A History of Inventions_ Discoveries_ and Origins_ Volume 2 (of 2) Johann Beckmann 1340 downloads.pdf

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El eBook de Project Gutenberg de Una historia de invenciones, descubrimientos y orígenes, Volumen 2 (de 2)

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Título: Una historia de invenciones, descubrimientos y orígenes, Volumen 2 (de 2)

Autor: Johann Beckmann

Editor: William Francis, J. W. Griffith

Traductor: William Johnston

Fecha de publicación: 4 de febrero de 2015 [eBook #48152]
Última actualización: 24 de octubre de 2024

Idioma: Inglés

Otra información y formatos: www.gutenberg.org/ebooks/48152

Agradecimientos: Producido por Charlie Howard y el Equipo de Corrección Distribuida en Línea en http://www.pgdp.net (Este archivo fue creado a partir de imágenes puestas generosamente a disposición por The Internet Archive)

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*** INICIO DEL LIBRO ELECTRÓNICO GUTENBERG: UNA HISTORIA DE
INVENCIÓNES, DESCUBRIMIENTOS Y ORÍGENES, VOLUMEN 2 (DE 2) ***

Sir W. Beechy. I. J. Hinchliff.
James Watt.

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A

HISTORIA

DE LAS INVENCIÓNES, DESCUBRIMIENTOS

Y ORÍGENES.

De JOHN BECKMANN,
profesor de economía en la Universidad de GÖTTINGEN.

Traducido del alemán,

por WILLIAM JOHNSTON.

Cuarta edición,
cuidadosamente revisada y ampliada por

WILLIAM FRANCIS, Ph.D., F.L.S.,
editor de la CHEMICAL GAZETTE;

y

J. W. GRIFFITH, M.D., F.L.S.,
licenciado del Real Colegio de Médicos.

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VOL. II.

LONDRES:
HENRY G. BOHN, YORK STREET, COVENT GARDEN.
1846.

IMPRESO POR RICHARD Y JOHN E. TAYLOR,
RED LION COURT, FLEET STREET.

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ÍNDICE.
Página
La máquina de vapor y los descubrimientos de James Watt v
Préstamos y prestatarios 1
Nombres químicos de los metales 23
Zinc 32
Carpa 46
Molinos de campaña 55
Espejos 56
Corte de vidrio. Grabado en vidrio 84
Jabón 92
Ruibarbo 108
Ilusionistas, equilibristas, autómatas, etc. 115
Hielo artificial. Enfriamiento de licores 142
Hidrómetro 161
Iluminación de calles 172
Vigilancia nocturna 185
Esqueletos de plantas 195
Letras de cambio 203
Estanño. Recubrimiento con estanño 206
Máquinas de siembra 230
Manganeso 235
Gotas de Príncipe Rufo. Lacrymæ Vitreæ 241
Máquinas contra incendios 245
Índigo 258
Aletas. Vientosos 281
Dorado 290
Vestidos de piel 296
Acero 324

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Estampación 333
Verduras para la cocina 336
Tejer redes y calcetines. Telar para calcetines 355
Lúpulo 376
Plomo negro 388
Sal-amoniaco 396
Tenedores 407
Lotería. Tontina 414
Piedra de Bolonia 429
Hospitales para niños abandonados 434
Casas de huérfanos 449
Infirmarios. Hospitales para inválidos. Lazaretos de campaña 454
Peleas de gallos 473
Nitrato de potasio. Pólvora. Aquafortis 482
Censores de libros 512
Privilegio exclusivo para imprimir libros 518
Catálogos de libros 522
Telar para cintas 527
Armas. Cerraduras para armas 533

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LA MÁQUINA DE VAPOR,

Y LOS DESCUBRIMIENTOS DE JAMES WATT.

Aunque el plan de esta nueva edición de la «Historia de las invenciones y descubrimientos» de Beckmann era limitarla a los temas tratados en la obra original, consideramos imperativo hacer una excepción en favor de la máquina de vapor, la más importante de todas las invenciones modernas. La fuerza del vapor no era del todo desconocida para los antiguos, pero antes de la era marcada por los descubrimientos de James Watt, la máquina de vapor, que desde entonces se ha convertido en objeto de un interés universal, era una máquina de potencia extremadamente limitada, inferior en importancia y utilidad a la mayoría de los otros agentes mecánicos utilizados como motores principales. Herón de Alejandría, que vivió unos 120 años antes del nacimiento de Cristo, nos dejó la descripción de una máquina en la cual se transmitía un movimiento rotatorio continuo a un eje mediante una ráfaga de vapor que salía por orificios laterales situados en brazos colocados en ángulo recto con él. Hacia principios del siglo XVII, un ingeniero francés, De Caus, inventó una máquina mediante la cual se podía elevar una columna de agua gracias a la presión del vapor contenido en un recipiente, por encima del agua que había de ser elevada; y en 1629, Branca, un filósofo italiano, ideó un plan para hacer funcionar varios molinos mediante una ráfaga de vapor contra las paletas; sin embargo, según las descripciones que nos han quedado de estas invenciones, no parece que sus creadores conocieran esas propiedades físicas de elasticidad y condensación de las cuales depende la fuerza del vapor como agente mecánico. En 1663, el célebre marqués de Worcester describió en su «Siglo de las invenciones» un aparato para elevar agua únicamente mediante la fuerza expansiva del vapor. De esta obra extraemos el siguiente breve relato sobre la primera máquina de vapor: «68. Una forma admirable y sumamente eficaz de elevar agua con fuego; no tirando o succionándola hacia arriba, ya que eso debe ser, como lo llama el filósofo, intra sphæram activitatis, que es solo hasta tal punto…».

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distancia. Pero este método no tiene límites, siempre y cuando el recipiente sea lo suficientemente resistente: pues tomé un trozo de cañón completo, cuyo extremo estaba roto, y lo llené hasta tres cuartos con agua, tapando y atornillando el extremo roto así como el orificio de disparo; al mantener un fuego constante debajo de él, en veinticuatro horas estalló y produjo una gran explosión; así que, al poder hacer que mis recipientes se fortalezcan gracias a la fuerza que hay dentro de ellos, y al poder llenarlos uno tras otro, vi cómo el agua fluía como un torrente constante, a una altura de cuarenta pies: un recipiente de agua enfriada por el fuego hace subir cuarenta de agua fría; y la persona encargada de manejar la máquina solo tiene que girar dos válvulas, de modo que, cuando se agota un recipiente de agua, otro comienza a suministrar agua fría, y así sucesivamente; el fuego se mantiene constante, y la misma persona puede encargarse también de ello durante el tiempo necesario entre cada giro de las válvulas.

El siguiente nombre que debe mencionarse en relación con la historia progresiva de la invención de la máquina de vapor es el de Denis Papin, natural de Francia, quien, al ser desterrado de su país, fue nombrado profesor de Matemáticas en la Universidad de Marburgo por el landgrave de Hesse. Fue él quien primero concibió la importante idea de obtener una fuerza motriz mediante un pistón que funcionaba dentro de un cilindro (1688), y posteriormente (1690) la idea de crear un vacío en el cilindro mediante la condensación repentina del vapor por efecto del frío. Según estas ideas, construyó un modelo que consistía en un pequeño cilindro en el cual se insertaba un pistón sólido, y debajo de este, una pequeña cantidad de agua; al aplicar calor a la parte inferior del cilindro, se generaba vapor, cuya fuerza elástica elevaba el pistón; luego se enfriaba el cilindro retirando el fuego, momento en el cual el vapor se condensaba y volvía a convertirse en agua, creando así un vacío en el cilindro, dentro del cual el pistón era empujado por la presión atmosférica; sin embargo, no hay pruebas de que haya puesto esa o cualquier otra máquina en uso práctico antes de que se construyeran máquinas movidas por vapor en otros lugares.

La primera máquina de vapor realmente funcional de la que existe registro fue inventada por el capitán Savery, un inglés, a quien se le concedió una patente en 1698 para una máquina de vapor destinada a elevar agua, etc. Este caballero presentó un modelo funcional ante la Real Sociedad, como se desprende del siguiente extracto de sus Actas: “14 de junio de 1699. El señor Savery entretuvo a la Real Sociedad mostrándoles un pequeño modelo de su

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Máquina para elevar agua con la ayuda del fuego, que puso en funcionamiento delante de ellos: el experimento tuvo éxito según lo esperado, y para su satisfacción. Esta máquina, que se utilizó durante algún tiempo en gran medida para extraer agua de las minas, consistía en un recipiente de hierro resistente con forma de huevo, con un tubo o conducto en la parte inferior que descendía hasta el lugar desde donde se debía extraer el agua, y otro en la parte superior que ascendía hasta el lugar al que debía elevarse. Este recipiente ovalado se llenaba de vapor proveniente de una caldera, mediante la cual se expulsaba primero el aire atmosférico de su interior. Cuando el aire era así expulsado y solo quedaba vapor puro en el recipiente, se cortaba la conexión con la caldera y se vertía agua fría sobre su superficie externa. El vapor contenido se condensaba así, se creaba un vacío y el agua era extraída desde abajo por succión, de la manera habitual. De este modo, el recipiente ovalado de vapor se llenaba de agua; luego se cerraba una válvula situada en la parte inferior del tubo inferior, y se introducía vapor desde la caldera en el recipiente ovalado por encima de la superficie del agua. Dado que este vapor estaba a alta presión, obligaba al agua a ascender por el tubo ascendente, desde cuya parte superior era descargada; y al volver a llenarse el recipiente ovalado de vapor, se creaba nuevamente un vacío por condensación, y se repetía el mismo proceso utilizando dos recipientes ovalados de vapor, que funcionaban alternativamente: uno extraía agua desde abajo, mientras el otro la empujaba hacia arriba, lo que permitía una descarga ininterrumpida de agua. Debido al peligro de explosión, causado por la alta presión del vapor utilizado y por el enorme desperdicio de calor debido a la condensación innecesaria, estas máquinas pronto dejaron de usarse. Varios hombres ingeniosos dirigieron entonces su atención a la mejora de la máquina de vapor, con el objetivo de reducir el consumo de combustible, cuyo nivel resultó ser tan elevado que impedía su uso salvo en circunstancias muy favorables; y en 1705, Thomas Newcomen, un herrero o comerciante de hierro, y John Cawley, un plomero y vidriero, patentaron su máquina atmosférica, en la cual inicialmente la condensación se lograba mediante la vertida de agua fría sobre la superficie externa del cilindro, el cual estaba insertado en una carcasa hueca que lo rodeaba. Al observar accidentalmente que una máquina realizaba varios movimientos con una rapidez inusual sin necesidad de suministrar agua para la condensación, Newcomen descubrió, al examinar el pistón, un agujero en él a través del cual el agua vertida para mantenerlo hermético salía en forma de pequeño chorro, condensando instantáneamente el vapor que había debajo; esto lo llevó a abandonar la carcasa e introducir un tubo.

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Equipado con un mecanismo que accionaba las válvulas, situado en la parte inferior del cilindro, a través del cual se suministraba agua desde un reservorio. El motor de Newcomen requería la atención constante de alguien para abrir y cerrar las válvulas de regulación y condensación; tarea que generalmente se encomendaba a niños, llamados “chicos de las válvulas”. Se dice que uno de estos niños, llamado Humphrey Potter, deseando unirse a sus compañeros en el juego, sin exponerse a las consecuencias derivadas de la interrupción del funcionamiento del motor, ideó un sistema al conectar cuerdas de longitud adecuada a las palancas que controlaban esas válvulas, de modo que estas se abrieran y cerraran con total regularidad a medida que la viga se movía arriba y abajo. Gracias a este sencillo invento, el motor de vapor se convirtió por primera vez en un autómata.

Fue al reparar un modelo funcional de motor de vapor basado en los principios de Newcomen, destinado a las clases del profesor de filosofía natural de la Universidad de Glasgow, cuando James Watt dirigió su atención hacia el desarrollo de esos inventos y maravillosos dispositivos, gracias a los cuales logró dotar a la materia inanimada de una capacidad casi instintiva de autoajuste, con una precisión en sus acciones superior a la de cualquier ser vivo. Estos inventos hicieron que su nombre fuera famoso en todo el mundo.

En la época de la que hablamos, el motor de Newcomen ya contaba con la construcción más avanzada y eficaz. La fuerza motriz provenía del peso del aire que presionaba sobre la superficie superior de un pistón que funcionaba dentro de un cilindro; el vapor se utilizaba al final de cada movimiento descendente para elevar nuevamente el pistón junto con el aire que contenía, y luego se formaba un vacío mediante su condensación cuando se enfriaba con un chorro de agua fría, que se introducía en el cilindro cuando se detenía el suministro de vapor. Al reparar el modelo, Watt se dio cuenta de la incapacidad de la caldera para producir una cantidad suficiente de vapor, aunque era más grande en proporción al cilindro que lo habitual en los motores en funcionamiento. Esto se debía a la naturaleza del cilindro: al estar hecho de bronce, un material mejor conductor del calor que el hierro fundido, presentaba, debido a su pequeño tamaño, una superficie mucho mayor en proporción a su volumen que los cilindros de los motores en funcionamiento. Por lo tanto, se enfriaban más rápidamente entre los movimientos, consumiendo así una cantidad proporcionalmente mayor de vapor cada vez que se suministraba nuevo vapor. Pero al darse cuenta de que el consumo de vapor era mucho mayor de lo que había imaginado, no se conformó sin investigar a fondo la causa. Con este fin, realizó experimentos sobre las ventajas de calderas de diferentes construcciones.

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El efecto de sustituir un conductor menos perfecto, como la madera, por el material del cilindro; en la cantidad de carbón necesaria para evaporar una determinada cantidad de agua; en el grado de expansión del agua en forma de vapor: y construyó una caldera que mostraba la cantidad de agua evaporada en un tiempo dado, lo que le permitió calcular la cantidad de vapor consumido en cada movimiento del motor. Esta cantidad resultó ser varias veces mayor que el contenido del cilindro. Pronto descubrió que, independientemente del tamaño y la construcción del cilindro, la introducción de vapor caliente en él debía ir necesariamente acompañada de una gran pérdida, si al condensar el vapor previamente introducido ese recipiente se había enfriado lo suficiente como para generar un vacío siquiera cercano a ser perfecto. Por otro lado, si para evitar esta pérdida lo enfriaba menos, una cantidad considerable de vapor permanecía sin condensarse en su interior, y su resistencia debilitaba la potencia del movimiento descendente del pistón. Estas consideraciones señalaron un defecto vital en el motor de Newcomen: ya sea una pérdida de vapor y, por consiguiente, un desperdicio de combustible; o una disminución de la potencia debido a que el pistón descendía en cada movimiento a través de un vacío muy imperfecto.

Pronto se le ocurrió a Watt que, si la condensación se realizaba en un recipiente separado, se podría evitar un gran problema: el enfriamiento del cilindro y el consiguiente desperdicio de vapor. Una vez concebida la idea, la verificó rápidamente mediante experimentos. Mediante un sistema de válvulas, se estableció una comunicación entre el cilindro y un recipiente distinto, desprovisto de aire, en el momento en que este último se llenaba de vapor. El vapor, naturalmente, se apresuró a llenar el vacío y allí se condensaba mediante la aplicación de frío externo o mediante un chorro de agua; de modo que, al extraer continuamente vapor fresco del cilindro para suplir el vacío que se creaba constantemente, la densidad del vapor que quedaba podía reducirse dentro de límites manejables. Este fue el gran y fundamental mejoramiento.

Sin embargo, todavía existía un defecto radical en el motor atmosférico, ya que, al introducirse aire en el cilindro en cada movimiento, se absorbía una gran cantidad de calor y se desperdiciaba una cantidad proporcional de vapor. Para remediar esto, Watt eliminó por completo el aire del cilindro y volvió al plan original de hacer del vapor la fuerza motriz del motor, y no simplemente un agente para generar vacío. Al superar las dificultades de construcción que presentaba este nuevo plan, demostró una gran ingeniosidad y

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La potencia de los recursos. Según el antiguo diseño, si el cilindro no estaba taladrado con precisión, o el pistón no encajaba correctamente, verter un poco de agua en su parte superior lo hacía completamente hermético, y las fugas hacia el cilindro tenían poca importancia, siempre y cuando el agua de inyección se vertiera en ese recipiente. Pero según el nuevo diseño, era imposible que entrara agua dentro del cilindro; y no solo era necesario que el pistón fuera hermético, sino también que funcionara a través de un collar hermético, para que ninguna parte del vapor que entrara por encima de él pudiera escapar. Esto lo logró rellenando el pistón y la caja de empaquetado, como se le llama, a través de la cual funciona la varilla del pistón, con cáñamo. Otra mejora consistió en igualar el movimiento del motor al introducir el vapor alternativamente por encima y por debajo del pistón, lo que duplicaba la potencia en el mismo espacio y con la misma resistencia del material. El vacío del condensador se perfeccionó al añadir una bomba potente, que extraía de inmediato el agua condensada e inyectada, así como cualquier parte de aire que pudiera entrar; ya que esto interferiría con el funcionamiento del motor si se permitía acumularse. Su último gran cambio fue interrumpir la comunicación entre el cilindro y la caldera, cuando solo se había completado una parte, como un tercio o la mitad, del recorrido del pistón; dejando que fuera la fuerza expansiva del vapor la que lo completara. De esta manera se logró una economía de vapor, además de la posibilidad de variar la fuerza del motor según el trabajo que tenía que realizar, al introducir el vapor a través de una parte mayor o menor del recorrido del pistón. Estas son las principales mejoras que Watt implementó en diferentes etapas de su vida. Nació el 19 de junio de 1736 en Greenock, donde recibió los fundamentos de su educación. Al mostrar desde temprana edad una inclinación por la parte práctica de la mecánica, a los dieciocho años se trasladó a Londres para recibir formación como fabricante de instrumentos matemáticos, pero permaneció allí poco más de un año, ya que tuvo que regresar a casa por motivos de salud. En 1757, poco después de su regreso, fue nombrado fabricante de instrumentos en la Universidad de Glasgow, y se le proporcionaron locales dentro de los recintos de esa institución académica. En 1763 se mudó a la ciudad de Glasgow, con la intención de trabajar como ingeniero civil. Su primera patente data del 5 de junio de 1769, la cual el parlamento prorrogó en 1775 por veinticinco años, dada la importancia nacional de las invenciones y la dificultad y costo de darles a conocer al público. Falleció en su casa en Heathfield, en el condado de Stafford, el 25 de agosto de 1819, a una avanzada edad.

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Ochenta y cuatro, después de haber acumulado una gran fortuna, la recompensa bien merecida de su industria y habilidad.
Ingresar en la historia de las diversas aplicaciones de la máquina de vapor en los diferentes sectores industriales nos llevaría más allá de los límites de este trabajo. “Enumerar sus efectos actuales”, dice un conocido escritor sobre la máquina de vapor, “sería contar casi todas las comodidades y todos los lujos de la vida. Ha aumentado la suma de la felicidad humana, no solo al crear nuevos placeres, sino también al hacer tan económicos los placeres anteriores que llegan a ser accesibles para aquellos que antes nunca podrían haber esperado compartirlos: la superficie terrestre y la superficie del agua son recorridas con igual facilidad gracias a su poder; y al estimular y facilitar las relaciones entre naciones y el comercio entre pueblos, ha unido países lejanos con vínculos de amistad que es poco probable que se rompan. Flujos de conocimiento e información siguen circulando entre centros de población distantes, aquellos más avanzados difundiendo civilización y progreso entre aquellos que están más atrasados. La prensa misma, a la cual la humanidad debe en gran medida la rapidez de su progreso en los tiempos modernos, ha visto aumentar su poder e influencia de manera considerable gracias a su unión con la máquina de vapor. Así es como la literatura se vuelve más económica, y al ser más económica, se difunde; así es como la razón ha tomado el lugar de la fuerza, y la pluma ha sustituido a la espada; así es como la guerra casi ha cesado en la tierra, y las diferencias que inevitablemente surgen entre pueblos se resuelven en su mayor parte mediante negociaciones pacíficas.”

NOTAS AL PIE
1
Dr. Lardner.

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HISTORIA DE LAS INVENCIONES

Y

LOS DESCUBRIMIENTOS.

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Préstamos e intereses.
Nos parece extraño que en el pasado se considerara ilegal recibir intereses por el dinero prestado; pero esta circunstancia deja de sorprender cuando se explica su motivo. Las diferentes ocupaciones mediante las cuales uno puede mantener a su familia, sin recurrir al robo ni a la guerra, no eran en los tiempos antiguos tan numerosas ni tan productivas como en la época moderna. Aquellos que pedían dinero en préstamo lo hacían únicamente para uso inmediato, para satisfacer sus necesidades o para adquirir las comodidades de la vida; y aquellos que se lo prestaban a esas personas necesitadas lo hacían por benevolencia o amistad. La situación actual es muy diferente. Con la ayuda del dinero prestado, las personas emprenden negocios y desarrollan actividades comerciales, de las cuales, gracias a sus habilidades, diligencia o buena suerte, obtienen tanto beneficio que pronto adquieren más de lo necesario para su sustento diario. En tales circunstancias, el prestamista puede sin duda recibir una cierta recompensa por el uso beneficioso de su dinero, sobre todo porque él mismo podría haberlo empleado en beneficio propio. Además, al prestarlo, corre el riesgo de perder todo o parte de su capital, o al menos de no recuperarlo tan pronto como lo necesite.
Por lo tanto, los préstamos con intereses debieron volverse más habituales a medida que el comercio, la industria y las artes se expandían; o sea, a medida que la práctica de obtener dinero a través del dinero se volvía más común. Pero durante mucho tiempo siguió siendo detestada, ya que el antiguo rechazo hacia ella se convirtió, debido a una interpretación incorrecta de la ley mosaica, en un prejuicio religioso. Este prejuicio, al igual que muchos otros aún más perjudiciales, fue reforzado y confirmado por severas leyes papales. Sin embargo, las personas, que a menudo encontraban formas de reducir los efectos negativos de las decisiones de sus legisladores, ocultaban esta práctica mediante diversos artificios, de modo que ni el prestatario ni el prestamista pudieran ser castigados, ni se pudiera impedir el pago de intereses. Dado que esto era más beneficioso que perjudicial para el comercio, la imprudencia de la prohibición…

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Se volvió cada vez más evidente que las nuevas prácticas usurarias que se empleaban en la práctica privada causaban males mayores que aquellos que se habían detectado en los préstamos con intereses realizados públicamente. También se percibió que los judíos, que no eran afectados por las maldiciones papales, los extranjeros y unos pocos nativos que no tenían ni religión ni conciencia, y a quienes la Iglesia menos deseaba favorecer, eran quienes se enriquecían principalmente gracias a ello. En ningún lugar se sintió tanto este inconveniente como en la corte romana, incluso en una época en la que se jactaba de su infalibilidad divina; y en ningún lugar se hizo tanto esfuerzo para eliminarlo. Por lo tanto, finalmente se ideó un plan mediante el cual, según se suponía, se erradicaría ese mal. Se reunió un capital del cual se prestarían dinero a los pobres durante un cierto período, a cambio de garantías, sin intereses. De hecho, esta idea no era nueva; ya antes se habían creado tales instituciones y eran sostenidas por príncipes humanitarios. Se dice que el emperador Augusto convirtió en fondo los excedentes de dinero que el Estado obtenía de las propiedades confiscadas a criminales, y prestó sumas de ese fondo, sin intereses, a quienes podían ofrecer garantías equivalentes al doble de esa cantidad. Tiberio también aportó un gran capital, del cual se proveía dinero durante tres años a quienes podían dar garantías de tierras cuyo valor equivalía al doble. Alejandro Severo redujo los intereses al prestar dinero a tipos bajos y otorgar sumas a los pobres sin intereses para que pudieran comprar tierras, accediendo a recibir el pago de los productos de ellas. Estos ejemplos de los antiguos fueron seguidos en la Italia moderna. Para recaudar dinero, los papas concedían a quienes querían contribuir a ese fin numerosas ventajas ficticias que, en todo caso, no les costaban nada. Mediante bulas y agua bendita, otorgaban indulgencias y salvación eterna; permitían que votos onerosos se convirtieran en donaciones a las casas de préstamo; y autorizaban a los ricos que les prestaban sumas considerables a legitimar a aquellos de sus hijos que no habían nacido en matrimonio. Dado que una institución de este tipo requería muchos sirvientes, procuraban obtenerlos también bajo las mismas condiciones; y ofrecían, además de los beneficios mencionados anteriormente, muchos otros de escasa importancia a quienes estuvieran dispuestos a desempeñar gratuitamente las tareas de su nueva empresa; pero en casos de necesidad, debían recibir un…

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Salario moderado proveniente de los fondos. Este dinero se prestaba sin intereses durante un cierto tiempo únicamente a los pobres, siempre y cuando pudieran depositar garantías adecuadas de valor suficiente. Sin embargo, pronto se observó que una institución de este tipo no podía ser de gran utilidad ni durar mucho tiempo. Para evitar los préstamos secretos, mediante artimañas usurarias que comenzaban a practicarse, era necesario que se concedieran sumas no solo a aquellos que eran pobres en el sentido estricto de la palabra, sino también a aquellos que, para protegerse de la pobreza, deseaban emprender y mantener empleos útiles, y que para ello necesitaban capital. Por poderosas que fueran las atracciones que, debido a la locura religiosa que entonces prevalecía, inducían a la gente a hacer grandes contribuciones, estas gradualmente perdieron su fuerza, y estas últimas disminuyeron en proporción, especialmente cuando poco después comenzó a surgir en Alemania un espíritu de reforma que se extendió cada vez más a otros países. Incluso si una casa de préstamos no se agotaba con el mantenimiento de sus empleados y los diversos accidentes imprevisibles, aún era necesario, al menos, pedir prestado tanto dinero con intereses como fuera suficiente para sostener la institución. Dado que era imposible aliviar a todos los pobres, el único método a seguir era evitar su aumento, fomentando el comercio y proporcionando dinero a aquellos que solo necesitaban un poco para ganar más, y que estaban en condiciones y dispuestos a pagar un interés moderado. Por lo tanto, los pontífices decidieron finalmente permitir que las casas de préstamos recibieran intereses, no sobre todo el capital que prestaban, sino solo sobre una parte, con el fin de poder recaudar tanto dinero como fuera suficiente para cubrir sus gastos; y ahora, por primera vez, adoptaron la máxima ya establecida de que quienes disfrutan de los beneficios deben ayudar a soportar la carga, una máxima que demuestra muy claramente la legalidad de los intereses. Una vez hecha esta concesión, solo era necesario dar un paso más para colocar a las casas de préstamos sobre esa base sensata en la que probablemente habrían sido colocadas por el propio inventor, de no haber estado influenciado por prejuicios. Para que tuvieran suficientes recursos, se consideró apropiado ofrecer a quienes les prestaran dinero un interés moderado, el cual ocultaban prudentemente mezclándolo con los gastos inevitables de la institución, a los cuales, de hecho, pertenecía, y que sus deudores, según la práctica introducida poco antes, estaban obligados a cubrir.

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Las casas de préstamo, por lo tanto, concedían e ingresaban intereses. Pero para evitar ese nombre odioso, todo interés recibido se consideraba como “pro indemnitate”; y esta es la expresión utilizada en la bula papal. Todo esto, hay que confesarlo, fue ideado con gran ingenio; pero personas perspicaces lograron descubrir el interés oculto. Pronto surgió un intenso debate sobre la legalidad de las casas de préstamo, en el cual participaron los más grandes teólogos y juristas de la época. Con ello se volvió a plantear y examinar la antigua cuestión de si se podía hacer algo malvado o establecer intereses con el fin de lograr el bien. Afortunadamente para la corte pontificia, la estupidez de la humanidad era aún tan grande que una bula era suficiente para suprimir, o al menos silenciar, el espíritu de investigación. El papa declaró legales las “sacri monti de pietà”, es decir, las montañas sagradas de piedad, y amenazó con su venganza a quienes se atrevieran a tener más dudas al respecto. Todas las ciudades se apresuraron entonces a establecer casas de préstamo; y su ejemplo fue seguido finalmente en otros países. En resumen, esta es la historia de estas instituciones. Ahora lo confirmaré con las pruebas necesarias. Cuando bajo el término de “casa de préstamo” entendemos una institución pública donde cualquier persona puede pedir dinero prestado a cambio de garantías, ya sea con o sin intereses, no debemos compararla con las “tabernæ argentariæ” o “mensæ nummulariæ” de los romanos. Estas eran casas bancarias, en las cuales el estado y las personas ricas hacían pagar sus ingresos, y allí daban instrucciones a sus acreedores para que recibieran sus deudas en dinero, o para que las sumas fueran transferidas a su nombre, junto con una garantía. Transferir dinero y pagar con un pagaré se denominaba “perscribere” y “rescribere”; y una transferencia o letra de cambio se llamaba “attributio”. Estos “argentarii”, “mensarii”, “nummularii”, “collybistæ” y “trapezitæ” desempeñaban, por lo tanto, la misma función que nuestros cajeros o banqueros. Los primeros, al igual que los segundos, se dedicaban a operaciones de cambio y descuento; y de la misma manera prestaban dinero con intereses y también cobraban intereses, con el fin de obtener aún más. Aquellos entre los antiguos que eran enemigos del préstamo con intereses causaron cierta deshonra a estas personas; y el desprecio hacia ellos probablemente aumentó debido a prejuicios, aunque aquellos “nummarii” que eran nombrados por el gobierno como cajeros públicos ocupaban un rango tan elevado que algunos de ellos llegaron a ser cónsules. Tales casas bancarias existían en los Estados italianos en la Edad Media, aproximadamente…

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6
el año 1377. Se les llamaba apothecæ seu casanæ feneris, y en Alemania Wechselbanke, bancos de cambio; pero no eran casas de préstamos en el sentido en que yo las entiendo aquí. Igualmente distintas de las casas de préstamos eran aquellas bancos establecidos en el siglo XIV en muchas ciudades de Italia, como, por ejemplo, Florencia, con el fin de obtener préstamos públicos. Aquellos que prestaban dinero con ese propósito recibían una obligación y un interés mensual, que bajo ningún pretexto podía ser negado, incluso si el acreedor hubiera cometido algún delito. Estas obligaciones se vendían pronto con beneficio, pero con más frecuencia con pérdida; y su precio subía y bajaba como el de las acciones inglesas, aunque no con tanta rapidez; y los teólogos discutían si se podía, con conciencia tranquila, comprar una obligación por menos del valor indicado, a un propietario que estaba obligado a venderla por efectivo inmediato. Si el Estado deseaba o se veía obligado a reembolsar el dinero, recurría a aquel privilegio llamado Leyser regale falsæ monetæ y devolvía el capital en dinero de menor valor. Este sistema fue confirmado, al menos en Florencia, por el pontífice, quien sometió a quienes cometieran alguna estafa en él a castigos eclesiásticos y a una multa que debía destinarse al tesoro papal; pero mucho antes de ese período, la república de Génova ya había obtenido un préstamo hipotecando los ingresos públicos. He sido más detallado en este tema porque Le Bret llama muy impropiamente a estos bancos casas de préstamos; y con el fin de mostrar hasta qué grado de perfección llegó el arte principesco de contratar y pagar deudas ya en el siglo XIV.

Aquellos que hasta ahora han determinado el origen de las casas de préstamos con la mayor precisión lo sitúan, como hace Dorotheus Ascanius, es decir Matthias Zimmermann, en la época del papa Pío II o Pablo II, que ocupó la silla papal de 1464 a 1471; y la razón para suponer que fue durante el pontificado de este último es porque León X, en su bula que citaré más adelante, menciona a ese papa como el primero que confirmó un establecimiento de este tipo. Como el relato anterior no me pareció satisfactorio, y como ya sabía que las casas de préstamos más antiguas de Italia estaban bajo la supervisión de los franciscanos, consulté los Anales de la Orden Seráfica, con la firme expectativa de que no se omitiría esa información en esa obra; y de hecho encontré en ella más materiales para la historia de

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más que nunca se ha recaudado, hasta donde yo sé, por cualquier otra persona.
A medida que las quejas contra la usura, practicada por muchos cristianos, pero especialmente por los judíos, se hacían más fuertes y públicas en Italia en el siglo XV, Barnabas Interamnensis, probablemente de Terni, concibió por primera vez la idea de establecer una casa de préstamos. Este hombre era originalmente médico; había obtenido el grado de doctor; gozaba de gran respeto por su erudición; se convirtió en menorita, o franciscano; adquirió en esa condición todos los grados de honor, y murió en el primer monasterio de esta orden en Asís (en el monte Subasio), en el año 1474.
Mientras predicaba bajo el papa Pío II en Perugia, en los territorios de la Iglesia, y observaba cuán oprimidos estaban los pobres por las prácticas usurarias de los judíos, hizo una propuesta para recaudar un capital mediante donaciones, con el fin de prestarlo a los indigentes a cambio de garantías, quienes deberían pagar mensualmente, como uso del dinero prestado, tanto interés como fuera necesario para pagar a los empleados de este establecimiento y mantenerlo. Fortunatus de Copolis, un hábil jurista de Perugia que, tras la muerte de su esposa, también se convirtió en franciscano, aprobó este plan y se ofreció a ayudar a ponerlo en práctica. Para asegurarse respecto a una empresa que parecía acercarse tanto al préstamo con intereses, ambas personas presentaron su plan ante la universidad de ese lugar y solicitaron saber si se podía permitir tal establecimiento; y al obtener una respuesta afirmativa, pronto se recaudó una suma considerable mediante predicaciones, de modo que hubo suficiente para abrir una casa de préstamos. A pesar de esta aprobación, muchos estaban descontentos con la idea y consideraban la recepción de intereses, por pequeños que fueran, como una forma de usura. Los que más se opusieron fueron los dominicos (ex ordine Prædicatorum); y parece que continuaron predicando en contra hasta que León X los obligó a guardar silencio; mientras que los franciscanos, por otro lado, la defendían e intentaban hacer que fuera adoptada universalmente. La disputa se volvió más violenta cuando, al final de un año, después de cubrir todos los gastos, se encontró un considerable excedente; y como los administradores no sabían cómo disponer de él, finalmente decidieron repartirlo entre los empleados, ya que no se les habían asignado salarios fijos. Tal fue el método seguido primero en Perugia; pero en otros lugares…

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El excedente anual se empleaba de manera diferente. No he encontrado indicación alguna del año concreto en que comenzó a formarse esta institución; pero como fue en tiempos de Pío II, debió ser en 1464, o antes de ese período. Es muy notable que este pontífice confirmara la casa de préstamos de Orvieto (Urbs Vetus) ya en dicho año; mientras que la de Perugia fue sancionada por primera vez por el papa Pablo II en 1467. También es curioso que León X, en su confirmación de esta institución, mencione a Pablo II, Sixto IV, Inocencio VIII, Alejandro VI y Julio II; pero no a Pío II. El papa Sixto IV, según dice Wadding, confirmó en 1472 la casa de préstamos de Viterbo, la cual, sin embargo, había sido fundada ya en 1469 por Franciscus de Viterbo, un menorita. En el año 1479, Sixto IV confirmó la casa de préstamos establecida en Savona, lugar de su nacimiento, siguiendo el mismo modelo que la de Perugia. La bula emitida con este fin es la primera confirmación pontificia impresa; pues la obtenida para Perugia, según nos cuenta el editor, no se encontraba en los archivos de allí en 1618, fecha en que se imprimió la otra. Nunca he encontrado la confirmación de las casas de préstamos de Orvieto y Viterbo. Ascianus las buscó, pero sin éxito, en el Bullarium Magnum Cherubini, y Sixto no las menciona. Este pontífice, en su bula, lamenta que los grandes gastos a los que estaba sometido no le permitieran ayudar a sus compatriotas con dinero, pero que otorgaría a la casa de préstamos tantas ventajas espirituales como pudieran inducir a los fieles a contribuir a su mantenimiento; y que era su deseo que se prestara dinero desde ella a quienes estuvieran dispuestos a colaborar gratuitamente durante un año en las tareas que requería. Si no se encontraba a nadie que cumpliera estas condiciones, se debía dar un salario moderado. También añadió una cláusula relativa a las garantías; pero pasó por alto el hecho de que los deudores debían contribuir de algún modo al mantenimiento de la institución pagando intereses, algo que Barnabas, cuyo nombre no aparece en la bula, introdujo sin embargo en Perugia, y que el papa aprobó tácitamente. La mayor parte de las casas de préstamos en Italia fueron establecidas en los siglos XV y siguientes por los minoritas Marcus Bononiensis, Michael a Carcano, Cherubinus Spoletanus, Jacobus de Marchia, Antonius Vercellensis, Angelus a Clavasio, y sobre todo, Bernardinus.

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Tomitano, también llamado Feltrensis y Parvulus. Este hombre nació en Feltri, en la región de Treviso, en el año 1439. Su padre se llamaba Donato Tomitano y su madre Corona Rambaldoni; ambos pertenecían a familias distinguidas, aunque algunos afirman que él era de origen humilde y natural de Tomi, un pequeño pueblo cerca de Feltri, razón por la cual recibió el nombre de Tomitano. El nombre de Parvulus surgió debido a su estatura diminuta, algo que a veces utilizaba como motivo de broma. Lo cierto es que recibió una buena educación. En 1456, a los diecisiete años, permitió que sus instructores, en contra de la voluntad de su padre, lo llevaran a Padua para que ingresara en la orden de los Menores; en esa ocasión cambió su nombre cristiano, Martin, por Bernardinus. Como era un buen orador, fue enviado por su orden a viajar por Italia predicando. Sus sermones eran escuchados con aplausos, y en muchos lugares la gente casi le rendía honores divinos. El objetivo principal de sus sermones era combatir el juego, la intemperancia y la extravagancia en la vestimenta; pero sobre todo atacaba a los judíos, provocando tal odio hacia ellos que los gobiernos de muchos lugares se vieron obligados a rogarle o a obligarlo a abandonar sus territorios o a no predicar en contra de esos desdichados, a quienes las multitudes que reunía amenazaban con masacrar. A veces, cuando visitaba ciudades donde había judíos ricos y personas relacionadas con ellos en el comercio, corría peligro incluso de perder la vida. Aprovechando esta antipatía general hacia los judíos, se esforzó, siguiendo el ejemplo de su hermano menor, Barnabas, por establecer casas de préstamo; murió en Pavía en el año 1494. Los Menores realizaron toda clase de trucos con su cuerpo, pretendiendo que realizaba milagros, y así lograron incluirlo en el catálogo de los santos. Para hacer que su nombre perdurara aún más, algunos de sus sermones fueron publicados entre las obras de los escritores de la orden franciscana. Las casas de préstamo en Italia, cuyo origen conozco, son las siguientes: la casa de préstamo de Perugia fue inspeccionada en 1485 por Bernardinus, quien aumentó su capital. Ese mismo año estableció otra en Asís, la cual fue confirmada por el papa Inocencio y visitada y mejorada por su fundador en 1487.

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En el año 1486, tras mucha oposición, estableció una casa de préstamos en Mántua y también consiguió la aprobación del papa para ella. Cuatro años después, sin embargo, esta casa había declinado tanto que él se vio obligado a predicar con el fin de obtener nuevas donaciones para sostenerla. En Florencia se encontró con aún más oposición: los judíos ricos sobornaron a los miembros del gobierno, quienes, en apariencia, querían favorecer el establecimiento de la casa de préstamos, a la cual ya habían dado su consentimiento dieciocho años antes, pero en secreto la obstaculizaban. Además, cuando algunos jóvenes, tras escuchar un sermón, atacaron las casas de los judíos, se ordenó a los menores que dejaran de predicar y abandonaran la ciudad. No obstante, la casa de préstamos se estableció finalmente, pero fue gracias al dominico Jerónimo Savonarola. En el año 1488, Bernardino estableció una casa de préstamos en Parma y consiguió la aprobación del papa para ella, así como para otra en Cesena, donde el interés se fijó en “pro salariis officialium et aliis montis oneribus perferendis”. Hacia el final de ese año se encontraba en el otro extremo de Italia, donde restableció una casa de préstamos en Áquila, en el reino de Nápoles. Al año siguiente estableció una en Chieti, en el mismo reino; otra en Rieti, en los territorios de la Iglesia; una tercera en Narni; y una cuarta en Lucca, la cual fue confirmada por el obispo, a pesar de la oposición de los judíos, que hicieron todo lo posible por impedirlo. En el año 1490, Bernardo estableció una casa de préstamos en Piacenza; al mismo tiempo, encontró otra en Génova, la cual había sido establecida por el ya mencionado Angelus a Clavasio. En ese mismo período también se estableció una casa de préstamos en Verona, y otra en Milán, por parte del menorita Miguel de Aquis. En 1491 se estableció una casa de préstamos en Padua, la cual fue confirmada por el papa Alejandro VI en 1493; y otra se estableció en Rávena.

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En 1492, Bernardino reformó la casa de préstamos de Vicenza, donde, para evitar la acusación de usura, se empleó el artificio de no exigir ningún interés, sino de advertir a los prestatarios que debían dar una retribución según su piedad y capacidad. Como por estos medios se inducía a la gente a pagar más intereses de los que legalmente se exigían en otras casas de préstamos, Bernardino hizo que se aboliera este método. Ese mismo año estableció también una casa de préstamos en la pequeña localidad de Campo S. Pietro, no lejos de Padua, y expulsó a los judíos que prestaban dinero a cambio de garantías. En esa época había casas de préstamos en Bassano, un pueblo del condado de Treviso, y también en Feltri, las cuales inspeccionó y mejoró. En el año 1493, Bernardino hizo que se estableciera una casa de préstamos en Crema, en los dominios venecianos; otra en Pavía, donde solicitó la opinión de los juristas, a quienes tuvo la satisfacción de encontrar favorables a su proyecto; y asimismo una tercera en Gubbio, en los territorios de la Iglesia. Al mismo tiempo, otro franciscano estableció en Cremona un “mons frumenti pietatis”, desde el cual se prestaba trigo a interés a personas necesitadas; y parece que ya había existido una institución similar antes en Parma. En el año 1494, Bernardino, poco antes de su muerte, ayudó a establecer una casa de préstamos en Montagnana, en los territorios venecianos, y a mejorar la de Brescia, que corría el riesgo de deteriorarse porque los empleados no tenían salarios fijos. Ese mismo año, otro franciscano estableció una casa de préstamos en Módena. En el año 1506, el papa Julio II confirmó la casa de préstamos de Bolonia. La de Trivigi se estableció en 1509; y en 1512, Isabel de la familia Gonzaga, viuda del duque Guido Ubaldus, estableció la primera casa de préstamos en el ducado de Urbino, en Gubbio, y obtuvo permiso para acuñar moneda. El relato histórico que aquí presento muestra de la manera más clara la gran fuerza del prejuicio, y en particular del prejuicio de los eclesiásticos. A pesar de las evidentes ventajas que ofrecían las casas de préstamos, y aunque una gran parte de ellas ya había sido sancionada por la infalible corte de Roma, muchos, pero sobre todo dominicos,

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Exclamaban contra estas instituciones, a las cuales no llamaban montes pietatis, sino impietatis. Ninguna oposición causó tanto malestar a los menores que la de Tomás de Vio, dominico, quien más tarde se hizo famoso como cardenal bajo el nombre de Cayetano. Este monje, mientras enseñaba en Pavía en 1498, escribió un tratado titulado De Monte Pietatis, en el cual atacó duramente la práctica de exigir prenda e intereses, aun cuando estos últimos estuvieran destinados al sustento de los empleados. Los papas, decía, habían confirmado en general a las casas de préstamo, pero no todas las regulaciones que podían introducirse en ellas, y solo habían dado su aprobación expresa en la medida en que estas fueran compatibles con las leyes de la Iglesia. Estas palabras, añadía, habían sido maliciosamente omitidas en las bulas impresas; pero él las había escuchado y leído durante la confirmación de una casa de préstamo en Mántua. De hecho, constato que estas palabras no figuran en la copia de esa bula que se encuentra en Wadding, la cual se dice que fue tomada del original; ni tampoco en la aún más antigua confirmación de una casa de préstamo en Savona. Pero incluso si estuvieran allí, eso no justificaría la oposición de Cayetano, ya que el papa, en ambas bulas, recomendaba que se adoptara el modelo de la casa de préstamo de Perugia, cuya parte integrante era la percepción de intereses. Bernardino de Bustis, un menor, tomó partido en contra de Cayetano, y, según cuenta Wadding, con bastante vehemencia. Entre sus oponentes se encontraban Barriano y Francisco Papafava, jurista de Padua. Dado que esta disputa se reavivó con gran intensidad a principios del siglo XVI, finalmente fue resuelta por el papa León X, quien, en la décima sesión del concilio de Letrán, declaró mediante una bula específica que las casas de préstamo eran legales y útiles; que todas las dudas en contrario eran pecaminosas, y que aquellos que escribieran en su contra debían ser sometidos a excomunión. Toda la asamblea, excepto un arzobispo, votó a favor de esta decisión; y según un decreto del concilio de Trento, también se reconoció su legalidad y se confirmaron. A pesar de esta decisión, todavía hubo escritores que a veces las condenaban; y que no consideraban todos los decretos, al menos el mencionado del concilio de Letrán, como acordes con la justicia. Entre ellos se encontraba Domingo de Soto, dominico. Sin embargo, con el paso del tiempo toda oposición desapareció, y en el año 1565, Carlos Borromeo, legado del papa en

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El Concilio de Milán ordenó a todos los gobiernos y eclesiásticos que ayudaran a establecer casas de préstamo. De las casas de préstamo establecidas en Italia después de este período, solo mencionaré las de Roma y Nápoles. Es muy notable que la capital del papa no contara con una institución de este tipo hasta el año 1539, y que fuera creada gracias a los esfuerzos de Giovanni Calvo, un franciscano. Pablo III, en su bula de confirmación, ordenó que los sucesores de Calvo en rango y cargo tuvieran siempre bajo su supervisión dicha institución, ya que los franciscanos se habían esforzado al máximo por erradicar la usura. La casa de préstamo de Nápoles se estableció por primera vez en 1539 o 1540. Dos ciudadanos adinerados, Aurelio Paparo y Leonardo o Nardo di Palma, rescataron todos los bienes que en ese momento estaban en manos de los judíos y se ofrecieron a entregarlos a sus dueños sin intereses, siempre y cuando estos devolvieran el dinero prestado. Pronto otros más pudientes siguieron su ejemplo; muchos legaron grandes sumas con este fin benéfico; y Toledo, el virrey que expulsó a los judíos del reino, lo apoyó por todos los medios posibles. Esta casa de préstamo, que de hecho ha experimentado muchas modificaciones, es la más grande de Europa; contiene una cantidad inmensa de artículos diferentes, muchos de ellos extremadamente valiosos, por lo que puede considerarse como un depósito de la parte más importante de los bienes muebles de toda la nación. Alrededor del año 1563, se creó otra institución de similar tipo bajo el nombre de Banco de los Pobres. Al principio, este banco prestaba dinero sin intereses, únicamente para aliviar a los deudores endeudados; posteriormente, a medida que su capital aumentaba, comenzó a prestar sobre garantías, pero nunca por una suma superior a cinco ducados sin intereses. Para cantidades mayores, se exigía el interés habitual. No he podido averiguar en qué fecha se estableció la primera casa de préstamo en Venecia. Este estado parece haber tolerado durante mucho tiempo a los judíos; se esforzó por moderar el odio que se sentía hacia estos hombres y ordenó a Bernardinus que dejara de predicar en contra de ellos. En general, me parece que las principales ciudades comerciales de Italia fueron las últimas en hacer uso de esta invención; porque sabían que regular…

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El interés por ley, en un contexto donde el comercio florecía, resultaría ineficaz o inútil; o bien porque los ricos comerciantes judíos encontraban formas de impedirlo. El nombre “mons pietatis”, para el cual aún no se ha dado una explicación satisfactoria, surgió con la invención en Italia, y es igualmente antiguo, si no más. Los fondos monetarios formados por las contribuciones de diferentes personas, con un fin específico, ya eran llamados “montes” mucho antes. En los primeros siglos de la era cristiana, se recolectaban donaciones voluntarias que eran guardadas en las iglesias por los eclesiásticos, en parte para cubrir los gastos de los servicios divinos y en parte para ayudar a los pobres. Estos capitales, considerados como fondos eclesiásticos, fueron llamados por Prudencio, a principios del siglo V, “montes annonæ” y “arca numinis”. Tertuliano los denominó “deposita pietatis”; de ahí surgió el nombre “montes pietatis”. En cualquier caso, creo que el inventor eligió y adoptó este nombre con el fin de dar a su institución un aspecto sagrado o religioso, y así obtener más aprobación y apoyo. Sin embargo, descubro que esos bancos que operaban en Italia durante los siglos XIII y XIV, para prestar dinero en nombre de los Estados, cuyos ingresos públicos eran hipotecados y cuyo interés se pagaba, también eran llamados “montes”. En este sentido, la palabra es utilizada por historiadores italianos de épocas mucho posteriores; y están muy equivocados aquellos que, junto con Asciano y muchos otros, consideran todos estos “montes” como verdaderas casas de préstamos. Estos bancos de préstamo o “montes” recibían diversos nombres: a veces, provenientes de los príncipes que los establecían; a veces, del uso al que se destinaba el dinero prestado; y a veces, de los objetos que se hipotecaban. Ejemplos de este tipo son los “mons fidei”, o préstamo concedido por el papa Clemente VII en el año 1526 para defender su capital; los “mons aluminarius”, bajo el papa Pío IV, para los cuales se hipotecaron las fábricas de alumbre pertenecientes a la Santa Sede; los “mons religionis”, bajo Pío V, para financiar la guerra contra los turcos; y los “montes farinæ, carnium, vini, etc.”, cuando los impuestos sobre estos productos se utilizaban como garantía. Para facilitar estos préstamos, se consideraba cualquier condición que pudiera inducir a la gente a prestar dinero. A veces se ofrecía un alto interés, siempre y cuando los suscriptores aceptaran que este dejara de pagarse y que el capital pasara al banco tras su muerte; otras veces se ofrecía un interés bajo, pero la garantía era hereditaria y podía transferirse a voluntad. Los primeros casos eran…

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se les llamaba montes vacabiles, y estos últimos, montes non vacabiles. A veces el Estado se comprometía a devolver el capital al final de un cierto período, como por ejemplo nueve años, como ocurría con los mons novennalis, bajo Pablo IV; o bien se reservaba para sí la opción de devolver el dinero en el plazo que considerara adecuado, y a veces el capital se convertía en permanente y los intereses se hacían perpetuos. Los primeros se denominaban montes redimibiles, y los segundos, irredimibiles. Aquí se puede descubrir claramente el origen de las rentas vitalicias, las anualidades, las tontinas y los valores gubernamentales; pero dejaré la ulterior ilustración de este tema a quienes deseen dedicar sus talentos a la historia de las deudas nacionales. He introducido estas observaciones simplemente para corregir un error que se ha vuelto casi general y que me causó algunas dificultades en esta investigación; y solo añadiré que los papas otorgaron a sus préstamos, con el fin de elevar su crédito, muchos de esos beneficios espirituales que conferían a los montes pietatis. Por lo tanto, este error se propagó más fácilmente, ya que ambos se llamaban montes; y de ahí que Ascianus y otros afirman que muchos establecimientos de préstamo fueron mal utilizados por los papas con el fin de obtener préstamos públicos.
De los ejemplos aquí citados se puede ver que los primeros establecimientos de préstamo fueron sancionados por los pontífices, porque solo ellos podían determinar a los católicos en qué casos era lícito para ellos recibir intereses. Esta circunstancia parece haber dificultado su establecimiento fuera de Italia. En cualquier caso, los protestantes se opusieron al principio a imitar una institución que tenía su origen en la corte de Roma y que, según el prejuicio reinante en aquel tiempo, solo ella podía aprobar; y por la misma razón no quisieron adoptar la reforma realizada en el calendario.
La primera mención de un establecimiento de préstamo en Alemania que he encontrado hasta ahora se encuentra en el permiso concedido por el emperador Maximiliano I a los ciudadanos de Núremberg, en el año 1498, para expulsar a los judíos de la ciudad y establecer un banco de cambio. El permiso también estipulaba que “deberían proveerse de gerentes adecuados, empleados y otras personas para dirigirlo según su voluntad o según lo exigieran las necesidades; que aquellos de sus conciudadanos que no pudieran llevar a cabo sus negocios, oficios y ocupaciones sin pedir préstamos ni empeñar sus bienes, deberían, a petición, según su oficio…”.

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y circunstancias, recibir dinero, para lo cual debían tomarse prenda, precauciones y garantías; que en el momento del pago se debía exigir una cierta suma a modo de intereses; que los empleados y directores del banco debían recibir salarios por sus servicios con cargo a esos intereses; y que si quedaba algún excedente, este debía emplearse para el uso común de la ciudad de Núremberg, al igual que cualquier otro fondo público”. Aquí parece que las casas de préstamo en Alemania se conocieron primero bajo el nombre de bancos de cambio, término con el que antes se entendía cualquier banco donde se prestaba y cambiaba dinero; pero de esto no se deduce, como piensa el profesor Fischer, que fueran una invención italiana. Los ciudadanos de Núremberg no tenían entonces ninguna casa de préstamo, ni se estableció una allí hasta el año 1618. En ese período obtuvieron de Italia copias de las normativas elaboradas para diversos establecimientos de este tipo, con el fin de seleccionar las mejores. Sin embargo, se basaron en las normativas de la ciudad de Augsburgo, y enviaron allí a las personas elegidas para gestionar su casa de préstamo, para que pudieran familiarizarse completamente con la naturaleza de dicho establecimiento. En el año 1591, los magistrados de Augsburgo prohibieron a los judíos prestar dinero o tomar prenda; al mismo tiempo, concedieron 30.000 florines como fondo para establecer una casa de préstamo, y sus normativas se publicaron en 1607. En los Países Bajos, Francia e Inglaterra, las casas de préstamo se conocieron primero bajo el nombre de lombardos, cuyo origen es evidente. Es bien sabido que en los siglos XIII y siguientes muchos comerciantes prósperos de Italia, que en aquellos tiempos era casi la única parte de Europa que desarrollaba un comercio extenso, fueron invitados a estos países, donde había pocos comerciantes capaces de dedicarse profundamente al comercio. Por esta razón, fueron favorecidos por los gobiernos de la mayoría de las grandes ciudades; pero con el paso del tiempo se convirtieron en objeto de odio universal, porque practicaban la usura más opresiva, prestando a interés y con prenda. Se les llamaba longobardos o lombardos, de la misma manera que a naciones enteras a menudo se les da nombre según una parte de su país, tal como a todos los helvéticos se les llama suizos, y a los rusos a veces moscovitas. Sin embargo, también se les llamaba con frecuencia caorcini, caturcini, caursini, cawarsini, cawartini, bardi y amanati; nombres que, con toda probabilidad, surgieron de algunas de sus casas o bancos más importantes. Sabemos, en

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En cualquier caso, durante esos períodos la familia Corsini gozaba de gran prestigio en Florencia. Tenían bancos en las principales ciudades para prestar dinero; exigían intereses exorbitantes; y aceptaban garantías por un valor bajo, reservándoselas como propiedad propia si no eran rescatadas en el plazo establecido. Evitaban la prohibición de la Iglesia contra los intereses cuando lo consideraban necesario, haciendo que estos se pagaran previamente como regalo o prima; y parece que algunos soberanos pidieron dinero prestado a ellos en esas condiciones. De esta manera, Eduardo III, rey de Inglaterra, al viajar por Francia en el año 1329, recibió 5000 marcos del banco de los Bardi, y a cambio, como muestra de agradecimiento, entregó un bono por valor de 7000. Cuando las quejas contra las prácticas usurarias de estos judíos cristianos se volvieron demasiado fuertes como para ignorarlas, se les amenazó con la expulsión del país, y aquellos que se habían hecho especialmente odiosos por ello solían ser desterrados, de modo que quienes quedaban se veían obligados a actuar con más prudencia y moderación en sus negocios. Es probable que el comercio de esos países estuviera entonces en una etapa demasiado incipiente como para prescindir por completo de la ayuda de estos extranjeros. Así fueron tratados por Luis IX en 1268, y también por Felipe el Audaz; y a veces los papas, que no querían autorizar los intereses, prestaban su ayuda mediante prohibiciones, como ocurrió en el caso de Enrique III de Inglaterra en 1240. En el siglo XIV, los lombardos en los Países Bajos pagaban al gobierno alquiler por las casas en las que realizaban sus transacciones financieras, además de algo más como permiso para hacerlo. Tenemos ejemplos de esto en Delft en 1313 y en Dordrecht en 1342. A medida que pasaba el tiempo, los lombardos originales desaparecieron, y estas casas se alquilaban, con el mismo permiso, para el mismo fin; pero los gobiernos acabaron fijando la tasa de interés que debían recibir y estableciendo regulaciones para controlar las prácticas usurarias. Existe un ejemplo de arrendamientos concedidos en tales condiciones en Delft en el año 1655. En 1578, Guillermo, príncipe de Orange, recomendó a los magistrados de Ámsterdam a Francisco Masasia, uno de los lombardos, como se les llamaba entonces, para que obtuviera permiso para abrir una casa de préstamos, así como muchos otros obtenían permiso para tener mesas de billar.

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Cartas de protección para los judíos. En el año 1611, el propietario de una casa de este tipo en Ámsterdam, quien durante la segunda mitad de su arrendamiento había obtenido con su capital al menos un treinta y tres por ciento de ganancia, ofreció una suma muy elevada para renovar su permiso; pero en 1614, la ciudad decidió tomar el negocio de préstamos o casa de empeños en sus propias manos, o bien establecer una similar. Por odioso que fuera este plan, surgió una disputa respecto a su legalidad, que Marets y Claude Saumaise intentaron defender. La casa de préstamos pública o lombarda en Bruselas se estableció en 1619; la de Amberes en 1620, y la de Gante en 1622. Todas estas fueron creadas por el archiduque Alberto, cuando asumió el cargo de gobernador, con el consejo del arzobispo de Malinas; y en esta ocasión se empleó al arquitecto Wenceslaus Coberger, quien fue nombrado inspector general de todas las casas de préstamos de los Países Bajos españoles. Algunos italianos afirman que los flamencos fueron los primeros en prestar dinero a interés para sus casas de préstamos; y nos dicen que esta práctica comenzó en el año 1619. También se nos asegura que, tras largas deliberaciones en Bruselas, finalmente se decidió aceptar dinero a interés en las casas de préstamos. Sin embargo, parece cierto que en Italia esto nunca se hizo, o al menos no hasta una época tardía, y que los capitales de las casas de préstamos allí se acumularon sin pagar intereses. Esta institución beneficia siempre estuvo en contra en Francia; principalmente porque los doctores de la Sorbona no podían deshacerse del prejuicio contra los intereses; y algunos en tiempos modernos que intentaron ofrecer dinero a las personas en condiciones similares, fueron castigados por el gobierno. No obstante, se estableció una casa de préstamos en París bajo Luis XIII, en 1626; pero sus administradores tuvieron que abandonarla al año siguiente. En 1695, algunas personas reunieron un capital en Marsella con el fin de establecer una allí según el modelo de las de Italia. El actual mont de piété de París, que a veces tiene en su poder cuarenta barriles llenos de relojes de oro que han sido empeñados, fue creado por orden real en 1777.
[A continuación se indica la tasa de beneficio o interés que los prestamistas de este país tienen derecho a cobrar por mes calendario. Por 2 chelines y 6 peniques, uno]

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medio penique; 5 chelines. Un penique; 7 chelines y 6 peniques. Tres medios peniques; 10 chelines. Dos peniques; 12 chelines y 6 peniques.
Dos peniques y medio penique; 15 chelines. Tres peniques; 17 chelines y 6 peniques. Tres peniques y medio penique; 1 libra esterlina.
Cuatro peniques; y así sucesivamente, en proporción, para cualquier suma que no exceda los 40 chelines. Para cada suma que exceda los 40 chelines pero no los 42 chelines, ocho peniques; y para cada suma que exceda los 42 chelines pero no llegue a las 10 libras esterlinas, tres peniques por cada libra, y así sucesivamente, en proporción, para cualquier suma fraccionaria.
Cuando alguna suma intermedia prestada como prenda excede los 2 chelines y 6 peniques pero no los 40 chelines, se puede cobrar una suma de cuatro peniques en proporción a cada libra esterlina.
Los bienes empeñados se pierden al finalizar un año, excluyendo la fecha del empeño. Pero se ha sostenido que la propiedad no se transfiere, sino que el prestamista de prendas solo tiene derecho a vender el artículo; y, por lo tanto, ante una reclamación después de este plazo, con el pago del principal e intereses, la propiedad debe ser devuelta si no se ha vendido (Walker v. Smith, 5 Barn. and Ald. 439). No se deben aceptar prendas de personas ebrias o menores de doce años. En Gran Bretaña, los prestamistas de prendas deben obtener una licencia, cuyo costo es de 15 libras esterlinas dentro de los límites del antiguo sistema de dos peniques, y 7 libras y 10 chelines en otras zonas. En Irlanda no se requiere licencia. Se necesita una segunda licencia, cuyo costo es de 5 libras y 15 chelines, para poder aceptar como prenda artículos de oro y plata.
De 1833 a 1838, el número de prestamistas de prendas en el distrito metropolitano aumentó de 368 a 386; en el resto de Inglaterra y Gales, de 1083 a 1194; y en Escocia, de 52 a 88; lo que supone un total de 1668 establecimientos, que pagaron 15.419 libras esterlinas por sus licencias, además de las licencias que muchos de ellos obtienen como comerciantes de oro y plata. El negocio de los prestamistas de prendas no era conocido en Glasgow hasta agosto de 1806, cuando un prestamista inglés itinerante comenzó a trabajar en una sola habitación, pero se marchó al cabo de seis meses; su lugar no fue ocupado hasta junio de 1813, cuando se estableció la primera oficina permanente en el oeste de Escocia para recibir bienes en prenda. Pronto entraron otros individuos en este negocio, y la práctica del empeño se volvió tan común que, en 1820, en una época de dificultades, 2043 familias empeñaron 7380 artículos, con los cuales obtuvieron 739 libras, 5 chelines y 6 peniques. De estas familias, 1375 nunca habían solicitado ni recibido ninguna clase de ayuda caritativa; 474 recibieron ayuda ocasional del comité de socorro, y 194 eran indigentes. El capital invertido en este negocio en 1840 era de unas 26.000 libras esterlinas. Nueve décimas partes de los artículos empeñados son redimidos dentro del plazo legal. No existen medios para determinar el número exacto de establecimientos de prestamistas de prendas en las grandes ciudades de Inglaterra. En 1831, el número de hombres mayores de veinte años empleados

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En Manchester eran 107; en Liverpool, 91; en Birmingham, 54; en Bristol, 33; en Sheffield, 31.
La siguiente curiosa lista fue enviada por una importante casa de préstamos sobre bienes muebles en Glasgow al Dr. Cleland, quien la leyó ante la Asociación Británica en 1836. La lista comprendía los siguientes artículos: 539 abrigos de hombre, 355 chalecos, 288 pares de pantalones, 84 pares de medias, 1980 vestidos de mujer, 540 enaguas, 132 faldas interiores, 123 abrigos ligeros, 90 pelisses, 240 pañuelos de seda, 294 camisas y blusas, 60 sombreros, 84 chinches de cama, 108 almohadas, 262 pares de mantas, 300 pares de sábanas, 162 cubrecamas, 36 manteles, 48 paraguas, 102 Biblias, 204 relojes, 216 anillos y 48 medallas de Waterloo.
En 1840 había unos treinta prestamistas sobre bienes muebles en Glasgow. En las zonas manufactureras, durante los períodos de huelgas o en épocas de dificultades comerciales, muchas familias empeñan la mayor parte de su ropa y sus enseres domésticos. La práctica de recurrir a los prestamistas en tales ocasiones es de carácter muy distinto a los hábitos de dependencia a los que caen muchos miembros de la clase trabajadora, quienes, “al recibir su salario el sábado, tienen por costumbre recuperar su ropa de vacaciones del prestamista para poder presentarse con dignidad el día del sábado; y el lunes siguiente vuelven a empeñarla para obtener un nuevo préstamo que les permita cubrir las necesidades de su familia durante el resto de la semana”. Es a través de estas transacciones y de aquellas que surgen del deseo de obtener alguna satisfacción momentánea como los prestamistas obtienen sus grandes ganancias. Se indica en uno de los informes sobre las leyes de asistencia social que un préstamo de tres peniques, si se reembolsa el mismo día, genera un interés anual del 5200 por ciento; semanalmente, del 866 por ciento; con 4 peniques, el interés anual es del 3900 por ciento, o del 650 por ciento semanalmente; con 12 peniques, el interés anual es del 1300 por ciento, o del 216 por ciento semanalmente.
Se afirma que, con un capital de seis peniques invertido en préstamos semanales, los prestamistas ganan 2 chelines y 2 peniques en doce meses; con cinco chelines, ganan 10 chelines y 4 peniques; con diez chelines, ganan 22 chelines y 3¼ peniques; y con veinte chelines prestados en préstamos semanales de seis peniques, duplican más que su capital en veintisiete semanas. Si los bienes empeñados permanecen en sus manos durante doce meses (lo cual ocurre rara vez), a menudo obtienen un beneficio del 100 por ciento.

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NOTAS AL PIE
2
J. D. Michaelis, en Syntagma Commentationum, ii, p. 9; y su Mosaisches Recht, iii, p. 86.
3
Suetonio, Vita Augusti, cap. 41.
4
Tácito, Annal., vi, 17; Suetonio, Vita Tiberii, cap. 48; Dión Casio, lviii, 21.
5
Aelio Lampridio, Vita Alex. Severi, cap. 21.
6
M. Manni, circa i sigilli antichi dei secoli bassi, vol. xxvii, p. 86.
El autor cita aquí de un antiguo libro de la ciudad el siguiente pasaje: “Franciscus fenerator pro se et apotheca seu casana fenoris, quam tenebat in via Quattro Pagoni”, etc.
7
Algemeine Welthistorie, xlv, p. 10.
8
Este teólogo, nacido en Eperies, Hungría, en 1625, fue expulsado de su país natal por motivos religiosos y murió como supervisor en Meissen en 1689. Escribió, además de otras obras, Dorothei Asciani Montes Pietatis Romanenses, historice, canonice, et theologice detecti. Lipsiae, 1670, 4to. Este libro es actualmente muy escaso. Aprovecharé esta oportunidad para mencionar también lo siguiente, porque muchos que han escrito sobre casas de préstamo lo han citado, aunque nunca lo hayan visto: Montes Pietatis Romanenses, das ist, die Berg der Fromheit oder Gottesforcht in der Stadt Rom. Durch Elychnium Gottlieb. Estrasburgo, 1608, 8vo. No contiene nada de importancia que no se pueda encontrar en la obra de Ascianus.
9
De este Barnabas no sé nada más que lo que he extraído aquí de los Annales Minorum de Waddingii, tom. xiv, p. 93. Wadding se refiere a Marianus, lib. v, c. 40, § 17; y a Marc., lib. 5, cap. 58. El primero es Marianus Florentinus, cuyo Fasciculus Chronicorum Ordinis Minorum, que consta de cinco libros, fue…

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Fue utilizado por Wadding en su manuscrito al componer su gran obra, y, en mi opinión, nunca ha sido impreso. Marc. es Marcus Ulyssoponensis, cuya Chronica Ordinis Minorum no he podido conseguir, aunque está traducida a varios idiomas. Véase Waddingii Scriptores Ordinis Minorum. Romæ 1650, fol. pp. 248, 249.

Esto lo confirma M. B. Salon, en t. 2. Contr. de Justit. et Jure, en ii. 2 Thom. Aquin. qu. 88. art. 2. controv. 27: “Este tipo de monte no estaba en uso entre los antiguos. Comenzó a utilizarse hace unos 150 años, en tiempos de Pío II”. En C. L. Richard’s Analysis Conciliorum Generalium et Particularium, Venetiis, 1776, 4 vol. fol. iv. p. 98, se indica que la primera casa de préstamos en Perugia fue establecida en el año 1450; pero Pío II, bajo cuyo pontificado, según diversos testimonios, parece haber sido fundada, no fue elegido papa hasta el año 1458.

Bussi, Istoria della città di Viterbo. En Roma, 1742, fol. p. 271.

Puede encontrarse en Bolle et Privilegi del Sacro Monte della Pietà di Roma. En Roma, 1618; reimpreso en el año 1658. Esta colección suele publicarse junto con la siguiente obra, impresa en el mismo año y reimpresa posteriormente: Statuti del Sacro Monte della Pietà di Roma. Esta bula es presentada íntegramente por Ascianus, p. 719, pero en la Colección de las bulas pontificias se omite.

Este Miguel viajó y predicó mucho en compañía de Bernardino, y murió en Como en 1485. —Wadding, xiv. p. 396.

Los Piccolimini, sobrinos del papa, al presentarle sus respetos en Siena, él les dijo que compartía su mismo nombre. —Wadding, xiv. p. 447.

Waddingii Scriptores Ordinis Minorum, p. 58. Fabricii Biblioth. Mediæ et Infimæ Æt. i. p. 586.

Wadding, xiv. pp. 398, 433.

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17
Se puede encontrar en su totalidad en Wadding, xiv, p. 411. Se ordenó que los avales tuvieran un valor doble a la suma prestada, y que fueran vendidos si no eran redimidos dentro de un año.

18
Wadding, xiv, p. 446.

19
D. Manni, circa i Sigilli Antichi, tomo XXVII, p. 92; allí se puede encontrar mucha información sobre este tema.

20
Wadding, xiv, p. 451.

21
Ibíd., págs. 462, 465.

22
Ibíd., xiv, págs. 480, 481.

23
Ibíd., p. 517.

24
Ibíd., xiv, págs. 93, 482.

25
Ibíd., p. 514.

26
Ibíd., XV, págs. 6, 65.

27
Wadding, XV, págs. 7, 9, 12.

28
Ibíd., XV, págs. 37, 45, 46.

29
Ibíd., XV, p. 67.

30
Ibíd., XV, p. 68. Bernardino consideraba la concesión de salarios como un mal necesario.

31
Della Zecca di Gubbio, e delle Geste de’ Conti e Duchi di Urbino; obra de Rinaldo Reposati. Bolonia, 1772, 4to.

32
Se encuentra en la conocida colección de escritos jurídicos, comúnmente citada bajo el título de Tractatus Tractatuum.

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Venecia, 1584, fol. p. 419, vol. VI, parte 1. También fue impreso por separado.
33
Sus obras fueron impresas juntas, en formato folio, en Brescia en 1588.
34
La obra del primero apareció en 1496. Los escritos de ambos se encuentran en la obra de Ascianus, o Zimmermann, que ya ha sido citada con frecuencia.
35
Esta bula, que marca un hito en la historia de las casas de préstamo, puede encontrarse en S. Lateranen. Concilium Novissimum. Roma, 1521, fol. Esta obra escasa, que ahora tengo ante mí, está incluida íntegramente en Harduini Acta Conciliorum, tomo IX. París, 1714, fol. La bula se encuentra en la página 1773. También puede hallarse en Bullarium Magnum Cherubini, I, p. 560; Waddingii Annal. Minor., XV, p. 470; Ascianus, p. 738; y en Beyerlinck’s Theatrum Vitæ Hum., V, p. 603.
36
Esta es la conclusión a la que llegó Richard en Analysis Conciliorum, ya que en la sesión 22, capítulo 8, las casas de préstamo se consideran entre los “pia loca”, y su inspección queda encomendada a los obispos.
37
Waddingii Annal. Minor., XV, p. 471.
38
Ibid., XVI, p. 444; Ascianus, p. 766.
39
(Summonte) Historia de Nápoles, 1749, 4to, volumen IV, p. 179. — Giannone, volumen IV. — De’ Banchi di Napoli, de Michele Rocco. Nápoles, 1785, 3 volúmenes, 8vo, I, p. 151.
40
Vettor Sandi, en Principi di Storia civile della Repubblica di Venezia. En Venecia, 1771, 4to, volumen II, p. 436. El autor trata expresamente de la institución de este banco, pero no se menciona el año en que comenzó a funcionar.
41
Waddingii Annal. Minor., XV, p. 67.

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42
Himno II, en honor a Lorenzo. El poeta relata que, en el siglo III, el gobernador pagano de la ciudad exigió al diácono Lorenzo los tesoros de la iglesia.

43
Este pasaje, del cual Senkenberg no tenía conocimiento, se puede encontrar en Apología de Tertuliano, capítulo 39, edición de De la Cerda, pág. 187.

44
Sin embargo, esta palabra no se encuentra en el Glossarium Manuale.

45
Véase la bula en Bullarium Magnum, n. 17.

46
Véase Petr. Gregorius Tholosanus, De Republica. Fráncfort, 1609, 4to, libro XIII, capítulo 16, pág. 566; y Ascianus, pág. 753.

47
Geschichte des Teutschen Handels, volumen II, pág. 454.

48
Gokink’s Journal für Teutschland, 1784, volumen I, pág. 504; allí se pueden encontrar las primeras y más recientes regulaciones relativas a la casa de préstamos de Núremberg.

49
Stettens Geschichte der Stadt Augsburg. Fráncfort, 1742, 2 volúmenes en formato 4to; volumen I, páginas 720, 789, 833.

50
Fœdera, volumen IV, pág. 387.

51
Beschryving der Stadt Delft. 1729, formato folio, pág. 553.

52
Salmasius, De Fœnore trapezitico. Lyon, 1640, formato 8vo, pág. 744.

53
De Koophandel van Amsterdam. Rottterdam, 1780, formato 8vo, volumen I, pág. 221.

54
S. de Marets, Diss. de trapezitis.

55
Beyerlinck, Magnum Theatrum Vitæ, volumen V, pág. 602.

56
Richard, Analysis Concilior, volumen IV, pág. 98.

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57
Turgot, Mem. sur le prêt à intérêt, etc. París, 1789, 8vo.
58
Sauval, Hist. de la Ville de Paris.
59
Rufel, Hist. de la Ville de Marseille; 1696. Folio, p. 99.
60
Tableau de Paris. Hamburgo, 1781. 8vo, p. 78.
61
Waterston’s Cyclopædia of Commerce.

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Nombres químicos de los metales.
Dado que esos metales más antiguamente conocidos, a saber, el cobre, el hierro, el oro, la plata, el plomo, el mercurio y el estaño, recibieron los mismos nombres que los cuerpos celestes más cercanos a nosotros, que nos parecen los más grandes, y fueron distinguidos por caracteres similares, surgen dos preguntas: ¿Se dieron primero estos nombres y caracteres a los planetas o a los metales? ¿Cuándo, dónde y por qué se eligieron; y por qué se nombraron los metales con nombres de planetas, o los planetas con nombres de metales? La segunda de estas preguntas, en mi opinión, no puede responderse con ningún grado de certeza; pero se puede decir algo al respecto, lo cual quizás no resulte desagradable para aquellos aficionados a tales investigaciones y que no han tenido oportunidad de examinarlo.
Que los nombres habituales actuales se dieron primero a los cuerpos celestes, y en una época posterior a los metales, está más allá de toda duda; y es igualmente cierto que pasaron de los griegos a los romanos, y de los romanos a nosotros. También se puede demostrar que naciones más antiguas dieron otros nombres a estos cuerpos celestes en épocas mucho más tempranas. Las denominaciones más antiguas, si podemos juzgar por algunos ejemplos aún conservados, parecen haber surgido de ciertas emociones que estos cuerpos despertaban en la mente de los hombres; y no es improbable que los planetas fueran nombrados por los antiguos egipcios y persas con nombres de sus dioses, y que los griegos simplemente adoptaran o tradujeran a su propio idioma los nombres que esas naciones les habían dado.
La idea de que cada planeta era la morada de un dios, o de que ellos mismos eran dioses, surgió, según la conjetura más probable, de naciones primitivas que adoraban al sol, el cual, debido a su influencia benéfica y necesaria sobre todos los cuerpos terrestres, consideraban ya sea como la deidad misma, o como su morada, o, en cualquier caso, como un símbolo de ella. Con el paso del tiempo, cuando héroes y personas que, por servicios extraordinarios, habían hecho que sus nombres fueran respetados e inmortales, recibían honores divinos, ciertos cuerpos celestes, entre los cuales el sol,

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La luna y los planetas parecían ser los más adecuados, por lo que también fueron asignados a estas 63 deidades. Por qué leyes se realizó esta distribución, y por qué un planeta fue dedicado a Saturno y no a otro, Pluche no se atrevió a determinarlo; y en este punto, ni siquiera los propios antiguos estaban de acuerdo. Una vez que los planetas fueron dedicados a los dioses, la necedad, que nunca deja de avanzar donde comienza, prosiguió aún más, atribuyéndoles los atributos y poderes por los cuales las deidades, a cuyo nombre fueron nombrados, habían sido veneradas en las ficciones de sus mitólogos. Esto, con el tiempo, sentó las bases de la astrología; así, se decía que el planeta Marte, al igual que la deidad del mismo nombre, causaba y amaba la guerra; y que Venus presidía sobre el amor y sus placeres.

La siguiente pregunta es: ¿Por qué los metales se dividieron de manera similar entre los dioses y recibieron sus nombres? De todas las conjeturas que se pueden formular como respuesta a esta pregunta, la siguiente me parece la más probable. El número de los planetas divinizados hizo que el número siete fuera tan sagrado para los egipcios, persas y otras naciones, que todas aquellas cosas que sumaban ese mismo número, o que podían ser divididas por él sin resto, se consideraban afines o similares entre sí y conectadas entre sí. Por lo tanto, los siete metales se consideraron como teniendo alguna relación con los planetas, y por ende con los dioses, y fueron nombrados en su honor. A cada dios se le asignó un metal, cuyo origen y uso estaban bajo su especial providencia y gobierno; y a cada metal se le atribuyeron los poderes y propiedades del planeta y de la deidad del mismo nombre; de esto surgieron, con el paso del tiempo, muchas de las concepciones ridículas de los alquimistas.

El rastro más antiguo de la división de los metales entre los dioses se encuentra, hasta donde sé, en el culto religioso de los persas. Orígenes, en su Refutación de Celso, quien afirmaba que los siete cielos de los cristianos, así como la escalera que Jacob vio en su sueño, habían sido tomados de los misterios de Mitra, dice: «Entre los persas, las revoluciones de los cuerpos celestes se representaban mediante siete escaleras, que conducían a un número igual de puertas. La primera puerta era de plomo; la segunda, de estaño; la tercera, de cobre; la cuarta, de hierro; la quinta, de un metal mezclado; la sexta, de plata, y la séptima, de oro. La puerta de plomo tenía el movimiento lento y tedioso de Saturno; la puerta de estaño, el brillo y la delicadeza de…»

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Venus; el tercero estaba dedicado a Júpiter; el cuarto a Mercurio, debido a su fuerza y aptitud para el comercio; el quinto a Marte; el sexto a la Luna, y el último al Sol”. Aquí tenemos, pues, una evidente huella de la astronomía metalúrgica, como la llama Borrichius, o de la denominación astronómica o mitológica de los metales, aunque difiere de la que se utiliza actualmente. Según este sistema, el estaño pertenecía a Júpiter, el cobre a Venus, el hierro a Marte, y el metal mezclado a Mercurio. La conjetura de Borrichius, de que los transcritores de Orígenes, ya sea por ignorancia o intencionalmente, intercambiaron los nombres de los dioses, es muy probable: pues si reflexionamos que en esta denominación los hombres al principio diferían tanto como en la denominación de los planetas, y que los nombres que se les dieron solo se confirmaron con el paso del tiempo —de lo cual pronto presentaré pruebas—, debe admitirse que las causas que Orígenes aduce para su denominación no concuerdan bien con la lectura actual, y que parecen mucho más justas cuando los nombres se disponen de la misma manera que los utilizamos hoy en día. Esta denominación astrológica de los metales parece haber sido transmitida a los brahmanes en la India; pues se nos informa de que un brahmán envió a Apolonio siete anillos, distinguidos por los nombres de las siete estrellas o planetas, uno de los cuales debía llevar diariamente en su dedo, según el día de la semana. Esto solo puede explicarse suponiendo que debía llevar el anillo de oro el domingo; el de plata el lunes; el de hierro el martes, y así sucesivamente. Hay alusiones a esta denominación de los metales según los dioses aquí y allá en los autores antiguos. Dídimo, en su Explicación de la Ilíada, denomina al planeta Marte la estrella de hierro. Aquellos que sueñan haber tenido algo que ver con Marte son, según Artemidoro, amenazados con una operación quirúrgica, por esta razón, añade él, porque Marte significa hierro. Heráclides también dice en sus alegorías que Marte era muy adecuadamente considerado como hierro; y Píndaro nos dice que el oro está dedicado al sol. Platón, asimismo, que estudió en Egipto, parece haber admitido esta denominación y significado de los metales. Al menos así lo asegura Marsilio Ficino; pero no he podido encontrar ninguna prueba de ello, salvo donde habla de la isla Atlántida, diciendo que sus muros exteriores estaban cubiertos

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con cobre y el interior con estaño, y que las paredes de la ciudadela eran de oro. No es improbable que Platón adoptara esta representación persa o egipcia, ya que asignó los planetas a los demonios; pero quizás fue introducida por primera vez en su sistema únicamente por sus discípulos. Sin embargo, parece que ellos variaron respecto a la designación utilizada actualmente; pues dedicaron al Venus el cobre o el bronce, cuyo componente principal es efectivamente el cobre; al Mercurio, el estaño; y a Júpiter, el electrum. El último metal mencionado era una mezcla de oro y plata; y por esta razón probablemente se consideraba un metal distinto, porque en los períodos antiguos la humanidad no conocía el arte de separar estos metales nobles. Los símbolos mediante los cuales se expresan generalmente los planetas y los metales cuando no se opta por escribir sus nombres, ofrecen un ejemplo notable de cuán fácilmente la mente puede ser inducida a suponer una conexión entre cosas que en realidad no tienen afinidad ni relación alguna entre sí. Los anticuarios y astrólogos, según cuya opinión los planetas fueron distinguidos por primera vez con estos símbolos, los consideran como atributos de las deidades del mismo nombre. El círculo, en los períodos más antiguos entre los egipcios, era el símbolo de la divinidad y la perfección; y parece haber sido elegido por ellos como símbolo del sol, especialmente porque, cuando está rodeado de pequeños trazos que se proyectan desde su circunferencia, puede formar alguna representación de la emisión de rayos. El semicírculo es, de igual manera, la imagen de la luna, el único de los cuerpos celestes que aparece bajo esa forma a simple vista. Se supone que el símbolo ♄ representa el anillo de Saturno; ♃, los relámpagos de Júpiter; ♂, la lanza de Marte junto con su escudo; ♀, el espejo de Venus; y ☿, el caduceo o bastón de Mercurio. La expresión mediante símbolos adoptada por los químicos más antiguos solo coincide con este significado mitológico en el símbolo asignado al oro. Según los químicos, el oro era el metal más perfecto, al cual todos los demás parecían ser inferiores en diferentes grados. La plata se acercaba más a él; pero se distinguía únicamente por un semicírculo, el cual, para mayor claridad, se dibujaba doble, y por eso tenía una mayor semejanza con la apariencia más destacada de la luna; nombre que este metal ya había adquirido. Todos los demás metales, dado que parecían tener una mayor o menor afinidad con el oro o la plata, se distinguían por signos.

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Compuesto por los caracteres asignados a estos metales preciosos. En el carácter ☿, los adeptos descubren oro de color plateado. La cruz colocada en la parte inferior, que entre los jeroglíficos egipcios tenía un significado misterioso, expresa, según ellos, algo que no sé qué es; sin lo cual el mercurio sería plata u oro. Este algo también se combina con el cobre, cuyo posible cambio en oro se expresa mediante el carácter ♀. El carácter ♂ declara una afinidad similarmente honorable; aunque la media cruz se emplea de manera más oculta; pues, según la forma más adecuada de escritura, falta el punto en la parte superior, o bien la línea vertical solo debe tocar la horizontal y no intersectarla. El oro filosófico está oculto en el acero; y por esta razón produce medicinas tan valiosas. De la lata, la mitad es plata y la otra mitad consiste en ese algo desconocido: por esta razón aparece la cruz con media luna en ♃. En el plomo, este algo predomina, y se observa en él una semejanza con la plata. Por eso, en su carácter ♄, la cruz se encuentra en la parte superior, y el carácter de plata solo está suspendido a la derecha, detrás de ella. El significado mitológico de estos caracteres no puede ser más antiguo que la mitología griega; pero el significado químico puede rastrearse hasta un período mucho más temprano. Algunos, que los consideran restos de los jeroglíficos egipcios, pretenden que pueden encontrarse en la mesa de Isis, y los emplean como prueba de la gran antigüedad, si no de el arte de fabricar oro, al menos de la química. También se nos dice que corresponden a muchos otros caracteres que los adeptos nos han dejado como emblemas de su sabiduría. Si deseamos decidir sin prejuicios respecto a ambas explicaciones, será necesario familiarizarnos con la forma más antigua de estos caracteres, los cuales, con toda probabilidad, al igual que aquellos utilizados en la escritura, sufrieron muchos cambios antes de adquirir la forma que tienen actualmente. Sin embargo, solo puedo mencionar a tres eruditos: Salmasius, Du Cange y Huet, quienes se tomaron la molestia de recopilar estos caracteres. Como temo que mis lectores puedan disgustarse si los incluyo aquí, daré un breve resumen de las conclusiones a las que llegan a partir de ellos; pero primero debo señalar que los manuscritos más antiguos difieren mucho en su representación de estos caracteres, ya sea porque no estaban completamente establecidos en los períodos en que fueron escritos, o porque muchos supuestos adeptos intentaron hacer que su información fuera más…

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enigmático al confundir intencionadamente los caracteres; y es probable también que se hayan cometido muchos errores por parte de los transcritores. El carácter de Marte, según la forma más antigua de representarlo, es evidentemente una abreviatura de la palabra Θοῦρος, bajo la cual los matemáticos griegos entendían a esa deidad; o, en otras palabras, la primera letra Θ, con la última letra ς colocada encima de ella. El carácter de Júpiter era originalmente la letra inicial de Ζεύς; y en los manuscritos más antiguos de las obras matemáticas y astrológicas de Julio Firmico solo se utiliza la letra mayúscula Ζ, a la cual posteriormente se añadió la última letra ς en la parte inferior, para hacer la abreviatura más distinta. El supuesto espejo de Venus no es más que la letra inicial, ligeramente distorsionada, de la palabra Φωσφόρος, que era el nombre de esa diosa. La imaginaria hoz de Saturno se ha ido formando gradualmente a partir de las dos primeras letras de su nombre Κρόνος, las cuales los transcritores, en aras de la rapidez, hicieron siempre más convenientes para usar, pero al mismo tiempo menos perceptibles. Para descubrir en el pretendido caduceo de Mercurio la letra inicial de su nombre griego Στίλβων, basta con observar las abreviaturas en los manuscritos más antiguos, donde se verá que la Σ se escribía antiguamente como Ϲ; también se observará que los transcritores, para distinguir aún más esta abreviatura del resto, colocaron la C así, ◡; y añadieron debajo de ella la siguiente letra τ. Si aquellos a quienes esta deducción les parece improbable se toman tan solo la molestia de examinar otras abreviaturas griegas, encontrarán muchas que difieren aún más de las letras originales que expresan que el actual carácter ☿ en relación con la combinación de Ϲ y τ. Es posible que transcritores posteriores, a quienes no se conocía el origen de esta abreviatura, hayan intentado darle una mayor semejanza con el caduceo de Mercurio. En resumen, no se puede negar que muchos otros caracteres astronómicos son símbolos reales, o una especie de jeroglíficos propios, que representan ciertos atributos o circunstancias, como los caracteres de Aries, Leo y otros citados por Salmasius. Pero, ¿cuán antigua es la forma actual de estos caracteres? Según Scaliger, son de gran antigüedad, porque se encuentran en gemas y anillos muy antiguos. Si el anillo n.º 104 de Goræus es antiguo y está dibujado con precisión, esto debe ser cierto; pues algunos de estos caracteres pueden distinguirse muy claramente en el engaste. Wallerius nos dice que sin duda fueron utilizados por los antiguos egipcios, porque Demócrito,

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Quien residió cinco años en Egipto habla de ellos en los términos más claros. No sé de dónde obtuvo Wallerius esta información, pero no demuestra nada. Sin duda se refiere al filósofo risueño de Abdera, que vivió unos 450 años antes de nuestra era, pero no existen hoy en día escritos auténticos suyos. Fabricius dice que tenemos una traducción al latín de una obra suya, De Arte Sacra, Patavii, 1572, la cual, sin embargo, es sin duda una producción de épocas mucho posteriores. La tengo ahora delante, de la biblioteca de nuestra universidad; y descubro que no es el libro completo, sino solo un resumen, escrito de una manera tan extravagante que el engaño no se descubre fácilmente. Contiene procesos químicos, pero nada sobre las propiedades de los metales; lo mismo ocurre con las cartas de Demócrito, publicadas por Lubbinus.
[Como contraste con los siete metales que conocían los antiguos, podemos enumerar aquellos conocidos en la actualidad. Son los siguientes:—
1. Oro ☉
2. Plata ☽
3. Hierro ♂
4. Cobre ♀
5. Mercurio ☿
6. Plomo ♄
7. Estaño ♃
8. Antimonio Basil Valentine 1490.
9. Bismuto Agricola 1530.
10. Zinc (Paracelso?) 1530.
11. Arsénico Brandt 1733.
12. Cobalto
13. Platino Wood 1741.
14. Níquel Cronstedt 1751.
15. Manganeso Gahn 1774.
16. Tungsteno D’Elhujart 1781.
17. Telurio Müller 1782.
18. Molibdeno Hjelm 1782.]

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19. Uranio Klaproth 1789.
20. Titanio Gregor 1791.
21. Cromo Vauquelin 1797.
22. Columbio Hatchett 1802.
23. Paladio Wollaston 1803.
24. Rodio
25. Iridio Tennant 1803.
26. Osmio
27. Cerio Hisinger 1804.
28. Potasio
29. Sodio
30. Bario Davy 1807.
31. Estroncio
32. Calcio
33. Cadmio Stromeyer 1818.
34. Litio Arfwedson 1818.
35. Silicio Berzelius 1824.
36. Circonio
37. Aluminio
38. Glucinio Wöhler 1828.
39. Itrio
40. Torio Berzelius 1829.
41. Magnesio Bussy 1829.
42. Vanadio Sefström 1830.
43. Didimio Mosander 1842.
44. Lantano
45. Erbio Mosander 1843.
46. Terbio
47. Pelopio H. Rose 1845.
48. Niobio
49. Rutenio Claus 1845.
50. Norio Svanberg 1845.

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NOTAS AL PIE
62
Véase Goguet, Origines. Bailly, Hist. de l’Astron. Ancienne.
63
Jablonski, Pantheon Ægypt. 1750, p. 49.
64
Estas contradicciones son señaladas por Goguet en una nota, p. 370. Se puede encontrar una visión más clara de ellas en Hygini Astronom. (ed. Van Staveren), xlii, p. 496.
65
Jablonski, Panth., p. 55. Vossius, de Idololatria, ii. 34, p. 489. Bruckeri, Histor. Philosoph., i, p. 1055.
66
Orígenes, Contra Celsum, lib. vi. 22. Esperaba haber recibido alguna explicación de este pasaje de los editores de Orígenes y de aquellos autores que han tratado expresamente sobre el culto religioso de los persas; pero descubro que no son citados ni por Hyde; ni por Philip a Turre, cuyos Monumenta Veteris Antii se encuentran impresos en Thesaurus Antiquitat. et Histor. Italiæ; ni por Banier en su Mythology.
67
Borrichius ordena las palabras de la siguiente manera: “La segunda puerta se hace a imagen de Júpiter, comparándole el brillo y la dureza del estaño; la tercera, a imagen de Venus, pulida y sólida; la cuarta, a imagen de Marte, pues es paciente en los trabajos, al igual que el hierro, y es venerado por los hombres; la quinta, a imagen de Mercurio, debido a su mezcla desigual y variada, y porque es un comerciante; la sexta, a imagen de la Luna, plateada; la séptima, a imagen del Sol, dorada”. —Ol. Borrichius, De Ortu et Progressu Chemiæ. Hafniæ, 1668, 4to, p. 29. El profesor Eichhorn me recordó, en alusión a este tema, las siete murallas de Ecbatana, capital de Media; la más exterior era la más baja, y cada una de las restantes era progresivamente más alta, de modo que se superaban unas a otras. Cada una tenía un color particular: la más exterior era blanca; la segunda, negra; la tercera, púrpura; la cuarta, azul; la quinta, roja, o más bien de color naranja; y la cima de

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El sexto estaba cubierto de plata, y el del séptimo, o más interior, de oro. Tal es el relato dado por Heródoto, I, 98; y me parece no improbable que pudieran tener una relación con los siete planetas, aunque el historiador no insinúa nada al respecto.
68
Filóstrato, Vita Apollonii, III, 41, p. 130. ¿Cómo se fabricaba el anillo para el miércoles? Quizá era hueco y estaba relleno de mercurio. Gesner, en Commentaria Societatis Scientiarum Gottingensis, 1753, III, p. 78, cree que estos anillos podrían haberse fabricado o fundido bajo ciertas constelaciones.
69
Oneirocritica, v. 37.
70
Isthm. Od., vers. 1. Hay muchos pasajes similares en Eustacio sobre la Ilíada de Homero, libro XI, así como en los siguientes pasajes de Constantino Manases, donde describe la creación de las estrellas en sus Annales (edición de Meursius, Lyon, 1616), p. 7 y p. 263: “Saturno era negro, de color plomizo; Júpiter brillaba como la plata; Marte se veía como una llama; el Sol resplandecía como el oro puro; Venus, como el estaño; Mercurio, como el bronce; la Luna, similar al hielo, emitía su propia luz”, etc.
71
En su Prólogo a Critias. Platonis Opera; París, 1602, folio, p. 1097.
72
Es probable que Ficino tuviera en mente un pasaje de los Commentar. in Meteora de Olímpiodoro, Venecia, 1551, libro III, p. 59.
73
Esta distribución, atribuida a los platónicos, también se encuentra en los escoliastas de Píndaro, al principio de la quinta Oda Istmiana, p. 459.
74
Jablonski, Pantheon Aegyptiacum, I, págs. 282, 283, 287; y II, p. 131. Este autor lo presenta como la representación de algo que no puede ser nombrado adecuadamente. Kircher, Œdipus Aegyptiacus, tomo II, parte II, p. 399. Roma, 1653, folio.

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75
Goguet, ii, págs. 370, 371, los considera como restos de los jeroglíficos originales; pero opina que los recibimos en su forma actual de los árabes.
76
Plinianæ Exercitat. in Solinum, pág. 874.
77
Gloss. ad Script. Med. et Infimæ Græcitatis.
78
En sus Anotaciones al Astronomicon de Manilio (in usum Delphini). París, 1679, 4to, pág. 80.
79
En sus Anotaciones al Astronomicon de Manilio, Estrasburgo, 1665, 4to, pág. 460.
80
En Gorii Thesaurus Gemmarum antiquarum astriferarum, Florencia, 1750, 3 volúmenes en formato folio; no encontré nada sobre este tema. A menudo aparecen caracteres relacionados con la luna y los signos del zodiaco; pero no se observan otros, salvo en la tabla 33, donde hay un anillo que lleva los caracteres actuales de Marte y Venus. En general, los planetas se representan mediante siete pequeños asteriscos, o bien mediante seis asteriscos más el carácter de la luna. Además, no es posible determinar la antigüedad de esta gema.
81
Véase la colección de letras griegas de Eilh. Lubbinus, Commelin, 1601, 8vo.

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ZINCIO.
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El zincio es uno de esos metales que no eran conocidos por los griegos, romanos ni árabes. Tenemos motivos para suponerlo, ya que no se ha distinguido por ningún carácter químico como el resto; pero está completamente demostrado, por el hecho de no encontrar en las obras de los antiguos ninguna información que siquiera haga alusión a él. Solo conozco un caso en el que se supone que fue encontrado entre restos antiguos. Grignon afirma que algo similar fue descubierto en las ruinas de la antigua ciudad romana en Champagne. Un descubrimiento tan inesperado merecía haber sido investigado con la mayor meticulosidad; pero parece que solo se examinó de manera muy superficial; y como tal fue, es imposible adivinar qué tipo de metal o mezcla metálica este autor consideraba como zincio.
No es sorprendente que este metal haya permanecido tanto tiempo desconocido, ya que nunca se ha encontrado en estado metálico. Sus minerales suelen estar mezclados, en gran medida, con ingredientes extraños; y cuando se funden, el zincio se sublima en forma metálica y se encuentra adherido a las paredes frías del horno; pero se necesita un aparato especial, de lo contrario el metal reducido se evapora parcialmente y se oxida parcialmente, por lo que parece una tierra y no muestra al ojo rastro alguno de metal.
Esa mezcla de zinc y cobre, llamada actualmente latón, tomback, pinchbeck, princes-metal, etc., y que fue descubierta por primera vez a partir de minerales ricos en zinc, que al fundirse no producen cobre puro, sino latón, ciertamente era conocida por los antiguos. Las minas que contenían minerales a partir de los cuales se obtenía este metal de color dorado eran tenidas en la más alta estima; cuando se agotaban, se lamentaba su pérdida; y se creía que el metal nunca volvería a encontrarse. Con el paso del tiempo, se observó, nadie sabe por qué casualidad, que un mineral, que debía ser calamina, al añadirse al cobre durante su fusión, le daba un color amarillo.

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color. Por lo tanto, este mineral se utilizó, aunque no se sabía qué metal contenía, de la misma manera que el óxido de cobalto se empleaba para teñir el vidrio antes de que los mineralogistas conocieran dicho metal en sí. Aristóteles y Estrabón hablan de una tierra de ese tipo, cuyo uso en la fabricación del bronce se ha mantenido a través de todos los siglos. Ambrosio, obispo de Milán, en el siglo IV; Primasio, obispo de Adrumeto en África, en el siglo VI; e Isidoro, obispo de Sevilla, en el siglo VII, mencionan una adición que permitía al cobre adquirir un color dorado, y que sin duda debía ser calamina. Cuando con el paso del tiempo se descubrió más calamina, se abandonó el método antiguo de obtener bronce a partir de minerales de cobre que contenían zinc; y se consideró más conveniente extraer primero del mismo cobre puro y luego convertirlo en bronce mediante la adición de calamina.

Aquellos que deseen investigar más a fondo los conocimientos que tenían los antiguos sobre este metal deben examinar el significado de la palabra cadmia, la cual parece haber tenido diversos significados. He osado emprender esta tarea; y aunque no puedo aclarar todo lo relacionado con ella, presentaré a mis lectores la información que he podido obtener sobre el tema, porque quizás pueda ser algo más que lo que se encuentra en las obras de los antiguos comentaristas. Cadmia significaba, pues, en primer lugar, un mineral rico en zinc, así como cualquier mineral combinado con él, y también esa tierra de zinc a la que llamamos calamina. Aquellos que solo entendieran por ella esta última, no podrían explicar la mayor parte de los pasajes de los antiguos donde se menciona. Es probable que el mineral que contiene zinc haya adquirido este nombre porque fue el primero en producir bronce. Cuando posteriormente se observó que la calamina daba al cobre un color amarillo, se le asignó también el mismo nombre. Sin embargo, parece que era raramente encontrada por los antiguos; y debemos considerar a cadmia en general como un término que designa minerales que contienen zinc. El cobre o bronce de color dorado fue durante mucho tiempo preferido al cobre puro o común, y se consideraba más hermoso cuanto más se acercaba al mejor aurichalcum. Por lo tanto, se suponía que el bronce era un tipo de cobre más valioso; y por esta razón Plinio dice que la cadmia era necesaria para obtener cobre, es decir, bronce. Tanto el cobre como el bronce fueron durante mucho tiempo llamados æs, y no fue hasta una época tardía cuando los mineralogistas, con el fin de distinguirlos, les dieron el nombre de

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El cobre… Plinio dice que era bueno cuando se le añadía una gran cantidad de cadmio, porque no solo hacía que el color fuera más hermoso, sino que también aumentaba su peso. De la misma manera, un quintal de cobre en Hungría produce ciento cincuenta libras de latón. El mismo autor señala además que el cadmio (fossilis) no se utilizaba en medicina; sin embargo, esto debe entenderse únicamente en referencia al mineral en estado bruto, ya que algunos médicos preparaban óxido de zinc a partir de minerales que contenían zinc, como nos cuenta posteriormente; y Galeno elogia el calamina encontrado en Chipre por sus efectos superiores, quizás porque se podía obtener de él un óxido mucho más puro.

En segundo lugar, el cadmio, entre los antiguos, era lo que nosotros llamamos “calamina de horno” (ofenbruch); es decir, aquello que, al fundir minerales que contienen zinc o al fabricar latón, queda en el fondo del horno, y que está compuesto por zinc más o menos calcinado. Dado que esta calamina de horno adopta diversas formas, según el modo de fusión y según muchas otras circunstancias que en parte no pueden definirse, y puesto que los antiguos agrupaban todas sus variedades bajo el nombre general de cadmio, y asignaban a cada variedad, según su forma, consistencia y color, un nombre específico, surgió así una confusión de nombres que ahora no es posible aclarar, sobre todo porque no se considera necesario distinguir todas sus variaciones incidentales. Nuestros médicos solo valoran el óxido puro de zinc; y como saben cómo obtenerlo, no tienen necesidad de utilizar la calamina de horno impura. En nuestras fundiciones se emplea, sin demasiada exigencia en cuanto a la selección, para fabricar zinc o latón.

Lo que me parece más extraño aquí es que los antiguos hayan dado los mismos nombres a la calamina de horno que a los minerales que contenían zinc. Solo podían suponer su afinidad a partir de sus efectos, o quizás lo hicieron al observar que la calamina de horno solo se producía cuando se fundían los diferentes tipos de cadmio, es decir, cuando se obtenía cobre amarillo y no rojo. El nombre “calamina de horno” surgió en Rammelsberg, cuando se observó que podía utilizarse en lugar del calamina natural para fabricar latón. ¿Estaban entonces los antiguos, hasta cierto punto, al tanto de este uso? Galeno y Dioscórides solo hablan de su uso en medicina, y no mencionan nada sobre su uso en la preparación de…

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latón. Los escritores árabes, en particular los traductores de los médicos griegos, hablan de manera mucho más clara sobre la preparación del latón; pero las denominaciones que emplean son tan poco precisas en su significado, que no se puede deducir una respuesta a la pregunta anterior a partir de ellas. Climia, que algunos pronuncian calimia y de la cual los griegos modernos formaron kelimia, y los latinos lapis calaminaris, parece tener exactamente el mismo significado que cadmia. Tutia, que aparece por primera vez en el siglo XI, en Avicena, y que los griegos escriben toutia, o quizá más correctamente thouthia, significa a veces pompholyx; pero en general parece expresar también minerales que contienen zinc, así como calamina de horno. ¿Podría demostrarse que la tutia de los árabes y los griegos posteriores era calamina de horno, o la tutia de nuestros farmacéuticos? El registro más antiguo que conozco sobre la calamina de horno, utilizada en la fabricación del latón, se encuentra en Zósimo, quien, según todas las apariencias, vivió en el siglo V. Este autor nos dice que, para fabricar latón, es necesario fundir cobre de Chipre y esparcir sobre él tutia machacada. Salmasio sospecha que Zósimo aquí solo se refiere a calamina; pero sea como sea, su receta se ha conservado hasta el presente en libros sobre artes; pues estos recomiendan no la calamina, sino la tutia. Podemos afirmar con mayor certeza que este uso de la calamina de horno en la fabricación del latón era conocido por Alberto Magno en el siglo XIII; pues él dice, primero, que el cobre amarillo se obtenía añadiendo calamina, a la que denomina lapis calaminaris. Después nos cuenta que Hermes enseñó cómo darle un color dorado al cobre echando tutia machacada sobre el metal fundido. La tutia, dice, que se utiliza en la transmutación de metales, no es un mineral natural, sino una mezcla artificial, producida en el horno cuando se funde el mineral de cobre; y aconseja esparcir vidrio fundido sobre el mineral, de lo contrario la calamina y la tutia perderán su efecto en el fuego. Parecería que el nombre mencionado anteriormente, en el siglo XIII, solo significaba calamina de horno, y que su uso para fabricar latón era conocido en esa época. Durante muchos siglos, sin embargo, la ofenbruch (calamina de horno), con la cual, según se nos dice, desbordaban los hornos de Rammelsberg, fue descartada como inútil, hasta que finalmente, a mediados del siglo XVI,

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Erasmus Ebener fue el primero en demostrar que podía utilizarse en lugar de la calamina natural para fabricar latón. Este Ebener, descendiente de la familia noble del mismo nombre en Núremberg, era un hombre de gran erudición y un hábil estadista. Fue empleado por su ciudad natal y por príncipes extranjeros en ocasiones de suma importancia. En 1569 fue consejero privado del duque Julio de Brunswick, y murió en 1577 en Helmstadt, donde fue enterrado. Lamento mucho no poder dar más detalles sobre este importante descubrimiento; incluso la fecha exacta en que se realizó no se conoce con certeza. Lœhneyss afirma que ocurrió sesenta años antes del período en que escribió él. Pero, ¿en qué período escribió? La edición más antigua que conozco de su tratado sobre minería data del año 1617, por lo que este descubrimiento habría tenido lugar alrededor del año 1557. Calvör hizo imprimir un antiguo relato sobre las minas de Rammelsberg, que se decía había sido publicado en 1565. Según esa obra, Ebener realizó la observación mencionada anteriormente en Núremberg, unos diecisiete años antes, es decir, alrededor del año 1548. Schluter sitúa el período alrededor del año 1550, y Honemann alrededor del 1559. Por lo tanto, podemos situarlo con toda seguridad a mediados del siglo XVI; probablemente el descubrimiento tuvo lugar en 1553, fecha en la que Ebener fue enviado al duque Enrique, con quien permaneció durante mucho tiempo, como nos indica expresamente Doppelmayer. Este uso de los residuos de calamina llevó a los administradores de las rentables fábricas de latón en el bosque de Harz a recoger cuidadosamente aquellos materiales que antes se desechaban. El duque Julio, que se esforzaba por mejorar cada rama de la industria, especialmente aquellas relacionadas con la metalurgia, y que, conforme a la costumbre de los príncipes de la época, se dejaba engañar con la esperanza de obtener oro, mejoró las fábricas de latón en Buntheim, cerca de Harzburg, y de esta manera aportó una gran cantidad de ingresos al tesoro electoral.

Otra producción de zinc, el vitriolo blanco artificial, también se preparó, utilizó y empleó en el comercio durante mucho tiempo antes de que se supiera que podía obtenerse a partir de este metal. Se puede afirmar con seguridad que no se conocía antes de mediados del siglo XVI, y que se produjo por primera vez en Rammelsberg. Schluter atribuye su invención al duque Julio y la sitúa en el año 1570; pero debe ser algo más antigua que el relato citado anteriormente sobre Rammelsberg, ya que el autor, que escribió alrededor del año 1565, relata que en su tiempo solo un ciudadano, a quien llama Henni Balder, hervía vitriolo blanco; y parece que esta persona guardaba en secreto el proceso.

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un secreto. Que la invención no era entonces nueva se deduce de su añadido de que no se habían examinado sus efectos en medicina; pero que su uso para fabricar colirios era conocido casi desde el mismo momento en que fue descubierta. Esto coincide con otra versión, según la cual el método para hervir el vitriolo blanco se descubrió en la época en que Christopher Sander, cuyo servicio a los montes Harz es bien conocido, era recaudador de diezmos. Honemann dice que Sander fue recaudador de diezmos en las minas del Alto Harz antes del año 1564, pero que en ese año fue el principal recaudador de diezmos y director de las minas y fundiciones de Goslar. El propio Sander, en un documento fechado el 3 de agosto de 1575, parece atribuir la invención del vitriolo blanco al duque Julio. Al principio esta sal se llamó Erzalaun, nombre derivado de su semejanza con el alumbre, pero posteriormente se conoció más frecuentemente como Gallitzenstein, Golitzenstein y Calitzenstein. Sin embargo, estos últimos nombres parecen ser más antiguos que el propio vitriolo blanco; ya que encontramos que el vitriolo verde, incluso antes del año 1565, se denominaba verde Gallitzenstein. ¿No podría la palabra derivarse de gallæ? Porque es probable que el vitriolo y las gallas fueran durante mucho tiempo los principales materiales utilizados para fabricar tinta y en la tintorería. Estoy de opinión de que el vitriolo blanco, que se produce en las minas de Rammelsberg en forma de carámbanos, dio origen al descubrimiento y fabricación de esta sal. Este último, ya en el año 1565, se llamaba vitriolo blanco nativo o Gogkelgut blanco, y se embalaba en barriles y de esa manera se transportaba para venderse. No entraré aquí en las antiguas conjeturas sobre el origen y los componentes de este vitriolo; pero merece señalarse que Henkel y Neumann observaron en él una mezcla de zinc, lo que llevó a Brandt, miembro del consejo de minas de Suecia, a demostrar que, cuando es puro, está compuesto por ácido vitriólico y óxido de zinc; y esto fue confirmado posteriormente por Hellot. Llego ahora, por último, a la historia de este metal, el cual, cuando se utilizaba la calamina de horno, no podía pasar desapercibido durante mucho tiempo, ya que a veces se encuentra entre ella en forma de gotas metálicas no calcinadas. Es digno de mención que Alberto Magno, quien primero describió el uso de la calamina de horno para fabricar bronce, sea el autor más antiguo en cuyas obras se hace mención del zinc. Él lo llama marchasita aurea. Esto era en realidad una piedra, el

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Partículas metálicas que fueron completamente sublimadas por el fuego, de modo que solo quedaron cenizas inútiles. Contenía mercurio fijo, que confería color a los metales; por esta razón era bien conocido por los alquimistas. Se quemaba en el fuego y, finalmente, se consumía por completo. Se encontraba en diversos lugares, pero el de Goslar era el mejor, ya que el cobre que contenía parecía tener una mezcla de oro. Sin embargo, para dar a este cobre una semejanza aún mayor con el oro, se le añadía algo de estaño, lo que lo hacía más frágil. Esta marchasita también volvía blanco al cobre, como si fuera plata. Hasta aquí, Alberto. Sin duda recibió el nombre de marchasita aurea, porque el zinc confiere un color amarillo al cobre; y por la misma razón, los griegos y los árabes llamaban cadmia “dorada” o “aurea”. Pero, ¿cómo pudo Alberto decir que la marchasita volvía blanco al cobre? ¿Cometió un error y se refería al estaño? A mí no me parece probable, ya que en algún momento parece llamarla argentea. Supongo que sabía que el cobre, cuando se mezcla con tanto zinc como sea posible —es decir, según Scheffer, ochenta y nueve libras por cien—, se vuelve blanco; y parece que con esto quería demostrar su afinidad con el mercurio. El siguiente autor que da una descripción clara de este metal es Teófrasto Paracelso, quien murió en 1541. No obstante, no creo que se haya olvidado durante este largo período, al menos por parte de aquellos a quienes se les llamaba alquimistas. Más bien creo que, debido a las grandes esperanzas que les daba en cuanto a la coloración del cobre, lo describieron intencionadamente de manera oscura y lo ocultaron bajo otros nombres, de modo que no fuera descubierto en sus obras. Hay pocos que tengan paciencia para examinarlas, y los pocos que pueden hacerlo dirigen su atención a temas de mayor importancia que los que me ocupan a mí. Con excepción del oro y la plata, no existe ningún metal que haya tenido anteriormente tantos y tan maravillosos nombres como el zinc. Por esta razón, los químicos creyeron durante mucho tiempo que el zinc no era un metal distinto, sino solo una variedad de estaño o bismuto; y quizás por eso a menudo se confundiera con ellos. El nombre zinc aparece por primera vez en Paracelso. Él lo denomina expresamente un metal distinto, cuya naturaleza no se conocía suficientemente; que podía fundirse, pero no era maleable, y que solo se producía en Carniola. ¿Acaso no estaba al tanto del zinc de Goslar, que ya era conocido en una época anterior por Alberto Magno? Jorge Agrícola, quien escribió alrededor del año

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1550 habla, sin embargo, del zinc de Goslar, pero lo denomina liquor candidus y en alemán conterfey. Mathesius, quien publicó sus sermones en 1562, dice: “En Freyberg hay zinc rojo y blanco”. Quizá no se refería al metal en sí, sino a minerales que contenían zinc. George Fabricius, fallecido en 1571, supone que el estibio es lo que los mineros llaman cincum, algo que puede fundirse, pero no golpearse. De estos relatos imperfectos se deduce que este metal debió ser escaso, incluso a mediados del siglo XVI, y que no formaba parte de la colección de Agricola, que era considerable para esa época. Libavius, fallecido en 1616, lo menciona varias veces, pero lamenta, en una de sus cartas, no haber podido conseguir ninguno. ¿Se debió esto a la prohibición del duque Julio, por la cual se prohibía su venta? Esta prohibición es citada por Pott en la Mineralogia de Jungii, obra que no conozco; pero como Pott ya me ha hecho perder muchas horas en vano con sus citas incomprensibles, no perderé más tiempo buscándola. La prohibición a la que se hace referencia no es mencionada ni por Rehtmeier ni por ningún otro autor. El absurdo interés por la alquimia que prevalecía entonces en la corte del duque hace que no sea del todo improbable que se emitiera tal prohibición; y si realmente fue así, se debió menos al temor de que este metal fuera mal utilizado, como piensa Pott, que a las grandes esperanzas depositadas en su utilidad para fabricar oro. El primer relato preciso y seguro sobre el método para obtener zinc en Goslar, por lo que sé, lo dio Lœhneyss en 1617, aunque él lo consideraba igual que el bismuto. Joh. Schrœder de Westfalia, fallecido en 1664, lo llamó marcasita pallida. La primera persona que obtuvo deliberadamente este metal a partir del calamina, mediante la adición de alguna sustancia inflamable, fue sin duda Henkel, quien describió su éxito en el año 1741, aunque ocultó todo el proceso. Después de él, el doctor Isaac Lawson, un escocés, parece haber realizado experimentos que demostraron la posibilidad de obtener zinc de esta manera a gran escala; y en 1737 Henkel supo que entonces se fabricaba en Inglaterra con gran beneficio. De este Lawson no sé nada más que lo que relata el doctor Watson. Anthony von Swab,

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Miembro del Consejo Sueco de Minas, obtuvo este metal posteriormente a partir de la calamina por destilación, en 1742; lo mismo hizo Marggraf en 1746, quien, sin embargo, parece no haber estado al tanto del experimento sueco. En el año 1743, un tal Champion estableció fábricas de zinc en Bristol, las cuales fueron continuadas por su sucesor James Emerson, quien fundó fábricas similares en Henham, en las cercanías. La forma en que se obtenía este metal ha sido descrita por el Dr. Watson en sus Ensayos Químicos. La mayor parte de este metal utilizado en Europa fue, sin duda, traída de las Indias Orientales. La Compañía Comercial de los Países Bajos, entre los años 1775 y 1779, hizo vender, a su cargo, más de 943.081 libras de este metal. En el año 1780, solo la cámara de Rotterdam vendió 28.000 libras; y según catálogos impresos, las demás cámaras, en ese período, no poseían ninguna cantidad de él. Si lo que relata Raynal es cierto, la Compañía Neerlandesa de las Indias Orientales compraba anualmente, en Palimbang, un millón y medio de libras de este metal. En 1781, la Compañía Danesa de Copenhague adquirió 153.953 libras de tutenage, que había sido transportado allí en dos barcos, a un precio que oscilaba entre cuatro y ocho décimas y cuatro y cuarto chelines de Lübeck por libra. Es probable que los ingleses y los suecos también importen este producto. Sería de alguna importancia saber en qué parte de la India, cuándo y de qué manera se obtuvo por primera vez este metal, y en qué año fue llevado por primera vez desde allí a Europa. Según la escasa información que tenemos sobre el tema, proviene de China, Bengala, Malaca y la costa de Malabar, de donde también se importan cobre y estaño. En los documentos de carga más antiguos de barcos pertenecientes a los Países Bajos no encuentro mención alguna de zinc; pero es posible que esté incluido bajo el nombre de estaño indio, ya que así se le llamaba al principio. Savot, quien murió hacia el año 1640, relata, basándose en un escritor contemporáneo, que unos años antes de que los holandeses arrebataran a los portugueses un barco cargado con este metal, este se vendía bajo el nombre de speautre. Por lo tanto, es probable que llegara a Europa ya a principios del siglo XVII. Boyle menciona el estaño indio.

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Es probable que este metal fuera descubierto en la India antes de que se conociera en ese país cualquier tipo de zinc europeo; pero aún sabemos menos sobre la causa de su descubrimiento que sobre el método para obtenerlo. Se nos dice que un inglés, que en el siglo anterior fue a la India con el fin de descubrir el proceso utilizado allí, regresó con la información de que se obtenía por destilación ver descensum. En cuanto al origen de los diferentes nombres de este metal, puedo ofrecer muy poco. Conterfey significaba antiguamente todo tipo de metal fabricado imitando al oro. Frisch afirma que se le llamaba zink, de lo cual surgió primero zinetum y posteriormente zincum, porque la calamina del horno adopta la forma de clavos o puntas denominadas zinken o zacken; pero cabe señalar que estos nombres no aparecen antes del descubrimiento de este metal, aunque ofenbruch ya era conocido mucho antes. Fulda habla del sin, zink, anglosajón, que traduce como obryzum. Spiauter, speauter y spialter, de los cuales Boyle formó speltrum, así como tutaneg o tuttanego, llegaron hasta nosotros desde la India junto con la mercancía. Bajo el último nombre a veces se incluye una mezcla de estaño y bismuto. Calaem es también una denominación india de este metal, y tiene una gran similitud con la calamina; pero estoy de acuerdo con Salmasius en que esta última no deriva de la primera, ya que lapis calaminaris aparece en el siglo XIII, mientras que calaem fue traído por primera vez a Occidente por los portugueses desde la India. La mayoría de las fábricas de zinc de este país se encuentran en los alrededores de Birmingham y Bristol; también existen algunas fundiciones cerca de Sheffield, entre las minas de carbón que rodean esa ciudad; hay otra en Maestag, en Glamorganshire. Los minerales procesados en Bristol y Birmingham provienen principalmente de las colinas de Mendip y de Flintshire; los de Sheffield, de Alston Moor. Sin embargo, la mayor parte del zinc utilizado en este país se importa en lingotes y placas desde Silesia, vía Hamburgo, Amberes, Danzig, etc. Recibimos anualmente de Alemania entre 100.000 y 170.000 quintales; de esta cantidad, unos 80.000 quintales se destinan al consumo interno, y el resto se exporta a la India. Gracias a su precio moderado y a la facilidad con la que puede ser trabajado, el zinc se utiliza actualmente ampliamente para fabricar cisternas de agua, baños, tuberías, revestimientos para techos y muchos otros fines arquitectónicos. También se ha empleado recientemente en el curioso arte de la transferencia de impresiones, conocido bajo el nombre

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de la zincografía, pero debido a la facilidad con la que este metal se recubre con una película de óxido o carbonato al estar expuesto al aire, las planchas no pueden conservarse durante mucho tiempo.]

NOTAS AL PIE
82
Un revisor anónimo (British and Foreign Medical Review, vol. viii, p. 361) observó que un pasaje de Estrabón permite pensar que los antiguos conocían este metal en su estado puro, y que se trata de la “plata falsa”, ψευδάργυρον, mencionada por ese geógrafo antiguo.
83
Bulletin des fouilles d’une ville Romaine, p. 11.
84
Plinio, libro xxxiv, sección 22.
85
El mineral de zinc, además de ser mencionado por Aristóteles y Estrabón, también lo es por Galeno, en De Simplic. Medicam. Facultatibus, libro ix, p. 142. Como no encontró calamina en Chipre, obtuvo del supervisor de las minas algo de cadmio en bruto, encontrado en las montañas y arroyos; ese material seguramente era calamina.
86
Al principio se le llamó æs cyprium, pero con el tiempo solo se utilizó la denominación cyprium; de allí surgió finalmente el término cuprum. Sin embargo, no se puede determinar con exactitud en qué períodos eran comunes estas denominaciones. El epíteto cupreus aparece en los manuscritos de Plinio y Palladio; pero no se sabe si los transcritores posteriores no habrán cambiado cyprius por cupreus, con el cual quizás estuvieran más familiarizados. El escritor más antiguo que utiliza la palabra cuprum es Espartiano, quien, en la Vida de Caracalla, dice: “cancelli ex ære vel cupro”. Pero ¿no podría haberse añadido la última palabra al texto como glosa? Plinio, libro xxxvi, 26, dice: “Addito cyprio et nitro”; lo cual Isidoro, en xvi, 15, p. 393, expresa con las palabras adjecto cupro et nitro. La superioridad del cobre cipriano dio lugar a esto.

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Denominación: el mejor hierro o acero se llamaba chalybs, por los Chalybes (un pueblo de Galacia) que elaboraban los mejores materiales y se dedicaban al comercio de ellos en gran escala. Pero, ¿en qué consistía la superioridad de este cobre cipriota? ¿En su pureza o en su color, que se acercaba al del oro? Esa isla producía grandes cantidades de mineral que contenía zinc, y también abundaba en calamina. Plinio dice: «En Chipre tuvo lugar el primer descubrimiento del cobre». Sin embargo, el cobre rojo ya era conocido allí desde los tiempos más remotos, por lo que el mérito de su descubrimiento debe atribuirse sin contradicción a esa isla; y Plinio, sin duda, se refiere en ese pasaje a algún tipo específico de cobre.

Dioscórides, en el libro V, capítulo 84, menciona por primera vez algunos tipos de cadmia: βοτρυίτις, πλακωτὴ y ὀστρακῖτις. Según Galeno y Plinio, estos son sin duda ciertos tipos de calamina obtenida en hornos; pero Salmasius, en su libro De Homonymis, página 230, y Sarracen, en sus Anotaciones, página 113, opinan que Dioscórides los consideraba como tipos nativos de cadmia, o minerales ricos en zinc. No puedo, sin embargo, creer que Dioscórides, quien era tan meticuloso y que inmediatamente después describe de manera clara y precisa la preparación artificial de la cadmia, pudiera cometer tal error. Además, todo tipo de calamina obtenida en hornos debió haber surgido del fuego, para alguien tan experto en minerales como Dioscórides. Estoy convencido de que él, al igual que Galeno y Plinio, consideraba esos tipos como calamina obtenida en hornos.

Pompholyx era el nombre de las flores blancas de zinc que Dioscórides, en el capítulo 85, página 352, compara con la lana; los químicos las llamaban anteriormente lana philosophica. Los antiguos recolectaban estas flores cuando se formaban al fundir mineral de zinc; pero también las obtenían mediante un aparato que está descrito detalladamente por Dioscórides y Galeno, y que se asemeja mucho al utilizado para recolectar arsénico en las plantas de destilación de venenos, como se les suele llamar.

Sin embargo, esto no lo afirmaré con certeza. Puesto que calmey y galmey probablemente provienen de cadmia o calimia, y dado que ambas palabras designaban la calamina propiamente dicha…

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Ofenbruch: este último término, quizás, en una época anterior podría haber significado “calamina de horno”.
89 Se pueden encontrar pruebas al respecto en Salmasius, De Homonymis.
90 No se sabe con certeza cuándo vivió este Zosimus Panopolitanus. Sus obras, que seguramente contienen abundante información sobre la historia de la química, aún no han sido publicadas. La mayor parte de ellas se conservaba en la biblioteca del rey en París. El recibo al que me refiero fue incluido por Salmasius, en la página 237.
91 En Observations sur la Physique, volumen VI, página 255, se lee que durante muchos años se ha recolectado y vendido tutia en el obispado de Lieja. Lehmann intenta demostrar que esta sustancia fue producida por los judíos en Polonia (Novi Comment. Acad. Petrop., volumen XII, página 381). Dado que el uso de la tutia —que es un óxido impuro de zinc que se encuentra en las chimeneas de los hornos donde se tuestan los minerales de zinc o donde se funden los minerales de plomo rico en zinc— ha sido prácticamente abandonado, ya que los médicos prefieren el zinc puro, y porque quienes fabrican el pinchebeck utilizan zinc purificado, es probable que esta sustancia sea pronto completamente ignorada.
92 De Mineralibus. Colonia, 1569, formato 12mo, página 350, libro IV, capítulo 5; y libro V, capítulo 7, página 388.
93 La otra edición fue impresa en Estocolmo y Hamburgo, por Liebezeit; es la misma que la mencionada por H. Gatterer en Anleitung den Harz zu bereisen, volumen I, página 313, y volumen II, página 13.
94 “El vitriolo blanco también se produce en Goslar, pero solo por un ciudadano llamado Henni Balder. No se obtiene mediante la evaporación del cobre, como ocurre con otros tipos de vitriolo; sino que, cuando se tuestan grandes cantidades de mineral en los hornos, de vez en cuando se recoge una sustancia roja sobre los residuos del mineral; en algunos lugares, esta sustancia tiene un espesor de medio ell. Esta sustancia, que tiene sabor salado, se convierte en una lejía y se hierve en pequeñas ollas de plomo. No conozco el resto del proceso”.

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Pero observé que cristaliza como el salitre, pero es más fuerte y más blanco. También se le da forma en pequeños trozos del grosor de la mano. Este vitriolo es utilizado por los curtidores, y puede emplearse para muchas cosas en lugar del alumbre; pero no se puede usar para tratar pieles blancas, porque las vuelve amarillentas.
95
Bruckmann, ii, p. 446. [Schwartze, en su Pharm. Tabell., 2ª ed., p. 779, afirma que el vitriolo blanco era conocido hacia finales del siglo XIII o principios del siglo XIV.]
96
Calvor, Historische Nachricht, p. 199 y 200. En realidad, se escribe y pronuncia “jöckel”. Es muy notable que en Islandia esta palabra signifique actualmente carámbanos.
97
Chemie, de Kessel, iv, 2, p. 832; allí se pueden encontrar las opiniones antiguas sobre este tema.
98
Brandt, en Acta Upsaliens, 1735. Hellot, en Mémoires de l’Académie des Sciences, París, 1735, p. 29. [El sulfato de zinc o vitriolo blanco se fabrica actualmente en cantidades considerables para fines farmacéuticos y para la impresión de telas.]
99
Se pueden encontrar muchas referencias al respecto en Fuchs, Geschichte des Zinks, Erfurt, 1778, 8vo.
100
Paracelsi, Opera, Estrasburgo, 1616, folio. Transcribiré aquí el pasaje principal. Sobre el zinc: Existe otro metal, el zinc, que en general es desconocido. Es un metal distinto, de origen diferente, aunque está mezclado con muchos otros metales. Se puede fundir, ya que consta de tres principios fluidos, pero no es maleable. En cuanto a su color, es diferente de todos los demás, y no crece de la misma manera; pero aún no conozco su materia prima, ya que sus propiedades son casi tan extrañas como las del argentum vivum. No admite mezclas, no soporta las manipulaciones de otros metales, sino que permanece completamente separado.
101
De Re Metallica, lib. ix, p. 329.

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102
En Cista Medica de J. Hornung. Lipsiae.

103
Cuánto se dejó engañar el duque Julio, quien en otros aspectos prestó grandes servicios a su país, por el arte de fabricar oro, se desprende de una anécdota narrada por Rehtmeier, p. 1016. De esta anécdota recibí de M. Ribbentrop un antiguo relato en manuscrito, que no se puede leer sin asombro. Todavía se muestra, en el castillo de Wolfenbuttel, un taburete de hierro sobre el cual fue quemada la impostora Anna Maria Zieglerinn, llamada Schluter Ilsche, el 5 de febrero de 1575.

104
Página 83:—“Cuando la gente de las fundiciones está ocupada en fundir, se forma debajo del horno, en las grietas de la pared, entre las piedras donde el yeso no está bien aplicado, un metal que se llama zinc o conterfeht; y cuando se raspa la pared, el metal cae en un canal dispuesto para recogerlo. Este metal tiene una gran semejanza con el estaño, pero es más duro y menos maleable, y suena como una campanita pequeña. También se podría fabricar, si la gente se tomara la molestia; pero no tiene mucho valor, y los sirvientes y obreros solo lo recogen cuando se les promete dinero para beber. Sin embargo, a veces recogen más de él que en otras ocasiones; pues en algunos casos reúnen dos libras, pero en otros no más de dos onzas. Este metal, por sí mismo, no sirve para nada, ya que, al igual que el bismuto, no es maleable; pero cuando se mezcla con el estaño, lo hace más duro y más hermoso, como el estaño inglés. Este zinc o bismuto es muy solicitado entre los alquimistas.”

105
Kieshistorie, p. 571, y especialmente p. 721.

106
Pott se refiere a la Dissert. de Nihilo de Lawson y cita algunas palabras de ella; pero no puedo encontrarla; tampoco me sorprende, ya que el Dr. Watson no la conocía.—Véase Chemical Essays, iv. p. 34. Pryce, en Mineral. Cornub., p. 49, dice: “El difunto Dr. J. Lawson, observando que las flores del lapis calaminaris eran las mismas que las del zinc, y que sus efectos sobre el cobre eran también los mismos que los de ese semimetálico, no cesó en sus esfuerzos hasta encontrar el método para separar el zinc puro de ese mineral”. Se da el mismo relato.

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En el suplemento al Diccionario de Chambers, de 1753, artículo “calm”. y zinc; y en la Encuesta Política de Gran Bretaña de Campbell, tomo II, pág. 35. Este último añade, sin embargo, que Lawson murió demasiado pronto como para beneficiarse de su descubrimiento.
107
Ricards Handbuch der Kaufleute, tomo I, pág. 57.
108
Raynal dice que la compañía lo compraba a un precio de veintiocho florines tres cuartos por cien unidades de peso, y que este precio era moderado. Sin embargo, en Ámsterdam el precio solía estar entre diecisiete y dieciocho florines banco. Según un catálogo que tengo en mi poder, el precio, el 9 de mayo de 1788, era de diecisiete florines, y el 22 de enero de 1781, solo de dieciséis.
109
Linschoten, tomo II, capítulo 17. El autor lo denomina “calaem”, nombre utilizado en ese país. Es una especie de estaño.
110
De Nummis Antiquis; en Grævii Thes. Antiq. Rom. XI, pág. 1195.
111
Matthesius, Pred. V, pág. 250: “El conterfeil es un metal de poco valor, obtenido mediante la adición de sustancias colorantes, de modo que imita al oro o a la plata; al igual que cualquier cosa falsificada imita a su modelo original. Así, el cobre se tiñe con calamina y otras mezclas, de tal manera que parece ser oro puro”. En el decreto policial emitido en Estrasburgo en 1628, se prohíbe a las mujeres jóvenes usar oro, plata o cualquier material falso, así como todo aquello que pueda tener el aspecto del oro o la plata.

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CARP.
Tan oscura es la ictiología de los antiguos, o tan poca atención se ha prestado para explicarla, que la cuestión de si Aristóteles, Plinio y sus contemporáneos conocían al carpe no puede determinarse con un alto grado de probabilidad. Además, ese tema presenta dificultades mucho mayores que la historia natural de los cuadrúpedos. Entre los animales de cuatro patas existe una mayor variedad en su conformación corporal, lo cual, al menos, llama más la atención y puede describirse más fácilmente que la de los peces, que en general son tan similares en forma que un naturalista sistemático experimentado a veces encuentra difícil determinar las características de los géneros y especies. Por lo tanto, no es sorprendente que las simples descripciones de los antiguos, o mejor dicho, los breves relatos que nos dan sobre los peces, no ofrezcan información suficiente para permitirnos distinguir con precisión las diferentes especies. Los cuadrúpedos pueden aterrorizarnos por su ferocidad, o tratar de evitarnos por timidez y astucia; pero aún es posible observar su sexo, su edad y sus hábitos, así como señalar muchas cosas comunes a una o solo a unas pocas especies. Los peces, por otro lado, viven en un elemento al que no podemos acercarnos, y que en su mayoría los oculta a nuestra observación. La caza, desde los períodos más remotos y en la época moderna más que antes, ha sido el empleo de personas ociosas, que le dedican mayor atención cuanto menos objetos hay que puedan atraer su curiosidad o ocupar su mente; pero la pesca ha sido casi siempre la ocupación laboriosa de los pobres, que no tienen tiempo para hacer observaciones, ya que están obligados a dedicarse a ella para encontrar sustento; y la humanidad en general rara vez ve peces, salvo en sus mesas o en colecciones de historia natural. Por esta razón, aquellas propiedades de los peces mediante las cuales se podrían determinar sus especies eran menos conocidas. Las descripciones de los animales de cuatro patas que nos han llegado desde la época de los escritores griegos y romanos nos brindan, al menos, alguna información; pero de las de los peces, que son más escasos, apenas podemos obtener ninguna; a menos que uno sea tan perspicaz o crédulo como muchos.

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Los coleccionistas de petrificaciones, que imaginan que pueden distinguir cada especie de pez en las impresiones que ven en las piedras. Sin embargo, se podría hacer más para esclarecer la ictiología de los antiguos de lo que se ha intentado hasta ahora. Sería necesario tan solo comenzar recopilando las especies y nombres que se puedan determinar con certeza, junto con las fuentes en las que se mencionan, y separarlos del resto; además, debería elaborarse un resumen de lo que dicen los antiguos sobre las especies desconocidas, o cualquier cosa que pueda ayudarnos a conocerlas; pero las meras conjeturas nunca deben presentarse como pruebas, ni se deben adoptar las opiniones de los comentaristas o las explicaciones de los diccionarios sin motivos suficientes. Si se quisiera creer en ellas sin más examen, los nombres cyprini y lepidoti deberían considerarse como los de la carpa; y la pregunta planteada se respondería rápidamente: pero esa opinión apenas tiene probabilidades de ser cierta cuando se buscan pruebas.

No expondré aquí al lector todo lo que los antiguos dijeron sobre los cyprini, ya que en parte está tan corrompido por los transcritores que no se puede extraer de él un significado claro. Si tratara de la ictiología de los antiguos, podría ser necesario; pero como no es el caso, solo citaré aquellas partes que han sido utilizadas por Rondelet y otros para demostrar que se trataba de nuestras carpas. Sus principales argumentos parecen ser que, entre todos los peces descritos por los antiguos, no hay otros que puedan considerarse con alguna probabilidad como carpas. Por lo tanto, si los cyprini no eran carpas, estos no habrían sido nombrados por los antiguos; y eso, sin duda, no será fácilmente aceptado. Es bien sabido cuán alto valor ponían los antiguos, especialmente los orientales, en los peces, de los cuales disponían en gran variedad; y parece que los preferían a todos los platos preparados con animales de cuatro patas o aves. Los peces parecían ser las delicias más selectas de los hedonistas, y en ese sentido son mencionados con mayor frecuencia por los historiadores que las aves. También los médicos, a quienes las mesas más lujosas siempre han sido de gran beneficio, hablan de los peces con más frecuencia en sus escritos que de los platos hechos con la carne de otros animales. En la cocina antigua, la cantidad de platos preparados con pescado es realmente grande en comparación con los preparados con aves. Los turdi y attagines son muy elogiados; pero si los faisanes, las avutardas, las perdices y otros hubieran sido tan apreciados entonces como lo son ahora, estos no habrían sido olvidados, o habrían aparecido con más frecuencia. Actualmente, los peces constituyen el alimento principal en

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En Grecia, así como en Constantinopla, se puede encontrar una gran abundancia y variedad de ellas en los mercados; pero las aves capturadas o disparadas rara vez se ponen a la venta. Cuando los monjes egipcios y griegos querían distinguirse por su abstinencia y templanza, se negaban a todo tipo de pescados, que eran las delicias más exquisitas, de la misma manera que los devotos fingidos entre los europeos se niegan a la carne. Pero aunque todo esto pueda ser cierto, eso no demuestra que nuestro carpa deba aparecer en los escritos de los antiguos. Los voluptuosos romanos, en efecto, no dejaron sin probar casi nada que pudiera satisfacer su apetito; pero era imposible para ellos probarlo todo. Podrían haber habido razones particulares que les impidieran encontrarse con el carpa; y, ¿quién se atreverá a afirmar que todo el conocimiento de los antiguos debe estar contenido en esos pocos escritos que han llegado hasta nosotros por casualidad? Si alguien, libre de estos prejuicios, preguntara ahora por qué el cyprinus debe ser nuestro carpa, la respuesta sería que lo que leemos sobre la lengua y las escamas de los cyprini no puede aplicarse con tanta precisión a ninguna otra especie de pez como al Cyprinus carpio de Linneo. Aristóteles nos informa que los cyprini en realidad no tenían lengua, pero que su paladar blando y carnoso podía muy bien confundirse con una. Ateneo afirma que sí tenían lengua, pero que esta se encontraba en la parte superior de la boca o del paladar; y como confirmación de ello, hace referencia a Aristóteles. Sin embargo, esta afirmación de Ateneo es muy dudosa, ya que estas palabras no se encuentran en las obras de Aristóteles que han sido conservadas, aunque en caso de necesidad se podría extraer el mismo significado del pasaje citado anteriormente. Es posible que Ateneo, como ya supuso Casaubon, haga aquí, al igual que en otras partes, alusión a algún libro de Aristóteles que ya no existe. Además, llama al pez del que habla no cyprinus, sino cyprianus; por lo tanto, surge la pregunta de si quizás se refería a alguna otra especie. Al menos esto parece seguro según el pasaje de Aristóteles: que el cyprinus tenía un paladar carnoso y grueso; y ese es efectivamente el caso de nuestro carpa, de modo que la cabeza, debido a la delicadeza y sabor agradable de su paladar, se considera la parte más sabrosa. Sin embargo, con eso no se demuestra nada, ya que no es algo propio únicamente del carpa, sino común a todas las especies de la misma familia, como el brema, el tenca, etc. Los peces de este tipo, dice Bloch, en realidad no tienen lengua; aquello que parece ser una lengua…

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Es simplemente una sustancia cartilaginosa que se proyecta a través de esas partes en forma de banda que la rodean por cada lado. Esta prueba tendría más peso si encontráramos indicios de que, en la época de Aristóteles, la lengua se consideraba un manjar exquisito; pero eso no se menciona. Además, H. Krunitz se equivoca al decir que Heliogábalo, para satisfacer su apetito lujurioso, fue inducido a probar un plato hecho con lenguas de carpa; en realidad, ese plato estaba compuesto únicamente por lenguas de pavo real y ruiseñor. Si los antiguos realmente hubieran utilizado carpa en sus mesas, deberíamos atribuirles el descubrimiento de estos deliciosos peces.

Otra prueba que se presenta a partir de las escamas consiste en lo que dice Dorion, en Athenaeus, de que el cyprianus también era llamado por algunos lepidotus, o escamoso. Dado que casi todos los peces tienen escamas, las escamas de esta especie debieron ser extremadamente grandes, y es por eso por lo que recibieron ese nombre. Ciertamente, este epíteto encajaría perfectamente con nuestra carpa, ya que sus escamas son muy grandes. Pero esta circunstancia por sí sola no demuestra nada, ya que el Mullus y el Mugil tienen escamas aún más grandes. Al primer género pertenecía uno de los peces más apreciados por los antiguos. Estrabón menciona al lepidotus entre los peces sagrados del Nilo; pero no se puede determinar si se trata del mismo que menciona Dorion. Es cierto que el Nilo todavía contiene carpas; Norden las vio capturadas en la cascada cerca de Essuane, que es la antigua Syene. Si supiéramos que los griegos modernos denominan carpa “cyprini”, eso demostraría aún más algo; pues es un hecho indudable que los nombres antiguos han sido conservados en Grecia en su mayor parte. Massarius nos asegura que los griegos siguen utilizando el nombre “cyprinus”; pero Gyllius dice que solo unos pocos lo utilizan. Esto es confirmado por Bellon, quien menciona todos los nombres de la carpa que oyó en Grecia, y que son completamente diferentes de los antiguos; pero añade que en Etolia la carpa sigue llamándose “cyprini”. Tanto las circunstancias mencionadas anteriormente sobre el “cyprini” como las características de nuestra carpa coinciden perfectamente; pero como también encajan igualmente bien con otros tipos de peces, no constituyen una prueba concluyente, sino solo una probabilidad, que consiste en que, entre los peces de escamas grandes, la carpa en particular tiene un paladar carnoso. Es fácil admitir que los antiguos conocían todos los tipos de peces y les daban nombres basados en criterios más sólidos que los que se utilizan actualmente.

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En contra de esta probabilidad, se puede decir que Opiano y Plinio consideran a los ciprinos entre los peces marinos, a la categoría a la cual nuestras carpas no pertenecen. Sin embargo, esta respuesta, que efectivamente han dado algunos, no tiene mucho peso. En primer lugar, parece que ambos escritores se equivocaron; pues lo que Plinio dice sobre los ciprinos está claramente tomado de Aristóteles, y este último no nos dice que estos peces vivan en el mar, sino más bien lo contrario. El autor romano, como señala Dalechamp, añadió las palabras “in mari”, si es que no fueron añadidas por algún transcriptor. Opiano, como poeta, no siempre se adhiere estrictamente a la verdad; y atribuye a los peces de agua dulce de Aristóteles el ser habitantes del mar. En segundo lugar, considero que la distinción hecha entre peces marinos, peces de agua dulce y aquellos que se crían en estanques no siempre es muy segura o bien fundada. ¿Quién sabe si la mayor parte de estos últimos no podrían haber sido originalmente peces marinos? Esto es más probable en el caso de las carpas, ya que el profesor Foster dice que a veces se capturan carpas en el puerto de Danzig. Para responder a la pregunta planteada aquí, se puede considerar otro punto. Dado que todas las naciones actualmente dan a estos peces el mismo nombre, es probable que este nombre haya sido llevado consigo desde aquel país donde se encontraron por primera vez y de donde fueron obtenidos. Casiodoro, que vivió en el siglo VI, es el autor más antiguo conocido en el que se ha observado ese nombre. En un pasaje en el que habla de los peces más delicados y costosos, que en aquel tiempo se enviaban a las mesas de los príncipes, dice: “Entre ellos está la carpa, que se encuentra en el Danubio”. En la primera traducción latina de Aristóteles, la palabra ciprino, como dice Camus, se expresa con “carpra”. En el siglo XIII, este pez fue llamado por Vicente de Beauvais “carpera” y por Cesario “carpo”; y es muy probable que ambos nombres aludan a nuestras carpas. Gracias al pasaje anterior de Casiodoro, la opinión de que estos peces eran los ciprinos de los antiguos obtiene una nueva prueba, pero al mismo tiempo muy débil; pues el ciprino también se encontraba en el Danubio, como aprendemos de Eliano, quien, entre los peces del Istro, menciona ciprinos negros; y estos, según la conjetura del profesor Schneider, eran los peces negros del Danubio que Plinio consideraba insalubres o venenosos, y de los cuales había algunos en Armenia. Nuestras carpas, de hecho, no son venenosas, pero Plinio se refiere a una variedad específica, y lo que dijo fue solo un informe, al cual algo

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Debe haber dado lugar, asimismo, a la idea del pez carpa con cabeza de muerto y cabeza de perro pug, tal como lo representaron algunos escritores del siglo XVI. El carpo de Cæsarius parece haber sido nuestra carpa, ya que sus escamas tenían una gran semejanza con las de esta última; pues en la obra ya citada se nos dice que el diablo, una vez entregado a una travesura, apareció vestido con armadura y tenía escamas como las del pez carpo. La carpera de Vincent de Beauvais es aún menos dudosa, ya que a ese pez se le atribuye la misma habilidad para evitar rastrillos y redes que se sabe que emplea nuestra carpa. A veces meten la cabeza en el barro y dejan que la red pase por encima de ellos; otras veces unen la cabeza y la cola, y separándolas de repente, se lanzan hacia la superficie del agua y, saltando a menudo cuatro o cinco pies por encima de la red, logran escapar. Pero, ¿de dónde surgió este nombre? El origen atribuido por Vincentius, o por el autor anónimo de los libros perdidos De Natura Rerum, así como otro mencionado en broma por Gesner, es demasiado absurdo como para ser repetido. En cualquier caso, más erudita es la derivación propuesta por Menage, quien la relaciona con cyprinus, que posteriormente se transformó en cuprinus, cuprius, cuprus, cupra, curpa, y finalmente en carpa. Por mi parte, estoy más inclinado a derivarlo de un dialecto que se hablaba en las orillas del Danubio, y a creer que fue traído junto con el pez desde la parte meridional de Europa; pero conozco demasiado poco ese dialecto como para poder hacer muy probable mi conjetura; y los etimólogos a los que consulté, como Wachter, Ihre, Johnson, etc., no me ofrecieron ninguna ayuda. Fulda me dio algunas esperanzas, ya que admite que la palabra es de origen germánico; pero debo confesar que su derivación es demasiado forzada y, al igual que la química de los adeptos, no me resulta del todo comprensible. Quizá no sea superfluo señalar aquí que no se debe confundir carpa y carpo, o nuestra carpa, con carpio. Este último pertenece al género de los salmones y truchas; y en el sistema de Linneo se denomina Salmo carpio. Se encuentra principalmente en el Lago di Garda, el antiguo Lacus Benacus, en las fronteras del Tirol. El registro más antiguo de este pez se encuentra en obras del siglo XVI, como los poemas de Pierius Valerianus y en Jovius de Piscibus. Según Linneo, se encuentra en los ríos de Inglaterra; pero eso es falso. Este célebre naturalista se dejó engañar por Artedi, quien identificó al char o chare, mencionado por Camden en su descripción de Lancashire, como Salmo carpio. Pennant

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Sin embargo, no se menciona quién fue quien los introdujo entre los peces ingleses; se dice expresamente que el char no es el carpio del Lago de Garda, sino más bien una variedad del Salmo alpinus. Es indudablemente cierto que nuestros carpos fueron encontrados por primera vez en las regiones del sur de Europa y desde allí transportados a otros países. Incluso en la actualidad no prosperan en las regiones del norte, y cuanto más al norte se les lleva, más pequeños se vuelven. Todavía se pueden encontrar algunos relatos sobre su transporte. Si es cierto que el poema en latín sobre la expedición de Atila data del siglo V o VI, y si los peces que Walther dio al barquero que lo transportó a través del Rin, y que este último llevó a la cocina de Gunter, rey de los francos, eran carpas, esta circunstancia demuestra que estos peces no eran conocidos anteriormente en esa parte de Francia que lindaba con el Rin. Sin embargo, dejaré el examen de esta conjetura a otros. D’Aussy cita un libro nunca impreso, del siglo XIII, titulado Proverbes, en el cual se describe qué productos eran los mejores en aquel tiempo en las diferentes partes del reino, y nos asegura que en él se mencionaban muchas especies de peces, pero ninguna carpa, aunque actualmente son comunes en toda Francia. También parece que en el siglo XI no había carpas en Inglaterra, al menos no aparecen en el Diccionario anglosajón de Ælfric, quien murió en 1051 como arzobispo de York. También se nos asegura que fueron introducidos por primera vez en el reino en el quinto año del reinado de Enrique VIII, es decir, en 1514, por Leonard Mascal de Plumsted, en Sussex. Lo que leemos en el Sistema de Linneo, de que estos peces fueron introducidos en Inglaterra alrededor del año 1600, es sin duda erróneo. No sé dónde obtuvo ese célebre naturalista, bajo cuya dirección tuve el placer de estudiar, esta información. Dinamarca debe estos peces a ese célebre estadista Peter Oxe, quien los introdujo en el reino, junto con cangrejos y otros alimentos para la mesa. Él murió en el año 1575. Se nos dice que estos peces fueron traídos desde Italia a Prusia, donde actualmente son muy abundantes, por un noble cuyo nombre no se menciona. Sin embargo, este mérito puede atribuirse con mayor probabilidad a…

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El burgrave superior, Caspar von Nostiz, fallecido en 1588, fue quien, a mediados del siglo XVI, envió por primera vez carpas desde sus propiedades en Silesia a Prusia, y ordenó que se introdujeran en el gran estanque de Arensberg, no lejos de Creuzburg. Como recuerdo de este hecho, antiguamente se colgaba sobre una puerta del castillo de Arensberg la figura de una carpa tallada en piedra. Esta colonia debió ser muy numerosa en el año 1535, ya que en esa época se enviaban carpas desde Königsberg a Wilda, donde residía entonces el archiduque Alberto. Actualmente (1798), se transportan grandes cantidades de carpas desde Dantzig y Königsberg a Rusia, Suecia y Dinamarca. Me parece probable que, después de ese período, estos peces se hicieran conocidos y apreciados en todas partes, ya que comer pescado en Cuaresma y en días de ayuno era considerado entre los cristianos como un deber religioso; por esta razón se procuraba tener estanques repletos de ellos en todos los países, pues ninguna especie puede criarse con tanta facilidad en dichos reservorios.

Por último, debo señalar que las carpas Spiegel-karpen, distinguidas por sus escamas amarillas, que son mucho más grandes aunque en menor número y que no cubren todo el cuerpo, solo son mencionadas por escritores modernos. Bloch afirma que fueron descritas por primera vez por Johnston bajo el nombre de carpas reales. No puedo encontrar el pasaje en el que lo hace; pero en la lámina XXIX hay una mala grabación con el título Spiegel-karpen, las cuales, sin embargo, tienen escamas en todo su cuerpo y no pueden ser las mencionadas. Por otro lado, las Spiegel-karpen son mencionadas por Gesner, quien, al parecer, nunca las vio. En mi opinión, Balbinus, que escribió a mediados del siglo XVI, fue la primera persona que proporcionó una descripción verdadera y completa de ellas; y según su relato, parece que procedían originalmente de Bohemia. La primera figura correcta de ellas se encuentra en Marsigli.

NOTAS
112
Histor. Animal. lib. iv. cap. 8.
113
Lib. vii. p. 309.

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114
Animadvers. vii. 17, p. 540.
115
Lampridii Vita Heliogab. c. 20.
116
Lib. vii. p. 309.
117
Este pez era un artículo de lujo de primera categoría entre los romanos, y se vendía a un precio elevado. Juvenal dice: “Mullum sex millibus emit, æquantem sane paribus sestertia libris”. Véase Plin. lib. ix. c. 17. Los italianos tienen un refrán: “La triglia non mangia chi la piglia”, que significa que quien captura un mulo es tonto si lo come en lugar de venderlo. Cuando este pez está muriendo, cambia de color de una manera muy singular hasta quedar completamente sin vida. Este espectáculo resultaba tan agradable para los romanos, que solían mostrarles el pez muriendo en un recipiente de vidrio antes de la cena.
118
Fr. Massarii en ix. Plinii. libr. Castigat. Bas. 1537, 4to.
119
Se haría un gran servicio a la historia natural de los antiguos si algún naturalista sistemático competente recopilara todos los nombres griegos que se utilizan actualmente. Tournefort y otros ya dieron los primeros pasos en esto.
120
Philosophical Transact. vol. lxi. 1771, part i. 310.
121
Variorum, p. 380.
122
Speculum Naturale.
123
De Nat. Anim. xiv.—Plin. xxxi. sect. 19.—Antig. Car. c. 181.
124
British Zoology, vol. iii. p. 259.
125
Pontoppidan, Natürliche Historie von Norwegen, ii. p. 236.
126
De Prima Expedit. Attilæ, ed. Fischer. Lips. 1780, 4to.
127
Impreso al final de Somneri Dict. Saxonicum.

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128
Véase la obra Hist. of Commerce de Anderson, y Zoología de Pennant, p. 300.
Ambos autores se refieren a British Worthies de Fuller. [La carpa existía en Inglaterra antes del año 1486: en efecto, en la obra sobre pesca de Dame Juliana Berners, publicada en St. Albans (de allí su nombre de Libro de St. Albans) en 1486, encontramos el siguiente pasaje: al hablar de la carpa, ella dice: “Es un pez precioso, pero hay muy pocos en Inglaterra. Por eso hablo poco de él. Es un buen pez para pescar; está tan fuertemente armado en la boca que ninguna red resistente puede retenerlo.”]

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CAMP-MILLS.
Bajo esta denominación se entienden los molinos portátiles o móviles, que pueden utilizarse, especialmente en tiempos de guerra, cuando no hay molinos eólicos ni hidráulicos en las cercanías; por esa razón, antiguamente acompañaban a los ejércitos de la misma manera que los hornos de campaña y las forjas de campaña. Algunos de estos molinos cuentan con piedras para moler el grano, mientras que otros están construidos con rodillos dentados, como los de nuestros molinos de café. Algunos de ellos también están diseñados de tal manera que su maquinaria se pone en movimiento por la rotación de las ruedas del carro sobre el cual se colocan; otros, y quizás la mayor parte de los que se utilizaban, eran accionados por caballos o hombres, después de que las ruedas del carro se hundieran en el suelo o se fijaran de alguna otra forma.

A este último tipo pertenece aquel molino del cual Zonca ha proporcionado una grabación grosera, pero sin ninguna descripción. Dice que fue inventado por Pompeo Targone, ingeniero del famoso marqués Ambrosio Spinola; y parece situar la fecha de invención hacia finales del siglo XVI. Este molino es el mismo que describe Beyer en su Theatrum Machinarum Molarium, y que se representa en la vigésima séptima lámina de dicha obra. Beyer señala que fue utilizado por Spinola. El inventor, como su nombre indica, era italiano, y se hizo conocido, en particular, durante el célebre asedio de Rochela, bajo Luis XIII, en el cual fue elegido para colaborar, ya que en el año 1603, junto con Spinola —a quien se consultó respecto a las operaciones en Rochela—, ayudó a cerrar el puerto de Ostende mediante un túnel durante el tedioso asedio de ese lugar. También estuvo al servicio de Francia como intendente de las máquinas del rey; pero sus numerosos y costosos proyectos no tuvieron éxito según sus expectativas. Inventó además un tipo especial de carros de artillería, así como diversas máquinas de guerra.

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Otra figura antigua de tal molino me fue mostrada por el profesor Meister, en Recueil de Plusieurs Machines Militaires, impreso en 1620. Esta máquina era accionada por las ruedas del carruaje; pero el autor no nos indica si alguna vez se utilizó.
133
Lancellotti atribuye este invento a los alemanes, alrededor del año 1633.
Los carruajes destinados al transporte de fraguas de campaña y maquinaria de molinos son mencionados por Leonard Fronsperger, pero él no dice si se montaban en ellos molinos completos.

NOTAS AL PIE
129
Novo Teatro di Machine ed Edificii, de Vittorio Zonca. Padua, 1621; reimpreso en 1656, en formato folio. La mayor parte de las máquinas descritas en este escaso libro son motores para levantar objetos pesados; pero muchas de ellas se emplean en diversos oficios y manufacturas, y pueden servir, hasta cierto punto, para ilustrar su historia.
130
Schauplatz der Mühlen-Bau-kunst, de J. M. Beyer. Leipzig, 1735, en formato folio; reimpreso en Dresde, 1767.
131
Todos aquellos autores que han escrito expresamente sobre el destino de los hugonotes, la Historia de Richelieu, Luis XIII y el asedio de Rochelle, hacen mención de Targone.
132
Histoire de la Milice Françoise, de Daniel. Ámsterdam, 1724, p. 332.
133
L’Hoggidi, o sea gl’Ingegni non inferiori a’ passati. Venecia, 1636, en formato 8vo.
134
Kriegsbuch, Fráncfort, 1596, en formato folio, p. 9.

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ESPEJOS135.
136
Es muy probable que un arroyo cristalino fuera el primer espejo, pero tenemos motivos para pensar que los espejos artificiales se fabricaron cuando la humanidad comenzó a emplear su arte e ingenio en los metales y las piedras. Cualquier cuerpo sólido, capaz de recibir un pulido fino, sería suficiente para este propósito; y, de hecho, los espejos más antiguos mencionados en la historia eran de metal. Aquellos que aparecen en Job son alabados por su dureza y solidez; y Moisés relata que la pila de bronce, o bacín de lavado, fue hecha con los espejos de las mujeres que se habían reunido a la entrada del tabernáculo para ofrecerlos, y que él les hizo entregarlos. Dado que las mujeres aparecían vestidas completamente durante el culto divino, era necesario que tuvieran espejos a la manera egipcia. Con estos, los bacines, según la conjetura de la mayoría de los intérpretes, solo estaban adornados, cubiertos o quizás colgados alrededor; e incluso Michaelis mismo estuvo alguna vez de esta opinión. Pero, ¿por qué no creer más bien que los espejos fueron fundidos y transformados en bacines? Tan pronto como la humanidad comenzó a intentar fabricar buenos espejos de metal, debieron darse cuenta de que no todo tipo de metal era igualmente adecuado para ese uso, y de que el mejor solo podía obtenerse a partir de una mezcla de diferentes metales. Sin embargo, en los espejos que recogió Moisés, los artesanos contaban con suficiente cantidad de metal especular y no tenían la necesidad de fabricarlo ellos mismos; y por esta razón pudieron dar mucho más fácilmente a todo el bacín una superficie pulida, en la cual los sacerdotes, al lavarse, pudieran verse de cuerpo entero. En cualquier caso, tal bacín no sería el único utilizado en lugar de un espejo. Artemidoro dice que quien sueña con verse en un bacín tendrá un hijo nacido de su criada. De hecho, los sueños suelen ser tan infundados como esta interpretación; pero es difícil suponer que Artemidoro hubiera pensado en tal sueño si no fuera muy común que la gente se contemplara en un bacín.

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Antiguamente existía una especie de adivinos que fingían mostrar a los simples e ignorantes, en cuencos pulidos, lo que deseaban saber. Los antiguos también tenían vasos para beber, cuyo interior estaba recortado en espejos, dispuestos de tal manera que se veía la imagen de quien bebía de ellos multiplicada. Vopisco menciona, entre los valiosos regalos que Valeriano le hizo al emperador Probo cuando era tribuno, una copa de plata de gran peso, la cual estaba cubierta por dentro con espejos de este tipo. Menard y otros suponen que los espejos en la época de Homero no se utilizaban mucho, porque él no los menciona en ninguna ocasión, ni siquiera donde describe de forma tan detallada el atuendo de Júpiter. Sin embargo, tengo dos cosas que señalar al respecto. En primer lugar, no cabe esperar que Homero haya mencionado cada objeto del que tenía conocimiento; y en segundo lugar, Calímaco nos asegura, al haber imitado evidentemente el pasaje de Homero anteriormente citado, que ni Júpiter ni Pálas empleaban espejo al vestirse. Por lo tanto, la mitología no permitía al poeta incluir un espejo en el atuendo de esa deidad. Polidoro Vergilio, Boccaccio, Menard y otros han caído todos en el error de considerar a Esculapio como el inventor de los espejos, aunque Cicerón parece decir lo mismo; pero los mejores comentaristas ya observaron hace tiempo, con toda razón, que el filósofo romano no se refería a un espejo sino a una sonda, cuya invención podemos atribuir al padre de la medicina, quien al principio era solo cirujano. Cuando uno reflexiona sobre el uso que se daba a los espejos metálicos, especialmente en Roma, para añadir esplendor y con otros propósitos, y sobre cuántos artistas, a lo largo de muchos siglos sucesivos, se dedicaron a fabricarlos y compitieron entre sí para superarse en su arte, uno no puede evitar suponer que esta actividad debió alcanzar un alto grado de perfección en aquellas épocas. Por ello es de lamentar que no hayan sido descritos en detalle por ningún escritor, y que por esta razón el arte se perdiera por completo tras la invención de los espejos de vidrio, que son mucho más prácticos. En aquel entonces nadie sospechaba en lo más mínimo que surgirían circunstancias que volverían necesarios a estos espejos metálicos, como ha ocurrido en nuestros días con la invención de…

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el telescopio. Nuestros artistas se vieron entonces obligados a realizar nuevos experimentos con el fin de descubrir la mejor mezcla para los espejos metálicos; y esto debería ser una advertencia para la humanidad, para que nunca permita que las artes que una vez fueron inventadas y útiles vuelvan a quedar desconocidas. Una descripción circunstancial de ellas debería conservarse, al menos, para el uso de las generaciones futuras, en las bibliotecas, en los archivos del conocimiento humano.

Cuando comparamos los metales en cuanto a su idoneidad para fabricar espejos, pronto percibiremos que los más duros de color blanco poseen en el mayor grado el brillo necesario. Por esta razón, la platina es preferible a todas las demás, como lo demuestran los experimentos realizados por el conde von Sickengen. El acero se acerca más a este nuevo metal, y la plata le sigue; pero el oro, el cobre, el estaño y el plomo están mucho menos dotados de esa propiedad necesaria. Sin embargo, he observado entre los antiguos ningún rastro de espejos de acero; y es probable que no fabricaran ninguno de ese metal, ya que es muy propenso a mancharse o a oxidarse. De hecho, se dice que alguna vez se encontró un espejo de acero antiguo, pero como se percibían algunas marcas de plateado en él, surge la pregunta de si el lado plateado no era en realidad la cara del espejo. Además, todo el mundo sabe que un espejo de acero no conservaría su brillo durante muchos siglos entre ruinas y desechos.

La mayor parte de los espejos antiguos estaban hechos de plata, no por su coste elevado ni por su esplendor, como muchos piensan, sino porque la plata, como ya se ha dicho, era el metal más adecuado y duradero de todos los metales no mezclados conocidos en aquel entonces para ese uso. En el código de leyes romano, cuando se menciona la placa de plata, bajo los temas de herencia y sucesión por parentesco, rara vez se omiten los espejos de plata; y Plinio, Séneca y otros escritores, que criticaban el lujo, nos cuentan, burlándose de la extravagancia de aquella época, que toda joven de su tiempo debía tener un espejo de plata. Sin embargo, estas placas de plata pulidas podían ser muy delgadas, ya que todos los espejos antiguos que he visto conservados en colecciones solo están recubiertos con una fina capa de ese metal costoso; y de manera similar, nuestros artistas han aprendido finalmente un método para hacer las cajas de los relojes de oro y plata tan delgadas y ligeras que cualquier criado o soldado pueda llevar uno. Al principio, solo se utilizaba la plata más fina para estos espejos, porque se creía que no podían fabricarse con metal de calidad inferior; pero posteriormente se empleó metal de calidad menor. Plinio nos lo dice expresamente.

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Y llego a la misma conclusión a partir de un pasaje de Plauto. En *Philematium*, cuando ella toma un espejo, la prudente Scapha le da una toalla y le pide que se limpie los dedos, para que su amante no sospeche, por el olor, que había recibido dinero. Sin embargo, la plata fina emite tan poco olor en los dedos como el oro; pero hay que recordar que los antiguos sabían mucho mejor que los modernos cómo descubrir la pureza de los metales nobles por medio del olor, ya que muchos métodos de prueba que utilizamos hoy para detectar las aleaciones eran desconocidos para ellos. Por eso, los cambistas empleaban el olor cuando querían comprobar la pureza de las monedas. La ingeniosa idea de Vespasiano, quien, al ser reprendido por imponer un impuesto sobre la orina, pidió a quienes lo hacían que olieran el dinero que se obtenía de ella y le dijeran si tenía algún olor similar al del artículo del cual provenía, alude a esta circunstancia. De igual manera, muchas naciones salvajes en la actualidad pueden determinar la pureza del oro por su olor. Plinio nos informa que Praxíteles, en tiempos de Pompeyo el Grande, creó el primer espejo de plata, y que los espejos de ese metal eran preferidos a todos los demás. No obstante, los espejos de plata ya eran conocidos mucho antes de ese período, como lo demuestra el pasaje de Plauto citado anteriormente. Para resolver esta contradicción, Meursius señala que Plinio solo habla de sus compatriotas y no de los griegos, quienes ya contaban con tales objetos mucho antes, y que la escena en Plauto tiene lugar en Atenas. Esto parece justificar el relato de Plinio, pero no encuentro explicación alguna para lo que dice después. Hardouin opina que, según la invención más reciente de aquel tiempo, los espejos estaban revestidos por detrás con una lámina de oro, al igual que nuestros espejos lo están con un amalgama. Pero como las láminas antiguas de plata no eran transparentes, ¿cómo podría el oro en su parte posterior producir algún efecto en la imagen? ¿No podría significar que se colocaba una delgada lámina de oro a cierta distancia frente al espejo para proyectar más luz sobre su superficie? Pero sea cual sea la situación, parece que Plinio mismo no tenía mucha confianza en esa invención.
Los espejos de cobre, latón y oro solo han sido mencionados por los poetas, quienes quizá utilizaron los nombres de estos metales porque mejor se adaptaban a sus descripciones, o porque querían emplear expresiones poco comunes, y consideraban que el espejo de oro era el más noble. Quizá los espejos de latón se refieran únicamente a aquellos hechos de cobre mezclado. ¿Acaso los espejos de oro…

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Si ocurrieran con más frecuencia, estaría inclinado a atribuir el epíteto más bien al marco o a los adornos que al espejo en sí; pues actualmente decimos “reloj de oro”, aunque solo las cajas puedan estar hechas de ese metal.
Parece que durante mucho tiempo los espejos se fabricaron a partir de una mezcla de cobre y estaño, como lo indica expresamente Plinio, quien añade que los mejores se elaboraban en Brindisi. Esta mezcla, conocida ya por Aristóteles, produce un metal blanco que, debido a su color, podía ser extremadamente adecuado para este fin; e incluso hoy en día, según los cuidadosos experimentos realizados por el señor Mudge, un inglés, esa misma mezcla produce el mejor metal para espejos. Parece que los antiguos no determinaron con mucha precisión la proporción; pues Plinio nos asegura en dos ocasiones que en su época se preferían los espejos de plata. De hecho, no es fácil determinar la cantidad de cada metal que debe utilizarse, ni el grado de calor más adecuado, ya que de ello depende en gran medida el resultado.
Una de las principales dificultades consiste en fundir el metal sin que aparezcan burbujas o huecos de aire, y sin que ninguna parte del estaño se oxide, lo cual provoca nudos y grietas e impide que reciba un pulido fino. Un pasaje de Luciano, que hasta ahora nadie ha logrado aclarar, alude sin duda, a mi juicio, a estos defectos. Una mezcla de cobre y estaño es tan frágil que es muy propensa a agrietarse; y un espejo formado con ella, si no se conserva con mucho cuidado, pronto se vuelve tan opaco que no puede utilizarse hasta que no se haya limpiado y pulido previamente. Por esta razón, generalmente se colgaba de los espejos antiguos una esponja con piedra pumítica machacada, y también se guardaban en una caja o estuche, como se puede observar en la mayor parte de los que aún existen. Los espejos de plata eran menos propensos a este inconveniente, y estoy inclinado a pensar que estos últimos hicieron que los primeros dejaran de utilizarse, como nos informa Plinio.
Dado que todavía se pueden encontrar espejos antiguos de metal en colecciones de antigüedades, podría ser importante para las artes realizar experimentos químicos sobre su composición. Aquellos que hasta ahora nos han dado alguna descripción de ellos se han limitado a describir su forma y aspecto exterior. El conde Caylus es la única persona, hasta donde sé, que ordenó realizar algunos experimentos químicos sobre este tema. Estos fueron realizados en un espejo encontrado cerca de Nápoles, por el señor Roux, quien

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Afirma que la composición era una mezcla de cobre y regulus de antimonio, con un poco de plomo. Sin embargo, el antimonio no era conocido por los antiguos. Si ese metal era realmente un componente, el espejo debió ser obra de tiempos más modernos, o bien hay que admitir que el artista combinó metal con antimonio sin saberlo; pero lo segundo no es probable. Los experimentos realizados por Roux no me parecen haber demostrado de manera satisfactoria la presencia de regulus de antimonio; además, no se puede obtener información segura a partir de ellos, ya que no se determinó la antigüedad del espejo, ni se sabía si debía considerarse entre los mejores o los peores de la época en que fue fabricado. Esos espejos, que eran tan grandes que uno podía verse entero en ellos, debieron consistir, con toda probabilidad, en placas pulidas de plata; pues fundir placas de tal tamaño de cobre y estaño habría requerido más habilidad de la que podemos atribuir a aquellas épocas; y no sé si nuestros artistas incluso hoy tendrían éxito en ello. Leemos en varios autores que, además de los metales, los antiguos también fabricaban espejos con piedras, los cuales también se utilizaban. Es indudablemente cierto que muchas piedras, especialmente las de tipo vítreo, que son opacas y de color oscuro, servirían extremadamente bien para ese propósito; pero por buena que fuera la elección, en este aspecto no habrían sido ni siquiera cercanas a los metales. Estas, de todos los cuerpos minerales, tienen la opacidad más perfecta; y por esa razón, el mayor brillo: ambas propiedades son producto de su solidez; y por eso reflejan de manera más perfecta y con mayor regularidad los rayos de luz que provienen de otros cuerpos. Nuestros espejos de vidrio, de hecho, son propiamente metálicos. Las piedras, por otro lado, tienen al menos algo de transparencia, aunque a menudo apenas perceptible; de modo que muchos de los rayos de luz son absorbidos, o al menos no reflejados. La mención a espejos de piedra también aparece muy raramente en los textos antiguos, por lo que podemos concluir que se fabricaban más bien como adorno que por utilidad real. En general, solo encontramos descripciones de placas o paneles de piedra pulidos, fijados en las paredes de las habitaciones revestidas, que eran famosas por su capacidad de reflexión. Plinio elogia en este sentido la piedra de obsidiana, o, como se llama ahora, la ágata islandesa. Todo lo que dice sobre ella será perfectamente comprensible para quienes conocen este tipo de piedra o

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Lava vitrificada. La imagen que se refleja en una caja hecha de ella, que tengo en mi poder, es como una sombra o silueta; pero con esta diferencia de que se ve no solo el contorno, sino también toda la figura con claridad, aunque los colores estén oscurecidos. Formar con ella imágenes y utensilios, de los que habla Plinio, debió ser extremadamente difícil, debido a su fragilidad. Vi en Copenhague, entre otras cosas hechas de ella, una copa y su tapa, en las cuales el artista trabajó durante cuatro años. Domiciano, cuando sospechaba que se tramaban conspiraciones contra él, hizo revestir una galería por la que solía pasear con fengitas, las cuales, por su reflexión, mostraban todo lo que se hacía a sus espaldas. Bajo ese nombre debemos entender sin duda una especie de espato calcáreo o yesoso, o selenita, que efectivamente es capaz de reflejar una imagen; pero por lo tanto no podemos pretender decir que los antiguos fabricaran espejos con ella; tampoco explico lo que dice Plinio, cuando habla de las fengitas, como si en algún momento se hubieran construido edificos enteros con ellas. Esa clase de piedra, por diversas razones y sobre todo por su fragilidad, es completamente inadecuada para tal fin. En aquellas épocas, las ventanas de las casas estaban abiertas y no se llenaban con ninguna sustancia transparente, sino que solo se cubrían, a veces con rejas o cortinas. Es probable, por lo tanto, que esas aberturas en las paredes del edificio mencionado por Plinio, donde antes estaban las ventanas, se llenaran con fengitas, las cuales, al permitir la entrada de una luz tenue, evitaban que el lugar quedara oscuro incluso cuando las puertas estaban cerradas; de modo que Plinio podía decir: “Parecía como si la luz no cayera dentro del edificio, sino como si estuviera encerrada en él”. Podría ser acusado de omisión si no mencionara aquí también un pasaje de Plinio, en el cual parece hablar de un espejo hecho de esmeralda, que Nerón utilizaba para ayudarse a ver los combates de los gladiadores. Cary afirma que Nerón era miope y que su esmeralda tenía forma de lente cóncava. Lo primero lo dice expresamente Plinio, pero lo segundo, aunque Abat lo considera no improbable, apenas puedo permitirme creerlo, porque tal interpretación de las palabras de Plinio es demasiado forzada y porque pueden explicarse mucho mejor de otra manera. Como no se encuentra mención alguna de tal ayuda tan excelente para los míopes en ningún otro autor antiguo, debemos admitir, si se adopta la opinión de Cary, que esto…

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Se mencionó de pasada la propiedad del esmeralda cóncava, y no se realizaron experimentos para cortar ningún otro vidrio natural o artificial en la misma forma con el mismo fin, porque la gente creía que esta propiedad era propia únicamente del esmeralda, el cual entonces se suponía comúnmente dotado del poder de fortalecer en gran medida la vista. Para mí es mucho más probable la explicación de un italiano, que Abat tampoco rechaza por completo, según la cual el esmeralda tenía una superficie lisa y pulida, y servía a Nerón como espejo; y el pasaje al que hace referencia Plinio parece haber sido comprendido así por Isidoro y Marbodaeus. Aquí podría objetarse que los esmeraldas reales son demasiado pequeñas como para ser utilizadas como espejos; pero los antiguos hablan de algunas lo suficientemente grandes para ese propósito, así como de otras artificiales; por lo que podemos concluir con certeza que clasificaban entre las esmeraldas al fluorita verde, a la lava vitrificada, o al ágata islandesa verde, como también al jaspe verde y al vidrio verde. La pieza de vidrio verde en el monasterio de Reichenau, que mide siete pulgadas de largo, tres pulgadas de grosor y pesa veintiocho libras y tres cuartos; y la gran copa en Génova, aunque llena de defectos, han sido consideradas esmeraldas hasta el día de hoy.

También se fabricaban espejos con rubíes, según nos asegura Plinio, quien se remite a Teofrasto como fuente de autoridad; pero esta piedra preciosa nunca se ha encontrado actualmente de un tamaño tal que permita este uso; y Gary y el italiano anónimo mencionado anteriormente han demostrado muy acertadamente que Plinio cometió un error grave, error que Hardouin no observó.

Teofrasto, en el pasaje al que se hace referencia, no habla de un rubí, sino del conocido mármol negro de Quío, aunque denomina “carbunculus” tanto al rubí, por su semejanza con un carbón ardiendo, como al mármol negro, por su semejanza con un carbón apagado o ceniza; y este último, al igual que la obsidiana, se utilizaba a veces como espejo.

La descripción de cómo los nativos americanos fabricaban espejos, antes de tener la desgracia de conocer a los europeos, es de considerable importancia en la historia de este arte. Estos pueblos realmente tenían espejos que los europeos no podían dejar de admirar. Algunos de ellos eran

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Hechos de lava negra, algo transparente y vitrificada, llamada por los españoles gallinazo, y que es del mismo tipo que la piedra de obsidiana empleada por los romanos con el mismo propósito. De esta sustancia los americanos tenían espejos planos, cóncavos y convexos. También tenían otros hechos de un mineral llamado piedra inca, la cual, como ya lo han dicho Bomare, Sage, Wallerius y otros mineralogistas, era una pirita o marcasita compacta, susceptible de un fino pulido; y por esa razón solía llevarse a Europa, y antiguamente se usaba en anillos bajo el nombre de piedra de la salud. Ulloa dice que la piedra inca es frágil, opaca y de un color algo azulado; tiene a menudo vetas que no pueden pulirse, y donde están estas vetas suele romperse. Los espejos formados con ella, que él vio, tenían de dos a tres pulgadas de diámetro; pero vio uno que medía una pieza y media. La opinión que algunos han sostenido, de que estos espejos se fundieron, no tiene otro fundamento que la similitud entre la marcasita pulida y el latón fundido. Este mineral es muy adecuado para reflejar imágenes; y estoy inclinado a pensar que los peruanos tenían mejores espejos que los griegos o los romanos, entre quienes no encontramos rastro de que la marcasita se empleara de esa manera. Sin embargo, parece que los indios también tenían espejos de plata, cobre y latón.

Ahora paso a la cuestión de en qué siglo se inventaron nuestros espejos de vidrio, que consisten en una placa de vidrio cubierta en la parte posterior con una fina lámina metálica. Esta cuestión ha sido respondida por algunos con tanta seguridad, que casi se podría considerar que el asunto está resuelto; pero en lugar de pruebas reales, solo encontramos conjeturas o probabilidades; y debo señalar aquí que no puedo evitar pensar que son más antiguos de lo que se ha supuesto hasta ahora, por mucho que desee separar la verdad histórica de la conjetura. Cuando he reunido todo lo que sé sobre el tema, diría que incluso se hicieron intentos en Sidón para fabricar espejos de vidrio; pero que debieron ser inferiores a los de metal, porque no supusieron el fin del uso de estos últimos. Los primeros espejos de vidrio me parecen haber sido de vidrio de color negro, o una imitación de la piedra de obsidiana; y posteriormente se formaron a partir de una placa de vidrio con alguna lámina negra colocada detrás de ella. En un período mucho más tardío, el vidrio soplado, mientras estaba caliente, se cubría por el interior con plomo o alguna mezcla metálica; y aún más tarde, y, al parecer, primero en Murano, los artesanos comenzaron a cubrir placas de vidrio con un

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Amalgama de estaño y mercurio. Las últimas mejoras son la fundición de placas de vidrio y el arte de fabricar placas de tamaño uniforme mediante soplado y estirado, sin recurrir al proceso costoso e incierto que se necesita para la fundición. Que los espejos de vidrio se fabricaban en las famosas fábricas de vidrio de Sidón lo menciona Plinio con tanta claridad que no puede dudarse. Sin embargo, cuando leo ese pasaje sin prejuicios, sin tener en cuenta lo que otros han dicho al respecto, y lo comparo con la información que, en mi opinión, los antiguos proporcionan sobre el mismo tema, solo puedo entenderlo como si el autor dijera que el arte de fabricar vidrio de diversas maneras fue inventado principalmente en Sidón, donde se habían hecho intentos por crear espejos con él. Por lo tanto, parece aludir a experimentos que no tuvieron éxito total; y dice que tales intentos, en el momento en que escribía, ya habían sido completamente abandonados y estaban casi olvidados. Si esta circunstancia hubiera marcado una época en este arte, Plinio, en otro lugar donde describe tan detalladamente sus diversas mejoras, no la habría omitido; pero de esos experimentos no hace más mención alguna. Todas las invenciones de las que habla se refieren evidentemente únicamente a espejos metálicos, de los cuales el de plata era, en aquel entonces, el más reciente. Si los espejos sidonios hubieran consistido en placas de vidrio cubiertas por detrás, aquellos de metal, cuya fabricación suponía, en cualquier caso, no menos dificultades, que eran más incómodos de usar debido a su tendencia a romperse, a requerir limpieza frecuente y conservación en un estuche, y que además producían una imagen tenue y borrosa, no podrían haber seguido utilizándose durante tanto tiempo como realmente lo hicieron; y seguramente debieron existir circunstancias y referencias relacionadas con los espejos de vidrio. Aunque el vidrio siguió gozando de gran aprecio durante mucho tiempo, especialmente en Roma; y aunque muchos tipos de objetos de vidrio son mencionados por autores antiguos entre los muebles costosos, los espejos solo se mencionan entre los artículos de plata. No conozco ningún rastro seguro de espejos de vidrio desde la época de Plinio hasta el siglo XIII; pero después de ese período, en el cual se habla de ellos de la manera más clara, los encontramos mencionados con frecuencia en cada siglo; y los espejos de metal desaparecen finalmente por completo.

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No se sabe cómo se fabricaban los espejos sidonios; pero si se me permite hacer una conjetura, creo que estaban hechos de vidrio de color oscuro, similar a la piedra de obsidiana. Así es el curso habitual de las invenciones. En aquellos tiempos no existía otra forma de representar los espejos de vidrio que la que ofrecía el vidrio natural o las piedras vítreas. Cuando los artistas querían fabricar espejos de vidrio, trataban de imitar a estas últimas. Después de la invención de la imprenta, la gente se esforzó por hacer que los libros impresos se parecieran lo más posible a los manuscritos; porque imaginaban que esta invención solo sería aceptable en la medida en que les permitiera imitarlos, sin darse cuenta de que podía superar con creces el arte de la escritura. Pero los espejos de vidrio sidonios quedaron muy superados por los de plata o bronce, que quizás se inventaron más o menos al mismo tiempo, por lo que nunca llegaron a utilizarse. Quizás los espejos de vidrio se habrían inventado antes, si la humanidad hubiera empleado desde temprano ventanas de vidrio, las cuales, a menudo, cuando están cerradas por el exterior de modo que no puede pasar la luz, reflejan las imágenes de manera mucho mejor que los mejores espejos de metal. Esta observación, que se puede hacer a diario, probablemente se habría aprovechado antes. Nadie ha empleado tanta palabrería para defender una opinión opuesta a la mía como Abat; pero cuando sus argumentos se despojan de sus adornos, resultan tan débiles que apenas hay inclinación a estar de acuerdo con él. “La observación”, dice, “de que una placa de vidrio es el mejor espejo, cuando todos los demás rayos de luz, excepto los que se reflejan desde el vidrio, son impedidos, por una cubierta metálica colocada detrás de él, de llegar al ojo, es tan obvia que debió hacerse inmediatamente después de la invención del vidrio”. ¿Quién no piensa aquí en Colón y su huevo? En la historia hay muchos casos de personas que estuvieron tan cerca de una invención que nos sorprende cómo pudieron no lograrla; por lo que podemos exclamar, como un cierto emperador: “Taurum toties non ferire difficile est”. “La invención sidonia”, continúa, “no habría merecido mención si no hubiera producido espejos mejores que los que los antiguos tenían hechos de obsidiana. Pero incluso estos solo se mencionan una vez, de manera tan breve y abrupta, y casi como burla, que se puede percibir fácilmente que no eran muy apreciados”. “Si los sidonios”, añade, “no fueron los inventores, que se mencione a algún otro inventor”; y nos asegura que había buscado información al respecto.

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sujeto, en Neri, Kunkel y Merret, pero sin éxito. Eso creo yo;
pero Abat no señala que, por el mismo modo de razonamiento, podemos
atribuir a los sidonios la invención de los relojes y muchos otros artículos,
cuyos inventores no se encuentran en libros donde deberían estar tan
igualmente como el inventor del vidrio en Neri. Las razones por las cuales
muchos antiguos comentaristas de la Biblia, Nicolás de Lyra y otros,
han supuesto que los espejos de vidrio eran conocidos ya en la época de Moisés,
son aún más débiles. Si citar los nombres de escritores que tienen una opinión similar tiene algún valor, podría presentar un número mucho mayor de eruditos que, tras un examen exhaustivo de la cuestión, niegan por completo que los antiguos utilizaran espejos de vidrio.
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El Dr. Watson también ha intentado respaldar la opinión de Abat, pero con menos convicción y con mayor agudeza crítica. Sus argumentos, creo, ya los he debilitado; pero hay una observación aquí que no debe pasarse por alto, porque sugiere una idea que puede servir para ilustrar un pasaje de Plinio, el cual, como ya mencioné antes, aún no ha sido explicado.
“Si admitimos”, dice él, “que Plinio estaba al tanto de los espejos de vidrio, podemos así comprender lo que dice respecto a una invención, que entonces era nueva, de aplicar oro detrás de un espejo”. En lugar de una amalgama de estaño, alguien había propuesto cubrir la parte posterior del espejo con una amalgama de oro, con la cual los antiguos ciertamente estaban familiarizados y que empleaban en el dorado. También menciona, en esta ocasión, que a Buffon le había ocurrido pensar que una amalgama de oro podría ser mucho mejor para los espejos que la utilizada actualmente. Esta conjetura parece, en cualquier caso, ingeniosa; pero cuando leo el pasaje de nuevo, sin prejuicios, apenas puedo creer que Plinio haga alusión a una placa de vidrio en un lugar donde solo habla de espejos metálicos; y recubrir con amalgama requiere demasiada habilidad como para permitirme atribuirlo a tal período sin pruebas suficientes. Considero más probable que alguna persona haya intentado, mediante una placa de oro pulida, reunir los rayos de luz y dirigirlos ya sea sobre el espejo o sobre el objeto, con el fin de hacer la imagen más brillante.
El profesor Heeren me mostró un pasaje en la Ecloga de Estobeo, 179
que, a primera vista, parece aludir a un espejo de vidrio. Allí se dice que Filolao el pitagórico creía que el sol era un cuerpo vítreo, el cual

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Solo recibió los rayos del fuego etéreo y los reflejó hacia nosotros como un espejo. Sin embargo, cuando comparamos las palabras de Estobeo con las de Plutarco, Aquiles Tacio, Eusebio y otros, que expresan lo mismo, no se puede extraer ningún significado de ellas. A primera vista, parece que Filolao consideraba al sol como algo transparente, y suponía que los rayos pasaban a través de él para llegar condensados a nuestra tierra, de la misma manera en que se concentran en un foco mediante una esfera de vidrio. Algunos comentaristas han explicado el pasaje de esta manera; y debido a la similitud entre las palabras griegas, también han pensado en un embudo. Pero en ese caso, la comparación del sol con un espejo no sería justa; y si se admite que Filolao consideraba al sol como un cuerpo brillante dotado de la propiedad de la reflexión, entonces lo que dice sobre los rayos que pasan a través de él y sobre los “poros” del cuerpo solar resultará incomprensible. Pero incluso si adoptamos la última explicación, es decir, que Filolao imaginaba al sol como un espejo, eso no implica necesariamente que tuviera alguna idea sobre un espejo de vidrio; además, él solo habla de un cuerpo capaz de reflejar una luz intensa; y el hecho de que el vidrio, bajo ciertas circunstancias, sea adecuado para ese propósito, pudo haberse observado desde su invención, aunque la gente quizás no descubriera aún el arte de transformarlo en espejos adecuados colocando alguna sustancia opaca detrás de él. Empédocles también dijo que el sol era un espejo, y que la luz que recibe nuestra tierra era el reflejo del fuego etéreo, algo que Eusebio compara con el reflejo producido por el agua. En los problemas atribuidos a Alejandro de Afrodisias, se mencionan claramente espejos de vidrio cubiertos por detrás con estaño; pero esta información no nos lleva un paso más adelante en la historia de este arte; ya que está demostrado que el Alejandro mencionado, que vivió a principios del siglo III, no pudo haber escrito esa obra. El autor, que debió ser médico, sostiene la inmortalidad del alma, algo que Alejandro de Afrodisias, junto con Aristóteles, niegan. Por eso, algunos han atribuido estos problemas a Alejandro de Tralles, quien ejerció como médico a mediados del siglo VI; pero esto es solo una conjetura que nadie ha podido confirmar hasta ahora, sobre todo porque hubo muchos médicos con el nombre de Alejandro. El problema al que me refiero no se encuentra en todos los manuscritos y ediciones; por lo tanto, es dudoso que no sea obra de un autor posterior al resto del libro, especialmente teniendo en cuenta…

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Es cierto que muchos de los que los poseían añadían problemas de diversos tipos según su antojo. Sea como sea, es evidente que el autor de este problema estaba familiarizado con los espejos recubiertos por la parte posterior; y la expresión que utiliza no implica simplemente que se colocara una lámina de estaño detrás de la placa de vidrio, sino que el estaño en estado líquido se frotaba sobre ella. El antiguo traductor francés cree que el autor habla de ventanas; pero esa opinión es sin duda falsa.

Tan poco importante como el pasaje anterior de Alejandro es otro de Isidoro, frecuentemente citado en apoyo de la antigüedad de los espejos de vidrio. A primera vista parece ser un testimonio de gran peso; pero al examinarlo detenidamente se reduce a muy poco. “Nada”, dice él, “es tan adecuado para espejos como el vidrio”. Abat y otros, que han considerado estas palabras como decisivas, no dudan en atribuir al siglo VI, en el que vivió Isidoro, el conocimiento de los espejos recubiertos por la parte posterior con estaño y mercurio, ya que el mismo escritor, en otro lugar, observa que el mercurio solo puede conservarse en un recipiente de vidrio. Es cierto que un recipiente de vidrio lleno de ese metal formará un espejo muy bueno; pero yo opino que esto podía ser conocido desde hacía tiempo, antes de que la gente pensara en crear una amalgama de estaño y mercurio para recubrir las partes posteriores de los espejos. El primer pasaje, que es realmente el de importancia, pierde su fuerza cuando vemos que está tomado de Plinio y copiado incorrectamente. Este último dice que se puede dar al vidrio todo tipo de forma y color, y que ninguna sustancia es más dúctil o más adecuada para ser moldeada en cualquier forma. Isidoro, como es habitual, dice lo mismo, y con las mismas palabras, salvo que en lugar de “sequacior” sustituye “speculis aptior”; de modo que la mención de un espejo es completamente inesperada y tan poco adecuada a lo que precede y sigue, que hay que creer que esta alteración, causada quizá por la similitud de las palabras o por una abreviatura, no fue hecha por Isidoro, sino por algún transcriptor. Pero incluso si creemos que Isidoro mismo habló de que el vidrio se utilizaba en aquel período para hacer espejos, no podemos comprender, a partir de lo que dice, cómo se fabricaban los espejos de vidrio en el siglo VI. No he encontrado ninguna información sobre este tema en todo el período comprendido entre la época de Isidoro y el siglo XI. Hacia el año 1100, al menos según se supone no sin probabilidades, Alhazen el árabe…

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Escribió su conocido tratado sobre Óptica, en el cual supuse que encontraría mención de espejos de vidrio; pero busqué ese trabajo en vano, aunque debo confesar que no lo leí por completo. Donde comienza sus lecciones catóptricas, sin embargo, habla a menudo de espejos de hierro, por los cuales podemos entender espejos de acero de la mejor calidad. Al explicar cierto fenómeno, dice que su causa no puede estar en la oscuridad del espejo de hierro, porque si se utiliza un espejo de plata, se producirán los mismos efectos. ¿Acaso no habría introducido espejos de vidrio en esta ocasión, si estuviera tan familiarizado con ellos como con los ya mencionados? Al principio, nunca habla de espejos sin añadir “de hierro” o “de plata”; pero más tarde los menciona sin ningún tipo de calificativo. Todos estos espejos también los encuentro en la Óptica de Vitello, quien escribió a mediados del siglo XIII, en Italia, país que en aquel entonces era casi el único donde florecían las artes. Ese autor, de hecho, tomó prestado mucho de Alhazen, aunque hay muchas cosas propias suyas, y describe algunos experimentos sobre la capacidad de refracción del vidrio; pero nunca, hasta donde he podido observar, menciona espejos de vidrio. No sé si Jordanus Nemorarius, o Nemoratius, quien también escribió, en el siglo XIII, un libro titulado De Speculorum Natura, hace mención de ellos, porque nunca he tenido la oportunidad de ver esa obra. Opino que nunca fue impresa. Es en el siglo XIII donde encuentro la primera mención indudable de espejos de vidrio recubiertos en el reverso con estaño o plomo. Johannes Peckham, o Peccam, un monje franciscano inglés que enseñó en Oxford, París y Roma, y que murió en 1292, escribió alrededor del año 1279 un tratado de óptica, que alguna vez fue impreso con el título de Johannis Pisani Perspectiva Communis. En esta obra, además de espejos hechos de hierro, acero y mármol pulido, el autor no solo habla a menudo de espejos de vidrio, sino que también dice que estaban recubiertos en el reverso con plomo, y que no se reflejaba ninguna imagen cuando se raspaba el plomo. Vincentius Bellovacensis habla de manera aún más clara, pues nos dice que se vertía plomo sobre la placa de vidrio mientras estaba caliente. Al mismo siglo pertenecen también los testimonios simultáneos de Raimundus Lullius, Roger Bacon, Antonius di Padua y Nicephorus Gregoras, quien murió después del año 1360.

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Tenemos motivos para concluir que esta invención no puede ser muy antigua, ya que los espejos de vidrio eran extremadamente escasos en Francia incluso en el siglo XIV, mientras que los espejos de metal estaban en uso generalizado; y se nos dice que el espejo de Ana de Bretaña, consorte de Luis XII, era de este último tipo. También se fabricaban y utilizaban espejos de metal en Persia y en Oriente, donde, de hecho, las prácticas antiguas perduraron más tiempo, y los espejos de vidrio no se conocían allí hasta el inicio del comercio europeo con esas regiones lejanas. En esos países todavía se prefieren los primeros, porque no son tan propensos a romperse y pueden conservarse mejor en un clima seco y caluroso que la amalgama de los segundos.

En cuanto al progreso de este arte, no sé nada más que lo siguiente: al principio, se vertía plomo fundido, o quizá estaño, sobre la placa de vidrio mientras aún estaba caliente, recién salida del horno. Este proceso coincide con el que, desde épocas muy tempranas, se ha empleado en Núremberg y sus alrededores para fabricar espejos convexos, soplando dentro de la burbuja de vidrio, aún caliente, una mezcla metálica con un poco de resina o sal de tártaro, lo cual evita la oxidación y facilita la fusión. Cuando la burbuja queda completamente cubierta por dentro y se enfría, se corta en pequeños espejos redondos. Este arte es una invención alemana antigua, ya que es descrito por Porta y Garzoni, quienes vivieron a principios del siglo XVI y ambos afirman expresamente que entonces era común en Alemania. Extranjeros curiosos intentaron a menudo aprenderlo, imaginando que los alemanes lo mantenían en secreto. Boyle realizó varios experimentos para descubrir el proceso; y el secretario de la Real Sociedad procuró, por medio del embajador de Carlos II, que quizá hacia 1670 residía en Frankfurt, obtener conocimiento de él, pero no tuvo éxito, según nos cuenta Leibniz. Se llamaba el arte de preparar espejos sin lámina; y gozaba de gran prestigio, porque se creía que podía ser útil para quienes se interesaban por la catoptría, al permitirles fabricar ellos mismos espejos convexos y cóncavos. Este relato de Leibniz parece haber llevado a Von Murr a un ligero error, induciéndolo a creer que el arte de fabricar espejos convexos sin lámina fue descubierto por primera vez en Núremberg en 1670. Introduzco esta observación porque confío en que no le desagradará que haga parecer que el servicio mencionado, prestado por su ciudad natal, es un siglo y medio más antiguo.

Estos pequeños espejos convexos, que reflejan una imagen reducida, pero más nítida que nuestros espejos habituales, quizá todavía se fabriquen, aunque ya no lo hagan actualmente.

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Se vendían con tanta frecuencia en Alemania como hace treinta años; en aquel entonces, si no recuerdo mal, se les llamaba (Ochsen-augen), es decir, “ojos de buey”. Estaban montados en una tabla redonda pintada y tenían un borde o margen muy ancho. Uno de ellos que tengo yo tiene un diámetro de dos pulgadas y media. Es probable que el bajo precio de los espejos planos, cuando comenzaron a proliferar las casas de cristal, hiciera que estos espejos convexos dejaran de ser muy buscados. Según Porta, la mezcla utilizada para fabricarlos era antimonio, plomo y colofonia; pero según Garzoni, era una mezcla de plomo, estaño, marchesita de plata y tártaro, lo cual en la edición en alemán se traduce de forma muy incorrecta como “plomo, estaño, sílex, plata y tártaro”. La siguiente observación quizás no sea del todo inútil: la colofonia, que se utiliza en muchas otras ocasiones para soldar, se llamaba anteriormente resina para espejos, y se vendía con ese nombre incluso a principios del siglo actual. Frisch no da ninguna razón para este nombre, y Jacobson da una incorrecta: que su superficie brilla intensamente cuando se rompe. La verdadera razón era el uso mencionado anteriormente; y como ahora esto es poco conocido, se le llama resina para violín, por el uso principal al que se destina. Parece que, en lugar de verter metal fundido sobre placas de vidrio, los artesanos aplicaban durante algún tiempo la amalgama de estaño mencionada anteriormente sobre ellas, o bien las cubrían de alguna otra manera, quizás de la misma forma en que Boyle cubría los espejos cóncavos por el interior. Sin embargo, Porta vio en Murano casi el mismo proceso que se sigue aún hoy en día. El estaño, golpeado hasta convertirse en hojas finas, se extendía de manera muy uniforme; luego se vertía mercurio sobre él y se frotaba con la mano o con un pie de liebre; y cuando el estaño estaba saturado, se cubría con papel. El vidrio, limpiado extremadamente bien, se colocaba encima; mientras el artesano lo presionaba con la mano izquierda, retiraba con mucho cuidado con la derecha el papel que había entre el estaño y el vidrio, sobre el cual se colocaban posteriormente pesas. Lo que está claro, en cualquier caso, es que el método de cubrir con lámina de estaño ya se conocía en Murano desde el siglo XVI, por lo que es mucho más antiguo de lo que supone J. M. Hoffmann. En conclusión, si este ingenioso invento pertenece a los venecianos, como afirman varios autores posteriores, especialmente italianos, no puedo ni demostrarlo ni refutarlo; pero es bien sabido que hasta hacia finales del siglo XVII sus espejos se vendían en toda Europa y en las Indias. Después de ese período, el vidrio…

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Se mejoraron las fábricas de vidrio en otros países y se establecieron nuevas; además, el descubrimiento hecho en Francia, de que el vidrio, al igual que el metal, podía fundirse en placas mucho más grandes que las que se habían fabricado hasta entonces mediante soplado y laminado, fue perjudicial, en más de un sentido, para la venta de las producidas en Venecia. Ya en el año 1634 se intentó en Francia establecer fábricas de vidrio para la fabricación de espejos, y Eustache Grandmont obtuvo una patente con ese fin; pero su empresa no tuvo éxito. Mientras Colbert se esforzaba mucho por promover la industria de todo tipo, Nicholas de Noyer propuso fabricar espejos según el método veneciano. Este plan fue adoptado por Charles Rivière, señor du Freni, camarero del rey; y, habiendo obtenido el permiso real, lo vendió posteriormente por una gran suma a De Noyer, quien, en 1665, recibió la confirmación de la patente y un anticipo de 12.000 libras para cuatro años, bajo la condición de que trajera trabajadores de Venecia, quienes, después de trabajar ocho años en el reino, serían naturalizados. Se unieron a De Noyer varios otros, que formaron sociedad con él, en particular uno llamado Poquelin, quien hasta entonces había dirigido el mayor negocio de espejos venecianos y que contrató a trabajadores de Murano. Las fábricas de vidrio se construyeron en el pueblo de Tourlaville, cerca de Cherburgo, en Baja Normandía. Tras la muerte de Colbert, a quien sucedió Louvois, la carta de constitución de la compañía se renovó en 1684 por otros treinta años, y en esa época Pierre de Bagneux estaba al frente de ella. Apenas habían transcurrido cinco años de este período cuando, en 1688, Abraham Thevart presentó una propuesta a la corte para fundir espejos de vidrio de un tamaño mucho mayor que cualquier otro fabricado hasta entonces. Este plan, tras una investigación detallada, fue aprobado; y ese mismo año recibió el permiso real para utilizar su invención durante treinta años, aunque no se registró hasta 1693 o 1694. Las primeras placas se fundieron en París y sorprendieron a todos los artistas que las vieron. Tenían ochenta y cuatro pulgadas de altura y cincuenta de anchura. Para reducir los costos excesivos, las fábricas de vidrio se construyeron en St. Gobin, en Picardía; y, para evitar cualquier conflicto con la antigua compañía privilegiada, a Thevart se le obligó expresamente a fabricar placas de al menos sesenta pulgadas de largo y cuarenta de ancho, mientras que las más grandes fabricadas anteriormente nunca habían superado las cuarenta y cinco o cincuenta pulgadas de largo. Por otro lado, a la antigua compañía se le permitió fabricar placas de tamaño menor, y se le prohibió emplear cualquiera de los instrumentos o aparatos inventados por

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Thevart. Sin embargo, estas condiciones no estaban definidas con tanta precisión como para eliminar todas las causas de litigio entre las compañías. Por esa razón, finalmente se concedió permiso, en el año 1695, para que ambas se unieran en una sola, bajo la supervisión de François Plastrier. En 1699, el rey le vendió al mismo el palacio de St. Gobin. Después de eso, su negocio decayó rápidamente, hasta el punto de que en 1701 ya no pudieron pagar sus deudas y se vieron obligados a abandonar varios de sus hornos. Para empeorar las cosas, algunos de los trabajadores a quienes habían despedido se trasladaron a otros países, que ya eran celosos de la invención francesa y querían aprovecharla en su propio beneficio. Los escritores franceses afirman que sus intentos nunca tuvieron éxito, y que la mayoría de los trabajadores regresaron a Francia. En 1702 se formó una nueva compañía, bajo la dirección de Antoine d’Agincourt, quien, gracias a una gestión prudente, logró mejorar la situación empresarial, lo que permitió obtener ganancias muy considerables. Actualmente, los espejos se fabrican tanto por fundición como por soplado, tanto en St. Gobin como en Cherbourg. En 1758, su precio disminuyó considerablemente, probablemente con el fin de debilitar la competencia de las fábricas extranjeras de vidrio, entre las cuales hay muchas que no son inferiores a las francesas. Esta breve historia de las fábricas de vidrio en Francia fue recopilada de Savary y Expilly. Quizás se pueda esperar un relato más detallado sobre el inventor, sus primeros experimentos y su éxito. Pero, a pesar de buscar exhaustivamente, no he podido encontrar ninguna información adicional al respecto. Solo se sabe que su nombre era Sieur Abraham Thevart. Sin embargo, los historiadores que registran este hecho han llenado sus páginas con anécdotas poco interesantes, e incluso con descripciones de los vicios de muchos de los cortesanos de esa época. El principal beneficio que esta invención ha traído a este arte es que ahora se pueden fabricar espejos mucho más grandes que antes. Pues cuando se intentaba fabricar placas muy grandes, estas siempre resultaban demasiado delgadas. La fundición, además de requerir grandes inversiones en equipos, necesita muchos trabajadores expertos, además de un trabajo tedioso y arduo. Además, está acompañada de muchos peligros. Por eso, rara vez se logran fabricar placas de tamaño excepcional. La mayor parte de ellas debe ser cortada en placas más pequeñas, que podrían haberse fabricado por soplado. Las placas fabricadas por fundición nunca son tan uniformes y lisas como aquellas que se fabrican por soplado. Por lo tanto, requieren mucho pulido, y por ese motivo deben ser muy gruesas.

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La masa necesaria para fabricar un espejo del tamaño más grande se encuentra ya fundida en un recipiente de barro muy frágil y al rojo vivo; este recipiente se saca del horno y se coloca sobre una placa de hierro fuertemente calentada, para que la masa pueda verterse sobre ella y convertirse en una placa de vidrio. Esta última debe ser transportada rápidamente al horno de enfriamiento; si no presenta defectos, se lija, se pulirá y se plateará. Pero la última etapa del proceso generalmente se realiza en el lugar donde se puede encontrar un comprador para un artículo tan caro, con el fin de sufrir menos pérdidas en caso de que se rompa durante el transporte.

Estas enormes dificultades, que han causado asombro en todos aquellos que han visto este proceso, así como la dificultad para vender artículos tan costosos y magníficos, han obligado a los artesanos a volver al antiguo método de soplado. Muchos han tenido la suerte de mejorar este método de fabricación, de modo que ahora se pueden crear placas de vidrio con una altura de 64 pulgadas flamencas y una anchura de 23 pulgadas, algo que antes solo era posible mediante el proceso de fundición.

La masa de material necesaria para este propósito, que pesa más de cien libras, es soplada por el artesano hasta adoptar la forma de una gran bolsa; luego se reduce a la forma de un cilindro y, tras cortarla, se transforma en una superficie plana mediante estiramiento, rodadura con un hierro liso y otros métodos.

[Actualmente, todos los espejos, excepto los más comunes, están hechos de vidrio laminado; este también se utiliza en gran medida para ventanas, y se fabrica mediante fundición, laminado y pulido. Las enormes placas de vidrio que se ven en muchas de las grandes tiendas de esta ciudad están diseñadas para sorprender a quienes aún no conocen las recientes mejoras en este campo de la manufactura. En 1845, en la Exposición de Viena, se exhibió un trozo de vidrio soplado de 7 pies de largo y 3½ pies de ancho; tenía un espesor suficiente como para poder pulirlo. No obstante, hoy en día la fabricación de vidrio laminado se realiza con tanta facilidad que parece no haber límite alguno en cuanto al tamaño de las placas, por lo que en este país se ha abandonado el método de soplado para fabricar grandes paneles de vidrio. Hoy en día, se pueden ver casas privadas decoradas con paneles de vidrio de más de 20 pies de alto y 10 pies de ancho.]

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Se obtuvo una patente para un proceso muy ingenioso de plateado de vidrio en noviembre de 1843, por parte del Sr. Drayton. Consiste en depositar plata, a partir de una solución, sobre el vidrio, mediante la desoxidación del óxido de plata presente en la solución, de modo que el precipitado se adhiera al vidrio, sin que este haya sido recubierto con sustancias metálicas u otras. Esto se logra mezclando 1 onza de nitrato de plata en polvo grueso con ½ onza de alcohol de cuerno de buey y 2 onzas de agua; después de dejarlo reposar durante 24 horas, la mezcla se filtra (se conserva el depósito en el filtro, que contiene plata), y se le añaden 3 onzas de alcohol (preferiblemente alcohol de vino) a 60° por encima del grado alcohólico, o nafta; luego se añaden de 20 a 30 gotas de aceite de canela, y después de dejarlo reposar unas 6 horas más, la solución está lista para su uso. El vidrio que se va a platear debe tener una superficie limpia y pulida; se coloca en posición horizontal y se forma un muro de masilla alrededor de él, para que la solución pueda cubrir la superficie del vidrio a una profundidad de entre ⅛ y ¼ de pulgada. Después de verter la solución sobre el vidrio, se añaden de 6 a 12 gotas de una mezcla de aceite de clavo y alcohol de vino (en una proporción de 1 parte de aceite por 3 partes de alcohol de vino) en diferentes puntos; también se puede mezclar el aceite de clavo diluido con la solución antes de verterla sobre el vidrio; cuanto más aceite de clavo se utilice, más rápida será la deposición de la plata, pero el titular de la patente prefiere que este proceso dure unas dos horas. Cuando se ha obtenido el depósito deseado, se vierte la solución fuera; y tan pronto como la plata en el vidrio está completamente seca, se barniza con una composición formada al derretir cantidades iguales de cera de abejas y sebo. El titular de la patente afirma que, mediante experimentos, ha determinado que se necesitan unos 18 gramos de nitrato de plata por cada pie cuadrado de vidrio. Se ha planteado como objeción contra este proceso que, en el transcurso de unas pocas semanas, las superficies de los espejos obtenidos con él se cubren de pequeñas manchas de color rojizo-marrón, lo cual afecta gravemente su aspecto. El Dr. Stenhouse sostiene que estas manchas son causadas por la plata metálica, que, al depositarse sobre la superficie del vidrio, arrastra consigo mecánicamente pequeñas cantidades de una sustancia resinosas, probablemente resultado de la oxidación del aceite. Esta sustancia actúa posteriormente sobre la superficie metálica con la que entra en contacto, produciendo las pequeñas manchas marrones ya mencionadas. Sin embargo, el Sr. Drayton afirma que las manchas marrones solo aparecen cuando el aceite utilizado está viejo e inadecuado para su uso.

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NOTAS AL PIE
135
Las obras en las que ya se ha tratado este tema son las siguientes:—Eberhartus de Weihe, *de Speculi origine, usu et abusu*. Una compilación hecha sin gusto, sobre la cual di algunos detalles en el artículo sobre chimeneas.—*Spanhemii Obs. in Callimachi hymn. lavacr. Palladis*, p. 615.—*Académie des Inscriptions*, tomo XXIII, p. 140.—*Recherches sur les Miroirs des Anciens*, de Menard. Un artículo breve, carente de información.—*Saggi di Dissertazioni Accad. dell’Accad. Etrusca dell’ città di Cortona*, volumen VII, p. 19: *Sopra gli Specchi degli Antichi*, del Sr. Cari. Una traducción del francés, con las figuras de algunos espejos antiguos. Contiene una explicación de algunos pasajes de Plinio, donde parece hablar de un espejo formado por un rubí, y algunas conjeturas respecto al espejo de Nerón. Un miembro anónimo de la Academia, en un apéndice, confirma lo anterior y considera lo último, muy acertadamente, como improbable.—*Caylus, Recueil d’Antiquités*, tomo III, p. 331, y tomo V, p. 173. Una descripción y figuras de espejos antiguos, con algunos experimentos químicos sobre su composición.—*Amusemens Philosophiques*. Por el padre Bonaventure Abat. Ámsterdam, 1763, 8vo, p. 433: *Sur l’Antiquité des Mirroirs de Verre*. Una disertación digna de ser leída debido al conocimiento del autor sobre los escritores antiguos y su dominio de la tecnología; pero se aleja de toda prueba y emplea demasiada verbosidad para adornar sus conjeturas.
136
Pasajes de los poetas, en los cuales las deidades femeninas y las pastoras son representadas contemplándose en el agua en lugar de en un espejo, pueden encontrarse en las notas a *Phædri* de Fabio, libro I, verso 4, en la edición de Burmann.
137
Capítulo XXXVII, verso 18.
138
Éxodo, capítulo XXXVIII, verso 8.

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139
Historia Vitri apud Judæos, en Comment. Societat. Scient. Gotting.
iv, p. 330. Después de solicitar la opinión del profesor Tychsen sobre este tema, recibí la siguiente respuesta: “Ha supuesto muy acertadamente que los espejos de las mujeres israelitas, mencionados en Éxodo 38:8, no se utilizaban para adornar o cubrir los lavabos, a fin de que los sacerdotes pudieran verse en ellos; sino que se fundían y con ellos se fabricaban los lavabos. Esta idea fue planteada por primera vez, si no me equivoco, por Nicolás de Lyra en el siglo XIV, y fue adoptada por Michaelis en el año 1754; pero posteriormente retiró su opinión cuando realizó su traducción del Antiguo Testamento a una edad más madura. En la expresión hebrea no hay fundamento para ello; además, era difícil colocar espejos de forma adecuada en un recipiente destinado a lavar los pies. Debo confesar también que la palabra מראת, que aquí se supone que significa espejo, no aparece en ningún otro lugar con ese sentido. Por lo tanto, se ha dado otra explicación, según la cual tanto las mujeres como los espejos desaparecen del pasaje. Fue propuesta por el erudito Fleming, Hermann Gid. Clement, y puede encontrarse en su Dissertatio de Labro Æneo, Groninga, 1732, así como en Ugolini Thesaurus, tomo XIX, p. 1505. Él traduce el pasaje de la siguiente manera: ‘Hizo un lavabo de bronce y su tapa también de bronce, adornados con figuras que decoraban la entrada del tabernáculo’. Sin embargo, esta explicación presenta grandes dificultades; y como todos los traductores antiguos y comentaristas judíos han entendido aquí que se trataba de espejos; y como la traducción habitual es perfectamente coherente con el idioma y las circunstancias, debemos creer que Moisés, al no tener cobre, fundió los espejos de sus compatriotas y los convirtió en lavabos para los sacerdotes”.

140
Oneirocrit., libro III, capítulo 30, p. 176.

141
Joh. Sarisberiensis, libro I, capítulo 12.

142
Plinio, libro XXXIII, capítulo 9. Séneca, Quæst. Nat., libro I, capítulo 5.

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143
Vita Probi, cap. iv, p. 926: “Patinam argenteam librarum decem specillatam”. Salmasius prefiere leer specellatam. Estoy inclinado a pensar que esta palabra debería leerse en Suetonio en lugar de speculatum, donde habla de una habitación que parece haber sido del agrado de Horacio. Ese historiador, en su Vida de Horacio, dice: “Ad res venereas intemperantior traditur: nam speculato cubiculo scorta dicitur habuisse disposita, ut quocunque respexisset, ibi ei imago coitus referretur”. Lessing, quien en sus Miscellanies (Vermischten Schriften, Berlín 1784, 12mo, iii, p. 205) intenta defender al poeta de esta acusación, considera que la expresión speculatum cubiculum, si se traduce como “habitación revestida de espejos”, va en contra del idioma latino, y por lo tanto cree que todo el pasaje es una falsificación. Baxter también dijo anteriormente que este anécdota había sido insertada por algún impostor malintencionado. No me atrevo a contradecir esto, pero estoy de opinión de que specillatum o specellatum cubiculum es, en cualquier caso, tan conforme al idioma romano como patina specillata. Salmasius y Casaubon han justificado esta expresión con frases similares, como opera filicata, tesselata, hederata, etc. La habitación en la que Claudio describe cómo Venus se adorna y es vencida por la persuasión de Cupido también estaba cubierta de espejos, de modo que, hacia dondequiera que dirigiera la mirada, podía ver su propia imagen. ¿Acaso Claudio imaginó que esta diosa sabía cómo utilizar tal habitación, no solo para vestirse, sino incluso después de desvestirse, al igual que Horacio? He visto en cierta corte una cama completamente cubierta por dentro de espejos.

144
Iliada, lib. xiv, vers. 166.

145
Hymnus in Lavacrum Palladis, vers. 15, 21. Sin embargo, era costumbre atribuir un espejo a Juno, como demuestra Spanheim en este pasaje; y Atanasio, en Orat. contra Gentes, cap. xviii, p. 18, dice que ella era considerada la inventora de la ropa y de todos los adornos. ¿No debería, por lo tanto, el espejo, instrumento principal para vestirse, pertenecerle a ella? ¿Acaso no le pudo haber sido negado por Calímaco porque no encontró mención de él en la descripción que Homero hace de su vestidor?

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146
De Natur. Deorum, iii. 22.
147
Licetus de Lucernis Antiq. lib. vi. cap. 92.
148
Lib. xxxiv. cap. 17, p. 669.
149
Quæst. Nat., al final del primer libro.
150
Mostell. act i. sc. 3. v. 101.
151
Arrianus en Epictet. i. cap. 20, p. 79.
152
Entre los pasajes restantes de los antiguos que conozco, en los cuales se hace mención de espejos de plata, merece atención el siguiente: Crisóstomo, Serm. xvii. p. 224, quien, al describir la extravagancia de las mujeres, dice: “Las criadas deben insistir continuamente al platero para saber si el espejo de su señora ya está listo”. Por lo tanto, los mejores espejos eran fabricados por los plateros. Parece que los artesanos especializados en espejos en Roma formaban una asociación específica; al menos Muratori, en Thesaur. Inscript. Clas. vii. p. 529, ha hecho conocida una inscripción en la cual se menciona a un collegium speculariorum. También aparecen en Codex Theodos. xiii. tit. 4, 2. p. 57, donde Ritter ha citado más pasajes en los que se les puede encontrar. Pero quizás el mismo nombre se daba a aquellos que revestían paredes con piedras pulidas, y en tiempos posteriores a los vidrieros.
153
Lib. xxxiii. c. 9. p. 627, y lib. xxxiv. c. 17, p. 669.
154
Philosophical Transactions, vol. lxvii. p. 296.
155
Quomodo Historia sit conscrib., cap. 51, edición Bipont, iv. p. 210, 535. Los comentaristas no han encontrado otra forma de explicar κέντρον (una palabra que aparece en la descripción del espejo hecha por Luciano) que no sea la palabra “centro”; según ellos, no puede haber aquí ninguna alusión a este término. En mi opinión, κέντρον se refiere a esos lugares defectuosos que no pueden ser completamente pulidos, debido a los nudos o grietas que contienen. Luciano

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Por lo tanto, se habla de un espejo impecable que representa la imagen de forma perfecta, como nos informa posteriormente.
156
Dado que la descripción de estos experimentos solo se encuentra en una obra costosa, que quizás no llegue con frecuencia a manos de quienes están mejor capacitados para examinarla, la incluyo aquí. “El espejo antiguo que examiné era una mezcla metálica, muy delicada y frágil, de color blanquecino con tendencia al gris. Al ser puesto al fuego, permaneció durante mucho tiempo en estado de ignición antes de derretirse. No era inflamable ni emitía ningún olor similar al del ajo, lo cual habría ocurrido si hubiera contenido arsénico. Tampoco produjo esas flores que suelen formarse en todas las mezclas que contienen zinc. Además, como la base de esta mezcla era el cobre, habría tenido un color amarillo si ese semimetal formara parte de ella. Tomé dos drams de esta mezcla y los disolví en ácido nítrico. Se formó rápidamente una solución que adquirió el mismo color que las soluciones de cobre. Se precipitó un polvo blanco, que cuidadosamente purifiqué y sequé. Al ponerlo en un crisol con un fundente reductor, obtuve plomo muy blando y maleable.
“Después de filtrar la solución, tomé una parte de ella y viertí sobre ella una infusión de nueces de hígado de buey, pero no produjo ningún cambio. Una solución de oro, que vertí sobre otra parte, le dio un hermoso color verde; pero no se formó ningún precipitado: lo cual es suficiente para demostrar que no había ni hierro ni estaño en la mezcla.
“Sobre la parte restante de la solución vertí una cantidad suficiente de álcali volátil para disolver todo el cobre que pudiera estar presente en ella. La solución adquirió un hermoso color azul zafiro, y se formó un precipitado blanco. Después de decantar el líquido y purificar cuidadosamente el precipitado, intenté reducirlo; pero ya sea por la pequeña cantidad utilizada o porque no le di suficiente calor, no pude tener éxito. Por lo tanto, recurrí a otro método.
“Tomé el peso de dos drams de la mezcla y la llevé a un alto estado de ignición en un crisol. Cuando adquirió un color rojizo-blancuzco…”

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Color: poco a poco, añadí cuatro dracmas de azufre al material en cuestión. Cuando la llama se extinguió, intensifiqué el fuego para lograr su fusión total. De esta manera obtuve un regulus tierno y frágil, más blanco que la mezcla original; en él observé algunas pequeñas agujas. Temiendo que aún pudiera quedar algo de cobre, lo sulfaté una segunda vez, y así obtuve un pequeño trozo de regulus que era prácticamente antimonio puro.

“De estos experimentos se deduce que el metal con el que los antiguos fabricaban sus espejos era una combinación de cobre, regulus (antimonio) y plomo. El cobre era el componente predominante, mientras que el plomo constituía la menor parte de la mezcla. Pero, como es bien sabido, resulta muy difícil determinar con certeza la proporción exacta de las sustancias que componen tales mezclas.”

[Al analizar un espejo etrusco que me fue entregado para su estudio por el profesor Gerhardt de Berlín, se descubrió que, en 100 partes, contenía 67,12 partes de cobre, 24,93 partes de estaño y 8,13 partes de plomo. Esto corresponde aproximadamente a una aleación de ocho partes de cobre, tres partes de estaño y una parte de plomo. El óxido de estaño obtenido durante el análisis fue examinado cuidadosamente en busca de antimonio, pero no se detectó rastro alguno de ese metal. Un espejo similar también fue analizado por Klaproth; él encontró el 62% de cobre, el 32% de estaño y el 6% de plomo, pero tampoco rastro de antimonio. —W. F.]

157
Sobre tales espejos grandes, Séneca habla en sus Quæst. Nat., libro I. Un espejo similar era el que utilizaba Demóstenes, según mencionan Plutarco, Luciano y Quintiliano. —Institut. Orat., XI, 3, 68, p. 572.

158
Libro XXXVI, capítulo 26, p. 758.

159
Suetonio, en Vita Domit., capítulo XIV, p. 334.

160
Libro XXXVI, 22, p. 752. “Piedra de Capadocia, dura como el mármol, blanca y translúcida; con ella se construyó en tiempos un templo por orden de un rey, cuyas puertas eran de oro; al cerrarlas, la luz del día seguía entrando.” —Isidoro, Origines, 16, 4. Nuestra piedra es transparente, aunque presenta nubes y vetas, al igual que la piedra violeta e isabelina.

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de color, por ejemplo, como el que se encuentra en Andreasberg. Compare esta explicación con lo que dice Salmasius en Exercitat. Plin. p. 184.
161
Lib. xxxvii. cap. 5, p. 774.
162
Lib. xi. cap. 37, p. 617.
163
Esta disertación de Abat puede encontrarse traducida en Neuen Hamburg. Magazin. i. p. 568.
164
Academia di Cortona, vii. p. 34.
165
Origin. xvi. 7.
166
Goguet, ii. p. 111. Fabricii Biblioth. Græca. vol. i. p. 70.
167
Keyssler, i. pp. 17 y 441.
168
Lib. xxxvii. cap. 7.
169
De Lapid. § 61.
170
[Esta piedra adquirió su nombre por ser muy utilizada en adornos por los incas o príncipes del Perú.]
171
De la Vega, ii. 28.
172
Montamy en Abhandlung von den Farben zum Porzellan, Leipzig, 1767, 8vo, p. 222, afirma haber visto, en una colección de antigüedades, espejos de cristal que solo estaban cubiertos por detrás con una lámina negra.
173
Lib. xxxvi. cap. 26, p. 758.
174
Lib. xxxiii. cap. 9, p. 627.
175
Trebell. Pollio, Vita Gallien. cap. 12.
176
Chemical Essays, vol. iv. p. 246.

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177
Plinio, lib. xxxiii.: Era lícito dorar con plata viva, o al menos con hidrargirio. El primer término parece referirse al mercurio natural, mientras que el segundo se refiere a aquel obtenido mediante un proceso artificial a partir del mineral.

178
Hist. Nat. Supplem. i, p. 451.

179
Stobaeus, Eclog. Antv. 1575, fol., p. 56.

180
De Placitis Philosophorum, ii, cap. 20.

181
In Aratum, cap. 19.

182
Lib. i, cap. 8.

183
Es indudable que ὕαλος, que se traduce como “vitreoso” o “vidrioso”, se refiere a cualquier cuerpo liso y pulido capaz de reflejar los rayos de luz. Originalmente, este término designaba un cuerpo acuoso; y como los cuerpos acuosos tienen brillo, con el tiempo pasó a utilizarse para referirse al vidrio. Véase Salmasius, ad Solinum, p. 771.

184
Se pueden encontrar más observaciones sobre la opinión de Filolao en la edición de la obra De Placitis Philosophorum de Plutarco, realizada por Ed. Corsinus, Florencia, 1750, 4to, págs. 61 y 23.

185
El profesor Heeren me ha comunicado su opinión sobre este pasaje de Estobeo; la incluiré aquí para satisfacer al lector erudito. Según él, los críticos difícilmente estarán convencidos de que las palabras καὶ τὸ ἀπ’ αὐτοῦ πυροειδὲς κατὰ τὸ ἐσοπτροειδὲς sean correctas, ya que pueden traducirse de diferentes maneras. En cuanto a la explicación del asunto, me baso únicamente en el significado literal de las palabras. El autor nos dice que Filolao consideraba al sol como un espejo; pero debemos concluir que se refiere a un espejo similar a los que se utilizaban en aquel entonces: una placa metálica lisa, y no a un globo. En este caso, la primera interpretación, según la cual se trataría de un globo de vidrio, queda descartada. Esto lo confirma Eusebio, quien lo denomina ὑαλοειδὴς δίσκος; aunque es posible que esta última palabra sea una glosa añadida por alguien.

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un gramático, o por el propio Eusebio. Si profundizamos más en la explicación, debemos adoptar la idea sencilla de que los rayos del sol caen sobre esta placa y son reflejados hacia nosotros. Sin embargo, estoy de opinión de que ὕαλος debería traducirse como vidrio, y ὑαλοειδὴς como vidrioso o vítreo; pues la intención de Filolao era evidentemente definir la sustancia del cuerpo solar. El resultado final es que Filolao consideraba al sol como una simple placa de vidrio que reflejaba los rayos o el brillo del fuego etéreo. Pero no se puede concluir con certeza que él conociera un espejo de vidrio propiamente dicho.

186
¿Por qué relucen tanto las ventanas de vidrio? Pues la naturaleza del estaño, con el cual están revestidas por dentro, es muy clara; al mezclarse con el vidrio claro, este brilla aún más. Además, ese estaño, al pasar a través de los pequeños poros del vidrio, hace que la superficie exterior del mismo sea mucho más clara. —Problemas de Alejandro de Afrodisias, traducido por M. Herret. París, 1555, 8vo, p. 50.

187
Origin. lib. xvi. 15, p. 394.

188
Origin. lib. xvi. 18, p. 396.

189
Lib. xxxvi. cap. 26, p. 759.

190
Bayle, Diction. Histor. vol. iv. p. 462.

191
Impreso en Leipzig, 1504, en formato folio pequeño. También existe una edición impresa en Colonia en 1624; Fabricius cita una edición veneciana. Pisanus parece haber sido un apodo dado por alguien a Peckham.

192
Specul. Natur. ii. 78, p. 129.

193
Ars Magna, cap. lxvii. p. 517, en Lullii Opera. Argent., 1607, 8vo.

194
Opus Majus, ed. Jebb. Londres, 1733, folio, p. 346.

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195
Franc. Assisiatis et Ant. Paduani Opera. Lugd. 1653, fol.

196
Nicephori Schol. in Synesium, en Synesii Op. Par. 1612, fol. p. 419.

197
En la colección de antigüedades de Saint-Denis se exhibió un espejo antiguo que se decía había pertenecido a Virgilio. Era ovalado; antes de que Mabillon lo hiciera caer, medía catorce pulgadas de largo y doce de ancho, y pesaba treinta libras. Era transparente y de color amarillento parduzco. Según experimentos realizados expresamente, se comprobó que estaba hecho de vidrio artificial mezclado con una cantidad considerable de plomo; y como había sido conservado en dicha colección desde los tiempos más remotos, la práctica de añadir plomo al vidrio debía ser muy antigua. Pero si este espejo tenía revestimiento en el reverso y cómo estaba revestido, aunque son los puntos más importantes, no se menciona en ningún lugar. En la colección del Gran Duque de Toscana hay un objeto del mismo tipo, que también se dice que fue el espejo de Virgilio. Véase Le Veil, Kunst auf Glas zu malen, Núremberg 1779, 4to, p. 23, y Hist. de l’Acad. des Sciences, 1737, p. 412.

198
Villaret, Hist. de France. París 1763, xi, p. 142.

199
En Miscellanea Berolinensia, i, p. 263; pero no se dice nada más sobre este arte, salvo que se utilizaba diariamente en las fábricas de vidrio. Si tuviera la oportunidad, realizaría todo tipo de experimentos para descubrir un método para fabricar espejos planos de la misma manera.

200
Wecker, en su libro De Secretis, lib. x, p. 572, parece decir que hay que colocar la lámina de estaño saturada con mucho cuidado sobre la placa de vidrio, de modo que no quede aire entre ellas. Según Garzoni, la lámina de estaño se extiende sobre una mesa de piedra lisa y, después de frotarla con mercurio, se coloca el vidrio encima.

201
Tomo iii, p. 87, artículo Glace.

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202
Dict. Géog. de la France. Ámsterdam, 1762, fol. v., págs. 415, 672.
203
Un horno para fundir grandes placas de vidrio, antes de que esté listo para ser utilizado, cuesta, se dice, 3500 liras. Rara vez dura más de tres años; e incluso en ese tiempo debe ser reparado cada seis meses. Se necesitan seis meses para reconstruirlo y tres meses para repararlo. Los crisoles son tan grandes como grandes barriles, y contienen más de 200 cwt. de metal. Si uno de ellos estalla dentro del horno, la pérdida tanto en material como en tiempo asciende a 250 liras.—Traducción

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Corte de vidrio. Grabado en vidrio.
No pretendo aquí entrar en la historia del grabado en piedra, ya que ese tema ha sido ya suficientemente explicado por varios eruditos muy versados en antigüedades. Solo diré que los artistas griegos antiguos creaban sobre el vidrio figuras tanto elevadas como grabadas; como se puede ver en piezas que aún se conservan en colecciones, aunque es probable que muchos objetos de vidrio hayan sido moldeados como si fueran masa; pues ese arte también es de una antigüedad muy grande. Parece asimismo que grababan en placas de vidrio y en recipientes huecos todo tipo de figuras y adornos, de la misma manera que hoy en día se graban nombres, escudos de armas, flores, paisajes, etc., en vasos. Si podemos creer al erudito grabador en piedra, el célebre Natter, los antiguos empleaban para este fin el mismo tipo de instrumentos que utilizan los modernos. Sin duda, también tenían una rueda que giraba en dirección horizontal sobre la mesa de trabajo, o esa máquina que los escritores denominan rueda de lapidario.
Si esta conjetura es cierta, lo que Plinio dice respecto a las diversas formas de preparar el vidrio resulta perfectamente comprensible. Según él, el vidrio se gira con la rueda y se graba como la plata. En mi opinión, la primera parte de esta frase significa que el vidrio se cortaba con la rueda, al igual que la piedra, tanto en relieve como hueco, aunque es posible que las copas o recipientes también se formaran a partir de ese material metálico mediante la rueda. En la segunda parte de la frase no debemos pensar que Plinio se refiere a los grabadores utilizados por los plateros, ya que esa comparación no sería aplicable ni a los instrumentos ni a la forma de trabajar, que en la plata y en el vidrio debe ser completamente diferente; sino a las figuras dibujadas sobre el vidrio, las cuales solo se tallaban superficialmente; y tales figuras eran creadas por los artistas antiguos en el vidrio, al igual que lo hacen nuestros artesanos del corte de vidrio, mediante una rueda.

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Muchos, sin embargo, afirman que el arte del corte de vidrio, junto con los instrumentos necesarios, fue inventado por primera vez a principios del siglo XVII. Se dice que su inventor fue Casper Lehmann, quien originalmente era tallador de acero y hierro; e intentó, con éxito, cortar cristal y posteriormente vidrio de la misma manera. Estaba al servicio del emperador Rodolfo II, quien, en el año 1609, además de regalos, le concedió el título de lapidario y cortador de vidrio de la corte, y le otorgó una patente por la cual a todos excepto a él mismo se les prohibía ejercer este nuevo arte. Trabajó en Praga, donde tenía un ayudante llamado Zacharias Belzer; pero George Schwanhard el mayor, uno de sus discípulos, desarrolló el mismo oficio en una escala mucho mayor. Este último, hijo de Hans Schwanhard, un ebanista de Rothenburg, nació en 1601; y en 1618 fue a Praga para aprender el arte del corte de vidrio de Lehmann. Gracias a su buen comportamiento ganó tanto la estima de su maestro, quien murió soltero en 1622, que le dejó como heredero; y obtuvo del emperador Rodolfo la continuación de la patente de Lehmann. Schwanhard, sin embargo, se trasladó a Núremberg, donde trabajó para muchos de los nobles más importantes; y de esta manera logró que esa ciudad fuera considerada el lugar de origen de este nuevo arte. En el año 1652 trabajó en Praga y Ratisbona por orden del emperador Fernando III, y murió en 1667, dejando tras de sí dos hijos, quienes ambos siguieron la profesión de su padre. El mayor, que tenía el mismo nombre cristiano que su padre, murió ya en 1676; pero el otro, Henry, sobrevivió varios años. Después de ese período, Núremberg produjo en este arte a maestros más expertos, quienes, al mejorar las herramientas y idear métodos más económicos para utilizarlas, lo llevaron a un grado mucho más alto de perfección. Que este arte sea de fecha tan reciente parece confirmarse por Zahn, quien habla de él como de una nueva ocupación practicada en aquel tiempo, especialmente en Núremberg. Describe la mesa de trabajo así como los demás instrumentos; y da una figura del conjunto, que al parecer consideró como la primera. Sin embargo, como se puede ver de lo que ya he citado, esta invención no pertenece exclusivamente a los modernos; y negar que los antiguos estuvieran completamente ajenos a ella sería hacerles una injusticia. Fue olvidada y luego revivida; y esa es la opinión de Caylus.

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Debo señalar aquí que, antes de este invento, existían artistas que, con un diamante, cortaban o grababan figuras en el vidrio, las cuales eran admiradas por doquier. Sin embargo, sin adentrarme en la historia de los diamantes, lo cual requeriría más material del que he podido reunir hasta ahora, me atrevo a afirmar que los artistas antiguos empleaban polvo de diamante para pulir o cortar otros tipos de piedras. Plinio habla de esto de manera tan clara que no se puede dudar. Lo mismo ha sido repetido por Solinus, Isidoro y Alberto Magno, también de forma igualmente clara, y Mariette lo considera completamente probado; pero no parece que los antiguos hayan hecho ningún intento por cortar esta piedra preciosa con su propio polvo; querían darle diferentes formas y hacerla brillante. Si grababan sobre ella de esa manera, no puedo pretender decidirlo, ya que los mejores artistas tampoco están de acuerdo al respecto. Mariette niega que lo hicieran; mientras que Natter no parece negarlo del todo, y Klotz lo afirma con certeza. Pero el último autor mencionado no sabía nada más sobre este asunto que lo que había leído en los escritores citados anteriormente.

La pregunta que realmente pertenece a mi tema es si los griegos y los romanos utilizaban lápices de diamante para grabar en otras piedras. Que muchos artistas antiguos utilizaron estos instrumentos para ayudarse en su trabajo o para darle los toques finales a sus obras parece, según Natter, demostrarse por diversas gemas antiguas. Pero incluso admitiendo que así fuera (pues, de todos modos, no me atrevo a contradecir a un conocedor tan eminente), debo confesar que no he encontrado pruebas de que los antiguos cortaran vidrio con un diamante. Sin embargo, conocemos los métodos empleados por los antiguos vidrieros para cortar vidrio: utilizaban para ello esmeril, instrumentos de punta afilada hechos del acero más duro, y hierro al rojo vivo, con el cual dirigían las grietas según su voluntad.

La primera mención del uso del diamante para escribir en vidrio aparece en el siglo XVI. Francisco I de Francia, aficionado a las artes, las ciencias y las nuevas invenciones, escribió las siguientes líneas con su anillo de diamante en un panel de vidrio, en el castillo de Chambord, para hacer saber a Ana de Pisseleu, duquesa de Estampes, que estaba celoso.

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A menudo la mujer cambia,
Malvado es quien en ello confía.

El historiador registró esto no tanto por la admonición,
que no es nada nueva, sino porque entonces se consideraba muy ingenioso escribir
sobre vidrio. Alrededor del año 1562, guirnaldas y otros adornos tallados con
diamante eran extremadamente comunes en los vasos venecianos, que en aquel período se
consideraban los mejores. George Schwanhard el mayor fue un gran maestro en este arte;
y en tiempos más recientes, John Rost, un artista de Augsburgo, adornó de una manera
muy curiosa con un lápiz de diamante algunos vasos que fueron adquiridos por el emperador Carlos VI.
Ahora paso al arte de grabar sobre vidrio, que era en realidad el tema de este artículo. Dado que el ácido que disuelve la tierra silícea, y también el vidrio, fue descubierto por primera vez en el año 1771 por el químico Scheele en la fluorita, uno podría pensar que el arte de grabar con él sobre vidrio no podía ser más antiguo. De hecho, muchos lo han presentado como una invención nueva; pero se puede demostrar que fue descubierto ya en el año 1670 por el mencionado artista Henry Schwanhard. Se nos cuenta que algún aguafuerte cayó por casualidad sobre sus gafas, y que el vidrio quedó corroído por él; y que de allí aprendió a fabricar un líquido con el cual podía grabar letras y figuras sobre placas de vidrio. No encuentro en ningún lugar mencionada la forma en que Schwanhard preparó este líquido; pero actualmente no conocemos otro ácido aparte del de la fluorita, que puede corroer todo tipo de vidrio; y es muy probable que su preparación fuera la misma que esa conocida por algunos artistas como un secreto en 1721. El inventor, sin embargo, lo empleó para un propósito diferente al que se utiliza actualmente.
Actualmente el vidrio está cubierto con un barniz, y las figuras que se pretende grabar se trazan a través de él; pero Schwanhard, una vez formadas las figuras, las cubría con barniz y luego, con su líquido, corroía el vidrio alrededor de ellas; de modo que las figuras, que permanecían lisas y claras, aparecían, al retirarse el barniz, elevadas sobre un fondo oscuro o tenue. Quizás adoptó este método para hacer que su invención fuera diferente del arte conocido desde hacía mucho tiempo de tallar figuras sobre

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el vidrio, como si estuviera grabado. Si hubiera podido investigar adecuadamente qué accidente se le presentaba, quizá habría enriquecido las artes con un descubrimiento que habría dado gran reputación a un químico cien años después. Mencioné este antiguo método de grabado en relieve a nuestro ingenioso Klindworth, quien posee gran destreza en tales artes, y le pedí que lo probara. Dibujó un árbol con barniz de aceite y colores sobre una placa de vidrio, aplicó el ácido a la placa de la manera habitual y luego retiró el barniz. Por estos medios se obtuvo una figura brillante y lisa sobre un fondo oscuro, lo cual produjo un efecto mucho mejor que aquellas figuras que se cortan en el vidrio. Recomiendo este proceso, porque estoy de opinión de que puede llevarse a una perfección mucho mayor; y el señor Renard, ese célebre artista de Estrasburgo, cuyos termómetros con escalas de vidrio, en los cuales los grados y números están grabados, han recibido aprobación universal, compartía la misma opinión cuando le mencioné el método mientras residía aquí, exiliado de su hogar por los disturbios en su país natal. Es probable que Schwanhard y sus discípulos mantuvieran en secreto la preparación de este líquido, ya que la receta para ello no se hizo conocida hasta el año 1725, aunque es posible que se encuentre una más antigua en algunos de esos libros que tratan de las artes. En el año mencionado, el doctor John George Weygand, de Goldingen en Curlandia, envió al editor de una obra periódica una receta que le había sido redactada por el doctor Matth. Pauli de Dresde, fallecido entonces, quien había grabado, de esta manera en el vidrio, armas, paisajes y figuras de diversos tipos. De ella sabemos que se utilizó un ácido nítrico fuerte, el cual ciertamente libera el ácido de fluorita, aunque comúnmente se emplea el ácido vitriólico para ese fin. No cabe duda de que la esmeralda bohemia o hesphorus, mencionada en la receta, es fluorita verde, y esto resultará aún más evidente a partir de la historia de esta especie de piedra, en la medida en que yo la conozco, la cual incluiré aquí. En las obras de los antiguos mineralogistas, la fluorita o bien no se menciona, o bien se clasifica entre sus vidrios naturales y piedras preciosas; y en las de los primeros escritores sistemáticos está tan mezclada con cuarzo y espatos calcáreos y yesosos que resulta imposible descubrirla. Sin embargo, los antiguos mineros alemanes ya la distinguían desde el siglo XVI, y la llamaban fluss; porque la utilizaban para acelerar la fusión de los minerales que

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Era difícil reducirlo a ese estado. Agrícola, quien fue el primero en señalarlo, cambió el nombre en alemán por “fluor”, una denominación que, al igual que muchas otras formadas por él a partir de palabras alemanas —como por ejemplo “quarzum” de “quarz”, “spatum” de “spat”, “wismuthum”, “zincum”, “cobaltum”, etc.—, se volvió posteriormente común. Si se puede citar un pasaje de los antiguos que parece aludir al fluorita, es el de Teofrasto, donde dice que existen ciertas piedras que, al añadirse a los minerales de plata, cobre y hierro, se vuelven fluidas. El primer escritor sistemático que mencionó este tipo de piedra como un género específico fue Cronstedt. Además de ser conocida por su uso metalúrgico, la fluorita también es conocida por tener los colores de algunas piedras preciosas, de modo que puede venderse, o al menos mostrarse como tal a quienes no son expertos en la materia; ya que la primera vez que se calienta en la oscuridad brilla con un resplandor azul verdoso. Es posible que la fluorita estuviera entre la gran variedad de piedras de las cuales los antiguos, con gran asombro, nos cuentan que brillaban en la oscuridad; aunque es seguro que la mayor parte de ellas eran simplemente “imanes de luz”, como se les llama, o aquellas que retienen durante un cierto tiempo la luz que han absorbido durante el día. Sin embargo, la observación de que la fluorita emite luz después de ser calentada parece haberse hecho por primera vez cuando el fósforo artificial despertó el interés de los naturalistas y químicos; y cuando comenzaron a buscar en su propio país piedras que, por su capacidad para emitir luz, pudieran tener similitudes con el fluorita de Bolonia, conocido desde aproximadamente el año 1630. Es bien sabido que este último se prepara para ese propósito mediante calcinación. Se buscaban piedras de similar naturaleza; y entre ellas estaba la fluorita, que no escasea en Alemania. En mi opinión, la observación se realizó en el año 1676; pues en ese año Elsholz informó a los miembros de la Sociedad para la Investigación de la Naturaleza de que conocía un fósforo cuya luz no provenía ni del sol ni del fuego, pero que, al calentarse sobre una placa metálica sobre carbones encendidos, brillaba con un resplandor azul blanco; de modo que, esparciendo su polvo sobre papel, se podía crear escritura luminosa. Dudo mucho que este experimento se haya intentado alguna vez; al menos no encuentro más información al respecto en los documentos de la Sociedad, ni en la reedición de la primera disertación del mencionado autor, publicada en 1681.

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Por lo que sé, Kirchmaier, profesor en Wittenberg, fue el primero en revelar este secreto, en el año 1679. Ambos denominan a este fósforo “esmeraldino”; porque los antiguos hablaban mucho de esmeraldas luminosas, y porque el fluorita verde a menudo se exhibe como esmeralda. Kirchmaier también llama a este mineral “hesperus” y “vesperugo”; y estos nombres se han dado con frecuencia desde entonces al fluorita, como en la receta mencionada anteriormente para fabricar un líquido con el que grabar sobre vidrio. Sin embargo, la información de Kirchmaier debió ser muy poco conocida; pues el jesuita Casatus, quien en 1684 escribió su Tratado del Fuego, no estaba al tanto de ella, ya que solo incluyó las palabras de Elsholz. Esta observación debió ser algo nuevo incluso para Leibniz y para la Academia de Ciencias de Berlín en 1710; pues este último la mencionó entonces ante la Sociedad como una novedad filosófica. Por último, debo señalar que la fabricación de vasijas y adornos de todo tipo a partir de fluorita sólida comenzó en Derbyshire en el año 1765. Los artículos elaborados con ella se denominan en Inglaterra “adornos de fluorita”, y a veces “blue John”. Como se dice, muchos colores hermosos deben obtenerse mediante el fuego. Pero el calor debe aplicarse con gran precaución; pues la fluorita, como es bien sabido, al calentarse intensamente, y especialmente de forma repentina, se agrieta y pierde su transparencia. Desde que escribí lo anterior, he descubierto que el Sr. Raspe niega esta posibilidad de obtener colores mediante el fuego.

NOTAS AL PIE
204 Mariette, Traité des Pierres gravées. París, 1750, folio.
205 Los dos cristales antiguos encontrados en Nismes, y descritos en el Recueil d’Antiquités de Caylus, tomo II, página 363, probablemente pertenecían a este tipo.
206 Natter, Traité de la Méthode antique de graver en Pierres fines, comparé avec la Méthode moderne. Londres, 1754, folio.

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207
De este tipo eran los cálices audaces de Martial, xiv. 94, y aquellas copas que a menudo se rompían cuando el artista quería darles el toque final.
208
Véase Sandrart’s Teutsche Akademie, vol. i, parte 2, p. 345, donde hay mucha información valiosa sobre los artistas alemanes. Compare también Doppelmayer’s Nachricht von Nürnberg. Künstlern.
209
Oculus Artificial, iii, p. 79.
210
Libro xxxvii.
211
Capítulo 52, p. 59.
212
Origin, xvi. 8.
213
De Miner., libro ii, 2.
214
Traité des Pierres gravées, i, págs. 90, 156.
215
Ibid., p. 156.
216
En el prefacio, p. 15.
217
Ueber den Nutzen d. geschnitt. Steine. Altenb., 1768, p. 42.
218
Le Veil, iii, p. 19. Sin embargo, esta anécdota no es mencionada por Mezeray, Castelnau ni Laboureur; y Bayle debió de no conocerla, o de lo contrario la habría incluido en su largo artículo sobre la Duquesa de Estampas.
219
Doppelmayer, p. 232.
220
Abhandlungen der Schwed. Akad., xxxiii, p. 122.
221
Halle, Fortgesetzte Magie. Berlín, 1788, 8vo, i, p. 516. Este autor dice que la invención provino de Inglaterra, donde se mantuvo en gran secreto.

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Secreto; pero el honor de la segunda invención corresponde a H. Klaproth.
222
Schwanhard, gracias a la agudeza de su genio, demostró lo que antes se consideraba imposible, y descubrió un ácido tan poderoso que incluso el vidrio cristalino más duro, que hasta entonces había resistido la fuerza de los alcoholes más fuertes, se vio obligado a ceder ante él, al igual que los metales y las piedras. Mediante estos métodos, dibujó y grabó en el vidrio figuras humanas, algunas desnudas y otras vestidas, así como todo tipo de animales, flores y plantas, de manera perfectamente natural; y logró que estas figuras fueran muy apreciadas. —Sandrart, Teutsche Akademie, i. 2, p. 346.—Doppelmayer, p. 250, dice: “Después de 1670, descubrió por casualidad, a través del vidrio de sus gafas, sobre el cual había caído algo de ácido acuafórtico, haciendo que se ablandara completamente, el arte de grabar en vidrio”.
223
Breslauer Sammlung zur Natur- und Medicin-Geschichte. 1725, enero, p. 107. “Invención de un ácido poderoso con el cual se pueden grabar en el vidrio figuras de todo tipo, según se desee. Cuando el spiritus nitri, tras ser destilado, haya llegado al recipiente, se calienta intensamente; una vez bien destilado, se vierte en un frasco de Waldenburg. Luego se añade un polvo de esmeralda verde bohemia, también llamada hesphorus (que, al ser reducida a polvo y calentada, emite luz verde en la oscuridad). Se coloca todo esto en arena tibia durante veinticuatro horas. Se toma un trozo de vidrio bien limpio y libre de toda grasa, se le pone un borde de cera de unos diez centímetros de altura, y se cubre todo uniformemente con el ácido mencionado. Cuanto más tiempo se deje actuar, mejor; al final, el vidrio estará corroído y las figuras, trazadas con azufre y barniz, parecerán estar elevadas por encima de la superficie del vidrio”. Esta receta fue incluida por H. Krunitz en su Œkonomische Encyclopedie, xi. p. 678.
224
Klindworth cubre el vidrio con el material utilizado por los grabadores para grabar; pero en los Anales de Química de 1790, ii. p. 141, se menciona una solución de isinglás en agua, o un barniz a base de aceite de trementina, mezclado…

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Se recomienda utilizar un poco de plomo blanco. Allí también se pueden encontrar instrucciones completas para adquirir este arte.
225 De Lapidibus, secc. 19.
226 Véase Ephemerid. ac Nat. Cur. 1676, 1 de diciembre, observación 13, p. 32; y Elsholtii De Phosphoris Observationes, Berol. 1681, 4to.
227 G. C. Kirchmaieri De Phosphoris et Natura Lucis, necnon de Igne, Commentatio Epistolica. Wittebergæ, 1680, 4to.
228 Miscellanea Berolin. 1710, vol. I, p. 97. La tierra de fluorita, o tierra fosfórica, como se le llama, que en épocas posteriores se ha encontrado en canteras de mármol y que algunos consideran actualmente como una tierra saturada de ácido fosfórico, es mencionada por el sueco Hierne en Prodromus Hist. Nat. Sueciæ. Henkel nunca la había visto.
229 Watson’s Chemical Essays, II, p. 277.
230 Descriptive Catalogue of Tassie’s Engraved Gems, Londres 1791, 2 volúmenes, 4to; I, p. 51.

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Jabón.
Que la primera mención explícita del jabón aparece en Plinio y Galeno, y que el primero lo declara como una invención de los galos, aunque prefiere el jabón germánico al galo, ya ha sido señalado por muchos.
Plinio dice que el jabón se fabricaba con sebo y cenizas; que el mejor se elaboraba con sebo de cabra y las cenizas del haya, y que existían dos tipos: duro y blando. El autor de una obra sobre medicamentos sencillos, atribuida a Galeno pero que, sin embargo, no parece haber sido escrita por él, y de la cual solo se ha impreso una traducción al latín, habla de que el jabón se fabricaba con una mezcla de sebo de buey, cabra o oveja, y una lejía de cenizas reforzada con cal viva. Dice que el jabón germánico era el más puro, el más graso y el mejor, y que el siguiente en calidad era el galo. Este relato corresponde con mayor exactitud al proceso utilizado actualmente en Alemania; mientras que los franceses utilizan álcalis minerales y, en lugar de sebo, emplean aceite, lo cual parece ser una invención posterior. Plinio, en su descripción, no habla de cal viva; pero como menciona anteriormente una mezcla de sebo de cabra y cal viva, es probable que en aquel entonces ya se conociera el uso de esta última en Roma. El jabón galo y el germánico son mencionados con frecuencia por escritores posteriores, así como por los árabes, a veces por su uso externo como medicamento, y otras veces por su uso en el lavado de la ropa. Este último es el propósito para el cual el jabón se utiliza principalmente en la época moderna; pero no parece haber sido la causa de la introducción del jabón germánico en Roma. Allí, el lavado era tarea de personas pobres que no se preocupaban demasiado por los productos extranjeros. El jabón germánico, con el cual, según nos cuenta Plinio, los germanos teñían su cabello de rojo, se importaba a Roma para ser utilizado por las damas romanas de moda y sus pretendientes. No hay duda de que las pilae Mattiacæ, que Martial recomienda como medio para evitar el cabello canoso; la caustica spuma con la cual los germanos teñían su cabello; y

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La espuma o jabón batavo que utilizaban los romanos para teñir su cabello era en realidad jabón germánico. Es probable que los germanos lo tiñeran con esas plantas que se enviaban a Roma para teñir el cabello; y, según la terminología moderna, se trataba más bien de una especie de pomada que de jabón. Parece que los romanos, al principio, consideraban el jabón para el cabello como un ungüento hecho a base de cenizas; ya que leemos en varios pasajes de autores antiguos que el cabello se teñía mediante cenizas o un ungüento compuesto de cenizas y algún tipo de aceite. Sin embargo, es posible que ya tuvieran tal ungüento, que sin duda sería de naturaleza saponácea, antes de conocer el jabón germánico, o que imitaran la pomada germánica con diferentes variantes. Dado que hoy en día el jabón se utiliza en todas partes para lavar, surge la pregunta de qué sustitutos se empleaban antes de que fuera inventado. Mencionaré aquellos de los que tengo conocimiento e intentaré ilustrarlos. Todavlos siguen siendo utilizados, aunque no de forma generalizada; y todos son de naturaleza saponácea, o al menos tienen los mismos efectos que el jabón; por lo que podemos decir que los antiguos utilizaban jabón sin saberlo. Nuestro jabón se produce a partir de una mezcla de sales solubles y sebo, lo cual hace que este último se vuelva soluble en agua. La mayor parte de la suciedad en nuestra ropa está compuesta por sudor graso o grasa, o polvo que esa grasa atrae, y que o bien no puede ser lavado, o solo de forma muy imperfecta con agua sola. Pero si se utiliza agua tibia a la que se han añadido sales solubles, y se frota la ropa sucia en ella, la suciedad grasa se une a las sales, se vuelve saponácea y se vuelve lo suficientemente soluble en agua como para poder ser lavada. También existen jugos naturales que tienen propiedades saponáceas, en el estado en que se encuentran, y que pueden utilizarse en lugar del jabón artificial. De este tipo son la bilis de los animales y la savia de muchas plantas. La primera, debido a su naturaleza viscosa, tiene efectos menos intensos; actualmente se utiliza especialmente para telas de color cuyo tinte tiende a desvanecerse. Por lo que sé, sin embargo, los antiguos no la utilizaban, pero es cierto que al lavar utilizaban plantas saponáceas.

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En los períodos más remotos, parece que la ropa se limpiaba frotándola o pisándola en agua, sin añadir ninguna sustancia. Homero nos cuenta que Nausícaa y sus criadas lavaban su ropa pisándola con los pies en pozos en los que habían recogido agua. El epíteto de “negra” que el poeta da al agua podría hacer pensar que esta estaba mezclada con cenizas, lo cual la convertiría en una lejía; pero, ¿dónde se encontraban esas cenizas? Si las hubieran llevado consigo, el bardo, al enumerar todo lo que llevaban, e incluso el aceite, no habría dejado de mencionarlas; además, tal conjetura resulta completamente infundada, ya que en otros pasajes aplica el mismo epíteto al agua pura, donde no se puede suponer que algo la haya teñido. El agua, cuando está en pozos profundos, refleja tan pocos rayos de luz que, en un sentido poético, puede llamarse perfectamente negra.

Sin embargo, en períodos posteriores se hace mención a las cenizas y a una lejía hecha con ellas para lavar; pero creo que muy raramente, y no sé cuán antiguo es su uso. Según Julio Polux, el “konia”, mencionado por Aristófanes y Platón, era una sustancia utilizada para lavar; y dice expresamente que debemos entenderlo como una lejía de cenizas. Menciono esto por aquellos que, como yo, tienen poca confianza en los términos técnicos dados en los diccionarios. Con esta lejía se limpiaban los jarros de aceite y vino; también se empleaba para lavar las imágenes de los dioses. El método de fortalecer la lejía mediante cal viva era conocido, al menos, en la época de Paulus Ægineta; pero parece que los romanos no conocían la sal en sí, que se obtiene disolviendo cenizas de madera común en agua: es decir, no comprendían el arte de producirla en forma sólida y seca, ni el de hervir potasa. Por otro lado, esa sal líquida fija, el mineral que la naturaleza presenta en muchos países del sur, era conocida y utilizada desde hacía tiempo para lavar. Era el nitrum, o, como lo pronunciaban los habitantes de Ática, el litrum de los antiguos, como ya han señalado otros. Sin embargo, valdría la pena investigar aún más estas pruebas. Al examinarlas con más conocimientos mineralógicos y químicos de los que se han empleado hasta ahora para ese fin, podrían obtenerse más datos.

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se fortalecieron y sirvieron para ilustrar muchos pasajes oscuros. Por mi parte, no tengo ni tiempo ni espacio aquí para emprender tal tarea, aunque he recopilado muchas observaciones relacionadas con ese tema. Es cierto, en cualquier caso, que los antiguos empleaban nitrato para lavar, y es evidente, por el testimonio de varios autores, que se utilizaba mucho en los baños. Que el pueblo de Egipto, en la época de Plinio, fabricaba también álcali mineral a partir de las cenizas de algunas plantas, tenemos motivos para concluirlo, porque él dice que era necesario poner el nitrato egipcio en recipientes bien tapados, de lo contrario se volvía líquido. El álcali natural nunca está sujeto a eso, a menos que esté muy quemado; y como no se da ninguna razón para que adopte esa forma, podemos creer que el álcali egipcio eran las cenizas fuertemente quemadas de esas plantas que aún se utilizan en Egipto para hacer sal, y quizás lo mismo con lo cual los españoles fueron informados por los árabes, y que ellos cultivan para hacer sosa. Estrabón habla de un agua alcalina en Armenia, que era utilizada por los lavanderos para lavar la ropa. De este tipo debió ser también el lago Ascanio, mencionado por Aristóteles, Antígono Carístio y Plinio. Cabe señalar que los antiguos fabricaban ungüentos con este álcali mineral y aceite, pero no jabón duro, aunque por estos medios se acercaron más a la invención que los antiguos germanos con su uso de cenizas de madera; pues el jabón sólido seco puede fabricarse con más facilidad a partir del álcali mineral que del vegetal; y cuando el jabón húngaro, francés y alemán son de igual calidad, este último merece más crédito de los fabricantes porque no pueden utilizar el álcali mineral. Observaré aquí que este álcali era utilizado para lavar por los hebreos, y que aparece en los escritos sagrados bajo el nombre de borith. Sin embargo, el artículo más barato y más común utilizado para lavar era la orina de hombres y animales. Cuando este excremento envejece, el álcali se desprende, lo cual se puede percibir por su olor fétido; y dicha orina alcalinizada, al calentarse y utilizarse para lavar ropa grasa, produce los mismos efectos que el nitrato de los antiguos. Todavía se utiliza con el mismo propósito en nuestras fábricas textiles.

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Para obtener un suministro de él, se utilizaban las antiguas esponjas y cepillos colocados en las esquinas de las calles; recipientes que eran llevados consigo una vez llenados por los pasajeros, quienes tenían libertad para usarlos. La práctica de contar con tales comodidades era sin duda más decente que la de utilizar las paredes de las iglesias y otros edificios, algo que la policía de Dresde prohibió hace algunos años, pero sin éxito. En Roma, aquello que actualmente daña y ensucia nuestros edificios más nobles fue reconvertido para otro uso. Cuando se lavaban las ropas, estas eran pisoteadas con los pies, tal como ocurría en las fábricas de tela de Leeds, Halifax y otros lugares de Inglaterra, donde la orina era recogida por los sirvientes y vendida por medida a los fabricantes bajo el nombre de “old lant”. Debido al olor desagradable que se generaba al utilizarla, los cepilladores en Roma se veían obligados a vivir en los suburbios o en algunas calles poco frecuentadas.

Mis lectores aquí sin duda recordarán la forma de imposición de impuestos ideada por el emperador Vespasiano, quien, según nos cuentan sus historiadores, estableció un impuesto sobre la orina. No se sabe con certeza cómo se regulaba este impuesto. ¿Acaso el emperador declaró que ese producto, que no era algo escaso, debía considerarse un bien real, de modo que los cepilladores estuvieran obligados a pagarle una suma que él considerara razonable, proporcional al beneficio que obtenían de él? ¿O se imponía simplemente como un impuesto por cabeza? Pues todo impuesto sobre algo indispensable para todos es, hablando en términos financieros, lo mismo que lo que se denomina impuesto por cabeza, es decir, un impuesto pagado por todo aquel que tenga cabeza. La segunda hipótesis es la más probable, especialmente porque este impuesto continuó vigente durante dos siglos, hasta la época de Anastasio. También se menciona un impuesto sobre la orina de animales, que se cobraba a toda persona que tuviera ganado. Por lo tanto, Vespasiano no tuvo suerte al elegir el nombre para su tributo, el cual, por esa razón, debió ser sin duda aún más detestado. Actualmente, aquellos que no hablan bien de este impuesto lo denominan “impuesto turco”, ya que los turcos lo imponen a todos los no creyentes. Cuando fue introducido por Luis XIV en 1695, lo llamó “la capitation”.

En cuanto a las plantas con jugo saponáceo, los antiguos, al menos, utilizaban una de ellas en lugar del jabón; pero es difícil, o mejor dicho, imposible, definirla. Por lo tanto, no me limitaré a transcribir los pasajes en los que se menciona, sino que organizaré todo lo que pueda encontrar al respecto de manera adecuada.

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De cualquier manera, en mi opinión, los nombres de las plantas deberían explicarse en los diccionarios.
Στρουθίον, Struthium; en latín, Herba lanaria; según Plinio, también Radicula.

1. Es una planta espinosa, según Teofrasto y Plinio.
2. Agradable a la vista, pero sin olor, según Teofrasto y Plinio.
3. Con hojas parecidas a las del olivo, según Plinio; o como las del amapola de Heracles, según Teofrasto.
4. El tallo es delgado, peludo y comestible, según Plinio.
5. La raíz es grande, picante y tiene propiedades medicinales, según Plinio y Dioscórides; además, produce espuma, según Luciano.
6. Florece en verano, según Teofrasto y Plinio; pero no produce semillas, según Plinio.
7. Crece en lugares rocosos y ásperos, según Plinio.
8. Crece de forma espontánea, sobre todo en Asia y Siria; es muy apreciada más allá del Éufrates; se cultiva por todas partes, según Plinio.
9. La raíz se utiliza para lavar las lanas, según Teofrasto, Plinio, Dioscórides, Columela y otros.
10. Esta hierba aumenta la leche en las ovejas, según Plinio.

Eso es todo lo que los antiguos nos han contado sobre esta planta. La información es realmente escasa y, al mismo tiempo, no es del todo segura; pero incluso si lo fuera, sería suficiente solo para refutar algunas conjeturas, pero no para establecer el nombre sistemático de la planta. Considero que las propiedades que nos han sido descritas son inciertas: primero, porque no sé si Plinio pretendía distinguir entre la planta silvestre y la cultivada, y muchos han interpretado como referencia a la primera aquello que yo he aplicado a ambas; segundo, porque las palabras de Teofrasto, estando corruptas en un pasaje, permiten diversas interpretaciones; y porque, en otro pasaje, debido a algunas excepciones de las que habla, me parecen al menos incomprensibles; tercero, porque Plinio, quien nos da la mejor descripción de esta planta, es el único autor que denomina a la struthium o planta jabonera “radicula”, nombre que más bien debería referirse a una planta tintórea del mismo tipo que la ruibarbo. Por lo tanto, tenemos motivos para sospechar que confundió las propiedades de las dos plantas, especialmente teniendo en cuenta que la cuarta propiedad fue atribuida por otros a una Rubia, Asperula o Galium, que se cultivaba en Siria y que a menudo recibía ese nombre.

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Radicula Syriaca. Por otro lado, este término diminutivo es muy inadecuado para una raíz que el propio Plinio califica de grande. Las palabras de ese autor, “tingenti, quicquid sit cum quo decoquatur”, han sido interpretadas por algunos como si quisiera decir que el struthium era una planta tintórea, aunque, al ser una planta jabonosa, debía carecer de color; y de ahí han deducido una prueba de que Plinio confundió el struthium con la radicula utilizada en la tintura. Por otro lado, Hardouin lee “unguentis” en lugar de “tingenti”. Nos asegura haber encontrado la primera palabra en los manuscritos, y opina que la savia del struthium también se utilizaba para preparar ungüentos. En mi opinión, sin embargo, debe conservarse “tingenti”; y su significado es que, cuando se quería teñir la tela, era necesario prepararla para ello remojándola y lavándola con la savia de esta planta. Él mismo nos lo dice expresamente: “Tingentibus et radicula lanas præparat”. Es probable que los tintoreros antiguos mezclaran sus líquidos tintóreos con el jugo del struthium, con el mismo propósito con el que hoy en día se añaden salvado y semillas de alholva a los líquidos tintóreos; es decir, para hacerlos más espesos y viscosos, de modo que las partículas colorantes puedan permanecer suspendidas o difundirse en ellos durante más tiempo. Las palabras “quidquid sit cum quo decoquatur” ahora adquieren sentido: sea lo que sea que se utilice para teñir, dice el autor, la adición del jugo del struthium resulta útil. Dado que lo dicho no contiene nada que nos permita determinar el género del struthium según las reglas de la botánica, podemos suponer que se trataba de una de esas plantas que aún se utilizan con fines similares en Italia y otros países vecinos. Fuchs cree que debió tratarse de la Saponaria officinalis (planta jabonera), cuyas raíces contienen efectivamente un jugo saponáceo que convierte fácilmente la saliva en espuma. La raíz se utilizaba con ese fin por el impostor en las obras de Luciano; y actualmente su jugo se emplea para limpiar lana y telas. En los Alpes helvéticos, las ovejas, antes de ser esquiladas, se lavan con una decocción de esta planta y sus raíces; además, con una mezcla de cenizas sirve para limpiar la ropa de lino. Su sabor es tan intenso que algunos lo comparan con el de la saxifraga.

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Esta Saponaria officinalis, sin embargo, difiere demasiado de las demás propiedades del struthium. Su raíz es tan gruesa como una pluma, o a lo sumo como un dedo. El tallo, que tiene tres pies de altura, desprende muchas ramas, y no puede llamarse caulis ferulaceus, tenuis. No es áspero ni espinoso, y, en lugar de crecer en suelos rocosos pobres, prefiere los suelos profundos y los bordes de los campos de maíz. Por lo tanto, podemos conjeturar con mayor probabilidad que la Gypsophila Struthium, Linn., planta que aún se utiliza para lavar en la parte inferior de Italia y España, es el struthium de los antiguos. Esta opinión adquiere cierta solidez por el hecho de ser adoptada entre los italianos y españoles; y porque la planta, según Plinio, crece en suelos rocosos y en las montañas. También es llamada lanaria por los campesinos calabreses. Tiene un tallo tierno; sus hojas son tan parecidas a las del olivo que aquellos que no son botánicos podrían compararlas con ellas; y su raíz es grande, pero no es ni áspera ni espinosa. Esta contradicción puede explicarse suponiendo que Plinio, por un error, del cual ya lo he acusado, atribuyó erróneamente a la planta de jabón las hojas espinosas o ásperas de la planta tintórea, que tenía afinidad con la ruibarbo. Pero incluso después de esta explicación, sigue quedando un pasaje dudoso de Teofrasto, quien, de hecho, parece describir también a la planta como espinosa. Por lo tanto, no deposito toda mi confianza en esta opinión; sino que sospecho más bien que recibiremos del Este una descripción de una planta que aún se utiliza allí, y que coincidirá más exactamente con la planta de jabón descrita por Plinio. Tengo la inclinación a pensar que ya he encontrado alguna información preliminar al respecto en Bauhin, quien dice que en Siria existe otro tipo de planta de jabón, que tiene hojas espinosas como las del cardo, y una raíz gruesa de sabor agrio y penetrante. La raíz, añade, se utilizaba para lavar la ropa y la lana; y los confiteros de Damasco fabricaban con ella, junto con miel y vino, una especie de dulce que parecía blanco, como si estuviera hecho de la harina y el azúcar más finos, y que era tan duro que apenas podía romperse con los dientes. Esta planta parece pertenecer a aquellas cuyo cultivo fue abandonado en Europa, después de que su uso se volvió superfluo debido a nuevos descubrimientos. Que los antiguos empleaban su struthium para lavar la lana está confirmado por diversas fuentes; pero no recuerdo haber encontrado ninguna.

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Evidencia de que se utilizaba para limpiar la ropa que había sido usada. Sin embargo, Salmasio cita un pasaje de las obras, lamentablemente nunca impresas, del antiguo químico Zósimo, en el cual este da instrucciones para restaurar, mediante la planta jabonera, el brillo de las perlas que se han vuelto amarillas. La harina de muchos tipos de semillas puede emplearse para lavar, al igual que diversos tipos de salvado. La harina de almendras, que debido a su aceite es excepcionalmente suave, se utiliza actualmente para lavar las manos por aquellos que desean tener una piel blanca y delicada. Las telas cuyos colores se desvanecen fácilmente y que no resisten ni el jabón ni el frotamiento intenso, pueden lavarse de manera excelente con salvado. Por lo tanto, nuestros tintoreros y fabricantes de medias utilizan harina de avena, cebada y frijol, especialmente cuando desean que la tela sea pulida lentamente. No he tenido la oportunidad de averiguar si los antiguos empleaban el salvado de la misma manera. Tiendo más bien a pensar que sí lo hacían; y existe un pasaje de Galeno que parece aludir al uso de harina de frijol. Con toda probabilidad, los frijoles de los antiguos eran la variedad más pequeña y redonda de nuestros frijoles de caballo, o aquellos utilizados como alimento para animales. Finalmente, los antiguos, en esos períodos de los que hablo, utilizaban la tierra de tinte con mucha más frecuencia de lo que se hace actualmente. Hasta que los países donde se obtenía esta tierra sean descritos por viajeros que combinen conocimientos sobre la antigüedad con habilidades en mineralogía, no será posible distinguir con precisión las especies de esta tierra mencionadas en las obras de los autores antiguos. Pero, a partir de los fines para los cuales se empleaban, podemos con certeza concluir que debían ser en parte de naturaleza margosa y en parte de naturaleza piedra jabonosa. Según el método habitual de lavado de aquel entonces, mediante el cual la ropa era restregada con los pies, las “cretæ fulloniæ”, como las llama Plinio, actuaban de la misma manera que nuestra tierra de tinte utilizada hoy en día: en parte raspando y en parte absorbiendo la suciedad grasa. Los antiguos, a su manera, les daban nombres únicamente según los países donde se producían; y de ahí encontramos menciones de terra Cimolia, Chia, Lemnia, Sarda, Umbría, Samia, Tymphæa y otras. Muchas de…

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Esos materiales, traídos de Cerdeña, no podían utilizarse para limpiar telas de color; y quizás por esta razón, porque algunos colores no resistían un lavado intensivo ni su naturaleza cáustica. Sin embargo, los tintoreros no empleaban estas tierras únicamente para lavar, sino también para blanquear muchos tipos de tela. Esto se hacía frotando tierra blanca fina sobre la tela, de la misma manera que lo hacen los soldados para dar a ciertas partes de su ropa un aspecto más brillante. Un proceso similar es empleado por los guanteros y por quienes lavan o limpian el cuero. La tierra utilizada por estos últimos es un ocre de hierro de color blanco amarillento, llamado, debido al propósito para el cual se emplea, “tierra para cuellos”. Cuando se necesitaba un blanco perfecto, se utilizaba una especie de arcilla blanca de alfarero o margas; cuanto más se adhiriera a la tela y menos fácilmente pudiera ser frotada fuera, mejor era. Los pobres de Roma la frotaban sobre sus ropas en las fiestas, para que pudieran parecer más brillantes.

Merece destacarse aquí que algunas de estas tierras, como la de Quíos, se empleaban en los baños en lugar del nitrato; y esto sigue siendo así en el Levante. De la Valle elogia en este sentido una especie de tierra rojiza, y dice que las personas de mayor distinción nunca se bañan sin ella. A menudo se mezclan perfumes con ella; además, se forma en pequeñas bolas que, al ser utilizadas, se dejan disolverse en el agua. Diferentes tipos de recipientes, y en particular aquellos en los que se había guardado vino u aceite, también se limpiaban con estas tierras. Las botellas de vidrio que han contenido aceite no pueden limpiarse mejor ni más rápidamente que agitando en ellas una mezcla de tierra de tintorero o arcilla de alfarero. Cuando no se dispone de estas, se puede utilizar papel absorbente. El aceite es absorbido por la tierra o el papel, y con ellos se puede eliminar fácilmente.

Para lograr que la tela quedara perfectamente blanca, los tintoreros también la fumigaban con azufre, ya que sabían bien que muchos colores eran destruidos por sus vapores. Apuleyo nos cuenta que la esposa de un lavador escondió a su amante debajo de un recipiente de mimbre, sobre el cual se colocaba tela para blanquearla gracias a los efectos del azufre encendido debajo. Nuestras lavanderas emplean un barril para este método de blanqueo, y nuestros sastres, una pequeña habitación cerrada, en la cual se cuelgan las telas húmedas de ganchos.

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Plinio ha descrito el método de lavado utilizado en Roma, pero muchas cosas relacionadas con él me parecen oscuras. La tela se lavaba primero con tierra sardiana; luego se fumigaba con azufre y, finalmente, se enjuagaba con tierra cimoliana auténtica. La palabra desquamatur era sin duda un término técnico que no podía explicarse más, ya que no conocíamos la operación a la que se refería. Plinio parece haber sido preciso al mencionar la tierra cimoliana auténtica, porque la falsa se volvía negra por el vapor del azufre que absorbía la tela. ¿Estaba adulterada con algún óxido metálico o con plomo blanco? Era lo suficientemente cara como para inducir a la gente a mezclarla con tales sustancias; y en ese caso necesariamente debía volverse negra.

La expresión funditur sulphure también parece presentar dificultades. Al comparar las diferentes lecturas, descubro que las ediciones más antiguas tienen offunditur, que fue cambiado a effunditur y, finalmente, a funditur. Sin embargo, es probable que en lugar de offunditur debiéramos leer offenditur, lo cual aclararía todo. Me sorprende mucho que Hardouin no adoptara esta lectura. Como Plinio dice en otras partes de su obra “offendit stomachum” y “offendit aciem oculorum”, sin duda podría haber aplicado esa palabra a la tierra y a su color.

Los colores intensos, que el ácido del azufre podía hacer pálidos pero no destruir por completo, mejoraban o, más bien, se restauraban al lavarlos con tierra cimoliana, ya que esta absorbía y eliminaba el ácido. También existía otro tipo de tierra (saxum) que era útil en la preparación de telas fumigadas con azufre, pero que dañaba el tinte, probablemente porque era demasiado calcárea; quizás se trataba de nuestra tiza común.

No pretendo tratar aquí de toda la artesanía de los tintoreros romanos, que pertenece más bien a la historia del tejido o de la fabricación de telas en general; pero espero que se me perdone si añado las pocas observaciones siguientes. Los tintoreros recibían la tela tal como salía del telar, para poder escrubarla, pisotearla y alisarla. Se pisoteaba la tela con los pies. La lana áspera que se formaba con esta operación se quitaba peinándola, en parte con la piel de un erizo y en parte con las puntas de algunas plantas del género cardo, para darle a la tela una textura suave. Parece que en aquel entonces aún no se conocía la esquila: al menos no he encontrado ningún pasaje en el que se haga mención de ella; lo mismo ocurre con el uso de prensas; que, en mi…

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En mi opinión, estas técnicas no fueron inventadas hasta el siglo XVI. Todo el proceso de alisado parecía consistir en hacer que la lana o el vellón estuviera lo más uniforme posible en una sola dirección, lo cual sin duda debió darle al tejido un aspecto mucho mejor. Dado que hoy en día los tejidos se cardan y se cortan más por un lado que por otro, los cardadores antiguos preparaban sus telas de la misma manera, para que las prendas pudieran voltearse una vez que su interior hubiera sido nuevamente procesado. No he investigado aún si también fabricaban fieltro; pero supongo que esa tarea correspondía a aquellos a quienes se llamaba lanarii, coactores y coactilarii. La ocupación de los cardadores era muy extendida en Roma y proporcionaba empleo a muchas personas, pero con el tiempo decayó por completo. Schöttgen opina que pertenece a esas artes que se han perdido. Pero otros escritores han declarado que artes que hoy se practican con mayor perfección que antes también están perdidas, simplemente porque no estaban familiarizados con ellas, o porque, debido a los cambios que han experimentado, no sabían dónde encontrarlas. Todas las operaciones relacionadas con el cardado se han vuelto tan complejas gracias a nuevos métodos, mejoras e invenciones, que ya no pueden ser realizadas por una sola persona; por ese motivo, todo este proceso se ha dividido en varios campos distintos. El lavado de los tejidos cuando salían del telar se separó del resto, junto con el proceso de cardado, tras la invención del molino de cardado. No puedo determinar con exactitud cuán antigua es esa invención; pero se menciona ya al comienzo del siglo XIII e incluso hacia el final del siglo X. Antiguamente, ese tipo de molino se llamaba fullencium o molendinum cum fullone. El cardado y alisado de los tejidos, desde la invención de los métodos de corte y prensado, requiere tanta habilidad que solo pueden llevarlos a cabo trabajadores expertos, a quienes se denomina cortadores o procesadores de telas. El lavado de los tejidos sucios durante su fabricación se ha vuelto tan sencillo gracias a la invención del jabón, el blanqueo y otros procesos, que puede ser realizado por mujeres. Los romanos, en su mayoría, llevaban una prenda blanca en forma de capa; como en aquel entonces no se utilizaban camisas, esta prenda seguramente necesitaba ser limpiada con frecuencia. Nosotros, por otro lado, generalmente usamos ropa corta y ajustada de tela de colores; que, debido a la moda…

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en los cuales se fabrican, están menos expuestos a ensuciarse; y también estamos más acostumbrados a usar ropa de lino o algodón, que puede lavarse con mucho menos esfuerzo. El fieltro, que se emplea casi únicamente para sombreros, es fabricado por nuestros sombrereros. Quien haga una visión general de todos estos oficios juntos, se convencerá fácilmente de que mantienen a más personas, y de mejor manera, que todo el sector de la fabricación de telas en Roma.
[Los principales tipos de jabón fabricados en este país son: jabón blanco, compuesto principalmente de sebo y sosa, pero para algunos usos también de aceite de oliva y sosa; jabón amarillo, hecho de sebo, resina y sosa, con un poco de aceite de palma añadido ocasionalmente; jabón moteado, formado por sebo, sustancias de cocina y sosa, cuya apariencia característica se obtiene dispersando los residuos a través de él al final del proceso; jabón marrón, elaborado con aceite de palma, resina y sosa. El jabón suave se hace con potasa y aceites secantes, ya sea solos o mezclados con sebo y otras sustancias grasas gruesas. La sustancia grasa se mezcla con la lejía alcalina, y todo se hierve suavemente durante algún tiempo, hasta que la grasa queda completamente saponificada, lo cual se puede reconocer porque se vuelve claro y transparente, y porque puede estirarse formando hilos largos. Luego se añade una cantidad de sal común a la mezcla hirviendo, hasta que el jabón pierde su característica filamentosa y cae de la espátula en grumos cortos y gruesos. El jabón se retira entonces, ya sea después de enfriarse o inmediatamente, sacándolo con una cuchara. Las sustancias grasas comunes, como el sebo, los aceites grasos, etc., son compuestos de un ácido graso con una base, por lo que se asemejan a las sales; la base es un principio dulce especial, la glicerina; mediante la ebullición con la lejía cáustica, el compuesto graso neutro se descompone, el ácido graso se combina con la base sosa y forma el jabón, mientras que la glicerina junto con el exceso de álcali permanece en el líquido.
El llamado jabón silicado, del cual se fabrican grandes cantidades actualmente, se hace combinando silicato de sosa con jabón duro en estado caliente y pastoso; de esta manera se pueden introducir del 10 al 30 por ciento de silicato. Según el Dr. Ure, este tipo de jabón posee cualidades detergentes muy potentes, pero tiende a ser duro y algo áspero al uso. La sosa silicada se obtiene hirviendo pizarra molida en una lejía cáustica fuerte. Se utilizan muchas sustancias para adulterar el jabón, como almidón de patata, arcilla, etc.; para estas mejoras, como se les denomina, se han concedido numerosas patentes en este país.]

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En Gran Bretaña, el jabón duro se fabrica principalmente en Liverpool y Londres, pero también en cantidades considerables en Runcorn, Bristol, Brentford, Hull, Bromsgrove, Plymouth y Sethwick, así como en Glasgow y Leith, en Escocia. El jabón suave se produce sobre todo en Liverpool, Glasgow y Bradford; el jabón silicado, por su parte, también se fabrica en gran escala en Liverpool.

Según los informes fiscales, en 1841 se produjeron en Inglaterra 140.712.535 libras de jabón duro, 9.788.851 libras de jabón suave y 3.921.862 libras de jabón silicado; en Escocia, 10.708.464 libras de jabón duro y 4.535.030 libras de jabón suave. En total, se obtuvieron 169.666.742 libras, lo que representa un aumento del 30% desde 1832.

El impuesto sobre el jabón se introdujo por primera vez en Gran Bretaña en 1711, fijándose en 1 chelín por libra. En 1713 se aumentó a 1½ chelines por libra; posteriormente, en 1782, cuando se comenzó a distinguir entre el jabón duro y el suave, este último se gravó con 1¾ chelines por libra, mientras que el primero con 2¼ chelines por libra. En 1816, el impuesto sobre el jabón duro se elevó a 3 chelines por libra. Pero desde el 31 de mayo de 1833, el impuesto ha sido de 1½ chelines por libra para el jabón duro y 1 chelín por libra para el jabón suave. En 1839, había 177 fabricantes de jabón en Inglaterra, 19 en Escocia y 183 en Irlanda. Cada uno de ellos necesita una licencia anual, cuyo costo es de 4 libras.

Se concede una exención fiscal al jabón utilizado en la industria textil de lana, seda, lino y algodón. En 1841, se concedió dicha exención a 10.190.160 libras de jabón duro y 9.090.184 libras de jabón suave; el monto total de las exenciones fue de 78.112 libras. Ese mismo año, la cantidad neta recaudada por el impuesto sobre el jabón para los ingresos públicos fue de 815.864 libras. Irlanda no está sujeta a este impuesto.

Anteriormente, los fabricantes de jabón estaban sometidos a interferencias arbitrarias y molestas por parte de las autoridades fiscales; pero en los últimos años las regulaciones han mejorado significativamente, y ahora no existe ninguna supervisión sobre el proceso de fabricación, que puede llevarse a cabo de cualquier manera y con cualquier material.

NOTAS AL PIE
231
Plin. xviii. 12, secc. 51, p. 475.

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232
Es indudable que las palabras sapo y σάπων derivaron del término alemán sepe, el cual se ha conservado en el bajo alemán, el dialecto más antiguo y original de nuestro idioma. En el alto alemán, esta derivación se ha vuelto algo menos distinguible, ya que la letra p se transforma en la letra f. Este tipo de cambios son comunes, como en schap, schaf; schip, schiff, etc.

233
De Simplicibus Medicaminibus, p. 90, G.

234
Según Aretaeus, en De Diuturnis Morbis, ii. 13, p. 98, parece que el jabón se utilizaba en forma de bolas.

235
Mart. xiv. 27. Este jabón adquirió el epíteto de Mattiacum por el nombre de un lugar situado en Hesse.

236
“La espuma cáustica de los teutones daña el cabello; podrás tener un cabello más hermoso que el de los prisioneros.” —Mart. xiv. 26.
Estas líneas suelen interpretarse de la siguiente manera: “Tiñe tu cabello con jabón, y será más hermoso que el de los germanos”. Pero en este caso se pierde todo el sentido del consejo; además, la expresión “eris cultior quam comæ captivæ” me parece muy inapropiada. Preferiría traducirlas así: “Dejen que los germanos tiñan su cabello con pomada; como ahora están sometidos, tú puedes adornarte mejor con una peluca hecha con el cabello de estos prisioneros”. Era un halago sutil dirigido a Domiciano y al orgullo romano. Ese príncipe creía haber conquistado a los germanos; por lo tanto, el cabello germánico más hermoso, aquel que no estaba teñido, podía obtenerse en Roma con mucha mayor facilidad que antes. Si el título de este epigrama fue escrito por Martial mismo, contiene la primera mención de la palabra sapo.

237
“La vejiga más fuerte protege el cabello de las arrugas; además, la espuma batava transforma el cabello.” —Mart. viii. 23, 19.

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La primera línea de lo anterior demuestra que la gente cubría sus cabezas, por la noche, con una vejiga, para evitar que su cabello se dañara después de teñirlo; y sin duda alguna, una vejiga era tan adecuada para ese propósito como las redes y otros materiales utilizados actualmente con fines similares.
238

Las mujeres germanas utilizaban hierbas para teñirse el cabello de gris.
Ovidio, De Arte Amandi, iii. 163.
239

Valerio Máximo, i. 5, p. 135: “El cabello adquirió un color rojizo”. Plinio afirma que se podía lograr que el cabello negro adquiriese un tono rojizo mediante un ungüento hecho de cenizas. Q. Sereno, De Medicina, iv. 56.

Parece que Sereno se refiere a un pasaje de Plinio, xxiii. 2, p. 306, donde habla de un ungüento elaborado a partir de los residuos quemados del vinagre y del aceite de lentisco. Lo mismo se menciona en Dioscórides, v. 132, p. 379. Servio, en su comentario a la Eneida, iv. cita las siguientes palabras de Cato: “Nuestras mujeres untaban su cabello con cenizas, para que adquiriese un color rojizo”. Alejo de Tralles, 1, 3, da instrucciones sobre cómo preparar un ungüento para el cabello gris, utilizando jabón y las cenizas de las flores blancas del Verbascum. Sin embargo, los Cinerarii, según Tertuliano, lib. ii. ad uxor. 8, p. 641, parecen haber sido simplemente peluqueros, llamados así porque calentaban sus rizadores entre las cenizas calientes.
240
Plinio dice que las manchas en la piel pueden eliminarse con hiel de buey.
241
Odisea, vi. 91.
242
Ilíada, ix. 14, y xvi. 4.
243
Geoponica, vii. 6. — Plinio, xiv. cap. 21. — Columela, xii. 50. 14.

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244
Arnobio, vii, p. 237.
245
La palabra λίτρον en Pollux no debería haber sido traducida como “sapo”.
246
Cicerón, Ep. Fam., viii, 14; Pollux, Onom., viii, 9, 39; x, 135; Ovidio, De Medicam. Faciei, versos 73 y 85; Phavorini, Dictionar., p. 527. Gynesius denomina a la ropa lavada con nitrato “νιτρούμενα”, es decir, “nitro perfricata”.
247
Libro XI, p. 801.
248
De Mirabil. Auscult., cap. 54.
249
Hist. Mirab., cap. 162, p. 216.
250
Libro XXXI, 10, p. 564.
251
J. D. Michaelis, Commentationes, 4to, p. 151. Debo mencionar también a C. Schoettgenii, Antiquitates Fulloniæ, Traj., 1727, 8vo. Mis lectores me harán un favor si comparan esta obra con este artículo. Nadie podrá acusarme de vanidad si pretendo entender mejor la teoría del lavado que el erudito Schoettgen; pero si he explicado los pasajes que él cita de manera más satisfactoria y los he utilizado en beneficio propio, debo atribuir esta superioridad a mi conocimiento de ese arte. Aquí aprovecho para señalar que no existe ningún tema, por insignificante que sea, que no pueda volverse útil o, al menos, interesante, si se aborda de manera científica; convertir algo así en motivo de burla, en lugar de demostrar ingenio, revelaría una falta de juicio.
252
Plinio, XXVIII, 6; XXVIII, 8; Martial, VI, ep. 93; Ateneo, XI, p. 484. Macrobio, II, 12, hablando de las personas borrachas: “Dum eunt, nulla est in angiporto amphora, quam non impleant, quippe qui vesicam plenam vini habeant”. Este pasaje también se cita en Joh. Sarisberg, Polior., VIII, 7, p. 479.
253
Suetonio, en Vita Vespas., VIII, 23.

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254
Porner’s Anleitung zur Farbekunst, p. 31.
255
Aquellos numerados 3, 4, 5, 6.
256
Esta planta fue enviada por Imperati a Casp. Bauhin, bajo el nombre de lanaria veterum; y este último la hizo conocer por primera vez en su Pinax Plant. iv. p. 206. El primero la describió él mismo y proporcionó una mala grabación de ella en Hist. Nat. p. 871. Löffling encontró esta planta en las montañas españolas, así como en los alrededores de Aranjuez; y relata que en la provincia de La Mancha la gente hierve la ropa que va a lavarse con la raíz de esta planta en lugar de jabón. Linneo no dudó en declarar que el struthium de los antiguos y el struthium de su sistema eran la misma planta; y dio a sus compatriotas motivos para esperar que su Gypsophila fastigiata, que tiene una gran semejanza con ella, pudiera emplearse de la misma manera.—Amœnitat. Academ. v. p. 329.
257
Salmas. ad Solin. p. 818. a.
258
De Alimentor. Facultate, i. cap. 19. en Op. vol. iv. p. 315.
259
Lib. xvii. 18.
260
Pollux.—Plin.
261
Dioscor.
262
Esta terra Lemnia es completamente diferente de la tierra impermeabilizante. Véase Galen. De Simplic. Med.
263
Plin.
264
Plin. La sarda era barata y se vendía por medida; la umbria era más cara y se vendía por peso.
265
Theophrast. Dioscor.

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266
Me refiero aquí a que recibió su nombre por haberse empleado para limpiar esa pieza de armadura que se utilizaba antiguamente y que solo cubría el pecho y la espalda; dicha armadura se llamaba koller. Los suecos también denominan al óxido de hierro amarillo kiöllerfärg o kyllerfarg.

267
Véase las Anotaciones de Taubmann a Plauti Aulular. iv. sc. 9, 6.

268
Geopon. vii. 6.—Plin. xiv. cap. 21.—Columella, xii. 50, 14.

269
Pollux, vii. 11, 41, 715.—Plin. xxxv. 17, p. 719; y xxxv. 15, p. 714.—Isidor. Origin. xvi. 1.

270
Lib. xxxv. cap. 17, sec. 57.

271
Du Cange en su Glossarium.

272
Reconozco que soy uno de aquellos que no pueden formarse una idea clara de la toga romana. Es cierto que los tejedores fabricaban cada pieza de tela solo lo suficientemente grande como para adaptarse a este artículo de vestir; o bien, cuando se tejía una toga, se cortaba del telar para poder comenzar a tejer otra. Por esta razón encontramos con frecuencia las expresiones texere vestes, texere togas. También parece que la toga, una vez salida de las manos del tejedor, ya estaba lista para ser utilizada; por eso nunca se habla de sastres, salvo cuando había que reparar ropa rota. La toga no tenía mangas y quizá tampoco costuras. Si antes se cosían sus bordes a mitad de altura, no era necesario recurrir a la ayuda de un sastre para ello. Se ceñía al cuerpo con un cinturón y se sujetaba con broches. Tal manto podía fabricarse fácilmente y limpiarse con facilidad. Ahora se puede comprender fácilmente por qué los autores romanos nunca mencionan fábricas de tela ni la tela entre los artículos de comercio, sino que solo hablan de ropa; y por qué nunca se lee que se midiera la tela.

273
Enciclopedia de Comercio de Waterston.

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ZUMAQUE.
Esta planta, cuya raíz se seca y se tritura o se utiliza fresca para teñir de rojo, tiene un tallo débil, cuadrado y articulado; alcanza una altura de ocho pies cuando está sostenida, de lo contrario se arrastra por el suelo. En cada articulación hay de cuatro a seis hojas, de unos tres pulgadas de largo, casi una pulgada de ancho en el centro y puntiagudas en ambos extremos. La cara superior de las hojas es lisa; pero la nervadura central de la cara inferior está provista de pequeñas espinas ásperas; y otras del mismo tipo pueden encontrarse en el tallo. Por esta razón, las hojas, que caen anualmente, se adhieren fácilmente a otros cuerpos, como los del asperugo. Las ramas, que en junio producen flores divididas en cuatro pétalos amarillos, nacen de las articulaciones. El fruto, una especie de baya, que hacia el momento de su maduración —aunque eso rara vez ocurre entre nosotros— es primero de color marronáceo y luego negro, contiene una semilla redonda. Las raíces a veces alcanzan el grosor de un dedo, se hunden profundamente en la tierra, están rodeadas de muchas fibras pequeñas, tienen un tuétano de color amarillo-rojizo y están cubiertas por una corteza o piel negra. Esta planta crece silvestre en el Levante, así como en Italia, en las partes meridionales de Francia y en Suiza. La variedad cultivada es bien conocida y se reproduce con gran beneficio en varios países de Europa.
Cuando se compara esta breve descripción con lo que Dicecario dice de una planta a la que llama ereuthodanon, se puede ver fácilmente que se refería a nuestro zumaque. Incluso compara su tallo largo y cuadrado, provisto de numerosos ganchos, con el del asperugo; y nos dice que las hojas se disponen en forma de estrella alrededor de las articulaciones. El fruto era al principio verde, luego rojo y finalmente negro. Las raíces delgadas y largas, añade, que son rojas, sirven para teñir; y por esa razón la variedad cultivada (por lo tanto debió conocer la variedad silvestre) se cultiva con gran beneficio en Galilea, alrededor de Rávena en Italia y en Caria, donde se planta ya sea entre los olivos o en campos destinados a ese fin. En algunos manuscritos se señala que esta planta tenía un nombre dado por los romanos, que, como observa Marcellus Virgil, significaba lo mismo que Rubia sativa, y que…

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En Etruria se le llamaba Lappa minor; sin duda, porque, al igual que la ruibarbo, se adhería a otros cuerpos. Debido al color que transmitía, a veces también se le llamaba cinnabaris. Frente a esta identidad afirmada, solo encuentro una duda: es decir, que entre aquellas plantas que, debido a la posición de sus hojas, se denominaban stellatæ, y que eran tan similares entre sí que debíamos clasificarlas en un mismo orden natural, existen más especies cuyas raíces tiñen de rojo; y por esa razón se les llama erróneamente “ruibarbo silvestre”. ¿Por qué, entonces, la planta descrita por Dioscórides debería ser nuestra ruibarbo, y no alguna otra planta de naturaleza similar? En mi opinión, esto se debe a que los antiguos, que conocían bien todas estas plantas que crecían silvestres en sus tierras, eran tan prudentes como los modernos, y cultivaban únicamente aquella que era más productiva o beneficiosa, es decir, nuestra Rubia tinctorum. Esta opinión se verá reforzada al comparar las descripciones de dicha planta dadas por otros escritores antiguos. Teofrasto está casi perfectamente de acuerdo con Dioscórides; además, añade que esta planta no crecía erguida, sino que prefería inclinarse. Por lo tanto, la comparación con las hojas de hiedra no puede ser válida; pero eso lo dejaré a los críticos. Plinio dice expresamente que el erythrodanum o ereuthodanum se llamaba en su lengua materna “rubia”; y que sus raíces rojas se utilizaban para teñir de rojo la lana y el cuero. En la Edad Media, esta planta se llamaba varantia, nombre que seguramente proviene de verantia. Este último término significa el tinte verdadero y genuino; mientras que aurantia significaba amarillo dorado. Hasta el año 1736, esta planta no gozaba de mucha consideración, salvo entre tintoreros, agricultores y comerciantes, quienes la compraban a los agricultores para venderla a los tintoreros con beneficio; y entre unos pocos vendedores de hierbas y médicos, quienes, basándose en las afirmaciones de los antiguos, le atribuían virtudes excepcionales, algo que otros dudaban o negaban por completo. Sin embargo, en ese año se descubrió accidentalmente una de sus propiedades, lo que la convirtió en objeto de mayor atención. John Belchier, un cirujano inglés, después de cenar con un impresor de algodón, observó que los huesos del cerdo servido en la mesa eran rojos. Como parecía sorprendido por este hecho, su anfitrión le aseguró que el color rojo se debía a que los cerdos se alimentaban del agua mezclada con salvado en la cual se hervía la tela de algodón, y que esa agua estaba teñida con la ruibarbo utilizada en…

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imprimiéndola. Belchier, para quien este efecto era algo nuevo, se convenció mediante experimentos de que el color rojo de los huesos provenía de la ruibarbo utilizada en la impresión del algodón, y de ninguna otra causa; y comunicó su descubrimiento a la Royal Society, en un artículo que fue publicado en sus Transactions.
Esta singularidad pronto fue conocida por todos los naturalistas, algunos de los cuales realizaron nuevos experimentos, cuyos resultados revelaron muchas verdades útiles para la fisiología. Además de las raíces de la ruibarbo, las de la Galium (ambrosía amarilla) y otras plantas afines a la ruibarbo producen efectos similares; pero esto no ocurre ni con el azafrán ni con la lana, ni con muchos otros materiales muy utilizados en la tintura. El teñido se produce más rápidamente en animales jóvenes; y es más intenso donde los huesos son más duros y gruesos. Por otro lado, no llega a las partes blandas; aparece solo en pequeña medida en la leche; y en general no es perceptible en los jugos del animal.
Dado que los impresores de calicó ingleses conocían este efecto de la ruibarbo antes de que fuera conocido por los naturalistas, no es improbable que lo supieran mucho antes en otros lugares, donde esta planta ha sido ampliamente cultivada y utilizada desde los tiempos más remotos. Según dice J. E. Stief, tenemos motivos para creer que la gente de los alrededores de Breslau, su ciudad natal, que daba los tallos de la planta de ruibarbo a sus vacas en lugar de paja, debió ser la primera en descubrir que poseía la propiedad de transmitir un color rojo a los huesos.
Dado que muchas verdades aún no investigadas mediante nuevos experimentos, y que por eso aún no han sido reconocidas, se encuentran ocultas entre las afirmaciones evidentemente falsas que hay en las obras de los antiguos, y como estas obras fueron descartadas demasiado pronto, antes de que su contenido fuera examinado adecuadamente, me llevó a sospechar que algunas indicaciones sobre esta propiedad de teñido también podrían mencionarse en ellas, y de hecho así es.
Aprendemos de las obras de Galeno y Dioscórides que los médicos antiguos observaron que el uso de ciertas raíces, que administraban a sus pacientes, confería un color a su orina y excrementos; y esta observación fue repetida por Cardano, Thurneisser, Porta, Castor, Durantes y otros. Si aquellos médicos antiguos, que a menudo recetaban

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Estas raíces, y prestando atención al color de las excreciones de sus pacientes, acostumbrados a abrir los cuerpos de quienes morían bajo sus manos, quizás habrían observado, en los huesos humanos, lo que se observó mucho tiempo después en los huesos de los animales, cuando ya no se utilizaban las raíces en la medicina; y lo que, si no me equivoco, nunca se ha observado aún en los huesos de la especie humana.
Böhmer, quien realizó investigaciones sobre la antigüedad de esta observación, no la encontró ni en Rombert, ni en Dodonaeus, ni en Mich. Ettmuller, ni en Morin, ni en Will. Salmon, ni en otros, quienes, sin embargo, hablan de orina de color. En su opinión, el escritor más antiguo que habla de huesos de color es Mizaldus; pero lo que relata está tomado íntegramente del tratado de Lemnius *De Miraculis Occultis Naturæ*; por lo tanto, este último es el escritor más antiguo que puedo mencionar como conocedor de esta propiedad. Él era médico en Zelanda, donde se ha cultivado la ruibarbo desde los tiempos más remotos, y donde tuvo la oportunidad de observarlo. Dice que los huesos de los animales se volvían rojos, tal como se había observado al preparar la carne, debido a que solo comían las hojas y no las raíces. En la primera edición de la obra mencionada, impresa en octavo en el año 1559 y compuesta por dos libros, esta información no se encuentra; pero puede estar contenida en la segunda edición de 1564, que consta de cuatro libros.
La planta de ruibarbo se cultiva mucho en Holanda, pero Macquei observa que los holandeses debieron primero a los refugiados flamencos su conocimiento del método para preparar esta planta. Su cultivo se ha intentado con frecuencia en Inglaterra, pero siempre sin éxito. También se cultiva en gran medida en Alsacia y Provenza, en Francia, especialmente cerca de Aviñón, en Turquía asiática e Italia; desde estos lugares se exporta en grandes cantidades. El ruibarbo de Turquía y Provenza proviene de *Rubia peregrina*; el resto, de *R. tinctorum*. Para preparar la raíz, que es la parte utilizada en la tintura, se extrae del suelo, se cosecha, se seca y se muele. La ruibarbo contiene tres principios colorantes distintos; dos de ellos son rojos, a saber, alizarina y purpurina, y uno, xantina, es amarillo. Desde 1836, se han introducido en el comercio dos nuevos productos destinados a reemplazar al ruibarbo en las operaciones de teñido e impresión de calicó; uno se llama garancina y el otro colorina. La garancina es…

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Se prepara lavando y macerando la ruibarbo, y filtrándolo a través de lino. A continuación, los residuos se trituran y se mezclan con ácido sulfúrico, en una cantidad equivalente a la mitad de la cantidad de ruibarbo utilizada inicialmente; el ácido debe estar algo diluido. Luego se vierte caliente sobre el ruibarbo, se agita, y cuando la mezcla queda homogénea, la temperatura se eleva a 212° y se mantiene durante aproximadamente una hora. Después se vuelve a mezclar con agua, se filtra y se lava a fondo. Finalmente, se prensa, se seca y se pasa por un tamiz. Este es el proceso patentado por los señores Lagier, Robiquet y Colin en 1828. Fue introducido por primera vez en el mercado por la empresa Lagier y Thomas, en Aviñón, en 1829. La gran ventaja de la garancina sobre el ruibarbo es que no altera el color blanco, y que el blanqueo de las telas teñidas con ella se reduce prácticamente a cero. El agua caliente o el salvado son los únicos medios utilizados para blanquearlas. El ruibarbo es un color aditivo, es decir, uno que requiere combinarse con alguna sustancia básica o mordiente para que su fijación en la tela teñida sea permanente.

NOTAS AL PIE
274
Algunos también podrían llamarlo con igual precisión “sandyx”; y yo opino que bajo este nombre debemos entender nuestro ruibarbo, al menos en un pasaje de Virgilio, Écloga IV, 45, donde dice: “Sponte sua sandyx pascentes vestiet agnos”. Como la lana de las ovejas se volvía roja al comer el ruibarbo que crecía en los campos, podía fabricarse directamente, sin necesidad de teñirla artificialmente. Nosotros fabricamos la lana de nuestras ovejas marrones en su color natural, y esto también lo hacían los antiguos. Las telas de este tipo eran las llamadas “panni nativi coloris”, según Plinio, XXXVI, 7; y las palabras de Martial, XIV, 133, aluden a una prenda hecha de tal tela:
Non est lana mihi mendax, nec mutor aëno,
... me mea tinxit ovis.

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Aprovecharé esta oportunidad para señalar que la palabra lutum, en la línea que precede al pasaje anterior de Virgilio, debe traducirse como “amapola amarilla” y no como índigo. La primera, Reseda luteola, tiñe de amarillo; pero la segunda, Isatis, tiñe de azul. Sin embargo, en César, De bello Gallico, v. 14, parece que lutum se refería al índigo: “Omnes se Britanni luteo inficiunt, quod et cæruleum efficit colorem”. Por lo tanto, parece que ambos nombres podían confundirse en latín, tal como ocurre en alemán; a menos que Davis tenga razón, quien, en lugar de luteo, lee vitro. Para mí es mucho más probable que sandyx, en Virgilio, se refiera a una planta y no a un mineral. El autor habla de plantas que las ovejas comían mientras pastaban (pascentes); y tanto las plantas tintóreas mencionadas anteriormente, la amapola amarilla y el índigo, crecen silvestres en Italia. La opinión de Plinio, quien interpretó el pasaje de esa manera, no debe despreciarse; por lo tanto, la explicación poética de que el pasto teñía la lana no carece por completo de fundamento; sobre todo porque no solo las raíces, sino también las hojas de la ruibarbo dan color a las partes sólidas del cuerpo animal. No obstante, admitiré que la mayoría de las personas caen fácilmente en el error de dejarse llevar por la imaginación; y a menudo suponen que encuentran en los pasajes de los autores antiguos más de lo que otros pueden descubrir, o quizás incluso más de lo que realmente contienen.
275
Lib. xxiv. 9, p. 341.
276
La primera descripción de esta circunstancia se puede encontrar en Philosophical Transactions, vol. xxxix. n. 442, p. 287; n. 443, p. 299. Entre los principales experimentos realizados sobre este tema se encuentran los del italiano Matth. Bazanus, en Comment. Bononiens., y los de J. H. Benj. Böhmer, en una disertación titulada Radicis Rubiæ tinctorum effectus in Corpore Animali, Lips. 1751. Otras obras y observaciones relacionadas con esta singularidad se mencionan en Haller’s Elementa Physiologiæ, v. p. 327.
277
Que la ruibarbo tiñe la leche ha sido negado por muchos, quienes son mencionados en Haller’s Physiol. viii. p. 328. Young, en su Treatise De Lacte, dice únicamente que no tiene efecto alguno en los animales carnívoros. Al haberme dedicado alguna vez a realizar experimentos con el tinte de la ruibarbo, yo…

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Le di la planta a una vaca durante varios días, y descubrí que la leche se volvía rojiza y presentaba vetas de un color más oscuro que las demás partes. Ese conocido agricultor, Gugenmus, dio a sus vacas la planta de ruibarbo, convertida en heno, la cual comieron con gusto. Su leche era algo rojiza, y la mantequilla y el queso obtenidos de esta manera en invierno adquirían un color agradable. Quizá los efectos no se producen cuando los animales reciben otro alimento al mismo tiempo. ¿O acaso el estado de su salud no podría causar alguna diferencia? Lo cierto es que el Chelidonium hace que la leche de las vacas débiles parezca sanguinolenta, mientras que el mismo efecto no se produce, o al menos no de inmediato, en aquellas que son fuertes. Ruellius, De Natura Stirpium, Basilea, 1543, fol. p. 572, dice sobre la Rubia: “Folia capillum tingunt”. Si quería decir que el cabello se volvía rojo al comer las hojas, cometió un error.

Dissertatio de Vita Nuptiisque Plantarum. Leipzig, 1741, p. 11.

No sé de nadie que haya observado jamás que los huesos humanos hayan sido teñidos con ruibarbo, aunque la propuesta de utilizar sus raíces contra la raquitismo podría haber dado lugar a observaciones al respecto. Véase G. L. Hansen, Diss. de Rachitide. Gotinga, 1762, p. 36. El profesor Arnemann, quien posee una colección muy numerosa y valiosa de esqueletos y que examinó cuidadosamente muchos de ellos durante sus viajes, me aseguró que nunca vio ningún hueso del cuerpo humano que hubiera sido teñido con ruibarbo.

Sobre sustancias vegetales, por la Sociedad para la Difusión del Conocimiento Útil.

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Malabaristas, bailarines con cuerdas, autómatas, etc.

Bajo este título incluyo no solo a aquellos que se denominan propiamente malabaristas, quienes, en busca de dinero, mediante movimientos rápidos y hábiles de sus manos, cuerpos y extremidades, así como mediante diversas artimañas, engañan los sentidos de una manera agradable o practican un engaño inocente sobre los espectadores, de modo que estos creen oír y ver lo que en realidad no oyen ni ven, sino también a los bailarines con cuerdas; personas que colocan sus cuerpos en posiciones aparentemente peligrosas; y aquellos que, a cambio de dinero, exhiben animales entrenados para realizar trucos insólitos, así como autómatas, que, gracias a su construcción oculta, parecen producir efectos maravillosos.

Pero, ¿vale la pena investigar la antigüedad de todas estas artes, inútiles para el público y que constituyen los entretenimientos favoritos de la plebe? La egoísta pregunta “cui bono”, que a menudo se lanza como reproche contra los literatos, pero aún más frecuentemente contra los naturalistas e incluso contra los juristas, cuando en sus investigaciones van más allá de los caminos trillados, podría resolverla fácilmente diciendo cortésmente a los que plantean la duda que pasen por alto este artículo si creen que no van a obtener beneficio alguno de él. También podría disculparme por dedicar mi tiempo y esfuerzo a este tema, usando las palabras de cierto historiador: “Frivola hæc fortassis cuipiam et nimis levia esse videantur, sed curiositas nihil recusat”. Sin embargo, no adoptaré ninguno de estos métodos; pues me lisonjeo de que este ensayo pueda ofrecer tanto entretenimiento como muchos de los que se leen a diario; y que, por lo tanto, no solo sea excusable, sino incluso justificado.

Esas artes y ocupaciones que son más necesarias en la vida fueron, sin duda, las primeras, y siguen siendo las más importantes; pero cuando estas estaban suficientemente ocupadas o eran ejercidas por tantas personas como podían vivir de ellas, los demás, excluidos de ellas, idearon la forma de entretener a los primeros cuando estaban cansados de su trabajo, con el fin de obtener de ellos una parte de los frutos.

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de su industria. Pido a mis lectores que reflexionen sobre cuántas ocupaciones han sido ideadas sin otro propósito. Descubrirán que varias de ellas han adquirido una preeminencia sobre las artes necesarias o útiles; y a la misma categoría pertenecen los malabaristas.

Todos los escritores políticos nos dicen, como principio fundamental del gobierno, que la población debe aumentar. Sin embargo, esta máxima solo es válida en ciertas circunstancias: es decir, cuando se puede proporcionar empleo a un número mayor de habitantes del que ya tiene un país. En cuanto a los mendigos, tenemos que mantener a demasiados. Todos nuestros oficios y ocupaciones no solo están llenos de trabajadores, sino que rebosan. Nuestros agricultores no pueden emplear más trabajadores, ni nuestros fabricantes más manos de las que actualmente tienen; nuestros regimientos están completos; y en cada empleo hay más candidatos y más supernumerarios de lo que es conveniente para el bien público.

¿No debería, por tanto, alegrarnos cuando la necesidad inventa nuevos medios para ganarse la vida, aunque pudieran prescindirse de ellos? Es mucho mejor que aquellos que no han aprendido ninguna habilidad útil, que han perdido su juventud al servicio de otros o que son indigentes por cualquier otra causa, ganen su sustento divirtiendo a sus conciudadanos, en lugar de mendigar o robar.

Estas artes, en efecto, no son inútiles, ya que proporcionan un sustento cómodo a quienes las practican; pero sus ganancias se obtienen con tan poco esfuerzo que no se pueden acumular; y, en general, estas personas nómadas gastan en el acto los frutos de su ingenio; lo cual es una razón adicional para fomentar su estancia en un lugar. Sin embargo, he conocido a algunos que ahorraron tanto de sus ingresos que, en su vejez, pudieron dedicarse a algún negocio más seguro y rentable.

Las personas de este tipo nunca carecerán de ánimo y apoyo mientras muestren con confianza algo insólito y sepan adaptar la naturaleza de sus entretenimientos al gusto del público. La mayor parte de la humanidad ama tanto el engaño que recompensa generosamente a quienes engañan sus sentidos, como lo demuestra la fácil venta de artículos dorados, gemas artificiales y mil otras cosas que en realidad no son lo que parecen. No sé si Montagne tiene razón al considerar que el hecho de que nos guste contemplar objetos por su rareza, novedad o la dificultad que

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los asiste, aunque puedan no servir para ningún propósito útil. A mi parecer, esto proviene de esa curiosidad innata que sirve como estímulo para impulsarnos a ampliar nuestros conocimientos y a dedicarnos a investigaciones y emprendimientos que a menudo conducen a descubrimientos de mayor importancia. Ciertamente, los malabaristas rara vez exhiben algo que pueda parecer maravilloso para quienes están familiarizados con la filosofía natural y las matemáticas; pero incluso estos suelen encontrar satisfacción al ver cómo verdades ya conocidas por ellos se aplican de una manera nueva; y aceptan con gusto toda oportunidad de que estas sean ilustradas aún más mediante experimentos. Sin embargo, muchos son demasiado precipitados y intentan explicar antes de haber examinado suficientemente el asunto; ejemplos de ello son el diente de oro a finales del siglo XVI, la varita mágica a finales del siglo XVII, y el jugador de ajedrez y la máquina parlante a finales del siglo XVIII. Pero a menudo ocurre que lo que las personas ignorantes emplean primero, simplemente como espectáculo, para entretenimiento o engaño, posteriormente es enaltecido al ser aplicado a un propósito más importante. La máquina con la cual un saboyano, mediante sombras, entretenía a niños y al público, fue convertida por Lieberkühn en un microscopio solar; y para dar otro ejemplo, que pueda convencer a las lectoras, si es que puedo esperarlo, el arte de fabricar hielo en verano, o en un horno calentado, permite a los invitados, en gran honor para su anfitriona, enfriar los platos más costosos. El indio descubre piedras preciosas, y el europeo, al pulirlas, les da brillo. Pero si el arte de los malabarismos no sirve para otro fin que el de entretener a los más ignorantes de nuestros ciudadanos, es apropiado que se fomente en beneficio de aquellos que no pueden disfrutar de los engaños más elaborados de una ópera. Sin embargo, cumplen otros propósitos además del simple entretenimiento; transmiten conocimientos de la manera más agradable y sirven como un antídoto muy efectivo contra la superstición y esa creencia popular en milagros, exorcismos, hechicería y brujería, de las cuales nuestros antepasados sufrieron tanto. Dondequiera que la gente vulgar se asombrara ante los efectos de las sombras, la electricidad, los espejos y el imán, las personas interesadas procuraban asustarla con ellos; y así malograban los poderes de la naturaleza para beneficiarse a sí mismas. Los pontífices y su clero deben, sin duda, ser detestados por desalentar la filosofía experimental. Consideraban esa ciencia como un enemigo formidable; y pensaban que ganaban una ventaja considerable cuando lograban convencer a la casa de Médici, mediante…

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Al otorgarle el cardenalato, con el fin de suprimir la Academia del Cimiento. Cuando Gasner mostró sus engaños, alguien le propuso que probara su arte en Berlín o Gotinga, y que allí expulsara, siquiera al más insignificante de todos los demonios; pero esas ciudades no eran escenarios donde fuera probable que tuviera éxito, y nunca se atrevió a presentarse allí. Sin embargo, es mejor que la gente, si realmente está dispuesta a pagar por ser engañada, esté expuesta a un engaño momentáneo por parte de malabaristas que a un engaño continuo por parte de sacerdotes. Como estos últimos no están cubiertos por la capa sagrada de la religión, sus engaños son más fáciles de ver y detectar; y, en consecuencia, pronto dejan de ser perjudiciales. Hasta el año 1601, un caballo, al que se había enseñado a realizar una serie de trucos, fue sometido a juicio como si estuviera poseído por el diablo, y condenado a ser quemado. Actualmente, caballos de este tipo se exhiben con frecuencia en público en los países herejes de Europa, de modo que la Inquisición española, quizás, pronto se avergonzará de considerar tales pruebas de la docilidad de estos animales y de la habilidad paciente de sus entrenadores como obra del diablo, como lo hacía en el período mencionado. Aquellos que ven el arte del malabarista desde el mismo punto de vista que yo, espero, me perdonarán por introducir estas observaciones y me permitirán continuarlas mientras investigo la antigüedad de esta profesión; sobre todo porque trataré de ilustrar más completamente mi tema por medio de ellas. Si ese libro que Celsus escribió contra los magos se hubiera conservado, estaríamos mucho mejor informados sobre el arte de los antiguos hechiceros o malabaristas. Este Celsus es, sin duda, el mismo autor cuyo ataque virulento contra los cristianos fue refutado por Orígenes; y, por lo tanto, tenemos aún más motivos para lamentar que una obra sobre este tema, escrita por un filósofo tan erudito y perspicaz, se haya perdido. Es mencionado con respeto por Luciano e incluso por Orígenes; y el primero obtuvo de él la descripción que da de Alejandro el impostor. También hubo autores más antiguos que escribieron sobre el mismo tema. Algunos de ellos son mencionados por Diógenes Laercio en su prefacio; y Suidas cita el *Magicon* de Antístenes, aunque ninguno de ellos habla de Celsus; pero de todas esas obras, ninguna existe hoy en día. El engaño de exhalar llamas, que actualmente provoca de manera especial la admiración de los ignorantes, es muy antiguo. Cuando los esclavos en Sicilia, unos siglo y medio antes de nuestra era, hicieron un

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Una insurrección formidable, y se vengaron de manera cruel por las severidades que habían sufrido. Entre ellos había un sirio llamado Eunus, un hombre de gran habilidad y valentía, que, habiendo pasado por muchas situaciones de la vida, había adquirido conocimientos en diversas artes. Pretendía tener comunicación directa con los dioses; era el oráculo y líder de sus compañeros esclavos; y, como suele ocurrir en tales ocasiones, confirmaba su misión divina mediante milagros. Cuando, impulsado por el entusiasmo y deseoso de inspirar coraje en sus seguidores, exhalaba llamas o chispas desde su boca mientras les hablaba. Los historiadores nos cuentan que, para ello, perforaba una cáscara de nuez por ambos extremos, la llenaba con alguna sustancia inflamable, la ponía en su boca y soplaba a través de ella. Este engaño se realiza hoy en día de manera mucho mejor: el ilusionista enrolla algo de lino o cáñamo para formar una bola del tamaño de una nuez, la enciende y deja que arda hasta que está casi consumida; luego, mientras sigue ardiendo, enrolla alrededor de ella más lino; de este modo, el fuego puede mantenerse dentro durante mucho tiempo. Cuando quiere demostrarlo, introduce la bola disimuladamente en su boca y sopla a través de ella; esto reaviva el fuego, de modo que salen varias chispas débiles; y el artista no sufre daño, siempre y cuando no inspire el aire por la boca, sino por las fosas nasales. Con este arte, el rabino Bar-Cocheba, durante el reinado del emperador Adriano, hizo creer a los judíos crédulos que él era el Mesías esperado; y dos siglos después, el emperador Constancio cayó en gran terror cuando Valentiniano le informó de que había visto a uno de los guardias exhalando fuego y llamas por la tarde. Para engaños con fuego, los antiguos también empleaban nafta, un aceite mineral líquido que se enciende tan solo al acercarse a una llama. Galeno nos cuenta que una persona causó gran asombro al apagar una vela y volver a encenderla, sin ningún otro procedimiento que colocarla inmediatamente contra una pared o una piedra. Todo el secreto consistía en haber frotado previamente la pared o la piedra con azufre. Pero como el autor, unas líneas antes, habla de una mezcla de azufre y nafta, hay razones para pensar que aquí se refiere a lo mismo. Plutarco relata cómo Alejandro Magno se sorprendió y deleitó con los efectos secretos de la nafta.

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que le fueron mostradas en Ecbatana. El mismo autor, así como Plinio, Galeno y otros, ya han señalado que la sustancia con la cual Medea destruyó a Creusa, hija de Creonte, no era otra que este aceite fino. Envió a la desdichada princesa un vestido manchado con él, el cual se incendió en cuanto ella se acercó al fuego del altar. La sangre de Neso, en la cual también se había sumergido la túnica de Hércules, que también prendió fuego, era sin duda nafta; y este aceite debió haberse utilizado siempre cuando las ofrendas se incendiaban de manera imperceptible. En todas las épocas del mundo, los sacerdotes han actuado como malabaristas ante personas simples e ignorantes.

En tiempos modernos, personas que podían caminar sobre carbones ardientes o hierro al rojo vivo, o que podían sostenerlos en sus manos y entre sus dientes, a menudo han provocado asombro. A finales del siglo XVII, un inglés llamado Richardson, de quien se asegura que podía masticar carbones ardientes, verter plomo fundido en su lengua, tragar vidrio fundido, etc., se hizo muy famoso por estas proezas extraordinarias. Dejando de lado el engaño practicado sobre los espectadores, todo este secreto consiste en hacer que la piel de las plantas de los pies y las manos sea tan callosa e insensible, que los nervios que se encuentran debajo queden protegidos de cualquier daño, de la misma manera que lo hacen los zapatos y los guantes. Tal callosidad se produce si la piel es comprimida continuamente, quemada, pinchada o dañada de cualquier otra forma. Así, los dedos de las tejedoras trabajadoras se vuelven córneos debido a ser pinchados frecuentemente; y lo mismo ocurre con las manos de quienes trabajan con fuego, y con los pies de aquellos que caminan descalzos sobre arena ardiente.

En el mes de septiembre de 1765, cuando visité las fundiciones de cobre en Awestad, uno de los trabajadores, a cambio de algo de dinero para beber, tomó algo de cobre fundido en su mano, y después de mostrárnoslo, lo lanzó contra una pared. Luego apretó los dedos de su mano callosa unos contra otros; la puso unos minutos debajo de su axila, para que sudara, según dijo; y, sacándola de nuevo, la pasó sobre una cuchara llena de cobre fundido, del cual recogió algo, y movió su mano hacia adelante y hacia atrás, muy rápidamente, como muestra de ostentación. Mientras observaba esta actuación, noté un olor similar al de cuerno o cuero quemado, aunque su mano estaba…

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no quemado. Los trabajadores de las fundiciones suecas mostraron lo mismo a algunos viajeros en el siglo XVII; pues Regnard lo vio en 1681, en las fundiciones de cobre de Laponia. Es muy probable que las personas que sostienen en sus manos hierro al rojo vivo, o que caminan sobre él, como vi hacer en Ámsterdam, pero a distancia, hagan que su piel se endurezca de la misma manera con anterioridad. Esto puede lograrse humedeciéndola frecuentemente con aceite de vitriolo; según algunos, el jugo de ciertas plantas producirá el mismo efecto; y otros nos aseguran que la piel debe frotarse muy frecuentemente, durante mucho tiempo, con aceite, por medio del cual, de hecho, también el cuero se volverá corneoso.

De este arte también se pueden encontrar rastros en las obras de los antiguos. Se celebraba anualmente una fiesta en el monte Soracte, en Etruria, en la cual los Hirpi, que vivían no lejos de Roma, saltaban sobre brasas ardientes; y por esta razón el senado romano les concedía privilegios especiales. También se nos dice que las mujeres solían caminar sobre brasas ardientes en Castabala, en Capadocia, cerca del templo dedicado a Diana.

Servio comenta, a partir de una obra de Varrón ahora perdida, que los Hirpi confiaban menos en su propia santidad que en los cuidados que habían puesto para preparar sus pies para esa operación.

No conozco todo lo relacionado con el juicio por prueba, cuando los acusados estaban obligados a demostrar su inocencia sosteniendo en sus manos hierro al rojo vivo; pero estoy casi convencido de que esto también era un truco de los sacerdotes, que lo empleaban de la forma que mejor se ajustaba a sus intereses. Es bien sabido que este método de exoneración solo se permitía a personas débiles, que no eran aptas para empuñar armas, y en particular a monjes y eclesiásticos, a quienes, por motivos de seguridad, se les prohibía el duelo singular. El propio juicio tenía lugar en la iglesia, bajo la estricta supervisión del clero; al mismo tiempo se celebraba la misa; el acusado y el hierro eran consagrados rociándolos con agua bendita; el clero calentaba el hierro personalmente; y utilizaban todos estos preparativos, al igual que los malabaristas hacen muchos movimientos, solo para distraer la atención de los espectadores. Era necesario que los acusados permanecieran al menos tres días y tres noches bajo su cuidado directo, y siguieran haciéndolo después. Cubrían sus manos tanto antes como después de la prueba; sellaban y dessellaban la cubierta: lo primero, según pretendían, para evitar que

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Las manos debían ser preparadas de alguna manera mediante un arte especial; y esto con el fin de comprobar si estaban quemadas. Por lo tanto, se conocía algún tipo de preparación artificial; de lo contrario, no habría sido necesario tomar ninguna precaución. Es muy probable que durante los primeros tres días se aplicara este procedimiento a aquellas personas que querían parecer inocentes; y que los tres días siguientes al juicio fueran necesarios para que las manos recuperaran su estado natural. El sello sagrado las protegía de la inspección de los incrédulos presuntuosos; ya que para determinar si las manos estaban quemadas, ciertamente no eran necesarios esos tres días. Cuando se abolió esta prueba y este arte se volvió inútil, el clero ya no lo mantuvo en secreto. En el siglo XIII, Alberto Magno, un monje dominico, publicó una descripción de este método. Si su receta es auténtica, parece que consistía más bien en cubrir las manos con una especie de pasta que en endurecerlas. Se utilizaba la savia del Althæa, las semillas viscosas de la planta utilizada aún hoy por los sombrereros y tejedores de seda para endurecer materiales, junto con la clara de huevo, para que la pasta se adhiriera bien; y de este modo las manos quedaban tan protegidas como si estuvieran cubiertas con guantes. El uso de este truco de magia es muy antiguo, y puede rastrearse hasta sus orígenes paganos. En Antígona, de Sófocles, los guardias que custodiaban el cuerpo de Polinices, que había sido sacado y enterrado en contra de las órdenes de Creonte, ofrecieron, para demostrar su inocencia, someterse a cualquier prueba: “Tomaremos”, dijeron, “hierro al rojo vivo en nuestras manos, o caminaremos sobre el fuego”. La exhibición de bolas y copas, que a menudo se menciona en las obras de los antiguos como el arte más común de los malabaristas, también es de gran antigüedad. Consiste en transportar rápidamente y con gran destreza, mientras el artista intenta, mediante diversos movimientos y frases, distraer la atención de los espectadores para que no observen demasiado de cerca sus movimientos, varias bolas ligeras, según el deseo de quienes están presentes, bajo una o más copas; retirándolas a veces de todas ellas y devolviéndolas de nuevo de manera imperceptible. En general, se utilizan tres copas de plomo y tantas bolas de corcho como copas; y para evitar que se descubra el truco, ya sea porque se resbalen de los pulgares del malabarista o hagan ruido, ya que debe agarrarlas con mucha rapidez, la mesa sobre la cual se sienta está cubierta con un paño.

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Estas pequeñas bolas eran llamadas por los antiguos “calculi”; y las copas, acetabula o paropsides. Casaubon ya ha citado la mayor parte de esos pasajes de autores antiguos que tratan este tema; y fueron repetidos por Bulenger; pero ninguno de estos escritores hace mención a la descripción más completa y clara que se encuentra en las cartas de Alcifrón. Allí tenemos el relato de un paisano que llegó a la ciudad y fue llevado por un comerciante al teatro, donde vio con gran asombro la exhibición de copas y bolas. “Un animal como ese”, dice, “como el artista, no querría tenerlo cerca en el campo; porque en sus manos mi propiedad desaparecería rápidamente”. El arte de la oratoria, por engañar a los oyentes, se compara frecuentemente con el de las bolas y las copas. De la palabra latina gabata, mencionada por Martial, junto con paropsides, los franceses han formado gobelets y de ahí sus expresiones comunes jugar des gobelets y joueur des gobelets, que utilizan al hablar de malabaristas. En todas las épocas del mundo ha habido hombres que provocaron gran asombro por su fuerza extraordinaria. Ya se han recopilado ejemplos de esto; pero no pertenecen a mi tema actual. Sin embargo, puedo demostrar que hace más de mil quinientos años había personas que, aplicando conocimientos sobre las fuerzas mecánicas a sus cuerpos, realizaban hazañas que asombraban a todo espectador ignorante; aunque es cierto que cualquier hombre sensato de fuerza común podría realizar lo mismo empleando medios similares. De estos se puede decir, con Celsus: “Neque hercule scientiam præcipuam habent hi, sed audaciam usu ipso confirmatam”. Hacia principios del siglo pasado, un hombre tan fuerte, o Sansón, como él mismo se llamaba, natural de Alemania, viajó por casi toda Europa; y su supuesto arte fue mencionado por tantos escritores que podemos concluir que no se había exhibido con frecuencia antes; y que entonces se consideraba algo nuevo. Se llamaba John Charles von Eckeberg; nació en Harzgerode, en Anhalt; y en aquel momento tenía treinta y tres años. Cuando se colocaba entre dos postes, en cualquier lugar plano, dos o más caballos no eran capaces de arrancarlo de su posición; podía romper cuerdas y levantar a un hombre sobre sus rodillas mientras yacía extendido en el suelo. Pero lo que provocó mayor asombro fue que él sufría

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Piedras grandes que había que romper sobre su pecho con un martillo, o un herrero que forjaba hierro sobre un yunque colocado encima de él. Esta última hazaña fue exhibida incluso en el siglo III por Firmus o Firmius, quien, en tiempos de Aureliano, intentó hacerse emperador en Egipto. Era originario de Seleucia, en Siria; apoyó la causa de Zenobia, la célebre reina de Palmira; y finalmente fue ejecutado públicamente por orden del emperador Aureliano. Es de este Firmus, y no de otro, de quien, un siglo después, fue vencido en África por el padre del emperador Teodosio, de quien habla Vopiscus cuando relata que podía soportar que se forjara hierro sobre un yunque colocado sobre su pecho. Para ello se acostaba boca arriba; pero se colocaba en tal posición, apoyando los pies y los hombros en algún soporte, que todo su cuerpo formaba un arco; de modo que parecía más bien estar suspendido que acostado completamente extendido. Este arte, que es explicado e ilustrado por Desaguliers y el profesor Kuhn de Danzig, ahora se ha vuelto tan común que a menudo se exhibe sin causar mucha sorpresa. En las obras de los antiguos se mencionan con frecuencia los bailarines de cuerdas. Los pasajes en los que aparecen han sido recopilados por varios autores, aunque nunca de forma completa; y estoy inclinado a pensar que aquellos que hayan visto a muchos artistas de este tipo podrían aclarar algunos de los puntos oscuros. Yo mismo he visto a muchos; pero he olvidado la mayor parte de lo que observé; y también hay otras razones que me impiden emprender esa tarea: temo el reproche de “multum agendo nihil agis”. No obstante, para no pasar por completo por alto este tema, presentaré al lector lo siguiente. Se encuentran diversas denominaciones para los bailarines de cuerdas, las cuales, como han imaginado algunos, no señalan diferentes tipos, sino que se refieren únicamente a artes, saltos o destrezas recién inventadas, que, aunque eran admiradas por su novedad, posteriormente fueron imitadas por todos. A estos pertenecen los schœnobatæ, oribatæ, neurobatæ, petaminarii, funambuli, etc. Algunos de los bailarines de cuerdas antiguos parece que utilizaban un palo de equilibrio, o al menos tenían pesas en sus manos para mantener el equilibrio. También es cierto que los bailarines de cuerdas no faltaron en la Edad Media. En el año 1237 eran muy comunes en

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Italia; y en 1393 había algunos de ellos en Augsburgo, que exhibían su destreza con la cuerda y recibían de cada espectador tres medio peniques alemanes.
Colocar a los hombres sobre los hombros unos de otros de tal manera que cada fila esté formada por un hombre menos, hasta que se forme una pirámide que termina en una sola persona, sobre cuya cabeza a menudo se coloca un niño con los pies hacia arriba, también es una antigua forma de demostrar destreza. Esta exhibición se realiza de muchas maneras diferentes; por eso es difícil incluso hacer conjeturas al respecto, especialmente porque la descripción que de ella da un poeta romano es muy poco comprensible.
Sin embargo, conozco aún menos bien ese arte en el cual los petauristas utilizaban aros y ruedas, lo cual causaba gran asombro entre la gente. La primera parte de este arte podría haber consistido simplemente en las diversas contorsiones y acrobacias que todavía vemos practicadas por niños entrenados para ello. Cilano explica un pasaje bien conocido de Manilio, como si los artistas hubieran atravesado aros de hierro suspendidos, a menudo al rojo vivo. Sobre esto tengo menos dudas que sobre cómo debemos entender los “corpora jactata petauro” de Juvenal y los “corpora valido excussa petauro” de Manilio, que ya muchos han intentado explicar. En cualquier caso, esta rueda era diferente de aquella sobre la cual una bailarina, como menciona Jenofonte, escribía y leía mientras giraba a gran velocidad.
El arte de exhibir diversas proezas ecuestres, que se ha practicado mucho en tiempos modernos, parece haber surgido primero en Oriente. En todo caso, aquellos artistas que, en el siglo XIII, estaban en la corte bizantina y viajaron por toda Europa, provenían de Egipto. Podían permanecer de pie sobre los caballos mientras estos corrían a toda velocidad; montar y desmontar mientras el caballo iba a toda velocidad durante una persecución; caerse del caballo y hacer muchas otras cosas igualmente extraordinarias. A finales del siglo XVI, un italiano que había aprendido este arte siendo esclavo en Turquía, fue mostrando su destreza por distintas partes de Europa. Montagne lo vio.

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en Roma en 1581; y al año siguiente estuvo en París. Algunas de estas hazañas fueron realizadas por los antiguos desultores.
No sé si los antiguos enseñaban a los caballos, perros, pájaros y otros animales a realizar diversos trucos que hoy en día se exhiben a cambio de dinero; pero es cierto que lo que hacían hacer al elefante, que sin duda es el animal más sabio y dócil de todos, supera todo lo conocido hasta ahora en este campo. Sin repetir lo que ya se ha contado tantas veces, solo mencionaré al elefante que caminaba sobre una cuerda hacia adelante y hacia atrás, así como arriba y abajo; y que Galba fue quien primero hizo que se mostrara al pueblo romano. Después de esto, se depositó tanta confianza en la destreza del animal, que una persona se sentaba sobre su lomo mientras este caminaba por el teatro sobre una cuerda tendida de un lado a otro. Lipsius, quien ha recopilado estos testimonios, 319
considera que son tan sólidos que no pueden ser puestos en duda.
Nunca he encontrado mención en las obras de los antiguos sobre el entrenamiento de caballos para que obedezcan una señal privada, imperceptible incluso para el espectador más atento, y para que realicen acciones que, para quienes no conocen este arte, parecen demostrar facultades racionales. Sin embargo, varios autores afirman que los sibaritas enseñaban a sus caballos a bailar al son de la música. 320
En el siglo XVI, los perros entrenados de manera similar causaban gran asombro.
En el año 1766, un inglés llamado Wildman se hizo muy conocido por domesticar o entrenar abejas, de tal manera que no solo lo seguían a dondequiera que fuera, sino que incluso se posaban en su rostro y manos 322
sin picarlo, y parecían obedecer sus órdenes. Unos años después, una persona que practicaba el mismo arte viajó por Alemania, haciéndose pasar por Wildman; pero el Sr. Riem demostró que no era él, y reveló el secreto mediante el cual lograba tanto poder sobre esos insectos. No puedo decir si los antiguos conocían este arte; pero debo señalar aquí que ya se conocía en el reino de Galam, en Senegal, cien años antes que Wildman; pues cuando Brue, un francés, estuvo allí en 1698, fue visitado por un hombre que se autodenominaba rey de las abejas. “Que su secreto”, dice ese viajero, “consista

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En todo caso, una cosa es segura: lo seguían a dondequiera que fuera, como las ovejas siguen a su pastor. Todo su cuerpo, y en particular su gorro, estaba tan cubierto de ellos que parecían un enjambre recién posado. Cuando se marchaba, ellos iban con él; porque además de los que estaban en su cuerpo, estaba rodeado de miles que siempre lo acompañaban.

En la época moderna, personas que carecen de brazos y manos, o cuyos miembros están muy imperfectamente formados, pero que poseen el arte de suplir esa falta utilizando sus pies y dedos de los pies, a veces se presentan a cambio de dinero; y como deleitan a los espectadores al provocar su asombro, merecen de ellos ese sustento que no pueden obtener de ninguna otra manera. Ejemplos de tales personas que habían adquirido este arte han sido muy comunes en los últimos dos siglos; pero en las obras de los antiguos solo he encontrado uno. Un rey indio llamado Porus envió al emperador Augusto una embajada con regalos, entre los cuales había algunos animales raros y un hombre sin brazos, que, no obstante, con sus pies podía doblar un arco, disparar flechas y llevarse una trompeta a la boca para soplar en ella. Dión Casio confiesa que no sabía cómo era posible eso; pero Estrabón cita como fuente a Nicolás de Damasco, quien vio todos los regalos cuando pasaron por Antioquía. Si esta persona deformada, a la que Estrabón compara con Hermes, hubiera viajado, según la práctica moderna, como espectáculo, habría sido más conocida, y con toda probabilidad su ejemplo habría inducido a otros a imitar su arte. Manilio dice, sin embargo, que había personas que, al jugar al balón, podían utilizar sus pies con tanta destreza como sus manos, que podían atrapar el balón con ellos y luego lanzarlo de nuevo; pero quizá el poeta no se refería al balón pequeño, sino al grande que se golpea con el puño y que también puede ser detenido con el pie. Además, el pasaje se lee y se explica de diferentes maneras.

Figuras o títeres que parecen moverse solos se empleaban antiguamente para realizar milagros; pero actualmente apenas se pueden utilizar con ese fin en ningún país católico de Europa, aunque todavía sirven para entretener al vulgo. Entre ellos se encuentran las marionetas, como se les llama, cuyas distintas partes se mueven de forma imperceptible mediante un hilo. De

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Una construcción aún más ingeniosa son aquellas que se mueven por la rotación de un cilindro, como ocurre en las máquinas con las cuales algunos de los antiguos mineros de Alemania ganaban su sustento; pero las más ingeniosas de todas son aquellas que se mantienen en movimiento continuo durante cierto tiempo, con la ayuda de ruedas provistas de peso o muelles. Estas últimas se denominan autómatas; y, cuando representan figuras humanas, androides. Bajo este nombre general se incluyen nuestros relojes, los más útiles de todos, así como gatos hidráulicos y muchos otros. Este último término se aplica a pequeñas marionetas que, una vez enrolladas sus partes internas, se desplazan sobre la mesa o el pavimento, y a medida que avanzan mueven su cabeza, ojos y manos. A veces se han exhibido bajo el nombre de Courrante Margarethe, lo que quizás dio origen a la palabra marioneta.

Las verdaderas marionetas son muy antiguas. Eran comunes entre los griegos, y de allí pasaron a los romanos. Se conocían con el nombre de neurospasta y se utilizaban mucho en sus espectáculos. Aristóteles habla de algunas que movían su cabeza, ojos, manos y extremidades de manera muy natural. También son mencionadas con igual precisión por Galeno, Jenofonte, Antonino, Horacio, Gelio y otros. A estas pertenecen los falos, que se llevaban en procesiones durante las fiestas de Osiris y Baco; de ellos solo uno, el que realmente correspondía al nombre, y que era casi tan grande como todo el cuerpo, se movía al ser tirado de ciertos hilos. El conde Caylus ha proporcionado una grabación del cuerpo de una pequeña marioneta hecha de marfil o hueso; pero exige demasiado cuando desea que consideremos ese fragmento, meramente por su palabra, como una pieza de antigüedad griega o romana. Al menos debería habernos informado dónde fue encontrado y por qué medios lo obtuvo. En cuanto a tales objetos, es tan fácil engañarse como cometer errores; y los objetos de hueso ciertamente no son de gran durabilidad.

La cuestión relativa a la antigüedad de los autómatas, en el sentido estricto de la palabra, es decir, aquellos que se mueven por ruedas, pesos y muelles, la dejaré para quienes hayan leído las obras de los antiguos matemáticos y que puedan desear escribir sobre la historia de la mecánica. Por lo que sé, los antiguos no conocían el arte de fabricarlos, a menos que algunas proposiciones de Ctesibio, mencionadas por Vitruvio, hagan alusión a ese tema.

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Cuando los relojes alcanzaron la perfección, algunos artistas les añadieron figuras que, en el momento en que sonaban las campanadas, realizaban diversos movimientos; y como tuvieron éxito en esto, algunos intentaron crear figuras independientes de los relojes, que o movían ciertas extremidades o avanzaban y corrían. En 1535, a mediados del siglo XVI, cuando Hans Bullmann, un fabricante de candados de Núremberg, construyó figuras de hombres y mujeres que se movían hacia adelante y hacia atrás mediante mecanismos de relojería, golpeaban un tambor y tocaban la lira según el ritmo musical, causaron asombro general como una nueva invención. Fue más o menos en esa época cuando comenzaron a utilizarse los relojes de pulsera. Sin embargo, los relatos que hablan de autómatas mucho más antiguos merecen ser examinados con mayor atención.

Los más antiguos de todos son, sin duda, los trípodes construidos por Vulcano, los cuales, al estar provistos de ruedas, avanzaban para ser utilizados y luego regresaban a su lugar. Pero, ¿qué era imposible para los dioses de Homero? Un incrédulo podría suponer que estos trípodes, también mencionados por Aristóteles y que quizá eran solo una especie de mesitas o sirvientes mecánicos, tenían ruedas tan bien concebidas que podían ponerse en movimiento y ser impulsadas a cierta distancia con el más mínimo impulso, como las bandejas para encender pipas en las tabernas de nuestro país.

Que Dárdano fabricó estatuas que no solo podían caminar, sino que además era necesario atarlas para que no se movieran, lo relatan Platón, Aristóteles y otros. Este último habla de una Venus de madera y señala que el secreto de su movimiento residía en el mercurio vertido en ella. No puedo comprender qué quiere decir aquí el autor; pero no creo que esta Venus se volviera del revés como las marionetas chinas. Sea como sea, es sorprendente que los chinos hayan ideado la forma de dar movimiento a las marionetas mediante el mercurio, y de una manera tan ingeniosa, que Muschenbroek consideró oportuno describir toda su estructura e ilustrarla con figuras. Pero antes de que este método fuera conocido en Europa, Kircher tuvo la idea de poner en movimiento un pequeño carro añadiéndole una tubería llena de mercurio y calentándola con una vela colocada debajo. El relato de

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Aristóteles es más misterioso, ya que no nos informa sobre cómo actuaba el mercurio. Calístrato, otro escritor que fue tutor de Demóstenes, nos hace entender que las estatuas de Dédalo fueron puestas en movimiento por fuerzas mecánicas. Pero lo que afirman Palefato y Gedoyn, Banier, Goguet y otros entre los modernos es lo más probable. Las primeras estatuas de los griegos eran imitaciones de las egipcias: en su mayoría, figuras torpes, con los ojos cerrados, los brazos colgando junto al cuerpo a cada lado y los pies juntos. Las creadas por Dédalo tenían los ojos abiertos, así como los pies y las manos libres; además, el artista les dio una postura tal que parecían estar recostadas o como si estuvieran listas para caminar o correr. Como exclamó Anacreonte, maravillado, al ver una imagen de cera de su objeto favorito: “¡Vete, cera, pronto hablarás!”, así también los griegos asombrados gritaron al contemplar las estatuas de Dédalo: “Pronto caminarán”. La generación siguiente afirmó que realmente caminaban; y sus descendientes, añadiendo aún más a lo que se les había contado, sostuvieron que habrían corrido de no haber estado atadas. Igualmente imperfecta es la descripción del palomo de madera construido por Arquitas de Tarento. Se nos dice que volaba; pero una vez que se posaba, ya no podía volver a elevarse. Esto último no es increíble; pero incluso si admitimos que ya se conocían máquinas aerostáticas en aquel entonces, es imposible creer lo primero. Actualmente no se puede determinar con certeza qué mecanismo dio origen a esta historia. La cabeza de Alberto Magno, de la cual se dice que no solo se movía, sino que también hablaba, es demasiado poco conocida como para poder formarse alguna opinión al respecto. Su construcción debió ser muy ingeniosa y compleja, si es cierto que trabajó en ella durante treinta años. En los siglos XIV y siguientes, los autómatas, como ya he dicho, se fabricaban con frecuencia. Entre ellos estaba la mosca de hierro de Juan Müller o Molitor, o, como a veces se le llama, Regiomontano; se dice que volaba por todas partes. También estaba su águila artificial, que voló al encuentro del emperador Maximiliano a su llegada a Núremberg, el 7 de junio de 1470. Ninguno de ellos…

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Los escritores contemporáneos, sin embargo, aunque a menudo hablan de este erudito, hacen la menor mención a estos mecanismos; y es probable que toda la historia haya surgido de Peter Ramus, quien nunca estuvo en Núremberg hasta el año 1571. J. W. Baier intenta demostrar que la mosca mencionada anteriormente, movida por un sistema de ruedas, saltaba sobre una mesa; y que el águila posada en la puerta de la ciudad extendía sus alas al acercarse el emperador y lo saludaba inclinando su cuerpo. Sabemos que Carlos V, después de su abdicación, se entretuvo durante los últimos años de su vida con autómatas de diversos tipos. Los más ingeniosos, o al menos los más famosos, fueron aquellos fabricados por Vaucanson, que los exhibió públicamente en París por primera vez en 1738. Uno de ellos, que representaba a un flautista sentado, interpretaba doce melodías, y, según se nos asegura, gracias al viento que salía de su boca hacia una flauta alemana, cuyos orificios abría y cerraba con sus dedos. El segundo era una figura de pie que, de igual manera, tocaba la flauta del pastor provenzal, que sostenía en su mano izquierda, y con la derecha golpeaba un tambor o tambour de Basque. El tercero era un pato, del tamaño natural, que movía sus alas, realizaba todos los gestos propios de ese animal, graznaba como un pato, bebía agua, comía maíz y, después de un rato, dejaba caer detrás de sí algo que se parecía a las heces de un pato. Estos aparatos debieron ser imitados con frecuencia. Vi algunos similares en el año 1764, en el palacio de Zarsko-Selo, cerca de San Petersburgo, y me dijeron que habían sido adquiridos a Vaucanson. Por lo que recuerdo, el tamborín estaba dañado. Allí también vi un regimiento de soldados que realizaban sus ejercicios, movidos por un sistema de ruedas. En el año 1752, un tal Du Moulin, platero, viajó por Alemania con autómatas similares a los de Vaucanson. En 1754, quiso venderlos al marqués de Bayreuth; pero tuvo que empeñarlos en Núremberg, en la casa de Pfluger, quien se ofreció a venderlos por 3000 florines, la suma prestada para adquirirlos. Posteriormente fueron comprados por el consejero Beireis, en Helmstadt, quien tuvo la amabilidad de mostrármelos. Es muy lamentable que su mecanismo esté gravemente deteriorado; el flautista solo emite algunos tonos muy débiles; pero el pato come, bebe y…

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Todavía se mueve. Las costillas, hechas de alambre, estaban cubiertas con plumas de pato para imitar la naturaleza; y como ahora estas han desaparecido, se puede ver mejor su estructura interna; respecto a la cual solo diré que el movimiento se transmite por medio de un cilindro y cadenas finas, como en un reloj, todo ello pasando por las patas del pato, que tienen el tamaño habitual. Nicolai dice que Du Moulin llegó a San Petersburgo en 1755 y murió en Moscú en 1765. Es probable que haya fabricado los autómatas que vi en Rusia. Aquellos que dejó en Núremberg parecen o bien no haber sido completados, o bien haber sido deliberadamente dañados por él; pues presentaban defectos que no podían atribuirse a ningún accidente. Sin embargo, el Sr. Beireis ha comenzado a hacer que sean reparados. De todos estos autómatas, confieso que el pato me pareció el más ingenioso; pero puedo demostrar que se fabricaron piezas similares antes de la época de Vaucanson. Labat nos cuenta que el general francés De Gennes, quien hacia el año 1688 defendió la colonia de San Cristóbal contra los ingleses, construyó un pavo real capaz de caminar, recoger del suelo el grano que le lanzaban, digerirlo, según parecía, y luego dejar caer algo que se asemejaba a excrementos. Este hombre pertenecía a una antigua familia noble de Bretaña, que sin embargo se había reducido tanto que su padre ejercía un oficio artesanal. El hijo se familiarizó con el marqués de Vivonne, quien, debido a sus prometedores talentos, lo promovió. Llegó a ser comandante de una nave, condujo una escuadra hasta los Estrechos de Magallanes, donde se pretendía fundar una colonia, y obtuvo en Cayena un terreno, que convirtió en un condado bajo el nombre de Oyac. Inventó máquinas de diversos tipos útiles para la navegación y la artillería, y, según se cuenta, construyó relojes que funcionaban sin pesas ni resortes. El flautista de Vaucanson tampoco fue el primero de su tipo. A principios del siglo XVI, el autor anónimo de ese conocido poema Zodiacus Vitæ vio en Roma una figura hecha de manera similar por un alfarero. Es una gran lástima que no se dé ninguna descripción de su construcción.

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Vi yo cuando en Roma reinaba León X, que yo era una obra hecha por un alfarero, una figura de joven,
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de la cual salía un viento fuerte por la abertura de la boca.

Pediré permiso aquí para decir unas palabras acerca de un objeto de malabarismo que, por más antiguo que sea, sigue causando asombro y ha engañado a menudo a los hombres eruditos: me refiero a esas máquinas parlantes que, según parece, responden a diversas preguntas que se les plantean, a veces en idiomas diferentes, cantan e incluso suenan como una trompa de cazador. La figura, o solo la cabeza, suele colocarse sobre una caja, cuya parte delantera, con el fin de engañar mejor, está repleta de fuelles, un diapasón, cilindros y tubos, supuestamente destinados a representar los órganos del habla. Otras veces, la máquina se asemeja simplemente a un bloque utilizado por los peluqueros, cubierto con un vestido turco, provisto de un par de brazos y colocado frente a una mesa; a veces, la marioneta se encuentra sobre la mesa o apoyada contra una pared. Los sonidos se escuchan a través de una trompeta parlante que la figura sostiene en su boca.

Muchos malabaristas son tan descarados como para afirmar que la voz no proviene de un hombre, sino que es producida por maquinaria, de la misma manera que la música de un órgano. Algunos, como el último que vi, son más modestos o tímidos, y dan respuestas evasivas a las preguntas sobre el origen de la voz, con tanto arte como aquellos que exhiben bolas y copas. Sin embargo, respecto a estas máquinas parlantes existen opiniones diferentes: algunos afirman que la voz proviene de la máquina; otros, que el malabarista responde por sí mismo, hablando como los ventrílocuos o gracias a su capacidad para cambiar su voz; y hay quienes creen que las respuestas son dadas por un hombre oculto en algún lugar. La vehemencia con que se defienden estas opiniones expone al malabarista al peligro de perder la vida; pues, cuando se descubre la ilusión, la multitud, que en parte se deja engañar voluntariamente e incluso paga al malabarista por su engaño, cree tener derecho a vengarse por haber sido engañada.

A veces las máquinas se dañan, y sus dueños son tratados con dureza como impostores. En cuanto a mí, no veo por qué un malabarista que utiliza una máquina parlante sea un impostor más culpable que aquel que finge exhalar llamas, tragar aceite hirviendo o hacer hablar a las marionetas.

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En las sombras chinas. Los espectadores pagan por el placer que obtienen de un engaño bien oculto, y con mayor satisfacción cuanto más difícil les resulta descubrirlo. Pero la persona que habla o canta a través de una marioneta está tan bien escondida, que personas de gran perspicacia han imaginado que tal ocultamiento era imposible. Actualmente este arte es bien conocido.

O bien se esconde a un niño o a una mujer en la caja del malabarista; o bien alguna persona, situada en un apartamento vecino, habla al extremo de un tubo que pasa a través de la pared hasta llegar a la marioneta, y que transmite las respuestas a los espectadores. El malabarista brinda toda la ayuda necesaria a esa persona mediante señales acordadas previamente. Una vez me mostraron, junto con el señor Stock y bajo promesa de secreto, al ayudante en otro apartamento, de pie frente al tubo, con una tarjeta en la mano en la que estaban marcadas las señales; y lo habían introducido en la casa de tal manera discreta que la casera no tenía conocimiento de ello. Sin embargo, el malabarista admitió que no actuaba sin miedo; y que no se atrevería a quedarse mucho tiempo en un lugar como Gotinga, ni a regresar con sus turcos, aunque la gente fuera lo bastante cortés como para permitirle marcharse pacíficamente con lo que había ganado.

La invención de hacer hablar a las estatuas por este método parece tan sencilla, que uno casi no puede evitar suponer que se empleó en las épocas más antiguas para sostener la superstición; y muchos han imaginado que la mayor parte de los oráculos hablaban de la misma manera. Esto, sin embargo, es falso, como lo han demostrado el jesuita Baltus y el autor anónimo de una Respuesta a la Historia de los Oráculos de Fontenelle. Parece que los sacerdotes paganos, al igual que nuestros malabaristas, temían que sus engaños, si se practicaban durante mucho tiempo, pudieran ser descubiertos. Por lo tanto, consideraron más seguro dar ellos mismos las respuestas; o hacer que las dieran mujeres instruidas para ese fin, o por escrito, o por cualquier otro medio. No obstante, leemos que los ídolos y las imágenes de santos solían hablar; pues actualmente estos últimos no se atreven a abrir la boca. Si sus devotos realmente oyeron alguna vez una voz procedente de la estatua, pudo haber sido producida de la manera mencionada anteriormente.

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No se puede determinar con certeza si la cabeza de Orfeo hablaba en la isla de Lesbos, o, lo que es más probable, si las respuestas le eran transmitidas por los sacerdotes, como ocurría con el trípode en Delfos. Sin embargo, Luciano relata expresamente que el impostor Alejandro hizo que su Esculapio hablara de esta manera. Según ese autor, él utilizó, en lugar de una flauta, la garganta de un grulla, y transmitió la voz a través de ella hasta la boca de la estatua. En el siglo IV, cuando el obispo Teófilo destruyó las estatuas en Alejandría, encontró algunas que eran huecas, y las colocó de tal manera contra una pared que un sacerdote podía colarse desapercibido detrás de ellas y hablarle a la gente ignorante a través de sus bocas. Conozco un pasaje que parece indicar que Casiodoro, quien, como es bien sabido, construyó varios mecanismos, también fabricó máquinas parlantes; pero debo confesar que no creo entender perfectamente esas palabras.

Que hace más de cien años la gente se atreviera a exhibir máquinas parlantes a cambio de dinero ha sido demostrado por Reitz en sus anotaciones a Luciano, donde cita el caso de un inglés llamado Thomas Irson, a quien él mismo conocía, y cuyo arte causó gran asombro en el rey Carlos II y en toda su corte. Cuando el asombro se generalizó, uno de los pajes descubrió, en la habitación contigua, a un sacerdote católico que respondía en el mismo idioma, a través de una flauta, a las preguntas dirigidas a la cabeza de madera, susurrando en su oído. Irson solía contar frecuentemente este engaño.

Ahora añadiré solo unas pocas observaciones sobre las sombras chinas, de las cuales he hablado ocasionalmente anteriormente. Este ingenioso entretenimiento consiste en mover, mediante clavos fijados a ellas, pequeñas figuras talladas en cartón, cuyas articulaciones son todas flexibles, detrás de un trozo de gasa pintada colocada frente a una abertura en una cortina, de tal manera que se puedan mostrar diversas escenas según se desee; mientras que la abertura cubierta con gasa se ilumina, hacia la sala donde se sientan los espectadores, mediante la luz reflejada desde un espejo; de modo que las sombras de los clavos quedan ocultas. Cuando es necesario hacer que una figura realice una variedad de movimientos, es preciso contar con varias personas, quienes deben…

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Excepcionalmente experto. Cuando se quiere representar a una serpiente deslizándose, la figura, que consta de anillos delicados, debe ser dirigida al menos por tres asistentes. Este entretenimiento, que apenas se puede ver la primera vez sin placer, es en realidad una invención china. Hace muchos años vi cajas chinas en las cuales tales figuras móviles solo eran visibles cuando la caja se sostenía contra la luz. En China, estas sombras se utilizan en la famosa fiesta de las linternas; y se puede encontrar una descripción de ellas en las obras de algunos viajeros. Que también eran comunes en Egipto, lo sabemos gracias a Prosper Alpinus, quien las admiraba mucho; pero no pudo descubrir el método mediante el cual se producían, ya que se mantenía en secreto. Un italiano, que las exhibió en Gotinga hace algunos años, me dijo que primero fueron imitadas, a partir de las chinas, en Bolonia.

NOTAS AL PIE
281
Essais, i. 54.
282
El malabarista mencionado por Jenofonte pidió a los dioses que le permitieran permanecer únicamente en lugares donde hubiera mucho dinero y abundancia de ingenuos.
283
Le Siècle de Louis XIV. Berlín, 1751, 12mo, i. p. 44. Este caballo fue visto en el año mencionado por Casaubon, a quien su dueño, un inglés, le reveló todo el arte mediante el cual había sido entrenado. Véase Casauboniana, p. 56. Jablonski, en su Lexicon der Künste und Wissenschaften, p. 547, nos asegura que fue condenado a las llamas en Lisboa. En el año 1739, un malabarista en Polonia fue torturado hasta que confesó ser un hechicero, y sin más pruebas fue ahorcado. Todo el relato de este acontecimiento se puede encontrar en las Schlesischen Gelehrten Neuigkeiten del año 1739.
284
Véase Luciani Opera, ed. Bipont. v. pp. 388, 407.

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285
Florus, iii. 19, 4.
286
Se pueden encontrar instrucciones para realizar este truco en diversas obras, como Zauberkünste de Joh. Wallbergen, Stuttgart, 1754, 8vo, y Natürliches Zauberbuch, Núremberg, 1740, 8vo.
287
Véase Diction. de Bayle, i, p. 450, artículo Barchochebas.
288
Philostorgii Hist. Eccles., vii. 7, p. 93.
289
Vita Alexandri, p. 687.
290
Galen, l. c.
291
Ovid. Met., lib. ix. 160.
292
Se pueden encontrar ejemplos recopilados en Huetii Alnetanæ Quæstion., lib. ii, y en el Diccionario de Bayle, artículo Egnatia.
293
Journal des Sçavans, 1667, págs. 54, 222; y 1680, p. 292. Deslandes, Mémoires de Physique, ii. Y Bremenscher Magazin, i, p. 665. Véase también Busbequii Omnia, Basilea, 1740, 8vo, p. 314.
294
[En este caso, la engañifa podría haberse practicado fácilmente. Un metal fusible, como sugiere Sir David Brewster en Nat. Magic, p. 301 —que consiste en mercurio, estaño y bismuto y se funde a baja temperatura— podría haberse sustituido fácilmente por plomo; y líquidos cuyo punto de ebullición es inferior al del agua podrían haberse utilizado en su lugar. Se cree que la sustancia utilizada en Nápoles es una solución de espermaceti en éter sulfúrico, teñida con raíz de alkanet, que se solidifica a 50° F. y se funde y hierve con el calor de la mano. Los experimentos de M. Tillet, el Dr. Fordyce y Sir Charles Blagden demuestran el gran calor que puede soportar el cuerpo humano. Algunos de estos caballeros permanecieron en una habitación donde...]

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La temperatura era uno o dos grados por encima de los 260° F durante ocho minutos; un filete de ternera se cocinó en la misma atmósfera y quedó pasado en treinta y tres minutos; cuando se sopló sobre el filete con un par de fuelles, se comprobó que estaba bien cocido en trece minutos. Pero Sir F. Chantry se expuso a una temperatura aún mayor en el horno utilizado para secar sus moldes. Cuando alcanzaba su temperatura máxima, el termómetro indicaba 350° F, y el suelo de hierro estaba al rojo vivo. Los trabajadores solían entrar allí cuando la temperatura era de 340° F. En una ocasión, Sir F., acompañado por cinco o seis de sus amigos, entró en el horno; después de permanecer allí dos minutos, sacaron un termómetro que indicaba 320° F. Algunos de ellos experimentaron fuertes dolores en la punta de las orejas y en el tabique nasal, mientras que otros sintieron dolor en los ojos. —Brewster, l. c.]

295

[La propiedad peculiar de los minerales y varios sales, como el alumbre, para formar y proteger prendas de vestir, etc., de los efectos del fuego, es algo conocido desde hace tiempo. Pero el arte de aplicarlo en la práctica se debe a la ingeniosidad del Caballero Aldini de Milán. Su indumentaria consistía en una tela resistente impregnada en una solución de alumbre, que se utilizaba para cubrir el cuerpo, los brazos y las piernas; la prenda para la cabeza era un gran sombrero que cubría toda la cabeza hasta el cuello, con agujeros para la nariz, los ojos y la boca; la protección para los pies estaba hecha de amianto o tela de amianto. Las medias y el sombrero eran simples, pero los guantes eran dobles, para permitir que el bombero pudiera sostener en sus manos objetos en llamas o al rojo vivo. Se añadió además una indumentaria metálica, compuesta por un sombrero con máscara, dejando un espacio entre esta y el sombrero de amianto; un peto; una pieza de armadura para el tronco y los muslos; un par de botas hechas de malla de alambre doble; y un escudo ovalado de cinco pies de largo por dos y medio de ancho, fabricado estirando la malla de alambre sobre un marco de hierro delgado. Todas estas piezas estaban hechas de malla de alambre.

Se descubrió que, equipado con este aparato, un hombre podía caminar sobre hierro caliente, en medio de llamas intensas, mantener su cabeza sobre un recipiente lleno de fuego, etc., durante varios minutos. Esto ocurrió en casos en los que la temperatura era tan alta que los espectadores se veían obligados a mantenerse a una distancia de ocho o diez yardas. Esto se demostró notablemente en 1829, en el patio de los cuarteles de St. Jervais.]

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Se erigieron torres de dos pisos de altura, rodeadas de montones de leña y paja inflamadas. Uno de los bomberos, con un niño a la espalda, en una canasta de mimbre cubierta con gasa metálica y llevando un sombrero de tela amiantada, se lanzó hacia un lugar estrecho donde las llamas alcanzaban ocho yardas de altura. La violencia del fuego era tan grande que no se podía verlo, mientras un denso humo negro se extendía por todas partes, desprendiendo un calor insoportable para los espectadores. El hombre permaneció tanto tiempo invisible que surgieron serias dudas sobre su seguridad. Sin embargo, al final salió de aquel abismo de fuego sin sufrir daños.

Lo mismo hizo Schreber en 1760.

Plinio, VII, 11; Virgilio, Eneida, XI; Silio Itálico, V; Estrabón, V.

Estrabón, XII.

En su obra De Mirabilibus Mundi, al final de su libro De Secretis Mulierum, Ámsterdam, 1702, formato 12mo, página 100.

Antígona, 270.

Animadversiones sobre Ateneo, libro I, 15.

De Teatro, libro I, 40, en Grævii Thes. Ant. Rom., IX.

Libro III, carta 20; Séneca, Cartas, 45. Comparar con Suidas, Pollux y Ateneo, Deipnosophistas, 4. Es probable que Quintiliano haga alusión a este arte en sus Instituciones, X, 7, 11.

Plinio, VII, 20, página 385; Martial, V, 12; Suidas, hablando de Teógenes de Tasos; Haller, Elementos de Fisiología, IV, página 486.

Vopisco, Vida de Firmo. Ver la figura en Desaguliers, tabla XIX, figura 5. Describe así la posición: el supuesto Sansón apoya sus hombros (no su cabeza, como solía decir) sobre una silla, y sus talones sobre otra (las sillas estaban fijas), y sostiene a uno o dos hombres que están de pie sobre su vientre, levantándolos arriba y abajo.

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Respira, formando con su espalda, muslos y piernas un arco cuyos apoyos son las sillas.
306
Un curso de Filosofía Experimental. Londres, 1745, 4to, vol. I, p. 266.
[Una descripción popular de estas hazañas extraordinarias, con ilustraciones y explicaciones de los principios en los que se basan, la ofrece Sir David Brewster en su interesante volumen sobre Magia Natural, p. 246.]
307
Versuche und Abhandl. der Naturforsch. Geselsch. in Danzig.
308
Muchos de estos pasajes de los antiguos han sido recopilados por Bulenger en su obra De Theatro, vol. I, cap. 41. Véase también a Des Camps en una disertación contenida en Recherches Curieuses d’Antiquité, por Spon. En Lyon, 1683. —Mercurialis De Arte Gymnast. y Fabricii Biblioth. Antiq., p. 995.
309
Un epigrama, atribuido a Petronio, en la página 542 de la edición de Hadrianides, pertenece a este tema.
310
Muratori, Antiquit. Ital. Med. Ävi, vol. II, p. 846.
311
Von Stetten, Kunstgeschichte von Augsburg, vol. II, p. 177.
312
Claudiano, de Mallii Consul. 320. En Cilano’s Römischen Alterthümer, vol. II, fig. 8, hay una representación similar a las que he visto expuestas con frecuencia. Pero la más peligrosa y la más curiosa es aquella de la cual se proporciona un grabado en Splendor Urbis Venetiarum, que se encuentra en Grævii Thesaurus Antiquit. Italiæ, vol. 3, p. 374.
313
Sat. xiv. 265.
314
Lib. v. 433.
315
Symposium, p. 655, edición de Basilea, 1555, folio. Εἰσεφέρετο τῇ ὀρχηστρίδι τροχὸς τῶν κεραμεικῶν ἐφ’ οὗ ἔμελλε θαυμασιουργήσειν. En la antigua edición de J. Ribittus, este pasaje está…

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Así se traduce: “Se presentó a la saltarina una rueda de alfarero, por medio de la cual podía saltar y realizar milagros”. La primera pregunta que surge es: ¿qué era τροχὸς τῶν κεραμεικῶν? La última palabra aludía a un lugar en Atenas donde cada año se exhibían luchas; y por esa razón Aristófanes utiliza la expresión πληγαὶ κεραμεικαί. Sin embargo, esto no ofrece ninguna explicación. Bulenger, quien cita el mismo pasaje, lo traduce de la siguiente manera: “Se presentó a la saltarina una rueda de alfarero, por medio de la cual podía saltar y realizar milagros”. Con esto se refiere, por tanto, a la rueda de alfarero, invención de Anacarsis; pero ésta siempre se llamó κεραμικὸς τροχὸς, y no τροχὸς τῶν κεραμεικῶν. Pero incluso suponiendo que se refiera a la rueda de alfarero, está mal añadir “por medio de la cual podía saltar”, ya que la rueda de alfarero no es como un aro, sino como una placa o un plato; y cuando gira, lo hace horizontalmente, no verticalmente. Además, no ha explicado cómo la artista podía escribir o leer sobre una rueda por la cual saltaba. “Escribir y leer mientras la rueda gira es algo maravilloso”. Si realmente se refiere a la rueda de alfarero, considero que es perfectamente posible que una persona se mantenga de pie sobre ella mientras gira a gran velocidad, e incluso que lea o escriba; pero sería necesario levantar las piernas, una tras otra, con la mayor rapidez posible.

316
Nicephorus Gregor. viii. 10. p. 215. Este grupo de bailarines con cuerdas provenía de Egipto. Viajaron por casi toda Asia y toda Europa, hasta los confines de España. En Constantinopla extendieron las cuerdas, sobre las cuales mostraron por primera vez su arte, entre los mástiles de los barcos. Casi se podría pensar que en aquel entonces la estúpida superstición no prevalecía tanto en Europa como al comienzo del siglo pasado. El historiador dice que el grupo estaba formado inicialmente por cuarenta personas; pero que la mitad de ellas fueron abandonadas durante el viaje a Constantinopla. No nos dice, sin embargo, que ellos o sus caballos fueran quemados en algún lugar por ser considerados brujos o poseídos por el diablo.

317
Véase la traducción al alemán de sus Viajes, ii. p. 238.

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318
Journal du Règne de Henri III, p. 57. — Recueil de Pièces servant à l’Hist. de Henri III. Colonia, 1666, 12mo.
319
Epistolarum Selectarum Centuria. Amberes, 1605, 4to; 50 cartas, p. 59. — Plinio, VIII, 1 y 3. — Séneca, carta 86. — Suetonio, Vidas de Galba. — Dión Casio. También se pueden encontrar muchas de estas piezas recopiladas en Hartenfels, Elephantographia, Erfurt, 1715, 4to. Parece que en el siglo XIII algunos se atrevieron a montar a caballo sobre una cuerda. Véase la Crónica de Alberico, monje de los Tres Manantiales, incluida por Leibniz en Accessiones Historicæ, vol. II, donde se describe la ceremonia de boda de Roberto, hermano del rey de Francia, en el año 1237. Se pueden encontrar varios ejemplos de la destreza del elefante en Lipsii, Laus Elephantis, incluido en Dissertat. Ludicrarum et Amœnitatum Scriptores varii, Lyon, 1638.
320
Aeliano, Hist. An., XVI, 23; VI, 10. — Ateneo, libro XII. — Plinio.
321
Un ejemplo se encuentra en Theophanis, Chronographia, impresa en París en 1655, formato folio. Ocurrió en el decimoséptimo año del reinado de Justiniano, es decir, en el año 543.
322
Universal Magazine, octubre de 1766, p. 217.
323
Der entlarvte Wildman, Betrüger grosser Höfe. Berlín, 1774, 8vo. Véase también Göttingische Gelehrte Anzeig., 1775, p. 816. Sin embargo, el nombre de “impostor” dado a Wildman era demasiado severo; pues no creo que aquel que realiza algo extraordinario, nunca hecho antes por nadie, se convierta en un impostor cuando otro descubre su arte.
324
El viaje de Brue se encuentra en Labat, Afrique Occidentale, volumen IV.
325
[Durante varios años se ha presentado en el Strand una curiosa exhibición de este tipo: las “pulgas industriosas”. Estos animales dañinos son vistos aquí tirando de un carruaje de cuatro caballos, disparando un pequeño cañón y realizando otros diversos trucos similares.]

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326
Se pueden encontrar también varios ejemplos de este tipo en Monstrorum Historia Memorabilis, de J. G. Schenkio a Grafenberg, hijo, Francof. 1609, 4to, p. 28 y ss. Uno de los más curiosos es el de Thomas Schweicker, nacido en Halle, en Sajonia prusiana, en el año 1586. Camerarius lo vio no solo escribir, sino incluso fabricar una pluma con sus pies.—Trad.

327
Strabo, lib. XV, p. 1048, ed. Almel. —Dio Casio, lib. LIV, p. 739. Suetonio, Eutropio, Eusebio y Orosio hablan de esta embajada, pero no hacen mención de los regalos.

328
[En tiempos modernos, la parte ociosa del público ha sido satisfacida con la exhibición de los gemelos siameses; el monstruito Tom Thumb; y, más recientemente, un niño de tres piernas. El nacimiento de tales monstruos equivale a una herencia o fortuna para sus padres, quienes, gracias a sus exhibiciones, obtienen grandes sumas de dinero: el gusto morboso del público, especialmente de la capa más débil, por tales espectáculos es realmente deplorable.]

329
Man. Astron., lib. V, 165.

330
Frisch deriva esta palabra de morio, que significa tonto o bufón.

331
Este utensilio de cocina era conocido a mediados del siglo XVI. Montagne vio uno en Brixen, en Tirol, en el año 1580, y escribió una descripción de él en su Diario, como una invención nueva. Dice que consistía únicamente en ruedas; que se mantenía en movimiento mediante un pesado trozo de hierro, al igual que los relojes con un peso, y que, al ser enrollado de la misma manera, hacía girar la carne durante toda una hora. Anteriormente había visto, en otro lugar, otro que funcionaba con humo.—Reise, i, pp. 155, 249. Este último tipo parece ser algo más antiguo. Scappi, cocinero del papa Pío V, incluyó una ilustración de uno en su libro Opera di M. Bartolomeo Scappi, impreso en Venecia en 1570, el cual es extremadamente escaso. Recientemente vi una copia que, en lugar de dieciocho, tenía veinticuatro grabados. Posteriormente fue impreso dos veces en el mismo lugar, es decir, en 1571 y 1605, en formato cuarto. La tercera edición dice: “con dos adiciones, es decir…”

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“Trinciante y el Maestro de casa”. Parece que Bayle confunde este libro con el de Platina, *De Honesta Voluptate*, o bien cree que este último fue su verdadero autor. Sin embargo, eso no puede ser, ya que transcurrieron más de cien años entre los períodos en que vivieron Scappi y Platina. Platina murió en 1481, y no en 1581, como se lee en Bayle.
332
*De Mundo*. cap. vi.
333
Heródoto. ii. 48. p. 127.—Luciano, *De Syria Dea*, 16, ed. Bipont. ix. p. 99.
334
*Recueil des Antiquit.* iv. p. 259.
335
Doppelmayer, p. 285.
336
*Iliada*, xviii. 373. Cabe señalar que también había tales τρίποδες αὐτόματοι en el banquete de Iarchas. Véase Filóstrato, *Opera*, ed. Olearii, pp. 117, 240.
337
*Política*, i. 3.
338
En su *Menón*, p. 426.—*Eutifrón*, pp. 8, 11.
339
*Introducción a la filosofía natural*, i. p. 143.
340
*Physiologia Kircheriana*, fol. p. 69.
341
En Filóstrato, *Opera*, ed. Olearii, p. 899.
342
En *Mém. de l’Acad. des Inscr.*, xiii. p. 274.
343
Oda xxvii.
344
Aulo Gelio, x. 12.
345
Véase la *Apología* de Naudé, el *Diccionario* de Bayle, etc. Se dice que Tomás de Aquino se asustó tanto al ver esta cabeza, que…

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Lo destrozó en pedazos, y Albertus exclamó entonces: “¡Periit opus triginta annorum!”
346
Schol. Mathemat. lib. ii. p. 65.
347
Dissertat. de Regiomontani Aquila et Musca Ferrea. Altorfi, 1709.
—Véase Mémoires de Trevoux, 1710, julio, p. 1283.—
Doppelmayer, p. 23.—Fabricii Bibl. Med. Ætat. iv. p. 355.—
Heilbronner Hist. Math. p. 504.
348
Strada De Bello Belgico. Mogunt. 1651, 4to, p. 8. Él llama al artista Jannellus Turrianus Cremonensis.
349
En el año 1738, Le Méchanisme du Fluteur Automate, de Vaucanson, fue impreso en París, en formato 4to delgado. Contiene solo una breve descripción del flautista, que se reproduce en la Enciclopedia, i. p. 448, bajo el artículo Androide. En lo que respecta al pato, por lo que sé, no ha sido descrito en ningún lugar.
350
Vaucanson murió en París en 1782.
351
[El editor posee una jaula mecánica de forma elegante, en la cual dos herrerillos artificiales giran sobre un percho, agitan sus alas y mueven sus picos, al tiempo que emiten sonidos musicales imitando su canto natural. En el centro hay una fuente construida con vidrio espiral. Debajo de la jaula hay un reloj que pone todo en movimiento cada hora, durante tres o cuatro minutos; pero también puede activarse de forma independiente, como una caja de rapé musical. Se presume que fue fabricada por Vaucanson hace unos cien años, y en su momento fue una de las principales atracciones del célebre Museo de Weeks, donde se exhibió por primera vez ese singular mecanismo: la araña tarántula.]
352
Nicolai, Reise, i. p. 287.
353
Nouveau Voyage aux Iles de l’Amerique. La Haya, 1724, 2 volúmenes, 4to; ii. pp. 298, 384. En su país era llamado Conde de Gennes.

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354
Zodiacus Vitæ, xi. 846.
355
Véase un breve tratado titulado Ueber H. D. Muller’s Redende Maschine, und über redende Maschinen überhaupt. Núremberg, 1788, 8vo.—Algem. Teutsches Biblioth. vol. lxxxvii. p. 473. The Speaking Figure and the Automaton Chess-player exposed and detected. Londres, 1784, 8vo.—Este célebre autómata para jugar al ajedrez, inventado por M. Vankempelin, fue reparado y exhibido en Londres en 1820 por el ingenioso mecánico Maelzel, con considerable éxito. La figura y la maquinaria estaban siempre a disposición de los visitantes para que las inspeccionaran; además, se desplazaban por el suelo en diversas direcciones antes de que comenzara la partida. El engaño estaba tan bien organizado que lograba pasar desapercibido incluso para los más perspicaces. El propietario siempre se aseguraba de contratar al mejor jugador de ajedrez de la ciudad antes de poner en marcha el autómata; por lo tanto, la maravilla se incrementaba aún más debido a la superioridad de las jugadas del autómata. El señor Lewis lo dirigía en Londres. Actualmente se admite generalmente que había un niño escondido dentro.
356
Van Dale De Oraculis. Ámsterdam, 1700, 4to, i. 10, p. 222.
357
Réponse à l’Histoire des Oracles de M. de Fontenelle.
358
Lívio, Valerio Máximo y Plutarco relatan algunos ejemplos. Entre las fábulas de la Iglesia cristiana, son aún más numerosos.
359
Vol. v. p. 90. edición de Bipont.
360
Theodoreti Hist. Eccles. v. 22.
361
Cassiodori Variar. i. ep. 45.
362
[Autómata parlante: actualmente hay un mecanismo en exhibición para el público en el Egyptian Hall; es obra del profesor Faber, de Viena, y, según él mismo dice, fruto de veinticinco años de trabajo y preparación. El nombre que le ha dado…]

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A este producto de su ingenio corresponde la Euphonia; y la obra, como indica ese nombre, es otra de esas numerosas combinaciones que han intentado, mediante el estudio anatómico y fisiológico de las estructuras que contribuyen a la voz humana, lograr una imitación de dicho órgano tanto en lo referente al sonido como a la articulación. Como ejemplo de habilidad inductiva y mecánica, esta exhibición merece plenamente nuestra atención. El propio profesor, mediante un arreglo de fuelles, tubos, pedales y teclas que toca de forma similar a las teclas de un piano, provoca el “discurso” de su autómata; el cual ciertamente pronuncia sonidos y palabras. Cuando entramos en la sala, lo encontramos cantando para un grupo selecto de personas. Se requiere todo nuestro sentido de la ingeniosidad y la perseverancia que se han invertido en esta obra para que aceptemos la idea de que esa voz sea humana; pero sin duda se trata de un resultado notable fruto de la habilidad inventiva y de la paciencia científica. —Athæneum.]
363
Historia Ægypti Natural. Lugd. Bat. 1735, 4to, p. 60.

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HIELO ARTIFICIAL. BEBIDAS REFRIGERANTES.
El arte de conservar la nieve para refrescar las bebidas durante el verano, en los países cálidos, era conocido ya en las épocas más antiguas. Esta práctica es mencionada por Salomón, y existen tantas pruebas de ella en las obras de los griegos y los romanos que no es necesario que yo las cite, sobre todo porque ya han sido recopiladas por otros. No se nos dice expresamente cómo se construían los lugares donde se guardaba la nieve; pero lo que sé al respecto lo expondré aquí ante el lector.
Muchos afirman que la nieve se conservaba en fosos o zanjas. Cuando Alejandro Magno sitió la ciudad de Petra, ordenó que se excavaran treinta zanjas y se llenaran con nieve, la cual se cubría con ramas de roble; de esta manera, la nieve se conservaba durante mucho tiempo. Plutarco dice que una capa de paja y tela gruesa es suficiente; y actualmente se sigue utilizando un método similar en Portugal. Cuando la nieve se acumula en un hoyo profundo, se coloca encima algo de hierba o césped, cubierto con estiércol de los corrales de ovejas; así, la nieve se conserva tan bien que, durante todo el verano, se puede transportar a una distancia de sesenta millas españolas hasta Lisboa.
Por lo tanto, cuando los antiguos querían tener bebidas refrigerantes, o bien bebían la nieve derretida o bien añadían algo de ella a su vino, o bien colocaban jarras llenas de vino en la nieve, dejándolas allí hasta que consideraban oportuno. Parece que en esos fosos la nieve no podía permanecer limpia durante mucho tiempo; por el contrario, solía estar tan llena de paja que el agua de la nieve adquiría un color y un sabor propios de ella; por esta razón era necesario filtrarla, o bien el vino que había sido enfriado con ella.

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Es probable que ese hielo también se conservara con el mismo propósito, según el testimonio de varios autores; pero parece que no se utilizó tanto en los países cálidos como en los del norte. Incluso hoy en día, en Italia, España y Portugal se emplea la nieve; pero en Persia, el hielo. Nunca he encontrado en ningún lugar descripciones de cámaras frigoríficas griegas o romanas. Los escritores sobre agricultura tampoco las mencionan.

Sin embargo, la humanidad pronto concibió la idea de enfriar el agua sin necesidad de nieve ni hielo, al observar que esta se enfriaba más rápidamente cuando primero se hervía o, al menos, se calentaba, y luego se colocaba en un recipiente entre la nieve o en un lugar muy expuesto al aire. Plinio parece atribuir esto como una invención de Nerón; y una expresión jocosa en Suetonio hace, en todo caso, probable que a él le gustara el agua enfriada por este método; pero parece ser mucho más antiguo. Parece que incluso Hipócrates lo conocía: al menos Galeno así lo cree. Y Aristóteles, sin duda, estaba al tanto de ello; pues dice que algunos solían, cuando querían que el agua se enfriara rápidamente, colocarla primero al sol para que se calentara. También relata que los pescadores cercanos al Mar Negro vertían agua hirviendo sobre los juncos que utilizaban para pescar sobre el hielo, para hacer que se congelaran más rápido. Galeno es aún más preciso al respecto. Nos informa de que esta práctica no se utilizaba tanto en Italia y Grecia, donde se podía obtener nieve, como en Egipto y otros países cálidos, donde no había ni nieve ni fuentes de agua fresca. El agua, después de haberse hervido, se colocaba en recipientes de barro o jarros, y por la noche se dejaba en la parte superior de la casa, expuesta al aire nocturno. Por la mañana, estos recipientes se enterraban en la tierra (tal vez en un pozo), se humedecían por fuera con agua y luego se envolvían con plantas frescas o verdes, lo cual permitía que el agua se mantuviera fría durante todo el día.

Ateneo, quien ofrece una descripción similar extraída de un libro de Protágorides, señala que los jarros llenos de agua, que se habían calentado al estar todo el día al sol, se mantenían constantemente húmedos durante la noche por medio de sirvientes encargados de esa tarea, y por la mañana se envolvían con paja. En la isla de Cimolus, el agua que se había calentado durante el día se colocaba en jarros de barro y se guardaba en un sótano fresco, donde

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Se volvía tan frío como la nieve. Por lo tanto, se creía generalmente que el agua que había sido calentada o hervida se enfriaba más rápidamente, además de adquirir un mayor grado de refrigeración; y por esta razón el agua hervida es mencionada tan a menudo en las obras de los antiguos. La misma opinión prevalece actualmente en los países del sur de Asia, y allí la gente sigue dejando que su agua hierva antes de exponerla al aire para que se enfríe. Sin embargo, los experimentos realizados sobre este tema por filósofos han arrojado resultados muy diferentes. Cuando, manteniendo todas las demás circunstancias iguales, se coloca agua hervida y agua fría en aire helado, esta última se convierte en hielo antes de que la primera se enfríe; pero cuando se expone al frío agua hervida y agua no hervida a temperaturas iguales, la primera se convierte en hielo algo antes. Los experimentos realizados por Mariotte, Perrault, la Academia del Cimento, Marian y otros no mostraron ninguna diferencia apreciable en el tiempo de congelación entre agua hervida y agua no hervida; pero la primera producía hielo más duro y más claro, mientras que la segunda producía hielo más lleno de burbujas. En tiempos posteriores, el Dr. Black de Edimburgo, a partir de sus experimentos, afirmó lo contrario. Según él, el agua hervida se convierte en hielo antes que la agua no hervida, si esta última se mantiene en completo reposo; pero si esta última se agita de vez en cuando con un palito de chocolate, se convierte en hielo tan pronto como la primera. Explica esta diferencia de la siguiente manera: cierto movimiento favorece la congelación; esto ocurre en el agua hervida debido a su reabsorción de aire; y por lo tanto debe congelarse necesariamente antes que el agua no hervida, siempre que esta última se mantenga en completo reposo. Fahrenheit ya había señalado que el agua que no se mueve presenta una temperatura varios grados por debajo del punto de congelación, sin llegar a convertirse en hielo. El Sr. Lichtenberg, con quien conversé sobre estos resultados contradictorios, me aseguró que no le sorprendía esta diferencia en los experimentos. El tiempo de congelación está regulado por circunstancias que los filósofos aún no conocen suficientemente. Ciertos grados de agitación aceleran el proceso; de modo que cada partícula de hielo que se forma en la superficie del recipiente, o que cae desde la atmósfera, puede convertir instantáneamente en hielo al agua suficientemente enfriada; y tales factores inevitables…

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Los accidentes, siempre que todas las demás circunstancias sean iguales, deben causar una gran diferencia en el período de congelación. Estoy inclinado a pensar que la refrigeración del agua, en la antigüedad, de la cual ya he hablado, no se debe tanto hervir como al hecho de que los recipientes se mantuvieran continuamente húmedos y al aire al que estaban expuestos. Por lo tanto, parece haber prevalecido una opinión errónea respecto a la causa; y como se consideraba que era el hervor, muchos no mencionaron la verdadera causa, que a sus ojos parecía ofrecer solo una ayuda insignificante, aunque tanto Galeno como Ateneo lo señalaron. Actualmente sabemos que la frescura se produce por evaporación. Un termómetro mantenido húmedo al aire libre disminuye de temperatura mientras continúa la evaporación. Con éter sulfúrico, y aún mejor con el de nitrato, que se evapora muy rápidamente, se puede hacer que el agua se congele incluso en pleno verano; y Cavallo vio en verano cómo un termómetro de Fahrenheit, que marcaba 64°, bajaba en dos minutos, gracias al éter, a +3, es decir, 29° por debajo del punto de congelación. De este principio depende el arte de fabricar hielo en Calcuta y otras partes de la India, entre 25° 30′ y 23° 30′ de latitud norte, donde nunca se ve hielo natural, salvo si se importa. Se cavan zanjas de dos pies de profundidad en una llanura abierta, se esparce paja seca sobre ellas y en ellas se colocan pequeños recipientes de barro poco cocido y sin esmalte, llenos de agua al atardecer. El hielo que se produce en ellos se lleva antes del amanecer del día siguiente y se transporta a una bodega de hielo de quince pies de profundidad; allí se cubre cuidadosamente con paja para protegerlo del calor y el aire externos. Mucho en este proceso depende del estado de la atmósfera. Cuando está tranquila, pura y serena, es muy favorable para la congelación; pero cuando los vientos son variables o el clima es pesado y nublado, no se forma hielo; y lo mismo ocurre a menudo cuando las noches son frías y crudas. Antiguamente se creía que esta congelación se debía principalmente a que el agua se había hervido; pero parece deberse más bien a la evaporación. No se dice, sin embargo, que los recipientes se mantengan continuamente húmedos por fuera, sino que son de barro sin esmalte, y tan porosos o poco cocidos que el agua se filtra a través de ellos; y por esa razón su superficie exterior…

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parece siempre húmedo. Gracias a este tipo de recipientes se evita el problema de la humedad. Lo que se ha dicho respecto a la influencia del clima sirve, en cierta medida, para confirmar mi conjetura. Cuanto más favorece la evaporación, tanto más fácilmente se forma el hielo, y además es de mejor calidad; y cuando la evaporación se ve impedida por el viento o el clima, no se produce hielo alguno. Los relatos más recientes sobre cómo se fabrica el hielo en Benarés dicen expresamente que no se utiliza agua hervida; y que todos aquellos recipientes cuyos poros se obstruyen tras ser utilizados, no producen hielo tan pronto ni de tan buena calidad. En los recipientes de porcelana 392
no se produce hielo alguno; y lo mismo ocurre cuando la paja está húmeda.
Otro método para enfriar el agua también parece haber sido conocido por 393
Plutarco. Consistía en echar en ella pequeñas piedras o placas de plomo. El autor se refiere al testimonio de Aristóteles; pero esta circunstancia no la encuentro en las obras de ese filósofo que han sido conservadas. Parece ser demasiado incomprensible como para permitir formarse alguna opinión al respecto; y la explicación dada por Plutarco proporciona aún menos información que la propia proposición. Este es, en general, el caso de casi todas las proposiciones de los antiguos. De hecho, aprendemos de sus preguntas que estaban familiarizados con muchos fenómenos; pero las respuestas rara vez compensan el esfuerzo que hay que hacer para entenderlas. Rara vez contienen alguna ilustración adicional; y nunca una explicación satisfactoria.
Parece que la práctica de enfriar bebidas en las mesas de los poderosos no era habitual en ningún país aparte de Italia y los estados vecinos, antes de finales del siglo XVI. A mediados de ese siglo no había bodegas de hielo en Francia; porque cuando Bellon relata, en su Relato de viajes, en 1553, cómo la nieve y el hielo se conservaban en Constantinopla durante todo el verano, con el fin de enfriar los sorbetes, nos asegura que sus compatriotas podrían adoptar el mismo método; ya que había encontrado bodegas de hielo en países más cálidos que Francia. La palabra glacière tampoco se encuentra en los diccionarios más antiguos; y ni siquiera aparece en el de Monet, impreso en 1635. Champier, el médico que asistió a Francisco I cuando tuvo una reunión con el emperador Carlos V y el papa Pablo III en Niza, vio cómo los españoles e italianos ponían nieve, que hacían traer de las montañas vecinas, en su vino para enfriarlo. Esa práctica, que despertó su asombro,

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declaró que era perjudicial para la salud; y esto demuestra que en su época aún no se había introducido en la corte francesa.
Grand d’Aussy cita una anécdota narrada por Brantome, a partir de la cual llega a la misma conclusión. El delfín, hijo de Francisco I, estando acostumbrado a beber grandes cantidades de agua durante las comidas, incluso cuando estaba demasiado acalorado, Donna Agnes Beatrix Pacheco, una de las damas de la corte, como medida de precaución, envió a Portugal vasijas de barro, que harían que el agua estuviera más fresca y fuera más saludable; y de ellas se bebía toda el agua utilizada en la corte de Portugal. Dado que estas vasijas siguen usándose en España y Portugal, donde el vino también se enfría con nieve, ambos métodos podrían haberse seguido en Francia. Tengo en mi colección de curiosidades fragmentos de estas vasijas portuguesas; están hechas de madera roja; no están esmaltadas, aunque son lisas, y tienen un ligero brillo en la superficie, similar al de los vasos etruscos. Están tan poco cocidas que se pueden romper fácilmente con los dientes; y sus fragmentos se disuelven rápidamente en una pasta en la boca. Si se vierte agua en tales vasijas, esta penetra en su sustancia; de modo que, al moverlas un poco, se generan muchas burbujas de aire; y finalmente el agua se filtra por completo a través de ellas. El agua que permanece en ellas adquiere un sabor que muchos consideran agradable; y es probable que provenga de la corteza del abeto, con la cual, según leemos, se cocinan. Cuando las vasijas son nuevas, cumplen mejor su función; y entonces también deben tener un olor más agradable. Si realmente enfrían el agua o la mantienen fresca, ese efecto, en mi opinión, se debe a la evaporación. Su similitud con aquellas en las que los indios fabrican hielo es muy evidente.
Hacia el final del siglo XVI, durante el reinado de Enrique III, el uso de la nieve debía ser bien conocido en la corte francesa, aunque parece que la gente lo consideraba un signo de lujo excesivo y efeminado. En la ingeniosa y severa sátira sobre la vida voluptuosa de dicho soberano y sus favoritos, conocida con el título de L’Isle des Hermaphrodites, obra sumamente digna de atención pero extremadamente escasa, encontramos una orden de los hermafroditas para que se conservaran grandes cantidades de hielo y nieve en todas partes, a fin de que la gente pudiera enfriar sus bebidas con ellas, aun cuando pudieran causar enfermedades extraordinarias, lo cual, al parecer, se temía en aquel entonces. En la descripción de un banquete se nos dice que se colocaron nieve e hielo.

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sobre la mesa, delante del rey; y que él arrojó algunos de ellos a su vino, ya que en aquel entonces no se conocía el arte de enfriarlo sin debilitarlo. El mismo método se utilizó durante todo el primer cuarto del siglo XVII. Hacia el final de dicho siglo, este lujo debió ser muy común en Francia. En aquella época había muchas personas que comerciaban con nieve y hielo; y se trataba de un comercio libre que cualquier persona podía ejercer. Sin embargo, el gobierno, que nunca lograba obtener suficiente dinero de la gente para satisfacer las necesidades de una corte extravagante, concedió, hacia el final del siglo, un monopolio sobre estos productos para enfriar. Por lo tanto, los monopolistas elevaban el precio de vez en cuando; pero el consumo e ingresos disminuyeron tanto que no se consideró necesario seguir con esa restricción, y el comercio volvió a ser libre. El precio bajó inmediatamente; y posteriormente solo aumentó debido a inviernos suaves o veranos calurosos. El método de enfriar líquidos colocándolos en agua en la que se ha disuelto nitrato de potasio no podía ser conocido por los antiguos, porque no estaban familiarizados con esa sal. No obstante, podrían haber obtenido el mismo efecto de enfriamiento con otras sales que conocían, las cuales habrían tenido un efecto aún mejor; pero, por lo que he podido averiguar, nunca lo intentaron. La propiedad mencionada del nitrato de potasio fue descubierta por primera vez en la primera mitad del siglo XVI; y no se observó hasta mucho tiempo después que también se daba en otras sales. En cualquier caso, los italianos fueron los primeros en utilizarlo; y alrededor del año 1550, toda el agua, así como el vino, que se bebía en las mesas de las familias importantes y ricas de Roma, se enfriaba de esta manera. Blasius Villafranca, un español que ejercía la medicina en esa ciudad y atendía a muchos miembros de la nobleza, publicó, en el año ya mencionado, un relato al respecto, en el cual afirma, más de una vez, que fue la primera persona en dar a conocer públicamente ese descubrimiento. Según él, esto se debía a que el agua salada en verano siempre era más fría que el agua dulce. Según sus instrucciones, ilustradas con una figura, el líquido debe colocarse en una botella o recipiente esférico con cuello largo, para poder sostenerlo más cómodamente; y este recipiente debe sumergirse en otro más grande lleno de agua fría. Luego se debe añadir gradualmente nitrato de potasio al agua; y mientras se disuelve, la botella debe ser agitada.

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Girar con un movimiento rápido sobre su eje, en una sola dirección. Villafranca cree que la cantidad de nitrato debería ser igual a una cuarta o quinta parte del agua; y nos asegura que, al cristalizarse nuevamente, puede emplearse varias veces para el mismo fin, aunque esto, antes de ese período, había sido negado por muchos. Si otros sales no producirían el mismo efecto, el autor no pensó en probarlo; pero intenta explicar este fenómeno del nitrato a partir de los principios de Aristóteles; y dice a sus nobles patrocinadores qué reglas deben observar para preservar su salud en lo que respecta a los líquidos refrigerados.

Hacia el final del siglo XVI, este método para refrigerar líquidos ya era bien conocido, aunque Scappi no hace mención alguna de él en su libro de cocina. Sin embargo, Marcus Antonius Zimara habla de él en sus Problemas. No sé en qué época vivió este médico apuliano. En una lista de los profesores de Padua, su nombre se encuentra bajo el año 1525, como Explicator philosophiæ ordinariæ; y como hay otro nombre bajo el año 1532, tenemos motivos para suponer que murió más o menos en esa fecha. Pero en ese caso, el médico Villafranca probablemente habría estado al tanto de los Problemata de Zimara; y no habría dicho que nadie había hablado antes que él de este uso del nitrato.

Levinus Lemnius también menciona con tanta frecuencia el arte de refrigerar el vino por este método que los dientes apenas pueden resistirlo. Bayle nos informa que la primera edición de su obra, que ha sido reimpresa muchas veces, fue publicada en Amberes en el año 1559, en formato octavo. Solo contiene los dos primeros libros; pero como la descripción anterior aparece en el segundo libro, debe encontrarse en esta edición.

Nicolaus Monardes, un médico español que murió alrededor del año 1578, también menciona este uso del nitrato. Según él, fue inventado por los esclavos de las galeras; pero lo condena por ser perjudicial para la salud. Por algunas expresiones que utiliza, tiendo a pensar que no estaba suficientemente familiarizado con este método; y que imaginaba que era la sal misma la que se añadía al líquido. En una época posterior encontramos alguna descripción de ello en varios libros de recetas; como el escrito por Mizaldus en 1566, que se imprimió por primera vez el año siguiente.

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En la Mineralogía de Aldrovandi, publicada por primera vez en 1648, este proceso se describe después de Villafranca; pero donde el editor, Bartholomæus Ambrosianus, habla de la sal común, relata que era habitual en los países donde escaseaba el agua dulce cavar hoyos profundos en la tierra, echar sal gema en ellos y colocar en dichos hoyos recipientes llenos de agua, con el fin de que se enfriara. Esta observación demuestra que esa sal se empleaba entonces con el mismo propósito; pero llevó al editor a un error muy grave. Él cree poder concluir de ello que la intención de los alfareros, cuando mezclan sal común con su arcilla, no es solo hacer que el recipiente sea más compacto, sino también que sea más eficaz para enfriar líquidos. Pero solo lo primero es cierto. La adición de sal produce en la arcilla, de lo contrario difícil de fundir, el más leve inicio de vitrificación; una cohesión gracias a la cual el recipiente se vuelve tan sólido que puede contener fluidos, incluso sin esmaltar; pero precisamente por esta razón sería sumamente inadecuado para enfriar, ya que el enfriamiento se produce por la evaporación del agua que se filtra a través de él. El jesuita Cabeus, quien escribió un comentario voluminoso sobre las Meteorologica de Aristóteles, publicado en Roma en 1646, nos asegura que con treinta y cinco libras de nitrato de potasio no solo se puede enfriar cien libras de agua agitándola rápidamente, sino también convertirla en hielo sólido; y para demostrar la veracidad de esta afirmación, se refiere a un experimento que realizó.
Bartholin dice que, por lo expuesto, puede darle plena credibilidad; pero Duhamel niega su veracidad, sospechando que este jesuita confundió los cristales de sal con hielo.
No puedo determinar con certeza quién fue el primero en concebir la idea de mezclar nieve o hielo con nitrato de potasio y otras sales, lo cual aumenta tanto el frío que un recipiente lleno de agua, colocado en esa mezcla, se congela en una masa sólida de hielo que puede utilizarse sobre la mesa; pero mencionaré el primer relato al respecto que he podido encontrar. Latinus Tancredus, médico y profesor en Nápoles, cuyo libro De Fame et Siti fue publicado en 1607, habla de este experimento y nos asegura que el frío se intensificaba tanto con el nitrato de potasio que un vaso lleno de agua, al moverse rápidamente en dicha mezcla, se convertía en hielo sólido.
En el año 1626, se publicó en Venecia el conocido comentario sobre las obras de Avicena, de Sanct. Sanctorius. El autor en este…

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Se dice que, en presencia de muchos espectadores, logró convertir vino en hielo, no mediante una mezcla de nieve y nitrato, sino de nieve y sal común. Cuando la cantidad de sal era igual a un tercio de la cantidad de nieve, el frío era tres veces más intenso que cuando se utilizaba solo nieve. El señor Bacon, quien murió en 1626, afirma que se había encontrado un nuevo método para llevar la nieve y el hielo a un grado de frialdad tal, gracias al uso del nitrato, que permitía que el agua se congelara. Según él, esto también podía lograrse con sal común; probablemente se refería a la sal de roca sin purificar. Añade además que, en los países cálidos donde no había nieve, la gente fabricaba hielo únicamente con nitrato; pero él mismo nunca intentó el experimento. Boyle, quien murió en 1691, realizó experimentos con diversos tipos de sales; describió cómo, mediante la sal, un trozo de hielo podía unirse a otro cuerpo sólido. Descartes dice que, en su época, este era un fenómeno bien conocido, pero sumamente digno de atención. Desde ese período, el arte de fabricar hielo fue mencionado en los escritos de todos los filósofos que trataban sobre el calor y el frío, y, junto con muchos otros experimentos, fue incluido en diversos libros de recetas. En aquel entonces se utilizaba únicamente como entretenimiento; nadie sospechaba que llegaría a convertirse en un artículo de lujo importante. De la misma manera, se decía que las primeras letras de cambio de los Fugger eran útiles solo para jugar, y que la pólvora era un descubrimiento insignificante. A principios del siglo XVII, por primera vez se sirvieron en las mesas copas hechas de hielo y frutas congeladas; pero hacia el final de ese siglo, parece que los franceses comenzaron a congelar de esta manera todo tipo de jugos deliciosos, que se servían como refrescos en las mesas de los poderosos y ricos. Fue una gran invención para el arte de la cocina; se volvió común entre los cocineros alemanes, tanto hombres como mujeres, hacia mediados del siglo pasado; y desde entonces, nuestros pasteleros venden vasos individuales de bebidas heladas en bailes y teatros. No conozco información más antigua sobre esta invención que la que figura en el Argenis de Barclay, que, de hecho, es una novela; pero la descripción del autor deja tan clara la posibilidad de su uso, que podemos concluir con certeza que ya se empleaba en aquel entonces; especialmente porque él menciona…

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Varias veces. Arsidas encontró, en pleno verano, sobre la mesa de Juba, manzanas frescas, de las cuales la mitad estaba cubierta con hielo transparente. Le entregaron un cuenco, también hecho de hielo y lleno de vino; y se le informó de que preparar todas estas cosas en verano era un arte nuevo. La nieve se conservaba durante todo el año en fosas revestidas de paja. Dos copas de cobre se colocaron una dentro de la otra, dejando un pequeño espacio entre ellas, el cual se llenaba de agua; luego las copas se ponían en un cubo, entre una mezcla de nieve y sal sin purificar, machacada groseramente, y en tres horas el agua se convertía en una copa de hielo sólido, tan bien formado como si hubiera salido de las manos de un artesano en esta materia. De la misma manera, las manzanas recién cosechadas del árbol se cubrían con una capa de hielo.

La primera edición de Argenis se imprimió en París en 1621, y ese mismo año el autor murió a los treinta y nueve años.

Después de que el brandy, que inicialmente era un medicamento, pasara a utilizarse como licor en las mesas y fuera consumido por la gente en general, los italianos, sobre todo, se esforzaron por hacerlo más suave y agradable mediante diversas mezclas; además, intentaron elevar su valor para que fuera más respetable y, al mismo tiempo, más útil para las personas de alto rango. Para que sus productos pudieran distinguirse con mayor claridad, les dieron el nombre de “licorios”; y bajo esa denominación los vendían a los países extranjeros. Los franceses fueron los primeros en adoptar el uso de estos productos; especialmente después del matrimonio de Enrique II, duque de Orleans, con Catalina de Médici, en el año 1533. Este acontecimiento trajo a Francia a numerosos italianos, quienes familiarizaron a los franceses con estas delicias de su país natal y les enseñaron cómo prepararlas y utilizarlas. Por lo tanto, ellos fueron los primeros en fabricar y vender licores exquisitos en París; y para atender a aquellos que no podían soportar los licores calientes, o más bien para beneficiarse ellos mismos llenándose los bolsillos de dinero, sus sucesores en este negocio inventaron, alrededor del año 1630 o 1633, esa bebida llamada limonada, ya que el jugo de limones u naranjas era su principal componente. Este licor pronto ganó gran reputación, pues no solo servía para refrescar a las personas durante los calores sofocantes del verano, sino que incluso los médicos lo recomendaban contra las enfermedades putrefactivas.

Los vendedores de limonada se esforzaron por potenciar esa primera propiedad, la cual era la que causaba el mayor consumo, mediante el uso del hielo; y uno de ellos, Procope Couteaux, un italiano de Florencia, alrededor…

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En el año 1660, se concibió la feliz idea de convertir tal bebida por completo en hielo, mediante un proceso que hasta entonces solo había sido empleado por los malabaristas. La fácil venta que encontró su invención indujo a otros a fabricar artículos similares. Por lo tanto, Le Fevre y Foi siguieron su ejemplo; y estos tres disfrutaron durante algunos años del monopolio de este producto de moda. Alrededor del año 1676, las bebidas enfriadas o convertidas en hielo debían ser, sin embargo, los principales productos vendidos por los fabricantes de limonadas; pues al formarse entonces en una compañía, se mencionaron en la patente que recibieron en esa ocasión las siguientes delicias: “Eaux de gelée et glaces de fruits et de fleurs, d’anis et de canelle, franchipanne, d’aigre de cetre, du sorbec”, etc. En aquel tiempo había en París doscientos cincuenta artesanos dedicados a esta actividad. En 1690, cuando De la Quintiny escribió, las bebidas heladas eran extremadamente comunes. Sin embargo, la gente creyó durante mucho tiempo que tales productos solo podían utilizarse durante los calurosos meses de verano. En el año 1750, Dubuisson, sucesor del célebre Procope en el café de la rue des Fossés de Saint-Germain-des-Prés, y autor de El arte del destilador, comenzó a tener preparado todo el año hielo de todo tipo para quienes lo apreciaban. Al principio, no se solicitaba mucho, salvo en los días más calurosos; pero algunos médicos los recomendaban para ciertas enfermedades. ¿Acaso los médicos, con su opinión, prestaron más servicio a los vendedores de bebidas y a los cocineros, o estos últimos a los médicos? Esto constituiría un buen tema para una disertación inaugural. Sin embargo, es cierto, ya que así nos lo cuenta el propio Dubuisson, que después de dos curas en las que el hielo fue de gran utilidad, la parte más perspicaz del público comenzó a utilizarlo en todas las estaciones del año. Para que esta parte del público no perdiera nunca su orgullo, los vendedores de bebidas siempre se esforzaron en inventar cosas nuevas. Entre las más recientes está la mantequilla helada, que obtuvo su nombre debido a cierta similitud con esa sustancia. Se conoció por primera vez en una cafetería parisina en 1774. El duque de Chartres solía ir allí a tomar una copa de bebida helada; y el dueño, para su gran satisfacción y sorpresa, le presentó un día sus armas hechas de hielo comestible; artículos similares se hicieron inmediatamente populares.
[El hielo se utiliza ahora ampliamente para diversos fines prácticos, como embalar salmón, enfriar bebidas, etc. En los últimos años se ha convertido en...]

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Artículo comercial habitual. En septiembre de 1833, una carga de hielo, enviada desde Boston, fue descargada en Calcuta. Se vendió a tres peniques por libra, mientras que el hielo local costaba seis peniques. Estaba empacado en masas sólidas, dentro de cámaras con doble revestimiento de madera, con una capa de corteza o residuos entre ellas. La cantidad enviada fue de 180 toneladas, de las cuales unas 60 se desperdiciaron durante la travesía y 20 en el trayecto río arriba hasta Calcuta. Actualmente, miles de toneladas se envían anualmente desde Boston (Estados Unidos) a nuestras Indias Orientales, al archipiélago de las Indias Occidentales y al continente sudamericano. Hace poco tiempo, “The Wenham Lake Ice Company” construyó grandes cámaras frigoríficas en Londres y en Liverpool, y organizó el transporte a este país de miles de toneladas de hielo. Una circunstancia sorprendente relacionada con este comercio es el hecho de que su hielo, aunque se transporte a este país en pleno verano, apenas reduce su volumen. Las masas son tan grandes que presentan una superficie muy pequeña expuesta a las condiciones atmosféricas, en proporción a su peso; por lo tanto, no sufren los efectos de dichas condiciones, a diferencia de los fragmentos más pequeños y delgados que se obtienen en nuestros climas o en otros más cálidos. También parece que el hielo formado sobre aguas muy profundas es más duro y sólido que el hielo del mismo espesor obtenido en aguas poco profundas; e incluso cuando se expone una superficie igual, se derrite más lentamente. En este país, la recolección de hielo, incluso por parte de quienes se dedican activamente a este comercio, es una actividad ocasional e irregular; depende, tanto en cuanto al tiempo como a la cantidad, de la aparición casual de fuertes heladas. Y cuando se lleva a cabo el proceso de recolección, se hace con muy pocos medios artificiales. En América, por otro lado, esta labor puede realizarse de forma regular durante todo el invierno, gracias al uso extensivo de maquinaria para cortar y almacenar el hielo, así como de vapor para transportarlo. Los detalles relacionados con este comercio, tal como se practica en América, son tan novedosos e interesantes que los presentamos a nuestros lectores con la confianza de que el resultado de nuestro trabajo les resultará atractivo. Wenham Lake, de donde proviene una gran parte del hielo que actualmente se importa a este país, está a dieciocho millas de Boston, en el estado de Massachusetts. Se encuentra en una posición muy elevada, rodeado de colinas de gran altura y aspecto imponente y escabroso. El lago no tiene ninguna entrada, sino que se alimenta únicamente de manantiales que brotan de las rocas situadas a 200 pies de profundidad bajo su superficie. La cámara frigorífica, capaz de almacenar 20.000 toneladas de hielo, está construida de madera, con paredes dobles separadas entre sí por dos pies; el espacio entre ellas está relleno de serrín.

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De este modo, al interponer un medio, es decir, un aislante térmico, entre el hielo y el aire exterior, la consecuencia es que el hielo apenas se ve afectado por las condiciones o temperaturas del ambiente exterior, y puede conservarse sin desperdicio durante un tiempo indefinido. La maquinaria empleada para cortar el hielo es muy curiosa y fue inventada con ese propósito específico. Funciona con la ayuda de hombres y caballos de la siguiente manera: desde el momento en que el hielo comienza a formarse, se mantiene cuidadosamente libre de nieve hasta que alcanza una espesor suficiente para ser cortado; este proceso comienza cuando el hielo tiene una pulgada de grosor. Luego se selecciona una superficie de unas dos acres, la cual, a ese espesor, proporcionará unas 2000 toneladas. Se traza entonces una línea recta a través de su centro, de un lado a otro. Se empuja un pequeño arado manual a lo largo de una de estas líneas, hasta que el surco tenga unos tres pulgadas de profundidad y un cuarto de pulgada de ancho; en ese momento se introduce el “marcador”. Este instrumento es tirado por dos caballos y crea dos nuevos surcos, paralelos al primero, separados entre sí por veintiuna pulgadas; el surco original permanece intacto. El marcador se desplaza luego al surco exterior y crea otros dos. Una vez trazadas todas estas líneas en una dirección, se repite el mismo proceso en dirección transversal, dividiendo todo el hielo en cuadrados de 21 pulgadas. Mientras tanto, el “arado”, tirado por un solo caballo, sigue estos surcos, cortando el hielo a una profundidad de 6 pulgadas. Entonces se sierra todo un grupo de bloques, y el resto se parte con una barra de hierro en dirección a la abertura así creada. Esta barra tiene forma de pala y está diseñada como un cuña. Al introducirla en el surco, el bloque se parte; basta con un golpe muy leve para lograrlo, especialmente en climas muy fríos. El trabajo de “partir” el hielo es poco intenso o no lo es, según la temperatura del ambiente. Cerca de la abertura hecha en el hielo se colocan “plataformas”, o mesas bajas de estructura metálica, con deslizadores de hierro que se extienden hacia el agua; un hombre se coloca a cada lado de cada deslizador, armado con un gancho para hielo. Con este gancho se agarra el hielo y, con un tirón brusco, se eleva sobre el deslizador hasta la plataforma. En días fríos, todo se cubre rápidamente de hielo debido a la congelación del agua en las plataformas, deslizadores, etc. Los enormes bloques de hielo, algunos de los cuales pesan más de dos cwt., son lanzados a lo largo de estas superficies resbaladizas, como si no tuvieran peso. Junto a esta plataforma, hay un “trineo” de la misma altura, capaz de contener unas tres toneladas; una vez cargado, se arrastra sobre el hielo hasta la parte delantera del almacén, donde hay otra plataforma fija de exactamente la misma altura, lista para…

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Recibe su carga; la cual, tan pronto como se descarga, se levanta bloque por bloque hacia el interior del edificio. Cuarenta hombres y doce caballos pueden cortar y almacenar 400 toneladas al día. En condiciones climáticas favorables, a veces se emplean 100 hombres al mismo tiempo. Cuando ocurre un deshielo o una lluvia, el hielo deja de ser apto para el mercado, ya que se vuelve opaco y poroso; ocasionalmente, la nieve es seguida inmediatamente por la lluvia, y esta a su vez por el helado, formando hielo-nieve, que no tiene valor alguno y debe ser retirado con una cepilladora. El proceso de cepillado es algo similar al de corte. Una cepilladora, diseñada para trabajar en las ranuras creadas por la herramienta de corte, y que afila el hielo hasta una profundidad de tres pulgadas, es tirada por un caballo hasta que toda la superficie del hielo queda cepillada. Las virutas así producidas se eliminan posteriormente; y si no se logra alcanzar el hielo transparente, el proceso se repite. Si esto hace que el hielo sea demasiado delgado para ser cortado, se deja tal como está, y unas cuantas noches de fuerte helada añaden tanto peso como se ha quitado. Además de llenar sus almacenes de hielo en el lago y en las ciudades grandes, la empresa también llena un gran número de almacenes privados durante el invierno; todo el hielo necesario para estos fines se transporta por ferrocarril. Es fácil creer que los gastos relacionados con la adquisición de herramientas, la construcción de almacenes, la contratación de mano de obra, así como la construcción y mantenimiento del ferrocarril, son muy elevados; pero el volumen de comercio es tan grande y la gestión del negocio tan eficiente, que el hielo puede suministrarse, incluso en Inglaterra, a un costo muy bajo (se vende al por menor a dos peniques por libra).

NOTAS AL PIE
364
Proverbios, xxv, versículo 13.
365
Bartholini de Nivis Usu Medico Observationes, Hafn. 1661.
366
Seneca, Quæst. Natur., iv, 13.
367
Athenæus, iii, p. 124.
368
Sympos., vi, quæst. 6. — Agustín, De Civitate Dei, xxi, 4, p. 610.

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369
Memorias instructivas para un viajero. Cómo se construyen los depósitos de nieve en Constantinopla lo relata Bellon en sus Observat. iii. 22.
370
El derrochador Heliogábalo hizo amontonar grandes cantidades de nieve en verano con el fin de enfriar el aire. Véase Lampridio, Vita Heliogab. cap. 23.
371
Plin. xix. 4.—Latinus Pacatus en Panegyr. Theodos.
372
De la Valle, iii. p. 60, donde se describen las fosas de hielo persas, así como en Chardin, iv. p. 195.
373
Hist. Nat. xxxi. 3, 23, p. 552.
374
Vita Neronis, cap. 48: Hæc est Neronis decocta.
375
En lib. vi. Hippocrat. de Morbis Vulgar. comment. 4, 10.
376
Meteorol. i. cap. 12.
377
En el lugar antes citado.
378
Deipnos. iii. p. 124.
379
Ibid. p. 123.
380
Véase Pitisci Lex. Antiq. Rom. bajo la palabra Decocta.
381
Philosoph. Transact. vol. lxv. part i. p. 126.
382
Tratado del movimiento de las aguas.
383
Du Hamel, Hist. de l’Academ. l. i. c. 3, p. 99.
384
Tentamina Experimentorum Acad. del Cim. p. 183.
385
Disertación sobre el hielo. París, 1749, 12mo, p. 187.

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386
Philosoph. Transact. vol. lxv. parte i. p. 124.
387
[En la India, una forma de enfriar los vinos consiste en colgar la botella en una bolsa de franela gruesa o en pliegues de papel absorbente, manteniéndolos constantemente húmedos, y colocarla bajo los rayos del sol o en una corriente de aire, o ambos; por este medio se produce la evaporación y, con ella, un frío intenso.]
388
Philosoph. Transact. vol. lxxi. parte ii. p. 511. [El hermoso experimento de M. Boutigny para fabricar hielo en un crisol al rojo vivo es un fenómeno sorprendente de este tipo. Se realiza de la siguiente manera: se calienta un crisol profundo de platino hasta alcanzar un calor rojizo brillante; luego se vierten en el crisol ácido sulfúrico líquido, que se ha mantenido en estado líquido gracias a una mezcla congelante, y algo de agua. La rápida evaporación del ácido sulfúrico volátil, que hierve por debajo del punto de congelación del agua, genera un grado de frío tan intenso que congela el agua, la cual sale entonces del crisol en forma de masa sólida.]
389
Philosoph. Transact. vol. lxxi. parte ii. p. 252: el proceso de fabricación de hielo en las Indias Orientales; por Robert Barker.
390
[No hay duda de que esta refrigeración se debe a la evaporación de una parte del agua, lo que hace que una cantidad muy grande de calor quede latente en el vapor. Dado que es necesario un cielo claro y sereno para que se produzca hielo, esto sugiere que también es necesaria una mayor pérdida de calor por radiación, lo cual ocurre siempre en gran medida durante la noche, cuando el cielo está despejado.]
391
...un número de recipientes pequeños, poco profundos y de barro. Estos no están esmaltados, tienen apenas un cuarto de pulgada de espesor, unos una pulgada y media de profundidad, y están hechos de un barro tan poroso que, desde el exterior de los recipientes, se podía ver cómo el agua había penetrado en toda su estructura. [Nuestros refrigeradores para vinos habituales, que consisten en recipientes extremadamente porosos, funcionan mediante la evaporación. Una parte del agua que se coloca en el interior del refrigerador se evapora a través de sus poros.]

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y produce frío al liberar una cantidad considerable de calor latente.]
392
Véase el relato de Lloyd Williams, en la Universal Magazine, junio de 1793, p. 410. Actualmente también se emplean en Egipto vasijas delgadas sin esmalte para enfriar el agua, como se nos cuenta en varios libros de viajes.
393
Sympos. vi. 5, p. 690.
394
Sin embargo, esta palabra se encuentra en el Dictionnaire de Richelet, Ginebra 1680, 4to.
395
J. B. Campegii Libri xxii. de re cibaria, xvi. 9, p. 669.
396
La mayoría de las vasijas de este tipo en Portugal se fabrican en Estremoz, en la provincia de Alentejo. La descripción que de ellas da Brantome es la siguiente: “Esta arcilla era tan fina y delicada que se podría decir, en realidad, que se trata de una arcilla sellada; y tiene tal propiedad que, sea cual sea el agua fría que se ponga en ella, se verá hervir y formar pequeñas burbujas, como si estuviera sobre el fuego; sin embargo, no pierde su frialdad, sino que la mantiene, y el agua nunca causa daño a quien la bebe, sea cual sea el calor o el esfuerzo físico que se realice”. Esta arcilla parece ser la misma que las damas de España y Portugal mastican por su agradable sabor, aunque en perjuicio de su salud. Las tienen tanto cariño que sus confesores les exigen que se abstengan de usarla durante algunos días como penitencia por sus transgresiones. Véase Madame D’Aunoi, Voy. en Espagne, ii. pp. 92, 109. Mémoires Instructifs pour un Voyageur. Una vasija de este tipo se denomina bucaro y barro. Véase Diccion. de la Lengua Castellana, Madrid, 1783, fol.
397
Esta curiosa obra contiene tanta información valiosa sobre las costumbres francesas en el siglo XVI que algún resumen de ella podría resultar aceptable para mis lectores. El título es Déscription de L’Isle des Hermaphrodites, nouvellement découverte... pour servir de Supplement au Journal de Henri III.

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El prefacio, al que no hay firma, dice que el libro se imprimió por primera vez en 1605. En las primeras ediciones no se menciona ni la fecha ni el lugar; pero una edición está fechada en 1612. Parece haber sido escrito durante el reinado de Enrique IV, después de la paz de Vervins, concluida en 1598, que el autor menciona al principio. Enrique IV no permitiría que se realizaran investigaciones sobre el autor para que pudiera ser castigado, porque, decía, aunque había tomado grandes libertades en su escritura, había escrito la verdad. Por lo tanto, su identidad es desconocida. Algunos han conjeturado que fue obra del cardenal Perron, y otros del señor d’Emery o de Thomas Artus. Pero el primero no habría elegido denunciar vicios como los mencionados en esta sátira con tanta astucia y severidad; y el segundo tampoco habría podido hacerlo. El primero era demasiado vicioso, y el segundo demasiado vehemente. El cardenal debió haber retratado a sí mismo; y Artus excedió lo que era capaz de hacer. La misma opinión respecto a Artus la comparte Marchand en su Dict. Historique. El frontispicio, que en muchas ediciones falta, representa a un voluptuoso afeminado, de rostro femenino, vestido en parte con ropa de hombre y en parte con ropa de mujer. Marchand dice que la inscripción es Les Hermaphrodites. Sin embargo, en algunas ediciones es mucho más mordaz: “Pars est una patris; cætera matris habet”. Este pentámetro proviene de Martial, lib. xiv. ep. 174. Toda la obra también se incluye en Journal de Henri III., por Pierre de l’Estoiles, La Haya 1744, 8vo, iv. p. 1. Para más información sobre este tema, véase Le Long, Bibliothèque Historique de la France, ii. p. 326, n. 19128.

En los Contes de Gaillard, impresos en 1620, se dice: “Un día de verano fue a cenar a casa de un voluptuoso, quien le hizo poner hielo en su vino”.

Problema 102. Estos Problemata suelen imprimirse junto con los Problemata Aristotelis, Alexandri Aphrodis. y otros. La colección que yo tengo fue impresa en Ámsterdam, en 1685, en formato 12mo.

De Miraculis, libri iv. Colonia, 1581, 8vo, p. 288.

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401
Centuriæ ix Memorabilium. Francof. 1599, 12mo, p. 67.
402
De Nive, p. 38.
403
J. B. Du Hamel, Opera Philosophica, Norimb. 1681, 4to.
404
L. Tancredi de Fame et Siti libri tres. Ven. 1607, 4to, lib. iii.
405
Cuando la nieve o el hielo se mezclan con sal, ambos comienzan a volverse líquidos. Este proceso se emplea en Rusia para limpiar ventanas cubiertas de escarcha. Se frotan con una esponja sumergida en sal, y por este medio se vuelven inmediatamente transparentes. [La lógica de esto parece consistir en que la sal absorbe agua y se deliquesce, y en este líquido la nieve se disuelve posteriormente; la mezcla necesita una temperatura mucho más baja para pasar al estado sólido.]
406
Historia Vitæ et Mortis, § 44.—De Augmentis Scient. v. 2.—Silva Silvarum, cent. i.
407
History of Cold, título i. 17; título v. 3; título xv. 7. [El método para preparar una o dos mezclas de congelación o enfriamiento quizás sea de interés aquí. Cuando no hay nieve a mano, se puede mezclar 5 partes de nitrato en polvo y 5 de sal amoniacal en polvo con 16 partes de agua. Esto reduce el termómetro de +50° a aproximadamente +10° F.; o bien, 9 partes de fosfato de sosa, 6 de nitrato de amonio y 4 de ácido nítrico diluido reducen el termómetro de +50° a -21°; 5 partes de sal común, 5 de nitrato de amonio y 12 de nieve lo reducen desde la temperatura normal a -28°. El grado más intenso de frío conocido probablemente fue obtenido por el Dr. Faraday en sus experimentos sobre la licuefacción de gases. Esto se logró colocando ácido carbónico sólido mezclado con éter bajo la bomba de aire y procediendo a su evacuación.]
408
Des Cartes Specimina Philosophiæ. Amst. 1650, 4to, p. 216.
409
Von Hohberg dice, en su Adliches Landleben: “Lo siguiente, que sirve más para entretenimiento que para uso práctico, es bien conocido por…”

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niños. Si se pone nieve y salitre en un jarro y se coloca sobre una mesa sobre la cual se ha vertido agua, y se mezcla bien la nieve y la sal en el jarro con un palo, el jarro se congelará pronto contra la mesa”. Este barón, por lo tanto, que, después de haber vendido sus propiedades en Austria debido a las persecuciones contra los protestantes, escribió en Ratisbona, donde murió en 1688, a la edad de setenta y seis años, no conocía los manjares helados. De haberlos conocido, seguramente los habría mencionado allí, donde, en su Libro de Cocina, da instrucciones detalladas para preparar una mesa de primera categoría.
410
[El uso del hielo en la confección de dulces se ha vuelto mucho más extendido en los últimos años; sin duda, gracias a la facilidad con la que ahora se puede obtener en cualquier época del año y en cualquier cantidad. Se producen imitaciones de melocotones, nectarinas, albaricoques y otras frutas en pasta de hielo con tal perfección que, a primera vista, engañan incluso al ojo más experimentado; y tales exquisiteces ya no están reservadas únicamente a las mesas de los ricos.]
411
Instrucción para los jardines. París, 1730, 4to, p. 263. El autor dice que el hielo es realmente útil en verano; pero, como jardinero, desea que se pueda evitar la escarcha; y que el hielo pueda importarse del Norte, como las aceitunas y las naranjas del Sur. Hace algunos años, como no se podía obtener hielo debido a la gran suavidad del invierno anterior, los comerciantes de Hamburgo enviaron un barco a Groenlandia para conseguirlo, lo que les permitió obtener considerables beneficios.
412
La información sobre la forma de recolectar el hielo en el lago Wenham la debemos al ‘Illustrated London News’ del 17 de mayo de 1845.

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HIDROMETRO.
Este instrumento, llamado en latín hydrometrum, hygroscopium, hygrobaroscopium, hydroscopium, areometrum y baryllion, sirve para determinar el peso o la gravedad específica de diferentes masas de fluidos, según la profundidad a la que se hunden en ellos.
Las leyes relativas a la gravedad específica comparativa de los fluidos y de los cuerpos sólidos sumergidos en ellos fueron descubiertas por Arquímedes, cuando realizó el famoso experimento, por orden del rey Hierón de Sicilia, para averiguar el contenido de una corona de oro fabricada para dicho soberano. Sobre estas bases se construye el hidrometro; y no es improbable que Arquímedes, quien murió en el año 212 antes de la era cristiana, fuera su inventor, aunque no se encuentran pruebas que respalden esta conjetura ni en los escritos de ese gran hombre ni en los de ningún otro autor.
La mención más antigua del hidrometro data del siglo V y puede encontrarse en las cartas de Sinésio a Hipatia. De la vida de estas dos personas debo mencionar aquí algunas anécdotas, ya que merecen ser conocidas debido al singular destino que les tocó. Hipatia era hija de Teón, un conocido matemático de Alejandría, cuyos escritos aún existen. Su padre la instruyó en matemáticas, y de otros grandes hombres que abundaban en Alejandría en aquel tiempo aprendió la filosofía platónica y aristotélica, adquiriendo un conocimiento tan completo de estas ciencias que las enseñaba públicamente con gran éxito. Era joven y hermosa, tenía una figura atractiva, era vivaz y agradable en la conversación, aunque al mismo tiempo modesta; además, poseía la virtud más rigurosa, que la protegía de toda tentación. Se comportaba con tanta corrección hacia sus admiradores que éstos nunca podían obtener más que el placer de su compañía y de escuchar sus discursos; y con eso, que consideraban un honor, se conformaban. A quienes querían ir más allá se los despedía; e incluso eliminó el deseo de aquel que no quería resignarse.

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La llevó a filosofar, mediante una preparación intensiva que, por lo que sé, permaneció en secreto. No fue bautizada y, a pesar de todo su conocimiento, adoptó la ciega superstición del paganismo. Si hubiera sido cristiana y hubiera sufrido una muerte cruel a causa de la persecución pagana, habría merecido un lugar en el martirologio de los santos; pero ocurrió lo contrario: debido al trato que los cristianos le dieron, mereció que su nombre se registrara en el martirologio de los filósofos.

El patriarca de Alejandría en la época en que ella vivía era Cirilo, cuya familia, durante cien años antes, había producido obispos que fueron más útiles a sus parientes que a la iglesia. Este prelado era un hombre orgulloso, litigioso, vengativo e intolerante, que consideraba lícito todo aquello que creía servir a la gloria de Dios; y, como fiscal y juez, condenó a Nestorio sin escuchar su defensa. En la ciudad de Alejandría, que en aquel entonces florecía mucho gracias a su comercio, el emperador permitió una mayor tolerancia hacia el clero de la que él mismo consideraba justificable en cualquier otro lugar; además, allí vivían muchos judíos que se dedicaban al comercio, así como numerosas familias paganas que eran útiles para la ciudad o, al menos, no le causaban daño alguno. Esto, a los ojos de Cirilo, no estaba bien; quería que el rebaño estuviera limpio y que los judíos fueran expulsados. Sin embargo, Orestes, el gobernador, que era un hombre prudente y más consciente de los intereses de la ciudad, se opuso a una medida que podía acarrear problemas; incluso hizo condenar a muerte a un cristiano disoluto que había causado algún daño a los judíos. Este malhechor fue enterrado en la iglesia como mártir por orden de Cirilo; inmediatamente después, este reunió a quinientos monjes, quienes maltrataron a Orestes en las calles y provocaron una revuelta entre la gente, que saqueó a los desdichados judíos y los expulsó de una ciudad en la que vivían desde la época de Alejandro Magno.

Un día, al ver una gran cantidad de caballos y sirvientes pertenecientes a personas de alto rango frente a una casa de la ciudad, Cirilo preguntó cuál era la razón de que estuvieran reunidos de esa manera. Le informaron que esa casa era la residencia de la famosa filósofa Hipatia, quien, debido a su vasto conocimiento y excepcionales talentos, era visitada no solo por personas de la más alta distinción, sino incluso por el propio gobernador. Esto fue suficiente para despertar los celos del obispo hacia la incrédula Hipatia, y decidió causar su ruina.

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Dado que él había incitado al pueblo contra los judíos, de la misma manera los animó a atacar a Hipatia. La capturaron en la calle, la llevaron rápidamente a la iglesia, le quitaron la ropa, desgarraron su carne con fragmentos de cerámica, arrastraron sus miembros destrozados por toda la ciudad y finalmente los quemaron. Esta trágica masacre, que tuvo lugar en el año 415, solo sirvió para inspirar en los paganos un odio aún mayor hacia el cristianismo y para hacer que los cristianos sensatos se avergonzaran del comportamiento de sus hermanos. Sin embargo, para Cirilo esto no supuso ninguna vergüenza; por el contrario, procuró disuadir al emperador de castigar a quienes habían cometido una violación tan grave de los principios de justicia, y en esto contó con la ayuda de sus numerosos seguidores y amigos. En algunos aspectos relacionados con este asunto los historiadores no están de acuerdo, pero todos coinciden en elogiar a Hipatia, cuya memoria fue honrada y preservada por sus eruditos agradecidos y afectuosos.

Entre ellos se encontraba Sinesio, de una noble familia pagana, quien cultivó la filosofía y las matemáticas con gran entusiasmo, y que había sido uno de sus amigos y seguidores más cercanos. Debido a su erudición, sus talentos y su carácter abierto, era universalmente respetado, y había desempeñado con gran éxito funciones públicas importantes. La iglesia de Ptolemaida quiso finalmente tenerlo como obispo. Después de mucha reticencia, aceptó el cargo, pero con la condición de que no le exigieran reconocer la resurrección de los muertos, algo en lo que dudaba. Como la gente accedió a concederle esta concesión, se dejó bautizar y se convirtió en su obispo. Fue confirmado por el patriarca ortodoxo Teófilo, predecesor de Cirilo, cuya jurisdicción abarcaba Ptolemaida; posteriormente renunció a sus errores y declaró estar convencido de la verdad de la resurrección. Este erudito mostró su gratitud hacia Hipatia al mencionarla honorablemente en algunas cartas que aún se conservan entre sus escritos. En su decimoquinta carta, le dice a Hipatia que era tan desdichado o se encontraba tan enfermo que deseaba utilizar un hidroscopio, y le pide que haga construir uno para él. “Es un tubo cilíndrico”, añade, “del tamaño de una caña o pipa. Se dibuja una línea a lo largo de él, que es intersecada por otras, y estas indican el peso del agua. En el extremo del tubo hay un cono, cuya base está unida a la del tubo, de modo que ambos tienen solo una base. Esta parte del instrumento es…”

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se llama barión. Si se coloca en agua, permanece en una dirección perpendicular, de modo que se puede determinar con él el peso del fluido”. Petavius, quien publicó las obras de Sinésio en el año 1640, reconoce en sus anotaciones que no comprendió este pasaje. Un antiguo escoliasta, dice, que había añadido algunas palabras ilegibles, parecía pensar que se refería a un reloj de agua; pero él lo considera improbable, ya que una clepsidra no se sumergía en agua, sino que se llenaba con ella. Por lo tanto, supone que podría aludir a algún instrumento similar al que Vitrubio denomina chorobates. Este último, sin embargo, se empleaba para nivelar; y parece que Sinésio, que se quejaba del mal estado de su salud, no podía pensar en nivelación. Además, ninguna parte de la descripción de Vitrubio coincide con la que Sinésio presenta de manera tan clara. Petau publicó su edición de las obras de este filósofo en la época de Pedro de Fermat, consejero del parlamento de Toulouse, un hombre de gran erudición, excelente matemático y bien informado sobre las antigüedades y las obras de los antiguos. De este último tenemos un comentario sobre algunos pasajes oscuros de Ateneo, anotaciones a los escritos de Teón de Esmirna y correcciones hechas a partir de un manuscrito de los Estratagemas de Polieno, las cuales también se encuentran en sus Misceláneas. Mursinna, en su edición del mismo autor, las ha añadido al final del prefacio. Como Fermat era consultado con frecuencia respecto a pasajes difíciles de los antiguos, no podía estar ajeno a aquel del nuevo volumen de Sinésio. Elaboró una explicación de él y se la dio a un amigo que estaba a punto de publicar una traducción al francés del libro de Benedetto Castelli, Della Misura dell’Acque Correnti, y este hizo que se imprimiera junto con esa obra. Fermat murió en el año 1665. Después de su muerte, su hijo publicó algunos de sus escritos bajo el título de Varia Opera Mathematica; y en esta colección se incluye su breve tratado sobre el hidroscopio, del cual he extraído la siguiente explicación. Es imposible, dice, que el hidroscopio sea el nivel o chorobates de Vitrubio, porque las líneas de este último eran perpendiculares al horizonte, mientras que las líneas del primero eran paralelas a él. El hidroscopio era, sin duda, un hidrómetro de la construcción más sencilla. El tubo podía estar hecho de cobre y abrirse en la parte superior; pero en el otro extremo, que al utilizarse es el más bajo, debía terminar en un cono, cuya base…

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que está soldado al del tubo. A lo largo del tubo se trazan dos líneas, que son intersecadas por otras, y cuanto más numerosas sean estas divisiones, más preciso será el instrumento. Cuando se coloca en agua, éste desciende hasta una cierta profundidad, que será marcada por las líneas transversales, y que será mayor en proporción a la ligereza del agua. Una figura añadida ilustra esta explicación más de lo necesario. Cuando un amigo común de Fermat y Petavius se lo mostró a este último, éste lo consideró tan acertado que quiso tener la oportunidad de incluirlo en una nueva edición.

415

Mersenne, por su parte, alberga algunas dudas respecto a este instrumento, aunque no menciona a Fermat, a quien conocía bien; pues en la disputa que este último tuvo con Descartes, Mersenne fue el portador de las cartas que se intercambiaron entre ellos, como aprendemos de la Vida de Descartes, de Baillet. Sin embargo, sus objeciones tienen poca importancia. ¿Por qué debería Synesio, pregunta Mersenne, considerarse desdichado porque no tenía un hidrómetro? Se podría responder aquí que se encontraba en un estado de salud delicado, y que los médicos parecen haberle ordenado que no bebiera más que agua pura y ligera. Sabemos que en tiempos pasados, cuando aún no se utilizaban tantos líquidos artificiales, la gente estaba acostumbrada, más que hoy, al agua buena. Leemos en las obras de los médicos antiguos, como Galeno y Celso, instrucciones sobre cómo examinar la ligereza y la pureza del agua. Podría haberlo intentado, dice Mersenne, con una balanza común. De hecho, podría haberlo hecho, pero no de forma tan práctica. Que Synesio se encontraba en mal estado de salud es evidente por varias de sus cartas; de lo contrario, se podría decir que en una carta muchas expresiones pueden ser solo jocosas, en referencia a alguna circunstancia conocida por el amigo a quien se escribe; y que no toda expresión debe tomarse según su significado literal. También se podría admitir, sin debilitar una explicación ya aceptada, que no se sabe a qué se refiere Synesio en la primera línea de su carta. Pero incluso si admitimos que el instrumento no era un hidrómetro, sino un reloj de agua o un nivel, cabe preguntarse cómo la falta de estos podría hacerlo desdichado. Mersenne piensa además que el cono, añadido al extremo del tubo, habría sido innecesario en un hidrómetro; pero sirve para mantener el instrumento con mayor facilidad en posición vertical dentro del agua. Tal es la opinión de H. Klugel, a quien pronto tendré ocasión de citar.

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Para explicar el trabajo de Fermat, se puede presentar un testimonio aún más contundente, del cual parece que él no estaba al tanto. Se puede demostrar que este instrumento fue utilizado en el siglo siguiente, o al menos en el sexto siglo. De esa época, disponemos de un poema en latín sobre pesos y medidas, que contiene una descripción muy precisa de un hidrómetro. En los manuscritos, su autor es a veces llamado Priscianus y otras veces Rhemnius Fannius Palæmon; pero sabemos, por motivos que no pertenecen a este tema, que el primero era su nombre real. Actualmente se conocen dos personas con ese nombre. Una de ellas, Teodoro Prisciano, era médico y vivió en la época del emperador Valentiniano, hacia finales del siglo IV. Dado que hubo más médicos que escribieron sobre pesos y medidas, temas con los que era indispensable que estuvieran familiarizados, se podría suponer que este Prisciano fue el autor del poema mencionado. Sin embargo, el resto de sus escritos, que aún se conservan, están redactados en un estilo tan grosero y pesado que apenas se puede atribuirle una obra que está lejos de estar mal escrita; sobre todo porque en ningún lugar se dice que fuera poeta. Con mucha mayor probabilidad, podemos considerar como autor al conocido gramático Prisciano, quien murió alrededor del año 528. Este poema ha sido impreso muchas veces, y no pocas veces al final de los *Præcepta de Medicina* de Sereni Samonici. La mejor edición es la que incluyó Wernsdorf en la quinta parte del primer volumen de sus *Poetæ Minores*, donde se encuentra información sobre las demás ediciones. Sea quien sea su autor, lo cierto es que estaba familiarizado con el hidrómetro de Synesius y lo describió de manera muy clara. “Los fluidos”, dice, “son diferentes en peso, como puede demostrarse mediante la gravedad específica del aceite y la miel en comparación con la del agua pura”; y la proporción indicada coincide casi con la obtenida mediante experimentos modernos. “Esto”, añade, “puede descubrirse mediante un instrumento”, el cual describe así: “Consiste en un cilindro metálico delgado, hecho de plata o cobre, más o menos del tamaño de la unión de una caña entre dos nudos; en su extremo se añade un cono. Este cono hace que el extremo inferior sea tan pesado que el instrumento, sin hundirse ni flotar en la superficie, permanece suspendido perpendicularmente en el agua. A lo largo del cilindro se traza una línea, que se divide con líneas transversales en tantas partes como corresponden al peso del instrumento en *scripla*. Si se coloca en fluidos ligeros, más de estas divisiones…”

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se cubrirá más que cuando se coloca en fluidos pesados; o se hunde más en aquellos que son ligeros que en aquellos que son pesados. Esta diferencia de gravedad también puede encontrarse”, continúa él, “al llenar recipientes de tamaño igual con los fluidos y pesarlos; pues el más pesado deberá entonces pesar más; pero cuando se toma una misma cantidad de peso de dos fluidos, el más ligero ocupará más espacio que el más pesado. Si veintiuna divisiones del instrumento quedan cubiertas por agua y veinticuatro por aceite, y si se toman veinticuatro scripla de agua, solo se pueden contener veintiún scripla de aceite en el espacio ocupado por el agua”. Así es como el profesor Klugel ha conjeturado el significado del autor a partir de principios hidrostáticos; aunque ni él ni Wernsdorf se han atrevido a dar una traducción literal de las palabras que deberían transmitir esta explicación. Pero por oscuros que sean, resulta evidente que aluden a un hidrómetro. Este poema fue publicado una vez junto con Celsus De Re Medica, en 1566, por Robert Constantin, quien murió a una edad avanzada en 1605, y quien añadió algunas notas, aunque excelentes, que Wernsdorf incluyó en su edición. Este Constantin parece haber sabido que el instrumento de Prisciano y el hidroscopio de Sinésio eran lo mismo; y que se utilizaban para determinar el peso de los fluidos. Explica su uso de manera muy adecuada; pero se equivoca al suponer que el cono era de madera, aunque servía para hacer más pesada la parte inferior del instrumento, como dice el propio poeta: “cui cono interius modico pars ima gravatur”. Casi estoy inclinado a pensar que interius implica que se le daba un peso adicional al cono arrojando dentro de él algunos pequeños cuerpos pesados, a través de la abertura superior; y actualmente se emplean granos de plomo con ese fin. Parece, por tanto, que el honor de haber dado por primera vez una buena explicación del pasaje anteriormente citado de Sinésio corresponde más bien a Constantin que a Fermat; pero puedo creer fácilmente que este último no estaba al tanto de las observaciones realizadas sobre él por el primero. Antes de concluir la historia de este instrumento entre los antiguos, añadiré dos observaciones más. Es evidentemente incorrecto que alguien, junto con Muschenbroek y otros, cuya opinión adopté antes de emprender esta investigación, considere a Hipatia como la inventora del hidrómetro. Ya se conocía en su época y se fabricaba en Alejandría; pero parece no haber sido muy común, ya que Sinésio escribió a Hipatia pidiéndole uno, e incluso consideró necesario darle una descripción de él.

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También se equivocan aquellos que dicen que este instrumento también se llamaba baryllium. Esa palabra, por lo que he podido averiguar, solo aparece en Synesio, quien nos dice expresamente que con ella se quería referir únicamente al pequeño cono pesado. De la misma manera lo entendió Constantino. En el Diccionario de Basilea se dice que es hydroscopii pars; y en el Diccionario de Esteban se explica como pondusculum, así como en el de Ernesto, donde se presenta como el diminutivo de baros. Por lo tanto, solo significaba la parte pesada del hidrómetro.

Es igualmente erróneo cuando se afirma, junto con Muschenbroek y otros, que aquellos entre los romanos que se dedicaban a examinar la calidad del agua con el hidrómetro eran llamados baryllistæ o barynilæ. Estas palabras no aparecen en las obras de los autores latinos antiguos, ni en ninguno de los diccionarios más completos. Solo leemos el siguiente pasaje en algunas ediciones del Comentario de Servio sobre Virgilio: “Scrutatores et repertores aquarum (aquilices dicuntur) barinulas dixerunt”. Si estas palabras fueron realmente escritas por Servio, que vivió en el siglo V, o bien confundió a los exploradores de aguas, los aquilices, aquellos que buscaban manantiales, con quienes examinaban la naturaleza del agua una vez encontrada, ya que el hidrómetro no servía para nada a los primeros en su trabajo; o bien ambos oficios debían ser desempeñados por la misma gente en aquel tiempo, y estos debieron haber adquirido su nombre de solo una parte de un instrumento que utilizaban, lo cual no es en absoluto probable.

Creo que podemos creer con certeza que el hidrómetro no era conocido por Séneca, Plinio o Galeno, quienes murieron hacia finales del siglo II. De no ser así, seguramente habría sido mencionado por el primero, quien habla tan detalladamente de la gravedad específica de los cuerpos sólidos y fluidos; por el segundo, quien dice que el peso del agua se determinaba con una balanza común; y por el último, quien da instrucciones sobre cómo descubrir su ligereza. Galeno añade que en su época se había inventado un método para determinar la calidad de la sosa cáustica colocando un huevo en ella y observando si flotaba. ¿No tenemos motivos para pensar que, en esta ocasión, el hidrómetro debió ocurrírsele si ya se utilizaba en ese momento?

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Pero por más conocido que pudiera haber sido en el siglo V, parece que posteriormente fue completamente olvidado, y que hacia finales del siglo XVI fue revivido o inventado de nuevo por primera vez. Para Jorge Agrícola apenas era conocido; pues cuando habla del peso de 420 tipos diferentes de agua, y en particular del de las fuentes salinas, no lo menciona. Sin embargo, Constantino, que vivió en la misma época, debió estar familiarizado con él, de lo contrario no habría podido explicar los pasajes antes mencionados de Sinesio y Prisciano.

Tengo la inclinación a pensar que el primer relato sobre el reutilización del hidrómetro se encuentra en los libros alemanes más antiguos sobre las salinas. En cualquier caso, es cierto que fue a través de ellos como los filósofos modernos se familiarizaron primero con él. Uno de los primeros en describirlo fue el jesuita Cabeus, quien escribió alrededor del año 1644; pero él confiesa que obtuvo su información de un tratado alemán de Tholden, a quien Kircher denomina artista alemán. Sin embargo, este no era realmente un artista. Era originario de Hesse, un buen químico para su tiempo, y residía alrededor del año 1600 o 1614 como supervisor de las salinas en Frankenhausen, en Turingia. Su tratado, que Cabeus tenía en su poder, se titulaba Haligraphia de Tholden, impreso en Leipzig en 1603. Se menciona otra edición, impresa en el mismo lugar en 1613, por Draudius; pero hasta ahora no he podido encontrarla; y solo puedo decir, según Cabeus y Leupold, que el hidrómetro de Tholden tenía un peso suspendido de él; y que él habla del instrumento no como una invención nueva, sino como algo ya conocido, y por esa razón lo ha descrito de manera incompleta.

Kircher, cuyas obras se leían ampliamente, parece haber contribuido principalmente a darle difusión pública; y Schott, Sturm y otros, en sus descripciones de él, hacen referencia a sus escritos. Los artesanos de Núremberg, que trabajaban con vidrio y construyeron numerosos hidrómetros que se vendían por todas partes, también ayudaron en esto. Uno en particular, fabricado por Michael Sigismund Hack, gozaba de gran valor a principios del siglo pasado, según nos cuenta J. Henry Muller, profesor en Altorf. De este artesano, frecuentemente mencionado por Sturm y otros filósofos, Doppelmayer ha dado una descripción. Murió en 1724.

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Se han realizado muchas mejoras, o quizás solo modificaciones, en este instrumento con el paso del tiempo por parte de diversos artistas. La tarea de recopilarlas todas en orden cronológico junto con las explicaciones correspondientes la dejaré a otros; solo mencionaré algunas de ellas. Uno de los primeros en intentar adaptar el hidrómetro para determinar la gravedad específica y la pureza de los metales fue Monconys. Casi en la misma época, Cornelius Mayer y Boyle parecen haber concebido la idea de facilitar la pesada de los cuerpos sólidos mediante una balanza añadida al instrumento. El primero afirma que esta mejora fue inventada por él ya en el año 1668; mientras que Boyle no la hizo conocida hasta 1675. Además de estos, también merecen mención Feuille, Fahrenheit, Clark y Leutmann, cuyas mejoras han sido descritas por Wolf, Leupold, Gesner, Weigel y otros.

El hidrómetro principal que se utiliza actualmente es el de Sykes; se emplea para calcular los impuestos sobre líquidos. El de Baumé se utiliza principalmente en el extranjero. Los de Beck o Cartier se utilizan muy raramente. Estos instrumentos difieren únicamente en su graduación. El sistema de Sykes para aumentar el rango de indicaciones sin ampliar el instrumento es ingenioso. Se logra mediante una serie de pesas que pueden añadirse como collares al vástago del instrumento.

Un método útil para determinar las gravedades específicas con fines comerciales consiste en utilizar una serie de cuentas de vidrio, previamente ajustadas y numeradas. Al arrojarlas en cualquier líquido, las más pesadas se hunden y las más ligeras flotan en la superficie; pero aquella que tenga la misma densidad que el líquido permanecerá indiferente, o quizás ligeramente por debajo de la superficie. La gravedad específica se obtiene entonces a partir del número con el que está marcada.

NOTAS AL PIE
413
Se puede encontrar una descripción más detallada de Hipatia en Menagii Histor. Mulier. Philosoph. Lugd. 1690; Bruckeri Hist. Crit. Philos. ii. p.

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351; y Wolfii Fragmenta Mulierum Græc. Gott. 1739, 4to.
414
Varia Opera Mathematica D. Petri de Fermat, Tolosæ, 1679, folio.
415
Cogitata Physico-Mathem. Par., 1644, y en Phænomena Hydraulica.
416
Sobre Georg. i. 109. Estas palabras son citadas por Emmenessius, el editor de la edición Variorum de Virgilio; pero en la edición de Servio, Venetiis, 1562, fol., no se encuentran. El Comentario de Servio quizás ya no sea indispensable para explicar a Virgilio; pero merece ser impreso una vez más de la manera más completa y precisa posible. Contiene mucha información útil, así como muchos fragmentos de obras hoy perdidas; por este motivo no puede prescindirse de él por completo.
417
Quæst. Nat. iii. 25, p. 726.
418
Hist. Nat. xxxi. 3, sect. 23, p. 552.—Athen. ii. p. 46.—Plutarchi Quæst. Nat. 7.
419
De Simplic. Med. Facultatibus, iv. 20.
420
De Natura eorum quæ effluunt ex Terra, lib. ii. p. 124.
421
Philosophia Experimentalis, sive Commentaria in Aristotelis Meteorolog. lib. ii. textus 26, quæst. 2, tom. ii. p. 158, b.
422
Mundus Subterraneus, vol. i. p. 254.
423
Cursus Mathemat. p. 455, icon. 20.
424
Collegii Experiment. pars ii. Norimb. 1715, 4to.
425
Nuovi Ritrovamenti. Roma, 1696, fol.
426
Philosoph. Transact. 1675: donde se presenta un grabado de todas las partes.

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427
Journal des Observations Physiques et Math., año 1714, formato 4to.
428
Philosoph. Transact., número 384, página 140; y número 413, página 277.
429
Comment. Acad. Petrop., página 274.
430
En sus Versuchen, Halle, 1737, formato 8vo, página 556.
431
Theatrum Hydrostaticum.

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ILUMINACIÓN DE LAS CALLES.
La iluminación de las calles, aunque contribuye en gran medida a embellecer nuestras ciudades principales, también aumenta considerablemente la comodidad y seguridad de sus habitantes. Pero, sea cual sea su beneficio, se considera generalmente como una invención moderna. El señor St. Evremond dice: “La invención de iluminar las calles de París durante la noche, con multitud de lámparas, merece que las naciones más lejanas vayan a ver algo que ni los griegos ni los romanos jamás pensaron en implementar para la vigilancia de sus repúblicas”. Esta opinión parece estar bien fundada; pues nunca he encontrado información alguna que demuestre que las calles de Roma estuvieran iluminadas. De hecho, algunos pasajes de autores antiguos indican más bien lo contrario; y, según mi opinión, los romanos no habrían considerado tan necesario el uso de antorchas y linternas al regresar de sus visitas nocturnas, como parecen haberlo hecho, si sus calles hubieran estado iluminadas; aunque admito que la iluminación pública de las calles en nuestras ciudades no hace que las antorchas o linternas sean completamente innecesarias. Quienquiera que caminara por las calles de Roma por la noche sin linterna se veía obligado a regresar a casa en completa oscuridad, y con gran peligro, como Alexis en las obras de Ateneo. Meursius intenta hacer creer que las calles de Roma estaban iluminadas; y en apoyo de esta opinión cita a Amiano Marcelino y la Vida de Julio César en Suetonio; pero sus argumentos, para mí, están lejos de ser convincentes. Que Nápoles no estaba iluminada se deduce del regreso de Gito durante la noche, mencionado por Petronio. Sin embargo, algunas circunstancias relatadas por autores antiguos hacen probable que Antioquía, Roma y algunas otras ciudades tuvieran linternas públicas, si no en todas las calles, al menos en aquellas que eran más frecuentadas.
Libanio, que vivió a principios del siglo IV, dice en su Panegírico, donde elogia a su ciudad natal Antioquía: “A la luz del sol le sigue otra luz, que es muy superior a la luz de las lámparas encendidas”.

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los egipcios en la fiesta de Minerva de Sais. La noche con nosotros difiere del día solo en la apariencia de la luz: en lo que respecta al trabajo y al empleo, todo sigue bien. Algunos trabajan continuamente; pero otros ríen y se divierten cantando”. No puedo permitirme imaginar que el sofista considere aquí como motivo de alabanza para su ciudad natal el hecho de que sus habitantes, después del atardecer, no se quedaran en la oscuridad, sino que utilizaran luces para trabajar. Por lo tanto, parece que se refiere a la iluminación de las calles.

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En otro pasaje, en el discurso dirigido a Ellebichus, el mismo autor nos dice que las cuerdas de las cuales colgaban las lámparas que adornaban la ciudad fueron cortadas por algunos soldados revoltosos, no lejos de un baño. “Yendo”, dice, “a un baño cercano, cortaron con sus espadas las cuerdas de las cuales colgaban las lámparas que proporcionaban luz durante la noche, para demostrar que los adornos de la ciudad debían cederle el lugar”. Esta cita indica, al menos, que había lámparas colgadas de cuerdas cerca de los baños y de los lugares más concurridos. Sin embargo, el siguiente pasaje de Jerónimo parece hacer probable, o más bien seguro, que las calles de Antioquía estuvieran iluminadas. En la disputa entre un luciferiano y un ortodoxo, relata que un seguidor del cismático Lucifer discutió en la calle con un verdadero creyente hasta que se iluminaron las calles, momento en el cual la multitud que escuchaba se marchó; y entonces se escupieron mutuamente en la cara y se retiraron.

En la elegante edición de las obras de ese padre, realizada por Dominicus Vallarsius, tenemos un breve tratado sobre el momento en que tuvo lugar esta discusión grosera; y el editor demuestra que ocurrió en Antioquía en el año 378.

Basilio el Grande, en una carta dirigida a Martinianus, al describir la miserable situación de su ciudad natal, Cesarea, en Capadocia, en el año 371, dice que tenían noches sin luz (noctes non illustratas). La mayoría de los comentaristas interpretan este pasaje como si significara que las lámparas de las calles no estaban encendidas.

Que las calles, no solo de Antioquía, sino también de Edesa, en Siria, estuvieran iluminadas en el siglo V parece estar demostrado por un pasaje de la Historia de Jesué Estilita. Allí se dice expresamente que Eulogio, gobernador de Edesa,

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Alrededor del año 505, ordenó que se mantuvieran las lámparas encendidas en las calles durante la noche; y para ese fin empleó parte del aceite que antes se entregaba a las iglesias y monasterios. En cuanto a la iluminación pública de ciudades enteras durante las fiestas, y especialmente en ocasiones festivas, lo cual llamamos iluminaciones, esa práctica parece ser de gran antigüedad. De este tipo era una fiesta especial de los egipcios, durante la cual se colocaban lámparas frente a todas las casas de todo el país, y se mantenían encendidas toda la noche. Durante esa fiesta de los judíos, llamada festum encæniorum, la fiesta de la Dedicación del Templo, que, según la opinión general, se celebraba en diciembre y duraba ocho días, se encendían numerosas lámparas frente a cada una de sus casas. Un pasaje de Esquilo demuestra que tales iluminaciones también se utilizaban en Grecia. En Roma, el foro se iluminaba cuando se celebraban juegos por la noche; y Calígula, en una ocasión similar, hizo que toda la ciudad se iluminara. Cuando Cicerón regresaba a casa tarde en la noche, después de que fuera derrotada la conspiración de Catilina, se encendían lámparas y antorchas en todas las calles en honor a ese gran orador. El emperador Constantino hizo que toda la ciudad de Constantinopla se iluminara con lámparas y velas de cera en la víspera de Pascua. Los padres del primer siglo criticaban frecuentemente a los cristianos, porque, para complacer a los paganos, solían iluminar sus casas en fiestas idólatras de una manera más elegante que ellos. Esto lo consideraban como una especie de idolatría. Que las casas de los antiguos se iluminaban en los días de cumpleaños, colgando lámparas de cadenas, es algo demasiado conocido como para requerir prueba alguna. De las ciudades modernas, París, por lo que he podido averiguar, fue la primera en seguir el ejemplo de los antiguos iluminando sus calles. Como esta ciudad, a principios del siglo XVI, estaba muy plagada de ladrones callejeros e incendiarios, a los habitantes se les ordenaba de vez en cuando mantener las luces encendidas, después de las nueve de la noche, frente a las ventanas de todas las casas que daban a la calle. Esta orden se emitió en el año 1524, y se renovó en 1526 y 1553; pero en el mes de octubre de 1558, se erigieron faroles en las esquinas de las calles, o, cuando la calle era tan larga que no podía iluminarse con uno solo, se erigían tres en tres lugares diferentes.

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Estas luces tenían, hasta cierto punto, un parecido con las utilizadas en algunas minas; pues en el Grand Vocabulaire Français se nos dice que el falot es un gran recipiente lleno de alquitrán, resina y otros materiales combustibles, empleado en el palacio del rey y en las casas de los príncipes para iluminar los patios. En aquel período había en París 912 calles; por lo que el número de luces utilizadas en ese entonces debió ser inferior a 2736.
En el mes de noviembre del mismo año, estas luces fueron reemplazadas por faroles del mismo tipo que los que se usan actualmente. Sin embargo, la iluminación de las calles de París siguió siendo muy deficiente durante mucho tiempo, hasta que el abad Laudati, un italiano de la familia Caraffa, tuvo la idea de poner a la venta antorchas y faroles. En marzo de 1662 obtuvo un privilegio exclusivo para este negocio por veinte años; y se encargó de instalar, en ciertos lugares, no solo en París sino también en otras ciudades del reino, puestos donde cualquiera pudiera alquilar una antorcha o farol, o, pagando una cierta suma, contar con la compañía de alguien que portara una luz mientras recorría las calles. Tenía autorización para cobrar a quien alquilara un farol para un carruaje cinco sues por un cuarto de hora; y a los peatones, tres sues. Para evitar cualquier disputa relacionada con el tiempo, se ordenó que se llevara consigo cada farol un reloj de arena regulado.
Sin embargo, en 1667 la iluminación de la ciudad de París se estableció sobre las bases en que se encuentra actualmente. Al mismo tiempo, la policía mejoró enormemente, y posteriormente sirvió como modelo para la mayoría de las demás ciudades de Europa. Los asuntos judiciales y aquellos relacionados con la policía pública, en lugar de estar a cargo, como antes, de un único magistrado llamado “Teniente civil del prevost de París”, fueron, por un decreto real del mes de marzo del año mencionado, divididos entre dos personas. Uno de ellos, encargado de los asuntos judiciales, conservó el antiguo título; y el otro, que supervisaba la policía, recibió el título de “Teniente del prevost de París para la policía” o “Teniente general de policía”. El primer teniente de policía fue Nicolás de Reynie, un hombre que, según los elogios que le dedicaron los escritores franceses, marcó una época en la historia de la policía moderna. En la Historia de París, ya citada en varias ocasiones, se le describe como un magistrado ilustrado, íntegro y vigilante, tan celoso del servicio al rey como del bienestar público, y que tuvo tanto éxito en este nuevo cargo que, añade el autor, se puede decir que es a él, más que a ningún otro, a quien debemos…

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Debemos estar agradecidos por el buen orden que reina actualmente en París. La primera regulación útil con la que La Reynie prestó un servicio a la policía fue la destinada a mejorar la vigilancia nocturna y la iluminación de las calles. No puedo encontrar una descripción completa de los cambios que introdujo; pero cuatro años después, es decir, el 23 de mayo de 1671, se emitió una orden según la cual las farolas debían encenderse cada año desde el 20 de octubre hasta finales de marzo del año siguiente, e incluso durante la luz de la luna; porque esta última era de poca utilidad en mal tiempo, e incluso en buen tiempo no era suficiente para iluminar algunas de las calles más peligrosas. Antes de este período, las calles solo se iluminaban durante los cuatro meses de invierno; y debido a las innumerables atrocidades cometidas durante la noche, cuando no había luces, los parisinos se ofrecieron a contribuir con tanto dinero como fuera necesario para cubrir los gastos de mantener las lámparas encendidas durante todo el invierno. Las lámparas utilizadas por La Reynie, debido a su semejanza con un cubo, se llamaron lanternes à seau, y sustituyeron a aquellas inventadas por un tal Herault, denominadas lanternes à cul-de-lampe. Cuando De Sartines ocupaba el cargo de teniente de policía, se ofreció una recompensa a quien descubriera el medio más eficaz para mejorar la iluminación de las calles; y la Academia de Ciencias debía decidir sobre los diferentes planes que pudieran proponerse. Como resultado de esta oferta, un vidriero llamado Goujon recibió una recompensa de 200 libras, y los señores Bailly, Le Roy y Bourgeois de Chateaublanc, 2000 libras. Al último mencionado se le atribuye la invención de las actuales lámparas reflectantes, descritas por La Vieil, las cuales se introdujeron en 1766. En una pequeña obra titulada “Ensayo sobre las lámparas”, escrita por un grupo de hombres literatos, que aunque está redactada para ridiculizar las investigaciones anticuarias y a ciertas personas de París, contiene información auténtica sobre la iluminación de las calles, se nos dice que las lámparas reflectantes fueron inventadas por un abad P.; por lo tanto, dice el autor de forma humorística, ese abad es el segundo en poder presumir de haber iluminado la primera ciudad del mundo. La superioridad de estas lámparas es indiscutible; pero, además de su costo elevado, tienen la desventaja de que, al colgarse en medio de la calle, proyectan una sombra sobre ella, de modo que nadie puede ser reconocido por quienes pasan. También en las ciudades donde la gente camina principalmente en medio de…

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En las calles, o donde estas son anchas, no resultan muy prácticas, y causan interrupciones cuando es necesario limpiarlas. En el año 1721, se dice que había 5772 faroles en París; pero en el Tableau de Paris, impreso en 1760, la cifra se estima en solo 5694, y en las Curiosités de Paris, de 1771, se indica que eran 6232. En 1777, la carretera entre París y Versalles, que tiene una longitud de unos nueve millas, fue iluminada a un costo anual de 15.000 libras por los mismos contratistas que iluminaban París. La ciudad de Nantes también fue iluminada ese mismo año; y en 1780 contaba con 500 faroles. Estrasburgo comenzó a ser iluminado en 1779.

Si lo que dice Maitland en su historia es cierto, es decir, que en el año 1414 se emitió una orden para colgar faroles para iluminar las calles, y si esa normativa se mantuvo después del período mencionado, cosa de la que dudo mucho, entonces hay que admitir que Londres fue más avanzado que París en esta práctica útil. Maitland se refiere como fuente a la Survey of London de Stow; pero en la edición de esa obra publicada en 1633, solo encuentro, donde se da una lista de los magistrados, la siguiente información: “1417, Alcalde, Sir Henry Barton, curtidor. Este Henry Barton dispuso que se colgaran faroles con luces en las noches de invierno, entre la temporada de Hallamte y la de Candelaria”. No aparece nada más en la edición de Strype, publicada en 1720.

En el año 1668, cuando se emitieron varias normativas para mejorar las calles, se recordó a los londinenses que debían colgar los faroles a tiempo, en el horario habitual. En el año 1690 se renovó esta orden, y se exigió a todos los dueños de viviendas que colgaran una luz o un farol cada noche, tan pronto como oscureciera, entre la temporada de San Miguel y la de Santa María; y que los mantuvieran encendidos hasta la medianoche. En el año 1716, por medio de una resolución del consejo municipal, se dispuso que todos los dueños de viviendas cuyas casas daban a alguna calle, callejón o paso público debían, en todas las noches oscuras, es decir, en todas las noches desde la segunda noche después de cada luna llena hasta la séptima noche después de cada luna nueva, colocar o colgar uno o más faroles, con mechas de algodón suficientes, de modo que permanecieran encendidos desde las seis de la tarde hasta las once de la misma noche, bajo pena de pagar un chelín. Sin embargo, todas estas normativas parecen haber sido ineficaces debido a una mala gestión. La ciudad era iluminada mediante contratos, y los contratistas encargados de ello…

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Quienes tuvieran la libertad de iluminar sus calles estaban obligados a pagar anualmente a la ciudad la suma de seiscientas libras. Además, los contratistas recibían solo seis chelines al año por cada dueño de casa cuyo alquiler superaba las diez libras; y todas las personas que colgaban faroles y velas frente a sus casas quedaban exentas de pagar por las lámparas públicas. Las calles se iluminaban apenas ciento diecisiete noches al año; y como esto daba una gran oportunidad a ladrones y bandidos para cometer robos durante la noche, el alcalde y el consejo municipal consideraron oportuno, en el año 1736, solicitar al parlamento autorización para poder iluminar las calles de la ciudad de manera más adecuada; y se aprobó una ley según la cual se les otorgaba la facultad de instalar un número suficiente de tales lámparas de cristal, según lo consideraran necesario, y mantenerlas encendidas desde el atardecer hasta el amanecer durante todo el año. En lugar de mil lámparas, su número aumentó entonces a 4679; pero como ni siquiera estas eran suficientes, varios distritos realizaron un aumento considerable, de modo que el total llegó a no menos de 5000. Sin embargo, este no era el número total de lámparas en Londres, sino solo las que había en lo que se denomina oficialmente la ciudad y sus Liberties. Dado que esta zona representa solo una quinta parte de Londres, Maitland calcula que el número total de lámparas públicas y privadas debió ser, incluso en esa época, superior a 15.000. El tiempo de iluminación, que anteriormente era de solo 750 horas al año, se incrementó a 5000. En nuestras ciudades de Baja Sajonia, cuyas calles no son tan oscuras como las de Londres, la iluminación dura 1519 horas. En el año 1744, debido al gran número de robos que se cometían en las calles durante la noche, fue necesario solicitar otra ley parlamentaria para regular aún más la iluminación de la ciudad; y en esa época este sistema se estableció sobre las bases en las que se encuentra hoy en día. Las lámparas de Londres, en la actualidad (1786), son todas de cristal; cada una está equipada con tres mechas; y se fijan en postes colocados a una cierta distancia unos de otros. Se encienden todos los días del año al atardecer. Se dice que solo Oxford Street contiene más lámparas que toda París. Incluso los caminos, a siete u ocho millas alrededor de Londres, están iluminados con tales lámparas; y como estos caminos que van desde la ciudad hacia diferentes lugares son muy numerosos, las lámparas se ven desde una pequeña distancia, especialmente en el condado de Surrey, donde muchos caminos se cruzan entre sí, tienen un

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Efecto hermoso y noble. Birmingham se iluminó, por primera vez, en 1733, con 700 lámparas. Parece que las calles de Ámsterdam ya estaban iluminadas con faroles desde 1669; pues en febrero de ese año, los magistrados, que en 1665 habían prohibido el uso de antorchas, emitieron una orden contra la destrucción de los postes a los que solía atarse a los caballos. Esta orden, así como las instrucciones dadas a los encargados de encender las lámparas en 1669, pueden encontrarse en una obra llamada Los privilegios de la ciudad de Ámsterdam. Los faroles no eran de vidrio, sino de cuerno; ya que a los encargados de encenderlas se les ordenaba, en sus instrucciones, que limpiaran cada día el humo del aceite utilizado para las lámparas, que se adhería al cuerno de estos. En La Haya se emitió una orden en octubre de 1553, según la cual los habitantes debían colocar luces frente a sus puertas durante las noches oscuras; posteriormente se construyeron pequeños edificios de piedra en las esquinas de las calles principales, en los cuales se mantenían encendidas las luces; pero en el año 1678 se instalaron lámparas en todas las calles. Las calles de Copenhague se iluminaron por primera vez con lámparas en 1681; y el 16 de julio de 1683 se establecieron nuevas regulaciones, gracias a las cuales mejoró considerablemente el sistema de iluminación, al igual que el de la vigilancia nocturna. Las calles de Roma aún no están iluminadas. Sixto V. deseaba introducir esta mejora en el sistema de seguridad, pero se encontró con obstáculos insuperables. Para que se pudiera disfrutar en cierta medida de los beneficios de la iluminación, ordenó aumentar el número de luces colocadas frente a las imágenes de los santos. De la Lande dice, en sus Viajes, que Venecia ya estaba iluminada con 3000 lámparas algunos años antes de la época en que escribió. Messina y Palermo, en Sicilia, también están iluminadas. Madrid, que hasta hace poco era la ciudad más sucia de todas las capitales europeas, actualmente está tan bien iluminada como Londres. Valencia, en España, debe esta mejora a Joachim Manuel Fos, que en aquel entonces era inspector de fábricas. También está iluminada Barcelona. Sin embargo, Lisboa no tiene luces. Las calles de Filadelfia están iluminadas, y a cada lado hay aceras.

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En el año 1672, el consejo de Hamburgo hizo una propuesta a los ciudadanos para iluminar las calles. El año siguiente se aceptó esta propuesta, pero las lámparas no se instalaron hasta dos años después, es decir, en 1675.
En 1679, Berlín ya había avanzado tanto en esta mejora que los habitantes estaban obligados, por turnos, a colgar una linterna con luz en cada tercera casa. En 1682, el elector Federico Guillermo ordenó que se erigieran postes con lámparas, a pesar de la oposición de los habitantes debido al costo. En una petición presentada en 1680, indicaron que las lámparas costaban 5000 dólares y que se necesitaban 3000 al año para mantenerlas encendidas. Actualmente, Berlín cuenta con 2354 lámparas, que permanecen encendidas desde septiembre hasta mayo, a expensas del rey.
Potsdam tiene 590.
Viena comenzó a iluminarse en el año 1687. Las luces se colgaban por la noche, según la señal dada por la campana de incendios. En 1704 se introdujeron lámparas; pero al principio la luz que proporcionaban era muy deficiente, ya que las lámparas ardían mal y, para ahorrar en los encargados de encenderlas, cada dueño de casa estaba obligado a retirar diariamente las lámparas vacías, llevarlas a la oficina correspondiente para rellenarlas y volver a encenderlas cuando sonaba la campana. En 1776, el número de lámparas, que antes era de 2000, aumentó a 3000, y se firmó un contrato para su iluminación por una cantidad de 30.000 florines. Estas lámparas fueron inventadas por el consejero Sonnenfels, y en 1779 su número ascendía a 3445. Están hechas de vidrio blanco, de forma esférica, y tienen una cubierta de hojalata pintada de rojo por fuera y pulida por dentro. Están sostenidas por soportes fijados en las casas a una altura de quince pies sobre el suelo. Cada linterna está a solo dieciséis pasos de distancia de la otra, de modo que las calles quedan completamente iluminadas. Permanecen encendidas tanto en verano como en invierno, sin importar si brilla la luna o no; y esto es aún más necesario en Viena que en cualquier otro lugar, debido a la altura de las casas y a la estrechez y sinuosidad de las calles. Los encargados de encender las lámparas visten uniforme y están sometidos a disciplina militar. En 1783, el costo anual de las lámparas se estimó en solo 17.000 florines.
Leipzig se iluminó en 1702, y Dresde en 1705. En 1766, el número de lámparas en esta última ciudad era de solo 728, y para iluminarlas se utilizaba aceite de semillas de colza.

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En Kassel, las calles comenzaron a iluminarse bajo el gobierno del landgrave Carlos en el año 1721; pero como no se establecieron regulaciones suficientes para mantener esta mejora, finalmente se abandonó la idea. Sin embargo, se volvió a intentar en 1748, y en 1778 el número de lámparas aumentó a 1013, además de las que había en el palacio del landgrave. Hannover se iluminó en 1696, Halle en 1728 y Gotinga en 1735. Brunswick, desde 1765, cuenta con 1565 lámparas. Zúrich se iluminó a partir de 1778, pero el número de lámparas es muy reducido.

Así era la situación de la iluminación pública hacia el final del siglo pasado. Muchos de los lectores de esta obra recordarán las lámparas de vidrio redondo y su tenue luz de aceite, que, mucho después de que las calles de Londres se iluminaran con gas, continuaron utilizándose en las afueras de esa inmensa metrópolis. ¡Cuánto ha cambiado todo ahora! Debe parecer sorprendente que algo tan sencillo como el uso de los gases combustibles producidos en la destilación del carbón y otros cuerpos de origen orgánico tenga una fecha de aparición tan reciente. Pero así es como ocurre con la mayoría de las mejoras que buscan el confort y la felicidad de la humanidad: avanzan lentamente y poco a poco hacia la perfección, hecho que queda admirablemente ilustrado por los numerosos artículos contenidos en estos volúmenes.

La primera idea de aplicar el gas de carbón con fines económicos se atribuye generalmente al señor William Murdoch, quien en 1792 utilizó dicho gas para iluminar su casa y oficinas en Redruth, en Cornualles. En 1798 construyó el aparato necesario para iluminar la famosa fábrica de Boulton y Watt en Soho, cerca de Birmingham; en 1802, con motivo de la firma de la paz, dicha fábrica se iluminó públicamente con ese mismo medio. Esta demostración atrajo enormemente la atención del público sobre el tema, y poco después varios fabricantes cuyas fábricas necesitaban luz y calor adoptaron el uso del gas. Una fábrica de botones en Birmingham lo utilizó ampliamente para soldar; Halifax, Mánchester y otras ciudades siguieron su ejemplo. Una sola fábrica textil en Mánchester empleó más de 900 quemadores, y se instalaron varios kilómetros de tuberías para suministrarles gas. El señor Murdoch, quien instaló el aparato utilizado en esta fábrica, envió un informe detallado de sus operaciones a la Real Sociedad en 1808, y recibió la medalla de oro de dicha institución. Sin embargo, según un interesante artículo de R. C. Taylor sobre los yacimientos de carbón de China, parece que los chinos, aunque no sean fabricantes, sí son consumidores de gas.

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Los empleadores lo utilizaban a gran escala, y evidentemente lo hacían ya desde hace mucho tiempo antes de que los europeos adquirieran conocimiento sobre su aplicación. Los yacimientos de carbón eran frecuentemente perforados por estos dispositivos para extraer agua salada; el gas inflamable era expulsado en chorros de veinte o treinta pies de altura. Desde estas fuentes, el vapor era transportado a las plantas salineras mediante tuberías, donde se utilizaba para hervir y evaporar la sal; otros tubos transportaban el gas destinado a iluminar las calles, los apartamentos más grandes y las cocinas. Como siempre había más gas del necesario, el excedente era dirigido fuera de los límites de las plantas salineras, donde formaba chimeneas o columnas de llama separadas. Pero esto, al igual que muchos otros descubrimientos chinos, permaneció desconocido para nosotros debido a sus costumbres exclusivistas hasta tiempos recientes. Cabe decir que el mundo debe mucho al señor Winsor por el enorme beneficio que la iluminación con gas ha supuesto para él. Tras varios experimentos, este caballero iluminó el teatro Lyceum en 1803–1804, y poco después, en 1807, iluminó una parte de Pall-Mall con gas obtenido a partir del carbón. Poco después de ese período se formaron empresas dedicadas a la producción de gas a gran escala; las lámparas de aceite fueron eliminadas de todas las principales vías de la ciudad, y en el transcurso de quince años no solo todas las calles y callejones estaban iluminados con esta fuente, sino que también se introdujo en tiendas y casas, llegando incluso a los suburbios. Hoy en día, la iluminación con gas es algo común en todas las ciudades del imperio. Sería demasiado extenso entrar en detalles minuciosos sobre la estructura, los usos y la disposición de los diversos aparatos utilizados en la producción de gas; basta con señalar que cuando el carbón se calienta hasta ponerse rojo en un recipiente cerrado, produce una variedad de productos que pueden clasificarse en tres categorías: 1) gases permanentes; 2) vapores que pueden condensarse en estado líquido o sólido al enfriarse; y 3) la materia residual, el coque, que queda en el recipiente. El objetivo de la producción de gas es separar estos productos entre sí y purificarlos mediante lavado y otros métodos, para que sean aptos para la combustión. Los siguientes datos, tomados del Diccionario de Ciencias de Brande, pueden dar una idea de la cantidad de gas consumida anualmente en Londres. La planta de gas más antigua de Londres pertenece a la compañía original con carta real para su funcionamiento. Tienen tres estaciones: la más grande está en Peter Street, Westminster; la segunda, en Brick Lane, St. Luke’s.

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Y la tercera se encuentra en Curtain-road, Shoreditch. Esta compañía consume 50.000 calderos de carbón al año; la cantidad de gas que se puede obtener de ello se estima en unos seiscientos millones de pies cúbicos, o aproximadamente dieciocho millones setecientos cincuenta mil libras de peso en gas. Se puede suponer que cada caldero de carbón pesa 2880 libras y produce en promedio 12.000 pies cúbicos de gas purificado. El costo principal del gas es de unos cuatro o cinco chelines por 1000 pies cúbicos; el precio minorista habitual oscila entre siete y diez chelines por 1000 pies cúbicos.

Probablemente, esta compañía suministra aproximadamente una quinta parte de todo el gas consumido en Londres y sus suburbios. Por lo tanto, el consumo anual total de carbón utilizado para esta importante industria solo en el distrito londinense supera probablemente los doscientos cincuenta mil calderos. La cantidad de gas producido para abastecer a este distrito asciende anualmente a tres mil millones de pies cúbicos. El peso de esta cantidad de gas supera los setenta y cinco millones de libras; la luz producida por su combustión puede considerarse equivalente a la que se obtendría de la combustión de ciento sesenta millones de libras de velas de cera con un contenido de cera del 6%.

Las operaciones de la London Gas-light Company, fundada en el año 1833, también tienen una escala enorme. Sus instalaciones, situadas en Vauxhall, no solo son las más potentes, sino también las mejor organizadas de todo el mundo. Desde allí, sus tuberías se extienden por una gran extensión en Middlesex y Surrey. Gracias a la excelente forma en que están instaladas, y con la ayuda de la potencia de sus instalaciones, pueden suministrar gas en Highgate Hill (a siete millas de distancia) con la misma precisión y en la misma cantidad que en Vauxhall. La longitud total de sus tuberías supera los ciento cincuenta millas.

El costo de la luz equivalente a la de siete velas de cera (con un contenido de cera del 6%) es de tres peniques por hora en el caso del gas de carbón, 3 peniques por hora en el caso de las lámparas de aceite Argand, 3½ peniques por hora en el caso de las velas de cera y 1 chelín y 2 peniques por hora en el caso de las velas de cera tradicionales.

También se ha producido gas a partir de aceite, resina y otras sustancias. El gas de aceite se obtiene en grandes cantidades mediante la descomposición del aceite, que se vierte en un recipiente al rojo vivo, medio lleno de coque o ladrillos. No contiene hidrógeno sulfuroso, no requiere purificación y es mucho más rico en compuestos de carbono.

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hidrógeno que el gas de carbón. Sin embargo, su alto costo ha llevado casi a la total desutilización de este tipo de gas.
En Londres hay dieciocho establecimientos públicos de gas y doce compañías; la inversión en obras y aparatos se estima en 3.000.000 l.]

NOTAS AL PIE
432
Athen. Deipn. vi. 8. p. 236.
433
Joh. Meursii Opera, ex recensione Joannis Lami. Florent. 1745, fol. v. p. 635.
434
Pet. cap. lxxix. Concluyo que el autor habla aquí de Nápoles a partir del cap. lxxxi., donde la ciudad se denomina Græca urbs. Otros, sin embargo, con menor probabilidad, opinan que se refiere a Capua.
435
Libanii Opera, Lutet. 1627, fol. ii. p. 387.
436
Ib. 526.
437
Véase vol. ii. p. 170.
438
Valesius nos informa, en sus observaciones sobre Ammianus Marcellinus, que para denotar el dolor público en ocasiones de grandes desgracias era costumbre no iluminar las calles; y como prueba de esta afirmación cita un pasaje de Libanio, donde se dice que la gente de Antioquía, para atenuar la ira del emperador, se acordó de no encender lámparas o de encender solo un número muy reducido.
439
Assemani Bibliotheca Orientalis. Romæ, 1719, fol. i. p. 281.
440
Los griegos lo llamaban λυχνοκαία.
441
Herodot. lib. ii. cap. 62.

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442
Suetonio, Vita Calig., cap. 18.

443
Eusebio, lib. IV, De Vita Constantini, cap. 22. Compárese con lo anterior en Gregorio Nacianceno, Orat. 19 y Orat. 2, donde el autor alude a la fiesta de Pascua.

444
Tertuliano, De Idololatria, cap. XV, p. 523. Véase también su Apologética, cap. 35, p. 178. En ambos lugares La Cerda cita pasajes similares de otros autores. En el Concilio Eliberitano, cap. 37, se decretó “prohibendum etiam ne lucernas publice accendant”. Véase también Joh. Ciampini, Vetera Monumenta, in quibus musiva opera illustrantur. Roma, 1690, 2 volúmenes, folio, p. 90; en una pieza de mosaico, supuestamente del siglo V, se representan algunas lámparas colgadas sobre una puerta.

445
J. Lipsii, Electa, lib. II, cap. 3.

446
Este orden puede observarse en esa obra amplia y elegante titulada Histoire de la Ville de Paris, de Felibien, revisada y ampliada por Lobineau, París, 1725, 5 volúmenes, folio. Véanse los volúmenes II, págs. 951 y 977, y el volumen IV, págs. 648, 676 y 764.

447
París, 1770, 10 volúmenes, p. 265.

448
Essai sur les Lanternes. A Dole, 1775.

449
History of London. Londres, 1756, 2 volúmenes, folio, p. 186.

450
Noorthouck’s History of London. Londres, 1773, 4to, p. 233. Por la seguridad y paz de la ciudad, se ordenó a todos los habitantes que colgaran velas a la hora acostumbrada.

451
Véase Twiss y Dalrymple’s Travels.

452
Swinburne’s Travels through Spain, 1779, 4to.

453
Nicolai, Beschreibung von Berlin und Potsdam, págs. 308 y 971.

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454
Nicolai, Descripción de un viaje, iii, págs. 212, 214.
455
Philosophical Magazine, marzo de 1846.

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VIGILIA NOCTURNA.
La existencia de personas obligadas a mantener la vigilancia en las calles de las ciudades durante la noche forma parte de las normas más antiguas de la policía. Dichos vigilantes son mencionados en el Cantar de los Cantares y también aparecen en el libro de los Salmos. Atenas y otras ciudades de Grecia tenían al menos centinelas apostados en diferentes lugares; además, algunos de los thesmothetæ estaban obligados a visitarlos de vez en cuando para asegurarse de que cumplieran con su deber. En Roma había triumviri nocturni, cohortes vigilum, etc. El objetivo de todas estas instituciones parecía ser más bien la prevención de incendios que la protección contra alarmas o peligros nocturnos; aunque con el paso del tiempo también se prestó atención a estos últimos. Cuando Augusto quiso reforzar la vigilancia nocturna con el fin de sofocar los disturbios nocturnos, utilizó como pretexto únicamente el temor a los incendios. Las normas relativas a estos vigilantes, así como la disciplina a la que estaban sometidos, eran casi idénticas a las de los centinelas nocturnos en los campamentos durante tiempos de guerra; pero no parece que los vigilantes urbanos estuvieran obligados a demostrar su presencia y vigilancia cantando, gritando o por cualquier otro medio. Los patrulleros eran quienes emitían señales mediante campanas, cuando los vigilantes querían comunicarse entre sí. Cantar por parte de los centinelas en tiempos de guerra era una costumbre, al menos entre algunas naciones; pero es muy probable que esa práctica no fuera común en tiempos de paz.
El hecho de anunciar las horas parece haberse practicado por primera vez después de la construcción de las puertas de las ciudades, y, en mi opinión, surgió en Alemania; aunque hay que admitir que tal norma habría sido muy útil en la antigua Roma, donde no había relojes y donde la gente no tenía nada en sus casas que indicara las horas durante la noche. Durante el día, la gente podía saber las horas gracias a los relojes de agua, construidos a expensas públicas y colocados en edificios abiertos.

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diferentes partes de la ciudad. Parece que el caso fue similar en Grecia; las familias ricas mantenían sirvientes tanto hombres como mujeres, cuya tarea era anunciar a sus amos y amas ciertos períodos del día, según lo indicaban los relojes de la ciudad. Estos sirvientes eran principalmente niños y niñas, siendo estas últimas destinadas a atender a las damas. Sin embargo, parece que con el paso del tiempo también se instalaron relojes de agua en los palacios de los poderosos: en cualquier caso, Trimalcio, el célebre hedonista mencionado por Petronio, tenía uno en su comedor, y un sirviente apostado cerca de él para anunciar el paso de las horas, para que su amo supiera cuánto tiempo de su vida había transcurrido; pues no quería perder ni un solo momento sin disfrutar del placer.

No he leído todo lo que otros han escrito sobre la división del tiempo entre los antiguos; pero, tras las investigaciones que he realizado, debo confesar que no sé si las horas se anunciaban por la noche a quienes deseaban y tenían necesidad de conocerlas. En aquel entonces no existían relojes que marcaran las horas, como ya se ha dicho; y como los relojes de agua eran escasos y caros, las personas trabajadoras, para quienes era de suma importancia conocer el paso del tiempo, no podían adquirirlos. Por lo tanto, habría sido una normativa útil y necesaria hacer que los vigilantes de las calles anunciaran las horas, que podían conocer a través de los relojes públicos de agua, tocando una trompeta o gritando.

Sin embargo, parece que la gente debió llegar pronto a establecer tal sistema, ya que los métodos mencionados se habían utilizado durante mucho tiempo en la guerra. Los períodos de guardia se determinaban mediante relojes de agua; en cada turno se tocaba una trompeta, y todos podían conocer así la hora de la noche. Pero no he encontrado ninguna prueba de que estas normativas se establecieran en las ciudades en tiempos de paz, aunque muchos escritores modernos no han dudado en referirse a la vigilancia nocturna en las ciudades a aquello que solo se refiere a las guardias nocturnas en tiempos de guerra. Por el contrario, estoy aún más inclinado a pensar que la antigua Roma carecía por completo de tal tipo de servicio policial. Las campanas llevadas por los vigilantes nocturnos se utilizaban únicamente por las patrullas, como se nos dice expresamente, o para dar señales en ocasiones extraordinarias, como en caso de incendio o cuando se cometía algún acto de violencia. Cicerón, al comparar la vida de un ciudadano con la de un militar

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El oficial dice: “El primero es despertado por el canto del gallo, y el último por el sonido de la trompeta”. Por lo tanto, el primero no tenía otro medio de conocer las horas de la noche que prestar atención al ruido que hacía ese animal. Un poeta antiguo dice que el gallo es el trompetista que despierta a la gente en tiempos de paz. Los antiguos, de hecho, entendían mucho mejor que los vulgares de hoy, que ya están demasiado acostumbrados a los relojes, cómo determinar los períodos de la noche observando las estrellas; pero aquí hablo de ciudades capitales, y en ellas la gente no suele querer levantarse de la cama para mirar las estrellas, las cuales no siempre se pueden ver.

Sin entrar en más investigaciones sobre los vigilantes entre los griegos y romanos antiguos, demostraré, con los testimonios de los que tengo conocimiento, que el sistema policial del que hablo es más moderno en nuestras ciudades de lo que uno podría suponer. Pero debo hacer una excepción con París; parece que allí se estableció la vigilancia nocturna, al igual que en Roma, al comienzo de su monarquía. De la Mare cita los decretos al respecto de Clotario II, en el año 595, de Carlomagno y de los períodos siguientes. Al principio, los ciudadanos estaban obligados a hacer guardia por turnos, bajo el mando de un miles gueti, quien también era llamado chevalier. Los escritores franceses señalan que el término guet, que aparece en los decretos más antiguos, proviene de las palabras alemanas wache, wacht, que significan guardia o vigilancia; de igual manera, varios otros términos militares alemanes antiguos, como bivouac, landsquenet, etc., han sido conservados en el idioma francés. Con el paso del tiempo, cuando reinó la tranquilidad general, se introdujo gradualmente la costumbre de evitar el deber de vigilar pagando una cierta suma de dinero, hasta que finalmente se establecieron compañías permanentes de guet en París, Lyon, Orleans y posteriormente en otras ciudades.

Si no me equivoco, la práctica de tener vigilantes individuales que recorren las calles y anuncian las horas es propia de Alemania, y solo fue imitada en tiempos modernos por nuestros vecinos. Sin embargo, no me atrevo a determinar su antigüedad. En Berlín, el elector Juan Jorge nombró vigilantes en el año 1588; pero en 1677 ya no había ninguno.

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Esa capital, y los funcionarios de la ciudad estaban obligados a anunciar las horas.
Montagne, durante sus viajes en 1580, consideró que el anuncio de las horas por parte de los vigilantes nocturnos en las ciudades alemanas era una costumbre muy singular. “Los vigilantes”, dice, “recorrían las casas por la noche, no tanto por causa de ladrones como por incendios y otros peligros. Cuando sonaban las campanas, uno estaba obligado a gritarle al otro para preguntar qué hora era, y luego desearle buenas noches”. También menciona este hecho al hablar de Innsbruck. Mabillon, por su parte, quien realizó un viaje literario por Alemania, describe el anuncio de las horas como una práctica completamente propia de ese país.
La trompeta de nuestros vigilantes parece ser la bucina de los antiguos, que, como sabemos, al principio era un cuerno de buey, aunque posteriormente se fabricó con metal. Las campanillas, que son más adecuadas para las ciudades, al igual que las trompetas lo son para los pueblos, parecen ser un invento posterior. La expresión habitual “Escuchen, mis señores, y déjenme contarles” es muy antigua. No soy la única persona a quien se le ha ocurrido preguntarse por qué no sería mejor decir “Ustedes, gente o ciudadanos”. El canciller von Ludwig lo atribuye a los romanos, quienes, según él, eran más generosos con la palabra “señor”, al igual que nuestros vecinos con “señores”, que los antiguos germanos; pero los vigilantes romanos no anunciaban las horas, ni lo hacen los franceses en la actualidad. Si se me permite hacer una conjetura sobre algo tan trivial, diría que los sirvientes de la ciudad o los porteros fueron las primeras personas encargadas de anunciar las horas, como ocurría en Berlín. Por lo tanto, ellos eran quienes anunciaban a sus señores, y “nuestros señores” sigue siendo la forma habitual de dirigirse a los magistrados en las ciudades antiguas, especialmente en las regiones centrales y meridionales de Alemania y en Suiza. En Gotinga, la forma antigua fue abolida en el año 1791, y ahora los vigilantes anuncian: “La campana ha sonado diez veces, son las diez”.
Los vigilantes que estaban apostados en las torres tanto de día como de noche, y que cada vez que sonaba la campana tenían que demostrar su vigilancia tocando una trompeta, parecen haber sido establecidos de forma permanente en Alemania, quizás incluso antes que los vigilantes en las calles. En Inglaterra no existen tales vigilantes; en general, son muy raros fuera de las fronteras de Alemania. En las épocas más antiguas, había vigilantes apostados en la cima de las torres para vigilar la llegada de…

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El enemigo es bien conocido. En tiempos de discordia feudal, cuando un jefe, si solicitaba ayuda, podía a menudo causar grandes daños a una gran ciudad, ya sea saqueando y quemando los suburbios y pueblos vecinos, o alejando el ganado de los ciudadanos e atacando a los viajeros solitarios, tal precaución era más necesaria que en la actualidad. Por lo tanto, la nobleza mantenía en sus fuertes castillos centinelas, apostados en las torres; y esta práctica prevaleció en otros países además de Irlanda y Borgoña. Según las leyes de Gales, se mantenía en el palacio del rey un centinela con un cuerno. Los príncipes alemanes tenían en sus castillos, al menos en el siglo XVI, centinelas en las torres, quienes estaban obligados a tocar un cuerno cada mañana y cada noche.

Al principio, los propios ciudadanos estaban obligados a hacer guardia por turnos en las agujas de las iglesias, así como en las puertas de la ciudad; como se puede ver en un decreto policial de la ciudad de Einbeck, del año 1573. Era deber de estos centinelas, especialmente donde no había relojes municipales, anunciar ciertos momentos, como los de apertura y cierre de las puertas de la ciudad. La idea de ordenar a estos centinelas que se ocuparan no solo del peligro proveniente del enemigo, sino también del fuego, y, tras la introducción de los relojes públicos, demostrar su vigilancia haciendo una señal con su cuerno, debió ocurrir naturalmente; y la utilidad de esta normativa era tan importante que se mantuvieron los centinelas en las agujas, incluso cuando las ciudades, gracias a la paz reinante, ya no tenían motivos para temer invasiones hostiles.

Después de este período, se designaron personas con el propósito específico de hacer guardia; y se construyeron pequeñas habitaciones para ellas en las agujas. Al principio se les permitía tener a sus esposas con ellos; pero esto a veces se prohibía, porque se temía una profanación de la iglesia. En la mayoría, si no en todas, las ciudades, el flautista municipal, o como lo llamamos hoy en día, el músico municipal, era nombrado centinela de la aguja; y se le asignaba alojamiento en ella; pero con el tiempo, como estos eran demasiado altos e incómodos, se le daba una casa cerca de la iglesia, y se le permitía enviar a uno de sus sirvientes o domésticos para que hiciera guardia en su lugar. Este es aún el caso en Gotinga. Antiguamente al músico municipal se le llamaba Hausmann, nombre que todavía se conserva aquí, así como en Hartz, en Halle, y en varios otros lugares; y la aguja en la que solía

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El lugar donde se vivía y se vigilaba se denominaba Hausmann’s Thurm. Sin embargo, estos establecimientos no eran algo común; ni se crearon en todas partes en una época igualmente temprana, como lo demostrarán las pruebas que aquí expondré.
Si podemos dar crédito a un autor árabe, cuyos viajes fueron publicados por Renaudot, los chinos ya en el siglo IX solían tener centinelas en torres, quienes anunciaban las horas del día y de la noche golpeando una tabla suspendida. Marco Polo, quien en el siglo XIII viajó por Tartaria y China, confirma este relato; al menos en lo que respecta a una ciudad que él llama Quinsai, aunque dice que las señales solo se daban en casos de incendio o disturbios.
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Esas tablas se siguen utilizando en China incluso hoy en día; y en San Petersburgo, los centinelas que se encuentran en casas aisladas o en ciertas zonas de la ciudad suelen anunciar las horas golpeando una placa de hierro suspendida. Los cristianos del Levante también siguen utilizando tales tablas para reunir a la gente para los servicios religiosos, ya sea porque no se atreven a tocar campanas o porque no pueden adquirirlas. Lo primero lo relata Tournefort sobre los habitantes de las islas griegas, y lo segundo Chardin sobre los mingrelianos. Se empleaban medios similares en los monasterios, desde las épocas más tempranas, para avisar de las horas de oración y despertar a los monjes.
Maahoma, quien en su forma de culto tomó muchas cosas de los cristianos de Siria y Arabia, adoptó el mismo método para reunir a la gente para las oraciones; pero cuando observó que a sus seguidores les parecía que ese método tenía demasiado de cristiano, volvió a introducir la práctica de hacer llamadas.
Los centinelas de las torres en Alemania son mencionados con frecuencia en los siglos XIV y XV. En el año 1351, cuando el consejo de Erfurt renovó esa ordenanza policial conocida como Zuchtbrief, es decir, carta de disciplina, ya que mantenía a la gente bajo control adecuado, se ordenó, además de otras regulaciones relacionadas con los incendios, que se colocaran dos centinelas en cada torre. Ya en el año 1400 se nombró a un centinela de este tipo en Merseburg y Leisnig. A principios del siglo XVII, el flautista de la ciudad de Leisnig seguía viviendo en apartamentos dentro de la torre. En el año 1563, se erigió una torre eclesiástica en ese lugar.

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Un apartamento construido en su interior para un vigilante permanente, quien estaba obligado a anunciar las horas cada vez que el reloj daba la hora. En el siglo XV, la ciudad de Ulm mantenía vigilantes permanentes en muchos de los campanarios. En el año 1452 se colgó una campana en la torre de la catedral de Frankfurt del Meno, que debía sonar en tiempos de alarma feudal, y todos los vigilantes de los campanarios debían entonces tocar sus cuernos e izar sus banderas. En el año 1476 se construyó una habitación para el vigilante en el campanario de la iglesia de San Nicolás. En el año 1509 había vigilantes tanto en las torres de vigilancia como en los campanarios, quienes daban aviso disparando un mosquete cuando se acercaban extraños. El vigilante de la torre de la catedral anunciaba de inmediato, tocando una trompeta, si los extraños iban a pie o a caballo; y al mismo tiempo izaba una bandera roja en dirección al barrio desde donde los observaba avanzar. Ese mismo vigilante también estaba obligado a tocar su cuerno en caso de alarma por incendio; y para que esas personas pudieran estar alerta día y noche, tanto en invierno como en verano, el consejo les suministraba abrigos de piel; siete de ellos se adquirieron en el año mencionado por diez florines y medio. En el año 1496 se instaló el gran reloj en el campanario de Oettingen, y se designó a una persona para vigilarlo. En 1580, Montagne se sorprendió mucho al encontrar en el campanario de Constanza a un hombre que vigilaba allí continuamente; y a quien, bajo ninguna circunstancia, se le permitía bajar de su puesto.

[Una de las mayores mejoras de los tiempos modernos en este país es la creación de ese organismo altamente eficiente que es la nueva policía. La primera introducción de la policía fue realizada por los magistrados de Cheshire en 1829, con autorización del parlamento (Ley 10 Geo. IV. c. 97). La primera fuerza metropolitana también se creó en 1829. Antes de esa fecha, la totalidad de la antigua fuerza de vigilantes metropolitanos constaba de 797 oficiales diurnos parroquiales, 2785 vigilantes nocturnos y más de 100 vigilantes privados; incluyendo las patrullas diurnas y nocturnas de Bow Street, había unos 4000 hombres empleados en el distrito que se extendía desde el puente de Brentford al oeste hasta el río Lea al este, y desde Highgate al norte hasta Streatham al sur, excluyendo la ciudad de Londres. La ley parlamentaria que creó la nueva fuerza policial (10 Geo. IV. c. 44) puso el control de todo el organismo en manos]

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de dos comisionados, que dedican todo su tiempo a sus funciones. El número total de policías metropolitanos en enero de 1840 era de 3486 hombres. Estos están organizados en divisiones, cada una de las cuales trabaja en un distrito distinto. La metrópolis está dividida en “zonas de vigilancia” y se vigila día y noche. Desde agosto de 1839, la patrulla a caballo, compuesta por setenta y un hombres a caballo que operan en un radio de varios kilómetros alrededor de Londres, se ha integrado en la policía metropolitana. La policía del Támesis está formada por veintiún inspectores, cada uno de los cuales tiene a su cargo a tres hombres y una barca cuando está de servicio. Esta fuerza policial está bajo la dirección directa de los magistrados de la comisaría del Támesis. Los asuntos policiales de la ciudad de Londres siguen estando bajo su propia gestión. En 1833, el número de personas empleadas en las distintas zonas de la ciudad era: guardias ordinarios, 500; guardias supervisores, 65; guardias de patrulla, 91; ujieres, 54; en total, 710. Hay unos 400 hombres de servicio en la ciudad a medianoche. Además de los guardias remunerados, se nombran unos 400 agentes de zona. Los gastos de la policía diurna, compuesta por unos 120 hombres, ascienden a unos 9000 libras al año y son cubiertos por el ayuntamiento; la suma recaudada de las zonas para el mantenimiento de la policía nocturna es de unas 42,000 libras al año. La policía de la metrópolis y del área situada a quince millas de Charing Cross (excluyendo la ciudad) está regulada por las leyes 10 Geo. IV. c. 44, y 2 y 3 Vict. c. 47. En casi todos los distritos creados en virtud de la Ley de Reforma Municipal, se ha establecido una fuerza policial remunerada sobre las mismas bases que la policía metropolitana.]

NOTAS AL PIE
456
Se les llamaba portadores de campanas o campaneros, porque mientras hacían sus rondas daban una señal con sus campanas, a la cual los centinelas estaban obligados a responder de inmediato. Véanse los scholios a las Aves de Aristófanes, verso 841. Dión Casio, lib. liv. 4, p. 773, dice: “Los guardias en las diferentes partes de la ciudad tienen pequeñas campanas, para poder hacerse señales entre sí cuando lo consideren oportuno”.

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Por lo tanto, las campanas no servían para anunciar las horas, como algunos han imaginado.
457
Los centinelas persas cantaban de esta manera cuando eran sorprendidos en la ciudad por los romanos. —Amiano Marcelino, XXIV, 15.
458
Que los sirvientes en muchas casas eran despertados por el sonido de una campana se deduce de lo que dice Luciano en su tratado, De iis qui mercede conducti in divitum familiis vivunt, cap. XXIV, p. 245, y cap. XXXI, p. 254, edición de Bipont, vol. III. Sin embargo, eso no implica que en aquel entonces existieran relojes de sol o de alarma, como algunos han concluido. Véase Magius, De Tintinnabulis, cap. 6, en Sallengre, Thesaurus Antiquitatum, II, p. 1177.
459
Vegetio, De Re Militari, III, 8. Se puede concluir que César tenía tales relojes a partir de la observación que hace en sus Comentarios sobre la duración del día en las islas cercanas a Irlanda, lib. V, 13. Maternus, en Romische Alterthümer, III, p. 47, intenta demostrar, a través de lo que Suetonio relata sobre Domiciano, cap. 16, que este príncipe no tenía ni reloj de sol ni reloj de agua en su palacio. Pero, ¿qué clase de prueba es esa? Domiciano preguntó qué hora era, y alguien respondió: la sexta. Tales afirmaciones insignificantes han sido rechazadas por los filósofos modernos; ¿no deberían ser también rechazadas en el ámbito de la antigüedad? El pasaje frecuentemente citado de Valerio Máximo, VIII, 7, 5, tampoco demuestra nada, a menos que primero aceptemos la corrección propuesta por Green. Se dice que Carnéades estaba tan absorto en el estudio de la filosofía que habría olvidado sus comidas de no ser porque Melissa se lo recordaba. Green interpreta “monitrix domestica”; pero Valerio dice: “Melissa, quam uxoris loco habebat”. Véase Sallengre, Thesaurus Antiquitatum Romanae, I, p. 721. Un pasaje similar en las Epístolas de Plinio, III, 1, p. 181, “ubi hora balinei nunciata est”, tampoco demuestra claramente que haga referencia a uno de esos muchachos que anunciaban las horas. No obstante, es evidente que existían tales sirvientes, según el testimonio indudable de varios autores: Martial, VIII, ep. 67; Juvenal, Satiras, X, 216; Séneca, De…

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Brevit. Vitæ, cap. 12.—Alcifrón, Epist. lib. iii, p. 282.—Sidón.
Apollin. ii, ep. 9, p. 120.
460
Cic. Orat. pro Muræna, cap. 22.
461
Sil. Ital. vii, 155.
462
Tratado de la Policía, vol. i, en el índice bajo la palabra “Guet”.
463
“Bivouac”, del alemán “beiwacht”, es una guardia nocturna adicional durante un asedio, o cuando un ejército acampa cerca del enemigo. Los lanzquenetes eran soldados alemanes que Carlos VIII de Francia incorporó a su infantería; permanecieron en el ejército francés hasta que Francisco I introdujo sus legiones. —Traducción.
464
[Respecto a la institución de las guardias nocturnas en este país, Stow dice: “Para remediar por completo los abusos que ocurren por la noche, he leído que en el año 1253 Enrique III ordenó que se mantuvieran guardias en las ciudades y pueblos, con el fin de garantizar mejor la paz y la tranquilidad entre su gente… Además, por consejo de los de Saboya, dispuso que si alguien era robado o sufría algún daño a manos de algún ladrón o bandido, aquel a quien correspondiera la responsabilidad de velar por esa región, ciudad o pueblo donde ocurriera el robo, debía compensar adecuadamente las pérdidas. Esto era conforme a las costumbres de Saboya, pero aun así se consideraba más difícil de aplicar aquí que en aquellas regiones; por lo tanto, dejando de lado esas guardias tan laboriosas, hablaré de nuestros placeres y diversiones durante las vigilias nocturnas”. (Survey of London, edición de Thoms, 1842, p. 39.) Luego describe las guardias que se establecían en los meses de junio y julio, en las vísperas y noches de los días festivos; también menciona las luces utilizadas, etc. Pero no indica si estas guardias continuaron en su época, ni tampoco el autor de la información que nos proporciona a partir de sus lecturas. El estatuto de Winchester, del reinado de Eduardo I, cap. 4, establece que las guardias continuaran tal como se habían organizado anteriormente, desde el Día de la Ascensión hasta el Día de San Miguel; la guardia nocturna, desde el atardecer hasta el amanecer, en cada ciudad, con seis hombres por turno.]

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En cada barrio, doce hombres; en cada pueblo abierto, seis o cuatro hombres.
465
Nicolai Beschreib. von Berlin, i, p. 38.
466
Ib., p. 49.
467
Iter Germanicum. Hamburgo, 1717, 8vo, p. 26.
468
Lipsius, De Milit. Rom., iv. 10, p. 198; Bochart, Hierozoic., i.
469
Del nombre de este instrumento, llamado en algunos lugares de Alemania “ratel”, surgió la denominación “ratelwache”, que se estableció en Hamburgo en 1671. En el idioma holandés, las palabras “ratel”, “ratelaar”, “ratelen”, “ratelmann” y “ratelwagter” (un vigilante nocturno) son muy comunes.
470
Stanihurst, De Rebus in Hibernia Gestis, lib. i, p. 33.
471
Leges Walliæ. Londres, 1730, folio.
472
La persona a quien le tocaba hacer la guardia en las puertas estaba obligada a cumplir con ese deber personalmente, o bien a encargarlo a un ciudadano joven y apto. Aquellos que se dedicaban al comercio y descuidaban la vigilancia tenían que pagar una marca al consejo por cada omisión. Lo mismo ocurría con la vigilancia en la torre del mercado.
473
En el reglamento policial de Berlín del año 1580, se ordenó que el Raths-thurn o Hausmann, es decir, el vigilante de la torre o músico de la ciudad, asistiera a las bodas tocando música, por la remuneración habitual, pero solo hasta las nueve de la noche, para poder luego tocar su trompeta en la torre e iniciar la guardia nocturna.
474
Martini, Atlas Sinens, p. 17. En China se utilizan campanillas o dispositivos similares, a los cuales a veces se añaden señales sonoras, para indicar las horas; estas son anunciadas por vigilantes situados en torres que tocan las campanillas.

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Un fósforo. Véase *Japan* de Kæmpfer, donde se omite la mención de los fósforos. Thunberg dice: “El tiempo aquí no se mide con relojes o relojes de arena, sino con fósforos encendidos, que están trenzados como cuerdas y tienen nudos en ellos. Cuando el fósforo se quema hasta llegar a un nudo, que marca un determinado intervalo de tiempo, se anuncia la hora; durante el día, mediante un cierto número de golpes en las campanas de los templos; y por la noche, por parte de los vigilantes que recorren los lugares y emiten una señal similar golpeando dos trozos de madera entre sí”.
475
Se ha recopilado mucha información importante, que aún es poco conocida, sobre este tema por parte de Reiske, en *Constantini Lib. de Ceremoniis Aulæ Byzant.* ii, p. 74.
476
Esto se relata en el *Oettingisches Geschichts-almanach*, p. 7, basándose en un registro de los libros parroquiales de Oettingen, que se dice que está extraído de una antigua crónica de esa ciudad. El autor de este almanaque, que hoy en día es poco conocido, era, según me han dicho, Schablen, supervisor en Oettingen.

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ESQUELETOS DE PLANTAS.
Las plantas, al igual que los animales, son organismos organizados, y al igual que ellos, sus partes pueden ser diseccionadas y analizadas mediante el arte de la anatomía; pero la anatomía de las plantas no ha sido estudiada durante tanto tiempo ni con tanto entusiasmo y éxito como la de los animales. Algunos naturalistas, hacia principios del siglo pasado, comenzaron a prestar atención a este tema, a comparar la estructura de las plantas con la de los animales, y para ello emplearon el microscopio. Entre ellos, dos se destacaron de manera especial: Marcellus Malpighi, un italiano, y Nehemiah Grew, un inglés; ambos realizaron prácticamente los mismos experimentos y los dieron a conocer al mismo tiempo, por lo que es imposible determinar quién de ellos fue el primero. Sin embargo, parece que Grew publicó algunas de sus observaciones un poco antes; pero Malpighi fue el primero en presentarlas de forma completa. Pero incluso suponiendo que uno de ellos recibiera indicaciones sobre los métodos utilizados por el otro, ambos merecen elogios por haber realizado experimentos propios y, a partir de ellos, haber creado representaciones que son siempre más precisas cuanto más se corresponden entre sí.
Entre los diversos medios que ayudan a adquirir conocimientos sobre la anatomía de las plantas, uno de los principales es el arte de reducir hojas, frutos y raíces a esqueletos; es decir, de liberarlos de su sustancia blanda, tierna y pulposa, de tal manera que se puedan observar sus vasos internos, más duros, en toda su estructura. Esto se puede lograr exponiendo las hojas a la descomposición durante algún tiempo sumergidas en agua; de esta forma, las partes más blandas se disolverán o, al menos, se separarán de las partes internas más duras, de modo que, al limpiarlas, presionarlas y enjuagarlas cuidadosamente, se pueden obtener estas últimas en perfecto estado. Se obtendrá así un tejido compuesto por innumerables hilos o filamentos leñosos, que de múltiples maneras se entrecruzan entre sí. Con suficiente práctica y precaución, se puede separar, de cada lado de una hoja, una capa muy fina, entre la cual se encuentra una red delicada de vasos extremadamente tiernos. Estos forman una red leñosa, entre cuyas mallas se distribuyen pequeñas glándulas. Esta red…

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Es doble, o al menos puede dividirse longitudinalmente en dos mitades, entre las cuales se puede observar una sustancia que parece ser, por así decirlo, la médula de la planta. Las personas expertas logran, con muchas hojas, separar la cubierta externa en ambos lados de la red leñosa, y dividir esta última en dos, de modo que toda la hoja parece estar dividida en cuatro. Se podría suponer que este método para reducir las hojas a esqueletos debía ser conocido desde hacía tiempo, ya que con frecuencia se encuentran en estanques hojas caídas de los árboles vecinos, las cuales, mediante la descomposición, sin la ayuda del arte, se han convertido en una red leñosa completamente perfecta e intacta. Sin embargo, es cierto que un naturalista, hacia el año 1645, fue el primero en concebir la idea de emplear la descomposición con el fin de crear esqueletos de hojas, y de ayudarla mediante operaciones ingeniosas del arte.
Este naturalista, Marcus Aurelius Severinus, profesor de anatomía y cirugía en Nápoles, nació en 1580 y murió de la peste en 1656. En su Zootomia Democritæa, impresa en 1645, incluyó una figura junto con una descripción de una hoja de Ficus Opuntia reducida a esqueleto. Sobre el proceso específico empleado para preparar esta hoja, cuya figura es muy tosca e indistinta, no da ninguna explicación. Solo dice que la sustancia blanda se disolvió tanto que solo quedaron los vasos o nervios; y que tuvo igual éxito con una hoja de palma. Un trozo de una hoja del mismo tipo lo envió Thomas Bartholin a Olaus Wormius, quien hizo que se grabara en cobre, de manera mucho más nítida, sin decir nada sobre el método utilizado para prepararlo. El proceso lo mantuvo en secreto Severinus; pero se lo comunicó a Bartholin en una carta, el 25 de febrero de 1645, con la condición de que no lo revelara a nadie. En aquel período, sin embargo, despertó muy poca atención y pronto fue olvidado, aunque en el año 1685 un tal Gabriel Clauder hizo saber que había reducido hojas de vid, el cáliz de la cereza de invierno y una raíz de cicuta a una red o tejido enterrándolas en arena durante el calor del verano y colgándolas al aire libre durante algunos meses hasta que estuvieran completamente secas.
Este arte se consideró de mucha mayor importancia cuando fue revivido por el conocido holandés Frederick Ruysch. Ese naturalista encontró formas de llevar a cabo todas sus tareas y trabajos de tal manera que

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De tal manera que provocaba una gran admiración; pero debemos reconocerle el mérito de haber llevado a la mayor parte de ellos a un grado de perfección que nadie había alcanzado antes. Gracias a su gran habilidad en la anatomía de los animales, pasó a diseccionar plantas; y como parecía imposible llenar sus vasos delicados, al igual que los de los animales, con una sustancia sólida coloreada, ideó un método para separar las partes duras de las blandas y conservarlas de esa forma. Para ello, primero probó un método que ya había utilizado con éxito excepcional en el caso de las partes de los animales. Cubría las hojas y los frutos con insectos, los cuales devoraban las partes blandas o pulposas, dejando solo las duras. Pero por bien que estos insectos, a los que llamaba sus pequeños ayudantes, cumplieran su tarea, no se abstenían del todo de las partes sólidas, por lo que nunca lograban obtener un esqueleto completo. Por eso los despidió e intentó hacer con sus propios dedos lo que antes hacía que los insectos realizaran, después de haber separado las partes blandas de las duras mediante la descomposición. Lo logró con tal perfección que todos quienes veían sus esqueletos de hojas o frutos se asombraban de la finura del trabajo y deseaban imitarlo. No puedo determinar con exactitud el año en que Ruysch comenzó a preparar estos esqueletos. Trew cree que debió ser cuando ya era muy anciano, o al menos después del año 1718; pues cuando fue admitido en la colección de Ruysch ese año, no observó ninguna de estas curiosidades. Rundmann, sin embargo, vio algunas de ellas en su poder en el año 1708. Al principio, Ruysch intentó mantener el proceso en secreto y evitar dar respuestas directas a las preguntas de los curiosos. Según Rundmann, intentó imitar su técnica enterrando hojas al final de la cosecha en la tierra y dejándolas allí hasta la primavera, momento en el cual sus partes blandas se volvían tan tiernas que podía arrancarlas con gran facilidad. También logró el mismo efecto hirviéndolas. El primer relato que Ruysch mismo publicó sobre su método fue, hasta donde sé, en el año 1723. Después de haber despertado suficientemente la curiosidad general, mostró dibujos de algunos de sus esqueletos vegetales, explicó todo el método para prepararlos y reconoció que había encontrado casualmente una grabación imperfecta de un esqueleto de hoja en…

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El Museo de Wormius, que en su momento causó gran asombro. No es improbable que supiera cómo el italiano, a quien no menciona, aunque él sí es mencionado por Wormius y seguramente debió estar familiarizado con su Zootomia, preparaba sus esqueletos. Debo señalar, sin embargo, que quienes conocieron a Ruysch afirmaban que había leído pocos libros y que estaba muy poco versado en la literatura de su profesión. Al año siguiente, Ruysch describió más artículos de este tipo y proporcionó dibujos de algunas peras preparadas de esta manera. En 1726, cuando Vater, profesor en Wittenberg, expresó gran asombro por la precisión de sus trabajos, él respondió, en una carta escrita en 1727, que al principio había hecho que los insectos se encargaran de ello, pero que posteriormente los realizó él mismo con sus dedos. Repitió lo mismo en 1728, cuando describió y proporcionó grabados de más de estos objetos curiosos. El progreso de esta invención también es descrito de la misma forma por Schreiber en su biografía de Ruysch.

Cuando el método para producir estos esqueletos se hizo público, pronto otros comenzaron a prepararlos; algunos de ellos hicieron observaciones que eran contrarias a las de Ruysch. Entre ellos se encontraban, en particular, J. Bapt. Du Hamel, quien ya en 1727 describió e ilustró con elegantes grabados la estructura interna de una pera; Trew, en cuya posesión Keysler vio tales esqueletos en 1730; P. H. G. Mohring; Seba; Francis Nicholls, un inglés; el profesor Hollmann de Gotinga, Ludwig, Walther, Gesner y otros. Parece que Nicholls fue el primero en dividir la red de una hoja de manzano o peral en dos partes iguales, aunque Ruysch dividió una hoja de opuntia en tres, cuatro e incluso cinco capas, como él mismo dice. En 1748, Seligmann, un grabador, comenzó a publicar, en formato folio, dibujos de varias hojas que había convertido en esqueletos. Como consideraba imposible hacer dibujos lo suficientemente precisos, tomó impresiones de las hojas o redes mismas, con tinta roja, de una manera que puede verse descrita en varios libros sobre artes. De la mayoría de ellas proporcionó dos dibujos, uno de la cara superior y otro de la inferior. También prometió ofrecer dibujos de los objetos ampliados mediante un microscopio solar.

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microscopio; y se debían entregar dos placas al mes. Sin embargo, Seligmann murió poco después, si no me equivoco; y se entabló una demanda entre sus herederos, por la cual se confiscaron todas las copias impresas, y por esta razón la obra nunca se completó, y solo se encuentra en muy pocas bibliotecas.
Cobres dice que se completaron ocho páginas de texto, con dos placas de cobre negro y veintinueve de cobre rojo. La copia que se encuentra en la biblioteca de nuestra universidad solo tiene ocho páginas de texto, que consisten en parte en un prefacio de C. Trew y en parte en una biografía del autor, impresa en latín y alemán una frente a la otra. Trew ofrece una historia de la fisiología de las plantas y de los esqueletos foliares; mientras que Seligmann trata sobre los métodos para preparar estos últimos. Sin embargo, el número de placas es mayor que el indicado por Cobres. La copia que ahora tengo ante mí contiene treinta y tres placas, impresas en rojo; y además de estas, dos placas en negro, con figuras de los objetos ampliados. De la segunda placa en rojo existe una duplicada con este título: “Hojas de un peral de bergamota, cuyo fruto es suave”; pero las figuras de ambas no son iguales; y parece que el autor consideró una de las placas defectuosa y, por lo tanto, proporcionó otra. Las hojas representadas en las placas son las del naranjo, el limón, el shaddock, la retama, el nogal, el peral, el laurel, el tilo, la hiedra, el medlar, el castaño, el arce, el acebo, el sauce, el avellano blanco, etc.
Aprovecharé esta oportunidad para incluir aquí la historia del arte de cultivar árboles a partir de hojas. El primero en dar a conocer este arte fue Agostino Mandirola, doctor en teología, un italiano menorita de la orden franciscana. En una pequeña obra sobre jardinería, que, creo, se imprimió por primera vez en Vicenza, en formato duodécimo, en el año 1652, y que posteriormente fue reimpresa en varios lugares, relató haber producido 493 árboles a partir de las hojas del cedro y del limón; pero no presenta este hecho como si fuera un gran descubrimiento. Por el contrario, parece pensar que se trata de algo de poca importancia. Su libro fue pronto traducido al alemán; y su relato fue copiado por otros escritores, como Böckler y Hohberg, que en aquel entonces eran muy leídos. Un jardinero de Augsburgo, según nos cuenta Agricola, fue el primero en imitar este experimento y demostrar su posibilidad a otros. Él es

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Se dice que se intentó este método con buen éxito en el jardín del conde de Wratislau, embajador en Ratisbona por parte del elector de Bohemia. Pero nunca se repitió este experimento con tanta frecuencia y éxito como en el jardín del barón de Münchhausen, en Swobber. Allí se obtuvo un árbol joven a partir de una hoja del Limon a Rivo; ese árbol produjo frutos ya en el segundo año. Se envió a M. Volkamer, en Núremberg, quien ordenó que se hiciera un dibujo de él, el cual posteriormente fue grabado para poder ser publicado en el tercer volumen de sus Hesperides. Pero como el autor murió demasiado pronto, no se imprimió. El dibujo exacto, tal como se realizó en Núremberg en aquel entonces, así como una descripción de todo el proceso empleado en el experimento en Swobber, fueron publicados por el propio barón de Münchhausen, a partir de documentos auténticos escritos por su abuelo.

Sin embargo, nadie despertó tanta atención sobre este asunto como el conocido George Andrew Agricola, médico en Ratisbona. Con esa confianza y prolijidad que le eran propias, se atrevió a afirmar que los árboles podían reproducirse de la manera más rápida plantando sus hojas, después de haberlas sumergido en un líquido que él mismo había inventado. Para demostrar la veracidad de su afirmación, se remitió a sus propios experimentos. Entre los naturalistas de esa época, nadie se esforzó tanto en examinar la posibilidad de este efecto como Thummig, quien intentó demostrar que no solo las hojas que conservaban sus “ojos” podían echar raíces en tierra bien humedecida y dar lugar a un tallo, sino que también las hojas sin esos “ojos” podían crecer y convertirse en árboles. Por otro lado, el barón de Münchhausen nos asegura que, según los numerosos experimentos realizados en su jardín, solo se pueden obtener plantas jóvenes a partir de las hojas de aquellos árboles que no producen brotes. Solo los experimentos realizados con hojas de limón tuvieron éxito; los realizados con hojas de naranjo o lima nunca tuvieron éxito. Agricola y Thummig imaginaron erróneamente que las hojas mismas se convertían en árboles, siendo su fibra central el tallo y las fibras laterales las ramas. Pero la hoja se descompone tan pronto como ha entregado toda su savia al árbol joven que está creciendo debajo de ella.

En resumen: Es probable que la conocida forma de reproducir la higuera india, o Opuntia, fuera la que dio origen a esta idea experimental; ya que cada articulación…

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de esa planta, clavada en la tierra y bien cuidada, echa raíces y crece. Como estas uniones se consideraban comúnmente hojas, la gente probó si otras hojas no crecerían de manera similar. Afortunadamente, se eligieron las del limonero para este propósito; y ocurrió lo que se esperaba. Así, a partir de una hipótesis errónea se han derivado a menudo nuevas verdades; y así Kepler, por una opinión falsa e incluso improbable, llegó a la afirmación, posteriormente confirmada, de que las revoluciones periódicas de los planetas estaban en proporción a su distancia del sol. Pero la idea de hacer crecer árboles a partir de hojas se declaró con demasiada precipitación como un método que pudiera emplearse de forma general; pues es cierto que ahora rara vez tiene éxito.

[Beckmann sobreestima sin duda el valor de estos esqueletos vegetales para ayudar a adquirir conocimientos sobre la anatomía de las plantas. Al macerar las plantas en agua, casi todas las fibras leñosas se descomponen debido a la fermentación putrefactiva que se produce. A través del examen de estos, solo se puede obtener un conocimiento de su estructura, el cual hoy en día se puede decir que está completamente comprendido. No nos brinda información alguna sobre sus funciones. El microscopio moderno nos ha revelado la estructura de todos los componentes de los tejidos vegetales y ha contribuido enormemente a comprender las funciones de varios de ellos; sin embargo, muchas siguen siendo objeto de estudio de los fisiólogos. No obstante, estos esqueletos vegetales muestran el verdadero curso y disposición de las fibras leñosas, y forman objetos sumamente hermosos. Las hojas no son las únicas partes que pueden prepararse de esta manera; los pétalos de muchas plantas son aún más delicados y hermosos en su estructura leñosa, como se puede observar en la hortensia y en varias otras. Su preparación es extremadamente sencilla, pero tediosa, y solo puede realizarse adecuadamente mediante maceración en agua, lo cual a menudo requiere un tiempo considerable. Las partes pulposas y semidescompuestas se eliminan gradualmente con un lápiz de pelo de camello u otros medios, con gran delicadeza y cuidado; finalmente se lavan y, si es necesario, se blanquean con cloruro de cal o sosa. Al lavarlos con ácido muriático y agua considerablemente diluidos, se eliminan todos los rastros de este reagente; luego se secan y pueden conservarse durante un período indefinido.]

NOTAS AL PIE

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477
Museo Wormianum. Lugd. Bat. 1655, fol. p. 149.
478
El conocido Sir John Hill, un inglés, demostró, sin embargo, en tiempos posteriores, la posibilidad de inyectar una sustancia en los vasos de las plantas. Disolvió azúcar de plomo en agua, suspendió en ella trozos de la madera más fina, de modo que la mitad quedara bajo el agua y la otra por encima, y cubrió el recipiente en el que se encontraban con un vaso invertido. Al cabo de dos días, sacó los trozos de madera, cortó las partes que habían estado sumergidas en el agua, las sumergió en una lejía tibia hecha de cal viva y orpimento, similar a la que se utilizaba antiguamente para probar el vino; y por estos medios, los vasos más finos, que anteriormente habían estado llenos de azúcar de plomo, adquirieron un color oscuro, y sus aberturas se volvieron mucho más distintas. Este proceso lo describe él mismo en su obra sobre la construcción de la madera.
479
Rariora Naturæ et Artis. Breslau y Leipsic, 1737, fol. p. 421.
480
Adversariorum decas iii. in Ruyschii Opera Omnia Anat. Med.
481
A. Vateri Epist. ad Ruyschium de Musculo Orbiculari, 1727. Sobre el uso de diferentes tipos de insectos, en particular los dermestes, para reducir los cuerpos animales y vegetales a esqueletos, Hebenstreit ha escrito en Program. de Vermibus Anatomicorum administris. Lips. 1741. Se incluyen figuras de los insectos y de algunas de sus preparaciones.
482
Acta Eruditorum, 1729, Febr. p. 63.
483
Mémoires de l’Acad. des Sciences, ann. 1730, 1731, 1732.
484
Commerc. Litter. Norim. 1732, p. 73.
485
Ib.
486
Phil. Transact. 1730, ccccxvi. p. 441.
487
Ib. ccccxiv. p. 371.

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488
Ib. cccclxi, p. 789, y cccclxiii, p. 796. —Commerc. Litter.
Norimb. 1735, p. 353.
489
Institutiones Regni Vegetabil. En la parte dedicada a las hojas.
490
Programma de Plantarum Structura. Lips. 1740, 4to, §§ 5, 6.
491
Dissertat. Phys. de Vegetabilibus, impreso junto con Linnæi Orat. de Necessitate Peregrinat. intra Patriam. Lugd. B. 1743.
492
Die Nahrungs-Gefässe in den Blättern der Bäume. Nurnb. 1748.
493
Se pueden encontrar menciones de muchas ediciones de este libro en Halleri Bibl. Botan. i, p. 484; Böhmeri Bibl. Hist. Nat. iii, p. 679.
494
Haus- und Feld-Schule, i, p. 26.
495
Georgica Curiosa, i, p. 787.
496
Hausvater, vol. v, p. 662.
497
Versuch der Universal-vermehrung aller Bäume. Regensb. 1716, folio; o la edición de Brauser, Regensb. 1772.
498
Thummigii Meletemata. Brunsw. 1727, 8vo, p. 5.

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BILLETES DE CAMBIO.
No repetiré aquí lo que ya han recopilado muchos eruditos respecto a la importante historia de este noble invento, sino que solo presentaré a mis lectores un decreto del año 1394, relativo a la aceptación de los billetes de cambio, así como dos billetes del año 1404, ya que pueden servir para ilustrar aún más lo que otros han dicho anteriormente sobre el tema. Estos documentos son, en efecto, más modernos que aquellos encontrados por Raphael de Turre en los escritos del jurista Baldus, cuyas fechas son el 9 de marzo de 1328; pero van acompañados de circunstancias que demuestran suficientemente que el método de realizar transacciones mediante billetes de cambio ya estaba plenamente establecido desde el siglo XIV, y que la forma y las condiciones actuales ya se utilizaban en aquella época. Debo esta importante información a Von Martens, quien la encontró en una Historia, escrita en español, del comercio marítimo y otras ramas del comercio en Barcelona, tomada íntegramente de los archivos de esa ciudad, y acompañada de documentos de la misma fuente, los cuales están repletos de material sumamente interesante. Entre ellos se encuentra un decreto emitido por la ciudad de Barcelona en el año 1394, según el cual los billetes de cambio debían ser aceptados dentro de veinticuatro horas después de su presentación; y que la aceptación debía hacerse por escrito en el reverso del billete. En el año 1404, los magistrados de Brujas, en Flandes, solicitaron a los magistrados de Barcelona que les informaran cuál era la práctica habitual respecto a los billetes de cambio, cuando la persona que los presentaba solicitaba dinero sobre ellos de manera inusual, en caso de que no se pagaran, y de este modo aumentaba tanto los gastos que el librador no consentía en asumir la pérdida. El billete que dio origen a esta pregunta se incluye en el memorando. Está redactado en la forma abreviada que todavía se utiliza, lo cual parece indicar una gran antigüedad. Habla de usura; y parece…

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Que los primeros y segundos pagarés fueron redactados en aquel entonces, y que cuando los pagarés no eran aceptados, era costumbre protestarlos.
[Tal vez no sea desinteresante para el lector ofrecer una breve descripción de la forma actual de realizar transacciones con pagarés; esto lo extraemos de la Enciclopedia de Comercio de Waterston, que contiene la descripción más reciente y práctica.
La persona que emite el pagaré se denomina librador; la persona a quien está dirigido, endosatario, hasta que este consiente en honrar el pagaré o cumplir con la orden contenida en él, escribiendo su nombre en el frente del mismo; tras ello, se le denomina aceptante. El pagaré puede pasar de mano en mano mediante entrega o endoso; en este último caso, la persona que lo transfiere se llama endosante, y la que lo recibe, endosatario. El endosante suele escribir su nombre en el reverso, con o sin instrucciones para pagar a una persona determinada. Quien tiene en posesión legal el pagaré y la obligación que este implica se denomina tenedor o beneficiario. La ley no exige una forma específica para los pagarés, salvo que la orden de pago en dinero sea clara, y que la persona que debe pagar, la que debe recibir el pago y el plazo de pago sean determinables sin duda alguna. Según una normativa especial en Inglaterra, todos los pagarés por menos de 20 chelines son nulos; aquellos cuyo valor está entre esa suma y 5 libras deben poder pagarse dentro de veintiún días desde la fecha de emisión, deben contener el nombre y descripción del beneficiario, y llevar la fecha de emisión en el momento de su creación. Los pagarés deben estar sellados adecuadamente.
Aunque los pagarés son de naturaleza “cosa en acción”, que no es estrictamente transferible, pueden ser transferidos de mano en mano o negociados. Para ello, deben contener palabras que indiquen que son negociables, como “o a orden” o “al portador”. Las diversas partes involucradas en un pagaré, además de los aceptantes, endosantes, libradores y otros, se vuelven responsables de su pago en caso de que el aceptante incumpla.
En Inglaterra, los pagarés dejan de ser documentos de deuda al expirar seis años desde la fecha establecida para el pago.
En los pagarés extranjeros, a veces se utiliza el término “usance” para expresar el plazo de vencimiento de dichos pagarés. Significa un tiempo determinado por costumbre, entre dos lugares cualesquiera. Un plazo de usance entre este reino y Rotterdam, Hamburgo, Altona o París, o cualquier lugar de Francia, es de un mes natural desde la fecha del pagaré; un plazo de usance entre nosotros y Cádiz,]

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Madrid o Bilbao, dos; un régimen aduanero entre nosotros y La Spezia, Génova o Venecia, tres.]

NOTAS AL PIE
499
Disp. i. quæst. 4. n. 23.
500
Consil. 348.
501
Memorias Históricas sobre la Marina Comercial, etc., de Barcelona, por D. Ant. de Capmany. Madrid, 1779, 2 volúmenes en formato 4to.
En esta obra se encuentran los siguientes artículos importantes: una tarifa aduanera, redactada en latín, del año 1221, en la cual aparecen numerosos nombres y artículos de mercancías que no están explicados. Otra de similar naturaleza, del año 1252. Cartas de poder para nombrar cónsules en países lejanos, como Siria, Egipto, etc., fechadas en los años 1266, 1268 y 1321. Un decreto del año 1458 relativo al seguro, que exigía que la suscripción se realizara en presencia de un notario, y declaraba nulas y sin validez las pólizas o escrituras privadas. Un privilegio del emperador Andrónico II para los comerciantes de Barcelona, escrito en griego y español, en el año 1290. Relato del comercio español más antiguo con lana, seda, sal y azafrán; y de las cofradías o sociedades de comerciantes más antiguas de Barcelona, etc.
502
Volumen II, página 382.

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Están generalmente convencidos de que el metal al que hoy llamamos estaño ya era conocido y utilizado en las artes, no solo en la época de Plinio, sino ya en la de Heródoto, Homero y Moisés. No me atrevo a negarlo; pero solo puedo admitir que es probable, o que la gran antigüedad de este metal no puede ser demostrada con tanta certeza como la del oro, la plata, el cobre, el hierro, el plomo y el mercurio. El estaño es uno de esos minerales que hasta ahora solo se han encontrado en cantidad en unos pocos países, ninguno de los cuales perteneció jamás a los griegos o a los romanos, ni fue visitado en épocas tempranas por sus comerciantes. Como nunca se encuentra en estado natural, su descubrimiento presupone algún acontecimiento más extraordinario que el de aquellos metales que se encuentran comúnmente, o al menos con frecuencia, en estado natural. Sin embargo, no puedo darle mucha importancia a esta circunstancia, ya que los antiguos se familiarizaron con el hierro en épocas tempranas, aunque no tan pronto como con el cobre. Debo también admitir que el estaño podría haber sido descubierto más fácilmente, porque se encuentra con frecuencia cerca de la superficie de la tierra; no requiere un calor intenso ni aparatos artificiales para fundirlo, y por lo tanto puede extraerse más fácilmente que el cobre. Pero si el estaño ya era conocido desde tan temprano como se cree hasta ahora, debido a la circunstancia mencionada anteriormente, debió ser escaso y, por lo tanto, extremadamente caro. De esta manera, el aurichalcum o bronce corintio, según la expresión de Plauto, era “auro contra carum”. El metal de los antiguos que se cree que era estaño, sin embargo, no era tan raro ni costoso. Los utensilios hechos de él no se mencionan con frecuencia en general; pero nunca aparecen entre los objetos valiosos. La circunstancia de que los utensilios de estaño nunca o muy raramente se hayan encontrado entre las antigüedades griegas o romanas, y de que, cuando se descubren, la naturaleza del metal sea muy dudosa —aunque el estaño no tiende a cambiar por la acción del aire, el agua o la tierra, y en cualquier caso supera con creces en durabilidad al cobre y al plomo, cuyos objetos antiguos se encuentran con frecuencia—, me parece digna de atención.

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Atención: posee también tantas propiedades excelentes, que se podría esperar que las personas de todas las edades, a quienes era conocido, lo hubieran empleado de maneras muy variadas. Se destaca por su color plateado sobresaliente; su fácil fusión; la facilidad con la que puede ser martillado y retorcido; su ligereza y su durabilidad. No se oxide con facilidad; es aún menos propenso a oxidarse o a pudrirse; conserva su brillo durante mucho tiempo, y cuando este se pierde, lo recupera fácilmente. Tampoco es atacado tan pronto por las sales como muchos otros metales; y esto, hasta hace poco, se consideraba una prueba de que era menos perjudicial de lo que podría ser. Tras una investigación precisa, si todo lo dicho por los antiguos sobre su supuesto estaño fuera aplicable tanto a una mezcla metálica como a nuestro estaño, mi afirmación de que es probable, pero de ninguna manera segura, que los antiguos conocieran nuestro estaño, quedaría plenamente justificada.

La mención más antigua de este metal, según se cree generalmente, se encuentra en las escrituras sagradas. En el libro de Números, capítulo xxxi, versículo 22, Moisés parece nombrar todos los metales conocidos en aquel entonces; y, además del oro, la plata, el bronce (en realidad cobre), el hierro y el plomo, menciona también el bedil, que todos los comentaristas y diccionarios identifican como estaño. Cuando Ezequiel, en el capítulo xxvii, versículo 12, describe el comercio de Tiro, nombra, entre las mercancías, la plata, el hierro, el cobre y el bedil. En Zacarías, capítulo iv, versículo 10, se dice que el plomero o arquitecto utiliza como herramienta una piedra de bedil. En Isaías, capítulo i, versículo 25, la palabra aparece en plural y parece designar ya sea escoria o todas aquellas sustancias metálicas inferiores que deben separarse de los metales nobles. En las antiguas versiones griegas de estos libros hebreos, el bedil siempre se traduce como cassiteros, excepto en el pasaje de Isaías, donde no se menciona ningún metal. En Zacarías, el traductor denomina a la piedra de bedil τὸν λίθον κασσιτέρινον. Apenas puede haber duda de que, para el propósito aquí mencionado, la gente habría utilizado, no el metal más ligero que es el estaño, sino el plomo, y que el plomero se llamaba así porque al principio se utilizaba una piedra.

Sin embargo, parece probable que en el pasaje citado anteriormente el bedil sea nuestro estaño; pero, ¿no resulta sorprendente que los madianitas, en tiempos de Moisés, poseyeran este metal? ¿No es posible que la palabra hebrea designara una mezcla metálica o un metal artificial, que antiguamente era un artículo de comercio, tal como lo es hoy en día nuestro bronce?

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Los traductores griegos consideraban que el bedil era lo que ellos llamaban cassiteros; y como los modernos tradujeron esto por stannum, estas palabras llegaron así a las versiones en latín, alemán y otras lenguas de las Escrituras hebreas, las cuales, por lo tanto, pueden contribuir muy poco a la historia de este metal. El estudio de la palabra cassiteros sería de mayor importancia; pero antes de proceder a ello, haré algunas observaciones sobre lo que los antiguos llamaban stannum.
Este es, en la actualidad, el nombre general del estaño; y de él parecen haberse formado el estain del francés, el tin del bajo alemán e inglés, y el zinn del alto alemán. Sin embargo, se puede demostrar plenamente que el stannum de los antiguos no era un metal específico; al menos, no nuestro estaño, sino más bien una mezcla de otros dos metales, que, al igual que nuestro bronce, se transformaban en diversos artículos y se empleaban para diferentes fines, razón por la cual se desarrolló un gran comercio con él. Esto, al menos, se puede concluir con gran certeza a partir de un pasaje bien conocido de Plinio; aunque para nosotros, debido a que no estamos completamente familiarizados con las operaciones metalúrgicas de los antiguos, no resulta suficientemente comprensible. Lo que he podido recopilar, sin embargo, para ilustrar ese pasaje, con la ayuda de mis predecesores y comparando los relatos romanos con nuestras fuentes, lo presentaré aquí al lector; y quizás eso pueda inducir a otros a mejorarlo y ampliarlo.
Pero primero debo señalar que no cabe duda de que el nigrum plumbum de los antiguos era nuestro plomo. Este metal, según el relato de Plinio, lo obtenían de dos maneras. Primero, de sus propias minas de plomo o de su mineral de plomo, el cual, al fundirse, daba plomo puro o apto para la venta. Para comprender esto, es necesario saber que la mayoría de los minerales de plomo también contienen plata, y muchos de ellos en tal cantidad que podrían llamarse más adecuadamente minerales de plata, o mejor aún, minerales de plomo argentífero o minerales de plata plumbífero. Aquellos que no contienen plata son tan escasos que no sé si se ha encontrado alguno más, aparte del de Bleyberg, no lejos de Villach, en Carintia. Como el plomo de Villach, según algunos experimentos realizados a gran escala, está completamente libre de plata, es bien conocido y especialmente útil para las pruebas metalúrgicas.
Por lo tanto, puede parecer extraño que los antiguos tuvieran este tipo de plomo en tal abundancia que Plinio pudo hacer una clasificación específica de él.

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Pero hay que observar que en la antigüedad la gente prestaba poca atención a una pequeña mezcla de plata; y que estaban acostumbrados a separar este metal solo cuando era posible, mediante el antiguo proceso imperfecto de fundición, cubrir los gastos, lo cual ciertamente no ocurriría cuando un quintal de mineral contenía solo unas pocas onzas, o incluso una libra de plata. Estrabón lo dice expresamente de algunos minerales españoles. Tales minerales pobres se utilizaban entonces únicamente para obtener plomo; y nuestros refinadores de plata, sin duda, podrían separar la plata del plomo de los antiguos con considerable ventaja. De aquí ha surgido la opinión común de que el plomo y también el cobre, con los cuales están revestidos algunos de los edificios más antiguos, se habían vuelto argentíferos con el paso del tiempo. Esto es imposible; pero es posible para nosotros separar de ellos el metal noble, algo que los antiguos o bien no podían hacer, o bien no consideraban que valiera la pena intentarlo.

En segundo lugar, los antiguos obtenían, al igual que nosotros, una gran cantidad de plomo de minerales argentíferos, de los cuales separaban la plata y recuperaban el plomo. El mineral se machacaba hasta quedar muy fino, o, como decimos nosotros, se molía; luego se lavaba y se tostaba, formándose así un polvo o pasta. Esta sustancia se introducía en el horno, y mediante la primera fusión se obtenía un regulus compuesto de plata y plomo, llamado stannum, y era la misma sustancia que nuestros metalúrgicos conocen con el nombre de werk. Si era necesario separar la plata, se volvía a fundir, no en el primer horno, sino en un horno de refinación especial con un hogar de cenizas lixiviadas. Plinio no menciona esta circunstancia; quizá le pareció innecesaria; quizá no comprendió completamente cada paso del proceso; y si uno quisiera decir algo en su defensa, podrían citarse viajes modernos y otras obras en las que las operaciones metalúrgicas se describen de manera no menos imperfecta. El producto obtenido por la segunda fusión, llamado en alemán treiben o abtreiben, era plata, y además plomo semivitrificado, glätte, que en parte caía dentro del hogar. Esta sustancia, llamada por Plinio galena, palabra que también designa al molibdeno, se volvía a fundir o a recuperar, y entonces daba plomo. De esta manera se obtenían tres productos diferentes, todos ellos utilizados en el comercio, a saber: stannum, argentum y galena, o plomo recuperado, plumbum nigrum. Plinio parece haber considerado estos como partes componentes del mineral de plomo; pero no, en realidad, según su significado actual.

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Aunque hay que confesar que este pasaje de Plinio no puede ser comprendido plenamente por ninguna explicación, demuestra de manera contundente que el “stannum” de los antiguos no era ni nuestro estaño ni un metal especial, sino el producto de nuestras fundiciones. Esto ya fue señalado hace tiempo por aquellos escritores que conocían la metalurgia; entre ellos mencionaré aquí a Agrícola, Encelio, Falopio, Savot, Bernia y Jung. Los antiguos utilizaban, como metal especial, una mezcla de oro y plata, porque no conocían el arte de separarlos; más tarde le dieron el nombre de electrum. De la misma manera empleaban el “werk” o “stannum”, que se obtenía de forma similar mediante la fusión de la plata. Es muy probable que se utilizara antes de que la gente conociera el arte de separar estos dos metales, y continuó en uso por costumbre, incluso después de que se descubriera un método para separarlos. Si el mineral sometido a fusión era rico en plata, esta mezcla se acercaba a los metales nobles; si era pobre en plata, estaba compuesta principalmente por plomo. Cuando estaba formada únicamente por plata y plomo, era blanda y dúctil; pero si se mezclaban otros metales difíciles de fundir, como el cobre, el hierro o el zinc, era más dura y frágil, y en ese caso se acercaba más a lo que los refinadores alemanes de plata denominan “abzug” y “abstrich”. No cabe duda de que este “stannum” se utilizaba como artículo comercial, y de que los antiguos fabricaban con él recipientes de todo tipo. Sin embargo, los “vasa stannea” pueden considerarse como recipientes que solo estaban recubiertos de estaño en su interior; demostraré más adelante que esto era habitual. En general, estos “vasa stannea” se mencionan cuando se habla de cosas salinas u oleosas, o de aquellas que podrían adquirir fácilmente sabor y olor debido a otros metales, si se cocinaban o se conservaban en ellos durante algún tiempo. Hace tiempo se señaló que la mayoría de los recipientes romanos estaban hechos de cobre, y que esa gente conocía el arte de recubrirlos con estaño o platearlos; pero nunca se han encontrado recipientes recubiertos de estaño, y muy raramente los recubiertos de plata. Por eso, parece que muchas cosas se fabricaban con lo que se denomina bronce, el cual es menos propenso a adquirir esa peligrosa oxidación conocida como óxido de cobre, que el cobre puro. Este bronce a veces se presenta como corintio y otras veces como siracusano.

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El bronce, ya que las monedas de color dorado del primer tamaño también se consideraban bronce corintio. Pero, en mi opinión, la mayor parte, quizás incluso la totalidad, de todas estas cosas estaban hechas de estannum, como se le llama adecuadamente; este, mediante la mezcla con metales nobles y algunos difíciles de fundir, se volvía más adecuado para su uso que el cobre puro. Suetonio nos cuenta que el emperador Vitelio quitó todo el oro y la plata de los templos y los sustituyó por aurichalcum y estannum. No sé si los griegos trabajaban el estannum ni bajo qué nombre; quizás deberíamos clasificar aquí los κασσιτέρινα de los tiempos más antiguos, de los cuales hablaré más adelante. Lo que ya he dicho respecto al werk se verá confirmado por el hecho de que, incluso hace dos siglos, en Alemania se fabricaban utensilios de todo tipo llamados halbwerk con este material. Encelio nos dice que esto era algo bien conocido en su época, aunque yo desearía que se examinara más a fondo. He buscado en vano este nombre en numerosas obras del siglo XVI; pero desde hace tiempo tengo una idea, que aprovecharé esta oportunidad para mencionar: entre los utensilios eclesiásticos más antiguos he visto algunos artículos que consideré vasa stannea, es decir, aquellos que, al ser limpiados y pulidos recientemente, tenían un brillo plateado, y al permanecer mucho tiempo sin ser limpiados adquirían un color gris opaco y un peso mayor que el del bronce. Aquellos que hablan de estos objetos suelen decir que el método para componer este metal se ha perdido; pero que contiene plata y, según la afirmación de muchos, incluso oro. Sin duda, tales artículos merecen ser examinados por nuestros químicos. Además, debo señalar que el abstrich, como se le llama, que en muchos aspectos se parece al estannum y también contiene plomo y plata, pero al mismo tiempo metales difíciles de fundir, se utiliza en las artes y se recolecta para ser empleado por los fundidores de letras. Para este propósito es muy adecuado, debido a su dureza y durabilidad; y en su falta, hay que mezclar plomo con regulus de antimonio. En el Bajo Harz, los artesanos comenzaron ya en 1688 a recuperar este abstrich en particular; y como el plomo obtenido allí, debido a su dureza, no podía ser vendido como plomo común, se vendía a los fundidores de letras de Brunswick, al principio a razón de cien libras por dos dólares y medio.

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Y en el año 1689, por tres dólares. Pero en la época de Schlüter solo se producía una pequeña cantidad al año, porque el abstrich podía utilizarse con mayor ventaja para otros fines. Este material, dice Schlüter, tenía el aspecto del bronce y era tan frágil que un trozo suyo se rompía en 519 fragmentos al ser golpeado.
La speise, que se obtiene en las fábricas de color azul, también puede emplearse de la misma manera. Bajo este término se entiende una mezcla metálica depositada durante la preparación del vidrio azul, y que está compuesta por diversos metales combinados con cobalto, pero especialmente níquel, hierro, cobre, arsénico y quizás también bismuto. Es dura, frágil, sonora y adquiere un buen pulido, aunque no siempre es de la misma calidad en todas las fábricas. Como contiene algunas partículas colorantes, generalmente se vuelve a añadir al residuo de vidrio. Pero cuando recientemente visité la fábrica de colores en Carlshafen, el inspector, el señor Birnstein, me dijo que la speise se fabricaba en Halle en forma de botones de todo tipo. Probablemente sea así en esas fábricas de botones establecidas por G. H. Schier, en las cuales 520 se fabrican anualmente botones de todos los diseños por un valor de 30,000 dólares.
Los antiguos, en mi opinión, empleaban de manera similar el producto de sus fundiciones de plata.
Ahora procederé a examinar ese metal que los griegos llamaban κασσίτερος, o, como dice Plinio, Cassiteron, y que él añade expresamente que era llamado por los latinos plumbum candidum (plomo blanco). No tengo ninguna hipótesis nueva que proponer; mi único objetivo es la verdad. Deseo certeza, y, cuando esta no pueda obtenerse, probabilidad; al mismo tiempo, sin embargo, no puedo conformarme con el juicio dado por los compiladores de diccionarios, ni por los traductores y comentaristas de autores antiguos, porque creo firmemente que ellos nunca realizaron ninguna investigación por sí mismos sobre el tema.
Que los antiguos conocieran nuestro estaño desde tan temprano como encontramos mencionada la palabra cassiteros por ellos, no puedo demostrarlo, y dudo de que sea posible hacerlo; lo contrario me parece más probable. En mi opinión, era imposible para los fenicios, en un período tan temprano, obtener este metal de Portugal, España e Inglaterra en cantidades suficientes como para distribuirlo por todo el mundo antiguo. El transporte de mercancías no era entonces tan fácil. Si todo el cassiteron se obtenía de

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En las partes noroeste de Europa, me parece que debió ser mucho más caro de lo que parecía ser en los tiempos más antiguos, a juzgar por la información que se ha conservado. En mi opinión, el cassiteron más antiguo no era otra cosa que el stannum de los romanos, el producto de nuestras fundiciones, es decir, una mezcla de plomo, plata y algunos otros metales accidentales. Que esto no haya sido señalado expresamente por ningún escritor griego no me sorprende en absoluto. Las obras de aquellos que podrían haber tenido conocimientos de este tipo no nos han llegado. No habríamos sabido qué era el stannum si no se hubiera conservado el único pasaje de Plinio que nos informa al respecto. Tampoco me sorprende que Heródoto dijera que no sabía de dónde se obtenía el cassiteron. ¡Cuántos historiadores modernos ignoran el lugar del que provienen el zinc, el bismuto y el tombac! Y aunque para nuestros historiadores podría ser fácil adquirir este tipo de conocimientos si así lo eligieran, era igualmente difícil para Heródoto, en cuya época no existían obras sobre mineralogía, tecnología ni comercio, obtener tal información. En la época en que vivió, el cassiteron quizá no era un producto metalúrgico de ninguna mina vecina, sino una mercancía extranjera, cuyo conocimiento los comerciantes de aquellas épocas primitivas se esforzaban por ocultar, mucho más que en la actualidad, y que además podía ocultarse mejor que hoy en día. Creo fácilmente que posteriormente los griegos conocieron el estaño verdadero; pero no encuentro prueba alguna de ello, ni puedo determinar el momento en que se familiarizaron por primera vez con este metal. No es improbable que lo consideraran simplemente como una variedad de su antiguo cassiteron, o del stannum de los romanos, ya que estos últimos declaraban que ambos eran variedades del plomo. Podría esperarse que los griegos dieran un nombre propio al nuevo estaño, para distinguirlo del antiguo, como realmente hicieron los romanos; pero parece que no fue así. Sin embargo, creo haber mencionado que ya en la época de Aristóteles, el estaño verdadero extranjero se llamaba tiro o celta, porque Tiro sin duda era, en aquel período, el mercado de esta mercancía. Según las explicaciones especulativas hasta ahora presentadas, no hay necesidad de creer que la palabra cassiteron sea fenicia o celta. Parece que los griegos la utilizaban antes de tener esteño fenicio; y como posteriormente consideraron la cerámica fenicia como una especie de su cassiteron, y al mismo tiempo oyeron hablar de islas de donde provenía, ellos…

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Llamó a estas islas Cassiterianas, tal como lo hizo Heródoto, aunque él dice expresamente que no sabía dónde estaban situadas. Este antiguo historiador parece haber tenido casi la misma opinión respecto al origen del nombre, pues añade: “En cualquier caso, el nombre Eridanus no es extranjero, sino de origen griego”. Sin embargo, es muy posible que todo lo que se decía sobre estas islas en la época de Heródoto fuera simplemente una invención de los comerciantes griegos, ninguno de los cuales tenía la menor idea sobre el comercio fenicio con Inglaterra. En este caso, el “bedil” de los hebreos podría ser simplemente estaño, y así desaparecería la sorpresa de Michaelis por cómo los madianitas pudieron obtener estaño tan temprano. No negaré, sin embargo, que lo contrario de lo aquí expuesto también es igualmente posible. Los griegos podrían haber obtenido esteño real en una época muy temprana a través del comercio, y junto con él el nombre extranjero, del cual se formó “cassiteros”. Es posible que el arte de preparar el estaño no fuera conocido entre ellos; por lo tanto, bajo el término “cassiteron” de los griegos debemos entender sin duda el estaño. En este caso se podría comprender por qué el estaño no se menciona en las obras de los griegos; y si el “plumbum album” de Plinio es nuestro estaño, cosa de la que apenas cabe duda, su testimonio de que el “cassiteron” de Homero era lo mismo pertenece a este contexto. En cuanto a la cuestión de cuál opinión parece la más probable, no entraré en ninguna discusión; pero debo sostener que, en lo que respecta a las épocas de Homero y Heródoto, no se puede obtener certeza alguna. Para justificar esta afirmación, señalaré aquí todo lo que he encontrado relacionado con “cassiteron”, y, en la medida de lo posible, con las palabras originales, citando las diferentes obras de la manera en que todos los términos relacionados con los diccionarios de historia natural deberían estar organizados.

I. Los latinos lo denominan “plumbum candidum” o “album”; los griegos, ya en la época de la Ilíada, según Homero, lo llamaban “cassiteron”.

II. Minerales de color negro, que tienen la misma densidad que el oro.

III. No se encuentra junto con la plata, que se obtiene a partir del negro.

IV. Se encuentra en las capas superiores de tierra arenosa; pero también se extrae de profundidades mayores.

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V. Estas arenas se disuelven con metales, y se convierten en plomo blanco.
VI. El plomo blanco es más valioso que el negro.
VII. Fluye fácilmente al contacto con el fuego; así, el plomo blanco puede utilizarse en pruebas sobre papel, y parece que se ha fundido por su propio peso, y no por el calor. El plomo celta fluye aún más rápidamente que el plomo común, e incluso en agua; tiñe de color todo lo que toca.
VIII. No es útil para nada sin estar mezclado con otra sustancia.
IX. El plomo negro se adultera con él.
X. El estaño se adultera añadiendo una tercera parte de metal blanco al plomo blanco.
XI. Se utiliza en objetos hechos de metal, según un invento de los galos; apenas se puede distinguir del plata. A esos objetos se les llama “incoctilia”.
XII. Se emplea para hacer escudos, adornos para pechos, espejos, etc.
XIII. El tirano Dionisio de Siracusa acuñó monedas con este material.
XIV. No puede combinarse con el plomo negro sin que este último se combine también con el blanco.
XV. Se encuentra en Hispania, Lusitania, Galacia, en Iberia, cerca de Artabro, en Britania. También se encuentra en las islas llamadas Casiteridas por los griegos. En la isla que Timaeo denomina Mictim, se dice que está a seis días de navegación desde Britania. También se encuentra en las islas Hesperidias, entre los pueblos persas de la región de Ariana.
A esto añadiré la siguiente ilustración: se cree, en general, que el nombre “casiterón” proviene del fenicio o caldeo; pero…

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En este punto no puedo decidirme. Mela, en donde explica el nombre de las islas Cassiterianas, lo denomina simplemente “plumbum”, sin añadir ningún epíteto, a menos que éste se haya perdido durante la transcripción. Pero Plinio mismo dice: “Cassiterides dictæ Græcis a fertilitate plumbi”. Es posible, por lo tanto, que los recipientes de plomo, que se mencionan con frecuencia en las obras de los antiguos, estuvieran en parte hechos de estaño; pero no puedo estar de acuerdo con Millin, quien considera que el “cyanos” de Homero es estaño. Esta palabra evidentemente designa un color verde montañoso, o alguna especie de piedra de ese color, que en tiempos pasados, al igual que el lapis lazuli en la actualidad, se utilizaba para fabricar todo tipo de adornos. Además, “cyanos” y “cassiteros” se mencionan en la Ilíada como dos cosas diferentes.
Lo que Plinio dice sobre el color y el peso de esos minerales que producen estaño coincide perfectamente con el mineral de estaño, el cual, como es bien sabido, se encuentra entre los minerales más pesados, aunque la densidad específica del propio metal sea bastante baja. También es cierto que el plomo rara vez se encuentra sin plata; y quizás el estaño nunca se ha encontrado junto con ella. Lo que leemos respecto a la obtención del mineral de estaño coincide muy bien con nuestras plantas de lavado. Incluso hoy en día, la mayor parte de los minerales de estaño se encuentran en fragmentos y ya lavados.
La fundición de este metal, incluso cuando no se aplican todas las reglas de la artesanía, no presenta grandes dificultades, aunque Goguet tenga una opinión diferente. De todos los metales, es el que se derrite más fácilmente al fuego; solo necesita un pequeño grado de calor y no requiere horno artificial. Pero como se calcina fácilmente y, tras repetidas reducciones, pierde su maleabilidad, hay que tener cuidado de que el metal reducido pueda fluir inmediatamente; por eso nuestros hornos tienen una abertura siempre abierta. Es probable que los antiguos, en sus hornos pequeños, pudieran hacer un arreglo similar.
El estaño siempre debió ser más caro que el plomo, ya que este último se encontraba en abundancia, mientras que el estaño se obtenía en cantidades escasas. En Inglaterra, actualmente, el estaño cuesta aproximadamente cuatro veces más que el plomo. En Hamburgo, en 1794, una libra de estaño en bloques ingleses costaba once schillings y medio, y el estaño en barras, trece schillings; pero cien libras de plomo inglés valían en ese momento solo catorce marcos, y el plomo de Goslar, once marcos y medio en efectivo.

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Es cierto que el estaño se derrite más fácilmente que el plomo. Según los últimos experimentos, el primero se funde a 442°, mientras que el plomo requiere 612° según el termómetro de Fahrenheit. Ambos metales pueden fundirse cuando se envuelven estrechamente en papel. Aristóteles y Plinio querían decir lo mismo sobre el papel; y este último añade que el papel, incluso cuando se rompía, no se quemaba. Lo que el primero dice sobre su fusión en agua, algunos han declarado de forma demasiado imprudente que es una fábula; pero no es del todo falso. El estaño, cuando se mezcla con plomo y bismuto en ciertas proporciones, es tan fusible que se derrite en agua hirviendo, porque necesita menos calor para fundirse que el agua para llegar al estado de ebullición. Que el estaño celta contenía una gran cantidad de plomo se deduce de la observación de que, al frotarlo, se oscurecían los dedos; un efecto que no se habría producido con estaño puro.

Nos cuenta Plinio mismo que en su época el estaño se mezclaba con plomo, en diversas proporciones. En aquel período, una mezcla de partes iguales de estaño y plomo se llamaba argentarium; y la de dos partes de plomo y una parte de estaño, tertiarium. Otros mezclaban esta última composición con una cantidad igual de estaño y también denominaban a la mezcla argentarium, y esta se utilizaba comúnmente para el recubrimiento con estaño.

Debo, sin embargo, admitir que no comprendo del todo las últimas palabras de Plinio. De hecho, ningún comentarista las ha señalado; pero por eso no creo ser la única persona a quien les resulten en parte incomprensibles. Savot y Watson, que sin duda eran capaces de dar una opinión decisiva al respecto, dejaron deliberadamente sin traducir y sin ninguna explicación esa parte que a mí me parece oscura. Plinio dice: “Improbiores ad tertiarium additis æquis partibus albi, argentarium vocant, et eo quæ volunt, incoquunt”. Parece aquí dirigir una crítica contra aquellos que fundían cantidades iguales de tertiarium y estaño puro, y luego le daban el nombre de argentarium, como si fuera de calidad inferior al argentarium mencionado primero. Pero cantidades iguales de tertiarium y estaño puro producían una mezcla en la que, por cada parte de plomo, había dos de estaño. ¿Cómo, entonces, podrían llamarse improbiores quienes preparaban esa mezcla? Para responder a esta pregunta me atreveré a dar mi conjetura. Quizá Plinio quería decir que el recubrimiento adecuado con estaño debería realizarse con estaño puro, pero que los artesanos poco escrupulosos empleaban para ese fin esteño mezclado con plomo. Si ese es el verdadero significado, su crítica era…

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No está desprovisto de fundamento. Por la misma razón, dado que todo el estaño estaba entonces adulterado con plomo, Galeno advierte contra el uso de recipientes recubiertos de estaño y aconseja a la gente que conserve los medicamentos en vidrio o en recipientes de oro. Pero, ¿por qué Plinio añade: “ideo album nulli rei sine mixtura utile”? Al usar estas palabras, es posible que se refiriera, no al recubrimiento con estaño, sino a objetos hechos de estaño, los cuales, según las ideas de esa época o la naturaleza del estaño, si fueran únicamente de ese metal, serían demasiado frágiles. Esto parece indicarse en las palabras anteriores a las que se refiere “ideo”: “albi natura plus aridi habet, contraque nigri tota humida est, ideo album...”. Espero que el lector me perdone por adentrarme tanto en la crítica; pero si se quiere que la valiosa obra de Plinio sea comprensible, no se deben despreciar estas contribuciones ocasionales.

Del proceso empleado en el recubrimiento con estaño en la antigüedad no tenemos información alguna; pero las palabras de Plinio, “incoquere” e “incoctilia”, parecen indicar que se realizaba, al igual que en el recubrimiento de nuestros utensilios de hierro, sumergiendo los recipientes en estaño fundido. También parece que se hacía ya en una época temprana de manera muy perfecta, tanto porque los artículos recubiertos de estaño, como dice Plinio, apenas podían distinguirse del plata, como porque el recubrimiento, como añade él con expresión de asombro, no aumentaba el peso de los recipientes. El metal, por lo tanto, se aplicaba en capas tan delgadas que no suponían un aumento perceptible en el peso. Esto sigue siendo cierto cuando el trabajo se realiza con habilidad; y constituye una prueba notable de la asombrosa divisibilidad del metal. El Dr. Watson hizo recubrir de estaño un recipiente cuya superficie tenía 254 pulgadas cuadradas y que pesaba veintiséis onzas; descubrió que el peso solo aumentó medio onza; en consecuencia, medio onza de estaño se distribuyó sobre 254 pulgadas cuadradas.

Pero, a pesar de toda esta destreza, que debe reconocérseles a los romanos, parece que emplearon el recubrimiento con estaño muy raramente, al menos para utensilios de cocina y muebles domésticos. Casi nunca se menciona, y nunca donde uno podría esperarlo, es decir, en obras sobre cocina y economía doméstica, donde los autores dan instrucciones para preparar y conservar las provisiones de sal. Cuando hablan de la elección de los recipientes, simplemente dicen que se deben utilizar nuevos recipientes de barro. Solo algunos médicos tuvieron la previsión de recomendar recipientes recubiertos de estaño. De hecho, no parece que los romanos, aunque los recipientes de cobre estuvieran en general en uso entre ellos, tomaran ninguna precaución para evitar que se dañaran.

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perjudicial para la salud. Plinio solo dice que un recubrimiento de estannum mejoraba el sabor de los alimentos y protegía contra el óxido verde. La primera parte debe entenderse así: se evitaba el mal sabor causado por el cobre; pero no dice que esto protegiera la salud. El término también incoctilia, habitual en la época de Plinio, solo se encuentra en sus obras. Es igualmente notable que, entre los numerosos objetos encontrados en Herculano, como ya he señalado, la mayor parte eran de cobre o estannum; pocos estaban plateados y ninguno recubierto con estaño. Si el recubrimiento con estaño se hubiera utilizado tanto como hoy, habrían de encontrarse algunos objetos así recubiertos. Agregaré además que Plinio atribuye la invención del recubrimiento con estaño a los galos; y que elogia en particular el trabajo de los bituriges, antiguos habitantes de la provincia de Berry, así como aquellos artículos fabricados en Alexia o Alegia, que se considera que era Alise en Auxois; que habla del recubrimiento de cobre y no de hierro, y que, según su relato, no solo se utilizaba estaño para ese fin, sino también estannum. Mediante los pasajes ya citados, queda demostrado que en la época de Homero el cassiteron se empleaba para adornar escudos y ciertos tipos de vestidos; pero dejaré la explicación más detallada de ello a otros. Quizás los escudos estuvieran incrustados con estaño; y no es improbable que en aquel entonces se fabricaran hilos de este metal para bordar. Que este arte fuera conocido en esa época es algo fácil de creer, ya que las mujeres de Laponia bordan sus vestidos, y en particular sus abrigos de piel, de una manera tan delicada e ingeniosa, con hilos de estaño que ellas mismas extraen, que resulta asombroso. Lo que dice Plinio es cierto: el plomo no puede soldarse sin estaño, ni el estaño sin plomo. Para esta operación se utiliza una mezcla de ambos metales, que se funde más fácilmente que cada uno de ellos por separado. En lugar del aceite mencionado por Plinio, los artesanos utilizan actualmente en este proceso colofonia o alguna otra resina. Es muy probable que ya en una época temprana se fabricaran utensilios de estaño fundido; pero no recuerdo haber visto ninguno en colecciones de antigüedades. Solo conozco dos casos en los que se han encontrado, ambos en Inglaterra. A principios del siglo pasado se descubrieron algunas piezas de estaño en Yorkshire, junto con otras antigüedades romanas; y

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En 1756 se desenterraron en Cornualles algunos recipientes de estaño de fabricación romana con inscripciones romanas. Pasaré por alto la historia del comercio del estaño entre los fenicios, los griegos, los galos y los romanos, sobre los cuales solo se encuentran escasas e inciertas informaciones en las obras de los antiguos, pero en las de los modernos hay un mayor número de hipótesis. Incluso la ubicación de las islas Cassiterides no puede determinarse con certeza, aunque en general se supone, y no sin probabilidades, que eran las islas Scilly, que se encuentran a una distancia de unos treinta millas de la parte más occidental de la costa inglesa; es decir, el extremo de Cornualles, o como se le llama, Land’s End. Al mismo tiempo debemos adoptar la opinión de Ortelius, según la cual bajo ese nombre se incluían las costas de Cornualles y Devonshire. Para quienes se encuentran en las islas Scilly, Cornualles, como señala Borlase, parece ser una isla; y como es imposible que las islas Scilly, también llamadas Silures, pudieran suministrar suficiente estaño para el comercio antiguo, especialmente teniendo en cuenta que allí se observan pocos y muy pequeños vestigios de obras antiguas, es más probable que la mayor parte del metal proviniera de Cornualles. No se puede demostrar que los propios fenicios explotaran minas allí; más bien se debe suponer que adquirían el metal a los habitantes mediante trueque; pero, por otro lado, hay razones para creer, a partir de diversas antigüedades, que los romanos extraían el mineral directamente de la mina y contaban con instalaciones para extraer el metal. La isla Ictis de Diodoro Sículo, a la que los antiguos britanos llevaban esteño y desde donde era transportado por los mercaderes galos, se considera generalmente como la Isla de Wight; pero Borlase señala muy acertadamente que, según los relatos de los antiguos, Ictis debía estar mucho más cerca de la costa de Cornualles. Por lo tanto, él supone, y con gran probabilidad, que esta palabra era el nombre general de una península, una bahía o un lugar de depósito de mercancías. Si el Mictis de Timaeo y el Vectis de Plinio no son esta isla Ictis, será difícil encontrarlos. Es muy curioso que Dionisio, un escritor posterior, y sus seguidores Prisciano y Avieno, llamen a las islas Cassiterides las Hespérides.

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Me parece sumamente improbable que los drangianos tuvieran minas de estaño; Estrabón es el único escritor que lo menciona, y en pocas palabras; y no se encuentra nada de este tipo en ningún otro autor. Si se considera a Drangiana como parte de Persia, a la cual pertenece actualmente esa región, todos los viajeros modernos afirman que el estaño no se encuentra en ninguna parte del imperio persa. Si se la considera parte de la India, Plinio sostiene que en ese país no existían entonces fábricas de estaño. En su época, este metal se enviaba allí como artículo comercial y se compraba con piedras preciosas y perlas. Esta última circunstancia ha sido considerada por algunos como prueba del alto precio del metal en aquel período; pero él no dice más que el estaño formaba parte de las importaciones de la India en ese tiempo, y que joyas y perlas constituían parte de las exportaciones. Se puede decir que los habitantes de las colonias españolas en América daban su plata a cambio de nuestro lino, pero no podemos deducir de ello que este tuviera un alto precio.

Que la palabra stannum, en la época de Plinio, no significara estaño sino un metal compuesto, es tan cierto como que en tiempos posteriores pasó a ser el nombre común del estaño. De aquí surge la pregunta: ¿Desde cuándo se conoce nuestro estaño bajo la denominación de stannum? Esta pregunta, hasta donde sé, nunca ha sido examinada; y esto, espero, será una excusa suficiente si no puedo dar una respuesta completamente satisfactoria. El primer autor en el que encuentro la palabra griega cassiteros traducida como stannum es Avieno, en la traducción libre de Dionisio; quien, según demuestra Wernsdorf, vivió hacia mediados del siglo IV. El siguiente en traducir la palabra griega de la misma manera es Prisciano; quien, según los argumentos de Wernsdorf, debió haber vivido a principios del siglo VI.

Por lo que ya sé, sospecho que el largo e inapropiado nombre plumbum candidum comenzó a ser sustituido por stannum a partir del siglo IV; y es probable que, en ese momento, el estaño fuera tan abundante que reemplazó al antiguo stannum, al cual podía parecerse. En siglos posteriores, entonces, stannum siempre significó estaño; y en la Edad Media se formaron arbitrariamente diversas palabras a partir de él que no aparecen en los autores latinos. La stannea tecta, o techo de la iglesia de Agen, en el Garona, en Guyena, descrita por el poeta eclesiástico Fortunato hacia finales del siglo VI, consistía sin duda en placas de cobre recubiertas de estaño.

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El estancamiento ocurre con frecuencia en la industria del estaño, al igual que sucede con el fundidor de estaño. En el siglo XIII, Enrique III de Inglaterra regaló como obsequio un stagnarium o stannaria, es decir, una mina de estaño o una fábrica de estaño; o, como dicen otros, fodina stanni. En el siglo XIV, bajo el reinado de Eduardo III, existía en Inglaterra una stannaria curia; y en el mismo siglo, además de varios otros adornos, se prohibieron a los clérigos las lunulæ stanneatæ. En un catálogo del año 1379 aparecen los siguientes artículos: “tria parva stanna modici valoris... item unum stannum parvum... item duo magna stanna”. En cuanto al comercio del estaño por parte de los españoles, lamentablemente no puedo decir nada: se nos dice que las fábricas de estaño en España fueron abandonadas durante el gobierno de los moros. Inglaterra, como se afirma generalmente, disfrutó de un monopolio comercial sobre este metal hasta el siglo XIII, cuando se descubrieron y se comenzaron a explotar las minas de estaño en Bohemia. Pero no puedo determinar con exactitud cuándo ocurrió esto. Es muy probable que las fábricas bohemias sean más antiguas que las sajonas; pero es aún más seguro que la afirmación de Hagec, según la cual ya se conocían estas minas desde el año 798, carezca por completo de fundamento. Cuando los escritores ingleses tratan sobre la historia de este metal, rara vez dejan de repetir lo que ya había sido dicho al respecto por Mateo París. Este monje benedictino, inglés de nacimiento y fallecido en 1259, relata en su Historia de Inglaterra que un hombre de Cornualles, huido a Alemania debido a un asesinato, descubrió allí el estaño por primera vez en el año 1241. Agrega que los alemanes, poco después, ofrecieron este metal a un precio tan bajo que pudieron venderlo en Inglaterra, lo que hizo que su precio allí bajara considerablemente, causando grandes pérdidas a Ricardo, conde de Cornualles, tan conocido por haber sido elegido rey de los romanos. Dado que Mateo relata esto como un acontecimiento que tuvo lugar en su época, quizás sería inapropiado dudar de ello; pero sigue pareciendo extraño que no se haga mención alguna de este hecho en los anales bohemios o alemanes. Tampoco Gmelin debió haber encontrado ninguna información al respecto, de lo contrario la habría mencionado. Peithner también guarda silencio al respecto: por el contrario, dice que las minas de estaño en las cercanías de la ciudad de Grauppen fueron descubiertas ya en el año 1146 por un campesino llamado Wnadec, perteneciente al pueblo de Chodicze. Respecto a la antigüedad de las minas sajonas, no puedo dar ninguna información: si hubiera...

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Si existía alguna información sobre ese tema, seguramente habría sido detectada por Gmelin. Brusch, quien fue asesinado por dos nobles en 1559, parece situar el descubrimiento de las minas de estaño en Schlackenwalde, que según él son más jóvenes que las de Schönfeld, en el siglo XIII o XII. Alberto Magno, fallecido en 1280, afirma que en su época se extraía una gran cantidad de estaño en diversas partes de Alemania. Actualmente, las principales plantas de producción de estaño se encuentran en Geyer, Ehrenfriedersdorf y Altenberg. El arte de recubrir el hierro con estaño fue inventado o bien en Bohemia o en Alemania, y posteriormente introducido en Inglaterra, Francia y otros países. Pero como toda la historia de las minas alemanas es muy deficiente e incierta, no se conoce el período en que comenzó este negocio tan útil y rentable. Yarranton, un escritor inglés del cual hablaré más adelante, relata que el primer recubrimiento de este tipo se realizó en Bohemia; que un clérigo católico que adoptó la religión luterana trajo este arte a Sajonia alrededor del año 1620, y que desde entonces toda Europa ha recibido hojalata proveniente de Alemania. Lo que sí es cierto es que el recubrimiento del hierro es más reciente que el del cobre. Los primeros artículos fabricados por los fabricantes de botellas fueron frascos de cobre recubiertos de estaño, los cuales en la antigüedad se utilizaban en la guerra y en los viajes, al igual que el stagnone, todavía empleado en España y Portugal, en el cual se envían todo tipo de aguas destiladas desde Malta. Entre los ingleses, que antiguamente tenían el monopolio del comercio del estaño y que aún poseen las mejores y más ricas minas de estaño, la introducción de este arte para utilizar su producción local no tuvo éxito al principio; y esta circunstancia sirvió de motivo de burla para Becher. Pero alrededor del año 1670, una compañía envió a Sajonia, a sus expensas, a un hombre ingenioso llamado Andrew Yarranton, con el fin de aprender el proceso de recubrimiento. Después de adquirir allí los conocimientos necesarios, regresó a Inglaterra con algunos trabajadores alemanes y fabricó hojalata, que fue recibida con aprobación general. Sin embargo, antes de que la compañía pudiera desarrollar su negocio a gran escala, un hombre de cierta importancia, después de familiarizarse con el proceso de Yarranton, obtuvo una patente para este arte; y los primeros empresarios…

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Se vieron obligados a abandonar su empresa, que les había costado una gran cantidad de dinero, y sin embargo no se hizo uso del patente que se había obtenido. Alrededor del año 1720, que, debido a los numerosos planes nuevos y al comercio engañoso que de ellos resultó, siempre será recordado en la historia de la locura inglesa, entre las muchas burbujas, como se las llamaba entonces, existía una fábrica para fabricar hojalata; y esta fue una de las pocas especulaciones de esa época que tuvieron éxito. La primera fábrica de este tipo se estableció en Monmouthshire, quizás en el pueblo de Pontypool, donde la hojalata se fabricó al menos ya en 1730. En Francia, el primer intento de introducir esta rama de la industria se realizó bajo Colbert, quien consiguió trabajadores, algunos de los cuales se establecieron en Chenesey, en Franco Condado, y otros en Beaumont-la-Ferrière, en Nivernais. Pero la falta de habilidad y de apoyo adecuado hicieron que esta empresa costosa resultara infructuosa. Sin embargo, algunas fábricas lograron ser productivas en el siglo pasado; la más antigua de ellas se estableció en Mansvaux, en Alsacia, en el año 1726. A esto le siguió, en 1733, otra en Bain, en Lorena, la cual obtuvo su privilegio del duque Francisco III, y este fue confirmado por Estanislao en 1745. Es bien sabido que, en tiempos modernos, el estaño ha sido traído desde las Indias Orientales a Europa; pero nunca he tenido la suerte de descubrir cuándo comenzó este comercio. No obstante, se sabe que, al comienzo del siglo XVI, ya se había obtenido mucha información en Europa sobre el estaño de las Indias Orientales. Luis Barthema, que estaba entonces en la India, habla del estaño de Malaca, al igual que F. Méndez Pinto, quien estuvo allí en 1537, y Odoardo Barbosa menciona el que se transportaba desde Caranguor a Malaca. Barbosa escribió en 1516. Munster, Mercator y otros geógrafos antiguos relatan que, antes del establecimiento del dominio portugués en la India, circulaban grandes monedas de estaño en la isla de Sumatra. La mayor parte del estaño de las Indias Orientales proviene de Siam, Malaca y Banca. En este último lugar, que es una isla cerca de la costa sureste de Sumatra, se dice que las minas fueron descubiertas en 1711.

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En 1776 había diez minas, explotadas por chinos, por orden del rey de Palimbang. Ciento veinticinco libras le costaban solo cinco rix dólares; y por esa cantidad recibía de la Compañía Neerlandesa de las Indias Orientales, a cuyo gobierno estaba sometido, entre trece y quince dólares. La mayor parte se enviaba a China o se utilizaba en la India; pero en el año 1778 la compañía envió 700.000 libras a Europa, que se vendían a razón de cien libras por cuarenta y dos florines. Malaca suministra anualmente unas trescientas o cuatrocientas mil libras; pero la mayor parte de ellas permanece en la India. En el año 1778 la compañía vendió 100.000 libras en Ámsterdam. También se vende una gran cantidad de estaño en su fábrica de Siam. Todo el estaño vendido por ella en Ámsterdam entre los años 1775 y 1779 ascendió a 2.421.597 libras.

El estaño se encuentra en estado natural en dos formas: como peróxido y como sulfuro de estaño y cobre. Este último es raro; el primero constituye la principal fuente de estaño. En su estado natural, mezclado con arsénico, cobre, zinc y tungsteno, se denomina piedra de estaño; pero cuando aparece en masas redondeadas, granos o arena en suelos aluviales, se llama estaño de corriente. El metal obtenido a partir de la piedra de estaño forma esteño en bloques; mientras que el obtenido a partir del estaño de corriente, que es el más puro, se denomina estaño en grano.

La producción anual de las minas y fábricas de estaño de Cornualles se estima en 4.000 toneladas, con un valor de entre 65 y 80 libras por tonelada. Aproximadamente 30.000 quintales de estaño en bruto se exportan anualmente desde Gran Bretaña, principalmente a Francia, Italia y Rusia. Este valor, sin incluir artículos de estaño y peltre ni chapas de estaño, asciende a casi 400.000 libras, y se envía a Estados Unidos, Italia, Alemania, Francia, las colonias, etc. Además, se importan de 10.000 a 30.000 quintales de estaño de Banca y de Malasia para su reexportación al continente y a Estados Unidos.

Recientemente se ha patentado un esmalte importante para revestir el interior de recipientes y utensilios de hierro fundido utilizados en cocina, operaciones químicas, etc. Probablemente reemplazará en gran medida los artículos de estaño. Para aplicar este proceso, los recipientes se limpian con ácido sulfúrico diluido, luego se lavan y se sumergen en una pasta fina elaborada a partir de cuarzo, primero fundido con bórax, feldespato y arcilla libre de hierro, y posteriormente reducido a un polvo impalpable. Se añade suficiente agua para formar una pasta ligera. Luego, se pulveriza el interior de los recipientes con una bolsa de lino que contiene una mezcla muy finamente pulverizada de feldespato, carbonato de sodio, bórax y un poco de óxido de estaño.

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Los artículos se secan y calientan posteriormente en un horno para esmaltarlos. La capa de recubrimiento es muy blanca, resiste la acción del fuego sin agrietarse y es completamente resistente a las soluciones ácidas o alcalinas.]

NOTAS AL PIE
503
Sin embargo, la estanita se encuentra en España y Portugal; y Watson, en sus Ensayos químicos, afirma que España suministró a los antiguos cantidades considerables de estaño.
504
El estaño nativo nunca se encuentra, o al menos muy raramente. En el año 1765 se creyó haber encontrado un trozo de este tipo, sobre lo cual se puede encontrar información en Phil. Trans., volumen lvi, página 35, y volumen lix, página 47. Pero la mayoría de los mineralogistas negaron su autenticidad, como por ejemplo Jars en Mémoires de l’Acad. à Paris, año 1770, página 540. Poco después de que se encontrara dicho trozo de estaño en Cornualles, algunos comerciantes de minerales vendieron piezas similares a aficionados a un precio muy elevado; pero todas ellas provenían de lugares donde el estaño se exuda; y con frecuencia lo que se cree que es estaño no es más que bismuto exudado, como demuestran algunos ejemplares de mi colección. Debo señalar aquí que no estaría de más, en la historia del estaño, indicar que hace más de doscientos años se creía que este metal se encontraba en estado nativo.
505
Después de solicitar al profesor Tychsen, cuyo profundo conocimiento de la historia, lenguas y literatura orientales ya me ha brindado mucha ayuda, que indicara los motivos por los cuales el bedil se considera nuestro estaño, recibí la siguiente respuesta, con permiso para incluirla aquí:
“Bedil, ‫בדיל‬, según la derivación más probable, significa ‘lo separado’. Por lo tanto, de acuerdo con la etimología, podría ser lo que Plinio denomina stannum, no estaño, sino plomo del cual la plata no ha sido suficientemente separada. El pasaje de Isaías, capítulo I, versículo 25, parece ofrecer una confirmación, ya que la palabra allí utilizada es…”

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Se debe usar el plural, equivalente a scoriæ, como algo separado por fusión.
“Otros derivan bedil del significado de la palabra árabe بدل, badal, es decir, sustituto, sucedáneo. En este caso, de hecho, podría referirse al estaño, que puede confundirse fácilmente con la plata.
“Las preguntas de por qué bedil ha sido traducido como estaño, y cuán antigua puede ser esta explicación, se responden con otra: ¿Es κασσίτερος estaño? Si esto se admite, la explicación es tan antigua como la versión griega de los Setenta Intérpretes, quienes en la mayoría de los pasajes, Ezequiel, cap. XXII, vers. 18 y 20, y cap. XXVII, vers. 12, lo expresan con la palabra κασσίτερος. En el pasaje mencionado, el estaño y el hierro han cambiado de lugar. Los Targúmicos también lo denominan estaño; y algunos, junto con la traducción samaritana, utilizan la palabra griega, pero corrompida en kasteron, kastira. También es la explicación habitual entre los judíos, que bedil significa estaño, al igual que oferet significa plomo.
“Sin embargo, en el pasaje más antiguo donde aparece bedil, es decir, en Números, cap. XXXI, vers. 22, los Setenta lo traducen como μόλιβος, plomo, y la Vulgata como plumbum, y viceversa: los Setenta usan κασσίτερος para oferet, y la Vulgata, stannum. Esta es, por ser la explicación más antigua que el traductor latino encontró ya en la Septuaginta, especialmente digna de mención. Según ella, se podría considerar ‫בדיל‬, μόλιβος, stannum, como el stannum de Plinio, es decir, plomo junto con plata; la gradación de los metales sigue existiendo; κασσίτερος, según los Setenta, podría ser estaño o plomo verdadero. Pudo haber designado tanto el estaño como el plomo juntos, y quizás los Setenta colocaron aquí κασσίτερος para tener un metal más correspondiente al hebreo oferet. Pero de esta explicación se deduciría que Moisés no conocía el estaño.
“En Oriente existe otro nombre para el plomo y el estaño, ‫אנך‬, anac, que solo aparece en Amós, cap. VII, vers. 7 y 8, pero es abundante en los textos siríacos, caldeos y armenios, y abarca plumbum, nigrum y candidum.
“En persa, el estaño se denomina kalai, resâs, arziz, todos ellos de origen árabe, o, como kalai, de origen turco. Ninguno de estos tiene ninguna relación con κασσίτερος y bedil.”

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“Dado que el estaño proviene de la India, se me ocurrió pensar si el nombre más antiguo, como ‘tombak’, podría ser malayo. Pero en el idioma malayo, ‘tima’ es el nombre del estaño y del plomo. Relandi, Dissertat. Miscell. iii, p. 65. De hecho, sería en vano buscar etimologías asiáticas para ‘κασσίτερος’, ya que, según la afirmación explícita de Heródoto, los griegos no obtenían el estaño de Asia, sino de las islas Cassiterides. El nombre podría ser fenicio; y aunque Bochart no se ha atrevido a dar ninguna etimología para él, en caso de necesidad, se podría encontrar una igualmente probable que la que él ha dado para ‘Britannia’. Pero me parece más probable que la palabra sea de origen celta, ya que se encuentran nombres similares en Britania, como ‘Cassi’, un antiguo clan británico; ‘Cassivelaunus’, un líder británico opuesto a César; ‘Cassibelanus’, probablemente el mismo nombre en tiempos de Claudio. ‘Cassi-ter’, con la terminación griega ‘ος’, parece ser un compuesto celta, cuyo significado quizás pueda encontrarse en Pelletier, ‘Bullet’, etc.”
506
Plinio, lib. xxxiv, cap. 16, § 47, p. 669.
507
El último significado se encuentra en Plinio, xxxiii, 6, § 31, y xxxiv, 18, § 53: “También existe el molibdeno, que en otro lugar hemos llamado ‘galenita’, rica en plata y plomo. Se adhiere a los hornos de oro y plata; y a este metal lo llaman así”. Aquí, pues, existen ambos significados: primero, ‘bleyglanz’; segundo, ‘ofenbruch’. El nombre ‘galenita’ parece haber sido tomado de obras metalúrgicas extranjeras, quizás de las españolas, como supuso Agrícola en Bermannus, p. 434. En cualquier caso, esto es más probable que la derivación propuesta por Vossius a partir de ‘γέλειν’, ‘splendere’, especialmente porque los griegos no tienen la palabra ‘galenita’.
508
Explico el pasaje de esta manera, pero reconozco que todavía quedan dificultades. Sin embargo, he pensado que quizás se pueda entender de esta forma: en el proceso de fusión, tal como se practicaba entonces, la galenita constituía un tercio del peso del mineral o pasta, y el plomo, un tercio del peso de la galenita; aunque dudo que los productos obtenidos en los procesos metalúrgicos se pesaran con tanta precisión en aquel entonces.

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Dejaré que sea el lector quien decida si las dos explicaciones de Savot son mejores. Supone o bien que Plinio indica tres formas de obtener plomo, a saber, del mineral de plomo, del mineral argentífero y de la galena; o bien que afirma que la plata constituye un tercio, el plomo otro tercio, y la escoria el tercio restante. Pero si la primera opinión es correcta, ¿por qué dijo Plinio «Plumbi origo duplex»?

509
Bermannus, pp. 450, 485.
510
De Re Metallica, lib. iii. Franc. (1551), 8vo.
511
De Metallis, cap. 22. Franc. 1606, fol. i. p. 322.
512
Discours sur les médailles antiques por Louis Savot. París, 1627, 4to, ii. 2, p. 48. Esta obra contiene información valiosa sobre la mineralogía de los antiguos.
513
En Aldrovandi Musæum Metallicum. Bolonia, 1648, fol. p. 181.
514
J. Jungii Doxoscopia, Hamburgo, 1662, cap. 5, de metalli speciebus.
515
Mencionaré aquí algunos pasajes en los que se habla de tales recipientes. Dioscórides, ii. 84, p. 109.—Plin. xxix. 2, § 20; xxx. 5, § 12, y xxx. 7, § 19.—Columela, xii. 41.—Vegetio, i. 16.—Scribonius Largus Composit. Med. Padua, 1655, 4to, § 230.
516
Suetonio, Vitell. 6, p. 192; allí se dice que el estaño, de color blanco, debía servir en lugar de la plata.
517
En la obra ya citada, i. cap. 32, p. 64: «Vides stannum Plinio esse quiddam de plumbo nigro, nempe primum fluorem plumbi nigri;», de modo que cuando nuestro mineral de plomo se funde, la primera parte que fluye sería el stannum de Plinio. «Et hoc docet Plinius adulterari plumbo candido;» con nuestro estaño, y considerado adecuadamente, el stannum de Plinio no es más que nuestro halbwerk, del cual se fabrican esas vasijas llamadas halbwerk.

Entzel merece que recuerde su nombre aquí. Era originario de Salfeld; predicador, pastor de Osterhusen.

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y un amigo de Melanchthon, quien recomendó el libro para su publicación a Egenholf, un librero de Frankfurt, en una carta fechada en 1551, año en que fue impreso por primera vez. Fue reimpreso en el mismo lugar en 1557, y en Basilea en 1555, en formato 8vo.
518
Los fabricantes franceses utilizan cuatro quintas partes de plomo y una quinta parte de antimonio; los de Berlín emplean once libras de antimonio, veinticinco de plomo y cinco de hierro. Muchos añaden también estaño, cobre y latón. [Los de Inglaterra utilizan tres partes de plomo y una de antimonio.]
519
Von Hutten-Werken, p. 376.
520
Se puede encontrar una buena descripción de esta fábrica en el Journal für Fabrik, Manufactur-Handlung und Mode, de 1793. Allí se dice que los botones estaban hechos de una composición que tenía un color blanco similar al plateado y era susceptible de un fino pulido. [Probablemente se trataba de alguna aleación de níquel, uno de los principales componentes de la plata alemana.]
521
Lib. iii, p. 254.
522
Que los comerciantes, en las épocas más antiguas, intentaban ocultar las fuentes de su comercio mediante información falsa, puede demostrarse con diversos ejemplos.
523
Supplementa in Lexica Hebraica, p. 151.
524
Los autores citados aquí, correspondientes a las cartas anteriores, son los siguientes:
a) Plinio, xxxiv. 16, p. 668.
b) César, De Bello Gallico, v. 12.
c) Aristóteles, Auscult. Mirab., cap. 51, p. 100.
d) Galeno, De Antidot., i. 8, p. 209; edición griega de Basilea, vol. II, p. 431.

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e
Plinio, IV, 22, p. 630.
f
Heródoto, libro III, p. 254, edición de Wess.
g
Plinio, IV, 16, p. 223.
h
Strabón, libro III, p. 219, edición de Almel.
i
Strabón, libro XV, p. 1055.
j
Diodoro Sículo, libro V, p. 347, edición de Wess.
k
Diodoro Sículo, libro V, p. 361.
l
Esteban de Bizancio, entrada sobre Tarteso, p. 639.
m
Dionisio Periegeta, entrada 563.
n
Prisciano, Periegesis, entrada 575.
o
Avieno, Descripción de la ciudad, entrada 743.
p
Homero, Ilíada, XVIII, 612.
q
Ilíada, XI, 25.
r
Ilíada, XXIII, 561.
s
Ilíada, XVIII, 565, 574.
t
Hesíodo, Escudo de Hércules, entrada 208.
u
Aristóteles, Ética a Nicómaco, libro II, p. 594.
v
Pólux, Onomásticon, p. 1055.
w
Pomponio Mela, III, 6, 24, p. 275.
x
Plinio, XXXIII, 5, p. 621.
y
Plinio, XXXIV, 17, § 48, p. 669; y en el libro XXXIII, § 45: “Los mejores espejos entre los antiguos eran los de Brindisi, hechos de una mezcla de bronce”. De una mezcla similar provienen los mejores…

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En la actualidad se funden espejos metálicos.
525
Antigüedades de Cornualles, de Borlase. Oxford, 1754, folio, p. 29.
526
Libro IV, capítulo 22, p. 230.
527
Minerología homérica, París, 1790, formato 8vo. Un pequeño tratado muy apreciado.
528
Libro XI, versículos 24 y 25.
529
Véase lo que ya he dicho, volumen I, p. 472.
530
Savot, p. 53; Ensayos químicos de Watson, volumen IV, p. 187.
531
Laponia, de Scheffer, Francfort, 1673, formato 4to, páginas 210 y 261; en ellas se muestra una figura de una mujer lapona tirando de hilos.
532
Phil. Trans., 1702, 1703, volumen XXIII, p. 1129.
533
Phil. Trans., 1759, volumen LI, p. 13; en él se incluyen figuras de los recipientes utilizados. Historia de Manchester, de Whitaker, volumen I, p. 306.
534
Cornualles, de Borlase, p. 30; y sus Observaciones sobre las islas Scilly. Oxford, 1756, formato 4to.
535
Historia natural de Cornualles, p. 177.
536
En las Antigüedades de Cornualles, p. 394: Ik, yk, ick, son terminaciones comunes de los arroyos en Cornualles, al igual que Pordinik y Pradnik.
537
Descripción del mundo, de Dionisio. Londres, 1679, formato 8vo, p. 220; las observaciones de Hill merecen ser leídas.
538
Viajes de Chardin. Ruán, 1723, formato 12mo, volumen IV, p. 65; allí se dice expresamente que Persia no tiene estaño, pero que lo obtiene de la India. Lo mismo lo confirma Tavernier.
539
Obras de Fortunato. Roma, 1786, formato 4to, volumen I, p. 14, libro I, capítulo 8.

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540
Las pruebas pueden encontrarse en Dufresne.
541
Wencesl. Hagec, Böhmische Chronik. Núremberg, 1697, fol. p. 53.
542
Por ejemplo, Borlase en Natur. Hist.; Speed’s Theatre of Great Britain; Camden’s Britannia; Anderson’s Hist. of Commerce, etc.
543
Sin embargo, este metal debió seguir siendo caro durante mucho tiempo; ya que en la Archæologia, volumen III, página 154, se menciona, a partir de un libro de gastos de los condes de Northumberland, que los utensilios de estaño, alrededor del año 1500, debido a su alto precio, no eran comunes. Esto también lo confirma una normativa relativa a la casa real de Enrique VIII, publicada también en la Archæologia, donde se dice: “Los encargados de los almacenes deben velar por que todos los utensilios, tanto de plata como de estaño, estén protegidos del robo”.
544
C. Bruschii, Redivivi Beschreib. des Fichtelberges. Núremberg, 1683.
545
Véase Gegenwärtiger Staat von England, Portugal, und Spanien (de Theodore King de Córcega), volumen II, página 25.
546
Narrisch Weisheit, página 51.
547
Yarranton’s England’s Improvement by Sea and Land, 1698.
548
Watson’s Chem. Essays, volumen IV, página 203; Anderson’s Commerce.
549
Esto es lo que relata Diderot en su artículo sobre el fer-blanc en la Enciclopedia. Que el fer-blanc de los franceses es hojalata lo sabe todo el mundo; pero, ¿qué debemos entender por ferrum candidum, de cien talentos del cual se dio como regalo a Alejandro en la India? Ningún comentarista ha señalado este nombre. Sin embargo, en el índice de Snakenburg’s Curtius encuentro la conjetura de que podría referirse al ferrum Indicum, que, en el libro XVI, sección 7, y en el Digest. xxxix. 4, sección 16, 7, se menciona entre los artículos sujetos a impuestos; pero algunas ediciones de este pasaje indican “ebenum Indicum”. Se remite también al lector a Photii Biblioth., página 145, donde Ctesias…

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Relata una fábula sobre el hierro indio. Plinio, xxxiv. 14, p. 667, menciona el ferrum Sericum, que en su época se consideraba el mejor; pero aún así se puede preguntar: ¿por qué se aplica específicamente el epíteto de blanco al hierro indio? Comparar Aristóteles, De Mirab. Auscult., págs. 96, 426.
550
Ramusio, fol. i, p. 166, c.
551
Ib., i, p. m. 317, d.

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MÁQUINAS DE SIEMBRA.
Es de conocimiento general que, bajo los términos “máquina de siembra”, “sembradora”, “arado sembrador” o “macchine per seminare”, se entienden instrumentos mediante los cuales las semillas de aquellas plantas cultivadas a gran escala, y en particular de las diferentes especies de maíz, pueden depositarse regularmente en la tierra, a cualquier distancia entre sí, según se desee. La parte principal de la máquina consiste en una caja que contiene un cilindro provisto de dientes, el cual forma los ejes de dos ruedas; al girar este cilindro, ayuda a que las semillas introducidas en la caja salgan por orificios dispuestos a una distancia adecuada entre sí en el fondo.
Al principio, estas máquinas eran extremadamente simples y solo contaban en su parte delantera con un arado; pero posteriormente se añadió un rastrillo en la parte trasera, de modo que con dicho aparato se podía arar, sembrar y rastrillar al mismo tiempo. Sin embargo, presentaba el defecto común a todas las máquinas muy complejas: era demasiado artificial, demasiado costoso y se estropeaba con demasiada facilidad. Por lo tanto, la mayoría de las máquinas fabricadas recientemente solo cuentan con un rastrillo en la parte trasera.
Desde principios del siglo pasado se han inventado tantas máquinas de este tipo que sería difícil hacer un catálogo completo de ellas. No obstante, esta invención no pertenece ni a nuestra época ni a los ingleses, quienes hasta ahora han prestado la mayor atención a su mejora y uso. He leído en algún lugar que existe una propuesta de máquina de este tipo en Teofrasto; pero aún no he podido encontrar ese pasaje. Según la información que he obtenido hasta ahora, tiendo más bien a situar esta invención en el siglo XVI y atribuirle el mérito a los italianos. En nuestros escritores más antiguos sobre agricultura, como Heresbach, Colerus, Florinus, Hohberg y otros, no se menciona.
Joseph Locatelli, del cual, sin embargo, se sabe muy poco, es considerado comúnmente como el inventor. Se sabe que era un noble de Carintia, pero no…

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El inventor, como se le denomina en el Diccionario de hombres eruditos de Iöcher, queda demostrado por una pequeña obra que consta de dos hojas en formato cuarto y que ahora está en mi poder. En ella se indica que se realizaron experimentos con una máquina de este tipo por orden del emperador, en el palacio imperial y en el mercado de Laxenburg, en presencia de un comisionado llamado Pietro Bonaventura von Crollolanza, designado para tal fin. Estos experimentos tuvieron tanto éxito que se obtuvo una cosecha de sesenta por uno en tierras que no recibían abono y que estaban sujetas a frecuentes inundaciones. Por esta razón, el emperador recompensó al inventor y lo envió, junto con cartas de recomendación, al rey de España. En esta pequeña obra no se menciona ninguna fecha salvo en la página del título; y si esa fecha es correcta, la invención debe situarse en el último año del siglo XVI o en el primero del siglo XVII, es decir, durante el reinado del emperador Rudolfo II, quien tenía una gran afición por las invenciones mecánicas. Este tratado es sin duda el mismo que, según Reinman, fue impreso en 1690 sin que se mencionara ningún lugar, y según Haller, en Jena, en 1690; pero su autor no pudo ser el inventor, como afirma Iöcher, quien añade que el tratado en cuestión fue impreso en Viena en el año mencionado anteriormente. Sin embargo, la fecha de 1603 difícilmente puede ser correcta; debería ser más bien 1693, y en ese caso el tratado podría haber sido impreso tres veces entre ese período y 1690. La fecha en la página del título de mi ejemplar parece contener realmente un 9, que se asemeja a un cero, solo porque el compositor utilizó una letra en la que la parte inferior de la cifra estaba rota. Creo haber demostrado suficientemente que esta conjetura es cierta; aunque Munchhausen, Haller y otros leen la fecha como 1603. En el año 1669, John Evelyn entregó a la Real Sociedad de Londres una descripción completa de la invención de Locatelli. Allí dice que el inventor se fue con su máquina a España, donde demostró sus ventajas mediante experimentos públicos y los describió en una obra en español dedicada a Geronimo de Camargo, miembro del Consejo real de Castilla, quien fue encargado por el rey de dar a conocer y promover el uso de esta máquina, cuya venta quedó asegurada al inventor a un precio fijado en su patente. Esta obra en español, de la cual Evelyn hizo un extracto, fue impresa con la aprobación austriaca de Crollolanza, y la fecha es el 1 de agosto de 1663. Locatelli debió ir inmediatamente después a España, ya que allí…

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afirmó que sus máquinas se fabricaban y vendían en gran cantidad en Madrid, en 1664. La invención pertenece, por lo tanto, al año 1663. Esta máquina era sumamente sencilla. La caja de semillas, cuyo cilindro estaba provisto de dos ruedas pequeñas, solo necesitaba ser enganchada o fijada, mediante cuerdas, al palo del arado. Se puede encontrar una representación de ella en el tratado alemán mencionado anteriormente; también en las Philosophical Transactions, y de allí copiada en el Traité de la Culture des Terres de Duhamel. Los italianos, sin embargo, disputan con Locatelli el honor de la invención. Afirman que uno de sus compatriotas, llamado M. Giovanni Cavallina, de Bolonia, propuso tal máquina de siembra un siglo y medio antes; y como prueba citan el relato conservado por Gio Battista Segni en su obra sobre la escasez. Nunca he visto ese libro. Haller da el título según Seguier, y dice que fue impresa por primera vez en Bolonia, en 1602; pero Zanon indica el año 1605, y dice que este Segni, que no es mencionado por Iöcher, era un canonicus regularis. De Cavallina no he podido encontrar ninguna otra información; ni siquiera en la extensa y completa obra de Fantuzzi. Por lo tanto, solo puedo dar la descripción de Segni tal como la transcribió Zanon. De esto se deduce que la máquina a la que se hace referencia también tenía una caja de semillas con dos ruedas, y podía compararse con un molino de engranajes, pero debajo de cada agujero de la tabla inferior parecía haber un embudo de hierro, que anteriormente tenía forma de share de arado. La máquina, por lo tanto, parecía formar tantos surcos pequeños como granos de maíz dejaba caer; y, por lo que se puede juzgar, en la parte inferior había solo una fila de agujeros. También parece que cada grano de maíz, en cuanto caía, era cubierto de tierra por la máquina. Si Locatelli aprovechó esta invención y la difundió, con algunas modificaciones, como propia, no se puede determinar fácilmente. Poco después de la invención de Locatelli, otra máquina de siembra fue propuesta en Brescia por el jesuita Lana, quien parece no tener conocimiento de las anteriores; al menos no hace mención de ellas. El caso de Lana fue quizás el mismo que el de muchos hombres ingeniosos que poseen grandes capacidades de invención. Como nunca leen, sino que solo piensan, no están al tanto de lo que otros han hecho antes que ellos, y por lo tanto

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Consideraba toda idea que se le ocurría como algo nuevo. Propuso un arado cuyas puntas deberían hacer agujeros en la tierra, de la misma manera que lo hacen los jardineros con sus sembradoras de frijoles; los granos de maíz debían caer en esos agujeros a través de una caja perforada como un colador, colocada sobre el arado. No sé si esto podría considerarse actualmente una máquina de siembra; pero no es improbable que un aparato de este tipo facilitara la plantación del trigo, práctica que en tiempos modernos ha vuelto a practicarse en Inglaterra, y especialmente en Suffolk. Para ello, se hacen agujeros separados por tres pulgadas, en filas separadas entre sí por cuatro pulgadas, utilizando sembradoras manuales por parte de hombres y mujeres. Cada trabajador está acompañado por tres niños, quienes echan dos o tres granos de semilla en cada agujero. Un trabajador puede hacer cuatro agujeros en un tiempo, y así plantar un acre en dos o tres días. Por esto recibía nueve chelines, de los cuales la mitad se daba a los niños. De esta manera se ahorra la mitad de las semillas, lo que permite cubrir los gastos. El trigo, además, al crecer, es más limpio y hermoso; además, este método proporciona empleo a muchas personas. Por más insignificante y ridícula que parezca esta forma de plantar a nuestros agricultores prácticos, es cierto que se ha demostrado beneficiosa en Alta Lusacia. La objeción de que el maíz, plantado de esta manera, pueda producir demasiados tallos, que no madurarán todos al mismo tiempo, solo es válida cuando los granos se colocan a demasiada distancia unos de otros. Sin embargo, el método agrícola alemán sigue estando demasiado alejado de la horticultura como para que podamos darle mucho valor a las ventajas que ofrece este método. Cabe mencionar aquí que Sir Francis Bacon dice que en su época, es decir, a principios del siglo XVII, se intentó plantar trigo, pero como era demasiado laborioso, se abandonó nuevamente, aunque él declara que sin duda es beneficioso. En las regiones más pobladas de China, casi todo el maíz se planta de esta manera.

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camas, y luego trasplantados. Los ingleses denominan al trabajo realizado con la máquina de siembra “drilling”, y a la plantación de trigo “dibbling”.
Se han inventado varias máquinas de siembra, y en los últimos años se han solicitado patentes para ellas. Dado que es muy difícil describirlas, y aún más difícil que el lector las comprenda sin ilustraciones, nos remitimos a la Penny Cyclopædia, artículo “Máquina de siembra”, para obtener una descripción de las más importantes.

NOTAS AL PIE
552
El título es: Beschreibung eines neuen Instruments mit welchem das Getreide zugleich geackert und gesäet werden kan; erfunden von Locatelli, Landmann im Erz-Herzogthum Cärndten. Anno 1603. Sin indicación de lugar, impresor ni editor.
553
Phil. Trans. vol. V, n.º 60, p. 1056.
554
París, 1753, 12mo, p. 368, tab. 6. Duhamel comete un doble error: habla de la invención como si los primeros experimentos se hubieran realizado en España, y como si los de Austria hubieran tenido lugar más tarde. También dice que estos últimos se realizaron en Luxemburgo, en Istria. La descripción en inglés indica erróneamente Luxemburgo, en lugar de Lachsenburg o Laxemburg, que está en Austria y no en Istria.
555
Sobre Segni se puede encontrar información en Notizie degli Scrittori Bolognesi raccolte da Giovanni Fantuzzi. En Bolonia, 1784–1794, 9 volúmenes en formato 4to, p. 377. Segni, fallecido en 1610, escribió numerosos libros ascéticos, cuyos títulos se mencionan allí.
556
Dell’agricoltura, dell’arti e del commercio. Lettere di Antonio Zanon. En Venecia, 1764, 8vo, vol. III, p. 325.
557
Prodromo, overo saggio di alcune inventioni nuove, premesso all’arte maestra. En Brescia, 1670, formato folio, p. 96, fig. 26.

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558
Véase la excelente descripción de la agricultura en Suffolk en mi Journal, el Beytragen zur Oekonomie, etc., tomo I, pág. 1. Fue escrita por M. F. Wild, de Durlach, quien en el año 1767 fue uno de mis alumnos y posteriormente se convirtió en profesor en el Instituto de Educación de Colmar. Pero, ¡ay!, no sé a dónde lo habrá arrastrado ahora el torbellino de la revolución.
559
Leske Reise durch Sachsen. Leipzig, 1785, 4to, pág. 319.
560
Sylva Sylvarum, cent. 5, § 442.

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MANGANOSO561.
Estoy dispuesto a admitir que el arte de la fabricación del vidrio pueda haber surgido por casualidad, como la mencionada por Plinio; pero, ¿por qué casualidad conocieron los artesanos el uso del manganeso, un mineral cuya apariencia externa no parece indicar nada que pudiera ser útil para el vidriero? No se encuentra en tal abundancia como para permitirnos suponer que se presentara naturalmente; tampoco sabemos si alguna aplicación anterior suya pudo haber inducido a los antiguos a emplearlo y examinarlo de tal manera que se descubriera accidentalmente su uso actual. En general, se asemeja a algunos tipos de piedra de hierro, cosa que se consideró hasta épocas muy recientes. Sin embargo, debió observarse muy pronto que el hierro tiñe el vidrio; por lo tanto, a nadie se le ocurrió emplear el manganeso para quitarle color al vidrio. Este solo produce esta decoloración cuando se añade en pequeñas cantidades y según una proporción determinada; de lo contrario, confiere al vidrio un color violeta, algo similar al del amatista.
El uso del manganeso ciertamente se aprendió por casualidad, y no por teoría. Pero en cuanto a la pregunta de por qué libera al vidrio de su color sucio, hay que admitir, si aceptamos la verdad, que solo podemos ofrecer hipótesis; así como los químicos antiguos recurrieron al flogisto y los modernos al oxígeno. ¿Acaso una hipótesis errónea condujo a este descubrimiento? Así lo han afirmado tanto escritores antiguos como más modernos, y sin duda es posible. Así, Kepler, a partir de una hipótesis errónea respecto a la revolución de los planetas, descubrió la relación de su movimiento según su distancia del sol; y se pueden citar ejemplos en favor de hipótesis que han causado más daño que beneficio. Pero, en mi opinión, al examinar el origen de las artes antiguas, no deberíamos dar crédito a ninguna causa atribuida a una invención hasta que no se encuentre otra. En cuanto al arte en cuestión, creo que puedo mencionar una.

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Que, en cualquier caso, existe una probabilidad a su favor, y que aquí dejaré a discreción del lector. Ya se ha demostrado que, desde tempranos tiempos, se observó que los óxidos metálicos, y en particular el del hierro, que es el más frecuente, confieren diversos colores al vidrio. Por lo tanto, no es de extrañar que la gente se sintiera inclinada a realizar experimentos para teñir el vidrio con diversos minerales, especialmente aquellos que contenían hierro. Dado que el manganeso, como ya se ha dicho, tiene una gran similitud con la piedra de hierro, también se utilizó ocasionalmente; y pronto se descubrió que esta supuesta variedad de piedra de hierro, según se empleara en mayor o menor cantidad, confería al vidrio hermosos tonos de color violeta, rojo y marrón oscuro. Como era necesario que el artesano pesara el manganeso para dosificarlo según la masa vítrea y el color deseado, es posible que el vidrio, cuando se añadía una cantidad muy pequeña, resultara incoloro. Esta observación debió hacerse con mayor satisfacción y pudo aprovecharse más fácilmente cuando el vidrio incoloro, que se asemejaba más al cristal de roca, era considerado en aquel entonces como algo valioso. Sin embargo, no se puede determinar con certeza el período en que se introdujo esta gran mejora en una de las artes más útiles; pero es muy probable que se practicara en la época de Plinio. De no ser así, ¿qué habría motivado que él señalara en más de una ocasión que el imán se utilizaba en la fabricación del vidrio? Bajo este nombre, los antiguos sin duda se referían al manganeso; el cual, en general, tenía similitudes con el imán, y fue considerado como tal por Agrícola, Kircher y otros en períodos más recientes. Plinio, en un pasaje, habla de un tipo de imán que se encontraba en Cantabria, no en vetas, sino disperso o en núcleos; y agrega que no sabía si era útil en la fabricación del vidrio, porque nadie lo había probado nunca. Por lo tanto, este uso del manganeso debió ser muy común en aquel tiempo, ya que surgió tan fácilmente en los escritos de un autor al hablar de un supuesto imán. Otro pasaje de Plinio se ha considerado una alusión al manganeso, pero en mi opinión con mucha menos probabilidad. Es aquel en el que dice que el Alabandicus fluye en el fuego y se funde en las fábricas de vidrio. Pero por…

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Ese término parece referirse a una especie de mármol, según la opinión de Isidoro, quien repite esa palabra. Como tierra calcárea, quizás se añadía para favorecer la fusión de la arena. Sin embargo, Camillus Leonardus consideraba que el Alabandicus era manganeso. No es improbable que los antiguos emplearan manganeso, si no para el esmaltado, al menos para pintar su cerámica o vasijas de barro, tan pronto como conocieron en las fundiciones su capacidad para convertirse en una masa vítrea de color. Pero esto está lejos de estar demostrado, aunque el conde Caylus, Genssane y otros afirman categóricamente que los llamados vasos y lámparas etruscos fueron pintados con el mismo manganeso que utilizamos nosotros para nuestras cerámicas. Aquellos que intentan trazar la historia del arte deben ser muy cautelosos para no admitir, sin pruebas suficientes, que lo que lograron los antiguos se logró por los mismos medios que empleamos nosotros con el mismo fin. Esto puede ser cierto en algunos casos, pero falso en muchos otros. Así, fabricaban un hermoso tipo de vidrio azul y rojo, sin conocer nuestro cobalto ni el púrpura mineral; y realizaban largos viajes marítimos sin nuestra brújula. Es deber del historiador señalar los medios que emplearon los antiguos, ya sean los mismos o no que los utilizados actualmente, o bien reconocer que sus procesos nos son desconocidos. Aquellos que siguen siempre esta regla descubrirán a veces que, en la antigüedad, los hombres eran capaces de lograr los mismos objetivos y producir los mismos efectos por medios totalmente diferentes de los utilizados hoy en día; y entonces surgirá a veces la pregunta: ¿Cuál de los medios, el antiguo o el nuevo, es el más económico, el más conveniente y el más seguro? Esto conduce a problemas tecnológicos, cuya solución, a pesar de nuestra gran superioridad en esos auxiliares del arte, la historia natural, la química, etc., es imposible. Me he permitido estas observaciones al mencionar al célebre Caylus, porque sé muy bien que a menudo erró al no prestarles atención. Reconozco y respeto el mérito de este eminente hombre; pero estoy convencido de que, debido a la audacia de sus afirmaciones, adquirió más confianza y fama de la que merecía. Los colores de los vasos etruscos sí tienen cierta similitud con los de nuestras cerámicas de piedra, pero también es cierto que podrían haber sido producidos por óxidos.

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de hierro.
Las sustancias utilizadas por los alfareros antiguos solo pueden determinarse mediante el testimonio de los antiguos o mediante experimentos; pero el primero no se encuentra, y los segundos nunca se han realizado, aunque no serían difíciles para ningún químico que decidiera sacrificar algunos vasijas de ese tipo.
La cuestión de cómo se descubrió por primera vez el uso del manganeso incluso surgió en Plinio; y su opinión al respecto merece ser citada, sobre todo porque durante mucho tiempo fue considerada verdadera por Alberto Magno, Canepario y muchos escritores posteriores. Para entenderla, hay que saber que al principio se creía que el imán, al atraer el hierro, también podía atraer otros cuerpos; y se conjeturaba que otros minerales podrían poseer una propiedad similar. Algunos imaginaron haber encontrado imanes para el oro y la plata. En los tiempos más antiguos, la gente tenía una opinión tan errónea sobre el arte de la fabricación del vidrio, que creían que el vidrio se obtenía de la arena, como el metal de su mineral; y Plinio cree que entonces se conjeturaba que un imán podía atraer el vidrio tanto como al hierro. Como el manganeso, debido a su similitud, se consideraba un imán, se sometió, por lo tanto, a experimentos, lo que dio lugar al valioso descubrimiento de que hace que el vidrio sea incoloro.
Este uso se ha mantenido a través de todas las épocas hasta nuestros días, y es mencionado por todos aquellos autores que han escrito sobre la fabricación del vidrio. Avicena hace una distinción tan clara entre él y el imán, que trata de cada uno en una sección aparte, aunque no dice nada sobre su empleo en las fábricas de vidrio; pero, en realidad, como médico, no tuvo oportunidad de hacerlo. Sin embargo, Alberto Magno, que vivió un siglo después, Roger Bacon, Basilio Valentín, Camilo Leonardo, Biringoccio, Mercati, Neri y muchos otros han hablado en los términos más claros sobre esta aplicación.
Como se puede ver en las palabras citadas de diferentes autores, el nombre, que, hasta donde sé, aparece por primera vez en Alberto Magno, se escribió de muchas maneras diferentes: magnesia, magnosia, magnasia, manganensis, mangadesum, y en francés magalaise, méganaise, magnese. Uno podría pensar que deriva de “imán”, en parte debido a la similitud de

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Las dos sustancias, y en parte debido a su supuesta capacidad para atraer al vidrio. Además, su otro nombre, sidera, parece hacer referencia a la palabra griega para hierro. Mercati, sin embargo, deduce el término de mangonizare, ya que los alfareros untaban sus productos con este mineral; pero sospecho que el nombre ya era común antes de que se conociera ese uso de la sustancia. Cabe señalar que a esta palabra se le han dado diversos otros significados: a veces parece designar la piedra de hierro común, y otras veces la pirita. Lo que los orfebres entendían por ella se podrá descubrir mejor consultando las obras de sus seguidores. Braunstein, el nombre alemán, cuya primera mención aparece quizás en los escritos de Basilius Valentine, designaba al principio todo tipo de tierra ferruginosa utilizada por los alfareros para pintar. Así, Schwenkfeld dio el nombre de Braunstein y Braunfarbe a un tipo de hematita. Durante mucho tiempo, el manganeso importado desde Piamonte fue considerado en Alemania como el mejor, y por eso era muy buscado por los artistas de Núremberg. Más tarde, un tipo procedente de Perigord, una localidad en Guyena, llamado pierre de Périgueux o lapis petracorius, fue muy apreciado. Wallerius lo consideró una especie distinta; y en mi opinión tiene razón. Sus características distintivas son que se asemeja a carbón quemado o ceniza; tiene una superficie algo brillante, y en la fractura parece presentar finas rayas y un ligero color. Una pieza que tengo en mi poder muestra todas estas características. Esta especie ha sido mencionada por muy pocos de los nuevos mineralogistas. Sin embargo, Alemania ha utilizado durante varios siglos su propio manganeso, el cual, incluso en la época de Biringoccio, se enviaba como artículo comercial a Italia. La distinción entre el metal contenido en el manganeso comercial y el hierro fue demostrada por primera vez mediante los experimentos de Pott en 1740, de Kaim y Winterl en 1770, y de Scheele y Bergman en 1774. Poco después, Gahn logró obtener el metal en estado puro, dándole el nombre de magnesio; término que posteriormente se aplicó al metal contenido en la magnesia, y la palabra manganeso pasó a designar tanto al metal como al mineral negro. Además de su uso en la fabricación del vidrio, hoy en día se emplea ampliamente en la descomposición de la sal común para producir cloro con fines de blanqueo. Recientemente, algunas sales de los óxidos inferiores de manganeso se han utilizado en la impresión de telas como fuente de colores marrones.

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NOTAS AL PIE
561
[La palabra manganeso, estrictamente hablando, designa al propio metal; su peróxido es lo que el autor entiende cada vez que aparece la palabra manganeso en el texto.]
562
Lib. xxxvi. 26, § 25.—Véase Hambergeri Vitri Historia, en Comment. Societ. Götting. tomo IV, año 1754, p. 487.
563
Bajo esta denominación, los autores especializados en el arte de la fabricación del vidrio entienden una mezcla de arena o tierra silícea y sales alcalinas; en las fábricas de vidrio alemanas, donde rara vez se escucha esta palabra, se le llama Einsatz. Parece haber sido traída hasta nosotros, junto con el arte, desde Italia, donde actualmente se escribe fritta; deriva de fritto, que significa algo asado o tostado. Parece ser la misma palabra que freton, que aparece en el poema de Thomas Norton, Crede mihi, sive Ordinale; allí, sin embargo, designa un tipo particular de vidrio sólido, fundido a partir de pequeños fragmentos. Este inglés vivió hacia el año 1477. Su tratado fue impreso en varias ocasiones.
564
[La acción del peróxido de manganeso (el único compuesto del metal utilizado en la fabricación del vidrio) es sencilla y fácil de comprender. La arena (silicato) utilizada en la fabricación del vidrio contiene frecuentemente hierro, el cual, debido al calor necesario para la fusión del vidrio, se reduce al estado de protoxido, lo que confiere al vidrio un color verdoso o amarillento. Además, si hay alguna sustancia orgánica presente en los materiales (y cuando se utiliza sulfato de sodio, se añade carbón), el vidrio no es incoloro. Al añadir peróxido de manganeso, este cede parte de su oxígeno, reduciéndose al protoxido, que permanece incoloro en el vidrio. El protoxido de hierro, al absorber el oxígeno, se convierte al mismo tiempo en peróxido, el cual tampoco confiere color al vidrio, haciendo que este sea incoloro. Si se añade más peróxido de manganeso de lo que el carbono o el protoxido de hierro pueden…]

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Si se reduce, dará al vidrio un tono de color amatista, como se indica en el texto.]
565
Véase la Historia del vidrio rubí en el vol. I, p. 123.
566
Plinio, xxxvi. 26, p. 759, y lib. xxxvii, cap. 6, p. 769; dice que los artesanos podían fabricar vasos de vidrio casi idénticos a los de cristal de roca; pero señala que este último, no obstante, había aumentado de precio.
567
Lib. xxxvii. 24, § 66.
568
Plinio, xxxvi. 8, § 13, p. 735.
569
Speculum Lapidum, París, 1610, 8vo, p. 71. No está de más señalar aquí que este “Alabandicus” de Plinio no debe confundirse, como suele ocurrir, con la piedra preciosa a la que él da el mismo nombre, en lib. xxxvii, cap. 8. El nombre designa propiamente solo una piedra procedente de Alabanda, en Caria. Aparece, aunque muy corrompido, como nombre de una piedra valiosa en escritos de la Edad Media. Véase en Du Cange: Alamandinæ, Alavandinæ, Almandinæ; e incluso en nuestra época, tan fértil en nombres, una piedra que a veces se clasifica entre los rubíes y las granates, y de la cual se dice a veces que tiene afinidad con el topacio y el jacinto, se denomina Alamandine y Alabandiken. Véase Brückman sobre Piedras Preciosas, quien en la segunda continuación, p. 64, deriva la palabra de “Allemands”, sin recordar la derivación correcta, que él mismo indica en la p. 89, según Plinio.
570
Canon Medicinæ, lib. II, tract. 2, cap. 470, de Magnete; y cap. 472, de Magnesia.
571
En su libro De Mineralibus, lib. II, tract. 2, cap. 11.
572
Stirpium et Fossilium Silesiæ Catalogus, Leipzig, 1600, 4to, p. 381.

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PRINCE RUPERT’S DROPS. LÁGRIMAS DE VIDRIO.
Es más que probable que estas gotas, y la propiedad singular que poseen, fueran conocidas en las fábricas de vidrio desde tiempos inmemoriales. Todo el vidrio, cuando se enfría bruscamente, se vuelve frágil y se rompe con el más mínimo rasguño. Por esta razón, desde que se puede rastrear la historia de este arte, siempre se construyó un horno de enfriamiento cerca del horno de fusión. Una gota de vidrio fundido que cayera al agua podría haber dado origen a la invención de estas gotas; al menos, eso podría haber sido el caso al eliminar lo que se denomina el “ombligo” del vidrio. Sin embargo, es cierto que los filósofos experimentales no las conocieron hasta mediados del siglo XVII. Su capacidad para resistir grandes fuerzas aplicadas en el extremo grueso, e incluso golpes; y, por otro lado, su tendencia a convertirse en el polvo más fino cuando se rompe el fragmento más pequeño desde el extremo delgado, son propiedades tan peculiares que deben despertar la curiosidad de los filósofos e inducirlos a examinar estos efectos, especialmente en una época en la que la humanidad en general se esforzaba con gran entusiasmo por conocer mejor los fenómenos de los cuerpos naturales. Por esta razón, se han mencionado en casi todas las introducciones a la filosofía experimental. Determinar el momento exacto en que se conocieron por primera vez parece no presentar muchas dificultades; pero sigue siendo incierto quién y en qué país ocurrió esto. Parece seguro que los primeros experimentos con estas gotas fueron realizados por filósofos en el año 1656. Monconys, quien viajó en esa época, estuvo presente cuando se realizaron tales experimentos en París, ante una sociedad erudita reunida en la casa de Mommor, conocido mecenas de Gassendi; y ese mismo año vio experimentos similares realizados por varios científicos en Londres. Nos dice expresamente que Chanut, el residente sueco, consiguió las gotas de vidrio para los primeros experimentos en París, y que estas gotas provenían de Holanda.

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Parece, por lo tanto, que las primeras gotas de vidrio se fabricaron en Holanda; sin embargo, Montanari, que era profesor de matemáticas en Bolonia, afirma que las primeras no fueron fabricadas por los holandeses, sino por los suecos. Las razones en las que se basa su afirmación son extremadamente débiles. El hecho de que un residente sueco obtuviera aquellas utilizadas para los primeros experimentos no implica necesariamente que fueran fabricadas en fábricas de vidrio suecas, sobre todo porque se dice claramente que fueron traídas de Holanda. Ya en 1661, Henry Regius o Van Roy, profesor en Utrecht, afirmó que estas gotas de vidrio provenían de Suecia; pero quizás esto fuera un olvido, causado por el hecho de que las primeras gotas utilizadas por los filósofos naturales de París fueron obtenidas por un residente sueco. Monconys, cuyo relato muestra evidentes signos de gran prisa y credulidad, denomina a Chanut “Residente de Suecia” y parece haberlo considerado como un residente sueco en la corte francesa; opinión que han seguido muchos hombres de letras. Pero Pierre Chanut era un residente francés en Estocolmo, y en aquel entonces tan conocido que Monconys difícilmente podía ignorar su condición. Fue residente desde el año 1645 hasta 1649; posteriormente fue enviado para resolver las disputas entre Suecia y Polonia, que debían resolverse en Lübeck. Es mencionado con frecuencia en el libro de Pufendorf, *De Rebus Suecicis*, y los relatos impresos de sus misiones y negociaciones contienen material importante para una historia de la reina Cristina, de quien era uno de sus favoritos. Supervisó los funerales de Descartes, quien fue enterrado con gran honor. Nació en 1601; pero no conozco la fecha de su muerte. Era célebre como hombre de gran erudición, y especialmente como matemático competente; no es ni improbable ni siquiera imposible que haya enviado las primeras gotas de vidrio a París desde Suecia; pero, ¿por qué añade Monconys que fueron traídas de Holanda? Cabe mencionar que, unos quince años antes, es decir en 1641, se establecieron las primeras fábricas de vidrio en Suecia, y muy probablemente por parte de alemanes. Es posible que, cuando se vio por primera vez el soplado del vidrio, estas gotas hayan despertado una atención que no habían tenido en Alemania, donde nadie esperaba nada nuevo en las fábricas de vidrio, ya que allí eran algo común y existían desde hacía tiempo. No obstante, nunca se puede demostrar que nuestros vidrieros ya las conocieran en un período mucho anterior.

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En 1695, John Christian Schulenburg, subrector de la escuela catedralicia de Bremen, publicó allí una disertación en alemán sobre las gotas de vidrio y sus propiedades, en la cual afirma que fue informado por fabricantes de vidrio dignos de crédito de que esas gotas habían sido creadas hacía más de setenta años en las fábricas de vidrio de Mecklemburgo, es decir, alrededor del año 1625. Samuel Reyher, profesor en Kiel, dice que Henry Sievers, profesor de matemáticas en el gimnasio de Hamburgo, le aseguró que tales gotas de vidrio le fueron entregadas a su padre por un fabricante de vidrio ya en el año 1637; y que su padre las exhibió ante un grupo de amigos, quienes se sorprendieron mucho por sus efectos. Reyher añade que él mismo vio en Leiden, en 1656, las primeras de estas gotas de vidrio, que habían sido fabricadas en Ámsterdam, donde posteriormente adquirió algunas del mismo tipo; pero en 1666 consiguió una gran cantidad de ellas a un precio muy bajo en las fábricas de vidrio de los alrededores de Kiel. Cabe señalar que Huet, quien prestó considerable atención a la historia de las invenciones, dice que las primeras gotas de vidrio, que también vio en la reunión celebrada en la casa de Mommor, fueron llevadas a Francia desde Alemania. Según Anthony Le Grand, provinieron de Prusia. Las primeras gotas de vidrio fueron llevadas a Inglaterra por el conocido príncipe Rupert, tercer hijo del elector palatino Federico V y de la princesa Isabel, hija de Jacobo I; y experimentos, descritos por Rupert Moray, se realizaron con ellas en 1661 por orden de Su Majestad. Esto lo afirma expresamente Merret; por lo tanto, lo que algunos escritores ingleses han supuesto, es decir, que el propio príncipe Rupert fue el inventor, es completamente erróneo. Los servicios que prestó a las artes útiles fueron demasiado grandes y numerosos como para ser disminuidos o aumentados por cosas tan insignificantes. Aprovecharé esta oportunidad para señalar que esos pequeños recipientes de vidrio herméticamente cerrados y que contienen una gota de agua, los cuales, al colocarse sobre carbones calientes, estallan con un fuerte ruido, y por eso se denominan en alemán knallgläser, es decir, vidrios explosivos, ya eran conocidos antes de 1665. Hooke habla de ellos en su Micrographia, impresa ese mismo año, y Reyher los mencionó en 1669, en su ya citada disertación. En Alemania son fabricados principalmente por artistas de Núremberg; uno de los más célebres de ellos

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Se trataba de Michael Sigismund Hack. Aprendió el arte del soplado del vidrio en Inglaterra, y en 1672 regresó a Núremberg, donde nació en 1643.

NOTAS AL PIE
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No es siempre necesario que el agua esté fría; estas gotas se forman también en agua tibia, así como en cualquier otro líquido, e incluso en cera derretida. Véanse los experimentos de Redi en Miscellan. Naturæ Curios. anni secundi, 1671, p. 426. Funcionan mejor con vidrio verde, aunque yo poseo algo de vidrio blanco, que en cuanto a fragilidad no es inferior al de color verde.
574
El ombligo, en alemán nabel, es esa pieza de vidrio que queda adherida al tubo después de haber soplado algún objeto, y que el artesano debe frotar para eliminarla. Sin embargo, estos ombligos rara vez están en un estado lo suficientemente líquido como para formar gotas.
575
Journal des Voyages de M. Monconys, Lyon, 1666, 4to, ii. p. 162.
576
Commentarius de rebus ad eum pertinentibus, Lips. 1719.
577
Historia Naturalis. Edit. secunda, Londini 1680, 4to, p. 37.
578
En sus Observations on Neri Ars Vitraria, Amstel. 1668, 12mo.
579
Esto lo dice, por ejemplo, Grainger en su Biographical History of England. Londres, 1769, vol. ii. parte 2, p. 407.
580
Este libro solo se imprimió una vez, pero la portada indica la fecha de 1667. Véase Biographia Britannica, iv. p. 2654.
581
Doppelmayer, p. 276.

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MÁQUINAS CONTRA INCENDIOS.
Dejaré la invención de las bombas a aquellos que se encarguen de escribir la historia de la hidráulica; aquí solo diré que, según el testimonio de Vitruvio, en general se atribuye su invención a Ctesibio, razón por la cual se les denomina máquinas ctesíbias. Ctesibio vivió en Alejandría en la época de Ptolomeo Filadelfo y Ptolomeo Euergetes I, es decir, dos siglos antes de la era cristiana. Mi objetivo actual se limita a exponer lo que sé sobre la pregunta: ¿En qué momento se utilizaron por primera vez estas máquinas para apagar incendios?
Para ello, sin embargo, era necesario que la bomba, que al principio se utilizaba únicamente para elevar agua, sufriera algunas modificaciones. Para usarla en la extinción de incendios, era preciso que el agua fuera expulsada rápidamente desde la abertura superior, a la mayor altura posible; mientras que para el primer propósito, bastaba con que el agua fuera lanzada en cantidad suficiente para llegar al lugar destinado. Añadir más partes para la extinción de incendios habría sido una imperfección, ya que la fuerza que daba a la agua una velocidad innecesaria podría emplearse con mayor eficacia para elevar una mayor cantidad de agua.
En mi opinión, es muy probable que Ctesibio tuviera la idea de convertir su bomba en una máquina contra incendios, ya que su discípulo, Herón de Alejandría, habla expresamente de este uso y describe la construcción de una bomba con dos cilindros. Pero es muy dudoso que esta aplicación se generalizara pronto, y si los antiguos romanos conocían esta útil máquina. Lo que he podido averiguar al respecto es lo siguiente:
Plinio el Joven, después de contarle al emperador Trajano, en una de sus cartas, que la ciudad de Nicomedia en Bitinia había sido casi completamente destruida por un incendio, añade que la devastación se agravó debido a una tormenta violenta que ocurrió en ese momento, a la pereza de los habitantes y a…

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falta de máquinas o aparatos adecuados para extinguir las llamas. La palabra sipho, que el autor utiliza aquí, era sin duda la bomba contra incendios de Ctesibio; aunque algunos entienden bajo este término únicamente acueductos, canales y tuberías para distribuir agua por toda la ciudad. No negaré que esta palabra pudiera significar tales tuberías, sobre todo debido a un pasaje en 585
Strabón, donde habla de los conductos subterráneos de Roma y dice que casi todas las casas tenían cisternas, sifones o tuberías de agua, además de corrientes de agua. Pero Plinio menciona al mismo tiempo cubos de agua, que pueden considerarse como un accesorio absolutamente necesario para una bomba contra incendios. También es difícil creer que una ciudad situada directamente en un 586
brazo de mar estuviera desprovista de agua.
Sin embargo, puedo presentar, a partir de un escritor contemporáneo, una prueba contundente de que Plinio se refería aquí a una bomba contra incendios, y no he encontrado que ese pasaje haya sido citado anteriormente. Apolodoro, el arquitecto que fue empleado por el emperador Trajano para construir el famoso puente sobre el Danubio y levantar algunas grandes obras en Roma, y que fue ejecutado por su sucesor Adriano como venganza por una respuesta burlona que recibió de él, según nos cuenta Dión Casio, describe en el fragmento de su libro sobre máquinas de guerra cómo se puede prestar ayuda cuando la parte superior de un edificio está en llamas y la máquina llamada sipho no está a mano. En este caso, se deben atar bolsas de cuero llenas de agua a tuberías largas de tal manera que, al presionar las bolsas, el agua pueda ser forzada a través de las 587
tuberías hasta el lugar en llamas. Por lo tanto, el sipho era una máquina mediante la cual el agua podía proyectarse fácilmente a una altura considerable, para extinguir un lugar en llamas al que no se podía llegar por ningún otro medio.
Que, al menos en el siglo IV, se entendía por sipho una bomba contra incendios, propiamente dicha, lo demuestran plenamente Hesiquio y también 588
Isidoro, que vivió a principios del siglo VII. Como este último señala que tales máquinas se empleaban en Oriente para extinguir incendios, hay razones para concluir que entonces no se utilizaban en Occidente.
Sigue sin resolverse la pregunta de cuándo se introdujo en Roma este aparato para extinguir incendios. A partir de las numerosas ordenanzas para prevenir accidentes por incendios y en relación con su extinción, que

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Dado que esto ocurre en las leyes romanas, hay motivos para suponer que esta capital no carecía de esos útiles instrumentos y máquinas, cuya falta en una ciudad provincial lamenta Plinio, y que él mismo había suministrado. Sin embargo, no puedo demostrar esta conjetura; y ejemplos tanto de la antigüedad como de la época moderna demuestran que buenas instalaciones policiales en ciudades pequeñas no siempre se encuentran en las capitales. Antioquía y varias otras ciudades contaban con faroles, algo que incluso faltaba en la orgullosa Roma. Pero lo que suscita alguna duda es que nunca se mencionan máquinas contra incendios en los numerosos relatos sobre los incendios que ocurrieron en esa ciudad. Actualmente es imposible hablar de este tipo de desgracia sin indicar si se reunió un número suficiente de máquinas y qué efecto tuvieron, como no dejó de hacer Plinio en su breve relato del incendio de Nicomedia.

Sin embargo, un pasaje de Ulpiano se cita con frecuencia como prueba de que en su tiempo existían máquinas contra incendios en Roma. Allí, al enumerar las cosas que deben pertenecer a una casa cuando se vende, menciona, además de otros artículos utilizados para apagar incendios, sifones. Pero si esta palabra significa aquí máquinas contra incendios, el pasaje parece probar demasiado; pues entonces habría que admitir que cada casa tenía su propia máquina contra incendios. Por lo tanto, estos instrumentos debieron ser pequeñas máquinas manuales, como las que hoy en día se conservan en muchas casas; y en ese caso, el pasaje no puede invocarse como prueba de máquinas públicas, como las que Plinio lamentaba faltar en Nicomedia. Pero es mucho más probable que Ulpiano se refiera solo a esos sifones que, según el relato de Estrabón, se encontraban en todas las casas de Roma; es decir, tuberías que transportaban agua para usos domésticos.

Debido a la total ausencia de máquinas contra incendios, o a la forma imperfecta en que estaban construidas, lo que dice Séneca debió ser cierto: a saber, que la altura de las casas en Roma hacía imposible apagarlos cuando estaban en llamas. Que los edificios allí eran extremadamente altos, y que las calles, los puentes e incluso las principales vías eran notablemente estrechas, es bien sabido. Archenholz y otros suponen que las casas en Roma se construían a tal altura debido al gran calor de ese clima cálido; pero la razón principal fue, sin duda, la que señaló Vitruvio, la cual sigue produciendo un efecto similar. Por falta de espacio en tierra,

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Los edificios se extendían hacia el cielo; de tal modo que finalmente la altura máxima permitida para un edificio fue fijada por ley en setenta pies, y posteriormente en sesenta pies. En Hamburgo, donde el terreno es caro y cada día cobra más valor, la mayor parte de las casas tiene una altura ligeramente inferior a sesenta pies; unas pocas incluso alcanzan los setenta pies. El hecho de que esto haga difícil, si no imposible, apagar los incendios, a pesar de la perfección de las máquinas alemanas, queda demostrado por el triste ejemplo de Gera, donde ahora se construyen casas más bajas. Con la máquina de Neubert, probada en Hamburgo en 1769, ocho bomberos lograron lanzar once pies y medio cúbicos de agua a una altura de sesenta y dos o sesenta y tres pies.

En Oriente, las máquinas se empleaban no solo para apagar los incendios, sino también para provocarlos. El fuego griego, inventado por Calínico, un arquitecto de Heliópolis —ciudad que posteriormente recibió el nombre de Balbek— en el año 678, cuyo uso continuó en Oriente hasta el año 1291, y que sin duda era líquido, se utilizaba de muchas maneras diferentes; pero principalmente a bordo de los barcos, siendo lanzado desde grandes máquinas contra los barcos enemigos. A veces este fuego se encendía en embarcaciones especiales, que podrían llamarse barcos incendiarios, y que eran introducidos entre una flota enemiga; otras veces se colocaba en jarros y otros recipientes, que eran lanzados contra el enemigo mediante máquinas propulsoras, y otras veces era rociado por los soldados desde máquinas manuales; o, como parece, soplado a través de tuberías. Pero las máquinas con las cuales este fuego era lanzado desde la proa de los barcos no podían ser ni máquinas manuales ni tales tuberías. Estaban hechas de cobre y hierro, y su extremo a veces se parecía a la boca abierta y a las mandíbulas de un león u otro animal; estaban pintadas e incluso doradas, y parece que eran capaces de proyectar el fuego a una gran distancia. Estas máquinas son llamadas expresamente “máquinas lanzadoras” por los escritores antiguos. Juan Cameniatas, al hablar del asedio de su ciudad natal, Tesalónica, que fue tomada por los sarracenos en el año 904, dice que el enemigo lanzó fuego contra las fortificaciones de madera de los sitiados, fuego que era soplado hacia ellas mediante tubos y lanzado desde otros barcos. Este pasaje, que no encuentro citado en ninguna de las obras que tratan sobre el fuego griego, demuestra que los griegos, a principios del siglo X, ya no eran los únicos conocedores del arte de preparar este fuego.

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El fuego, precursor de nuestra pólvora. El emperador León, quien más o menos en la misma época escribió su obra sobre el arte de la guerra, recomienda que se construyan tales máquinas, con una cubierta metálica, en la parte delantera de los barcos, y posteriormente menciona en dos ocasiones máquinas para lanzar fuego griego. En Oriente era fácil concebir la idea de cargar algún tipo de bomba con fuego griego; ya que el uso de una bomba para apagar incendios era conocido allí desde hacía tiempo, antes de la invención de Calínico.
No puedo determinar en qué momento las ciudades de Alemania fueron equipadas por primera vez con máquinas contra incendios. En mi opinión, ya existían regulaciones relativas a los incendios mucho antes que las máquinas mismas; y estas últimas no parecen ser anteriores a la primera mitad del siglo XVI. La más antigua que conozco relativa a la ciudad de Frankfurt del Meno data del año 1460. La primera ordenanza general sobre incendios en Sajonia fue emitida por el duque Jorge en 1521. La primera para la ciudad de Dresde, que también se extendía a todo el país, data de 1529. En muchas ciudades, las primeras regulaciones establecidas por las autoridades públicas para prevenir incendios seguramente se encontrarán en las normas generales sobre construcción, las cuales parecen ser algo más antiguas que las ordenanzas específicas relativas a los incendios. En Augsburgo, se redactó una norma específica sobre construcción y se hizo pública ya en 1447. Al revisar crónicas antiguas, se señala que los grandes incendios comenzaron a ocurrir con menos frecuencia en el siglo XVI; y esto se debe sin duda a las mejores técnicas de construcción, a las precauciones impuestas por los gobiernos para evitar incendios y a la introducción de aparatos para extinguirlos. Pero con la invención de las máquinas contra incendios, todo cambió tanto en este aspecto que se hizo necesaria una revisión completa de las normas relativas a la extinción de incendios; por lo tanto, la primera mención de máquinas contra incendios en las ciudades probablemente se encuentre en las nuevas ordenanzas sobre incendios del siglo XVI y siguientes.
Von Stetten señaló que, en los registros de construcción de la ciudad de Augsburgo, las máquinas contra incendios se mencionan por primera vez en el año 1518. Allí se les denomina instrumentos para incendios, jeringas de agua útiles en casos de incendio; y estos nombres parecen indicar que la máquina estaba aún en sus inicios. En aquel entonces, fueron fabricadas por un orfebre de Friedberg llamado Anthony Blatner, quien ese mismo año se convirtió en ciudadano de Augsburgo. Según los registros adicionales, las ruedas y palancas fueron fabricadas por un herrero de ruedas.

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Dada la magnitud de los gastos, hay motivos para concluir que no se trataba de máquinas pequeñas y simples de uso manual, sino de aparatos grandes y complejos. En ese respetable diccionario titulado Maaler’s Teutschsprach, publicado en Zúrich en 1561, encuentro menciones de ganchos contra incendios y escaleras contra incendios, pero ningún instrumento similar a una camión de bomberos. En el año 1657, el conocido jesuita Caspar Schott se sintió admirado al ver en Núremberg un camión de bomberos fabricado allí por John Hautsch. Este estaba montado sobre un trineo de diez pies de largo y cuatro pies de ancho. La cisterna de agua medía ocho pies de largo, cuatro de alto y dos de ancho. Era manejado por veintiocho hombres, y era capaz de lanzar un chorro de agua de 602 pulgadas de diámetro a una altura de ochenta pies; por lo tanto, podía llegar hasta las casas. La máquina era tirada por dos caballos. Hautsch distribuyó por toda Alemania una grabación de ella, ofreciéndose a construir máquinas similares a un precio razonable y a enseñar su uso; pero se negó a mostrarle a Schott su estructura interna, aunque este logró deducirla fácilmente. Por lo que dice sobre ella, se puede percibir fácilmente que los cilindros no estaban en posición vertical, sino horizontalmente dentro de una caja, de modo que los pistones se movían horizontalmente y no verticalmente, como ocurre actualmente. Por lo tanto, los cilindros verticales parecen ser una mejora más reciente. Schott añade que no se trataba de una invención nueva, ya que existían tales máquinas en otras ciudades; él mismo, cuarenta años antes, es decir en 1617, había visto uno, pero mucho más pequeño, en su ciudad natal. Como es bien sabido, nació en 1608 en Königshofen, no lejos de Würzburg. George Hautsch, hijo del artista mencionado, también construyó máquinas similares, quizás con mejoras, ya que Wagenseil y otros le atribuyen la invención. Las primeras regulaciones en París relativas a los incendios, por lo que se sabe, se establecieron para controlar a los incendiarios, quienes en el siglo XIV, bajo el nombre de Boutefoux, causaron grandes destrozos, no solo en la capital, sino también en las provincias. Parece que esta ciudad obtuvo sus primeros camiones de bomberos en el año 1699; en todo caso, el rey de esa época otorgó el derecho exclusivo a Dumourier Duperrier para construir esas máquinas llamadas pompes portatives; este recibía un salario para mantener en buen estado diecisiete de ellas, adquiridas para París, y para encontrar y pagar a los trabajadores necesarios. En el año 1722, el número de estas máquinas aumentó a treinta, las cuales fueron distribuidas en diferentes barrios de la ciudad.

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Y en aquel tiempo, los contratistas recibían anualmente 20.000 libras. La ciudad, sin embargo, además de esos treinta motores reales, contaba con muchos otros que pertenecían al Ayuntamiento, y con los cuales el señor Duperrier no tenía nada que ver. A mediados del siglo XVII, los motores contra incendios eran, de hecho, aún muy imperfectos. No tenían ni cámara de aire ni cubos, y requerían a muchos hombres para funcionar. Consistían simplemente en una bomba de succión y una bomba de expulsión unidas, las cuales proyectaban el agua solo en chorros intermitentes. Dichas máquinas, con cada movimiento de la palanca, experimentaban una parada durante la cual no se lanzaba agua alguna; y como la tubería era fija, no podía transportar agua a lugares lejanos, aunque sí podía llegar hasta un incendio que no estuviera demasiado distante, siempre y cuando hubiera puertas y ventanas que permitieran su paso. Al mismo tiempo, los trabajadores corrían peligro por la caída de los edificios en llamas, y debían alejarse de ellos a mayor distancia. Hautsch, sin embargo, había adaptado a su motor una tubería flexible, que podía girarse hacia cualquier lado según fuera necesario, pero ciertamente no contaba con cámara de aire; de lo contrario, Schott lo habría mencionado. En la época de Belidor no había otros motores en Francia, y en Inglaterra, en 1760, solo se utilizaba este mismo tipo de motores. Al menos, ese es el conclusión del profesor Busch, basándose en la descripción que entonces dio Ferguson, quien calificó al motor de Newsham, que proyectaba el agua en un chorro continuo, como una invención nueva. En Alemania, los motores más antiguos son de este tipo. No se sabe quién fue el primero en concebir la idea de aplicar a los motores contra incendios una cámara de aire, en la cual el aire contenido, al comprimir el agua, la fuerza a salir en un chorro continuo. Según una conjetura de Perrault, Vitruvio parece hablar de una construcción similar; pero Perrault mismo admite que ese pasaje oscuro podría interpretarse de otra manera. La cámara de aire, en su funcionamiento, tiene similitudes con la fuente de Hero, en la cual el aire comprimido por el agua obliga a esta a ascender. No puedo encontrar ningún motor contra incendios más antiguo que el que Perrault describió y del cual proporcionó una ilustración. Dice que se guardaba en la biblioteca del rey en París, y que durante los incendios podía proyectar agua a gran altura; que solo tenía un cilindro, y aun así lanzaba el agua en…

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un chorro continuo. No menciona ni su antigüedad ni al inventor; y solo puedo añadir que su libro fue impreso en 1684. Sin embargo, el principio de esta máquina parece haber sido mencionado anteriormente por Mariotte, quien por este motivo es considerado por algunos como el inventor; pero no parece haber tenido ninguna idea sobre una bomba contra incendios, al menos no la menciona. Es cierto que la cámara de aire, al menos en Alemania, entró en uso general después de ser aplicada por Leupold a las bombas contra incendios, de las cuales fabricó y vendió un gran número. La describió en una obra breve, compuesta por cuatro hojas en formato cuarto, que fue publicada en 1720, pero al principio mantuvo su construcción en secreto. Las bombas que vendía consistían en una caja de cobre resistente, herméticamente cerrada y bien soldada. Pesaban no más de dieciséis libras, ocupaban poco espacio, tenían solo un cilindro; y una persona con una de ellas podía elevar agua sin interrupciones hasta una altura de veinte a treinta pies. Alrededor de 1725, Du Fay vio una de las bombas de Leupold en Estrasburgo y, por conjetura, descubrió su construcción, la cual dio a conocer en las Actas de la Academia de Ciencias de París de ese año. Es muy extraño que en esta ocasión Du Fay no hable nada de Mariotte, ni de la bomba de la biblioteca del rey. Leupold, sin embargo, ya había dado, algún tiempo antes, es decir en 1724, una descripción y un dibujo en su Theatrum Machinarum Hydraulicarum, con los cuales sin duda Du Fay no estaba familiarizado.

Otra mejora, no menos útil, es la manguera de cuero añadida a la bomba, que puede alargarse o acortarse según sea necesario, y a la cual se conecta la manguera contra incendios, de modo que la persona que dirige el chorro de agua puede acercarse al fuego con menos peligro. Esta invención, como es bien sabido, pertenece a dos holandeses, ambos llamados Jan van der Heide, que eran inspectores de los aparatos para extinguir incendios en Ámsterdam. Los primeros experimentos públicos realizados con ella tuvieron lugar en 1672; y tuvieron tanto éxito que, en un incendio del año siguiente, las bombas antiguas se utilizaron por última vez y se introdujeron las nuevas en su lugar. En 1677, el inventor obtuvo un privilegio exclusivo para fabricar estas bombas durante un período de veinticinco años. En 1682, se distribuyeron bombas de esta construcción en suficiente cantidad por toda la ciudad, y las antiguas fueron completamente abandonadas. En 1695 había en Ámsterdam sesenta de estas bombas, las

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Los seis más cercanos debían emplearse en cada incendio. En el transcurso de unos pocos años, se hicieron comunes en todas las ciudades de los Países Bajos. Todas estas circunstancias han sido relatadas por el inventor en una obra específica; la cual, debido a las excelentes grabaciones que contiene, es sumamente valiosa. De ellas, las siete primeras representan conflagraciones peligrosas en las que se utilizaron las antiguas máquinas, pero que produjeron muy poco efecto. Una de ellas es el incendio que tuvo lugar en el ayuntamiento de Ámsterdam en el año 1652. Las doce láminas siguientes representan incendios que fueron extinguidos mediante las nuevas máquinas, y muestran, al mismo tiempo, las diversas maneras en que estas pueden emplearse con ventaja. Según un cálculo adjunto, la ciudad de Ámsterdam perdió, debido a diez incendios cuando se utilizaban los aparatos antiguos, 1.024.130 florines; pero en los cinco años siguientes, tras la introducción de las nuevas máquinas, las pérdidas causadas por cuarenta incendios ascendieron solo a 18.355 florines; de modo que el ahorro anual fue del noventa y ocho por ciento. De la construcción interna de estas máquinas no se ha dado ninguna descripción ni láminas; tampoco recuerdo haber leído en ningún autor un pasaje del cual se pueda concluir que estuvieran equipadas con una cámara de aire, aunque en las patentes siempre se les llamó máquinas propulsoras de chorro, que lanzaban un chorro continuo de agua. La descripción incluso de la naturaleza del tubo o manguera es breve y deficiente, probablemente con el fin de dificultar su imitación. Solo se dice que estaba hecho de cuero de una manera particular; y que, además de ser grueso, era capaz de resistir la fuerza del agua. El transportador también fue inventado más o menos en la misma época por estos dos holandeses. Este nombre se da actualmente a una caja que tiene en un lado una bomba de succión y en el otro una bomba de presión. La primera sirve para elevar el agua de un arroyo, pozo u otro reservorio, mediante un tubo de cuero rígido, cuyo extremo cuenta con un colador metálico perforado para evitar la entrada de suciedad, y que se mantiene suspendido sobre el lodo gracias a un trozo redondo de corcho. La bomba de presión impulsa el agua así extraída a través de un tubo de cuero hacia la máquina, haciendo innecesario el laborioso transporte del agua con cubos. Al principio, de hecho, esta máquina era sumamente sencilla. Consistía únicamente en un tubo de cuero atornillado a la máquina, cuyo extremo se ensanchaba formando una bolsa sostenida cerca del reservorio y mantenida abierta mediante un marco, mientras

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Los trabajadores vertían agua en él con cubos. Sin embargo, los Van der Heides construyeron pronto una bomba para este fin, a la que llamaron “bomba de serpiente”. Con ella pudieron transportar el agua a una distancia de mil pies; pero no encuentro ninguna descripción sobre la forma en que fue fabricada. Por la figura, tiendo a pensar que utilizaron solo un cilindro con una palanca. A veces también colocaban una bomba portátil en el agua, la cual era así aspirada por una manguera de cuero conectada a ella y transportada hasta la máquina. Cada tubo o manguera utilizada para transportar agua de esta manera se denominaba “wasserschlange”, es decir, “serpiente de agua”; y no estaba hecha de cuero, como la manguera utilizada con las mangueras de incendios, sino de tela de vela. No obstante, afirmaban que requería una preparación especial, que consistía en hacerla estanca mediante un cemento adecuado. El tubo por el cual se aspiraba el agua también debía ser reforzado y estirado con anillos metálicos; de lo contrario, el aire exterior, con el primer movimiento de la bomba, comprimiría el tubo, impidiéndole admitir agua. De esto se deduce que los tubos hechos de tela de vela no son una invención tan reciente como muchos han supuesto. Hay que reconocer que nuestro aparato actual para transportar agua a los camiones de bomberos es mucho más ingenioso y práctico; pero recomendaría encarecidamente que en todas las ciudades haya bombas o pozos de agua desde los cuales se puedan conectar tubos, cuyo extremo esté atornillado al camión de bomberos. Los Van der Heides, entre las ventajas de su invención, señalaron que este aparato hacía innecesario el uso de cubos de cuero, que son costosos, o al menos reducía su número, así como el de los trabajadores. A partir de este relato, cuya veracidad no puede dudarse, se puede creer fácilmente que las máquinas con mangueras de cuero ciertamente no fueron inventadas por Gottfried Fuchs, director del equipo de bomberos de Copenhague, en el año 1697, como se anunció públicamente en 1717, con la adición de que esta invención fue pronto empleada tanto en Holanda como en Hamburgo. Parece que Fuchs simplemente dio a conocer la invención holandesa en Dinamarca, con motivo del gran incendio que tuvo lugar el 19 de abril de 1689 en el teatro de Amalienburg, cuando se destruyó el hermoso palacio del mismo nombre y más de 350 personas murieron. En cualquier caso, según la historia, como consecuencia de esta catástrofe se introdujeron mejoras en el sistema de bomberos mediante nuevas regulaciones emitidas el 23 de julio de 1689.

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Se introdujeron motores para los extintores holandeses, que habían sido utilizados durante más de doce años en Ámsterdam. Sin embargo, este tipo de mangueras o tuberías para transportar agua no eran del todo desconocidas para los antiguos. Al menos el arquitecto Apolodoro dice que, para llevar agua a lugares elevados expuestos a proyectiles incendiarios, se podía emplear el intestino de un buey, al cual se le colgaba una bolsa llena de agua; al comprimir la bolsa, el agua era forzada a subir por el intestino hasta su destino. Se trataba de un sistema de transporte de lo más sencillo. Entre las últimas propuestas para mejorar estas mangueras está la de tejerlas sin costuras. En 1720, algunas de este tipo fueron fabricadas con cáñamo en Leipzig por Beck, un tejedor de encajes, según nos cuenta Leupold en su obra mencionada anteriormente sobre los extintores, impresa ese mismo año. Después de eso, fueron fabricadas por Erke, un tejedor de lino de Weimar; y en un período posterior, se fabricaron con lino en Dresde y también en Silesia. En Inglaterra, Hegner y Ehrliholzer tenían una fábrica en Bethnal Green, cerca de Londres, donde fabricaban mangueras estancas sin costuras. Algunas de este tipo son fabricadas por M. Mögling en su finca cerca de Stuttgart, con un telar de su propia invención, y actualmente se utilizan en muchas ciudades del ducado de Württemberg. Debo señalar aquí que Braun tenía un telar con el cual se podían tejer camisas sin costuras, como esas curiosas obras de arte que a veces llegaban de las Indias Orientales, y de las cuales él ha dado una descripción detallada junto con una ilustración. Por último, debo observar que, a pesar de la creencia de los turcos en la predestinación, los extintores se utilizan en Constantinopla, habiendo sido introducidos por Ibrahim Effendi. [Los extintores que se utilizan actualmente funcionan según el principio de la cámara de aire descrito anteriormente. El señor Braithwaite ha aplicado la energía del vapor al funcionamiento de los extintores. Según este principio, se han construido locomotoras y motores flotantes. La primera fue utilizada por primera vez en un incendio en los Argyle Rooms en 1830. Se necesitaron dieciocho minutos para que el agua en la caldera alcanzara los 212°, y arrojaba de treinta a cuarenta toneladas de agua por hora, a una altura de noventa pies. Otros dos fueron construidos por el mismo ingeniero; uno de ellos arrojaba noventa toneladas de agua por hora.]

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Uno fabricado para el rey de Prusia arrojaba unas 61¾ toneladas por minuto. En el motor a vapor que se encuentra en el Támesis, la maquinaria o bien impulsa la embarcación o bien hace funcionar las bombas según sea necesario. Las tuberías utilizadas para transportar el agua desde los grifos hasta los motores están ahora hechas de cuero, siendo las costuras ya sea cosidas o sujetas con remaches metálicos.]

NOTAS AL PIE
582
Lib. x. cap. 12, p. 347. Comparar lib. ix. cap. 9. p. 321.
583
En ese libro titulado Πνευματικὰ, o Spiritualia. Puede encontrarse en griego y latín en Veterum Mathematicorum Opera, París 1693, fol. p. 180.
584
Epist. 42, lib. x.
585
Lib. v. edición Almel. p. 360.
586
Plin. lib. v. cap. ult.
587
Poliorcetica, p. 32, en Veterum Mathematicorum Opera.
588
Orig. xx. 6. Los motores contra incendios se utilizan en muchas ciudades para lavar las ventanas de los pisos superiores, que no pueden abrirse.
589
Véase Digest. i. tit. 15, donde se ordena a todas las personas tener siempre agua preparada en sus casas. También Digest. 47, tit. 9. Muchas cosas relacionadas con este tema pueden encontrarse en L. A. Hambergeri Opuscula, Jena y Leipzig 1740, 8vo, p. 12; en la Dissertation de Incendiis. Más información sobre el sistema policial romano en materia de incendios se encuentra en dos disertaciones, tituladas G. C. Marquarti de Cura Romanorum circa Incendia. Leipzig 1689, 4to. Y Ev. Ottonis Dissertat de Officio Præfecti Vigilum circa Incendia. Ulm 1733.

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590
Digest. xxxiii. 7, 18. Dier. Genial. v. 24.
591
Controvers. 9, libri ii.
592
En Alemania también, en la antigüedad, los caminos y la distancia entre las huellas dejadas por las ruedas de los carros eran muy estrechos. Hace algunos años, cuando se construyó el nuevo horno para tejas frente a la puerta de Geismar en Gotinga, se encontró a gran profundidad una prueba de su antigüedad: una calle o camino que antiguamente conducía a la ciudad, con un espacio tan reducido marcado por las ruedas de los carros, que no se ve nada similar en Alemania.
593
Lib. ii. cap. 8.
594
Hanovii Disquisitiones. Gedani 1750, 4to, p. 65.
595
Annæ Comnenæ Alexiad. lib. 16. p. 385; πῦρ ὑγρόν.
596
Una máquina proyectil de este tipo es mencionada por Joinville, p. 39.
597
Véase el pasaje de Anna Comnena citado por Hanov., p. 335.
598
En Leonis Allatii Σύμμικτα. Colon. 1653, 8vo, p. 239.
599
Cap. 19, § 6, p. 322.
600
Pp. 344, 346.
601
Así, en el año 1466 se prohibió el uso de techos de paja, y en 1474 se prohibió el uso de tejas en Fráncfort. —Lersner, ii. p. 22.
602
Doppelmayer dice que el agua era elevada a una altura de cien pies.
603
Doppelmayer, p. 303.
604
Contin. du Traite de la Police, por De la Mare, p. 137.

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605
Mathematik zum Nutzen und Vergnügen, 8vo, p. 396.
606
Lib. x. cap. 12.
607
Spiritualia, 36, p. 35.
608
Vol. i. p. 120, tab. 45, fig. 2.
609
Sin embargo, en la patente se les denominaba Jan y Nicholas van der Heyden.
610
Beschryving der nieuwliiks uitgevonden Slang-Brand-Spuiten, Jan van der Heide, Amst. 1690, folio.
611
Poliorcet. página 32.
612
Leipziger Intelligenzblatt, 1775, p. 345; y 1767, p. 69. Teutscher Merkur, 1783.
613
Lysons’s Environs of London.
614
Vestitus Sacerdotum Hebræorum. Amst. 1701, 4to, i. p. 273. Se puede encontrar mucha información útil sobre diversas mejoras en los aparatos para extinguir incendios en Aug. Niemann, Uebersicht der Sicherungsmittel gegen Feuersgefahren. Hamb. und Kiel, 1796, 8vo.

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ÍNDIGO.
Es más que probable que el índigo, ya en la época de Dioscórides y Plinio, fuera llevado a Europa y utilizado allí para teñir y pintar. Trataré de demostrarlo; pero bajo ese nombre debe entenderse todo tipo de pigmento azul, obtenido a partir de plantas mediante fermentación y convertido en una sustancia frágil por desecación. Aquellos que sostengan que el verdadero índigo debe obtenerse de las plantas denominadas en el sistema botánico Indigofera tinctoria, limitarían demasiado el tema; ya que la sustancia que nuestros comerciantes y tintoreros consideran como verdadero índigo se prepara, en diferentes países, a partir de un gran número de plantas, que ni siquiera son variedades de la misma especie.
Antes de que se establecieran las colonias americanas, todo el índigo utilizado en Europa provenía de las Indias Orientales; y hasta el descubrimiento de una ruta alrededor del Cabo de Buena Esperanza, era transportado, al igual que otras producciones indias, en parte a través del Golfo Pérsico y en parte por tierra hasta Babilonia, o a través de Arabia y por el Mar Rojo hasta Egipto, desde donde era transportado a Europa. Teniendo en cuenta este largo trayecto, y dado que el producto no se obtenía, según la expresión italiana, de forma directa, no es de extrañar que nuestro conocimiento sobre su país de origen y sobre la forma de prepararlo fuera extremadamente incierto e imperfecto. ¿Es sorprendente que los productos, siempre obtenidos a través de Arabia, sean considerados como producciones de ese país; y que muchas mercancías que eran fruto del arte sean presentadas como productos de la naturaleza? Durante más de cien años, los holandeses compraron a los sajones cobalto y esmalte elaborado a partir de él, y los vendían nuevamente en la India; y los indios sabían tan poco sobre dónde y cómo los holandeses los obtenían, como los sajones sabían sobre quienes eran los compradores y consumidores finales. La verdadera naturaleza del índigo no era conocida en general en Europa hasta que los europeos lo obtuvieron directamente; sin embargo, mucho tiempo después de ese período, e incluso en las cartas patentes obtenidas el 23 de…

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Diciembre de 1705: los propietarios de las minas en el principado de Halberstadt y en el condado de Reinstein clasificaron el índigo entre los minerales, motivo por el cual se permitió la construcción de obras relacionadas con su extracción; pero esto solo demuestra la ignorancia de esos empresarios, así como de sus superiores, cuando leían lo que habían escrito, y confirma la justeza del consejo de Ovidio: “Disce bonas artes, moneo, Germana juventus; Non tantum trepidos ut tueare reos”.

Lo que Dioscórides llama Indicon, y Plinio y Vitrubio Indicum, estoy firmemente inclinado a creer que era nuestro índigo. Era un pigmento azul procedente de la India, utilizado tanto en pintura como en teñido. Al ser molido, producía un polvo negro; al disolverse en agua, daba lugar a una mezcla agradable de azul y púrpura. Pertenecía a los tintes costosos, y a menudo se adulteraba añadiéndole tierra. Por esta razón, aquel que era suave, sin ninguna aspereza, y que se asemejaba a un jugo espeso, era considerado el mejor. Plinio cree que el índigo puro puede distinguirse del adulterado quemándolo, ya que el primero produce una llama de color púrpura extremadamente hermosa y emite un olor similar al del agua de mar. Tanto él como Dioscórides hablan de dos tipos: uno de ellos se adhería a los juncos, en forma de lodo o espuma arrojada por el mar; el otro, según dice Dioscórides, se recogía de los bordes de los recipientes utilizados para teñir, en forma de espuma de color púrpura; y Plinio señala expresamente que se recolectaba de esta manera en las fábricas de teñido de púrpura. El primero también menciona que el Indicum pertenecía a los medicamentos astringentes; que se utilizaba para úlceras e inflamaciones, y que limpiaba y curaba heridas.

Esto es todo, por lo que sé, lo que se encuentra en las obras de los antiguos sobre el Indicum. Lo he presentado en detalle, con la mayor precisión posible, y he añadido referencias a las palabras originales de los autores, para que el lector pueda comparar y juzgar mejor. Es cierto que Indicon aparece en otros pasajes; pero seguramente era diferente del ya mencionado. Me refiero, por ejemplo, al Indicon negro de Arriano y al Indicon de Hipócrates. Del primero trataré en particular más adelante; y respecto al segundo, me remito al autor citado en la nota.

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Más abajo. No es en absoluto sorprendente que estos nombres se apliquen a más productos indios, ya que actualmente damos el apelativo de “indio” a muchos tipos de frutas, flores, aves y otras cosas. De hecho, los antiguos no eran tan cuidadosos como para distinguir siempre, mediante una adición adecuada, los numerosos artículos a los que daban el nombre de “Indica”; y tenían motivos para esperar que sus contemporáneos comprendieran fácilmente, por la conexión, el tipo al que realmente se referían. Sin embargo, sus comentaristas, en tiempos posteriores, pensaron en su mayoría solo en una especie o cosa concreta, y por este medio incurrieron en errores que aquí intentaré corregir.

Todo lo que dijeron los antiguos sobre el “Indicum” parece coincidir perfectamente con nuestro índigo. El país propio de esta producción es la India; es decir, Gujarat o Gutscherad, y Cambaya o Cambaya, desde donde parece haber sido llevado a Europa desde los períodos más remotos. Se le menciona de vez en cuando en cada siglo; nunca se habla de él como de un producto nuevo, y siempre ha conservado su antiguo nombre; lo cual parece ser una prueba de que se ha utilizado y empleado en el comercio sin interrupción.

Es cierto, como dicen los antiguos, que el buen índigo, cuando se pulveriza, tiene un color negruzco. La tintura, sin embargo, es en parte azul y en parte púrpura; pero bajo este último término debemos entender un violeta agradable, y no, como suele ocurrir, nuestro escarlata. También es cierto que el buen índigo es suave o liso al tacto cuando se tritura; flota sobre el agua, y actualmente, al igual que en la época de Plinio, se adultera y se vuelve más pesado por la mezcla de alguna tierra, que en general parece ser pizarra finamente triturada. Además, es cierto que su pureza puede descubrirse quemándolo. El índigo libre de todo cuerpo extraño deja poca ceniza, mientras que el impuro deja una gran cantidad de tierra. Plinio, quizás, no comprendió correctamente esta prueba por el fuego, y añadió, por conjetura, lo que dice respecto al color de la llama y al olor del humo, para que esta prueba no quedara sin explicación. Es posible, sin embargo, que aquellos que consideraban el índigo como limo marino imaginaran percibir en él un olor a agua de mar. Un naturalista de nuestros tiempos, que atribuye las petrificaciones a la inundación de Noé, creyó poder oler agua de mar en ellas después de tantos miles de años.

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El índigo, debido a su largo transporte por tierra, debió de ser muy caro; por eso era uno de aquellos pigmentos que los pintores antiguos, que a menudo eran esclavos pobres, no solían tener en grandes cantidades, y para los cuales era necesario que fueran abastecidos por quienes les encargaban las pinturas. Nuestro índigo también era extremadamente caro hasta que se cultivó en las Indias Occidentales, donde su valor disminuyó mientras hubo tierras fértiles en abundancia y el precio de la mano de obra se redujo gracias al comercio de esclavos. Que el índigo, que actualmente solo es utilizado por tintoreros, también se empleara para pintar, no debe sorprender. Se utilizó con este fin hasta la invención de la pintura al óleo y el descubrimiento del azul prusiano, del esmalte y otros pigmentos de calidad superior. Incluso hoy en día sigue siendo utilizado por los pintores de paisajes para obtener un gris pálido; pero no armoniza con los colores al óleo. En cuanto a las propiedades medicinales del índigo, puedo demostrar, al menos, que los experimentos realizados con él a finales del siglo XVII y principios del XVIII confirman plenamente los altos elogios que Dioscórides dedicó a su índigo. Hubo un tiempo en que este último se recetaba y recomendaba mucho. Actualmente, nuestros médicos conocen remedios más puros y eficaces que el índigo; su uso interno, dado que la masa fermentada se prepara en recipientes de cobre, debe hacerse con cautela. No se puede negar que el autor, ya mencionado con frecuencia, no estaba familiarizado con la preparación del índigo. De hecho, habría sido extraordinario si la descripción de este llegara a los griegos y romanos sin estar distorsionada por fábulas, ya sea para satisfacer los intereses de algún comerciante o accidentalmente durante su largo viaje, pasando por tantos países e idiomas. Sin embargo, me parece que aún es posible descubrirlo a través de ellos; y con toda probabilidad podríamos tener una mejor idea de él si el método más antiguo de fabricar índigo siguiera siendo conocido. En el lodo depositado sobre los juncos, creo que puedo observar el primer grado de fermentación, o el inicio de la putrefacción, sin la cual el pigmento no podría separarse. ¿Quién sabe si en los tiempos más remotos las plantas de índigo no se depositaban en fosas o en aguas estancadas, de la misma manera que nuestro lino y cáñamo? ¿Quién sabe si, después de la putrefacción, no se extraían y se lavaban y recolectaban las partes colorantes que se adherían a ellas? La cantidad obtenida de esta manera, de hecho…

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El proceso no habría sido bueno, y actualmente se emplea un método mucho mejor; pero las mejoras en cada arte han sido graduales. Los antiguos habitantes de las islas Canarias rayaban su tierra con los cuernos de los bueyes, porque no estaban familiarizados con la pala, y mucho menos con el arado. La conjetura anterior parecerá mucho más probable cuando se sepa que en muchas partes de la India las plantas se colocaban antiguamente en grandes fosas; y en Malta, donde aún se cultivaba el índigo en el siglo XVII, se ponían en reservorios o cuencos para que fermentaran. Si esto era habitual en los tiempos más remotos, es fácil comprender cómo podrían surgir relatos fabulosos. El índigo era un lodo extraído del agua por una caña, que se consideraba que era la planta de índigo, despojada de su corteza. Dioscórides habla de otro tipo de índigo, que era la espuma púrpura seca de los tanques de tinte. Mis predecesores, considerando este relato como un error, que podría haber surgido ya sea de conjeturas o malentendidos, o que fue provocado intencionadamente por comerciantes, no lo consideraron digno de mayor estudio. Sin embargo, no puedo evitar señalar que un pigmento azul, e incluso uno muy fino, si se hubieran realizado las preparaciones adecuadas para ello, podría haberse obtenido de esta manera. En realidad no era índigo, en el sentido estricto de la palabra, sino un pigmento de naturaleza similar. Ese polvo fino y de alto precio que se vende actualmente bajo el nombre de carmín azul se elabora a partir de la espuma separada de un líquido tintorero, en el cual permanecen suspendidas las partículas colorantes más finas. La espuma o flor de un tanque azul que flota en la superficie muestra un juego de muchos colores; y como entre ellos se observa con frecuencia el púrpura antiguo, por lo tanto se puede decir muy acertadamente que tiene un color púrpura. En mi opinión, no hay razón para descreer a Dioscórides cuando dice que en su época se fabricaba un pigmento azul llamado índigo de esta manera, sobre todo porque se puede demostrar que los tintoreros de índigo, a finales del siglo XVI, separaban de sus tanques una sustancia colorante, que vendían en lugar del índigo, un artículo en aquel entonces extremadamente caro. Además, leemos que en las instalaciones para teñir de negro, la espuma se recogía de igual manera en la antigüedad en forma de un pigmento negro, y esta práctica, al parecer, era habitual en todas las tintorerías en general. Plinio, que dice que este índigo se fabricaba en las tintorerías de púrpura, parece haber malinterpretado a Dioscórides o haber sido demasiado precipitado; pero es

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Estoy seguro de que la escoria de las fábricas de tinte púrpura pudo haber sido recogida y secada para obtener un carmín de color púrpura. Dado que los europeos no conocieron la naturaleza del índigo hasta tiempos modernos, no es de extrañar que los antiguos comentaristas cometieran errores al interpretar los pasajes a los que me refiero aquí; por lo tanto, su opinión tiene poco peso frente a la mía. Aquellos que se acercaron más a la verdad, como Sarazen, Mathioli, Salmasius, etc., hablan como si el índigo se fabricara a partir de nuestro amapola, que sin embargo no crece en la India. Dioscórides también habla del amapola en una sección específica. Marcellus Vergilius dice que es cierto que Dioscórides se refería al índigo; y este término es tan conocido que no vale la pena mencionarlo. Pero él mismo parece no haberlo conocido, de lo contrario habría corregido el pasaje erróneo que habla de la piedra india. Esto surgió de la ignorancia de los antiguos transcritores, quienes, al no conocer el Indicum, solo pensaban en la gemma Indica, mencionada por Plinio. Pero Vergilius tenía razón en esto: el lago púrpura, del que habla Plinio y no Dioscórides según él cree, ya no puede producirse. He tenido siempre como regla, y se lo he prescrito a otros, al explicar cualquier objeto mencionado por los antiguos, nunca admitir, sin pruebas contundentes, que el mismo artículo sea designado con diferentes nombres. Es cierto que esto se ha hecho con frecuencia. De esta manera se puede aumentar el escaso conocimiento que tenemos sobre algo que solo aparece bajo un nombre. Se puede así abrir un campo más amplio para las conjeturas y dar más libertad a la imaginación; pero al mismo tiempo se puede caer en explicaciones infundadas y arriesgar afirmaciones que, por más precaución y erudición con que se presenten, al examen más detallado resultarán falsas o altamente improbables. Según esta regla, he procurado cuidadosamente no dejarme llevar tanto por el prestigio de mis predecesores como para considerar el Indicum y el Indicum nigrum de los antiguos como la misma sustancia. Tras investigar más a fondo, descubro que este último no solo parece diferente del índigo por el epíteto que lleva, sino que se trata de tinta china, o, como la llaman los holandeses, tinta india. Para demostrarlo, debo remitirme al pasaje de Plinio en el que se basa mi afirmación; y quizás las breves ilustraciones añadidas hagan que esta minuciosidad resulte menos tediosa para aquellos a quienes les gustan tales disquisiciones. En el pasaje al que me refiero, Plinio enumera todos…

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Los materiales que en su época se utilizaban para la tinta negra. Por lo tanto, menciona dos sustancias vitrioladas: un lodo o sedimento (salsugo) y una tierra vitriolada amarilla (también llamada misy). Dichos minerales siguieron en uso mientras los hombres no conocían el arte de lixiviar la sal y hacer que cristalizara; en otras palabras, mientras no existían fábricas de vitriolo. También habla del alquitrán de lámpara, que se fabricaba en chozas construidas a tal efecto, descritas por Vitruvio, y desde las cuales el humo del pino quemado era conducido a una habitación cerrada. El producto se adulteraba sin duda cuando se le mezclaba hollín, extraído de baños y otros lugares donde se mantenía un fuego abierto con madera de todo tipo. Es muy notable que el negro obtenido de los residuos quemados de uvas, el “noir de vigne”, que actualmente nuestros artistas, y en particular nuestros impresores de plancha de cobre, consideran como el negro más hermoso, ya se fabricaba en esa época. Hasta entonces, Alemania obtenía la mayor parte de este producto de Mentz, a través de Fráncfort; por eso se le llama negro de Fráncfort. También se fabrica algo en Kitsingen, Markbreit y Múnich. Para ello, los residuos de las uvas se queman en un fuego cerrado y, una vez molidos finamente, se empacan en barriles. Plinio observa que se afirmaba que de esta sustancia se podía obtener un negro que podía sustituir al índigo. Otro pigmento era el negro óseo, o marfil quemado, que sigue siendo muy apreciado incluso hoy en día. Además de estos, continúa, se obtiene de la India lo que se llama Indicum; aún no he podido averiguar cómo se prepara. Pero existe un pigmento similar obtenido de la espuma negra de los tanques de tintura, en los lugares donde se tiñe de negro, y otro tipo se obtiene de madera de abeto carbonizada y finamente pulverizada. La sepia también proporciona un negro; pero eso no tiene nada que ver con el tema actual. Finalmente, señala que todo tipo de pigmento negro mejora, o mejor dicho, su preparación se completa, al exponerlo al sol; es decir, después de añadir goma al destinado a la escritura y cola al destinado a la pintura. Pero aquel que se fabricaba con vinagre era más duradero y no podía borrarse fácilmente con agua. Todo esto es cierto. Nuestra tinta adquiere una calidad superior cuando se expone a la luz del sol en recipientes planos. Que el vinagre hace que los colores negros se fijen más rápidamente es algo bien sabido por nuestros impresores de calicó; y quienes deseen tener buena tinta deben utilizar el vinagre más puro de cerveza para su elaboración. También es cierto que todo negro

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El pigmento mezclado con goma o resina puede lavarse más rápido y fácilmente, nuevamente con agua. Una parte considerable de lo que hasta ahora se ha citado de Plinio también puede encontrarse en Vitruvio. Este último, de igual manera, menciona cabañas destinadas a la fabricación del negro de lámpara; habla también del negro de marfil y dice expresamente que, cuando se elabora adecuadamente, no solo forma un buen color y una tinta excelente, sino que se acerca mucho al Indicum. Ahora podría preguntarse si es realmente probable que el erudito Plinio y el conocedor práctico de la pintura, el arquitecto Vitruvio, pudieran considerar y describir nuestro índigo azul como un pigmento que, al igual que el negro de lámpara, pudiera emplearse como color negro y como tinta. ¿Es creíble que Plinio, si se refería al índigo azul en el pasaje anterior, hubiera dicho que no podía aprender su preparación, cuando lo describe expresamente tal como lo creía, unas pocas líneas más adelante? ¿Acaso Plinio y Vitruvio, de haber conocido únicamente el índigo negro, habrían señalado inmediatamente después que, cuando no se podía obtener índigo caro, se podía usar en su lugar tierra saturada de índigo, es decir, una tierra azul? ¿No hay aquí una alusión a un pigmento azul, al igual que antes a uno negro? ¿No es, por tanto, evidente que el nombre de Indicum se dio tanto a un pigmento negro como a uno azul procedente de la India? Y si esto es así, ¿no es muy probable que el Indicum negro fuera lo que hoy llamamos tinta india, la cual se asemeja tanto al mejor negro de marfil y al negro de las heces de vino, que a menudo es falsificada con estas sustancias, cuya preparación se vende frecuentemente como tinta india a compradores inexpertos? La tinta india se utiliza ampliamente en la India, y probablemente lo ha hecho desde los tiempos más remotos. En la India todas las producciones artificiales son de gran antigüedad; por lo tanto, me atrevo a decir que no es probable que la tinta india sea una invención reciente en la India, aunque probablemente haya sido mejorada, especialmente por los chinos. Sin embargo, en aquel período no era posible confundir las dos sustancias llamadas índigo (indicum), ya que todo pintor y comerciante de colores sabía que había dos tipos: uno azul y otro negro. No obstante, se me ha ocurrido que en las obras de los antiguos a veces se podía evitar la ambigüedad añadiendo un epíteto; y una vez pensé haber encontrado en Plinio un ejemplo de esta previsión; es decir, en el lugar donde nombra todos…

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Tipos de colores: purpurissum, Indicum cæruleum, melinum, auripigmentum, cerussa. Pensé que en este pasaje nuestro índigo se distinguía del negro Indicum por el epíteto cæruleum. Pero mi alegría por este descubrimiento fue pronto disminuida por Hardouin, quien coloca una coma entre Indicum y cæruleum, la cual no se encuentra en muchas de las ediciones más antiguas y mejores. Por lo tanto, no puedo deshacerme de esta coma; pues está más allá de toda duda que cæruleum era la denominación común para el ocre azul cobrizo, es decir, el azul de montaña. Ahora procederé a examinar si mi observación es cierta: que los griegos utilizaban con frecuencia el término black Indicum cuando querían referirse al color negro y no al azul. El término nigrum Indicum aparece en Arriano, Galeno, Paulus Ægineta y quizás en las obras de otros médicos griegos; y como los escritores latinos conocían un Indicum que teñía de negro, hay razones para suponer que se trataba del Indicum nigrum de los griegos, aunque yo preferiría traducir esta denominación como “negro indio”, de la misma manera que decimos azul de Berlín, rojo romano, amarillo de Nápoles, verde de Brunswick, marrón español, etc.; o también podría traducirlo como “tinta india”. Arriano lo menciona junto con otras mercancías indias. De hecho, no encuentro que haga ninguna mención al índigo propiamente dicho; pero no se puede esperar de él un catálogo completo de mercancías. Sin embargo, Indicum aparece una vez más en este autor; pero en el pasaje donde se encuentra es solo un epíteto de otro artículo. Al hablar del cinabrio, añade que se refiere a ese tipo llamado indio, que se obtiene de un árbol de la misma manera que la goma. Tengo tendencia a pensar que se refiere a la sangre de dragón, que por su color se llamaba en aquel entonces cinabrio. Algunos han supuesto que lo que en Arriano se denomina laccos chromatinos era nuestro índigo, el cual de hecho podría clasificarse entre los lacas, según el significado actual de esa palabra. Otros lo entienden como goma-laca. Pero no conozco ninguna prueba de que la goma-laca fuera conocida en un período tan temprano. Dudo mucho que este significado de la palabra lac sea tan antiguo; y debo confesar que me parece muy probable la opinión de Salmasius, es decir, que Arriano se refería a un tipo de prenda de color vivaz: porque además de los argumentos aducidos por Salmasius, cabe señalar que en el pasaje en cuestión se mencionan diferentes tipos de ropa, y no…

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Se mencionan otros artículos. Además, el epíteto “chromatinos” es aplicado por el mismo autor, en el mismo sentido, a otros tipos de prendas. Por lo tanto, no se puede decir que Arriano haga mención a nuestro índigo, cuyo origen Salmasio intenta descubrir.
En las obras de Galeno, que aún no han sido suficientemente ilustradas, he encontrado al “Indicum nigrum” solo cuatro veces. En un pasaje donde habla de enfermedades oculares, lo elogia por sus propiedades purificadoras; y dice que puede utilizarse para heridas cuando no hay inflamación. En otro pasaje, aparece en tres recetas para ungüentos oculares. Sin embargo, he intentado, sin éxito, encontrar en este excelente autor una explicación de lo que él llama “Indicum”; aunque haya explicado casi todos los diferentes ingredientes utilizados en la Materia Medica. Parece, pues, que los griegos dieron el nombre de “Indicum” a nuestro índigo, así como al negro indio o tinta india.
No obstante, no se puede negar que, en contra de esta opinión, surgen serias dudas. Muchos de aquellos que piensan que el índigo negro (nigrum Indicum) de Plinio y Vitrubio no era tinta, sino nuestro índigo, señalan que los objetos de color azul oscuro o violeta oscuro eran frecuentemente denominados negros por los griegos y romanos; y por lo tanto, que el índigo azul podría llamarse negro de esta manera. Pero los ejemplos aducidos como prueba son epítetos aplicados por los poetas a flores de color oscuro. Como la naturaleza no produce flores negras, los poetas, que aman todo lo insólito, extraordinario e hiperbólico, llaman negras a las flores cuando tienen un tono tan oscuro que casi se acerca al negro. Así, el agua clara y profunda también es llamada negra. Sin embargo, es difícil creer que los pintores y tintoreros, quienes deben establecer una distinción precisa entre los colores, hayan hablado de manera tan vaga. Salmasio sospecha que “Nil” y “Nir”, los nombres árabes del índigo, provienen de la palabra latina “niger”.
La objeción de que Paulus Ægineta, el médico, en un pasaje donde se refiere a Dioscórides en relación con las virtudes medicinales del “Indicum”, le aplique el epíteto “negro”, parece tener más peso. También se puede añadir que las virtudes que Galeno atribuye en general al “Indicum nigrum” parecen ser similares a las que Dioscórides atribuye al “Indicum”; y este último, en uno…

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En el pasaje en el que habla de la curación de heridas, utiliza únicamente la expresión Indicum, y no Indicum nigrum. Es especialmente digno de mención que Zósimo, el químico, declare que el color jacinto de los antiguos, el del índigo, y el de Indicum nigrum son iguales o similares. Pero para aquellos que saben con qué escasas bases los médicos antiguos atribuían propiedades medicinales a muchas sustancias, quizá no les parezca extraño que, debido al mismo nombre, atribuyeran las mismas propiedades a dos cosas diferentes. No es improbable que, en casos de lesiones externas para las cuales se recomendaba el Indicum nigrum, el índigo y la tinta india pudieran producir tanto o tan poco efecto. Consideraría mucho más importante la opinión del químico Zósimo; pero, desafortunadamente, sus escritos aún no han sido publicados. El período en el que vivió sigue siendo incierto, y no se sabe si todos los manuscritos químicos que llevan ese nombre fueron escritos por el mismo autor. De todo lo dicho, creo que, al menos, se puede inferir que en la época de Vitrubio y Plinio, tanto el índigo como la tinta india se obtenían de la India, y que ambos eran denominados Indicum. Es menos seguro que los griegos llamaran índigo a Indicum y a la tinta india “negro indio”. De hecho, parece que el índigo, debido al color azul muy oscuro que presenta tanto cuando está seco como en estado de tintura saturada, era a menudo llamado negro indio. En mi opinión, también queda demostrado que, en las antiguas fábricas de tintes, los trabajadores recogían la espuma que se formaba en las ollas de tinte y la secaban para convertirla en una especie de lac o carmín.
Ahora demostraré lo que ya he afirmado: que el índigo se utilizó en todo momento y que continuó importándose sin interrupción desde la India. Citaré menciones de él en diversos siglos; pero estoy convencido de que los lectores atentos podrán encontrar ejemplos en muchos otros autores. Es probable que los médicos árabes hablaran todos del índigo; pero es lamentable que en este punto tengamos que depender de traducciones al latín muy incorrectas. También parece que a menudo repetían la información de los griegos sobre los artículos de la Materia medica, sin haberlos conocido personalmente. Rasis, que vivió a finales del siglo X, menciona “Nil, alias Indicum”. Avicena, que murió en 1036, habla a menudo del índigo; pero en el margen de esa pésima traducción se dice…

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Señaló que bajo el término Indicum se debe entender el alumbre (o más bien, el vitriolo verde). Sin embargo, en un pasaje en el que habla de teñir el cabello de negro, ciertamente alude al índigo, el cual, según la traducción, producía un color pavonaceum, es decir, un color violeta. En latín encontramos “Indicum indum bonum”, y esta expresión poco clara es explicada por Salmasius al señalar que las palabras en árabe son Alusma Alhendia, es decir, índigo indio. En el mismo lugar menciona el Indicum carmenum, un tipo de índigo que no teñía tanto de color violeta como de negro, es decir, con la adición de vitriolo verde. De hecho, Carmania lindaba con Gedrosia, que es la región propiamente dicha del índigo, donde aún se prepara el mejor en Guzerat. En la explicación de algunas palabras árabes, impresa en mi copia de Avicena, Indicum se traduce como granum Nil. Serapion, hacia finales del siglo XI, mezcló, al parecer, todo lo que los griegos habían dicho sobre el índigo y el índigo. Averroes, a mediados del siglo XII, menciona las propiedades medicinales del índigo según lo indicado por los griegos, y agrega que se utilizaba mucho para teñir. Muratori proporciona un tratado escrito en latín del año 1193, entre los ciudadanos de Bolonia y Ferrara, que contiene una lista de aquellos artículos sujetos al pago de impuestos. Entre ellos figura el indigum. En el siglo XIII, el famoso Marco Polo, quien pasó veintiséis años viajando por Asia e incluso por algunas partes de China, relata que vio índigo, utilizado por los tintoreros, fabricado en el reino de Coulan o Coilum; además, describe el proceso para su preparación. Mucha información curiosa respecto al comercio de este producto, a mediados del siglo XIV, se encuentra en la valiosa obra de Francesco Balducei Pegolotti. Allí encontramos los nombres de diferentes tipos, como Indaco di Baldacca, llamado Buccaddeo, muy probablemente procedente de Bagdad, ciudad que en muchos libros antiguos de viajes se denomina Baldach o Baldac; también Indaco del Golfo, Indaco di Cipri, Indaco Rifanti. En aquel entonces, el índigo se importaba en pieles (cuojo) o en bolsas de cuero (otre), así como en cajas (casse). Lo que este viajero dice respecto a los signos por los cuales se puede conocer su calidad es muy notable. Nicolo Conti, quien viajó por la India antes del año 1444, menciona el endego entre las mercancías de Camboya. Que la expresión color indicus se utilizaba en la Edad Media para designar un azul mezclado con violeta lo demuestra Du Cange. Por lo tanto, me parece sumamente…

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Es improbable que el índigo no fuera conocido por Rosetti, como supone el profesor Bischof. Sin embargo, en esa importante obra sobre teñido, que mencioné hace tiempo, aparece varias veces, siempre bajo el nombre de endego. Haré aquí una observación que tiene cierta importancia en la historia del teñido. Se descubre que en la Edad Media los judíos mantenían en el Levante numerosas instalaciones para teñir, y eran las personas principales que se dedicaban a este oficio. Benjamín el Judío, fallecido en 1173, dice en sus viajes, al hablar de algunos lugares, que “allí vivía un judío que era tintorero”; o bien comenta, respecto a otros, que “la mayoría de los judíos se dedicaban a la profesión de tintoreros”. Había un tintorero de escarlata en Tarento y uno de púrpura en Tebas. En aquel período, los judíos de Jerusalén habían alquilado al rey un lugar especialmente adecuado para teñir, con la condición expresa de que nadie más que ellos pudiera dedicarse allí a ese mismo oficio. Soy plenamente consciente de que se han planteado dudas fundadas respecto a la credibilidad de las narraciones de Benjamín, y la vanidad judía es bien conocida en todas partes; pero no veo por qué no debería creérsele en este punto; pues es lógico preguntarse: ¿por qué habría atribuido falsamente esta profesión a sus compatriotas y no a otros? Solo habla una vez de un judío vidriero, de un tejedor de lana y de uno de seda. A esto se puede añadir que con frecuencia se afirma en varios autores que el negocio del teñido era ejercido en Italia por los judíos. Así, en el siglo XI, entre los ingresos que los papas obtenían de Benevento, se mencionan los impuestos pagados por los judíos por sus talleres de teñido. En la Edad Media, los príncipes parecen haber mantenido talleres de teñido por su cuenta. Hay casos en que regalaban tales instalaciones, junto con todo su equipamiento, como obsequios. Un lugar de este tipo se llamaba tincta, tingta o tintoria. Este término “tintoría” quizás derive de las antiguas instalaciones para teñir púrpura, que solo podían ser creadas por soberanos y no por particulares. Junto a estas tintorías, se menciona con frecuencia a los judíos, por lo que parece probable que trabajaran allí como artesanos.

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Por lo tanto, hay motivos para conjeturar que los judíos aprendieron este arte en Oriente y que en Italia emplearon los mismos pigmentos que se utilizaban en las fábricas de tintes del Levante. Tampoco es improbable que, en lugar de la lana, que entonces se cultivaba en Italia, introdujeran el índigo, una sustancia más rica en colorante, o al menos que la hicieran más común. Los italianos fueron los primeros pueblos de Europa en llevar este arte a un mayor grado de perfección, al igual que muchos otros; y se puede demostrar que el conocimiento de él se difundió desde allí a otros países. En la misma medida en que esto ocurrió, el índigo, en mi opinión, desplazó a la lana nativa, que no era tan ventajosa ni proporcionaba un color tan hermoso como el que los italianos podían obtener con el índigo. Su uso se extendió aún más cuando las producciones de las Indias Orientales llegaron a Europa por mar, y especialmente después de que pudiera obtenerse de América a un precio mucho más bajo.

La primera nave portuguesa, bajo el mando de Vasco de Gama, regresó de las Indias Orientales en el año 1499, y pronto le siguieron varias otras, todas cargadas con las mercancías más valiosas del Oriente. Nunca he podido encontrar ninguna factura de las cargas de estos barcos; y, lamentablemente, no tenemos registro del comercio inicial que los portugueses mantuvieron con las producciones indias. Por lo tanto, no tengo forma de demostrar que el índigo estuviera entre las mercancías importadas primero. Las especias, que debido a la prevalencia general del lujo se vendían en aquel entonces a un precio excesivamente alto, junto con las piedras preciosas, formaron, sin duda, los primeros artículos de comercio; pero no es improbable que pronto les siguiera el índigo, ya que todos los viajeros que visitaron la India en ese período hablan de él como uno de los artículos más demandados.

Barbosa, un portugués que recopiló allí en 1516 valiosa información sobre geografía y comercio, quien posteriormente acompañó a Magallanes en su viaje alrededor del mundo y murió con él en la isla de Cebú, ha proporcionado una lista de precios de las mercancías en Calicut, en la cual se indica el valor del buen índigo en aquel tiempo. Corsali también, en sus cartas escritas desde la India en 1516, menciona el índigo entre las mercancías de Camboya. Luis Guicciardini, quien escribió por primera vez en 1563 y murió en 1589, al hablar de las mercancías que Amberes obtenía de Portugal, menciona el índigo entre las provenientes de las Indias Orientales.

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Sin embargo, es cierto que la compañía comercial fundada en los Países Bajos en 1602, que ya desde temprano aprendió el arte de suministrar a los europeos algodón, té, sagú y otros productos de los cuales siempre podían esperar encontrar un suministro suficiente en la India, realizó el mayor comercio con estos artículos. Los primeros escritores alemanes que se quejaban de que el índigo había reemplazado al azul nativo, así como aquellos soberanos que, mediante decretos oficiales, intentaron evitar este cambio, atribuyeron la culpa a los neerlandeses. Niska, que escribió en 1630, dice que el índigo solo se había introducido en Alemania hacía treinta años; y un decreto del emperador Fernando III, fechado en 1654, indica que había sido importado a Alemania desde Holanda unos años antes de esa fecha. Que la importación en ese momento era muy grande lo demuestran las cargas de los barcos que llegaron a Holanda desde las Indias Orientales en 1631: el primero llevaba 13.539 libras de índigo de Sirches; el segundo, 82.734 libras de índigo de Guzerat; el tercero, 66.996 libras del mismo; el cuarto, 50.795 libras de índigo de Bajano; el quinto, 32.251 libras de índigo de Chirches; el sexto, 59.698 libras de índigo de Bejana; y el séptimo, 27.532 libras de índigo de Chirches. He mencionado estos datos de forma tan detallada porque así se pueden observar las diferentes variedades y los lugares donde se producían. Estos siete barcos llevaron, por lo tanto, a Europa 333.545 libras, que, a un valor bajo, equivalían a cinco toneladas de oro o 500.000 dólares. En el mes de abril de 1633, tres barcos trajeron a casa 4092 cartones de índigo, cuyo valor ascendía a 2.046.000 rix-dólares. Las ganancias obtenidas con este comercio indujeron a la gente, poco después del descubrimiento de América, a fabricar índigo en ese país; y se sintieron aún más incentivados a hacerlo al observar que los nativos americanos, antes de tener la desgracia de ser conocidos por los cristianos, teñían sus cuerpos y rostros de un color azul-violeta, utilizando plantas nativas que se parecían a la planta de índigo de Asia. Si estas dos plantas pertenecen al mismo género, o si la americana es diferente de la utilizada en otras partes del mundo, hasta donde puedo averiguar, aún no se ha determinado con certeza. Sin embargo, está comprobado que la afirmación de Raynal y otros, de que esta planta fue llevada por primera vez al nuevo mundo desde Asia por los europeos, es completamente errónea. Fue mencionada por Francisco Colón (o Colombo) en la vida de su padre.

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Entre las valiosas producciones de la isla de La Española o Santo Domingo.
Francis Hernandes lo considera una planta nativa de México, y dice que los americanos la utilizaban para teñir su cabello de negro. Agrega que de ella se obtenía un pigmento al que llamaban Mohuitli y Tleuohuilli, lo mismo que los latinos lo denominaban cæruleum; también describe el método para prepararlo. Esto es confirmado por Clavigero en su relato sobre México. Por lo tanto, esta planta debe considerarse una de las pocas que son nativas de tres cuartas partes del globo. Sin embargo, es muy probable que los europeos, con el paso del tiempo, introdujeran una especie o variedad mejor en América, donde actualmente se cultivan varios tipos.
En la historia del índigo americano, debo dejar aquí un vacío considerable, que quizás algún día pueda llenarse gracias a libros de viajes y topografía. Todo lo que sé por ahora es que el primer índigo llevado a Europa provino de Guatemala, y por consiguiente de México; además, este producto fue suministrado, al principio y durante mucho tiempo, únicamente por Santo Domingo, y no por ninguna de las islas de las Indias Occidentales.
Krunitz dice, pero no sé con qué autoridad, que López de Gómez relata que en su época se preparaba en La Española un color azul cielo muy hermoso. Si la persona a quien se hace referencia aquí es López de Gómara, quien acompañó a Fernando Cortés como capellán, esto sería el testimonio más antiguo que se podría esperar, y coincidiría con el relato dado por Labat. Pero dejaré la investigación ulterior de este tema a otros, y señalaré que el cultivo del índigo comenzó en Carolina en 1747, y según Anderson, fue fomentado al año siguiente mediante incentivos.
Por lo tanto, este producto fue traído desde las Indias hasta Europa, y se destacó tanto por la superioridad y calidad de su tinte, como por la facilidad con la que podía utilizarse y por las ventajas que ofrecía, que rápidamente reemplazó en todas las fábricas de tintes el garza real europeo, que se cultivaba especialmente en Turingia, en Alemania, en Languedoc, en Francia, y en los alrededores de Rieti, en los dominios de la Iglesia. Al principio, solo se añadía una pequeña cantidad de índigo al garza real, lo que mejoraba su calidad; posteriormente se utilizó gradualmente más cantidad, hasta que finalmente esa pequeña dosis de garza real sirvió únicamente para realzar el color.

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la fermentación del índigo, pero no era capaz por sí sola de conferir ningún color. Pronto se observó que cada yarda de tela podía teñirse un poco más barato cuando se utilizaba índigo junto con la garza real, que cuando esta última se empleaba sola, según el método antiguo. Alemania perdió así una fuente de producción gracias a la cual agricultores, comerciantes, transportistas y otros adquirían grandes riquezas.

En el siglo XVI, en muchos países, la gente comenzó a realizar mejoras considerables en el arte de teñir. Con este fin, se sometieron a pruebas nuevos tintes, tanto indígenas como extranjeros, y también se experimentaron con sales que nunca antes se habían utilizado. De esta manera, los tintoreros lograban a veces colores que resultaban agradables por su novedad y belleza; pero no es de extrañar que muchos métodos nuevos de teñir no produjeran el efecto deseado. Muchos conferían colores agradables a la vista, pero estos se desvanecían rápidamente; y algunos hacían que la tela teñida fuera tan delicada que se pudría pronto en las estanterías de los comerciantes. Los gobiernos, al considerar necesario tomar medidas para proteger al comprador, consideraban las imperfecciones de este arte como una engañifa premeditada; y como en aquel entonces se creía que algunos pigmentos podían dar colores duraderos y auténticos, mientras que otros producían colores que se desvanecían o eran falsos; además, dado que los efectos perjudiciales de las sales no podían evitarse ni atenuarse, prohibieron en general el uso de todos los materiales nuevos de los cuales se habían observado consecuencias dañinas.

Los legisladores no son ni omnipotentes, ni omniscientes, ni infalibles. Aun con las mejores intenciones y una firme determinación por cumplir con su deber, pueden recomendar cosas perjudiciales y prohibir otras que podrían ser beneficiosas. Si sus órdenes y prohibiciones fueran inviolables, insuperables e irresistibles, a menudo limitarían el progreso de las artes y las ciencias e imposibilitarían las invenciones útiles. Pero la gente, cuando aún no se ha convertido por completo en máquinas, sabe cómo eludir, incluso arriesgando mucho, las regulaciones defectuosas y encontrar formas prohibidas para obtener mayores beneficios que los que constituían el objetivo de las órdenes emitidas por su gobierno. Este fue el caso con respecto al arte del teñido en el siglo XVI.

Una sesión extraordinaria de la dieta celebrada en 1577 prohibió, bajo las penas más severas, el recién inventado tinte perjudicial, engañoso, corrosivo y destructivo llamado “tinte del diablo”, cuya elaboración requería ácido sulfúrico y otras sustancias corrosivas.

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se utilizaba en lugar del índigo. Esta prohibición se renovó en 1594 y 1603, con la adición de esta observación: que, debido al peso de los tintes de mala calidad, una libra de seda sin teñir para coser o bordar producía dos o tres libras de seda teñida. Parece que aquí se hace alusión al negro, que en aquel entonces era el color de las clases altas. Parece que en este período comenzaron a utilizarse más los jugos astringentes y el vitriolo verde que anteriormente, y la tela, al hervirse demasiado tiempo con estas sustancias, se vuelve extremadamente tierna; incluso hoy en día la tela negra a veces se daña de esta manera. También es cierto que la tela aumenta más en peso cuando se tiñe de negro, y en menor medida cuando se tiñe de azul. No conozco experimentos precisos sobre el peso que adquiere la tela al teñirse; pero se puede afirmar con seguridad que ese valor se indica como mucho más alto en los registros oficiales. Quince onzas de seda cruda pierden cuatro onzas debido a ese tipo de proceso de limpieza que los franceses llaman “décruement”; por lo tanto, la seda blanca pesa once onzas, pero después de teñirla de negro su peso aumenta a trece onzas. En general, un tinte negro aumenta el peso de la tela en una quinta parte más que los tintes claros. Como el índigo pronto se volvió común y la venta de índigo se vio perjudicada, Sajonia emitió la primera prohibición contra él en el año 1650; y como el gobierno sabía muy bien cuánto depende el prestigio de un nombre, cuando se quiere hacer que algo sea detestable o apreciado, la prohibición se redactó de tal manera que parecía indicar que el índigo estaba incluido entre aquellas sustancias tóxicas denominadas en los registros anteriores “tintes diabólicos”. En el año 1652, el duque Ernesto el Piadoso hizo que su enviado, el doctor Hœnnen, presentara una propuesta ante el parlamento para que el índigo fuera completamente prohibido en el imperio, y para que se concediera un privilegio exclusivo a quienes teñían con índigo. A esto le siguió una prohibición imperial el 21 de abril de 1654, en la cual se repetían todas las disposiciones relativas a los tintes diabólicos, con la adición de que se debía tener mucho cuidado para evitar la introducción privada de índigo, ya que esto reducía el comercio de índigo, dañaba los artículos teñidos y hacía que el dinero saliera del país. El elector aprovechó la primera oportunidad ese mismo año para hacer conocer y aplicar esta prohibición con gran severidad en sus dominios.

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La gente de Núremberg, que en aquel entonces cultivaba la índigo, fue aún más lejos. Establecieron una ley según la cual sus tintoreros debían jurar anualmente no utilizar índigo; y actualmente siguen estando obligados a hacer lo mismo, aunque el índigo les sea tan necesario como a los demás. Es un desprecio sumamente indecente hacia la religión, aunque no carece de precedentes. En la monarquía francesa, donde todos los cargos se compraban y vendían, cada consejero del parlamento, al asumir su cargo, estaba obligado a jurar que no había obtenido ese puesto con dinero, hasta que finalmente alguien tuvo el coraje de negarse a prestar un juramento falso. De igual manera, en Alemania muchos funcionarios deben jurar que respetarán todas las órdenes del gobierno; sin embargo, muchas de ellas son violadas a diario, y de hecho no pueden ser respetadas, o al menos no sin causar grandes problemas y confusión.

Lo que se hizo en Alemania en relación con Turingia, se hizo en Francia en relación con Languedoc. Como consecuencia de una petición urgente por parte de los representantes de esa provincia, se prohibió el uso del índigo en 1598; y esta prohibición se repitió varias veces posteriormente. Pero en el conocido edicto de 1669, en el cual Colbert separó a los tintoreros de calidad de los comunes, se estableció que el índigo podía utilizarse sin índigo. En 1737, a los tintoreros se les permitió usar únicamente índigo o bien una mezcla de índigo e índigo.

En Inglaterra, donde, creo, en aquel entonces no se cultivaba la índigo, la primera mención del índigo en las leyes aparece en el año 1581, durante el reinado de Isabel. Sin embargo, no se trataba de un tinte azul, sino negro. No se permitía teñir artículos de lana de color negro con gálago, ruibarbo u otros materiales, hasta que primero se les diera un tono azul mediante la índigo o bien combinando índigo e índigo. De igual manera, durante mucho tiempo se creyó que no era posible obtener un negro duradero a menos que el artículo se tiñera primero de azul. Tampoco se consideraba que los sombreros estuvieran adecuadamente teñidos a menos que se pudieran detectar vestigios de un tono azul en la zona donde se cortaban. Actualmente, nuestros tintoreros pueden lograr un negro duradero sin necesidad de un tono azul previo, así como teñir de azul sin utilizar índigo. En toda Europa, el índigo importado seguirá siendo el material más común para teñir, hasta que su alto precio haga necesario obtener un pigmento similar a partir de plantas nativas.

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El colorante del índigo se obtiene de la planta al dejarla fermentar con agua; durante este proceso se deposita en forma de un residuo azul, el cual se recoge y se seca. En su forma comercial, contiene varias impurezas, como cal, sílice, alúmina y óxido de hierro, además de los colorantes, que son tres en número: marrón, rojo y azul; también contiene algo de sustancia pegajosa. Las principales regiones donde crece la planta de índigo actualmente son Bengala y Guatemala, aunque en los últimos años las exportaciones desde esta última han disminuido considerablemente debido a la inestabilidad en Centroamérica. En los primeros tiempos de nuestra ocupación de la India, el índigo constituía uno de los principales productos comerciales de la Compañía; pero la producción rudimentaria realizada por la población local fue siendo reemplazada con el paso del tiempo por el producto de mayor calidad proveniente de América y las Indias Occidentales. Poco después de la paz de 1783, se introdujo en Bengala el método de producción de las Indias Occidentales, y los directores, al relajar sus restricciones, permitieron que el capital y la habilidad británicos se utilizaran en el cultivo de esta planta en las zonas aluviales del Ganges. Gracias a ello, las exportaciones aumentaron gradualmente, y el índigo americano e indio fue prácticamente eliminado del mercado. La producción también se introdujo en Oudh y en otras regiones del noroeste de la gran llanura del Ganges; posteriormente, en algunas provincias de Madrás, en Java y en las Islas Filipinas. Sin embargo, el índigo producido en otros lugares es, tanto en cantidad como en calidad, muy inferior al de Bengala y Bihar, cuyos suelos y climas parecen ser especialmente adecuados para este cultivo. La cantidad promedio de índigo producida actualmente puede estimarse de la siguiente manera: provincias de Bengala, 34,500 cajas, o aproximadamente 9,000,000 libras; otros países, incluidas Madrás y Guatemala, 8,500 cajas; en total, 43,000 cajas. De estas, se consumen en el Reino Unido 11,500 cajas, o unas 3,000,000 libras; en Francia, 8,000 cajas; en Alemania y el resto de Europa, 13,500 cajas; en Persia, 3,500 cajas; en la India, 2,500 cajas; en los Estados Unidos, 2,000 cajas; en otros países, 2,000 cajas; en total, 43,000 cajas, es decir, más de 11,000,000 libras. La cantidad importada al Reino Unido en 1840 ascendió a 5,831,269 libras, y la cantidad destinada al consumo interno fue de 3,011,990 libras. Más de cuatro quintas partes de las importaciones provienen de las Indias Orientales; el resto, principalmente, de las Indias Occidentales, Guatemala, Perú y las Islas Filipinas. El excedente importado, por encima de la cantidad consumida, se reexporta a Alemania, Rusia, Italia, Holanda y otras partes del continente.

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Europa. Francia y los Estados Unidos obtienen sus principales suministros mediante importación directa desde Calcuta.]

NOTAS AL PIE
615
Dioscórides, lib. V, cap. 107, p. 366. Περὶ Ἰνδικοῦ.
616
Plinio, lib. XXXV, cap. 6, § 27, p. 688; e Isidoro, Origin., lib. XIX, cap. 7, p. 464.
617
Foesii, Œconomia Hippocratis. Francof. 1588, fol., p. 281.
618
Ἔγχυλον también significa jugoso, o algo que tiene sabor. Ninguna de estas acepciones es aplicable aquí, ya que el tema se refiere a una sustancia seca e insípida, o al menos a una que solo puede poseer un bajo grado de astringencia. En este contexto debe denotar un jugo espesado o secado; pero no encuentro ningún otro pasaje que respalde este significado.
619
En la época de Plinio, la gente teñía una tierra blanca con índigo, o solo con azufre, vitrum, de la misma manera en que hoy en día se fabrican lápices y crayones, y la vendían como índigo. A uno de ellos lo llama annularia, y era uno de los pigmentos utilizados para sellar, de los cuales ya he hablado en el primer volumen. En mi opinión, es el mismo pigmento blanco que Plinio denomina inmediatamente después annulare: “Annulare quod vocant, candidum est, quo muliebres picturæ illuminantur”. No encuentro ninguna explicación de estas palabras, por lo que arriesgaré una conjetura. Creo que Plinio quería decir que “ese era el hermoso blanco con el cual las damas se pintaban u ornamentaban”.
620
Plinio, lib. XXXV, § 12, p. 684. —Vitruvio, lib. VII, cap. 14.
621
Tavernier, II, p. 112. Así se nos dice en Malta Vetus et Nova, adornada por Burchardo Niederstedt. Helmest. 1659, fol., lib. IV, cap. 6.

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Una obra incluida en Grævii Thesaurus Ital. vi, p. 3007. Este hombre trajo consigo a Alemania, tras sus viajes, una gran cantidad de manuscritos persas, que fueron adquiridos para la biblioteca del rey en Berlín. Sin embargo, Niederstedt no es la única persona que habla de que el índigo se cultivaba en Malta. Bartholin, en Epist. Med. cent. i, ep. 53, p. 224, dice lo mismo.

622
Es completamente diferente del molibdato de estaño, cuya laboriosa preparación es descrita por J. B. Richter en su Chemie, parte II, p. 97.

623
Cabe señalar que los tintoreros griegos, al hablar de un recipiente para teñir lleno de espuma, solían decir, al igual que nuestros tintoreros, que tenía su “flor”, ἐπάνθισμον. En Hipócrates, las palabras ἐπάνθισμα ἀφρωδές designan una espuma que aparece en la superficie. Entre los latinos, flos en este sentido es muy común.

624
Caneparius de Atramentis, Rot. 1718, 4to, v. 2.17; Valentini, Museum Museor. i, p. 225; Pomet, i, p. 192.

625
Véase su edición de Dioscórides, Colon. 1529, fol., p. 667.

626
Lib. xxxvii, 10, sect. 61, p. 791.

627
Lib. xxxv, cap. 6.

628
“Perfici” es un término técnico que se utiliza con frecuencia para expresar el acabado o el último paso necesario en la elaboración de cualquier artículo: “Vasa sole perficiuntur”. Cuando los recipientes de cerámica ya están hechos, deben secarse y endurecerse al sol. Véase el índice de Hardouin a Plinio.

629
La goma y las sustancias gomosas de todo tipo, utilizadas para hacer más espesa la tinta y darle más cuerpo, se denominaban “ferrumen”. Véase Petronio, cap. 102, 15.

630
Vitruvio, vii, 10, p. 246.

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631
Libro xxxv, capítulo 7.
632
Exercitat. Plin., página 816, b. Y en las Annotationes in Flavium Vopiscum, página 398, en Historiæ Augustæ, París, 1620, folio.
633
De Composit. Pharmac., según los lugares mencionados, libro iv, capítulo 4. Edición de Gesn., clase v, página 304.
634
Libro iv, capítulo 7.
635
Salmasii Exercitat. Plin., página 908, a.
636
Pauli Æginetæ, siete libros. Basilea, 1538, folio, página 246, libro vii.
637
Parabilium, libro i, página 161, página 43.
638
Salmasius en Homonymis Hyl. Iatr., página 177, a; y en Exercitat. Plin., páginas 810, b; y 936, b. En cuanto a los manuscritos de la obra de Zosimo, que comúnmente se denomina Panopolita, véase Fabricii Bibl. Græca, volumen vi, páginas 612, 613; y volumen xii, páginas 748, 761. Ojalá tuviera la suerte de vivir lo suficiente para ver su publicación; sin duda aportará mucha luz sobre la historia del arte. Es notable que Zosimo llame a los tintoreros de índigo “λαχωταὶ” e “ἰνδικοβάφοι”, quizás para distinguirlos de aquellos que utilizaban el índigo como tinte. Por lo tanto, la distinción entre los tintoreros de índigo y aquellos que utilizaban el índigo debe ser muy antigua.
639
En la edición de algunos médicos árabes, publicada por Brunfels en Estrasburgo, en 1531, folio.
640
Avicennæ Canon. Med., Venecia, 1608, folio ii, página 237.
641
Antiquitates Italiæ Medii Ævi, volumen ii, página 894.
642
Libro iii, capítulo 31, página 150.
643
Lisboa y Lucca, 1766, formato 4to.

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644
Ramusio, Viaggi, 1613, vol. I, p. 342.
645
Geschichte der Farberkunst. Stendal, 1780, 8vo, p. 69.
646
Anleitung zur Technologie, cuarta edición, p. 123. Puedo añadir ahora que Roso, en Memorie della Società Italiana, Verona, 1794, 4to, vii, p. 251, cita también la edición de Francesco Rampazetto, 1540, 4to.
647
Itinerarium Benjaminis, Lugd. Bat., 1633, 8vo.
648
Du Cange cita un diploma del emperador Federico II, fechado en 1210; y bajo la palabra “Tintoria”, un diploma de Carlos II, rey de Sicilia.
649
Ramusio, vol. I, p. 323.
650
Totius Belgii Descriptio, Ámsterdam, 1660, 12mo, vol. I, p. 242.
651
[Ambos pertenecen al mismo género, pero son especies distintas; la especie cultivada en la India es principalmente la Indigofera tinctoria, mientras que en América es la Indigofera anil.]
652
Esta obra ha sido impresa varias veces. También se encuentra en Barcia, Historiadores primitivos de las Indias Occidentales, Madrid, 1749, folio, vol. I. En la p. 61 se mencionan, entre los productos de dicha isla, minas de cobre, anil, ámbar, etc. Una traducción al inglés en Churchill’s Collection, vol. II, p. 621, traduce estas palabras como “minas de cobre, azul y ámbar”.
653
Encyclopédie, vol. XXIX, p. 548.
654
Sus obras se pueden encontrar en Barcia’s Collection, vol. II.
655
Todas estas prohibiciones se encuentran en Schreber’s Beschreibung des Waidtes, Halle, 1752, 4to, en el apéndice, págs. 1 y 2.
656
Schreber, op. cit., p. 11.

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657
Véase Mémoires de l’Acad. à Paris, año 1740.
658
Statutes at Large, vol. ii. Londres, 1735, p. 250. [Sin embargo, el Dr. Ure afirma que el índigo fue realmente denunciado como una droga peligrosa y prohibido su uso por nuestro Parlamento durante el reinado de la reina Isabel. Se aprobó una ley que autorizaba a los inspectores a quemar tanto el índigo como la madera de tinte en todas las fábricas de tintes donde pudieran encontrarse. Esta ley permaneció en pleno vigor hasta la época de Carlos II, es decir, durante gran parte de un siglo.]
659
Marperger’s Beschreibung des Hutmacher-handwerks. Altenburg, 1719, 8vo, p. 85.
660
[Esta observación ha sido verificada; actualmente se extraen cantidades bastante grandes de índigo del Polygonum tinctorium, que se cultiva en algunas partes de Francia y Bélgica con ese propósito.]

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VÁNOS. VIENTOS MÁSTIL.
Si el poeta Séneca estaba bien informado, la humanidad, en los inicios de la navegación, no tenía nombres específicos para distinguir los vientos principales. Esto no es en absoluto increíble; porque con sus balsas y flotadores, que eran las primeras embarcaciones, durante mucho tiempo se aventuraban al mar solo hasta donde podían regresar fácilmente a la orilla; por lo tanto, mientras la navegación continuaba en este estado, tenían pocos motivos para preocuparse por la dirección de los vientos. Es más seguro que aquellas naciones sobre las cuales tenemos la información más antigua solo distinguían con nombres a los cuatro vientos principales. Esto se demuestra generalmente mediante un pasaje de Homero, donde él pretende mencionar todos los vientos, pero solo nombra cuatro; sin embargo, esta prueba tiene poco peso; porque, ¿qué poeta hoy en día, con un propósito similar, pensaría en incluir en un poema los nombres de los treinta y dos puntos cardinales? ¿No preferiría contentarse únicamente con los nombres de los cuatro vientos principales? Por lo tanto, si en la época de Homero eran habituales más nombres, él no habría considerado necesario nombrarlos. En otro pasaje, él nombra solo dos vientos; y a partir de estos algunos han intentado demostrar que en aquel entonces no se conocían más; pero esta afirmación es completamente refutada por el pasaje citado anteriormente. Sin embargo, se puede demostrar fácilmente que, durante mucho tiempo, solo se dieron nombres a los cuatro vientos principales.
Es fácil comprender qué fue lo que originó inicialmente esta distinción. El sol, al mediodía, siempre se encuentra sobre un punto del horizonte, que al observador le parece un círculo, teniendo el lugar donde él mismo se encuentra como su centro. Este punto se llama meridiano o sur, y el opuesto a él, norte. Si el observador dirige su rostro hacia el norte, tendrá al este a su derecha y al oeste a su izquierda. El espacio entre estos vientos principales comprende noventa grados, o un ángulo recto. Sin embargo, este número debió elevarse pronto a ocho, y esta división era habitual en la época de…

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Aristóteles. Posteriormente se adoptaron doce puntos en el cielo, que también correspondían a tantos vientos; en la época de Vitrubio se distinguieron y nombraron veinticuatro, aunque esta división se utilizó muy poco. Sin embargo, para determinar los nombres empleados en las dos últimas divisiones surgen algunas dificultades; parece casi que los escritores no siempre les daban el mismo significado.
Los griegos consideraban a Éolo como la primera persona que hizo que los navegantes conocieran los vientos. Se dice que gobernaba las islas volcánicas, posteriormente llamadas éolicas; y si esto es cierto, seguramente tuvo una buena oportunidad para observar el clima y identificar los vientos por el humo que ascendía constantemente de los volcanes en erupción. Este célebre personaje, que recibió a Ulises a su regreso de la guerra de Troya, pudo haber ayudado a los navegantes, quienes más tarde dieron a conocer los servicios que él les prestó.
No puedo determinar la antigüedad de la división en treinta y dos puntos que se utiliza actualmente. Riccioli cree que se han empleado desde la época de Carlomagno, pero no sé si esto puede probarse. Quizás esa afirmación se basa únicamente en la opinión de que este emperador dio nombres germánicos a los vientos y a las direcciones del mundo. De hecho, así lo afirma su historiador Eginardo, quien menciona los nombres, que aquí incluiré, junto con los nombres en latín añadidos por Eginardo y aquellos que se usan actualmente.
Subsolanus: Viento del este.
Eurus: Viento sureste.
Euroauster: Viento sureste.
Auster: Viento sur.
Austroafricus: Viento suroeste.
Africus: Viento suroeste.
Zephyrus: Viento oeste.
Corus: Viento noroeste.
Circius: Viento noroeste.
Septemtrio: Viento norte.
Aquilo: Viento noreste.
Vulturnus: Viento noreste.

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Sin embargo, ya se ha señalado hace tiempo que estos nombres son mucho más antiguos que Carlomagno; y es muy probable que solo fueran definidos con mayor precisión, o confirmados públicamente por este príncipe, o que en su época pasaran a ser de uso general. ¡Cuántas veces se han atribuido invenciones tempranas a soberanos, aunque solo se hayan creado durante su reinado! Incluso se ha dicho que naciones enteras descienden de aquellos príncipes bajo cuyo mando se hicieron conocidas por primera vez para los extranjeros; como, por ejemplo, los polacos de Lech, y los bohemios de Zech.

Carlomagno, sin embargo, no dio nombre a treinta y dos vientos, sino a doce. Tampoco fue el primero en añadir ocho más a los cuatro puntos cardinales, pues lo mismo se afirma de muchos otros. Pero merece la pena señalar que en los nombres dados por Carlomagno se pueden encontrar rastros de ese ingenioso método para designar todos los vientos con cuatro palabras; es decir, mediante diferentes combinaciones de Este, Oeste, Sur y Norte. Es cierto que los nombres de los diferentes puntos y vientos utilizados por todas las naciones europeas, con la excepción de los italianos, son de origen germánico, al igual que la mayor parte de los términos técnicos empleados en la navegación y la arquitectura naval.

Me parece poco probable que la división actual se introdujera poco después de la invención de la aguja magnética; al menos Honorio, apodado Augustodunensis, quien debió vivir antes del año 1125, habla solo de doce vientos; lo mismo hacen Gervasio en 1211 y Vicente de Beauvais a mediados del siglo XIII, quien cita a Isidoro, que vivió hacia el año 636, sobre los doce nombres en latín utilizados por Eginardo.

Apenas se puede dudar de que los medios para indicar los vientos fueron inventados en una época muy temprana. Me refiero aquí a las aletas, banderas y todo otro aparato mediante el cual se puede descubrir de manera conveniente y precisa la dirección del viento, similares a aquellos que hoy se erigen en muchas casas particulares, en la mayoría de las torres de nuestras iglesias y a bordo de los barcos. Debo confesar, sin embargo, que hasta ahora apenas he observado rastro alguno de ellos entre los griegos y los romanos. No encuentro ninguna mención de ellos en obras donde se nombran todas las partes de los edificios; donde se describen expresamente los barcos y todo lo que les pertenece; nada en Polux, y nada en ninguno de los poetas. Tampoco conozco ningún texto griego o latino antiguo al respecto.

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Palabra que puede aplicarse a un aparato para indicar la dirección del viento. En la edición del Diccionario de alemán y latín de Kirsch, impresa en 1754, encontramos Wetterhahn (un veleta), petalum, tritón; pero este último término está tomado de la torre de Andrónico, de la cual tendré ocasión de hablar más adelante; y ni esta palabra ni petulum o petulæ, arum, que también da Kirsch, aparecen en este sentido en ningún autor antiguo; y lo mismo ocurre con pinnacella, ventilogium, aurologium y otros nombres que se encuentran en algunos diccionarios. No conozco información más antigua respecto a un aparato para observar los vientos que la que da Vitrubio sobre la torre construida en Atenas por Andrónico Cirestes, es decir, de Ciro, una ciudad de Siria. Esta torre, construida en mármol y de forma octogonal, tenía en cada lado una representación del viento opuesto al cual estaba orientada. Su cima terminaba en una pequeña aguja, sobre la cual había un tritón de cobre, hecho para girar de tal manera que presentara su frente al viento y señalara con una vara sostenida en su mano derecha la imagen del viento que soplaba en ese momento. Esta torre sigue en pie; y se puede ver una descripción y una figura de ella en los viajes de Spon y Wheeler, así como también en los de Pocock. Las figuras que representan los vientos, más grandes que el natural, están ejecutadas en bajorrelieve y corresponden a las estaciones en las que suelen soplar. En la parte superior de cada lado, debajo del arquitrabe, el nombre del viento está inscrito en caracteres griegos. Bóreas, el viento del norte, sostiene en su mano una concha de almeja, lo que parece indicar su poder especial sobre el mar. El Zefiro tiene el pecho lleno de flores, porque predomina en marzo, época en la que florecen principalmente las flores en Grecia; y se asignan atributos similares al resto. Varro tenía un aparato del mismo tipo en su finca. Dentro del edificio había un círculo en el cual estaban representados los ocho vientos, y un índice, similar al de un reloj, señalaba el viento que soplaba en ese momento. Por lo tanto, no era necesario nada más que mirar el techo para saber de qué dirección venía el viento. He visto un aparato del mismo tipo en alguna bolsa de comercio, ya sea en Lübeck o en Róterdam. Varro llama a la torre de Andrónico horologium, palabra que Salmasius desea cambiar por aurologium. Pero también contenía un reloj de sol, según nos asegura Pocock, quien observó las líneas horarias necesarias; por lo tanto, no es improbable…

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Que la gente, que debido a la falta de relojes solía mirar más el cuadrante que el veletas, dio a la torre un nombre que aludía al primero y no al segundo.
Du Cange dice que se colocó un tritón, en calidad de veleta, en el templo de Andrógueo en Roma; pero no conozco la fuente de la cual obtuvo esta información, y de ese templo no he podido obtener ningún relato. Si los tritones colocados en el templo de Saturno en Roma eran indicadores del viento, o si tenían un significado más profundo, como afirma Macrobio, no me atrevo a determinarlo. Es probable que la columna, de cuyos restos se encontraron algunos en Gaeta (Cajeta), en el reino de Nápoles, y en la cual estaban grabados los nombres de los vientos en griego y latín, también sirviera como indicador del viento. Pero es más que probable que también se erigiera en Constantinopla un aparato para indicar la dirección del viento, similar al que había en Atenas. Al menos considero que así era lo que algunos llamaban anemodulio y otros anemoderium; la información al respecto, a mi juicio, hasta ahora no ha sido comprendida, ni siquiera por Banduri. En mi opinión, no se trataba de un edificio o torre, sino de una columna provista de una aguja, algo similar a lo que aún se puede ver en muchos lugares de la costa marítima, donde se erige un poste alto con una bandera. Esta columna, si se me permite expresarlo así, estaba completamente hecha de cobre; era cuadrada y su altura no era menor que la de las columnas más altas de la ciudad. Su cima formaba una pirámide, probablemente octogonal, sobre la cual se erguía una figura femenina que giraba con cada cambio de viento; por lo tanto, era una aguja, pero no un tritón, como en Atenas. Debajo de ella, en cada lado de la pirámide, se veían muchas figuras, que me atrevo a afirmar que eran atributos o imágenes de los vientos, hacia los cuales apuntaba la figura femenina. Nicetas dice que entre ellas se observaban pájaros, herramientas agrícolas, el mar con barcos, barcas de pesca y cupidos desnudos jugando con manzanas, lo cual, a mi juicio, representaba las diferentes estaciones en las cuales solía soplar cada viento. No es improbable que toda la columna estuviera construida con diferentes piezas de cobre, fundidas por separado y luego unidas entre sí; y parece que ni Nicetas, ni Cedreno, ni los latinos, quienes en el siglo XIII derribaron y fundieron los numerosos objetos de arte saqueados…

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varias ciudades por el emperador Constantino para adornar su capital, estaban al tanto del propósito para el cual este pilar estaba destinado originalmente, o del significado de las figuras emblemáticas representadas en él. Más aún, hay incluso razones para pensar que los propios griegos, en esa época, eran tan ignorantes como para creer que tales objetos eran producto de la magia. Según Cedreno, este costoso indicador del viento fue erigido por Teodosio el Grande, y según otros, por León Isáurico. Si la primera afirmación fuera cierta, pertenecería al siglo IV, y en el segundo caso al VIII; pero no puedo evitar sospechar que fue construido antes de la época de Teodosio. La figura femenina que indicaba el viento se llamaba, según Nicetas, anemodoulon, pero según Cedreno, anemoderion. La primera designa a una persona que pertenece al viento; la segunda, a quien lucha contra el viento; y ambas denominaciones son muy adecuadas para una veleta o indicador del viento. Si mi explicación es correcta, esta obra de arte en Constantinopla no tenía nada en común con la estatua de Júpiter construida por Lisipo en Tarento. Esta última medía cuarenta codos de altura; y lo que causaba gran asombro era que, aunque se sacudía al ser empujada con la mano, resistía la fuerza de las tormentas más violentas. Preferiría comparar la estatua de Lisipo con esas masas móviles de roca que son mencionadas por diversos autores, tanto antiguos como modernos. No es improbable que pudieran existir indicadores del viento de este tipo en otros lugares, y que se puedan encontrar más pasajes que los aluden, hasta ahora no señalados, en diferentes autores. El profesor Michaelis, quien deseaba ayudarme en mis investigaciones, me señaló un relato, sin duda escrito antes del año 1151, en el cual se afirma que en Hems, en Siria, antiguamente llamada Emesa, había una alta torre, en la cima de la cual se encontraba una estatua de cobre de un jinete que giraba con cada dirección del viento. Cabe señalar que debajo de la veleta había figuras, entre las cuales se encontraba la de un escorpión; con toda probabilidad, el emblema de alguna estación. En Europa, la costumbre de colocar veletas en las cimas de los campanarios es muy antigua; y como estas veletas se fabricaban en forma de gallo, de ahí proviene su nombre de gallos de viento. En latín, por lo tanto, en la Edad Media, encontramos las palabras gallus y ventilogium. Esta última es utilizada por Radulfo, quien escribió alrededor del año 1270. Mención de

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678 679
Los gallos de viento aparecen en los siglos noveno, undécimo, duodécimo y decimotercero. No hay duda de que el gallo estaba destinado a ser un emblema de la vigilancia clerical. En las épocas de ignorancia, el clero se autodenominaba con frecuencia “gallos del Todopoderoso”, cuya tarea era, al igual que el gallo que despertó a Pedro, llamar al pueblo al arrepentimiento, o al menos a la iglesia. Por lo tanto, los ingleses se equivocan cuando suponen que la figura del gallo fue elegida por primera vez como adorno en el siglo XIV, durante el reinado de Eduardo III, con el fin de burlarse de los franceses, con quienes estaban en guerra en ese momento; y que la costumbre de lanzar palos contra un gallo con las alas atadas, tal como se practicaba entonces, surgió al mismo tiempo.
En Francia, en el siglo XII, solo a los nobles se les permitía tener adornos en sus casas; de hecho, en cierto momento este era el privilegio de aquellos que, durante el asalto a una ciudad, eran los primeros en plantar sus estandartes en las murallas. Estos adornos estaban pintados con los escudos de los caballeros, o bien se grababan allí dichos escudos; en ese caso se les llamaba panonceaux.
Las banderas o adornos en los barcos aparecen muy temprano, pero siempre se mencionan por su uso en la emisión de señales. Tenían diversas formas y colores; a veces se izaban y a veces se bajaban; se colocaban a veces en el lado derecho y a veces en el izquierdo del barco, y se cambiaban de diversas maneras más; las direcciones correspondientes pueden encontrarse en las “Tácticas” del emperador León. Se les llamaba vexilla, flammulæ, también flammula y banda; estas dos últimas denominaciones aparecen en las obras de los escritores griegos más recientes.
Pero aunque los autores más antiguos sobre el arte de la guerra naval, como Vegetio, recomiendan conocer los vientos, aún no he encontrado ninguna descripción concreta sobre los dispositivos utilizados para determinar su dirección a bordo de un barco. Antes del descubrimiento de la aguja magnética, la precisión necesaria en la actualidad habría sido superflua; sin embargo, los comandantes navales debieron tener desde hace mucho tiempo algún medio para distinguir al menos los doce vientos definidos en aquel entonces, aunque no se encuentran rastros de ello en las obras que han llegado hasta nosotros por casualidad.

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683
Scheffer, quien, como es bien sabido, recopiló de las obras de los antiguos todos los términos técnicos aplicables a la navegación, cree que la pluma, 684
tænia, fijada a un mástil en la popa del barco, no servía tanto como adorno como para indicar la dirección del viento. Sin embargo, no puede presentar ninguna otra autoridad que respalde esta opinión más que un pasaje de una de las cartas de Cicerón, el cual ha sido modificado y alterado, hasta el punto de parecer que Cicerón decidió embarcarse porque las plumas indicaban la presencia de un viento favorable.
Debo admitir que, por el momento, no puedo ofrecer información más antigua sobre las plumas utilizadas a bordo de los barcos para indicar la dirección del viento, aparte de la del siglo XI, extraída de la vida de Emma, esposa de Canuto el Grande, rey de Dinamarca, Noruega e Inglaterra; el autor de dicha obra fue testigo ocular de lo que relata. Al describir la magnífica flota normanda enviada a Inglaterra en el año 1013, dice que se colocaban pájaros, 686
que giraban con el viento, en la cima de los mástiles. Por lo tanto, en aquel tiempo, en lugar de las banderas que se utilizan hoy en día, se colocaban plumas en forma de pájaro en la cima de los mástiles; quizás también la figura de un gallo, como símbolo de vigilancia, pero en este caso no de vigilancia clerical. En la catedral de Bayeux, en Francia, existe un tapiz que representa las acciones de Guillermo el Conquistador; fue elaborado con aguja, ya sea por su esposa o bajo su dirección, y en él se pueden ver plumas 687
en la cima de los mástiles de muchos de los barcos.
[Los anemóscopos, o instrumentos para indicar la dirección del viento, se utilizan actualmente de forma constante en las estaciones meteorológicas; las indicaciones se muestran en esferas, y el aparato no difiere en principio del descrito por Beckmann.
También se han inventado diversos tipos de anemómetros, o instrumentos para medir la intensidad o fuerza del viento. El primero fue inventado por Wolf. En este instrumento, el viento actuaba sobre cuatro velas algo similares a las de un molino de viento; el movimiento era transmitido mediante engranajes a una palanca cargada con un peso. Cuando el viento actuaba sobre las velas, la palanca se elevaba, y este movimiento continuaba hasta que el aumento de la fuerza del peso contrarrestaba la fuerza del viento. También se han creado otros instrumentos basados en principios diferentes.]

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por Lind, Regnier, Martin, y un instrumento muy hermoso para este propósito, construido por el Sr. Dent; se puede ver en la habitación de Lloyd, en la Royal Exchange.]

NOTAS AL PIE
661
Medea, v. 316.
662
Odisea, v. 295.
663
Ilíada, IX, 5.
664
Aristóteles, Meteorológica, II, caps. 5 y 6. Por esta razón, como señala Salmasius, el libro De Mundo no puede pertenecer a Aristóteles, ya que en él se hace mención de doce vientos.
665
De Vita et Gestis Caroli Magni. Traj. 1711, 4to, págs. 132, 133.
666
Wörterbuch de Adelung, bajo la palabra East.
667
De los escritos de este monje, a quien volveré a citar, son escasas las ediciones separadas. Sin embargo, se pueden encontrar en Maxima Bibliotheca Patrum, tomo XX.
668
Speculum Natur., IV, 34, pág. 254.
669
Vitruvio, I, 6, pág. 41.
670
Véase Antiquities of Athens de Stuart, I, 3, tablas I–XIX.
671
Varro, De Re Rustica, III, 5, 17. Nuestros campanarios y agujas meteorológicas, cuando están bien hechos y protegidos de la oxidación, indican la dirección de donde proviene el viento, pero no indican sus nombres. Por las agujas de los campanarios de las iglesias, se sabe que nuestras iglesias están orientadas de este a oeste, y que el altar está colocado en la

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extremo oriental. En otros edificios, se coloca una flecha que apunta al norte debajo de la veleta.
672
Du Cange hace referencia a Anonymus de Arte Architectonica, cap. 2.
673
Saturn. i. 8, p. 223.
674
El pasaje de Nicetas se puede encontrar en Fabricii Biblioth. Græca, vi. p. 407, y en Banduri Imperium Orientale, Par. 1711, fol. tom. i. lib. vi. p. 108. Nicetas habla de ello nuevamente en lib. ii. de Andronico, Venet. 1729, fol. p. 175. Allí dice que el emperador deseaba colocar su imagen en el anemodulium, donde estaban los cupidos. Otro escritor, en Banduri Imper. Orient. i. p. iii. lib. i. p. 17, dice expresamente que los doce vientos estaban representados en él, y que fue erigido con gran conocimiento astronómico por Heliodoro, en tiempos de León Isáurico.
675
Plin. Hist. Nat. xxxiv. 7. sect. 18. p. 647.
676
Geographia Nubiensis. Parisiis, 1619, 4to, p. 118.
677
En Vita S. Richardi Cicestrensis. Véase también Du Cange.
678
En Ughelli Italia Sacra, Romæ, 1652, fol. iv. p. 735, encontramos la siguiente inscripción en un velete que existía entonces en Brixen:
—“Dominus Rampertus Episc. gallum hunc fieri præcepit an. 820.”
679
Raynerus; cap. 5.
680
Ambrosius, v. cap. 24.—Vossius de Idol. iii. cap. 86.—Pierii Valeriani Hieroglyphica. Franc. ad M. 1678, p. 288.
681
Dictionnaire à Trevoux, 1704, fol. artículo Girouette.
682
Hirtius de Bello Alexand. cap. 45.—Tacit. Annal. 22.—Livius, lib. xxxvii. cap. 24.—Leonis Tactica, cap. 19, § 40, 42, pp. 342, 343, edit. Meursii. Lugd. Bat. 1612, 4to.

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683
De Milit. Navali. Upsaliæ, 1654.
684
Pollux, i. 9, § 90, p. 61.
685
Epist. ad Atticum, v. 12.
686
The Encomium Emmæ se imprime en Du Chesne, Historiæ Normannor. Scriptor. París, 1619, fol.
687
Este honorable memorial de la segunda mitad del siglo XI es explicado e ilustrado por una figura en Mémoires de l’Academ. des Inscript. París, 1733, 4to, vol. viii, p. 602.

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DORADO.
La asombrosa extensibilidad del oro, una propiedad en la que supera con creces a todos los demás metales, llevó a la humanidad, desde tempranos tiempos, a intentar laminarlo en planchas delgadas. Dado su valor, también se desarrolló el arte de recubrir o dorar todo tipo de objetos con láminas de oro. Heródoto demuestra que los egipcios solían dorar la madera y los metales; además, el dorado se menciona con frecuencia en los libros del Antiguo Testamento. Sin embargo, las planchas de oro utilizadas para este propósito, como es fácil imaginar, no eran tan delgadas como las que se fabrican hoy en día. Por esta razón, el dorado de las estatuas que han permanecido enterradas durante muchos siglos sigue estando intacto.
Winkelmann afirma que, entre las ruinas de dos habitaciones del palacio imperial, en la colina del Palatino, en la Villa Farnese, se encontraron adornos de oro tan frescos como si acabaran de aplicarse, aunque esas habitaciones, al estar enterradas bajo tierra, estaban extremadamente húmedas. Las bandas circulares de color azul cielo, con pequeñas figuras en oro, eran dignas de admiración. El dorado también se conserva en las ruinas de Persépolis.
Pero en la época de Plinio, el arte de laminar el oro estaba tan avanzado en Roma que una onza de oro podía ser convertida en setecientas cincuenta láminas o más, cada una de cuatro pulgadas cuadradas de tamaño. No compararé este resultado con lo que el arte puede lograr actualmente, porque el relato de Plinio no es del todo preciso, y porque la conversión de las medidas antiguas a las unidades modernas siempre conlleva incertidumbre. Buonarotti, sin embargo, quien realizó algunas investigaciones sobre este tema, opina que el oro utilizado en Roma para el dorado por calor en su época, es decir, a finales del siglo XVII, estaba laminado seis veces más fino; y que el oro empleado para dorar la madera y otros objetos, sin utilizar calor, estaba veintidós veces más fino que las láminas de oro fabricadas en Roma en la época de Plinio.

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Pero este autor italiano, a mi parecer, ha traducido con demasiada prisa las palabras “septingenæ et quinquagenæ bracteæ” como “cincuenta y setenta”. Sin embargo, en aquel tiempo el oro se laminaba en Roma de tal manera que Lucrecio lo comparaba con una red de araña, y Marcial con un vapor. No he encontrado aún ninguna información sobre el método empleado por los artistas antiguos para laminar el oro, ni sobre los instrumentos y aparatos que utilizaban con ese fin. Pero el monje alemán Teófilo, cuyo nombre real parece haber sido Rüger, y que, según Lessing, vivió en el siglo IX, pero según Morelli en el siglo XII, describe el proceso casi tal como es hoy en día. En aquel tiempo, el oro se laminaba entre pergaminos, de la misma manera que se sigue haciendo hoy; y los artesanos sabían cómo evitar que el oro se adhiriera al pergamino, cubriéndolo con ocre quemado reducido a un polvo muy fino y luego frotándolo hasta dejarlo liso con un diente. Con el mismo propósito, nuestros laminadores de oro cubren con un polvo fino el papel fino utilizado para fabricar los libros en los que colocan sus hojas de oro, a fin de conservarlas. Pero las prensas de laminado, entre cuyos rodillos de acero se convierten en hojas finas los lingotes de oro, al parecer no existían en aquel entonces, al menos este monje no hace mención alguna de ellas. Lessing, a quien debemos este curioso fragmento de Teófilo, opina que cada artista de aquel tiempo estaba obligado a laminar personalmente las hojas de oro que utilizaba, ya que la laminación del oro no era entonces una profesión independiente. No voy a discutir esto; pero eso no demuestra que el monje enseñara este oficio a sus hermanos, pues en los conventos el clero procuraba fabricar todo por sí mismo, con el fin de gastar lo menos posible. A medida que el arte avanzaba, se descubrió que el pergamino era demasiado grueso y duro para este propósito, por lo que los artesanos intentaron encontrar una sustancia más fina y finalmente descubrieron que la piel de un ternero nonato era la más adecuada. Gracias a esta mejora, las hojas de oro se volvieron mucho más finas de lo que había sido posible hasta entonces; pero el arte alcanzó aún mayor perfección al emplearse esa fina membrana que se desprende del intestino de un buey o una vaca. Lancellotti, que escribió en la primera mitad del siglo XVII, dice que esta invención fue realizada por los laminadores alemanes, cuando, debido a la guerra, no pudieron obtener de Flandes las pieles de terneros nonatos.

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He oído con frecuencia que la preparación de esta membrana, que los franceses llaman baudruche y los holandeses liezen, y que es tan delgada que se deben pegar dos de ellas juntas, es un secreto, y que la mejor se obtiene de Inglaterra. Pero en el año 1785, cuando visité a un muy ingenioso martillador de oro en Hamburgo, él me aseguró que él mismo preparaba esta sustancia, y que ocurría lo mismo con la mayoría de los martilladores de oro en Alemania. Incluso en Inglaterra, en el año 1763, este arte solo era conocido por dos o tres personas, que lo practicaban como oficio, pero lo mantenían tan en secreto que Lewis no pudo obtener una descripción adecuada de él. En Irlanda también se prepara esta membrana y se envía a Inglaterra. Cuando los franceses, al comienzo de la guerra revolucionaria, esperaban superar a los alemanes mediante el uso de máquinas aerostáticas, resultó importante para ellos obtener suministros de estas membranas. Por este motivo, la Comisión de Armas y Pólvora redactó instrucciones para su preparación, las cuales hicieron imprimir y distribuir entre todos los carniceros. En Estrasburgo se imprimieron en francés y, al mismo tiempo, en alemán, pero en muchos lugares estaban defectuosas e incomprensibles.

Hacia el año 1621, Mersenne causó gran asombro al demostrar que los martilladores de oro de París podían convertir una onza de oro en 1600 hojas, las cuales juntas cubrían una superficie de 105 pies cuadrados. Pero en 1711, cuando las membranas descubiertas por los alemanes comenzaron a utilizarse en París, Reaumur descubrió que una onza de oro, en forma de cubo de cinco líneas y cuarto como máximo de largo, ancho y grosor, y que cubría solo una superficie de unas veintisiete líneas cuadradas, podía ser extendida por los martilladores de oro hasta cubrir una superficie de más de ciento cuarenta y seis pies y medio cuadrados. Esta extensión, por lo tanto, es casi la mitad más que lo que era posible aproximadamente un siglo antes.

Cuando estas membranas se desgastan por el golpe del martillador de oro, se emplean, bajo el nombre de membrana inglesa, para vendajes o, más bien, para unir heridas pequeñas. Los ingleses las denominan membrana de martillador de oro; pero, dado que la seda recubierta de isinglás y bálsamo peruano, que en Alemania se llama vendaje inglés —ya que actualmente los alemanes llaman inglés a todo— se ha convertido en la norma, esta membrana se utiliza mucho menos. Menciono esto para tener la oportunidad de señalar que en

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A mediados del siglo XII, al menos en el Levante, se utilizaba de manera similar una fina membrana para las heridas. Pues cuando el emperador Juan Comneno se hirió accidentalmente en la mano con una flecha envenenada mientras cazaba, se aplicó sobre la herida un pedazo de piel que, por su nombre y descripción, puede considerarse idéntico a aquel que hoy utilizan los orfebres. Sin embargo, el emperador murió a causa de esta herida, después de que esta se inflamara debajo de la membrana; algo que suele ocurrir en heridas grandes cuando la piel se deja allí demasiado tiempo, aunque el veneno por sí solo ya habría sido motivo suficiente de muerte. Reaumur y otros se sorprenden de que los artesanos buscaran y encontraran una parte de sus materiales en las entrañas de un buey; pero yo opino que esta membrana, que a veces se separa al lavar y limpiar las entrañas, fue observada primero por los carniceros, quienes la conocieron como un emplasto; y que llegó a ser demandada entre los orfebres alemanes, como la mejor de todas las membranas conocidas en aquel entonces, a principios del siglo XVII.

El arte del dorado, y en particular el dorado de objetos no metálicos, se vio mucho facilitado por la invención de la pintura al óleo; pero hay que reconocer que el proceso empleado por los antiguos en el dorado en frío era casi idéntico al que se utiliza actualmente. Plinio dice que las hojas de oro se aplicaban al mármol con un barniz, y a la madera con un tipo de cemento que él llama leucoforo. Sin entrar en investigaciones sobre los minerales empleados para este cemento, se puede suponer fácilmente que debía tratarse de un ocre ferruginoso o algún tipo de bole, que aún se utiliza como pulimento. Pero este tipo de dorado debió verse afectado por la humedad, aunque todavía se conservan muchos ejemplos de él. Quizás algunos de los artistas antiguos utilizaron sustancias resinosas, sobre las cuales el agua tiene muy poco efecto.

Que las hojas de oro se fijaban a los metales mediante mercurio, con la ayuda del calor, en la época de Plinio, nos lo cuenta él mismo en más de una ocasión. El metal que se iba a dorar se preparaba con todo tipo de sales y se frotaba con piedra pómez para limpiarlo completamente y hacer la superficie ligeramente áspera. Este proceso es similar al que se utiliza hoy en día para el dorado con amalgama, también con ayuda del calor, sobre todo porque los antiguos ya conocían la amalgamación. Pero, para ser sinceros, Plinio no dice nada sobre calentar el metal después de aplicar el oro, ni sobre evaporar el mercurio.

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sino de secar el metal limpio antes de aplicar el oro. De no haber mencionado el mercurio, su dorado podría haber sido considerado como aquel realizado con hojas de oro por medio del calor, dorure en feuille à feu, en el cual el oro se aplica sobre el metal después de que este ha sido limpiado y calentado, y frotado intensamente con piedra de sangre o acero pulido. Felibien tenía sin duda razón cuando lamentó que el proceso de los antiguos, cuya excelencia queda demostrada por los restos de la antigüedad, se hubiera perdido.

El dorado falso, es decir, aquel en el que se aplican finas láminas de un metal blanco, como el estaño o la plata, sobre el objeto a dorar, y luego se frota sobre ellas con un color amarillo transparente a través del cual aparece el brillo metálico, es mucho más antiguo de lo que creía en el año 1780. El proceso para este fin lo describe el monje Teófilo, cuyos fragmentos se imprimieron por primera vez en 1781. Según sus instrucciones, las láminas finas de estaño debían obtenerse de un color amarillo dorado mediante una tintura de azafrán, de modo que pudieran aplicarse otros pigmentos sobre ellas. El barniz o solución de resina en vino o aceite, utilizado actualmente para este propósito, al parecer no se conocía en aquel entonces. Pero en el siglo XVI este arte era muy común; y existían instrucciones al respecto proporcionadas por Garzoni, Cardano, Canepario y otros en sus escritos. Más o menos en esa misma época, un artesano en Núremberg llamado Melchior Koch conocía el arte de conferir un color dorado, de manera similar, a copas y platos de estaño. Murió en 1567; y con él, según dice Doppelmayer, se perdió el arte. Un método para aplicar un metal blanco sobre papel y luego cubrirlo con un barniz dorado se conoce en China desde los períodos más remotos. Actualmente, este método de dorado se practica más en Sicilia que en cualquier otro país. También parece haberse utilizado, en una época temprana, para dorar cuero y tapices de cuero; y esto quizás se intentó por primera vez en Mesina, según nos cuenta Juan Mateo, quien, sin embargo, en otro lugar atribuye la invención a un santo de Lucca llamado Cita. Pero el cuero dorado ya se fabricaba en la época de Luciano, quien supone que Alejandro el impostor llevaba un trozo de él enrollado alrededor del muslo. La vestimenta de los sacerdotes, en la fiesta de Baco, quizás era del mismo tipo.

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NOTAS AL PIE
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Heródoto, lib. II, 63. Véase Winkelmann, Hist. de l’Art; Caylus, Recueil d’Antiquités, I, p. 193. Parece que Gori tuvo en su poder dos figuras egipcias doradas. Véase Mus. Etr., tomo I, p. 51.
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En los libros del Antiguo Testamento se mencionan claramente las chapas y placas de oro. Moisés hizo que varias partes del santuario fueran recubiertas de oro. 1. El arca de madera de acacia estaba cubierta de oro tanto por fuera como por dentro, Éxodo, cap. XXV, v. 11; también los varales, v. 13. 2. La mesa de madera con sus varales, v. 23 y 28. 3. El altar del incienso, cap. XXX, v. 3. 4. Las tablas que formaban los laterales del tabernáculo, cap. XXVI, v. 29.
Salomón hizo que diversas partes del templo fueran recubiertas de oro. 1. Todo el interior del edificio, 1 Reyes, cap. VI, v. 21 y 22. 2. El altar del incienso, v. 20 y 22. 3. Los querubines de madera de más de diecisiete pies de altura, v. 28. 4. El suelo, v. 30. 5. Las puertas del santuario, en las cuales estaban tallados querubines, palmeras y flores abiertas, v. 32 y 35; de este modo, el oro reproducía con precisión las figuras de la talla.
Ahora surge la pregunta: ¿estaban todas estas partes doradas, recubiertas o revestidas con placas de oro? Pero al comparar los pasajes entre sí, tiendo a pensar que se refiere al dorado.
“Probablemente los hebreos trajeron consigo el arte del dorado desde Egipto, donde parece haber sido muy antiguo, ya que se encuentra no solo en las momias, cuya antigüedad es, de hecho, incierta, sino también, si no me equivoco, en los templos más antiguos, en las imágenes. También parece que en tiempos de Moisés los hebreos conocían tanto el arte del dorado como el de revestir con placas de oro, y expresaban ambos conceptos con el término general ‫צפה‬.”
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Página 534.

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Libro xxxiii, 3. La lámina de oro más gruesa se llamaba, en aquel tiempo, bractea Prænestina; la más delgada, bractea quæstoria.
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Observaciones históricas sobre algunos medallones antiguos. En Roma, 1698, folio, p. 370.
693
Lucrecio, IV, 730; Martial, VIII, 33.
694
Lessing, Zur Geschichte und Literatur, IV, p. 309.
695
L’oggidi ovvero gli ingegni non inferiori ai passati. Venecia, 1636, 8vo.
696
Zusammenhang der Künste. Zúrich, 1764, 8vo, vol. I, p. 75. Para más información, véase Traité des Monnoies, de Abot de Bazinghen. París, 1764, 4to, vol. I, p. 102.
697
Rutty’s Natural History of Dublin, 1772, 2 volúmenes, 8vo, vol. I, p. 264.
698
Von Uffenbach, Reisen, III, p. 218.
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Me dijeron que el profesor Pickel de Würzburg prepara la piel utilizada para golpear el oro mediante un barniz, lo cual la hace más adecuada para su uso; y que un estudiante de ese lugar descubrió cómo hacerla transparente, para poder ver la herida.
700
Libro xxxiii, § 20, p. 616.
701
Plinio, libro xxxv, § 17, p. 685.
702
Libro xxxiii, § 32, p. 622. “Cuando el oro se coloca en capas demasiado delgadas, el mercurio se queda atrapado debajo de él. Pero las capas más delgadas permiten que el mercurio se vea a través del oro. Por eso, aquellos que querían evitar esto mezclaban mercurio con la clara de huevo. De este modo, el mercurio permanecía debajo del oro; pero eso es imposible”. Véase también la sección 42, p. 626. Debo admitir que no comprendo completamente este pasaje. Parece indicar que el mercurio se veía a través del oro cuando este era demasiado delgado, pero que esto podía evitarse mezclando mercurio con la clara de huevo. Pero eso es imposible. Cuando el oro es extremadamente delgado…

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Una gota de mercurio que cae sobre el dorado corroe este metal noble y deja un lugar vacío. Por lo tanto, me resulta incomprensible cómo esto podría ser evitado con la clara de huevo. ¿Acaso Plinio mismo comprendió completamente el proceso de dorado? Quizás Plinio solo quería decir que muchos artistas utilizaban el dorado en frío, es decir, aplicaban las hojas de oro con la clara de huevo, en lugar del dorado por calor. Debo señalar aquí que el lector puede ahorrarse la molestia de consultar la Histoire Naturelle de l’Or et d’Argent de Durand, Londres 1729, folio. Este francés no comprendía lo que traducía.

703
Principes de l’Architecture. París, 1676, 4to, p. 280.
704
Lessing zur Geschichte und Litteratur, vi, p. 311.
705
Piazza Universale. Venecia, 1610, 4to, p. 281.
706
De Rerum Var. xiii, cap. 56.
707
De Atramentis.
708
Mémoires concernant les Chinois, xi, p. 351.
709
De Rerum Inventoribus, Hamburgo, 1613, 8vo, pp. 41, 37.
710
Luciani Opera, ed. Bipont, v, p. 100.
711
Plutarchi Sympos., iv, al final.

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VESTIDOS DE PELLO.
Mientras la humanidad vivía bajo las palmeras en su país natal, entre los trópicos, no tenía necesidad de procurarse ni alimentos ni ropa: los primeros se obtenían espontáneamente de la tierra, es decir, sin esfuerzo alguno; y la ropa era algo superfluo en ese clima cálido. El arte de cultivar plantas y el de confeccionar ropa no eran innatos, sino que se aprendieron primero por necesidad; y esta necesidad surgió cuando los hombres, debido a su crecimiento demográfico, se vieron obligados a expandirse hacia ambos polos. A medida que se alejaban de su lugar de origen, los alimentos se volvían más escasos y el clima más frío. De allí surgieron la cría de ganado y la agricultura; y entonces los hombres comenzaron a recurrir a la crueldad de matar animales para devorarlos como alimento y utilizar sus pieles para protegerse del rigor del clima.
Al principio, estas pieles se utilizaban crudas, sin ningún tipo de preparación; y muchas naciones no recurrieron al arte de ablandarlas y hacerlas más flexibles, duraderas y cómodas hasta épocas muy tardías. Mientras la humanidad solo comerciaba con cosas necesarias y no prestaba atención a los adornos, orientaban el lado peludo hacia el cuerpo; pero como en aquel entonces no se conocía el arte de curtir pieles, el lado carnoso debía servir para confeccionar la ropa. Cuando las costumbres de las personas comenzaron a ser más refinadas, esto daba a esa clase de ropa un aspecto que inevitablemente provocaba disgusto. Para evitarlo, los Ozolæ invertían las pieles y llevaban el pelo hacia afuera; y de este modo se explica en parte el mal olor que desprendían sus cuerpos. Sin embargo, esta costumbre era tan generalizada que Juvenal, al describir a una persona tacaña, dice: “Para protegerse del frío, no usa la costosa ropa de lana de los romanos lujosos, sino las pieles de animales, e incluso las invierte, es decir, con el lado peludo hacia adentro, sin preocuparse por si el aspecto es agradable o no”. Sobre cómo se descubrió posteriormente el arte de curtir pieles, Goguet ha intentado hacer conjeturas a partir de los relatos de los viajeros.

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a los salvajes de las regiones septentrionales de América y Asia, pero especialmente en lo que respecta a los groenlandeses. El método mucho más ingenioso de fabricar lana, primero convirtiéndola en fieltro y luego en tela, parece haber sido descubierto por los habitantes de las zonas templadas, donde la suavidad del invierno hacía innecesarias las prendas de piel.
Las ovejas provenían de África; pero en ese país tienen pelo y no lana; y solo en climas más fríos adquieren una naturaleza lanosa. Si es cierto que un Hércules fue quien primero trajo esta especie de animal desde África a Grecia, esa mejora pudo haberse producido primero en este último país; en cuyo caso es probable que los primeros intentos de fabricar lana fueran hechos por los atenienses, es decir, entre los griegos; pues este arte ya era conocido por los egipcios, quienes atribuyen su invención a su Isis.
Es fácil comprender que debieron transcurrir muchos siglos antes de que las ovejas pudieran ser llevadas y criadas en los países del norte, donde los densos e inmensos bosques producían en abundancia una gran variedad de aquellos animales capaces de proporcionar las mejores pieles; donde la humanidad crecía lentamente, se dedicaba a la caza hasta épocas posteriores y no se vio obligada tan pronto a emplear métodos artificiales para obtener los productos más necesarios; y donde también vivían demasiado dispersos como para que la experiencia y las invenciones los condujeran rápidamente al arte. Las naciones del norte, por lo tanto, se vestían con pieles crudas de animales, mucho tiempo después de que las tribus del sur conocieran el hilado y el tejido de lana, lino y algodón; y por esta razón, las primeras se sorprendían ante la apariencia de las segundas.
Cuando los griegos nos describen a estos bárbaros, casi siempre mencionan lo repugnantes que eran debido a su vestimenta; la cual, sin embargo, según reconocen sus historiadores, también fue usada durante mucho tiempo por sus propios antepasados. Incluso los héroes de la historia fabulosa griega se vestían con pieles de los animales más terribles, como leones y tigres, y sobre ellas también dormían. Cuando los romanos querían describir las costumbres de sus antepasados y mostrar la diferencia entre ellos y los suyos, solían mencionar el uso de pieles.

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Así, Propertio denomina a los senadores de los períodos más antiguos “pelliti”, y
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Valerio Máximo dice, hablando del lujo de su época, que nadie, imitando a Cato, usaría pieles de cabra como cubierta para su cama. Pero parece que los griegos y los romanos, en tiempos de su prosperidad, cuando las artes y las ciencias se cultivaban entre ellos, hacían poco uso de prendas de piel. En esa época se usaban únicamente en ciertas festividades, y solo por parte de las clases más pobres y los campesinos, o bien en tiempos de guerra. En cualquier caso, no se mencionan entre las prendas de los ricos, ni entre los objetos de magnificencia y adorno.
Los médicos antiguos, al tratar sobre la influencia que tienen las prendas de vestir en la salud y sobre cómo elegirlas para invierno y verano, no hacen mención alguna a las pieles. Suetonio, al describir cómo se vestía el emperador Augusto en invierno, nombra varios tipos de prendas, pero no ninguna de piel; algo que el emperador, que era muy sensible al frío, seguramente habría usado si tales prendas fueran habituales. Sin duda, habrían sido mucho más cómodas y servido mejor a su propósito que las cuatro túnicas superpuestas, la toga gruesa, la camisa de lana y el chaleco, así como todos los demás elementos mencionados. Martial se burla de un hombre pretencioso que deseaba la llegada del invierno y del clima severo en esa temporada, para poder exhibir sus costosas prendas de invierno. Si en esa época las pieles hubieran sido la prenda de invierno de moda y principal, el poeta seguramente no habría omitido mencionarlas. Actualmente, por razones similares, aparecen las bufandas tan pronto como cae la primera helada, junto con grandes guantes que dejan apenas visible alguna parte del cuerpo, aparte de la cabeza y los pies. Si en tiempos de Plinio se utilizaban pieles como adorno, sin duda él habría señalado este uso, especialmente porque menciona y se burla de tantas formas supersticiosas de utilizar las pieles de animales; pero no recuerdo haber leído en las obras de este naturalista ninguna descripción de prendas de piel. Él relata que se intentó fabricar piel de liebre, pero no tuvo éxito, ya que, según supone, la piel, debido a su corta longitud, no se adhería bien, o, como diríamos hoy, no podía ser fieltreada. Sin embargo, no dice nada sobre el uso de la piel de liebre para forrar prendas. También parece que las pieles no aparecen con frecuencia como prendas de vestir en las Escrituras sagradas. En el tercer libro, o quizás incluso en el…

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En el siglo II de la era cristiana, parece que los romanos ya conocían las prendas de piel y las valoraban mucho. Las numerosas tribus del norte, que en aquel entonces se desplazaban hacia el sur, iban vestidas con pieles; pero no todas eran crudas, sucias y repugnantes, como las que se habían utilizado anteriormente. Se puede suponer con certeza que los jefes de esas tribus poseían las pieles más hermosas; y que, en general, estaban tan familiarizados con el arte de prepararlas y llevarlas de la manera más elegante, que así lograban llamar la atención de los jóvenes romanos. Pues todas aquellas tribus guerreras que atacaron el imperio romano y lo sometieron en parte no deben considerarse como bárbaros incivilizados, ignorantes de las artes o las ciencias, aficionados al saqueo y al asesinato, que derribaban gobiernos y destruían la felicidad pública y el comercio; esto fue señalado recientemente cuando los franceses aplicaron el término “vandalismo” a las terribles crueldades cometidas durante la revolución de 1793. Se puede demostrar que los romanos adoptaron de esos invitados no deseados ese tipo de vestimenta; que las pieles pronto se volvieron de moda entre ellos y se convirtieron en un objeto de lujo y de comercio; y parece que las pieles fueron el primer artículo que dio origen al comercio desde Italia hasta las partes más lejanas del norte, ya que, en el siglo XV, fueron la causa del descubrimiento y conquista de Siberia. Cuanto más tarde se conoció en los países del norte el arte de fabricar lana y de transformar los metales preciosos en encajes y otros adornos, y cuanto más tarde los habitantes se familiarizaron con el algodón, la seda y las piedras preciosas, tanto más se esforzaron por encontrar y preparar las pieles más hermosas, y por adornar sus vestidos con ellas. No sorprende, por tanto, que las naciones del sur, aunque su clima no lo exigía, adoptaran esta magnificencia; sobre todo porque la distancia y escasez de pieles las hacían lo suficientemente caras como para que los ricos y personas de alto rango las consideraran un símbolo de lujo y distinción. Esto, en mi opinión, quedará demostrado por lo que sigue. Cuando los historiadores hablan de esas naciones del norte con las cuales los romanos libraron guerras largas y, en su mayoría, desafortunadas, casi nunca olvidan mencionar sus prendas de piel; y esto ocurre especialmente con aquellos escritores que vivieron en esa época. Heródoto nos cuenta que los pueblos cercanos al mar Caspio se vestían con pieles de foca. Lo mismo relata Estrabón sobre los masagetas; y César y…

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Sallusto afirma que la piel del alce formaba en parte la ropa de los antiguos germanos. Me refiero aquí a esos vestidos a los que ellos llamaban renones. Que esta palabra deriva del animal que actualmente los suecos denominan Ren; que el alce era común en la antigua Germania, donde, debido a que estaba cubierta de bosques y pantanos, tenía un clima mucho más frío y producía más musgo de alce que en la actualidad; y que César, al describir las cosas más notables de Germania, menciona al alce con el nombre de bos cervi figura. Creo haberlo demostrado en mi trabajo juvenil sobre los animales antiguos de ese país. Reno también significa Lappmud, o la piel de alce, que aún se usa en Suecia; yo mismo la he usado allí, y es hermosa y costosa. La objeción de Wachter a esta opinión tiene muy poco peso. ¿Cómo es posible creer, dice él, que estos animales fueran antiguamente tan numerosos que todos los germanos y galos pudieran vestirse con sus pieles? Pero en esta ocasión no recuerda lo que ya ha demostrado en numerosos ejemplos: que el nombre de una especie a menudo se aplica a todo el género. Como muchos usaban renones, de los cuales quizás los romanos eran los más aficionados, dieron el nombre de renones a todos esos vestidos de piel de los germanos. Las pruebas en los autores antiguos respecto a la ropa de piel de los escitas, godos, getas y hunos son demasiado numerosas como para ser recogidas todas. Por lo tanto, me referiré solo a aquellos pasajes que he mencionado ocasionalmente y que pronto utilizaré para otro propósito. Se puede demostrar fácilmente que los germanos y otras naciones del norte, debido a su contacto con los romanos, dejaron gradualmente de usar pieles y se acostumbraron cada vez más a la ropa de lana; y, por otro lado, que los romanos adoptaron la ropa típica de sus conquistadores. Incluso en tiempos de Tácito, aquellos germanos que vivían en el Rin y el Danubio, y por lo tanto estaban más cerca de los romanos, daban mucho menos valor a las pieles que aquellos que residían más adentro del país, a mayor distancia del contacto con extranjeros y del comercio. Estos últimos poseían las pieles más costosas, que sabían cómo adornar y variar con adornos de todo tipo, quizás de la misma manera que nuestros artesanos de pieles hoy en día adornan las pieles blancas con la cola del erizo. Estos pueblos no poseían otros artículos de lujo ni otros medios para distinguirse entre sus compatriotas, sino mediante…

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La rareza y el alto costo de sus pieles. Así ocurría con los espartanos cuando Licurgo les privó de todos sus lujos. Entonces adornaban los artículos necesarios que les quedaban —camas, mesas y cuencos de madera con los que bebían agua—, y lo hacían en tal medida que, con el tiempo, estos objetos podían satisfacer el gusto por el lujo tanto como las mercancías extranjeras que antes habían comprado a un precio tan elevado. Lo mismo han señalado los historiadores daneses y suecos. Cuando estas naciones, a través de sus viajes marítimos, expediciones piratas y comercio, se familiarizaron con las costumbres extranjeras y con tipos de ropa más cómodos, se acostumbraron al uso de la lana, el algodón y la seda; sin embargo, lo hicieron de manera tan lenta que el uso de estos materiales se consideró un lujo excesivo. Harald Härdrät Sigurdson, o Harald IV, rey de Noruega, a mediados del siglo XI, quien había acumulado grandes riquezas en el Levante, llevaba una capa roja forrada con pieles blancas. En el siglo XII, los hombres más importantes de la corte danesa iban vestidos con pieles de oveja; y cuando el duque Canuto, o Canuto Laward, hijo de Eric Eiegod, asesinado en el año 1131, apareció en una fiesta en Ribe vestido con tela roja, despertó atención y envidia, y tuvo que soportar los sarcasmos más amargos por parte de Henry Skatteler, o mejor dicho Skokal, es decir, el cojo, que llevaba una piel de oveja nativa. El hecho de que los getas consideraran las pieles como objetos de grandeza, y que por ello las usaran sus reyes y los hombres más importantes de la corte, queda demostrado por los pasajes que he citado. La reproche que Claudiano dirigió contra Rufino, por no avergonzarse de usar pieles getas, demuestra que los romanos adoptaron las costumbres de sus conquistadores, y que esta práctica fue criticada por sus patriotas. También cabe señalar que los juristas Ulpiano y Paulus incluyen las pieles entre los artículos de vestir, algo que antes de su época no ocurría. Acro, un antiguo comentarista de Horacio, cuya época, hasta donde sé, aún no ha sido determinada, dice que en su tiempo los senadores y los hombres más importantes, cuando aparecían con sus trajes oficiales, llevaban pieles costosas obtenidas…

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provenientes de países extranjeros, y Tertuliano denuncia con indignación los vestidos femeninos bordeados y adornados con pieles, que parecen ser mencionados también por el obispo Máximo en el siglo V. En el año 397, el emperador Honorio prohibió que se usaran vestidos góticos, y en particular pieles, ya sea en Roma o dentro de la jurisdicción de la ciudad; pero el hecho de que tales órdenes contra las modas tuvieran muy poco efecto se evidencia en el hecho de que estas leyes, al ser ampliadas y endurecidas, fueron renovadas en 399 y 416, y aun así no se cumplieron. Incluso a los propios godos se les prohibió usar tales vestidos. A los sirvientes godos, que en aquel entonces se mantenían en la mayoría de las familias, se les imponía castigo corporal, y a los de rango superior, una multa, en caso de que violaran esta prohibición. Pero Sinésio, que vivió en esa época y, como buen patriota, lamentaba el uso de estos vestidos exóticos, que constituían un presagio melancólico de que el dominio de los godos acabaría prevaleciendo, relata que los hombres más importantes entre este pueblo aparecían en Roma con vestidos romanos, pero al regresar a su país cambiaban por sus ropas nativas y volvían a usar sus pieles. Sin embargo, las pieles no eran la única parte del atuendo gótico que se volvió de moda entre los romanos; también adoptaron sus pantalones o mallas. Que tales prendas no se usaban antes de ese tiempo, ni por los griegos, ni por los romanos, ni por los hebreos, ha sido demostrado por muchos. Por esta razón se hace tan frecuente mención de posturas indecentes, como cuando los highlanders escoceses arrojan sus armas, dejando al descubierto aquellas partes que la modestia exige ocultar. Esto es considerado por Teofrasto como uno de los signos de lo cómico. Así, una postura adoptada sin querer expuso a Filipo a reproches, según nos cuenta Plutarco; y para evitar una indecencia similar, César, al caer, recogió sus ropas alrededor de sí. De ahí, como es bien sabido, la expresión conservada por Lutero, „seine Füße bedecken“, “cubrir los pies”, o como dicen los griegos, “arreglar la ropa”. Las personas que padecían debilidad o malestar se envolvían las piernas con vendas; y en la época de Quintiliano, el uso de estas solo podía justificarse por enfermedad. Sin embargo, posteriormente se volvieron más comunes, hasta el punto de que, según Ulpiano, se consideran entre los artículos habituales de

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vestido. Constituyeron un paso hacia los pantalones, en el verdadero sentido de la palabra, los cuales, como es bien sabido, cubrieron durante muchos siglos las caderas, los muslos y las piernas, como se puede ver en sellos y obras talladas del siglo XIII. Que los bátavos, galos, germanos, sármatas, getas, godos, etc., tuvieran tales prendas de vestir, está demostrado por numerosos pasajes de autores antiguos, ya citados por otros, así como por la conocida denominación de Gallia braccata. Los anaxuridas de los persas también eran pantalones, que los romanos adoptaron, no de este pueblo, sino de las naciones del norte, aunque sin la aprobación de los patriotas, quienes se opusieron a ellos, tal como lo habían hecho antes contra las pieles. Al principio, parecen haberse utilizado únicamente en viajes y en la guerra. Cuando Honorio prohibió el traje godo, se mencionaron expresamente los pantalones; y Ovidio reprocha al pueblo de Tomi, en el Ponto Euxino, el hecho de que, aunque querían ser considerados de origen griego, no tuvieran reparo en usar pantalones persas.

Dado que los griegos y los romanos o bien no utilizaban pieles para vestidos ceremoniales, o bien las adoptaron solo en una época tardía y rara vez las empleaban, no cabe esperar encontrar descripciones sobre el comercio de pieles en sus escritos.

Soy plenamente consciente de que Isaac Vossius tenía la idea de que la historia de la lana dorada podría considerarse como la huella más antigua de ella, y por ello afirmó que el objetivo de la expedición argónauta a Colquide era una especulación comercial, al igual que ocurría con las expediciones inglesas a Nootka Sound. También es cierto que esta opinión recibió cierta aprobación; pero no tiene más probabilidades de ser cierta que la que tenían los alquimistas respecto a la misma expedición desde la época de Suidas. Que los colquios, de hecho, llevaban a cabo un comercio muy extenso, está suficientemente demostrado por el testimonio de Plinio y Estrabón; pero este último, en el catálogo de mercancías, menciona madera para la construcción de barcos, pez hirviente, cera, lino y cáñamo, pero no pieles, las cuales en aquel tiempo no podían ser un artículo muy buscado en el comercio exterior.

Otra descripción que leemos en Plinio parece referirse mucho más bien al comercio de pieles. Me refiero aquí a la citada por Böttiger, de la cual se desprende que las pieles se contaban entre las mercancías obtenidas en aquel entonces de los seres. Sin embargo, confieso abiertamente que no puedo aceptar fácilmente esta sola palabra de Plinio como prueba concluyente. Hasta donde he podido averiguar hasta ahora…

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Se encuentra que otros escritores, entre los artículos proporcionados por los chinos, mencionan hierro, perlas, seda, algodón y prendas de seda o algodón, pero no dicen nada sobre pieles; y es muy poco probable que un país que producía seda o algodón pudiera suministrar tales pieles como para transportarlas a una distancia tan grande. Lo único que puedo admitir es que las pieles fueron llevadas a Europa mediante el comercio de tránsito; es decir, los seres las obtenían de los países productores de pieles, o sea, aquellos que actualmente suministran zorros, y luego las vendían a los romanos. Ahora bien, esta era una ruta muy complicada, ya sea que consideremos que Serica era China, Siam o la Pequeña Bucaria; sin embargo, no tan complicada como aquella por la cual los chinos obtenían de los ingleses, a través de Rusia, las mejores pieles de castor provenientes de Canadá y la Bahía de Hudson.

Si tuviéramos que incluir entre las pieles la “lucida vellera” de Plinio, así como la “tactu mollia Serum” mencionada por Séneca, Boecio y otros, sin duda estaríamos equivocados; pues estas pueden explicarse por la información errónea que en aquel tiempo se tenía, en parte respecto al algodón y en parte respecto a la seda, y que puede encontrarse en Solino y otros autores. ¿No es posible que Plinio también se refiriera a estas “lucida vellera”?

Tengo también algunas dudas respecto a un pasaje de Estrabón, donde relata que entre las mercancías traídas por las tribus nómadas de Europa y Asia al Tanais, o actual Azov, en la desembocadura del Don, había esclavos y pieles. Es cierto que “dermata” puede significar no solo pieles, sino también pieles curtidas. Si Estrabón se refería aquí a pieles, tiendo a suponer que estas eran vendidas en los países más cercanos y no llegaban al comercio europeo; y quizás lo mismo ocurría con los esclavos mencionados en ese mismo pasaje. Polibio también, entre las mercancías traídas desde el Ponto a Bizancio, menciona “dermata”. Sin embargo, debo confesar que, si descubriera que los romanos realmente obtenían “dermata” de Asia, examinaría cuidadosamente si con ese término no se querían referir más bien a pieles, o incluso a cuero teñido. Pieles, y especialmente para fines militares, sí las obtenían de lugares muy lejanos. Así, los frisios, en lugar de un impuesto, estaban obligados a suministrar pieles de buey; y puede demostrarse mediante el testimonio de varios escritores que el arte de dar un hermoso tinte a

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El cuero es muy antiguo en Asia; y por lo tanto, muchas de las cosas que llamamos marroquí fueron traídas desde allí a Europa en una época temprana.
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Por otro lado, por lo que dice Aeliano, no dudo en absoluto de que en su tiempo se practicaba el comercio de pieles con Persia. A ese país se enviaban, según él, las pieles suaves del ratón del Ponto, las cuales, al coserse entre sí, formaban vestidos calientes. Estoy convencido también de que podrían encontrarse más pruebas del uso de prendas de piel entre los persas. Ellos empleaban pieles
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también en lugar de colchones y cojines. Así, Plutarco nos cuenta que Farnabazo descansaba sobre pieles suaves; y no es improbable que los guantes gruesos o ásperos de invierno de los persas, mencionados por Jenofonte, estuvieran hechos
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del mismo material. Los viajeros modernos afirman que actualmente las pieles de zorro y armiño se encuentran entre los adornos más comunes y valiosos de los persas; y es bien sabido que la vestimenta de este pueblo es muy antigua, ya que no están expuestos, como nosotros, a la influencia de las modas cambiantes.
Pero las pieles persas, pelles Parthicæ o Persicæ, que a menudo se exaltan, especialmente en épocas posteriores, por su belleza, no pertenecen a esta categoría; aunque Vossius, Brisson y Gesner consideran que eran de zorro. Sin duda se trataba de diferentes tipos de cuero teñido, con el cual se fabricaban zapatos para príncipes y personas adineradas. En tiempos del emperador Maximiano, un soldado romano encontró una cartera de cuero que contenía perlas verdaderas; arrojó las perlas y se quedó solo con la cartera,
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porque tenía un hermoso color. Del mismo tipo de cuero era aquella
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teñida con cinabrio, mencionada por Zósimo; y aquella que menciona Constantino Porfirógeneto, cuando habla de todos aquellos artículos que las naciones del norte obtenían a través de Constantinopla, es denominada expresamente como cuero persa altamente teñido.
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De tipo similar parecía ser el cuero babilónico. Zonaras habla de una tienda costosa hecha con él; y en tiempos de San Jerónimo se consideraba un objeto de lujo. Dado que se mencionan tanto el cuero persa como el babilónico al mismo tiempo, hay razones para pensar que en el comercio se hacía una distinción
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entre estos dos tipos. El emperador Constantino, entre las personas encargadas de suministrar artículos para el guardarropa imperial…

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Constantinopla, y quienes por ese motivo disfrutaban de ciertas inmunidades,
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menciona a los parthicarii, particarii o parthiarii; y aunque somos inciertos respecto a la ortografía, se puede comprender fácilmente que estas palabras no aluden, como dice Vossius, a los artesanos del cuero, sino a comerciantes que trataban pieles teñidas y quizás pintadas, que adquirían en Persia. Es bien sabido que actualmente los persas dominan el arte de preparar y teñir muchos tipos de cuero de una manera más hermosa que los europeos; y entre ellos se encuentran especialmente el gamuza y el morocco,
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que aún se importan desde Oriente.
A partir de los argumentos aquí expuestos, llego a conjeturar que el comercio de pieles hacia las partes meridionales de Europa tuvo su inicio durante las expediciones de las tribus del norte a Italia; y debo admitir que no he encontrado información más antigua sobre este tema que la proporcionada por Jordanes o Jornandes, quien vivió en el siglo VI. Este escritor, hablando
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de las naciones del norte, menciona a los suethanos y dice que son ellos quienes envían a los romanos las famosas pieles; las cuales, sin embargo, pasaban necesariamente por las manos de muchas tribus intermedias. Estos suethanos, según su relato, habitaban una parte de Scanzia, y que bajo este nombre incluía a Suecia, Noruega, Laponia, Finlandia, etc., lo cual ya ha sido demostrado por Mascou. Poco después menciona también a los hanugari, a quienes considera pertenecientes a los escitas; estos, según él, eran conocidos
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por su comercio con pieles de ratón.
Es demasiado conocido como para requerir prueba alguna que, en los períodos más antiguos, toda la riqueza de los países del norte consistía en pieles; que estas, si no las únicas, eran las principales mercancías exportadas, y que todos los impuestos se pagaban con ellas. Otro, que vivió en el siglo IX, indica la cantidad de pieles de zorro rojo, alce, oso y nutria que los finlandeses y noruegos entregaban anualmente. Cuando Thorolf, en el año 878, envió un barco a
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Inglaterra con mercancías, entre ellas había pieles de mustélido blanco. También debo señalar que ya en el siglo III las pieles y el cuero comenzaron a contarse por decurias; de ahí deriva la denominación “decher”, adoptada en los idiomas inglés, sueco y danés, así como la palabra “dacra” o “dacrum pellium”, utilizada en la Edad Media. Zorros y

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Sin embargo, las pieles de erizo siguen siendo vendidas por los zimmer; y esta denominación también es muy antigua. Se encuentra una mención a pieles de zorro alrededor del año 1300, y a “unum timbrium martrinarum” ya en 1207. Actualmente, un zimmer fabrica cuatro dechers, es decir, veinte pares; en la época de Jorge Agrícola, las pieles de zorro se vendían de esta manera, cuarenta en cada lote. Pero el término “zimmer” no siempre fue el mismo en todos los países y en todas las épocas; al menos en Francia, un “zimmer”, o “timbre”, se consideraba que contenía sesenta pieles.

Antes de continuar, debo esforzarme por explicar los diferentes nombres de las pieles que aparecen en las obras de los antiguos; pero en este intento apenas puedo esperar alcanzar una gran precisión. La información que proporcionaron los antiguos sobre aquellas especies de animales de países que no conocían es extremadamente deficiente. Lo que relataban lo obtenían de los informes de los comerciantes; y estos, muy probablemente, por motivos de interés propio, tergiversaban lo poco que realmente sabían.

Además, los escritores antiguos no siempre distinguían con exactitud los nombres de las diferentes pieles, ni les asignaban el mismo significado; lo cual es menos sorprendente, ya que incluso hoy en día pocos saben cómo dar nombres adecuados a las principales clases de pieles. Es probable que las pieles de erizo, zorro y ardilla se convirtieran desde muy temprano en objetos de comercio y formaran los artículos principales en este ramo comercial; pero debido a lo poco que se sabe sobre este tema, ningún zoólogo se atrevería a determinar con certeza la especie.

Debe ser lo suficientemente sincero como para admitir todas las conjeturas que no puede refutar.

Si no me equivoco, la piel del ratón, y en particular la del ratón del Ponto o del Mar Caspio, es la que se menciona primero y con mayor frecuencia en los tiempos más antiguos. Hace tiempo que se señaló que el nombre “mus” al principio no solo designaba al animal al que hoy le aplicamos ese nombre, sino también a todos los pequeños cuadrúpedos de sangre caliente. De la misma manera, todo animal grande se llamaba antiguamente “bos”. Cuando los romanos vieron por primera vez a los elefantes, les dieron el nombre de “boves lucæ”. Pausanias también denomina al rinoceronte “el buey etíope”; y César llama al alce “el buey con cuernos de ciervo”. El buey era el animal de sangre caliente más grande, y el ratón el más pequeño, que conocían los antiguos; por eso llamaban a todos los animales grandes “bueyes” y a todos los pequeños “ratones”. Cabe señalar, al explicar los nombres antiguos de los animales, que al principio tenían un significado mucho más amplio.

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Significado: es necesario esforzarse por conjeturar qué tenían en común entre sí los animales a los que se referían, según las ideas de los antiguos. Parece que la palabra “formica” pertenece a este tipo de términos; quizás la idea principal relacionada con ellos sea la recolección y almacenamiento de cosas. Quizás de esta manera se pueda explicar la fábula de las hormigas buscadoras de oro, mencionada por Heródoto. Sin embargo, a menudo es difícil conjeturar cuál era la idea principal. ¿Qué idea tenían los antiguos cuando llamaban “passer” (gorrión) al avestruz, considerándolo un gran gorrión libio o árabe? Por lo tanto, no aprendemos nada más de las palabras “pelles murium”, aparte de que no se trataba de pieles de animales grandes. Los epítetos “Póntico” y “Cáspico” solo indican que estos artículos, al igual que muchos otros, provenían del Ponto y del mar Caspio. Si intentáramos determinar el país de origen de cualquier artículo utilizado en el comercio, o el lugar donde se produjo por primera vez, a menudo cometeríamos errores. Con frecuencia, los artículos se denominaban “sirios”, “turcos” o “árabes”, aunque es seguro que provenían de países muy diferentes.

La única información adicional que he podido encontrar sobre esta especie de animal es que su piel era extremadamente suave; además, servía como buena protección contra el viento. Muchas de estas pieles se cosían entre sí para fabricar prendas de vestir. Ahora, si damos crédito a las descripciones de Aristóteles y Plinio, según las cuales el ratón póntico pertenece a la clase de animales rumiantes, ¿cómo se pueden extraer características distintivas de él?

Aquellos que deseen dar más margen a las conjeturas podrían, basándose en un pasaje de San Jerónimo, considerar probable que esta clase de piel tuviera el mismo olor que el almizcle. De hecho, en aquel entonces ya se conocía el almizcle; pero, ¿no es posible que este santo considerara al animal que produce almizcle como un ratón, tal como sospechaba Conrad Gesner? Para mí, es más probable que conociera las bolsas de almizcle utilizadas en el comercio y las llamara “pelleculæ peregrini muris olentes”. Sin embargo, este pasaje no puede demostrar que la piel del animal que produce almizcle se comprara para fabricar prendas debido a su olor. En primer lugar, la piel de este animal, con su pelo, no tiene olor a almizcle; esto se sabe no solo por la descripción que se da de ella, sino también por una piel que obtuve en estado muy fresco. En segundo lugar, este animal es tan grande como un ciervo de medio año de edad; por lo tanto, su tamaño no justifica el uso del término diminutivo “pellicula”. Y, en tercer lugar, la piel…

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no proporciona pieles valiosas. El pelo es grueso; casi áspero, y tan delicado que se rompe con la menor fuerza. Estas pieles son utilizadas únicamente por los nativos del país donde se producen, para sombreros y ropa de invierno; pero cuando se les quita el pelo y se curtan hasta ponerlas blancas, forman un cuero extremadamente suave y fino. Aquellos que se conforman con una apariencia verosímil pueden recordar, al leer el pasaje de Jerónimo, que el zorro plateado, cuando se utiliza a diario, desprende un olor tenue y no desagradable a almizcle, y afirmar que el ratón póntico era el zorro plateado. Mucho más probable es la conjetura de nuestro gran zoólogo, de que mus Ponticus fue el nombre dado inicialmente a la marmota sin orejas, M. catili, y que posteriormente se aplicó al ardilla y al visón. Esta opinión la sustenta con la observación de que la letargia en invierno, la rumiación y la afinidad con el ratón alpino, M. alpinus, que parece reconocer Plinio, concuerdan mejor con el M. catili que con cualquier otro animal. A esto se puede añadir que Hesiquio y Fávorino dicen que el nombre parto de este animal era simoor; y que la marmota sin orejas sigue siendo llamada simron por los tártaros y dshymbura por los calmucos. La similitud es, en efecto, grande, y esta opinión se ve confirmada además por el hecho de que las pieles de la marmota sin orejas son utilizadas actualmente por algunas tribus siberianas como ropa de verano, y enviadas como artículos comerciales, junto con otras pieles, a China, aunque pertenezcan solo a las categorías más baratas, de modo que mil de ellas cuestan apenas ocho o diez rublos. Entre esta escasa información, si se me permitiera ofrecer una conjetura, tendería más bien a la opinión de aquellos que consideran que el ratón póntico era nuestro visón. Pues, en primer lugar, este animal es muy abundante en los países de donde los antiguos obtenían sus hermosas pieles; y parece casi imposible que no hayan observado desde temprano la superioridad de su piel respecto a la de la marmota sin orejas. En segundo lugar, parece que el ratón póntico ha sido comúnmente considerado como el visón, ya que ese nombre era conocido en general; y hay razones para pensar que nuestros antepasados no podían equivocarse en el nombre de un artículo que se ha utilizado ininterrumpidamente en el comercio. El nombre visón aparece muy a menudo en obras de la Edad Media, y escrito de diversas maneras, como Harmellina, Harmelinus, Ermelinus.

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Harminiæ y Arminiæ o Armerinæ o hereminiæ pelles, Ermena, Erminea y erminatus, adornados con armiño; todas estas palabras son respaldadas por Du Cange con pruebas. No puedo determinar en qué momento se utilizaron por primera vez estos nombres; pero, en cualquier caso, se encuentran ya en el siglo XI, en las cartas de Pedro Damián. Du Cange afirma que provienen de Armenia, país en el que este tipo de piel era muy apreciado en la antigüedad, como lo demuestra un pasaje de Julio Polux; y esto parece aún más probable debido a que antiguamente se utilizaban y escribían los términos Hermenia y Hermenii en lugar de Armenia y Armenii. Fischer rechazó también esta opinión de forma imprudente, porque el armiño no se obtenía de Armenia, sino que se enviaba a través de ella desde los países del norte hacia Europa. Lo mismo dice Du Cange; pero da a entender que este producto formaba parte de las producciones armenias; e incluso si se equivocó en este aspecto, su origen sigue siendo el más probable. Marco Polo, el célebre viajero del siglo XIII, menciona el armiño entre los adornos más caros de los tártaros, y dice que era traído desde los países del norte a Europa. El zorro plateado parece haber sido conocido mucho más tarde que el armiño. Su país de origen es la parte más septentrional de Asia, a la cual el comercio no llegó hasta épocas tardías; sin embargo, es probable que ya fuera conocido antes de que los rusos conocieran Siberia, a través de los permios, wogules y samoyedos, a finales del siglo XV. También está completamente demostrado que las pieles finas de Siberia fueron el motivo que llevó a los rusos a conquistar ese país. Además, antiguamente existían zorros plateados en Pérmia, donde actualmente son muy escasos. Los numerosos restos de la antigüedad que todavía se encuentran en Siberia demuestran que, en una época muy temprana, estaba habitada por un pueblo que practicaba el comercio y estaba bien versado en las artes. Conrad Gesner creía que el nombre “zorro plateado” aparece por primera vez en Alberto Magno, quien escribió en el siglo XIII bajo la palabra Cebalus o Chebalus. En el mismo siglo, Marco Polo menciona, al menos en la traducción latina, a la zibellina pellis como un tipo valioso de piel. Pero si sabelum es el zorro plateado, como parece indicar la similitud de la palabra, debió ser conocido en el siglo XII, e incluso antes. El nombre

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El sabelum se encuentra en Alanus Insulanus, y Du Cange encontró menciones de “sabelinæ pelles” ya en el año 1138; aunque quizás sabelum signifique mapache. “Gebellinica pellis”, “gibelini” o “gibellini martores” fueron mencionados en el siglo XI, y sin duda “sabellinæ” y “gebellinicæ pelles” eran lo mismo. No entraré más en esta investigación, que parece ser interminable y, al mismo tiempo, de poco beneficio. El mapache, cuya piel se asemeja más a la del zorro rojo, parece haber sido mencionado por primera vez por Martial, quien, hablando de una excursión de caza fallida, dijo que el cazador estaba muy contento si lograba capturar tan solo un mapache. Pero esta interpretación es muy dudosa; muchos, en lugar de “martes”, leen “meles”; y este último término aparece en Varro, Plinio y otros escritores, mientras que el primero no se encuentra en ningún otro lugar. En la Edad Media, o al menos en el siglo XII, frecuentemente aparecen términos como “martures”, “mardrini” y “marturinæ vestes”; no veo razón por la cual no puedan considerarse pieles de mapache, nombre que se ha mantenido en todos los idiomas europeos. Con igual falta de certeza se puede determinar qué querían decir nuestros antepasados con las palabras “vares”, “varii”, “vairus”, “vajus”, “varus”, “vayrus”, “veyrus” o el término “vair” en francés, así como con “griseum” y “grisum”. Se admite universalmente que se trata de pieles de gran valor. A veces, “varium” y “griseum” parecen ser lo mismo; otras veces, el primero parece ser más valioso que el segundo. Que el primero era manchado o de color variable parece indicarlo su nombre; pues tanto el leopardo como la pantera son llamados “variæ” por Plinio. Lo que en heráldica se denomina “vair” en francés y “eisenhütlein”, “vellus varium” en alemán, y que los primeros consideran como la piel de un animal gris en la espalda y blanco en el vientre, también hace referencia a esto. A veces, sin embargo, parece referirse a un vestido de piel compuesto por piezas de diferentes colores cosidas entre sí. La mayoría de los escritores opinan que significa “grauwerk”, “petit-gris”, “vech”, “veh”, “vehwammen”, así como ardilla; y ciertamente existe una especie de ese animal que podría justificar el nombre “varius”, ya que su piel se utiliza actualmente para bordes o adornos de colores variados. Pero no sé si “grauwerk” podría ser tan valioso como se dice que era “varium”, ya que forma parte de los productos europeos, aunque los mejores provienen actualmente de Siberia. La palabra “veeh” es…

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Derivado, como dice Frisch, del italiano “vaio”; este último, según Muratori, se forma a partir de “varius”, y aún hoy en día una prenda forrada con piel se denomina “roba vaja”. Las “Cirogillinæ pelles”, mencionadas por el consejo de París en el año 1212, eran pieles de conejo. Los madrigueros de conejos ya no eran escasos en Inglaterra desde el siglo XIII; en efecto, en una carta de gracia relativa a los bosques, del año 1215, se permitía a todo propietario establecerlos en sus propias tierras. Por el término “cattinæ pelles”, que también se utiliza con frecuencia, debe entenderse sin duda las pieles de gato. En Francia, en el siglo XII, las pieles de animales nativos se consideraban de poco valor; pero las pieles españolas e italianas eran muy apreciadas. Las pieles de zorro negro, que actualmente son las pieles más caras, ya se encontraban en el siglo XIII entre las mercancías que se enviaban desde los países más septentrionales a Europa; sin duda, estas eran las mismas a las que se refería Damiani en el pasaje citado anteriormente. La ropa hecha con piel de castor aparece mucho antes. Parece ser mencionada por Claudio en el siglo IV; también habla de ella Ambrosio, quien vivió en la misma época. Sidonio Apolinaris, en el siglo V, llamó a quienes la usaban “castorinati”. El escoliasta de Juvenal, que pertenece a un período desconocido pero mucho posterior, también menciona “pellis bebrinæ” o “beverinæ”. Así como al erizo se le llamaba “ratón del Ponto”, al castor se le denominaba “perro del Ponto”. Sin embargo, estoy firmemente convencido de que esta ropa hecha de castor no era realmente ropa de piel, tal como nuestros sombreros de castor no son sombreros de piel. En aquel tiempo, el pelo se hilaba y tejía; y, en mi opinión, Claudio se refiere a una prenda de castor desgastada, de la cual ya no quedaba nada de esa valiosa piel, salvo su nombre. Este método de fabricación del pelo de castor parece no haber sido conocido en la época de Plinio; pues, aunque habla mucho del castor y menciona tres veces “pellis fibrina”, no dice nada sobre cómo se fabricaba ese pelo o sobre la piel de castor. No obstante, ya se habían hecho intentos en aquel entonces para fabricarla.

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La piel del conejo; es probable que el pelo de castor comenzara a utilizarse poco después. Isidoro, que vivió aproximadamente en esa época, ya que murió en el año 636, considera al pelo de castor, al que llama fibrinum, como uno de los materiales empleados para fabricar telas; y cuando enumera los diferentes tipos de telas, también menciona la vestis fibrina, y dice que la urdimbre era de castor y la trama de pelo de cabra, quizás el llamado pelo de camello. El emperador Nicéforo II Focas llevó una prenda superior hecha con esta tela en su coronación en el año 963; sin duda no se trataba de una pelisse de castor, porque las prendas de piel, como demostraré pronto, no estaban de moda en la corte de los emperadores griegos. Cabe señalar aquí que las pieles comenzaron a teñirse ya en el siglo XII; y parece que el color principal era el rojo, ya que encontramos pelles rubricatæ arietum, es decir, pieles de oveja teñidas de rojo; pero Du Cange cree poder demostrar que las pieles de zorro rojo y armiño también se teñían del mismo color. Esto puedo creerlo en cuanto al armiño; pero teñir la piel oscura del zorro rojo y del zorro plateado, en mi opinión, sería prácticamente imposible. San Bernardo dice que ese tipo de cuero teñido de rojo en el siglo XII se llamaba gulæ, lo cual, junto con Hermin engolé de los poetas antiguos, parece significar lo mismo: pieles de armiño teñidas de rojo. Cuando las prendas de piel se pusieron de moda en Italia, pronto se extendieron por toda Europa. Al principio se empleaban las mejores pieles nativas; pero posteriormente las de países extranjeros, ya que se consideraban superiores; y cuanto más caras eran, más se apreciaban. En cada corte constituían el atuendo oficial de la familia reinante, y en poco tiempo también el de la nobleza más rica. En particular, el manto y las cotas de malla de los caballeros, que se ponían sobre su coraza o arnés, estaban bordados con las pieles más valiosas. No tenía mangas y se parecía al traje ceremonial que usaban nuestros heráldicos. Por esta razón, como es bien sabido, el armiño y otros tipos de pieles pasaron a formar parte de los escudos de armas más antiguos. A veces, la magnificencia en este aspecto llegaba a extremos tan excesivos que los moralistas denunciaban tales prácticas, mientras que los gobiernos intentaban limitar el uso de pieles mediante leyes, y el clero procuraba prohibirlas por completo. Por lo tanto, muchos tipos de pieles solo eran utilizados por la nobleza más importante, y otros quedaban prohibidos.

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Carlomagno, sin embargo, llevaba en invierno una pelisse que le cubría los hombros y el pecho; pero siendo enemigo de toda prenda extranjera, utilizaba únicamente pieles de su país natal; y, según lo indicado en algunos manuscritos, solo pieles de nutria. No obstante, parece que las costosas pieles orientales eran conocidas en su corte; pues al salir de caza con su séquito, en un día frío y lluvioso, él mismo solo llevaba una piel de oveja; pero las prendas de sus acompañantes, que se habían familiarizado en Italia con los valiosos artículos con los que comerciaban entonces los venecianos, estaban hechas de telas y pieles extranjeras. Estas, al mojarse completamente y secarse al fuego, se deshacían en pedazos. El emperador ordenó entonces que se frotara su piel de oveja una vez seca y, mostrándosela a sus cortesanos, se burló de sus prendas de piel extranjera, que, aunque caras, eran de poca utilidad. Las princesas imperiales, sin embargo, en los días festivos llevaban vestidos adornados con piedras preciosas, oro, plata y seda, así como pieles extranjeras; en todo caso, la princesa Berta tenía un valioso manto o chal de armiño, que Alcuino denomina murina. En aquel tiempo también eran habituales los guantes de piel. Al menos los monjes, en invierno, llevaban guantes de piel de oveja, a los que se llamaba muffulæ; mientras que los guantes de verano se denominaban wanti. En las leyes galesas de Hywel Dda, que reinó en el siglo X, la piel de un buey, un ciervo, un zorro, un lobo y una nutria se valoraba al mismo precio, es decir, ocho veces más que la piel de una oveja o una cabra. La piel de un weazle blanco valía once veces más, la de un martín veinticuatro veces, y la de un castor ciento veinte veces. En el año 1001, el emperador Otón III envió un embajador a Constantinopla, cuyos acompañantes iban vestidos con costosas pieles. Adán de Bremen, que vivió en el mismo siglo, dice, en su descripción de los países limítrofes con Polonia y Rusia, que de esas regiones se obtenían esas costosas pieles que eran adquiridas con tanto entusiasmo por los lujosos. Cuando Godofredo de Bouillon, en el año 1096, visitó al emperador Alejo en Constantinopla, lo que este admiró sobre todo fueron los ricos y costosos vestidos de los europeos adornados con pieles.

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A principios del siglo XII, los canónigos de una catedral se dejaron corromper por las hermosas pieles. Sin embargo, su uso estaba prohibido al clero en uno de los concilios. Según el de Londres, en 1127, las abadesas y monjas debían usar únicamente pieles de cordero y de gato. En el año 1187, cuando los cristianos fueron derrotados cerca de Tiberíades, el conde Raimundo, habiéndose pasado traicioneramente a los turcos, estos encontraron entre el botín del campamento cristiano una completa variedad de pieles. A finales del siglo XII, Gottfried o Gaufred, prior de Vigeois, se quejó de que ya nadie usaba pieles de oveja ni de zorro, que anteriormente eran utilizadas por los barones y por el clero principal.

Sin embargo, constatamos que los príncipes a veces procuraban, por los medios más eficaces, restringir esta magnificencia. Cuando Felipe II de Francia y Ricardo I de Inglaterra, hacia finales del siglo XII, emprendieron una cruzada a Tierra Santa, decidieron que ninguno de ellos usaría armiño, zorro negro u otras pieles costosas. Parece que San Luis (Luis IX) adoptó una resolución similar en el siglo siguiente; pues los historiadores, al hablar de su cruzada, dicen expresamente que evitó toda magnificencia y no usó pieles costosas. En el año 1336, durante el reinado de Eduardo III, rey de Inglaterra, cuando comenzaron a gravarse con impuestos los artículos extranjeros importados al reino, se decretó que ninguna persona cuyos ingresos anuales no ascendieran a cien libras pudiera usar pieles, bajo pena de perderlas.

En Alemania, en 1497, se prohibió a los ciudadanos que no pertenecían a la nobleza o a la orden ecuestre usar forros de zorro negro o de armiño. Según un decreto de 1530, los ciudadanos comunes, comerciantes y tenderos no debían usar ropa con adornos, ni utilizar forros de martín pescador u otros costosos; los ricos, en cambio, debían usar forros hechos únicamente de pieles de cordero, o de vaca, zorro, comadreja y similares. Los comerciantes y artesanos no podían usar forros de martín pescador, zorro negro o armiño, y como máximo pieles de comadreja; sus esposas, por su parte, solo podían usar pieles de ardilla. A los condes y señores se les permitía todo tipo de forros, excepto los de zorro negro y otros tipos costosos. Esta última autorización se repitió, palabra por palabra, en el año 1548.

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Cuando se considera hasta qué punto el uso de vestidos de piel se extendió por toda Europa, resulta sorprendente que no se introdujeran en la corte de Bizancio. No se encuentran rastros de ellos en ninguno de los historiadores bizantinos; ni siquiera en aquella obra en la que el emperador Constantino describe todo el ceremonial de su corte y en la que se mencionan 803 tipos diferentes de vestidos, como ya señaló Reiske. Las pieles no aparecen en ninguna estatua griega, pintura u otra obra de arte; y, como se puede ver en los pasajes citados, en la magnificencia que mostraban los príncipes europeos durante las cruzadas en la corte de Constantinopla, nada llamaba tanto la atención como los diferentes tipos de vestidos de piel. Esto resulta aún más sorprendente, ya que en aquel tiempo existía un intenso comercio entre Constantinopla y aquellos países de los que estas mercancías eran enviadas a Europa.

Sobre una de las puertas de Milán hay una imagen tallada en piedra del siglo XII que representa a un emperador cuyo manto está adornado con pequeños parches triangulares de piel. Flamma creyó que esta escultura pretendía representar a uno de los emperadores griegos; pero Giulini señala acertadamente, en contra de esta opinión, que las pieles nunca aparecen en ninguna escultura griega. Además, esa imagen fue evidentemente creada para burlarse del emperador, como demuestra el horrible monstruo sentado junto a él. Pero en aquel tiempo, los milaneses ciertamente no tenían motivos para ofender al emperador griego, con quien estaban aliados; y Giulini ha demostrado, de manera muy satisfactoria, que los milaneses erigieron esta imagen para burlarse del emperador Federico I, quien era su peor enemigo. En otra imagen de Milán, tallada en piedra del siglo XIII, que representa al emperador de Alemania en su trono, rodeado de los electores, estos últimos llevan pequeños mantos adornados con parches triangulares de piel del mismo tipo.

[Desde el descubrimiento y colonización de Canadá, las pieles se han obtenido principalmente de las regiones del norte de América, algunas de los estados del Río de la Plata, y unas pocas de Alemania, Holanda, etc. El éxito logrado por los franceses tras su establecimiento en Canadá en 1608 indujo a la creación de la Compañía Inglesa de la Bahía de Hudson, a la que Carlos II concedió, en 1670, el privilegio exclusivo de comerciar con los indígenas en los vastos territorios adyacentes a la Bahía de Hudson. Pero sus]

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Dado que la carta real nunca fue confirmada por el parlamento, la caza en esas regiones seguía considerándose abierta a todos los súbditos británicos, y muchos se dedicaban a ella. En 1766, aventureros privados comenzaron a comerciar desde Michillimakinac, y su éxito incentivó a otros a seguir su ejemplo; gradualmente, los comerciantes independientes se extendieron por todas partes del país, hasta 1787, cuando estos grupos dispersos se unieron en una sola gran organización, bajo el nombre de “Compañía del Noroeste”. La rivalidad entre estas asociaciones sirvió para estimular y expandir el comercio, pero también provocó disturbios constantes y violentos entre ellas. Finalmente, en 1821, las dos empresas se unieron bajo el nombre de “Compañía de Pieles de la Bahía de Hudson”, lo cual supuso una gran ventaja para la paz en las regiones dedicadas al comercio de pieles, y quizás también para los intereses a largo plazo de dicho comercio. Las pieles recolectadas por esta compañía eran enviadas todas a Londres, principalmente desde sus fábricas en York Fort y Moose Fort, en la Bahía de Hudson; otras provenían de Fort Vancouver, en el río Columbia, y de Montreal.

Por parte de los Estados Unidos, el comercio de pieles está a cargo principalmente de la Compañía Norteamericana de Pieles, cuya sede principal se encuentra en Michillimakinac. Allí recibe pieles provenientes de las estaciones dependientes de esa localidad, así como de las situadas en los ríos Misisipi, Misuri y Yellowstone, y en toda la región que se extiende desde allí hasta las Montañas Rocosas. De las demás asociaciones en los Estados Unidos, las más conocidas son la Compañía de Ashley, con sede en Saint Louis, y la del Capitán Bonneville, fundada en Nueva York en 1831; esta última extendió sus actividades a las zonas entre las Montañas Rocosas y las costas de Monterrey y Alta California. De hecho, toda la región que va desde el Misisipi hasta el Pacífico, y desde el Mar Ártico hasta el Golfo de México, es ahora recorrida en todas direcciones por los cazadores. Casi todas las pieles estadounidenses que no pertenecen a la Compañía de Pieles de la Bahía de Hudson llegan a Nueva York, donde son distribuidas para consumo interno o exportadas principalmente a Londres.

El comercio de pieles también se practica ampliamente por los rusos en el norte de Asia y en la costa noroeste de América. Su principal asociación es la Compañía Rusoamericana de Moscú; los principales mercados para sus pieles son las ferias de Kiachta, Nóvgorod y Leipzig.

Londres es el principal centro comercial del comercio de pieles: los barcos de la Compañía de Pieles de la Bahía de Hudson llegan aquí alrededor de septiembre; las subastas públicas tienen lugar en marzo, y en ellas participan numerosos comerciantes extranjeros.

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Las compras se envían principalmente a las grandes ferias de Leipzig, desde donde se distribuyen a diversas partes del continente.]

NOTAS AL PIE
712
Pausanias, X. 38, p. 895.
713
Satíricas, XIV. 185.
714
Varro, De Re Rustica, libro I, 1, 6.
715
Diodoro Sículo, Pausanias, Propertio.
716
Virgilio, Eneida, VIII. 177, 368; IX. 306; XI. 576. Con el mismo propósito existen varios pasajes en la Odisea.
717
Elegías, IV, 1, 12.
718
Libro IV, 3, 11.
719
Véase Ferrarius, De Re Vestiarum, IV, 2, 2, en Thesaurus Antiquitatum Romanarum, VI, p. 908. Aristófanes, Nubes, 1, 1, 73.
720
Tito Livio, V, 2, p. 11; Floro, I, 12; Tácito, Anales, 14, 38; Cornelio Nepos, Agesilao, capítulo 8; Lipsius, De Militia Romana, libro V, diálogo 1, p. 313.
721
Libro VIII, 55, p. 483. El pelo de este animal parecía ser un artículo comercial, y se incluía dentro de la categoría de la lana, como se puede comprobar en el código de leyes romano: L. 70, § 9; De Legatis, 3, o Digesto, libro XXXII, ley 70, 9. Sin embargo, los cojines estaban rellenos con él. Véase Waarenkunde, I, p. 271.
722
Para la información siguiente sobre este tema debo agradecer la amistad del profesor Eichorn: “Sobre el uso de pieles como vestimentas”.

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De la magnificencia solo encuentro muy tenues vestigios. Sin embargo, citaré todos los pasajes en los que se hace alusión a pieles.
“En Génesis, capítulo XXV, versículo 25, se dice que Esaú tenía al tacto aspecto de prenda peluda, ‫אדרת שער‬. Aquí debe referirse a un vestido de piel; pues Rebeca intentó hacer que Jacob se pareciera a su hermano, atando trozos de piel de cabra alrededor de sus manos y cuello. — Génesis XXVII, versículo 16.
“En Josué, capítulo VII, versículo 21, la lectura correcta es ‫אדות שכער‬, y significa un manto babilónico, es decir, uno hecho de lana; sobre este tema muchos autores han recopilado pasajes, especialmente Fischer en Prolus. de Vers. Græc. Vet. Test. p. 87. Un manuscrito, según Kennicot, contiene sin embargo ‫אדרת שעו‬, es decir, un manto peludo o de piel; pero esto se debe o bien a un error en la transcripción, al omitirse una consonante, ‫נ‬Nun, o bien a la conjetura de algún copista judío que conocía las pieles caras pero no los mantos babilónicos. Si se mantiene la lectura de Kennicot, sería, debido a su precio, un pasaje importante en relación con las pieles costosas.
“Entre los hebreos, los profetas llevaban vestidos de piel, si no en general, al menos muy a menudo.
“El manto de Elías, en 2 Reyes, capítulo II, versículos 8, 13, 14, era de piel; porque por su vestimenta era llamado hombre peludo, 2 Reyes, capítulo I, versículo 8.
“Un manto peludo, como señal de distinción, se menciona en el libro de Zacarías, capítulo XIII, versículo 4.
“En 1 Macabeos, capítulo XIII, versículo 37, el sumo sacerdote Simón obtuvo del rey Demetrio βαίνη, lo cual es sin duda una lectura errónea de βαίτα o βαίτη. La única pregunta es si βαίτη, que era simplemente una prenda de pastor, es decir, hecha de pieles de oveja, también significaba una prenda de gala, como se puede suponer por las personas que la enviaron y recibieron como regalo. Véase Teócrito, Idilios III, 25, y los comentarios allí presentes. Las pieles, como regalo, en el clima caluroso de Babilonia, son mencionadas por Niebuhr.”

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723
La mejor refutación de este supuesto vandalismo se encuentra en el ensayo de Schlözer, en la segunda edición de *Fragmenten aus Paris* de F. I. L. Mayer, Hamburgo, 1798, formato 8vo, volumen II, página 353. En ningún lugar se indica que las obras de arte fueran destruidas por los godos o los vándalos; por el contrario, parece que tenían suficiente cultura como para valorarlas adecuadamente. Genserico se llevó obras de arte de Roma, de la misma manera que los romanos lo habían hecho con las obras de Grecia; pero estas fueron embaladas cuidadosamente y no destruidas. Por lo tanto, hizo lo mismo que Bonaparte en aquellos países que no pudieron resistir la fuerza de sus ejércitos. Si el epíteto de vandalismo debe aplicarse a acontecimientos modernos, parece más apropiado para aquellos que se llevaron obras de arte de países en los cuales los conquistadores prometían introducir los derechos del hombre, la libertad y la felicidad. Incluso los escritores cristianos, entre ellos San Agustín, admiten que los godos, tras sus victorias, no eran tan crueles ni codiciosos como los romanos. Orosio, que vivió a principios del siglo V, relata que un godo de alto rango, después de la toma de Roma, encontró en una casa algunos utensilios de oro y plata saqueados de la iglesia de San Pedro; informó a Alarico, quien ordenó que fueran devueltos sin daño a la iglesia. La descripción de las armas y pertrechos de estas tribus del norte demuestra también que conocían las artes y las utilizaban para adornar su vestimenta. Por lo tanto, las prendas de piel podían ser muy hermosas.

724
Glossarium, página 1282.

725
Virgilio, *Georgicas*, III, 381. — Ovidio, *Tristia*, III, 10, 19; V, 7, 49. — *Ex Ponto*, IV, 10, 1. — Justiniano, II, 2, página 43. — Séneca, carta 90. — Rutilio Namaciano, *Itinerarium*, II, 49. — Claudio Claudiano, VIII, 466; XXVI, 481. — Amiano Marcelino, XXXI, 2. — Prudencio, *In Symmachum*, II, 695. — Isidoro de Sevilla, *Originum*, XIX, 23. — Sidonio Apolinar, carta I, 2, donde describe a Teodorico II, rey de los godos, hijo de Teodorico I y hermano de Torismundo: “pellitorum turba satellitum”. En la carta VII, 9, a los reyes de los godos se les llama “pelliti reges”.

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726
Tácito, De Moribus Germanorum, 17.

727
Las pieles de este tipo, cosidas entre sí, son mencionadas por Pollux, vii. 60, p. 729.

728
Plutarco, en Lycurgus. De igual manera, los salvajes de los mares del Sur conocen el arte de dar más belleza y valor a sus adornos hechos de plumas, conchas y dientes de sus enemigos abatidos en batalla.

729
Lagerbring, Svea Rikes Historia, parte 2, p. 88.

730
En ese período, parece que los daneses gastaban en comer y beber el tesoro que obtenían saqueando; solo dedicaban su tiempo a la caza y a la cría de ganado, y se vestían con las pieles de sus ovejas. Pero Canuto intentó introducir entre ellos las costumbres y la vestimenta sajona. Invitó a su reino desde Baja Sajonia, que en aquel entonces se consideraba el centro de las artes y las ciencias, así como de las costumbres refinadas, a numerosos artesanos y artistas; estableció una colonia de ellos en Roeskild, la capital.

731
Digestor, libro xxxiv.

732
De Habitu Muliebri, capítulo I, p. 551.

733
Charactères, capítulos 5 y 12.

734
Apoftegmas.

735
Véase Herodiano, ix. 13.

736
De Institut. Orat., xi. 3, 144.

737
Lexicon, 25, De Auro, Argento, Mundo.

738
Véanse los ejemplos citados por G. S. Treuer en Anastasis Veteris Germani Germanæque Feminæ, Helmst. 1729, 4to.

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739
Trist. v. 10, 31. Para una historia completa de su vestimenta, el lector debe consultar a los autores citados en Fabricii Bibliographia Antiquaria, p. 861; y en Pitisci Lexicon Antiquum, v. Bracca.
740
En sus Anotaciones sobre Catulo, p. 100.
741
En esa obra erudita e ingeniosa, Erklärung der Vasengemälde, i. 3, p. 186.
742
Libro xxxiv, capítulo 14, § 41, p. 667.
743
Capítulo 50, § 3.
744
Libro xi, p. 755: ἀνδρόποδα καὶ δέρματα.
745
Historia, libro iv, p. 306.
746
Tácito, Anales iv, 72.
747
Historia Animalium, xviii, 17. La palabra singular καναυτᾶνες, sobre la cual se ha dicho mucho por parte de Pauw en sus anotaciones a Phile de Animalium, 48, p. 246, ha sido recientemente traducida por Böttiger de manera muy acertada como “kaftane”, un tipo de túnica turca. En la actualidad, estas prendas ceremoniales están hechas de algodón, con motivos de seda trabajados en ellas; en su mayoría son de color blanquecino, con algunas flores de color amarillo pálido de forma rudimentaria. Pero antiguamente esta palabra podía referirse a las prendas en general, o específicamente a las prendas de piel; quizás los motivos de seda tenían inicialmente como objetivo representar pieles. El hecho de que actualmente se utilicen pieles como regalos en Basora lo demuestra el profesor Eichorn.
748
Vita Agesilai, p. 602. Véase también Hellenica, libro iv.
749
Cyropædia, libro viii, donde menciona χειρίδας δασείας. Sin embargo, los griegos y los romanos no usaban guantes.
750
Ammiano Marcelino, xxii, 5, p. 232.

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751
Lib. v. 41.
752
Annal. lib. xiii. En Athenæus, Deipnos. v. p. 197, Calíxeno describe tapices persas con figuras que representan animales; pero no sé si debería, junto con Valois, considerarlos como cuero pintado o más bien como tapices elaborados.
753
Digest. lib. xxxix. tit. 4, 16, 7, o L. ult. § 7, de publicanis. En Gronovii Geographia Antiqua, p. 261, se dice que en Capadocia se desarrollaba un gran comercio de cueros babilónicos. Las vestes leporinæ parecen haber sido hechas con el pelo de los conejos angora.
754
L. 7, C. de excus. mun. o Cod. lib. 10, tit. 47, 7.
755
Chardin, iv. p. 245.
756
De Rebus Geticis, cap. 3, p. 612.
757
History of the Germans, vol. ii.
758
Cap. 5, p. 616.
759
Langebek Scriptores Rerum Danicarum, fol. ii. p. 111.
760
Torfæi Hist. Norveg. P. 2, p. 34. Compare Schlözer’s Nordische Geschichte in Algem. Welthistor. vol. xxxi. pp. 445, 458. Al enterarme por el Sr. Schlözer de que las primeras huellas seguras del comercio de pieles rusas se encuentran en las crónicas rusas, obras que aún no han sido utilizadas, le pedí, como única persona en Alemania capaz de consultar esas fuentes, que me transmitiera lo que había observado al respecto. Le estoy, por tanto, agradecido por la siguiente información valiosa, fruto de una comparación minuciosa de diversas crónicas manuscritas; sin duda recibirá los agradecimientos del lector. “Los pasajes siguientes están tomados de las diez crónicas rusas, la mayor parte de las cuales aún se encuentran en formato manuscrito, como prueba”.

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Que desde el siglo IX, los conquistadores exigían tributo en pieles al pueblo de Rusia.
I. “En el año 859, los varegos, que llegaron por mar, exigieron tributo a los tchúdios, eslavos, merios y krivitches: una ardilla por hombre. Los cazares (en Crimea) exigían tributo a los polacos (habitantes de Ucrania), severianos y wæitsches: una ardilla por cada chimenea o hogar.
La ardilla Sciurus vulgaris tenía en la antigua y nueva lengua rusa los cinco nombres siguientes: 1º. ‘Bēla’. Esta palabra primitiva se ha perdido en la nueva lengua rusa, pero aún se conserva en las crónicas, así como en los adjetivos ‘bēlij’ y ‘bēliczij mēch, Grauwerk’ (pieles de ardilla). ‘Bēl’, en todos los dialectos eslavos, significa blanco. ¿Se puede encontrar alguna conexión entre la ardilla y el color blanco? 2º. ‘Bēlka’, el diminutivo del anterior, es actualmente el más utilizado. 3º. ‘Wēkscha’, de la cual deriva el nombre. 4º. ‘Wēkschitza’, su diminutivo. 5º. ‘Weweritza’ es un nombre antiguo, pero aún existe en polaco.
Las variantes de estas palabras que aparecen en los manuscritos son abundantes, y algunas de ellas son extremadamente ridículas. Un copista escribió ‘bēla’; la mayoría de los demás añadieron ‘wēkscha’, ‘wēkschitza’ o ‘weweritza’, como si ‘bēla’ fuera el adjetivo ‘blanco’. Dos manuscritos indican expresamente ‘bēla’, es decir, ‘wēkscha’. En uno de ellos, sin embargo, de ‘bēla weweritza’ se pasó a ‘bēla ‘dewitza’, que significa doncella hermosa o bonita.
II. “En el año 883, Oleg atacó a los drevianos y severianos, obligándolos a pagar tributo: un zorro negro cada uno.
‘Po czernē kunē’ aparece en todos los manuscritos; solo uno contiene el diminutivo ‘kunitzē’. Otro manuscrito defectuoso, que dice ‘konē’, es decir, caballo negro, no merece ninguna mención.
III. “En el año 969, Svatoslav le dijo a su madre y a sus boyardos: ‘No me gusta Kiev; viviré en Pereyaslavets, a orillas del Danubio. Allí estaré en medio de mis tierras, hacia las cuales fluye todo lo bueno de mis territorios: de los griegos, oro y pavoloki (¿telas de seda?), vino y frutas de todo tipo; de los checos…”

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(Bohemios) y húngaros, plata y caballos; de Rusia, skora, cera, miel y sirvientes. Skora, skura, pieles (según el Gran Lexicón de la Academia Rusa), de lo cual deriva skornak, pieles similares preparadas. Que no se refieren aquí a esas pieles o pelajes groseros (en ruso, schurka), como los terga boum, impuestos por los romanos a los frisios, lo demuestra un pasaje en la Crónica de Nicon, vol. II, p. 15, donde se habla de un pueblo salvaje que vivía muy al norte, en los Urales, y que daba skora a cambio de un cuchillo y un hacha.
“Que las pieles de zorro, así como trozos de ellas (mortki) y pieles de ardilla, se usaban como dinero en Nóvgorod hasta el año 1411, es bien sabido según Saml. Russ. Geschichte, vol. V, p. 430”.
761
Du Cange, Glossarium.
762
De Animantibus Subter., p. 490.
763
Varro, De Ling. Lat., lib. VI, p. 51.
764
Seneca, epist. 90.
765
Pallas, Novæ Species Quadr. e Glirium ord., 1778, p. 120.
766
Lib. VIII, 37.
767
Pallas, p. 142. Aprovecharé esta oportunidad para señalar que el uso de la piel de este animal, así como su nombre, aparece ya en el siglo XI, en Bernardus Sylvester.
768
Lib. II, ep. 2.
769
Véase la disertación De l’Origine des Couleurs et des Métaux dans les Armoiries, añadida por Du Cange a su edición de Joinville. París, 1668, fol., p. 127. Véase también el artículo Hermine, en su Glossario de la obra Conqueste de Constantinople de Geoffroy de Ville-Hardouin; o el mismo artículo en Diction. Etymolog.

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770
Mullers, Sammlung Russischer Geschichte, vol. VI, p. 491. Fischer, Sibirische Geschichte. San Petersburgo, 1768, formato 8vo, p. 290.
771
Du Cange, en sus observaciones sobre Joinville, p. 137, cree que las pieles de tipo zebelinæ o sabelinæ provenían de Zibel o Zibelet, una ciudad costera en Palestina, anteriormente llamada Biblium, ya que desde allí se enviaban esas pieles a Europa. Este autor se refería a Byblus, que hoy se denomina Gibelet o Gibeletto; pero esta derivación me parece sumamente improbable.
772
Epigram. x. 37, 18.
773
Trier’s Wapen-Kunst, p. 62. Gatterer, Heraldik, p. 41.
774
Grauwerk veh o feh designa, en realidad, un tipo de piel compuesta por la piel del ardilla siberiana y la del zorro rojo, combinadas entre sí.
775
Antiquit. Ital. Medii Ævi, vol. II, p. 413.
776
Véanse los pasajes citados por Du Cange, así como lo que Gesner ha dicho en Histor. Animal., bajo el título Cuniculus.
777
Rapin, England.
778
Véase este artículo en Du Cange y en el Lexicon de Hoffmann.
779
Marco Polo.
780
Libro II, carta 2.
781
Epig. 92: sobre la piel de castor.
782
De dignitate sacerdotali, capítulo 5.
783
Libro XVII, capítulo 28, § 47; libro XXXII, capítulos 9 y 10.
784
Libro XIX, capítulo 27, p. 474.

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785
Libro XIX, capítulo 22.
786
Constantino, De Ceremoniis Aulæ Byzantinæ, I, p. 254: σκαραμάγγων καστώριον. El editor, Reiske, cree que podría tratarse de una prenda similar a una pelisse, ya que Heródoto, en IV, 109, habla del uso de la piel de castor como material para confeccionar ropa. Pero ¡cuán diferentes debieron ser las costumbres de los antiguos sármatas de las bizantinas!
787
Epístola 42.
788
Eginardo, Vita Caroli Magni, capítulo 23.
789
Este anécdota es relatada por el monje de San Galo, cuyo nombre se supone que era Notker, en su libro De Gestis Caroli Magni, II, 27; dicho libro está publicado en Bouquet, Historiens de la Gaule, V, p. 152. Sea o no Notker el autor de esta crónica, no hay duda de que fue escrita después del año 883 y antes del 887, como lo ha demostrado Basnage. La expresión “Pavontalis vestis”, utilizada en este pasaje, no siempre se refiere a telas tejidas o pintadas para imitar los colores del pavo real; la piel de pavo real se utilizaba como adorno. De hecho, las personas de todas las naciones se decoraban con plumas hasta que conocieron el arte de teñir. El arte de quienes preparaban plumas fue reemplazado por el de los tintoreros.
790
Carmen De Carolo Magno, en Op. II, p. 453, verso 225.
791
En el concilio de Aquisgrán en el año 817, donde se definieron las normas relativas a la vestimenta de los monjes, se ordenó que “el abad se encargara de que cada monje tuviera… prendas adecuadas para el verano y otras para el invierno”. Véase Sirmond’s Concil. Antiq. Galliæ, París, 1629, folio I, p. 442. La palabra “wantus” sigue utilizándose en el dialecto neerlandés, donde significa un guante sin dedos, con solo un espacio para el pulgar. Quizás sea la misma palabra que “want”, “wand” o “gewand”, términos que antiguamente designaban todo tipo de tela de lana. De ahí deriva la palabra francesa “gand”; ya que “gwantus” y “gantus” se utilizaban anteriormente en lugar de “wantus”. Es igualmente cierto que…

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Muffula es de origen alemán; “mouw”, en neerlandés actualmente, significa manga. Pero no puedo determinar en qué momento comenzó a utilizarse ese cubrecabezas en el que actualmente se meten ambas manos para protegerlas del frío, y que, según la talla que está de moda ahora, cubre todo el cuerpo y se denomina “muff”.
792
Leges Wallicæ, ed. Wottoni. Londres, 1730, fol. p. 261.
793
Landulphus, lib. ii. c. 18, en Murat. Rer. Ital. Script., tom. iv.
794
Adam Bremensis en Lindenbrogii Script. Rer. Germ., p. 67.
795
Albertus Aquensis, en Gesta Dei per Francos, i. p. 203.
796
Ivo Carn. Epistolæ 104.
797
Canon 12.
798
Albertus Aquensis, en Gesta Dei per Francos, i. p. 321.
799
En Labbei Biblioth. Nova, tom. ii.
800
Wilhelmus Neubrigensis, lib. iii. cap. 22.
801
Wilhelmus de Nangis, p. 346. Gottfr. de Bello Loco, cap. 8. Joinville Hist. de St. Louis, p. 118.
802
Barrington’s Obs. on the more Ancient Statutes, 4to, p. 216.
803
Constantini lib. de Ceremoniis Aulæ Byzantinæ, 1754.
804
Giulini, Mem. della Città di Milano, vi. p. 407.
805
Ib. viii. p. 443.

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ACERO.
El acero es un carbonuro de hierro y posee algunas propiedades extraordinarias que lo distinguen del hierro común. Tiene un grado de dureza tan elevado que es capaz de afilar este último; puede producir chispas al frotarlo con piedras silíceas y rayar el vidrio más duro; es más pesado, emite un sonido más fuerte, presenta un grano más fino al fracturarse, adquiere un brillo blanco más intenso cuando se pulirá, es más elástico; se vuelve magnético más lentamente, pero mantiene esa propiedad por más tiempo; no se oxida con facilidad; al estar en el fuego adquiere diversos tonos intensos, y cuando se calienta se enfría rápidamente en agua fría, pero entonces se vuelve más duro, más frágil y menos flexible. Debido a estas cualidades, es adecuado para muchos usos para los cuales el hierro común o bien no puede ser utilizado, o es menos apropiado.

Es cierto que la invención del acero data de tiempos muy antiguos. Sin embargo, en el Antiguo Testamento su mención es muy dudosa, según el profesor Tychsen, cuyas observaciones al respecto adjunto en la nota 806 a continuación; pero parece que ya se utilizaba en la época de Homero, y que los griegos le daban diferentes nombres, uno de los más comunes de los cuales era stomoma, aunque parece seguro que esta palabra no designaba tanto al acero en sí como la parte forjada en acero de un instrumento, o el proceso de forjar en acero. El nombre chalybs se le dio al acero por los Chalybes, un pueblo de la costa sur del Ponto Euxino, entre Colquide y Paflagonia, que contaba con minas considerables, y en particular fábricas de hierro y acero; aunque otros, por el contrario, derivan el nombre del pueblo del artículo principal de su comercio. Esta derivación parece más probable, ya que Justino dice que un río de España, en el que había fábricas de acero, se llamaba Chalybs, pero en una época mucho más tardía. Algunos también han atribuido a los Chalybes la invención del hierro, que sin embargo es mucho más antigua.

Pero parece ser menos conocido que adamas también designaba inicialmente al acero. Esto lo dice expresamente Hesiquio, y muchos epítetos derivados de

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El adamas se aplicaba a artículos hechos de acero o de hierro. Entre estos se puede mencionar el yelmo de Hércules, según Hesíodo, y las llamadas cadenas, puertas y barras adamantinas de los poetas, que en los diccionarios siempre se explican como compuestas de piedras preciosas. No fue hasta una época tardía cuando esta palabra se aplicó a la más costosa de todas las piedras preciosas. En este sentido, no aparece ni en Homero, Hesíodo, Heródoto, Orfeo ni en Dioscórides, aunque el primero de estos escritores describe con frecuencia diversos tipos de adornos valiosos. Goguet y otros concluyen de ello que entonces no se conocía el diamante. Actualmente no puedo entrar en la historia de esta piedra; pero debo admitir que considero que su conocimiento es más antiguo, y sospecho que se introdujo primero bajo otro nombre, y que fue mencionada por Orfeo y algunos otros bajo el nombre de jaspe (jaspis). Este poeta compara su jaspe con el cristal de roca y dice que enciende fuego de la misma manera. Nos dice expresamente que sabía cómo utilizar el cristal de roca como lente para encender fuego; pero ciertamente no podía conseguir un diamante de tamaño suficiente como para poder usarlo con ese fin. Sin embargo, debido a su naturaleza vítrea, supuso, y muy acertadamente, que podría emplearse con ese propósito. Llama al jaspe transparente, lo compara con el vidrio y dice que tenía ese color celeste que actualmente se denomina color hialino. Probablemente esta sea la razón por la cual Dioscórides y otros denominan transparentes y de color celeste a algunos tipos de jaspe. El jaspe descrito en el Apocalipsis de San Juan, como una piedra cristalina transparente y costosa, quizás fuera nuestro diamante, el cual posteriormente fue reconocido en todas partes con ese nombre. Los romanos tomaron prestado de los griegos la palabra chalybs; y como consecuencia de un pasaje de Plinio, muchos creen que también dieron al acero el nombre de acies, del cual los italianos formaron su acciajo, y los franceses su acier. La palabra acies, sin embargo, designaba propiamente solo la parte endurecida o cortante de un instrumento. De esto, en épocas posteriores, se formó aciarium, para referirse al acero que daba a los instrumentos su filo, y también aciare para designar al acero. Actualmente existen dos métodos para fabricar acero: el primero es por fusión, ya sea a partir de hierro rojo o de hierro en bruto, y el segundo por cementación. Nunca he encontrado en las obras de los antiguos rastro alguno de acero preparado por cementación; tampoco conozco la antigüedad de

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Ese proceso, aunque los antiguos, sin saberlo, lo empleaban para el bronce.
811
Spielman dice que Plinio en un pasaje lo denomina “tostio”; pero esta palabra no aparece ni en Plinio ni en ningún otro escritor antiguo. Sin embargo, es posible que la palabra “torrere” signifique en algún lugar cementación, pero aún no he encontrado ningún ejemplo de ello.
La preparación por fusión, tal como la practicaban los Calibes, ha sido descrita dos veces por Aristóteles; pero como ya he expuesto en otra obra todo lo que pude reunir para explicar estos pasajes, no lo repetiré aquí. Solo diré que el acero de los antiguos, al no estar cementado, podía ser martillado, y no era ni de lejos tan frágil como los aceros más duros que conocemos hoy en día.
Por otro lado, el singular método de preparación del acero empleado por los celtiberos en España merece ser descrito aquí. Según los relatos de Diodoro y Plutarco, el hierro se enterraba en la tierra y se dejaba allí hasta que la mayor parte de él se convertía en óxido. Lo que quedaba, sin oxidarse, se forjaba posteriormente y se convertía en armas, especialmente espadas, con las cuales podían cortar huesos, escudos y cascos. Por más improbable que parezca, este proceso sigue utilizándose en Japón; y Swedenborg lo incluyó entre los diferentes métodos de fabricación del acero.
El arte de endurecer el acero sumergiéndolo de repente, cuando está al rojo vivo, en agua fría, es muy antiguo. Homero dice que cuando Ulises le sacó el ojo a Polifemo con una estaca ardiente, ésta siseó de la misma manera que el agua cuando el herrero sumerge en ella un trozo de hierro al rojo vivo, con el fin de endurecerlo. Sófocles utiliza la comparación de endurecerse como el hierro sumergido; y Salmasius cita una obra de un antiguo químico griego que trata sobre el método de endurecimiento del hierro en la India. También existe la opinión, muy antigua, de que el endurecimiento depende principalmente de la naturaleza del agua. Por eso, muchos ríos y pozos gozaban de gran reputación, de modo que a menudo se construían fundiciones cerca de ellos, aunque a una distancia considerable de las minas.

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820 821
Se pueden encontrar ejemplos de esto en Plinio y en Justino. Los artículos de hierro más delicados no se enfriaban en agua, sino en aceite. Es bien sabido que durante mucho tiempo prevaleció la opinión de que existían diversos fluidos y mezclas capaces de conferir al acero diferentes grados de dureza, y que cada artesano creía conocer un tipo particular de agua para endurecerlo, cuya preparación mantenía en secreto. Algunos siguen sosteniendo esta idea; pues a menudo se encuentran piedras talladas por los antiguos, a las cuales los modernos, debido a su dureza, como se cree, rara vez se atreven a tocar. De este tipo es el pórfido más duro. Hay personas que aún intentan descubrir ese tipo de agua para endurecer, con la cual los antiguos preparaban sus herramientas para tallar tales piedras. Según Vasari, ese agua fue descubierta realmente por el archiduque Cosmo en el año 1555. Entre una gran colección de piedras, tenía un bloque de pórfido del cual deseaba que se fabricara un recipiente para un pozo, pero los artistas más experimentados le dijeron que era imposible. Entonces, dice Vasari, para hacer posible la tarea, preparó a partir de ciertas hierbas, que no nombra, un agua con la cual se enfriaban las herramientas al rojo vivo, y por estos medios se endurecían tanto que podían cortar pórfido. Con herramientas templadas de esta manera, el artista Francesco del Tadda no solo fabricó el recipiente solicitado, sino también varios otros objetos curiosos. Por lo tanto, Winkelman hace una injusticia a Vasari cuando dice: “Vasari, al pretender que el archiduque Cosmo de Toscana descubrió un agua para ablandar el pórfiro, demuestra una credulidad infantil”. Por el contrario, afirma muy acertadamente que no existe agua de tal calidad que pueda ablandar el pórfiro; aunque Porta y muchos escritores antiguos imaginaban que conocían una capaz de producir en esa piedra, que consideraban una especie de mármol, los mismos efectos que un ácido produce en este último. Pero Vasari no dice nada de eso. Después de la muerte de Tadda, el arte de tallar pórfiro pasó a manos de Raphael Curradi, quien transmitió este secreto a Dominico Corsi, el cual fue posteriormente utilizado por Cosimo Silvestrini. Sin embargo, estoy de acuerdo en opinión con Winkelman y Fiorillo, nuestros eruditos conocedores de las artes, en que el método para trabajar el pórfiro era conocido en todas las épocas, incluso en las más…

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Bárbaro, aunque sin duda los artesanos preferían trabajar con otras piedras que eran menos frágiles y duras. Sin embargo, sabemos por las investigaciones más recientes que todos los tipos de agua endurecedora inventados hasta ahora no son en absoluto superiores al agua común; y que para endurecer el acero depende más de la naturaleza del acero mismo, o mejor dicho, del grado de calor, que del agua; aunque es cierto que el artesano actúa correctamente cuando añade a el agua un fino trozo de grasa, o vierte sobre ella aceite caliente, por medio del cual el acero debe pasar necesariamente antes de entrar en el agua, ya que de este modo se evita que adquiera grietas y defectos.

La invención de convertir hierro bruto en acero sumergiéndolo en otro hierro fundido y dejándolo allí varias horas se atribuye comúnmente a Reaumur. Pero este proceso es mencionado por Agrícola, Imperato y otros como algo bien conocido y practicado en su época.

Plinio, Daimaco y otros escritores antiguos mencionan varios países y lugares que, en su tiempo, producían acero excelente. Entre los tipos más valiosos estaban el ferrum Indicum y el Sericum. El primero parece ser el ferrum candidum; cien talentos de este fueron entregados como regalo a Alejandro en la India. ¿No es probable que se tratara de ese excelente tipo de acero que todavía es común en ese país y conocido con el nombre de wootz, algunos de cuyos trozos fueron enviados desde Bombay en el año 1795 a la Real Sociedad de Londres? Su aspecto de color plateado cuando está pulido puede haber dado origen al epíteto de “candidum”. El método para prepararlo sigue siendo desconocido, pero se supone que se trata de un tipo de acero fundido. Sin embargo, esto es solo una conjetura, sin ningún tipo de prueba que la respalde. ¿En qué momento se obtuvo el acero damasquinado en el Levante?

Actualmente se fabrican principalmente tres tipos de acero: acero en barras o con ampollas, acero laminado y acero fundido. El acero en barras o con ampollas se produce mediante el proceso de cementación: consiste en colocar barras de hierro maleable puro alternadamente con capas de carbón o hollín en un horno adecuado; se excluye cuidadosamente el aire y todo se mantiene a alta temperatura durante varios días. Mediante este proceso, el carbono se combina con el hierro, cambiando su textura de fibrosa a granular o cristalina, y haciendo que la superficie presente ampollas. La acción del carbono…

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Se producen fisuras y cavidades en la sustancia de las barras, lo que las hace inadecuadas para la fabricación de herramientas, hasta que se condensan y se vuelven uniformes mediante el proceso de inclinación, es decir, por compresión con un martillo potente accionado por maquinaria.
El acero laminado se obtiene al partir barras de acero con burbujas en trozos de unos 18 pulgadas, y luego unir cuatro o seis de ellos con una barra de acero; a continuación, se calientan hasta alcanzar la temperatura adecuada para soldar, cubriéndose su superficie con arcilla fina o arena para evitar la oxidación. Después se estiran en forma de barra, se martillan, se inclinan y se laminan. En este estado, es posible darle un pulido mucho más fino; además, es más tenaz y maleable, por lo que sirve para fabricar resortes resistentes, cuchillos, etc.
El acero fundido, que fue creado por primera vez por el señor Huntsman en Attercliff, Sheffield, en 1770, se obtiene al fundir acero con burbujas, vertiéndolo en lingotes y luego laminándolo en barras. En este estado, su textura es mucho más uniforme, con granos más pequeños y cercanos entre sí. Los diferentes grados de dureza necesarios para el acero se logran mediante un proceso llamado templado, que consiste en calentar el acero hasta una temperatura determinada y luego sumergirlo bruscamente en agua fría. De esta manera, su dureza y fragilidad aumentan considerablemente, pero también puede ablandarse nuevamente al exponerlo al calor.]

NOTAS AL PIE
806
En cuanto al endurecimiento del hierro y su enfriamiento en agua, por lo que sé, no se menciona nada en el texto hebreo de las Escrituras. Los pasajes donde parece hacerse referencia son Isaías, capítulo XLIV, versículo 12: “El herrero dobla el hierro, lo trabaja en el fuego de carbones y lo da forma con el martillo; trabaja en él con su brazo fuerte”, etc., según la traducción de Michaelis. De hecho, podría traducirse de otra manera, pero sin duda alude a la formación de una imagen de metal. Las palabras del capítulo LIV, versículo 16, son aún más generales.
La palabra “hierro”, “barzel”, aparece con frecuencia; en algunos pasajes, de hecho, se puede entender que el acero se refiere a este nombre; por ejemplo, en Ezequiel, capítulo…

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xxvii. v. 19, ferrum fabrefactum, o, según Michaelis y otros, hojas de sable de Usal (Sanaa en Yemen). Una indicación bastante clara del acero se encuentra en Jeremías, cap. XV, v. 12: “Hierro del norte”, que allí se describe como el más duro. Al norte de Judea se encontraba Calibia, la antigua región del acero. Parece que los hebreos no tenían un nombre específico para el acero; quizás lo comprendían bajo el término barzel, o bien lo distinguían únicamente con el epíteto “del norte”. Especialmente porque los judíos posteriores no tenían otro nombre para él que אסטמא, istoma, que sin embargo no es más que el griego στόμωμα, y significa más bien endurecimiento o templado del metal.

Chalamisch es sin duda una clase de piedra dura; granito o pórfido, según Michaelis, quien trata expresamente de ello en Supplem. ad Lex. Hebr. N. 740.

807
Scutum Herculis, x. 137.
808
Cap. XXI, v. 11, 18, 19.
809
Lib. XXXIV, secc. 41, p. 666. “A todas estas se les llama stricturæ, porque no se les aplica a otros metales el término ‘stringenda acie’. La mayor diferencia entre los hornos radica en que en ellos se calienta el núcleo de hierro para endurecer su filo; otros sirven para afilar yunques o cabezas de yunque”. Según mi opinión, stricturæ era el nombre dado a los trozos de acero completamente fabricados y llevados al estado que los hacía aptos para el comercio. Actualmente, el acero proviene de Vizcaya en forma de lingotes, y de otros lugares en forma de barras; ambos tipos se llamaban antiguamente stricturæ, porque se empleaban principalmente para dar filo a instrumentos o herramientas, es decir, para templarlos. Al hablar de otros metales, Plinio dice que las producciones terminadas en las fábricas no se llamaban stricturæ (esto ocurría, por ejemplo, con el cobre), aunque también se podía dar filo a instrumentos con otros metales. Las palabras de Plinio citadas anteriormente se interpretan de diferentes maneras y siguen siendo oscuras. Supongo que quería decir que algunas fábricas de acero producían objetos hechos íntegramente de acero, mientras que otras se utilizaban únicamente para el templado. Debo señalar aquí que…

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Las estructuras de hierro nos recuerdan a los strigiles auri: tal era el nombre que se daba a los trozos de oro nativos, los cuales, sin ser fundidos, se utilizaban en el comercio. —Plin. xxxiii. 3. p. 616.
810
Véase Vossii Etymol. y Martinii Lex. Philolog.
811
Instit. Chimiæ, p. 252. Se refiere al libro xxxiii, capítulo 4.
812
En mis observaciones sobre Aristot. Auscult. Mirab., capítulo 49.
813
Diod. lib. v. cap. 33.
814
Plut. de Garrul.
815
De Ferro, i. p. 194. Véase también Watson’s Chem. Essays, i. p. 220. Sobre las industrias siderúrgicas en Japón, no sé nada más allá de lo que ha dicho Thunberg en sus Viajes. Ese país posee muy poco de este metal; pero las espadas fabricadas allí son incomparables: sin dañar su filo, se puede cortar fácilmente un clavo con ellas; y, como dicen los japoneses, incluso partir a un hombre en dos de un solo golpe. Estas espadas a menudo se venden por cincuenta, setenta e incluso cien dólares.
816
Parece que Lord Bacon no compartía esta opinión; véase su Silva Silvarum, cent. i. § 86. Pero este método de endurecimiento era habitual en el siglo XI o XII; ya que es descrito por Teófilo Presbítero, lib. iii. cap. 19.
817
Odyss. ix. 391.
818
Ajax, 720.
819
Exercitat. Plin. p. 763.
820
Lib. xxxiv. 14, p. 666.
821
Lib. xliv. p. 620.

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822
[No cabe duda de que el efecto de endurecimiento o templado producido por la inmersión súbita de acero calentado en fluidos no tiene relación alguna con la calidad del fluido, salvo en lo que respecta a su capacidad para transmitir calor. Cuanto más súbitamente se extrae el calor del metal, mayor es el grado de dureza y fragilidad. Se ha comprobado que el mercurio es superior a cualquier otro fluido para este propósito, sin duda porque es un excelente conductor de calor.]
823
Le Vite de Pittori. Bolonia, 1681, 4to, vol. I, p. 11.
824
Se encuentra alguna información sobre este artista en J. C. Bulengeri de Pictura, lib. II, cap. 7, y en Gronovii Thesaurus Antiq. Græc., vol. IX, p. 875. Por otro lado, Sturm dice, en esa parte de Ritterplatzes que trata sobre arquitectura, p. 18: “Un archiduque en Florencia redescubrió el arte de trabajar el pórfido, pero permitió que este arte muriera con él en el año 1556”.
825
Florillo, Gesch. der Zeichnenden Künste, 8vo, vol. I, p. 461.
826
Art de convertir le Fer en Acier, p. 245.
827
Stephanus de Urbibus, bajo la palabra Λακεδαίμων, p. 413.
828
Clemens Alexandr., en Pædagog., vol. II, p. 161, edición de Colonia, 1688, folio. Hablando del lujo, dice: “Se puede cortar carne sin necesidad de hierro indio”.
829
Philos. Transact., 1795, vol. II, p. 322.
830
[La forma en que los nativos de hoy en día funden el mineral de hierro y lo convierten en wootz o acero indio es probablemente la misma que utilizaban en la época de la invasión de Alejandro; se trata de un proceso uniforme, desde las montañas del Himalaya hasta el cabo Comorín. El horno en el que se funde el mineral mide de cuatro a cinco pies de altura; tiene forma de pera, con unos dos pies de ancho en la base y un pie en la parte superior. Está construido íntegramente de arcilla, de modo que un par de hombres pueden terminar su trabajo.]

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Se erige en unas pocas horas y está listo para usar al día siguiente. Hay una abertura en la parte delantera de unos treinta centímetros o más de altura, que se rellena con arcilla al inicio y se vacía al final de cada operación de fundición. Los fuelles suelen estar hechos de piel de cabra, que se extrae del animal sin rasgar la parte que cubre el vientre. Las aberturas en las patas se atan y se fija un tubo de bambú en la abertura formada por el cuello. El orificio de la cola se ensancha y se distiende con dos trozos de bambú; estos se sostienen con la mano y se mantienen juntos al realizar el movimiento para generar el soplo; en el movimiento de retorno se separan para permitir el paso del aire. Al utilizar fuelles de este tipo con cada mano, realizando movimientos alternos, se obtiene un soplo bastante uniforme. Los tubos de bambú de los fuelles se insertan en tubos de arcilla que conducen al horno en las esquinas inferiores de la pared temporal situada en la parte delantera. El horno se llena de carbón vegetal, y al introducir un carbón encendido frente a los tubos, la masa en su interior se enciende rápidamente. Tan pronto como esto ocurre, se coloca una pequeña cantidad de mineral, previamente humedecido con agua para evitar que pase a través del carbón vegetal, pero sin ningún tipo de fundente, sobre los carbones, y se cubre todo con más carbón vegetal para llenar el horno. De esta manera se suministran mineral y combustible, y se siguen utilizando los fuelles durante tres o cuatro horas; luego se detiene el proceso y se derriba la pared temporal de la parte delantera. El producto obtenido se retira con unas tenazas desde el fondo del horno. Para convertir el hierro en acero, los nativos lo cortan en trozos para que se ajuste mejor en el crisol, el cual está hecho de arcilla refractaria mezclada con una gran cantidad de cáscaras de arroz carbonizadas. Rara vez se carga más de una libra de hierro, que se coloca junto con una cantidad adecuada de madera seca, picada en trozos pequeños; ambos se cubren con una o dos hojas verdes; las proporciones son, en general, diez partes de hierro por una parte de madera y hojas. Luego se tapa la boca del crisol con un puñado de arcilla compactada, presionada muy firmemente para excluir el aire. Tan pronto como los tapones de arcilla de los crisoles están secos, de veinte a veinticuatro de ellos se colocan en forma de arco dentro de un pequeño horno de soplado; se mantienen cubiertos con carbón vegetal y se someten al calor generado por el soplo durante unas dos horas y media; entonces se detiene el proceso.

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Se considera que está completo. Los crisoles, al ser sacados ahora del horno y dejados enfriar, se rompen, y el acero se encuentra en forma de pastel, redondeado por el fondo del crisol. —Diccionario de Artes y Manufacturas de Ure, artículo Acero.]

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STAMPING-WORKS831.
Para separar los minerales metálicos de las rocas o piedras estériles con las que se encuentran, y para facilitar su fusión, es necesario reducir los fragmentos de roca o piedra a pequeños trozos mediante el golpeo. Para aquellos minerales que se presentan en forma arenosa, esto no es necesario; y en cuanto al mineral de plata rico, que contiene muy poco o ningún plomo u otros metales, este proceso podría ser perjudicial: con el golpeo en seco gran parte se convertiría en polvo, y con el golpeo húmedo una parte considerable se lavaría away por el agua.
Por imperfectos que fueran los conocimientos de los antiguos respecto a la fusión de los minerales, sabían de los beneficios del golpeo; pero los medios que empleaban para ello eran los más inconvenientes y costosos. Reducían el mineral a un polvo grueso, moliéndolo en morteros, y luego lo molían en molinos manuales, como aquellos utilizados para el maíz, hasta que adquiría un grado de finura tal que pudiera lavarse fácilmente. Esto se demuestra por la escasa información que encontramos en Diodoro Siculus y Agatárquides respecto a las minas de oro de los egipcios; en Hipócrates, sobre las fundiciones de los griegos; y en Plinio, acerca de la metalurgia de los romanos. Se han encontrado restos de tales morteros y molinos utilizados por los antiguos en lugares donde realizaban operaciones metalúrgicas; por ejemplo, en Transilvania y los Pirineos. Los molinos manuales se parecían a nuestros molinos de mostaza; y para lavar el lodo empleaban un tamiz, pero para lavar la arena aurífera utilizaban una piel cruda. A partir de esta última, el conde von Veltheim ha explicado, de manera muy ingeniosa, la fábula de los antiguos sobre las hormigas que desenterraban oro.
Nuestros instrumentos actuales para moler minerales son molinos de golpeo, que consisten en martillos pesados revestidos de hierro. Estos martillos se ponen en movimiento

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por un cilindro provisto de engranajes, que es accionado por una rueda hidráulica, y que aplasta el mineral en canales revestidos de hierro. Cuando el mineral sometido a esta operación es de mala calidad, se introduce agua en los canales; esta, al pasar por rejillas en el fondo de los mismos, lleva consigo la materia aplastada hacia un canalón, donde se purifica y se deposita el lodo mezclado con arena.
Se podría suponer que este aparato fue inventado poco después de la invención de los cilindros con engranajes; pero no fue así, aunque no soy capaz de determinar la antigüedad de estos cilindros. En cualquier caso, es cierto que los morteros y tamices se utilizaron en Alemania durante todo el siglo XV; y en Francia, a donde el arte de la minería fue transferido en general desde ese país en una época tardía, todavía se empleaban alrededor del año 1579. En los tiempos más antiguos, las personas no conocían el arte de utilizar el agua en las minas de una manera tan ventajosa como hoy en día. Los fuelles eran accionados por hombres; y aquellos acueductos elevados sobre postes, mediante los cuales se podía hacer que el agua de lugares lejanos actuara sobre las máquinas, aún no habían sido inventados.
Por esta razón, se encuentran restos de mineral en lugares donde los modernos, debido a ese artículo indispensable que es el agua, no podrían mantener obras metalúrgicas. Según las investigaciones que he tenido hasta ahora la oportunidad de realizar, nuestros molinos de prensado fueron inventados alrededor del comienzo del siglo XVI, y, según parece, en Alemania; pero no puedo determinar con certeza ni el nombre del inventor ni su país. Solo se menciona a quienes establecieron o introdujeron las primeras plantas de prensado en Sajonia y el Harz; y estos, como es habitual, han sido considerados los inventores.
En el año 1519, los procesos de tamizado y prensado húmedo fueron establecidos en Joachimsthal por Paul Grommestetter, natural de Schwarz, llamado por eso el Schwarzer, a quien Melzer elogia como un lavador ingenioso y activo; y se nos dice que anteriormente había introducido las mismas mejoras en Schneeberg. Poco después, es decir en 1521, se construyó una gran planta de prensado en Joachimsthal, y comenzó el proceso de lavado. De este modo se logró un ahorro considerable, ya que antes muchas partículas metálicas quedaban en la arena lavada, la cual era desechada o utilizada como mortero para la construcción. En el año 1525, Hans Pörtner empleó en

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En Schlackenwalde se utilizaba el método húmedo de estampado, mientras que antes de ese período el mineral se molido. En el Harz, esta invención fue introducida en Wildenmann por Peter Philip, quien era el encargado de los análisis químicos allí, poco después de que las obras en el Alto Harz fueran reanudadas por el duque Enrique el Joven alrededor del año 1524. Esto lo sabemos gracias a los documentos de Herdan Hacke o Hæcke, quien fue predicador en Wildenmann en 1572. Según la información imperfecta de la cual se puede deducir, las primeras máquinas de estampado allí consistían únicamente en un martillo elevado mediante dos palancas fijadas al eje de una rueda. El mineral molido se arrojaba entonces a un tamiz, llamado en alemán “sachs”, para separar las partes más gruesas. Pero como este proceso de estampado se realizaba de forma seca, se generaba tanta polvareda que dificultaba el trabajo de los obreros, y por esa razón el mineral no podía ser fundido adecuadamente. No obstante, no se abandonó esta práctica; se realizaron nuevas mejoras, y poco después Simon Krug y Nicholas Klerer introdujeron el método húmedo, logrando, afortunadamente, perfeccionarlo. Se dice en varios trabajos modernos que el estampado húmedo fue inventado en 1505 por un noble sajón llamado von Maltitz. Esta afirmación se ha repetido tantas veces que llegó a conocimiento de Gobet, quien la adoptó como verdad. Sin embargo, no he podido encontrar al historiador cuyo testimonio sirve de base a esta afirmación; pero según el Diccionario de Nobleza de Gauhen, Sigismund Maltitz fue el inspector jefe de los bosques en el Erzgebürge, bajo el gobierno del electorado de Sajonia, en el siglo XVI.

NOTAS AL PIE
831
Dirigiré a quienes deseen conocer la naturaleza de este trabajo hacia la obra de Gatterer, Anleitung den Harz zu bereisen, Gotinga, 1785, 8vo, p. 101. [Se pueden ver figuras de las máquinas de estampado en el Diccionario de Artes y Manufacturas de Ure, págs. 818 y 1119.]

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832
Diodoro, III. 13, p. 182.
833
Photio, Bibl., p. 1342.
834
Hipócrates, De Victus Rat., lib. I, sect. 4.
835
Plinio, XXXIII. 4, sect. 21.
836
Gensane, Tratado sobre la fundición de minerales. París, 1770, I, p. 14.
837
Von d. Goldgrabenden Ameisen u. Greiffen der Alten. Helmstadt, 1799. Esta disertación también se encuentra en una valiosa colección de obras del mismo autor, publicada en Helmstadt en 1800.
838
Véase François Garrault, Des Mines d’Argent trouvées en France, París, 1579; en esta obra solo se mencionan morteros, molinos y tamices. Este Garrault es el primer escritor francés sobre minería. Su obra, que es escasa, fue publicada por Gobet en la primera parte de los Anciens Minéralogistes de France, París, 1779, 8vo.
839
En las minas de Nertschinsk, en Siberia, la maquinaria todavía debe ser accionada por hombres o ganado, ya que todas las presas y esclusas son destruidas por el frío, y el agua se convierte en hielo. Sin embargo, algunas de las minas allí cuentan con maquinaria accionada por agua durante los pocos meses de verano.
840
En la antigüedad, “sachs” o “sæx” designaba un instrumento para cortar o apuñalar, como por ejemplo el “schaar-sachs”, una navaja; o el “schreib-sachs”, un cortaplumas. Véase el diccionario de Fritsch, quien deriva la palabra “sachs” de “secare”. ¿No podría la palabra σάλαξ, que en Pollux significa el tamiz utilizado en las fundiciones, tener el mismo origen? También supongo que el arado, que corta la tierra en dirección perpendicular, recibió el nombre de “sech”; además, las palabras “säge” y “sichel” estarían relacionadas con él. Si esta derivación es correcta, el alto alemán, pero no el bajo alemán, habría convertido “sachs” en “sech”. Este último habría dicho “sas” o “ses”, en lugar de “sechs”; “was” en lugar de “wachs”; “flas” en lugar de “flachs”; y “fuchs” en lugar de…

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Fos. Sech también se denomina kolter; en los Países Bajos se dice kouter. Sin duda, estas palabras provienen de culter.
841
Calvör Maschinenwesen, ii, p. 74.
842
Anciens Minéral., i, p. 225.

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VERDURAS DE COCINA.
La mayor parte de nuestras verduras de cocina, es decir, aquellas plantas que, independientemente de los tipos de maíz, se cultivan como alimento en nuestros jardines, son en parte indígenas y en parte extranjeras. De las primeras, muchas crecen actualmente de forma silvestre, como el espárrago; pero gracias a la cultivo continuo, a lo largo de muchos años, se han producido numerosas variedades que difieren tanto de las plantas silvestres como las mujeres europeas de las de Nueva Zelanda. Muchas de nuestras verduras indígenas se recolectan para consumo, pero no se cultivan expresamente con ese fin; e incluso estas, con toda probabilidad, podrían mejorarse mediante el cultivo. Algunas, de hecho, se cultivan aquí y allá de manera artificial, aunque las consideramos malezas; por ejemplo, el diente de león, Leontodon taraxacum, cuyas primeras hojas en primavera se utilizan en los países del norte como ensalada. En algunas partes de Inglaterra, esta planta se siembra durante todo el verano; y después de blanquear sus hojas, se utiliza en invierno como endivia. El cultivo libera a muchas plantas de su sabor amargo, las hace más tiernas, más grandes y más jugosas, y las hace disponibles en una temporada en la que las silvestres ya no son aptas para su uso.
Nuestras verduras de cocina extranjeras provienen, en su mayoría, de los países del sur, pero sobre todo de Italia; y su número ha aumentado de manera extraordinaria en los últimos dos siglos. Muchas de ellas requieren un cuidado meticuloso para prosperar en nuestro clima severo. Por otro lado, algunas crecen con tanta facilidad y se multiplican tanto sin cultivo, incluso en campos abiertos, que se han convertido en malezas indígenas, como ocurre con la lúpulo, que actualmente abunda en nuestros setos. Sin embargo, algunas plantas, tanto indígenas como extranjeras, que antiguamente se cultivaban intencionadamente y se utilizaban en la mesa, ya no se cultivan, porque hemos conocido otras más beneficiosas. Muchas de ellas sirvieron a nuestros antepasados en lugar de las especias extranjeras, a cuyo uso nos han acostumbrado las compañías comerciales, en gran beneficio para ellas y en perjuicio nuestro. También es cierto que muchas han sido abandonadas simplemente por moda; pues este tirano, que gobierna con poder universal, también dicta los gustos.

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El olor se consideraba algo intolerable, al igual que aquellos alimentos a los cuales nuestros antepasados tenían un apego peculiar. En los tiempos más remotos, la humanidad era tan aficionada a las cosas dulces, que la bondad y el sabor agradable de todo tipo de alimentos se determinaban según su grado de dulzura; y así es como se juzga aún hoy en día en todo el Oriente, África y América. Lo mismo ocurre entre nosotros, entre la mayor parte de las clases bajas, que no pueden seguir las costumbres de las clases más ricas. En los países del norte, este gusto predomina casi por todas partes. Así, los suecos estropean, con la adición de azúcar, vinos renanos costosos, col agria y otros alimentos, cuya acidez agradable resulta grata para otras naciones. Proporcionalmente a su población y lujo, los suecos parecen usar más azúcar que los alemanes, y estos más que los ingleses o franceses; y uno podría casi sospechar que el gusto por las cosas dulces está en proporción inversa a la civilización. En cualquier caso, esto explica por qué muchas producciones vegetales, que hace algunos siglos se consideraban entre los platos más agradables, ahora nos parecen excesivamente dulces. El skirret, que el emperador Tiberio hizo traer desde el Rin para su mesa, actualmente no goza de mucha popularidad; lo mismo ocurre con las pastinacas, algunas variedades de manzanas y varios otros alimentos. A veces, la moda hace que vuelvan a utilizarse especies olvidadas desde hace tiempo, y con gran éxito, cuando se introducen bajo otro nombre. Así, después de muchos años, algunos comenzaron a cultivar nuevamente el ruibarbo, y a recomendar esta planta ácida en lugar de la espinaca, que tiene un sabor más intenso. Según Bock, fue trasplantado en la Edad Media por los monjes desde los bosques a los jardines, y posteriormente volvió a aparecer bajo el nombre de espinaca inglesa. Antes del inicio de la era cristiana, cuando el uso de los placeres sensuales no estaba tan regulado ni modificado por principios religiosos y políticos, muchos vegetales y otros platos eran elogiados y recomendados por escritores especializados en agricultura y cocina, así como por los poetas y autores más destacados, debido a efectos que actualmente no pueden describirse sin disgustar al lector y provocar acusaciones de falta de delicadeza. Cuando este modo de pensar comenzó a prevalecer, la gente detestaba ver en sus jardines o en sus

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Plantas de hoja que, debido a sus propiedades indeseables, eran generalmente conocidas; y al ser así abandonadas, el conocimiento sobre ellas se perdió por completo, de modo que solo conocemos sus nombres antiguos y lo que los antiguos relataron acerca de ellas. De esta manera, muchos platos descritos por Apicio son completamente incomprensibles, porque ya no estamos familiarizados con las cosas con las cuales él daba instrucciones para su preparación. De este tipo son las numerosas raíces bulbosas, que constituían los platos favoritos de los griegos y los romanos, y que actualmente ningún botánico, y mucho menos ningún comentarista, podría identificar. Pertenecen a las artes perdidas, pero no a aquellas que fueron abandonadas porque se encontraron otras mejores para reemplazarlas. La vainilla americana, que quizás solo gracias a su alto precio pudo ser utilizada junto con el chocolate, ciertamente no sustituye a las antiguas raíces bulbosas de Megara, tal como nuestra pólvora no sustituye al fuego griego.

Entre las verduras de cocina que antiguamente se cultivaban, pero que actualmente ya no se aprecian, se encuentran las siguientes: el berro de invierno, una planta autóctona cuyas hojas jóvenes, al igual que las del berro común, pueden consumirse en invierno como ensalada; también el alejandrino común, que en el siglo XVII se utilizaba en lugar del apio; el chaerophyllum bulboso, cuyas raíces todavía se venden en Viena, donde la gente sabe bien qué es bueno, y donde se hierven y se comen como ensalada con vinagre y aceite. El rábano también se utilizaba de manera similar en el pasado. La castaña de tierra, que crece silvestre en muchas partes de Alemania, todavía se cultiva en Holanda y en algunas regiones a orillas del Rin. La rúcula (Eruca sativa), cuyas hojas jóvenes eran consumidas fácilmente por nuestros antepasados como ensalada, ya no se aprecia, en parte debido a su sabor amargo y en parte debido a su olor nauseabundo, similar al del tocino rancio; sin embargo, sigue utilizándose en Italia, “excitet ut Veneri tardos eruca maritos”. Las leguminosas (Lathyrus sativus y Cicer) han sido eliminadas de nuestros jardines, ya que la experiencia ha demostrado que son perjudiciales para la salud. Cuando el pimienta era tan cara que prometerle a un santo una libra al año se consideraba una generosa donación, las amas de casa económicas sazonaban sus platos con las hojas de la hierba de pimienta (Lepidium latifolium); por esta razón, en Inglaterra se le llama actualmente “pimienta de pobres”.

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La berro (Borago officinalis), desde el siglo XIV, o al menos desde el XV, se ha sembrado no solo con fines medicinales, sino también para su uso en la cocina. Las hojas jóvenes, que sin embargo pronto se vuelven duras, ásperas e inadecuadas para el consumo, se utilizaban en sopas, y las hermosas flores azules se añadían a ensaladas y vinos. Esta planta no era conocida por los antiguos; pues la conjetura de que fuera lo que ellos llamaban buglossum no es muy probable. Por lo que he podido averiguar, Nicolás Myrepsus, que vivió a principios del siglo XIV, es el primero en utilizar el nombre πουράκιον, que ciertamente significa berro. Pero, ¿quién sabe de dónde obtuvo ese nombre este escritor, que introduce en sus obras numerosos nombres nuevos e inexplicables, algunos de ellos formados a partir del griego, el latín y el italiano? Algunos botánicos antiguos han conjeturado que deriva de la palabra corago, que Apuleyo, cuyo período es incierto, da como sinónimo de buglossum. Algunos piensan que la lectura en Apuleyo debería ser berro; y otros afirman que corago es el nombre verdadero, y que surgió de la cualidad que tiene la planta de fortalecer el corazón; por lo tanto, deberíamos leer corago y no berro. Es probable que nuestros antepasados, pensando que su berro era el buglossum de los antiguos y, por tanto, tenía la propiedad de fortalecer el corazón, añadieran sus flores al vino, para que sus espíritus pudieran ser más estimulados por esos medios. Nuestro berro es sin duda una planta extranjera, y Cæsalpinus dijo que fue traída de otros países a Italia. Linneo afirma rotundamente que proviene de Alepo; pero aún no he podido encontrar en qué se basa esta afirmación. Actualmente, el berro, al menos en la cocina alemana, ya no se utiliza. Entre las hortalizas de cocina de las cuales no se encuentran rastros seguros en las obras de los antiguos, está la espinaca (Spinacea oleracea). Su país de origen es desconocido; pero el nombre es nuevo y ciertamente deriva de la naturaleza de sus semillas espinosas. Por lo que sé, aparece por primera vez en el año 1351, entre los alimentos utilizados por los monjes en días de ayuno; y en aquel entonces se llamaba Spinargium o Spinachium. Meursius encontró en la Edad Media σπινάκιον, en un poema del que ha hablado frecuentemente, pero sin definirlo con suficiente precisión. Esta planta parece haber sido conocida desde España; pues muchos botánicos antiguos, como por ejemplo Bock, la llaman olus Hispanicum. Ruellius y otros la denominan Atriplex Hispaniensis; y la

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Estos últimos añaden que los árabes o moros lo llamaban Hispanach, lo cual significa planta española; sin embargo, es bien sabido que antiguamente todo lo extranjero se denominaba español. Ninguna de las verduras de cocina de los antiguos parece acercarse más al espinaca que su Blitum, que Rondolet consideraba ser lo mismo. Pero todas las propiedades atribuidas a esta planta, a saber, que era insípida y que por este motivo era necesario hacerla apetitosa añadiéndole vinagre, pimienta y otras cosas; que se multiplicaba fácilmente; que era indigesta y ligeramente aperitiva, corresponden perfectamente, no solo con nuestro espinaca, sino también con muchas otras plantas, como, por ejemplo, nuestra remolacha y el orach, así como el buen rey Enrique (Chenopodium bonus Henricus), cuyas hojas jóvenes aún se preparan como espinaca. También es posible que el blitum de los antiguos fuera una especie de amaranto, algunas de cuyas especies son ciertamente comestibles. Por lo tanto, el blitum seguirá siendo tan difícil de definir como la malva, que se utilizaba en la misma época.

Las Brassicæ de los antiguos pertenecían sin duda al género del repollo; sin embargo, hasta donde sé, nadie ha examinado botánicamente lo que se dice sobre ellas ni ha demostrado completamente su identidad. Sería, no obstante, un trabajo inútil intentar aplicar nuestros nombres modernos a las variedades de repollo de los antiguos y buscar en los escritos de los griegos y romanos aquellas que utilizamos actualmente; pues, debido a la cultivo continuo a lo largo de tantas épocas y en tantos países, de vez en cuando han surgido nuevas variedades, y las antiguas deben haberse perdido; por lo que es imposible que tengamos todas las variedades de los antiguos, tal como para ellos era imposible conocer todas las que se producen en nuestros tiempos. Por lo tanto, no puedo atreverme a afirmar que todavía poseemos esa variedad de repollo que los antiguos, para evitar la intoxicación, comían crudo como ensalada. Podemos preparar de esta manera las cabezas de repollo cuando se cortan finamente, pero no sabemos con certeza si los antiguos conocían nuestro repollo; aunque Ruellius, no sin probabilidades, consideraba como tal aquella especie que en la época de Plinio se conocía con el nombre de lacuturris.

Pero incluso si esto se admite como cierto, en ningún lugar encontramos rastro de esa excelente preparación de repollo llamada por los alemanes “sour kraut”; aunque los antiguos conocían el arte de preparar nabos de la misma manera. Habría estado inclinado a considerar el “sour kraut” como algo propio de los alemanes.

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Invención que surgió primero en Baja Sajonia, y de la cual nuestros vecinos aprendieron de nosotros.
En tiempos modernos, si no fuera porque Bellon relató que los turcos tienen por costumbre encurtir repollos como alimento para el invierno, parecería que estas personas utilizan las cabezas completas, como en Alemania, pero especialmente en Alta Sajonia más que en Baja Sajonia. Algunos conservan el “kumskohl”, nombre que, al igual que “compost” y la palabra francesa “compote”, proviene con gran probabilidad de “compositum” (conservado).
Los antiguos conocían el repollo rizado e incluso algunas de aquellas variedades que hoy llamamos brócoli. Bajo este término se entienden todas esas especies cuyas numerosas cabezas jóvenes y floridas, especialmente en primavera y otoño, pueden utilizarse como coliflores. Esos brotes jóvenes se denominan “cymæ”, pero no “turiones”; ya que este último término designa los primeros brotes que aparecen, como los del lúpulo, el espárrago y otras plantas comestibles. Sin embargo, el brócoli que se utiliza actualmente fue traído por primera vez desde Italia a Francia, junto con su nombre, hacia finales del siglo XVI.
Nuestra coliflor, también hacia finales del mismo siglo, fue traída por primera vez desde el Levante a Italia; y a finales del siglo XVII fue trasladada desde allí a Alemania. Durante mucho tiempo, las semillas se obtenían anualmente de Chipre, Creta y Constantinopla, por parte de los venecianos y genoveses, quienes las enviaban a todas partes de Europa, ya que en aquel entonces no se conocía el arte de cultivar semillas. Prosper Alpinus, en el año 1588, encontró abundancia de esta verdura en Egipto, y a partir de su relato hay motivos para suponer que en Europa era muy poco conocida en ese momento. Conrad Gesner parece no haberla conocido; de cualquier manera, no la menciona en una lista de las plantas del tipo repollo. Incluso en la época de Bauhin debió pertenecer a esas verduras escasas; porque fue muy preciso al indicar el jardín en el que la vio. Von Hohberg, quien escribió alrededor de 1682, dice que la coliflor, pocos años antes, había sido traída por primera vez a Alemania.
Sería difícil definir todas las especies del tipo repollo, cuyas hojas y flores eran utilizadas por los antiguos como alimento; pero sería aún más arduo determinar aquellas que tienen raíces comestibles. Para aclarar esto y mostrar qué información he podido obtener…

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Basándome en las investigaciones que he realizado sobre el tema, debo atreverme a hacer una pequeña crítica botánica. Desafortunadamente, nuestros expertos en plantas aún no se han dignado a examinar la categoría de las verduras de cocina; aunque sin duda sería un servicio mucho mayor a la botánica, y aumentaría en gran medida su utilidad, describir y delinear todas las especies, variedades y desviaciones, en lugar de dar nuevos nombres a una docena de nuevos géneros procedentes de Polinesia. Según el sistema de Linneo, actualmente contamos con las siguientes especies de col, que han sido adoptadas por todos los botánicos sin necesidad de más observaciones.

En primer lugar, Brassica oleracea, a la cual pertenecen todas aquellas variedades cuyas hojas y flores se consumen. Es muy probable que todas estas hayan surgido gradualmente a partir de una misma planta madre, la cual quizás ya sea imposible encontrar en su estado silvestre original. Se observa una similitud entre todas estas variedades; y con un poco de ingenio se podría elaborar un árbol genealógico de ellas, como lo hizo Buffon respecto a las razas de perros; pero un árbol genealógico sin pruebas tiene tan poco valor en la historia natural como en las reclamaciones de títulos o propiedades hereditarias. Actualmente, en nuestro sistema, debemos admitir que aquellas plantas que siempre crecen a partir de sus semillas, sin variación, y que no pasan a otras formas, son especies propias; pero esto no demuestra que estas supuestas especies no hayan surgido originalmente a partir de un mismo tallo materno; pues la variación de las plantas posteriores ocurrió gradualmente, y las más recientes se desviaron cada vez más del tipo original. ¿Quién sabe cuántos pasos y grados fueron necesarios antes de que la col, la col rizada y el brócoli surgieran a partir de nuestra col común? Quizás no menos de los necesarios para producir hombres blancos a partir de moros, o al terrier y al perro de compañía a partir del bulldog.

Llamaré a la planta madre, o especie original, A; esta, por causas desconocidas, produjo a B, y este, mediante un cultivo continuo y frecuentemente modificado, se convirtió en C; de este surgió D, y de este E, y de este F, etc. Como no conocemos el arte de transformar A en F, ni F en A, creemos que F es una especie realmente diferente de A. Al comparar aquí dos eslabones distantes de una cadena cuyas partes aumentan muy gradualmente, las encontramos tan diferentes que nos resulta imposible considerarlas iguales. Pero a veces, quizás, F vuelve a convertirse en E; E en D; D en C; y C en B o en A. Quizás también B pueda volver a producirse a partir de A, o F a partir de E. Si un botánico hubiera observado esto…

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Por experiencia, probablemente no dudaría en considerar a B, C, D, E y F como variedades de A. Pero tales observaciones ocurren rara vez; no tenemos la capacidad de realizarlas según nuestro antojo, ya que no conocemos todas las causas por las cuales se producen estas numerosas variaciones. Las pocas observaciones que se han hecho aún no han sido recopiladas, comparadas ni utilizadas para establecer conclusiones ciertas. Por lo tanto, la división de las plantas cultivadas en especies y variedades sería una empresa infructuosa e incierta, sobre la cual no se debería discutir sin pruebas suficientes.

Es innecesario referirse a la forma, color, olor y sabor de las hojas, flores y raíces. La experiencia demuestra que las hojas dentadas, como las que tienen todas las especies de col, son las más propensas a cambiar. El color también es muy variable; y Reichard, quien tenía una gran fe en la perennidad de las especies de plantas, afirma que en el mismo país y clima podía obtener, a partir de semillas de col roja y rábanos negros, col blanca y rábanos blancos. La aparición y cambio de las plantas hermafroditas es tan bien conocido que solo es necesario mencionarlo. Por ejemplo, el olor; pero el olor a almizcle de la col no establece ninguna diferencia esencial. Más aún, una planta puede perder por completo su principio odorífero, spiritus rector, y aun así conservar su antigua forma, así como todas sus demás partes y propiedades. En suelos arenosos, el olor de las plantas a menudo se pierde por completo; y el sabor cambia con frecuencia, según la naturaleza del suelo y el abono. Las plantas medicinales más eficaces son aquellas que crecen silvestres en su país de origen, y no aquellas cultivadas en jardines fértiles, donde muchas plantas venenosas se vuelven comestibles. Incluso la duración de vida no siempre determina la diferencia entre las especies. Así, es seguro que la col de invierno y la de verano son las mismas plantas, aunque la primera sea bienal y la segunda anual. ¿Dónde están, entonces, las pruebas respecto a la especie de la col, y, en general, aquellas que demuestran que diferentes plantas son especies de un mismo género y otras solo variedades? La precisión o certeza en los sistemas solo puede esperarse de los principiantes; pero en botánica ocurre lo mismo que en cualquier otra ciencia, excepto las matemáticas: cuanto más aprendemos, más incertidumbre descubrimos, y más limitado es el conocimiento real que adquirimos. Es necesario que esto sea conocido por aquellos que se tomen la molestia de examinar la historia de las verduras de cocina y otras.

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Plantas económicas; por lo tanto, no ofreceré ninguna disculpa por haberme embarcado en esta disertación botánica.
A la especie Brassica oleracea pertenecen dos plantas que se utilizan de la misma manera que los nabos o las raíces. La primera es el colinabo, Brassica gongylodes; su tallo se hincha, por encima del suelo, formando un tubérculo grueso y pulposo similar al de un nabo, el cual se prepara y se consume de la misma forma que los nabos. Se trata de una excrecencia monstruosa del tallo, que es hereditaria, al igual que el tallo ancho del hinojo italiano. Ciertamente, los antiguos no conocían este colinabo; aparece por primera vez entre los botánicos del siglo XVI. Spielmann supone que fue traído desde el Levante durante las cruzadas; pero se conocía en una época demasiado tardía como para justificar esta opinión.

Aún más reciente es esa variedad llamada colinabo, col subterráneo o de raíz de nabo, cuyo tallo produce un tubérculo similar en la superficie del suelo o justo debajo de ella. En mi opinión, fue descrito por primera vez por Caspar Bauhin en el año 1620, bajo el nombre de napo-brassica, nombre que mantiene aún hoy como especie nueva, a la cual no pudo asignar ningún sinónimo. Dice que este nabo se cultivaba en las fronteras de Bohemia, donde se llamaba Dorsen o Dorschen; y ese mismo nombre se le da allí actualmente, como lo confirma Mehler, en cuya obra hay una buena ilustración de él. En Alemania se denomina comúnmente Steckrübe, y, como se dice, fue conocido allí por primera vez alrededor del año 1764 por los comerciantes de vidrio bohemios.

La segunda especie de col en el sistema de Linneo es la Brassica napus, planta que crece silvestre en las costas arenosas de Inglaterra, así como en la isla de Gotland, y que en muchos países del norte se cultiva para obtener aceite de sus semillas, bajo los nombres de colza de invierno y de verano. Cuando se planta en suelos fértiles y en densidades bajas, produce raíces comestibles de sabor algo áspero; en alemán debería llamarse realmente Steckrübe. Ese es el nombre que se le da en las obras de todos los autores antiguos que lo mencionaron por primera vez; y así se le llama actualmente en Bohemia, donde se cultiva, así como colinabo bajo tierra. En algunas partes de Alemania se le denomina erróneamente Steckrübe, y se hace una distinción clara entre las dos especies. Esta variedad, la verdadera Steckrübe, nunca es muy gruesa, teniendo solamente el tamaño de

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aquellas que crecen en la Marca. Las hojas nacen directamente de las raíces, pero en el gongylodes y el napo-brassica proceden del tallo. No esperaba encontrar esta especie de colza entre las plantas antiguas. Pensé que quizás se hubiera desarrollado en los países del norte, ya que la colza comenzó a cultivarse para obtener aceite. Más tarde, esta planta pudo haberse domesticado tanto entre nosotros que se encontraba con frecuencia en estado silvestre. Alguien podría entonces haber observado fácilmente las raíces carnosas de las plantas que crecían en suelos fertilizados, probarlas y descubrir que tenían un sabor agradable. Cuando se cultivó por primera vez, debió observarse que su sabor áspero se atenuaba, a veces más y otras menos, en suelos arenosos, y adquiría cierto grado de aromatismo; gracias a esto, superaron en gran medida a la colza común, casi insípida, hasta el punto de llegar a las mesas más distinguidas bajo los nombres de colzas de Markisch, Teltow, Borsfeld, Bobenhäuser y Wilhelmsburg. En cada país recibieron el nombre de esos lugares donde adquirían el mejor sabor; y esto ocurría solo cuando el suelo estaba compuesto por arcilla mezclada con más o menos arena. Desde esas regiones se enviaban grandes cantidades a grandes distancias; pero quizás nunca en mayor abundancia que desde Teltow, en la Marca Media, donde esa pequeña localidad vendía cantidades que superaban los dos mil dólares al año, principalmente a Berlín y Hamburgo; y desde Hamburgo estas agradables raíces se enviaban con frecuencia a las Indias. También alrededor de Stendal, en la Vieja Marca, se cultivaban en cantidad considerable, pero allí las semillas se obtenían de Teltow. Si queremos introducirlas en nuestros jardines, debemos mezclar mucha arena con el suelo o conseguir semillas frescas cada año. Los griegos y los romanos tenían poca necesidad de cultivar colza. Tenían otros vegetales cuyas semillas o frutos les permitían obtener un aceite mejor y en mayor cantidad. Donde el olivo no podía prosperar, cultivaban, como hoy en día, el sésamo; o extraían aceite de las nueces y semillas del árbol de trementina, sin hablar de los numerosos aceites esenciales que utilizaban para preparar ungüentos. Pero por más probable que parezca, tiendo a sospechar que bajo βουνιὰς y napus se entienden nuestras steckrüben, como admitieron la mayoría de los botánicos antiguos; y que sus raíces se utilizaban como alimento antes de que las semillas se emplearan para hacer aceite. El napus de la

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Los antiguos tenían raíces largas y delgadas, tan pequeñas que podían conservarse sin tener que cortarlas en rodajas; por otro lado, la rapa tenía raíces grandes y cónicas, que no podían conservarse hasta que se cortaban en rodajas. El napus, dado que sus raíces crecían principalmente hacia abajo, se sembraba en mayor densidad que la rapum. El napus se cultivaba únicamente para uso humano; pero la rapum se cultivaba en gran cantidad como alimento para el ganado. Del napus existían muchas variedades conocidas, de diferentes grados de calidad, las cuales, al igual que ocurre actualmente con las chucrut, recibían su nombre según el lugar donde crecían principalmente. Cuando se sembraban tarde en la temporada, eran dañadas por la pulga de tierra; para evitarlo, se esparcía hollín sobre las plantas jóvenes. Tanto el napi como la rapa se enterraban en la tierra, donde se mantenían en estado fresco durante el invierno. El primero, para evitar que se degeneraran, requería un cultivo cuidadoso; de hecho, hay pocas verduras de cocina que cambien tan fácilmente su estado, según la naturaleza del suelo, como las chucrut.

Pero, ¿qué opinión se puede formar sobre la afirmación, repetida con frecuencia, de que la Brassica napus y la rapum, o rapa, se transforman fácilmente una en otra; por lo tanto, son solo variedades o desviaciones de la misma especie? No estoy dispuesto a declarar que esta afirmación sea completamente falsa; aunque no puedo garantizar la posibilidad de convertir nuestras rapas marcianas en nabos o col. Supongo que en los tiempos más antiguos, cuando estas tres plantas no estaban tan separadas entre sí por especies intermedias o grados de degeneración, tenían más similitudes entre sí y estaban todas más cerca de la especie original, tales transiciones eran más fáciles de lo que podrían ser actualmente.

La tercera especie de col en el sistema de Linneo, perteneciente a esta categoría, es la Brassica rapa, o nabo, cuyas raíces, más o menos cónicas, difieren en forma, color y sabor. Que estas raíces son las mismas que aquellas llamadas por los romanos rapa, y por los griegos γογγύλη o γογγυλὶς, parece no dejar dudas, aunque actualmente podamos tener un mayor número de variedades.

El nabo era bien conocido por los romanos, y todo lo que se puede averiguar sobre este tema a partir de los escritos de los antiguos hace probable que ocupara casi el mismo lugar en la cultura romana que lo ocupa en la británica.

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La agricultura en la actualidad. Columela recomendaba que el cultivo de los nabos fuera abundante, ya que aquellos que no eran necesarios como alimento para los seres humanos podían darse con gran beneficio al ganado; tanto él como Plinio coinciden en afirmar que este cultivo era considerado, en cuanto a utilidad y valor, casi tan importante como el maíz. Los mejores nabos crecían en la tierra de los sabinos, y en Roma valían un sestercio, o 2 denarios, cada uno.
Se dice que el método romano de cultivo debió ser superior al de los modernos, ya que Plinio relata que algunas raíces individuales pesaban hasta cuarenta libras, un peso muy superior al de cualquier raíz obtenida por los agricultores modernos más hábiles. Es muy probable que la cultura de los nabos en huertos haya sido introducida por los romanos en este país, y que, al igual que algunos árboles frutales que también trasplantaron aquí, aunque fueron descuidados, nunca desaparecieron por completo. No hay duda de que esta raíz se cultivaba ya en el siglo XVI. Si fue revivida gracias al esfuerzo de los habitantes locales o introducida en esa época por los flamencos, es una cuestión a la que diferentes autores responden de manera distinta. Hacia el final del siglo XVI, es mencionada por más de un autor. Cogan, en su obra “Haven of Health”, publicada en 1597, dice que “aunque muchos hombres disfrutan comiendo nabos, los cerdos los detestan”. Gerarde, quien publicó ese mismo año y tenía opiniones más racionales sobre las plantas, nos lleva a concluir que en aquel entonces se cultivaban más de una variedad de nabos en los alrededores de Londres. “Los nabos pequeños”, dice, “que crecen en un pueblo cercano a Londres, llamado Hackney, en suelo arenoso, y que son llevados al mercado de Cheapside por las mujeres del pueblo para venderse, son los mejores que he probado jamás”. Gerarde no dice nada sobre el cultivo de los nabos en campos; tampoco lo menciona Parkinson, quien escribió en 1629. No encontramos ninguna referencia al cultivo de esta raíz en ninguna parte del país hasta finales del siglo XVII (loc. sup. citat.). En este país, a veces los nabos alcanzan un tamaño muy grande; Tull habla de algunos que pesaban hasta diecinueve libras, y de otros que llegaban a las dieciséis libras. En julio de 1828 se extrajo uno en Surrey que pesaba veintiuna libras y tenía una circunferencia de una yarda. Nuestros antepasados más recientes parecen haber utilizado los nabos con fines más variados como alimento, en comparación con lo que se hace hoy en día. Se dice que en 1629 y 1630, cuando hubo escasez en Inglaterra, se fabricó pan muy bueno, blanco, duradero y saludable a partir de…

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Nabos hervidos, de los cuales se eliminó la humedad mediante presión, y luego se amasaron con una cantidad igual de harina de trigo. Se recurría a lo mismo en Essex en el año 875 y en 1693.
La cuestión de si los griegos y los romanos conocían nuestras zanahorias parece presentar más dificultades de las que cabría esperar. Quien quiera responderla de manera completa, explicar al mismo tiempo la información proporcionada por los antiguos y examinar las opiniones de los botánicos de los siglos XVI y XVII (pues los botánicos modernos se esfuerzan muy poco en este tipo de investigaciones), debe embarcarse en un análisis de tal extensión que quizá solo interese a unos pocos lectores. Sin embargo, aquí expondré lo que creo saber; y por pequeño que sea, quizá pueda ser de alguna ayuda para quienes deseen ilustrar las obras de los médicos y agricultores antiguos.
Dioscórides, quien, junto a Teofrasto entre los griegos, poseía el mayor conocimiento botánico, ciertamente conocía nuestra zanahoria y le dio el nombre de staphylinos. Según él, esta planta, al igual que el eneldo, produce umbelas formadas por flores blancas, cuyas del centro son de color rojo púrpura o casi rojo azafrán. Como es bien sabido, nuestras zanahorias presentan estas características; antes de que se formen las umbelas, hacia el momento de su maduración, se forma un nido en su interior. La planta a la que se refería Dioscórides crecía silvestre, pero se cultivaba en huertos debido a su raíz comestible; y nuestras zanahorias son sin duda descendientes de plantas que crecían silvestres, aunque Miller, autor del Diccionario del Jardinero, no logró hacer que las pequeñas raíces picantes fueran comestibles mediante el cultivo.
Debemos creer a Columela y Plinio en que el staphylinos de los griegos se llamaba, en su época, pastinaca; aunque no proporcionan información que permita concluir que su pastinaca fuera nuestra zanahoria. El primero habla de ella como una planta útil para las abejas, lo cual también ocurre con nuestras zanahorias silvestres y cultivadas. Luego nos dice que se cultivaba como el siser. Por lo tanto, han errado aquellos que consideran que el siser y la pastinaca son la misma planta y creen que se trata de nuestro regaliz.
Plinio, así como Galeno, afirman que el staphylinus, o patinaca, o nuestra zanahoria, también era llamado daucus por los griegos; y en los Geopónica, el daucón se menciona entre las verduras de cocina. Pero Dioscórides parece…

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Se hace una distinción entre Staphylinus y Daucus, ya que los trata en secciones diferentes. Sin embargo, dice que Daucus es similar a Staphylinus y también tiene un umbela blanca. Quizás Daucus pudiera haber designado una variedad peculiar de zanahoria. Por último, Apicio menciona que las pastinacas, o zanahorias, también eran llamadas carotas. Esta palabra deriva quizás de κάρτον, que en Ateneo designa las raíces grandes del Staphylinus, y también de κέρας, que aparece en Hesiquio y Apuleyo como sinónimo de pastinaca, Staphylinus y Daucus; pero es posible que todas estas palabras hayan sido corrompidas por los transcritores. Los alemanes y franceses, sin embargo, han formado a partir de ello la denominación carrottes. Pero κάρος, una planta que Galeno nombra junto con las raíces del Staphylinus y el Daucus, significaba, sin duda, nuestra alcaravea (Carum Carvi). Dioscórides dice que se utilizaban las semillas aromáticas y picantes del κάρος, y que también se hervían sus raíces y se comían como zanahorias. Plinio denomina a esta planta careum. Los griegos y los romanos, por lo tanto, conocían nuestras zanahorias; pero, en mi opinión, se utilizaban mucho menos en la cocina y como alimento para el ganado que en la actualidad, de lo contrario habrían aparecido con más frecuencia en las obras de los antiguos. Pero si, bajo el término pastinaca, los antiguos a veces no entendían nuestro pastinaco, no me atrevo a determinarlo. Solo puedo afirmar, con cierto grado de probabilidad, que este último es llamado por Dioscórides elaphoboscon, un nombre que también aparece en Plinio. El primero dice expresamente que esta planta tenía umbelas con flores amarillas y grandes raíces blancas y dulces aptas para comerse. Ahora, entre nuestras plantas umbelíferas, además de eneldo, hinojo y albahaca, el pastinaco es el único que tiene flores amarillas; al menos no conozco otro con flores amarillas y raíces comestibles. Si el pastinaco no tenía otros nombres entre los griegos y los romanos, debió ser muy poco utilizado por ellos; pues solo es mencionado por Dioscórides y Plinio. Actualmente sabemos que constituye un excelente alimento para ganado negro, ovejas y cerdos. Sin embargo, no sorprende demasiado que sea tan difícil encontrar estas plantas en las obras de los griegos y los romanos. Todas pertenecen a un mismo orden natural, cuyas especies son difíciles de distinguir incluso para el botánico más experimentado. Quiero decir que todas las plantas umbelíferas

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Son tan parecidos entre sí que pueden confundirse fácilmente. Esta dificultad se ve aún incrementada por los médicos antiguos, quienes utilizaban una gran cantidad de plantas de este tipo y las nombraban según las verduras de cocina a las que se parecían, de modo que, por estos medios, plantas completamente diferentes aparecen bajo el mismo nombre. Para distinguirlas, es necesario primero examinar cuál de ellas era una verdura de cocina y cuál se utilizaba en medicina.

Entre nuestras verduras de cocina, al igual que entre las especias, hay muchas clases que, al principio, solo eran conocidas por sus propiedades medicinales, pero posteriormente fueron apreciadas y cultivadas por su buen sabor. De este tipo es la escorzonerera, que se conoció por primera vez a mediados del siglo XVI en España, donde se consideraba un antídoto contra el veneno de una serpiente llamada allí “scurzo”. Un moro, que había aprendido esta propiedad de ella en África, curó con el jugo de sus hojas y raíces a muchos campesinos mordidos por serpientes mientras segaban; pero no reveló dónde crecía la planta para quedarse con todos los beneficios para sí mismo.

Sin embargo, algunas personas que lo siguieron a las montañas, donde él la recolectaba, observaron que se trataba de la Scorzonerera hispanica, llamada así por el nombre de la serpiente. Petrus Cannizer transmitió la planta, junto con un dibujo de ella, a Juan Odorich Melchior, médico de la reina de Bohemia; este último envió lo que había obtenido a Matthioli, quien en ese momento no estaba familiarizado con ella. Poco después, las raíces fueron elogiadas en un tratado específico por Nicolás Monardes como un remedio poderoso contra el veneno de las serpientes. Es probable también que estas raíces se utilizaran primero en España como alimento, y hacia principios del siglo XVI fueron llevadas desde allí a Francia. El autor anónimo de la conocida obra Le Jardinier François, que era jardinero y comerciante de árboles y semillas en París, se jacta de haber sido el primero en introducir estas raíces en los jardines franceses. La primera edición de su libro, que contribuyó en gran medida a mejorar la jardinería en Francia, fue impresa en 1616. Actualmente, las raíces de la escorzonerera se encuentran en la mayoría de los jardines, pero nadie cree en sus virtudes medicinales; y cuando ocasionalmente algún médico las prescribe para algún paciente, se prefiere otra variedad, la Scorzonera humilis, aunque en las farmacias se utiliza en su lugar la española, recogida de los jardines.

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Entre las especies del género Allium, los chalotes son preferidos, debido a su sabor suave. No hay duda de que este nombre, al igual que el francés échalotte, deriva de Ascalonia; y la especie mencionada en el sistema se denomina Allium ascalonicum. Teofrasto, Plinio, Columela, Apicio y otros hablan de una especie llamada ascalonia, traída de la ciudad de Ascalón, en Palestina, según nos informan Plinio, Estrabón y Esteban. Este último autor afirma, como informe, que las primeras bulbosas fueron observadas en esa región. Estos nombres se encuentran en los catálogos más antiguos de hortalizas para jardines en Alemania. También hay motivos suficientes para suponer que nuestros chalotes eran las ascaloniæ de los antiguos, y que procedían originalmente de Palestina; sobre todo porque Hasselquist encontró allí misma especie creciendo de forma silvestre. Sin embargo, una duda importante contra esta opinión surge de lo que dicen Teofrasto y Plinio: es decir, que sus ascaloniæ no podían propagarse por bulbos, sino por semillas; por otro lado, nuestros chalotes en Alemania, y quizás en cualquier otra parte de Europa, nunca florecen, y solo se obtienen a través de los bulbos; por lo que Linneo consiguió las primeras flores, a través de Hasselquist, desde Palestina. Pero, ¿por qué no podrían todas las demás especies de allium propagarse plantando los bulbos?

[Los huertos de Inglaterra estaban tan escasamente provistos de hortalizas, hasta hacia finales del siglo XVI, como los parques de ocio lo estaban de arbustos y flores. “No fue”, dice Hume, “hasta el final del reinado de Enrique VIII cuando se produjeron en Inglaterra ensaladas, zanahorias, nabos u otras raíces comestibles; la pequeña cantidad de estas hortalizas que se utilizaba se importaba de Holanda y Flandes. La reina Catalina, cuando quería una ensalada, se veía obligada a enviar un mensajero allí especialmente”. Sin embargo, Hume no está del todo correcto en este punto. Nuestros antepasados, antes de la época de Enrique VIII, siempre tuvieron berros de invierno y berros acuáticos, además de alexandros comunes, que les servían como apio; tenían rábano picante y rúcula; borraja para sus bebidas frías, y amaranto y malvavisco, o buen Enrique con col de brotes, que utilizaban como verduras. Sus frutos no eran ni numerosos ni de buena calidad, limitándose principalmente a grosellas, pasas y fresas; las manzanas y peras solían ser de calidad mediocre, y sus ciruelas y cerezas eran malas; aunque se cree que estas últimas se plantaron en este país ya en el año 800, cuando fueron traídas de Italia.]

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La verdura más importante de la cocina en la actualidad es sin duda la papa. Casi no hay dudas de que la papa es originaria de Sudamérica, y que existe en estado silvestre en zonas elevadas de las regiones tropicales y en las áreas más templadas de la costa occidental de ese país. Parece probable que fuera introducida por primera vez en Europa desde las zonas montañosas de Sudamérica, en los alrededores de Quito, hasta España, a principios del siglo XVI; allí se les llamaba papas. Desde España fueron llevadas a Italia, donde recibieron el mismo nombre que la trufa: taratoufli. Desde Italia llegaron a Viena, a través del gobernador de Mons en Hainaut, quien envió algunas a Clusius en 1598. La papa llegó a Inglaterra desde Norteamérica, siendo traída desde Virginia por los colonos enviados por Sir Walter Raleigh en 1584; estos regresaron en julio de 1586 y, con toda probabilidad, trajeron consigo la papa. Esa es la opinión de Sir Joseph Banks; además, en la Colección de Viajes de De Bry, describe una planta llamada openawk, que muy probablemente sea idéntica a la papa. Gerarde, en su libro de plantas publicado en 1597, ilustra la papa bajo el nombre de “papa de Virginia”, de donde dice haber obtenido sus raíces. La papa fue cultivada por primera vez en Irlanda por el abuelo de Sir Robert Southwell, a partir de tubérculos que le entregó Sir W. Raleigh. Poco después, se cultivó también en Lancashire, según algunos, habiéndose transportado allí debido a un naufragio; desde allí su cultivo se difundió gradualmente por todo el país. La gran dependencia alimenticia que muchos pobres tienen de la papa se ha manifestado recientemente en la gran dificultad causada por las enfermedades de los cultivos. Además de su uso como alimento directo, la papa se utiliza para obtener almidón, el cual con frecuencia sustituye al arrow-root y al azúcar. En el año 1619, el precio de mercado habitual de la papa era de 1 chelín por libra.]

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[Lo opuesto a esto es lo que ahora se admite generalmente; la prosperidad de un país puede juzgarse por la cantidad de azúcar que se consume en él.]
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Rumex patientia. Kerner, tabla 720.
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Barbarea plantaginea. Kerner’s Œkonom. Pflanzen, tabla 562.
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Smyrnium olusatrum. Kerner, 356.
847
Chærophyllum bulbosum. Kerner, tabla 299. Jacquin, Flora Austriaca, tomo I, tabla 63.
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Phyteuma spicata. Kerner, tabla 153.
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Las raíces tuberosas del Lathyrus tuberosus. Kerner, tabla 328.
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Columella, libro X, página 109. Virgilio, Moretum, 85.
851
Apuleyo, De Virtute Herbarum, capítulo 41. Plinio, libro XXV, capítulo 8.
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Spec. Plantarum.
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Du Cange.
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Meursii Glossar. Anónimo, sobre el zorro y el lobo. En la página 657 se dice que este poema fue impreso, pero no se indica dónde.
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Véanse los pasajes citados por Niclas en Geopon., libro V, capítulo 11, página 345.
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Plinio, libro XIX, capítulo 8, sección 41. La misma especie es mencionada por Columella, libro X, página 138. Pero no se encuentra ninguna mención del repollo rojo en ningún autor antiguo.
857
Columella, libro XII, página 54. Pallad. Decem., página 5. Nicandro, en Athenaeus, libro IV.
858
Bellonii Obs. Itin., libro III, página 27.

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Menage, Dict. v. Broccoli.
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Esto se indica en Vincenzo Tanaro, Economica del Cittadino in Villa. Este libro, escrito alrededor del año 1642, fue impreso con frecuencia; pero nunca tuve la suerte de encontrar una copia. La undécima edición, que es la más reciente, fue impresa en Venecia en 1745, en formato 4to. En Nonnii Diæteticon, p. 49, cuya primera edición se imprimió en 1627, se dice que las semillas de coliflor fueron traídas desde Italia a Amberes, donde no se cultivaron semillas, o solo aquellas que producían plantas degeneradas.
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En Horti Germaniæ, al final de Cordi Opera, p. 250, B.
862
Georgica Curiosa, Núremberg, 1716, fol. i, p. 643.
863
Land- und Gartenschatz, p. 84.
864
Véanse los ingeniosos experimentos de Dalibert en Mémoires présentées sur les Mathématiques et la Physique, tomo I. Las plantas de olor fuerte pierden su aroma en suelo arenoso y no lo recuperan al ser trasplantadas a suelo fértil. Sobre esto se basa Rozier en su propuesta para mejorar el aceite de colza.
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Mehler, p. 16, tab. vi; Kerner, tab. 312.
866
Una buena ilustración se encuentra en Mehler, tab. viii.
867
Véase una ilustración de las colzas de Teltow en Kerner, tab. 534.
868
Geopon. lib. ix. 18, p. 611. El aceite de trementina actual se obtiene de la resina mediante destilación, un proceso desconocido para los antiguos.
869
Columella, ii. 10, 22–25; xi. 3, 60; xii. 54; Plinio, xx. 4; y xix. 10 y 5. Para no ser demasiado prolijo, dejaré sin tratar la confusión que existe en las obras de los antiguos.

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Véase la figura de la Mayrübe en Kerner, tabla 553; de la Guckelrübe, tabla 516; y la tabla vii (o 37) de Mehler.
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De Re Rustica, libro II, capítulo 10.
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Hist. Nat., libro XVIII, capítulo 13; libro XIX, capítulo 5.
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Tull’s Horse-Hoeing Husbandry.
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Gard. Magaz.
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Lib. Entert. Knowledge, Vegetable Substances.
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Kerner’s Œkonom. Pflanzen, tabla 319; Mehler, tabla X (o 40).
877
De Aliment. Facult., II, 67. Galeno utiliza ἡ καρὼ, no κάρος.
878
Kerner, tabla 91.
879
Matthioli Epist. Med., v, p. 209; en Opera, Basil., 1674, fol.
880
Una traducción, impresa por primera vez en español en 1569, se encuentra en Clusii Exotica, p. 15.
881
Murray, Apparat. Med., I, p. 160.
882
Kerner, tabla 307.
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Las Cepæ fissiles, o scissiles, o schistæ, son puerros, como nos dice él mismo Teofrasto; cuando sus hojas se vuelven amarillas, se sacan del suelo, se separan unas de otras, luego se secan y, en primavera, se vuelven a plantar. Si creemos que las ascaloniæ solo pueden propagarse por semilla, debemos sin duda leer en Teofrasto μόνα γἀρ οὐ σχιστὰ, como ya señaló Scaliger.
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Volumen I, p. 17.

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REDES Y MEDIAS TEJIDAS A TRABAJO DE PUNTA.
TELAR PARA MEDIAS.
En el arte de tejer, la lana se hace pasar a través de los numerosos hilos del urdimbre, y es retenida por ellos; pero en el tejido a punto solo hay un hilo, que se entrelaza de una manera tan ingeniosa que produce una tela similar a la tela convencional, tanto en su uso como en su apariencia, aunque no puede considerarse tela, ya que se forma sin urdimbre ni trama. No voy a discutir sobre nombres: la red de araña también se forma con un solo hilo, pero de una manera que difiere tanto del tejido como del trabajo a punto; y no se sabe con certeza si Aracne descubrió el arte de tejer telas o el de fabricar redes.
Existen dos métodos de tejer a punto, fundamentalmente diferentes entre sí: uno se utiliza para hacer redes, y el otro para tejer medias. En el primer caso, el hilo se anuda para formar mallas mediante una aguja de tejer; mientras que en la confección de medias, las mallas se forman sin nudos. Por lo tanto, es fácil comprender por qué las medias tejidas a punto pueden deshacerse con tanta facilidad y rapidez, para que el hilo pueda utilizarse en nuevos trabajos; y por qué esto es imposible en las redes. Los nudos que impiden esto, por otro lado, hacen posible que las redes se corten o rasguen, sin destruir más mallas que aquellas que están directamente expuestas a la fuerza aplicada. También se puede entender fácilmente por qué las cosas tejidas de la misma manera que las medias pueden estirarse sin romperse, y, al igual que los cuerpos elásticos, volver a contraerse tan pronto como cesa la fuerza que las estira. Por esta razón, aún no se ha encontrado ningún tipo de tela más adecuada para guantes, medias, ligas y vendajes. Cuando no está demasiado tejida, sus partes individuales pueden estirarse sin daños, ya que los hilos de las mallas vecinas ceden, y las mallas se vuelven más estrechas o se contraen. Esto, debido a los nudos, no es posible en el tejido de tipo primero, que sin embargo produce las mejores redes, ya que las mallas sufren…

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Agua y barro, junto con los peces que son demasiado pequeños, para que pasen a través de ellos, y solo se retienen los peces más grandes. Un pez capturado, para poder escapar, debe desgarrar, uno tras otro, tantas mallas como sean equivalentes a la circunferencia de su cuerpo. Si la red estuviera hecha de la misma manera que una media, una sola malla, si se rompiera, permitiría que el pez pasara. Se puede considerar uno de los beneficios de la época actual el hecho de que la habilidad para tejer sea parte de la educación femenina en todos los estratos sociales; y puede ser adquirida fácilmente incluso por niños, con la ayuda de una instructora experta e indulgente. Sin embargo, es sorprendente que este arte no haya sido abandonado debido al refinamiento de las costumbres modernas, sobre todo teniendo en cuenta que gran parte del tiempo de las jóvenes se dedica a la lectura de novelas y romances. Pero cabe señalar que esta ocupación, que con un poco de práctica se vuelve tan sencilla que podría considerarse más bien un entretenimiento, no interrumpe la conversación, no distrae la atención ni limita la capacidad de imaginación. Constituye una solución práctica cuando surge un silencio en la conversación, o cuando ocurre algo que debería escucharse o verse, pero sin tomárselo demasiado en serio: la tejedora prudente entonces escucha y ve lo que no desea parecer que escucha o ve. Tejer no causa daño ni al cuerpo ni a la mente, esta última de la cual sufren los romances. No genera situaciones perjudiciales o desagradables, no requiere esfuerzo visual y puede realizarse con la misma facilidad de pie o caminando que sentada. Puede interrumpirse sin pérdida y reanudarse sin problemas; además, todo el equipo necesario para tejer, que es económico, ocupa muy poco espacio y es tan ligero que puede guardarse y transportarse graciosamente en una canasta, cuya belleza demuestra la pericia, o al menos el gusto, de la hábil artista. El tejer pertenece a las pocas ocupaciones útiles para las personas mayores que aún conservan la capacidad de usar sus manos. Aquellos que quieren reprochar a las mujeres el tiempo que desperdician intentando complacer a los hombres no deberían olvidar que estas saben cómo ocupar esos momentos que los hombres dedican, no al trabajo, sino al disfrute social o al placer, o que de otro modo se perderían: el tiempo en el que los hombres no pueden hacer nada útil. Sin embargo, nadie objetará seriamente esto a los hombres, cuyas ocupaciones diarias tienden tanto a agotar sus fuerzas; pero, ¿no es de lamentar que aquellos que, debido a su situación, no realizan ningún trabajo adecuado, que apenas necesitan pensar, terminen convirtiéndose…

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Corrompidos por la ociosidad, ¿no deberían emplear sus horas libres en tejer, con el fin de ganar dinero? Lo que quiero decir es: ¿no deberían los sirvientes, los soldados, los pastores y los hijos varones de los campesinos que no son aptos para trabajos pesados aprender a tejer, para poder ganar algo para sí mismos y sus familias? Nunca faltará demanda de artículos tejidos: medias, guantes, gorros, redes y encajes finos. Mi elogio al tejido se aplica, estrictamente hablando, solo al segundo tipo, que supera al primero en utilidad, pero es una invención mucho más moderna; pues la pesca y la caza fueron las ocupaciones más antiguas, y ya se mencionan las redes en los escritos más remotos.

No es improbable que la gente que vivía a orillas de ríos ricos en peces intentara capturarlos al principio con cestas, como aquellas que la mayoría de los indios saben hacer, o con otros recipientes por los cuales pasaba el agua; pero con el tiempo se comenzó a utilizar un trozo de tela delgada, y en una época aún posterior, lo que era mucho más práctico: redes. Sin embargo, la mención de redes de pesca y caza aparece muy a menudo en las Escrituras; y en algunos pasajes se demuestra claramente que nos referimos a aquellas que estaban tejidas. Pero dejaré que sean los comentaristas quienes decidan si con “redes” no se quiere decir a menudo cuerdas o tiras hechas de hilos, cuando los traductores han utilizado la palabra “redes”. Las primeras son sin duda más antiguas que las segundas; se utilizaron durante mucho tiempo tanto en la caza como en la guerra, y todavía se emplean entre algunas tribus salvajes que no conocen las armas de fuego.

Que las redes fueran inventadas en una época temprana no debe sorprender, ya que se han encontrado en tiempos modernos entre naciones muy primitivas. Wafer vio algunas entre los salvajes americanos, hechas de corteza de árbol; y los groenlandeses fabricaron otras del mismo tipo con el pelo de la barba de la ballena y con los tendones de otros animales. Omitiré aquí lo que se ha dicho sobre redes en las obras de los antiguos, y especialmente en aquellas que tratan sobre la pesca y la caza. Los latinos dicen “texere retia”; y Plinio llama al hilo o cordel con el que se hacían las redes “stamen”; sin embargo, estoy inclinado a creer que tanto los griegos como los romanos fabricaban sus redes de la misma manera que lo hacemos nosotros hoy en día.

El tejido, en el sentido estricto de la palabra, está fuera de consideración; parece que estas palabras se utilizaban en un sentido muy general, porque en aquel entonces no existía…

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Término técnico para designar el tejido a mano. En cualquier caso, no puedo creer que ya se conociera en aquel entonces el proceso mucho más ingenioso mediante el cual nuestros tejedores de encajes preparaban las bufandas con malla que utilizaban los oficiales militares, como parece pensar Braun. Los entresijos eran llamados por los latinos maculæ y nodi; pero no entiendo tanto lo que dice Plinio, “retia succino nodantur”, como la supuesta explicación de Hardouin, “retia nodos e succino habebant”. El autor alude aquí quizás a algún adorno añadido a esas redes que se colocaban alrededor de las cajas o asientos de los senadores. Algunos manuscritos dicen notantur: yo habría preferido ornantur.

El arte de fabricar redes con hilos finos, seda o algodón, mediante el proceso de tejer, y de emplearlas como prendas de vestir u objetos decorativos, no es una invención del lujo moderno. Recuerdo haber visto en iglesias antiguas cortinajes en forma de red, y en vestidos ceremoniales antiguos bordes o adornos del mismo tipo, que la moda parece haber desterrado y vuelto a adoptar alternativamente. Que en la Edad Media las capas del clero solían tener revestimientos de seda hechos de la misma manera que las redes de pesca, ha sido demostrado por Du Cange. También sospecho que los vestidos transparentes que usaban las damas, hace más de cuatrocientos años, para cubrir aquellas partes de su cuerpo que aún querían dejar visibles, eran redes de este tipo.

Mucho más ingeniosa y de invención mucho más reciente es esa técnica que sin duda se utilizó primero para fabricar medias, y por eso se llama tejido de medias. Que los romanos y la mayoría de las naciones antiguas no tenían ropa especial para la parte inferior del cuerpo es algo bien sabido, por lo que no es necesario que repita las pruebas. Sin embargo, sus piernas no sufrían más por el frío que nuestras manos cuando no están cubiertas con guantes, ni que los pies de los franciscanos en la actualidad; y lo común no es indecente. Es bien sabido que las naciones del norte fueron las primeras en tener calcetines o pantalones, que cubrían no solo las piernas sino también los muslos y la cintura; y no fue hasta hace unos siglos cuando, a partir de esta prenda, la gente comenzó a hacer dos: la parte superior conservó el nombre antiguo, y la inferior, la que cubría las piernas, se llamó en alemán strumpf, truncus, palabra que Maler en su Diccionario explica como halbhosen, medio calcetín, y hosenstrumpf. El diminutivo strümpfle significa, según este autor, calcetines que llegan hasta el gemelo de la pierna. Las primeras medias eran de tela y se fabricaban mediante el

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Los sastres; en consecuencia, no eran tan cómodos como nuestras medias de punto, las cuales, por la razón ya mencionada, se ajustan estrechamente al pie sin oprimirlo ni dificultar la marcha de la persona. Es más que probable que el arte de tejer medias se descubriera por primera vez en el siglo XVI, pero la fecha exacta de su invención es dudosa; también es incierto a qué personas debemos este invento, y el nombre del inventor es completamente desconocido. Savary parece ser la primera persona que aventuró la conjetura de que este arte es una invención escocesa, porque los tejedores franceses de medias, cuando llegaron a ser tan numerosos como para formar una gremio, eligieron a San Fiacre, originario de Escocia, como su patrón; además, existe una tradición según la cual las primeras medias de punto fueron llevadas a Francia desde ese país. Sea como sea, es cierto que la primera carta de fundación de este gremio, llamado “la Communauté des Maitres Bonnetiers au Tricot”, está fechada el 16, o, según otros, el 26 de agosto de 1527. San Fiacre, debo señalar aquí, era el segundo hijo de Eugenio, quien se dice que fue rey de Escocia a principios del siglo VII; vivió como ermitaño en Meaux, en Francia, y su nombre en el calendario sagrado aparece junto al 30 de agosto. Sin embargo, hay que reconocer que la conjetura de Savary se basa únicamente en un fundamento muy débil. Una opinión algo más probable es aquella que ha prevalecido durante mucho tiempo en Inglaterra y cuenta con el apoyo del testimonio de escritores respetables. Howell, en su Historia del Mundo, impresa en 1680, relata que Enrique VIII, quien reinó de 1509 a 1547 y que era aficionado a los espectáculos y la magnificencia, al principio usaba medias de lana; hasta que, por un acontecimiento singular, recibió un par de medias de seda de punto procedentes de España. Su hijo Eduardo VI, quien le sucedió en el trono, consiguió, gracias a un comerciante llamado Thomas Gresham, un par de largas medias de seda de punto españolas; y ese regalo era en aquel entonces muy apreciado. La reina Isabel, en el tercer año de su reinado, es decir, en 1561, recibió de su costurera, llamada Montague, un par de medias de seda negras de punto, y posteriormente no quiso usar ningún otro tipo. Esta información es confirmada por otra versión. Se relata en la Crónica de Stow que el conde de Pembroke fue el primer noble que…

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Llevaba medias tejidas de lana. En el año 1564, William Rider, aprendiz del maestro Thomas Burdet, al ver por casualidad en la tienda de un comerciante italiano un par de medias tejidas de lana procedentes de Mánchester, las tomó prestadas y confeccionó un par idéntico; estas fueron las primeras medias tejidas en Inglaterra con hilo de lana.
A partir de este testimonio, hasta ahora se ha creído en Inglaterra que las medias tejidas se introdujeron por primera vez allí durante el reinado de Enrique VIII; que fueron traídas desde España a ese país; y que la invención pertenece, con toda probabilidad, a los españoles. Si realmente fuera así, se podría suponer que las primeras medias tejidas conocidas en Inglaterra eran de seda, aunque las imitaciones realizadas por Rider eran de lana. Pues durante el reinado de Enrique VIII, Eduardo VI e Isabel solo se mencionan medias de seda; y en esa época era la seda, y no los artículos de lana, lo que se importaba de Italia y España. Si la invención pertenecía a los españoles, estaría inclinado a suponer que estos la obtuvieron de los árabes, a quienes debemos muchos oficios útiles e ingeniosos. Pero, en cualquier caso, la conjetura de Savary no tiene fundamento; ya que, dado que los franceses contaban ya con una gremio de tejedores de medias desde 1527, es muy poco probable que los ingleses, cuarenta años después, es decir, alrededor del año 1564, no estuvieran al tanto de la invención de sus vecinos más cercanos, los escoceses.
Hace algunos años, sin embargo, varios eruditos en Inglaterra, motivados por una circunstancia singular, se dedicaron a recopilar información sobre la antigüedad del arte de tejer medias. Me refiero aquí a las falsificaciones de Thomas Chatterton, quien nació el 20 de noviembre de 1752 y puso fin a su desdichada vida suicidándose el 24 de agosto de 1770. Este joven ingenioso publicó algunos poemas que pretendía que habían sido escritos por Thomas Rowley, quien vivió durante el reinado de Eduardo IV, es decir, alrededor del año 1461. Muchos literatos negaron la autenticidad de estos poemas, a pesar de su gran belleza; declararon que Chatterton era un segundo Salomón; y justificaron su opinión con el hecho de que en ellos se mencionaban medias tejidas. Decían que esto era un anacronismo, ya que, según Howell y Stow, la invención de las medias tejidas debió ocurrir un siglo después del supuesto poeta Rowley. Otros, que defendían la autenticidad de estos poemas, intentaron, por ello, hacer que la invención fuera más antigua y recopilaron información sobre su historia, de la cual he extraído el siguiente fragmento.

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A principios del siglo XVI, la gente de Escocia llevaba calzas, en el sentido estricto de la palabra, y también una especie de medias; pues Hector Boethius, que fue profesor en Aberdeen en 1497, relata que los escoceses usaban pantalones que solo llegaban hasta la rodilla, por lo que utilizaban medias hechas de lino o lana, y calzas principalmente de cáñamo. Estos artículos de vestir eran habituales en aquel tiempo incluso en Inglaterra; ya que en el año 1510 el rey Enrique VIII apareció, en una ocasión pública, con sus acompañantes, vestidos con elegancia, y en la descripción de dicha vestimenta se mencionan especialmente las calzas y los pantalones. En el año 1530, la palabra “tejer”, aplicada a las medias, debía ser común en Inglaterra; pues en ese momento John Palsgrave, maestro francés de la princesa María, hija de Enrique VIII, publicó una gramática en la cual afirmaba que esta palabra en francés se empleaba tanto para hacer redes como sombreros y medias. De un libro doméstico de una familia noble de la época de Enrique VIII, sabemos que las medias tejidas, tanto para adultos como para niños, se vendían a un precio tan bajo que no se puede suponer que fueran artículos importados. Durante el reinado de Eduardo VI, debieron fabricarse en Inglaterra varios tipos de artículos tejidos, como se desprende de algunas normativas relacionadas con el comercio y la manufactura emitidas en 1552. No obstante, se puede demostrar que, en el quinto año del reinado de la reina María, es decir, en 1558, había muchas personas que usaban medias de tela; pues el doctor Sands, quien posteriormente fue arzobispo de York, mandó llamar a un sastre para que le tomara las medidas para un par de pantalones. Esto podría servir para confirmar la afirmación de Stow de que las medias no se tejían en Inglaterra hasta seis años después. Pero según los testimonios ya presentados, esto no puede ser cierto. Es mucho más creíble que el clero y las personas mayores, que no están dispuestas a adoptar nuevas modas, llevaran algunos años más tarde las medias de tela de estilo antiguo, las cuales muy probablemente eran similares a nuestras polainas. Podría mencionarse, como prueba adicional, si fuera necesario, que las calzas y las medias ya se consideraban, mucho antes del reinado de la reina Isabel, como

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Partes separadas de la ropa: en el catálogo elaborado posteriormente sobre los ingresos del obispo de St. Asaph, se indica que recibía como prerrogativa, con la muerte de cada clérigo que tuviera familiares vivos, sus mejores calzas y medias.
Alrededor de 1577, es decir, diez años después del período de invención señalado por Stow, el tejido a mano debía ser algo común en toda Inglaterra, e incluso practicado en los pueblos. Las cortezas de aliso eran utilizadas por las esposas de los campesinos para teñir las medias que ellas mismas habían tejido.
Según el conocido poeta George Gascoigne, los mayores adornos en la ropa, alrededor del año 1576, eran las medias de seda tejidas a mano y los zapatos de cuero español.
Alrededor de 1579, y no en 1570 como se indica en la Gentleman’s Magazine, cuando la reina Isabel se encontraba en Norwich, varias niñas aparecieron ante ella; algunas hilaban lana y otras tejían calcetines con esa lana.
El arte de tejer medias era mucho más antiguo en Alemania que en Francia o en Inglaterra. En todo caso, Chatterton estaría exento de la acusación de cometer un anacronismo, si fuera cierto, como escribió Micrælius en el año 1639, que la consorte del duque de Pomerania, fallecida en 1417, cuando ya no podía coser ni bordar, se entretenía tejiendo. Pero es muy probable que este buen hombre también cometiera un anacronismo, al igual que Chatterton; y, con el fin de mostrar la habilidad de la duquesa, mencionó aquellas ocupaciones que eran habituales en su propia época.
En Alemania, por lo que sé hasta ahora, los tejedores de medias aparecen por primera vez hacia mediados del siglo XVI, bajo el nombre de “hosenstricker”, término que aún no es raro en Baja Sajonia. En Hamburgo la gente los llama “hasenknütter”, y utiliza la palabra “hasen” para referirse a las medias. En Berlín había tejedores de medias alrededor del año 1590. En muchos países existía una gremio especial para ellos; y esto ocurre actualmente en el ducado de Württemberg, donde son completamente diferentes de aquellos que trabajan en el telar y que se denominan tejedores de medias. Cada grupo tiene sus propias normas, según las cuales se estipula que los tejedores de medias no deben usar prendas tejidas en telar, y viceversa.

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Artículos tejidos a mano. Ese tejido, sin embargo, puede dejarse como una ocupación ocasional para cualquiera; por eso, en las normas de quienes tejen calcetines se añaden las siguientes palabras: “Los pobres que, por falta de otros medios, se ganan la vida tejiendo calcetines, y aquellos que vigilan las puertas por sí mismos o por otros y al mismo tiempo tejen, podrán usar lo que hayan hecho con sus propias manos”. Los términos técnicos en alemán relacionados con el tejido son más antiguos que el propio arte, ya que todos provienen de la fabricación de redes: knütten, knüteisen, knütholz, knütspan, stricken y stricknadel, así como maschen, son términos que aparecen en las normas de pesca de Brandeburgo del año 1574, y sin duda antes aún. El término francés para el tejedor tiene el mismo origen que la palabra alemana stricken: Trica era un mechón de cabello, una soga; y tricare significaba enredar y engañar. Lacer deriva de laqs, que significa cuerda, soga; y esto a su vez proviene de laqueus. La palabra inglesa stocking deriva de stock, truncus, es decir, el tronco de un árbol; palabra que aún conservan los silvicultores alemanes, quienes en el bajo alemán hablan de arrancar los troncos de los árboles. Las medias de seda, sin embargo, debido a su alto precio, se utilizaron durante mucho tiempo solo en ocasiones muy especiales. Enrique II, rey de Francia, usó tales medias por primera vez en la boda de su hermana con el duque de Saboya en 1559. Durante el reinado de Enrique III, quien ascendió al trono en 1575, la esposa de Geoffroy Camus de Pontcarre, quien ocupaba un alto cargo en el estado, se negó a usar las medias de seda que le regaló como regalo de Navidad una nodriza que vivía en la corte, porque las consideraba demasiado llamativas. En el año 1569, cuando el consejero privado Barthold von Mandelsloh, quien había sido enviado a numerosas dietas y cortes, apareció en la corte un día laborable con medias de seda que había traído de Italia, el margrave Juan de Custrin le dijo: “Barthold, yo también tengo medias de seda; pero solo las uso los domingos y días festivos”. Sin embargo, el famoso Leonard Thurneisser, quien vivió en la corte de Brandeburgo hacia finales del siglo XVI, usaba medias de seda a diario y, en general, vestía de manera muy lujosa con seda y terciopelo. El tejido con alambres, método del cual he hablado hasta ahora, siempre me ha parecido tan ingenioso que pensé que su inventor debió tener un patrón que sirviera de guía. Creo haber descubierto ese patrón. Los artesanos que trabajaban con alambres, y otros artistas que utilizaban este material, ejercían su

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Hace algunos siglos hubo más ingenio para fabricar mallas de alambre de diversas maneras que en la actualidad; y hay que admitir que muchas de ellas produjeron piezas que, incluso hoy en día, aunque no se ajusten al gusto moderno, merecen admiración. Obras de este tipo todavía se pueden encontrar en iglesias antiguas. El arte de fabricarlas solía considerarse demasiado difícil para las manos humanas; por eso la tradición popular afirmaba que los artesanos contaban con la ayuda del diablo. Todavía se cuenta una historia de este tipo, aunque ya no se cree, sobre aquellos cuya curiosidad les lleva a observar la malla que rodea el baptisterio de la iglesia de Santa María en Wismar, la cual está trenzada o tejida de una manera tan ingeniosa, como si fuera con cuerdas, que ni el principio ni el final de los alambres se pueden ver. Se cuenta una leyenda similar a los extranjeros cuando se les muestra la malla que rodea el púlpito de la catedral de Lübeck, la cual, según la inscripción, fue fabricada en 1572. No es improbable que, entre obras de este tipo, haya algunas hechas con mallas, como si estuvieran formadas por tejer. Nuestros fabricantes de alfileres pueden crear algunos mucho más ingeniosos. Para poder transmitir mejor a mis alumnos, en mis clases tecnológicas, una idea del tejido, hice un dibujo al respecto y pedí a un fabricante de alfileres que tejiera para mí una pequeña malla de alambre de bronce. Este trabajo es sencillo, porque se realiza en un marco de alambre fuerte pero flexible. Por lo tanto, sospecho que alguien intentó primero hacer una imitación de tal red de alambre con hilo, en una sola pieza ampliada para la cual solo serían necesarias dos o tres varillas pequeñas. En lugar de tener un marco, es probable que el inventor atara a su ropa la varilla sobre la cual se hacían las mallas, o sobre la cual tejía; pero posteriormente utilizó una funda para ese propósito. Así, la mayoría de los tejedores de medias de Wurtemberg hoy en día tejen con dos alambres y una funda. Por eso sus medias, al igual que las tejidas en el telar de medias, están cosidas o tienen una costura en la parte posterior.

Entre las obras maestras de los tejedores de medias de Wurtemberg, se menciona en sus reglamentos una alfombra con hermosos motivos florales y figuras. Está trenzada y, cuando se extiende, mide tres codos de largo y uno y medio de ancho. Es probable que alguna persona, mediante pruebas repetidas, descubriera el método de tejer en forma circular; pero para ello serían necesarios varios alambres. Para hacer que este método de tejer mejorado se pareciera al antiguo, las mallas se dispusieron de tal manera que las medias parecían tener una costura, cuando en realidad no era necesario. La funda, que se ataba al lado izquierdo, fue conservada durante mucho tiempo por nuestros tejedores; pero como retrasaba el trabajo y era necesario mantener el cuerpo en una posición incómoda…

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La postura perjudicial para el crecimiento de las personas jóvenes e industriosas llevó a la invención de medios para prescindir de ella y tejer con mucha menos restricción. De esta manera, el arte alcanzó su perfección actual; y no deja de sorprender que fuera inventado de repente, y por una sola persona. La invención del telar para medias merece aún más admiración si se considera que no fue fruto del azar, como la mayoría de los grandes descubrimientos, sino resultado de talento y genio. Es una máquina sumamente compleja, compuesta por dos mil piezas, que en casi un instante puede fabricar doscientas mallas de puntos, sin requerir mucha habilidad ni esfuerzo por parte del operario. Hay pocas descripciones de esta máquina; y las que se han publicado no satisfacen plenamente el propósito. Pero mi objetivo es simplemente averiguar: ¿Quién fue el inventor, en qué país y en qué época vivió? Puedo decir que, tras la investigación más minuciosa, no parece haber dudas al respecto, como algunos habían creído hasta ahora. Bajo el gobierno de Cromwell, los tejedores de medias de Londres presentaron una petición en la que solicitaban permiso para fundar una gremio. En dicha petición explicaban al Protector el origen, el desarrollo e importancia de su arte o oficio; y no cabe duda de que este documento bien redactado contiene la información más antigua y auténtica sobre esta invención, que en aquel entonces tenía apenas cincuenta años. Todo debía estar fresco en la memoria de quienes lo redactaron; cada circunstancia podía ser examinada fácilmente; y los peticionarios debieron darse cuenta de que sus tergiversaciones, aunque sin motivo alguno, podían ser fácilmente refutadas. Por poco importante que parezca mi investigación, me causó gran placer encontrar una copia de esta petición en el ya mencionado “Account of Nottingham” de Deering, en el cual el autor ha recopilado muchas circunstancias auténticas de los registros de esa ciudad, donde se empleó por primera vez el telar y enriqueció a muchas familias, y de donde su uso se extendió por toda Inglaterra y Europa. De todo esto se deduce que el verdadero inventor fue William Lee, cuyo nombre en la petición aparece escrito como Lea, natural de Woodborough, en Nottinghamshire, un pueblo a unos siete millas de la ciudad de Nottingham. Era heredero de una considerable propiedad y graduado del St. John’s College de Cambridge. Se dice que, enamorado de una…

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Joven campesina a la que, durante sus visitas, prestaba más atención a su trabajo, que era tejer, que a su amante y a sus propuestas; él se esforzó por encontrar una máquina que pudiera facilitar y acelerar el proceso de tejido, y de este modo permitirle a la persona objeto de su afecto tener más tiempo libre para conversar con él. Ciertamente, el amor es fértil en invenciones, y se dice que dio origen al arte de la pintura; pero una máquina tan compleja en sus partes y tan maravillosa en sus efectos parecería requerir una reflexión más larga y tranquila, más juicio, así como más tiempo y paciencia, de los que se pueden esperar de un amante. Pero incluso si la causa parece problemática, no puede haber dudas respecto al inventor, a quien la mayoría de los escritores ingleses afirman categóricamente que fue William Lee.

Aaron Hill parece hacer que el telar para medias sea más antiguo, y relata la circunstancia de la siguiente manera: Un estudiante de Oxford fue tan imprudente como para casarse a una edad temprana, sin dinero ni ingresos. Sin embargo, su joven esposa logró obtener los medios necesarios para vivir tejiendo; pero, como consecuencia natural del amor, el aumento de la familia probablemente haría que esto pronto fuera insuficiente, por lo que el esposo inventó una máquina mediante la cual se podía tejer de manera más rápida y rentable. Al completar así un telar para medias, se convirtió, gracias a él, en un hombre de considerable riqueza. Pero Hill, en su relato, no da nombres, fecha ni pruebas; y como parece haberlo elaborado a partir de un recuerdo imperfecto de lo que había oído o leído sobre Lee, no merece ser examinado más a fondo.

Deering dice expresamente que Lee creó el primer telar en el año 1589; y este relato ha sido adoptado por Anderson y por la mayoría de los escritores ingleses. En la sala de los tejedores de medias, en Londres, hay un cuadro antiguo en el que se representa a Lee señalando su telar a una tejedora que está de pie junto a él; debajo de él se ve una inscripción con la fecha 1589, que fue el año de la invención. Otros relatos sitúan la invención en una fecha algo posterior. Así, Howell, después de relatar que la reina Isabel obtuvo las primeras medias en 1561, dice que treinta y nueve años después fue cuando Lee inventó el telar, lo que situaría la fecha en 1600. En la petición de los tejedores de medias se indica que, en aquel entonces, el telar ya existía desde hacía unos cincuenta años. Es de lamentar que este documento no tenga fecha; pero como Cromwell reinó de 1653 a 1658, la invención habría tenido lugar en ese período.

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Principios del siglo XVII. Sin embargo, es más probable que pertenezca a finales del siglo XVI.
Lee enseñó a su hermano James el uso del telar y tomó aprendices y asistentes, con quienes llevó a cabo su negocio durante algunos años en Calverton, un pueblo a cinco millas de Nottingham. Por esta razón, algunos han considerado a Calverton como su lugar de nacimiento. Mostró sus obras a la reina Isabel, quien murió en 1603, y solicitó a esa princesa algún tipo de apoyo o recompensa; pero no obtuvo nada y, más bien que ayuda, se vio obstaculizado en su empeño. Bajo estas circunstancias, Lee aceptó una invitación de Enrique IV, rey de Francia, quien había oído hablar de esta invención y prometió dar una generosa recompensa al autor de ella. Por lo tanto, llevó a nueve artesanos y varios telares a Ruán, en Normandía, donde trabajó con gran reconocimiento; pero cuando el rey fue asesinado y se produjeron disturbios internos, Lee cayó en una gran angustia y murió poco después en París. Solo dos de sus hombres permanecieron en Francia; uno de ellos aún estaba vivo cuando se presentó la petición mencionada anteriormente a Cromwell. Siete de ellos regresaron a Inglaterra; y estos, junto con una persona llamada Aston, que al principio fue molinero en Thoroton, lugar de su nacimiento, pero posteriormente aprendiz de Lee, por quien había sido dejado atrás en Inglaterra, donde realizó algunas mejoras en el telar, sentaron las bases de la fábrica de calcetines en ese país. El número de maestros aumentó allí en el transcurso de cincuenta años tanto que se consideró necesario unirlos en una sola gremio; sin embargo, Cromwell, por razones desconocidas, se negó a otorgar la debida autorización; pero en 1663 recibieron cartas patentes que les concedían ciertos privilegios en un radio de diez millas alrededor de Londres.
En el año 1614, el embajador veneciano, Antonio Correr, convenció a un aprendiz, Henry Mead, con la promesa de quinientas libras esterlinas, de ir a Venecia con un telar durante un tiempo determinado para enseñar allí su uso. Mead fue recibido favorablemente en esa ciudad y fue mucho admirado; pero cuando el telar se dañó y nadie en Venecia pudo repararlo, al expirar el plazo acordado, regresó a Inglaterra. Los venecianos no tuvieron suficiente determinación para continuar con el intento; y enviaron el telar dañado, junto con algunas malas imitaciones de él, a Londres, donde fueron vendidos por una miseria. Tal es el relato que se da en la petición mencionada anteriormente.

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Zano, sin embargo, un escritor italiano, afirma, basándose en información conservada en un manuscrito entre los documentos familiares, que Correr llevó a Venecia a dos tejedores de medias con telares; que inmediatamente puso bajo su mando a cuatro aprendices, y cuando estos regresaron a Inglaterra envió con ellos a un muchacho, quien volvió a Venecia bien instruido en el oficio y continuó desarrollando allí su negocio con gran éxito. Giambattista Carli de Gemona, un herrero que trabajaba con acero, vio en Venecia el telar, fabricado según el modelo de aquellos traídos de Inglaterra y vendido a Francesco Alpruni de Udina. En poco tiempo se fabricaron allí muchas medias, que se enviaban para venderse, principalmente a Gradisca, en Austria. Pero, debido a la pobreza de los tejedores de medias venecianos, se emitió una orden para que Carli dejara de fabricar telares; y este próspero sector comercial en Udina se vio tan afectado que los maestros se trasladaron con sus telares a Gradisca, donde los habitantes de Udina se vieron obligados a comprar las medias que necesitaban.

Unos años después de que se introdujera el telar para medias en Venecia, Abraham Jones, que conocía el arte de tejer medias y la construcción del telar, aunque nunca había recibido formación formal, fue con algunos ayudantes a Ámsterdam, donde trabajó por su cuenta durante dos o tres años, hasta que él y sus compañeros murieron a causa de una enfermedad contagiosa. Los telares, al no poder ser utilizados por nadie, fueron enviados a Londres y vendidos a bajo precio. En la petición dirigida a Cromwell, los maestros declaran, con gran satisfacción, que de esta manera el oficio permaneció en Inglaterra; y, para que pueda mantenerse exclusivamente en su país natal, desean la creación de una compañía privilegiada.

Me parece, por tanto, demostrado sin lugar a dudas que el telar para medias fue inventado por William Lee, un inglés, hacia finales del siglo XVI; y esto es admitido por algunos escritores franceses, como Voltaire y el editor de la primera Enciclopedia, a quienes, sin embargo, el autor de la Enciclopedia Méthodique critica. Otros escritores franceses, que son la mayoría, desean atribuir el mérito de esta invención a uno de sus compatriotas; pero las pruebas que presentan son tan débiles que apenas merecen atención. Savary quizá sea la primera persona que se atrevió públicamente a defender este ejemplo de vanidad gala; en cualquier caso…

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Es citado por los escritores más modernos como su autoridad cuando desean contradecir a los ingleses. Según su relato, un francés, del cual sin embargo no sabe nada más, inventó el telar para medias; pero al no poder obtener el privilegio exclusivo de usarlo en su propio país, se lo llevó a Inglaterra. Al descubrirse pronto su utilidad allí, se prohibió, bajo pena de muerte, llevar un telar o su modelo fuera del reino. Pero otro francés, sobre el cual también es igualmente ignorante, al ver el telar, su forma dejó una impresión tan profunda en su memoria que, a su regreso, lo copió con exactitud; y de este telar se construyeron todos los demás utilizados en Francia y Holanda. Savary añade que, si la invención pertenecía a los ingleses, quienes están acostumbrados a rendir el debido honor a quienes descubren cosas útiles, sin duda podrían decir el nombre del inventor, lo cual, sin embargo, no pueden hacer. Es muy extraño que esto sea escrito por un francés, quien él mismo no conocía el nombre del inventor francés, ni del hombre que llevó de vuelta la invención. En Inglaterra no se emitió ninguna orden para impedir la exportación del telar para medias tan temprano, de lo contrario seguramente habría sido mencionada en la petición presentada a Cromwell. No fue hasta el octavo año del reinado de Guillermo III, es decir, en 1696, cuando los telares ya eran comunes por todas partes, cuando se prohibió su exportación; probablemente porque los mejores se fabricaban en Inglaterra, y se quería mantener en secreto su mejora gradual. La pena tampoco era la muerte, sino una multa y la confiscación de los telares. Algunos han intentado dar un aire de verosimilitud a esta afirmación de Savary, mediante el relato de un farmacéutico del Hotel-Dieu en París. Se dice que esta persona declaró que el inventor era un cerrajero artesano de Baja Normandía, quien entregó un par de medias de seda, obra suya, a Colbert, para que fueran presentadas a Luis XIV; pero como los comerciantes de sombreros, que vendían artículos tejidos a la antigua usanza, hicieron que algunos sirvientes de la corte, a quienes habían sobornado con ese fin, cortaran varios bucles de esas medias, estas no fueron bien recibidas. El inventor se sintió tan afectado por esta decepción que vendió el telar a un inglés y murió anciano en el Hotel-Dieu, donde el farmacéutico llegó a conocerlo. Fue necesario poner en peligro la vida de muchos trabajadores e incluso de algunos hombres cultos para poder llevar un telar de vuelta a Francia. Romè de la Platière añade que él…

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Se dice en Nîmes que, en la época de Colbert, una persona de ese lugar, llamada Cavellier, llevó el primer telar a Francia; y que, en el transcurso de cincuenta años, el número de telares en esa ciudad y sus alrededores aumentó hasta alcanzar algunos miles. Parece mucho más seguro que la fábrica de medias, como afirma Savary, se estableció en el castillo de Madrid, en el Bois Boulogne cerca de París, en el año 1656, bajo la dirección de John Hindret. No sé en qué momento se trajo el primer telar a Alemania; pero es cierto que esta rama de la industria se difundió principalmente por los refugiados franceses que buscaron refugio en ese país tras la revocación del edicto de Nantes. Winkelmann dice expresamente que ellos llevaron los primeros telares a Hesse. Esto no es en absoluto improbable, porque nuestros fabricantes de medias dan nombres franceses a cada parte de sus telares, así como a sus diferentes tipos de productos. Becher se jacta de haber introducido el telar en Viena y de haber construido por primera vez telares de madera. Actualmente, muchos telares de madera se fabrican en Obernhau, en los Erzgebirge, y se venden a veintiocho dólares cada uno; mientras que los telares de hierro, de la calidad más inferior, se venden en Vogtland por sesenta o setenta dólares. En 1663, Carlos II concedió una carta real a la Sociedad de Tejedores de Londres (fabricantes de medias), a quienes se les había negado dicha carta unos años antes por Oliver Cromwell. Seis años después, el número de telares para fabricar medias en Inglaterra ascendía a 700, empleando a 1200 trabajadores, de los cuales tres quintas partes fabricaban medias de seda y los demás medias de lana; ya que el algodón no se consideraba entonces como un producto manufacturado inglés. Para el año 1714, el número de telares había aumentado a 8000 o 9000. Unos años después, la Compañía de Tejedores intentó controlar tanto la propia fabricación como la producción y venta de las medias; pero el proyecto fracasó. Para el año 1753, el número de telares en Inglaterra era de 14,000. En 1758, el señor Strutt de Belper patentó una máquina para fabricar medias acanaladas. En 1838, se introdujeron con éxito en Nottingham telares con acción rotativa, accionados por vapor. Respecto al alcance y valor actual de la industria de calcetines, quizás la mejor estimación sea la realizada hace unos años por el señor Felkin de Nottingham. Este caballero calcula que el valor anual de los calcetines de algodón fabricados es de 880,000 libras esterlinas, el de los de lana de 870,000 libras esterlinas, y el de los de seda de 241,000 libras esterlinas. Estima que el número de pares de medias fabricados anualmente es de 3,510,000 docenas; y en cuanto a la producción…

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De estos, se han utilizado 4.584.000 libras de algodón en bruto, por un valor de 153.000 libras esterlinas; 140.000 libras de seda en bruto, por un valor de 91.000 libras esterlinas; y 6.318.000 libras de lana inglesa, por un valor de 316.000 libras esterlinas. El valor total de los materiales asciende a 560.000 libras esterlinas, las cuales se convierten finalmente en un valor intercambiable de 1.991.000 libras esterlinas. El número total de personas empleadas es de 73.000.]

NOTAS AL PIE
885
Casi no es necesario informar al lector de que la urdimbre está formada por los hilos longitudinales de una tela tejida, los cuales son cruzados por los hilos transversales o trama.
886
Ovidii Metamorph. vi. 5–145. Plin. Hist. Nat. vii. 56.
887
Un inglés llamado J. W. Boswel inventó una máquina con la cual se podían tejer simultáneamente sesenta y ocho puntos, con nudos perfectos; también podía adaptarse para trabajos finos y para encajes. Se puede encontrar una descripción de ella en las Transactions of the Society for the Encouragement of the Arts, volumen XIV.
888
Muchos comentaristas de los escritores griegos y romanos cometieron errores respecto a estas cuerdas con nudos, ya que no conocían su naturaleza. Su uso entre los partos está confirmado por Suidas, bajo la palabra σειραὶ, p. 303; donde dice que por ese motivo eran llamados σειροφόροι. Josefo afirma que eran utilizados por los alanos, y relata que Tiridates habría sido capturado de esta manera si no hubiera cortado rápidamente la cuerda en pedazos. Bajo el mismo concepto pueden incluirse los retiarios y los laquearios, en las sangrientas luchas de los romanos, cuyo método de combate se dice que fue descubierto por Pitaco. Véase Diogen. Laert. i. 74. A este tema pertenecen las trampas del diablo, la peste y la muerte, en las Escrituras, y particularmente en el Salmo XVIII, versículo 5. Los “laquei mortis” de Horacio, Carm. iii. 24, 8, debían explicarse así, y no como un hebraísmo, como lo hicieron algunos de los antiguos comentaristas.

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imaginado. En las pruebas de los antiguos germanos, cuando un hombre estaba obligado a combatir con una mujer, esta última llevaba una cuerda con un lazo, que arrojaba sobre su adversario, quien se encontraba en un foso, para poder vencerlo más fácilmente. Que tales cuerdas siguen siendo utilizadas entre diversas naciones lo demuestra Vancouver. En Hungría, se dice que actualmente se capturan los caballos salvajes con cuerdas de este tipo.
889
Viaje de Wafer. Islandia de Anderson. El autor dice que las barbas se cortaban en tiras; pero esas tiras eran de hueso de pescado, y con ellas se podían hacer cestas, pero no redes. Sin duda se refería al vello de la barba, que en Holanda se utiliza para pelucas.
890
De Vest. Sac. Hebr. p. 100.
891
Hist. Nat. lib. xxxvii. cap. 3.
892
Rete, es decir, adorno de seda tejido a semejanza de red.—Acta S. Deodati, tom. iii. Junio, p. 871.
893
En la Crónica de Limpurgo, que se puede encontrar en Von Hontheim, Hist. Trevirensis, vol. ii. p. 1084, hay el siguiente pasaje: “Las damas llevaban nuevos vestidos anchos, de modo que los hombres casi podían ver sus senos”; y Moser, que cita este pasaje en sus Phantasien, supone que esos vestidos podrían ser similares al encaje. Nunca he encontrado esa palabra en ningún otro lugar; pero Frisch, en su Diccionario, dice: “Vinster, en un Vocabularium del año 1492, se explica con las palabras drat, schudrat, hilo, hilo grueso”. ¿No podría tratarse de la palabra fenster, que significa ventana? Y en ese caso, ¿no podría aludir a las mallas anchas? Fenestratum significaba antiguamente “perforado o reticulado”; y este significado parece aplicable a esos zapatos mencionados por Du Cange bajo el nombre de calcei fenestrati. En cualquier caso, es cierto que el artículo designado por hauptfinstern pertenecía a esos vestidos mencionados por Séneca en su tratado De Beneficiis, 59. Plinio dice que se usaban tales vestidos “para que la matrona pudiera verse en público”.
894
Dict. de Commerce. Copenhague, 1759, fol. i. pp. 388, 576.

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895
Gentleman’s Magazine, vol. liii, 1783, p. 38. En el Heiligen Lexicon, San Fiacre es llamado erróneamente hijo de un irlandés distinguido.

896
Howell, al hablar del comercio en los tiempos más antiguos, dice, en la p. 222: “La seda ahora es casi tan común como la lana, y se ha convertido en la prenda de quienes viven en las cocinas tanto como en la corte; no solo la usamos en la espalda, sino que, en los últimos años, también la usamos en las piernas y los pies, pisando aquello que antes tenía el mismo valor que el oro mismo. Sin embargo, ese príncipe magnífico y costoso, Enrique VIII, solía usar calzas de tela, salvo que, por pura casualidad, llegara desde España un par de medias de seda. Su hijo, Eduardo, recibió de Thomas Gresham, su comerciante, un par de largas medias de seda española, y ese regalo fue muy apreciado. La reina Isabel, en el tercer año de su reinado, recibió de la señora Montague, su costurera especializada en sedas, un par de medias de seda negra tejidas a mano, y desde entonces ya no volvió a usar ropa de tela”.

897
Las líneas que aluden a este tema se encuentran en la tragedia Ella: “Ella dijo, mientras el señor tejía medias blancas: ‘¿Qué placer hay en casarse?’”.

898
En su Description of Scotland, según la antigua traducción de Hollingshed, “Sus medias estaban hechas también de lino o lana, y nunca llegaban más arriba de sus rodillas; sus pantalones eran, en su mayoría, de cáñamo”.

899
“El rey y algunos de los caballeros tenían las partes superiores de sus medias de color azul y carmesí, adornadas con motivos en forma de castillos y haces de flechas hechos de fino oro, mientras que las partes inferiores eran de color escarlata, adornadas con motivos similares”. Sin embargo, hay razones para suponer que las partes superiores e inferiores de las medias eran piezas separadas, ya que eran de colores diferentes. Esta descripción se encuentra en el tercer volumen de las Crónicas de Hollingshed, p. 807, donde se dice, hablando de otra festividad: “La ropa de seis de ellos era de estilo extraño, además de tener adornos también extraños”.

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cortes; cada corte estaba cosido con puntadas de oro fino, y también había borlas del mismo material; sus medias estaban cortadas y atadas de la misma manera”. Lo que aquí significa la palabra “cosido” podría quizás descubrirse si tuviéramos un diario inglés sobre lujo y modas del siglo XVI.
900
Gentleman’s Magazine, 1782, vol. lii, p. 229. De un libro doméstico auténtico y curioso mantenido durante la vida de Sir Thomas L’Estrange, conde de Hunstanton en Norfolk, por su esposa Ann, hija del señor Vaux, provienen los siguientes registros:
1533: 25 H. 8. 7 peniques por 4 pares de medias tejidas en septiembre, 8 chelines.
1538: 30 H. 8. 3 …… dos pares de medias tejidas en octubre, 1 chelín.
Cabe señalar que los primeros registros se refieren a Sir Thomas y los segundos a sus hijos.
901
La ley promulgada en esta ocasión no se encuentra en ninguna de las ediciones antiguas o modernas de los Statutes at Large. Fue omitida en la edición publicada en Londres en 1735, fol. ii, p. 63, porque posteriormente fue anulada. Smith, en sus Memoirs of Wool, Londres, 1747, 8vo, i, p. 89, afirma que nunca fue impresa; pero sí se encuentra en una colección de las leyes del rey Eduardo VI, impresa por Richard Grafton en 1552, fol. El siguiente pasaje de esta colección, tan escaso incluso en Inglaterra que no se menciona en las Typographical Antiquities de Ames, se reproduce en el Gentleman’s Magazine, vol. liii, parte 1, p. 127: “En esta ley que establece los plazos para comprar y vender lana, se hace mención de camisetas, vestidos, sayas, pantalones, medias tejidas, calcetines tejidos, guantes tejidos, mangas tejidas, sombreros, capas, tapices, cubrecamas, cinturones, o cualquier otra cosa que se pueda fabricar con lana”.
902
Este relato se encuentra en las Crónicas de Hollingshed. “El doctor Sands, al acostarse en la casa de Hurleston, tenía un par de medias recién hechas, que eran demasiado largas para él. Mientras estuvo en la Torre, se permitió a un sastre que le confeccionara un par de medias. Uno de ellos se presentó ante él; se llamaba Beniamin y vivía en Birchin-lane; no podía hablar con él ni acercarse a él para tomarle las medidas, pero…”

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Onelie quería ver su pierna; él hizo las medias, pero eran dos pulgadas demasiado largas. Pidió a la buena esposa de la casa que se las llevara a algún sastre para que las acortara dos pulgadas. La esposa le pidió al muchacho de la casa que se las llevara al sastre más cercano, que era Beniamin, quien las había hecho. El muchacho le pidió que las acortara. Él dijo: “No soy el sastre del amo”. El muchacho respondió: “Puesto que usted es nuestro vecino más cercano, y el sastre de mi amo vive muy lejos, vengo a verlo a usted”. Beniamin tomó las medias y las examinó; luego tomó sus herramientas y dijo: “Estas no son las medias de su amo, sino las del doctor Sands, que fueron hechas en la Torre”.

903
“Además, su mejor abrigo, chaleco, jubón y calzas. Además, sus medias o calcetines, zapatos y ligas”. —Survey of the Cathedral of St. Asaph, de Browne Willis, 1720, 8vo.

904
Hollingshed’s Chronicle, 1577, p. 213.

905
En su sátira titulada The Steel of Glass: “Medias de seda tejida y zapatos de cuero español”.

906
En Hollingshed, tercera parte, p. 1290: “En el escenario, en un extremo, había ocho niñas pequeñas que hilaban lana, y en el otro extremo, tantas otras que tejían medias de lana”.

907
Buch des Alten Pommerlandes, 1639, 4to, p. 388: “El duque Bogislaus VIII. finalmente cedió al amor y se casó con Sofía, hija de Procopio, marqués de Moravia. Era una dama muy prudente y moderada. En su vejez, cuando su vista empeoró tanto que ya no podía coser ni bordar, nunca dejó de tener las agujas de tejer en sus manos, como se cuenta en nuestras crónicas. Los versos que siempre tenía en la boca son dignos de mención:
Nicht beten, gern spatzieren gehn,
Oft im Fenster und vorm Spiegel stehn,
Viel geredet, und wenig gethan,
Mein Kind, da ist nichts Fettes an.”

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“Nunca rezar; gustar de caminar; estar a menudo junto a la ventana y frente al espejo; hablar mucho y hacer poco; eso, hija mía, no es el camino para enriquecerse.”

908
Mezeray, donde habla de las fábricas de seda bajo Enrique IV.

909
La primera descripción del telar para medias ilustrada con figuras que conozco se encuentra en Deering’s Nottingham, de 1751, formato 4to; sin embargo, es muy imperfecta. Una descripción mucho mejor se encuentra en el segundo volumen de la Enciclopédie, impreso en París en 1751, páginas 94–113. Las ilustraciones se encuentran en el primer volumen de la segunda parte de las Planches; son once láminas, de las cuales ocho son hojas completas. [El lector también encontrará una descripción muy buena del telar para medias, ilustrada con xilografías, en el Diccionario de Ure, entrada “Calcetines”.]

910
El siguiente pasaje aparece en la petición, página 302: “Este oficio se denomina adecuadamente tejido por marcos, ya que consiste en un tejido directo y absoluto en sus puntadas; no hay nada diferente en él respecto al método habitual de tejer (que no era mucho más antiguo, ni se utilizaba más en este país que este método), sino únicamente en el número de agujas: en este caso se utilizan cien veces más agujas que en el otro método. Estas agujas están dispuestas en un mecanismo o marco compuesto por más de 2000 piezas fabricadas por herreros, ebanistas y torneros. Todo se hace de manera tan artificial y precisa que, según el juicio de todos los observadores, este método supera con creces, en cuanto a ingenio, curiosidad y sutileza en su invención y estructura, a todos los demás marcos o instrumentos de fabricación utilizados en cualquier parte del mundo conocido.”

911
Esta descripción la da Aaron Hill en su obra Rise and Progress of the Beech-oil Invention, de 1715, formato 8vo.

912
La inscripción puede encontrarse en Seymour’s Survey of London, de 1733, volumen I, página 603: “En el año 1589, el ingenioso William Lee, maestro en artes del St. John’s College de Cambridge, ideó este método rentable para fabricar medias (pero, al ser despreciado, se fue a Francia).”

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de hierro para sí mismo, pero para nosotros y otros de oro; en memoria de quienes esto está aquí pintado”.
913
En su Historia del Mundo, ya citada, p. 171: “Treinta y nueve años después se inventó el tejido de medias de seda, abrigos y diversas otras cosas, mediante telares de acero, por William Lee, Maestro en Artes del St. John’s College de Cambridge, natural de Nottingham, quien enseñó este oficio en Inglaterra y Francia, así como sus discípulos en España, Venecia e Irlanda; y su invención tuvo tanto éxito que ahora en Londres sus artesanos forman una cofradía, con su propia sala y maestro, al igual que otras sociedades”.
914
Sobre este Aston se encuentra la siguiente descripción en Thoroton’s Nottinghamshire, 1677, fol. p. 297: “En Calverton nació William Lee, Maestro en Artes de Cambridge y heredero de una propiedad bastante extensa en esa zona; al ver a una mujer tejer, inventó un telar para tejer, con el cual él o su hermano James demostraron sus habilidades ante la reina Isabel; luego, dejándolo en manos de... Aston, su aprendiz, se fue más allá de los mares, y por ello fue considerado el autor de ese ingenioso aparato con el cual ahora se tejen medias de seda y otras prendas. Este... Aston añadió algo a la invención de su maestro; durante algún tiempo trabajó como molinero en Thoroton, cerca del lugar donde nació”.
915
Dell’Agricoltura, dell’Arti, e del Commercio. Venecia, 1763, 8vo.
916
Le Siècle de Louis XIV.

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LÚPULOS.
Mi objetivo en este artículo no es dar una historia de la cerveza, porque para ello sería necesario definir con precisión los diferentes tipos de granos mencionados en los escritos de los griegos y los romanos; y esto sería un trabajo tedioso, además de difícil, y para mí muy desagradable, ya que tendría que cuestionar muchas opiniones aceptadas. Solo intentaré responder a la pregunta: ¿Dónde y en qué momento comenzaron a utilizarse los lúpulos como aditivo en la cerveza? Este tema ya ha captado la atención de dos hombres eruditos, cuyas investigaciones utilizaré y ampliaré con mis propias observaciones.
Actualmente los lúpulos son tan conocidos que una descripción detallada de ellos sería redundante. Sin embargo, creo necesario, por razones de claridad, exponer lo siguiente. Esta planta crece actualmente de forma silvestre en la mayor parte de Europa, y en Alemania es común en setos y vallas. Se aferra a los troncos de los árboles y, a menudo, trepa por postes, si son lo suficientemente largos, hasta una altura de veinte o treinta pies. Casi en todas partes es áspera y puntiaguda al tacto, y a veces húmeda. Las hojas suelen dividirse en tres, y a menudo en cinco lóbulos dentados; pero las superiores tienen forma de corazón y no están divididas. Las plantas masculinas llevan flores, similares a las del arbusto de grosella o al cáñamo macho; las plantas femeninas producen sus flores en conos, que no difieren mucho de los del abeto, salvo que estos últimos son leñosos, mientras que los primeros son foliares. Solo estos conos se utilizan para la cerveza; por esa razón solo se cultivan las plantas femeninas, y de ellas se recogen y se secan tan pronto como comienzan a volverse polvorientas.
Se trasplantan o se propagan mediante plántulas, en campos de lúpulo adecuadamente preparados, donde los conos son más grandes y mejores que los de las plantas silvestres, aunque estas últimas no son del todo inútiles. Se añaden a la cerveza para hacerla más sabrosa, dándole un agradable sabor amargo; y, al mismo tiempo, para que dure más tiempo; y de hecho hay que admitir que, de los numerosos y variados aditivos que desde los tiempos más remotos…

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Se han probado varios métodos, pero ninguno ha cumplido mejor su propósito ni ha sido utilizado más ampliamente. Entre los botánicos de los últimos dos siglos, que estudiaron los escritos de los griegos y los romanos e intentaron descubrir las plantas que estos querían describir, muchos creyeron haber encontrado lúpulo en ellos. Pero cuando se examinan sus opiniones sin prejuicios, solo se observa una probabilidad muy escasa; e incluso algunos de estos eruditos botánicos, como Matthioli y otros, han reconocido que no se puede demostrar que los griegos y los romanos conocieran nuestro lúpulo. La planta que quizás se ha considerado principalmente como lúpulo es la Smilax aspera de Dioscórides; sin duda, se trata de la misma planta descrita por Teofrasto bajo el nombre de smilax, sin ningún epíteto adicional. No se puede negar que la descripción coincide en gran medida con nuestra planta de lúpulo; pero también es cierto que podría aplicarse, con igual precisión, a muchas otras plantas trepadoras, y con toda probabilidad a aquella que en el sistema de Linneo mantiene el nombre de Smilax aspera. Lo que el escritor griego dice sobre su fruto es especialmente aplicable a esta planta; pero, por otro lado, difiere del fruto del lúpulo. Sería más probable suponer que el lúpulo aparece en Plinio bajo el nombre de Lupus salictarius. Pero todo lo que él dice sobre esta planta es que era comestible y crecía en los plantíos de sauces. Esto es indudablemente cierto en el caso del lúpulo, ya que sus brotes jóvenes se consumen en primavera como ensalada, como es bien sabido; pero solo el nombre “lupus” llevó al comentarista a atribuir todo esto, aunque también sea aplicable a otras plantas, a nuestro lúpulo, que actualmente se denomina lupulus. Aún más infundada es la conjetura de que el lúpulo sea esa planta silvestre que, según cuenta Cato, se utilizaba como alimento para el ganado. Pero la palabra en los manuscritos está escrita de manera diferente, por lo que resulta incierta; además, existen muchas plantas que podrían emplearse en lugar de paja. Es ciertamente posible que el lúpulo ya estuviera en uso entre las naciones del norte en la época de estos escritores, sin que ellos tuvieran conocimiento alguno de él; pues los romanos solo conocían la cerveza a partir de…

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923
Las descripciones que se dan de los germanos y sus costumbres, y ellos consideraban esa bebida simplemente como una imitación fallida de su vino. Pero estoy de acuerdo con Conring, Meibomius y otros en que la lúpula no se utilizó hasta un período mucho más tardío. Los nombres humulus y lupulus tampoco son de gran antigüedad. El primero es el más antiguo, y parece pertenecer a aquellos que primero añadieron esta mejora a la cerveza. Los términos humble y humle de los suecos y daneses, chumel de los bohemios, houblon de los franceses y españoles, así como las denominaciones húngaras y persas, parecen derivar todos de la misma fuente, al igual que los nombres en latín de épocas posteriores: humelo, humolo, humulo, humlo. Lupulus no aparece hasta un período mucho más tardío. La palabra alemana, adoptada también por los ingleses, parece haberse escrito inicialmente como hoppe; de ahí surgió posteriormente en alto alemán Hopfen, al convertirse, como suele ocurrir, la doble “p” en la “pf” más dura. Así, de toppe se formó topf, y de koppe, kopf, etc. Por lo que sé, esta palabra se encuentra por primera vez en un diccionario que parece ser del siglo X, y que contiene Timalus, Hoppe y Brandigabo Feldhoppe. Según mi conjetura, timalus fue impreso erróneamente en lugar de humulus; pero en cuanto a Brandigabo no puedo dar ninguna explicación. Quizás derive de brace o bracium. El primero era conocido por Plinio; y el segundo aparece en el mismo diccionario junto con su traducción: malta.
Tampoco se hace mención alguna de la lúpula ni en Walafrid Strabo, quien murió en 849, ni en Æmilius Macer, quien no pudo haber vivido antes del año 850; ni en las leyes de los antiguos francos, en las cuales se menciona con frecuencia la cerveza y la malta, ni en el Capitulare de Villis Imperatoris, atribuido a Carlomagno. Si en aquel entonces se hubiera utilizado y elaborado cerveza en Alemania, seguramente el emperador la habría mencionado de alguna manera. Haller dice que según Isidoro, el experimento de añadir lúpula a la cerveza se realizó por primera vez en Italia. De ser así, sería la mención más antigua de ese hecho, ya que Isidoro murió en el año 636. Sin embargo, no solo es muy poco probable que el uso de la lúpula fuera descubierto en Italia, que es una región vinícola, sino que además se puede demostrar que es falso. No se encuentra ni la más mínima referencia a ella en toda la obra de Isidoro; ni tampoco en la Bibliotheca Botanica, cuando Haller tuvo el libro ante sí y extrajo de él muchas cosas.

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Cosas notables: él no repite esta afirmación. El pasaje que quizás haya dado origen a este error parece ser aquel en el que el autor describe una especie de cerveza a la que llama “celia”, y en el cual se mencionan claramente la germinación del maíz, el brotado de la malta y la mosto dulce obtenido de ella, así como su fermentación; pero no se habla de lúpulo. Quizás alguien pensó que también debería incluirse el lúpulo en ese pasaje, ya que de lo contrario la cerveza no adquiriría ese sabor intenso y esa calidad embriagadora de los que habla Isidoro, quien con razón atribuye ambos efectos a la fermentación. La misma descripción ha sido repetida por Vicencio, sin ningún cambio ni adición. Pero como Isidoro apenas contiene algo que no sea tomado de autores anteriores, me esforcé por descubrir la fuente de esa información, y finalmente la encontré en la historia de Oroso, quien, como es bien sabido, vivió en el siglo V.
932
En la traducción al latín de las obras del médico árabe Mesué hay una descripción, pero, como suele ocurrir, deficiente, de una planta trepadora con hojas ásperas y dentadas, bajo el nombre de “lupulus”, que de hecho corresponde perfectamente a nuestro lúpulo. En particular, los conos están descritos con exactitud. Sin embargo, el autor solo habla allí de las propiedades medicinales de la planta y no menciona su uso en la cerveza. Mesué vivió alrededor del año 845; por lo tanto, es el primero en utilizar el término “lupuli”. Pero solo tenemos una pobre traducción antigua de los escritos de este médico; es probable que la palabra “lupulus” provenga únicamente del traductor. Por lo tanto, este pasaje no puede demostrar nada.
No obstante, es cierto que el lúpulo era conocido en la época de la dinastía carolingia, ya que una carta de donación del rey Pipino habla de “humolariæ”, que sin duda debían ser huertos de lúpulo. De igual manera, Adelardo, abad de Corbeil, en el año 822, eximió a los molineros de su distrito de todo trabajo relacionado con el lúpulo, y en esa ocasión utilizó las palabras “humlo” y “brace”, que se refieren al maíz y a la malta utilizados para hacer cerveza. En la colección de documentos antiguos de Frisinga hay muchos escritos de la época de Ludovico Germánico, es decir, a mediados del siglo IX; y en algunos de ellos se mencionan huertos de lúpulo, que entonces se llamaban “humularia”.

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Mencionado. En los registros fiscales de los dos siglos siguientes, entre los artículos entregados a iglesias y monasterios, los modii y moldera humuli se mencionan muy a menudo. Los campos de lúpulo y su entrega aparecen con mucha mayor frecuencia en el siglo XIII, bajo las denominaciones humuleta, humileta y humularia. En el Sachsenspiegel y en la ley municipal de Magdeburgo (Weichbildsrechte) existe una normativa relativa a las plantas de lúpulo que crecían sobre setos. Omitiré los aún más numerosos ejemplos en los que aparecen en el siglo XIV, así como las pruebas de que entonces se cultivaba lúpulo en muchas partes de Alemania. Quizás sea cierto, como dice Möhsen y después Fischer —aunque no confío plenamente en sus palabras—, que muchas ciudades de Alemania debían su gran éxito en la venta de cerveza al uso del lúpulo (que sin duda parece ser un descubrimiento alemán) y a su calidad excepcional. Sin embargo, es seguro que este método para sazonar la cerveza fue adoptado en un período mucho más tardío por nuestros vecinos ingleses, holandeses, suecos y otros.

Si los dos pasajes citados anteriormente, donde aparece la palabra lupuli, son rechazados por ser dudosos, debo considerar que este nombre del lúpulo es más moderno que la palabra humulus. Y si esto es cierto, es imposible creer, junto con Du Cange, que esta última se formó a partir de la primera eliminando la letra inicial. Hasta ahora no había encontrado el nombre lupulus aplicado al lúpulo antes del siglo XIII.

Por esa época vivía Simón de Génova, comúnmente llamado Johannes de Janua o Januensis, quien también llevaba el apellido Cordus. Fue médico del papa Nicolás IV; posteriormente capellán y subdiácono del papa Bonifacio VIII; por lo tanto, floreció a finales del siglo XIII. De sus escritos, ninguno es más conocido ni fue en el pasado más estimado que su Catholicon, un libro en el que describe, en orden alfabético, todas las sustancias utilizadas en medicina en aquel entonces, y en el que, según él mismo dice, trabajó durante treinta años. En este diccionario, que se considera generalmente el primero de los Materia medica, hay un artículo bajo la entrada lupulus, copiado sin embargo de la traducción latina ya mencionada de Mesue, pero con la adición de que esta planta es llamada humilis por los franceses y alemanes, y que sus flores se utilizaban en una bebida a la que él llama

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939
Miedo. Sin embargo, este italiano no parece haber estado bien informado sobre el tema; pues él mismo nos dice que bajo el nombre de “medo” o “mead” se entiende una bebida hecha de miel diluida, para la cual nunca se utilizan lúpulos. En Italia, en esa época, tampoco se empleaban lúpulos. Más o menos en ese mismo período, Arnoldo de Villanova, en su comentario sobre la obra “Regimen”, publicada por Juan de Milán en nombre de la famosa escuela de Salerno, menciona los lúpulos y su uso en la elaboración de cerveza.

El profesor Tychsen, a cuya amistad he debido con frecuencia ayuda en mis investigaciones, me sugirió la conjetura de que quizás los lúpulos provengan del lupino, ya que Columela dice que las semillas amargas de esta planta se añadían en Egipto a la cerveza para moderar su dulzor. Este uso también es confirmado por G. W. Lorsbach, a partir del historiador árabe Ebn Chalican. En cualquier caso, esto demuestra que en Egipto, en esa época, comenzaron a añadirse cosas amargas a la cerveza. También es bien sabido que en Italia los lupinos se hacían aptos para el consumo humano y animal al macerarlos en agua; y yo opino que por esta razón Varro exigía que hubiera agua cerca de los corrales. Los lupinos ablandados en agua todavía se utilizan para hacer masa. Pero si los lúpulos provienen del lupino, entonces hay que demostrar que su uso en la cerveza era común más allá de las fronteras de Egipto. Incluso si admitimos, junto con Schöttgen, que el poeta utiliza la palabra “zythum” para referirse a la cerveza en general, esta bebida nunca se utilizó en Italia, y no he encontrado ninguna otra mención de los lupinos en la elaboración de cerveza.

En las cervecerías de los Países Bajos, parece que los lúpulos se conocieron por primera vez a principios del siglo XIV; ya que, más o menos en esa época, encontramos muchas quejas de que el nuevo método de elaboración de cerveza con lúpulos reducía el consumo de gruit, así como los ingresos provenientes del gruitgeld. La palabra “gruit” parece tener muchos significados: en primer lugar, designa la malta; pero aunque anteriormente consideré esto como el significado correcto, y aunque algunos aprobaron mi opinión, debo confesar que, tras un examen más detallado, no puedo demostrarlo completamente. En segundo lugar, designaba un cierto impuesto que se pagaba cada vez que se elaboraba cerveza; en tercer lugar, designaba una cierta adición de hierbas utilizadas en la cerveza.

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El siglo XIV: y por último, la cerveza elaborada con él a veces se denominaba también gruit. Es imposible que esta palabra siempre haya designado malta, ya que se dice que, tras la introducción de lúpulo, se utilizó y vendió menos gruit que antes. Pero, ¿cómo podía emplearse el lúpulo en lugar de la malta? Juan, obispo de Lieja y Utrecht, se quejó al emperador Carlos IV de que, durante treinta o cuarenta años, se había introducido un nuevo método de elaboración de cerveza, es decir, con la adición de una planta llamada humulus o hoppa, y que sus ingresos provenientes del gruitgeld se habían reducido considerablemente. Por lo tanto, en el año 1364, el emperador le permitió, con el fin de compensar sus pérdidas, exigir un groschen por cada barril de lúpulo; este derecho fue confirmado al obispo Arnold por el papa Gregorio. Gracias a estos y otros relatos, me inclino a suponer que en aquel tiempo se preparaba una bebida compuesta de diferentes hierbas, y que la venta de esta mezcla y del gruit se convirtió en algo conocido como regale. Casi parece que el gruit era una sustancia fermentadora, indispensable para la cerveza, en lugar de la levadura que se utiliza hoy en día. Por todas las apariencias, la cerveza antigua no podía conservarse durante mucho tiempo; y parece que la cerveza apta para ser conservada comenzó a utilizarse después de la introducción del lúpulo. Los escritores más antiguos que tratan sobre los efectos buenos y malos del lúpulo consideran entre estos últimos que seca el cuerpo y aumenta la melancolía; pero entre sus cualidades positivas, elogian su capacidad para evitar la putrefacción de los líquidos. También se observó pronto que la conservación de la cerveza dependía en gran medida de la temporada en la que se elaboraba; pues M. Anton cita los estatutos de Ilm de 1350, según los cuales se permitía elaborar cerveza solo desde la festividad de San Miguel hasta el día de Santa Valburga; en otros momentos estaba prohibido, bajo ciertas penas. En esa época parecían utilizarse varios tipos de cerveza, y quizás llegaron a ser más populares que el vino, el café y el té. Así, M. Anton cita, de un documento de Hervord del año 1144, a cervisia mellita y non mellita. Sin embargo, incluso hoy en día se utiliza miel en muchos tipos de cerveza; por ejemplo, en la cerveza elaborada en Nimega, que se vende ampliamente bajo el nombre de moll, palabra que sin duda proviene de mollig, que significa “suave”; término también aplicado al vino. De la misma manera, los ingleses utilizaban regaliz.

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En Inglaterra, el uso de lúpulo parece haberse introducido en un período mucho más tardío; pero se dice que al principio se consideró como un producto peligroso, y que su cultivo estuvo prohibido durante el reinado de Enrique VI, hacia mediados del siglo XV. No me atrevo a negarlo, aunque lo dudo mucho. No he encontrado ninguna prueba de ello en ningún escritor inglés, y he buscado en vano dicha prohibición entre los decretos de ese príncipe, en los cuales, sin embargo, hay uno relativo a la malta. Por el contrario, muchos historiadores ingleses afirman que el uso del lúpulo fue introducido por primera vez en Inglaterra por algunas personas de Artois, durante el reinado de Enrique VIII, o alrededor del año 1524. No obstante, es cierto que este monarca, en un decreto dirigido a los sirvientes de su casa, en el vigésimo segundo año de su reinado, es decir, en 1530, prohibió a los cerveceros añadir lúpulo y azufre a la cerveza. Pero quizás Su Majestad no apreciaba la cerveza con lúpulo. Incluso hoy en día, la mayoría de los diccionarios definen como cerveza a aquella elaborada sin lúpulo; y un médico inglés afirma expresamente que la diferencia entre la cerveza y la ale radica en que en la primera no se emplean lúpulos. Pero según las instrucciones inglesas para la elaboración de cerveza, también se requieren lúpulos para la ale. En las leyes inglesas, los lúpulos se mencionan por primera vez en el quinto año del reinado de Eduardo VI, es decir, en 1552, época en la que se concedieron algunos privilegios a los campos donde se cultivaban los lúpulos. Sin embargo, el cultivo de los lúpulos, que, al igual que el arte de la cervecería, ha alcanzado en Inglaterra la mayor perfección, estaba muy limitado incluso a principios del siglo XVII; pues Jacobo I, en el quinto año de su reinado, es decir, en 1603, consideró necesario prohibir, bajo severas penas, la introducción y uso de lúpulos deteriorados o adulterados. Por lo tanto, en aquel entonces Inglaterra no producía una cantidad suficiente para su propio consumo.
En Suecia, al menos en el siglo XV, los lúpulos no parecen haber sido muy comunes; ya que en esa época se utilizaba la myrica gale para la cerveza, y de tal manera que el rey Cristóbal, en 1440, confirmó la antigua ley según la cual quienes recolectaran esta planta antes de una fecha determinada, ya fuera en tierras públicas o en tierras ajenas, deberían pagar una multa. Se estableció también un castigo similar para la recolección prematura de lúpulos; y su cultivo se vigilaba tan estrictamente que cada…

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Se castigaba al agricultor que no tuviera cuarenta postes con lúpulo creciendo alrededor de ellos, a menos que pudiera demostrar que su tierra era inadecuada para cultivarlo. Pero en Suecia se dudó durante mucho tiempo si esta planta prosperaría en el clima frío de ese país; sin embargo, allí crece de forma silvestre. En la época de Gustavo I, quien ascendió al trono en 1523, Suecia se vio obligada a pagar 1200 schifpfunds de hierro por el lúpulo importado, lo cual representaba aproximadamente una novena parte de todo el hierro producido en el reino. En el año 1558, el rey se quejó, en un edicto, de que una libra de lúpulo costaba tanto como un barril de malta, y por esa razón deseaba fomentar el cultivo de la planta de lúpulo. Pero sus esfuerzos tuvieron tan poco efecto que, incluso bajo el reinado de la reina Cristina, es decir, a mediados del siglo XVII, todo el lúpulo utilizado en el reino se importaba de Alemania, y en particular de Brunswick y Sajonia. La reina tenía algunas plantaciones de lúpulo como rarezas en su jardín; no obstante, el cultivo del lúpulo comenzó bajo esta princesa y avanzó tanto que los agricultores alemanes de lúpulo, que antes solían viajar a Suecia cada tres años para recibir el pago y nuevas órdenes, regresaban muy insatisfechos, y dejaron que parte de sus campos de lúpulo se abandonaran. Sin embargo, bajo Carlos XI, quien reinó de 1660 a 1697, el cultivo del lúpulo alcanzó por primera vez un nivel de mejora considerable. En el año 1766, Linneo aventuró la conjetura de que el lúpulo, la espinaca, el quenopodio, el estragón y muchas otras hortalizas de jardín fueron llevadas a Europa por los godos, durante sus períodos de emigración, desde Rusia y especialmente desde Ucrania, porque los autores antiguos no hacen mención de estas plantas, y porque en esas regiones todas crecen actualmente de forma silvestre. Sin embargo, parece seguro que el lúpulo pertenece a nuestras plantas autóctonas, ya que crece de forma silvestre en todas partes en Alemania, Suiza, Inglaterra y Suecia, e incluso en países en los que su cultivo nunca ha sido introducido, y donde no se puede suponer que se hayan vuelto silvestres accidentalmente al ser transportadas desde campos y jardines de lúpulo. La falta de información en obras anteriores a las emigraciones de las tribus del norte no es prueba de que una planta no existiera en aquel entonces. En aquella época no había un Linneo para transmitir las plantas a la posteridad, como Hiparco, según las palabras de Plinio, lo hizo con las estrellas. Solo aquellas producciones vegetales que ya se habían

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Existen plantas que son notables debido a su utilidad o a sus propiedades perjudiciales, o por alguna circunstancia singular, y que aparecen en las obras de los antiguos. Muchas otras permanecieron desconocidas, o al menos sin nombre, hasta que la historia natural adquirió una forma sistemática; e incluso en la actualidad los botánicos a menudo tienen la satisfacción de descubrir alguna planta que no se había observado antes. ¿Es probable que los chinos conozcan incluso nuestro lúpulo? Ellos tienen una especie de cerveza hecha a partir de cebada y trigo, llamada tarasun; y según el relato de J. G. Gmelin, quien se esforzó por conocer su preparación, se le añaden al líquido masas de lúpulo formadas por presión, con forma de ladrillo. Es bien sabido que los chinos también tienen una especie de té obtenido mediante fuerte presión. Nuestro lúpulo se comprime de la misma manera en Bohemia; y en ese estado puede conservarse sin perder ninguna de sus propiedades durante cincuenta años. Se coloca en un saco o bolsa de lona gruesa y se somete a una prensa. Una bolsa cuadrada cosida, cuyo lado mide dos codos, contiene cincuenta bushels de lúpulo preparado de esta manera; y cuando se necesita algo de él para elaborar cerveza, la bolsa se ata a una viga y se corta con un hacha la cantidad necesaria. Toda la masa es de color marrón y se parece al alquitrán, en el cual no se puede distinguir ni una sola hoja de lúpulo. Si los chinos tuvieron la idea de utilizar nuestro lúpulo común con el mismo fin es una cuestión de cierta importancia para su historia; pero por el momento no puedo responderla.

El lúpulo se cultiva ampliamente en Kent, Sussex y Herefordshire; y en menor medida en Worcestershire, Wiltshire, Hampshire, Gloucestershire, Surrey y varios otros condados. En Inglaterra, entre 50.000 y 60.000 acres de tierra están dedicados a los cultivos de lúpulo, aproximadamente la mitad en Kent; se grava su producción con un impuesto de 18 chelines y 8 peniques por cwt. El lúpulo británico se exporta a Hamburgo, Amberes, San Petersburgo, Nueva York, Australia y otros lugares. También se importa una pequeña cantidad, principalmente de Flandes. El impuesto sobre el lúpulo producido en Gran Bretaña en 1842 ascendió a 260.979 libras esterlinas.

NOTAS AL PIE

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917
Uno de ellos, en particular, es J. F. Tresenreuter, en una disertación sobre lúpulo, publicada en Núremberg en 1759, en formato 4to, con un prefacio de J. Heumann.
918
Σμίλαξ τραχεῖα.
919
Dioscor., iv. 244.
920
Hist. Plant. iii. 18.
921
xxi. 15, secc. 50.
922
Cato De Re Rustica, xxxvii. p. 55.
923
La mayoría de los pasajes de los autores antiguos relacionados con la cerveza han sido recopilados por Dithmar en su edición de Tacitus De Moribus German., cap. xxiii; y por Meibom en De Cerevisiis Veterum, en Gronovii Thes. Antiq. Græc., ix. p. 548.
924
[La palabra “humulus” deriva de “humus”, tierra fresca; el lúpulo solo crece en suelos fértiles. —Loudon y Sir W. Hooker.]
925
Este valioso monumento de la antigüedad se encuentra en (Nyerup) Symbolæ ad Literaturam Teutonicam, editado por A. F. Suhm, en Copenhague en 1787, en formato 4to, págs. 331, 404.
926
Lib. xviii. cap. 7.
927
Histor. Stirpium, ii. p. 290.
928
Biblioth. Botan. i. p. 161.
929
Originum lib. xx. 3, p. 487.
930
Speculum Naturale, lib. xi. 109.
931
Lib. v. cap. 7.

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932
Joh. Mesuæ Opera. Venecia, 1589, fol.
933
Du Cange, Doublet Hist. Sandionys. i. 3, p. 669.
934
En C. Meichelbeck, Histor. Frising. I. Instrument. p. 359.
935
Véanse las obras citadas por Tresenreuter, p. 15: Pezii Thesaur. Anecdot. i. P. 3, pp. 68, 72; J. C. Harenberg, Histor. Gandersheim, p. 1350; Eccard, Origin. Saxon., p. 59; Leukfeld, Antiquit. Poeldens., p. 78.
936
F. G. de Sommersberg, Silesiac. Rer. Scriptor. i. pp. 801, 829, 857. Von Ludwig, Reliq. Histor. v., p. 425; Tresenreuter, p. 20, cita información posterior del siglo XIV.
937
L. ii. art. 52.
938
Art. 126.
939
Para conocer algo sobre el autor y sus obras, que ahora son escasas, véase Haller’s Bibliotheca Botan. i. p. 222.
940
Artículo Ydromel.
941
Esta célebre obra, conocida como Schola Salernitatis, fue impresa por primera vez en 1649 y desde entonces ha sido publicada y traducida frecuentemente a varios idiomas. Una edición muy completa, con versión en inglés e historia del libro, fue publicada por el difunto Sir Herbert Croft. La historia de este libro también se puede encontrar en la Historia de Nápoles de Giannone.
942
[Loudon observa en su Encycl. Plants que lupulus es una contracción de Lupus salictarius, nombre con el que se le conocía antiguamente, según Plinio, porque crecía entre los sauces, a los cuales, enredándose alrededor de ellos y ahogándolos, resultaba tan destructivo para el rebaño como el lobo.]

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943
Columella, x. 116. La raíz (¿ rábano? ) se cortaba en rodajas y se ponía en la cerveza egipcia junto con altramuces remojados, para hacerla más sabrosa. Lorsbach sobre un pasaje de Ebn Chalican. Marburgo, 1789, 8vo, p. 21.

944
Plin. xviii. 14, secc. 36.—Geopon. ii. 39, p. 189, y los pasajes citados allí por Niclas: Galen. de Fac. Simpl. Med. vi. 144: y Alim. Fac. i. 30.

945
De Re Rustica, i. 13, 3.

946
Este documento se encuentra en Matthæi Analecta Vet. Ævi, iii. p. 260. Véase también Du Cange, bajo la palabra Grutt y sus derivados.

947
Santa Hildegarda en Physicæ, lib. ii. cap. 74. Petro Crescentio d’Agricoltura, lib. vi. cap. 56. Este escritor vivió en el siglo XIII.

948
Una célebre santa del siglo VIII, supuestamente originaria de Inglaterra, pero canonizada en Alemania, donde fue abadesa de un convento en Heidensheim, en Turingia.—Trad.

949
Esto se afirma en los Götting. Gel. Anzeigen, 1778, p. 323.

950
Statutes at Large, vol. i. p. 591.

951
Husbandry and Trade Improved, de J. Houghton. Londres, 1727, 8vo. ii. p. 457.—Hist. of Commerce de Anderson. [El licor fermentado que se utilizaba antiguamente en este país suele llamarse cerveza, pero en realidad no tenemos información precisa sobre su composición; todo lo que se sabe ahora es que era un licor agradable pero embriagador. Nuestros antepasados sajones estaban tan acostumbrados a consumirlo que, ya en tiempos del rey Edgar, fue necesario ordenar que se marcaran límites en sus copas a una altura determinada, más allá de la cual se les prohibía llenarlas, bajo grave pena. Probablemente esto dio origen a la jarra con tapón, de la cual todavía quedan algunas. Podía contener dos cuartos y tenía en el interior una fila de ocho]

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Clavos, uno encima del otro, de arriba hacia abajo, de modo que el espacio entre cada uno contuviera media pinta. La ley de la compotación establecía que todo aquel que bebía debía vaciar exactamente el espacio entre clavo y clavo; y si excedía o quedaba corto de esa medida, estaba obligado a beber hasta alcanzarla. En los cánones del arzobispo Anselmo, redactados en el concilio de Londres en el año 1102 d.C., encontramos una ordenanza por la cual se prohibía a los sacerdotes asistir a competiciones de bebida ni beber hasta alcanzar ese límite.
952
Archæologia, vol. III, p. 157. [De hecho, en un período mucho más tardío, el consejo municipal de la ciudad de Londres solicitó al parlamento que se prohibiera el uso de lúpulo, “ya que estropeaba el sabor de las bebidas y ponía en peligro a la gente”. Véase Walter Blithe en su obra Improver Improved, publicada en 1649.]
953
Hamburgisches Magazin, XXXIII, p. 465.
954
En lugar de esta planta, que crece silvestre en Suecia, otra planta silvestre de Alemania llamada post, y por los botánicos Ledum palustre, se utilizaba antiguamente en lugar del lúpulo para elaborar cerveza por parte de los pobres; pero causaba dolores de cabeza intensos. Véase Linnæi Amœnitat. Acad. VIII, p. 270. [Esta planta sigue utilizándose ampliamente en las regiones del norte de Alemania para darle sabor amargo a la cerveza, aunque, debido a sus efectos nocivos, está estrictamente prohibida por la ley. En este país, a veces se emplea el Cocculus indicus con un propósito similar.]
955
Se dice que esta ley fue establecida ya en el reinado de Magnus Smeek; pero fue confirmada por el rey Cristóbal en 1440, y por orden de Carlos IX fue impresa en Estocolmo, en formato folio, en 1608, en una obra titulada Swerikes Rijkes Landz-lagh. El pasaje relacionado con este tema se encuentra en Bygninga Balker, caps. 49 y 50, p. XL.a.
956
Linnæi Amœnitat. Academ. VII, p. 452.
957
Gmelin’s Reise durch Sibirien. Gött. 1752, 8vo, III, p. 55.

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Plomo negro.
Determinar cuán antigua es la utilización del plomo negro para la escritura podría ser de alguna importancia en los documentos diplomáticos, ya que así se podría determinar la antigüedad de los manuscritos redactados o escritos con esta sustancia, o de los dibujos hechos con ella.
Me refiero aquí a los lápices formados por ese mineral llamado, comúnmente, plumbago y molibdeno, aunque hoy en día los mineralogistas hacen una distinción entre estos nombres. Al mineral utilizado en los lápices de plomo negro lo denominan reissbley, plumbago o grafito; pero bajo los términos wasserbley y molibdeno entienden un mineral que antiguamente se consideraba idéntico al anterior, pero que, por más parecido que sea en apariencia, difiere de él en ser más pesado, encontrarse mucho menos frecuentemente y contener un nuevo metal, de color casi gris acero, extremadamente frágil, llamado molibdeno.
El plumbago, que es la sustancia a la que nos referimos aquí, cuando se expone al fuego abierto, se consume casi por completo, dejando solo un poco de hierro y tierra silícea. No contiene plomo; y los nombres reissbley y bleystift no tienen otro fundamento que las marcas de color plomizo que deja sobre el papel. Cuanto más oscuras, finas y nítidas sean las líneas que produce, más adecuado es para dibujar y escribir. Estas líneas son duraderas y no se desvanecen fácilmente; pero, si se desea, pueden borrarse fácilmente. Por lo tanto, el plomo negro puede utilizarse con mayor comodidad y rapidez que cualquier tierra coloreada, carbón o incluso tinta.
Es bien sabido que, hace más de mil años, los transcritores, cuando querían que su escritura fuera de una manera particularmente hermosa y regular, dibujaban finas líneas paralelas que seguían al escribir. Estas líneas aún se pueden distinguir claramente en los manuscritos antiguos. En muchos casos, solo fueron impresas en el pergamino por algún objeto duro y afilado; pero a menudo presentan un color plomizo; de lo cual se podría suponer que fueron trazadas con nuestro plumbago, y por consiguiente creer que el uso de esta sustancia es tan antiguo como…

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los manuscritos más antiguos con líneas guía. Pero, con un poco de reflexión, uno se convencerá de que esta sería una conclusión muy falaz. Pues las líneas tan parecidas a aquellas hechas con plumbago, que el ojo apenas puede percibir la diferencia, pueden hacerse con plomo. Se puede demostrar que los antiguos dibujaban sus líneas con plomo; y esto se podía hacer con mayor comodidad, ya que este metal blando se frotaba fácilmente contra el pergamino, el cual, al ser más duro y áspero que nuestro papel, tenía por tanto más consistencia. Es bien sabido que, antiguamente, cuando la gente quería trazar líneas, se empleaba una pequeña placa redonda de plomo, que no cortaba tan fácilmente el pergamino ni se doblaba como una pluma de plomo. Los manuscritos antiguos, con líneas guía de color plomo, han sido señalados por los diplomáticos modernos. Nuestro erudito profesor Schönemann, que lamentablemente falleció prematuramente, ha dado una descripción del Codex Berengaris Turonensis, del siglo XI o XII, y del Codex Theophyli Presbyteri de Temperamento Colorum del siglo siguiente, ambos conservados en la biblioteca de Wolfenbuttel; y señala que en el primero las líneas se trazan en parte con una pluma y en parte de forma ligera con plomo; pero dice que en el otro se exhiben líneas muy finas trazadas con un lápiz de grafito negro. Le Moine cita un documento del año 1387, que tiene líneas guía de grafito negro, y al mismo tiempo afirma que la costumbre de usar líneas guía cesó alrededor de los años 1421 y 1424. Por lo tanto, después de ese período, las líneas se volvieron torcidas e inclinadas. Pero la antigüedad de los lápices de grafito negro no puede determinarse con la ayuda de documentos diplomáticos. Se podría rastrear con más facilidad si se supiera por qué escritor mineralógico se mencionó por primera vez el plumbago y sus usos. Lo siguiente es lo que he observado sobre este tema; pero sospecho que debe haber alguna mención más antigua que cualquier una que yo haya podido encontrar hasta ahora. Sin embargo, no creo que aquellos que requieran algo más que meras conjeturas encuentren este mineral en las obras de los griegos y los romanos; pues no se puede probar que se entienda bajo los términos plumbago, galena, molybdæna y molybdoides, como ha afirmado con seguridad muchos, quienes, de no ser superfluo, podrían ser fácilmente refutados. Pero, sea cual sea la oscuridad en que estén envueltos estos nombres,

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Se puede descubrir con certeza que a veces designan a la galena, o a un verdadero mineral de plomo, o bien a alguna fábrica de producción de plomo. El primer autor en cuyos escritos he encontrado hasta ahora alguna mención segura del plumbago es Conrad Gesner, cuyo nombre nunca puedo pronunciar sin respeto. En su libro sobre fósiles, impreso en Zúrich en 1565, dice que la gente tenía lápices para escribir que constaban de un mango de madera, con un trozo de plomo, o, según él creía, una mezcla artificial llamada por algunos stimmi Anglicanum. Dichos lápices debieron ser escasos en aquel entonces, porque incluyó una ilustración de ellos en un grabado en madera. A juzgar por esto, parece que el lápiz tenía una cubierta o revestimiento de madera. Treinta años después, Cæsalpinus ofreció una descripción más completa de este mineral, al que llama molybdoides, porque cree que así lo denominó Dioscórides. Dice que era una piedra brillante de color plomizo, tan lisa como si estuviera frotada con aceite; dejaba en los dedos un tono gris ceniza, con un brillo plomizo, y se fabricaban lápices puntiagudos con él para uso de pintores y dibujantes. Agrega que se le llamaba piedra de Flandes, porque era traída de los Países Bajos a Italia. Tres años después de Cæsalpinus, Imperato proporcionó una descripción aún mejor. Este último denomina al plomo negro grafio piombino y dice que es mucho más conveniente para dibujar que la pluma y tinta, porque las marcas hechas con él aparecen no solo sobre un fondo blanco, sino que, debido a su brillo, también se ven sobre el negro; porque pueden conservarse o borrarse a voluntad; y porque se pueden retrazar con una pluma, algo que los dibujos hechos con plomo o carbón no permiten. Este mineral es liso; parece grasoso al tacto y tiene un color plomizo, que combina con un tipo de brillo metálico. Puede resistir durante mucho tiempo el fuego más intenso; incluso adquiere más dureza en él, y por eso se ha considerado como una especie de talco. A veces es de forma foliácea y puede deshacerse en escamas; pero con frecuencia se encuentra más denso y resistente, y en este caso se fabrican lápices de escritura con él. El primer tipo se mezclaba con esa arcilla llamada rubrica y se utilizaba para fabricar crisoles que eran extremadamente resistentes al fuego. Aquí se ve que estos italianos, en aquel entonces, conocían bien este mineral. Justi, Wallerius en la primera edición de su mineralogía y otros también lo han considerado una especie de talco. Su capacidad para resistir el calor está ciertamente demostrada.

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cuando se mantiene al fuego intenso y entre las brasas. Pero los experimentos de los mineralogistas modernos demuestran que, bajo un fuego abierto, fuerte y prolongado, se consume casi por completo.
Bartholomew Ambrosinus, en la continuación del Musæum Metallicum de Aldrovandi, impresa en Bolonia en 1648, utiliza el nombre lapis plumbarius. El breve relato que da sobre él ha sido tomado de los dos italianos mencionados anteriormente; pero cabe señalar que incluso entonces consideró oportuno ampliar la figura que había proporcionado Gesner.
En las obras de Albertus Magnus, George Agricola, Encelius, Cæsius, Kircher y muchos otros mineralogistas antiguos, no he encontrado ninguna mención al plomo negro. Pero como Imperato conocía su uso ventajoso para crisoles, y como los crisoles fabricados en Ips, que hasta hace poco eran utilizados por todas las casas de moneda de Europa e incluso en otras regiones, obtenían su superioridad gracias a la mezcla de plumbago con arcilla azul, y como Agricola menciona más de una vez estos crisoles sin hacer referencia a dicha adición, debe ser que en aquel entonces no era algo habitual, o bien pasó desapercibido para este hombre tan diligente. ¿Cuán antiguas son, entonces, las minas de Leizersdorf, que suministran plumbago para los crisoles de Ips o Passau? Solo conozco a un mineralogista que describió esa región, pero sobre este tema no nos ha dado ninguna información.
Tampoco sé cuándo fueron descubiertas las minas de Cumberland, que, como es bien sabido, producen el mejor plumbago. Están situadas en las montañas de Borrowdale, a unos diez millas de la ciudad de Keswick. Según una norma establecida, las familias a las que pertenecen estas minas solo pueden abrirlas una vez cada siete años y extraer solo una cantidad determinada del mineral, con el fin de mantener su precio y evitar que las minas se agoten. Allí esta sustancia se denomina plomo negro, kellow o killow, wad o wadt, palabras que significan propiamente “negro”. No he encontrado información más antigua sobre estas minas que la de Merret, quien escribió en el año 1667 y llamó a este mineral nigrica fabrilis, ya que en aquel entonces no tenía nombre en latín. Pettus señaló, en su Fleta Minor, publicada en 1683, que los lápices hechos con él estaban envueltos en abeto o cedro. Según Robinson y otros, al principio la gente del campo de los alrededores de Keswick marcaba sus ovejas con este material. Más tarde, el arte de…

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Se descubrió que se podía emplear para la cerámica y para preservar el hierro de la oxidación. El autor mencionado también dice que los holandeses lo utilizan en la tintorería, con el fin de hacer que el negro sea más duradero, y que lo compran en grandes cantidades para ese propósito. Pero eso es solo una excusa. Tengo la inclinación a pensar que con él preparan lápices de grafito. La mayor parte del plumbago que se utiliza actualmente en el comercio, pero que, por lo que sé, solo sirve para obtener negro de hierro, proviene de España, donde se extrae en las cercanías de Ronda, una ciudad de Granada, a pocos kilómetros del mar; pero, en cuanto a la antigüedad de estas minas, no he encontrado ninguna información. En el comercio se le llama potloth; y las fábricas, como las de Bremen, donde se muele fino, se denominan fábricas de potloth, una denominación que muy probablemente fue tomada de los holandeses, entre quienes potloot significa lo mismo que plomo de alfareros. De esta palabra los franceses han formado potelot, aunque este término se omite en muchos diccionarios. Si no me equivoco, este mineral se encontró por primera vez en Francia en una época muy tardía, en la Alta Provenza, cerca de Curban, y no lejos del río Durance, entre Sisteron y Gap, desde donde se envía a Marsella. Me parece probable que en el siglo XVI el uso del plumbago se introdujera por primera vez en Italia, un país rico en dibujantes y escuelas de dibujo; donde otros minerales se habían utilizado durante mucho tiempo para dibujar, y donde se buscaban cuidadosamente las mejores variedades. Por lo tanto, es posible que alguien haya hecho pruebas con el plumbago, atraído por su aspecto; y, de hecho, solo eran necesarias pruebas para demostrar su superioridad sobre el carbón y el tiza negra y roja. También tengo la inclinación a pensar que la primera mención de él se encontrará en las obras italianas más antiguas sobre dibujo, y no en las de mineralogía, cuyos autores fueron los primeros en conocer esta sustancia gracias a su uso. Durante mucho tiempo, todos los lápices de grafito utilizados en Alemania y en los países vecinos se fabricaban en Núremberg. Debo señalar aquí que el método muy práctico de borrar lo escrito con un lápiz de grafito, mediante caucho indio, fue descubierto hace unos veinte o treinta años, y, según creo, primero en Inglaterra. Después de completar este artículo, el profesor Fiorillo, quien como artista ha estudiado las obras maestras y como hombre de letras los escritos de los italianos, me comunicó, a petición mía, la siguiente información, la cual, en cualquier caso, constituirá un fragmento adicional para la historia de

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Dibujo. Los lápices utilizados primero en Italia para dibujar estaban compuestos por una mezcla de plomo y estaño fundidos juntos, en una proporción de dos partes del primero y una del segundo. Para borrar un dibujo o un texto, se frotaba sobre él con migas de pan. Un lápiz de este tipo se llamaba stile. Petrarca inmortalizó a un pintor llamado Simone Memmi mediante un par de sonetos, como muestra de gratitud por un retrato de su amada Laura. En ellos dice que el artista realizó el dibujo con un stile in carte. El autor alude aquí evidentemente a un lápiz de dibujo, y no a un grabador, como algunos han supuesto. Boccaccio, discípulo de Petrarca, celebra a un artista que era igualmente experto en dibujar con el stile, la pluma y el lápiz. También Miguel Ángel, fallecido en 1564, dice, en un soneto sobre Vasari citado por Fiorillo: “Se con lo stile e co’ colori avete”. Estos lápices se utilizaron durante mucho tiempo también en Alemania; antiguamente se encontraban en los escritorios más comunes. El uso de tiza roja y negra parece ser más moderno. La primera es llamada por los italianos matita rossa, y la segunda matita nera. Este nombre deriva de la hematita. Vasari celebra a Baccio Bondinelli, fallecido a mediados del siglo XVI, porque sabía manejar igualmente bien el stile, la pluma, así como la matita roja y negra. Baldinucci dice que la mejor tiza roja proviene de Alemania; la buena tiza negra, de Francia; pero la mejor de todas, de España, de donde actualmente se obtiene la de primera calidad. Sin embargo, no puedo señalar ninguna mención a nuestra plumbago en las obras de los antiguos artistas italianos. Armenini, que escribió a finales del siglo XVI, relata cómo se enseñaba a los alumnos a dibujar cien años antes de su época. Dice que hacían los primeros bocetos con plomo sobre canela, con el lápiz negro, y posteriormente los completaban con una pluma. Pero al leer toda su descripción, no queda duda de que la sustancia a la que se refiere es la tiza negra. Baldinucci, que no escribió hasta 1681, incluyó especialmente en su diccionario las palabras matita rossa, nera, y también lapis piombino; y dice que este último es un producto artificial que da un color plomizo y se utiliza para dibujar. Es evidente, por tanto, que el autor alude aquí a la plumbago, que entonces era muy común. Pero cuando Bottari dice que los artistas comenzaron a usar tiza roja y negra en la época de Vasari, mientras que antes solo se empleaba el lapis piombino…

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En ese período, él denominó “plumbago” al material que se utilizaba comúnmente en su época, en lugar del lápiz metálico que se llamaba “stile”. Si no me equivoco, los italianos no tienen un nombre específico para el grafito negro; a veces lo llaman “matita” y otras veces “piombino”.
Antiguamente, era muy difícil proteger la mina de grafito negro de Borrowdale de los robos. Actualmente, este tesoro está protegido por un edificio sólido, compuesto por cuatro habitaciones en la planta baja; justo debajo de una de ellas se encuentra la entrada, protegida por una trampilla, a través de la cual solo los trabajadores pueden acceder al interior de la montaña. En esta habitación, llamada sala de cambio, los mineros se cambian de ropa habitual a la ropa de trabajo al entrar; y después de sus seis horas de trabajo, vuelven a cambiarse de ropa, bajo la supervisión del encargado, antes de que se les permita salir. En la habitación más interior de las cuatro, dos hombres se sientan ante una mesa grande, clasificando y procesando el plumbago; permanecen encerrados mientras trabajan, y son vigilados por el encargado desde una habitación contigua, quien está armado con dos escopetas cargadas. Se dice que, en algunos años, la producción total obtenida en seis semanas de trabajo anual en la mina ascendió entre 30.000 libras y 40.000 libras.
Se importa un tipo inferior de plumbago desde México y Ceilán; además, existe una mezcla con la cual se fabrican los lápices más comunes, compuesta de polvo de plumbago, negro de humo y arcilla.
Una aplicación útil y práctica del grafito negro, en forma de cilindros diminutos que sobresalen ligeramente de un cono cilíndrico y que se colocaban en estuches para lápices, fue patentada en 1822 por el señor Mordan, y ha llegado a ser de uso generalizado. La forma cilíndrica del plumbago se obtiene pasando tiras cuadradas de este material a través de agujeros en un rubí, de manera similar a como se hace al estirar alambre. Se afirma que los suministros de plumbago provenientes de la mina de Cumberland están casi agotados; afortunadamente, se ha ideado un proceso mediante el cual se puede lograr la misma firmeza y uniformidad en el polvo mediante compresión. Esto se logra lavando y moliendo cuidadosamente el polvo obtenido al cortar el plumbago en placas finas, tamizándolo a través de aberturas menores que 1/50.000 de pulgada, y colocándolo bajo una prensa potente, sobre un molde o base de acero, con conexiones herméticas. Luego se extrae el aire del polvo, y mientras está libre de aire, un émbolo desciende sobre él, haciendo que se solidifique. La fuerza necesaria para realizar esta operación se estima en 1000 toneladas, tras varios golpes aplicados.

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cada uno de estos poderes. Este proceso fue inventado por el Sr. W. Brockedon, el talentoso dibujante de paisajes alpinos e italianos.]

NOTAS AL PIE
958
Plin. lib. xxxiii. 3, sect. 19.
959
Una placa de este tipo se llamaba παράγραφος, también τροχαλὸς, γυρὸς, κυκλοτερὴς; esta última denominación se refiere a su forma. Los romanos, al menos los de épocas posteriores, llamaban a este material plomo præductal. La regla con la que se trazaban las líneas se denominaba κανὼν y κανονίς. Así, la hoja rayada que Suffenus llenó con versos mediocres es denominada por Catulo membrana directa plumbo. Pollux habla de παραγράφειν τῇ παραγραφίδι. Véase Salmasius ad Solinum, p. 644, donde se citan algunos pasajes en los que se describen estas placas de plomo, extraídos de la Anthologia.
960
Versuchs e. System d. Diplomatik. Hamb. 1802, 8vo, ii. p. 108.
961
Diplomatique-pratique: à Metz, 1765, 4to, p. 62.
962
De Metallicis, lib. iii. Roma, 1596, o Norimberga, 1602.
963
Sin embargo, esto no es del todo cierto. Con tinta algo espesa sí se puede escribir sobre un pedazo de papel al que se ha aplicado plomo negro.
964
[Antiguamente era así, pero durante muchos años seguidos la mina ha estado constantemente en funcionamiento. Toda la producción se envía a Londres (Essex Street, Strand), donde se vende en subasta pública, una vez al mes.]
965
En el dialecto de Cumberland, killow o collow, así como wad, significa negro. Por lo tanto, cuando se utiliza la tierra de manganeso, que se encuentra principalmente en Elton, no lejos de Winster, y que, al ser quemada, sirve como…

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Color aceituna; pero, en particular para pintar barcos, se le llama negro intenso. Esa expresión significa prácticamente “negro oscuro”. Véase Pennant’s Tour in Scotland, i, p. 42. Gentleman’s Magazine, 1747, p. 583.
966 Pinax Rerum Naturalium. Londres, 1667, 8vo, p. 218.
967 Natural Hist. of Westmorland and Cumberland, 1709, 8vo, p. 74. Véase también Gent.’s Mag., vol. XXI, 1751, p. 51; allí hay un mapa de esta región notable.
968 Borghini, Il Riposo. Los artistas utilizaban a veces también lápices plateados. Baldinucci’s Vocabolario dell’arte del disegno: Estilo.
969 Estos sonetos son el 57º y el 58º. Sobre Simon y sus dibujos se puede encontrar información en Fiorillo, Gesch. der zeichnenden Künste, Göttingen, 1798, 8vo, i, p. 269.
970 De’ veri precetti della pittura. Rávena, 1587, 4to, p. 53.
971 En sus observaciones sobre Vasari, iii, p. 310.

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SAL-AMONÍACO.
No es muy probable que Díoscórides, Plinio y otros que vivieron más o menos en la misma época conocieran el sal-amoníaco o lo mencionaran en sus obras; pues en aquel entonces ninguna parte de la mineralogía estaba tan deficiente como aquella que trata sobre las sales. El arte de lixiviar tierras y hacer que las soluciones salinas cristalicen era entonces tan poco conocido, que, en lugar del vitriolo verde, se empleaban minerales vitriolicos, por más impuros que fueran, para fabricar tinta, tintes y otras cosas. En aquel entonces no existían lugares adecuados para hervir el vitriolo, y por eso Plinio consideraba con asombro el vitriolo azul, que en su tiempo solo se producía en España, como algo singular en su género, o sin igual. Por esta razón, solo se conocían aquellas sales que se encontraban en estado natural, o que cristalizaban por sí mismas, sin necesidad de ninguna preparación artificial, como es el caso de la sal de laurel. Pero esa sal neutra, formada por ácido muriático y amoníaco, ocurre muy raramente en estado natural, y casi exclusivamente entre los productos de los volcanes. No creo, sin embargo, que este sal-amoníaco volcánico fuera el primero conocido, sino que se empezó a considerarlo como tal después de que esa sal ya se hubiera obtenido durante mucho tiempo por otro método y se utilizara desde hacía tiempo. Pero incluso si se creyera que nuestro sal-amoníaco era conocido por los antiguos, ¿cómo podemos descubrirlo con certeza en sus escritos? Esta sal tiene poco o nada con lo cual esos escritores pudieran caracterizarla. Ni su forma externa ni su sabor son lo suficientemente llamativos como para que pudieran describirlos con suficiente precisión. Tampoco su uso podía ser en aquel entonces tan importante y necesario como para permitirnos determinar si estaban familiarizados con ella; mientras que, por otro lado, el vitriolo verde y el alumbre pueden distinguirse fácilmente entre los materiales utilizados para teñir. De hecho, si esta sal se hubiera producido en aquel entonces, como se hace actualmente en Egipto, y si se encontrara alguna alusión a ella, se podría suponer fácilmente que realmente se referían al sal-amoníaco. Pero aun cuando haya que admitir que en los escritos de Díoscórides aparecen indicios del uso de la sublimación…

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Y otros, que vivieron casi en la misma época, no estamos autorizados a suponer que el conocimiento que tenían de él fuera suficiente para la preparación de esta sal. Además, hay dos propiedades con las cuales los antiguos podrían haberse familiarizado por casualidad, y que en ese caso habrían sido suficientes para hacernos conocer o definir esta sal. En primer lugar, mediante una mezcla accidental de cal viva, se podría haber observado el fuerte olor o los vapores insufribles que emitía el álcali volátil separado del ácido. En segundo lugar, es muy posible que se haya observado la total volatilización de esta sal al quemarla sobre carbones; ya que desde hacía tiempo se sabía que la sal común se descompone al estar en contacto con el fuego. Esto despertaba asombro, y al examinar otras sales, la gente solía observar si también poseían esa propiedad. Si alguien, con este fin, hubiera arrojado un poco de sal-amoníaco sobre un carbón encendido, seguramente habría visto con asombro que, en lugar de descomponerse, la sal se volatilizaba por completo. Sin embargo, para este experimento habría sido necesario sal-amoníaco muy puro. Si se hubiera mezclado un poco de sal común con él, la descomposición no se habría evitado por completo; y si el sal-amoníaco se hubiera vuelto impuro debido a partículas terrosas, como ocurre casi siempre con el sal volcánico, al menos algo de tierra habría quedado atrás en los carbones. El nombre sal-ammoniacus es, de hecho, antiguo; pero como aquellos que, a causa de ese nombre, consideraban que el alúmen de los antiguos era nuestro alúmen y su nitrum era nuestro salitre, estaban equivocados, lo mismo ocurriría si consideráramos que su sal-amoníaco era igual al nuestro. Nuestros antepasados creían que los escritores antiguos conocían todos los minerales, así como todas las plantas; y cuando descubrían uno nuevo, buscaban en libros antiguos hasta encontrar un nombre que le cuadrara, o al menos uno que no hubiera sido dado ya a otro. Nuestra sal-amoníaca, con toda probabilidad, adquirió su nombre de la misma manera, nombre que rara vez se encuentra en los escritos de los antiguos. Cuando se recopila todo lo que dijeron sobre ella y se examina imparcialmente, no se encuentran pruebas de que bajo ese nombre entendieran nuestra sal-amoníaca. Por el contrario, pronto se convencerá uno de que sal-ammoniacus no era más que sal marina impura. Dado que los antiguos no conocían el arte de separar sales, de refinarlas y cristalizarlas…

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A ellas les dieron a cada variedad o tipo, el menos diferente, el cual se distinguía ya sea por la mezcla de alguna sustancia extraña o por una formación accidental, un nombre particular; y, teniendo en cuenta las necesidades de esa época, este método no estaba tan mal. Pues entre las sustancias salinas impuras, siempre había algunas que resultaban más adecuadas que otras para ciertos fines. Por esta razón distinguían con tanto cuidado la misy, la sory, la calcitis y la melanteria; en lugar de ellas, nosotros utilizamos una sustancia presente en todos estos minerales, es decir, el vitriolo verde. Sin embargo, nuestras farmacias actualmente tienen la sal lixiviada bajo el nombre de diversas plantas de las cuales se extrae, con diferentes grados de pureza.

Cuando esto se sabe, no sorprende que el sal-ammoniacus de los antiguos no fuera otra cosa que nuestra sal común. Dioscórides y Plinio hablan expresamente de él como una especie de esta sal; y Columela, en una receta para un ungüento para los ojos, recomienda la sal gema, ya sea española, amoniacal o capadociana. Plinio dice que el sal-ammoniacus se encontraba en los desiertos arenosos y secos de África, hasta el oráculo de Amón. Tanto él como Dioscórides afirman que esta sal puede dividirse o romperse en piezas lisas; y el primero añade que las mejores son blancas y transparentes; que, sin embargo, tiene un sabor desagradable, pero puede usarse en medicina. De igual manera, los médicos posteriores, cuando quieren recetar sal común, recomiendan especialmente la amoniacal. Así, Aetio, que vivió en el siglo V, señala que cuando se emplea sal fósil, o como la llamamos hoy en día sal nativa, debe elegirse la amoniacal o capadociana.

Por lo que dice Plinio, se puede concluir con certeza que esta sal se extraía de pozos o minas en África; pues relata que resultaba maravilloso que un trozo de ella, que en el pozo era muy ligero, se volviera mucho más pesado al exponerse al aire libre. Sin repetir la explicación que da de este fenómeno, solo diré que muchos tipos de sal gema, extraída de las minas de Wieliczka, experimentan el mismo cambio al estar al aire; de modo que bloques que un trabajador puede llevar fácilmente en la mina, apenas puede levantarlos después de haber estado algún tiempo expuestos al aire. La causa aquí es, sin duda, la misma que hace que muchos tipos de sal artificial se humedezcan y adquieran más peso. En este caso se debe a alguna impureza, como el cloruro de cal, que se denomina sal-

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976
Ammoniacus fixus: este compuesto atrae tanta humedad de la atmósfera que se disuelve en ella y se convierte en lo que se conoce como aceite de cal. Sinésio, nacido en Egipto en el siglo V, en la ciudad pentapolitana de Cirene, y que residió como obispo en Ptolomeo, capital de la región, dice, en una carta en la que describe muchas rarezas de su país natal, que lo que se llamaba sal-ammoniacus, tanto por su aspecto como por su sabor, era una sal de buena calidad, apta para su uso; que se encontraba debajo de una especie de piedra suave que la cubría como una corteza, y que podía extraerse fácilmente al retirar esa piedra. Heródoto, Estrabón, Arriano y otros hablan de sal gema que se extraía en Ammón y se transportaba desde allí como mercancía. El primero menciona una colina de sal; y el último nos dice que la sal nativa se llevaba a Egipto como regalo para el rey y otros, desde las cercanías del oráculo de Ammón, por parte de los sacerdotes de ese lugar, en cajas hechas con hojas de palma entrelazadas. Muchos trozos tenían tres pulgadas de longitud; y como esta sustancia era más pura que la sal de laurel y tan clara como el cristal, se utilizaba especialmente en sacrificios. Esta sal es sin duda aquella que, bajo el nombre de sal-ammoniacus, se enviaba desde Egipto al rey de Persia, al igual que el agua del Nilo, según relata Ateneo a partir de un historiador ya perdido desde hace tiempo.
También es cierto que los antiguos médicos árabes, Avicena y Serapión, quienes vivieron ambos en el siglo XI, entendían por sal-ammoniacus nada más que la sal gema. El primero dice que debería partirse fácilmente y ser clara y transparente como el cristal; y el segundo afirma que esta sal se extrae de la roca sólida, y que a veces es clara como el cristal, otras veces rojiza, otras negruzca, otras de otro color, a veces dura y otras frágil, o, como lo expresa el traductor, pulverulenta. Todos estos colores y propiedades no son infrecuentes en la sal gema, y sin duda provienen siempre de una mezcla con tierra ferruginosa. Serapión dice que esta sal se obtenía de Corasini. Dejaré que otros decidan dónde se encontraba ese país. Lo menciona con frecuencia y dice que de allí se obtenían la mala granata y el bezaar. Pero, ¿quién sabe cómo se escribía el nombre en el original?

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Y quizás el autor árabe no mencionó el lugar donde se extraía la sal, sino aquel desde donde, en su época, se obtenía. En cuanto al propósito para el cual los antiguos utilizaban su sal-ammoniacus, parece que solo se necesitaba sal común y no sal-ammoniac. Era mencionada con frecuencia por los médicos, porque era la sal de mesa más pura que se podía conseguir en aquel entonces. Por esa razón fue elogiada por Scribonio Largo, que vivió en el siglo I, y por Aecio, que vivió en el siglo V, así como por Avicena, Serapión y otros. Sin embargo, aún no la he encontrado en los escritos de Hipócrates o Galeno. En las obras de los agricultores griegos aparece en una receta para la preparación de un cemento utilizado para sellar recipientes de vino. Según una receta de Apicio, en su libro de cocina, el sal-ammoniacus debía ser tostado. De esta manera, esta sal de roca perdía su agua de cristalización y se volvía más concentrada. Por este motivo, en Transilvania, Siberia y otros países, antes de llevarla a la mesa se tritura y se tuesta. Pero del nuestro sal-ammoniac, si se tostara, quedaría muy poco. No obstante, si el amonio que Palladio recomienda como cemento es esa sal, no me atrevo a determinarlo. Por otro lado, no dudo en contradecir al antiguo comentarista de Ovidio, quien, en un pasaje en el que el poeta recomienda el sal-ammoniacus para elaborar un agua cosmética, entiende que se trata de la resina o goma con ese nombre. Sin embargo, Ovidio no tenía intención de que las jóvenes se tiñeran la piel. Por las razones ya mencionadas, estoy convencido de que el sal-ammoniacus de los antiguos era sal de roca, y no nuestro sal-ammoniac. Los comentaristas más antiguos de estos autores tampoco tenían idea de nada distinto a la sal de roca; y no fue hasta un período posterior, cuando nuestro sal-ammoniac se introdujo en el comercio y adquirió ese nombre, cuando los comentaristas más eruditos comenzaron a señalar expresamente que el nuevo sal-ammoniac, a pesar de su denominación, era diferente del sal-ammoniacus de los antiguos. Como este último no podía obtenerse en aquel entonces, la gente utilizaba el primero, al que consideraba solo como un sustituto artificial del segundo, aunque era incapaz de reemplazarlo. Pero en tiempos más modernos, cuando nuestro sal-ammoniac se volvió común y los médicos y mineralogistas ya no se molestaban en leer las obras de los antiguos, algunos de ellos, si no la mayoría, hablaban como si nuestro sal-ammoniac hubiera sido el

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El sal-ammoniacus de los antiguos; y entonces se creía en general que había sido, al menos, conocido y utilizado desde la época de Dioscórides y Plinio. Nadie sostuvo esto con mayor confianza y celo que F. I. W. Schröder, cuyo juicio, sin embargo, fue distorsionado por concepciones alquímicas. Según su afirmación, los egipcios practicaban desde los períodos más remotos el arte de fabricar el sal-ammoniac, pero lo mantenían en secreto; y insinúa vagamente el propósito para el cual estos grandes químicos utilizaban tanta sal. En esta ocasión, se refiere a lo que Plinio dice sobre el flos salis, en lo cual cree poder encontrar las flores de sal-ammoniac utilizadas por nuestros químicos, o las llamadas flores salis ammoniaci martiales. A aquellos que no pueden hacer este descubrimiento los declara ignorantes y ciegos. Sin embargo, esta conclusión, cuando se considera el carácter de quien la emite, no puede disipar ni la menor duda. Es cierto que lo que Dioscórides y Plinio denominan flos salis nunca ha sido definido. Era húmedo, aceitoso y salino; y en los recipientes en los que era enviado desde Egipto, era gris en la parte superior, color azafrán en la inferior, y desprendía un mal olor. La conjetura más ingeniosa fue la de Cordus, quien pensó que podría tratarse de sperma ceti; pero aunque preferiría esta opinión a la de Schröder, debo confesar que, basándome en los argumentos aducidos por Matthioli y Conrad Gesner, tiene demasiados inconvenientes como para ser aceptada como verdad. Las primeras huellas claras de nuestro sal-ammoniac que he encontrado se encuentran en las obras de los árabes. En un escrito de Geber hay una receta para purificar el sal-ammoniac mediante sublimación, y en otro, una receta para fabricarlo; así que no cabe duda de que el autor estaba familiarizado con nuestra sal. Pero esto aporta muy poco para conocer su historia. El período en que vivió ese célebre químico es incierto. Si, como dice Leo, floreció cien años después de Mahoma, es decir, en el siglo VIII, sus obras debieron haber sido interpoladas con muchas adiciones, que la crítica aún no ha podido separar. Muchas de ellas no pueden ser de gran antigüedad; y la incertidumbre aumenta debido a que algunas ediciones difieren entre sí en pasajes importantes. Secciones completas, que algunos tienen, faltan en otros; y los títulos y el orden de los libros y secciones son diferentes casi en cada una. Cuando las mismas circunstancias…

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Se encuentra en varias ediciones, y se observa que esencialmente difieren entre sí. Lo que, por lo tanto, se encuentra ahora en los escritos de Geber, como se les llama, ciertamente no era todo lo conocido en el siglo VIII. La misma incertidumbre prevalece con respecto a las obras químicas de Avicena, quien vivió a principios del siglo XI y que sin duda trata sobre el sal-amoníaco. Pero cuando estas se comparan con las obras médicas de este autor, que no son objeto de duda alguna, es evidente que las primeras debieron ser obra de un escritor muy diferente y mucho más joven. En las obras del médico Avicena, sal-ammoniacus siempre significa sal gema. Es digno de mención que Avicena, el químico, dice que el sal-amoníaco proviene de Egipto, la India y Forperia. Sabemos con mayor certeza que Albucasis, o Bulcasis, estaba familiarizado con el sal-amoníaco, así como con el método para prepararlo, el cual describe, y también con la preparación de medicamentos en general, en su libro, a menudo impreso bajo el título de Liber servitoris. Por más incomprensible que sea a menudo la traducción, se puede descubrir fácilmente de qué manera se realizaba antiguamente la sublimación en recipientes de barro. Pero el período en que vivió este escritor árabe es dudoso, aunque se admite en general que murió en el año 1122. Pero, ¿de dónde obtuvo Europa esta sal en los siglos XII y siguientes? ¿Cuándo y de qué manera se descubrió su preparación en Egipto? ¿Con qué propósito fue utilizada primero por nuestros antepasados? Todavía no he encontrado ninguna información que me permita responder a estas preguntas, aunque es probable que pueda encontrarse en libros antiguos de viajes, y especialmente en las obras de escritores árabes. En el valioso pero no del todo comprensible libro de Pegolotti, del cual he aprendido muchas cosas sobre el comercio de los siglos XIV y XV, no se dice nada respecto al lugar donde se obtenía, sino que se adquiría en tortas blancas, duras y opacas. Se menciona en la tarifa aduanera de Pisa del año 1408. Biringoccio, quien vivió a finales del siglo XV y principios del siguiente, no sabía más que, según se dice, provenía de Cirene o Armenia. Cæsalpin, su contemporáneo, dio, para su preparación, una receta que sin duda está tomada de…

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Árabes. Este autor dice, muy acertadamente, que se obtiene en tortas blancas y transparentes, de color negruzco en el exterior; pero añade, erróneamente, que proviene de Alemania, aunque lo mismo ha sido repetido por Brasavolus y Matthioli. Porta dice, con mayor exactitud, que proviene del Oriente. Afirma también que fue la primera persona en encontrar el verdadero salammoniac en montañas volcánicas, y desea que su descubrimiento sea confirmado por naturalistas competentes. Esto puede servir como prueba adicional, si fuera necesaria, en contra de aquellos que piensan que el primer salammoniac verdadero introducido en el comercio fue el de origen volcánico. Imperato considera la observación de Porta como generalmente reconocida, pero sin mencionar su nombre. El primero describió, de manera más completa y correcta que ninguno de sus predecesores, las propiedades del salammoniac; y él, al igual que Agricola, afirma que se disipa por completo en el fuego. Agrega que favorece la aparición de un color azul celeste, y con toda probabilidad aquí se refiere a una solución de cobre.

Sin intentar examinar en qué momento se descubrió el arte de convertir el ácido nítrico en agua regia mediante la adición de salammoniac, solo diré que, en cualquier caso, ya era conocido en el siglo XVI; pues Imperato dice que el salammoniac se emplea en la disolución del oro; y Biringoccio, que es anterior, recomienda el ácido nítrico preparado con salammoniac para disolver metales, y en particular el oro. Tampoco determinaré cuán antiguo es el uso de esta sal en la soldadura y el recubrimiento con estaño; pero debo señalar que era conocida por Agricola e Imperato. Sin embargo, dudo que fuera muy común, porque Biringoccio recomienda el bórax para ese fin, sin siquiera mencionar el salammoniac; aunque es posible que lo haya pasado por alto.

Hemos llegado ahora a la historia moderna, que expondré de la forma más breve posible, ya que ya ha sido tratada en detalle por otros. Lo que hace tiempo demostró el célebre Sr. Boyle fue confirmado en el año 1716 por Geoffroy el Joven: que el salammoniac estaba compuesto por el ácido muriático y un álcali volátil, y que podía ser obtenido en Europa por sublimación. Ese mismo año, el jesuita Sicard dio el primer relato fiable sobre las fábricas de salammoniac en Damayer.

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Delta, y se describe de qué manera se preparaba esa sal allí, por sublimación en recipientes de vidrio, a partir del hollín de los estiércol quemado de camellos y vacas, que se utiliza en Egipto como combustible, con la adición de sal marina y orina. En el año 1719, la Academia de Ciencias de París recibió de Lemere, el cónsul francés en El Cairo, un relato del proceso empleado; pero no contenía mención alguna ni a la sal marina ni a la orina. Posteriormente esta información fue parcialmente confirmada, y parcialmente corregida y ampliada, por Paul Lucas, Granger, o, como se le llamaba realmente, Tourtechot, y por los célebres viajeros Shaw, Pocock, Norden, Hasselquist, Niebuhr y Mariti.

Varios escritores han afirmado que el sal-amoníaco proviene también de las Indias Orientales. Es mencionado por Tavernier entre las mercancías que en su época se traían desde Amadabat, en los territorios de los mogoles, hasta Surat; y Geoffroy afirma que, cuando el comercio de Marsella se interrumpió debido a la peste, los franceses obtuvieron del Holanda sal-amoníaco, que tenía forma de cono truncado, y se presentaba como si fuera indio. Pomet también dice que anteriormente se obtenía algo del mismo tipo de Venecia y del Holanda. Pero Gaubius afirma que nunca oyó hablar de ningún sal-amoníaco de ese tipo en Holanda; tampoco se encuentra en las listas de precios de la Compañía de las Indias Orientales. Estoy casi inclinado a sospechar que esos conos truncados eran formados por los comerciantes a partir de piezas rotas o fragmentos del sal-amoníaco egipcio, mediante solución y cristalización imperfecta o sublimación. De esta manera, los comerciantes de Marsella convierten los residuos del sal-amoníaco egipcio en pastillas mediante una nueva sublimación, para que sea más vendible, aunque los artesanos no lo compran fácilmente. Gaubius, sin embargo, ha descrito un tipo de sal-amoníaco que obtuvo de la India, con la información de que se fabricaba en Hindostán a partir del hollín de estiércol animal; pero en mi opinión esto requiere mayor confirmación.

Dónde y en qué momento se establecieron las primeras fábricas para producir sal-amoníaco en Europa, no puedo determinarlo. La afirmación de Thurneisser de que el primer sal-amoníaco se fabricó en el Tirol en el siglo IX es verdaderamente ridícula. No vale la pena molestarse en averiguar dónde estaba él o…

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Paracelso consideró esta afirmación absurda. Casi se podría creer que, en la época de Boyle, existían fábricas de sal-amoníaco en Europa. Pero quizás no haya otro fundamento para todo esto que la ya mencionada afirmación de Cæsalpinus, de que esta sal provenía de Alemania. En Bamberg, los alemanes estaban acostumbrados desde hacía tiempo a hervir el sedimento de las salinas con orina vieja y a venderlo barato como sal-amoníaco; y Weber afirma que todavía se fabrica algo del mismo tipo en Viena. Cien libras de este producto cuestan entre veinte y treinta florines, pero los residuos pueden adquirirse por una miseria. Si no me equivoco, las primeras fábricas reales de sal-amoníaco se establecieron en Escocia; y la más antigua de ellas fue, quizás, la construida por Dovin y Hutton en Edimburgo en 1756, la cual, al igual que muchas en Inglaterra, fabrica esta sal a gran escala. Entre las empresas posteriores de este tipo se encuentra la fábrica de Gravenhorst en Brunswick, y aquella que, en las cercanías de Gotemburgo, fabrica sal-amoníaco a partir de los residuos que quedan al producir aceite para trenes.

[Actualmente, el sal-amoníaco se prepara bien mediante destilación destructiva de huesos o carbón. Creemos que el líquido gaseoso constituye la mayor parte del producto. Este fluido contiene hidrosulfuro y carbonato, además de algunos otros sales de amonio. Se descompone con ácido sulfúrico, y al evaporarse se obtiene el sulfato de amonio en estado cristalino. Este se mezcla luego con sal común y la mezcla se calienta en recipientes de hierro, lo que hace que el cloruro de amonio sublime. El sal-amoníaco se exporta en cantidades considerables a Rusia y a otras partes del continente, así como a los Estados Unidos.]

NOTAS AL PIE
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De hecho, es indiferente si el nombre deriva de αμμος, “arena”, o más bien de Ammonia, nombre de una región en Libia donde se encontraba el oráculo de Júpiter Amón. La región recibió su nombre debido a la arena. También se puede añadir una “H” al principio del nombre.

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Palabra. Véase Vossii Etymol., p. 24. Pero sal-armoniacus, armeniacus, sal-armoniac son términos inapropiados.
973
De Re Rust., vi. 17, 7.
974
Lib. xxxi., cap. 7, secc. 39.
975
Lib. v., cap. 126.
976
Este nombre fue utilizado por primera vez por Js. Holland.
977
Synesii Opera, ep. 147.
978
Athen., lib. ii., cap. 29, p. 67.
979
Estoy completamente convencido de que se refiere aquí a una ciudad llamada Kesem en los mapas modernos, situada en Arabia Felix, frente a la isla de Socotora. Tiene un buen puerto. Véase la Geografía de Büsching, donde también aparece el nombre Korasem.
980
Geopon., lib. vi., cap. 6.
981
Pallad., i., tit. 41.
982
Bibliothek d. Naturwiss. u. Chemie. Leip. 1775, 8vo, i, p. 219.
983
Lib. xxxi., cap. 7, secc. 42.
984
[El cloruro doble de amonio y hierro].
985
Liber de holosantho en el tratado De omni Rerum Fossilium Genere de C. Gesner. Tiguri 1565, 8vo, p. 15.
986
¡Qué pueblo tan noble eran los árabes! Les debemos mucho conocimiento y muchas invenciones de gran utilidad; y tendríamos aún más motivos para agradecerles si fuéramos plenamente conscientes de los beneficios que hemos obtenido de ellos. Qué lástima que sus obras queden abandonadas, sin ser puestas a disposición de todos. Qué vergüenza que aquellos que conocen esta rica

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¡El idioma debería recibir tan poco estímulo! Las pocas traducciones antiguas que existen fueron realizadas por personas que no estaban lo suficientemente familiarizadas ni con los idiomas ni con las ciencias. Por esa razón, en su mayor parte son incomprensibles, inciertas, corruptas en muchos lugares y, además, extremadamente escasas. Incluso cuando se logran obtener, quienes las poseen se encuentran más o menos en la misma situación que aquellos que con gran esfuerzo llegan hasta un tesoro, del cual, al final, solo pueden verlo a distancia, a través de una rejilla estrecha. Si aún tuviera veinte años de vida y pudiera esperar contar con una abundante provisión de obras en árabe, aprendería árabe. Pero ὁ βίος βραχὺς, ἡ δὲ τέχνη μακρή.
987
Africæ Descriptio, iii. p. 136, b.
988
Este libro se imprime a menudo junto con Mesue. Véase Haller’s Biblioth. Botan. i. p. 201. Biblioth. Chirur. i. p. 137.
989
Della decima, iii. pp. 298, 373; y iv. pp. 59, 191.
990
Pirotechnia, 1550, 4to, p. 36, a.
991
Magia Natur. lib. x. cap. 20. Porta nació en 1545 y murió en 1615.
992
Lib. iii. cap. 8.
993
De Natura Fossil, lib. iii. p. 212.
994
Lib. ix. cap. 6, p. 131, b: también lib. ix. cap. 10, p. 141, b.
995
De Natura Fossil. lib. iii. p. 215; en el cual habla de alfileres de hierro con cabezas de estaño.
996
Página 135, a y b, pp. 136, 375.
997
Mémoires de l’Acad. 1720, p. 195. Basil Valentine había enseñado anteriormente cómo separar el álcali volátil del sal-amoníaco mediante el álcali fijo.

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998
Nouveaux Mémoires des Missions de la Compag. de Jesus, ii.
999
Mémoires de l’Acad. 1720, p. 191.
1000
Voy. au Levant.
1001
Mémoires de l’Acad. 1735, p. 107.
1002
Mém. de l’Acad. 1723, p. 221; en dicha obra se proporciona una descripción de dicho producto.
1003
Gaubii Adversaria. Leidæ 1771, 4to, p. 138.
1004
[Como observa el Dr. Royle en su Essay on the Antiquity of Hindu Medicine, p. 41, esta sal debió ser conocida por los hindúes desde que comenzaron a quemar ladrillos con estiércol animal, como lo hacen hoy en día; ya que a menudo se pueden encontrar cristales de esta sal en el extremo no quemado del horno.]
1005
Aunque la sal amoniacal que se produce en Oriente puede contener en gran medida orina de camello, la que se fabrica en Europa (donde los camellos son algo raro) y que se vende habitualmente en nuestras tiendas está hecha de orina humana. —Nat. Hist. of the Human Blood (Obras, iv., p. 188).
1006
Arnot’s History of Edinburgh. Ed. 1779, 4to, p. 601.

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Tenedores.
En la actualidad, los tenedores son tan necesarios en la mesa entre las naciones civilizadas, que la sola idea de comer sin ellos provoca disgusto. Sin embargo, su introducción es de fecha muy reciente; apenas se han utilizado durante tres siglos. “Tam prope ab origine rerum sumus”, dice Plinio, al referirse a algo que, aunque muy nuevo, ya era extremadamente común en aquel entonces. Ni los griegos ni los romanos tenían nombre para estos utensilios; y en sus escritos no aparece ninguna frase o expresión que pueda referirse, aunque sea mínimamente, a su uso. Pero si los tenedores ya fueran conocidos, esto no habría sido posible, ya que los poetas celebran y otros escritores describen numerosas ceremonias gastronómicas; además, Pollux también debió haberlos mencionado en el detallado catálogo de artículos necesarios para la mesa.
La palabra griega creagra sí significaba tenedor, pero no uno utilizado en la mesa. Se refería simplemente a un tenedor para carne, o a ese instrumento que utilizaban los cocineros para sacar carne de una olla hirviendo, como demuestra la relación entre las palabras en todos esos pasajes en los que aparece. Es mencionada por Pollux y por Anaxippus, en Athenaeus, entre los utensilios de la cocina; y el comentarista de Aristófanes dice que este tenedor se parecía a la mano y se utilizaba para evitar que los dedos se quemaran. Suidas cita un pasaje en el que la palabra designa un gancho en el extremo de un largo palo, con el cual la gente, incluso hoy en día, saca cubos de agua de pozos y otros lugares profundos. Por lo tanto, este instrumento a veces parecía tener solo un gancho, pero otras veces dos o más puntas. Creagra aparece una vez en Martianus Capella, un escritor latino, pero en un pasaje que no es comprensible.
Igualmente inaplicables a nuestros tenedores son las palabras furca, fuscina, fucilla, fuscinula y gabalus, que se encuentran en los diccionarios. Las dos primeras eran sin duda instrumentos similares a nuestros tenedores para leña. El tridente de Neptuno también se llamaba fuscina. La fucilla era incluso lo suficientemente grande como para ser utilizada como arma de defensa, como demuestra...

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Las expresiones “furcillis ejicere” y “expellere”. Fuscinula, que en la época moderna se utiliza principalmente para designar un tenedor, no aparece ni una sola vez en ninguno de los escritores latinos antiguos. La antigua traducción de la Biblia solo explica la palabra κρεάγρα como “fuscinula”. Gabalus, según todo indica, dio origen a la palabra alemana “gabeln”, pero esta designa la cruz o la horca; Voscius deduce esta última palabra de Gabalus. Un erudito italiano, que también afirma que el uso de los tenedores es algo muy reciente, opina que los romanos solían utilizar ligulæ en lugar de tenedores. Esto no lo negaré; pero la ligula seguramente se parecía más a una pequeña espátula o cucharita que a nuestros tenedores. Según Martial, muchas cucharas parecen haber sido ligulæ. Pero los dos epigramas deben leerse juntos, de modo que el segundo pueda considerarse una continuación del primero; pues los epítetos “habilis” y “utilis” solo pueden aplicarse a la ligula. Además, es seguro que los títulos de los epigramas, o al menos la mayor parte de ellos, no fueron añadidos por el poeta, sino por los transcritores. El nombre, que originalmente era “lingula”, da una idea de su forma. También leemos que este utensilio se utilizaba para quitar la espuma; para ese propósito, nada es menos adecuado que un tenedor. Tengo, no sé cómo, una gran reticencia a imaginar que las mesas de nuestros antepasados estuvieran sin tenedores; sin embargo, así era ciertamente. Y cuando reflexionamos sobre su forma de comer, resulta fácil comprender que podían prescindir de ellos con mucha más facilidad que nosotros. Toda su comida, tal como aún es costumbre en Oriente, se preparaba de tal manera que quedaba extremadamente tierna, y por lo tanto podía desmenuzarse fácilmente. Parece, no obstante, que la gente, aunque no en los períodos más antiguos, empleaba los mismos métodos que nuestros cocineros, dejando que la carne reposara un rato para que fuera más fácil de preparar. A menudo leemos que los cocineros, con el fin de ofrecer algo de comer rápidamente, matan un animal, lo limpian y lo dividen, lo asan de inmediato y luego lo sirven a sus invitados. Pero es bien sabido que la carne de los animales recién sacrificados, si se cocina antes de que haya perdido por completo su calor natural, queda extremadamente tierna y sabrosa, como nos aseguran muchos libros de viajes. Antiguamente, todos los alimentos se cortaban en pequeños trozos antes de servirse; y esto era aún más necesario, ya que los comensales no se sentaban…

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en la mesa, pero recostados en sofás orientados hacia ella, por lo que no podían utilizar bien ambas manos para comer. Para cortar la carne, las personas de rango tenían en sus casas a un cortador, que había aprendido a desempeñar su tarea según ciertas reglas, y al que se llamaba tijera, carpus, carptor, y Apuleyo lo denomina diribitor. Esta persona utilizaba un cuchillo, el único que se colocaba sobre la mesa, y que en las casas de los opulentos tenía mango de marfil y solía estar adornado con plata.
El pan tampoco se cortaba nunca en la mesa. En tiempos pasados no se horneaba tan grueso como ahora, sino más bien como pasteles, y se podía romper fácilmente; de ahí que se haga tan frecuente mención a la ruptura del pan. Juvenal, cuando quiere describir el pan antiguo, no dice que no pudiera cortarse, sino que no podía romperse. La forma antigua de pan se conserva aún en el pan pascual de los judíos y en el knæckbröd de los suecos. Este último, que es casi tan quebradizo como una galleta, no se corta al consumirlo, sino que se rompe.
Los chinos, que tampoco utilizan tenedores, tienen sin embargo pequeñas varillas de marfil, que a menudo son de muy fina elaboración e incrustadas con plata y oro. Se colocan un par de ellas delante de cada invitado, quien las emplea para llevarse a la boca la carne que ha sido cortada en trozos pequeños. Pero incluso este recurso no se conocía hace dos siglos en Europa, donde la gente, como todavía hacen los turcos, utilizaba en todas partes sus dedos. Como prueba, no citaré pasajes en los que se haga mención a personas que meten sus manos o dedos en el plato; pues aún se emplea ese modo de expresarse, aunque los tenedores, como es bien sabido, estén en uso generalizado. Me referiré solo a un pasaje de Ovidio, que no deja lugar a dudas, y en el cual el autor seguramente habría mencionado estos instrumentos, o más bien habría transmitido a sus discípulos en el arte del amor un precepto que hoy se da a los niños, si a estos últimos se les hubiera enseñado desde jóvenes a usar tenedores.
Si los romanos los hubieran utilizado, necesariamente habrían aparecido entre los numerosos restos de la antigüedad que se han recolectado en tiempos modernos. Pero Baruffaldi y Biörnstähl, quienes ambos realizaron investigaciones al respecto, nos aseguran que nunca lograron encontrar ninguno. El conde Caylus y Grignon solo afirman lo contrario. El primero

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Ha dado una descripción y una imagen de un tenedor plateado de dos puntas, que fue encontrado entre la basura en el Vía Apia. Es de una ejecución excesivamente hermosa, y en uno de sus extremos termina en forma de pata de ciervo. A pesar de la alta reputación de este autor francés, no puedo aceptar que todo lo que ha descrito sea tan antiguo como parece imaginar. Grignon encontró en las ruinas de una ciudad romana en Champaña algunos objetos que considera tenedores de mesa; pero solo los menciona, sin dar una descripción suficiente para convencer a nadie de la veracidad de sus afirmaciones, lo cual, tratándose de algo tan inesperado, era ciertamente necesario. Un tenedor era de cobre o latón; otros dos eran de hierro; y dice, refiriéndose a estos últimos, que parecen haber servido como tenedores de mesa, pero estaban hechos de forma tosca. Sin embargo, dudo que haya acertado en cuanto a su uso. Por lo que sé, el uso de los tenedores se conoció por primera vez en Italia hacia finales del siglo XV; pero en aquel entonces no eran muy comunes. Galeotus Martius, un italiano residente en la corte de Matías Corvino, rey de Hungría, que reinó de 1458 a 1490, relata en un libro que escribió sobre la vida y las acciones de este príncipe que, en Hungría, en aquel tiempo, no se utilizaban tenedores en la mesa, como sí ocurría en muchas partes de Italia; sino que, durante las comidas, cada persona tomaba la carne con los dedos, y por esa razón sus manos quedaban muy manchadas de azafrán, que entonces se añadía a las salsas y sopas. Elogia al rey por comer sin tenedor, pero al mismo tiempo conversar, sin ensuciar nunca su ropa. El hecho de que, en Francia, a finales del siglo XVI, los tenedores, incluso en la corte, fueran algo completamente nuevo, está demostrado por un libro ya citado en este volumen de esta obra, titulado L’Isle des Hermaphrodites. Por lo tanto, no es de extrañar que, en el mismo siglo, no se utilizaran tenedores en Suecia. Pero resulta muy extraño que Thomas Coryate, el viajero, viera los tenedores por primera vez en Italia y, ese mismo año, fuera la primera persona en usarlos en Inglaterra; por eso, a modo de broma, lo llamaron Furcifer. En muchas partes de España, actualmente, las copas, las cucharas y los tenedores son cosas raras; e incluso hoy en día, en las tabernas, en muchos países, especialmente en algunas ciudades de Francia, no se colocan cuchillos sobre la mesa, porque…

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Se esperaba que cada persona tuviera la suya propia; una costumbre que los franceses parecen haber conservado de los antiguos galos. Pero como ya nadie comía sin tenedores, los propietarios estaban obligados a proporcionarlos, junto con platos y cucharas. Entre los highlanders escoceses, según afirma el Dr. Johnson, los cuchillos solo se introdujeron en la mesa desde la época de la revolución. Antes de ese período, cada hombre tenía su propio cuchillo como complemento de su daga o puñal. Los hombres cortaban la carne en pequeños trozos para las mujeres, quienes luego se los llevaban a la boca con los dedos. El uso de tenedores en la mesa se consideró al principio un lujo superfluo, por lo que se les prohibió su uso en los conventos, al igual que ocurría con la congregación de San Mauricio. Los ingleses, holandeses y franceses han adoptado los nombres italianos “forca” y “forchetta”, dados a nuestros tenedores de mesa; aunque, en mi opinión, estos nombres se utilizaban en una época anterior para designar instrumentos grandes, como las horquillas para leña, las horquillas para carne o las horquillas para hornos; porque en el alemán bajo, “forke” es un nombre muy antiguo para tales utensilios. La palabra alemana “gabel”, que aparece primero en los diccionarios para estos instrumentos grandes, es de gran antigüedad y aún se mantiene en sueco y holandés. Parece haberse utilizado para muchas cosas que se partían o dividían en dos; en cualquier caso, es seguro que no deriva de la palabra latina “gabalus”.

NOTAS AL PIE
1007
Athen. lib. iv. p. 169.
1008
Hieron. Baruffaldi Sched. de armis convivalibus. En Salengri Nov. Thes. Antiq. Rom. iii. p. 742.
1009
Mart. Epigr. xiv.
120. Ligula Argentea.
Aunque me llaman ligula los caballeros y los padres, los ignorantes gramáticos me llaman lingula.

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121. Cochlearia.
Es una planta útil, pero no menos valiosa que la oveja; ¿sabes acaso por qué se le llama cochlearia?
1010
Plinio, Hist. Nat., XXI, 14. Columela, IX, 15, 13. Que la ligula era más pequeña que el cochleario lo demuestra Martial, VIII, 23.
1011
Véase esta palabra en Pitisci, Lexicon Antiq. Rom.
1012
Clemens Alexandrinus, Pædagog., lib. II, p. 161. Posidonio relata, en Athenaeus, IV, 13, p. 151, que los galos solían tomar la carne asada con las manos y desgarrarla con los dientes, o bien cortarla con un pequeño cuchillo que cada uno llevaba en su cinturón. Esto se describía como algo poco común entre los griegos. Baumgarten, quien cita este pasaje en Algem. Welgeschichte, XVI, p. 657, añade que Posidonio también dijo que los galos tenían pan tan plano y duro que podía romperse fácilmente. Pero no encuentro esta información en Athenaeus.
1013
Sat., v. 65.
1014
Según los diccionarios suecos, esta palabra significa pasteles finos, duros y crujientes.
1015
Homero, Odisea, XIV, 453.
1016
De Arte Amandi, III, 755.
1017
Reisen, I, p. 268.
1018
Rec. d’Antiq., III, p. 312, tab. LXXXIV.
1019
Bulletin des Fouilles, I, p. 17; II, p. 131.
1020
Galeoti Martii, De Dictis et Factis Regis Matthiæ Liber. Esta obra también ha sido publicada en Schwandtneri, Script. Rerum Hungar., tomo I, p. 548.

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1021
Coryate, en el año 1608, viajó durante cinco meses por Francia, Italia, Suiza y una parte de Alemania. Un relato de este viaje fue publicado por él en 1611 bajo el título singular de *Crudities*; una nueva edición de este libro apareció en 1776. Posteriormente viajó a las Indias Orientales y, en 1615, escribió allí algunas cartas que se pueden encontrar en *Purchas his Pilgrims*, volumen II, así como en la segunda edición de *Crudities* publicada en 1776. En la página 90 de *Crudities*, el autor dice: “Aquí mencionaré algo que podría haberse dicho antes, en el relato de la primera ciudad italiana. Observé una costumbre en todas esas ciudades e pueblos italianos por los que pasé, que no se utiliza en ningún otro país que haya visto en mis viajes, ni creo que ninguna otra nación cristiana la practique, salvo Italia. Los italianos, así como la mayoría de los extranjeros que residen en Italia, siempre utilizan un pequeño tenedor al cortar la carne durante las comidas. Pues mientras con el cuchillo que sostienen en una mano cortan la carne del plato, clavan el tenedor, que sostienen en la otra mano, sobre ese mismo plato; de modo que quienquiera que esté sentado con otros a la mesa y toque imprudentemente con los dedos el plato de carne del cual todos cortan, causará ofensa al grupo, al haber infringido las normas de buena educación, hasta el punto de que, por su error, será al menos reprendido con palabras, si no físicamente. Entiendo que esta forma de comer se utiliza generalmente en toda Italia; sus tenedores están hechos en su mayor parte de hierro o acero, y algunos de plata, pero estos últimos solo los usan los caballeros. La razón de esta costumbre es que el italiano no puede soportar que su plato sea tocado con los dedos, ya que los dedos de todas las personas no son igualmente limpios. Por eso, yo mismo consideré oportuno imitar la costumbre italiana de cortar la carne con tenedor, no solo mientras estuve en Italia, sino también en Alemania, y con frecuencia en Inglaterra desde que regresé a casa. Una vez fui objeto de burla por usar tan a menudo mi tenedor por parte de un erudito caballero, amigo mío, el señor Laurence Whitaker, quien, en su humor juguetón, no dudó en llamarme ‘furcifer’ en la mesa, únicamente por usar tenedor al comer, y no por ninguna otra razón”.

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El uso de los tenedores fue al principio objeto de mucho ridículo en Inglaterra, considerado como un adorno afeminado; en una de las obras de Beaumont y Fletcher, se habla con gran desdén del “viajero que lleva tenedores”; y Ben Jonson también se unió a las burlas contra ellos en su obra *Devil’s an Ass*, acto V, escena 4. Meercraft dice a Gilthead y Sledge:
“¿Acaso lo he merecido por parte de ustedes dos? Por todo el esfuerzo que hice en la corte para conseguirles a cada uno un título oficial.”
“Gilthead: ¿Para qué?”
“Meercraft: Por mi proyecto relacionado con los tenedores.”
“Sledge: ¿Tenedores? ¿Qué son?”
“Meercraft: El uso encomiable de los tenedores, adoptado aquí tal como ocurre en Italia, para no necesitar servilletas.”
1022
Fischer’s Reise nach Madrid, p. 238.

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LOTERÍA. TONTINA.
Actualmente existen dos tipos de lotería en Europa. Una se denomina lotería italiana o genovesa, o simplemente lotería; la otra es la lotería común, bien conocida en Inglaterra. De la primera, que ya ha sido demostrado desde hace tiempo que está llena de engaños y que pronto será reconocida universalmente como perjudicial, no pretendo tratarla aquí, sino solo de la segunda, la cual, al menos, puede ser honorable o inocua, si no tenemos en cuenta la ilusión que provoca en personas crédulas e ignorantes, al despertar esperanzas que tienen pocas probabilidades de cumplirse. Sin embargo, no prometo una historia completa de esta invención: experimentó tantos cambios antes de adquirir su forma actual, que dar un relato exhaustivo de ellos resultaría tedioso tanto para mí como para el lector.
Tampoco incluiré, como lo han hecho algunos, entre los primeros indicios de las loterías toda división de bienes realizada por sorteo; de lo contrario, podría decirse que Josué dividió la tierra prometida en premios de lotería, antes incluso de que fuera conquistada. En mi opinión, la característica distintiva de las loterías radica en que los números se distribuyen gratuitamente, o, como en nuestras loterías públicas, por un precio determinado, y luego queda al azar decidir qué números obtendrán los premios, cuyo valor se fija de antemano. Las diversas condiciones y cambios inventados por la ingeniosidad para inducir a la gente a comprar participaciones, y para ocultar e incrementar las ganancias de quienes organizan la lotería, no se tienen en consideración aquí, porque no parecen ser esenciales.
En toda la historia de la antigüedad, no encuentro nada que se parezca más a nuestras loterías que la congiaria de los romanos; y estoy inclinado a pensar que esta última proporcionó la primera pista para la creación de las primeras loterías. Los ricos de Roma, como es bien sabido, y especialmente los emperadores, cuando querían ganarse o reforzar el afecto del pueblo, distribuían entre ellos regalos, consistentes en alimentos y otros artículos costosos, que se denominaban congiaria. En general, se entregaban fichas o billetes llamados tesseræ, y los poseedores de estos, al…

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Al presentarlos en la tienda o revista del donante, se recibían aquellas cosas que se habían anunciado. En muchos casos, estos boletos se distribuían viritim, es decir, a toda persona que los solicitaba; y en ese caso, estas donaciones tenían cierta similitud con nuestras distribuciones de pan, pero no con nuestras loterías, en las cuales el azar debe determinar el número de quienes participarán en los objetos distribuidos.

Pero con el paso del tiempo se convirtió en costumbre reunir a la gente y lanzar desde un escenario los artículos destinados a la distribución, de la misma manera que se dispersa dinero entre la multitud en la coronación del emperador y en otras solemnidades. En este caso, tales objetos se llamaban missilia, y pertenecían a quienes tuvieran la suerte de atraparlos. Pero como el aceite, el vino, el maíz y otros artículos similares no podían distribuirse de esta forma, y como algunos artículos resultaban muy dañados por la excesiva codicia de la gente, hasta el punto de ser de poca o ninguna utilidad, se lanzaban en su lugar fichas o boletos. Al principio, estos eran trozos cuadrados de madera o metal, pero a veces también bolas de madera con inscrito el nombre del artículo que el poseedor recibiría de la tienda. Al igual que los billetes bancarios, eran pagaderos al portador; y aquellos que obtenían tesseræ podían transferirlas o venderlas a otros. Esto lo demuestra un pasaje de Juvenal, donde sin embargo solo se hace alusión a las tesseræ frumentariæ, que no se lanzaban, sino que se distribuían.

Imitaciones de estas congiaria romanas, pero en una escala muy reducida, han sido utilizadas en la época moderna por príncipes y princesas, con el fin de entretenerse distribuyendo pequeños regalos a sus cortesanos. Para este propósito, diversos adornos o juguetes se marcan con números; estos números se escriben en boletos separados, que se enrollan y se colocan en una cesta o recipiente pequeño. Cada uno de los presentes luego saca uno y recibe como regalo el artículo marcado con el mismo número.

Estas pequeñas congiaria solían llamarse en alemán glückstöpfe o glückshäfen; y con el tiempo, las loterías actuales surgieron a partir de ellas.

En Italia, donde, como es bien sabido, el comercio se organizó por primera vez de forma sistemática, y donde se inventaron las principales instituciones comerciales y regulaciones útiles, los comerciantes o tenderos, incluso en el

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En la Edad Media, era costumbre, con el fin de poder vender sus mercancías de manera más rápida y con mayores beneficios, transformar sus tiendas en “glücksbude”, donde cada persona podía, por una pequeña suma de dinero, sacar un número del “Glückstöpfe” (jarro de la fortuna), lo cual le daba derecho al artículo indicado en dicho número. Al principio, los gobiernos no se preocupaban demasiado por este método de venta de mercancías. Pero a medida que los comerciantes obtenían ganancias excesivas y engañaban a la gente crédula estableciendo precios exorbitantes para sus productos, ocultos tras esos números, estos “Glückshäfen” fueron prohibidos, o solo se permitieron bajo estricta supervisión, y con el tiempo, además, había que pagar una cierta cantidad a los pobres o al soberano. En Alemania, todavía se mantienen en muchas ferias anuales; pero en la mayoría de los países están sujetos a muchas limitaciones.

De estos “Glückshäfen” surgieron nuestras loterías, cuando ya no se utilizaban mercancías como premios, sino ciertas cantidades de dinero, cuyo valor se determinaba según la cantidad recaudada, después de deducir los gastos y las ganancias requeridas por quienes organizaban la lotería, y cuando los boletos se sorteaban públicamente por parte de jóvenes ciegos. Como estas loterías no podían llevarse a cabo sin engañar a los participantes, al principio se creía, por una conciencia anticuada, que era ilegal aprovecharse de la ingenuidad y credulidad de la gente, salvo con fines piadosos o caritativos.

Luego, las loterías fueron creadas por personas privadas, y con el tiempo incluso por los gobiernos; las ganancias obtenidas se destinaban a ayudar a mujeres jóvenes pobres, a redimir esclavos, a formar fondos para los indigentes y a otros fines benéficos. También se esperaba que estos juegos de azar públicos disuadieran a la gente de participar en otros juegos aún más peligrosos. Nadie sospechaba que la exposición de los boletos a la venta y su división, de modo que uno pudiera adquirir una octava parte o incluso una parte aún menor, contribuiría a mantener y difundir el gusto del público por el juego. Sin embargo, esto aumentó, y las ganancias de las loterías se volvieron tan grandes que príncipes y ministros las utilizaron como herramienta financiera, manteniendo así bancos que siempre enriquecían a quienes las organizaban. Se prohibió entonces a la gente comprar boletos de loterías extranjeras, para que el dinero ganado por los participantes llegara al tesoro del soberano, o al menos se quedara en el país. Y para que los boletos pudieran vendirse más rápidamente y con mayor seguridad, muchos gobernantes fueron tan descarados como para pagar…

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Los salarios de sus sirvientes se pagaban en parte en boletos, y se obligaba a las compañías gremiales y a las sociedades a gastar en loterías el dinero que habían ahorrado. De las loterías más antiguas entre los italianos no he podido encontrar ningún registro. Varchi, que escribió alrededor del año 1537, relata que durante una gran escasez de dinero en Florencia en 1530, se estableció una lotería en beneficio del estado, y que el precio de un boleto era un ducado. Sin embargo, él no utiliza la palabra “lotería”, sino las palabras “un lotto”, y denomina a un boleto “polizza”, término que, como es bien sabido, se emplea generalmente en relación con los seguros. Le Bret dice que en Venecia, en 1572, la inspección de las loterías fue encomendada a los “proveditori del commune”; pero como no menciona al historiador de quien proviene este relato, no se puede conocer la palabra que él traduce como “lotería”. No obstante, de su relato sabemos que este juego se estableció en Venecia a mediados del siglo XVI y quedó bajo la supervisión del gobierno. Es cierto que el juego de azar que dio origen a las loterías fue llevado desde Italia a Francia bajo el nombre de “blanque”, palabra formada a partir de “bianca” en italiano. La mayor parte de los boletos sorteados eran siempre papel blanco, “carta bianca”, es decir, en blanco; y como esa palabra aparecía con frecuencia en los sorteos, dio lugar a la denominación general. De allí también deriva la expresión “trouver blanque”, que significa no obtener nada, conseguir un boleto en blanco o perder. En la época en que escribió Pasquier, es decir, en la segunda mitad del siglo XVI, también era habitual el nombre “numero”, ya que los números de los boletos, que entonces se llamaban “devises”, se anunciaban en el momento del sorteo. Este nombre, en lugar de “nombre”, confirma el origen italiano. Como cada persona, en el momento del sorteo, estaba atenta a su número, la expresión “entendre le numero” se aplicaba a aquellos que conocían o no olvidaban sus números. De ahí la expresión, según señala Pasquier, “Il entend le numero”, que aún se usa para referirse a quienes conocen sus propios intereses o saben cómo perseguirlos. Frisch y otros, por lo tanto, en sus diccionarios la han derivado indebidamente de los números con los que los comerciantes marcaban sus mercancías. También en Francia, las primeras loterías no tenían otros premios que artículos de comercio; y por esa razón solo fueron organizadas por comerciantes. Pero en el año 1539 Francisco I intentó aprovecharlas en su propio beneficio imitando la forma en que se organizaban públicamente en Venecia, Florencia y Génova. Permitió estos juegos de azar bajo

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Inspección de ciertos miembros del gobierno, con el fin, como se pretendía, de erradicar los juegos de azar engañosos y perjudiciales, bajo la condición de que, por cada boleto o apuesta, se entregara al rey un testón de diez sueldos y seis denarios. Pero por pequeña que fuera la suma requerida, este sistema no se puso en práctica en el transcurso de dos años, y el rey se vio obligado a recomendarlo mediante una orden emitida en febrero de 1541; sin embargo, no se sabe si llegó a completarse alguna vez. En los años 1572 y 1588, Luis de Gonzaga, duque de Nivernois y Rethelois, estableció un sistema similar en París, con el propósito de otorgar dotes matrimoniales a jóvenes mujeres virtuosas y pobres pertenecientes a sus propiedades. Nunca se celebró una lotería con tanta ceremonia y ostentación. Antes del sorteo, que comenzaba cada año el Domingo de Ramos, se celebraba misa; los empleados encargados debían jurar que actuarían de manera fiel e imparcial; e incluso Sixto V concedió indulgencia por los pecados a quienes promovieran esta buena obra. Los boletos premiados llevaban la inscripción siguiente: “Dieu vous a élue”, o “Dieu vous console”. La primera aseguraba a la joven que lo obtenía 500 francos, que le eran pagados en su día de boda; la segunda era la inscripción de los boletos sin premio, pero sugería la esperanza de tener más suerte al año siguiente. Este ejemplo indujo a veces a damas de alta posición a establecer sistemas similares (loterías) con fines benéficos. Algunas destinaban las ganancias a la construcción o reparación de ciertas iglesias y conventos. Tres damas, cuyos nombres la historia no ha considerado oportuno divulgar, organizaron una lotería que incluía cierto número de boletos a cuarenta sueldos cada uno, y utilizaron las ganancias para rescatar, por medio de los Mathurines o Patres, como se les llamaba, a personas que habían caído en esclavitud entre los turcos. En una ocasión, algunas damas instituyeron una lotería de carácter muy singular, con el fin de recaudar fondos para su guía espiritual o confesor, quien había sido elegido obispo pero no tenía propiedades, para poder comprarle un carruaje y caballos, junto con todo lo necesario para mantener su dignidad eclesiástica. Cada una de estas damas agradecidas estaba obligada a procurar o entregarle el artículo anunciado en el boleto que había sacado, “para agradecerle, con esta pequeña generosidad, por el buen orden que había introducido en sus conciencias”.

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Pero estos juegos de azar ocurrieron con mucha más frecuencia en la historia francesa, como medio para hacer regalos valiosos a damas y otras personas distinguidas. El más importante, con toda probabilidad, fue aquel mediante el cual el cardenal Mazarino intentó aumentar su esplendor y ganarse mayor popularidad entre los cortesanos. Las boletas se distribuían como regalos; cada una era un premio, y los premios eran rarezas de diversos tipos y con diferentes valores. Según el historiador, quizás esa fue la primera vez que la fortuna benefició a todos sin perjudicar a nadie.

Que estos juegos de azar se convirtieran a mediados del siglo XVII en loterías, en el sentido estricto de la palabra, lo afirman unánimemente todos los historiadores franceses que han abordado este tema, aunque en algunos aspectos difieren entre sí. En el año 1644, Laurence Tonti vino de Nápoles a París y, durante la escasez de dinero que reinaba en aquel entonces, propuso ese tipo de rentas vitalicias o anualidades que hoy llevan su nombre: Tontinas, aunque ya se utilizaban en Italia mucho antes de su época. Pero tras tediosas disputas respecto a su propuesta, que finalmente fue rechazada, él presentó en su lugar un nuevo plan para una gran lotería, la cual en 1656 obtuvo la aprobación real. Consistiría en 50.000 boletas, cada una por dos luises de oro, de modo que la recaudación total ascendería a 1.100.000 libras; pero hay que recordar que en aquel tiempo un luise de oro valía solo once libras. De esta suma, 540.000 libras debían destinarse a la construcción de un puente de piedra y un acueducto. Los gastos de la lotería se estimaron en 60.000 libras, y las 500.000 restantes debían repartirse en premios, siendo el más alto de ellos de 30.000 libras. Pero esta “Lotería Real”, como se la llamaba, nunca se llenó, y por consiguiente nunca se sorteó. Por esta razón fue necesario construir un puente de madera en lugar del que se había quemado. Dado que los comerciantes solían quejarse por la forma en que se gestionaban las mercancías de este modo, algo que hasta entonces estaba permitido, y puesto que esta práctica había perjudicado evidentemente a la Lotería Real, esta fue prohibida por completo en enero de 1658.

En el año 1660, cuando se celebraron la firma de la paz y el matrimonio de Luis XIV, se organizó en París la primera lotería según el plan de Tonti. Se sorteó públicamente bajo la supervisión de la policía. Una boleta costaba solo un luise de oro, y el premio más alto era de 100.000 libras. Este lo ganó el propio rey; pero no quiso recibirlolo y lo dejó para…

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La siguiente lotería en la que no tenía boleto. Poco después hubo varias otras. Por esa razón, en el año 1661, se prohibieron expresamente todas las loterías privadas bajo severas penas, y esta prohibición se repitió en 1670, 1681, 1687 y 1700. Desde entonces no ha habido otras loterías que las loterías reales, cuyos beneficios se destinaban, en general, a edificios públicos, como fue el caso de la magnífica iglesia de Saint-Sulpice, y por eso contaron con un gran apoyo.

Sauval y algunos otros atribuyen la introducción de las loterías a una persona de Lyon llamada De Chuyes, quien por profesión era orfebre, pero tenía un gran conocimiento del comercio. Más tarde emprendió largos viajes marítimos y publicó un libro titulado *La Guide des Chemins de Paris, redigée par ordre alphabetique*. Sin embargo, su nombre no aparece en ninguna de las patentes del rey, sino solo el de Tonti.

Este De Chuyes, según Sauval, fue quien primero propuso el nombre “lotería”, entonces habitual en Italia, aunque las demás personas involucradas no lo aprobaron. En particular, el conocido De Vaugelas, quien había sido elegido director de la empresa y esperaba así pagar sus deudas, se opuso firmemente a ello y recomendó el título “blanque royal”; aunque, debido a las muchas estafas practicadas en los antiguos juegos de azar conocidos con ese nombre, era poco probable que ganara popularidad. Lo cierto es que el nombre “lotería” se utilizó por primera vez en Francia alrededor del año 1658; ya que el decreto mencionado anteriormente de 1656 utiliza el término “blanque”, pero en el de 1658 aparece por primera vez la palabra “lotería”. En el de 1661 encontramos “espèce de blanque et loterie”, y en el de 1670, “loteries et blanques”.

Es seguro que el nombre se utilizó mucho antes en Italia y en otros países, aunque Varchi solo emplea la palabra “Lotto”. No conozco ninguna mención más antigua del nombre “Lotería” que la que aparece en el pasaje citado por Menage, extraído de una carta de Christopher Longolius, o, como lo llaman los franceses, Longueuil. Ciertamente parece indicar que las loterías, en la primera mitad del siglo XVI, eran algo nuevo; pero dudo mucho que se pueda demostrar a partir de esto que el nombre sea de origen francés y no italiano, como piensa Menage, porque Longolius solía presentarse como francés, aunque nació en Malinas en 1490. Dado que el nombre es mucho…

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En Francia es un término más reciente, y como la carta fue escrita desde Padua, donde murió Longolius en el año 1522, es mucho más probable que el nombre tenga su origen en Italia. Por último, esta carta fue escrita poco antes de la muerte de Longolius; él menciona la elección del papa Adriano, que tuvo lugar ese mismo año. El término “lotería” también fue utilizado por Simón Majolus, quien describe la forma más antigua en que se llevaba a cabo este tipo de juego; pero no he podido averiguar en qué época escribió este eclesiástico italiano, aunque lo más probable es que fuera hacia finales del siglo XVI. Sin embargo, sigue siendo dudoso si él fue el autor de la parte del texto a la que nos referimos; ya que se sabe que la mayor parte de las obras publicadas bajo su nombre fueron escritas por Petrus Draudius, quien murió en el año 1630. La palabra “Lot”, en muchos idiomas antiguos y modernos, y especialmente en inglés, sueco, danés y neerlandés, tiene el mismo significado que “sors”; evidentemente se trata de la “lotería” de los italianos, y de “los” o “loos” de los alemanes. Por lo tanto, no hay pruebas de que la palabra “lotería” sea de origen francés, como supuso Menage. En Inglaterra, la primera lotería se organizó en los años 1567 y 1568; según el historiador, se celebraba en la puerta oeste de la Catedral de San Pablo, y se sorteaban billetes día y noche, desde el 11 de enero de 1569 hasta el 6 de mayo del mismo año. Había 400.000 billetes, a diez chelines cada uno. Los premios consistían en parte en dinero y en parte en platos de plata y otros artículos. Las ganancias netas debían destinarse a mejorar los puertos ingleses. La Sociedad Antropológica de Londres todavía posee el plan original, tal como se imprimió en aquel entonces; de ello se deduce que en esa época ya se utilizaba el término “lotería” en Inglaterra. En el año 1612 se organizó una lotería en beneficio de las colonias inglesas en Virginia; se obtuvo permiso gracias a la gracia especial del rey Jacobo I. El premio más grande, que consistía en platos de plata por un valor de 4000 coronas, recayó en manos de un sastre. En 1620 se suspendieron las loterías, debido a las quejas de la Cámara de los Comunes de que eran perjudiciales para la moral de la nación; pero posteriormente, en 1630, se permitió otra lotería, con licencia especial del rey Carlos I, para financiar unos proyectos.

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El transporte de agua a Londres; y Anderson dice que esta es la primera vez que se mencionan las loterías tanto en los Fœdera como en los Estatutos.
Durante el reinado de Carlos II, uno de los métodos empleados por ese monarca para recompensar a los oficiales que habían permanecido fieles a su causa fue otorgarles platos y otros objetos valiosos, con permiso para disponer de ellos mediante una lotería. Esto dio lugar a diversos sistemas, bajo nombres como “lotería real” o “lotería de doce peniques”, etc.; los cuales fueron sancionados por el gobierno, como podemos saber por el siguiente anuncio, publicado poco después de la Restauración: “Se informa que cualquier persona que desee adquirir tierras en alguno de los condados del reino de Inglaterra o del dominio de Gales, con el fin de organizar una lotería de platos o cualquier otra clase de lotería, puede dirigirse a la oficina de loterías en Mermaid-Court, frente a los mews, donde podrá contratar a los administradores designados por cartas patentes de Su Majestad para gestionar dicha lotería en nombre de los oficiales verdaderamente leales y necesitados”.
En 1694, se obtuvo un préstamo de un millón mediante la venta de boletos a 10 libras cada uno; los premios estaban garantizados al 4% durante dieciséis años. Durante el reinado de la reina Ana, las loterías fueron prohibidas por considerarse perjudiciales, pero poco después se volvieron a permitir bajo diversas condiciones; solían tratarse de anualidades con fecha de vencimiento, a las que tanto los boletos sin premio como los premios en sí tenían derecho, a diferentes tasas. Así, en 1710, la lotería constaba de 150.000 boletos, valorados en 10 libras cada uno; cada boleto daba derecho a una anualidad durante treinta y dos años, los boletos sin premio a 14 chelines al año, y los premios a diversas anualidades, desde 5 hasta 1000 libras. Parece que los boletos se dividieron por primera vez en acciones durante la administración de Sir Robert Walpole.
En 1746, se obtuvo un préstamo de tres millones mediante anualidades del 4%, además de una lotería de 50.000 boletos a 10 libras cada uno; y en 1747, se obtuvo un millón mediante la venta de 100.000 boletos, cuyos premios estaban constituidos por anualidades perpetuas, al 4% anual. Durante ese mismo siglo, el gobierno utilizó constantemente este método para recaudar fondos para diversas obras públicas, de las cuales el Museo Británico y el puente de Westminster son ejemplos bien conocidos.
Probablemente, la última ocasión en la que se hizo uso de este gusto por el juego fue en 1780, cuando cada suscriptor pagó 1000 libras para…

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Préstamo de doce millones, al 4 por ciento, con un bono de cuatro boletos de lotería, cuyo valor intrínseco era de 10 libras cada uno. En 1778 se aprobó una ley que obligaba a toda persona que tuviera una oficina de loterías a obtener un permiso anual y a pagar 50 libras por él; medida que redujo el número de oficinas de loterías de 400 a 51. Sin embargo, en 1823, la última ley sancionada por el parlamento para la venta de boletos de lotería contenía disposiciones para suprimir todas las loterías estatales y privadas, y para declarar ilegal en este reino la venta de todos los boletos o partes de boletos de cualquier lotería extranjera.

Se realizó un sorteo de lotería en Ámsterdam en 1549, cuyas ganancias se emplearon en construir el campanario de una iglesia; otro sorteo tuvo lugar en Delft en 1595. El profesor Fiorillo me informó de que todavía se conserva en Ámsterdam, en el hospital para ancianos “Oude Mannen Huys”, una hermosa pintura de David Vinckenbooms, de ocho pies de altura y catorce de anchura, que representa un sorteo de lotería durante la noche. Se dice que el artista nació en el año 1578.

Este juego de azar debió ser conocido también en una época temprana en Alemania; ya que, en el año 1521, el consejo de Osnaburg estableció una lotería, y se menciona en una obra publicada en 1582; pero los premios consistían únicamente en artículos comerciales. Los ciudadanos de Hamburgo propusieron una lotería, al estilo holandés, con el fin de construir una casa de corrección; los magistrados dieron su aprobación en noviembre de 1611, y en 1615 se realizó el sorteo. En Núremberg, el primer sorteo de lotería parece haber tenido lugar en el año 1715. En cualquier caso, Von Murr, en su “Descripción de las cosas notables de esa ciudad”, menciona una grabado con el siguiente título: “Representación de la lotería pública, que se celebró en el gran salón del ayuntamiento de Núremberg, en el año 1715”. Es seguro que aquí no nos referimos a la llamada lotería italiana, sino a una lotería común, ya que esta última no se introdujo en Alemania hasta mucho más tarde. En Berlín, el primer sorteo de lotería tuvo lugar en julio de 1740. Consistía únicamente en una categoría de premios, como probablemente ocurría con todas las loterías al principio. Contenía 20.000 boletos, cada uno de los cuales costaba cinco dólares; así, los ingresos totales ascendían a 100.000 dólares. Había 4028 premios, el mayor de los cuales era una casa valorada en 24.000 dólares.

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La infame lotería italiana o genovesa fue, como su nombre indica, una invención de los genoveses, y surgió de la forma en que se elegían los miembros del senado; pues cuando esa república se encontraba en un estado de libertad, los nombres de los candidatos aptos se arrojaban dentro de un recipiente llamado seminario, o, en tiempos modernos, dentro de una rueda de la fortuna; y durante el sorteo era costumbre que la gente hiciera apuestas sobre quienes podrían tener éxito. Es decir, uno elegía los nombres de dos o tres nobles, ya que solo ellos podían ser elegidos, y arriesgaba sobre ellos, según le pareciera, una suma de dinero; mientras que, por otro lado, el bando opuesto, o el encargado del banco, que tenía los medios para hacer conjeturas bastante precisas sobre los nombres que serían sorteados, duplicaba las apuestas varias veces. Más tarde, el propio Estado se hizo cargo del banco para estas apuestas, lo cual trajo grandes beneficios; y el sorteo de los nombres se realizaba con gran ceremonia. Se exhibía el venerable y se celebraba una misa solemne, a la cual todos los candidatos estaban obligados a asistir.

Se dice que un miembro del senado llamado Benedetto Gentile fue quien introdujo por primera vez esta lotería, en el año 1620; y se añade que, como el nombre de Gentile nunca fue sorteado, la gente pensó que él y sus nombres habían sido llevados por el diablo, de la misma manera que Schwartz, el inventor de la pólvora, como castigo por esa desafortunada invención. Pero finalmente, al desmontar la rueda para repararla, se encontró oculto en ella el nombre que, por alguna casualidad, nunca había sido sorteado. De aquí se puede ver fácilmente cómo se formó este juego de azar, al introducir números en lugar de los nombres de la nobleza.

Sin embargo, si no me equivoco, continuó siendo algo propio de los genoveses hasta casi mediados del siglo XVIII. Pero como todos los viajeros hablaban de esta lotería de Génova y muchos querían probar suerte en ella, los genoveses, en beneficio propio, establecieron en muchas ciudades importantes comisionados, cuya tarea era vender los boletos y pagar los premios a quienes tuvieran suerte.

Dado que así se despertaba en Roma un espíritu excesivo de juego, el papa Benedicto XIII, que ocupó el trono papal desde 1724 hasta 1730, prohibió la lotería genovesa, bajo pena de destierro para quienes jugaran en ella y para quienes recibieran el dinero. Pero como esta amenaza no…

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Se eliminó el mal; el papa sucesor, Clemente XII, quien murió en 1740, siguió el ejemplo de nuestros príncipes alemanes y dispuso que se estableciera una lotería incluso en Roma. Desde entonces, se ha renovado el permiso para este mismo fin año tras año. No fue hasta un período mucho más tardío cuando la lotería genovesa se introdujo en Alemania. Según el relato de J. A. Kalzabigi, quien se hizo conocido en Italia por numerosos proyectos y fue nombrado consejero privado prusiano de comercio y finanzas, la primera se sorteó en Berlín el 31 de agosto de 1763. En 1769, se estableció una en el principado de Anspach y Bayreuth, donde continuó funcionando hasta el año 1788. En 1774, una persona llamada Wenceslaus Maurer llegó a Neufchatel, con permiso del rey, y estableció allí una lotería, en contra de la voluntad de los prudentes habitantes; pero cuando alguien ganó un premio importante, por el cual los organizadores deberían haber pagado 30.000 francos, tras demorarse todo lo posible bajo diversos pretextos, finalmente quebraron y huyeron del país. Estas perniciosas loterías continuaron hasta finales del siglo XVIII, cuando fueron abolidas y prohibidas casi en todas partes. Actualmente solo se permiten en muy pocos estados, que no pueden renunciar a los escasos ingresos que generan. En honor al gobierno de Hannover, nunca se introdujo allí ninguna lotería, aunque muchos extranjeros han ofrecido grandes sumas a cambio del permiso para engañar a la gente de esta manera. Aquellos que deseen consultar las prohibiciones emitidas contra la lotería, después de haber convertido a gran parte de la población en perezosa, indigente y ladrona, pueden encontrarlas con la ayuda del índice de las Staats-Anzeigen de Schlötzer.

Si una memoria execrable llega a la posteridad, es porque tanto el crimen como la gloria conducen a la inmortalidad.

[La única lotería que existe actualmente en Inglaterra, con la aprobación del gobierno, es la Art-Union de Londres. La primera institución de este tipo en Gran Bretaña surgió en Edimburgo en 1836, basándose en los modelos existentes en Prusia, creados bajo el patrocinio del rey y su ministro Von Humboldt, alrededor del año 1825. El dinero suscrito anualmente se destina a pinturas, esculturas, etc. Es distribuido por el comité en]

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Varias cantidades o premios, que van desde £10 hasta £400, y en un día determinado los premios se distribuyen entre los suscriptores de la forma habitual. A los ganadores se les permite entonces seleccionar obras de arte por un valor equivalente a sus respectivos premios, de cualquiera de las cinco exposiciones anuales de obras de arte que tienen lugar en la metrópoli ese año. Una parte de la suma total suscrita se reserva y se destina a la grabación e impresión de alguna obra de arte, de cuya copia se entrega una a cada suscriptor. Así, gracias a la combinación de un gran número de personas que suscriben para adquirir esta misma obra de arte, y a la eliminación de riesgos, gastos incidentales y ganancias del editor, la impresión, aunque al menos igual a lo que se cobraría por una guinea (la cantidad de la suscripción) en el curso normal del comercio, se proporciona a los suscriptores a un costo tan bajo que deja, con creces, la mayor parte de la suma suscrita como fondo destinado a la compra de premios. Desde entonces se han formado varias asociaciones similares, a menor escala, en otras partes de Gran Bretaña.]

NOTAS AL PIE
1023
Y en griego, σύμβολα.
1024
Muchos han escrito extensamente sobre la congiaria, pero la diferencia entre los missilia y las tesseræ no ha sido explicada suficientemente. La primera descripción, o al menos la mejor, se encuentra en Turnebi Adversaria, xxix. 9, p. 637. En un pasaje de la Vida de Nerón de Suetonio, xi. 11, p. 21, los objetos que se lanzaban entre la gente se denominan missilia; pero en lo que respecta al trigo, se menciona expresamente el término tesseræ.
Los pasajes en los que se describe cómo se lanzaban las tesseræ se encuentran en Dión Casio.
Las bolas de madera, similares a las del Lotto, parecen haber sido huecas y contener el boleto o la orden escrita. Aquellos que deseen saber cómo se fabricaban estas tesseræ y de qué estaban hechas pueden consultar a Hugo de Prima Scribendi Origine, Traj. 1738, 8vo, cap. 15, p. 229.

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1025
Juven. Sat. vii. 174.
1026
Este abuso de las loterías fue mencionado por los estados de Württemberg en el año 1764, entre las quejas del público; y en 1770 el duque prometió que se aboliría. Debo mencionar aquí, en honor a nuestro príncipe y gobierno (el autor alude a Hannover), que desde que se consideraron necesarias las loterías en este país, ni un solo centavo de las ganancias llegó al tesoro del príncipe, sino que todo fue empleado para fines piadosos o caritativos.
1027
Recherches de la France. París, 1665, fol. viii. 49, p. 729.
1028
Esta palabra sigue siendo utilizada en Alemania por los autores que escriben sobre las tontinas; por ejemplo, Michelsen.
1029
Ambas normativas pueden encontrarse en Traité de la Police, de De la Mare, París 1722, fol. i. pp. 502, 504.
1030
Toda esta estructura está descrita en detalle en Sauval, Histoire et Recherches des Antiquités de Paris, 1724, fol.
1031
Sauval, pp. 71, 73, 76.
1032
Dictionnaire de Commerce, de Savary. Art. Lotterie.
1033
Todas las normativas citadas aquí pueden encontrarse en De la Mare. Aquellos que deseen conocer a fondo la naturaleza de las primeras loterías parisinas y el método para sortearlas pueden consultar Histoire de la Ville de Paris, de Felibien. París, 1725, fol. ii. p. 1462.
1034
Christ. Longolii Epistolarum libri iv. Basilea, 1570, 8vo, iii. 33, p. 239. La carta está dirigida a Octavio Grimoaldo, quien, creo, vivía en Venecia y había escrito a Longolio, al parecer, diciéndole que no estaba dispuesto a arriesgar su dinero en la lotería. Que Longolio tenía en sus manos dinero perteneciente a Grimoaldo lo demuestran las cartas iii. 3, iii. 7, 20. “Ese nuevo tipo de juego es realmente nuestro, y nosotros lo llamamos Loteria, como si fuera un recipiente de mesa (vasculia);”

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Sin duda, se trata de un arreglo de vasos de plata colocados sobre la mesa de juego, los cuales se distribuyen entre aquellos cuyos nombres figuran en la lotería, de tal manera que a cada uno le corresponde un vaso. Pero como usted expresa su desaprobación por ese tipo de juegos y no considera oportuno exponer mi dinero a tanto riesgo, reconozco su prudencia y amabilidad hacia mí”. Esta derivación de la palabra Lotería es sin duda falsa, como ya señaló Menage en su diccionario, artículo Lot. Allí dice: “No he leído en ningún otro lugar que ‘lot’ signifique vajilla. Creo que Longueuil se explicó mal, y que quería decir que se llamaba Lotería a la vajilla de plata de un aparador, porque en su época solían poner en lotería la vajilla de plata de un aparador”.

1035
Dier. Canicul. 1691, fol. tom. ii. colloq. 2.

1036
Véase Du Cange, artículo Lot. Muratori, Antiquit. Ital. Medii Ævi, ii. p. 1240. Entre las palabras más antiguas en idioma alemán se encuentra “Los”, “sors” en las Epistolæ ad Belgas de Lipsius, Cent. 3, 44, p. 49. La letra “t” a menudo se cambia por “s”. Así, “nut” en inglés y bajo alemán, “noot” en holandés y “nöt” en sueco son lo mismo que la palabra alemana “nuss”.

1037
La máquina y el aparato adecuados, gracias a los cuales hoy en día se acelera mucho el proceso de sorteo, no existían en aquel entonces. Una descripción de ellos puede encontrarse en el Diction. de Commerce de Savary.

1038
Gent. Mag. xlviii. an. 1778, p. 470. De allí también transcribiré todo el título del plan: “Una propuesta para una lotería muy rica, sin números inválidos, que incluya una gran cantidad de premios valiosos, tanto en dinero como en objetos de valor y ciertos tipos de mercancías, todos ellos valorados y estimados por orden de Su Majestad la Reina, con el fin de que los productos obtenidos, una vez deducidas las costas, puedan destinarse a la reparación de puertos y fortalezas del reino, así como a otros trabajos de interés público. El número de participaciones será de cuatrocientas mil, y nada más; cada participación tendrá un valor de diez chelines esterlinos, y nada más. Se llenarán las participaciones durante la fiesta de San Bartolomé”.

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La exhibición de los premios se podrá ver en Cheapside, bajo el letrero de Queene’s Armes, en la casa del señor Dericke, orfebre y sirviente de la reina, 1567, 8vo. Impreso por Hen. Bynneman. Véase también la Historia de Londres de Maitland, 1756, fol. i, p. 257; y la Historia de Londres de Northouck, Londres, 1773, 4to, p. 257.

1039
Historia del comercio.

1040
Amsterdam de Commelin, i, p. 440. En el año 1561, las ganancias obtenidas de una lotería se emplearon para ampliar el orfanato. Véase Pontani, Rerum Amst. Hist., 1611, fol. lib. ii, c. 2.

1041
El lotto no consiste, como la lotería tradicional, en un número fijo de boletos y un número determinado de premios; en realidad, es simplemente un juego de azar, en el cual las apuestas son indefinidas. Se seleccionan ciertos números, de los cuales solo algunos son sorteados; los jugadores eligen uno o más de esos números y apuestan la cantidad que consideren adecuada. Si tienen éxito, reciben una cantidad mucho mayor que su apuesta, según una proporción establecida, en función del riesgo que hayan asumido al elegir tantos números. La cantidad habitual de números es de noventa, desde el uno en adelante; solo cinco de ellos son sorteados. Si el jugador elige un solo número entre los 90 y ese número resulta ser uno de los sorteados, recibe quince veces su apuesta; si elige dos números, recibe 270 veces su apuesta, si tres, 5500 veces, y si cuatro, 75,000 veces. Si elige los cinco números en el orden exacto en que son sorteados, tiene derecho a recibir 1,000,000 veces más que su apuesta inicial. Todas estas probabilidades están calculadas en favor del banquero o titular del lotto. No existe ningún registro público de alguien que haya acertado los cinco números en secuencia; sin embargo, a menudo se han acertado tres números, y en ocasiones, aunque raramente, cuatro. Fue este último caso el que causó la ruina del lotto establecido en Neufchatel en 1774.

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PIEDRA DE BOLONIA.
La piedra de Bolonia, debido a su propiedad de brillar en la oscuridad, descubierta por casualidad, ha dado lugar a numerosas investigaciones y experimentos laboriosos, así como a escritos casi innumerables. Estos no han servido tanto para ampliar nuestro conocimiento sobre la luz, como para demostrar que todas las hipótesis presentadas hasta ahora por los filósofos para explicarla, si bien no son del todo falsas, son al menos insuficientes e inciertas. La historia de esta piedra, por lo tanto, aunque no es desconocida, merece ser repetida aquí, especialmente porque muchas de sus partes requieren correcciones.
Dado que una descripción completa sería redundante para los mineralogistas, basta señalar que este tipo de piedra se encuentra en placas o piezas individuales, que en general tienen una forma más o menos cónica, un color blanco sucio o semitranslúcido, y una estructura foliácea que se observa al romperla; aunque, vista desde otra dirección, la piedra parece fibrosa. La superficie de las piezas individuales es irregular. Pero lo que distingue a esta especie de las espumas gipsíferas, a las que se parece mucho, es su peso extraordinario; y esto es algo que comparte con todas las variedades de espuma pesada a las que, según sus componentes, pertenece.
Esta piedra se encuentra en diferentes elevaciones alrededor de Bolonia, y en particular en la colina de Paderno, situada a unos diez kilómetros de la ciudad. Se encuentra suelta y dispersa entre piedras gipsíferas, en tierra margosa; algunas de estas todavía se ven adheridas a las piezas que poseo. Se encuentra con mayor facilidad después de lluvias intensas, especialmente en los arroyos que bajan por las laderas de la colina; allí es recogida por personas que la venden en Bolonia. En el año 1730, cuando Keysler estaba allí, se podían comprar 1042 libras de ella por un paolo.
Aprovecharé esta oportunidad para señalar que la piedra de Bolonia, según sus características externas, excluyendo su peso y dureza…

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Presenta una gran similitud con esas astillas de yeso o selenitas que fueron descritas por primera vez por Lehman, y quizás en aquel entonces solo por él; según su descripción, también son mencionadas por Vogel y Wallerius, bajo el nombre de Selenites globosus. Por otro lado, no ha sido mencionada por los mineralogistas modernos bajo ningún nombre específico. En el condado de Mansfeld se encuentra en masas separadas o piezas individuales, más o menos cónicas; y, a juzgar por la tierra que quedó intencionadamente sobre las muestras que tengo en mi poder, recogidas en las cercanías de Sangershausen, en un barro arenoso de color rojizo amarillento. Las piezas, muchas de las cuales son bolas redondas de dos o tres pulgadas de diámetro, y otras son rollos alargados, tienen, tanto en el exterior como en el interior, un color grisáceo; presentan estructura foliada en la fractura, o parecen estar formadas por radios cuneiformes que se encuentran en el centro de la bola. Muchas están huecas por dentro; y en este caso, los extremos de los cunos o agujas, entre los cuales hay yeso granulado mezclado con un poco de arcilla, sobresalen hacia la cavidad. Lehman dice que, cuando estas piezas se colocan en un horno calentado, emiten un resplandor; esta circunstancia hizo dudar a Wallerius sobre si esta selenita no pertenecería a las astillas fluoradas; pero sin duda es un sulfato de bario. Cuando la piedra en bruto se coloca en ácidos, a veces se observa una efervescencia muy débil, causada por sustancias extrañas; pero cuando se utilizan piezas quemadas, este efecto es mucho más intenso. No se agrieta ni se rompe al estar en el fuego; pero si se expone solo durante poco tiempo a un calor intenso, se vuelve completamente opaca, más blanca y sin ningún brillo; también es más frágil y se deshace en polvo en agua, exactamente de la misma manera que el lapis specularis bastardo. No observé ese aspecto luminoso en los pocos trozos que sometí a pruebas. Quise hacer esta observación porque los mineralogistas mencionados anteriormente clasifican la selenita globular junto con la piedra de Bolonia, a la cual, sin embargo, no pertenece. Para hacerla capaz de brillar en la oscuridad, es necesario seleccionar una pieza especialmente pesada, de estructura foliada y pura. Después de ser calentada hasta estar al rojo vivo, se tritura y se convierte en un polvo fino, el cual, mediante una solución de goma tragacanta, se transforma en una especie de pasta, y luego se forma en pequeños pastelitos. Una vez secos, se calientan entre carbones hasta alcanzar el punto de ignición, y luego se dejan enfriar; después se guardan, protegidos del aire y la humedad, en un recipiente hermético. Si uno de estos pastelitos se expone durante unos instantes…

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minutos cerca de la luz y luego llevado a un lugar oscuro, brillará como un carbón encendido. Parece, por lo tanto, que atrae la luz, o que es, por así decirlo, un imán de luz. Este poder de emitir luz se pierde con el tiempo; pero puede restablecerse primero mediante calentamiento y, posteriormente, volviéndolo a exponer a la ignición. Omitiré las reglas que deben observarse en los numerosos experimentos realizados con esta piedra, así como las consecuencias deducidas de ellos. Las primeras se pueden encontrar en obras de química, y las segundas en las de filosofía natural.

Todos los escritores italianos que describen por primera vez este notable fenómeno dan el siguiente relato del descubrimiento. A principios del siglo XVII había en Bolonia un zapatero que, habiendo abandonado su oficio, se dedicó a trabajos químicos, y en particular al arte de la fabricación del oro. No sé si aquellos que han hecho la muy acertada observación de que muchos zapateros van más allá de su oficio hacia otras artes o ciencias han mencionado entre los ya numerosos ejemplos a este zapatero de Bolonia, cuyo nombre era Vincentius Casciorolus; pero sin duda merece un lugar en el templo de la fama, porque de él se puede decir con verdad que encendió una luz para los eruditos; mientras que el zapatero de Görlitz, Jacob Behmen, oscureció o extinguió la luz existente para los eruditos así como para los ignorantes, de modo que las mentes de muchos permanecen aún en la oscuridad.

En el año 1602, Casciorolus fue a ver a Scipio Begatello de Bolonia, quien en aquel entonces era especialmente conocido por su dedicación al arte de la fabricación del oro, y le mostró esta piedra, bajo el místico nombre de lapis solaris, la cual, debido a su peso y al azufre que contenía, así como a su capacidad para atraer la luz dorada del sol, parecía adecuada para convertir los metales más viles en oro, el sol de los alquimistas. También se la mostró a J. A. Maginus, profesor de matemáticas; y este último, que con toda probabilidad no era un experto, envió tanto las piedras naturales como las preparadas a príncipes y hombres eruditos, y quizás contribuyó más que cualquier otra persona a dar a conocer este singular descubrimiento.

Sin embargo, parece que los químicos italianos ocultaron la forma de preparar esta piedra, o no todos estaban al tanto de ella. Siempre se dijo que era un secreto conocido solo por unos pocos individuos en Bolonia. Misson, que estuvo allí en el año 1690, afirma que Bartolomew Zanichelli fue la única persona

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en ese momento en posesión de ella. En 1666 se anunció en las Philosophical Transactions que un clérigo, que poseía exclusivamente el arte, había fallecido sin comunicárselo a nadie. Nicerón, Lemery y muchos otros afirman que Homberg, durante su estancia en Bolonia, la descubrió de nuevo tras numerosos experimentos; y que Lemery la aprendió de él y la dio a conocer públicamente. Sin embargo, esto no puede ser del todo cierto; pues en el año 1622, P. Potier, o Poterius, un químico francés que vivía en Bolonia, enseñó la preparación de la misma en su obra ya citada, al igual que Kircher en 1641 y el jesuita Casati en 1686; aunque el proceso empleado entonces no era realmente el mejor ni el más conveniente; el método adecuado fue descubierto posteriormente, tras muchos experimentos precisos, por el químico alemán Marggraf, quien también mostró cómo se pueden preparar imanes de luz o piedras luminosas a partir de la mayoría de los metales pesados y fluoruros. Pero incluso en la actualidad, aquellos que preparan esta piedra para venderla en Bolonia hablan de tal manera como si el secreto solo lo conocieran ellos. Así ocurrió en 1771 con el director del instituto de esa ciudad. Keysler compró un trozo, del tamaño de una higa seca aplastada, por unos dos o tres paolis. Aprovecharé esta oportunidad para recordar, de la historia de De Thou sobre su época, un relato que contiene, en efecto, muchas cosas increíbles y, muy probablemente, exageradas, pero que parece estar demasiado bien confirmado como para ser rechazado por completo como falso. Si esto se admite, entonces se puede conjeturar que, alrededor del año 1550, ya fuera la piedra de Bolonia o lo que hoy se denomina fósforo y pirofórico, era conocido por unas pocas personas. En dicho año, cuando Enrique II, rey de Francia, hizo su entrada solemne en la ciudad de Boulogne, tras su restauración por los ingleses, un extraño le presentó una piedra procedente de la India, que no era dura, tenía un aspecto luminoso similar al del fuego y no podía tocarse sin peligro. Para demostrar la veracidad de este relato, De Thou se refiere al testimonio de J. Pipin, en una carta dirigida a Ant. Mizaud, quien afirma haber visto personalmente la piedra. Morhof, que parece inclinado a considerar esta piedra como la de los filósofos, señala que este pasaje se encuentra en el primer…

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Edición de París en octavo, y en las reimpresiones de Fráncfort, tanto en folio como en octavo; pero no en las otras ediciones. También cita las palabras de la carta a Mizaud, que deben imprimirse en algún lugar, pero no sé en qué obra. Parece que el historiador la incluyó casi sin ningún cambio.

Podemos aprovechar esta oportunidad para describir uno o dos otros piroforos: así, el piroforo de Canton se prepara calentando una mezcla de tres partes de conchas de ostra calcinadas y tamizadas con una parte de flores de azufre a un calor intenso durante una hora; el de Homberg, mezclando cantidades iguales de alumbre y azúcar moreno, y removiendo la mezcla sobre el fuego en una cuchara de hierro hasta que quede completamente seca; luego se coloca en una botella de cerámica o de vidrio recubierto y se calienta hasta estar al rojo vivo mientras aparezca una llama en su boca; después se retira, se tapa cuidadosamente y se deja enfriar. La pólvora negra que contiene se calienta intensamente cuando se expone unos minutos al aire.

NOTAS AL PIE
1042
Existen varias localidades conocidas por esta peculiar variedad de espato pesado; entre otras, podemos mencionar Amberg, en el Alto Palatinado, y cerca de Osterode, en los montes Harz.

1043
Geschichte von Flötz-Gebürgen. Berl. 1756, 8vo.

1044
Mineral System. Leip. 1762, 8vo.

1045
Syst. Mineral. 1772, 8vo, i. p. 162.

1046
Al preparar fósforo solar a partir de la piedra de Bolonia, debe separarse cuidadosamente de cualquier contaminación por hierro u otros metales pesados, formarse en pasta como se describió anteriormente y exponerse al calor de un horno de viento durante una o dos horas.

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1047
Fortunii Liceti Litheosphorus, o sea, sobre la piedra de Bolonia. Utini, 1640, 4to, p. 13. Él denomina al zapatero Casciorolus, lo cual parece incorrecto, ya que Lemery y otros escriben su nombre como Cascariolo. Licetus se refiere a las cartas de Ovidio Montalbani. Epist. var. ad Eruditos viros de Rebus in Bononiensi tractu indigenus, ut est lapis Illuminabilis et lapis specularis, calamonastos, etc., Bolonia, 1634, 4to. Entre los registros más antiguos se encuentran los de la Pharmacopœia spagyrica de Petri Poterii, ii. 27, y en las Opera de Fran., 1698, 4to. En esta obra al alquimista se le llama Scipio Bagatellus, un nombre que no aparece en las Notizie degli scrittori Bolognesi de Fantuzzi.

1048
Año 1666, n. 21, p. 375.

1049
Mémoires des Hommes Illustres.

1050
Cours de Chymie. Dresde, 1734, 8vo.

1051
Magnes, p. 481.

1052
De Igne. Fráncfort, 1688, 4to, p. 350.

1053
Marggrafs Chymische Schriften, ii, p. 119. Este autor dice que los discos deben tener solo el grosor del dorso de un cuchillo; pero aquel que obtuve en el año 1782 en Bolonia tenía un diámetro de una pulgada inglesa y un espesor de dos líneas. Todavía pesa tres dracmas; después de que la caja de bronce en la que lo guardé durante mucho tiempo entre algodón se volvió negra y él perdió sus propiedades, sigue teniendo ese peso. En cuanto al color, se parece perfectamente a la estrella que Marggraf preparó a partir de piedras alemanas y que regaló al profesor Hollman; dicha estrella se encuentra ahora en mi poder. Está contenida en una cápsula de hojalata, sobre la cual se ha colocado un trozo de vidrio.

1054
Ferber’s Briefe aus Wälschland, p. 75.

1055
Polyhist. i. 1, 13, 26, p. 127.

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HOSPITALES PARA NIÑOS ABANDONADOS.
El asesinato de niños es un crimen tan antinatural que la humanidad solo puede ser llevada a cometerlo por la mayor desesperación, y lamentablemente hay demasiadas causas para ello. Para los padres que apenas logran, con un trabajo incansable, procurarse lo indispensable para mantenerse vivos, el nacimiento de cada hijo aumenta el miedo a morir de hambre o a verse reducidos a la mendicidad. Aquellos que han conseguido una existencia precaria, pero viven entre los tormentos de la esclavitud, desean que el recién nacido, que de todos modos está condenado a morir, perezca cuanto antes, antes de que pueda darse cuenta de que ha tenido la desgracia de nacer, para así no tener que legarle su pobreza. Una joven que, gracias a la educación, ha adquirido un sentido muy delicado del honor y de la vergüenza, se encuentra, al dar a luz a un hijo ilegítimo, expuesta de inmediato al mayor de los deshonores y al desprecio. Su desgracia, aunque es vista con compasión por quienes la rodean, provoca el odio de la mayoría de sus parientes y amigos, quienes antes la amaban y respetaban, e intentaban hacerla feliz; y a menudo, en medio de sentimientos muy profundos y de una agitación cercana a la locura, no ve otro medio de salvar su honor que ocultar por completo su error destruyendo al niño: una decisión que, a pesar de la vigilancia de las leyes, con demasiada frecuencia tiene éxito. Una joven que, en este momento, se encuentra de repente despreciada y abandonada por su admirador, quien ganó su afecto por medio del más poderoso de todos los medios: el amor y la confianza, y obtuvo de ella algo que nunca podrá recuperar, a menudo, en un arrebato de desesperación, descarga su furia en las consecuencias de su seducción: el hijo de su seductor.
Estas desgracias de la humanidad forman parte de las desventajas de la sociedad civilizada, la cual siempre hace que el matrimonio sea más difícil y oneroso, impidiendo así satisfacer uno de los impulsos más fuertes de la naturaleza. En el estado salvaje, los padres no necesitan más para sí mismos y para sus hijos que lo que pueden obtener fácilmente.

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Los habitantes de Tierra del Fuego, que viven a la mayor distancia de toda cultura, encuentran que los mariscos y las plantas comestibles son suficientes para saciar su hambre; nunca se ven perturbados por la preocupación por el sustento de sus hijos. Los esclavos negros en Santo Domingo dicen que “solo el hombre blanco es quien pide limosna”; y de hecho tienen razón en esto. Los mendigos solo existen donde son impuestos por la religión y los gobiernos, que ordenan que se les alimente. Pero la transición de vivir de su propio trabajo a la mendicidad es, debido a la vergüenza que conlleva, extremadamente dolorosa e insoportable para aquellos que, con el mayor esfuerzo y gasto de energía, en medio de la privación de todo confort, se exponen junto con sus hijos a los horrores del hambre. Por otro lado, para aquellos que, en nuestros estados, se ven obligados a vivir de la caridad, los hijos son una bendición; porque mientras sean incapaces de valerse por sí mismos, aumentan las limosnas al despertar más compasión, y posteriormente al pedir limosna en las calles. Por lo tanto, no es la pobreza ya reducida al estado de mendicidad, sino el miedo a ser finalmente abrumados a pesar de todos los esfuerzos por luchar contra la situación, lo que provoca el asesinato de niños. Lo mismo ocurre con la esclavitud, que excluye incluso la posibilidad de esperar un cambio hacia una condición mejor. Los siervos de un propietario terrestre cruel, que sin embargo actuaba según las leyes establecidas, decidieron no tener hijos, para no verse obligados a matar a alguno de ellos. El sentido del honor se fortalece cuanto más se acercan las costumbres a cierto grado de refinamiento; y está demostrado que esta es la causa que, en la mayoría de los casos, da lugar al asesinato de niños. En vano han intentado los legisladores prevenir este crimen mediante la pena de muerte, más cruel que el propio crimen. Pero, de hecho, es difícil, o mejor dicho imposible, proporcionalizar el castigo al delito o al grado justo de culpabilidad. No es de extrañar que muchos estados donde no se introdujo la religión cristiana, e incluso la judía, no establecieran leyes contra el asesinato de niños, aunque nunca se negó la atrocidad de este acto. Para hacer que este crimen fuera menos frecuente, la gente recurrió a dejar a los niños al descubierto, con la esperanza de que fueran encontrados por personas benévolas que los educaran y mantuvieran. Los padres pensaban que de esta manera se causaba menos violencia a la humanidad, y que así podrían estar más dispuestos a entregar a sus hijos a…

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más que arriesgarse a convertirse en sus asesinos. Se consolaban con la posibilidad, demostrada por diversos ejemplos, de que los niños abandonados pudieran ser salvados y tener más suerte que sus padres. Para fomentar esto, los depositaban en lugares donde se esperaba que pasara pronto mucha gente, y donde el niño sería encontrado antes de perecer de frío y hambre o ser devorado por animales voraces. Con este fin eligieron los mercados, los templos, los lugares donde se cruzaban dos o más carreteras, los pozos, las orillas de los ríos o la costa, desde donde se traía agua o que eran lugares habituales para bañarse; e incluso, cuando los niños eran colocados en el agua, se ideaban medios para que flotaran al menos un tiempo sin resultar heridos. Con este propósito, eran colocados en pequeños cofres, bandejas o cestas cerradas, o envueltos en vendas impermeables. En Atenas, los niños solían ser abandonados en aquel lugar llamado cynosarges, que era uno de los gimnasios. En Roma, el lugar más habitual era esa columna llamada columna lactaria, que se encontraba en el mercado donde se vendían verduras para la cocina. Cuando el abandono de niños en los estados civilizados comenzó a ser condenado como ilegal, sin embargo, se permitió que continuara sin castigo, incluso bajo los primeros emperadores cristianos. Los legisladores solo se esforzaron por medio de todo tipo de regulaciones por hacerlo menos frecuente y por proveer para el sustento de los niños; hasta que finalmente, por el horror ante su crueldad, pero sin pensar en las causas ni intentar eliminarlas, concibieron la desafortunada idea, para protegerse de este crimen, de declararlo asesinato y castigarlo como tal. Entonces, resultó mucho más seguro para los padres enterrar a los niños o arrojarlos al mar, que arriesgarse a exponerse al mayor de los vergüenzas y castigos cuando fueran encontrados. En Grecia, pero no en Tebas de Beocia, el abandono de niños estaba permitido y era algo común, y por eso muchos historiadores griegos mencionan lo contrario como una costumbre extranjera pero meritoria. Estrabón, por esta razón, elogia a los egipcios, y Eliano exalta las leyes de los tebanos contra el asesinato y abandono de niños. Esta práctica cruel era igualmente común en Roma. Sin embargo, Rómulo, que él mismo era un huérfano, se esforzó por restringirla, y su

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La práctica de abandonar a los niños fue confirmada en las Doce Tablas; pero a medida que aumentaban la población, el lujo, la escasez y el derroche, se convirtió en costumbre que aquellos que tenían más hijos de los que deseaban abandonaran a algunos de ellos. Muchos dejaban con ellos anillos y otros adornos costosos; y los más pobres, objetos de poco valor, en parte para tentar a la gente a aceptar a los niños y en parte para que, al crecer estos o mejorar sus propias circunstancias, pudieran recuperarlos. Incluso hoy en día, en muchos lugares, los niños llevados a los orfanatos van acompañados de objetos simbólicos que se conservan cuidadosamente, como ocurre en el Spedale degl’Innocenti de Florencia, donde se cuelga alrededor del cuello de cada bebé un trozo de plomo con un número grabado, de tal manera que no pueda quitarse fácilmente ni cause molestias al llevarlo. Mediante estos medios se puede obtener información sobre cada niño, incluso en épocas muy tardías. Tácito menciona, como algo que se apartaba de las costumbres romanas, que los antiguos germanos consideraban el asesinato de niños un crimen; y cuando habla de las peculiaridades de los judíos, no deja de relatar lo mismo acerca de ellos. Dionisio de Halicarnaso otorga el mismo elogio a los aborígenes. Cuando la moral de la humanidad comenzó a mejorar bajo la influencia del cristianismo, sus seguidores se esforzaron por todos los medios a su alcance por erradicar esta crueldad, por la cual reprochaban amargamente a los romanos. Sin embargo, los primeros emperadores cristianos no se atrevieron a prohibirla como crimen; aunque Constantino calificó el abandono de niños como una forma de asesinato y se esforzó sabiamente por eliminar sus causas. Mediante un decreto emitido en el año 331, intentó disuadir a los padres de practicarlo, privándolos así de toda esperanza de poder reclamar o recuperar a los niños abandonados, incluso si compensaban los gastos incurridos por quienes los habían mantenido. No obstante, esta práctica cruel continuó durante mucho tiempo después. Lactancio, que vivió durante el reinado de Constantino, la describió como un remanente aún presente de barbarie; y Julio Firmico, que escribió alrededor del año 336, consideró oportuno dar instrucciones detalladas sobre cómo representar el nacimiento de…

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Huérfanos abandonados. La exposición de niños no fue completamente prohibida hasta la época de Valentiniano, Valens y Graciano, en la segunda mitad del siglo IV.
No se puede, sin reparos, creer que esta práctica bárbara estuviera permitida durante tanto tiempo, o que permaneciera impune, en los estados civilizados; pero hay que mencionar, en honor a la antigüedad, que en muchos países la atención del gobierno se dirigió desde temprano hacia los niños abandonados. No solo se emplearon medios en Grecia y Roma para fomentar la acogida y educación de los huérfanos abandonados, asignándolos como propiedad a quienes los tomaban bajo su protección, sino que también se estableció una ley según la cual los huérfanos que no fueran acogidos por particulares debían ser educados a expensas del Estado. En Tebas, donde, como ya se ha señalado, estaban prohibidos el asesinato de niños y su exposición, se instaba a los padres en situaciones difíciles a llevar a sus recién nacidos ante el gobierno, el cual los entregaba en manos de quienes se comprometían a cuidarlos lo mejor posible por el menor precio. De manera similar, en la actualidad, los huérfanos son colocados con nodrizas para ser mantenidos al precio más bajo; pero con esta diferencia: en Tebas, los niños se convertían en esclavos de por vida de aquellos que los educaban, mientras que en nuestros tiempos, al crecer, son personas libres y aprenden a ganarse la vida por sí mismos.
Los decretos humanitarios del emperador Constantino el Grande, tanto para Italia como para África —el primero en el año 315 y el segundo en 322— merecen ser mencionados aquí. A los gobiernos de esos países se les ordenó prevenir el asesinato, la venta, el empeño o la exposición de niños, asegurándose de que los padres demasiado pobres para educar a sus hijos recibieran del tesoro público o de las arcas del emperador, como diríamos hoy, alimentos, ropa y otros artículos necesarios; y dado que los recién nacidos requerían atención inmediata, esto debía hacerse sin demora alguna.
La conjetura de Gothofredus, de que el emperador fue inducido a adoptar estas medidas por la urgente petición de Lactancio, me parece sumamente probable. Este escritor, a partir del año 317, había sido tutor del príncipe Crispo y anteriormente había dedicado o entregado al emperador su libro, en el cual describía, con colores vivos, la detestable práctica de los padres

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luego prevaleciente, lo que dio lugar a los mayores desórdenes; y por esa razón les ofreció el consejo aparentemente sensato de no tener más hijos de los que pudieran mantener. Tengo la inclinación a pensar que este consejo no gustó mucho al emperador, quien estaba obligado a mantener un ejército numeroso; y como no podía ser muy agradable para muchas personas casadas, comprendió esta recomendación de prudencia o moderación entre las calamidades de las cuales deseaba proteger a los padres mediante los decretos mencionados.
Tras estas órdenes imperiales, los niños permanecían con sus padres y eran educados por ellos; pero parece que las ciudades de Atenas y Roma ya tenían, en una época temprana, orfanatos públicos, en los cuales los niños eran educados a expensas del Estado. Lo que ya se ha dicho sobre el gimnasio llamado cynosarges puede servir como prueba; y Festo y Víctor hacen aún más cierto que existía una institución de este tipo en la Columna Láctea. En cualquier caso, no cabe duda de que, en el siglo VI, había en Roma casas para acoger a los niños abandonados.
El emperador Justiniano, quien mediante una ley especial, en el año 529, declaró libres a los huérfanos y prohibió a quienes los recibían y educaban tratarlos y retenerlos como esclavos, a menudo introduce estos establecimientos, bajo la denominación de brephotrophium, en sus leyes relativas a donaciones a iglesias y otras instituciones benéficas. Esta palabra, compuesta por el término griego brephos, que significa niño, y trepho, que significa educar, parece indicar que este tipo de casas se establecieron en una época anterior en las ciudades de Grecia, y solo fueron imitadas en Roma; aunque hasta ahora no he encontrado ninguna prueba de ello. Du Cange y Esteban han incluido ambas la palabra en sus diccionarios griegos, pero solo se refieren al Código de Justiniano. Gesner, en el léxico de Esteban, hace una distinción entre brephotrophium y curotrophium; se dice que este último significa una casa en la cual se educa a niños ya crecidos y no recién nacidos, y lo mismo se repite con las mismas palabras en el Lexicon Juridicum de Calvino. Ambos afirman que esta palabra, formada a partir de κοῦρος o κόρος, puer, es utilizada por Justiniano, pero no aparece en el libro de leyes, ni tampoco es empleada por Brisson. No se encuentra en el diccionario de Basilea ni en el léxico griego de Esteban, pero ambos contienen la palabra κουροτρόφος, que efectivamente aparece en Homero y en Hesíodo. Como Calvino y Gesner se refieren a Hottoman, yo…

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Tengo la inclinación a pensar que la palabra fue acuñada por él, sobre todo porque Gesner, en el Tesoro de Faber, dice: “Curotrophium potest dici domus alendis parvulis destinata”. Es bastante sorprendente que no se haga mención alguna de las instituciones más antiguas de este tipo, ni de su fundación, en las obras de los antiguos. Sin embargo, hay motivos para suponer que, mientras estuvieran permitidas la venta de niños y la esclavitud de los encontrados, el número de aquellos mantenidos a expensas del público no podía ser muy grande. Pero en cuanto a la brephotrofia, incluso bajo los emperadores cristianos posteriores, no se encuentra nada que nos pueda dar una idea de cómo se regulaba; nada respecto al lugar desde donde se obtenían las nodrizas, o cómo se proporcionaba comida y ropa a los niños, y tan poco respecto al número de niños criados en estas instituciones benéficas que llegaban a envejecer. Podría ser satisfactorio saber si las instituciones más antiguas de este tipo tuvieron más éxito en cumplir el objetivo de su fundación que nuestros costosos orfanatos en la actualidad. Las grandes dificultades que acompañan a este tipo de instituciones son, sin duda, la causa principal por la cual rara vez se hace mención de ellas en los siglos posteriores, en los cuales la fundación de hospitales y las donaciones a estos y otros establecimientos piadosos fueron muy numerosas; sin embargo, se encuentran con tanta frecuencia que es imposible considerarlas como una invención de los tiempos modernos. Aquí señalaré aquellos ejemplos que se me han ocurrido hasta ahora; pero primero debo observar que se encontrarán muchos más al leer las vidas de los santos, así como la historia de los conventos, órdenes religiosas, iglesias y ciudades. Dondequiera que se mencionen, siempre están bajo la supervisión del clero. La institución más antigua para huérfanos en Alemania, que puedo mencionar por ahora, es la de Tréveris, del siglo VIII, VII o incluso VI; se encuentra una descripción de ella en la vida de San Goar, quien vivió en Tréveris bajo Childerico, es decir, en la segunda mitad del siglo VI. Sus historiadores o panegiristas relatan que, al ser acusado ante el arzobispo Rusticus de numerosos delitos, como prueba de su inocencia colgó su capucha de uno de los rayos de sol que entraban en su celda, como si fuera un clavo, y que sus enemigos seguían siendo tan incrédulos que lo consideraban culpable.

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El arzobispo, continúan ellos, a quien se le llevó un niño recién nacido que había sido depositado en una concha de mármol frente a la puerta de la iglesia, le preguntó, como prueba de su santidad, si podía decir quién era su padre; ante lo cual Goar, después de una oración muy ferviente, ordenó al niño, en nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, que declarara quiénes eran sus padres. El niño, con voz clara, nombró inmediatamente a su madre y también a su padre: el propio arzobispo, quien por ello fue privado de su dignidad. La pequeña parte de verdad contenida en esta historia ridícula es que, en el momento en que escribió el autor, existía un centro para los huérfanos en la iglesia de Tréveris; que los niños eran depositados en una concha de mármol colocada frente a la iglesia; que eran recogidos por personas pobres encargadas de vigilar la iglesia, a las cuales se les llamaba matricarii, porque estaban registradas allí, y que estas personas los llevaban de inmediato al obispo, y que el niño, bajo su autorización, era entregado a alguna persona de la comunidad que aceptaba cuidarlo. A estos padres adoptivos se les llamaba nutricarii. De esto se puede deducir fácilmente que en aquel entonces no existían orfanatos propiamente dichos, en los cuales se educara a los niños; sino que los niños, como ocurre en nuestras instituciones para los pobres, eran entregados a otros para que los cuidaran, y es muy probable que el clero pagara a los nutricarii una cierta suma con las limosnas destinadas a ese fin. Una de las biografías relacionadas con esta historia absurda fue escrita por un autor que, según la opinión de Mabillon, vivió en un período no mucho posterior al de San Goar. La otra fue escrita por Wandelbart, quien vivió en el siglo IX y que como fuentes citó manuscritos antiguos y otros documentos, vetusta et perantiqua exemplaria. Por lo tanto, se puede afirmar con seguridad que este centro para los huérfanos existía en Tréveris en el siglo VIII. De hecho, los anales de Tréveris no mencionan a ningún obispo llamado Rusticus que viviera en esa época; pero no hay necesidad de dudar al respecto, ya que esta dificultad puede resolverse de más de una manera. En el siglo VII existían centros similares en Anjou o Angers, en Francia. San Magnebodus, que fue obispo de ese lugar, donde murió y fue enterrado en la iglesia llamada actualmente Saint Mainbeuf, es…

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Elogiado en una vida muy antigua suya, que nunca se ha impreso, por haber hecho construir varias casas para la cría de niños. En el siglo siguiente, es decir, alrededor del año 787, un arcipreste llamado Datheus estableció en Milán, a sus propios costos, un hospital para huérfanos, con el fin de poner fin al crimen del asesinato de niños, que se había introducido, y del cual da un relato muy conmovedor en la carta de fundación. Con este propósito compró una casa cerca de la iglesia y emitió una orden para que los huérfanos fueran amamantados allí por nodrizas contratadas y educados durante siete años. Se les enseñaría algún oficio; se les proveería en el establecimiento de comida, ropa y zapatos, y a la edad de siete años serían liberados como nacidos libres. Cabe señalar que las madres de los niños llevados a tales establecimientos esparcían sal entre las ropas de pañal cuando querían anunciar que el niño no había sido bautizado. Esto quizás hacía referencia a la costumbre de bañar a los recién nacidos en agua salada; pero yo supongo que la sal así dispersada tenía como finalidad indicar que el niño no había sido bañado, y mucho menos bautizado.

En el capitular de Carlomagno encontramos todos los loci venerabiles del código de Justiniano: xenodochium, ptochotrophium, nosocomium, orphanotrophium, gerontocomium, y también brephotrophium. Pero en aquel tiempo, al menos entre los francos, los huérfanos pertenecían a quienes los habían recibido y educado, a menos que sus padres o parientes los reclamaran dentro de diez días. No es improbable que la misma práctica prevaleciera en ese momento en otros países; y quizás el fundador del hospital para huérfanos en Milán, por esta razón, declaró tan expresamente que los niños, cuando crecieran, serían liberados de la institución como personas nacidas libres.

En el año 1168, San Galdino, cardenal y arzobispo de Milán, ejerció gran severidad contra los herejes; pero cuidó especialmente de los pobres, que creían en lo que él enseñaba; es decir, que el hospital se consideraba obligado no solo a recibir a los enfermos, sino también a aquellos niños que pudieran ser abandonados en la ciudad, y a proveerles de comida y ropa.

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En el año 1070, Olivier de la Trau fundó en Montpellier una orden cuyos miembros se llamaban hospitalarii, sive spiritus. Se comprometieron a cuidar de los pobres lo antes posible y a proveer para el sustento y la educación de los huérfanos y abandonados. En poco tiempo se extendieron por diferentes países; y allí dondequiera que fueran, se pueden encontrar aún hoy los efectos de su voto benévolo. Algunos dicen que la institución para huérfanos, o el Hospital del Espíritu Santo, en Montpellier, fue establecido en el año 1180. En 1201 se establecieron en Roma y, según el testimonio de los historiadores, formaron allí una institución del mismo tipo, después de haber sido confirmados por el papa Inocencio III en el año 1198 y de haber obtenido para ese fin una elegante mansión, amueblada de la mejor manera. En las bulas papales se mencionan muchos conventos fundados por esta orden; y estoy inclinado a pensar que aquellos que se tomaran la molestia de examinar detenidamente la confusa historia de estos hospitalarios, o de esta orden del Espíritu Santo, y de los hospitales que aún existen bajo ese nombre, encontrarían mucha información sobre este tema. Llamo confusa a esta historia porque hubo muchos tipos de hospitalarios y órdenes similares, y estas a menudo se confundieron entre sí.

Nuestra región también contó con instituciones similares en una época temprana. En todo caso, había una de este tipo en Einbeck antes del año 1274, es decir, un hospital del Espíritu Santo. Su construcción comenzó a cargo del duque Alberto, quien llevó Einbeck a la casa de Brunswick cuando esta se sometió a él en 1272, con el fin de librarse de la insistencia del conde von Dassel. Se recolectaron limosnas para su establecimiento y mantenimiento; y para fomentar esto, el consejo emitió recomendaciones, o cartas patentes, en las cuales se establecía expresamente que no solo los indigentes, y entre ellos los extranjeros, eran recibidos en su hospital, sino también los huérfanos y abandonados, quienes eran manteniidos y educados hasta que crecían. Tales recomendaciones se repetían de vez en cuando, pues todavía existe una del año 1300, que es una transcripción literal de la emitida en 1274. No creo que el hospital de Einbeck fuera establecido por la orden mencionada anteriormente; en todo caso, los hospitales del Espíritu Santo aparecen principalmente en el siglo XII y en los dos siglos siguientes; y fueron fundados, no por los hospitalarios, sino quizás siguiendo su modelo.

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De esta manera, un rico ciudadano de Núremberg, Conrad Heinz, apodado der Grosse, fundó el hospital del Espíritu Santo en el año 1331. Su construcción comenzó en 1333 y se completó en 1341. Sin embargo, ni en la carta de fundación ni en la confirmación se mencionan específicamente los huérfanos; pero es fácil deducir que esta institución acogía a mujeres embarazadas pobres y educaba a los niños que nacían allí o eran admitidos en ella. De igual modo, en el hospital de San Juan, en Turín, se acoge a mujeres embarazadas, tanto casadas como solteras, así como a huérfanos. El fundador del establecimiento de Núremberg estableció como regla que se anotara el día del nacimiento o admisión de cada niño, para poder conocer los gastos incurridos, por si alguna vez pudiera y estuviera dispuesto a reembolsarlos.

El magnífico hospital para huérfanos de Florencia, llamado actualmente Spedale degl’ Innocenti, fue fundado en 1316 por un tal Pollini. No hay dudas de que se trata del mismo establecimiento para el cual el conocido monje camaldulense Ambrosius, mencionado a menudo con su apellido Traversari, solicitó apoyo al papa a principios del siglo XV. Él se jactaba de que los huérfanos recibidos en esta institución, a la que llamaba brephotrophium, eran primero entregados a nodrizas para ser amamantados y luego admitidos en el establecimiento para recibir instrucción. A las chicas aptas para casarse se les proporcionaba una dote. Los ciudadanos también solían enviar a sus hijos para que fueran educados en la escuela de este hospital.

Se dice que el Hospital del Espíritu Santo, en París, fue fundado en 1362, y diversas personas, movidas por compasión hacia los niños abandonados, aportaron el dinero necesario para su mantenimiento. Una hermandad llamada la Confrairie du Saint-Esprit, creada para gestionar los asuntos de la institución, fue confirmada ese mismo año por el papa Urbano V. Sin embargo, París llegó a contar con más instituciones de este tipo con el paso del tiempo. En el año 1638, una viuda dedicó su casa a este fin, y por eso se le dio el nombre de la Maison de la Couche, nombre que aún se utiliza para designar el hospital para huérfanos de la iglesia de Notre Dame. Pero pronto se hizo necesario abandonar esta institución bien intencionada, debido a los vergonzosos abusos que habían surgido en ella. Las nodrizas solían vender a los niños a mendigos, quienes deformaban o mutilaban sus extremidades, con el fin de que pudieran…

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Esto despertaba más compasión y, por lo tanto, se obtenían mayores limosnas. Muchos también se compraban con fines mágicos. El precio de cada uno era de veinte sues. San Vicente de Paúl, de la congregación de San Lázaro, fundó en 1640 una nueva institución, que en 1670 fue trasladada a la calle Notre Dame. Recibió nuevas mejoras gracias al canciller Etienne d’Aligre y a su esposa Elizabeth Luillier. Actualmente, este centro es conocido con el nombre de l’Hôpital des Enfants Trouvés o de Notre Dame de la Miséricorde. He leído en algún lugar que en Venecia, antes de la destrucción de la república, existía una institución para huérfanos llamada Della Pietà, establecida en 1380 por un franciscano llamado Petruccio; pero no recuerdo en qué autor lo leí. En Inglaterra se hizo una propuesta para crear una institución similar ya en 1687; pero el actual hospital para huérfanos no se estableció hasta el año 1089. No me extenderé más sobre las instituciones modernas de este tipo: mi objetivo era demostrar que no son en absoluto una invención reciente, y que han existido desde los tiempos más antiguos hasta nuestros días, en todas las épocas, incluso en aquellas a las que estamos acostumbrados a llamar bárbaras. En nuestros tiempos, la mayoría de los hospitales para huérfanos han ido en declive; principalmente porque, para cumplir con el propósito benéfico para el cual fueron creados, necesitarían ser de mayor escala y contar con un mejor apoyo del que actualmente es posible; además, no evitan por completo el asesinato de niños, ya que no pueden eliminar por completo sus causas. Después del establecimiento de la institución para huérfanos en Kassel, no pasó ni un año sin que se encontraran niños asesinados, ya sea en ese lugar o en sus alrededores. A esto se puede añadir también que es imposible, incluso con el máximo esfuerzo, encontrar nodrizas competentes para el número cada vez mayor de niños que llegan allí, y asegurarles una atención adecuada. Desde el año 1763 hasta finales de 1781, el número de niños que llegaron al hospital para huérfanos de Kassel ascendió a 740; de ellos, no más de ochenta y ocho seguían vivos al final de ese año. Más de la mitad murieron antes de los ocho años, y apenas diez llegaron a los catorce. En París, en el año 1790, eran más de 23.000, y en 1800…

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1090
Se trajeron alrededor de 62,000 niños. En 1790, de los niños que habían sido traídos entre 1774 y ese período, solo 15,000 estaban vivos; se estima que 11/13 de todos los niños traídos perecían anualmente por hambre o negligencia. De los 100 huérfanos en el hospital de huérfanos de Viena, 54½ murieron en el año 1789. En 1797, las enfermeras del hospital de huérfanos de Metz no recibieron salario durante catorce meses, y los cálculos indicaron que 7/8 de todos los niños perecieron. En una institución de este tipo, en un determinado principado alemán, solo uno de cada veinte huérfanos llegó a la edad adulta, y sin embargo esa institución costaba al país al menos 20,000 dólares al año. La educación de ningún príncipe alemán costó nunca tanto.

La situación de los hospitales de huérfanos es similar a la de la cría artificial de aves: es fácil obtener pollos, pero debido a la falta de alimentación y cuidados maternos, es casi imposible criarlos. ¿De qué sirve entonces reunir pollos?

**NOTAS AL PIE**
1056
Los negros en Santo Domingo no soportan ser considerados pobres o llamados mendigos. Dicen que solo los hombres blancos mendigan; y cuando alguien pide limosna en la puerta, le dicen a su amo: “Hay un pobre hombre blanco, o un pobre francés, mendigando”. Labat tenía un negro que donó una pequeña parte de sus bienes, simplemente para poder sentirse orgulloso al decir: “Aquí tiene, hombre blanco; aquí está su limosna”. Pero, con toda probabilidad, también habrá mendigos en Santo Domingo, si los negros tienen la suerte de lograr la libertad que han obtenido a costa de tanta sangre y de formar un estado negro.

1057
Durante una gran escasez en Hamburgo, cuando se distribuía pan a los pobres, una mujer le dijo a otra a quien no se había prestado atención, que llevaría a su hijo con ella; al pellizcarlo para hacerlo llorar, despertó compasión y de esa manera…

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Recibió pan. Esta última le suplicó a la otra que le prestara al niño con el mismo propósito; y después de hacerlo llorar, también obtuvo pan. Pero cuando regresó y quiso devolver el niño con gratitud, ya no se encontraba a la madre, por lo que se vio obligada a quedarse con el niño.

1058
Durante nueve años, nadie manifestó intención de casarse. Los jóvenes satisfacían sus necesidades de otra manera. De allí surgió una escasez de hombres, algo que no ocurre en Europa, como sí ocurre en las Indias Occidentales. Por lo tanto, el propietario se vio obligado a vender sus tierras. El comprador mejoró las condiciones de sus siervos, y los matrimonios se volvieron algo común entre ellos. Véase Büsch vom Geld-umlauf, vi. 3, § 35, p. 393. “La dureza del gobierno puede llegar hasta destruir los sentimientos naturales, mediante esos mismos sentimientos naturales. ¿Acaso las mujeres de América no se sometían a abortos para que sus hijos no tuvieran amos tan crueles?” —Montesquieu, Espíritu de las Leyes. Ámsterdam, 1758, 12mo, ii, p. 402.

1059
Véase el estudio de Michaelis sobre por qué Moisés no incluyó en sus leyes nada relativo al asesinato de niños.

1060
La causa por la cual los niños eran abandonados de esta manera ha sido explicada y analizada detalladamente por Lactancio, vi. 20, 21. A partir de sus comentarios, se comprende fácilmente cómo los padres podían ser tan insensibles.

1061
Se pueden encontrar muchas descripciones de los preparativos para este fin en el Lexicon Universale de Hofmann: artículo “Exponendi mos”.

1062
Pomp. Festus, De Verb. Signif., p. 203.

1063
Aristóteles, Política, vii. 16.

1064
Libro XVII.

1065
Variæ Historiae, ii. 7.

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1066
Tales apéndices o símbolos se denominaban crepundia. Ejemplos de su uso se pueden encontrar en Heliodoro, Æthiop. iv. 7, así como en muchas comedias.
1067
De Mor. Germ. cap. 19.
1068
Histor. v. 5.
1069
Lib. i. cap. 16.
1070
Minucii Felicis Octav. xxx. xxxi.
1071
Cod. Theodos. lib. v. tit. 7, De Expositis, l. 1, p. 487, edición de Ritteri; todo esto ha sido demostrado e ilustrado por Gothofredus.
1072
Lactant. vi. 20, 21.
1073
Astronom. lib. vii. c. 1. Aquellos que deseen conocer todas las pruebas relacionadas con este tema pueden consultar a Ger. Noot, Opera Omnia, Col. 1732, fol. p. 493. Las observaciones sobre Minucio Félix, en las páginas 307 y 326, de la hermosa edición de Lugd. Bat. 1709, 8vo, merecen ser leídas especialmente.
1074
Cod. Justin. lib. iv. tit. 52.
1075
Codex. Theodos. lib. xi. tit. 27.
1076
Cod. lib. viii. tit. De Infant. Expos. l. 3.
1077
Cod. lib. i. tit. 2, De Sacrosanctis Eccles. 19, p. 19: “Si alguien hace donaciones de hasta 500 sólidos para cualquier fin, ya sea para la iglesia sagrada, para un hospicio, para un hospital, para un orfanato, para un asilo para ancianos, para un centro de cuidado de niños, o para los pobres en general, o para cualquier ciudad; tales donaciones…” Los mismos nombres se repiten en la ley 23 que sigue inmediatamente después; también en Novell. Collat. 8, tit. 12, cap. 1, p. 219, y Coll. 9, tit. 3, cap. 1, p. 245. Aquí se mencionan no solo los orfanatos, sino también los asilos para pobres en particular.

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Los primeros también son mencionados en Cod. lib. 1, tit. 3, De Episc. et Clericis, l. 32, p. 32, y en el mismo l. 42, 5 y 9; asimismo en l. 46, 1.
1078
La vida de San Goar se encuentra en Acta Sanctorum, Jul. 2, págs. 327–346; también en los Acta Sanctorum Ordinis S. Benedicti de Mabillon, Venecia, 1733, fol. p. 266; pero en la página 273 de Mabillon hay otra biografía de Wandelbart, en la cual la historia es más completa y detallada.
1079
Meusel’s Geschichtforscher, iv. p. 232.
1080
Du Cange, bajo la palabra brephotrophium, ha citado ese pasaje.
1081
Muratori ha publicado la carta de fundación en Antiq. Ital. Medii Ävi, t. iii. p. 587.
1082
“En quo parentibus orbati pueri pascuntur”. Estos orfanatos se distinguían claramente de los hospitales para recién nacidos abandonados.
1083
Baluzii Capitularia Reg. Franc. i. p. 747; Capit. lib. ii. 29.
1084
En el Capitulare, redactado alrededor del año 744, en Baluz. p. 151.
1085
Véase Muratori Antiq. Ital. Medii Ävi, iii. p. 591.
1086
Véase Greg. Rivii Monastica Historia Occidentis. Leipzig, 1737, 8vo, cap. 34. El nombre del autor era Lauterbach.
1087
Los documentos pueden encontrarse en Von Murr Beschreibung der Merkwürdigkeiten in Nürnberg, 1801, 8vo.
1088
Martenne, Vet. Script. amplis. Collectio. París, 1724, fol. iii. p. 15.
1089
El hospital para recién nacidos abandonados de Londres fue fundado en el año 1739, por decreto del rey Jorge II, a petición del capitán Thomas Coram y gracias a la intervención de varias personas de prestigio.

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distinción. Mantiene y educa a 500 niños, desde la más tierna infancia hasta una etapa de la vida en la que son capaces de ser puestos en el mundo. Los hijos ilegítimos son el objetivo de este hospital. El niño debe tener menos de doce meses cuando se solicita su admisión, y el comité debe estar convencido del buen carácter anterior de la madre y de la necesidad actual que ella tiene, así como de que el padre ha abandonado tanto a la madre como al bebé; y de que la acogida del niño será, con toda probabilidad, el medio para que la madre pueda seguir un camino de virtud y de un sustento honesto.]
1090
[La cantidad de nacimientos ilegítimos en Francia es realmente preocupante. En 1831 hubo 71,411, lo que representa aproximadamente entre 1 y 13 partes del número total de nacimientos; en París la proporción es aún mayor, siendo de uno cada tres nacimientos. —Penny Cyclopædia.]

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HOGARES PARA HUÉRFANOS.
Dado que existen pruebas tan antiguas de la atención que se prestaba a los huérfanos por parte del Estado, se puede suponer fácilmente que en los estados bien organizados se procuró desde temprano cuidar también del sustento y la educación de los huérfanos. Hay motivos para creer que así era en Tebas, donde se ponía bajo su protección a los hijos de todos los padres pobres. Solón promulgó una ley según la cual los hijos cuyos padres habían muerto defendiendo su país debían ser educados a expensas del gobierno y bajo su supervisión. Lo mismo era costumbre entre los Iasei, que habitaban una isla en la costa occidental de Caria.
En Roma, los niños mantenidos a expensas del público eran llamados pueri alimentarii y puellæ alimentariæ. El emperador Trajano fue el primero en crear grandes establecimientos con este fin; los niños que allí vivían eran llamados, por su apellido, pueri Ulpiani. Plinio relata en su panegírico que hizo buscar y educar a cinco mil niños de origen libre. Es más que probable que permitiera que permanecieran con sus padres, y que aquellos que no podían educarlos por sí mismos recibieran un subsidio mensual o anual en forma de grano o dinero. Quizás a los huérfanos se les proporcionaba alojamiento a cambio de una suma fija. Cabe señalar que de esta manera el emperador podía brindar ayuda no solo a quienes estaban afectados por la pobreza, sino también a personas distinguidas que no podían, como diríamos hoy, mantener a sus familias de manera adecuada a su rango. Por lo tanto, tener descendencia no era una desgracia, sino más bien una bendición. Los hijos nacían para que sus padres pudieran beneficiarse de esta ayuda, al igual que algunas personas construyen casas para obtener la recompensa ofrecida; y los grandes capitales necesarios no provenían del tesoro público, sino del bolsillo personal del emperador. Para que estos establecimientos siguieran existiendo después de su muerte, el dinero en diferentes lugares…

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Lo destinado a su sustento se distribuyó en tierras que generaban unos ingresos perpetuos. Esto se demuestra por una carta de fundación de la ciudad de Veleia, que aún existe. En el año 1747, algunos campesinos, mientras araban en las cercanías de Placentia, encontraron, junto con varias otras antigüedades, una placa de cobre de cinco pies y medio de altura y diez y medio de anchura, que pesaba 600 libras. La rompieron a toda prisa, ya que esperaban encontrar un tesoro debajo de ella, y vendieron los fragmentos como cobre viejo. Uno de estos fragmentos llegó a manos del erudito conde Giovanni Roncovieri, quien observó que contenía parte de un documento público del reinado de Trajano. Con mucho esfuerzo y a un costo considerable, logró reunir todos los fragmentos; sus poseedores, debido a la urgencia por obtenerlos, esperaban obtener un alto precio por ellos. De este modo se logró salvar uno de los monumentos más hermosos de la antigüedad: un documento completo relativo al sistema imperial para la comunidad de Veleia. La inscripción consta de seiscientos setenta líneas y está dividida en siete columnas; encima de ellas figura el siguiente título: “Obligatio. praediorum. ob. H—S. deciens. quadraginta. quatuor. milia. vt. ex. indulgentia. optimi maximique. principis. imp. caes. Nervae. Trajani. Aug. Germanici. Dacici. pueri. puellaeque. alimenta. accipiant. legitimi. n. CCXLV. in. singulos H—S. XVI. n. f. H—S XLVII. XL n. legitimae. n. XXXIV. sing. H—S. XII. n. f. H—S. IV. DCCCXCVI. spurius I. H—S. CXLIV. spuria. I. H—S. CXX. summa. H—S. LIICC. quae. sit vsura 55 5 55 sortis. supra. scriptae.” Por lo tanto, Trajano destinó una suma de 1.044.000 sestercios, a un interés del cinco por ciento, en cuarenta y seis granjas alrededor de Veleia, ciudad o comunidad destinada a este fin. Estas granjas constituían la garantía, y por eso se mencionan específicamente, junto con la suma que representaban como garantía. El interés anual ascendía a 52.200 sestercios. De esta suma, 245 niños nacidos en matrimonio recibían dieciséis sestercios al mes cada uno, lo que sumaba 47.040 al año; y 34 niñas de la misma categoría recibían doce sestercios al mes, lo que sumaba 4.896 sestercios al año. Además de estos, un hijo ilegítimo recibía 144 sestercios al año, y una hija ilegítima 120 sestercios. Estas diferentes sumas equivalían exactamente al interés del capital invertido.

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Apenas vale la pena convertir estas sumas a nuestra moneda actual. Pues incluso si calculáramos cuántas libras o chelines equivaldría la plata contenida en 1.044.000 sestercios, este resultado no nos daría el valor real, ya que no tenemos un estándar con el cual determinar ese valor relativo; es decir, no se sabe qué proporción tenía la plata y el cobre en aquellos períodos en relación con los precios de los artículos necesarios para la vida. El precio del grano, propuesto por Unger como estándar, solo puede emplearse para épocas posteriores, cuando el trigo comenzó a ser un artículo comercial más común. Sin embargo, la capital de Trajano, según nuestra moneda actual, equivale a unos 54.375 dólares, y la suma de los intereses a 2.718 dólares; en consecuencia, un hijo varón legítimo recibía diez dólares al año, y una hija legítima entre siete y ocho dólares. Tal es el cálculo realizado a partir de los principios establecidos en la obra “Metrología” de Romé de l’Isle por el profesor Hegewisch, quien también ha intentado comparar algunas monedas de la época de Trajano con las actuales. Por lo tanto, parece que, de entre 300 niños, el emperador solo admitía a dos como ilegítimos; y el profesor Hegewisch tiende a creer que esa era la proporción real en aquel tiempo; lo cual, de hecho, induciría a tener una opinión muy favorable sobre el estado de la moral pública durante el reinado de Trajano en la región mencionada. Se sabe, por otras fuentes de información, que entonces era costumbre pagar intereses, salarios y pensiones, no anualmente sino mensualmente. Lo mismo ocurría con la distribución de grano (frumentatio), como lo demuestra un pasaje de Dionisio de Halicarnaso, y también cuando se legaba dinero de forma permanente para fines benéficos mediante testamento. Muratori opina que estas pensiones se pagaban a los niños hasta que alcanzaban los dieciocho años, y a las niñas hasta los catorce; y como prueba, cita una orden de Adriano, confirmada por el emperador Alejandro Severo. A esa edad, los varones podían convertirse en soldados y recibir su salario; y las niñas de catorce años estaban listas ya sea para casarse o para trabajar y ganarse la vida con su propio esfuerzo. Parece probable, según un pasaje de Plinio, que el emperador, al establecer este sistema, tuviera en mente la posibilidad de reclutar soldados para el ejército.

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El ejemplo de Trajano indujo a ricos particulares durante su vida, y posteriormente a muchos de sus sucesores, a crear instituciones similares con el mismo propósito. La misma lápida estaba destinada también a perpetuar la donación de un tal Cornelio, según la cual 3600 sestercios, o aproximadamente 187 dólares —que representaban los intereses de 72.000 sestercios, es decir, 3750 dólares— debían emplearse en mantener a dieciocho hijos varones legítimos y a una hija legítima, a la tasa mencionada anteriormente. Incluso Plinio, el panegirista de Trajano, fundó con sus propios recursos pensiones para los hijos nacidos libres de padres pobres; circunstancia que no olvida mencionar en sus cartas. Lo mismo está confirmado por una inscripción que aún existe. Antonino Pío creó una institución similar para niñas pobres, las cuales, después de su consorte, fueron llamadas puellae Faustinianæ. El emperador Antonino Filósofo hizo lo mismo; y por el nombre de la emperatriz, las niñas fueron llamadas Faustinianæ, pero como distinción, novæ puellæ Faustinianæ. Alejandro Severo creó una institución para la educación de niños y niñas, a quienes ordenó que se llamara mammæani y mammæanæ, en honor a su madre. En cuanto a la forma en que se gestionaban estas instituciones, somos completamente ignorantes. Solo se sabe que en cada una de las provincias en las que se dividía Italia había un funcionario público de cierto rango, con el título de procurator ad alimenta, a quien, con toda probabilidad, se le encomendaba la supervisión de ellas. Se sabe que era un cargo honorable. Fue ocupado por el emperador Pertinax cuando era joven, en las ciudades y pueblos de la Vía Ancilia, y en su vejez en Roma misma. También lo ocupó Dídio Juliano antes de convertirse en emperador, después de haber sido pretor y cónsul, es decir, de haber desempeñado los cargos más altos después de la dignidad imperial, y después de haber sido gobernador de Germania. En monumentos antiguos erigidos en memoria de personas distinguidas por sus hijos, parientes o amigos, se menciona que, además de ocupar otros cargos honorables, habían sido procuratores ad alimenta en ciertas regiones mencionadas allí. Estos son los ejemplos más antiguos de los que tengo conocimiento actualmente sobre instituciones en beneficio de niños pobres y huérfanos. Casas de huérfanos, propiamente dichas, en las cuales los niños eran educados juntos, no encuentro…

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Se mencionan por primera vez, bajo el nombre de orphanotrophium, en las leyes del emperador Justiniano. En períodos posteriores aparecen con frecuencia en los decretos de los diferentes concilios, como el de Calcedonia en el siglo V. En la corte de Bizancio, el cargo de inspector de huérfanos, orphanotrophi, era tan honorable e importante que lo ocupó un hermano del emperador Miguel IV (Paphlago), a principios del siglo XI. Pero bajo los emperadores posteriores este cargo fue completamente suprimido.
Actualmente, los orfanatos han sido abolidos, ya que la experiencia de muchos años ha demostrado que los niños no pueden ser educados allí de manera saludable y a un costo suficientemente bajo. Los niños son confiados a particulares para que los alojen y eduquen, bajo la supervisión de quienes se encargan de todo lo relacionado con los pobres.

NOTAS AL PIE
1091: Diógenes Laercio, i. § 55, y la observación de Menage. Esta ley es elogiada por Platón en Menexeno y por Demóstenes, en Adversus Macartatum.
1092: Heraclides de Políticas, añadido a las adiciones de Aristóteles, Politica, Heinsii, Lugd. Bat. 1621, 8vo, p. 1004.
1093: Se hace mención de ellos varias veces en el Código Romano de Leyes, L. 8, § 9 y § 24; D. de Transact. L. pen. § 1; D. ad leg. Falcid. Véase también Ælii Spart. Vita Adriani, c. 7; Æl. Capitolin. Vita Antonini, P. cap. 8; Vita Pertin., c. 9, p. 555; Æl. Lamprid. Vita Alexandri Severi, c. 44, p. 995.
1094: Esta ciudad estaba situada a poca distancia de Piacenza (Placentia). Es mencionada por Horacio, Plinio y Phlego Trallianus en De Longævis, i. p. 114. Véase Cluverii Ital., p. 1259.

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1095
Esta notable inscripción fue impresa por primera vez en Florencia en 1749, por separado, con el título Exemplar Tabulæ Trajanæ pro Pueris et Puellis Alimentariis Reip. Veleiatium. En segundo lugar, en Museum Veronense, Verona, 1749, en formato folio, al cual se añaden algunas explicaciones. En tercer lugar, en Histoire de la Jurisprudence Romaine, de A. Terrasson. París, 1750, en el apéndice, págs. 27–43.

1096
Lib. iv. p. 228.

1097
Véanse las pruebas citadas por Brisson, bajo la palabra Menstruum.

1098
Digest, 34, tit. 1. 14.

1099
“Crescerent de tuo qui crescerent tibi, alimentisque tuis ad stipendia tua pervenirent.”

1100
Plin. Epist. i. 8, 10, y vii. 18. Gruteri Inscript. p. MXXVIII. n. 5.

1101
Capitolin. cap. 8.

1102
Ib. cap. 26.

1103
Lamprid. cap. 57.

1104
Ælian. Spartian. cap. 1. p. 574.

1105
Capitolin. cap. 2, p. 532; y cap. 4, p. 537.

1106
Zonaras en la vida de ese emperador. Hist. August.

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HOSPITALES PARA ENFERMOS. HOSPITALES PARA INVÁLIDOS.
LAZARETOS DE CAMPO.

El artículo anterior me induce a dar alguna información sobre la historia de los hospitales para enfermos. Para ofrecer algo completo sobre este tema, sería necesario abordar también la historia de las posadas establecidas para uso de peregrinos y viajeros, las cuales, en general, estaban combinadas con esos hospitales; asimismo, la historia de las diferentes órdenes creadas con fines similares, y la de las tabernas que surgieron en una época posterior.

Es cierto que la antigua Roma, aunque era una ciudad magnífica, no contaba con edificios en los que se pudiera acoger a personas enfermas para cuidarlas y curarlas. Sin embargo, los enfermos eran llevados al templo de Esculapio, pero con un propósito muy distinto. Allí esperaban ser curados, tal como algunos creyentes cristianos lo siguen haciendo en iglesias que contienen imágenes milagrosas; pero no se hacían preparativos allí para su alojamiento. Esas numerosas instituciones benéficas destinadas al alojamiento de viajeros, pobres y enfermos, que tanto honor traen a la época moderna, fueron introducidas por primera vez por el cristianismo.

Bodin, quien no podía negar este servicio, intentó disminuirlo afirmando que, con la llegada del cristianismo, se concedió libertad a muchos esclavos que no poseían nada más; y que, al no haber aprendido ningún oficio o habilidad con la que pudieran ganarse la vida, se convirtieron en una carga para el Estado, por lo que el clero se vio obligado a encontrar formas de alejarlos de la vista pública y proporcionarles el apoyo necesario a esos desdichados abandonados por toda la humanidad. Los incrédulos sostenían que su número creciente era consecuencia de la religión cristiana.

Sin embargo, hay algo de verdad en esta explicación. De hecho, no se puede negar que nuestra religión, al exigir humanidad y compasión —aunque la intolerancia que genera convierte a las crueldades más severas en actos de bondad—, logra que los mendigos reciban más indulgencia y respeto de lo que, en general, reciben.

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merecen, y esto provoca un aumento continuo en su número. Pero cabe señalar que Bodin, a pesar de su agudeza y gran erudición, a menudo se deja llevar por los efectos de su odio innato hacia los cristianos, propio de los judíos; y aprovecha con gusto toda oportunidad para exaltar su religión paterna, la judía, y menospreciar la cristiana, con lo cual obtuvo riquezas y honores.
Sin embargo, los enemigos del cristianismo, durante los primeros años de nuestra era, no pudieron dejar de observar los numerosos medios para aliviar las desgracias humanas que introdujo la nueva religión. Era doloroso para el emperador Juliano reconocer esta superioridad; y con el fin de erradicarla, ordenó a sus sacerdotes que cuidaran de los pobres y que establecieran para ellos albergues (Xenodochia), en los cuales pudieran ser acogidos; además, les asignó los fondos necesarios para ello. En estos albergues se admitían no solo personas de su propia religión, sino también de cualquier otra, imitando a los cristianos, quienes, además de ayudar a sus propios pobres, también cuidaban de los paganos. Se puede ver cuán interesado estaba en debilitar este medio mediante el cual los impíos galileos ganaban respeto, amor y afecto, a través de un discurso en el que inculcaba la moralidad cristiana como si fuera la suya propia. Esta imitación de la nueva religión, que quizás contribuyó más a recomendarla que a desacreditarla, es objeto de burla por parte de Gregorio Nacianceno en su tercer discurso.
La tarea de proporcionar la ayuda necesaria a aquellos enfermos que no pueden esperar auxilio ni atención por parte de individuos corresponde a la policía; y como esto forma parte del gobierno, los gobernantes y soberanos deberían haber creado siempre las instituciones necesarias para tal fin. Pero en los períodos más antiguos, como parece, tenían demasiadas tareas relacionadas con la administración de justicia y la defensa del estado contra ataques hostiles, como para ocuparse de las instituciones policiales necesarias.
Por otro lado, el clero, cuyo primer deber era mantener el buen orden, la disciplina y la virtud, aunque a menudo violaran estas normas en privado, se esforzaba por suplir esta carencia; y por esa razón, entre los decretos de diversos concilios, encontramos muchas regulaciones que aún no han sido utilizadas suficientemente para ilustrar la historia de la policía. La creación de los primeros hospitales para acoger a los enfermos se cuenta entre los servicios prestados por el clero; y para mencionar todos…

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Los lugares de este tipo, ya sea fundados por ellos o por su instigación, formarían una lista muy larga. La primera, o al menos una de las primeras casas destinadas a acoger a los enfermos indigentes, fue la construida en Roma por Fabiola, una dama romana, amiga de San Jerónimo, es decir, en el siglo V. Cuando las peregrinaciones a los lugares sagrados, como se les llamaba, y a menudo desde países muy lejanos, pasaron a considerarse parte de la religión, el número de estas casas aumentó considerablemente. En aquel entonces no existían tabernas en las que los peregrinos pudieran recibir cuidados y atención adecuados a cambio de dinero; la mayoría de las personas viajaban sin dinero, confiando plenamente en encontrar ayuda gratuita. Cuando el clero quiso mantener e incrementar el número de peregrinos, algo que hacía por su propio interés, fue necesario que les brindara todas las facilidades para viajar y, por consiguiente, que atendiera las necesidades de los peregrinos indigentes; era imposible que entre ellos no hubiera algunos enfermos, sobre todo porque las molestias, el cansancio y los peligros del viaje se veían aumentados por muchas cosas perjudiciales para la salud. Pero como las peregrinaciones principales y más peligrosas se realizaban a Palestina, que está más allá de las fronteras de Europa, donde no se podía esperar encontrar compatriotas, ni siquiera cristianos —cuya obligación religiosa es ser compasivos—, el clero erigió, desde muy temprano, instituciones para acoger tanto a los peregrinos sanos como a los enfermos en el camino hacia allí, así como en los mismos lugares sagrados. Así, Jerónimo construyó un hospital en Belén; y su amiga Paula hizo construir varios en el camino hacia esa aldea, para que los devotos ociosos, como ella decía, pudieran estar en mejores condiciones que la Madre de Dios, quien, en su necesario viaje hacia allí, no encontró posada alguna. De manera similar, los escoceses e irlandeses erigieron hospitales en Francia para uso de sus compatriotas, quienes, en su peregrinación a Roma, podrían querer pasar por ese reino. Pero los hospitales eran especialmente necesarios en zonas salvajes y desérticas, donde no se esperaban asentamientos humanos; y en particular en regiones montañosas boscosas y a orillas de ríos anchos, donde los viajeros se detenían por falta de puentes y se reunían en grandes números. Es probable que muchos de estos hospitales hayan dado origen a los pueblos que aún se encuentran en tales lugares.

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El papa Adriano I informó a Carlomagno sobre los hospitales construidos en los Alpes; y en el año 855, el emperador Luis II ordenó que se inspeccionaran y repararan aquellos situados en las montañas. Las ruinas de muchos de estos edificios aún existen.

Hacia el final del siglo XI, se formaron en Tierra Santa hermandades encargadas de atender las necesidades de los peregrinos enfermos; estas hermandades se volvieron más ricas y numerosas a medida que aumentaban las cruzadas. No era raro que las personas adineradas, al morir, legaran sus bienes a los establecimientos en los que habían encontrado consuelo y alivio; y muy a menudo quienes habían sido curados donaban su dinero y sus pertenencias, o una parte considerable de ellas, a alguna hermandad, ya sea como resultado de un voto o para mostrar su gratitud. Por esta razón, los hospitales de Palestina pudieron construirse a mayor escala y contar con mejores instalaciones que cualquier otro visto anteriormente en Europa. Por lo tanto, eran considerados modelos; y los príncipes y personas ricas, al regresar sanos y salvos de sus peregrinaciones, hacían que se establecieran similares en sus propios países. Muchos príncipes incluso llevaron consigo a Europa a miembros de estas hermandades, los cuales con el tiempo se convirtieron en órdenes de caballería, para que los emplearan en la construcción de hospitales. Möhsen ha dado ejemplos de esto en su Historia de las Ciencias en la Marca de Brandeburgo, y podrían añadirse fácilmente más. En el mismo autor se puede encontrar una descripción de la creación de casas para acoger a personas afectadas por enfermedades cutáneas, y de su conversión en casas para enfermos de pestilencia. Solo diré aquí que estas posadas e hospitales contribuyeron en gran medida a facilitar los viajes de los comerciantes, quienes, en los inicios del comercio, cuando los caminos eran inseguros y no existían medios de transporte establecidos, se veían obligados a acompañar personalmente sus mercancías.

Sin embargo, la afirmación de Muratori de que los hospitales más antiguos no estaban destinados realmente a los viajeros enfermos, sino más bien a los sanos, es sin duda cierta; y parece que los hospitales, según el significado actual de la palabra, es decir, aquellos destinados únicamente a los enfermos, no se introdujeron antes del siglo XI. El mencionado autor cita de la vida de San Lanfranco, arzobispo de Canterbury en el año 1070, que hizo construir allí un hospital y lo equipó de tal manera que…

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De este modo, una parte de ellas estaba destinada a hombres enfermos y la otra a mujeres enfermas. Es probable, o más bien casi seguro, que este prelado creara la institución aquí mencionada siguiendo el modelo de aquellas que había visto en su país natal, Italia. Después de este período, se mencionan establecimientos similares para los enfermos en diversos otros lugares.
Los primeros hospitales, al menos en general, se construyeron cerca de catedrales o monasterios; y los propios obispos se encargaban de su inspección; pero posteriormente, ya sea por mayor comodidad o por falta de tiempo, cuando sus ocupaciones aumentaron, encomendaron esta tarea a los diáconos. Con el paso del tiempo, cuando se erigieron casas para los enfermos por parte de laicos, completamente separadas de los monasterios, los obispos reivindicaron su derecho, a menudo confirmado por leyes imperiales y pontificias, de visitar estas instituciones. Sin embargo, encontramos que en épocas posteriores fueron privados de este privilegio por príncipes y soberanos, ya sea porque querían aprovechar cualquier oportunidad para reducir el poder del clero, o porque este último daba motivos para sospechar que los ingresos destinados a los hospitales no siempre se empleaban con el fin previsto. También existen casos en los que, mediante las cartas de fundación, toda la gestión se encomendaba al soberano o a los herederos del fundador. Estas instituciones, sin embargo, tienen el aspecto de establecimientos eclesiásticos y conservan en muchos casos privilegios similares. Como tales, están exentas de todos los impuestos, se preservan en la medida de lo posible durante las guerras y gozan del mismo estatus que las iglesias.
No se encuentra, sin embargo, ninguna información sobre la economía interna de las casas más antiguas destinadas a acoger a los enfermos. Ni siquiera se sabe si había médicos y cirujanos en ellas, ni de qué manera se les suministraban medicinas. En aquel entonces no existían boticas; y las que se encuentran hoy en día en los hospitales son de origen moderno.
En los hospitales de Jerusalén, los caballeros y hermanos atendían personalmente a los enfermos, vendaban sus heridas y, imitando a los héroes griegos como Hércules, Aquiles y otros, actuaban como sus médicos. Así, encontramos en Amadís y en otros libros de caballerías escritos en la Edad Media cuán grandes esfuerzos hacían los caballeros para obtener las mejores mezclas bálsamicas, y que, en general, se curaban mutuamente las heridas. El conocido baume de commendeur es una de las composiciones más antiguas de este tipo, perteneciente a la época de la caballería.

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No se podía esperar un conocimiento profundo o extenso de la medicina entre estos caballeros, incluso si no conociéramos la descripción que hace Guy de Chauliac de sus habilidades. Este autor, que escribió su libro sobre la curación de heridas en el año 1363, menciona las diferentes escuelas médicas; entre ellas, los caballeros alemanes son considerados como la cuarta escuela. Según él, estos curaban las heridas mediante exorcismos, bebidas, aceites, lana y hojas de col, confiando en la creencia de que Dios había conferido un poder sobrenatural a las palabras, plantas y piedras.

La primera mención de médicos y cirujanos, establecidos en hospitales para enfermos pertenecientes a la orden de los Templarios, data del gobierno de Juan de Lastic, quien en 1437 asumió el cargo de gran maestre y definió con gran precisión las funciones de médico y cirujano. Sin embargo, me parece, al igual que a Möhsen, que los hospitales ya contaban con médicos cualificados mucho antes.

Pero, mientras esto no era así, no podían ofrecer formación a los jóvenes médicos en la teoría o práctica de su arte, como lo hacen nuestros hospitales en la actualidad. No obstante, encontramos una descripción muy interesante respecto a Persia: allí se dice que algunos sacerdotes nestorianos tenían un hospital junto a su monasterio, además de un instituto o escuela para jóvenes médicos, a quienes, bajo ciertas reglas establecidas, se les permitía atender a los enfermos. Este centro se encontraba en una ciudad llamada Gandisapora, o, como la escribe el profesor Sprengel, Dschandisabor. La escuela de medicina de este lugar es mencionada con frecuencia después del siglo VII. Los alumnos que deseaban mejorar sus conocimientos en el hospital primero tenían que someterse a una prueba y leer los salmos de David y el Nuevo Testamento. Muchos de aquellos que estudiaron medicina allí alcanzaron altos cargos eclesiásticos, lo cual resulta aún más sorprendente teniendo en cuenta que las demás escuelas nestorianas en Oriente solo se centraban en la teología y prohibían por completo a los jóvenes clérigos estudiar medicina.

Los manicomios, o centros para acoger y curar a personas locas, también parecen haber sido creados primero en Oriente. Zimmerman, en su obra sobre la soledad, afirma que ya en el año 491 existía un centro de este tipo en Jerusalén, cuyo objetivo principal era cuidar a aquellos monjes que enloquecían en los monasterios, o a aquellos ermitaños que eran visitados…

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por la misma aflicción en los desiertos; pero, como de costumbre, no ha dado pruebas.
En el siglo XII, cuando el judío Benjamín de Tudela se encontraba en Bagdad,
encontró muchos hospitales que contaban con casi sesenta tiendas o dispensarios
que les pertenecían, y que distribuían, a expensas del público, los medicamentos necesarios. Un gran edificio llamado Dal almeraphtan, es decir, la Casa de la Gracia, estaba destinado a acoger a aquellos que perdían la razón en verano. Se los mantenía allí encadenados hasta que se curaban; y cada mes este edificio era visitado por magistrados, quienes examinaban el estado de los pacientes y permitían que aquellos que habían recuperado la razón regresaran con sus familiares o amigos.

A esos establecimientos policiales que son objeto de este artículo también pertenecen hospitales para inválidos. Aunque puede ser cierto que, entre muchas naciones antiguas, los soldados, al igual que los marineros en algunas fragatas actuales, servían voluntariamente y sin salario, con la esperanza de obtener, mediante el saqueo, una compensación suficiente por los gastos, el trabajo y los peligros a los que estaban expuestos en la guerra, de todos modos se consideraba un deber general proveer de ayuda a los indigentes y también a aquellos que se habían vuelto incapaces de prestar servicio militar, cuando no tenían medios de sustento, para que no fueran una carga para el público. Si alguien fuera tan desprovisto de sentimientos como para pensar que nuestros soldados, después de haber disfrutado años de paz sin un gran gasto de sus fuerzas físicas ni de ocupaciones laboriosas, libres de preocupaciones, rodeados de todo lo necesario para la vida y con un rango superior al de aquellos miembros del Estado de los que provenían, deberían considerar que no es una dificultad cumplir con el servicio militar cuando la guerra lo hace necesario; sigue siendo un deber del gobierno proveer de ayuda a los soldados incapaces de seguir sirviendo y que carecen de sustento; además, la prudencia política lo exige, para que otros no se disuadan de defender su país natal o a su soberano, sino que, más bien, con la esperanza segura de recibir ayuda en el futuro, su valentía y fidelidad se fortalezcan; lo cual, a pesar de la más estricta subordinación y aunque las armas de fuego requieren menos valentía personal que los arcos y flechas, sigue siendo indispensable.

Esta verdad parece haber sido plenamente reconocida en los períodos más antiguos.
Solón dedujo algo del salario de los soldados y lo empleó en la educación de los niños cuyos padres habían caído en batalla, para que otros pudieran ser alentados a la valentía. Pisístrato, siguiendo este ejemplo, emitió una orden para que aquellos que habían perdido alguna de sus extremidades en la guerra

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Deberían mantenerse a expensas del público. Las pensiones concedidas no parecen haber sido siempre igualmente elevadas, y parece que incluso se modificaban según las circunstancias. De la atención que prestaban los romanos al cuidado de sus inválidos, es decir, de los milites causarii o soldados que dejaban de ser aptos para el servicio, ya fuera por heridas o por vejez, se pueden encontrar muchos ejemplos, algunos de los cuales aparecen en el Código de Justiniano y varios en el Código de Teodosio. No solo estaban exentos de impuestos, sino que con frecuencia también recibían tierras, ganado y dinero, y eran asignados a familias y comunidades ricas para que se ocuparan de ellos. Sin embargo, la afirmación de que los romanos tenían casas especiales para inválidos, en las cuales se cuidaba a los soldados agotados por las fatigas de la guerra, y de que la taberna meritoria era una casa de este tipo, es uno de los muchos errores de Peter von Andlo, canónigo de Colmar, quien merece el mérito de haber escrito, en el siglo XV y con gran libertad, la primera obra sobre el derecho público germánico. No sé cómo pudo concebirse tal idea por parte de este autor, pues lo siguiente es el único relato sobre la taberna meritoria que se encuentra entre los antiguos. En primer lugar, Valerio Máximo nos cuenta que un viajero fue asesinado en una de ellas donde se alojaba. A juzgar por esta circunstancia, la taberna meritoria parecía ser una taberna o posada pública, significado que los escritores de jurisprudencia parecen haber adoptado siempre. En segundo lugar, Eusebio, quien murió en el año 340, relata en su Chronicon que, durante el segundo o tercer año del reinado de Augusto, un aceite brotó de la tierra en una taberna meritoria, al otro lado del Tíber, y siguió fluyendo sin interrupción todo el día; pero no veo qué relación puede tener este fenómeno con Jesucristo. En tercer lugar, lo mismo lo relata Orosio, quien vivió hacia el año 416; pero él sitúa este acontecimiento mucho más tarde, es decir, en el año 730 o 731 después de la fundación de la ciudad, lo cual sería unos veinte años antes del nacimiento de Cristo. No obstante, Martinus Polonus dijo, en el siglo XIII, que este aceite apareció en el nacimiento de Cristo. Damaso (¿el papa Formoso en el siglo IX?) añadió

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Que, por esta razón, el papa Calisto I, ya en el siglo III, hizo construir una iglesia cristiana en ese lugar; y algunos escritores modernos, 1128 creen, contrariamente a la afirmación de Platina, que se trata de la actual iglesia de Santa María Transtiberina, Maria in Trastevere; y en esta iglesia aún se muestra una piedra con la inscripción fons olei. Para hacer probable la construcción de una iglesia en el siglo III, algunos modernos han conjeturado que esta taberna era la tienda de cocina adquirida por los cristianos durante el reinado de Alejandro Severo, quien se la asignó a ellos con la observación de que “era mejor que Dios fuera servido de cualquier manera en ese lugar, que que taberneros, cocineros o quizá los ministros de la voluptuosidad, 1129 popinarii, llevaran allí a cabo sus ocupaciones”. Nuestros escritores especializados en crítica histórica niegan categóricamente que Calisto I haya construido una iglesia en 1130 Roma. Cabe señalar también que Donato, fallecido en 1640, afirma con certeza que la taberna meritoria era la casa donde se alojaba la gente de Rávena cuando venía a Roma a ver los espectáculos públicos 1131; pero no nos dice de dónde obtuvo esta información. Lo que he recopilado aquí respecto a la taberna meritoria puede servir para corregir una versión falsa y frecuentemente repetida; pero todo lo que puedo demostrar a partir de ello es que esta taberna no era un hospital para inválidos. Hardouin también opinaba que había hospitales para inválidos en Roma, uno de los cuales fue construido por Metelo, yerno de Pompeyo; pero como prueba solo se refiere a una moneda con la imagen de Metelo, en el reverso de la cual se encuentra la figura desnuda de un hombre caminando, que sostiene en su mano derecha el pálido y lleva sobre su hombro izquierdo a otro hombre desnudo, con la inscripción en el rostro: “Q. Metellus Pius”. De esto, Hardouin infiere que Metelo construyó un Hôtel des Invalides para soldados enfermos o heridos, que dedicó a Pallas, y que por esta razón obtuvo el sobrenombre de 1132 Pío. Es ciertamente notable que en Patin aparezcan dos monedas con el mismo reverso y la inscripción pietas. Dejaré al juicio de los críticos esta opinión de Hardouin; pero debo confesar que la explicación de las figuras ambiguas en las monedas tiene similitudes con las derivaciones exageradas de los etimólogos. Ambas pueden ser eruditas, ingeniosas y plausibles; pero no pueden emplearse solas como prueba, salvo para dar más fuerza a una verdad ya demostrada. Estas monedas, quizá, aluden a alguna otra cosa.

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Se pagaba a los soldados heridos, y Metelo, Herenio y César podrían haber sido ejemplos de ello; además, la gente es siempre lo suficientemente débil como para valorar en exceso cada muestra de compasión o benevolencia mostrada por sus soberanos o comandantes, ya que rara vez cumplen con las obligaciones generales que les corresponden. No considero que sea una reproche para los romanos, a pesar de su inclinación a la guerra y al saqueo, el hecho de que no tuvieran hospitales para los inválidos; porque la observación ya hecha respecto a los orfanatos también se aplica a ellos. Edificios magníficos, construidos a gran costo, demuestran la riqueza y quizás también la generosidad del fundador; pero no hay duda de que, con el capital empleado, se podría mantener a un número mayor de inválidos, y de una manera mucho más beneficiosa para el público; es decir, mediante arreglos que permitieran distribuir a los inválidos por todo el país y alojarlos con comida y alojamiento a cambio de una cierta suma. En este caso, muchas familias estarían dispuestas a recibirlos, tanto por el dinero como porque estos inválidos podrían ser de gran ayuda en sus tareas domésticas, ya sea trabajando ellos mismos o ayudando a otros. La gente puede elogiar los hospitales grandes y costosos tanto como quiera; pero ver a tantos hombres que han perdido su salud o sus extremidades en la guerra es solo un espectáculo melancólico, y da motivos para reflexionar sobre cuánto sufre la humanidad debido a la avaricia, el orgullo y la venganza de los soberanos, sin los cuales las guerras serían menos frecuentes. El primer establecimiento para acoger a los inválidos que, hasta donde sé ahora, aparece en la historia, fue el creado en Constantinopla por el emperador Alejo Comneno, a finales del siglo XI. Se puede encontrar una descripción completa de él en la historia de ese príncipe, escrita por su erudita hija Ana Comnena, quien dice que el emperador hizo adaptar una gran cantidad de edificios situados alrededor de una iglesia para convertirlos en hospital, el cual, sin duda, nunca fue superado en tamaño; aunque otros historiadores relatan que Alejo simplemente revivió y amplió en grado excepcional una institución antigua. De hecho, se le llamaba Orfanato; pero en él se admitían personas enfermas y pobres de ambos sexos y de todas las edades, y, como dice expresamente la historiadora, también soldados dados de baja del servicio, a quienes se les proporcionaba cama, comida y ropa. Aunque el emperador aseguró a esta institución varias fuentes de ingresos, parece que no existió durante mucho tiempo; al menos, en la época de Jorge Codino, es decir, en

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En el siglo XV, el alto cargo de director o administrador ya había estado en desuso desde hacía tiempo. De los hospitales para inválidos que existen actualmente, el más antiguo y grande es el Hôtel des Invalides en París. Los reyes de Francia disfrutaron desde los tiempos más remotos de lo que se llamaba droit d’oblat, que consistía en el poder de enviar a abadías y monasterios, con el fin de que fueran mantenidos, a oficiales y soldados incapaces de seguir prestando servicio, y en particular aquellos que habían resultado heridos. Se dice que hay vestigios de esta práctica durante el reinado de Carlos Magno; al menos Seissel, en la Vida de Luis XII, relata que existía una antigua tradición en una abadía del Languedoc según la cual el abad había sido castigado por ese príncipe porque se negaba a recibir a los soldados asignados a él. Es fácil comprender cuán desagradables debieron ser estos “huéspedes” para el clero, y cuán poco se correspondían las ideas, formas de vida y costumbres de estas dos clases entre sí. Las quejas sobre este tema se hicieron tan numerosas durante el reinado de Enrique IV, que finalmente decidió hacer que todos los inválidos fueran alojados y mantenidos juntos en un palacio llamado “La Maison Royale de la Charité Chrétienne”. Pero como los ingresos destinados a sostener este establecimiento no eran suficientes, fue suprimido bajo el mismo soberano, y los inválidos volvieron a ser distribuidos entre las abadías y conventos. Con el paso del tiempo, estas instituciones lograron obtener la exención de esta carga al pagar una pensión anual a sus “huéspedes”; pero pronto gastaban todo su dinero y caían en un estado de extrema pobreza. Por esta razón, Luis XIII renovó el intento de fundar un hospital para inválidos, el cual, debido a la falta de fondos, nunca se completó. Finalmente, Luis XIV, en el año 1670, comenzó a construir el Hôtel des Invalides; su extravagante magnificencia es más bien una prueba y un monumento de la prodigalidad y el orgullo de ese soberano, que de su preocupación por los soldados meritorios. En el año 1682 se fundó en Inglaterra el hospital para soldados en Chelsea, por iniciativa de Carlos II; fue continuado por Jacobo II y completado por Guillermo III. Pero mucho más grande y magnífico es el hospital para marineros en Greenwich, cuya idea surgió primero por parte de la reina María, esposa del rey Guillermo. La construcción, decidida en el año 1694, comenzó en 1695 y fue ampliada y embellecida con el paso del tiempo. Dado que Francia fue el primer país de Europa en mantener un ejército permanente de tropas nacionales,

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Por lo tanto, primero fue necesario proveer para los soldados nativos en caso de que quedaran discapacitados por el servicio. Mientras los militares estuvieron compuestos principalmente por extranjeros, que servían durante un cierto período a cambio de salario y botín, los soberanos creían que, al terminar la guerra, ya no tenían ninguna obligación con esos extranjeros; en consecuencia, les permitían retirarse donde quisieran y no se molestaban más en ocuparse de ellos.
Por último, aquí consideraré la pregunta: ¿Desde cuándo se han nombrado cirujanos regulares en los ejércitos? Y presentaré al lector lo poco que he podido recopilar para responderla. En la guerra de Troya, de hecho, no eran conocidos. En aquel período, muchos de los héroes principales habían adquirido algún conocimiento de la cirugía y, al igual que los caballeros en la época de las cruzadas, se encargaban de ayudar y curar a los heridos. Tales personas en los ejércitos eran especialmente honradas y consideradas de gran valor, como se desprende de lo que dice Idomeneo al hablar de Macaón:
“Ιητρὸς γὰρ ἀνὴρ πολλῶν ἀντάξιος ἂλλον.”
“El médico es un hombre digno de compararse con muchos otros.”
Sin embargo, el caso de Macaón muestra cuán poca atención se prestaba entonces a los heridos; pues Virgilio hace que él, cuya ayuda debía ser necesaria en todo momento, suba al caballo de madera, y fue el primero en salir de él. Hay motivos para pensar que los ejércitos en la época de Homero, y hasta la introducción del cristianismo y la invención de la pólvora, tenían en cada batalla muy pocos heridos, y siempre una proporción mucho mayor de muertos que en los tiempos modernos. Las tropas enemigas estaban más cerca unas de otras; todos llegaban a enfrentamientos directos; los prisioneros no se intercambiaban, sino que se convertían en esclavos, y entre los romanos se vendían en las infames escuelas de gladiadores. Los prisioneros heridos eran una carga para el bando vencedor; aquellos que no podían escapar se defendían hasta el final y eran ejecutados por los conquistadores. En Aquiles Tacio, quien parece haber vivido en el siglo III de la era cristiana, encuentro que se llamaba a un médico militar, exercitus medicus, para atender a una persona enferma; y casi se podría creer que aquí se refiere a un médico regular asignado para atender al ejército, sobre todo porque Salmasio, sobre este pasaje, dice que cada cohorte tenía, en general, un médico.

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Y por lo tanto, las denominaciones de medicus cohortis y medicus legionis se encuentran en inscripciones antiguas. No me atreveré a contradecir a una autoridad tan grande en un tema de este tipo; pero lamento no haber podido encontrar ninguna otra evidencia de tales médicos militares.
Los primeros vestigios de hospitales de campaña, o, como se les llama actualmente, hospitales volantes, aparecen quizás en Oriente. En cualquier caso, el emperador Mauricio, en el siglo VI, contaba junto con sus ejércitos con deputati, cuya función describe, al igual que el emperador León VI en el siglo IX, quien copió muchas cosas literalmente de la obra de ese príncipe. Estos deputati estaban distribuidos entre las tropas de caballería y tenían la obligación de llevarse a los heridos de la batalla. Por esta razón, llevaban en el lado izquierdo de la silla de montar dos estribos, para poder recoger más fácilmente a los heridos detrás de ellos; y por cada persona así salvada, recibían una cierta recompensa. También estaban obligados a llevar consigo una botella con agua, con el fin de reanimar a quienes pudieran haberse desmayado por la pérdida de sangre. León, además de los oficiales necesarios para cada banda o compañía de un regimiento, menciona expresamente no solo a los deputati, sino también a médicos y cuidadores de los enfermos.
Aunque en la Convención de Ratisbona del año 742 se ordenó que todo comandante de ejército tuviera consigo a dos obispos, junto con sacerdotes y capellanes, y que cada coronel estuviera acompañado por un confesor, no se encuentra mención alguna ni de hospitales de campaña ni de cirujanos militares pertenecientes a los primeros ejércitos cristianos en los escritos de la Edad Media. Sin embargo, leemos en las obras de Paracelso, Thurneyser, Lottich y otros que estaban presentes en batallas y asedios; pero se puede demostrar que no fueron nombrados como cirujanos militares, sino que sirvieron simplemente como soldados.
Los cirujanos de campaña, que aparecen como acompañantes de los ejércitos a principios del siglo XV, estaban destinados más bien al uso de los comandantes y oficiales principales que al servicio del hospital de campaña. Su número era demasiado reducido para todo un ejército; y como estaban autorizados por su cargo a recibir prisioneros y botín, y, al igual que los caballeros, tenían la obligación de llevar consigo arqueros, es muy probable que luchar también formara parte de sus funciones.

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Cuando Enrique V de Inglaterra libró guerra contra Francia en 1415, contrató a Nicolás Colnet como cirujano de campaña por un año. Estaba obligado a llevar consigo a tres arqueros a caballo y a acompañar al rey allí donde fuera. A cambio, recibiría cuarenta marcos o libras al año, pagados a razón de diez marcos cada trimestre. También le correspondían doce peniques diarios como dinero para gastos menores; cada uno de sus arqueros recibía veinte marcos al año y seis peniques diarios para sus necesidades. El cirujano jefe del ejército, Morstede, contaba con quince hombres a su cargo: tres de ellos eran arqueros y los doce restantes eran cirujanos. Él también recibía diez libras cada trimestre como salario, además de doce peniques diarios para gastos menores. Sus arqueros y cirujanos estaban en igualdad de condiciones: cada uno recibía cinco libras al trimestre y seis peniques diarios para gastos menores. Tanto Colnet como Morstede podían quedarse con prisioneros y botín; pero cuando el valor de este último superaba las veinte libras, una tercera parte debía entregarse al rey. Ambos líderes recibían un anticipo equivalente a un cuarto de su salario; y, para que tuvieran siempre garantías para el siguiente trimestre, el rey se comprometía a entregarles, como prenda, tantas joyas u otros objetos como pudieran equivaler a un cuarto de su salario y gastos menores.

Harte, en su obra “Vida de Gustavo Adolfo”, parece creer que este príncipe fue el primero en designar cuatro cirujanos por cada regimiento. Redujo el número de regimientos de dos o tres mil a 1200, y posteriormente a 1008. Considera que se puede afirmar con certeza que las tropas imperiales de aquel entonces no contaban con cirujanos, ya que incluso Tilly, después de la batalla de Leipzig, tuvo que dejar que un cirujano establecido en Halle atendiera sus heridas. Agrega en una nota que le dijeron que los austriacos, hasta aproximadamente el año 1718, no tenían cirujanos designados oficialmente en sus regimientos. Sea como sea, es cierto que los hospitales de campaña del ejército imperial, hasta principios del siglo XVIII, estaban en muy malas condiciones. Incluso en el año 1718 no contaban con cirujanos de campaña; pero en esa época se cesó a los cirujanos de compañía y se designó un cirujano por regimiento, junto con seis asistentes. Además de los botiquines médicos, los instrumentos quirúrgicos eran suministrados a expensas del emperador.

La existencia de hospitales de campaña en Alemania es sin duda mucho más antigua; ya que Fronsperger, quien escribió a mediados del siglo XVI…

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No habla de cirujanos de campaña, cirujanos del ejército y sus ayudantes, como si hubieran sido introducidos recientemente; sino de tal manera que demuestra que la necesidad de ellos ya era ampliamente reconocida mucho antes de ese período. Según sus palabras, era necesario que, junto al comandante en jefe, o, según la expresión moderna, el estado mayor, hubiera un cirujano jefe de campaña, un médico encargado de supervisar a los cirujanos de campaña, a los barberos y a sus ayudantes, cuya tarea era sacar a los heridos de entre los muertos y llevarlos hasta el primero. Este último estaba obligado a tener consigo instrumentos y medicinas, y en cada reunión debía examinar los instrumentos y equipos de los cirujanos de campaña; también decidía, en casos disputados, cuánto debían pagar los soldados cadas heridas se hubieran curado al cirujano de campaña. Durante las marchas, estaba obligado a permanecer con el comandante en jefe. Fronsperger dice además que debía haber un cirujano de campaña junto a la artillería, y un cirujano de campaña específico para cada compañía; no obstante, no se trataba de un simple barbero, sino de una persona debidamente formada, experimentada y hábil. Esta persona estaba obligada a acompañar siempre, con ayudantes competentes, al oficial al mando, y recibía un salario doble.

Describir todos los hospitales, enfermerías y dispensarios de este país llenaría volúmenes enteros. Puede ser suficiente señalar aquí que en la capital hay diez hospitales grandes, cada uno de los cuales recibe un número considerable de pacientes internados, y un número aún mayor de pacientes externos a quienes se les prescriben medicamentos y se les provee de ellos, aunque acuden a dichas instituciones. En el más grande de ellos, el de San Bartolomé, el número anual de pacientes, tanto internados como externos, es de unos 12.000; aproximadamente tres quintas partes de ellos son pacientes externos. El número de camas en el hospital asciende a más de 550.

Existen veintiocho dispensarios; aquellos pacientes que están en condiciones de hacerlo acuden a estas instituciones; aquellos que no lo están, son atendidos y aliviados en sus propios hogares.

Además, en la capital hay diez establecimientos de maternidad, tres instituciones oftalmológicas, tres manicomios públicos, un hospital para enfermedades venéreas, un hospital para viruela y fiebres, así como uno para pacientes afectados de tuberculosis.

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También hay noventa y siete hospitales de condado, enfermerías y 1145 dispensarios.
La admisión a los hospitales se obtiene presentando una petición firmada por un gobernador, en un día determinado de cada semana; por supuesto, de entre los pacientes que solicitan atención, los casos más graves tienen prioridad.
Los accidentes y los casos muy graves son admitidos en cualquier momento, y sin necesidad de ninguna petición o recomendación. Los pacientes ambulatorios no requieren recomendación alguna.
La misma regla general rige para el acceso a los demás establecimientos médicos.]

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Joubert. En Ruán, 1641, 8vo.
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Existen diversas ediciones de los estatutos de esta orden. 1. Nova Stat. ord. S. Joannis Hierosolymitani. Madrid, 1577, formato pequeño folio. 2. Privilegia ordinis S. Jo. Hierosol., formato pequeño folio, Roma, 1588. 3. Statuta Hospitalis, sin indicación de lugar ni fecha, formato pequeño folio. Sin embargo, cada copia contiene muchas cosas que faltan en las demás. 4. Histoire de Malte, con los Estatutos y Ordenanzas de la Orden. París, 1643, formato folio. Codice del sacro militare ordine Gerosolimitano. En Malta, 1782, formato folio. Las palabras relacionadas con este tema se pueden encontrar en Titulo quarto, xi y xii.
1117
Las pruebas de este relato singular se pueden encontrar en Assemani, Bibliotheca Orientalis, tomo III, página 2, página CMXL.
1118
Diógenes Laercio, libro I, sección 55. Esta normativa ha sido elogiada por muchos. Platón en Menexeno; Esquines contra Ctesifonte.
1119
Suidas, entrada αδυνατοι; Lysias, Orat. 23, contra Pancleón.
1120
Cod. Theodos., libro VII, título 20, 8. Brissonius, entrada Causarius.
1121
Tito Livio, libro II, capítulo 47, página 458; Dión Casio, libro LV, capítulo 23, página 793; Suetonio, Vita Jul. Cæsar., capítulo 38. A este tema pertenecen muchos pasajes en Auctor. Rei Agrar., páginas 15, 16, 17, 205, edición de Ámsterdam, 1674, formato 4to.
1122
De Imperio Romano, libro II, capítulo 12. Argentoratum, 1612, formato 4to.
1123
Libro I, capítulo 7, extensión 10.
1124
Brisson de Verbor. Signif., entrada Meritorius.
1125
Página 146.
1126
Historia, libro VI, capítulo 20.
1127
Esto lo sé gracias a las Observaciones de Pontac sobre el Chronicon de Eusebio, página 507; Chronica trium illustrium auctorum. Burdeos.

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1604, fol.
1128
Platina de vitis Pontificum, p. 48, 1664, 12mo.
1129
Lamprid. vita Alex. Severi, cap. 49.
1130
Walch’s Histor. der Päpste. Göttingen, 1758, 8vo, p. 57.
1131
Roma Vet. et Nova. lib. iii. cap. 21.
1132
Véase Hardouin’s Observations on Plin. lib. viii. seg. 74, p. 477; y la figura de la moneda, placa vii.
1133
Annæ Comnenæ Alexiados lib. xv. p. 484. La autora dice expresamente que el nombre ὀρφανοτροφεῖον se emplea solo en un sentido más amplio, ya que se sabe que en épocas posteriores no solo los niños que habían perdido a sus padres, sino también otros que eran educados total o parcialmente a expensas del Estado, así como los hijos del coro, eran llamados ὀρφανοί. Véase Du Cange, Gloss. Græcit. El emperador solía enviar a los huérfanos a los monasterios para que fueran educados e instruidos; pero con la condición expresa de que no fueran tratados ni instruidos como siervos, sino como hijos de hombres libres. —Anna Comn. p. 381.
1134
[Existe una tradición según la cual esta institución debe su origen a los esfuerzos patrióticos de Nell Gwynn, la célebre amante de Carlos II. Un párrafo de un periódico de la época parece dar algo de crédito a la suposición de que su familia vivió alguna vez en las cercanías; además, todavía existe una taberna a poca distancia del hospital, cuyo letrero muestra su retrato, con una inscripción que le atribuye el mérito de haber fundado dicho hospital. El autor anónimo de la biografía de Eleanor Gwynn también afirma que fue por su iniciativa que se estableció esta noble obra de caridad. “Otra muestra de generosidad”, dice, “que elevó el carácter de esta dama por encima de cualquier otra cortesana de esos tiempos o de cualquier otro período, fue su esfuerzo por crear el Hospital de Chelsea. Un día, mientras paseaba en su carruaje por la ciudad, se acercó a la puerta del carruaje un hombre pobre pidiendo caridad; él le contó una historia, ya sea verdadera o no.]

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Que fuera verdadero o falso era irrelevante, así como el hecho de que hubiera resultado herido en las guerras civiles en defensa de la causa real. Esta circunstancia afectó profundamente el corazón benevolente de Eleonora; consideraba que, además de las dificultades derivadas de verse obligados a mendigar debido a las heridas sufridas en defensa de su país, era una ingratitud monstruosa por parte del gobierno permitir que perecieran aquellos que se habían levantado en su defensa.
“Llena de estas reflexiones y de compasión, se apresuró hacia el rey y le describió la miseria en la que se encontraba un sirviente anciano; le suplicó que se ideara algún plan para ayudar a esos desdichados valientes, cuya vejez, heridas o enfermedades los hacían incapaces de servir; de modo que no tuvieran que terminar sus días lamentándose de la fortuna y oprimidos por la miseria.”
Otra anécdota de esa época indica, con algo más de verosimilitud, que “cuando la guarnición fue retirada de Tánger, había entre ellos un número considerable de personas ancianas y débiles. Por ello se propuso construir un hospital para ellas; y cuando se le pidió al rey un terreno para ello, ofreció el lugar donde se encontraba el Colegio del Rey Jacobo; pero, recordando algo, dijo: ‘Odso, es cierto que ya he dado esa tierra a Nell, aquí’. Ella, que era una de las personas más generosas y benevolentes del mundo, respondió de inmediato: ‘¿De verdad, Carlos? Entonces se la devolveré para este fin’. Y así se construyó el hospital. Sin embargo, el rey construyó una casa para Eleonora en Pall Mall”.
No obstante, según las Memorias del señor Evelyn, es muy probable que la idea proviniera de Sir Stephen Fox, quien durante algunos años había sido tesorero de las fuerzas armadas y, sin duda, tenía mejores oportunidades de conocer las necesidades y penurias de los veteranos ancianos y agotados, muchos de los cuales en ese período dependían de la caridad del país.
El edificio fue construido bajo la supervisión de Sir C. Wren y costó 150.000 libras. Por lo general, alberga a unos 500 inválidos.

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También hay un número considerable de pensionistas que reciben atención en el exterior, cantidad que asciende a unos 85.000.]
1135
Un relato histórico del Hospital Real para Marineros en Greenwich. Londres, 1789, 4to. [La piedra fundamental de este magnífico edificio fue colocada el 3 de junio de 1696, y toda la superestructura, bajo la supervisión honoraria de Sir Christopher Wren, quedó terminada en el plazo de dos años; el hospital se abrió para acoger a los pensionistas en 1705. En el año de su fundación se aprobó una ley, 7 y 8 de Guillermo III, capítulo 21, según la cual se destinaban seis peniques al mes de los salarios de todos los marineros pertenecientes a la marina real en beneficio de esta institución. Desde entonces se han donado grandes sumas de dinero para el uso del hospital, y los edificios han sido ampliados e mejorados sucesivamente. Los pensionistas que reciben atención en el interior, que son 2700 (número que se mantiene llenando las vacantes dos veces al mes), son alimentados, vestidos y alojados, y también reciben un subsidio semanal como dinero de bolsillo. Según la ley, 10 de Ana, capítulo 27, se estipula que los marineros del servicio mercante deben contribuir por igual que los de la marina real; y que aquellos de los primeros que resulten heridos defendiendo propiedades pertenecientes a súbditos de Su Majestad, o que queden discapacitados al capturar barcos enemigos, también podrán beneficiarse de esta institución. El dinero recibido de visitantes y otras fuentes se destina al mantenimiento de una escuela, donde más de 4000 niños han sido educados desde la fundación de la institución hasta la actualidad. También hay unos 32.000 pensionistas que reciben atención fuera del hospital.]
1136
Incluso Alejandro Magno asumió esta función, como dice expresamente Plutarco en su biografía.
1137
Ilíada, XI, 514.
1138
Eneida, II, 263.

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1139
Achil. Tat. Lugd. Batav. 1640, 12mo, pp. 243, 617.
1140
Mauricii Ars Militaris, pp. 29, 62. Upsaliæ 1664, 8vo. — Leonis Tactica, ed. Meursii, Lugd. Batt. 1612, 4to, lib. iv. 6; xii. 51, 53, p. 150; 119, p. 128. A este tema pertenece, en particular, un pasaje de la Tactica del emperador León, p. 430, n. 62, 63, donde se recomienda que los medicamentos tanto para curar heridas como para tratar enfermedades estén siempre a disposición en los ejércitos.
1141
A menudo llamado Concilium Carolomanni. Véase Semleri Hist. Eccles. Selecta Capita. Halæ, 1769, 8vo, ii. p. 144.
1142
Rymer’s Fœdera, t. iv. 2, pp. 116, 117.
1143
Véase Hoyers Gesch. der Kriegskunst, 1799, 8vo, ii. p. 176.
1144
Kriegsbuch, por Leonhart Fronsperger. Fráncfort, 1565.
1145
La enfermería de baños marinos de Margate merece mención especial, ya que es la única institución de este tipo en Inglaterra, y quizás en toda Europa. Su objetivo es ofrecer baños marinos a pacientes necesitados que padecen escrófula y otras enfermedades que solo pueden curarse con el aire marino y los baños. Fue fundada en 1793 y establecida oficialmente en 1796 por unos cuantos individuos benévolos de Londres, bajo el patrocinio del Dr. Lettsom, John Nichols, Esq. (el eminente impresor), y su yerno, el reverendo John Pridden. Su ubicación actual, Westbrook, cerca de Margate, fue elegida tras numerosas investigaciones como el lugar más saludable de la costa, a una distancia conveniente de la capital. A partir de un comienzo modesto, esta excelente institución benéfica ha adquirido una importancia considerable entre aquellas organizaciones dedicadas a reducir el sufrimiento humano; actualmente cuenta con 230 pacientes internos y aproximadamente tantos externos. Sin embargo, esta encomiable institución está cerrada durante seis meses al año (de noviembre a abril), y los pacientes internos deben pagar, ya sea ellos mismos o sus familiares, entre 5 chelines y 6 chelines por semana para adultos, y entre 4 chelines y 4 chelines y 6 peniques por semana para niños; cantidad que, en el caso de las enfermedades escrófulosas…

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Afectan más particularmente a las clases más pobres, y son motivo de pesar.

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Lucha de gallos.
Hasta un período reciente, los ingleses fueron casi las únicas personas entre las cuales la lucha de gallos era un pasatiempo favorito; por esa razón se considera algo propio de ellos, aunque ya se practicaba en diversas naciones hace muchos siglos. No es improbable que fuera introducida en Inglaterra por los romanos. Sin embargo, el hecho de que se haya mantenido allí constantemente, a pesar de que la práctica de provocar a los animales para que luchen ha sido rechazada durante mucho tiempo por las naciones morales e ilustradas, constituye una anomalía tan singular como el hecho de que los españoles continúen celebrando sus corridas de toros, o que los príncipes que desean evitar dar la impresión de crueldad sigan practicando, con una pasión desmedida, esa caza detestable y tan a menudo condenada. Dejaré a otros la tarea de hacer reflexiones sobre estas contradicciones en el carácter de naciones enteras así como de individuos, y aquí solo expondré la historia de la lucha de gallos en la medida en que yo la conozco.
Este pasatiempo es sin duda muy antiguo; pero estoy de acuerdo con el señor Pegge en que Palmerius lo hace parecer aún más antiguo de lo que realmente puede demostrarse. Este último supone que Adrasto, hijo de Midas, rey de Frigia, mató a su hermano a causa de una disputa que surgió entre ellos por motivo de una pelea de codornices. Adrasto, debido a este asesinato, huyó hacia Creso; y como ese príncipe vivió unos 550 años antes de la era cristiana, según Palmerius, la lucha de codornices debía ser una costumbre en aquel tiempo. En ese caso, se podría admitir que la lucha de gallos tuviera la misma antigüedad, ya que las peleas entre los gallos domésticos son aún más violentas y ofrecen más diversión. Heródoto, quien relata la historia de Adrasto, no menciona la causa de la disputa; pero la da el historiador Ptolomeo, hijo de Hefestión, también llamado Alexandrino, quien vivió aproximadamente en la época de Trajano y Adriano. Sin embargo, él solo dice que los dos hermanos discutieron por una codorniz. ¿Existían otras pruebas de que la lucha de codornices fuera común en un período tan temprano?

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Sería, de hecho, probable que los hermanos discutieran durante ese pasatiempo. Pero como no se encuentran pruebas de ello, se pueden concebir muchas otras causas de disputa en relación con las codornices, ya sea al capturarlas o al perseguirlas. Sin embargo, es cierto que las codornices, al igual que los gallos domésticos, son aves extremadamente irritables y pendencieras; y que, al igual que estos últimos, pueden ser utilizadas para peleas. Pero parece que la lucha de codornices fue practicada primero por los romanos, en cuyos escritos se menciona con frecuencia; mientras que entre los griegos ocurre rara vez o nunca, aunque se habla de las peleas de gallos en muchas ocasiones. Estos últimos, sin embargo, jugaban con codornices; pero su pasatiempo con estas aves no parecía ser la lucha propiamente dicha, donde el objetivo principal era determinar cuál de las codornices sería la vencedora. La información sobre este tema es tan incompleta que no puede entenderse del todo. A veces, las partes apostaban sobre quién podía matar las codornices del otro, o la mayor cantidad de ellas, con un solo golpe. Uno colocaba una codorniz dentro de un círculo, y otro intentaba, irritando al animal, hacer que saliera de él. Si tenía éxito en este intento, era declarado ganador. A menudo se colocaban varias codornices dentro de un círculo al mismo tiempo, y perdía quien fuera el primero en perder a su ave. Kühn y otros opinan que cada una de las partes intentaba hacer que la codorniz del otro saliera del círculo, irritándola o tentándola; pero las palabras parecen aludir, sin duda, a una competencia entre varias codornices entre sí, siempre y cuando fuera posible que los griegos posteriores hubieran aprendido a jugar este juego de las competiciones de los romanos. Solón, sin embargo, en Luciano, habla de peleas de gallos y de codornices que se exhibían públicamente en Atenas. Pero Luciano vivió en el siglo II, viajó a Italia, estaba bien informado sobre las costumbres romanas, y hizo que Solón mencionara las peleas de codornices, algo que nunca vio en Grecia, simplemente porque él mismo las había visto en Italia. Este error puede parecer demasiado grave para un escritor tan perspicaz como Luciano; pero dado que cometió dos anacronismos en el mismo diálogo, ya que no solo hizo de Solón un contemporáneo de Licurgo, quien vivió dos siglos antes, sino que también lo presentó hablando de peleas públicas de gallos en Atenas, algo que se estableció por primera vez medio siglo después, es decir, después de la batalla de Maratón.

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Podría haber cometido fácilmente una tercera negligencia al trasladar las peleas de codornices a Atenas. Pero, en cualquier caso, juegos similares eran habituales en la isla de Chipre en el siglo XVI.
Sin embargo, parece que los romanos criaban y utilizaban perdices para pelear de la misma manera que codornices. Lampridio relata que el emperador Alejandro Severo gustaba de presenciar este tipo de combates; y Aeliano, que vivió en Italia bajo Heliogábalo, en el siglo II, dice que aquellos que criaban perdices para pelear, al enfrentarlas entre sí, colocaban a las hembras cerca de los machos, con el fin de hacerlas más valientes. Sin duda, aquí habla de lo que era habitual en Roma en aquel entonces.
Las peleas de gallos se convirtieron en un pasatiempo público o solemne en Atenas, como consecuencia de un acontecimiento ocurrido a Temístocles. Al menos Aeliano relata que este comandante, cuando llevó a los griegos contra los persas, al ver por casualidad dos gallos peleando, aprovechó la oportunidad para infundir valor a sus soldados, diciéndoles que, puesto que esos animales luchaban con tanta tenacidad, aunque no lo hacían ni por su país, ni por sus familias, ni por su libertad, sino únicamente por el honor de la victoria, ellos tenían aún más motivos para esforzarse con valentía. Después de derrotar al enemigo, como recuerdo de su victoria y estímulo futuro para la valentía, se ordenó que cada año se exhibieran gallos de pelea en un teatro público, en presencia de todo el pueblo.
El señor Pegge y otros opinan que los griegos llegaron a disfrutar tanto de las peleas de estos pájaros que se empleaban generalmente en toda Grecia como pasatiempo y para apostar. Estoy dispuesto a admitir que esto es probable; pero la iniciativa de Temístocles no me parece una prueba de que las peleas de gallos no se practicaran en un período anterior. Incluso si hubieran sido comunes, los atenienses podrían haber considerado oportuno establecer peleas de gallos de carácter religioso o, al menos, solemne, que se exhibieran cada año. Sin embargo, Temístocles no es la única persona que utilizó el valor de los gallos de pelea como estímulo para la valentía. Sócrates inspiró valentía en Ificrates, mostrándole con qué ferocidad se atacaban entre sí el gallo de Midas o Meidias y el de Calias. Lo que Temístocles dijo a sus soldados fue reproducido por Musonio como…

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filósofo para la humanidad, para animarla a soportar el trabajo, el peligro y el dolor, cuando el deber o el honor lo exigen.
Muchos escritores modernos atribuyen el establecimiento de las peleas de gallos públicas en Atenas, no a Temístocles, sino a su contemporáneo Milcíades. Hasta ahora he sospechado que esto se debe simplemente a una confusión de nombres, como ciertamente ocurre en *Moses du Soul*, donde se hace referencia a Eliano, quien, sin embargo, no menciona a Milcíades. Actualmente, creo que Filón de Judea, que escribió en el siglo I, fue quien dio origen a esta afirmación. Él relata que, cuando Milcíades estaba a punto de liderar a las tropas griegas contra los persas, organizó una pelea de gallos en un lugar destinado a espectáculos públicos, con el fin de inspirar valentía en sus soldados mediante ese espectáculo, y que el objetivo propuesto se logró; pero ese autor no dice nada respecto al establecimiento de peleas anuales de gallos. Según este relato, las peleas de gallos parecen haber sido algo común en aquel tiempo; pero como sigue siendo dudoso si Filón habla de la campaña anterior a la batalla de Maratón, en la que tanto Milcíades como Temístocles estuvieron presentes, se puede obtener muy poca información de su relato, y me parece insuficiente para contradecir el relato más detallado de Eliano.
Otro pequeño error, que Pegge consideró digno de mención, también merece quizás ser corregido. Dalechamp y Potter afirman que Temístocles, mientras dirigía a su ejército, al oír el canto de un gallo, declaró que era un presagio de victoria, y después de vencer al enemigo instituyó las peleas de gallos en memoria de ese acontecimiento. Debo señalar aquí que Dalechamp no es la primera persona que hizo esta afirmación. Peucer, y en una época aún anterior, Alejandro ab Alexandro mencionaron lo mismo, pero nadie ha señalado nunca el pasaje en algún autor antiguo en el que se basa esta afirmación; y he tenido tanto éxito como aquellos que intentaron descubrir las fuentes de las que Alejandro obtuvo su información. Este autor quizás recopiló, en el siglo XV, muchos datos que nunca fueron impresos y, por lo tanto, se han perdido. También es posible que haya escrito muchas cosas de memoria sin recordarlas todas con exactitud.

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Es ciertamente verdad que el canto del gallo a veces se consideraba como un presagio de victoria. Así, Cicerón cita un caso en el que un adivino beocio prometió la victoria a los tebanos basándose en el canto de un gallo; y según Plinio, la misma circunstancia sirvió en una ocasión a los beocios como señal de victoria sobre los lacedemonios. ¿Cómo, entonces, pudo Temístocles elegir las peleas de gallos para conmemorar una victoria anunciada por el canto de un gallo? Además, Anacarsis, en Luciano, confirma el propósito de esta costumbre según lo indicado por Eliano. En la historia de la antigüedad muchas cosas se repiten con frecuencia, sin que nadie se moleste en examinar si pueden ser comprobadas mediante el testimonio de los antiguos. Aquellos que desean alcanzar la verdad y la certeza en asuntos de este tipo no considerarán tales exámenes superficiales como tan poco importantes como puedan parecerles a otros.

Dempster ha señalado otra razón para las peleas de gallos establecidas por Temístocles, la cual, aunque adoptada por muchos, ni siquiera cuenta con el apoyo de la probabilidad. Él cree que estas peleas eran como una especie de trofeos o monumentos permanentes de los persas conquistados, ya que el gallo de combate era originario de Persia y de allí fue llevado a otros países. Ateneo, de hecho, cita de una obra de Menódoto algunas líneas que confirman la segunda parte de esta afirmación; y Aristófanes, en dos pasajes, denomina al gallo doméstico ave persa. Relatos más modernos demuestran que esta especie de ave se encuentra actualmente en estado silvestre en las Indias Orientales y en muchos países vecinos. Sonnerat los encontró en Hindustán; y fueron vistos por Cook y Dampier en Pulo Condor y en muchas islas del Mar del Sur. Según el testimonio de Gemelli Careri, eran originarios de las islas Filipinas, y según Morolla, del reino del Congo. Reineggs afirma que todavía se encuentran en estado silvestre en Georgia. Por lo tanto, la versión de los griegos de que obtuvieron aves domésticas de Persia puede ser aceptada; pero, dado que en las peleas de gallos un persa vencía a otro, ¿cómo podrían estas transmitir la idea de una victoria de los griegos sobre los persas? ¿Acaso el propósito, tal como lo indican Luciano y Eliano, no es suficiente e inteligible?

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Que las peleas de gallos, con el paso del tiempo, se convirtieron en un pasatiempo favorito entre la gente, lo demuestra la frecuente mención que se hace de ellas por parte de diversos autores en el año 1172. Plinio dice que se exhibían anualmente en Pérgamo, de la misma manera que los combates de gladiadores. En esta ciudad, según Petronio en el año 1173, a un niño se le prometió un gallo de pelea; por lo tanto, parece que allí los niños criaban gallos para este pasatiempo. Esquines reprocha a Timárco el hecho de pasar todo el día jugando y en peleas de gallos. Platón se queja de que no solo los niños, sino también los adultos, en lugar de trabajar, criaban aves para pelear y dedicaban todo su tiempo a tales diversiones inútiles.

Las peleas de gallos también fueron representadas por los griegos en monedas y en piedras talladas en el año 1175. Pollux nos cuenta que los dárdanos las tenían en sus monedas; esto parece demostrar que este pueblo era tan aficionado a ese deporte como sus vecinos de Pérgamo. El señor Pegge hizo grabar dos gemas de la colección de sir William Hamilton: en una de ellas se ve un gallo en actitud de derrota, con la cabeza gacha, y otro en actitud de victoria, con una mazorca de maíz en el pico como objeto del combate. En la otra piedra, dos gallos están peleando, mientras que una rata se lleva la mazorca de maíz por la cual habían discutido; un símbolo adecuado de nuestros juicios legales, en los cuales la mayor parte de la propiedad en disputa va a parar a abogados y procuradores. También se representan dos gallos en actitud de pelear en una lámpara encontrada en Herculano.

No hay duda alguna de que los griegos emplearon diversos medios para aumentar la irritabilidad y el coraje de los gallos de pelea. Además de la circunstancia ya mencionada respecto a las hembras, también les daban alimentos que producían un efecto casi similar al del opio en la India, y al del brandy hace algunos años en los ejércitos europeos. Dioscórides y Plinio atribuyen este efecto a una planta a la que llaman adiantum. El primero dice que se daba a los gallos de caza y a las codornices, y el segundo que se daba a los gallos de caza y a las perdices, para incitarlos a pelear. El ajo, allium, también se utilizaba, según nos cuenta Jenofonte, no solo para los gallos de caza, sino también para los caballos y los soldados. Sin embargo, los griegos, al igual que los ingleses en la actualidad, armaban a sus gallos con espuelas de acero, con el fin de hacer que sus combates fueran más intensos.

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Que la lucha de gallos fuera aún más sangrienta es algo que Pegge niega; aunque lo contrario parece estar demostrado por un pasaje de Aristófanes, que ahora se ha convertido en un refrán, y por las observaciones del escoliasta. Así como los ingleses adquirían los gallos de pelea más fuertes y mejores de otros países, y a menudo de Alemania, a través de Hamburgo, los griegos, de manera similar, obtenían gallos de caza extranjeros con el mismo propósito. No sé por qué los romanos mostraban más afición por la lucha de codornices que por la de gallos; pero es cierto que no tenían estos últimos, o al menos solo con poca frecuencia y en una época tardía, lo cual parece muy singular, ya que entonces comenzaron a imitar cada vez más a los griegos. Varrón menciona las razas que se buscaban principalmente en Grecia; pero añade que, aunque podían ser buenas para la pelea, no eran adecuadas para la cría. Si la cría de gallos de caza hubiera sido una actividad habitual, habría hablado de otra manera. Columela también se burla de la cría de estos gallos, calificándola de costumbre griega, y prefiere la raza nativa a todas las demás. Eustacio, en el pasaje ya citado, dice expresamente que los romanos preferían las codornices a los gallos de caza; sin embargo, en épocas posteriores encontramos menciones entre ellos de la lucha de gallos, como ya se ha señalado. En Inglaterra había gallos en la época de Julio César; pero se dice que allí se mantenían únicamente por placer, y no como alimento. La segunda parte de este relato no es improbable. Se nos dice que los habitantes de las Islas Pelew solo comen los huevos de sus gallinas, y no su carne. Pero la cuestión de cuán antigua es la lucha de gallos en Inglaterra no puede determinarse. Pegge dice que la información más antigua que encontró sobre este tema estaba en la “Descripción de la ciudad de Londres” de William Fitz-Stephens, quien vivió durante el reinado de Enrique II y murió en 1191. Este escritor relata que cada año, en Martes de Carnaval, los niños de la escuela llevaban sus gallos de caza al maestro, y toda la mañana se dedicaba a la lucha de gallos, para el entretenimiento de los alumnos. Por lo tanto, el lugar donde se celebraban estas peleas estaba en la escuela, y parece que los alumnos eran quienes las organizaban. A esta información puedo añadir que en Francia la lucha de gallos fue prohibida por un consejo en 1260, debido a algunos problemas que había causado.

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Este pasatiempo estuvo prohibido en ocasiones incluso en Inglaterra, como ocurrió durante el reinado de Eduardo III y Enrique VIII; también en el año 1569 y aún más tarde; pero, no obstante, se mantuvo hasta épocas muy recientes. Incluso el propio Enrique VIII organizó peleas de este tipo; y un escritor fiable relata que Jacobo I sentía gran placer por ellas. En la época moderna, este cruel entretenimiento ha ido más allá de todos los límites; de modo que las peleas de gallos en China, Persia, Malaca y América no son nada en comparación con aquellas llamadas “batalla real” y “galesa”. En la primera, se suelta a cierto número de gallos para que luchen, y cuando se han destruido mutuamente, el sobreviviente es considerado vencedor y obtiene el premio. En el segundo tipo de pelea, por ejemplo, se enfrentan dieciséis parejas de gallos; los dieciséis vencedores vuelven a luchar entre sí; los ocho vencedores de ese grupo deben luchar una tercera vez; y los cuatro restantes, una cuarta vez, hasta que finalmente los dos últimos vencedores ponen fin, mediante una quinta contienda, a este juego sangriento, después de que treinta y un gallos se hayan masacrado unos a otros entre el ruidoso júbilo de los espectadores, quienes, sin embargo, fingen tener un carácter magnánimo.
La pelea de gallos es uno de los principales entretenimientos en las Indias Orientales y en China, y es un pasatiempo de moda entre las damas en Perú. El lugar donde se encontraba la arena para peleas de gallos, construida durante el reinado de Carlos II, ahora se utiliza para las reuniones de los miembros del Consejo Privado de Su Majestad. La costumbre de lanzar palos contra un gallo expuesto en una estaca, práctica que existía en este país durante la Cuaresma, se cree que surgió durante la guerra con Francia en el reinado de Eduardo III, y que se consideraba una muestra de odio y desprecio hacia el pueblo francés, cuyo ave era el emblema nacional; pero esta conjetura no se basa en ninguna autoridad sólida y debe considerarse simplemente como una leyenda.
La pelea de gallos está ahora prohibida y castigada por ley en Gran Bretaña, y se hace todo lo posible para evitar este y otros deportes bárbaros similares y para condenar a los infractores, por parte de la Sociedad para la Prevención de la Crueldad contra los Animales.

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NOTAS AL PIE
1146
Archæologia, vol. iii, p. 132. Un memorando sobre la lucha de gallos, de Samuel Pegge, M.A., rector de Wittington. Dado que este erudito anticuario utilizó lo que otros habían recopilado sobre este tema, he tomado la misma libertad con su escrito; pero he corregido algunos errores y hecho nuevas adiciones.
1147
Palmerii Exercit. in Auct. Græcos. Ultraj., 1694, 4to, p. 3.
1148
Lib. i, cap. 35 y 45.
1149
Véase Vossius, de Historicis Græcis, lib. ii, cap. 10. Extractos de este libro de Ptolomeo se pueden encontrar en Photii Bibliotheca, 1612, fol., p. 472.
1150
Los pasajes que, según sé, se refieren indiscutiblemente a la lucha de codornices son los siguientes: Plutarco, Apophthegmata, p. 207, edición de Frankfurt, 1620, fol. César Augusto hizo castigar a una persona por haber comprado y utilizado como alimento una codorniz que siempre había salido victoriosa; y en Vita Antonini, p. 930, se dice que Antonino solía sentirse satisfecho al ver a sus gallos de caza y codornices victoriosas. M. Antoninus de Seipso, i, § 6, declara que nunca disfrutó criando codornices para luchar. Herodiano, iii, 10, 4, dice que el hijo de Septimio Severo siempre se metía en peleas por la lucha de codornices y gallos.
1151
Este relato lo da Jul. Pollux, lib. ix, cap. 7, § 102 y 108.—Suidas, v. ὀρτυγοκόπος, edición de Kusteri, ii, p. 717.—Meursius, de Ludis Græcorum, en Gronovii Thes. Græc. Antiq., vii, p. 979.
1152
Pollux, p. 1095.
1153
De Gymnasiis, cap. 37.
1154
Cap. 41, p. 985.

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1155
Histor. Anim. iv. 1.

1156
Var. Histor. ii. 28. Kühn cita del comentario de Eustacio sobre la Ilíada, p. 740, un pasaje que contiene una nueva prueba de que los romanos practicaban la caza de codornices y no la de gallos. Las palabras de Aeliano son admitidas por Petit entre las leyes áticas. Véase su Leges Atticæ, p. 156.

1157
Diogen. Laert. ii. 30, p. 98.

1158
Stobæi Eclog., ed. Gesneri, Tiguri 1543, fol., p. 298. Cœlius Rhodiginus, Lection. Antiq. xvi. 13; y después de él, Delechamp, Kühn, Pegge y otros afirman que el filósofo Crisipo elogia también al gallo de pelea por su valentía; pero ninguno de estos autores nos ha indicado dónde se puede encontrar este fragmento de las obras perdidas de ese polígrafo. Lo encontré en Plutarchi, lib. de Stoicorum repugnantiis, p. 1049.

1159
Solanus ad Luciani lib. c.

1160
El pasaje aparece en el tratado Liber quisquis virtuti studet, en la edición de Mangey, ii, p. 466.

1161
En sus observaciones sobre Plinio, lib. x. 21, secc. 34.

1162
Antiq. of Greece.

1163
De Divinationum Generibus, 1591, 8vo, 232, b.

1164
Geniales Dies, v. 13.

1165
De Divinatione, i, cap. 34.

1166
Plin. x. 21, secc. 34.

1167
En sus Anotaciones a Rosini, Antiquit. Rom. iii, cap. 10. Véase Hyde, de Religione Persarum, p. 163.

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1168
Libro XIV, capítulo 20.
1169
Aves, 484, 707. Beck, en su edición de esta comedia, Leipzig 1782, 8vo, p. 50, cree que los propios antiguos no sabían de dónde procedía este apelativo. Por lo tanto, se refiere a los escoliastas y a Suidas, v. Περσικός ὄρνις, p. 102; las palabras de este último fueron copiadas por Phavorinus en su diccionario, p. 598. Él supone, junto con Suidas, que la similitud entre el penacho del gallo y el tocado persa para la cabeza fue la causa de ese nombre. Pero el pasaje citado de Ateneo indica una razón mucho más probable.
1170
Voy. aux Indes Or. II, p. 117; allí también hay una ilustración de aves salvajes.
1171
Reineggs, Beschreibung des Kaukasus, 1797, 8vo, p. 69.
1172
Libro X, capítulo 7.
1173
Capítulo 86.
1174
De Legibus, libro VII.
1175
Onomast. IX, 84.
1176
Antiquitates Herculanenses, volumen VIII, Lucerna, p. 63. Se pueden encontrar más grabados de monedas con impresiones similares en Haym. Thes. Brit., volumen I, páginas 213 y 234; en Agostini Gem., volumen I, página 199; y en Gorleus, volumen I, páginas 51 y 114, así como en volumen II, página 246. Frölich, Notit. Numism., página 81. Un solo gallo podía ser a menudo el símbolo de la vigilancia.
1177
Libro IV, capítulo 36.
1178
Libro XXII, capítulo 21, sección 30: “Perdices et gallinaceos pugnaciores fieri putant, in cibum eorum additis”. Esto constituye otra prueba de que también las perdices eran utilizadas para pelear.
1179
Aves, 760: αἶρε πλῆκτρον εἰ μάχει: “Toma el peine si vas a pelear; toma el casco si vas a luchar”. Véase lo que se ha dicho sobre este proverbio por parte de Suidas y de Erasmo.

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en sus Adagia.
1180
Las razas más célebres son mencionadas por Columela, viii. 2.—
Plin. x. 21.—Geopon. xvi. 3, 30.
1181
Varro, iii. 9.
1182
De Bello Gallico, lib. v. 12.
1183
“Además, cada año, en el día que se llama Carnaval (para comenzar con los juegos de los niños, pues todos fuimos niños), cada uno de los niños de las escuelas lleva a su maestro gallos de pelea, y todo ese tiempo de la mañana se dedica a que los niños que están libres vean en sus escuelas las peleas de los gallos”. He transcrito estas palabras de la primera edición de esta antigua obra topográfica, titulada A Survey of London, escrita en el año 1598 por John Stow... con un apéndice que contiene Libellum de situ et nobilitate Londini, escrito por William Fitzstephen. Lond. 1599, 4to, p. 480. Stow traduce la palabra Carnaval como Martes de Carnaval.
1184
Du Cange, Glossarium. Este concilio, según supongo, se celebró en la ciudad de Copriniacum, en la diócesis de Burdegalensis; algunos creen que se trataba de Cognac.
1185
Véase Maitland’s London y Stow’s Survey, de Strype, i. p. 302. Edición de 1754.
1186
Bell’s Travels, p. 303.
1187
Tavernier.
1188
Dampier. También el Gentleman’s Mag. 1770, p. 564.
1189
Wafer, p. 118.

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NITROGENO. PÓLVORA. ACUAFORTIS.
Al examinar la cuestión de si Teofrasto, Plinio y, en general, los antiguos griegos y romanos conocían nuestro nitrógeno, o en qué época se conoció, quizás tenga tan poco éxito como aquellos que me precedieron en la misma investigación. Por lo tanto, me conformaré si jueces competentes reconocen que he aportado algo nuevo que pueda contribuir a ilustrar el tema.
Nuestro nitrógeno, que comúnmente se llama nitrum y, aunque con menos frecuencia, sal nitræ, es una sal neutra compuesta por un ácido especial, llamado ácido nítrico, y por ese alcali denominado potasa. Las características por las cuales se distingue más fácilmente de otras sales son su sabor refrescante, su fusibilidad cuando se expone a un ligero calor y, en particular, su llamada deflagración; es decir, la propiedad que tiene cuando se coloca en el fuego, sobre un cuerpo encendido o al fundirse en un crisol junto con una sustancia combustible, de estallar repentinamente en una llama muy brillante, por la cual pierde su ácido y no queda más que un carbonato de potasa. Su uso principal es en la fabricación de pólvora y en la preparación de ese ácido conocido como acuafortis, que se emplea de diversas maneras.
El nitrógeno natural es tan raro que Cronstedt no lo conocía. Actualmente, sin embargo, se sabe que se encuentra en las Indias Orientales, en la parte inferior de Italia, también en Portugal, España, América y algunos otros países. Pero casi todo el nitrógeno obtenido en Europa se produce en parte por la naturaleza y en parte por medios artificiales. La putrefacción de los cuerpos orgánicos genera, bajo ciertas circunstancias, ácido nítrico, el cual, en general, se combina con tierra calcárea dondequiera que la encuentre, formando el llamado nitrógeno terroso. Este se descompone con potasa, y esta última, al unirse al ácido, forma el nitrógeno común. A veces también ocurre que el ácido nítrico, en lugar de combinarse con tierra calcárea, se une con sosa, la cual

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produce el llamado nitrato cúbico. Ambas sustancias salinas, pero la terrosa con más frecuencia que la cúbica, se encuentran a menudo en paredes afectadas por eflorescencia; y ambas se agrupan bajo los nombres comunes de Mauersalz o Mauerbeschlag, sal murale.
Esta eflorescencia en las paredes fue observada, muy probablemente, en una época muy temprana, sobre todo porque se produce en muchas regiones en gran abundancia y se hace perceptible por la decadencia de las paredes, que parece corroer. Es la “plaga” o “lepra” de las casas mencionada en el Código de Leyes Mosaico. Dado que los antiguos tendían mucho a atribuir virtudes medicinales a todos los cuerpos naturales, hay motivos para pensar que pronto recopilaron y probaron esta incrustación salina. Que realmente fuera así, y que denominaran nitrum a esta masa salina, puede demostrarse a través de sus escritos. Sin embargo, su nitrum debió ser extremadamente variado en sus propiedades. Pues esta incrustación no siempre es nitrato cálcico; a menudo es sosa mezclada con tierra más o menos cálcica; y a veces consiste en sales de ácido sulfúrico. En la época moderna, tras un examen más detallado, se han encontrado en las incrustaciones de las paredes otras sales de ácido nítrico, como el nitrato de amonio o nitrato de fósforo, y el nitrato de magnesia; pero de estas no se hace mención alguna en las obras de los antiguos.
Sustancias tan diferentes en realidad no deberían haber sido todas denominadas nitrum; pero antes de que la historia natural comenzara a organizarse en un sistema regular, la humanidad en general incurrió en un error directamente opuesto al que se comete actualmente. Se agrupaban bajo un mismo nombre objetos esencialmente diferentes, siempre que tuvieran alguna similitud, aunque fuera casual. Mientras que hoy en día cada variedad, por pequeña que sea, recibe un nombre distinto; porque muchos desean tener el placer, si no de crear nuevas especies, al menos de dar nuevos nombres. El elefante y el rinoceronte se llamaban antiguamente bueyes; el zorro plateado y el visón eran llamados ratones, y el avestruz era denominado gorrión. De manera similar, el nitrato cálcico y los álcalis podían ser llamados nitrum. Los antiguos, sin embargo, dieron a su nitrum algunos epítetos, pero parece que se utilizaban únicamente para designar variedades poco comunes.
Ahora bien, como los antiguos no conocían ningún método preciso para separar y distinguir las sales, no es de extrañar que ellos…

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Deberían atribuirlo a sus propiedades de nitrato, las cuales no podrían combinarse en una sal, y mucho menos existir en nuestro salitre. Pero como ni conocían el ácido nítrico ni la pólvora fabricada, y como no se conocía ningún uso específico para el salitre calcáreo, el nitrato más valioso para ellos debió ser aquel que consistía principalmente en sosa, y que por lo tanto podía emplearse en lavados, pintura y fabricación de vidrio.

Es bien sabido que en los países cálidos este alcali aflora aquí y allá de la tierra, especialmente en suelos secos, e incluso en cantidades suficientes como para ser utilizadas en el comercio. De ahí se puede comprender fácilmente por qué esta sal aflorada, que muy a menudo se mezcla con la sal común, recibió el nombre de nitrato.

El importante descubrimiento de que un sal similar, con propiedades análogas y aplicable a los mismos usos, actualmente llamado sosa, puede obtenerse de las cenizas de ciertas plantas, fue hecho, en mi opinión, por los antiguos egipcios o árabes. Este sal también, al menos según los griegos, fue llamado nitrato o considerado como una especie de él. Por la incineración de las plantas, este sal se volvía ligeramente cáustico; y entonces se humedecía al contacto con el aire y se deliquescía si no se guardaba en recipientes muy herméticos. Por lo tanto, era similar a esos sales que se obtienen, de la misma manera, de las cenizas de todas las demás plantas; aunque estas últimas son esencialmente diferentes de las primeras y, con el paso del tiempo, obtuvieron la denominación específica de potasa o perlasca. No es de extrañar que los antiguos no pudieran distinguir entre la sosa y la potasa, sobre todo porque ambas se obtenían de cenizas vegetales.

Pero, ¿conocían los antiguos, bajo el nombre ambiguo de nitrato, nuestro salitre? Ciertamente hay razones para pensar que llegaron a conocerlo mediante la lixiviación de tierras impregnadas de sales. Como ya se ha dicho, no solo en la India sino también en África, y particularmente en Egipto, existen tierras que, sin la adición de cenizas o potasa, producen un verdadero salitre, como el de las colinas de escombros en el camino de El Cairo Nuevo a El Cairo Viejo, y como la tierra en algunas partes de España. Solo se puede atribuir a los antiguos el conocimiento de este tipo natural de salitre, que no requería composición artificial, ya que no surge en sus escritos que estuvieran lo suficientemente versados en química como para preparar el tipo artificial que se utiliza actualmente.

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Pero incluso admitiendo que tuvieran nuestro nitrato, ¿dónde y por qué medios podemos estar convencidos de ello? ¿Es de esperar que alguna de las características o propiedades antes mencionadas de esta sal aparezca en sus escritos? Ellos no fabricaron ni ácido nítrico ni pólvora; y parece que apenas tuvieron ocasión u oportunidad de descubrir su capacidad de inflamación y la carbonización que se produce con ella, o, cuando la observaron, de examinarla y describirla. Todavía no se conoce ningún otro uso de nuestro nitrato que pudiera indicar adecuadamente este fenómeno. ¿Cómo, entonces, se puede determinar si con el término “nitrum” a veces se referían a nuestro nitrato? Aquellos que prefieren creer poco en lugar de demasiado, que no pueden conformarse con meras conjeturas o probabilidades, sino que siempre exigen pruebas contundentes, reconocerán conmigo que no se pueden esperar los primeros relatos seguros sobre nuestro nitrato hasta mucho después de la invención del ácido nítrico y de la pólvora. También cabe señalar que el verdadero nitrato, tan pronto como se conoció, también fue llamado “nitrum”; pero, a efectos de distinción, se le denominaba “sal nitrum”, “sal nitri” o “sal petræ”. La primera denominación, a partir de la cual nuestros antepasados formaron la palabra “salniter”, surgió a causa de un pasaje incomprensible de Plinio, que señalaré más adelante. Las otras dos denominaciones significan, al igual que “sal tartari” o “sal succini”, una sal que no era “nitrum” pero que se obtenía a partir de él. Por lo tanto, “sal-nitri” o “salniter” era esa sal que, según la descripción de los antiguos, se separaba del “nitrum” mediante procesos artificiales, aunque era esencialmente diferente del “nitrum” o sosa comúnmente utilizada. Biringoccio dice expresamente que el “nitrum” artificial, a efectos de distinción, fue llamado no “nitrum”, sino “sal nitrum”. El nombre “nitrum” es de gran antigüedad, y parece haber sido transmitido desde Egipto y Palestina a Grecia, y de allí a Italia y a todas las partes de Europa. Pues evidentemente es el “neter” mencionado por el profeta Jeremías, capítulo II, versículo 22; y que también aparece en los Proverbios de Salomón, capítulo XXV, versículo 20. Pero si el nombre “nitrum”, como dice Jerónimo, deriva de la provincia egipcia de Nitria, de donde se exportaba en gran cantidad, o si el nombre de la provincia deriva del “nitrum”, es una cuestión de poca importancia para esta investigación. Heródoto menciona el “nitron”, donde describe el método egipcio de embalsamar cadáveres; algunos griegos escribían y pronunciaban la palabra “litrón”. De la misma manera, la gente dice “nympha” y “lympha”.

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Para evitar confusiones, aquí llamaré al nitrum de los antiguos «nitrum», y al nitrum de los mineralogistas «saltpetre». Con el paso del tiempo, la gente conoció el alcali mineral más puro, útil y económico, que era suministrado bajo el nombre de «soda» por los moros y habitantes de los países del sur, quienes habían aprendido el método para prepararlo. El alcali vegetal también se fabricaba cada vez más en las regiones boscosas, como un producto muy demandado, y se vendía bajo el nombre de «potash», cineres clavellati. Toda la información sobre el alcali impuro proveniente de las incrustaciones en las paredes se perdió entonces; y como ya no había necesidad de evitar confusiones, dejó de considerarse oportuno denominar «saltpetre» como «sal nitri»: se le llamó simplemente «nitrum»; y al olvidarse el significado original de esta palabra, se aceptó sin más examen que el nitrum de los antiguos no era otra cosa que nuestro saltpetre. En el siglo XVI, algunos eruditos europeos, mientras viajaban por Oriente, oyeron que al alcali mineral se le daba el nombre de «natrum», el cual se exportaba entonces como artículo comercial, e introdujeron en sus obras esta transformación de la palabra antigua «nitrum». Este término fue empleado por los mineralogistas sistemáticos, quienes, sin preocuparse demasiado por el significado original de las palabras y procurando solo evitar confusiones, también llamaron al alcali mineral «natrum», y aplicaron el nombre de «nitrum» al saltpetre. Por lo que sé hasta ahora, fueron Peter Bellon y Prosper Alpinus quienes primero afirmaron que el alcali mineral se llamaba «natrum» en Oriente. El primero regresó en 1549, y el segundo seguía en El Cairo en 1580. Esta palabra fue adoptada en mineralogía por Linneo en el año 1736, como nombre de una especie, en la cual incluyó por primera vez la incrustación alcalina que se encontraba en las paredes. En esto le siguió Wallerius, quien también incluyó el alcali mineral proveniente de Oriente. Posteriormente, la palabra «natrum» fue empleada con el mismo sentido por todos los mineralogistas. Cabe señalar aquí que Boyle incluso examinó y determinó la diferencia entre los alcalinos fijos y volátiles; pero que los mineralogistas y químicos, hasta épocas muy recientes, creían que todos los alcalinos fijos surgían, o al menos se obtenían, por la incineración de plantas. La diferencia entre los alcalinos minerales y vegetales se definió por primera vez en…

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De manera adecuada, gracias al esfuerzo de los químicos alemanes Pott, Model y Marggraf; especialmente después de que este último demostrara, en el año 1758, que la base de la sal común no era, como se creía generalmente hasta entonces, un alcalino terroso, sino un alcali fijo, al cual, debido a que en muchas de sus propiedades difería del alcali vegetal fijo, le dio el nombre de alcali mineral fijo. Poco después, esta sustancia fue descubierta en manantiales minerales; y Model y otros demostraron que no era esencialmente diferente de aquello que en Oriente se denomina natrum. Es curioso, aunque se puede explicar, que desde entonces muchos hayan hablado del nitrum y del natrum de los antiguos, aunque sean solo diferentes pronunciaciones de la misma palabra; y el natrum nunca se encuentra en las obras de los griegos o los romanos, ni siquiera en escritos de la Edad Media. Pero si la mayor parte de lo que he dicho aquí debe considerarse únicamente como conjetura, debe reconocerse, no obstante, que se deriva de la naturaleza de la cosa; y al compararlo imparcialmente con lo que leemos en los antiguos, espero que estos últimos sean comprendidos mejor de lo que lo han sido hasta ahora; la improcedencia de muchas interpretaciones se hará evidente, y se admitirá la verdad de esta conjetura. Si tuviera que relatar aquí todo lo que se dice sobre el nitrum, con el fin de compararlo con la naturaleza y examinarlo a fondo, estaría obligado a extender este artículo a una longitud que podría resultar desagradable para el lector. Por lo tanto, solo presentaré las pruebas principales de mi afirmación, suponiendo que las dudas que pudieran surgir por pasajes no mencionados aquí desaparecerán, tras una comparación más detallada, sin necesidad de mi ayuda. Pero sostengo que aquellos que desean explicar los nombres antiguos de los objetos naturales deben relatar todo lo que se ha dicho sobre ellos, y no solo lo que favorece su opinión, y lo cual a menudo puede ser contradicho por lo que se ocultó intencionadamente o accidentalmente. La primera parte de tal examen consiste siempre en una cuidadosa recopilación, de entre los escritos de los antiguos, de todos los atributos del objeto natural cuyo nombre sistemático se intenta demostrar. Sin embargo, hay razones para conjeturar que los antiguos, en la historia de su nitrato impuro —cuya forma de obtención al menos los romanos no tuvieron oportunidad de ver, ya que Plinio dice expresamente que…

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No se obtuvo en Italia, y se cometieron muchos errores y fallos, que en la actualidad no pueden explicarse todos. Por eso ocurrió que los antiguos no comprendían el arte de purificar la sal que obtenían de los minerales; y por lo tanto se vieron obligados a utilizarla en el mismo estado impuro en que la encontraban. Por este motivo consideraban cada mezcla natural como una especie particular; daban a la mayor parte de ellas, o a aquellas más útiles, nombres específicos; y de estas recomendaban para diferentes fines aquellas que, según su pureza o mezcla, o según otras circunstancias, eran las más convenientes. No es probable que todas estas variedades pudieran ser descubiertas o definidas nuevamente; y parece tener poca importancia, sabiendo que los nombres no denotan más que las variedades de un mineral. En este examen es de lamentar que el libro de Teófrasto, en el cual trató expresamente del nitro, no se haya conservado. Pero se puede creer, incluso sin el testimonio de Plinio, que él fue uno de los naturalistas más precisos y agudos entre los antiguos, y que dio la mejor descripción de esta sustancia. Sin embargo, hay que admitir que Plinio comprendió perfectamente a este autor y realizó una cita correcta de él, y que el transcriptor no cometió ningún error. Que el nitro de los antiguos era un álcali más o menos impuro, pero no salitre, ha sido reconocido desde hace tiempo tanto por quienes tenían menos conocimiento de mineralogía como por los médicos más perspicaces. Las razones de esta opinión, hasta donde he podido saber, son las siguientes: en realidad se podrían encontrar más, pero estas son suficientes para ofrecer una prueba completa. Galeno, un escritor cauteloso, dice que el nitro se quemaba en general, por medio del cual se intensificaban sus efectos. Si hubiera sido salitre, es imposible que los antiguos, al quemarlo, no hubieran observado su deflagración, y esta propiedad es demasiado notable como para no haber sido mencionada. Pero no se encuentra nada que pueda suponerse con alguna probabilidad que haga referencia a ella. Pero si se admitiese sin ningún fundamento que no era un álcali sino salitre el que quemaban, seguramente habría sido carbonizado; porque un cuerpo en combustión podría haber caído fácilmente dentro del crisol, y en general el nitro parecía quemarse al aire libre, como nuestra cal, ya que Plinio, al hablar del egipcio, considera lo contrario como algo poco común.

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Los médicos, de todos modos, debieron haber observado que al quemar el nitrato se obtenía un cuerpo muy diferente, tanto en su apariencia como en sus efectos, pero que no podía utilizarse para ningún otro propósito que no fuera ese mismo sal. Sin embargo, no encontramos la más mínima indicación al respecto. Pero el nitrum era sin duda sosa, y por esa razón, al ser quemada, debió volverse más cáustica así como más potente en la mayoría de sus efectos, y en este sentido similar a la potasa, ya que [debido a las impurezas] también se humedecía y deliquescía al aire. Lo que Plinio relata sobre el nitrum egipcio resulta entonces comprensible. Este último, dice, era transportado en recipientes de brea, porque de lo contrario se habría deliquescido; y luego añade que se quemaba antes de ser enviado. Si hubiera sabido que este último era la causa y el primero el efecto, habría mencionado primero el último; pero todo su texto, en lo que respecta al nitrato, está escrito de forma general y sin orden. Los recipientes, sin duda, eran de barro; pero si con lo que añade quiere decir que no se quemaban sino que solo se secaban al sol, o que antes de llenarlos se secaban completamente al sol, esto no ha sido determinado por ningún comentarista. Para mí, lo segundo es lo más probable. Plinio también menciona otra circunstancia respecto a la quema del nitrum egipcio: a saber, que debía hacerse en un recipiente cerrado, de lo contrario se descompondría o se desintegraría. Esto es perfectamente comprensible si se considera que contenía una gran cantidad de sal común, la cual era la única que poseía la propiedad de descomponerse; y es bien sabido en mineralogía que la sosa nativa, e incluso aquella que en tiempos modernos se ha introducido en nuestras colecciones desde Trípoli, y de la cual tengo un espécimen en mi poder, contiene sal común, y a menudo en cristales cúbicos. Plinio tenía toda la razón al añadir que, de lo contrario, el nitrum no se descompone adecuadamente. Los antiguos conocían bien la similitud de su nitrum con la cal, y especialmente con la que se quemaba. Por esta razón, como el egipcio se exportaba después de haber sido quemado, podía mezclarse fácilmente con cal viva, o, como dice Plinio, adulterarse. Pero la prueba que él da no parece haberla comprendido a fondo. El egipcio debió ser siempre cáustico, incluso sin cal; pero aquel que se mezclaba con cal no podía disolverse tan rápidamente ni por completo en la lengua como el puro, dejando atrás más tierra. Lo que dice sobre una prueba por el olor, no puedo entenderlo de ninguna otra manera que no sea que la cal quemada, al humedecerse con…

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El agua disipa ese vapor desagradable que se observa en los apartamentos cuyas paredes han sido recién enlucidas; aunque cuando su cantidad es pequeña esto apenas es perceptible.
1205
Si entiendo bien a Teofrasto, parece decir que si el nitrato se quema en cuanto se extrae, transfiere calor al agua de la misma manera que la cal. Aquí se puede ver cuán grande era la similitud que los antiguos encontraban entre su nitrato, la tierra alcalina y la cal.
La similitud de las cenizas de madera con el nitrato de los antiguos, algo que ellos reconocían, demuestra también que en realidad se trataba de una sal alcalina. Teofrasto nos dice 1206 que se decía que el nitrato se producía a partir de las cenizas de roble; 1207 y Plinio, que tomó prestado este texto del mismo autor, señala que era seguro que las cenizas de esa madera eran nitradas. También atribuye a los posos de vino quemado 1208 la naturaleza y propiedades del nitrato. Incluso considera como un tipo de nitrato aquellas cenizas salinas que, en muchos países sin sal, se utilizaban para sazonar los alimentos, y que se preparaban vertiendo agua de mar o salmuera sobre montones de madera en llamas, de forma gradual y en pequeñas cantidades, de modo que el fuego no se apagara, por lo que el agua se evaporaba, dejando la sal atrás, pero mezclada, ciertamente, con carbón, cenizas, tierra y sales alcalinas; en consecuencia, debía ser húmeda, o al menos desagradable al gusto, si no se refinaba mediante una nueva solución. Este método para preparar o hervir sal, que quizá sea el más antiguo, ha sido mencionado por varios autores; pero muchos de ellos, por ignorancia o negligencia, no nos han dicho que se empleaba agua de mar o salmuera, ya que hablan como si se hubiera utilizado cualquier tipo de agua, incluso agua dulce, con ese fin.
1209
Varrón relata que vio cómo se empleaba este proceso en el Rin. Plinio 1210 dice que anteriormente se había quemado madera de roble con ese propósito. En otro pasaje 1211 menciona un proceso similar entre los galos y los germanos, 1212 al igual que Tácito entre los hermanduros y los catos. El primero también afirma, basándose en Teofrasto, que los umbrios quemaban sal de la misma manera 1213. Sin embargo, es cierto que Plinio y otros autores antiguos a menudo

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Cita de Teofrasto: lo que en la actualidad no se encuentra en las obras de ese naturalista, sino en las de su maestro Aristóteles. Plinio añade que este método tan rudimentario para obtener sal ya había sido abandonado desde hacía tiempo; y esto era, de hecho, la consecuencia natural del aumento de la civilización. Sin embargo, es cierto que se mantuvo durante mucho tiempo en muchos países, y en algunos aún existe. Hace unos dos siglos, los habitantes de la provincia de Zelanda, quizá descendientes de los Catti, no utilizaban otra sal que la que obtenían de la misma manera, a partir del lodo que arrojaba el mar; ese lodo se quemaba y se humedecía con agua de mar, según nos cuenta Lemnio, quien era él mismo originario de esa región. Boxhorn dice, en sus anotaciones al pasaje citado anteriormente de Tácito, que vio una pintura en Zirkzee en la que se representaba todo el proceso. Es probable que la sal se hirviera exactamente de la misma manera que en algunas de las islas de Slesvig, descritas por Denkwerth; según su relato, las glebæ marinæ, de las que habla Lemnio, estaban formadas por lodo mezclado con raíces que crecían en él; y que la sal, una vez refinada, allí se llamaba Frisic, muy probablemente porque los habitantes habían aprendido a producirla de sus antepasados, los frisios. Recuerdo haber leído en algún lugar que la sal se produjo durante mucho tiempo de esta manera por parte de los llamados Wurst-Frisios, en la región de Wurst, perteneciente al ducado de Bremen. Los habitantes también de la parte austriaca de Moldavia, o Buccovina como se le llama, todavía utilizan una sal que no hierven, sino que queman con su madera sobrante, de la misma manera, a partir de la salmuera de una fuente salina. Un miembro de la antigua Academia de Bruselas se tomó la molestia de examinar el proceso descrito por los antiguos y obtuvo, como era de esperar, un tipo de sal común altamente alcalina, similar a aquella que Plinio, no sin razón, consideraba como una especie de nitrum, ya que sin duda con frecuencia podía tratarse de un carbonato alcalino en lugar de sal común. Boerhaave, al citar los pasajes de los antiguos, no se dio cuenta de que, durante la incineración de la madera, se vertía agua salada sobre ella. Consideró todo el proceso como una combustión de potasa y pensó que la sal obtenida era apta para el uso solo porque se fabricaba según los métodos descritos por los antiguos.

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a la manera de Tachenius. Eso sí da una sal carbonatada, que es casi saponácea, y al mezclarse con diversas partes de las plantas quemadas se vuelve mucho más suave, por lo que es más adecuada para su uso que la sosa común o la perlasa; pero esa sal no era tanto del tipo tacheniano como una especie de sal común rica en álcali. Si el nitrato era un álcali carbonatado, hay razones para suponer que los antiguos debieron haber mencionado ocasionalmente en sus escritos que efervescentaba con los ácidos. De hecho, no conocían los ácidos minerales; pero tenían vinagre, y se sabía desde los tiempos más remotos que ese nitrato producía efervescencia al mezclarse con él. Una alusión muy clara a esta circunstancia se encuentra en el libro de los Proverbios, capítulo XXV, versículo 20; donde Lutero, sin embargo, traduce esa palabra como “tiza”. Jerónimo, cuya explicación ya he citado, estaba hasta cierto punto familiarizado con este fenómeno; y por eso para él la comparación de Salomón era comprensible. Pero por ahora no puedo presentar ninguna prueba procedente de autores griegos; aunque podrían haber existido durante el uso del nitrato en medicina, motivo por el cual a menudo se añadía al vinagre. Estaremos aún más convencidos de qué era realmente el nitrato cuando se consideren los usos a los que se aplicaba, tal como se menciona en las obras de los antiguos. El más común, ya que en aquel entonces no se conocía el jabón, parece haber sido para lavar, propósito para el cual nuestro salitre no sería adecuado; además, siempre ha sido demasiado escaso y demasiado caro. No citaré aquí ninguna prueba de que se empleara de esta manera, ya que tales pruebas aparecen con frecuencia y algunas ya se han dado en el volumen anterior. Se preparaban muchas pomadas y cosméticos con nitrato; y con toda probabilidad, los artículos de este tipo, utilizados principalmente entre las mujeres, deben entenderse como el término “nitron parthenicon”, que aparece en Nicolás Myrepsius, a principios del siglo XIV; “matronicon”, mencionado por el mismo y por Alejandro de Tralles, alrededor del año 565; y el “nitrum matronale” de Marcelo Empírico, en el siglo V. Que su uso para lavar continúa todavía en Oriente se confirma en varios libros de viajes. El vidrio más antiguo, del cual se encuentra alguna descripción en la historia, fue fabricado con ayuda de nitrato o álcali mineral. Pues aunque dudo que pudiera haberse producido en las orillas arenosas del Belus, donde algunos comerciantes, al cocinar, sostenían sus ollas con trozos de

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El nitrato, ya que la arena no se puede llevar tan fácilmente al estado de fusión; en cualquier caso, queda claro que esta supuesta fusión con nuestro salitre es completamente imposible.
El uso del nitrato para pintar indica, sin duda, la presencia de un carbonato alcalino, y no de salitre; lo mismo ocurre con los diversos usos en la cocina de los antiguos, muchos de los cuales aún conservamos hoy. Según Plinio, se añadía al pan durante su cocción en lugar de sal, pero probablemente para favorecer su levadura; con este propósito todavía lo utilizan los egipcios, al igual que el potasio lo hacían nuestros panaderos. Para este uso, el álcali mineral se traía antiguamente desde el Levante a Francia, hasta que los médicos declararon que era perjudicial para la salud.
Cuando había que preparar carne demasiado fresca, se sumergía en nitrato para ablandarla; y, según Forskäl y otros, esto aún se practica en Oriente. Nuestros cocineros también saben que la carne ahumada, el pescado y otros alimentos secos se vuelven más tiernos cuando se colocan en una solución de potasio, o cuando se añade un poco de potasio mientras hierven.
Sin embargo, el nitrato también se empleaba para conservar alimentos que la gente quería guardar. Esto parece contradecir lo mencionado anteriormente; pero es muy probable que para el primer propósito se utilizara una variedad cáustica, mientras que para el segundo se empleaba una variedad suave, mezclada con mucha sal común. Había tantas especies que algunas de ellas podían emplearse para fines completamente opuestos.
Como supongo, también se conocía el uso del nitrato para hacer que las castañas y otras frutas con cáscara dura se ablandaran al hervir: para lograr el mismo efecto, actualmente se añade potasio a los lentejas y guisantes en ebullición. Tengo la impresión de que por esta razón Apicio hacía hervir las castañas con nitrato.
Es muy probable que este efecto de los carbonatos alcalinos hiciera que los agricultores creyeran que las legumbres, como frijoles, guisantes y lentejas, si se remojaban antes de sembrar en agua en la que se hubiera disuelto nitrato, o si el estiércol esparcido sobre la tierra se mezclaba con nitrato, el producto futuro podría ablandarse más fácilmente al hervir. Por útil que sea esta adición en la cocina, tendría poco efecto en las semillas; y…

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Me parece que los antiguos agricultores tenían poca confianza en ese último uso, ya que no estaban de acuerdo respecto al resultado que se obtenía. Virgilio y otros parecen esperar de él un aumento en la producción de frutos; pero otros, en cambio, buscan con él protección contra los escarabajos que devoran los frutos y dejan las cáscaras vacías. Cuando se trasplantaban las coles, se esparcía nitrato sobre ellas, y se decía que, por estos medios, alcanzaban la madurez más rápidamente. Las rábanos también se trataban de la misma manera, o se rociaban con agua nitrada, con el fin de hacerlas más tiernas. Un método común empleado por los cocineros antiguos para dar un hermoso color verde a las verduras encurtidas o hervidas era añadir nitrato mientras se cocinaban; pero este efecto podía lograrse también con sosa, y no con el nitrato de los modernos, ni con esa sal neutra llamada salitre. Entre los registros más antiguos sobre el nitrato está aquel en el que se menciona su uso para embalsamar cadáveres. Sería tedioso leer y examinar todo lo que han escrito los eruditos sobre este tema; pero creo que está claro que, o bien la carne y, en general, las partes más blandas del cuerpo podían ser corroídas en el transcurso de setenta días por el nitrato egipcio, el cual, como ya se ha indicado, se quemaba y se mezclaba con cal viva, siendo por lo tanto cáustico; o bien las partes húmedas podían secarse gracias a los álcalis carbonatados, de la misma manera que los fabricantes de pergamino purifican y secan sus pieles aplicando tiza. Casi no hace falta mencionar que el salitre, en ningún caso, podía ser útil para este propósito. Los médicos antiguos, que no conocían nuestra numerosa clase de sales, empleaban su nitrato de muchas maneras y en una gran variedad de mezclas; pero, hasta donde sé, ningún escritor se tomó nunca la molestia de examinar estas recetas, aunque desde hace tiempo se ha declarado que el nitrato debía ser potasa o sal de tártaro. Matthioli afirmó que esos médicos actuarían de manera muy incorrecta si prescribieran nuestro salitre donde los antiguos empleaban su nitrato; y, de hecho, aquellos que tengan aunque sea un mínimo conocimiento de los efectos de las sales deben saber que todas aquellas que fueron alabadas por los antiguos corresponden a álcalis carbonatados. Así, el nitrato quemado se empleaba para…

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Limpieza de los dientes negros: actualmente, muchos utilizan cenizas de tabaco en lugar de polvo dental. Según las obras de Aretaeo y otros, se empleaba nitrato quemado como agente cáustico, hasta que en la época moderna la gente aprendió a preparar un agente cáustico más activo, el sal cáustico. Sin embargo, lo que decían los antiguos sobre el sabor de su nitrato no parece aplicarse del todo al álcali carbonatado puro; y mucho menos, o en absoluto, a nuestro nitrato de potasio. Si hubieran querido referirse a este último, sin duda habrían mencionado la sensación de frescor que produce al aplicarse sobre la lengua. Galeno y Aetio dicen que el nitrato es tan amargo como la hiel. Pero Serapio le atribuye un sabor salino, con un ligero grado de amargor; lo mismo hace Plinio, aunque en lugar de “amargor” utiliza la palabra “acidez”. No obstante, los nombres de los sabores son tan inciertos como los nombres de los colores que aparecen en las obras de los antiguos. Ambos merecen ser examinados con mayor precisión y definidos comparando las cosas a las que se les dan esos nombres. Prospero Alpino, sin embargo, opina que lo que los antiguos llamaban “amarum” sí puede aplicarse al sabor del sodio. Los antiguos mencionan varios manantiales y arroyos que contenían lo que ellos llamaban nitrato; pero el agua nitrada, según la acepción actual de la palabra, es decir, agua que contiene nitrato de potasio, no existe. Y si hemos de creer a Marggraf y otros, quienes observaron rastros de nitrato de potasio en algunos tipos de agua, esos casos debieron ser tan raros que no era de esperar que se mencionaran entre los antiguos. Su agua nitrada era sin duda alcalina, y esto, de hecho, no es algo raro. Tal agua era recomendada por los médicos antiguos tanto para bañarse como para beber; y Plinio dice que era extraño que la sal de tal agua no se convirtiera en cristales, como la sal común, lo cual, sin duda, es cierto. El agua alcalina de este tipo, como la de Armenia, se utilizaba para lavar, así como por los tintoreros. En Egipto, actualmente, la gente lava de la misma manera con nitrato. Me parece que muchos tipos de agua, que solo eran impuros y no aptos para beber debido a su sabor desagradable, eran considerados por los antiguos como agua nitrada. Esto parece demostrarse por los métodos que proponían para hacer que el agua nitrada fuera apta para beber; es decir, añadiendo algo a ella.

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barro, o algunos granos de cebada. De manera similar, vi a los cerveceros de Ámsterdam mejorar hasta cierto punto su agua sucia al añadirle barro amasado y dejar que se hundiera en el fondo.
Otra prueba más para mi afirmación puede encontrarse, creo, en el nombre bórax. El antiguo nitrum, según los árabes, se llamaba Bauracon o Baurach. Cuando esa sal, que hoy en día se denomina bórax en todas partes, fue conocida por los árabes, al principio se consideró en general como una especie de nitro, y por ese motivo se llamó Baurach, porque en la mayoría de sus propiedades se asemejaba al nitrum de los antiguos, es decir, al natrum de nuestros días. Pero posteriormente, cuando se conoció la diferencia, nuestro bórax, al menos en Europa, conservó exclusivamente el nombre general de Baurach, del cual finalmente surgió la palabra actual bórax. Mi conclusión, por lo tanto, es que el nitrum de los antiguos debió ser un álcali mineral; de lo contrario, es imposible que nuestro bórax, que hasta tiempos modernos se consideró álcali mineral, fuera considerado como nitrum.

Durante muchos siglos, los pueblos de África y Asia, así como de España y Sicilia, han cultivado ciertos tipos de plantas, que se secan y luego se queman hasta convertirse en cenizas. Al regular el fuego de una manera específica, logran que estas cenizas adquieran un cierto grado de coagulación o vitrificación, lo que permite formar tortas sólidas de color gris, salpicadas de muchas manchas blancas y negras. Esta sustancia, que debido a la vitrificación no se humedece al estar en contacto con el aire, se fragmenta y se envía a todas partes de Europa bajo el nombre de sosa, para su uso en vidrierías, hornos de jabón, tintorerías y otros fines.

Estas plantas fueron sin duda cultivadas y utilizadas por primera vez en Europa por los árabes, quienes difundieron su uso. Aquellas que se emplearon primero o principalmente fueron denominadas por ellos axnan, usnan, usnen o uscnanon; también Hasciscio alcali, es decir, herba kali, la planta o hierba kali, porque el nombre kali, o, con el artículo, al kali, no se aplicaba a la planta sino a las cenizas semivitrificadas kali. De ahí que los químicos llamen sales obtenidas de las cenizas de las plantas sales alcalinas. No sé cuán antigua sea esta denominación; pero se encuentra en Vincent Bellovacensis y en los escritos interpolados de Geber y Avicena, y especialmente en un pasaje citado por el primero de un antiguo alquimista llamado Jahie, donde se le denomina sal alchali.

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Todos estos sales antiguamente se consideraban sales de nitrógeno, o una especie de nitrum. Pronto se observó, de hecho, que la sosa y las cenizas de madera, que desde los tiempos más remotos se habían quemado en regiones boscosas y que ahora se denominan potasa, no eran todas de la misma naturaleza; pero cuando comenzó a estudiarse la diferencia entre las alcalinas minerales y vegetales, se supo entonces que la sosa contenía las primeras, es decir, nuestro natrum, y la potasa las segundas; aunque ambas solían verse empañadas por partículas terrosas y salinas extrañas; y que existen muchas plantas cuyas cenizas permiten obtener alcalina mineral y no vegetal. Ahora surge una pregunta: ¿cuán antigua es en el Levante la técnica para preparar este natrum a partir de las cenizas de las plantas? Michaelis opina que se menciona en Malaquías, capítulo III, versículo 2; pasaje que citaré según la traducción de Lutero: «¿Quién podrá resistir cuando él aparezca? Porque es como el fuego del orfebre y el jabón del lavador. Se sentará, fundirá y purificará la plata, y la hará pura como el oro y la plata». Este erudito parece pensar aquí que el escritor sagrado alude a la refinación de los metales nobles, y que la palabra borith significa sosa, la cual efectivamente puede servir como fundente en su purificación. Al principio consideré este significado como verdadero; pero, tras un examen más detallado, estoy plenamente convencido de que ambos nos hemos equivocado. Aquellos que lean sin prejuicios el pasaje anterior de Malaquías deben observar que se emplea una doble comparación o imagen doble. El mensajero prometido allí debía separar lo bueno de lo malo, lo limpio de lo sucio. La primera actividad se compara con el trabajo del refinador de oro; la otra, con el del lavador de ropa. La primera imagen se intensifica posteriormente, porque el poeta, muy probablemente, deseaba aplicar de manera más directa a los levitas y sacerdotes la idea de la separación de las partes viles, como la escoria, mediante el fuego, como imagen más fuerte que denota castigo. En la época del poeta, antes de la invención del jabón, la gente utilizaba para lavar ya sea nitrato o el jugo saponáceo de ciertas plantas, que ya he intentado determinar. El borith del lavador mencionado allí era sin duda una de estas plantas jaboneras, y no las cenizas semivitrificadas ni de la sosa ni de la potasa. Este pasaje de Malaquías se entendió así en los tiempos más antiguos. El profesor Tychsen, verdadero discípulo e íntimo amigo de Michaelis, a cuya opinión sometí mis dudas, me aseguró que Michaelis nunca logró…

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Convéncelo de la justeza de su exposición; sobre todo porque Jerónimo, sin la menor vacilación, entendió que “borith” era una planta que crecía en Palestina y se utilizaba allí para lavar; y como los traductores griegos, que estaban mucho más cerca del período del poeta y no podían ignorar algo tan comúnmente utilizado, tradujeron “borith” por la palabra ποα, que significa planta.

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En Jeremías, capítulo II, versículo 22, tanto las sustancias que se utilizaban anteriormente para lavar, como el nitrato y la planta jabonera, se mencionan con tanta claridad, que Michaelis se vio obligado a admitir que allí no podemos entender soda ni potasa, sino una especie de jabón; aunque este último no era conocido en aquel tiempo. Pero, para ser sinceros, la potasa y la soda tampoco serían del todo inadecuadas para lavar; al menos, no menos adecuadas que el nitrato mencionado allí. Sin embargo, lo que puede servir para refutar por completo la opinión de Michaelis es que aún no se ha encontrado ninguna prueba de que la soda sea tan antigua. Por mi parte, no conozco ninguna mención más antigua de ella que la que aparece en las obras de los médicos árabes más modernos, como Avicena, Serapio y otros.

Todos estos argumentos constituyen pruebas suficientes de que el nitrato de los antiguos era nuestro natrato, y no nuestro salitre. Pero, aun así, en la descripción que dieron los antiguos de esa sal, quedan muchas cosas inexplicables. Por ejemplo, nadie puede definir con precisión los epítetos como “chalastricum”, “halmirhaga”, “agrium”, “spuma nitri”, “aphronitrum” y otros, porque no indican diferentes tipos, como ya se ha dicho, sino propiedades accidentales de la misma sal. Sin extenderme más sobre este tema, solo diré que Plinio reconoce un tipo natural y otro artificial de nitrato, y esta división es adoptada por Serapio; pero este último término no tiene el significado que le damos hoy en día. Los antiguos solo conocían el nitrato natural; lo llamaban artificial únicamente cuando su obtención requería un poco más de esfuerzo y habilidad.

La mayoría de los médicos recomiendan el nitrato rojo, el cual también es mencionado por muchos viajeros modernos. Cuando Prospero Alpino estaba en Egipto, el nitrato de color rosa costaba el doble que el blanco. El color rojo proviene, muy probablemente, de una mezcla metálica; sin embargo, el nitrato rojo puede ser más puro que el otro, ya que la sal gema roja o violeta suele ser más clara y pura que la incolora.

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Una de las partes más oscuras en la historia del nitro es el siguiente pasaje de Plinio: “Faciunt ex his vasa, nec non frequenter liquatum cum sulphure, coquentes in carbonibus”. Parece que repite estas palabras poco después: “Sal nitrum sulphuri concoctum in lapidem vertitur”. A partir de estas palabras, J. Rhodius concluye que en aquel entonces ya se conocía el nitro fijo, ya que consideraba que el nitro era salitre; pero en ese caso, con azufre, el sal polychrest de Glaser debería haberse producido realmente. Sin embargo, no fue así, porque el nitro era un álcali fijo. Por lo tanto, los antiguos, al colocarlo junto con azufre en un crisol sobre carbones ardientes, debieron haber obtenido un material similar al azufre, el cual, al enfriarse, se vuelve duro, pero pronto se humedece al estar expuesto al aire. Pero no me atrevo a determinar si algo de este tipo puede suponerse en Plinio, quien él mismo no comprendía del todo el tema del que habla.

La descripción de vasijas hechas de nitro es aún más extraña. Michaelis conjeturó que se tallaban objetos de diversos tipos a partir de esta sustancia, no para uso real sino únicamente como adorno, de la misma manera que se tallan cosas similares a partir de la sal gema en Transilvania; tengo muchos ejemplos de estos en mi colección. Pero incluso si el nitro hubiera sido lo suficientemente compacto y resistente para este propósito, no habría habido la misma motivación para utilizarlo que con la sal gema, la cual, debido a su solidez, transparencia, brillo y suavidad, parece capaz de proporcionar vasijas tan hermosas como las hechas del cristal más precioso. Dalechamp parece explicar todo esto como aplicable al esmaltado; pero en este caso el nitro solo podría servir como fundente.

Aunque se puede demostrar con certeza que el nitro de los antiguos era una sal alcalina, es difícil determinar cuándo se descubrió o se conoció nuestro salitre. Como muchos han conjeturado que era un componente del fuego griego, inventado alrededor del año 678, lo cual, con toda probabilidad, dio lugar a la invención de la pólvora, examiné las recetas para su preparación. La más antigua, y quizás la más segura, es la dada por la princesa Ana Comnena; en ella, sin embargo, solo encuentro resina, azufre y aceite, pero no salitre. Klingenstierna, por lo tanto, juzgó muy acertadamente que todas las recetas en las que aparece el salitre son falsas o de invención moderna. De este tipo son aquellas que Scaliger…

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Al menos según su propio relato, que se encuentra en obras en árabe y en el cual se hace mención del oleum de nitro y del sal petræ. Pero no aparece en esa receta dada por Marcus Græcus, y copiada por Albertus Magnus, quien murió en 1280. Debo seguir creyendo que la primera mención segura del salitre se encontrará en el registro más antiguo sobre la preparación de la pólvora, la cual, en mi opinión, se conoció en Europa en el siglo XIII, más o menos al mismo tiempo que comenzó a perderse el uso del fuego griego, del cual existían muchas variedades. Entre la información más antigua sobre este tema se encuentra la que hay en la obra citada anteriormente de Albertus Magnus, así como los escritos de Roger Bacon, quien murió en 1278. Se duda si el tratado mencionado primero pertenece a Albertus; pero es cierto que el autor, sea quien sea, y también Bacon, obtuvieron su información de la misma fuente. Cuando el Sr. von Arretin anunció recientemente que estaba a punto de publicar un manuscrito conservado en la biblioteca electoral de Múnich, el cual contenía la verdadera receta para fabricar el fuego griego y la más antigua para la pólvora, resultó que ese mismo texto había sido impreso a partir de dos manuscritos de la biblioteca de París. Ahora tengo ante mí una copia de él, que fue transmitida a la biblioteca de nuestra universidad por el Sr. Laporte Dutheil, conservador de los Manuscritos de la Biblioteca. Contiene muchas recetas, pero solo con pocas variaciones, al igual que en Albertus Magnus; y se puede ver claramente que Roger Bacon utilizó este texto, mencionado por Jebb en el prefacio de su edición, a partir de una copia conservada en la biblioteca del Dr. Mead. De Marcus Græcus, por el momento, no se sabe nada. Según algunos, vivió en el siglo IX; pero otros, con mayor probabilidad, lo sitúan en el siglo XIII. De su obra, quizá solo tengamos una traducción; pues, a partir del apellido Græcus, hay razones para pensar que el original estaba escrito en idioma griego. Debo, sin embargo, señalar que Cardano, cuando da instrucciones para fabricar un fuego que puede encenderse con agua, menciona a Marcus Gracchus, pero no a Græcus. Scaliger, quien, muy probablemente, también poseía este texto, no hace mención de él ni de su autor. Este Marcus habla del salitre tres veces; primero bajo el nombre de sal petrosum, que también aparece en la misma receta de Albertus Magnus.

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Pero la adición, que Albertus no repite, es muy notable. En mi opinión, “scrophulæ contra lapides” se refiere a la incrustación que se encuentra en las paredes, y que era representada como una especie de lepra. La adición de cenizas o sales alcalinas, el autor o bien la olvidó u omitió, porque quizás no la consideró indispensable. En otro pasaje se dice “Lapis qui dicitur petra solis”, o, como aparece en otros manuscritos, “salis”; pero si aquí se entiende salitre, no me atrevo a determinarlo. En un tercer pasaje encontramos las palabras “de sale petroso” o “de salepetro”. En las obras de Bacon, el término “sal petræ” aparece al menos tres veces. Según Casiri, el término “pulvis nitratus” se encuentra en un manuscrito árabe del año 1249, cuyo autor vivió aproximadamente en esa fecha. Si la obra de Geber, ya citada, es auténtica, y si este escritor vivió, como algunos piensan, en el siglo VIII, sería la más antigua en la que se menciona el salitre, en una receta para una “aqua solutiva” o “dissolutiva”, que parece ser casi agua regia. No he encontrado el nombre “sal petræ” en las obras de Vincent Bellovacensis, quien vivió en el siglo XIII. En resumen, estoy más que nunca inclinado a adherirme a la opinión de aquellos que creen que la pólvora fue inventada en la India y llevada por los sarracenos desde África a los europeos, quienes, no obstante, mejoraron su preparación y descubrieron diferentes formas de emplearla en la guerra, así como en armas ligeras y cañones. En ningún país podría el salitre y sus diversos usos haber sido descubiertos con mayor facilidad que en la India, donde el suelo es tan rico en partículas nitrogenadas que solo es necesario lixiviarlo para obtener salitre; y donde esta sustancia es tan abundante que casi toda la pólvora utilizada en las distintas guerras con las que los soberanos europeos han atormentado a la humanidad fue elaborada con salitre indio. Si es cierto que el salitre no se conocía en Europa hasta el siglo XIII, ni la pólvora ni el “aquafortis” podrían haberse fabricado antes de ese momento; pues la primera no puede prepararse sin salitre, ni la segunda sin nitrato. Pero si es cierto que esta sal ya era conocida en la India en un período mucho anterior, no es improbable que tanto la pólvora como el “aquafortis” fueran utilizados por los indios y los árabes antes de ser empleados por los europeos, especialmente teniendo en cuenta que estos últimos fueron los primeros maestros de química para los primeros. En mi opinión, lo que ya he relatado demuestra…

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Esto en lo que respecta a la pólvora; y lo que añadiré aquí proporcionará una prueba igual en lo que respecta al aquafortis. Es difícil encontrar la primera mención de los ácidos minerales en los escritos de los químicos antiguos. En el curso de sus numerosos experimentos, obtuvieron, en efecto, en una época temprana, ácidos cuya utilidad exaltaban; pero cada uno ocultaba el proceso mediante el cual se fabricaban; y como no tenían método para obtenerlos puros, durante mucho tiempo no conocieron la diferencia entre las distintas clases de ácidos. Sus recetas, cuando se encuentran, son tan contradictorias y están escritas con tanta negligencia, que es casi imposible adivinar cuál de los ácidos conocidos constituye los componentes principales en sus recetas o mezclas. Me parece que el primer relato comprensible sobre el aquafortis aparece en los escritos de los árabes, o de los discípulos de los químicos árabes. Por el momento, no conozco ninguno más antiguo que el que se encuentra en las obras de Geber. Aunque no creo que aquellos de los cuales tenemos traducciones al latín pertenezcan a un Geber del siglo VIII o IX, estoy dispuesto a admitir que puedan ser, al menos, del siglo XII. Esto parece probable, porque por esa época el aquafortis y diversas artes químicas se mencionan con mayor frecuencia y de manera mucho más clara en estos escritos. Es de lamentar en la historia de la química que sea imposible determinar el período del químico o alquimista griego conocido con el nombre de Sinésio; pero no cabe duda de que tomó prestado mucho de las obras de los árabes. Este Sinésio, entre los disolventes químicos, menciona el agua de salitre, que podría considerarse como aquafortis. Pero, como al mismo tiempo menciona el aqua fæcis, me parece que se refiere al nitrum de los antiguos, no a nuestro salitre, y en general a disoluciones alcalinas fuertes, que ciertamente son capaces de disolver muchos cuerpos. El monje Teófilo, de quien ya he hablado y que muy probablemente vivió en el siglo XII, también parece haber estado familiarizado con el aquafortis; pues en algunos de los pasajes citados de sus obras por Raspe, habla de un ácido que disolvía todos los metales. En los escritos de Vicente de Belovacense, del siglo XIII, se encuentran algunas huellas, pero muy dudosas, del aquafortis. Allí menciona los diferentes

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Habla de ciertos tipos de oro y de su disolución, pero con esta expresión no alude a su tratamiento con fuego, del cual habla por separado. En otro lugar menciona los diferentes solventes, y entre estos nombres se encuentran los ácidos vegetales, un agua de sal-amoníaco y un agua obtenida del alumbre mediante destilación. Sin duda, aquí se refiere a un ácido mineral. Michael Meier, el químico más erudito del siglo XVII, dice que Vincentius habla del aquafortis como de un secreto; pero aún no he podido encontrar ese pasaje. Spielman afirma que Lullius, quien murió en 1315, a los ochenta años de edad, describió cómo obtenía el aquafortis a partir del salitre mediante la adición de vitriolo, y que Basilius Valentin conocía el uso de la arcilla con el mismo propósito. Picus Mirandula, sin embargo, declara que es incierto si Arnoldus de Villa Nova conocía el ácido del salitre en el siglo XIV. Parece ser una antigua tradición que este ácido fue utilizado por primera vez en Venecia, por algunos alemanes, para separar los metales nobles, y desde allí se transportó como mercancía a todas partes de Europa. Aquellos que lo preparaban eran vigilados estrechamente, para que el proceso no llegara a conocerse. Se empleaban principalmente para separar el oro de la plata española, y de este modo adquirían grandes riquezas. De ahí surgió el rumor de que la gente de Venecia dominaba el arte de fabricar oro; y es cierto que en muchos países los refinadores de oro fueron durante mucho tiempo considerados como fabricantes de oro; pero en ningún período hubo tantos fabricantes de oro como en aquel en que se conoció el método de separación húmeda. Sin embargo, puedo dar menos información sobre este arte de los venecianos que sobre su introducción en Francia en el siglo XV o a principios del siglo XVI. William Budæus, nacido en 1467 y fallecido en 1540, habla de ello en su libro, impreso por primera vez en 1516, como algo completamente nuevo en esa época. Un hombre de humilde origen, llamado Le Cointe, fue el primero en intentar separar el oro de la plata en París, mediante un agua que Budæus denomina aqua chrysulca. Es muy notable que, con ayuda de esta agua, pudiera separar la más pequeña partícula de oro de la plata y de cualquier otro metal; incluso podía quitar el dorado de los objetos sin alterarlo.

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su forma. Mediante este arte adquirió una gran riqueza; la cual, junto con su secreto, pasó a su hijo, quien en aquel entonces era el único refinador de oro en París. Agrega que el arte era extremadamente peligroso y también perjudicial para la salud, y requería una gran precaución. El poseedor de él, al hacerse rico, dejaba la ejecución del trabajo en manos de un sirviente, al que dirigía desde la distancia, para no exponerse a los vapores nocivos del líquido efervescente. Los vapores del ácido derivado del nitrato son, en efecto, perjudiciales para la salud; pero el peligro ha sido mucho exagerado, sin duda con el fin de disuadir a la gente de intentar descubrir el arte y de proporcionar una excusa para elevar el precio de la producción. Budæus también relata que el oro se dejaba sin disolver. Solo la plata se disolvía, y mediante otro arte se separaba del agua y se lavaba. Aquí se puede percibir fácilmente que Le Cointe utilizó el aquafortis; pero si logró separar el oro de los recipientes dorados sin destruirlos, debió haber usado el aqua regia, el cual, por lo tanto, ya no era desconocido en aquel entonces. Según otra información, parece que la casa de moneda de París compró el arte al hijo de Le Cointe, pero siguió manteniéndolo en secreto. Por esta razón, Francisco I, mediante un decreto emitido en Blois el 19 de marzo de 1540, autorizó el aumento del valor de las monedas, con el fin de cubrir los gastos de combustible y agua para el análisis. A mediados del siglo XVII, la preparación del aquafortis y el proceso de análisis por vía húmeda ya eran bien conocidos en Francia. En cualquier caso, en enero de 1637, los destiladores obtuvieron una carta gremial en la que se mencionaba el aquafortis entre los artículos que vendían. Cuando el nitrato se volvió necesario para los gobiernos con el fin de fabricar pólvora, procuraron obtenerlo al precio más bajo posible. Nadie antes sospechó que los gobernantes tuvieran derecho a llevarse exclusivamente la incrustación de las paredes de las casas privadas, la cual, cuando podía ser utilizada, se convertía en un accesorio del terreno. Pero la idea de los derechos reales, tan a menudo abusada, se extendió tanto bajo diversos pretextos, que el nitrato real y su arrendamiento fueron una de las formas más graves de opresión a las que estaban expuestos los ciudadanos por parte de sus gobernantes, y causaron quejas casi tan amargas como las relacionadas con los derechos de caza, basados en motivos igualmente infundados. No lo haré.

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Aquí se intenta describir los sufrimientos que así se causaron en muchos países; aún están frescos en la memoria. La más antigua mención de este odioso impuesto sobre el nitrato que yo mismo he encontrado data del año 1419. En aquel entonces, Gunther, arzobispo de Magdeburgo, concedió a cierta persona el derecho de buscar y hervir nitrato durante un año en la zona de Gibichenstein, a cambio de lo cual debía pagar un barril de nitrato y entregar al arzobispo el resto a un precio de cinco cruz-groschen por libra. El arzobispo siguiente, Federico, en el año 1460, cedió a un ciudadano de Halle todo el suelo y el nitrato que pudiera extraerse de él en el distrito de Gibichenstein, por cuatro años, con un alquiler anual de un barril de nitrato bien refinado. Bajo las mismas condiciones, el obispo Ernesto, en 1477, cedió a alguien el derecho a extraer nitrato de por vida. En 1544, una persona determinada obtuvo el derecho a extraer nitrato de dos montones de basura frente a las puertas de Halle. Los magistrados de Halle también tuvieron en 1545 una fábrica de nitrato y un molino de pólvora. En el año 1560, Juan VI, arzobispo de Tréveris, dio permiso a alguien para buscar y extraer nitrato. En 1583, este impuesto sobre el nitrato fue confirmado por un decreto de Brandeburgo como algo ya conocido desde hacía tiempo, y ocurría lo mismo con un hessiano en el año 1589. Es muy probable que la mayoría de los soberanos siguieran pronto este ejemplo; pero incluso si hubieran recogido y acumulado toda la incrustación de nitrato de todos los muros de Europa, seguramente no habrían encontrado una cantidad suficiente para la pólvora utilizada en las numerosas guerras que tuvieron lugar, de no haberse obtenido un suministro mucho mayor de la India, y en particular de Patna. No sé si los portugueses llevaron este producto a Europa; pero el hecho de que fuera importado muy tempranamente por los holandeses queda demostrado por las cargas más antiguas de sus barcos de regreso; y ellos finalmente encontraron la manera de apropiarse por completo de este ramo del comercio, de modo que los demás europeos no pudieron obtener ningún nitrato de la India durante mucho tiempo. En el siglo XVII, cuando la química comenzó a estudiarse con más cuidado y atención en Europa, y especialmente en Alemania, y los componentes y la producción del nitrato se conocieron mejor, muchos concibieron la idea de mejorar tanto los métodos para obtenerlo en Europa que fuera posible prescindir del nitrato indio, ilusionándose con la esperanza de obtener grandes beneficios de ello.

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Algunos propusieron llenar los tubos con sustancias putrefactibles y tierra capaz de fijar el ácido nítrico; otros prefirieron construir bóvedas con estas sustancias, y Glauber recomendó llenar fosos con ellas. Sin embargo, la propuesta que recibió mayor aprobación fue la de construir muros con ellas. Gracias a la confianza en esta idea, ciudades y pueblos se vieron obligados a erigir y mantener un cierto número de muros de salitre, bajo la promesa de que ya no se permitiría a los recolectores de salitre dañar viviendas privadas ni hacerlas insalubres. Pero la experiencia ha demostrado que todos los medios y medidas coercitivas empleados hasta ahora han hecho que el salitre europeo sea mucho más caro que el obtenido por comercio desde Bengala. Esto se comprende fácilmente si se sabe que en la India abunda la tierra ricamente impregnada de salitre, que puede extraerse mediante lixiviación sin ninguna adición y que puede cristalizar en ese clima cálido sin necesidad de fuego; que el precio de la mano de obra allí es extremadamente bajo; que todas las naciones comerciales de Europa importan este salitre desde la India en lugar de lastre, donde la competencia entre vendedores impide que el precio sea excesivamente alto, mientras que su preparación en Europa, debido al aumento constante del precio de la mano de obra, el combustible y las cenizas, se vuelve cada vez más cara. Esta práctica acabará siendo rechazada en todas partes. En el ducado de Wurtemberg y en los estados prusianos, donde se aplicó de forma más estricta, fue abolida en 1798 tras una urgente solicitud de los Estados; pero en ambos países se concedió una indemnización al gobierno por las pérdidas. Lo mismo ocurrió en Suecia. En el ducado de Brunswick pronto se dejó de aplicar; pero en los dominios electorales nunca se introdujo.
La mayor parte de nuestro salitre proviene de Bengala, donde, al igual que en Egipto, Persia, España, etc., se encuentra en el suelo. Se separa mediante lixiviación y cristalización. En Francia, Suecia y algunos otros países se prepara artificialmente en lechos de salitre. Estos están formados por diversas materias animales mezcladas con cal o escombros de mortero; la mezcla se riega y se remueve ocasionalmente, y se deja reposar durante un tiempo considerable. Luego todo se somete a lixiviación y se descompone con carbonato de potasio. El salitre se separa y purifica mediante cristalización. En algunos casos se mezclan cenizas de madera con las materias animales; entonces la descomposición con potasio resulta innecesaria.

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Se plantea la pregunta de si el ácido nítrico presente en el nitrato proviene del nitrógeno de la atmósfera o del que se encuentra en las sustancias animales. El Dr. Davy encontró nitrato en una cueva de Ceilán, donde no había presencia de sustancias nitrogenadas; y en algunas partes de la India, España y otros países, lejos de cualquier asentamiento humano, se producen enormes cantidades de nitrato en suelos que habían sido lavados el año anterior. El nitrato se importa directamente a este país desde Calcuta y Madrás, en sacos que contienen de 150 a 175 libras cada uno. Anualmente se importan entre 200.000 y 260.000 libras esterlinas de nitrato al Reino Unido.

Para fabricar pólvora, los componentes —azufre, nitrato y carbón— deben ser lo más puros posible y reducidos a un polvo lo más fino posible; luego se tamizan y se mezclan en las proporciones adecuadas. La mezcla se convierte después en un pastel con agua y se muele entre piedras muelas calcáreas. A continuación, se granula mediante tamices en otro molino y se vuelve a tamizar. Finalmente, se pulirá y endurecerá al girar rápidamente dentro de un barril, y luego se secará. Las proporciones de los componentes varían en diferentes países; en Waltham Abbey son setenta y cinco partes de nitrato, quince de carbón y diez de azufre. La cantidad de pólvora consumida en este país es enorme; además, se exportan 4.000.000 de libras anualmente, la mayor parte de las cuales se envía a la costa occidental de África.

La fuerza de la explosión de la pólvora se debe a la liberación repentina de productos gaseosos; estos consisten en gases de nitrógeno, óxido de carbono, ácido carbónico y ácido sulfuroso; y se ha calculado que su volumen equivale a 2000 veces el volumen de la pólvora misma.

NOTAS AL PIE
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A este tema pertenecen las siguientes obras: —Ars Magna Artilleriæ, de Cas. Siomienowicz. Ámsterdam, 1650, folio, p. 61. El autor cree que el nitrum de los antiguos no es conocido en la actualidad.
Natural History of Nitre, de W. Clarke. Londres, 1670, 8vo. En ella se dice que el nitrum de los antiguos era salitre impuro, y

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Que este último se obtiene del primero mediante purificación.
G. C. Schelhameri de Nitro, cum veterum, tum nostro commentatio, Amst. 1709, 8vo, contiene buenas observaciones filológicas, especialmente en lo que respecta al período, pero deja la cuestión sin resolver.
Saggi sul ristabilimento dell’antica arte de’ Greci e Romani pittori, del Sig. Doct. Vin. Requeno. Parma, 1787, 2 tomos en 8vo, ii. pp. 95, 131: una obra erudita pero extensa. Él cree que el nitrum de los antiguos era nuestro salitre; y lo que otros consideran pruebas de que se trataba de un álcali mineralizado, él lo interpreta como indicio de un salitre alcalinizado. Sin embargo, no estoy convencido. Antes de atribuir a los antiguos conocimiento sobre nuestro salitre, es necesario que se me muestren en sus escritos propiedades de su nitrum suficientes para convencerme de que se trataba de la misma sustancia.
Commentat. de nitro Plinii, en J. D. Michaelis commentationes. Bremæ 1784, 4to. El autor solo ilustra el relato de Plinio y explica qué, según su opinión, debemos entender en él en relación con los álcalis y qué en relación con nuestro salitre.
1191
[Desde el descubrimiento de los inmensos yacimientos de nitrato de sodio en Perú, esta sal, al ser mucho más barata, ha reemplazado al nitrato de potasio en la fabricación del aguafuerte; pero no es adecuada para la elaboración de pólvora debido a su propiedad deliquescente.]
1192
Encontré la descripción del salitre portugués en Mémoires Instructifs pour un Voyageur. El autor de esta obra fue el conocido Teodoro, rey de Córcega.
1193
Más descripciones sobre el salitre nativo se pueden encontrar en Recueil de Mémoires sur la Formation du Salpetre. Par les Commissaires de l’Academie. París, 1776, 8vo. Del Nitro Minerale Memoria dell’ab. Fortis, 1787, 8vo.
1194
El primero, o uno de los primeros, en conocer y dar a conocer el salitre cúbico, fue el profesor John Bohn de Leipzig.

Page 652

Acta Eruditorum, 1683, p. 410; pero con mayor precisión en su Dissertat. Chymico-Physicæ, Lips. 1696, 8vo, p. 36.
1195
[Casi no es necesario informar al lector de que el autor se refiere a la sosa comercial, que es un carbonato de sosa, y no a la sosa hidratada o cáustica utilizada por los químicos.]
1196
[Antiguamente, la sosa cruda se producía en grandes cantidades en las Tierras Altas, mediante la combustión de las algas marinas; pero desde que se eliminó el impuesto sobre la sal, la mayor parte de la sosa utilizada en el comercio británico se obtiene descomponiendo esta sustancia con tiza y alguna materia carbonosa.]
1197
De manera similar, un montón de estiércol cubierto de tierra se somete a un proceso de lixiviación; el resultado, sin la adición de cenizas, se utiliza como nitrato.
1198
Inserto aquí íntegro el pasaje de Jeremías relativo a Proverbios, xxv. 20, ya que tendré ocasión de utilizarlo con frecuencia: “El nitrato recibió su nombre de la provincia de Nitria, donde suele formarse en grandes cantidades. No difiere mucho en sus propiedades de la sal amoniacal. Pues así como el sol, al calentar las aguas marinas en la orilla del mar, hace que estas se conviertan en piedra, debido a la fuerza del viento o al calor del propio mar, así también en Nitria, donde las lluvias abundantes durante el verano penetran en el suelo, existe tal calor que las mismas aguas de lluvia se convierten en piedra a través de las arenas; se trata de una sustancia muy similar a la sal, pero sin ninguna frialdad ni sabor salado. Sin embargo, según las leyes naturales de las sales, esta sustancia suele endurecerse en climas secos y fundirse en climas húmedos. Los habitantes locales la consumen y, cuando es necesario, la utilizan como fertilizante. Por eso el profeta Jeremías dice al judío pecador: ‘Aunque te laves con nitrato y uses mucha hierba borith, sigues estando manchado por tu maldad’, dice el Señor Dios. El nitrato, al mezclarse con agua, produce un efecto similar al de la cal viva; destruye esa sustancia, pero hace que el agua sea apta para el lavado. Al observar su naturaleza, Salomón dijo: ‘El vinagre en el nitrato canta canciones para el corazón más perverso’. De hecho, si se añade vinagre al nitrato, este hierve inmediatamente.’”
1199
Heródoto, II, caps. 86 y 87.

Page 653

1200
Histor. Ægypti Naturalis iii. 2. Véase también Forskäl Flora Ægyptiaco-Arabica, p. xlv.
1201
[Duhamel demostró en 1736 que la sosa era distinta de la potasa; Marggraf lo confirmó en 1758.]
1202
Lib. xxxi. cap. 10.
1203
De Simplic. Med. Facult. ix. Dioscórides también, en el v. 131, habla como si fuera bien sabido que el nitrato se quemaba con frecuencia.
1204
Phil. Transactions, 1771, vol. lxi. p. 567.
1205
De Igne, p. 435, ed. Heinsii; allí habla del calor producido al neutralizar la cal. Aristóteles también menciona tanto la κονία como el νίτρον, debido a sus propiedades similares. Problemat. i. 39, ed. Septalii, p. 71.
1206
Hist. Plant. iii. 9, p. 50.
1207
xxvi. 8.
1208
xiv. 20.
1209
De Re Rustica, lib. i. c. 7. Sin embargo, poco dependía de la madera; lo principal era rociarla con agua.
1210
xxxi. 10.
1211
xxxi. 7. Aquí se menciona expresamente la salmuera.
1212
Taciti Annal. xiii. 57.
1213
Lib. xxx. 7.
1214
Esto es especialmente cierto en lo que respecta a Aristot. Auscult. Mirab., como he señalado en el prefacio de mi edición.

Page 654

1215
En la isla de Dagebull, así como en Faretoft y Galmesbull, se fabrica la sal frisia de la siguiente manera. Los habitantes navegan a lo largo de la costa en pequeñas embarcaciones, y cuando el nivel del agua es bajo, desembarcan sobre el barro, el cual excavan hasta llegar a una especie de tierra llamada torricht; esta tierra tiene naturaleza herbácea y está entrelazada con raíces. La transportan a las islas, donde la extienden al sol y la dejan secar; posteriormente, se forma un montón con ella y se quema hasta convertirla en cenizas. Lo que queda se vuelve a extender, se humedece y se pisa con los pies descalzos; se separan las piedras pequeñas y otras partes inútiles, y después de volver a secarla y rociarla con agua, se coloca en recipientes para sal y se hierve hasta obtener sal.

1216
Mémoires de l’Acad. de Bruxelles, 1777, i. p. 345.

1217
Elementa Chemiæ. Lugd. Bat. 1732, 4to, i. p. 767.

1218
Boyle consideró las palabras de Salomón como una prueba de que el nitrato era un álcali fijo; y quedó aún más convencido de ello cuando vio que el nitrato obtenido en Egipto efervescente con los ácidos.

1219
Véase la Historia del jabón en el volumen I.

1220
Plin. xxxvi. 26, § 65. Se menciona con frecuencia el uso del nitrato en la fabricación del vidrio.

1221
Plin. xxxi. 10.

1222
Lib. xxx. 10.

1223
Forskäl Flora, p. xlvi.

1224
Plutarchi Sympos. lib. vi. al final.

1225
Theophrasti Histor. Plant. ii. 5.—Geopon. ii. 35, 2; y ii. 41.—Palladius, xii. tit. i. 3, p. 996.

1226
Virg. Georg. i. 193.—Plin. xviii. 7. 845.—Geopon. ii. 36, p. 184.

Page 655

1227
Columella, ii. 10, 11.
1228
Plinio, xix. 8, § 41.—Palladio, iii. 24, 6.—Geopónico, xii. 17, 1.—Teofrasto, De causa plantarum, vi. 14.
1229
Plinio, xxxi. 10; y xix. 5, § 26, 10.
1230
Apicio, iii. 1, p. 70.—Martial, lib. xiii, ep. 17.—Plinio, xix. 8, §41, 3; xxx. 10.—Columella, xi. 3, 23. [El carbonato de sosa, como es bien sabido, se sigue utilizando con frecuencia para este propósito en las operaciones culinarias.]
1231
Heródoto, ii. 87.
1232
Nuestros curtidores utilizan cal sin descomponer con un fin similar.
1233
Anotaciones a Dioscórides, v. 89, p. 951.
1234
Un catálogo de tales aguas puede encontrarse en Baccii Liber de Thermis. Patavii, 1711, fol. v. 5, 6, 7, p. 160. [El carbonato de sosa se encuentra, por ejemplo, en las famosas aguas minerales de Seltz y Carlsbad, así como en las fuentes volcánicas de Islandia, especialmente el Geyser.]
1235
Plinio, xxxi. 6, § 32, p. 556. Vitrubio, viii. 3, p. 158.
1236
xxxi. 10.
1237
Plinio, xxiv. 1; xxxi. 3, § 22. Geopónico, ii. 5, 14, p. 85.
1238
Speculum Naturae, vii. 87, p. 480.
1239
Jerónimo, ad Jerem. ii. 22.
1240
“Porque aunque te laves con nitrato y uses mucho jabón, tu iniquidad permanece ante mí, dice el Señor Dios.”

Page 656

1241
En cuanto a las dos plantas usnee, asne y usnem, assuan, véase
Avicennæ Canon. Medic. Venet. 1608, fol. pp. 338, 406, 407.
Serapio de Temperam. Simplic. p. 164. En Du Cange’s Gloss. Gr. p.
12, addend. ἀλκαλη, y en Gloss. Lat. v. la palabra alcali solo se cita
de escritores modernos. Que kali, sin embargo, no significa la planta,
sino las cenizas concretas, lo demuestra la explicación en
Castelli’s Lexicon.

1242
En las anotaciones a Scribonius Largus, p. 228.

1243
Commentationes, p. 145. Recueil des Questions, etc., p. 231.

1244
Cosas tales eran conocidas por Aristóteles. Véase Mirab. Ausc. c. 146.

1245
Dissertat. de Igne Græco. Upsaliæ, 1752.

1246
De Subtilitate, xiii. 3. p. 71. ed. Francof. 1612, 8vo.

1247
De Mirabilibus Mundi, p. 201; al final del libro De Secretis
Mulierum. Amst. 1702, 12mo.

1248
Liber Ignium ad Comburendos Hostes, auctore Marco Græco; o bien,
Traité des Feux propres à détruire les Ennemies, compuesto por
Marcus le Grec. Publicado según dos manuscritos de la Biblioteca
Nacional. París, 1804, tres hojas en cuarto.

1249
Biblioth. Arab. Hisp. Escurial, ii.

1250
Véanse las obras citadas en Fabricii Bibliograph. Antiquar. p. 978.
En el año 1798, M. Langles demostró, en un artículo leído en el
Instituto Nacional Francés, que los árabes obtuvieron conocimiento
de la pólvora de los indios, quienes ya la conocían en los
períodos más remotos. Su uso en la guerra estaba prohibido en
sus libros sagrados, el Veidam o Veda. Fue empleada en 690 en
la batalla de La Meca.

1251
Se pueden consultar con provecho los siguientes:—Archæologia, v.
p. 148; Henry’s Hist. of Great Britain, vol. iv.; Muratori Antiq.

Page 657

Italiæ Medii Ævi, ii, p. 514; Watson’s Chemical Essays, i, pp. 284, 327; Histoire de France, por Velly, xvi, p. 330; Dow’s Hist. of Hindostan, vol. ii; Erdbeschreibung der entferntesten Welttheile, ii, p. 159; Stettler Schweitzer Chronik, p. 109. Los habitantes de Berna adquirieron la primera pólvora a la gente de Núremberg en 1413.

1252
Un fragmento de los escritos de Sinésio fue impreso por primera vez en Frabricii Bibliotheca Græca, viii, p. 236, donde aparecen esas palabras.

1253
Raspe sobre la pintura al óleo. Londres, 1781, 4to, p. 145.

1254
Speculum Naturale, vii, cap. 13, p. 432.

1255
Lib. vii, cap. 88, p. 480.

1256
Symbola Aureæ Mensæ. Frankfurt, 1617, 4to, lib. vii, p. 335.

1257
De Asse, 1556, fol., lib. iii, p. 101.

1258
Les Anciens-Minéralogistes de France, por Gobet. París, 1779, 2 volúmenes, 8vo: i, pp. xxxiv, 51, 284; ii, p. 847.

1259
[El célebre químico barón Berzelius, profesor en Estocolmo, afirma en su Manual de Química (edición de 1835, vol. iv, p. 86) que todo propietario de tierras en Suecia sigue estando obligado a entregar anualmente una cierta cantidad de salitre al estado, y da instrucciones para comprobar su calidad.]

Page 658

Page 659

CENSORES DE LIBROS.
“Debido a la gran facilidad”, dice el señor Putter, “con la que, tras la invención de la imprenta, se podían multiplicar y difundir copias de los libros, fue necesario idear algún medio para evitar que esta técnica fuera utilizada con fines maliciosos, y para protegerla de ser empleada en perjuicio de alguna religión o de las buenas costumbres, o para dañar a los estados. Por esta razón, en todas partes se estableció como regla general que nadie debía poder abrir una imprenta a voluntad, sino con permiso y bajo la supervisión del gobierno; y que ninguna obra debía ser puesta en prensa hasta que hubiera sido examinada por un censor designado para ello, o hasta que se declarara, mediante orden especial, que era de naturaleza inocua”.
Sin embargo, muchos siglos antes de la invención de la imprenta, los libros ya eran prohibidos por diferentes gobiernos, e incluso condenados a las llamas. Se pueden presentar numerosas pruebas de que esto ocurría tanto entre los antiguos griegos como entre los romanos. En Atenas, las obras de Protágoras fueron prohibidas; y todas las copias que se pudieron encontrar fueron quemadas por el heraldo público. En Roma, los escritos de Numa, que se hallaron en su tumba, fueron condenados al fuego por orden del senado, porque eran contrarios a la religión que él había introducido. Dado que la población de Roma, en tiempos de calamidades públicas, era más propensa a la superstición de lo que parecía adecuado para el gobierno, se emitió una orden para que todos los libros supersticiosos y astrológicos fueran entregados al pretor. Esta orden se repitió con frecuencia; y el emperador Augusto hizo quemar más de dos mil de estos libros de una sola vez. Bajo el mismo emperador, las obras satíricas de Labieno también fueron condenadas al fuego, siendo ese el primer caso de este tipo. Se cuenta, además, que pocos años después, los escritos de la persona que había dado origen a esa orden corrieron la misma suerte.

Page 660

1264
También fueron quemados públicamente. De manera algo similar, las obras de Ben. Arias Montanus, quien ayudó a elaborar el primer catálogo de libros prohibidos en los Países Bajos, fueron posteriormente incluidas en un catálogo del mismo tipo). La quema de estas obras indujo a Casio Severo a decir, de forma burlona, que sería necesario quemarlo vivo, ya que había memorizado los escritos de su amigo Labieno; esta expresión dio origen a una ley de Augusto contra los escritos abusivos. Cuando Cremucio Cordo, en su Historia, llamó a C. Casio el último de los romanos, el senado, con el fin de halagar a Tiberio, ordenó que el libro fuera quemado; pero se salvaron numerosas copias al ser ocultadas. Antíoco Epifanes ordenó que se quemaran los libros de los judíos; y en los primeros siglos de nuestra era, los libros de los cristianos fueron tratados con la misma severidad, de lo cual Arnobio se queja amargamente. Eusebio nos cuenta que Diocleciano ordenó que se quemaran las Sagradas Escrituras. Después de la difusión de la religión cristiana, el clero ejerció contra los libros que eran desfavorables o incompatibles con sus creencias la misma severidad que antes había criticado en los paganos por considerarlos necios y perjudiciales para su propia causa. Así, los escritos de Arrio fueron condenados a las llamas en el concilio de Nicea; y Constantino amenazó con la pena de muerte a quienes los ocultaran. El clero reunido en el concilio de Éfeso pidió al emperador Teodosio II que hiciera quemar las obras de Nestorio; y este deseo fue cumplido. Los escritos de Eutiques tuvieron el mismo destino en el concilio de Calcedonia; y no sería difícil encontrar ejemplos similares en cada uno de los siglos siguientes. También existen casos de que, muchos siglos antes de la invención de la imprenta, los autores sometían sus obras, antes de publicarlas, al juicio de sus superiores. Esto lo hacían principalmente los clérigos; en parte para protegerse de la censura o el castigo, y en parte para mostrar su respeto hacia el papa o los obispos. Sin embargo, no parece que esto fuera un deber, sino un acto voluntario. En el año 768, Ambrosio Autpert, un monje benedictino, envió su Exposición del libro del Apocalipsis al papa Esteban III, y le pidió que publicara la obra y la diera a conocer. En esta ocasión dijo expresamente que él era el primer escritor que solicitaba algo así.

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Un favor semejante; esa libertad de escribir pertenece a todo aquel que no desea apartarse de la doctrina de los padres de la Iglesia; y él espera que esta libertad no disminuya debido a su sumisión voluntaria.
Poco después de la invención de la imprenta, comenzaron a hacerse leyes para someter los libros a examen; una regulación propuesta incluso por Platón, y que muchos han deseado desde entonces. Es muy probable que el miedo que sentía el clero ante la posibilidad de que se difundieran publicaciones perjudiciales para la religión, y por consiguiente para su poder, contribuyera en gran medida a acelerar el establecimiento de censores de libros. El primer ejemplo de un libro impreso con permiso del gobierno se considera generalmente que ocurrió en el año 1480; y Dom Liron, un monje benedictino, es quizás la primera persona que hizo esa observación. Él es autor de una obra llamada Singularités Historiques et Littéraires; en la última parte de la cual, donde habla de la edición de Heidelberg del libro Nosce te ipsum, en 1480, dice: “Esta es la primera publicación que encontré acompañada de varias aprobaciones y testimonios solemnes a su favor”. Lo mismo dice J. N. Weislinger, uno de los defensores más iliberales de la Iglesia católica, en cuya obra, titulada Armamentarium Catholicum, hay una descripción de ese libro. Allí nos dice en latín, sin mencionar a Liron: “Esta es el primer libro que he visto, sometido al examen, lectura y aprobación del clero”; y según Mercier, realmente es el más antiguo. Tiene cuatro aprobaciones (en latín); la primera y la última de las cuales voy a incluir aquí (en inglés), ya que servirán para mostrar el necio orgullo del clero en aquel período:—“Yo, Felipe Rota, doctor en derecho, aunque el menos importante de todos, he leído cuidadosamente y examinado diligentemente esta pequeña obra, Nosce te; y como he encontrado que está compuesta no solo de manera devota y católica, sino también repleta de contenidos de maravillosa utilidad, no dudo, en testimonio de lo anterior, en firmar mi nombre.... Yo, Mapheus Girardo, por la divina misericordia patriarca de Venecia y primado de Dalmacia, confiando en la fidelidad de los señores mencionados, quienes han examinado y aprobado el libro antes citado, testifico que se trata de una obra devota y ortodoxa”.
Por lo tanto, ya en aquellos primeros tiempos existían censores que emitían su opinión sobre los libros sin leerlos.

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Debería haber considerado estos ejemplos como la información más antigua relativa a los censores de libros, de no ser porque el señor Eccard, el erudito amanuense de nuestra biblioteca, me indujo a buscar en la revista Literary Weekly Journal de Colonia, correspondiente al año 1778. En esa publicación encontré un relato ingenioso, escrito por un autor anónimo, sobre la situación inicial de la imprenta en esa ciudad, así como información sobre dos libros impresos casi un año antes de 1479, con la aprobación del censor público. El primero es Wilhelmi episcopi Lugdunensis Summa de Virtutibus; al final de este libro se encuentran las siguientes palabras: “Benedictus sit dominus virtutum, qui hoc opus earundem felici consummatione terminari dedit in laudabili civitate Coloniensi, temptatum, admissumque et approbatum ab alma universitate studii civitatis praedictae, de consensu et voluntate spectabilis et egregii viri pro tempore recteris ejusdem, impressum per Henr. Quentel”. El otro libro es una Biblia, cuya conclusión dice lo siguiente: “Anno incarnationis dominice millesimo quadringentesimo LXXIX ipsa vigilia Matthaei apostoli. Cuando insigne vetus novique testamenti opus cum canonibus evangelistarum et eorum concordantiis in laudem et gloriam sancte et individue trinitatis indemeratae virginis Marie impressum in Civitate Coloniensi per Conradum de Homborch, admissum, approbatum ab alma universitate Coloniensi”. La orden más antigua para nombrar a un censor de libros, hasta donde yo sé en la actualidad, es la emitida por Berthold, arzobispo de Metz, en el año 1486; dicha orden puede encontrarse en el cuarto volumen del Codex Diplomaticus de Guden 1275. En el año 1501, el papa Alejandro VI emitió una bula, cuya primera parte podría servir como complemento excelente a la orden del arzobispo de Metz 1276. Después de algunas quejas contra el diablo, que siembra cizaña entre el trigo, su santidad continúa así: “Habiendo sido informados de que, mediante dicha artesanía, se han impreso muchos libros y tratados que contienen diversos errores y doctrinas perniciosas, incluso hostiles a la santa religión cristiana, y que aún se siguen imprimiendo en diversas partes del mundo, especialmente en las provincias de Colonia, Metz, Tréveris y Magdeburgo; y deseando poner fin sin demora a este mal detestable... nosotros, por medio de los presentes y por autoridad de la Cámara Apostólica, prohibimos estrictamente a todos los impresores, a sus empleados y a aquellos que ejercen el oficio de impresor bajo su mando”.

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De ninguna manera, en las provincias mencionadas anteriormente, bajo pena de excomunión y de una multa pecuniaria, que será impuesta y recaudada por nuestros venerables hermanos, los arzobispos de Colonia, Maguncia, Tréveris y Magdeburgo, y sus vicarios generales u oficiales encargados de los asuntos espirituales, según lo estime conveniente cada uno en su propia provincia, se podrá imprimir en lo sucesivo ningún libro, tratado o escrito, hasta que se haya consultado al respecto a los arzobispos, vicarios u oficiales antes mencionados y se haya obtenido su licencia especial y expresa, que se concederá sin ningún costo. Ordenamos a sus conciencias que, antes de otorgar cualquier tipo de licencia de este género, examinen cuidadosamente, o hagan examinar por personas competentes y católicas, las obras que se van a imprimir; y que tomen las máximas precauciones para que no se imprima nada malvado y escandaloso, o contrario a la fe ortodoxa.

El resto de la bula contiene disposiciones para evitar que las obras ya impresas causen daño. Todos los catálogos y libros impresos antes de ese período debían ser examinados, y aquellos que contuvieran algo perjudicial para la religión católica debían ser quemados.

A principios del siglo XVI, el conocido Concilio de Letrán, celebrado en Roma en el año 1515, ordenó que en lo sucesivo no se imprimieran libros que no hubieran sido inspeccionados por censores eclesiásticos.

En Francia, la facultad de Teología usurpó, según algunos, el derecho de censurar libros; pero en el año 1650, cuando se nombraron censores públicos, a quienes la facultad se oponía, sin su consentimiento, ellos afirmaron que la antigüedad de su derecho era de doscientos años. Decían: “Han pasado más de doscientos años desde que los doctores de París tuvieron el derecho de aprobar libros sin estar sujetos sino a su propia facultad, de la cual afirman ser los únicos responsables de sus decisiones”.

[En ningún país de Europa prevalece la libertad de prensa en tal medida como entre nosotros; el único vestigio de censura es el censor de teatro. En Roma sigue prevaleciendo la misma severidad, pero parece que está amaneciendo un día mejor. En Alemania la censura es excesivamente estricta, especialmente en Austria, Baviera y Prusia. Sin embargo, la mayoría de las obras prohibidas se imprimen en Suiza, Hamburgo o Leipzig, y debido a la gran demanda de tales obras, se pueden adquirir en casi cualquier librería de todas las ciudades importantes. Para poner fin a esto, el actual monarca de Prusia…]

Page 664

Profesamente liberal, prohibió todas las obras publicadas por la casa editorial Hoffmann y Campe de Hamburgo, porque habían publicado los poemas políticos de Hoffmann von Fallersleben. Las caricaturas, como puede suponer el lector, están sujetas a una ley igualmente estricta, y allí no se podía tolerar ninguna H.B.].

NOTAS AL PIE
1260
Der Büchernachdruck nach ächten Grundsätzen des Rechts geprüft.
1774, 4to.
1261
Diógenes Laercio, lib. IX, 52. — Cicerón, De Natura Deorum, lib. I, cap. 23. —
Lactancio, De Ira, IX, 2. — Eusebio, De Praeparatione Evangelica, XIV, p. 19. —
Minucio Félix, VIII, 13.
1262
Tito Livio, lib. XL, cap. 29. — Plinio, XIII, 13. — Plutarco, en Vida de Numas. —
Lactancio, De Falsa Religione, I, 25, 5. — Valerio Máximo, I, cap. 1, 12.
1263
Suetonio, lib. II, cap. 31.
1264
Toda esta circunstancia es narrada por Séneca el retórico en la introducción al quinto, o, según otros, al décimo libro de sus Controversias.
1265
Tácito, Anales, lib. I, cap. 72. Bayle, en su Diccionario, ha intentado aclarar algunas dudas respecto a la historia de Casio y Labieno. Véase el artículo Casio.
1266
Tácito, Anales, lib. IV, cap. 35.
1267
Maccabees, II.
1268
Adversus Gentes, lib. III.
1269
Hist. Eccles., I, VIII, cap. 2. Suidas dice lo mismo.

Page 665

1270
Sócrates, lib. I, cap. 6.
1271
Digestor, lib. X, tít. 2, 4, 1.
1272
Baillet, Jugemens des Sçavans, 4to, I, p. 26.
1273
París, 1738–40, 4to, vol. VIII.
1274
Argentinæ, 1749, folio.
1275
Codex Diplomaticus. Franc., 1758, 4to, IV, p. 460. Se puede encontrar también una descripción del establecimiento de un censor de libros en Metz en G. C. Johannis, Rerum Mogunt., I, p. 798.
1276
Se puede consultar el texto completo de la bula en Baronii Annales Ecclesiastici, tomo XIX, Colonia, 1691, p. 514.
1277
Baillet, Jugemens des Sçavans, I, p. 19.

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PRIVILEGIO EXCLUSIVO PARA LA IMPRESIÓN DE LIBROS.
En este artículo no pretendo ofrecer un catálogo completo de todos los libros impresos bajo privilegio en los siglos XV y XVI, ya que tal lista tendría muy poca utilidad. Lo único que deseo es contribuir algo a responder a la pregunta: ¿Cuáles son los privilegios más antiguos concedidos a los libros?
El más antiguo conocido hasta el momento es el concedido en el año 1490 por Enrique, obispo de Bamberg, al siguiente libro: Liber Missalis secundum ordinem ecclesiæ Bambergensis—Anno incarnationis dominice MCCCCXC. nono vero kal. April.—In civitate Babenbergn. per magistrum Johannem Sensenschmidt, prefate civitatis incolam, et Heinr. Petzensteiner. Este privilegio fue señalado por primera vez por Panzer, en su Historia de las ediciones de la Biblia en Núremberg, y posteriormente por el Sr. Am Ende, en la Colección de Meusel para ampliar el conocimiento histórico. Este último dice: “Se puede creer fácilmente que este obispo no fue el inventor de tales privilegios, y que, por lo tanto, son mucho más antiguos de lo que se ha supuesto hasta ahora”. El Sr. Am Ende menciona también un privilegio del año 1491, concedido a una obra llamada Hortus Sanitatis, tipis Iacobi Meydenbach.... Impressum autem est hoc ipsum in incl. civ. Moguntina ... sub Archipraesulatu rever. et benigniss. principis et D. D. Bertholdi, archiep. Moguntinensis ac princ. elector. cujus felicissimo auspicio graditur, recipitur et auctorisatur. Esto, dice el Sr. Am Ende, podría aludir a un privilegio, y quizás no. Por mi parte, supongo que se refiere únicamente a un permiso de impresión, concedido como consecuencia de la institución de censores de libros por parte del arzobispo Berthold, en el año 1486.
El privilegio veneciano más antiguo conocido hasta el momento data del año 1491; fue encontrado por el Sr. Pütter para la siguiente obra: Foenix Magistri Petri memoriae Ravennatis. El colofón indica que fue impreso por Bernardinus de Choris de Cremona, impresor elegido. Venetias die X Januarii MCCCCXCI. El libro está en formato cuarto.

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y tiene el privilegio en ambas últimas páginas. Existe también un privilegio veneciano del año 1492, para Senecæ Tragediæ cum commento.... Cum privilegio ne quis audeat hoc opus cum hoc commento imprimere, sub pena in eo contenta, Venetiis per Lazarum Issarda de Saliviano 1492, die XII. Decembris. El privilegio papal más antiguo conocido hasta ahora es del año 1505, para Hervei Britonis en IV Petri Lombardi Sententiarum volumina, scripta subtilissima. En el año 1495, Aldus publicó las obras de Aristóteles; al final de la primera parte de estas se encuentra la siguiente nota: “Concessum est eidem Aldo inventori ab illustrissimo senatu Veneto, ne quis queat imprimere neque hunc librum, neque caeteros quos is ipse impresserit; neque ejus uti invento.” Las últimas palabras aluden a los tipos griegos que se emplearon en la impresión de las ediciones aldinas de los clásicos griegos. 1278 Entre otros privilegios antiguos, Pütter y Hoffmann citan los siguientes: 1495. Uno milanesino, otorgado por el duque Luis Sforza, a Michael Ferner y Eustachius Silber para las obras de I. A. Campani. 1501. Privilegium sodalitatis Celticæ, obtenido por el senado del Imperio romano, para la edición de las obras de Hroswitha realizada por Conrade Celtes. 1506. Un privilegio papal, del papa Julio II, para Evangelista Tosino, librero, para la Geographia de Ptolomeo. 1507. Uno francés, de Luis XII, para Antoine Verard. 1510. El primer privilegio imperial, para Lectura aurea semper Domini abbatis antiqui. 1512. Otro privilegio imperial, para Rosslin’s Swangere Frauwen Rosegarten. 1527. Un privilegio del duque de Sajonia para la edición del Nuevo Testamento realizada por Emser. Anderson señala, con respecto al año 1590, que la primera patente exclusiva para imprimir un libro en Inglaterra, que aparece en Rymer’s Fœdera, fue… 1280

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Concedida en el año mencionado por la reina Isabel a Richard Weight de Oxford, por una traducción de Tácito. Me sorprende mucho que Anderson, quien tan a menudo se vio obligado a utilizar los Fœdera de Rymer y que parece haberlos consultado con atención, haya pasado por alto las patentes más antiguas que se encuentran en esa colección. En esa laboriosa obra, tan importante para quienes desean conocer la historia de la literatura británica, las Antigüedades tipográficas de Ames, existen privilegios aún más antiguos. Los más antiguos que observé en esta obra son los siguientes:
1510. La historia del rey Boccus... impresa en Londres por Thomas Godfry. Con privilegio real.
1518. Oratio Richardi Pacei... Impresa por Richardum Pynson, impresor real, con privilegio concedido por el rey, para que nadie imprimiera este discurso dentro de un plazo de dos años en el reino de Inglaterra, ni vendiera en dicho reino alguno impreso o importado de otro lugar.

Otras obras impresas con gracia y privilegio aparecen en los años 1520, 1521, 1525, 1528, 1530, etc.
En el año 1483, cuando se promulgó la conocida ley contra los comerciantes extranjeros, a estos se les permitió, no obstante, importar libros y manuscritos, así como imprimirlos en el reino; pero esta libertad fue posteriormente revocada por Enrique VIII en el año 1533, mediante una orden que puede encontrarse en las obras de Ames. En 1538, Enrique emitió una orden relativa a la impresión de biblias; y en 1542, otorgó a un librero un privilegio exclusivo durante cuatro años con ese fin.

Con el objetivo de encontrar el privilegio español más antiguo, consulté diversas obras, entre ellas el Specimen Bibliothecae Hispano-Majansianae, pero no hallé ninguno más antiguo que el siguiente libro:
Aelii Antonii Nebrissensis Introductiones in Latinam Grammaticen.
En Logroño, ciudad más noble de los cantábricos vascos; en el año de la salvación 1510. fol. Que tales privilegios para los libros eran habituales en Polonia lo ha demostrado Am Ende en las ya mencionadas Colecciones de Meusel.

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NOTAS AL PIE
1278
La reimpresión de libros ha sido examinada según los verdaderos principios del derecho.
1279
Entre los más antiguos privilegios imperiales y señoriales para la impresión o publicación de libros, 1777, 8vo.
1280
Vol. xvi. p. 96.
1281
[Los privilegios exclusivos para imprimir la Biblia en inglés y las oraciones fueron concedidos por la Corona en diferentes períodos hasta la actualidad, con excepción del período de la Mancomunidad, durante el cual fueron abolidos. En el año 27 del reinado de Carlos II se concedió una patente real a Thomas Newcomb y Henry Hills. En el día 12 del reinado de Ana, a Benjamin Tooke y John Barber; en el día 22 del reinado de Jorge I, a John Basket. Luego vino John Reeves, quien recibió su patente de Jorge III en el año 39 de su reinado, y en asociación con George Eyre y Andrew Strahan, imprimió las numerosas ediciones de la Biblia y las oraciones conocidas como ediciones Reeves. La patente actual fue otorgada por Jorge IV a Andrew Strahan, George Eyre y Andrew Spottiswoode, por un plazo de treinta años, que comenzó el 21 de enero de 1830 y, por lo tanto, finaliza en 1860. Según esta última patente, a todos menos a los titulares se les prohíbe imprimir en Inglaterra cualquier Biblia o Nuevo Testamento en idioma inglés, de cualquier traducción, con o sin notas; ni ninguna oración, rito o ceremonia de la Iglesia Unida de Inglaterra e Irlanda; ni ningún libro cuya utilización haya sido ordenada por la Corona; tampoco se puede importar ninguno de los mencionados desde el extranjero, si está impreso en inglés o en inglés mezclado con cualquier otro idioma. Las universidades de Oxford y Cambridge también disfrutan del derecho de imprimir Biblias, etc., junto con los titulares de la patente; pero en su caso se trata simplemente de un permiso, ya que no tienen poder para prohibir ni perseguir. Cabe señalar que los actuales titulares de la patente no han… en los últimos años]

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Intentaron hacer valer sus derechos, y ahora las Biblias se imprimen casi ad libitum. En Escocia, antes de 1700, varias personas poseían licencias simultáneas, por lo que es muy difícil determinar quiénes eran los impresores del rey y quiénes no. El 6 de julio de 1716, Jorge I concedió una patente a John Basket, el titular inglés, y a Agnes Campbell, conjuntamente, por cuarenta y un años. Les sucedió Alexander Kincaird, cuya patente data del 21 de junio de 1749; luego James Hunter Blair y John Bruce, cuya patente comenzó en 1798 y expiró en manos de sus herederos, Sir D. H. Blair y la señorita Bruce. En 1833 la patente cesó y nunca fue renovada. A diferencia de Inglaterra o Irlanda, las cuatro universidades escocesas nunca participaron en este monopolio. En Irlanda, Jorge III, en 1766, concedió una patente para la impresión de Biblias a Boulter Grierson por cuarenta años. Le sucedió su hijo George Grierson, quien, en 1811, obtuvo una renovación, y sigue estando al mando del señor Keene, el titular irlandés. El Trinity College de Dublín también tiene un derecho concurrente, pero tanto Oxford como Cambridge, según la propia patente de los impresores irlandeses, pueden importar sus Biblias a Irlanda. —Cartas del Dr. Campbell sobre el monopolio de la Biblia.]

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CATÁLOGOS DE LIBROS.
Los primeros impresores imprimían los libros por su propio costo y los vendían ellos mismos. Por lo tanto, era necesario que tuvieran grandes capitales. El papel y todos los demás materiales, así como la mano de obra, eran en la infancia de este arte extremadamente caros en aquellos períodos; y, por otro lado, los compradores de libros eran pocos, en parte porque su precio era demasiado alto y, en parte, porque, al estar el conocimiento menos difundido, no se leían tan ampliamente como en la actualidad. Por estas razones, muchos de los principales impresores, a pesar de su erudición e ingenio, se volvieron pobres. De esta manera, mis compatriotas Conrado Sweynheim y Arnold Pannarz, que fueron los primeros, y durante mucho tiempo los únicos impresores en Roma, ciudad que por muchos motivos, especialmente en el siglo XVI, podría considerarse la primera de la Cristiandad, se vieron obligados, cuando la cantidad de volúmenes en sus almacenes llegó a 12.475, a solicitar apoyo al papa. Con el paso del tiempo, esta profesión se dividió y surgieron los libreros. Parece que fueron los propios impresores quienes primero abandonaron la parte de venta de libros del negocio, conservando solo la de impresión; al menos así se dice que ocurrió con ese conocido librero John Rainmann, nacido en Oehringen y residente en Augsburgo. Al principio fue impresor y fundidor de letras, y de él Aldus adquirió sus tipos. Se pueden encontrar libros impresos por él desde el año 1508 hasta 1524; y en muchos de ellos se le denomina el célebre librero alemán. Más o menos en la misma época vivieron los libreros Jos. Burglin y George Diemar. A veces había personas ricas de todas las condiciones, especialmente comerciantes destacados, que hacían imprimir los libros que vendían por su propio costo. De esta manera, ese erudito Henry Stephens fue impresor en París para Ulric Fugger en Augsburgo, de quien recibía un salario por imprimir los numerosos manuscritos que adquiría. En algunas ediciones, desde el año 1558 hasta 1567, se firma como Henricus Stephanus, illustris viri Hulderici Fuggeri typographus. De manera similar, también a principios del siglo XVII, una sociedad

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de los ciudadanos eruditos y ricos de Augsburgo, a cuyo frente se encontraba Welser, el administrador de la ciudad, que imprimió una gran cantidad de libros, los cuales solían tener al final estas palabras: ad insigne pinus. La impresión dio así origen a un nuevo y importante ramo comercial, el de la librería, que se estableció en Alemania, principalmente en Fráncfort del Meno, donde, especialmente durante las ferias, había varias grandes tiendas de libros en esa calle que aún conserva el nombre de Calle de los Libros.
George Willer, a quien algunos llaman erróneamente Viller y otros Walter, librero de Augsburgo que tenía una tienda muy grande y frecuentaba las ferias de Fráncfort, fue el primero en idear publicar en cada feria un catálogo de todos los libros nuevos, indicando su tamaño y los nombres de sus autores. Le Mire, más conocido bajo el nombre de Miræus, dice que los catálogos se imprimieron por primera vez en el año 1554; pero Labbe, Reimann y Heumann, que tomaron su información de Le Mire, sitúan el año, quizás erróneamente, en 1564. Los catálogos de Willer se imprimieron hasta el año 1592, por Nicol. Bassæus, impresor de Fráncfort. Sin embargo, otros libreros debieron publicar pronto catálogos de similar tipo, aunque el de Willer siguió siendo el principal durante mucho tiempo.
En todos estos catálogos, que están en formato cuarto y no están numerados por páginas, se sigue este orden: los libros en latín ocupan el primer lugar, comenzando con las obras teológicas protestantes, quizás porque Willer era luterano; luego vienen los libros católicos; y después de estos, los libros de jurisprudencia, medicina, filosofía, poesía y música. El segundo lugar lo ocupan los libros en alemán, que también están organizados de la misma manera.
En el año 1604, se imprimió el Catálogo General de Pascua con permiso del gobierno. Después de esto, los libreros de Leipzig comenzaron no solo a reeditar los catálogos de Fráncfort, sino también a ampliarlos con muchos libros que no habían sido llevados a las ferias de esa ciudad. Tengo, fechado en 1600, un catálogo de todos los libros a la venta en la Calle de los Libros, en Fráncfort, así como de los libros publicados en Leipzig que no han sido llevados a Fráncfort; con el permiso de Su Alteza el Elector de Sajonia para aquellos nuevos trabajos que han aparecido en Leipzig. Impreso en Leipzig, por Abraham Lamberg; y se puede adquirir en su tienda. En el catálogo de septiembre del mismo año, se dice que es…

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Impreso a partir de la copia de Frankfurt, con adiciones. Encuentro un privilegio imperial, por primera vez, en el catálogo de septiembre de 1616 de Frankfurt. Sin embargo, algunas autorizaciones imperiales podrían ser de fecha anterior; pues no he visto una serie completa de estos catálogos. Reimmann dice que, tras la muerte de Willer, el catálogo fue publicado por el librero de Leipzig Henning Grosse, y por su hijo y nieto. El consejo de Frankfurt hizo emitir varias regulaciones relativas a los catálogos, cuya descripción se puede encontrar en la obra de Orth sobre las ferias imperiales de Frankfurt de 1290. Después de que el negocio del libro pasara de Frankfurt a Leipzig, principalmente debido a las restricciones a las que estaba sometido en la primera ciudad por parte de los censores, ya no se imprimieron más catálogos allí; y las tiendas de Book-street se convirtieron gradualmente en tabernas. Al examinar estos viejos catálogos, uno no puede evitar sorprenderse ante el repentino y enorme aumento de libros; y cuando se piensa que muchos de ellos ya no existen, esta perecederidad del trabajo humano provoca las mismas sensaciones que surgen en la mente al leer en un patio de iglesia los nombres y títulos de personas que hace tiempo se han convertido en polvo. En el siglo XVI había pocas bibliotecas; y aquellas que no contenían muchos libros se encontraban en los monasterios, y estaban compuestas principalmente por obras teológicas, filosóficas e históricas, con unas pocas sobre jurisprudencia y medicina; mientras que aquellas que trataban sobre agricultura, manufacturas y comercio eran consideradas indignas de la atención de los eruditos y de ser conservadas en grandes colecciones. La cantidad de estas obras, no obstante, estaba lejos de ser insignificante; y, en cualquier caso, muchas de ellas habrían sido de gran utilidad, ya que habrían servido para ilustrar la instructiva historia de las artes. Los catálogos que podrían haber dado lugar a búsquedas de libros, que quizás aún se conserven en algún lugar, han sufrido el mismo destino que las lápidas, las cuales, al ser destruidas y desmoronadas por la mano destructora del tiempo, dejan de ser legibles. Quizás no se encuentre en ningún lugar una serie completa de ellos. Esta pérdida podría compensarse en cierta medida con dos obras, si no fueran ahora extremadamente escasas. Me refiero a las de Cless y Draudius, quienes, por deseo de algunos libreros, recopilaron, como lo hizo Georg en un período posterior, todos los catálogos publicados en las diferentes ferias a lo largo de los años. La obra de Cless lleva el siguiente título:—Unius sæculi ejusque virorum

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Lista muy completa de los monumentos literarios de las regiones tanto más florecientes como fértiles, desde el año 1500 hasta 1602, incluido, basada en parte en los catálogos de cada mercado y en parte en las bibliotecas. Su autor es Joannes Clessius, de Vinegia, Hannover, filósofo y médico. Según el prefacio del editor, parece que la primera edición se publicó en 1592. El orden es casi el mismo que el observado por Willer en sus catálogos.

La obra de Draudius, que se imprimió en varios volúmenes en formato cuarto, por primera vez en 1611 y posteriormente en 1625, es mucho más extensa, completa y metódica. Nunca he visto una copia perfecta de ninguna de estas ediciones; pero quizás la siguiente información pueda satisfacer a quienes se interesan por la bibliografía. Una parte, que considero la primera, lleva el título de Bibliotheca Classica, sive Catalogus officinalis, en la cual se enumeran los libros de cada una de las facultades y profesiones existentes en casi cualquier idioma, hasta el año 1624, incluido. Su autor es M. Georgius Draudius. Contiene obras en latín sobre teología, jurisprudencia, medicina, historia, geografía y política. La copia que se encuentra en la biblioteca de nuestra universidad termina en la página 1304, aunque esta cuenta con una palabra clave que parece indicar una deficiencia. La segunda parte se titula Bibliotheca Classica, sive Catalogus officinalis, en la cual se incluyen libros de filosofía y de las artes humanísticas, así como de poesía y música, hasta el año 1624. Esta parte, también compuesta por libros en latín, comienza en la página 1298 y termina en la página 1654, seguida de un índice de todos los autores mencionados.

Un volumen más pequeño, de 302 páginas y sin índice, lleva el título de Bibliotheca Exotica, sive Catalogus officinalis librorum peregrinis linguis usualibus scriptorum. Existe además una cuarta parte, que consta de 759 páginas más un índice de los autores, y se denomina Bibliotheca Librorum Germanicorum Classica; es decir, un catálogo de todos los libros impresos en lengua alemana hasta el año 1625. Gracias a los índices y a la adecuada organización del contenido, el uso de esta obra se ve grandemente facilitado. Debo señalar, no obstante, que los catálogos más antiguos tenían las mismas deficiencias que los actuales, y que Draudius los copió. Se mencionan muchos libros que nunca fueron impresos, y muchos títulos, nombres y fechas se indican incorrectamente; pero, aun así, Draudius merece la atención de todo aquel que esté dispuesto a dedicar su tiempo e ingenio al estudio de la historia de la literatura.

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[Hacia el final del siglo XVII y especialmente durante el siglo XVIII, los catálogos de libros de todo tipo se multiplicaron rápidamente. Su desarrollo se trata extensamente en las Anécdotas Literarias de Nichols, tomo III, págs. 608–693; se remite al lector a dicho texto. Quizás el catálogo de libreros más notable que se haya impreso jamás sea el llamado Catálogo de Guinea del Sr. Henry Bohn, que tiene más de seis pulgadas de grosor y contiene, en unas 2000 páginas, únicamente los detalles de su propio stock.]

NOTAS AL PIE
1282
Varios de ellos eran editores, impresores y propietarios de los libros que vendían.
1283
Su lamentable petición del año 1472 fue incluida por Fabricius en su Bibliotheca Latina. Hamburgo, 1772, 8vo, tomo III, pág. 898. Véase también Pütter von Büchernachdruck, pág. 29.
1284
Von Stetten, Kunst-geschichte von Augsburg, pág. 43.
1285
Le Mire, un clérigo católico nacido en 1598 y fallecido en 1640, escribió una obra titulada De Scriptoribus Ecclesiasticis Sæculi XVI, que se encuentra impresa en la Bibliotheca Ecclesiastica de Fabricius, Hamburgo, 1718, formato folio. El pasaje al que me refiero puede encontrarse en la pág. 232; pero quizás se haya indicado el año 1564 en lugar de 1554 debido a un error de imprenta.
1286
Labbe, Bibliotheca Bibliothecarum, Leipzig, 1682, formato 12mo, pág. 112.
1287
Hist. Lit., tomo I, pág. 203.
1288
Conspectus Reip. Litter., cap. VI, § 2, pág. 316.
1289
[El primer catálogo conocido de libros impresos en inglés que se vendían en Londres fue publicado en 1595 por Andrew Maunsell, en formato folio. Estaba clasificado y constaba de dos partes; la primera]

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que contenía la Divinidad, la segunda las Artes y las Ciencias; una tercera, que contenía Historia y Literatura culta, estaba prevista pero nunca se publicó.]
1290
Frankf. 1765, 4to, p. 500.
1291
[Bücher Lexicon; un catálogo de libros impresos en Europa hasta 1750; con suplementos hasta 1758, 8 partes en 4 volúmenes en formato folio. Una compilación muy elaborada en la que se indican el título, lugar de publicación, nombre del editor, fecha, tamaño, número de hojas y precio de publicación de todos los libros conocidos en ese momento, incluidos incluso aquellos impresos ya en 1462. Sin embargo, menciona muchos libros que nunca existieron.]
1292
Francofurti, ex offic. Joannis Saurii, impensis Petri Kopffii, 1602, 4to. La primera parte contiene 563 páginas y la segunda 292.

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TEJEDOR DE CINTAS.
Entre las invenciones que, al reducir la mano de obra, hacen innecesario a un gran número de trabajadores y, en consecuencia, privan a muchos de su sustento, y que, sea cual sea la ingeniosidad con que se conciban, han sido consideradas perjudiciales y reprimidas durante mucho tiempo por los gobiernos, se puede contar el tejedor de cintas. En su estructura general, esta máquina se asemeja mucho a la del telar común; pero el trabajador, en lugar de tejer una pieza o una cinta, como ocurre cuando se utiliza este último, puede, en el caso del primero cuando cuenta con todo el equipo necesario, tejer dieciséis o veinte piezas al mismo tiempo, e incluso de diferentes patrones. Tal telar está diseñado de tal manera que el trabajador puede mover la vara, como en el telar común, hacia sí y lejos de sí, así como a derecha e izquierda, con todas las lanzaderas que contiene; o bien, está equipado con cierta maquinaria en la parte inferior, que puede ser manejada por un muchacho que no conozca el arte de tejer, y que mantiene todo el telar con todas sus lanzaderas en movimiento. Los telares del primer tipo son sin duda mucho más sencillos que los del segundo, y con toda probabilidad son más antiguos. Al primer tipo pertenece el telar de Erfurt y aquel que recientemente fue llevado desde allí a Gotinga. Del otro tipo hay dos en Berlín; y algunos de ellos pueden verse en muchos otros lugares. También se ha descubierto el modo de hacer que tales telares funcionen con agua; y, según me han dicho, se encuentra un ejemplo de esto en los alrededores de Iserlohe en el año 1293. Sin embargo, en la mayoría de los lugares los propietarios mantienen en secreto la construcción de sus telares, y, por lo que parece, nunca se ha publicado una descripción completa ni un dibujo de ellos. Hay motivos para creer que esta invención aún se utiliza poco en Francia; al menos no se hace mención alguna de ella en la Enciclopedia, donde, no obstante, el telar común de los tejedores de cintas y encajes está representado en detalle con todas sus partes en diez planchas de cobre.
Se hicieron intentos en Europa para reprimir esta invención, al igual que ocurrió con la imprenta en Turquía. Pero sin indagar aquí si las invenciones

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Puede que no ahorre demasiado trabajo y, por lo tanto, sea perjudicial, como afirma Montesquieu, o bien que sea posible suprimirlos en toda Europa; me limitaré a la historia del telar de cintas, en la medida en que se pueda recopilar información al respecto. El señor Jacobson nos dice que se cree que los suizos inventaron tales telares hace más de cien años; pero no conozco ningún fundamento sobre el cual se pueda sustentar esta conjetura. Para mí parece mucho más probable que este invento surgiera en los Países Bajos o en Alemania, ya sea hacia finales del siglo XVI o principios del siglo XVII. El registro más antiguo del que tengo conocimiento parece datar de 1294 y favorece a Alemania y al siglo XVI. Lancellotti, en una obra publicada en Venecia en 1636, dice: «Anthony Moller de Danzig relata que vio en esa ciudad, unos cincuenta años antes, una máquina muy ingeniosa con la cual se podían tejer de cuatro a seis piezas al mismo tiempo; pero como el consejo temía que, gracias a este invento, muchos trabajadores pudieran quedar en la miseria, lo suprimió y ordenó que estrangularan o ahogaran en secreto al inventor». No sé quién era este Anthony Moller; pero no hay duda alguna de que vio un telar de cintas en Danzig. Si se toma la fecha de impresión del libro como el momento en que Lancellotti escribió, hay motivos para creer que existía un telar de cintas en Danzig alrededor del año 1586; pero me parece que el libro fue escrito en 1629, lo que nos llevaría al año 1579. La siguiente información más antigua de la que tengo conocimiento es la proporcionada por Boxhorn, quien dice: «Hace unos veinte años, algunas personas en esta ciudad (Leiden) inventaron una máquina de tejer con la cual un solo trabajador podía fabricar más tela que varios otros en el mismo espacio de tiempo. Esto provocó disturbios entre los tejedores y tantas quejas que, finalmente, los magistrados prohibieron el uso de esta máquina». Según este relato, Leiden fue el lugar del invento; pero, para determinar la época exacta, será necesario tener en cuenta las siguientes circunstancias. Las Institutiones Politicæ de Boxhorn han sido impresas muchas veces, por ejemplo, en Ámsterdam en 1663, en formato 12mo. Boxhorn impartió conferencias sobre las Institutiones Politicæ y dio explicaciones verbales de ellas a sus alumnos; uno de ellos, en el año 1641, llevó una copia bien redactada de estas conferencias a Alemania y se la entregó al profesor C. F. Franckenstein, quien hizo que se imprimieran por primera vez en Leipzig en 1658, y nuevamente en 1665, en formato 12mo.

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El pasaje citado anteriormente se encuentra en las ilustraciones que se adjuntan. Por lo tanto, hay motivos para concluir que el telar de cintas era conocido en Holanda alrededor del año 1621. Es una confirmación parcial del relato de Boxhorn el hecho de que los Estados Generales, ya desde el 11 de agosto de 1623, si bien no prohibieron por completo el uso del telar de cintas, como se afirma comúnmente, al menos lo restringieron en gran medida. La proclamación con ese fin puede encontrarse en el Groot Placaet-Boeck, una valiosa colección publicada en La Haya en siete grandes volúmenes en formato folio, entre los años 1658 y 1746. Sin embargo, no se encuentra allí nada más respecto a la historia de los telares de cintas, llamados Lint-molens, salvo que habían estado en uso durante varios años, causando un gran perjuicio e incluso la ruina total de miles de trabajadores acostumbrados a tejer cintas en los telares habituales. Esta prohibición fue renovada el 14 de marzo de 1639 y nuevamente el 17 de septiembre de 1648, según se desprende de la misma obra. El 5 de diciembre de 1661, su uso se extendió un poco más y se definió con mayor precisión; pero, hasta donde he podido averiguar, no se establecieron otras regulaciones respecto a estas máquinas en los Países Bajos. Se dice que el consejo de Núremberg prohibió su uso en 1664, como se menciona en la obra de Hanau, que pronto tendré ocasión de citar. El 24 de diciembre del mismo año, los telares de cintas fueron prohibidos en los Países Bajos españoles. En la proclamación con ese fin se señala que una gran cantidad de artículos fabricados con estos telares eran importados clandestinamente desde Viane y Culenburg. En el año 1665, se podía ver en Frankfurt del Meno un telar que tejía por sí solo todo tipo de encajes, cintas, etc., siempre y cuando la seda o el hilo estuvieran dispuestos adecuadamente de la manera habitual; pero si algún hilo se rompía, era necesario que alguien lo uniera nuevamente mediante un nudo. Al año siguiente, alguien de esa ciudad solicitó no solo al consejo, sino incluso al emperador, permiso para instalar tal telar, pero no logró obtenerlo.

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En 1676 se prohibió el telar de cintas en Colonia, y ese mismo año se produjeron algunos disturbios como consecuencia de su introducción en Inglaterra. Es probable que Anderson haga alusión a este telar cuando dice, refiriéndose al año mencionado: “También se trajo de Holanda a Londres la máquina para tejer utilizada por los tejedores, entonces llamada máquina holandesa”. Sin embargo, elogia la máquina sin describirla; tampoco menciona que causara alguna conmoción.

Los tejedores de encajes en Alemania, y en particular los consejos de Augsburgo y Colonia, solicitaron a Federico Casimiro, conde de Hanau, quien tenía gran influencia en el imperio, que se esforzara por lograr una prohibición general de los telares de cintas en toda Alemania; y el conde presentó una petición al respecto ante los electores y los estados.

El 8 de enero de 1681, la autoridad imperial declaró que la prohibición de los telares de cintas era tanto útil como necesaria. A esto le siguió un decreto imperial fechado el 5 de enero de 1685, y el 1 de septiembre del mismo año fue reforzado por una resolución del consejo de Fráncfort.

Se dice que el consejo de Hamburgo ordenó que se quemara públicamente un telar; y el emperador Carlos VI hizo que se renovara la prohibición de 1685 el 19 de febrero de 1719, aunque algunos comerciantes se opusieron firmemente a esta medida. También se emitió una prohibición general en el electorado de Sajonia, el 29 de julio de 1720. Sin embargo, todos estos medios coercitivos resultaron ineficaces; y el telar de cintas, al considerarse útil, ahora se ha vuelto común.

En el año 1718, el primer telar de este tipo fue traído de Holanda a Charlottenburg, a orillas del Spree; pero Nicolai, en su Descripción de Berlín, afirma que este hecho ocurrió en el año 1728. En aquel entonces, los trabajadores provenían de países extranjeros, y el telar era mantenido a expensas del rey. El electorado de Sajonia también revocó su prohibición en el año 1765 y permitió que tales telares se utilizaran públicamente. En el rescripto fechado el 20 de marzo, se dice que, dado que las circunstancias habían cambiado mucho y otros estados alemanes habían anulado las prohibiciones contra los telares de cintas, se decidió otorgar total libertad a los tejedores de encajes para utilizar libre y públicamente, en el futuro, telares de cintas y encajes, y para fabricar todo tipo de

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Cintas y otros artículos similares que pudieran tejerse sobre ellas. Se estableció además que los tejedores de encaje debían comunicar si alguno de ellos deseaba instalar telares para cintas y cuán pronto podrían tenerlos listos para trabajar; aquellos que no quisieran hacerlo a sus propios costos recibirían una cierta suma por cada telar construido, además de ser admitidos como miembros de la compañía; y que tres meses después de la publicación de esta orden, se entregarían cincuenta rix-dólares como prima por cada telar en el que se pudieran tejer de doce a quince piezas de cinta de seda; y treinta rix-dólares por cada telar empleado para tejer artículos de lana.

La aplicación rentable de la energía del vapor a la tejeduría de seda fue durante mucho tiempo considerada casi imposible; se invertía tanto tiempo en el manejo y acabado de la seda, en proporción al tiempo que el telar estaba en funcionamiento, que esto suponía un desperdicio de energía. En 1831 se construyó una pequeña fábrica con el fin de realizar experimentos con cintas. Sin embargo, fue incendiada durante un disturbio relacionado con los precios; y aunque los tejedores en general rechazaron la responsabilidad, el sentimiento entre ellos contra el uso de mano de obra inanimada mientras la propia era abundante era tan fuerte que se abandonó el proyecto. Pocos años después, había numerosas fábricas a vapor en funcionamiento en Congleton, Leek, Derby y otros lugares, que producían grandes cantidades de cintas sencillas, principalmente de satén negro. Los fabricantes de Coventry, preocupados por los intereses de su industria, formaron en 1836 una compañía de vapor y construyeron una gran fábrica, pero surgieron dificultades respecto a la distribución de la energía entre las diferentes partes, y nunca llegó a utilizarse para su propósito original. Poco después se construyó otra gran fábrica, destinada a la producción de cintas decoradas, pero debido a los conflictos entre las partes, este experimento tampoco se sometió a una prueba adecuada. Un experimento a menor escala tuvo cierto éxito. Las fábricas del Norte y de Derby demostraron las ventajas de la energía del vapor aplicada a las cintas sencillas. En 1838, en Congleton había 254 telares a vapor dedicados a la fabricación de seda sencilla, algo de satén negro y algunas cintas de colores sencillos; en Leek había 100 empleados de la misma manera, y en Derby 233. En estos telares, cada uno es atendido por una pareja de personas que se encargan de mantener la maquinaria en buen estado: la ganancia no radica en un movimiento más rápido de los telares, ya que la delicadeza de los materiales no lo permite; sino en que es raro que se produzcan defectos.

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Se interrumpe durante la recogida de los hilos, como en el tejido en telar manual; esto se traduce en una mayor regularidad en la tela, además de la necesidad de utilizar de una quinta parte a un tercio más de lanzaderas, para lo cual basta con un solo trabajador, ya que el telar está diseñado de tal manera que le permite llegar desde la parte delantera, pasando por encima de las barras, hasta los hilos traseros. Pero cuando se requieren dos pares de manos para un telar, como ocurre con el telar Jacquard —una persona delante para supervisar el trabajo y otra detrás para recoger los hilos—, la ventaja disminuye mucho. El tejido con telares a vapor está sin duda haciendo grandes avances a pesar de todas las desventajas: en 1840, la fábrica a vapor de Coventry, que anteriormente había cerrado, volvió a funcionar bajo nueva dirección, quienes producían cintas sencillas y decoradas, con grandes posibilidades de éxito final. La excelente fábrica perteneciente a la Steam Company, donde actualmente se utilizan telares a vapor para seda gruesa, cuenta con un telar para cintas en funcionamiento; en otro caso, también en Coventry, se emplean telares Jacquard a vapor para fabricar cintas ligeramente decoradas, con gran belleza y precisión, y en este caso se ha comprobado que un hombre puede encargarse de la parte delantera y otro de la trasera de dos telares. No cabe duda de que se acerca el momento en que el vapor será la principal fuerza motriz en la fabricación de cintas, al igual que en otros sectores industriales, y que será necesaria la calidad de las máquinas inglesas para competir con el gusto francés. Coventry es la ciudad más importante para la fabricación de cintas en Inglaterra; en 1838, el número de personas empleadas allí era de 6000 o 7000, y en las 1302 parroquias rurales, de 10.000 o 11.000.

NOTAS AL PIE
1293
Los telares de este primer tipo rara vez son capaces de tejer más de dieciséis piezas a la vez; y muy pocas veces dieciocho, ya que la anchura necesaria para ello los haría sumamente incómodos de usar. Hace algunos años, en una fábrica de cintas en Milán, había treinta telares de excelente construcción, cada uno de los cuales podía tejer veinticuatro piezas al mismo tiempo, de modo que en total se tejían sesenta docenas de piezas simultáneamente. Véase Voyage d’un Français par Italie, i, p. 387. Se dice que el señor Escher, en Zúrich, es…

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Tuve un gran telar de cintas que era accionado por agua; pero el viajero que vio esa máquina me aseguró que se trataba de una máquina para enrollar seda; y esto parece probable, según el breve relato que de ella da el señor Andreæ en sus Briefen aus der Schweitz, págs. 49 y 50.
1294
L’Hoggidi, o sea, ingenios no inferiores a los de los tiempos pasados.
1295
Página 7.
1296
Página 1191.
1297
Ibíd., pág. 2762.
1298
Von Lersner, Chronica der Stadt Frankfurt, II, pág. 566.
1299
Relatio Historica semestralis vernalis 1776, artículo 10.
1300
Hist. of Commerce.
1301
Véase este rescripto en las Leipsiger Intelligenz-Blattern, 1765, pág. 119.
1302
Penny Cyclopædia.

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ARMAS DE FUEGO. CIERRES PARA ARMAS DE FUEGO.
Las primeras armas de fuego portátiles se disparaban con la ayuda de una cerilla; con el paso del tiempo, esta cerilla se fijó en un mecanismo de disparo, con el fin de garantizar una mayor seguridad al disparar. Más tarde, se introdujo una piedra para encender el fuego en dicho mecanismo, y se colocó una placa de acero o una pequeña rueda sobre el cañón; esta rueda podía ser accionada con una llave especial. Al principio, dicha piedra no era de naturaleza silícea, como las que se utilizan hoy en día para encender el fuego, sino que era pirita o marcasita compacta; durante mucho tiempo se la conoció por ese nombre. Pero como este tipo de arma solía fallar al disparar, hasta épocas recientes se seguía utilizando la cerilla junto con esa rueda. No fue hasta mucho después cuando, en lugar de la pirita, tan propensa a la descomposición, se comenzó a utilizar una piedra de naturaleza silícea, junto con mecanismos de disparo mejorados. Con cada mejora, las armas, cuyo calibre y longitud a veces aumentaban y otras disminuían, recibían nombres nuevos; por ejemplo, Büchse, Hakenbüchse, Arquebuse; Matchlock, Musket, Pistol, Flinte, etc. Pero dejaré que aquellos que están versados en temas de artillería determinen las diferencias entre estos tipos de armas; aquí solo añadiré lo siguiente.
El primer nombre, sin duda, provino del hecho de que las primeras armas de fuego portátiles tenían cierta similitud con una caja. Existían armas de tipo Büchse, tanto largas como cortas; estas últimas, según Hortleder, eran típicas de la caballería. Las armas largas también se llamaban Rohr, debido a su similitud con una pipa. Las armas grandes, que se transportaban en carros, se denominaban Karrenbüchse; pero pronto también se les llamó Canón. En lugar de “artillero”, “artillería” y “arsenal”, se utilizaban términos como Büchsenmeister, Büchsenmeistery, Büchsenhaus, etc. Las Hakenbüchsen eran tan grandes y pesadas que no podían llevarse en la mano; por eso era necesario sostenerlas con un soporte llamado Bock, ya que tenía dos cuernos entre los cuales se fijaba la arma mediante un gancho que sobresalía del mango. De ahí surgió el nombre Hakenbüchse, Hakenbüsse, que los franceses…

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Diferentes naciones, junto con muchas otras palabras alemanas, las adoptaron y las corrompieron hasta que finalmente se convirtieron en arquebuse, archibugio, archibuso, etc. De los pasajes de escritores antiguos recopilados por Daniel, se puede concluir que estas hakenbüchsen con rueda fueron inventadas en Alemania, a principios del siglo XVI; y esto es confirmado por el testimonio de Martín Bélain. Hablando de la liga formada entre el emperador Carlos V y el papa León X contra Francia, y del asedio de Parma emprendido en el año 1521, dice: «De ceste heure là furent inventées les harquebouzes qu’on tiroit sur une fourchette». Los pistolas, que al principio también tenían rueda, parecen haber sido utilizadas por los alemanes en un período anterior que por los franceses. Bélain las menciona en el año 1544, en tiempos de Francisco I, y bajo Enrique II, a los jinetes alemanes, des reiters, se les llamaba pistoliers. De la Noue, que sirvió bajo ambos reyes, dice en su Discours Politiques et Militaires que los alemanes fueron los primeros en emplear pistolas. No conozco una derivación probable de este término. Frisch conjetura que podría haber surgido de Pistillo o Stiopo, porque las pistolas solían tener grandes nudos en el mango. Daniel y otros piensan que el nombre proviene de Pistoia, en la Toscana, porque allí se fabricaron por primera vez. Dice haber visto una pistola antigua que, aparte del cañón, era completamente de hierro. Los mosquetes recibieron su nombre del francés mouchet o del latín muschetus, que significa un halcón común macho. Esta derivación es menos improbable, ya que es cierto que varios tipos de armas de fuego fueron nombrados en honor a animales depredadores, como, por ejemplo, el falconete. Daniel demuestra que ya eran conocidos en Francia en tiempos de Francisco I. Sin embargo, Brantôme afirma que fueron introducidos por primera vez por el duque de Alba, en el año 1567, cuando ejerció su crueldad en los Países Bajos para intimidar y mantener sometido al pueblo de ese país; y que entonces no eran conocidos en Francia. En otro lugar dice que fueron fabricados por primera vez en Francia en 1304 por M. de Strozzi, bajo Carlos IX. Se ha afirmado, y no sin fundamento, que el cerrojo fue inventado en Alemania, en la ciudad de Núremberg, en 1517; pero no sé si se puede demostrar que aquí nos referimos a un cerrojo de la construcción actual. En mi opinión, la principal prueba se basa en un pasaje hecho conocido por Wagenseil, extraído de un manuscrito inédito de Núremberg.

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Crónica, cuya antigüedad él no ha determinado. El mismo año, 1306 o 1307, es el que indican J. Guler von Weineck, Walser, M. von Murr y otros. También es cierto que en el siglo XVI existían fabricantes muy expertos de mosquetes y mechas encendidas; por ejemplo, George Kühfuss, quien murió en 1600, y también otros, cuyos nombres se pueden encontrar en Doppelmayer. Debo señalar aquí que muchos llaman a la mecha encendida “mecha francesa” y atribuyen su invención a esos pueblos; sin embargo, como, incluso según el relato de Daniel, en Francia ya se utilizaban en 1658 ruedas mucho más incómodas en las pistolas, es probable que nuestros vecinos, como suele ocurrir, hayan introducido algunas mejoras en la invención alemana. En la historia de los regimientos de Brunswick se afirma que los soldados de ese ducado obtuvieron por primera vez, en 1687, mechas de pedernal en lugar de mechas de fósforo. A menudo se ha sostenido que los tubos incendiarios, que se encendían solos, fueron prohibidos primero en Bohemia y Moravia, y posteriormente en todo el Imperio alemán, bajo severa pena, por el emperador Maximiliano I; pero no he encontrado ninguna alusión a esta circunstancia en las diferentes leyes policiales de dicho emperador. Que las primeras piedras para encender fuego eran piritas se deduce de diversos relatos; y como se introdujo en su lugar una piedra de tipo silíceo, esta circunstancia causó a menudo confusión, de la cual Henkel relata algunos ejemplos, de modo que muchos aplicaron a esa piedra lo que nuestros antepasados decían sobre las piritas. En la mayor parte de Europa, actualmente se utiliza esa piedra llamada por Wallerius Silex igniarius y por Linneo S. cretaceus. En Alemania antiguamente se la llamaba Flins o Vlins, lo cual algunos consideran más apropiado; y en sueco, danés e inglés, Flinta y Flint. Este nombre es de gran antigüedad; pues los vándalos tenían una deidad pagana con ese nombre, a la cual erigían sobre una piedra llamada Flynstein. En algunas regiones de Alemania aún se conserva esta palabra; por ejemplo, la espata ferruginosa blanca o gris, Minera ferri alba, se llama en Estiria Flins, o, como a menudo se escribe incorrectamente, Pflinz; y en Bayreuth esa piedra para encender fuego todavía se denomina piedra de pedernal. En nuestra región los canteros siguen utilizando el mismo nombre. No cabe duda de que el arma que se dispara con la ayuda de esta piedra recibió en alemán los nombres de Flintgewehr, Flint o Flinte; pero como el antiguo nombre de la piedra se ha olvidado, en general se denomina por el arma: piedra de pedernal. Aquellos

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Quienes conocen las antigüedades alemanas y del norte saben que los cuchillos utilizados en los sacrificios antiguos, así como otros objetos, estaban hechos de este tipo de piedra, como demuestran los restos que aún se encuentran en antiguas tumbas y entre urnas. Esto prueba que estas piedras eran muy utilizadas por los antiguos. En Inglaterra y Francia todavía se pueden ver edificios antiguos construidos con ellas, y parece que las piedras fueron talladas con el mayor cuidado. Los objetos mencionados, que han estado enterrados en la tierra durante más de mil años, así como estos edificios, algunos de los cuales en Norwich estaban habitados en 1403, demuestran la maravillosa durabilidad de este tipo de piedra. Algunos imaginan que el arte de trabajarla se ha perdido; pero aunque nuestros artesanos prefieren emplear su talento y destreza en piedras que tienen un aspecto más hermoso y menos fragilidad, también son capaces de tallar la piedra de sílex. La mayoría de los pintores de esmalte frotan su esmalte de vidrio sobre placas hechas de esta piedra; pero se ven obligados a comprarlas a un precio muy elevado. Muchos de mis lectores quizás deseen saber de qué manera se preparan nuestras piedras para armas. Teniendo en cuenta el gran uso que se les da, resultará difícil creer cuánto esfuerzo tuve que hacer para obtener información al respecto. Uno se reiría si repitiera las diversas respuestas que recibí a mis preguntas. Algunos pensaban que las piedras se tallaban mediante pulido; otros creían que se formaban con pinzas al rojo vivo; y muchos afirmaban que se fabricaban en molinos. Con un poco de reflexión se puede deducir fácilmente que la forma cuneiforme doble se le da a estas piedras sin mucho trabajo, ya que son muy baratas; y como cualquier país, en todo momento, independientemente de las guerras en las que esté involucrado, puede obtenerlas en cantidades suficientes, ninguna nación puede tener un monopolio sobre ellas. No obstante, es difícil descubrir los lugares de donde se obtienen; y en las obras que describen los diferentes artículos de comercio no se mencionan. El mejor registro del que tengo conocimiento es el recopilado por mi hermano y publicado en la Revista Hannoveriana del año 1772. Pastores y otras personas que ganan poco con su trabajo rompen la piedra de sílex simplemente con trabajo manual, principalmente en Champaña y Picardía. Hace algunos años, Gilbert de Montmeau, un comerciante de Troyes, realizaba el mayor comercio con ellas, vendiéndolas a cinco libras y seis suces por mil. Los holandeses siempre compran grandes cantidades de ellas, las guardan como reserva para venderlas cuando

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La exportación de ellas está prohibida por Francia en tiempos de guerra. Sin embargo, Savary relata que la mayor cantidad y las mejores piedras provienen de Berry, y en particular de los alrededores de St. Agnau y Meusne. También sé que muchas se fabrican en Stevensklint, en Zelanda, y se exportan desde ese país. En el año 1727, la cancillería de guerra de Hannover envió a algunas personas para que aprendieran el arte de romper pedernal; pero tras su regreso, se anunció que nuestra piedra de cuerno era inadecuada para ese propósito. Es posible que esas piedras que se encuentran en vetas continuas puedan dividirse más fácilmente en cualquier dirección deseada que aquellas que se hallan en piezas separadas, ya que me parece que estas últimas son más duras y compactas que las primeras. Quizás sea lo mismo con el pedernal que con el bermellón, cuya preparación intentamos aprender de los ingleses y holandeses, aunque desde los primeros tiempos se producía mejor en el propio centro de Alemania que en ningún otro lugar. El hecho de que esas piedras se utilizaran al menos a mediados del siglo XVI queda confirmado por el relato de un ingenioso italiano llamado Francis Angelerius. Este artista construyó un pequeño trozo de madera al cual aplicó una rueda, y en lugar de un gallo utilizó un perro que sostenía la piedra en su boca; todo estaba hecho de tal manera que una persona que apareció con ello en una mascarada fue arrestada por la guardia, porque se consideraba que era una verdadera pistola. He creído oportuno mencionar este detalle, porque demuestra que la rueda ya había sido inventada en aquel entonces y se conocía con el nombre de pistola. En los antiguos arsenales y armorerías todavía se pueden ver grandes colecciones de armas con rueda. He inspeccionado las que se conservan en el arsenal de Hannover. Las que considero las más antiguas tienen en el cañón la figura de una gallina con un mosquete en su boca, quizás porque se fabricaron en Henneberg. Una pistola de este tipo era completamente de bronce, sin ninguna parte de madera, y por lo tanto extremadamente pesada. En la parte inferior del mango había las letras J. H. Z. S., quizás correspondientes a Juan, duque de Sajonia. Una pieza con rueda que parecía ser una de las más modernas tenía en el cañón la fecha de 1606. Junto con las piedras para encender fuego, propiamente dichas, las piritas, que a veces también se denominan piedras para encender fuego, siguieron utilizándose durante mucho tiempo. En el año 1586, bajo el duque Julio de Brunswick, cuando se encontró una gran cantidad de piritas sulfurosas cerca de Seefen, el duque ordenó que se recolectaran y las procesó personalmente.

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Dándole la forma necesaria, aunque al hacerlo a menudo se lastimaba los dedos, y los médicos le aconsejaron que no se expusiera a los vapores sulfurosos emitidos por esa sustancia.
[El uso de mecanismos de chispa en las armas de fuego ha sido prácticamente abandonado por completo en este país en los últimos años; en su lugar se han empleado mecanismos de percusión o detonación. La certeza y rapidez con que tiene lugar la descarga les confieren una gran ventaja. Esta ingeniosa invención pertenece a un clérigo escocés, el reverendo Sr. Forsyth, pastor de Belhelvie en Aberdeenshire, pero desde entonces ha recibido algunas importantes mejoras, especialmente en cuanto al uso de la tapa de cobre, a la cual se puede atribuir, de hecho, toda su superioridad.—Brande.]

NOTAS AL PIE
1303
Una figura y descripción del Hakenbüchse, el bock, las ruedas y la llave pueden encontrarse en Daniel Histoire de la Milice Francaise. Amst. 1724, 2 volúmenes, formato 4to, página 334. En Dresde aún se conserva un antiguo fusil en el que, en lugar de un mecanismo de disparo, hay un resorte con una piedra de sílex colocada frente a la abertura de disparo; esta piedra se frotaba con una lima hasta que emitía chispas.
1304
[Se dice que el mosquete es una invención española, y que se utilizó por primera vez en la batalla de Pavía. Eran tan largos y pesados que requerían un soporte para sostenerlos. En la época de Isabel y mucho tiempo después, el mosquetero inglés era muy diferente al de hoy en día. Además del propio mosquete, tenía que llevar una botella con pólvora gruesa para cargarlo, y una caja con pólvora fina para encenderlo; las balas se guardaban en una bolsa de cuero, de la cual tenía que tirar de las correas para acceder a ellas; mientras tanto, en su mano llevaba su cerilla encendida y el soporte del mosquete.]
1305
De Civitate Noribergensi Commentat. 1697, formato 4to, página 150: En un cierto manuscrito cronístico se lee: los mecanismos de disparo para los tubos de fuego fueron descubiertos por primera vez en Núremberg en 1517.

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1306
Raetia: es una descripción, etc. Zúrich, 1616, folio, p. 152.
1307
Crónica de Appenzell. St. Gall, 1740, 8vo, p. 194.
1308
Este tipo de piedra no se utiliza en todas partes con este propósito. En el Tirol, por ejemplo, se emplea el granito ferruginoso más duro, que consta de fragmentos cornosos, parcialmente irregulares y parcialmente poliédricos, como piedras de fuego; por eso se les denomina piedras de fuego del Tirol. En otros lugares, el jaspe, como aquel que se encuentra en gran abundancia en Turquía, se procesa mediante molienda y se utiliza de la misma manera.
1309
Se puede encontrar información sobre esta deidad en Schedii Syntagma de Diis Germanis. Halle, 1728, 8vo, p. 726.
1310
Esper Nachricht von neu entdeckten Zoolithen, Núremberg, 1774, folio. El señor Esper dice que solo aquellas piedras de fuego que contienen fósiles o petrificaciones se denominan piedras de fuego; es posible que la forma singular de estas piedras sea la causa por la cual han conservado durante más tiempo el nombre de esa deidad pagana.
1311
Se pueden encontrar figuras de tales instrumentos en el quinto volumen de la Archæologia Britannica.
1312
Philosophical Transactions, n.º 474.
1313
Una placa pulida de un pie cuadrado se vende en la fábrica de porcelana de Viena por quinientos florines.
1314
Chemnitz lamenta que las piezas más grandes y hermosas se rompan en miles de fragmentos y luego se vendan a bajo precio como piedras de fuego para armas. —Berliner Beschäftigungen, p. 213.
1315
Hippolytus Angelerius, en una obra titulada De Antiquitate Atestinæ, p. 14, en el volumen VII de Thes. Antiquit. Italiæ.

FIN.

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ÍNDICE.
Adulteración del vino, i. 245;
Los antiguos clarificaban su vino con yeso, i. 250;
La arcilla utilizada para clarificar el vino, ib.;
Jacob Ehrni fue decapitado por adulterar el vino, i. 253;
El hígado de azufre utilizado para detectar metales en el vino, ib.;
Fumigación con azufre, i. 255;
Adulteración con leche, i. 256;
Adulteración del vino en Inglaterra, ib.
Cámara de aire: primera vez que se utilizó en los camiones de bomberos, ii. 252.
Alumbre, i. 180;
El alumbre de los antiguos era ácido sulfúrico, ib.;
Lugares donde lo obtenían, i. 182;
Uso del alumbre antiguo para proteger los edificios del fuego, i. 184;
Invención del alumbre moderno, i. 185;
Alumen roccæ, i. 186;
Las más antiguas fábricas de alumbre en el Levante, i. 187;
Las más antiguas en Europa, en la isla de Ænaria, i. 188;
Origen de las fábricas de alumbre en Tolfa o Civita Vecchia, i. 190;
En Volterra, i. 193;
El monopolio de los papas sobre el comercio del alumbre, i. 194;
La más antigua fábrica de alumbre en Alemania, i. 195;
La primera en Inglaterra, i. 196.
Farmacéuticos, i. 326;
Los médicos griegos y romanos preparaban sus propios medicamentos, i. 327;
Su papel en los siglos XIII y XIV, i. 329;
La farmacia se separó por primera vez de la medicina por parte de los médicos árabes, ib.;
Establecimientos médicos en Europa formados posteriormente en Salerno, i. 331;
Farmacéuticos ingleses, i. 333.

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Francés, ib.;
Alemán, i. 333–338;
Tienda portátil de farmacia en la corte bizantina, i. 339;
Primer dispensario, ib.
Acuafuerte: primer relato comprensible sobre él, i. 506.
Archil, i. 35;
Conocido por los antiguos, i. 36;
Arte de teñir con él, traído en el año 1300 desde el Levante, i. 38;
Relato sobre la familia de los Oricellarii o Rucellai, que difundió ese arte en Italia, ib.;
Comercio de las islas Canarias con este producto, i. 39;
De las islas de Cabo Verde, i. 40;
Invención del láctimo, 41.
Alcachofa, i. 212;
La cinara de los antiguos es lo mismo que el carduus, i. 213;
Descripción del Scolymus, i. 215;
No es nuestra alcachofa, i. 216;
Cactus: qué partes de él se consumían, i. 219;
Nuestra alcachofa conocida en el siglo XV, i. 220;
Origen del nombre, ib.;
Opiniones respecto al país del que fue traída por primera vez, i. 221.
Hielo artificial, ii. 142;
Conservación de la nieve para enfriar bebidas, conocida por los antiguos, ib.;
Hielo conservado con el mismo propósito, ii. 143;
Método de Nerón para enfriar el agua, ib.;
Cómo se enfriaba el agua en Egipto, ii. 144;
Agua que se congelaba en verano, ii. 146;
Arte de fabricar hielo en Calcuta, ib.;
Método de enfriar el agua mencionado por Plutarco, ii. 147;
Recipientes de barro utilizados en Portugal para enfriar el agua, ib.;
Uso de la nieve conocido en la corte francesa durante el reinado de Enrique III, ii. 149;
Comercio de nieve e hielo en Francia, ii. 150;
Propiedad refrigerante del nitrato de potasio, cuando fue descubierta, ii. 151;
Vasos de hielo utilizados en Francia, ii. 155;
Uso extensivo del hielo con fines económicos, ii. 158;
Maquinaria empleada para cortarlo, ii. 159.

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Aurum fulminans, i. 509;
De qué está compuesto, ib.;
Su invención es oscura, ib.;
Se dice que fue descubierto por un monje alemán, i. 510;
La receta de Valentin para prepararlo, ib.;
Se le quita su poder mediante vinagre, i. 511.

Banqueros: los más antiguos en Roma, ii. 5.
Mangones, de madera, i. 63;
Si fueron inventados primero por Anacarsis, i. 64;
Mangones en las fundiciones más antiguas, accionados por hombres, ib.;
Comparación entre mangones de cuero y de madera, ib.;
Descripción de estos últimos, i. 65;
Ventajas de ellos, i. 66;
Fueron inventados en Alemania, ib.;
Se cree que el inventor fue Hans Lobsinger, Shellhorn, un molinero, o un obispo de Bamberg, i. 66, 67;
Introducción de ellos en las minas del bosque de Harz, i. 67.

Letras de cambio, ii. 203;
Descripción de las más antiguas, ib.;
Ordenanza emitida en Barcelona respecto a ellas, ii. 204.

Plomo negro, ii. 388;
Nombres con los que se conoce, ib.;
Manuscritos antiguos escritos sobre plomo, ii. 389;
Plumbago: quién lo mencionó por primera vez, ii. 390;
Yacimientos de plomo negro en Cumberland, ii. 392;
En el comercio, se le llama potloth, ii. 393;
Los primeros lápices utilizados para dibujar, ib.;
Tiza negra y roja, ii. 394.

Piedra de Bolonia, ii. 429;
Descripción de ella, ii. 429–430;
Cómo hacer que brille en la oscuridad, ii. 431;
Quién descubrió esta piedra, ib.;
Los químicos italianos ocultaron el método de preparación de esta piedra, ii. 432;
Fue enseñado por Poterius, un químico francés, ib.;
Piedra luminosa de la India mencionada por De Thou, ii. 433;
Otros tipos de piroforos, ii. 434.

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Censores de libros, ii. 512;
Razón de su creación, ib.;
Libros prohibidos y quemados antes de la invención de la imprenta, ii. 513;
Libros de los judíos y cristianos quemados, ii. 514;
Obras de Arrio y Nestorio quemadas, ib.;
Primer caso de libros publicados con permiso del gobierno, ib.;
Disposiciones relativas a los censores de libros, ii. 516;
Bula de Alejandro VI que prohíbe los libros a menos que hayan sido examinados previamente, ii. 517;
Censores de libros establecidos en Francia, ib.

Historia de la contabilidad, i. 1.

Buckingham, duque de, primera persona en Inglaterra que utilizó seis caballos para su carruaje, i. 76.

Trigo sarraceno, i. 425;
No era conocido por los antiguos, i. 426;
Introducido en Europa a principios del siglo XVI, ib.;
Se dice que proviene de Asia, ib.;
Conjeturas sobre otros nombres con los que se le ha llamado, i. 428;
Cuándo se cultivó en Inglaterra, ib.;
Descripción de una nueva variedad, ib.;
Se reproduce por sí mismo en Siberia, i. 429;
Difícil de cultivar, i. 430.

Mantequilla, i. 499;
¿Era conocida por los hebreos?, i. 500;
Pasaje en los Proverbios sobre ella traducido erróneamente, ib.;
Mención más antigua de ella en escritores griegos, ib.;
Era conocida por los escitas, ib.;
Utilizada por los lusitanos en lugar de aceite, ib.;
Los elefantes la bebían, ib.;
Anécdota relatada por Plutarco, i. 503;
Plinio atribuye la invención de la mantequilla a los germanos, i. 504;
Usos que daban los antiguos a la mantequilla, i. 506, 507;
La mantequilla de los antiguos era líquida, ib.;
Escasa en Noruega durante las épocas paganas, i. 508.

Molinos de campaña, ii. 55;

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Invención atribuida a los alemanes, ii. 56.
Pájaros canarios, i. 32;
Cuando se conocieron en Europa, ib.;
Volaron desde un barco hundido frente a las costas de Italia hasta Elba, donde se multiplicaron, ib.;
Comercio con ellos, i. 33;
Semillas de canario: dónde se cultivaron por primera vez, i. 34;
Su uso podría ampliarse, i. 35.
Carpa: historia de esta especie, ii. 46;
Cassiodoro: el autor más antiguo que utiliza el término “carpa”, ii. 51;
Origen del nombre, ii. 52;
Se cree que la carpa se descubrió primero en las regiones del sur de Europa, ib.;
Conocida en Inglaterra, ii. 53.
Catálogos de libros, ii. 522;
Los primeros impresores imprimieron libros a sus propios costos, ib.;
Cuando la venta de libros se convirtió en un negocio independiente, ib.;
Primeros catálogos impresos, ii. 523;
Descripción de algunos de los más antiguos, ii. 524;
Aumento rápido de los catálogos, ii. 527;
El catálogo de Bohn, ib.
Coliflor: traída del Levante a Italia, ii. 345.
Queso: conocido antes que la mantequilla, i. 502.
Nombres químicos de los metales, ii. 23;
Primero se les dieron nombres a los cuerpos celestes, ib.;
Denominación de los metales según las deidades paganas, ii. 24;
Denominaciones astrológicas conocidas por los brahmanes en la India, ii. 26;
Origen de los símbolos que representan a los planetas, ii. 27;
Símbolos que representan a los metales, ii. 28;
Lista de los metales conocidos en la actualidad, ii. 31.
Chimeneas, i. 295;
No hay rastros de ellas en Herculano, i. 296;
Principales autores que escribieron sobre su antigüedad, i. 296, 297;
Pasajes en autores griegos que se supone aluden a ellas, i. 297–299;
En autores romanos, i. 299–301;
Las casas de los antiguos no tenían chimeneas, ib.;
De qué manera calentaban sus habitaciones, i. 305.

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Descripción de las estufas utilizadas en Persia, ib.;
Derivación de la palabra “chimenea”, i. 308;
Casas de los antiguos calentadas por tuberías, i. 309;
Descripción de Winkelmann sobre las estufas encontradas en una villa en ruinas, ib.;
No había chimeneas en los siglos X, XII y XIII, i. 312;
Más antiguo registro de chimeneas en una inscripción en Venecia, i. 313;
Los primeros limpiadores de chimeneas en Alemania provenían de Saboya y Piamonte, i. 314;
Limpiadores de chimeneas en París: los saboyanos, ib.

Relojes y relojes de pulsera, historia de ellos, i. 340;
Relojes conocidos en el siglo XI, i. 346;
Primer reloj público en Padua, i. 351;
Cuándo se utilizaron entre particulares, i. 354;
Primera mención de los relojes de pulsera, ib.;
Historia de los relojes y relojes de pulsera, de Barrington, i. 355;
El reloj de la reina María, i. 362;
El de Sir Richard Burton, ib.;
Carta sobre un reloj que se dice perteneció a Robert Bruce, i. 364;
La invención de Harrison, i. 368;
El cronómetro de Arnold, i. 370.

Carruajes, i. 68;
Carruajes cubiertos en Roma, ib.;
Al principio del siglo XVI, solo las mujeres podían viajar en carruajes, i. 70;
Se prohibió el uso de carruajes cubiertos, ib.;
Orden del duque Julio de Brunswick, prohibiendo a sus vasallos viajar en carruajes, i. 72;
Los monarcas franceses viajaban a caballo en los siglos XIV, XV y XVI, i. 74;
A las esposas de los ciudadanos en París se les prohibió usar carruajes, ib.;
Enrique IV solo tenía un carruaje, i. 75;
Whirlicotes: los carruajes más antiguos utilizados por las damas inglesas, ib.;
Primera aparición de los carruajes en Inglaterra, i. 76;
Cuándo se introdujeron en Italia, España, Suecia y Rusia, ib.;
Origen de la palabra “carruaje”, i. 77;
La invención de la berlina, i. 78;
Primeros carruajes puestos a disposición para alquilar en París, i. 79.

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Los coches de alquiler se establecieron por primera vez en Londres, en el año 81;
Número de coches de alquiler en algunas de las principales ciudades de Europa, ibíd.
El cobalto, en la página 478;
Se funde con tierra silícea y potasa para obtener un vidrio azul llamado esmalte, ibíd.;
Esmalte molido, o polvo azul, ibíd.;
Los antiguos no conocían el cobalto, ibíd.;
Razón por la cual Lehmann y otros creen que los antiguos utilizaban esmalte, en la página 481;
Experimentos de Gmelin sobre el color azul utilizado por los antiguos, ibíd.;
Origen del nombre “cobalto”, en la página 483;
Primeras fábricas de molienda de esmalte en Alemania, en la página 484;
El esmalte no se menciona en los libros hasta épocas posteriores, en la página 486;
La descripción más antigua se encuentra en las obras de Biringoccio, ibíd.

Las peleas de gallos, en la página 473;
Reflexiones sobre ellas, ibíd.;
Antigüedad de estas peleas, ibíd.;
Peleas de codornices entre los romanos, en la página 474;
Peleas de gallos y codornices mencionadas por Solón, en la página 475;
Los romanos utilizaban perdices para estas peleas, ibíd.;
Las peleas de gallos fueron instituidas por Temístocles, ibíd.;
Se atribuyen a Milcíades, en la página 476;
Mencionadas por autores antiguos, en las páginas 477–479;
La información más antigua sobre las peleas de gallos en Inglaterra, en la página 481;
Este pasatiempo fue prohibido, ibíd.

El corcho, en la página 318;
Propiedades del corcho, ibíd.;
Descripción del árbol del corcho, en la página 319;
Conocido por los griegos y romanos, ibíd.;
El corcho era utilizado por los pescadores antiguos como flotadores para sus redes, en la página 321;
Se utilizaba también para hacer boyas ancleras, ibíd.;
Los romanos fabricaban suelas con corcho, en la página 322;
Chaquetas de corcho: antigüedad de este uso, ibíd.;
Métodos antiguos para cerrar barriles de vino y otros recipientes, en la página 323;
Tapones de corcho, en la página 324;
Varios sustitutos del corcho, en las páginas 325 y 326.

Molinos de grano, en la página 147.

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Métodos más antiguos para moler maíz, ib.;
Los molinos manuales más antiguos, ib.;
Molinos de bueyes, i. 148;
Molinos de agua, i. 151;
Molinos construidos en Roma por Belisario, i. 154;
Invención de los molinos flotantes, i. 155;
De los molinos eólicos, i. 158;
Diferencia entre los molinos eólicos alemanes y holandeses, i. 160;
Maquinaria para enroscar, cuándo fue inventada, i. 161;
Tela para enroscar, i. 162;
Invención de los molinos para cebada, i. 168;
Anécdota sobre un señor feudal, i. 170.
Criptografía, cuándo fue inventada, i. 106.

El diamante, cuándo se utilizó por primera vez para escribir sobre vidrio, ii. 87.
Campana de buceo, i. 111;
Buceadores antiguos, ib.;
Principios explicados, i. 113;
Primera utilización en Europa, ib.;
Descrita por Lord Bacon, i. 115;
Cañones rescatados con ella del naufragio de la Armada Española, ib.;
Invenciones antiguas, i. 117;
Campana de buceo del Dr. Halley, i. 118;
Mejoras realizadas por Triewald, i. 119;
Cuándo se empleó en ingeniería civil, i. 121;
Aparato para caminar en el fondo del mar, i. 122.

La costura, su antigüedad, i. 415.
Esmalte, i. 132.
Grabado en vidrio descubierto por Henry Schwanhard, ii. 88;
Proceso que él empleó, ii. 89.
Jarrones etruscos, colores obtenidos con cal de hierro, ii. 239.
Privilegio exclusivo para imprimir libros, ii. 518;
El privilegio más antiguo conocido, concedido en 1490, ib.;
Descripción de algunos concedidos en diferentes países, ii. 519, 520;
Privilegios concedidos en Inglaterra, ii. 520;
En España, ii. 521.

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Caza con halcones, i. 198;
no es una invención moderna, i. 199;
aves de rapiña utilizadas en la India y Tracia, i. 201;
también se empleaban en Italia, ib.;
estaba prohibida para el clero en el siglo VI, i. 203;
los antiguos criaban otros animales rapaces además de halcones, ib.;
la caza con halcones era común en el siglo XII, ib.;
Federico II escribió un libro sobre ella, ib.;
las damas solían gustar de la caza con halcones, i. 204;
los escritores más antiguos sobre este arte, ib.

Máquinas contra incendios, ii. 245;
la idea proviene de la bomba común, ib.;
el sifo mencionado por Plinio era una máquina contra incendios, ii. 246;
máquinas contra incendios en Roma, ii. 247;
en Oriente, se empleaban máquinas para provocar incendios, ii. 249;
fuego griego, ib.;
no está claro cuándo se introdujeron las máquinas contra incendios en Alemania, ii. 250;
se mencionan por primera vez en los registros de construcción de Augsburgo, ib.;
máquinas contra incendios en Núremberg, ii. 251;
las máquinas contra incendios eran muy imperfectas en el siglo XVII, ii. 252;
la cámara de aire, cuando se añadía, ib.;
máquinas mejoradas creadas por Leupold, ii. 253;
mejoras realizadas por los holandeses, ii. 255–256;
los tubos para transportar agua no eran desconocidos para los antiguos, ii. 256;
las máquinas contra incendios, cuando se introdujeron en Constantinopla, ii. 257.

Flotación de madera, i. 454;
qué dio origen a esta invención, i. 455;
la madera flotada por Salomón para el templo de Jerusalén, i. 456;
la madera transportada por agua por los romanos, ib.;
el primer registro de la flotación de madera en Alemania, i. 458;
en Francia, i. 459, 460.

Tenedores, ii. 407;
los griegos y romanos no tenían nombre para ellos, ii. 408;
los romanos solían usar ligulas en su lugar, ii. 409;
los antiguos no utilizaban tenedores, ib.;
la carne cortada por un carnicero, ii. 410.

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Tenedores que no se utilizaban entre los chinos, ib.;
Tenedores que se supone que se encontraban en las ruinas de una ciudad romana, ii. 411;
Cuando se conocieron por primera vez en Italia, ib.;
Los tenedores y cucharas siguen siendo algo raro en algunas partes de España, ii. 413;
Cuchillos de mesa, cuando se introdujeron entre los habitantes de las tierras altas, ib.;
Los ingleses, holandeses y franceses han adoptado los nombres italianos “forca” y “forchetta”, ib.;
La palabra alemana “gabel” es de gran antigüedad, ii. 414.

Hospitales para niños abandonados, ii. 434;
Reflexiones sobre el asesinato de niños, ib.;
Antiguamente no había leyes contra esto en los estados cristianos, ii. 436;
Los antiguos abandonaban a los niños, ii. 437;
Estaba permitido en Grecia, pero no en Tebas, ii. 438;
Cuando fue prohibido por los romanos, ii. 439;
Decretos humanitarios de Constantino el Grande, ii. 440;
Orfanatos públicos en Atenas y Roma, ib.;
Justiniano declaró libres a los niños abandonados, ii. 441;
Las instituciones más antiguas para huérfanos en Alemania, ii. 442;
Instituciones similares en Francia, ii. 444, 445;
Una institución del mismo tipo en Einbeck, ii. 445;
Un hospital en Núremberg, ii. 446;
Institución para niños abandonados en Venecia, ib.;
Hospitales para niños abandonados en Inglaterra, ib.;
Ineficacia de tales instituciones, ii. 448.

Se dice que las aves prosperan cerca del humo, i. 303.
Ropas de piel, ii. 296;
Las pieles crudas se utilizaron primero como ropa, ii. 297;
Los romanos rara vez usaban ropa de piel, ib.;
Fueron introducidas por sus invasores del norte, ii. 301;
Pieles de foca, ii. 302;
Pieles de alce, utilizadas por los antiguos germanos, ib.;
Las pieles eran consideradas objetos de lujo por los getas, ii. 304;
Fueron prohibidas por Honorio, ib.;
Los godos adoptaron los pantalones romanos, ii. 305;
Los persas utilizaban pieles en lugar de colchones y cojines, ii. 308.

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Origen del comercio de pieles en las partes meridionales de Europa, ii. 309;
Las riquezas de las naciones del norte consistían en pieles, ii. 310;
Las pieles se contaban por decurias o decher, ii. 311;
Piel del ratón del Ponto, ii. 312;
Ermine: diversos nombres para designarlo, ii. 315;
El zorro plateado, ib.;
El martín, ii. 316;
Significado de “grauwerk”, ii. 317;
Piel de gato y de conejo, ib.;
Piel de castor, ii. 318;
Las pieles: cuándo comenzaron a teñirse, ii. 319;
Carlomagno: anécdota sobre su vestimenta de piel de oveja, ib.;
Guantes de piel, ii. 320;
Prohibición del uso de pieles, ii. 321, 322;
No se utilizaban en la corte de Bizancio, ii. 322;
El comercio de pieles en los tiempos modernos, ii. 323.

Flores de jardín: historia de estas flores, i. 512;
El gusto moderno provino de Persia y Constantinopla, ib.;
La tuberosa: cuándo se introdujo por primera vez en Europa, ib.;
La auricula: llevada a Bruselas, i. 513;
El ranúnculo: traído del Levante, i. 516;
El gusto de Mahoma IV por esta flor, ib.;
Las flores preferidas en la actualidad, i. 517.

Dorado: ii. 290;
Mencionado en los libros del Antiguo Testamento, ib.;
El arte de trabajar el oro en Roma en la época de Plinio, ii. 291;
El proceso de trabajo del oro en el siglo XII, ib.;
La pellicle: utilizada por primera vez por los orfebres alemanes, ii. 292;
El arte del dorado facilitado por la invención de la pintura al óleo, ii. 294;
La hoja de oro fijada a los metales con mercurio en la época de Plinio, ii. 295;
El dorado falso, ib.;
Dorar el cuero, ii. 296.

Corte de vidrio: ii. 84;
Conocido por los antiguos, ib.;
Revivido por Caspar Lehmann, ii. 85.

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Figuras grabadas en vidrio con un diamante, ii. 86;
Grabados en vidrio, ii. 88;
Historia del fluoruro de espato, ii. 90;
Descubrimiento de su propiedad de emitir luz, ib.;
Ornamentos hechos en Derbyshire, ii. 92.

Armas de fuego, cerrojos para armas, ii. 533;
Primeras armas portátiles que se disparaban con fósforo, ib.;
Cuándo se utilizaron las piedras de afilar, ii. 534;
Pistolas, cuando se pusieron en uso, ii. 535;
Origen de la palabra, ib.;
Mosquetes, de dónde proviene su nombre, ib.;
Cerrojo para armas, cuándo se inventó, ib.;
Cómo se preparan las piedras de afilar, ii. 538.

La miel utilizada por los antiguos para conservar curiosidades naturales, i. 286.
Lúpulo, ii. 376;
Si era conocido por los antiguos, ii. 377;
Conocido en la época de la dinastía carolingia, ii. 380;
En Egipto se añadían cosas amargas a la cerveza, ii. 382;
Cuándo se utilizó el lúpulo en los Países Bajos, ib.;
Cuándo se utilizó en Inglaterra, ii. 384;
Lúpulo dulce utilizado en la cerveza en Suecia, ii. 385;
Lúpulo chino, cómo se prepara, ii. 387;
Cultivo del lúpulo en Inglaterra, ib.

Caballo quemado por ser considerado poseído por el diablo, ii. 118.
Cerrajones para caballos, i. 442;
Autores que escribieron sobre su antigüedad, i. 443;
Métodos empleados por los antiguos para proteger los cascos del ganado, ib.;
Mulas calzadas con plata y oro, i. 444;
Los cascos de la caballería antigua se desgastaban rápidamente, i. 446;
Los antiguos no conocían los cerrajones para caballos como los nuestros, ib.;
Caballos sin cerrajones en Etiopía, Japón y Tartaria, i. 449;
Se dice que se encontró un cerrajo para caballos en la tumba de Childerico, i. 451;
Primera mención en el siglo IX, i. 452.

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Mencionado por escritores italianos, ingleses y franceses del mismo siglo, i. 453;
Vendar los cascos de los caballos, cuando se introdujo en Inglaterra, i. 454.
Agua húngara, i. 315;
Método para prepararla, ib.;
Origen legendario del nombre, ib.;
Receta para elaborarla mencionada por primera vez en un pequeño libro de John Prevot, i. 316;
Copia de la receta, ib.
Hidrómetro, ii. 161;
Primera mención de él data del siglo V, ib.;
Descripción del hidrómetro por Synesius, ii. 163;
Hipatia no fue la inventora del hidrómetro, ii. 168;
Revivido en el siglo XVI, ii. 169;
Mejoras en él, ii. 171.

Índigo, ii. 258;
Traído por primera vez de las Indias Orientales, ib.;
Propiedades medicinales del índigo, ii. 261;
Cultivado en Malta en el siglo XVII, ii. 262;
El Indicum nigrum de los antiguos era la tinta china, ii. 264;
Autores en los que aparece este término, ii. 267;
El índigo, al igual que la tinta india, se obtenía de la India y se denominaba indicum, ii. 270;
El índigo mencionado por médicos árabes, ib.;
El índigo como sustituto del añil en la tintura, ii. 273;
Cuando se introdujo en Alemania, ii. 274;
Gran importación a Holanda, ib.;
Índigo americano, ib.;
Prohibición del índigo en Alemania, ii. 277;
Los tintoreros obligados a jurar no usarlo, ii. 278;
Primera mención de él en las leyes inglesas, ii. 279.
Infirmarios, hospitales, lazaretos, ii. 454;
No había hospitales para enfermos en Roma, ib.;
Las peregrinaciones dieron lugar a su construcción, ii. 456;
Hermandades creadas para atender a los peregrinos enfermos, ii. 457;
Primeros hospitales construidos cerca de las catedrales, ii. 458.

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Casas de locos, lugar donde se establecieron por primera vez, ii. 461;
La atención que prestaban los romanos a sus inválidos, ii. 462;
Primer centro para inválidos en Constantinopla, ii. 465;
Hôtel des Invalides, en París, ib.;
Cirujanos especializados, cuando eran asignados a los ejércitos, ii. 468–471;
Establecimiento de hospitales de campaña en Alemania, ii. 471.

Tinta simpática, historia de esta, i. 106.
Cómo adquiere la tinta una calidad superior, ii. 266.

Seguros, i. 234;
No eran conocidos por los romanos, ib.;
Puffendorf y otros intentaron demostrar lo contrario, ib.;
No aparecen en las leyes marítimas hanseáticas, ib.;
Pólizas redactadas en 1523, aún utilizadas en Livorno, i. 237;
Leyes de seguros de los siglos XVI y XVII, i. 238;
Invención del seguro contra incendios, i. 240;
Compañías de seguros en Inglaterra, i. 242–244.

Chaquetas de corcho, utilizadas por los antiguos, i. 322.
Ilusionistas, ii. 115;
Quiénes se incluían bajo ese título, ib.;
Observaciones sobre su trabajo, ii. 115–119;
La habilidad de exhalar llamas, muy antigua, ii. 119;
Cómo se realizaba este truco, ib.;
Trucos con nafta, ii. 120;
Los trucos de Richardson con carbones ardientes y plomo derretido, ii. 121;
Truco con cobre derretido, ii. 122;
Los antiguos Hirpi podían caminar sobre carbones ardientes, ii. 123;
El “ordeal”, un truco de ilusionismo de los sacerdotes, ib.;
El secreto de este truco revelado, ii. 124;
Exhibiciones con bolas y copas mencionadas por los antiguos, ib.;
Von Eckeberg permitió que grandes piedras se rompieran sobre su pecho, ii. 126;
Bailarines con cuerdas, en la antigüedad, ib.;
Las habilidades ecuestres provenían del Oriente, ii. 128;
Artistas en la corte bizantina, ib.;
Los romanos enseñaron a los elefantes a caminar sobre una cuerda, ii. 129;
Los sibaritas enseñaron a los caballos a bailar, ii. 130.

Page 711

La exposición de Wildman con abejas, ib.;
títeres, ii. 132;
la antigüedad de los autómatas, ii. 133;
trípodes de Vulcano, ii. 134;
estatuas móviles de Dédalo, ib.;
paloma de Arquitas, ii. 135;
águila de madera y mosca de hierro de Regiomontano, ib.;
autómatas de Vaucanson y Du Moulin, ii. 136, 137;
de De Gennes, ii. 137;
máquinas parlantes, ii. 138–141;
sombras chinas, ii. 141.

Cermes y cochinilla, i. 385;
pertenecen al mismo género, i. 386;
tres tipos descritos, ib.;
lugares donde los antiguos las recolectaban, i. 387;
todavía se encuentran en el Levante, i. 388;
cermes francés y español, ib.;
nombre que se les daba en la Edad Media, i. 390;
cómo se conservaban en aquellos períodos, ib.;
cuándo se conoció este tinte en Alemania, i. 391;
origen del nombre cermes, i. 392;
descubrimiento de la cochinilla americana, i. 396;
disputas sobre si la cochinilla era un insecto o una baya, i. 398;
cochinilla verdadera llevada a Santo Domingo, i. 399;
uso temprano del cermes en Oriente para teñir de rojo, ib.;
derivación de la palabra escarlata, i. 400;
Drebbel descubrió que una solución de estaño producida con cochinilla daba un hermoso color escarlata, i. 402;
Gobelin mejoró el arte de teñir de escarlata en Francia, i. 403;
primera fábrica de tintes para escarlata en Inglaterra, fundada por un flamenco, ib.;
tres tipos de cochinilla en el mercado inglés, i. 404.

Verduras de cocina, ii. 336;
raíces bulbosas, platos favoritos entre los antiguos, ii. 338;
algunas verduras que antes se cultivaban y ahora son poco apreciadas, ib.;
la borraja no era conocida por los antiguos, ii. 339;
espinacas, sin rastro en las obras de los antiguos, ii. 340.

Page 712

Su país de origen es desconocido, ib.;
El brócoli era conocido por los antiguos, ii. 342;
Especies de col según el sistema de Linneo, ii. 343–348;
Si los griegos y romanos conocían nuestras zanahorias, ii. 349–351;
Los chalotes, traídos desde Ascalón en Palestina, ii. 353;
Nuestros chalotes se obtienen únicamente a partir de sus bulbos, ib.;
Las patatas, cuando fueron introducidas en Europa, ii. 354.
Kircher: ¿fue él el inventor de la trompeta parlante?, i. 97;
Se puede leer la letanía para una congregación que se encuentra a dos o cinco millas de distancia, i. 99.
Tejer calcetines, telares para tejer calcetines, ii. 355;
Redes de pesca y caza mencionadas en las Escrituras, ii. 357;
Redes, en tiempos modernos, encontradas entre pueblos muy primitivos, ii. 358;
Los mantos del clero en la Edad Media estaban cubiertos con redes de seda, ii. 359;
Cuándo se inventó el arte de tejer calcetines, ii. 360;
Cuándo se conoció en Inglaterra, ii. 361;
Pantalones y medias, cuándo se usaban en Escocia, ii. 362;
Calcetines de tela, en la época de la reina María, ii. 364;
El arte de tejer calcetines, cuando era común en toda Inglaterra, ii. 365;
El arte de tejer calcetines en Alemania, ib.;
Términos relacionados con el tejido de calcetines que son más antiguos que el propio arte, ii. 366;
Mallas hechas con alambre, de elaboración curiosa, ii. 367;
El telar para tejer calcetines, su invención, ii. 368–373;
Telares para tejer calcetines en Venecia, ii. 373;
La invención atribuida a los franceses, ib.;
Traído a Alemania, ii. 375;
El estado actual de la industria de las medias, ib.

Encaje, i. 463;
Método para fabricarlo, ib.;
No era conocido por los antiguos, i. 464;
Encaje en los muebles antiguos de las iglesias, i. 465;
El establecimiento de la industria del encaje en Francia, ib.;
El encaje, una invención alemana, ib.;
El uso de maquinaria en la fabricación de encaje, i. 466.

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Rueda de lapidario conocida por los antiguos, ii. 84.
Plomo: su descubrimiento, i. 250;
si se utilizaba como veneno secreto, i. 60.
Esqueletos de hojas, ii. 195;
primero creados por Severin, ii. 197;
también por Gabriel Clauder, ib.;
insectos empleados con este fin por Ruysch, ii. 198;
esqueletos de hojas creados por Seligmann, ii. 200;
el arte de cultivar árboles a partir de hojas, ii. 201.
Casas de préstamo: historia de estas instituciones, ii. 1;
los príncipes antiguos prestaban dinero a los pobres sin intereses, ii. 2;
se siguió su ejemplo en la Italia moderna, ii. 3;
las “Tabernæ argentariæ” de los romanos eran diferentes de las casas de préstamo, ii. 5;
préstamos públicos en el siglo XIV, ib.;
las casas de préstamo fueron opuestas por los dominicos, ii. 7;
Tomitano predicó a favor de ellas, ii. 9;
se establecieron en diferentes partes de Italia, ii. 10–12;
disputas respecto a su legalidad, ii. 12;
fueron confirmadas en el concilio de Letrán, ii. 13;
el Banco de’ poveri en Nápoles, ib.;
origen del nombre “Mons pietatis”, ii. 15;
información sobre los primeros préstamos públicos, ii. 16;
la primera casa de préstamo en Alemania, ii. 17;
los lombardos en los Países Bajos, ii. 18;
el Mont de piété en París, ii. 20;
información sobre el negocio de los prestatarios en Inglaterra, ii. 21.
Iluminación de las calles, ii. 172;
Roma no estaba iluminada, ib.;
opinión contraria de Meursius, ib.;
las calles de Antioquía estaban iluminadas, ii. 173;
Cesarea no estaba iluminada, ib.;
antigüedad de la iluminación, ii. 174;
París estaba iluminado, ii. 175;
invención de lámparas que rebotaban la luz, ii. 177;
primera mención sobre la iluminación de Londres, ii. 178;
Ámsterdam, La Haya y Copenhague, ii. 180.

Page 714

Las calles de Roma no tienen iluminación, salvo la que hay frente a las imágenes de los santos, ib.;
Iluminación en Filadelfia, Hamburgo, Berlín, ii. 181;
En Viena y otras ciudades, ii. 181, 182;
Introducción del gas, ii. 182–185.

Lotería, ii. 414;
Dos tipos en Europa, ib.;
La Congiaria de los romanos se parecía a nuestras loterías, ib.;
Los comerciantes en la Edad Media vendían mercancías de forma similar a una lotería, ii. 416;
Se estableció en Florencia, ii. 417;
Fue llevada de Italia a Francia, ii. 418;
Lotería para otorgar dotes a mujeres jóvenes, ii. 419;
Otras para fines similares, ib.;
Las loterías, en su sentido estricto, cuando se establecieron, ii. 420;
Lotería propuesta por Tonti, ib.;
Loterías francesas, ii. 421;
Origen del nombre, ii. 422;
Primero en Inglaterra, ii. 423;
En Ámsterdam, ii. 425;
En Alemania, ib.;
Lotería genovesa, ii. 426;
Art-Unions, la única lotería existente en Inglaterra, ii. 428.

Máquina para anotar música, i. 12;
Una inventada en Alemania por Unger, ib.;
Otra, construida por Hohlfeld, ib.;
El Dr. Burney atribuye esta invención a los ingleses, i. 13.

Zanahoria, ii. 108;
Conocida por los antiguos, ii. 110;
En la Edad Media, ii. 111;
Su propiedad de teñir los huesos, ib.;
Cultivo de la zanahoria, ii. 113, 114.

Manicomios: dónde se establecieron por primera vez, ii. 461.

Curas magnéticas, i. 43;
Uso externo del imán para curar el dolor de muelas, conocido ya en el siglo VI, i. 44.

Page 715

mencionado por escritores en los siglos XV y XVI, ib.;
efecto sobre los cuerpos de los animales, ib.;
propiedades de, i. 45.
Maíz traído de América, i. 497.
Manganeso, ii. 235;
empleado en la fabricación del vidrio, ib.;
libera el vidrio de la suciedad, ii. 236;
se mantiene su uso, ii. 239;
traído del Piamonte y del Perigord, en Francia, ii. 240.
Mantos de los caballeros bordeados con pieles, ii. 319.
Mantos del clero cubiertos con redes de seda, ii. 359.
Manuscritos antiguos, rayados con plomo, ii. 389.
Molinos, historia de los, i. 147;
molinos de aceite de las Indias Orientales, i. 148;
molino filosófico, por quién fue inventado, i. 150;
molinos de agua, cuándo fueron inventados, i. 151;
molinos flotantes, i. 155;
molinos de viento, i. 158.
Espejos, ii. 56;
los más antiguos de metal, ii. 57;
conocidos en la época de Moisés, ib.;
espejos antiguos de plata, ib.;
de cobre, latón y oro, ii. 62;
cómo se limpian, ii. 63;
examen químico del metal, ib.;
espejos hechos de piedras, ii. 65;
espejos de los nativos americanos, ii. 68;
espejos de vidrio fabricados en Sidón, ii. 69;
espejos en el siglo XII, ii. 75;
primera mención segura en el siglo XIII, ii. 76;
modo en que se fabricaban los más antiguos, ib.;
proceso para platearlos descrito, ii. 79;
espejos venecianos apreciados hasta el siglo XVII, ib.;
establecimiento de talleres de vidrio en Francia, ib.;
invención de la fundición de placas de vidrio para espejos, ii. 80;
ventajas e inconvenientes de esto, ii. 81;
abandonado por el antiguo método de soplado, ii. 82;

Page 716

Proceso ingenioso para platear el vidrio, II. 83.
Trabajos de mosaico, I. 130.

Curiosidades naturales, colecciones de ellas, I. 282;
Depositas por los antiguos en sus templos, I. 283;
Descripción de diferentes artículos de este tipo y dónde se guardaban, I. 283–284;
Colección formada por Augusto, I. 285;
Cuerpos naturales conservados en la antigüedad mediante sal, ibíd.;
Cadáveres entre los escitas, asirios y persas cubiertos con cera, I. 287;
Peces y manzanas transportados en cera, I. 288;
Origen de la costumbre de envolver los cadáveres en tela de cera, ibíd.;
Libros encontrados en la tumba de Numa, cómo se conservaron, I. 289;
Dónde se formaron por primera vez las colecciones por parte de particulares, I. 290;
Primeras colecciones privadas en el siglo XVI, ibíd.;
Los catálogos más antiguos de tales colecciones, I. 291;
Colecciones en Inglaterra, I. 293.

Vigilancia nocturna, II. 185;
Entre los antiguos, ibíd.;
Cuándo comenzó la práctica de anunciar las horas, II. 186;
Los ricos tenían sirvientes para anunciar ciertos momentos del día, ibíd.;
Métodos de vigilancia en tiempos de guerra, II. 187;
Los vigilantes antiguos llevaban campanas, II. 188;
La vigilancia nocturna se estableció pronto en París, ibíd.;
En Berlín, II. 189;
En Alemania, II. 190;
Vigilantes apostados en campanarios y torres, ibíd.;
Vigilantes en torres entre los chinos, II. 192;
Vigilantes en tiempos de alarma feudal, II. 193;
Sistema moderno de vigilancia, II. 194.

Prueba por fuego, descripción de ella, II. 123.
Odómetro, I. 5;
Se supone que fue mencionado por Capitolino, ibíd.;
Figura de uno en el palacio ducal de Urbino erigida en 1482, ibíd.;

Page 717

Uno hecho por Paul Pfinzing, ib.;
Odómetro con el cual Augusto, elector de Sajonia, medía sus territorios, i. 7;
Odómetros de Rodolfo II, ib.;
El odómetro de Butterfield, ib.;
El de Meynier, i. 8;
El de Hohlfeld, ib.;
El de Payne, i. 11.

Hogares para huérfanos, ii. 449;
Se crearon por primera vez por Trajano, ib.;
Inspector de huérfanos, un cargo en la corte de Bizancio, ii. 454.

Pintores antiguos, a menudo esclavos pobres, ii. 261.
Papel tapiz, i. 379;
Papel terciopelo: cómo se prepara, i. 380;
Fue inventado por Jerome Lanyer, ib.;
Al principio se llamó Londrindiana, i. 381;
Audran y su invención, i. 382;
El arte de imprimir figuras de oro y plata sobre papel, inventado por Eccard, ib.;
La más antigua descripción de este tipo de tapices en Alemania, ib.;
Nuevas mejoras en este arte, i. 383;
Polvo metálico inventado en Núremberg, ib.;
Brillo de color plateado, i. 384.

Pavimentación de calles, i. 269;
Los primeros en hacerlo fueron los cartagineses, i. 270;
Tebas estaba pavimentada, ib.;
No se sabe si Jerusalén estaba pavimentada, ib.;
No está claro cuándo comenzó Roma a tener calles pavimentadas, i. 271;
Información proporcionada por Tito Livio, ib.;
Pavimentación de Herculano y Pompeya, i. 272;
Córdoba fue pavimentada en el siglo IX, ib.;
París no estaba pavimentado en el siglo XII, ib.;
Motivo por el cual se pavimentó, ib.;
Londres no estaba pavimentado en el siglo XI, i. 273;
El mercado de Smithfield: cuándo fue pavimentado, i. 274;
Ciudades alemanas: cuándo fueron pavimentadas, ib.

Page 718

Ciudadanos de París obligados en 1285 a reparar y limpiar las calles, i. 275;
Razón por la cual no se permitía que hubiera cerdos en las calles, i. 276;
Letrinas construidas en Francia por orden del gobierno, i. 278;
Existían antes en Alemania que en París, i. 279;
Pavimento de madera, i. 281.

Perlas artificiales, i. 258;
Arte de obligar a los moluscos a producir perlas, conocido por los antiguos, i. 260;
Cómo los chinos hacen que los mejillones produzcan perlas, ib.;
Invención de Linneo con el mismo propósito, i. 261;
Cómo los pescadores de perlas reconocen las conchas que contienen perlas, i. 263;
Diferentes tipos de perlas artificiales, i. 264;
Invención de Jaquin para prepararlas, i. 265.

Peregrinaciones, causa de los hospitales, ii. 456.

Peste, origen de la misma, i. 374.

Veneno, secreto, i. 47;
Mencionado por Plutarco y Quintiliano, i. 48;
Veneno terrible de los indios, ib.;
Veneno secreto conocido por Teofrasto, i. 49;
Su invención se atribuye falsamente a Trasías, ib.;
Cuándo se conoció en Roma, ib.;
Utilizado por Sejano y Agripina, ib.;
Veneno secreto, supuestamente dado a Regulo, ib.;
Los antiguos no conocían los venenos minerales, i. 51;
Toffania inventó un tipo de veneno secreto, i. 51, 52;
Fue descubierta y estrangulada, i. 53;
Envenenamientos de la marquesa de Brinvillier, i. 55;
Fue capturada y decapitada, i. 56;
Creación de una oficina encargada de los venenos en París, i. 57;
El conde Corfitz de Ulfeld intentó envenenar al rey de Dinamarca, ib.;
Carlos XI, rey de Suecia, envenenado, ib.;
Ingredientes del veneno, i. 60, 61;
Antídoto, i. 61;
Powst, un tipo de veneno secreto utilizado en las Indias Orientales, i. 63.

Gotas del príncipe Ruperto, ii. 241;
No se conocieron hasta el siglo XVII, ii. 242.

Page 719

Primeros experimentos con ellas, ib.;
Traídas a Inglaterra por el príncipe Rupert, ii. 244.
Bombas: quién las inventó, ii. 245.

Cuarentena, i. 373;
Origen de la cuarentena: poco claro, ib.;
Se dice que fue establecida por los venecianos, ib.;
Descripción de Le Bret, i. 376;
Institución del consejo de salud, i. 377;
Cuándo se escribieron por primera vez las cartas de salud, ib.
Mercurio utilizado para purificar el mineral de oro, i. 14;
Cómo se recuperó posteriormente, i. 15.
Plumas para escribir: antigüedad de estas, i. 405;
Escasez de plumas, i. 413.

Telares de cintas, ii. 527;
Construcción de estos telares, ib.;
Intentos de suprimirlos, ii. 528;
Telares de este tipo inventados por los suizos, ib.;
Telar visto por Anthony Moller en Danzig, ib.;
El inventor de este telar fue ejecutado, ii. 529;
Máquina de tejer mencionada por Boxhorn, ib.;
Telares de cintas prohibidos en Holanda, ii. 530;
También prohibidos en los Países Bajos españoles y en Colonia, ib.;
Prohibidos por autoridad imperial, ii. 531;
Telar quemado públicamente en Hamburgo, ib.;
La prohibición de este tipo fue anulada en Alemania, ib.
Rubíes artificiales: cómo fabricarlos, i. 125.

Sillas de montar, i. 431;
Recubrimientos para ellas: cuándo se introdujeron, ib.;
La orden de Teodósio como prueba de su antigüedad, i. 433;
Prohibición de León I de que nadie las adornara con piedras preciosas, i. 434;
Conjetura de que fueron inventadas por los Salios, ib.;
Inventadas por los persas, i. 435.
Azafrán, i. 175.

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Uso medicinal, i. 176;
Utilizado por los romanos para perfumar las habitaciones, ib.;
Bálsamos aromáticos elaborados con él, ib.;
Usado por los antiguos para sazonar platos, ib.;
Introducido en España por los árabes, i. 178;
Quienes lo llevaron a Francia, i. 179;
Introducido en Inglaterra durante el reinado de Eduardo III, ib.;
Cuando se cultivaba en Austria, ib.;
Un producto importante en la agricultura del siglo XV, ib.;
Adulteración de este producto, i. 180.

Sal-amoníaco, ii. 396;
¿Era conocido por los antiguos?, ii. 397;
Primeras menciones en las obras de los árabes, ii. 402;
Receta para su preparación, ii. 404;
Invención del agua regia, ii. 405;
Obtenido de Egipto, ib.;
También traído de las Indias Orientales, ii. 406;
Primeras obras sobre su fabricación en Europa, ib.

Nitrato, pólvora, aguaforte, ii. 482;
Propiedades del nitrato, ii. 483;
Nitrato natural: dónde se encuentra, ii. 484;
El nombre “nitrum”, de gran antigüedad, ii. 487;
Diferencia entre las bases minerales, cuando se definen, ii. 489;
El “nitrum” de los antiguos era una base impura, pero no nitrato, ii. 491;
Era realmente una sal lixiviante, ii. 492;
Nitrum rojo, ii. 502;
Primera mención del nitrato, ii. 503;
La pólvora fue inventada en la India, ii. 505;
Utilizada por indios y árabes antes que por los europeos, ii. 506;
Primer registro sobre el aguaforte, ib.;
Se dice que se utilizó en Venecia para separar los metales nobles, ii. 508;
Nitrato real, ii. 509;
Cuando fue abolido, ii. 511.

Aserraderos, i. 222;
Método antiguo para fabricar tablas, ib.;
Nuestra sierra no era conocida por los americanos, ib.;

Page 721

Por quién fue inventada, i. 223;
El hueso del pez sierra utilizado por los antiguos habitantes de Madeira, i. 224;
Sierras antiguas, i. 224, 225;
Invención de las fábricas de sierras, i. 225;
Las primeras fábricas de sierras en Noruega, i. 228;
La primera fábrica de sierras en Holanda, ib.;
La primera en Inglaterra, construida por un holandés, i. 229;
La fábrica de sierras en Limehouse destruida por la multitud, ib.;
La fábrica de sierras en Leith, Escocia, i. 230.

Cera para sellos, i. 137;
Sustancias utilizadas por los antiguos, ib.;
Cera empleada en las épocas más antiguas, i. 140;
Cera para sellos roja, verde y negra, ib.;
Impresiones hechas sobre pasta, i. 141;
Cómo se falsificaron los documentos oficiales, i. 143;
Cera para sellos de las Indias Orientales y Turquía, ib.;
El sello más antiguo conocido en una carta escrita desde Londres, i. 144;
El recibo impreso más antiguo relativo a la fabricación de cera para sellos, i. 145;
Cera española, i. 146;
Antigüedad de las obleas, ib.

Los barcos, al principio, eran una especie de balsas, i. 455.

Máquinas de sembrado, ii. 230;
Locatelli considerado como su inventor, ii. 231;
Su máquina descrita por Evelyn, ii. 232;
El honor de esta invención disputado por los italianos, ii. 233.

La nieve, utilizada por los antiguos para enfriar bebidas alcohólicas, ii. 142.

Jabón, ii. 92;
Inventado por los galos, ib.;
Utilizado en Roma como pomada, ii. 93;
Los germanos teñían su cabello con él, ib.;
El método más antiguo de lavarse, ii. 95;
Agua alcalina en Armenia, ib.;
Orina utilizada para lavarse, ii. 97;
Impuesto sobre el jabón, ii. 98;
Plantas saponáceas, ii. 98–102;
Cebada tostada, ii. 102;
Tierra de fuller, ib.

Page 722

Fábrica en Inglaterra, ii. 107, 108.
Chispas: cómo se fabrican y cuándo se inventaron, i. 423.
Trompeta parlante, i. 93;
Trompeta parlante de Alejandro Magno, i. 94;
Trompeta para los oídos, más antigua que la trompeta parlante, i. 96;
La invención de esta última es objeto de controversia entre Sir S. Morland y Kircher, ib.;
Descripción del “orejo” de Dionisio, i. 97;
Kircher construyó una trompeta para los oídos en el Colegio de los Jesuitas en Roma, i. 99.
Papel estampado, i. 230;
Si fue introducido por Justiniano, ib.;
Los romanos marcaban a sus esclavos fugitivos, i. 231;
El papel estampado se inventó en Holanda, i. 233;
Fue introducido en Sajonia, ib.;
Se utilizaba en Dinamarca y otros países, ib.
Plantas de estampado, ii. 333;
Los antiguos conocían el arte de estampar minerales, ib.;
Restos de molinos utilizados con ese fin, ib.;
Molinos de estampado modernos, ii. 334;
Inventión de estos molinos, ib.;
Proceso de tamizado y estampado húmedo, ii. 335;
Se dice que el estampado húmedo fue inventado en 1505, ii. 336.
Acero, ii. 324;
Sus propiedades, ib.;
Es una invención muy antigua, ii. 325;
Dos métodos para fabricarlo, ii. 327;
El arte de endurecerlo, ii. 328;
El agua supuestamente utilizada para endurecerlo, ii. 329;
Inventación de la forma de convertir el hierro en acero, ii. 330;
Tres tipos de acero que se fabrican actualmente, ii. 333.
Estribos, i. 435;
No hay rastros de tal invención en las obras antiguas, i. 436;
No existe término alguno para ellos en griego ni en latín, i. 437;
Los guerreros tenían una protuberancia en sus lanzas para apoyar el pie al montar a caballo, i. 439;
Primera mención segura de los estribos, i. 440;
Isidoro, en el siglo VII, habla de ellos, i. 441.

Page 723

Aparece en un tapiz del siglo XI, i. 442;
El orgullo del clero por hacer que los reyes sostuvieran sus estribos, ibíd.
Los cirujanos, en tiempos de la guerra de Troya, eran desconocidos, 491.

El telescopio: su invención hizo necesarios los espejos metálicos, ii. 60.
El estaño, ii. 206;
Se utilizaba en tiempos de Homero y Moisés, ibíd.;
Mención más antigua en las Escrituras, ii. 207;
El “stannum” de los antiguos no era nuestro estaño, ii. 209;
Como artículo comercial, ii. 212;
El estaño de los antiguos mezclado con plomo, ii. 220;
Nombres de tales mezclas, ibíd.;
El recubrimiento con estaño rara vez se empleaba por los romanos, ii. 221;
Según Plinio, fue inventado por los galos, ii. 222;
Vasijas antiguas de estaño fundido halladas en Inglaterra, ii. 223;
De dónde obtenían el estaño los antiguos, ii. 223, 224;
Minas de estaño en Alemania, ii. 226;
Invención del hierro recubierto con estaño, ii. 227;
Estaño de las Indias Orientales, ii. 228;
Producción de las minas de Cornualles, ii. 229.

La turmalina, i. 86;
Se supone que era el “lyncurium” de los antiguos, ibíd.;
Probablemente pertenece a los carbunclos, i. 88;
Turmalina traída de Ceilán hacia el final del siglo pasado, i. 89;
Descrita por primera vez en Alemania, ibíd.;
Sus propiedades eléctricas fueron conocidas por primera vez por Linneo, i. 92;
Investigada por Äpinus, ibíd.;
Descubrimiento de Huygens, ibíd.

Los árboles: cómo surgen a partir de las hojas, ii. 200.
Las tulipas, i. 22;
Provenían de Turquía, ibíd.;
Efectos producidos por su cultivo, ibíd.;
Cómo eran llamadas por los turcos, i. 23;
Descritas por primera vez por Gesner, i. 24;
Origen del nombre, ibíd.;
Introducidas por primera vez en Inglaterra, ibíd.

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Tulipomanía, i. 25;
El comercio de tulipanes y la especulación bursátil comparados, i. 29;
Tulipomanía menor, i. 30;
Anécdotas, ibíd.
Césped artificial, i. 205;
Su uso, descubierto cuando la tierra comenzó a arder, ibíd.;
Conocido por los Chauci, i. 206;
¿Era conocido por los holandeses en el siglo XIII?, ibíd.;
La invención atribuida a Erasmo, i. 207;
La patente de Williams, i. 211.
Patos silvestres, i. 487;
No eran conocidos en Europa antes del descubrimiento de América, i. 490;
Mencionados por primera vez por Oviedo, ibíd.;
Llamados “galloparones” por López de Gómara, i. 491;
Todavía se encuentran en estado silvestre en América, ibíd.;
Primer registro de los patos silvestres en Italia, i. 492;
En Inglaterra, i. 493;
En Francia, ibíd.;
En Alemania, etc., i. 495;
En Asia y África, i. 496.

Ultramarina, i. 467;
Cómo se prepara a partir del lapislázuli, ibíd.;
Precio de la ultramarina, i. 469;
Origen del nombre, i. 473;
Primera mención de ella, ibíd.;
Su preparación fue descubierta en Inglaterra, i. 476;
Método artificial para producirla, i. 477.

Vanes, veletas, ii. 281;
Las naciones más antiguas solo distinguían los cuatro vientos principales, ibíd.;
Eolo fue quien primero informó a los navegantes sobre los vientos, ii. 282;
Nombres dados por Carlomagno, ibíd.;
Medios para indicar los vientos, inventados desde temprano, ii. 283;
El aparato de Varrón, ii. 285;
Aparatos similares en Constantinopla, ibíd.;
Cuándo fueron construidos, ii. 286.

Page 725

Indicador de viento en Emesa, ii. 287;
Banderas meteorológicas en el siglo IX, ib.;
En Francia, en el siglo XII, solo los nobles podían tener aletas en sus casas, ii. 288;
Banderas o aletas en los barcos, ib.;
La flota normanda tenía aletas en la parte superior de los mástiles, ii. 289;
Se describen anemoscopios y anemómetros, ib.

Verdín: método de fabricación, i. 171;
Se utilizaba en épocas antiguas para yesos, i. 172;
Antiguamente se fabricaba en Chipre y Rodas, i. 174;
Por qué se le llama “verde español”, ib.

Vitriolo blanco: cuándo se conoció por primera vez, ii. 38.

Relojes de agua, i. 82;
Su invención se atribuye a Ctesibio de Alejandría, i. 83;
Las clepsidras: cuándo se introdujeron en Roma, ib.;
Se describe el reloj de agua moderno, ib.;
Quién lo inventó, i. 84;
Mejoras más recientes, i. 85.

Trigo: intentos de cultivarlo en la época de Sir F. Bacon, ii. 234.

Ventanas en Rusia: cómo se limpian cuando están congeladas, ii. 154.

Trefilado de alambre, i. 414;
Primer uso de hilos de oro en vestidos, ib.;
Telas de Atalo bordadas con aguja, i. 415;
El trefilado de alambre no era conocido en Italia en la época de Carlomagno, i. 416;
Llegó a una gran perfección en Núremberg, i. 420;
El arte de fabricar alambre: cuándo se conoció en Inglaterra, i. 422;
En Francia, ib.;
Antigüedad del trabajo en filigrana, i. 423.

Plumas para escribir, i. 405;
Instrumentos utilizados por los antiguos, ib.;
Todavía se usan en Persia para escribir, i. 406;
Se dice que el uso de plumas data del siglo V, i. 409;
El registro más antiguo sobre ellas, ib.;
Mencionadas por Alcuino, i. 410;
Se utilizaron en los siglos IX, XI y XII, ib.

Page 726

Sustitución de plumas de acero, i. 413.

Cinc, ii. 32;
desconocido para los antiguos, ib.;
calamina de horno, ii. 34;
uso en la fabricación del bronce, conocido por Alberto Magno, ii. 36;
primero utilizado en los hornos de Rammelsberg, ii. 37;
el nombre cinc aparece por primera vez en Paracelso, ii. 40;
obtenido a partir de la calamina, ii. 42;
importado de las Indias Orientales, ii. 43;
origen de sus diferentes nombres, ii. 44;
fábricas de cinc en Inglaterra, ii. 45.

Impreso por Richard y John E. Taylor, Red Lion Court, Fleet Street.

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Notas de los transcritores
El texto contiene símbolos griegos, hebreos, árabes y astronómicos. Los equipos que no pueden mostrar estos caracteres pueden sustituirlos por signos de interrogación u otros marcadores.
La puntuación, la división en sílabas y la ortografía se han uniformizado cuando existía una preferencia predominante en este libro; de lo contrario, no se han modificado. Las palabras cuya ortografía difiere en el texto citado de la de otros lugares no se han cambiado.
Los errores tipográficos simples se corrigieron silenciosamente, salvo los indicados a continuación; los signos de cita ambiguos o desequilibrados y los guiones al final de las líneas se mantuvieron.
El texto utiliza con frecuencia puntos donde se esperarían comas. Dado que la intención del autor es desconocida, todos ellos se han conservado.
En algunos casos, no fue posible distinguir entre la letra “l” y el número “1”, generalmente en notas al pie de página y seguidos habitualmente de un punto.
La ortografía y los acentos de las palabras no en inglés se han mantenido tal como aparecen en el libro original; algunos posibles o probables errores se indican a continuación, pero no de forma exhaustiva.
Las notas al pie de página, que originalmente estaban al final de la página, han sido renumeradas y trasladadas al final de cada capítulo.

Page 729

Las notas al pie de una nota al pie conservan sus identificaciones por letra originales.
Las referencias del índice no se han verificado en cuanto a su exactitud. Los enlaces a páginas del Volumen I pueden no funcionar en algunos dispositivos. Cuando sí funcionan, el primer uso de dicho enlace dentro de una sesión puede llevar al libro electrónico de Project Gutenberg, pero no a la página correspondiente. Los usos posteriores de cualquiera de esos enlaces deberían llevar a la página específica.
El texto utiliza tanto “lye” como “ley”; ambos se mantienen.
El texto utiliza tanto “Duhamel” como “Du Hamel”; ambos se mantienen.
Frontispicio: Las iniciales del artista eran en realidad “J. J.”.
Página 19: “give then in return” se imprimió de esa manera.
Nota al pie 67, citada en la página 26: contiene un paréntesis final adicional o le falta uno inicial.
Página 35: “βοτρυίτις” es un error tipográfico por “βοτρυΐτις”.
Nota al pie 119, citada en la página 50: “Greek names” se imprimió erróneamente como “games”; se ha corregido aquí.
Página 57: “interpretators” se imprimió de esa manera.
Página 196: “one of the principle is the art” se imprimió de esa manera.
Las notas al pie dentro de la nota al pie 524 no incluyen enlaces de retorno porque varias de ellas se citan más de una vez.
Página 300: “‫ ”אדות שכער‬ es un error tipográfico por “‫”אדרת שנער‬”.
Página 300: “‫ ”אדרת שעו‬ probablemente sea un error tipográfico por “‫”אדרת שער‬”.

Page 730

Página 317: Una “vech” en “vech, veh, vech” es probablemente un error de impresión por “veeh”.
Página 353: “μόνα γἀρ” es un error tipográfico por “μόνα γὰρ”.
Página 423: “1569 de enero” se imprimió como “1659 de enero”; se ha corregido aquí, basándose en las fechas anteriores en la misma oración.
Página 448: “Apenas diez” y “54½ murieron” se imprimieron así.
Página 451: Algunos de los números romanos estaban subrayados en el original; esos subrayados podrían no mostrarse en algunos dispositivos de lectura. En el mismo párrafo, “55 5 55” se imprimió con los dígitos de lado.
Página 468: “ἂλλον” es un error tipográfico por “ἄλλον”.
Página 478: “Περσικός” es un error tipográfico por “Περσικὸς”.
Nota al pie 1219, mencionada en la página 495, hace referencia a “Soap” en el volumen I, pero en realidad está en este volumen.

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*** FIN DEL LIBRO ELECTRÓNICO DE PROJECT GUTENBERG: UNA HISTORIA DE INVENCIÓNES, DESCUBRIMIENTOS Y ORÍGENES, VOLUMEN 2 (DE 2) ***

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1.B. “Project Gutenberg” es una marca comercial registrada. Solo puede ser utilizada en o asociada de alguna manera con una obra electrónica por personas que acepten quedar sujetas a los términos de este acuerdo. Hay algunas cosas que puede hacer con la mayoría de las obras electrónicas de Project Gutenberg incluso sin cumplir con todos los términos de este acuerdo. Véase el párrafo 1.C a continuación. Hay muchas cosas que puede hacer con las obras electrónicas de Project Gutenberg si sigue los términos de este acuerdo y ayuda a preservar el acceso gratuito a ellas en el futuro. Véase el párrafo 1.E a continuación.

1.C. La Fundación del Archivo Literario Project Gutenberg (“la Fundación” o PGLAF) posee los derechos de autor sobre la compilación de

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Colección de obras electrónicas de Project Gutenberg. Casi todas las obras individuales de la colección se encuentran en dominio público en los Estados Unidos. Si una obra individual no está protegida por la ley de derechos de autor en los Estados Unidos y usted se encuentra en ese país, no tenemos derecho a impedirle que copie, distribuya, ejecute, muestre o cree obras derivadas a partir de ella, siempre y cuando se eliminen todas las referencias a Project Gutenberg. Por supuesto, esperamos que apoye la misión de Project Gutenberg de promover el acceso gratuito a obras electrónicas, compartiendo libremente dichas obras de acuerdo con los términos de este acuerdo, a fin de mantener el nombre de Project Gutenberg asociado a ellas. Puede cumplir fácilmente con los términos de este acuerdo manteniendo esta obra en el mismo formato, junto con la licencia completa de Project Gutenberg, al compartirla sin costo con otros.

1.D. Las leyes de derechos de autor del lugar donde se encuentra también rigen lo que puede hacer con esta obra. Las leyes de derechos de autor en la mayoría de los países están en constante cambio. Si se encuentra fuera de los Estados Unidos, consulte las leyes de su país, además de los términos de este acuerdo, antes de descargar, copiar, mostrar, ejecutar, distribuir o crear obras derivadas a partir de esta obra o de cualquier otra obra de Project Gutenberg. La Fundación no hace ninguna declaración respecto al estatus de derechos de autor de ninguna obra en ningún país distinto de los Estados Unidos.

1.E. A menos que haya eliminado todas las referencias a Project Gutenberg:

1.E.1. La siguiente frase, con enlaces activos hacia la licencia completa de Project Gutenberg o con otro acceso inmediato a ella, debe aparecer de manera prominente cada vez que se acceda, muestre, ejecute, vea, copie o distribuya alguna copia de una obra de Project Gutenberg (cualquier obra en la que aparezca la frase “Project Gutenberg” o con la cual esté asociada dicha frase):

Este libro electrónico está destinado al uso de cualquier persona en cualquier lugar de los Estados Unidos y en la mayor parte del resto del mundo, sin costo alguno y casi sin ninguna restricción. Puede copiarlo, regalarlo o reutilizarlo bajo los términos de Project Gutenberg™

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La licencia se incluye con este eBook o está disponible en línea en www.gutenberg.org. Si no se encuentra en los Estados Unidos, deberá consultar las leyes del país donde se encuentra antes de utilizar este eBook.

1.E.2. Si una obra electrónica de Project Gutenberg proviene de textos que no están protegidos por la ley de derechos de autor de los Estados Unidos (no contiene una indicación de que fue publicada con el permiso del titular de los derechos de autor), dicha obra puede ser copiada y distribuida a cualquier persona en los Estados Unidos sin tener que pagar ninguna tarifa o costo. Si vuelve a distribuir o proporciona acceso a una obra con la frase “Project Gutenberg” asociada a ella o apareciendo en ella, debe cumplir ya sea con los requisitos de los párrafos 1.E.1 a 1.E.7 o obtener permiso para el uso de la obra y de la marca registrada Project Gutenberg, según lo establecido en los párrafos 1.E.8 o 1.E.9.

1.E.3. Si una obra electrónica de Project Gutenberg es publicada con el permiso del titular de los derechos de autor, su uso y distribución deben cumplir tanto con los párrafos 1.E.1 a 1.E.7 como con cualquier término adicional impuesto por el titular de los derechos de autor. Los términos adicionales estarán vinculados a la Licencia de Project Gutenberg para todas las obras publicadas con el permiso del titular de los derechos de autor, y se encuentran al principio de esta obra.

1.E.4. No quite ni separe los términos completos de la Licencia de Project Gutenberg de esta obra, ni de ningún archivo que contenga una parte de esta obra o de cualquier otra obra asociada a Project Gutenberg.

1.E.5. No copie, muestre, ejecute, distribuya ni vuelva a distribuir esta obra electrónica, ni ninguna parte de ella, sin mostrar de manera prominente la frase establecida en el párrafo 1.E.1, con enlaces activos o acceso inmediato a los términos completos de la Licencia de Project Gutenberg.

1.E.6. Puede convertir y distribuir esta obra en cualquier formato binario, comprimido, marcado, no propietario o propietario, incluyendo cualquier formato de procesamiento de texto o hipertexto. Sin embargo, si proporciona acceso a copias de una obra de Project Gutenberg en un formato

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Aparte de “Plain Vanilla ASCII” u otro formato utilizado en la versión oficial publicada en el sitio web oficial de Project Gutenberg (www.gutenberg.org), debe proporcionar, sin ningún costo adicional, tarifa o gasto para el usuario, una copia del trabajo en su formato original “Plain Vanilla ASCII” u otro formato similar. Cualquier formato alternativo debe incluir la licencia completa de Project Gutenberg, tal como se especifica en el párrafo 1.E.1.

1.E.7. No cobre ninguna tarifa por el acceso, visualización, exhibición, ejecución, copiado o distribución de las obras de Project Gutenberg, a menos que cumpla con lo dispuesto en los párrafos 1.E.8 o 1.E.9.

1.E.8. Puede cobrar una tarifa razonable por copias de las obras electrónicas de Project Gutenberg, o por proporcionar acceso a ellas o distribuirlas, siempre y cuando:

• Pague una tasa de regalía del 20% de las ganancias brutas que obtenga de la utilización de las obras de Project Gutenberg, calculada utilizando el método que ya utiliza para calcular sus impuestos correspondientes. Esta tasa se debe pagar al propietario de la marca registrada Project Gutenberg, pero él ha acordado donar dichas regalías, según lo establecido en este párrafo, a la Fundación del Archivo Literario de Project Gutenberg. Los pagos de regalías deben realizarse dentro de los 60 días siguientes a cada fecha en la que prepare (o esté legalmente obligado a preparar) sus declaraciones fiscales periódicas. Dichos pagos deben estar claramente identificados como tales y enviados a la Fundación del Archivo Literario de Project Gutenberg, a la dirección indicada en la Sección 4, “Información sobre donaciones a la Fundación del Archivo Literario de Project Gutenberg”.

• Proporcione un reembolso completo de cualquier dinero pagado por un usuario que le notifique por escrito (o por correo electrónico) dentro de los 30 días posteriores a la recepción del producto, indicando que no está de acuerdo con los términos de la licencia completa de Project Gutenberg™. Debe exigir a dicho usuario que devuelva o destruya todas las copias de las obras que posea en soporte físico, y que cese todo uso y acceso a otras copias de las obras de Project Gutenberg™.

• Proporcione, de conformidad con el párrafo 1.F.3, un reembolso completo de cualquier dinero pagado por una obra o por una copia de reemplazo, en caso de que exista algún defecto en ella.

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La obra electrónica se descubre y se le informa dentro de los 90 días posteriores a la recepción de la obra.

• Usted cumple con todos los demás términos de este acuerdo para la distribución gratuita de las obras de Project Gutenberg™.

1.E.9. Si desea cobrar una tarifa o distribuir una obra electrónica de Project Gutenberg™ o un grupo de obras en condiciones diferentes a las establecidas en este acuerdo, debe obtener permiso por escrito de la Fundación del Archivo Literario Project Gutenberg, la entidad encargada de la marca registrada Project Gutenberg™. Póngase en contacto con la Fundación según se indica en la Sección 3 a continuación.

1.F.

1.F.1. Los voluntarios y empleados de Project Gutenberg invierten un esfuerzo considerable para identificar, realizar investigaciones sobre derechos de autor, transcribir y revisar las obras que no están protegidas por la ley de derechos de autor de los Estados Unidos, con el fin de crear la colección Project Gutenberg™. A pesar de estos esfuerzos, las obras electrónicas de Project Gutenberg™ y el soporte en el que pueden almacenarse pueden contener “defectos”, como, entre otros, datos incompletos, inexactos o dañados, errores de transcripción, infracciones de derechos de autor u otra propiedad intelectual, discos u otros soportes defectuosos o dañados, virus informáticos, o códigos informáticos que dañen o no puedan ser leídos por su equipo.

1.F.2. GARANTÍA LIMITADA, EXCLUSIÓN DE RESPONSABILIDAD POR DAÑOS –
Con excepción del “Derecho a Reemplazo o Reembolso” descrito en el párrafo 1.F.3, la Fundación del Archivo Literario Project Gutenberg, la propietaria de la marca registrada Project Gutenberg™, y cualquier otra parte que distribuya una obra electrónica de Project Gutenberg™ bajo este acuerdo, excluyen toda responsabilidad ante usted por daños, costos y gastos, incluidos los honorarios legales. USTED ACEPTA QUE NO TIENE NINGÚN RECURSO POR NEGLIGENCIA, RESPONSABILIDAD ESTRITA, INCUMPLIMIENTO DE LA GARANTÍA O INCUMPLIMIENTO DEL CONTRATO, EXCEPTO LOS ESTABLECIDOS EN EL PÁRRAFO 1.F.3. USTED ACEPTA QUE LA FUNDACIÓN, LA PROPIETARIA DE LA MARCA REGISTRADA Y CUALQUIER DISTRIBUIDOR BAJO ESTE ACUERDO NO SERÁN

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RESPONSABLE ANTE USTED POR DAÑOS REALES, DIRECTOS, INDIRECTOS, CONSECUENTES, PUNITIVOS O ACCIDENTALES, INCLUSO SI NOTIFICA LA POSIBILIDAD DE DICHOS DAÑOS.

1.F.3. DERECHO LIMITADO DE SUSTITUCIÓN O REEMBOLSO: Si descubre un defecto en esta obra electrónica dentro de los 90 días posteriores a su recepción, puede recibir un reembolso del dinero (si lo hubiere) que pagó por ella, enviando una explicación por escrito a la persona de quien recibió la obra. Si recibió la obra en un soporte físico, debe devolver dicho soporte junto con su explicación por escrito. La persona o entidad que le proporcionó la obra defectuosa puede optar por entregarle una copia de reemplazo en lugar de un reembolso. Si recibió la obra de forma electrónica, la persona o entidad que se la proporciona puede decidir darle una segunda oportunidad para recibirla electrónicamente en lugar de un reembolso. Si la segunda copia también está defectuosa, puede solicitar un reembolso por escrito, sin más oportunidades para solucionar el problema.

1.F.4. Con excepción del derecho limitado de sustitución o reembolso establecido en el párrafo 1.F.3, esta obra se le proporciona “TAL CUAL”, SIN OTRO TIPO DE GARANTÍAS, YA SEA EXPRESAS O IMPLÍCITAS, INCLUYENDO PERO NO LIMITADO A LAS GARANTÍAS DE COMERCIABILIDAD O ADECUACIÓN PARA CUALQUIER FIN.

1.F.5. Algunos estados no permiten la exclusión de ciertas garantías implícitas ni la limitación o exclusión de ciertos tipos de daños. Si alguna exclusión o limitación establecida en este acuerdo viola la ley del estado aplicable a este acuerdo, el acuerdo se interpretará de tal manera que se aplique la máxima exclusión o limitación permitida por la ley estatal aplicable. La invalidez o imposibilidad de hacer valer alguna disposición de este acuerdo no anulará las disposiciones restantes.

1.F.6. INDEMNIZACIÓN: Usted acepta indemnizar y eximir de toda responsabilidad a la Fundación, al propietario de la marca registrada, a cualquier agente o empleado de la Fundación, a toda persona que proporcione copias de las obras electrónicas de Project Gutenberg™ de conformidad con este acuerdo, y a todos los voluntarios relacionados con la producción, promoción y distribución de las obras electrónicas de Project Gutenberg™.

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Costos y gastos, incluidos los honorarios legales, que surjan directa o indirectamente de cualquiera de las siguientes acciones que usted realice o haga que ocurran: (a) la distribución de esta obra o de cualquier otra obra de Project Gutenberg; (b) la alteración, modificación, adición o eliminación de cualquier obra de Project Gutenberg; y (c) cualquier defecto que usted cause.

Sección 2. Información sobre la misión de Project Gutenberg

Project Gutenberg es sinónimo de la distribución gratuita de obras electrónicas en formatos legibles por la mayor variedad posible de computadoras, incluidas las obsoletas, antiguas, de mediana edad y nuevas. Existe gracias a los esfuerzos de cientos de voluntarios y a las donaciones de personas de todos los ámbitos de la vida.

Los voluntarios y el apoyo financiero para brindarles a ellos la asistencia que necesitan son cruciales para alcanzar los objetivos de Project Gutenberg y asegurar que su colección permanezca disponible gratuitamente para las generaciones futuras. En 2001 se creó la Fundación del Archivo Literario de Project Gutenberg con el fin de garantizar un futuro seguro y permanente para Project Gutenberg y para las generaciones venideras. Para saber más sobre la Fundación del Archivo Literario de Project Gutenberg y cómo sus esfuerzos y donaciones pueden ayudar, consulte las Secciones 3 y 4, así como la página de información de la Fundación en www.gutenberg.org.

Sección 3. Información sobre la Fundación del Archivo Literario de Project Gutenberg

La Fundación del Archivo Literario de Project Gutenberg es una corporación educativa sin fines de lucro de tipo 501(c)(3), organizada según las leyes del estado de Misisipi y a la que el Servicio de Impuestos Internos le ha otorgado estatus de exención fiscal. El número de identificación fiscal federal de la Fundación es 64-6221541. Las contribuciones a la Fundación del Archivo Literario de Project Gutenberg son deducibles de impuestos en la medida permitida por las leyes federales de los Estados Unidos y por las leyes de su estado.

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La oficina administrativa de la Fundación se encuentra en 41 Watchung Plaza, #516, Montclair NJ 07042, EE. UU., +1 (862) 621-9288. Para contactar por correo electrónico, los enlaces y la información de contacto actualizada pueden encontrarse en el sitio web de la Fundación y en su página oficial en www.gutenberg.org/contact.

Sección 4. Información sobre las donaciones al proyecto
Fundación del Archivo Literario Gutenberg

Project Gutenberg™ depende, y no puede sobrevivir sin, un amplio apoyo público y donaciones para llevar a cabo su misión de aumentar la cantidad de obras de dominio público y con licencia que puedan distribuirse libremente en formato legible por máquinas, accesible desde la mayor variedad posible de equipos, incluidos los obsoletos. Muchas donaciones pequeñas (de $1 a $5,000) son particularmente importantes para mantener el estatus de exención fiscal ante el IRS.

La Fundación se compromete a cumplir con las leyes que regulan las organizaciones benéficas y las donaciones caritativas en los 50 estados de los Estados Unidos. Los requisitos de cumplimiento no son uniformes, y se necesita un esfuerzo considerable, mucho papeleo y numerosas tasas para satisfacerlos y mantenerse al día con ellos. No solicitamos donaciones en lugares donde no hayamos recibido confirmación escrita de cumplimiento. PARA ENVIAR DONACIONES o determinar el estado de cumplimiento en cualquier estado en particular, visite www.gutenberg.org/donate.

Aunque no podemos ni solicitamos contribuciones de estados en los que no hemos cumplido con los requisitos de solicitud, no conocemos ninguna prohibición contra aceptar donaciones no solicitadas de donantes de dichos estados que se pongan en contacto con nosotros ofreciendo donar.

Agradecemos las donaciones internacionales, pero no podemos hacer declaraciones sobre el tratamiento fiscal de las donaciones recibidas desde fuera de los Estados Unidos. Las leyes estadounidenses solas ya sobrecargan a nuestro reducido personal.

Por favor, consulte las páginas web de Project Gutenberg para conocer los métodos y direcciones actuales de donación. También se aceptan donaciones por medio de varios otros canales.

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Formas de hacer donaciones que incluyen cheques, pagos en línea y donaciones con tarjeta de crédito. Para donar, por favor visite: www.gutenberg.org/donate.

Sección 5. Información general sobre el Proyecto Gutenberg
obras electrónicas

El profesor Michael S. Hart fue el creador del concepto del Proyecto Gutenberg: una biblioteca de obras electrónicas que pudieran compartirse libremente con cualquiera. Durante cuarenta años, produjo y distribuyó libros electrónicos del Proyecto Gutenberg con el apoyo de una red reducida de voluntarios.

Los libros electrónicos del Proyecto Gutenberg suelen crearse a partir de varias ediciones impresas, todas ellas confirmadas como no protegidas por derechos de autor en los Estados Unidos, a menos que se incluya una nota de derechos de autor. Por lo tanto, no es necesario que los libros electrónicos cumplan con las especificaciones de ninguna edición impresa en particular.

La mayoría de las personas comienzan en nuestro sitio web, que cuenta con la principal herramienta de búsqueda de PG: www.gutenberg.org.

Este sitio web incluye información sobre el Proyecto Gutenberg, como cómo hacer donaciones a la Fundación del Archivo Literario del Proyecto Gutenberg, cómo ayudar a crear nuestros nuevos libros electrónicos y cómo suscribirse a nuestro boletín electrónico para estar al tanto de los nuevos libros electrónicos.

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