta proclamación solo describía lo que ocurría entre la gente. La consideración de este tema abarca más de un punto, que dejo para la meditación del político, así como del religioso.

277 “Las vidas de varias personas eminentes en esta época reciente”, de Samuel Clarke. Folio, 1683. Un volumen raro, con retratos curiosos.

278 La laboriosa obra “Visión de todas las religiones” de Alexander Ross también puede consultarse con beneficio por aquellos que deseen estudiar este tema.

279 “El hipócrita descubierto y curado”, de Sam. Torshall, 4to. 1644.

280 Existe un panfleto que registra un hecho extraño: “Noticias de Powles: o la nueva reforma del ejército, con una relación verídica de un potro que nació en la catedral de San Pablo, en Londres, y cómo fue bautizado públicamente; se le dio el nombre de Baal-Rex, ya que era un potro calvo”. 1649. Se describe el agua que se esparció desde el casco del soldado en esa ocasión. Lo mismo ocurrió en otros lugares. Véase la Historia de las conspiraciones, etc., de nuestros supuestos santos, de Foulis. Estos hombres, que bautizaban caballos y cerdos en nombre de la Trinidad, cantaban salmos mientras marchaban. No se puede comprender fácilmente la naturaleza del fanatismo, a menos que sepamos que se negaban a pagar alquileres.

281 Esa curiosa compilación de Bruno Ryves, publicada en 1646 con el título “Mercurius Rusticus, o la queja del campo sobre los atropellos bárbaros cometidos por los sectarios de este reino en pleno florecimiento”, ofrece detalles espantosos sobre “sacrilegios, profanaciones y saqueos cometidos en las catedrales”.

282 La fiesta del Corpus Christi, celebrada el primer jueves después del domingo de la Trinidad, era el período elegido en la antigüedad para las representaciones teatrales de milagros por parte del clero o de las cofradías de diversas ciudades; para conocer más al respecto, véase el vol. I, págs. 352-362.

Page 565

283 Existe un pequeño “Tratado de la humildad”, publicado por E.D.—Parson, en estado de secreto—en 1654; en el cual, al tiempo que defiende la virtud que su libro promueve, expresa con gran ingenuidad una opinión muy negativa sobre sus opresores. “Reconocemos la justicia y la misericordia del Señor al castigarnos, por lo que tomamos nota de su sabiduría al elegir tales instrumentos para castigarnos: hombres de rango bajo y humilde, de condición y capacidades comunes. Con ellos, Él advierte a todos los hombres honorables, valientes, eruditos y sabios de esta nación; y, por así decirlo, escribe nuestros pecados en el carácter de nuestro castigo; y en la baja condición de estos instrumentos de su ira y descontento, el bastón de su cólera, quiere disminuir y castigar nuestro gran orgullo”.

LA COQUETERÍA POLÍTICA DE BUCKINGHAM CON LOS PURITANOS.

Buckingham, observa Hume, “con el fin de protegerse de los resentimientos de Jacobo” —por la conducta del duque en el asunto español, cuando Jacobo escuchaba día tras día a Buckingham hablar en contra de Bristol, y a Bristol hablar en contra de Buckingham— “fingió ser popular y se unió a las intrigas de los puritanos; pero posteriormente, al estar seguro de la confianza de Carlos, abandonó ese partido; y por esa razón quedó aún más expuesto a su odio y resentimiento”.

La coquetería política de un ministro que se une a un partido de oposición, cuando está a punto de ser desacreditado, sin duda daría lugar a una escena llena de intrigas; y lo que uno exigía, y lo que el otro estaba dispuesto a ceder para lograr un acuerdo mutuo, podrían sumarse como otro ejemplo más.

Page 566

al gran capítulo de la debilidad política. Ambos trabajadores que intentan convertirse el uno en herramienta del otro, probando primero su respectiva maleabilidad sobre el yunque, son propensos a verse perturbados por incluso el más leve accidente, siempre que este demuestre, con total certeza, cuán poco pueden confiar el uno en el otro, y que cada bando acaba por engañar, y no ser engañado.

Este fragmento de historia secreta puede recuperarse en parte a través de fuentes fiables. Los dos principales actores fueron el duque de Buckingham y el dr. Preston, director del Emmanuel College y líder del partido puritano.

El dr. Preston era una figura eminente que, desde su juventud, no careció de ambición. Su erudición académica, la sutileza de su genio y sus habilidades más refinadas atrajeron la atención de Jacobo, quien quizás lo honró más de una vez como invitado a su mesa; la sospecha sobre sus principios puritanos fue quizás el único obstáculo para que ascendiera en la corte; sin embargo, Preston sin duda tenía como objetivo desempeñar un papel político. Mantuvo el favor de Jacobo gracias a la esperanza del rey de ganarse al doctor para el bando gobernante, y se ganó el favor de Buckingham debido al miedo de ese ministro; cuando, para usar el estilo peculiar de Hacket, el duque previó que “podría ser sometido a prueba en el horno de las próximas sesiones del parlamento, y necesitaba hacerse amigo de los ‘refinadores’”: la mayoría de estos “refinadores” pertenecían al partido puritano o de la oposición. Al ser nombrado uno de los capellanes del príncipe Carlos, el dr. Preston tuvo la ventaja de estar presente con frecuencia; y, como nos cuenta Hacket, “este hombre político sentía el pulso de la corte y no quería perderse ninguna información sobre los misterios ocultos que ocurrían en el dormitorio de su alteza”. Se estableció una estrecha comunicación entre el duque y Preston, quien, según describe Hacket, era “un buen cuervo para oler la carroña”. Logró acceder fácilmente al gabinete del duque al menos tres veces por semana, y parece que Buckingham compartía con sus amigos más cercanos las conversaciones importantes que mantenían. Preston, decidido a imponer todos sus puntos de vista, comenzó hábilmente con los menos importantes.

Page 567

El duque actuó de forma indirecta: trabajó en su contra de manera secreta. Ese político cauteloso era demasiado astuto como para proponer lo que realmente tenía en mente: la eliminación de la jerarquía. El grito de James, “¡Ni obispos ni reyes!”, en la conferencia de Hampton Court, seguía resonando en los oídos del puritano. Él aseguró al duque que el amor del pueblo era su único ancla, y que este solo podía lograrse mediante medidas populares. Era fácil llevar a cabo un nuevo tipo de reforma. Las catedrales e iglesias colegiatales, mantenidas gracias a enormes riquezas y a las tierras pertenecientes a los capítulos eclesiásticos, solo servían para alimentar a personas “gordas, perezosas e inútiles”. La disolución de esas estructuras abriría una fuente abundante para pagar las deudas del rey y dispersaría los flujos de patrocinio. “Entonces usted se convertiría en el favorito de la nación”, dice Hackett. “Si algo se queda atascado en la garganta de cualquier hombre importante que intente oponerse, será fácil eliminarlo con propiedades, bosques, derechos reales, impuestos, etc.” De esa manera se satisfarían las necesidades de numerosos nobles. También citó un proverbio griego: “Cuando cae un gran roble, todos los vecinos pueden pelearse por sus trozos”.

El doctor Preston estaba dispuesto a desempeñar el papel que Knox había desempeñado en Escocia. Podía estar seguro de contar con un grupo dispuesto a apoyar esta violación nacional de la propiedad; porque quien grita “¡Saqueo!”, siempre encontrará gente dispuesta a ayudarlo. Estos actos de injusticia nacional, tan deseados por los revolucionarios, nunca son beneficiosos para el pueblo; ellos nunca participan en el saqueo, y todo termina en la satisfacción de la codicia privada.

Sin embargo, no era fácil tener acceso permanente al ministro, y al mismo tiempo evitar la vigilancia de los demás. El arzobispo Williams recibió suficientes indicaciones del rey; y en una larga conversación con el duque, intentó convencerlo de que Preston solo le ofrecía “leche aguada, de la cual no se podría obtener nada útil”. Pero el duque quedó impresionado por el nuevo plan y dio una respuesta notable: “Usted…”

Page 568

Perdete en generalidades: explícamelo, en particular, si puedes, que la medida que elijas a voluntad encontrará rechazo y será rechazada en la Cámara de los Comunes. No sé cómo podrán luchar ustedes, los obispos, pero estoy muy equivocado si una gran parte de los caballeros y burgueses no estarían encantados de ver este cambio”. Se nos cuenta que el arzobispo Williams elaboró una lista de los miembros de la Cámara de los Comunes y convenció al ministro de que una abrumadora mayoría se opondría a esta revolución proyectada, y que, como consecuencia, el duque desistió de ella.

Pero esta decisión anterior del duque puede ser dudosa, ya que Preston seguía gozando del gran favor del ministro después de la muerte de Jacobo. Cuando Jacobo murió en Theobalds, donde el doctor Preston sucedió estar presente, tuvo el honor de regresar a la ciudad en el carruaje del nuevo rey junto con el duque de Buckingham. La adulación servil del doctor hacia el ministro incluso ofendió gravemente a los puritanos más celosos. Es cierto que finalmente fue descartado; pero esto se debió no a una falta de sumisión por parte de nuestro político, sino a una de esas circunstancias desafortunadas que a menudo ponen fin a las conexiones políticas temporales, al permitir que un bando descubra lo que el otro piensa de él.

Extraigo este curioso hecho de un relato manuscrito escrito de puño y letra por el erudito William Wotton. Cuando el partido puritano, de forma necia, se puso celoso del hombre que parecía trabajar incansablemente en pos de sus propósitos, le enviaron una carta a Preston, reprochándole su adhesión servil al ministro; ante lo cual él respondió con confianza, asegurándoles que estaba tan convencido como cualquier otro de la vileza y depravación del carácter del duque de Buckingham, pero que no había forma de llegar hasta él sino mediante la adulación más baja, y que era necesario, por la gloria de Dios, utilizar todos los medios disponibles; y por esa razón, y solo por esa, mostraba respeto hacia el favorito reinante, y no por ningún honor real que tuviera hacia él.

Page 569

A él. Esta carta resultó fatal; alguna mano indiscreta la entregó al duque.
Cuando Preston llegó, como de costumbre, el duque aprovechó la oportunidad para preguntarle qué había hecho para ofenderlo, para que lo describiera con tan negros colores ante su propio bando. Preston, sorprendido, negó el hecho y expresó su honor y gratitud. El duque le mostró su propia carta. El doctor Preston sufrió de inmediato una especie de “apoplejía política”; los esfuerzos de varios años se perdieron en una sola mañana. El político frustrado fue expulsado de Wallingford House, sin poder volver a ver al ministro enfurecido. A partir de ese momento, Buckingham abandonó por completo a los puritanos y cultivó la amistad de Laud. Esto ocurrió poco después de la muerte de Jacobo I. Wotton añade: “Esta historia me la contó alguien que estaba extremadamente bien informado sobre la historia secreta de aquel tiempo”.284

Page 570

284. Wotton entregó este memorando al estudioso de la literatura antigua Thomas Baker; Kennet lo transcribió en sus Colecciones de Manuscritos, Lansdowne MSS. Nº 932-88. La biografía del Dr. Preston, en el Diccionario Biográfico de Chalmers, puede consultarse con provecho.

LAS EXCEPCIONES DE SIR EDWARD COKE CONTRA EL JURAMENTO DEL ALTO SHERIFF.

Un hecho curioso muestra la naturaleza revolucionaria de los acontecimientos humanos y la necesidad de corregir nuestras leyes antiguas, que tan frecuentemente establecen castigos y penas para cosas que hace tiempo dejaron de ser delictivas; así como para personas contra quienes sería bárbaro permitir que alguna ley sin derogar siga en vigor.

Cuando Carlos I empleó una estratagema política para mantener a ciertos miembros fuera de la Cámara de los Comunes, nombrándolos sheriff en sus diferentes condados, entre ellos se encontraba el célebre Sir Edward Coke, a quien el gobierno había nombrado Alto Sheriff de Bucks. Quizás fue necesario ser un abogado erudito y experimentado para descubrir los medios que él utilizó, en pleno resentimiento, para eludir ese insulto. Este gran abogado, que quizás él mismo había administrado con frecuencia el juramento a los sheriffs —que, siglo tras siglo, era algo habitual para ellos—, para sorpresa de todos redactó excepciones contra el juramento del sheriff, declarando que nadie podía prestarlo. Coke envió sus excepciones a…

Page 571

el fiscal general, quien, por una orden inmediata del consejo, los sometió “a todos los jueces de Inglaterra”. Nuestro ilustre jurista se limitó a hacer algunas objeciones ingeniosas en tres de sus excepciones; pero la cuarta era de tal naturaleza que no podía ser superada. Todos los jueces de Inglaterra estuvieron de acuerdo y declararon que había una parte de este antiguo juramento que era perfectamente irreligiosa y que debía excluirse para siempre. Esa parte decía: “Deberás hacer todo lo posible para destruir y poner fin a todo tipo de herejías, comúnmente llamadas lolardismo, dentro de tu jurisdicción, etc.” Los lolardos eran los protestantes más antiguos y practicaban las ideas de Lutero; de hecho, se trataba de condenar la religión establecida en el país. Se emitió una orden desde Hampton Court para abolir esa parte del juramento; y actualmente todos los altos sheriffs tienen esta obligación debido al resentimiento de Sir Edward Coke, quien fue destituido como sheriff de Bucks para impedirle entrar al parlamento. Se le concedió el mérito de haber logrado que el juramento fuera modificado de inmediato; pero no se le eximió de tener que prestarlo, una vez que este fue adaptado a la perspicacia escrupulosa de nuestro enfurecido abogado.

285 Rushworth’s Historical Collections, vol. I, p. 199.

HISTORIA SECRETA DE CARLOS I Y SUS PRIMEROS PARLAMENTOS.

Page 572

El reinado de Carlos I, seguido por la Comunidad de Inglaterra, constituye un período sin parangón en los anales de la humanidad. Fue para la nación inglesa el gran resultado de todos los intentos anteriores por establecer y garantizar la justa libertad de los súbditos. La prerrogativa del soberano y los derechos del pueblo solían considerarse como intrusiones mutuas, y durante mucho tiempo estuvieron envueltos en contradicciones, en una época de opiniones inestables y principios controvertidos. Finalmente, las partes en conflicto entre monarquía y democracia, ante la debilidad de sus pasiones, descubrieron cuánto necesitaba cada una al otro como protector. Esta época ofrece las mejores especulaciones sobre la naturaleza humana; presenta una escena prolongada de gloria e infamia; todo aquello que eleva y todo aquello que humilla a nuestra especie, luchando entre sí y muriendo en una carrera de hechos gloriosos, crímenes revoltosos e incluso debilidades ridículas.

La Revolución Francesa es el comentario de la inglesa; y un comentario, a veces, más importante que el texto que explica. Ha aportado un aire de novedad a la antigüedad de nuestra propia historia; y, al volver a ella, parece que poseemos los sentimientos y somos afectados por los intereses de los contemporáneos. Las circunstancias y las personas que muchos imaginaban ya desaparecidas han sido reproducidas ante nuestros propios ojos. En otras historias aceptamos el conocimiento de los personajes y los acontecimientos basándonos en el testimonio del historiador; pero aquí podemos tomarlos de nuestra propia convicción, ya que a nombres extintos y a acontecimientos pasados podemos aplicar la realidad que nosotros mismos hemos presenciado.

Carlos I apenas había ascendido al trono cuando descubrió que, en su nuevo parlamento, estaba casado con una novia hosca: el joven monarca, con la impaciencia de un amante lleno de esperanza y gloria, fue rechazado de forma grosera incluso en los primeros favores. La predicción de su padre permaneció, como la escritura en la pared; pero, sentado en el trono, la Esperanza resultaba más adecuada para la juventud que la Profecía.

Page 573

Tan pronto como Carlos I pudo reunir un parlamento, se dirigió a ellos con una sinceridad tal que la sencillez de sus palabras y pensamientos contrastaba fuertemente con los discursos retóricos del monarca anterior. No se puede decir de Carlos I que haya iniciado primero una guerra de palabras contra el parlamento. Buscó ganarse su afecto; e incluso en esta forma de recibirlos, en medio de la dignidad del cargo real, mostró deliberadamente su respeto exterior mediante la gran solemnidad de su primer encuentro. Aún sin ser coronado, el día en que se dirigió por primera vez a los lores y a los comunes, llevaba puesta su corona y la cubría al inicio y al final de su discurso; una circunstancia a la que el parlamento no estaba acostumbrado. Otra ceremonia añadió aún más solemnidad a la reunión: el rey no quería comenzar a tratar los asuntos hasta que todos se unieran en oración. Ordenó que se cerraran las puertas y que un obispo dirigiera la oración. La sorpresa causada por esta orden inesperada desconcertó a los lores católicos; entre ellos, los menos rigurosos se arrodillaron, mientras que los moderados permanecieron de pie; hubo incluso un papista tan sorprendido que solo supo hacer la señal de la cruz.

El discurso se puede encontrar en Rushworth; aquí hay que resaltar el tono amistoso.

Espero que recuerden que estuvieron dispuestos a encargarme que aconsejara a mi padre que rompiera los tratados (con España). Me involucré en este asunto voluntariamente y con libertad, como un joven, y por eso de manera imprudente; pero fue por su interés, por su petición. Les ruego que recuerden que, siendo esta mi primera acción y emprendida por su consejo y solicitud, qué gran deshonra sería para ustedes y para mí si fracasara debido a la ayuda que podrían brindarme.

Esta expresión de sentimientos no despertó ninguna simpatía en el parlamento. Votaron apenas una séptima parte de los fondos necesarios para continuar con la guerra, en la cual, como medida popular, ellos mismos habían obligado al rey a participar.

En Oxford, el rey les recordó nuevamente que estaba en guerra “por sus deseos y consejos”. Expresó su decepción por su…

Page 574

Subvención insuficiente; “mucho menos de lo necesario para equipar a la marina que se está preparando ahora”. El discurso mantiene la misma sencillez.

Todavía no había señal alguna de amabilidad en la casa. Sin embargo, se afirmó, de manera vaga y capciosa, que “aunque un parlamento anterior había llevado al rey a la guerra, sin embargo, (si las cosas se gestionaron con un plan contrario y los tesoros se emplearon mal), este parlamento no está obligado por otro parlamento”; y añadieron una burla cruel: “¡que el rey ayudara a la causa del Palatinado con su propio dinero!”. Esa guerra absurda, por la cual Jacobo y Carlos habían soportado durante tanto tiempo las críticas por haberla considerado sin esperanza, pero que el partido puritano, así como otros, insistía constantemente en que era necesaria para mantener la causa protestante en Europa.

¡Todavía sin suministros! Pero solo declaraciones de deber y peticiones sobre quejas, difíciles de especificar. En su “Declaración”, llaman a Su Majestad “nuestro querido y temible soberano”, y a sí mismos “sus pobres Comunes”; pero no ceden en ningún punto: no ofrecen ninguna ayuda. El rey aún no estaba dispuesto a discutir, aunque había insistido en vano en que se resolvieran los asuntos antes de que se perdiera la temporada adecuada para la marina; recordándoles además que “¡era la primera petición que les hacía!”. Bajo el pretexto de la plaga en Oxford, Carlos disolvió el parlamento, prometiendo reunirse de nuevo en invierno.

Había algunos cuyos corazones aún latían con la angustia de un monarca joven, perplejo por una guerra que ellos mismos habían provocado. Pero otros, de carácter más republicano, rechazaban a “la Necesidad como consejera peligrosa, que siempre encontraría argumentos para pedir suministros. Si el rey estaba en peligro y la situación era crítica, aquellos que habían puesto al rey y al reino en ese peligro debían responder por ello; y si la situación no permitía remediar las quejas, entonces no había tanta necesidad de dinero”.

Page 575

El primer parlamento abandonó al rey.

Ahora Carlos no tenía otro medio para enviar al ejército y a la flota, en una temporada deficiente, sino pedir dinero mediante sellos privados: se trataba de cartas en las que el monto del préstamo era tan pequeño como humilde era el tono empleado. En ellas se especificaba que “este préstamo, sin causar inconveniente a nadie, tiene como único fin servir al interés público. Tales ayudas privadas para servicios públicos que no pueden ser pospuestos”, argumentaba el rey, “habían sido recurridas con frecuencia; pero siendo esta la primera vez que solicitamos algo de este tipo, solo pedimos esa suma que pocos hombres negarían a un amigo”. Por lo que puedo averiguar, la mayor cantidad solicitada a personas importantes fue de veinte libras. El rey estaba dispuesto a soportar cualquier humillación, incluso la de tener que pedir limosna, antes que aguantar los insultos obstinados del parlamento. Se recibieron donaciones desde diez libras hasta cinco chelines: ¡era una burla a la cesta de limosnas! Sin embargo, con contribuciones y ahorros tan insignificantes, obtenidos mediante un llamado tan apelativo a sus sentimientos, ¿acaso el rey iba a enviar una flota con diez mil hombres para tomar Cádiz?

Esta expedición, al igual que muchos intentos similares desde los tiempos de Carlos I hasta los del gran Lord Chatham, y hasta nuestros días, terminó en fracaso. Desilusionado por este intento depredador, Carlos, en su desesperación, convocó a su segundo parlamento —como él mismo dice, “en medio de sus necesidades”— para aprender de ellos cómo debía planificar sus acciones y estrategias.

La Cámara de los Comunes, tan devotamente como siempre, afirmó que “ningún rey había sido nunca más querido por su pueblo, y que realmente pretendían ayudar a Su Majestad de tal manera que estuviera seguro en casa y temido en el extranjero”; pero ello bajo la condición de que estuviera dispuesto a aceptar “la información y los consejos del parlamento para descubrir las causas de los grandes males y remediar sus quejas”. El rey aceptó esto “como una respuesta satisfactoria”; pero Carlos comprendió sus intenciones: “Vosotros apuntáis especialmente al duque de Buckingham; no sé qué habrá hecho él para cambiar vuestra opinión”.

Page 576

El rey ahora muestra primero sentimientos de ira; la causa secreta del comportamiento desobediente de los miembros del Parlamento era el odio hacia el favorito del rey. Pero el rey se dio cuenta de que ellos pretendían controlar al gobierno ejecutivo, y podía atribuir su antipatía a Buckingham, pero también a la caprichosidad del favor popular; pues no hacía mucho tiempo había oído cómo Buckingham era aclamado como “su salvador”. En su celo y firmeza en sus afectos, Carlos siempre consideró que él mismo era el objetivo de las acciones de su confidente, su compañero y su ministro.

Algunos de esos “oradores audaces”, como se denomina frecuentemente a los líderes de la oposición en las cartas manuscritas, ahora han ganado notoriedad. Sir John Eliot, el Dr. Turner, Sir Dudley Digges y el Sr. Clement Coke expresaron sus opiniones de manera vehemente, por no decir sediciosa, con insultos más atrevidos que los que jamás se habían escuchado antes en la Cámara de los Comunes. El rey les dijo: “Vengo a señalarles sus errores, y, por así decirlo, sus procedimientos antiparlamentarios”. El presidente del Parlamento les aseguró que “cuando los humores irregulares de algunas personas se calmaran, el rey escucharía y respondería a todas las quejas justas; pero también quería que supieran que él estaba igualmente decidido a evitar cualquier menosprecio hacia sus derechos reales, derechos que Su Majestad no permitiría que fueran violados bajo ningún pretexto de libertad parlamentaria”. El rey consideraba al Parlamento como su consejo; pero había una diferencia entre dar consejos y controlar, y entre la libertad y el abuso de ella. Finalmente, señaló sus procedimientos extraordinarios al intentar destituir a Buckingham. El rey, retomando su discurso, reprochó severamente al Parlamento…

Ahora que tienen todo según sus deseos, y que estoy tan ocupado que creen que no hay vuelta atrás, ahora comienzan a jugar a su propio juego. Pero les ruego que no se dejen engañar: eso no es una forma parlamentaria, ni tampoco es una forma adecuada de tratar con un rey. El Sr. Clement Coke les dijo: “¡Es mejor ser devorados por un enemigo extranjero que ser destruidos en casa!”. De hecho, creo que…

Page 577

Más honor para un rey es ser invadido y casi destruido por un enemigo extranjero que ser despreciado por sus propios súbditos.

El rey concluyó afirmando su privilegio de convocar o prohibir los parlamentos.

El estilo de “los oradores audaces” apareció al menos ya en abril; yo rastreo su espíritu en las cartas de la época, que ofrecen hechos y expresiones que no se encuentran en nuestros documentos impresos.

Entre los primeros de nuestros patriotas, y finalmente la gran víctima de sus esfuerzos, estuvo Sir John Eliot, vicealmirante de Devonshire. Él, con un tono que “hacía retroceder hasta Júpiter sus propios rayos” e incluso asustaba al propio escritor, quien estaba inclinado hacia el partido popular, “pronunció un discurso resuelto, aunque dudo que fuera oportuno”. Agrega que Eliot afirmó que “ellos no habían ido allí ni para hacer lo que el rey les ordenara, ni para abstenerse cuando él se lo prohibiera; habían ido allí para mantener sus privilegios. No querían dar a su descendencia motivo para maldecirlos por haber perdido esos privilegios debido a la restricción impuesta por sus antepasados”.

El 8 de mayo, Sir Dudley Digges inició el proceso de destitución del duque, comparándolo con un meteoro surgido de materia putrefacta. Le siguieron Glanville, Selden y otros. En ese primer día, el duque permaneció sentado frente a sus acusadores, enfrentando sus acusaciones, lo que enfureció aún más a la asamblea. Al día siguiente, el duque no estaba presente, y fue entonces cuando Sir John Eliot pronunció el epílogo de este poderoso discurso, con una fuerza retórica y una audacia en las alusiones personales que no han sido superadas en las invectivas del moderno Junio.

Eliot, después de exponer la ambición del favorito por obtener y poner en sus manos los cargos más importantes y poderosos…

Page 578

El reino y los medios por los cuales los había obtenido dibujaban un retrato “del carácter interior de la mente del duque”. La pluralidad de cargos que ocupaba el duque le recordaba “a una bestia quimérica a la que los antiguos llamaban Stellionatus: tan borrosa, tan manchada, tan llena de líneas repugnantes que no sabían qué pensar de ella. Al establecerse en su posición, se ha apoderado de los ingresos del reino, de la fuente de abastecimiento y de los nervios del país. Intercepta, consume y agota los ingresos de la corona; y, al vaciar las venas por donde debería fluir la sangre, ha sumido al reino en un alto nivel de gasto”. Llega incluso a criticar los gustos magníficos del duque; algo que, en cierto modo, era natural en él, ya que Eliot era un hombre de gran cultura literaria. “Sumas infinitas de dinero y grandes extensiones de tierra cuyo valor supera al del dinero, además de contribuciones en el parlamento, han sido acumuladas sobre él; ¿y cómo se han empleado? En muebles costosos, banquetes suntuosos y construcciones magníficas, evidencia visible del agotamiento total del estado”.

Eliot concluye de manera elocuente:

“Sus señorías tienen una idea del hombre, de lo que es en sí mismo, de sus inclinaciones. Han visto su poder, y algunos, temo, lo han sentido también. Conocen sus prácticas y han oído sus efectos. Dadas estas circunstancias, ¿qué papel desempeña respecto al rey y al estado? ¿Es compatible o incompatible con cualquiera de ellos? Respecto al rey, debe ser considerado como la úlcera en sus tesorerías; respecto al estado, como la polilla de toda bondad. Apenas puedo encontrarle un paralelo; pero nadie fue tan parecido a él como Sejano, descrito por Tácito como audaz, acusador de los demás, mezclando adulación y soberbia. El orgullo de Sejano era tan excesivo, según dice Tácito, que ignoraba todos los consejos, mezclaba sus asuntos y sus funciones con las del príncipe, dando la impresión de confundir sus acciones, y a menudo era llamado ‘compañero en los trabajos del emperador’. ¿Acaso este hombre no es similar? Pregúntenle a Inglaterra, Escocia e Irlanda… ¡ellos se lo dirán! ¿Cuán recientemente y con qué frecuencia este hombre ha mezclado sus acciones con las del rey? ¡Mis señores! Ya lo he hecho… ¡ven ustedes al hombre!”

La comparación entre el duque y Sejano electrificó la sala; y, como veremos, afectó profundamente a Carlos en un punto vulnerable.

Page 579

La conducta del rey durante este discurso marcó el inicio de sus problemas, y también el primer intento abierto por parte suya de aplastar al partido popular. En la Cámara de los Lores, el rey defendió al duque y les dijo: “He considerado oportuno ordenar que se castiguen algunos discursos insolentes pronunciados recientemente”. Encontré un fragmento de historia secreta incluido en una carta, con la instrucción solemne de que debía ser quemado. “Esta mañana el rey se quejó de Sir John Eliot por haber comparado al duque con Sejano, lo cual implicaba que él debía referirse a mí como a Tiberio”. Ese día, los oradores que habían pronunciado el prólogo y el epílogo —Sir Dudley Digges, quien había iniciado el proceso contra el duque, y Sir John Eliot, quien lo había cerrado— fueron llamados fuera de la cámara por dos mensajeros, quienes mostraron las órdenes para encerrarlos en la Torre.

En ese día memorable, un político filosófico podría haber señalado con previsión los gérmenes de los acontecimientos que, pocos años después, se hicieron evidentes para todos. Las pasiones de los reyes suelen ser objeto de análisis; pero, en esta época antimonárquica, las pasiones de los parlamentos son impensables. El partido democrático, movido por motivos mezquinos, como su egoísmo, vanidad y audacia, odia a los reyes; quieren que en el trono haya una figura abstracta, un soberano quimérico, como una estatua, meramente un adorno del lugar que ocupa… e insensible, como una estatua, a las injurias que le lanzarán.

Los miembros de la Cámara de los Comunes, movidos por un feroz espíritu de reacción ante la decisión del rey de castigar ciertos discursos insolentes, solicitaron de inmediato a la Cámara de los Lores que encarcelara al duque. Pero cuando se enteraron del destino de esos patriotas, se dispersaron al instante. Por la tarde se reunieron en Westminster Hall para compartir sus sentimientos sobre el destino de los dos miembros encarcelados, llenos de tristeza e indignación.

Al día siguiente, los miembros de la Cámara de los Comunes se reunieron en su propio edificio. Cuando el presidente les recordó los asuntos habituales, todos gritaron: “¡Siéntense!”.

Page 580

“¡Siéntense!”, decían. No tratarían ningún asunto hasta que se les devolvieran “sus libertades”. Se formó un comité abierto compuesto por todos los miembros de la cámara, y ninguno de ellos pudo abandonarla; pero o bien no sabían cómo comenzar esa reunión solemne, o expresaban su indignación mediante un silencio hosco. El intento fallido de calmar y someter a “los oradores audaces” lo realizó el vicecamarlengo, Sir Dudley Carleton, quien durante mucho tiempo había sido uno de nuestros embajadores en el extranjero. Habiendo presenciado los gobiernos despóticos en el continente, creía que en su país no faltaba libertad. “Observo”, dijo el vicecamarlengo, “por el gran silencio en esta cámara, que es el momento adecuado para ser escuchados, si me conceden algo de paciencia”. Aludiendo a uno de los mensajes del rey, en el cual se insinuaba que, si no había “correspondencia entre él y el parlamento, se vería obligado a recurrir a nuevas medidas”, dijo: “Les ruego que consideren cuáles podrían ser esas nuevas medidas. Temo declarar las que yo imagino”. Sin embargo, Sir Dudley insinuó claramente cuáles eran, al señalar que “cuando los monarcas comenzaron a conocer su propia fuerza y vieron el espíritu turbulento de sus parlamentos, los derrocaron en toda Europa, excepto aquí, con nosotros”. Nuestro antiguo embajador pintó un cuadro divertido de los efectos de los gobiernos despóticos, como en Francia: “Si conocieran a los súbditos en los países extranjeros tan bien como yo, verían que no se parecen a nuestra gente, con carne en sus cuerpos, sino más bien a fantasmas, sin ser realmente hombres, siendo solo piel y huesos, con una ligera cubierta para ocultar su desnudez, y vistiendo únicamente zapatos de madera. Por eso no pueden comer carne ni llevar ropa decente, sino que deben pagarle al rey por todo ello. ¡Es una miseria indescriptible, y eso es algo de lo que aún estamos libres!”. Una larga estancia en el extranjero había privado a Sir Dudley Carleton de toda simpatía por ese alto ideal de libertad, así como por ese orgulloso celo por sus privilegios, que, aunque aún no estaban definidos ni eran claros, y seguían siendo objeto de disputas, ya estaba surgiendo entre los miembros del parlamento inglés. Estaba destinado que…

Page 581

El espíritu celestial de nuestra libertad nacional no debería descender entre nosotros en forma de paloma mística.

Hume observa sobre este discurso que “estas sugerencias imprudentes más bien sirvieron de advertencia que de motivo de terror”. Era evidente que el acontecimiento, que implicaba “nuevas medidas”, significaba lo que posteriormente se puso en práctica: ¡el rey gobernando sin un parlamento! En cuanto a “los fantasmas que llevaban zapatos de madera”, por los cuales se felicitó a la Cámara por no haber sido aún reducidos a esclavitud, se deduciría que era aún más necesario protegerse contra la posibilidad de tales apariciones extrañas. Hume comenta con razón: “El rey no obtuvo ningún beneficio adicional de este intento, más que el de enfurecer aún más a la Cámara”. Algunas palabras que el duque insistió en atribuir a Digges fueron desmentidas por este, quien declaró que no las había utilizado; y parece probable que se le permitiera retractarse de sus palabras. Eliot estaba hecho de “material más firme”; no retrocedió ni un ápice en todo lo que había dicho sobre “ese hombre”, como solía llamar a Buckingham.

Los miembros de la Cámara de los Comunes, sea cual sea su patriotismo, al parecer se vieron motivados en un primer momento principalmente por un odio personal hacia el favorito; sus acusaciones reales contra él no eran más que pretextos y excusas. El rey, cuyos afectos personales siempre fueron fuertes, consideraba a su amigo inocente; y había en el carácter del joven monarca un rasgo cálido y romántico, que se negaba a sacrificar a su fiel compañero por sus propios intereses, ni a inmolar al ministro ante las exigencias de la Cámara de los Comunes. Posteriormente, cuando el rey hizo esto en el memorable caso del inocente Strafford, esa fue la única circunstancia que pesó en su mente en el momento de su propio sacrificio. Sir Robert Cotton le dijo a un amigo, el día en que el rey fue a la Cámara de los Lores y condenó a esos dos patriotas, que “recientemente lo habían llamado con frecuencia ante el rey y el duque, y que el afecto del rey por él era realmente admirable, y no disminuía en absoluto. Ciertamente”, añadió, “el rey nunca…”

Page 582

cedió ante la caída del duque, siendo un joven resuelto, magnánimo y tiernamente y firmemente afectuoso dondequiera que estuviera”.294 Este auténtico carácter de Carlos I, descrito por aquel hombre inteligente y erudito a quien la nación debe los tesoros de sus antigüedades, es notable. Sir Robert Cotton, aunque no ocupaba ningún cargo en la corte ni pertenecía al bando del duque, era consultado con frecuencia por el rey, y conocía muchos de sus secretos. Cómo valoraba el rey el juicio de este consejero perspicaz y capaz, actuando en directa contradicción con él y para mortificación del favorito, probablemente tendré ocasión de demostrarlo.

Los comunes no perdieron ese espíritu sutil con el que habían comenzado; apuntaban en secreto a someter al soberano y a expulsar al ministro. Se preparó una protesta contra la imposición de impuestos sobre el tonelaje y las mercancías, que constituían la mitad de los ingresos de la corona; además, se presentó una petición, “equivalente a una orden”, para alejar a Buckingham de la presencia y de los consejos de Su Majestad.295 La protesta está llena de ataques virulentos contra “la ambición desenfrenada del duque”, a quien califican “como uno de esos víboras y plagas para su rey y su nación, tal como lo expresó tan claramente vuestro padre real”. Piden que “se digne alejar a esta persona de su sagrada presencia, y que no equilibre a este solo hombre con todas estas cosas y con los asuntos del mundo cristiano”.

El rey disolvió apresuradamente este segundo parlamento; y cuando los lores solicitaron su continuidad, él exclamó con calor y enojo: “¡Ni un momento más!”. Fue disuelto en junio de 1626.

Los patriotas abandonaron a su soberano a su suerte y regresaron a casa resentidos e indignados, dispuestos a conspirar entre sí para recuperar sus libertades, ahora disputadas o arrebatadas. Distribuyeron diligentemente su protesta, y el rey respondió con una declaración; pero un ataque siempre es más enérgico que una defensa. La declaración carece de fuerza.

Page 583

Y evidentemente fue compuesto bajo sentimientos reprimidos, que quizás no sabían cómo darles forma. Se ordenó en todas partes que se quemara la “Remonstrancia”; y el efecto que produjo en la gente lo veremos pronto.

El rey quedó sumido en las situaciones más urgentes. Con la disolución del primer parlamento, se vio obligado a practicar una economía humillante. Hume hizo alusión a las numerosas necesidades del joven monarca; pero ciertamente no conocía las extremas dificultades del rey. Su coronación pareció más bien una ceremonia privada que pública. Para ahorrar los gastos del desfile desde la Torre por la ciudad hasta Whitehall, se omitió esa pompa habitual; y la razón aducida fue “¡ahorrar fondos para empresas más nobles!”, es decir, para financiar la guerra contra España sin suministros. Pero ahora aparecieron los cambios más extraordinarios en la corte. El rey hipotecó sus tierras en Cornualles a los regidores y compañías de Londres. Se difundió el rumor de que había que revocar la lista de pensiones reducidas; y la angustia real llegó a tal punto que todas las mesas de la corte fueron retiradas y los cortesanos tuvieron que recibir un salario en comida. He visto una carta que describe “la cena funeraria en Whitehall, donde veintitrés mesas fueron destinadas a ese fin, pasando a ser consideradas como salario en comida”; y allí se dice que “desde esta disolución de los gastos de la corte, su majestad cuenta con muy poca atención”. Otro escritor, que se describe a sí mismo como un simple observador, lamenta que, mientras los hombres del derecho gastaban diez mil libras en una sola mascarada, no prefirieran enriquecer al rey; y añade: “Veo una nación rica, un pueblo rico, ¡y una corona pobre!”. Esta extraña pobreza de la corte de Carlos parece haber pasado desapercibida para nuestros historiadores generales. Ahora, Carlos tenía que abastecer a su flota con los ahorros obtenidos de esos salarios en comida; ¡porque ese “excedente” se contabilizaba!

Page 584

La desastrosa derrota en la Isla de Ré hizo que Buckingham regresara a casa avergonzado, y sembró el pánico en todo el país. La mejor sangre había sido derramada por la imprudente valentía de un comandante inexperto y romántico, quien, obligado a retirarse, prefería marchar antes que huir, y era el último hombre en abandonar el terreno que no podía mantener. En su excesivo optimismo, Buckingham llegó a decir, según he oído, que “antes del solsticio estaría más honrado y querido por el pueblo que nunca lo estuvo el conde de Essex”; así, alimentaba las ilusiones tanto propias como de su señor. Este héroe volátil, que había conocido la caprichosidad de la popularidad, creía que esta se recuperaba tan fácilmente como se perdía; y que una aventura caballeresca le devolvería ese favor que, en ese momento, podría haber sido negado a toda la sabiduría, la prudencia y las habilidades de un estadista experimentado.

El rey ahora se veía envuelto en medidas cada vez más complicadas y desesperadas; y la nación caía en un estado de agitación del cual la historia popular solo deja una vaga impresión.

El espíritu de insurrección se extendía por la ciudad y por el campo. Las escenas que voy a describir tuvieron lugar hacia el final de 1626: un lector descuidado podría confundirlas fácilmente con las escenas revolucionarias de 1640. Fue una rebelión sin armas.

Un ejército y una marina habían regresado sin recibir su salario, además de estar llenos de frustración por las derrotas. La ciudad era saqueada por marineros y soldados rebeldes, que incluso llegaban hasta el palacio del soberano. Los soldados sin salario forman una sociedad sin leyes. Un grupo de capitanes irrumpió en las habitaciones del duque mientras este estaba cenando; y cuando el duque les recordó una proclamación reciente que prohibía a todos los soldados acudir a la corte en grupos, bajo pena de ser ahorcados, ellos respondieron que “¡Había compañías enteras dispuestas a ser ahorcadas junto con ellos! Que el rey podía hacer con sus vidas lo que quisiera; porque su reputación estaba perdida y su honor arruinado, debido a la falta de salario para pagar sus deudas”. Cuando se presentó una petición…

Page 585

Fue presentado, y se preguntó quién era su compositor; una multitud enorme gritó con fuerza: “¡Todos! ¡Todos!”. Una multitud formada por marineros se reunió en Tower Hill y colocó a un joven en el patíbulo; este proclamó, con un “¡Oh, sí!”, que el rey Carlos había prometido pagarles sus salarios, o de lo contrario el duque mismo estaría en el patíbulo. Al menos, estas eran quejas más evidentes para el soberano que aquellas vagas que repetían constantemente sus súbditos desleales. Pero, ¿qué quedaba por hacer? Solo había que elegir entre dos dificultades: el desorden o una solución. En ese momento, el duque convocó lo que llamó “el Consejo del Mar”; asistió puntualmente a su primera reunión y fijó tres días a la semana para reunirse, pero rompió su compromiso al segundo día, ya que siempre estaba ocupado en otras cosas. El “Consejo del Mar” resultó ser uno de esos arreglos temporales que solo duran mientras actúan sobre la imaginación. Se dice que treinta mil libras habrían podido calmar a esas tropas desorganizadas; pero el tesoro real no podía proporcionar tal suma. Buckingham, desesperado y dispuesto a todo, planeaba una nueva expedición para sitiar Rochelle; se necesitaba un nuevo ejército. Juró que “si había dinero en el reino, debía obtenerse”.

Comenzó entonces esa serie de artimañas y persecuciones para recaudar dinero. Préstamos forzados o supuestos regalos solo sirvieron para avivar el espíritu de resistencia. La facción cortesana argumentaba que las cantidades requeridas eran, de hecho, mucho menores que las subvenciones habituales; pero la exigencia, a cambio de una “subvención”, era siempre “un Parlamento”. Muchos fueron multados severamente por declarar que “no conocían ninguna ley, aparte de la del Parlamento, que obligara a la gente a entregar sus propiedades”. El rey ordenó que aquellos que no quisieran participar en los préstamos no fueran forzados; pero parece que hubo órdenes en el consejo para identificar a los propietarios que se negaran a hacerlo. Además, parecía que aquellos que no pudieran pagar en efectivo deberían hacerlo personalmente. Aquellos a quienes se presionaba eran enviados al depósito; pero o bien los soldados no querían recibir a esos ciudadanos “buenos”, o encontraban formas fáciles de…

Page 586

Cada medida que el gobierno inventaba parecía frustrarse fácilmente, ya sea por la intrépidad de los propios interesados, o por esa comprensión general que permitía a la gente jugar unos contra otros. Cuando el consejo municipal consentía en imponer algún tributo, los ciudadanos llamaban al Ayuntamiento “¡Lugar de concesiones!”. Y cada vez que se imponía un impuesto debido a la negativa a pagarlo, lo único que había eran “soluciones obvias, de las que nadie quería saber nada”. O bien, si un funcionario más severo confiscaba bienes, era en vano ofrecer algo a cambio, ya que no había compradores. Un comerciante rico, que anteriormente había sido quesero, fue convocado ante el consejo privado y se le exigió que prestara doscientas libras al rey, o bien que se uniera al ejército para servir allí con queso. No se creía que un comerciante tan anciano y rico estuviera dispuesto a retomar su antiguo oficio tan humilde; pero el anciano, siguiendo el espíritu de la época, prefirió esa alternativa difícil y rechazó el nuevo proyecto financiero, marchándose con su queso. En Hicks’s Hall, el duque y el conde de Dorset se sentaron para recibir los préstamos; pero el duque amenazaba, mientras que el conde trataba de tomar las cosas a la ligera, frente a personas que acudían ante ellos con toda la indignación popular reprimida. El conde de Dorset preguntó a un hombre que alegaba no poder prestar dinero cuál era su oficio; al responderle que era sastre, dijo: “Escribe tu nombre para una suma así; un simple corte será suficiente para compensarlo todo”. El sastre citó abundantemente las Escrituras y sacudió el banco con risas o con rabia debido a sus maldiciones, hasta que fue sujetado por los mensajeros. Este era Ball, famoso en la parroquia de St. Clement’s; y no solo era sastre, sino también profeta. Veinte años después, ¡los sastres y los profetas empleaban a sus propios mensajeros!296

Estos son ejemplos extraídos de las clases inferiores de la sociedad; pero el mismo espíritu motivaba a los campesinos: un solo ejemplo representa muchos casos. George Gatesby, de Northamptonshire, al ser encarcelado por negarse a prestar dinero, afirmó, entre otras razones para su negativa, que “él…”.

Page 587

Se consideró que este préstamo podría convertirse en un precedente; y que todo precedente, le dijo el lord presidente, era una manifestación de la prerrogativa real. El lord presidente le dijo que “¡miente!”. Gatesby negó con la cabeza y comentó: “No vengo aquí para discutir con su señoría, sino para sufrir”. Entonces Lord Suffolk intervino y pidió al lord presidente que no presionara demasiado a su pariente, el señor Gatesby. Este caballero rural renunció a cualquier muestra de bondad que pudiera tener hacia sus parientes, declarando que “quedaría como dueño de su propio dinero”. Las prisiones estaban repletas de aquellos que se negaban a tomar préstamos, así como de aquellos que habían pecado por expresar libremente sus opiniones. Los caballeros rurales aseguraban su popularidad mediante sus actos de rebeldía; y muchos de los que se oponían firmemente a los préstamos fueron devueltos al siguiente parlamento contra su voluntad. Los amigos de estos caballeros acudían en masa a sus prisiones; y cuando pedían más libertad y aire durante el verano, era política concederles ese pedido. Pero también era política que no residieran en sus propias tierras: esta concesión solo se hacía a aquellos que, viviendo en el sur, aceptaban residir en el norte; mientras que los habitantes del norte tenían que alojarse en el sur.

En el campo, las escenas de disturbios adquirían aún un aspecto más alarmante que en Londres. No solo se negaban a proporcionar dinero, sino que, incluso cuando el gobierno ofrecía dinero, aquellos hombres se negaban a servir. En aquel entonces aún no existía el concepto de reclutamiento forzoso; y se convirtió en un tema ampliamente debatido en el Consejo Privado: ¿acaso aquellos que se negaban a aceptar dinero del gobierno no deberían ser juzgados bajo ley marcial? En las notas conservo una información secreta muy interesante. La gran novedad y síntoma de aquellos tiempos era la distribución de cartas. Cartas selladas, dirigidas a los líderes del campo, se encontraban colgadas en los arbustos; cartas anónimas eran dejadas en tiendas y calles, como señal de que se acercaba el día en que “se llevaría a cabo en Inglaterra algo sin precedentes, algo que sería beneficioso para nosotros”. Las cartas dirigidas a “todos los de corazón sincero” se multiplicaban.

Page 588

“¡Ingleses!”. Un mozo de cuadra al que se descubrió distribuyendo tales papeles sediciosos fue llevado ante la implacable Cámara Estelar y multado con tres mil libras. La indulgencia de esa pena fue lamentada por dos obispos; si se hubiera aplicado realmente, ese desdichado habría seguido siendo un mozo de cuadra, sin poder montar a caballo nunca más.

Existe una tarea difícil para el historiador, que con demasiada frecuencia es ignorada por quienes escriben desde un punto de vista partidista: debe detenerse cada vez que siente que se deja llevar por las pasiones de la multitud o se convierte en apologista ciego del poder arbitrario. El historiador debe transformarse en los personajes que representa e introducirse en las épocas que estudia; al comprender sus sentimientos y seguir sus acciones, podrá al menos esperar descubrir verdades que puedan interesar igualmente a los hombres honorables de todos los partidos.

Esta reflexión surge de la gran dificultad en la que me encuentro ahora. ¿Debemos condenar de inmediato al rey por estas medidas arbitrarias? Sin embargo, es muy posible que esas medidas jamás hayan estado en sus planes. Sumido en dificultades insuperables, según sus propios sentimientos, fue traicionado por el parlamento; y despreció la idea de intercambiar su favor por ese comercio vulgar de la traición: el sacrificio de aquel único hombre al que había querido mucho; un hombre tanto envidiado como odiado. Esa dura lección aún no se había enseñado a ningún soberano británico: que su corazón debía permanecer vacío de todo afecto personal. Y aunque esa lección se hubiera enseñado, el carácter de Carlos carecía de toda aptitud para ella. Reinar sin un parlamento rebelde y encontrar entre el propio pueblo súbditos más leales que sus representantes era un experimento… y uno fatal. Bajo el reinado de Carlos, la libertad del súbdito, cuando las necesidades del estado presionaban al soberano, era objeto de discusión, y se disputaba con la misma frecuencia con que se reconocía. Los clérigos declaraban rebeldes a aquellos que se negaban a contribuir para ayudar al gobierno.

Page 589

Se mencionan presuntos precedentes relacionados con la obtención de suministros de la manera que había adoptado Carlos. Selden, cuyo esfuerzo intelectual era tan grande como la amplitud de su mente, tuvo que buscar información sobre este tema entre los registros antiguos de la Torre; además, la omnipotencia de los parlamentos —si es que alguna asamblea humana puede tener tal grandeza sobrenatural— aún no había despertado el interés por la antigua libertad popular.

Un espíritu general de insurrección, más que la insurrección en sí, provocó de repente ciertas situaciones extrañas en todo el reino. Las “quejas” del parlamento sin duda intensificaron los sentimientos del pueblo; pero aún así, había muchos que amaban la paz y respetaban a la monarquía. Se consiguieron fondos y hombres para enviar al ejército y a la flota. Se pueden sospechar que existían causas más ocultas detrás de todo esto. Muchos de los líderes de la oposición estaban llevando a cabo algún tipo de maquinación secreta; en esa época se encuentran muchas historias misteriosas, indicios de sociedades secretas y otras pruebas de las intrigas del partido popular.

Los detalles menores, a veces más importantes de lo que parecen, son adecuados para este tipo de historia detallada. En noviembre de 1626, se difundió el rumor de que el rey recibiría la visita de un embajador del “Presidente de la Sociedad de los Rosacruces”. En efecto, se trataba de un embajador extraño: se describía como “un joven sin un solo pelo en el rostro”; en realidad, era un niño que debía ocultar la verdadera identidad de la persona que representaba. Fijó como fecha de su llegada la tarde del domingo, acompañado por trece carruajes. Debía ofrecer al rey, siempre y cuando este aceptara sus consejos, tres millones para que los pusiera en los cofres reales; además, a través de sus consejos secretos, debía revelar asuntos importantes y confidenciales. Se entregó una carta en latín a “David Ramsey, el relojero”, para que se la entregara al rey: existe una copia de dicha carta conservada en documentos de la época; pero está tan sin sentido que no podría haber tenido ningún efecto en el rey, quien, no obstante, declaró que no lo recibiría y que, si pudiera decir dónde…

Page 590

Se decía que el “Presidente de la Rosacruz” estaba allí; si no cumplía con su promesa, lo colgarían en las puertas del tribunal. Esto sirvió para que la ciudad y el campo hablaran sin cesar hasta que pasara el domingo fijado, y aún no se veía a ningún embajador. Algunos consideraron esto como el fruto de la locura de algunos individuos, pero otros pensaron que se trataba de un intento de hablar en privado con el rey sobre asuntos relacionados con el duque.

También se descubrió, a través de cartas recibidas desde Roma, que “todo un parlamento de jesuitas se reunía” en “una bóveda bien protegida” en Clerkenwell. Sir John Cooke quería alertar al parlamento de que, en el día de San José, esos jesuitas ocuparían sus puestos. A veces, se cree que los ministros tienen cómplices temporales; Sir Dudley Digges, que estaba en la oposición, como de costumbre, no creía en tales “necromantes políticos”. Pero se descubrió tal grupo; Cooke insinuó que el embajador francés había convencido a Luis de que las divisiones entre Carlos y su pueblo eran obra de su astucia, y que por ello había sido recompensado. Esto no es improbable. Después de todo, ese “parlamento de jesuitas” podría haber sido un colegio secreto de la orden; entre otras cosas confiscadas, había una biblioteca considerable.

Mientras el parlamento se reunía, se arrojó una carta sellada debajo de la puerta, con esta inscripción: “Maldito sea el que encuentre esta carta y no la entregue a la Cámara de los Comunes”. El alguacil la entregó al presidente, quien no quiso abrirla hasta que la cámara eligiera un comité de doce miembros para decidir si era apropiado leerla. Sir Edward Coke, después de leer dos o tres líneas, se detuvo; según mis fuentes, “no se atrevió a seguir leyendo, sino que selló la carta de inmediato. El comité consideró oportuno enviarla al rey, quien, al leerla, la arrojó al fuego. Luego envió un mensaje a la Cámara de los Comunes agradeciéndoles su sabiduría por no publicarla y por la discreción del comité al tomar esa decisión”.

Page 591

honra, para no leerlo en voz alta, cuando una vez percibieron que tocaba su majestad”.301

Otros, además de la libertad de expresión, introdujeron otra forma: “Un discurso sin puertas”, el cual fue distribuido entre los miembros de la cámara. Es, en todos los sentidos, algo notable, ocupando diez páginas en folio en el primer volumen de Rushworth.

Algunos en cargos parecen haber empleado procedimientos extraordinarios de naturaleza similar. Una carta interceptada, escrita por la archiduquesa al Rey de España, fue entregada por Sir H. Martyn en la reunión del consejo el día de Año Nuevo; en ella se encontraban algunos documentos relacionados con la marina. El duque dijo de inmediato que se la mostraría al rey; y, acompañado por varios lores, entró en el gabinete de su majestad. La carta estaba escrita en francés; en ella se aconsejaba a la corte española que iniciara una guerra repentina contra Inglaterra, por varias razones: la falta de habilidad del rey para gobernar por sí mismo; la debilidad de su consejo, que no se atrevía a informarle de la verdad; la falta de dinero; la desunión de los súbditos con respecto a su príncipe, etc. El rey solo comentó que el autor había olvidado que la archiduquesa escribe al Rey de España en español y envía sus cartas por tierra.

Debo añadir un hecho importante. He encontrado pruebas claras de que los líderes de la oposición estaban muy activos en obstaculizar las medidas del gobierno. El Dr. Samuel Turner, representante de Shrewsbury, fue a ver a Sir John Cage y deseó hablar con él en privado; su misión era rogarle que se opusiera al préstamo y que utilizara su influencia junto con otros para lograr ese objetivo. La siguiente información proviene del propio Sir John Cage. El Dr. Turner “al ser invitado a quedarse, no quiso ni un minuto; enseguida montó a caballo, diciendo que tenía otros lugares adonde ir y que el tiempo apremiaba; que había un grupo de ellos que se habían dividido por todas partes, y cada uno tenía una zona asignada para llevar a cabo esta tarea en beneficio de la comunidad”. Esto fue escrito en noviembre de 1626. Indudablemente…

Page 592

Se trata de una conspiración secreta que vigila tanto desde el parlamento como fuera de él; y esas extrañas manifestaciones de deserción popular que se observaron en el país, las cuales he descrito, fueron en gran medida consecuencia de las maquinaciones e intrigas del partido popular.302

El rey no estaba dispuesto a intentar formar un tercer parlamento. Se dice que su favorito, quizás con el fin de recuperar esa popularidad que su grandeza le había hecho perder, se arrodilló en dos ocasiones en cartas privadas para interceder por la formación de uno nuevo. Sin embargo, las elecciones no presagiaban nada bueno; y un escritor vinculado a la corte, al describirlas, declaró proféticamente: “¡Sin duda estamos perdidos!”.

El discurso del rey comenzaba con el espíritu que él mismo sentía, pero que no podía expresar:

“Son tiempos de acción: por eso, por ejemplo, no pretendo perder mucho tiempo en palabras. Si ustedes, Dios no lo quiera, no cumplieran con sus deberes de aportar lo que el estado necesita en este momento, yo, en cumplimiento de mi conciencia, deberé utilizar esos otros medios que Dios ha puesto en mis manos para salvar lo que, por la locura de algunos individuos, podría perderse”. Agregó, con la grandeza propia de la majestad ideal: “No lo tomen como una amenaza, pues desprecio amenazar a nadie que no sea igual a mí; sino como una advertencia de parte de aquel que, por naturaleza y por deber, se preocupa profundamente por su bienestar y prosperidad”. Y en un tono más amistoso, les pidió que “recordaran algo para que podamos olvidarlo. Pueden imaginar que vengo aquí con dudas sobre el éxito, recordando las distracciones de la última reunión; pero les aseguro que olvidaré y perdonaré fácilmente lo que ya pasó”.

Ahora se reunía una asamblea muy concurrida, compuesta por los hombres más ricos; pues un noble, que probablemente consideraba que la propiedad era el verdadero equilibrio del poder, estimaba que podían comprar a los miembros de la cámara alta, ¡con la única excepción de Su Majestad! La aristocracia basada en la riqueza ya comenzaba a hacerse sentir. Aparecieron algunos malos presagios relacionados con el parlamento. Sir Robert Philips propuso un ayuno general: “Ya tuvimos uno debido a la peste, de la cual Dios quiso liberarnos, y ahora tenemos tantas plagas en la nación…”

Page 593

la persona de Su Majestad, que necesitamos algo así, es un acto de humillación”. Sir Edward Coke consideró que era sumamente necesario, “porque temo que haya algunos demonios que no podrán ser expulsados sino mediante ayuno y oración”.

Muchos de los discursos en “este gran consejo del reino” son piezas admirables de composición entre las que existen en este idioma. Incluso los partidarios de la corte se mostraron moderados, eximiendo más bien que solicitando medidas urgentes. Pero el espíritu malvado del partido, por más velado que estuviera, caminaba entre todos ellos: un escritor describe el estado natural de los sentimientos: “Algunos miembros del parlamento hablan desesperadamente; mientras que otros, de posición tan elevada, amenazan con imponer multas si no ceden”. Así es la acción y reacción perpetua de la opinión pública: cuando un bando está dispuesto a dar demasiado poco, el otro seguramente desea demasiado.

El parlamento concedió subsidios. Cuando Sir John Coke presentó el informe al rey, Carlos expresó una gran satisfacción y declaró que ahora se sentía más feliz que ninguno de sus predecesores. Al preguntarle a Sir John cuántas voces había a favor, Cooke respondió: “¡Solo una!”. Ante esto, Su Majestad pareció consternado y preguntó cuántos estaban en contra. Cooke contestó: “¡Ninguno! La unanimidad de la Cámara hizo que solo quedara una voz en contra”. Entonces Su Majestad lloró. Si Carlos derramó lágrimas, o como lo expresa él mismo en su informe a la Cámara, “se sintió profundamente afectado”, la emoción fue grande, ya que en situaciones de emergencia Carlos demostraba un control casi sin precedentes sobre la violencia de sus sentimientos.

El favorito en sí mismo simpatizaba con la tierna alegría de su señor real; y, delante del rey, se ofreció voluntariamente como sacrificio de paz. En su discurso en la mesa del consejo, suplicó al rey que él, que tenía el honor de ser el favorito de Su Majestad, pudiera ahora renunciar a ese título en beneficio de ellos. Probablemente, unos sentimientos sinceros y profundos motivaron estas palabras.

Page 594

“Para abrir mi corazón, por favor perdónenme una palabra más; debo confesar que he vivido mucho tiempo en dolor: el sueño no me ha dado descanso, ni los favores ni la fortuna me han dado satisfacción. Tales han sido mis secretas penas: ser considerado el hombre de la separación, aquel que dividió al rey de su pueblo y a éste de él. Pero espero que se demuestre que fueron solo opiniones erróneas las que querían hacer de mí el espíritu maligno que se interponía entre un buen señor y un pueblo leal”.304

Buckingham añadió que, por el bien de su país, estaba dispuesto a sacrificar sus honores. Dado que su acumulación de cargos había sido objeto de fuertes objeciones,305 se mostró dispuesto a ceder el cargo de Jefe de la Caballería al marqués Hamilton, y el de Guardián de los Cinque Ports al conde de Carlisle. También estaba dispuesto a que el parlamento nombrara a otro almirante para todos los servicios en el mar.

Es tan cierto como lo permite la evidencia humana que, del lado del rey, reinaba un afecto sincero; y que, del lado de Buckingham, existía un deseo muy ferviente de ganarse los favores del parlamento. Y más poderosos que toda evidencia humana son esos principios infalibles de la propia naturaleza humana, que son las fuentes secretas del corazón, y que actuaban en el pecho del rey y de su ministro, ya que ninguno de los dos era tiránico. Sin duda, el rey anhelaba encontrarse con el parlamento con el amor que había manifestado al principio; declaró que “ahora se alegraría de encontrarse con su pueblo con frecuencia”. Carlos no tenía ninguna tendencia tiránica en su carácter constitucional; y Buckingham, a veces, era susceptible de sufrimiento a pesar de su grandeza, como ya he demostrado en otro lugar.306 No se podía imaginar que ese desdichado favorito sirviera, en esta ocasión, como pretexto para volver a sembrar el caos del mal. ¿Puede alguna mente sincera pensar que el rey o el duque tuvieran intención de insultar de algún modo al partido patriótico, o de perturbar en lo más mínimo esa aparente reconciliación? ¡Y, sin embargo, así ocurrió! El secretario Cooke, al final de su informe sobre la aceptación por parte del rey de los subsidios, mencionó que el duque había rogado insistentemente al rey que concediera ese cargo a…

Page 595

¡Todos sus deseos! Quizás la mención del nombre del duque tenía como objetivo ganarse su tolerancia.

Sir John Eliot se enfureció al oír solo el nombre del duque y reprendió severamente al secretario por haberse atrevido a mencionarlo, declarando que “no conocían ninguna otra distinción aparte de la entre rey y súbditos”. Al mezclar las palabras de un súbdito con el mensaje del rey, parecía menospreciar el honor y la majestad real. Tampoco era apropiado que ningún súbdito se comportara de esa manera, como si no debiera haber gracia alguna que descendiera del rey al pueblo, ni lealtad alguna que ascendiera del pueblo al rey, sino únicamente a través de él.

Este discurso fue recibido por muchos con aplausos; algunos gritaron: “¡Bien dicho, Sir John Eliot!”. Esto demuestra el estado de tensión política reinante, donde incluso la más mínima mención de un nombre odiado podía provocar una explosión de ira.

A menudo he sospechado que Sir John Eliot, debido a su carácter vehemente, debía tener una antipatía personal hacia Buckingham. Nunca he podido confirmar este hecho; pero he encontrado que dejó en manuscrito una colección de sátiras, o versos, en su mayoría ataques contra el Duque de Buckingham, a quien odiaba profundamente. Si pudiéramos descubrir a veces los motivos de aquellos que lideran las revoluciones políticas, veríamos cuán grande es el papel que desempeñan los odios personales en sus acciones, acciones que llegan hasta nosotros presentadas como actos de patriotismo. También veríamos cuán a menudo el espíritu revolucionario disfraza sus pasiones privadas con su conducta pública.

Pero los suministros, que habrían provocado lágrimas de gratitud en Carlos, aunque fueron votados, aún no se entregaron. Decidieron que las quejas y los suministros iban de la mano. Los miembros de la Cámara de los Comunes abordaron cuestiones constitucionales de suma importancia. La curiosa erudición de…

Page 596

Selden y Coke se unieron al entusiasmo de los patriotas que merecen una fama no inferior, aunque, al no haber consagrado sus nombres mediante una labor literaria ardua, solo los encontramos en los anales oscuros del parlamento. Remito al lector a nuestra historia, escrita por autores de diferentes principios, para conocer los argumentos de los abogados y el espíritu de los comunes. Mi historia secreta es solo su complemento.

La prerrogativa del rey y la libertad del súbdito eran cuestiones difíciles de distinguir, y solo se establecían mediante disputas. A veces, el rey creía que “la Cámara no atacaba los abusos de poder, sino únicamente al poder mismo”. Otras veces, los comunes dudaban de si tenían algo propio que ofrecer; mientras que sus propiedades y sus personas parecían igualmente inseguras. El despotismo parecía estar de un lado, y las facciones del otro; ¡la libertad temblaba!

La conferencia de los comunes ante los lores, sobre la libertad y la persona del súbdito, fue dirigida de manera admirable por Selden y Coke. Cuando el abogado del rey pretendió menospreciar los argumentos y precedentes eruditos, fingiendo considerarlos como fragmentos extraídos de los registros y como pruebas más bien en contra de los comunes que a favor de ellos, Sir Edward Coke se puso de pie y, basándose en su conocimiento del derecho, afirmó ante la Cámara que “no correspondía al señor abogado responder a ninguno de sus argumentos”. Selden declaró que había transcrito personalmente todos los registros de la Torre, del Tesoro y de la Corte Real; y “apostaría su cabeza a que el señor abogado no encontraría en todos esos archivos ni un solo precedente omitido”. El señor Littleton dijo que había examinado cada uno de ellos letra por letra, y que quien dijera que estaban incompletos mentía. La libertad del súbdito era entonces de tal naturaleza ambigua y delicada, que parece que consideraban que dependía de los precedentes.

El 12 de abril, el rey envió un mensaje urgente para que se resolvieran los asuntos. La Cámara, sorprendida, quiso saber…

Page 597

Se repitió. Permanecieron tristes y en silencio. Nadie quiso iniciar el debate.
Un político caprichoso, Sir Francis Nethersole,309 de repente comenzó a hablar, pidiendo permiso para contar su sueño de la noche anterior. Algunos se rieron de él; él señaló que “¡los reinos habían sido salvados por los sueños!”. Una vez autorizado a continuar, dijo: “Vio dos buenos pastizales; en uno había un rebaño de ovejas y en el otro solo una oveja cabecilla; entre ellos había un gran foso y un puente estrecho sobre el foso”.

Fue interrumpido por el presidente, quien le dijo que no era propio de la seriedad de la cámara escuchar sueños; pero la cámara estaba dispuesta a escucharlo hasta el final.

“Las ovejas a veces iban hacia la oveja cabecilla, o esta hacia las ovejas. Una vez ambas se encontraron en el puente estrecho, y surgió la pregunta de quién debía regresar, ya que ninguna podía seguir adelante sin peligro. Una oveja dio el consejo de que las ovejas del puente se acostaran boca abajo y dejaran que la oveja cabecilla pasara sobre sus espaldas. Dejaría la resolución de este dilema a la cámara”.310 Hay que confesar que la forma en que se planteó el asunto era más ambigua que algunos de los temas importantes que formaban parte de sus debates. ¡Davus sum, non Œdipus! Es probable que este político fantástico no votara con la oposición; ¡pues Eliot, Wentworth y Coke protestaron contra la interpretación de los sueños en la cámara!

Cuando el fiscal general propuso que se moderaran las libertades del súbdito para reconciliar las diferencias entre ellos y el soberano, Sir Edward Coke observó que “la verdadera madre nunca consentiría en dividir a su hijo”. Ante esto, Buckingham juró que Coke insinuaba que el rey, su señor, era la prostituta del estado. Coke protestó contra esa interpretación errónea. El sueño de Nethersole y la metáfora de Coke eran igualmente peligrosos en el debate parlamentario.

Page 598

En una carta manuscrita se dice que la Cámara de los Comunes se reunió durante cuatro días sin hablar ni hacer nada. El primero de mayo, el secretario Cooke entregó un mensaje preguntando si confiarían en la palabra del rey. A esta pregunta siguió un largo silencio. En las cartas de la época se mencionan varios discursos, que no se encuentran en Rushworth. Sir Nathaniel Rich observó que, “por más seguro que estuviera de la palabra real, ¿qué podía asegurar una palabra tan vaga?”. Pym dijo: “Tenemos el juramento de coronación de su majestad de respetar las leyes de Inglaterra; ¿para qué necesitamos entonces su palabra?”. Propuso someter a votación la cuestión de si debían o no confiar en la palabra del rey. Esto fue rechazado por el secretario Cooke: “¿Qué dirían en el extranjero si el pueblo de Inglaterra no confiara en su rey?”. Él deseaba que la cámara llamara al orden a Pym; a lo cual Pym respondió: “En verdad, señor presidente, sigo teniendo la misma opinión de siempre: es decir, que el juramento del rey tiene la misma fuerza que su palabra”. Sir John Eliot propuso que se sometiera a votación la cuestión, “ya que aquellos que lo desean nos instan a ello”. En esta ocasión, Sir Edward Coke pronunció un discurso memorable, del cual el siguiente pasaje no se encuentra en Rushworth:

“Ahora estamos reunidos en el parlamento, y por lo tanto debemos aceptar la palabra de su majestad únicamente de manera parlamentaria; es decir, mediante un acuerdo entre ambas cámaras: su majestad sentado en su trono, con sus ropas reales, la corona en la cabeza y el cetro en la mano, y en pleno parlamento; y su consentimiento real siendo registrado para la memoria eterna de los hechos. Esta era la palabra real de un rey en el parlamento, y no una palabra dicha en una sala, y transmitida de segunda mano por un secretario; por lo tanto propongo que la Cámara de los Comunes, siguiendo la tradición de nuestros antepasados, redacte una petición formal dirigida a su majestad; la cual, una vez confirmada por ambas cámaras y aprobada por su majestad, tendrá la misma validez que cualquier otro acto oficial. No es que desconfíe del rey, sino que solo puedo aceptar su palabra de manera parlamentaria”.

En este discurso de Sir Edward Coke encontramos la primera mención, en estilo jurídico, de la siempre memorable “Petición de Derechos”, la cual quedó terminada dos días después. El lector deberá seguir su historia entre los escritores de los partidos opuestos.

Page 599

El martes 5 de junio, un mensaje real anunció que el 11 se cerrarían las sesiones en curso. Esto desconcertó profundamente a los miembros de la Cámara de los Comunes. Los hombres religiosos lo consideraron como una visita divina por los pecados del pueblo; otros se enfurecieron con sentimientos reprimidos; contaron todos los desastres que habían ocurrido recientemente, y todos ellos se atribuían a un solo hombre: en un momento tan crítico, cuando todas sus libertades parecían estar en juego, no sabían si los miembros de la Cámara debían acudir a los lores o al rey. Sir John Eliot dijo que, dado que pretendían proporcionarle dinero a Su Majestad, era apropiado que él les diera tiempo para ofrecerle consejos; estaba reanudando sus ataques contra el duque cuando fue interrumpido de repente por el presidente de la Cámara, quien, levantándose de su asiento, declaró que se le ordenaba no permitirle continuar; Eliot se sentó en silencio, ceñudo. El miércoles, Sir Edward Coke rompió el silencio del debate. “Ese hombre”, dijo refiriéndose al duque, “es la causa de todas las quejas”. En cuanto a acudir a los lores, añadió, “eso no es el camino correcto; nuestras libertades están en peligro; ¡eso es asunto nuestro!”. El jueves, el vehemente clamor de Coke contra Buckingham continuó; como dice un autor, cuando un buen perro recupera el rastro, los demás lo siguen con un ladrido intenso. Un mensaje repentino del rey prohibió categóricamente que difamaran a alguno de los ministros de Su Majestad, bajo amenaza de que este los disolvería de inmediato. Esto fue como un rayo: sembró terror y alarma; en ese instante, la Cámara de los Comunes se convirtió en un escenario de trágica melancolía. Todas las pasiones opuestas de la naturaleza humana, todos los males nacionales que algún día asolarían al país, parecían concentrarse de repente en ese único lugar. Algunos lloraban, otros discutían, y algunos, con una profecía espantosa, contemplaban la futura ruina del reino; mientras que otros, más valientes, reprendían a los tímidos, calmaban a los aterrorizados e infundían determinación en los desesperados. Muchos…

Page 600

Intentaron hablar, pero estaban tan afectados que ni siquiera podían articular palabra. El venerable Coke, abrumado por sus emociones al levantarse para hablar, se encontró con que su elocuencia habitual fallaba; se sentó, y se vieron lágrimas en sus mejillas envejecidas. Se repitió el nombre del enemigo público del reino, hasta que el presidente, con el rostro cubierto de lágrimas, declaró que ya no podía presenciar tal espectáculo de dolor en las Cámaras de Inglaterra, y solicitó permiso para ausentarse durante media hora. El presidente se apresuró a informar al rey sobre la situación en las Cámaras. Estaban preparando una votación en contra del duque, por ser un traidor empedernido y enemigo acérrimo del rey y del reino, y estaban ocupados redactando su “Remonstrancia”, cuando el presidente, al regresar después de dos horas de ausencia, transmitió el mensaje de Su Majestad, indicando que debían aplazar la sesión hasta el día siguiente.

Fue un intervalo terrible; muchos temían por lo que pudiera ocurrir a la mañana siguiente: un escritor lo califica de “esa jueves negro y lúgubre”, y otro, que escribió antes de que se reunieran las Cámaras, observa: “Dios sabe qué esperar esta mañana; nos reuniremos a tiempo”.

Probablemente Carlos estuvo muy afectado por el informe del presidente sobre el estado extraordinario en el que se encontraban todas las Cámaras; pues el viernes el mensaje real indicaba que el rey nunca tuvo intención de “privarlos de sus derechos, sino solo para evitar escándalos, para que sus ministros no fueran acusados por los consejos que le daban; y aún así esperaba que toda la cristiandad pudiera presenciar una separación amistosa entre él y su pueblo”. Este mensaje calmó a las Cámaras, pero no interrumpió sus preparativos para la “Remonstrancia”, que habían comenzado el día en que fueron amenazados con su disolución.

El sábado, mientras seguían ocupados con la “Remonstrancia”, inesperadamente, a las cuatro de la tarde, el rey llegó al parlamento y se convocó a las Cámaras. Carlos decidió espontáneamente reconciliarse con el parlamento. El rey dio entonces su segunda respuesta a la “Petición de

Page 601

“Correcto”, dijo. “Mi máxima es que las libertades del pueblo fortalecen las prerrogativas del rey; y la prerrogativa del rey es defender las libertades del pueblo. Lee tu petición, y recibirás una respuesta que estoy seguro te complacerá”. Deseaban que se aplicara la forma antigua utilizada por sus antepasados: “Que se haga justicia tal como se desea”, y no como lo había dispuesto el rey anteriormente, con alguna modificación. Carlos accedió ahora a ello, declarando que su segunda respuesta a la petición no difería en nada de la primera; “pero ahora veis cuán dispuesto estoy a satisfacer vuestras demandas; he hecho mi parte; por lo tanto, si este parlamento no llega a un final feliz, la culpa es vuestra… ¡Yo estoy libre de ella!”.

La gratitud popular es al menos tan estruendosa como repentina. Ambas cámaras expresaron al rey sus vítores de alegría; todos parecían regocijarse por el cambio positivo que unos pocos días habían provocado en el destino del reino. Por todas partes sonaban las campanas, se encendían hogueras, se celebró un día festivo en toda la ciudad y ese espíritu festivo se extendió también al campo. Pero un cronista señaló una circunstancia ominosa: la gente común, contagiada por esa alegría general, creyó que toda esa felicidad pública se debía a que el rey había accedido a encerrar al duque en la Torre.

Carlos fue criticado, incluso por Hume, por sus “evasivas y demoras” al dar su consentimiento a la “Petición de Derechos”. Pero ahora, o bien el parlamento logró superar la reticencia real, o bien el rey estaba decididamente inclinado a la reconciliación. Sin embargo, la alegría de la gente común no duró más que las hogueras en las calles; reanudaron sus debates como si nunca hubieran abordado esos temas antes. No tuvieron en cuenta los sentimientos del hombre a quien consideraban soberano. Presentaron una “Queja” contra el duque, e incluyeron a su madre como defensora del papismo. Carlos declaró que, después de haber concedido la famosa “Petición”, no esperaba una respuesta como esa “Queja”. “Qué aceptable es”, dijo posteriormente, “cualquiera puede juzgarlo; ningún hombre sensato…”

Page 602

“Puede justificárselo”. Después de la lectura de la Remonstrancia, el duque se arrodilló, deseando responder por sí mismo; pero Carlos no disminuyó en absoluto su favor personal hacia él.316

Al duque se le acusaba con frecuencia de acciones y expresiones de las cuales, sin duda, no siempre era culpable; y podemos juzgar más justamente algunos puntos relacionados con Carlos y su favorito, ya que tenemos una idea más clara de ellos que sus contemporáneos. Los sectores más activos del pueblo estaban decididos a perseguirlo hasta la muerte: pues ahora atacaban, como lo llamaba el rey, “uno de los principales pilares de mi corona”, es decir, los impuestos sobre tonelaje y peso, cuya recaudación, declaraban ahora, constituía una violación de las libertades del pueblo. Este asunto volvió a dar lugar a discusiones legales y a otra “Remonstrancia”. Estaban a punto de leerla cuando el rey bajó de repente a la cámara, mandó llamar al presidente y suspendió el parlamento. “Me veo obligado a poner fin a esta sesión”, dijo Carlos, “unas pocas horas antes de lo previsto, ya que no quiero recibir más Remonstrancias, a las cuales tendría que dar una respuesta severa”. En este discurso de cierre había tanto dolor como ira.

Buckingham volvió a ofrecer su vida por el honor de su señor… ¡y también para ganarse la popularidad! Es bien sabido con qué firmeza exterior recibió Carlos la noticia del asesinato del duque; esa serenidad en su ánimo —que no era insensibilidad— nunca lo abandonó en muchas ocasiones similares. No hubo indecisión ni debilidad en su comportamiento; y ese acontecimiento extraordinario no impidió que se llevara a cabo la expedición. El esfuerzo personal del rey sorprendió a todos los hombres en cargos oficiales. Uno escribió que el rey había hecho más en seis semanas que lo que el duque había logrado en seis meses. La muerte de Buckingham no causó ningún cambio; el rey dejó que cada uno se ocupara de sus asuntos por sí mismo, pero tomó él mismo la dirección general de las cosas.317 En privado, Carlos lamentó profundamente la pérdida de Buckingham; no dio ningún ánimo a sus enemigos: el rey lo llamó “su mártir”.

Page 603

Declaró que “el mundo se había equivocado gravemente respecto a él; pues se creía que el favorito gobernaba a su majestad, pero era todo lo contrario; ya que el duque había sido para él un sirviente fiel y obediente”.318 Tales eran los sentimientos e ideas del desdichado Carlos I, los cuales es necesario conocer para poder juzgarlos; pocos han tenido el tiempo o la disposición para cumplir con este deber histórico, ya que está relacionado con la historia de nuestras pasiones. Si alguna vez se examina a ese hombre, así como al monarca, la historia privada de Carlos I constituirá una de las biografías más patéticas.319

Todas las expediciones extranjeras de Carlos I tuvieron el mismo resultado desastroso: el vasto genio de Richelieu, en su apogeo, había empañado el brillo de nuestra estrella ineficaz. La terrible rendición de Rochelle hizo que nuestro ejército y nuestra marina regresaran derrotados y avergonzados; y Buckingham murió a tiempo para evitar otro reproche, otro crimen político más que se añadiera a su nombre. Tales fracasos no mejoraron el clima de la época; ni siquiera la victoria más brillante habría cambiado el destino de Carlos, ni calmado los ánimos encendidos de los miembros del parlamento, quienes, como decía Carlos, “no contentos con escuchar a los que se quejaban, se habían convertido en inquisidores después de las quejas”.

Se reunió el parlamento. El discurso del rey fue conciliador. Reconoció que la recaudación de los impuestos aduaneros no era un derecho que derivara de sus prerrogativas hereditarias, sino algo que disfrutaba como don de su pueblo. Esos impuestos aún no habían sido formalmente confirmados por el parlamento, pero nunca se les había negado al soberano. El rey concluyó con una ferviente súplica para que la sesión, iniciada con confianza, terminara con un mutuo entendimiento.320

La sombra de Buckingham ya no se interponía entre Carlos I y los miembros del parlamento. Y, sin embargo, vemos que “su temido y querido soberano” no tuvo ningún descanso en el trono.

Page 604

Un nuevo demonio de la discordia nacional, la Religión, vestido con ropas metafísicas, levantó su cabeza distraída. Este espíritu maligno había sido fomentado por la conducta de los sacerdotes de la corte, cuyos sermones políticos, con sus intentos de volver a las ceremonias más solemnes de la Iglesia romana, alarmaban a algunas conciencias sensibles; sirvió como un pretexto para que el partido patriótico cambiara de postura a voluntad, sin disminuir su ímpetu. Cuando el rey insistió en el cumplimiento de los deberes relacionados con los impuestos, se encontró hablando ante un comité dedicado a asuntos religiosos. Sir John Eliot utilizó una expresión peculiar. Aludiendo a algunos obispos, a quienes llamó “maestros de ceremonias”, confesó que algunas ceremonias eran encomiables, como “el hecho de que debemos ponernos de pie al repetir el credo, para demostrar la determinación de nuestros corazones de defender la religión que profesamos; y en algunas iglesias no solo se quedaban de pie, sino que también sacaban sus espadas”. Su discurso fue como una chispa que cayó sobre un montón de paja seca; apenas podemos imaginar el entusiasmo de la Cámara de los Comunes en ese momento, cuando, tras algún debate, decidieron jurar preservar “los artículos de religión establecidos por el parlamento en el decimotercer año de nuestra difunta reina Isabel”. Inmediatamente después, presentaron una petición al rey para que se declarara ayuno debido a las crecientes miserias de las iglesias reformadas en el extranjero. Los parlamentos son propensos a dejarse llevar por sus pasiones. Algunos de estos entusiastas fueron invadidos por un pánico, quizás no justificado por el peligro real, relacionado con los “jesuitas y armenios”. El rey les respondió de buen humor; sin embargo, respecto a la situación de las iglesias reformadas en el extranjero, señaló que “luchar les haría más bien que ayunar”. Les concedió su deseo de ayunar, pero ellos ahora no estaban dispuestos a ceder; en lugar de eso, presentaron al rey una “Declaración” según la cual los impuestos relacionados con el tonelaje y el peso debían tener prioridad sobre todo lo demás. La respuesta del rey seguía sin revelar ningún signo de mal humor. Confesó que no creía que la religión estuviera en tanto peligro como ellos afirmaban. Les recordó los impuestos relacionados con el tonelaje y el peso; “No lo deseo tanto por codicia, sino por el deseo de poner fin a esos problemas que surgen entre yo y algunos de mis súbditos”.

Page 605

Nunca el rey había sido tan moderado en sus exigencias, ni tan delicado en su estilo; y nunca los miembros del parlamento habían sido tan feroces, ni, en verdad, tan implacables. A menudo los reyes son tiránicos, y a veces lo son los parlamentos. Un cuerpo colectivo, afectado por la pasión, puede cometer actos de injusticia al igual que el individuo que abusa del poder que se le ha confiado. Se insistió en que Carlos debía renunciar a los encargados de recaudar los impuestos, a quienes se calificó como enemigos mortales del rey y del reino; mientras que aquellos que cumplían con esos deberes eran declarados culpables como cómplices. Cuando Sir John Eliot lanzaba insultos contra algunos cortesanos —sin importar cuáles hubieran sido sus faltas—, a veces era interrumpido y otras veces recibía aplausos por su elocuencia mordaz. El tímido presidente, negándose a plantear la cuestión, recibió una severa reprimenda de Selden: “Si no la planteas, tendremos que quedarnos quietos, y así nunca podremos hacer nada”. La sesión finalizó en medio de gran tensión; el sombrío pronóstico para la siguiente reunión, que Sir Symonds D’Ewes describió en su diario como “el día más sombrío, triste y desolador para Inglaterra en los últimos quinientos años”.

En ese día fatídico, el presidente seguía negándose a plantear la cuestión y anunciaba la orden del rey de suspender la sesión. Entonces, Sir John Eliot se puso de pie. El presidente intentó abandonar su cargo, pero dos miembros del parlamento, que se colocaron a cada lado de él, lo mantuvieron allí por la fuerza. Eliot, que había preparado “una breve declaración”, arrojó un papel al suelo, exigiendo que se leyera. Su grupo pedía insistentemente que se leyera, mientras que otros querían que no se hiciera. Estalló un gran tumulto; Coriton, un patriota ferviente, golpeó a otro miembro, y muchos sacaron sus espadas. “¿Acaso vamos a ser enviados a casa, como en las sesiones anteriores, como ovejas dispersas?”, dijo alguien. El presidente, llorando y temblando, pero persistiendo en lo que consideraba su deber, fue arrastrado de un lado a otro por los grupos opuestos. Pero ni él ni el secretario quisieron leer el papel, aunque el presidente fue duramente reprendido por su pariente, Sir Peter Hayman, “como la vergüenza de su país”.

Page 606

“Una mancha en una familia noble”. Eliot, al ver que la casa estaba tan profundamente dividida, tomó el papel sin vacilar y dijo: “Entonces lo expresaré con mi propia lengua, tal como debería haberlo hecho este papel”. Denzil Holles asumió el papel de presidente y planteó la pregunta; esta fue respondida con aplausos por parte del grupo. Las puertas se cerraron con llave y las llaves se dejaron sobre la mesa. El rey mandó buscar al alguacil y al mazo, pero el mensajero no pudo entrar; al ujier que portaba el bastón negro tampoco se le prestó atención. Entonces el rey ordenó que saliera su guardia; mientras tanto, la protesta ya había terminado. La puerta se abrió de golpe; la avalancha de los miembros del parlamento fue tan impetuosa que, en medio del caos y la confusión, arrastraron consigo al alguacil y al ujier. Muchos de los miembros del parlamento quedaron horrorizados ante este conflicto; era una imagen triste del futuro. Varios de los patriotas fueron encarcelados en la Torre. Al disolver este parlamento, que fue el último hasta el memorable “Largo Parlamento”, el rey nos da, al menos, su opinión al respecto: “Está lejos de mí considerar a todos los miembros de este parlamento igualmente culpables, pues hay entre ellos súbditos tan diligentes como cualquier otro en el mundo; solo son unos pocos los que sembraron esa atmósfera de deslealtad entre la mayoría”. Así he seguido, paso a paso, la historia secreta de Carlos I y sus primeros parlamentos. He intentado comprender sus sentimientos, al tiempo que he añadido nuevos hechos para que todo parezca lo más real posible, según lo permita mi diligencia. Era necesario que, a veces, juzgara a los primeros patriotas de nuestro país tal como lo hacían algunos de sus contemporáneos; pero era imposible evitar corregir esas opiniones con una visión más amplia ofrecida por sus descendientes. Ese es el privilegio de un historiador y la filosofía de su arte. No hay excusas para el rey, ni tampoco justificaciones para los súbditos. Si tuviéramos que decidir basándonos únicamente en los resultados finales de este gran conflicto, del cual lo que aquí hemos narrado es solo el comienzo, deberíamos admitir que Sir John Eliot y su grupo fueron los primeros padres de nuestra existencia política; y no deberíamos negarles ese reconocimiento inmenso.

Page 607

¡Gratitud por la libertad de una nación! Pero la debilidad humana nos mortifica en las más nobles aspiraciones del hombre; y debemos aprender esta sabiduría penitente y castigadora. Está involucrada la historia de nuestros patriotas: parece que Carlos iba rebajando esas altas concepciones sobre sus prerrogativas, que no eran exclusivas suyas, y se entregaba al abrazo de su pueblo. La conducta severa e implacable de Sir John Eliot, su elocuencia rápida y sus audaces invectivas, lo hacían apto para ser líder de un partido. Era la brújula que reunía los fragmentos más dispersos de hierro. Sin perdonar jamás los errores del monarca, sin renunciar nunca a su presa real, a la que se había aferrado, Eliot, junto con el Dr. Turner y algunos otros, contribuyó a hacer que Carlos desconfiara de todos los parlamentos. Sin concesiones peligrosas, hubo más de una ocasión en la que podrían haber reconciliado al soberano con ellos y no haberlo llevado al recurso fatal de intentar reinar sin parlamento.324

286 De cartas manuscritas de la época.

287 Sloane MSS. 4177. Carta 317.

288 El rey había dicho en su discurso al parlamento: “Debo hacerles saber que no permitiré que ninguno de mis sirvientes sea interrogado entre ustedes, y mucho menos aquellos que ocupan cargos importantes y están cerca de mí”; de ahí la seguridad de Buckingham, quien mostró el más completo desdén por los oradores que lo atacaban con tanta violencia.

289 Nuestros documentos históricos impresos, Kennett, Frankland, etc., son confusos en sus detalles, y los hechos parecen estar fuera de lugar por falta de fechas. Todos copian igualmente a Rushworth, la única fuente de nuestra historia de este período. Incluso Hume contribuye a la oscuridad de los hechos. El discurso del rey fue el once de mayo. Como Rushworth no proporcionó fechas, parece que los dos oradores fueron enviados a la Torre antes del discurso del rey a los lores.

290 El rey asistió a la Cámara de los Lores para explicar verbalmente sus intenciones, llevándose consigo al ministro, aunque estuviera bajo proceso de destitución. “En cuanto a los cargos en su contra”, dijo el rey, “yo mismo puedo ser testigo para exonerarlo en cada uno de ellos”.

Page 608

291 Decidieron suspender todas las actividades comerciales hasta que se les diera satisfacción, lo que terminó con la liberación de Digges y Eliot en pocos días.

292 Frankland, un monárquico empedernido, al imitar a Rushworth, inserta “sus pretendidas libertades”; exactamente el estilo de los escritores católicos cuando mencionan el protestantismo con “la religión pretendida reformada”. ¡Todos los escritores de cada partido utilizan el mismo estilo!

293 La fuerza del odio popular puede observarse en los artículos sobre Buckingham y Felton en el volumen II. Había abundantes sátiras manuscritas, y gracias a su contundencia, el duque se convirtió en una verdadera “bestia negra” para la gente.

294 Carta manuscrita.

295 Rushworth, i. 400. Hume, vi. 221, quien analiza en detalle las opiniones y sentimientos de Carlos.

296 Los radicales de aquel entonces diferían de los nuestros en los medios, aunque no en el objetivo. Al menos ellos se referían a sus Biblias, y más de lo necesario; pero la superstición es tan loca como el ateísmo. Muchos puritanos confundieron sus mentes con el estudio de las Revelaciones; creyendo que el príncipe Enrique estaba prefigurado en el Apocalipsis, algunos profetizaron que él derrocaría “la bestia”. Ball, nuestro sastre, era precisamente ese profeta; y era tan honesto que creía en su propia profecía. Osborn cuenta que Ball invertía dinero en aventuras, es decir, con la esperanza de recuperarlo el doble o el triple cuando el rey Jacobo fuera elegido papa. Así, aunque no tenía dinero para un préstamo, tenía que ahorrarlo para una profecía.

A este Ball se le ha confundido con un radical más antiguo, también llamado Ball, sacerdote y uno de los principales instigadores de la rebelión de Wat Tyler. Nuestro Ball debió ser muy notorio, ya que Jonson mencionó sus “discursos admirables”. El señor Gifford, sin conocer mi relato sobre este sastre-profeta, gracias a su aguda perspicacia lo identificó correctamente. —Véase las Obras de Jonson, volumen V, p. 241.

297 Es curioso observar que las elecciones de Westminster, en el cuarto año del reinado de Carlos, tuvieron exactamente el mismo carácter turbulento que las que presenciamos en nuestros días. El duque contaba con su interés personal para lograr la elección de Sir Robert Pye. La competencia fue feroz, pero estuvo acompañada por algunas de esas escenas electorales ridículas que aún divierten a la multitud.

Page 609

Cada vez que el grupo de Sir Robert Pye gritaba: “¡Un Pye! ¡Un Pye! ¡Un Pye!”, el grupo contrario gritaba: “¡Un pudín! ¡Un pudín! ¡Un pudín!”, y otros decían: “¡Mentira! ¡Mentira! ¡Mentira!”. Las elecciones en Westminster de hace doscientos años terminaron como hemos visto en otras ocasiones: rechazaron a todos aquellos que abogaban por el pago de los préstamos; y, pasando por alto a hombres como Sir Robert Cotton y a su último representante, eligieron a un cervecero y a un comerciante para ocupar los dos escaños en Westminster.

298 Extracto de una carta manuscrita: “El viernes pasado, solo como secreto, oí que se debatió en el consejo si nuestros hombres de Essex, que se negaron a aceptar dinero a cambio de su apoyo, no deberían ser castigados con leyes marciales y colgados del primer árbol cercano a sus viviendas, como ejemplo para los demás. Mi señor tesorero, que había permanecido en silencio durante mucho tiempo, cuando finalmente le tocó hablar, dijo a los nobles que, según entendía la ley, solo los soldados estaban sujetos a las leyes marciales. Si estos hubieran aceptado dinero a cambio de su apoyo y luego hubieran huido, entonces podrían ser castigados de esa manera; pero no eran soldados, y se negaban a serlo. En segundo lugar, consideraba que no se podía imponerles, contra su voluntad, ningún subsidio para prestar servicios en el extranjero; según la ley, el servicio financiero eximía al individuo del servicio personal, a menos que su propio país estuviera en peligro. Apeló entonces a mi señor tesorero y a mi señor presidente para que confirmaran esto, y ambos lo hicieron, aunque algunos lo hicieron de mala gana, sin querer dar tal respuesta. Así, se cree que esa propuesta fue rechazada; ahora se intentará ver qué se puede hacer en la Cámara Estrella contra esos rebeldes”.

299 En tiempos de Jacobo I, un miembro de la cámara llamó a este grupo de clérigos “spaniels en la corte y lobos entre el pueblo”. El Dr. Mainwaring, el Dr. Sibthorpe y el decano Bargrave buscaban precedentes antiguos para defender la monarquía absoluta e inculcar la obediencia pasiva. Bargrave incluyó este pasaje en su sermón: “Era el dicho de un hombre famoso por su sabiduría en nuestra época: si se le ordenara zarpar en un barco sin mástil ni aparejos, lo haría”. Al preguntársele cuál era esa sabiduría, respondió: “La sabiduría debe estar en quien tiene el poder de dar órdenes, no en quien siente la conciencia de deber obedecer”. Sibthorpe, después de publicar su sermón, tuvo su casa incendiada de inmediato. El Dr. Mainwaring, según un escritor de cartas manuscritas, “envió el otro día a un amigo mío todos los precedentes antiguos que pudo encontrar para respaldar su opinión a favor de la monarquía absoluta; él le respondió que solo podía ayudarlo colgándolo, y que si llegaba a vivir hasta la celebración de un parlamento, etc., seguramente sería ejecutado”. Mainwaring acabó cediendo.

Page 610

el parlamento; pero tras la disolución recibió un perdón total. El pánico hacia el papado fue un gran mal. Los clérigos, bajo Laud, parecían inclinarse hacia el catolicismo; pero probablemente se tratara solo de un proyecto de reconciliación entre las dos iglesias, algo que Isabel, Jacobo y Carlos deseaban por igual. El señor Cosins, un escritor de cartas, es criticado por “superstición” en este estilo severo: “El señor Cosins ha publicado impúdicamente tres ediciones de su libro de oraciones, y una que distribuye en privado, distinta de las publicadas. Un tipo audaz, a quien mi señor de Durham admira enormemente. Dudo que sea un protestante sincero: estaba tan ciego durante el oficio vespertino en la Noche de las Velas, que no podía leer las oraciones en la catedral con menos de trescientas cuarenta velas, de las cuales sesenta fueron colocadas alrededor del altar mayor; además, hizo colocar en el coro la imagen de nuestro Salvador, sostenida por dos ángeles. El comité está muy enojado contra él, y no importa si lo castigan severamente”. Este era Cosins, quien sobrevivió a la revolución y, al regresar con Carlos II, fue elevado a la sede de Durham: las instituciones benéficas que dejó son sumamente generosas.

300 Rushworth’s Collections, i. 514.

301 Presento este hecho tal como lo encontré en una carta privada; pero también se menciona en los Diarios de la Cámara de los Comunes, 23 de junio, 4º año del reinado de Carlos. “Sir Edward Coke informa que, al examinar el contenido de la carta, concluyeron que era inapropiado para que lo escuchara cualquier persona. Solo pudieron leer una línea y media, ya que no pudieron soportar seguir leyendo. Se ordenó sellarla y entregarla en manos del rey por parte de ocho miembros, para que Su Majestad supiera dónde y cuándo fue encontrada; en particular, después de leer como máximo una línea y media, decidieron no seguir leyendo, sino sellarla y llevarla a la Cámara”.

302 Más tarde descubrí, mediante una carta manuscrita, que este doctor Turner era despreciado por el rey; que era objeto de burlas en la corte, a la que asistía con frecuencia, debido a su falta de veracidad; en resumen, era un cortesano decepcionado.

303 Esta circunstancia se menciona en una carta manuscrita; lo que Cooke declaró ante la Cámara se encuentra en Rushworth, vol. i, p. 525.

304 Remito al estudioso crítico de nuestra historia al discurso del duque en la mesa del consejo, tal como aparece en Rushworth, i. 525; pero lo que añado respecto a sus sacrificios personales proviene de…

Page 611

Cartas manuscritas. Sloane MSS. 4177. Carta 490, etc.

305 Sobre este tema, véase la nota al breve artículo sobre Buckingham en el vol. I.

306 Curiosidades de la literatura, Primera serie, vol. III, p. 438, ed. 1817; vol. V, p. 277, ed. 1823; vol. III, p. 429, ed. 1824; vol. IV, p. 148, ed. 1834; p. 301, ed. 1840, o vol. II, p. 357, de esta misma edición.

307 Encuentro este discurso y un relato de su recepción en cartas manuscritas; el fragmento en Rushworth no contiene ninguna parte de él. I. 526. Sloane MSS. 4177. Carta 490, etc.

308 La historia moderna ofrecería más ejemplos de los que quizá algunos de nosotros sospechemos. No puedo pasar por alto una ilustración de mi principio, que tomaré de dos políticos muy notorios: Wat Tyler y Sir William Walworth.

Wat, estando en servidumbre, había sido golpeado por su amo, Richard Lyons, un importante comerciante de vinos y alcalde de Londres. Este castigo, actuando sobre una naturaleza malvada, parece no haber sido jamás perdonado; y cuando este radical asumió su efímero dominio, hizo decapitar a su antiguo amo y hacer llevar su cabeza delante de él en la punta de una lanza. Así nos lo cuenta Grafton, para la eterna infamia de este arquijacobino, que “era un tipo astuto y de gran ingenio, pero carente de gracia”. No querría manchar el golpe patriótico que puso fin a la rebelión contra el rebelde; sin embargo, ¡hay secretos en la historia! Sir William Walworth, “el siempre famoso alcalde de Londres”, como lo denomina Stowe, ha dejado la inmortalidad de su nombre a uno de nuestros suburbios; pero al descubrir en la “Encuesta” de Stowe que Walworth era el propietario de las cocinas situadas en Bank-side, que arrendaba a las mujeres holandesas, y que Wat había derribado, tiendo a sospechar que un sentimiento personal fue lo primero que derribó a ese libertino insolente, y luego lo atravesó con su daga; y que había tanto venganza personal como patriotismo en lo que destruyó al destructor de tanta propiedad valiosa.

309 He formado mi opinión sobre Sir Francis Nethersole a partir de algunos incidentes extraños en su conducta política, que leí en algunas cartas contemporáneas. Sin embargo, era un hombre de cierta eminencia: había sido orador de la Universidad de Cambridge, agente de Jacobo I ante los príncipes de la Unión en Alemania, y también secretario de la reina de Bohemia. Fundó y dotó de recursos una escuela gratuita en Polesworth, en Warwickshire.

Page 612

310 Carta manuscrita.

311 Estos discursos están tomados íntegramente de esas cartas manuscritas a las que he hecho frecuentes referencias. Las de Coke se pueden encontrar en gran medida en Rushworth, pero sin una sola expresión tal como aquí se presenta.

312 La opinión popular está bien expresada en los siguientes versos conservados en Sloane MS. 826:—

Cuando solo uno gobierna y dirige la nave,
Que antes no conocía ni carta náutica ni brújula,
El piloto principal y el resto duermen,
La majestuosa nave se parte contra la orilla;
Pero al despertar, se levantan, miran y gritan:
“¿Quién cometió este error?” —“No yo”, —“Ni yo”, —“Ni yo”.
Así sucede con un estado grande y rico
que no es gobernado por su señor, sino por su segundo.

313 Esta última carta está impresa en Rushworth, vol. i, p. 609.

314 La respuesta del rey se encuentra en Rushworth, vol. i, p. 613.

315 Este elocuente documento oficial se halla en Rushworth, vol. i, p. 619.

316 Esta entrevista proviene de cartas manuscritas.

317 Cartas manuscritas: Lord Dorset al Conde de Carlisle.—Sloane MSS. 4178. Carta 519.

318 Carta manuscrita.

319 He presentado (vol. ii, p. 336) la “Historia secreta de Carlos I y su reina”, donde he analizado la firmeza e independencia de su carácter. En otro artículo se encontrará tanto de la “Historia secreta del Duque de Buckingham” como he podido obtener.

320 “Para concluir”, dijo el rey; “no seamos celosos de las acciones del otro”.

Page 613

321 Lunes, 2 de marzo de 1629.

322 Se imaginó que afuera se habían desenfundado espadas; pues un paje galo que corrió con gran prisa hacia la puerta al oír el ruido gritó: “¡Por favor, déjenlo entrar! ¡Déjenlo entrar! Para entregarle a su amo su espada”. —Carta manuscrita.

323 En aquel momento, muchos sin duda consideraron que se trataba de una simple facción dentro de la casa. Sir Symonds D’Ewes ciertamente no era político, pero, indudablemente, sus ideas no eran exclusivas de él. Sobre el último tercio del parlamento, expresa esta opinión en su Diario: “No puedo dejar de pensar que la mayor parte de los miembros de la casa eran hombres moralmente honestos; pero ellos fueron los menos culpables de esa traición fatal, ya que solo fueron engañados por alguna otra política maquiavélica, cuyos defensores parecían celosos de la libertad de la comunidad y, al promover su libertad aparente, lograron ganar para su lado los votos de esos buenos hombres”.

324 Desde la publicación de este artículo, he compuesto mis “Comentarios sobre la vida y reinado de Carlos I”, en cinco volúmenes.

EL RESTO.

Texto y comentario. La Revolución Francesa está llena de maravillosas “notas explicativas” sobre la inglesa. Ha aclarado muchos pasajes oscuros; y en la historia política de la humanidad, ambas deben leerse juntas.

Page 614

El apodo denigrante y absurdo de “La Cola”, estigmatizaba a una facción que desempeñó el mismo papel en la Revolución Inglesa que la “Montaña” de los jacobinos en la francesa. Se ha imaginado que nuestros jacobinos ingleses eran impulsados por un principio diferente al de sus rivales modernos; pero la locura del ateísmo declarado y la frenesí de una santidad hipócrita convergen en el mismo punto dentro de ese círculo de crímenes. Su historia constituye uno de esos paralelismos útiles en los que, con una verdad tan infalible como una demostración matemática, descubrimos la identidad de la naturaleza humana. La similitud de las situaciones y ciertos principios dan lugar a personajes y acontecimientos similares, que finalmente conducen a los mismos resultados. Mientras exista la naturaleza humana, “La Cola” no puede ser más que “La Cola”, sin importar cómo sea puesta en primer plano.

Se ha investigado con frecuencia el origen de este apodo político; y es algo curioso que, aunque todos los partidos coinciden en condenarlo, cada uno atribuye a él una alusión diferente. En la historia de las facciones políticas siempre hay una mezcla de lo absurdo con lo trágico; pero, aparte de sus hermanos modernos, ninguna facción como la actual ha provocado tal combinación de extremo desprecio y extremo horror.

Entre los partidos rivales en 1659, los lealistas y los presbiterianos actuaron como podríamos suponer que harían los tories y los whigs en una situación similar; se había producido una reconciliación secreta para enterrar en el olvido sus antiguas enemistades, a fin de unirse y librarse de esa tiranía de las tiranías: un gobierno con múltiples cabezas, como una hidra; o, como observa Hume, “para que se hicieran todos los esfuerzos posibles por derrocar a ‘La Cola’; así llamaban al parlamento, en alusión a esa parte del cuerpo animal”. El sarcasmo de esta alusión le pareció evidente a nuestro historiador refinado; sin embargo, si examinamos más de cerca su origen, veremos cuán vagas eran las nociones sobre este apodo entre quienes vivieron más cerca de aquellos tiempos. Evelyn dice que “el parlamento de ‘La Cola’ recibió ese nombre porque contaba con algunos miembros corruptos”.

Page 615

miembros del otro”. Roger Coke lo describe así: “Ahora deben conformarse con una parte de los Comunes llamada ‘la Rump’”. Y Carte llama a la Rump “el esqueleto de una casa”, y parece no ser del todo consciente de la alusión despectiva. Pero, ¿cómo encajan “miembros podridos” y “un esqueleto” con la noción de “una Rump”? Recientemente, el editor de La vida del coronel Hutchinson ha propuesto un origen novedoso: “El número de miembros del Largo Parlamento había disminuido mucho debido al aislamiento, la muerte, etc.” —¡Qué notable! Con esto, nuestro editor parece ocultar hábilmente el traslado forzado por parte de los miembros de la Rump de doscientos parlamentarios de una sola vez; “el resto fue comparado con el rabo de un ave, del cual se comió todo lo demás”. Nuestro editor incluso considera esto “un símbolo grosero”; sin embargo, “el rabo de un ave” difícilmente podría ofender incluso la delicadeza de una dama. Probablemente, nuestro editor temía degradar demasiado al partido antimonárquico, designado por este término denigrante. Quizá sea perdonable en la señora Macaulay, una dama historiadora y miembro de la Rump, que califica a los “Niveladores” como “un partido valiente y virtuoso”, haber omitido por completo en su historia cualquier mención a ese término ofensivo, así como a la ridícula catástrofe que sufrieron durante la revolución política, aunque debemos pedir permiso para no pasarla por alto.

Esta expresión inventada por el partido se atribuye a Clement Walker, su acérrimo antagonista; quien, habiendo sacrificado una fortuna considerable por la causa de lo que él consideraba libertad constitucional, fue uno de los miembros expulsados violentamente del Largo Parlamento y murió en prisión, víctima de principios honestos e inquebrantables. Su “Historia de la Independencia” es un rico legado dejado a la posteridad sobre todos sus grandes males y vilezas menores, y, sobre todo, sobre su historia secreta. Uno quiere saber de qué bloques a veces se tallan los ídolos del pueblo.

Clement Walker señala “los votos y actos de este final miserable; esta Rump de parlamento, llena de gusanos corruptos”.325 Esto es horrible, pero descriptivo.

Page 616

Sin embargo, la imagen de “El Rump” ya había circulado con anterioridad, pues el coleccionista de “Las canciones del Rump”326 nos dice: “Si preguntan quién le puso ese nombre, sepan que así se le conoció en una hoja de oración llamada ‘El sangriento Rump’, escrita antes del juicio de nuestro difunto soberano; pero la palabra no ganó difusión general hasta que salió de los labios del mayor general Brown, en una reunión pública en tiempos de Ricardo Cromwell”. Así ocurre que un apodo hiriente se ha empleado con frecuencia para hacer que una facción sea eternamente detestable; y la expresión casual de un ingenioso, cuando es adoptada en alguna ocasión pública, circula entre todo un pueblo. El apodo actual surgió como burla por la expulsión de la mayoría del Parlamento Largo por parte de la minoría usurpadora. Probablemente permaneció olvidado, pues, ¿quién lo habría sacado a relucir durante el Protectorado? Finalmente despertó con el restablecido, aunque efímero, “Rump” de Ricardo, para presenciar su propia y ridícula extinción.

Nuestro “Rump” pasó por tres etapas en su desarrollo político. En la fase preparatoria para el juicio del soberano, el partido antimonárquico constituyó la minoría en el “Parlamento Largo”: el propio nombre con el que se conocía este parlamento parecía ser motivo de queja para un pueblo impaciente, indeciso entre proyectos quiméricos de gobierno y acostumbrado, desde una noción salvaje e indefinida de igualdad política, a derribar todas las instituciones existentes. Tal era el espíritu de la época que un acto de la más violenta injusticia, cometido abiertamente, servía solo como broma del día, una broma que ha pasado a la historia. La expulsión forzosa de doscientos de sus colegas por parte de aquellos que más tarde fueron llamados “El Rump” fue denominada “La purga del orgullo”, en honor a la acción de un coronel del mismo nombre, un aventurero militar que no era más que el instrumento ciego y brutal de su partido; pues cuando se paró en la puerta de la Cámara de los Comunes sosteniendo un papel con los nombres de los miembros, ¡él personalmente no conocía a ninguno! Y su “purga” podría haber tenido un efecto completamente opuesto, administrada por sus propias manos inexpertas, de no ser porque lord Grey de Groby y el portero —dignos dispersores del senado británico— señalaron los nombres indeseables.

Page 617

Los miembros a quienes nuestro coronel agarró y que sus hombres enviaron para ser detenidos, si eran valientes; o para disuadirlos de asistir a las sesiones del parlamento, si eran cobardes. Este coronel había sido carretero; y el despreciable grupo de los miembros del Parlamento, reducido a cincuenta o sesenta seguidores, que se reunieron después de su “purga”, fue llamado “los caballos de tiro del Coronel Pride”.

Fue este grupo el que votó la muerte del soberano, abolió el cargo real y la Cámara de los Lores, calificándolos de “innecesarios, onerosos y peligrosos”. Cualquier cargo en el parlamento parecía “peligroso”, excepto el de los “Custodes libertatis Angliæ”, es decir, los guardianes de las libertades de Inglaterra… o mejor dicho, “los carceleros”. “¡La mitad legislativa de la Cámara de los Comunes!”, exclama indignado Clement Walker, el “Montaña” de los revolucionarios franceses.

Los “guerreros de uniforme rojo”, como se les apodaba a los militares, pronto enseñaron a sus amos, los “miembros del grupo reducido”, a guardar silencio y obedecer. Estos últimos, habiendo levantado a un hombre colosal para sus propios fines, fueron aniquilados por él de un solo golpe. Cinco años después, Cromwell los expulsó de su casa y se quedó con las llaves. Su última aparición pública tuvo lugar durante los breves días de Richard Cromwell, cuando la comedia-tragedia del “grupo reducido” terminó en una catástrofe tan absurda como la de la tragedia de Pulgarcito.

Cómo tal facción utilizó sus instrumentos para apropiarse de los recursos comunes, y cómo esos mismos instrumentos acabaron convirtiendo a quienes los manejaban en instrumentos ellos mismos, se puede ver en su historia. Cuando el “Largo Parlamento” se opuso a los planes de Cromwell e Ireton, estos líderes proclamaron la “libertad del pueblo” y negaron la “autoridad del parlamento”. Pero cuando lograron llevar a cabo su famosa “purga” y formaron una Cámara de los Comunes propia, abolieron la Cámara de los Lores, proclamando la autoridad suprema de la Cámara de los Comunes y menospreciando la libertad del pueblo. Así es la historia de las facciones políticas, así como de los estadistas. Carlos V utilizó alternativamente la autoridad del Papa para…

Page 618

Someter el espíritu rebelde de los protestantes de Alemania, o bien formar un ejército de protestantes para encarcelar al Papa, quien bautizó a sus aliados alemanes con el nombre nuevo y odioso de luteranos. Se puede elaborar una serie de hechos similares a partir de la historia moderna.

El “Rump”, como lo llamaban todos excepto su propio partido, se convirtió en una piedra de afilar para que las mentes se agudizaran; y contamos con dos grandes colecciones de “Canciones del Rump”, curiosas crónicas de los sentimientos populares. Sin esta evidencia, no estaríamos tan bien informados respecto a las fases de este fenómeno funesto. El “Rump” era celebrado en versos, hasta que finalmente se convirtió en “¡el Rump de un Rump de un Rump!”, como lo describe Foulis, reflejando su aspecto cada vez más reducido y grotesco. Un humorista de la época lo describió así:

El Rump es una historia antigua, si se comprende bien;
Es algo vestido con la capucha de un parlamento,
Y parece eso… pero la cola está donde debería estar la cabeza.
Haría que uno se rascara donde no pica.
Dicen que trae suerte cuando alguien se levanta
con el trasero hacia arriba; pero quien aconseja
vivir en esa postura no es precisamente el más sabio.

Se hace alusión a cómo Cromwell los expulsó de la Cámara por la fuerza militar…

Nuestros doctores políticos nos enseñan
que un soldado de uniforme rojo, que chupa sangre, es tan bueno como una sanguijuela
para aliviar el dolor, siempre y cuando se aplique en la parte trasera.

En la escena inicial de la Restauración, la señora Hutchinson, una republicana honesta, describe con consternación una escena de lo más ridícula. “Cuando…”

Page 619

La ciudad de Nottingham, al igual que casi todo el resto de la isla, comenzó a enloquecer, y declaró abiertamente sus deseos de ver al rey derrocado; o, como escribe otro de los miembros del bando opuesto: “Cuando los soldados, que hasta entonces habían hecho de los palos sus armas, decidieron ahora convertir al rey de corazones en el objetivo de su odio”, la multitud de la ciudad y del campo compitió entre sí para quemar al “Rump”. El símbolo en cuestión era colgado por cadenas en las horcas, con una hoguera debajo; mientras tanto, los gritos de “¡Quememos al Rump! ¡Asémoslo!” resonaban por todas partes. La rapidez de este cambio universal, que se dice que enloqueció a los sabios y sobrio a los locos, debe atribuirse a la alegría de poder liberarse del yugo del despotismo militar; quizás también marcó la rápida transición de la esperanza hacia una restauración que podría haber sembrado gratitud incluso en los corazones de los reyes. Los sentimientos del pueblo esperaban encontrar eco en el trono.

El “Rump”, además de su parecido general con los anarquistas franceses, tenía también ciertas características negativas que los ingleses solían celebrar como signos de que no había tenido lugar una revolución sangrienta en Inglaterra… ¡No hubo proscripciones, ni ejecuciones, ni guillotinas listas para ejecutar a víctimas humanas, ni llamamientos furiosos de los republicanos en comités de seguridad pública para que se llevara a cabo un masacre “saludable”!

Pero si es cierto que los mismos motivos y principios estaban en juego en ambas naciones, y que los mismos personajes desempeñaban en Inglaterra los mismos papeles que más tarde desempeñaron en Francia, entonces, por un razonamiento a priori, podríamos estar seguros de que los mismos crímenes repugnantes y proyectos quiméricos surgieron tanto en Londres como en París. La naturaleza humana, incluso en situaciones que parecen únicas, mantiene una regularidad de similitudes que no siempre se sospecha.

Page 620

El primer gran acto trágico fue copiado fielmente por los franceses: y si la página popular de nuestra historia parece no haber sido manchada por su hacha revolucionaria, esto se debió únicamente a un pequeño accidente; pues se convirtió en una cuestión de “sí” y “no”, y solo dos voces en el consejo votaron en contra. Se debatió entre “el sangriento Rump”, como se le llamaba horriblemente, “si debía masacrarse y ejecutarse a espada a todo el partido del rey”. El propio Cromwell escuchó esa sugerencia; pero fue rechazada gracias a la frialdad del cálculo político: el temor de que el masacre fuera demasiado general. Algunos miembros del Rump, al no poder disfrutar de la bendición de un masacre, seguían anhelando la felicidad de una inmolación; y se presentaron muchas peticiones para que “dos o tres caballeros principales del partido real en cada condado pudieran ser sacrificados en aras de la justicia, con lo cual la tierra podría salvarse de la culpa de derramamiento de sangre”. Sir Arthur Haslerigg, cuyo “apasionado amor por la libertad” ha sido elogiado, formó parte del comité de seguridad en 1647. Yo también elogiaría a “un apasionado amante de la libertad”, siempre y cuando no descubra que ese amante está mucho más interesado en la dote que en la novia. Haslerigg, “un hombre absurdo y audaz”, como lo describe Clarendon de un solo golpe, estaba decidido a no preocuparse por el rey ni por los obispos, ni por ningún poder en el estado superior al del “Rump”. Podemos sospechar con seguridad del patriota que es capaz de calmarse ante la posibilidad de saquear. Haslerigg no quería obispos, pero eso no se debía a falta de respeto por las tierras eclesiásticas, ya que acumuló tanta riqueza que llegó a ser apodado “el obispo de Durham”. Aquí se le menciona por un crimen político distinto al de la piratería. Cuando, en 1647, este venerable radical vio que el parlamento se oponía a sus opiniones, declaró que “¡Algunas cabezas deben caer!”, añadiendo: “El parlamento no puede salvar a Inglaterra; debemos buscar otra solución”; amenazando, como luego ocurrió, con recurrir al ejército. Fue este “apasionado amante de la libertad” quien, cuando Dorislaus, el agente parlamentario, fue asesinado por algunos escoceses en Holanda, propuso en el parlamento que “seis realistas de la mejor calidad” fueran…

Page 621

¡Ejecutado de inmediato! Cuando algunos condados del norte solicitaron ayuda al Parlamento para hacer frente a la hambruna en la región, nuestro maratista observó que “esta escasez de alimentos sería la mejor forma de proteger a esos condados de la invasión escocesa”.331 La masacre de Drogheda por parte de Cromwell, y su acto terrorífico de sembrar el pánico en todo Londres, como lo describe Walker como “una carnicería de aprendices”, cuando ordenó a sus soldados “matar hombres, mujeres y niños, e incendiar la ciudad”, pueden considerarse crímenes cometidos con el fin de instaurar un reinado de terror. Pero la solemne acción de gracias de Hugh Peters a Dios por el hecho de que “nadie fuera perdonado” era la verdadera expresión de los sentimientos reales de estos demonios políticos. Cromwell era cruel por motivos políticos; otros, por motivos constitucionales. Algunos estaban dispuestos a ser crueles sin sentir culpa alguna. Un abogado radical llamado Alexander Rigby propuso en dos ocasiones, durante el Parlamento Largo, que aquellos nobles y caballeros que eran “malvados” fueran vendidos como esclavos al dé de Argel o enviados a las nuevas plantaciones en las Indias Occidentales. Tenía todo preparado: incluso había hecho un acuerdo con dos comerciantes para transportarlos allí. Había también un hombre extremadamente sanguinario, descrito por John Durant como un “fabricante de bolas de lavado”, quien fue nombrado conferenciante por la Cámara de los Comunes. Este hombre siempre omitía de la oración del Señor la frase “Como perdonamos nosotros a nuestros deudores”, sustituyéndola por “Señor, ya que has sacado tu espada, que no vuelva a guardarse hasta que esté empapada en la sangre de los malvados”. Encuentro demasiadas atrocidades de este tipo. “Maldito sea aquel que realiza el trabajo del Señor con negligencia y retiene su espada lejos de la sangre”, era el grito de ese miserable, quien, cuando un famoso actor y realista pidió clemencia, no respondió de otra manera que aplicando sus palabras a la realidad. Su trato hacia los irlandeses podría ser admirado por un verdadero maquiavélico: “Permitieron que cuarenta mil irlandeses se alistaran al servicio de los reyes de España y Francia”. En otras palabras, los expulsaron de inmediato; lo cual, teniendo en cuenta que nuestros seguidores aborrecían tanto la tiranía, podría considerarse un acto de misericordia. Se conformaron simplemente con dividir las tierras confiscadas…

Page 622

Los mencionados cuarenta mil, entre sus propios seguidores, por sorteo y otros medios.
Una confiscación universal, después de todo, es un masacre sin derramamiento de sangre. Utilizaron a los soldados escoceses, después de las batallas de Dunbar y Worcester, de una manera ligeramente diferente, pero igualmente eficaz: vendieron a sus prisioneros escoceses como esclavos a los plantadores estadounidenses.335

Robespierre y Marat eran seres extraordinarios, y en algunos aspectos los franceses trabajaban en un plan aún más ambicioso. Descubrieron que “la generación que había presenciado la anterior siempre la lamentaría; y, para garantizar la seguridad de la Revolución, era necesario que toda persona que tuviera treinta años en 1788 pereciera en la horca”. Los anarquistas tenían como objetivo reducir a la población francesa a ocho millones de personas y destruir las grandes ciudades de Francia.336

Tales personas y acontecimientos monstruosos no son creíbles, pero eso no demuestra que no hayan ocurrido. ¡Ocurrirán muchas cosas increíbles!

Otra característica desorganizadora de los Rumpers ingleses también se observó en los Sans-culottes franceses: su odio hacia la literatura y las artes. Un día, Hebert dirigió a sus seguidores hacia la Biblioteca Nacional, con el fin de acabar con todo el conocimiento acumulado por la humanidad a lo largo de siglos, ¡en un solo día! Por supuesto, aducía alguna razón válida. A este “héroe” solo se le impidió llevar a cabo ese plan al convencerlo de posponerlo por uno o dos días; afortunadamente, entonces intervino la guillotina. Lo mismo ocurrió aquí. Ciertamente se propuso quemar los registros de la Torre; un discurso de Selden, al que no puedo acceder de inmediato, puso fin a esos actos de vandalismo. En el parlamento de los Rumpers, cuando Cromwell era general, se debatió si debían disolver las universidades. Concluyeron que no eran necesarias; que no existían ejemplos antiguos de ese tipo de educación, y que los eruditos de otros países estudiaban por su propio costo y esfuerzo. Por lo tanto, las consideraron innecesarias y pensaron que era apropiado quitárselas para su uso público.

Page 623

—Cómo estos venerables asilos lograron evitar ser vendidos junto con las pinturas del rey, como piedra y madera, y por qué sus ricas dotaciones no fueron repartidas en medio de una ignorancia tan arraigada y una expoliación tan despiadada, merecería ser investigado.

El abad Morellet, un gran economista político, imaginó que la fuente de todos los crímenes de la Revolución Francesa era su violación de los sagrados derechos de propiedad. Las invectivas perpetuas de los sans-culottes franceses contra los propietarios y contra la propiedad provenían de seres desmoralizados que hacían elogios de todos los crímenes; crímenes para los cuales, para explicarlos con términos revolucionarios, se necesitaba un nuevo diccionario. Pero incluso estos anarquistas, en sus expresiones locas contra la propiedad y en sus nociones más salvajes sobre su “igualdad”, no han ido más allá de la audacia de nuestros propios “Rumpers”.

De esos periódicos revolucionarios del parlamento de 1649, que en espíritu se parecen tanto a las publicaciones diarias o semanales de los temibles franceses Hebert, Marat y otros de esa índole, uno de los más notables es “El Moderado, que comunica de manera imparcial los asuntos militares al Reino de Inglaterra”; el título monárquico que nuestros hombres de la república aún no habían tenido tiempo suficiente de borrar de su estilo coloquial. Este escritor se llamaba a sí mismo, en su inglés bárbaro, “El Moderado”. Sería difícil concebir la mezquindad e ignorancia a las que fue reducido el idioma inglés bajo las plumas de los escritores plebeyos de aquellos tiempos, si no hubiéramos presenciado en la actualidad algo similar a sus composiciones. “El Moderado” era un título adoptado según el mismo principio por el cual Marat se autodenominaba “el Amigo del Pueblo”. Es curioso que los políticos más feroces suelen afirmar su moderación. Robespierre, en su justificación, declara que Marat “me acusó con frecuencia de moderantismo”. Los mismos actores, interpretando los mismos papeles, pueden siempre compararse en su lenguaje y en sus acciones. Este “Moderado” persiguió constantemente un gran…

Page 624

Principio: la abolición de toda propiedad. Suponiendo que la propiedad era la causa original del pecado… Una exhortación al pueblo con este fin es el tema del presente texto: la ilustración de su principio es tan llamativa como el propio principio.

Es una justificación, o más bien una defensa, del robo. Algunos soldados habían sido condenados a ser ahorcados por practicar su “venerable” costumbre de apropiarse gratuitamente de los rebaños y ganados de sus vecinos más débiles. Nuestro “moderado” descubre ingeniosamente que la pérdida de la vida de esos hombres se debe únicamente a la propiedad. Se ven obligados a infringir las leyes para poder sobrevivir.

Sobre esto insiste; y el extracto constituye una curiosidad política al estilo francés. “La propiedad es la causa original de todo pecado entre grupos en lo que respecta a las transacciones civiles. Y dado que el tirano es eliminado y el gobierno cambia en nombre, debería realmente beneficiar al pueblo en sí mismo. Aunque no puedan esperarlo en pocos años, debido a la multitud de personas en posiciones de poder que persiguen sus propios intereses y mantienen la esclavitud del pueblo, no dudan de que, con el tiempo, el pueblo reconocerá su propia ceguera e estupidez”.

En septiembre, profundizó aún más en sus reflexiones. “Las guerras siempre han estado revestidas de las excusas más engañosas: reforma religiosa, leyes del país, libertad de los súbditos, etc. Sin embargo, sus efectos han resultado sumamente destructivos para todas las naciones. Durante cientos de años, la espada, y no el pueblo, ha sido la fuente de todo poder. Se arrebata a cada hombre su derecho de nacimiento y todo queda en manos de unos pocos. ¡Maldita sea la propiedad! Es la causa de todos los delitos civiles y la principal causa de los pecados contra la divinidad celestial. Esta tiranía y opresión, presente en muchos de nuestros predecesores, y mantenida durante tanto tiempo por la espada sobre una base real, finalmente se convirtió en algo insoportable”.

Page 625

Según la costumbre, para el vulgo parecía lo más natural; esa era la única razón por la cual la gente de aquel tiempo era tan ignorante acerca de su derecho de nacimiento, de su única libertad, etc.

El “derecho de nacimiento” del ciudadano Igualdad a “una propiedad maldita reservada para unos pocos” no fue defendido, ni siquiera entre los jacobinos franceses, con tanta fuerza asombrosa. De haber seguido el plan de nuestros “moderados”, la “esclavitud del pueblo” habría sido aún peor. En poco tiempo, la nación habría tenido más propietarios que propiedades. Contamos con una lista curiosa de las expoliaciones de aquellos miembros de la Cámara de los Comunes que, tras sus famosas ordenanzas de autonegación, se apropiaron entre sí sumas de dinero, cargos y tierras, por servicios “realizados o por realizar”.

Los más inocentes de este nuevo gobierno de “la Majestad del Pueblo” eran aquellos cuyos talentos estaban limitados por la naturaleza a vender y robar: mecánicos insignificantes que de repente dejaron sus agujas, sus martillos y sus herramientas, y salieron furtivamente de detrás de los mostradores de sus tiendas; aquellos que nunca habían aspirado a ser más que agentes de policía en su parroquia, ahora ocupaban puestos en el consejo de estado; allí, como los describe Milton, “se dedicaron a explotar a la comunidad”. Allí se encontraron con una raza aún más rabiosa de abogados oscuros y hombres descontentos de familias de mala reputación; aventureros que iban a dirigir la milicia y la marina de Inglaterra… gobernadores de los tres reinos. Sus votos y ordenanzas solo traían nuevas imposiciones, nuevos impuestos, aranceles, confiscaciones anuales, mensuales y semanales, compensaciones y un robo generalizado.

Baxter expresa un profundo gemido de indignación y anuncia, con previsión, una consecuencia futura de la Reforma: “En todo esto se manifestaba la severidad de Dios, la mutabilidad de las cosas mundanas y los frutos del error, el orgullo y el egoísmo, que en lo sucesivo se atribuirían a la reforma y a la religión”. Como estadista, la sagacidad de este honesto profeta estaba limitada por el horizonte de sus creencias religiosas; pues atribuía todo ello a “algo preparado por Satanás”.

Page 626

“¡El perjuicio para la causa protestante y la ventaja para los papistas!”. Pero, dejando de lado su aplicación específica al diablo y a los papistas, el honesto Richard Baxter tiene toda la razón en su principio general respecto a los “Rumpers”, los “Sans-culottes” y los “Radicales”.

325 Historia de la Independencia, Parte II, p. 32.

326 Recopilado y publicado por primera vez en 1661, y posteriormente reimpreso en dos volúmenes pequeños en 1731.

327 La primera colección de estas sátiras políticas se imprimió en 1660, con el curioso título de “Ratas rimadas hasta la muerte; o, el Parlamento Rump colgado en el desastre”.

328 En una de las canciones políticas populares de la época, al “Rump” se le compara adecuadamente con “las zorras de Sansón, que llevaban una marca en sus colas para destruir y quemar la tierra”.

329 Historia de la Independencia de Clement Walker, Parte II, p. 130. Confirmado por Barwick en su Vida, p. 163.

330 Memorias de la Casa Protectora de Cromwell del reverendo Mark Noble, i. 405.

331 Historia de la Independencia de Clement Walker, Parte II, p. 173.

332 Ib., Parte I, p. 160.

333 Mercurius Rusticus, xii. 115. Vida de Barwick, p. 42.

334 Este actor era un comediante llamado Robinson, del Teatro Blackfriars; los artistas de allí eran denominados “los sirvientes del rey”. Durante las guerras civiles, la mayoría de los jóvenes actores, privados de ganarse la vida con su profesión, ya que todos los teatros estaban cerrados por orden del Parlamento, se unieron al ejército del rey. Robinson luchó en el asedio de Basing House, en Hampshire, en octubre de 1645; tras una defensa tenaz, su grupo fue derrotado. Él depuso sus armas pidiendo clemencia, pero fue disparado en la cabeza por el coronel Harrison mientras repetía las palabras citadas anteriormente.

Page 627

335 El siguiente relato proviene del “Pocket-book” intercalado de Sir William Dugdale para el año 1648: “17 de agosto. El ejército escocés, bajo el mando del duque Hamilton, fue derrotado en Preston, en Lancashire. 24 de agosto. Los habitantes de las tierras montañosas se levantaron contra los escoceses y les quitaron sus pertenencias. Los prisioneros escoceses fueron tratados de forma miserable; se vieron obligados a comer hojas de col en Ridgley (Staffordshire) y puntas de zanahoria en Coleshill (Warwickshire). Los soldados que los vigilaban vendían los alimentos que se les llevaba desde el campo”.

336 La “Histoire Philosophique de la Révolution de France” de Desodard, volumen IV, página 5. Cuando Lyon fue tomada en 1793, el ejército revolucionario estuvo a punto de convertir esta hermosa ciudad en un montón de ruinas, en cumplimiento de la orden de la Montaña, quienes ordenaron que su nombre fuera borrado, para que de allí en adelante fuera llamada “Commune affranchie”. Sobre sus ruinas se erigió una columna con la inscripción: “Lyon fit la guerre à la liberté; Lyon n’est plus”.

337 “The Moderate”, desde el martes 31 de julio hasta el 7 de agosto de 1649.

VIDA Y HÁBITOS DE UN ANTIGUARIANO LITERARIO: OLDYS Y SUS MANUSCRITOS.

Se puede obtener una imagen de este tipo a través de algunos materiales inesperados que mis investigaciones han revelado sobre Oldys. Se trata de una figura poco conocida por aquellos intelectuales que escriben más de lo que leen, así como por sus seguidores inconstantes, que solo leen lo que esos intelectuales escriben. Es hora de defender los méritos de aquellos pocos cuyo trabajo duro enriquece los fondos de la literatura nacional, no con copias, sino con aportaciones de conocimiento. Un antiguariano literario es aquel…

Page 628

El ocioso cuya vida transcurre en un viaje perpetuo alrededor de mi habitación; ferviente en su diligencia sabia, impulsado por el entusiasmo de una curiosa indagación, crítico y al mismo tiempo erudito; debe arbitrar entre opiniones opuestas, resolver lo dudoso, aclarar lo oscuro y alcanzar lo remoto; tan ocupado con otros tiempos y tan interesado en otras personas que no las que le rodean, que se convierte en habitante del mundo visionario de los libros. Solo cuenta sus días según sus adquisiciones, y puede decirse que, gracias a sus descubrimientos originales, es el creador de hechos; a menudo despertando la gratitud del mundo literario, mientras que el nombre del benefactor no siempre ha llegado junto con sus inestimables esfuerzos.

Tal es el hombre al que a menudo encontramos dejando, al morir, sus volúmenes favoritos como un proyecto incompleto. Pocos de estos hombres literarios han escapado al destino reservado a la mayoría de sus colegas. Las obras voluminosas suelen quedar inacabadas por la muerte de sus autores; y es como con la plantación de árboles, sobre lo cual Johnson observó con fuerza: “Hay un intervalo espantoso entre la semilla y la madera”. Y él comenta admirablemente algo que no puedo evitar aplicar a los trabajos que ahora describiré: “Quien calcula el crecimiento de los árboles tiene constantemente presente la brevedad de la vida. Sabe que está haciendo algo que nunca le beneficiará a él mismo; y donde se alegra al ver que el tronco crece, está dispuesto a lamentarse porque otro lo cortará”. Los días del patriótico conde Mazzuchelli estuvieron dedicados plenamente a su literatura nacional; y seis folios invaluables atestiguan la enorme fuerza de su inmensa erudición; sin embargo, solo nos permiten llegar hasta las letras A y B. Y aunque Mazzuchelli había terminado otros volúmenes para la imprenta, la pereza de sus descendientes ha privado a Europa de sus logros. El abad Goujet, quien había diseñado una historia clasificada de su literatura nacional en dieciocho volúmenes, solo pudo concluir la parte relativa a los traductores y comenzar la de los poetas; otros dos volúmenes en manuscrito se han perdido. Esa gran empresa de los benedictinos, la “Historia Literaria de Francia”, ahora…

Page 629

Consta de doce grandes volúmenes, y el esfuerzo de sus sucesivos autores solo ha logrado llevarlo hasta el siglo XII. David Clement elaboró la bibliografía más extensa que se había visto jamás; pero la diligencia del escritor solo le permitió llegar hasta H. El orden alfabético, adoptado por tantos autores de esta categoría, ha resultado ser un recordatorio mortificante de la vida humana. Tiraboschi tuvo la suerte de completar su gran historia nacional de la literatura italiana. Pero, desgraciadamente para nosotros, Thomas Warton, después de haber explorado las épocas más oscuras de nuestra poesía y de trazar un mapa de esa hermosa tierra de la cual solo tenía una visión parcial, falleció entre sus volúmenes. La parte más valiosa de la historia de Warton no es más que un fragmento de otro fragmento.

Oldys, entre estos colegas, quizá haya tenido un destino aún más duro; sus obras publicadas, así como las numerosas en las que colaboró, son hoy muy apreciadas por los amantes de los libros; pero la mayor parte de su trabajo literario ha corrido la triste suerte de quedar disperso, y probablemente perdido, en manuscritos. Los manuscritos de Oldys, o O.M., como a veces se les denomina, son constantemente citados por todo escritor distinguido sobre nuestra historia literaria. Creo que ninguno de ellos podría darnos una descripción precisa de los propios manuscritos. De hecho, durante mucho tiempo sirvieron como las únicas fuentes de información; pero, al igual que un pozo junto al camino, demasiados han sacado de él agua en silencio.

Oldys es conocido principalmente por la caricatura del faceto Grose; un gran humorista, tanto con el lápiz como con la pluma. Se trata de un álbum póstumo en el que Grose guardaba sus recortes y notas, y en el que quizá no haya ni un solo relato que no sea satírico. Nuestro vivaz anticuario, a quien le importaban más las armaduras oxidadas que los volúmenes envejecidos, compartía estas bromas y chistes con algún amigo confidencial, para reírse juntos de sus intimidades literarias. Su celoso ejecutor, que casualmente era su librero, presentó este conjunto de textos al público como “¡El Olio de Grose!”. La descripción de…

Page 630

Oldys está suficientemente sobrevalorado por el momento. Una debilidad común en el honesto Oldys era su amor por la compañía, más que por el exceso de bebida, lo cual lo llevó a quedar grabado en la historia con una actitud grotesca. El señor Alexander Chalmers, quien nos ha dado el relato más completo sobre Oldys, le dedicó algo similar a un sermón sobre “el estado de embriaguez”.

¡Ay! Oldys era un desdichado en lo que respecta a la fortuna; la total sencillez de su corazón era tan inocente como la de un niño, siempre vulnerable a las artimañas ajenas. El noble espíritu de un duque de Norfolk logró una vez rescatar al historiador de Rawleigh, que había estado perdido durante seis años en la prisión de la Flota, probablemente olvidado por el mundo entero. Fue por gracia del duque que Oldys pudo ingresar al Heralds’ College como Norroy King of Arms. Pero Oldys, como todos los hombres tímidos y retraídos, desarrolló hábitos peculiares y vínculos muy fuertes con unas pocas personas; no podía permitirse disfrutar de ellos desde la distancia. Le gustaban sus antiguos compañeros de la prisión de la Flota, a quienes llamaba jocosamente “sus gobernantes”. Allí, según he oído, creó, con la extravagancia típica de un heraldo, “El Club del Dragón”. La compañía le brindaba a este pobre hombre placeres sin costo alguno. Cada mañana, entre los sabios y eruditos de nuestro país, Oldys transmitía a sus compañeros algo de su ingenio y sabiduría: una historia secreta aún por contar, y un ingenio antiguo que, libre de toda imperfección, le parecía tan brillante como el moderno.

Sin embargo, es difícil que un estudioso de la literatura antigua sea objeto de caricatura, y que un heraldo sea ridiculizado por “balancearse de manera inapropiada con la corona de la princesa Carolina, que parecía inestable sobre el cojín, para gran escándalo de sus colegas”. Eso nunca podría ocurrir en el funeral de un príncipe o princesa, ya que la corona es portada por Clarencieux, y no por Norroy. Pero las grandes cantidades de cerveza que bebía Oldys me dan la oportunidad de otorgarle el honor de ser el autor de…

Page 631

canción anacreóntica popular. El señor Taylor me informa que “Oldys siempre afirmó ser el autor de la conocida canción—

¡Moscas ocupadas, curiosas, sedientas!

Y como era un firme amante de la verdad, no dudo que la escribió él”. Mis propias investigaciones lo confirman: he rastreado esta canción popular en una docena de colecciones desde el año 1740, la primera en la que la encontré. En las colecciones posteriores se había eliminado una inscripción original, que el preciso Ritson restableció, sin embargo, sin poder descubrir al autor. En 1740 se dice que fue “compuesta de improviso por un caballero, a causa de una mosca que bebía de su taza de cerveza”; la bebida habitual del pobre Oldys.342

Grose, sin embargo, aunque era un gran bromista respecto a las peculiaridades de Oldys, estaba lejos de ser insensible a las extraordinarias cualidades de aquel hombre. “Su conocimiento de los libros ingleses apenas ha sido superado”. Grose también quedó impresionado por la delicadeza de honor y la veracidad inquebrantable que caracterizaban tan fuertemente a Oldys, y da un ejemplo notable de ello.343 Nos interesa determinar la integridad moral del autor, cuya principal ocupación es la historia.

En una época en que nuestra historia literaria, salvo por el trabajo solitario de Anthony Wood, era un bosque sin caminos ni senderos, Oldys, afortunadamente ubicado en la biblioteca del conde de Oxford, dedicó todos sus días a investigaciones sobre los libros y los hombres de la época anterior. Sus esfuerzos eran entonces inútiles, ya que su propia naturaleza aún no se había determinado, y cuando abrió los tesoros de nuestro antiguo saber en “The British Librarian”, esta publicación cerró por falta de apoyo público. Nuestros escritores, entonces esforzándose por crear su propia era de genios, olvidaron que habían tenido predecesores; o mientras adquirían nuevos modos de excelencia,

Page 632

que estaban perdiendo a otros, a quienes su descendencia o el genio nacional podría recuperar. (Conocer y admirar únicamente la literatura y los gustos de nuestra propia época es una especie de barbarie elegante.)344 Spenser era considerado casi tan obsoleto como Chaucer; Milton quedó envuelto en el olvido, y las obras de Shakespeare eran conocidas de forma tan imperfecta que, al revisar los programas teatrales de 1711 y de años posteriores, descubro que, siempre que se representaban, se anunciaba que habían sido “escritas por Shakespeare”. Massinger era desconocido; y Jonson, aunque se le llamaba “inmortal” en los antiguos programas teatrales, yacía sepultado en sus dos volúmenes. La era poética de Isabel, la época elocuente de Jacobo I y la edad del ingenio de Carlos II eran lagunas en nuestra historia literaria. Bysshe, al compilar un Arte de la poesía en 1718, pasó por alto en su colección a “Spenser y a los poetas de su época, porque su lenguaje se ha vuelto tan obsoleto que la mayoría de los lectores de nuestro tiempo no tienen oído para ellos; por eso, incluso Shakespeare mismo es citado muy raramente en mi colección”. Los mejores poetas ingleses eran considerados los modernos; un gusto siempre obstinado.

Todo esto no significaba nada para Oldys; su curiosidad literaria superaba en medio siglo al entusiasmo de la época actual. Esta enérgica orientación de todos sus pensamientos se sostenía gracias a esa vida de descubrimiento que, en la investigación literaria, consiste en encontrar novedades entre cosas antiguas y ya olvidadas: contemplar algún texto antiguo tan precioso como un manuscrito, deleitarse con las obras de un poeta cuya fama aún tardaba en llegar, desenterrar el tesoro de algún manuscrito escondido del cual extraer un fragmento virgen, o establecer una especie de intimidad con los destacados en el ámbito militar, político y literario. En esta vida visionaria, la vida misma para Oldys se deslizaba insensiblemente, sin que casi sintiera sus preocupaciones.

La vida de un anticuario literario tiene algo en común con aquellos que, al no tener preocupaciones propias, se ocupan de las ajenas. Oldys vivía en las épocas más remotas de Inglaterra; había vagado entre la oscuridad.

Page 633

A lo largo del tiempo, hasta que, como un anciano mayordomo, parecía estar relatando la historia secreta de las cortes en las que había vivido. Se había sentido encantado entre sus máscaras y festejos, había contemplado con asombro su fastuosa magnificencia, cuando caballeros y damas llevaban sobre sus mantos y telas de oro collares de perlas y botones de diamantes por valor de diez mil libras; o bien, al referirse a la alegre corte del segundo Carlos, contaba historias divertidas, mientras que en la del primero había observado con dolor, como patriota o lealista, una época turbulenta. Había vivido tan constantemente entre estas personas de otra época, se había interesado tanto en sus asuntos y amaba tanto el ingenio y el saber que a menudo brillan bajo el óxido de la antigüedad, que su propio estilo poco elegante estaba teñido con los matices de un siglo pasado. Pero fue precisamente este gusto y esta curiosidad los que pudieron dar origen al extraordinario volumen sobre la vida de Sir Walter Rawleigh: una obra ricamente adornada con los hechos más curiosos y la yuxtaposición de los conocimientos más remotos; a juzgar por su riqueza narrativa, parecería más bien ser obra de un contemporáneo.

Era una ventaja en esa era primitiva de curiosidad literaria el hecho de que aquellos volúmenes que hoy ni siquiera se encuentran en nuestra biblioteca nacional, donde sin duda siempre se los busca, y que ahora son tan excesivamente apreciados, estuvieran expuestos en los puestos de venta durante los reinados de Ana y los dos Jorge. Oldys no encontró competidor alguno, protegido por la “armadura invulnerable” de su bolsa, que pudiera disputarle la posesión del volumen más raro. Por otro lado, nuestro primer coleccionista no contaba con nuestras ventajas: no podía acudir de inmediato en busca de ayuda a una “Biographia Britannica”, no tenía historia de nuestra poesía, ni siquiera de nuestro teatro. Oldys no podía seguir los pasos de nadie, pues todo a su alrededor era terreno virgen. Tuvo que crear todo para sus propósitos. Nosotros recogemos frutos de árboles plantados por otros, y con demasiada frecuencia nos limitamos a “cogerlos y comerlos”.

Page 634

“Nulla dies sine linea” era su única esperanza mientras acumulaba montones de notas; y como Oldys nunca utilizó su pluma por una débil pasión por escribir, sino por la urgencia de preservar algún conocimiento importante o planificar alguna investigación futura, solo guardó aquello que deseaba recordar. Incluso los placeres más pequeños, como fijar una fecha o clasificar una portada, eran motivo de alegría para su pluma incansable. Todo era objeto de adquisición. Esa tarea interminable de investigación parece haber absorbido todas sus energías y, a veces, haber embotado su capacidad de razonamiento. Nadie aplicó mejor la táctica de la exploración; sabía dónde buscar en la oscuridad, pero no pertenecía a esa raza —esa raza que, de hecho, aún no había aparecido entre nosotros— capaz de fundir en su bronce corintio los tesoros combinados de la investigación, la imaginación y la filosofía.

Podríamos sentir curiosidad por saber dónde guardó nuestro anticuario literario los descubrimientos y curiosidades que iba adquiriendo sin cesar. Estaban dispersos en numerosas hojas sueltas, en libros de memorandos ocasionales; en extensas notas al margen de sus obras; a veces se incluían en lo que él llamaba sus “presupuestos en pergamino”, o “Bolsas de biografías, de botánica, de obituarios”, o “Libros relacionados con Londres”, entre otros títulos y categorías que llenaba día tras día. A veces, sus colecciones parecían destinadas a formar una serie de volúmenes, ya que se refiere a “Mi primer volumen de tablas de las personalidades ilustres celebradas por los poetas ingleses” y a otro dedicado a “Características poéticas”. Entre los manuscritos que he visto, encuentro uno mencionado, aparentemente de amplio alcance, bajo el título de “Mis instituciones biográficas. Tercera parte; que contiene un catálogo de todas las biografías inglesas, con observaciones históricas y críticas sobre ellas”. Pero, ¿podrán nuestros coleccionistas curiosos o caprichosos de hoy soportar con paciencia la pérdida de un manuscrito en formato cuarto, que lleva como título este rico complemento: “Sobre las bibliotecas de Londres; con anécdotas de coleccionistas de libros; observaciones sobre libreros y sobre los primeros editores de catálogos”? Oldys dejó abundantes anotaciones en “Fuller’s Worthies” y en “Winstanley’s Lives of”.

Page 635

“Los poetas”, y sobre “Los poetas dramáticos de Langbaine”. El difunto señor Boswell me mostró un ejemplar de Fuller en la colección Malone, con las transcripciones de Steevens de las notas de Oldys, que Malone adquirió por 43 libras en la subasta de Steevens; pero, ¿dónde está el ejemplar original de Oldys? Creo que “Winstanley” también se encuentra en esa misma colección. “Langbaine” es muy famoso y se conserva en el British Museum, como regalo del Dr. Birch; se ha considerado tan valioso que varios de nuestros escritores más destacados se han tomado la molestia de hacer una transcripción minuciosa de sus innumerables notas. En la historia del destino y fortuna de los libros, la de “Langbaine” de Oldys es demasiado curiosa como para omitirla. Oldys puede contar su propia historia, la cual encuentro en el ejemplar del Museo, en la página 336; ese ejemplar parece ser un segundo intento, ya que del primer “Langbaine” tenemos este relato:—

Page 636

Cuando dejé Londres en 1724 para residir en Yorkshire, los dejé al cuidado de la familia del reverendo Sr. Burridge, con quien había vivido varios años; entre muchos otros libros, objetos, etc., dejé una copia de este “Langbaine”, en la que había escrito varias notas y referencias para adquirir más conocimientos sobre estos poetas. Cuando regresé a Londres en 1730, me enteré de que mis libros se habían dispersado; posteriormente, al conocer al Sr. T. Coxeter, descubrí que él había comprado mi “Langbaine” a un librero que era un gran coleccionista de obras teatrales y libros poéticos: esto debió serle útil a él, y lo guardó tan cuidadosamente fuera de mi vista que nunca tuve la oportunidad de transcribirlo en las notas que había recopilado. Esta primera versión de “Langbaine”, con adiciones de Coxeter, fue comprada, en la subasta de sus libros, por Theophilus Cibber: basándose en estas notas, añadió su nombre a la primera colección de “Vidas de nuestros poetas”, que se publicó en números semanales y ahora forma cinco volúmenes, escritos principalmente por Shiels, secretario del Dr. Johnson. Shiels fue recientemente reprendido por el Sr. Gifford. Estos comerciantes literarios no distinguían en ningún momento las curiosas obras de Coxeter y Oldys de las propias. Tal fue el destino de la primera copia de “Langbaine”, con las notas de Oldys; pero la segunda es más importante. En una subasta de algunos de los libros y manuscritos de Oldys, de cuyo catálogo impreso he visto ejemplares, el Dr. Birch adquirió esta invaluable copia por tres chelines y seis peniques. Tal era el valor que se le daba a estas investigaciones originales sobre nuestros poetas, y desde entonces se han pagado sumas muy elevadas solo para obtener una transcripción de ellas. La copia del “Langbaine” que se encuentra en el Museo está escrita a mano por Oldys; no está intercalada con nada, sino que está repleta de notas, escritas con una letra muy pequeña en los márgenes e insertadas entre las líneas; tampoco puede el transcriptor pasar por alto ni siquiera sus esquinas, ya que de lo contrario seguramente perderá alguna fecha útil o alguna referencia interesante. El entusiasmo y la diligencia de Oldys al emprender la repetición de su primer trabajo perdido resultaron ser infinitamente mayores que su sensación de haber trabajado en vano. Tal es la historia de las desapariciones, los cambios y el destino de un volumen que constituye la base…

Page 637

De la información más curiosa sobre nuestros poetas antiguos, y a la que aún debemos recurrir con frecuencia.

En esta variedad de composiciones literarias, que debemos considerar como obras individuales en un estado de desarrollo continuo, o como partes de una gran obra sobre nuestra historia literaria moderna, quizás sea lícito sospechar que Oldys, en su deleite por la adquisición constante, obstaculizó el trabajo necesario para lograr una unidad de propósito y una completitud en la estructura de dichas obras. No era un Tiraboschi, ni siquiera un Niceron. A veces se dejaba llevar por la negligencia, así como por la “vanidad y la inquietud mental”; de lo contrario, ahora no tendríamos que contar con una lista tan escasa de obras manuscritas, masas de material relacionado con la historia literaria cuya existencia incluso es dudosa.

En la Biographia Britannica de Kippis encontramos frecuentes referencias a los Manuscritos de Oldys. El señor John Taylor, hijo del amigo y albacea de Oldys, me ha sido de gran ayuda con todos sus recuerdos sobre este hombre de letras; sin embargo, sus intereses no tenían en modo alguno nada en común con los de Oldys, y él solo pudo conocerlo en su juventud. Por medio de él sé que, tras la muerte de Oldys, el dr. Kippis, editor de la Biographia Britannica, examinó esos manuscritos en la casa del señor Taylor. Fue el difunto obispo de Dromore quien le indicó dónde encontrarlos; su celo activo era realmente notable en todo lo relacionado con la ampliación de nuestra historia literaria. Kippis era alguien que, hasta cierto punto, podría haber apreciado su valor literario; pero, al estar al servicio de hombres de negocios que ni comprendían su naturaleza ni les asignaban ningún valor, el editor de la Biographia consideró que los manuscritos de Oldys eran una compra fácil para su empleador, el difunto señor Cadell. Es posible que esas veinte guineas sirvieran para enterrar al propio autor de esos manuscritos. El señor Taylor dice: “Los manuscritos de Oldys no eran tantos como cabría esperar de un escritor tan incansable. Consistían principalmente en breves extractos de libros y registros de fechas; el doctor consideró que valía la pena comprarlos. Recuerdo bien esos manuscritos; aunque Oldys…”

Page 638

“No era el autor, sino más bien el registrador”. Tal es la afirmación y la opinión de un escritor cuyas expresiones son de carácter más alegre. Pero las investigaciones de Oldys no deben juzgarse según este estándar; para él, una sola línea era el resultado de muchos días de investigación, y una hoja llena de indicios dispersos aportaba más conocimiento original que algunos libros elaborados apresuradamente por los doradores y barnizadores de la literatura moderna. Estos descubrimientos ocupan poco espacio a simple vista; pero de ellos se componen obras extensas. De hecho, la cantidad de manuscritos de Oldys era tan considerable, según el juicio de Kippis, que los describió como “un conjunto amplio y útil de materiales biográficos, dejados por el señor Oldys”. ¿Eran estos los “Institutos Biográficos” a los que Oldys se refería entre sus manuscritos? “El difunto señor Malone”, continúa el señor Taylor, “me dijo que había visto todos los manuscritos de Oldys; así que supongo que están en poder de Cadell y Davies”. ¿Han corrido la misma suerte que las naranjas exprimidas? ¿Y cuánto debemos a Oldys de lo que pertenece a Malone?

Esta información me permitió localizar los manuscritos de Oldys con el doctor Kippis; pero me condujo también entre los libreros, que no valoran los manuscritos que nadie puede imprimir. Gracias al difunto señor Davies, supe que la dirección de esa obra desafortunada en nuestra historia literaria, con todo su tesoro de manuscritos, había sido encomendada por el señor Cadell al difunto George Robinson, y que el sucesor del doctor Kippis fue el difunto doctor George Gregory. Repito: la historia de las obras voluminosas es una tarea melancólica; ya no se puede encontrar a nadie relacionado con ellas. La estimada heredera del doctor Gregory, con prontitud amable, satisfizo mis ansiosas preguntas e informó que “recuerda perfectamente un montón de papeles, como los que describí, que fueron devueltos, tras la muerte del doctor Gregory, a la casa de Wilkie y Robinson, a principios del año 1809”. Me dirigí a esa casa, quienes, después de algún tiempo, me remitieron al señor John Robinson, representante de su difunto padre, y en cuya custodia se encontraban todos los documentos de la antigua sociedad. Pero el señor John Robinson…

Page 639

Terminé mis consultas debido a su cortesía al prometer cumplirlas, y a su terquedad al no hacerlo. Pudo haber perjudicado sus propios intereses al no satisfacer mi curiosidad. Fue una suerte para la nación que la gran cantidad de manuscritos de George Vertue escapara del destino de los de Oldys; de haber sido el poseedor igualmente perezoso, Horace Walpole no habría escrito su obra más valiosa, y habríamos perdido las “Anécdotas de la pintura”, cuyos materiales Vertue había recopilado.

De una vida dedicada a tal actividad literaria habríamos sabido más si los diarios de Oldys hubieran escapado a la destrucción. “Uno de los hábitos del viejo amigo de mi padre, William Oldys”, dice el señor Taylor, “era llevar un diario y anotar en él todos los días todos los acontecimientos que ocurrían, todas sus citas y cómo empleaba su tiempo. He visto montones de estos libros, pero no sé qué fue de ellos”. La existencia de tales diarios queda confirmada por un catálogo de ventas de Thomas Davies, el librero especializado en obras literarias, quien vendió muchos de los libros y algunos manuscritos de Oldys, que parecen haberse dispersado en diversas bibliotecas. Encuentro el lote “3627: Diario del señor Oldys, que contiene varias observaciones relacionadas con libros, personajes, etc.”; se trata de un único volumen, que parece haberse separado de los “montones” que el señor Taylor vio en su momento. El diario literario de Oldys podría haber mostrado la forma en que llevaba a cabo sus investigaciones y los resultados de sus descubrimientos. Afortunadamente he encontrado uno de estos volúmenes, y una singularidad en los sentimientos de este escritor añade un nuevo interés a dichos registros diarios. Oldys solía dar voz con su pluma a sus emociones más secretas. Quejumbroso o indignado, su honesta sencillez le hacía confiar al papel que tenía ante sí tales soliloquios espontáneos, y he encontrado que escondía en los rincones mismos de sus manuscritos sus “penas secretas”.

Algunos de estos breves testimonios de sus sentimientos muestran una especie de silueta trazada por su propia mano, cuando a veces el hombre pensativo parece haber contemplado su propia sombra. Oldys solía escribir…

Page 640

Versos cuya humildad o singularidad indica su origen, o mediante algún refrán incisivo, alguna cita apropiada o algún anécdota registrada, sus consejos a sí mismo o sus arrepentimientos.

Oprimido por la sensación de que sus tareas eran inútiles para él, mientras sus días transcurrían a menudo en dificultades y en prisión, expresa su autocrítica en una de esas profundas reflexiones melancólicas que tan a menudo sorprenden al estudioso, quien descubre verdaderamente que la vida es demasiado limitada como para adquirir conocimiento real con la ambición de impartirlo al mundo:

Digo yo: aquel que permanece demasiado tiempo entre estas telarañas, siempre afila sus herramientas, pero nunca trabaja.

En uno de los rincones de sus cuadernos encuentro esta reflexión curiosa pero triste:

¡Ay! Esto no es más que el delantal de una hoja de higuera… pero la cortina de una telaraña.

A veces parece haber anticipado el destino de esa diligencia oscura que se dedicaba a realizar descubrimientos destinados a ser utilizados por otros:

Acumula riquezas, sin saber quién las recogerá.

Amado tesorero de estos tesoros, mira tu destino en el Salmo treinta y nueve, versículos 6, 7 y 8.

A veces reprime el ardor apasionado de su pluma y se recuerda a sí mismo la necesidad de descanso, en latín, italiano e inglés.

———Non vi, sed sæpe cadendo.

Page 641

Muy pronto se hace lo que se hace bien.

Un poco de descanso es lo que mejor restaura lo que necesitamos;
atraer con discreción da velocidad al viaje.

Había una bondad imprudente en el honesto Oldys; y su simplicidad de carácter, como he observado, era explotada por los astutos o los desagradecidos. Lamentamos encontrar la siguiente entrada relativa al famoso coleccionista, James West:—

Le di más de sesenta cartas del Dr. Davenant a su hijo, quien fue enviado en Frankfurt de 1703 a 1708, y también a Mr. James West,351, junto con ciento cincuenta más, alrededor de Navidad de 1746; pero tuvieron el mismo destino que el grano sembrado en tierra estéril.

Ese es el registro lúgubre con el que Oldys se liberaba de sus quejas.
Podemos sonreír ante la simplicidad de la siguiente narración, en la que el pobre Oldys recibía manuscritos a cambio de dinero:—

El anciano consejero Fane, de Colchester, que, haciéndose pasar por pobre, me engañó para quitarme una buena suma de dinero que me debía; y poco después, montando su carroza, me dio un paquete de manuscritos y prometió otros, que nunca me dio, ni nada más, aparte de un barril de ostras y una copia manuscrita de los poemas de Randolph, un original, según decía, con muchas adiciones, que le habían sido entregadas por ser pariente del autor.

No había fin a sus ayudas y contribuciones para todo autor o librero que se lo solicitara; sin embargo, tenía motivos para quejarse de ambos mientras utilizaban su conocimiento inestimable pero no valorado. He aquí una de estas entradas diarias:—

Le presté las vidas y muertes trágicas de los famosos piratas Ward y Dansiker, en formato 4to, Londres, 1612, de Robt. Daborn, alias Dabourne, al Sr. T. Lediard, cuando estaba escribiendo su Historia Naval, y él

Page 642

Nunca lo devolvió. Véanse las Cartas de Howell sobre ellos.

En otra ocasión, cuando su amigo T. Hayward recopilaba, para su “British Muse”, los ejemplos más exquisitos de los dramaturgos ingleses antiguos —una compilación que no debe confundirse con las ordinarias—, Oldys no solo colaboró en ese trabajo, sino que también redactó una introducción curiosa, con un conocimiento y un amor por el tema que solo él poseía. Pero se comprendieron tan poco estas investigaciones en aquel entonces, que encontramos a Oldys, en un momento de recordatorio molesto, y en un rincón de uno de los márgenes de su Langbaine, conservando accidentalmente una circunstancia extraordinaria relacionada con esta curiosa disertación. Una vez terminada esta elaborada introducción, “el editor tacaño insistió en eliminar un tercio del texto, que resultaba ser la parte mejor, porque quería que todo cupiera en una sola hoja”. Pobre Oldys: nunca pudo olvidar el destino de esta elaborada disertación sobre todas las colecciones de poesía inglesa. Estoy seguro de haber visto algún volumen que antes perteneció a Oldys y luego a Thomas Warton, en poder de mi inteligente amigo el señor Douce; en la hoja intermedia de dicho volumen, Oldys expresó sus pensamientos con estas palabras: “En mi revisión histórica y crítica de todas las colecciones de este tipo, habría ocupado una hoja y media o dos hojas; pero, por ganancias mezquinas y para ahorrar algo en impresión y papel, hicieron que el señor John Campbell la redujera y la comprimiera, hasta convertirla en algo que cabía en menos espacio que una hoja”. Es una pérdida que quizá nunca podremos recuperar. El curioso conocimiento bibliográfico de este singular hombre de letras, esos tesoros de los que él era el fiel guardián, como dice con tanta ternura por sus aficiones, estaban siempre listos para ser plasmados en forma de disertación o introducción. Y cuando Morgan publicó su Colección de Tratados Raros, la amable ayuda de Oldys proporcionó “Una Disertación sobre los Panfletos, en una carta dirigida a un noble”; probablemente al conde de Oxford, una gran curiosidad literaria. Además, en la Colección Harleiana, él elaboró un catálogo sistemático.

Page 643

de seiscientos. Cuando la señora Cooper intentó escribir “La biblioteca de la musa”, el primer ensayo que influyó para que el gusto nacional volviera a nuestros poetas olvidados en nuestra época más poética, fue Oldys quien únicamente pudo ayudar a esta dama a llevar a cabo esa tarea tan bien.352 Cuando Curll, el editor, para completar una de sus compilaciones apresuradas, una “Historia del teatro”, recurrió, como todo el mundo, a Oldys; su amabilidad no pudo resistirse a las insistencias de este ocupado editor, y le proporcionó una biografía de Nell Gwynn. Al mismo tiempo, Oldys no pudo evitar observar, en uno de sus habituales registros, una obra destinada al teatro que, al parecer, nunca llegó a escribirse: “La Historia del teatro y de los actores de la época actual, de los últimos cuarenta o cincuenta años, que, según me dijo, había compuesto; es probable que, cuando se publique, resulte ser una obra aún más perfecta”. Podría seguir citando muchas contribuciones similares con las que ayudó a sus contemporáneos. Oldys debería haber sido considerado el lector por excelencia de la nación. Sus “Comptes Rendus” sobre libros y manuscritos siguen siendo muy valiosos; pero su talento útil y curioso buscó en vano el patrocinio del público. De uno de sus “diarios”, que ha sobrevivido a la destrucción, transcribo algunos pasajes interesantes palabra por palabra.

Aquí se presenta al lector una imagen detallada de aquellas ocupaciones invisibles que tienen lugar en el estudio de un hombre de letras. Hay quienes pueden sorprenderse, e incluso divertirse, al descubrir cómo todos los asuntos, hasta las mismas decepciones y placeres de la vida activa, pueden trasladarse a la silenciosa estancia de un estudioso recluso; pero hay otros que leerán con emoción los pensamientos secretos de aquel que, amando la literatura con la pasión más pura, apenas se lamenta por no recibir la fama que merece, y deja sus obras para que las hereden en el futuro sus descendientes más dotados. Así comenzamos uno de los días literarios de Oldys:

Ese día, la hija del señor Tho. Odell me informó de que su padre, que era subinspector y responsable de la autorización de obras teatrales, falleció el 24 de mayo de 1749, en su casa de Chappel Street, Westminster, a los 58 años.

Page 644

años. Estaba escribiendo una historia de los personajes que había observado y de las conversaciones que había mantenido con muchas personalidades eminentes que conocía en su época. Era un gran observador de todo lo curioso en las conversaciones de sus conocidos, y sus propias conversaciones constituían una crónica viva de las notables intrigas, aventuras, dichos, historias, escritos, etc., de muchos de los hombres de calidad, poetas y otros autores, actores, libreros, etc., que florecieron especialmente en el siglo actual. Había sido un hombre popular en las elecciones y, en cierto momento, director del teatro de Goodman’s Fields, pero más tarde se vio obligado a vivir retraído y apartado debido a sus deudas. Publicó dos o tres obras dramáticas; una de ellas era *El patrón*, basada en la historia de Lord Romney.

P. de su hija para que me devuelva los papeles de Eustace Budgell y pueda echar un vistazo a los de su padre. Ya tengo los de él y he visto los de ella.

31 de julio: Estuve en casa de la señora Odell; ella me devolvió los papeles del señor Budgell. Vi algunos papeles de su esposo, en su mayoría poemas a favor del gobierno y en contra del señor Pope. Uno de ellos fue impreso por instigación del difunto Sir Robert Walpole, quien le dio diez guineas por escribirlo y otras tantas por los gastos de impresión; pero, por consejo suyo, nunca se publicó, porque podría perjudicar sus relaciones con Lord Chesterfield y con algunos otros nobles que apoyaban al señor Pope por su gran talento. El texto que más me gustó de sus escritos fue la historia de su teatro en Goodman’s Fields. (Recuerde lo que se publicó en contra de ese teatro, lo cual he incluido en mi Catálogo de Londres. Carta a Sir Ric. Brocas, Lord Mayor, etc., 8vo, 1730.)

No vi nada sobre la historia de sus conversaciones con hombres ingeniosos; sus personajes, relatos, bromas e intrigas relacionadas con ellos, de los cuales nadie estaba mejor informado. Ella cree que tiene algunos papeles al respecto y promete buscarlos, así como averiguar por el señor Griffin, de la oficina del Lord Chamberlain, para que se realice una búsqueda sobre Spenser.

Oldys estaba tan dedicado a estas investigaciones literarias que, según las últimas palabras de esta entrada, vemos cómo, mientras buscaba un tipo de información, su entusiasmo inquebrantable lo mantenía atento a otro. Uno de sus temas favoritos era hacer descubrimientos originales sobre Spenser y Shakespeare; de los cuales, quizás, para nuestra vergüenza y disgusto, se puede decir que dos de nuestros grandes poetas son aquellos de los que sabemos menos. Oldys se engañó una vez pensando que podría ofrecer al mundo una biografía de Shakespeare. El señor John Taylor me informa que “Oldys había acordado proporcionar diez años de la vida de Shakespeare desconocidos para los biógrafos, con un tal Walker, librero en la Strand; y como Oldys no llegó a cumplir el acuerdo, mi padre tuvo que devolverle a Walker veinte guineas que le había dado”.

Page 645

“Avanzado en el trabajo”. Esa interesante narrativa ahora es imposible de recuperar para nosotros.
Sin embargo, debido al solemne contrato que había firmado Oldys y a su estricta integridad, podría inducirse a sospechar que había hecho descubrimientos concretos que ahora son irrecuperables.

Podemos observar la forma en que realizó sus ansiosas indagaciones sobre Spenser:—
Preguntarle a Sir Peter Thompson si sería inapropiado intentar averiguar si Lord Effingham Howard podría conseguir los registros del despacho del Herald para conocer el origen o familia de Edmund Spenser, o cómo estaba emparentado con Sir John Spenser de Althorpe, en Northamptonshire; a tres de cuyas hijas, todas ellas casadas con nobles, Spenser dedicó tres de sus poemas.
Al señor Vertue, para examinar el cuaderno de memorandos de Stowe. Buscar con más atención el año en que se erigió el monumento a Spenser, o el período entre los años en que figura la anotación: 1623 y 1626.
El libro de Sir Clement Cottrell sobre Spenser.
Al capitán Power, para saber si ha tenido noticias del capitán Spenser acerca de mi carta de consulta relativa a Edward Spenser.
A Whiston, para comprobar si mis comentarios sobre Spenser son completos en lo que respecta a la prensa: sí.
Recordar, cuando vea al señor W. Thompson, preguntarle si ha publicado en alguna de sus obras algún otro personaje de nuestros poetas antiguos además de los de Spenser y Shakespeare;353 y solicitar permiso para hacer una visita a Kentish Town, con el fin de ver su Colección de las Obras de Robert Greene, en unos cuatro volúmenes grandes en formato cuarto. Por lo general publicaba un folleto cada semestre, según nos informa su conocido Tom Nash.

Otros dos o tres memorandos podrían provocar una sonrisa por sus peculiares hábitos de estudio y su vigilancia constante para obtener información de fuentes originales.

El Sueño de Dryden, en casa de Lord Exeter, en Burleigh, mientras traducía a Virgilio; Signior Verrio, que en ese momento pintaba allí, lo relató al pintor de Yorkshire, del cual yo lo tenía, y se encuentra en el libro en pergamino en formato cuarto, destinado a su biografía.

En un período posterior, Oldys añade: “Ahora incluido en él”. Malone cita precisamente este memorando, que descubrió en los Langbaine de Oldys.

Page 646

Para mostrar que Dryden tenía cierta confianza en la Oneirocrítica, y suponía que a veces los acontecimientos futuros se podían predecir a través de los sueños. Malone añade: “No sé dónde se encuentra ahora ni esa hoja profética suelta ni ese libro en pergamino”.354

Sin duda, hemos sufrido una gran pérdida en las colecciones de Oldys relativas a la vida de Dryden, que son muy extensas; tal cantidad de material histórico literario no puede haber desaparecido sino por accidente; y sospecho que muchos de los manuscritos de Oldys están en poder de personas que no conocen su letra, lo cual se puede verificar fácilmente.

Busco entre los papeles antiguos que hay en uno de mis grandes cajones la carta de agradecimiento de Dryden dirigida a mi padre, o alguna comunicación relacionada con Plutarco, mientras ellos y otros publicaban una traducción de Las Vidas de Plutarco, en cinco volúmenes de formato 8vo, en 1683. Está copiada en el libro amarillo dedicado a la vida de Dryden, en el cual hay unas 150 transcripciones, en prosa y verso, relacionadas con la vida, el carácter y las obras de Dryden. ¿Se ha extraído “Is England’s Remembrancer” de mi obituario para incluirlo en mis comentarios sobre él en el “poetical bag”? Mis extractos en el cuaderno de pergamino sobre la residencia y la familia de Denham en Surrey. Mi libreta de piel blanca, con bordes dorados, para el extracto de “Groans of Great Britain” sobre Butler. Véase mi descripción de los grandes tejos del parque de Tankersley, mientras Sir R. Fanshaw estaba prisionero allí; en especial el tejo de Talbot, alrededor del cual un hombre a caballo podría dar la vuelta, en mi cuaderno botánico. A este Donald Lupton ya lo he mencionado en mi catálogo de todos los libros y folletos relacionados con Londres, iniciado en el año 1740; hasta ahora, en 1740, he registrado entre 300 y 400 artículos, además de comentarios, etc. Ahora, en junio de 1748, entre 400 y 500 artículos. Ahora, en octubre de 1750, seiscientos treinta y seis.355

Queda aún por contar una anécdota que demuestra que Pope valoraba mucho a nuestro estudioso de la antigüedad literaria. “Oldys”, dice mi amigo, “era uno de los bibliotecarios del Conde de Oxford, y solía contar una historia sobre el prestigio que ganó como erudito al corregir a Pope en una cita en latín que este hizo en la mesa del conde. Sin embargo, si no recuerdo mal, no se jactaba de ello”.

Page 647

de haber sido admitido como invitado a la mesa, sino por el hecho de encontrarse en la habitación”. ¿Por qué, sin embargo, Oldys no podría haberse sentado, al menos debajo del salero? No sería un honor para ninguna de las partes suponer que Oldys se quedaba entre los sirvientes. La verdad es que parece haber existido una relación confidencial entre Pope y Oldys; de esto daré una prueba notable. En esos fragmentos de Oldys, conservados como “anécdotas adicionales sobre Shakespeare”, en las ediciones de Steevens y Malone, Oldys menciona una historia de Davenant, que, añade, “el señor Pope me contó en la mesa del conde de Oxford”. Además, relata una conversación que tuvo lugar entre ellos. Y eso no es todo; pues en su obra Langbaine, Oldys incluyó este memorando en el artículo sobre Shakespeare: “Recuerden lo que observé ante mi señor Oxford para que el señor Pope lo utilizara a partir del prefacio de Cowley”. Parece que Malone descubrió esta observación de Cowley, lo cual es bastante curioso y muy poco respetuoso con las ideas de ese comentarista: se trata de “podar y eliminar las ramas viejas y marchitas” en las nuevas ediciones de Shakespeare y otros poetas antiguos. “Pope adoptó”, dice Malone, “esta idea completamente infundada; Oldys fue quien le sugirió a Pope el procedimiento singular que siguió en su edición de Shakespeare”. Sin abordar la bondad o el peligro de este nuevo sistema de reeditar a Shakespeare, se puede decir que, si muchos pasajes fueran eliminados, Shakespeare no sufriría daño, ya que muchos de ellos nunca fueron compuestos por ese gran bardo. No solo existía una intimidad literaria entre Oldys y Pope, sino que el hecho de que nuestro poeta adoptara sus sugerencias en una ocasión tan importante demuestra cuán alto valoraba su juicio. Indudablemente, Pope solía deleitarse con Oldys escuchando la historia de sus predecesores y las curiosidades de la poesía inglesa.

Ahora he presentado al lector a Oldys, sentado entre sus “bolsas poéticas”, sus “presupuestos biográficos en pergamino”, sus “catálogos” y sus “diarios”, a menudo expresando un lamento solitario o ocupado en alguna nueva investigación. Así es la silueta de este prodigio de la curiosidad literaria.

Page 648

La mera existencia de los manuscritos de Oldys sigue teniendo un carácter ambiguo; se habla de ellos, se citan y se transcriben, pero rara vez podemos acceder a los originales. Estas masas de conocimiento curioso, dispersas o perdidas, han enriquecido a las generaciones posteriores, que a menudo se apropiaron de esos frutos y reclamaron la victoria, pero fue Oldys quien libró la batalla.

Oldys nos ofrece otro ejemplo de cómo la vida a menudo se desarrolla entre descubrimientos y adquisiciones. El anticuario literario, cuando intenta dar forma a sus numerosas investigaciones y completar sus proyectos dispersos, descubre que el trabajo “absque labore”, es decir, el trabajo sin esfuerzo, como describe perfectamente la inscripción de la biblioteca de Florencia sobre la investigación literaria, ha hecho que sus días se disipen en la satisfacción de su curiosidad; y con demasiada frecuencia, al igual que el cazador en plena persecución, mientras despreciaba a la presa que tenía ante sí, seguía esforzándose por atrapar al fugitivo.

Transvolat in medio posita, et fugientia captat.

Al final de cada siglo, en este mundo cada vez más lleno de libros, ¡ojalá haya un Oldys que sea el lector de la nación! Si está dotado de espíritu filosófico y combina el genio de su época con el de las anteriores, tendrá en sus manos la cadena del pensamiento humano y, al igual que otro Bayle, se convertirá en el historiador de la mente humana.

338 Su intención era publicar una biografía clasificada de todos los autores italianos.

339 En su anuncio dice: “Será difícil determinar si pretendía ponerlas a disposición del público o reservarlas únicamente para su propio entretenimiento y el de sus amigos”. Muchas de estas anécdotas son evidentemente simples escándalos.

340 Grose narra así su historia temprana: “Sus padres murieron cuando él era muy joven; pronto derrochó su pequeño patrimonio, y luego se convirtió, al principio, en ayudante del señor…”

Page 649

Bibliotecario de Oxford, y posteriormente bibliotecario del colegio; tras su muerte se vio obligado a trabajar para los libreros para ganarse la vida.

341 El señor John Taylor, hijo del amigo íntimo de Oldys, me ha proporcionado este interesante anécdota. “Oldys, según me contó mi padre, pasó muchos años en la oscuridad en la prisión de Fleet, pero finalmente se decidió a hacer conocer su situación al duque de Norfolk de aquel entonces, quien recibió la carta de Oldys mientras cenaba con algunos amigos. El duque comunicó de inmediato su contenido a los presentes, señalando que llevaba tiempo deseando saber qué había sido de un viejo amigo, aunque humilde, y se alegró al leer esa carta al saber que seguía vivo. Luego llamó a su caballero (una especie de amigo humilde que los nobles solían tener bajo ese nombre en aquellos tiempos) y le pidió que fuera inmediatamente a Fleet para llevar dinero con el que Oldys pudiera cubrir sus necesidades urgentes, obtener un informe de sus deudas y saldarlas. Poco después, ya fuera por donación del duque o por interés propio, Oldys fue nombrado Rey de Armas de Norroy; recuerdo que sus insignias oficiales llegaron a manos de mi padre tras su muerte”.

En “La vida de Oldys”, del señor A. Chalmers, no se indica la fecha de este ascenso. Mi distinguido amigo, el reverendo J. Dallaway, examinó amablemente los registros del colegio, y según ellos parece que Oldys había sido heraldo extraordinario de Norfolk, pero no perteneciente al colegio; fue nombrado, por decreto especial, Rey de Armas de Norroy el 5 de mayo de 1755.

Grose dice: “El patrocinio del duque provocó sospechas de que fuera papista, aunque creo que sin motivo alguno; esto retrasó temporalmente su nombramiento. La noticia se difundió de forma encubierta por los heraldos, quienes estaban molestos por que un extraño les sustituyera”.

342 La hermosa sencillez de este poema anacreóntico ha tenido el inusual destino de perder por completo su carácter, debido a una estrofa adicional e incongruente en las ediciones modernas, añadida por algún caballero que ejerció la intolerable libertad de alterar composiciones poéticas y dramáticas de un genio reconocido según su propia concepción de lo que considera “moralidad”; pero en las obras de genio, todo lo aburrido deja de ser moral. “La mosca” de Oldys puede compararse con “La mosca” de Gray en cuanto a la ternura melancólica de su contenido; constaba únicamente de estas dos estrofas:

¡Mosca ocupada, curiosa, sedienta!
Bebe conmigo, y bebe como yo.

Page 650

Bienvenido libremente a mi copa;
Podrías sorberla poco a poco…
Aprovecha al máximo la vida que tienes;
¡La vida es breve y se va desvaneciendo!

Tanto la tuya como la mía pertenecen a ambos;
Ambas se acercan rápidamente a su fin.
La tuya es como un verano; la mía ya no lo es,
aunque se repita setenta veces.
Setenta veranos, cuando hayan pasado,
parecerán tan breves como uno solo.

343 Esta anécdota debe ser contada con justicia para ambas partes. En palabras de Grose:
—“Era un hombre de gran bondad, honor e integridad, especialmente en su papel de historiador. Estoy convencido de que nada habría podido llevarlo a incluir en sus escritos algún hecho en el que no creyera, ni a suprimir alguno en el que sí creyera. Demostró esta delicadeza en un momento en que se encontraba en una situación muy difícil. Después de publicar ‘La vida de Sir Walter Raleigh’, algunos libreros, pensando que su nombre ayudaría a vender sus libros, le ofrecieron una suma considerable para que los patrocinara; él rechazó la oferta con gran indignación”.

344 Nos han enseñado a disfrutar de las dos épocas del genio y del buen gusto. El público literario está profundamente agradecido por la atención editorial, el buen gusto y el entusiasmo del señor Singer, gracias a los cuales se han publicado ediciones exquisitas de algunos escritores valiosos.

345 Gibbon alguna vez pensó en escribir una biografía de Raleigh, y con ese propósito comenzó algunas investigaciones en esa “época memorable de nuestros anales ingleses”. Después de leer la obra de Oldys, abandonó su idea, convencido de que “no podía añadir nada nuevo al tema, salvo quizás algún mérito incierto en cuanto al estilo y al sentimiento”.

346 El British Museum carece enormemente de obras relacionadas con nuestra literatura nacional. Sin embargo, el legado de la biblioteca de Jorge III probablemente haya compensado en parte estas deficiencias. [El reciente legado de la colección Grenville, y la búsqueda constante que se ha realizado en los últimos años por estos vestigios de…]

Page 651

La literatura temprana escrita por los funcionarios de nuestra gran biblioteca nacional ha modificado en gran medida el estado de la colección desde que se escribió lo anterior —Ed.].

347 Grose dice: «Su forma de componer era algo singular: tenía varios pequeños saquitos de pergamino, con inscritos los nombres de las personas cuyas vidas pretendía escribir; en esos saquitos ponía toda circunstancia y anécdota que podía recopilar, y a partir de ahí redactaba su historia».

348 En la Biblioteca Bodleiana, supe por una carta que me envió el reverendo Dr. Bliss que existe una edición intercalada de *Vidas y caracteres de los poetas dramáticos de Gildon*, con correcciones, que alguna vez perteneció a Coxeter, quien parece haber tenido la intención de publicar una nueva edición. Vale la pena investigar si Coxeter transcribió en su obra sobre Gildon las notas del primer *Langbaine* de Oldys. La conducta de Coxeter, aunque había adquirido el primer *Langbaine* de Oldys, fue la de un avaro despiadado, dispuesto a pelear con un hermano antes que compartir cualquier cosa que pudiera poner en sus propias manos. También le debemos mucho a Coxeter: fue él quien sugirió la *Colección de obras antiguas* de Dodsley y la primera edición aceptable de Massinger.

Oldys no pudo haber trabajado en la biblioteca del Lord Oxford, como supone el señor Chalmers, alrededor de 1726; pues aquí menciona que estuvo en Yorkshire de 1724 a 1730. Este período constituye un vacío notable en la vida de Oldys. Mi erudito amigo, el reverendo Joseph Hunter, me proporcionó una nota en la copia de Fuller que se encuentra en la colección Malone, conservada en la Biblioteca Bodleiana. Aparentemente, aquellos años los pasó en la casa del primer conde de Malton, quien construyó Wentworth House. Allí todas las colecciones del anticuario Gascoigne, junto con «siete grandes baúles de manuscritos», algunos tan antiguos como de la época de la Conquista, fueron sacrificados en un solemne acto en honor a Vulcano; el cruel conde no se dejó conmover por las oraciones ni las súplicas de nuestro devoto estudioso de la historia inglesa. Oldys se fue del conde sin demasiada satisfacción, como se desprende de algunas severas críticas de su pluma delicada.

349 Esta copia fue prestada por el Dr. Birch al difunto obispo de Dromore, quien con su propia mano transcribió cuidadosamente las notas en una copia intercalada de *Langbaine*, dividida en cuatro volúmenes. Según tengo entendido, esta copia escapó por poco a las llamas y resultó dañada por el agua durante un incendio en Northumberland House. Su señoría, cuando se fue a Irlanda, dejó esta copia con el señor Nichols, para su uso en las ediciones proyectadas de *Tatler*, *Spectator* y *Guardian*.

Page 652

Notas e ilustraciones; de las cuales creo que solo el Tatler las ha publicado, y a las cuales su señoría contribuyó con algunas comunicaciones valiosas.

350 Sé que no solo este conjunto de manuscritos de Oldys, sino también una gran cantidad de contribuciones originales, fruto de toda una vida, destinadas a la “Biographia Britannica”, deben encontrarse juntas, a menos que hayan sido destruidas como papel usado. Estas curiosidades biográficas y literarias solían ser proporcionadas por las familias o amigos de personas eminentes. Quizás algunas hayan sido recuperadas por sus dueños. Me han informado de que entre ellas había una interesante colección de la correspondencia de Locke; y podría mencionar varias biografías que estaban preparadas.

351 Esta colección, y probablemente las otras cartas, han llegado hasta nosotros, sin duda, junto con los manuscritos de este coleccionista, adquiridos para el British Museum. La correspondencia del Dr. Davenant, escritor político, con su hijo, el embajador, gira en torno a un tema constante: el ascenso tanto de su hijo como del propio padre en la administración del estado.

352 Es un volumen en formato octavo, de 400 páginas, que contiene una buena selección de ejemplos de la época más temprana, concluyendo con Samuel Daniel, durante el reinado de Jacobo I. La señora Elizabeth Cooper era esposa de un subastador que había sido amigo de Oldys en la prisión de Fleet, donde este murió endeudado; y fue para ayudar a su viuda que Oldys editó este libro.

353 William Thompson, el poeta de “Sickness” y otros poemas; un apasionado admirador de nuestros bardos más antiguos, y no un imitador vulgar de Spenser. Fue él quien revivió las Sátiras del obispo Hall en 1753, mediante una edición que habría tenido más éxito si hubiera sido realizada por su amigo Oldys, ya que el texto resulta poco fiable; aunque la edición posterior fue tomada de la biblioteca del lord Oxford, probablemente con la ayuda de Oldys.

354 La vida de Dryden, de Malone, p. 420.

355 Este es uno de los manuscritos de Oldys: un grueso volumen en formato folio con títulos, que ha cumplido su función, con escasas gracias por parte de quienes no quisieron elogiar el servicio que les prestó. Pasó de manos del Dr. Berkenhout a George Steevens, quien a su vez lo prestó a Gough. Fue vendido por cinco guineas. ¡Qué trabajo útil, fruto de diez años de dedicación! El anticuario Gough hace alusión a él con su habitual perspicacia: “Entre estos títulos de libros y panfletos sobre Londres hay muchos de carácter puramente histórico, y muchos de tan baja calidad que no merecen ser incluidos bajo la categoría de obras topográficas”.

Page 653

“historia”. Así, el diseño de Oldys al formar esta elaborada colección queda condenado al intentar juzgarla mediante el objetivo limitado de la visión del topógrafo. Este catálogo sigue siendo un deseo no cumplido, si se imprimiera en su totalidad tal como fue recopilado por Oldys, no solo para la topografía de la metrópolis, sino también para su relación con sus costumbres, anales domésticos, acontecimientos y personas relacionadas con su historia.

ÍNDICE.

Abelardo, se cuenta entre los herejes, i. 145; su libro condenado como escrito por otro, ib.; se le concede absolución, 146; escribió y compuso bellamente, 147; fundó la escuela del Paráclito, ib.

Abram-men, ii. 312, y nota, ib.

Resumidores: objeciones contra ellos y recomendaciones sobre ellos, i. 397; el consejo de Bayle para ellos, 398; ahora son considerados con poca importancia, 399; instrucciones para ellos extraídas del Libro de los Macabeos, ib.

Anécdotas sobre falta de juicio, i. 206.

Monarquía absoluta: búsqueda de precedentes para sostenerla, iii. 510, nota.

Page 654

Abstracción de la mente, ejemplos de ella entre los grandes hombres, ii. 59-60; soneto sobre ella, de Metastasio, 61.

Academia, la francesa, alguna descripción de ella, i. 413-417; visita de Cristina, reina de Suecia, a ella, 414; la Academia de Literatura, concebida durante el reinado de la reina Ana, ii. 407; intentos fallidos para establecer diversas academias, ib.; desventajas de las mismas, ib.; argumentos a favor de ellas, ib.; deberían ser creadas por individuos, 408; origen francés de las academias, 408-410; origen de la Real Sociedad, 410-412; títulos ridículos de las academias italianas, 479; alguna descripción de la Academia Arcadia y su contribución a la literatura, 482; origen de su nombre, ib.; de la Academia Colombaria, 483; indicios de su existencia en Inglaterra, 484; surgimiento temprano de este tipo de academias entre los italianos, 485; fundación de la “Academia”, 486; su supresión y persecución de sus miembros, ib.; de los “Oziosi”, 488; supresión de muchas academias en Florencia y Siena, ib.; consideraciones sobre las razones de los títulos fantásticos de las academias italianas, etc., 489.

Acajou y Zirphile, un cuento de hadas caprichoso, ii. 308-311.

La Accademia de Bolonia surgió gracias a Lodovico Carracci, ii. 399.

Accidentes, ejemplos de cómo los grandes hombres fueron guiados por ellos en sus acciones, i. 85.

Acefales, iii. 193, y nota, ib.

Page 655

Dolores, antiguamente una disílaba; ejemplos de Swift, Hudibras y Shakespeare; uso de la palabra por John Kemble, i. 81, nota.

Acrósticos, i. 295-296.

Actores trágicos, i. 248; aquellos que murieron mártires de sus personajes trágicos, 249; deberían ser cuidados en los regazos de las reinas, 250; anécdotas sobre ellos, 250-251.

Addison, silencioso entre extraños, i. 104.

Adriani, su continuación de la Historia de Guicciardini, iii. 180.

Consejos buenos de un pecador literario, i. 350.

Ágatas, que presentan representaciones de formas naturales, i. 244.

Agobardo, arzobispo de Lyon, i. 21, y nota.

Agreda, María, escribió la Vida de la Virgen María, i. 367.

Alberico, visión de él, ii. 422.

Alberto Magno, su opinión sobre los libros de magia, iii. 281; su hombre de bronce, 282; su entretenimiento al conde de Holanda, 290.

Alquimistas, resultados de sus operaciones, iii. 284; su cauteloso secreto, 285; descubrimientos hechos por ellos, ib.

Alquimia, anécdotas de sus profesores, i. 283-284; Enrique VI intentó reponer sus arcas mediante ella.

Page 656

284; profesores de esto, llamados multiplicadores, 285; libros sobre engaños piadosos, ibíd.; Elias Ashmole más bien historiador de esto que experto en ello, 286; opiniones de los químicos modernos al respecto, 287.

Alejandría, su biblioteca, i. 1; Demetrio Falereo, su bibliotecario diligente y hábil, ibíd.; manuscritos originales de Esquilo, Sófocles y Eurípides adquiridos para ella, ibíd.: destrucción de la misma, 47-57.

Embajadores, anécdotas sobre los puntos frívolos de etiqueta que insistían en ellos, ii. 195-206.

Ceremonias amistosas en diversos países, ii. 12.

Amilcar, autor de la Segunda Guerra Púnica, iii. 143.

Amphigurías, i. 298.

Entretenimiento periódico durante los estudios, regla establecida entre los jesuitas, i. 31; diversos tipos de entretenimiento practicados por diferentes personajes célebres, 38-41.

Anagramas, i. 298, ii. 229; entre los hebreos se clasifican junto con las ciencias cabalísticas, 230; nociones platónicas sobre ellos, ibíd.; ejemplos en griego, ibíd.; varios ejemplos curiosos, 231-233; anécdotas divertidas relacionadas con ellos, 234.

Ancillon y su biblioteca, i. 10, y nota.

Andreini, actor y autor de comedias italianas irregulares, ii. 141; una de sus obras le dio a Milton la primera idea para su “Paraíso Perdido”, ibíd.

Page 657

Anécdotas sobre las costumbres europeas, ii. 30-39; sobre la abstracción mental, 59-62; anécdotas literarias y su importancia, 300; la defensa que hace el Dr. Johnson de ellas, 301; la absurdez de muchas de las transmitidas por los biógrafos, ib.; observaciones generales al respecto, 303.

Anglesea, conde de, sus manuscritos suprimidos, ii. 447.

Animales, influencia de la música en ellos, i. 272-4.

Annius de Viterbo publicó diecisiete libros sobre supuestas antigüedades, iii. 305; posteriormente un comentario sobre ellas, ib.; causó una guerra literaria, 306.

Investigaciones antediluvianas, i. 301-303.

“Anti”, prefijo favorito para libros de carácter polémico, i. 318.

Sociedad de Anticuarios, investigación sobre su origen y desarrollo, ii. 413-415.

Antonio, Marco, anécdota sobre él, ii. 10.

Vestimenta, exceso en ella, proclamación contra ello por parte de Isabel, iii. 375.

Manzanas injertadas en plantas de morera, ii. 157, nota.

Arquestrato, un célebre filósofo culinario, ii. 246.

Argumentos inventados por una máquina, ii. 419.

Ariosto, sus méritos disputados en Italia, i. 386; preferencia pública hacia él por parte de la Accademia della

Page 658

Crusca, 387; sus versos cantados por los gondoleros, 388.

Aristócrata, un apodo, iii. 83.

Aristóteles, críticas a él, i. 25; destino de su biblioteca, 53; comentarios en árabe sobre él, 61; su opinión sobre estornudar, 127; carta de Felipe de Macedonia dirigida a él, 142; descripción de su persona y modales, ib.; su testamento, 143; estudió bajo Platón, ib.; paralelo entre él y Platón, según Rapin, ib.; anécdota sobre él y Platón, 144; fundó una escuela, ib.; atacado por Jenócrates, ib.; su forma de designar a un sucesor, 145; escritores a favor y en contra de él, 314; refrán sobre sus preceptos, 407.

Armstrong, Archibald, bufón de Carlos I, ii. 236, nota.

Arnauld, uno de los miembros más ilustres de la Sociedad de Port Royal, i. 94; anécdotas sobre él, 96; seguía siendo el gran Arnauld a los ochenta y dos años, 97.

Ashmole, Elias, su Theatrum Chemicum Britannicum, i. 286; su diario, ii. 209; su superstición, ib., nota.

Astraea, la novela de D’Urfé sobre ella, i. 451; esquema de la misma, 452-454.

Astrólogos, fe en ellos por parte de personajes célebres, i. 278; Lilly consultado por Carlos I, ib.; Nostradamus, consultado por Catalina de Médici, 279.

Page 659

Varios han perecido para demostrar su habilidad; véase también: cambios e imposturas relacionados con ello, 279-280.

La astrología floreció enormemente en la época de las Guerras Civiles, i. 280; ataques contra ella y defensas de la misma, 281-282.

Atellanæ Fabulæ, farsas de Atellano, ii. 131, y nota 132.

Atticus, empleado para recaudar fondos para Cicerón, ii. 397; comerciante de libros y gladiadores, 398.

Aubrey, John: extracto de su correspondencia, iii. 294; su búsqueda del oro, ib.; su concepción de la educación universal, 296.

Audley, abogado y usurero, ii. 158; comienzos de su vida y medios para ascender socialmente, 159; anécdota sobre él y un sastre, 161; sus máximas sobre economía política, 162; su respuesta a un señor que pedía préstamos, ib.; sus modales y opiniones, 168-170; su muerte y carácter general, 170.

Autógrafos como indicadores del carácter, iii. 163; autógrafos de los monarcas ingleses, 165-166.

La conspiración de Babington: algunos detalles sobre su desarrollo y sobre los jóvenes nobles involucrados en ella, ii. 171; juicios y defensas de los conspiradores, 173; su ejecución, 175-176.

Baco: descripciones antiguas de él y traducciones modernas de dichas descripciones, ii. 292.

Page 660

Bacon, Lord, esbozo de su vida como filósofo, iii. 320-326; más valorado en el extranjero que en su país, 327.

Baker, Sir Richard, autor de la “Crónica”, murió en la Fleet, ii. 452; sus papeles se quemaron, ib.

Bales, Peter, un célebre calígrafo, i. 275; iii. 173-177.

Ballard, el jesuita, involucrado en la conspiración de Babington, ii. 172; expresión de sus ideas durante su juicio, 173.

Baptista Porta, fundó la Academia de los Oziosi y Segreti, iii. 290; se consideraba a sí mismo un profeta, ib.; sus dispositivos mágicos, ib.

Barbier, Louis, anécdota relacionada con él, ii. 11; sus prácticas supersticiosas, ib., nota.

Barnard, Dr., su “Vida de Heylin”, iii. 217-221.

Barthius, Gaspar, un autor prolífico, ii. 536; un niño prodigio, ib.; publicó una larga lista de obras inéditas, 537; su destino, ib.

Basnage, su Diccionario, iii. 233.

Bayle, publica sus “Nouvelles de la République des Lettres”, i. 14; relato de su muerte, 391; su comportamiento hacia su amigo, 392; leía mucho con los dedos, ib.; sus diversiones, ib.; anécdotas relacionadas con él, 393; su “Diccionario Crítico”, comentarios sobre su carácter, ii. 382-388; comentarios de Gibbon al respecto, 385; publicación de dicho diccionario, ib.; su originalidad, cómo se logró.

Page 661

386; sus errores, 388; sus rasgos personales, 389; sus características, 388-396; cambia de religión dos veces, 390; extracto de su diario, ib.; sus métodos de estudio, 391; nombrado profesor, ib.; privado de ese cargo, ib.; lamenta la falta de libros, 392; anécdotas sobre los efectos de sus obras, 394; un modelo de personaje literario, 395.

Un obstáculo en el camino del fariseo, representado literalmente en el arte primitivo, i. 307, y nota.

Barbas: diversas modas en cuanto a ellas, i. 220.

Beaussol, M. Peyraud de: su prefacio a su tragedia condenada, ii. 304-307.

Ben Jonson: máscaras escritas por él, iii. 12; ayudó a Rawleigh en su historia del mundo, 131, y nota.

Benevolencias, iii. 218, 219.

Bentley: reseña de sus críticas a Milton, i. 370-373.

Hospital de Belén: su fundación original, ii. 311, y nota.

Betterton: anécdota sobre él, i. 250.

Beza, Teodoro: imitador de Calvino en cuanto al abuso, i. 310; efecto de su obra contra la tolerancia, iii. 245.

Biblia: la prohibición de ella, ii. 19; diversas versiones de ella, 20-23; una versión familiar, 22; la versión Olivetana, iii. 155; estado corrupto de la versión en inglés en el pasado, 427.

Page 662

Impresión de un artículo de comercio libre, 428; prácticas vergonzosas en su impresión, 428-431, y nota; privilegio de impresión concedido a un tal Bentley, 430; la Biblia de Perlas de Field contenía 6000 errores, 431; división del texto en capítulos y versículos, 432.

Bibliómano, iii. 343.

Bibliomanía, i. 9.

Bibliognóstico, iii. 343.

Bibliógrafo, iii. 343.

Bibliografía, observaciones sobre su importancia, iii. 341.

Bibliófilo, iii. 343.

Bibliotecario, iii. 343.

Paralelos biográficos, iii. 425; un libro de ellos propuesto por Hurd, ib.; entre Budæus y Erasmo, 426; ejemplos de varios, 427.

Biografía ilustrada, una, iii. 137-141; observaciones al respecto, 414; sentimental, distinguida de la cronológica, ib.; de Dante, por Boccaccio y Aretino, 415-419; doméstica, 420-423; habitual entre los romanos, 424; comparativa, una serie de ellas proyectada por Elizabeth Hamilton, ib.

Dr. Birch, sus grandes contribuciones a la historia, iii. 383.

Sir John Birkenhead, periodista y panfletista durante la gran rebelión, i. 159.

Page 663

Mantos negros, apodo político de un partido en Nápoles, iii. 82.

Blenheim, historia secreta de su construcción, iii. 102-111; extraído de manuscritos, 103, nota.

Bonaventure de Perriers, ejemplo de sus historias, i. 128.

Libro de los deportes, efectos de él, ii. 148.

Libros, colecciones de ellos, véase Bibliotecas; coleccionistas de ellos, véase Coleccionistas; reseñas y críticas sobre ellos, véase Revistas literarias y Esbozos de crítica; destrucción de ellos, véase Título; libros perdidos, i. 47-57; precios de ellos en la antigüedad, 76; tratado sobre el arte de leer lo impreso, 78; anuncios curiosos sobre ellos, 157; títulos de ellos, 288; diversas opiniones sobre su tamaño, 347; dificultades para publicar muchos libros de mérito, 375; obras de otro tipo mejor remuneradas, 377; origen del nombre de los libros, ii. 23, nota; libros de consulta, 26; origen del nombre “libro”, 28; descripción de la forma y condición de los libros antiguos, ib.; censores y autorizadores de libros, 216; catálogo de libros condenados en el Concilio de Trento, ib.; inquisidores de libros, ib.; véase Índice; quema de libros, anécdota sobre su efecto positivo en la promoción de sus ventas, 219; mutilaciones causadas por los censores en las obras de Camden, en La Historia de Enrique VIII de Lord Herbert y en los poemas de Lord Brooke, 220; anécdotas sobre ladrones de libros, iii. 316-319; preferencia de personas famosas por ciertos libros, iii.

Page 664

340-343; cálculos sobre su número actual,
342; diferentes términos para referirse a los aficionados a ellos, 343; aquellos que fueron diseñados pero no completados, 493, 494.

Libreros: dos destruidos por un mismo autor, ii. 533.

Prestatarios: destructivos para las colecciones de libros, i. 12.

Jardín Botánico: observaciones de Darwin al respecto, i. 341.

Bourdaloue, i. 257.

Bourgeois, Père: uno de los misioneros chinos; relato de su intento de predicar en chino, i. 268.

Bouts Rimes, i. 296.

Brandt, El barco de los necios, i. 7.

Bridgewater, duque fallecido: destruyó muchos manuscritos familiares, ii. 451.

Buckingham, duque: su familiaridad y grosería con Jacobo I, i. 463, nota; su comportamiento en España, ii. 4; igualmente favorito tanto de Jacobo I como de Carlos I, 5; descripción de su carácter por Hume, ibid. y 355; anécdota sobre él y la reina de Francia, 6; su audacia y “familiaridad inglesa”, ibid.; anécdota sobre él y el príncipe Carlos, 7; su ascenso, 10; su magnífica recepción para Carlos I y el embajador francés, 327; su carácter, 356-358, y notas; sus temores de ser sustituido, 357, nota; contraste entre él y Richelieu, 358; historia secreta de su expedición a España con el príncipe…

Page 665

Carlos, 359; pronósticos sobre su muerte, 364;
retrato suyo, 366, nota; decidido a ayudar a
Rochelle, 367; su muerte, 371; sátiras sobre él, 369, 370;
gozaba del respeto de Carlos I, ib.; su
extravagancia en la vestimenta, iii. 407; intrigó con los puritanos, 443; su relación con el Dr. Preston, un puritano, 444; descubre la hipocresía de Preston y abandona a los puritanos, 445; su destitución, 452; su fracaso en la Isla de Ré, 458; ofrece renunciar a sus cargos, 469; el odio que le profesaba el parlamento, 470-474.

Buffon, descripción del estudio de Vicq d’Azyr, iii. 208.

Edificios en la metrópoli: oposición contra ellos desde los tiempos de Isabel hasta los de Carlos II, iii. 363; estatutos en contra, 364; proclamaciones en contra, 365.

Burnet, su libro contra Varillas, i. 132, y nota.

Cementerios, iii. 231.

Butler, autor de “Hudibras”, defendido, ii. 491-495.

Cádiz: expedición a esa ciudad en tiempos de Carlos I, ii. 366; versos satíricos sobre ella, 367.

Calamy, su “Historia de los ministros expulsados”, iii. 240.

Calumnias: ventajas políticas que conllevan, iii. 81.

Page 666

Calvino, menos tolerante que Lutero en las controversias, i. 309.

Camus, su “Médicina del espíritu”, ii. 469.

Caracci, familia de los, ii. 399; Lodovico, carácter de él, ib.; la escuela de ellos, 401, nota; Agostino y Annibale, sus caracteres opuestos, 402; los tres abrieron una escuela en su propia casa, 403; la eminencia de Agostino allí, ib.; su soneto que contiene las leyes de la pintura, 404; Domenichino, Albano, Guido, Guercino, sus discípulos, 405; disputas entre Annibale y Agostino, ib.; su separación, 406.

El cardenal Richelieu, anécdotas sobre él y consideraciones sobre su carácter, i. 139-142.

Carleton, Sir Dudley, tesorero real de Carlos I; su discurso ante la Cámara de los Comunes sobre el encarcelamiento de dos de sus miembros por haber acusado a Buckingham, iii. 455.

Dibujos de Rafael, actualmente en Hampton Court, puestos a la venta y adquiridos por Cromwell, ii. 333; casi vendidos a Francia por Carlos II, ib., nota; la galería construida por Guillermo III para albergarlos, ib.

Catalina de Médici, su creencia en la astrología, iii. 347; emplea a Montluc para intrigar con el fin de asegurar la elección del duque de Anjou como rey de Polonia, 349.

Page 667

Catharinot, un escritor prolífico, ii. 545; su modo singular de publicar sus obras invendibles, 546.

Causa y pretexto, distinción entre ambos, que deben tener en cuenta los historiadores, iii. 141; ilustraciones anécdotas, 142-144.

Caxton, el impresor, sus primeras obras, i. 75, nota.

Cayet, Dr., su “Chronologie Novenaire”, ii. 7.

Incensarios utilizados para aromatizar las casas durante el reinado de Isabel, ii. 38, nota.

Censores de libros, creados para contrarrestar a la imprenta, ii. 216; surgieron con la Inquisición, ib.; eran nombrados con el título de Inquisidores de Libros, ib.; desacuerdos entre estos Inquisidores, 217; en España, 218; su trato hacia los comentaristas de la “Lusiada”, ib.; ejemplos del daño causado a la literatura inglesa por su existencia, 220; nunca reconocidos por la ley inglesa, 221; establecidos regularmente bajo Carlos I, 223; el cargo era mantenido por los puritanos, ib.; el trato que recibió Milton por parte de ellos, ib.; el cargo quedó en desuso bajo Cromwell, 224; revivido y continuado bajo Carlos II y Jacobo II, ib.; anécdotas relacionadas con ellos, 226-228.

Centos, i. 299.

Ceremonias, diferentes entre diversas naciones, ii. 12-15.

Page 668

Cervantes, nota en i. 394; hecho prisionero en la batalla de Lepanto, ibíd.

Chamillart, ministro de Francia, su ascenso al poder, ii, 11.

Charadas, i. 297.

Carlos Martel, su combate contra los mahometanos y su derrota de ellos, ii. 430.

Carlos el Calvo de Francia, su notable visión, ii. 423.

Carlos I, relato de su expedición a España, ii. 1-4; anécdota sobre él y Buckingham, 6; historia de su sello de diamante, 326; su amor por las bellas artes, 327; la magnificencia y el gusto de sus banquetes cortesanos, 328; anécdota sobre él, 329; catálogo de sus pertenencias, 331-334; artista y poeta, 334, 335, y nota; se duda de la influencia de su esposa sobre él, 336; su destitución del personal francés de su esposa, 345; respuesta a las quejas del embajador francés, 347; su comportamiento tras la muerte de Buckingham, 371; historia secreta de él y sus primeros Parlamentos, iii. 448; estos últimos como una “novia hosca”, ibíd.; su discurso dirigido a su primer Parlamento y su conducta grosera, 449; abandonaron al rey, 450; recaudó fondos mediante sellos privados, ibíd.; ante el fracaso de la expedición a Cádiz convocó a su segundo Parlamento, 451; comunicaciones entre él y su Parlamento, ibíd.; su discurso dirigido a ellos, en el que mencionó el juicio contra Buckingham, 452; su comportamiento en esa ocasión.

Page 669

El comienzo de sus problemas, 453; ante las nuevas quejas de los Comunes contra Buckingham, disuelve su segundo Parlamento, 457; su angustia por falta de dinero, ib.; sus nuevas dificultades tras el fracaso de la expedición a la Isla de Ré, y sus medidas para recaudar fondos, 458, 459; su escaso éxito, 460, 461; reflexiones sobre su situación, 463; rechaza el consejo ofrecido por el presidente de la Rosy-Cross, 464; carta anónima enviada a los Comunes y, por ellos, remitida al rey sin ser leída, 465; medidas secretas utilizadas por la oposición, 466; discurso del rey ante el Parlamento, 467; su emoción al enterarse de que el Parlamento había concedido subsidios, 468; debates sobre el mensaje del rey, 469; discurso de Eliot al respecto, 470; el memorable discurso de Coke, 473; el rey da su consentimiento a la Petición de Derechos, 475; fiestas populares, 476; presentación de la Remonstrancia, ib.; la conducta del rey tras el asesinato de Buckingham, 477; voto del Parlamento de mantener los Artículos de Religión del reinado de Isabel XIII, 478; tumulto en la Cámara y disolución del Parlamento, 480.

Carlos V, sus decretos contra la religión reformada, iii. 242; su conducta influenciada por motivos políticos, no religiosos, 243.

Carlos IX, relato de su muerte, ii. 7-9; su disculpa por la masacre de San Bartolomé, iii. 255-259; su carácter, 260.

Page 670

Cerezas, introducción de las en Gran Bretaña, ii. 156; pérdida e reintroducción de las durante el reinado de Enrique VIII, ib.

Ajedrez, prohibido a los clérigos jugarlo, ii. 32; el ajedrecista mecánico de Kempelen, iii. 284, nota.

Idioma chino, i. 267; dificultades que experimentó P. Bourgeois al aprenderlo, 268.

Chocolate, traído de México por los españoles, ii. 325; tratado contra su uso, ib.; tiendas de chocolate en Londres, ib.

El Príncipe de Navidad en las universidades, ii. 268; relato de uno en Oxford, 1607, ib., nota.

Christodins, iii. 81.

Cronogramas, i. 295.

Churchill odiaba la corrección de sus manuscritos, ii. 85.

Cicerón, como fabricante de prefacios, i. 69; como coleccionista, ii. 396; su biblioteca proyectada, ib.; empleó a Atico para adquirir libros y estatuas, 397; descubrió la tumba de Arquímedes, iii. 409.

Ciudades libres, que se liberaron del yugo de la tiranía feudal, i. 184.

Clairon, Mademoiselle, anécdota sobre ella, i. 251.

Page 671

Clarendon House, historia de su construcción, iii. 189-191; popularmente llamada Dunkirk House o Tangier Hall, 189; sátira sobre su construcción, 190; restos existentes, 191, nota.

Estudios clásicos, ii. 332.

Clovis, sus razones para adoptar el cristianismo, ii. 433, 434, y nota.

Coches, introducción de los mismos en Inglaterra, ii. 36; uso de ellos en Francia, ibíd.

Cockeram, H., su Diccionario inglés y sus palabras nuevas, iii. 24.

Lucha de gallos en Ceilán, i. 188.

Café, introducción del mismo en Europa, ii. 320; se volvió de moda en París gracias al embajador turco, 321; invectivas y sátiras poéticas contra él, 322-324; ventajas de su consumo, 325.

Cafeterías, la primera abierta en París, ii. 321; mejoras en ellas, ibíd.; la primera en Inglaterra, 322; cerradas por decreto, ibíd.; y iii. 379, nota.

Coke, o Cook, Sir Edward, su libro más interesante, su Manual o Vade Mecum, ii. 519; sus manuscritos confiscados tras su muerte, ibíd.; aún por recuperar, ibíd., nota; su carácter, 520; sus alianzas matrimoniales, ibíd.; su desgracia, 521; disputas entre él y su esposa, Lady Hatton, respecto al matrimonio de su hija, 523; curiosa carta de consejo dirigida a Lady

Page 672

Hatton, en su defensa ante el Consejo, 524;
su hija casada con Lord Villiers, y Coke restituido al cargo, 529; la mala conducta de su hija, ib.; su muerte, 530; su estilo denigratorio, ib.; su comportamiento hacia Rawleigh, 531; su sumisión en tiempos de desgracia, 532; destituido como sheriff para excluirlo del Parlamento, iii. 446; evade el nombramiento excusándose con la negativa a prestar juramento, 448.

Coke, el señor Clement, líder de una oposición violenta en el segundo Parlamento de Carlos I, iii. 498, 499.

Coleridge, el método que empleó en sus notables predicciones políticas, iii. 268.

Colecciones de libros: véase Bibliotecas; de grabados, véase Grabados.

Coleccionistas de libros, i. 1-8; defensa de sí mismo por parte de Ancillon como miembro del grupo, 10; Aristóteles reconocido por primera vez como coleccionista, 53.

Los coleccionistas, su tendencia a saquear, iii. 316-319.

Collins, Anthony, gran amante de los libros, iii. 16; pensador libre, ib.; amigo de Locke, 18; destino de sus manuscritos, 19-23.

Comedias improvisadas, ii. 130; opinión de los críticos del norte sobre ellas, 131; la diversión que suponían en Italia, ib.; practicadas por los romanos, ib.; prólogo de Salvator Rosa a una de ellas, 133; opiniones y descripciones de las mismas por Riccoboni y Gherardi, 134, 135; anécdota sobre…

Page 673

La excelencia de, 137; cuando se introdujo por primera vez en Inglaterra, 138.

Los confites, ampliamente utilizados durante el reinado de Enrique III de Francia, i. 221.

Comines, información sobre él, i. 263.

Composición: diversos modos literarios, ii. 85; la corrección en ella es necesaria, ib.; pero para algunos autores es imposible, ib.; anécdotas ilustrativas, 86; uso de modelos en la composición, 88; diversos modos utilizados por autores célebres, 90-92; la pasión por la composición, manifestada por algunos autores, 533-546.

Conde, gran príncipe experto en fisiognomía, i. 150.

Confreres de la Passion, i. 353.

Confusión de palabras por parte de los escritores, iii. 65; por parte de los nominalistas y realistas, 66; en la filosofía moderna, ib.; entre los antinomianos y sus oponentes, así como entre los jansenistas y los jesuitas, 68; entre Abelardo y San Bernardo, ib.; otros ejemplos, 69; en la jurisprudencia y la política, 70; ejemplos históricos, 71-73; origen en un cambio de significado con el paso del tiempo, 74; consecuencias graves de esta confusión, 77; entre los economistas políticos, 78; anécdota ilustrativa de Caramuel, obispo español, 79.

Constantino, motivos de su reconocimiento del cristianismo, ii. 433.

Page 674

Escritos controvertidos, llenos de acritud por parte de los eruditos, i. 153 y 317.

Controversia literaria, la de los nominalistas y los realistas, i. 312; entre Benedetto Aletino y Constantino Grimaldi, 314; abusos mutuos por parte de los eruditos en ella, 308-320; desafíos lanzados con motivo de ella, 317.

Cocina y cocineros de la antigüedad, ii. 245; épica compuesta en su alabanza, 246; traducciones ilustrativas de Ateneo, 247-252; destreza de los cocineros, 253; escritores sobre el tema, 254; anécdotas, 255.

Corneille, Pierre, murió en la pobreza, i. 32; deficiente en el trato social, 104; esbozo de su vida, 428-432.

Corneille, Thomas, texto escrito de improviso bajo su retrato, i. 432.

Cornelio Agripa, acusado de magia, i. 27; se suponía que su perro era un demonio, 28; su creencia en los demonios, iii. 282.

Cornhert, Theodore, gran defensor de la tolerancia, iii. 253 y nota.

Obras de Corpus Christi en Chester, i. 353; en Kendal, iii. 442 y nota.

Uso de cosméticos por parte de las damas de la época isabelina, i. 227.

Cotton, Sir Robert, sus colecciones de manuscritos, iii. 316; su retrato de Carlos I, 456, 457.

Page 675

Señores campesinos, cuyas costumbres antiguas eran encomiables,
ii. 214; mención por Lord Clarendon de la conducta de su abuelo como miembro del cuerpo, ib.; su conducta creó un carácter nacional, ib.

Residencia rural, opinión del juez Best al respecto, iii. 363; recomendación de Jacobo I, 364; proclamaciones para obligar a establecer una residencia rural, ib.; y procedimientos en la Cámara Estrellada contra los desobedientes, 365-368; oda sobre ella, de Sir Richard Fanshaw, 369.

Tribunal de Guardianes y Armas Reales, ii. 158, nota.

Cranmer, su carácter jansenista, i. 373.

Creación del mundo, fecha exacta de esta, i. 303.

Crebillon: sus acreedores se apoderaron de los ingresos obtenidos de su tragedia *Catilina*, i. 405; decreto de Luis XV al respecto, 406.

Los críticos pueden poseer el arte de juzgar sin tener el poder de ejecutar, i. 407; se citan como ejemplos al abad d’Aubignac y a Chapelaine, ib.

Crítica periódica: véase Revistas literarias, i. 12-17; esbozos de crítica entre los antiguos, 24-27; efecto de la crítica en los autores, 409.

Cromwell, su gran error político, ii. 435; predicción de su futura importancia, iii. 269; razones de su demora en nombrar un sucesor, 328, 329.

Cruikshank, George: curioso error relacionado con él, i. 321, nota.

Page 676

Cyre, el abad, enviado del emperador en Polonia, iii. 350; capturado y encarcelado, 360.

D’Aguesseau, el canciller, sus consejos a su hijo sobre el estudio de la historia, iii. 179.

Baile de la Muerte, iii. 211-215.

Dante, origen de su Infierno, controversias al respecto, ii. 421; toda la obra es gótica, ib.; se supone que la Visión de Alberico está tomada de otra obra, 422; y probablemente fue leída por Dante, ib.; se defiende su originalidad, 423; el verdadero origen del Infierno, 427, y nota.

Fatalidad diaria, i. 279; días afortunados y desafortunados, ib., nota.

Muerte, anécdotas relacionadas con la muerte de muchas personas distinguidas, i. 417-421; libro que contiene relatos de las muertes de personas notables, compilado por Montaigne, iii. 200; reflexiones sobre la muerte, ib.; anécdotas sobre la muerte de algunas personas célebres, 201, 202; efecto de la consideración constante de ella, 203; las ideas de Lady Gethin al respecto, 204; conversaciones de Johnson y Boswell sobre el tema, ib.; preparativos singulares para enfrentarla, según Moncriff, 205; opiniones de los antiguos sobre ella, 207; personificaciones de la muerte entre los antiguos, 208, y nota; representaciones góticas de la muerte, 209.

Dedicatorias, anécdotas curiosas al respecto, i. 337-341; precio por la dedicatoria de una obra teatral, 338; una dedicada a sí mismo, compuesta por un mecenas, ib.; práctica de…

Page 677

Elkanah Settle, en relación con esto, 339; de la Biblia políglota a Cromwell, ibíd.; modificado durante la Restauración, ibíd.; al cardenal Richelieu, 340; la versión de Dryden, ibíd.; una versión ingeniosa de Sir Simon Degge, 341.

De Foe: su honor puso en duda por la publicación de Robinson Crusoe, ii. 274; probablemente afectado por las observaciones de Steele sobre la narración de Selkirk, 276; escribió Robinson Crusoe en relativa soledad, ibíd.; defensa de su carácter, ibíd.

De la Chambre: correspondencia secreta con Luis XIV sobre fisonomía, i. 148.

Delincuentes: una expresión revolucionaria conveniente, iii. 86.

Descares: perseguido por sus opiniones, i. 29; silencioso en compañías mixtas, 104; su descripción de su vida en Ámsterdam, 113.

Descripciones locales: cuando son prolongadas y tediosas, iii. 1; críticas de Boileau a ellas, 1, 2; su ineficacia, ilustrada con un pasaje de Plinio, 2; ejemplo de descripción elegante, en un soneto de Francesca de Castello, 3.

Poemas descriptivos: observaciones generales sobre ellos, i. 341; tipo de estos poemas, limitados a un único objeto, ibíd.; títulos y notas sobre varios de ellos, 342, 343.

Des Maizeaux: un refugiado francés, iii. 13; su obra Vida de Bayle, 14; notas sobre su vida literaria, 15-18; Anthony Collins le lega sus manuscritos, 19.

Page 678

Los deja en herencia a la viuda de Collins, 20; correspondencia al respecto, 19-22.

Desmarets, su comedia “Visionnaires”, ii. 48.

De Serres introdujo en Francia el cultivo del morero y del gusano de seda, ii. 152; oposición a sus planes, ib.; apoyo de Enrique IV, ib.; medalla acuñada en honor a su memoria, 153.

Destrucción de libros y manuscritos por parte de los monjes, i. 18, 50; relato de ello en Constantinopla por parte de los cristianos, suprimido, 47; quema de Talmudes, 48; de textos irlandeses y mexicanos, ib.; anécdotas al respecto, 49; de Coranes, ib.; de los clásicos, 50; de textos bohemios, ib.; en Inglaterra bajo Enrique VIII, 51; en Stationers’ Hall en 1599, 53; de muchas de las cartas de Lady Mary Wortley Montague, 54; de manuscritos anglosajones, 55; anécdotas al respecto, ib., nota; por fuego y naufragios, 56, 57.

D’Ewes, Sir Symonds, un erudito serio, pero también un visionario, iii. 433; extractos de su diario, 434, 435.

Diario de un maestro de ceremonias, ii. 194-206; definición de uno por Shaftesbury, ib.; el del coronel Harwood, 206; llevado por Titus, ib.; el de Alfredo, 207; el del príncipe Enrique, ib.; el de Eduardo VI, ib.; llevado por Jacobo II, 208; generalmente llevado por jefes de familia, 209; llevado por Swift y Horace Walpole, ib.; recomendado por Sir Thomas Bodley a Sir

Page 679

Francis Bacon, ib.; Coke’s, ib.; Camden’s, 210; de Sir Symonds D’Ewes, ib.; Baxter’s, 211; la disposición reflexiva que da lugar al mantenimiento de un diario, compartida incluso por las mujeres, ib.; Whitelocke’s, 212; Laud’s, 213; Lord Clarendon’s, 214; se recomienda la práctica de llevar uno, 215.

Diarios, religiosos, iii. 435.

Diccionario de Trevoux, relato de su origen y desarrollo, iii. 229; de Basnage, 230; del Dr. Johnson, 233.

Digges, Sir Dudley, líder de una oposición violenta en el segundo parlamento de Carlos I, iii. 451; inició el proceso de destitución contra Buckingham, 452; fue encarcelado en la Torre, 454.

Destrucción de manuscritos. —Véase Manuscritos.

Hora de la cena, variaciones en diferentes épocas, ii. 34, 35.

Fiestas de cena, limitación romana del número de invitados, ii. 246.

Descubrimientos en literatura y ciencia, aptitud para ellos, adquirida por hombres estudiosos, iii. 408; anécdotas ilustrativas, 409-413.

Teología escolástica, i. 60, 61; relatos y ejemplos curiosos sobre ella, 63-65.

Historia de la Iglesia en Inglaterra de Dodd, iii. 239.

Page 680

Dragones, origen de las antiguas historias sobre ellos, ii. 311.

Drama, anécdotas del drama primitivo, ii. 40-43; mexicano, ib.; relato de un drama curioso titulado Technotamia, o el matrimonio de las artes, 43-46; relato de uno escrito por un loco, 48.

Obras dramáticas utilizadas como vehículo para expresar sentimientos políticos, ii. 277; por los católicos durante la Reforma, ib.; tal conducta provocó una proclamación de Eduardo VI contra los interludios ingleses, etc., ib.; aquellos a favor de la Reforma permitieron su representación, y ejemplos de ellas, 279-281; acciones judiciales en su contra en la Cámara Estrella, ib.

Anales dramáticos. — Véase Obras dramáticas.
Supresión del drama durante las guerras civiles de Carlos I, ii. 281; conducta opuesta de los actores en esa época y en el período de la Revolución Francesa, 282; escritores en contra del teatro, 283; costumbre de que los muchachos interpretaran papeles femeninos, 284; introducción de las actrices, 285; Histriomastix, ib.; todos los teatros suprimidos en 1642, ib.; ordenanza contra los teatros, 286; obras representadas en secreto durante su supresión, ib.; las “bromas” de Cox, 287; peticiones en contra del drama, 289; petición de los actores a favor del mismo, ib.; representaciones secretas en Holland House, 291; la supresión del drama causó la publicación de muchas obras teatrales en manuscrito, ib.

Vestimenta, lujo en ella, durante los reinados de Isabel, Jacobo I y Carlos I, iii. 405-408.

Page 681

Beber en exceso, una costumbre tomada prestada de los ingleses, ii. 293; costumbre que aprendieron en los Países Bajos, ib.; estatutos contra ello, ib., nota; condiciones relacionadas con ello, 294, nota, 295-298; anécdotas al respecto, 300.

Los borrachos, sus diferentes características, ii. 299; “Una dieta adecuada para ellos”, ib., nota; brindis en su honor, 300 y nota.

Du Clos, origen de su cuento de hadas sobre Acajou y Zirphile, y descripción de su prefacio satírico, ii. 308-310.

Literatura holandesa, observaciones y críticas sobre ella, i. 403-405; medallas satíricas, iii. 156-160.

Versos épicos, ejemplos de ellos, ii. 236.

La Escuela Ecléctica de Arte fundada por los Caracci, ii. 401, nota.

Edward IV, de qué manera obtuvo su corona, i. 261.

Eglishaw, Dr., sus difamaciones políticas, ii. 357, nota; fue asesinado en Holanda, ib.

Isabel, reina, i. 264; sus amoríos, 265; deseaba ser considerada hermosa por todo el mundo, ib.; sus hábitos eran estudiosos, pero no de los más delicados, 266; su forma de escribir, 267; su educación era estrictamente clásica, ib.; diversas anécdotas sobre ella, 264-267; su habilidad para dirigir sus parlamentos, ii. 179-186; su comportamiento respecto a la sucesión, iii. 328; su

Page 682

Tratamiento de Jacobo I, 332; su proclamación contra el exceso en la vestimenta, 375.

Eliot, Sir John, líder de la oposición violenta en el segundo Parlamento de Carlos I, iii. 452; su discurso sobre el juicio político contra Buckingham, 453; encarcelado en la Torre, 454; violento con Buckingham en el Parlamento, 469-471; su colección de sátiras contra él, ib.; líder en el último Parlamento de Carlos I, 474-479.

Eloísa, solicitó y obtuvo la absolución de Abelardo, i. 146; enterrada junto a Abelardo, ib.; una dama distinguida, 147; líneas reprobables del Papa encontradas en sus cartas originales, 148.

Hechiceros, origen de las antiguas historias sobre ellos, ii. 31.

Poesía inglesa, apenas conocida en Francia en 1610, iii. 233; la ignorancia al respecto mostrada por Quadrio en su Historia de la Poesía publicada en 1750, 236.

Grabado, origen temprano entre los egipcios, i. 43, nota.

Grabados, primera colección de ellos bajo Luis XIV, por Colbert, i. 7; la recopilación de retratos grabados dio origen a la obra de Granger, 45.

Epitafio al cardenal Richelieu, escrito por su protegido Benserade, i. 84; escritos por personas famosas sobre sí mismas, 417; sobre Felipe I, 471; sobre Butler, autor de Hudibras, ii. 548.

Page 683

Erratas, anécdotas notables sobre ellas, i, 78-82.

Nombres propios erróneos, citados en autores extranjeros, i, 327, y nota.

Etiqueta de corte, reflexiones sobre su surgimiento y desarrollo, ii, 194; formas de esta etiqueta observadas entre los embajadores ingleses y el cardenal Richelieu, 195; creación del cargo de maestro de ceremonias, 196; absurdas puntualidades relacionadas con ella, ilustradas a partir del Diario de Sir John Finett, 196-204.

Evelyn, su estilo de composición, ii, 88; elogios que merece por su obra Sylva, 152; su diseño para los emblemas de la Real Sociedad, 411, y nota.

Eventos que no han ocurrido, ii, 428-438.

Excomunión por parte de los papas, terribles consecuencias de ella, ii, 84.

Documentos de Fairfax, curiosa descubrimiento de ellos, i, 24, nota.

Fairfax, Sir Thomas, anécdotas sobre él y su familia, ii, 461-474.

La fama, despreciada, 66.

Espíritus familiares, se cree en la posibilidad de comunicarse con ellos, i, 27, 28, 280.

Fanshaw, Sir Richard, su oda sobre el rey que ordena a la nobleza residir en sus propiedades, iii, 369-371.

Page 684

Bromas, antiguas, reprobables, pero su gracia y humor no son despreciables, i. 358; habituales entre los romanos después de una obra seria, ii. 131.

Modas. —Véase Modas literarias. Anécdotas sobre su origen, cambios y excesos, i. 216-230; introducción de las modas francesas, 227, 228; registradas por Stowe, 225; las modas francesas prevalecieron durante el reinado de Carlos II, 228; información sobre las modas modernas, 229; versos que condenan tales prácticas, 230; eran costosas durante los reinados de Enrique VII y VIII, ii. 36.

Fiesta de los Tontos, ii. 31.

Fiesta de los Asnos, ii. 31.

Felton, John, el asesino del duque de Buckingham, sus motivos para cometer el acto, ii. 371; su entrada triunfal en Londres, 372; un anagrama con su nombre, 373; su arrepentimiento, ib.; su carácter, 374; su familia, ib., y nota; proposiciones encontradas en su baúl, 375; historia del notable papel escrito encontrado en su sombrero, ib., nota; respuesta a una amenaza de tortura, 376; poema dirigido a él, 378.

Belleza femenina y adornos, opiniones y prácticas de diversos pueblos al respecto, i. 211.

Fénelon, su carácter jansenista, i. 373; su admiración por Homero, iii. 339.

Costumbres y derechos feudales, lo bárbaro, los primeros intentos de organizar la sociedad, i. 183; servidumbre de la tierra, 184; derechos de las doncellas, ib.; tutela, 185.

Page 685

Señores alemanes con privilegios para saquear en las carreteras, ib.; anécdota de Geoffrey, señor de Coventry, ib.; anécdotas sobre el abuso de los derechos y poderes feudales, 186, 187.

Filbert, origen del nombre, ii. 157, y nota.

Filchers, literarios, iii. 316-319.

Filicaja, un soneto sobre ella, iii. 197, traducido, ib.

Finett, Sir John, maestro de ceremonias de Carlos I. —Véase Etiqueta.

El fuego, en las edades primitivas, como señal de respeto, ii. 16; venerado como divinidad, ib.; símbolo de majestad, ib.; antiguas costumbres relacionadas con él, ib.

Fuegos artificiales, desconocidos en la antigüedad, ii. 15; su época de aparición, 17; originados por los florentinos y sieneses, ib.; su uso se extendió a Roma, ib.; exhibición en París, 18.

Flap-dragons, ii. 298.

La pulga, colección de poemas sobre ella, i. 304.

Regalos florales, negados por los capitulares de Toulouse a Maynard, poeta francés, i. 437.

La flagelación, tema de discusión que llevó a Roger Ascham a escribir su obra “Schoolmaster”, i. 87.

Flores y frutos, elogio a quienes introdujeron especies exóticas, ii. 151; Peirese y Evelyn, ib.; Hartlib.

Page 686

153; entusiasmo demostrado por quienes los trasplantaron, ib.; mención de muchos introducidos por personas concretas, 154; origen de los mismos, distinguidos por sus nombres, 155; orgullo legítimo de quienes los introdujeron, 156, 157.

Falsificaciones e invenciones, políticas y religiosas, iii. 144; ejemplos históricos, 145-150; literarias, iii. 304-319.

Formosa, la pretendida historia de Psalmanazar sobre ella, i. 136, nota.

Foscolo, Ugo, su opinión sobre los títulos de las academias italianas, ii. 490.

Fourmont, el erudito oriental, anécdota sobre él, iii. 396.

Los Actos y Monumentos de Fox, iii. 239.

Amistades entre hombres literarios, anécdotas interesantes al respecto, ii. 55-59.

Franklin, Dr., experimentos con el rayo, ii. 413.

La Revolución Francesa, un comentario sobre la inglesa, iii. 489.

Los Frondeurs, organizados por el cardenal de Retz, iii. 83.

Los Fugger, una familia adinerada de comerciantes, i. 6, y nota.

Honores funerarios rendidos a sus reyes por los godos y hunos, i. 196.

Page 687

Galileo, condenado a negar sus propias opiniones, i. 28; sus anotaciones sobre Tasso, ii. 444.

Jugadores, memorias de personajes célebres, i. 190.

El juego, una pasión universal, i. 187; tratados sobre él, ib.; entre las naciones del Oriente, 188, 189; los antiguos, ib.; descripción de una casa de juego en 1731, ib.

Jardines medievales, ii. 154, nota; introducción gradual de frutas y flores, 151-157.

Gas, origen de la palabra, iii. 282.

Gayton, Edmund, sus agradables notas sobre Don Quijote y otras obras, i. 139, nota.

Gemara: véase Talmud.

Genio, desigualdades en el genio, i. 88; personas de gran genio deficientes en el arte de la conversación, 103; persecución moderna contra quienes tienen gran genio, 197.

Gerbier, Sir Balthazar, agente confidencial del Duque de Buckingham, ii. 358; reseñas de sus Memorias, 359-369; su relato de los preparativos para el asedio de Rochelle, 368.

Gestos significativos, utilizados por los antiguos y por los napolitanos modernos, ii. 119, nota.

Gethin, Lady Grace, su estatua en la Abadía de Westminster, ii. 270; sus papeles recopilados y publicados bajo el título de Reliquiæ Gethinianæ, 271; carácter del libro, ib.; elogios de Congreve hacia ella.

Page 688

Líneas en, ib.; su autenticidad cuestionada, 272; sus consideraciones sobre la elección de un esposo, 273.

Fantasmas, teoría de los mismos, iii. 287, 288.

Giannone, su Historia de Nápoles, iii. 184; amenazado por la Inquisición, 185; murió en la ciudadela de Turín, ib.

Gibbon, su método de estudio útil para los estudiantes, ii. 89.

Gill, Alexander, juzgado por la Cámara Estelar, ii. 373.

Guantes: se supone que son mencionados en el Salmo 108, i. 235; descripción de ellos por Jenofonte, ib.; mencionados por varios escritores antiguos, ib.; su uso era universal en el siglo IX, 236; regulaciones relativas a ellos, ib.; se empleaban en ocasiones solemnes y importantes, como las investiduras, ib.; a los abades se les prohibía usarlos, ib.; bendición de los guantes, 237; la privación de ellos era señal de degradación, ib.; uso de los guantes para comunicaciones secretas, ib., nota; uso de los guantes para transportar halcones, 238; anteriormente estaban prohibidos a los jueces, ib.; anécdota singular sobre ellos, ib.; existían desde tiempos antiguos en la familia Denny, 239.

Dinero para guantes, i. 238.

Goff, Thomas, poeta trágico; ejemplos de sus obras, ii. 42.

Gondoleros de Venecia: descripción de cómo recitaban los versos de Tasso y Ariosto, i. 388.

Page 689

Gough, el anticuario, anécdota sobre él, iii. 319.
Gray, pérdida de sus manuscritos, ii. 451.
Grotius, relato de su vida y estudios, i. 129, 130.
Grub-street Journal, extracto de él, ii. 492; sus autores, ib., nota.
Guelfos y güibelinos, iii. 89.
Gueux, iii. 81.
Guibert, predijo la Revolución Francesa, iii. 300.
Guicciardini, su historia publicada póstumamente, iii. 180; las primeras ediciones de sus obras fueron modificadas, ib.; continuación de su historia por Adriani, ib.
La culpa, juicios y formas de demostrarla en las épocas supersticiosas, i. 161-166.
Los viajes de Gulliver, relato sobre la primera edición, i. 320, nota.
El cabello, preferencias tempranas en cuanto al color, ii. 33, y nota.
Halifax, marqués de, sus memorias manuscritas fueron suprimidas, ii. 447.
Hall, obispo, su creencia en brujas, iii. 293, y nota.
Halley, anécdota sobre su perseverancia y sagacidad, iii. 411.

Page 690

Hamilton, Elizabeth, su serie proyectada de biografías comparativas, iii. 424.

Hans Carvel, origen de la historia de Prior, i. 111.

Hardi, un autor trágico francés, ii. 41.

Arlequín, su origen italiano, ii. 117; convertido en mago por los ingleses, ib.; el personaje es esencialmente italiano, 118; tratados escritos sobre él, 121; un mimo romano, ib. y nota; su origen clásico, 123, nota; su degeneración, 125; su renovación bajo la mano de Goldoni, ib.; mejorado hasta convertirse en un ingenioso personaje en Francia, ib.

Hartlibb, Samuel, coleccionista y editor de manuscritos sobre horticultura y agricultura, ii. 153.

Harvey, su descubrimiento de la circulación de la sangre, iii. 412.

Hazlerigg, Sir Arthur, “un hombre absurda y audaz”, líder violento del Parlamento de la Rama, iii. 487.

El corazón de un amante, historia de, i. 233, 234.

Las duras horas de los hombres literarios, i. 392.

Infierno, Purgatorio y Cielo, descripciones topográficas de ellos, i. 202; tratados sobre ellos, 204, 205.

Hemon de la Fosse, un politeísta moderno, ejecutado en 1503, i. 216.

Page 691

Henrietta, reina de Carlos I, su carácter, ii. 337; anécdota ilustrativa de ella, ib.; después de la Restauración, 338; diversas descripciones de su persona, ib.; su contrato con el Papa, 339; relato de su viaje a Inglaterra para casarse, 340; su establecimiento en Francia, 341; anécdota sobre el comportamiento de su confesor, 342; el despido de sus acompañantes franceses, 345; el grado de influencia que se supone que tenía sobre su esposo, 348.

Enrique VII, anécdota sobre él, ii. 10.

Enrique VIII, anécdota sobre él, ii. 10; su proclamación contra la lectura de la Biblia en inglés, iii. 373, nota.

Enrique, príncipe, hijo de Jacobo I, anécdota sobre él, iii. 186-194.

Enrique, el historiador inglés, con referencias vagas y generales, ii. 418.

Herejes, una clasificación de ellos, i. 350.

Hermippus Redivivus, un curioso juego de palabras, i. 320.

Heylin, escritor popular, fallecido en 1662, iii. 215; sus biógrafos rivales, 216-221; su Historia de los puritanos y presbiterianos, 239.

Juramento del Alcalde Mayor, excepciones planteadas por Sir Edward Coke, iii. 446.

Historia de acontecimientos que no han ocurrido, un buen título para un libro curioso, ii. 428; historia especulativa

Page 692

de la batalla de Worcester, si hubiera terminado
diferentemente, 429; una historia de este tipo en Livio, ib.;
temas para ella, 430-438.

Historia de las palabras nuevas.—Véase Neología. De
la opinión reprimida, iii. 150-163; de los maestros
de escritura, 167-177.

Historiadores, observaciones sobre sus infidelidades, i. 191;
italianos, elogiados, iii. 177; notas sobre los más
celebrados, 180-186; escribieron para la posteridad, 182, 183;
destino de Giannone, que publicó en vida,
185; observaciones sobre ellos, 186.

Holyday, Barton, autor de la comedia “El matrimonio
de las artes”, ii. 43.

Home, autor de la tragedia “Douglas”,
perseguido por haberla compuesto, i. 197.

Homero, nota sobre sus detractores, i. 24;
profundo conocimiento de historia, geografía, artes,
ciencias y cirugía que se le atribuye, 303.

Hudibras, ataques contra Butler, su autor, ii. 491;
varios relatos sobre el origen del personaje,
492; indecencia evitada en él, 493; epitafio al
autor, ib.; ataques contra el carácter de Butler, 494;
y su defensa, 495.

Hugh de Lincoln, leyenda sobre él, iii. 145, nota.

Hugonote, origen del término, iii. 82.

Hume, su descuido en la investigación, iii. 368.

Page 693

Humphrey, Duque, origen de la expresión “cenar con”,
ii. 169, nota.

Hurd, Obispo, su propuesto libro de paralelos, iii.
425.

Himnos compuestos sobre melodías populares, ii. 149, nota.

La ociosidad castigada entre los antiguos, i. 199, 200.

Ikon Basilike; sus posibles efectos de haber aparecido una semana antes, ii. 435.

Ilíada, en resumen, i. 275.

Destruyentes de imágenes, proclamación de Isabel contra ellos,
iii. 375, 376.

Imitadores, magistros en su arte, i. 258, 261.

Imitaciones de Cicerón, i. 67; los versos religiosos de Le Brun sobre Virgilio y Ovidio, ib.; el poema de Sannazario *De Partu Virginis*, 68; Arruntio, un antiguo imitador de Sallusto, ib.; imitaciones modernas, ib.; anécdota árabe, 69.

Imitaciones y similitudes, ejemplos poéticos variados y curiosos, ii. 92-110.

Los independientes, su intolerancia, iii. 85.

Índice de libros prohibidos, ii. 216; índice expurgatorio, ib.; la Congregación encargada de él, ib.; reimpreso por los herejes con anotaciones, 217; efecto de este índice en el aumento de las ventas de libros, 219.

Índices, observaciones de Fuller sobre ellos, i. 72.

Page 694

Influencia de un nombre, ii. 65-75.

Inghirami y las antigüedades etruscas falsificadas, iii. 307.

Inigo Jones, su excelente sistema para exhibir máscaras, iii. 12, 13.

Tinta: inferioridad de la moderna, ii. 29; diversos tipos utilizados en la antigüedad, 30.

Inquisición: establecimiento de ella en Toulouse, i. 166; en España, 167; primeros procedimientos de la misma, ib.; la taciturnidad de los españoles atribuida a ella, ib.; anécdotas relacionadas con ella, 168-170; historia de la misma según Orobio, 167.

Intemperancia en el estudio, i. 8.

Introducción de flores, frutos, etc. exóticos, ii. 151, 157.

Irlanda, W. H.: sus falsificaciones shakespearianas, i. 137, nota.

Color isabelino: origen del término, i. 217.

Italianos: su genio nacional dramático, ii. 118.

Historiadores italianos, iii. 177-186.

Letra itálica: introducción de esta, i. 77; anteriormente llamada Aldine, 78.

Jacquerie, iii. 82.

Jaime I dio crédito a la fisonomía, i. 149; injusticias cometidas contra su carácter por su ingenio, 156.

Page 695

Distinguido como Rey Jacobo, 462; su discurso como embajador, 463; la limpieza de su corte, ib.; su afeminamiento, ib.; su carácter en general, ib.; su incompetencia en los entretenimientos, 464; su pedantería, 465; relato de su muerte, 466; resultados de las investigaciones posteriores del autor sobre su carácter, 467; su comportamiento respecto a la expedición de su hijo a España, ii. 2; sus objeciones a la promoción de Laud, iii. 297; su carácter difamado, 333; su atención a la educación de sus hijos, ib.; su comportamiento hacia su esposa, 334-337.

Jacobo II mantuvo un diario, ii. 214.

Jamet l’Aîné propone editar una nueva edición del Diccionario de Trevoux, iii. 232.

Los jansenistas, los metodistas de Francia, i. 373; causan que se compile un Diccionario Biográfico dedicado a su causa, en oposición a la de L’Avocat, ib.; ejemplos de este diccionario, 373, 374; sus maldiciones nunca fueron “legados caducos”, 375.

Jerusalén: crónica árabe sobre ella, solo valiosa a partir de la época de Mahoma, i. 191; varias partes traducidas por Longuerue, ib.

Los jesuitas: un senado formado por ellos, enviado por Segismundo, rey de Suecia, para representarlo en Estocolmo; fueron destruidos mediante una estratagema, i. 231-233.

El tabaco de los jesuitas envenenado, ii. 442, nota.

Page 696

Judíos de York, historia de su autodestrucción, ii. 75-79.

Predicadores jocosos, i. 251-258.

Jodelle, Etienne, primer autor de la tragedia francesa, ii. 40.

Johnson, Dr., su original Memorando de indicaciones para la vida del Papa, ii. 380-382.

Jonson, Ben, descripción de él por Fuller, i. 380; su arrogancia, 381; se cita su oda sobre la mala recepción de su obra “The New Inn”, 382; oda de Owen Feltham en respuesta, 383; oda consolatoria de Randolph dirigida a él, 385; su poema sobre la traducción, ii. 501; empleado en máscaras cortesanas, iii. 6-8, 12.

Joseph Vella, fingió haber recuperado diecisiete de los libros perdidos de Tito Livio, i. 135; fue patrocinado por el rey de Nápoles, ib.; fue descubierto y encarcelado, 136.

Diarios. —Véase Diarios literarios.

Periodista público, cualidades indispensables de uno, i. 16.

Combates judiciales, anécdotas sobre ellos, i. 162, 163.

Reyes, observaciones de San Crisóstomo sobre ellos, i. 173; dispuestos a recibir ayuda, pero no a ser superados, 174; anécdotas sobre ellos, ib.; observaciones del duque de Alba y del Dr. Johnson sobre ellos, 176; honores divinos concedidos a ellos, 179; destronados, 181; anécdotas sobre ellos y sus

Page 697

familias, en la desgracia, 181, 182; descendientes de ellas, encontrados entre los más humildes de la población en los países conquistados, 183; honores funerarios prestados a ellos por los godos y hunos, 196.

Kirk, Coronel, autor de la horrible historia sobre él, narrada por Hume, iii. 148.

Besar las manos, costumbre entre los antiguos como acto de adoración, ii. 81; utilizada por los obispos primitivos, ib.; decayó con el paganismo, ib.; era común en Roma, 82; considerada un deber esencial bajo los emperadores, ib.; practicada en todos los países conocidos, ib.

Knox, John, su política maquiavélica, iii. 242; sus opiniones sobre la tolerancia, 251; sus predicciones, 277, 278.

Lambe, Dr., un mago, asesinado en las calles de Londres, ii. 364; multas impuestas a las compañías de la City como consecuencia, ib., nota.

La Mothe Le Vayer, un gran citador, ii. 417.

Lámparas perpetuas, i. 243; posibilidad de su existencia, ib.; los rosacruces, ib.

La Rue, i. 257.

Latimer, Obispo, sermones curiosos suyos, i. 256 y nota; su historia juvenil, ii. 39, nota.

Latour du Chatel, un colaborador descuidado para el Diccionario de Trevoux, que logra la mediación de

Page 698

El gobierno francés, iii. 231.

Lauder, William, supuesta detección de plagios de Milton, i. 137, y nota.

Galardonados, esbozo de su historia, i. 454; antiguos, ib.; Petrarca, el primero moderno, ib.; títulos concedidos a ellos, ib.; fórmula empleada para conceder el título, 455; sus honores desacreditados en Italia, ib.; Querno coronado en broma, ib.; honores otorgados por Maximiliano I, 456; honores aún concedidos en Alemania, ib.; desconocidos entre los franceses, ib.; nombramiento de ellos en España, ib.; en Inglaterra nunca coronados solemnemente, 457; salario de ellos en Inglaterra, ib.

Lazzaroni, iii. 82.

Lazzi, pieza dramática, ii. 128.

La Liga, su pretexto y su causa, iii. 142, 143.

Hombres eruditos, persecución contra ellos, i. 27; pobreza de ellos, 29; encarcelamiento de ellos, 35; entretenimientos de ellos, 38.

Le Clerc, antagonista de Bayle y autor de tres Bibliotecas: la Universal y Histórica, la Seleccionada y la Antigua y Moderna, i. 15.

Le Fevre, Nicholas, edición de sus obras por Lenglet du Fresnoy, iii. 249, y nota.

Leyendas, origen de ellas, i. 89; Leyendas Doradas, 90; de los Siete Durmientes, 91; relato de varias, 92, 93; Leyendas Doradas, repletas de indecencias religiosas, 366; de Santa María la Egipcia, ib.

Page 699

Leibniz, su admiración por Argenis de Barclay, iii. 339; anécdota sobre él, iii. 455.

Lenglet du Fresnoy, su “Método para estudiar la Historia”, iii. 221; su carácter peculiar, ib.; historia de su Método, 222, 224, y nota, ib.; su historia literaria, 224; creyente en la alquimia, 225; sus aventuras políticas, 227.

Le Kain, anécdota sobre él, i. 251.

León X, motivo de su proyecto de alianza contra los turcos, iii. 142.

L’Estrange, Sir Roger, firme partidario de Carlos II, i. 159; sus Fábulas de Esopo, 160.

Lettres de Cachet, inventadas por el padre Joseph, confesor de Richelieu, iii. 196.

Calumnias, medio singular utilizado para descubrir al autor de una, ii. 314.

Calumnias contra el duque de Buckingham, ii. 365-370.

Libertad de prensa, restricciones a ella, ii. 216-227; su libertad no comenzó hasta 1694, 227; reflexiones sobre ella, 228. —Véase Censores.

Bibliotecas, i. 1; famosas bibliotecas egipcias y romanas, 1-3; bibliotecas públicas en Italia e Inglaterra, 3, 4; en Francia y Alemania, 6, 7; uso de luces en ellas, 7; la biblioteca del Apolo Palatino destruida por el papa Gregorio VIII, 50; en Bohemia, destruida por los jesuitas, ib.; destrucción de bibliotecas bajo Enrique VIII, ib.

Page 700

Astronómicos, en el arca de Noé, 303; irlandeses, antes del Diluvio, ib.; los de Adams, ib.; opinión moderna sobre su utilidad, iii. 345.

Licenciantes de la imprenta. —Véase Censores.

Luces, en las bibliotecas públicas, ordenadas en Francia por Carlos V., i. 6; objeciones contra ellas, 7.

Lilly, el astrólogo, notas sobre él, i. 280-283; su gran obra, 282; un bribón exquisito, ib.

Obras lipogramáticas, i. 293.

Lipsius, Justus, sus opiniones sobre la tolerancia, iii. 253.

Errores literarios: un par de casos lexicográficos, i. 305; ejemplos curiosos, 320-327.

Composición literaria, ii. 85-92.

Controversias literarias: ejemplos de la forma en que las manejó Lutero, i. 308; la forma en que las manejó Calvino, 309; Beza imita el estilo de Calvino en ellas, 310; opinión del obispo Bedell al respecto, ib.; la forma en que las manejaron los padres de la Iglesia, ib.; groserías utilizadas en ellas, 311; las de los nominalistas y realistas, 312.

Modas literarias, ii. 113; aplausos para una obra supuestamente escrita por un hombre célebre, ib.; notas sobre diversas modas, ib.; amor por todas las modas, 114; La Reina de las hadas de Spenser se convirtió en una de ellas, ib.; la traducción de tragedias griegas, una de ellas, ib.; las de el siglo XVII, 115; las de la época de Carlos I, ib.; las de Carlos II y de tiempos más recientes, ib.

Page 701

Folletos literarios, ejemplos de diversas composiciones fantásticas en verso, i. 293-307; extrañas investigaciones realizadas en tiempos antediluvianos relacionadas con ellos, 301-303; anécdota sobre una persona maliciosa, ibíd.; diversas anécdotas al respecto, 301-307.

Falsificaciones literarias, por el Dr. Berkenhout: una carta de Peele a Marlow, i. 380; por George Steevens, iii. 297; historia de una de ellas, 299, 300; por Horace Walpole, 302; anécdota de Steevens y Gough, 303, 304, y notas; por De Grassis, ibíd.; por Annius de Viterbo, 305, y sus consecuencias perjudiciales, ibíd.; Sanchoniathon, 306; sobre antigüedades etruscas, ibíd.; los falsos Decretales de Isidoro, 308; en el libro de oraciones de Colón, ibíd.; en el Virgilio de Petrarca, ibíd.; por el Duque de la Vallière, 309; por Lauder, 310; por Psalmanazar, 311.

Amistades literarias, ii. 55-58.

Imposiciones literarias, anécdotas curiosas al respecto, i. 260, 261.

Imposturas literarias, i. 132; por Varillas, el historiador francés, ibíd.; supuestas por Gemelli Carreri, pero posteriormente descubiertas como verdaderas, ibíd.; relato de Du Halde sobre China, 133; Los viajes de Damberger, ibíd.; títulos de obras anunciados por el historiógrafo Paschal; sus obras al momento de su muerte sumaban seis páginas, ibíd.; por Gregorio Leti, ibíd.; falsificaciones de Los testamentos políticos, ibíd.; traducciones falsas, 134; Los viajes del rabino Benjamin, ibíd.

Page 702

Por Annius Viterbo, ib.; por Joseph Vella, quien fingió haber recuperado diecisiete de los libros perdidos de Tito Livio, 135; por Medina Condé, 136; por George Psalmanazar, ib.; por Lauder, 137; por Ireland, ib.; por un erudito hindú, ib.; anécdotas relacionadas con ellos, 138.

Revistas literarias, i. 12; surgieron con el Journal de Sçavans, de Denis de Sallo, consejero en el Parlamento de París, 13; Nouvelles de la République des Lettres, publicada por Bayle en 1684; continuada por Bernard y posteriormente por Basnage en su Histoire des Ouvrages de Sçavans, 15; Bibliothèques Universelle et Historique, Choisie, y Ancienne et Moderne, de Le Clerc, ib.; Giornale de Litterati d’Italia, de Apostolo Zeno, ib.; Bibliothèque Germanique, 16; Bibliothèque Britannique, ib.; Journal Britannique, del Dr. Maty, ib.; reseñas realizadas por Maty, jun., 16; Mémoire des Trévoux, ib.; Journal Littéraire, ib.; Memoirs of Literature and Present State of the Republic of Letters, la mejor obra inglesa temprana al respecto, ib.; publicación mensual, ib.

Lollardos: se impuso un juramento contra ellos a los alguaciles hasta el reinado de Carlos I, iii. 447; dicho juramento fue abolido debido a las opiniones políticas de Coke, ib.

Longolius, o Longueil, compuso una comparación biográfica entre Budæus y Erasmo, iii. 425.

Lorenzo de’ Medici: efectos de su muerte, ii. 436.

Page 703

Luis VIII, anécdota sobre la causa de su muerte, ii. 32.
Luis XI, anécdota sobre él, ii. 10, 11.
Luis XII, causa de su muerte, ii. 34.
Luis XIV, eligió a sus cortesanos según las reglas de la fisonomía, i. 148; algunas observaciones sobre su verdadero carácter, ii. 449; pasajes suprimidos en sus instrucciones para el Delfín, 450.
Luis L’Abé, la Aspasia de Lyon, i. 362; escribió la obra “El amor y la locura”, ibíd.
Los lobos hombres, iii. 293.
Luculo, descripción de su biblioteca, i. 3.
Lucas, Sir Samuel, el verdadero prototipo de Hudibras, ii. 491, y nota.
Lunsford, coronel, acusado de canibalismo, iii. 149, nota.
Lutero, Martín, observaciones sobre sus escritos controvertidos y extractos de ellos, i. 308, 309; caricaturas de él, 309, nota; su carácter jansenista, 374; anécdota sobre él, de Guicciardini, ii. 479, 480; su conducta política, iii. 144.
Duque de Luynes, su origen, ii. 11.
El lujo en la vestimenta, opinión de un antiguo dramaturgo al respecto, iii. 400; doctrinas de la economía política relacionadas con ello.

Page 704

401; excesivo entre nuestros antepasados, ib.; el Paso de Sandricourt, 402-405; ruinoso durante los reinados de Isabel, Jacobo I y Carlos I, 405.

Mabbe, James, traductor de “Guzman” y “Celestina”, obras teatrales españolas, ii. 501; versos de Ben Jonson en su alabanza, ib.

Maquiavelo descubrió el secreto de la historia comparada, iii. 179.

Mackenzie, Sir George, reseña de su Tratado sobre la soledad, ii. 50.

Canción loca, ejemplar de una antigua, ii. 315.

Magia, casos de muchos eruditos acusados de ella, i. 27-29; Salomón considerado un experto en ella, 122.

Magius, Charles, un noble veneciano, iii. 136; sus viajes y aventuras contenidos en un volumen de grabados, ib.; descripción detallada de él, 137-141.

Magliabechi, Anthony, célebre por su gran conocimiento de libros, i. 394; descripción de él y de su modo de vida, 394-397.

Maii, el descubridor del tratado de Cicerón De República, i. 18, y nota.

Maillard, Oliver, un famoso cordelero y predicador, i. 252.

Duque de Maine, fundó el Journal de Trévoux, iii. 230; y el Diccionario de Trévoux, ib.

Page 705

Maintenon, Madame de, se casa con Scarron, i. 424;
corrige su estilo, ib.

Malherbe, su amor por Horacio, iii. 340.

Malignantes, iii. 86.

Hombre de un solo libro, iii. 337-340.

Mandrágora, i. 246.

Modales, anécdotas europeas, ii. 30-39;
domésticos, entre los ingleses, 42-44.

Manuscritos, más valorados por los romanos que los vasos
de oro, i. 2; dos mil recopilados por
Trithemius, abad de Spanheim, fallecido en 1516, 7;
recuperación de ellos, 17-24; de los clásicos, desatendidos
y mutilados por los monjes, 18; búsquedas de ellos
durante la restauración de las letras, 19; grandes cantidades
importadas desde Asia, 20; los de Quintiliano descubiertos
por Poggio bajo un montón de basura, ib.; los de Tácito
encontrados en un monasterio westfaliano, ib.; el código de
Justiniano hallado en una ciudad de Calabria, ib.;
pérdida de ellos, ib.; uso indebido por parte de eruditos, 22;
anécdotas sobre ellos, 22-25; los de Galileo, parcialmente
destruidos por el confesor de su esposa, 28; antiguos,
frecuentemente adornados con retratos de los autores, 42;
destrucción de ellos durante la Reforma, 51; los del
lord Mansfield destruidos en los disturbios de 1780, y los
del dr. Priestley por la multitud en Birmingham, 53;
pérdida de muchas cartas de lady Mary Wortley Montagu,
54; pérdida de cartas dirigidas a Peiresc, ib.; de

Page 706

Leonardo da Vinci, ib.; anécdotas sobre manuscritos de varias obras célebres, 375-377; descripción de los antiguos adornos de ellas, ii. 28; de las versiones del Papa de la Ilíada y la Odisea, 110; de Sir Matthew Hale, legadas a Lincoln’s Inn para evitar su mutilación por parte de quienes controlaban la imprenta, 220; esclavos empleados para copiarlos, 398; de La Visión de Alberico, conservada en la biblioteca real de París, 422; de las anotaciones de Galileo sobre Tasso, 444; destrucción de las de Hugh Broughton por parte de Speed, 445; destrucción de las de Leland por parte de Polydore Vergil, ib.; deterioro de las del Harleian, 446; supresión de una relativa a Sixto IV por parte de Fabroni, ib.; supresión de las del Marqués de Halifax, 447; supresión de los manuscritos con memorias del Conde de Pulteney y del Conde de Anglesea, ib.; anécdotas sobre la supresión de varios de ellos, 448-452; quienes los mutilaron, 448; de las de Oldys, iii. 493.

Marana, John Paul, autor de El espía turco, i. 377-379.

Mármol, que representa formas naturales, i. 244-247.

Mare Clausum, escrito por Selden como respuesta a Mare Liberum de Grotius, ii. 80; copias conservadas en el tesoro público y en la Corte de Almirantazgo, ib.

Títeres, mejorados por los ingleses, iii. 238.

Page 707

Marlborough, el gran Duque de (véase Blenheim); información sobre su riqueza, iii. 108.

Marolles, Abbé de, un escritor extremadamente mediocre, i. 350; escribió sus propias memorias, 351; buenos consejos en el posdata de la carta dedicatoria de esa obra, ib.; sus memorias, ii. 538; anécdota sobre él y De L’Etang, un crítico, 539; reseñas de sus obras voluminosas, ib.; su magnífica colección de grabados, 541.

Marot, Clement: su carácter, ii. 474; su traducción de los Salmos, ib.; cantados al ritmo de baladas populares, 476; sus Salmos se convirtieron en algo de moda, 477; edición publicada por Theodore Beza, con música, ib.; sus Salmos fueron declarados luteranos, y él mismo se vio obligado a huir a Ginebra, ib.

El libro “Mar-Prelate”, suprimido, ii. 453.

Máscaras, usadas por actores italianos, ii. 124.

Massinger, estudiante del teatro italiano, ii. 138.

Máscaras: reseñas de las magníficas que existían en tiempos de Carlos I, ii. 327; la máscara de despedida del Duque de Buckingham, 369; conceptos erróneos de los comentaristas sobre ellas, iii. 5; su verdadera naturaleza, 7, 8, 9; descripción de la máscara “Noche y las Horas”, 10; su ruina final debido a su esplendor en la corte de Luis XIV, 13, nota.

Massillon, i. 250.

Page 708

Maestro de ceremonias, creado por Jacobo I, ii. 196.

Imitadores magistrales, i. 258-261.

El matrimonio, considerado en relación con los hombres eruditos, i. 332-334; opiniones de Sir Thomas Browne al respecto, 335; no confirmadas por sus acciones, ib.

Maximiliano I funda un colegio poético en Viena, i. 456.

Horarios de las comidas, ii. 315.

Medalla acuñada por los católicos para conmemorar la masacre de los hugonotes, iii. 249.

Medallas satíricas, utilizadas como dinero durante las Saturnalias, iii. 151; aplicaciones modernas de estas medallas, 158-160.

Medicina y moral, consideraciones sobre su relación, ii. 464-469; relación entre la mente y el cuerpo, 470.

Medina Conde falsifica documentos e inscripciones en beneficio de la Iglesia, i. 136; vendió un brazalete al embajador de Marruecos, como parte del tesoro del último rey moro, aunque en realidad lo había fabricado él mismo, ib.

Memorias, observaciones sobre su interés en comparación con la historia, i. 462.

Mendelssohn, anécdota sobre él, i. 392.

Page 709

La mendicidad, castigada entre los judíos y las naciones de la antigüedad, i. 199, 200; primero fue objeto de comercio por parte de esclavos cristianos liberados, 201; el castigo por ella en China, 202.

Menot, Michael, un predicador célebre, ejemplos de sus sermones, i. 256.

Trastornos mentales, modo singular de curación de los mismos, ii. 466; anécdotas notables al respecto, 468-470.

Metempsicosis, doctrinas relacionadas con ella, defendidas en la época actual, i. 192; concepto que existía desde hacía tiempo en Grecia antes de la época de Pitágoras, ib.; enseñado por los egipcios, ib.; practicado por muchas naciones orientales y por los druidas, ib.; sistema galo relacionado con ella, explicado por Sharon Turner, 193; creencia en México, 194; descripción de la misma hecha por Plutarco, ib.

Miguel Ángel, anécdota sobre él, i. 258.

Mignard, un pintor célebre, anécdota curiosa sobre él, i. 258, 259.

Milton, su controversia con Salmasius y Morus, llevada a cabo mediante insultos mutuos, i. 152, 153; criticado de forma absurda por Bentley, 370-373; debió su primera idea de Paraíso Perdido a Andreini, ii. 141; sus obras sufrieron las consecuencias tanto por parte de los censores realistas como de los republicanos, 223; su Areopagitica, 225; un pasaje de su Historia de Inglaterra fue suprimido, pero se conservó en un panfleto, 448; su Comus logró evitar la destrucción.

Page 710

Papeles de Bridgewater, 451; la historia de él y la dama italiana, probablemente una invención de George Steevens, iii. 299; copiada de una historia francesa que supuestamente data del siglo XV, 300.

Facturas de sombrereros, antiguas y modernas, ii. 39.

Mimos: el arquimimo siguió el cortejo fúnebre de Vespasiano, iii. 120.

Mimos, una raza insolente de bufones, ii. 120; arlequín, un mimo romano, 121, y nota.

Ministros: origen del término aplicado a los pastores de las iglesias cristianas, i. 128; palacios construidos por ellos, descripciones de varios, iii. 186-192; observaciones de Sir Robert Walpole sobre la imprudencia de construir tales edificios, 193; sin embargo, él mismo construye uno, ib.

Ministriles, antiguos y modernos, carteristas, ii. 146, nota.

Mishná, véase Talmud.

Misales, sus adornos excesivos, i. 366.

Historias y tramas modernas, muchas de ellas derivadas del Oriente, i. 111, 112.

Maneras de saludar en diferentes naciones, ii. 12.

Monje: anécdota sobre él y su esposa, i. 468; su comportamiento hacia Carlos II al desembarcar este, iii. 389.

Page 711

Montagu, Lady Mary Wortley, supresión de sus manuscritos, ii. 450.

Montfleury, un actor francés, su muerte, i. 248.

Montluc, obispo de Valence, sus negociaciones para la elección del duque de Anjou como rey de Polonia, iii. 349-362.

Morales, véase Misterios y Morales.

La moralidad de “Every Man”, mencionada por Percy en relación con el género trágico, ii. 278.

More, doctor, sus extravagantes opiniones platónicas, i. 216.

Morus, la controversia entre Salmasius y Milton, continuada con insultos mutuos, i. 153.

Música, uso de ella para detectar alteraciones en la voz, i. 151; influencia de la música en la cura de enfermedades, 269-271; efecto de la música en los animales, 272-274.

Mutilaciones comúnmente practicadas en la Edad Media, ii. 311.

Misterios antiguos, nota bibliográfica sobre aquellos que se imprimieron, i. 352, nota; uno que aún se representa en Baviera, i. 360, nota.

Misterios y Morales introducidos por peregrinos, i. 352; posteriormente, actores especializados en ellos, 353; representados en llanuras abiertas, ib.; indulgencias concedidas a quienes los asisten, ib.; en Chester, ib.

Page 712

Anécdotas singulares sobre un misterio, 354;
Ejemplos de misterios franceses, 355;
Observaciones de Bayle y Warton al respecto, 357;
Diferencias entre ellos, ibíd.; Ejemplo de una moralidad, 358; Dramas alegóricos con moraleja, ibíd.;
Pasión de René d’Anjou por ellos, 360; Tres etapas utilizadas para su representación, 361; Anécdota relacionada con un misterio inglés, ibíd.; Moralidad de “Amor y locura”, 362; En Kendal, Yorkshire, iii. 442; Por lo general se representan en la fiesta de Corpus Christi, ibíd., nota.

Nombres, anécdotas relacionadas con ellos y su efecto en la humanidad, ii. 65-75; Ortografía de los nombres propios, ii. 237-239; Nombres de nuestras calles, 239-243.

Significado de los nombres romanos, ii. 75, nota.

Nardi, su historia de Florencia, iii. 181.

Producciones naturales que imitan composiciones artificiales, i. 244-246.

Neal, su relato sobre los no conformistas, iii. 240.

Needham, Marchmont, el gran patriarca de los escritores de periódicos, i. 158; Breve reseña de él, ibíd.

Neología, o la novedad de nuevas palabras y frases; Comentarios al respecto, iii. 23; Diccionario neológico propuesto por Lord Chesterfield, 26; No siempre debe ser condenada, 27; Ejemplos de la introducción de diversas palabras nuevas en francés e inglés, 28-.

Page 713

32; el término “patria”, introducido por el autor,
31; palabras pintorescas, 32.

Nerli, Philip, su “Commentarj de Fatti Civili”, iii.
182.

Newcastle, Margaret, duquesa de, celebrada entre
las esposas literarias, i. 327-337; su relato sobre
el modo de vida de su esposo, ii. 38, 39.

Periódicos, falsificados y utilizados sin sospecha
por los historiadores, i. 156, nota.

Periódicos, originarios de Italia, i. 155; llamados
Gazettas, ib.; el primero fue veneciano, publicado mensualmente,
ib.; circulaba en formato manuscrito, ib.; prohibido por
Gregorio XIII, ib.; el primero en inglés, 156; mucho utilizado
por los ingleses durante las Guerras Civiles de Cromwell,
y notas al respecto, 157-159; origen en Francia,
160; el primero diario después de la Restauración, ib.;
solo uno diario, durante el reinado de la reina Ana, ib.;
unión entre ellos y las publicaciones periódicas literarias,
opiniones expresadas al respecto, ib.

Newton, observaciones sobre él, iii. 413.

Niccoli, Nicholas, fundó la primera biblioteca pública
en Italia, i. 4.

Apodos, uso de ellos por los partidos políticos, iii.
80; ejemplos de muchos de ellos, 81-89; sirven para inflamar
la mente de la gente, 83; de varios parlamentos, 85; efecto
en los ministros, 89.

Page 714

Nobleza, comportamiento de los reyes hacia ella, ii. 11, 12.

Nobles convertidos en críticos, par de anécdotas al respecto, i. 131.

Nominalistas y realistas, i. 312.

Nostradamus, consultado por Catalina de Médici, i. 279.

Novelas, sucesoras de los romances, i. 450; opinión favorable de Adam Smith sobre ellas, ib.

Números, de origen indio, i. 276; introducción de los números árabes, 277; números romanos, ib.; origen de los números romanos, ib.; falsificación de los números árabes, 278.

Oscuridad en el estilo, enseñada por un profesor, i. 401; Licofrón poseía este gusto, 402; defensa de la oscuridad en el estilo por Thomas Anglus, ib.; observaciones de Gravina al respecto, ib.

Vejez, progreso en los nuevos estudios a medida que avanza, i. 98; comentario de Adam Smith sobre la reanudación de los estudios anteriores en la vejez, ib.

Oldys, un anticuario literario, iii. 493; caricatura de él hecha por Grose, 495; liberado de la flota por el duque de Norfolk y nombrado Norroy King at Arms, ib., y nota; autor del poema anacreóntico “Moscas ocupadas, curiosas y sedientas”, 496; colocado en la biblioteca del conde de Oxford, 497; su integridad, ib., y nota; sus trabajos literarios, 497-499; su biografía de Rawleigh, 499; historia de sus dos copias anotadas de

Page 715

Langbaine, 502; destino de sus manuscritos, 503; sus diarios, 504; su disposición a ayudar a otros con sus conocimientos, 506; su Disertación sobre la poesía inglesa recortada por el librero, 507; extractos de sus diarios, 508-511; su intención de escribir una Vida de Shakespeare, 509; anécdota sobre él y el Papa, 511.

Biblia olivetana, iii. 155.

Opiniones, reprimidas, formas de expresarlas en la antigüedad y en la época moderna, iii. 150; en las Saturnalias, ib.; mediante grabados e ilustraciones, 152; antes de la Reforma, 153; ejemplo de la Biblia olivetana, 155; mediante medallas y grabados, 156.

Orquídea, abeja y mosca, i. 245.

Pruebas, i. 161-166.

Los “infiernos” del siglo XVII, ii. 165; descripción de las artes que se practicaban allí, 165-167.

Orobio, su descripción de su encarcelamiento en la Inquisición, i. 167.

Ortografía de los nombres propios, ii. 261; del nombre de Shakespeare, ii. 238, nota; de Sir Walter Raleigh, iii. 111.

Osman, sultán, promueve a su jardinero, ii. 10.

Oxford, Edward Vere, conde de, su historia secreta, ii. 243-245.

Palacios construidos por ministros, iii. 186-192.

Page 716

Palingenesis. Véase Regeneración.

Palmer, el actor, su muerte, i. 249.

Panfletos: esbozo de la historia de Myles Davis, i. 343; origen y surgimiento de los panfletos, 344; uno de ellos supuestamente escrito por Jesucristo, ib.; Alexander Pope denunciado como conspirador en uno de ellos, 345; etimologías de la palabra, 345-347.

Pantomima: versos franceses en su alabanza y traducciones de los mismos, ii. 116; el gusto de Cervantes y Bayle por ella, 116, 117; el arlequín, 119; las pantomimas de los italianos del sur a través de sus gestos, ib.; tratados sobre la pantomima, 121; transmisión de la pantomima desde los romanos, 123; mejoras introducidas por Ruzzante, 124; la historia de un pueblo reflejada en las pantomimas, 125; descripción de los diversos personajes en idioma italiano, 126.

Pantomimos: actores trágicos, generalmente mudos, ii. 120; el gusto de Séneca por ellos, ib.; su influencia sobre el pueblo romano, 121.

Personajes pantomímicos. Véase Pantomima; Massinger y Molière influenciados por ellos, ii. 138; observaciones sobre “Pantalón” de Shakespeare, 139.

Papel: entre los antiguos, ii. 27, 28; introducción en Inglaterra, 29; diferentes tipos de papel moderno, ib.

Paracelso: su receta para crear un hada, iii. 286, 287.

Paraíso Perdido: versiones en prosa y en verso, i. 305.

Page 717

Masacre de París, disculpa por ella, iii. 255-260, 352.

Park, Mungo, su libro interpolado y alterado por su editor, Bryan Edwards, ii. 453.

Parker, obispo de Oxford, iii. 279, nota.

Parodias, anécdota relacionada con ellas, ii. 453; se asemejan a la imitación, 454; no se realizan con intención de burla, ib.; practicadas por los antiguos, 455; parodias antiguas, de Homero, ib.; parodias modernas, 456; parodias dramáticas, anécdotas sobre ellas, 458-460; uso legítimo de las parodias, ib.

Parpaillots, o Parpirolles, iii. 82.

Providencia particular, diversas opiniones al respecto, ii. 428-431; la concesión de un salvoconducto a Lutero por Carlos V., posiblemente un caso de providencia particular, 432.

Pasquin y Marforio, relato sobre ellos, i. 208.

Pasquinas, origen de las mismas y ejemplos de varias, i. 208.

Patrocinadores, trato que dan a los autores, i. 82; anécdotas al respecto, 83, 84; opinión del Dr. Johnson al respecto, 83.

Paulus Jovius, descripción de la casa de campo y de las colecciones de estatuas, libros y retratos que poseía, i. 45; descripción de la villa construida por él, iii. 397.

Pazzi, Cavaliero, fundador de la Accademia Colombaria, ii. 483.

Page 718

Peg-tankards, ii. 296, y nota.

Peiresc, hombre de ocupaciones literarias incesantes y entusiasta de la importación de plantas exóticas, ii. 151; anécdotas sobre él, iii. 409.

Pembroke, Anne, condesa, planeó escribir una historia de su familia, iii. 421.

Perfumes y jabones costosos, introducidos en Inglaterra por el conde de Oxford, i. 225.

Peticiones al Parlamento contra el teatro, ii. 289; peticiones burlonas, ib.

Peticionarios y opositores, iii. 87.

Petrarca, fórmula utilizada en su coronación con la corona de laurel, i. 455; su pasión por la composición literaria, ii. 592; su Laura, iii. 309.

Biografía ilustrada. —Véase Magius.

Pisístrato, el primero entre los griegos en proponer una colección de las obras de los eruditos, i. 2.

Felipe I de España, i. 469; su matrimonio con María de Inglaterra, ib.; solicitó en matrimonio a la reina Isabel, 470; se ofreció a tres cuñadas diferentes, ib.; sus consejos a su hijo, ib.; su lecho de muerte, ib.; su epitafio, 471.

Filosofía, sueños en los albores de ella, iii. 280-290; fantasías mecánicas, 291, 292; búsquedas de prodigios, 293; más anécdotas sobre ella, 294-296.

Page 719

Fisiognomía, atribuida a Luis XIV y a Jacobo I, i. 148, 149.

Picart, sus imposturas inocentes, i. 259.

Cuadros pertenecientes a Carlos I, ii. 332, 333.

Pinamonti, su libro sobre los castigos eternos, i. 204, nota.

Pinelli, su gran biblioteca y su destrucción parcial, i. 57, y nota.

Plagio, en sermones impresos, i. 400; un profesor de plagiario, ib.

Plantas, que presentan representaciones de formas naturales, i. 245.

Plantyn, el impresor, y su taller en Amberes, i. 77, nota.

Platina, su relato de sus persecuciones y torturas por haber sido miembro de la “Academia” en Roma, ii. 486.

Platón, bajo cuya enseñanza estudió Aristóteles, i. 143; paralelo entre él y Aristóteles, ib.; conflicto entre él y Aristóteles, 144; modelo de los modernos que se proclaman antipoéticos, 433; él mismo un verdadero poeta, ib.

Platonismo moderno, originado entre los italianos, i. 213; sistema de platonismo según Gemisthus Pletho, ib.; profesado por un tal Thomas Taylor, 215; por un

Page 720

Erudito en el reinado de Luis XII, 216; por el Dr. More, ibíd.

Pleto, o Gemisto, notable profesor moderno del platonismo, i. 213.

Platts o Plots: descubrimiento teatral de objetos curiosos en el Dulwich College, y observaciones al respecto, ii. 138-140; véase Escenario.

Plott, Dr.: su proyecto de realizar un viaje, iii. 292.

Saqueo: etimología, iii. 87, y nota.

Poetas: descripción que hace Platón de los sentimientos de los poetas en el Fedón, i. 433; opiniones de diversos eruditos sobre sus obras, 433; observaciones sobre sus costumbres, 434, 435; comportamiento de Federico, rey de Prusia (padre del Gran Federico), hacia ellos, 436; diferente actitud de otros reyes hacia ellos, 437; honores que se les rendían en las primeras etapas de la poesía, ibíd.; anécdota de Margarita de Escocia y el poeta Alain, 438; opiniones de los piadosos sobre sus obras, ibíd.; con demasiada frecuencia, meros poetas, 439; consejos para los jóvenes, 440; para los veteranos, ibíd.; amantes de los poetas, 441; cambio en sus opiniones acerca de sus obras, ibíd.; antigüedad de la costumbre de coronar a los poetas, 454; abolida en el reinado de Teodosio, ibíd.; título real, 457; condenación de los poetas, ii. 303-308; laureados, véase Laureados.

Guirnalda poética, i. 247.

Imitaciones y similitudes poéticas, ii. 92-113.

Page 721

Dispositivo puntual, etimología, iii. 188, y nota.

Polonia, historia de la elección del Duque de Anjou como rey de ella, iii. 346-363.

Polichinello: véase Punch.

Politian, Angelo, escritor italiano refinado del siglo XV, i. 457; su epístola dedicatoria, que precede a sus epístolas, 458.

Apodos políticos, iii. 80-90.

Informes políticos, falsa creencia sobre su eficacia, ii. 438; ejemplos antiguos, ib.; sobre la batalla de Lutzen, 439; sobre la batalla del Boyne, ib.; otras anécdotas, modernas y antiguas, sobre su efecto, 440-443.

Religiosidad política, ilustraciones de sus efectos, iii. 238-244.

Predicciones políticas: véase Predicciones. Dugdale aceleró su trabajo en previsión de los disturbios de la Rebelión, iii. 261.

Paralelos políticos, iii. 267.

Polydore Vergil, destructor de manuscritos, ii. 445.

Pomponius Lætus, en el siglo XV erigió altares en honor a Rómulo, ii. 485; jefe de la “Academia” en Roma, 486.

Page 722

Pope, sus manuscritos, ii. 110; pasaje extraído de ellos, con las diversas modificaciones, 111, 112; memorando del Dr. Johnson con sugerencias sobre su vida, 381; anécdota sobre él, iii. 397.

Pope, su proyecto de colocar a un cardenal en el trono de Inglaterra, ii. 505; apoyado por Enrique IV, ibíd.

Los papas: su humildad inicial y su arrogancia posterior, ii. 83; Celestino arranca la corona del emperador Enrique VI, ibíd.; su infalibilidad se afirma por primera vez, ibíd.; protesta de la Universidad de Viena contra ella, 84; sus excomuniones, ibíd.

Porta, Juan Bautista y Juan Vicente: fundaron la academia “Degli Oziosi”, ii. 488; el genio mecánico de Bautista, iii. 290.

Retratos: de autores, de hombres ilustres, i. 42-47; de la familia Fugger, 6; comúnmente incluidos al principio de los manuscritos antiguos, 42; colecciones de ellos entre los antiguos, 43; dudas sobre la forma en que se transmitían y su exactitud, ibíd.; uso de los retratos, ibíd.; anécdotas relativas al efecto que causaban, 45; objeciones de personas ingeniosas a posar para ellos, rechazadas, 46; ilustraciones de Granger, 45; los “Elogios” de Perrault limitados al idioma francés, ibíd.; colección realizada por Paulus Jovius, ibíd.; dudas sobre la autenticidad de algunos de ellos, ibíd.; retrato literario suyo escrito por San Evremond, 102; retratos escritos en letra minúscula, 275.

Page 723

Sociedad de Port Royal, la, i. 94; su *Lógica*, o *El arte de pensar*, una obra admirable, ib.; relato de su surgimiento y progreso, 95; muchas familias de alto rango construyeron casas allí, ib.; perseguidas y destruidas por los jesuitas, 96; sus escritos fijaron el idioma francés, ib.

Flores en anillos, iii. 39, nota.

Pobreza, resumen de su historia, por Morin, i. 198; regulaciones relativas a ella entre los judíos, ib.; entre los griegos, romanos y egipcios, 199; poco común entre los antiguos, 201; introducción de hospitales para aliviarla, ib.

Libros de oración, ilustraciones groseras de ellos, i. 366.

Predicadores, jocosos, i. 251-258.

Predicción, política y moral, determinada por ciertos pronósticos, iii. 260; de la Reforma por el cardenal Juliano, Sir Thomas More y Erasmo, 262; por Sir Walter Rawleigh, 263; de Tácito, ib.; de Solón, 264; de Carlomagno, ib.; el arte de la predicción según Cicerón, ib.; la facultad de predecir poseída por Du Vair, 265; principios de la predicción revelados por Aristóteles, 266; por el Sr. Coleridge, 268; de la Revolución Francesa, 269, 270; frecuentemente falsas, 272; anécdotas, 273; del fin del mundo, ib., nota; de la destrucción de Londres en 1750, ib., nota; de la independencia estadounidense, 274; a veces condenadas como falsas cuando realmente se verifican, 275; precauciones que deben observarse al hacer predicciones, 276; ejemplos de ellas por Knox, 277; de

Page 724

La muerte de Enrique IV, ib.; reflexiones sobre ella, 278, 279.

Prólogos, frecuentemente superiores a la obra misma, i. 71; un volumen de ellos siempre a mano en casa de Cicerón, ib.; deberían estar fechados, 72; anécdota de Du Clos sobre un cuento de hadas, ii. 340.

Anécdotas sobre el prefermento, ii. 12.

Presbiterianos, su comportamiento bajo Carlos II, iii. 240; su intolerancia, 254.

Propuesta de imponer un impuesto a quienes se negaran a pagarlo, y de juzgarlos bajo ley marcial, iii. 462, y nota.

Price, Robert, abogado galo; incidentes de su vida, iii. 422.

Primero, descripción de un juego de cartas, ii. 166, nota.

El príncipe Enrique, hijo de Jacobo I, se parecía a Enrique V en sus rasgos faciales, ii. 186; biografía de él escrita por el Dr. Birch, 187; anécdotas sobre él, 187-194; su diario, 207.

El arte de la impresión: los romanos lo poseían sin ser conscientes de ello, i. 43, y nota; probablemente originario de China, ib., y nota; resumen general de la impresión en sus inicios, 73-78.

Mención a los impresores de la época antigua, i. 75.

Impresiones satíricas, iii. 160.

Page 725

Proclamaciones, contra espadas largas y cuellos altos, i. 222; reales, contra edificios en Londres, iii. 365; para imponer una residencia en el campo, 367; nunca tuvieron la fuerza de leyes, 366; de Enrique VIII, 372; de María, 373; de Eduardo VI, 374; de Isabel, 375; de Jacobo I, 376; de Carlos I, 377; de Carlos II contra personas viciosas, degeneradas y profanas, ib.; otras de Carlos II, 379.

Profesión, la elección de una y su influencia en la mente, con algunas anécdotas ilustrativas, ii. 461-463.

Nombres propios, ortografía de los mismos, la incertidumbre al respecto, ii. 237; anécdotas e ejemplos, 237-243.

Protestantismo, existió alguna vez en España, ii. 434.

Proverbios, uso de los mismos, ridiculizado por Lord Chesterfield, iii. 33; registros del pueblo, 34; existían antes que los libros, ib.; abundan en los escritores más antiguos, ib.; “las oscuras palabras de los sabios”, 35; introducidos en el drama griego, 36; definición de los mismos, 38; influencia sobre todo un pueblo, ib.; colección de ellos por Franklin, ib.; inscritos en los muebles, ib.; en inglés, recopilados por Heywood, 39; un discurso sobre ellos, 40; una época de ellos entre los ingleses, 41; siempre populares en Francia, ib.; comedia basada en ellos, ib.; la familia y los proverbios, 42; ejemplos antiguos de su uso, 43; algunos relacionados con las figuras de hombres ilustres, 44; uso de ellos por poetas, ib.; origen oriental de muchos de ellos, 45; colecciones de ellos por Polydore Vergil y Erasmo, y de los españoles por

Page 726

Fernandez Nunes, de origen italiano y francés, inglés y escocés, 46, 47; estudio sobre él, 48; como ilustración del carácter nacional, 48-56; anécdotas sobre el origen de algunos de sus escritos, 56-61; aspectos históricos, 61; observaciones sobre la organización de las colecciones de sus obras, 63.

Prynne, su método de composición, ii. 534; su extraordinaria perseverancia, ib.; título del catálogo de sus escritos, 535; una copia de sus obras legada al Sion College, ib.; la supuesta retractación de su obra Histriomastix, iii. 315, nota.

Canto de salmos: observaciones al respecto, ii. 472; primera introducción de esta práctica, ib.; crítica de T. Warton al canto de salmos, 473; historia del canto de salmos, 473-478; práctica en las fiestas del alcalde, 479.

Psalmanazar, su extraordinaria falsificación literaria, i. 137, nota; iii. 311; algunos datos sobre él, 312-314.

Puck, el Comentador: véase Steevens.

Pulteney, conde de Bath: memorias manuscritas suyas, suprimidas, ii. 447.

Punch: su origen antiguo, ii. 122, y nota; origen de su nombre, ib., nota.

Punchinello: véase Punch.

Juegos de palabras en un diccionario, i. 305.

Juegos de palabras de Cicerón, i. 69.

Espectáculos de marionetas en Inglaterra, iii. 238.

Page 727

El Purgatorio, tratado del cardenal Belarmino sobre él, i. 204.

Los puritanos: convierten las canciones báquicas en canciones espirituales, ii. 148.

Los puritanos y los precisianos: apodos de los grupos durante la Reforma, iii. 84, 85.

Pirotecnia: véase Fuegos artificiales.

Quadrio: su Historia universal de la poesía, iii. 233; su ignorancia acerca de la poesía inglesa, 234-236; su opinión sobre la comedia inglesa, 236; elogia nuestros espectáculos de títeres, 238.

Reina María I: su matrimonio con Felipe de España, i. 469; su carta de instrucciones, ibíd.

Reina Isabel: carta dirigida a su hermano Eduardo VI, i. 461; su demostración de juventud ante el embajador del rey escocés, 463; un período destacado en sus anales, ii. 179; su estado de soltería, ibíd.; la verdadera razón de su aversión a cambiarlo, ibíd., y nota; sus artimañas para ocultar su decisión, 180; debates en la Cámara de los Comunes sobre la sucesión, 181; discurso dirigido a ella por el duque de Norfolk y su respuesta, ibíd.; partida del embajador francés en esta ocasión, 181-186; su conducta sensata, ibíd.; su actitud hacia impresores y autores, 221, 222; su aversión a designar un sucesor, iii. 331; relato de sus últimos momentos, 331, 332.

Reina Ana Bullen: anécdota relacionada con su ejecución, i. 462.

Page 728

Querno, hecho laureado por pura broma, i. 455.

Quevedo, su amor por Don Quijote, iii. 339.

Quince, origen de, ii. 157, nota.

Quodlibets, o Disquisiciones escolásticas, i. 60.

Citas, observaciones sobre su uso, ii. 416; el precepto de Selden sobre ellas, violado por él mismo, 417; observaciones de Bayle sobre su uso, 418; cuando son utilizadas por un autor eminente, a menudo son apropiadas por uno inferior, 419; valor de la aplicación adecuada de las citas, 420.

Historias rabínicas, ejemplos de ellas, i. 120-126; escrituras citadas en su apoyo, 126.

Rantzau, fundador de la gran biblioteca de Copenhague, estrofas suyas, i. 5.

Ranz des Vaches, efectos de, i. 274.

Rawleigh, Sir Walter, compuso su Historia del Mundo en prisión, i. 36; contó con la ayuda de varias personas eminentes en esa obra, ib.; variaciones en la ortografía de su nombre, iii. 111, nota; descripción del autor sobre su carácter, 112; observaciones de Gibbon y Hume sobre él, 113; artimañas que empleó, ib.; anécdotas sobre él, 114; relato de su regreso de Guayana, 115, 116; su intento de escapar, 118; traicionado por Sir Lewis Stucley, 119; narración de sus últimas horas, 124-129; su Historia del Mundo, fruto del trabajo de varias personas, 131; nota sobre las observaciones del Sr. Tytler acerca de la descripción que hace el autor, 135.

Page 729

Nótese: su extravagancia en la vestimenta, 407; nota sobre la vida de Oldys, 499.

Raynaud, Theophilus: sus obras ocupan veinte folios y arruinaron a su librero, 542; nota sobre él, 543; sus tratados curiosos, ibíd.

Realistas: una secta de eruditos, i. 312.

Reforma: origen de ella, iii. 142.

Refutación: una realizada por un católico, i. 349.

Regeneración de los cuerpos materiales, iii. 286, 287.

Reliquias de santos: compradas, vendidas y robadas, i, 239; tratado al respecto de Gilbert de Nogent, ibíd.; de San Lewin, ibíd.; de Santa Indalecia, 240; de San Majean, ibíd.; del brazo de San Agustín, ibíd.; flagelaciones con ellas, ibíd.; milagros realizados con ellas, ibíd.; multiplicación milagrosa de ellas, 241; anécdota sobre una caja de reliquias regalada por el Papa al príncipe Radzivil, ibíd.; Federico el Sabio, gran coleccionista de reliquias, 242; frasco con la sangre de Cristo enviado a Enrique III, ibíd.; descenso en su precio, ibíd.; carácter engañoso de las reliquias, 243.

Religión: situación durante las guerras civiles, iii. 433; anécdotas ilustrativas sobre ella, 434-436; disputa entre Owen y Baxter sobre ella, 437; confusión en torno a ella, ibíd.; un potrillo bautizado en la Catedral de San Pablo, 439, y nota; anécdotas, 439-441; mencionadas por George Wither el poeta, 442; ordenanza del Parlamento para corregir los desórdenes en la religión, 443.

Page 730

El religiosismo distinguido de la religión, iii. 239.

Noveletas religiosas, una clase de obras muy singulares, i. 363; descripción de una, 364; reseña de una que aborda tres mil preguntas sobre la Virgen María, 365; Vida de la Virgen, 367; los jesuitas como autores habituales de ellas, 368; una que describe lo que ocurre en el Paraíso, ib.; El Calendario Espiritual, ib.

Derecho a la representación, no establecido en el siglo X, i. 162.

Residencias de hombres literarios, reseñas de varias, iii. 394-399.

Reseñas. —Véase Revistas Literarias.

Revoluciones, máxima sobre ellas, iii. 278.

Rimas inscritas en cuchillos, y a las que alude Shakespeare, iii. 38, nota; en bandejas para frutas, ib.; en anillos, 39, nota.

Riccoboni, un actor célebre, sus observaciones sobre la comedia improvisada italiana, ii. 134; anécdota suya, 137; su inscripción en el telón de su teatro, ib.

Rich, un arlequín famoso, ii. 130 y nota.

Richardson, autor de Sir Charles Grandison, observaciones sobre él y sus obras, ii. 62-65.

Richelieu, cardenal de, su carácter general, ii. 349; su lecho de muerte, ib.; anécdotas sobre los métodos siniestros

Page 731

Practicado por él, 350; su confesor, el padre Joseph, 351-353; proyectos de asesinato contra él, 354, y nota; lleva al exilio al padre Caussin, confesor del rey, 355.

Rive, Abbé de, bibliotecario del duque de la Vallière, iii. 341; su estilo de crítica, 342; sus colecciones de obras nunca comenzadas, ib.; sus observaciones sobre la causa de los errores en la historia literaria, 344.

Robinson Crusoe, observaciones sobre él, ii. 274; historia de él, rastreada, 275; escrito por Defoe, después de una enfermedad y en relativa soledad, 276; no publicado hasta siete años después de las aventuras de Selkirk, 277.

Roc, de los cuentos árabes, una criatura de la fantasía rabínica, i. 124.

Rochefoucault De la, observaciones sobre él y sus máximas, i. 110.

Rochelle, expedición a ella, ii. 367; preparativos para ella, ib.; frustrada por la muerte de Buckingham, 369.

Romances, fruto de la ficción y el amor, i. 442; los antiguos, ib.; el de Heliodoro denunciado en el sínodo, 443; prohibidos en el Corán, ib.; de los trovadores, 444; poetas modernos endeudados con ellos, ib.; Le Roman de Perceforest, 445; de caballería, ejemplos de ellos, 446; italianos, 448; uso que hacen de ellos los poetas, 449; franceses, ib.; dejaron de estar de moda con los sombreros cuadrados, 450; novelas modernas, ib.; historias de ellos, 451; Astræa de D’Urfé, ib.

Page 732

Romney, el pintor, su fe en la alquimia, i. 282, y nota.
Ronsard, el bardo francés, y sus Bacanales, ii. 41.
Rosy-Cross, su presidente, ofrece sus consejos a Carlos I, iii. 464.
Rousseau, su predicción de la Revolución Francesa, iii. 271, 272, y nota; sus autores favoritos, iii. 340.
Autógrafos reales, iii. 165.
Promociones reales, ii. 10.
Sociedad Real, origen de la misma, ii. 410-413.
Sociedad Real de Literatura, ii. 406, nota.
Rubens, su casa en Amberes, iii. 398; su amor por las colecciones de arte, 399, y nota.
Extravagancias relacionadas con los “ruffs”, i. 222-227.
El término “Rump”: origen del mismo, iii. 482, 483; tres etapas en su desarrollo político, 484; canciones sobre este tema, 485; debate sobre si debía masacrarse a todos los partidarios del rey, 487; paralelismo entre su comportamiento y el de los líderes de la Revolución Francesa, 489-493.
Sainte Ampoule, ii. 434, nota.

Page 733

Salmasio, su controversia con Milton y el abuso que le infligió, i. 152-154.
Salvator Rosa, aficionado a actuar en comedias improvisadas, ii. 133.
Sandricourt, el señor de, se arruinó por culpa de una fiesta, iii. 402-405.
Los Sin Pantalones, iii. 83.
San Ambrosio, escribe un tratado sobre las vírgenes, i. 412; y otro sobre la virginidad perpetua de la Madre de Dios, ibíd.; su castigo a una monja errante, ibíd.
San Bartolomé, defensa del masacre de los santos, iii. 255-260.
San Evremondo, retrato literario hecho por él mismo, i. 102.
Santa Úrsula y las once mil vírgenes: todas creadas por un error, i. 324.
San Viar: creado por un error, i. 323.
Medallas satíricas, iii. 156-160.
Los satíricos pueden temer el castigo de aquellos a quienes satirizan, i. 442.
Las Saturnalias, institución entre los romanos; según Macrobio, provienen de los griegos, ii. 256; dedicadas a Saturno, ibíd.; posteriormente se prolongaron durante una semana, 257; descripción de las mismas, ibíd.; se introdujeron en la Iglesia cristiana, 258; se practicaban en la Edad Media, 259; Fiesta de los Asnos, ibíd.; “Diciembre”.

Page 734

“Libertades”, 260; el obispo niño, 261; Señor del Desorden, ibíd.; Abad de la Irracionalidad, 262; descripción de una gran fiesta de Navidad celebrada en los Inns of Courts, 263-265, y nota; el último memorable de los Señores del Desorden de los Inns of Court, 266; anécdota sobre un Señor del Desorden, 267; el alcalde de Garratt, 269; el regimiento de la Calotte, ibíd., y nota, 270; República de la Tontería, ibíd.; medallas utilizadas como dinero en ella, iii. 150, 151.

Pasear, i. 175.

Salvajes, diversos usos durante las comidas, i. 171-173.

Scaliger, Julius, su peculiar forma de componer, ii. 86.

Scaramouches: véase Pantomima. Punch y Zany, grabados de ellos, ii. 125; su carácter, inventado por Tiberio Fiurilli, 126; el poder de uno famoso, ibíd.

Scaron, relato de su vida y obras, i. 421-428.

Escenario del antiguo teatro inglés, iii. 4, y nota.

Scenarie, tramas de comedias improvisadas, ii. 130; descripción de ellas, nota; algunas descubiertas en el Dulwich College, 139, 140, y nota.

Scribleraid, broma poética sobre la pseudociencia, de R. O. Cambridge, i. 295, y nota.

Historia bíblica tratada como novela medieval, i. 163, y nota.

Page 735

Scudery, Mademoiselle, compuso noventa romances,
i. 106; panegíricos sobre ellos, ib.; su “Gran Ciro y el Mapa de la Ternura”, 107.

Scudery, George, famoso por componer romances,
i. 107; devoto de la vanidad, ib.; autor de dieciséis obras de teatro, 108.

Historia secreta, de autores que han arruinado a sus libreros, ii. 532-546; sobre una monarquía electiva, iii. 346-363; el complemento de la propia historia, iii. 380; respuesta a un ataque contra sus escritores, 382; dos tipos de ella, positiva y relativa, ib.; las verdaderas fuentes se encuentran en colecciones de manuscritos, 383; el descuido de los historiadores hacia ella, 384; su utilidad, 385; sobre la Restauración, 386; sobre María, reina de Guillermo III, 389-393.

Sillas de Sedán, introducidas en Inglaterra por el Duque de Buckingham, ii. 36.

Segni, Bernardo, su Historia de Florencia, iii. 182.

Biografía sentimental, iii. 414-424.

Serassi, escribe la vida de Tasso, ii. 444; encuentra las anotaciones manuscritas de Galileo, las copia y suprime el original, ib.

sermones, impresos; la opinión de Bayle al respecto, i. 345.

Seymour, William, su familia y carácter, ii. 508; celebra un tratado de matrimonio con la señora Arabella Stuart, ib.; llamado ante el Consejo Privado

Page 736

Consejo, ib.; su matrimonio, 509; encarcelado en la Torre, ib.; carta de su esposa a él, 510; su escape, 515; se le permite regresar, 519.

Shakespeare, el retrato que hace Fuller de él, i. 380; ortografía de su nombre, ii. 238, y nota; introduce una mascarada en su “Tempestad” y burlea a los personajes de las mascaradas cortesanas, iii. 5, y nota; legado para su esposa, 302.

Shenstone, objeto de su poema sobre la maestra malentendida, ii. 496; su índice ridículo del mismo, 499; su carácter, su vida y sus obras, iii. 90-102.

Cuernos para calzar zapatos, ii. 297, nota.

Silueta, término que no se encuentra en ningún diccionario, iii. 84; originado en un apodo político, ib.

Medias de seda, un par, presentado a la reina Isabel, i. 226.

Silli, parodias antiguas, ii. 455.

Skelton, su sátira contra Wolsey, iii. 187.

Estornudos, la costumbre de saludar después de ellos, i. 126; atribuido a San Gregorio, ib.; explicación rabínica al respecto, ib.; anécdotas relacionadas con ellos, 127.

Cajitas de rapé, la moda durante el reinado de la reina Ana, i. 229; las de los jesuitas, supuestamente envenenadas, ii. 442.

Page 737

Soledad, tratado sobre ella, de Sir George Mackenzie, ii. 50; necesaria para el desarrollo del genio, 52; molestias que conlleva, 53, 54.

Salomón, considerado un experto en necromancia, i. 122; historia suya con la Reina de Saba, 202.

Canciones entre los griegos, ii. 142; dichos de Fletcher de Saltoun y del Dr. Clerk sobre ellas, ib.; canciones griegas relacionadas con los oficios, 143; canciones de los tejedores entre los ingleses, ib.; canciones de cosecha y de remo en las Tierras Altas, ib.; canciones de los góndoleros, ib.; obras de Dibdin, 144; canciones en inglés antiguo, 145; canciones suizas, 146; canciones italianas compuestas en Florencia, bajo los Médici, ib.; canciones francesas “Chansons de’ Vendange”, 147; parodias hechas por los puritanos, 148; jerga o expresiones coloquiales conocidas por los griegos, con ejemplos de Ateneo, 149; prácticas antiguas relacionadas con costumbres inglesas antiguas, 150; aspectos políticos, iii. 179, 180.

Sonnah, i. 113.

Sotades adaptó la Ilíada, ii. 455.

Obras cómicas más propias de farsa que de comedia verdadera, i. 358; ejemplo de una de ellas, 359-360.

Soberanía marítima, ii. 79-81.

Etiqueta española, ejemplos de su absurdez, i. 194.

Poesía española, i. 100; observaciones y citas ilustrativas, 101; traducción de un madrigal encontrado en un periódico, 102.

Page 738

Speed, el historiador, las sospechas sobre su originalidad, ii. 445.

Spenser, el carácter de Fuller sobre él, i. 379.

Arañas, influencia de la música en ellas, i. 272; admiradas como alimento, ii. 355, nota.

Estrofas a Laura, i. 230.

El engomado, origen de este procedimiento, i. 227.

Steevens, George, el “Puck” de los comentaristas, iii. 296; relato de sus falsificaciones literarias, 297, 298; la historia de Milton y la dama italiana atribuida a él, 299; sus motivos para omitir los poemas de su edición de Shakespeare, 301; su truco contra el anticuario Gough, 303, 304.

Stephens, Robert, el impresor, su familia y sus obras, i. 76, nota; dividió la Biblia en capítulos y versículos, iii. 433.

Sternhold y Hopkins, su versión de los Salmos, ii. 472.

Piedras, que representan formas naturales, i. 244, 245.

Stosch, barón, su recolección deshonesta, iii. 318.

Calles de Londres, origen de muchos de sus nombres, ii. 239-243.

Page 739

Stuart, Arabella, errores de los historiadores respecto a ella, ii. 502; su historia, 503-519.

Stucley, Sir Lewis, vicealmirante de Devon, aceptó supervisar a su pariente, Sir Walter Rawleigh, iii. 116; su traición flagrante, 119; por ello fue rechazado por todos, 120; condenado por falsificar oro, ib.; su muerte miserable, 121.

Estudiante en la metrópolis: descripción hecha por Gibbon, Rogers y Descartes, i. 112.

Planes de estudio histórico, ii. 90-92.

Stukeley, Dr.: su “Historia imaginaria de la emperatriz Oriuna”, i. 324, nota.

Estilo: observaciones sobre él en la composición de obras científicas, i. 89; críticas al estilo de los escritores teológicos, ii. 21, 22; sobre el estilo de Lancelot Addison, 23.

Sugar-Loaf-Court: origen del nombre, ii. 10.

Supresión de manuscritos: véase Manuscritos.

Sydenham, F.: su trágica muerte dio lugar a la creación del Fondo Literario, i. 34, y nota.

Tablillas y libros de tablas, ii. 26.

Talmud: muchas copias fueron quemadas, i. 48; colección de tradiciones judías conservadas oralmente, 114; comprende la Mishná, que es el texto de la Gemará, su comentario, ib.; descripción general del mismo, ib.; se cree…

Page 740

Apócrifo, incluso para algunos judíos, ib.; época de la primera aparición de sus tradiciones: incierta, ib.; compilado por doctores judíos para oponerse a los cristianos, ib.; análisis realizado por W. Wotton, 115; existen dos Talmuds, ib.; fue puesto por escrito y organizado por R. Judá, príncipe de los rabinos, formando así la Mishná, ib.; disputas y opiniones de los rabinos sobre la forma de la Mishná, ib.; estudio que Dios realizó al respecto, ib.; curiosidades relacionadas con su antigüedad, 116; ejemplos extraídos de los títulos de la Mishná, 116-118; y de la Guemará, 119.

Tasso: diversas opiniones sobre las respectivas virtudes de él y Ariosto, i. 386; crítica de Boileau hacia él, 388; sus errores de carácter nacional, ib.; sus versos cantados por los gondoleros, ib.

Impuestos: observaciones sobre la actitud popular hacia ellos en la antigüedad y en la época moderna, iii. 193; asociación con la idea de tiranía, ib.; anécdotas ilustrativas, 194; eficacia de utilizar un término más suave para referirse a ellos, 195; regalos, tributos, beneficencias y préstamos, 195-198; consejos de Burleigh al respecto, 199.

Taylor, Thomas: profesor moderno del platonismo, i. 215.

Té: oposición a su introducción, ii. 317; regalo de té rechazado por el embajador ruso, 318; negociación holandesa relacionada con el té, 319; introducción del té en Europa, ib.; factura del primer vendedor de té, 320.

Derechos de propiedad: curiosidades relacionadas con ellos en la antigüedad, i. 187, nota.

Page 741

Tomás de Aquino, alguna información sobre sus obras, i. 63-65.

Timón de Fliunte, sus parodias de Homero, ii. 455.

Tichbourne, Chidiock, involucrado en la conspiración de Babington, ii. 171; su discurso a la multitud en el momento de su ejecución, 176; su carta a su esposa, 177; versos compuestos por él la noche anterior a su ejecución, 178.

Títulos, orígenes y anécdotas relacionadas con ellos, i. 155; libros publicados en España, ibíd.; Los títulos de honor de Selden, ibíd.; títulos de los libros, 288-292.

Tolerancia, practicada por los romanos e inculcada por Mahoma, iii. 245; precauciones al publicar obras sobre ella, ibíd.; primeros defensores de la tolerancia en Inglaterra, 246 y nota; en Holanda, ibíd.; hechos que ilustran su historia, 247, 248; condenada por todos los partidos, 249-253; opiniones de un clérigo inglés al respecto, 252.

Tom o’ Bedlams, información sobre él, ii. 311-314 y notas; canciones sobre él, 315-317.

Tortura, amenaza contra Felton, ii. 376; uso frecuente de la tortura en Inglaterra, ibíd.

Torquemada, primer inquisidor español; en catorce años persiguió a 80.000 personas, i. 166.

Townley, Zouch, su poema sobre Felton, ii. 378; colección de mármol antiguo formada por él

Page 742

Descendiente Charles Townley, adquirido para el British Museum, ib., nota.

Traidores, bárbara forma de ejecución de los mismos, en tiempos de la reina Isabel, ii. 175, y nota.

Tesoros en las colinas, iii. 295, nota.

Trevoux. — Véase Diccionario.

Trubadúres, sus poemas y sus amores, i. 444.

Trusler, doctor, primer vendedor de sermones impresos que imitaban los manuscritos, i. 400.

Turner, doctor, líder de la oposición violenta en el segundo Parlamento de Carlos I, iii. 451; agente de la oposición en el Parlamento contra las medidas de Carlos I, 466; cortesano decepcionado, 467, nota.

El espía turco, i. 377; John Paul Marana, su autor, 378.

Urbano VIII, ejemplos de su sensibilidad poética, i. 456.

Usureros del siglo XVII, descripción de sus prácticas, ii. 158-170.

Usura, opiniones contrarias al respecto, ii. 174, 175.

Utopía, de Sir Thomas More, misioneros propuestos para ser enviados allí, i. 320.

Vacunación, extraño temor hacia ella, ii. 317.

Page 743

Las Collectanea de Vallancey, con un curioso error en la página 326, nota.

Vanbrugh, el arquitecto de Blenheim, obtuvo un poder del lord Godolphin para contratar en nombre del duque de Marlborough, página 104; se presenta dicho poder en la página 106; sus declaraciones, ibíd.; intento de la duquesa de Marlborough de cargar las deudas de Blenheim sobre él, página 108; comportamiento de la duquesa hacia él, página 109; descubrimiento de su origen, páginas 110 y 111.

Varchi, Benedetto, sus “Storie Florentine”, página 183; observaciones del señor Merivale al respecto, ibíd., nota.

Varillas, su obra ficticia sobre la Reforma, página 132, nota.

La Historia de los artistas de Vasari, no escrita íntegramente por él mismo, página 131.

La biblioteca del Vaticano, página 4.

Vaucanson, sus figuras mecánicas, página 284, nota.

Los vaudevilles, origen del nombre, página 148.

Versos, locuras en formas fantásticas, páginas 295-300; versos recíprocos, ibíd.

La historia del vicario de Bray, página 196; el dr. Kitchen, obispo de Llandaff, desempeñó el mismo papel, página 197; tipo representativo de este personaje, página 37.

Vida de Jerónimo, que pasó de la más humilde oscuridad al episcopado, página 105.

Page 744

Visión de Alberico, ii. 422; de Carlos el Calvo, 423.

Virgen María, imágenes de ella, frecuentemente retratos de amantes y reinas, i. 366; carta milagrosa suya, 367; Luis II le entrega Boulogne, ib.; Vida de ella, por María Agreda, ib.; culto que se le rinde en España, 368; sistema sobre ella, en siete volúmenes en formato folio, 369.

Virginidad, tratado de San Ambrosio sobre ella, i. 412.

Walker, su relato sobre el clero de la Iglesia de Inglaterra que fue encarcelado, etc., iii. 243.

Walpole, Sir Robert, su magnífica construcción en Houghton, iii. 191.

Walsingham, Sir Francis, murió endeudado, iii. 192.

Walworth, Sir William, su motivo privado para matar a Wat Tyler, iii. 470, nota.

Warburton, J., por negligencia provoca la destrucción de antiguos manuscritos teatrales, i. 54, nota.

Wat Tyler, anécdota sobre él, iii. 470, nota.

Las elecciones en Westminster siempre fueron turbulentas desde los tiempos de Carlos I, iii. 461, nota.

Whig y Tory, origen de los términos, iii. 88.

Poema de Whistlecraft sobre el rey Arturo, ii. 496, nota; imitado por Byron en su Beppo, ib.

Whitelocke, sus Memoriales, ii. 212; sus recuerdos, obra dirigida a su familia.

Page 745

Perdidos o ocultos, ib.; prefacio a las Remembrances preserved, ib.; omisiones en la primera edición de sus Memorials, ii. 448.

Esposas, literarias, i. 327; de Budæus, 328; de Evelyn, que diseñó el frontispicio de su traducción de Lucrecio, ib.; de Barón Haller, ib.; Calpurnia, esposa de Plinio, ib.; Margaret, duquesa de Newcastle, 329; extracto de su carta a su esposo, ib.; notas sobre las esposas de varios hombres célebres, 332-337.

Pelucas, costumbre de usarlas, i. 217-220; las de Steele, 229.

Wilkins, obispo, su museo, iii. 291.

Winkelmann, el plan según el cual compuso sus obras, ii. 89.

Wolsey, cardenal, sus magníficas casas, iii. 187.

Mujeres, actrices, introducidas por primera vez en el escenario italiano, ii. 140; en el inglés, 284; Kynaston, actor favorito de personajes femeninos, 285, nota.

Xilografías antiguas, en el British Museum, i. 74, nota.

Palabras, introducción de nuevas. —Véase Neología.

Wood, Anthony, al morir, ordenó que se destruyeran sus papeles, ii. 243; sin embargo, algunos se conservaron, ib.; historia secreta del conde de Oxford extraída de ellos, ib.; obligado a negar la autoría de su traducción.

Page 746

Libro, 453; opinión de Gibbon sobre su monotonía.
Oposición, 538, nota.

Escritura, minuciosa, i. 275; modos antiguos de ella, ii. 20-26;
Materiales utilizados para ella, 27-30.

Maestros de la escritura, iii. 167; vidas de Massey sobre ellos, 169;
Anécdota de Tomkins, 171; Peter Bales, un famoso maestro, 173;
Relato de su competencia con David Johnson, 173-177.

Csenocrates, discípulo de Platón, atacó a Aristóteles, i. 142.

Yvery, reseña de La historia de la casa de..., iii. 420,
y nota.

Zany, etimología de la palabra, ii. 123; y notas.

Page 747

FIN.

Page 748

*** FIN DEL LIBRO ELECTRÓNICO DE PROJECT GUTENBERG: CURIOSIDADES DE LA LITERATURA, VOLUMEN 3 ***

Las ediciones actualizadas reemplazarán a las anteriores; las ediciones antiguas serán renombradas.

Al crear estas obras a partir de ediciones impresas que no están protegidas por la ley de derechos de autor de los Estados Unidos, nadie posee derechos de autor en estos trabajos. Por lo tanto, la Fundación (¡y usted!) puede copiarlos y distribuirlos en los Estados Unidos sin permiso y sin pagar regalías por derechos de autor. Se aplican reglas especiales, establecidas en las Condiciones Generales de Uso de esta licencia, para la copia y distribución de las obras electrónicas de Project Gutenberg™, con el fin de proteger el concepto y la marca registrada PROJECT GUTENBERG™. Project Gutenberg es una marca registrada y no puede utilizarse si se cobra por un libro electrónico, salvo siguiendo los términos de la licencia de la marca, incluyendo el pago de regalías por su uso. Si no se cobra nada por las copias de este libro electrónico, cumplir con la licencia de la marca es muy sencillo. Puede utilizar este libro electrónico para casi cualquier propósito, como la creación de obras derivadas, informes, presentaciones e investigaciones. Los libros electrónicos de Project Gutenberg pueden modificarse, imprimirse y regalarse; prácticamente se puede hacer CUALQUIER COSA en los Estados Unidos con libros electrónicos que no estén protegidos por la ley de derechos de autor de ese país. La redistribución está sujeta a la licencia de la marca, especialmente la redistribución comercial.

INICIO: LICENCIA COMPLETA

Page 749

LA LICENCIA COMPLETA DE PROJECT GUTENBERG™
POR FAVOR, LEA ESTO ANTES DE DISTRIBUIR O USAR ESTE TRABAJO

Para proteger la misión de Project Gutenberg™ de promover la distribución gratuita de obras electrónicas, al utilizar o distribuir este trabajo (o cualquier otro trabajo asociado de alguna manera con la expresión “Project Gutenberg”), usted acepta cumplir con todos los términos de la Licencia Completa de Project Gutenberg disponible en este archivo o en línea en www.gutenberg.org/license.

Sección 1. Términos generales de uso y redistribución de las obras electrónicas de Project Gutenberg

1.A. Al leer o utilizar cualquier parte de esta obra electrónica de Project Gutenberg, usted indica que ha leído, comprendido, aceptado y acordado con todos los términos de esta licencia y del acuerdo de propiedad intelectual (marca comercial/derechos de autor). Si no está de acuerdo en cumplir con todos los términos de este acuerdo, debe dejar de usar y devolver o destruir todas las copias de las obras electrónicas de Project Gutenberg que estén en su poder. Si pagó una tarifa para obtener una copia o acceso a una obra electrónica de Project Gutenberg y no está de acuerdo en quedar sujeto a los términos de este acuerdo, puede obtener un reembolso de la persona o entidad a quien pagó la tarifa, según lo establecido en el párrafo 1.E.8.

1.B. “Project Gutenberg” es una marca registrada. Solo puede ser utilizada en o asociada de cualquier manera con una obra electrónica por personas que acepten quedar sujetas a los términos de este acuerdo. Hay algunas cosas que puede hacer con la mayoría de las obras electrónicas de Project Gutenberg incluso sin cumplir con todos los términos de este acuerdo. Véase el párrafo 1.C a continuación. Hay muchas cosas que puede hacer con las obras electrónicas de Project Gutenberg si sigue los términos de este acuerdo y ayuda a preservar el acceso gratuito en el futuro a dichas obras. Véase el párrafo 1.E a continuación.

Page 750

1.C. La Fundación del Archivo Literario Project Gutenberg (“la Fundación” o PGLAF) posee los derechos de autor sobre la colección de obras electrónicas de Project Gutenberg. Casi todas las obras individuales de esta colección se encuentran en el dominio público en los Estados Unidos. Si una obra en particular no está protegida por las leyes de derechos de autor en los Estados Unidos y usted se encuentra en ese país, no tenemos derecho a impedirle que copie, distribuya, exhiba o cree obras derivadas a partir de ella, siempre y cuando se eliminen todas las referencias a Project Gutenberg. Por supuesto, esperamos que usted apoye la misión de Project Gutenberg de promover el acceso gratuito a las obras electrónicas, compartiendo libremente dichas obras de acuerdo con los términos de este acuerdo, a fin de mantener el nombre de Project Gutenberg asociado a ellas. Puede cumplir fácilmente con los términos de este acuerdo si mantiene esta obra en el mismo formato, junto con la licencia completa de Project Gutenberg, al compartirla gratuitamente con otros.

1.D. Las leyes de derechos de autor del lugar donde se encuentra también determinan qué puede hacer con esta obra. Las leyes de derechos de autor en la mayoría de los países están en constante cambio. Si se encuentra fuera de los Estados Unidos, consulte las leyes de su país, además de los términos de este acuerdo, antes de descargar, copiar, exhibir, interpretar, distribuir o crear obras derivadas a partir de esta obra o de cualquier otra obra de Project Gutenberg. La Fundación no hace ninguna declaración respecto al estatus de derechos de autor de ninguna obra en ningún país distinto de los Estados Unidos.

1.E. A menos que haya eliminado todas las referencias a Project Gutenberg:

1.E.1. La siguiente frase, con enlaces activos hacia la licencia completa de Project Gutenberg o con otro medio de acceso inmediato a ella, debe aparecer de manera prominente cada vez que se haga una copia de alguna obra de Project Gutenberg (cualquier obra en la que aparezca la frase “Project Gutenberg” o con la cual esté relacionada dicha frase).

Page 751

Se puede acceder a “Gutenberg”, mostrarlo, ejecutarlo, visualizarlo, copiarlo o distribuirlo:

Este libro electrónico está destinado al uso de cualquier persona en cualquier lugar de los Estados Unidos y en la mayoría de las demás partes del mundo, sin costo alguno y casi sin ninguna restricción. Puede copiarse, regalarse o reutilizarse según los términos de la Licencia Project Gutenberg™ incluida con este libro electrónico o disponible en línea en www.gutenberg.org. Si no se encuentra en los Estados Unidos, deberá consultar las leyes del país donde se encuentra antes de usar este libro electrónico.

1.E.2. Si una obra electrónica de Project Gutenberg proviene de textos que no están protegidos por la ley de derechos de autor de los Estados Unidos (no contiene una nota que indique que fue publicada con el permiso del titular de los derechos de autor), dicha obra puede ser copiada y distribuida a cualquier persona en los Estados Unidos sin tener que pagar ninguna tarifa o costo. Si está redistribuyendo o proporcionando acceso a una obra con la frase “Project Gutenberg” asociada a ella o apareciendo en ella, debe cumplir con los requisitos de los párrafos 1.E.1 a 1.E.7 o obtener permiso para utilizar la obra y la marca registrada Project Gutenberg, tal como se indica en los párrafos 1.E.8 o 1.E.9.

1.E.3. Si una obra electrónica de Project Gutenberg fue publicada con el permiso del titular de los derechos de autor, su uso y distribución deben cumplir tanto con los párrafos 1.E.1 a 1.E.7 como con cualquier otro término impuesto por el titular de los derechos de autor. Los términos adicionales estarán vinculados a la Licencia Project Gutenberg para todas las obras publicadas con el permiso del titular de los derechos de autor; dichos términos se encuentran al principio de esta obra.

1.E.4. No elimine ni quite los términos completos de la Licencia Project Gutenberg de esta obra, ni de ningún archivo que contenga una parte de esta obra o de cualquier otra obra asociada a Project Gutenberg.

Page 752

1.E.5. No copie, muestre, ejecute, distribuya ni redistribuya esta obra electrónica, ni ninguna parte de ella, sin mostrar de manera prominente la frase establecida en el párrafo 1.E.1, con enlaces activos o acceso inmediato a los términos completos de la Licencia de Project Gutenberg.

1.E.6. Puede convertir y distribuir esta obra en cualquier formato binario, comprimido, marcado, no propietario o propietario, incluyendo cualquier formato de procesamiento de texto o hipertexto. Sin embargo, si proporciona acceso a copias de una obra de Project Gutenberg en un formato distinto al “Plain Vanilla ASCII” u otro formato utilizado en la versión oficial publicada en el sitio web oficial de Project Gutenberg (www.gutenberg.org), debe, sin ningún costo adicional para el usuario, proporcionar una copia, un medio para exportar una copia o un medio para obtener una copia a petición, de la obra en su formato original “Plain Vanilla ASCII” u otro formato. Cualquier formato alternativo debe incluir la licencia completa de Project Gutenberg, tal como se especifica en el párrafo 1.E.1.

1.E.7. No cobre tarifa alguna por el acceso, visualización, exhibición, ejecución, copiado o distribución de ninguna obra de Project Gutenberg, a menos que cumpla con lo dispuesto en los párrafos 1.E.8 o 1.E.9.

1.E.8. Puede cobrar una tarifa razonable por copias o por proporcionar acceso o distribuir obras electrónicas de Project Gutenberg, siempre y cuando:

• Pague una tasa de regalía del 20% de las ganancias brutas que obtenga del uso de las obras de Project Gutenberg, calculada utilizando el método que ya utiliza para calcular sus impuestos aplicables. La tasa se debe al propietario de la marca registrada Project Gutenberg, pero él ha acordado donar dichas regalías, según lo estipulado en este párrafo, a la Fundación del Archivo Literario de Project Gutenberg. Los pagos de regalía deben realizarse dentro de los 60 días siguientes a cada fecha en la que prepare (o esté legalmente obligado a preparar) sus declaraciones fiscales periódicas. Los pagos de regalía deben estar claramente identificados como tales y enviados a la Fundación del Archivo Literario de Project Gutenberg.

Page 753

Fundación en la dirección indicada en la Sección 4, “Información sobre las donaciones a la Fundación del Archivo Literario Project Gutenberg”.

• Usted debe realizar un reembolso completo de cualquier dinero pagado por un usuario que le notifique por escrito (o por correo electrónico) dentro de los 30 días posteriores a la recepción del material, indicando que no está de acuerdo con los términos de la licencia completa Project Gutenberg™. Debe exigir a dicho usuario que devuelva o destruya todas las copias de las obras que posea en soporte físico y que cese todo uso y acceso a otras copias de las obras Project Gutenberg™.

• Usted debe realizar un reembolso completo, de acuerdo con el párrafo 1.F.3, de cualquier dinero pagado por una obra o por una copia de reemplazo, si se detecta algún defecto en la obra electrónica y se lo comunica dentro de los 90 días posteriores a la recepción de la misma.

• Usted debe cumplir con todos los demás términos de este acuerdo relativos a la distribución gratuita de las obras Project Gutenberg™.

1.E.9. Si desea cobrar una tarifa o distribuir una obra electrónica Project Gutenberg™ o un grupo de obras bajo condiciones diferentes a las establecidas en este acuerdo, debe obtener permiso por escrito de la Fundación del Archivo Literario Project Gutenberg, la entidad encargada de administrar la marca registrada Project Gutenberg™. Póngase en contacto con la Fundación según se indica en la Sección 3 a continuación.

1.F.

1.F.1. Los voluntarios y empleados de Project Gutenberg invierten esfuerzos considerables para identificar, investigar los derechos de autor, transcribir y revisar las obras que no están protegidas por la ley de derechos de autor de los Estados Unidos, con el fin de crear la colección Project Gutenberg™. A pesar de estos esfuerzos, las obras electrónicas Project Gutenberg™ y el soporte en el que pueden almacenarse pueden contener “defectos”, como, entre otros, datos incompletos, inexactos o corruptos, errores de transcripción, infracciones de derechos de autor u otra propiedad intelectual, o un soporte defectuoso.

Page 754

Disco dañado u otro medio, un virus informático, o códigos informáticos que dañen o no puedan ser leídos por su equipo.

1.F.2. GARANTÍA LIMITADA, EXCLUSIÓN DE RESPONSABILIDAD POR DAÑOS: Excepto por el “Derecho de Reemplazo o Reembolso” descrito en el párrafo 1.F.3, la Fundación del Archivo Literario Project Gutenberg, propietaria de la marca registrada Project Gutenberg™, y cualquier otra parte que distribuya una obra electrónica Project Gutenberg™ bajo este acuerdo, excluyen toda responsabilidad ante usted por daños, costos y gastos, incluidos los honorarios legales. USTED ACEPTA QUE NO TIENE RECURSOS LEGALES POR NEGLIGENCIA, RESPONSABILIDAD ESTRITA, INCUMPLIMIENTO DE LA GARANTÍA O INCUMPLIMIENTO DEL CONTRATO, EXCEPTO LOS ESTABLECIDOS EN EL PÁRRAFO 1.F.3. USTED ACEPTA QUE LA FUNDACIÓN, EL PROPIETARIO DE LA MARCA REGISTRADA Y CUALQUIER DISTRIBUIDOR BAJO ESTE ACUERDO NO SERÁN RESPONSABLES ANTE USTED POR DAÑOS REALES, DIRECTOS, INDIRECTOS, CONSECUENTES, PUNITIVOS O ACCIDENTALES, INCLUSO SI NOTIFICA LA POSIBILIDAD DE DICHO DAÑO.

1.F.3. DERECHO LIMITADO DE REEMPLAZO O REEMBOLSO: Si descubre un defecto en esta obra electrónica dentro de los 90 días posteriores a recibirla, puede obtener un reembolso del dinero (si lo hubiere) que pagó por ella enviando una explicación por escrito a la persona de quien recibió la obra. Si recibió la obra en un medio físico, debe devolver el medio junto con su explicación por escrito. La persona o entidad que le proporcionó la obra defectuosa puede optar por entregarle una copia de reemplazo en lugar de un reembolso. Si recibió la obra electrónicamente, la persona o entidad que se la proporcionó puede decidir darle una segunda oportunidad para recibir la obra electrónicamente en lugar de un reembolso. Si la segunda copia también está defectuosa, puede solicitar un reembolso por escrito sin más oportunidades para solucionar el problema.

Page 755

1.F.4. Con excepción del derecho limitado a reemplazo o reembolso establecido en el párrafo 1.F.3, esta obra se le proporciona “TAL CUAL ESTÁ”, SIN NINGÚN OTRO TIPO DE GARANTÍAS, YA SEA EXPRESAS O IMPLÍCITAS, INCLUYENDO PERO NO LIMITADO A LAS GARANTÍAS DE COMERCIABILIDAD O ADECUACIÓN PARA CUALQUIER FIN.

1.F.5. Algunos estados no permiten la exclusión de ciertas garantías implícitas ni la exclusión o limitación de ciertos tipos de daños. Si alguna exclusión o limitación establecida en este acuerdo viola la ley del estado aplicable a este acuerdo, el acuerdo deberá interpretarse de tal manera que se aplique la máxima exclusión o limitación permitida por la ley estatal aplicable. La invalidez o imposibilidad de hacer valer alguna disposición de este acuerdo no anulará las disposiciones restantes.

1.F.6. INDEMNIZACIÓN – Usted acepta indemnizar y eximir de toda responsabilidad a la Fundación, al propietario de la marca registrada, a cualquier agente o empleado de la Fundación, a toda persona que proporcione copias de las obras electrónicas de Project Gutenberg™ de conformidad con este acuerdo, y a todos los voluntarios asociados a la producción, promoción y distribución de las obras electrónicas de Project Gutenberg™, de toda responsabilidad, costo y gasto, incluidos los honorarios legales, que surjan directa o indirectamente de cualquiera de los siguientes hechos causados por usted: (a) la distribución de esta o cualquier otra obra de Project Gutenberg, (b) la alteración, modificación, adición o eliminación de cualquier obra de Project Gutenberg, y (c) cualquier defecto que usted cause.

Sección 2. Información sobre la misión de Project Gutenberg

Project Gutenberg es sinónimo de la distribución gratuita de obras electrónicas en formatos legibles por la mayor variedad posible de computadoras, incluyendo aquellas obsoletas, antiguas, de mediana edad y nuevas. Existe gracias a…

Page 756

esfuerzos de cientos de voluntarios y donaciones de personas de todos los ámbitos de la vida.

Los voluntarios y el apoyo financiero para brindarles a los voluntarios la asistencia que necesitan son cruciales para alcanzar los objetivos de Project Gutenberg y asegurar que la colección de Project Gutenberg siga estando disponible gratuitamente para las generaciones futuras. En 2001, se creó la Fundación del Archivo Literario Project Gutenberg para proporcionar un futuro seguro y permanente a Project Gutenberg y a las generaciones venideras. Para saber más sobre la Fundación del Archivo Literario Project Gutenberg y cómo sus esfuerzos y donaciones pueden ayudar, consulte las Secciones 3 y 4 y la página de información de la Fundación en www.gutenberg.org.

Sección 3. Información sobre la Fundación del Archivo Literario Project Gutenberg

La Fundación del Archivo Literario Project Gutenberg es una corporación educativa sin fines de lucro 501(c)(3) organizada bajo las leyes del estado de Misisipi y a la que el Servicio de Impuestos Internos le ha otorgado estatus de exención fiscal. El número de identificación fiscal federal de la Fundación es 64-6221541. Las contribuciones a la Fundación del Archivo Literario Project Gutenberg son deducibles de impuestos en la medida permitida por las leyes federales de los EE. UU. y las leyes de su estado.

La oficina administrativa de la Fundación se encuentra en 41 Watchung Plaza #516, Montclair NJ 07042, EE. UU., +1 (862) 621-9288. Los enlaces de correo electrónico y la información de contacto actualizada se pueden encontrar en el sitio web oficial de la Fundación en www.gutenberg.org/contact

Sección 4. Información sobre las donaciones a la Fundación del Archivo Literario Project Gutenberg

Page 757

Project Gutenberg™ depende de un amplio apoyo público y de donaciones para poder llevar a cabo su misión de aumentar la cantidad de obras en dominio público y con licencia que puedan distribuirse libremente en formato legible por máquinas, accesible desde la mayor variedad posible de equipos, incluidos los obsoletos. Muchas donaciones pequeñas (de 1 a 5.000 dólares) son especialmente importantes para mantener el estatus de exención fiscal ante el IRS.

La Fundación se compromete a cumplir con las leyes que regulan las organizaciones benéficas y las donaciones caritativas en los 50 estados de los Estados Unidos. Los requisitos de cumplimiento no son uniformes, y se necesita un esfuerzo considerable, mucha burocracia y numerosas tasas para satisfacerlos y mantenerlos al día. No solicitamos donaciones en lugares donde no hayamos recibido confirmación por escrito de cumplimiento. Para HACER DONACIONES o determinar el estado de cumplimiento en cualquier estado en particular, visite www.gutenberg.org/donate.

Aunque no podemos ni solicitamos contribuciones de estados donde no hemos cumplido con los requisitos de solicitud, no conocemos ninguna prohibición para aceptar donaciones no solicitadas de donantes de dichos estados que se pongan en contacto con nosotros ofreciéndose a donar.

Se aceptan con gratitud las donaciones internacionales, pero no podemos hacer declaraciones sobre el trato fiscal de las donaciones recibidas desde fuera de los Estados Unidos. Las leyes estadounidenses solas ya sobrecargan a nuestro reducido personal.

Consulte las páginas web de Project Gutenberg para conocer los métodos y direcciones de donación actuales. Las donaciones también se pueden realizar de otras maneras, como mediante cheques, pagos en línea y tarjetas de crédito. Para donar, visite: www.gutenberg.org/donate.

Sección 5. Información general sobre Project Gutenberg
Obras electrónicas

Page 758

El profesor Michael S. Hart fue el creador del concepto de Project Gutenberg: una biblioteca de obras electrónicas que podían compartirse libremente con cualquiera. Durante cuarenta años, produjo y distribuyó libros electrónicos de Project Gutenberg con el apoyo de una red reducida de voluntarios.

Los libros electrónicos de Project Gutenberg suelen crearse a partir de varias ediciones impresas, todas ellas confirmadas como no protegidas por derechos de autor en los Estados Unidos, a menos que se incluya una nota de derechos de autor. Por lo tanto, no necesariamente mantenemos los libros electrónicos en conformidad con ninguna edición impresa en particular.

La mayoría de las personas comienzan en nuestro sitio web, que cuenta con la principal herramienta de búsqueda de Project Gutenberg: www.gutenberg.org.

Este sitio web incluye información sobre Project Gutenberg, como cómo hacer donaciones a la Fundación del Archivo Literario de Project Gutenberg, cómo ayudar a crear nuestros nuevos libros electrónicos y cómo suscribirse a nuestro boletín electrónico para estar al tanto de las nuevas publicaciones.

Page 759

PDF language

Français https://pdftoflip.com/view.php?t=f5c2b7b5dda04ee8fe045374f8793f9d&bl=fr Translating…
Deutsch https://pdftoflip.com/view.php?t=f5c2b7b5dda04ee8fe045374f8793f9d&bl=de Translating…
日本語 https://pdftoflip.com/view.php?t=f5c2b7b5dda04ee8fe045374f8793f9d&bl=ja Translating…
한국어 https://pdftoflip.com/view.php?t=f5c2b7b5dda04ee8fe045374f8793f9d&bl=ko Translating…
Português https://pdftoflip.com/view.php?t=f5c2b7b5dda04ee8fe045374f8793f9d&bl=pt Translating…
Русский https://pdftoflip.com/view.php?t=f5c2b7b5dda04ee8fe045374f8793f9d&bl=ru Translating…
العربية https://pdftoflip.com/view.php?t=f5c2b7b5dda04ee8fe045374f8793f9d&bl=ar Translating…