The salon and English letters _ Chapters on the interrelations of literature and society in the age of Johnson Chauncey Brewster Tinker 861 downloads.pdf

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El eBook de Project Gutenberg de El salón y las cartas en inglés

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Título: El salón y las cartas en inglés
Capítulos sobre las interrelaciones entre la literatura y la sociedad en la época de Johnson

Autor: Chauncey Brewster Tinker

Fecha de publicación: 20 de octubre de 2023 [eBook #71916]

Idioma: Inglés

Publicación original: Estados Unidos: The Macmillan Company, 1915

Otra información y formatos: www.gutenberg.org/ebooks/71916

Agradecimientos: MWS, John Campbell y el Equipo de Corrección Distribuida en Línea en https://www.pgdp.net (Este archivo fue creado a partir de imágenes puestas generosamente a disposición por The Internet Archive/Canadian Libraries)

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*** INICIO DEL LIBRO ELECTRÓNICO DE GUTENBERG EL SALÓN Y LAS LETRAS EN INGLÉS ***
NOTA DEL TRANSCRIPCIÓN

Los anclajes de las notas al pie se indican con [número], y estas se han colocado al final del libro.
Algunos cambios menores en el texto se indican al final del libro.

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EL SALÓN Y LAS LETRAS EN INGLÉS

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LA COMPAÑÍA MACMILLAN
NUEVA YORK · BOSTON · CHICAGO · DALLAS

ATLANTA · SAN FRANCISCO

MACMILLAN & CO., Limited
LONDRES · BOMBAY · CALCUTA

MELBOURNE

LA COMPAÑÍA MACMILLAN DE CANADÁ, Ltd.
TORONTO

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La conversación
De Modales modernos de Samuel Hoole (1782)

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EL SALÓN
Y LAS LETRAS EN INGLÉS

CAPÍTULOS SOBRE LAS INTERRELACIONES
DE LA LITERATURA Y LA SOCIEDAD
EN LA ÉPOCA DE JOHNSON

DE

CHAUNCEY BREWSTER TINKER
PROFESORA DE LITERATURA EN INGLÉS
EN LA UNIVERSIDAD DE YALE

Nueva York
LA COMPAÑÍA MACMILLAN
1915
Todos los derechos reservados

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Derechos de autor, 1915,
por THE MACMILLAN COMPANY.

Montado y mecanografiado. Publicado en abril de 1915.

Norwood Press
J. S. Cushing Co.—Berwick & Smith Co.
Norwood, Mass., U.S.A.

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A
C. E. A.
Hijo del sabio padre
Más sabio

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ÍNDICE

PARTE I. EL CONTEXTO FRANCÉS

CAPÍTULO I
PÁGINA
Introducción 3

CAPÍTULO II
Origen y características del salón 16

CAPÍTULO III
El salón del siglo XVIII 30

CAPÍTULO IV
Autores ingleses en los salones parisinos 42

PARTE II. EL SALÓN INGLÉS

CAPÍTULO V
El salón inglés anterior 83

CAPÍTULO VI
Partes de conversación y reuniones literarias 102

CAPÍTULO VII
El Club Bluestocking 123

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CAPÍTULO VIII
El Salón de Londres 134

CAPÍTULO IX
Las mujeres de medias azules como autoras 166

CAPÍTULO X
La señora Montagu como mecenas del arte 189

CAPÍTULO XI
Resultados 209

PARTE III. El espíritu social en la literatura inglesa

CAPÍTULO XII
Johnson y el arte de la conversación 217

CAPÍTULO XIII
Walpole y el arte de la correspondencia familiar 236

CAPÍTULO XIV
Fanny Burney y el arte del diarista 254

CAPÍTULO XV
Boswell y el arte de la biografía íntima 268

ÍNDICE 285

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LISTA DE ILUSTRACIONES

El frontis de La conversación
PÁGINA ADYACENTE

El dique 102
Hannah More 157
Johnson señalando a la señora Montagu como mecenas del arte 199
Samuel Johnson 217
Boswell, el periodista 268
Boswell perseguido por el fantasma de Johnson 277

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PARTE I
EL CONTEXTO FRANCÉS

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CAPÍTULO I
Introducción

Es uno de los lugares comunes venerables de la crítica el afirmar que las “maneras”, en contraste con el romanticismo y la interpretación idealista de la vida, constituyen la mayor parte de la literatura del siglo XVIII. Con frecuencia, los comentarios comienzan y, con aún más frecuencia, terminan con esta banalidad. Pero ese amplio conjunto de obras denominado vagamente “literatura de costumbres” no puede ser descartado con un tópico tan simple como la vida que describe, sino que exige un método crítico tan variado como el tema tratado. En la medida en que este interés predominante del siglo se manifestó en las bellas letras, en la novela, el drama, la sátira y el verso descriptivo, no plantea problemas excepcionales al historiador literario; pero junto a estos géneros existen formas igualmente características de la época, pero mucho menos susceptibles de una crítica adecuada: la biografía íntima, la autobiografía, las memorias, los diarios y la correspondencia cotidiana. Estos deben ser necesariamente abordados de forma bastante somera por el historiador literario, ya que no tienen un carácter exclusivamente literario. Y por debajo de ellos, a su vez, hay ciertas expresiones del espíritu social tan anómalas que, como máximo, solo pueden retener la atención del crítico por un instante, y a menudo deben ser descartadas sin ninguna consideración. Entre estas, que son intangibles y efímeras por naturaleza, pero de suma importancia para dar origen a ciertos tipos de literatura, se encuentran la conversación, el salón, el club de autores y, en general, aquellas formas de actividad social que existen para estimular la producción o difundir la apreciación de la literatura. Estas, que en sí mismas no son más que literatura que la pintura o la política, a veces se acercan tanto a ella que las líneas divisorias se difuminan. Un mero registro de conversaciones, como el que confiere valor único a las páginas de Johnson de Boswell o al Diario de Fanny Burney, nos lleva a una zona limítrofe entre

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la sociedad y las letras, donde la distinción entre ellas es meramente formal. ¿Qué debe hacer un crítico con obras que apenas reclaman ser reconocidas como literatura (aunque el mundo las haya aclamado tanto), pero que existen claramente para registrar los placeres de la vida social? Tratarlas como «mera literatura», ignorando la vida social de la que surgieron y a la que rinden homenaje, es, por decir lo menos, inadecuado.

Es en esta zona fronteriza, este territorio donde la literatura y la sociedad se encuentran con respeto mutuo y, presumiblemente, en beneficio mutuo, donde propongo abordar este volumen. Trazaré, en la medida de lo posible, el intento realizado en Inglaterra entre 1760 y 1790 de emular el mundo literario de París, acercando a los hombres de letras y a los hombres de mundo, y haciendo que las cosas del espíritu se convirtieran en una afición de la salón; y posteriormente me esforzaré por mostrar los resultados de este movimiento tal como se manifiestan en la mayor calidad artística de tres o cuatro tipos de escritura.

Mientras las letras y la sociedad mantuvieron esta relación íntima y los hombres y sus modales se consideraran el estudio suficiente para los poetas, era natural que los autores se reunieran en la metrópoli. La ciudad era para ellos «el verdadero escenario para un hombre de letras»; «la fuente de inteligencia y placer», el lugar de «una sociedad espléndida» y el sitio donde «un hombre podía almacenar su mente mejor que en cualquier otro lugar».[1] Cuando el antiguo ideal de las letras fue reemplazado por uno más amplio y quizá más noble, la supremacía de la metrópoli como centro literario cayó con él; pero en la época de Johnson, Londres seguía siendo tierra de promesas, a la vez taller y club, disciplina y oportunidad. «Una gran ciudad es, sin duda», dijo Johnson, «la escuela para estudiar la vida».

Johnson, Goldsmith, Burke, Fielding, Smollett, Sterne, Sheridan, Beattie, Chatterton, Crabbe, Boswell y muchos otros se dirigieron allí, como lo habían hecho sus predecesores durante generaciones, en busca de su fortuna literaria o para disfrutar de su recién adquirida fama.

Los clubes de autores, apenas menos populares que en la época de Ana, indican una centralización aún mayor. Una teoría de la literatura basada firmemente en

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La razón y la tradición de los clásicos generaron una solidaridad de sentimientos entre los hombres de letras, lo cual fue de gran utilidad para hacer que sus objetivos fueran comprensibles para la sociedad en general. Los libros no estaban destinados a ser un lujo exclusivo para el público en general. Los poetas no se esforzaban por ser oscuros o ambiguos. La democracia creciente de lectores respetaba aquello que consideraban que comprendían. Reyes, iglesia, mujeres de la alta sociedad, mujeres sin posición social, pintores, actores y universidades se unieron para rendir homenaje a una literatura que aún no se había fragmentado en la confusión del individualismo. En resumen, el mundo de las letras seguía siendo un reino. Al igual que en París, era posible establecer alianzas. El salón era el resultado natural del interés intelectual del mundo lector; reflejaba esa misma comunidad de sentimientos entre los lectores que ya habíamos observado entre los escritores, y estos, a su vez, la respetaban. En Londres, al igual que en París, era posible encontrar a los hombres ilustres y destacados reunidos en algunos lugares frecuentados, ya fuera en salones o clubes. “Me atreveré a decir”, comentó Johnson[2] a un grupo de amigos, “que hay más conocimiento y ciencia dentro del radio de diez millas desde donde estamos sentados ahora que en todo el resto del reino”; y en una ocasión, cuando estaba de buen humor, afirmó que el grupo que estaba sentado con él alrededor de la mesa era superior a cualquier otro que pudiera reunirse incluso en París. No era un ideal de sociedad mediocre el que tenían grupos como estos. La mera erudición o la exhibición de agilidad retórica no eran su objetivo principal. El deseo de ser sensatos se mezclaba con el deseo de ser inteligentes, y así se producía esa sabiduría que el siglo XVIII solía llamar ingenio. El ingenio era, en esencia, una forma de expresar la verdad de manera concisa. Por supuesto, era importante hablar de manera mundana, pero el ideal mundano era hablar con sentido. Existía una disposición general a dar y recibir información en las relaciones sociales cotidianas. No difundir información, no tener nada concluyente en lo que se decía, significaba fracasar. Johnson sostuvo en una ocasión que Goldsmith no era “un hombre social”: “nunca intercambió ideas contigo”.[3] Por otro lado, a Johnson le encantaban las conversaciones de Burke porque eran…

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Ebullición de una mente plena.[4] “El hombre que habla para aliviar su mente es el hombre que puede deleitarte”, dijo él.[5] La familiaridad alegre no era el ideal social: la verdadera sociabilidad era una comunión de mentes. Madame du Deffand resumió su crítica a una cena en casa de Madame Necker con las palabras: “No aprendí nada allí”. [6] Fue a un ideal tan claramente educativo al que respondieron el salón y el club. La pasión por tal tipo de sociedad era similar a la que muchas almas serias sienten hoy en día por la vida universitaria. Respirar su aire significaba crecer en la gracia de la sabiduría. En esta idealización de la vida social podemos encontrar la explicación de muchas de las llamadas “deficiencias” de la época: su indiferencia hacia la Naturaleza (sea lo que sea eso), su preferencia por la vida urbana, su sentido común, su temor a lo romántico e imaginario, y a todo aquello que parece rechazar la vida intelectual y su expresión social. Tal era el placer por la sociedad que sentían Hannah More y Fanny Burney en sus años jóvenes. Tal era el placer de Boswell. La grandeza de este último, tan ridículamente difamado, se basa por completo en su comprensión de la importancia del instinto social. Boswell no era simplemente un “escalador” social; era un hombre que tenía el sentido de ver un atajo hacia la educación. Llamarlo sapo o cazador de plumas puede ser una ingeniosa demostración de los dones denigratorios de uno, pero revela una sorprendente ignorancia sobre el hecho de que un hombre puede educarse a sí mismo a través del contacto directo con grandes mentes. Sería una explicación simple para todo este respeto por el salón y sus discusiones señalar que Inglaterra disfrutaba entonces de una época de libertad de expresión. Es aún más simple señalar que había muchas discusiones porque había mucho de qué hablar. Existían problemas que enfrentaba el público y que no eran menos importantes que las novelas. Todo esto es cierto, pero carece un poco de sutileza. La peculiar adaptabilidad de estos problemas a la conversación se debía al hecho de que, en general, seguían siendo problemas de tipo remoto e idealista. Todavía no exigían una solución inmediata, para bien o para mal. Por supuesto, hay que hacer excepciones con las cuestiones puramente…

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político, pero el resto de ellos: la teoría de la igualdad y la forma republicana de gobierno, el desarrollo de la maquinaria, la educación de las masas, el humanitarismo, el problema de la Iglesia aristocrática, complaciente y dormida, el romanticismo y todo el conjunto de teorías popularizadas por Rousseau, ya habían sido expuestas y ampliamente discutidas, pero aún no habían sacudido a la sociedad hasta sus cimientos. Seguían siendo en gran medida teóricas. Los pensamientos de los hombres estaban ocupados y sus lenguas atareadas, pero sus corazones aún no les fallaban por miedo. Podemos citar como ejemplo significativo la posición de las clases bajas. Aún no había habido ningún disturbio serio en lo que Boswell solía llamar «el gran esquema de subordinación». Boswell no era tonto. De hecho, tenía una mentalidad excepcionalmente abierta; sin embargo, en asuntos como este, sus ideas apenas superaban un feudalismo benévolo. A pesar de su interés por Rousseau, a pesar de su simpatía por Córcega y América, pudo registrar con aprobación moderada la denuncia de Johnson[7] contra una joven que se había casado con «alguien de rango inferior», así como el deseo del gran moralista de que tal deslealtad «fuese castigada para disuadir a otros de cometer la misma perversión». Para Johnson, la democracia no podía ser más que una teoría cuando afirmó[8] que «si fuera un caballero propietario de tierras, echaría a todos sus arrendatarios que no votaran por el candidato al que él apoyaba», argumentando que «la ley no significa que el privilegio de votar deba ser independiente de los intereses familiares tradicionales». Asimismo, cuando explicó a la señora Macaulay «la absurdidad de la doctrina de la igualación» pidiéndole a su criado que se sentara a cenar con ellos[9], se imaginaba a sí mismo destrozando una ilusión de un solo golpe. Dichas nociones de «igualación», al ser por el momento doctrinarias, sin duda podrían ser refutadas con un comentario ingenioso. Con la caída de la Bastilla, adquirieron un aspecto diferente. La situación no era muy distinta entre escritores menos conservadores que Johnson. Horace Walpole tenía una percepción vaga de que la tendencia de los acontecimientos estaba destruyendo el antiguo orden, pero nunca sospechó que

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Las teorías discutidas en los salones debían tener resultados prácticos inmediatos. Su actitud se evidencia claramente en su relato sobre ciertos eruditos parisinos que expresaban escepticismo en presencia de sus criados. «La conversación», escribe, «era mucho más irrestricta, incluso sobre el Antiguo Testamento, de lo que yo toleraría en mi propia mesa en Inglaterra, si estuviera presente aunque fuera un solo sirviente».[10] Walpole ciertamente no era un ferviente defensor de la fe ortodoxa, pero, por más escéptico que fuera, no estaba dispuesto a abordar todos los problemas relacionados con la difusión de dicha doctrina. Al parecer, la religión seguiría siendo algo adecuado para los sirvientes. Incluso Hume y Gibbon, los favoritos de los salones parisinos, consideraban que los problemas que ellos mismos habían contribuido a plantear eran, en gran medida, cuestiones especulativas. Gibbon, por ejemplo, se jactaba de haber vencido al abad Mably en una discusión sobre la forma republicana de gobierno[11]; y esto tan solo unos años antes de la fundación de las dos grandes repúblicas de la época moderna. La ironía de su triunfo debió quedarle clara poco después, ya que el 9 de septiembre de 1789 escribió a Sheffield: «¡Qué escena es Francia! Mientras la Asamblea vota proposiciones abstractas, París es una república independiente». En agosto del año anterior había expresado su asombro «ante la Revolución Francesa». Quizá podamos reservar parte de nuestro asombro para aquel historiador que no se dio cuenta de que las teorías con las que estaba familiarizado desde hacía tiempo en los salones dejarían de ser meros temas de discusión. Este fracaso de los autores ingleses para simpatizar plenamente con las doctrinas francesas de la época resulta tanto más sorprendente cuanto que los franceses habían considerado durante mucho tiempo a Inglaterra como el hogar de la razón y de la libertad.[12] De hecho, Francia había recurrido a Inglaterra en busca de esa «libertad de pensamiento» que le estaba negada; pero, una vez adoptada, la llevó a extremos que sus maestros, de mentalidad conservadora, jamás habrían podido imaginar. D’Alembert, sin duda la figura más destacada de los salones, reconoció en su Ensayo sobre los hombres de letras que fueron las obras de los autores ingleses las que transmitieron a los franceses su preciosa libertad de pensamiento.[13] Así pues

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Es común el elogio hacia Inglaterra, y ahora él se siente obligado a protestar contra el mayor avance del anglismo.[14] Pero en vano. Las décadas pasaron sin que disminuyera el respeto por Inglaterra. En 1763, Gibbon[15] seguía encontrando populares en París las opiniones, modas y juegos ingleses; a todo inglés se lo trataba como patriota y filósofo, y el mismo nombre de Inglaterra era «clarum et venerabile gentibus». Al año siguiente, Voltaire, quien había hecho tanto con elogios acertados y críticas erróneas para difundir el conocimiento de la literatura y la filosofía inglesas, dirigió a la Gazette Littéraire una carta[16] que contenía una defensa de la anglomanía reinante. En ella se burlaba de aquellos que consideraban un «crimen» estudiar, observar y filosofar como lo hacían los ingleses. Un año más tarde, apareció la obra teatral de Saurin, L’Anglomanie,[17]; aunque su éxito en el escenario no fue grande, Walpole consideró oportuno enviarle a Lady Hervey una copia como ejemplo de una moda imperante. El personaje principal, Éraste, que muestra preferencia por Hogarth sobre todos los demás pintores, que cita a Locke y Newton y bebe té en el desayuno, resume sus opiniones en estos versos:
Les précepteurs du monde à Londres ont pris naissance.
C’est d’eux qu’il faut prendre leçon.
Aussi je meurs d’impatience
D’y voyager. De par Newton
Je le verrai, ce pays où l’on pense.

Todo esto, por supuesto, es farsesco; pero el autor, miembro de la Academia Francesa, tenía un propósito serio. Atacaba una actitud expresada en el conocido elogio de Voltaire: «El sol de los ingleses es el fuego del genio». Saurin, en su prefacio, declara su estima por Inglaterra y sus autores, pero afirma que la popularidad de este «culto» se debe al rechazo celoso de los franceses hacia sus propios autores, una conclusión no del todo evidente. En cualquier caso, el académico sentía que tenía un deber hacia la nación. En 1772 revisó su comedia, y esta fue representada nuevamente.

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Pero la anglomanía continuó existiendo. Los autores ingleses seguían siendo recibidos con agrado en los salones. Madame du Deffand se atrevió a afirmar que eran completamente superiores a los franceses en todos los aspectos relacionados con el razonamiento.[18] El idioma inglés era estudiado cada vez más, y los novelistas y filósofos ingleses seguían siendo populares. Madame Necker relata[19] una anécdota sobre una dama que fue a Inglaterra “para renovar sus ideas”. Quizás esa dama estaba siguiendo el famoso consejo de Montesquieu: viajar a Alemania, permanecer en Italia y pensar en Inglaterra.

La anglomanía, por lo tanto, era algo más que una moda pasajera; era simplemente la manifestación superficial de un respeto hacia la filosofía de vida inglesa, que los franceses habían tomado más en serio que los propios ingleses. Ocurrió, como ya ha sucedido en más de una ocasión, que la literatura inglesa fuera más apreciada en el extranjero que en su propio país. “Hemos aumentado”, dijo Madame Necker a Gibbon,[20] “incluso entre ustedes, la fama de sus propios autores”. Las novelas inglesas se leían en Francia por los nuevos ideales de vida que se suponía que encarnaban; y muchas cosas que en Inglaterra eran simplemente un pasatiempo —como Clarissa, por ejemplo— se convirtieron en Francia en una filosofía de conducta. Filósofos como Hume y historiadores filosóficos como Gibbon descubrieron que París disfrutaba honrando a aquellos profetas a quienes Inglaterra era demasiado negligente como para condenar.

Así, el discípulo superó a su maestro y, de hecho, se convirtió en el maestro. En las primeras décadas del siglo, Voltaire y Montesquieu fueron a Inglaterra para disfrutar del privilegio del pensamiento; en las décadas posteriores, los ingleses visitaron París con un propósito muy similar. Desde mediados del siglo hasta el estallido de la guerra en 1778, los ingleses pudieron conocer, a través de las conversaciones en los salones, qué había hecho una nación, siempre radical en su esencia, de las teorías del libre pensamiento, la libertad y la igualdad ante la ley, teorías que ellos mismos habían tomado de Inglaterra a través de Voltaire y Montesquieu. Los autores ingleses eran recibidos con cordialidad y respeto, algo que nunca les habían mostrado en su propio país. Encontraron en…

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París era un sistema social dedicado a honrar a los autores y a las filosofías que difundían. Era el salón, el cuna de las nuevas ideas.

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CAPÍTULO II
Origen y características del salón

La característica invariable del salón, en todas las épocas y en todos los países, es la posición dominante que le otorga a la mujer. Es la mujer quien crea la atmósfera y la influencia propias de los salones; es ella, con su instinto por la sociedad y por la literatura, quien tiene más posibilidades de lograr fusionar dos ideales de vida aparentemente opuestos: el social y el literario. El salón no es simplemente una sala de estar ni un estudio solitario, sino que actúa como intermediario entre el bullicio caótico de uno y el silencio profundo del otro. Los objetivos del salón quedan claramente evidenciados por las burlas de aquellos enemigos que acusan a la anfitriona de intentar transformar un grupo de pedantes y aficionados en un círculo de cortesanos. El mundo social suele reírse del salón porque le recuerda a una sala de conferencias, mientras que los eruditos se burlan de él porque pretende tener la distinción de una corte literaria.

Los primeros salones fueron, de hecho, cortes: las cortes del Renacimiento italiano. En los salones parisinos de siglos posteriores encontramos los restos de esa sociedad italiana anterior, cuya verdadera relación solo se comprende cuando la relacionamos con ese origen remoto. A la luz de ese amanecer italiano, todo adquiere un sentido coherente. Muchas cosas que parecen extrañas e inconexas en la vida de los salones cobran sentido: la posición de autoridad del erudito, la influencia única de la mujer y la tendencia a establecer relaciones “platónicas” entre los sexos. El humanismo, el platonismo y la galantería fueron aspectos del Renacimiento y de la corte italiana; y en sus manifestaciones menores, como el conocimiento, el filosofismo y el “amor platónico”, siguen siendo características de los salones. Asimismo, las cortes del siglo XV dieron forma a muchos movimientos: continuaron el sistema medieval de mecenazgo y adoptaron muchas de las costumbres de galantería de las antiguas “cortes del amor”.

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Y llevaron el nuevo humanismo a un contacto vital con la sociedad, de modo que la expresión del pensamiento serio era igualmente posible en las conversaciones como en los estudios o en las aulas. Cada uno de estos aspectos perdura en los salones. La corte del Renacimiento puede estudiarse en cualquiera de los numerosos ejemplos existentes. Podemos encontrar el ideal plasmado en el grupo de artistas y hombres de letras que rodeaban a la joven Beatriz d’Este, mecenas de Leonardo y de muchos otros; podemos verlo en la corte de su hermana, Isabella, marquesa de Mantua; también podemos verlo en el círculo de Caterina Cornaro, antigua reina de Chipre y, en sus últimos años, dueña de una pequeña corte en Asolo. Podemos estudiarlo en su forma más grandiosa en la corte, algo anterior, de Lorenzo el Magnífico, con su imitación consciente del simposio griego. La corte que acogió a Poliziano, Pulci, Ficino el platónico, Alberti y, más tarde, a Miguel Ángel, bien podría haberse autodenominado “la pequeña academia” de La labor perdida del amor. Pero quizás el ejemplo más útil sea la encantadora corte de Urbino, descrita por Castiglione en su Cortesano. Si se objeta que la descripción de Castiglione sobre la vida cortesana es demasiado idealizada para ser completamente fiel a la realidad, si se trata de una sociedad más perfecta que cualquier otra de la que se pueda dar prueba, respondo que eso la hace aún más adecuada para nuestro propósito. Son los ideales los que nos interesan; así nos ahorramos el esfuerzo de reconstruirlos por nosotros mismos. No hay nada que ganar recordando que las cortes atraían a parásitos, aduladores y oportunistas; son los objetivos más elevados de los hombres geniales y de las mujeres nobles que las patrocinaban los que merecen nuestra atención. Castiglione conocía estos objetivos, y no podemos hacer mejor que citar sus palabras tal como fueron transmitidas a la Inglaterra isabelina en la hermosa traducción de Hoby. La primera cita se refiere a Federico, primer duque de Urbino:

Este hombre, entre sus demás hechos dignos de elogio, construyó, en la difícil y hostil situación de Urbino, un palacio que, según muchos, era el más hermoso de toda Italia; y lo dotó de…

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todos los elementos necesarios para ello, de modo que no pareciera un palacio, sino una ciudad en forma de palacio; y no solo con objetos comunes, como platos de plata, cortinajes para las habitaciones hechos de telas muy ricas de oro, seda y otras similares, sino también con cosas destinadas a embellecerlo: y para adornarlo por completo, colocó allí una cantidad asombrosa de imágenes antiguas de mármol y metal, pinturas muy excelentes e instrumentos musicales de todo tipo; y no quería que hubiera allí nada que no fuera lo más raro y exquisito. Con grandes gastos reunió además una gran cantidad de libros muy excelentes y raros, en griego, latín y hebreo, los cuales todos decoró con oro y plata, considerando esto como el principal adorno de su gran palacio...

Pasemos ahora a la corte de su hijo Guidobaldo, quien continuó las tradiciones de su padre:

Él ponía por encima de todo el gusto en tener su casa llena de caballeros muy nobles y valiosos, con quienes vivía de manera muy familiar, disfrutando de su compañía; el placer que él daba a los demás no era menor que el que recibía de ellos, porque era muy hábil en ambas lenguas, y además, junto con un comportamiento amable y cordial, poseía conocimientos sobre infinitas cosas... Como el duque, debido a su enfermedad, solía irse a descansar poco después de la cena, todos, por costumbre, a esa hora se dirigían donde se encontraba la duquesa, la señora Isabel Gonzaga. Allí también estaba siempre la señora Emilia Pia, quien, por haber sido dotada de un ingenio y juicio tan vivaces como sabéis, parecía ser la líder y alma de toda la compañía, y todos recibían de ella inteligencia y valentía.[23] Allí se escuchaban conversaciones agradables y divertidas, y en la actitud de cada uno se podía percibir una alegría afectuosa. Así que esta casa, en verdad...

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Podría llamarse la verdadera mansión de la Miel y la Alegría. Y creo que nunca se había probado algo así en otro lugar: qué maravillosa es la dulce conversación que surge de una compañía amable y afectuosa, como ocurría allí... Pero tal era el respeto que le teníamos a la Duquesa, que esa misma libertad se convertía en un gran freno. Tampoco había nadie que no considerara el mayor placer del mundo complacerla, y el mayor dolor ofenderla. Por esta razón, allí coexistían las condiciones más honestas con una libertad asombrosamente grande, además de diversiones y temas para reírse, todo ello adaptado a sus gustos... Los caballeros de la casa se reunían inmediatamente después de la cena donde estaba la Duquesa. Entre otras distracciones, como la música y los bailes, que practicaban constantemente, a veces planteaban preguntas ingeniosas, otras veces inventaban ciertos juegos y entretenimientos, a veces ideados por uno y otras veces por otro; y bajo diversos pretextos, con frecuencia quienes observaban abrían sutilmente su imaginación ante aquellos a quienes consideraban más adecuados. Otras veces surgían otros debates sobre diversos temas, o bromas con invenciones rápidas. Muchas veces se dedicaban a lo que hoy llamamos “juegos de ingenio”, en los cuales, en este tipo de conversaciones y debates, todos disfrutaban enormemente: porque (como ya he dicho) la casa estaba llena de personas de gran inteligencia.

Estos “entretenimientos” conversacionales se disfrutaban casi todas las noches:

Y el orden era el siguiente: tan pronto como se reunían donde estaba la Duquesa, cada hombre se sentaba donde quería, o según le tocaba, en círculo; y al sentarse se asignaba un hombre y una mujer, siempre y cuando hubiera mujeres, ya que, por lo general, el número de hombres era mucho mayor. Luego eran guiados según...

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La Duquesa consideró que lo mejor era confiar esta tarea en muchas ocasiones a la señora Emilia.

Il Cortegiano es un homenaje a este grupo y a las conversaciones que en él tenían lugar. El espíritu del libro no puede resumirse en unas pocas citas; sin embargo, una lectura detallada revelará los siguientes hechos: que hombres y mujeres se encuentran en un plano de igualdad, que es la presencia de las mujeres (aunque en menor número que los hombres) la que confiere ese tono especial de ligereza y galantería; que el autor busca en la corte no solo recompensas, sino también inspiración; que las conversaciones más nobles (como el discurso de Bembo al final) se transforman en poesía; que las conversaciones tienen un carácter clásico y filosófico, a menudo platónico, pero que esta gran seriedad no excluye la alegría y el ingenio.[26] Estos objetivos no son otros que los del salón.

Este ideal, difundido por toda Europa, tuvo una historia larga y brillante. Lo volveremos a encontrar en los salones cortesanos de la Inglaterra isabelina, e incluso en las comedias de Shakespeare. La tradición llegó a Francia y allí se convirtió en la influencia determinante para la formación del gran modelo del salón parisino: el Hôtel de Rambouillet.

Al rastrear los orígenes del Hôtel de Rambouillet hasta las cortes italianas anteriores, dos hechos destacan como de suma importancia. En primer lugar, ese salón fue fundado por una mujer que era en parte italiana, había pasado muchos años en Italia y conocía las tradiciones de la antigua nobleza. En segundo lugar, el Hôtel de Rambouillet surgió como protesta contra la rudeza de la corte gascona en París, y representó un intento por crear una sociedad más digna.

Cuando, en la segunda década del siglo XVII, Catalina de Vivonne abrió su famoso salón en la Rue Saint Thomas du Louvre e inició la era del buen gusto en Francia, su salón mostró casi de inmediato ciertos aspectos que ya habían caracterizado a las cortes italianas.

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que se convertirían, en diferentes grados, en características permanentes del salón parisino y de su homólogo londinense. La marquesa de Rambouillet se convirtió en el modelo y ejemplo de todas las anfitrionas posteriores. Incluso las mujeres inglesas de alta sociedad sabían que descendían de ella. En su poema Bas Bleu,[27] Hannah More compara al grupo inglés con aquel que se reunía en el Hôtel de Rambouillet, y Wraxall[28] retomó más tarde esa comparación y desarrolló la paralelía entre las salas de Londres y las de París. El Hôtel de Rambouillet, por lo tanto, es el prototipo del salón. Nos permite distinguir lo que es permanente y común a todos los salones, de lo que es meramente temporal. Por conveniencia, realizaré un agrupamiento en cinco categorías de estas características. Por supuesto, se entiende que este análisis no ofrece una caracterización completa del Hôtel de Rambouillet; pues esa sociedad tenía ciertos objetivos importantes —como el intento de purificar el idioma— que no estaban destinados a convertirse en rasgos permanentes de los salones posteriores, y por eso se pasan por alto. Tampoco hay que suponer que el análisis en cinco categorías describe cada uno de los salones posteriores. Un salón dado puede carecer por completo de una de estas características —aunque, creo, nunca de la mayoría de ellas— sin perder su carácter; y en la medida en que un salón dado cumpla con estas cinco condiciones, podemos decir que se acerca al ideal.
(1) En primer lugar, entonces, la casa, la propia sala en la que se reúne la compañía, influye en la formación de su espíritu y en el establecimiento de su reputación. Acabamos de examinar la descripción de Castiglione sobre la magnificencia de Urbino: se exige algo de ese esplendor real al salón. Fue el sentido de la marquesa de Rambouillet para la disposición arquitectónica y la decoración lo que contribuyó a su éxito social. De hecho, el nombre por el que se conoce su salón lo indica claramente. Como es bien sabido, ella comenzó dividiendo el gran salón de recepciones, con su vasta y fría atmósfera poco propicia para las relaciones sociales, en una serie de salas y rincones más pequeños, creando así espacios adecuados para conversaciones íntimas, distintos del bullicio y la multitud. Su

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Su habitación favorita, la Chambre Bleue d’Arthénice[29], donde un reducido número de personas —como máximo dieciocho— se sentaban junto a su sofá, era el centro y el alma de la casa. Era el templo perfumado de las Gracias, donde el año estaba siempre en primavera, el refugio de Flora y el trono de la propia Atenea. Esta habitación se reprodujo en innumerables “alcobas”, “habitaciones azules” y rincones a lo largo de los siglos XVII y XVIII. Madame de Boufflers era famosa por sus apartamentos adornados con damasco de color rosa, y Madame Geoffrin por su casa, llena de porcelanas y bronces raros, retratos de Boucher y cuadros de Van Loo.

(2) El salón debe mantener un tono aristocrático, pero sin someterse a la formalidad estricta de la aristocracia. Establece un estándar de reconocimiento basado en el talento[30], y ni acoge ni rechaza a la nobleza. Incluso era posible para los burgueses obtener acceso al Hôtel de Rambouillet y tener allí una carrera. Vincent Voiture, conocido como “Chiquito”, hijo de un comerciante de vinos, se convirtió en el alma de todas las diversiones. Su posición nos recuerda ahora al bufón medieval, ahora a Beau Nash, el Rey de Bath.

En el siglo XVIII, los salones se enorgullecían de representar una democracia de genios. Madame Geoffrin era hija de un ayuda de cámara y esposa de un fabricante; Madame Necker era hija de un pastor suizo; y Mlle. de Lespinasse, una huérfana que había sido “compañera humilde” de Madame du Deffand y que no contaba con medios suficientes para agasajar a sus invitados en las cenas. El ingenio, el intelecto y la personalidad, más que el nacimiento noble, se convirtieron en la clave del éxito social.

(3) La principal forma de entretenimiento que ofrecían los salones era la conversación, de carácter literario o filosófico. Otros entretenimientos, como los que describe Castiglione en Urbino, no estaban necesariamente excluidos, y en Francia, el baile, las excursiones, el juego de cartas y los juegos de azar eran populares en diversos salones y en diferentes épocas. Pero la conversación siempre volvía a imponerse al final. La discusión se estimulaba mediante la lectura de obras originales.

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Poemas, ensayos, sermones y obras de teatro. La crítica de estos, especialmente de las obras de teatro, tuvo una importancia considerable en la formación del espíritu de la literatura francesa. En particular, el salón dio origen a ciertas formas menores de literatura: epístolas, epigramas, versos improvisados de todo tipo, “pensamientos”, máximas, buenos modismos, “retratos” y elogios.[31] Pero más importante que todo esto es su influencia formativa, inconsciente, en artes como la correspondencia, la biografía y todo tipo de escritos anecdotarios.

(4) Las amistades en el salón son de una profundidad y calidez especiales; ocasionalmente se transforman en pasión, pero siempre de forma platónica y no afectiva. Así, el salón, donde la mujer ocupa el trono y lo domina sobre un grupo de personas (principalmente hombres), es quizás la última fase de la corte italiana, con sus galanterías y culto a las mujeres. Este estilo se transmitió al salón francés, aportando ese tono sentimental y de amor platónico que se encuentra en Il Cortegiano, y que se convirtió en característico de Sappho Scudéry y del siglo XVII posterior. En el siglo XVIII, esta amistad sentimental se combinó con el sistema más práctico del mecenazgo, dando lugar a un tipo de relación difícil de definir: por un lado, era tan utilitaria que parecía filantropía; por otro lado, podía transformarse en una pasión intensa, comparable a la de Abelardo y Heloísa. Ejemplos de esto son las diversas relaciones entre Madame Geoffrin y Marmontel, Madame du Deffand y d’Alembert, Madame du Deffand y Horace Walpole, Madame de Boufflers y David Hume, Mlle. de Lespinasse y d’Alembert, Mlle. de Lespinasse y Guibert, Madame Necker y Edward Gibbon.

(5) La anfitriona del salón es invariablemente objeto de descripciones ideales; se exaltan sus encantos como anfitriona, sus méritos como mecenas y su superioridad general sobre las Musas. Desde el elogio de Castiglione a Isabel Gonzaga, pasando por el Hôtel de Rambouillet (donde Malherbe era como un poeta laureado), hasta la muerte de Mlle. de Lespinasse, cuyo genio era…

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Celebrado por D’Alembert en el Tombeau de Mlle. de Lespinasse, este es un resultado casi siempre presente en la vida de los salones. Estas son, entonces, las marcas permanentes mediante las cuales podemos detectar esa interacción entre la vida social y la literaria en lo que, a falta de un término mejor, llamamos salón. Hay dos características de esta vida que solo se manifiestan en ciertos momentos y que no es apropiado incluir, aunque se les atribuya más generalmente a los salones que a cualquier otra cosa ya mencionada. Se trata de fases transitorias; pero deben ser consideradas brevemente, al menos para evitar suposiciones erróneas. Las mujeres de los salones suelen ser consideradas como “femmes savantes”, o “damas eruditas”, que aparentan tener conocimientos que en realidad no tienen fundamento alguno. Tales mujeres pedantes eran figuras comunes en los salones de una determinada época. La descripción que de ellas hace Molière no es más exagerada de lo que exigen los propósitos del arte cómico. También hay que admitir que tales mujeres pueden aparecer de vez en cuando en los salones de cualquier época; encontraremos algunas en las páginas de este volumen. Pero no son comunes en los mejores salones de las mejores épocas. Ni al principio, ni en el siglo XVIII, las anfitrionas de los salones eran lo que ordinariamente entendemos por “femmes savantes”. Sobre Madame de Rambouillet, por ejemplo, escribe el señor Vourciez: “[32] Eran los alimentos más sólidos que ella digería, sin pretender convertirse en una ‘mujer erudita’, ya que Balzac podría haberle dirigido también a ella el cumplido que hizo a Madame des Loges: ‘Usted sabe una infinidad de cosas raras, pero no se comporta como una erudita, y no las ha aprendido para dar clases’”. En cuanto a las mujeres del siglo siguiente, ayudaban a sus amigos principalmente con cualidades que tienen poco que ver con el conocimiento bibliográfico: una inteligencia excepcional, ingenio, simpatía y buen gusto. No pretendían ser eruditas. De hecho, se enorgullecían más bien de su ignorancia al respecto. Confundir a Madame Geoffrin, quien decía no saber deletrear, y a Madame du Deffand, a quien aburría un erudito, con una mujer como…

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Armande o Bélise parecen haber querido acabar de una vez con todas las distinciones. Es como confundir a Próspero con Polonio. No es menos cierto que las mujeres de los salones no eran permanentemente ridículas y pretenciosas. La pretensión tuvo su época; cumplió su función (que de ningún modo era despreciable); y fue ridiculizada hasta desaparecer. En 1750 ya no existían mujeres pretenciosas. De hecho, la penetrante ironía de Madame du Deffand, el ingenio sencillo de Madame Geoffrin y el ardor romántico de Mlle. de Lespinasse están a igual distancia de las vanidades y las delicadezas exageradas de los salones anteriores. “Solo el primer paso cuesta”, dijo Madame du Deffand sobre Saint Denis, quien caminaba con su cabeza cortada en las manos; “Soy una gallina que ha incubado huevos de pato”, dijo Madame Geoffrin de sí misma y de su hija; “Casi nadie necesita ser amado”, dijo Mlle. de Lespinasse a su amante infiel. ¿Es este el lenguaje de la pretensión?

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CAPÍTULO III
El salón del siglo XVIII

Un salón no es simplemente un club literario. Es algo más que un grupo de hombres y mujeres reunidos en una sala para discutir literatura o encontrarse con un poeta. Su objetivo es ejercer una influencia creativa en el mundo literario. No se ocupa de la literatura como producto terminado que deba estudiarse, sino de la literatura como algo en constante desarrollo que puede ser cultivado. Por lo tanto, va más allá del producto hacia su creador, buscando influir en los personajes e ideas a partir de los cuales se forman los libros. Es una academia informal. Su objetivo es privado, ya que está directamente relacionado con la mejora de la situación de los autores, y público, ya que intenta moldear la opinión pública.

En esencia, se trata de un sistema de mecenazgo. Ofrece al autor esa ayuda, publicidad y protección que antiguamente buscaba en un mecenas. El mecenazgo de la literatura fue, como hemos visto, una característica esencial de la vida cortesana del Renacimiento. Sobrevivió durante el siglo XVII en las cortes y en las casas nobles. Durante su rápido declive en el siglo XVIII, muchos de sus deberes fueron asumidos por los salones. A través de la anfitriona, el salón entregaba dinero en regalo, concedía pensiones no oficiales, pagaba las facturas de los impresores e incluso proporcionaba hogar a los autores. Walpole se divertía con la cantidad de autores que eran “colocados” en las casas de damas francesas. Madame Geoffrin en París, al igual que la señora Montagu en Londres, era reconocida como mecenas de todas las artes, y ambas donaban su riqueza para apoyar a autores indigentes o imprudentes.

Pero el salón otorgaba un favor aún más valioso: el reconocimiento del mérito literario. Al igual que el mecenas, avalaba a los nuevos autores. Brindaba su apoyo a sus nuevas ideas. Y en esta forma más sutil de mecenazgo, en…

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Al asumir las funciones de un jurado o academia literaria, anticipó a la prensa moderna, ya que tenía una influencia similar y cometía errores semejantes. Al igual que la crítica moderna, era temida al mismo tiempo que buscada por los autores, quienes a veces fingían despreciar sus dictámenes pero nunca los ignoraban. El salón actuaba como intermediario entre el autor y el público. Su objetivo, al igual que el de un verdadero crítico, era corregir tanto la soberbia del autor como la indiferencia del mundo. Respondía a una genuina demanda crítica surgida con la desaparición del obsoleto sistema de mecenazgo y con el rápido crecimiento de una democracia lectora. El salón recuperó su actividad durante un período de transición; satisfacía una necesidad específica en condiciones cambiantes, y desapareció con el amanecer de un nuevo siglo que contaba con su propio sistema de crítica para otorgar fama y crear opinión. El creciente espíritu de independencia en el autor ya había causado una grave insatisfacción con el antiguo orden de cosas, mientras que la tendencia cada vez mayor a disfrutar de la compañía de sus semejantes en clubes y tabernas preparaba al autor para el nuevo orden de mecenazgo social. D’Alembert, en su Ensayo sobre hombres de letras, habla del antiguo sistema con profundo disgusto. El papel de cortesano es el más despreciable que puede desempeñar un hombre de letras. Los autores y sus pares deberían encontrarse en un plano de igualdad. «Los únicos grandes señores con quienes un hombre de letras debe desechar tratar son aquellos a quienes puede tratar y considerar con total seguridad como sus iguales y amigos».[34] Se trata de alguien que no quiere exponerse fácilmente a sufrir la humillación de la caridad; para él debe idearse un nuevo sistema que no carezca de gracia y de una verdadera apreciación. El ensayo fue traducido al inglés en 1764. El original debió escribirse más o menos en la época en que Johnson redactaba su inmortal definición de mecenas: «un desdichado que sostiene a otros con insolencia y es recompensado con lisonjas». ¿Era posible que el mundo lector ayudara a personas de este carácter? ¿Se podía encontrar una forma de conceder dinero o de llamar la atención sobre escritos dignos sin una muestra ofensiva de filantropía?

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¿No era posible ayudar a un autor y, al mismo tiempo, hacerle sentir que cualquier favor le era concedido por sí mismo? La sala de recepciones era la respuesta. Sacaba a los autores de su reclusión y aislamiento, y les pedía con confianza que mostraran al mundo que el genio podía expresarse en otros lugares además del estudio o la cafetería. Que intentaran dirigirse a un “público selecto”. Que, gracias al encanto de sus conversaciones en compañía agradable, derribaran las barreras de la indiferencia y el prejuicio. Era un llamado a los hombres de letras para que interactuaran con el mundo. La sala de recepciones en la que eran recibidos, no como dependientes o herramientas, sino como invitados de honor que honraban a la compañía con su presencia, constituía un nuevo ámbito de relación entre los autores y el mundo. En la ejecución exitosa de cualquier plan para el reconocimiento social de las letras, la mujer debe ocupar un lugar destacado. Si la sala de recepciones va a reemplazar a la taberna como lugar preferido por los autores, la presencia de la mujer es algo inherente a ella, al igual que su ausencia lo es de la taberna. El cambio de la cafetería a la sala de recepciones fue, de hecho, un claro homenaje a la mujer, la nueva crítica y la nueva mecenas. Ya que ella demostraba su poder en el mundo de los lectores al aportar un nuevo tono de refinamiento a la literatura, también ejercía ese mismo poder para atraer a los hombres de letras a su salón.

Fue una suerte especial de Francia haber dado a luz a mujeres capaces de cumplir con esta tarea social y literaria, cuya personalidad es a la vez tan brillante e influyente que alcanza el nivel del genio. Estas mujeres no son simplemente personas dotadas de instinto de liderazgo social; son, como Cleopatra y Isabel, exponentes de su sexo y manifestación de su poder. Son los verdaderos símbolos del siglo, “las crónicas abstractas y breves de la época”. En la sorprendente carrera de Madame de Tencin se puede leer sobre la prodigalidad desenfrenada con la que terminó el siglo XVII, y cómo, en medio de la desilusión, el nuevo siglo dio paso a la decencia y a las letras. En Madame Geoffrin vemos el extraordinario sentido común de esa época, su fuerza, su humor, su amabilidad, y quizás también algo de su dureza.

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Lo mejor de la burguesía está simbolizado en Madame Geoffrin; la aristocracia del Antiguo Régimen se expresa en Madame du Deffand. Su claridad despiadada, su ingenio, que es sabiduría disfrazada, su dureza de corazón y su desdén por las cosas espirituales, e incluso, se podría decir, su ceguera, ¿acaso no se encuentran en ella? Y la desolación de sus últimos años, con su llamado apremiante por el amor, ¿no son, como dijo Lanson[36], el hambre del corazón que finalmente se vuelve hacia el don del amor y la dulzura de las lágrimas? Pero es Mlle. de Lespinasse quien revela el romanticismo en toda su plenitud. En la historia de ese movimiento, el torbellino de pasiones que sacudió su espíritu y finalmente la destruyó es tan típico como las penas de Werther o el retrato del corazón sangrante de Byron[37].

Fue gracias a su personalidad y a su actitud ante la vida que estas mujeres lograron influir en los movimientos literarios. No fue por su erudición ni por ser autoras por lo que ocupan un lugar en la historia de la literatura francesa. Ninguna de ellas era conocida en su propio círculo como autora ni tenía ambiciones de convertirse en una. Madame de Tencin era, sin duda, novelista, pero ocultó este hecho a todos sus amigos, excepto a Montesquieu y Fontenelle; permitió que sus obras fueran atribuidas a otros y mantuvo su secreto mientras vivió. Madame du Deffand y Mlle. de Lespinasse alcanzaron fama como epistolaristas, pero no por ningún esfuerzo consciente por su parte. Su miedo a ser consideradas autoras es fácil de explicar: una anfitriona exitosa debe evitar dar la impresión de estar formando un círculo para tener lectores para sus libros. Madame du Bocage consideró que su condición de autora no le servía de nada en su carrera como anfitriona: se burlaban de ella por ser una “femme savante”, y se decía que invitaba a sus invitados con el propósito de que alabaran sus poemas.

Así como la personalidad es más importante para la anfitriona que la condición de autora, la madurez en la experiencia tiene más valor para ella que la juventud y la belleza. Ninguna de estas mujeres, excepto Madame du Bocage (“forma Venus, arte Minerva”), pretendió gozar de los encantos de la juventud. Madame de Tencin tenía cuarenta y seis años cuando su salón se hizo famoso; Madame Geoffrin tenía cincuenta cuando…

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Sucedió a Madame de Tencin como anfitriona principal en París; tenía sesenta y siete años cuando, como “reina madre”, realizó su visita triunfal al rey de Polonia. Madame du Deffand tenía sesenta y ocho años cuando, a los ojos de Walpole, superó a todas las demás anfitrionas de París; a los ochenta años, Edward Gibbon seguía encontrando en su salón “la mejor compañía de París”. Julie de Lespinasse, la más joven de todas ellas, murió —y murió de amor— a los cuarenta y cuatro años. No es de extrañar que Walpole encontrara en París la “fuente de la juventud”. “Aquí uno nunca envejece”, escribe, “o al menos nunca lo ha pensado”; y en otro lugar: “El primer paso para estar de moda es perder un ojo o un diente. Concluyo que existen jóvenes, pero no sé dónde se encuentran: no es que me queje; es encantador entrar en la moda tambaleándose”. Diez años después no observó ningún cambio: “¡Es tan típicamente inglés envejecer! Los franceses son Struldbrugs mejorados. Después de los noventa ya no tienen decadencia ni enfermedades, sino que emprenden una nueva carrera”.
Laurence Sterne entra en más detalles. Sobre la segunda etapa de la vida de una mujer francesa de moda, dice: “Cuando los treinta y cinco años o más han despojado sus dominios de los esclavos del amor, los repoblaba con los esclavos de la infidelidad”. Aquí, por supuesto, hay una alusión al ateísmo de los filósofos. En materia de moral, política y filosofía, el salón parisino era abiertamente de tendencia radical. No solo acogía nuevas ideas, sino que también las buscaba activamente. El radicalismo se convertía en su medida de éxito. La hostilidad general hacia la Iglesia y el desdén por todo lo que tuviera sabor a dogma hacían que aquellos que pudieran tener opiniones ortodoxas o conservadoras las ocultaran, para no ser considerados cobardes o de mente débil. Los seguidores de la Iglesia, los sacerdotes, los jesuitas, toda esa tribu de devotos, e incluso los deístas, eran condenados como fariseos y servidores del tiempo. El propio Voltaire era demasiado cauteloso. “Es fanático”, le dijo una mujer a Walpole, “es un deísta”. Cuando Hume fue admitido en el salón de Madame Geoffrin, no encontró allí a ningún deísta, ya que presumiblemente todos habían pasado al ateísmo. Madame Geoffrin misma mantenía una especie de relación formal con la Iglesia.

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Lo cual sorprendió a sus amigos, quienes susurraban al respecto como si se tratara de alguna relación escandalosa. Así, los salones desarrollaron una laxitud moral y una llamada libertad de pensamiento que sus defensores estaban dispuestos a considerar como una audacia espléndida. Tales ideales siguen siendo queridos por cierta clase de escritores, compuesta principalmente por poetas menores. Pero los ingenios del siglo XVIII difundieron sus doctrinas sin la ayuda de esa negligencia que es indispensable para nuestros bohemios de libre pensamiento. Adoptaron una forma de actuar aprobada por el mundo con el fin de ganarlo. Evitaban todo lo que pudiera hacerlos o sus especulaciones ridículos, ya que deseaban recomendar sus teorías a los hombres, poner a prueba su inteligencia y captar su interés. Hay una extraña comparación utilizada por Madame Necker[43] para explicar la fama de Shakespeare en Inglaterra; no sirve para nada como explicación de Shakespeare, pero es de gran importancia debido a su evidente referencia a los salones. Ella atribuye la fama del poeta a la actuación de Garrick, quien, durante tres horas al día, conquista tanto los corazones como los oídos del pueblo inglés, produciendo así el mismo efecto que se logra en París mediante la conversación. El objetivo del salón es, obviamente, crear interés, conquistar corazones. En la misma carta, al instar a Gibbon a venir a París y disfrutar de los frutos de su fama, dice: «Es solo allí... donde se transmiten los sentimientos al alma de los demás». Ese es el objetivo explícito del salón: llevar las ideas del ámbito abstracto hasta la vida y los corazones de los hombres. En ese proceso, corresponde a la anfitriona dar unidad y solidez a las opiniones divergentes de su círculo, y con frecuencia ser el canal por el cual estas llegan al mundo.[44] Así, el salón se convirtió en una fuente para la difusión de ideas y de una filosofía nueva y radical. Pero, ¿cuál fue la influencia del salón en los autores que lo frecuentaban? Incluso aquellos que no tenían una opinión muy favorable tuvieron que reconocer que tuvo algún efecto en ellos: «En el peor de los casos», dice Walpole,[45], «he llenado mi mente con un nuevo conjunto de ideas». Allí, ellos corregían y, al mismo tiempo, ampliaban sus ideas personales.

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Allí podían “aclarar sus conceptos al filtrarlos a través de las mentes de otros”.[46] El salón ofrecía la oportunidad de desarrollar ideas en un nuevo medio: la animación de la conversación. En tales momentos, cuando la formulación de opiniones se ve estimulada por el contacto con otras mentes, cuando todas las barreras desaparecen y todo temor a los críticos se olvida, un hombre puede dar rienda suelta a sus doctrinas y tomar prestado todo el brillo que reside en la exageración.[47] La pomposidad del escenario y la pedantería solemne del estudio desaparecen, y el hombre habla por el simple placer de hablar. Compensa con viveza lo que pierde en dignidad. Cuando un autor abandonaba los salones, como hizo Rousseau, esto solía indicar un estado de autoabsorción que no siempre era ventajoso; por otro lado, cuando un autor se sometía a ellos, el resultado se manifestaba frecuentemente en una nota de urbanidad y en una agudeza en las ilustraciones que difícilmente podría haber alcanzado en otro lugar.[48] Así, la función del salón era preservar la cordura y la claridad de la literatura, mantener a los autores al día con los tiempos y en contacto entre sí y con el mundo. Pero en esta alianza de autores con el mundo, en este intercambio de soledad por sociedad, de estudio por salón, había peligros que amenazaban la propia vida de la literatura; pues era un intento de servir a dos amos. Lejos de eliminar los defectos menores de la vida literaria, traía consigo una serie de nuevos: el halago, la sobrevaloración de las obras de un grupo, el intento de dirigir la opinión pública por la fuerza y, sobre todo, el cultivo de las virtudes a expensas de la imaginación. De hecho, existía una tendencia hacia los peligros de la democracia: la sumisión a la mayoría, el descenso a un nivel común, pero sin contar con la confianza en los instintos elementales de la humanidad. Todo el aspecto profético de la literatura, la visión del poeta, la gloria y la locura del ideal, el sacerdote y el lírico: Wordsworth y Shelley, de Vigny y de Musset… todo eso está más allá del alcance de los salones. Pero ellos tenían su función. Era su tarea enseñar la observación de la vida, dotar al estilo de claridad y viveza, y así añadir encanto al conocimiento, ganarse a los ignorantes.

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y para elevar lo frívolo al demostrar que la monotonía podía superarse con ingenio y pedantería, con gracia.

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CAPÍTULO IV
Autores ingleses en los salones parisinos

El visitante inglés era una figura habitual en los salones parisinos. En una época en la que los viajeros estudiaban las costumbres en lugar de las montañas, y preferían la compañía de los filósofos a las mejores galerías de Europa, ninguna visita a París estaba completa sin una conversación con la distinguida Madame Geoffrin o una hora con la “sibila ciega”, du Deffand, de lengua mordaz. Un flujo constante de ingleses, desde Prior hasta Gibbon, pasaba por sus salones[49] y escuchaba con interés o con alarma a los filósofos que, según las palabras de Walpole[50], se dedicaban a derribar a Dios y al Rey. A veces, un viajero que regresaba demostraba su conocimiento de esta sociedad sacrificando su veracidad. Así, Goldsmith afirmó[51] que estuvo presente “en una selecta compañía de hombres y mujeres inteligentes en París” cuando Diderot, Fontenelle y Voltaire discutían sobre los méritos del gusto y el saber ingleses. Como se ha demostrado repetidamente, esa reunión difícilmente pudo haber tenido lugar, ya que durante los meses en que Goldsmith debió estar en París, Voltaire nunca estuvo allí. Pero la mentira en sí es elocuente, pues muestra el tipo de experiencia en París que los autores ingleses buscaban y valoraban.

El tono cosmopolita de los salones fue contribuido por el siglo XVIII. Comenzó con Madame de Tencin. Esta mujer brillante, algo promiscua en todos sus gustos, amplió la influencia de su salón, y por ende la de los salones posteriores, al recibir a hombres distinguidos sin importar su nacionalidad; tampoco los extranjeros tardaron en aprovechar la oportunidad de conocer a una mujer tan renombrada por su prestigio social como por las intrigas de su pasado. Su salón era, en verdad, la expiación que ofrecía al mundo por los pecados de su juventud.

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Había comenzado su carrera huyendo del convento donde había tomado el velo. Utilizó sus encantos seculares para ganarse amantes y a estos amantes para ayudar a su hermano a avanzar en la Iglesia. Se convirtió en la amante del Regente, quien la ignoró porque ella quería hablar de asuntos importantes mientras él solo pensaba en el amor. La prostituta real terminó convirtiéndose en una aventurera barata; dio a luz a un hijo, destinado a hacerse famoso como d’Alembert, y lo “abandonó” en las escaleras de Saint Jean le Rond con la esperanza de poner fin a su vida. Finalmente, cuando un amante enloquecido se suicidó bajo su propio techo, fue encarcelada en la Bastilla, donde sufrió durante algunos meses. Y luego, tras su liberación, como si quisiera demostrar que tenía cerebro aunque no corazón, abandonó su vida de disipación con la misma facilidad con la que antes abandonaba a sus amantes o a sus hijos, y abrió una sala de recepciones que, con la muerte de Madame de Lambert en 1733, se convirtió en la más brillante e influyente de París. Durante veinte años reinó allí sobre personas como Montesquieu y Fontenelle. Su éxito es más fácil de comprender que sus motivos. Sin embargo, es cierto, como sugirió el profesor Brunel[52], que atrajo a los hombres de letras porque les hacía entender que su respeto era lo único en el mundo por lo que realmente se preocupaba.

Madame de Tencin ya se había hecho cercana a los ingleses incluso antes de alcanzar la fama. Ella era esa “monja fugitiva que sustituyó a la doncella de cabello castaño”[53] en los afectos de Matthew Prior, durante su misión diplomática en París en el invierno de 1712-13. Lo utilizó para presentar las necesidades de su hermano (a quien Prior no consideraba “merecedor de ser ahorcado”[54]) ante Lord Bolingbroke. Este último pronto la declaró su reina y se declaró su súbdito fiel y devoto “en todos los aspectos”[55]. Leslie Stephen[56] cree que Bolingbroke utilizó a Madame de Tencin en sus intrigas contra el Regente; pero sea como sea, sus intrigas con la amante del Regente se convirtieron en tema de conversación general y fueron difundidas en el extranjero por los cantantes de baladas en las calles[57].

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Pero Bolingbroke no fue el único noble inglés que frecuentaba la compañía de la “monja deshabillada”. Lord Chesterfield fue presentado a ella por Montesquieu y, en 1741, pasó algo de tiempo en su salón, durante su apogeo posterior. Allí disfrutó de la compañía de autores a quienes siempre consideró superiores a los de su propio país, y cuyas obras, en particular El espíritu de las leyes de Montesquieu, La pluralidad de los mundos de Fontenelle, así como las producciones de Crébillon y Marivaux, nunca dejó de recomendar a su hijo. Fontenelle, aquel hombre sereno que nunca reía y que podía bailar un minueto a los noventa y siete años, debió parecerle a Chesterfield el modelo perfecto de hombre. Y, sin embargo, pocos años después afirmaría que Fontenelle había sacrificado demasiado a las Gracias.[58]
Pero, ¿qué pensaba él de Madame? ¿Qué opinaba ese gran exponente del bel aire, él mismo mecenas de las letras, sobre la vida y los objetivos del salón? No es fácil decirlo. Lisonjeaba excesivamente a Madame de Tencin, según sus propias teorías; elogiaba el buen gusto de los franceses (de los cuales Madame era a la vez “el sostén y el adorno”), y denunciaba la brusquedad de sus compatriotas, como era su costumbre. Se jactaba de ser el “amigo, favorito e hijo de la casa” de Madame de Tencin.[59] Pero cuando tuvo ocasión de describir la vida literaria de París a su hijo, declaró que los salones estaban llenos de chismosos que hablaban tonterías y de filósofos cuyas obras eran pura palabrería metafísica, “verba et voces et praeterea nihil”.[60] Era una institución que el joven Stanhope debía visitar, donde tendría que hablar de epigramas, sentimientos falsos y tonterías filosóficas, pero con respecto a la cual debía mantener una gran superioridad. Sin embargo, a pesar de esta apariencia de indiferencia, no puedo evitar pensar que a Chesterfield le gustaba el salón. ¿Qué más había en el cielo o en la tierra que pudiera gustarle a un hombre así? ¿Qué podría ser más de su agrado que esa combinación cortesana de intriga y elegancia, de literatura y ingenio, de pensamiento libre y moralidad relajada? Ciertamente, al salón le gustaba Chesterfield. “Que vuelva con nosotros”, exclamó Montesquieu.

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Y el resto de ellos, cuando Madame de Tencin leyó su carta ante el círculo, y la leyó más de una vez. “Escribe en francés mejor que nosotros”, exclamó Fontenelle, “que se conforme, si así lo desea, a ser el primer hombre de su nación, a tener la erudición y la profundidad de genio que la caracterizan; y que no venga a arrebatarnos nuestras gracias y nuestras amabilidades”.[61] Cuando Madame de Tencin envió esta masa de halagos a Chesterfield, Fontenelle añadió una nota pidiendo al lord inglés que no atrajera sobre sí mismo demasiado los celos de los franceses.[62] A menos que Chesterfield fuera, como Fontenelle, incapaz de toda emoción humana, le complació eso. Los franceses lo habían estudiado bien; tocaron su punto vulnerable, y la posteridad no será fácilmente convencida de que todo fue en vano.

“En el futuro, entonces”, dijo Fontenelle, después de la muerte de Madame de Tencin, “iré a casa de Madame Geoffrin”. Este cambio debió de proporcionar al anciano ingenioso muchas observaciones sobre la diversidad del carácter femenino; pues, aunque “la Geoffrin” había estudiado los métodos de su predecesora, no había similitud alguna en el carácter entre las dos. No hay rastro de la sutileza de Madame de Tencin en esa burguesa amable que se convirtió en reina de la sociedad a los cincuenta años; más bien, hay una rica simplicidad natural que resulta muy encantadora. Sus defectos, al igual que sus virtudes, son completamente evidentes. Su humor siempre se expresa a través de máximas sencillas[63] que recuerdan las costumbres de los campesinos. Se abrió camino por los medios más simples: un corazón cálido, un sentido común firme y una voluntad persistente. Su aguda inteligencia, don de la naturaleza y no de los libros, le permitió comprender a los filósofos al menos tan bien como ellos mismos se comprendían, aconsejarlos —casi guiarlos—, ser su “Madre” e impulsarlos a ingresar en la Academia. A primera vista, resulta sorprendente que una mujer sin educación, que de hecho encontraba la gramática un misterio, pudiera convertirse así en la emperatriz de los ingenios. Pero viviendo como vivía en una “era de la razón”, cuando la imaginación volvía a…

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Contemplaba al hombre en un “estado de naturaleza”, sin estar corrompido por las artes de una civilización lujosa; en tal caso, tal defecto no era fatal. Astuta, serena pero alerta, sencilla y con esa visión amplia que solo tienen los sencillos, miraba sin miedo la sociedad de su tiempo, con todos sus sistemas elaborados y nuevas filosofías, y comprendía todo. Como no tenía miedo, tampoco tenía desprecio. Veía lo bueno en el nuevo orden y lo fomentaba, pero sin convertirse en su esclava. Al igual que Johnson (a quien habría comprendido), logró “adorar en la época de Voltaire”, pero sin renunciar a su interés por él. Era intolerante con la hipocresía. Adoptó una forma de tratar a sus amigos que, en su combinación de brusquedad y afecto, era completamente paternal. Reprendía y animaba, castigaba y recompensaba. Resolvía las disputas con unas pocas palabras. Gastaba generosamente. Su gran deseo era ayudar a sus hijos. D’Alembert escribe[64] sobre ella: “‘Creen’, decía a uno de los hombres a quienes más quería, ‘que veo a grandes personajes y ministros por mí? Se equivocan; los veo por ustedes y por sus semejantes, que pueden necesitarlo: si todos aquellos a quienes amo fueran felices y sabios, mi puerta estaría cerrada todos los días a las nueve, excepto para ellos’”. Pero nunca olvidó que, en su propia casa, ella era la única dueña. Su caridad, que ejercía a escala heroica, implicaba cierta obediencia por parte de quienes la recibían; pero tanto la caridad como la obediencia eran solo medios para promover sus intereses. “‘Solo respiraba para hacer el bien’”, dijo d’Alembert[65]. Él y los demás escritores de la Cyclopædia se beneficiaron de su caridad, pues sin su patrocinio ese gran trabajo difícilmente podría haberse publicado.
En el salón de Madame Geoffrin y sus amigos de pensamiento libre, David Hume encontró, en 1763, un lugar donde sentirse cómodo. De hecho, tenía un atractivo doble para él: la personalidad de su anfitriona y la de su círculo de amigos. Madame Geoffrin debió considerar al filósofo escocés como un hombre a su medida. Ella comprendía a ese hombre de rasgos marcados y sencillo…

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Ella pasó a llamarlo[66] “coquin” y “gros drôle”. Al igual que ella, él disfrutaba de la compañía de los racionalistas. Escribió de forma ingenua en su Autobiografía: “Aquellos que no han visto los extraños efectos de las modas, nunca podrán imaginar la extraña acogida que recibí en París, por parte de hombres y mujeres de todos los rangos y condiciones sociales. Cuanto más me resistía a sus excesivas cortesías, más me las imponían. Sin embargo, hay una verdadera satisfacción en vivir en París, debido a la gran cantidad de personas sensatas, inteligentes y educadas con las que cuenta esta ciudad, más que cualquier otro lugar del universo. Una vez pensé en establecerme allí de por vida”. Pero mantuvo la cabeza baja ante tantas lisonjas. Ni despreció su éxito social ni lo consideró como el summum bonum. Al igual que Madame Geoffrin, no se disculpó por sí mismo ni fingió poseer virtudes sociales que no podía adquirir fácilmente. Su francés era pésimo. Walpole protestó[67] diciendo que era “casi tan incomprensible como su inglés”. No tenía refranes ingeniosos. Ni siquiera hablaba mucho. Grimm lo encontró[68] aburrido, y Madame du Deffand lo apodó “el campesino”. Pero para almas más serias, él era incluso el Espíritu de la Época. Había expresado el nuevo escepticismo. Había dado el golpe de gracia a los milagros. Antes de llegar a París, ya había escrito todas sus obras más conocidas, y su fama lo precedía. Alexander Street escribió desde París a Sir William Johnstone, el 16 de diciembre de 1762: “Cuando tenga ocasión de ver a nuestro amigo David Hume, dígale que aquí lo adoran tanto que debe estar libre de toda pasión, si no quiere trasladarse de inmediato a París. En la mayoría de las casas donde conozco gente aquí, una de las primeras preguntas es: ‘¿Conoce usted al señor Hume, a quien todos admiramos tanto?’ Ayer cené en casa de Helvétius, donde ese mismo señor Hume interrumpió nuestra conversación varias veces”.[70] En realidad, su influencia fue mayor en Francia que en Inglaterra; porque el carácter de la literatura inglesa nunca llegó a ser abiertamente racionalista. El deísmo mismo vivía en la clandestinidad, ya que la autoridad de hombres poderosos como Johnson y Burke iba en contra de él. Pero en Francia todas las velas estaban…

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Y los rostros de los hombres se volvieron hacia aguas sin senderos, hacia costas inimaginadas.
Frente al pensamiento “libre”, que se volvía cada vez más libre y ahora se dirigía hacia todo tipo de negaciones, Hume apareció como un sumo sacerdote, un pontífice reconocido. Era el hombre a quien el rey disfrutaba honrar; sus alabanzas eran repetidas por los hijos del rey; era aprobado por Voltaire, mimado por todas las mujeres y venerado por todos los hombres. En menos de dos años, Walpole lo consideró “la moda en sí”; se le trataba con perfecta veneración, y sus obras eran consideradas como los “estándares de la escritura”. El propio Hume escribió a Fergusson que había oído a un caballero mayor, “considerado uno de los hombres más inteligentes y sensatos”, presumir de haber visto a Hume ese día en la corte. Finalmente, le hicieron el cumplido (sin duda liderado por Madame Geoffrin) de burlarse de él y contar historias graciosas sobre él. Comenzó a temer que las grandes damas le estuvieran alejando demasiado de la compañía de d’Alembert, Buffon, Marmontel, Diderot y los demás.
Entre las mujeres distinguidas de París que lo cortejaron se encontraban Mlle. de Lespinasse, Madame du Bocage, quien le envió sus obras, y la Marquesa de Boufflers, quien no ocultaba su afecto por los británicos. Esta dama tuvo en su momento un “pequeño amor” por Beauclerk, el amigo divertido de Johnson; incluso se cruzó en el camino del propio lexicógrafo: fue ella a quien Johnson, como un caballero galante, acompañó hasta su carruaje y posteriormente la honró con una carta. La homenaje sentimental que le rindió a Hume provocó el desprecio de Madame du Deffand, quien se burló de su adoración a dioses falsos y la hizo sufrir al incitar a otros a denunciar a su ídolo.
La Marquesa de Boufflers desempeñó un papel importante en la gran disputa entre Hume y Rousseau, en la cual estuvieron involucradas muchas de las personas más destacadas mencionadas en este capítulo. La historia, que ya ha sido contada frecuentemente, puede ser resumida brevemente.

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Al entregarse al racionalista, bien podría haber proporcionado a Hogarth un tema para un grupo alegórico que representara la solidez escocesa y la perversidad gala. Hume, a través de Madame de Boufflers, le aseguró a Rousseau que podría encontrar en Inglaterra aprecio, amigos y un verdadero hogar; así, la pareja tan dispares partió de París a principios de 1776. No pasó mucho tiempo antes de que llegaran cartas escandalosas a los salones.[78] Los dos filósofos se lanzaban insultos mutuos: ¡canalla! ¡traidor! La causa más inmediata de su ruptura fue una carta escrita por Walpole para divertir al círculo de Madame Geoffrin. Supuestamente era del Rey de Prusia, e invitaba a Rousseau a ir a la corte para disfrutar a placer de la persecución. Un breve extracto mostrará el carácter de esta ingeniosa epístola:

Si persiste en agotar su mente en busca de nuevos infortunios, elija los que quiera. Soy rey, puedo procurárselos aún mayores de los que desea; y lo que ciertamente no le ocurrirá con sus enemigos es que dejaré de perseguirlo cuando deje de hacer de su gloria su objetivo.[79]

Esta carta, modificada por Helvétius y el Duque de Nivernois, circuló por los salones y finalmente llegó a Inglaterra, donde fue publicada por varios periódicos en abril de 1766. La disputa entre Rousseau y Hume, que ya llevaba semanas amenazando con estallar, ahora estalló con furia; pues Rousseau creía que Hume estaba aliado con Walpole para desacreditarlo.

Todos se sumieron entonces en controversias y correspondencia. La señorita de Lespinasse intentó calmar los ánimos. D’Alembert describió la campaña de Hume. El barón d’Holbach expresó su condolencia. Walpole dio explicaciones. Madame de Boufflers temía por la reputación de la filosofía. Madame du Deffand, que odiaba a todos los involucrados excepto a Walpole, y a quien d’Alembert acusó de haber provocado todo el problema, al final hizo tanto como cualquiera para ponerle fin.[80] Al no lograrse nada, y debido a la vanidad de

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Una vez que todo fue mostrado por completo, la situación se calmó, dejando en la mente de cada uno la convicción de que los demás se habían comportado de manera muy necia. Hume nunca volvió a los salones, aunque la señorita de Lespinasse lo suplicó y la señora de Boufflers protestó. Fue a esta última a quien le escribió la carta tranquila desde su lecho de muerte, «sin ninguna ansiedad ni arrepentimiento»[81], la cual despertó incluso la admiración de la señora du Deffand[82] y deleitó a los salones al demostrar que su favorito podía morir como un filósofo.[83] La aceptación de Hume hacia los salones y sus ideales contrasta notablemente con el fastidioso descontento de Horace Walpole. «Estaba expresando mi aversión», escribe, «a las disputas: el señor Hume, que admira enormemente el tono de París, ya que nunca había conocido otro, dijo con gran sorpresa: “Pero, ¿qué le gusta si odia tanto las disputas como el vino?”». La respuesta de Walpole no está registrada. Ciertamente, no le gustaban los filósofos ni sus conversaciones, que consideraba «solemnes, pedantes y rara vez animadas más que por una disputa».[84] Odiaba a los autores de profesión. Odiaba las conversaciones políticas (al tener conocimientos y experiencia práctica en política). Odiaba a los eruditos, a los pensadores liberales y a los hombres de ingenio, con sus eternas disertaciones sobre religión y gobierno.[85] «Nunca hasta ahora», escribió[86] a Montagu, «he visto o oído algo serio que no fuera ridículo. Los jesuitas, los metodistas, los filósofos, los políticos, el hipócrita Rousseau, el burlón Voltaire, los enciclopedistas, los Hume, los Lyttelton, los Grenville, el tirano ateo de Rusia y el charlatán de la historia, el señor Pitt: para mí todos son impostores a su manera». Estaba «cansado de visiones y sistemas que se empujan unos a otros y vuelven a aparecer como las figuras de una película». Sin embargo, al igual que todos los burlones, no tenía nada que ofrecer en lugar de todo eso. No podía entregarse al nuevo sistema, pero tampoco era capaz de ser leal al antiguo. Insatisfecho con ambos, se reía de ambos y se molestaba porque no encontraba en París a nadie con quien reírse. Riendo

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No estaba de moda en los salones.[87] Despreciaba la devoción general por las cartas. Se burlaba con desdén de la popularidad de los ingleses en París, e incluso de su propia popularidad. «Usted solo observa —decía Madame du Deffand— para burlarse; no le importa nada, se pasa sin todo; en fin, nada es necesario para usted».[88] Pero había algo necesario para Walpole, y era precisamente aquello que afirmaba despreciar: los salones. Sin conocerlos, no podía ridiculizarlos. Ningún satírico puede ser un ermitaño. Así que Walpole frecuentó los salones, y disfrutó enormemente, no de los propios salones, sino de su propia superioridad sobre ellos. Fue en casa de Madame Geoffrin donde comenzó su carrera. Llevó una carta de presentación de Lady Hervey, conoció a Madame Geoffrin y, para su sorpresa —y también para la del lector—, descubrió que le gustaba. Ella tenía sentido común, «más sentido común del que casi nunca había encontrado».[89] Destacaba su habilidad para comprender el carácter de las personas, su protección hacia los artistas, sus servicios a ellos, y sus «mil pequeñas artes y formas de demostrar amistad», de las cuales pronto le daría un ejemplo. Cuando padecía ataques de gota, ella se encargaba de cuidarlo. El 13 de octubre de 1765, escribió a Lady Hervey sobre ella:

«Madame Geoffrin vino y se quedó dos horas ayer noche junto a mi cama: [90] Podría haber jurado que era Lady Hervey, fue tan amable conmigo. Lo hizo con tanto sentido común, conocimiento, instrucción y corrección… ¡El modo en que lo hacía me encanta! Nunca he conocido a nadie que pueda detectar tan rápidamente los defectos, vanidades e imposturas de uno, explicárselos con tanta claridad y convencerlo tan fácilmente. Nunca me ha gustado que me corrijan delante de los demás… ¡No puede imaginar cuánto lo disfruto! La hago mi confesora y guía al mismo tiempo, y empiezo a pensar que finalmente seré una persona razonable, algo que nunca había pretendido ser. La próxima vez que la vea, creo que diré: “¡Oh, sentido común! Siéntate: he estado pensando así y asá; ¿no es absurdo?”… En cuanto al otro tipo de sentido y sabiduría, nunca me gustaron; ahora los odiaré por su culpa».

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Valió la pena, le aseguro a Su Señoría que podría gobernarme como a un niño.

La atención que recibió no fue en vano, y al final se vio obligado a admitir que estaba complacido.[92] No sabe cuándo volverá a Inglaterra; y disfruta enormemente de los honores y distinciones que recibe.
Se convirtió en uno de los hombres más destacados de la sociedad parisina, y durante un tiempo eclipsó incluso la reputación del propio Hume. Este último había sido adorado como filósofo; Walpole reinaba como ingenioso. La carta dirigida a Rousseau, que ya se ha descrito, cautivó a los salones y probablemente incluso les hizo reír. El juego de palabras, que se le ocurrió por primera vez en casa de Madame Geoffrin, le gustó tanto que lo desarrolló aún más, exhibió la carta falsificada en los salones y se hizo famoso de inmediato. “Las copias”, escribe a Conway, “se han extendido como un incendio; y he aquí que estoy de moda”.[93] Pasó mucho tiempo antes de que Walpole tuviera noticias de las consecuencias de su broma; pues, como hemos visto, lo involucró en la controversia entre Hume y Rousseau, y Walpole odiaba las controversias tanto como amaba el ingenio. Pero, por el momento, sirvió para atraer la atención del mundo francés hacia él.
Mientras tanto, se hizo cercano a la gran rival de Madame Geoffrin: la ciega Madame du Deffand, que entonces tenía sesenta y nueve años, y que rápidamente desplazó a Madame Geoffrin en sus afectos. Para diciembre de 1765, cenaba con ella dos veces por semana, y en enero escribió a Gray su famosa descripción de ella:[94]

Madame du Deffand fue durante poco tiempo amante del Regente; ahora es muy anciana y está completamente ciega, pero conserva toda su vivacidad, ingenio, memoria, juicio, pasiones y simpatía. Va a óperas, obras de teatro, cenas y a Versalles; da cenas dos veces por semana; le leen todo lo nuevo; compone canciones y epigramas, ¡y qué maravillosamente!, y recuerda cada uno de los que se han creado en estos ochenta años. Ella

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Corresponde a Voltaire: le dicta cartas encantadoras, lo contradice, no es intolerante ni con él ni con nadie más, y se ríe tanto del clero como de los filósofos. En una disputa, en la que cae fácilmente, se muestra muy apasionada, pero casi nunca tiene la razón: su juicio sobre cualquier tema es lo más justo posible; en todo asunto relacionado con la conducta, en cambio, es lo más erróneo posible. Pues ella está llena de amor y odio: apasionada hasta el entusiasmo por sus amigos, al mismo tiempo ansiosa por ser amada… No me refiero a amantes, sino como enemiga abierta. Como solo encuentra diversión en la conversación, la menor soledad o aburrimiento le resultan insoportables, y la ponen en manos de personas insignificantes que se comen sus cenas cuando no pueden comer las de alguien de mayor rango; se hacen señas entre sí y se ríen de ella; la odian porque tiene cuarenta veces más talento, y se atreven a odiarla porque no es rica.[95]

Era natural que Walpole prefiriera su compañía a la de Madame Geoffrin. Al ser Horace Walpole, era inevitable que llegara a considerar con desdén el círculo de Madame Geoffrin, quejándose de que estaba formado por “falsos eruditos” y “pseudointelectuales”, y de que eran “muy insolentes y dogmáticos”. La propia Madame lo había ofendido al llamarlo[97] “el nuevo Richelieu”, en referencia a sus numerosas conquistas. Walpole comenzó a temer repentinamente la intimidad con los Geoffrin, temiendo convertirse en objeto de burla. Pero en Madame du Deffand encontró a una mujer como él: acostumbrada a la compañía de los grandes, pero sin ilusiones al respecto; una mujer que dominaba su círculo despreciando a casi todos los que entraban en él, que no confiaba en nadie, y menos aún en los autores y diplomáticos que la rodeaban; y que soportaba su compañía solo porque la consideraba menos insoportable que su oscura soledad. En una hermosa carta dirigida a ella sobre su ceguera, que se había vuelto total unos doce años antes del período en el que la conocemos, Montesquieu le recordó[98] que ambas eran “pequeños espíritus rebeldes condenados a la oscuridad”. De hecho, hay algo sugestivo en relación con los poderes de la oscuridad.

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En el orgullo y la perversidad de Madame du Deffand. Era de esa clase de personas que nunca se someten ni ceden. El orgullo por la reputación que había logrado, un placer apasionado por las conversaciones y, sobre todo, el horror de sus horas solitarias de introspección, la decidieron a continuar con su salón a pesar de todo. No fracasó. Pero aún le esperaba un golpe casi tan doloroso. La señorita de Lespinasse, en quien había confiado, descubrió el secreto de su éxito y comenzó a formar su propio círculo, un grupo dentro del círculo de Madame du Deffand. Cuando la mujer ciega se enteró de la traición de su asistente, rompió con ella, y la señorita de Lespinasse se fue, llevándose consigo a d’Alembert, admirado por Madame du Deffand, y a sus amigos, la flor de ese grupo. Incluso entonces, la valiente anciana no quiso rendirse. La anciana vidente, en su “tonel” del convento de San José, seguía atrayendo a los curiosos y a los inteligentes. A pesar de estar ciega, sus “retratos” de carácter eran mejores que los de Madame Geoffrin, quien destacaba en el arte de los retratos; la claridad de su visión solo era superada por la precisión de sus expresiones. A los sesenta y ocho años, tenía una curiosidad ardiente por su propia época, lo cual servía de estímulo para la juventud. Hablar con ella era presenciar el triunfo de la mente. Pero en su interior, su corazón era polvo y cenizas. A su alrededor solo sentía duplicidad y odio; no tenía fe ni en los hombres ni en Dios. Consideraba a sus amigos como aquellos que no mataban, pero que se quedaban mirando mientras otros mataban. Las fuentes de felicidad y esperanza se habían secado. Y siempre estaba el espectro del aburrimiento acechándola, proyectando su sombra sobre su alma marchita. La literatura ya no le interesaba ni la divertía; consideraba que la filosofía estaba contaminada por la afectación; se aburría con todos los historiadores y se alegraba cuando podía dejar a un lado el primer volumen de Gibbon. Escuchaba Orfeo de Gluck y se aburría. Escuchaba El barbero de Sevilla y se aburría. Leía la Ilíada y se aburría. No había nada en su vida que no estuviera afectado por esa plaga.

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Y luego, ya en los últimos años de su vida, ocurrió un milagro: la rama seca brotó y floreció. En la persona de Walpole, con su cinismo frío aunque delicado (tan parecido al suyo propio), el romanticismo irrumpió en su vida, y ella conoció el amor y el dolor del amor. Su pasión por el inglés, veinte años más joven que ella, trasciende toda comparación. Contiene la ternura de la edad sin su resignación, y la insistencia de la juventud sin su alegría. Se manifiesta en protestas, reproches y demandas que sabe que serán inútiles. En las cartas de Madame du Deffand a Walpole, publicadas recientemente en su totalidad,[107] hay una fuerte corriente subyacente que avanza implacablemente hacia la tragedia; una tragedia que no es menos conmovedora porque su protagonista es una mujer anciana y su tema es el progreso de una desesperación lenta.

Para Walpole todo esto era una fuente de gran inquietud. Como la mayoría de las personas superiores, temía al mundo. Temía que las cartas pudieran ser interceptadas, que Madame du Deffand hablara, que la historia se hiciera pública, que él se convirtiera en objeto de burla; y la burla era para él un infierno. Insistía ante Madame du Deffand en la necesidad de reservarse. Era increíblemente persistente. La mujer anciana hizo todo lo posible por reprimir sus sentimientos, pero no pudo sofocar del todo su resentimiento:

“Tengo una verdadera amistad por usted, usted lo sabe. Y aunque a menudo se ha sentido molestado por ello, aunque haya hecho todo lo posible, e incluso todo lo imaginable, para destruir esta amistad, estoy convencida de que no le molesta que siga existiendo... ¿Y cómo es posible que un hombre tan bueno como usted quiera atormentar a una criatura tan débil como yo, de quien nunca puede temer ningún daño, ni que pueda hacerle enfrentar ninguna burla o reproche?”[108]

Afortunadamente, las cartas de Walpole a Madame du Deffand no se han conservado; pero uno puede imaginar que se aburría con esta situación. Para él, Madame du Deffand era una mujer aristocrática francesa, a su altura en cuanto a ingenio.

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La franqueza y el cinismo; ella era quien podía brindarle esa vida social que, al igual que ella, él fingía despreciar pero no podía abandonar. Había admirado su capacidad para la desilusión, y ahora ella era víctima de una ilusión, y él su objeto. La situación era inusual. Pero aunque Walpole no podía corresponderle, no rompió con ella, ni siquiera quiso hacerlo. Cuando, en 1775, la visitó por tercera vez, ella lo abrumó con tantos compromisos que necesitaba “la actividad de un ardilla y la fuerza de Hércules” para cumplirlos todos.[109] Estaba satisfecho. Afirmó que Madame du Deffand era una estrella en el Este, digna de ser adorada.[110] Con una amistad literaria que se manifestaba en los salones, en las dedicatorias de libros y en cartas moderadas, podía estar bastante contento. A su muerte, escribió sobre ella con verdadero afecto, gratitud y tristeza. Pero ella había anhelado en vano la expresión de estos sentimientos, y de muchos más, durante los últimos meses de su vida. El efecto de este conocimiento con Madame du Deffand y su salón en Walpole fue fijar en él ciertas características que no siempre eran atractivas. Ella había logrado mostrarle el salón desde el único aspecto que podía atraerlo: aquel donde la sátira no cedía ante la pedantería de la nueva filosofía. En su relación con ella y con el grupo del cual ella era la inspiración, adquirió esa tolerancia divertida con la que veía los intentos de las mujeres intelectuales de Inglaterra por competir con los salones que había conocido en Francia. Entre los visitantes de Madame du Deffand se encontraba el hombre al que ella llamaba “el famoso Sr. Burke”. Su estancia en París duró menos de un mes. Madame du Deffand lo conoció el 9 de febrero de 1773;[111] y él dejó Francia, aparentemente, el primer día de marzo.[112] Burke no vino a París para disfrutar de los frutos de su fama —aunque su reputación en los salones como autor de las cartas de Junius[113] le habría permitido tener una carrera— ni para…

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Estudió los principios filosóficos y políticos de la época. Había enviado a su hijo Richard a Auxerre para que aprendiera francés; pero antes de regresar a Inglaterra, echó un vistazo a la corte francesa y a los salones. Su actitud hacia estos últimos era única. «Era», dice Morley[114], «casi como si el solemne jerofante de algún templo místico egipcio se hubiera encontrado en medio del brillante bullicio de un grupo de discutidores imprudentes y elocuentes en el jardín o en el porche de Atenas». Sin embargo, cualquier seriedad en su comportamiento que pudiera haber mostrado lo elevaba a los ojos de los filósofos. Madame du Deffand, aunque más tarde llegó a despreciar sus escritos por ser verbosos, difusos, oscuros y afectados[115], le gustó desde el primer momento. «Me parece que tiene un ingenio infinito», escribe[116], y además: «Es muy encantador». Organizó una cena en su honor y se esforzó por reunir a los miembros más distinguidos e inteligentes de su círculo[117]. Lo invitó a casa de Madame de Luxembourg, donde escuchó cómo La Harpe leía una nueva tragedia en verso, Les Barmécides[118]. También habló con Madame du Deffand sobre un nuevo libro, Essai Général de Tactique[119], del Conde de Guibert, que trataba sobre la situación política y científica militar en Europa. Este tratado elaborado y entusiasta, que contenía ataques contra soberanos ociosos y cortes corruptas, atrajo la atención de Burke; y, a petición de Madame du Deffand, llevó una copia de él a Walpole. Burke conocía la tragedia del mismo autor, Le Connétable de Bourbon[120], hecho digno de mención, ya que indica su familiaridad con el salón de Mlle. de Lespinasse, de quien era amante el autor. Burke debió de haber escuchado a Guibert leer esta obra en voz alta, pues aún no había sido representada ni publicada, y es muy probable que la lectura tuviera lugar en la casa de Mlle. de Lespinasse. Asimismo, pudo haber sido en ese salón donde Burke atacó la filosofía de Hume[121] y defendió a Beattie contra las burlas de los pensadores liberales; una tarea que seguramente puso a prueba tanto su gran ingenio como su deficiente conocimiento del francés.

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Sería interesante conocer la conversación que tuvo lugar entre Burke y Walpole después del regreso del primero a Inglaterra. Se reunieron, y parece que Burke expresó opiniones contundentes sobre el creciente ateísmo en Francia, y habló de su intento por defender el sistema cristiano; pues Walpole escribió[122] a la condesa de Upper Ossory: «El señor Burke ha regresado de París, donde era tan popular que, al entrar en disputas con los filósofos, se convirtió en moda ser cristiano. Ni siquiera San Patricio logró tantos conversos». Pero cualquiera que haya sido el efecto que Burke pueda haber tenido en los librepensadores de París, no hay duda alguna sobre el efecto que ellos tuvieron en él. La sorprendente avalancha de principios religiosos, filosóficos y políticos que presenció en Francia lo confirmó en ese conservadurismo natural, en ese deseo de «nunca alejarse completamente ni de inmediato de la antigüedad», al cual se volvía cada vez más devoto a medida que se acercaba la gran crisis francesa.

El espectáculo de Burke convirtiendo a los filósofos al cristianismo pierde toda importancia frente a la conversión de madame de Vence por parte de Yorick Sterne, quien la salvó de los peligros del deísmo; un episodio conocido por todo lector de El viaje sentimental. Fue en el invierno de 1762 cuando Sterne entró en los salones y descubrió aquellos principios orientadores basados en los cumplidos, la adulación y el flirteo, que le permitieron ganarse a todos los presentes y, de paso, poner fin al deísmo de madame de Vence. Sentado en un sofá junto a la dama, cuya belleza menguante debería haberla hecho deísta cinco años antes, él le reveló los peligros a los que estaba expuesta la belleza, especialmente en las personas deísta, y habló sobre la protección que ofrecían los sentimientos religiosos. «No somos de piedra —dije, tomando su mano—; se necesitan todas las restricciones, hasta que la edad, a su debido tiempo, venga a imponérnoslas. Pero, querida dama —dije, besando su mano—, es demasiado… demasiado pronto…». Declaro que me llevaré todo el mérito en París por haber evitado que madame de Vence se desviara del camino correcto. Ella afirmó a monsieur D——[123] y al abad M——[124] que en media hora yo había dicho más a favor de la religión revelada que todos ellos juntos.

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La Enciclopedia se había opuesto a ello; fui llevado directamente a la Coterie de Madame de V..., quien pospuso la época del deísmo por dos años. Yorick también aprendió la importancia de la autoanulación. “Me habían presentado erróneamente a Madame de Q... como un esprit; Madame de Q... era ella misma un esprit: ardía en impaciencia por verme y escucharme hablar. Aún no me había sentado cuando me di cuenta de que no le importaba en lo más mínimo si tenía ingenio o no; me dejaron entrar para convencerse de que sí lo tenía. Llamo al cielo como testigo de que ni una sola vez abrí los labios”.

Estas anécdotas pueden no proporcionarnos hechos[125], pero registran algo igualmente útil: la impresión que Sterne tuvo de los salones, y constituyen una indicación fiable de su comportamiento general allí. Los ingenios de París encontraron una similitud perfecta entre Sterne y sus libros. Garat afirma[126] que casi no había diferencia alguna entre conocer al autor y leer sus obras. En algunas de sus cartas a Garrick hay toques característicos de Sterne, como su mención[127] del Barón d’Holbach, “uno de los hombres más eruditos de aquí, gran protector de los ingenios y de los sabios que no lo son”. El Barón d’Holbach era el “maître d’hôtel” de la filosofía, amigo de Voltaire, Rousseau y Diderot, y tenía su propio salón, en el cual presidía una escuela de físicos que defendían una nueva teoría de la naturaleza. Cuatro años después, Walpole[128] rechazó este “palomar” de sabios y su sistema de diluvios antediluvianos inventados para demostrar la eternidad de la materia. Sterne, que era más amable que Walpole, aunque no menos perspicaz, disfrutó allí y se hizo amigo de Diderot (a quien le regaló una colección de libros en inglés).

Es probable que Sterne haya hecho un recorrido bastante completo por los salones, y hay buenas razones para suponer que en el de Madame Geoffrin[129] conoció a la señorita de Lespinasse. Esta joven, que estaba a punto de convertirse en una de las anfitrionas más brillantes de París[130], apreciaba con entusiasmo el aspecto emocional de la obra de Sterne.

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Pasión y nerviosismo: discípula de Rousseau, “hija del Sol”[131], y una especie de contraparte femenina de Byron. Se consumió en un amor desesperado por tres hombres al mismo tiempo, e intentó suicidarse, de la manera típica de una escuela posterior. Decidió dedicarse al amor y al dolor, al cielo y al infierno.[132] Odiando el mundo donde “abundan los necios y los autómatas”, tuvo que construirse para sí misma un mundo de romance. El estilo de Shandy la conquistó por su franca expresión de emociones. Había aspectos de ese estilo que nunca podría haber apreciado: su humor caprichoso e insinceridad, su vivacidad y su vulgaridad; pero las lágrimas y la ternura las comprendía por instinto. Los amores de Yorick y Eliza, que nunca fueron muy populares en Inglaterra, le resultaron atractivos porque se ajustaban a las leyes de la naturaleza, y sin duda le recordaban sus propias relaciones con d’Alembert.
Tras la publicación de *El viaje sentimental*, la señorita de Lespinasse escribió dos capítulos[133] imitando esa obra. Aunque solo reproducían aquellos rasgos del estilo de Sterne que ella podía comprender, eran de gran importancia para mostrar la influencia de Sterne en los salones literarios. En ellos, la sentimentalista francesa adoptó el estilo del inglés con el fin de ganarse el favor de su benefactora, madame Geoffrin. Los capítulos relatan dos ejemplos[134] de la caridad de esta mujer mayor. El primero de ellos, el incidente con el jarrón roto, se atribuye al propio Sterne. Se describe cómo Yorick descubre que un jarrón que acaba de comprar tiene la tapa rota. Los artesanos que acaban de entregarle el objeto le suplican que tenga piedad de su compañero, quien lo rompió; el accidente lo ha alarmado tanto que no se ha atrevido a presentarse. Ahora está al borde de la ruina. Satisfecho con la compasión de esos artesanos, Yorick investiga el asunto y, a través de La Fleur, logra aliviar la miseria del pobre hombre. Atiende las necesidades de su esposa y cuatro hijos, y recompensa a sus amables amigos con una generosa propina.

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La escena del segundo capítulo se desarrolla en el salón de Madame Geoffrin. Aquí, Sterne es presentado como quien escucha a esa dama contar la historia de su lechera. La muerte patética de una vaca (único sostén de la familia de la lechera) recuerda los incidentes del burro muerto, y de María de Moulines y su cabra en El viaje sentimental; pero existen serias deficiencias. Sterne, al igual que Mlle. de Lespinasse, habría insistido en el placer sentimental de regalarle a la lechera dos vacas para consolarla, pero no se habría perdido el humor que suponía el hecho de que la nata entregada posteriormente a Madame Geoffrin no fuera apta para beber. Mlle. de Lespinasse demuestra su aprecio por el sentimentalismo de Sterne y su ignorancia acerca de su estilo shandiano. Esta imitación de Sterne parece ser el principal registro en francés de la impresión que causó Yorick en los salones. Si se trata de una visión fiable —y no parece haber razón alguna para rechazarla—, está claro que Sterne prefería aparecer en las salas de París sin su sombrero ni sus campanillas. Quizás se dio cuenta de que la forma de ganarse los corazones de las damas francesas era con su corazón cálido y sus ojos llorosos, y no por los caprichos repentinos de su humor. Era Sterne, el epicúreo emocional, el pretendido libertino, y no Yorick el bufón, quien era conocido en los salones; y al explotar así su sentimentalismo, continuó e intensificó un aspecto de la obra de Rousseau, y, junto con Richardson, se convirtió en una de las principales influencias extranjeras sobre el movimiento romántico en Francia.

Pero no fue hasta la época de Gibbon cuando algún autor inglés logró repetir el éxito de Hume en los salones parisinos, ya que nadie había satisfecho tan bien las condiciones requeridas para ser considerado un esprit fort. Gibbon fue el destructor de las supersticiones antiguas, quien atacó la tiranía eclesiástica con un arma nueva. El escepticismo del cual Hume hizo una filosofía se convirtió, en La decadencia y caída de Gibbon, en un nuevo método histórico, tan letal como disimulado. Para Gibbon, al igual que para Hume, el salón era una especie de Valhalla, a la vez recompensa y arena, en la cual, rodeado de sus pares, él debía…

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Continuó con su carrera de matanza intelectual. El éxito llegó de inmediato. Era más popular que Hume, ya que no tenía los defectos sociales que, con el tiempo, habían atenuado algo el brillo del éxito de Hume. Por ejemplo, no tenía dificultades con el idioma francés, lengua que había hablado desde su juventud.[135] Madame du Deffand lo consideraba tan francés como a sus amigos más cercanos,[136] y Madame Necker lo reprendió por permitir que un francés tradujera su Historia, cuando él mismo podría haberlo hecho mejor.[137] Además, aunque era menos atractivo que Hume, sus modales tenían una pomposidad que no fomentaba la familiaridad. “No cae en las mismas ridiculeces”, dijo Madame du Deffand, quien consideraba un logro importante evitar convertirse en tonto estando rodeado de tontos.[138] Parte del éxito de Gibbon se debió a un período de preparación, por así decirlo, a una carrera anterior en los salones, catorce años antes. Recibió su formación en 1763, cuando, a los veintiséis años, llegó a París para conocer el mundo literario, al cual se sentía con derecho por su obra Essai sur l’Étude de la Littérature, que había alcanzado la dignidad de una segunda edición. Lady Hervey le proporcionó una introducción a Madame Geoffrin, y encontró un lugar semanalmente en sus famosos almuerzos de miércoles. Visitó otros salones, especialmente los de Madame du Bocage y del Barón d’Holbach, quien había recibido a Sterne el año anterior. Helvétius lo trató como a un amigo.[139] Fue un éxito suficiente para un joven. No se esperaba que dejara una impresión en la sociedad parisina en ese momento, y de hecho no lo hizo; pero no hay duda de que esa sociedad contribuyó en cierta medida a su claridad de visión y al espíritu de desilusión que pronto lo haría famoso. Cuando regresó a París en 1777, ya no brillaba por reflejo, ya que la publicación del primer volumen de su Declive y caída el año anterior ya le había dado reputación en toda Europa. El libro fue traducido al francés casi de inmediato. El espíritu de la obra, y en particular…

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La famosa explicación del desarrollo del cristianismo resultó atractiva para los filósofos. Los ataques indignados, pero algo ineficaces, de los piadosos habitantes ingleses contra el historiador racionalista les complacieron no menos. La acogida que recibió Gibbon fue exactamente la que podía desear. “Fui presentado”, nos cuenta en sus Memorias, “a los nombres y personajes más importantes de Francia, quienes me honraron con muestras de cortesía y amabilidad que la gratitud no me permite olvidar y la modestia no me permite enumerar”. Según su propio relato,[140] destacó en las discusiones y logró su gran victoria sobre el abad Mably en el debate sobre la forma republicana de gobierno. Pero, en general, los franceses quedaron impresionados por su amabilidad. La señora du Deffand no encontró otro defecto en él que su deseo constante de complacer a los demás, y observó que los hombres de ingenio tenían hacia él la misma fascinación que las armas de Ulises tenían hacia Aquiles disfrazado. A veces parecía servil, y ella estuvo a punto de decirle que se consolara pensando que merecía ser francés.[141] Pero aunque pasaba mucho tiempo en compañía de la señora du Deffand, esa “agradable joven dama de ochenta y dos años”[142] a quien Walpole le había dado una carta de presentación; aunque encontraba la mejor compañía en París en su salón, y realizó numerosas visitas con ella (en particular a la marquesa de Boufflers); aunque cenaba constantemente con ella[143] cuando ella estaba en casa, no fue con ella con quien tuvo una relación más estrecha durante sus meses triunfales en París. Su nombre siempre estará vinculado al de la señora Necker. Sus relaciones con ella comenzaron casi un cuarto de siglo antes, y pueden leerse, en una versión algo modificada, en sus propias Memorias; la historia de esta dama está descrita más detalladamente por el vizconde d’Haussonville en Le Salon de Madame Necker. Basta decir aquí que, después de ser rechazada por Gibbon, esa ambiciosa joven suiza se casó con un hombre destinado a ser igualmente famoso en su época, se mudó a París, estudió, por así decirlo, bajo la tutela de la señora Geoffrin, y finalmente…

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Abrió su propio salón. Aunque no era tan talentosa como otras anfitrionas, quizás fuera incluso más ambiciosa que ellas. Hay algo moderno en su pasión por la mejora continua. No dudaba en comportarse como una “femme savante”. Discutía con los filósofos y registraba en su cuaderno de notas frases filosóficas, además de chismes y reglas gramaticales. Puede que fuera la ambición literaria de esta dama, puede que fuera su dulzura de carácter o quizás algún tipo de orgullo femenino lo que la llevó a buscar la amistad del hombre que alguna vez le había rechazado su amor. Durante su visita a Londres en 1776, Hume le prestó constante atención a ella y a su esposo. En septiembre, tras su regreso a Francia, ella le escribió, instándolo a que fuera a verla: “Es en París donde es agradable ser un gran hombre”. Cuando finalmente llegó, sin duda ella habría estado encantada de “acogerlo” en su casa, según la costumbre francesa; pero Gibbon prefería su libertad: “La recepción que he recibido de ellos”, escribe, “superó con creces mis expectativas más optimistas. En realidad no me alojo en su casa (ya que eso podría despertar los celos del esposo y hacer que me emitieran una orden de arresto), pero paso mucho tiempo con ellos, ceno y como siempre que tienen invitados, que es casi todos los días, y cuando yo quiero, porque no son en absoluto exigentes”. La satisfacción de ellos no era menor que la de Gibbon. Sus conversaciones serias deleitaban al alma seria de Madame Necker, gracias a la combinación de interés por los detalles y entusiasmo por los grandes principios, además de las diversas cualidades que las adornaban.
Madame du Deffand siempre pensó que el respeto de Gibbon por los estándares de los “beaux esprits” había corrompido su estilo. Escuchaba en él el tono declamatorio propio de los salones; tenía ese brillo y esa sed de fama que ella conocía muy bien. Por supuesto, sabía que esto no podía ser resultado de la estancia posterior de Gibbon en París, pero era consciente de que había sido influenciado por los salones franceses durante una visita anterior. Su hipótesis explicaba en parte la retórica exagerada de…

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Gibbon ciertamente merece atención; y cabe señalar, en apoyo de su punto de vista, que la señora Necker, quien representa bastante bien lo que querían los filósofos, encontró en el estilo de Gibbon una “magia cautivadora”.[148] Cuando Gibbon dejó París hubo un pesar generalizado. En casa de los Necker solo se hablaba de esta pérdida[149] y de la esperanza de un regreso. Él volvió, con una complacencia excesiva, a sus estudios históricos. Había conversado e incluso discutido con los profetas de una nueva era; pero, al igual que los demás racionalistas, parece que no tuvo ninguna sospecha del gran cambio que pronto haría imposibles los salones. Su ignorancia acerca de la tormenta que se avecinaba ilustra de manera significativa el hecho de que las discusiones en los salones eran esencialmente académicas, llevadas a cabo en una feliz ignorancia de los resultados que estaban destinados a seguirles.

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PARTE II
EL SALÓN INGLÉS

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CAPÍTULO V
Los salones ingleses anteriores

Los primeros salones ingleses, en sentido amplio, aparecen en la época de Isabel. En aquel entonces se estableció una tradición de mecenazgo social para las letras, que tuvo una historia breve pero brillante y que, en condiciones favorables, podría haber adquirido una importancia permanente para la literatura. Sin embargo, no pudo sobrevivir al período de las Guerras Civiles y de la Commonwealth; así, el salón inglés anterior, a pesar de sus prometedores inicios, fue desapareciendo poco a poco hasta extinguirse por completo alrededor del año 1700. El salón posterior no tenía ninguna relación con él; de hecho, parece que el siglo XVIII era completamente ajeno a su existencia. La institución anterior era quizás de carácter más nacional; sin duda era más dinámica, y por lo tanto será útil esbozar su historia, aunque sea solo con fines de contraste. Este movimiento anterior debe distinguirse cuidadosamente del tema más amplio relativo al lugar de la mujer en la literatura inglesa, a su contribución a ella y a su creciente interés en dicha literatura; sobre todo, debe diferenciarse de la historia de las mujeres sabias inglesas. Tal tema más amplio existe, pero no tengo intención de tratarlo aquí. Mi propósito es simplemente señalar aquellas instituciones sociales y literarias creadas por mujeres inglesas que, de manera general, corresponden a los salones descritos en los capítulos segundo y tercero de esta obra.
El prototipo isabelino del salón está aún más cerca de las cortes renacentistas que de los propios salones franceses. La mayor de las mecenas isabelinas, la condesa de Pembroke, ya en su propia época era comparada con Isabel Gonzaga[150], y su casa en Wilton, que

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Lo que sus contemporáneos denominaban “college” o “escuela” era, en realidad, algo muy similar a esa pequeña academia que hemos visto como característica de Italia. Aunque la escritora más distinguida de su época, la Condesa de Pembroke, fue, y sigue siendo, más conocida por su círculo de amigos que por sus escritos. “Ella era”, dice Aubrey, “la mayor mecenas del ingenio y del saber entre todas las damas de su tiempo”. Spenser la llamó (al estilo típico de los salones literarios) Urania, y Meres la comparó con Octavia, la mecenas de Virgilio. Al igual que su hermano, ella estaba entusiasmada con la tradición clásica y utilizó su influencia sobre Kyd y Daniel para mantener viva la tragedia senecana. La dedicatoria de *Defence of Ryme* de Daniel indica que el libro fue creado bajo su inspiración directa. El autor se refiere a Wilton como su “mejor escuela”, en el mismo tono en que Spenser se declara “obligado” a ella “por muchos favores especiales y grandes mercedes”. La señorita Young, la reciente biógrafa de la Condesa, quien la describe como “una verdadera erudita, en el mejor sentido de la palabra”, enumera veinte obras dedicadas a ella; esta lista podría ampliarse casi indefinidamente si se añaden los pasajes de la poesía isabelina escritos en su honor. Ignorar estos últimos significaría pasar por alto algunas de las expresiones más típicas de Edmund Spenser. Así, la Inglaterra isabelina vivió el apogeo de los salones literarios. Gracias al ideal de la sociedad cortesana, numerosas traducciones de los clásicos italianos ya los habían hecho familiares. Hay evidencias de este ideal en todas las comedias románticas de Shakespeare: la exquisitez de la corte de Navarra y todo el tono de *Love’s Labour’s Lost*, las bromas entre Benedick y Beatrice, el diálogo poético entre Lorenzo y Jessica en alabanza de la noche, e incluso la mezcla de lo cortesano y lo pastoral en la vida en el Bosque de Arden… Todo esto refleja el espíritu de la corte renacentista y de la sociedad de la que hablamos. La compañía de hombres galantes y mujeres elegantes, idealizada en las comedias de Shakespeare, bien podría haber servido como modelo para los salones literarios, de no haber fomentado el siglo XVII el desarrollo de algo tan cortesano.

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No menos distinguido es el grupo de hombres que rodeaban a Lucy, condesa de Bedford. Amaba llenar su casa en Twickenham Park, famosa por sus obras de Holbein y su jardín, de hombres de genio. Ben Jonson, Chapman, Davies, Drayton y Daniel se sentían orgullosos de llamarse sus amigos, y casi todos ellos le dedicaron alguna obra de valor permanente en la literatura inglesa. Jonson le dirigió una epístola poética y tres epigramas característicos. Su lenguaje, aunque pomposo, es probablemente sincero:

Lucy, tú, brillo de nuestro mundo, que eres
la estrella vespertina de las Musas, como su estrella matutina.[152]

La condesa fue destinataria de más grandes versos que todo el grupo de las mujeres cultas de su época. Daniel, que la celebró en La visión de las doce diosas, ha sido llamado su poeta laureado, y no habría razón para rechazar ese título si no perteneciera más adecuadamente a John Donne. No solo ese poeta escribió “Twicknam Garden” en su honor y le dirigió repetidamente epístolas en verso que alababan su belleza, virtud e inteligencia con la mayor expresión de afecto, sino que, según el señor Gosse, le debió precisamente el renacimiento del interés por su arte.[153] Las cartas de Donne parecen indicar que sometía sus poemas al juicio de la condesa; ella misma era poeta, y se cree que escribió una de las elegías comúnmente atribuidas a Donne.[154] Es cierto que en su casa disfrutó del tipo de sociedad que, un siglo después, dio fama a los salones. Siempre habla de lady Bedford con la misma gratitud y admiración que se encuentran en los elogios de Castiglione a la duquesa de Urbino; recibió de ella la misma ayuda económica que los franceses recibían de madame Geoffrin. Más aún, acudía a su jardín para poder, con la vista y el oído,
Recibir esos bálsamos que curan todo lo demás.[155]

Escribe a sir Henry Goodyer:

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Para su deleite (ya que ella desciende hasta ellos), había reservado no solo todos los versos que iba a componer, sino también todos los pensamientos relacionados con la dignidad de las mujeres.

Él se esfuerza por no ser considerado con ligereza “en esa tribu y en esa casa” donde ha vivido.[156] Por lo tanto, en todos los aspectos, el círculo de la condesa parecería estar justo a medio camino entre la corte y el salón, si es que realmente es necesario distinguir esos dos términos. Si se argumenta que no tenemos pruebas del efecto que tenía la conversación en ese grupo, se puede responder que incluso esta falta de pruebas es aparente y se debe simplemente a la escasez de registros de la época. Igualmente escaso es nuestro conocimiento sobre otras mujeres que probablemente deberíamos asociar con las dos ya mencionadas: Lady Rutland, Lady Wroth y la Condesa de Huntington, mujeres que sentían un gran interés por los poetas y por el bienestar de la poesía. De hecho, la muerte de Lady Bedford en 1627 debe considerarse como el fin del sistema de patrocinio femenino de la época isabelina.

Con la ascensión de Carlos I y la supremacía de los ideales sociales franceses, representados por la reina Henrietta María, el salón experimentó un cambio. Se desarrolló un nuevo aspecto de él, mientras que otro aspecto más antiguo fue olvidado. Lo que antes era una corte de patrocinio se convirtió en una corte de amor. El sistema del amor platónico, que es una característica distintiva de los salones en diferentes épocas, pasó a ocupar un lugar central. Ya existía en los salones anteriores, como lo demuestra la devoción petrarquista de Donne hacia la Condesa de Bedford; pero el nuevo orden de cosas lo convirtió en el elemento central de todo. Este cambio de enfoque supuso una pérdida para el salón, ya que la literatura —o más bien la poesía— pasó a ser una herramienta en el proceso de cortejo, en lugar de un fin en sí mismo. La anfitriona aceptaba las expresiones poéticas y los versos exagerados como prueba de adoración por parte de sus “sirvientes enamorados”. Así, todo el sistema del amor cortesano fue introducido directamente desde Francia.

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Las sutilezas y tonterías de las “précieuses galantes” se observaron en Inglaterra.[157]
El modelo de la nueva dueña de salón era la condesa de Carlisle, de origen Percy, favorita de Henrietta María e ídolo de la corte. Recibió homenajes poéticos de tipo convencional por parte de la mitad de los poetas de esa época; la historia de sus galanterías —para no darle un nombre más duro— forma parte de la historia de Inglaterra.
La intriga es el resultado natural de este tipo de galanterías, y la intriga persistió mucho tiempo después de que desapareciera el impulso platónico inicial. La intriga tiende naturalmente a alejarse de la vida social: las emociones platónicas son temas excelentes para la discusión, pero la intriga no tolera las conversaciones. Cualquiera que compare el “Panegírico a la condesa de Carlisle” de Cartwright con “Lady Carlisle Walking in Hampton Court Garden” de Suckling podrá ver cuán fácilmente los éxtasis platónicos se hundían en la suciedad del fango. Los dos poemas muestran los extremos de la poesía cortesana y definen su naturaleza. Como dijo el señor Fletcher, esta poesía abarca “todo el espectro, desde el misticismo elevado, pasando por la simple galantería, hasta el cinismo burlón”. Aunque estos estilos florecieron en los salones extranjeros de diferentes períodos, nunca se convirtieron en atributos propios de la vida en los salones ingleses, como algo distinto de las simples costumbres sociales. Pasaron a los salones de la Restauración como una tradición general de manierismos platónicos y pastoriles, además de unos pocos seudónimos clásicos útiles para quienes buscaban expresar sentimientos amorosos de forma convencional.
Cuando, con la Restauración, la influencia femenina en la literatura vuelve a hacerse presente, nuevamente cambia de carácter, al igual que todo lo demás. En cuanto al destino de los salones ingleses, la Restauración no supone ningún avance real. Si bien no hay una pérdida real de terreno, al menos hay un cambio de dirección. Las mujeres ahora aspiran a tener una reputación literaria independiente. Los grupos formados por mujeres literatas rara vez logran recrear la atmósfera propia de los salones, ya que sus objetivos rara vez reflejan un deseo de acercarse a la literatura desde una perspectiva social.

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lado.[158] Ya no era ambición de la mujer gobernar el mundo de las letras desde arriba o desde fuera, como una especie de musa cuya ayuda y en cuyo honor todo debía hacerse, sino entrar ella misma en ese mundo y reclamar allí la igualdad con el hombre. Era nuevamente solo un cambio de énfasis, pero fue suficiente para destruir el aspecto social del salón. Un salón no es una escuela de profesionales.
Parece extraño que el salón parisino no haya sido importado directamente por los cortesanos que regresaban. Durante un tiempo, un salón francés se celebró en la corte, como veremos; pero no llegó allí por influencia inglesa, y siempre permaneció como algo ajeno, sin siquiera adoptar el idioma inglés. Las mujeres literarias inglesas, a pesar de la existencia de este modelo, parecen haber sido incapaces de crear algo más que un círculo de amigos, sinceramente interesados en sus ambiciones literarias, pero que apenas consideraban a ese grupo como la máxima expresión social de la vida literaria.
La aproximación más cercana a la vida de salón en este período es el círculo formado por la “insuperable Orinda”, la señora Katherine Philips. Esta amable joven, dotada de talento para componer versos y de un verdadero instinto social, logró una reputación considerable en su época. En Cardigan Priory, su finca galesa, dirigía algo muy similar a un salón. “Ella instituyó”, dice el señor Gosse,[159] “una Sociedad de Amistad a la que se admitían miembros tanto hombres como mujeres, y en la cual la poesía, la religión y el corazón humano debían ser los temas de discusión”. Aquí está el espíritu del salón y la confianza en la conversación como la inspiración más auténtica para la vida social: algo que no volveremos a encontrar hasta la época de las medias azules. Orinda adoptó la costumbre general de dar nombres literarios a sus amigos, disfrutó de amistades platónicas de lo más exuberante, alabó a sus amigas en versos y les enviaba sentimientos entusiastas en cartas:

Anhelo tu presencia con una impaciencia que ninguna alma dedicada a una amistad menos importante que la tuya podría imaginar.

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Por lo tanto, no puedo esperar hacer que los demás comprendan mis enormes deseos de disfrutar de usted.[160]

Cualquier interés que puedan tener las obras de la señora Philips debe ser compartido con este grupo, con “Rosania”, “Lucasia”, “Poliarchus” y los demás, ya que a ellos iba dirigida una gran parte de sus escritos. Es de lamentar que no estemos mejor informados sobre las relaciones de ciertos hombres eminentes con este círculo. El interés general que mostraron los poetas realistas por su carrera se ha interpretado como una conexión personal con ella, pero es dudoso que las relaciones de hombres como Dryden, Cowley y Denham con ella fueran algo más que corteses formalidades. Para ellos, ella era un fenómeno nuevo en el mundo literario: una autora femenina, un prodigio que atrajía atención pero no representaba una amenaza competitiva; una mujer, por lo tanto, digna de halagos; una poetisa, por lo tanto, merecedora de ser llamada la décima musa. Cowley, quien la equipara con Juana de Arco, resulta casi cómico en sus elogios:

Pero si Apolo quisiera crear
una mujer laureada,
sin duda elegiría a Orinda,
aunque Safo y las famosas Nueve
estuvieran allí y se lamentaran.[161]

Pero esto es elegía, no burlesca.

Con Jeremy Taylor, “Palæmon”, el caso es diferente. En 1657 publicó un volumen en formato duodécimo titulado *A Discourse of the Nature, Offices and Measures of Friendship*, que, según indica la portada, fue “escrito en respuesta a una carta del muy ingenioso y virtuoso Sr. K. P.”. Orinda había escrito a Taylor, con quien seguramente ya mantenía relaciones de intimidad, para preguntar “hasta qué punto una amistad querida y perfecta está permitida por los principios del cristianismo”. La respuesta es un ensayo sumamente encantador que gozó de gran popularidad en el siglo XVII y merece ser conocido más ampliamente hoy en día. Taylor elogia a la señora Philips por “estar no solo profundamente instruida gracias a la observación directa de las cosas, sino también por su gran experiencia en el tema que ahora investiga”. Concluye que…

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No está mal que ella “cultive amistades valientes y relaciones dignas”; pero se aprovecha la oportunidad para advertirle contra el platonismo fantástico del salón:[162]

Aquellos que construyen castillos en el aire y consideran la amistad como una hermosa novela romántica, algo que deleita la imaginación pero que no sirve para nada más, estarán bien cuando estén dormidos o cuando lleguen al Élysium; y, por lo que sé, mientras tanto pueden estar tan enamorados de Mandana en El Gran Ciro como de la condesa de Exeter; y al soñar con amistades perfectas y abstractas, las vuelven tan inmateriales que perecen al ser puestas en práctica y quedan sin utilidad alguna.

En el posdata dirigida a la señora Philips, se le pide que envíe el ensayo al Dr. Wedderburn, si “considera oportuno que estos textos lleguen más allá de sus propios ojos y su círculo cercano”. Tanta era la confianza de Taylor en Orinda; tal su homenaje hacia ella.
Debe admitirse que las relaciones de Orinda con los autores de su época son realmente notables. Su nombre figura en algunos de los poemas más característicos de esa época. A los veinte años, se incluyeron versos en su honor al principio de los Poemas de Vaughan el Silurista. Antes de que terminara su breve vida —murió en 1664, poco después de cumplir treinta y cuatro años— ya había llamado la atención de Dryden. Sus contemporáneos parecían creer sinceramente que ella se había ganado un lugar permanente en la literatura inglesa, y durante muchos años después de su muerte mantuvieron viva su fama publicando sus obras teatrales, poemas y cartas, en los cuales siempre era descrita como “famosa”, “insuperable” e “incomparable”. Su círculo de amigos no dejó apenas huella en la literatura de su tiempo; pero eso podría deberse a la brevedad de su carrera. La señora Philips poseía un refinamiento de gusto y de carácter que no era en absoluto común entre las damas literarias de aquella época, además de ser noble, aunque sumamente sentimental.

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afecto por sus amigos. Estas son características que, de haber vivido, podría haber puesto en práctica en beneficio del mundo literario.

En un plano social algo inferior, la famosa señora Aphra Behn continuó las tradiciones de la incomparable Orinda. Al igual que ella, la señora Behn tenía su círculo de amigos al que celebraba mediante versos convencionales. En el poema titulado Our Cabal, los distintos miembros se describen bajo seudónimos pastoriles: Alexis, Damon, Amoret y similares. Es imposible identificar a las personas a las que se refiere, pero es poco probable que alguna de ellas alcanzara fama literaria. La galantería, la coquetería y todo el aparato propio del arte amoroso constituían la única ocupación de ese círculo. Tenía poco que ver con el mundo literario; así, solo aborda el aspecto menos importante del salón. Pero la señora Behn, o “Astræa”, como la llamaban imprudentemente sus amigos, desarrolló otro aspecto al imitar la práctica de la señorita Scudéry e incorporando algunas de sus propias aventuras —pues había tenido muchas— en sus novelas. Esta práctica de teñir los acontecimientos de una novela romántica interminable con alusiones personales y significados alegóricos fue uno de los principales resultados de la actividad en los salones de París durante la segunda mitad del siglo XVII; pero no era característica de los salones en su mejor expresión y, en lo que respecta a la literatura inglesa, no fue más que una moda sin futuro alguno. Además, las novelas de la señora Behn carecen de lo mejor de este género: esa cortesía que es la única capaz de salvar tales obras de la artificialidad y la monotonía. Es cierto que la señora Behn logra evitar la monotonía, pero no alcanza la cortesía. Por lo tanto, se pierde precisamente el punto en el que tales obras podrían quedar influenciadas por la alta sociedad. Tal como están las cosas, lejos de servir a la literatura al atraer a autores hacia las cortesías de la vida urbana, sus novelas escandalosas pusieron en descrédito tanto a sus autores como a su profesión. Su logro único fue demostrar que una mujer podía ganarse la vida con su pluma. Su carrera la llevó inevitablemente a entrar en contacto e incluso a competir con autores hombres, y sus modales afables le permitieron relacionarse en términos de agradable familiaridad con

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Dryden y Otway; pero todo esto sugiere más bien la camaradería del mundo literario moderno que la atmósfera de los salones.

Mientras tanto, Hortensia, duquesa de Mazarino y sobrina del cardenal del mismo nombre, había creado en Londres un auténtico salón francés. Su fama algo exótica se debe en su totalidad al Caballero de Saint Évremond, quien escribió sobre su dueña en un lenguaje lleno de hiperbolas extremas. Algunas de las páginas más conocidas de este ingenioso escritor amoroso fueron escritas en honor a la hermosa refugiada francesa en la corte de Carlos II. Le escribió poemas; le escribió un “retrato” en el cual analizaba sus encantos con tal detalle que parecía indicar un estado de demencia en él; para satisfacer uno de sus caprichos, le escribió un discurso fúnebre mientras ella aún vivía, para que pudiera ver cómo se exaltaban sus virtudes al estilo de Bossuet. Escribió también un discurso sobre religión que reflejaba los pensamientos que ella había expresado durante una conversación en su salón. En una carta dirigida a ella, que acompañaba al ensayo, afirmaba que ella había desmentido la antigua idea de que la verdad debía ser excluida de las conversaciones cotidianas, ya que podía hacer que la verdad fuera tan atractiva como para reconciliar todas las mentes con ella y devolverla a su lugar adecuado en el mundo.[163] Pero todo esto no es más que un simple destello en la avalancha de halagos. Según él, su conversación supera en gravedad a la de Plutarco, en sentenciosidad a la de Séneca y en profundidad a la de Montaigne.[164] Pero la diosa filosófica y su profeta marchito no siempre fueron felices juntos. La duquesa era muy aficionada al juego del bassette, un juego al que Saint Évremond se entregaba principalmente para complacerla, lamentando al mismo tiempo la pérdida de su compañía y dirigiéndole protestas poéticas. La pasión por los juegos, que amenazaba con convertirse en una profesión o en una obsesión para ella, es menos repugnante que los amoríos en los que se vio envuelta la dama (más hermosa que Helena o Cleopatra[165]). El encanto del Alegre Monarca y la muerte de un amante favorito tras un duelo librado con un enamorado loco…

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Sobrino, saca sus aventuras amorosas de la atmósfera platónica, tan esencial para los salones, y llévalas al reino del feo realismo. El salón de la Duquesa de Mazarin, que llegó a su fin con la muerte de ella en 1699, tendía así a asociar a la anfitriona literaria tanto con el vicio como con las letras. Así como la señora Behn degradó el nombre de la mujer en el mundo de las escritoras aficionadas, la Duquesa de Mazarin lo degradó en las salas de recepción. Su salón representaba una institución perversa y ajena, que, aunque logró establecerse en la Corte, no tuvo ninguna influencia en la vida y la literatura inglesas.

Con la muerte de la Duquesa de Mazarin llegamos al final del siglo XVII y al fin de algo similar a un salón en Inglaterra hasta la época de las “bluestockings”. Los resultados del movimiento feminista al final de ese siglo[166] se observan en dos hechos distintos pero claramente relacionados. En primer lugar, un gran número de mujeres, animadas por el éxito de la señora Behn, intentaron dedicarse a la literatura, y la autora y erudita femenina se convirtió en un tema habitual de sátira. Pero esto no tiene nada que ver con nosotros. Mujeres como Catherine Trotter, Mary Pix y la señora Manley, lejos de promover el reconocimiento social de la literatura, tendían a desviar la influencia de la mujer de las salas de recepción hacia el bullicio y las disputas de Grub Street. La sátira dirigida contra ellas y contra otras mujeres eruditas no debe considerarse como una indicación de la existencia de algo similar a un salón, en sentido estricto. Los términos tomados de la literatura francesa se empleaban sin restricciones; pero las referencias a “ruelles” y “femmes savantes” se utilizaban de forma tan laxa que no deben considerarse como teniendo el mismo significado cuando son repetidas por autores ingleses que en su propio país. En segundo lugar, y en gran medida como resultado de la opinión que se tenía sobre tales mujeres eruditas, encontramos una gran cantidad de escritos que consisten en defensas, excusas y propuestas serias dirigidas a las mujeres, todos ellos orientados a…

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Reivindicación del sexo. Dichas reivindicaciones suelen parecer al lector como si hubieran sido escritas para demostrar precisamente las acusaciones que pretendían refutar. En cualquier caso, esta avalancha de débiles defensas parece indicar que la mujer había olvidado su alto cargo como inspiradora y mecenas de las letras, algo que hasta entonces siempre había dado por sentado, y había decidido ocuparse de cuestiones vagas sobre igualdad y capacidad natural. Hemos avanzado mucho desde los tiempos espléndidos de la Condesa de Pembroke. En la época de Ana, las mujeres inglesas perdieron probablemente la mejor oportunidad que jamás tuvieron de restablecer el mecenazgo femenino de las letras que caracterizaba la época de Isabel. El tono de urbanidad que caracterizaba la literatura de principios del siglo XVIII debería haber dado lugar a salones. La presencia de una reina Estuardo en el trono y la supremacía de una escuela de autores nada reacios a los placeres sociales ofrecían una oportunidad única para que las mujeres dieran expresión social a su interés por la literatura e inspiraran y ayudaran a los autores. Pero esa oportunidad se perdió. La actividad femenina en el mundo literario continuó asociándose con nombres notorios, con la escandalosa Nueva Atlántida de Mary Manley y con la carrera licenciosa de la señora Centlivre. Las autoras ya eran bohemias. «En el mundo femenino», dice Johnson en su Vida de Addison, «cualquier conocimiento de los libros solo era motivo de censura». Esta afirmación de Johnson es de esa naturaleza general que suele ofender a los especialistas. Cualquiera podrá pensar de inmediato en numerosas excepciones a ella. La Duquesa de Queensbury, por ejemplo, mecenas de Gay; el decano Swift no estuvo exento de la influencia de las mujeres que lo rodeaban; Pope dirigió epístolas poéticas a Martha Blount; más tarde en el siglo, Young satirizó a la mujer literata, y Richardson contó con su grupo de admiradoras “Hijas”. Pero ninguno de estos casos cambia realmente el significado del resumen de Johnson. Cuando se refería a la censura que recibían las mujeres literarias, bien podría estar pensando en lady Mary Wortley Montagu, cuyo conocimiento de los autores de su tiempo era más amplio que el que jamás tuvieron las mujeres de su entorno. Pero aunque la noble…

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La dama tenía un interés genuino por las letras y poderes muy notables; carecía por completo de ese carácter cortés que es indispensable para la anfitriona de un salón. Repelía a los hombres tanto por su astucia insolente como por sus modales descuidados. Finalmente, su larga estancia en el extranjero la alejó por completo del círculo literario que conocía tan bien. Fue en las décadas centrales del siglo XVIII cuando se logró disipar el rechazo con que se había visto el interés de las mujeres por la literatura. El mundo de las lectoras se volvió casi tan amplio e influyente como el de los hombres, hasta el punto de que en 1778 Johnson pudo decir: «Ahora todas nuestras damas leen». El Bluestocking Club, que marca la primera aparición definida del salón en Londres, refleja el deseo de las mujeres de ampliar su papel en el mundo literario, incluyendo en él no solo el de autoras y lectoras, sino también el de mecenas. Pero este nuevo tipo de mecenazgo era principalmente de carácter social y se manifestaba primero en diversas actividades sociales, que sirvieron de precursoras a los salones más formales, a los cuales ahora pasamos.

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CAPÍTULO VI
Reuniones de conversación y asambleas literarias

Una de las reuniones sociales más agradables para mantener conversaciones era la recepción que se celebraba al levantarse de la cama. Por supuesto, esta costumbre fue adoptada por las personas de moda como imitación de las ceremonias cortesanas, y siempre conservó algo del ambiente cortesano; su popularidad en la alta sociedad se debía al sentido de importancia que confería al anfitrión o anfitriona. Por ejemplo, Madame de Tencin celebraba sus recepciones desde las ocho de la mañana, dominando sobre todos, “desde los sirvientes más humildes hasta los más altos cargos”.[167] Como se recordará, Mascarille se jacta de que nunca se levanta de la cama sin la compañía de media docena de hombres ingeniosos. Sin embargo, a pesar de su imitación de la corte, este tipo de recepción debió tener cierta intimidad y facilidad que faltaban en las reuniones más formales celebradas más tarde en el día.[168]

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El dique
De un grabado de la cuarta pintura de Marriage à la Mode de Hogarth

En Inglaterra, el dique era conocido desde quizás cien años atrás;[169]
pero solo a mediados del siglo adquirió importancia para el estudioso de la literatura. Se puede obtener una buena impresión general de él a partir de la cuarta lámina de Marriage à la Mode de Hogarth, publicada en 1745. La anfitriona, medio vestida, está sentada ante su tocador, bajo los cuidados de su peluquera, y conversa con su amante, quien está recostado en un sofá cercano. Al fondo se ve la cama, de la cual aún está corrida una cortina. Un mayordomo negro sirve chocolate a los invitados que se encuentran frente a la cama, mientras que un tenor italiano les deleita con solos al acompañamiento de una flauta. Este último detalle

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Es significativo en la sátira, ya que es evidente que la anfitriona es incapaz de mantener una verdadera conversación y, por lo tanto, ha recurrido a ofrecer a sus invitados otro tipo de entretenimiento mientras persigue su intriga amorosa. Una representación posterior e incluso más conocida de este tipo de reunión se encuentra al inicio de *La escuela del escándalo*, donde a Lady Sneerwell la “descubren” en su salón. Cuando esta escena se representa correctamente en el escenario, se muestra a los invitados de la dama bebiendo chocolate en su salón, mostrando allí sus habilidades para conversar. El hecho de que este tipo de reuniones tuviera, en esencia, una función literaria queda demostrado por el apoyo que recibió de Samuel Johnson. El relato de sus recepciones matutinas nos ha sido conservado por el Dr. Maxwell, cuya descripción debe citarse en su totalidad: “Por lo general, yo iba a verlo alrededor de las doce, y con frecuencia lo encontraba en la cama o recitando mientras bebía té, que consumía en grandes cantidades. Por lo general, tenía un grupo constante de visitantes matutinos, principalmente hombres de letras: Hawkesworth, Goldsmith, Murphy, Langton, Steevens, Beauclerk, etc., etc.; y a veces damas cultas; recuerdo especialmente a una dama francesa, ingeniosa y elegante, que tuvo el honor de visitarlo.”[170] Parecía ser considerado como una especie de oráculo público, a quien todos pensaban que tenían derecho a visitar y consultar; y sin duda eran bien recompensados.[171] Cuando Johnson visitó a Boswell en Edimburgo después del viaje por las Hébridas, “de las diez de la mañana a la una o dos, tenía un grupo constante de personas de diferentes caracteres y condiciones”; por lo que la pobre señora Boswell se veía obligada a “dedicar la mayor parte de la mañana a la tarea interminable de servir té”.[172]

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Esta costumbre, así sancionada por la moda y por la autoridad literaria, fue adoptada por todos aquellos que pretendían ser ingeniosos. En 1760, Goldsmith se burla del dandi filosófico que “recibe visitas en su estudio, con toda la formalidad pensativa de zapatillas, bata de dormir y sillón cómodo”.[173] Flavia, en La doble transformación del mismo autor, tras casarse con un miembro de Oxford, aspira a la reputación de mujer sabia: orgullosa de ser vista, mantenía a su alrededor un grupo de mujeres adornadas con polvo facial.

Para 1779, esta práctica se había vuelto tan popular que su nombre se extendía con frecuencia a cualquier reunión formal donde la conversación era el principal atractivo, incluso cuando se celebraba por la tarde.[174] Esta reunión se fusionaba fácilmente con el desayuno formal. Podía tener lugar a cualquier hora, desde las ocho de la mañana hasta las tres de la tarde.[175] Fue en 1750 cuando Madame du Bocage registró sus impresiones sobre los desayunos de la señora Montagu, generalizando sobre esta costumbre nacional con estas palabras:

“En los desayunos matutinos, que encantan tanto por los exquisitos manjares como por la riqueza del plato en el que se sirven, se reúnen de manera agradable tanto la gente del país como los extranjeros [es decir, tanto nativos como forasteros].”[176]

Los diarios y cartas de Beattie, la señora Delany, la señorita Burney y la señorita More están repletos de referencias a esta comida de moda. En la primavera de 1774, Walpole se declaró asustado ante la avalancha de tales eventos.[177] Una de las actividades favoritas en estas reuniones matutinas, al igual que en las celebraciones posteriores del día, era la declamación de Thomas Sheridan (quien repetía la Elegía de Gray, la Oda de Dryden y “todo lo que cualquiera podía memorizar”)[178], las lecturas en francés de Tessier y las recitaciones trágicas de Tighe (quien esperaba que sus oyentes se desmayaran de…).

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emoción), y, ocasionalmente, fragmentos de recitación o actuación por parte de Garrick. Sheridan organizó tantas de estas reuniones literarias que la señora Boscawen sospechó que recibía dinero por ellas.[179] A veces, tales eventos eran más o menos públicos y se celebraban en Haymarket, en Vauxhall o en Bath, en las Assembly Rooms.
Las recepciones de la tarde y la noche tenían un carácter menos definido. Beattie describe una reunión en casa de la señora Montagu como “una asamblea, una conversación o un bullicio”.[180] La diversión era de amplio alcance, al estilo de las salas de recepción italianas y francesas, e incluía bailes, juegos de cartas, lecturas literarias, además de conversaciones.[181] En esta obra solo nos ocuparemos del aspecto literario de estas fiestas; el origen y los resultados más serios de los salones londinenses se discuten en otro lugar, de modo que el resto de este capítulo puede dedicarse a analizar los medios empleados para destacar en las conversaciones de estas reuniones, así como al intento de vincular tales encuentros directamente con la creación poética.
Es sin duda una desgracia que las descripciones contemporáneas de la conversación tuvieran generalmente un tono satírico; pero es algo natural, ya que la conversación, sin otros entretenimientos, tiende, en grupos grandes, a la pedantería por un lado y a la frivolidad por otro. La literatura inglesa no produjo a ningún Molière para satirizar los salones; pero la conversación sí dio carácter y título a una gran comedia: La escuela del escándalo. Aunque esta obra no es, como La crítica de la escuela de las mujeres, una crítica adecuada de la sala de recepción literaria, no obstante conserva aspectos importantes de ella, y tendremos ocasión de referirnos a ella repetidamente para ilustrar la naturaleza de la conversación.[182]
Otra crítica de este tipo de entretenimiento se encuentra en un libro hoy completamente olvidado, titulado Modales modernos, o los primos del campo, dentro de una serie de Epístolas poéticas. Es la obra del reverendo Samuel Hoole, hijo del traductor de Tasso y Ariosto, y apareció en el año 1782. Los poemas describen la visita de una familia del norte de Inglaterra a Londres, algo después de…

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A la manera de Smollett en Humphry Clinker, y de Anstey en el New Bath Guide. La décima epístola es un relato de la conversación de Lady Chattony.
[183]
En esa reunión, al viejo señor Ralph Rusty le sirven café tibio, té y un poquito de pastel, lo que le hizo desear más. El grupo se divide en grupos, cada uno con la espalda vuelta hacia los demás. El primer grupo al que se une está (naturalmente) hablando de escándalos:
«Mi encantadora señorita Wagtail», dice el guapo Beau Brisker, «he visto a tu querida amiga, la dulce señorita Fatty Fanfrisker».
«—¡Pobre criatura!—Es realmente lo que todos los hombres adoran…»
«—No tan encantadora, la verdad; pero conozco a algunas que sí lo son más…»
«—Eres imposible. Eres tan grosero como un oso. ¡Juro que crees que nadie es guapo! ¿Qué defecto puedes encontrarle? Claro, su cabello es arenoso, y Scapegrace dice que sus piernas son bastante “delgadas”».

Su segunda visita es a un grupo ocupado en chismes musicales:
«Una ninfa con el rostro barnizado de blanco y un hombre pálido y delgado, casi cubierto de encaje».

Escapa de sus efusivos entusiasmos para encontrarse con una discusión política:
Luego me uní a un grupo de críticos y autores, y pensé que había encontrado gente a mi medida:
Un hombre negro grita: «Estoy convencido, doctor Guzzle, de que es un libro miserable y sin valor el que mencionó Puzzle. También me han dicho que Ratsbane y Screachowl lo critican mucho… ¿Ha tenido tiempo, querido doctor, de leerlo?»
«Oh, sí, lo he hojeado… Es basura terrible, un montón de tonterías, algo de muy mala calidad».
«Señor, el panfleto del buen señor Shuttlecock, que acaba de publicarse, pronto pondrá fin a todo esto…»
«Escuché hoy en Cadell», dice otro, «que Johnson está en la ciudad y sigue escribiendo. Me encantó su obra sobre Milton; qué juicio y qué talento. Señor Rattlesnake, seguramente reconocerá que tiene mérito, ¿verdad? Seguro que ya lo ha leído…»
«Yo no, señor… Leer a Johnson… Preferiría abrazar cualquier otra creencia… Odio sus opiniones, tanto religiosas como civiles… ¡Nos convertiría a todos en esclavos de la iglesia y del estado!»
«Buen señor», exclama un escocés, levantándose de detrás de alguien y ofreciéndole su tabaquera, «usted piensa igual que yo. Aunque el doctor querría imponer reglas a nuestros poetas, no sabe nada del verdadero espíritu de la poesía. A pesar de sus críticas, no puedo ver ningún mérito en ello».

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Lo que hay en tu poema sobre Adán y Eva:
Un Ossian que lees; Milton no puede compararse con él.
Es como un desastre en medio de una ciudad virgen…
No, en verdad, aquí el Doctor no hace más que soñar;
Está demasiado ciego para comprender lo sublime.
“Espera, espera, buen amigo mío: debo defender a Milton,
Mientras la espada que llevo tenga hoja y empuñadura.
Ese gran político, esa antorcha de nuestra nación,
Nunca debe ser mencionado sin respeto.
En cuanto al Doctor, dices muy bien: lo considero un crítico tan mediocre como tú.
Pero piensa en él desde un punto de vista aún peor: ¿Acaso no recibe una pensión? ¿Y no escribe, señor,
para convertirnos en tontos y hacer que creamos que lo negro es blanco?
Todo aquel que sea amigo de nuestra libertad debe odiar a ese hombre,
que recibe trescientos al año del estado.”
“Por Dios, señor Rattlesnake, ¿por qué menciona con tanta aspereza esa palabra ‘pensión’?
El Doctor no merece algo así… Pero, en verdad, conozco a muchos hombres excelentes
que nunca han considerado vergonzoso aceptar una pequeña pensión o un lugar cómodo donde vivir.
Pero ellos siempre han estado solos, como muertos… El Doctor sigue difundiendo su veneno contra todas las tradiciones y la reputación escocesa,
aunque encontró un buen amigo entre los nobles de nuestra nación.”
“Veo”, dice otro, “que su ira se despierta porque él no es amigo del país de los pasteles…
Tampoco me sorprende, porque todos consideramos que el lugar donde nacimos es el mejor del mundo.
Por eso nunca podremos aprobar al escritor que menosprecia la tierra que tanto amamos.”
“Hablas como un vidente… Ah, sabes, señor, su viaje: nuestro peor enemigo no podría haber escrito mejor.
Insinúa, aunque no pueda ver ni dos yardas, que no tenemos árboles…
Cuando en realidad, justo al lado del camino había dieciséis o veinte árboles.
Y si hubiera ido más lejos, habría encontrado aún más plantas.
En verdad, es un hecho bien conocido: toda Escocia estaba cubierta de bosques en tiempos antiguos.”
La desafortunada tarde del señor Rusty terminó escuchando las historias de un joven noble que acababa de regresar de sus viajes; un tipo que quería duelo con él porque se reía de sus historias increíbles.

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No hay nada especialmente ingenioso en este poema, como pueden demostrar las citas; y las sátiras, sin duda, se hundieron por su propio peso. Pero a pesar de su falta de ingenio, la descripción parece ser, en general, una imagen fiel de la conversación. Podemos observar, en primer lugar, que Lady Chattony siguió las mejores tradiciones de los salones al reducir al mínimo los refrigerios, dependiendo completamente del éxito de su recepción de la conversación de sus invitados.[184] La conversación, además, no se limita a un círculo amplio, sino que se divide, a la manera de la señora Vesey, en una serie de grupos pequeños. Hay las habituales referencias a chismes, escándalos y charlas sobre ropa, política y ópera, con ocasiones intentos de adoptar el método satírico de Sheridan, pero sin su ingenio. Es inevitable que cualquier sátira sobre la conversación en los salones se centre en la tendencia al escándalo y al chisme. Su presencia en los salones es tan inevitable que parece casi innecesario señalarla; pero es esencial para comprender realmente por qué son tan frecuentes, algo que ninguna sátira suele destacar. El escándalo y su “hermana”, el chisme, son atajos hacia el ingenio, y el ingenio es lo indispensable para quienes frecuentan los salones. Esto queda ampliamente evidente en La escuela del escándalo. Es el ingenio por lo que luchan los invitados de Lady Sneerwell, y están dispuestos a dañar un carácter con tal de poder hacer un chiste. “No hay posibilidad”, dice Lady Sneerwell, “de ser ingeniosa sin un poco de maldad; la maldad de algo bueno es lo que hace que sea efectivo”,[185] y Lady Teazle está prácticamente de acuerdo con ella: “Juro que no guardo rencor hacia las personas a las que critico; cuando digo algo malintencionado, es por pura diversión”. Sheridan no fue el único dramaturgo que satirizó los salones y sus conversaciones escandalosas. Su comedia fue imitada por Thomas Holcroft en Seducción,[186], una obra cuya popularidad en el escenario igualó a la que tuvo en la imprenta. La descripción de la conversación en una reunión en casa de Lady Morden es una clara imitación de La escuela del escándalo.

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Sir Frederic. Llegó Sir Nathan Neaptide, el almirante amarillo.
Lord Morden. ¡Un invitado encantador!
Sra. Modely. ¡Oh! Tan grosero como su propio contramaestre.
Sir Frederic. Preferiría enseñar una blasfemia sorprendente antes que carecer de buena conversación.
Lady Morden. Él intenta hacer sátira.
Lord Morden. Pero solo profiere insultos.
Sra. Modely. Eso es lo que le hace ser tan respetado.
Lady Morden. Sí; como un limpiador de chimeneas en una multitud, se abre paso siendo sucio...
Sir Frederic. La viuda Twinkle, como de costumbre, habló mucho sobre la reputación.
Lady Morden. Uno tiende a admirar aquello que desea.
Lord Morden. Ella siempre se esfuerza al máximo por colocar su reputación, como porcelana rota en un aparador, con el lado mejor hacia afuera.
Lady Morden. Puede recubrirla y sellarla, pero nunca logrará manejarla adecuadamente.

Otros aspirantes a la fama en la conversación adoptaron el hábito menos cuestionable de hablar de sentimientos. Aquí también la “Escuela del Escándalo” revela el truco de los salones, ya que Joseph Surface se ha ganado un lugar en ese grupo gracias a sus máximas filosóficas y éticas. La brillante sátira de Sheridan sobre una moda reinante en la literatura y la sociedad fue anticipada por Goldsmith en “She Stoops to Conquer”, donde, cuando Kate Hardcastle desea hablar como una dama distinguida, inmediatamente comienza a hablar de sentimientos.[187] Este hábito de dar apariencia de profundidad a la conversación mediante la introducción de...

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Los aforismos filosóficos son, sin duda, tan antiguos como los propios salones. En su mejor expresión, no hay nada despreciable en este tipo de sentimientos, como puede demostrar la larga y brillante historia de estos aforismos en la literatura francesa. La reputación del salón de la señora de Sablé se debió en gran medida a estos aforismos o pensamientos, y todos los salones posteriores ofrecen ejemplos de su vitalidad. La señora Geoffrin era famosa por ellos. “La señora Geoffrin”, escribió la señora Necker, “puso toda su inteligencia en aforismos”[188], y la misma escritora elogia la obra de los autores ingleses por su capacidad para crear este tipo de textos, considerando que esos autores carecían de principios morales.[189] El aforismo, el sentimiento ético o la verdad filosófica expresada de forma concisa, realmente adquirió una importancia considerable en los ensayos de Samuel Johnson, quien creía que con el tiempo la humanidad podría “escribir todo de forma aforística”; pero en la conversación cotidiana en inglés nunca encontró un terreno adecuado para desarrollarse. Los “sentimientos” eran populares, pero, al igual que muchas cosas populares, también eran vacíos. La condesa viuda Gower escribió a la señora Delany que las mujeres cultas se encontraban en Sunning Wells, donde “expresaban sus sentimientos desde la mañana hasta el mediodía, y desde el mediodía hasta el anochecer”. Las páginas de la revista Wit’s Magazine estaban repletas de colecciones de tales aforismos: “El halago, como el camaleón, adopta los colores del objeto más cercano a él”. La cantidad de aforismos y sentimientos de estas mujeres cultas conservados en cartas y diarios es sorprendente, pero no por su calidad. La señora Montagu escribió lo siguiente a la señorita Burney, en referencia al carácter del señor Vesey: “Un carácter frívolo, como una flor llamativa, puede ser agradable mientras está en flor; pero solo los virtuosos, como las plantas aromáticas, mantienen su dulce y refrescante aroma incluso cuando se marchitan”.[191] Esto está exactamente en el estilo de Julia, la heroína alguna vez popular de The Rivals; en cuanto a su forma de hablar, podría ser la hermana gemela de Joseph Surface: “Cuando los corazones dignos de felicidad unieran sus destinos, la virtud los coronaría con una guirnalda eterna de flores modestas e inofensivas; pero la pasión mal guiada obligaría a incluir en esa guirnalda a la rosa más llamativa, cuyas espinas los lastiman cuando sus hojas caen”.

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Muy similar a ese sentimiento bien expresado es el epigrama; y este, en todas sus formas, era lo que el salón, siguiendo los modelos continentales, buscaba fomentar. Uno piensa de inmediato en los epigramas poéticos de Sir Benjamin Backbite, en sus versos improvisados sobre la pluma de Lady Frizzle que se incendió, en sus acertijos, en la charada que realizó durante una conversación en casa de la señora Drowsie, y, sobre todo, en ese ingenioso verso improvisado sobre los ponis de Lady Betty Curricle:
“Jamás se vieron dos ponis tan hermosos;
Los demás caballos son payasos… y estos, maravillas.
No, estoy seguro de que no está mal llamarlos así:
Tienen las patas tan delgadas y las colas tan largas.”

No había forma más segura de ganar reputación por ingenio que mediante la composición improvisada de estos pequeños versos. Ningún amante de Goldsmith dejará de recordar el epigrama de Garrick sobre el poeta que “escribía como un ángel y hablaba como el pobre Poll”. Menos conocido es el dístico que el doctor Young compuso en el “World”, un club de caballeros que se entretenían después de la cena escribiendo versos con sus diamantes en las copas de vino. Al no tener joya propia, Young, cuando le llegó su turno, tuvo que pedir prestada la de Chesterfield y luego escribió:
“Acepten un milagro: en lugar de ingenio,
vean dos líneas aburridas escritas con el lápiz de Stanhope.”

Es difícil encontrar un volumen de versos del siglo XVIII que no sea testimonio de la popularidad del epigrama. Cada colección de poemas está repleta de ellos. Ninguna edición recopilada de poemas estaba completa sin algunos ejemplos de ellos. Se registraban en todos los diarios y cuadernos personales, y eran intercambiados por amigos en la correspondencia cotidiana. Tanto los verdaderamente ingeniosos como aquellos que pretendían serlo competían entre sí para crearlos. Todos, al parecer, alcanzaron un nivel mediocre e insípido. La charada que Johnson realizó en honor a su amigo el doctor Barnard no es ni mejor ni peor que los numerosos versos improvisados citados en las Cartas de Walpole o en El asilo de las piezas fugitivas.

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Mucho de esto, sin duda, parece trivial. Pero dondequiera que aparezca el espíritu del salón, se observan indicios de su presencia en la creación y el aprecio general por tales nimiedades: rebus, anagramas, madrigales, enigmas, charadas y composiciones rimadas. La explicación de todo esto se remonta, quizás, al Renacimiento italiano, cuando, como ha demostrado Burckhardt, un epigrama podía sentar las bases de la fama de un erudito:

Se consideraba el mayor de los triunfos cuando un epigrama era confundido con una copia auténtica de algún mármol antiguo o cuando era tan bueno que toda Italia lo aprendía de memoria, como ocurrió con algunos de los de Bembo.

La popularidad de los epigramas en la alta sociedad inglesa queda ilustrada de forma divertida por los entretenimientos que ofrecía cierta señora (más tarde lady) Miller en su villa cerca de Bath. El carácter y los resultados de su intento por fomentar la producción literaria son típicos, y, dado que han dejado un registro considerable impreso, puede ser útil examinarlos con algo más de detalle. Introdujo lo que ella llamaba la “pequeña institución gala” de las composiciones rimadas. Se distribuían listas de palabras que rimaban entre sus invitados, quienes componían versos basándose en ellas, utilizandolas en el orden indicado. Las obras resultantes se colocaban luego en un jarrón decorado con ramas de laurel y cintas rosadas, erguido sobre un “altar moderno”. “Actualmente”, escribe esta ingeniosa dama, “es el recipiente de todos los pequeños poemas poéticos que, cada otro jueves (anteriormente viernes), se extraen de él de forma indiscriminada y se leen en voz alta por los caballeros presentes, uno tras otro. Posteriormente, se discuten sus méritos particulares y se otorgan premios a tres de los que parecen ser los más merecedores. Solo entonces, y no antes, se llama a sus autores, quienes rara vez dejan de presentarse ellos mismos o, si están ausentes, sus amigos. Luego, los poemas ganadores se leen en voz alta una segunda vez ante todos, cada uno por su autor, si está presente; de lo contrario, por otros caballeros”.

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y coronas de mirto presentadas públicamente por la directora del instituto[195] a cada escritor exitoso.
Cuando se publicaron estos versos, despertaron, si no el respeto general que la directora del instituto esperaba claramente para ellos, al menos el interés de la señorita Burney, la curiosidad de Boswell y la diversión de Walpole. Este último escribió, en su estado de ánimo más alegre, a la condesa de Ailesbury:

Debe saber, señora, que cerca de Bath se ha erigido un nuevo Parnaso, compuesto por tres laureles, un árbol de mirto, un sauce llorón y una vista del Avon, que ha sido bautizado como Helicón. Hace diez años vivía allí una señora Riggs, una anciana humorista algo brusca que pasaba por ingeniosa; su hija, que no valía nada, se casó con un capitán Miller, lleno de buena fe y excesiva solícitud. Estas buenas personas eran amigas de la señorita Rich, quien me llevó a cenar con ellas en Bath-Easton, ahora llamado Pindus. Adquirieron algo de lo que entonces se llamaba buen gusto, construyeron y plantaron cosas, y tuvieron hijos, hasta que toda esa familia se vio obligada a ir al extranjero en busca de fortuna. ¡Ay! La señora Miller regresó convertida en una belleza, un genio, una Safo, una décima musa, tan romántica como mademoiselle Scudéri y tan sofisticada como la señora Vesey. Los dedos del capitán están repletos de camafeos, su lengua rebosa virtuosidad, y para que ambos puedan contribuir al progreso de su país, han introducido los “bouts rimés” como un nuevo descubrimiento. Cada jueves celebran una feria del Parnaso, distribuyen rimas y temas, y todos los talentosos de Bath compiten por los premios. Un jarrón romano adornado con cintas rosas y mirtos recibe las poesías que se presentan en cada festival; seis jueces de estos “juegos olímpicos” seleccionan las composiciones más brillantes, y los ganadores se arrodillan ante la señora Calíope Miller, le besan su mano regordeta y reciben de ella una corona de mirto… y, no sé qué más. Pueden pensar que esto es ficción o exageración. ¡Cállense, incrédulos! La colección está impresa y publicada… Sí, ¡por mi fe! Hay “bouts rimés” incluso en un muffin untado con mantequilla, creado por Su Gracia.

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La Duquesa de Northumberland; recibos para obtenerlos por parte de Corydon el venerable, alias George Pitt; otros muy bonitos por Lord Palmerston; algunos por Lord Carlisle; muchos por la propia señora Miller, que no tienen ningún defecto salvo la falta de métrica: y se le prometió inmortalidad sin fin ni medida.[196]

Sin embargo, parece que la obra de la señora Miller fue un éxito social rotundo. La primera edición de los versos se agotó en diez días,[197] y se publicó una segunda al año siguiente. Aparecieron tres volúmenes similares con intervalos regulares,[198] y la serie solo terminó con la muerte de la autora.[199] Las publicaciones recibieron el elogio de un ataque anónimo titulado Sappho,[200] en el cual se alababa satíricamente a la señora Miller como “la maestra de los versos melodiosos”; pero un ataque aún más grave tomó la forma de una solemne epístola de felicitación dirigida a ella,[201] en la cual se decía que esa dama

Brilla sin igual en tiempos antiguos o modernos,
Amiga del genio, del placer, del gusto y de la rima,
Que día a día prosperan bajo tu cuidado
Y derraman las aguas del conocimiento sobre la tierra.

Un examen del volumen publicado en 1775 apenas parece confirmar estas afirmaciones. Es difícil describir con precisión esta obra de la propia autora, ya que la palabra “verso” apenas parece apropiada para ella:

De Castor y Pólux, esos gemelos famosos,
Surgió la gran danza enseñada en Lacedemonia;
Luego, un hijo de Aquiles, con un nombre bárbaro,
Enseñó a sus soldados a bailar, a esos cretenses ilustres.
El sabio filósofo Sócrates también sabría,
De Aspasia la hermosa, cómo mover bien el dedo del pie.
Bodas y banquetes pomposos; incluso los funerales solemnes
Eran celebrados con bailes por príncipes, sacerdotes, gente y todos.

Es justo decir que los versos del volumen suelen elevarse desde este nivel hasta uno de mediocridad. El siguiente ejemplo de versos rimados puede…

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Sirven para indicar el tipo y el contenido del volumen:
Es difícil, debo confesarlo, para mi musa
expresar algo ingenioso en seis versos fijos;
¿Por qué me mezclé con los sabios? Ellos deben detestar
y aplastar mis tonterías, que molestan su sentido.
Así, el pobre topo que asciende hacia la luz
muere al encontrarse con el poder resplandeciente del sol.

Hay otras cosas que se podrían decir en defensa de los juicios severos
que uno tiende a emitir sobre la señora Miller. Los volúmenes posteriores son ciertamente
menos malos que el primero. El elogio a la señora Miller, que había sido el eje central del primer volumen, se atenúa algo en los demás, y los nombres de los colaboradores aparecen ocasionalmente en los márgenes de la fama.
Potter, William Hayley, Anna Seward y Christopher Anstey merecen respeto, y un poema de Garrick, aunque sin valor, confiere cierta distinción al segundo volumen. El poema de Anstey, *An Election Ball*,[202]
que gozó de algo de la popularidad de su *New Bath Guide*, fue escrito sobre un tema propuesto por la señora Miller: “La vestimenta y las costumbres antiguas y modernas de la nación inglesa comparadas”; y el discurso poético que lo precede está dirigido al señor Miller. En el primero se celebran “Clio” y el “jardín de Tusculum”, y en el segundo las “ramitas de mirto” y los “cisnes cantores de Bath”. Estos poemas siguen siendo legibles.
A la señora Miller debe concedérsele sin duda el mérito de haber reunido a su alrededor un grupo de personas que habrían hecho famoso cualquier salón londinense. Su propia incapacidad para crear algo que tuviera más que una apariencia externa de verso no parece haber disuadido a quienes tenían mayor habilidad y mejor gusto. Para una mujer así, era ya un logro el hecho de que su institución perdurara seis años; y los cuatro volúmenes de los llamados contribuciones poéticas a ella conservan un cierto interés melancólico, como muestra del intento deliberado del mundo de la moda por estimular la producción poética.

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CAPÍTULO VII
El club de las damas intelectuales

La lista de damas intelectuales que Hannah More menciona en su poema Bas Bleu es la siguiente: «Vesey, juez y amigo de la poesía», «Boscawen, el sabio», «el brillante Montagu» y Elizabeth Carter. A esta lista deberíamos añadir, por supuesto, el nombre de la propia señorita More. Los hombres enumerados como miembros son Lord Lyttelton, Pultney, conde de Bath y Horace Walpole. Forbes proporciona exactamente la misma lista en su biografía de Beattie, con la diferencia de que él añade el nombre de Stillingfleet. La señorita More menciona a ciertos hombres famosos como antiguos asiduos de esa sala: Garrick, Mason, el doctor Johnson, Burke («ahora apóstata de la ingeniosidad social») y Sir William Pepys. Estos cinco, con excepción de Pepys, se consideran más bien visitantes frecuentes que miembros reconocidos.

No debemos suponer, por el uso de la palabra “club”, la existencia de una sociedad formalmente establecida, como el gran Literary Club, con reglas y elección de miembros. Las damas intelectuales se reunían simplemente por el deseo de interactuar entre sí, y el grupo se expandía libremente a medida que aparecían asociados adecuados. Por lo tanto, no se puede elaborar una lista exacta de ellas. De hecho, la lista de damas en Sensibility de Hannah More, descritas como participantes en «el encanto de la amistad y el banquete del sentido», difiere algo de la ya citada: la señora Boscawen, la señora Carter, la señora Montagu, la señora Chapone, la señora Walsingham, la señora Delany y la señora Barbauld. Fanny Burney, al igual que la propia señorita More, se considera una miembro más joven,[203] casi como una protegida del club. La señora Thrale, con su propio círculo, siempre estuvo más o menos fuera del grupo, al igual que la señora Ord. Más tarde, como veremos, el término “dama intelectual” pasó a aplicarse a mujeres que solo tenían un vínculo muy lejano con el grupo original.

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Es difícil determinar ahora el origen de esa pequeña compañía que más tarde se convertiría en Bas Bleu. El poema de la señorita More en su alabanza no apareció hasta 1786, muchos años después de que su fama ya estuviera plenamente establecida. Esos versos, comenzados en 1783, circularon durante muchos meses en forma de manuscrito y fueron modificados con frecuencia; constituyen el manual oficial de la sociedad. Pero hay que recordar que la autora no tuvo contacto con el grupo durante sus primeros años de existencia, por lo que su relato sobre su origen no debe considerarse como una prueba indiscutible. Ella atribuye el mérito de haber instituido esas conversaciones literarias a la señora Montagu y a la señora Boscawen. Por otro lado, madame D’Arblay lo atribuye exclusivamente a la señora Vesey. [204] En cualquier caso, es seguro que la señora Montagu se convirtió rápidamente en la figura principal del club, ya que Lyttelton, aparentemente ya en 1765,[205] la denomina “la bella presidenta”. Es muy posible que las primeras reuniones tuvieran lugar en sus desayunos literarios, ya descritos anteriormente.[206] No es irrazonable suponer que el “club” ya existía a finales de los años cincuenta, ya que era bien conocido por el almirante Boscawen, quien murió en 1761. Un miembro destacado del mismo, mencionado por la señorita More, era el conde de Bath, quien falleció en 1764. Pero Bas Bleu no alcanzó su máxima fama hasta muchos años después. Desde sus inicios, el objetivo del club era promover la conversación literaria como principal placer de la vida social. No hace falta decir que ese tipo de conversación era algo serio y solemne. Las cartas escritas por las mujeres literatas son una prueba suficiente de ello. En Bas Bleu se habla mucho de la falsa ingeniosidad del Hôtel de Rambouillet, donde el ingenio, las ironías y los equívocos distorsionaban cada palabra que se decía. Las mujeres literatas inglesas rechazaban todo esto: rechazaban el ingenio de estilo francés y aquel que fuera de dudosa calidad, y en su lugar exaltaban el sentido común. Hannah More declaraba que la base sólida de la conversación era el conocimiento; era para la conversación, decía ella, para…

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El sabio consume su trabajo en la medianoche;
y mantiene sus vigilias para producir
materiales para tu uso futuro.

Tal elogio de las conversaciones serias nos permite imaginar la preparación
que realizaban las almas sinceras para las conversaciones en las que esperaban
brillar. Para la señora Louisa Stuart, el grupo de la casa de la señora Montagu
parecía actuar ante un público. “Si tienes suerte”, dice ella, “no solo podrás divertirte mucho en casa de la señora Montagu, sino también llevar contigo muchas cosas que realmente vale la pena recordar. Pero, por otro lado, la forma circular tampoco es menos conveniente para los escritores y para quienes les gusta escucharse hablar a sí mismos; así que, por el contrario, podrías encontrarte con las disertaciones más tediosas, las historias más aburridas y las bromas más insípidas que se puedan encontrar”. [207]

El propio Lyttelton dio testimonios similares. Las palabras de Fanny Burney parecen indicar que las mujeres pertenecientes a este grupo a veces se aburrían consigo mismas: “Las respeto y aprecio”, escribe en abril de 1784, “pero requieren un esfuerzo al que no siempre estoy dispuesta a hacerlo”. Además, existe la evidencia indirecta proporcionada por Boswell. El mejor juez de las conversaciones de aquel entonces estuvo en repetidas ocasiones en presencia de estas mujeres; nunca dejó de expresar su admiración por ellas; las vio revolotear alrededor de su amo; se tomó la molestia de investigar el origen de su sociedad; pero nunca consideró oportuno registrar sus conversaciones.

Gran parte de la fama de estas mujeres se debió al nombre con el que pasaron a ser conocidas. Este nombre captó rápidamente la atención del público y ha seguido siendo una palabra útil en el vocabulario inglés. La palabra “bluestocking” plantea un problema interesante, pero quizás irresoluble, en cuanto a su etimología, o más bien en cuanto al argot. Existen diversas explicaciones para este término, pero, aunque no son incompatibles entre sí, tampoco son del todo satisfactorias. Parecería que la fuente debería encontrarse en Francia del siglo XVII o en Italia del siglo XVI [208]; pero hasta ahora no se ha encontrado ninguna prueba al respecto. Mills, en su Historia de la caballería [209] (1825), remonta la palabra a la Sociedad “de la”.

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“Calza”, fundada en Venecia en el año 1400. La sociedad continuó existiendo hasta 1590, cuando, continúa él, “el título rechazado” —con lo que probablemente se refiere a “calza turchina”, aunque no lo menciona en ningún lugar— “atravesó los Alpes y encontró un terreno propicio en la frivolidad y las trivialidades literarias de la sociedad parisina... Se desvió de Francia hacia Inglaterra”. Mills no presenta ninguna prueba de estas notables migraciones del término. Las palabras “bas bleu” son desconocidas para los lexicógrafos franceses, salvo como traducción de la palabra inglesa “bluestocking”;[210] por lo que las afirmaciones de Mills respecto a los viajes de este término parecen ser fruto de su propia imaginación.[211]
Por otro lado, cuando nos dirigimos a la literatura inglesa, descubrimos que el término ya se utilizaba desde el siglo XVII. La primera aparición registrada por Murray, en el New English Dictionary, se encuentra en la Autobiografía de Bramston (1683), en referencia al “Pequeño Parlamento” de 1653: “Ese Parlamento de Bluestocking”. Aquí se utiliza claramente como una burla hacia la vestimenta sencilla de los puritanos, quienes evitaban usar medias de seda. Hacía años que referirse a medias groseras o feas era una forma común de insulto. El príncipe Hal utiliza un término similar, “puke-stocking” —donde “puke” es un tipo de lana de color azul oscuro, que no usaban los cortesanos—, para burlarse del dueño de la taberna Boar’s Head.[212] La palabra “bluestocking”, incluso después de aplicarse a las mujeres literarias, conservaba un matiz despectivo; algunos la consideraban un término de reproche,[213] y se sentía una profunda aversión hacia ella. Es difícil determinar exactamente cuándo se aplicó por primera vez este término a las mujeres literarias;[214] el período de su gran popularidad fue en la década de los 80. Para entonces ya había captado la atención e inspirado la curiosidad de Boswell, quien da la siguiente explicación al respecto:
“Por esa época [1781], estaba muy de moda que varias damas organizaran reuniones vespertinas, en las cuales las mujeres podían participar en conversaciones con hombres literatos e ingeniosos, motivadas por el deseo de complacer. Estas sociedades eran denominadas Clubes de Bluestocking”.

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Dado que el origen de ese título es poco conocido, puede valer la pena relatarlo. Uno de los miembros más eminentes de esas sociedades, cuando estas comenzaron a formarse, fue el señor Stillingfleet, cuya vestimenta era sumamente sobria; en particular, se observó que llevaba medias azules. Tanta era la excelencia de su conversación, que su ausencia se consideraba una pérdida tan grande, que solían decir: “No podemos hacer nada sin las medias azules”. Así, poco a poco, se estableció ese título.[215]

Forbes, en su biografía de Beattie, arroja nueva luz sobre el asunto:

El señor Stillingfleet, siendo algo humorístico en sus costumbres y modales, y un poco descuidado en su vestimenta, llevaba literalmente medias grises. Por esta circunstancia, el almirante Boscawen solía llamarlas, en tono de broma, “la Sociedad de las Medias Azules”, como si quisiera indicar que cuando se reunían esos brillantes amigos, no era con el propósito de formar un grupo vestido de forma formal. Un extranjero distinguido, al escuchar esa expresión, la tradujo literalmente como “Bas Bleu”; así es como posteriormente se pasó a denominar a esas reuniones.[216]

La señora D’Arblay, al escribir en 1832, afirmó que fue la señora Vesey quien primero animó a Stillingfleet a presentarse con su vestimenta sencilla: “¡Pho, pho!”, exclamaba ella... “¡No te preocupes por la ropa! ¡Entra con tus medias azules!”. No parece haber razón válida para rechazar este detalle adicional. Al menos no es incompatible con los hechos ya mencionados. El “error” cometido por el “extranjero distinguido” se menciona claramente en una carta de la señora Carter a la señora Montagu, en referencia al título Bas Bleu: “¿No recuerdas el invierno pasado que la señora de Montier (o algún nombre similar; sin embargo, era la embajadora francesa) quería que alguien presentara al señor —su esposo— en la reunión de Bas Bleu?”. Estas explicaciones, que forman una serie bastante coherente y que fueron aceptadas por los miembros de la Sociedad de las Medias Azules, deberían ser suficientes.

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el siglo XX. Sin embargo, algunos insisten en una interpretación más pintoresca, probablemente como protesta contra la idea de que la primera dama intelectual fuera un hombre. Una explicación ofrecida por primera vez en 1861 por el señor Hayward, en la segunda edición de su Autobiografía de la señora Piozzi, le fue proporcionada por una dama que dijo haberla recibido de lady Crewe durante una conversación mantenida en 1816. Dice así:

Lady Crewe me contó que su madre (la señora Greville), la duquesa de Portland, y la señora Montagu fueron las primeras en organizar reuniones sociales imitando las famosas celebradas por madame de Sévigné en la calle Saint-Honoré. Madame de Polignac, una de las primeras invitadas, llegó con medias de seda azul, que era la última moda en París. La señora Greville y todas las damas miembros del club de la señora Montagu adoptaron esa costumbre. Un caballero extranjero, después de pasar una velada en la fiesta de la señora Montagu, escribió para contarle a un amigo sobre ese encantador círculo intelectual que tenía una regla: “Usan medias azules como distintivo”.

Apenas sería necesario prestar atención a este relato si no fuera porque ha sido presentado seriamente en el Dictionary of National Biography como la explicación correcta, ha sido citado por un escritor anónimo en la Quarterly Review (enero de 1903) y recientemente repetido con plena aprobación.[219]

En primer lugar, cabe señalar que el propio señor Hayward no acepta esta historia, ya que la relega a una nota al pie y mantiene la versión tradicional en el cuerpo de su obra. Además, su única fuente de autoridad es el testimonio oral de una dama anónima, dado un siglo después de los hechos. Estamos a tres niveles de distancia del informante original, sin ninguna prueba escrita hasta 1816. Por otra parte, el anécdota muestra claramente todos los signos de ser una historia inventada. Aquellos que pueden imaginar a la señora Montagu y a sus amigas mostrando amablemente medias azules como una especie de distintivo, están, cuando menos, poco familiarizados con ciertos delicados prejuicios de nuestras damas literarias.

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Es evidente, sin embargo, que existía en torno a esta frase una connotación vaga pero elocuente, que es la propiedad peculiar del argot y en la cual las explicaciones dadas anteriormente, con la excepción de la última, son notablemente insuficientes. De ninguna otra manera se puede explicar la repentina popularidad de la palabra.[220] La tendencia a jugar con la frase se hizo evidente de inmediato: «¿Cuándo te pondrás tus medias azules y vendrás con nosotros?», escribió Walpole a Hannah More.[221] «Puedes ponerte tus medias azules», escribió la señora Chapone a la señorita Burney,[222] «si tienes botas para usar por las mañanas, también me gustarás con ellas». Por supuesto, la palabra pronto se redujo a “azul”,[223] en parte, sin duda, debido a las asociaciones de este color con los salones desde la época de Rambouillet. Cuando a Fanny Burney le preguntaron cómo llamaba Johnson a la señora Montagu, ella respondió: «¡“Reina”, desde luego. “Reina de los Azules”».[224] Y en la corte se burlaban de un caballero que tenía vergüenza de ser visto «leyendo para una azul».[225]

Dos hechos resultan claros de estas citas. En primer lugar, de la carta de la señora Carter obtenemos una fecha concreta para el origen de la frase “bas bleu”: el invierno de 1782-3. En segundo lugar, es obvio que esta frase francesa y la anécdota relacionada con ella explican en gran medida la popularidad de la palabra “bluestocking”. Esa palabra ya existía, como hemos visto;[226] de hecho, la dama francesa que primero utilizó las palabras “bas bleu” solo intentaba traducir una frase inglesa ya familiar para ella; pero fue solo cuando esa frase adquirió una especie de significado internacional al aparecer en su forma francesa cuando el público inglés adoptó generalmente la palabra anterior, “bluestocking”. A partir de 1782, la palabra se volvió común. Además, fue en ese mismo período cuando la atención pública comenzó a dirigirse hacia el Bluestocking Club, y la fecha de 1782 puede considerarse convenientemente como el momento de su auge.

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CAPÍTULO VIII
El salón londinense

El salón londinense se corresponde bastante, en sus aspectos externos, con su prototipo parisino. Si aplicamos el análisis en cinco puntos presentado en el segundo capítulo de esta obra, no descubriremos ninguna diferencia esencial en el método entre ambas instituciones. Sin duda existían diferencias en los resultados, pero ambos tenían el mismo objetivo. El salón londinense, al igual que el parisino, dependía en parte de la belleza e interés de su entorno material para ejercer influencia. La señora Montagu fascinaba a sus invitados con salas de estilo chino, ático, decoradas por Angelica Kauffmann, y otros apartamentos magníficos en su casa de Hill Street y en su palacio de Portman Square. La señora Vesey, menos ambiciosa y más íntima, recibía a sus amigos en una “sala azul” o “sala verde”, y a menudo en su pequeño vestidor, al que la señora Carter llamó “el receptáculo discreto de la sociedad liberal”[227]: discreto, sin duda, pero bizarro, y bizarro con éxito, como todo lo que tocaba la señora Vesey.

Al igual que las anfitrionas francesas, estas mujeres mantenían en sus reuniones un tono a la vez aristocrático y literario; convertían la conversación en el principal entretenimiento de la sala y el patrocinio de las letras en su objetivo más elegante. Cada una de ellas se vinculaba —quizá sería más apropiado decir que se aferraba— a algún escritor, quien con frecuencia correspondía a su amistad con homenajes en verso. Estos escritores eran, en general, mujeres; y las amistades en los salones londinenses solían ser, aunque no siempre, femeninas. Por lo tanto, ofrecen, como veremos más adelante, un contraste notable con las amistades literarias en los salones parisinos.

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Diversas mujeres inglesas —la señora Cholmondeley, la señora Crewe, lady Lucan, lady Hervey, la señora Greville, la señora Catherine Macaulay— habían estudiado de primera mano los salones parisinos; pero ninguna de ellas estaba tan familiarizada con ellos, ni tan íntimamente relacionada con las diversas anfitrionas parisinas, como la señora Montagu. Ya en 1750, madame du Bocage la visitó en Londres y desayunó en su casa de Hill Street. Las dos damas se prodigaron mutuamente cumplidos. Montagu le regaló a du Bocage cumplidos y una edición de Milton, y du Bocage (que era poeta profesional) respondió con cumplidos y una serie de pareados rimados en los que destacaba las virtudes de Montagu.[228]

Más tarde, cuando madame Necker se encontraba en Inglaterra, la señora Montagu la vio con frecuencia. La dama francesa, como todos, quedó encantada con su amabilidad, y, también como todos, se divirtió ante la rigidez de su conversación.[229] Cuando, en 1775, la señora Montagu fue a París, sus relaciones con los Necker se volvieron bastante cercanas. Fue presentada a “todos los beaux esprits” e incluso la llevaron a ver a madame Geoffrin, cuya fama ya estaba disminuyendo. El seis de julio de 1776, conoció a madame du Deffand durante la cena y la encontró alegre y vivaz. Los comentarios de madame du Deffand sobre la erudita, en sus cartas a Walpole, son extraordinariamente indulgentes, hasta que Walpole los corrigió. Es educada, piensa madame du Deffand, pero no excesivamente pedante,[230] y “ennuyeuse, sans doute, mais bonne femme”. La señora Montagu alquiló una casa en Chaillot, donde ofrecía cenas para madame du Deffand y los demás. Que halagaba a todos ellos, a la manera más apropiada parisina, nadie que haya leído su carta a madame du Deffand puede dudarlo. Es uno de los mejores ejemplos de cumplido que jamás ideó, y fue enviado junto con un regalo de dos hermosas cajas de perfume. Veamos el siguiente extracto, y que el lector recuerde que madame du Deffand era ciega.

Il ne me reste qu’une ressource; c’est de vous adresser comme à une divinité et vous offrir simplement de l’encens; c’est le culte le plus pur

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y el menos temerario. Le ruego, señora, que me permita ofrecerle dos cajitas, en las cuales he puesto aromáticos.[231]

A pesar del éxito de su visita a París, cabe preguntarse si la señora Montagu quedó plenamente satisfecha con el espíritu de los salones que visitó. Había ido a París con la intención declarada de buscar, entre la nobleza provincial, «a algunas que estén más en el tono de la corte de Luis XIV»[232] que las damas de Versalles. Como era de esperar, fue la tradición de Rambouillet lo que la atrajo, y no los salones posteriores, con su pensamiento y modales más libres, y su constante cambio de favoritas. Hubiera debido ir a París al menos desde los tiempos de la señora de Lambert.

Pero es cierto que la señora Montagu nunca logró alcanzar la naturalidad de los salones parisinos. Sus amigos temían que regresara más artificial que nunca. La señora Boscawen deseaba que pudiera memorizar el capítulo de la señora Chapone sobre la simplicidad.[233] Pero en la naturaleza de la señora Montagu no había tal cosa como la simplicidad: todos sus instintos eran hacia lo elaborado, sus métodos en todo eran complicados, su forma de ser era grandiosa, no sencilla. Sus reuniones se volvieron aún más grandes y abrumadoras; el número de las «grandes personalidades» crecía constantemente.

Su salón era inevitablemente un reflejo de su propio carácter. Podía ser, como atestiguó la señora Thrale, «deslumbrante con diamantes, firme en su juicio, crítica en sus palabras»;[234] podía ser, como admitió abiertamente Johnson, «par pluribus… variedad en una sola».[235] Pero había cierta rigidez en su carácter que inevitablemente se transmitía a sus reuniones. La señora Chapone, que tenía todas las razones para quererla, escribió a Pepys que siempre encontraría en ella una buena naturaleza, «aunque no acompañada de una notable suavidad».[236]

Fanny Burney se sintió desde el principio algo abrumada por su forma de ser tan grandiosa, y la señora Delany encontró en una de sus reuniones «un círculo formal y imponente», donde solo pudo tener «una conversación en voz baja con la señora Boscawen, otra con…»

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Lady Bute, y un guiño por parte de la Duquesa de Portland: una dieta pobre para alguien que ama las abundantes comidas en compañía de amigos.[237] Seis años después, quedó tan deslumbrada por el brillo de una de las reuniones de la señora Montagu que huyó sin poder contenerse.

Lady Louisa Stuart, quien evidentemente no apreciaba a la señora Montagu, señala otro defecto: «Había una lamentable falta… de esa habilidad para mezclar bien a todos los invitados, habilidad que he visto en mujeres mucho menos destacadas que ella. Cuando sus invitados entraban, formaban un grupo heterogéneo; al salir, cada uno se sentía solo, aislado y (para usar una expresión francesa), avergonzado de sí mismo. Esto podía deberse en parte a la posición incómoda del mobiliario y al mal arreglo de mesas y sillas. Todo en esa casa, como si estuviera bajo un hechizo, terminaba formando un círculo o semicírculo».[238] Pero todo esto no es nada comparado con el testimonio de Lord Lyttelton. La señora Montagu estaba destinada a recibir el golpe más cruel por parte de uno de sus amigos más cercanos. En algún momento de la década de los sesenta, Lord Lyttelton escribió una carta detallada a un amigo en la que criticaba a los ingeniosos de la época, a quienes calificó de «no valer ni siquiera un rosario de cuentas». El siguiente pasaje[239] solo puede referirse a la señora Montagu:

Nadie se esfuerza más que la señora M… en rodearse de hombres ingeniosos; soborna, les ofrece pensiones, los halaga, organiza cenas exquisitas; es una mujer muy sensata y de modales muy agradables. No es joven, cierto, pero eso ya no importa. Y, a pesar de todos estos incentivos, que uno pensaría que podrían hacer surgir ingenios de la tierra, las conversaciones en su casa son con demasiada frecuencia críticas y pedantes; algo entre la monotonía y la pedantería intelectual. Son perfectamente castas y, en general, instructivas; pero un observador frío y tranquilo a veces se reiría al ver lo difícil que le resulta a la bella presidenta dar color y vida a sus círculos literarios.

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Además, era evidente que la señora Montagu tenía mucho de “femme savante”. Walpole la describió de la manera más despiadada como “un montón de tonterías eruditas”; ella y sus amigas, continuó, “se pelean entre sí hasta volverse tan incomprensibles como la gente de Babel”.[240] Por supuesto, esto no es justo. ¿Cuándo fue justo Walpole alguna vez? Pero ciertamente se puede considerar como evidencia de que la señora Montagu no dudaba en mostrar sus conocimientos. Sin duda dominaba el arte de exhibir su erudición con gracia, pero nunca el de prescindir de ella con elegancia. Eso entorpece su correspondencia. Con Garrick debía hablar de Plauto, Terencio y Molière; con Elizabeth Carter, de la Ética de Aristóteles; con Beattie, de los dramaturgos griegos, Ossian, Homero y los “poetas orientales más exóticos”. Pero el lector tiene siempre la sensación de que el autor hace lo mejor posible con recursos algo limitados e indisciplinados. Su conocimiento de los clásicos era, en el mejor de los casos, aficionado.
Pero esta deficiencia —si es que realmente existía— no era fatal. La erudición de un académico profesional no es en absoluto esencial para la dueña de un salón. De hecho, como ya he mostrado, puede convertirse en un obstáculo serio para su éxito; pues los medios mediante los cuales difunde su influencia son de tipo completamente diferente. La señora Montagu contaba con cosas mucho más importantes: un alto rango social, una gran fortuna, ingenio, interés por la literatura y fe en su propia capacidad para influir en ella de forma positiva. Sin ella no habría habido salones en Londres; todos existían en mayor o menor medida como imitación consciente de los suyos. Ella sola logró convertirse en mecenas de las letras. Decir que no igualaba a las grandes mujeres francesas en este arte significa simplemente que no era un genio. Tenía la capacidad de atraer a personas de verdadera importancia a su salón, e incluso aquellos que se burlaban de sus métodos sociales se veían obligados a admitir que estos producían efecto. Es difícil estimar con precisión ese efecto; pues no es en modo alguno idéntico al que producía con sus propios escritos o incluso con su mecenazgo hacia los escritores. Tiene el honor de haber contribuido a difundir la estima que se tenía por la literatura y por los hombres de letras al final del siglo.

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Se oponía a la anomalía de su situación cincuenta años antes. Su logro no es menos real por el hecho de que no pueda ser calculado con exactitud.

Una figura mucho más encantadora que la señora Montagu es su amigable rival, Elizabeth Vesey. Aunque era hija de un obispo, esposa de un miembro del Parlamento y dueña de la sala de recepción más popular de Londres, estaba libre tanto de vanidad como de pretensiones de talento literario. Nunca soñó con destacar como ensayista crítica; no escribía versos. Era una anciana marchita con el corazón de un niño, que divertía a todos con su entusiasmo y sus modales ingenuos, siempre algo descuidados. Era tan notoriamente informal que sus invitados olvidaban su elegante reserva y se volvían, al igual que ella, alegres y vivaces. Se movía entre sus multitudes como una vieja hada, con su piel parecida al pergamino arrugada y marchita por la edad, su trompa de Eolo colgando del cuello, mientras distribuía su compañía indiscriminada, daba palmaditas en el brazo a sus invitados, rompía sus grupos y organizaba el círculo social.[241] Lograba animar a todos con lo que Elizabeth Carter llamaba el efecto de su varita mágica.[242] Todos la adoraban, hombres y mujeres por igual. Para Martin Sherlock[243] era «la buena señora Vesey; de hecho, es pura bondad»; y Horace Walpole se dejó llevar por un momento de entusiasmo:[244] «¿Qué corazón inglés ha superado jamás al suyo?».

Si gozaba del favor de toda Londres, no era por ningún encanto personal, ya que en la época de su gran fama había perdido hacía tiempo cualquier rastro de belleza. En 1779, cuando la señorita Burney la conoció por primera vez, era el ejemplo mismo de la vejez, con «el rostro más arrugado, amarillento y desgastado por el tiempo» que se hubiera visto nunca.[245] Pero su vívida imaginación nunca la abandonó, y para las personas sofisticadas que la rodeaban parecía una especie de entrometida etérea en los asuntos humanos. Sus amigos la llamaban el Sílfide.[246] La señora Carter no detectó en ella nada mortal, salvo un amor por Londres,[247] y sentía por ella…

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Sospechas de “arboledas de corales y palacios submarinos”.[248] Si se le ordenaba tomar baños de agua dulce, debía, como un niño, convertir todo en un juego, fingir ser primitiva e imaginar una “cabaña estadounidense” a orillas del Liffey.[249] Viajaba con entusiasmo por Inglaterra e Irlanda, ansiosa por conocer a todos y ver todo.[250] La señora Carter la encontró parecida a Bartolomew Cokes, quien quería todos los juguetes del mercado.[251] De hecho, el mundo debió parecerle a la señora Vesey una enorme tienda de juguetes llena de oportunidades infinitas para jugar; podía entretenerse planeando una fiesta campestre,[252] o inventando una nueva tetera, sin duda sin boquilla ni asa, pero de “hermosa forma etrusca”.][253] Sus invitados nunca sabían qué esperar, ya que podía presentarles a un filósofo ateo recién salido de los salones de París, o pedirles que recortaran figuras y flores indias para pegarlas en las ventanas de su vestidor, imitando el vidrio pintado.[254] Las viudas se maravillaban de ella y lamentaban que las rarezas se hubieran convertido en moda.[255]

Sus fiestas eran tan informales que llegaban a ser caóticas. Su objetivo principal era reunir a todas las personas importantes, tanto literarias como políticas, sociales y eclesiásticas, dividirlas en pequeños grupos e insistir en juntar a quienes tenían gustos y estados de ánimo diferentes. Logró poner a Walpole junto a Fanny Burney[257] (a quien él apreció de inmediato), y también junto a Sir William Jones (a quien no le cayó bien).[258] Intentó presentar al doctor Johnson al abad Raynal, pero recibió de este gran moralista una negativa rotunda.[259] Al parecer, incluso tenía la ambición de casar a Elizabeth Carter con Thomas Gray.[260] Sin embargo, poseía el raro don de la autonegación.[261] No se daba aires. Era distraída por naturaleza y fingía estar más ausente de lo que realmente estaba. Cuando denunciaba con vehemencia los segundos matrimonios, podía pasar por alto (o fingir pasar por alto) el hecho de que ella misma se había casado dos veces. “¡Dios mío, querida! Yo también…”

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“Lo había olvidado”. Tal ingenio era poco comprendido en los salones que nunca antes habían presenciado el espectáculo de una mujer culta riéndose de sí misma. Había en sus comentarios una especie de capricho irlandés. Cuando estaba enferma, podía declarar que su único momento feliz en catorce días había sido durante un desmayo, o bien que temía perder siete u ocho de sus sentidos.[262] “Es algo muy desagradable, creo”, le dijo al señor Cambridge, “cuando uno acaba de conocer a alguien y le gusta, y luego esa persona muere”.[263] Ese sentimiento hizo que Fanny Burney sonriera de forma irresistible y recogiera las migas de macarrón de su bolsito para ocultar su vergüenza. La señora Vesey logró, de alguna manera, convertir incluso su sordera en fuente de diversión. Cuando la lady Spencer le trajo unos pendientes de plata para que los usara en lugar de trompetas, ella se los puso de inmediato delante de sus invitados y saludó a George Cambridge con uno de ellos aún colgado de su oreja; pero al alejarse de él, lo dejó caer sin darse cuenta. Sin duda, esta mujer culta es muy humana. Aquellos que se burlaban de su ingenuidad olvidaban que era una cualidad muy cercana a la sabiduría. Su conversación, y quizás también sus cartas,[264] revelaban ese conocimiento instintivo del corazón humano que es propiedad exclusiva de la extrema inocencia. “Pocas personas”, le dijo a la señora Carter,[265], quien cita sus palabras con aprobación —el sello del sentido común—, “se toman el tiempo necesario para ser amigos”; y como si solo comprendiera a medias el siglo en el que había nacido, preguntó “por qué la cabeza siempre desconfía tanto del corazón”.[266] La sabia Carter, cuyo conocimiento era mucho más sofisticado, solo podía admirarla por tener la simplicidad de un niño pequeño, aunque ella misma quisiera azotarla por su imprudencia.[267] Pero fue precisamente esa simplicidad de alma lo que permitió a esta buena mujer “adaptarse plenamente a las costumbres y modales algo torpes de los hombres y mujeres reales”. La señora Carter lo encuentra “muy sorprendente”,[268] al igual que el estudiante, y sin duda también Montagu y todas las viudas; pero la señorita Burney, con su aguda observación, vio en…

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Dado que su habilidad para seleccionar a los invitados y su capacidad para hacer que se llevaran bien entre sí constituían un arte que requería una gran comprensión.[269] Tenía suficiente habilidad como para convencer a Horace Walpole, quien afirmaba odiar sus “Babels”, de que se uniera a los Cophthi,[270] y así evitar que los tratara con desdén a todos ellos; también tenía la habilidad de mantener buenas relaciones con la señora Montagu. Podía atraer a todo el Club Literario los martes alternos, y llenaba su salón con las personas más difíciles de tratar en Inglaterra.[271] Sin embargo, sus métodos siempre eran los más sencillos; sus recepciones eran modestas, aunque delicadas, y su casa, aunque interesante por su singularidad, apenas constituía un atractivo por sí misma, aparte de su dueña. Con todas las nuevas emociones del sentimentalismo y el romanticismo, la señora Vesey estaba plenamente de acuerdo con ellas, y seguramente hizo algo para popularizar estos movimientos entre los intelectuales de Londres. Adoraba el “Viaje sentimental”. Ella y la señora Carter se escribían sobre la majestuosidad y terror de las tormentas en el mar, sobre los “paisajes sublimes y terribles” de Gales,[272] sobre los claustros góticos iluminados tenuemente, y sobre el sonido triste del búho al atardecer. Amaba la poesía de Gray e incluso logró atraer al tímido poeta a su salón.[273] Se veía obligada a pasar mucho tiempo en Irlanda, y durante sus viajes allí y de regreso aprovechaba la oportunidad para estudiar los paisajes salvajes de Gales. Escribió a la señora Carter sobre su viaje por Anglesey y Penmuenmaur. La historia entusiasmó a la señora Carter, quien la contó a la señora Montagu: Mientras atravesaban esas regiones salvajes, ella y la señora Hancock[274] fueron sorprendidas por una tormenta que intensificó aún más la majestuosidad y el terror de aquel lugar; y uno puede imaginar qué tipo de descripción podría ofrecer tal aventura a una imaginación como la suya.[275]

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La señora Vesey, además, parece haber sido la única entre las mujeres de su entorno que aspiraba a los estándares más elevados de las costumbres francesas y a esa nueva “libertad de pensamiento”, aunque en realidad nunca se entregó por completo a ellos. Fue una de las damas que aportaron diversidad a la vida amorosa de Laurence Sterne; pero ese flirteo, aunque fue intenso durante un tiempo, pasó desapercibido para los amigos cercanos de la señora Vesey o, por consenso general, se silenció; al final, terminó sin causar daño alguno, dejando solo un puñado de cartas como prueba de su existencia anterior. Yorick y esta “Eliza” se conocieron, al parecer, en 1762, cuando Sterne estaba en la cúspide de su fama y disfrutaba de los placeres de la vida en la ciudad durante un tiempo. Escuchó a la señora Vesey cantar; caminó veinte pasos a su lado; sintió las “vibraciones armónicas” de un corazón verdaderamente sentimental, y tan pronto como la dejó, inició una correspondencia amorosa con ella. Estaría dispuesto a dar uno de sus hábitos para explicar la magia de su personalidad: “Creo, por conciencia, querida dama, que si se supiera la verdad, usted no tendría interior alguno. Que es grácil, elegante y deseable, etcétera… Cualquier observador común que pueda mirarla, como lo haría un bruto holandés ante la Reina de Saba, puede darse cuenta fácilmente de eso; pero el hecho de que sea sensata, dulce y tierna, y de que esté llena de los tonos y matices más dulces, requiere una investigación más profunda. Usted es un sistema de vibraciones armónicas: el instrumento más suave y bien afinado de todos. ¡Dios mío! Daría mi otro hábito con tal de poder tocarla.”[276]
Tristram Shandy protesta diciendo que se le ha vuelto la cabeza. Podemos seguirlos hasta Ranelagh, donde pasean sin prisa, indiferentes a la multitud y a los fuegos artificiales; la señora Vesey expresa “sentimientos delicados, amables y elegantes con una voz destinada originalmente a un querubín”. Pero esa exposición resultó demasiado para el frágil cuerpo de Yorick. Al escuchar la voz de la señora Vesey, perdió la suya propia, y ahora “resfriados, tos y catarros” han impedido que pueda susurrar lo suficientemente fuerte como para explicar el efecto que ella tiene en su corazón. No sabemos con qué frecuencia pudo volver a ponerse su hábito y sentarse en la acogedora sala azul escuchando música. La historia de amor no…

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Seguramente duró mucho tiempo; y no se volvió a saber nada de ello después del otoño de 1767, cuando la señora Vesey invitó a Sterne a visitarla en Irlanda, una invitación que su enfermedad le obligó a rechazar. Al igual que las damas francesas descritas por Sterne en El viaje sentimental, la señora Vesey, a cierta edad, optó por el agnosticismo. La señora Montagu había desafiado a Voltaire, pero la señora Vesey cortejó al abad Raynal. Él respondió con gran vivacidad y estuvo a menudo en su salón durante el año 1777. La señora Boscawen afirma[277] que una vez lo oyó hablar durante ocho horas, “con éxito” y sin interrupciones: “Hay que haberlo oído y visto para creerlo”; y la señora Chapone afirma que habló sin parar desde la una del mediodía hasta la una de la madrugada[278]. Sin embargo, esa conversación en particular no tuvo lugar en casa de la señora Vesey. Ella nunca habría permitido que alguien convirtiera así la conversación en una conferencia. El interés de la señora Vesey por el agnosticismo francés causó gran preocupación entre sus amigos. En dos ocasiones, la señora Carter denunció a Voltaire cuando la señora Vesey solicitó una opinión sobre sus obras, y al final escribió que preferiría jugar con sapos y víboras antes que leer tal blasfemia e impiedad[279]. Abogó por la validez de la religión revelada, pero sin mucho éxito, ya que la señora Vesey continuó jugando con fuego. Se provocaba extrañas emociones románticas leyendo al abad Raynal durante una violenta tormenta eléctrica. Byron, sin duda, podría haberlo comprendido, pero eso estaba más allá de su comprensión. “Es un pasatiempo peligroso para una mente como la suya, de hecho, para cualquier mente”, escribió la señora Carter. Pero, peligroso o no, ilustra la curiosidad de la mente de la señora Vesey y podría proporcionar a un historiador del Movimiento Romántico una anécdota apropiada. Debido a la sencillez de su carácter, la señora Vesey siempre ha sido considerada muy inferior a la señora Montagu, pero cabe dudar de si esa valoración es del todo justa. Había muchos que encontraban sus reuniones más agradables[280] que las más pretenciosas fiestas de la señora Montagu, especialmente

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Después del traslado de esa dama a Portman Square. A diferencia de la señora Montagu, ella no intentó crear obras literarias por sí misma (y por esto la posteridad debería estarle agradecida); pero parece haber tenido una apreciación instintiva, que las demás no superaron, de la verdadera función del salón. Pues la misión de las damas cultas no era ni reformar toda la sociedad londinense dotándola de un tono literario, ni crear una nueva escuela de autores dominados por sus ideales; sino más bien mantener en movimiento, mediante el trato social, las corrientes de pensamiento, literarias y filosóficas. Una verdadera conversación puede crear y dar vida a una serie de ideas, y la señora Vesey, con sus amplios e interesantes conocimientos, pudo reunir a los mejores representantes de las nuevas ideas y ponerlos en contacto con la sociedad. Esta es, si es que existe alguna, la verdadera función de las damas cultas, una función que la señora Vesey desempeñó con habilidad y encanto.

En torno a la señora Montagu y la señora Vesey había otras figuras destacadas. Algunas de ellas —Elizabeth Carter, Hester Chapone, Hannah More y Fanny Burney—, aunque no dirigían ningún salón, lograron una reputación independiente como autoras, y por lo tanto serán consideradas en capítulos posteriores. Otras, como la señorita Monckton (todavía recordada por el retrato sentimental que de ella hizo Reynolds), la lady Lucan, la lady Herries, la señora Greville, la admirable señora Cholmondeley (sobrina de Walpole y amiga de la señorita Burney), y la sensata señora Walsingham, en general, han dejado poco más que un nombre (y un adjetivo) para la posteridad. Otras, que se mencionan con más frecuencia, merecen una breve consideración.

Por ejemplo, está la encantadora figura de la señora Boscawen,[281] esposa del almirante y una de las mujeres más queridas de Londres. El cumplido de Boswell hacia ella será familiar para quienes estudien la Vida de Johnson: «Si no es presunción por mi parte el elogiarla, diría que sus modales son los más agradables y su conversación la mejor de cualquier dama con quien haya tenido la suerte de conocerme».[282] La señorita More la describió así.

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Las personas que la rodeaban, según las palabras de Madame de Sévigné, eran “todo narciso, todo rosa, todo jenciana”, y se destacaba su capacidad para hacer que cada uno de sus invitados sintiera que era el objeto directo de su atención.[283]

Su reputación era, por lo tanto, siempre más social que literaria.[284] De hecho, sus cartas eran muy apreciadas por sus amigos, y a veces se preferían a las de la señora Montagu; una preferencia que no era en absoluto audaz. La repetida comparación con Madame de Sévigné es sin duda menos acertada. Las cartas de la señora Boscawen, tal como se conservan en la autobiografía de la señora Delany y en las memorias de Hannah More, tienen esa intimidad afectuosa, pero carecen de ese ingenio y vivacidad que distinguen a una correspondencia cercana en su mejor expresión. Basta decir que estas cartas han logrado preservar con éxito la agradable personalidad de la señora Boscawen.

La señora Boscawen imitó a la señora Montagu como mecenas de jóvenes autores prometedores, estableciendo relaciones personales cercanas con Hannah More. Se hicieron amigas por primera vez cuando, en la duodécima noche de la obra *Percy*, la señora Boscawen envió a la exitosa dramaturga una guirnalda de mirto, laurel y enebro. Esto estimuló a la joven dama a mostrar esa adulación por la que ya era famosa. En una oda dedicada a la honorable señora Boscawen, incluso Apolo mismo reprende a Hannah por llevar esos adornos florales, afirmando que es para la señora Boscawen por quien florece el fiel mirto, y para ella el enebro del sabio. Incluso tú podrás reclamar un nombre y buscar cierta fama; la amistad de Boscawen será tu fama, y sus elogios, tu corona de laurel.[285]

Pero las dos damas apenas habían comenzado su carrera de cumplidos. Poco después, la señorita More envió a su mecenas una botella de “aceite de rosas”, después de saber que los órganos sensoriales de esa dama “tenían la misma delicadeza que caracterizaba su mente”. Este no es el primer caso en el que encontramos el uso de incienso en los rituales propios de las mujeres cultas.

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La señora Boscawen a veces variaba sus exquisitas coronas de elogios con regalos y sugerencias prácticas. Cuando se enteró de que la señorita More estaba leyendo a Homero y Tasso, inmediatamente se sintió ambiciosa de crear una epopeya en inglés escrita por una mujer. “Algún destello”, pensaba, “de esos genios del pasado podrá transmitirse a esa llama poética que le pertenece a usted, y esa explosión se convertirá en muchas estrellas brillantes”. La honorable dama solicitó y obtuvo una oda para el cumpleaños del marqués de Worcester; en ella, la autora tuvo la sensatez de incluir un cumplido dirigido a la señora Boscawen y a “Glanvilla”, su finca. Mientras tanto, la mecenas lloraba desconsoladamente por Percy, distribuía copias de los ensayos de la señorita More, obteniendo elogios de amigos e intelectuales, todos ellos enviados oportunamente, y reprendía, muy suavemente, a la joven autora por no proclamar más abiertamente la grandeza del sexo femenino: “¿Dónde encontraremos un defensor si ustedes, armadas en todos los sentidos, nos abandonan?”.

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Hannah More
De la grabación de Finden del retrato de Opie (1786)

Sin embargo, el principal homenaje de la señorita More a la señora Boscawen fue su poema, *Sensibilidad*, publicado en 1782 en forma de epístola dirigida a dicha dama. En versos extáticos, *Sensibilidad* es alabada como madre de la caridad, el encanto y muchas otras virtudes propias de las damas cultas; pero, sobre todo, es esto lo que «le da a Boscawen la mitad de su capacidad para agradar». Dado que el poema ofrece la descripción más adecuada de la relación de la señora Boscawen con el grupo de damas que estamos estudiando, es necesario incluir un extracto bastante largo de él:

¡Acepta, Boscawen, estos versos sin pulir!
Ni culpes demasiado los versos que no puedes alabar.
Pues tú has despertado la inspiración en muchos otros poetas.

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Había otros bardos que solían cantar para ti.[289]
Pero con el viento se lleva su música de despedida;
sin embargo, tu oído encantado percibe esa impresión querida.
Escuchaste la lira de Littleton y Young;
esta era obra de una Gracia, aquella de un Serafín...
Sí, aún hoy tus estrellas gentiles te regalan
el encanto de la amistad y los placeres del sentido.
Tuya es esa felicidad, y el Cielo no envía nada más precioso
que llamar a los más sabios, brillantes y buenos como tus amigos.
Y mientras dirijo estas palabras en honor a ellos,
oh, permíteme reconocer con gratitud que estos amigos son míos:
Podemos seguir las huellas de Carter hasta Atenas,
o ver en Montagu esa misma inteligencia que tenemos nosotros,
o observar, con agrado, las páginas instructivas de Chapone,
cuyo objetivo es elevar la moral de la época;
o admirar, en Walsingham, sus diversos talentos
para consolar a los solitarios y embellecer los momentos literarios.

Un poco demasiado de esto.
La historia continúa en el mismo tono hasta mucho después de la publicación de
Florio de Miss More en 1786. Solo cabe añadir que es a la señora Boscawen a quien debemos el retrato encantador de Miss More realizado por Opie.[290] Este retrato contribuye más a perpetuar el encanto de las damas intelectuales
que todas sus cartas de felicitación, ya sean en prosa o en verso.

La señora Ord[291] ha sido frecuentemente asociada por escritores modernos con la señora Montagu y la señora Vesey como originarias de esas tertulias intelectuales.[292]
Es difícil explicar por qué se eligió a la señora Ord para completar esta tríada de damas. No se la menciona en Bas Bleu de Miss More, ni en los versos de la doctora Burney, ni en La vida de Johnson de Boswell. Su nombre aparece solo una vez, y de forma casual, en las Cartas de Walpole; y Johnson escribe solo una vez[293] sobre haber estado presente en sus reuniones. Incluso aquellos que describen sus fiestas hablan más bien de sus invitados que de ella misma, y alaban su buena naturaleza sin mencionar su forma de hablar.[294] Al parecer, su conversación se consideraba aburrida, tanto que la propia Miss Burney tuvo que admitirlo.

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Carecía tanto de alegría como de instrucción; además, amaba a la señora Ord por su amabilidad, pero no por su inteligencia. No obstante, la señora Ord fue una de las primeras en intentar eliminar las cartas y la danza de sus fiestas nocturnas, sustituyéndolas por conversaciones tranquilas como elemento principal de entretenimiento. Al igual que la señora Vesey, odiaba las formalidades y hacía que sus invitados se sentaran alrededor de una gran mesa en el centro de la habitación. Dijo —y es una de las pocas frases suyas que se han conservado— que la mesa era “la mejor compañera para las conversaciones sociales”. Al parecer, logró así crear un ambiente de unidad sin las rigideces de las ceremonias formales. Además, tenía habilidad para elegir a sus invitados, lo cual solía evitar que se la acusara de reunir a gente de forma indiscriminada. Pepys y el doctor Burney coinciden en elogiar su capacidad para combinar bien los diferentes elementos en sus reuniones; por esto último, el doctor Burney la califica de excelente cocinera. A la señorita More le gustaban sus reuniones, ya que allí podía tener a Sir Joshua y al señor Cambridge solo para ella, o discutir las ventajas relativas de Pope y Dryden, sentada junto a la señora Montagu y Horace Walpole. Quizás la señora Ord quería ocupar el lugar de la señora Thrale como mecenas social de Fanny Burney. Fue ella quien llevó a Fanny a su prisión real en Windsor, quien ayudó a mantenerla en contacto con sus viejos amigos, quien le regalaba cosas y la llevaba a los oratorios. Cuando la joven estaba agotada por su servidumbre, le entregó el mapa de Inglaterra a “su hija” y le pidió que eligiera el camino que deseaba tomar. Este viaje, por el suroeste de Inglaterra, duró muchas semanas; no fue hasta mediados de septiembre cuando las dos finalmente salieron de Bath hacia Londres en el carruaje de la señora Ord. Los servicios de esta “excelente y maternal” mujer no terminaron ahí: al año siguiente, llevó a la señorita Burney a las “salubres colinas de Norbury”, y allí…

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administró lo que la diarista, en un arrebato retórico digno de sus últimos años, llamó «el medicamento balsámico de la ternura social».[303] Pero este patrocinio no dio lugar a ninguna obra literaria, de modo que la amabilidad de la señora Ord, aunque desafía nuestra admiración, añade poco al movimiento que estamos analizando.

Otra mujer estrechamente relacionada con la señorita Burney y que influyó profundamente en su vida fue esa venerable reliquia de la época pasada: Mary Granville Delany, a quien Burke calificó de «no solo la mujer de moda de nuestra época, sino... la mujer de más alta cuna del mundo».[304] Les gustaba llamarla «la señora Delany de Swift», ya que había conocido al gran decano en sus últimos días. Nunca se cansaba de hablar sobre esa relación, tan siquiera como existió, y en eso demostró sabiduría, pues era su principal motivo de distinción en los círculos literarios. La mujer que podía mostrar un montón de cartas privadas de Swift y para quien el Spectator era «casi demasiado moderno como para mencionarlo»[305] era, por supuesto, adorada por todas las eruditas de Londres; pero ella misma nunca llegó a ser realmente una erudita. No quería serlo. Es cierto que la señorita More la incluye entre sus allegadas en su poema Sensibility:

Delany también es nuestra; serenamente brillante,
Rayo fuerte de la sabiduría y luz más suave de la virtud:
Y aquella que bendijo a la amiga y embelleció
Los poemas del apasionado Swift, sigue embelleciendo mis días sociales;
¡Alarga, alarga tu luz, oh estrella benevolente!,
Cuya luz al ponerse brilla con un resplandor más suave.

Pero la señora Delany rara vez permitía que su brillo iluminara los salones, y era todo menos indulgente en su opinión sobre las reuniones de la señora Montagu. Estaba más interesada en la familia real que en el progreso de la literatura, y a pesar de sus primeras asociaciones, prefería la compañía de los nobles a la de los genios. Se sintió muy complacida cuando Garrick recibió a su amiga, la duquesa de Portland, y a ella misma «con gran respeto», y mostró «ser consciente del honor» que se le hacía.[306] Se molestó por la tragedia tibia de Mason.

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Elfrida debería ser “prostituida” mediante una actuación pública, y “los encantos de las vírgenes estarían representados por las ninfas abandonadas de Drury Lane”. “Un poema así”, continúa ella, “en tiempos pasados habría sido interpretado por los miembros jóvenes de la familia real o por aquellos de alto rango. De hecho, en nuestros días (salvo nuestra propia familia real), sería difícil encontrar personas adecuadas para representar tales personajes virtuosos y refinados”.[307] Una persona que siempre protestaba por estar enamorada del rey, de la reina y de toda la familia real,[308] no estaba en condiciones de actuar como mediadora entre los autores y “el Gran Rey”. Su única forma de servirles era ofrecerse como sacrificio vivo a la familia real, como descubrió a su costa la señorita Burney (quien quedó fascinada por el amigo de Swift y por el amigo de la reina). Cuando la señorita Burney dudó en aceptar el puesto de dama de compañía de la reina Carlota —un cargo al que había llegado gracias a su relación con la señora Delany—, fue la señora Delany quien se sintió “muy mortificada” por el hecho de que una propuesta tan halagadora pudiera causar tal vacilación.[309]

La señora Delany es una figura importante en la historia de los salones, debido al fascino que ejercía gracias a su antigua relación con un gran hombre; pero tenía poco interés real en los salones y ninguna influencia alguna en el desarrollo de la literatura.

Entre las damas literarias de esa época, solo la señora Thrale conservó el fascino que ejercía en su tiempo. La fama de las demás damas literarias disminuyó con el paso del tiempo; pero la suya permaneció constante, si es que incluso no aumentó. Esto es significativo, ya que demuestra que o bien era más moderna que sus contemporáneas o bien tenía un carácter más universal. Podría haber aspirado constantemente al título de “Reina de las Damas Literarias”, pero ni siquiera le importaba ser considerada una de ellas, contentándose con superarlas en todo momento. Fue ella, por ejemplo, quien logró…

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Los dos autores más codiciados por las damas de los salones, Johnson y la señorita Burney, y los “instaló” en su casa.[310] Su amistad con el primero, aunque no se puede demostrar que haya cambiado el curso de sus obras, dio lugar a una admirable serie de cartas íntimas, que Hannah More consideró “verdaderas cartas de amistad cuyo propósito es mostrar bondad más que ingenio”. [311] Pero más importante que tales resultados publicados fue la fama que Johnson le otorgó a la señora Thrale al residir en su casa. La aproximación más cercana al verdadero salón que encontramos en Inglaterra en el siglo XVIII es el comedor de Streatham; la escena de Johnson leyendo en voz alta las pruebas de las Vidas de los poetas está en total acuerdo con las mejores tradiciones francesas del salón.

En muchos otros aspectos, la señora Thrale demostró que era capaz de desempeñar las funciones más importantes de una anfitriona literaria. Fue ella quien intentó orientar el talento de Fanny Burney hacia el teatro, convenciéndola de que escribiera una comedia. Es cierto que la obra resultante, The Witlings, no fue considerada por la doctora Burney como un sucesor adecuado para Evelina, y por lo tanto fue destruida; pero, a falta de pruebas en contrario y teniendo en cuenta la influencia que la señora Thrale podía ejercer en el mundo teatral a través de Murphy y otros, es difícil entender por qué su consejo a la joven escritora no fue acertado. Sheridan, que no había mejor juez que él, dio un consejo similar.

Finalmente, cuando, tras casarse y dejar Inglaterra, como la señora Piozzi, publicó sus Anécdotas sobre el difunto Samuel Johnson, el valor de lo que tenía que contar y su vivacidad al narrarlo le permitieron superar un estilo descuidado y un método impreciso, y establecer, de una vez por todas, su reputación en el mundo literario, una reputación que las damas de los salones fueron lo suficientemente necias como para pensar que había perdido para siempre.

No hay necesidad aquí de discutir las anomalías del carácter de la señora Thrale. Se ha hablado de ellas innecesariamente y sin resultado. Ella no tenía ilusiones sobre sus amigos, y mucho menos sobre su propia importancia. Miraba hacia adelante.

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En el mundo en el que vivía, actuaba con astucia y, en general, de manera sensata. Sabía cómo hacer felices a las personas y cómo poner a los más importantes a sus anchas.
“La señora Thrale”, dice el señor Seccombe, “se movía entre ellos serena, vivaz, ‘todavía una mujer hermosa’, una exorcista de la melancolía, la anfitriona más alegre; completamente inconsciente de su erudición, espontánea y radiante, la reina de Streatham. Su naturalidad caprichosa la hacía parecer una rosa entre flores de invernadero. Su brillo innato le permitía, como ya se ha dicho, jugar con el conocimiento y hacer travesuras con los sabios”. En la atmósfera algo sofocante de los salones, una personalidad así tiene un valor sumamente alto.

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CAPÍTULO IX
Las damas literarias como autoras

Los especialistas causan mucho daño a la causa de la crítica. Los investigadores que se adentran en el mundo de los libros olvidados, al que con demasiada frecuencia los lleva la competencia académica, a menudo se acostumbran tanto a la oscuridad que los rodea que confunden un destello con la luz gloriosa del mundo superior, y se apresuran a informar a un público descuidado de que los caminos oscuros y las esquinas tenebrosas del reino de los autores muertos no carecen en absoluto de brillo. Pero tales afirmaciones sirven más bien para oscurecer las cosas que para iluminar el mundo. El entusiasmo por un tema a veces coexiste con un estado de ilusión respecto a él. Debería ser posible descubrir que un libro olvidado es legible sin intentar convencer al público de que conocerlo es indispensable para todos aquellos que pretenden tener cultura.

Las obras de estas damas literarias hace tiempo que han caído en este olvido. El lector benevolente hacia ellas siente lo mismo que Dante experimentó cuando se encontró en el infierno con las almas que alguna vez fueron famosas en un mundo más luminoso. Estos libros parecen invitar al lector a restablecer algo de su antigua fama, aunque esto, a su vez, resulte ser solo algo pasajero. ¿Quién lee hoy a Montagu? Para muchos, la pregunta en sí misma será incomprensible; o se pensará que se refiere a otra persona. Sin embargo, en 1770 todo el mundo la leía. No es exagerado decir que, como crítica, era considerada casi tan importante como Johnson mismo. Era conocida como la mujer que se atrevió a desafiar la comparación con Luciano, como defensora e incluso como “patrona” de Shakespeare; era una Eva en el mundo de los críticos, una Atenea armada que había puesto su pie sobre la cabeza de la serpiente Voltaire.

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La carrera de la señora Montagu como escritora comenzó con la composición de tres diálogos que fueron incluidos en los Diálogos de los muertos de Lord Lyttelton cuando estos se publicaron en 1760. Las obras eran anónimas; pero la noticia de que eran obra de la señora Montagu se difundió rápidamente por todas partes. Muchos dedujeron sin duda su autoría ya a partir de las palabras entusiastas con las que el noble lord hablaba de ella: «Consideraré», decía, «que el público me debe una gran obligación por haber despertado a un genio tan capaz de unir el deleite con la instrucción, y de otorgar al conocimiento y a la virtud aquellas gracias que el ingenio de nuestra época ha empleado demasiadas veces con toda su habilidad para conferir a la necedad y al vicio». El público no defraudó al noble: antes de 1768 se solicitaron cinco ediciones.

Los diálogos de la señora Montagu podrían descartarse fácilmente diciendo que no alcanzan el nivel de los de Lyttelton. Pero si es necesario determinar grados de valor en obras tan uniformemente mediocres, podemos decir que el diálogo entre Mercurio y una dama moderna es el mejor, mientras que el diálogo entre Hércules y Cadmo es el peor. Todos merecen ser llamados Diálogos de los muertos, pues a pesar de toda su exageración, nunca muestran el más mínimo signo de vitalidad. En cuanto a la caracterización, son completamente insuficientes, pero no en lo que respecta a la profundidad. Cadmo, por ejemplo, dice lo siguiente: «La verdadera gloria, la distinción propia de la especie racional, proviene de la perfección de las facultades mentales. El coraje tiende a ser feroz, y la fuerza a menudo se emplea en actos de opresión. Pero la sabiduría es compañera de la justicia; la ayuda a establecer leyes equitativas, a adoptar medidas adecuadas, a corregir el poder, a proteger a los débiles y a unir a los individuos en un interés común y en el bienestar general». Es sorprendente la cantidad de banalidades que el siglo XVIII consumió con gusto. Es una de las maravillas de esa era extraordinaria. El estilo ganó popularidad en parte gracias a Johnson, quien él mismo logró superar su falta de originalidad gracias a la viveza de su inteligencia.

En el diálogo entre Mercurio y la señora Modish, la autora fue menos pretenciosa y estuvo más en contacto con su tema. Sin embargo, incluso aquí ella…

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El deseo de dar instrucciones triunfa sobre cualquier tentación de representar la naturaleza humana. La señora Modish, la mariposa frívola, explica la expresión “bon ton” con la misma seriedad con que lo habría hecho la señora Carter, la erudita: “Es… nunca podré decirle qué es; pero intentaré explicarle qué no es. En la conversación, no es ingenio; en las maneras, no es cortesía; en el comportamiento, no es decoro; pero se parece un poco a todo eso. Solo puede pertenecer a personas de cierto rango, que viven de cierta manera, con ciertas personas que no poseen ciertas virtudes y sí ciertos vicios, y que residen en cierta parte de la ciudad”. Quizás esto sea lo mejor de los diálogos. Queda aún por mencionar una gran ventaja de estas obras: triunfan sobre la forma en que están escritas, ya que nunca nos recuerdan a Luciano. Pero la señora Montagu aún tenía que alcanzar su distinción única. Fueron necesarios nueve años para que deleitara al mundo al aparecer como defensora de Shakespeare, reparando sus injusticias[312] e inocentándolo de las acusaciones de Voltaire. Publicó una obra bastante extensa titulada *Ensayo sobre las obras y el genio de Shakespeare, comparado con los poetas dramáticos griegos y franceses, con algunas observaciones sobre las tergiversaciones del señor de Voltaire*. Los ataques contra Shakespeare a los que la señora Montagu consideró su deber responder no requieren discusión aquí[313]; basta decir que su defensa se leyó más ampliamente en Inglaterra que las “tergiversaciones” que la motivaron. Fue considerada una obra clásica de crítica, y su fama llegó hasta Francia e incluso Italia[314]. Es imposible dar ejemplos adecuados de la estima en que se tenía este libro[315]. Le conferió a la señora Montagu la reputación de crítica y le proporcionó una posición envidiable entre los escritores ingleses durante treinta años. Entre el coro de elogios con que se recibió este débil libro, solo hubo una voz disonante. Cuando Reynolds comentó que el ensayo de la señora Montagu le hacía honor, el doctor Johnson replicó: “Sí, señor, le hace honor, pero no haría honor a nadie más. De hecho, no lo he leído completo. Pero cuando tomo uno de los extremos de la red…”

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y encontrarlo en Packthread; no espero encontrarlo buscando más a fondo. En cuanto al bordado… Señor, me atrevería a decir que en su libro no hay ni una sola frase de crítica verdadera.[316] Es a esta opinión a la que se ha inclinado la posteridad, cuando es que ha tenido alguna opinión al respecto. El profesor Huchon, naturalmente, la deplora[317] y elabora una defensa juiciosa de dicha obra. Pero el lector moderno probablemente estará de acuerdo con el señor Lounsbury en que “es, en muchos sentidos, uno de los libros más exasperantes”. La ignorancia de la señora Montagu sobre la época isabelina era profunda y extensa. Su concepción del entorno en el que vivió Shakespeare puede deducirse de la siguiente cita:

“Las canciones que cantaban nuestros bardos en fiestas y celebraciones eran de tipo muy vulgar: como la gente era completamente analfabeta, y solo los de mejor condición sabían leer incluso su propio idioma, su gusto se formó a partir de estas composiciones. Hasta entonces, nuestro escenario solo había presentado aquellas alegorías evidentes mediante las cuales los moralistas rudos e ignorantes instruían y complacían a la multitud grosera e ignorante.”[318]

Una mujer que concebía a Shakespeare como alguien que vivía “en las sombras oscuras de la barbarie gótica”[319], y que lamentaba su falta de “las advertencias de conocedores delicados”[320], en realidad había cedido todo lo que el crítico más virulento podía exigir. Los entusiasmos de la señora Montagu parecen muy pálidos frente a sus alarmantes concesiones. Considera a Falstaff humorístico y a Macbeth trágico, y, como de costumbre, es plúmbea en sus opiniones. Pero sus continuas disculpas y concesiones constituyen, en realidad, el núcleo de su obra. “Ella encontró”, dice Lounsbury, “el discurso de Bruto ante el pueblo en Julio César algo anticuado y afectado. Demostró su total incapacidad para comprender la habilidad retórica de Antonio al declarar que la repetición del epíteto ‘honorable’ en su discurso quizá era demasiado frecuente. El personaje de Pistola en la segunda parte de Enrique IV era demasiado complejo para ella. Siguiendo a otros críticos, encontró muchos discursos grandilocuentes en la tragedia Macbeth. Al igual que…”

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A sus predecesoras, lamentablemente, olvidó especificarlas; el paso del tiempo ha hecho ahora difícil encontrarlas.
Una de las características del ensayo de la señora Montagu era una serie de comparaciones entre el drama shakespeariano y el griego antiguo. Aquí, de hecho, se encontraba en terreno peligroso, ya que no sabía leer el idioma de Esquilo. Sin embargo, esto no la disuadió de expresarse con gran claridad sobre las características de su arte. Considera que el elemento sobrenatural en *Los persas* es inadecuado para la obra, y encuentra «un cierto tono cómico y satírico» en el fantasma de Darío.[321] Afirma que las *Euménides* de la trilogía orestíada «parecen actuar fuera de su ámbito y por debajo de su carácter»;[322] pero admite que toda la historia «podría ser alegórica». De hecho, consideraba casi todo de Esquilo como tal; pues tenía la idea peculiar de que sus materiales provenían de segunda mano «de la tierra jeroglífica de Egipto», y, aunque en los tiempos más primitivos de Grecia eran comprendidos literalmente por el vulgo, en épocas más filosóficas «volvían a transformarse en alegoría».[323] Pero es inútil seguir removiendo este polvo olvidado.

Una mujer verdaderamente erudita en los clásicos, cuyo sentido común la protegía de las burlas dirigidas a las mujeres cultas, fue la señorita (o, por cortesía, la señora) Elizabeth Carter, la solterona de Deal. Para la señora Montagu (patrona de las letras), ella era una maestra indulgente, una fuente de conocimiento excepcional, y mucho de lo que se consideraba erudición en esta «Mécenas femenina» provenía en realidad de segunda mano de la señora Carter. La señora Montagu nunca dudó en sentarse a los pies de esa mujer cuya lectura abarcaba desde Aristóteles hasta Petrarca, y desde Diodoro Sículo hasta *Las penas de Werther*,[324] quien mantenía correspondencia con ella sobre mecánica newtoniana o filósofos estóicos.

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La reputación de la señora Carter se ganó gracias a una traducción de las obras existentes de Epicteto, un elegante volumen en formato cuarto publicado en 1758, acompañado de una introducción y amplias notas. El estilo de la traducción es, en alto grado, casto y agradable, y en ningún momento delata el método línea por línea empleado por la laboriosa traductora. El ensayo introductorio constituye una exposición admirable de la filosofía estoica. El siguiente fragmento puede demostrar que la señora Carter era capaz no solo de un estilo vívido, sino también de un tratamiento crítico genuino de su tema:

En cuanto a la humanidad en general, parece que los estoicos no se molestaron en analizarla en profundidad. Parecían considerar a todos (con excepción de aquellos pocos que estudiaban las complejidades de un sistema filosófico) como algo apenas superior a las bestias; y, con gran tranquilidad, los dejaban seguir los dictados de sus propios apetitos y pasiones descontrolados.

En cuanto al valor del libro como traducción de Epicteto, quizás baste señalar que, en su época, fue un comentario de referencia, que se publicó en segunda edición en 1759 y que sirvió de base para que otros traductores trabajaran sobre él.[325] Además, ha vuelto a ganar popularidad en las recientes reediciones de colecciones populares de clásicos.[326]

Por lo tanto, la señora Carter trasladó a la época moderna parte de su fama académica. Sin embargo, no era una pedante, ni nunca adoptó actitudes propias de una “femme savante”. Johnson (quien escribió un epigrama en griego en su honor para que fuera celebrada “en tantos idiomas como Lewis le Grand”[327]) solía decir que ella podía “hacer un pudín tan bien como traducir a Epicteto del griego, y coser un pañuelo tan bien como componer un poema”.[328] Le hizo el cumplido de incluir dos de sus ensayos en las páginas de The Rambler,[329] y estos, aunque aburridos, no son más difíciles de leer que el resto de ese periódico.

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De sus poemas recopilados se publicaron cuatro ediciones durante su vida. Pero hay que admitir francamente que su reputación como autora independiente, aunque respetable en su época,[330] ha sufrido desde entonces una extinción total. Sin embargo, el estudiante puede descubrir aquí y allá en sus poemas algún punto de interés antiquario. Para nuestros fines, este volumen es significativo por contener líricas dedicadas a la señora Vesey y a la señora Montagu. Ambos poemas, aunque dirigidos a damas vivas, pertenecen al estilo de la “Churchyard School” y prolongan los tenues ecos de Gray. Dos de las estrofas dirigidas a la señora Vesey tienen claramente como objetivo contrarrestar el racionalismo de dicha dama, y pueden citarse aquí como ejemplo de las capacidades poéticas de la señora Carter:

“No construyen los artistas trabajadores para sí mismos;
ni el sabio estudioso lo hace para sí mismo:
forzados por una fuerza mística hacia vistas lejanas,
todos entregan lo presente a la edad futura...”

“Pero contén ese pensamiento impío, mi amiga gentil,
que limita nuestras perspectivas con nuestra respiración efímera,
que ve con desesperanza cómo la vida inacabada se desvanece,
y que siempre bloquea las puertas de la prisión de la muerte.”[331]

Sobre todo el volumen recae la sombra de esa melancolía ahora de moda; se hace mucho hincapié en la luna de medianoche, el rocío vespertino, la “torre gótica” y el cenador cubierto de hiedra del pájaro nocturno. Todo esto merece ser mencionado, ya que demuestra que los intereses de la señora Carter no estaban limitados por la escuela de Pope. Sus gustos, al igual que los de la señora Vesey, se volvieron cada vez más románticos. Aunque detestaba a Werther[332] y nunca dudó de que Rousseau estaba loco,[333] siempre fue una ferviente creyente en Ossian.[334] Sentía esa nueva pasión por el paisaje. En sus pensamientos, acompaña a la señora Vesey hasta los acantilados de Snowden,[335] y lamenta que la señora Montagu no pueda ascender a las alturas ventosas de Morven.[336] En Eastry, sueña con volver a la adoración de Woden.[337] Su interés por la arquitectura gótica es intenso, y escribe sobre la demolición de edificios antiguos como una discípula de Ruskin: “Me parece que cuando una herencia valiosa se transmite a una familia…”

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Debería haber cierto grado de ternura hacia la morada de los antepasados de los que se deriva, la cual debería, al menos, desvanecerse silenciosamente debido a las depredaciones silenciosas del tiempo, y no ser destruida por la mano brusca de la violencia humana.[338] Este interés por lo romántico le permitió comprender las concepciones celtas de la señora Vesey; su erudición y conocimiento de la filosofía le dieron el control sobre la señora Montagu. Su amistad con ambas damas permaneció inalterada en todo momento, y recibió una pensión anual de 100 libras de parte de esta última sin sacrificar en absoluto su dignidad. Nunca perdió la cabeza ante nada, y mucho menos ante sí misma. Era una erudita y tenía el amor por los clásicos propio de una erudita, pero era lo suficientemente perspicaz como para darse cuenta de que la época estaba ampliando sus horizontes. En una época de hipocresías, se atrevió a gustarle Tom Jones. En una época de ingenio, apreciaba el ingenio, pero tenía el sentido común para entender que se trata de “una distorsión de la comprensión que tiende mucho a poner las cosas en su lugar equivocado”.[339] Comprendía y aprobaba lo mejor de los salones, pero podía ser feliz sin necesidad de pretender tener un papel importante en ellos. Así, su vida transcurrió serenamente, sin rivalidades sociales, sin intentos ni deseos de seguir a sus amigos ostentosos, y mientras evitaba las críticas que tan frecuentemente les dirigían, tuvo el honor de contribuir, con su influencia tranquila, seria y casi imperceptible, a todo aquello de valor sólido que lograron alcanzar. Estrechamente relacionada con la señorita Carter estaba “la admirable señora Chapone”, quien, cuando la señorita Mulso, había sido una de las “Hijas” de Richardson. Sus dos obras principales, Cartas sobre la mejora de la mente y Misceláneas en prosa y verso, fueron fruto del patrocinio de mujeres eruditas, y estaban dedicadas respectivamente a la señora Montagu y a la señorita Carter. La primera, habiendo leído las cartas de la señora Chapone dirigidas a su sobrina favorita, recomendó su publicación y ayudó a prepararlas para su publicación.

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La prensa era corregida por ella con su “pluma elegante”.[340] La preparación del segundo volumen se llevó a cabo por iniciativa de la señora Carter y con la aprobación de la señora Montagu; aunque la señora Delany reclama el honor de haber sido la primera en plantear ese plan en la mente de la autora.[341] Se suponía que las Cartas de la señora Chapone tendrían una enorme influencia en la conducta de las jóvenes. Según Hannah More, en Sensibility, Chapone “forma a la juventud en ascenso”. En Aurelia, de Samuel Hoole, la heroína tiene una visión de la mujer ideal:
“Sobre un tocador sencillo, sin adornos llamativos, yacía abierto el volumen instructivo de Chapone”.

Pero uno tiende a sospechar que este volumen pertenece a esa amplia categoría de obras admonitivas que son menos populares entre los jóvenes que entre sus padres y tutores. El libro fue puesto en manos de todas las jóvenes, desde la Princesa Real hacia abajo. La señora Delany lo consideraba, junto con la Biblia, una obra entretenida y edificante para las mujeres jóvenes. Aconsejaba leer no más de seis líneas cada vez, para que pudieran quedar mejor grabadas en la memoria, y pensaba que las partes históricas y geográficas debían ser memorizadas. Esperaba que su sobrina nieta lo leyera una vez al año, hasta que tuviera una hija a quien se lo pudiera leer.[342] La propia señora Chapone se alegraba de la popularidad del libro y consideraba que su éxito se debía principalmente al apoyo de la señora Montagu, y en parte a “el hecho de que el mundo adore recibir educación”.[343] Es probable que se utilizara generalmente como antídoto contra las Cartas de Chesterfield, publicadas más o menos en la misma época y que tuvieron una acogida muy diferente.

Las Cartas de la señora Chapone consisten casi en su totalidad en consejos; si en algún momento se desvía de esto, es para dar instrucciones. Aborda, por turnos, temas como la religión, la Biblia, los sentimientos, el carácter, la economía, la cortesía, la geografía y la historia. Todo ello es admirable, indiscutible, saludable… pero también aburrido. Es como la avena: un alimento anticuado que los jóvenes deberían consumir en grandes cantidades, pero del cual, curiosamente, parecen no tener apetito.

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Recordé que cuando Lydia Languish recibió una visita inoportuna de la señora Malaprop, deseaba que la encontraran leyendo a la señora Chapone; aunque sus intereses estaban más ocupados con obras menos edificantes. Apenas se puede hablar de calidad literaria en estas Cartas, ya que es difícil encontrar calidad literaria en doscientas páginas llenas únicamente de consejos prácticos. El contenido del segundo volumen de la señora Chapone no difiere mucho. Hay ensayos (“Afectación y sencillez”; “Conversación”), pero están escritos en el mismo tono exhortativo que las Cartas. También hay poemas —afortunadamente pocos—, varios de los cuales están dirigidos a Elizabeth Carter. En general, son similares a los poemas de esa dama, salvo que revelan la influencia de Collins en lugar de la de Gray. Las cosas más interesantes que escribió la señora Chapone fueron sus cartas personales. Contienen muchos comentarios interesantes sobre Richardson y Johnson, a quienes la autora conocía personalmente. Tienen una independencia, una naturalidad y una vivacidad que carecen por completo en las obras más solemnes. El lector podría lamentar que la señora Chapone estuviera tan llena de un sentido de la seriedad de la vida y de la importancia de la piedad. Una larga indulgencia en lo frívolo quizá la habría salvado.

La señorita Hannah More tenía ambiciones mayores y talentos más variados que las otras autoras de ese tipo. Escribió poemas líricos, ocasionales y narrativos; escribió dramas trágicos, clásicos y sagrados; y también escribió ensayos y críticas sobre la conducta. En toda su obra temprana contó con la ayuda e inspiración de esas autoras. Fue su poeta elegida. Las representó por escrito tal como la señora Montagu las representaba en los salones. Las celebró a todas en versos, dedicándolos sucesivamente a la señora Boscawen, a la señora Montagu y a la señora Vesey. Es precisamente de este período inicial de su carrera de lo que nos ocupamos exclusivamente; las voluminosas obras que produjo esta dama…

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Después de su separación del grupo de las “Bluestockings”, ya no forma parte relevante de nuestra investigación.
Las relaciones de la señorita More con las “Bluestockings” comenzaron en 1774, poco después de su llegada a Londres. La fecha exacta de su primera visita a la metrópoli es incierta. Su biógrafo, Roberts, quien rara vez se preocupa por las fechas, dice que esto ocurrió en “1773 o 1774”; pero dado que la señorita More dedicó su obra “Inflexible Captive” a la señora Boscawen ya el 1 de marzo de 1774, la primera fecha parece más probable. Fue Garrick quien la presentó a los literatos; su interés por la señorita More se despertó tras leer su descripción de su actuación en “Rey Lear”. Para el año 1775, Hannah More ya era un miembro reconocido del círculo que rodeaba a la señora Montagu. Sus poemas “Bas Bleu” y “Sensibility”, mencionados en otras partes de este libro, fueron compuestos especialmente en honor a ellas; pero también sus obras de carácter más público generaron gran entusiasmo entre estas damas. Así, su balada “Sir Eldred of the Bower”, publicada en 1775, fue recibida por la señora Montagu de la manera más entusiasta posible. Ella admiró “el espíritu y la pasión del personaje gótico” en la historia, así como la sencillez de la trama, la descripción de las costumbres antiguas, los sentimientos primitivos y la caracterización de los personajes; todo ello desafiaba la aprobación crítica de la señora Montagu. También valoró mucho la historia “The Bleeding Rock”, incluida en el mismo volumen. “Su ‘Roca’”, escribió, “permanecerá intacta a través de los siglos, tan destacada como cualquier otra en el Parnaso griego”. Ese era el nivel de elogio que recibían las obras de las “Bluestockings”. Pero los poemas tenían una validez aún mayor: fueron leídos por un círculo más amplio, como Reynolds, Garrick y Johnson; se convirtieron en “tema de conversación en todos los círculos cultos”. Johnson podía recitar de memoria todas las estrofas mejores. Leyó ambos poemas junto con la autora, realizó algunas modificaciones en “Sir Eldred” e incluso, como era su costumbre con los poemas sometidos a su juicio, añadió algunas líneas a él. Los poemas pertenecen a la escuela gótica, y es muy posible que hayan sido inspirados en “Reliques” de Percy; sería difícil explicar el interés de Johnson por ellos.

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Se entiende que no eran obra de una mujer a la que él llamaba juguetonamente «la más poderosa versificatrix» del idioma. Pero las damas cultas amaban el romance[349] y el mundo primitivo al que creían que este los introducía. El hecho de que este mundo, tal como lo concebía Hannah More, no tuviera ninguna similitud con el nuestro lo hacía aún más acorde con los estándares antiguos de esas damas. Al leer los poemas y obras de teatro de esta dama, uno recuerda constantemente aquellas grabaciones todavía populares del siglo XVIII, en las cuales vírgenes angustiadas, en poses cuidadosamente estudiadas, elevaban sus ojos llorosos hacia el cielo. Viven en arboledas; se refieren a sí mismas en tercera persona, como «la triste Elwina» y «la angustiada Julia»; y cuando se sienten decepcionadas en el amor, o (para usar su propio lenguaje) cuando su pasión no es correspondida, enloquecen de inmediato y, tras una escena dolorosa bajo los focos, terminan su vida con una muerte repentina. Sus amantes son de carácter más duro: buscan guerras en tierras lejanas, desaparecen durante largos períodos de tiempo y se considera que han muerto, para reaparecer justo cuando alguna tragedia doméstica llega a su clímax; siempre sacan sus espadas, con frecuencia para hundirlas en su propio pecho. La señorita More hizo pleno uso de la licencia poética que rige este mundo ficticio. Sus personajes no están cargados de motivos humanos, y es inútil buscar causas y efectos relacionados en su comportamiento. Pero la moralidad florece: así, en Sir Eldred aprendemos sobre los peligros de los celos:
«Las heridas más mortales con las que sangramos
son causadas únicamente por nuestros propios crímenes;
la misericordia humana proviene de la mano de Dios,
y sus miserias, de ellos mismos».

Pero como el héroe nunca actúa como un ser humano en todo el poema, la fuerza moral se ve algo mermada.
En 1777, la señorita More intentó elevarse aún más. Había escrito dramas durante sus años como maestra[350], y ahora, con la ayuda de Garrick, produjo una tragedia romántica titulada Percy. Su título, si no su contenido, indica la influencia de Douglas, de Home. La situación en esta obra, venerable en…

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Romance que trata de dos familias rivales, las de Percy y Douglas, y de una heroína obligada a contraer un matrimonio forzado con el rival de su amante, quien había sido asesinado en las Cruzadas. La angustiada heroína y el amante regresado (que en realidad no había muerto) se reúnen en un cenador del jardín:[351]

Percy: ¿Estoy despierto? ¿Es esa la voz de Elwina?
Elwina: Percy, tú, el más adorado… y también el más engañado.
Si alguna vez la fortaleza sostuvo tu alma,
cuando las mentes vulgares se hundieron ante el golpe,
deja que ahora tu espíritu imperial te sostenga.
Si puedes ser tan maravillosamente misericordioso,
no, por favor, no me maldigas… Pero lo harás, debes hacerlo,
porque he cometido un acto terrible,
un acto de desesperación extrema, un acto de horror.
Yo soy…
Percy: Habla, dime, ¿quién eres?
Elwina: Casada.
Percy: ¡Oh!

No es necesario seguir el desarrollo de la tragedia; la imaginación del lector se encargará de ello.
La obra fue un éxito en todos los aspectos. Se representó durante veintiuna noches. Hacía años que ninguna tragedia había tenido tanto éxito. La señora Barry estuvo en su mejor forma en la escena de locura al final. El autor ganó casi seiscientas libras.[352] La obra fue traducida al alemán y se representó con éxito en Viena. Las damas de alta sociedad triunfaron. La señora Montagu apareció repetidamente en su palco en Covent Garden. La señora Boscawen, que podía llevar a duquesas al teatro con ella, envió al autor una guirnalda de laurel.[353] La señora Delany la invitó a cenar. Garrick, que había escrito el prólogo, la presentó a Home, presentando así a “Percy ante los Douglas”.[354]

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En *Percy*, la señorita More alcanzó la cúspide de sus logros tempranos, y el libro sigue siendo buscado por los coleccionistas. Los lectores, si están de buen humor, quizás estén de acuerdo con Walpole, quien consideró que la obra era mejor de lo que esperaba y, aunque carecía de realismo, no dejaba de tener buenas situaciones.[355] Aquellos más críticos se pondrán del lado de la señora Thrale, quien la consideró absurda y pensó que Fanny Burney debería ser azotada si no escribía una mejor.[356] La verdad probablemente está entre estas dos opiniones. En el siglo XVIII, la obra sin duda parecía tener méritos. En cualquier caso, fue lo suficientemente popular como para ser revivida con el fin de que la señora Siddons pudiera interpretar a Elwina. De haber sobrevivido hasta mediados del siglo XIX, podría haber resultado útil como libreto para Bellini o Donizetti. En las dificultades propias de las divas modernas en cuanto al canto coloratura, la angustiada Elwina habría encontrado su interpretación perfecta. Garrick estaba tan satisfecho con el éxito de *Percy* que instó a la señorita More a escribir otra tragedia. El resultado fue *La falsedad fatal*, una tragedia romántica del mismo tipo. Se representó a finales de la primavera de 1779, unos meses después de la muerte de Garrick, y, aunque no logró repetir el éxito de la obra anterior, fue recibida con entusiasmo. Con su puesta en escena, la relación de la señorita More con el escenario londinense llegó a su fin.[357]

*La falsedad fatal* está muy por debajo del nivel de *Percy*. Probablemente sufrió por la falta de la mano revisora de Garrick; aunque es dudoso que incluso su genio hubiera podido introducir algún atisbo de realidad en una serie de situaciones tan absurdas. La señorita More suele conformarse con depender del azar como fuente de sus efectos dramáticos; pero en *La falsedad fatal* intentó retratar a Bertrand como un villano tan sutil como Iago. Aunque analiza a sí mismo y sus motivos en una serie de soliloquios, sigue siendo un enredo de absurdidades, y toda la acción de la obra, que surge de él, debe describirse de manera similar.

Las obras dramáticas de la señorita More, al igual que sus poemas y ensayos, estaban destinadas a servir a la causa de la virtud, sobre la cual todas las mujeres de buena familia se tomaban en serio…

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preocupada. Incluso las obras teatrales están llenas de una especie de moralidad portátil en forma de máximas:
El camino traicionero que conduce a las acciones culpables
es, en realidad, hacer que el vicio se vuelva familiar para la mente.

La señorita More nunca salió del cargo de directora; el espíritu rector de toda su obra es el de la Academia para Jóvenes Damas.
En el mismo año en que se representó *Percy*, publicó un volumen titulado *Ensayos sobre varios temas*, destinado principalmente a jóvenes damas. El libro es del mismo tipo que *Cartas* de la señora Chapone: advierte a las mujeres jóvenes que sean modestas, eviten la envidia y se protejan de las “artimañas fraudulentas” de los amantes. Teniendo en cuenta su visión extremadamente limitada de la vida, se puede admitir que los consejos son bastante sensatos. Pero las mujeres de esa época nunca se dan cuenta de que el buen consejo es la mercancía más barata del mundo.

*Florio*, una historia dedicada de manera algo inapropiada a Walpole, es una especie de parábola en verso, cuyo objetivo es transmitir las mismas enseñanzas que se exponen en los *Ensayos*. El protagonista, que antes era esclavo de una sociedad frívola, se convierte al leer *Idler* de Johnson y al contemplar las bellezas de la naturaleza bajo la guía de su ama.

Con *Florio* llegamos a una etapa en la carrera literaria de la señorita More y al final de lo que se podría denominar la influencia de esas mujeres de mentalidad restrictiva en su obra. Su pietismo, que antes había divertido a Garrick, ahora se había convertido en algo crónico. Se negó a interpretar a Elwina ante la señora Siddons, porque consideraba incorrecto asistir al teatro. Deploraba los cantos, los bailes y las fiestas a los que Londres se entregaba tras la recuperación de la cordura del rey Jorge.[358] Incluso se oponía a la expresión “Feliz Navidad”, por considerarla más propia de una fiesta pagana que de una cristiana.[359]

Walpole, naturalmente preocupado por todo esto, realizó un ataque encantador contra la fe de la señorita More en los Diez Mandamientos, y le señaló que era culpable de herejías puritanas.[360] La verdad es que…

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El sentido de responsabilidad que sentía la señorita More hacia la sociedad en general le causaba preocupación. En 1788 publicó un llamado serio a una visión más solemne de la vida en su obra “Thoughts on the Importance of the Manners of the Great to General Society”, y así comenzó oficialmente su carrera como defensora de la moral pública. Mientras tanto, se alejaba poco a poco de sus amigas de moda; finalmente llegó a considerar cualquier relación con ellas casi como algo malvado. El 12 de marzo de 1794 escribió en su diario:

“Cené con amigas en casa de la señora ——. ¿Qué haces aquí, Elijah? Me sentí muy complacida por la alegría que mostraron tantas amigas distinguidas al verme de nuevo. ¡Protégeme de la contagiación![361]”

Cualquiera que haya sido la influencia de las medias de seda en los demás, no hay duda de que para Hannah More fueron un excelente correctivo. Al menos evitaron que se comparara consigo misma a Elijah.

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CAPÍTULO X
La señora Montagu como mecenas del arte

Sobre todas las cosas, la señora Montagu anhelaba dejar su reputación como una reconocida mecenas de las letras para la posteridad. Deseaba asociarse, a la manera de las damas literarias francesas, con algún poeta, ensayista o erudito, cuyo trabajo pudiera inspirar y supervisar, y cuya recompensa fuera la asociación de su nombre con el de él. Hannah More, al reconocer esta ambición, la llamó «la Mecenas femenina de Hill Street»[362], y la doctora Burney afirmó que ella «hacía de cada arte emergente su preocupación»[363]. El poeta que ella esperaba apareció en el verano de 1766, en la persona de James Beattie, un joven profesor de filosofía moral en Aberdeen, quien en aquel momento era desconocido en Inglaterra.

Beattie era por naturaleza tímido, nervioso, consciente de sí mismo e inseguro de sus capacidades: un tipo común en el mundo académico. Siempre consideraba que sus poemas no eran dignos de él, los suprimía, los modificaba y corregía, y amenazaba con nunca completarlos. Para alguien así, una mecenas podía hacer mucho. La señora Montagu expresó de inmediato al doctor Gregory (un amigo común residente en Aberdeen) su gran satisfacción con la poesía de Beattie. Pero no fue hasta que vio el primer canto de *Minstrel*, a principios de 1771, cuando su juicio quedó plenamente convencido. Entonces se puso a trabajar con tanto esfuerzo como dedicación para impulsar al poeta que había elegido en el mundo de las letras. Envió una copia del nuevo poema al lord Chatham[364], lo recomendó a Percy (cuya inspiración para su ensayo sobre los menestrales había sido reconocida por Beattie en su prefacio), y animó a su protegido citándole los elogios de lord Lyttelton. Ofreció sugerencias respecto a la publicidad del poema y escribió a un librero suyo

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un conocido suyo le dijo que debía recomendar el poema “a todas las personas de buen gusto”. Tales eran los poderes de la mecenas femenina en esta nueva era. La señora Montagu también se interesó por otra obra de Beattie, un libro ahora completamente olvidado, pero que en aquel entonces comenzaba a disfrutar de una gran popularidad. Se trataba de un ensayo sobre la verdad, publicado en 1770 y que casi de inmediato pasó a segunda edición. La señora Montagu describe de manera muy elogiosa los vanos esfuerzos del público inglés por conseguir ese volumen. Ella misma lo recomendó “a muchos de nuestros obispos y a otras personas; pero todos se quejaron durante todo el invierno de que los libreros negaban tener ni la primera ni la segunda edición. Me atrevo a decir que se habrían vendido cientos de ejemplares si la gente hubiera podido conseguirlas”.[365] Es evidente que el joven poeta académico necesitaba la ayuda práctica de esa mujer culta, amiga de “obispos y otras personas”. Por eso llegó a Londres en otoño de ese año, y allí conoció por primera vez a la mujer a quien siempre agradeció como su mecenas. Así, la Defensora de la Verdad y la Defensora de Shakespeare se encontraron, para beneficio mutuo. La mente de la señora Montagu ya estaba llena de planes para promocionar a su favorito. En la primavera del año siguiente, al enterarse de que Adam Ferguson, de la Universidad de Edimburgo, iba a viajar al extranjero, ideó el plan de trasladar a Beattie a su cátedra, y logró interesar al arzobispo de York en el asunto, solo para descubrir que el profesor tenía toda la intención de volver a sus tareas tras su ausencia temporal.[366] No obstante, ella fue quien facilitó que Beattie conociera al arzobispo y a su hermano, Lord Kinnoul,[367] quienes se convirtieron en amigos cercanos del nuevo poeta. Al año siguiente, ella le indicó a Beattie cuáles eran las mejores formas de hacer llegar su caso ante el rey,[368] asegurándole que, si el gobierno no hacía nada por él, ella misma “se encargaría de mejorar su situación”. Pero el gobierno no la defraudó. Beattie fue presentado al rey en su audiencia, recibió sus elogios y…

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Más tarde, recibió una pensión de doscientas libras y un título de Doctor en Derecho de Oxford. La señora Montagu también compartió los elogios generales. “¿No honran ustedes a la señora Montagu?”, escribió Hester Chapone a la señora Delany, “por los esfuerzos que ha hecho para presentar a este excelente defensor del cristianismo ante el mundo entero y para que reciba algún tipo de reconocimiento además de esa fama vacía”. Sus esfuerzos en su favor apenas habían comenzado. Al abandonar la idea de que se uniera a la Iglesia Anglicana —en parte, sin duda, debido a la propia indiferencia de Beattie—, pensó que quizás podría ser más útil para la religión como laico que como sacerdote. Por eso instó a que se publicara, mediante suscripción, un volumen de ensayos. De esta manera, creía que se podrían recaudar ochocientas o mil libras. La mecenas y su protegido elaboraron juntos un formulario de suscripción. Y como Beattie evitaba cualquier tipo de publicidad en los periódicos, la señora Montagu accedió, con la ayuda de algunos amigos, a distribuir ella misma ese documento. Hizo su trabajo muy bien. En la lista de suscriptores al libro logró incluir no solo a todas las mujeres intelectuales importantes, sino también a Reynolds, Garrick, Johnson, numerosos nobles, a sus amigos obispos, a los dos arzobispos y a las bibliotecas de Oxford. Ella era la patrocinadora oficial del volumen. Cuando su publicación se retrasó, fue su responsabilidad distribuir una tarjeta explicativa escrita por Beattie. Cuando finalmente se publicó, quedó encantada con todos sus aspectos, pero afirmó que le parecía algo arrogante por parte de un nativo de Aberdeen superar en estilo a los ingleses. Mientras tanto, el segundo canto de Minstrel le fue enviado para que lo criticara, y, si hemos de creer a Beattie, fue publicado a petición suya. Cuatro años después, se le presentó un volumen con poemas seleccionados, pidiéndole que eliminara aquellos que no aprobara. Y cuando finalmente Beattie publicó Minstrel en su forma definitiva, solicitó permiso…

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Dedicar el primer canto a ella, poniendo su nombre en la última estrofa, en un espacio que había quedado en blanco desde el principio:
Aquí detente, mi lira gótica, por un momento;
La hora de ocio es todo lo que puedes reclamar.
Pero si Montagu sonríe al leer este verso,
Nuevas melodías pronto animarán tu instrumento.
Y sus aplausos para mí valen más que la fama;
Y su gusto refinado sigue siendo fiel a la verdad.
Que otros busquen el lucro o la fama;
Yo solo deseo complacer a esa mente delicada
Que los encantos de la Naturaleza inspiran y el amor por la humanidad.

La dulzura de esta nota, tan convencional y suave, debió verse algo empañada para la señora Montagu por el hecho de que esos versos fueron escritos antes de que Beattie la conociera, y, si podemos confiar en el biógrafo del poeta, estaban originalmente destinados a otra persona.[378] Pero no hay duda alguna sobre la gratitud de Beattie. Honró a su mecenas nombrando a uno de sus hijos Montagu, y continuó visitándola en Londres o en Sandelford, y presentándole sus obras para que las aprobara,[379], esa forma de halago que ella anhelaba por encima de todo. Se respetaron mutuamente durante muchos años mediante una correspondencia bastante regular, lo cual, sin embargo, demuestra más su sinceridad que su ingenio.
La relación entre Beattie y la señora Montagu permaneció serena durante toda su vida. Cada uno estaba agradecido con el otro y nunca dejó de mostrar públicamente esa gratitud. La señora Montagu otorgaba sus favores sin reservas, y Beattie los aceptaba sin ninguna vacilación. Cada uno era más feliz por haber conocido al otro. Y si la relación entre autor y mecenas debe existir, la suya es un ejemplo de cómo puede ser esa relación en su mejor forma.

La relación entre Robert Potter, traductor de Esquilo, y la señora Montagu era de la misma naturaleza que la de Beattie. Fue con una gratitud temblorosa como aceptó esos favores, y con un halago increíble como los devolvió.

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Los favores que la dama le concedió. Al parecer, su atención se vio atraída por la publicación de las obras del trágico griego en inglés: la publicación de traducciones siempre era un acontecimiento bienvenido para las mujeres cultas, y ella sugirió de inmediato al traductor la conveniencia de añadir notas explicativas. Él aceptó la sugerencia y, al publicar sus notas al año siguiente (1778), aprovechó la oportunidad para dedicar no solo estas, sino también el volumen original a su nueva mecenas. En una carta preliminar dirigida a ella, superó a Beattie en el uso de superlativos. Las notas, afirmaba, se habían escrito únicamente porque la señora Montagu se las había pedido, y para él una indicación de esa dama equivalía a una orden; aunque no podía comprender por qué una persona tan distinguida pediría notas, ya que las necesitaba “tan poco como cualquier otra persona viva”. La aprobación de la señora Montagu, concluía, era “el mayor honor que puede recibir cualquier escritor”.

La lealtad era una de las cualidades de la señora Montagu. Ninguno de sus protegidos tuvo nunca motivos para quejarse de que perdiera interés o dejara de brindarles apoyo. Su carrera como mecenas de las artes estuvo libre de disputas; no fue objeto de difamaciones anónimas por parte de quienes se sintieron ofendidos por su caridad. Continuó mostrando su favor hacia Potter, instándolo a proseguir con su traducción de Eurípides, y figuró entre los principales patrocinadores de ese volumen. Lo recibía en sus reuniones y, según un anécdota algo dudosa, lo presentó al doctor Johnson. Johnson, que consideraba la obra de Potter “palabrería” (sin duda porque estaba escrita en verso libre), ignoró al erudito y murmuró a la mujer culta: “Bueno, bueno…” y “Bueno, señora, ¿y qué más?”.

Esa recepción poco amable pudo haber ayudado a la señora Montagu a incitar a Potter a atacar las “Vidas de los poetas” de Johnson unos años después; pero, según Walpole, el objetivo principal era “vengarse del ataque contra lord Lyttelton”. Creo que no existen pruebas de este rumor, aparte del propio panfleto; pero tampoco parece haber razón válida para rechazarlo.

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En este artículo, que, hay que decirlo, es un panfleto suficientemente digno y valioso entre los panfletos en general, Potter cita el ensayo de la señora Montagu sobre Shakespeare con el fin de refutar las críticas de Johnson al Bardo; además, a dicha dama y al obispo Hurd se les califica como “los dos mejores críticos de esta o cualquier otra época”.[382] Sobre esta tontería, Walpole dijo lo siguiente:

“Si yo fuera Johnson, preferiría ser criticado antes que halagado de tal manera. No hay nada más absurdo que las hipérboles de los contemporáneos unos hacia otros, quienes, como los duques nominales de Aquitania y Normandía en una coronación, ocupan un lugar por encima de todos los nobles, para luego, al día siguiente, convertirse en simples caballeros.”[383]

Es una lástima que Potter no pudiera saber que la utilidad de sus traducciones, que han sido reimpresas una y otra vez, sobreviviría a la fama de su mecenas.

Un clasicista mucho más importante que Potter no dudó en cortejar a la señora Montagu. Fue en junio de 1788 cuando William Cowper publicó en la revista Gentleman’s Magazine sus agradables versos sobre las decoraciones con plumas de la señora Montagu. Él mismo no había visto esa habitación, pero la conocía gracias a las descripciones de su prima, Lady Hesketh, quien aspiraba a formar parte de la “academia” de la señora Montagu.[384] Parece que los editores del poeta no comprendieron el propósito de este homenaje poético; pero está claro que él cedía ante la presión de Lady Hesketh e intentaba llamar la atención de ella, así como de su futura traducción de Homero. El primer intento fracasó: parece que la señora Montagu no prestó atención a esos versos publicados en la revista, aunque estaban firmados por “el autor de The Task”, ya un poema de fama nacional. En agosto, Cowper escribió a Lady Hesketh:

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Para mí, querida, me parece que nunca lograremos, por más esfuerzos que hagamos, dejar una impresión profunda en la señora Montagu. Las personas que han estado tanto tiempo acostumbradas a los elogios se vuelven inmunes a ellos.[385]

Señora Montagu Johnson

Johnson señalando a la señora Montagu como mecenas del arte.
Reproducido del fresco de Barry en la Royal Society of Arts, con amable permiso de dicha sociedad.

Era necesario adoptar un nuevo plan. Dos años después, la lady Hesketh decidió acercarse personalmente a la señora Montagu y le pidió a Cowper que le permitiera mostrarle una parte del manuscrito. El poeta, quien ya desde hacía tiempo admiraba el “Ensayo sobre Shakespeare” y tenía las ideas más exageradas sobre los conocimientos de esa dama,[386] eligió los dos primeros libros de

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La Ilíada, presentada como ejemplo con la intención de “apoderarse de ella por sorpresa”, y empleando a “Aquiles, Agamenón y los dos ejércitos de Grecia y Troya” en su ataque contra esa dama culta. A estos elementos se añadió el decimosexto libro de la Odisea por parte de Lady Hesketh. “Fue muy amable de tu parte”, escribe él,[387] “sacrificar algo en honor a esta Minerva por mi causa”. Pero Minerva, que ya tenía setenta años, probablemente se alegró de poder zafarse del asunto ocultando su ignorancia sobre Homero. Escribió una carta entusiasta y, cabe añadir, modesta a Lady Hesketh acerca de la nueva traducción, y puso su nombre en la lista de suscriptores. Cowper leyó la carta y expresó su orgullo por lo que decía; y ahí terminó todo.

Es ahora imposible determinar la naturaleza y el alcance exactos de la ayuda que la señora Montagu prestó al pintor James Barry. Lo cierto es que accedió a ser pintada por él (en un perfil horrible) para formar parte de ese conjunto de frescos con los que Barry decoró las paredes de la Real Sociedad de Artes. Allí está representada como mecenas de las artes.[388]

“Hacia el centro de la pintura”, escribe Barry, “se ve ese distinguido ejemplo de excelencia femenina: la señora Montagu, quien durante mucho tiempo honró a la Sociedad con su nombre y sus contribuciones... La señora Montagu aparece aquí recomendando la ingeniosidad y el esfuerzo de una joven cuyo trabajo ella misma está produciendo... Entre estas damas [las duquesas de Devonshire y Portland], el difunto dr. Samuel Johnson parece señalar este ejemplo de la señora Montagu para que sus altezas lo tomen en consideración e imitenlo”.[389]

La yuxtaposición de Johnson y la señora Montagu, el gran dictador y la mecenas femenina, debió causar una risa incontenible entre los espectadores que conocían su gran disputa. El resentimiento de la señora Montagu hacia...

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El trato que Johnson dio a Lyttelton en Las vidas de los poetas ha sido ampliamente discutido; pero la historia debe ser contada una vez más por la luz que arroja sobre las ambiciones de la señora Montagu de controlar el destino de la literatura.
La señora Montagu y lord Lyttelton habían sido amigos cercanos durante muchos años antes de la muerte de este último. Trabajaron juntos en Los diálogos de los muertos (para escándalo del postillón de la dama, según relataba con gusto Walpole[390]); así, la fama literaria de la señora Montagu estaba, de cierta manera, vinculada a la del noble. Cuando, ocho años después de la muerte de Lyttelton, apareció la descripción que Johnson hacía de él, se descubrió que contenía comentarios que no complacieron a los amigos del difunto noble. Lejos de estar satisfechos con que fuera considerado digno de incluirse incluso en una lista tan amplia como la de Johnson, decidieron ofenderse porque había cierta cantidad de críticas mezcladas con cierta cantidad de elogios. Por ejemplo, Johnson criticó al “pobre Lyttelton” por agradecer a los críticos sus elogios hacia Los diálogos de los muertos; calificó los poemas de Lyttelton de “no teniendo nada que despreciar y poco que admirar”, y sus canciones, en particular, de “a veces ingeniosas y a veces insípidas”. Ciertamente, eso era todo el elogio que la posteridad querría dedicar a Lyttelton; pero no era suficiente para aquellas mujeres que debían parte de su reputación al hecho de haber sido íntimas de un noble. Según Walpole, fue la señora Vesey quien inició el ataque, pero sin duda fue la señora Montagu quien dirigió la campaña. El lector del Diario de Fanny Burney está familiarizado con los detalles de esta disputa; el lector de Walpole encontrará cuatro referencias a ella en las cartas escritas al comienzo de 1781.
“Ella me dijo”, escribe este último, “como muestra de su gran disgusto, que nunca volvería a invitarlo a cenar. Yo tomé su partido, avivé la pelea y deseé poder hacer que Dagon y Ashtaroth regañaran en copto”[391].

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De esta disputa literaria no surgió nada, salvo una escena en Streatham entre Johnson y Pepys que asustó a Fanny Burney, y el ataque de Potter contra las Vidas, ya mencionado; y el señor Dobson comenta que los lectores modernos “quizá se pregunten de qué trataba la disputa”.[392] Pero es significativo, ya que demuestra la influencia que la señora Montagu creía ejercer en el mundo literario y los medios que adoptó para hacer sentir esa influencia.

El comportamiento de Johnson durante esta pelea debió, en mi opinión, deberse a algo distinto a una vanidad herida. Estaba, estoy convencido, motivado por ese mismo patrocinio de la literatura que las damas de la alta sociedad, con la señora Montagu a su cabeza, intentaban establecer. No puede haber espectáculo más molesto que el de una persona a quien la riqueza y los talentos sociales le han dado una posición secundaria en el mundo literario, y que, confundiendo dones con genio, intenta elevar esa posición a la de autoridad. Eso era lo que intentaba hacer la señora Montagu. Sin duda alguna, había logrado cierta influencia. Había otorgado pensiones y regalos a autores y eruditos merecedores. Había incluido su nombre en cientos de listas de suscripción. Había contribuido al éxito de la tragedia de Hannah More, Percy, apareciendo en más de una ocasión en la platea del teatro donde se representaba. Elizabeth Carter y Hester Chapone (quien dedicó sus Cartas a la señora Montagu) fueron ejemplos de las escritoras dignas a las que ella ayudó de una u otra manera mediante su caridad discreta. Laurence Sterne ya en 1761 se conformaba con hacerla una especie de ejecutora literaria,[393] “no porque sea nuestra prima, sino porque estoy seguro de que tiene buen corazón”. Pero cuando, bajo la influencia de los halagos, confundió su buen corazón y su agradable interés por la literatura con la autoridad crítica de un erudito y árbitro, una autoridad que solo puede pertenecer a uno o dos en cualquier época, atrajo sobre sí, no sin razón, la ira de Johnson y el desdén de Walpole. Para noviembre de 1776, había llegado al punto de poder escribir así a Garrick:

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“Debo decir que sentía por Shakespeare la misma ansiedad que se siente por un amigo fallecido, que ya no puede hablar por sí mismo”.[394]

En 1778 pudo ofrecer seriamente a Fanny Burney, ya reconocida como autora de Evelina, el regalo de su “influencia”, añadiendo: “Todos estaremos encantados de ayudar a difundir la fama de la señorita Burney”.[395] Tenía el deseo de dirigir y gestionar cosas, lo cual es característico de la mujer experimentada en los asuntos de moda, que conoce el valor de su encanto personal, más que del verdadero crítico literario, que suele ser una persona demasiado sabia como para intentar dirigir el curso de la literatura. Pero la señora Montagu no se conformaba con dejar que ese curso fluyera por sí solo. Debía llevar las comedias ante la atención de Garrick[396] y sugerir temas a Hannah More[397] y a la señora Carter[398]; también debía guiar a Potter y animar a Beattie. En el orgullo de su poder, incluso intentó la delicada tarea de influir en las elecciones para el Club Literario; y parece que, logrando evitar que Johnson se diera cuenta, tuvo éxito en su objetivo, ya que su candidato, nada menos que el señor Vesey, fue elegido. Pero cuando aspiró a cambiar la opinión del mejor crítico vivo y sustituirla por la opinión indulgente de un amigo personal, no es de extrañar que Johnson le recordara, de forma algo brusca, a ella y a su círculo cuál era realmente el valor de su opinión. Hoy en día pocos lamentarán que la visión de esa dama no prevaleciera. En un momento dado, las relaciones de la señora Montagu con sus protegidos llegaron peligrosamente cerca de convertirse en una comedia de farsa. Como todas las miembros de ese grupo, ella también creía en el genio de Ann Yearsley, la lechera poética de Bristol, quien durante un tiempo fue considerada como una versión femenina de Chatterton. Formaba parte de las tareas de esas mujeres descubrir talentos. Habían descubierto a Hannah More; habían descubierto a Beattie y a la señora Chapone; si bien no habían descubierto a Fanny Burney, al menos la sacaron de la oscuridad en la que ella deseaba permanecer. Pero ninguno de los talentos literarios que encontraban les parecía tan prometedor como esa maravillosa mujer que vendía leche…

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De puerta en puerta, en la poco poética ciudad de Bristol. Fue la señorita More quien la encontró y quien, junto con la señora Montagu, difundió su obra con un entusiasmo que demuestra más la rapidez de sus simpatías que la rapidez de su ingenio.
En 1783, la señorita More descubrió que Ann Yearsley, la lechera que iba diariamente a su casa en Bristol en busca de restos de comida para alimentar a su cerdo, solía dedicar sus momentos libres a componer versos. Inmediatamente se hizo cargo de ella, le enseñó la ortografía y las reglas más sencillas de retórica; tras algunos meses, consideró que su alumna había progresado lo suficiente como para someter sus versos al juicio de esas mujeres cultas. El entusiasmo con el que la señora Montagu y sus amigas recibieron esos versos revela tanto su deseo de contribuir al desarrollo de la poesía como su incapacidad para llevar a cabo esa tarea. La señora Montagu no creía en Woodhouse, el zapatero poeta; pero una “Chatterton femenina” resultaba más atractiva. Escribió a la señorita More:

“Déjeme contar la maravillosa historia de la lechera. De verdad, es uno de los milagros de la naturaleza. ¡Qué fuerza de imaginación! ¡Qué armonía en los números! En la época pagana, uno podría haber pensado que Apolo se había enamorado de su mejilla sonrosada, la había llevado a la cima del monte Parnaso, le había dado una copa de su mejor vino y ordenado a las nueve musas que atendieran a sus llamadas”.

Dado que esta hipótesis no era adecuada para una era cristiana, la señora Montagu sugirió que las Escrituras, los Salmos y, en particular, el Libro de Job podrían haber enseñado a esa mujer sin habilidades artísticas a componer versos. Luego, ella misma se dejó llevar por su imaginación:

“¡Aléjense, gramáticos! ¡Alejémonos también, lógicos! Que toda la ética y mitología paganas, así como la geometría y el álgebra, se queden atrás. Dejen espacio a la Biblia y a Milton cuando se quiera crear a un poeta. El orgulloso filósofo queda muy lejos de lo que ha sido revelado a los simples”.

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Nuestra religión. Por lo tanto, no os extrañe si nuestra humilde dama supera a Píndaro o trasciende a Esquilo.[399]

La señora Montagu promete con alegría su apoyo. El resto de los interesados también estaban muy entusiasmados. La anciana señora Delany difundió las “propuestas” de la lechera para que se imprimieran;[400] la señora Boscawen envió una “longa lista de suscriptores”; la duquesa de Beaufort solicitó una visita de la señora Yearsley; la duquesa de Portland envió un billete de veinte libras. Walpole le dio dinero y las obras de Hannah More.[401] La duquesa de Devonshire le regaló una edición de los poetas ingleses. Toda la alta sociedad londinense y la mitad de los literatos londinenses pusieron su nombre en la lista de suscriptores. Cuando, en 1785, apareció el volumen, iba precedido por una carta de Hannah More dirigida a la señora Montagu, en la que contaba la historia de la señora Yearsley y la recomendaba a la atención de la señora Montagu, cuyo deleite por “proteger al verdadero genio” es bien conocido. De hecho, el nombre de la señora Montagu figuraba en grandes letras en el volumen. En la dedicatoria, “A Stella” (Stella era el nombre que la lechera daba a Hannah More), se refería a la señora Montagu como “Esa brillante y hermosa mujer que adorna la urna de Shakespeare con glorias inmortales”.

Una adulación similar se encuentra en unas setenta líneas de un poema en verso libre, “Sobre la señora Montagu”. Un pasaje de este poema sirve perfectamente para ilustrar los poderes de “Lactilla”:

¡Miren! Allí donde ella, montando en alto, rechaza la tierra firme,
y, navegando sobre la nube del conocimiento, lleva
la bandera de la Perfección…
Pregúntenle a los hijos imitadores de Galia cuán grandes son sus poderes;
a ellos, embriagados por los tesoros robados de las páginas de Shakespeare,
ella los descubre rápidamente en sus escondites oscuros;
(terribles como Caco en sus guaridas de ladrones)
y recupera los trofeos, llevándolos triunfalmente de vuelta
al mundo asombrado.
Así se jacta Stella; yo aprendí esta historia de ella;
ella la contó con orgullo, y yo la escuché con embeleso.

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La señora Yearsley no dudaba en dirigirse a los grandes personajes en versos. El señor Raikes de Manchester, fundador de las escuelas dominicales, la duquesa de Portland y la autora de El castillo de Otranto (amablemente llamada “la honorable H—e W—e”) fueron todos homenajeados. Su influyente patrocinio, junto con la triste historia de Lactilla, hicieron que el libro tuviera éxito de inmediato, llegando a su cuarta edición en 1786. Sin embargo, Lactilla podría haber sido más feliz si no hubiera tenido tanto éxito. Después de la publicación de su libro, recibió una suma nada despreciable: trescientas cincuenta libras, que Hannah More guardó en depósito para ella. No sorprende que la señorita More fuera cautelosa al entregar ese dinero a la señora Yearsley, ni que esa prudencia fuera interpretada por la dueña del dinero como simple tacañería. Siguieron entonces fuertes disputas, descritas en detalle por ambas mujeres: Hannah More en sus cartas a la señora Montagu y la poetisa en el prefacio de su siguiente volumen de versos. Todo esto le costó a la pobre mujer todas sus buenas amistades y la buena reputación que estas habían ayudado a construir para ella. Poco a poco pasó desapercibida, y cuando murió, en 1806, probablemente seguía siendo tan desconocida como cuando fue “descubierta” unos veinte años antes. Si hubiera tenido un temperamento filosófico, quizás habría encontrado consuelo en la idea de que su caída había sido igualmente humillante para quienes la descubrieron y la apoyaron que para ella misma. Walpole siguió burlándose durante meses de la caída de su reputación, afirmando que, si fuera sensata, ahora mismo añadiría ginebra a su leche y se suicidaría para alcanzar una inmortalidad similar a la de Chatterton.[402] Pero las damas de la alta sociedad preferían olvidar a esa pobre mujer y el daño que le habían causado; la tristeza de su situación final solo les inspiró descripciones apasionadas sobre su ingratitud.

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CAPÍTULO XI
Resultados

El salón londinense no desapareció sin dejar atrás serias críticas por parte de personas serias que lo conocían bien. Así, Wraxall, al escribir sobre las reuniones posteriores de la señora Montagu, afirma que el encanto se perdió con la muerte de Johnson, «quien constituía el núcleo alrededor del cual giraban todos los miembros subordinados».[403] La señorita More, refiriéndose al mismo tema, dice: «Las antiguas reuniones pequeñas ya no se celebran con el estilo habitual de comodidad. Todo es grandioso, vasto, tardío, magnífico y aburrido».[404] En una época mucho anterior, Gibbon realizó una interesante comparación entre la sociedad francesa y la inglesa, que merece ser tenida en cuenta en cualquier intento de juzgar el salón londinense. Escribiendo desde París, en mayo de 1763, dice: «Allí [es decir, en Londres] se cree que se hace un favor al recibir a alguien. Aquí se cree que se hace un favor a uno mismo»;[405] y en otro lugar: «En dos meses conozco a más personas (y más agradables) de las que conocí en Londres en dos años. De hecho, el estilo de vida es completamente diferente: menos diversión, más conversación, y en lugar de nuestras enormes multitudes, sociedades agradables donde conoces y eres conocido por casi todas las personas que encuentras».[406] Quizá haya algo digno de consideración en la idea de que el temperamento galo se presta más fácilmente que el sajón a la vida y atmósfera de los salones. Ya he señalado que una característica de esa vida, mediante la cual, de hecho, se puede medir su vitalidad, es la naturaleza peculiar de las amistades entre la anfitriona y sus invitados escritores. En Londres existen tales relaciones, pero parecen apagadas, frías e desiguales. La pasión es desconocida en ellas. Es inevitable que el salón, si no la literatura que de él surge, sufra por esta falta; y esto…

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La controversia no puede resolverse afirmando que los autores estarían mejor sin tales amistades cuestionables. Para bien o para mal, estas fueron creadas para la producción literaria, y no se puede pensar en los grandes salones parisinos como algo que existiera sin ellas. Pero debemos ir más allá. En general, los grandes autores ingleses no solo se negaron a formar tales asociaciones íntimas en los salones, sino que también miraban con algo cercano al desdén las reuniones literarias, si es que les prestaban alguna atención. La actitud de Johnson difícilmente puede considerarse una excepción a esta afirmación. Después de su muerte, se afirmó rotundamente que era miembro del círculo más exclusivo de las “bluestockings”, y así lo consideraron más de un contemporáneo suyo. La señorita More, por ejemplo, en su *Bas Bleu*, describió a Johnson como alguien que participaba habitualmente en las reuniones de las “bluestockings”. Esta afirmación podría ser muy engañosa si no tuviéramos la *Vida* de Boswell para corregir esa impresión. La cantidad de tiempo que Johnson pasó en tales reuniones es prácticamente insignificante. Uno sonríe al pensar qué torbellino habría estallado en él si le hubieran insinuado que su actividad literaria se veía estimulada de alguna manera por las mujeres. La actitud de otros autores es aún más clara. Burke fue, sin duda, un renegado de los salones.[407] Goldsmith no parece haber tenido suficiente dignidad ni autoridad como para interesar realmente a las “bluestockings”. Sheridan, quien fácilmente podría haber brillado en los salones, estaba ocupado con asuntos dramáticos y políticos. Sterne, Walpole y Gibbon conocían demasiado bien los salones parisinos como para tener ilusiones sobre sus equivalentes londinenses. Si abordamos el asunto desde otro ángulo, resulta obvio que los salones no podían ganar gran distinción entre aquellas personas que se conformaban con aceptar sus favores y someterse a su influencia. Beattie y Hannah More, la traductora de Epicteto y la traductora de Sófocles, e incluso la autora de la excelente *Cecilia*: todos ellos eran meras figuras insignificantes para una institución que, si quería ganar algún reconocimiento, debía brillar con un esplendor deslumbrante.

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Incluso teniendo todo esto en cuenta, sigue habiendo una pregunta real que hacer: ¿por qué los autores ingleses no buscaron más frecuentemente la inspiración y la ayuda de esta institución? El salón no carecía de cierto poder: era generoso; tenía influencia entre editores y libreros; podía poner en contacto a los autores de manera agradable y provechosa. Pero a pesar de todo esto, las “bluestockings” nunca se convirtieron, como sus modelos franceses, en verdaderas difusoras de ideas; nunca fueron partidarias de filosofías nuevas y audaces ni de transformaciones radicales. Siempre estuvieron del lado del orden y la tradición conservadora. Defendían el classicismo de la literatura inglesa. Ningún temperamento podría haber sido más inoportuno en el momento en que las “bluestockings” intentaban ejercer su influencia. Las cosas que representaban ya estaban desapareciendo, y no sentían ninguna simpatía profunda por aquellas que estaban naciendo. Es cierto que mostraron cierto interés por el romanticismo, y la señora Vesey escandalizó a sus hermanas al interesarse por el agnosticismo; pero nunca comprendieron la verdadera importancia de estas cosas. Ninguna de ellas vislumbró aquel amanecer en el que vivir era una bendición. Estaban alejadas de toda la corriente de la literatura europea. En el momento en que los poetas escuchaban las voces de nuevos dioses, las “bluestockings” prolongaban débiles ecos del conservadurismo; en el momento en que la poesía abandonaba la metrópoli y las escuelas literarias se fragmentaban en individualismos, ellas ejercían su influencia a favor de una centralización aún mayor. La literatura inglesa estaba a punto de encontrar a sus verdaderos exponentes en dos hombres que estaban tan lejos como era posible de la influencia de los salones: el tímido ermitaño de Olney y el apasionado poeta de las Tierras Bajas. Por lo tanto, si se juzga al salón según los modelos clásicos, hay que decir que fracasó. Nació fuera de su momento oportuno. Si la posición de la mujer en el mundo literario inglés lo hubiera permitido, quizá cincuenta años antes habría florecido, y entonces habría habido otra historia que contar. Como está las cosas, debemos conformarnos con estudiarlo como un intento interesante de domesticar una institución extranjera y como una revelación de…

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ciertas características significativas de la vida literaria inglesa. Concebido en su sentido más estricto, es difícil atribuirle al salón algo más que esto. Pero existe un sentido más amplio en el que se puede concebir todo este movimiento. Podemos apartar la mirada de las damas de alta sociedad y sus reuniones algo tediosas para considerar las manifestaciones más amplias del instinto social. La época que estamos estudiando es única en la literatura inglesa por haber dado origen o perfeccionado tipos de literatura que existen únicamente para registrar y celebrar la vida social. Ese conjunto de obras es quizá su contribución más significativa, y sin duda la más característica, a la literatura inglesa. No es una mera especulación ver en él la acción del mismo espíritu que intentó expresarse en los salones. La plena expresión de este espíritu quedó reservada para formas más simples de vida social, y de ellas surgió un corpus literario digno de representarlo. A esta manifestación más verdadera del espíritu social en las letras dirigimos ahora nuestra atención.

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PARTE III
EL ESPÍRITU SOCIAL EN LA LITERATURA EN INGLÉS

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Samuel Johnson
A partir de una fotografía, conservada en el British Museum, de una pintura no descrita, anteriormente atribuida a Gainsborough

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CAPÍTULO XII
Johnson y el arte de la conversación

Los capítulos como este suelen comenzar con un lamento. La época de la conversación, se dice, ya pasó; se fue junto con el arpa dulce, el minueto y aquellas largas tardes tranquilas en las que las damas discutían sobre literatura y la teoría de la igualdad. El ritmo acelerado de la vida moderna, se continúa, ha destruido la conversación, al igual que el correo barato ha destruido el arte de escribir cartas. En todo esto hay mucho sentimiento falso e implicaciones erróneas. Es absurdo suponer que existió una época en la que hablar fuera algo siempre inteligente y sabio. Ya en 1780 había personas torpes. Las cartas y el baile, entonces como ahora, eran buscados como forma de evadir el pensamiento, y quienes hablaban seriamente no rara vez eran considerados una molestia. Sin duda, a menudo lo eran. Las damas, como hemos visto, a veces incluso se aburrían ellas mismas. La reputación de esa época en cuanto a la conversación dependía de unas pocas personas.

Es difícil recuperar una cantidad suficiente de estas conversaciones para poder formarse una opinión al respecto. Es mucho más fácil leer sobre ellas que acceder a ellas realmente. Se han conservado muchos ensayos sobre la conversación; ningún manual para jóvenes damas carecía de uno, pero las conversaciones en sí no son tan fáciles de encontrar. Tenemos los consejos de Chesterfield a su hijo sobre cómo brillar en la conversación, pero los registros de sus propios discursos no son más que una colección de juegos de palabras y respuestas ingeniosas, meras tonterías. Cowper escribió un poema largo y bastante aburrido sobre la felicidad en la conversación, pero, ¿dónde está la conversación de Cowper? Fielding también escribió un ensayo sobre el tema, pero es algo bastante pretencioso (para Fielding); leerlo solo nos llena de pesar por tener que conformarnos con este pobre sustituto de la brillante charla que realmente existía.

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Sobre los fragmentos de conversaciones. Los retazos de diálogos incluidos casualmente en obras sobre otros temas, las anécdotas, las bromas y los dichos ingeniosos han perdido con el tiempo gran parte de su sabor y significado; no nos brindan una idea adecuada de las opiniones distintivas de sus autores, ni motivos para sacar conclusiones generales sobre ellos, ni tampoco una noción del tono general de sus conversaciones. No hay una luz constante que emane de estos destellos de elocuencia e ingenio. A lo sumo, nos hacen lamentar lo que hemos perdido. Por tanto, hay todo motivo para suponer que la conversación de Richard Brinsley Sheridan era un modelo de brillantez; pero la colección de sus dichos registrada por Moore carece por completo de la gracia de la realidad. Estas cosas buenas están sin contraste alguno; necesitan ser organizadas; son meros adornos que no embellecen nada, como un pequeño montón de gemas sin engastar.

A todo esto solo hay una excepción: la gran excepción que representa el registro de Johnson hecho por Boswell. Quizás la principal ventaja de ese registro es que no solo nos muestra los momentos más destacados de las conversaciones, sino también sus partes tediosas (como objetó Horace Walpole), su ineptitud y su falta de conclusión en ocasiones. Por lo tanto, existe algo que realza el ingenio de todo ello. Tiene el sello de la vitalidad. Es un mérito eterno de Boswell el haber permitido que veamos lo peor de las conversaciones de Johnson; en palabras de Hannah More, él “no atenuó ninguna de sus asperezas”, sino que nos mostró tanto la pesadez como el ingenio, así como la rudeza junto con la profundidad. Oímos la voz de Johnson, no simplemente una cita de sus palabras.

Pero a pesar de los defectos evidentes en las conversaciones de Johnson, es difícil hablar de ellas sin utilizar continuamente, y quizás de forma ofensiva, superlativos. La edad no logró marchitar a Johnson. En lugar de afectar negativamente su memoria, el tiempo la enriqueció. La pomposidad de sus escritos nunca obstaculizó su rapidez mental en las conversaciones. Ciertamente, le gustaba exhibir esa pomposidad estilística para sorprender y entretener a sus oyentes; y no es del todo cierto decir que utilizaba un estilo al escribir y otro al hablar. Sería más exacto decir que, a medida que envejecía, tendía a introducir más de la sencillez de su forma de hablar en sus escritos. Frase tras frase de sus…

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Se podría citar *Vidas de los poetas* para mostrar la facilidad casi coloquial de su estilo posterior, y se podrían establecer paralelismos significativos. Sin embargo, es cierto que la conversación brindaba más espacio a esa habilidad para ilustrar las cosas de manera sencilla y cotidiana, que era su don más entretenido. La posteridad tiene razón al preferir las conversaciones de Johnson a sus escritos, pues, aunque estas no carecen de fluidez en el razonamiento ni de perfección estilística, que son características distintivas de sus obras, son claramente superiores en cuanto a ingenio.

En el calor de una conversación, Johnson contaba con un estímulo que nunca experimentaba al escribir: el placer de la discusión personal. Reconocía que la conversación era una especie de competencia, y despreciaba abiertamente a aquellos hombres como Addison o Goldsmith, que alcanzaban su mejor nivel cuando discutían solos. Según Johnson, entre dos personas que hablan, una siempre debe salirse por encima de la otra. Él mismo tenía demasiado orgullo como para conformarse con quedar eclipsado por la conversación de otros. En lugar de ser derrotado, prefería atacar por debajo del nivel esperado, o, en palabras de Boswell, “atacar y herir a varias personas”. Tenía una forma brusca y directa de sortear las dificultades. Cuando la señora Frances Brooke le pidió que revisara su nueva tragedia, lamentándose de no tener tiempo para modificarla, ya que tenía “demasiadas cosas que hacer”, el sabio respondió: “Pues bien, señora, lo mejor que puedo aconsejarle es que deje su tragedia junto con todas esas tareas”. “Si la compañía de los demás no hace que un hombre salga de su casa, nada lo hará”, le dijo a Boswell, porque este se había atrevido a defender a los estadounidenses.

Cuando lograba tomar la palabra —y, gracias a tales métodos, lo hacía muy a menudo—, no tenía intención de dejarla, y la conversación se convertía en un monólogo. Goldsmith, quien a menudo tenía la razón en las discusiones y era, de hecho, uno de los oponentes más ingeniosos que tuvo Johnson, se quejaba de que él “trataba de convertir algo que debería ser una república en una monarquía”. Incluso Boswell admitió que, en compañía de Johnson, la gente no intercambiaba tanto palabras como escuchaba lo que se decía. Pero, por elevadas que sean nuestras concepciones sobre la conversación, cabe preguntarse si realmente puede ser una república. Si el flujo de la conversación ha de llegar a algún lugar, si ha de llegar a una conclusión…

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Debe quedar confinado dentro de un canal bastante estrecho, de lo contrario seguramente se disipará. A Johnson le disgustaban las conversaciones sin rumbo fijo. Criticó a Goldsmith porque siempre “empezaba a hablar sin saber cómo terminar”, y afirmó que no sabía hablar bien porque no tenía una opinión definida sobre nada. “Goldsmith”, dijo, “no tenía ideas claras sobre ningún tema; por eso hablaba siempre al azar”. Johnson no era así. Tenía sus conclusiones claras y avanzaba directamente hacia ellas, dispersando a sus oponentes o golpeándolos en la cabeza si se interponían en su camino. Pero sería un error pensar que Johnson era una especie de cazador de conversaciones, o ese “ourang-outang” de los salones que describe Macaulay: alguien que aullaba y gruñía alternativamente y despedazaba a sus compañeros delante de nuestros ojos. Si respetamos el testimonio coherente de sus contemporáneos, nos daremos cuenta de que hablaba de mala gana. Había que animarlo a hablar. “Era como los fantasmas”, dijo Tyers. Nada le molestaba más que que lo exhibieran. En la famosa cena de Wilkes, a la que fue llevado simplemente para poder enfrentarse a un oponente digno, se enfureció tanto al darse cuenta de lo que había pasado que tomó un libro, “se sentó en un asiento junto a la ventana y leyó, o al menos mantuvo la vista fija en él durante un rato”, exactamente como en aquella ocasión muy diferente en la que conoció por primera vez a Fanny Burney. Debido a esta falta de flexibilidad en Johnson, Boswell merece mucho más reconocimiento del que ha recibido por haber logrado hacerlo hablar. Aunque Boswell no era un pensador profundo, tenía una mente curiosa y alerta. Es completamente juzgado erróneamente por aquellos lectores —si es que realmente existen lectores— que, junto con Macaulay, lo consideran un tonto. Es cierto que Boswell decía cosas tontas y hacía las preguntas más absurdas, como qué proporción de su salario podían gastar las criadas en ropa, cómo se sacrificaban los cerdos en las Islas de Tahití, y qué haría el Dr. Johnson si estuviera encerrado en una torre solo con un bebé recién nacido; pero debajo de las preguntas más tontas siempre hay un experimentador astuto, un observador divertido que molesta a un gigante con una paja. Boswell introdujo una cantidad considerable de fricción en…

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La vida de Johnson, organizada de tal manera que tuviera que encontrarse con hombres cuyas opiniones eran completamente opuestas a las suyas, lo llevó a cenar con los whigs, lo hizo visitar a Lord Monboddo (quien tenía las opiniones más ofensivas sobre el hombre primitivo), lo presentó al general Paoli, así como a Beattie y Sir Adam Fergusson (de esa infame raza escocesa), y lo arrastró por toda Escocia hasta Mull e Icomkill. Nadie más dominó tan bien el arte de manejar a Johnson como ese mismo astuto escocés. La señora Thrale no pudo hacerlo. Ni Goldsmith ni el doctor Taylor pudieron hacerlo. Topham Beauclerk quizá podría haberlo hecho, si hubiera considerado que valía la pena. Fanny Burney poseía esa sutil combinación de gracia y habilidad que atraía a Johnson, pero carecía de firmeza. Cuando intentó mostrarle a Johnson a su “Papá Crisp”, o involucrarlo en una conversación con el señor y la señora Greville, su fracaso fue evidente. La serena autoabsorción de ese gran hombre causaba una ofensa mayor que cualquier diatriba.

A veces, Johnson tenía un talante tan sereno que, en un momento amable, declaró a Boswell que “esa es la conversación más feliz, donde no hay competencia ni vanidad, sino un intercambio tranquilo y silencioso de sentimientos”. Ese es el tono general de sus conversaciones en Streatham, según lo registrado por la señorita Burney.[408] Aquí se percibe una ligereza, incluso una frivolidad, en su forma de comportarse, lo cual constituye un contraste agradable con el tono más profesional con el que Boswell nos ha acostumbrado. No hay en ello rastro de ostentación. Es una conversación muy humana, que contiene la mayoría de los defectos que deshonran a los nuestros. Johnson chismea. Habla del clima; habla de sus amigos a sus espaldas… ¿Qué verdadero compañero nunca lo ha hecho? Incluso se permite algún escándalo. Habla del matrimonio de Sheridan con la hermosa prima donna, Elizabeth Linley, y de la pelea de Goldsmith con su editor galo, Evans; y critica o defiende a Garrick o a Foote según le dicta su estado de ánimo. Incluso hay momentos en que imita a Goldsmith y se convierte en objeto de burla para el disfrute de sus amigos.

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“Nuestra parrilla”, comentó una vez al describir el estado de su cocina, “no es magnífica, porque no tenemos prensa… Las piezas pequeñas, creo, las preparan con una cuerda, y las más grandes se cocinan en la taberna. Tengo algunas ideas (con profunda seriedad) de comprar una prensa, porque creo que tenerla es un signo de distinción para una casa”.
“Bueno”, dijo el señor Thrale, “pero ¿tendrá también un asador?”
“No, señor, no; eso sería redundante; porque nunca lo utilizaremos; y si se ve una prensa, ¡se dará por sentado que también hay un asador!”

Esta característica del estilo de Johnson, que casi podría compararse con la afición de Goldsmith por interpretar el papel del tonto, ha sido en general pasada por alto. Cabe dudar incluso de si Boswell estaba siquiera vagamente consciente de ello. Sin embargo, no hay duda de que a Johnson le gustaba asumir y representar un papel. Ciertamente no era un oso, pero disfrutaba fingiendo serlo, y abrazaba a sus víctimas hasta matarlas para que el mundo se riera. Su desgracia particular era interpretar ese papel demasiado bien, al igual que la desgracia de Goldsmith era interpretar el papel del tonto demasiado bien. Además, Johnson ciertamente no era un hombre pomposo por naturaleza; sin embargo, podía adoptar una actitud pomposa en un instante y pasar al papel de Gargantúa. Pero a veces causaba tal consternación en su papel que el mundo no se atrevía a reírse. Así, en la conocida ilustración de su comentario sobre la obra *Rehearsal* de Buckingham, modificó la frase sencilla “No tiene suficiente ingenio para mantenerlo dulce” por la exagerada y pomposa expresión “No tiene suficiente vitalidad para evitar que se pudra”. Es sorprendente que Macaulay y los lectores que vinieron después pudieran engañarse a sí mismos pensando que Johnson intentaba seriamente mejorar esa frase. Por el contrario, era una pose digna de Laurence Sterne. Era un recurso favorito de un verdadero humorista para presentar una caricatura de sí mismo. Se podrían multiplicar indefinidamente ejemplos de esto. Por ejemplo, al comentar sobre la moralidad de *La ópera de los mendigos*, dijo: “Puede tener alguna influencia negativa, al hacer que el carácter del canalla parezca familiar y, hasta cierto punto, agradable”; luego, con ese típico cambio de estilo…

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“En él hay una tal distorsión de todos los principios que resulta perjudicial para la moralidad”. Gibbon y Cambridge, que estaban presentes, pudieron considerar este giro estilístico como un intento de mantener cierta dignidad crítica; incluso Boswell sintió que debía reprimir su risa. Fanny Burney, de haber estado allí, supongo que habría sonreído con confianza frente a Johnson, ya que apreciaba mejor este aspecto de su forma de hablar que otros. A ella le debemos la deliciosa crítica de Johnson sobre sus pensionistas, y en particular sobre la misteriosa señorita Poll Carmichael: “No podía entenderla en absoluto; era inconstante, y nunca logré convencerla de ser categórica”. Pero por aburrido que fuera el siglo XVIII para comprender este tipo de humor, sí reconoció plenamente el lado más serio de las conversaciones de Johnson. Como ocurre en toda época, quedó impresionado ante el alcance y la versatilidad de la mente de ese hombre. Por supuesto, es una banalidad decir que las conversaciones de Johnson se caracterizan por su amplitud de intereses y precisión en la información; sin embargo, al igual que muchas banalidades, es esencial para analizar el tema. Es muy significativo, tanto del hombre como de la época en la que vivió —tan alejada de la estrechez de nuestra era de especialización—, simplemente hojear las páginas de la Vida de Boswell y observar la cantidad de temas sobre los cuales Johnson habló con esa facilidad y maestría que distingue al erudito y filósofo del hombre mundano poco informado. Tomemos, por ejemplo, los temas tratados en una docena de páginas consecutivas del libro, elegidas al azar: pruebas de apariciones sobrenaturales, la Iglesia Romana, los treinta y nueve artículos de la Iglesia de Inglaterra, el proyecto de ley sobre matrimonio real, el respeto debido a las familias antiguas, el arte de la imitación, la palabra “civilización” (obviamente “tienda” no era un tema excluido), el vitriolo, la pregunta de si existió un idioma original, la relación entre el irlandés antiguo y el irlandés actual, los derechos de los maestros a la hora de imponer castigos, los cancilleres, el acento escocés, el futuro estado del alma, oraciones por los muertos, el poeta Gray, Akenside, Elwal el hereje, la pregunta de si el matrimonio es algo natural para el hombre (parece que no lo es), la filosofía de la belleza, las maldiciones, la filosofía de la biografía, el uso adecuado de las riquezas.

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La filosofía de la filantropía. Ciertamente, aquí hay una lista lo suficientemente variada. Pero ninguna mera enumeración puede dar idea de la novedad del pensamiento de Johnson. Sus observaciones no son un eco, ni una cita; son el resultado natural de una mente original, lo que demuestra que Johnson era filósofo. Pero también revelan un profundo conocimiento de los detalles y una capacidad para citar capítulos y versículos, lo que muestra que Johnson era erudito. Estas dos cualidades pueden ilustrarse rápidamente a partir de los temas mencionados anteriormente. Cuando Boswell abordó el tema del estado futuro del alma, hizo la observación muy convencional de que “uno de los pensamientos más reconfortantes es que volveremos a ver a nuestros amigos”. A lo cual Johnson respondió:

Sí, señor; pero debe tener en cuenta que, cuando seamos puramente racionales, muchas de nuestras amistades se interrumpirán. Muchas amistades se forman por la comunidad de placeres sensuales; todas estas se interrumpirán. Formamos muchas amistades con personas malas, porque tienen cualidades agradables y pueden ser útiles para nosotros; pero después de la muerte, ya no podrán sernos de utilidad. Formamos muchas amistades por error, al imaginar que las personas son diferentes de lo que realmente son. Después de la muerte, veremos a todos bajo su verdadera luz. Entonces, señor, hablan de encontrarnos con nuestros parientes; pero entonces toda relación se disolverá; y no tendremos en cuenta a una persona más que a otra, sino según su verdadero valor. Sin embargo, o tendremos la satisfacción de encontrarnos con nuestros amigos, o nos conformaremos sin hacerlo.

Ahí está Johnson, el filósofo. Cinco minutos después, Boswell dijo: “Me han dicho que en la liturgia de la Iglesia Episcopal de Escocia había una oración por los muertos”. A lo cual Johnson respondió: “Señor, no está en la liturgia que Laud elaboró para la Iglesia Episcopal de Escocia; si existe una liturgia más antigua que esa, me gustaría verla”. Ahí está Johnson, el erudito.

Sería imprudente afirmar que Johnson siempre estaba en lo correcto, y ridículo afirmar que siempre tenía razón. Disfrutaba de la oportunidad de…

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la verdad, así como cualquier otro hombre cuyo principal interés radica en la vitalidad de su pensamiento y no en la literalidad de sus conclusiones; pero era una diversión que rara vez permitía a los demás, y una tendencia en él mismo que generalmente era restringida por los especialistas a su alrededor. Aquí tenemos un elemento verdaderamente formativo en la vida social de esa época. Pero ningún hombre del siglo XVIII podía retener a sus oyentes simplemente con la exposición de una gran cantidad de información. La brillantez de modales era tan indispensable como la amplitud de espíritu. “El peso sin brillo es plomo”, escribió Lord Chesterfield. Ningún buen orador carecía de un atractivo superficial. Garrick era conocido por su calidad histriónica, Beauclerk por su ironía, y Goldsmith por su humor irlandés. La conversación de Johnson, gracias al fuego interior que la animaba, siempre desprendía ingenio y epigramas. Sin embargo, nunca cometió el error de servir a sus amigos únicamente con epigramas, lo cual es muy similar a servir a los invitados únicamente con aperitivos. El epigrama estimula el apetito, pero no lo satisface, y no sirve como alimento constante. En el caso de Johnson, sin embargo, era algo más que un mero manierismo. Era la forma que mejor se prestaba a expresar su facultad crítica. Un examen de la crítica literaria de Johnson revelará que su método es predominantemente sentencioso y resumido. Era impaciente ante un desarrollo lento y prolongado del pensamiento, ni tampoco “se adentraba” en un tema como Burke. Al leer las Vidas de los Poetas, no sentimos que los temas se vayan iluminando gradualmente, sino que se revelan mediante destellos repentinos. Si su crítica ofende, suele ser porque constituye un juicio definitivo y es demasiado resumida para ser adecuada. Cuando intenta una crítica ordenada de los detalles, el método, aunque más elaborado, suele ser menos satisfactorio. Está en su mejor forma cuando es más contundente y dogmático: “Si Pope no es poeta, ¿dónde se puede encontrar la poesía?”. “Se lee a Dryden con frecuente asombro, y a Pope con deleite permanente”. “Su prosa”, dice de Addison, “siempre es luminosa, pero nunca brilla con un esplendor inesperado”. El valor de la crítica de Johnson reside en frases como estas, y no en pasajes más extensos de comentario continuo, como el análisis de Gray’s Bard.

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Cualquier encanto o poder que haya en tal método se encuentra también en la conversación de Johnson. Hay el mismo estilo incisivo, la misma firmeza en el tono, y a menudo la misma cualidad irritante: «Ningún hombre», dijo de Goldsmith, «fue más necio cuando no tenía pluma en la mano, ni más sabio cuando la tenía». «Ese hombre [Lyttelton] se sentó a escribir un libro para contarle al mundo lo que el mundo le había estado diciendo toda su vida». «Toda teoría va en contra de la libertad de la voluntad; toda experiencia, a favor». «En las repúblicas no hay respeto por la autoridad, sino miedo al poder». Muchos afirman no gustarles este estilo epigramático; pero yo tiendo a pensar que aquellos que protestan más fuertemente contra tales dichos son los que menos capacidad tienen para reflexionar sobre ellos. En cualquier caso, aunque no lograran nada más, tales afirmaciones ofrecían algo sobre lo que atacar, y el deseo de demoler forma parte esencial de la conversación.

Aquellos que se sienten ofendidos por este método de conversación podrían atacarlo de manera más efectiva señalando que a menudo se empleaba para sorprender más que para instruir. Johnson sentía el deseo humano normal de impactar a la gente, y satisfacía plenamente sus estados de ánimo efímeros. «Rousseau», exclamaba, «es un hombre muy malo. Me gustaría que trabajara en las plantaciones». «Estoy dispuesto a amar a toda la humanidad, excepto a un americano». En un arrebato de capricho, incluso citó con aprobación la ridícula frase: «Por todo lo que veo, los extranjeros son tontos». No hay deliberación en tales palabras; de hecho, no es justo citarlas. En cualquier caso, resultan completamente engañosas si se extraen de su contexto; pues el encanto de la conversación radica en que no es deliberada, y en que quien habla puede atreverse a tener prejuicios además de opiniones. Un buen conversador «elevará mucho a una persona» simplemente por amor a ello. Voltaire y todos los que hablan libremente cometen los mismos excesos. La señora Necker nos cuenta que al escuchar a Voltaire era necesario distinguir las afirmaciones que eran verdaderamente características del hombre de aquellas que estaban dictadas por su estado de ánimo momentáneo y no eran más que la verdad del momento. La función peculiar de la conversación es, pues, mostrar al hombre completo, con todos sus defectos, con todas sus faltas…

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Sentido y autoconciencia, todas sus irracionalidades e incoherencias: son estas cosas las que demuestran que es humano. Fue el propio Johnson quien señaló que en la conversación «nunca se obtiene un sistema». Seamos agradecidos de que sea así. Una persona «unificada», un hombre cuya mente está regida por un sistema, no puede conversar; solo puede dar conferencias. Sus pensamientos fluyen como un canal, no como un río. Es realmente el hombre más limitado, pues debe vivir dentro de su sistema tal como vive dentro de sus ingresos. La gloria de las conversaciones de Johnson radica en que no se puede extraer de ellas un sistema. Para eso hay que recurrir al Rambler o a The Vanity of Human Wishes. Pero esto no significa que Johnson no tuviera principios para conversar ni que expresara ideas simplemente porque eran novedosas. Su «flujo de pensamiento» —para usar una de sus propias frases— era libre, pero no por ello carecía de una tendencia muy definida. Igual que un arroyo, recurría constantemente a sus fuentes, a ciertas conclusiones generales sobre la vida, que en realidad controlaban sus conversaciones. Él mismo declaró que los principios generales no se obtenían de las palabras de una persona, sino de los libros. Ciertamente este dictamen no se aplica a sus propias palabras, ya que en ellas los principios generales son bastante evidentes. Es completamente evidente que estamos escuchando a un hombre que ya ha tomado una decisión sobre la vida y sobre lo que vale la pena. Si, a diferencia de Goldsmith, hablaba bien en público, era porque, al igual que Imlac, había reflexionado bien en privado. Era su costumbre constante llevar el tema casual directamente al ámbito de los principios generales, de modo que la conversación sobre un asunto concreto se convertía en una filosofía sobre él. Boswell se dio cuenta de esto e introdujo tema tras tema con el fin de aclararlo de una vez por todas. «Deseaba saber», dice, «si el duelo era contrario a las leyes del cristianismo». Siempre sintió que Johnson podría haber resuelto todo el asunto del determinismo y la libertad de voluntad, si tan solo hubiera estado dispuesto a hablar de ello. Sobre una dama que hablaba con Johnson sobre el cuerpo resucitado, comenta ingenuamente: «Parecía deseosa de saber más, pero él dejó la cuestión en la oscuridad». Tal es su confianza en el método de su maestro.

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Siempre es provechoso profundizar en los discursos de Johnson para llegar a la filosofía que los sustenta; pero no pocas veces nos ahorra el trabajo al enunciar él mismo el principio. Así, cuando surgió el tema del juego, dijo lo siguiente:

—Señor, no califico al jugador de hombre deshonesto; pero sí lo considero un hombre antisocial, un hombre inútil. El juego es una forma de transferir propiedad sin producir ningún bien intermedio. El comercio da empleo a muchas personas y, por tanto, produce bienes intermedios.

No sé si esta doctrina es económicamente sólida; pero sin duda es una doctrina. Le gustaba formular los principios de este modo. Así, cuando se le citó la afirmación de Hume de que todos los que son felices lo son por igual, respondió con una definición de la felicidad:

—Señor, que todos los que son felices lo son por igual no es cierto. Un campesino y un filósofo pueden estar igualmente satisfechos, pero no igualmente felices. La felicidad consiste en una multiplicidad de conciencias agradables. Un campesino no tiene la capacidad de ser igualmente feliz que un filósofo.

De manera similar, dedujo principios de estética a partir de una taza de té y derribó la teoría de la igualdad invitando al criado a sentarse a comer. Pero las conversaciones de Johnson son más que una reducción a principios, ya que son más que epigramas y más que meras informaciones. Filosóficas en método, fueron creativas en efecto. Fertilizaron otras mentes y lograron seguir vivas mucho tiempo después de haber sido pronunciadas y olvidadas. Johnson no puede ser juzgado por quien solo lee sus escritos, pero sí por quien solo lee sus conversaciones. Así, su obra está vinculada a la de aquellos que han logrado más con la palabra hablada que con el pensamiento escrito; de modo que, por un lado, ocupa un lugar en la historia de las conversaciones cotidianas, al igual que las de Selden y Coleridge, y, por otro, tipifica la relación entre la sociedad y…

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Cartas en su mejor expresión. Gracias a la fuerza dinámica de su conversación, Johnson desarrolló a los hombres, despertó en ellos poderes de los que no sabían que eran poseedores y los elevó a niveles de logro superiores a los suyos propios. La gente lo escuchaba con ira o con asombro, como los hebreos a un profeta y los romanos a una sibila, y se burlaban o tomaban notas según su estado de ánimo. Afortunadamente, Johnson era inconsciente en gran medida de todo esto. Consideraba sus libros como su principal influencia en el mundo. «Ahora bien, señor», decía, «el bien que puedo hacer mediante mi conversación mantiene la misma relación con el bien que puedo hacer por medio de mis escritos que la práctica de un médico retirado en un pequeño pueblo rural con respecto a su práctica en una gran ciudad». Pero Boswell veía más claramente. «Para mí», decía, «su conversación parecía aún más notable que incluso sus escritos». Cuando, en 1776, Boswell regresó junto a Johnson, sintió de inmediato esa fuerza electrizante. «Me sentí elevado, como si hubiera sido llevado a otro estado de ser», escribió; y le dijo a la señora Thrale: «Él me ha restaurado por completo, mediante una transferencia de ideas». El cínico, por supuesto, descartaría esto como un arrebato de culto al héroe; pero es algo más que eso. Nadie tendrá la intención de acusar a Edmund Burke de adorar a Johnson, sin embargo él comentó: «A la conversación de este hombre verdaderamente grande, me enorgullece reconocer que debo la mayor parte de mi formación». Orme, el historiador, señaló que en la conversación Johnson ofrecía a uno o bien «nuevas ideas o una nueva perspectiva». Se puede citar un testimonio de carácter aún más sorprendente de Reynolds. Hablando de sus propios Discursos sobre el arte, Reynolds dijo:

Cualquier mérito que tengan debe atribuirse, en gran medida, a la educación que se podría decir que recibí bajo la tutela del doctor Johnson. No pretendo decir, aunque ciertamente sería un mérito para estos Discursos si pudiera afirmarlo con verdad, que él contribuyera siquiera con un solo pensamiento a ellos; pero él preparó mi mente para pensar con justicia... Las observaciones que hizo sobre la poesía, sobre la vida y sobre todo lo que nos rodea, las aplicué a nuestro arte.

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Se puede decir que aquellos que escucharon la conversación de Johnson fueron testigos de cómo se creaba literatura. En cualquier caso, las palabras de Johnson se convirtieron en literatura por el simple hecho de haber sido grabadas. Es el mejor ejemplo que se puede dar de la fusión entre la vida literaria y la vida social, y ejerció la misma clase de influencia que intentaban tener los salones. Estaba destinado a otorgarle a Johnson un lugar distintivo en la literatura. Boswell lo consideró, y con razón, como el valor peculiar de su “Vida de Johnson”; y como fue la principal inspiración, sigue siendo el principal atractivo de ese notable libro.

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CAPÍTULO XIII
Walpole y el arte de la correspondencia familiar

La edad de oro de la correspondencia en inglés llegó sin un largo y doloroso período de preparación. En comparación con la correspondencia más rudimentaria del siglo XVII, este nuevo arte apenas tenía relación alguna con ella, y floreció casi de inmediato. Por supuesto, había muchos factores en Inglaterra que lo fomentaban. Es significativo, por ejemplo, que la época de la correspondencia coincidiera con la producción de una gran cantidad de novelas en forma epistolar, lo cual convirtió a este arte en el vehículo de un nuevo realismo, ayudando así a difundir la popularidad de ambos tipos al mismo tiempo. Además, fue también la época del desarrollo de los salones y del arte de la conversación, una coincidencia que se repite en la historia literaria de Francia.[409] La correspondencia, considerada como un arte familiar —y no nos ocupamos aquí de sus otros aspectos— no es más que una conversación escrita, una especie de tête-à-tête, donde, por el momento, solo uno de los interlocutores habla. Está dominada por una intimidad cordial, y es precisamente este tono el que se percibe como algo nuevo en la correspondencia del siglo XVIII; un tono que rara vez se encuentra en las cartas de períodos anteriores. De hecho, los modelos del nuevo estilo no eran ingleses. Cuando Chesterfield elegía ejemplos para su hijo, no tuvo en cuenta a los escritores ingleses; citó a Cicerón y al cardenal d’Ossat como modelos para la correspondencia seria, y añadió: “Para cartas alegres y divertidas, para bromas y charlas ligeras, no hay nadie que se compare con el conde de Bussy y la señora de Sévigné. Son tan naturales que parecen ser la conversación espontánea de dos personas ingeniosas, más que cartas. Le aconsejo que haga de ese libro uno de los libros de su biblioteca itinerante.”[410] El respeto hacia la señora de Sévigné era casi universal. Lady Mary Wortley Montagu, quien probablemente la consideraba demasiado femenina, fue casi la única en no apreciarla. Thomas

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Se dice que Gray la imitaba.[411] Fanny Burney, quien la había leído desde su juventud, la consideraba «casi todo lo que se puede desear para alcanzar la perfección femenina», se sentía apegada a ella como si estuviera viva y en la misma habitación, y anhelaba arrojarse a sus brazos.[412] La señora Boscawen causó casi una sensación nacional al difundir el rumor del descubrimiento en Francia de quinientas cartas nuevas de Madame de Sévigné. Todos estaban muy emocionados por ello. La señora Montagu escribió a Hannah More que la verdad del asunto quedaría evidente en cuanto se publicaran las cartas, ya que el estilo de Madame de Sévigné era «de todas las cosas, el más inimitable».[413] La señorita More no tenía rival en su admiración, y en una de sus frases más felices la comparó con un «maestro que dibuja por su propio entretenimiento». Pero toda esta admiración no es nada en comparación con la veneración que Walpole profesaba a la escritora francesa. «Mi querida Madame de Sévigné», la llama él, «esa mujer divina», «mi santa» y «Nuestra Señora de Livry». Recogió sus reliquias con un fervor casi religioso y las guardó debajo de su retrato. El culto se convirtió en broma entre sus amigos. Madame du Deffand le envió un estuche para rapé, con el retrato de Madame de Sévigné pintado en él, y escribió una carta en nombre de la propia dama para acompañar el regalo:

Des champs Elisées.
(Punto de sucesión de tiempos; punto de fecha.)
Conozco su loca pasión por mí; su entusiasmo por mis cartas, su veneración por los lugares que he habitado: He sabido del culto que me ha rendido allí; estoy tan conmovida que he solicitado y obtenido permiso de mis soberanos para ir a verla y no separarme nunca de usted. Abandono sin pesar estos lugares tan afortunados; la prefiero a todos sus habitantes: disfrute del placer de verme; no se lamente de que sea solo en pintura; esa es la única existencia que pueden tener las sombras....[414]

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Cuando la gente aburría a Walpole con conversaciones sobre Shakespeare y Swift, él dirigía sus pensamientos hacia Madame de Sévigné, como un monje que busca refugio en la meditación sagrada. «Si ella hubiera podido decir tonterías», exclama, «yo, como cualquier otro fanático, habría creído que estaba inspirada». Al adorarla de este modo, no es de extrañar que, incluso en su propia época, se le comparara con ella. Él fingía considerar tales elogios como blasfemias; pero, aunque probablemente estuviera secretamente complacido, era un artista demasiado grande a su manera como para no darse cuenta de que existía una diferencia entre él y la diosa de su idolatría. Es típico de esta diferencia que, instintivamente, uno piense en Walpole como el «príncipe de los escritores» y en Madame de Sévigné como una amiga. Walpole era demasiado individualista como para ser realmente el «medio perfecto» que encontramos en la marquesa. Somos conscientes de su astucia, de sus prejuicios, de sus distorsiones, de su rango y de su snobismo. Pensamos en Walpole tan a menudo como pensamos en las noticias que escribía. Sin embargo, su arte no es menos perfecto, sino que solo difiere en método. Él no transmite la luz tal como lo hace Madame de Sévigné, sino que la tiñe y la fragmenta, de modo que brilla con una confusión de colores y rayos destellantes. Walpole nunca podría haber alcanzado la perfección perlada de Madame de Sévigné. Si tenemos que establecer paralelos, encontraremos uno mucho más cercano entre Madame de Sévigné y William Cowper. El ermitaño de Olney, al igual que la dama de Livry, había descubierto el secreto del arte espontáneo. Walpole, como príncipe que era, casi nunca estaba libre de una conciencia de su propio rango. Tengo la tentación de decir que esta autoconciencia de Walpole es un arte en sí mismo. Le gusta mostrar diferentes facetas de sí mismo, jugar con sus prejuicios, exagerar todos sus entusiasmos y aversiones, fingir ser viejo y contemplar los años pasados, bromear sobre su gota y sus remedios infalibles, pretender creer que el país está yendo a peor, y refugiarse en Strawberry Hill entre sus gatos y sus camafeos. Hay momentos en los que está tan lleno de humor como Charles Lamb. En resumen…

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Tres mil cartas… Su agilidad, esa sutil combinación de ingenio y gracia, rara vez falla; todo parece contribuir a ello. ¿ cruza el Canal en condiciones climáticas adversas? Se ahoga sin que el barco zozobe. Tiene “las rodillas llenas de olas”, es “bañado de pies a cabeza en el bote a las diez de la noche” y cae al mar hasta las rodillas. “¿Qué hacía yo en esa galera? En verdad, ya es un poco tarde para buscar aventuras”.[418] Condenado a un estado de emaciación eterna, nadie supera su descripción de su delgadez: está “emaciado, pálido, arrugado”, es un “pobre esqueleto”, un “Don Quijote aún más delgado”. Tampoco es superado (ni siquiera por Macaulay) en su relato de las “glorias relucientes” de Strawberry Hill. Sin duda habría sido el primero en llamarse snob, si hubiera conocido la palabra o se le hubiera ocurrido inventarla. Mientras tanto, no hizo ningún intento de ocultar su aburrimiento por casi todo en el mundo: hacia tres cuartas partes del mundo mostró una indiferencia fingida; despreciaba abiertamente al resto, pero era para poder prestar más atención a aquellos pocos que consideraba dignos de ello. Su carrera en los salones parisinos, ya descrita, su rechazo a los filósofos y su total dedicación a Madame du Deffand son realmente típicos de este hombre y de toda su carrera. Si ser leal toda la vida a unos pocos amigos, dedicar su genio a deleitarlos —“esparcir sobre ellos oro y hacer que brillen”— significa ser snob, entonces Walpole merece plenamente ese nombre. No falta naturalidad en las relaciones de Walpole con sus amigos. Siempre “se deja llevar”, hasta un grado sorprendente, teniendo en cuenta que sabía desde siempre que sus cartas algún día serían publicadas. Al igual que Johnson,[419] temía a la prensa, que, según él, “supera incluso el Día del Juicio, porque pone al descubierto los defectos de todos, y mucho más”. Temía nerviosamente que sus cartas a Madame du Deffand llegaran a imprimirse, y hacía infeliz a la pobre dama insistiendo en su miedo; por otro lado, él mismo recopiló y preparó algunas de sus

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Cartas para imprimir; y, sin embargo, a pesar de todo esto, no hay nada de moderación en su estilo ni de prudencia en sus palabras. Nunca busca la buena opinión de la posteridad adoptando un tono judicial, sino que siempre es maravillosamente él mismo. Sabía que sus cartas a Sir Horace Mann, que se extienden durante cuarenta y cinco años casi sin interrupciones, algún día serían un registro inestimable de los acontecimientos públicos[421], y le preocupaba que se conservaran intactas; pero, pese a ello, nunca cae en el estilo del archivista. Tan fuerte es, de hecho, el individualismo de Walpole, tan caprichoso su humor, que a veces es imprudente utilizar sus cartas como prueba documental.

Quizá no exista género literario más expuesto a la interpretación errónea que la carta habitual. Casi se puede afirmar como ley general de este género que, en proporción a lo adecuada que sea una carta para la impresión y para la lectura pública, es algo deficiente. La carta, por su propia naturaleza, no está dirigida a un público, sino a un individuo; y, con la misma certeza con que se vuelve general en su alcance, pierde esa intimidad de tono que constituye su encanto peculiar. ¿Qué hay más aburrido que una “carta abierta”? ¿Qué hay más desagradable que un posdata que te invita, después de leer una carta, a pasársela a Juan y a María? Allí no encontrarás nada de esa conversación privada que constituye la alegría tanto de escribir como de leer cartas.

La carta que es comprensible para todos ya es impersonal y tiene un tono casi profesional, y puedes imprimirla sin peligro; pero una carta dirigida a un amigo, en proporción a su intimidad, estará llena de alusiones, rarezas en la expresión y referencias oscuras que solo tienen sentido para el destinatario, y la imprimirás bajo tu propio riesgo. Lockhart, quien se negó a “Boswellizar” a Scott, ha expresado plenamente este hecho, sosteniendo que, si no se quiere que la conversación sea malinterpretada, “es un requisito necesario que estemos completamente familiarizados con todos los interlocutores, y que comprendamos a fondo todas sus relaciones más mínimas y puntos de conocimiento común... En proporción a lo ingenioso y humorístico que sea un hombre, siempre habrá alrededor de él y de sus cosas un laberinto cada vez mayor de indicios y palabras clave, que los inexpertos, si son

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Lo suficientemente audaz como para intentar interpretar, dar un sentido a las cosas, una y otra vez, de manera errónea; con frecuencia, hasta llegar a una falsedad flagrante. Todo esto es al menos tan cierto en lo que respecta a la redacción de cartas[422] como en las conversaciones. Se podría argumentar que nunca es seguro intentar comprender una carta familiar hasta que se conozca todo sobre su autor y casi tanto sobre el destinatario; pues la carta no es más que el resultado de la primera fuerza actuando sobre la segunda.

Es evidente, por lo tanto, que ninguna carta decente debería ser publicada. Una carta publicada da lugar a todo tipo de malentendidos y exige un pago prematuro por esas palabras inútiles de las cuales algún día tendremos que dar cuenta. Pocos hombres estarían dispuestos a entregar los secretos de su correspondencia privada a la crueldad del escrutinio y la crítica pública; resulta perturbador pensar cuánto de nuestra correspondencia publicada perecería si el deseo del autor pudiera hacerse realidad.

Y, sin embargo, es precisamente esta falta de idoneidad para ser publicada, es esta intimidad desconcertante, las alusiones ocultas, el lenguaje oscuro de la amistad, lo que nos atrae de la correspondencia publicada. El placer de leerla radica en poder ver, al menos una vez en la vida, algo que nunca estuvo destinado a nuestros ojos. Cada carta publicada parece reprocharnos al revelar una confianza traicionada. Hay, por tanto, algo casi profano en el gozo de leer cartas publicadas. Nunca es algo realmente respetable hacerlo. Hay algo de espía en ello; tiene un aire de intrusión e incluso, a veces, de escuchar por las cerraduras. Uno debe ser una especie de entrometido para averiguar qué significa todo eso.

Las cartas vivaces suelen ser tan oscuras como una conversación escuchada por casualidad: basta con ver el siguiente extracto de una carta de Walpole dirigida a Thomas Gray:

George Selwyn dice que puedo, si así lo deseo, escribir también “Dudas históricas sobre el actual duque de G.”. De hecho, serían dudas, ya que no sé nada con certeza.

Hay ingenio aquí y más de una alusión astuta; pero solo indagando profundamente en viejos escándalos se puede descubrir el significado completo de…

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Pasaje. La correspondencia habitual pronto requiere una gran cantidad de anotaciones. Walpole habla de ciertas cartas que Gray le escribió como algo que “aún no se puede publicar”, ya que son “demasiado oscuras sin muchas notas”.[423] Pero toda la habilidad editorial del mundo no podrá restaurar ese brillo perdido. “Si la lengua de uno”, escribe Walpole a George Montagu, “no sigue los patrones habituales en la expresión, entonces solo sirve para ser objeto de burla, como la señora Hobart en sus bailes”. El brillo de este pasaje está relacionado con la fama precaria de la señora Hobart, e incluso con la aún más precaria fama de sus danzas. Su carácter evasivo indica la calidad insondable de las cartas.

Walpole mismo era un lector insaciable de cartas, y comprendía y analizaba su pasión dominante:

¡Tontos! Sí, creo que todo el mundo se ha vuelto tonto, o nació así. Ese hombre con peluca, ese canciller… ¿Qué creen que hizo? Quemó toda la correspondencia de su padre con el Papa, Swift, Arbuthnot, etc. ¿Por qué creen? Porque algunas de las cartas eran indiscretas. Seguramente pensó que, si no se quemaban, terminarían siendo publicadas. Pero en realidad sospecho que la indiscreción radicaba en que había algunas verdades que no era apropiado conservar, teniendo en cuenta ciertos factores. Eso es precisamente lo que me gustaría haber visto. De lo contrario, había tanta discreción, y tan poco de cualquier otra cosa, aparte de hipocresía, en todas las cartas de esos hombres que han aparecido, que no lamentaría tanto la “estupidez discreta” que ahora se ha quemado. Por cierto, ¿alguna vez les conté un bon mot muy admirable del señor Bentley? Me hablaba de una anciana devota llamada St. John, quien quemó todo un baúl lleno de cartas del famoso lord Rochester. “Por eso”, dijo el señor Bentley, “su alma arde ahora en el cielo”. La extrañeza, la confusión y la gracia de esa idea me sorprendieron sobremanera.[424]

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“Eso es justo lo que me habría gustado ver”… Esa es la pasión del que escribe cartas. Sin duda, todo eso era muy indiscreto, pero “eso es justo lo que me habría gustado ver”. La indiscreción es la mejor prueba de que la correspondencia era íntima, de que no se trataba simplemente de una serie de mensajes ni de un volumen de ensayos. Quemarlas era una forma sumamente segura de deshacerse de ellas… pero también sumamente deplorable.

Un buen escritor de cartas, como Walpole o Lamb, apenas se preocupa más por la educación del lector que por la discreción. Lo que le importa son las noticias. Se mueve con facilidad por los niveles más bajos de la vida, contento con divagar en lugar de elevarse, y olvida las filosofías elevadas y las verdades abstractas. Lo que ofrece a su amigo es compañía, no educación. Las noticias de ayer suelen ser más difíciles de obtener que los conocimientos acumulados a lo largo de los siglos; toda la sabiduría del Oriente no sirve para escribir una buena carta.

Este ideal de correspondencia cercana fue plenamente expresado en el siglo XVIII. Sería posible construir toda una filosofía sobre este tema si se recopilaran una serie de citas de cartas del siglo XVIII. Incluso las mujeres más cultas apreciaban la sencillez de las cartas. Hannah More nunca escribió frases más sabias que estas:

“Si quiero sabiduría, sentimiento o información, puedo encontrarlas mucho mejor en los libros que en las cartas. Lo que quiero en una carta es una imagen de la mente de mi amigo, así como el sentido común de su vida. Quiero saber qué está diciendo y haciendo; quiero que me muestre su interior, sin disimulos, sin pretender ser mejor de lo que es, sin escribir con el fin de crear un personaje ficticio. Siento lo mismo al escribirle a él. Por lo tanto, mi carta no tiene valor alguno para una persona indiferente, pero sí tiene valor para mi amigo, que se preocupa por mí.”[425]

Madame du Deffand, una sucesora digna de Madame de Sévigné, habría estado de acuerdo con todo esto. Ella también creía que la física y la metafísica no tenían lugar en la correspondencia, y detestaba las cartas de Abelardo y…

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Héloïse, porque carecían de ese tono de intimidad y estaban llenos de cosas “falsas, exageradas, repugnantes”. Ella le suplicaba a Walpole que llenara sus cartas de trivialidades, que le enviara noticias sobre sus perros, Vachette y Rosette, que describiera sus curiosidades y que omitiera cualquier tema político. “Me gustan todos los detalles domésticos… En las cartas de Madame de Sévigné ese es uno de los aspectos que más me gustan.”[426] Aquí había una correspondiente digna de la pluma de Walpole. Durante mucho tiempo fue costumbre burlarse de Walpole por sus chismes. Lord Macaulay no dudó en ridiculizarlo con palabras tan excesivas como las propias del escándalo; pero ahora el estilo de Macaulay da paso a disculpas y justificaciones igualmente dañinas. Walpole era, sin duda alguna, un chismoso incorregible; ¿por qué evitar esa palabra? Él mismo no lo hacía. Por el contrario, fue el primero en acusarlo de ello. Ya en 1749 llamó a sus cartas dirigidas a Horace Mann “gacetas de chismes”; sin embargo, quizás esas cartas estén tan poco sujetas a esa acusación como cualquier otra carta que escribió. La misma acusación se dirigió contra la ídola de Walpole, Madame de Sévigné. Lady Mary Wortley Montagu solo encontró chismes en sus cartas: “a veces, los chismes de una dama distinguida; otras veces, los de una nodriza anciana; siempre chismes.”[427] Se puede hacer una acusación similar contra Cowper, Lamb, Jane Carlyle y todos aquellos escritores favoritos de las cartas. Siempre está a mano para quienes prefieren las disquisiciones a las noticias. En cuanto a las cartas de Walpole, casi podrían considerarse como una defensa encantadora de ese vicio. Claro está, los chismes son algo realmente terrible; pero incluso sus oponentes más acérrimos difícilmente pueden negar que, a veces, han sido el elemento fundamental de algunas obras literarias realmente excelentes. ¿Qué es Pepys si no chismes? ¿Qué sería Boswell sin sus chismes? Incluso las obras que pretenden atacar los chismes suelen resultar interesantes sobre todo por ilustrar aquello que denuncian. Miren la carrera de Lady Teazle: mientras mantiene su lugar en la “Escuela del Escándalo”, es humana, casi encantadora y completamente deleitable; pero en cuanto es “reformada”, se vuelve completamente insignificante. Su aparición en el quinto acto es el momento más aburrido de la obra, y su comportamiento es completamente…

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Poco convincente y quizás falso. No se puede pensar en ella sin sus deslumbrantes erupciones de escándalos; cuando deja de contar chismes, es tan aburrida como María, y nos alegramos de que la obra haya terminado. Si existe un espectáculo más deprimente que un pájaro que ha perdido sus alas, es un ingenio que ha domado la lengua.

El chisme, en sus formas más leves, puede incluso denotar un interés sereno por las pequeñas cosas de la vida, lo cual es verdaderamente admirable. Las cartas de Cowper, que sin duda Lady Mary habría encontrado tan llenas de rumores como las de Madame de Sévigné, son, en el verdadero sentido de la palabra, el tesoro de los humildes. Las cosas más bellas de ellas son, al igual que las más bellas de *The Task*, descripciones de trivialidades domésticas. La carta más encantadora que Cowper escribió describe a un conejo fugitivo. La excelencia de Cowper como escritor de cartas es una ilustración inestimable del hecho de que un hombre puede ser maestro de este arte aunque su vida carezca de emociones o romanticismo. Los grandes exploradores y aventureros rara vez fueron buenos escritores de cartas. Macaulay se burló de Walpole porque hacía de las trivialidades un asunto serio; pero precisamente en eso radica la mitad del encanto de las cartas de Walpole. Ni Walpole ni Cowper podrían haber escrito las cartas que escribieron sin ese amor; el primero infunde tanto interés en cruzar el Canal como en cruzar los Alpes, y el segundo nos divierte tanto con la pérdida de un conejo como con el descubrimiento de un continente. Como Biron en la conversación:

Su mirada genera ocasión para su ingenio;
Por cada objeto que la primera capta,
La segunda lo convierte en una broma divertida,
Que su hermosa lengua, expositora de la vanidad,
Expresa con palabras tan adecuadas y graciosas,
Que los oídos ancianos huyen de sus relatos,
Y los más jóvenes quedan completamente fascinados;
Tan dulce y elocuente es su discurso.

La exhibición de tal ingenio resulta aún más encantadora en una carta debido a la gran intimidad del contenido. No se hace para entretener a un grupo, sino para deleitar a un amigo. Cada carta verdadera es un regalo. Si alcanza el nivel de la literatura, es literatura creada en honor a una persona, y es

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Es algo que se puede atesorar o destruir. Por lo tanto, es el tipo literario más personal y privado de todos, ya que es el único que puede considerarse como propiedad exclusiva e íntima de un individuo. El amante de las letras es tan celoso como insaciable. Al igual que Madame du Deffand con las cartas de Walpole, siempre está buscando a alguien con quien compartir sus placeres, pero descubre una y otra vez que nadie merece ese honor;[428] y, al igual que ella, su pasión es tal que daría las dos cartas que posee por aquella que está esperando. El secreto de este celoso sentido de posesión radica en el hecho de que cada carta íntima está realmente impregnada de dos personalidades, una de las cuales es la del destinatario.

Esta clase de correspondencia íntima no dejó de tener efecto en la literatura inglesa. La idealización de la intimidad que la hizo posible fomentó el amor por la sencillez y por un tono más cercano. Curiosamente, este tipo de literatura estaba en armonía con el nuevo romanticismo en su exigencia de lo natural. El estilo en el que se expresaba estaba cincuenta años por delante de su tiempo, y ya presagiaba el tono más cercano de autores como Lamb y Hazlitt. El siguiente pasaje de Walpole es típico:

Cada verano vivimos en un estado de rebelión y quejas, y he encontrado la razón. Es porque pretendemos tener un verano, cuando en realidad no tenemos derecho alguno a algo así. Nuestros poetas aprendieron su oficio de los romanos, y por eso adoptaron los términos de sus maestros. Hablan de arboledas sombreadas, arroyos murmurantes y brisas frescas, y nosotros nos quedamos con dolor de garganta y fiebre al intentar hacer realidad esas visiones. El maestro Damon escribe una canción e invita a la señorita Chloe a disfrutar de la frescura de la tarde, pero nosotros no tenemos nada parecido a una tarde fresca. Zefiro es un viento del noreste que hace que Damon se abroche hasta la barbilla y pellizque la nariz de Chloe hasta dejarla roja y azul; luego gritan: “Este es un mal verano”, como si nunca hubiéramos tenido otro. El mejor sol que tenemos proviene del carbón de Newcastle, y estoy decidido a no contar jamás con otro. Nos arruinamos invitando árboles extranjeros, y hacemos…

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Nuestras casas se encaraman en las colinas para contemplar el paisaje. ¡Cómo se reirían de nosotros nuestros antepasados, que sabían que no había comodidad alguna a menos que uno tuviera una colina alta delante de la nariz y madera gruesa y cálida a sus espaldas![429]

Si el estilo de la prosa del siglo XIX representa una mejora con respecto al del siglo XVIII en cuanto a vivacidad, entonces sin duda un pasaje como este debe considerarse como una muestra de ese progreso. Es sorprendente cuán extendido estaba el conocimiento de este arte. Hay decenas de epistolistas de finales de siglo cuyas cartas pueden leerse con placer. Incluso la señora Montagu podía bajar de las alturas el tiempo suficiente para escribir en este tono agradable a la señora Garrick y a la señorita More:

Estimadas y encantadoras damas, ¿beberán té conmigo el jueves con un grupo muy reducido? Creo que ha pasado ya mucho tiempo, aunque no sea una edad de oro, desde que las vi por última vez.[430]

Con la presencia de epistolistas como Cowper, Johnson, lady Mary Wortley Montagu y Horace Walpole, por no mencionar innumerables nombres menores, no es exagerado decir que la carta era el medio preferido de esa época, así como el ensayo periódico lo fue en el período anterior y el teatro en la época isabelina. Siempre seguirá siendo el mejor registro general de la vida social del siglo; pero su valor va más allá de eso. Puede leerse sobre la vida bulliciosa de esa época en sus novelas, puede encontrarse su solidez en Johnson y su superficialidad en Chesterfield; puede observarse su miseria en Hogarth o su gracia en Reynolds; pero para apreciar su sencillez, sus intimidades afectuosas y su facilidad sonriente, hay que recurrir a sus cartas.

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CAPÍTULO XIV
Fanny Burney y el arte del diarista

El Diario de Fanny Burney no puede, al igual que las conversaciones de Johnson o la correspondencia de Walpole, considerarse quizás el mejor ejemplo de su género. De las artes que estamos analizando, la del diarista es la más difícil de definir o caracterizar; ya que, en un extremo, puede reducirse a la monotonía de un calendario, y en el otro, puede registrar las angustias del intento de un alma por ser honesta con su Dios o consigo misma. Obras tan distintas como el Diario de Pepys y las Confesiones de Rousseau parecen desafiar todo intento de definición común. El Diario de la señorita Burney, a diferencia de estas obras, no presenta problemas psicológicos; existe con el propósito sencillo y atractivo de registrar acontecimientos de interés. Al principio, decidió nunca mezclar en sus anotaciones sus “sentimientos religiosos, opiniones, esperanzas, miedos, creencias o aspiraciones”; reservaría su diario para trivialidades mundanas. Si bien no se encuentra entre los mejores diarios del mundo, sí está entre los más normales; y no es imposible definirlo de forma aproximada. Los diarios de este tipo pueden describirse como una especie de carta dirigida a uno mismo.

Sin embargo, el Diario de la señorita Burney fue escrito para ser leído por otros además de ella misma. Estaba dirigido a sus hermanas, a quienes se enviaban partes de él de vez en cuando. Por lo tanto, tiene en gran medida la naturaleza de una correspondencia privada, y mucho de lo que se ha dicho sobre ese tipo de texto aplica obviamente a este. Pero existen diferencias importantes. La grandeza del diario ciertamente no radica en el tratamiento encantador de las trivialidades domésticas y personales. Tampoco la señorita Burney describe las cosas de manera exagerada por amor a la descripción, como suelen hacer los conversadores y los escritores de cartas. Ella no está comunicando sus propios pensamientos, sino la vida importante con la que está en contacto. No desea tanto que el lector la vea a ella, como que…

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Debería ver con sus propios ojos… Y su visión artística era extraordinariamente aguda y perspicaz. El Diario es, por tanto, más bien un panorama que un retrato. Leemos diarios ya sea para conocer la personalidad del escritor o los acontecimientos descritos. El carácter de Fanny Burney, que combina dulzura, timidez, sabiduría y orgullo, no plantea problemas especiales ni despierta un interés excepcional. Lo que ella vio y oyó, las personas que la amaron, las que la quisieron cerca de sí y las que, no pocas veces, se aprovecharon de ella: todo esto constituye el interés del libro; son estos elementos, junto con el arte con el que se nos presentan, lo que hace que el Diario sea lo que es. La idea que queda grabada para siempre en la mente del lector es que la señorita Burney fue una mujer muy afortunada. A pesar de sufrir de timidez y de un excesivo sentido de la decencia, fácilmente podría haber tenido que llevar una vida tan reclusa como la de su amigo, el señor Crisp de Chessington; sin embargo, en realidad Johnson mismo no solía relacionarse con tantas personas como uno desearía conocer. La actitud humilde de la joven tuvo un valor real a la hora de ampliar su círculo de conocidos deseables, una vez que se hizo famosa. Una vez famosa, repito, la mayoría de sus amigos interesantes y experiencias surgieron gracias a su celebridad y al apoyo de las mujeres cultas que la rodearon. Fue la señora Thrale quien introdujo a Fanny Burney en el gran mundo que ella misma iba a embellecer y registrar; pero el interés de la señora Thrale se dirigía más bien hacia la autora de Evelina que hacia esa joven tímida de St. Martin Street. Rara vez se ha dado una acogida tan halagadora a una entrada tan tímida en el mundo literario. La joven que había entregado su novela en la oscuridad y bajo anonimato, como si se tratara de mercancía robada, pronto descubrió que todas las mujeres cultas de Londres estaban a sus pies, y que el Rey de las Letras la proclamaba igual a Fielding. Uno se pregunta qué habría sido de ella si hubiera comenzado su carrera con The Wanderer en lugar de Evelina. Tuvo la suerte de escribir primero su mejor novela —algunos dirían su única buena novela—; y de ese feliz comienzo surgió todo el resto de su buena fortuna.

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Quienes estudian la carrera de la señorita Burney deben recordar que la aparición de Evelina, en 1778, marca un período definitorio en la historia de la contribución de las mujeres a la literatura inglesa. La opinión de Johnson sobre el libro fue, por supuesto, absurdamente errónea, y es lógico suponer que su caballerosidad (por una vez) prevaleció sobre su juicio; sin embargo, es imposible negar la importancia excepcional del libro. Fue la obra creativa más grande que había producido hasta entonces una mujer inglesa. Todavía se lee con deleite por parte de personas que nunca han oído hablar de Oroonoko de Aphra Behn, Peter Simple de la señorita Fielding o El Quijote femenino de Charlotte Lennox. Las miembros de ese círculo estaban en lo cierto al pensar que la autora había impuesto una nueva valoración del género femenino. El respeto por su obra era universal: se esperaban de ella cosas extravagantes, incluso imposibles. Fue entonces cuando se consideró que la modestia de la señorita Burney (tan cuidadosamente cultivada) no era más que una gracia adicional. Incluso el satírico más cruel no podía encontrar en “la pequeña Burney” rastro alguno de la arrogancia propia de una mujer erudita. Daba la impresión de odiar sus talentos y la fama que le habían sido impuestos. Su actitud humilde y su dulzura juvenil (pues aún tenía aspecto de muchacha a los veintiséis años) la convertían en el deleite de cualquier salón al que accedía, y con frecuencia recibía admiración y atención social que hubiera preferido no tener. Finalmente, en un momento difícil, su nombre llegó a oídos de la reina Carlota. Pero, por el momento, todo era dulzura, triunfo y popularidad. Su posición entre esos miembros del círculo era destacada; era querida por todos ellos. Era leal a la señora Thrale sin sacrificar el respeto de la señora Montagu ni ofender de ninguna manera a su querida señora Ord. Casi logró reconciliar a la severa anciana señora Delany con la querida duquesa de Portland respecto a la excelencia literaria de las mujeres. Fuera de ese círculo también gozaba de gran estima. Johnson la quería como a una hija y decía estar contento de “dejar su nombre en la memoria de las generaciones futuras” vinculado al de ella. Burke, que leyó Evelina repetidamente, la distinguió con un saludo especial cuando apareció en el juicio de Warren Hastings, al igual que el propio prisionero. Wyndham

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Estaba encantada de conversar con ella hora tras hora. Walpole la recibió en Strawberry Hill y quedó igualmente complacido con su forma sencilla de ser que con el hecho de que la señora Montagu ahora tuviera a alguien por encima de ella. Si la señorita Burney hubiera querido abrir un salón, podría haber gobernado sobre esos hombres como una Lespinasse más racional. Cuanto más se habla de su fortuna, más evidente se vuelve. De niña tuvo a David Garrick como compañero de juegos adulto; de joven tuvo el privilegio de recibir a Sarah Siddons en la corte; más tarde en su vida, conversó en términos de intimidad con Madame de Staël. Pasó el día en el estudio de Reynolds y observó las estrellas a través del telescopio de Herschel. En Windsor la visitó Boswell, con las pruebas en mano; y Sheridan, en la cúspide de su fama, la invitó repetidamente a escribir una comedia. Describió a sus conocidos a la reina Carlota como “no solo muy numerosos, sino también muy variados, abarcando no solo la mayoría de los estratos sociales, sino también la mayoría de los partidos políticos”.[432] Podemos maravillarnos de que la tímida Fanny Burney se convirtiera en novelista; pero difícilmente podía evitar convertirse en cronista. Incluso la gran desgracia de su vida contribuyó a su grandeza. Su vida en la corte, que casi la mata, una vida que ella denomina repetidamente “monástica” y describe como “muerta y aburrida” —palabras fuertes por parte de alguien que creía adorar a la reina— le permitió describir un tipo de vida que, por aburrida que fuera, nunca carece de significado. Si no fuera por ninguna otra razón importante, su relato de esa vida siempre será considerado uno de los grandes dramas de la desilusión. Proporcionó a Macaulay material para una de sus obras más brillantes. Al igual que él, leemos el tercer y cuarto volumen del Diario, que detallan esa vida, con sentimientos de ira hacia los carceleros reales y hacia los ideales de conducta hanoverianos que casi lograron imponerle. El evidente placer de la reina por frenar la actividad literaria de la señorita Burney y por endurecer su sentido de la decencia (que no necesitaba ser endurecido) dificulta emitir un juicio; sin embargo, al reflexionar, se verá que la ira del lector no es más que un homenaje a una de las obras de realismo más efectivas de la literatura. Es cierto que a menudo es aburrido, pero lo mismo ocurre con el realismo.

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Es cierto que la adulación de la señorita Burney hacia la Familia Real es a veces dolorosamente excesiva; pero incluso eso solo realza la descripción de esa vida que, a pesar de toda esa adulación, ella encontró insufrible. La historia de su cautiverio no es menos emocionante que la de Pamela en las garras de la señora Jewkes. Como retrato de una ogresa, la señora Schwellenberg resulta al mismo tiempo más horrible y más realista que la señora Jewkes; a su lado, todas las “viejas dragonas curtidas por el tiempo” de la ficción y el teatro del siglo XVIII palidecen hasta volverse insignificantes. A la señorita Burney se le ha elogiado con frecuencia por haber creado el personaje de madame Duval, pero esa dama es algo completamente ordinario en comparación con esa vieja malvada que no tenía ningún interés más allá del juego de piquet y que repartía el escaso resto de afecto del que era capaz su naturaleza marchita entre su dueña real y sus ranas domesticadas. Sus ambiciones para con Fanny Burney, el ídolo de los románticos, eran que aprendiera a jugar piquet, dejara de escribir y se convirtiera en algo similar a ella misma: una simple criada. Pocos personajes en la literatura son al mismo tiempo tan cómicos y tan repugnantes. Podría pensarse que la representación de la señora Schwellenberg es fruto simplemente del disgusto, si la señorita Burney no hubiera demostrado, al mismo tiempo, mediante el retrato de la reina Carlota, que su visión nunca fue más aguda y su juicio sobre los caracteres nunca más imparcial. No tenía ninguna intención de analizar a su ama. Como amante de las familias reales, estaba mucho más inclinada a idealizarla; pero, a pesar de ello, tenía un talento para la veracidad y no podía evitar reflejar la naturaleza real con una precisión fatal. Se trata de la revelación de una realeza que no puede concebir la felicidad fuera de su propia presencia, de una etiqueta regia en la que la dulzura natural se pierde en un egoísmo adquirido. En cuanto a sutileza y moderación, esta caracterización es insuperable en su propio siglo, y rara vez igualada en el siglo siguiente, a pesar de todo su psicologismo y realismo. El triunfo del realismo de la señorita Burney sobre sus inclinaciones personales puede ilustrarse colocando una junto a otra dos frases extraídas del mismo texto.

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Entrada en el Diario del 17 de diciembre de 1790: «Su Majestad fue muy amable durante este tiempo, y las princesas se interesaron por mí con una dulzura que me resultó sumamente grata». Esta es la expresión de lo que es apropiado por parte de la encargada de los atuendos reales; pero en la página siguiente esa expresión se desvanece ante su sentido de la realidad: «Aunque a menudo estaba tan enferma en su presencia que apenas podía mantenerme en pie, vi que ella me consideraba, mientras viviera, inevitablemente suya».

Estos episodios cortesanos en el Diario de la señorita Burney son de especial utilidad para mostrar sus dotes de caracterización. Las secciones anteriores del libro tratan de personas no menos interesantes, pero tan familiares para nosotros por otras fuentes que la habilidad de la señorita Burney para describirlas no se percibe con tanta facilidad. Nuestro placer al leer sobre Johnson y la señora Thrale, sobre Reynolds y la señora Montagu no se ve mezclado con sorpresa alguna, porque el arte de la autora parece limitarse a reflejar, o a lo sumo a amplificar, lo que ya hemos visto en otros lugares. Es cuando tiene la oportunidad de presentarnos a personas a las que no hemos conocido antes, como «el señor Turbulent» y la señora Schwellenberg, cuando comenzamos a percibir el alcance de sus capacidades. Sus cinco años de encarcelamiento no afectan en absoluto su capacidad para observar la naturaleza humana. La aparición repentina de James Boswell en escena es un pasaje tan cautivador como cualquier otro del diario entero; el contraste entre su amable solícitud y la torpe solícitud del señor Turbulent es prueba suficiente de que la señorita Burney ha conservado toda su antigua habilidad para caracterizar a los personajes. Tampoco ha desaparecido en la autora de Evelina ese sentido del escenario bullicioso. La tranquila dama de modales correctos seguía teniendo gusto por la comedia exuberante, como pueden demostrar las páginas siguientes. La escena tiene lugar en la mesa de la señora Schwellenberg; la ocasión es una cena de los sirvientes reales en honor al cumpleaños del rey; el protagonista principal es el duque de Clarence (más tarde Guillermo IV), el Marinero Real, quien, según las palabras de la señorita Burney —y estas son significativas de su conciencia artística—, se muestra «en colores verdaderos».

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Al ver que ahora traían champán para el Duque, ordenó que lo sirvieran a todos. Cuando llegó mi turno, susurré al criado Westerhaults que se lo llevara; pero el Duque golpeó violentamente la mesa con la mano y gritó: “¡Oh! ¡Tú tienes que beberlo!”. No había forma de resistirse. Todos nos levantamos, y el Duque brindó solemnemente por la realeza. “Y ahora”, exclamó, haciéndonos sentar de nuevo, “¿dónde están mis malditos sirvientes? No llegaré a tiempo para el baile; además, tengo a un sastre esperando para arreglarme las hombreras. ¡Vamos, ve a buscar a mis sirvientes! ¿Me oyen? ¡Apúrate!” William salió corriendo. “Vamos, brindemos otra vez por la salud del Rey. De Luc, bébelo. ¡Aquí tiene, champán para De Luc!” Ojalá pudieran haber visto la expresión de De Luc: medio contento, medio alarmado. Pero el vino llegó y él lo bebió, mientras el Duque bebía también una buena cantidad. “Pobre Stanhope”, exclamó; “¡Stanhope también debe tener un vaso! ¡Aquí tiene, champán! ¿Qué están haciendo? ¿Por qué no le dan champán al pobre Stanhope?” El señor Stanhope, con gran placer, accedió, y el Duque volvió a brindar con él. “¡Vengan aquí, ¿me oyen?!”, gritó el Duque a los sirvientes. Cuando el hombre de la señora Stainforth se acercó, lentamente y sumisamente, el Duque le dio una fuerte bofetada en la espalda y gritó: “¡Te colgaré! ¿Por qué no vas a buscar a mis malditos sirvientes?”. El hombre huyó rápidamente, y entonces el Duque le dijo a Westerhaults: “¡Oye! Trae otro vaso de champán para el señor De Luc”.

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El señor De Luc conoce demasiado bien a estos jóvenes reales como para arriesgarse a un experimento tan vano como discutir con ellos; así que simplemente se encogió de hombros y bebió el vino. El duque hizo lo mismo.
“Y ahora, pobre Stanhope”, exclamó el duque, “dale otro a pobre Stanhope, ¿me oyes?”
“¿Acaso Su Alteza Real no teme”, gritó el señor Stanhope, mostrando todos sus dientes prestados, “que pueda volverse un poco arrogante, como dicen los demás, si sigo así?”
“¡Para nada! No hay causa mejor para emborracharse. Yo mismo me emborracharía si no fuera por el baile. ¡Aquí, champán! Otra copa para el filósofo… Yo me mantengo sobrio por Mary…”
Luego dijo que era necesario brindar por la salud de la reina. Los caballeros presentes no objetaron nada, aunque el señor De Luc arqueó las cejas, mostrando su miedo a las consecuencias.
“¡Un brindis!”, exclamó el duque, “por el mayordomo de la reina”.
Todos se levantaron y brindaron por la salud de la reina.
“Aquí estamos tres de nosotros”, dijo el duque, “todos pertenecientes a la reina: el filósofo de la reina, el mayordomo de la reina y el hijo de la reina; pero, gracias a Dios, yo estoy más cerca”.
“Señor”, dijo el señor Stanhope, un poco ofendido, “ya no soy el mayordomo de la reina; ahora soy el escudero de la reina, señor”.
“¡Otra copa de champán! ¿Por qué tardan tanto? ¿Dónde se han metido todos mis bribones? Ya me han puesto de mal humor esta mañana. Vamos, una copa de champán para el mayordomo de la reina”, riendo a carcajadas.
“No, señor”, repitió el señor Stanhope, “ahora soy escudero”.

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“¡Y otra copa para el filósofo de la Reina!”
Ninguno de los caballeros objetó; pero la señora Schwellenberg, que había estado sentada riendo y feliz todo ese tiempo, ahora se preocupó y dijo: “Su Alteza Real, temo por el baile”.
“Cállate ya, querida”, exclamó el duque, dándole unas palmaditas; pero, recuperando la compostura, tomó su mano y la besó bruscamente. Luego, apartándola rápidamente, se rió en voz alta y dijo: “¡Ahí! Eso compensará cualquier cosa. Ahora puedo decir lo que quiera. ¡Aquí tiene! Una copa de champán para el filósofo de la Reina y para el caballero encargado de recibir a los invitados. ¡Que me cuelguen si eso no les hace un bien enorme!”
En ese momento llegaron noticias de que el carruaje estaba listo. Se levantó de inmediato, gritando: “¡Bueno, entonces, a buscar a mi sastre!”[433]

Se podrían citar escenas igualmente vívidas, aunque no tan bulliciosas, en cada capítulo de la obra; citarlas todas equivaldría a publicar la mitad del Diario. La selección presentada aquí es suficiente para demostrar por qué la escritura de la señorita Burney siempre se califica como dramática. En parte, el Diario es tan similar a una novela que surge la pregunta de si realmente puede considerarse un registro fiable de los hechos. ¿Acaso la imaginación de la autora no jugó libremente con los acontecimientos? ¿No seleccionó, organizó e interpretó los hechos según las exigencias del arte y no de la historia? ¿Las conversaciones no están exageradas? ¿La autora no sigue siendo, en el fondo, una novelista? Preguntas de esta índole apenas pueden responderse de manera precisa. En general, el Diario es un documento veraz y un relato fiable de la vida que describe. Con solo echar un vistazo al libro se puede comprobar que la señorita Burney carecía casi por completo de la pasión de Boswell por la literalidad, por las fechas exactas y por las pruebas escritas. Pero Boswell era único en su generación, y además era abogado. La señorita Burney escribía para entretener a sus hermanas, no para informar al público; sin embargo, hay pasajes que demuestran que poseía una memoria excepcionalmente precisa. Ella

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Ocurre una vez tener la oportunidad[434] de citar una carta de memoria; una comparación de ella con el original, que casualmente existe, no revela ninguna señal de interpretación errónea, y demuestra que la copia es, de hecho, casi una reproducción literal del original. Debemos recordar que la señorita Burney tenía por costumbre llevar un diario, anotando las conversaciones que le interesaban, desde los quince años; y que esto fortaleció tanto su memoria como sus capacidades de observación. Fue a una práctica similar a la que Boswell debió su habilidad para registrar las conversaciones con precisión; y él mismo afirmó que esa habilidad crecía con la práctica. No hay razón para suponer que los resultados en un caso fueran radicalmente diferentes de los del otro. Lo cierto es que el registro que la señorita Burney hizo de las conversaciones de Johnson no es en modo alguno incompatible con el de Boswell. Decir que al describir la vida en Streatham o en la Corte utilizó su habilidad para seleccionar información y que empleó el juicio de una novelista para iniciar y terminar una conversación de manera efectiva no es más que repetir que el Diario es una obra de arte. El juicio en la elección de los hechos que se registran no necesariamente indica una interpretación errónea de ellos.

Solo hay una cualidad en la señorita Burney que socava la confianza del lector en su juicio sobre el carácter de los demás. Hay en ella una tendencia al emocionalismo que los irreverentes calificarían de excesivo sentimentalismo. Estaba influenciada por el sentimentalismo de su época. La lágrima de sensibilidad siempre está a punto de brotar en sus ojos. Su afecto por la señora Thrale, la señora Locke, la señora Delany y la mayoría de las demás damas, por “querido papá Crisp”, por “querido sir Joshua”, es tan exuberante que hace que todos los términos cariñosos parezcan vulgares.

Apenas menos preocupante que este sentimentalismo es la autoconciencia de la dama, que ella confundió con la virtud de la modestia. Los halagos que le causaban rubor de vergüenza y la mantenían al borde del desmayo, los halagos que la hacían encerrarse en un rincón o retirarse confundida de la escena, los elogios que eran demasiado groseros para sus oídos: todo esto está registrado en detalle y con algo que resulta desagradablemente entusiasta.

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Fluye a través del Diario como un río apocalíptico de miel. Macaulay nos recuerda, muy acertadamente, que todo esto era «para los ojos de dos o tres personas que la habían amado desde la infancia, que la habían amado en la oscuridad, y a quienes su fama les procuraba el placer más puro y exquisito». Esto es cierto, sin duda; pero ¿no podrían el padre y las hermanas haber encontrado placer sin esta excesiva dulzura, «de la cual un poco más de lo necesario ya es demasiado»? Todo esto es muy humano, por supuesto, y sería caballeroso olvidarlo. Pero toda la caballería del mundo no puede ocultar el hecho de que se trata de una mancha grave en el arte del Diario, una mancha que no podemos sino desear que desaparezca de una obra tan espléndida.

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CAPÍTULO XV
Boswell y el arte de la biografía íntima

Es privilegio de pocos hombres, en cualquier época, elevar un arte a tal perfección que se convierta, en efecto, en algo nuevo. El desarrollo de la biografía íntima sigue siendo, en gran medida, obra de un solo hombre. Después de cien años de memorias, recuerdos personales e entrevistas, Boswell sigue siendo, sin duda, el más grande de los biógrafos, tanto como cuando calificó su libro como “el primero del mundo”, o como cuando, cincuenta años después, Macaulay lo comparó con un caballo de carreras, diciendo: “Eclipse es el primero; los demás no cuentan”. Los biógrafos posteriores no pueden superarlo, ni los anteriores logran explicar su genialidad. Una comparación de su obra con las anteriores sirve únicamente para revelar su absoluta singularidad. Si algún biógrafo anterior sugiere un punto de comparación en su registro realista de las conversaciones, la escasez de detalles en su obra impide hacerse una idea de toda la vida que está describiendo; si otro parece similar a Boswell al negarse a escribir meras alabanzas, este último resulta frío y analítico, mientras que Boswell es cálido y lleno de vida. Otras vidas nos ofrecen cosas admirables: conversaciones en mesa, retratos, elogios fúnebres, unas pocas anécdotas, una lista de fechas desde el nacimiento hasta el funeral, o un volumen de cartas; pero Boswell nos da todo esto y mucho más. Aspira a ser tan completo como la vida misma. Boswell conocía y apreciaba otras biografías, pero apenas se dejó influir por ellas. Conocía a Plutarco, Jenofonte y Valerio Máximo entre los antiguos, y a Timber de Jonson, Table-Talk de Selden y Anecdotes de Spence entre los modernos; pero no se parece a ninguno de ellos. Los supera a todos en intimidad, variedad y en aquello que, por falta de un término mejor, podría llamarse su calidad constante. Leer a Boswell después de estos autores es como pasar de un estudio en blanco y negro a una pintura flamenca.

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Boswell, el periodista
De una serie de caricaturas del periódico realizadas por Rowlandson y Collings

En la medida en que se pueda decir que aprendió su arte de alguien, su maestro fue el propio Johnson. La primera frase de la biografía proclama la superioridad de Johnson sobre todos los demás en cuanto a la redacción de las vidas ajenas. Los dos hombres discutían con frecuencia sobre la biografía, y Boswell también estaba bien informado sobre los comentarios publicados por Johnson al respecto. Johnson enunció, con cierta coherencia, la teoría de la biografía íntima, pero nunca la puso plenamente en práctica en ninguna de sus obras. Por eso solía afirmar que la autobiografía era superior a la biografía, por la sencilla razón de que una persona podía revelar más fácilmente los hechos relacionados consigo misma. Si la vida de un hombre ha de ser escrita por otra persona distinta a él, debería serlo por alguien que haya “comido y bebido y vivido en contacto social con él”. El material para la biografía…

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Afirma, en distintas ocasiones, que se trata de “cosas insignificantes”, de las “sutiles características de la mente”, de las “minuciosas particularidades del comportamiento”, de los “asuntos privados domésticos” y de los “detalles más pequeños de la vida cotidiana”. Aprobaba la inclusión de muchas anécdotas en las biografías, utilizaba tales incidentes con libertad en sus propias obras y animó a Boswell a registrarlas. Sin embargo, en ningún lugar aplicó plenamente sus teorías. De hecho, le era imposible hacerlo en Las vidas de los poetas, ya que, con la excepción de Savage, no había mantenido una relación de verdadera intimidad con ninguno de esos hombres. Si hubiera escrito la biografía de Goldsmith, como alguna vez pensó hacer, quizás, de no haber sido por su pereza, habría podido crear un libro que ilustrara sus propias teorías. No obstante, a pesar de esta falta de intimidad en Las vidas de los poetas, fue atacado por hacerlas demasiado familiares. Potter, protegido de la señora Montagu, denunció su introducción de cosas insignificantes en la biografía seria, considerando que era indigno de ese arte mencionar que Pope llevaba tres pares de medias para aumentar el tamaño de sus piernas, o que le gustaba comer lampreas en maceta calentadas en una olla de plata. “Sabemos”, escribe el crítico, “que los hombres más grandes están sujetos a las debilidades de la naturaleza humana tanto como los más vulgares; ¿por qué, entonces, se registran estas debilidades?”. Esta frase puede considerarse un resumen de la concepción general de la biografía antes de Boswell. La muerte de un hombre parecía ser considerada como una oportunidad para racionalizar sus opiniones y perfeccionar su carácter. El deber del biógrafo era olvidar todos los vicios e idealizar todas las virtudes, con el propósito loable de presentar al público un modelo ejemplar de conducta. “Quien escribe la vida de otro”, escribió Johnson en El ocioso, “procura ocultar al hombre real para poder crear un héroe”. Incluso Johnson nunca estuvo del todo seguro de hasta qué punto era apropiado describir los vicios de un hombre al escribir su biografía. Boswell señala la inconsistencia en sus opiniones. Cuando surgió el tema del consumo de alcohol por parte del poeta Parnell, Johnson comentó: “El ejemplo puede causar más daño que contar toda la verdad”; pero en otra ocasión dijo: “Si alguien va a escribir un panegírico, puede mantener los vicios fuera de la vista; pero si pretende escribir una vida, debe representarla tal como realmente es”.

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Era… Sería una advertencia útil para evitar beber, ya que se vio que incluso el talento y la inteligencia de Parnell podían verse empañados por ello.[435] En la práctica, está claro que Johnson prefería equivocarse por el lado de la franqueza. Potter se sorprendió porque reveló la avidez de Addison al repetir la historia ya trillada de cómo Steele fue obligado a pagar una deuda de 100 libras. Si la biografía se considera sirvienta de la moralidad, y se prefiere el elogio a la realidad, tales detalles son, por supuesto, peores que inútiles. Beattie insiste en «la distinción adecuada entre lo que merece ser conocido y lo que debe ser olvidado».[436] La señorita Burney consideraba que la publicación de cartas literalmente era el «mayor daño» para la memoria de un hombre. Horace Walpole, quien deploraba toda política de censura, no obstante daba al biógrafo de Gray, Mason, el consejo convencional. Afirmaba que la publicación de la vida de Gray era una oportunidad para establecer el carácter de ese poeta como «intachable». Se sorprendió por la sección de la biografía que Mason le había sometido a su crítica, porque era honesta y franca. «¿Qué puede provocar que seas tan imprudente?... Sabes que mi idea era que tu obra consagrara su nombre».[437] Una vez adoptada tal teoría de consagración, el autor de una biografía es llevado sin piedad hacia el panegírico; pues, al no atreverse a confiar en que el público interprete los hechos, debe suprimir todo lo que no sea admirable, para que incluso la mención de la más mínima falta no sea vista como indicio de la existencia de miles de defectos que se pasan por alto en silencio. Una vez que se decide barnizar algo, hay que hacerlo a fondo, ya que cualquier grieta o zona sin barniz que revele el material de abajo arruina todo el efecto.
Ante un público con estas elevadas nociones de decencia, Boswell, sacrificando amablemente lo poco que le quedaba de su reputación, dirigió en 1785 su *Journal of a Tour to the Hebrides with Samuel Johnson*... «conteniendo... una serie de sus conversaciones, anécdotas literarias y opiniones sobre hombres y libros». Era un revoltijo de chismes como los que los lectores hasta entonces solo habían visto en los folletos de dos peniques de los difamadores de Grub Street; pero estaba presentado de forma...

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con una abundancia de detalles que capturaban lo más frívolo y un aire de autenticidad que convencía a los más escépticos. Describía a un gran hombre que llevaba solo unos meses en su tumba. Estaba escrito con veneración, pero sin ningún tipo de respeto, como si un criado hubiera colaborado con el Ángel Registrador. Desafiaba todas las restricciones y superaba los límites más extremos de la decencia. Nunca se había oído nada parecido. Incluso en nuestros días, en un mundo cuyos nervios están agotados por miles de revelaciones, un libro así sería una sorpresa; pero en el mundo de 1786 fue una revelación de nuevas posibilidades en la literatura, tan alarmantes como entretenidas. Con toda la franqueza de Pepys, el autor combina la habilidad consciente de quien ha dominado el arte de la anécdota con la alegría de un hombre vanidoso que se da cuenta de que está a punto de alcanzar la fama por uno de los caminos alternativos de la literatura. En 1785 era difícil determinar si la teoría de Johnson sobre la biografía íntima se había puesto en práctica o se había distorsionado en este libro. Era evidente que él mismo se había engañado. El mundo se enteró con la mayor precisión posible de cómo rezaba y de cómo lo convencieron de usar una gorra de lana para dormir. Cada una de sus palabras más insignificantes quedaba registrada, como si se estuviera utilizando un dictógrafo. “A menudo he pensado que, si tuviera un harén, todas las mujeres deberían usar vestidos de lino… o de algodón; me refiero a telas hechas de sustancias vegetales. No querría seda; no se puede saber cuándo está limpia…”, y así sucesivamente. A veces, el libro es casi imposible de citar. Una vez, cuando estaban a punto de acostarse en una cama sucia durante su viaje por las Hébridas, Boswell comentó: “Dudamos mucho si desvestirnos o acostarnos con la ropa puesta. Al final dije: ‘¡Me meteré dentro! Así habrá menos lugar para los bichos alrededor de mí cuando esté desnudo’. El doctor Johnson dijo que era como alguien que duda en entrar en un baño frío. Al final él también decidió hacerlo”. La primera impresión del lector ante algo tan increíble es que Boswell estaba intentando deliberadamente degradar a un gran hombre. Fue acusado por un escritor de la revista Gentleman’s Magazine[438] de haber “exposto y desmembrado” a su héroe “de la manera más vergonzosa y cruel”. Que Boswell disfrutaba de forma traviesa de lo que hacía, no hace falta que nadie se moleste en decírnoslo; pero…

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Que fuera una especie de chantajista hábil es ahora impensable. Sentía que estaba haciendo un servicio al mundo al demostrar que un gran hombre también era humano; y el tiempo ha demostrado que tenía razón. “Hay algo noble”, le había dicho Johnson, “en publicar la verdad, aunque condena al propio individuo”. Boswell pagó ese precio. Hizo que Johnson fuera conocido permanentemente al hacerse él mismo casi permanentemente notorio. He aquí un fragmento:

El Dr. Johnson se fue a dormir pronto. Cuando se terminó un cuenco de ponche, me levanté y estaba cerca de la puerta, de camino a mi habitación; pero Corrichatachin dijo que era la primera vez que Col estaba en su casa, y que debía tener su cuenco… ¿Y yo no iba a unirme a ellos para beberlo? La amabilidad de mi honesto anfitrión, y el deseo de rendir homenaje social a nuestro muy servicial guía, me indujeron a sentarme de nuevo. El cuenco de Col se terminó; para entonces ya estábamos bien calentados. Pronto se preparó un tercer cuenco, que también se terminó. Estábamos muy cordiales y alegres; pero no recuerdo con exactitud lo que sucedió. Recuerdo haber llamado a Corrichatachin con el apodo cariñoso de Corri, como lo hacen sus amigos. Se preparó un cuarto cuenco; para entonces, Col y el joven M’Kinnon, hijo de Corrichatachin, se fueron a dormir. Seguí un rato más con Corri y Knockow; pero al final los dejé. Eran casi las cinco de la mañana cuando me fui a dormir.

Domingo, 26 de septiembre.

Me desperté al mediodía, con un fuerte dolor de cabeza. Estaba muy molesto por haber participado en tal desorden, y temía una reprimenda del Dr. Johnson. Pensé que eso era muy incompatible con la conducta que debía mantener como compañero del Rambler. Alrededor de la una, entró en mi habitación y me dijo: “¿Otra vez borracho?”. Su tono de voz no era de severa reprimenda; así que me sentí un poco aliviado. “Señor”, dije, “ellos me mantuvieron despierto”. Él respondió: “No, tú los mantuviste despiertos, perro borracho”. Lo dijo con buen humor y en tono amistoso. Poco después, Corrichatachin, Col y otros amigos se reunieron alrededor de mí.

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Corri llevaba consigo una botella de brandy y un vaso, e insistió en que bebiera un trago. “Ay”, dijo el Dr. Johnson, “emborráchalo otra vez. Hazlo por la mañana, para que podamos reírnos de él todo el día. Es algo lamentable que un hombre se emborrache por la noche, se vaya a dormir y no dé diversión a sus amigos”. Al verlo tan bromista, me relajé completamente; y cuando ofrecí levantarme, él dijo muy amablemente: “No hay necesidad de tanta prisa ahora”. Seguí el consejo de mi anfitrión y bebí algo de brandy, lo cual resultó ser un remedio eficaz para mi dolor de cabeza. Cuando me levanté, fui a la habitación del Dr. Johnson, tomé el libro de oraciones de la señora M’Kinnon y lo abrí en el vigésimo domingo después de Trinidad. En la epístola que leí se decía: “Y no os embriaguéis con vino, en el cual hay exceso”. Algunos habrían considerado esto como una intervención divina.

Un texto como este dividió de inmediato al público lector en grupos hostiles. Había muchos que consideraban el libro encantador; otros lo veían como un nuevo tipo de difamación. Se convirtió en tema de una larga controversia en la revista Gentleman’s Magazine. En diciembre, poco después de su publicación, a Boswell se le acusó de “traicionar conversaciones privadas, incluso las más triviales”. En mayo, también se criticaron los gustos de esa “época de chismes”. Para diciembre de 1786, dado el éxito en las ventas del libro, se recordó a Boswell que su popularidad se debía únicamente al interés general por Johnson; las ventas de su obra se compararon con el consumo de patatas en tiempos de hambruna; y se informó al público que para escribir tales obras solo se necesitaban oído y memoria. En la primavera del mismo año, poco después de la publicación de Las anécdotas de la señora Piozzi, Walpole escribió a Mann:

Ella, Boswell y su héroe son el hazmerreír del público. Un tal Dr. Wolcot, supuesto Peter Pindar, ha publicado una ecloga burlesca, en la cual Boswell y la señora son los interlocutores, y se ridiculizan todos los pasajes más absurdos de las obras de ambos. Las imprentas…

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Están repletos de grabados satíricos: en uno de ellos, Boswell, disfrazado de mono, monta a Johnson, el oso[440]; lleva esta ingeniosa inscripción: “My friend delineavit”. Pero basta ya de estos charlatanes[441].

Otras caricaturas representaban al fantasma de Johnson acechando a Boswell mientras este compilaba su Diario a partir de diversos recuerdos dispersos, y el busto de Johnson mirando con ceño fruncido a Boswell y a la señora Piozzi mientras escribían. Más tarde, Rowlandson y Collings hicieron del Viaje objeto de una serie de dieciséis caricaturas.

Boswell, perseguido por el fantasma de Johnson
De una caricatura contemporánea

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En 1786, además, apareció un panfleto titulado “Una epístola poética del fantasma del Dr. Johnson a sus amigos”, en el cual se satirizaba a Boswell junto con Strahan, Courtenay y la señora Piozzi. Los versos estaban ricamente anotados con citas del Diario, y las almas de Johnson se dirigían a Boswell con estas palabras:
“¡Cuántas veces te he visto, como un gato atento,
escuchando para captar todas mis tonterías!
¡Cuántas veces hice aún más ridículas esas tonterías,
al verlas transmitidas por ti de forma tan vulgar!”

Esa era la acusación constante contra el libro. Se trataba de una colección de conversaciones insignificantes recopiladas por un hombre de memoria prodigiosa, “no para honrar la memoria de [Johnson] seleccionando sabiamente sus frases más buenas y destacadas, sino con el propósito de demostrar su propia diligencia en presentar al doctor bajo los colores más llamativos de la incoherencia”.[442]
Existía también otra acusación contra el libro: se consideraba una difamación contra personas vivas.[443] Diversas personas —la duquesa de Hamilton, sir Alexander MacDonald y muchos de aquellos que habían recibido a los viajeros en las Hébridas— descubrieron en el libro comentarios sobre ellos mismos que eran todo menos agradables. Una referencia a la señora Thrale causó la mayor conmoción. La observación de Johnson de que ella no podía comprender el ensayo de la señora Montagu sobre Shakespeare estaba allí, para que todos la vieran. Ella protestó en sus Anécdotas; pero Boswell le recordó, en las páginas de la Gentleman’s Magazine, que ella había leído su Diario en manuscrito sin quejarse de ello, y que él simplemente estaba citando las propias palabras de Johnson sobre ella. Así terminó una controversia. Pero no fue la única.
Sin embargo, quizás la mayor conmoción provino del anuncio al final del volumen, en el cual Boswell anunciaba que apenas había comenzado sus memorias de Johnson. Propuso construir pronto “un monumento literario digno de un autor tan grande”, y afirmó que llevaba más de veinte años recopilando material biográfico. Esa promesa, para aquellos…

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Quienes habían conocido a Johnson no se sentían satisfechos. Si Boswell había conmocionado al mundo literario con un relato de tres meses de la vida de Johnson, ¿qué haría al contar setenta y cinco años de ella? Todos los que habían conocido a Johnson contenían la respiración por miedo. Muchos instaron al nuevo biógrafo a ser cauteloso. Fanny Burney se negó a ayudarlo en su tarea de mostrar el lado más agradable del carácter de Johnson, y escribió en su Diario[444]: «Lamento ser mencionada o recordada por ese memorialista biográfico y anecdótico hasta que termine y se publique el libro sobre la vida del pobre Dr. Johnson». Sir William Forbes, preocupado porque Boswell había citado su aprobación del Diario, se atrevió a «exhortarlo enérgicamente» a ser más cuidadoso con las personalidades en su obra posterior[445]. Quizá nunca hubiera escuchado la famosa respuesta de Boswell a Hannah More, quien le había instado a «atenuar algunas de las asperezas de Johnson» al publicar el Diario. «Dijo algo así», escribe ella, «“No cortará sus garras, ni convertirá a un tigre en gato para complacer a nadie”»[446]. Esta frase se ha repetido en todas las obras sobre Boswell, pero nunca se puede citar demasiadas veces, pues representa la respuesta de Boswell al mundo. No hay nada más que decir. He detallado la recepción del Diario de un viaje a las Hébridas de Boswell porque es la forma más eficaz de mostrar la novedad y la magnitud de su logro. Si el autor hubiera sido cualquier otro que no fuera James Boswell, los críticos ya habrían exaltado desde hace tiempo el admirable coraje de su empresa; pero él valoraba y apreciaba demasiado su propia obra como para buscar tal elogio. Cualesquiera que fueran los defectos superficiales de Boswell, cuálesquiera las rencores que causara, es imposible negar nuestra admiración por la simple confianza en la verdad que caracterizaba su alma escocesa. Su sencillez sería la de la infancia si no fuera la sencillez del genio. El obispo de Chester se quejó[447] de que Boswell registraba los hechos simplemente porque eran hechos. Y así era, en efecto.

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Cuando, en 1791, apareció la “Vida”, muchas de las acusaciones antiguas se repitieron y algunas de las sátiras antiguas resurgieron; pero no es importante analizarlas en detalle, pues el tono de admiración, que ya se había escuchado de vez en cuando al principio, cuando se publicó el periódico, pronto se volvió dominante. Las otras vidas y memorias de Johnson, con las cuales a menudo se comparaba la obra anterior de Boswell, ahora servían únicamente para fines de contraste; eran útiles para ilustrar la grandeza de la nueva obra. ¿Cuáles son las características que contribuyeron a que la “Vida” ocupara un lugar en la historia de la biografía? Son de lo más simple. Como ha intentado demostrar todo este capítulo, Boswell tenía una pasión por la exhaustividad. Apenas es necesario insistir en este punto. El propio Boswell escribe cerca del inicio de su libro: “Me atreveré a decir que en esta obra se verá a Johnson de manera más completa que a cualquier otro hombre que haya vivido hasta ahora”. En esta frase, Boswell escribió su propio panegírico, tal como en su respuesta a la señorita More había pronunciado su propia defensa. Como todo lo que hacía, el panegírico no está exento de un toque ridículo, ya que añade: “Si sus otros amigos hubieran sido tan diligentes y entusiastas como yo, quizás se podría haber conservado casi por completo”. De hecho, así podría ser; porque, ¿por qué perder algo cuando existe un cuaderno de notas… y un Boswell? Boswell, repito, aspiraba a la exhaustividad de la vida misma. Tampoco es necesario detenerse mucho en la fidelidad de Boswell a los hechos. Se ha hablado mucho de ello, y gracias al trabajo del doctor Birkbeck Hill, ahora se admite generalmente; aunque alguien que no apreciaba ni a Boswell ni a Hill ha cuestionado nuevamente este punto recientemente.[448] Parecería que una obra que en su época fue tanto alabada como denunciada por su meticulosa precisión podría haber sido aceptada sin problemas. No es razonable exigir un biógrafo más fiel a la realidad que Boswell. Sus contemporáneos reconocieron fácilmente que había presentado al verdadero Johnson; eso fue tanto elogio como crítica. Pepys, que conocía a Johnson y no tenía ilusiones sobre él, escribió a Hannah More:

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La Revista es una imagen sumamente fiel de él, tan fiel que creo que cualquiera que tenga una idea clara de su persona y su forma de ser puede conocer tanto de él a través de ese libro como si lo hubiera conocido (de la manera habitual) durante tres años.[449]

Esto fue escrito antes de que apareciera La Vida. Respecto a la obra posterior, tenemos el testimonio de Burke sobre su valor como monumento a la conversación de Johnson.[450] Se puede decir incluso más. Contamos con algo muy cercano a la aprobación del propio Johnson. Él mismo leyó la Revista en manuscrito y la calificó de “una imagen muy exacta de una parte de su vida”. Es difícil pedir más que esto. En la misma obra, Boswell escribe:

Ese día leyó gran parte de mi Revista, escrita en un pequeño libro que él me había proporcionado, y quedó satisfecho, pues dijo: “Ojalá tus libros fueran el doble de grandes”. Me ayudó a completar los espacios en blanco que había dejado al escribirla por primera vez, cuando no estaba del todo seguro de lo que él había dicho, y corrigió los errores que yo había cometido.[451]

En su precisa reproducción de la vida, Boswell supera a todos los realistas y alcanza algo de la inagotabilidad de la propia naturaleza. Por encantadora que sea su obra para la mera lectura, nunca podrá ser plenamente apreciada hasta que se utilice como obra de referencia; pues para eso fue concebida. La obra muestra, según la portada, “una visión de la literatura y de los hombres literarios en Gran Bretaña durante casi medio siglo”. Boswell aspiraba a ser no solo estenógrafo sino también historiador. Y respecto a la vida que amaba, fue ambas cosas. Finalmente llegamos al núcleo de la existencia de Boswell: su alegría pagana por la vida, esa avidez por los placeres sociales que explica todos sus defectos y sugiere toda su grandeza. Amaba la vida social como otros hombres han amado a una mujer noble o a una causa noble. Dedicó solemnemente su vida a ella y su genio a registrarla. Solo cuando se contempla su obra en su conjunto se puede apreciar realmente su

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Grandeza. Como Ulises, podría haber dicho, cuando hubo terminado su gran obra: “Mucho he visto y conocido: ciudades de hombres y costumbres… Yo mismo no soy el menos importante de todos ellos”. Tiendo a pensar que esta avidez social es la pasión dominante no solo en Boswell, sino también en toda esa vida que hemos estado estudiando: los salones, los conversadores, los diaristas y los epistológrafos. Esa vida, en su mejor expresión, combina dos tipos de placeres que normalmente parecen incompatibles: los del trato social y los de la soledad, los de la asociación y los de la reflexión. En el “intercambio de ideas”, que es su ideal, sus seguidores encuentran una alegría que supera a los placeres más pasivos de la lectura, ya que este intercambio los integra directamente en la creación de su producto característico: la conversación. A esto se añade el placer de ver el efecto inmediato de las propias palabras. Se puede decir que este tipo de conversación representa el lado activo, social y más humano de la vida intelectual, mientras que la meditación representa su lado contemplativo y eremítico. Los dos son a menudo mutuamente excluyentes. Los filósofos y los poetas pertenecen a esta última categoría, porque el temperamento meditativo rehúye naturalmente las distracciones sociales; pero los diaristas, los epistológrafos y los biógrafos deben su existencia precisamente a este instinto social, y escriben para exaltarlo. No pueden soportar que los placeres que han experimentado desaparezcan sin dejar rastro. Están decididos no solo a aprovechar el momento presente, sino también a hacer todo lo posible por preservar ese momento, incluso cuando está a punto de desvanecerse. Una flor marchita es mejor que ninguna; en el peor de los casos, es un recordatorio patético de lo que fue. El memorialista es aquel cuyo rostro siempre está vuelto hacia el pasado y hacia las glorias que ya existieron. Es en honor a ellas que realiza su trabajo. Su función es registrar la vida, no transformarla. No puede aspirar a estar entre aquellos que han tenido visiones y que han guiado a otros hacia ellas; la alegría de la creación poética y la pasión del pensamiento aventurero no son para él. Pero le corresponde conocer a los hombres y sus formas de ser alegres, y unirnos con las mentes heroicas del pasado, no en la soledad de sus visiones, sino en sus momentos más cotidianos y en sus alegrías más humanas.

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ÍNDICE

Addison, Joseph, conversación suya, 220;
Spectator, citado, 103 n.
Alembert, Jean d’, fecha de nacimiento, 43;
citado, 11, 32, 49;
mencionado, 11, 27, 52, 55.
Anglomanía, en París, 12 y ss.
Anglomanía, comedia de Saurin, 12-13.
Anstey, Christopher, 121.
Arblay, Mme. d’, véase Burney, Fanny.
Aurelia, poema de Hoole, 178.

Barbauld, Letitia, 124.
Barmécides, La tragedia de La Harpe, 67.
Barry, James, retrato de Johnson, 199;
de la señora Montagu, 199;
relaciones con la señora Montagu, 199.
Bas Bleu, poema de Hannah More, 23, 123-24, 125.
Earl of Bath, 123, 125.
Beattie, James, carácter, 189;
Ensayo sobre la verdad, 190;
Ensayos, 192;
El menestral, 190 y ss.;
——dedicado a la señora Montagu, 193;
presentado a Jorge III, 192;
relaciones con la señora Montagu, 189-95.
Beauclerk, Topham, 53, 104.
Duquesa de Beaufort, 153 n., 205.
Condesa de Bedford, 85.
Behn, Aphra, 94-96, 257.
Biografía, arte de la, 268 y ss.;
teoría de la, antes de Boswell, 270 y ss.
Blount, Martha, 100.

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“Blue”, es decir, “bluestocking”: origen y uso de la palabra, 132-33.
“Bluestocking”: etimología, 127-28; traducido al francés, 127, 130, 133.
Club Bluestocking, 123 y ss.; miembros del club, listados, 123-24; origen del club, 129 y ss.
Las “bluestockings” como autoras, 166 y ss.; como anfitrionas, 134 y ss.; como mecenas del arte, 189 y ss.; descendencia de la Marquesa de Rambouillet, 22.
Mme. du Bocage, 35, 52, 75; poema dedicado a la señora Montagu, 135 n.; visitas a la señora Montagu, 105, 135.
Lord Bolingbroke: relaciones con Mme. de Tencin, 45.
Almirante Boscawen, 125, 129.
Sra. Frances Boscawen, 153-58; reuniones, 153; opinión de Boswell sobre ella, 153; interés por la Sra. Yearsley, 205; cartas, 154; mecenas de las letras, 154; relaciones con Hannah More, 154-56, 181, 184 y ss.; relaciones con Pye, 156 n.; relaciones con Young, 156 n.; informa sobre el descubrimiento de nuevas cartas por parte de Mme. de Sévigné, 237.
James Boswell: anuncia la publicación de La vida de Johnson, 278-79; biografía de Boswell, conocimientos sobre ella, 269; teoría de Boswell, derivada de Johnson, 269 y ss.; caricaturas de Boswell, 277; carácter de Boswell, 8, 110; influencia de Boswell en Johnson, 222-23; completitud de La vida de Johnson, 281; recepción de La vida de Johnson, 280; veracidad de La vida de Johnson, 281; amor por la vida social, 282; citas de Boswell, 5; referencias a las “bluestockings”, 126; se niega a idealizar a Johnson, 279; “Viaje a las Hébridas”, leído por Johnson, 282; recepción de “Viaje a las Hébridas”, 272 y ss.; reseñas de “Viaje a las Hébridas” en Gentleman’s Magazine, 274; selecciones de “Viaje a las Hébridas”, 274-76; tratamiento que da a sus contemporáneos, 278.
Mme. de Boufflers, 53; relaciones con Gibbon, 77; relaciones con Hume, 27.

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—— con Johnson, 53, 104.
Estrofas rimadas, 117, 119, 120.
Desayunos literarios, 105 y ss.
Buffon, Georges de, 52.
Burke, Edmund, 123, 139 n.;
Deuda con las conversaciones de Johnson, 234;
Citado, 5;
Visitas a los salones parisinos, 66-68.
Burney, Dr. Charles, 159, 189.
Burney, Fanny, carácter, 255, 257;
El arte del diario, 254 y ss.;
—, calidad dramática en sus escritos, 265;
—, selección de fragmentos de sus obras, 262-64;
—, veracidad de sus relatos, 265;
Evelina, recepción de la obra, 257;
Amigos, 258;
Amor por las escenas animadas, 262;
Suerte, 256;
Relaciones con la señora Ord, 159-60;
Relaciones con la señora Thrale, 163;
Autoconciencia, 267;
Sensibilidad, 266;
Estancia en la corte como dama de compañía de la reina, 257, 259 y ss.

Cardigan Priory, salón en ese lugar, 91.
Juego de cartas en los salones, 106.
Condesa de Carlisle, 88.
Carter, Elizabeth, 172-77;
Amplitud de gustos, 176-77;
Opinión de Johnson sobre ella, 174;
Erudición, 157, 173;
Poemas, 174;
Relaciones con Gray, 144;
—, relaciones con la señora Montagu, 173;
Romanticismo, 175;
Traducción de Epicteto, 173-74.
Cartwright, William, 89.
Castiglione, Baldassare, su obra Cortegiano citada, 18 y ss.
Centlivre, Susannah, 100.
Chapman, George, 85-86.
Chapone, señora Hester, 177-80;
Ensayos, 138, 157;
Cartas familiares, 180;
Cartas, 177 y ss., 202.

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Poemas, 179;
Citados, 132;
Mencionados, 124, 179;
Relaciones con la señora Carter, 178;
—— con la señora Montagu, 178;
—— con Richardson, 177, 180.
Carlos II, relaciones con la Duquesa de Mazarín, 97.
Carlota, reina, 259, 261.
Chesterfield, lord, opinión sobre los salones, 46;
Relaciones con la señora de Tencin, 45 y ss.
Cholmondeley, señora Mary, 135, 153.
Iglesia de Inglaterra, 9;
Iglesia de Roma, odio hacia ella en los salones, 37.
Disposición de los invitados en el círculo, 111, 126, 139, 159.
Clarence, duque de, 262 y ss.
Clubes literarios, 5-7.
Colman, George, 102 n.
La conversación, principal entretenimiento en los salones, 25, 135;
La conversación según Goldsmith, 220, 221;
El ideal de conversación, 7, 20, 25, 223;
La conversación según Johnson, 217 y ss.;
—— La influencia de Boswell en la conversación, 222, 227.
La conversazione, naturaleza y función, 102 y ss., 108 y ss., 152.
“Cophthi”, nombre que Walpole dio a las medias de seda, 147.
Cornaro, Caterina, 17.
Cosmopolitismo de los salones, 43, 144, 147 n.
Cortes de amor, 17.
Las cortes del Renacimiento como predecesoras de los salones, 16 y ss., 84.
Cowley, Abraham, versos dirigidos a la señora Phillips, 92.
Cowper, William, correspondencia, su encanto, 249-50;
—— Comparado con la señora de Sévigné, 239-40;
Relaciones con la señora Montagu, 197-99;
Traducción de Homero, presentada a la señora Montagu, 198.
Crewe, lady, 131, 135.

Daniel, Samuel, 84, 85, 86.
Davies, sir John, 85.
Decamerón, de Boccaccio, 18 n.
La declamación, entretenimiento de moda en los salones, 106.
Deffand, señora du, ceguera, 61.

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Carrera y salón, 59-64;
descrita por Walpole, 59-60;
aburrimiento, 60, 63;
carta a Walpole al estilo de la señora de Sévigné, 238;
opinión de Burke, 67;
— de Gibbon, 77;
— de Hume, 51;
— de Walpole, 57;
citada, 7, 13, 62 n., 64, 75, 238;
relaciones con la señorita de Lespinasse, 61;
— con Montesquieu, 60 n.;
— con Walpole, 27, 63-65;
tipo de su siglo, 34;
ingenio, 29.

Delany, señora Mary, 160-63;
amistad con Swift, 161;
interés por la señora Yearsley, 205;
relaciones con la señorita Burney, 162;
versos de la señorita More para ella, 161.

Democracia, en los salones, 25;
teoría de la democracia, 9.

Denham, sir John, 92.

Diario, como tipo literario, 254 y ss.

Diderot, Denis, 52.

Donne, John, relaciones con la condesa de Bedford, 86-87.

Drayton, Michael, 85.

Dryden, John, 92, 96.

Inglaterra, actitud francesa hacia ella, 11 y ss.
El inglés en París, comedia de Foote, 42 n.
Epigrama, de Garrick sobre Goldsmith, 116;
de Johnson sobre Barnard, 116;
popularidad de los epigramas en los salones, 26, 115-117, 229;
de Young sobre Chesterfield, 116.

Este, Beatrice d’, 17.

Feminismo, en el siglo XVII, 98-99.

Femmes savantes, 28, 35, 78, 83, 98 n., 105.

Ferguson, Adam, 191.

Fielding, Sarah, 257.

Fontenelle, Bernard de, 45.

Foote, Samuel, citado, 42 n.

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Federico, Duque de Urbino, 18 y ss.
Amistad, en los salones, 26 y ss., 210.

Garrick, David, 123, 139 n.;
Declamación, 106;
Versos, 121.
Gay, John, 100.
Geoffrin, Madame, carrera y salón, 47-50;
Caridad, 73;
Descrita por Walpole, 58;
Máximas, 113;
Elogiada por Mlle. de Lespinasse, 73 y ss.;
Mencionada, 25;
Relaciones con Marmontel, 27;
—— con Walpole, 58 y ss.;
Tipo de mujer de su siglo, 34, 36;
Ingenuidad, 29, 48 n.
Gibbon, Edward, carrera en los salones, 74-80, 211;
“El declive y caída del Imperio romano”, popularidad en los salones, 76;
Influencia de los salones en él, 79;
Opinión de Madame du Deffand sobre él, 74-75, 77;
Opinión de Madame Necker sobre él, 75;
Citas de sus obras, 11;
Relaciones con Madame Necker, 77-79;
Opinión de Walpole sobre él, 76 n.
Goldsmith, Oliver, descripción del salón parisino, 42;
No era asiduo al salón londinense, 211;
Citas de sus obras, 32, 103 n., 105, 113;
Visita a la señora Vesey, 147 n.
Gonzaga, Isabel, de Urbino, 17 y ss.; 27, 84.
Chismes, 223, 245, 248-49;
Véase también escándalos.
Teorías sobre el gobierno, 11.
Gray, Thomas, 144;
En casa de la señora Vesey, 147.
Greville, Lady, 153.
Guibert, Conde de, 67.

Henrietta María, Reina, 88.
Herries, Lady, 153.
Hervey, Lady, 135.
Hesketh, Lady, 197-98.
Hogarth, William, representación de las fiestas populares, 103.

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Holbach, barón d’, su salón, 70, 75.
Holcroft, Thomas, citado, 112, 170 n.
Hoole, reverendo Samuel, citado, 108 y ss., 178.
Hume, Alexander, carrera en los salones parisinos, 50-55; muerte, 55; influencia del salón en él, 55; disputa con Rousseau, 53 y ss.; citado, 5.
Huntington, condesa de, 87.

La intriga florece en los salones, 89, 95.
Isabel de Mantua, 17.
Italia, cortes de, véase cortes.

Johnson, Samuel, conversación, 231 y ss.; correspondencia, 252; descrito por Hoole, 109-10; dogmatismo, 230; forma de hablar en la conversación, 224; disputa con la señora Montagu, 199-202; citado, 5, 6, 7, 9, 100, 101, 231 y ss.; visitas a los salones, 210-11; serenidad, 223; estilo en la conversación y en la escritura comparado, 229; versatilidad, 226.
Jonson, Ben, 85.

Kauffmann, Angelica, 134.
Kyd, Thomas, 84.

Lambert, señora de, 44.
Amor por el paisaje entre las mujeres de alta sociedad, 148, 176.
La risa, impopular en los salones, 57.
Lely, sir Peter, 97 n.
Lennox, Charlotte, 257.
Lespinasse, Julie de, carrera y salón, 71 y ss.; relaciones con Burke, 68; relaciones con d’Alembert, 25; relaciones con Sterne, 71-72; *Viaje sentimental*, imitación de este, 72 y ss.; tipo de romanticismo, 34.
Redacción de cartas, 236 y ss.

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Levee, 102-05.
Londres, centro literario, 5, 6.
Lorenzo el Magnífico, 18.
Lucan, Lady, 135, 153.
Lyttelton, Lord, Diálogos de los muertos, 167;
La vida de Johnson según Lyttelton, 196 y ss.;
Poesía de Lyttelton, 157;
Elogios a Beattie por parte de Lyttelton, 190;
Relaciones con la señora Montagu, 139-140, 157.

Macaulay, señora Catherine, 10, 135.
Macaulay, Lord, 225, 259, 267, 268.
Manley, señora Mary, 98, 100.
Mann, sir Horace, Cartas de Walpole dirigidas a él, 242 n.
Literatura sobre las maneras, 3.
Marmontel, Jean, 52.
Mascarille, 102.
Mathias, T. J., 170.
Máximas; véase también Sentimientos.
Mazarino, cardenal, 96.
Mazarina, duquesa, 96-98.
Situación de los hombres de letras en el siglo XVIII, 32.
Miller, Lady, carrera y salón literario, 117-122;
Poemas de Miller, 120.
Molière, J. B. P., Comedias mencionadas por él, 26 n., 28, 29, 102, 107.
Monckton, señorita, 153.
Montagu, lady Mary Wortley, 100-01, 237, 252.
Montagu, señora Elizabeth, Logros de ella, 141;
Reuniones organizadas por ella, 138;
Desayunos celebrados por ella, 105;
Orgullo de ella, 202-03;
Diálogos de los muertos, 167-69, 200;
Ensayos sobre Shakespeare, 169-72, 278;
“Mecenas femenina”, 189;
“Mujer erudita”, 140, 171-72;
Influencia en el mundo literario, 202;
Conocimientos de ella, 140, 198;
Lealtad de ella, 195;
Patrona de las artes, 189-208;
Disputas con Johnson, 196, 199-202;
“Reina de los blues”, 133.

Page 217

Relaciones con Barry, 199;
—— con Beattie, 189-95;
—— con Cowper, 197-99;
—— con Lyttelton, 167, 200;
—— con la señora du Deffand, 136-37;
—— con la señora Yearsley, 204 y ss.;
—— con Potter, 195;
—— con Sterne, 202;
Salón, origen en Londres, 124.

More, Hannah, 180-88;
Bas Bleu, 23, 123-25;
Bleeding Rock, 181;
Descripción de una reunión, 106 n.;
Ensayos, 156, 187;
Falsa verdad fatal, 185-86;
Florio, 157, 187;
Prisionera inflexible, 181;
Influencia de las medias azules en ella, 180, 188;
Oda al marqués de Worcester, 155;
Oda a la señora Boscawen, 154 y ss.;
Percy, 154, 183-85;
Piedad, 186-88;
Relaciones con Garrick, 181;
—— con la señora Boscawen, 181 y ss.;
—— con la señora Yearsley, 204 y ss.;
—— con Walpole, 187;
Romanticismo, 182;
Sensibilidad, 156;
Sir Eldred, 181-83;
“Stella”, 206;
Pensamientos sobre las maneras de los grandes, 188.

Necker, señora, carrera y salón, 77-80;
Citada, 7, 14, 38, 63 n.;
Relaciones con Gibbon, 77 y ss.;
—— con Hume, 27;
—— con la señora Montagu, 136.

Duquesa de Newcastle, 90 n.

Opie, John, retrato de la señorita More, 157.

Ord, señora Anne, relaciones con la señorita Burney, 159-60;
Salón, 124, 158-159.

“Orinda”, véase Phillips, señora Katherine.

Ossian, 176.

Otway, Thomas, 96.

Paoli, general, 147 n.

Page 218

París, atracción para los ingleses, 15, 36, 38.
Patrocinio, 30, 84, 189 y ss.
Condesa de Pembroke, 84.
Sir William Pepys, 123.
Obispo Percy, reliquias, 182.
Sra. Katherine Phillips, 91-94.
Mme. Piozzi, véase Sra. Hester Thrale.
Mary Pix, 98.
Amor platónico, 88, 91, 93.
Mme. de Polignac, 131.
Duquesa de Portland, 131, 162, 205, 207.
Robert Potter, ataques a las “Vidas” de Johnson, 196, 270; se encuentra con Johnson, 196; relaciones con la Sra. Montagu, 195-97.
Précieuses galantes, 88.
Précieuses ridicules, 29.
Matthew Prior, relaciones con Mme. de Tencin, 44 y ss.
Seudónimos clásicos, 89, 91, 95, 206.
Henry Pye, poema dedicado a la Sra. Boscawen, 156 n.

Duquesa de Queensbury, 100.
Hôtel de Rambouillet, 22 y ss.; Marquesa de Rambouillet, 22 y ss., 102 n.
Abbé Raynal, 144, 150-51.
Influencia de la Restauración en los salones, 89-90.
Sir Joshua Reynolds, deuda con las conversaciones de Johnson, 235.
Samuel Richardson, sus “Hijas”, 100; fama en Francia, 14.
J. J. Rousseau, 9, 40, 54, 59, 176.
Nicholas Rowe, relaciones con la Sra. Phillips, 92 n.
Rutland, Lady, 87.

Charles de Saint Évremond, 96-98.
Características de los salones, 24 y ss.; conservadurismo en los salones, 210 y ss.; conversaciones en los salones, 25, 125.

Page 219

Cosmopolitismo, 43;
Declive del mismo, 209;
Tono democrático, 25;
Fracaso en Inglaterra, 213;
Primeros ejemplos en inglés, 83;
Ideal asociado al cosmopolitismo, 152;
Influencia en los autores, 39;
Academia literaria, 31;
Origen del cosmopolitismo, 16 y ss.;
Obras originales leídas en voz alta, 26, 67, 72 n.;
Patrocinio, 30, 84, 189 y ss.;
Radicalismo asociado al cosmopolitismo, 37;
Lugar de las mujeres en el contexto del cosmopolitismo, 16, 33 y ss.
Escándalos en los salones, 111.
Escepticismo en los salones, 10, 37, 42, 52, 150.
Schwellenberg, señora, 260, 264.
Scudéry, señorita de, 26, 95.
Sentimientos populares en los salones, 113-15.
Sévigné, señora de, influencia en Inglaterra, 237 y ss.
Seward, Anna, 121.
Shakespeare, William: Ensayo de la señora Montagu sobre él, 169-72;
El espíritu de los salones en sus comedias, 22, 85.
Sheridan, Richard Brinsley: Rivals, 115;
School for Scandal, citado en 103, 104, 107, 112, 115.
Sheridan, Thomas, 106.
Spenser, Edmund, 84.
Sterne, Laurence: Describe los salones, 37;
Influencia de los salones en él, 74;
Relaciones con la señora Montagu, 202;
Relaciones con la señora Vesey, 148 y ss.;
Sentimental Journey, citado en 37, 69;
Imitado por la señorita de Lespinasse, 72 y ss.
Stillingfleet, Benjamin, 123, 128-30.
Stuart, lady Louisa, 126, 139.
Suckling, sir John, 89.
Swift, Jonathan, 100.

Taylor, Jeremy: Relaciones con la señora Phillips, 92-94.
Tencin, señora de: Carrera y salón, 43-47, 102;
Tipo de persona típica de su siglo, 34.
Tessier, Le, 106.

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Thrale, Hester, Anécdotas de Johnson, 164;
——, recepción de sus obras, 276;
carácter, 165;
no era realmente una “bluestocking”, 124;
relaciones con Johnson, 163-64;
—— con la señorita Burney, 163-64.
Tighe, Edward, 106.
Trotter, Catherine, 98.
Twickenham Park, salón en dicho lugar, 85.

Vaughan, Henry, 94.
Vesey, Agmondesham, 115, 203.
Vesey, señora Elizabeth, agnosticismo, 150;
uso de la palabra “bluestocking”, 130;
animaba al Club Literario, 33 n., 147;
relaciones con Sterne, 148 y ss.;
romanticismo, 147, 151;
salón, 141-52;
——, una de las fundadoras de los salones en Londres, 124.
Vivonne, Cathérine de, véase Rambouillet, marquesa de.
Voiture, Vincent, 25.
Voltaire, François, denunciado por las “bluestockings”, 109, 151;
opinión sobre él en los salones, 37;
su opinión sobre los ingleses, 12.

Walpole, Horace, correspondencia, arte de escribir cartas, 236 y ss.;
afición por los chismes, 249-50;
influencia de los salones en él, 39, 65-66;
interés por la señora Yearsley, 206;
carta a Rousseau, 54, 59;
opinión de Gibbon, 76 n.;
—— de Hume, 51;
—— sobre los salones, 56 y ss.;
popularidad en París, 59;
citado en diversas fuentes, 10, 36, 39, 42, 44 n., 52, 58, 62 n., 66 n., 68, 76 n., 132, 236 y ss.;
relaciones con la señora du Deffand, 63-65;
—— con la señora Geoffrin, 57;
carrera en los salones, 56-66;
usa la palabra “bluestocking”, 132.
Walsingham, señora, 124, 153, 157.
Woodhouse, el zapatero poeta, 205.
Wroth, lady, 87.

Yearsley, señora Ann, la lechera poeta: carrera y poemas, 204-08.

Page 221

Young, Edward, 100, 156 n., 157.

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NOTAS AL PIE:

[1] Se citan sucesivamente Hume, Boswell, Burke y Johnson. La primera referencia es a Edimburgo, las demás a Londres.
[2] Vida de Boswell, edición de Hill, 2. 75.
[3] Vida de Boswell 3. 253.
[4] Ib., 4. 167.

[5] Ib., 3. 247.
[6] Cartas a Walpole 3. 338; 28 de mayo de 1777.
[7] Vida de Boswell 2. 328-29.
[8] Ib., 2. 340.

[9] Vida de Boswell 1. 447.
[10] Cartas 6. 301.
[11] En sus Memorias.
[12] Véase Voltaire, Montesquieu y Rousseau en Inglaterra, de Churton Collins, Londres 1908.
[13] Ensayo sobre la Sociedad de los Hombres de Letras y los Grandes, sobre la Reputación, sobre los Mecenas y sobre las Recompensas Literarias. En sus Mélanges de Literatura y de Filosofía (1753) 2. 119.

[14] Ib. 2. 121. Cf. Helvétius a Hume (Cartas a Hume; 28 de junio de 1767).
«La atracción de la tierra británica actúa poderosamente sobre mí».
[15] Véanse sus Memorias.
[16] Obras (1819-25) 43. 320; 14 de noviembre de 1764. Vale la pena citar todo el pasaje: «Mil personas, señores, se levantan y declaman contra la anglomanía: ignoro qué entienden por esta palabra. Si quieren hablar de la furia de transformar en modas ridículas algunos usos útiles, de convertir una prenda cómoda en una vestimenta sucia, de tomar incluso juegos nacionales para poner en ellos gestos grotescos en lugar de seriedad, podrían tener razón; pero si, por casualidad, estos declamadores pretendieran hacer de nosotros criminales por el deseo de estudiar,

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Observar, filosofar, como los ingleses, seguramente estarían muy equivocados: porque, suponiendo que ese deseo sea irracional o incluso peligroso, habría que tener mucha osadía para atribuírnoslo y no admitir que, en este aspecto, estamos a salvo de toda crítica.
[17] Su título original fue L’Orphéline Léguée. Véase también Las cartas de Walpole, 6. 360.
[18] Correspondance, ed. Lescure, 1. 497; 14 de agosto de 1768.
[19] Mélanges 2. 240.
[20] Obras misceláneas de Gibbon 2. 178.
[21] El ideal de un grupo de damas y caballeros que buscan en la literatura el entretenimiento más placentero se encuentra, por supuesto, en la literatura italiana mucho antes de esta época. La singular vitalidad del esquema adoptado por Boccaccio para la estructura del Decamerón queda demostrada por las numerosas imitaciones de él. Tanto los petrarquistas como Boccaccio gozaron del favor de las damas de la corte.
[22] El libro del cortesano, del italiano del conde Baldassare Castiglione, traducido al inglés por Sir Thomas Hoby. Editado por el profesor Raleigh. Londres, 1900. Véanse las páginas 29 y ss.
[23] Espíritu.
[24] Figuras, alegorías.
[25] “Argumentos”, discusiones, como la que sigue sobre la naturaleza del verdadero cortesano.
[26] La siguiente anécdota sobre un guerrero que afirmó que los entretenimientos de la Corte eran inferiores a él puede citarse como ejemplo: “La dama, preguntándole: ‘¿Cuál es entonces tu profesión?’, él respondió con expresión ceñuda: ‘Luchar’. Entonces la dama dijo: ‘Ya que ahora no estás en guerra ni en condiciones de luchar, creo que lo mejor sería que te vistieras adecuadamente y te pusieras en un arsenal junto con otros instrumentos de guerra, hasta que llegue el momento en que tengas que ocuparte de ello, para que no te vuelvas aún más torpe de lo que ya eres’”. Página 49.
[27] Véase abajo, página 124.
[28] Memorias históricas 1. 14. Chesterfield, que conocía personalmente los salones, escribe a su hijo el 24 de diciembre de 1750: “El buen gusto comenzó a hacerse notar solo durante el reinado, no digo de Luis XIII, sino del cardenal Richelieu, y fue aún más refinado durante el reinado de Luis XIV... Hacia el final del reinado del cardenal Richelieu y al comienzo del de Luis XIV, el Hôtel de Rambouillet era el templo del gusto, pero de un gusto aún no del todo refinado”. Cartas, ed. Bradshaw, 1. 382.

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[29] «Arthénice» es un anagrama de su nombre, Cathérine. Se dice que fue descubierto por Malherbe.
[30] Esto también es italiano. Cf. Burckhardt, Renaissance in Italy, trad. Middlemore, p. 359: «La vida social en su forma más elevada y perfecta ignoraba ya todas las distinciones de casta y se basaba simplemente en la existencia de una clase culta».
[31] Así Mascarille en Les Précieuses Ridicules: «Verá cómo, por mi culpa, corren por las hermosas calles de París doscientas canciones, tantos sonetos como canciones, cuatrocientas epigramas y más de mil madrigales, sin contar los acertijos y los retratos».
[32] Petit de Julleville, Histoire de la Langue et de la Littérature Française 4. 105.
[33] Se burló de las précieuses. Lettres à Walpole 1. 417.
[34] Essai sur les Gens de Lettres, etc., op. cit. 2. 136. Cf. Goldsmith, Citizen of the World, 84: «Un escritor de verdadero mérito puede ahora... hablar incluso con príncipes con toda la superioridad consciente de la sabiduría».
[35] «Collé lamentará siempre los cafés literarios y no se consolará al verlos abandonados en favor de los salones». Petit de Julleville, Histoire de la Littérature Française, 6. 388. Fue un momento importante en la historia del Club Literario de Londres cuando, hacia 1780, adquirió la costumbre de cenar en casa de la señora Vesey antes de sus reuniones más exclusivas en la taberna.
[36] «Como su siglo, Madame du Deffand, en su extremada vejez, recuperó el don de amar y la dulzura de las lágrimas». Lanson, Choix de Lettres, citado por la señora Toynbee en Lettres à Walpole 1. lx.
[37] «Ella simboliza la evolución que, en la época en que vivió, tuvo lugar en el alma de sus contemporáneos, cuando el siglo pasó de ser racional a ser apasionado, de libertino a sentimental». Ségur, Julie de Lespinasse, p. 15.
[38] Letters 6. 393.
[39] Ib. 6. 367; 2 de diciembre de 1765.
[40] Ib. 9. 252; [? septiembre] de 1775.
[41] Sentimental Journey.
[42] Letters 6. 352; 19 de noviembre de 1765. Cf. Madame du Deffand a Walpole (Lettres 1. 385; 30 de enero de 1768): «Usted no ama las impiedades; me parece que es un poco devoto».
[43] Carta a Gibbon, 30 de septiembre de 1776; en Gibbon’s Miscellaneous Works 2. 178.

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[44] Esta función está expresada de manera admirable por el profesor Brunel en su relato sobre Madame de Tencin (Petit de Julleville, Histoire de la Littérature Française 6. 403): “[Ella los llevaba] constantemente al tono ligero que conviene, incluso en un tema grave. Ese es, precisamente, el papel de una mujer entre esas mentes pensantes. Se mantiene por encima y al margen del debate, lo considera únicamente desde el punto de vista del agrado, y regula su desarrollo, siempre sonriente, sin permitir que se vuelva monótono o amargo”.

[45] Cartas 6. 414; 3 de febrero de 1766.

[46] La vida de Johnson de Boswell 3. 47.

[47] Madame Necker habla del “arte perfeccionado de la exageración” en la carta a Gibbon citada anteriormente.

[48] Así dice Marmontel: “Sus conversaciones eran para mí una escuela tan útil como agradable, y, en la medida de lo posible, aprovechaba sus lecciones”.

[49] Los visitantes ingleses en París son objeto de sátira en dos comedias de Samuel Foote: El inglés en París (1753) y El inglés de regreso de París (1757). En la primera, al personaje principal, Buck, se le presenta a “Madame de Rambouillet”; en la segunda, regresa a casa completamente francizado.

[50] Cartas 6. 332; 19 de octubre de 1765.

[51] Memorias de M. de Voltaire. Durante la estancia de Goldsmith en el continente, Diderot y Fontenelle seguían siendo visitantes en casa de Madame Geoffrin.

[52] En la Histoire de la Littérature Française de Petit de Julleville, op. cit., 6. 404, Walpole, quien debió haber obtenido información sobre su carácter de Madame du Deffand, cuenta a Mason que era “una mujer extremadamente horrible” que “tenía grandes ambiciones y tan pocos principios que se creía que había asesinado y robado a uno de sus amantes; Lord Harrington y otro hombre la salvaron de esa situación. Tenía encuentros amorosos desde las ocho de la mañana hasta la noche, con los hombres más humildes hasta los más importantes”. Cartas 10. 28; 13 de marzo de 1777.

[53] Obras de Bolingbroke 7. 169; carta a Hanmer, diciembre de 1712 (?).

[54] Ib., 7. 87; 17 de octubre de 1712. Antes que Bolingbroke.

[55] Lettres Historiques de Bolingbroke (París 1808), 2. 431; 3 de junio de 1715.

[56] Dictionary of National Biography, “Saint John”.

[57] Véanse los versos obscenos que comienzan con “Tencin, usted tiene ingenio”, publicados en Lettres de Bolingbroke, op. cit., 2. 433 n. La segunda estrofa comienza así: “Bolingbroke, ¿estás poseído?”.

[58] Cartas, editadas por Bradshaw, 1. 383; 24 de diciembre de 1750.

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[59] Véase su carta a Madame de Tencin, en la que presenta a la señora Cleland, en Letters, op. cit., 2. 771; 20 de agosto de 1742.

[60] Letters, op. cit., 1. 383.

[61] Véase la excelente monografía del profesor P. M. Masson, Madame de Tencin (París, 1909), págs. 278-80. El apéndice contiene las cartas de Madame de Tencin.

[62] Cf. Montesquieu, Lettres; 12 de marzo de 1750 (en Œuvres, París, 1879): «Díganle a milord Chesterfield que nada me halaga tanto como su aprobación», y lo demás.

[63] Madame Necker, que había estudiado los métodos de Madame Geoffrin, comenta (Nouveaux Mélanges 1. 100): «El ingenio de Madame Geoffrin consistía siempre en presentar ideas ingeniosas mediante imágenes triviales, por así decirlo, domésticas; su espíritu estaba siempre teñido de un tono burgués». Lo siguiente puede servir como ejemplos (cf. supra, pág. 29): «Madame —— llamó a la puerta de todas las virtudes sin entrar en ninguna». «Cuando nuestros amigos son ciegos, hay que mirarlos de perfil».

[64] Carta en Éloges de Madame Geoffrin, ed. M. Morellet, pág. 110.

[65] Éloges, op. cit., pág. 105.

[66] Letters to Hume, págs. 288-89.

[67] Letters 6. 298; 20 de septiembre de 1765.

[68] Correspondance Littéraire, París, 1829, 5. 4: «Es pesado, no tiene ni calor, ni gracia, ni encanto en el espíritu».

[69] Lettres à Walpole 1, passim.

[70] Burton’s Life of Hume 2. 168 n.

[71] Letters 6, passim. Cf. Grimm, op. cit., 5. 3-4.

[72] Burton’s Hume 2. 173; 9 de noviembre de 1673.

[73] Un inglés en París escribió al conde Marshall de Escocia: «Se considera la felicidad de verlo allí como uno de los frutos más dulces de la paz». Letters to Hume, pág. 63; 4 de enero de 1764.

[74] Burton’s Hume 2. 181.

[75] Du Deffand’s Lettres à Walpole 3. 591.

[76] Lettres à Walpole 1. 232; 5 de marzo de 1767, y passim.

[77] Véase Burton’s Life of Hume; Letters addressed to Hume (1849); Private Correspondence of Hume (1820); Letters, ed. T. Murray (1841); y Exposé succinct de la Contestation ... entre M. Hume et M. Rousseau (1766). Las narraciones más sencillas para el lector general se encuentran en Ségur’s Julie de Lespinasse.

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capítulo 7, y en Collins’s Voltaire, Montesquieu, and Rousseau in England, pp.
182 y ss.
[78] Véase Garat, Mémoires Historiques 2. 158.
[79] Véase Letters 6. 396; 12 de enero de 1766, para la carta completa. Una segunda carta,
en el personaje de Émile, se imprime en Madame du Deffand’s Lettres à Walpole 1.
3 n. Madame du Deffand convenció a Walpole de que no la hiciera pública.

[80] Véase arriba, p. 54 n., y volumen uno de sus Lettres à Walpole, passim.
[81] Burton’s Life of Hume 2. 513.
[82] Lettres à Walpole 3. 253.
[83] En octubre (?) de 1776, la señora Montagu escribió a Beattie: «Como pasé buena parte de mi tiempo con los literatos en París, puede imaginar que oí mucho sobre la forma en que el señor Hume se despidió del mundo. “Los filósofos” (como se llaman a sí mismos) estaban contentos de que defendiera con tanta constancia al incrédulo». M. Forbes’s Beattie and his Friends 130.

[84] Letters 6. 309; 3 de octubre de 1765.
[85] Ib., 6. 332.
[86] Ib., 6. 358.
[87] Véase Letters 6. 332: «Buenas gentes, no tienen tiempo para reírse». «¿El señor de Fontenelle —preguntó un día Madame Geoffrin—, nunca ha reído?», «No», respondió él, «nunca he dicho ah, ah, ah». Necker, Nouveaux Mélanges 1. 165. El odio de Chesterfield por la risa, esa «distorsión chocante del rostro», es bien conocido; se jactaba de que nunca se le había visto reír.

[88] Lettres à Walpole 1. 577; 24 de mayo de 1769.
[89] Letters 6. 404; 25 de enero de 1766.
[90] Diez años después, Madame du Deffand le dio una ilustración aún más sorprendente de la maternidad francesa. Véase Letters 9. 236.

[91] Cf. el profesor Brunel en Petit de Julleville’s Histoire 6. 410: «Es, de hecho, la “razón” lo que se reconoce en Madame Geoffrin como mérito eminente».
[92] Letters 6. 395; 11 de enero de 1766.
[93] Ib., 6. 396.

[94] Ib., 6. 404; 25 de enero de 1766.
[95] Montesquieu le escribió (15 de junio de 1751): «Siento que no hay lecturas que puedan sustituir a un cuarto de hora de esos almuerzos que eran mi delicia». Œuvres (1879), 7. 377.

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[96] Cartas 9. 59; 28 de septiembre de 1774.
[97] Ib., 6. 356; Walpole había conocido a este duque en París.

[98] Montesquieu, Obras (1879), 7. 400; 13 de septiembre de 1752. «Lo que debe consolarnos es que aquellos que ven claro no son por eso más iluminados».
[99] Esta descripción de sí misma «en un rincón de un convento» la envió a Madame de Boufflers:
En su barril
se ve una vieja sibil
en su barril.
Que solo tiene piel sobre los huesos,
que nunca ayunó en vela,
que rara vez lee el Evangelio
en su barril.
—De G. Maugras, La Marquesa de Boufflers, p. 101.
[100] «Madame du Deffand... es deliciosa; es decir, siempre que puedo llevarla cincuenta años atrás, pero ella está tan interesada en lo que ocurre cada día como yo en el siglo pasado». Walpole, Cartas 6. 367; 2 de diciembre de 1765.
[101] D’Alembert la llamó «La víbora» y le dijo a Hume que odiaba a todos, especialmente a los grandes hombres. Cartas a Hume, p. 201.

[102] «Aquellos por quienes no hay que temer ser asesinado, pero que dejarían actuar a los asesinos». Montesquieu, Obras (1879) 7. 379.
[103] Necker, Nuevos misceláneos 1. 79: «Madame du Défan [sic] acusaba a todos los pensadores de afectación».

[104] Cartas a Walpole 3. 319, y passim.
[105] Ib. 3. 77.
[106] Ib. 2. 373; cf. 3. 203. «Todo tipo de lectura me aburre».
[107] Editado por la señora Paget Toynbee, Londres, 1912. Hay 838 cartas.

[108] Cartas a Walpole 1. 167; 14 de noviembre de 1766.
[109] Cartas 9. 249; 8 de septiembre de 1775.
[110] «Si es posible, vale más visitarla que nunca; y estoy tan lejos de avergonzarme de venir aquí a mi edad, que me considero más sabia que uno de los Magos cuando viajo a adorar esta estrella en Oriente. La estrella y yo fuimos a la ópera anoche, y cuando salimos de casa de Madame de la Vallière, a la una de la madrugada, quiso dar vueltas por la ciudad, porque era demasiado temprano para ponerse... Tú cuidas a una niña de cuatro años, y yo barro con una anciana de ochenta». Cartas 9. 256; a Selwyn, 16 de septiembre de 1775.

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[111] Cartas a Walpole 2. 476.
[112] Ib. 2. 484.

[113] Ib. 2. 479; “Hay gente aquí que lo llama Junius”.
[114] J. Morley, Burke, p. 67.
[115] Cartas a Walpole 3. 589, en crítica a su Discurso sobre la independencia del Parlamento, 11 de febrero de 1780.

[116] Ib. 2. 479; 481.
[117] “Le doy una compañía que he procurado elegir para él: un tal du Buc, que también es un gran espíritu, el Conde de Broglio, el Obispo de Mirepoix, Madame de Cambis, los Caraman, etc.” Cartas a Walpole 2. 479; 24 de febrero de 1773.
[118] Impreso en 1778.
[119] De J. A. H. de Guibert, París 1773.
[120] Véase Cartas a Walpole 2. 488. Había hablado de ello con Walpole y, evidentemente, lo prefería a la tragedia de La Harpe, que no gustó a Madame du Deffand. La tragedia, ampliamente conocida gracias a las lecturas del autor en los salones, se representó en 1775.
[121] Véase Bisset, Vida de Burke (1798), p. 158. Morley cree que fue en el salón de la señorita de Lespinasse donde Burke conoció a Diderot.
[122] Cartas 8. 252; 11 de marzo de 1773.
[123] Diderot.
[124] Morellet.

[125] Sin embargo, el profesor Cross los considera bastante fiables. Vida de Sterne, p. 287.
[126] D. Garat, Memorias históricas sobre el siglo XVIII 2. 136.
[127] 31 de enero de 1762.

[128] Cartas 6. 370; 2 de diciembre de 1765.
[129] Cf. Cross, Vida de Sterne, p. 282.
[130] El ascenso de Julie de Lespinasse (1732-1776) a una posición de gran importancia en la sociedad parisina es una historia emocionante. Véase Ségur, Julie de Lespinasse. La descripción de su ruptura con Madame du Deffand, de quien había sido “compañera”, se menciona anteriormente, p. 61. Walpole (Cartas 9. 59) la califica de “una falsa dama de ingenio” y pide a Conway que no se deje llevar a su salón, frecuentado por ingleses, para no ofender a Madame du Deffand.

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[131] Necker, Mélanges 2. 287.
[132] Cartas al conde de Guibert (1809) 2. 233.

[133] Véase Lettres de Mlle. de Lespinasse ... seguidas de dos capítulos del género del Voyage sentimental de Sterne, por el mismo autor. París 1809; 3. 261.
[134] La autenticidad de estas historias está garantizada por el primer editor de las Cartas de Mlle. de Lespinasse (1809), op. cit. 1. xiv, y por el autor del «Retrato» en Éloges de Madame Geoffrin (1812), p. 47. Mlle. de Lespinasse leyó los capítulos en voz alta en el salón de Madame Geoffrin.
[135] Su padre lo envió a Lausana a los dieciséis años. Su primera aventura literaria, su Essai sur l’Étude de la Littérature, fue en francés.

[136] Cartas a Walpole 3. 342; 8 de junio de 1777.
[137] Gibbon, Obras misceláneas 2. 247; 21 de abril de 1781.
[138] Cartas a Walpole, 3. 367; 21 de septiembre de 1777.
[139] Cartas privadas, ed. Prothero, 1. 29; 12 de febrero de 1763. Cf. Memorias, ed. Hill, p. 153.
[140] La descripción que hace Walpole de él es menos halagadora. «Se sonrojaba; todos sus rasgos redondos se contraían en ángulos agudos; fruncía su boca pequeña y [apretaba] su tabaquera... Conocía bien su vanidad, incluso respecto a su rostro y figura ridículos, pero pensaba que tenía demasiado sentido común como para admitirlo tan abiertamente». Cartas 11. 376; 27 de enero de 1781. Gibbon evitaba disputas con Johnson, y Boswell (Vida 2. 348) supuso que temía «una competencia de habilidades».

[141] Cartas a Walpole 3. 343, 351 y 376.
[142] Cartas privadas 1. 312; 16 de junio de 1777.
[143] Cartas a Walpole 3. 336.
[144] Obras misceláneas de Gibbon 2. 178; 30 de septiembre de 1776.

[145] Obras misceláneas 1. 312; 16 de junio de 1777.
[146] Ella le escribió en enero de 1777: «Su compañía, señor, siempre ha sido un gran placer en mi vida, porque reúne el interés por las cosas pequeñas, el entusiasmo por las grandes, la abundancia de ideas, la atención hacia las de los demás, y una ligera ironía, alma de la conversación, junto con la indulgencia del momento, la solidez de carácter y el coraje de la amistad». Gibbon, Obras misceláneas 2. 193. Madame du Deffand aplicó a la conversación de Gibbon una frase de Fontenelle: «forte de choses». Cartas a Walpole 3. 338; 27 de mayo de 1777.

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[147] «Ese es el tono de nuestros grandes intelectuales: solo hay adornos, ostentación y brillo, pero nada de sustancia... Tiene, si no me equivoco, una gran ambición de fama; busca abiertamente ganarse el favor de todos nuestros grandes intelectuales». Cartas a Walpole 3. 357; 10 de agosto de 1777.
[148] Gibbon’s Miscellaneous Works 2. 247; 21 de abril de 1781.
[149] Gibbon’s Miscellaneous Works 2. 214; 12 de noviembre de 1777.

[150] *Pilgrimage to Paradise* de Nicholas Breton, citado por la señorita Young.
[151] Estas y otras ilustraciones provienen de *Mary Herbert, Countess of Pembroke* de la señorita Frances Young, Londres 1912.
[152] Epigrama 94.

[153] *Life and Letters of John Donne* 1. 212. Su influencia «refinadora» en la mente y el juicio de Donne se destaca especialmente en su segunda carta a la condesa de Bedford.
[154] El profesor Grierson le atribuye el poema que comienza así: «Muerte, no te enorgullezcas; tu mano no dio este golpe». Véase su edición de los poemas de Donne, 2. cxliv.
[155] Twicknam Garden.

[156] Gosse 2. 79; 1651.
[157] Este tema es analizado de manera interesante por el profesor Fletcher en su obra *Religion of Beauty in Woman*, «Précieuses en la corte de Carlos I», pero su análisis muestra cuán hostil era el nuevo movimiento a cualquier tipo de verdadero patrocinio de las letras.
[158] Por lo tanto, no hay indicio alguno de la existencia de un salón literario en torno a una figura como la duquesa de Newcastle.
[159] *Seventeenth Century Studies*, p. 208.

[160] A «Berenice», en *Familiar Letters*, Londres 1697; 1. 147; 30 de diciembre de 1658.
[161] Sobre la muerte de la señora Katherine Philips. En su *Ode on Orinda’s Poems*, se rastrea el linaje de esta dama hasta Boadicea. Rowe, en su *Epistle to Daphnis*, afirma que ella alcanzó tal altura como Corneille «y igualó toda su fama». Dryden la compara con la señora Killigrew. Cowley quizá le debió más que a nadie. La siguiente referencia a él en sus cartas parece demostrar que ella le fue de gran ayuda: «Me alegra mucho el éxito del señor Cowley, y me esforzaré al máximo para agradecer a su señoría sus esfuerzos al respecto». (A Berenice, *Familiar Letters* 1. 143; 25 de junio [1758?]).

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[162] Discurso, p. 38.
[163] Obras de San Évremond, traducción al inglés, 2ª edición, Londres 1728; 2. 247.
[164] Ib., 2. 299.
[165] Su belleza fue elogiada por Waller en El triple combate. Lely pintó su retrato.

[166] Véase “English Femmes Savantes at the End of the Seventeenth Century” del Dr. Upham, en el Journal of English and Germanic Philology, abril de 1913. Se trata de un análisis bastante exhaustivo del tema, que revela un desarrollo del “feminismo” en Inglaterra paralelo, en algunos aspectos, al que tuvo lugar en Francia. Sin embargo, como el movimiento no muestra ningún intento de centrar la actividad literaria en los salones, el artículo debe considerarse como que aborda un aspecto diferente del tema general tratado aquí.

[167] Así lo dijo Madame du Deffand a Walpole. Cartas de Walpole 10. 28.

[168] No era necesario recibir a los invitados en el dormitorio. Con frecuencia se utilizaba el vestidor contiguo para ese fin. Véase Man of Business de Colman (1774), inicio del Acto 2. La reunión matutina debe compararse con las recepciones más íntimas de Madame de Rambouillet, donde un asiento cerca de la cama, en el espacio entre esta y la pared, era el lugar de honor, ya que estaba más cerca de la anfitriona mientras esta descansaba. La informalidad matutina se volvió tan popular en París que damas y caballeros de calidad asistían a las conferencias “incluso con bata” (Memorias de Hannah More de Roberts 2. 17). Cf. Goldsmith (Ciudadano del mundo, carta 77): “la forma moderna en que algunos de nuestros nobles reciben a sus invitados con sus batas matutinas”.

[169] Ya en la época del Spectator, Addison deploraba la costumbre, introducida por damas viajeras, de “recibir a los caballeros en sus dormitorios”.

[170] Probablemente, como señala Hill, Madame de Boufflers; cf. supra, p. 53.

[171] Vida de Boswell 2. 118; cf. 3. 207.

[172] Vida de Boswell 5. 395; aquí la palabra levee probablemente se emplea de manera coloquial para referirse a una conversación matutina.

[173] Ciudadano del mundo, carta 104.

[174] Cf. Vida de Johnson de Boswell 2. 318.

[175] Diario de Madame D’Arblay 5. 80-81.

[176] Cartas (1770) 1. 7; 8 de abril de 1750.

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[177] Cartas 8. 437.
[178] Memorias de Roberts sobre More 1. 395.

[179] Correspondencia de la señora Delany 6. 229; 7 de septiembre de 1784.
[180] Diario del 10 de mayo de 1773; Vida de Beattie de M. Forbes, p. 75.
[181] Vale la pena citar en su totalidad la vívida descripción que hace Hannah More de una reunión:
“El lunes estuve en una reunión muy grande en casa del obispo de Saint Asaph. Imagínese a ciento cincuenta o doscientas personas reunidas, vestidas al último grito de la moda; maquilladas hasta quedar rojas como en las bacanales; envenenando el aire con perfumes; pisoteando los vestidos unas a otras; formando una multitud de la que luego se quejan; ni uno de cada diez logra conseguir una silla; protestando porque están comprometidas con otros diez lugares; y lamentándose por el cansancio que no se ven obligadas a soportar. Diez o doce mesas de juego, repletas de viudas distinguidas, eclesiásticos serios y almirantes de aspecto vulgar; así se tiene una idea de lo que era esa reunión”. Memorias de Roberts sobre More 1. 242; cf. ib. 1. 311.

[182] Otras descripciones contemporáneas del salón se encuentran en otras partes de este volumen. Otras aún —generalmente más fragmentarias— pueden consultarse en Excursión de Frances Brooke 1. 142, Memorias de Roberts sobre More 2. 22-23; 1. 92-93; 174; 317.

[183] Las experiencias de Horace Walpole en los salones ingleses de Turín y Florencia pueden consultarse en el primer volumen de sus Cartas. “Basta imaginar la coalición de prudencia, depravación, sentimentalismo, historia, griego, latín, francés, italiano y metafísica; todo ello, excepto lo último, comprendido a medias, en parte o en absoluto”, 1. 82; 31 de julio de 1740.

[184] Este era un asunto importante para algunas de las mujeres de alta sociedad, como puede demostrar la siguiente cita de Hannah More: “Nunca vi una reunión tan agradable como la de la otra noche en casa de los Pepys. Estaba toda la aristocracia de Londres: todos los ingeniosos y todas las ingeniosas... pero el ambiente de la velada se mantuvo gracias a un poco de limonada hasta pasadas las once, sin cartas, sin escándalos ni política”. Memorias de Roberts sobre More 1. 208.
La oposición de Johnson a algo de este tipo se evidencia en su comentario sobre “una reunión social para conversar”: “Allí no sirven nada, ni té, ni café, ni limonada, ni nada en absoluto. Créame, señor, a nadie le gusta ir a un lugar del que sale exactamente igual que entró”. Vida de Boswell 4. 90.
Él instó a la señora Thrale a ofrecer a sus invitados “una gran cantidad de los mejores dulces”.

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[185] Qué cierto es esto en cuanto al espíritu de la conversación lo demuestra una discusión algo escandalosa sobre la señorita Hannah More que tuvo lugar entre la señora Cholmondeley y la señorita Burney: Señora Cholmondeley: «En absoluto me gusta; es decir, la detesto. No hace más que halagar y adular; y luego piensa mal de nadie. ¿No odias a una persona que piensa mal de nadie?» Diario de la señora D’Arblay 1. 188.

[186] 1787. Acto 3, escena 2.

[187] Véase su primera conversación con Marlow, Acto II. Ella misma la califica de sentimental, en referencia a estas banalidades.

[188] Mélanges 3. 243.

[189] Ib. 266.

[190] Correspondencia de la señora Delany 4. 236; 30 de agosto de 1769.

[191] Diario de la señora D’Arblay 2. 351.

[192] Las colas de las pelucas de tipo macarrón eran notoriamente largas.

[193] Anécdotas de Spence 378.

[194] Vida de Boswell 4. 195. Un ejemplo de lo que puede ser este tipo de cosas se ve en este epigrama de Marmontel, al recoger la pluma de una dama:
Églé, esta pluma es de aquellas
Que a tus pies dejó el Amor,
Cuando ese Dios, fijo sin retorno,
Te dejó cortarle las alas.
Necker, Nouveaux Mélanges 1. 30.

[195] “Institutress” es la designación sencilla que la señora Miller utiliza para referirse a sí misma. La cita proviene del prefacio a un volumen titulado Poetical Amusements at a Villa near Bath, Bath 1775.

[196] Cartas de Walpole 9. 134; 15 de enero de 1775.

[197] Véase el prefacio al volumen correspondiente a 1777.

[198] 1776; 1777; 1781.

[199] En 1781 se había anunciado un quinto volumen para 1782.

[200] Londres 1777.

[201] Bath 1776.

[202] Bath 1776.

[203] En 1780 se llama a sí misma “bluestocking”. Diario 1. 403.

[204] Memorias del doctor Burney 2. 262.

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[205] Véase más abajo, p. 140.
[206] Véase arriba, p. 105.

[207] Cf. todo el pasaje. Home’s Lady Louisa Stuart, pp. 159-60.
[208] Un equivalente italiano de “bluestocking” es desconocido para Tomaseo y Bellini. En un folleto titulado Pursuits of Literature, impreso en 1797, T. J. Mathias utiliza el término calza azzurra, como si proviniera de Ariosto, citando: “Fortunata la Calza azzurra e d’oro / Si grate a Febo e al santo Aonio coro”. Sin embargo, la primera línea citada no es de Ariosto, sino del propio Mathias. Cf. Orlando Furioso, ed. Papini, canto 46, estrofa 3.

[209] 1. 379 y ss.
[210] Larousse, Grande Encyclopédie.
[211] La explicación que da Mills sobre esta palabra fue adoptada (sin reconocimiento) por el Dr. Brewer en su Dictionary of Phrase and Fable, por lo que tuvo una gran difusión. Recientemente se ha repetido, especialmente en la Quarterly Review de enero de 1903, en un artículo titulado “La reina de las bluestockings”, escrito por un autor anónimo, y en A Later Pepys de la Sra. Gaussen.
[212] Rey Enrique IV, parte I, acto 2, escena iv.

[213] Home’s Lady Louisa Stuart, p. 156; cf. el Diario de Madame D’Arblay, 4.65.
[214] La siguiente cita de las Cartas de la Sra. Montagu (4.117) ha sido citada (especialmente en el New English Dictionary y en la edición de Hill de la Vida de Johnson de Boswell) como prueba de que el término “bluestocking” ya se utilizaba desde el 8 de marzo de 1757, fecha en la que la Sra. Montagu escribe: “Le aseguro que nuestro filósofo (el Sr. Stillingfleet) es un hombre muy aficionado al placer; ha dejado atrás a sus viejos amigos y sus medias azules, y cada noche va a óperas y otras reuniones festivas”. Personalmente, no creo que esto pueda considerarse como un uso del término “bluestocking”. Tiendo a pensar que la Sra. Montagu solo quiere decir lo que dice literalmente, es decir, que el Sr. Stillingfleet ha abandonado esa vestimenta sencilla por la cual era conocido. Pero, en cualquier caso, es interesante como referencia a la fama de sus medias, y tiende a respaldar la explicación de Boswell sobre este término.
[215] Life, 4.108.
[216] 1.210 n.; cf. una descripción similar por parte de Pennington (que recordaba los salones) en sus Letters of Mrs. Carter to Mrs. Montagu.

[217] Memoirs of Dr. Burney, 2.262-63. En el Diario no se da ninguna explicación del término “bluestocking”.

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[218] Cartas de la señora Carter a la señora Montagu 3. 202; 22 de septiembre de 1783. Hannah More hace referencia a este suceso en el «Anuncio» que precede a Bas Bleu (1786). Al parecer, la historia fue contada a los “blues” por lady Dartrey. Véase la carta de Pepys a Hannah More, en A Later Pepys 2. 235; 13 de agosto de 1783.
[219] Gaussen, A Later Pepys 1. 42.
[220] Quienes deseen estudiar el desarrollo juguetón de esta palabra pueden consultar el artículo divertido «Bas bleu», en la edición anterior del Diccionario Larousse.
[221] Cartas 13. 217; 13 de noviembre de 1784.
[222] Diario de Madame D’Arblay 5. 50; 27 de diciembre de 1791.
[223] Ciertamente mucho antes de la fecha (1790) indicada en el New English Dictionary: «Por la tarde tuvimos un refuerzo muy grande de “blues”», escribió Hannah More en marzo de 1783 (Roberts’ Memoirs of More 1. 275); «Había todo lo delicioso en el estilo “blue”», escribe la misma autora en 1784 en referencia a la conversación de la señora Ord (Ib. 1. 317).
[224] Diario de Madame D’Arblay 2. 236; 9 de diciembre de 1783.
[225] Ib. 4. 66; 1 de agosto de 1788.
[226] Cf. Fanny Burney, «Él sentía una gran reverencia por nosotras, las que llevábamos medias azules». Diario 1. 403; junio de 1780.
[227] A Series of Letters 4. 218.
[228]

Montaigu, tus dones preciados
me aseguran tu benevolencia;
los míos, poco dignos de tus ojos,
prueban mi obediencia.
Así, en todas partes se ve cómo los dioses
reciben canciones aburridas
a cambio de los bienes que su mano distribuye.
Tus beneficios me son más halagadores
que los tesoros de la fortuna,
siempre ciega en sus favores;
ella prodiga honores
a aquellos cuya voz la molesta;
pero tus miradas dulces y perspicaces
tienen en cuenta el verdadero mérito;
juzgo también, por tus regalos,
que a menudo hay indulgencia en ellos.
Du Bocage, Cartas sobre Inglaterra, p. 50; 25 de mayo de 1750.
[229] Gibbon’s Miscellaneous Works 2. 179; 30 de septiembre de 1776.

Page 237

[230] Cartas a Walpole 3. 243, 256.
[231] Ib. 3. 383.

[232] Forbes’s Life of Beattie 1. 389; 3 de septiembre de 1775.
[233] Correspondencia de la señora Delany 5. 165.
[234] Diario de Madame D’Arblay 1. 460.
[235] Cartas 2. 149; 1 de mayo de 1780.

[236] A Later Pepys 1. 404.
[237] Correspondencia de la señora Delany 4. 204-205.
[238] Home’s Lady Louisa Stuart, p. 158.
[239] La carta no está fechada, pero, al referirse a la muerte de Lord Bath, debe ser posterior a 1764. Burke es extrañamente criticado por «una vivacidad immoderada del genio»; se hace contra Garrick la acusación habitual de que él mismo solo está en el escenario, «y es actor en todas partes más». No se menciona a Johnson. Se otorga la palma a Lord Chatham entre los ingenios vivos. Lyttelton’s Letters (1780), pp. 122 y ss.

[240] Cartas 11. 366 y 368; 9 y 14 de enero de 1781.
[241] Roberts, Memoirs of More 1. 298.
[242] Carter, Series of Letters 4. 141.
[243] Cartas sobre varios temas 2. 166.

[244] Cartas 14. 5.
[245] Diario 1. 253.
[246] Así la llamaba ya la señora Delany en 1751. (Correspondencia 3. 21), quien añade: «Los espíritus del aire la protegen».

[247] Cartas a la señora Montagu 1. 242.
[248] Ib. 1. 330.
[249] Ib. 1. 311.
[250] La señora Carter escribe sobre ella (Series of Letters 4. 27): «Te impedí que me llevaras a todos los lugares de los que habías oído hablar en Inglaterra o Gales».
[251] Cartas a la señora Montagu 1. 335, 2. 355; cf. 2. 109.
[252] Series of Letters 4. 120.
[253] Ib. 4. 137.

[254] Correspondencia de la señora Delany 3. 40.

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[255] Ib. 5. 523.
[256] Hannah More escribe: «El martes estuve en la reunión de la señora Vesey, que estaba tan llena que no resultó nada agradable. Ella ama mucho la compañía; y como está relacionada con casi todo lo que es grande en el buen sentido de la palabra, siempre tiene demasiada gente». Roberts’s Memoirs 1. 278; 29 de marzo de 1783.
[257] Diary of Madame D’Arblay 2. 214; 19 de junio de 1783.

[258] Letters 11. 170.
[259] «Señora, he leído su libro y no tengo nada que decirle». Series of Letters 3. 228, nota; Johnsonian Miscellanies 2. 12, nota.
[260] Series of Letters 3. 255; 21 de mayo de 1765.
[261] «Parecía más bien deseosa de reunir a personas de renombre y talento bajo su techo o en su mesa que de fingir ser una de ellas». Wraxall’s Historical Memoirs 1. 103. «Sin intentar destacar ella misma, tenía el feliz secreto de sacar a relucir talentos de todo tipo y de difundir por la sociedad la dulzura de su propio carácter». Forbes’s Life of Beattie 1. 209, n.
[262] Letters of Mrs. Carter to Mrs. Montagu 1. 271 y A Series of Letters 3. 292.

[263] Diary of Madame D’Arblay 2. 234.
[264] Sus cartas, con excepción de una nota vivaz pero algo incoherente dirigida a Hannah More, no han sido publicadas. Lord Lyttelton escribió a Garrick: «Quedará encantado (como yo) con los vivos colores y finos matices del estilo epistolar de nuestra hada, unidos a una facilidad perfecta. Las cartas de la señora Montagu no le superan en nada salvo en fuerza y amplitud de pensamiento». Garrick, Correspondence 1. 440; 12 de octubre de 1771.
[265] Series of Letters 4. 6.

[266] Ib. 4. 83.
[267] Ib. 4. 354.
[268] Letters to Mrs. Montagu 1. 335.
[269] Diary 1. 253-54.

[270] Letters 9. 152; 24 de enero de 1775: «Los coptos eran una raza egipcia, de la cual solo los eruditos saben algo; y de ahí proviene el nombre de “copto” para las academias de la señora Montagu».
[271] Johnson, Walpole, Goldsmith, Burke, Reynolds, Boswell, Garrick, Sterne, general Potemkin, general Paoli, general Oglethorpe, media docena de obispos, y

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Todos los artistas de música blues estuvieron en alguna ocasión entre sus invitados. Sobre una de sus fiestas, Hannah More escribió: «Reunió a su gente desde el Báltico hasta el Po, pues había un noble ruso, un virtuoso italiano y el general Paoli». Memorias de Roberts sobre More 1. 212.
[272] Serie de cartas 3. 323.
[273] Ibíd. 3. 255.
[274] Su cuñada prosaica, a quien los amigos llamaban «Cuerpo», del mismo modo que llamaban a Vesey «Mente».
[275] Cartas a la señora Montagu 1. 358.
[276] Véase La vida y las cartas de Sterne de Melville 2. 67 y ss.

[277] Vida de la señora Delany 5. 307. Gibbon escribió sobre Raynal (Cartas 2. 75; 30 de septiembre de 1783): «Su conversación, que podría ser muy agradable, es intolerablemente ruidosa, perentoria e insolente; y uno podría pensar que él solo era el monarca y legislador del mundo». Walpole, que lo conoció en casa del barón d’Holbach, se aburrió tanto por sus preguntas que fingió estar sordo. «Después de la cena descubrió que no lo estaba, y nunca me perdonó». Sin embargo, tres años después cenó con Walpole en Strawberry Hill: «El abad Raynal no solo no miraba nada él mismo, sino que también siguió hablando con el embajador todo el tiempo, sin dejarlo ver nada. Nunca hubo un chismoso tan insolente y tedioso. Dijo a uno de los franceses que deberíamos ir al extranjero para aprender a amar nuestro propio país. Esto fue antes del señor Churchill, quien respondió muy adecuadamente: “Sí, recientemente tuvimos aquí a algunos esquimales, y a ellos no les gustó nada porque no podían conseguir aceite para desayunar”». Cartas 9. 92; 12 de noviembre de 1774, y 10. 62; 15 de junio de 1777.
[278] Obras póstumas 1. 174. «En la hora y media que estuve en su compañía, dijo tanto que habría hecho de él un compañero agradable durante una semana, si hubiera dedicado tiempo a responder».
[279] Serie de cartas 4. 113; cf. 3. 228 y 4. 108. Parece que la señora Montagu temía que la señora Vesey estuviera a punto de adoptar algunas de las «absurdidades» de Rousseau. Cf. Cartas de la señora Carter a la señora Montagu 3. 241; 24 de junio de 1785.

[280] Hartley escribe a W. W. Pepys (20 de agosto de 1800): «La casa de la señora Vesey… era, de hecho, el lugar más agradable para conversar». A Later Pepys de Gaussen 2. 154.
[281] Frances Glanville Boscawen (1719?-1805) fue la esposa del honorable Edward Boscawen, almirante (f. 1761), y madre del vizconde Falmouth y de la duquesa de Beaufort.
[282] 3. 331.

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[283] Memorias de More de Roberts 1. 182; 93.
[284] Sin embargo, sí prestó cierta ayuda a Johnson en las Vidas de los Poetas. «Tengo derechos», escribe a la señorita More (Memorias de More de Roberts 1. 191), «sobre el Dr. Johnson, pero como nunca me reconoce cuando nos encontramos, todos esos derechos mueren en su cuna; pues debe saber quién soy antes de poder recordar que fui yo quien le proporcionó los manuscritos del señor Spence». Estos documentos fueron de gran utilidad para Johnson, como él mismo señala (Vidas 1. xxvii, ed. Hill). Boswell lamenta (Vida 4. 63) que Johnson no hiciera una muestra de agradecimiento más adecuada; pero parece que Boswell no estaba al tanto de la relación de la señora Boscawen con todo este asunto. La señora Boscawen no puede hablar en serio cuando dice que Johnson no la conocía. Una conversación con Johnson, en la que ella participó, se describe en la Vida (4. 98).
[285] Memorias de More de Roberts 1. 129.
[286] Ib. 1. 179.

[287] Ib. 1. 192.
[288] Memorias de More de Roberts 1. 190.
[289] La señora Boscawen ya había sido objeto de más de un homenaje literario anteriormente. La sombría oda de Young, Resignation, fue dedicada a ella tras la muerte del almirante Boscawen; la señora Montagu llevó a la viuda ante el poeta anciano en busca de consuelo. En este poema se le pide que «salga como una amazona moral, armada con un pensamiento intrépido». Quizás el último de estos homenajes poéticos fue un soneto (de cuya selección se imprime aquí por primera vez), escrito por Pye cuando era poeta laureado. Al escribir sobre su villa en Richmond, que alguna vez fue hogar de Thomson, el poeta Pye dice:
Aún el séquito de la Fantasía trazará tus verdes senderos,
Aunque haya cesado el dulce canto de su devoto favorito;
Cada lugar habitual seguirá adornándose con sus pasos,
Y el Genio seguirá vagando por tus verdes rincones;
Pues, desde el lugar que tanto ama Boscawen,
La musa compañera nunca estará lejos.
Brit. Mus. Add. MS. 27578.
[290] La señora Boscawen eligió a Opie para pintar su retrato, aunque el modelo, según escribe (Memorias de More de Roberts 2. 35), «es digno de la superior habilidad de Sir Joshua Reynolds; pero puedo ordenarle a Opie que lo modifique, o incluso lo vuelva a pintar si no nos gusta». En su respuesta, la señorita More manifestó que nada podía superar su rechazo natural a que le pintaran un retrato, pero los deseos de la señora Boscawen eran para ella «órdenes indiscutibles». El retrato, que se colgó en el comedor de la señora Boscawen, se hizo tan popular que tanto Walpole como la señora Walsingham quisieron copias de él.

Page 241

[291] Anne Dillingham Ord (f. 1808) fue la viuda de William Ord (f. 1766), quien había sido alcalde mayor de Northumberland en 1747. A menudo se la denomina «la señora Ord de Queen Anne Street».
[292] Cabe mencionar Doran, Lady of the Last Century, p. 264, y el New English Dictionary, bajo la entrada «Bluestocking».
[293] Cartas 2. 146; cf. 149.

[294] Hannah More y Fanny Burney; por ejemplo, el reverendo Montagu Pennington (Cartas de Carter a Montagu 3. 199 n.) habla de ella como de alguien «de quien apenas se puede decir demasiado bien, y de quien el editor cree que sería imposible decir algo malo».
[295] Diario temprano de Frances Burney 2. 138.
[296] Véase p. 139.
[297] Sin embargo, no siempre; pues Hannah More llegó a encontrarse en una multitud tal que pensó que tenía suerte de estar «apretujada con el señor Smelt, Langton, Ramsay y Johnson». Memorias de Roberts 1. 174; 1780.
[298] Ib. 1. 274; 7 de marzo de 1783.
[299] Ib. 1. 317; 1784.
[300] Diario de Madame D’Arblay 2. 378.

[301] En una ocasión reunió a toda la pandilla de literatos para que Fanny pudiera mostrarles a sus viejos amigos que su estancia en la Corte no la había hecho olvidarlos. En esa ocasión la reunión fue excepcionalmente brillante e incluyó a la señora Montagu, la señora Carter, la señora Boscawen, la señora Chapone, la señora Garrick, Reynolds, Langton y Horace Walpole. En esa asamblea, la señorita Burney dice que estará «orgullosa de mostrar a todos el justo primer lugar que ella [la señora Ord] ocupa entre todos ellos». Diario de Madame D’Arblay 3. 357 (3 de enero de 1788).
[302] Diario de Madame D’Arblay 5. 33; 1791.

[303] Ib. 5. 68.
[304] Correspondencia de la señora Delany 5. 12 n.
[305] Memorias de Roberts sobre More 1. 285 y 1. 92.
[306] Correspondencia de la señora Delany 4. 283; 1770.

[307] Ib. 4. 489; 30 de diciembre de 1772.
[308] Ib. 5. 374.
[309] Diario de Madame D’Arblay 2. 364.

Page 242

[310] Un periódico anunció que «la vivaz escritora de la elegante novela Evelina, la señorita Burney, ahora vive junto a la señora Thrale, de la misma manera que la señorita More lo hace con la señora Garrick, y la señora Carter con la señora Montagu». Diario de Madame D’Arblay 1. 492; mayo de 1781.
[311] Memorias de More de Roberts 2. 100.
[312] La frase proviene de Bas Bleu.

[313] Véase Shakespeare and Voltaire de Lounsbury, Nueva York, 1902.
[314] Véase Cartas de Walpole 11. 67.
[315] Véase Lounsbury, op. cit.
[316] Life 2. 88. Tan tarde como en 1787, ella fue descrita así en el epílogo de la obra teatral Seduction de Thomas Holcroft:
«Digamos, ¿no deberíamos proclamar con orgullo consciente
a una crítica femenina surgida… incluso más famosa que Shakespeare?»
Hacia el final del siglo, la fama del libro disminuyó. La señora Montagu fue atacada anónimamente por Mathias en su obra Pursuits of Literature (1794). Al hablar de los comentaristas de Shakespeare, dice (p. 37):
«Tampoco puedo pasar por alto a Lycisca Montagu,
con sus ladridos débiles y sus sandalias azules».
[317] La señora Montagu y sus amigos, capítulo 2.
[318] Ensayo, p. 19.
[319] Ib., p. 18.
[320] Ib., p. 150.

[321] Ensayo, p. 161.
[322] Ib., p. 153.
[323] Ib., p. 156.
[324] Cartas a la señora Montagu 3. 251 y 224.

[325] Higginson.
[326] «The Temple Classics» y «Everyman’s Library».
[327] Life 1. 123.
[328] Johnsonian Miscellanies 2. 11.

[329] Números 44 y 100. Fueron reimpresos en las ediciones de sus poemas reunidos.

Page 243

[330] Young la elogió en su poema Resignación (Parte 2). Al igual que Eva, la señora Carter y la señora Montagu han «causado una caída: una caída de la fama en el hombre». Él establece una comparación con Addison. Pero Lord Lyttelton es aún más audaz: el canto de Carter le recuerda a veces a los ángeles cantando sobre Belén y a veces a Safo:
«Grecia ya no podrá alardear
de la lesbiana Safo... Pues sobre la sagrada cabeza
de la poetisa de Gran Bretaña, las Virtudes entrelazan
una corona más noble».
—Al leer los poemas de la señorita Carter en manuscrito. El señor Smelt le dijo a Fanny Burney que consideraba la oda de la señora Carter la mejor del idioma. Diario 4. 222.
[331] Poemas sobre varios temas, 3ª edición, 1776, p. 94, «A la señora Vesey».

[332] Cartas a la señora Montagu 3. 224.
[333] Ib. 3. 180.
[334] Ib. 2. 292.
[335] Serie de cartas 3. 288.

[336] Cartas a la señora Montagu 1. 313.
[337] Ib. 3. 276.
[338] Ib. 3. 110.
[339] Serie de cartas 4. 112.

[340] Dedicación a las cartas.
[341] Correspondencia de la señora Delany 5. 93; 14 de enero de 1775.
[342] Ib. 5. 55, 309.
[343] Obras póstumas de la señora Chapone 1. 163.

[344] Sus cartas a Pepys, impresas por la señora Gaussen en A Later Pepys, no son tan interesantes. Hay una nota encantadora para Fanny Burney en el Diario 5. 50.
[345] Memorias de Hannah More de Roberts 1. 47.
[346] Ib. 1. 60.

[347] Memorias de More de Roberts 1. 63.
[348] Ib. 1. 64.
[349] Véase arriba, pp. 147 ss.; 175.
[350] En particular, La cautiva inflexible, basada en la historia de Regulo.
[351] Acto III.

Page 244

[352] Memorias de Roberts sobre More 1. 140.
[353] Ibíd. Véase arriba, p. 155.

[354] Roberts 1. 130.
[355] Cartas 10. 166-67; 11 de diciembre de 1777.
[356] Diario de Madame D’Arblay 1. 148 (1778).
[357] Las obras “sagradas”, Moisés entre los juncos, David y Goliat, Belsasar y Daniel, escaparon a la contaminación del escenario.
[358] Roberts 2. 153.
[359] Ibíd. 1. 191.
[360] Roberts 2. 111.

[361] Ibíd. 2. 415.
[362] Memorias de Roberts sobre More 1. 62.
[363] Véase “Consejos al Herald”.
[364] Vida de Beattie de Forbes 1. 195; carta a Gregory, 13 de marzo de 1771.

[365] Ibíd.
[366] Beattie y sus amigos de M. Forbes, p. 66.
[367] Ibíd. p. 68.
[368] Vida de Beattie de Forbes 1. 255; mayo de 1773.

[369] Ibíd. 1. 260. Extracto del diario de Beattie; 21 de mayo de 1773.
[370] Correspondencia de la señora Delany 4. 516; 13 de junio de 1773.
[371] M. Forbes, op. cit. 78. En este asunto, la opinión de Johnson coincidió por casualidad con la suya (ibíd. p. 90).
[372] Ibíd. p. 75.
[373] Ibíd. pp. 95-6.
[374] Ensayos, Edimburgo 1776.
[375] M. Forbes, p. 120.

[376] Beattie, siempre nervioso por sus rasgos escoceses, se sintió extremadamente complacido, y algún tiempo después le devolvió el cumplido con esta asombrosa frase: “Mis modelos en inglés son Addison y aquellos que escriben como Addison, especialmente usted, señora, y Lord Lyttelton. Se nos puede permitir imitar lo que no podemos esperar igualar”. Vida de Forbes 2. 115; 30 de enero de 1783.

Page 245

[377] Forbes’s Life 2. 132 y M. Forbes, op. cit. p. 110.
[378] Arbuthnot. Forbes’s Life 1. 203 y n.

[379] Escribió que había «logrado cierto progreso en un pequeño trabajo del cual vio usted un boceto en Sandelford, y del cual tuvo la amabilidad de leerlo y aprobarlo. Fue su aprobación, así como la del obispo de Chester y Sir William Forbes, lo que me determinó a revisarlo, corregirlo y ampliarlo, con vistas a su publicación». Forbes 2. 164.
[380] Véase Forbes’s Beattie 2. 41.
[381] Literary Anecdotes of E. H. Barker, Londres 1852.
[382] Inquiry into some Passages in Dr. Johnson’s Lives of the Poets, particularly his Observations on Lyric Poetry and the Odes of Gray. Londres 1783.
[383] Letters 13. 5.
[384] Cowper’s Letters, editado por Thomas Wright, 3. 267.

[385] Cowper’s Letters, editado por Thomas Wright, 3. 306; 21 de agosto de 1788; cf. 3. 266; 267; 277.
[386] En marzo escribió a la señora Throckmorton: «Los dos primeros libros de mi Ilíada han sido sometidos a la inspección y examen de una gran crítica de su sexo, a instancias de mi primo, como puede suponer. La dama domina más idiomas de los que cabría esperar (se espera que esté soltera) y, en particular, domina el griego». Letters 3. 444; 21 de marzo de 1790. El libro se publicó en julio de 1791.

[387] Letters 3. 439; 8 de marzo de 1790.
[388] Véase la ilustración adjunta.
[389] Barry’s Series of Engravings in the ... Society of Arts, Londres 1808.
[390] Walpole’s Letters 4. 319; 8 de noviembre de 1759.

[391] Ib. 11. 410; 3 de marzo de 1781.
[392] En su edición del Diario de Madame D’Arblay.
[393] Véase Melville’s Life of Sterne 1. 289 ss. y Climenson’s Letters of Mrs. Montagu 2. 270 ss.

[394] Correspondence of David Garrick 2. 189; 3 de noviembre de 1776.
[395] Diary 1. 126.
[396] Correspondence of David Garrick 1. 388 ss.

Page 246

[397] A Later Pepys 2. 283.
[398] Posthumous Works of Mrs. Chapone 1. 151.
[399] Roberts’s Memoirs of More 1. 363; 1784.
[400] Correspondence of Mrs. Delany 6. 209; 22 de enero de 1784.
[401] Letters 13. 214; 13 de noviembre de 1784.
[402] Letters 13. 432; 22 de diciembre de 1786.

[403] Wraxall’s Historical Memoirs 1. 115.
[404] Roberts’s Memoirs of More 2. 225; abril de 1790.
[405] Gibbon’s Miscellaneous Works 1. 163; diario de mayo de 1763.
[406] Private Letters of Gibbon 1. 31; 25 de marzo de 1763.

[407] Véase arriba, p. 123. Ya en 1769, la señora Carter lamentaba profundamente que él hubiera dejado «los placeres tranquilos de una sociedad selecta por los planes turbulentos de la ambición». Letters to Mrs. Montagu 2. 23.
[408] La señorita Burney era plenamente consciente de la diferencia aquí señalada. Al hablar con Wyndham sobre la vida de Johnson en Streatham, ofreció «una breve historia de su forma de vida allí: su buen humor, sus aficiones, su amabilidad, su sociabilidad y todas las numerosas cualidades excelentes que, en el mundo en general, eran ocultadas por muchos medios». Diary 3. 477.

[409] «Esta literatura debía brillar ya desde el siglo XVII, puesto que desde entonces se forma y se difunde en Francia el espíritu de sociedad... Antes de esa época, al menos en Francia, no existían los salones». P. de Julleville’s Histoire de la Littérature Française 5. 600.
[410] Letters, ed. Bradshaw, 1. 55.
[411] Memoirs of Sir James Mackintosh 2. 172.
[412] Diary of Madame D’Arblay 2. 266.
[413] Roberts’s Memoirs of More 2. 26; cf. Walpole’s Letters 14. 65 y passim.

[414] Letters 7. 9-10.
[415] Ib. 5. 87.
[416] Ib. 6. 356.
[417] La señora Necker afirmó que él era «tan parecido a la señora de Sévigné como dos guisantes». Letters 10. 80. Horace Mann había observado esa similitud muchos años antes. Ib. 2. 410.
[418] Letters 7. 137; 13 de octubre de 1767.

Page 247

[419] Vida de Boswell 4. 102.
[420] Cartas 8. 427; 23 de febrero de 1774.

[421] Estas cartas las preparó para la imprenta después de que Mann se las devolviera. En agosto de 1784 escribió: «He estado contando cuántas cartas le he escrito desde que llegué a Inglaterra en 1741: suman —¡es asombroso!— más de ochocientas; y no nos hemos visto en cuarenta y tres años. Una correspondencia de casi medio siglo, supongo, no tiene parangón en los anales de la oficina de correos». Cartas 13. 182.
[422] Al enviarle a Mason las cartas que Gray le había escrito, Walpole escribió: «No hace falta decir que hay varias cosas que considerará necesario omitir... Es mucho mejor no darles [al público] nada, que algo que no comprenden y que, por consiguiente, malinterpretan, porque pensarán que lo comprenden y, por lo tanto, deben equivocarse. No sé si no sería mejor que las buenas obras aparecieran muy tarde, ya que aquellos que, por estar más cerca en el tiempo, están más cerca de comprenderlas, también están más cerca de malentenderlas». Cartas 8. 202; 19 de septiembre de 1772.
[423] Cartas 8. 376; 8 de diciembre de 1773.
[424] Cartas 9. 308; 21 de diciembre de 1775.

[425] Memorias de More de Roberts 1. 51; cf. 1. 235.
[426] Cartas a Walpole 1. 591; 4 de julio de 1769.
[427] Cartas, ed. Thomas, 2. 257; 20 de julio de 1754.
[428] «Me gustaría mucho poder leer sus cartas con alguien que apreciara su valor y con quien pudiera reírme de ellas». Cartas a Walpole 1. 9; 21 de abril de 1766.
[429] Cartas 7. 195; 15 de junio de 1768.

Page 248

[430] Memorias de More de Roberts 1. 253; 1782.
[431] 4. 288.

[432] Diario 3. 181.
[433] Diario 4. 471 y ss.; 4 de junio de 1791.
[434] Diario, 19 de noviembre de 1783.
[435] Vida 3. 155.
[436] Vida de Beattie de Forbes 2. 175; 15 de noviembre de 1785.
[437] Cartas 8. 443; 17 de abril de 1774.
[438] Mayo de 1786.
[439] Bozzy and Piozzi, o los biógrafos británicos, Una ecloga urbana, 1786.
[440] Esta caricatura es demasiado indecorosa como para ser reproducida aquí.
[441] Cartas 13. 379; 30 de abril de 1786.
[442] Observaciones sobre el diario de un viaje... en una carta a James Boswell, Esq., por “Verax”. 1785.

[443] Cf. las observaciones de Walpole sobre la Vida, Cartas 14. 438; 26 de mayo de 1791.
[444] Diario 3. 219; 26 de febrero de 1787.
[445] Vida de Beattie 2. 182; 9 de enero de 1786.
[446] Memorias de More de Roberts 1. 403; 1785.

[447] Vida de Beattie de Forbes 2. 178.
[448] Se ha reservado al señor Percy Fitzgerald el papel de reavivar las antiguas acusaciones contra Boswell y descubrir nuevas, las cuales ha expuesto con una virulencia que sería inexcusable en cualquiera que no tuviera una teoría absurda que defender.
[449] Un Pepys posterior 2. 260; 24 de octubre de 1785.
[450] Diario, p. 307.
[451] Ib., p. 383.

Page 249

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Los errores tipográficos y de puntuación evidentes han sido corregidos tras una comparación cuidadosa con otras apariciones en el texto y consultando fuentes externas. Algunos guiones en las palabras se han eliminado silenciosamente, otros se han añadido cuando se encontró una preferencia predominante en el libro original. Excepto por los cambios indicados a continuación, todos los errores ortográficos del texto, así como los usos incoherentes o arcaicos, se han mantenido.
Pág. 14: ‘A philospher like’ reemplazado por ‘A philosopher like’.
Pág. 92: ‘elegy, nor burlesque’ reemplazado por ‘elegy, not burlesque’.
Pág. 153: ‘the inimate object’ reemplazado por ‘the immediate object’.
Pág. 169: ‘Genius of Shakespear’ reemplazado por ‘Genius of Shakespeare’.
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Pág. 210: ‘agreable societies’ reemplazado por ‘agreeable societies’.
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1.D. Las leyes de derechos de autor del lugar donde se encuentra también rigen lo que puede hacer con esta obra. Las leyes de derechos de autor en la mayoría de los países están en constante cambio. Si se encuentra fuera de los Estados Unidos, consulte las leyes de su país, además de los términos de este acuerdo, antes de descargarla, copiarla, exhibirla, interpretarla, distribuirla o crear obras derivadas a partir de ella o de cualquier otra obra de Project Gutenberg. La Fundación no hace ninguna declaración respecto al estatus de derechos de autor de ninguna obra en ningún país distinto de los Estados Unidos.

1.E. A menos que haya eliminado todas las referencias a Project Gutenberg:

1.E.1. La siguiente frase, con enlaces activos hacia la licencia completa de Project Gutenberg u otro acceso inmediato a ella, debe aparecer de manera prominente cada vez que se acceda a, exhiba, interprete, vea, copie o distribuya alguna copia de una obra de Project Gutenberg (cualquier obra en la que aparezca la frase “Project Gutenberg” o con la cual esté asociada dicha frase):

Este libro electrónico está destinado al uso de cualquier persona en cualquier lugar de los Estados Unidos y en la mayor parte del resto del mundo, sin costo alguno y casi sin ninguna restricción. Puede copiarlo, regalarlo o reutilizarlo bajo los términos de la licencia Project Gutenberg™ incluida con

Page 257

Este libro electrónico se puede obtener en línea en www.gutenberg.org. Si no se encuentra en los Estados Unidos, deberá consultar las leyes del país en el que se encuentra antes de utilizar este libro electrónico.

1.E.2. Si una obra electrónica de Project Gutenberg proviene de textos que no están protegidos por la ley de derechos de autor de los Estados Unidos (no contiene una indicación de que fue publicada con el permiso del titular de los derechos de autor), dicha obra puede ser copiada y distribuida a cualquier persona en los Estados Unidos sin tener que pagar ninguna tarifa o costo. Si vuelve a distribuir o proporciona acceso a una obra con la frase “Project Gutenberg” asociada a ella o apareciendo en ella, debe cumplir con los requisitos establecidos en los párrafos 1.E.1 a 1.E.7, o bien obtener permiso para utilizar la obra y la marca registrada Project Gutenberg, según lo dispuesto en los párrafos 1.E.8 o 1.E.9.

1.E.3. Si una obra electrónica de Project Gutenberg es publicada con el permiso del titular de los derechos de autor, su uso y distribución deben cumplir tanto con los requisitos de los párrafos 1.E.1 a 1.E.7 como con cualesquiera términos adicionales impuestos por el titular de los derechos de autor. Dichos términos adicionales estarán vinculados a la Licencia de Project Gutenberg para todas las obras publicadas con el permiso del titular de los derechos de autor; dicha licencia se encuentra al principio de esta obra.

1.E.4. No elimine ni quite los términos completos de la Licencia de Project Gutenberg de esta obra, ni de ningún archivo que contenga una parte de esta obra o de cualquier otra obra asociada a Project Gutenberg.

1.E.5. No copie, muestre, ejecute, distribuya ni vuelva a distribuir esta obra electrónica, ni ninguna parte de ella, sin mostrar de manera prominente la frase establecida en el párrafo 1.E.1, junto con enlaces activos o acceso inmediato a los términos completos de la Licencia de Project Gutenberg.

1.E.6. Puede convertir y distribuir esta obra en cualquier formato binario, comprimido, marcado, no propietario o propietario, incluyendo cualquier formato de procesamiento de texto o hipertexto. Sin embargo, si proporciona acceso a copias de una obra de Project Gutenberg en un formato distinto al “Plain Vanilla ASCII” o a otro formato utilizado en la versión oficial…

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Versión publicada en el sitio web oficial de Project Gutenberg (www.gutenberg.org): se debe proporcionar, sin ningún costo adicional, tarifa o gasto para el usuario, una copia del trabajo en su formato original “Plain Vanilla ASCII” u otro formato similar, así como medios para exportar dicha copia o para obtenerla a petición del usuario. Cualquier formato alternativo debe incluir la licencia completa de Project Gutenberg, tal como se especifica en el párrafo 1.E.1.

1.E.7. No se debe cobrar ninguna tarifa por el acceso, visualización, exhibición, ejecución, copiado o distribución de las obras de Project Gutenberg, a menos que se cumplan los requisitos establecidos en los párrafos 1.E.8 o 1.E.9.

1.E.8. Se puede cobrar una tarifa razonable por las copias de las obras electrónicas de Project Gutenberg, o por el acceso a ellas o su distribución, siempre y cuando:

• Se pague un canon del 20% de las ganancias brutas obtenidas por el uso de las obras de Project Gutenberg, calculado utilizando el método que ya se utiliza para calcular los impuestos correspondientes. Este canon debe pagarse al propietario de la marca registrada Project Gutenberg, pero él ha acordado donar esos ingresos a la Fundación del Archivo Literario de Project Gutenberg. Los pagos de este tipo deben realizarse dentro de los 60 días siguientes a cada fecha en la que se preparen (o se esté legalmente obligado a preparar) las declaraciones fiscales periódicas. Dichos pagos deben estar claramente identificados como tales y enviarse a la Fundación del Archivo Literario de Project Gutenberg, a la dirección indicada en la Sección 4, “Información sobre las donaciones a la Fundación del Archivo Literario de Project Gutenberg”.

• Se debe reembolsar íntegramente cualquier dinero pagado por un usuario que lo notifique por escrito (o por correo electrónico) dentro de los 30 días posteriores a la recepción del producto, si dicho usuario no está de acuerdo con los términos de la licencia completa de Project Gutenberg™. Se debe exigir a dicho usuario que devuelva o destruya todas las copias de las obras que posee en soporte físico, y que cese todo uso y acceso a otras copias de las obras de Project Gutenberg™.

• Se debe reembolsar íntegramente cualquier dinero pagado por una obra o por una copia de reemplazo, si se detecta algún defecto en la obra electrónica y se lo comunica al proveedor dentro de los 90 días posteriores a la recepción de la obra, de acuerdo con lo establecido en el párrafo 1.F.3.

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• Usted cumple con todos los demás términos de este acuerdo para la distribución gratuita de las obras de Project Gutenberg™.

1.E.9. Si desea cobrar una tarifa o distribuir una obra electrónica de Project Gutenberg™ o un grupo de obras bajo términos diferentes a los establecidos en este acuerdo, debe obtener permiso por escrito de la Fundación del Archivo Literario Project Gutenberg, la entidad encargada de administrar la marca registrada Project Gutenberg™. Póngase en contacto con la Fundación según se indica en la Sección 3 a continuación.

1.F.

1.F.1. Los voluntarios y empleados de Project Gutenberg invierten un esfuerzo considerable para identificar, realizar investigaciones sobre derechos de autor, transcribir y revisar las obras que no están protegidas por la ley de derechos de autor de los Estados Unidos, con el fin de crear la colección Project Gutenberg™. A pesar de estos esfuerzos, las obras electrónicas de Project Gutenberg™ y el medio en el que pueden almacenarse pueden contener “defectos”, como, entre otros, datos incompletos, inexactos o dañados, errores de transcripción, infracciones de derechos de autor u otra propiedad intelectual, discos u otros medios defectuosos o dañados, virus informáticos, o códigos informáticos que dañen o impidan su lectura por su equipo.

1.F.2. GARANTÍA LIMITADA, EXCLUSIÓN DE RESPONSABILIDAD POR DAÑOS –
Con excepción del “Derecho a Reemplazo o Reembolso” descrito en el párrafo 1.F.3, la Fundación del Archivo Literario Project Gutenberg, propietaria de la marca registrada Project Gutenberg™, y cualquier otra parte que distribuya una obra electrónica de Project Gutenberg™ bajo este acuerdo, excluyen toda responsabilidad ante usted por daños, costos y gastos, incluidos los honorarios legales. USTED ACEPTA QUE NO TIENE NINGÚN RECURSO LEGAL POR NEGLIGENCIA, RESPONSABILIDAD ESTRITA, INCUMPLIMIENTO DE LA GARANTÍA O INCUMPLIMIENTO DEL CONTRATO, EXCEPTO LOS ESTABLECIDOS EN EL PÁRRAFO 1.F.3. USTED ACEPTA QUE LA FUNDACIÓN, EL PROPIETARIO DE LA MARCA REGISTRADA Y CUALQUIER DISTRIBUIDOR BAJO ESTE ACUERDO NO SERÁN RESPONSABLES ANTE USTED POR DAÑOS REALES, DIRECTOS, INDIRECTOS, CONSECUENTES, PUNITIVOS O ACCIDENTALES.

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INCLUSO SI NOTIFICA LA POSIBILIDAD DE DICHOS DAÑOS.

1.F.3. DERECHO LIMITADO DE SUSTITUCIÓN O REEMBOLSO – Si descubre un defecto en esta obra electrónica dentro de los 90 días posteriores a su recepción, puede recibir un reembolso del dinero (si lo hubiere) que pagó por ella, enviando una explicación por escrito a la persona de quien recibió la obra. Si recibió la obra en un soporte físico, debe devolver dicho soporte junto con su explicación por escrito. La persona o entidad que le proporcionó la obra defectuosa puede optar por entregarle una copia de sustitución en lugar de un reembolso. Si recibió la obra de forma electrónica, la persona o entidad que se la proporciona puede decidir darle una segunda oportunidad para recibirla electrónicamente en lugar de un reembolso. Si la segunda copia también está defectuosa, puede solicitar un reembolso por escrito sin más oportunidades para solucionar el problema.

1.F.4. Con excepción del derecho limitado de sustitución o reembolso establecido en el párrafo 1.F.3, esta obra se le proporciona “TAL CUAL”, SIN OTRO TIPO DE GARANTÍAS, YA SEA EXPRESAS O IMPLÍCITAS, INCLUYENDO PERO NO LIMITADO A LAS GARANTÍAS DE COMERCIALIZACIÓN O IDONEIDAD PARA CUALQUIER FIN.

1.F.5. Algunos estados no permiten la exclusión de ciertas garantías implícitas ni la exclusión o limitación de ciertos tipos de daños. Si alguna exclusión o limitación establecida en este acuerdo viola la ley del estado aplicable a este acuerdo, el acuerdo deberá interpretarse de tal manera que se aplique la máxima exclusión o limitación permitida por la ley estatal aplicable. La invalidez o imposibilidad de hacer valer alguna disposición de este acuerdo no anulará las disposiciones restantes.

1.F.6. INDEMNIZACIÓN – Usted acepta indemnizar y eximir de toda responsabilidad a la Fundación, al propietario de la marca registrada, a cualquier agente o empleado de la Fundación, a toda persona que proporcione copias de las obras electrónicas de Project Gutenberg™ de conformidad con este acuerdo, y a todos los voluntarios asociados a la producción, promoción y distribución de las obras electrónicas de Project Gutenberg™, de toda responsabilidad, costo y gasto, incluidos los honorarios legales, que surjan directa o indirectamente de cualquiera de los siguientes hechos que usted realice o cause que ocurran: (a)

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(distribución de esta o cualquier obra de Project Gutenberg, (b) alteración,
modificación, o adiciones o eliminaciones en cualquier obra de Project Gutenberg,
y (c) cualquier defecto que usted cause).

Sección 2. Información sobre la misión de Project
Gutenberg

Project Gutenberg es sinónimo de la distribución gratuita
de obras electrónicas en formatos legibles por la más amplia variedad
de computadoras, incluidas las obsoletas, antiguas, de mediana edad y nuevas.
Existe gracias a los esfuerzos de cientos de voluntarios y a las donaciones
de personas de todos los ámbitos de la vida.

Los voluntarios y el apoyo financiero para brindarles a los
voluntarios la asistencia que necesitan son cruciales para alcanzar los
objetivos de Project Gutenberg y asegurar que la colección de Project
Gutenberg siga estando disponible gratuitamente para las generaciones futuras.
En 2001, se creó la Fundación del Archivo Literario de Project
Gutenberg para proporcionar un futuro seguro y permanente a Project
Gutenberg y a las generaciones venideras. Para saber más sobre la
Fundación del Archivo Literario de Project Gutenberg y cómo sus esfuerzos
y donaciones pueden ayudar, consulte las Secciones 3 y 4 y la página
de información de la Fundación en www.gutenberg.org.

Sección 3. Información sobre la Fundación del Archivo
Literario de Project Gutenberg

La Fundación del Archivo Literario de Project Gutenberg es una corporación
educativa sin fines de lucro 501(c)(3) organizada bajo las leyes del estado
de Misisipi y a la que el Servicio de Impuestos Internos le ha otorgado
estatus de exención fiscal. El número de identificación fiscal federal de
la Fundación es 64-6221541. Las contribuciones a la Fundación del
Archivo Literario de Project Gutenberg son deducibles de impuestos en la
medida permitida por las leyes federales de los EE. UU. y por las leyes de
su estado.

La oficina administrativa de la Fundación se encuentra en 41 Watchung
Plaza #516, Montclair NJ 07042, EE. UU., +1 (862) 621-9288. Contacto por correo electrónico

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Los enlaces y la información de contacto actualizada se pueden encontrar en el sitio web de la Fundación y en su página oficial en www.gutenberg.org/contact.

Sección 4. Información sobre las donaciones al Proyecto
Fundación del Archivo Literario Gutenberg

El Proyecto Gutenberg™ depende, y no puede sobrevivir sin, un amplio apoyo público y donaciones para llevar a cabo su misión de aumentar la cantidad de obras de dominio público y con licencia que puedan distribuirse libremente en formato legible por máquinas, accesible desde la mayor variedad de equipos, incluidos los obsoletos. Muchas donaciones pequeñas (de $1 a $5,000) son particularmente importantes para mantener el estatus de exención fiscal ante el IRS.

La Fundación se compromete a cumplir con las leyes que regulan las organizaciones benéficas y las donaciones caritativas en los 50 estados de los Estados Unidos. Los requisitos de cumplimiento no son uniformes y se necesita un esfuerzo considerable, mucha documentación y numerosas tarifas para satisfacerlos y mantenerse al día con ellos. No solicitamos donaciones en lugares donde no hayamos recibido confirmación escrita de cumplimiento. PARA ENVIAR DONACIONES o determinar el estado de cumplimiento en cualquier estado en particular, visite www.gutenberg.org/donate.

Aunque no podemos ni solicitamos contribuciones de estados donde no hemos cumplido con los requisitos de solicitud, no conocemos ninguna prohibición contra aceptar donaciones no solicitadas de donantes de dichos estados que se pongan en contacto con nosotros ofreciéndose a donar.

Se aceptan con gratitud las donaciones internacionales, pero no podemos hacer ninguna declaración respecto al tratamiento fiscal de las donaciones recibidas desde fuera de los Estados Unidos. Las leyes estadounidenses solas ya sobrecargan a nuestro reducido personal.

Consulte las páginas web del Proyecto Gutenberg para conocer los métodos y direcciones actuales de donación. Las donaciones también se aceptan de diversas otras maneras, como cheques, pagos en línea y donaciones con tarjeta de crédito. Para donar, visite: www.gutenberg.org/donate.

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Sección 5. Información general sobre Project Gutenberg
Obras electrónicas

El profesor Michael S. Hart fue el creador del concepto de Project Gutenberg: una biblioteca de obras electrónicas que podían compartirse libremente con cualquiera. Durante cuarenta años, produjo y distribuyó libros electrónicos de Project Gutenberg con el apoyo de una red reducida de voluntarios.

Los libros electrónicos de Project Gutenberg suelen crearse a partir de varias ediciones impresas, todas ellas confirmadas como no protegidas por derechos de autor en los Estados Unidos, a menos que se incluya una nota de derechos de autor. Por lo tanto, no es necesario que los libros electrónicos cumplan con las características de alguna edición impresa en particular.

La mayoría de las personas comienzan en nuestro sitio web, que cuenta con la principal herramienta de búsqueda de Project Gutenberg: www.gutenberg.org.

Este sitio web incluye información sobre Project Gutenberg, como cómo hacer donaciones a la Fundación del Archivo Literario de Project Gutenberg, cómo ayudar a crear nuestros nuevos libros electrónicos y cómo suscribirse a nuestro boletín electrónico para estar al tanto de las nuevas publicaciones.

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