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El eBook de Project Gutenberg de Un viaje al centro de la Tierra
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Título: Un viaje al centro de la Tierra

Autor: Jules Verne

Fecha de publicación: 18 de julio de 2006 [eBook #18857]
Última actualización: 27 de diciembre de 2012

Idioma: Inglés

Publicación original: Griffith and Farran, 1871

Otra información y formatos: www.gutenberg.org/ebooks/18857

Agradecimientos: Producido por Norm Wolcott

*** INICIO DEL EBOOK DE PROJECT GUTENBERG UN VIAJE AL
CENTRO DE LA TIERRA ***

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Un viaje al centro de la Tierra

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De Julio Verne
[Nota del editor: Viaje al centro de la Tierra es el número V002 en la numeración Taves y Michaluk de las obras de Julio Verne. Publicado por primera vez en Inglaterra por Griffith and Farran en 1871, esta edición no es en absoluto una traducción, sino una reescritura completa de la novela, con partes añadidas y omitidas, y nombres cambiados. Al ser la versión más reimpresa, se ha incluido en Project Gutenberg únicamente con fines de referencia. Una mejor traducción es Un viaje al interior de la Tierra, traducida por el reverendo F. A. Malleson, también disponible en Project Gutenberg.]

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Índice
CAPÍTULO 1 MI TÍO HACE UN GRAN DESCUBRIMIENTO
CAPÍTULO 2 EL PERGAMINO MISTERIOSO
CAPÍTULO 3 UN DESCUBRIMIENTO ASOMBROSO
CAPÍTULO 4 EMPEZAMOS EL VIAJE
CAPÍTULO 5 PRIMERAS LECCIONES DE ESCALADA
CAPÍTULO 6 NUESTRO VIAJE A ISLANDIA
CAPÍTULO 7 CONVERSACIONES Y DESCUBRIMIENTOS
CAPÍTULO 8 EL CAZADOR DE PLUMAS DE EIDER: POR FIN EN CAMINO
CAPÍTULO 9 NUESTRO COMIENZO: ENCONTRAMOS AVENTURAS POR EL CAMINO
CAPÍTULO 10 VIAJANDO POR ISLANDIA
CAPÍTULO 11 LLEGAMOS AL MONTE SNÆFELL—EL “REYKIR”
CAPÍTULO 12 LA ASCENSIÓN AL MONTE SNÆFELL
CAPÍTULO 13 LA SOMBRA DE SCARTARIS
CAPÍTULO 14 COMIENZA EL VERDADERO VIAJE
CAPÍTULO 15 CONTINUAMOS NUESTRA DESCENDIDA
CAPÍTULO 16 EL TÚNEL ORIENTAL
CAPÍTULO 17 CADA VEZ MÁS PROFUNDO: LA MINA DE CARBÓN
CAPÍTULO 18 ¡EL CAMINO ERRÓNEO!
CAPÍTULO 19 LA GALERÍA OCCIDENTAL: UNA NUEVA RUTA
CAPÍTULO 20 AGUA, ¿DÓNDE ESTÁ? UN AMARGO DECEPCIONAMIENTO
CAPÍTULO 21 BAJO EL OCÉANO
CAPÍTULO 22 DOMINGO DEBAJO DE TIERRA
CAPÍTULO 23 SOLO
CAPÍTULO 24 PERDIDOS
CAPÍTULO 25 LA GALERÍA SUSURRANTE
CAPÍTULO 26 UN RECUPERACIÓN RÁPIDA
CAPÍTULO 27 EL MAR CENTRAL
CAPÍTULO 28 LANZAMIENTO DE LA BALSAS
CAPÍTULO 29 EN LAS AGUAS: UN VIAJE EN BALSAS
CAPÍTULO 30 UN TERRIBLE COMBATE CON SAURIOS
CAPÍTULO 31 EL MONSTRUO MARINO

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CAPÍTULO 32 LA BATALLA DE LOS ELEMENTOS
CAPÍTULO 33 NUESTRO RUTA INVERTIDA
CAPÍTULO 34 UN VIAJE DE DESCUBRIMIENTO
CAPÍTULO 35 DESCUBRIMIENTO tras DESCUBRIMIENTO
CAPÍTULO 36 ¿QUÉ ES?
CAPÍTULO 37 LA DAGA MISTERIOSA
CAPÍTULO 38 SIN SALIDA: ESTALLIDOS EN LA ROCA
CAPÍTULO 39 LA EXPLOSIÓN Y SUS CONSECUENCIAS
CAPÍTULO 40 LOS GIGANTES MONOS
CAPÍTULO 41 HAMBRE
CAPÍTULO 42 EL TÚNEL VOLCÁNICO
CAPÍTULO 43 POR FIN LUZ DEL DÍA
CAPÍTULO 44 EL VIAJE TERMINÓ

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CAPÍTULO 1
MI TÍO HACE UN GRAN DESCUBRIMIENTO

Al recordar todo lo que me ha sucedido desde aquel día tan significativo, apenas puedo creer en la realidad de mis aventuras. Fueron realmente tan maravillosas que incluso ahora me siento perplejo cuando pienso en ellas.
Mi tío era alemán y se había casado con la hermana de mi madre, una inglesa. Como le unía un gran cariño a su sobrino huérfano de padre, me invitó a estudiar con él en su casa en su país natal. Esa casa estaba en una ciudad grande, y mi tío era profesor de filosofía, química, geología, mineralogía y muchas otras disciplinas.
Un día, después de pasar unas horas en el laboratorio —mi tío no estaba allí en ese momento—, de repente sentí la necesidad de comer algo; es decir, tenía hambre y estaba a punto de llamar a nuestro viejo cocinero francés, cuando mi tío, el profesor Von Hardwigg, abrió de golpe la puerta de entrada y subió corriendo las escaleras.
El profesor Hardwigg, mi querido tío, no es en absoluto una mala persona; sin embargo, es colérico y original. Soportarlo significa obedecerle; y apenas sus pesados pasos resonaron en nuestra vivienda compartida, ya gritaba pidiéndome que fuera a atenderlo.
“¡Harry—Harry—Harry—!”
Me apresuré a obedecer, pero antes de que pudiera llegar a su habitación, dando tres pasos a la vez, él ya estaba golpeando el suelo con su pie derecho.
“¡Harry!”, gritó, con tono frenético, “¿vas a subir?”
La verdad es que, en ese momento, me interesaba mucho más saber qué habría para la cena que cualquier problema científico; para mí, la sopa era más interesante que el refresco, y una tortilla más…

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Más tentador que la aritmética, y una alcachofa diez veces más valiosa que cualquier cantidad de asbesto. Pero mi tío no era hombre para hacer esperar; así que, dejando de lado todas las cuestiones menores, me presenté ante él. Era un hombre muy erudito. La mayoría de las personas de esta categoría se proveen de información, como lo hacen los vendedores con sus mercancías, en beneficio de otros, y acumulan conocimientos para difundirlos en el exterior en beneficio de la sociedad en general. No así mi excelente tío, el profesor Hardwigg: él estudiaba, trabajaba hasta altas horas de la noche, se sumergía en volúmenes pesados y digería enormes libros en formato cuarto y folio para guardar para sí mismo todo el conocimiento adquirido. Había una razón, y puede considerarse una buena razón, por la cual mi tío se oponía a mostrar su erudición más de lo estrictamente necesario: tartamudeaba; y cuando intentaba explicar los fenómenos celestes, solía cometer errores y aludir de manera tan vaga al sol, la luna y las estrellas que pocos lograban comprender su significado. Para decir la verdad, cuando no encontraba la palabra adecuada, generalmente la reemplazaba con un adjetivo muy fuerte. En relación con las ciencias existen muchos nombres casi impronunciables, nombres muy parecidos a los de los pueblos galeses; y como a mi tío le gustaba mucho usarlos, su costumbre de tartamudear no mejoraba por eso. De hecho, había momentos en sus discursos en los que finalmente renunciaba y trataba de superar su incomodidad con un vaso de agua. Como dije, mi tío, el profesor Hardwigg, era un hombre muy erudito; y ahora añado que también era un pariente muy amable. Estaba unido a él por los lazos dobles del afecto y el interés. Me interesaban profundamente todas sus actividades, y esperaba poder llegar a ser tan erudito como él algún día. Era algo raro que yo me ausentara de sus conferencias. Al igual que él, prefería la mineralogía a todas las demás ciencias. Mi deseo era adquirir un conocimiento real sobre la Tierra. La geología y la mineralogía eran para nosotros los únicos objetivos de la vida, y en el marco de estos estudios rompimos con nuestros martillos muchos hermosos ejemplares de piedra, tiza o metal.

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Varillas de acero, piedras de lastre, tubos de vidrio y botellas con diversos ácidos estaban más a menudo delante de nosotros que nuestras comidas. Se sabía que mi tío Hardwigg había clasificado seiscientos especímenes geológicos diferentes según su peso, dureza, fusibilidad, sonido, sabor y olor. Mantenía correspondencia con todos los hombres grandes, eruditos y científicos de su época. Por lo tanto, estaba en constante comunicación, al menos por carta, con Sir Humphry Davy, el capitán Franklin y otros grandes hombres. Pero antes de exponer el tema sobre el cual mi tío deseaba consultarme, debo decir algo sobre su apariencia física. ¡Ay! Mis lectores verán un retrato muy diferente de él en el futuro, después de que haya pasado por las terribles aventuras que aún se contarán. Mi tío tenía cincuenta años; era alto, delgado y fibroso. Grandes gafas ocultaban, hasta cierto punto, sus ojos grandes, redondos y saltones, mientras que su nariz era comparada, de forma irónica, con una lima fina. Se parecía tanto a ese útil instrumento que se decía que una brújula, en su presencia, presentaba una considerable desviación nasal. La verdad es que lo único que realmente atraía a la nariz de mi tío era el tabaco. Otra peculiaridad suya era que siempre daba un paso cada vez, apretaba los puños como si fuera a golpear a alguien, y cuando estaba de uno de esos humores peculiares, estaba lejos de ser un compañero agradable. También cabe señalar que vivía en una casa muy bonita, en esa misma calle tan encantadora, la Konigstrasse, en Hamburgo. Aunque estaba en el centro de una ciudad, tenía un aspecto completamente rural: mitad madera, mitad ladrillos, con frontones de estilo antiguo; era una de las pocas casas antiguas que sobrevivieron al gran incendio de 1842. Cuando digo “casa bonita”, me refiero a una casa elegante, antigua, tambaleante y no exactamente cómoda según los estándares ingleses: una casa ligeramente inclinada, a punto de caer al canal vecino; justo la clase de casa que un artista errante querría pintar; sobre todo porque apenas se podía verla debido a la hiedra y a un magnífico árbol antiguo que crecía sobre la puerta.

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Mi tío era rico; su casa era de su propiedad, y además tenía un ingreso privado considerable. En mi opinión, lo mejor de sus posesiones era su ahijada, Gretchen. El viejo cocinero, la joven dama, el profesor y yo éramos los únicos habitantes.

Amaba la mineralogía, amaba la geología. Para mí no había nada como las piedras pequeñas… Y si mi tío hubiera estado un poco menos furioso, habríamos sido la familia más feliz del mundo. Para demostrar la gran impaciencia de Hardwigg, declaro solemnemente que, cuando las flores de los jarrones del salón comenzaron a crecer, él se levantaba cada mañana a las cuatro de la madrugada para hacerlas crecer más rápido tirando de sus hojas.

Después de describir a mi tío, ahora relataré nuestro encuentro. Me recibió en su estudio; era como un museo perfecto, que contenía toda curiosidad natural que se pueda imaginar, aunque los minerales eran los que predominaban. Todos esos objetos me resultaban familiares, ya que yo mismo los había catalogado. Mi tío, aparentemente sin darse cuenta de que me había llamado a su presencia, estaba absorto en un libro. Le gustaban especialmente las ediciones antiguas, los ejemplares grandes y las obras únicas.

“¡Maravilloso!”, exclamó, golpeándose la frente. “¡Maravilloso, maravilloso!”

Era uno de esos volúmenes de páginas amarillas que hoy en día rara vez se encuentran en las tiendas; para mí parecía tener poco valor. Sin embargo, mi tío estaba encantado.

Admiraba su encuadernación, la claridad de las letras, la facilidad con la que se abría en sus manos, y repetía en voz alta, unas seis veces, que era muy, muy antiguo.

A mi juicio, estaba haciendo un gran alboroto por nada, pero no era asunto mío decirlo. Por el contrario, fingí tener un gran interés en el tema y le pregunté de qué trataba.

“Es el Heims-Kringla de Snorre Sturluson”, dijo. “El famoso autor islandés del siglo XII. Es un relato verdadero y preciso sobre los príncipes noruegos que reinaron en Islandia”.

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Mi siguiente pregunta se refería al idioma en el que estaba escrito. Esperaba, al menos, que estuviera traducido al alemán. A mi tío le indignó solo pensar en ello y declaró que no daría ni un centavo por una traducción. Su alegría fue descubrir que la obra original estaba en idioma islandés, que calificó como uno de los idiomas más magníficos y, al mismo tiempo, más sencillos del mundo; mientras que, al mismo tiempo, sus combinaciones gramaticales eran las más variadas conocidas por los estudiantes.
“¿Más o menos fácil que el alemán?”, fue mi comentario malicioso.
Mi tío se encogió de hombros.
“Al menos las letras”, dije, “son bastante difíciles de comprender”.
“Es un manuscrito rúnico, el idioma de la población original de Islandia, inventado por Odín mismo”, exclamó mi tío, molesto por mi ignorancia. Estaba a punto de hacer algún chiste inoportuno sobre el tema cuando un pequeño trozo de pergamino cayó de entre las páginas. Como un hombre hambriento que agarra un pedazo de pan, el profesor lo tomó al instante. Medía unos cinco pulgadas por tres y estaba cubierto de escrituras de una forma realmente extraordinaria. Las líneas que aquí se muestran son una reproducción exacta de lo que estaba escrito en ese venerable trozo de pergamino; tienen una importancia enorme, ya que fueron lo que llevó a mi tío a emprender la serie de aventuras más maravillosas que jamás hayan tocado a la humanidad.
Mi tío examinó atentamente el documento durante unos momentos y luego declaró que era rúnico. Las letras eran similares a las del libro, pero, ¿qué significaban? Eso era exactamente lo que quería saber.
Como tenía la firme convicción de que el alfabeto y el dialecto rúnicos eran simplemente una invención para confundir a la pobre naturaleza humana, me alegré mucho al descubrir que mi tío sabía tanto sobre el tema como yo… que era nada. Al menos, así lo parecía por el temblor de sus dedos.
“Y, sin embargo”, murmuró para sí mismo, “es islandés antiguo, estoy seguro”.
Y mi tío debería haberlo sabido, porque él era en sí mismo un diccionario políglota perfecto. No fingía, como cierto erudito, no saber nada al respecto.

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Podía hablar los dos mil idiomas y los cuatro mil modismos utilizados en diferentes partes del mundo, pero conocía aún mejor los más importantes. Ahora me pregunto con gran duda a qué medidas violentas podría haberlo llevado la impulsividad de mi tío, de no ser porque el reloj dio las dos y nuestro viejo cocinero francés gritó para avisarnos de que la cena estaba lista. “¡Olvídense de la cena!”, exclamó mi tío. Pero como tenía hambre, fui al comedor, donde solía sentarme. Por cortesía esperé tres minutos, pero no había rastro de mi tío, el profesor. Me sorprendió; normalmente no era tan insensible al placer de una buena comida. Era la culminación del lujo alemán: sopa de perejil, una tortilla de jamón con adornos de acedera, un plato de carne de ternera estofada con ciruelas pasas, frutas deliciosas y vino de Mosela espumoso. Por culpa de ese viejo pergamino polvoriento, mi tío se abstuvo de compartir nuestra comida. Para tranquilizar mi conciencia, comí por los dos. La vieja cocinera y ama de casa estaba casi loca de preocupación. Después de tanto esfuerzo para preparar todo, ver que su amo no aparecía en la cena era para ella una decepción enorme; y, al ver el desastre que causaba yo con la comida, también se sintió alarmada. ¿Y si mi tío finalmente llegaba a la mesa? De repente, justo cuando había terminado la última manzana y bebido la última copa de vino, se oyó una voz terrible no muy lejos. Era mi tío, gritándome que fuera con él. Casi salto de alegría: su tono era tan fuerte y fiero.

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CAPÍTULO 2
EL PERGAMINO MISTERIOSO

“¡Lo declaro!”, gritó mi tío, golpeando con fuerza la mesa con el puño. “¡Les declaro que se trata de un texto rúnico y que contiene algún secreto maravilloso al que debo dar con él a cualquier precio”. Estaba a punto de responder cuando me detuvo. “Siéntate”, dijo, con tono enérgico, “y escribe según lo que te dicte”. Obedecí. “Voy a sustituir”, dijo, “una letra de nuestro alfabeto por una de las letras rúnicas; así veremos qué resultado da. Ahora, comienza y no cometas errores”. La dictada comenzó con el siguiente resultado incomprensible:

mm.rnlls esruel seecJde
sgtssmf unteief niedrke
kt,samn atrateS Saodrrn
emtnaeI nuaect rrilSa
Atvaar .nscrc ieaabs
ccdrmi eeutul frantu

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Apenas tuve tiempo de terminar cuando mi tío me arrebató el documento de las manos y lo examinó con la mayor atención.
“Me gustaría saber qué significa”, dijo después de un largo rato.
Ciertamente no podía decírselo, ni él esperaba que lo hiciera; sus preguntas siempre eran respondidas por él mismo.
“Creo que esto me recuerda a un criptograma”, exclamó, “a menos que, en realidad, las letras hayan sido escritas sin ningún significado real; pero, ¿por qué tomarse tantas molestias? ¿Quién sabe? Quizá esté al borde de algún gran descubrimiento”.
Mi opinión sincera era que todo aquello era tontería. Pero guardé esa opinión para mí, ya que la ira de mi tío no era algo agradable de soportar. Durante todo ese tiempo, comparaba el libro con el pergamino.
“El volumen manuscrito y el documento más pequeño están escritos por diferentes personas”, dijo, “el criptograma es de fecha mucho más reciente que el libro; eso constituye una prueba indudable de la corrección de mi suposición. La primera letra es una doble M, que solo se añadió al idioma islandés en el siglo XII; eso hace que el pergamino sea doscientos años posterior al volumen”.
Las circunstancias parecían muy probables y lógicas, pero para mí todo era pura conjetura.
“Me parece probable que esta frase haya sido escrita por algún propietario del libro. Ahora, quién fue ese propietario es la siguiente pregunta importante. Quizá, por gran suerte, esté escrita en alguna parte del volumen”.
Con estas palabras, el profesor Hardwigg se quitó los lentes y, tomando una lupa potente, examinó cuidadosamente el libro. En la hoja de guarda había lo que parecía ser una mancha de tinta, pero al examinarla resultó ser una línea de texto casi borrada por el tiempo. Eso era lo que buscaba; y, después de bastante tiempo, logró descifrar estas letras:

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“¡Arne Saknussemm!”, exclamó en un tono alegre y triunfante. “Ese no es solo un nombre islandés, sino el de un erudito profesor del siglo XVI, un alquimista célebre”. Hice una reverencia como señal de respeto. “Estos alquimistas”, continuó, “Avicena, Bacon, Lully, Paracelso, fueron los verdaderos, los únicos hombres eruditos de aquel tiempo. Realizaron descubrimientos sorprendentes. ¿Acaso este Saknussemm, mi sobrino, no habrá ocultado en este pedazo de pergamino algún invento asombroso? Creo que la criptografía tiene un significado profundo… uno que debo descifrar”. Mi tío caminaba por la habitación en un estado de excitación casi imposible de describir. “Puede ser así, señor”, observé tímidamente. “Pero, ¿por qué ocultarlo de las generaciones futuras, si se trata de un descubrimiento útil y valioso?”. “¿Por qué? ¿Cómo voy a saberlo? ¿Acaso Galileo no mantuvo en secreto sus descubrimientos relacionados con Saturno? Pero ya veremos. Hasta que descubra el significado de esta frase, ni comeré ni dormiré”. “Mi querido tío…”, comencé. “Tú tampoco”, añadió él. Tuve suerte de haber tomado una dosis doble ese día. “En primer lugar”, continuó, “debe haber alguna pista sobre su significado. Si logramos encontrarla, el resto será bastante fácil”. Comencé a reflexionar seriamente. La perspectiva de pasar sin comida ni sueño no era nada alentadora, así que decidí hacer todo lo posible para resolver el misterio. Mientras tanto, mi tío seguía con su monólogo. “La forma de descubrirlo es bastante sencilla. En este documento hay ciento treinta y dos letras: setenta y nueve consonantes y cincuenta y tres vocales”.

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Vocales. Se trata de la proporción que se encuentra en la mayoría de los idiomas del sur; los dialectos del norte son mucho más ricos en consonantes. Por lo tanto, podemos predecir con confianza que estamos ante un dialecto meridional. Nada podría ser más lógico.

“Ahora”, dijo el profesor Hardwigg, “para rastrear ese idioma en particular”.

“Como dice Shakespeare, ‘esa es la pregunta’”, fue mi respuesta, bastante sarcástica.

“Este hombre, Saknussemm”, continuó él, “era un hombre muy erudito. Como no escribía en el idioma de su lugar de nacimiento, probablemente, al igual que la mayoría de los eruditos del siglo XVI, escribía en latín. Sin embargo, si me equivoco en esta suposición, tendremos que probar con el español, el francés, el italiano, el griego e incluso el hebreo. Pero mi opinión personal está decididamente a favor del latín”.

Esa propuesta me sorprendió. El latín era mi materia favorita, y me parecía un sacrilegio pensar que esa mezcla de caracteres perteneciera al país de Virgilio.

“Probablemente sea un latín bárbaro”, continuó mi tío, “pero sigue siendo latín”.

“Muy probablemente”, respondí, sin querer contradecirlo.

“Veamos qué hay en esto”, continuó mi tío. “Aquí vemos una serie de ciento treinta y dos letras, aparentemente escritas al azar, sin método ni organización alguna. Hay palabras compuestas únicamente por consonantes, como mm.rnlls; otras están casi completamente formadas por vocales; la quinta, por ejemplo, es unteief, y una de las últimas, oseibo. Parece una combinación extraordinaria. Probablemente descubriremos que la frase está organizada según algún plan matemático. Sin duda, alguna oración fue escrita primero y luego desordenada; algún plan del cual alguna cifra sirve como pista. Ahora, Harry, para demostrar tu ingenio inglés… ¿cuál es esa cifra?”

No podía darle ninguna pista. Mis pensamientos estaban realmente lejos. Mientras él hablaba, había visto el retrato de mi prima Gretchen y me preguntaba cuándo volvería.

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Estábamos prometidos y nos amábamos con gran sinceridad. Pero mi tío, que nunca pensaba ni siquiera en tales asuntos mundanos, no sabía nada al respecto. Sin darse cuenta de mi distracción, el profesor comenzó a leer la enigmática criptografía de todas las maneras posibles, según alguna teoría suya propia. Pronto, llamando mi atención dispersa, me dictó un valioso intento de descifrarla. Se lo entregué con delicadeza. Decía lo siguiente:

mmessunkaSenrA.icefdoK.segnittamurtn
ecertserrette,rotaivsadua,ednecsedsadne
lacartniiilrJsiratracSarbmutabiledmek
meretarcsilucoYsleffenSnI.

Apenas podía contener la risa, mientras que mi tío, por el contrario, se llenó de una pasión desbordante, golpeó la mesa con el puño, salió corriendo de la habitación, de la casa, y luego, dándose a la fuga, pronto desapareció de la vista.

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CAPÍTULO 3
UN DESCUBRIMIENTO ASOMBROSO

“¿Qué pasa?”, gritó la cocinera al entrar en la habitación; “¿cuándo va a cenar el señor?”
“Nunca.”
“¿Y su cena?”
“No lo sé. Dice que no comerá más, y yo tampoco. Mi tío ha decidido ayunar y hacerme ayunar hasta que descifre esta inscripción abominable”, respondí.
“Te morirás de hambre”, dijo ella.
Estaba completamente de acuerdo, pero como no quería decírselo, la mandé away y comencé con mis tareas habituales de clasificación. Pero por más que lo intentaba, nada podía impedirme pensar alternativamente en ese manuscrito estúpido y en la bonita Gretchen.
Varias veces pensé en salir, pero mi tío se habría enfadado por mi ausencia. Al cabo de una hora, había terminado la tarea que se me había asignado. ¿Cómo pasar el tiempo? Empecé por encender mi pipa. Como todos los demás estudiantes, disfrutaba del tabaco; y, sentándome en el gran sillón, comencé a pensar.
¿Dónde estaría mi tío? Podía imaginarme fácilmente cómo recorría algún camino solitario, gesticulando, hablando consigo mismo, agitando su bastón en el aire, sin dejar de pensar en esos jeroglíficos absurdos. ¿Encontraría alguna pista? ¿Regresaría a casa de mejor humor? Mientras esos pensamientos pasaban por mi mente, tomé mecánicamente ese maldito acertijo e intenté todas las formas posibles de agrupar las letras. Las combiné en parejas, en grupos de tres, cuatro y cinco… en vano. No salía nada comprensible, excepto que la decimocuarta, la decimoquinta y la decimosexta letra formaban la palabra “hielo” en inglés; la

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Octogésimo cuarto, octogésimo quinto y octogésimo sexto: la palabra “señor”. Finalmente, parecía haber encontrado las palabras en latín “rota”, “mutabile”, “ira”, “nec” y “atra”. “¡Ah! Parece que hay algo de verdad en la idea de mi tío”, pensé. Luego parecía haber encontrado también la palabra “luco”, que significa madera sagrada. En la tercera línea parecía poder distinguir “labiled”, una palabra hebrea perfecta; y al final, las sílabas “mere”, “are”, “mer”, que eran francesas. Era suficiente para volver loco a cualquiera. Cuatro expresiones diferentes en esa frase absurda. ¿Qué conexión podía haber entre hielo, señor, ira, cruel, madera sagrada, cambio, madre, “are” y mar? El primero y el último, en una oración relacionada con Islandia, podrían significar mar de hielo. Pero, ¿y el resto de este criptograma monstruoso? De hecho, estaba luchando contra una dificultad insuperable; mi cerebro estaba a punto de estallar; mis ojos se cansaban al mirar fijamente el pergamino; toda esa colección absurda de letras parecía bailar ante mis ojos, formando pequeños grupos negros. Mi mente estaba poseída por alucinaciones temporales; me faltaba el aire. Quería aire. Mecánicamente, me abanicaba con el documento, viendo primero su reverso y luego su anverso. Imaginen mi sorpresa cuando, al mirar el reverso de ese enigma tan complicado, vi claramente palabras en latín, entre ellas “craterem” y “terrestre”. ¡Había descubierto el secreto! Fue como un relámpago. Había encontrado la clave. Todo lo que había que hacer para entender el documento era leerlo al revés. Todas las ingeniosas ideas del profesor se habían hecho realidad; él me lo había dictado correctamente; por pura casualidad había descubierto lo que tanto deseaba. Se puede imaginar mi alegría, mi emoción; mis ojos estaban deslumbrados y temblaba tanto que al principio no podía comprender nada. Sin embargo, una sola mirada me revelaría todo lo que quería saber. “Déjame leerlo”, me dije, después de tomar una profunda respiración. Lo extendí sobre la mesa, pasé mi dedo por cada letra, la escribí completa; en mi excitación, la leí en voz alta.

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¡Qué horror y estupor se apoderaron de mi alma! Era como un hombre que había recibido un golpe devastador. ¿Era posible que realmente hubiera leído ese terrible secreto, y que realmente se hubiera llevado a cabo? ¡Algún hombre se había atrevido a hacer… qué?!

Ningún ser vivo debería llegar a saberlo.

“¡Nunca!”, grité, poniéndome en pie de un salto. “¡Nunca mi tío sabrá de ese espantoso secreto! Él sería capaz de emprender ese viaje terrible. Nada podría detenerlo. Peor aún: me obligaría a acompañarlo, y perderíamos para siempre la vida. Pero no; no se puede permitir tal locura.”

Estaba casi fuera de mí por la rabia y la furia.

“Mi querido tío ya está casi loco”, grité en voz alta. “Esto acabaría con él. Por casualidad, podría descubrirlo; en ese caso, ambos estaríamos perdidos. Que perezca ese terrible secreto… que las llamas lo entierren para siempre en el olvido.”

Agarré el libro y el pergamino, dispuesto a arrojarlos al fuego, cuando se abrió la puerta y entró mi tío.

Apenas tuve tiempo de dejar esos documentos antes de que mi tío estuviera a mi lado. Estaba profundamente concentrado. Sus pensamientos, evidentemente, estaban centrados en ese terrible pergamino. Probablemente se le había ocurrido alguna nueva combinación mientras paseaba.

Se sentó en su sillón y, con un bolígrafo, comenzó a hacer cálculos algebraicos. Lo observé con ansiedad. Me entraron escalofríos al pensar que era posible que descubriera el secreto.

Ahora sabía que sus combinaciones eran inútiles, ya que yo había encontrado la única pista. Durante tres horas interminables siguió trabajando sin decir una palabra, sin levantar la cabeza, garabateando, reescribiendo, calculando una y otra vez. Sabía que, con el tiempo, acabaría encontrando la frase correcta. Las letras de cada alfabeto solo tienen un número determinado de combinaciones. Pero podrían pasar años antes de que llegara a la solución correcta.

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Pasó el tiempo; llegó la noche, los sonidos en las calles cesaron… y mi tío seguía trabajando, sin siquiera responder a nuestra valiosa cocinera cuando nos llamaba para la cena. No me atreví a dejarlo, así que le hice señas para que se fuera, y al final me quedé dormida en el sofá. Cuando desperté, mi tío seguía trabajando. Sus ojos rojos, su rostro pálido, su cabello enmarañado, sus manos febriles y sus mejillas intensamente enrojecidas mostraban cuán terrible había sido su lucha contra lo imposible, y qué fatiga espantosa había soportado durante aquella larga noche sin dormir. Me daba náuseas solo verlo. Aunque era bastante severo conmigo, lo amaba, y me dolía el corazón por sus sufrimientos. Estaba tan obsesionado con una idea que ni siquiera podía enfadarse. Toda su energía estaba concentrada en un único objetivo. Y yo sabía que con solo decir una palabra, todo ese sufrimiento cesaría. Pero no podía decirla. Sin embargo, mi corazón se inclinaba hacia él. Entonces, ¿por qué permanecí en silencio? Por el bien de mi propio tío. “Nada me hará hablar”, murmuré. “Querrá seguir los pasos del otro. Lo conozco bien. Su imaginación es como un volcán en erupción, y por hacer descubrimientos en beneficio de la geología estaría dispuesto a sacrificar su vida. Por eso permaneceré en silencio y guardaré estrictamente el secreto que he descubierto. Revelarlo sería suicida. No solo se lanzaría él mismo a la destrucción, sino que también me arrastraría consigo”. Crucé los brazos, miré hacia otro lado y seguí fumando, decidida a no hablar nunca. Cuando nuestra cocinera quería ir al mercado o a cualquier otro lugar, encontraba la puerta principal cerrada y la llave fuera de alcance. ¿Se hacía eso a propósito o no? Seguramente el profesor Hardwigg no pretendía que la anciana y yo nos convirtiéramos en mártires de su voluntad obstinada. ¿Acaso íbamos a morir de hambre? Un recuerdo terrible vino a mi mente: una vez estuvimos una semana alimentándonos de restos mientras él clasificaba algunas curiosidades. ¡Me daban calambres solo de pensarlo! Quería desayunar, pero no veía forma de conseguirlo. Aun así, mi determinación seguía firme: preferiría morir de hambre antes que ceder. Pero la cocinera comenzó a tratarme…

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En serio, había que hacer algo. ¿Qué se podía hacer? Ella no podía salir; y yo no me atrevía.
Mi tío continuó contando y escribiendo; su imaginación parecía haberlo transportado al cielo. Ni siquiera pensaba en comer o beber. Así pasó la hora doce. Yo tenía hambre, y no había nada en la casa. La cocinera se había comido el último pedazo de pan. Eso no podía seguir así.
Sin embargo, así continuó hasta las dos, cuando mis sensaciones eran terribles. Al final, empecé a pensar que ese documento era muy absurdo. Quizá solo fuera una broma gigantesca. Además, seguramente se encontraría alguna forma de impedir que mi tío intentara semejante expedición absurda. Por otro lado, si realmente intentaba algo tan quijotesco, yo no estaría obligado a acompañarlo. Otra línea de razonamiento me decidió en parte: muy probablemente él mismo haría el descubrimiento, y yo habría sufrido hambre por nada. Bajo la influencia del hambre, ese razonamiento me pareció admirable. Decidí contarlo todo.
Ahora surgía la pregunta de cómo hacerlo. Todavía estaba pensando en ello cuando él se levantó y se puso el sombrero.
¿¡Qué! ¿Salir y encerrarnos? ¡Nunca!
“Tío”, empecé.
Parecía que ni siquiera me oía.
“Profesor Hardwigg”, grité.
“¿Qué?”, respondió. “¿Hablaste?”
“¿Y la llave?”
“¿Qué llave? ¿La llave de la puerta?”
“No… la de estos horribles jeroglíficos.”
Me miró por debajo de sus gafas y se sorprendió al ver la extraña expresión de mi rostro. Se acercó rápidamente, me agarró del brazo y examinó atentamente mi semblante. Su mirada misma era una interrogación.
Simplemente asentí con la cabeza.

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Con un encogimiento de hombros incrédulo, se dio la vuelta sobre sus talones.
Sin duda pensaba que me había vuelto loco.
“He hecho un descubrimiento muy importante”.
Sus ojos brillaban de emoción. Levantó la mano en una actitud amenazante. Por un momento, ninguno de los dos habló. Es difícil decir quién estaba más emocionado.
“¿Quieres decir que tienes alguna idea del significado de esa escritura?”
“Sí”, fue mi respuesta desesperada. “Mire la frase tal como usted la dictó”.
“Bueno, pero no significa nada”, fue la respuesta airada.
“Nada si se lee de izquierda a derecha, pero fíjese: si se lee de derecha a izquierda…”
“¡Al revés!”, exclamó mi tío, lleno de asombro. “¡Oh, astuto Saknussemm! ¡Y yo siendo tan tonto!”
Agarró el documento, lo miró con ojos cansados y lo leyó tal como yo lo había hecho.
Decía lo siguiente:

In Sneffels Yoculis craterem kem delibat
umbra Scartaris Julii intra calendas descende,
audas viator, et terrestre centrum attinges.
Kod feci. Arne Saknussemm

Al traducir ese latín rudimentario, decía lo siguiente:

Descienda al cráter de Yocul, en Sneffels, que es acariciado por la sombra de Scartaris, antes de las calendas de julio, valiente viajero, y llegará al centro de la tierra. Yo lo hice.

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ARNE
SAKNUSSEMM

Mi tío saltó tres pies en el aire de alegría. Parecía radiante y apuesto. Corrió por la habitación, loco de felicidad y satisfacción. Derribó mesas y sillas. Tiró sus libros por todas partes hasta que, finalmente, completamente agotado, se dejó caer en su sillón.
“¿Qué hora es?”, preguntó.
“Cerca de las tres”.
“Parece que la cena no me ha hecho mucho bien”, observó.
“Dame algo de comer. Luego podemos empezar de inmediato. Prepara mi maletín”.
“¿Para qué?”
“Y el tuyo también”, continuó. “Empezamos ahora mismo”.
Se puede imaginar mi horror. Sin embargo, decidí no mostrar miedo. Las razones científicas eran las únicas que podían influir en mi tío. Pero había muchas razones en contra de ese terrible viaje. La sola idea de bajar al centro de la Tierra era simplemente absurda. Por eso decidí discutir el asunto después de la cena.
La ira de mi tío ahora se dirigía contra la cocinera por no tener la cena lista. Sin embargo, mi explicación lo satisfizo, y, una vez que consiguió las llaves, logró preparar suficiente comida para satisfacer nuestros apetitos voraces.
Durante la cena, mi tío estaba bastante alegre. Hizo algunas de esas bromas peculiares que solo los eruditos saben hacer. Pero en cuanto terminó el postre, me llamó a su estudio. Cada uno tomó una silla a cada lado de la mesa.
“Henry”, dijo, con una voz suave y persuasiva; “siempre he creído que eres ingenioso, y me has prestado un servicio que nunca será olvidado. Sin ti, este gran y maravilloso descubrimiento nunca habría tenido lugar. Por lo tanto, es mi deber insistir en que compartas la gloria”.

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“Está de buen humor”, pensé; “pronto le haré saber mi opinión sobre la gloria”.
“En primer lugar”, continuó él, “debes mantener todo esto en el más estricto secreto. No existe raza más envidiosa que la de los descubridores científicos. Muchos emprenderían el mismo viaje. En cualquier caso, nosotros seremos los primeros en hacerlo”.
“Dudo que tengas muchos competidores”, respondí.
“Un hombre con verdaderos conocimientos científicos se alegraría mucho ante esta oportunidad. Encontraríamos una multitud de personas dispuestas a seguir las huellas de Arne Saknussemm, si este documento llegara a hacerse público”.
“Pero, querido señor, ¿no es muy probable que este documento sea un engaño?”, insistí.
“El libro en el que lo encontramos es prueba suficiente de su autenticidad”, respondió él.
“Acepto plenamente que el famoso profesor escribió esas líneas, pero, creo, solo como una especie de broma”, fue mi respuesta.
Apenas salieron esas palabras de mi boca, ya me arrepentí de haberlas dicho. Mi tío me miró con una expresión sombría y preocupada, y comencé a temer por las consecuencias de nuestra conversación. Sin embargo, su estado de ánimo cambió rápidamente, y una sonrisa reemplazó a su ceño fruncido.
“Veremos”, dijo, con énfasis decidido.
“Pero, ¿de qué se trata todo esto con Yocul, Sneffels y ese Scartaris? Nunca he oído hablar de ellos”.
“Eso es precisamente a lo que quiero llegar. Recientemente recibí de mi amigo Augustus Peterman, de Leipzig, un mapa. Toma el tercer atlas del segundo estante, de la serie Z, lámina 4”.
Me levanté, fui al estante y regresé con el volumen indicado.
“Este”, dijo mi tío, “es uno de los mejores mapas de Islandia. Creo que resolverá todas tus dudas, dificultades y objeciones”.

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Con una sombría esperanza de lo contrario, me incliné sobre el mapa.

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CAPÍTULO 4
EMPEZAMOS EL VIAJE

“Miren, toda la isla está compuesta por volcanes”, dijo el profesor. “Y fíjense bien: todos llevan el nombre de Yocul. La palabra es islandesa y significa glaciar. En la mayoría de las altas montañas de esa región, las erupciones volcánicas surgen de cuevas cubiertas de hielo. De ahí proviene el nombre que se le da a cada volcán en esta extraordinaria isla”.
“Pero, ¿qué significa la palabra Sneffels?”
No esperaba una respuesta racional a esta pregunta. Me equivoqué.
“Sigan mi dedo hacia la costa occidental de Islandia; allí verán Reikiavik, su capital. Sigan la dirección de uno de sus innumerables fiordos o brazos de mar… ¿Y qué ven debajo del sexagésimo quinto grado de latitud?”
“Una península… con forma muy similar a un fémur”.
“¿Y en su centro…?”
“Una montaña”.
“Bueno, ese es Sneffels”.
No tenía nada que decir.
“Ese es Sneffels: una montaña de unos cinco mil pies de altura, una de las más notables de toda la isla. Sin duda, será la más famosa del mundo, porque a través de su cráter llegaremos al centro de la Tierra”.
“¡Imposible!”, exclamé, sorprendido y consternado ante esa idea.
“¿Por qué imposible?”, dijo el profesor Hardwigg en tono severo.

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“Porque su cráter está obstruido por lava, por rocas en llamas… por peligros infinitos.”
“Pero, ¿y si estuviera extinguido?”
“Eso sí que haría la diferencia.”
“Por supuesto. Hay unos trescientos volcanes en toda la superficie del planeta, pero la mayoría están extinguidos. Sneffels es uno de ellos. No ha habido ninguna erupción desde 1219; de hecho, ya ni siquiera se considera un volcán.”
¿Qué más podía decir después de eso? Sí… se me ocurrió otra objeción.
“Pero, ¿qué tiene que ver todo esto con Scartaris y los calendarios de julio…?”
Mi tío reflexionó profundamente. Finalmente, expresó el resultado de sus reflexiones en un tono sentencioso: “Lo que para ti parece oscuro, para mí es claro. Esta misma frase demuestra cuán preciso es Saknussemm en sus indicaciones. El monte Sneffels tiene muchos cráteres. Por eso, se toma la molestia de señalar exactamente cuál es el camino hacia el interior de la Tierra. Para ello, nos indica que, hacia finales del mes de junio, la sombra del monte Scartaris cae sobre uno de esos cráteres. No puede haber dudas al respecto.”
Mi tío tenía respuesta para todo.
“Acepto todas tus explicaciones”, dije. “Y Saknussemm tiene razón. Encontró la entrada a las entrañas de la Tierra y la señaló correctamente. Pero pensar que él o cualquier otro haya seguido esa pista es una locura.”
“¿Por qué, joven?”
“Toda la enseñanza científica, tanto teórica como práctica, demuestra que eso es imposible.”
“No me importan las teorías”, replicó mi tío.
“Pero, ¿acaso no es bien sabido que la temperatura aumenta un grado por cada setenta pies que se desciende en la Tierra? Eso da una buena idea de la temperatura en el centro de la Tierra.”

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Todos los elementos que componen la Tierra se encuentran en estado de incandescencia; incluso el oro, el platino y las rocas más duras están en estado de fusión. ¿Qué sería de nosotros?

“No te alarmes por el calor, muchacho.”

“¿Cómo?”

“Ni tú ni nadie más sabe nada sobre el verdadero estado del interior de la Tierra. Todos los experimentos modernos tienden a refutar las teorías antiguas. Si realmente existiera tal calor, la corteza superior de la Tierra se desintegraría en átomos, y el mundo llegaría a su fin.”

Seguió una larga discusión, erudita e interesante, que terminó de la siguiente manera:

“No creo en los peligros y dificultades que tú, Henry, pareces exagerar. La única forma de saberlo es, como hizo Arne Saknussemm, ir y verlo con nuestros propios ojos.”

“Bueno”, exclamé, finalmente vencido, “vayamos a verlo. Aunque cómo podemos hacerlo en la oscuridad sigue siendo un misterio.”

“No temas nada. Superaremos estas y muchas otras dificultades. Además, a medida que nos acerquemos al centro, espero encontrarlo iluminado…”

“Nada es imposible.”

“Y ahora que hemos llegado a un acuerdo completo, no diremos nada a nadie. Nuestro éxito depende del secreto y de la rapidez.”

Así terminó nuestra memorable conversación, que despertó en mí una gran excitación. Dejando a mi tío, me fui como poseído. Al llegar a las orillas del Elba, empecé a pensar. ¿Era realmente posible todo lo que había escuchado? ¿Estaba mi tío en su sano juicio, y era posible llegar al interior de la Tierra? ¿Era yo víctima de un loco, o él era un descubridor de raro coraje y gran visión?

Hasta cierto punto, estaba ansioso por partir. Temía que mi entusiasmo se enfriara. Decidí empacar de inmediato. Después de una hora…

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Sin embargo, de camino a casa, descubrí que mis sentimientos habían cambiado por completo.
“Estoy completamente perdido”, grité; “es una pesadilla… Debo haberlo soñado”.
En ese momento me encontré cara a cara con Gretchen, a quien abracé con cariño.
“Así que has venido a verme”, dijo ella; “qué amable de tu parte. Pero, ¿qué pasa?”
Bueno, no tenía sentido andar con rodeos; le conté todo. Ella escuchó con asombro y durante unos minutos no pudo hablar.
“¿Y bien?”, pregunté al fin, bastante ansioso.
“Qué viaje tan magnífico. ¡Ojalá fuera hombre! Un viaje digno del sobrino del profesor Hardwigg. Lo consideraría un honor acompañarlo”.
“Querida Gretchen, pensé que serías la primera en oponerte a esta locura”.
“No; por el contrario, estoy orgullosa de ello. Es magnífico, espléndido… Una idea digna de mi padre. Henry Lawson, te envidio”.
Eso fue, por así decirlo, el golpe de gracia. El final de todo.
Cuando entramos en la casa, encontramos a mi tío rodeado de trabajadores y porteadores que estaban empacando cosas. Él tiraba sin parar de una campana.
“¿Dónde has estado perdiendo el tiempo? Tu maleta aún no está empacada; mis papeles no están en orden; el sastre no ha traído mi ropa ni mis polainas; ¡la llave de mi maletín ha desaparecido!”
Lo miré atónito. Y él seguía tirando de la campana.
“¿Entonces realmente nos vamos?”, pregunté.
“Sí, por supuesto. Y tú, desdichado chico, vas a salir a dar un paseo”.
“¿Y cuándo nos vamos?”

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“Pasado mañana, al amanecer”.
No escuché nada más; corrí a mi pequeña habitación y me encerré dentro. Ya no había dudas: mi tío había estado trabajando sin parar toda la tarde. El jardín estaba lleno de cuerdas, escaleras de cuerda, antorchas, calabazas, abrazaderas de hierro, palancas, bastones de montaña y picos; suficiente para cargar a diez hombres.
Pasé una noche terrible. A la mañana siguiente fui llamado temprano para saber que la decisión de mi tío era inmutable e irrevocable. También descubrí que mi prima y futura esposa compartían la misma opinión que su padre.
Al día siguiente, a las cinco de la mañana, el carruaje ya estaba en la puerta. Gretchen y la cocinera anciana recibieron las llaves de la casa; y, sin siquiera detenernos a despedirnos de nadie, emprendimos nuestro viaje aventurero hacia el centro de la Tierra.

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CAPÍTULO 5
PRIMERAS LECCIONES DE ESCALADA

En Altona, un suburbio de Hamburgo, se encuentra la estación principal del ferrocarril de Kiel, que nos llevaría a las costas del Gran Belt. Veinte minutos después de partir, ya estábamos en Holstein, y nuestro vagón entró en la estación. Nuestro equipaje pesado fue sacado, pesado, etiquetado y colocado en una enorme furgoneta. Luego tomamos nuestros billetes y, exactamente a las siete de la tarde, nos sentamos uno frente al otro en un vagón de primera clase.

Mi tío no dijo nada. Estaba demasiado ocupado examinando sus papeles, entre los cuales, por supuesto, estaba el famoso pergamino, además de algunas cartas de presentación del cónsul danés, que servirían para que pudiéramos conocer al gobernador de Islandia. Mi única diversión era mirar por la ventana. Pero como atravesábamos una región llana aunque fértil, esa actividad se volvía algo monótona. En tres horas llegamos a Kiel, y nuestro equipaje fue trasladado de inmediato al barco.

Ahora teníamos un día por delante, con un retraso de unas diez horas. Eso enfureció enormemente a mi tío. No teníamos nada que hacer más que pasear por la bonita ciudad y su bahía. Finalmente, subimos al barco y, a las diez y media, zarpamos por el Gran Belt. Era una noche oscura, con viento fuerte y mar agitado; no se veía nada aparte de los fuegos ocasionales en la orilla y, aquí y allá, un faro. A las siete de la mañana dejamos Korsor, un pequeño pueblo en el lado occidental de Seeland.

Allí tomamos otro tren, que en tres horas nos llevó a la capital, Copenhague. Allí, sin siquiera tomarnos tiempo para descansar, mi tío se apresuró a entregar una de sus cartas de presentación. Era dirigida al director del Museo de Antigüedades, quien, al saber que éramos turistas con destino a Islandia, hizo todo lo posible por ayudarnos. Ahora solo me quedaba una esperanza: quizás no había ningún barco con destino a lugares tan remotos.

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¡Ay! Una pequeña goleta danesa, la Valkyrie, debía zarpar el dos de junio hacia Reikiavik. El capitán, el señor Bjarne, estaba a bordo y se sorprendió bastante por la energía y cordialidad con las que su futuro pasajero le estrechó la mano. Para él, un viaje a Islandia era simplemente algo habitual. Mi tío, por otro lado, consideraba ese evento de suma importancia. El honesto marinero aprovechó el entusiasmo del profesor para duplicar la tarifa.
“El martes por la mañana, a las siete, esté a bordo”, dijo el señor Bjarne, entregándonos los recibos.
“¡Excelente! ¡Genial! ¡Maravilloso!”, comentó mi tío mientras nos sentábamos a desayunar tarde; “Reposa un poco, muchacho, y luego daremos un paseo por la ciudad”.
Una vez terminado el desayuno, fuimos al Kongens-Nye-Torv; al magnífico palacio del rey; al hermoso puente sobre el canal, cerca del Museo; al inmenso cenotafio de Thorwaldsen, con sus horribles grupos escultóricos navales; al castillo de Rosenberg; y a todos los demás lugares interesantes de la zona. Pero mi tío ni siquiera vio nada de eso, tan absorto estaba en sus triunfos futuros.
Sin embargo, algo llamó su atención: una especie de campanario singular situado en la isla de Amag, que se encuentra en la zona sureste de la ciudad de Copenhague. Mi tío ordenó de inmediato que nos dirigíramos allí. Así que subimos al barco de vapor que operaba en el canal, y pronto llegamos al muelle del astillero.
Primero cruzamos algunas calles estrechas, donde encontramos numerosos grupos de esclavos que trabajaban bajo las órdenes y con los golpes de severos capataces; finalmente llegamos a la iglesia Vor-Frelser’s-Kirk.
Esa iglesia no tenía nada de especial en sí misma; de hecho, el honorable profesor solo había sido atraído por una circunstancia: su campanario, bastante elevado, partía de una plataforma circular, y desde allí había una escalera exterior que serpenteaba hasta la cima.
“Subamos”, dijo mi tío.

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“Pero yo nunca pude escalar las torres de las iglesias”, grité, “me da vértigo”.
“Esa es precisamente la razón por la que debes subir. Quiero curarte de ese mal hábito”.
“Pero, señor mío…”
“Te digo que vengas. ¿De qué sirve desperdiciar tanto tiempo valioso?”
Era imposible discutir las órdenes dictatoriales de mi tío. Cedí con un gemido. Después de pagar una cuota, un encargado nos dio la llave. Él, al menos, no era partidario de la ascensión. Mi tío me mostró el camino de inmediato, subiendo los escalones como un escolar. Yo lo seguí lo mejor que pude, aunque apenas salí de la torre, mi cabeza comenzó a dar vueltas. No tenía nada de águila en mí. La tierra me bastaba, y nunca tuve ningún deseo ambicioso de volar alto. Sin embargo, las cosas no empeoraron hasta que subí 150 escalones y me acerqué a la plataforma; entonces comencé a sentir el impacto del aire frío. Apenas podía mantenerme en pie; agarrándome a la barandilla, miré hacia arriba. La barandilla era bastante frágil, pero nada comparada con las que rodeaban la terrible escalera en espiral, que, desde donde estaba, parecía ascender hasta el cielo.
“Bueno, Henry”.
“¡No puedo hacerlo!”, grité, lleno de desesperación.
“¿Eres, después de todo, un cobarde, señor?”, dijo mi tío con tono despiadado. “¡Sube, te digo!”
No había respuesta posible. El aire frío afectaba violentamente a mi sistema nervioso; el cielo, la tierra, todo parecía dar vueltas, mientras el campanario se balanceaba como un barco. Mis piernas flaquearon, como las de un hombre borracho. Me arrastré sobre manos y rodillas; me levanté lentamente, como una serpiente. Finalmente cerré los ojos y dejé que me arrastraran hacia arriba.
“Mira a tu alrededor”, dijo mi tío con voz severa, “Dios sabe qué abismos profundos podrías tener que contemplar. Esta es una excelente práctica”.

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Poco a poco, temblando todo el tiempo de frío, abrí los ojos. ¿Qué vi entonces? Mi primer vistazo fue hacia arriba, hacia las nubes frías y esponjosas, que, como por alguna ilusión óptica, parecían estar quietas, mientras que el campanario, la banderola y nosotros mismos éramos arrastrados rápidamente. A lo lejos, por un lado, se podía ver la llanura cubierta de hierba, mientras que por el otro se extendía el mar bañado en una luz translúcida. El Sund, o Sound como lo llamamos nosotros, se veía más allá de Elsinore, repleto de velas blancas que, a esa distancia, parecían alas de gaviotas; mientras que al este se podía distinguir la lejana costa de Suecia. Todo aquello parecía un panorama mágico.

Pero, por débil y confundido que estuviera, no había remedio. Debía levantarme y ponerme de pie. A pesar de mis protestas, mi primera lección duró casi una hora. Cuando, casi dos horas después, llegué al seno de la tierra madre, estaba como un anciano reumático, encorvado de dolor.

“Basta por hoy”, dijo mi tío, frotándose las manos. “Empezaremos de nuevo mañana”.

No había remedio. Mis lecciones duraron cinco días, y al final de ese período, ascendí con bastante facilidad y pude mirar hacia las profundidades de abajo sin siquiera parpadear, e incluso con cierto placer.

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CAPÍTULO 6
NUESTRO VIAJE A ISLANDIA

Finalmente llegó la hora de la partida. La noche anterior, el honorable señor Thompson nos trajo las más cordiales cartas de presentación para el barón Trampe, gobernador de Islandia, para el señor Pictursson, coadjutor del obispo, y para el señor Finsen, alcalde de la ciudad de Reikiavik. A cambio, mi tío casi aplastó sus manos, tan calurosamente las estrechó.

El segundo día del mes, a las dos de la madrugada, nuestro precioso equipaje fue cargado a bordo del buen barco Valkyrie. Nosotros lo seguimos, y el capitán nos introdujo muy amablemente en una pequeña cabina con dos camas de pie, que no eran ni muy bien ventiladas ni muy cómodas. Pero en aras de la ciencia, se espera que los hombres sufran.

“Bueno, ¿tenemos viento favorable?”, exclamó mi tío, con su acento más melodioso.
“¡Un viento excelente!”, respondió el capitán Bjarne; “saldrémos del estrecho, navegando libremente con todas las velas desplegadas”.

Unos minutos después, la goleta zarpó aprovechando el viento, con toda la vela que podía llevar, y entró en el canal. Una hora más tarde, la capital de Dinamarca parecía hundirse en las olas, y ya no estábamos muy lejos de la costa de Elsinore. Mi tío estaba encantado; yo, por mi parte, melancólico e insatisfecho, parecía esperar incluso ver el fantasma de Hamlet.

“Sublime loco”, pensé, “sin duda aprobarías nuestras acciones. Quizá incluso nos seguirías hasta el centro de la tierra, para allí resolver tus dudas eternas”.

Pero no apareció ningún fantasma ni nada similar sobre las antiguas murallas. La verdad es que el castillo data de mucho después de la época del heroico príncipe de Dinamarca.

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Ahora es la residencia del encargado del Estrecho de Sound; a través de ese estrecho pasan cada año más de quince mil barcos de todas las naciones. El castillo de Kronborg desapareció pronto en la atmósfera brumosa, al igual que la torre de Helsinborg, que se eleva sobre la Península Sueca. Y aquí la goleta comenzó a sentir realmente las brisas del Kattegat. La Valkyrie era lo suficientemente rápida, pero como ocurre con todos los barcos de vela, existía esa misma incertidumbre. Su carga consistía en carbón, muebles, cerámica, ropa de lana y un cargamento de maíz. Como de costumbre, la tripulación era reducida: cinco daneses que se encargaban de todo el trabajo.
“¿Cuánto durará el viaje?”, preguntó mi tío.
“Bueno, diría que unos diez días”, respondió el capitán, “a menos que, de hecho, nos encontremos con vientos del noreste entre las Islas Feroe”.
“En cualquier caso, no habrá una demora muy considerable”, exclamó el impaciente profesor.
“No, señor Hardwigg”, dijo el capitán, “no hay motivos para temer eso. De todos modos, llegaremos allí algún día”.
Hacia el atardecer, la goleta rodeó el Cabo Skagen, la parte más septentrional de Dinamarca; cruzó el Skagerrak durante la noche, bordeó el extremo norte de Noruega por el Cabo Lindesnes y luego llegó al Mar del Norte. Dos días después ya estábamos cerca de la costa de Escocia, cerca de lo que los marineros daneses llaman Peterhead. Entonces la Valkyrie se dirigió directamente hacia las Islas Feroe, entre las Islas Orcadas y Shetland. Nuestro barco ahora sentía toda la fuerza de las olas oceánicas; con el viento cambiando constantemente, logramos llegar a las Islas Feroe con gran dificultad. El octavo día, el capitán avistó Myganness, la isla más occidental del archipiélago; desde ese momento se dirigió directamente hacia Portland, un cabo en las costas meridionales de esa isla a la que nos dirigíamos.
El viaje no tuvo ningún incidente digno de mención. Yo lo soporté muy bien, pero mi tío, para su gran disgusto e incluso vergüenza, sufría mucho de mareo. Este malestar marino lo molestaba aún más porque le impedía hacer preguntas al capitán Bjarne sobre Sneffels, sobre los medios de comunicación y las facilidades de transporte. Tuvo que posponer todas esas preguntas hasta su llegada. Mientras tanto, pasaba su tiempo acostado.

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Gimiendo en la cama, sumido en una ansiedad constante por el final esperado del viaje. No sentí lástima por él.
El undécimo día avistamos el cabo Portland, sobre el cual se alzaba el monte Myrdalsjökull; cuando el tiempo estaba despejado, podíamos verlo con facilidad. El propio cabo no era más que una enorme masa de granito que se erguía sola, enfrentándose a las olas del Atlántico. La Valkyrie se mantuvo alejada de la costa, dirigiéndose hacia el oeste. Por todas partes se veían “bandadas” enteras de ballenas y tiburones. Después de unas horas, avistamos una roca solitaria en el océano, que formaba una especie de bóveda a través de la cual las olas espumosas se precipitaban con intensa furia. Las islas Westman parecían surgir del océano, estando tan bajas sobre el agua que apenas se podían ver hasta que uno no estaba justo frente a ellas. A partir de ese momento, la goleta fue dirigida hacia el oeste para rodear el cabo Reykjanes, el punto más occidental de Islandia.
A mi tío, para su gran disgusto, le resultaba imposible incluso arrastrarse por la cubierta, debido a las fuertes olas; así perdió la primera visión de la Tierra Prometida.
Cuarenta y ocho horas después, tras una tormenta que nos llevó lejos de la costa con los mástiles desnudos, volvimos a avistar tierra. Un piloto subió a bordo y, tras tres horas de navegación peligrosa, logró llevar la goleta a buen recaudo en la bahía de Faxa, frente a Reikiavik.
Mi tío salió de su cabina pálido, demacrado y delgado, pero lleno de entusiasmo; sus ojos estaban dilatados de placer y satisfacción. Casi toda la población de la ciudad salió a pie para ver cómo desembarcábamos. La verdad es que casi nadie esperaba recibir mercancías con el barco periódico.
El profesor Hardwigg tenía prisa por salir de su “prisión”, o mejor dicho, de lo que él llamaba su hospital. Pero antes de intentarlo, tomó mi mano, me llevó al puente de la goleta, agarró mi brazo con su mano izquierda y señaló hacia el interior con la derecha, hacia la parte norte de la bahía, donde se elevaba una montaña alta de dos picos: un cono doble cubierto de nieve eterna.
“Miren”, susurró con voz llena de asombro, “miren: el monte Sneffels”.
Luego, sin decir nada más, se puso el dedo en los labios, frunció el ceño y bajó al pequeño bote que nos esperaba. Lo seguí.

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¡Hacía pocos minutos que estábamos sobre la tierra de la misteriosa Islandia! Apenas habíamos llegado a la orilla cuando apareció ante nosotros un hombre de excelente aspecto, vestido con el uniforme de un oficial militar. Sin embargo, no era más que un funcionario civil, un magistrado, el gobernador de la isla: el barón Trampe. El profesor sabía con quién tenía que tratar. Por lo tanto, le entregó las cartas de Copenhague, y siguió una breve conversación en danés, a la cual yo, por supuesto, no entendía, y por una muy buena razón: no conocía el idioma en el que conversaban. Más tarde supe, sin embargo, que el barón Trampe se puso completamente a disposición del profesor Hardwigg.

A mi tío lo recibió con gran amabilidad el señor Finsen, el alcalde, quien, en cuanto a su vestimenta, era tan militar como el gobernador, pero también, por su carácter y ocupación, igualmente pacífico. En cuanto a su colaborador, el señor Pictursson, estaba ausente en una visita episcopal a la parte norte de la diócesis. Por lo tanto, tuvimos que posponer el placer de ser presentados ante él. Su ausencia, sin embargo, fue más que compensada por la presencia del señor Fridriksson, profesor de ciencias naturales en el colegio de Reikiavik, un hombre de habilidades invaluables. Este modesto erudito no hablaba ningún idioma aparte del islandés y el latín. Cuando, por lo tanto, se dirigió a mí en el idioma de Horacio, de inmediato pudimos entendernos. De hecho, fue la única persona a quien comprendí perfectamente durante todo el tiempo que estuve en esta isla desolada.

De las tres habitaciones que componían su casa, dos estuvieron a nuestra disposición, y en pocas horas ya estábamos instalados con todo nuestro equipaje, cuya cantidad sorprendió bastante a los sencillos habitantes de Reikiavik.

“Bueno, Harry”, dijo mi tío frotándose las manos, “todo va bien; la peor dificultad ya ha pasado”.

“¿Cómo que la peor dificultad ya ha pasado?”, exclamé, nuevamente sorprendido.

“Sin duda. Aquí estamos en Islandia. Ya solo queda bajar a las entrañas de la tierra”.

“Bueno, señor, hasta cierto punto tiene razón. Solo tenemos que bajar… Pero, en lo que a mí respecta, esa no es la cuestión. Quiero saber cómo vamos a subir de nuevo”.

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“Eso es lo de menos en este asunto, y en modo alguno me preocupa. Mientras tanto, no hay ni una hora que perder. Voy a visitar la biblioteca pública. Es muy probable que encuentre allí algunos manuscritos escritos por Saknussemm. Me complacerá consultarlos.”

“Mientras tanto”, respondí, “daré un paseo por la ciudad. ¿Usted no hará lo mismo?”

“No siento interés por ese tema”, dijo mi tío. “Lo que para mí es curioso en esta isla no es lo que está sobre la superficie, sino lo que está debajo.”

Me incliné como respuesta, me puse el sombrero y la capa forrada de piel, y salí.

No era fácil perderse en las dos calles de Reikiavik; por lo tanto, no necesitaba preguntar cómo llegar a ningún lugar. La ciudad se encuentra en una llanura plana y pantanosa, entre dos colinas. Un vasto campo de lava la rodea por un lado, descendiendo en terrazas hacia el mar. Por el otro lado está la gran bahía de Faxa, delimitada al norte por el enorme glaciar de Snæfells; en esa bahía, el Valkyrie era en ese momento el único barco anclado. Por lo general, había uno o dos cañoneros ingleses o franceses para vigilar y proteger la pesca en las cercanías. Sin embargo, ahora estaban fuera de servicio.

La calle más larga de Reikiavik corre paralela a la costa. En esta calle viven los comerciantes y mercaderes en cabañas de madera hechas con vigas pintadas de rojo; simples cabañas de troncos, como las que se encuentran en las regiones salvajes de América. La otra calle, situada más al oeste, conduce hacia un pequeño lago entre las residencias del obispo y de otras personas que no se dedican al comercio.

Pronto vi todo lo que quería ver de esos caminos monótonos y sombríos. Aquí y allá había tiras de césped descolorido, como un viejo y desgastado tapiz de lana; y de vez en cuando, un pequeño huerto donde crecían papas, repollos y lechugas, tan pequeños que daban la impresión de pertenecer a Lilliput.

En el centro de la nueva calle comercial encontré el cementerio público, rodeado por un muro de tierra. Aunque no era muy grande, parecía poco probable que se llenara en siglos. Desde allí fui a la casa del gobernador: una simple cabaña en comparación con la Casa de los Magistrados de Hamburgo, pero un palacio comparado con las demás casas islandesas. Entre el pequeño lago y la ciudad…

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Era la iglesia, construida en un estilo protestante sencillo y compuesta de piedras calcinadas, formadas por la actividad volcánica. No tengo la menor duda de que, con vientos fuertes, sus tejas rojas eran arrancadas, para gran disgusto del pastor y de la congregación. En una colina cercana se encontraba la escuela nacional, donde se enseñaban hebreo, inglés, francés y danés. En tres horas terminó mi recorrido. La impresión general que me quedó fue de tristeza: no había árboles, ni vegetación, por así decirlo; por todas partes picos volcánicos; cabañas hechas de turba y tierra, más parecidas a techos que a casas. Gracias al calor de estas viviendas, crece hierba en los techos, y esa hierba se corta cuidadosamente para hacer heno. Vi pocos habitantes durante mi excursión, pero me encontré con una multitud en la playa, secando, salando y cargando bacalao, el principal producto de exportación. Los hombres parecían robustos pero pesados; de cabello rubio como los alemanes, pero de expresión pensativa; exiliados en un escalón más alto de la escala humana que los esquimales, pero, pensé, mucho más infelices, ya que, con percepciones superiores, se ven obligados a vivir dentro de los límites del Círculo Polar. A veces soltaban una risa convulsiva, pero nunca sonreían. Su vestimenta consiste en un abrigo grueso de lana negra, conocido en los países escandinavos como “vadmel”, un sombrero de ala ancha, pantalones de tela roja y un trozo de cuero atado con cuerdas en lugar de zapato: una especie de mocasín粗略. Las mujeres, aunque de aspecto triste y melancólico, tenían rasgos bastante agradables, sin mucha expresión. Llevan un corpiño y una falda de vadmel oscuro. Cuando están solteras, usan un pequeño gorro marrón de punto sobre su cabello trenzado; pero cuando están casadas, se cubren la cabeza con un pañuelo de colores, sobre el cual atan una bufanda blanca.

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CAPÍTULO 7
CONVERSACIÓN Y DESCUBRIMIENTO

Cuando regresé, la cena ya estaba lista. Mi estimado pariente devoró esa comida con avidez y voracidad. La dieta a bordo de su barco había convertido su estómago en un verdadero abismo. La comida, que era más típicamente danesa que islandesa, en sí misma no valía gran cosa, pero la excesiva hospitalidad de nuestro anfitrión nos hizo disfrutarla aún más.

La conversación giró en torno a temas científicos, y el señor Fridriksson preguntó a mi tío qué opinaba de la biblioteca pública.

“¿Biblioteca, señor?”, exclamó mi tío; “me parece una colección de volúmenes inútiles y extraños, además de un número ridículo de estantes vacíos”.

“¡Qué!”, exclamó el señor Fridriksson; “pues tenemos ocho mil volúmenes de obras muy raras y valiosas; algunas en idioma escandinavo, además de todas las publicaciones recientes de Copenhague”.

“Ocho mil volúmenes, querido señor… ¿Pero dónde están?”, preguntó mi tío.

“Dispersos por todo el país, profesor Hardwigg. Somos gente muy estudiosa, aunque vivamos en Islandia. Cada campesino, cada trabajador, cada pescador sabe leer y escribir; y creemos que los libros, en lugar de estar guardados en armarios, lejos de la vista de los estudiantes, deberían distribuirse lo más ampliamente posible. Por eso, los libros de nuestra biblioteca pasan de mano en mano sin volver a los estantes durante años”.

“Entonces, cuando los extranjeros vienen a visitarlos, ¿no tienen nada que ver?”

“Bueno, señor, los extranjeros tienen sus propias bibliotecas. Nuestra principal preocupación es que nuestras clases más humildes reciban una buena educación. Afortunadamente, el amor por el estudio es innato en el pueblo islandés. En 1816 fundamos una biblioteca literaria”.

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Instituto de la Sociedad y la Mecánica; muchos eruditos extranjeros de gran renombre son miembros honorarios; publicamos libros destinados a educar a nuestro pueblo, y estos libros han prestado valiosos servicios a nuestro país. ¿Me permitirá tener el honor, profesor Hardwigg, de inscribirlo como miembro honorario?

Mi tío, que ya pertenecía a casi todas las instituciones literarias y científicas de Europa, cedió de inmediato a los amables deseos del buen señor Fridriksson.

“Y ahora”, dijo, después de muchas expresiones de gratitud y buena voluntad, “si me indica qué libros esperaba encontrar, quizás pueda serle de alguna ayuda”.

Observé atentamente a mi tío. Durante un minuto o dos dudó, como si no quisiera hablar; hablar abiertamente quizás significara revelar sus planes. No obstante, tras reflexionar un poco, tomó una decisión.

“Bueno, señor Fridriksson”, dijo de manera relajada e indiferente, “quería saber si, entre otras obras valiosas, usted tiene alguna de las del erudito Arne Saknussemm”.

“¡Arne Saknussemm!”, exclamó el profesor de Reikiavik; “habla de uno de los eruditos más distinguidos del siglo XVI, del gran naturalista, del gran alquimista, del gran viajero”.

“Exactamente”.

“Uno de los hombres más destacados relacionados con la ciencia y la literatura islandesa”.

“Como usted dice, señor…”

“Un hombre ilustre por encima de todos”.

“Sí, señor, todo eso es cierto, pero ¿sus obras?”

“No tenemos ninguna de ellas”.

“¿Ni en Islandia?”

“No hay ninguna en Islandia ni en ningún otro lugar”, respondió el otro, tristemente.

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“¿Por qué?”
“Porque Arne Saknussemm fue perseguido por herejía, y en 1573 sus obras fueron quemadas públicamente en Copenhague, a manos del verdugo común.”
“¡Muy bien! ¡Excelente!”, murmuró mi tío, para gran asombro del honorable islandés.
“Usted dijo, señor…”
“Sí, sí, todo está claro. Veo el eslabón de la cadena; todo queda explicado. Ahora entiendo por qué Arne Saknussemm, expulsado de la corte y obligado a ocultar sus magníficas descubrimientos, se vio forzado a esconder bajo el velo de una criptografía incomprensible ese secreto…”
“¿Qué secreto?”
“Un secreto…”, balbuceó mi tío.
“¿Ha descubierto algún manuscrito maravilloso?”, exclamó el señor Fridriksson.
“¡No! No, me dejé llevar por mi entusiasmo. Solo es una suposición.”
“Muy bien, señor. Pero, en realidad, cambiando de tema, espero que no se vaya de nuestra isla sin examinar sus riquezas mineralógicas.”
“Bueno, la verdad es que ya estoy bastante tarde. Muchos eruditos han estado aquí antes que yo.”
“Sí, sí, pero todavía hay mucho por hacer”, exclamó el señor Fridriksson.
“Usted lo cree así”, dijo mi tío, con los ojos brillantes de satisfacción oculta.
“Sí, no tiene idea de cuántas montañas, glaciares y volcanes desconocidos quedan por estudiar. Sin movernos de donde estamos, puedo mostrarle uno. Allá, al borde del horizonte, vea Sneffels.”
“Oh, sí, Sneffels”, dijo mi tío.

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“Uno de los volcanes más curiosos que existen, cuyo cráter ha sido raramente visitado.”
“¿Extinto?”
“Extinto, desde hace esos quinientos años”, fue la respuesta inmediata.
“Bueno”, dijo mi tío, clavándose las uñas en la carne y apretando fuertemente las rodillas para evitar saltar de alegría. “Tengo muchas ganas de comenzar mis estudios examinando los misterios geológicos de este Monte Seffel… Feisel… ¿cómo se llama?”
“Sneffels, querido señor.”
Esta parte de la conversación tuvo lugar en latín, por lo que comprendí todo lo que se dijo. Apenas pude mantener la calma al ver cómo mi tío ocultaba tan astutamente su alegría y satisfacción. Debo confesar que sus fingidas muecas, hechas para disimular su felicidad, lo hacían parecer un nuevo Mefistófeles.
“Sí, sí”, continuó, “su propuesta me complace mucho. Me esforzaré por escalar hasta la cima de Sneffels y, si es posible, descender a su cráter.”
“Lamento mucho”, prosiguió el señor Fridriksson, “que mi ocupación impida por completo que pueda acompañarlo. Habría sido algo agradable y provechoso si hubiera podido dedicarle tiempo.”
“No, no, mil veces no”, exclamó mi tío. “No deseo perturbar la tranquilidad de nadie. Sin embargo, le agradezco de todo corazón. La presencia de alguien tan erudito como usted sin duda habría sido de gran utilidad, pero los deberes de su cargo y profesión están por encima de todo.”
En la inocencia de su sencillo corazón, nuestro anfitrión no percibió la ironía de estas palabras.
“Aprobo plenamente su proyecto”, continuó el islandés después de algunas palabras más. “Es una buena idea comenzar examinando este volcán. Hará muchas observaciones interesantes. En primer lugar, ¿cómo piensa llegar a Sneffels?”

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Por mar. Cruzaré la bahía. Por supuesto, esa es la ruta más rápida.
“Por supuesto. Pero aún así no se puede hacer.”
“¿Por qué?”
“No tenemos ningún barco disponible en toda Reikiavik”, respondió el otro.
“¿Qué hay que hacer?”
“Debes ir por tierra, a lo largo de la costa. Es más largo, pero mucho más interesante.”
“Entonces necesito un guía.”
“Por supuesto; y yo tengo al hombre perfecto para ti.”
“Alguien en quien pueda confiar.”
“Sí, un habitante de la península donde se encuentra Sneffels. Es un hombre muy astuto y digno; te gustará. Habla danés como un danés.”
“¿Cuándo puedo verlo? ¿Hoy?”
“No, mañana; no estará aquí antes.”
“Que sea mañana”, respondió mi tío con un profundo suspiro.
La conversación terminó con cumplidos mutuos. Durante la cena, mi tío se enteró de muchas cosas sobre la historia de Arne Saknussemm y las razones de su documento misterioso y jeroglífico. También se dio cuenta de que su anfitrión no lo acompañaría en su expedición aventurera, y de que al día siguiente tendríamos un guía.

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CAPÍTULO 8
EL CAZADOR DE PLUMAS DE GANSO PELICANO: FINALMENTE EN CAMPAÑA

Esa tarde di un breve paseo por la orilla cerca de Reikiavik; después regresé para dormir temprano en mi cama de tablas gruesas, donde dormí como un santo. Al despertar escuché a mi tío hablar en voz alta en la habitación contigua. Me levanté rápidamente y fui con él. Hablaba en danés con un hombre de gran estatura y complexión verdaderamente robusta. Parecía poseer una fuerza extraordinaria. Sus ojos, que sobresalían bastante de una cabeza muy grande, cuyo rostro era sencillo y ingenuo, parecían muy ágiles e inteligentes. Un cabello muy largo, que incluso en Inglaterra se habría considerado excesivamente rojo, caía sobre sus hombros atléticos. Este nativo de Islandia tenía un aspecto activo y ágil, aunque apenas movía los brazos, ya que era uno de esos hombres que desprecian el hábito de gesticular propio de las personas del sur. Todo en su comportamiento revelaba un temperamento tranquilo y sereno. No había nada de perezoso en él, pero su apariencia transmitía calma. Era de aquellos que nunca parecían esperar nada de nadie, que preferían trabajar cuando lo consideraban oportuno, y cuya filosofía no podía sorprenderlos ni perturbarlos. Comencé a comprender su carácter, simplemente por la forma en que escuchaba los discursos apasionados y exaltados de mi estimado tío. Mientras el excelente profesor pronunciaba frase tras frase, él permanecía de pie con los brazos cruzados, completamente inmóvil ante todas las gesticulaciones de mi tío. Cuando quería decir “no”, movía la cabeza de izquierda a derecha; cuando estaba de acuerdo, asentía ligeramente, tanto que apenas se podía percibir el movimiento de su cabeza. Esta economía de movimientos llegaba hasta el extremo de la avaricia. A juzgar por su apariencia, habría pasado mucho tiempo antes de sospechar que era lo que realmente era: un cazador excepcional. Ciertamente, su forma de actuar no era propicia para asustar a la presa. Entonces, ¿cómo lograba atrapar a sus víctimas?

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Mi sorpresa se atenuó un poco cuando supe que esa persona tranquila y solemne no era más que un cazador de patos eider, cuya pluma es, después de todo, la principal fuente de riqueza de los islandeses. A principios del verano, la hembra del eider, un pato bastante bonito, construye su nido entre las rocas de los fiordos —nombre dado a todos los estrechos golfos en los países escandinavos— con los que está salpicada toda la isla. Tan pronto como el pato eider ha hecho su nido, lo forra por dentro con la pluma más suave de su pecho. Entonces aparece el cazador o comerciante, que se lleva el nido; la pobre hembra, ahora desprovista de él, debe comenzar de nuevo su tarea, y esto continúa mientras haya pluma de eider por encontrar. Cuando ya no puede hallar más, el macho intenta hacer algo al respecto. Sin embargo, como su pluma no es tan suave y, por lo tanto, no tiene valor comercial, el cazador no se molesta en quitarle el relleno del nido. Así, el nido queda terminado, se ponen los huevos, nacen los polluelos, y al año siguiente se vuelve a recolectar la pluma de eider. Dado que el pato eider nunca elige rocas escarpadas ni lugares difíciles para construir su nido, sino acantilados inclinados y bajos cerca del mar, el cazador islandés puede llevar a cabo sus actividades sin demasiadas dificultades. Es como un agricultor que no necesita arar, sembrar ni rastrillar, sino solo recoger su cosecha. Esa persona grave, sentenciosa y silenciosa, tan flemática como un inglés en el escenario francés, se llamaba Hans Bjelke. Nos había visitado por recomendación del señor Fridriksson. De hecho, sería nuestro futuro guía. Me pareció que, aunque hubiera buscado por todo el mundo, no habría encontrado una contradicción mayor a la de mi tío impulsivo. Sin embargo, ellos se entendían perfectamente. Ninguno de los dos pensaba en dinero: uno estaba dispuesto a aceptar todo lo que le ofrecieran, y el otro, a dar cualquier cosa que le pidieran. Por lo tanto, es fácil comprender que pronto llegaron a un acuerdo. El acuerdo era que él nos llevaría al pueblo de Stapi, situado en la ladera sur de la península de Sneffels, justo al pie del volcán. Hans, el guía, nos dijo que la distancia era de unas veintidós millas, un viaje que mi tío estimaba que duraría unos dos días.

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Pero cuando mi tío se dio cuenta de que se trataba de millas danesas, de ocho mil yardas cada una, se vio obligado a ser más moderado en sus ideas y, teniendo en cuenta los terribles caminos que teníamos que recorrer, a reservar ocho o diez días para el viaje. Se prepararon cuatro caballos para nosotros: dos para transportar el equipaje y dos para soportar el peso considerable de mi tío y mío. Hans declaró que nada lo haría subirse a lomos de ningún animal. Conocía cada centímetro de esa zona costera y prometió llevarnos por el camino más corto. Su compromiso con mi tío no terminaría con nuestra llegada a Stapi; seguiría al servicio de mi tío durante todo el tiempo necesario para completar sus investigaciones científicas, con un salario fijo de tres rix-dólares a la semana, que equivalían exactamente a catorce chelines y dos peniques, menos un farthing, según la moneda inglesa. Sin embargo, el guía impuso una condición: el dinero debía pagársele cada sábado por la noche; de lo contrario, su compromiso terminaría. Se fijó la fecha de nuestra partida. Mi tío quería darle al cazador de eiderdons un adelanto, pero él lo rechazó con una palabra contundente: “Efter”. Lo cual, traducido del islandés al inglés sencillo, significa “Después”. Una vez cerrado el acuerdo, nuestro valioso guía se retiró sin decir otra palabra. “Un tipo espléndido”, dijo mi tío; “solo que apenas sospecha el papel maravilloso que está a punto de desempeñar en la historia del mundo”. “¿Quieres decir, entonces”, exclamé sorprendido, “que él nos acompañará?”. “Hasta el interior de la Tierra, sí”, respondió mi tío. “¿Por qué no?”. Faltaban aún cuarenta y ocho horas antes de emprender el viaje. Para mi gran disgusto, todo nuestro tiempo se dedicó a los preparativos del viaje. Toda nuestra diligencia y habilidad se emplearon en empacar cada objeto de la manera más adecuada: los instrumentos en un lado, las armas en otro, las herramientas aquí y las provisiones allá. De hecho, había cuatro grupos distintos.

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Por supuesto, los instrumentos eran de la mejor calidad:
1. Un termómetro celsius de Eigel, que llegaba hasta 150 grados; para mí, esa temperatura no era ni suficiente ni excesiva. Era demasiado alta si el grado de calor tenía que ascender tanto, en cuyo caso seguramente nos cocinaríamos; tampoco era suficiente si queríamos determinar la temperatura exacta de los metales en estado de fusión.
2. Un manómetro que funcionaba con aire comprimido; era un instrumento utilizado para medir la presión atmosférica a nivel del océano. Quizás un barómetro común no habría funcionado tan bien, ya que la presión atmosférica probablemente aumentaría en proporción a medida que descendíamos por debajo de la superficie terrestre.
3. Un cronómetro de primera clase fabricado por Boissonnas, de Ginebra; estaba ajustado al meridiano de Hamburgo. Los alemanes lo utilizaban para hacer cálculos, al igual que los ingleses lo hacían con respecto a Greenwich y los franceses con respecto a París.
4. Dos brújulas: una para la orientación horizontal y otra para determinar la inclinación.
5. Una lupa nocturna.
6. Dos bobinas de Ruhmkorff, que, mediante una corriente eléctrica, nos proporcionaban una fuente de luz excelente, fácil de transportar y fiable.
7. Una batería voláica basada en los principios más avanzados.[1]
[1] Termómetro: instrumento para medir la temperatura del aire. Manómetro: instrumento que indica la densidad o rarefacción de los gases. Cronómetro: instrumento para medir el tiempo. Bobina de Ruhmkorff: instrumento que genera corrientes eléctricas de gran intensidad. Consiste en una bobina de alambre de cobre, aislada con seda, rodeada por otra bobina de alambre fino también aislada. Cuando se pasa una corriente eléctrica a través de la bobina interior desde una batería voláica, se genera una corriente temporal en la bobina exterior. Cuando el aparato está en funcionamiento, el gas se vuelve luminoso y produce una luz blanca y continua. La batería y los cables se guardan en una bolsa de cuero, que el viajero sujeta a sus hombros con una correa. La linterna está en la parte delantera y permite al viajero ver en la oscuridad más profunda. Puede adentrarse sin miedo a explosiones en medio de los gases más inflamables, y la linterna seguirá funcionando incluso bajo las aguas más profundas. H. D. Ruhmkorff, un químico competente y erudito, descubrió este fenómeno de inducción eléctrica.

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Bobina. En 1864 ganó el premio francés quinquenal de 2.000 libras por esta ingeniosa aplicación de la electricidad: una batería voláica, llamada así en honor a Volta, su inventor, es un aparato que consta de una serie de placas metálicas dispuestas en pares y sometidas a la acción de soluciones salinas para producir corrientes eléctricas.

Nuestro armamento consistía en dos rifles y dos escopetas giratorias de seis disparos. Era imposible para mí saber por qué se nos proporcionó ese armamento. Tenía todas las razones para creer que no teníamos que temer ni bestias salvajes ni nativos salvajes. Mi tío, por su parte, era igualmente devoto de su arsenal como de su colección de instrumentos, y sobre todo era muy cuidadoso con su provisión de pólvora fulminante, cuya eficacia se sabía era mayor que la de la pólvora ordinaria, y que podía conservarse en cualquier clima.

Nuestras herramientas consistían en dos picos, dos palancas, una escalera de seda, tres bastones alpinos con punta de hierro, un hacha, un martillo, una docena de cuñas, algunos trozos puntiagudos de hierro y una cantidad considerable de cuerda resistente. Se puede imaginar que todo eso formaba un paquete bastante grande, sobre todo si consideramos que la propia escalera medía trescientos pies de largo.

Luego estaba la importante cuestión de las provisiones. La canasta no era muy grande, pero era suficiente, ya que sabía que la esencia concentrada de carne y los biscochos eran suficientes para seis meses. El único líquido que mi tío proporcionó fue aguardiente de Schiedam. De agua, ni una gota. Sin embargo, teníamos una abundante provisión de calabazas, y mi tío confiaba en encontrar agua, suficiente para llenarlas, tan pronto como comenzáramos nuestro descenso. Mis observaciones sobre la temperatura, la calidad del agua e incluso sobre la posibilidad de no encontrarla no tuvieron ningún efecto.

Para hacer una lista completa de nuestro equipaje de viaje —con el fin de guiar a futuros viajeros—, cabe añadir que llevábamos una maleta médica y quirúrgica con todo el material necesario para tratar heridas, fracturas y golpes; algodón, tijeras, lancetas; en resumen, una colección completa de instrumentos de aspecto tétrico. También había varios frascos con amoníaco, alcohol, éter, agua de Goulard, vinagre aromático; en realidad, todos los medicamentos posibles e imposibles. Finalmente, todo el material necesario para trabajar con la bobina de Ruhmkorff.

Mi tío también se había encargado de llevar una buena provisión de tabaco, varias botellas de pólvora de muy buena calidad, cajas de yesca, además de un gran cinturón.

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Repleto de notas y oro. En la caja de herramientas había seis botas resistentes al agua.
“Muchacho mío, con esa ropa, esas botas y todo ese equipo”, dijo mi tío, lleno de alegría, “podemos esperar viajar lejos”.
Se necesitó todo un día para poner todo en orden. Por la tarde cenamos con el barón Trampe, junto con el alcalde de Reikiavik y el doctor Hyaltalin, el gran médico de Islandia. El señor Fridriksson no estaba presente, y más tarde me entristeció saber que él y el gobernador no estaban de acuerdo en algunos asuntos relacionados con la administración de la isla.
Lamentablemente, como consecuencia de ello, no entendí ni una palabra de lo que se dijo durante la cena, que era una especie de recepción semioficial. Una cosa sí puedo decir: mi tío no dejó de hablar en ningún momento.
Al día siguiente, nuestro trabajo llegó a su fin. Nuestro honorable anfitrión complació a mi tío, el profesor Hardwigg, regalándole un buen mapa de Islandia, un documento muy importante y valioso para un mineralogista.
Nuestra última tarde la pasamos en una larga conversación con el señor Fridriksson, a quien realmente apreciaba; sobre todo porque nunca esperé volver a verlo a él ni a nadie más. Después de pasar así una hora más o menos, intenté dormir. En vano; aparte de unos pocos sueños breves, mi noche fue miserable.
A las cinco de la mañana fui despertado del único medio hora de sueño real que tuve esa noche por el fuerte relincho de los caballos debajo de mi ventana. Me vestí rápidamente y bajé a la calle. Hans estaba terminando de preparar nuestro equipaje, y lo hacía de manera silenciosa y tranquila, lo cual me causó admiración; además, lo hacía de maravilla. Mi tío gastó mucho aliento dandole instrucciones, pero el valiente Hans no prestó la menor atención a sus palabras.
A las seis, todos nuestros preparativos estuvieron listos, y el señor Fridriksson nos estrechó la mano con calidez. Mi tío le agradeció sinceramente, en idioma islandés, por su amable hospitalidad, hablando desde el fondo del corazón.
En cuanto a mí, reuní algunas de mis mejores frases en latín y le hice los mayores cumplidos posibles. Una vez cumplido este deber fraternal y amistoso…

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Salimos y montamos nuestros caballos. Tan pronto como estuvimos listos, el señor Fridriksson avanzó y, como despedida, me dijo las palabras de Virgilio: palabras que parecían haber sido hechas para nosotros, viajeros que partíamos hacia un destino incierto: “Et quacunque viam dederit fortuna sequamur”. (“Y por cualquier camino que vayas, que la fortuna te siga”).

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CAPÍTULO 9
NUESTRO COMIENZO: ENCONTRAMOS AVENTURAS POR EL CAMINO

El clima estaba nublado, pero estable, cuando emprendimos nuestro viaje aventurero y peligroso. No teníamos que temer ni al calor agotador ni a la lluvia torrencial. De hecho, era el clima típico para los turistas. Como no había nada que me gustara más que montar a caballo, el placer de viajar por un país desconocido hizo que la primera parte de nuestra expedición fuera especialmente agradable para mí. Comencé a disfrutar de la emoción de viajar, de una vida llena de deseos, satisfacciones y libertad. La verdad es que mi ánimo mejoró tan rápidamente que empecé a ser indiferente ante lo que antes parecía ser un viaje terrible. “Después de todo”, me dije, “¿qué riesgo corro? Simplemente viajar por un país curioso, escalar una montaña impresionante; y si las cosas se ponen muy mal, bajar al cráter de un volcán extinto”. No cabía duda de que todo esto era obra de ese terrible Saknussemm. En cuanto a la existencia de galerías o pasajes subterráneos que condujeran al interior de la tierra, esa idea era simplemente absurda, una alucinación de una imaginación perturbada. Por lo tanto, haré con alegría todo lo que se me pida y no crearé ninguna dificultad. Fue justo antes de dejar Reikiavik cuando tomé esta decisión. Hans, nuestro guía extraordinario, iba delante, caminando con paso firme, rápido e invariable. Nuestros dos caballos, cargados con el equipaje, lo seguían solos, sin necesidad de látigo ni espuelas. Mi tío y yo íbamos detrás, ofreciendo una imagen bastante aceptable montados en nuestros animales pequeños pero vigorosos. Islandia es una de las islas más grandes de Europa. Tiene treinta mil millas cuadradas de superficie y alrededor de setenta mil habitantes.

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Los geógrafos lo han dividido en cuatro partes, y tuvimos que cruzar la cuarta parte suroeste, que en el lenguaje local se llama Sudvestr Fjordungr.
Hans, al partir de Reikiavik, siguió la línea del mar. Nosotros tomamos el camino a través de praderas pobres y escasas, que cada año hacían un esfuerzo desesperado por mostrar algo de verde. Muy rara vez lograban mostrar un buen color amarillo.
Las cimas escarpadas de las colinas rocosas se veían vagamente en el horizonte, a través de las nieblas; de vez en cuando, algunos copos de nieve gruesos se distinguían bajo la luz matutina, mientras que ciertas rocas altas y puntiagudas primero desaparecían entre las nubes grises bajas, para luego verse claramente sus cimas por encima, como arrecifes dentados que emergen de un mar agitado.
De vez en cuando, algún saliente rocoso surgía en medio del terreno árido, dejándonos apenas espacio para pasar. Sin embargo, nuestros caballos no solo parecían conocer bien la zona, sino que, por instinto, sabían cuál era el mejor camino. Mi tío ni siquiera tenía la satisfacción de espolear a su montura con látigo, espuela o voz. Era completamente inútil mostrar signos de impaciencia. No pude evitar sonreír al verlo tan importante montado en su pequeño caballo; sus largas patas, que de vez en cuando tocaban el suelo, le hacían parecer un centauro de seis pies de altura.
“Buen animal, buen animal”, decía. “Le aseguro que empiezo a pensar que no existe animal más inteligente que un caballo islandés. Nieve, tormentas, caminos impracticables, rocas, icebergs… nada lo detiene. Es valiente, sereno y seguro; nunca da un paso en falso, nunca se desliza fuera de su camino. Me atrevo a decir que, si hay algún río o fiordo que haya que cruzar —y no dudo que habrá muchos—, verá cómo entra al agua sin vacilar, como un animal anfibio, y llega sano y salvo al otro lado. Sin embargo, no debemos intentar apresurarlo; debemos dejar que haga las cosas a su manera. Y puedo asegurar que entre los dos recorreremos diez leguas al día”.
“Podemos hacerlo”, respondí, “pero, ¿qué pasa con nuestro valioso guía?”
“No tengo la menor preocupación por él: ese tipo de personas van adelante sin siquiera saber qué hacen. Mire a Hans. Se mueve tan poco que es imposible que se fatigue. Además, si llegara a…”

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Se quejaba de cansancio; podría haber tomado prestado mi caballo. Sufriría un ataque violento de calambres si no hiciera algún tipo de ejercicio. Mis brazos están bien, pero mis piernas se están poniendo un poco rígidas.
Todo este tiempo avanzábamos a un ritmo rápido. La región a la que habíamos llegado ya era casi un desierto. Aquí y allá se podían ver granjas aisladas, alguna cabaña solitaria o casa islandesa, construida con madera, tierra y fragmentos de lava; parecían mendigos en el camino de la vida. Esas chozas miserables y deplorables nos inspiraban tanta compasión que casi sentíamos deseos de dejar limosna en cada puerta. En esta región no hay caminos; los senderos son casi desconocidos, y la vegetación, por escasa que fuera, borraba rápidamente cualquier rastro de los pocos viajeros que pasaban de un lugar a otro.
No obstante, esta división de la provincia, situada a solo unos kilómetros de la capital, se considera una de las más cultivadas y pobladas de toda Islandia. ¿Cuál será entonces el estado de las partes menos conocidas y más alejadas de la isla? Después de recorrer casi media milla danesa, no habíamos encontrado ni a un campesino en la puerta de su cabaña, ni siquiera a un pastor errante con su rebaño salvaje. Solo de vez en cuando se veían algunas vacas y ovejas sueltas. ¿Qué podemos esperar, entonces, cuando lleguemos a las regiones afectadas por erupciones volcánicas y movimientos subterráneos?
Lo averiguaríamos a su debido tiempo. Sin embargo, al consultar el mapa, vi que evitábamos gran parte de esa zona áspera siguiendo las costas sinuosas y desoladas del mar. En realidad, los grandes movimientos volcánicos de la isla y todos sus fenómenos asociados se concentran en el interior de la isla; allí, capas horizontales de rocas, apiladas unas sobre otras, erupciones de origen basáltico y corrientes de lava han dado a esta región una especie de reputación sobrenatural.
Sin embargo, pocas eran mis expectativas respecto al espectáculo que nos esperaba al llegar a la península de Sneffels, donde los montones de ruinas naturales forman una especie de caos terrible.

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Unas dos horas, o más, después de haber dejado la ciudad de Reikiavik, llegamos al pequeño pueblo llamado Aoalkirkja, o la iglesia principal. Consiste simplemente en unas pocas casas; no es lo que en Inglaterra o Alemania llamaríamos un caserío.

Hans se detuvo aquí durante media hora. Compartió nuestro frugal desayuno, respondió “sí” y “no” a las preguntas de mi tío sobre la naturaleza del camino, y finalmente, cuando le preguntaron dónde pasaríamos la noche, fue tan lacónico como de costumbre.

“¡Gardar!”, fue su respuesta de una sola palabra.

Aproveché la oportunidad para consultar el mapa, para ver dónde se encontraba Gardar. Después de buscar con atención, encontré un pequeño pueblo con ese nombre en las orillas del fiordo Hvalfjord, a unos cuatro millas de Reikiavik. Se lo señalé a mi tío, quien hizo una mueca muy expresiva.

“¿Solo cuatro millas de veintidós? Pues es solo un corto paseo”.

Estaba a punto de hacer algún comentario enérgico al guía, pero Hans, sin prestarle la menor atención, se colocó delante de los caballos y caminó delante de ellos con la misma calma imperturbable que siempre había mostrado.

Tres horas después, todavía viajando por aquellas praderas aparentemente interminables y arenosas, nos vimos obligados a dar la vuelta por el fiordo Kollafjord, un atajo más fácil y corto que cruzar los golfos. Poco después entramos en una zona bajo jurisdicción comunitaria llamada Ejulberg; en ese lugar, el reloj habría marcado las doce, si alguna iglesia islandesa hubiera sido lo suficientemente rica como para poseer un artículo tan valioso y útil. Sin embargo, estos edificios sagrados son muy parecidos a esta gente, que se las arregla sin relojes… y nunca se equivocan con respecto al tiempo.

Allí se permitió a los caballos descansar y refrescarse; luego, siguiendo una estrecha franja de costa entre rocas altas y el mar, nos llevaron sin más paradas hasta Aoalkirkja de Brantar, y después de otra milla, hasta Saurboer Annexia, una capilla situada en la orilla sur del fiordo Hvalfjord.

Eran las cuatro de la tarde y habíamos recorrido cuatro millas danesas, aproximadamente equivalentes a veinte millas inglesas.

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El fiordo en ese lugar tenía unos media milla de ancho. Las olas poderosas y rompientes se estrellaban contra las rocas puntiagudas; la bahía estaba rodeada por paredes rocosas: un acantilado imponente, de tres mil pies de altura, notable por sus estratos marrones, separados aquí y allá por capas de tufa de tono rojizo. Fuera cual fuese el grado de inteligencia de nuestros caballos, yo no confiaba en ellos lo más mínimo como medio para cruzar un brazo de mar tan tormentoso. Montar sobre agua salada a lomos de un caballo pequeño me parecía absurdo.

“Si realmente son inteligentes”, me dije, “ciertamente no intentarán hacerlo. De todos modos, prefiero confiar en mi propia inteligencia que en la de ellos”.

Pero mi tío no estaba de humor para esperar. Clavó los talones en los costados de su caballo y se dirigió hacia la orilla. Su caballo llegó hasta el borde del agua, olió la ola que se acercaba y retrocedió.

Mi tío, que era, por así decirlo, tan terco como la bestia que montaba, insistió en que avanzara. A este intento le siguió otro rechazo por parte del caballo, que sacudió tranquilamente la cabeza. Esta muestra de rebeldía fue seguida por una ráfaga de palabras y un fuerte uso del látigo; también hubo patadas por parte del caballo, que levantó la cabeza y los talones hacia arriba e intentó derribar a su jinete. Finalmente, el robusto pony, extendiendo las patas en una postura rígida y ridícula, se liberó de debajo de las piernas del profesor, dejándolo de pie, con ambos pies sobre piedras separadas, como el Coloso de Rodas.

“¡Animal miserable!”, gritó mi tío, transformado de repente en pasajero a pie, tan enojado y avergonzado como un oficial de caballería desmontado en el campo de batalla.

“Farja”, dijo el guía, dándole unas palmaditas amistosas en el hombro.

“¿Qué? ¿Un barco de transporte?”

“Der”, respondió Hans, señalando donde se encontraba dicho barco: “allí”.

“Bueno”, exclamé, muy contento con esa información; “así es”.

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“¿Por qué no lo dijiste antes?”, exclamó mi tío; “¿por qué no empezamos de inmediato?”
“Tidvatten”, dijo el guía.
“¿Qué dice?”, pregunté, bastante perplejo por la demora y ese diálogo.
“Dice ‘marea’”, respondió mi tío, traduciendo la palabra danesa para que yo la entendiera.
“Por supuesto que entiendo: debemos esperar hasta que la marea lo permita”.
“¿Para cruzar?”, preguntó mi tío.
“Sí”, respondió Hans.
Mi tío frunció el ceño, pisoteó el suelo y luego siguió a los caballos hasta donde estaba el barco.
Comprendí perfectamente la necesidad de esperar antes de cruzar el fiordo, hasta ese momento en que el mar, en su punto más alto, se encuentra en un estado de marea baja. Como entonces ni la marea baja ni la alta son perceptibles, el barco de pasajeros no corría peligro de ser arrastrado al mar o estrellarse contra la costa rocosa.
El momento propicio no llegó hasta las seis de la tarde. Entonces mi tío, yo, el guía, dos remeros y los cuatro caballos subimos a un barco plano y muy incómodo. Acostumbrado como estaba a los barcos de vapor del Elba, consideré los largos remos de los remeros como un medio de transporte lamentable. Nos llevó más de una hora cruzar el fiordo; pero finalmente el trayecto concluyó sin incidentes.
Medio hora después llegamos a Gardar.

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CAPÍTULO 10
VIAJAR POR ISLANDIA

Se podría pensar que ya debería ser de noche, incluso en el paralelo sesenta y cinco de latitud; pero la iluminación nocturna no me sorprendió. En Islandia, durante los meses de junio y julio, el sol nunca se pone. Sin embargo, la temperatura era mucho más baja de lo que esperaba. Tenía frío, pero ni siquiera eso me afectó tanto como el hambre voraz. Por lo tanto, fue realmente bienvenida la cabaña que nos abrió sus puertas con hospitalidad. Era simplemente la casa de un campesino, pero en cuanto a hospitalidad, merecía ser el palacio de un rey. Cuando bajamos del vehículo frente a la puerta, el dueño de la casa salió al encuentro, extendió su mano y, sin ninguna ceremonia adicional, nos indicó que lo siguiéramos. Lo seguimos, pues era imposible no hacerlo. Un pasillo largo, estrecho y sombrío conducía al interior de esta vivienda, construida con vigas rudamente cortadas a hachazos. Ese pasillo daba acceso a todas las habitaciones. Había cuatro habitaciones: la cocina, el taller donde se tejía, la habitación común donde dormía toda la familia, y la mejor habitación, a la cual se invitaba especialmente a los extraños. Mi tío, cuya elevada estatura no se había tenido en cuenta al construir la casa, se golpeó la cabeza contra las vigas del techo. Nos llevaron a nuestra habitación, una especie de sala grande con suelo de tierra duro, iluminada por una ventana cuyos cristales estaban hechos de una especie de pergamino obtenido de los intestinos de las ovejas; estaban lejos de ser transparentes. La ropa de cama estaba formada por heno seco colocado en dos cajas largas de madera roja, adornadas con frases pintadas en islandés. Realmente no tenía idea de que íbamos a estar tan cómodos. Había un único inconveniente en esa casa: el muy fuerte olor a pescado seco, a carne en maceración y a leche agria; esa combinación de olores no era nada adecuada para mis nervios olfativos.

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Tan pronto como nos liberamos de nuestro pesado atuendo de viaje, se oyó la voz de nuestro anfitrión llamándonos para que fuéramos a la cocina, la única habitación en la que los islandeses encienden fuego, sin importar cuán frío haga.
Mi tío, sin demora, se apresuró a cumplir con esta invitación hospitalaria y amistosa. Yo lo seguí.
La chimenea de la cocina estaba hecha según un modelo antiguo. Una gran piedra situada en el centro de la habitación servía de chimenea; por encima, en el techo, había un agujero por donde pasaba el humo. Ese espacio era a la vez cocina, salón y comedor.
Al entrar, nuestro distinguido anfitrión, como si no nos hubiera visto antes, avanzó ceremoniosamente, pronunció una palabra que significa “sed felices” y luego nos besó a ambos en la mejilla.
Su esposa lo imitó, diciendo la misma palabra con la misma solemnidad; luego, tanto el esposo como la esposa, poniendo sus manos derechas sobre el corazón, se inclinaron profundamente.
Esa excelente mujer islandesa era madre de diecinueve hijos, que, grandes y pequeños, corrían, gateaban y caminaban entre grandes volutas de humo que salían de la chimenea situada en el centro de la habitación. De vez en cuando podía ver una cabeza blanca y una expresión ligeramente melancólica asomándose hacia mí a través del vapor.
Sin embargo, tanto mi tío como yo éramos muy amigables con todos ellos, y antes de que nos diéramos cuenta, ya había tres o cuatro de esos pequeños en nuestros hombros, otros tantos en nuestras maletas, y el resto colgando de nuestras piernas. Aquellos que sabían hablar no dejaban de gritar “saellvertu” en todas las tonalidades posibles e imposibles. Los que no sabían hablar hacían aún más ruido.
Este concierto fue interrumpido por el anuncio de la cena. En ese momento, nuestro valioso guía, el cazador de patos mandarines, entró después de ocuparse de alimentar y alojar a los caballos, lo cual consistía en dejarlos sueltos para que pastaran en la hierba escasa de las praderas islandesas. Tenían poco que comer: musgo y algo de hierba muy seca e insípida. Al día siguiente estaban listos frente a la puerta, algo antes que nosotros.

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“Bienvenidos”, dijo Hans. Luego, con calma, como un autómata, sin que hubiera ninguna diferencia en el modo en que besaba a uno u otro, abrazó al anfitrión y a la anfitriona, así como a sus diecinueve hijos. Esta ceremonia concluyó para satisfacción de todos; nos sentamos a la mesa, veinticuatro personas en total, algo apretujados. Aquellos que estaban en mejor situación solo tenían a dos jóvenes arrodillados a su lado. Sin embargo, tan pronto como se sirvió la inevitable sopa en la mesa, la típica taciturnidad, común incluso entre los bebés islandeses, prevaleció sobre todo lo demás. Nuestro anfitrión llenó nuestros platos con una porción de sopa de líquenes de musgo islandés, de sabor nada desagradable, además de un enorme trozo de pescado flotando en mantequilla agria. Después vino algo de skyr, una especie de cuajada y suero de leche, servido con galletas y jugo de bayas de enebro. Para beber, teníamos blanda, leche descremada mezclada con agua. Tenía tanta hambre que, como postre, me comí un cuenco entero de gachas espesas de avena. Tan pronto como terminó la comida, los niños desaparecieron, mientras que los adultos se sentaron alrededor de la chimenea, sobre la cual había turba, brezo, estiércol de vaca y huesos de pescado secos. Tan pronto como todos estuvieron lo suficientemente calientes, todos se retiraron a sus respectivos lugares de descanso. Nuestra anfitriona ofreció quitarnos las medias y los pantalones, según la costumbre del país, pero como declinamos amablemente ese honor, nos dejó en nuestra cama hecha de forraje seco. Al día siguiente, a las cinco de la mañana, nos despedimos de estos hospitalarios campesinos. A mi tío le costó mucho hacerles aceptar una recompensa adecuada. Entonces Hans dio la señal para partir. Apenas habíamos recorrido cien yardas desde Gardar cuando el paisaje cambió. El suelo se volvió pantanoso y poco propicio para avanzar. A la derecha, la cadena de montañas se extendía indefinidamente, como un gran sistema de fortificaciones naturales, cuyo borde rodeamos. Encontramos numerosos arroyos y riachuelos que era necesario cruzar, sin mojar nuestro equipaje. A medida que avanzábamos, el aspecto desolado aumentaba, aunque de vez en cuando podíamos ver…

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Sombras humanas que se movían a lo lejos. Cuando un giro repentino del camino nos llevó a poca distancia de uno de esos espectros, sentí un impulso súbito de asco al ver una cabeza hinchada, con piel brillante y completamente sin cabello, cuyas heridas repugnantes y nauseabundas se podían ver a través de sus harapos. Esos desdichados nunca se acercaban a pedir limosna; por el contrario, huían; aunque no tan rápido como para que Hans no pudiera saludarlos con la expresión universal “saellvertu”.
“Spetelsk”, dijo él.
“Un leproso”, explicó mi tío.
Solo el sonido de esa palabra ya provocaba una sensación de repulsión. La horrible enfermedad conocida como lepra, que casi ha desaparecido gracias a los avances de la ciencia moderna, es común en Islandia. No es contagiosa, sino hereditaria, por lo que el matrimonio está estrictamente prohibido para estas desdichadas criaturas.
Esos pobres leprosos no contribuían en absoluto a animar nuestro viaje, cuyo paisaje era inexplicablemente triste y solitario. Incluso los últimos mechones de vegetación parecían morir a nuestros pies. No se veía ni un solo árbol, salvo algunos sauces enanos, más o menos del tamaño de arbustos de arándano. De vez en cuando veíamos a un halcón volando en el aire gris y brumoso, dirigiéndose hacia regiones más cálidas y soleadas. No podía evitar sentirme melancólico. Anhelaba mi tierra natal y deseaba estar de vuelta con Gretchen.
Nos vimos obligados a cruzar varios pequeños fiordos, hasta llegar finalmente a un verdadero golfo. La marea estaba en su punto más alto, así que pudimos cruzar de inmediato y llegar al pueblo de Alftanes, a unos una milla de distancia.
Esa noche, después de cruzar los ríos Alfa y Heta, ríos ricos en truchas y percas, tuvimos que pasar la noche en una casa desierta, digna de ser habitada por todas las hadas de la mitología escandinava. El Rey del Frío había establecido allí su residencia, y nos hizo sentir su presencia toda la noche.
El día siguiente fue notable por la falta de incidentes especiales. Siempre el mismo suelo húmedo y pantanoso; la misma monotonía sombría; el mismo paisaje triste y monótono. Por la tarde, después de…

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Habíamos completado la mitad del viaje que habíamos planeado; dormimos en el Annexia de Krosolbt. Durante una milla entera, bajo nuestros pies no había más que lava. A esta disposición del suelo se le llama hraun: la lava desmenuzada en la superficie, en algunos casos, parecía cables de barco extendidos horizontalmente, y en otros, formaba montones; un inmenso campo de lava provenía de las montañas vecinas, todos volcanes extintos, pero cuyos restos mostraban lo que alguna vez fueron. Aquí y allá se podía ver el vapor que salía de las fuentes termales. Sin embargo, no tuvimos tiempo de observar detenidamente estos fenómenos. Teníamos que seguir adelante con toda la velocidad posible. Pronto, el suelo blando y pantanoso volvió a aparecer bajo los cascos de nuestros caballos, y cada cien yardas nos encontrábamos con uno o más lagos pequeños. Nuestro viaje ahora seguía en dirección oeste; de hecho, habíamos dado la vuelta a la gran bahía de Faxa, y las dos cimas blancas de Sneffels se elevaban hasta las nubes a menos de cinco millas de distancia. Los caballos avanzaban ahora rápidamente; los obstáculos y dificultades del suelo ya no los detenían. Debo confesar que el cansancio comenzó a afectarme gravemente; pero mi tío seguía tan firme y decidido como el primer día. No podía dejar de admirar tanto al excelente profesor como al valioso guía; parecían considerar esta ardua expedición como una simple caminata. El sábado 20 de junio, a las seis de la tarde, llegamos a Budir, un pequeño pueblo situado de forma pintoresca en la orilla del océano; allí el guía pidió su dinero. Mi tío pagó de inmediato. Ahora era la familia del propio Hans, es decir, sus tíos y primos alemanes, quienes nos ofrecieron hospitalidad. Fuimos recibidos maravillosamente, y sin abusar demasiado de la bondad de estas personas tan dignas, me hubiera gustado mucho descansar con ellos después de los esfuerzos del viaje. Pero mi tío, que no necesitaba descanso, no tenía ninguna intención de hacerlo; y a pesar de que al día siguiente era domingo, me vi obligado una vez más a montar en mi caballo. El suelo volvía a verse afectado por la proximidad de las montañas, cuyo granito asomaba del suelo como las copas de un viejo roble. Estábamos rodeando la enorme base del poderoso volcán. Mi tío no apartaba los ojos de él; no podía evitar gesticular y mirarlo con…

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Una especie de desafío malhumorado, como si dijera: “Ese es el gigante que he decidido conquistar”. Después de cuatro horas de viaje constante, los caballos se detuvieron solos frente a la puerta del presbiterio de Stapi.

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CAPÍTULO 11
LLEGAMOS A LA MONTAÑA SNEFFELS: EL “REYKIR”

Stapi es un pueblo formado por treinta cabañas, construidas en una gran llanura de lava, expuesta a los rayos del sol reflejados por el volcán. Sus humildes viviendas se extienden a lo largo de un pequeño fiordo, rodeadas por un muro de basalto de carácter sumamente singular.
El basalto es una roca marrón de origen ígneo. Adopta formas regulares que sorprenden por su aspecto único. Aquí vimos a la Naturaleza actuar de manera geométrica, trabajando casi como un ser humano, como si hubiera utilizado plomada, brújula y regla. Mientras que en otros lugares produce efectos artísticos grandiosos al amontonar masas enormes sin orden ni conexión, mientras que en otros lugares vemos conos truncados, pirámides imperfectas y una secuencia extraña de líneas, aquí, como si quisiera dar una lección de regularidad y adelantarse a los arquitectos de las épocas antiguas, ha erigido un orden arquitectónico imponente, que ni los esplendores de Babilonia ni las maravillas de Grecia lograron superar jamás.
Había oído hablar muchas veces de la Calzada del Gigante en Irlanda y de la Cueva de Fingal en una de las Hébridas, pero el espectáculo grandioso de una formación basáltica real nunca antes había llegado a mis ojos.
Lo que vimos en Stapi nos dio una idea de cómo era algo así en toda su maravillosa belleza y gracia. El muro del fiordo, al igual que casi toda la península, estaba formado por una serie de columnas verticales, de unos treinta pies de altura. Estos pilares de piedra, de proporciones perfectas, sostenían un arco formado por columnas horizontales que creaban una especie de techo semivórtice sobre el mar. A ciertos intervalos, y debajo de esta cuenca natural, la vista se deleitaba y sorprendía al ver aberturas ovales a través de las cuales las olas entraban con fuerza, formando remolinos de espuma. Algunas rocas de basalto, arrancadas de su lugar por la furia de las olas, yacían dispersas en el suelo como…

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Ruinas de un templo antiguo: ruinas eternamente jóvenes, sobre las cuales las tormentas de los siglos pasaron sin producir ningún efecto perceptible.
Esa era la última etapa de nuestro viaje. Hans nos había acompañado con fidelidad e inteligencia, y comencé a sentirme algo más cómodo al pensar que seguiría acompañándonos en el camino.
Cuando nos detuvimos frente a la casa del rector, una cabaña pequeña e incómoda, ni bonita ni más cómoda que las de sus vecinos, vi a un hombre ocupado en poner herraduras a un caballo, con un martillo en la mano y un delantal de cuero atado alrededor de la cintura.
“¡Que seas feliz!”, dijo el cazador de eiderdowns, utilizando su saludo nacional en su propio idioma.
“¡Dios mío! ¡Buen día!”, respondió el otro, en un excelente danés.
“Kyrkoherde”, exclamó Hans, volviéndose para presentárselo a mi tío.
“El rector”, repitió el honorable profesor; “parece, querido Harry, que este buen hombre es el rector, y no duda en hacer su propio trabajo”.
Mientras decía estas palabras, el guía le explicó al Kyrkoherde cuál era la verdadera situación. El buen hombre dejó de lado su tarea y lanzó una especie de grito; acto seguido, una mujer alta, casi una giganta, salió de la cabaña. Medía al menos seis pies de altura, lo cual en esa región es algo considerable.
Mi primera impresión fue de horror. Pensé que había venido a darnos el beso islandés. Sin embargo, no tenía nada que temer, ya que ni siquiera mostró mucha inclinación a recibirnos en su casa.
La habitación destinada a los extranjeros me pareció, con diferencia, la peor del presbiterio: era estrecha, sucia y desagradable. Pero no había otra opción. El rector no tenía ninguna intención de mostrar esa hospitalidad cordial y tradicional que se espera de él. Al contrario. Antes de que terminara el día, descubrimos que tendríamos que lidiar con un herrero, un pescador, un cazador, un carpintero… en resumen, nada que ver con un clérigo. Hay que decir en su favor que habíamos pescado…

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A él, en un día de semana; probablemente se veía con mejor aspecto el domingo.
Estos pobres sacerdotes reciben del gobierno danés un salario ridículamente insuficiente, y solo cobran una cuarta parte del diezmo de su parroquia: no más de sesenta marcos corrientes, o unos 3 libras y 10 chelines esterlinas. De ahí la necesidad de trabajar para sobrevivir. En verdad, pronto descubrimos que nuestro anfitrión no consideraba la cortesía entre las virtudes cardinales.
Mi tío pronto se dio cuenta del tipo de hombre con quien tenía que tratar. En lugar de un erudito digno y culto, encontró a un campesino aburrido y mal educado. Por eso decidió emprender su gran expedición lo antes posible. No le importaba el cansancio y resolvió pasar unos días en las montañas.
Los preparativos para nuestra partida se hicieron al día siguiente de nuestra llegada a Stapi; Hans contrató entonces a tres islandeses para que reemplazaran a los caballos, ya que estos ya no podían llevar nuestro equipaje. Sin embargo, una vez que esos valiosos islandeses llegaran al fondo del cráter, debían regresar y dejarnos solos. Este punto se acordó antes de que aceptaran partir.
En esta ocasión, mi tío confió en parte en Hans, el cazador de patos mandarines, y le hizo entender que su intención era continuar explorando el volcán hasta los últimos límites posibles.
Hans escuchó con calma y luego asintió con la cabeza. Ir allí, o a cualquier otro lugar, enterrarse en las entrañas de la tierra o viajar por sus cimas, ¡para él era lo mismo! En cuanto a mí, entretenido y ocupado con los acontecimientos del viaje, había comenzado a olvidar el futuro inevitable; pero ahora estaba destinado una vez más a darme cuenta de la realidad de la situación. ¿Qué hacer? ¿Huir? Pero si realmente había pretendido dejar al profesor Hardwigg a su suerte, debería haber sido en Hamburgo y no a los pies del Sneffels.
Una idea, por encima de todas las demás, comenzó a preocuparme: una idea muy terrible, capaz de sacudir los nervios incluso de un hombre menos sensible que yo.
“Consideremos el asunto”, me dije; “vamos a ascender al monte Sneffels. Muy bien. Estamos a punto de visitar el propio…”

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Fondo del cráter. Bien, aún así. Otros lo han hecho y no perecieron por ese camino.
“Pero eso no es todo lo que hay que considerar. Si realmente existe un camino para descender a las oscuras entrañas subterráneas de la Madre Tierra, si este desdichado Saknussemm realmente ha dicho la verdad, seguramente nos perderemos en el laberinto de galerías subterráneas del volcán. Ahora bien, no tenemos pruebas de que Sneffels esté realmente extinguido. ¿Qué pruebas tenemos de que no vaya a ocurrir una erupción en cualquier momento? Solo porque ese monstruo ha dormido plácidamente desde 1219, ¿significa eso que nunca despertará?
“¿Y qué pasará con nosotros si él desperta?”
Eran preguntas que merecían ser reflexionadas, y sobre ellas medité larga y profundamente. No podía acostarme en busca del sueño sin soñar con erupciones. Cuanto más pensaba, más me oponía a quedar reducido a escombros y cenizas.
Ya no podía soportarlo; así que decidí finalmente someter todo el asunto a mi tío, de la manera más hábil posible, bajo la forma de alguna hipótesis completamente irreconciliable.
Fui a buscarlo. Le expuse mis temores y luego me retiré para dejar que expresara libremente sus emociones.
“He estado pensando en el asunto”, dijo, con el tono más tranquilo del mundo.
¿Qué quería decir? ¿Acaso iba a escuchar finalmente la voz de la razón? ¿Pensaba en suspender sus planes? Era casi demasiada felicidad para ser verdad.
Sin embargo, no dije nada. De hecho, estaba demasiado ansioso como para interrumpirlo, y le permití que reflexionara a su antojo. Después de unos momentos, habló de nuevo.
“He estado pensando en el asunto”, continuó. “Desde que estamos en Stapi, mi mente está ocupada casi exclusivamente en ese problema grave…”

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“La pregunta que me has planteado tú mismo… Pues nada podría ser más insensato e inconsistente que actuar con imprudencia”.
“Estoy completamente de acuerdo contigo, querido tío”, fue mi respuesta, llena de esperanza.
“Han pasado ya seiscientos años desde la última vez que Sneffels emitió algún sonido. Aunque ahora se encuentra en un estado de completo silencio, puede volver a hacerlo. Las nuevas erupciones volcánicas siempre van precedidas por fenómenos bien conocidos. He examinado detenidamente a los habitantes de esta región; he estudiado cuidadosamente el suelo. Te digo, con toda seguridad, querido Harry: por ahora no habrá ninguna erupción”.
Mientras escuchaba sus afirmaciones categóricas, me quedé atónito y no pude decir nada.
“Veo que dudas de mis palabras”, dijo mi tío. “Sígueme”.
Obedecí mecánicamente.
Al salir del presbiterio, el profesor tomó un camino que pasaba por una abertura en las rocas basálticas, un camino que nos llevaba lejos del mar. Pronto nos encontramos en una zona abierta… si es que se puede llamar así a un lugar completamente cubierto de depósitos volcánicos. Todo el terreno parecía aplastado bajo el peso de enormes piedras: de traquito, de basalto, de granito, de lava, y de todas las demás sustancias volcánicas.
Podía ver numerosas columnas de vapor elevándose al aire. Esos vapores blancos, llamados en idioma islandés “reykir”, provienen de fuentes de agua caliente, y su intensidad indica la actividad volcánica del suelo. La visión de todo esto parecía justificar mis temores. Por eso, me sorprendí aún más cuando mi tío me habló de esta manera:
“¿Ves todo este humo, Harry, hijo mío?”
“Sí, señor”.
“Bueno, mientras lo veas así, no tienes nada que temer del volcán”.
“¿Cómo es posible?”

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“Tenga cuidado de recordar esto”, continuó el profesor. “Al acercarse una erupción, estos chorros de vapor duplican su actividad, hasta desaparecer por completo durante el período de erupción volcánica; pues los fluidos elásticos, al ya no tener la tensión necesaria, buscan refugio en el interior del cráter, en lugar de escapar por las fisuras de la tierra. Si, entonces, el vapor permanece en su estado normal o habitual, si su energía no aumenta, y si a esto se añade el hecho de que el viento no es reemplazado por una fuerte presión atmosférica ni por calma total, puede estar completamente seguro de que no hay peligro de ninguna erupción inminente”.
“Pero…”
“Basta, muchacho. Cuando la ciencia da su orden, solo queda obedecerla”.
Regresé a la casa muy abatido y decepcionado. Mi tío me había derrotado por completo con sus argumentos científicos. Sin embargo, todavía tenía una esperanza: que, una vez llegáramos al fondo del cráter, sería imposible descender más, a falta de una galería o túnel; y eso, a pesar de todos los sabios Saknussemms del mundo.
Pasé toda la noche siguiente con una pesadilla en el corazón. Después de sufrimientos y torturas inimaginables, me encontré en las profundidades de la tierra, desde donde fui lanzado de repente al espacio planetario, en forma de roca en erupción.
Al día siguiente, 23 de junio, Hans nos esperaba tranquilamente fuera del presbiterio, junto con sus tres compañeros, cargados de provisiones, herramientas e instrumentos. Dos postes con herraduras de hierro, dos armas y dos grandes bolsas para cazar estaban reservados para mi tío y para mí. Hans, que era un hombre que nunca olvidaba ni el más mínimo detalle, había añadido a nuestro equipaje una gran piel llena de agua, como complemento a nuestras jarras. Eso nos aseguraba agua para ocho días.
Eran las nueve de la mañana cuando estábamos completamente listos. El rector y su enorme esposa o sirvienta —nunca supe cuál de las dos— estaban en la puerta para despedirnos. Parecían a punto de darnos el típico beso de despedida de los islandeses. Para nuestra gran sorpresa, su despedida tomó la forma de una cuenta formidable, en la que incluso calculaban el costo del uso de la casa parroquial, realmente el lugar más abominable y sucio en el que he estado jamás.

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Esa pareja despreciable nos engañó y robó como un posadero suizo, y nos hizo sentir, con la cantidad que tuvimos que pagar, las “maravillas” de su hospitalidad. Mi tío, sin embargo, pagó sin regatear. Un hombre que ha decidido emprender un viaje al interior de la Tierra no es de los que discuten por unos pocos dólares miserables. Una vez resuelto este asunto importante, Hans dio la señal para partir, y unos momentos después ya habíamos dejado Stapi.

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CAPÍTULO 12
LA ASCENSIÓN DEL MONTE SNÉFFELS

El enorme volcán que constituía la primera etapa de nuestro audaz experimento tiene una altura de más de cinco mil pies. Snéffels es el extremo de una larga cadena de montañas volcánicas, de carácter diferente al del propio archipiélago. Una de sus particularidades son sus dos enormes cimas puntiagudas. Desde donde partimos era imposible distinguir los verdaderos contornos de la cima contra el campo gris del cielo. Lo único que podíamos ver era una vasta cúpula blanca que descendía desde la cima del gigante.

El inicio de esta gran empresa me llenó de asombro. Ahora que realmente habíamos comenzado, empecé a creer en la viabilidad de la misma.

Nuestro grupo formaba una verdadera procesión. Caminábamos en fila india, encabezados por Hans, el imperturbable cazador de patos. Él nos guiaba con calma por senderos estrechos por los cuales dos personas no podían caminar uno al lado del otro. Era completamente imposible mantener una conversación. Teníamos así más oportunidad para reflexionar y admirar la impresionante grandeza del paisaje que nos rodeaba.

Más allá de la extraordinaria pared basáltica del fiordo de Stapi, nos encontramos caminando sobre un suelo de musgo fibroso, sobre el cual crecía una escasa vegetación de hierba, resto de la antigua vegetación de la península pantanosa. La enorme masa de este material combustible, cuyo área aún no ha sido explorada en absoluto, sería suficiente para calentar Islandia durante todo un siglo. Este enorme depósito de musgo, medido desde el fondo de ciertos barrancos, suele tener una profundidad de no menos de setenta pies, y ofrece a la vista capas sucesivas de detritos rocosos negros y quemados, separados por delgadas franjas de arenisca porosa.

La grandeza del espectáculo era indudable, al igual que su aire árido y desolado.

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Como verdadero sobrino del gran profesor Hardwigg, y a pesar de mi preocupación y tristes temores por lo que estaba por venir, observé con gran interés la vasta colección de curiosidades mineralógicas dispuestas ante mí en este enorme museo de historia natural. Recordando mis estudios recientes, repasé mentalmente toda la historia geológica de Islandia. Esta isla extraordinaria y curiosa debió aparecer desde el gran mundo acuático en una fecha relativamente reciente. Al igual que las islas de coral del Pacífico, es posible que, por lo que sabemos, siga elevándose poco a poco, de forma lenta e imperceptible. Si realmente es así, su origen solo puede atribuirse a una causa: la acción continua de fuegos subterráneos. Era un pensamiento reconfortante. Si eso fuera cierto, ¡adiós a las teorías de sir Humphry Davy! ¡Adiós a la autoridad de los escritos de Arne Saknussemm! ¡Adiós también a las maravillosas pretensiones de descubrimiento de mi tío… y a nuestro viaje! Todo debe terminar en humo. Encantado con esta idea, comencé a observar más detenidamente a mi alrededor. Era necesario realizar un estudio serio del suelo para confirmar o refutar mi hipótesis. Observé cada detalle de lo que veía y empecé a comprender la secuencia de fenómenos que habían precedido su formación. Islandia, al no tener suelo sedimentario, está compuesta exclusivamente de tufa volcánica; es decir, de una aglomeración de piedras y rocas de textura porosa. Mucho antes de la existencia de los volcanes, estaba formada por un cuerpo sólido de roca masiva que fue elevado lentamente del mar, gracias a la fuerza centrífuga que actúa en la Tierra. Sin embargo, los fuegos internos aún no habían roto sus límites y inundado la capa externa de la Tierra con lava caliente y furiosa. Mis lectores deben disculpar esta breve y algo pedante lección de geología. Pero es necesaria para comprender completamente lo que sigue.

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En una etapa posterior de la historia del mundo, una grieta enorme y poderosa debió, por analogía, haberse abierto en diagonal desde el suroeste hasta el noreste de la isla; a través de ella fluía gradualmente la corteza volcánica. El gran y maravilloso fenómeno se desarrolló entonces sin violencia: el derrame fue enorme, y la materia fundida y hirviente, expulsada de las entrañas de la tierra, se extendió lentamente y pacíficamente en forma de vastas llanuras planas, o lo que se denomina mamelones o montículos. Fue en esta época cuando aparecieron las rocas llamadas feldespatos, sienitas y pórfidos. Pero como consecuencia natural de este desbordamiento, la profundidad de la isla aumentó. Es fácil imaginar cuanta cantidad enorme de fluidos elásticos se acumuló en su centro, cuando finalmente ya no quedaron otras aberturas, tras haberse producido el proceso de enfriamiento de la corteza. Finalmente llegó un momento en que, a pesar del enorme espesor y peso de la corteza superior, las fuerzas mecánicas de los gases inflamables situados debajo se volvieron tan grandes que lograron levantar esa masa pesada y crear así enormes conductos. De allí surgieron los volcanes, que aparecieron de repente a través de la corteza superior, seguidos por los cráteres que se formaron en la cima de estas nuevas formaciones. Se puede observar que los primeros fenómenos relacionados con la formación de la isla fueron simplemente erupciones; sin embargo, poco después surgieron los fenómenos volcánicos. A través de las aberturas recién formadas, escapó esa maravillosa masa de piedras basálticas con las que estaba cubierta la llanura por la que ahora caminábamos. Caminábamos sobre rocas pesadas de color gris oscuro, que, al enfriarse, habían adquirido la forma de prismas de seis lados. A lo lejos podíamos ver varios conos aplanados, que anteriormente habían sido bocas que vomitaban fuego. Una vez que la erupción basáltica se calmó, el volcán, cuya fuerza aumentaba junto con la de los cráteres extintos, permitió que saliera la lava ardiente, así como masas de cenizas y piedra pumítica, que ahora estaban dispersas por las laderas de la montaña, como cabello desordenado sobre los hombros de una bacante.

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En resumen, aquí tenía toda la historia de los fenómenos a partir de los cuales surgió Islandia. Todo proviene de la intensa actividad de los fuegos internos, y creer que la masa central no permaneció en un estado de fuego líquido, al rojo blanco, era pura y simple locura.
Dado que esto quedó demostrado de manera satisfactoria (Q.E.D.), ¡qué insensata tontería era pretender penetrar en el interior de la poderosa Tierra!
Esta reflexión que me hice mientras continuaba el viaje me fue de gran ayuda. Me sentí completamente tranquilo respecto al destino de nuestra empresa; por eso, como un valiente soldado que se dispone a atacar una fortaleza, me lancé al asalto del antiguo Sneffels.
A medida que avanzábamos, el camino se volvía cada vez más difícil. El suelo estaba agrietado y peligroso; las rocas se rompían bajo nuestros pies, y teníamos que ser extremadamente cuidadosos para evitar caídas constantes y peligrosas.
Hans avanzaba con calma, como si estuviera caminando por la llanura de Salisbury; a veces desaparecía detrás de enormes bloques de piedra, y por un momento perdíamos de vista su figura. Había un breve período de ansiedad, y luego se escuchaba un silbido agudo, que servía para indicarnos dónde buscarlo.
De vez en cuando se le ocurría detenerse para recoger trozos de roca y amontonarlos en pequeñas pilas, para que no perdiéramos el camino al regresar.
Él no tenía idea del viaje que íbamos a emprender. En cualquier caso, era una precaución sensata… aunque también completamente inútil e innecesaria; pero no debo adelantarme.
Tres horas de terrible fatiga, caminando sin cesar, solo nos habían llevado hasta los pies de la gran montaña. Esto da una idea de lo que aún teníamos que soportar.
De repente, sin embargo, Hans gritó que nos detuviéramos; es decir, hizo señales en ese sentido. Se preparó entonces un desayuno rápido sobre la lava que teníamos delante.
Mi tío, que ahora era simplemente el profesor Hardwigg, estaba tan ansioso por seguir adelante que devoró su comida como un payaso codicioso. Esa parada…

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El descanso también servía como oportunidad para recuperar fuerzas. Por lo tanto, el profesor se vio obligado a esperar a que su imperturbable guía decidiera partir, y este no dio la señal para emprender el camino hasta pasada una buena hora. Los tres islandeses, tan taciturnos como su compañero, no dijeron ni una palabra; simplemente continuaron comiendo y bebiendo en silencio y con moderación. A partir de este primer tramo real del camino, comenzamos a ascender las laderas del volcán Sneffels. Su magnífico “sombrero nevado”, como comenzamos a llamarlo, debido a una ilusión óptica muy común en las montañas, me parecía estar muy cerca; pero, ¿cuántas horas largas y agotadoras tendríamos que soportar antes de llegar a su cima? ¡Qué cansancio insoportable tendríamos que enfrentar! Las piedras de la ladera, que no estaban unidas por ningún tipo de suelo ni raíces o hierbas, se desmoronaban constantemente bajo nuestros pies, cayendo hacia abajo, como una serie de pequeñas avalanchas. En algunos lugares, las laderas de esta enorme montaña tenían un ángulo tan pronunciado que era imposible escalarlas; por lo tanto, tuvimos que encontrar formas de sortear esos obstáculos. Aquellos que entienden de escalada en montaña comprenderán nuestras dificultades. A menudo, tuvimos que ayudarnos mutuamente utilizando nuestras varas de escalada. Debo decir que mi tío se mantuvo lo más cerca posible de mí. Nunca perdió de vista a nadie, y en muchas ocasiones su brazo me brindó un soporte firme y sólido. Era fuerte, ágil y, al parecer, insensible al cansancio. Otra gran ventaja suya era que tenía un sentido innato del equilibrio: nunca resbalaba ni tropezaba. Los islandeses, aunque cargados con peso, escalaban con la agilidad de los montañistas. Cada vez que mirábamos hacia la cima del gran volcán Sneffels, nos parecía completamente imposible llegar allí por ese lado; al menos, si el ángulo de inclinación no cambiaba rápidamente. Afortunadamente, después de una hora de esfuerzos insoportables y de ejercicios gimnásticos que habrían sido difíciles incluso para un acróbata, llegamos a una vasta extensión de hielo que rodeaba por completo la base del cono del volcán.

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Los nativos lo llamaban manta de mesa, probablemente por alguna razón similar a la que hace que los habitantes del Cabo de Buena Esperanza llamen a su montaña Montaña de la Mesa y a sus caminos Bahía de la Mesa. Aquí, para nuestra mutua sorpresa, encontramos una verdadera escalinata de piedra, que facilitó enormemente nuestra ascensión. Esta singular escalinata era, al igual que todo lo demás, de origen volcánico; se había formado a causa de uno de esos torrentes de piedras arrojadas por las erupciones, y cuyo nombre en islandés es stina. Si este torrente no hubiera sido detenido en su descenso por la forma peculiar de los flancos de la montaña, habría llegado hasta el mar y habría formado nuevas islas. Tal como estaba, nos sirvió admirablemente. El carácter abrupto de las laderas aumentaba momentáneamente la dificultad, pero estas notables escaleras de piedra, un poco menos difíciles que las de las pirámides egipcias, fueron el único medio natural mediante el cual pudimos seguir avanzando. Alrededor de las siete de la tarde de ese día, después de haber subido dos mil de esos escalones irregulares, nos encontramos mirando hacia una especie de saliente o protuberancia de la montaña: una especie de contrafuerte sobre el cual se apoyaba el cráter en forma de cono. El océano se extendía debajo de nosotros a una profundidad de más de tres mil doscientos pies: un espectáculo grandioso y majestuoso. Habíamos llegado a la región de las nieves eternas. El frío era intenso y penetrante. El viento soplaba con violencia extraordinaria. Estaba completamente agotado. Mi querido tío, el profesor, se dio cuenta claramente de que mis piernas ya no podían seguir funcionando y de que, de hecho, estaba totalmente exhausto. A pesar de su impaciencia febril, decidió, con un suspiro, hacer una pausa. Llamó al cazador de patos mandarines a su lado. Sin embargo, aquel hombre negó con la cabeza. “Ofvanfor”, fue su única respuesta. “Parece”, dijo mi tío con expresión abatida, “que tenemos que subir más alto”.

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Luego se volvió hacia Hans y le pidió que diera alguna razón para esa respuesta decisiva.
“Mistour”, respondió el guía.
“Ja, mistour… sí, el mistour”, exclamó uno de los guías islandeses en un tono aterrorizado.
Era la primera vez que hablaba.
“¿Qué significa esta palabra misteriosa?”, pregunté con ansiedad.
“Mira”, dijo mi tío.
Miré hacia la llanura de abajo y vi una enorme cantidad de piedra pumítica pulverizada, arena y polvo que se elevaban hacia el cielo en forma de un poderoso torbellino. Se parecía al temible fenómeno similar que conocen los viajeros en el desierto del gran Sahara.
El viento lo empujaba directamente hacia el lado del Sneffels donde nos encontrábamos. Esa cortina opaca que se interponía entre nosotros y el sol proyectaba una sombra profunda en las laderas de la montaña. Si ese torbellino de arena nos alcanzaba, todos seríamos inevitablemente destruidos, aplastados en sus terribles brazos. Este fenómeno extraordinario, muy común cuando el viento sacude los glaciares y barre las llanuras áridas, en la lengua islandesa se llama “mistour”.
“¡Rápido, rápido!”, gritó nuestro guía.
Yo, desde luego, no sabía nada de danés, pero comprendí perfectamente que sus gestos tenían como objetivo apresurarnos.
El guía giró rápidamente en dirección a la parte trasera del cráter, subiendo ligeramente todo el tiempo. Lo seguimos rápidamente, a pesar de nuestro agotamiento extremo.
Un cuarto de hora después, Hans se detuvo para permitirnos mirar atrás. El poderoso torbellino de arena se extendía por la ladera de la montaña hasta justo el lugar donde habíamos pensado detenernos. Piedras enormes eran arrastradas, lanzadas al aire y arrojadas de un lado a otro, como durante una erupción. Afortunadamente, estábamos un poco más lejos.

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Lejos de la dirección del viento, y por lo tanto fuera del alcance del peligro. Pero, por precaución y gracias al conocimiento de nuestro guía, nuestros cuerpos dislocados, nuestras extremidades aplastadas y rotas, habrían sido arrastrados por el viento, como polvo procedente de algún meteorito desconocido.
Hans, sin embargo, no consideró prudente pasar la noche en la cara desnuda del cono. Por eso continuamos nuestro viaje en dirección en zigzag. Los mil quinientos pies que aún quedaban por recorrer nos llevaron al menos cinco horas. Las curvas y giros, los caminos difíciles, las interminables marchas, convirtieron esa distancia insignificante en al menos tres leguas. Nunca en mi vida había sentido tanta miseria, fatiga y agotamiento. Estaba a punto de desmayarme de hambre y frío. El aire enrarecido, al mismo tiempo, afectaba dolorosamente a mis pulmones.
Por fin, cuando creí que ya no podía más, sobre las once de la noche, ya que en esa región hacía mucha oscuridad, llegamos a la cima del Monte Sneffels. En un estado de ánimo terrible, a pesar de mi cansancio, antes de descender al cráter que nos protegería durante la noche, me detuve para contemplar cómo salía el sol a medianoche, justo en el día de su menor declinación, y disfrutar del espectáculo de sus rayos pálidos y tétricos proyectados sobre la isla que yacía dormida a nuestros pies.
Ya no me extrañaba que la gente viajara desde Inglaterra hasta Noruega solo para ver este espectáculo mágico y maravilloso.

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CAPÍTULO 13
LA SOMBRA DE SCARTARIS

Cenamos con facilidad y rapidez; después, cada uno hizo lo posible por arreglárselas como podía en la cavidad del cráter. La cama era dura, el refugio insatisfactorio, y la situación penosa: estar al aire libre, a cinco mil pies sobre el nivel del mar. Sin embargo, rara vez he dormido tan bien como aquella noche en particular. Ni siquiera soñé. Eso es todo respecto a los efectos de lo que mi tío llamaba “fatiga saludable”.

Al día siguiente, cuando despertamos bajo los rayos de un sol brillante y espléndido, estábamos casi congelados por el aire frío. Salí de mi lecho de granito y me uní al grupo para disfrutar de aquel magnífico espectáculo que se desplegaba ante nuestros ojos, como un panorama.

Me encontraba en la cima más alta de la punta sur del monte Sneffels. Desde allí podía ver la mayor parte de la isla. La ilusión óptica, común en todas las alturas elevadas, hacía que las costas de la isla parecieran más altas, mientras que las zonas centrales parecían hundidas. No era exagerado pensar que tenía ante mí una enorme pintura. Podía ver valles profundos que se cruzaban en todas direcciones. Veía acantilados que parecían paredes de pozos, lagos que parecían estanques, estanques que parecían charcos, y ríos que se habían transformado en arroyos pequeños. A mi derecha había glaciares tras glaciares, además de numerosas cimas cubiertas de nubes ligeras.

La ondulación de esos innumerables montes, cimas nevadas que los hacían parecer cubiertos de espuma, me recordó la superficie de un océano agitado por la tormenta. Si miraba hacia el oeste, veía el océano en toda su majestuosidad, como una continuación de esas cimas cubiertas de nieve.

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Donde terminaba la tierra y comenzaba el mar era imposible para el ojo distinguirlo. Pronto sentí esa extraña y misteriosa sensación que se despierta en la mente al mirar desde las altas cimas de las colinas; ahora podía hacerlo sin sentir ningún nerviosismo, ya que, afortunadamente, me había acostumbrado a ese tipo de contemplación sublime. Olvidé por completo quién era y dónde estaba. Me embriagó una sensación de grandeza sublime, sin pensar en los abismos en los que mi audacia pronto iba a sumergirme. Sin embargo, pronto fui devuelto a la realidad por la llegada del profesor y Hans, quienes se unieron a mí en la alta cima de la montaña. Mi tío, volviéndose hacia el oeste, me señaló una ligera nube de vapor, una especie de bruma, con un tenue contorno de tierra que emergía de las aguas. “Groenlandia”, dijo. “¿Groenlandia?”, exclamé yo en respuesta. “Sí”, continuó mi tío, quien siempre, al explicar algo, hablaba como si estuviera en un sillón de profesor; “no estamos a más de treinta y cinco leguas de esa maravillosa tierra. Cuando tiene lugar la gran ruptura anual del hielo, los osos blancos vienen a Islandia, arrastrados por las masas flotantes de hielo desde el norte. Pero eso es algo de poca importancia. Ahora estamos en la cima del gran y sublime Sneffels; aquí están sus dos cimas, al norte y al sur. Hans te dirá el nombre con el que la gente de Islandia llama a la que estamos pisando”. Mi tío se volvió hacia el imperturbable guía, quien asintió y habló, como de costumbre, con una sola palabra: “Scartaris”. Mi tío me miró con una mirada orgullosa y triunfante. “Un cráter”, dijo, “¿lo oyes?”. Lo oí, pero no pude responder en absoluto.

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El cráter del monte Snæfells tenía forma de cono invertido; su abertura parecía tener medio milla de diámetro, mientras que su profundidad era incierta. Imagínense cómo debía ser ese agujero cuando estaba lleno de llamas, truenos y relámpagos. El fondo de esa cavidad en forma de embudo tenía una circunferencia de unos quinientos pies, lo cual demuestra que la pendiente desde la cima hasta el fondo era muy suave; por eso pudimos llegar allí sin demasiado esfuerzo ni dificultades. Involuntariamente, comparé este cráter con un enorme cañón cargado; esa comparación me aterrorizó por completo.

“Bajar al interior de un cañón”, pensé, “cuando quizás esté cargado y pueda explotar con el más mínimo impacto, es algo propio de un loco”.

Pero ya no había tiempo para dudar. Hans, con una actitud completamente tranquila e indiferente, ocupó su lugar al frente del pequeño grupo de aventureros. Lo seguí sin decir ni una palabra. Me sentía como un cordero llevado al matadero.

Para hacer que la bajada fuera menos difícil, Hans tomó el camino hacia el interior del cono de forma zigzagueante, haciendo, como dicen los marineros, trayectos largos hacia el este, seguidos de otros igualmente largos hacia el oeste. Era necesario caminar entre rocas volcánicas; algunas de ellas, al perder su equilibrio, rodaban hacia el fondo del abismo con un estruendo ensordecedor. Estas caídas constantes generaban ecos de gran intensidad.

Muchas partes del cono estaban formadas por glaciares. Cada vez que Hans se encontraba con uno de estos obstáculos, avanzaba con mucho cuidado, probando el suelo con su largo palo de hierro para detectar fisuras y capas de nieve blanda y profunda. En muchos lugares peligrosos, era necesario atarnos entre nosotros con una cuerda larga, para que, si alguno de nosotros tenía la mala suerte de resbalar, fuera sostenido por sus compañeros. Este vínculo de unión era sin duda una precaución sensata, pero no dejaba de ser peligroso.

No obstante, a pesar de todas las dificultades de la bajada, por pendientes que nuestro guía no conocía en absoluto, logramos llegar allí.

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Un progreso considerable, sin ningún accidente. Uno de nuestros grandes rollos de cuerda se resbaló de las manos de uno de los porteadores islandeses y cayó rápidamente hacia el fondo del abismo.
Para el mediodía ya habíamos llegado al final de nuestro viaje. Miré hacia arriba y solo vi la abertura superior del cono, que servía como marco circular para una pequeña porción del cielo; una porción que me pareció extraordinariamente hermosa. ¿Podré volver a contemplar ese encantador cielo iluminado por el sol?
La única excepción en este paisaje extraordinario era la cima de Scartaris, que parecía perdida en el vasto vacío del cielo. El fondo del cráter estaba compuesto por tres conductos separados, a través de los cuales, durante los períodos de erupción, cuando Sneffels estaba activo, el gran horno central expulsaba su lava ardiente y sus vapores venenosos. Cada uno de esos conductos estaba abierto justo en nuestro camino. Me mantuve lo más lejos posible de ellos, sin atreverme siquiera a echar un vistazo hacia abajo.
En cuanto al profesor, después de examinar rápidamente su disposición y características, se quedó sin aliento y jadeando. Corría de un lado a otro como un niño emocionado, gesticulando descontroladamente y pronunciando frases incomprensibles y sin sentido en todo tipo de idiomas.
Hans, el guía, y sus compañeros se sentaron sobre algunos montones de lava y observaron en silencio. Claramente, consideraban a mi tío un loco; y esperaron a ver qué ocurriría.
De repente, el profesor lanzó un grito salvaje y sobrenatural. Al principio pensé que había perdido el equilibrio y que caía cabeza abajo dentro de uno de esos abismos. Pero no era así. Lo vi de pie, con los brazos extendidos al máximo y las piernas separadas, frente a un enorme pedestal, lo suficientemente alto y negro como para albergar una estatua gigantesca de Plutón. Su actitud y su expresión eran las de un hombre completamente atónito. Pero esa atonía se transformó rápidamente en una alegría desbordante.
“¡Harry! ¡Harry! ¡Ven aquí!”, gritó. “¡Date prisa! ¡Es maravilloso… maravilloso!”

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Al no poder entender lo que quería decir, me dispuse a obedecer sus órdenes.
Ni Hans ni los demás islandeses dieron un paso.
“¡Miren!”, dijo el profesor, imitando en cierto modo al general francés, señalando las pirámides a su ejército.
Y compartiendo plenamente su asombro, si no su alegría, leí en el lado oriental de ese enorme bloque de piedra los mismos caracteres, medio borrados por la acción corrosiva del tiempo: el nombre, para mí mil veces maldito.

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“¡Arne Saknussemm!”, gritó mi tío. “¿Ahora, incrédulo, comienzas a tener fe?” Era completamente imposible para mí responder aunque fuera una sola palabra. Volví a mi montón de lava, en un estado de asombro silencioso. Las pruebas eran irrefutables, abrumadoras. Sin embargo, en pocos momentos mis pensamientos estaban lejos, de vuelta en mi hogar en Alemania, con Gretchen y el viejo cocinero. ¡Qué poco no habría dado por una de las sonrisas de mi prima, por una de las tortillas del anciano cocinero, y por mi propio lecho de plumas! No sé cuánto tiempo permanecí en ese estado. Lo único que puedo decir es que, cuando finalmente levanté la cabeza de entre mis manos, en el fondo del cráter solo quedábamos yo, mi tío y Hans. Los porteadores islandeses ya se habían ido y ahora descendían por las laderas exteriores del monte Sneffels, de camino a Stapi. ¡Cuánto deseaba estar con ellos! Hans dormía tranquilamente al pie de una roca, en una especie de canal de lava, donde se había hecho un lecho rudimentario. Mi tío caminaba de un lado a otro en el fondo del cráter, como una bestia salvaje enjaulada. No tenía ganas, ni fuerzas, para moverme de mi posición acostada. Siguiendo el ejemplo del guía, me dejé llevar por una especie de somnolencia dolorosa, durante la cual parecía escuchar y sentir continuos temblores en la montaña. Así pasamos nuestra primera noche en el interior de un cráter. A la mañana siguiente, un cielo gris, nublado y pesado colgaba como un velo fúnebre sobre la cima del cono volcánico. No lo noté tanto por la oscuridad que reinaba a nuestro alrededor, como por la furia con la que estaba consumido mi tío. Comprendí perfectamente la razón, y de nuevo un destello de esperanza hizo que mi corazón saltara de alegría. Explicaré brevemente la causa.

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De las tres aberturas que se abrían bajo nuestros pasos, solo una podía ser seguida por el aventurero Saknussemm. Según las palabras del erudito islandés, solo se podía saber por esa parte específica mencionada en el criptograma que la sombra de Scartaris caía sobre ella, tocando apenas su borde en los últimos días del mes de junio. De hecho, debíamos considerar ese pico puntiagudo como el estilo de un inmenso reloj de sol, cuya sombra, en un día determinado, señalaba, como el dedo inexorable del destino, hacia el abismo que conducía al interior de la tierra. Ahora bien, como suele ocurrir en estas regiones, si el sol no lograba salir de entre las nubes, no había sombra alguna; en consecuencia, no había posibilidad de encontrar la abertura correcta. Ya habíamos llegado al 25 de junio. Si tan solo los cielos permanecieran cubiertos de nubes durante seis días más, tendríamos que aplazar nuestro viaje de exploración por otro año, cuando seguramente habría una persona menos en el grupo. Ya tenía suficiente de esa empresa loca y monstruosa. Sería completamente imposible describir la rabia impotente del profesor Hardwigg. Pasó el día, y no se pudo ver ni el más leve rastro de sombra en el fondo del cráter. Hans, el guía, nunca se movió de su lugar. Seguramente sentía curiosidad por saber qué estábamos haciendo, si es que realmente creía que estábamos haciendo algo. En cuanto a mi tío, nunca me dirigió ni una palabra. Guardaba su ira para mantenerla viva. Sus ojos estaban fijos en la atmósfera oscura y brumosa; su rostro era horrible debido a la pasión reprimida. Nunca sus ojos habían parecido tan feroces, su nariz tan aguileña, su boca tan dura y firme. El 26 no hubo mejoras. Llovió y nevó durante todo el día. Hans construyó muy silenciosamente una cabaña con lava, en la cual se refugió, como Diógenes en su tinaja. Me divertía observar las miles de pequeñas cascadas que bajaban por la ladera del cono, llevando consigo, a veces, corrientes de piedras hacia las profundidades abajo. Mi tío estaba casi frenético: sin duda, eso era suficiente para enfadar incluso a un hombre paciente. Había alcanzado hasta cierto punto el objetivo de sus deseos, pero aún así corría el riesgo de fracasar.

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Pero si los cielos y los elementos son capaces de causarnos mucho dolor y tristeza, hay dos caras de la moneda. Y estaba reservada para el profesor Hardwigg una sorpresa brillante y repentina que debía compensarlo por todos sus sufrimientos.
Al día siguiente el cielo seguía nublado, pero el domingo 28, último día del mes menos dos, con un cambio repentino de viento y luna nueva, hubo un cambio en el clima. El sol derramó sus rayos resplandecientes hasta el fondo mismo del cráter.
Cada colina, cada roca, cada piedra, cada irregularidad del suelo recibió su parte de ese resplandor luminoso, y su sombra cayó pesadamente sobre el suelo. Entre otras, para su alegría desbordante, la sombra de Scartaris se veía claramente marcada y se movía lentamente con el amanecer radiante.
Mi tío se movía junto a ella en un estado de éxtasis mental.
A las doce en punto, cuando el sol alcanzó su mayor altitud del día, la sombra cayó sobre el borde del pozo central.
“¡Aquí está!”, exclamó el profesor en un éxtasis de alegría. “¡Aquí está! Lo hemos encontrado. Adelante, amigos, hacia el interior de la Tierra”.
Miré con curiosidad a Hans para ver qué respuesta daría a este anunció tan extraordinario.
“Adelante”, dijo el guía con calma.
“¡Adelante, entonces!”, respondió mi tío, que ahora estaba en el séptimo cielo de la felicidad.
Cuando estuvimos completamente listos, nuestros relojes indicaban trece minutos pasadas la una.

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CAPÍTULO 14
COMIENZA EL VERDADERO VIAJE

Nuestro verdadero viaje había comenzado ahora. Hasta entonces, nuestro coraje y determinación habían superado todas las dificultades. A veces estábamos cansados; y eso era todo. Ahora estábamos a punto de enfrentarnos a peligros desconocidos y temibles. Todavía no me había atrevido a echar un vistazo al horrible abismo en el que, en pocos minutos más, iba a sumergirme. Sin embargo, finalmente llegó el momento fatídico. Todavía tenía la opción de rechazar o aceptar participar en esta empresa absurda y audaz. Pero me daba vergüenza mostrar más miedo que el cazador de patos mandarines. Hans parecía aceptar las dificultades del viaje con tanta tranquilidad, con tal indiferencia serena, con tal despreocupación por todo peligro, que incluso me sonrojé al pensar que podía parecer menos hombre que él.

Si hubiera estado solo con mi tío, seguramente me habría sentado a discutir el asunto a fondo; pero en presencia del guía me callé. Dediqué un momento a pensar en mi encantadora prima y luego me acerqué a la entrada del pozo central. Tenía unos cien pies de diámetro, lo que significaba una circunferencia de aproximadamente trescientos pies. Me incliné sobre una roca que se encontraba en su borde y miré hacia abajo. Mis cabellos se erizaron, mis dientes castañeteaban y mis extremidades temblaban. Parecía haber perdido por completo mi equilibrio, mientras mi cabeza daba vueltas, como la de un hombre borracho. No hay nada más poderoso que esta atracción hacia un abismo. Estaba a punto de caer de cabeza en ese pozo oscuro cuando fui retirado por una mano firme y fuerte. Era la de Hans. No había recibido suficientes lecciones en la iglesia Frelser’s-Kirk de Copenhague sobre cómo mirar hacia abajo desde alturas elevadas sin parpadear.

Sin embargo, aunque fueron pocos los minutos durante los cuales contemplé este enorme e incluso maravilloso pozo, tuve suficiente visión de él como para hacerme una idea de su forma física. Sus paredes, que eran casi tan…

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Perpendicular como las de un pozo, presentaba numerosas proyecciones que sin duda ayudarían a nuestro descenso. Era una especie de escalera salvaje y primitiva, sin barandilla ni valla. Una cuerda fijada arriba, cerca de la superficie, seguramente soportaría nuestro peso y nos permitiría llegar al fondo, pero ¿cómo, una vez llegados a su mayor profundidad, podríamos aflojarla arriba? Esto, pensé, era una cuestión de cierta importancia. Mi tío, sin embargo, era uno de esos hombres que casi siempre están preparados con soluciones improvisadas. Se le ocurrió un método muy sencillo para superar esta dificultad. Desenrolló una cuerda más o menos del grosor de mi pulgar y de al menos cuatrocientos pies de longitud. Dejó caer aproximadamente la mitad de ella por el pozo, de modo que quedara enganchada en un nudo sobre un gran bloque de lava que se encontraba en el borde del acantilado. Una vez hecho esto, lanzó la otra mitad detrás de la primera. Ahora cada uno de nosotros podía descender agarrando las dos cuerdas con una mano. Cuando estábamos a unos doscientos pies de profundidad, todo lo que tenía que hacer el explorador era soltar un extremo y tirar del otro; así, la cuerda caería a sus pies. Para bajar aún más, bastaba con continuar con la misma operación. Era una propuesta excelente y, sin duda, acertada. Bajar me parecía bastante fácil; lo que ahora ocupaba mis pensamientos era volver a subir. “Ahora”, dijo mi tío, tan pronto como terminó esta importante preparación, “veamos qué hacemos con el equipaje. Debe dividirse en tres paquetes separados, y cada uno de nosotros debe llevar uno a la espalda. Me refiero a los artículos más importantes y frágiles”. Mi digno e ingenioso tío no parecía considerarnos incluidos en esa categoría. “Hans”, continuó, “tú te encargarás de las herramientas y de algunas provisiones; tú, Harry, debes llevarte otro tercio de las provisiones y de las armas. Yo me cargaré con el resto de los alimentos y con los instrumentos más delicados”.

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“Pero”, exclamé, “nuestra ropa, toda esta masa de cuerdas y escaleras… ¿quién se encargará de bajarlas?”
“Bajarán solas.”
“¿Y cómo?”, pregunté.
“Lo verás.”
A mi tío no le gustaban las medidas a medias, ni tampoco toleraba ninguna clase de vacilación. Después de dar órdenes a Hans, hizo que todos los artículos que no eran frágiles se reunieran en un solo bulto; ese bulto, bien atado, fue simplemente arrojado por el borde del abismo.
Oí el gemido del aire desplazado de repente, y el ruido de las piedras al caer. Mi tío, inclinado sobre el abismo, observó cómo descendía su equipaje con una expresión de total satisfacción, y no se levantó hasta que este desapareció por completo de la vista.
“Bueno”, dijo, “ahora es nuestro turno.”
Le aseguro a cualquier persona sensata: ¿era posible escuchar ese grito enérgico sin estremecerse?
El profesor se colgó su maletín con los instrumentos a la espalda. Hans se encargó de las herramientas, yo de los brazos. La descensión comenzó en el siguiente orden: Hans iba primero, luego mi tío, y yo al final. Avanzábamos en profundo silencio, un silencio roto únicamente por el caer de pedazos de roca, que, al romperse en los bordes escarpados, caían con estruendo hacia las profundidades.
Me dejé resbalar, por así decirlo, agarrándome desesperadamente a la cuerda con una mano y, con la otra, manteniéndome alejado de las rocas con la ayuda de mi bastón forrado de hierro. Una sola idea ocupaba constantemente mi mente: temía que el soporte superior fallara. La cuerda me parecía demasiado frágil como para soportar el peso de tres personas como nosotros, además de nuestro equipaje. La utilicé lo menos posible, confiando en mi propia agilidad y realizando verdaderos prodigios de destreza y fuerza sobre las repisas y salientes de lava, a los que mis pies parecían aferrarse con la misma firmeza que mis manos.

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El guía fue primero, como ya he dicho, y cuando uno de los soportes resbaladizos y frágiles se rompió bajo sus pies, recurrió a su habitual forma de hablar, con palabras monosilábicas.
“Gif akt—”
“¡Atención! ¡Cuidado!”, repitió mi tío.
En aproximadamente media hora llegamos a una especie de pequeña terraza formada por un fragmento de roca que sobresalía a cierta distancia de los lados del pozo.
Hans comenzó entonces a tirar de la cuerda solo por un lado; el otro extremo subía tan silenciosamente como el anterior bajaba. Finalmente, la cuerda cayó, trayendo consigo una lluvia de piedras pequeñas, lava y polvo, una especie de lluvia o granizo desagradable.
Mientras estábamos sentados en ese banco extraordinario, me atreví una vez más a mirar hacia abajo. Con un suspiro descubrí que el fondo seguía estando completamente invisible. ¿Acaso íbamos directamente al interior de la Tierra?
La operación con la cuerda se reanudó, y un cuarto de hora después habíamos alcanzado una profundidad adicional de doscientos pies.
Tengo serias dudas de que incluso el geólogo más decidido hubiera podido estudiar la naturaleza de las diferentes capas terrestres durante esa descensión. Yo no me preocupé demasiado por eso; ya fuera que estuviéramos entre carbono combustible, rocas silúricas o suelo primitivo, ni lo sabía ni quería saberlo.
Pero el empecinado profesor era diferente. Seguramente tomó notas durante todo el descenso, porque, en una de nuestras paradas, comenzó una breve conferencia.
“Cuanto más avanzamos”, dijo, “más confianza tengo en el resultado. La disposición de estas capas volcánicas confirma plenamente las teorías de Sir Humphry Davy. Todavía estamos dentro de la región del suelo primitivo, ese suelo en el cual tuvo lugar la reacción química que hace que los metales se inflamen al entrar en contacto con el aire y el agua. Lamento de inmediato esa antigua teoría, ahora ya descartada, del fuego central. De todos modos, pronto conoceremos la verdad”.
Esa era la conclusión a la que siempre llegaba. Sin embargo, yo estaba lejos de tener ganas de discutir el tema. Tenía otras cosas en qué pensar.

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Mi silencio fue tomado por consentimiento; y aun así continuamos bajando. Al cabo de tres horas, por lo que parecía, estábamos tan lejos como nunca del fondo del pozo. Sin embargo, al mirar hacia arriba, podía ver que el orificio superior disminuía de tamaño minuto a minuto. Los lados del pozo se acercaban cada vez más entre sí; ¡nos estábamos aproximando a las regiones de la noche eterna! Y aún así continuábamos descendiendo. Finalmente, noté que cuando los pedazos de piedra se desprendían de los lados de ese estupendo acantilado, eran engullidos con menos ruido que antes. El último sonido se escuchaba más pronto; ¡nos estábamos acercando al fondo del abismo! Como había tenido mucho cuidado de registrar todos los cambios en la cuerda, pude determinar con exactitud qué profundidad habíamos alcanzado, así como el tiempo que había transcurrido. Habíamos movido la cuerda veintiocho veces; cada operación llevaba un cuarto de hora, lo que en total sumaba siete horas. A esto había que añadir veintiocho pausas; en total, diez horas y media. Empezamos a la una; por lo tanto, ahora eran cerca de las once de la noche. No se necesita mucho conocimiento de aritmética para saber que veintiocho veces doscientos pies suman cinco mil seiscientos pies en total (más de una milla inglesa). Mientras hacía este cálculo mental, una voz rompió el silencio. Era la voz de Hans. “¡Alto!”, gritó. Me detuve de repente, justo en el momento en que estaba a punto de patear a mi tío en la cabeza. “Hemos llegado al final de nuestro viaje”, dijo el honorable profesor en un tono satisfecho. “¿El interior de la Tierra?”, pregunté, acercándome a él.

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“¡No, idiota! Pero ya hemos llegado al fondo del pozo”.
“¿Y supongo que no hay más camino por recorrer?”, exclamé con esperanza.
“Oh, sí. Puedo ver vagamente una especie de túnel que se dirige oblicuamente hacia la derecha. De todos modos, tendremos que averiguarlo mañana. Ahora comamos algo y tratemos de dormir lo mejor que podamos”.
Pensé que ya era hora, pero no hice ningún comentario al respecto. Estaba decidido a seguir adelante, con esperanza y confianza.
Todavía no estaba completamente oscuro; la luz penetraba de manera extraordinaria.
Abrimos la bolsa con las provisiones, cenamos algo sencillo y cada uno hizo lo posible por encontrar un lugar donde dormir entre el montón de piedras, tierra y lava que se había acumulado durante siglos en el fondo del pozo.
Por casualidad, encontré el montón de cuerdas, escaleras y ropa que habíamos dejado allí; me tumbé sobre ellos. Después de un día tan duro, mi “lecho” áspero parecía tan suave como plumas.
Durante un rato permanecí en un estado de semiinconsciencia.
Después de estar quieto unos minutos, abrí los ojos y miré hacia arriba. Vi un pequeño punto brillante en el extremo de ese enorme telescopio. Era una estrella sin rayos centelleantes. Según mis cálculos, debía ser Beta, en la constelación del Oso Menor.
Después de este breve momento de observación astronómica, me quedé profundamente dormido.

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CAPÍTULO 15
Continuamos nuestra descensión

A las ocho de la mañana siguiente, un tenue amanecer nos despertó.
Los mil y un prismas de la lava capturaban la luz a medida que pasaba y nos la devolvían como una lluvia de chispas.
Podíamos ver con facilidad los objetos que había a nuestro alrededor.
“Bueno, Harry, muchacho”, exclamó el profesor, frotándose las manos, “¿qué dices ahora? ¿Has pasado alguna vez una noche más tranquila en nuestra casa de la Konigstrasse? ¡Ni ruidos ensordecedores de ruedas de carros, ni gritos de vendedores ambulantes, ni malas palabras por parte de barqueros o trabajadores del agua!”
“Bueno, tío, ya estamos en el fondo de este pozo… Pero para mí hay algo terrible en esta calma.”
“¿Por qué?”, dijo el profesor con enfado. “Parece que ya estás empezando a tener miedo. ¿Cómo vas a seguir adelante? ¿Sabes que hasta ahora no hemos penetrado ni un centímetro en las entrañas de la tierra?”
“¿Qué quiere decir, señor?”, fue mi respuesta, llena de confusión y asombro.
“Quiero decir que acabamos de llegar al suelo de la isla misma. Este largo tubo vertical, que termina en el fondo del cráter de Sneffels, termina aquí, más o menos a la altura del mar.”
“¿Está seguro, señor?”
“Completamente seguro. Mira el barómetro.”
Era cierto: el mercurio, después de subir gradualmente en el instrumento mientras continuaba nuestro descenso, se había detenido exactamente en veintinueve grados.

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“Como puede ver”, dijo el profesor, “por ahora solo tenemos que soportar la presión del aire. Me gustaría reemplazar el barómetro por un manómetro”. De hecho, el barómetro estaba a punto de volverse inútil, tan pronto como el peso del aire superara el valor calculado sobre el nivel del océano.
“Pero”, dije yo, “¿no es muy preocupante que esta presión, que sigue aumentando, pueda terminar siendo algo muy doloroso e incómodo?”
“No”, respondió él. “Descenderemos muy lentamente, y nuestros pulmones se acostumbrarán gradualmente a respirar aire comprimido. Es bien sabido que los aviadores han llegado a alturas en las que casi no hay aire en absoluto; entonces, ¿por qué no nos acostumbraríamos a respirar cuando tenemos, digamos, un poco demasiado aire? Personalmente, estoy seguro de que preferiré eso. No perdamos ni un momento. ¿Dónde está el paquete que nos precedió en nuestra descensión?”
Se lo señalé sonriendo a mi tío. Hans no lo había visto y creía que se había quedado atrapado en algún lugar por encima de nosotros.
“Ahora”, dijo mi tío, “tomemos el desayuno, como personas que tienen un largo día de trabajo por delante”. Galletas y carne seca, acompañadas de unos sorbos de agua con sabor a Schiedam, fueron el contenido de nuestro “lujoso” desayuno. Tan pronto como terminamos, mi tío sacó de su bolsillo un cuaderno destinado a registrar los detalles de nuestro viaje. Ya había colocado sus instrumentos en orden, y esto es lo que escribió:
Lunes, 29 de junio
Cronómetro: 8 h. 17 m., por la mañana.
Barómetro: 29,6 pulgadas.
Termómetro: 6 grados [43 grados Fahrenheit].
Dirección: E.S.E.
Esta última observación se refería a la galería oscura, y nos fue indicada por la brújula.

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“Ahora, Harry”, exclamó el profesor, con un tono de voz entusiasta, “estamos a punto de dar nuestro primer paso hacia el interior de la Tierra; un lugar que el hombre nunca ha visitado desde la creación del mundo. Por lo tanto, puedes considerar que en este preciso momento comienzan realmente nuestros viajes”. Mientras mi tío decía esto, tomó con una mano el aparato de bobina de Ruhmkorff, que colgaba de su cuello, y con la otra conectó la corriente eléctrica al dispositivo de la linterna. De inmediato, una luz brillante iluminó ese túnel oscuro y tétrico. ¡El efecto era mágico! Hans, quien llevaba el segundo aparato, también lo puso en funcionamiento. Esta ingeniosa aplicación de la electricidad para fines prácticos nos permitió avanzar bajo la luz de un “día artificial”, incluso en medio de flujos de gases altamente inflamables y combustibles. “¡Adelante!”, gritó mi tío. Cada uno tomó su carga: Hans iba primero, mi tío lo seguía, y yo en tercer lugar; así entramos en esa galería sombría. Justo cuando estábamos a punto de adentrarnos en ese pasadizo tétrico, levanté la cabeza y, a través del conducto en forma de tubo, vi ese cielo islandés que nunca volvería a ver. ¿Sería ese el último cielo que vería en mi vida? El flujo de lava que salía de las entrañas de la Tierra en el año 1219 se había abierto paso a través del túnel. Cubría todo el interior con su capa gruesa y brillante. La luz eléctrica aumentaba aún más la intensidad de ese brillo. Ahora comenzaba la gran dificultad de nuestro viaje: ¿cómo evitar resbalar por esa superficie muy inclinada? Afortunadamente, algunas grietas, abrasiones en el suelo y otras irregularidades servían como escalones; descendimos lentamente, dejando que nuestro equipaje pesado se deslizara primero, mediante una larga cuerda. Pero lo que servía como escalones en algunos lugares se convertía en estalactitas. La lava, muy porosa en ciertas zonas, adoptaba la forma de pequeñas…

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Vístulas redondas. Cristales de cuarzo opaco, adornados con gotas límpidas de vidrio natural suspendidas en el techo como brillos, parecían encenderse cuando pasábamos debajo de ellos. Uno podría haber imaginado que los genios del romanticismo iluminaban sus palacios subterráneos para recibir a los hijos de los hombres.
“¡Magnífico, glorioso!”, exclamé en un momento de entusiasmo involuntario. “¡Qué espectáculo, tío! ¿No admira usted estos matices variados de lava, que van a través de toda una serie de colores, desde el marrón rojizo hasta el amarillo pálido, en grados casi imperceptibles? Y estos cristales… parecen esferas luminosas”.
“Estás comenzando a ver los encantos del viaje, maestro Harry”, dijo mi tío. “Espera un poco, hasta que avancemos más. Lo que hemos descubierto hasta ahora no es nada; ¡adelante, muchacho, adelante!”.
Habría sido una expresión mucho más correcta y apropiada si hubiera dicho: “deslizémonos”, ya que descendíamos por una pendiente con total facilidad. La brújula indicaba que nos movíamos en dirección sureste. El flujo de lava nunca se desviaba hacia la derecha ni hacia la izquierda; tenía la inflexibilidad de una línea recta.
No obstante, para mi sorpresa, no observamos ningún aumento perceptible de calor. Esto demostraba que las teorías de Humphry Davy estaban basadas en la verdad, y más de una vez me encontré examinando el termómetro en silencio, asombrado.
Dos horas después de nuestra partida, este solo marcaba cincuenta y cuatro grados Fahrenheit. Tenía todas las razones para creer que nuestro descenso era mucho más horizontal que vertical. En cuanto a averiguar la profundidad exacta a la que habíamos llegado, no había nada más sencillo. El profesor, a medida que avanzaba, medía los ángulos de desviación e inclinación; pero guardaba para sí mismo los resultados de sus observaciones.
Alrededor de las ocho de la tarde, mi tío dio la señal para detenernos. Hans se sentó en el suelo. Las lámparas estaban colgadas de fisuras en la roca de lava. Ahora nos encontrábamos en una gran cueva donde no faltaba aire; por el contrario, abundaba. ¿Cuál podía ser la causa de esto? ¿A qué agitación atmosférica se debía esa corriente de aire? Pero esa era una pregunta que en ese momento no quería discutir. El cansancio y el hambre hacían…

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Incapaz de razonar. Una marcha ininterrumpida de siete horas no se podía mantener sin un gran agotamiento. Estaba realmente exhausto; y me alegré mucho al oír la palabra “¡Alto!”.
Hans colocó algo de comida sobre un trozo de lava, y cada uno de nosotros comimos con gran apetito. Sin embargo, había algo que nos causaba gran preocupación: nuestra reserva de agua ya estaba medio agotada. Mi tío tenía plena confianza en encontrar recursos subterráneos, pero hasta entonces habíamos fracasado por completo en ello. No pude evitar llamar la atención de mi tío sobre esa circunstancia.
“¿Y te sorprende esta total ausencia de manantiales?”, preguntó él.
“Sin duda… Estoy muy preocupado por eso. Ciertamente no tenemos suficiente agua para cinco días”.
“No te preocupes por eso”, continuó mi tío. “Te aseguro que encontraremos mucha agua, de hecho, mucho más de lo que necesitemos”.
“Pero, ¿cuándo?”
“Cuando logremos atravesar esta capa de lava. ¿Cómo puedes esperar que los manantiales surjan a través de estas paredes de piedra sólidas?”
“Pero, ¿qué prueba hay de que esta masa de lava no se extienda hasta el centro de la Tierra? Creo que aún no hemos avanzado mucho en dirección vertical”.
“¿Qué te hace pensar eso, muchacho?”, preguntó mi tío con suavidad.
“Bueno, me parece que si hubiéramos descendido muy por debajo del nivel del mar, encontraríamos allí un clima bastante más caliente que aquí”.
“Según tu sistema…”, dijo mi tío. “Pero, ¿qué dice el termómetro?”
“Apenas quince grados según Reaumur, lo cual representa solo un aumento de nueve grados desde que partimos”.
“Bueno, ¿y qué conclusión sacas de eso?”, preguntó el profesor.

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“La deducción que saco de esto es muy sencilla. Según las observaciones más precisas, el aumento de la temperatura en el interior de la Tierra es de un grado por cada cien pies. Pero ciertas causas locales pueden modificar considerablemente esta cifra. Así, en Yakoust, en Siberia, se ha observado que el calor aumenta un grado cada treinta y seis pies. La diferencia depende evidentemente de la conductividad de ciertas rocas. En las cercanías de un volcán extinto, se ha observado que la elevación de la temperatura era solo de un grado cada veinticinco pies. Procedamos, entonces, con este cálculo, que es el más favorable, y hagámoslo.”
“Calcúlalo, muchacho.”
“Nada más fácil”, dije, sacando mi cuaderno y lápiz. “Nueve veces ciento veinticinco pies dan una profundidad de mil ciento veinticinco pies.”
“Arquímedes no podría haber hablado de forma más geométrica.”
“Bueno?”
“Bueno, según mis observaciones, estamos al menos diez mil pies por debajo del nivel del mar.”
“¿Es posible?”
“O bien mi cálculo es correcto, o bien las cifras no son exactas.”
Los cálculos del profesor eran perfectamente correctos. Ya estábamos a seis mil pies más abajo en las entrañas de la Tierra que nadie lo había estado antes. La profundidad más baja a la que el hombre había llegado hasta entonces se encontraba en las minas de Kitzbühel, en Tirol, y en las de Wurtemberg.
La temperatura, que debería haber sido de ochenta y uno grados, en ese lugar era solo de quince. Eso era algo que requería una seria consideración.

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CAPÍTULO 16
EL TÚNEL DEL ESTE

Al día siguiente era martes, 30 de junio, y a las seis de la mañana reanudamos nuestro viaje. Seguimos por la galería de lava, un camino natural perfecto, tan fácil de descender como algunos de esos planos inclinados que, en las casas alemanas muy antiguas, sirven de escaleras. Esto continuó hasta diecisiete minutos pasadas las doce, el instante preciso en el que nos reunimos con Hans, quien, habiendo ido algo por delante, se había detenido de repente.
“Por fin”, exclamó mi tío, “hemos llegado al final del pozo”. Miré a mi alrededor con asombro. Estábamos en el centro de cuatro caminos que se cruzaban: túneles sombríos y estrechos. Ahora surgió la pregunta de cuál era el más sensato tomar; y eso en sí mismo constituía una dificultad considerable.
Mi tío, que no quería dar la impresión de vacilar ante mí ni ante el guía, decidió de inmediato. Señaló en silencio el túnel del este; y, sin demora, entramos en sus sombríos recovecos.
Además, si hubiera tenido alguna duda, podría haberse prolongado indefinidamente, ya que no había indicio alguno que permitiera tomar una decisión. Era absolutamente necesario confiar en la suerte y en la buena fortuna.
La bajada por esta galería oscura y estrecha era muy gradual y sinuosa. A veces mirábamos a través de una sucesión de arcos; su curso era muy similar al de los pasillos de una catedral gótica. Los grandes escultores y constructores de la Edad Media podrían haber completado aquí sus estudios con ventaja. Muchas ideas hermosas y sugerentes sobre la belleza arquitectónica habrían sido descubiertas por ellos. Después de pasar por esta fase del camino cavernoso, de repente llegamos, unos mil metros más adelante…

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Sobre un sistema de arcos cuadrados, adoptado por los primeros romanos, que se proyectaban desde la roca sólida y sostenían el peso del techo. De repente, nos encontrábamos ante una serie de túneles subterráneos bajos que parecían madrigueras de castores o obra de zorros; a través de sus pasajes estrechos y sinuosos teníamos que arrastrarnos literalmente. El calor seguía siendo bastante soportable. Con un estremecimiento involuntario, pensé en cuán intenso debió haber sido el calor cuando el volcán Sneffels vertía su humo, llamas y corrientes de lava hirviendo; todo ello debió haber subido por el camino que ahora seguíamos. Podía imaginar aquellos torrentes de piedra caliente y burbujeante, brotando acompañados de humo, vapor y un olor sulfuroso. “Solo pensar en las consecuencias”, me dije, “si el viejo volcán volviera a entrar en erupción”. No compartí estas reflexiones algo desagradables con mi tío. No solo no las habría comprendido, sino que también se habría sentido profundamente disgustado. Su única idea era seguir adelante. Caminaba, resbalaba, trepaba sobre montones de fragmentos, rodaba cuesta abajo entre montones de lava rota, con una determinación y convicción que resultaba imposible no admirar. A las seis de la tarde, después de un viaje muy agotador, pero no tan extenuante como antes, habíamos recorrido seis millas hacia el sur, aunque no habíamos descendido más de una milla. Mi tío, como de costumbre, dio la señal para detenernos. Comimos en silencio, sumidos en pensamientos, y luego nos retiramos a dormir. Nuestros preparativos para pasar la noche eran muy primitivos y sencillos: una alfombra de viaje, en la cual cada uno se envolvía, era toda nuestra ropa de cama. No teníamos necesidad de temer al frío ni a ninguna visita desagradable. Los viajeros que se refugian en las tierras salvajes del desierto africano, o que buscan beneficios y placer en los bosques del Nuevo Mundo, se ven obligados a turnarse para vigilar durante las horas de sueño; pero en esta región de la Tierra reinaban la absoluta soledad y la total seguridad. Tampoco teníamos nada que temer, ni de los salvajes ni de las bestias salvajes.

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Después de una noche de dulce descanso, nos despertamos frescos y listos para actuar. Como no había nada que nos retuviera, emprendimos nuestro viaje. Continuamos avanzando por el túnel de lava como antes. Era imposible saber por qué tipo de suelo estábamos pasando. Además, en lugar de bajar hacia las entrañas de la tierra, el túnel se volvió completamente horizontal. Incluso, tras examinarlo un poco, pensé que en realidad estábamos subiendo. Alrededor de las diez de la mañana, la situación se hizo tan evidente que, al encontrarla muy agotadora, tuve que reducir el paso y finalmente detenerme.

—Bueno —dijo rápidamente el profesor—, ¿qué pasa?

—La verdad es que estoy terriblemente cansado —fue mi sincera respuesta.

—¿Qué? —exclamó mi tío—. ¿Cansado después de caminar tres horas por un camino tan fácil?

—Lo suficientemente fácil, diría yo, pero muy agotador.

—Pero, ¿cómo puede ser eso, si todo lo que tenemos que hacer es bajar?

—Perdóneme, señor. Hace ya algún tiempo que he notado que estamos subiendo.

—¿Subiendo? —exclamó mi tío, encogiéndose de hombros—. ¿Cómo puede ser eso?

—No hay duda al respecto. Durante la última media hora, la pendiente ha sido ascendente; y si seguimos así mucho más tiempo, nos encontraremos de nuevo en Islandia.

Mi tío negó con la cabeza, como quien no quiere creerlo. Intenté continuar la conversación. Él no quiso responderme, sino que volvió a dar la señal para partir. Pensé que su silencio se debía únicamente a un mal humor intenso.

Fuera como fuese, volví a tomar mi carga y seguí valientemente y resueltamente a Hans, que ahora iba delante de mi tío. No quería quedarme atrás ni ser dejado atrás. Naturalmente, estaba ansioso por no perder de vista a mis compañeros. La sola idea de quedar abandonado, perdido en ese terrible laberinto, me hacía temblar como si tuviera fiebre.

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Además, si el camino ascendente era más arduo y doloroso de escalar, yo tenía una fuente de consuelo y alegría secreta. A primera vista, parecía que nos llevaba de vuelta a la superficie de la tierra. Eso en sí mismo era alentador. Cada paso que daba reforzaba mi creencia, y ya comenzaba a construir castillos en el aire en relación con mi matrimonio con mi linda prima.
Alrededor de las doce, hubo un gran y repentino cambio en el aspecto de las paredes rocosas del pasadizo. Lo noté primero por la disminución de los rayos de luz que devolvían el reflejo de la lámpara. De estar cubiertas de lava brillante y resplandeciente, pasaron a ser rocas vivas. Las paredes eran laderas inclinadas, que a veces se volvían completamente verticales.
Ahora nos encontrábamos en lo que los profesores de geología denominan un estado de transición, en el período de las rocas silúricas, llamado así porque este tipo de formación primitiva es muy común en Inglaterra, en los condados anteriormente habitados por la nación celta conocida como siluros.
“Ahora puedo ver con claridad”, exclamé; “los sedimentos provenientes de las aguas que alguna vez cubrieron toda la tierra formaron, durante el segundo período de su existencia, estos esquistos y estas rocas calcáreas. Estamos dejando atrás las rocas de granito, y somos como personas de Hamburgo que irían a Lübeck pasando por Hannover”.
Podría haber guardado mis observaciones para mí. Sin embargo, mi entusiasmo por la geología prevaleció sobre mi juicio más sensato, y el profesor Hardwigg escuchó mis observaciones.
“¿Qué ocurre ahora?”, preguntó, en un tono de gran gravedad.
“Bueno”, exclamé, “¿no ve usted estas diferentes capas de rocas calcáreas y las primeras señales de estratos de pizarra?”
“Bueno, ¿y qué?”
“Hemos llegado a ese período de la existencia del mundo en el que aparecieron las primeras plantas y los primeros animales”.
“¿Usted cree eso?”
“Sí, mire; examínelo y juzgue por sí mismo”.

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Con cierta dificultad logré convencer al profesor de que dirigiera la luz de su lámpara hacia los laterales de la larga y sinuosa galería. Esperaba que brotaran de sus labios alguna exclamación. Me equivoqué por completo: el distinguido profesor no dijo ni una palabra. Era imposible saber si me había comprendido o no. Quizá, debido a su orgullo —mi tío era un profesor erudito—, no quería admitir que se había equivocado al elegir el túnel oriental, o quizá estaba decidido a llegar hasta el final a cualquier precio. Era evidente que habíamos dejado la zona de lava, y que el camino por el que avanzábamos no podía llevarnos de vuelta al gran cráter del monte Sneffels. Mientras caminábamos, no pude evitar reflexionar sobre todo esto y preguntarme si no estaba dando demasiada importancia a estas repentinas y extrañas modificaciones de la corteza terrestre. Al fin y al cabo, era muy probable que me equivocara; también era posible que no estuviéramos atravesando las capas rocosas que creía reconocer en la capa inferior de formación granítica. “De todos modos, si tengo razón”, pensé, “seguro que encontraré algunos restos de plantas primitivas, y será absolutamente necesario ceder ante tales pruebas indiscutibles. Busquemos bien”. Por lo tanto, no perdí ninguna oportunidad de buscar, y después de recorrer unos cien metros, las pruebas que buscaba aparecieron ante mis ojos de la manera más contundente. Era lógico que esperara encontrar esos signos, ya que durante el período silúrico los mares contenían nada menos que mil quinientas especies diferentes de animales y plantas. Mis pies, acostumbrados desde hacía tiempo al suelo duro y árido de la lava, de repente se encontraron pisando una especie de polvo blando, restos de plantas y conchas. En las mismas paredes podía distinguir claramente, tan nítidamente como si fuera una imagen, los contornos del fucus y los licopodios. El distinguido y excelente profesor Hardwigg, por supuesto, no podía equivocarse al respecto; pero creo que deliberadamente cerró los ojos y continuó su camino con paso firme e inquebrantable.

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Comencé a pensar que llevaba su obstinación demasiado lejos. Ya no podía actuar con prudencia ni serenidad. De repente me agaché y recogí una concha casi perfecta, que sin duda había pertenecido a algún animal muy parecido a algunos de los actuales. Una vez obtenido el premio, seguí los pasos de mi tío.

“¿Ves esto?”, dije.

“Bueno”, dijo el profesor, con la mayor tranquilidad, “es la concha de un animal crustáceo del extinto orden de los trilobites; nada más, te lo aseguro”.

“Pero”, exclamé, muy preocupado por su calma, “¿no sacas ninguna conclusión de ello?”

“Bueno, si me lo permites, ¿qué conclusión sacas tú mismo?”

“Pues pensé que...”

“Sé, muchacho, lo que ibas a decir, y tienes razón, completamente e indiscutiblemente razón. Finalmente hemos abandonado la costra de lava y el camino por el cual ascendió la lava. Es muy posible que me haya equivocado, pero no podré descubrir mi error hasta que llegue al final de esta galería”.

“Tienes toda la razón en eso”, respondí, “y aprobaría encarecidamente tu decisión, si no tuviéramos que temer al mayor de todos los peligros”.

“¿Y cuál es ese?”

“La falta de agua”.

“Bueno, querido Henry, no hay nada que hacer. Debemos racionar el agua”.

Y siguió su camino.

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CAPÍTULO 17
CADA VEZ MÁS HONDO: LA MINA DE CARBÓN

En verdad, estábamos obligados a racionar nuestros alimentos. Nuestros suministros seguramente no durarían más de tres días. Lo descubrí alrededor de la hora de la cena. Lo peor era que, en lo que se denominan rocas de transición, era casi imposible esperar encontrar agua. Había leído sobre los horrores de la sed, y sabía que, en el lugar donde nos encontrábamos, una breve experiencia de esos sufrimientos pondría fin a nuestras aventuras… ¡y a nuestras vidas! Pero era completamente inútil discutir el asunto con mi tío. Él habría respondido con algún axioma de Platón. Durante todo el día siguiente continuamos nuestro viaje por esa galería interminable, paso tras paso, túnel tras túnel. Caminábamos sin intercambiar ni una palabra. Nos habíamos vuelto tan mudos y reservados como Hans, nuestro guía. El camino ya no tenía una pendiente ascendente; al menos, si la había, no se podía apreciar con claridad. A veces no había duda de que íbamos cuesta abajo. Pero esa inclinación apenas se podía distinguir, y eso no resultaba nada tranquilizador para el profesor, ya que la naturaleza de las capas rocosas no cambiaba en absoluto, y el carácter de transición de las rocas se volvía cada vez más marcado. Era un espectáculo maravilloso ver cómo la luz eléctrica hacía resaltar los destellos en las paredes de las rocas calcáreas y del antiguo arenisca roja. Uno podría haberse imaginado en uno de esos profundos cortes de Devonshire, que han dado nombre a este tipo de suelo. Algunos magníficos ejemplares de mármol sobresalían de los lados de la galería: algunos de color gris ágata con vetas blancas de tonos variados; otros de color amarillento con vetas rojas. Más lejos se podían ver muestras de colores en las que se encontraban vetas de tono cerezo en todos sus matices más brillantes.

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La mayor parte de estas mármoles llevaban grabadas las huellas de animales primitivos. Desde la noche anterior, la naturaleza y la creación habían avanzado considerablemente. En lugar de los trilobites rudimentarios, percibí los restos de un orden más perfecto. Entre ellos, peces en los cuales el ojo de un geólogo logró descubrir la primera forma de reptil.
Los mares del Devónico estaban habitados por una enorme cantidad de animales de esta especie, los cuales se depositaron en decenas de miles dentro de las rocas de nueva formación.
Era evidente para mí que estábamos ascendiendo en la escala de la vida animal, de la cual el hombre constituye la cúspide. Mi excelente tío, el profesor, parecía no prestar atención a estas advertencias. Estaba decidido a seguir adelante, sin importar el riesgo.
Seguramente esperaba una de dos cosas: o bien que se abriera un pozo vertical bajo sus pies, lo que le permitiría continuar su descenso, o bien que algún obstáculo insuperable nos obligara a detenernos y regresar por el camino por el que habíamos recorrido tanto tiempo. Pero volvió a caer la noche, y, para mi horror, ninguna de esas esperanzas se cumplió.
El viernes, después de una noche en la que comencé a sentir una agonizante sed, lo que hizo disminuir mi apetito, nuestro pequeño grupo se puso en marcha una vez más, siguiendo los giros y revueltas, las subidas y bajadas de este interminable túnel. Todos permanecían en silencio y en penumbra. Pude darme cuenta de que incluso mi tío había ido demasiado lejos.
Después de unas diez horas de avance —un avance monótono hasta el extremo—, noté que la reverberación y el reflejo de nuestras lámparas en las paredes del túnel se habían reducido enormemente. El mármol, la pizarra, las rocas calcáreas y la arenisca roja habían desaparecido, dejando en su lugar una pared oscura y sombría, sin ningún tipo de luminosidad. Cuando llegamos a una parte especialmente estrecha del túnel, apoyé mi mano izquierda contra la roca. Al retirarla y echarle un vistazo, estaba completamente negra. Habíamos llegado a los estratos de carbón de la Tierra Central.
“¡Una mina de carbón!”, exclamé.

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“Una mina de carbón sin mineros”, respondió mi tío, un poco severamente.
“¿Cómo podemos saberlo?”
“Yo puedo saberlo”, replicó mi tío, en un tono seco y doctoral. “Estoy completamente seguro de que esta galería, a través de las capas sucesivas de carbón, no fue excavada por la mano del hombre. Pero si es obra de la naturaleza o no, eso nos importa poco. Ha llegado la hora de nuestra cena; comamos.”
Hans, el guía, se ocupó de preparar la comida. Yo había llegado al punto en que ya no podía comer. Lo único que me importaba eran las pocas gotas de agua que me tocaban. Lo que sufrí es inútil describirlo. La calabaza del guía, que ni siquiera estaba medio llena, era todo lo que nos quedaba a los tres.
Después de terminar su comida, mis dos compañeros se acostaron sobre sus alfombras y encontraron en el sueño un remedio para su fatiga y sufrimiento. En cuanto a mí, no podía dormir; me quedé acostado contando las horas hasta la mañana.
A la mañana siguiente, sábado, a las seis de la mañana, reanudamos el camino. Veinte minutos después, de repente nos encontramos ante una enorme excavación. Por su inmenso tamaño, supe de inmediato que la mano del hombre no tenía nada que ver con esa mina de carbón; el techo habría colapsado; en realidad, solo se mantenía unido por algún milagro de la naturaleza.
Esa enorme caverna natural medía unos cien pies de ancho y unos ciento cincuenta de alto. Era evidente que la tierra había sido desplazada por alguna violenta perturbación subterránea. La masa de tierra, cediendo ante algún fenómeno natural extraordinario, se había partido en dos, dejando ese enorme espacio en el que nosotros, habitantes de la Tierra, penetramos por primera vez.
Toda la historia singular de esa época carbonífera estaba escrita en esas paredes oscuras y sombrías. Un geólogo habría podido seguir fácilmente las diferentes fases de su formación. Las vetas de carbón estaban separadas por capas de arenisca y arcilla compacta, que parecían haber sido aplastadas por el peso de lo que había encima.
En esa época del mundo que precedió a la era secundaria, la Tierra estaba cubierta por una capa de vegetación enorme y exuberante, debido a la doble acción del calor tropical y la humedad permanente. Una vasta atmósfera…

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Una nube de vapor rodeaba la Tierra por todos lados, impidiendo que los rayos del sol llegaran hasta ella. De ahí la conclusión de que esos intensos calores no provenían de esta nueva fuente de calor. Quizás incluso la estrella del día aún no estaba completamente lista para desempeñar su función de iluminar el universo. Aún no existían climas, y un calor uniforme permeaba toda la superficie del globo: el mismo calor que había en el Polo Norte que en el ecuador. ¿De dónde provenía ese calor? ¿Del interior de la Tierra? A pesar de todas las teorías del profesor Hardwigg, sin duda ardía un fuego intenso y violento en las entrañas de ese gran esferoide. Su acción se sentía incluso en la capa más externa de la Tierra; las plantas que existían en aquel entonces, al carecer de los rayos vitales del sol, no tenían brotes, ni flores, ni olor, pero sus raíces extraían una vida fuerte y vigorosa de la Tierra en llamas de aquellos tiempos primigenios. Había muy pocas de aquellas que podríamos llamar árboles: solo plantas herbáceas, extensos céspedes, arbustos, musgos y familias vegetales poco comunes; sin embargo, en aquellos días, su número era de decenas y decenas de miles. Es precisamente a esta exuberante vegetación a lo que se debe el origen del carbón. La corteza del vasto globo seguía cediendo bajo la influencia de esa masa hirviente que estaba siempre en actividad debajo de ella. De ahí surgieron numerosas fisuras y un continuo hundimiento de la capa superior de la Tierra. La densa masa de plantas que se encontraba bajo las aguas pronto se convirtió en enormes aglomeraciones. Luego actuó la química natural: en las profundidades del océano, la masa vegetal primero se convirtió en césped y, posteriormente, gracias a la influencia de los gases y a la fermentación subterránea, experimentó el proceso completo de mineralización. De este modo, en aquellos tiempos primigenios, se formaron esos enormes y prodigiosos estratos de carbón, que, debido al consumo cada vez mayor, serán completamente agotados en unos tres siglos más, si la gente no encuentra una fuente de luz más económica que el gas y una fuerza motriz más barata que el vapor.

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Todas estas reflexiones, los recuerdos de mis estudios escolares, vinieron a mi mente mientras contemplaba estas enormes acumulaciones de carbón, cuyas riquezas, sin embargo, apenas es probable que sean utilizadas alguna vez. La explotación de estas minas solo podría llevarse a cabo a un costo que nunca generaría beneficios. Pero el asunto apenas merece consideración, cuando el carbón está disperso por toda la superficie del planeta, a pocos metros de la corteza superior. Mientras miraba esos estratos intactos, supe que permanecerían así mientras el mundo existiera.

Mientras continuábamos nuestro viaje, yo solo olvidé la longitud del camino, entregándome por completo a estas consideraciones geológicas. La temperatura seguía siendo prácticamente la misma que cuando viajábamos entre la lava y las pizarras. Por otro lado, mi sentido del olfato se vio muy afectado por un olor muy intenso. Inmediatamente supe que la galería estaba repleta hasta los topes de ese gas peligroso al que los mineros llaman “humo de fuego”; su explosión ha causado accidentes terribles y espantosos, convirtiendo en una sola hora a cientos de mujeres en viudas y a cientos de niños en huérfanos.

Afortunadamente, pudimos iluminar nuestro camino con el aparato de Ruhmkorff. Si hubiéramos sido tan imprudentes como para explorar esa galería con antorchas en mano, una terrible explosión habría puesto fin a nuestro viaje, simplemente porque no quedaría ningún sobreviviente.

Nuestra excursión por esta maravillosa mina de carbón, en lo más profundo de la tierra, duró hasta la tarde. Mi tío apenas podía ocultar su impaciencia e insatisfacción por el hecho de que el camino siguiera avanzando en dirección horizontal.

La oscuridad, densa e opaca a pocos metros adelante y atrás, hacía imposible saber cuál era la longitud de la galería. En cuanto a mí, comencé a creer que era simplemente interminable y que seguiría así durante meses.

De repente, a las seis de la tarde, nos encontramos frente a una pared. A la derecha, a la izquierda, arriba, abajo: no había ningún paso. Habíamos llegado a un lugar donde las rocas decían, con claridad absoluta: “No hay paso”.

Me quedé atónito. El guía simplemente cruzó los brazos. Mi tío permaneció en silencio.

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“Bueno, bueno, eso está aún mejor”, exclamó finalmente mi tío. “Ahora sé qué es lo que tenemos que hacer. Definitivamente no estamos por el camino que siguió Saknussemm. Todo lo que tenemos que hacer es regresar. Descansemos bien una noche, y antes de que pasen tres días, les prometo que habremos vuelto al lugar donde se dividían las galerías”.
“Sí, podemos hacerlo, si nuestra fuerza dura tanto tiempo”, dije yo con voz lastimera.
“¿Y por qué no?”
“Mañana, los tres, no tendremos ni una gota de agua. Se ha acabado por completo”.
“Y tu valentía también”, dijo mi tío en tono severo.
¿Qué podía decir? Me di la vuelta y, debido al agotamiento extremo, caí en un sueño profundo, perturbado por sueños relacionados con el agua. Me desperté sin haber recuperado energías.
¡Habría cambiado una mina de diamantes por un vaso de agua fresca!

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CAPÍTULO 18
¡EL CAMINO INCORRECTO!

Al día siguiente, partimos muy temprano. No había tiempo para la menor demora. Según mis cálculos, teníamos que trabajar arduamente durante cinco días para llegar de nuevo al lugar donde se dividían las galerías. Jamás podré contar todos los sufrimientos que padecimos en el regreso. Mi tío los soportó como un hombre que ha hecho algo malo: es decir, con una ira contenida y reprimida; Hans, con toda la resignación propia de su carácter pacífico; y yo… confieso que no hice más que quejarme y desesperar. No tenía ánimos para enfrentar esa mala suerte.

Pero había un consuelo: una derrota desde el principio probablemente habría arruinado todo el viaje.

Como esperaba desde el principio, nuestro suministro de agua se agotó completamente en el primer día de marcha. Nuestra provisión de líquidos se redujo al contenido del frasco de Schiedam; pero ese líquido horrible, incluso diría infernal, quemaba la garganta, y ni siquiera podía soportar verlo. La temperatura era sofocante. Estaba paralizado por el cansancio. Más de una vez estuve a punto de desmayarme. Entonces todo el grupo se detuvo, y el valiente islandés y mi excelente tío hicieron todo lo posible por consolarme. Sin embargo, podía ver claramente que mi tío luchaba dolorosamente contra el extremo cansancio del viaje y la terrible tortura causada por la falta de agua.

Finalmente llegó un momento en que dejé de recordar cualquier cosa: ¡todo se convirtió en un sueño horrible, fantástico!

Por fin, el martes, séptimo día del mes de julio, después de arrastrarnos sobre manos y rodillas durante muchas horas, más muertos que vivos, llegamos al punto de encuentro entre las galerías. Me quedé tendido allí, como un tronco, una masa inerte de carne humana sobre el suelo árido de lava. Eran ya las diez de la mañana.

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Hans y mi tío, apoyados contra la pared, intentaban morder pequeños trozos de galleta, mientras profundos gemidos y suspiros escapaban de mis labios quemados e hinchados. Luego caí en una especie de letargo profundo.
Poco después sentí que mi tío se acercaba y me levantaba con ternura en sus brazos.
“Pobre niño”, oí que decía con un tono de profunda compasión.
Esas palabras me conmovieron profundamente, ya que no estaba acostumbrado en absoluto a ver signos de debilidad femenina en el profesor. Atrapé sus manos temblorosas entre las mías y las presioné suavemente. Él me lo permitió sin resistencia, mirándome todo el tiempo con cariño. Sus ojos estaban llenos de lágrimas.
Luego vi que tomaba la jarra que llevaba al lado. Para mi sorpresa, o mejor dicho, para mi estupor, la acercó a mis labios.
“Bebe, hijo mío”, dijo.
¿Era posible que mis oídos me hubieran engañado? ¿Estaba mi tío loco? Lo miré, con una expresión seguramente bastante idiota. No podía creerlo. Temía demasiado la reacción negativa de la decepción.
“Bebe”, dijo de nuevo.
¿Había oído bien? Pero antes de que pudiera hacerme esa pregunta una segunda vez, un trago de agua refrescó mis labios y garganta resecos; un solo trago, pero creo que eso me devolvió la vida.
Agradecí a mi tío juntando mis manos. Mi corazón estaba tan lleno que no podía hablar.
“Sí”, dijo él, “un solo trago de agua, el último… ¿Me oyes, hijo mío? ¡El último! Lo he guardado en el fondo de mi botella como a un tesoro. Veinte veces, cien veces, he resistido el terrible deseo de beberlo. Pero… no, Harry, lo guardé para ti”.
“Mi querido tío”, exclamé, mientras grandes lágrimas rodaban por mis mejillas calientes y febriles.

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“Sí, pobre muchacho mío; sabía que cuando llegaras a este lugar, a este cruce en la tierra, caerías medio muerto. Guardé mi última gota de agua para reanimarte.”
“Gracias”, exclamé; “gracias de todo corazón”.
Aunque mi sed no se había saciado del todo, al menos había recuperado parcialmente mis fuerzas. Los músculos contraídos de mi garganta se relajaron y la inflamación de mis labios disminuyó en cierta medida. En cualquier caso, podía hablar.
“Bueno”, dije, “ahora ya no hay dudas sobre lo que debemos hacer. El agua se ha agotado por completo; nuestro viaje ha terminado. Volvamos.”
Mientras hablaba así, mi tío evitaba claramente mirarme a la cara: mantenía la cabeza baja; sus ojos miraban en todas direcciones excepto hacia la derecha.
“Sí”, continué, emocionado por mis propias palabras, “debemos regresar a Sneffels. Que el cielo nos dé fuerzas para poder volver a ver la luz del día. Ojalá estuviéramos ahora en la cima del cráter.”
“Vuelve atrás”, dijo mi tío, hablando consigo mismo, “¿tiene que ser así?”
“Vuelve atrás… sí, y sin perder ni un momento”, grité con vehemencia.
Durante unos instantes reinó el silencio bajo esa bóveda oscura y sombría.
“Bueno, querido Harry”, dijo el profesor con un tono de voz muy extraño, “esas pocas gotas de agua no han sido suficientes para restaurar tu energía y valentía.”
“¡Valentía!”, exclamé.
“Veo que sigues tan abatido como antes… y sigues cediendo al desánimo y la desesperación.”
¿De qué estaba hecho entonces ese hombre? ¿Qué otros planes se formaban en su cerebro fértil y audaz?
“¿Usted no está desanimado, señor?”

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“¡Qué! ¿Rendirnos justo cuando estamos al borde del éxito?”, gritó. “Nunca, nunca se dirá que el profesor Hardwigg retrocedió”.
“Entonces debemos decidirnos a perecer”, exclamé con un suspiro de impotencia.
“No, Harry, mi muchacho, desde luego que no. Vete, déjame; estoy lejos de desear tu muerte. Lleva a Hans contigo. Yo seguiré solo”.
“¿Nos pides que te dejemos?”
“Digo que me dejes. He emprendido esta aventura peligrosa y arriesgada. La llevaré hasta el final… o nunca volveré a la superficie de la Tierra. Vete, Harry; una vez más te lo digo: ¡vete!”
Mientras hablaba, mi tío estaba terriblemente excitado. Su voz, que antes había sido tierna, casi femenina, se volvió áspera y amenazante. Parecía luchar con desesperación contra lo imposible. No quería abandonarlo en el fondo de ese abismo; por otro lado, el instinto de supervivencia me decía que huyera.
Mientras tanto, nuestro guía observaba todo con profunda calma e indiferencia. Parecía no preocuparse por nada, pero en realidad sabía perfectamente lo que ocurría entre nosotros. Nuestros gestos indicaban claramente los diferentes caminos que cada uno deseaba seguir, y también intentábamos influir en el otro para que eligiera uno u otro. Pero Hans no parecía interesarse lo más mínimo en algo que, en realidad, era una cuestión de vida o muerte para todos nosotros; simplemente esperaba listo para obedecer la señal que indicara que debíamos ascender o continuar con nuestro viaje desesperado hacia el interior de la Tierra.
¡Cuánto deseaba con todo mi corazón y alma poder hacerle entender mis palabras! Mis súplicas, mis suspiros y gemidos, los tonos sinceros con los que debería haber hablado, habrían convencido a esa naturaleza fría y dura. Esos peligros terribles de los cuales el guía indiferente no tenía ni idea, yo los habría señalado ante él; en cierto modo, habría hecho que los viera y los sintiera. Juntos, podríamos haber convencido al obstinado profesor. Si llegaba el peor de los casos, podríamos haberlo obligado a regresar a la cima del Sneffels.

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Me acerqué en silencio a Hans. Tomé su mano entre las mías. Él no movió ni un músculo. Le indiqué el camino hacia la cima del cráter. Permaneció inmóvil. Mi respiración agitada y mi rostro demacrado debieron de mostrar la magnitud de mis sufrimientos. El islandés negó suavemente con la cabeza y señaló a mi tío.

—El maestro —dijo.

La palabra era tanto islandesa como inglesa.

—¡El maestro! —grité, fuera de mí de furia—. ¡Loco! No… ¡Le digo que él no es el dueño de nuestras vidas! ¡Debemos huir! ¡Debemos llevarlo con nosotros! ¿Me oye? ¿Me entiende, digo?

Ya he explicado que sujetaba a Hans del brazo. Intenté hacer que se levantara de su asiento. Luché con él e intenté alejarlo a la fuerza. Entonces mi tío intervino.

—Mi buen Henry, cálmate —dijo—. No obtendrás nada de este devoto seguidor mío; por lo tanto, escucha lo que tengo que decir.

Crucé los brazos, tanto como pude, y miré fijamente a mi tío a la cara.

—Esta lamentable falta de agua —dijo— es el único obstáculo para el éxito de mi proyecto. En toda esta galería, hecha de lava, esquisto y carbón, es cierto que no encontramos ni una sola molécula líquida. Es muy posible que tengamos más suerte en el túnel occidental.

Mi única respuesta fue negar con la cabeza, con un aire de profunda incredulidad.

—Escúchame hasta el final —dijo el profesor con su conocida voz de conferenciante—. Mientras tú yacías allí, sin vida ni movimiento, emprendí un viaje de exploración por la estructura de esta otra galería. He descubierto que va directamente hacia abajo, hasta las entrañas de la tierra, y en unas pocas horas nos llevará hasta la antigua formación granítica. Allí, sin duda, encontraremos innumerables manantiales. La naturaleza de las rocas lo convierte en una certeza matemática, y el instinto, junto con la lógica, confirman que así es. Ahora, esta es la seria propuesta que debo hacerte. Cuando Cristóbal Colón pidió a sus hombres tres días para encontrar la tierra prometida, sus hombres, enfermos, aterrorizados y desesperados, le dieron tres días…

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Se descubrió el Nuevo Mundo. Ahora yo, el Cristóbal Colón de esta región subterránea, solo le pido un día más. Si, cuando haya transcurrido ese tiempo, no he encontrado el agua que buscamos, juro ante usted que abandonaré mi ambiciosa empresa y volveré a la superficie terrestre. A pesar de mi irritación y desesperación, sabía cuánto le costaba a mi tío hacer esta propuesta y emplear un lenguaje tan conciliador. Dadas las circunstancias, ¿qué podía hacer sino ceder? “Bueno”, exclamé, “que sea como usted desea; que el cielo recompense su energía sobrehumana. Pero como, a menos que encontremos agua, nuestras horas están contadas, no perdamos tiempo y sigamos adelante”.

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CAPÍTULO 19
LA GALERÍA OCCIDENTAL: UNA NUEVA RUTA

Reanudamos nuestra descensión por medio de la segunda galería. Hans ocupó su puesto al frente, como de costumbre. No habíamos recorrido más de cien yardas cuando el profesor examinó cuidadosamente las paredes.
“Esta es la formación primitiva; estamos en el camino correcto. ¡Hacia adelante está nuestra esperanza!”
Cuando toda la Tierra se enfrió en las primeras horas de la mañana del mundo, la disminución del volumen terrestre provocó un estado de deslocamiento en su corteza superior, seguido de roturas, grietas y fisuras. El paso era una fisura de este tipo, a través de la cual, hace siglos, había fluido el granito eruptivo. Las miles de curvas y giros formaban un laberinto intrincable en el suelo antiguo.
A medida que descendíamos, aparecían sucesiones de capas que componían ese suelo primitivo, con una fidelidad de detalles extraordinaria. La ciencia geológica considera este suelo primitivo como la base de la corteza mineral y ha reconocido que está compuesto por tres estratos diferentes, todos apoyados sobre la roca inmóvil conocida como granito.
Ningún mineralogista se había encontrado jamás en una situación tan maravillosa para estudiar a la naturaleza en toda su belleza real y desnuda. La varilla de sondeo, una simple máquina, no podía sacar a la superficie de la Tierra los objetos valiosos para el estudio de su estructura interna; esos objetos los íbamos a ver con nuestros propios ojos y tocar con nuestras propias manos.
Recuerden que escribo esto después del viaje.
A través de las vetas de roca, teñidas de hermosos tonos verdes, se entrelazaban hilos metálicos de cobre y manganeso, con trazas de platino y oro. No pude evitar contemplar estas riquezas enterradas en las entrañas de la Madre Tierra, riquezas de las cuales ningún hombre disfrutaría jamás hasta el fin de los tiempos.

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Estos tesoros —poderosos e inagotables— fueron enterrados en las primeras etapas de la historia de la Tierra, a tales profundidades que ninguna barra ni pico podrán jamás sacarlos de su tumba. La luz de la bobina de Ruhmkorff, amplificada diez veces por las innumerables masas prismáticas de roca, proyectaba haces de fuego en todas direcciones; podía imaginarme viajando a través de un enorme diamante hueco, cuyos rayos producían innumerables efectos extraordinarios. Hacia las seis de la tarde, este festival de luz comenzó a disminuir de forma sensible y visible, y pronto casi cesó por completo. Las paredes de la galería adquirieron un tono cristalizado, de color sombrío; la mica blanca comenzó a mezclarse más libremente con el feldespato y el cuarzo, formando lo que se podría llamar la verdadera roca: esa piedra que es más dura que cualquier otra y que sostiene, sin romperse, las cuatro capas del suelo terrestre. Estábamos encerrados en una inmensa prisión de granito. Ya eran las ocho de la tarde, y aún no había señales de agua. Los sufrimientos que padecía eran horribles. Mi tío ahora iba al frente de nuestra pequeña columna; nada podía hacerlo detenerse. Yo, por mi parte, solo tenía un pensamiento en mente: estaba atento para escuchar el sonido de una fuente. Pero no llegó ningún sonido agradable de agua cayendo a mis oídos. Finalmente llegó el momento en que mis extremidades ya no pudieron sostenerme más. Luché heroicamente contra las terribles torturas que sufría, porque no quería obligar a mi tío a detenerse; sabía que eso sería para él el golpe fatal. De repente sentí un mareo mortal. Mis ojos ya no podían ver; mis rodillas temblaban. Lancé un grito desesperado… y caí. “¡Ayuda, ayuda! ¡Estoy muriendo!” Mi tío se dio la vuelta y retrocedió lentamente. Me miró con los brazos cruzados, y luego dejó escapar de sus labios, con voz apagada, una sola frase: “Todo ha terminado”.

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Lo último que vi fue un rostro terriblemente distorsionado por el dolor y la tristeza; luego mis ojos se cerraron. Cuando los abrí de nuevo, vi a mis compañeros tendidos cerca de mí, inmóviles, envueltos en sus enormes alfombras de viaje. ¿Estaban dormidos o muertos? En cuanto a mí, el sueño estaba completamente fuera de cuestión. Mi desmayo había pasado; estaba despierto como un ruiseñor. Sufría tanto que el sueño no podía llegar a mis párpados; además, pensaba que estaba tan enfermo que iba a morir. Las últimas palabras pronunciadas por mi tío parecían resonar en mis oídos: “¡Todo ha terminado!”. Y era probable que tuviera razón. En el estado de postración en el que me encontraba, era una locura pensar siquiera en volver a ver la luz del día. Por encima de nosotros había millas y millas de corteza terrestre. Al pensar en ello, podía imaginar todo ese peso sobre mis hombros. Estaba aplastado, aniquilado… y me esforzaba en vano por girarme en mi lecho de granito. Pasaron horas y horas. Un silencio profundo y terrible reinaba a nuestro alrededor: un silencio de tumba. Nada podía hacerse oír a través de esas gigantescas paredes de granito. La sola idea era increíble. De repente, a pesar de mi apatía, a pesar de esa calma mortal en la que me encontraba, algo me despertó. Era un ruido leve, pero extraño. Mientras observaba atentamente, noté que el túnel se volvía cada vez más oscuro. Luego, a través de la tenue luz que quedaba, creí ver al islandés alejándose, con una lámpara en la mano. ¿Por qué actuaba así? ¿Acaso Hans, el guía, pretendía abandonarnos? Mi tío estaba profundamente dormido… o muerto. Intenté gritar para despertarlo. Mi voz, débilmente salida de mis labios secos y febriles, no encontró eco en aquel lugar tétrico. Mi garganta estaba seca, y mi lengua se pegaba al techo de mi boca. Para entonces, la oscuridad era total; incluso el leve sonido de los pasos del guía se perdió en la distancia. Mi alma parecía llena de angustia; la muerte me parecía algo deseable, siempre y cuando llegara rápido. “Hans nos está dejando”, grité. “Hans… Hans, si eres un hombre, vuelve”.

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Esas palabras las dije para mí mismo. No podían escucharse en voz alta. Sin embargo, una vez pasados los primeros momentos de terror, me avergoncé de mis sospechas hacia un hombre que hasta entonces se había comportado de manera tan admirable. Nada en su conducta o carácter justificaba tales sospechas. Además, un momento de reflexión me tranquilizó. Su partida no podía ser una huida; en lugar de subir por la galería, se dirigía más adentro, hacia el abismo. Si tuviera alguna intención maliciosa, habría ido hacia arriba. Este razonamiento me calmó un poco y comencé a tener esperanzas. El bueno, tranquilo e imperturbable Hans seguramente no se habría levantado de su sueño sin algún motivo serio y grave. ¿Acaso estaba decidido a emprender un viaje de exploración? ¿Habrá escuchado, en medio del profundo silencio de la noche, ese dulce murmullo del cual todos estábamos tan ansiosos?

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CAPÍTULO 20
AGUA, ¿DÓNDE ESTÁ? UN AMARGO DECEPCIONAMIENTO

Durante una hora larguísima y agotadora, por mi cerebro delirante pasaron todo tipo de razones sobre qué podría haber despertado a nuestro guía silencioso y fiel. Las ideas más absurdas y ridículas cruzaron por mi cabeza, cada una más imposible que la otra. Creo que estaba medio o completamente loco. De repente, sin embargo, surgió, por así decirlo, desde las profundidades de la tierra, una voz de consuelo. Era el sonido de pasos: Hans regresaba. Pronto, la luz incierta comenzó a iluminar las paredes del pasadizo, y luego se vislumbró algo al final del túnel inclinado. Finalmente apareció Hans en persona. Se acercó a mi tío, puso su mano sobre su hombro y lo despertó con delicadeza. Mi tío, en cuanto vio quién era, se levantó de inmediato.
“¡Bueno!”, exclamó el profesor.
“Agua”, dijo el cazador.
No sabía ni una palabra del idioma danés, pero, por algún instinto misterioso, comprendí lo que había dicho el guía.
“¡Agua, agua!”, grité, con un tono desesperado, aplaudiendo y gesticulando como un loco.
“Agua”, murmuró mi tío, con una voz llena de emoción y gratitud.
“¿Dónde?”, pregunté.
“Abaajo”.
“¿Dónde? ¡Abajo!”, comprendí cada palabra. Agarré a los brazos al cazador y los estreché con fuerza, mientras él miraba con total calma.

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Los preparativos para nuestra partida no tardaron mucho, y pronto comenzamos a descender rápidamente por el túnel. Una hora después habíamos avanzado mil yardas y descendido dos mil pies. En ese momento escuché un sonido familiar y conocido que resonaba en las paredes de roca de granito: una especie de rugido sordo y monótono, similar al de una cascada lejana. Durante la primera media hora de nuestro avance, al no encontrar la fuente que buscábamos, mis sentimientos de intenso sufrimiento parecieron volver. Una vez más comencé a perder toda esperanza. Sin embargo, mi tío, al ver cuán desanimado volvía a estar, retomó la conversación. “Hans tenía razón”, exclamó con entusiasmo; “ese es el rugido sordo de un torrente”. “Un torrente”, dije yo, encantado incluso de escuchar esas palabras alentadoras. “No hay la menor duda al respecto”, respondió él; “un río subterráneo fluye junto a nosotros”. No respondí, pero seguí avanzando, animado nuevamente por la esperanza. Ya ni siquiera sentía la profunda fatiga que hasta entonces me había abatido. El simple sonido de esa agua que murmuraba ya me refrescaba. Podíamos oír cómo su volumen aumentaba cada momento. El torrente, que durante mucho tiempo se había escuchado fluyendo sobre nuestras cabezas, ahora corría claramente a lo largo de la pared izquierda, rugiendo, corriendo, espumajeando y siguiendo cayendo. Varias veces pasé mi mano por la roca, esperando encontrar algún rastro de humedad, aunque fuera mínimo. ¡Ay! En vano. Otra media hora transcurrió en el mismo esfuerzo agotador. De nuevo avanzamos. Ahora resultaba evidente que el cazador, durante su ausencia, no había podido llevar sus investigaciones más lejos. Guiado por un instinto propio de los habitantes de las regiones montañosas y de quienes buscan agua, logró “oler” la fuente viva a través de la roca. Pero aún no había visto el líquido precioso. Ni siquiera había saciado su propia sed, ni nos había traído ni una sola gota en su calabaza.

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Además, pronto hicimos el descubrimiento desastroso de que, si nuestro avance continuaba, pronto nos alejaríamos del torrente, cuyo sonido se iba atenuando gradualmente. Regresamos. Hans se detuvo en el lugar exacto donde el sonido del torrente parecía más cercano. Ya no podía soportar más la tensión y el sufrimiento, así que me senté contra la pared, detrás de la cual podía oír cómo el agua hervía y burbujeaba a menos de sesenta centímetros de distancia. Pero ¡una sólida pared de granito seguía separándonos de ella! Hans me miró fijamente, y, curiosamente, por una vez creí ver una sonrisa en su rostro impasible. Se levantó de la piedra sobre la que estaba sentado y tomó la linterna. No pude evitar levantarme y seguirlo. Avanzó lentamente a lo largo de la sólida pared de granito. Lo observé con curiosidad y expectación. De repente se detuvo y apoyó su oreja contra la piedra seca, avanzando poco a poco mientras escuchaba con la mayor atención. Comprendí de inmediato que buscaba el punto exacto donde se oía con mayor claridad el rugido del torrente. Pronto encontró ese lugar en la pared lateral del lado izquierdo, a unos noventa centímetros por encima del nivel del suelo del túnel. Estaba en un estado de intensa emoción. Apenas me atrevía a creer lo que el cazador de patos marinos iba a hacer. Sin embargo, ya no era posible no comprenderlo y aplaudirlo, e incluso abrazarlo con fuerza, cuando vi que levantaba la pesada barra y comenzaba a atacar la roca misma. “¡Salvados!”, grité. “Sí”, exclamó mi tío, aún más emocionado y contento que yo; “Hans tiene razón. Oh, qué hombre tan valioso y excelente. Nunca habríamos pensado en algo así”. Y creo que nadie más lo habría hecho. Un método tan sencillo como parecía seguramente no se nos habría ocurrido. Nada podría ser más peligroso que empezar a trabajar con picos en esa parte del mundo. Supongamos que, mientras él trabajaba, se produjera una grieta, y supongamos que, una vez que el torrente ganara una pulgada, avanzara aún más y saliera a raudales por la roca rota.

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Ninguno de esos peligros era imaginario. Eran demasiado reales. Pero en ese momento, ningún miedo a que el techo se derrumbara, ni siquiera al riesgo de inundación, era capaz de detenernos. Nuestra sed era tan intensa que, para saciarla, habríamos cavado hasta debajo del lecho del propio océano antiguo.

Hans comenzó a trabajar en silencio; un trabajo que ni mi tío ni yo habríamos emprendido a ningún precio. Nuestra impaciencia era tan grande que, si hubiéramos empezado a usar picos y palancas, la roca se habría partido en cien fragmentos en poco tiempo. El guía, por el contrario, tranquilo, preparado y moderado, fue desgastando la roca dura con golpes suaves y constantes de su herramienta, sin intentar hacer un agujero más grande que unos seis pulgadas. Mientras estaba allí de pie, oí, o creí oír, el rugido del torrente aumentando momentáneamente en intensidad; a veces casi sentía la agradable sensación del agua sobre mis labios resecos.

Al final de lo que pareció una eternidad, Hans había hecho un agujero lo suficientemente grande como para que su palanca pudiera penetrar dos pies en la roca sólida. Había estado trabajando exactamente una hora; a nosotros nos pareció una docena. Yo estaba perdiendo la cabeza de impaciencia. Mi tío comenzó a pensar en utilizar medidas más drásticas. Tuve mucha dificultad para detenerlo. Justo cuando iba a tomar su palanca, se escuchó un silbido fuerte y bienvenido. Luego, un chorro de agua brotó a través de la pared con tal fuerza que impactó en el lado opuesto.

Hans, el guía, que estaba medio aturdido por el impacto, apenas pudo contener un grito de dolor y tristeza. Comprendí lo que quería decir cuando, sumergiendo mis manos en ese chorro de agua, también yo lancé un grito desesperado. ¡El agua estaba hirviendo!

“¡Está hirviendo!”, grité, lleno de decepción.

“Bueno, no importa”, dijo mi tío. “Pronto se enfriará”.

El túnel comenzó a llenarse de nubes de vapor, mientras un pequeño arroyo fluía hacia el interior de la tierra. En poco tiempo tuvimos agua lo suficientemente fría como para beberla. La tragábamos en grandes sorbos.

¡Oh! ¡Qué alegría inmensa! ¡Qué lujo rico e incomparable! ¿Qué era esa agua? ¿De dónde venía? Para nosotros, ¿qué significaba? La realidad era simple: era agua. Y, aunque aún conservaba un ligero calor, nos proporcionaba satisfacción.

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De vuelta al corazón de todo: esa vida que, de no ser por él, seguramente habría desaparecido. Bebí con avidez, casi sin saborearlo. Pero cuando ya había saciado en gran medida mi sed voraz, hice un descubrimiento. “¡Vaya, es agua de caliza!” “Un excelente tónico estomacal”, respondió mi tío, “y muy mineralizada. Este es un viaje que vale veinte veces más que ir a Spa”. “Está muy buena”, dije yo. “Lo creo. Es agua que se encuentra a seis millas bajo tierra. Tiene un sabor peculiarmente intenso, pero en absoluto desagradable. Hans puede congratularse de haber hecho un descubrimiento excepcional. ¿Qué dices, sobrino? ¿Según la costumbre habitual de los viajeros, no sería bueno nombrar el arroyo en su honor?” “Bien”, dije yo. Y así se acordó de inmediato el nombre de “Hansbach” (“Arroyo de Hans”). Hans no se sintió ni un poco más orgulloso después de escuchar nuestra decisión que antes. Después de tomar una pequeña cantidad de esa refrescante agua, se sentó en un rincón, con su habitual serenidad. “Bueno”, dije yo, “no tiene sentido dejar que este agua se desperdicie”. “¿De qué sirve?”, respondió mi tío. “La fuente de donde nace este río es inagotable”. “No importa”, continué yo. “Llenemos nuestras pieles de cabra y calabazas, y luego intentemos tapar la abertura”. Mi consejo fue seguido, o al menos intentado seguirse, tras alguna vacilación. Hans recogió todos los fragmentos de granito que había roto y, utilizando algo de lona que tenía a mano, intentó cerrar la grieta que había hecho en la pared. Lo único que logró fue quemarse las manos. La presión era demasiado grande, y todos nuestros intentos fracasaron por completo.

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“Es evidente”, comenté, “que la superficie superior de estas fuentes se encuentra a una altura muy grande, como podemos deducir fácilmente por la gran presión del chorro”.
“Eso no admite dudas”, respondió mi tío. “Si esta columna de agua tiene unos treinta y dos mil pies de altura, la presión atmosférica debe ser enorme. Pero acaba de ocurrírme una nueva idea”.
“¿Y cuál es?”.
“¿Por qué tomarse tantas molestias para cerrar esta abertura?”.
“Porque…”.
Dudé y tartamudeé, sin tener una razón concreta.
“Cuando nuestras botellas de agua están vacías, no estamos seguros en absoluto de poder llenarlas”, observó mi tío.
“Creo que eso es muy probable”.
“Bueno, entonces dejemos que este agua fluya. Por supuesto, seguirá naturalmente nuestro rastro y nos servirá para guiarnos y refrescarnos”.
“Creo que es una buena idea”, dije. “Con este arroyuelo como compañero, no hay razón alguna para que no tengamos éxito en nuestro maravilloso proyecto”.
“Ah, muchacho mío”, dijo el profesor, riendo. “Al final, estás empezando a entenderlo”.
“Más que eso: ahora estoy seguro del éxito final”.
“Un momento, sobrino mío. Empecemos tomándonos unas horas de descanso”.
Había olvidado por completo que era de noche. Sin embargo, el cronómetro me informó de ello. Pronto nos recuperamos lo suficiente y todos caímos en un sueño profundo.

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CAPÍTULO 21
DEBajo del océano

Al día siguiente ya casi habíamos olvidado nuestros sufrimientos pasados. La primera sensación que experimenté fue la sorpresa al no tener sed; de hecho, me pregunté el motivo. El arroyo que fluía a mis pies, formando ondas suaves, fue la respuesta satisfactoria. Desayunamos con buen apetito y luego bebimos hasta saciarnos con esa agua excelente. Me sentía como un hombre completamente nuevo, listo para seguir a dondequiera que mi tío decidiera llevarnos. Comencé a pensar: ¿por qué no podría un hombre tan convencido como mi tío tener éxito, con un guía tan excelente como el valioso Hans y un sobrino tan devoto como yo? Esas eran las brillantes ideas que ahora invadían mi mente. Si se me hubiera propuesto volver a la cima del monte Sneffels, habría rechazado la oferta de la manera más indignada posible.

Pero, afortunadamente, no había posibilidad de subir. Estábamos a punto de adentrarnos aún más en el interior de la tierra.
“¡Vámonos!”, grité, haciendo resonar ecos en aquel lugar antiguo. Reanudamos nuestra marcha el jueves a las ocho de la mañana. El gran túnel de granito, con sus caminos sinuosos y serpenteantes, presentaba constantemente giros bruscos; en realidad, tenía todo el aspecto de un laberinto. Sin embargo, su dirección era, en general, hacia el suroeste. Mi tío hizo varias paradas para consultar su brújula. La galería comenzó a descender en dirección horizontal, con una caída de unos dos pulgadas por cada treinta metros. El arroyo murmuraba tranquilamente a nuestros pies. No pude evitar compararlo con algún espíritu protector que nos guiaba a través de la tierra; sumergí mis dedos en sus aguas tibias, que parecían cantar como una ninfa a medida que avanzábamos. Mi buen humor comenzó a adquirir un carácter mitológico.

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En cuanto a mi tío, comenzó a quejarse del carácter horizontal del camino. Descubrió que su ruta se alargaba indefinidamente, en lugar de “deslizarse por el rayo celeste”, según sus palabras. Pero no teníamos otra opción; y mientras nuestro camino siguiera dirigido hacia el centro, por poco progreso que hiciéramos, no había razón para quejarse. Además, de vez en cuando las pendientes eran mucho más pronunciadas, la náyade cantaba más fuerte y comenzábamos a descender de verdad. Sin embargo, aún no sentía ninguna sensación dolorosa. Todavía no me había recuperado de la emoción por el descubrimiento del agua. Ese día y el siguiente recorrimos una distancia considerable en línea horizontal, y relativamente muy poca en línea vertical. El viernes por la tarde, diez de julio, según nuestras estimaciones, deberíamos estar a treinta leguas al sureste de Reikiavik, y a unas dos leguas y media de profundidad. Entonces recibimos una sorpresa bastante alarmante: bajo nuestros pies se abrió un pozo horrible. Mi tío estaba tan encantado que incluso aplaudió al ver lo empinada y pronunciada que era la pendiente. “¡Ah, ah!”, exclamó, lleno de alegría; “esto nos llevará muy lejos. Mira las protuberancias de la roca. ¡Ja!”, dijo, “es una escalera espantosa”. Hans, sin embargo, quien en todas nuestras dificultades nunca dejó de usar las cuerdas, se aseguró de colocarlas de tal manera que se evitasen accidentes. Entonces comenzó nuestra bajada. No me atrevo a llamarla una bajada peligrosa, porque ya estaba demasiado acostumbrado a ese tipo de trabajos como para considerarlo algo más que una tarea completamente normal. Ese pozo era una especie de abertura estrecha en el granito macizo, conocida como fisura. La contracción del esqueleto terrestre, cuando se enfrió de repente, fue evidentemente la causa. Si en tiempos pasados sirvió como una especie de embudo por el cual pasaban las masas eruptivas vomitadas por Sneffels, no sabía cómo no había dejado ninguna marca.

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De hecho, descendíamos por una espiral, algo similar a esas escaleras sinuosas que se utilizan en las casas modernas. Cada cuarto de hora más o menos éramos obligados a sentarnos para descansar las piernas. Nos dolían los gemelos. Entonces nos sentábamos sobre alguna roca saliente con las piernas colgando, charlábamos mientras tomábamos un bocado y seguíamos bebiendo del arroyo agradablemente cálido que no nos había abandonado. Apenas es necesario decir que en esa grieta de forma curiosa, el Hansbach se había convertido en una cascada, en detrimento de su tamaño. Sin embargo, seguía siendo suficiente, e incluso más, para nuestras necesidades. Además, sabíamos que, en cuanto la pendiente dejara de ser tan pronunciada, el arroyo volvería a seguir su curso tranquilo. En ese momento me recordaba a mi tío, su impaciencia y su ira; mientras que cuando fluía con más calma, me imaginaba la serenidad del guía islandés. Durante los dos días completos, el 6 y el 7 de julio, seguimos esa extraordinaria escalera espiral de la grieta, adentrándonos dos leguas más en la corteza terrestre, lo que nos llevó a cinco leguas por debajo del nivel del mar. Sin embargo, el 8, a las doce del día, la grieta adoptó de repente una pendiente mucho más suave, siguiendo aún en dirección sureste. El camino se volvió ahora relativamente fácil, pero al mismo tiempo terriblemente monótono. Habría sido difícil que las cosas salieran de otra manera. Nuestro viaje tan peculiar no tenía posibilidades de diversificarse gracias al paisaje y a los escenarios. Al menos, esa era mi opinión. Finalmente, el miércoles 15, estábamos realmente a siete leguas (veintiuna millas) por debajo de la superficie terrestre, y a cincuenta leguas de distancia de la montaña Sneffels. Aunque, si se dice la verdad, estábamos muy cansados, nuestra salud había resistido todo sufrimiento y se encontraba en un estado sumamente satisfactorio. La caja de medicamentos de nuestro viajero ni siquiera se había abierto. Mi tío se cuidó de anotar cada hora las indicaciones de la brújula, del manómetro y del termómetro; todo ello lo publicó posteriormente en su detallado relato filosófico y científico de nuestro notable viaje. Por lo tanto, pudo dar una descripción exacta de…

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Cuando, por lo tanto, me informó de que estábamos a cincuenta leguas de distancia en dirección horizontal desde nuestro punto de partida, no pude reprimir un fuerte grito.
“¿Qué pasa ahora?”, exclamó mi tío.
“Nada muy importante; solo se me ha ocurrido una idea”, respondí.
“Bueno, dila ya, muchacho”.
“En mi opinión, si sus cálculos son correctos, ya no estamos debajo de Islandia”.
“¿De verdad lo crees?”
“Podemos averiguarlo fácilmente”, respondí, sacando un mapa y brújulas.
“Como ve”, dije, después de realizar mediciones cuidadosas, “no me equivoco. Estamos muy más allá del cabo Portland; y esas cincuenta leguas hacia el sureste nos llevarán al mar abierto”.
“¡Al mar abierto!”, exclamó mi tío, frotándose las manos con aire encantado.
“Sí”, dije, “sin duda el viejo Océano fluye sobre nuestras cabezas”.
“Bueno, querido muchacho, ¿qué puede haber más natural? ¿Acaso no sabes que en los alrededores de Newcastle hay minas de carbón que se explotan muy abajo, bajo el mar?”
Mi estimado tío, el profesor, sin duda consideraba este descubrimiento como un hecho muy sencillo, pero para mí esa idea no era en absoluto agradable. Y, sin embargo, si se pensaba seriamente en el asunto, ¿qué importancia tenía si las llanuras y montañas de Islandia estaban suspendidas sobre nuestras cabezas, o si eran las poderosas olas del Océano Atlántico? Toda la cuestión dependía de la solidez del techo de granito que teníamos encima. De todos modos, pronto me acostumbré a esa idea: un camino que ora era plano, ora descendente, siempre en dirección sureste, llevándonos cada vez más adentro en los profundos abismos de la Tierra Madre.

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Tres días después, el dieciocho de julio, un sábado, llegamos a una especie de gran gruta. Mi tío le pagó a Hans sus habituales rix-dólares, y se decidió que al día siguiente sería un día de descanso.

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CAPÍTULO 22
DOMINGO BAJO TIERRA

Me desperté el domingo por la mañana sin ninguna sensación de prisa ni agitación que indicara una partida inminente. Aunque el día destinado al descanso y la reflexión transcurrió en circunstancias tan extrañas y en un lugar tan maravilloso, la idea era agradable. Además, todos comenzamos a acostumbrarnos a este tipo de existencia. Casi había dejado de pensar en el sol, en la luna, en las estrellas, en los árboles, las casas y las ciudades; de hecho, en cualquier necesidad terrestre. En nuestra posición peculiar, estábamos muy por encima de tales consideraciones.

La gruta era un salón vasto y magnífico. A lo largo de su suelo de granito, el arroyo fluía plácidamente y de manera agradable. Estaba ahora a tal distancia de su fuente ardiente que su agua apenas estaba tibia, y podía beberse sin demora ni dificultad.

Después de un desayuno frugal, el profesor decidió dedicar algunas horas a poner en orden sus notas y cálculos.

“En primer lugar”, dijo, “tengo mucho que verificar y demostrar, para que podamos conocer nuestra posición exacta. Deseo poder, al regresar a las regiones superiores, hacer un mapa de nuestro viaje, una especie de sección vertical del globo, que será, por así decirlo, el perfil de la expedición”.

“Eso sería realmente una labor curiosa, tío; pero, ¿puede realizar sus observaciones con algo de certeza y precisión?”

“Puedo. Nunca he dejado de anotar con gran cuidado los ángulos y las pendientes. Estoy seguro de no haber cometido ningún error. Tome la brújula y observe cómo apunta”.

Miré el instrumento con atención.

“Este cuarto hacia el sureste”.

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“Muy bien”, continuó el profesor, tomando nota de esa observación y realizando algunos cálculos rápidos. “Entiendo que hemos recorrido doscientas cincuenta millas desde el punto de partida”.
“¿Entonces las poderosas olas del Atlántico se desploman sobre nuestras cabezas?”
“Por supuesto”.
“¿Y en este mismo momento es posible que haya tormentas feroces arriba, y que hombres y barcos luchen contra los vientos furiosos justo encima de nuestras cabezas?”
“Está completamente dentro de lo posible”, respondió mi tío, sonriendo.
“¿Y que las ballenas naden en manadas, agitando el fondo del mar, el ‘techo’ de nuestra prisión inexpugnable?”
“No te preocupes por eso; no hay peligro de que logren romperla. Pero volvamos a nuestros cálculos. Nos encontramos al sureste, a doscientas cincuenta millas de la base del Sneffels. Según mis notas anteriores, creo que hemos recorrido dieciséis leguas en dirección hacia abajo”.
“¡Dieciséis leguas… ¡cinco mil millas!”, exclamé.
“Estoy seguro de ello”.
“Pero ese es el límite extremo permitido por la ciencia para el espesor de la corteza terrestre”, respondí, refiriéndome a mis estudios geológicos.
“No contradigo esa afirmación”, fue su respuesta tranquila.
“Y en esta etapa de nuestro viaje, según todas las leyes conocidas sobre el aumento de la temperatura, aquí debería haber una temperatura de mil quinientas grados Réaumur”.
“Debería haberla… dices tú, muchacho”.
“En ese caso, este granito no existiría, sino que estaría en estado de fusión”.
“Pero, muchacho, como puedes ver, no es así. Los hechos, como siempre, son cosas muy tercas, que anulan todas las teorías”.

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“Me veo obligado a ceder ante las pruebas de mis sentidos, pero, no obstante, estoy muy sorprendido”.
“¿Qué temperatura indica realmente el termómetro?”, continuó el filósofo.
“Veintisiete y seis décimas”.
“Entonces, la ciencia se equivoca en mil cuatrocientos setenta y cuatro grados y cuatro décimas. Según esto, queda demostrado que el aumento proporcional de la temperatura es un error flagrante. Humphry Davy brilla aquí en toda su gloria. Él tiene razón, y he actuado sabiamente al creerle. ¿Tiene alguna respuesta para esta afirmación?”
Si hubiera decidido hablar, podría haber dicho mucho. De ninguna manera admitía la teoría de Humphry Davy; seguía defendiendo la teoría del aumento proporcional de la temperatura, aunque no lo percibiera. Estaba mucho más dispuesto a aceptar que esta chimenea de un volcán extinto estuviera cubierta por una lava resistente al calor, en realidad un mal conductor, lo cual impedía que el gran aumento de temperatura penetrara a través de sus paredes. El chorro de agua caliente respaldaba mi punto de vista. Pero, sin entrar en una discusión larga e inútil ni buscar nuevos argumentos para refutar a mi tío, me conformé con aceptar los hechos tal como eran.
“Bueno, señor, doy por sentado que todos sus cálculos son correctos, pero permítame extraer de ellos una conclusión rigurosa y definitiva”.
“Adelante, muchacho; di lo que piensas”, dijo mi tío con buen humor.
“En el lugar donde nos encontramos ahora, en la latitud de Islandia, la profundidad terrestre es de unas mil quinientas ochenta y tres leguas”.
“Mil quinientas ochenta y tres y cuarto”.
“Bueno, supongamos que digamos mil seiscientas leguas, redondeando. Ahora, de un viaje de mil seiscientas leguas, hemos recorrido dieciséis”.
“Como usted dice, ¿y qué?”

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“A costa de un viaje diagonal de no menos de ochenta y cinco leguas”.
“Exactamente”.
“Llevamos veinte días en ello”.
“Exactamente veinte días”.
“Dieciséis son la centésima parte de la expedición que hemos planeado. Si seguimos así, tardaremos dos mil días, es decir, unos cinco años y medio, en llegar abajo”.
El profesor cruzó los brazos, escuchó, pero no dijo nada.
“Sin contar que si una descensión vertical de dieciséis leguas nos cuesta una horizontal de ochenta y cinco, tendremos que recorrer unas ocho mil leguas hacia el sureste; por lo tanto, tendremos que salir en algún punto de la circunferencia mucho antes de poder esperar llegar al centro”.
“Olvídate de tus cálculos”, gritó mi tío en uno de sus arrebatos habituales. “¿En qué se basan? ¿Cómo sabes que este paso no nos lleva directamente al lugar que buscamos? Además, afortunadamente, tengo un precedente a mi favor. Lo que yo me propongo hacer, otro ya lo ha hecho, y como él tuvo éxito, ¿por qué yo no podría tenerlo también?”
“Espero, de verdad, que lo logres, pero aún así, supongo que se me permite…”
“Se te permite mantener la boca cerrada”, gritó el profesor Hardwigg, “cuando hablas de forma tan irracional”.
Comprendí de inmediato que el viejo profesor seguía vivo en mi tío; temiendo despertar sus pasiones furiosas, dejé de lado ese tema desagradable.
“Bueno, entonces”, explicó, “mira el manómetro. ¿Qué indica?”
“Una presión considerable”.
“Muy bien. Como ves, si descendemos lentamente y nos acostumbramos poco a poco a la densidad de esta atmósfera inferior, no sufriremos”.

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“Bueno, supongo que no, salvo que podría haber cierto dolor en los oídos”, fue mi respuesta bastante sombría.
“Eso, querido muchacho, no es nada; podrás deshacerte fácilmente de esa fuente de molestia al poner el aire exterior en contacto con el aire contenido en tus pulmones”.
“Perfectamente”, dije, ya que había decidido firmemente no contradecir a mi tío. “Casi creo que sentiría cierta satisfacción al sumergirme en esta densa atmósfera. ¿Has notado cuán maravillosamente se propaga el sonido?”
“Por supuesto que sí. No hay duda de que un viaje hacia el interior de la Tierra sería una excelente cura para la sordera”.
“Pero entonces, tío”, aventuré con cautela, “esta densidad seguirá aumentando”.
“Sí, según una ley que, sin embargo, está apenas definida. Es cierto que la intensidad del peso disminuirá en proporción directa a la profundidad a la que nos adentremos. Sabes muy bien que es en la superficie de la Tierra donde su acción se siente con mayor fuerza, mientras que, por el contrario, en el centro mismo de la Tierra los cuerpos dejan de tener cualquier peso”.
“Sé que es así, pero a medida que avancemos, ¿no acabará la atmósfera adquiriendo la densidad del agua?”
“Lo sé; cuando esté sometida a una presión de setecientas diez atmósferas”, exclamó mi tío con gravedad imperturbable.
“¿Y cuando estemos aún más abajo?”, pregunté con natural ansiedad.
“Bueno, más abajo, la densidad será aún mayor”.
“Entonces, ¿cómo podremos abrirnos paso a través de esta niebla atmosférica?”
“Bueno, mi estimado sobrino, debemos equiparnos con lastre, llenando nuestros bolsillos de piedras”, dijo el profesor Hardwigg.

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“Fe, tío, usted tiene respuesta para todo”, fue mi única respuesta.
Comencé a sentir que no era sensato seguir explorando ese amplio campo de hipótesis, ya que seguramente surgiría alguna dificultad, o más bien imposibilidad, que enfurecería al profesor.
Era evidente, sin embargo, que el aire bajo una presión que podría multiplicarse por miles de atmósferas acabaría volviéndose perfectamente sólido, y que entonces, aun cuando nuestros cuerpos resistieran esa presión, tendríamos que detenernos, pese a todos los razonamientos del mundo. Los hechos superan a todos los argumentos.
Pero pensé que lo mejor era no insistir en ese argumento. Mi tío simplemente habría citado el ejemplo de Saknussemm. Suponiendo que el viaje de ese erudito islandés realmente hubiera tenido lugar, había una respuesta sencilla: en el siglo XVI ni el barómetro ni el manómetro habían sido inventados; ¿cómo, entonces, pudo Saknussemm saber cuándo llegó al centro de la Tierra?
Esta objeción irrebatible y erudita la guardé para mí y, reuniendo todo mi coraje, esperé el curso de los acontecimientos, sin tener idea de cuán aventureros serían los sucesos de nuestro extraordinario viaje.
El resto de ese día de ocio y descanso lo pasé haciendo cálculos y conversando. Me esforcé por estar de acuerdo con el profesor en todo; pero envidiaba la perfecta indiferencia de Hans, quien, sin preocuparse en absoluto por causa y efecto, seguía ciegamente adelante hacia dondequiera que el destino decidiera llevarlo.

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CAPÍTULO 23
SOLO

Debemos confesar, con toda sinceridad, que hasta entonces las cosas habían ido bien, y habría sido de mal gusto por mi parte quejarme. Si la verdadera causa de nuestras dificultades no aumentaba, era posible que al final llegáramos al final de nuestro viaje. ¡Qué gloria sería entonces para nosotros! Con el entusiasmo recién despertado en mi alma, comencé a hablar con entusiasmo al profesor. Pero, ¿era yo sincero? Todo el estado en el que nos encontrábamos era un misterio, y era imposible saber si realmente hablaba en serio o no.

Durante varios días después de nuestra memorable parada, las pendientes se volvieron cada vez más pronunciadas; algunas eran incluso de carácter extremadamente peligroso, casi verticales, por lo que estábamos constantemente descendiendo hacia el interior sólido de la Tierra. En algunos días, descendimos incluso una legua y media, o incluso dos leguas, en dirección al centro de la Tierra. Esos descensos eran sumamente peligrosos, y mientras los realizábamos, aprendimos a apreciar plenamente la maravillosa calma de nuestro guía, Hans. Sin él, habríamos estado completamente perdidos. El islandés grave e impasible se dedicó a nosotros con una serenidad y facilidad incomprendibles; y gracias a él, pudimos superar muchos pasajes peligrosos, donde, de no ser por él, habríamos quedado atrapados sin remedio.

Su silencio aumentaba día tras día. Creo que comenzamos a verse influenciados por esta característica peculiar de su personalidad. Es cierto que los objetos inanimados que nos rodean tienen un efecto directo en el cerebro. Seguramente, una persona que se encierra entre cuatro paredes pierde la capacidad de asociar ideas y palabras. ¡Cuántas personas condenadas a los horrores del encierro solitario han enloquecido, simplemente porque sus facultades de pensamiento permanecen inactivas!

Durante las dos semanas que siguieron a nuestra última conversación interesante, no ocurrió nada digno de ser registrado especialmente.

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Mientras escribía estas memorias, he esforzado en vano mi memoria en busca de algún incidente relacionado con un viaje durante ese período en particular. Pero el siguiente acontecimiento que debo relatar es realmente terrible. Solo recordarlo, incluso ahora, hace que mi alma tiemble y mi sangre se enfríe. Fue el séptimo de agosto. Nuestras descensos continuos nos habían llevado unas treinta leguas hacia el interior de la Tierra; es decir, por encima de nosotros había treinta leguas, casi cien millas, de rocas, océanos, continentes y ciudades, sin mencionar a los habitantes vivos. Nos encontrábamos en dirección sureste, a unas doscientas leguas de Islandia. Ese día memorable, el túnel comenzó a adoptar una trayectoria casi horizontal. En esa ocasión, yo iba delante. Mi tío se encargaba de una de las bobinas Ruhmkorff, mientras que yo tenía la otra. Con su luz, me dedicaba a examinar las diferentes capas de granito. Estaba completamente absorto en mi trabajo. De repente, me detuve y me di la vuelta: ¡estaba solo! “Bueno”, pensé, “seguro que he caminado demasiado rápido… o bien Hans y mi tío se han detenido a descansar. Lo mejor que puedo hacer es volver y encontrarlos. Afortunadamente, apenas hay subidas que me cansen”. Así que retrocedí, y mientras lo hacía, caminé al menos un cuarto de hora. Un poco inquieto, me detuve y miré ansiosamente a mi alrededor. No había ni un alma viva. Grité, pero no hubo respuesta. Mi voz se perdió entre los innumerables ecos que provocaba. Por primera vez, comencé a sentirme realmente preocupado. Un escalofrío helado recorrió todo mi cuerpo, y un sudor frío y terrible brotó en mi piel. “Debo mantener la calma”, me dije en voz alta, como hacen los niños cuando silban para ahuyentar el miedo. “No hay duda de que encontraré a mis compañeros. No pueden haber dos caminos. Estoy seguro de que iba bastante adelantado; lo único que tengo que hacer es volver”.

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Habiendo llegado a esta conclusión, ascendí por el túnel durante al menos media hora, sin poder decidir si había visto antes ciertos puntos de referencia. De vez en cuando me detenía para ver si se me hacía alguna llamada en voz alta, sabiendo bien que, en aquella atmósfera densa e intensa, debería oírla desde muy lejos. Pero no. En esa inmensa galería reinaba un silencio extraordinario. Solo se podían escuchar los ecos de mis propios pasos. Por fin me detuve. Apenas podía darme cuenta de mi aislamiento. Estaba dispuesto a pensar que había cometido un error, pero no que estaba perdido. Si había cometido un error, quizá podría encontrar el camino; si estaba perdido… temblaba al pensarlo.

“Vamos, vamos”, me dije a mí mismo, “ya que solo hay un camino, y ellos deben pasar por él, al final nos encontraremos. Todo lo que tengo que hacer es seguir subiendo. Quizá, sin embargo, al no verme y olvidando que iba delante, hayan regresado en mi busca. De todos modos, incluso en ese caso, si me apresuro, llegaré hasta ellos. No puede haber duda al respecto”.

Pero mientras pronunciaba estas últimas palabras en voz alta, habría sido completamente evidente para cualquier oyente —si hubiera habido alguno— que yo no estaba en absoluto convencido de ello. Además, para relacionar estas ideas simples y unirlas bajo la forma de un razonamiento, se necesitaba algo de tiempo. No podía hacer que mi cerebro pensara de inmediato.

Entonces otra terrible duda cayó sobre mi alma. ¿Acaso iba delante? Por supuesto que sí. Hans sin duda iba detrás, precedido por mi tío. Recordaba perfectamente que se había detenido un momento para atarse el equipaje al hombro. Ahora recordaba ese detalle insignificante. Creo que fue justo en ese momento cuando decidí continuar mi camino.

“Otra vez”, pensé, razonando con la mayor calma posible, “hay otra forma segura de no perderme: un hilo que me guíe por este laberíntico recinto subterráneo… uno que había olvidado: mi fiel río”.

Este razonamiento levantó mi ánimo abatido, y decidí reanudar mi viaje sin más demora. No había tiempo que perder.

Fue en ese momento cuando tuve motivos para agradecer la previsión de mi tío, cuando se negó a permitir que el cazador de eiders cerrara las aberturas del

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Fuente termal: esa pequeña fisura en la gran masa de granito. Esta fuente benéfica, que nos había salvado de la sed durante tantos días, ahora me permitiría encontrar el camino correcto.
Después de tomar esta decisión, decidí, antes de comenzar a subir, que un baño me haría mucho bien. Me detuve para sumergir mis manos y mi frente en las aguas agradables del arroyo Hansbach, bendiciendo su presencia como una gran consolación.
¡Imaginen mi horror y estupefacción! Estaba caminando por un camino duro, polvoriento y lleno de piedras de granito. El arroyo del que dependía había desaparecido por completo.

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CAPÍTULO 24
¡PERDIDO!

Ninguna palabra en ningún idioma humano puede expresar mi desesperación total. Estaba literalmente enterrado vivo; no tenía otra expectativa que morir bajo la lenta y horrible tortura del hambre y la sed.
De forma mecánica, me arrastré por allí, sintiendo la roca seca y árida. Nunca había sentido algo tan seco en toda mi vida.
Pero me pregunté frenéticamente: ¿cómo había perdido el rastro del arroyo? No cabía duda de que había dejado de fluir en la galería en la que me encontraba ahora. Comencé a comprender la causa del extraño silencio que reinaba cuando intenté escuchar si mis compañeros podían llegar hasta mí.
Resultó que, cuando di ese paso imprudente en la dirección equivocada, no me di cuenta de la ausencia del arroyo tan importante. Ahora era evidente que, cuando nos detuvimos, otro túnel debió haber absorbido las aguas del pequeño torrente, y que yo había entrado inconscientemente en una galería diferente. ¿Hasta qué profundidades desconocidas habrían ido mis compañeros? ¿Dónde estaba yo? ¿Cómo volver? ¡No había ninguna pista ni señal alguna! Mis pies no dejaban huellas en el granito ni en las piedras sueltas. Mi cerebro palpitaba de agonía mientras trataba de encontrar una solución a este terrible problema. Al final, después de toda clase de sofismas y reflexiones, mi situación solo podía resumirse en tres palabras terribles:
¡Perdido! ¡Perdido!! ¡PERDIDO!!!
Perdido a una profundidad que, según mi limitado entendimiento, parecía ser inmensurable.

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Estas treinta leguas de la corteza terrestre pesaban sobre mis hombros como el globo sobre los hombros de Atlas. Me sentía aplastado por ese peso terrible. ¡Era realmente una situación capaz de llevar al hombre más sensato a la locura! Intenté volver a concentrar mis pensamientos en las cosas del mundo tan olvidadas desde hacía tiempo. Fue con la mayor dificultad que logré hacerlo. Hamburgo, la casa de la Konigstrasse, mi querida prima Gretchen… todo ese mundo que antes había desaparecido como una sombra, ahora flotaba ante mi imaginación ahora vívida. Allí estaban, frente a mí, pero qué irreales. Bajo la influencia de una horrible alucinación, vi pasar ante mí todos los acontecimientos de nuestro viaje, como escenas de un panorama. El barco y sus ocupantes, Islandia, el señor Fridriksson, y la gran cima del monte Sneffels. Me dije que, si en mi situación conservaba aunque fuera el más tenue rastro de esperanza, sería una señal segura de delirio inminente. Era mejor entregarse por completo al desespero. De hecho, si razonara con calma y filosofía, ¿qué fuerza humana existiría capaz de llevarme de vuelta a la superficie de la tierra, y además dispuesta a partir en dos esas enormes y poderosas bóvedas que se elevan sobre mi cabeza? ¿Quién podría ayudarme a encontrar mi camino y recuperar a mis compañeros? ¡Qué insensata tontería y locura era albergar siquiera un atisbo de esperanza! “¡Oh, tío!”, fue mi grito de desesperación. Esa fue la única palabra de reproche que salió de mis labios; porque comprendía perfectamente cuán profundamente y tristemente lamentaría el digno profesor mi pérdida, y cómo a su vez me buscaría pacientemente. Cuando finalmente empecé a resignarme a la idea de que no se esperaba ninguna ayuda más por parte de los hombres, y sabiendo que era completamente incapaz de hacer algo por mi propia salvación, me arrodillé con fervor sincero y pedí ayuda al Cielo. Los recuerdos de mi inocente infancia, el recuerdo de mi madre, conocida solo en mi infancia, brotaron de mi corazón. Recurrí a la oración. Y aunque tenía poco derecho a ser recordado por Aquel a quien había olvidado en horas de prosperidad, y a quien invocaba tan tarde, oré con sinceridad y fervor.

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Esta renovación de mi fe juvenil trajo consigo una mayor calma, y pude concentrar toda mi fuerza e inteligencia en las terribles realidades de mi situación sin precedentes. Tenía a mi alrededor lo que al principio había olvidado por completo: provisiones para tres días. Además, mi botella de agua estaba casi llena. Sin embargo, lo único imposible era permanecer solo. Debía intentar encontrar a mis compañeros a cualquier precio. Pero, ¿qué camino debía tomar? ¿Subir o bajar de nuevo? Sin duda, lo correcto era retroceder en dirección ascendente. Al hacerlo con cuidado y serenidad, llegaría al punto donde me había alejado del arroyo. Debía encontrar esa bifurcación fatal. Una vez allí, con el río a mis pies, podría, al menos, regresar al espantoso cráter del Monte Sneffels. ¿Por qué no se me había ocurrido antes? Esa era, finalmente, una esperanza razonable de seguridad. Lo más importante, entonces, era descubrir el lecho del Hansbach. Después de comer algo y beber un trago de agua, me levanté como un gigante renovado. Apoyándome pesadamente en mi bastón, comencé la ascensión por el túnel. La pendiente era muy pronunciada y bastante difícil. Pero avanzaba con esperanza y cuidado, como alguien que finalmente logra salir de un bosque y sabe que solo hay un camino por seguir. Durante una hora entera, nada impidió mi avance. Mientras avanzaba, intentaba recordar la forma del túnel, evocar en mi memoria ciertas protuberancias rocosas, convencerme de que ya había seguido caminos sinuosos antes. Pero no podía recordar ningún indicio concreto, y pronto tuve que admitir que ese túnel nunca me llevaría de vuelta al lugar donde me había separado de mis compañeros. Era un callejón sin salida, simplemente un pasadizo ciego en la tierra. Finalmente llegó el momento en que, frente a la roca sólida, supe cuál sería mi destino y caí inerte sobre el suelo árido. Describir el horrible estado de desesperación y miedo en el que me encontré entonces sería en vano e imposible. Mi última esperanza, el coraje que me había sostenido, se desvaneció ante la visión de esa roca de granito despiadada.

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Perdido en un vasto laberinto, cuyas sinuosidades se extendían en todas direcciones, sin guía, pista ni brújula, supe que era una tarea vana e inútil intentar huir. Lo único que me quedaba era acostarme y morir. Acostarme y morir de la forma más cruel y horrible posible.
En mi estado mental, se me ocurrió la idea de que quizás, algún día, cuando se encontraran mis huesos fósiles, su descubrimiento tan abajo del nivel del suelo podría dar lugar a discusiones científicas solemnes e interesantes.
Intenté llorar en voz alta, pero solo sonidos roncos, huecos e inarticulados podían salir de mis labios resecos. Literalmente, jadeaba en busca de aire.
En medio de todas estas terribles fuentes de angustia y desesperación, un nuevo horror se apoderó de mi alma. Mi lámpara, al caer, se había estropeado. No tenía forma de repararla. Su luz ya se volvía cada vez más tenue, y pronto se apagaría por completo.
Con una extraña sensación de resignación y desesperación, observé cómo la luz en el interior de la lámpara disminuía poco a poco. Una procesión de sombras se movía rápidamente a lo largo de la pared de granito. Apenas me atrevía a bajar los párpados, temiendo perder el último destello de esa luz efímera. Cada instante me parecía que estaba a punto de desaparecer y dejarme para siempre en la oscuridad total.
Por fin, solo quedó una última llama temblorosa en la lámpara; la seguí con toda mi capacidad visual; jadeaba en busca de aire; concentré en ella toda la fuerza de mi alma, como si fuera el último destello de luz que jamás estaría destinado a ver… Y entonces quedaría perdido para siempre en sombras tenebrosas y oscuras.
Un grito salvaje y lastimero escapó de mis labios. En la Tierra, incluso en la oscuridad más profunda y completa, la luz nunca permite que su poder sea completamente destruido o extinguido. La luz es tan difusa, tan sutil, que penetra en todas partes; y lo poco que pueda quedar, la retina del ojo logrará encontrarlo. En este lugar, nada: la oscuridad absoluta me dejó ciego en todos los sentidos.
Mi cabeza ya no tenía sentido alguno. Levanté los brazos, intentando sentir el efecto al rozar la fría pared de piedra. Era extremadamente doloroso. Seguramente la locura se había apoderado de mí. No sabía qué hacía. Comencé…

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Correr, volar, avanzar al azar por este laberinto inextricable, siempre hacia abajo, corriendo desenfrenadamente debajo de la corteza terrestre, como un habitante de los hornos subterráneos, gritando, rugiendo, aullando, hasta quedar magullado por las rocas puntiagudas, cayendo y levantándome de nuevo, cubierto de sangre, buscando desesperadamente beber la sangre que goteaba de mis facciones destrozadas; loco porque esa sangre solo corría por mi rostro, y siempre vigilando ese muro horrible que se presentaba ante mí como un obstáculo temible contra el cual no podía estrellar mi cabeza. ¿A dónde iba? Era imposible saberlo. No tenía ni idea al respecto. Pasaron varias horas de esta manera. Después de mucho tiempo, habiendo agotado por completo mis fuerzas, caí como una masa inerte a lo largo del túnel y perdí el conocimiento.

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CAPÍTULO 25
LA GALERÍA SUSURRANTE

Cuando por fin recuperé la conciencia de mi existencia, mi rostro estaba húmedo; pero, como pronto supe, húmedo de lágrimas. Es imposible para mí decir cuánto tiempo duró este estado de inconsciencia. Ya no tenía forma alguna de hacerme una idea del paso del tiempo. Nunca, desde la creación del mundo, había existido una soledad como la mía. Estaba completamente abandonado.

Después de mi caída, perdí mucha sangre. Sentí cómo me invadía ese líquido vital. Mi primera sensación fue quizás algo natural: ¿por qué no estaba muerto? Porque seguía vivo, todavía había algo que hacer. Intenté decidirme a dejar de pensar. Hice todo lo posible por ahuyentar todos los pensamientos; abrumado por el dolor y la tristeza, me acurruqué contra la pared de granito.

Acababa de empezar a sentir que volvía a desmayarme, y la sensación de que aquella era la última lucha antes de la aniquilación total… cuando, de repente, un estruendo violento llegó a mis oídos. Se parecía al rugido prolongado del trueno, y pude distinguir claramente voces sonoras, una tras otra, en las profundidades del abismo.

¿De dónde provenía ese ruido? Naturalmente, se podía suponer que se debía a nuevos fenómenos que ocurrían en el interior de la masa sólida de la Tierra Madre: la explosión de algunos vapores gaseosos, o la caída de algún cuerpo sólido, de roca granítica u otra clase.

Volví a escuchar con gran atención. Estaba extremadamente ansioso por saber si ese sonido extraño e inexplicable volvería a oírse. Pasó un cuarto de hora en una espera dolorosa. En el túnel reinaba un silencio profundo y solemne; tan silencioso que podía oír los latidos de mi propio corazón. Esperé, con una especie de esperanza extraña.

De repente, mi oído, que estaba apoyado casualmente contra la pared, pareció captar, por así decirlo, el más tenue eco de un sonido. Creí oír voces vagas, incoherentes y lejanas. Temblé de emoción y esperanza.

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“Debe ser una alucinación”, grité. “¡No puede ser! ¡No es verdad!”
Pero no. Al escuchar con más atención, realmente me convencí de que lo que oía era realmente el sonido de voces humanas. Sin embargo, era imposible darle algún sentido a esos sonidos. Estaba demasiado débil incluso para oír con claridad. Aun así, era un hecho indudable que alguien estaba hablando. De eso estaba completamente seguro.
Hubo un momento de miedo. Una angustia terrible se apoderó de mi alma: quizás eran mis propias palabras las que me llegaban a través de un eco lejano. Quizás, sin darme cuenta, yo mismo estaba gritando en voz alta. Cerré firmemente los labios y volví a colocar mi oreja contra la enorme pared de granito.
Sí, sin duda. Era realmente el sonido de voces humanas.
Con gran determinación, me arrastré por las paredes de la cueva hasta llegar a un lugar desde donde podía oír con más claridad. Pero aunque podía percibir el sonido, solo lograba entender palabras extrañas e incomprensibles. Me llegaban como si hubieran sido pronunciadas en un tono bajo, murmuradas, por así decirlo, desde lejos.
Finalmente, logré entender la palabra “forlorad”, repetida varias veces, en un tono que denotaba una gran angustia y tristeza.
¿Qué significaría esa palabra? ¿Quién la pronunciaba? Debía ser mi tío o el guía Hans. Si yo podía oírlos, seguramente ellos también podrían oírme.
“¡Ayuda!”, grité a todo pulmón. “¡Ayuda, estoy muriendo!”
Luego escuché atentamente, conteniendo la respiración, esperando cualquier sonido en la oscuridad: un grito, un suspiro, una pregunta… Pero reinaba el silencio. ¡No había respuesta! Así pasaron unos minutos. Un montón de pensamientos cruzaron por mi mente. Empecé a temer que mi voz, debilitada por la enfermedad y el sufrimiento, no pudiera llegar hasta mis compañeros que me buscaban.
“Deben ser ellos”, grité. “¿Quién más podría estar enterrado a cien millas por debajo del nivel del suelo?” Esa suposición era absurda.

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Comencé, pues, a escuchar de nuevo con la mayor atención. Mientras movía mis oídos a lo largo de las paredes del lugar en el que me encontraba, hallé, por así decirlo, un punto matemático donde las voces parecían alcanzar su máxima intensidad. La palabra “forlorad” llegó nuevamente claramente a mis oídos. Luego volvió a oírse ese ruido semejante al trueno que me había despertado del letargo.

“Comienzo a entender”, me dije después de dedicar unos instantes a reflexionar; “el sonido no llega a mis oídos a través de la masa sólida. Las paredes de mi refugio subterráneo están hechas de granito macizo, y ni siquiera la explosión más violenta podría generar un estruendo suficiente para penetrarlas. El sonido debe llegar a través de la propia galería. El lugar en el que me encuentro debe poseer ciertas propiedades acústicas especiales”.

Escuché de nuevo; y esta vez, sí, esta vez, oí mi nombre pronunciado claramente, como si fuera proyectado al espacio. Era mi tío, el profesor, quien hablaba. Estaba conversando con el guía, y la palabra que tantas veces había llegado a mis oídos, “forlorad”, era una expresión danesa.

Entonces lo comprendí todo. Para que me pudieran oír, yo también debía hablar, por así decirlo, a lo largo de la galería, lo cual transmitiría el sonido de mi voz, tal como un cable transmite el fluido eléctrico de un punto a otro. Pero no había tiempo que perder. Si mis compañeros se alejaban aunque solo fuera unos pocos metros de donde estaban, el efecto acústico desaparecería y mi “Galería Susurrante” quedaría destruida. Así que volví a arrastrarme hacia la pared y dije con toda la claridad posible:

“Tío Hardwigg”.

Luego esperé una respuesta.

El sonido no tiene la propiedad de viajar con tal rapidez extrema. Además, la densidad del aire a esa profundidad, sumada a la falta de movimiento, estaba lejos de contribuir a acelerar su propagación. Pasaron varios segundos, que para mi imaginación excitada parecieron siglos; y finalmente esas palabras llegaron a mis oídos ansiosos y hicieron latir aún más rápido mi corazón:

“Harry, muchacho, ¿eres tú?”

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Un breve retraso entre la pregunta y la respuesta.
“Sí… sí.”
..........
“¿Dónde estás?”
..........
“¡Perdido!”
..........
“¿Y tu linterna?”
..........
“Se ha apagado.”
..........
“Pero, ¿y el hilo guía?”
..........
“¡También se perdió!”
..........
“Mantén el coraje, Harry. Haremos todo lo posible.”
..........
“Un momento, tío mío”, grité; “ya no tengo fuerzas para responder a sus preguntas. Pero, por el amor de Dios, ¡continúe hablándome!” Sentía que el silencio absoluto sería la destrucción.
“Mantén el coraje”, dijo mi tío. “Como estás tan débil, no hables. Hemos estado buscándote en todas direcciones, tanto subiendo como bajando por el pasillo. Mi querido muchacho, ya había perdido toda esperanza… Y nunca podrás saber cuántas lágrimas amargas de tristeza y arrepentimiento he derramado. Finalmente, pensando que todavía estabas en el camino, junto al…”

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Hansbach, volvimos a descender, disparando armas como señales. Ahora, sin embargo, que te hemos encontrado y que nuestras voces se escuchan mutuamente, puede pasar mucho tiempo antes de que nos encontremos realmente. Nos comunicamos mediante algún arreglo acústico extraordinario del laberinto. Pero no desesperes, mi querido muchacho. Ya es algo ganar el hecho de poder escucharnos el uno al otro.

Mientras hablaba, mi cerebro trabajaba sin cesar. Una esperanza indefinida, aún vaga e indeterminada, hacía que mi corazón latiera con fuerza. En primer lugar, era absolutamente necesario que supiera una cosa. Por eso, apoyé nuevamente mi cabeza contra la pared, casi tocándola con los labios, y volví a hablar.

“Tío.”

..........

“¿Mi muchacho?”, fue su respuesta después de unos momentos.

..........

“Es de suma importancia que sepamos a qué distancia estamos el uno del otro.”

..........

“Eso no es difícil.”

..........

“¿Tienes tu cronómetro a mano?”, pregunté.

..........

“Por supuesto.”

..........

“Bueno, tómalo en tus manos. Di mi nombre, anotando con precisión el segundo en que lo digas. Yo responderé en cuanto escuche tus palabras, y entonces tú anotarás con exactitud el momento en que llegue mi respuesta.”

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“Muy bien; y el tiempo medio entre mi pregunta y tu respuesta será el tiempo que tarda mi voz en llegar hasta ti.”
..........
“Eso es exactamente lo que quiero decir, tío”, fue mi respuesta ansiosa.
..........
“¿Estás listo?”
..........
“Sí.”
..........
“Bueno, prepárate; estoy a punto de pronunciar tu nombre”, dijo el profesor.
Acerqué mi oído a los lados de la galería cavernosa, y tan pronto como la palabra “Harry” llegó a mis oídos, me di la vuelta, puse mis labios contra la pared y repetí ese sonido.
..........
“Cuarenta segundos”, dijo mi tío. “Han transcurrido cuarenta segundos entre las dos palabras. Por lo tanto, el sonido tarda veinte segundos en ascender. Ahora, si consideramos mil doscientos pies por cada segundo… tenemos veinticuatrocientos pies, es decir, una legua y media y octavo.”
Esas palabras cayeron sobre mi alma como una especie de campana fúnebre.
“Una legua y media”, murmuré con voz baja y desesperada.
..........
“Se podrá superar, muchacho”, exclamó mi tío en tono animado; “confía en nosotros”.

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“Pero, ¿sabes si debes ascender o descender?”, pregunté en voz lo suficientemente baja.
..........
“Debemos descender, y te diré por qué. Has llegado a un espacio vasto y abierto, una especie de cruce sin árboles, desde el cual las galerías se dividen en todas direcciones. La que ahora ocupas debe llevarte necesariamente hasta aquí, ya que parece que todas estas enormes fisuras, estas fracturas del interior del globo, se originan en la inmensa caverna que actualmente ocupamos. Levántate, entonces; ten valor y continúa tu camino. Camina si puedes; si no, arrástrate… deslízate, si nada más es posible. La pendiente debe ser bastante pronunciada… y encontrarás brazos fuertes que te recibirán al final de tu viaje. Empieza, como un buen hombre.”
Esas palabras sirvieron para infundirme algo de coraje.
“Adiós por ahora, buen tío; estoy a punto de partir. Tan pronto como me vaya, nuestras voces dejarán de escucharse. Adiós, hasta que nos volvamos a encontrar.”
..........
“Adiós, Harry… hasta que digamos ‘Bienvenido’”. Esas fueron las últimas palabras que llegaron a mis oídos ansiosos antes de emprender mi viaje agotador y casi desesperado.
Esa conversación maravillosa y sorprendente, que tuvo lugar a través de la inmensa masa del laberinto terrestre, esas palabras intercambiadas, con los interlocutores separados por unos cinco kilómetros, terminaron con expresiones llenas de esperanza y alegría.
Rezaba una vez más al Cielo, le dirigía palabras de agradecimiento… creyendo profundamente que Él me había llevado al único lugar donde las voces de mis amigos podían llegar a mis oídos.
Este misterio acústico, aparentemente asombroso, se explica fácilmente mediante leyes naturales sencillas; se debe a la conductividad de las rocas. Hay muchos ejemplos de esta singular propagación del sonido, que no son perceptibles en situaciones menos adecuadas. En la galería interior de San Pablo, y entre las curiosas cavernas de Sicilia, se pueden observar estos fenómenos. El más maravilloso de todos es conocido como la “Oreja de Dionisio”.

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Estos recuerdos del pasado, de mis primeras lecturas y estudios, volvieron frescos a mi mente. Además, empecé a razonar que si mi tío y yo podíamos comunicarnos a una distancia tan grande, no podía haber ningún obstáculo serio entre nosotros. Todo lo que tenía que hacer era seguir la dirección desde donde llegaba el sonido; y, lógicamente, debía llegar hasta él si mi fuerza no flaqueaba.

Me levanté, pues. Sin embargo, pronto descubrí que no podía caminar; que tenía que arrastrarme. La pendiente era, como esperaba, muy pronunciada; pero me dejé resbalar hacia abajo. Pronto, la rapidez de la bajada comenzó a adquirir proporciones aterradoras; amenazaba con causar una caída terrible. Me aferré a los lados; intenté agarrarme a las protuberancias de las rocas; me lancé hacia atrás. Todo en vano. Mi debilidad era tan grande que no podía hacer nada para salvarme.

De repente, el suelo desapareció bajo mis pies. Primero fui lanzado a un vacío oscuro y sombrío. Luego choqué contra las asperezas de una galería vertical, una especie de pozo perfecto. Mi cabeza chocó contra una roca puntiaguda y perdí toda conciencia. En cuanto a mí, la muerte me había reclamado para sí misma.

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CAPÍTULO 26
UN RECUPERACIÓN RÁPIDA

Cuando volví en mí, me encontré rodeado de una especie de semioscuridad, acostado sobre unas mantas gruesas y suaves. Mi tío me observaba: sus ojos estaban fijos intensamente en mi rostro, con una expresión grave en el semblante y una lágrima en el ojo. Al primer suspiro que salió de mi pecho, tomó mi mano. Cuando vio que mis ojos se abrían y se fijaban en los suyos, lanzó un grito de alegría.
“¡Vive! ¡Vive!”
“Sí, mi buen tío”, susurré.
“Mi querido muchacho”, continuó el severo profesor, abrazándome fuertemente, “¡estás a salvo!”
Me conmovió profundamente el tono con el que fueron dichas esas palabras, y aún más la bondadosa atención que las acompañaba. Sin embargo, el profesor era de esos hombres a quienes hay que someter a pruebas severas para que muestren algún tipo de afecto o emoción tierna. En ese momento, nuestro amigo Hans, el guía, se unió a nosotros. Vio mi mano en la de mi tío, y me atrevo a decir que, aunque era callado, sus ojos brillaban de satisfacción.
“Dios mío”, dijo.
“Buenos días, Hans, buenos días”, respondí, con el tono más cordial que pude adoptar. “Y ahora, tío, ya que estamos juntos, dime dónde estamos. He perdido toda noción de nuestra ubicación, así como de todo lo demás.”
“Mañana, Harry, mañana”, respondió. “Hoy estás demasiado débil. Tu cabeza está cubierta de vendas y cataplasmas que no deben tocarse. Duerme, muchacho, duerme; mañana sabrás todo lo que necesitas saber.”

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“Pero”, grité, “dígame qué hora es… ¿qué día es?”
“Ahora son las once de la noche, y nuevamente es domingo. Es el nueve del mes de agosto. Y le prohíbo terminantemente hacer más preguntas hasta el diez del mismo mes.”
La verdad es que estaba muy débil; mis ojos se cerraron pronto, involuntariamente. Realmente necesitaba descansar bien. En el último momento pensé que mi peligrosa aventura en lo profundo de la tierra, en total oscuridad, había durado cuatro días.
A la mañana siguiente, al despertar, comencé a mirar a mi alrededor. El lugar donde dormía, hecho con toda nuestra ropa de cama, se encontraba en una gruta encantadora, adornada con magníficas estalactitas que brillaban con todos los colores del arcoíris; el suelo era de arena suave y plateada.
Reinaba una penumbra tenue. No había antorchas ni lámparas encendidas, pero ciertos haces de luz inexplicables penetraban desde afuera y llegaban hasta el interior de esa hermosa gruta.
Además, escuchaba un murmullo vago e indefinido, como el vaivén de las olas en la orilla; a veces creía realmente poder oír el susurro del viento.
Comencé a pensar que, en lugar de estar despierto, debía estar soñando. Seguramente mi cerebro no se había visto afectado por mi caída, y todo lo que había ocurrido durante las últimas veinticuatro horas no eran visiones fruto de la locura.
Pero después de reflexionar un poco y poner a prueba mis facultades, llegué a la conclusión de que no podía equivocarme. Mis ojos y mis oídos no podían engañarme al mismo tiempo.
“Es un rayo de luz del día”, me dije, “que ha penetrado por alguna grieta enorme en las rocas. Pero, ¿cuál es el significado de este murmullo de olas, de este gemido inconfundible de las olas del mar salado? También puedo oír claramente el silbido del viento. Pero, ¿puedo estar completamente equivocado? ¿Acaso mi tío, durante mi enfermedad, me ha llevado de vuelta a la superficie de la tierra? ¿Habrá renunciado, por mi culpa, a su maravillosa expedición, o habrá terminado de alguna manera extraña?”

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Estaba dándole vueltas a estas y otras preguntas cuando el profesor se unió a mí.
“Buenos días, Harry”, dijo en tono alegre. “Supongo que te encuentras bastante bien”.
“Me siento mucho mejor”, respondí, sentándome en la cama.
“Sabía que eso sería el fin, ya que dormías profundamente y en paz. Hans y yo nos hemos turnado para vigilar, y cada hora hemos visto signos evidentes de mejora”.
“Debes tener razón, tío”, repliqué. “Porque siento como si pudiera comer cualquier plato que me pongas delante”.
“Comerás, muchacho, comerás. La fiebre ya te ha dejado. Nuestro excelente amigo Hans ha frotado tus heridas y moretones con algún ungüento cuyo secreto solo conocen los islandeses. Y han curado tus moretones de la manera más maravillosa. Ah, el maestro Hans es un hombre sabio”.
Mientras hablaba, mi tío colocó delante de mí varios alimentos, los cuales, a pesar de sus enérgicas advertencias, devoré sin dudarlo. Tan pronto como se calmó el primer ataque de hambre, lo abrumé con preguntas, a las cuales ahora ya no dudaba en responder.
Fue entonces cuando supe, por primera vez, que mi caída providencial me había llevado al fondo de un pasillo casi perpendicular. Mientras caía, entre una lluvia de piedras, cualquiera de las cuales habría podido aplastarme, llegaron a la conclusión de que llevaba conmigo toda una roca desprendida. Como si estuviera montado en ese terrible carro, fui arrojado de cabeza a los brazos de mi tío. Y allí caí, inconsciente y cubierto de sangre.
“Es realmente un milagro”, fue el comentario final del profesor, “que no hayas muerto miles de veces. Pero cuidemos de no separarnos nunca más; seguramente correríamos el riesgo de no volver a encontrarnos”.
“Cuidemos de no separarnos nunca más”.

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Esas palabras cayeron sobre mi corazón como un escalofrío. El viaje, entonces, aún no había terminado. Miré a mi tío con sorpresa y asombro. Mi tío, después de examinar mi rostro por un instante, dijo: “¿Qué pasa, Harry?”
“Quiero hacerte una pregunta muy importante. Dices que estoy bien de salud, ¿verdad?”
“Por supuesto que sí.”
“¿Y todos mis miembros están sanos y en condiciones de hacer nuevos esfuerzos?”, pregunté.
“Sin duda alguna.”
“Pero, ¿y mi cabeza?”, fue mi siguiente pregunta ansiosa.
“Bueno, tu cabeza, aparte de tener una o dos contusiones, está exactamente donde debería estar: sobre tus hombros”, dijo mi tío, riendo.
“Bueno, mi propia opinión es que mi cabeza no está del todo bien. De hecho, creo que estoy ligeramente delirante.”
“¿Qué te hace pensar eso?”
“Voy a explicar por qué creo que he perdido el sentido”, dije. “¿No hemos regresado a la superficie de la Tierra madre?”
“Ciertamente que no.”
“Entonces, debo estar loco, porque ¿no veo la luz del día? ¿No escucho el silbido del viento? ¿Y no puedo distinguir el murmullo del mar?”
“¿Y eso es todo lo que te preocupa?”, dijo mi tío, sonriendo.
“¿Puedes explicármelo?”
“No intentaré explicarlo; porque todo esto es completamente inexplicable. Pero podrás verlo y juzgarlo por ti mismo. Entonces descubrirás que la ciencia geológica aún está en sus inicios… y que estamos destinados a iluminar al mundo.”

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“Entonces, avanzemos”, exclamé con ansias, ya incapaz de contener mi curiosidad.
“Espera un momento, querido Harry”, respondió él; “debes tomar precauciones después de tu enfermedad antes de salir al aire libre”.
“Al aire libre?”
“Sí, muchacho. Debo advertirte que el viento es bastante fuerte… y no quiero que te expongas sin las precauciones necesarias”.
“Pero le aseguro que ya estoy completamente recuperado de mi enfermedad”.
“Ten un poco de paciencia, muchacho. Una recaída sería inconveniente para todos. No tenemos tiempo que perder, ya que nuestro viaje por mar podría durar mucho”.
“¿Viaje por mar?”, exclamé, más perplejo que nunca.
“Sí. Debes descansar un día más; estaremos listos para subir a bordo mañana”, respondió mi tío, con una sonrisa extraña.
“¡Subir a bordo!”, esas palabras me sorprendieron enormemente.
¿Subir a bordo? ¿De qué y cómo? ¿Habíamos llegado a un río, a un lago, o habíamos descubierto algún mar interior? ¿Había algún barco anclado en alguna parte del interior de la tierra?
Mi curiosidad estaba al máximo. Mi tío intentó en vano contenerme. Pero finalmente, al darse cuenta de que mi impaciencia solo causaría daño y que solo satisfaciendo mis deseos podría volver a tener la mente tranquila, cedió.
Me vestí rápidamente y, para complacer a mi tío, me envolví en una de las mantas antes de salir corriendo de la gruta.

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CAPÍTULO 27
EL MAR CENTRAL

Al principio no vi absolutamente nada. Mis ojos, completamente acostumbrados a la oscuridad, no podían soportar esa luz tan intensa; por eso tuve que cerrarlos. Cuando pude abrirlos de nuevo, me quedé inmóvil, mucho más atónito que sorprendido. ¡Ni siquiera los efectos más fantásticos de la imaginación podrían haber creado una escena así! “¡El mar… el mar!”, grité. “Sí”, respondió mi tío, con un tono de orgullo comprensible; “el Mar Central. Ningún navegante del futuro negará el hecho de que yo lo descubrí; y por lo tanto, tengo el derecho de darle un nombre”. Era cierto. Una inmensa extensión de agua, sin límites, que parecía ser el final de un lago, o quizás de un océano, se extendía ante nosotros, hasta perderse en la distancia. La orilla, muy ondulada, estaba formada por una hermosa arena dorada y suave, mezclada con pequeñas conchas; era el hogar abandonado desde hace tiempo de algunas criaturas de épocas pasadas. Las olas rompían sin cesar, emitiendo un murmullo peculiar, similar al que se escucha en lugares subterráneos. Una ligera espuma se formaba cuando el viento soplaba sobre las aguas transparentes; además, muchos chorros de agua salpicaban mi rostro. La enorme estructura rocosa que se elevaba a una altura increíble dejaba solo una estrecha abertura; pero donde estábamos nosotros había una amplia zona de playa. Por todas partes había cabos, promontorios y acantilados enormes, parcialmente erosionados por el constante impacto de las olas a lo largo de incontables siglos. Mientras miraba a mi alrededor, esas rocas imponentes desaparecían como una fina capa de nubes. En realidad era un océano, con todas las características habituales de un mar interior, solo que extremadamente salvaje: frío y hostil. Una cosa me sorprendió y desconcertó mucho: ¿cómo era posible que pudiera ver esa inmensa extensión de agua, en lugar de estar sumido en completa oscuridad? El vasto paisaje ante mí estaba iluminado como si fuera de día. Pero faltaba ese brillo deslumbrante, esa radiación espléndida del sol; era una luz pálida.

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Iluminación fría de la luna; el brillo de las estrellas. La fuerza iluminadora en esta región subterránea, por su carácter tembloroso y crujiente, su blanquez clara y seca, la ligera elevación de su temperatura y su gran superioridad respecto a la de la luna, era evidentemente eléctrica; algo similar a la aurora boreal, solo que sus fenómenos eran constantes y capaces de iluminar toda la caverna oceánica. El enorme techo sobre nuestras cabezas, el cielo, por así decirlo, parecía estar compuesto por una amalgama de vapores nebulosos en constante movimiento. Originalmente habría supuesto que, bajo una presión atmosférica como la que debía existir en aquel lugar, la evaporación del agua no podría tener lugar realmente; sin embargo, por efecto de alguna ley física que se me escapa, había nubes densas y pesadas que se desplazaban por ese imponente techo, ocultando parcialmente el mismo. Las corrientes eléctricas producían asombrosos juegos de luz y sombra a lo lejos, especialmente alrededor de las nubes más densas. Debajo de ellas se proyectaban sombras profundas; y de repente, entre dos nubes, aparecía un rayo de belleza inusual y intensidad notable. Pero no era como el sol, ya que no emitía calor. El efecto era triste y extremadamente melancólico. En lugar de un firmamento noble y azul salpicado de estrellas, por encima de mí había un pesado techo de granito que parecía aplastarme. Al mirar a mi alrededor, empecé a pensar en la teoría del capitán inglés que comparaba la Tierra con una enorme esfera hueca en cuyo interior el aire se mantiene en estado luminoso gracias a la presión atmosférica, mientras dos estrellas, Plutón y Prosérpina, orbitaban allí en sus misteriosas trayectorias. Después de todo, ¿y si ese viejo tenía razón? En verdad, estábamos prisioneros, por así decirlo, en una inmensa excavación. Era imposible determinar su anchura; las orillas, a ambos lados, se ensanchaban rápidamente hasta perderse de vista; y su longitud también era incierta. Una niebla en el horizonte lejano limitaba nuestra visión. En cuanto a su altura, podíamos ver que el techo debía estar a muchas millas de distancia. Al mirar hacia arriba, era imposible descubrir dónde comenzaba ese enorme techo. Las nubes más bajas debían encontrarse a una altitud de dos mil yardas, una altura mayor que la de los vapores terrestres, circunstancia que sin duda se debía a la extrema densidad del aire.

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Uso la palabra “cueva” para dar una idea del lugar. No puedo describir su espantosa grandeza; el lenguaje humano es incapaz de transmitir la idea de su salvaje sublimidad. No podía decir si ese vacío singular había sido causado o no por el enfriamiento repentino de la Tierra cuando se encontraba en estado de fusión. Había leído sobre cuevas maravillosas y gigantescas, pero ninguna parecida en absoluto a esta. La gran gruta de Guachara, en Colombia, visitada por el erudito Humboldt; la vasta y parcialmente explorada Cueva del Mamut en Kentucky… ¿Qué eran esos agujeros en la tierra comparados con aquel en el que me encontraba, lleno de admiración sin palabras? Con sus nubes vaporosas, su luz eléctrica y el poderoso océano que yacía en su seno… Solo la imaginación, y no la descripción, puede dar una idea del esplendor y la inmensidad de la cueva. Contemplé estas maravillas en profundo silencio. Las palabras eran completamente insuficientes para expresar las sensaciones de asombro que experimentaba. Mientras estaba allí, en esa orilla misteriosa, parecía ser algún habitante errante de un planeta lejano, presente por primera vez ante un fenómeno terrestre perteneciente a otra existencia. Para dar forma y existencia a tales sensaciones nuevas habría sido necesario inventar nuevas palabras… Y aquí mi débil cerebro se mostraba completamente incapaz. Miraba, pensaba, reflexionaba, admiraba, en un estado de estupor no del todo desprovisto de miedo. El espectáculo inesperado devolvió algo de color a mis pálidas mejillas. Parecía que realmente me recuperaba bajo la influencia de esa novedad. Además, la vitalidad de la atmósfera densa revitalizó mi cuerpo al llenar mis pulmones de oxígeno inusual. Es fácil comprender que, después de cuarenta y siete días encerrado en un túnel oscuro y miserable, respirar ese aire salado me llenó de infinita alegría. Era como la influencia revivificadora de las olas del mar salado. Mi tío ya había superado la primera sorpresa. Junto con el poeta latino Horacio, su opinión era que…

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No hay nada digno de admiración en toda la arte que conozco, salvo el que sirve para hacer feliz al hombre y mantenerlo así.
“Bueno”, dijo, después de darme tiempo suficiente para apreciar las maravillas de este mar subterráneo, “¿te sientes lo bastante fuerte como para caminar arriba y abajo?”
“Por supuesto”, fue mi respuesta inmediata, “nada me daría mayor placer”.
“Bien entonces, muchacho”, dijo, “apóyate en mi brazo y pasearemos por la orilla”.
Acepté su oferta con entusiasmo, y comenzamos a caminar por las orillas de este lago extraordinario. A nuestra izquierda había rocas abruptas, amontonadas una sobre otra; una pila titánica realmente impresionante. Por sus lados caían innumerables cascadas, que al final, convertidas en arroyos cristalinos y murmurantes, desaparecían en las aguas del lago. Vapores ligeros, que surgían aquí y allá y flotaban en nubes esponjosas de una roca a otra, indicaban la presencia de fuentes termales, las cuales también vertían su exceso de agua en ese enorme reservorio que teníamos a nuestros pies.
Entre ellas reconocí nuestro antiguo y fiel arroyo, el Hansbach; perdido en esa cuenca salvaje, parecía como si hubiera estado fluyendo desde la creación del mundo.
“Echaremos de menos a nuestro excelente amigo”, comenté, con un profundo suspiro.
“Bah”, dijo mi tío con impaciencia, “¿qué importa? Ese o otro, da lo mismo”.
Consideré ese comentario ingrato y casi estuve a punto de decírselo; pero me contuve.
En ese momento, mi atención fue atraída por un espectáculo inesperado. Después de haber caminado unos quinientos metros, de repente doblamos un promontorio empinado y nos encontramos cerca de un bosque imponente. Estaba formado por troncos rectos, con copas en forma de paraguas. Parecía que el aire no tenía ningún efecto sobre esos árboles: a pesar de una brisa moderada, permanecían inmóviles, como si estuvieran petrificados.

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Me apresuré hacia adelante. No podía encontrar nombre para esas formaciones tan singulares. ¿Acaso no pertenecían a los dos mil árboles conocidos, o íbamos a descubrir un nuevo tipo de vegetación? De ninguna manera. Cuando finalmente llegamos al bosque y nos encontramos debajo de los árboles, mi sorpresa se convirtió en admiración. En verdad, estaba ante un producto muy común de la tierra, pero de proporciones extraordinariamente grandes. Mi tío los llamó sin dudar por su nombre real. “Es simplemente”, dijo con total calma, “un bosque de hongos”. Al examinarlos de cerca, comprobé que no se equivocaba. Imaginen el tamaño que podían alcanzar estos hongos que crecían en suelos húmedos y cálidos. Había oído decir que el Lycoperdon giganteum puede llegar a tener una circunferencia de nueve pies, pero allí había hongos blancos de casi cuarenta pies de altura, con sombreros de dimensiones similares. Crecían en innumerables cantidades; la luz no podía penetrar su masa enorme, y debajo de ellos reinaba una oscuridad sombría y mística. Aun así, quería seguir avanzando. El frío en las sombras de ese bosque era intenso. Durante casi una hora vagamos en esa oscuridad. Finalmente dejé ese lugar y regresé a las orillas del lago, donde había luz y un calor relativo. Pero la asombrosa vegetación de esa tierra subterránea no se limitaba a los hongos gigantes. Nuevas maravillas nos esperaban a cada paso. No habíamos caminado ni cientos de metros cuando nos topamos con un grupo enorme de otros árboles con hojas de color extraño: árboles comunes, pero de tamaño excesivo: licopodios de cien pies de altura; helechos florecientes tan altos como pinos; hierbas gigantescas. “¡Asombroso, magnífico, espléndido!”, exclamó mi tío. “Aquí tenemos toda la flora de la segunda época del mundo, la época de transición. Miren estas plantas humildes de nuestros jardines, que en las primeras edades del mundo eran árboles enormes. Mire a su alrededor, querido Harry. ¡Ningún botánico ha visto algo así jamás!” El entusiasmo de mi tío, siempre un poco excesivo, ahora era comprensible.

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“Tienes razón, tío”, comenté. “Parece que la Providencia diseñó la conservación de estas plantas antediluvianas en este inmenso y misterioso invernadero, para demostrar la sagacidad de los eruditos al representarlas de manera tan maravillosa sobre el papel”.
“Bien dicho, muchacho; realmente es un invernadero enorme. Pero también estarías dentro de lo razonable y del sentido común si añadieras que también es una gran menagerie”.
Miré a mi alrededor con cierta ansiedad. Si los animales eran tan exagerados como las plantas, la situación sin duda sería grave.
“¿Una menagerie?”
“Sin duda. Mira el polvo que pisamos bajo nuestros pies; fíjate en los huesos con los que está cubierto todo el suelo de la orilla marina…”.
“Huesos”, respondí, “sí, sin duda, los huesos de animales antediluvianos”.
Me agaché mientras hablaba y recogí uno o dos restos extraños, reliquias de una época pasada. Era fácil darle nombre a esos huesos gigantescos, algunos de ellos tan grandes como troncos de árboles.
“Aquí está, claramente, la mandíbula inferior de un mastodonte”, exclamé, casi con la misma entusiasmo que mi tío; “aquí están los molares del Dinotherium; aquí hay un hueso de pierna que perteneció al Megatherium. Tienes razón, tío: realmente es una menagerie; los enormes animales a los que alguna vez pertenecieron estos huesos vivieron y murieron en las orillas de este mar subterráneo, bajo la sombra de estas plantas. Mira, allá hay esqueletos completos… y, sin embargo…”.
“Y, sin embargo, sobrino”, dijo mi tío, al notar que de repente me detuve.
“No entiendo cómo pueden existir tales bestias en cuevas de granito, por más vastas y prodigiosas que sean”, fue mi respuesta.
“¿Por qué no?”, preguntó mi tío, con esa impaciencia típica de su profesión.

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“Porque es bien sabido que la vida animal solo existió en la Tierra durante el período secundario, cuando el suelo sedimentario se formó a partir de los aluviones, reemplazando así las rocas calientes y ardientes de la edad primitiva.”
“He escuchado atentamente y con paciencia, Harry, y tengo una respuesta sencilla y clara a tus objeciones: y es que ese suelo también es un suelo sedimentario.”
“¿Cómo es posible eso a tal profundidad, lejos de la superficie terrestre?”
“Este hecho puede explicarse tanto de forma sencilla como desde el punto de vista geológico. En cierto período, la Tierra consistía únicamente en una corteza elástica, susceptible de movimientos alternos hacia arriba y hacia abajo debido a la ley de atracción. Es muy probable que en aquellos tiempos ocurrieran muchos deslizamientos de tierra, y que grandes cantidades de suelo sedimentario cayeran en enormes simas.”
“Muy posible”, comenté secamente. “Pero, tío, si esos animales antediluvianos vivían anteriormente en estas regiones subterráneas, ¿qué más probable es que uno de esos monstruos esté en este momento escondido detrás de alguna de esas rocas enormes?”
Mientras hablaba, miré detenidamente a mi alrededor, examinando con cuidado cada rincón del horizonte; pero no parecía haber nada vivo en aquellas costas desiertas.
Ahora me sentía bastante cansado, y se lo dije a mi tío. La caminata y la emoción eran demasiado para mí, dadas mis condiciones físicas débiles. Por eso me senté al final de un promontorio, al pie del cual las olas rompían sin cesar. Miré alrededor de una bahía formada por protuberancias de enormes rocas graníticas. En el extremo había un pequeño puerto protegido por enormes pirámides de piedras. Un bergantín y tres o cuatro goletas podrían haber estado allí sin problemas. Parecía tan natural que, cada minuto, mi imaginación me hacía esperar que apareciera un barco con todas sus velas desplegadas, rumbo al mar abierto, impulsado por una brisa cálida del sur.
Pero esa ilusión fantástica nunca duraba más de un minuto. ¡Éramos los únicos seres vivos en este mundo subterráneo!
Durante ciertos períodos, el viento cesaba por completo, y entonces caía sobre aquel lugar un silencio aún más profundo y tétrico que el silencio del desierto.

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Rocas solitarias y áridas… que parecían colgar como un peso de plomo sobre las aguas de este singular océano. En medio de aquel silencio aterrador, intenté penetrar a través de la niebla lejana, romper el velo que ocultaba esa distancia misteriosa. ¿Qué palabras no dichas murmuraron mis labios temblorosos? ¿Qué preguntas quería hacer y no pude? ¿Dónde terminaba este mar? ¿A dónde conducía? ¿Podríamos alguna vez llegar a sus costas lejanas?
Pero mi tío no tenía dudas al respecto. Estaba convencido de que nuestra empresa tendría éxito al final. Por mi parte, me encontraba en un estado de indecisión dolorosa: deseaba emprender el viaje y tener éxito, pero al mismo tiempo temía el resultado.
Después de pasar una hora o más en silenciosa contemplación de ese espectáculo maravilloso, nos levantamos y bajamos hacia la orilla, de camino a la gruta, a la cual no dudé en dirigirme. Después de un ligero refrigerio, busqué refugio en el sueño; finalmente, tras muchos esfuerzos, el sueño venció a mis ojos cansados.

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CAPÍTULO 28
LANZAMIENTO DE LA BALSAS

La mañana del día siguiente, para mi gran sorpresa, me desperté completamente restablecido. Pensé que un baño sería delicioso después de mi larga enfermedad y sufrimientos. Así que, poco después de levantarme, fui y me sumergí en las aguas de este nuevo Mediterráneo. El baño estaba fresco, vigorizante. Volví para desayunar con un apetito excelente. Hans, nuestro valioso guía, sabía perfectamente cómo preparar los alimentos que podíamos tener a mano; tenía fuego y agua a voluntad, lo que le permitía variar ligeramente la monotonía de nuestras comidas habituales.

Nuestro desayuno era como un auténtico desayuno inglés, con café como broche final. Y nunca esa deliciosa bebida había sido tan bienvenida y refrescante.

Mi tío tuvo suficiente consideración por mi estado de salud como para no interrumpirme mientras disfrutaba de la comida, pero evidentemente se alegró cuando terminé.

“Bueno”, dijo, “ven conmigo. Es la marea alta, y estoy ansioso por estudiar sus curiosos fenómenos”.

“¿Qué?”, exclamé, levantándome sorprendido. “¿Dijo usted marea, tío?”

“Por supuesto”.

“No querrá decir”, respondí, en un tono de duda respetuosa, “que aquí abajo también se siente la influencia del sol y de la luna”.

“¿Y por qué no? ¿Acaso todos los cuerpos no están sometidos a la ley de la atracción universal? ¿Por qué este vasto mar subterráneo debería estar exento de esa ley general, de las reglas del universo? Además, no existe nada que demuestre lo contrario. A pesar de la gran presión atmosférica…”

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“Aquí abajo, se puede observar que este mar interior sube y baja con la misma regularidad que el propio Atlántico”. Mientras mi tío hablaba, llegamos a la orilla arenosa y vimos y escuchamos cómo las olas rompían monótonamente en la playa. Evidentemente, el nivel del agua estaba subiendo. “Esto es realmente una inundación”, exclamé, mirando el agua a mis pies. “Sí, mi excelente sobrino”, respondió mi tío, frotándose las manos con el entusiasmo de un filósofo, “y como puedes ver por estas franjas de espuma, la marea sube al menos diez o doce pies”. “Es realmente maravilloso”. “En absoluto”, respondió él; “por el contrario, es algo completamente natural”. “Puede parecerlo a tus ojos, querido tío”, fue mi respuesta, “pero todos los fenómenos de este lugar me parecen maravillosos. Es casi imposible creer lo que veo. ¿Quién, en sus sueños más locos, podría haber imaginado que bajo la corteza terrestre pudiera existir un océano real, con mareas que suben y bajan, con cambios de viento e incluso tormentas? Yo, personalmente, habría rechazado esa idea por completo”. “Pero, Harry, ¿por qué no?”, preguntó mi tío, con una sonrisa compasiva; “¿existe alguna razón física que se oponga a ello?”. “Bueno, si abandonamos la gran teoría del calor central de la Tierra, ciertamente no puedo dar ninguna razón por la cual algo deba considerarse imposible”. “Entonces admitirás”, añadió, “que el sistema de Sir Humphry Davy está plenamente justificado por lo que hemos visto”. “Admito que así es… Y una vez aceptado ese punto, ciertamente no veo ninguna razón para dudar de la existencia de mares y otras maravillas, incluso de países, en el interior del planeta”. “Eso es cierto… Pero, claro, esos países deben estar deshabitados, ¿no?”. “Bueno, admito que es más probable que así sea… Pero aún así, no veo por qué este mar no podría haber dado refugio a algunas especies de peces desconocidos”.

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“Hasta ahora no hemos descubierto ninguno, y las probabilidades están más bien en contra de que lo hagamos alguna vez”, observó el profesor.
Estaba perdiendo mi escepticismo ante estas maravillas.
“Bueno, estoy decidido a resolver este problema. Tengo la intención de probar suerte con mi línea de pescar y mi anzuelo”.
“Por supuesto; haz el experimento”, dijo mi tío, complacido con mi entusiasmo. “Mientras estamos en ello, sin duda será apropiado descubrir todos los secretos de esta región extraordinaria”.
“Pero, al fin y al cabo, ¿dónde estamos ahora?”, pregunté. “Todo este tiempo he olvidado por completo hacerle una pregunta, que, sin duda, sus instrumentos filosóficos ya habrán respondido hace tiempo”.
“Bueno”, respondió el profesor, “si examinamos la situación desde un solo punto de vista, ahora estamos a trescientas cincuenta leguas de Islandia”.
“¿Tanto?”, fue mi exclamación.
“He revisado el asunto varias veces y estoy seguro de no haber cometido un error de quinientos metros”, respondió mi tío con certeza.
“Y en cuanto a la dirección… ¿siguimos yendo hacia el sudeste?”
“Sí, con una declinación occidental de diecinueve grados, cuarenta y dos minutos, tal como está indicado arriba. En cuanto a la inclinación, he descubierto un hecho muy curioso”.
[2] La declinación es la variación de la aguja con respecto al meridiano verdadero de un lugar.
[3] La inclinación es la pendiente de la aguja magnética, con tendencia a inclinarse hacia la Tierra.
“¿Qué podría ser eso, tío? Me interesan mucho sus informaciones”.
“Pues que la aguja, en lugar de inclinarse hacia el polo como ocurre en la Tierra, en el hemisferio norte, tiene una tendencia a elevarse”.

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“Esto demuestra”, exclamé, “que el gran punto de atracción magnética se encuentra en algún lugar entre la superficie de la Tierra y el lugar al que hemos logrado llegar”.
“Exactamente, mi perspicaz sobrino”, dijo mi tío, exaltado y encantado, “y es muy probable que, si logramos acercarnos a las regiones polares, cerca del setenta y tercer grado de latitud, donde Sir James Ross descubrió el polo magnético, veremos cómo la aguja apunta directamente hacia arriba. Por lo tanto, hemos descubierto, por analogía, que este gran centro de atracción no está situado a una gran profundidad”.
“Bueno”, dije, bastante sorprendido, “este descubrimiento asombrará a los filósofos experimentales. Nunca se sospechó algo así”.
“La ciencia, grande, poderosa y, al final, infalible”, respondió mi tío dogmáticamente, “ha cometido muchos errores; errores que han resultado afortunados y útiles, ya que fueron peldaños hacia la verdad”.
Después de alguna discusión más, cambié de tema.
“¿Tiene alguna idea de la profundidad a la que hemos llegado?”
“Ahora estamos”, continuó el profesor, “exactamente a treinta y cinco leguas, es decir, más de cien millas, debajo de la superficie terrestre”.
“Entonces”, dije, tras medir la distancia en el mapa, “ahora estamos debajo de las Tierras Altas escocesas, y sobre nuestras cabezas se encuentran las imponentes colinas de los Grampians”.
“Tiene toda la razón”, dijo el profesor, riendo; “suena muy alarmante, ya que el peso es enorme… Pero la bóveda que sostiene esta enorme masa de tierra y roca es sólida y segura; el poderoso Arquitecto del Universo la construyó con materiales sólidos. El hombre, incluso en sus más elevadas fantasías poéticas, nunca imaginó algo así. ¡Qué son los mejores arcos de nuestros puentes o los techos abovedados de nuestras catedrales, comparados con esa imponente cúpula que se encuentra sobre nosotros, bajo la cual flota un océano con sus tormentas, calmas y mareas!”

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“Lo admiro todo tanto como tú, tío, y no temo que nuestro cielo de granito vaya a caernos encima. Pero ahora que hemos hablado de cuestiones científicas y de descubrimientos, ¿cuáles son tus intenciones para el futuro? ¿No piensas en regresar a la superficie de nuestra hermosa Tierra?” Esto se dijo más bien como una forma de indagar, sin esperanza real de éxito. “Vuelve atrás, sobrino”, exclamó mi tío con tono de alarma, “seguramente no estás pensando en algo tan absurdo o cobarde. No, mi intención es seguir adelante y continuar nuestro viaje. Hasta ahora hemos tenido una suerte extraordinaria, y espero que en lo sucesivo sigamos teniéndola”. “Pero”, dije yo, “¿cómo vamos a cruzar esa llanura líquida?” “No tengo intención de lanzarme a ella de cabeza, ni siquiera de nadar a través de ella, como Leandro por el Helesponto. Pero puesto que los océanos son, después de todo, solo grandes lagos, ya que están rodeados de tierra, es lógico pensar que este mar central también esté delimitado por terrenos de granito”. “Sin duda”, fue mi respuesta natural. “Bueno, entonces, ¿no crees que cuando lleguemos al otro extremo encontraremos algún medio para continuar nuestro viaje?” “Probablemente, pero, ¿hasta dónde crees que se extiende este océano interno?” “Bueno, supongo que se extiende unas cuarenta o cincuenta leguas, más o menos”. “Pero incluso suponiendo que esta estimación sea correcta, ¿y luego qué?” pregunté. “Querido muchacho, no tenemos tiempo para seguir discutiendo. Embarcaremos mañana”. Miré a mi alrededor, sorprendido e incrédulo. No veía nada que pudiera servir como barco o nave. “¡Qué!”, exclamé, “estamos a punto de zarpar hacia un mar desconocido; y, si me permite preguntar, ¿dónde está la nave que nos llevará?”

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“Bueno, mi querido muchacho, no será exactamente lo que tú llamarías un barco. Por ahora, debemos conformarnos con una balsa buena y sólida.”
“Una balsa”, exclamé, incrédulo, “pero aquí abajo es tan imposible construir una balsa como un barco… Y no puedo ni imaginármelo…”
“Mi buen Harry, si escucharas en lugar de hablar tanto, lo oirías”, dijo mi tío, mostrándose un poco impaciente.
“¿Yo lo oiría?”
“Sí: ciertos golpes con el martillo, que Hans está dando ahora para fabricar la balsa. Lleva horas trabajando.”
“¿Fabricando una balsa?”
“Sí.”
“Pero, ¿dónde ha encontrado árboles adecuados para tal construcción?”
“Encontró los árboles ya listos a su alcance. Ven, y verás a nuestro excelente guía trabajando.”
Cada vez más asombrado por lo que oía y veía, seguí a mi tío como en un sueño.
Después de caminar unos quince minutos, vi a Hans trabajando al otro lado del promontorio que formaba nuestro puerto natural. Unos minutos más tarde, estaba junto a él. Para mi gran sorpresa, en la orilla arenosa había una balsa a medio terminar. Estaba hecha de vigas de una madera muy peculiar, y había una gran cantidad de ramas, uniones y trozos dispersos por allí, suficientes para construir toda una flota de barcos y botes.
Me volví hacia mi tío, en silencio, lleno de asombro y admiración.
“¿De dónde ha salido toda esta madera?”, pregunté. “¿Qué tipo de madera es?”
“Bueno, hay pino, abeto, y también las palmas de las regiones del norte, mineralizadas por la acción del mar”, respondió él, con aire sabio.
“¿Es posible?”

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“Sí”, dijo el erudito profesor, “lo que ve usted se llama madera fósil”.
“Pero entonces”, exclamé, después de reflexionar un momento, “al igual que los lignitos, debe ser tan dura y pesada como el hierro; por lo tanto, ciertamente no flotará”.
“A veces es así. Muchas de estas maderas se han convertido en verdaderos antracitas, pero otras, como las que ve usted frente a sí, solo han experimentado una fase de transformación fósil. Pero no hay prueba mejor que la demostración”, añadió mi tío, tomando uno o dos de esos valiosos trozos de madera y arrojándolos al mar.
El trozo de madera, después de desaparecer por un momento, volvió a la superficie y flotó, mecido por las olas causadas por el viento y la marea.
“¿Está convencido?”, preguntó mi tío, con una sonrisa de satisfacción.
“Estoy convencido”, exclamé, “de que lo que veo es increíble”.
La realidad era que mi viaje hacia el interior de la Tierra estaba cambiando rápidamente todas mis ideas preconcebidas, preparándome día tras día para lo maravilloso.
No me habría sorprendido ver una flota de canoas indígenas flotando en ese mar silencioso.
Esa misma tarde, gracias al esfuerzo y habilidad de Hans, la balsa quedó lista. Tenía unos diez pies de largo y cinco pies de ancho. Las vigas, unidas con cuerdas resistentes, eran sólidas y firmes; una vez puesta en marcha gracias a nuestros esfuerzos conjuntos, la embarcación improvisada flotó tranquilamente sobre las aguas de lo que el profesor había llamado acertadamente el Mar Central.

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CAPÍTULO 29
EN EL MAR: UN VIAJE EN BALSÁ

El decimotercero de agosto nos levantamos temprano. No había tiempo que perder. Ahora teníamos que probar un nuevo medio de desplazamiento, que tendría la ventaja de ser rápido y no agotador.
Hicimos un mástil con dos trozos de madera unidos para darle más resistencia; el velamen lo formó una sábana de lino de nuestras camas. Afortunadamente no nos faltaba cuerda, y todo parecía sólido y apto para navegar.
A las seis de la mañana, cuando el profesor, lleno de entusiasmo, dio la señal para embarcar, los víveres, el equipaje, todos nuestros instrumentos, nuestras armas y una buena provisión de agua dulce, que habíamos recogido de manantiales en las rocas, fueron colocados en el balsá.
Hans, con considerable ingenio, inventó un timón que le permitió guiar fácilmente el aparato flotante. Por supuesto, él se hizo cargo del timón. Ese buen hombre era tan buen marinero como guía y cazador de patos. Luego solté la cuerda que nos mantenía junto a la orilla, se izó el velamen al viento y zarpamos rápidamente.
Nuestro viaje por mar finalmente había comenzado; una vez más nos dirigíamos hacia regiones lejanas e desconocidas.
Justo cuando estábamos a punto de dejar el pequeño puerto donde se había construido el balsá, mi tío, que conocía muy bien la nomenclatura geográfica, quiso darle un nombre. Entre otros nombres, sugirió el mío.
“Bueno”, dije yo, “antes de que decidas, tengo otro que proponer”.
“Bien, dilo entonces”.
“Me gustaría llamarlo Gretchen. Puerto Gretchen sonará muy bien en nuestro mapa futuro”.

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“Bueno, entonces, dejémoslo así, Port Gretchen”, dijo el profesor.
Y así fue como el recuerdo de mi querida chica quedó ligado a nuestra aventurera y memorable expedición.
Cuando dejamos la orilla, el viento soplaba desde el norte y el este. Avanzamos directamente contra el viento, a una velocidad mucho mayor de la que se podría esperar de una balsa. Las densas capas de atmósfera a esa profundidad tenían una gran fuerza propulsora y actuaban sobre las velas con considerable intensidad.
Al cabo de una hora, mi tío, que había realizado observaciones detalladas, pudo determinar la rapidez con la que nos movíamos. Era mucho mayor que cualquier cosa vista en el mundo superior.
“Si continuamos avanzando a este ritmo”, dijo, “habremos recorrido al menos treinta leguas en veinticuatro horas. Con una simple balsa, esta es una velocidad casi increíble”.
Por supuesto, me sorprendí; sin decir nada, seguí adelante en la balsa. Ya la costa norte desaparecía en el horizonte. Las dos costas parecían separarse cada vez más, dejando un amplio espacio abierto para nuestro paso. Frente a mí solo veía el vasto y aparentemente ilimitado mar, sobre el cual flotábamos; eran los únicos objetos vivos a la vista.
Nubes enormes y oscuras proyectaban sus sombras grises sobre el agua; sombras que parecían aplastar aquellas aguas incoloras y sombrías con su peso. Nunca había visto algo tan tétrico ni que sugiriera regiones de oscuridad absoluta.
Rayos plateados de luz eléctrica, reflejados aquí y allá en pequeñas áreas del agua, creaban destellos luminosos en la larga estela de nuestra balsa. Pronto ya no se veía tierra por ningún lado; no había rastro alguno, ni indicio alguno de hacia dónde íbamos. Parecíamos completamente inmóviles, sin ningún punto distante al que dirigir la mirada; de no ser por la luz fosfórica en la estela de la balsa, habría pensado que realmente estábamos inmóviles.
Pero sabía que avanzábamos a una velocidad muy alta.

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Alrededor de las doce del día, se descubrieron enormes cantidades de algas que nos rodeaban por todos lados. Era consciente del extraordinario poder vegetativo de estas plantas, conocidas por extenderse por el fondo de los grandes océanos e impedir el avance de los barcos grandes. Pero nunca se habían visto algas tan gigantescas y maravillosas como las del Mar Central. Podía imaginarme fácilmente cómo, vistos desde la distancia, agitándose en la cima de las olas, esos largos cordones de algas podían ser confundidos con seres vivos, y así se convirtieron en una fuente fértil para la creencia en serpientes marinas. Nuestra balsa pasó junto a enormes ejemplares de fucus o algas marinas, de tres a cuatro mil pies de longitud; eran inmensas, increíblemente largas, y parecían serpientes que se extendían mucho más allá de nuestro horizonte. Me causaba gran diversión contemplar sus interminables extensiones en forma de cintas de colores variados. Horas tras horas pasaron sin que llegáramos al final de esas algas flotantes. Si mi asombro aumentaba, mi paciencia estaba casi agotada. ¿Qué fuerza natural podría haber producido tales plantas anormales y extraordinarias? ¿Cuál habría sido el aspecto del planeta durante los primeros siglos de su formación, cuando, bajo la acción combinada del calor y la humedad, el reino vegetal ocupaba toda su vasta superficie, excluyendo todo lo demás? Estas eran consideraciones de interés eterno para el geólogo y el filósofo. Todo este tiempo seguimos avanzando en nuestro viaje; y finalmente llegó la noche. Pero, como ya había señalado la tarde anterior, el estado luminoso de la atmósfera no disminuyó en absoluto. Fuera cual fuera la causa, era un fenómeno cuya duración podíamos calcular con certeza. Tan pronto como terminamos de cenar y mantuvimos una breve conversación especulativa, me tumbé al pie del mástil y pronto me quedé dormido. Hans permaneció inmóvil en el timón, dejando que la balsa subiera y bajara con las olas. Como el viento soplaba por popa y la vela estaba orientada correctamente, todo lo que tenía que hacer era mantener su remo en el centro. Desde que partimos del recién nombrado Puerto Gretchen, mi querido tío me había indicado que mantuviera un registro regular de nuestros…

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la navegación del día, con instrucciones para anotar hasta los detalles más mínimos, cada fenómeno interesante y curioso, la dirección del viento, nuestra velocidad de navegación, la distancia recorrida; en una palabra, cada incidente de nuestro extraordinario viaje.
Por lo tanto, a partir de nuestro diario de a bordo, cuento la historia de nuestro viaje por el Mar Central.
Viernes, 14 de agosto. Brisa constante desde el noroeste. La balsa avanza con extrema rapidez y en línea recta. La costa sigue siendo vagamente visible a unas treinta leguas a sotavento. No se ve nada más allá del horizonte frente a nosotros. La intensidad extraordinaria de la luz ni aumenta ni disminuye. Es singularmente estable. El tiempo es excepcionalmente bueno; es decir, las nubes se han elevado muy alto, son ligeras y esponjosas, y están rodeadas por una atmósfera similar al plata fundida.
Termómetro: +32 grados centígrados.
Alrededor de las doce del día, nuestro guía Hans preparó un anzuelo y lo enganchó, lanzando su línea a las aguas subterráneas. El cebo que utilizó fue un pequeño trozo de carne, con el cual ocultó su anzuelo. Ansioso como estaba, estuve durante mucho tiempo condenado a la decepción. ¿Estaban estas aguas pobladas de peces o no? Esa era la pregunta importante. No —fue mi respuesta contundente. Entonces hubo un tirón repentino y bastante fuerte. Hans lo sacó con calma, y con él un pez que forcejeaba violentamente para escapar.
“¡Un pez!”, exclamó mi tío.
“Es un esturión”, grité yo, “ciertamente un esturión pequeño”.
El profesor examinó cuidadosamente al pez, anotando cada característica; pero no coincidió con mi opinión. El pez tenía la cabeza plana, el cuerpo redondo, y las extremidades inferiores cubiertas de escamas óseas; su boca carecía por completo de dientes, las aletas pectorales, altamente desarrolladas, brotaban directamente del cuerpo, el cual, para ser precisos, no tenía cola. El animal pertenecía sin duda al orden en el que los naturalistas clasifican a los esturiones, pero difería de ese pez en muchos aspectos esenciales.
Al final, mi tío no se equivocaba. Tras un examen largo y paciente, dijo:

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“Este pez, querido muchacho, pertenece a una familia que se extinguió hace siglos, y de la cual nunca se ha encontrado rastro alguno en la Tierra, salvo restos fósiles en los estratos devonianos”.
“¿No querrá decir”, exclamé, “que hemos capturado un espécimen vivo de un pez perteneciente a esa especie primitiva que existía antes del diluvio?”
“Sí, así es”, dijo el profesor, quien todo ese tiempo seguía haciendo sus observaciones. “Y puede comprobar, mediante un examen cuidadoso, que estos peces fósiles no tienen ninguna relación con las especies existentes. Por lo tanto, poder tener en las manos un espécimen vivo de esta orden es suficiente para hacer feliz a cualquier naturalista de por vida”.
“Pero”, exclamé, “¿a qué familia pertenece?”
“A la orden de Ganoides: una orden de peces con escamas angulosas, cubiertas de esmalte brillante; forman parte de la familia Cephalaspides, del género…”
“Bueno, señor”, dije, al darme cuenta de que mi tío dudaba en terminar la frase.
“Del género Pterychtis… Sí, estoy seguro. Aun así, aunque estoy convencido de la exactitud de mi suposición, este pez presenta una peculiaridad notable, que nunca se ha conocido en ningún otro pez, salvo en aquellos que son nativos de aguas subterráneas, pozos, lagos, cuevas y otros estanques ocultos”.
“¿Y cuál sería esa peculiaridad?”
“Es ciego”.
“¡Ciego!”, exclamé, muy sorprendido.
“No solo ciego”, continuó el profesor, “sino que carece por completo de órganos de visión”.
Entonces examiné yo mismo nuestro hallazgo. Era ciertamente singular, pero era un hecho real. Sin embargo, podría tratarse de un caso aislado, sugerí. Se volvió a cebar el anzuelo y se lanzó nuevamente al agua. Ese océano subterráneo debía estar bastante bien provisto de peces, porque en dos horas capturamos una gran cantidad de Pterychtis, además de otros peces pertenecientes a otra familia supuestamente extinta: los Dipterides (un género de…)

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peces, provistos únicamente de dos aletas, de donde proviene su nombre), aunque mi tío no pudo clasificarlos con exactitud. Sin embargo, todos, sin excepción, estaban ciegos. Esta captura inesperada nos permitió reponer nuestras provisiones de una manera muy satisfactoria.
Ahora estábamos convencidos de que este mar subterráneo contenía solo peces que conocíamos como especímenes fósiles, y tanto los peces como los reptiles eran cuanto más perfectos, más antigua era su origen.
Comenzamos a esperar encontrar algunos de esos saurios que la ciencia ha logrado reconstruir a partir de fragmentos de hueso o cartílago. Tomé el telescopio y examiné cuidadosamente el horizonte; miré todo el mar: estaba completamente desierto. Sin duda, todavía estábamos demasiado cerca de la costa.
Después de examinar el océano, levanté la vista hacia el cielo extraño y misterioso. ¿Por qué no podría uno de los pájaros reconstruidos por el inmortal Cuvier desplegar sus enormes alas en las capas opacas del aire subterráneo? Por supuesto, encontraría suficiente alimento entre los peces del mar. Miré durante algún tiempo el vacío por encima. Estaba tan silencioso y desierto como las costas que acabábamos de dejar.
No obstante, aunque no podía ver ni descubrir nada, mi imaginación me llevó a extrañas hipótesis. Estaba en una especie de sueño despierto. Creí ver en la superficie del agua esas enormes tortugas antediluvianas, tan grandes como islas flotantes. Por aquellas costas sombrías pasaba una fila fantasmal de mamíferos de la antigüedad: el gran Liptotherium, encontrado en las cavidades de las colinas brasileñas, el Mesicotherium, originario de las regiones glaciales de Siberia.
Más lejos, el Lophrodon, ese tapir gigantesco que se escondía detrás de las rocas, listo para luchar por su presa contra el Anoplotherium, un animal singular que combinaba características del rinoceronte, el caballo, el hipopótamo y el camello.
Estaba también el gigantesco Mastodonte, que giraba y movía su horrible trompa con la cual trituraba las rocas de la orilla hasta convertirlas en polvo, mientras que el Megatherium —con la espalda erguida como un gato enfurecido y sus enormes garras extendidas—

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Cavaban en la tierra en busca de alimento, al mismo tiempo que despertaban los resonantes ecos de todo el lugar con su terrible rugido. Más arriba aún, el primer mono visto jamás en la superficie del planeta trepaba, jugueteando y saltando por las colinas de granito. A aún mayor distancia, volaba el pterodáctilo, con su mano alada, deslizándose o más bien navegando a través del aire denso y comprimido como un enorme murciélago. Por encima de todo, cerca del cielo de granito plomizo, había aves inmensas, más poderosas que el casuario y el avestruz, que extendían sus poderosas alas y batían ellas contra la enorme bóveda de piedra del mar interior. Pensé que ese era el efecto de mi imaginación: veía a toda esa tribu de criaturas antediluvianas. Me transporté a épocas muy lejanas, mucho antes de que existiera el hombre; en realidad, la Tierra estaba en un estado demasiado imperfecto como para que él pudiera vivir en ella. Mi sueño correspondía a incontables eras antes de la existencia del hombre. Primero desaparecieron los mamíferos, luego las aves poderosas, después los reptiles del período secundario; posteriormente, los peces, los crustáceos, los moluscos y, finalmente, los vertebrados. Los zoofitos del período de transición también cayeron en la aniquilación. Todo el panorama de la vida en el mundo antes del período histórico parecía renacer, y mi corazón era el único corazón humano que latía en este mundo deshabitado. Ya no había estaciones ni climas; el calor natural del mundo aumentaba sin cesar, neutralizando el del gran Sol radiante. La vegetación se exageraba de manera extraordinaria. Pasé como una sombra entre matorrales tan altos como los árboles gigantes de California, y pisé el suelo húmedo y húmedo, impregnado de una vegetación fétida y variada. Me apoyé en los enormes troncos columnarios de los árboles gigantes; comparados con ellos, los árboles de Canadá parecían helechos. Pasaron eras enteras; cientos y cientos de años se concentraron en un solo día. Luego, se desplegó ante mí como un panorama la gran y maravillosa serie de transformaciones terrestres. Las plantas desaparecieron; las rocas de granito…

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Perdió toda traza de solidez; el estado líquido sustituyó de repente a lo que antes existía. Esto se debió al calor intenso que actuó sobre la materia orgánica de la Tierra. Las aguas fluyeron por toda la superficie del globo; hirvieron, se volatilizaron o se convirtieron en vapor; una especie de nube de vapor envolvió toda la Tierra, y el propio globo acabó siendo nada más que una enorme esfera de gas, de un color indescriptible, entre el blanco del calor y el rojo, tan grande y brillante como el sol.
En el mismo centro de esta masa prodigiosa, catorcecientas mil veces más grande que nuestro globo, yo era arrastrado por el espacio y llevado a una estrecha relación con los planetas. Mi cuerpo se volvió sutil, o mejor dicho, volátil, y se mezcló en estado de vapor atómico con las nubes prodigiosas, que se lanzaban hacia adelante como un poderoso cometa hacia el espacio infinito.
¡Qué sueño extraordinario! ¿A dónde me llevaría al final? Mi mano febril comenzó a escribir los detalles maravillosos: detalles más propios de las fantasías de un loco que de algo sólido y real. Durante ese período de alucinación había olvidado todo: al profesor, al guía y a la balsa en la que flotábamos. Mi mente estaba en un estado de semiolvido.
“¿Qué pasa, Harry?”, dijo de repente mi tío.
Mis ojos, abiertos de par en par como los de un sonámbulo, estaban fijos en él, pero no lo veía, ni podía distinguir claramente nada a mi alrededor.
“Ten cuidado, muchacho”, volvió a decir mi tío, “vas a caer al mar”.
Mientras pronunciaba esas palabras, sentí que alguien me agarraba por el otro lado con la firme mano de nuestro dedicado guía. De no ser por la sangre fría de Hans, seguramente habría caído en las olas y me habría ahogado.
“¿Te has vuelto loco?”, gritó mi tío, sacudiéndome por el otro lado.
“¿Q-qué pasa?”, dije finalmente, recuperando la conciencia.
“¿Estás enfermo, Henry?”, continuó el profesor con tono preocupado.
“No… no; pero he tenido un sueño extraordinario. Sin embargo, ya ha pasado. Ahora todo parece bien”, añadí, mirando a mi alrededor con extrañeza.

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Ojos perplejos.
“Está bien”, dijo mi tío; “una brisa maravillosa, un mar espléndido. Avanzamos a gran velocidad, y si no me equivoco en mis cálculos, pronto veremos tierra. No me importará cambiar los estrechos límites de nuestra balsa por la misteriosa orilla del océano subterráneo”.
Mientras mi tío pronunciaba estas palabras, me levanté y examiné con cuidado el horizonte. Pero la línea del agua seguía confundiéndose con las nubes bajas que colgaban en lo alto, y a lo lejos parecía tocar el borde del agua.

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CAPÍTULO 30
EL TERRIBLE COMBATE DE LOS SAURIOS

Sábado, 15 de agosto. El mar sigue manteniendo su monotonía uniforme: el mismo tono plomizo, el mismo resplandor eterno desde arriba. No hay señales de tierra a la vista. El horizonte parece retroceder ante nosotros, cada vez más a medida que avanzamos.
Mi cabeza sigue adolorida y pesada por los efectos de ese sueño extraordinario, del cual aún no puedo deshacerme.
El profesor, que no ha soñado, se encuentra, sin embargo, en uno de sus estados de ánimo melancólicos e inexplicables. Pasaba el tiempo examinando el horizonte, en todos los puntos de la brújula. Su telescopio estaba constantemente frente a sus ojos; y cuando no encontraba nada que pudiera dar alguna pista sobre nuestro paradero, adoptaba una actitud napoleónica y caminaba con ansiedad.
Observé que mi tío, el profesor, tenía una fuerte tendencia a recuperar su antiguo carácter impaciente. No pude evitar anotar esta circunstancia desagradable en mi diario. Era evidente que había sido necesario todo el impacto de los peligros y sufrimientos que estábamos viviendo para lograr que mostrara aunque fuera un atisbo de sentimiento humano. Ahora que ya me había recuperado por completo, su naturaleza original había vuelto a imponerse.
Y, después de todo, ¿por qué debería estar enojado o molesto ahora, más que en cualquier otro momento? ¿Acaso el viaje no se desarrollaba bajo las condiciones más favorables? ¿No avanzaba la balsa con una rapidez asombrosa?
Entonces, ¿cuál podía ser el problema? Después de uno o dos intentos preliminares, decidí preguntarle.
“Parece preocupado, tío”, le dije, cuando, por enésima vez, bajó su telescopio y comenzó a caminar de un lado a otro, murmurando para sí mismo.

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“No, no estoy inquieto”, respondió en un tono seco y áspero, “de ninguna manera”.
“Tal vez debería haber dicho ‘impaciente’”, repliqué, suavizando el tono de mis palabras.
“Bastante para hacerme así, creo”.
“Y, sin embargo, avanzamos a una velocidad que rara vez alcanza una balsa”, observé.
“¿Qué importa eso?”, exclamó mi tío. “No estoy molesto por la velocidad a la que avanzamos, pero me fastidia descubrir que el mar es mucho más vasto de lo que esperaba”.
Entonces recordé que el profesor, antes de nuestra partida, había estimado la longitud de este océano subterráneo en unos treinta leguas como máximo. Ahora habíamos recorrido al menos tres veces esa distancia sin encontrar rastro alguno de la orilla lejana. Comencé a entender la ira de mi tío.
“¡No estamos descendiendo!”, exclamó de repente el profesor. “No estamos haciendo grandes descubrimientos. Todo esto es una completa pérdida de tiempo. Al fin y al cabo, no vine de casa para emprender un viaje de placer. Este viaje en balsa por un estanque me molesta y me cansa”.
Llamaba a este viaje aventurero un viaje de placer, y a este gran mar interior, ¡un estanque!
“Pero”, argumenté, “si hemos seguido la ruta indicada por el gran Saknussemm, no podemos estar muy equivocados”.
“Esa es la cuestión”, como dijo el gran e inmortal Shakespeare. ¿Estamos siguiendo la ruta indicada por ese maravilloso sabio? ¿Alguna vez Saknussemm llegó hasta esta inmensa masa de agua? Si lo hizo, ¿la cruzó? Comienzo a temer que el arroyo que tomamos como guía nos haya llevado por el camino equivocado”.
“De cualquier manera, nunca lamentaremos haber llegado tan lejos. Vale la pena todo el viaje solo por haber disfrutado de este magnífico espectáculo; es algo que merece ser visto”.
“No me interesa ver nada, ni tampoco los espectáculos magníficos. Vine al interior de la Tierra con un objetivo, y ese objetivo es el que pretendo cumplir”.

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“Alcanzarlo… No hables conmigo de admirar los paisajes, ni de cualquier otra tontería sentimental.” Después de esto, pensé que lo mejor era callarme y dejar que el profesor se mordiera los labios hasta hacerse sangre, sin decir nada más. A las seis de la tarde, nuestro guía práctico, Hans, pidió su salario semanal; al recibir sus tres rix-dólares, los guardó cuidadosamente en su bolsillo. Estaba perfectamente satisfecho.
Domingo, 16 de agosto. Nada nuevo que registrar. El mismo clima de siempre. El viento muestra una ligera tendencia a intensificarse, con signos de una tormenta inminente. Cuando me desperté, mi primera observación fue respecto a la intensidad de la luz. Día tras día, sigo temiendo que ese fenómeno eléctrico extraordinario se vuelva primero opaco y luego desaparezca por completo, dejándonos en completa oscuridad. Sin embargo, no ocurre nada de eso. La sombra de la balsa, su mástil y sus velas se distinguen claramente sobre la superficie del agua.
Este mar maravilloso es, después de todo, infinito en su extensión. Debe ser tan ancho como el Mediterráneo… o quizás incluso tanto como el gran Océano Atlántico. ¿Por qué no habría de ser así?
Mi tío ha intentado realizar sondeos en aguas profundas en más de una ocasión. Ató la punta de una de nuestras barras más pesadas al extremo de una cuerda, dejando que esta se extendiera hasta una profundidad de doscientos brazas. Tuvimos grandes dificultades para subir a bordo ese extraño tipo de plomo.
Cuando finalmente arrastraron la barra a bordo, Hans llamó mi atención hacia algunas marcas extrañas en su superficie. El trozo de hierro parecía haber sido aplastado entre dos sustancias muy duras. Miré a nuestro valioso guía con una mirada inquisitiva.
“Tander”, dijo él.
Por supuesto, no entendí nada. Me volví hacia mi tío, sumido en pensamientos sombríos. No quería interrumpirlo en sus reflexiones. Así que me volví de nuevo hacia nuestro valioso islandés.

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Hans abrió muy silenciosa y significativamente la boca una o dos veces, como si estuviera a punto de morder, y de esa manera me hizo comprender su intención.
“¡Dientes!”, exclamé, atónito, mientras examinaba con más atención la barra de hierro.
Sí. No puede haber duda al respecto. Las muescas en la barra de hierro son las marcas de dientes. ¡Qué mandíbulas debe tener el dueño de tales molares! ¿Habremos entonces dado con un monstruo de especie desconocida, que aún existe en las vastas extensiones de agua? Un monstruo más voraz que un tiburón, más terrible y enorme que una ballena. No puedo apartar la vista de esa barra de hierro, prácticamente aplastada.
¿Acaso mi sueño está a punto de hacerse realidad: una realidad espantosa y terrible?
Todo el día mis pensamientos estuvieron ocupados en estas especulaciones, y mi imaginación apenas recuperó cierto grado de calma y capacidad de reflexión hasta después de dormir varias horas.
Ese día, como en otros domingos, lo consideramos un día de descanso y meditación piadosa.
Lunes, 17 de agosto. He intentado recordar, de memoria, los instintos propios de esos animales antediluvianos del período secundario, que, sucediendo a los moluscos, a los crustáceos y a los peces, precedieron a la aparición de los mamíferos. En aquel entonces, la generación de reptiles reinaba suprema sobre la tierra. Esos horribles monstruos dominaban todo en los mares del período secundario, que formaron los estratos de los que se componen las montañas del Jura. La naturaleza los había dotado de una organización perfecta. ¡Qué estructura gigantesca tenían; qué fuerza enorme y prodigiosa poseían!
Los saurios actuales, que incluyen a todos esos reptiles como lagartos, cocodrilos y caimanes, incluso los más grandes y formidables de su clase, no son más que débiles imitaciones de sus poderosos antepasados, los animales de tiempos remotos. Si en la antigüedad existían gigantes, también existían animales gigantescos.
Me estremecí al evocar en mi mente la imagen y el recuerdo de esos terribles monstruos. Ningún ojo humano los había visto en carne y hueso. Ellos se alimentaban de…

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Caminaban por la superficie de la tierra miles de eras antes de que el hombre existiera, y sus huesos fósiles, descubiertos en la caliza, nos han permitido reconstruirlos anatómicamente y así tener una vaga idea de su colosal tamaño. Recuerdo haber visto una vez en el gran Museo de Hamburgo el esqueleto de uno de estos maravillosos saurios. Medía nada menos que treinta pies desde la nariz hasta la cola. ¿Soy acaso un habitante de la tierra actual, destinado a encontrarme cara a cara con un representante de esta familia antediluviana? Apenas puedo creer que sea posible; apenas puedo creer que sea cierto. Y, sin embargo, ¡estas marcas de dientes poderosos en la barra de hierro! ¿Puede haber duda, por su forma, de que se trate de la mordedura de un cocodrilo? Mis ojos miran desesperadamente y con terror hacia ese mar subterráneo. Cada momento espero que uno de estos monstruos surja de sus inmensas profundidades cavernosas. Imagino que el honorable profesor comparte, en cierta medida, mis opiniones, si no mis temores, porque, tras examinar atentamente la barra de hierro, dirigió rápidamente la vista hacia ese océano poderoso y misterioso. “¿Qué podría haberlo llevado a abandonar la tierra?”, pensé. “Como si la profundidad de estas aguas tuviera alguna importancia para nosotros. Sin duda ha perturbado a algún monstruo terrible en su hogar acuático, y quizá paguemos caro nuestra temeridad”. Ansioso por estar preparado para lo peor, examiné nuestras armas y vi que estaban en buen estado para ser utilizadas. Mi tío me observaba y asentía con la cabeza en señal de aprobación. Él también se había dado cuenta de lo que teníamos que temer. Ya el aumento del nivel del agua en la superficie indica que algo se mueve abajo. El peligro se acerca. Se acerca cada vez más. Es necesario que estemos alerta. Martes, 18 de agosto. Por fin llegó la noche, la hora en que el deseo de dormir hacía que nuestros párpados se volvieran pesados. En este lugar, hablando estrictamente, no hay noche, al igual que no la hay en verano en las regiones árticas. Sin embargo, Hans permanece inmóvil junto al timón. Cuando logra tomar un momento de descanso, realmente no puedo saberlo. Aprovecho su vigilancia para descansar un poco.

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Pero dos horas después fui despertado de un sueño profundo por un shock espantoso. La balsa parecía haber chocado contra una roca sumergida. Fue levantada fuera del agua por alguna fuerza maravillosa y misteriosa, y luego se alejó a veinte brazas de distancia.
“¡Eh, qué es eso?”, gritó mi tío, incorporándose. “¿Hemos zozobrado o qué?”
Hans levantó la mano y señaló hacia donde, a unos doscientos metros de distancia, una gran masa negra se movía arriba y abajo.
Miré con asombro. Mis peores temores se habían hecho realidad.
“¡Es un monstruo colosal!”, grité, juntando las manos.
“Sí”, exclamó el agitado profesor, “y allá está también un enorme lagarto marino de tamaño y forma terribles”.
“Y más adelante, mirad ese cocodrilo prodigioso. ¡Mirad sus mandíbulas horribles y esa fila de dientes monstruosos! Ja… ya se ha ido”.
“¡Una ballena! ¡Una ballena!”, gritó el profesor. “Puedo ver sus enormes aletas. Mirad, mirad cómo expulsa aire y agua”.
Dos columnas líquidas se elevaron a una gran altura por encima del nivel del mar, para caer luego con un estruendo terrible, haciendo resonar los ecos de aquel lugar espantoso. Nos quedamos inmóviles: sorprendidos, atónitos, aterrorizados ante la visión de ese grupo de temibles monstruos marinos, aún más horribles en la realidad que en mi sueño. Tenían dimensiones sobrenaturales; incluso el más pequeño de todos ellos podría haber aplastado fácilmente nuestra balsa y a nosotros mismos con un solo mordisco.
Hans, agarrando el timón que se le había caído de las manos, lo giró con fuerza para alejarse de aquella zona peligrosa; pero en cuanto lo hizo, descubrió que estaba huyendo de Escila hacia Caribdis. A sotavento había una tortuga de unos cuarenta pies de ancho, y una serpiente igual de larga, con una cabeza enorme y horrible que asomaba del agua.
No importaba hacia dónde miráramos, era imposible huir. Los temibles reptiles se acercaban a nosotros; giraban y se retorcían alrededor de la balsa con una rapidez espantosa. Formaron alrededor de nuestro barco una serie de círculos concéntricos.

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Círculos. Tomé mi rifle desesperadamente. Pero, ¿qué efecto puede tener una bala de rifle sobre las escamas que cubren los cuerpos de esos horribles monstruos?
Permanecemos inmóviles y mudos por el puro horror. Ellos se acercan cada vez más a nosotros. Nuestro destino parece inevitable, terrible y espantoso. Por un lado, el poderoso cocodrilo; por el otro, la gran serpiente marina. El resto de esa tétrica multitud de criaturas marinas se ha sumergido bajo las olas saladas y ha desaparecido.
Estoy a punto de disparar, arriesgándome, para ver qué efecto produce un tiro. Pero Hans, el guía, intervino con un gesto para detenerme. Los dos monstruos horribles y voraces pasaron a menos de cincuenta brazas de la balsa, y luego se lanzaron el uno contra el otro; su furia e ira les impidieron vernos.
Comenzó el combate. Podíamos observar claramente cada movimiento de esos dos monstruos espantosos.
Pero, en mi imaginación excitada, parecía que los demás animales también iban a participar en esa lucha feroz y mortal: el monstruo, la ballena, el lagarto y la tortuga. Los veía claramente en todo momento. Se los señalé al islandés. Pero él solo negó con la cabeza.
“Tva”, dijo.
“¿Qué? Solo dice que son dos. Seguro que se equivoca”, exclamé, sorprendido.
“Tiene toda la razón”, respondió mi tío, con calma y filosofía, mientras observaba el terrible duelo a través de su telescopio, como si estuviera en un aula.
“¿Cómo es posible?”
“Sí, así es. El primero de esos monstruos tiene el hocico de un delfín, la cabeza de un lagarto y los dientes de un cocodrilo; y eso es lo que nos ha engañado. Es el más temible de todos los reptiles antediluvianos: el famoso Ichthyosaurus, o gran lagarto-pez”.
“¿Y el otro?”

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El otro era una serpiente monstruosa, oculta bajo la dura concha abovedada de la tortuga, el terrible enemigo de su temible rival, el Plesiosaurio, o cocodrilo marino.
Hans tenía toda la razón: ¡solo esos dos monstruos perturbaban la superficie del mar!
Por fin, los ojos mortales habían contemplado a dos reptiles del gran océano primitivo. Veo los ojos rojos y llameantes del Ichthyosaurio, cada uno tan grande, o incluso más, que la cabeza de un hombre. La naturaleza, en su infinita sabiduría, había dotado a este maravilloso animal marino de un aparato óptico de extremo poder, capaz de resistir la presión de las densas capas de agua que se acumulaban sobre él en las profundidades del océano, donde solía alimentarse. Algunos autores lo han llamado verdaderamente la ballena de la raza de los saurios, ya que es tan grande y ágil en sus movimientos como nuestro rey de los mares. Este Ichthyosaurio mide no menos de cien pies de longitud, y puedo hacerme una idea de su circunferencia cuando veo cómo levanta su enorme cola fuera del agua. Su mandíbula es de tamaño y fuerza espantosos, y según los naturalistas mejor informados, contiene no menos de ciento ochenta y dos dientes.
El otro era el poderoso Plesiosaurio: una serpiente con un tronco cilíndrico, una cola corta y robusta, y aletas parecidas a filas de remos en una galera romana. Todo su cuerpo estaba cubierto por una coraza o concha, y su cuello, tan flexible como el de un cisne, se elevaba más de treinta pies por encima de las olas, ¡una torre de carne viva!
Estos animales se atacaban entre sí con una furia inconcebible. Nunca antes se había visto un combate así a los ojos de los mortales, y para nosotros que lo vimos, parecía más bien una creación fantasmagórica de un sueño que cualquier otra cosa. Levantaban montañas de agua que salpicaban sobre la balsa, ya sacudida por las olas. Veinte veces parecimos estar a punto de volcar y ser arrojados de cabeza al mar. Horribles silbidos parecían sacudir el sombrío techo de granito de esa poderosa cueva; silbidos que infundían terror en nuestros corazones. Los terribles combatientes se mantenían enlazados estrechamente. No podía distinguir uno del otro. Pero el combate no podía durar para siempre; y ay de nosotros, cualquiera que fuera el vencedor.

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Pasó una hora, dos horas, tres horas, sin ningún resultado decisivo. La lucha continuó con la misma tenacidad mortal, pero sin resultado aparente. Los mortíferos oponentes ora se acercaban, ora se alejaban de la balsa. Una o dos veces pensamos que estaban a punto de abandonarnos por completo, pero en lugar de eso, se acercaban cada vez más. Nos agazapamos en la balsa, listos para disparar contra ellos en cualquier momento, aunque las posibilidades de herirlos o asustarlos eran escasas. Aun así, estábamos decididos a no perecer sin luchar.

De repente, el Ictiosaurio y el Plesiosaurio desaparecieron bajo las olas, dejando tras de sí un remolino en medio del mar. Casi fuimos arrastrados por la corriente del agua.

Pasaron varios minutos antes de que se volviera a ver algo. ¿Acabaría este maravilloso combate en las profundidades del océano? ¿Tendría lugar el último acto de esta terrible tragedia sin espectadores?

Era imposible saberlo.

De repente, a poca distancia de nosotros, surgió de las aguas una masa enorme: la cabeza del gran Plesiosaurio. El terrible monstruo estaba ahora gravemente herido. Ya no se veía nada de su enorme cuerpo; lo único que se podía distinguir era su cuello, semejante al de una serpiente, que retorcía y curvaba en los últimos espasmos de la muerte. Golpeaba las aguas con él como si fuera un látigo gigantesco, y luego se retorcía como un gusano partido en dos. El agua salpicaba a gran distancia en todas direcciones. Una gran parte de ella cubrió nuestra balsa y casi nos cegó. Pero pronto el final del animal se acercó cada vez más; sus movimientos se debilitaron visiblemente; sus contorsiones casi cesaron; y finalmente, el cuerpo de esa poderosa serpiente yació inerte y muerto sobre la superficie de las aguas, ahora tranquilas y serenas.

En cuanto al Ictiosaurio, ¿habrá ido a descansar en su enorme cueva submarina, o volverá a aparecer para destruirnos?

Esta pregunta quedó sin respuesta. Y nosotros tuvimos tiempo para respirar.

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CAPÍTULO 31
EL MONSTRUO MARINO

Miércoles, 19 de agosto. Afortunadamente, el viento, que por el momento sopla con cierta violencia, nos ha permitido huir del escenario de esa lucha sin parangón y extraordinaria. Hans, con su habitual calma imperturbable, permaneció al timón. Mi tío, quien durante un breve tiempo había dejado de lado sus ensoñaciones absorbentes debido a los incidentes sorprendentes de esta batalla en el mar, volvió aparentemente a sumirse en sus pensamientos. Sus ojos estaban fijos, con impaciencia, en el océano infinito.

Nuestro viaje se volvió ahora monótono y uniforme. Por más aburrido que sea, no deseo que sea interrumpido por ninguna repetición de los peligros y aventuras de ayer.

Jueves, 20 de agosto. El viento ahora sopla desde el noreste, de forma muy irregular. Se ha convertido en ráfagas esporádicas. La temperatura es extremadamente alta. Actualmente avanzamos a una velocidad promedio de unas diez millas y media por hora.

Alrededor de las doce, un sonido lejano, similar al de un trueno, llegó a nuestros oídos. Anoto este hecho sin siquiera atreverme a sugerir su causa. Era un rugido continuo, como si el mar chocara con rocas enormes.

“A lo lejos”, dijo el profesor de manera dogmática, “hay alguna roca o isla contra la cual el mar, azotado por el viento, se estrella violentamente”.

Hans, sin decir palabra, subió hasta la cima del mástil, pero no pudo ver nada. El océano estaba completamente plano en todas direcciones, hasta donde alcanzaba la vista.

Pasaron tres horas sin que hubiera señales que indicaran qué podía haber frente a nosotros. El sonido comenzó a parecerse al de una cascada poderosa.

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Expresé con firmeza mi opinión al respecto a mi tío. Él simplemente sacudió la cabeza. Sin embargo, estoy firmemente convencido de que no me equivoco. ¿Estamos avanzando hacia alguna cascada enorme que nos arrojará al abismo? Probablemente este modo de descender al abismo pueda ser del agrado del profesor, ya que sería algo similar a la caída vertical que tanto anhela realizar. Yo tengo una opinión muy diferente. Sea cual sea la verdad, es seguro que a pocos kilómetros de aquí debe haber algún fenómeno sumamente extraordinario, porque a medida que avanzamos, el estruendo se vuelve cada vez más potente y formidable. ¿Está en el agua o en el aire? Echó miradas rápidas hacia lo alto, a las vaporosas nubes suspendidas, e intentó penetrar en sus profundidades. Pero el cielo por encima estaba tranquilo. Las nubes, ahora elevadas hasta la cima, parecían completamente inmóviles y perdidas en la luz eléctrica. Por lo tanto, era necesario buscar la causa de este fenómeno en otro lugar. Examiné el horizonte, ahora perfectamente tranquilo, puro y libre de toda neblina. Su aspecto seguía sin cambiar. Pero si ese ruido espantoso proviene de una cascada —si, por así decirlo, este vasto océano interno se precipita en una cuenca inferior—, si esos rugidos enormes son causados por el sonido del agua cayendo, la corriente aumentaría en intensidad, y su creciente velocidad me daría una idea de la magnitud del peligro que nos amenaza. Consulté la corriente. Simplemente no existía; no había tal cosa. Una botella vacía lanzada al agua permanecía inmóvil a sotavento. Alrededor de las cuatro, Hans se levantó, trepó por el mástil y llegó hasta la propia verga. Desde esa posición elevada, miró a su alrededor. Su vista abarcaba una vasta extensión del océano. Finalmente, sus ojos se detuvieron en un punto. Su rostro no mostraba sorpresa, pero sus ojos se dilataron ligeramente. “Por fin ha visto algo”, exclamó mi tío. “Creo que sí”, respondí. Hans bajó, se paró junto a nosotros y señaló con la mano derecha hacia el sur. “Der nere”, dijo.

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“Allí”, respondió mi tío.
Y tomando su telescopio, lo observó con gran atención durante aproximadamente un minuto, que para mí pareció una eternidad. No sabía qué pensar ni qué esperar.
“Sí, sí”, exclamó con un tono de notable sorpresa, “allí está”.
“¿Qué?”, pregunté.
“Un enorme chorro de agua que surge de las olas”.
“Algún otro monstruo marino”, dije, ya alarmado.
“Tal vez”.
“Entonces dirijámonos más hacia el oeste, pues sabemos a qué atenernos con los animales antediluvianos”, fue mi respuesta ansiosa.
“Adelante”, dijo mi tío.
Me volví hacia Hans. Hans estaba al timón, manejándolo con su habitual calma imperturbable.
No obstante, si desde la distancia que nos separaba de esa criatura —una distancia que debía estimarse en no menos de doce leguas— se podía ver la columna de agua que brotaba del orificio respiratorio del enorme animal, sus dimensiones debían ser algo sobrenatural. Por lo tanto, volar era la opción que sugeriría la prudencia común. Pero no habíamos llegado a esa parte del mundo para ser prudentes. Esa era la determinación de mi tío.
Por consiguiente, continuamos avanzando. Cuanto más nos acercábamos, más alto era el chorro de agua. ¿Qué monstruo puede llenarse de tales volúmenes de agua y luego expulsarlos sin cesar en chorros tan altos?
A las ocho de la tarde, contando desde la superficie, donde hay día y noche, estábamos a no más de dos leguas de esa bestia poderosa. Su largo cuerpo negro, enorme, montañoso, yacía sobre la superficie del agua como una isla. Pero también se ha dicho que marineros han desembarcado en ballenas dormidas, confundiéndolas con tierra. ¿Es ilusión o es miedo? Su longitud no puede ser inferior a mil brazas. ¿Qué es, entonces, este monstruo cetáceo del cual Cuvier nunca pensó?

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Está completamente inmóvil y parece estar dormido. El mar parece incapaz de levantarlo; son más bien las olas las que chocan contra su enorme y gigantesca estructura. La columna de agua, que alcanza una altura de quinientos pies, se rompe en espuma con un rugido sordo y sombrío. Avanzamos, como locos sin sentido, hacia esa masa imponente. Confieso honestamente que tenía un miedo atroz. Dije que no seguiría adelante. En mi terror, amenacé con cortar la vela. Atacé al profesor con bastante dureza, llamándolo imprudente, loco… no sé qué más. Él no respondió. De repente, el imperturbable Hans volvió a señalar con el dedo ese objeto amenazante: “¡Holme!”. “¡Una isla!”, gritó mi tío. “¿Una isla?”, respondí, encogiéndome de hombros ante ese pobre intento de engaño. “Por supuesto que sí”, exclamó mi tío, estallando en una carcajada fuerte y alegre. “Pero, ¿y la columna de agua?”. “Un géiser”, dijo Hans. “Sí, claro, un géiser”, respondió mi tío, todavía riendo, “un géiser como los que hay en Islandia. Estos chorros son las grandes maravillas del país”. Al principio, no quería admitir que me habían engañado de tal manera. ¿Qué podría ser más ridículo que confundir una isla con un monstruo marino? Pero, por más que uno se resista, hay que ceder ante las pruebas, y finalmente me convencí de mi error. No era más que un fenómeno natural. A medida que nos acercábamos, las dimensiones de esa columna de agua se volvían realmente enormes y asombrosas. Desde lejos, la isla parecía una ballena gigantesca, cuya cabeza se elevaba muy por encima del agua. Géiser: así lo pronuncian los islandeses.

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Lo que simboliza la furia, surgió majestuosamente desde su cima. De vez en cuando se escuchan detonaciones sordas, y el enorme chorro, como si surgiera de una furia repentina, agita su nube de vapor y se lanza hacia la primera capa de nubes. Está solo: ni chorros de vapor ni fuentes termales lo rodean, y toda la fuerza volcánica de esa región está concentrada en una sola columna sublime. Los rayos de luz eléctrica se mezclan con este resplandor deslumbrante; cada gota, al caer, adquiere los colores prismáticos del arcoíris.

“Vayamos a tierra”, dijo el profesor, después de unos minutos de silencio. Sin embargo, es necesario tomar grandes precauciones para evitar el peso del agua que cae, lo cual haría que la balsa se hundiera al instante. Hans, no obstante, maneja admirablemente el barco y nos lleva hasta el otro extremo de la isla.

Fui el primero en saltar sobre la roca. Mi tío me siguió, mientras que el cazador de patos mandarines permaneció inmóvil, como un hombre por encima de cualquier tipo de asombro infantil. Ahora caminábamos sobre granito mezclado con arenisca silícea; el suelo temblaba bajo nuestros pies, como las paredes de calderas en las que el vapor sobrecalentado está confinado a la fuerza. Está ardiendo. Pronto vimos la pequeña cuenca central de donde surgía el géiser. Sumergí un termómetro en el agua que brotaba del centro, y marcó una temperatura de ciento sesenta y tres grados.

Por lo tanto, esta agua provenía de algún lugar donde el calor era intenso. Esto estaba en clara contradicción con las teorías del profesor Hardwigg. No pude evitar expresarle mi opinión al respecto.

“Bueno”, dijo él bruscamente, “¿y qué demuestra eso contra mi doctrina?”

“Nada”, respondí secamente, al darme cuenta de que estaba chocando contra una conclusión ya establecida.

No obstante, debo admitir que hasta ahora hemos tenido mucha suerte, y que este viaje se está realizando en condiciones de temperatura muy favorables. Pero parece evidente, de hecho, cierto, que tarde o temprano llegaremos a alguna de esas regiones donde el calor central alcanzará sus límites máximos, y superará con creces todas las escalas posibles de los termómetros.

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Visiones del Hades de los antiguos, que se creía que estaba en el centro de la Tierra, flotaban en mi imaginación. Sin embargo, veremos qué es lo que veremos. Esa es ahora la frase favorita del profesor. Después de bautizar la isla volcánica con el nombre de su sobrino, el líder de la expedición se dio la vuelta y dio la señal para abordar. Yo me quedé quieto durante unos minutos, contemplando el magnífico géiser. Pronto pude darme cuenta de que la tendencia del agua a ascender era irregular: a veces disminuía en intensidad y, de repente, recuperaba nuevo vigor, lo cual atribuí a las variaciones en la presión de los vapores acumulados en su reservorio. Finalmente, partimos, rodeando con cuidado las rocas salientes y bastante peligrosas del lado sur. Hans aprovechó esta breve parada para reparar la balsa. Antes de partir definitivamente de la isla, hice algunas observaciones para calcular la distancia que habíamos recorrido y las anoté en mi diario. Desde que dejamos Port Gretchen, habíamos recorrido doscientas setenta leguas —más de ochocientas millas— en este gran mar interior; por lo tanto, estábamos a seiscientas veinte leguas de Islandia, y exactamente debajo de Inglaterra.

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CAPÍTULO 32
LA BATALLA DE LOS ELEMENTOS

Viernes, 21 de agosto. Esta mañana el magnífico géiser había desaparecido por completo. El viento se había intensificado, y estábamos dejando rápidamente la zona de la Isla de Henry. Incluso el estruendo de esa poderosa columna ya no se escuchaba.
El clima, si es que bajo estas circunstancias podemos usar tal expresión, está a punto de cambiar de forma muy repentina. La atmósfera se va cargando gradualmente de vapores, que llevan consigo la electricidad generada por la constante evaporación de las aguas salinas; las nubes caen lentamente, pero de manera perceptible, hacia el mar, adquiriendo una textura de color oliva oscuro. Los rayos eléctricos apenas pueden penetrar esa cortina opaca que se ha colocado como un telón frente a este maravilloso “teatro”, en cuyo escenario pronto se representará otro drama terrible. Esta vez no se trata de una lucha entre animales; es la temible batalla de los elementos.
Siento que estoy siendo influenciado de una manera muy especial, al igual que todas las criaturas terrestres cuando está a punto de ocurrir un diluvio.
Los cumulonimbos, ese tipo de nube perfectamente ovalada que se acumulan en el sur, presentaban un aspecto realmente espantoso y siniestro, con esa apariencia despiadada que suele verse antes de una tormenta. El aire es extremadamente denso; el mar, en cambio, está relativamente tranquilo.
A lo lejos, las nubes parecen enormes bolas de algodón, o más bien sacos, amontonados unos sobre otros en un caos pintoresco. Poco a poco, parecen hincharse, romperse y ganar en número lo que pierden en grandeza. Su peso es tan grande que no pueden elevarse por encima del horizonte; pero, bajo la influencia de las corrientes de aire superiores, se van deshaciendo gradualmente, se vuelven mucho más oscuras y, finalmente, adoptan la apariencia de una sola capa de carácter formidable.

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Y luego una nube más ligera, aún iluminada desde arriba, rebotaba sobre esta alfombra gris y se perdía en la masa opaca. No puede haber duda de que toda la atmósfera está saturada de fluido eléctrico; yo mismo estoy completamente impregnado de él; mis cabellos se erizan literalmente, como si estuvieran bajo la influencia de una batería galvánica. Si alguno de mis compañeros se atreviera a tocarme, creo que recibiría un choque bastante violento e desagradable. Alrededor de las diez de la mañana, los síntomas de la tormenta se volvieron más intensos y decisivos; el viento parecía calmarse, como si tomara aliento para un nuevo ataque; esa enorme masa oscura sobre nosotros parecía una bolsa gigantesca, similar a la cueva de Eolo, en la cual la tormenta reunía sus fuerzas para atacar. Intenté por todos los medios no creer en esos signos amenazantes en el cielo, pero no pude evitar decir, por así decirlo, involuntariamente: “Creo que vamos a tener mal tiempo”. El profesor no me respondió. Estaba de un humor horrible, detestable, al ver el océano extendiéndose interminablemente ante sus ojos. Al escuchar mis palabras, simplemente se encogió de hombros. “Vamos a tener una tormenta terrible”, dije de nuevo, señalando el horizonte. “Esas nubes bajan cada vez más hacia el mar, como si quisieran aplastarlo”. Reinó un gran silencio. El viento cesó por completo. La naturaleza adoptó una calma total y dejó de moverse. En el mástil, donde observé una especie de leve fenómeno lumínico, la vela colgaba en pliegues pesados y flojos. La balsa permanecía inmóvil en medio de un mar oscuro y agitado, sin ondulaciones, sin movimiento. Estaba tan tranquila como el vidrio. Pero como no avanzábamos, ¿de qué servía mantener la vela? Podría ser la causa de nuestra perdición si la tormenta nos atacara de repente, sin previo aviso. “Bajemos la vela”, dije. “Es solo una medida de prudencia”. “No, no”, gritó mi tío, con tono exasperado. “Cien veces, no. Dejemos que el viento nos golpee y haga lo peor, dejemos que la tormenta nos arrastre a donde quiera… Solo déjenme ver algún destello de costa, alguna roca escarpada”.

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“Aunque destrocen nuestra balsa en mil pedazos. ¡No! Mantengan la vela izada, pase lo que pase”. Apenas se habían pronunciado esas palabras cuando el horizonte del sur sufrió un cambio repentino y violento. Los vapores acumulados durante mucho tiempo se convirtieron en agua, y el aire necesario para llenar el vacío generado se transformó en una tormenta feroz y desenfrenada. Venía de los rincones más remotos de esa enorme caverna; rugía desde todos los puntos de la brújula. Rugía, gritaba, chillaba de alegría, como si fueran demonios liberados. La oscuridad aumentó hasta convertirse en una oscuridad realmente visible. La balsa subía y bajaba con la tormenta, saltando sobre las olas. Mi tío fue arrojado de cabeza al suelo de la balsa. Yo, con gran dificultad, me arrastré hacia él. Él se aferraba con todas sus fuerzas al extremo de un cable, y parecía contemplar con placer y deleite el espectáculo de esos elementos descontrolados. Hans no movió ni un músculo. Su cabello largo, llevado de un lado a otro por la tormenta y esparcido por su rostro inmóvil, le daba un aspecto realmente extraordinario: cada uno de sus cabellos estaba iluminado por pequeñas chispas brillantes. Su rostro tenía el aspecto de un hombre de la época prediluviana, un verdadero contemporáneo del megaterio. Sin embargo, el mástil seguía resistiendo la tormenta. La vela se extendía y se hinchaba, como una burbuja de jabón a punto de estallar. La balsa avanzaba a una velocidad imposible de calcular, pero aún así más lenta que el agua que se desplazaba debajo de ella; la rapidez de esta podía observarse en las líneas que se formaban a derecha e izquierda en su estela. “¡La vela, la vela!”, grité, haciendo trompeta con mis manos, e intentando bajarla. “Déjenla en paz”, dijo mi tío, más exasperado que nunca. “Nej”, dijo Hans, sacudiendo suavemente la cabeza.

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No obstante, la lluvia formó una rugiente catarata frente a ese horizonte que buscábamos y hacia el cual corríamos como locos. Pero antes de que esa masa de aguas nos alcanzara, el poderoso velo de nubes se partió en dos; el mar comenzó a espumear violentamente; y la electricidad, producida por alguna acción química vasta y extraordinaria en la capa superior de las nubes, entró en juego. A los temibles truenos se sumaron deslumbrantes relámpagos, como nunca había visto. Los relámpagos se cruzaban unos con otros, lanzados desde todas direcciones; mientras que los truenos retumbaban como un eco. La masa de vapor se volvía incandescente; las granizadas que golpeaban el metal de nuestras botas y armas eran realmente luminosas; las olas, al elevarse, parecían monstruos devoradores de fuego, bajo los cuales hervía un fuego intenso, y sus crestas estaban coronadas por peines de llama. Mis ojos quedaron deslumbrados, cegados por la intensidad de la luz; mis oídos quedaron sordos por el terrible estruendo de los elementos. Me vi obligado a aferrarme al mástil, que se doblaba como una caña bajo la violencia de la tormenta, a la cual ningún marinero había visto jamás algo similar.

Aquí mis notas de viaje se vuelven muy incompletas, dispersas y vagas. Solo he podido hacer una o dos observaciones fugaces, anotadas de forma meramente mecánica. Pero incluso su brevedad, incluso su oscuridad, demuestran las emociones que me abrumaron.

Domingo, 23 de agosto. ¿A dónde hemos llegado? ¿En qué región estamos vagando? Seguimos siendo arrastrados con una rapidez inconcebible. La noche ha sido aterradora, algo indescriptible. La tormenta no muestra signos de cesar. Existimos en medio de un alboroto sin nombre. Las detonaciones, como si fueran de artillería, son incesantes. Nuestros oídos literalmente sangran. No podemos intercambiar ni una palabra, ni escuchar cómo habla el otro.

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El relámpago no deja de brillar ni un instante. Puedo ver los zigzags que se forman cuando un rayo golpea con fuerza el techo abovedado de esta bóveda tan imponente. ¡Si cediera y cayera sobre nosotros! Otros relámpagos proyectan sus rayos en todas direcciones, tomando la forma de bolas de fuego que explotan como proyectiles sobre una ciudad asediada. El estruendo y el rugido aparentemente no aumentan; ya han superado con creces lo que el oído humano puede percibir. Si todos los polvorines del mundo explotaran al mismo tiempo, sería imposible escuchar un ruido peor. Hay una emisión constante de luz desde las nubes tormentosas; la materia eléctrica se libera sin cesar; evidentemente, los principios gaseosos del aire están desequilibrados; innumerables columnas de agua surgen como torbellinos y vuelven a caer sobre la superficie del océano en espuma. ¿Hacia dónde vamos? Mi tío sigue tendido de bruces en la balsa, sin hablar, sin prestar atención al tiempo. El calor aumenta. Miro el termómetro: para mi sorpresa, indica… La cifra exacta está borrada en mi manuscrito. Lunes, 24 de agosto. Esta terrible tormenta nunca terminará. ¿Por qué este estado de la atmósfera, tan denso y turbio, una vez modificado, no podría permanecer así para siempre? Estamos completamente agotados y agobiados por el cansancio. Hans sigue igual que siempre. La balsa se dirige invariablemente hacia el sureste. Ya hemos recorrido doscientas leguas desde la isla recién descubierta. Alrededor de las doce, la tormenta empeoró aún más. Ahora estamos obligados a atar firmemente toda la carga en la cubierta de la balsa, de lo contrario todo sería arrastrado por las olas. Nos atamos también unos a otros; cada hombre ata al siguiente. Las olas nos golpean con tanta fuerza que varias veces quedamos realmente bajo el agua. Hemos tenido la dolorosa necesidad de abstenernos de hablar durante tres días y tres noches. Abríamos la boca, movíamos los labios, pero no salía ningún sonido. Incluso cuando poníamos nuestras bocas cerca de los oídos del otro, ocurría lo mismo. El viento se llevaba las voces.

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Mi tío logró acercar su cabeza a la mía después de varios intentos casi en vano. A mis sentidos, ya casi agotados, les pareció que articulaba alguna palabra. Tuve la impresión, más por intuición que por cualquier otra cosa, de que me dijo: “Estamos perdidos”. Saqué mi cuaderno, del cual nunca me separo ni en las circunstancias más desesperadas, y escribí unas palabras lo más legibles posible: “Levantar velas”. Con un profundo suspiro, asintió con la cabeza y accedió. Apenas tuvo tiempo de volver a bajar la cabeza cuando apareció un disco o bola de fuego en el borde mismo de la balsa: nuestra nave devota, nuestra nave condenada. El mástil y la vela fueron arrastrados por el viento; los vi llevarse a una altura prodigiosa, como si fueran cometas. Estábamos paralizados, temblando de terror. La bola de fuego, medio blanca, medio azulada, del tamaño de una bomba de diez pulgadas, se movía rápidamente hacia sotavento de la tormenta. Se movía de un lado a otro, trepaba por uno de los parapetos de la balsa, saltaba sobre el saco de provisiones y, finalmente, descendía suavemente, cayendo como un balón de fútbol y aterrizando sobre nuestro barril de pólvora. Era una situación horrible. Una explosión era ahora inevitable. Por misericordia divina, no ocurrió así. El disco deslumbrante se movió hacia un lado, se acercó a Hans, quien lo miró con fijeza; luego se acercó a mi tío, quien se arrodilló para evitarlo; se dirigió hacia mí, mientras yo estaba pálido y temblando bajo esa luz y calor deslumbrantes; giró alrededor de mis pies, que intenté retirar. Un olor a gas nítrico llenó todo el aire; penetró en la garganta, en los pulmones. Sentí que iba a ahogarme. ¿Por qué no puedo retirar mis pies? ¿Están clavados al suelo de la balsa? No.

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La caída del globo eléctrico ha convertido todo el hierro que había a bordo en piedras de carga: los instrumentos, las herramientas, los brazos metálicos chocan entre sí con un ruido espantoso y horroroso; las uñas de mis botas pesadas se adhieren firmemente a la placa de hierro incrustada en la madera. No puedo retirar mi pie. Es de nuevo la misma historia del monte de diamante. Finalmente, con un esfuerzo violento y casi sobrehumano, logro arrancarlo justo cuando la bola, que sigue realizando sus movimientos giratorios, está a punto de rodearlo y arrastrarme con ella… Si es que eso es posible… ¡Oh, qué luz intensa y extraordinaria! El globo de fuego estalla; estamos envueltos en cascadas de fuego vivo, que llenan el espacio circundante con materia luminosa. Luego todo se apaga y nuevamente cae la oscuridad sobre las profundidades. Apenas tuve tiempo de ver cómo mi tío era arrojado al suelo de la balsa, aparentemente inconsciente; Hans estaba al timón, “escupiendo fuego” bajo la influencia de la electricidad que parecía haberlo invadido por completo. ¿A dónde vamos?, pregunto. La respuesta es: ¿A dónde? ……………… Martes, 25 de agosto. Acabo de salir de un largo desmayo. La terrible y espantosa tormenta continúa; los relámpagos son cada vez más intensos, y derraman su ira ardiente como si fueran serpientes sueltas en la atmósfera. ¿Seguimos en el mar? Sí, y somos arrastrados a una velocidad increíble. Hemos pasado debajo de Inglaterra, debajo del Canal, debajo de Francia… Probablemente, debajo de toda Europa. Otra vez se escucha un estruendo terrible en la distancia. Esta vez está claro que el mar se estrella contra las rocas, a poca distancia de aquí. Entonces…

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CAPÍTULO 33
NUESTRO ITINERARIO INVERTIDO

Aquí termina lo que yo llamo “Mi diario” de nuestro viaje en la balsa,
diario que, afortunadamente, se salvó del naufragio. Continúo con mi narración tal como lo hacía antes de comenzar mis notas diarias.
Lo que sucedió cuando ocurrió ese terrible impacto, cuando la balsa fue arrojada contra la costa rocosa, ahora me sería imposible decirlo. Sentí cómo era arrastrado violentamente hacia las olas embravecidas, y si pude escapar de una muerte segura y cruel, fue únicamente gracias a la determinación del fiel Hans, quien, agarrándome del brazo, me salvó del abismo que se abría ante mí.
El valiente islandés luego me llevó en sus fuertes brazos, lejos del alcance de las olas, y me depositó sobre una extensión de arena ardiente. Allí me encontré, poco después, en compañía de mi tío, el profesor.
Luego él regresó silenciosamente hacia las rocas fatales, contra las cuales chocaban las olas furiosas, con el fin de salvar a cualquier sobreviviente del naufragio. Ese hombre siempre fue práctico y reflexivo. No podía pronunciar ni una palabra; estaba completamente abrumado por la emoción; todo mi cuerpo estaba magullado y agotado por el cansancio; pasaron horas antes de que pudiera recuperarme algo.
Mientras tanto, cayó una lluvia torrencial que nos empapó por completo. Sin embargo, su intensidad misma anunciaba el final de la tormenta. Algunas rocas salientes nos ofrecían cierta protección contra las aguas torrenciales. Bajo ese refugio, Hans preparó algo de comida, pero yo no pude tocarla. Agotados por esos tres días y noches de vigilia, caímos en un sueño profundo y doloroso. Mis sueños eran aterradores, pero al final la naturaleza, exhausta, impuso su dominio y yo me quedé dormido.

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Al día siguiente, cuando me desperté, el cambio fue mágico. El clima era magnífico. El aire y el mar, como por mutuo acuerdo, habían recuperado su serenidad. Cada rastro de la tormenta, incluso el más leve, había desaparecido. A mi despertar me saludaron las primeras notas alegres que escuchaba del profesor en muchos días. Su alegría, de hecho, era algo terrible.
“Bueno, muchacho”, exclamó, frotándose las manos, “¿has dormido bien?”
¿No podría pensarse que estábamos en la vieja casa de Konigstrasse; que acababa de bajar tranquilamente a desayunar; y que mi boda con Gretchen tendría lugar ese mismo día? La frialdad de mi tío era exasperante.
Ay, teniendo en cuenta cómo la tempestad nos había llevado en dirección este, habíamos pasado por toda Alemania, por la ciudad de Hamburgo, donde había sido tan feliz, por la misma calle que albergaba todo lo que amaba y valoraba en el mundo.
Era un hecho indudable que solo estaba separado de ella por una distancia de cuarenta leguas. Pero esas cuarenta leguas estaban formadas por granito duro e impenetrable.
Todas estas reflexiones sombrías y miserables pasaron por mi mente antes de que intentara responder a la pregunta de mi tío.
“¿Qué pasa?”, exclamó. “¿No puedes decir si has dormido bien o no?”
“He dormido muy bien”, respondí, “pero me duelen todos los huesos del cuerpo. Supongo que eso no llevará a nada.”
“A nada en absoluto, muchacho. Es solo el resultado del cansancio de los últimos días; eso es todo.”
“Parece… si se me permite decirlo… que está muy alegre esta mañana”, dije.
“Encantado, querido muchacho, encantado. Nunca he sido más feliz en mi vida. Por fin hemos llegado al puerto deseado.”
“¿El final de nuestra expedición?”, exclamé, con tono de gran sorpresa.

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“No; sino hasta los límites de ese mar del cual comencé a temer que nunca terminaría, sino que rodearía todo el mundo. Ahora continuaremos tranquilamente nuestro viaje por tierra, e intentaremos una vez más sumergirnos en el centro de la Tierra.”
“Mi querido tío”, comencé, de manera vacilante, “permítame hacerle una pregunta.”
“Por supuesto, Harry; incluso una docena, si lo consideras necesario.”
“Una será suficiente. ¿Qué hay de volver?” pregunté.
“¿Volver? Qué pregunta tan extraña. Todavía no hemos llegado al final de nuestro viaje.”
“Lo sé. Lo único que quiero saber es cómo piensa que haremos el viaje de regreso.”
“De la forma más sencilla del mundo”, dijo el imperturbable profesor. “Una vez que lleguemos al centro exacto de esta esfera, o encontraremos un nuevo camino para ascender a la superficie, o simplemente daremos la vuelta y regresaremos por donde vinimos. Tengo todas las razones para creer que, mientras avanzamos, ese camino no se cerrará detrás de nosotros.”
“Entonces, una de las primeras cosas que debemos hacer será reparar la balsa”, fue mi respuesta, bastante melancólica.
“Por supuesto. Debemos ocuparnos de eso antes que nada”, continuó el profesor.
“Luego está la cuestión crucial de los suministros”, insistí. “¿Tenemos algo suficiente como para poder llevar a cabo esos planes tan grandes y asombrosos que usted tiene en mente?”
“He investigado el asunto, y mi respuesta es afirmativa. Hans es un tipo muy inteligente, y tengo motivos para creer que ha salvado la mayor parte de la carga. Pero la mejor manera de disipar tus dudas es que vengas y juzgues por ti mismo.”
Dicho esto, me guió fuera de esa especie de gruta abierta en la que nos habíamos refugiado. Casi había comenzado a esperar algo que, en realidad…

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Temía que tal naufragio no dejara siquiera el más mínimo rastro de lo que había transportado como carga. Sin embargo, me equivoqué por completo. Tan pronto como llegué a las orillas de este mar interior, encontré a Hans de pie, serio, en medio de una gran cantidad de cosas dispuestas en perfecto orden. Mi tío se retorcía las manos, lleno de profunda y silenciosa gratitud; su corazón estaba demasiado henchido como para poder hablar. Ese hombre, cuya devoción sobrehumana hacia sus empleadores nunca vi superada, ni siquiera igualada, había trabajado sin descanso mientras dormíamos, y arriesgando su vida logró salvar los artículos más valiosos de nuestra carga. Por supuesto, dadas las circunstancias, tuvimos que sufrir varias pérdidas graves. Nuestras armas habían desaparecido por completo. Pero la experiencia nos había enseñado a prescindir de ellas. En cambio, las provisiones de pólvora permanecieron intactas, después de haber escapado por poco a la explosión que nos habría reducido a átomos durante la tormenta. “Bueno”, dijo el profesor, que ahora estaba dispuesto a sacar el máximo provecho de todo, “ya que no tenemos armas, lo único que podemos hacer es renunciar a toda idea de cazar”. “Sí, querido señor, podemos prescindir de ellas, pero ¿y todos nuestros instrumentos?”. “Aquí está el manómetro, el más útil de todos; con gusto lo acepto en lugar del resto. Solo con él puedo calcular la profundidad a medida que avanzamos; solo con él podré determinar cuándo hayamos llegado al centro de la Tierra. Ja, ja… Pero sin este pequeño instrumento podríamos cometer un error y arriesgarnos a salir en los antípodas”. Todo esto se dijo entre carcajadas antinaturales. “Pero la brújula”, grité, “¿sin ella qué podemos hacer?”. “¡Aquí está, sana y salva!”, exclamó, lleno de alegría. “Ah, ah… Y aquí tenemos el cronómetro y los termómetros. Hans, el cazador, es realmente un hombre invaluable”.

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Era imposible negar este hecho. En cuanto a los instrumentos náuticos y otros, no faltaba nada. Luego, al examinar mejor, encontré escaleras, cuerdas, picos, palancas y palas, todas esparcidas por la orilla. Sin embargo, finalmente estaba la pregunta más importante de todas: los víveres. “Pero, ¿qué haremos con comida?”, pregunté. “Vayamos al departamento de abastecimientos”, respondió mi tío con seriedad. Las cajas que contenían nuestros víveres para el viaje estaban colocadas en fila a lo largo de la orilla, y se encontraban en excelente estado de conservación; el mar, en todo caso, había respetado su contenido. En resumen, teniendo en cuenta los biscochos, la carne salada, el pescado seco de Schiedam, aún podíamos contar con provisiones para unos cuatro meses, si las utilizábamos con prudencia y precaución. “Cuatro meses”, exclamó el optimista profesor, muy contento. “Entonces tendremos tiempo de sobra tanto para ir como para volver, y con lo que quede me comprometo a dar una gran cena a mis colegas del Johanneum”. Suspiré. A estas alturas ya debería haberme acostumbrado al temperamento de mi tío, pero este hombre me sorprendía cada día más. Era el mayor enigma humano que había conocido. “Bueno”, dijo él, “antes de hacer cualquier otra cosa, debemos almacenar agua fresca. Ha llovido en abundancia y ha llenado las hendiduras del granito. Hay una gran cantidad de agua, así que no tenemos que temer a la sed, lo cual, dadas nuestras circunstancias, es de suma importancia. En cuanto a la balsa, recomendaré a Hans que la repare lo mejor que pueda; aunque tengo todos los motivos para creer que no la necesitaremos de nuevo”. “¿Cómo es eso?”, exclamé, aún más sorprendido que nunca por el estilo de razonamiento de mi tío. “Tengo una idea, querido muchacho; no es más que este simple hecho: no saldremos por la misma entrada por la que entramos”.

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Comencé a mirar a mi tío con una vaga sospecha. Más de una vez se me ocurrió la idea de que él se estaba volviendo loco. Sin embargo, pocas veces imaginé cuán ciertas y proféticas serían sus palabras.
“Y ahora”, dijo, “después de haber atendido todos estos detalles, vamos a desayunar”.
Lo seguí hasta una especie de saliente rocoso, después de que diera sus últimas instrucciones a nuestro guía. En esa posición privilegiada, con carne seca, galletas y una deliciosa taza de té, disfrutamos de una comida satisfactoria; diría que fue una de las más agradables que recuerdo. El agotamiento, la atmósfera tensa y el estado de calma tras tanta agitación contribuyeron a que tuviera un apetito excelente. De hecho, todo eso ayudó mucho a crear en mí un estado de ánimo alegre y tranquilo.
Mientras desayunábamos, entre sorbos de té caliente, le pregunté a mi tío si tenía alguna idea de nuestra situación actual en relación con el mundo de arriba.
“Por mi parte”, añadí, “creo que será bastante difícil determinarlo”.
“Bueno, si tuviéramos que indicar la ubicación exacta”, dijo mi tío, “podría ser difícil, ya que durante esos tres días de tormenta no pude hacerme una idea ni de la velocidad a la que avanzábamos ni de la dirección en la que iba la balsa. Aun así, intentaremos acercarnos a la verdad. Creo que no estaremos muy lejos”.
“Bueno, si lo recuerdo bien”, respondí, “nuestra última observación la realizamos en la isla del géiser”.
“¡La Isla de Harry, muchacho! La Isla de Harry. No rechaces el honor de darle nombre; ¡dar tu nombre a una isla descubierta por nosotros, los primeros seres humanos que pisaron su suelo desde la creación del mundo!”
“Está bien. En la Isla de Harry ya habíamos recorrido más de doscientas setenta leguas de mar, y creo que estábamos a unas seiscientas leguas, más o menos, de Islandia”.
“Bien. Me alegra ver que lo recuerdas tan bien. Empecemos desde ese punto, y contemos cuatro días de tormenta, durante los cuales nuestra velocidad de viaje…”

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Debía haber sido algo realmente increíble. Diría que nuestra velocidad debió ser de unas ochenta leguas por veinticuatro horas. Estuve de acuerdo en que se trataba de un cálculo razonable. Quedaban entonces trescientas leguas más por sumar al total general. “Sí, y el Mar Central debe extenderse al menos seiscientas leguas de un extremo a otro. ¿Sabes, muchacho mío, Harry, que hemos descubierto un lago interior más grande que el Mediterráneo?” “Por supuesto, y solo conocemos su extensión de una manera: puede tener cientos de millas de largo.” “Muy probablemente.” “Entonces”, dije, después de calcular durante unos minutos, “si tus predicciones son correctas, en este momento estamos exactamente debajo del propio Mediterráneo.” “¿Lo crees así?” “Sí, estoy casi seguro. ¿No estamos a novecientas leguas de Reikiavik?” “Eso es cierto, y hemos recorrido un camino realmente largo, muchacho mío. Pero solo podremos saber si estamos debajo del Mediterráneo y no bajo Turquía o el Océano Atlántico cuando estemos seguros de no haber desviado nuestro rumbo; y de eso no sabemos nada.” “No creo que hayamos desviado mucho nuestro rumbo; me parece que el viento siempre ha sido más o menos el mismo. Creo que esta costa debe estar situada al sudeste de Port Gretchen.” “Bien, espero que así sea. Sin embargo, será fácil decidirlo tomando las direcciones desde el punto de partida, con la ayuda de la brújula. Vamos, consultaremos esa invención invaluable.” El profesor caminó con entusiasmo en dirección a la roca donde el incansable Hans había guardado los instrumentos con seguridad. Mi tío estaba alegre y despreocupado; se frotaba las manos y adoptaba todo tipo de posturas. Por fuera, parecía de nuevo un joven. Desde que lo conocí…

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Nunca había sido tan amable y agradable. Lo seguí, bastante curioso por saber si había cometido algún error en mi evaluación de nuestra situación. Tan pronto como llegamos a la roca, mi tío tomó la brújula, la colocó horizontalmente frente a él y observó atentamente la aguja. Al sacudirla al principio para darle vida, esta osciló considerablemente, pero luego, bajo la influencia del campo magnético, adoptó lentamente su posición correcta. El profesor inclinó los ojos con curiosidad sobre ese maravilloso instrumento. Un sobresalto violento mostró de inmediato la intensidad de su emoción. Cerró los ojos, se frotó los ojos y volvió a examinarla con mayor atención. Luego se volvió lentamente hacia mí, con expresión de estupor en el rostro. “¿Qué pasa?”, pregunté, comenzando a alarmarme. No podía hablar; estaba demasiado abrumado como para encontrar palabras. Simplemente señaló el instrumento. Lo examiné ansiosamente siguiendo sus indicaciones mudas, y un grito de sorpresa escapó de mis labios. La aguja de la brújula apuntaba hacia el norte exacto; ¡en la dirección que esperábamos estaba el sur! Apuntaba hacia la orilla en lugar de hacia alta mar. Sacudí la brújula; la examiné con ojos curiosos y ansiosos. Estaba en perfectas condiciones. Ningún defecto podía explicar ese fenómeno. Sin importar en qué posición pusiera la aguja, esta siempre regresaba al mismo punto inesperado. Era inútil intentar ocultarnos la verdad fatal. No cabía duda, por más desagradable que fuera el hecho, de que durante la tormenta había habido un cambio repentino en la dirección del viento, algo que no habíamos podido tener en cuenta, y así la balsa nos había llevado de vuelta a las costas que habíamos dejado, aparentemente para siempre, ¡hace tantos días!

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CAPÍTULO 34
UN VIAJE DE DESCUBRIMIENTO

Sería completamente imposible para mí dar alguna idea del absoluto asombro que se apoderó del profesor al hacer este extraordinario descubrimiento. Asombro, incredulidad y rabia se mezclaron de tal manera que me alarmaron.
Durante toda mi vida nunca había visto a un hombre primero tan abatido y luego tan furiosamente indignado.
Las terribles fatigas de nuestro viaje por mar, los peligros horribles que habíamos superado, todo había sido en vano. Teníamos que empezarlo todo de nuevo.
En lugar de avanzar, como esperábamos con ilusión durante un viaje de tantos días, habíamos retrocedido. Cada hora de nuestra expedición en la balsa era tiempo perdido.
Sin embargo, pronto la energía indomable de mi tío superó cualquier otra consideración.
“Bueno”, dijo entre dientes apretados, “la fatalidad quiere jugarme estos terribles trucos. Los propios elementos conspiran para abrumarme con humillaciones. El aire, el fuego y el agua unen sus esfuerzos para impedir mi paso. Pues bien, verán lo que puede lograr la firme voluntad de un hombre decidido. No cederé, no retrocederé ni un centímetro; y veremos quién triunfará en esta gran contienda: el hombre o la naturaleza”.
De pie sobre una roca, irritado y amenazante, el profesor Hardwigg, como el feroz Ajax, parecía desafiar al destino. Yo, sin embargo, decidí intervenir e imponer algún tipo de límite a ese entusiasmo insensato.
“Escúchame, tío”, dije en un tono firme pero moderado, “debe haber algún límite en la ambición aquí abajo. Es completamente inútil luchar”.

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Contra lo imposible. Por favor, escuchen la razón. Estamos completamente despreparados para un viaje por mar; es simplemente una locura pensar en emprender un recorrido de quinientas leguas sobre un montón miserable de vigas, con una manta como vela, un palo insignificante como mástil y una tormenta con la que luchar. Como somos totalmente incapaces de manejar nuestra frágil embarcación, nos convertiremos en el simple juguete de la tormenta, y sería actuar como locos si, por segunda vez, corriéramos cualquier riesgo en este peligroso y traicionero Mar Central.

Estas son solo algunas de las razones y argumentos que reuní; razones y argumentos que, para mí, parecían irrefutables. Se me permitió seguir hablando sin interrupciones durante unos diez minutos. Pronto descubrí la explicación: el profesor ni siquiera estaba escuchando, y no oyó ni una palabra de toda mi elocuencia.

“¡A la balsa!”, gritó con voz ronca cuando hice una pausa para responder. Ese fue el resultado de mis esfuerzos por resistir su voluntad de hierro. Lo intenté de nuevo; le rogué e imploré; me enfurecí, pero tuve que lidiar con una voluntad más firme que la mía. Me sentía como las olas que luchaban contra la enorme masa de granito a nuestros pies, que durante tantos siglos había sonreído con frialdad ante sus débiles esfuerzos.

Mientras tanto, Hans, sin participar en nuestra discusión, había estado reparando la balsa. Uno podría pensar que intuyó instintivamente los planes futuros de mi tío. Con algunos fragmentos de cuerda, logró volver a hacer que la balsa fuera apta para navegar. Mientras yo hablaba, él ya había izado un nuevo mástil y vela; esta última ya ondeaba suavemente con la brisa.

El honorable profesor dijo unas palabras a nuestro guía imperturbable, quien de inmediato comenzó a cargar nuestro equipaje a bordo y a prepararse para nuestra partida. La atmósfera ahora era bastante clara y pura, y el viento del noreste soplaba de manera constante y serena. Parecía probable que continuara así durante algún tiempo.

¿Qué podía hacer, entonces? ¿Podía intentar resistir la voluntad de hierro de dos hombres? Era simplemente imposible, incluso si yo hubiera podido contar con el apoyo de…

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Hans. Sin embargo, eso estaba fuera de toda posibilidad. Me parecía que el islandés había dejado de lado toda voluntad y identidad personal; era la imagen misma de la abnegación. No podía esperar nada de alguien tan enamorado y devoto de su amo. Por lo tanto, lo único que podía hacer era seguir la corriente. En un estado de resignación sombría y silenciosa, estaba a punto de ocupar mi lugar habitual en la balsa cuando mi tío puso su mano sobre mi hombro. “No hay prisa, muchacho”, dijo. “No partiremos hasta mañana”. Yo era la viva imagen de la resignación ante la cruel voluntad del destino. “Dadas las circunstancias”, dijo, “debo tomar todas las precauciones posibles. Ya que el destino me ha llevado a estas costas, no me iré sin haberlas examinado completamente”. Para entender este comentario, debo explicar que, aunque habíamos sido arrastrados de vuelta a la costa norte, desembarcamos en un lugar muy diferente al que había sido nuestro punto de partida. Calculamos que Puerto Gretchen debía estar muy al oeste. Por lo tanto, no había nada más natural y razonable que explorar esta nueva costa en la que habíamos desembarcado de forma tan inesperada. “¡Vayamos de exploración!”, exclamé. Y dejando a Hans con su importante tarea, emprendimos nuestra expedición. La distancia entre la orilla en marea alta y la base de las rocas era considerable; se necesitaba aproximadamente media hora de caminata para ir de un lugar a otro. Mientras caminábamos, nuestros pies aplastaban innumerables conchas de todo tipo y tamaño; antiguamente, esos lugares habían sido el hogar de animales de todas las épocas. En particular, noté algunas conchas enormes: carapachos de tortugas cuyo diámetro superaba los quince pies.

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En épocas pasadas, pertenecieron a esos gigantescos Glyptodones del período Plioceno, de los cuales la tortuga moderna no es más que un espécimen diminuto. Además, todo el suelo estaba cubierto por una enorme cantidad de restos pétreos, que tenían el aspecto de pedernales desgastados por la acción de las olas y se encontraban en capas sucesivas, una encima de otra. Llegué a la conclusión de que, en tiempos remotos, el mar debió haber cubierto toda la región. Sobre las rocas dispersas, ahora situadas muy lejos del alcance del mar, las poderosas olas de antaño habían dejado evidentes huellas de su paso.

Al reflexionar, esto me pareció explicar en parte la existencia de este extraordinario océano, a cuarenta leguas bajo la superficie de la corteza terrestre. Según mi nueva y quizás fantasiosa teoría, esta masa líquida debe estar perdiéndose gradualmente en las profundidades de la Tierra. Tampoco dudaba de que este misterioso mar fuera alimentado por la infiltración del océano superior, a través de fisuras imperceptibles.

No obstante, era imposible no admitir que esas fisuras debían estar ahora casi obstruidas, porque de lo contrario, la caverna, o mejor dicho, ese inmenso y asombroso reservorio, se habría llenado por completo en poco tiempo. Quizá incluso esta agua, al tener que luchar contra los fuegos subterráneos acumulados en el interior de la Tierra, se hubiera vaporizado parcialmente. De ahí la explicación de esas nubes densas suspendidas sobre nuestras cabezas y de la abundante aparición de esa electricidad que provocaba tormentas tan terribles en este mar profundo y cavernoso.

Esta clara explicación de los fenómenos que habíamos presenciado me pareció bastante satisfactoria. Por grandes y poderosos que nos parezcan los milagros de la naturaleza, siempre pueden ser explicados por razones físicas. Todo está subordinado a alguna gran ley de la naturaleza.

Ahora quedó claro que caminábamos sobre un tipo de suelo sedimentario, formado, como todos los suelos de aquel período, tan frecuentes en la superficie del globo, por el hundimiento de las aguas. El profesor, que ahora estaba en su elemento, examinó cuidadosamente cada fisura rocosa. Tan pronto encontraba una abertura, le resultaba importante examinar su profundidad.

Durante toda una milla seguimos los meandros del Mar Central, cuando de repente ocurrió un cambio importante en el aspecto del suelo. Parecía haber sido arrojado bruscamente hacia arriba, como si hubiera sido convulsionado por una fuerza violenta.

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Levantamiento de los estratos inferiores. En muchos lugares, hoyos aquí y colinas allá atestiguaban grandes desplazamientos en alguna otra época de la masa terrestre. Avanzamos con gran dificultad sobre las masas rotas de granito mezclado con sílex, cuarzo y depósitos aluviales, cuando de repente apareció ante nuestros ojos una vasta extensión, más uniforme que un campo, una llanura de huesos. Parecía un inmenso cementerio, donde generación tras generación había mezclado su polvo mortal. Elevados túmulos con restos antiguos se erguían a intervalos. Se extendían hasta los límites del horizonte lejano y se perdían en una densa niebla marrón. En ese lugar, de unos tres millas cuadradas de extensión, se acumulaba toda la historia de la vida animal: apenas había una criatura en el suelo relativamente moderno del mundo superior y habitado que no hubiera existido allí. Sin embargo, éramos arrastrados hacia adelante por una curiosidad abrumadora e impaciente. Nuestros pies aplastaban con un sonido seco y crujiente los restos de esos fósiles prehistóricos, por los cuales los museos de las grandes ciudades se pelean, incluso cuando solo obtienen fragmentos raros y curiosos. Mil naturalistas como Cuvier no habrían sido suficientes para reconstituir los esqueletos de los seres orgánicos que yacían en esta magnífica colección ósea. Estaba completamente perplejo. Mi tío permaneció durante unos minutos con los brazos levantados hacia lo alto, hacia la densa bóveda de granito que servía de cielo para nosotros. Su boca estaba abierta de par en par; sus ojos brillaban desenfrenadamente detrás de sus gafas (que afortunadamente había conservado); su cabeza se movía arriba y abajo y de un lado a otro, mientras toda su actitud y expresión reflejaban asombro sin límites. Se encontraba ante una colección interminable, maravillosa e inagotablemente rica de monstruos antediluvianos, amontonados para su propia satisfacción privada y peculiar. Imagine a un apasionado amante de los libros llevado de repente al corazón de la famosa biblioteca de Alejandría, quemada por el sacrílego Omar, y que algún milagro hubiera devuelto a su esplendor primitivo. Eso era más o menos el estado de ánimo en el que se encontraba ahora el tío Hardwigg.

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Durante un rato permaneció así, literalmente horrorizado ante la magnitud de su descubrimiento. Pero la emoción fue aún mayor cuando, sorteando frenéticamente esa masa de polvo orgánico, encontró un cráneo desnudo y me habló con voz temblorosa: “¡Harry, muchacho… Harry! ¡Esto es una cabeza humana!” “¡Una cabeza humana, tío!”, dije yo, tan asombrado y atónito como él. “Sí, sobrino. ¡Ah! Sr. Milne-Edwards… ¡Ah! Sr. De Quatrefages… ¿Por qué no están aquí donde estoy yo? ¡Yo, el profesor Hardwigg!”

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CAPÍTULO 35
DESCUBRIMIENTO tras descubrimiento

Para comprender plenamente la exclamación de mi tío y sus alusiones a esos hombres ilustres y eruditos, será necesario dar ciertas explicaciones respecto a una circunstancia de suma importancia para la paleontología, o la ciencia de la vida fósil, que tuvo lugar poco antes de nuestra partida de las regiones superiores de la Tierra. El 28 de marzo de 1863, algunos navegantes bajo la dirección del señor Boucher de Perthes trabajaban en las grandes canteras de Moulin-Quignon, cerca de Abbeville, en el departamento de Somme, en Francia. Mientras trabajaban, encontraron inesperadamente una mandíbula humana enterrada a catorce pies bajo la superficie del suelo. Era el primer fósil de ese tipo que se había descubierto hasta entonces. Cerca de este inesperado resto humano se hallaron hachas de piedra y pedernales tallados, teñidos y cubiertos con el paso del tiempo por un mismo tono brillante de óxido verde.

El informe de este extraordinario e inesperado descubrimiento se difundió no solo por toda Francia, sino también por Inglaterra y Alemania. Muchos eruditos pertenecientes a diversos organismos científicos, entre los cuales destacan los señores Milne-Edwards y De Quatrefages, se interesaron mucho por el asunto, demostraron la indiscutible autenticidad del hueso en cuestión y se convirtieron —para usar la expresión entonces utilizada en Inglaterra— en los más fervientes defensores de la “cuestión de la mandíbula”. A los eminentes geólogos del Reino Unido que consideraban el hecho como algo cierto —los señores Falconer, Buck, Carpenter y otros— se unieron pronto los eruditos de Alemania; entre ellos, el más entusiasta y apasionado era mi estimado tío, el profesor Hardwigg.

La autenticidad de un fósil humano del período Cuaternario parecía entonces estar indiscutiblemente demostrada, e incluso ser admitida por los más…

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Escéptico. Este sistema o teoría, llámela como quiera, tuvo, es cierto, un adversario feroz en el señor Elie de Beaumont. Este erudito, que ocupa un lugar tan elevado en el mundo científico, sostiene que el suelo de Moulin-Quignon no pertenece al diluvio, sino a una capa mucho menos antigua; y, de acuerdo con Cuvier en este aspecto, jamás admitiría que la especie humana fuera contemporánea de los animales de la época cuaternaria. Mi estimado tío, el profesor Hardwigg, junto con la gran mayoría de los geólogos, se mantuvo firme, discutió y debatió, y finalmente, tras considerable conversación y escritura, al señor Elie de Beaumont lo dejaron prácticamente solo con sus opiniones. Conocíamos todos los detalles de esta discusión, pero estábamos lejos de saber que, desde nuestra partida, el asunto había entrado en una nueva fase. Se habían encontrado otros huesos mandibulares similares, aunque pertenecientes a individuos de tipos variados y naturalezas muy diferentes, en las arenas grises móviles de ciertas cuevas en Francia, Suiza y Bélgica; junto con brazos, utensilios, herramientas, huesos de niños, de hombres en la plenitud de la vida y de ancianos. La existencia de seres humanos en el período cuaternario se volvió, por lo tanto, cada día más evidente. Pero eso no era todo. Nuevos restos, excavados de depósitos del Plioceno o Terciario, permitieron a los eruditos más perspicaces o audaces atribuir aún un grado mucho mayor de antigüedad a la raza humana. Es cierto que estos restos no eran de seres humanos; es decir, no eran huesos de personas, sino objetos que sin duda sirvieron a la raza humana: peronés y fémures de animales fósiles, regularmente excavados e incluso esculpidos, con signos inequívocos de trabajo humano. Gracias a estos descubrimientos maravillosos e inesperados, el hombre ascendió infinitos siglos en la escala del tiempo; de hecho, precedió al mastodonte; se convirtió en contemporáneo del Elephas meridionalis, el elefante del sur; adquirió una antigüedad de más de cien mil años, ya que esa es la fecha que los geólogos más eminentes asignan al período Plioceno de la Tierra. Tal era entonces el estado de la ciencia paleontológica, y lo que sabíamos además era suficiente para explicar nuestra actitud ante este gran cementerio de las llanuras del Océano Hardwigg.

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Ahora será fácil comprender la mezcla de asombro y alegría del profesor cuando, al avanzar unos veinte metros, se encontró ante, por así decirlo, cara a cara, un espécimen de la raza humana que realmente pertenecía al período Cuaternario. ¡Era, en efecto, un cráneo humano, perfectamente reconocible! ¿Acaso un suelo de naturaleza muy peculiar, similar al del cementerio de San Miguel en Burdeos, lo había conservado a lo largo de incontables épocas? Esa era la pregunta que me hacía, pero que no podía responder en absoluto. Sin embargo, esa cabeza, con la piel estirada y parecida al pergamino, con los dientes intactos y el cabello abundante, estaba ante nuestros ojos como si estuviera viva. Me quedé mudo, casi paralizado por la maravilla y el asombro ante esta tétrica aparición de otra época. Mi tío, que casi en todas las ocasiones era muy hablador, permaneció durante un rato completamente atónito. Estaba demasiado lleno de emoción como para poder hablar. Después de un rato, levantamos el cuerpo al que pertenecía el cráneo. Lo pusimos de pie. A nuestra imaginación excitada le pareció que nos miraba con sus terribles ojos vacíos. Tras algunos minutos de silencio, el hombre fue vencido por el profesor. Los instintos humanos cedieron ante el orgullo y la exaltación científica. El profesor Hardwigg, llevado por su entusiasmo, olvidó todas las circunstancias de nuestro viaje, la extraordinaria situación en la que nos encontrábamos y la inmensa cueva que se extendía muy por encima de nuestras cabezas. No hay duda de que se creía en la Institución, dirigiéndose a sus atentos alumnos, pues adoptó su estilo más doctoral, agitó la mano y comenzó: “Señores, tengo el honor, en esta auspiciosa ocasión, de presentarles a un hombre del período Cuaternario de nuestro planeta. Muchos eruditos han negado incluso su existencia, mientras que otras personas competentes, quizás de mayor autoridad, han afirmado su creencia en la realidad de su vida. Si los ‘San Tomás’ de la paleontología estuvieran presentes, lo tocarían con respeto con sus dedos y creerían en su existencia, reconociendo así su obstinada herejía. Sé que la ciencia debe ser cautelosa con respecto a todos los descubrimientos de esta naturaleza. No ignoro los muchos Barnum y otros charlatanes que han hecho negocio de tales descubrimientos falsos. Por supuesto, he oído hablar del descubrimiento de las rodillas de Aquiles, de la supuesta hallazgo del cuerpo de Orestes por parte de los espartanos, y…”

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del cuerpo de Asterio, de diez spanes de largo, quince pies; de lo cual leemos en Pausanias.
“He leído todo lo relacionado con el esqueleto de Trapani, descubierto en el siglo XIV, y que muchas personas consideraron como el de Polifemo, así como la historia del gigante desenterrado en el siglo XVI en los alrededores de Palmira. Ustedes, señores, saben tan bien como yo de la existencia del célebre análisis realizado cerca de Lucerna en 1577 de los grandes huesos que el famoso doctor Felix Plater declaró pertenecientes a un gigante de unos diecinueve pies de altura. He leído todos los tratados de Cassanion, así como todos esos memorandos, folletos, discursos y respuestas publicados en relación con el esqueleto de Teutoboco, rey de los cimbrios, invasor de la Galia, desenterrado en una cantera de grava en Delfina en 1613. En el siglo XVIII habría negado, junto con Peter Campet, la existencia de los preadámicos de Scheuchzer. He tenido en mis manos el escrito llamado Gigantes…”
Aquí mi tío fue afectado por la debilidad natural que le impedía pronunciar palabras difíciles en público. No era exactamente tartamudeo, sino una extraña especie de vacilación constitucional.
“El escrito llamado Gigantes…”, repitió.
Sin embargo, no pudo seguir.
“Giganteo…”
¡Imposible! La maldita palabra no salía. Habría habido mucha risa en la Institución si ese error hubiera ocurrido allí.
“¡Gigantosteología!”, exclamó finalmente el profesor Hardwigg entre dos gruñidos salvajes.
Una vez superada nuestra dificultad, y cada vez más emocionado…
“Sí, señores, conozco muy bien todos estos asuntos, y también sé que Cuvier y Blumenbach reconocieron plenamente en esos huesos los indiscutibles restos de mamuts del período Cuaternario. Pero, después de lo que vemos ahora, permitir dudas sería insultar a la investigación científica. Ahí está…”

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cuerpo; se puede ver; se puede tocar. No es un esqueleto, es un cuerpo completo e ileso, conservado como un objeto antropológico”. No intenté refutar esta afirmación singular y asombrosa. “Si tan solo pudiera lavar este cadáver en una solución de ácido sulfúrico”, continuó mi tío, “me encargaría de eliminar todas las partículas terrosas y estas resplandecientes conchas que cubren todo este cuerpo. Pero carezco de este precioso medio disolvente. No obstante, tal como está, este cuerpo contará su propia historia”. Aquí el profesor levantó el cuerpo fósil y lo exhibió con una destreza excepcional. Ningún artista profesional habría podido mostrar más habilidad. “Como verán al examinarlo”, prosiguió mi tío, “mide apenas unos seis pies de longitud, lo cual está muy lejos de los supuestos gigantes de la antigüedad. En cuanto a la raza a la que pertenecía, es indiscutiblemente caucásica. Pertenece a la raza blanca, es decir, a la nuestra. El cráneo de este fósil es perfectamente ovalado, sin ningún desarrollo notable ni prominente de los pómulos, ni ninguna proyección de la mandíbula. No presenta indicio alguno de prognatismo, que modifica el ángulo facial.[4] Miden ustedes mismos el ángulo y comprobarán que es exactamente de noventa grados. Pero yo iré aún más allá en mi investigación y deducción, y me atrevo a afirmar que esta muestra o espécimen humano pertenece a la familia jafética, que se extendió por el mundo desde la India hasta los últimos confines de Europa occidental. No hay motivo, señores, para sonreír ante mis palabras”. [4] El ángulo facial está formado por dos planos: uno más o menos vertical, que está en línea recta con la frente y los incisivos; el otro, horizontal, que pasa por los órganos auditivos y el hueso nasal inferior. En lenguaje antropológico, el prognatismo se refiere a esa proyección particular de la mandíbula que modifica el ángulo facial. Por supuesto, nadie sonrió. Pero el excelente profesor estaba tan acostumbrado a ver rostros sonrientes en sus conferencias, que creía ver a toda su audiencia riendo mientras exponía su erudita disertación. “Sí”, continuó, con renovada energía, “esto es un hombre fósil, contemporáneo de los mastodontes, cuyos huesos cubren todo este anfiteatro. Pero si se me pide que explique cómo llegó a este lugar, cómo estos diversos estratos que lo cubren se han formado…”

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En esta vasta cavidad, no puedo ofrecerle ninguna explicación. Sin duda, si retrocedemos a la época cuaternaria, descubriremos que tuvieron lugar grandes y poderosas convulsiones en la corteza terrestre; el proceso continuo de enfriamiento por el cual pasó la Tierra produjo fisuras, deslizamientos de tierra y abismos a través de los cuales una gran parte de la Tierra logró abrirse paso. No llego a una conclusión definitiva, pero está ahí el hombre, rodeado de las obras de sus manos: sus hachas y sus piedras talladas, que pertenecen al período pétreo; y la única suposición racional es que, al igual que yo, él también visitó el centro de la Tierra como un turista itinerante, un pionero de la ciencia. En cualquier caso, no cabe duda de su gran antigüedad y de que formaba parte de la raza más antigua de seres humanos.

El profesor cesó su discurso con estas palabras, y yo estallé en aplausos fuertes y “unánimes”. Además, al fin y al cabo, mi tío tenía razón. Hombres mucho más eruditos que su sobrino habrían encontrado bastante difícil refutar sus hechos y argumentos.

Pronto surgió otra circunstancia. Este cuerpo fosilizado no era el único en esta vasta llanura de huesos: era el cementerio de un mundo extinto. Se encontraron otros cuerpos mientras recorríamos esa llanura polvorienta, y mi tío pudo elegir los ejemplares más sorprendentes entre ellos para convencer a los más escépticos.

En verdad, era un espectáculo sorprendente: los restos sucesivos de generaciones y generaciones de hombres y animales mezclados todos juntos en un enorme cementerio. Pero ahora surgió una gran pregunta que nos preocupaba mucho, y de la cual temíamos incluso contemplar todas sus implicaciones.

¿Habían sido estos seres alguna vez vivos enterrados tan profundamente bajo el suelo debido a alguna tremenda convulsión natural, después de haberse convertido en tierra y cenizas, o bien habían vivido aquí abajo, en este mundo subterráneo, bajo este cielo artificial, habiendo tenido hijos, casándose y muriendo finalmente, tal como lo hacían los habitantes comunes de la Tierra?

Hasta ese momento, solo se habían visto vivos monstruos marinos, peces y animales similares.

La pregunta que nos causaba inquietud era muy pertinente: ¿había alguno de esos hombres del abismo deambulando por las costas desiertas de este…?

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¿El mar maravilloso del centro de la Tierra?
Era una pregunta que me causaba mucha inquietud y malestar.
Si realmente existieran, ¿cómo nos recibirían a nosotros, los hombres, desde arriba?

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CAPÍTULO 36
¿QUÉ ES ESTO?

Durante una hora larga y agotadora caminamos sobre ese enorme lecho de huesos. Avanzábamos sin importarnos nada, impulsados por una curiosidad ardiente. ¿Qué otras maravillas contendría esa gran cueva? ¿Qué otros tesoros maravillosos habría para el científico? Mis ojos estaban preparados para cualquier sorpresa; mi imaginación esperaba algo nuevo y asombroso.

Los límites del gran Océano Central habían desaparecido hacía tiempo detrás de las colinas que se extendían por la llanura de huesos. El imprudente y entusiasta profesor, que no le importaba si se perdía o no, me apuró a seguir adelante. Avanzábamos en silencio, bañados por olas de fluido eléctrico.

Debido a un fenómeno que no puedo explicar, y gracias a su extrema difusión, la luz iluminaba por igual los lados de cada colina y roca. Parecía no tener origen alguno, ni provenir de ninguna fuerza determinada; además, no producía ninguna sombra.

La escena tenía el aspecto de un país tropical en pleno mediodía de verano, en medio de las regiones ecuatoriales y bajo los rayos verticales del sol.

Todos los signos de vapor habían desaparecido. Las rocas, las montañas distantes y algunas masas confusas de bosques lejanos adquirían un aspecto extraño y misterioso bajo esta distribución uniforme del fluido luminoso.

En cierto modo, nos parecíamos al personaje misterioso de uno de los relatos fantásticos de Hoffmann: el hombre que perdió su sombra.

Después de caminar unas millas más, llegamos al borde de un vasto bosque; sin embargo, no era uno de esos enormes bosques de hongos que habíamos descubierto cerca de Port Gretchen.

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Era la vegetación gloriosa y salvaje del período Terciario, en toda su magnífica esplendor. Enormes palmeras, de una especie ahora desconocida, magníficos palmáceos —un género de palmeras fósiles de la formación carbonífera— pinos, tejos, cipreses y coníferas o árboles portadores de conos; todo ello unido por una masa intrincada y complicada de plantas trepadoras. Un hermoso tapiz de musgos y helechos crecía bajo los árboles. Arroyos agradables murmuraban bajo ramas frondosas, poco dignas de ese nombre, ya que no proporcionaban sombra alguna. En sus bordes crecían pequeños arbustos parecidos a árboles, como los que se encuentran en los países cálidos de nuestro propio planeta habitado. Lo único que faltaba en estas plantas, estos arbustos, estos árboles era el color. Privados para siempre del calor vivificante del sol, eran pálidos e incoloros. Toda sombra se perdía en un tono uniforme, de carácter marrón y desvaído. Las hojas carecían por completo de verdor, y las flores, tan numerosas durante el período Terciario que las dio origen, estaban sin color y sin perfume, algo así como papel decolorado por una larga exposición a la atmósfera. Mi tío se aventuró bajo los gigantescos bosques. Lo seguí, aunque no sin cierta aprensión. Si la naturaleza había demostrado ser capaz de producir tales recursos vegetales extraordinarios, ¿por qué no podríamos encontrarnos con mamíferos igualmente grandes y, por lo tanto, peligrosos? Observé especialmente, en los claros dejados por árboles caídos y parcialmente devorados por el tiempo, muchos arbustos leguminosos, como el arce y otros árboles comestibles, queridos por los animales rumiantes. Luego aparecían mezclados entre sí ejemplares de la vegetación de todas las partes del mundo: había roble junto a la palmera, eucalipto australiano, una interesante clase del orden Myrtaceae; junto al alto pino noruego, el álamo del norte, entrelazando sus ramas con las de los kauris de Nueva Zelanda. Era suficiente para hacer perder la cabeza al más ingenioso clasificador de las regiones altas y trastocar todas sus ideas establecidas sobre botánica. De repente me detuve en seco y contuve a mi tío. La extrema difusión de la luz me permitió ver los objetos más pequeños en los claros lejanos. Creí ver… no, realmente vi con mis propios ojos…

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Con mis propios ojos: animales inmensos, gigantescos, que se movían bajo los poderosos árboles. Sí, eran realmente animales gigantescos, todo un rebaño de mastodontes, no fósiles, sino vivos, y exactamente como aquellos descubiertos en 1801, en las orillas pantanosas del gran río Ohio, en Norteamérica.
Sí, podía ver a esos elefantes enormes, cuyos colmillos derribaban grandes ramas y se movían dentro y fuera de los árboles como una legión de serpientes. Podía escuchar el sonido de esos colmillos poderosos al arrancar árboles enormes. Las ramas crujían, y toda esa masa de hojas y ramas verdes caía por las gargantas enormes de esos terribles monstruos.
Ese sueño maravilloso, en el que veía revivir las épocas prehistóricas, en el que los períodos Terciario y Cuaternario pasaban ante mis ojos, ¡ahora se había hecho realidad!
Y allí estábamos solos, muy adentro en las entrañas de la tierra, a merced de sus habitantes feroces.
Mi tío se detuvo, lleno de asombro y maravilla.
“Vamos”, dijo finalmente, cuando pasó su primera sorpresa, “vamos, muchacho, veamos cómo son de cerca”.
“No”, respondí, evitando que me arrastrara hacia adelante, “estamos completamente desarmados. ¿Qué podríamos hacer entre ese rebaño de cuadrúpedos gigantescos? Vámonos, tío, se lo ruego. Ningún ser humano puede enfrentarse impunemente a la furia feroz de estos monstruos”.
“Ningún ser humano”, dijo mi tío, bajando repentinamente la voz a un susurro misterioso, “te equivocas, querido Henry. Mira allá. Me parece que veo a un ser humano… un ser como nosotros, ¡un hombre!”
Miré, encogiéndome de hombros, decidido a llevar mi incredulidad hasta sus últimos límites. Pero, cualquiera que fuera mi deseo, me vi obligado a ceder ante la evidencia de lo que veían mis ojos.
Sí: a no más de un cuarto de milla de distancia, apoyado contra el tronco de un árbol enorme, había un ser humano… un Proteo de esas regiones subterráneas, un nuevo hijo de Neptuno que cuidaba de ese inmenso rebaño de mastodontes.

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¡Immenso guardián de ganado, aún más imponente él mismo![5]
[5] El cuidador de ganado gigantesco, él mismo aún más gigantesco.

Sí: ya no se trataba de un fósil cuyo cadáver habíamos sacado del suelo en el gran cementerio, sino de un gigante capaz de guiar y conducir a esos monstruos prodigiosos. Su altura superaba los doce pies. Su cabeza, tan grande como la de un búfalo, estaba oculta bajo una melena de cabello enmarañado. Era, en efecto, una melena enorme, similar a las que tenían los elefantes en las épocas antiguas del mundo.

En su mano llevaba una rama de árbol, que servía de cayado para este pastor antediluviano.

Nos quedamos completamente inmóviles, sin palabras por la sorpresa.

Pero podía vernos en cualquier momento. No nos quedaba más remedio que huir al instante.

“¡Vamos, vamos!”, grité, arrastrando a mi tío conmigo; y, por primera vez, no opuso resistencia a mis deseos.

Un cuarto de hora después estábamos lejos de ese terrible monstruo.

Ahora que lo pienso con calma, y lo analizo con objetividad; ahora que han pasado meses, años, desde que nos ocurrió esta extraña y antinatural aventura… ¿Qué debo pensar, qué debo creer?

No, es completamente imposible. Nuestros oídos deben habernos engañado, y nuestros ojos también. No vimos lo que creímos haber visto. ¡Ningún ser humano podría haber existido en ese mundo subterráneo! Ninguna generación humana podría habitar en las cuevas más profundas del planeta sin darse cuenta de quienes habitaban la superficie, sin comunicarse con ellos. ¡Era locura, pura locura!

Prefiero admitir la existencia de algún animal similar en estructura a la especie humana: algún mono de las primeras épocas geológicas, como aquel descubierto por el señor Lartet en los depósitos óseos de Sansan.

Pero ese animal, o ser, cualquiera que fuera, superaba en altura a todo lo conocido por la ciencia moderna. Pero da igual. Por más improbable que parezca…

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Podría haber sido un mono… pero era un hombre, un hombre vivo, y con él toda una generación de animales gigantescos, enterrados en las entrañas de la tierra. Era demasiado monstruoso como para creerlo.

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CAPÍTULO 37
LA DAGA MISTERIOSA

Durante ese tiempo, habíamos dejado muy atrás el bosque brillante y transparente. Estábamos mudos de asombro, dominados por una especie de sensación cercana a la apatía. Seguíamos corriendo sin poder evitarlo. Era una sensación extraña, similar a esas horribles sensaciones que a veces experimentamos en nuestros sueños.

Instintivamente, nos dirigimos hacia el Mar Central. Ahora no puedo decir qué pensamientos salvajes pasaron por mi mente, ni qué locuras podría haber cometido, si no fuera por una preocupación muy grave que me devolvió a la realidad.

Aunque sabía que caminábamos sobre un terreno completamente nuevo para nosotros, de vez en cuando notaba ciertas acumulaciones de rocas cuya forma me recordaba fuertemente a las que había cerca de Port Gretchen. Esto confirmaba, además, las indicaciones de la brújula y nuestro regreso extraordinario e inesperado al norte de ese gran Mar Central. Era tan similar a nuestro punto de partida que apenas podía dudar de la realidad de nuestra situación. Arroyos y cascadas caían en abundancia sobre las numerosas protuberancias de las rocas.

Incluso creí poder ver a nuestro fiel y monótono Hans, así como a la maravillosa gruta en la que había recuperado la vida tras mi terrible caída. Pero, a medida que avanzábamos, la posición de los acantilados, la apariencia de un arroyo o el perfil inesperado de una roca me sumían nuevamente en un estado de confusión.

Después de algún tiempo, le expliqué a mi tío mi estado de indecisión mental. Él también admitió sentir algo similar. No era capaz de tomar una decisión en medio de ese panorama extraordinario pero uniforme.

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“No puede haber duda”, insistí, “de que no hemos aterrizado exactamente en el lugar desde donde partimos al principio; pero la tormenta nos ha llevado por encima de nuestro punto de partida. Por lo tanto, creo que si seguimos la costa, encontraremos una vez más Puerto Gretchen”.
“En ese caso”, exclamó mi tío, “es inútil continuar nuestra exploración. Lo mejor que podemos hacer es regresar a la balsa. ¿Estás completamente seguro, Harry, de que no te equivocas?”
“Es difícil”, respondí, “tomar una decisión, porque todas estas rocas son exactamente iguales. No hay ninguna diferencia notable entre ellas. Al mismo tiempo, tengo la impresión de reconocer el promontorio al pie del cual nuestro valioso Hans construyó la balsa. Estamos, estoy casi convencido, cerca del pequeño puerto; si no es este”, añadí, examinando con cuidado un arroyo que me parecía extraordinariamente familiar.
“Querido Harry, si fuera así, deberíamos encontrar rastros de nuestras propias huellas, alguna señal de nuestro paso; y realmente no veo nada que indique que hayamos pasado por aquí”.
“Pero yo veo algo”, exclamé, con tono impulsivo, mientras me acercaba rápidamente y recogía algo que brillaba en la arena bajo mis pies.
“¿Qué es?”, preguntó el profesor, sorprendido y perplejo.
“Esto”, respondí.
Y le entregué a mi sorprendido pariente un puñal oxidado, de forma extraña.
“¿Por qué te trajiste un arma tan inútil?”, exclamó. “Eso solo serviría para obstaculizarte”.
“¿Que yo lo traje? Es completamente nuevo para mí. Nunca lo había visto antes… ¿Estás seguro de que no forma parte de tu colección?”
“Por lo que sé, no”, dijo el profesor, perplejo. “No recuerdo nada al respecto. Nunca fue mi propiedad”.
“Esto es muy extraordinario”, dije, reflexionando sobre aquel incidente tan extraño.

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“Para nada. Hay una explicación muy sencilla, Harry. Se sabe que los islandeses siguen utilizando estas armas anticuadas, y esta debió pertenecer a Hans, quien la perdió sin darse cuenta”. Negué con la cabeza. Esa daga nunca estuvo en poder del pacífico y taciturno Hans. Lo conocía demasiado bien, así como sus costumbres. “Entonces, ¿qué puede ser? A menos que sea el arma de algún guerrero de tiempos remotos… o de algún hombre vivo, contemporáneo de ese poderoso pastor del cual acabamos de escapar. Pero no… es un misterio tras otro. Esta no es una arma de la época de las piedras, ni siquiera de la época del bronce. Está hecha de acero excelente…” Antes de que pudiera terminar la frase, mi tío me interrumpió para evitar que continuara con toda esa serie de teorías, y habló en su tono más frío y decidido: “Cálmate, querido muchacho, y trata de usar tu razón. Esta arma, con la que nos hemos topado de forma tan inesperada, es una verdadera daga, una de esas que llevaban los caballeros en sus cinturones durante el siglo XVI. Su uso era dar el golpe de gracia al enemigo que se negaba a rendirse. Es claramente obra española. No le pertenece ni a ti, ni a mí, ni al cazador de patos, ni a ninguno de los seres vivos que aún puedan existir en lo profundo de la tierra”. “¿Qué quieres decir, tío?”, pregunté, ahora sumido en un montón de conjeturas. “Mírala bien”, continuó él; “estos bordes dentados no fueron causados por la resistencia de la sangre y los huesos humanos. La hoja está cubierta por una capa regular de óxido de hierro; ese óxido no tiene ni un día, ni un año, ni un siglo de antigüedad, sino mucho más…”. El profesor comenzó a emocionarse, como de costumbre, y se dejó llevar por su imaginación fértil. Podría haber dicho algo, pero él me detuvo. “Harry”, exclamó, “ahora estamos al borde de un gran descubrimiento. Esta daga que has encontrado de forma tan maravillosa, después de haber sido abandonada en la arena durante más de cien, doscientos, incluso trescientos años…”

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“Durante cien años, estas rocas han estado marcadas por alguien que intentó grabar una inscripción en ellas”.
“Pero este puñal nunca llegó aquí por sí solo”, exclamé. “No podía haberse retorcido por sí mismo. Por lo tanto, alguien debe haber llegado antes que nosotros a las orillas de este mar extraordinario”.
“Sí, un hombre”.
“Pero, ¿qué hombre sería lo suficientemente desesperado como para hacer algo así?”.
“Un hombre que escribió su nombre en algún lugar con este mismo puñal; un hombre que intentó una vez más indicar el camino correcto hacia el interior de la tierra. Echemos un vistazo a nuestro alrededor, muchacho. No sabes cuán importante es tu descubrimiento tan singular y afortunado”.
Muy interesados, caminamos a lo largo de la pared rocosa, examinando las grietas más pequeñas, que podrían convertirse finalmente en aquellos desfiladeros o túneles tan anhelados.
Finalmente llegamos a un lugar donde la orilla se volvía extremadamente estrecha. El mar casi bañaba la base de las rocas, que allí eran muy altas y empinadas. En ningún punto había un sendero más ancho que dos yardas. Finalmente, debajo de una enorme roca colgante, descubrimos la entrada de un túnel oscuro y sombrío.
Allí, sobre una placa cuadrada de granito, que había sido pulida al frotarla con otra piedra, pudimos ver dos letras misteriosas y muy desgastadas: las iniciales del valiente y extraordinario viajero que nos había precedido en nuestro viaje de aventuras.

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“¡A. S.!”, gritó mi tío. “Ves, tenía razón. Arne Saknussemm, siempre Arne Saknussemm”.

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CAPÍTULO 38
NINGÚN SALIDA: EXPLODIR LA ROCA

Desde el inicio de nuestro maravilloso viaje, había experimentado muchas sorpresas y sufrido muchas ilusiones. Pensaba que estaba acostumbrado a todo tipo de sorpresas y que ya no podía ver ni oír nada que pudiera asombrarme de nuevo. Era como aquellos que, después de haber dado la vuelta al mundo, se vuelven completamente insensibles a lo maravilloso. Sin embargo, cuando vi esas dos letras, grabadas trescientos años antes, me quedé paralizado por la sorpresa. No solo estaba allí la firma del erudito y emprendedor alquimista, escrita en la roca, sino que también tenía en mis manos el mismo instrumento con el cual él las había grabado con tanto esfuerzo. Era imposible, sin mostrar una incredulidad poco propia de una persona sensata, negar la existencia de ese viajero y la realidad de ese viaje que yo siempre había creído que era un mito, una broma de alguna mente ingeniosa. Mientras estas reflexiones pasaban por mi mente, mi tío, el profesor, se dejó llevar por una excitación febril y poética. “¡Genio maravilloso y glorioso, gran Saknussemm!”, exclamó. “No dejaste piedra sin remover, ni recurso sin utilizar, para mostrar a los demás mortales el camino hacia el interior de nuestro poderoso planeta. Tus semejantes pueden seguir las huellas que dejaste hace trescientos años, en lo profundo de estas oscuras moradas subterráneas. Te aseguraste de que otros pudieran contemplar estas maravillas de la creación. Tu nombre, grabado en cada etapa importante de tu glorioso viaje, guía al viajero lleno de esperanza directamente hacia ese gran descubrimiento al que dedicaste tanta energía y valentía”. El audaz viajero…

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Quienes sigan tus pasos hasta el final, sin duda encontrarán tus iniciales grabadas de tu propia mano en el centro de la Tierra. Yo seré ese viajero audaz; yo también dejaré mi nombre en ese mismo lugar, sobre la piedra de granito central de esta maravillosa obra del Creador. Pero, en justicia a tu devoción, a tu valentía y a hecho de que fuiste el primero en señalar el camino, que este cabo, que tú ves en las costas de este mar que descubriste, sea llamado, para siempre, Cabo Saknussemm.

Esto es lo que escuché, y comencé a sentir un entusiasmo enorme, tal como lo indicaban esas palabras. Una intensa emoción me invadió; olvidé todo. Los peligros del viaje y los riesgos del regreso ya no significaban nada.

Sentí que lo que otro hombre había hecho en tiempos pasados podía hacerse de nuevo; estaba decidido a hacerlo yo mismo, y ahora nada de lo que aquel hombre hubiera logrado me parecía imposible.

“¡Adelante, adelante!”, grité, lleno de un entusiasmo genuino y sincero. Ya me había puesto en marcha hacia esa galería sombría y tétrica cuando el profesor me detuvo. Él, ese hombre tan imprudente y precipitado, él, que se emocionaba con facilidad, me pidió que tuviera paciencia y mostrara más calma.

“Volvamos con nuestro buen amigo Hans”, dijo; “luego llevaremos la balsa hasta este lugar”.

Debo decir que, aunque cedí de inmediato a la petición de mi tío, no fue sin cierta insatisfacción. Me apresuré por las rocas de esa maravillosa costa.

“¿Sabes, querido tío?”, dije mientras caminábamos, “que hemos sido extraordinariamente ayudados por una serie de circunstancias, hasta este mismo momento”.

“Entonces, ¿comienzas a darte cuenta, verdad, Harry?”, dijo el profesor sonriendo.

“Sin duda”, respondí. “Y, curiosamente, incluso la tormenta ha sido el medio que nos ha llevado por el camino correcto. ¡Bendita sea la tormenta! Nos ha traído de vuelta sano y salvo al lugar desde donde, con buen tiempo,…”

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Nos habría llevado para siempre. Suponiendo que hubiéramos logrado llegar a las costas meridionales y lejanas de este mar extraordinario, ¿qué habría sido de nosotros? El nombre de Saknussemm nunca habría aparecido ante nosotros, y en ese momento habríamos quedado varados en una costa inhóspita, probablemente sin salida alguna.

“Sí, Harry, muchacho mío, ciertamente hay algo providencial en ese vagar a merced del viento y las olas hacia el sur: hemos regresado exactamente al norte; y lo que es aún mejor, hemos dado con este gran descubrimiento del cabo Saknussemm. Quiero decir que es más que sorprendente; hay algo en ello que está muy por encima de mi comprensión. La coincidencia es inaudita, maravillosa”.

“¡Qué importa! No es nuestro deber explicar los hechos, sino hacer el mejor uso posible de ellos”.

“Sin duda, muchacho mío; pero si me lo permites…”, dijo el profesor, realmente encantado.

“Disculpe, señor, pero veo perfectamente cómo será: tomaremos la ruta del norte; pasaremos por las regiones del norte de Europa, por Suecia, por Rusia, por Siberia, y quién sabe dónde más… en lugar de enterrarnos bajo las llanuras y desiertos ardientes de África, o bajo las poderosas olas del océano. Y eso es todo, en esta etapa de nuestro viaje, lo que quiero saber. Avancemos, y el Cielo será nuestro guía”.

“Sí, Harry, tienes razón, completamente razón; todo está para bien. Abandonemos este mar horizontal, que jamás podría llevarnos a nada satisfactorio. Descenderemos, y seguirá descendiendo indefinidamente. ¿Sabes, querido muchacho, que para llegar al interior de la Tierra solo tenemos que recorrer cinco mil millas?”

“¡Bah!”, exclamé, llevado por un arrebato de entusiasmo, “la distancia apenas merece ser mencionada. Lo importante es ponerse en marcha”.

Mis discursos salvajes, locos e incoherentes continuaron hasta que volvimos a reunirnos con nuestro guía paciente y tranquilo. Todo estaba listo para partir de inmediato. No había ni un solo paquete que no estuviera en su lugar adecuado. Todos ocupamos nuestros puestos en la balsa, se izó la vela, y Hans…

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Recibió sus instrucciones y guió la frágil balsa hacia el cabo Saknussemm, como definitivamente lo habíamos bautizado. El viento era muy desfavorable para una embarcación que no podía navegar de cara al viento; estaba diseñada para ir contra él. Nos vimos constantemente obligados a empujarla hacia adelante con varas. En varias ocasiones, las rocas se extendían hasta aguas profundas, y nos viamos forzados a dar un largo rodeo. Por fin, después de tres largas y agotadoras horas de navegación, es decir, alrededor de las seis de la tarde, encontramos un lugar donde podíamos desembarcar.
Yo salté primero a tierra. En mi estado actual de excitación y entusiasmo, siempre era el primero. Mi tío y el islandés me siguieron. El viaje desde el puerto hasta ese punto del mar en modo alguno me calmó; más bien tuvo el efecto contrario. Incluso propuse quemar nuestra embarcación, es decir, destruir nuestra balsa, para cortar por completo cualquier posibilidad de retirada. Pero mi tío se opuso rotundamente a ese proyecto descabellado. Empecé a pensar que era especialmente tibio e indiferente.
“De todos modos, querido tío”, dije, “empecemos sin demora”.
“Sí, muchacho, estoy tan ansioso como tú por hacerlo. Pero, primero, examinemos esta misteriosa galería, para ver si necesitaremos preparar o reparar nuestras escaleras”.
Mi tío comenzó entonces a ocuparse de la eficacia de nuestra bobina Ruhmkorff, que sin duda pronto sería necesaria; la balsa, firmemente atada a una roca, quedó abandonada. Además, la entrada a la nueva galería no estaba a veinte pasos de distancia del lugar donde estábamos. Nuestro pequeño grupo, conmigo al frente, avanzó.
La abertura, casi circular, tenía un diámetro de unos cinco pies; el oscuro túnel estaba tallado en la roca viva y recubierto por dentro con los diferentes materiales que alguna vez habían pasado por allí en estado fundido. La parte inferior estaba más o menos a la altura del agua, por lo que pudimos penetrar en su interior sin dificultad.
Seguimos una dirección casi horizontal; cuando, después de unos doce pasos, nuestro avance se vio obstaculizado por la presencia de un enorme bloque de roca de granito.

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“¡Piedra maldita!”, grité furiosamente al darme cuenta de que estábamos detenidos por lo que parecía ser un obstáculo insuperable. En vano miramos hacia la derecha, en vano miramos hacia la izquierda; en vano examinamos el lugar por arriba y por abajo. No había ningún paso, ninguna señal de otro túnel. Experimenté la más amarga y dolorosa decepción. Estaba tan enfurecido que no quería admitir la realidad de ningún obstáculo. Me arrodillé; miré debajo de la masa de piedra. Ningún agujero, ningún espacio entre las rocas. Luego miré hacia arriba: ¡la misma barrera de granito! Hans, con la linterna, examinó los lados del túnel en todas direcciones. Pero todo fue en vano. Era necesario renunciar a toda esperanza de poder pasar. Me senté en el suelo. Mi tío caminaba furioso e impotente de un lado a otro. Evidentemente estaba desesperado. “Pero”, grité después de pensar unos momentos, “¿y qué hay de Arne Saknussemm?”. “Tienes razón”, respondió mi tío, “él nunca pudo haber sido detenido por un trozo de roca”. “¡No, diez mil veces no!”, grité con gran vehemencia. “Este enorme bloque de roca, debido a alguna conmoción o proceso extraño, uno de esos fenómenos magnéticos que tantas veces han sacudido la corteza terrestre, ha cerrado de alguna manera inesperada el paso. Han pasado muchos años desde el regreso de Saknussemm y desde la caída de este enorme bloque de granito. ¿No es evidente que esta galería era anteriormente la salida para la lava acumulada en el interior de la Tierra, y que esos materiales eruptivos circulaban libremente entonces? Miren estas fisuras recientes en el techo de granito; está formado evidentemente por enormes pedazos de roca, colocados aquí como si fuera obra de un gigante que intentó crear un arco fuerte y sólido. Un día, tras una conmoción excepcionalmente fuerte, la enorme roca que se interpone en nuestro camino, y que sin duda era la clave de algún tipo de arco, cayó hasta quedar al nivel del suelo, bloqueando así nuestro avance. Por lo tanto, tenemos razón al pensar que se trata de un obstáculo inesperado, con el cual Saknussemm no se encontró; y si no lo movemos de alguna manera, no somos dignos de seguir los pasos del gran descubridor, ni capaces de encontrar el camino hacia el centro de la Tierra”.

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De esta manera salvaje me dirigí a mi tío. El celo del profesor, su sincero deseo de éxito, se había convertido en parte integral de mi ser. Olvidé por completo el pasado; despreciaba totalmente el futuro. No existía nada para mí en la superficie de este esferoide en cuyo seno me encontraba atrapado: ni ciudades, ni países, ni Hamburgo, ni Königstrasse, ni siquiera mi pobre Gretchen, quien para entonces seguramente creería que estaba completamente perdido en las profundidades de la tierra.

“Bueno”, exclamó mi tío, entusiasmado por mis palabras, “¡Vayamos a trabajar con picos, con palancas, con cualquier cosa que tengamos a mano… pero hay que derribar esas terribles paredes!”
“Es demasiado resistente y grande como para ser destruido con un pico o una palanca”, respondí.
“¿Entonces qué?”
“Como dije, es inútil intentar superar tal dificultad con herramientas comunes.”
“¿Y entonces?”
“¿Qué más, si no pólvora, una mina subterránea? ¡Debemos hacer explotar ese obstáculo que se interpone en nuestro camino!”
“¡Pólvora!”
“Sí; lo único que tenemos que hacer es eliminar este insignificante obstáculo.”
“¡A trabajar, Hans, a trabajar!”, gritó el profesor.
El islandés regresó al bote y pronto volvió con una enorme palanca, con la cual comenzó a cavar un hoyo en la roca, que serviría como mina. No era en absoluto una tarea sencilla. Para lograr nuestro objetivo era necesario crear una cavidad lo suficientemente grande como para contener cincuenta libras de algodón explosivo, cuya fuerza expansiva es cuatro veces mayor que la de la pólvora común.
Ahora yo también me encontraba en un estado de excitación casi milagroso. Mientras Hans trabajaba, ayudé activamente a mi tío a preparar todo lo necesario.

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Mecha, hecha de pólvora húmeda, cuya masa finalmente encerramos en una bolsa de lino.
“¡Debemos pasar por ahí!”, grité con entusiasmo.
“¡Debemos pasar por ahí!”, respondió el profesor, dándome unas palmaditas en la espalda.
A medianoche, nuestro trabajo como mineros había terminado por completo; la carga de algodón fulminante fue introducida en el hueco, y la cerilla, que habíamos hecho bastante larga, estaba lista.
Ahora, una chispa era suficiente para encender ese poderoso mecanismo y hacer estallar las rocas en átomos.
“Ahora descansaremos hasta mañana”.
Era absolutamente necesario resignarme a mi destino y aceptar esperar la explosión durante seis horas agotadoras.

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CAPÍTULO 39
LA EXPLOSIÓN Y SUS CONSECUENCIAS

Al día siguiente, que era el veintisiete de agosto, se celebraba una fecha importante en nuestro maravilloso viaje subterráneo. Incluso ahora, al recordarlo, siento un escalofrío de horror. Mi corazón late desbocadamente solo con el recuerdo de aquel día terrible.
A partir de ese momento, nuestra razón, nuestro juicio, nuestra ingeniosidad humana ya no tendrían ninguna influencia en el curso de los acontecimientos. ¡Estábamos a punto de convertirnos en juguetes de los grandes fenómenos de la Tierra!
A las seis de la mañana ya estábamos todos listos. Se acercaba el momento temido: el instante en que íbamos a intentar abrir un paso hacia el interior de la Tierra mediante pólvora. ¿Cuáles serían las consecuencias de romper la corteza terrestre?
Rogué que fuera mi deber encender la mecha. Lo consideraba un honor. Una vez cumplida esa tarea, podría reunirme con mis amigos en la balsa, que aún no había sido descargada. Tan pronto como estuviéramos todos listos, zarparíamos a cierta distancia para evitar las consecuencias de la explosión; sus efectos seguramente no se limitarían al interior de la Tierra.
La mecha tardaría unos diez minutos, más o menos, en llegar hasta la cámara donde se encontraba la gran cantidad de pólvora. Por lo tanto, tendría tiempo suficiente para llegar a la balsa y alejarme a una distancia segura.
Me preparé para llevar a cabo la tarea que me había asignado… aunque, hay que confesarlo, no sin cierta emoción.
Después de una comida abundante, mi tío y el guía cazador subieron a la balsa, mientras yo me quedé solo en la playa desolada.

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Me dieron una linterna para que pudiera prender fuego al mecha de la máquina infernal.
“Vete, muchacho”, dijo mi tío, “que el Cielo esté contigo. Pero vuelve lo antes posible. Estaré muy impaciente”.
“No te preocupes por eso”, respondí, “no hay riesgo de que tarde en llegar”.
Dicho esto, avancé hacia la entrada de la oscura galería. Mi corazón latía desbocadamente. Abrí la linterna y agarré el extremo del mecha.
El profesor, que observaba la escena, sostenía su cronómetro en la mano.
“¿Estás listo?”, gritó.
“Completamente listo”.
“Bueno, entonces, ¡prende fuego!”.
Me apresuré a acercar la luz al mecha; este comenzó a crujir y a chispear, siseando y escupiendo como una serpiente. Luego, corriendo tan rápido como pude, regresé a la orilla.
“Sube al bote, muchacho, y tú, Hans, ¡empuja para alejarnos!”, gritó mi tío.
Con un fuerte empuje, Hans nos hizo avanzar sobre el agua. La balsa estaba a unos veinte brazas de distancia.
Fue un momento de gran tensión y ansiedad. Mi tío y el profesor no apartaban los ojos del cronómetro.
“Solo cinco minutos más”, dijo en voz baja, “solo cuatro, solo tres”.
Mi pulso latía a cien por minuto. Podía oír cómo latía mi corazón.
“Solo dos, uno… ¡Ahora, montañas de granito, ¡desmoronaos bajo el poder del hombre!”
¿Qué pasó después? En cuanto al terrible estruendo de la explosión, creo que no lo escuché. Pero la forma de las rocas cambió por completo a mis ojos.

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Parecía que eran apartados como una cortina. Vi un abismo insondable, sin fondo, que se abría bajo las olas turbulentas. El mar, que de repente pareció enloquecer, se convirtió entonces en una enorme masa montañosa, sobre cuya cima la balsa se elevaba perpendicularmente. Todos fuimos arrojados al suelo. En menos de un segundo, la luz dio paso a la más profunda oscuridad. Luego sentí que todo soporte sólido desaparecía, no bajo mis pies, sino bajo la propia balsa. Pensé que estábamos cayendo directamente dentro de un pozo enorme. Intenté hablar, preguntarle a mi tío. No se podía oír nada salvo el rugido de las olas poderosas. Nos aferramos los unos a los otros en completo silencio.

A pesar de la terrible oscuridad, del ruido, de la sorpresa, de la emoción, comprendí perfectamente lo que había ocurrido. Más allá de la roca que había sido volada, existía un abismo inmenso. La explosión había causado una especie de terremoto en ese suelo, lleno de grietas y fisuras. El abismo, así abierto de repente, estaba a punto de tragar el mar interior, que, transformado en un torrente poderoso, nos arrastraba consigo.

Solo una idea ocupaba mi mente: ¡estábamos completamente perdidos! Una hora, dos horas… no puedo decir cuánto tiempo pasó de esa manera. Estábamos sentados muy juntos, codo con codo, rodilla con rodilla. Nos agarrábamos de las manos para no ser arrojados fuera de la balsa. Sufríamos los impactos más violentos cada vez que nuestra única dependencia, una frágil balsa de madera, chocaba contra las paredes rocosas del canal. Afortunadamente para nosotros, esos impactos se hicieron cada vez menos frecuentes, lo que me hizo pensar que el canal se iba ensanchando progresivamente. Ya no había duda de que habíamos dado con el camino que alguna vez había seguido Saknussemm; pero en lugar de descender de forma normal, por nuestra propia imprudencia habíamos arrastrado todo un mar con nosotros.

Estas ideas se presentaban en mi mente de manera muy vaga y oscura. Sentía más que razonaba. Unía mis pensamientos de forma confusa, mientras giraba como alguien que cae por una cascada. Por el aire que, por así decirlo, azotaba mi rostro, debíamos estar avanzando a una velocidad vertiginosa.

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Intentar encender una antorcha en esas circunstancias era simplemente imposible, y los últimos restos de nuestra máquina eléctrica, de nuestra bobina de Ruhmkorff, habían sido destruidos durante la terrible explosión. Por eso me sorprendió mucho ver finalmente una luz brillante cerca de mí. La expresión serena del guía parecía iluminarme. El astuto y paciente cazador había logrado encender la linterna; y aunque, debido al viento fuerte y constante, la llama parpadeaba y se tambaleaba, estando a punto de apagarse, sirvió en parte para disipar la espantosa oscuridad. La galería por la que habíamos entrado era muy amplia. Por lo tanto, tenía razón en esa parte de mi conjetura. La luz insuficiente no nos permitía ver ambas paredes al mismo tiempo. La pendiente del agua, que nos arrastraba, era mucho mayor que la de el río más rápido de América. Toda la superficie del torrente parecía estar compuesta por flechas líquidas, que se lanzaban hacia adelante con extrema violencia y fuerza. No puedo dar idea de la impresión que me causó. La balsa, a veces, quedaba atrapada en ciertos remolinos y avanzaba rápidamente, pero siempre daba vueltas sobre sí misma. Nunca podré entender cómo no volcaba. Cuando se acercaba a los lados de la galería, me aseguraba de dirigir la luz de la linterna hacia allí, y podía juzgar la rapidez del movimiento observando las masas rocosas que, en cuanto se veían, volvían a desaparecer. Nuestro avance era tan rápido que los puntos rocosos, situados a una distancia considerable entre sí, parecían fragmentos de líneas transversales que nos rodeaban como una especie de red, similar a la de los cables telegráficos. Creo que ahora íbamos a una velocidad de no menos de cien millas por hora. Mi tío y yo nos miramos con ojos salvajes y demacrados; nos aferrábamos convulsivamente al tronco del mástil, que, en el momento en que ocurrió la catástrofe, se había partido en dos. Giramos la espalda todo lo posible al viento, para no ahogarnos por una velocidad de movimiento a la que nada humano podría enfrentarse y sobrevivir. Y aún así, pasaban las largas horas monótonas. La situación no cambiaba en lo más mínimo, aunque un descubrimiento que hice de repente parecía…

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Complicarlo mucho más.
Cuando recuperamos algo nuestro equilibrio, procedí a examinar nuestra carga. Entonces hice el descubrimiento decepcionante de que la mayor parte de ella había desaparecido por completo.
Me alarmé y decidí averiguar cuáles eran nuestros recursos. Mi corazón latía con fuerza al pensar en ello, pero era absolutamente necesario saber en qué podíamos confiar. Con ese propósito, tomé la linterna y miré a mi alrededor.
De toda nuestra colección anterior de instrumentos náuticos y filosóficos, solo quedaban el cronómetro y la brújula. Las escaleras y las cuerdas se habían reducido a un pequeño trozo de cuerda atado al tronco del mástil. Ni pico, ni palanca, ni martillo… Y, lo peor de todo, ¡ninguna comida! ¡Ni siquiera suficiente para un día!
Ese descubrimiento fue un preludio a una muerte segura y horrible.
Sentado tristemente en la balsa, aferrándome mecánicamente al tronco del mástil, pensé en todo lo que había leído sobre los sufrimientos causados por el hambre. Recordé todo lo que la historia me había enseñado al respecto, y temblé al imaginar las agonías que tendríamos que soportar.
Enloquecido ante la perspectiva de soportar las miserias del hambre, me convencí de que debía estar equivocado. Examiné las grietas de la balsa; metí los dedos entre las juntas y vigas; revisé cada posible agujero y rincón. El resultado fue: ¡nada!
Nuestros suministros consistían únicamente en un pedazo de carne seca y algunos biscotes empapados y medio podridos.
Miré a mi alrededor, asustado y aterrorizado. No podía comprender esa terrible realidad. Pero, ¿qué importancia tenía eso frente a algún nuevo peligro? Incluso si hubiéramos tenido provisiones para meses, o incluso años, ¿cómo podríamos salir de ese abismo espantoso al que nos arrojaba la corriente irresistible que habíamos liberado?
¿Por qué preocuparnos por los sufrimientos y torturas causados por el hambre, cuando la muerte nos acechaba bajo tantas otras formas, más rápidas e incluso más horribles?

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Era muy dudoso, dadas las circunstancias en las que nos encontrábamos, que tuviéramos tiempo de morir de inanición. Pero el cuerpo humano está constituido de manera singular. No sé cómo ocurrió, pero, debido a alguna extraña alucinación de la mente, olvidé el peligro real, grave e inminente al que estábamos expuestos para pensar en las amenazas del futuro, que se presentaban ante nosotros con todo su terror desnudo. Además, al fin y al cabo, sugería la esperanza, quizá pudiéramos finalmente escapar de la furia de la corriente embravecida y volver a contemplar los destellos de la luna sobre la superficie de nuestra hermosa Tierra Madre. ¿Cómo hacerlo? No tenía ni la más remota idea. ¿Dónde podríamos salir? No importaba, lo intentaríamos de todos modos. Una oportunidad entre mil siempre es una oportunidad, mientras que la muerte por hambre no nos dejaba siquiera la más mínima esperanza. Solo dejaba en la imaginación un horror absoluto, sin la más leve posibilidad de escape. Tenía muchas ganas de revelarle todo a mi tío, de explicarle la situación extraordinaria y miserable en la que nos hallábamos, para que juntos pudiéramos calcular cuánto tiempo nos quedaba de vida. Me parecía que era lo único que se podía hacer. Pero tuve el valor de guardar silencio, de aguantar como aquel muchacho espartano. Quería dejarle toda su serenidad. En ese momento, la luz de la linterna se fue apagando poco a poco, hasta extinguirse por completo. La mecha se había quemado por completo. La oscuridad se volvió absoluta. Ya no era posible ver nada en medio de esa oscuridad impenetrable. Solo quedaba una antorcha, pero era imposible mantenerla encendida. Entonces, como un niño, cerré los ojos para no ver la oscuridad. Después de mucho tiempo, la velocidad de nuestro viaje aumentó. Podía sentirlo por la ráfaga de aire en mi rostro. La pendiente del agua era excesiva. Comencé a sentir que ya no bajábamos por una pendiente; estábamos cayendo. Sentía como en un sueño: cayendo, cayendo, cayendo.

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Sentí que las manos de mi tío y de Hans apretaban con fuerza mis brazos. De repente, después de un intervalo apenas perceptible, sentí algo similar a una descarga eléctrica. La balsa no había chocado contra un objeto sólido, pero su avance se detuvo de golpe. Una columna de agua cayó sobre nosotros. Sentí que me ahogaba. Estaba siendo inundado. Sin embargo, esa inundación repentina no duró mucho. En pocos segundos volví a poder respirar. Mi tío y Hans seguían sujetando mis brazos, y la balsa nos llevó a los tres lejos de allí.

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CAPÍTULO 40
LOS GIANTES MONOS

Me resulta difícil determinar qué hora era en realidad, pero supongo, tras hacer cálculos, que debían ser las diez de la noche. Yacía en un estado de estupor, entre sueños, durante el cual vi visiones de carácter asombroso. Monstruos del abismo se encontraban junto al poderoso pastor elefanteiforme. Peces y animales gigantescos parecían formar extrañas combinaciones.

La balsa dio una vuelta repentina, giró sobre sí misma y entró en otro túnel; esta vez iluminado de una manera muy singular. El techo estaba formado por estalactitas porosas, a través de las cuales parecía pasar un vapor iluminado por la luna, proyectando su brillante luz sobre nuestras figuras demacradas y agotadas. La luz aumentaba a medida que avanzábamos, mientras el techo se elevaba; hasta que, finalmente, nos encontramos de nuevo en una especie de caverna submarina, cuyo alto domo desaparecía en una nube luminosa.

Una caverna áspera y de pequeñas dimensiones parecía ofrecer un lugar donde descansar a nuestros cuerpos cansados.

Mi tío y el guía se movían como hombres en sueños. Temía despertarlos, sabiendo el peligro que suponía un inicio tan repentino. Me senté a su lado para observar.

Mientras lo hacía, me di cuenta de algo que se movía a lo lejos, algo que de inmediato capturó mi atención. Al parecer, flotaba sobre la superficie del agua, avanzando gracias a lo que al principio parecían remos. Miré con ojos fijos. Con solo una mirada supe que se trataba de algo monstruoso.

Pero, ¿qué?

Era el gran “tiburón-cocodrilo” mencionado por los primeros escritores especializados en geología. Tenía aproximadamente el tamaño de una ballena común, mandíbulas horribles y dos ojos gigantescos…

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Avanzaba. Sus ojos estaban fijos en mí con una severidad terrible. Algún aviso indefinido me dijo que me había marcado como suyo. Intenté levantarme para huir, a donde fuera, pero mis rodillas temblaban bajo mi cuerpo; mis extremidades temblaban violentamente; casi perdí el sentido. Y aún así, el poderoso monstruo seguía avanzando. Mi tío y el guía no hicieron ningún esfuerzo por salvarse. Con un ruido extraño, como ninguno otro que hubiera escuchado jamás, la bestia se acercó. Sus mandíbulas estaban separadas por al menos siete pies, y su boca hinchada parecía lo suficientemente grande como para tragar a un bote lleno de hombres. Estábamos a unos diez pies de distancia cuando descubrí que, aunque su cuerpo se parecía al de un cocodrilo, su boca era completamente la de un tiburón. Su doble naturaleza quedó ahora evidente: para atraparnos de un bocado, era necesario que se diera la vuelta, lo cual hacía que sus patas se agitaran impotentes en el aire. ¡Incluso reí en medio de las fauces de la muerte! Pero al minuto siguiente, con un grito salvaje, corrí hacia el interior de la cueva, dejando a mis desdichados compañeros a su suerte. Esa cueva era profunda y sombría. Después de unos cien metros, me detuve y miré a mi alrededor. Todo el suelo, compuesto de arena y malaquita, estaba cubierto de huesos: huesos recién roídos de reptiles y peces, además de huesos de mamíferos. Mi alma se enfermó mientras mi cuerpo temblaba de horror. Realmente, según el viejo refrán, había pasado de la sartén al fuego. Alguna bestia aún más grande y feroz que el tiburón-cocodrilo habitaba ese lugar. ¿Qué podía hacer? La entrada de la cueva estaba vigilada por un monstruo feroz, y el interior estaba habitado por algo demasiado horrible como para contemplarlo. ¡La huida era imposible! Solo me quedaba una opción: encontrar algún lugar pequeño donde esconderme, donde los temibles habitantes de la cueva no pudieran llegar. Miré desesperadamente a mi alrededor y finalmente descubrí una grieta en la roca; corrí hacia allí con la esperanza de recuperar el sentido.

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Agachado, esperé temblando, como si tuviera un ataque de fiebre. Ningún hombre es valiente ante un terremoto, una caldera que estalla o un torpedo que explota. No se podía esperar que yo sintiera mucho coraje frente al terrible destino que parecía esperarme.
Pasó una hora. Todo el tiempo escuchaba un extraño estruendo fuera de la cueva. ¿Cuál sería el destino de mis desdichados compañeros? Era imposible para mí detenerme a preguntar. Solo podía pensar en mi propia miserable existencia.
De repente, llegaron a mis oídos gemidos, como los de cincuenta osos en combate: silbidos, escupitajos, lamentos… algo realmente horrible de escuchar. Y entonces lo vi… Jamás, aunque pasaran siglos, olvidaré esa aparición espantosa.
Eran los Gigantes Simios.
Medían catorce pies de altura, estaban cubiertos de pelo áspero, de color marrón oscuro. El vello de sus brazos, desde los hombros hasta las articulaciones de los codos, apuntaba hacia abajo, mientras que el vello desde las muñecas hasta los codos apuntaba hacia arriba. Sus brazos eran tan largos como su cuerpo, y sus piernas eran enormes. Tenían dientes gruesos, largos y afilados, como si fueran sierras de mamut.
Se golpeaba el pecho mientras avanzaba, oliendo y husmeando; eso me recordó las historias que leíamos en nuestra infancia sobre gigantes que devoraban la carne de hombres y niños pequeños.
De repente se detuvo. Mi corazón latía desbocado, porque me di cuenta de que, de alguna manera, ese monstruo aterrador me había olido y estaba mirando a su alrededor con sus ojos horribles, tratando de descubrir dónde me encontraba.
Mi conocimiento, que por lo general es una bendición, pero que en esta ocasión pareció convertirse momentáneamente en una maldición, me reveló la verdad. Eran los Gigantes Simios, los gorilas antediluvianos.
Sí. Ese monstruo espantoso, confinado por la buena suerte en las profundidades de la tierra, era el ancestro de esos monstruos horribles de África.
Miraba frenéticamente a su alrededor, buscando algo… sin duda a mí. Me consideré perdido. No parecía quedar ninguna esperanza de seguridad o escape.

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En ese momento, justo cuando parecía que mis ojos se cerraban por la muerte, se oyó un ruido extraño desde la entrada de la cueva; al volverse, el gorila reconoció evidentemente a algún enemigo más digno de su enorme tamaño y fuerza. Era el enorme tiburón-cocodrilo, que quizás, después de haberse deshecho de mis amigos, venía en busca de más presas. El gorila adoptó una postura defensiva, agarró un hueso de unos siete u ocho pies de largo, una verdadera porra, y lanzó un golpe mortal contra esa bestia espantosa, la cual se irguió y cayó con todo su peso sobre su adversario. Seguidamente se desató una lucha terrible, cuyos detalles es imposible describir. La pelea fue horrible y feroz; sin embargo, yo no esperé a ver cuál era el resultado. Al considerarme objeto de la contienda, decidí alejarme de la presencia del vencedor. Me deslicé desde mi escondite, llegué al suelo y, deslizándome por la pared, intenté llegar hasta la abertura de la cueva. Pero aún no había dado muchos pasos cuando el estruendo aterrador cesó, seguido de murmullos y gemidos que parecían indicar la victoria. Miré hacia atrás y vi al enorme simio, cubierto de sangre, persiguiéndome con ojos brillantes y fosas nasales dilatadas de las cuales salían dos columnas de vapor caliente. Podía sentir su aliento caliente y fétido en mi cuello; y con un salto horroroso, desperté de ese sueño pesadillesco. Sí, todo había sido un sueño. Todavía estaba en la balsa, con mi tío y el guía. El alivio no fue inmediato, ya que, bajo la influencia de esa pesadilla espantosa, mis sentidos estaban entumecidos. Sin embargo, después de un rato, mis sentimientos se calmaron. La primera percepción que regresó con toda su fuerza fue la audición. Escuché con oídos agudos y atentos. Todo estaba en silencio absoluto. Al rugido del agua, que había llenado la galería de terribles ecos, le siguió una paz total. Después de un rato, mi tío habló, en un tono bajo y apenas audible: “Harry, muchacho, ¿dónde estás?”

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“Estoy aquí”, fue mi débil respuesta.
“Bueno, ¿no ves lo que ha pasado? Estamos subiendo”.
“Querido tío, ¿qué quieres decir?”, fue mi respuesta, medio delirante.
“Sí, te digo que estamos ascendiendo rápidamente. Nuestro descenso está completamente detenido”.
Extendí la mano y, tras algo de dificultad, logré tocar la pared. Mi mano quedó al instante cubierta de sangre; la piel se había desgarrado de la carne. Subíamos con una rapidez extraordinaria.
“La antorcha… ¡la antorcha!”, gritó el profesor, desesperadamente; “debe encenderse”.
Hans, el guía, después de muchos intentos infructuosos, finalmente logró encenderla. La llama, ahora sin nada que impidiera su combustión, proyectaba una luz bastante clara. Pudimos hacernos una idea aproximada de la situación.
“Es exactamente como pensaba”, dijo mi tío, después de un momento de silencio. “Estamos en un pozo estrecho, de unos cuatro brazas cuadradas. Las aguas del gran mar interior, habiendo llegado al fondo del golfo, ahora se abren paso hacia arriba por este enorme conducto. Como consecuencia natural, somos arrastrados hacia la cima de esas aguas”.
“Eso lo veo”, fue mi respuesta sombría; “pero, ¿dónde terminará este conducto? ¿A qué caída estaremos expuestos?”
“De eso no sé nada, igual que tú. Lo único que sé es que debemos estar preparados para lo peor. Subimos a una velocidad terriblemente rápida. Por lo que puedo juzgar, ascendemos a una velocidad de dos brazas por segundo, es decir, ciento veinte brazas por minuto, o más bien, más de tres leguas y media por hora. A esta velocidad, nuestro destino será pronto algo inevitable”.
“Sin duda alguna”, respondí. “Pero lo que realmente me preocupa ahora es saber si este conducto tiene alguna salida. Puede terminar en un techo de granito; en ese caso, moriremos asfixiados por el aire comprimido, o seremos aplastados contra esa superficie. Ya siento que el aire se está volviendo denso y compacto. Tengo dificultades para respirar”.

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Podría ser algo extraño, o quizá el efecto de nuestro rápido movimiento, pero ciertamente sentí una gran opresión en el pecho.
“Henry”, dijo el profesor, “creo firmemente que la situación es, hasta cierto punto, desesperada. Sin embargo, todavía existen muchas posibilidades de salvarnos al final, y yo mismo he estado reflexionando sobre ellas mientras dormías profundamente pero inquietamente. He llegado a esta conclusión lógica: aunque podamos perecer en cualquier momento, también podemos ser salvados en cualquier momento. Por lo tanto, debemos prepararnos para lo que sea que pueda suceder en este gran capítulo de accidentes”.
“Pero, ¿qué quiere que hagamos?”, exclamé. “¿Acaso no estamos completamente indefensos?”
“No. Mientras haya vida, hay esperanza. En todo caso, hay una cosa que podemos hacer: comer, y así ganar fuerzas para enfrentar la victoria o la muerte”.
Mientras hablaba, miré a mi tío con una expresión angustiada. Había pospuesto esa comunicación fatal tanto como había podido. Ahora era inevitable decírselo; tenía que contarle la verdad.
Aun así, dudé.
“Come”, dije, en un tono apaciguador, como si no hubiera prisa.
“Sí, y ahora mismo. Me siento como un prisionero hambriento”, dijo él, frotándose las manos amarillas y temblorosas.
Luego, dirigiéndose al guía, dijo algunas palabras alentadoras, según pude deducir por su tono, en danés. Hans negó con la cabeza de manera muy significativa. Traté de parecer indiferente.
“¡Qué!”, exclamó el profesor. “¿Quieres decir que hemos perdido todas nuestras provisiones?”
“Sí”, fue mi respuesta en voz baja, mientras le mostraba algo en mi mano. “Este pedazo de carne seca es todo lo que nos queda a los tres”.
Mi tío me miró como si no pudiera comprender del todo el significado de mis palabras. El golpe pareció dejarlo atónito por su gravedad. Le permití reflexionar unos momentos.

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“Bueno”, dije, después de una breve pausa, “¿qué piensas ahora? ¿Hay alguna posibilidad de que podamos escapar de estos terribles peligros subterráneos? ¿No estamos condenados a perecer en las grandes cavidades del centro de la tierra?” Pero mis preguntas no obtuvieron respuesta. Mi tío o bien no me oyó, o fingió no hacerlo. Así pasó toda una hora. Ninguno de los dos quería hablar. En cuanto a mí, comencé a sentir un hambre terrible y devoradora. Mis compañeros, sin duda, sufrían las mismas penurias, pero ninguno de ellos quiso tocar ese miserable pedazo de carne que quedaba. Allí yacía, el último resto de todos nuestros preparativos para ese viaje loco e insensato. Miré hacia atrás, con asombro, ante mi propia estupidez. Era plenamente consciente de que, a pesar de su entusiasmo y de ese odioso pergamino de Saknussemm, mi tío nunca debería haber emprendido ese viaje peligroso. ¡Qué recuerdos del pasado feliz, qué predicciones sobre un futuro horrible llenaban ahora mi mente!

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CAPÍTULO 41
HAMBRE

El hambre, prolongada, es una locura temporal. El cerebro sigue funcionando sin los nutrientes necesarios, y las ideas más fantásticas llenan la mente. Hasta entonces nunca había sabido qué significaba realmente el hambre. Probablemente ahora lo comprendía. Y, sin embargo, pasaron tres meses antes de que pudiera contar mi terrible historia de inanición, como yo la consideraba. De niño solía hacer frecuentes excursiones por los alrededores de la casa del profesor.

Mi tío siempre actuaba con método; creía que, además del día de descanso y culto, debía haber un día de ocio. Por eso, siempre tenía libertad para hacer lo que quisiera los miércoles. Como quería combinar lo útil con lo agradable, mi pasatiempo favorito era observar los nidos de aves. Tenía una de las mejores colecciones de huevos de toda la ciudad; estaban clasificados y guardados en vitrinas.

Había un bosque al que podía llegar a las once de la mañana si me levantaba temprano y tomaba el tren barato. Allí podía dedicarme a la botánica o a la geología a mi antojo. Mi tío siempre estaba contento con especímenes para su herbario y piedras para examinar. Cuando llenaba mi billetera, proseguía en busca de nidos.

Un día, después de unas dos horas de arduo trabajo, me senté junto a un arroyo para comer mi humilde pero abundante almuerzo. ¡Cuánto me hacían agua la boca los recuerdos de las salchichas condimentadas, el pan de trigo y la cerveza! Habría dado cualquier posibilidad de riqueza mundana por una comida así. Pero volvamos a mi historia.

Mientras estaba allí, sentado tranquilamente, levanté la vista hacia las ruinas de un antiguo castillo, no muy lejos. Eran los restos de una vivienda histórica, cubierta de hiedra y ahora en ruinas.

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Mientras miraba, vi dos águilas que volaban en círculos sobre la cima de una torre elevada. Pronto me convencí de que había un nido allí. En toda mi colección faltaban huevos del águila nativa y del búho grande. Ya había tomado una decisión: llegaría a la cima de esa torre, o moriría en el intento. Me acerqué más y examiné las ruinas. La antigua escalera se había derrumbado años atrás; sin embargo, las paredes exteriores estaban intactas. No había posibilidad de subir por allí, a menos que recurriera únicamente a la hiedra como punto de apoyo. Pero eso resultó inútil, como pronto descubrí.

Quedaba aún la chimenea, que seguía llegando hasta la cima y que antiguamente servía para llevarse el humo de cada piso de la torre. Decidí arriesgarme a subir por ella. Era estrecha y áspera, pero eso hacía que fuera más fácil de escalar. Me quité el abrigo y me introduje en la chimenea. Al mirar hacia arriba, vi una pequeña abertura luminosa que indicaba la cima de la chimenea.

Subí, usando las manos y las rodillas durante un rato, a la manera de un limpiador de chimeneas. Era un trabajo lento, pero, gracias a las salientes que había, la tarea era relativamente sencilla. De esta forma llegué a la mitad del camino. La chimenea se volvió entonces más estrecha. El espacio era reducido, y al final quedé atascado. No podía ascender más.

No había duda al respecto; no me quedaba más remedio que bajar y renunciar a mi preciada presa, desesperado. Me rendí ante el destino e intenté descender. Pero no podía moverme. Algún obstáculo invisible y misterioso se interpuso y me detuvo. En un instante, comprendí plenamente la gravedad de mi situación.

No podía moverme en ninguna dirección y estaba condenado a una muerte terrible y espantosa: la muerte por inanición. Sin embargo, en la mente de un niño hay una cantidad extraordinaria de flexibilidad y esperanza, así que comencé a pensar en todo tipo de planes para escapar de mi sombrío destino.

En primer lugar, por el momento no necesitaba comida, ya que había tenido una comida excelente; por lo tanto, tenía tiempo para reflexionar. Mi primer pensamiento fue intentar mover el mortero con la mano. Si hubiera tenido un cuchillo, quizá podría haber hecho algo, pero ese útil instrumento lo había dejado en el bolsillo de mi abrigo.

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Pronto descubrí que todos esos esfuerzos eran en vano e inútiles, y que lo único que podía esperar hacer era intentar deslizarme hacia abajo. Pero aunque forcejeaba y luchaba por girar, todo era en vano: no podía moverme ni un centímetro, ni en una dirección ni en otra. El tiempo pasaba rápidamente. El hecho de haberme levantado temprano probablemente contribuyó a que me sintiera somnoliento, y poco a poco esa sensación de sueño se hizo más intensa. Me dormí y desperté en la oscuridad, muerto de hambre. Ya había caído la noche, y aún no podía moverme. Estaba atado firmemente y no lograba cambiar de posición ni un ápice. Grité con fuerza. Nunca, desde los días de mi feliz infancia, cuando ya era difícil esperar entre comidas sin comer algo, había experimentado tal hambre. La sensación era tanto nueva como dolorosa. Comencé a perder la cabeza y a gritar y llorar de agonía. Algo apareció, asustado por mis gritos. Era una lagartija inofensiva, pero para mí parecía un reptil repugnante. De nuevo hice resonar las ruinas con mis gritos, hasta que finalmente me agoté tanto que me desmayé. No sé cuánto tiempo estuve en ese estado de semiinconsciencia o sueño, pero cuando recuperé la conciencia ya era de día. Era difícil describir cuán mal me sentía, cuán fuerte seguía siendo el hambre. Estaba demasiado débil para gritar, demasiado débil incluso para forcejear. De repente, fui sobresaltado por un rugido. “¿Estás ahí, Henry?”, dijo la voz de mi tío; “¿estás ahí, muchacho?” Solo pude responder débilmente, pero también hice un esfuerzo desesperado por girar. Algunos ladrillos cayeron. Gracias a eso fui descubierto. Durante la búsqueda, fue fácil ver que ladrillos y pequeños trozos de piedra habían caído recientemente desde arriba. De ahí el grito de mi tío. “Cálmate”, dijo, “si derribamos toda la ruina, serás salvado”. Eran palabras reconfortantes, pero yo tenía pocas esperanzas.

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Pero pronto, unos cuarto de hora después, escuché una voz por encima de mí, en una de las chimeneas superiores.
“¿Estás abajo o arriba?”
“Abajo”, fue mi respuesta.
En un instante, se bajó una canasta con leche, un bizcocho y un huevo. Mi tío temía ofrecerme la comida demasiado pronto. Bebí primero la leche, pues la sed había casi eliminado el hambre. Luego, mucho más revivido, comí mi pan y el huevo duro.
Ahora estaban trabajando en la pared. Podía oír el sonido de una pala. Deseando escapar de todo peligro causado por esa terrible arma, realicé un esfuerzo desesperado; el cinturón que rodeaba mi cintura y que estaba atado a una piedra se soltó. Estaba libre, y solo evité caer gracias a un movimiento rápido de mis manos y rodillas.
Diez minutos después ya estaba en los brazos de mi tío, después de haber estado dos días y noches en esa horrible prisión. Mis episodios de delirio me impidieron contar el tiempo.
Me tomó semanas recuperarme de aquella espantosa experiencia de inanición; pero, ¿qué era eso comparado con los terribles sufrimientos que ahora padecía?
Después de soñar durante un rato y pensar en esto y en otras cosas, volví a mirar a mi alrededor. Seguíamos ascendiendo a una velocidad aterradora. De vez en cuando, el aire parecía dificultarnos la respiración, como le ocurre a los aviadores cuando la ascensión del globo es demasiado rápida. Pero mientras ellos sienten un cierto frío proporcional a la altitud a la que llegan en la atmósfera, nosotros experimentábamos un efecto completamente opuesto. El calor comenzó a aumentar de manera muy amenazante y excepcional. No puedo decir con exactitud la temperatura media, pero creo que debió llegar a ciento veintidós grados Fahrenheit.
¿Cuál era el significado de este cambio extraordinario en la temperatura?
Hasta ese momento, los hechos habían demostrado que las teorías de Davy y Lidenbrock eran correctas. Hasta entonces, todas las condiciones particulares de las rocas refractarias, de la electricidad y del magnetismo habían modificado las leyes generales de la naturaleza, creando para nosotros una temperatura moderada; pues, a mis ojos, la teoría del fuego central seguía siendo la única explicable.

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¿Acaso íbamos a llegar a una situación en la que estos fenómenos se produjeran con toda su intensidad, y en la que el calor redujera las rocas a un estado de fusión? Ese era mi miedo, nada irracional, y no oculté ese hecho a mi tío. Mi forma de expresarlo pudo ser fría e insensible, pero no pude evitarlo. “Si no nos ahogamos, o si no somos aplastados, y si no morimos de hambre, al menos tendremos la satisfacción de saber que seguramente seremos quemados vivos”. Ante este ataque brusco, mi tío simplemente se encogió de hombros y continuó con sus reflexiones, cualesquiera que fueran. Pasó una hora, y aparte de un ligero aumento de temperatura, ningún otro incidente modificó la situación. Finalmente, mi tío rompió el silencio por voluntad propia. “Bueno, Henry, muchacho”, dijo con tono alegre, “debemos decidirnos”. “Decidirnos ¿a qué?”, pregunté, sorprendido. “Bueno… a algo. Debemos, a cualquier costo, recuperar nuestras fuerzas físicas. Si cometemos el error fatal de ahorrar nuestro escaso resto de comida, quizás podamos prolongar nuestra miserable existencia unas horas más, pero seguiremos débiles hasta el final”. “Sí”, gruñí, “hasta el final. Pero eso no nos hará esperar mucho tiempo”. “Bueno, tan pronto como surja alguna posibilidad de seguridad, tan pronto como sea necesario actuar, ¿dónde encontraremos los medios para hacerlo si nos dejamos llevar por la debilidad física causada por el hambre?”. “Cuando este pedazo de carne se acabe, tío, ¿qué esperanza nos quedará?”

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“Ninguno, querido Henry, ninguno. Pero, ¿te servirá de algo devorarlo con la mirada? Me parece que razonas como alguien sin voluntad ni decisión, como un ser sin energía.”
“Entonces”, grité, exasperado hasta un grado difícil de explicar, “¿no quieres decirme que tú… que tú no has perdido toda esperanza?”
“Por supuesto que no”, respondió el profesor con una calma absoluta.
“¿Quieres decirme, tío, que saldremos de este horrible pozo subterráneo?”
“Mientras haya vida, hay esperanza. Insisto, Henry: mientras el corazón de un hombre siga latiendo, mientras su carne siga temblando, no permito que un ser dotado de pensamiento y voluntad se permita desesperarse.”
¡Qué valor! El hombre que se encontraba en una situación como la nuestra debió ser muy valiente para hablar así.
“Bueno”, dije, “¿qué piensas hacer?”
“Comer lo que queda de la comida que tenemos en las manos; tragarnos el último bocado. Con la ayuda de Dios, será nuestra última comida. Bueno, da igual… en lugar de ser esqueletos agotados, seguiremos siendo hombres.”
“Cierto”, murmuré con tono desesperado, “comamos hasta saciarnos.”
“Debemos hacerlo”, respondió mi tío, con un profundo suspiro, “llámalo como quieras.”
Mi tío tomó un pedazo de carne que quedaba, además de algunas migas de galleta que habían sobrevivido al desastre. Dividió todo en tres partes. Cada uno tenía una libra de comida para durarle todo el tiempo que estuviera dentro de la tierra.
Cada uno actuó según su propio carácter. Mi tío y el profesor comieron con avidez, pero evidentemente sin apetito, simplemente por inercia. Yo puse la comida en mis labios y, aunque tenía hambre, masticé mi bocado sin placer ni satisfacción.

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Hans, el guía, como si estuviera cazando plumas de ganso, tragaba cada bocado como si fuera algo habitual. Parecía un hombre igualmente preparado para disfrutar de la abundancia o para soportar la miseria total. Probablemente, Hans no estaba más acostumbrado al hambre que nosotros, pero su naturaleza islandesa resistente lo había preparado para muchos sufrimientos. Mientras recibiera sus tres rix-dólares cada sábado por la noche, estaba preparado para cualquier cosa. La verdad es que Hans nunca se preocupaba por nada más que por su dinero. Se había comprometido a servir a cierto hombre por una cantidad determinada a la semana, y sin importar los males que le ocurrieran a su empleador o a él mismo, nunca encontraba defectos ni se quejaba, siempre y cuando recibiera su salario puntualmente. De repente, mi tío se despertó. Había visto una sonrisa en el rostro de nuestro guía. No pude entenderla. “¿Qué pasa?”, preguntó mi tío. “Schiedam”, dijo el guía, sacando una botella de ese líquido precioso. Bebimos. Mi tío y yo admitiremos hasta el día de nuestra muerte que gracias a eso obtuvimos fuerzas para seguir viviendo hasta el último momento amargo. Esa preciosa botella de holandés en realidad estaba solo medio llena; pero, dadas las circunstancias, era néctar. Nos tomó unos minutos a mi tío y a mí formarnos una opinión clara al respecto. El honorable profesor bebió casi media pinta y parecía incapaz de beber más. “Fantástico”, dijo Hans, tragándose casi todo lo que quedaba. “Excelente, muy bueno”, dijo mi tío, con tanto entusiasmo como si acabara de salir de los salones del club en Hamburgo. Comencé a sentir que había un destello de esperanza. ¡Pero ahora toda idea sobre el futuro desapareció! Habíamos consumido nuestra última onza de comida, y eran las cinco de la mañana.

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CAPÍTULO 42
EL TÚNEL VOLCÁNICO

La constitución del hombre es tan peculiar que su salud es puramente algo negativo. Apenas se calma el furor del hambre, resulta difícil comprender el significado de la inanición. Solo cuando se sufre se comprende realmente.
Para aquellos que no han padecido privaciones y no tienen ni idea de ello, todo esto resulta simplemente absurdo.
En nuestro caso, después de un largo ayuno, unos bocados de pan y carne, un pequeño bizcocho mohoso y carne salada lograron superar todos nuestros pensamientos sombríos y melancólicos anteriores.
No obstante, tras esa comida, cada uno se sumergió en sus propios pensamientos. Me preguntaba cuáles serían los de Hans, el hombre del extremo norte, dotado además de la resignación fatalista típica de los orientales. Pero ni siquiera la más extrema imaginación me permitía comprender la verdad.
En cuanto a mí, mis pensamientos ya no eran más que recuerdos del pasado, y todos estaban relacionados con ese mundo superior del que nunca debería haberme ido. Ahora veía todo: la hermosa casa en Konigstrasse, mi pobre Gretchen, la buena Martha; todo pasaba por mi mente como visiones del pasado. Cada vez que llegaban a mis oídos esos lúgubres gemidos provenientes de las cuevas cercanas, creía escuchar el murmullo lejano de las grandes ciudades sobre mi cabeza.
En cuanto a mi tío, siempre preocupado por su ciencia, examinó la naturaleza del túnel con la ayuda de una antorcha. Analizó detenidamente los diferentes estratos uno tras otro, con el fin de determinar su ubicación mediante la teoría geológica. Este cálculo, o mejor dicho, esta estimación, solo podía ser aproximado. Pero un hombre erudito, un filósofo, no es nada más que eso.

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El filósofo, cuando mantiene sus ideas serenas y tranquilas; y ciertamente el profesor poseía esta cualidad a la perfección.
Lo oí, mientras yo permanecía en silencio, murmurar palabras de ciencia geológica. Al comprender su objetivo y su significado, no pude evitar interesarme, a pesar de mi preocupación en aquella hora terrible.
“Granito eruptivo”, se dijo a sí mismo, “todavía estamos en la época primitiva. Pero vamos subiendo… subiendo, sin cesar. Pero, ¿quién sabe? ¿Quién lo sabe?”
Luego seguía teniendo esperanzas. Tocó con la mano las paredes verticales del pozo, y unos minutos después continuó de este modo:
“Esto es gneis. Esto es esquisto micáceo: un mineral silíceo. Bien, de nuevo; esto es la época de transición. En todo caso, estamos cerca de ellos… y luego, y luego…”
¿Qué quería decir el profesor? ¿Podría, por algún medio concebible, medir el espesor de la corteza terrestre suspendida sobre nuestras cabezas? ¿Poseía algún medio para hacer una aproximación a ese cálculo? No.
Faltaba el manómetro, y ninguna estimación aproximada podía sustituirlo.
Y, sin embargo, a medida que avanzábamos, la temperatura aumentaba de forma extraordinaria, y empecé a sentir como si estuviera sumergido en una atmósfera caliente y ardiente. Nunca antes había sentido algo semejante. Solo podía compararlo con los vapores calientes que provienen de una fundición de hierro, cuando el hierro líquido está en estado de ebullición y se derrama. Poco a poco, Hans, mi tío y yo nos quitamos los abrigos y chalecos. Eran insoportables. Incluso la prenda más ligera no solo resultaba incómoda, sino que también causaba un sufrimiento extremo.
“¿Estamos ascendiendo hacia un fuego vivo?”, grité; pero, para mi horror y asombro, el calor se hizo aún mayor que antes.
“No, no”, dijo mi tío, “es simplemente imposible, completamente imposible”.

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“Y, sin embargo”, dije, tocando con mi mano desnuda el lateral del pozo, “esta pared está literalmente ardiendo”. En ese momento, al sentir que los lados de esa pared extraordinaria estaban al rojo vivo, sumergí mis manos en el agua para enfriarlas. Las saqué de nuevo gritando de desesperación. “¡El agua está hirviendo!”, exclamé. Mi tío, el profesor, no respondió más que con un gesto de ira y desesperación. Probablemente, algo muy parecido a la verdad había cruzado por su imaginación. Pero yo no podía participar ni en lo que estaba sucediendo ni en sus especulaciones. Un miedo invencible se había apoderado de mi cerebro y de mi alma. Solo podía esperar una catástrofe inminente, una catástrofe que ni siquiera la imaginación más vívida podría haber concebido. Una idea, al principio vaga e incierta, iba poco a poco convirtiéndose en certeza. Al principio la rechacé temblorosamente, pero poco a poco se impuso sobre mí con extrema terquedad. Era una idea tan terrible que apenas me atrevía a susurrármela a mí mismo. Y, sin embargo, observaciones ciertas, por así decirlo involuntarias, reforzaban mis convicciones. Bajo la luz vacilante de la antorcha, podía percibir algunos cambios extraños en las capas graníticas; estaba a punto de producirse un fenómeno extraño y terrible, en el cual la electricidad desempeñaría un papel. Entonces, ¿esta agua hirviendo, este calor terrible y excesivo? Decidí, como último recurso, examinar la brújula. La brújula se había vuelto loca. Sí, completamente loca. La aguja saltaba de polo a polo con movimientos bruscos y sorprendentes, daba vueltas o, como se dice, giraba en círculos, y luego volvía de repente atrás, como si tuviera vértigo. Sabía que, según las teorías más aceptadas, era un hecho establecido que la corteza mineral del planeta nunca, jamás…

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Había estado en un estado de completo reposo.
Perpetuamente sufría las modificaciones causadas por la descomposición de la materia interna, la agitación derivada del fluir de corrientes líquidas extensas, la acción excesiva del magnetismo que tendía a sacudirlo sin cesar, todo ello mientras incluso los numerosos seres que se encontraban en su superficie no sospechaban siquiera que se estaba produciendo ese proceso caótico.
Aun así, este fenómeno no me habría alarmado solo; no habría despertado en mi mente una idea terrible, espantosa.
Pero otros hechos impidieron que mi autoengaño continuara.
Terribles detonaciones, como si fueran disparos de artillería celestial, comenzaron a multiplicarse con una intensidad aterradora. Solo podía compararlas con el ruido que hacen cientos de carros cargados hasta los topes al ser conducidos frenéticamente sobre un pavimento de piedra. Era como un estruendo constante de truenos.
Y entonces, la brújula, sacudida por esos fenómenos eléctricos salvajes, confirmó mi opinión, formada rápidamente. La corteza mineral estaba a punto de estallar, las masas de granito pesado estaban a punto de volver a unirse, la grieta estaba a punto de cerrarse, el vacío estaba a punto de llenarse… ¡Y nosotros, pobres átomos, íbamos a ser aplastados en sus terribles brazos!
“Tío, tío”, grité, “¡Estamos completamente perdidos, sin remedio!”
“¿Y cuál es, entonces, tu nueva causa de terror y alarma?”, dijo él con la mayor calma. “¿Qué temes ahora?”
“¿Qué es lo que temo ahora?”, grité con tonos furiosos. “¿No ves que las paredes del pozo se están moviendo? ¿No ves que las masas sólidas de granito se están agrietando? ¿No sientes ese calor terrible y sofocante? ¿No observas esa agua hirviendo sobre la cual flotamos? ¿No notas esa aguja loca? ¡Son todos signos y presagios de un terremoto terrible!”
Mi tío negó con la cabeza, con calma.
“Un terremoto”, respondió con el tono más tranquilo y burlón posible.
“Sí”.

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“Mi sobrino, te digo que estás completamente equivocado”, continuó él.
“¿Acaso no puedes reconocer todos esos síntomas tan conocidos…?”
“¿De un terremoto? De ninguna manera. Estoy esperando algo mucho más importante.”
“Mi cerebro está al límite de su resistencia… ¿Qué quieres decir?” grité.
“Una erupción, Harry.”
“Una erupción…”, balbuceé. “Entonces, estamos en el interior de un cráter volcánico, en plena actividad.”
“Tengo todas las razones para pensar así”, dijo el profesor con tono sonriente. “Y debo decirte que es lo más afortunado que podría pasarnos.”
¡Lo más afortunado! ¿Se habría vuelto realmente loco mi tío? ¿Qué quería decir con esas palabras terribles? ¿Qué significaba esa calma espantosa, esa sonrisa solemne?
“¡Qué!” grité, enloquecido de frustración. “¿Estamos en camino hacia una erupción, verdad? La fatalidad nos ha arrojado a un pozo lleno de lava ardiente y hirviendo, de rocas en llamas, de agua hirviendo… En resumen, un lugar lleno de todo tipo de materiales eruptivos. Estamos a punto de ser expulsados del interior de la Tierra, junto con enormes bloques de granito, junto con chispas y escorias… Y tú dices que es lo más afortunado que podría pasarnos.”
“Sí”, respondió el profesor, mirándome tranquilamente por encima de sus gafas. “Es nuestra única oportunidad de salir del interior de la Tierra y llegar a la luz del día.”
Es imposible que pueda plasmar en papel los miles de pensamientos extraños y caóticos que surgieron tras ese anuncio extraordinario.
Pero mi tío tenía razón, absolutamente razón. Nunca me había parecido tan audaz y tan convencido como cuando me miraba tranquilamente a los ojos.

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Habló de las posibilidades de una erupción: de que fuéramos arrojados sobre la Madre Tierra una vez más a través del enorme cráter de un volcán. Sin embargo, mientras hablábamos, seguíamos ascendiendo; pasamos toda la noche subiendo, o, para decirlo de forma más científica, en un movimiento ascendente. El ruido aterrador se intensificó; estaba a punto de asfixiarme. Creía sinceramente que mi última hora se acercaba, y sin embargo, tan extraña es la imaginación, lo único en lo que pensaba era en alguna hipótesis infantil u otra. En tales circunstancias uno no elige sus propios pensamientos; ellos te dominan. Era evidente que estábamos siendo empujados hacia arriba por la materia eruptiva; debajo de la balsa había una masa de agua hirviendo, y debajo de esta, una masa aún más densa de lava, además de un conjunto de rocas que, al llegar a la cima del agua, se dispersarían en todas direcciones. Ya no cabía la menor duda de que estábamos dentro de la chimenea de un volcán. ¡No se podía concebir nada más terrible! Pero en esta ocasión, en lugar de Sneffels, un volcán antiguo e extinto, estábamos dentro de una montaña de fuego en plena actividad. Varias veces me pregunté qué montaña era esa y en qué parte del mundo seríamos expulsados. ¡Como si eso tuviera alguna importancia! En las regiones del norte no podía haber ninguna duda al respecto. Antes de volverse completamente loco, la brújula nunca había cometido el más mínimo error. Desde el cabo de Saknussemm, habíamos sido arrastrados hacia el norte durante cientos de leguas. Ahora la pregunta era: ¿estábamos de nuevo bajo Islandia? ¿Seríamos expulsados a la superficie a través del cráter del monte Hecla, o reapareceríamos a través de uno de los otros siete conductos de fuego de la isla? Al imaginar un radio de quinientas leguas hacia el oeste, solo podía ver los volcanes poco conocidos de la costa noroeste de América. Hacia el este, solo existía uno, aproximadamente en el grado ochenta de latitud: el Esk, en la isla de Jan Mayen, no lejos de las regiones heladas de Spitsbergen. No faltaban cráteres, y muchos de ellos eran lo suficientemente grandes como para vomitar todo un ejército; lo único que quería saber era cuál era el cráter hacia el cual nos dirigíamos con tal velocidad aterradora.

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A menudo pienso ahora en mi locura: como si alguna vez hubiera esperado poder escapar.
Hacia el amanecer, el movimiento ascendente se hizo cada vez más intenso. Si el grado de calor aumentaba en lugar de disminuir a medida que nos acercábamos a la superficie de la tierra, era simplemente porque las causas eran locales y se debían exclusivamente a la influencia volcánica. Nuestro propio modo de desplazamiento no dejó dudas al respecto en mi mente. Una fuerza enorme, una fuerza de varios cientos de atmósferas, generada por los vapores acumulados y comprimidos durante mucho tiempo en el interior de la tierra, nos elevaba hacia arriba con una fuerza irresistible.
Pero aunque nos acercábamos a la luz del día, ¿a qué peligros terribles estábamos a punto de ser expuestos?
La muerte instantánea parecía ser el único destino que podíamos esperar o contemplar.
Pronto, una luz tenue y sombría penetró en la galería vertical, la cual se volvía cada vez más ancha. Podía ver a derecha e izquierda largos pasillos oscuros, como túneles inmensos, de los cuales salían vapores espantosos y horribles. Lenguas de fuego, chispeantes y crepitantes, parecían dispuestas a devorarnos. ¡Había llegado la hora!
“¡Mire, tío, mire!”, grité.
“Bueno, lo que ves son las grandes llamas sulfurosas. Es algo muy común en las erupciones”.
“Pero, ¿y si nos envuelven?”, respondí con ira.
“No nos envolverán”, fue su respuesta tranquila y serena.
“Pero al final será lo mismo, si es que nos asfixian”, grité.
“No nos asfixiaremos. La galería se está haciendo cada vez más ancha, y si es necesario, pronto dejaremos la balsa y nos refugiaremos en alguna grieta de la roca”.
“Pero el agua, el agua, que sigue subiendo sin cesar…”, respondí desesperadamente.

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“Ya no hay agua, Harry”, respondió, “solo una especie de pasta de lava que nos eleva, junto con ella misma, hacia la boca del cráter”. En realidad, la columna líquida de agua había desaparecido por completo, dando paso a masas densas de materia eruptiva hirviendo. La temperatura se volvía completamente insoportable; un termómetro expuesto a esa atmósfera habría marcado entre ciento ochenta y nueve y ciento noventa grados Fahrenheit. El sudor brotaba por cada poro. De no ser por la extraordinaria rapidez de nuestra ascensión, habríamos muerto asfixiados. No obstante, el profesor no llevó a cabo su propuesta de abandonar la balsa; y lo hizo con gran sabiduría. Esas pocas vigas mal unidas ofrecían, de todos modos, una superficie sólida, un soporte que en otro lugar sin duda nos habría fallado por completo. Hacia las ocho de la mañana, un nuevo incidente nos sorprendió. El movimiento ascendente cesó de repente. La balsa se quedó inmóvil. “¿Qué pasa ahora?”, pregunté, muy preocupado por ese cambio. “Es solo una pausa”, respondió mi tío. “¿Acaso la erupción está a punto de detenerse?”, pregunté. “Espero que no”. Sin decir nada más, me levanté. Intenté mirar a mi alrededor. Quizás la balsa, detenida por alguna roca saliente, ofrecía una resistencia momentánea a la masa eruptiva. En ese caso, era absolutamente necesario liberarla lo antes posible. Pero no ocurrió nada de eso. La columna de cenizas, escorias, rocas rotas y tierra había dejado de ascender por completo. “Le digo, tío, que la erupción se ha detenido”, fue mi conclusión.

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“Ah”, dijo mi tío, “tú lo crees así, muchacho. Te equivocas. No te alarmes en lo más mínimo; este repentino momento de calma no durará mucho, ten la seguridad. Ya ha durado cinco minutos, y antes de que pasen muchos más, continuaremos nuestro viaje hacia la boca del cráter”. Mientras hablaba, el profesor seguía consultando su cronómetro, y probablemente tenía razón en sus predicciones. Pronto la balsa reanudó su movimiento, de forma muy rápida y desordenada, lo cual duró unos dos minutos; luego se detuvo de nuevo tan repentinamente como antes. “Bien”, dijo mi tío, mirando la hora, “en diez minutos volveremos a partir”. “En diez minutos?” “Sí, exactamente. Estamos ante un volcán cuya erupción es intermitente. Estamos obligados a respirar al mismo ritmo que él”. Nada podía ser más cierto. En el minuto exacto que había indicado, volvimos a elevarnos a gran velocidad. Para no ser arrojados fuera de la balsa, era necesario agarrarse bien a las vigas. Luego el mecanismo de elevación se detuvo de nuevo. Muchas veces he pensado en este singular fenómeno sin poder encontrarle una explicación satisfactoria. Sin embargo, me pareció completamente claro que no estábamos en la chimenea principal del volcán, sino en un conducto secundario, donde sentíamos el contragolpe del gran túnel principal lleno de lava ardiente. Es imposible para mí decir cuántas veces se repitió esta maniobra. Lo único que recuerdo es que, en cada movimiento ascendente, éramos elevados con una velocidad cada vez mayor, como si fuéramos lanzados desde un proyectil enorme. Durante las paradas repentinas casi nos ahogábamos; durante los momentos de elevación, el aire caliente nos quitaba el aliento. Por un instante pensé en la deliciosa alegría de encontrarme de repente en las regiones hiperbóreas, con temperaturas de treinta grados bajo cero. Mi imaginación exaltada se representó las vastas llanuras nevadas de las regiones árticas, y estaba impaciente por revolcarme sobre la alfombra helada del Polo Norte.

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Poco a poco, mi cabeza, completamente abrumada por una serie de emociones violentas, comenzó a ceder ante las alucinaciones. Estaba delirante. De no haber sido por los fuertes brazos de Hans, el guía, habría roto mi cabeza contra las masas de granito del pozo. En consecuencia, no tengo memoria de lo que ocurrió durante muchas horas. Solo conservo un recuerdo vago y confuso de detonaciones continuas, del temblor de las enormes masas de granito y de la balsa girando como un trompo. Flotaba en el flujo de lava caliente, entre una nube de cenizas que caía. Las enormes llamas rugientes nos envolvían. Una tormenta de viento, que parecía provenir de un ventilador inmenso, avivaba los fuegos internos de la tierra. Era un viento caliente e incandescente. Finalmente vi la figura de Hans, como si estuviera envuelta en un enorme halo de llamas ardientes; no me quedaba ningún otro sentido aparte de ese miedo siniestro que se supone que siente la víctima condenada cuando es llevada hasta la boca de un cañón, en el momento supremo en que se dispara el disparo y sus miembros se dispersan en el vacío.

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CAPÍTULO 43
LUZ DEL DÍA POR FIN

Cuando abrí los ojos, sentí la mano del guía aferrándome firmemente por el cinturón. Con su otra mano sostenía a mi tío. No estaba gravemente herido, pero tenía moretones por todo el cuerpo de una manera realmente sorprendente. Después de un momento, miré a mi alrededor y descubrí que estaba acostado en la ladera de una montaña, a no más de dos metros de un abismo inmenso en el que habría caído si daba el más mínimo paso en falso. Hans me había salvado de la muerte, mientras yo yacía inconsciente en las laderas del cráter.
“¿Dónde estamos?”, preguntó mi tío, como en sueños; parecía literalmente disgustado por haber regresado a la tierra.
El cazador de patos marinos simplemente se encogió de hombros, como señal de total ignorancia.
“¿En Islandia?”, dije yo, no con certeza, sino como pregunta.
“Nej”, dijo Hans.
“¿Qué quiere decir?”, exclamó el profesor; “no… ¿cuáles son sus razones?”
“Hans se equivoca”, dije yo, levantándome.
Después de todas las innumerables sorpresas de este viaje, nos esperaba aún una más singular. Esperaba ver un cono cubierto de nieve, rodeado de glaciares extensos, en medio de los desiertos áridos de las regiones más septentrionales, bajo los rayos intensos del cielo polar, más allá de las latitudes más altas.
Pero, contrariamente a todas nuestras expectativas, yo, mi tío y el islandés nos encontrábamos en la ladera de una montaña calcinada por los rayos ardientes de un sol que literalmente nos quemaba con su calor.

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No podía creer lo que veían mis ojos, pero el calor real que afectaba a mi cuerpo no me dejaba ninguna posibilidad de dudar. Salimos del cráter medio desnudos, y la estrella radiante de la cual no habíamos pedido nada durante dos meses fue lo suficientemente generosa como para regalarnos luz y calor: una luz y un calor de los que fácilmente podríamos haber prescindido. Cuando nuestros ojos se acostumbraron a la luz que llevábamos tanto tiempo sin ver, los utilicé para corregir los errores de mi imaginación. Fuera lo que fuese lo que estaba pasando, deberíamos estar en Spitsbergen, y no estaba de humor para aceptar nada salvo la prueba más absoluta. Después de cierta demora, el profesor habló. “¡Eh!”, dijo, de forma vacilante, “realmente no parece Islandia”. “Pero, ¿y si fuera la isla de Jan Mayen?”, aventuré a decir. “En absoluto, muchacho. Este no es uno de los volcanes del norte, con sus colinas de granito y su corona de nieve”. “Aun así…”. “Mira, mira, muchacho”, dijo el profesor, con la misma actitud dogmática de siempre. Justo encima de nuestras cabezas, a una gran altura, se abrió el cráter de un volcán del cual, cada cuarto de hora más o menos, salía, con una explosión muy fuerte, un chorro de llamas mezclado con piedra pumítica, cenizas y lava. Podía sentir las convulsiones de la naturaleza en la montaña, que respiraba como una ballena enorme, expulsando de vez en cuando fuego y aire por sus enormes ventanas. Abajo, fluyendo a lo largo de una pendiente de considerable inclinación, el flujo de material eruptivo se extendía hasta una profundidad que no hacía que el volcán tuviera una altura de trescientos brazas. Su base desaparecía entre un bosque perfecto de árboles verdes, entre los cuales distinguí olivos, higueras y viñedos cargados de uvas exquisitas. Ciertamente, ese no era el aspecto habitual de las regiones árticas. No podía haber la menor duda al respecto.

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Cuando el ojo se sació con la visión de esta extensión verde, cayó sobre las aguas de un mar encantador o de un lago hermoso, lo que convertía a esta tierra mágica en una isla de pocos kilómetros de extensión. En el lado del sol naciente se veía un pequeño puerto, repleto de casas, y cerca de él flotaban barcos y embarcaciones de construcción peculiar sobre olas azules. Más allá, grupos de islas se elevaban sobre la llanura líquida, tan numerosas y cercanas entre sí que parecían una enorme colmena. Hacia el sol poniente, se podían distinguir algunas costas lejanas en el borde del horizonte. Algunas presentaban el aspecto de montañas azules de forma armoniosa; en otras, mucho más distantes, aparecía un cono prodigiosamente alto, sobre cuya cima colgaban nubes oscuras y densas. Hacia el norte, una inmensa extensión de agua brillaba bajo los rayos solares, permitiendo ocasionalmente ver la punta de un mástil o la convexidad de una vela hinchada por el viento. El carácter inesperado de tal escena multiplicaba por cien su maravillosa belleza. “¿Dónde podemos estar?”, pregunté, hablando con voz baja y solemne. Hans cerró los ojos con aire indiferente, y mi tío miró sin comprender del todo. “Sea cual sea esta montaña”, dijo finalmente, “debo confesar que hace bastante calor. Las explosiones no cesan, y no creo que valga la pena haber dejado el interior de un volcán para quedarnos aquí y recibir un enorme pedazo de roca sobre la cabeza. Bajemos con cuidado de la montaña y descubramos cuál es la situación real. La verdad es que estoy muriendo de hambre y sed”. Sin duda, el profesor ya no era una persona realmente reflexiva. En cuanto a mí, olvidando todas mis necesidades, ignorando mi cansancio y mis sufrimientos, habría permanecido allí varias horas más… pero era necesario seguir a mis compañeros.

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La ladera del volcán era muy empinada y resbaladiza; resbalamos sobre montones de cenizas, evitando los chorros de lava caliente que se deslizaban como serpientes ardientes. Aun así, mientras avanzábamos, hablé con extrema locuacidad, pues mi imaginación estaba tan llena que no podía contenerse en palabras.
“¡Estamos en Asia!”, exclamé; “estamos en la costa de la India, en las grandes islas malayas, en el centro de Oceanía. Hemos cruzado la mitad del globo para llegar justo a los antípodas de Europa”.
“Pero la brújula”, exclamó mi tío; “¡explica eso!”.
“Sí, la brújula”, dije con cierta vacilación. “Admito que eso es un problema. Según ella, siempre hemos ido hacia el norte”.
“Entonces mintió”.
“Bueno… decir que mintió es una palabra un poco dura”, fue mi respuesta.
“Entonces estamos en el Polo Norte…”.
“El Polo… no… bueno, lo admito”, fue mi réplica.
La verdad era que no había ninguna explicación posible. No entendía nada de todo aquello.
Y mientras nos acercábamos a esa hermosa vegetación, el hambre y la sed me atormentaban terriblemente. Afortunadamente, después de dos largas horas de marcha, se extendió ante nosotros un hermoso paisaje, cubierto de olivos, granados y viñedos, que parecían pertenecer a cualquiera y a todos. En cualquier caso, en el estado de miseria en el que nos encontrábamos, no estábamos de humor para reflexionar demasiado.
¡Qué placer era llevar esos deliciosos frutos a nuestros labios y morder uvas y granados recién cosechados!
No muy lejos, cerca de hierba fresca y musgosa, bajo la deliciosa sombra de algunos árboles, descubrí una fuente de agua fresca, en la cual lavamos con deleite nuestros rostros, manos y pies.
Mientras todos disfrutábamos de esos nuevos placeres, apareció un niño pequeño entre dos olivos.

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«¡Ah!», exclamé, «un habitante de este feliz país».
El pequeñuelo iba mal vestido, era débil y sufría, y parecía terriblemente alarmado por nuestra presencia. Semi desnudos, con barbas enredadas, enmarañadas y harapientas, realmente teníamos un aspecto muy poco atractivo; y a menos que aquel lugar fuera tierra de bandidos, era poco probable que alarmáramos a sus habitantes.
Justo cuando el niño estaba a punto de huir, Hans corrió tras él y lo trajo de vuelta, a pesar de sus gritos y patadas.
Mi tío intentó mostrarse lo más amable posible y luego habló en alemán:
«¿Cómo se llama esta montaña, amigo mío?»
El niño no respondió.
«Bien», dijo mi tío, con un aire de convicción rotunda, «no estamos en Alemania».
Luego hizo la misma pregunta en inglés, idioma que dominaba perfectamente.
El niño negó con la cabeza y no respondió. Empecé a sentirme bastante perplejo.
«¿Es mudo?», exclamó el profesor, que estaba bastante orgulloso de sus conocimientos políglotas, e hizo la misma pregunta en francés.
El niño solo lo miró fijamente.
«Tendré que intentarlo en italiano», dijo mi tío, encogiéndose de hombros.
«¿Dove siamo?»
«Sí, dime, ¿dónde estamos?», añadí yo, impaciente y ansioso.
De nuevo, el niño permaneció en silencio.
«Amigo mío, ¿vas a hablar o no?», exclamó mi tío, que comenzaba a enfadarse. Lo sacudió y habló en otro dialecto del italiano:
«Come si chiama quest’isola?» —«¿Cómo se llama esta isla?»

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“Stromboli”, respondió el pequeño pastor de aspecto frágil, alejándose rápidamente de Hans y desapareciendo entre los olivares. Pocas veces pensábamos en él. ¡Stromboli! ¿Qué efecto causaron esas pocas palabras en nuestra imaginación? Nos encontrábamos en el centro del Mediterráneo, en medio del archipiélago oriental de la memoria mitológica, en el antiguo Strongylos, donde Aeolos mantenía encadenados al viento y a las tormentas. Y esas montañas azules que se elevaban hacia el sol naciente eran las montañas de Calabria. Y ese poderoso volcán que se erguía en el horizonte sur era Etna, el feroz y famoso Etna. “¡Stromboli! ¡Stromboli!”, repetía para mí mismo. Mi tío acompañaba mis gestos y palabras con su canto. Cantábamos juntos como un coro antiguo. ¡Ah! ¡Qué viaje tan maravilloso y extraordinario! Habíamos entrado en la tierra por medio de un volcán y salido por otro. Este último estaba a más de mil doscientas leguas de Sneffels, en esa triste región de Islandia, situada en los confines de la tierra. Los sorprendentes cambios de este viaje nos habían llevado a las tierras más hermosas y armoniosas del mundo. Hábamos abandonado la región de las nieves eternas por una región de vegetación infinita; habíamos dejado atrás la niebla gris de las regiones heladas para volver al cielo azul de Sicilia. Después de un delicioso banquete de frutas y agua fresca, continuamos nuestro viaje con el objetivo de llegar al puerto de Stromboli. Sería poco prudente contar cómo llegamos a la isla. El carácter supersticioso de los italianos podría haber causado problemas; nos habrían considerado demonios provenientes de los infiernos. Por eso era necesario pasar por simples y desdichados náufragos. Era ciertamente menos llamativo y romántico, pero sin duda más seguro. Mientras avanzábamos, podía escuchar a mi valioso tío murmurando para sí mismo:

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“Pero la brújula… La brújula señalaba sin duda el norte. Es un hecho que no puedo explicar de ninguna manera.”
“Bueno, el hecho es”, dije yo, con aire de desdén, “que no debemos explicar nada. Así será mucho más fácil.”
“Me gustaría ver a algún profesor de la Institución Johanneum que no pudiera explicar un fenómeno cósmico; eso sí que sería extraño.”
Y diciendo esto, mi tío, medio desnudo, con su bolsa de cuero alrededor de las caderas y sus gafas en la nariz, volvió a convertirse en el terrible profesor de Mineralogía.
Una hora después de dejar el olivar, llegamos a la fortaleza de San Vicenza, donde Hans exigió el pago por su decimotercera semana de servicio.
Mi tío le pagó, estrechándole la mano repetidamente y con gran cordialidad.
En ese momento, aunque quizá no compartiera del todo nuestra emoción natural, permitió que sus sentimientos se manifestaran de tal manera que empleó una expresión extraordinaria para él.
Con la punta de dos dedos, presionó suavemente nuestras manos y sonrió.

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CAPÍTULO 44
EL VIAJE TERMINÓ

Esta es la conclusión final de una narrativa que probablemente será descreída incluso por aquellos que no se sorprenden por nada. Sin embargo, estoy preparado para enfrentar la incredulidad humana en todo momento.

Fuemos recibidos amablemente por los pescadores de Stromboli, quienes nos trataron como viajeros náufragos. Nos dieron ropa y comida. Después de una demora de cuarenta y ocho horas, el 30 de septiembre, una pequeña embarcación nos llevó a Mesina, donde unos días de descanso placentero y completo nos permitieron recuperarnos.

El viernes 4 de octubre, abordamos el Volturne, uno de los barcos postales de las Imperial Messageries de Francia; tres días después desembarcamos en Marsella, sin otra preocupación en mente que nuestra preciosa pero impredecible brújula. Esta circunstancia inexplicable me atormentaba terriblemente. La noche del 9 de octubre llegamos a Hamburgo.

¡Cuál fue la sorpresa de Martha, cuál la alegría de Gretchen! No intentaré describirlo.

“Bueno, Harry, ahora que realmente eres un héroe”, dijo ella, “no hay razón para que vuelvas a dejarme”.

La miré. Ella lloraba lágrimas de alegría.

Dejo a la imaginación del lector si el regreso del profesor Hardwigg causó sensación en Hamburgo o no. Gracias a la indiscreción de Martha, la noticia de su partida hacia el interior de la Tierra se había difundido por todo el mundo.

Nadie quería creerlo… y cuando lo vieron regresar sano y salvo, menos aún.

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Pero la presencia de Hans y muchos fragmentos de información dispersos modificaron gradualmente la opinión pública. Entonces mi tío se convirtió en un gran hombre y yo, en el sobrino de un gran hombre, lo cual, en cualquier caso, es algo. Hamburgo organizó un festival en nuestro honor. Se celebró una reunión pública en la Institución Johanneum, en la cual el profesor relató toda la historia de sus aventuras, omitiendo solo los hechos relacionados con la brújula. Ese mismo día depositó en los archivos de la ciudad el documento que había encontrado escrito por Saknussemm, y expresó su gran pesar por el hecho de que circunstancias más fuertes que su voluntad no le permitieran seguir las huellas del viajero islandés hasta el propio centro de la Tierra. Era modesto en cuanto a su gloria, pero su reputación solo aumentaba. Tanta honra necesariamente le creó muchos enemigos envidiosos. Por supuesto, ellos existían, y como sus teorías, respaldadas por ciertos hechos, contradecían el sistema científico sobre la cuestión del calor central, defendió sus propias opiniones tanto con la pluma como con la palabra contra los eruditos de todos los países. Aunque todavía creo en la teoría del calor central, confieso que ciertas circunstancias, hasta ahora muy poco definidas, podrían modificar las leyes de tales fenómenos naturales. En el momento en que se discutían estos temas con interés, mi tío recibió un duro golpe, uno que sintió profundamente. Hans, a pesar de todo lo que podía decir en contra, dejó Hamburgo; el hombre a quien debíamos tanto no nos permitió pagar nuestra profunda deuda de gratitud. Fue invadido por la nostalgia, por un amor hacia su hogar islandés. “Adiós”, dijo un día, y con esa breve palabra de despedida, partió hacia Reikiavik, a donde llegó pronto y sano y salvo. Estábamos profundamente apegados a nuestro valiente cazador de patos mandarines. Su ausencia nunca hará que aquellos a quienes salvó lo olviden, y espero, en un día no muy lejano, volver a verlo. Para concluir, puedo decir que nuestro viaje al interior de la Tierra causó una enorme sensación en todo el mundo civilizado. Fue traducido e impreso en muchos idiomas. Todas las publicaciones importantes publicaron extractos de él, los cuales fueron comentados, discutidos y atacados.

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Fue apoyado con igual entusiasmo por aquellos que creían en sus episodios y por aquellos que eran completamente escépticos. ¡Maravilloso! Mi tío disfrutó durante su vida de toda la gloria que merecía; incluso el señor Barnum le ofreció una gran suma de dinero para que se presentara en los Estados Unidos; mientras que, según me ha informado un viajero, ahora se puede ver su figura en cera en el museo de Madame Tussauds. Pero había una preocupación que atormentaba su mente y que lo hacía muy infeliz. Había un hecho que seguía sin explicación: el de la brújula. Era muy frustrante para un hombre culto verse desconcertado por un fenómeno tan inexplicable. Pero Dios fue misericordioso, y al final mi tío fue feliz. Un día, mientras ordenaba algunos minerales de su colección, encontré la famosa brújula y la examiné detenidamente. Durante seis meses había permanecido sin ser notada ni tocada. La miré con curiosidad, que pronto se convirtió en sorpresa. Grité fuertemente. El profesor, que estaba cerca, se unió rápidamente a mí. “¿Qué pasa?”, preguntó. “¡La brújula!”, respondí. “¿Y qué?” “¡Porque su aguja apunta al sur y no al norte!” “Querido muchacho, debes estar soñando.” “No estoy soñando. Mira: los polos han cambiado.” “¡Cambiar!” Mi tío se puso las gafas, examinó el instrumento y saltó de alegría, haciendo temblar toda la casa. Una luz clara iluminó nuestras mentes. “¡Aquí está!”, exclamó, tan pronto como recuperó la capacidad de hablar, “después de haber pasado el cabo Saknussemm, la aguja de esta brújula…”

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“Señalaba hacia el sur en lugar de hacia el norte”.
“Evidentemente”.
“Nuestro error ahora se explica fácilmente. Pero, ¿a qué fenómeno debemos este cambio en la brújula?”
“Nada más simple”.
“Explíquese, muchacho. Estoy muy intrigado”.
“Durante la tormenta, en el Mar Central, la bola de fuego que convirtió en imán al hierro de nuestra balsa, puso nuestra brújula patas arriba”.
“¡Ah!”, exclamó el profesor, con una carcajada fuerte y resonante, “fue un truco de esa electricidad inexplicable”.
A partir de ese momento, mi tío fue el hombre más feliz de todos los eruditos, y yo, el más feliz de los mortales comunes. Pues mi encantadora Virland, renunciando a su condición de pupila, ocupó su lugar en la casa de la Konigstrasse con doble condición: sobrina y esposa.
Casi no hace falta mencionar que su tío era el ilustre profesor Hardwigg, miembro correspondiente de todas las sociedades científicas, geográficas, mineralógicas y geológicas de los cinco continentes.
Fin del Viaje Extraordinario

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*** FIN DEL LIBRO ELECTRÓNICO DE PROJECT GUTENBERG: UN VIAJE HACIA EL CENTRO DE LA TIERRA ***

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1.E.4. No elimine ni separe los términos completos de la Licencia de Project Gutenberg de esta obra, ni de ningún archivo que contenga una parte de esta obra o de cualquier otra obra asociada a Project Gutenberg.

1.E.5. No copie, muestre, ejecute, distribuya ni vuelva a distribuir esta obra electrónica, ni ninguna parte de ella, sin mostrar de manera prominente la frase indicada en el párrafo 1.E.1, junto con enlaces activos o acceso inmediato a los términos completos de la Licencia de Project Gutenberg.

1.E.6. Puede convertir y distribuir esta obra en cualquier formato binario, comprimido, marcado, no propietario o propietario, incluyendo cualquier formato de procesamiento de texto o hipertexto. Sin embargo, si proporciona acceso a copias de una obra de Project Gutenberg en un formato distinto al “Plain Vanilla ASCII” o a otro formato utilizado en la versión oficial publicada en el sitio web oficial de Project Gutenberg (www.gutenberg.org), debe, sin costo adicional alguno para el usuario, proporcionar una copia, un medio para exportar una copia o un medio para obtener una copia a petición, de la obra en su formato original “Plain Vanilla ASCII” u otro formato. Cualquier formato alternativo debe incluir la Licencia completa de Project Gutenberg, tal como se especifica en el párrafo 1.E.1.

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1.E.7. No se debe cobrar ninguna tarifa por el acceso, visualización, exhibición, ejecución, copia o distribución de ninguna obra de Project Gutenberg, a menos que se cumplan los requisitos del párrafo 1.E.8 o 1.E.9.

1.E.8. Se puede cobrar una tarifa razonable por las copias de las obras electrónicas de Project Gutenberg, o por el acceso a ellas o su distribución, siempre y cuando:

• Se pague un canon del 20% de las ganancias brutas obtenidas por el uso de las obras de Project Gutenberg, calculado utilizando el método que ya se utiliza para calcular los impuestos aplicables. Dicho canon debe pagarse al propietario de la marca registrada Project Gutenberg, pero él ha acordado donar esos ingresos a la Fundación del Archivo Literario Project Gutenberg según lo dispuesto en este párrafo. Los pagos de canon deben realizarse dentro de los 60 días siguientes a cada fecha en que se preparen (o se esté legalmente obligado a preparar) las declaraciones fiscales periódicas. Dichos pagos deben estar claramente identificados como tales y enviarse a la Fundación del Archivo Literario Project Gutenberg a la dirección indicada en la Sección 4, “Información sobre las donaciones a la Fundación del Archivo Literario Project Gutenberg”.

• Se debe realizar un reembolso completo de cualquier dinero pagado por un usuario que lo notifique por escrito (o por correo electrónico) dentro de los 30 días posteriores a la recepción, indicando que no está de acuerdo con los términos de la licencia completa Project Gutenberg™. Se debe exigir a dicho usuario que devuelva o destruya todas las copias de las obras que posea en soporte físico y que cese todo uso y acceso a otras copias de las obras Project Gutenberg™.

• Se debe realizar un reembolso completo, de acuerdo con lo dispuesto en el párrafo 1.F.3, de cualquier dinero pagado por una obra o por una copia de reemplazo, si se detecta algún defecto en la obra electrónica y se lo comunica al responsable dentro de los 90 días posteriores a la recepción de la obra.

• Se deben cumplir todos los demás términos de este acuerdo relativos a la distribución gratuita de las obras Project Gutenberg™.

1.E.9. Si se desea cobrar una tarifa o distribuir una obra electrónica Project Gutenberg™ o un grupo de obras bajo condiciones diferentes a las establecidas en este acuerdo, es necesario obtener permiso por escrito de la Fundación del Archivo Literario Project Gutenberg, entidad encargada de gestionar el proyecto.

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Marca registrada Gutenberg™. Póngase en contacto con la Fundación según se indica en la Sección 3 a continuación.

1.F.

1.F.1. Los voluntarios y empleados de Project Gutenberg invierten un esfuerzo considerable para identificar, realizar investigaciones sobre derechos de autor, transcribir y revisar obras que no están protegidas por la ley de derechos de autor de los EE. UU. con el fin de crear la colección Project Gutenberg™. A pesar de estos esfuerzos, las obras electrónicas de Project Gutenberg™ y el soporte en el que pueden almacenarse pueden contener “defectos”, como, entre otros, datos incompletos, inexactos o dañados, errores de transcripción, infracciones de derechos de autor u otra propiedad intelectual, discos u otros soportes defectuosos o dañados, virus informáticos o códigos informáticos que dañen o no puedan ser leídos por su equipo.

1.F.2. GARANTÍA LIMITADA, EXCLUSIÓN DE RESPONSABILIDAD POR DAÑOS: Con excepción del “Derecho a Reemplazo o Reembolso” descrito en el párrafo 1.F.3, la Fundación del Archivo Literario Project Gutenberg, propietaria de la marca registrada Project Gutenberg™, y cualquier otra parte que distribuya una obra electrónica de Project Gutenberg™ bajo este acuerdo, excluyen toda responsabilidad ante usted por daños, costos y gastos, incluidos los honorarios legales. USTED ACEPTA QUE NO TIENE RECURSOS LEGALES POR NEGLIGENCIA, RESPONSABILIDAD ESTRITA, INCUMPLIMIENTO DE LA GARANTÍA O INCUMPLIMIENTO DEL CONTRATO, EXCEPTO LOS ESTABLECIDOS EN EL PÁRRAFO 1.F.3. USTED ACEPTA QUE LA FUNDACIÓN, EL PROPIETARIO DE LA MARCA REGISTRADA Y CUALQUIER DISTRIBUIDOR BAJO ESTE ACUERDO NO SERÁN RESPONSABLES ANTE USTED POR DAÑOS REALES, DIRECTOS, INDIRECTOS, CONSECUENTES, PUNITIVOS O ACCIDENTALES, INCLUSO SI NOTIFICA LA POSIBILIDAD DE DICHTOS DAÑOS.

1.F.3. DERECHO LIMITADO A REEMPLAZO O REEMBOLSO: Si detecta un defecto en esta obra electrónica dentro de los 90 días posteriores a recibirla, puede obtener un reembolso del dinero (si lo hubiere) que pagó por ella enviando una explicación por escrito a la persona de quien recibió la obra. Si recibió la obra en un soporte físico, debe devolver dicho soporte junto con su explicación por escrito. La persona o entidad que le proporcionó la obra defectuosa puede optar por entregarle una copia de reemplazo en lugar de un reembolso. Si recibió la obra de forma electrónica, la persona o entidad que se la proporcionó…

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Puede optar por recibir una segunda oportunidad de obtener la obra en formato electrónico en lugar de un reembolso. Si la segunda copia también está defectuosa, puede solicitar un reembolso por escrito sin más oportunidades para solucionar el problema.

1.F.4. Con excepción del derecho limitado a reemplazo o reembolso establecido en el párrafo 1.F.3, esta obra se le proporciona “TAL CUAL”, SIN NINGUNA OTRA GARANTÍA DE NINGÚN TIPO, YA SEA EXPRESA O IMPLÍCITA, INCLUYENDO PERO NO LIMITADO A LAS GARANTÍAS DE COMERCIABILIDAD O IDONEIDAD PARA CUALQUIER FIN.

1.F.5. Algunos estados no permiten la exclusión de ciertas garantías implícitas ni la exclusión o limitación de ciertos tipos de daños. Si alguna exclusión o limitación establecida en este acuerdo viola la ley del estado aplicable a este acuerdo, el acuerdo deberá interpretarse de tal manera que se aplique la máxima exclusión o limitación permitida por la ley estatal aplicable. La invalidez o imposibilidad de hacer valer alguna disposición de este acuerdo no anulará las disposiciones restantes.

1.F.6. INDEMNIZACIÓN – Usted acepta indemnizar y eximir de toda responsabilidad a la Fundación, al propietario de la marca registrada, a cualquier agente o empleado de la Fundación, a toda persona que proporcione copias de las obras electrónicas de Project Gutenberg™ de conformidad con este acuerdo, y a todos los voluntarios asociados a la producción, promoción y distribución de las obras electrónicas de Project Gutenberg™, de toda responsabilidad, costo y gasto, incluidos los honorarios legales, que surjan directa o indirectamente de cualquiera de los siguientes hechos causados por usted: (a) la distribución de esta obra o de cualquier otra obra de Project Gutenberg, (b) la alteración, modificación, adición o eliminación de cualquier obra de Project Gutenberg, y (c) cualquier defecto que usted cause.

Sección 2. Información sobre la misión de Project Gutenberg

Project Gutenberg es sinónimo de la distribución gratuita de obras electrónicas en formatos legibles por la mayor variedad posible de computadoras, incluyas aquellas obsoletas, antiguas, de mediana edad y nuevas. Existe gracias a…

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Los esfuerzos de cientos de voluntarios y las donaciones de personas de todos los ámbitos de la vida.

Los voluntarios y el apoyo financiero para brindarles a los voluntarios la asistencia que necesitan son cruciales para alcanzar los objetivos de Project Gutenberg y asegurar que la colección de Project Gutenberg siga estando disponible gratuitamente para las generaciones futuras. En 2001, se creó la Fundación del Archivo Literario Project Gutenberg para proporcionar un futuro seguro y permanente a Project Gutenberg y a las generaciones venideras. Para saber más sobre la Fundación del Archivo Literario Project Gutenberg y cómo sus esfuerzos y donaciones pueden ayudar, consulte las Secciones 3 y 4 y la página de información de la Fundación en www.gutenberg.org.

Sección 3. Información sobre la Fundación del Archivo Literario Project Gutenberg

La Fundación del Archivo Literario Project Gutenberg es una corporación educativa sin fines de lucro de tipo 501(c)(3), organizada según las leyes del estado de Misisipi y a la que el Servicio de Impuestos Internos le ha otorgado estatus de exención fiscal. El número de identificación fiscal federal de la Fundación es 64-6221541. Las contribuciones a la Fundación del Archivo Literario Project Gutenberg son deducibles de impuestos en la medida permitida por las leyes federales de los EE. UU. y las leyes de su estado.

La oficina administrativa de la Fundación se encuentra en 41 Watchung Plaza #516, Montclair NJ 07042, EE. UU., +1 (862) 621-9288. Los enlaces de correo electrónico y la información de contacto actualizada se pueden encontrar en el sitio web de la Fundación y en su página oficial en www.gutenberg.org/contact.

Sección 4. Información sobre las donaciones a la Fundación del Archivo Literario Project Gutenberg

Project Gutenberg™ depende, e incluso no puede sobrevivir, sin un amplio apoyo público y donaciones para llevar a cabo su misión de aumentar la cantidad de obras de dominio público y con licencia que puedan distribuirse gratuitamente en formato legible por máquinas, accesible desde la mayor variedad de dispositivos.

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Incluyendo equipos obsoletos. Muchas donaciones pequeñas (de 1 a 5.000 dólares) son particularmente importantes para mantener el estatus de exención fiscal ante el IRS.

La Fundación se compromete a cumplir con las leyes que regulan las organizaciones benéficas y las donaciones caritativas en los 50 estados de los Estados Unidos. Los requisitos de cumplimiento no son uniformes y se necesita un esfuerzo considerable, mucha documentación y numerosas tarifas para satisfacerlos y mantenerse al día con ellos. No solicitamos donaciones en lugares donde no hayamos recibido confirmación por escrito de cumplimiento. Para ENVIAR DONACIONES o determinar el estado de cumplimiento en cualquier estado en particular, visite www.gutenberg.org/donate.

Aunque no podemos ni solicitamos contribuciones de estados donde no hemos cumplido con los requisitos de solicitud, no conocemos ninguna prohibición contra aceptar donaciones no solicitadas de donantes de dichos estados que se nos acerquen con ofertas de donación.

Se aceptan con gratitud las donaciones internacionales, pero no podemos hacer ninguna declaración respecto al tratamiento fiscal de las donaciones recibidas desde fuera de los Estados Unidos. Las leyes estadounidenses solas ya sobrecargan a nuestro reducido personal.

Consulte las páginas web de Project Gutenberg para conocer los métodos y direcciones actuales de donación. Las donaciones también se aceptan de diversas otras maneras, incluyendo cheques, pagos en línea y donaciones con tarjeta de crédito. Para donar, visite: www.gutenberg.org/donate.

Sección 5. Información general sobre Project Gutenberg y las obras electrónicas

El profesor Michael S. Hart fue el creador del concepto de Project Gutenberg: una biblioteca de obras electrónicas que pudieran compartirse libremente con cualquiera. Durante cuarenta años, produjo y distribuyó libros electrónicos de Project Gutenberg con el apoyo de una red reducida de voluntarios.

Los libros electrónicos de Project Gutenberg a menudo se crean a partir de varias ediciones impresas, todas ellas confirmadas como no protegidas por derechos de autor en los Estados Unidos, a menos que…

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Se incluye una nota de derechos de autor. Por lo tanto, no necesariamente mantenemos los libros electrónicos en conformidad con ninguna edición impresa en particular.

La mayoría de las personas comienzan en nuestro sitio web, que cuenta con la principal herramienta de búsqueda de PG: www.gutenberg.org.

Este sitio web incluye información sobre el Proyecto Gutenberg, como cómo hacer donaciones a la Fundación del Archivo Literario del Proyecto Gutenberg, cómo ayudar a crear nuestros nuevos libros electrónicos y cómo suscribirse a nuestro boletín electrónico para estar al tanto de los nuevos libros electrónicos.

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