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El libro electrónico de Project Gutenberg de Una historia de la ciencia —
Volumen 4
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Título: Una historia de la ciencia — Volumen 4

Autor: Henry Smith Williams
Edward Huntington Williams

Fecha de publicación: 1 de abril de 1999 [Libro electrónico #1708]
Última actualización: 29 de enero de 2013

Idioma: Inglés

Otra información y formatos: www.gutenberg.org/ebooks/1708

Agradecimientos: Producido por Charles Keller y David Widger

*** INICIO DEL LIBRO ELECTRÓNICO DE PROJECT GUTENBERG UNA HISTORIA DE LA CIENCIA — VOLUMEN 4 ***

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UNA HISTORIA DE LA CIENCIA

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DE HENRY SMITH WILLIAMS, M.D., LL.D.

CON LA AYUDA DE EDWARD H. WILLIAMS, M.D.

EN CINCO VOLUMENES

VOLUMEN IV.

ÍNDICE

LIBRO IV. DESARROLLO MODERNO DE LAS CIENCIAS QUÍMICAS Y BIOLÓGICAS

I. LA TEORÍA DEL FLOGISTÓN EN LA QUÍMICA
II. LOS ORÍGENES DE LA QUÍMICA MODERNA
III. LA QUÍMICA DESDE LA ÉPOCA DE DALTON
IV. ANATOMÍA Y FISIOLOGÍA EN EL SIGLO XVIII

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V. ANATOMÍA Y FISIOLOGÍA EN EL SIGLO XIX
VI. TEORÍAS DE LA EVOLUCIÓN ORGÁNICA
VII. LA MÉDICA DEL SIGLO XVIII
VIII. LA MÉDICA DEL SIGLO XIX
IX. LA NUEVA CIENCIA DE LA PSICOLOGÍA EXPERIMENTAL
X. LA NUEVA CIENCIA DE LA ARQUEOLOGÍA ORIENTAL
APÉNDICE

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LIBRO IV. DESARROLLO MODERNO DE LAS CIENCIAS QUÍMICAS Y BIOLÓGICAS
En cuanto a la cronología, la época abarcada en este volumen es idéntica a la tratada en el anterior. Pero ahora, en lo que respecta al contenido, pasamos a aquellas diversas fases del mundo físico que constituyen el campo del químico, y a aquellos procesos aún más complejos relacionados con los organismos vivos. Los cambios aquí son tan radicales que parece que estamos entrando en nuevos mundos; sin embargo, aquí, como antes, ya existen indicios de los nuevos descubrimientos desde la época griega. La solución del problema de la respiración nos recordará que Anaxágoras intuyó en parte ese secreto; y en esos estudios que nos hablan del átomo daltoniano en sus maravillosas transformaciones, recordaremos nuevamente al filósofo clazoménio y a su sucesor Demócrito.
Sin embargo, iríamos demasiado lejos si insinuáramos que los griegos de la antigüedad o cualquier pensador de un período más reciente lograron comprender, aunque fuera de forma vaga, todos los misterios que el siglo XIX ha revelado en los campos de la química y la biología. En el mejor de los casos, la perspicacia de esos grandes griegos y de los maravillosos filósofos del siglo XVII, que con frecuencia parecían estar al borde de nuestros descubrimientos posteriores, no hizo más que anticipar vagamente a sus sucesores de este siglo más reciente. Obtener un conocimiento preciso y realmente específico de las propiedades de los cuerpos elementales quedó reservado para los químicos de una época más reciente. Las vagas preguntas griegas sobre la evolución orgánica eran algo insignificante comparadas con las inducciones precisas de Darwin. Si los árabes medievales intentaron atenuar el efecto del bisturí del cirujano mediante el uso de drogas, sus resultados apenas merecen ser calificados como una anticipación de la anestesia moderna. Y cuando hablamos de medicina preventiva —de la bacteriología en todas sus facetas—, nos encontramos ante un campo maravilloso del cual ninguna generación anterior tuvo siquiera la más mínima idea.
En resumen, entonces, aquellos campos que se presentan ante nosotros son quizás los más maravillosos y fascinantes de todos los campos de la ciencia. Así como los capítulos del libro anterior nos llevaron hacia un macrocosmos de inconcebible…

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En cuanto a la magnitud, nuestros estudios actuales tienen como objetivo revelar un microcosmos de una pequeñez igualmente inconcebible. Mientras que los estudios del físico intentaron descubrir la verdadera naturaleza de la materia y de la energía, ahora tenemos que buscar soluciones a los problemas aún más incomprensibles de la vida y de la mente.

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I. LA TEORÍA DEL FLOGISTÓN EN LA QUÍMICA
El desarrollo de la ciencia de la química a partir de la “ciencia” de la alquimia es un ejemplo destacado de la revolución completa en la actitud de los observadores en el campo de la ciencia. Como se señaló en un capítulo anterior, el alquimista, al tener una idea preconcebida sobre cómo deberían ser las cosas, realizaba todos sus experimentos para demostrar su teoría preconcebida; mientras que el químico invierte esta actitud mental y basa sus concepciones en los resultados de sus experimentos de laboratorio. En resumen, la química es lo que la alquimia nunca pudo ser: una ciencia inductiva. Pero esta transición de un punto de vista a uno exactamente opuesto fue necesariamente un proceso muy lento. Las ideas que han dominado indiscutiblemente la mente de las generaciones sucesivas durante cientos de años no pueden ser derrocadas en un instante, a menos que el agente que provoca tal derrocamiento sea tan evidente que no pueda ser cuestionado. La química rudimentaria que derrocó a la alquimia no tenía nada tan evidente y palpable.

El primer gran paso fue la sustitución del único principio, el flogistón, por los tres principios: sal, azufre y mercurio. Hemos visto cómo el experimento de quemar o calcinar un metal como el plomo “destruía” al plomo en sí, dejando en su lugar una sustancia completamente diferente, y cómo el metal original podía ser restaurado mediante la adición de trigo al producto calcinado. Para el alquimista esto era una “mortificación” y una “revivificación” del metal. Pues, como señaló Paracelso, “todo lo que puede ser destruido por el hombre también puede ser revivificado por él, aunque esto no es posible con aquellas cosas destruidas por Dios”. La quema de sustancias como madera, cera, aceite, etc., también se consideraba el mismo proceso de “destrucción”, y el hecho de que el alquimista no pudiera revivirlas se consideraba simplemente como una falta de habilidad por su parte, sin afectar en modo alguno a la teoría en sí.

Pero el espíritu iconoclasta, si no la aceptación de todas las enseñanzas, del gran Paracelso, fue poco a poco arraigando entre la clase más avanzada de alquimistas. Hacia mediados del siglo XVII, Robert Boyle (1626-1691) llamó la atención sobre la posibilidad de cometer un error.

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deducción del fenómeno de la calcinación de los metales, debido a un factor muy importante: la acción del aire, que generalmente se pasaba por alto. E instó a sus colegas de los laboratorios a prestar mayor atención a otros fenómenos que podrían pasar desapercibidos en el proceso ordinario de calcinación. En su obra *El químico escéptico*, mostró las razones para dudar de la triple constitución de la materia; y en su *Historia general del aire* presentó algunas teorías novedosas y cuidadosamente estudiadas sobre la composición de la atmósfera. Este fue un paso importante, y aunque Boyle no es directamente responsable de la teoría del flogisto, es probable que sus experimentos sobre la atmósfera hayan influido considerablemente en sus verdaderos fundadores, Becker y Stahl.

Boyle expuso con total claridad su idea sobre cómo creía que podía estar compuesto el aire. “Supongo que el aire atmosférico consta de tres tipos diferentes de corpúsculos”, dice; “el primero, esas innumerables partículas que, en forma de vapores o exhalaciones secas, ascienden desde la tierra, el agua, los minerales, las plantas, los animales, etc.; en una palabra, cualquier sustancia que sea elevada por el calor celeste o subterráneo y luego difundida en la atmósfera. El segundo puede ser aún más sutil y consistir en esos átomos extremadamente diminutos, los efluvios magnéticos de la tierra, junto con otras innumerables partículas emitidas por los cuerpos de los cuerpos celestes, y que, por su influencia, generan en nosotros la percepción de la luz. El tercer tipo es su propiedad característica y esencial: me refiero a partes permanentemente elásticas.

Se pueden formular diversas hipótesis relacionadas con la estructura de estas últimas partículas del aire. Podrían asemejarse a los muelles de los relojes, enrollados e intentando recuperar su forma original; a la lana, que, al ser comprimida, posee una fuerza elástica; a hilos delgados de diferentes sustancias, consistencias, longitudes y espesores; en más o menos espirales, cerca o lejos unos de otros, etc., pero todos manteniéndose elásticos, expansibles y compresibles. Finalmente, también podrían compararse con las finas virutas de diferentes tipos de madera, variadas en longitud, anchura y grosor. Y esta, quizás, parecerá la hipótesis más adecuada, porque, hasta cierto punto, ilustra la formación de las partículas elásticas que estamos considerando. Pues no se requieren ningún arte ni instrumentos especiales para crear estas virutas, cuyas espirales no son en modo alguno uniformes, sino aparentemente casuales; y lo que es más notable, incluso los cuerpos que antes parecían no ser elásticos, como vigas y bloques, pueden proporcionarlas.”(1)

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Aunque esta explicación de la composición del aire es muy rudimentaria, tuvo el efecto de dirigir la atención hacia el hecho de que la atmósfera no es “mera nada”, sino algo con una composición definida, y esto sirvió como una buena base para investigaciones futuras. Ciertamente, Boyle no fue ni el primero ni el único químico que sospechó que el aire era una mezcla de gases, y no uno simple, y que solo ciertos de estos gases participaban en el proceso de calcinación. Jean Rey, un médico francés, y John Mayow, un inglés, habían realizado experimentos que demostraban de manera concluyente que el aire no era una sustancia simple; pero el trabajo de Boyle era más conocido y, probablemente, más importante en sus efectos. Pero a pesar de todas las explicaciones de Boyle sobre la composición del aire, él seguía creyendo que existía algo inexplicable, una “sustancia vital” que no podía comprender, y que más tarde se convirtió en la base de la teoría del flogisto de Stahl. Al comentar sobre esta misteriosa sustancia, Boyle dice: “La dificultad que encontramos para mantener viva la llama y el fuego, aunque sea por poco tiempo, sin aire, hace sospechar que esté dispersa por el resto de la atmósfera alguna sustancia extraña, ya sea de naturaleza solar, astral u otra; y por eso el aire es tan necesario para la sustancia de la llama”. Fue esta idea la que atrajo la atención de George Ernst Stahl (1660-1734), profesor de medicina en la Universidad de Halle, quien posteriormente fundó su nueva teoría sobre ella. La teoría de Stahl fue un desarrollo de la de un químico anterior, Johann Joachim Becker (1635-1682), cuyas huellas siguió y cuyos experimentos llevó más allá. En muchos experimentos, Stahl se sorprendió ante el hecho de que ciertas sustancias, aunque diferían ampliamente entre sí en muchos aspectos, eran similares en cuanto a su combustibilidad. De esto dedujo que todas las sustancias combustibles debían contener un principio común, y a este principio lo llamó flogisto. Creía que este flogisto estaba íntimamente asociado en combinación con otras sustancias de la naturaleza, y en ese estado no era percibible por los sentidos; pero se suponía que escapaba cuando una sustancia ardía y se volvía visible a los sentidos como fuego o llama. En otras palabras, el flogisto era algo encarcelado en una estructura combustible (que a su vez formaba parte de dicha estructura), y solo se liberaba cuando esa estructura era destruida. El fuego, o llama, era flogisto LIBRE, mientras que el flogisto encarcelado se denominaba FLOGISTO COMBINADO, o fuego combinado. La cualidad peculiar de esta extraña sustancia era que odiaba la libertad y siempre procuraba ocultarse en alguna sustancia combustible. La sugerencia tentativa de Boyle

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Ese calor, que era simplemente movimiento, aparentemente no fue aceptado por Stahl, o quizás le era desconocido. Según la teoría flogística, la parte que quedaba después de que una sustancia se quemaba era simplemente la sustancia original privada de flogisto. Para restaurar la sustancia combustible original, era necesario calentar los restos de la combustión con algo que ardiera fácilmente, de modo que el flogisto liberado pudiera volver a combinarse con las cenizas. Esto se explicaba suponiendo que cuanto más combustible fuera una sustancia, más flogisto contenía; y como el flogisto libre siempre buscaba combinarse con alguna sustancia adecuada, bastaba con mezclar los agentes flogísticos, como el carbón, el fósforo, los aceites, las grasas, etc., con las cenizas de la sustancia original y calentar la mezcla; así, el flogisto liberado se unía de inmediato a las cenizas. Esta teoría encajaba muy bien cuando se aplicaba al plomo calcinado reavivado por los granos de trigo, aunque con algunos otros productos de la calcinación no parecía aplicarse en absoluto. De esto se puede deducir que la teoría flogística representó un paso hacia la química y lejos de la alquimia. Alejó la idea de un “espíritu” en los metales que no podía ser visto, sentido ni percibido por ninguno de los sentidos, y lo sustituyó por un principio que, aunque erróneamente concebido, era aún mucho más tangible que ese “espíritu”, ya que podía ser visto y sentido como flogisto libre, y pesado y medido como flogisto combinado. La claridad de la afirmación de que un metal, por ejemplo, estaba compuesto de flogisto y un elemento era mucho menos enigmática, incluso si era incorrecta, que la afirmación del alquimista de que “los metales se producen por la acción espiritual de los tres principios: sal, mercurio y azufre”; sobre todo cuando se explicaba que la sal, el mercurio y el azufre en realidad no eran lo que sus nombres implicaban, y que no existía una creencia universalmente aceptada sobre qué eran realmente. Los metales, que hoy se consideran cuerpos elementales, eran vistos por los flogísticos como compuestos, y creían que la calcinación de un metal era un proceso de simplificación. Sin embargo, observaron que los restos de la calcinación pesaban más que el producto original, y la conclusión lógica de esto sería que el metal debía haber absorbido alguna sustancia en lugar de haber emitido algo. Pero los flogísticos no habían comprendido la importancia crucial del peso, y su explicación de las variaciones de peso era que tal aumento o disminución era…

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A lo sumo, un “accidente” sin importancia; o bien, que el flogisto, al ser ligero, tendía a hacer más ligera cualquier sustancia que lo contuviera, de modo que expulsarlo del metal mediante calcinación dejaba naturalmente el residuo más pesado. Al principio, la teoría del flogisto parecía explicar de manera indiscutible todos los fenómenos químicos conocidos. Sin embargo, gradualmente, a medida que aumentaban los experimentos, se hizo evidente que la teoría simple tal como la planteaban Stahl y sus seguidores no lograba explicar de forma satisfactoria ciertas reacciones de laboratorio. Para hacer frente a estas nuevas situaciones, se introdujeron de vez en cuando ciertas modificaciones, lo que le dio a la teoría una flexibilidad que le permitiría abarcar todos los casos. Pero a medida que el número de experimentos inexplicables seguía aumentando y se hacían necesarias nuevas modificaciones a la teoría, se descubrió que algunas de ellas eran directamente contradictorias con otras; así, la teoría simple se volvió demasiado compleja debido a su gran número de modificaciones. Sus defensores estaban en desacuerdo entre sí, primero respecto a la explicación de ciertos fenómenos que no parecían concordar con la teoría flogística, y poco después respecto a la teoría misma. Pero aún no existía un sustituto satisfactorio para esta teoría, la cual, aunque insatisfactoria, parecía mejor que cualquier otra que hubiera existido anteriormente o que pudiera proponerse. No obstante, los buenos efectos de la era de la investigación experimental, a la que la teoría de Stahl había dado un gran impulso, se manifestaban en la actitud de los experimentadores. Las obras de algunos autores anteriores, como Boyle y Hooke, fueron nuevamente buscadas en sus rincones polvorientos y consultadas, y sus conjeturas sobre la posible mezcla de diversos gases en el aire fueron tomadas en consideración con mayor cuidado. Aun así, la teoría del flogisto seguía arraigada firmemente en la mente de los filósofos, a quienes difícilmente se puede culpar por adherirse a ella, al menos hasta que se ofreciera un sustituto satisfactorio. Finalmente, los cimientos de tal teoría fueron sentados, como veremos pronto, gracias a los trabajos de Black, Priestley, Cavendish y Lavoisier en el siglo XVIII; pero no se puede decir que la teoría del flogisto haya sucumbido definitivamente hasta los primeros años del siglo XIX.

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II. LOS INICIOS DE LA QUÍMICA MODERNA
LOS QUÍMICOS “NEUMÁTICOS”

Se puede decir que la química moderna tiene sus orígenes en el trabajo de Stephen Hales (1677-1761), quien, a principios del siglo XVIII, inició su importante estudio sobre la elasticidad del aire. Alejándose del punto de vista de la mayoría de los científicos de la época, consideró que el aire era “un fluido elástico y fino, en el cual flotaban partículas de naturaleza muy diferente”; además, demostró que estas “partículas” podían separarse. También señaló que varios gases, o “aires”, como él los llamaba, estaban contenidos en muchas sustancias sólidas. Sin embargo, la importancia de su trabajo radica en el hecho de que sus estudios generales seguían una línea que se alejaba de las doctrinas aceptadas en aquel tiempo, y que dieron impulso a la investigación de las propiedades de los gases por parte de químicos como Black, Priestley, Cavendish y Lavoisier, cuyos descubrimientos específicos constituyen los cimientos de la química moderna.

JOSEPH BLACK
Los cuidadosos estudios de Hales fueron continuados por su colega más joven, el Dr. Joseph Black (1728-1799). Sus experimentos sobre el peso de los gases y otras sustancias químicas representaron los primeros pasos hacia la química cuantitativa. Pero aún más importante que sus descubrimientos sobre las propiedades químicas en general fue su descubrimiento de las propiedades del gas ácido carbónico. Black se formó para ejercer la profesión médica en la Universidad de Glasgow, siendo amigo y discípulo del famoso Dr. William Cullen. Pero su inclinación era por el laboratorio químico en lugar de por la práctica médica. Apenas tres años después de completar sus estudios médicos, y con tan solo veintitrés años, descubrió las propiedades del ácido carbónico, al que denominó “aire fijo”. Después de descubrir este gas, Black realizó una larga serie de experimentos, mediante los cuales logró demostrar cuán ampliamente estaba distribuido en la naturaleza. Así, en 1757, descubrió que las burbujas que se formaban durante el proceso de fermentación vegetal estaban compuestas por este gas. Para demostrarlo, él…

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Recogió el contenido de estas burbujas en una botella que contenía agua con cal. Cuando esta botella se agitó violentamente, de modo que el agua con cal y el ácido carbónico se mezclaran completamente, un polvo blanco e insoluble se precipitó desde la solución; el ácido carbónico se había combinado químicamente con la cal para formar el carbonato de calcio, o tiza, que es insoluble. Este experimento sugirió otro. Fijando un trozo de carbón ardiente en el extremo de un fuelle, dispuso un tubo de modo que el gas que salía del carbón pasara por el agua con cal, y, al igual que en el caso de las burbujas del tanque de cerveza, descubrió que el precipitado blanco caía; en resumen, que el ácido carbónico se liberaba durante la combustión. Poco después, Black descubrió que al soplar a través de un tubo de vidrio insertado en el agua con cal, se precipitaba tiza, lo que demostraba que el ácido carbónico se liberaba constantemente durante la respiración. El efecto de los descubrimientos de Black fue revolucionario, y la actitud de los químicos hacia los gases, o “aires”, cambió a partir de entonces. Sin embargo, la mayoría de los químicos intentaron armonizar los nuevos hechos con las teorías antiguas, para explicar todos los fenómenos basándose en la teoría del flogisto, que aún era dominante. Pero aunque muchos de los descubrimientos de Black no podían adaptarse a esa teoría, no la derrocaron directamente. Fueron necesarios los descubrimientos adicionales de algunos de los colegas científicos de Black para lograr su caída definitiva, como veremos.

HENRY CAVENDISH
A este trabajo de Black le siguió el trabajo igualmente importante de su antiguo discípulo, Henry Cavendish (1731-1810), cuyo descubrimiento de la composición de muchas sustancias, especialmente del ácido nítrico y del agua, tuvo una gran importancia, añadiendo otro eslabón a la importante cadena de pruebas en contra de la teoría del flogisto. Cavendish es una de las figuras más excéntricas de la historia de la ciencia; en su época era ampliamente conocido por su inmensa riqueza e inteligencia brillante, así como por sus peculiaridades y su sensibilidad morbosa, lo que le hacía temer a la sociedad y probablemente influyó mucho en la definición de su carrera. Afortunadamente para él, y también para la ciencia, pudo dedicarse a investigaciones de laboratorio sin verse obligado a relacionarse con sus temidos semejantes; todas sus necesidades eran cubiertas por la inmensa fortuna heredada de su padre y un tío. Cuando era joven, como discípulo del Dr. Black, se contagió del entusiasmo de su maestro y continuó las investigaciones de Black sobre…

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Propiedades del gas ácido carbónico cuando está libre y en combinación. Una de sus primeras investigaciones fue publicada en 1766, cuando comunicó a la Real Sociedad sus experimentos para determinar las propiedades del ácido carbónico y del gas hidrógeno; en ellos demostró por primera vez la posibilidad de pesar fluidos permanentemente elásticos, aunque Torricelli ya había mostrado anteriormente los pesos relativos de una columna de aire y una columna de mercurio. Otros experimentos importantes fueron continuados por Cavendish, quien en 1784 anunció su descubrimiento de la composición del agua, quitándole así su reconocida condición de “elemento”. Pero su reclamo de prioridad en este descubrimiento fue cuestionado de inmediato por su compatriota James Watt y por el francés Lavoisier. El reclamo de Lavoisier fue rechazado pronto incluso por sus propios compatriotas, pero durante muchos años se mantuvo una acerba controversia entre los partidarios de Watt y de Cavendish. Sin embargo, parece que los dos principales investigadores nunca participaron en esta controversia con el mismo fervor que algunos de sus sucesores, ya que siempre mantuvieron buenas relaciones.(1)
En cualquier caso, es cierto que Cavendish anunció oficialmente su descubrimiento antes de que Watt afirmara que él ya lo había hecho; “y, sea correcto o no, el honor de los descubrimientos científicos parece otorgarse naturalmente al hombre que primero publica una demostración de su descubrimiento”. Los ingleses en general admiten la validez del reclamo de Cavendish, aunque el científico francés Arago, tras examinar cuidadosamente las pruebas en 1833, decidió a favor de Watt.
Parece que aproximadamente un año antes de que Cavendish diera a conocer su demostración completa de la composición del agua, Watt comunicó a la Real Sociedad la idea de que el agua estaba compuesta de “aire desflogistizado (oxígeno) e flogisto (hidrógeno) privado de parte de su calor latente”. Cavendish conocía esta sugerencia, pero en sus experimentos refutó la idea de que el hidrógeno perdiera algo de su calor latente. Además, Watt solo sugirió la posible composición sin demostrarla, aunque su idea era prácticamente correcta, si podemos interpretar adecuadamente las peculiaridades de la nomenclatura utilizada en aquel entonces. Pero si Watt hubiera tomado medidas para demostrar su teoría, se habría evitado la gran “Controversia del Agua”. El informe de Cavendish sobre su descubrimiento presentado a la Real Sociedad abarca unas cuarenta páginas impresas. En él muestra cómo, al pasar una chispa eléctrica a través de un frasco cerrado que contiene una mezcla de gas hidrógeno y oxígeno, se forma invariablemente agua, aparentemente por la unión de los dos gases. El experimento se realizó primero con hidrógeno y

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En el aire común, el oxígeno del aire se une con el hidrógeno para formar agua, dejando aún por explicar el nitrógeno presente en el aire. Sin embargo, con oxígeno e hidrógeno puros, Cavendish descubrió que se formaba agua pura, sin rastros apreciables de cualquier otra sustancia que pudiera interpretarse como una impureza química. Solo había una explicación posible para este fenómeno: que el hidrógeno y el oxígeno, al combinarse, forman agua. “A través de experimentos con la esfera”, escribió Cavendish, “resultó que cuando el aire inflamable y el aire común se hacen explotar en proporciones adecuadas, casi todo el aire inflamable y cerca de una quinta parte del aire común pierden su elasticidad y se condensan en rocío. Y por medio de este experimento resultó que ese rocío es agua pura, y por lo tanto que casi todo el aire inflamable se convierte en agua pura”. “Con el fin de examinar la naturaleza de la sustancia que se condensa al hacer explotar una mezcla de aire desflogistizado e inflamable, tomé una esfera de vidrio con capacidad para 8800 granos, equipada con una válvula de bronce y un aparato para provocar la explosión mediante electricidad. Esta esfera fue bien vaciada con una bomba de aire y luego llenada con una mezcla de aire inflamable y desflogistizado, cerrando la válvula, fijando un tubo de vidrio doblado en su boca y dejando que el extremo del tubo cayera dentro de un frasco de vidrio invertido en agua, el cual contenía una mezcla de 19,500 granos de aire desflogistizado y 37,000 de aire inflamable. Así, al abrir la válvula, parte de este aire mezclado pasó por el tubo doblado y llenó la esfera. Luego se cerró la válvula y el aire contenido se hizo explotar mediante electricidad; casi todo él perdió su elasticidad (se condensó en vapor de agua). A continuación se volvió a abrir la válvula para introducir más de ese mismo aire y reemplazar el que se había destruido en la explosión; se volvió a provocar la explosión, y el proceso continuó hasta que casi toda la mezcla fue introducida en la esfera y explotó. De esta manera, aunque la esfera solo podía contener una sexta parte de la mezcla, casi toda ella explotó allí sin necesidad de volver a vaciarla”. Al principio, esta sustancia condensada era “ácida al gusto y contenía dos granos de nitrato”, pero Cavendish, sospechando que esto se debía a impurezas, realizó otro experimento que demostró de forma concluyente que sus opiniones eran correctas. “Por lo tanto, realicé otro experimento”, dice, “con algo más del mismo aire proveniente de plantas en las cuales la proporción de aire inflamable era mayor, de modo que el aire quemado estaba casi completamente desflogistizado”.

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El valor estándar era de una décima parte. El líquido condensado no era en absoluto ácido, sino que parecía agua pura.
A partir de estos experimentos concluyó “que cuando se hace explotar una mezcla de aire inflamable y desflogisticado, en proporciones tales que el aire quemado no esté demasiado desflogisticado, el líquido condensado contiene un poco de ácido, que siempre es de tipo nítrico, sea cual sea la sustancia de la que provenga el aire desflogisticado; pero si la proporción es tal que el aire quemado esté casi completamente desflogisticado, el líquido condensado no es en absoluto ácido, sino que parece agua pura, sin ninguna adición”. (2)
Estos mismos experimentos, realizados para descubrir la composición del agua, le llevaron también a descubrir la composición del ácido nítrico. Había observado que, en la combustión del gas hidrógeno con aire común, el agua presentaba un ligero matiz ácido, pero que esto no ocurría cuando se utilizaba oxígeno puro. Basándose en esta observación, ideó un experimento para determinar la naturaleza de este ácido. Construyó un aparato mediante el cual se pasaba una chispa eléctrica a través de un recipiente que contenía aire común. Tras varios semanas de este proceso, se formó una pequeña cantidad de líquido. Este líquido, al combinarse con una solución de potasa, formaba nitrato común, el cual “detonaba al entrar en contacto con carbón, brillaba cuando se quemaba papel impregnado con él y emitía vapores nítricos al verterse ácido sulfúrico sobre él”. En otras palabras, se demostró que el líquido era ácido nítrico. Dado que en el experimento inicial solo se había utilizado aire puro, y dado que el aire está compuesto por nitrógeno y oxígeno, no parecía haber dudas de que el ácido nítrico era una combinación de nitrógeno y oxígeno.
Este descubrimiento sobre la naturaleza del ácido nítrico parece haber sido la última obra importante que realizó Cavendish en el campo de la química, aunque casi hasta el momento de su muerte estuvo constantemente ocupado con observaciones científicas. Incluso en los últimos momentos de su vida, según Lord Brougham, persistió en este hábito. “Murió el 10 de marzo de 1810, tras una breve enfermedad, probablemente la primera, así como la última, que sufrió. Su costumbre de observar con curiosidad continuó hasta el final. Deseaba registrar el progreso de la enfermedad y la gradual extinción de sus fuerzas vitales. Con estos objetivos en mente, para no ser perturbado, quería estar solo. Su sirviente regresó antes de lo previsto…”

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Deseó hacerlo, pero se le ordenó nuevamente que saliera de la cámara de la muerte. Cuando regresó por segunda vez, descubrió que su maestro había fallecido.” (3)
JOSEPH PRIESTLEY

Mientras el opulento pero tímido Cavendish realizaba sus importantes descubrimientos, otro inglés, un pobre predicador rural llamado Joseph Priestley (1733-1804), no solo competía con él, sino que, de hecho, lo superaba en la búsqueda de descubrimientos químicos. En 1761, a este joven pastor se le asignó un puesto como tutor en una academia no conformista en Warrington. Allí, durante seis años, pudo dedicarse al estudio de la química y la electricidad. En 1766, durante una visita a Londres, conoció a Benjamin Franklin, quien le sugirió que publicara su Historia de la Electricidad. A partir de entonces, avanzó constantemente en sus investigaciones científicas, al mismo tiempo que cumplía con sus deberes eclesiásticos. En 1780 se trasladó a Birmingham, donde tuvo como colegas a científicos como James Watt, Boulton y Erasmus Darwin.

Once años después, con motivo del aniversario de la caída de la Bastilla en París, una multitud fanática, al conocer las simpatías de Priestley por los revolucionarios franceses, atacó su casa y su capilla, incendiándolas y destruyendo numerosos documentos valiosos e instrumentos científicos. Priestley y su familia lograron escapar de la violencia, pero sus pertenencias más preciadas fueron destruidas. Tres años después, dejó Inglaterra para siempre y se trasladó a los Estados Unidos, país cuya lucha por la libertad había apoyado. Los últimos diez años de su vida los pasó en Northumberland, Pensilvania, donde continuó con sus investigaciones científicas.

Al comienzo de su carrera científica, Priestley comenzó a investigar sobre el “aire fijo” descrito por el Dr. Black. Curiosamente, lo que lo motivó a hacerlo fue lo mismo que había influido en Black: su residencia en las inmediaciones de una cervecería. Fue durante una serie de experimentos con este y otros gases cuando realizó su mayor descubrimiento: el oxígeno, o “aire desflogisticado”, como lo llamó. La historia de este importante descubrimiento probablemente se cuenta mejor con las propias palabras de Priestley:

“Creo que hay muy pocas máximas en la filosofía que hayan calado tan hondo en la mente como la idea de que el aire, es decir, el aire atmosférico, es una sustancia elemental simple, indestructible e inmutable, al menos tanto como se supone que lo es el agua. Sin embargo, durante mis investigaciones pronto me convencí de que el aire atmosférico no es algo inmutable; porque…”

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que, según mi primera hipótesis, el flogisto con el que se carga a partir de cuerpos que arden en él, y de los animales que lo respiran, y de diversos otros procesos químicos, lo altera y corrompe tanto que lo hace completamente inadecuado para la inflamación, la respiración y otros propósitos para los cuales sirve; y había descubierto que la agitación en el agua, el proceso de vegetación y probablemente otros procesos naturales lo devuelven a su pureza original....
“Habiendo obtenido una lente de doce pulgadas de diámetro y veinte pulgadas de distancia focal, procedí con la mayor diligencia, con su ayuda, a descubrir qué tipo de aire produciría una gran variedad de sustancias, poniéndolas en el recipiente que llené de mercurio y manteniéndolo invertido en un recipiente del mismo material.... Con este aparato, tras una serie de experimentos.... el 1 de agosto de 1774, intenté extraer aire del mercurius calcinatus por sí mismo; y pronto descubrí que, mediante esta lente, el aire era expulsado de él muy fácilmente. Habiendo obtenido unas tres o cuatro veces más cantidad que el volumen de mis materiales, introduje agua en él y comprobé que no era absorbida por él. Pero lo que más me sorprendió, más de lo que puedo expresar, fue que una vela ardía en este aire con una llama notablemente vigorosa, muy similar a esa llama ampliada con la que arde una vela en óxido nitroso, expuesta al hierro o al azufre; pero como no había obtenido nunca tal aspecto notable en ningún otro tipo de aire aparte de esta modificación particular del aire vítreo, y sabía que no se utilizaba ácido vítreo en la preparación del mercurius calcinatus, estaba completamente perdido sin saber cómo explicarlo.”(4)
El “nuevo aire” era, por supuesto, oxígeno. Priestley procedió de inmediato a examinarlo mediante una larga serie de experimentos cuidadosos, en los cuales, como se verá, descubrió la mayoría de las cualidades notables de este gas. Continuando con su descripción de estos experimentos, dice:
“La llama de la vela, además de ser más grande, ardía con más esplendor y calor que en ese tipo de aire nitroso; y un trozo de madera al rojo vivo brillaba en él, exactamente como papel sumergido en una solución de nitrato, y se consumía muy rápidamente; un experimento que nunca había pensado en realizar con aire desflogistizado de nitrógeno.
“... Tenía tan poca sospecha de que el aire proveniente del mercurius calcinatus, etc., fuera saludable, que ni siquiera había pensado en utilizarlo para probar el aire de nitrógeno; pero al pensar (como seguramente debí hacerlo con frecuencia, como podrá imaginar mi lector) en la vela que arde en él después de una larga agitación en agua, se me ocurrió...”

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Finalmente pude realizar el experimento; y, al mezclar una medida de aire nítrico con dos medidas de este aire, descubrí no solo que su efecto disminuía, sino que lo hacía en la misma medida que con el aire común, y que el tono rojizo de la mezcla era igual al de una mezcla similar de aire nítrico y aire común... Al día siguiente me sorprendí aún más que nunca al descubrir que, después de que la mezcla mencionada de aire nítrico y aire obtenido del mercurius calcinatus hubiera permanecido toda la noche, una vela ardía en ella incluso mejor que en el aire común.

Poco después, Priestley descubrió que “el aire desflogistizado... es un elemento fundamental en la composición de los ácidos, y puede extraerse por medio del calor de muchas sustancias que los contienen... También se produce por la acción de la luz sobre las verduras verdes; y esto parece ser el principal medio empleado para mantener la pureza de la atmósfera”.

Este reconocimiento del papel importante que desempeña el oxígeno en la atmósfera llevó a Priestley a realizar algunos experimentos con ratones e insectos, y finalmente consigo mismo, mediante la inhalación del gas puro. “La sensación en mis pulmones”, dijo, “no era sensiblemente diferente a la que se experimenta con el aire común, pero tuve la impresión de que mi respiración era especialmente ligera y fácil durante algún tiempo después. ¿Quién sabe si con el tiempo este aire puro podría convertirse en un artículo de lujo?... Quizás, a partir de estos experimentos, podamos ver que, aunque el aire desflogistizado puro pueda ser útil como medicina, quizás no sea tan adecuado para nosotros en el estado saludable habitual del cuerpo”.

Esta sugerencia sobre la posible utilidad del oxígeno como medicina resultó profética. Un siglo más tarde, el uso del oxígeno se había convertido en una práctica habitual entre muchos médicos. Incluso en la época de Priestley, personas como el doctor John Hunter expresaron su creencia en su eficacia en ciertas condiciones, como veremos, pero su valor en la medicina no fue plenamente apreciado hasta varias generaciones después.

Varios años después de descubrir el oxígeno, Priestley resumió así sus propiedades: “Es este componente del aire atmosférico el que le permite sostener la combustión y la vida animal. Mediante él se puede producir el calor más intenso, y en su forma más pura, los animales pueden vivir casi cinco veces más tiempo que en una cantidad equivalente de aire atmosférico. En la respiración, parte de este aire, al pasar por las membranas de los pulmones, se une a la sangre y le confiere su color rosado, mientras que el resto, al unirse al flogisto exhalado...”

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del sangre venosa, forma aire mezclado. Es un aire desinflamatorio combinado con agua lo que permite a los peces vivir en él.”(5)
KARL WILHELM SCHEELE
El descubrimiento del oxígeno fue el último, pero más importante, golpe contra la tambaleante teoría del flogisto, aunque el propio Priestley no lo admitiría. Pero antes de considerar los pasos finales para derrocar la famosa teoría de Stahl y establecer la química moderna, debemos revisar el trabajo de otro gran químico, Karl Wilhelm Scheele (1742-1786), de Suecia, quien descubrió el oxígeno de manera bastante independiente, aunque más tarde que Priestley. En cuanto a los brillantes descubrimientos realizados en un breve período de tiempo, Scheele probablemente superó a todos sus grandes contemporáneos. Tenía un verdadero genio para interpretar reacciones químicas y descubrir nuevas sustancias; en este aspecto, rivalizaba con el propio Priestley. Sin embargo, a diferencia de Priestley, planeaba todos sus experimentos desde el principio siguiendo teorías definidas, siendo los resultados obtenidos la consecuencia lógica de un plan predeterminado.
Scheele era hijo de un comerciante de Stralsund, en Pomerania, que en aquel entonces pertenecía a Suecia. De niño, en la escuela, mostró tan poca aptitud para el estudio de los idiomas que a los catorce años se hizo aprendiz de farmacéutico. Se interesó enormemente por esta profesión y, cuando no estaba atendiendo sus obligaciones en la farmacia, pasaba día y noche realizando experimentos o estudiando libros de química. En 1775, todavía trabajando como farmacéutico, se trasladó a Estocolmo y, poco después, envió a Bergman, el principal químico de Suecia, su primer descubrimiento: el ácido tartárico, que había aislado del crema de tártaro. Este fue el inicio de su carrera de descubrimientos, y desde entonces hasta su muerte envió informes sobre nuevos descubrimientos casi sin interrupción. Mientras tanto, seguía desempeñando las funciones de un farmacéutico ordinario y luchando contra la pobreza. Su tratado sobre el aire y el fuego apareció en 1777. En este notable libro relata su descubrimiento del oxígeno —“empíreo” o “aire-fuego”, como lo llama—, que parece haber hecho de manera independiente y sin haber tenido conocimiento previo del descubrimiento anterior de Priestley. En este mismo libro también demuestra que el aire está compuesto principalmente por oxígeno y nitrógeno.
Al comienzo de su carrera experimental, Scheele se propuso resolver la composición del óxido negro de manganeso, una sustancia que había desconcertado durante mucho tiempo a los químicos. No solo lo logró, sino que, de paso, en el transcurso de esta serie de experimentos, descubrió el oxígeno, la bariota y…

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El cloro, el último de ellos, era de una importancia mucho mayor, al menos desde el punto de vista comercial, que el verdadero objeto de su búsqueda. Al hablar del experimento en el que se realizó el descubrimiento, dice:
“Cuando el ácido marino (clorhídrico) se aplicaba sobre el manganeso en condiciones frías, este adquiría un color marrón rojizo oscuro. Dado que el manganeso no produce ninguna solución incolora sin combinarse con el flogisto (probablemente se refiere al hidrógeno), se deduce que el ácido marino puede disolverlo sin necesidad de ese principio. Pero dicha solución tiene un color azul o rojo. El color aquí es más marrón que rojo, y la razón es que las partículas más finas de manganeso, que no se hunden tan fácilmente, permanecen en la solución roja; ya que sin estas partículas finas la solución es roja, y el rojo mezclado con negro da color marrón. El manganeso está aquí unido de forma bastante laxa al ácido clorhídrico, por lo que el agua puede precipitarlo, y este precipitado se comporta como el manganeso ordinario. Cuando la mezcla de manganeso y ácido clorhídrico se dejó actuar, surgió efervescencia y un olor similar al del ‘aqua regis’”. (6)
La “efervescencia” a la que se refiere era el cloro, el cual procedió a encerrar en un recipiente adecuado para examinarlo más detenidamente. Lo describió como teniendo un “olor característicamente sofocante”, muy desagradable. Pronto observó los efectos decolorantes o blanqueadores de este nuevo producto, descubriendo que podía decolorar flores, vegetales y muchas otras sustancias.
Desde el punto de vista comercial, este descubrimiento del cloro fue de enorme importancia. La aplicación práctica de esta nueva sustancia química en el blanqueo de telas reemplazó rápidamente al antiguo método de blanqueo mediante la exposición de las telas a la hierba. Pero aunque Scheele fue quien primero señaló las propiedades blanqueadoras de su gas recién descubierto, fue el sabio francés Berthollet quien, basándose en el descubrimiento de Scheele de que el nuevo gas podía decolorar vegetales y flores, sospechó que esa propiedad podría utilizarse para eliminar el color de las telas. En 1785 presentó un artículo ante la Academia de Ciencias de París, en el cual demostró que el blanqueo con cloro era completamente satisfactorio, ya que solo afectaba al color y no a la sustancia misma de la tela. Anteriormente había realizado experimentos y descubierto que el gas cloro era soluble en agua, lo que permitía utilizarlo de manera práctica para fines de blanqueo. En 1786, James Watt examinó muestras de telas blanqueadas por Berthollet, y al regresar a Inglaterra puso en práctica por primera vez el proceso de blanqueo. Su proceso…

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Sin embargo, no fue del todo satisfactorio, y, tras someterse a diversas modificaciones y mejoras, finalmente fue hecho completamente práctico por el Sr. Tennant, quien descubrió un compuesto de cloro y cal: el cloruro de cal, que era un producto químico relativamente barato y que cumplía mejor su función incluso que el cloro en sí. Para comprender cuán trascendental fue este descubrimiento para los fabricantes de telas, cabe recordar que el antiguo proceso de blanqueo requería todo un verano para blanquear una sola pieza de lino; el nuevo proceso redujo ese período a unas pocas horas. Ciertamente, la cal se había utilizado con cierto éxito antes del descubrimiento de Tennant, pero el blanqueo exitoso y práctico mediante una solución de cloruro de cal solo fue posible gracias a él y al descubrimiento del cloro por parte de Scheele. Hasta la época de Scheele, el gran campo de la química orgánica había permanecido prácticamente sin explorar, pero bajo el impulso de su asombroso genio inventivo se introdujeron nuevos métodos para aislar y estudiar productos animales y vegetales, y se prepararon numerosos ácidos y otros compuestos orgánicos que hasta entonces eran desconocidos. Sus explicaciones de los fenómenos químicos se basaban en la teoría del flogisto, en la cual, al igual que Priestley, siempre creyó. Aunque estaba equivocado en este aspecto, no obstante logró realizar sus descubrimientos con interpretaciones extremadamente precisas. Un breve resumen de algunos de sus descubrimientos más importantes da una idea de su fecundidad mental así como de su diligencia. En 1780 descubrió el ácido láctico y demostró que era la sustancia que causaba la acidez de la leche agria; y ese mismo año descubrió el ácido mucílico. Luego siguió el descubrimiento del ácido tungstico, y en 1783 añadió a su lista de descubrimientos útiles el de la glicerina. A continuación, en rápida sucesión, anunció los nuevos productos vegetales: los ácidos cítrico, málico, oxálico y gálico. Scheele no solo realizó los descubrimientos, sino que también contó al mundo cómo los había hecho; cómo cualquier químico podría haberlos hecho si así lo decidiera, ya que nunca consideró que realmente había descubierto alguna sustancia hasta que no la había producido, descompuesto y vuelto a crear. Sus experimentos con el azul prusiano son especialmente interesantes, no solo por la enorme cantidad de trabajo involucrada y la habilidad que demostró en sus experimentos, sino porque todo el tiempo el químico manipulaba, olfateaba e incluso probaba un compuesto de uno de los venenos más mortales, sin ser consciente de

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El hecho de que esa sustancia fuera peligrosa de manipular. Su escape de las heridas parece casi milagroso; ya que sus experimentos, que eran muy elaborados, se extendieron durante un período de tiempo considerable, durante el cual parece haber manipulado este químico sin consecuencias. Aunque tenía solo cuarenta años y estaba en la cúspide de su fama, Scheele fue afectado por una enfermedad fatal, probablemente causada por su trabajo incansable y la exposición constante. Sin embargo, es gratificante saber que durante los últimos ocho o nueve años de su vida estuvo menos atado por dificultades económicas que antes, ya que Bergman había obtenido para él una beca anual de la Academia. Pero era característico de este hombre que, mientras dedicaba una sexta parte de esa beca a sus necesidades personales, los cinco sextos restantes se destinaban a los gastos de sus experimentos.

LAVOISIER Y LA FUNDACIÓN DE LA QUÍMICA MODERNA
Había llegado el momento de formular la teoría correcta sobre la composición química: solo se necesitaba una mano maestra para dar forma adecuada a esos materiales. Los descubrimientos en química durante el siglo XVIII fueron de gran alcance y de carácter revolucionario. Una breve revisión de estos descubrimientos muestra hasta qué punto subvirtieron las antiguas ideas sobre los elementos químicos y los compuestos químicos. De las cuatro sustancias —tierra, aire, fuego y agua—, que durante muchos siglos se consideraron cuerpos elementales, ninguna resistió la prueba de los químicos del siglo XVIII. La tierra ya hacía tiempo que dejó de considerarse un elemento, y el agua y el aire sufrieron el mismo destino en ese siglo. Y ahora, finalmente, incluso el fuego, el último de los cuatro “elementos” y la piedra angular del concepto de flogisto, resultó ser nada más que una de las manifestaciones del nuevo elemento, el oxígeno, y no “flogisto” ni ninguna otra sustancia intangible.

En esta época de descubrimientos químicos, Inglaterra produjo gigantes intelectuales y pioneros en la ciencia como Black, Priestley y Cavendish; Suecia dio al mundo a Scheele y Bergman, cuyo trabajo, sumado al de sus colegas ingleses, sentó las bases de la química como ciencia. Pero fue Francia quien produjo al hombre que dio los toques finales a esa estructura aún rudimentaria y la estableció como la ciencia de la química moderna. Fue Antoine Laurent Lavoisier (1743-1794) quien reunió, interpretó correctamente, renombró y clasificó la gran cantidad de datos que sus predecesores y contemporáneos habían entregado al mundo.

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La actitud de las países de origen hacia estos ilustres hijos es un interesante fragmento de la historia. Suecia honró y recompensó a Scheele y Bergman por sus esfuerzos; Inglaterra recibió al intelectual Cavendish con menos aprecio que el Continente, y una multitud fanática expulsó a Priestley del país; mientras que Francia, al enviar a Lavoisier a la guillotina, demostró cuán peligroso era, al menos en aquel entonces, para un francés inteligente servir bien a sus semejantes y a su país. “La revolución que Lavoisier provocó en la ciencia”, dice Hoefer, “coincide, por un singular designio del destino, con otra revolución, mucho mayor, que tenía lugar en ese mismo momento en el ámbito político y social. Ambas ocurrieron en el mismo suelo, en la misma época, entre el mismo pueblo; y ambas marcaron el comienzo de una nueva era en sus respectivas esferas”.
Lavoisier nació en París y, siendo hijo de una familia adinerada, fue educado bajo la tutela de los mejores maestros de la época. Con Lacaille estudió matemáticas y astronomía; con Jussieu, botánica; y, finalmente, química con Rouelle. Su primer trabajo importante fue un artículo sobre la iluminación práctica de las calles de París, por el cual se había ofrecido un premio por parte de M. de Sartine, jefe de policía. Este premio no se otorgó a Lavoisier, pero sus sugerencias fueron tan importantes que el rey ordenó que se le concediera una medalla de oro al joven autor durante la sesión pública de la Academia en abril de 1776. Dos años más tarde, a los treinta y cinco años, Lavoisier fue admitido como miembro de la Academia. Ese mismo año comenzó a dedicarse casi exclusivamente a investigaciones químicas y estableció un laboratorio en su casa, equipado con todo tipo de aparatos y sustancias químicas costosas. Allí mantenía una comunicación constante con los grandes hombres de la ciencia de París, a quienes siempre dejaba entrar. Una de sus primeras tareas en este laboratorio fue demostrar que el agua no podía convertirse en tierra mediante destilaciones repetidas, como se defendía generalmente; y también mostrar que no había fundamento en la creencia de que fuera posible convertir el agua en un gas lo suficientemente “elástico” como para pasar por los poros de un recipiente. Demostró la falacia de ambas teorías en 1768-1769 mediante experimentos detallados; una sola investigación de esta serie ocupó ciento un días.

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En 1771 asestó el primer golpe a la teoría del flogisto mediante sus experimentos sobre la calcinación de los metales. Cabe recordar que una de las bases de la creencia en el flogisto era el hecho de que, cuando un metal se calcinaba, se convertía en ceniza, perdiendo su “flogisto” en el proceso. Para restaurar el metal, era necesario añadir alguna sustancia como trigo o carbón a la ceniza. Lavoisier, al examinar este proceso de restauración, descubrió que siempre se liberaba una gran cantidad de “aire”, que supuso que era “aire fijo” o ácido carbónico: el mismo que se escapa durante la efervescencia de las alkalias y tierras calcáreas, y en la fermentación de los licores. Luego examinó el proceso de calcinación, por medio del cual se suponía que se extraía el flogisto del metal. Pero, lejos de encontrar que se había expulsado el flogisto o cualquier otra sustancia, descubrió que algo se había absorbido: que el metal “absorbía aire”, y que el aumento de peso del metal correspondía a la cantidad de aire “absorbido”. Mientras tanto, estaba a punto de hacer dos grandes descubrimientos: el del oxígeno y el de la composición del aire, que Priestley realizaría unos dos años después. La siguiente investigación importante de este gran francés fue la relativa a la composición de los diamantes. Con la gran lente de Tschirnhausen, perteneciente a la Academia, logró quemar varios diamantes, sin importarle los gastos, los cuales, gracias a su herencia, podía ignorar. En este proceso descubrió que se liberaba un gas que precipitaba la cal del agua, y resultó ser ácido carbónico. Al observar esto y experimentar con otras sustancias conocidas por liberar ácido carbónico de la misma manera, quedó claramente impresionado por el hecho, ya bien conocido, de que el diamante y el carbón son químicamente idénticos. Pero, aunque realmente lo creía, fue cauteloso al expresar plenamente su convicción. “Nunca habríamos esperado”, dice, “encontrar alguna relación entre el carbón y el diamante, y sería irracional llevar esta analogía demasiado lejos; solo existe porque ambas sustancias parecen pertenecer adecuadamente a la clase de los cuerpos combustibles, y porque, de todos estos cuerpos, son los más estables cuando se mantienen alejados del contacto con el aire”. Como hemos visto, Priestley, en 1774, había descubierto el oxígeno, o “aire desflogistizado”. Cuatro años después, Lavoisier presentó por primera vez su teoría de que este elemento descubierto por Priestley era el principio universal de acidificación u oxigenación, el cual, al combinarse con carbón o carbono, formaba ácido carbónico; al combinarse con azufre, formaba ácido sulfúrico (o vitriólico); con nitrógeno, formaba ácido nítrico, etc., y al combinarse…

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Con los metales se forman óxidos o calcuros. Además, planteó la teoría de que la combustión no se debía a algo tan ilusorio como el “flogisto”, ya que este no existía, y le parecía que los fenómenos de combustión hasta entonces atribuidos al flogisto podían explicarse por la acción del nuevo elemento, el oxígeno, y del calor. Este fue el golpe final para la teoría del flogisto, la cual, aunque ya estaba tambaleándose desde hacía algún tiempo, aún no había sido completamente derrocada.

En 1787, Lavoisier, junto con Guyon de Morveau, Berthollet y Fourcroy, introdujo las reformas en la nomenclatura química que hasta entonces había permanecido prácticamente sin cambios desde la época alquímica. Expresiones como “desflogistizado” y “flogistizado” obviamente tendrían poco sentido para una generación que ya no creía en la existencia del flogisto. Era apropiado que una revolución en el pensamiento químico estuviera acompañada por una revolución correspondiente en los nombres químicos, y a Lavoisier le corresponde principalmente el mérito de haber provocado esta revolución. En sus *Elementos de Química* utilizó esta nueva nomenclatura, y parecía ser una mejora tan clara con respecto a la antigua que el mundo científico se apresuró a adoptarla. Al respecto, Lavoisier dice:

“Por lo tanto, hemos dejado de lado por completo la expresión ‘calcio metálico’ y la hemos sustituido por la palabra ‘óxido’. Con esto se puede ver que el lenguaje que hemos adoptado es tanto rico como expresivo. El primer o grado más bajo de oxidación en los cuerpos los convierte en óxidos; un segundo grado adicional de oxidación constituye la clase de ácidos cuyos nombres específicos, derivados de sus bases particulares, terminan en ‘oso’, como en los ácidos nitroso y sulfuroso. El tercer grado de oxidación los transforma en las especies de ácidos que se distinguen por terminar en ‘ico’, como en los ácidos nítrico y sulfúrico; y, finalmente, podemos expresar un cuarto grado o superior de oxidación añadiendo la palabra ‘oxidado’ al nombre del ácido, como ya se ha hecho con el ácido clorhídrico oxidado.”

Esta nueva obra, cuando fue presentada al mundo, no fue simplemente un libro histórico; fue revolucionaria. No solo descartó por completo el flogisto, sino que también estableció que los metales son elementos simples, y no compuestos de “tierra” y “flogisto”. Apoyó la demostración de Cavendish de que el agua misma, al igual que el aire, es un compuesto de oxígeno con otro elemento. En resumen, era química científica, en el sentido moderno del término.

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Las observaciones de Lavoisier sobre la combustión son a la vez importantes e interesantes: “La combustión”, dice, “... es la descomposición del oxígeno producida por un cuerpo combustible. El oxígeno que constituye la base de este gas es absorbido por el cuerpo en combustión y entra en combinación con él, mientras que el calor y la luz se liberan. Toda combustión implica necesariamente oxigenación; sin embargo, por el contrario, toda oxigenación no implica necesariamente una combustión simultánea, porque la combustión propiamente dicha no puede tener lugar sin la liberación de calor y luz. Antes de que pueda producirse la combustión, es necesario que la base del gas oxígeno tenga una mayor afinidad por el cuerpo combustible que por el calor; y esta atracción selectiva, para usar la expresión de Bergman, solo puede ocurrir a cierta temperatura, la cual es diferente para cada sustancia combustible; de ahí la necesidad de dar el primer impulso o inicio a toda combustión mediante la aproximación de un cuerpo calentado. Esta necesidad de calentar cualquier cuerpo que queramos quemar depende de ciertas consideraciones que hasta ahora no han sido tenidas en cuenta por ningún filósofo de la naturaleza; por esa razón ampliaré un poco este tema aquí:

“La naturaleza se encuentra actualmente en un estado de equilibrio, que no pudo alcanzarse hasta que todas las combustiones espontáneas o oxigenaciones posibles a una temperatura ordinaria hubieron tenido lugar... Para ilustrar esta visión abstracta de la cuestión con un ejemplo: supongamos que la temperatura habitual de la Tierra cambia ligeramente y se eleva solo hasta el punto de ebullición del agua; es evidente que en este caso el fósforo, que es combustible a una temperatura considerablemente más baja, ya no existiría en la naturaleza en su estado puro y simple, sino que siempre se encontraría en su estado ácido u oxigenado, y su radical se convertiría en una de las sustancias desconocidas para la química. Al aumentar gradualmente la temperatura de la Tierra, ocurriría lo mismo sucesivamente con todos los cuerpos capaces de combustión; y, al final, una vez que hubieran tenido lugar todas las combustiones posibles, ya no existiría ningún cuerpo combustible, y toda sustancia susceptible a esta reacción estaría oxigenada y, por consiguiente, incombustible.

“Por lo tanto, en lo que a nosotros respecta, no puede existir ningún cuerpo combustible que no sea incombustible a la temperatura ordinaria de la Tierra; o, dicho de otra manera, es esencial para la naturaleza de todo cuerpo combustible no poseer la propiedad de la combustión”.

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A menos que se caliente o se eleve a una temperatura en la cual su combustión tenga lugar de forma natural. Una vez alcanzada esa temperatura, comienza la combustión, y la caloría liberada por la descomposición del gas oxígeno mantiene la temperatura necesaria para que continúe la combustión. Cuando esto no ocurre —es decir, cuando la caloría liberada no es suficiente para mantener la temperatura necesaria—, la combustión cesa. Esta circunstancia se expresa en el lenguaje cotidiano diciendo que un cuerpo arde mal o con dificultad.(10)
Fue necesario el genio de un hombre como Lavoisier para completar la refutación de la falsa pero firmemente arraigada teoría del flogisto; frente a un libro como sus Elementos de Química, las débiles armas de los defensores de la teoría del flogisto fueron lanzadas en vano.
Pero mientras que los químicos, como colectivo, se habían convertido a la nueva química antes de fin de siglo, un hombre, el Dr. Priestley, cuyo trabajo había contribuido en gran medida a su fundación, permaneció sin convertirse. En esto, como en todo su trabajo vital, demostró ser un hombre sumamente notable. Davy dijo de él, una generación después, que nadie más había descubierto tantas sustancias nuevas y curiosas como él; sin embargo, hasta el final solo fue un aficionado a la ciencia, siendo su profesión, como sabemos, el sacerdocio. Apenas existe otro caso en la historia de un hombre que no fuera especialista en ciencias y que lograra tanto en investigación original como este químico, fisiólogo, electricista; matemático, lógico y moralista; teólogo, filósofo de la mente y economista político. Tomó todo conocimiento como su campo de estudio; pero cómo encontraba tiempo para sus innumerables investigaciones y escritos diversos, además de sus obligaciones diarias, seguirá siendo siempre un misterio para los mortales comunes.
Que esa mente maravillosamente receptiva y flexible rechazara las doctrinas claramente lógicas de la nueva química parece igualmente inexplicable. Pero así fue. Hasta el último momento, después de que todos sus amigos hubieran capitulado, Priestley continuó la lucha. Desde América envió su último desafío al enemigo en el año 1800, en un folleto titulado “La doctrina del flogisto defendida”, etc. En la mente de su autor era poco menos que un himno a la victoria; pero todo el mundo sabía que era el canto del cisne de la doctrina del flogisto. A pesar del desafío de este único guerrero, la batalla ya estaba decidida, y al cerrarse el siglo, la química “antiflogística” tenía el control práctico del campo.

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III. LA QUÍMICA DESDE LOS TIEMPOS DE DALTON
JOHN DALTON Y LA TEORÍA ATÓMICA

Los comienzos modestos a veces tienen finales grandiosos. Como ejemplo, basta observar el resultado del esfuerzo inicial y original de un joven cuáquero autodidacta llamado John Dalton, quien hacia el final del siglo XVIII se interesó por el clima y decidió construir y utilizar un medidor rudimentario de lluvia para medir su cantidad. Los sencillos experimentos que inició condujeron a nada menos que doscientas mil observaciones registradas sobre el clima, las cuales sirvieron de base para algunos de los descubrimientos más importantes en meteorología, como ya hemos visto. Pero eso fue solo un comienzo. El sencillo medidor de lluvia señaló el camino hacia la generalización más importante del siglo XIX en un campo científico que, para el observador casual, podría parecer no tener ninguna relación con él. La maravillosa teoría atómica, sobre la cual se basa toda la estructura de la química moderna, fue el resultado lógico, en la mente de John Dalton, de esos primeros estudios en meteorología.

Así ocurrió: al estudiar la lluvia, Dalton pasó naturalmente al proceso complementario de la evaporación. Pronto llegó a creer que el vapor existe en la atmósfera como un gas independiente. Pero como dos cuerpos no pueden ocupar el mismo espacio al mismo tiempo, esto implica que los diversos gases atmosféricos están realmente compuestos por partículas discretas. Estas partículas elementales son tan pequeñas que no podemos verlas; de hecho, apenas podemos imaginarlas. Sin embargo, cada partícula de vapor es, en realidad, una parte del agua, tal como lo sería una gota del océano, o incluso el propio océano. Pero el agua es una sustancia compuesta, ya que puede separarse, como demostró Cavendish, en las dos sustancias elementales hidrógeno y oxígeno. Por lo tanto, el átomo de agua debe estar compuesto por dos átomos menores unidos entre sí. Imaginemos un átomo de hidrógeno y uno de oxígeno; al unirlos obtenemos un átomo de agua; al separarlos, el agua deja de existir.

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Al separar los átomos de hidrógeno y de oxígeno, lo que queda son hidrógeno y oxígeno, y nada más. Mezclados o unidos de manera diferente, los átomos producen diferentes sustancias; pero los átomos elementales nunca cambian su naturaleza química, su distinta “personalidad”. Fue alrededor del año 1803 cuando Dalton comprendió por completo la concepción del átomo químico. Inmediatamente se dio cuenta de que, si esa hipótesis era cierta, proporcionaba una clave maravillosa para descifrar secretos de la materia hasta entonces insolubles: cuestiones relacionadas con las proporciones relativas de los propios átomos. Se sabe, por ejemplo, que una cierta cantidad de gas hidrógeno se une a una cierta cantidad de gas oxígeno para formar agua. Si es cierto que esta combinación consiste esencialmente en la unión de átomos entre sí (cada átomo de hidrógeno unido a un átomo de oxígeno), entonces los pesos relativos de las masas originales de hidrógeno y oxígeno deben ser también los pesos relativos de cada uno de sus átomos respectivos. Si una libra de hidrógeno se une a cinco libras y media de oxígeno (como ocurría, según los experimentos de Dalton), entonces el peso del átomo de oxígeno debe ser cinco libras y media veces el del átomo de hidrógeno. Otros compuestos pueden ser probados de la misma manera. Dalton realizó numerosas pruebas antes de publicar su teoría. Descubrió que el hidrógeno entra en compuestos en proporciones menores que cualquier otro elemento que conocía; por eso, por conveniencia, decidió tomar el peso del átomo de hidrógeno como unidad. El peso atómico del oxígeno pasó entonces a ser 5,5 (según la primera tabla de Dalton de 1803); el del agua (hidrógeno más oxígeno) era, por supuesto, 6,5. Los pesos atómicos de unas veinte sustancias se indican en el primer artículo de Dalton, presentado ante la Sociedad Literaria y Filosófica de Mánchester el 21 de octubre de 1803. Me pregunto si Dalton mismo, pese a su gran e agudo intelecto, sospechó, al leer ese artículo, que estaba dando inicio a uno de los movimientos más fructíferos de toda la historia de la ciencia. Sea como sea, es seguro que los contemporáneos de Dalton al principio no quedaron muy impresionados por la novedosa teoría atómica. Justo en ese momento, casualmente, se desarrollaba en el campo de la química una disputa sobre un hecho empírico que debía resolverse antes de que una teoría como la de Dalton pudiera siquiera tener alguna posibilidad de aplicarse. Se trataba de saber si los elementos químicos siempre se unen entre sí en proporciones definidas. Berthollet, el gran colaborador de Lavoisier y ahora el químico más autorizado vivo, sostenía que las sustancias se combinan en…

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Proporciones graduadas casi indefinidamente entre extremos fijos. Sostuvo que esa solución era en realidad una forma de combinación química; una postura que, si se aceptaba, no dejaba espacio para discusiones. Pero esta afirmación del maestro fue objeto de intensas controversias, especialmente por parte de Louis Joseph Proust, y todos los químicos de renombre se vieron obligados a tomar partido por uno u otro. Durante un tiempo, la autoridad de Berthollet resistió frente a los hechos, pero al final las pruebas acumuladas favorecieron a Proust y a sus seguidores, y hacia el final de la primera década de nuestro siglo se llegó a reconocer generalmente que los elementos químicos se combinan entre sí en proporciones fijas y definidas. Más aún: a medida que los analistas comenzaron a pesar cuidadosamente las cantidades de los elementos que se combinaban, se observó que esas proporciones no solo eran definidas, sino que también mantenían una relación muy curiosa entre sí. Si el elemento A se combina con dos proporciones diferentes del elemento B para formar dos compuestos, parece que el peso de la mayor cantidad de B es un múltiplo exacto del peso de la menor cantidad. Esta curiosa relación fue observada por el Dr. Wollaston, uno de los observadores más precisos, y poco después fue confirmada por Johan Jakob Berzelius, el gran químico sueco, quien tendría una influencia dominante en el mundo químico durante toda una generación. Pero esta combinación de elementos en proporciones numéricas era exactamente lo que Dalton ya había observado en 1802, y lo que lo llevó directamente a los pesos atómicos. Así, la confirmación de este punto esencial por parte de químicos de tal autoridad brindó la mayor de las respaldos a la teoría atómica. Durante esos mismos años, la creciente autoridad del mundo químico francés, Joseph Louis Gay-Lussac, realizaba experimentos con gases, los cuales inicialmente llevó a cabo junto con Humboldt, pero posteriormente los realizó de forma independiente. En 1809, el año siguiente a la publicación del primer volumen del Nuevo Sistema de Filosofía Química de Dalton, Gay-Lussac publicó los resultados de sus observaciones y, entre otras cosas, destacó el hecho notable de que los gases, bajo las mismas condiciones de temperatura y presión, siempre se combinan en proporciones numéricas definidas en cuanto al volumen. Por ejemplo, exactamente dos volúmenes de hidrógeno se combinan con un volumen de oxígeno para formar agua. Además, el gas compuesto resultante mantiene siempre una relación sencilla con los elementos que se combinaron.

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volúmenes. En el caso que acabamos de citar, la unión de dos volúmenes de hidrógeno y uno de oxígeno da como resultado precisamente dos volúmenes de vapor de agua. Naturalmente, los defensores de la teoría atómica aprovecharon estas observaciones de Gay-Lussac para respaldar fuertemente su hipótesis; es decir, todos ellos, excepto el propio autor de la teoría atómica, extrañamente autosuficiente, quien se negó a aceptar las observaciones del químico francés como válidas. Sin embargo, las observaciones de Gay-Lussac eran correctas, como han demostrado una y otra vez innumerables químicos desde entonces, y su teoría de la combinación por volúmenes se convirtió en una de las piedras angulares de la teoría atómica, a pesar de la oposición de su autor.
La verdadera explicación de la ley de combinación por volúmenes de Gay-Lussac fue ideada casi de inmediato por un sabio italiano, Amadeo Avogadro, y expresada en términos de la teoría atómica. Según Avogadro, bajo condiciones físicas similares, cada tipo de gas contiene exactamente el mismo número de partículas elementales en un volumen dado. Cada una de estas partículas elementales puede estar compuesta por dos o más átomos (como en el caso del vapor de agua), pero tal átomo compuesto se comporta como si fuera un átomo simple e indivisible, en lo que respecta al espacio que lo separa de sus semejantes bajo determinadas condiciones de presión y temperatura. El átomo compuesto, formado por dos o más átomos elementales, Avogadro propuso distinguirlo, por comodidad, con el nombre de molécula. Es a la molécula, considerada como la unidad de estructura física, a la que se aplica la ley de Avogadro.
Esta distinción sumamente importante entre átomos y moléculas, implícita en la ley recién expuesta, fue publicada en 1811. Cuatro años después, el famoso físico francés Ampère formuló una teoría similar y utilizó dicha ley en sus cálculos matemáticos. Y así, la ley de Avogadro desapareció de la vista durante toda una generación. Los químicos de aquel tiempo, sin sospechar que era precisamente la clave de los misterios internos de los átomos que buscaban, la descartaron y dejaron que se borrara de la memoria de su ciencia.
Esto, sin embargo, no era extraño, ya que, por supuesto, la ley de Avogadro se basa en la teoría atómica, y en 1811 la propia teoría atómica aún estaba siendo evaluada. La ley de las proporciones múltiples había sido aceptada generalmente como un hecho empírico; pero muchos de los principales representantes de la química seguían mirando con escepticismo la explicación de Dalton sobre esta ley. Así

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Wollaston, aunque desde el principio se inclinaba a aceptar la visión daltoniana, sugirió con cautela que sería conveniente utilizar la palabra no comprometedora “equivalente” en lugar de “átomo”; y Davy, por una razón similar, en su libro de 1812, habla únicamente de “proporciones”, sin adherirse a ninguna teoría sobre cuál podría ser la naturaleza de dichas proporciones. Sin embargo, al menos dos grandes químicos de esa época adoptaron la visión atómica con menos reservas. Uno de ellos fue Thomas Thomson, profesor en Edimburgo, quien en 1807 había expuesto los lineamientos de la teoría de Dalton en un libro ampliamente difundido, el cual fue el primero en llevar dicha teoría a la atención general del mundo químico. El otro defensor aún más destacado de la teoría atómica fue Johan Jakob Berzelius. Este gran químico sueco se puso de inmediato a someter la teoría atómica a las pruebas que podían aplicarse en el laboratorio. Era un analista de suma habilidad y, durante años, se dedicó a determinar los pesos de combinación, los “equivalentes” o “proporciones” de los diferentes elementos. Estas determinaciones, en la medida en que se realizaban con precisión, eran simples expresiones de hechos empíricos, independientes de cualquier teoría; pero gradualmente se hizo cada vez más evidente que todos estos hechos armonizaban con la teoría atómica de Dalton. Así, por consenso general, los pesos de combinación proporcionales de los elementos pasaron a conocerse como pesos atómicos —nombre que Dalton les había dado desde un principio—, y la concepción tangible del átomo químico como un cuerpo de constitución y peso definidos ganó cada vez más adeptos. Desde el principio, la idea tuvo una gran concreción en la mente de Dalton. Él siempre representó los diferentes átomos mediante símbolos geométricos: un círculo para el oxígeno, un círculo que contiene un punto para el hidrógeno, y cosas por el estilo; además, representaba los compuestos colocando estos símbolos de los elementos uno junto al otro. Berzelius propuso mejorar este método sustituyendo el símbolo geométrico por la inicial del nombre latino del elemento representado: O para el oxígeno, H para el hidrógeno, etc., y añadiendo un coeficiente numérico después de la letra como indicación del número de átomos presentes en cualquier compuesto dado. Este sencillo sistema pronto obtuvo aceptación general y, con ligeras modificaciones, sigue siendo utilizado universalmente. Hoy en día, todo estudiante sabe que H2O es la forma química de expresar la unión de dos átomos de hidrógeno con uno de oxígeno para formar una molécula de agua. Pero tal fórmula no habría tenido ningún sentido para el químico más sabio antes de la llegada de Berzelius.

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La fama universal del gran científico sueco sirvió para dar difusión general a sus símbolos y pesos atómicos. El nuevo punto de vista que así se desarrolló condujo posteriormente a dos descubrimientos importantes que eliminaron las últimas dudas sobre la validez de la teoría atómica. En 1819, dos físicos franceses, Dulong y Petit, mientras experimentaban con el calor, descubrieron que los calores específicos de los sólidos (es decir, la cantidad de calor necesaria para elevar la temperatura de una masa determinada hasta un grado determinado) varían inversamente con sus pesos atómicos. Ese mismo año, Eilhard Mitscherlich, un investigador alemán, observó que los compuestos que tienen el mismo número de átomos por molécula tienden a formar los mismos ángulos de cristalización; propiedad que él denominó isomorfismo. Así, pues, había dos conjuntos de hechos empíricos completamente novedosos e independientes que se armonizaban de manera sorprendente con la suposición de que las sustancias están compuestas por átomos químicos de peso determinado. Esto ciertamente no podía ser coincidencia: indicaba la existencia de leyes. Y tan pronto como las afirmaciones de Dulong y Petit, así como las de Mitscherlich, fueron confirmadas por otros observadores, las leyes del calor específico de los átomos y del isomorfismo pasaron a ser nuevos pilares de la ciencia química. Con la ayuda de estas nuevas herramientas, se construyó rápidamente una muralla impenetrable de hechos en torno a la teoría atómica. John Dalton, autor de esa teoría, un cuáquero sencillo y provinciano que trabajó incansablemente hasta el final, en semirretiro, pasó a ser conocido en todo el mundo y para siempre como un maestro entre los maestros.

**HUMPHRY DAVY Y LA ELECTROQUÍMICA**
Durante aquellos primeros años del siglo XIX, mientras Dalton se dedicaba incansablemente al estudio de los hechos y teorías químicas en su laboratorio poco conocido de Mánchester, otro inglés captó la atención del mundo químico con una serie de investigaciones brillantes y muy destacadas. Se trataba de Humphry Davy, un joven que llegó a Londres en 1801, a instancias del conde Rumford, para ocupar la cátedra de filosofía química en la Real Institución, que ese famoso estadounidense acababa de fundar. Allí, bajo la dirección de Davy, se puso en funcionamiento la mayor batería voláica jamás construida, y con su ayuda se esperaba que este joven e inteligente experimentador realizara verdaderos milagros. De hecho, apenas defraudó esas expectativas, ya que, con la ayuda de su batería, logró transformar una sustancia tan común como el potasio en un metal que no solo era tan ligero que flotaba sobre el agua, sino que además poseía propiedades aparentemente milagrosas.

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Propiedad de estallar en llamas tan pronto como entraba en contacto con ese líquido extintor. Si esto no era un milagro, para la opinión popular tenía todo el aspecto de uno. Lo que Davy realmente había hecho era descomponer el potasio, que hasta entonces se consideraba un elemento, liberando su oxígeno y así aislando su base metálica, a la que llamó potasio. Lo mismo se hizo con la sosa, y se descubrió el metal muy similar al sodio: metales de un tipo único, dotados de una extraña avidez por el oxígeno, y capaces de atraparlo incluso cuando está unido a las moléculas de agua. Consideradas como meras curiosidades, estas descubrimientos eran interesantes, pero aparte de eso tenían una gran importancia teórica, porque demostraban la naturaleza compuesta de algunas sustancias químicas conocidas que se habían considerado elementos. Varios otros elementos terrestres sufrieron el mismo destino cuando fueron sometidos a la influencia eléctrica; así se descubrieron los metales bario, calcio y estroncio. A partir de entonces, Davy siempre se refirió a las supuestas sustancias elementales (incluido el oxígeno, el hidrógeno y el resto) como cuerpos “no descompuestos”. Estos resisten todos los esfuerzos actuales por descomponerlos, pero ¿cómo se puede saber qué podría ocurrir si fueran sometidos a una influencia, quizás algún día descubierta, que superara en potencia a la batería, tal como la batería supera a la pipa de soplido? Otro resultado teórico aún más importante que surgió de los experimentos de Davy durante esta primera década del siglo fue la prueba de que no se producen sustancias elementales distintas al hidrógeno y al oxígeno cuando el agua pura es descompuesta por la corriente eléctrica. Davy y otros se dieron cuenta pronto de que, cuando se pasa una corriente fuerte a través del agua, aparecen álcalis en un polo de la batería y ácidos en el otro, aunque el agua utilizada fuera absolutamente pura. Esto parecía indicar la creación de elementos: una transmutación, pero un paso más allá de la creación misma de la materia, bajo la influencia de la nueva “fuerza”. Uno de los mayores triunfos de Davy fue demostrar, en la serie de experimentos registrados en su famosa conferencia Bakeriana de 1806, que no tenía lugar esa supuesta creación de elementos; las sustancias encontradas en los polos de la batería eran en realidad sustancias disueltas de las paredes de los recipientes en los que se realizaba el experimento con el agua. Así, el mismo instrumento que había servido para dar un cierto respaldo filosófico a los sueños cada vez más lejanos de la alquimia, expulsó definitivamente esos sueños del ámbito de la ciencia actual.

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“Ya en el año 1800”, escribe Davy, “descubrí que cuando se sometían a la acción eléctrica de la pila de Volta, por medio de alambres de oro, porciones separadas de agua destilada que llenaban dos tubos de vidrio conectados mediante membranas húmedas, o cualquier sustancia animal o vegetal húmeda, aparecía una solución nitrómurítica de oro en el tubo que contenía el alambre positivo, es decir, el alambre que transmitía la electricidad, y una solución de sosa en el tubo opuesto; pero pronto comprobé que el ácido muriático se debía a las sustancias animales o vegetales utilizadas; porque cuando se empleaban las mismas fibras de algodón en experimentos sucesivos y se lavaban después de cada proceso en una solución débil de ácido nítrico, el agua del aparato que las contenía, aunque fuera sometida durante mucho tiempo a una fuerza muy intensa, al final no producía ningún efecto sobre el nitrato de plata.

En los casos en que obtenía grandes cantidades de sosa, el vidrio en el punto de contacto con el alambre parecía estar considerablemente corroído; y mi idea de atribuir la producción del álcali principalmente a esta fuente se vio confirmada al descubrir que no se podía obtener ninguna sustancia salina fija al electrificar agua destilada en un único vaso de ágata, utilizando dos puntos de platino con la batería de Volta.

Sin embargo, el señor Sylvester, en un artículo publicado en la revista del señor Nicholson el pasado agosto, afirma que, aunque no aparecen álcalis fijos ni ácido muriático cuando se utiliza un solo recipiente, ambos se forman cuando se utilizan dos recipientes. Y para eliminar todas las objeciones relacionadas con las sustancias vegetales o el vidrio, llevó a cabo su proceso en un recipiente hecho de arcilla de pipa de tabaco cocida, insertado en un crisol de platino. No dudo de la corrección de sus resultados; pero la conclusión me parece cuestionable. Él cree haber obtenido un álcali fijo, porque el líquido, tras ser calentado y evaporado, dejaba una sustancia que teñía de marrón a la cúrcuma, lo cual habría ocurrido si se tratara de cal, una sustancia que existe en cantidades considerables en toda la arcilla de pipa; e incluso admitiendo la presencia de un álcali fijo, los materiales utilizados para fabricar pipas de tabaco no son en absoluto tales como para excluir la posibilidad de que se formen combinaciones de esta sustancia.

Reanudé la investigación; conseguí pequeños vasos cilíndricos de ágata, con una capacidad de aproximadamente un cuarto de pulgada cúbica cada uno. Se hirvieron durante unas horas en agua destilada, y luego se conectaron entre sí con un trozo de amianto muy blanco y transparente que también había sido tratado de la misma manera; se llenaron con agua destilada y se expusieron mediante dos…”

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Alambres de platino conectados a una corriente eléctrica, provenientes de ciento cincuenta pares de placas de cobre y zinc de cuatro pulgadas cuadradas, activadas mediante una solución de alúmen. Después de cuarenta y ocho horas se examinó el proceso: el papel teñido con litmus sumergido en el tubo que contenía el alambre transmisor o positivo se tiñó inmediatamente de un rojo intenso. El papel coloreado con cúrcuma introducido en el otro tubo adquirió un color mucho más oscuro; la sustancia ácida confería un grado muy leve de turgencia a la solución de nitrato de sodio. El líquido que afectaba a la cúrcuma conservó esta propiedad después de ser hervido intensamente; además, su color se volvía más intenso a medida que su cantidad disminuía por evaporación. Se mezcló con él carbonato de amonio, y todo se secó y se expuso a un calor intenso; quedó una cantidad mínima de sustancia blanca, la cual, según mis análisis, tenía las propiedades del carbonato de sodio. La comparé con porciones similares de carbonatos puros de potasio, así como con porciones similares de carbonatos puros de potasio y sodio. No era tan deliquescente como estos últimos compuestos, y formaba una sal con ácido nítrico, la cual, al igual que el nitrato de sodio, pronto absorbía humedad del ambiente húmedo y se volvía líquida.

“Este resultado fue inesperado, pero estaba lejos de convencerme de que las sustancias obtenidas fueran realmente generadas. En un proceso similar con tubos de vidrio, realizado bajo exactamente las mismas condiciones y durante el mismo tiempo, obtuve una cantidad de alcali que debió ser más de veinte veces mayor, pero no había rastro alguno de ácido muriático. Existía una gran probabilidad de que el ágata contuviera alguna porción diminuta de sustancia salina, difícil de detectar mediante análisis químico, ya sea en combinación o por cohesión íntima en sus poros. Para determinarlo, repetí el experimento una segunda, tercera y cuarta vez. En el segundo experimento todavía se producía turbidez debido a una solución de nitrato de plata en el tubo que contenía el ácido, pero era menos evidente; en el tercer proceso era apenas perceptible; y en el cuarto proceso los dos líquidos permanecieron perfectamente claros después de la mezcla. La cantidad de sustancia alcalina disminuyó en cada operación; y en el último proceso, aunque la batería había estado en constante actividad durante tres días, el líquido solo poseía, en un grado muy leve, la capacidad de actuar sobre papel teñido con cúrcuma; pero su propiedad alcalina era muy evidente en el papel de litmus ligeramente teñido de rojo, lo cual es una prueba mucho más delicada. Tras la evaporación y el tratamiento con carbonato de amonio, quedó una cantidad apenas perceptible de alcali fijo. La sustancia ácida en el otro tubo era abundante; tenía sabor agrio y olía como agua sobre la cual se habían vertido grandes cantidades…”

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Se han conservado grandes cantidades de gas nítrico durante mucho tiempo; este no afectó la disolución del cloruro de bario; y una gota de él, colocada sobre una placa de plata pulida, dejó, tras la evaporación, una mancha negra, exactamente similar a la producida por ácido nítrico extremadamente diluido.

“Después de estos resultados ya no pude dudar de que alguna sustancia salina presente en los tubos de ágata había sido la fuente de la sustancia ácida capaz de precipitar el nitrato de plata y gran parte del alcali. Sin embargo, cuatro repeticiones adicionales del proceso me convencieron de que también existía alguna otra causa para la presencia de esta última sustancia; pues continuó apareciendo hasta el final en cantidades suficientemente distinguibles y, aparentemente, iguales en cada caso. Había tomado todas las precauciones posibles: había colocado los tubos en recipientes de vidrio fuera del alcance del aire en circulación; todos los materiales utilizados habían sido lavados repetidamente con agua destilada; y ninguna parte de ellos en contacto con el fluido había sido tocada con los dedos.

“La única sustancia que ahora podía considerarse como fuente del alcali fijo era el agua misma. Esta agua parecía pura según las pruebas con nitrato de plata y cloruro de bario; pero el potasio sódico, como es bien sabido, se forma en pequeñas cantidades durante la destilación rápida; y el agua del río New, que utilicé, contiene impurezas animales y vegetales, que fácilmente podrían generar sales neutras capaces de permanecer en el líquido durante la ebullición intensa.”(1) Experimentos posteriores demostraron la corrección de esta inferencia, y se disipó la última duda sobre el origen de esta sustancia química tan desconcertante.

Aunque se explicó la presencia de alcalis y ácidos en el agua, aún quedaba por explicar su migración respectiva hacia los polos negativo y positivo de la batería. La explicación clásica de Davy suponía que los diferentes elementos difieren entre sí en cuanto a sus propiedades eléctricas: algunos se cargan eléctricamente de forma positiva y otros de forma negativa. Según él, la electricidad y la “afinidad química” son aparentemente manifestaciones de la misma fuerza, que en un caso actúa sobre masas y en el otro sobre partículas. Las partículas electropositivas se unen a las partículas electronegativas para formar compuestos químicos, en virtud del conocido principio de que las electricidades opuestas se atraen mutuamente. Cuando los compuestos se descomponen mediante la batería, esta atracción mutua es superada por la atracción más fuerte de los polos de la propia batería.

Esta teoría de la composición binaria de todos los compuestos químicos, a través de la unión de átomos o moléculas electropositivas y electronegativas, fue…

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Ampliada por Berzelius, esta teoría sirvió de base para su famoso sistema de química teórica. Según esta teoría, todos los compuestos inorgánicos, por compleja que fuera su composición, estaban esencialmente formados por tales combinaciones binarias. Durante muchos años, este punto de vista gozó de una influencia casi indiscutida. Recibió lo que parecía ser una confirmación contundente cuando Faraday demostró la relación directa entre la cantidad de electricidad utilizada y la cantidad de descomposición que se producía en el llamado electrolito. Pero sus afirmaciones eran en realidad demasiado amplias, como demostraron los descubrimientos posteriores.

**QUÍMICA ORGÁNICA Y LA IDEA DE LA MOLÉCULA**
Cuando Berzelius propuso por primera vez su teoría binaria, tuvo cuidado de restringir su aplicación sin modificaciones a los compuestos del mundo inorgánico. En aquel entonces, y durante mucho tiempo después, se suponía que las sustancias de naturaleza orgánica poseían ciertas propiedades que las mantenían alejadas del ámbito de la química inorgánica. No se dudaba mucho de que aquí actuaba una llamada “fuerza vital”, que reemplazaba o modificaba la acción de la “afinidad química” ordinaria. De hecho, se admitía que los compuestos orgánicos estaban formados por elementos conocidos —principalmente carbono, oxígeno, hidrógeno y nitrógeno—; pero se creía que estos elementos se unían de maneras que no podían imitarse en el ámbito de lo inanimado. Se consideraba casi un axioma de la química que ningún compuesto orgánico podía ser creado a partir de sus elementos —es decir, sintetizado— en el laboratorio. Para lograr la síntesis incluso del compuesto orgánico más simple, se pensaba que era necesario que actuara la “fuerza vital”.

Por lo tanto, se creó una verdadera sensación en el mundo químico cuando, en el año 1828, se anunció que el joven químico alemán Friedrich Wohler, anterior discípulo de Berzelius y ya reconocido como un futuro gran maestro, había logrado sintetizar en su laboratorio de Sacrow el conocido producto orgánico urea. La “excepción que confirma la regla” es algo que nunca se ha escuchado en el ámbito de las ciencias lógicas. La ley natural no conoce excepciones. Así, la síntesis de un solo compuesto orgánico fue suficiente para derribar de un solo golpe la barrera química que la imaginación de los fundadores de esta ciencia había erigido entre la naturaleza animada e inanimada. A partir de entonces, el químico filosófico comenzó a considerar a los organismos vegetales y animales como laboratorios químicos en los cuales las condiciones eran especialmente favorables para la formación de compuestos complejos a partir de unos pocos elementos conocidos.

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elementos, bajo la acción de las leyes químicas universales. La quimera de la “fuerza vital” ya no podía seguir teniendo reconocimiento en el ámbito de la química. Ahora, una ola de interés por la química orgánica barrió el mundo químico, y pronto el estudio de los compuestos de carbono se volvió tan de moda como lo había sido la electroquímica en la generación anterior. Entre los principales investigadores que hicieron memorable esta época de la química orgánica se encontraban Justus Liebig en Alemania y Jean Baptiste André Dumas en Francia, así como sus respectivos discípulos, Charles Frederic Gerhardt y Augustus Laurent. También debe mencionarse a Wohler, al igual que a Louis Pasteur, quien, aunque algo más joven que los demás, llegó a tiempo para participar activamente en las controversias más importantes que surgieron de sus trabajos. Varios años antes, la investigación de sustancias orgánicas ya contaba con un camino abierto gracias al descubrimiento de Gay-Lussac en 1815: un cierto compuesto de carbono y nitrógeno, al que llamó cianógeno, posee un grado peculiar de estabilidad que le permite mantener su identidad e entrar en relaciones químicas de la misma manera que un cuerpo simple. Un año después, Ampère descubrió que el nitrógeno y el hidrógeno, cuando se combinan en ciertas proporciones para formar lo que él llamó amonio, tienen la misma propiedad. Berzelius aprovechó este descubrimiento de los radicales compuestos, ya que parecía favorecer su teoría dualista. Él concibió la idea de que todos los compuestos orgánicos son uniones binarias de diversos radicales compuestos con un átomo de oxígeno, y anunció esta teoría en 1818. Diez años después, Liebig y Wohler llevaron a cabo una investigación conjunta que demostró que los radicales compuestos son, de hecho, muy abundantes entre las sustancias orgánicas. Así, la teoría de Berzelius parecía estar confirmada, y la química orgánica pasó a definirse como la química de los radicales compuestos. Pero incluso en el momento de su aparente triunfo, la teoría dualista estaba destinada a recibir un duro golpe. Esto ocurrió gracias a las investigaciones de Dumas, quien demostró que en una cierta sustancia orgánica se puede eliminar un átomo de hidrógeno y reemplazarlo por un átomo de cloro sin destruir la integridad del compuesto original, algo similar a cuando un niño reemplaza un bloque por otro en su casa de juguete. Tal sustitución sería completamente coherente con la teoría dualista, de no ser por el hecho fundamental de que el hidrógeno es un elemento altamente electropositivo, mientras que…

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El cloro es igualmente electronegativo. Por lo tanto, el radical compuesto que se une sucesivamente con estos dos elementos debe ser, a su vez, en un momento dado electropositivo y en otro electronegativo: una aparente contradicción que puso en desgracia toda la teoría de Berzelius. En su lugar, se desarrolló, principalmente gracias a los esfuerzos de Laurent y Gerhardt, una concepción de la molécula como una estructura unitaria, formada por la agregación de diversos átomos, de acuerdo con “afinidades electivas” cuya naturaleza aún no se comprende. Se emplearon mucho la doctrina de los “núcleos” y la doctrina de los “tipos” de estructura molecular; al igual que la doctrina de los radicales compuestos, estas se convirtieron en herramientas útiles para la memoria y como guías para el analista, indicando algunos de los planes de construcción molecular, aunque sin llegar en modo alguno a penetrar los misterios de la afinidad química. Son clasificaciones más que explicaciones de las uniones químicas. Pero al menos sirvieron para dar precisión a la idea de una estructura molecular formada por átomos como base de todas las sustancias. Finalmente, la palabra “molécula” adquirió un significado distinto, distinto del de “átomo”, en la mente de la mayoría de los químicos, tal como ya lo había tenido para Avogadro un tercio de siglo antes. La hipótesis de Avogadro de que existen números iguales de estas moléculas en volúmenes iguales de gases, bajo condiciones fijas, fue reavivada por Gerhardt y, poco después, bajo el impulso de Cannizzaro, elevada al rango de ley establecida. A partir de entonces, la concepción de la molécula pasó a ser un concepto tan dominante en la química como lo había sido la idea del átomo en una época anterior.

AFINIDAD QUÍMICA
Por supuesto, el átomo en sí no fue en ningún sentido reemplazado, pero la ley de Avogadro pronto dejó claro que el átomo a menudo se había apropiado de un territorio que en realidad no le pertenecía. En muchos casos, los químicos habían supuesto que estaban tratando con átomos como unidades, cuando en realidad la unidad verdadera era la molécula. En el caso de los gases elementales, como el hidrógeno y el oxígeno, por ejemplo, la ley de números iguales de moléculas en espacios iguales dejó claro que los átomos no existen aislados, como se había supuesto. Dado que dos volúmenes de hidrógeno se unen con un volumen de oxígeno para formar dos volúmenes de vapor de agua, las matemáticas más simples, a la luz de la ley de Avogadro, demuestran no solo que cada molécula de agua debe contener dos átomos de hidrógeno (un punto que anteriormente estaba en disputa), sino también que las moléculas originales de hidrógeno y…

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El oxígeno debía estar compuesto, en cada caso, por dos átomos; de lo contrario, ¿cómo podría un volumen de oxígeno suministrar un átomo para cada molécula formada por dos volúmenes de agua? ¿Qué implica esto, entonces? Que el átomo elemental tiene una afición por otros átomos, un deseo de compañía, una “afinidad” —llámela como quiera— que necesariamente se satisface si hay otros átomos en las cercanías. Cuando está solo entre átomos de su mismo tipo, el átomo de oxígeno se une a otro átomo de oxígeno, y en todos sus movimientos frenéticos estos dos compañeros se mantienen unidos, posiblemente girando uno alrededor del otro en órbitas planetarias en miniatura. Lo mismo ocurre con los átomos de hidrógeno. Pero ahora supongamos que los diferentes pares de átomos de oxígeno se acercan a otros pares de átomos de hidrógeno (bajo condiciones adecuadas que no necesitamos detallar aquí); entonces cada átomo de oxígeno pierde su unión con su compañero y se lanza frenéticamente hacia uno de los pares de hidrógeno. ¡Y listo! Ahora solo hay dos moléculas por cada tres que había antes, y el oxígeno y el hidrógeno libres se han convertido en agua. Todo este proceso, expresado en terminología química, se resume en la afirmación de que, bajo las condiciones dadas, los átomos de oxígeno tenían una mayor afinidad por los átomos de hidrógeno que entre sí.

A medida que los químicos estudiaban las interacciones entre los diferentes tipos de átomos para formar moléculas, poco a poco se dieron cuenta de que no todos los elementos están satisfechos con la misma cantidad de compañeros. Algunos elementos solo requieren uno y se niegan a aceptar más; mientras que otros se unen, cuando surge la oportunidad, con dos, tres, cuatro o más átomos. Así vimos que el oxígeno abandonó un átomo de su mismo tipo y se unió a dos átomos de hidrógeno. Claramente, entonces, el átomo de oxígeno, como una criatura con dos manos, es capaz de agarrar dos átomos más. Pero no tenemos pruebas de que, en ninguna circunstancia, pueda agarrar más de dos. Su afinidad parece satisfacerse cuando tiene dos enlaces. Por otro lado, el átomo de nitrógeno puede agarrar tres átomos de hidrógeno, y lo hace en la molécula de amonio (NH3); mientras que el átomo de carbono puede agarrar cuatro átomos de hidrógeno o dos átomos de oxígeno.

Evidentemente, entonces, un átomo no siempre es equivalente a otro átomo de tipo diferente en cuanto a su capacidad de combinación. El reconocimiento de este hecho por parte de Frankland alrededor de 1852, y su posterior investigación por parte de otros (en particular A. Kekule y A. S. Couper), condujo a la introducción de la palabra “equivalente” en la química.

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La terminología adquirió un nuevo sentido, y en particular sirvió para comprender las afinidades o “valencia” de los diferentes elementos, lo cual resultó de suma importancia. Así se demostró que, de los cuatro elementos que intervienen de manera más destacada en los compuestos orgánicos, el hidrógeno solo puede formar un único enlace con cualquier otro elemento; por así decirlo, solo tiene una “mano” con la que agarrar, mientras que el oxígeno tiene capacidad para dos enlaces, el nitrógeno para tres (posiblemente cinco) y el carbono para cuatro. Se acuñaron los términos monovalente, divalente, trivalente, tetralente, etc., para expresar este hecho tan importante, y los diversos elementos pasaron a conocerse como monadas, diadas, triadas, etc. Nadie sabe aún por qué los diferentes elementos difieren en su valencia; es un hecho empírico que así sea. Y una vez que se determina la naturaleza de un elemento en cuanto a su valencia, se obtiene una comprensión muy importante sobre su posible comportamiento. Por ejemplo, el hecho de que el hidrógeno sea monovalente y el oxígeno divalente hace evidente que debemos esperar encontrar no más que tres compuestos formados por estos dos elementos: H—O— (escrito HO por los químicos y llamado hidroxilo); H—O—H (H2O, o agua); y H—O—O—H (H2O2, o peróxido de hidrógeno). Cabe observar que en el primer de estos compuestos el átomo de oxígeno está, por así decirlo, con una de sus “manos” libre, extendiéndola ansiosamente en busca de otro compañero; por lo tanto, en el lenguaje de la química, se forma un compuesto inestable. De igual manera, en el tercer compuesto, aunque todas las “manos” están unidas, una pareja conecta al oxígeno con otro oxígeno; y esto también debe ser una unión inestable, ya que la tendencia de un átomo a unirse a otros de su mismo tipo es relativamente débil. Así se explican las propiedades bien conocidas del peróxido de hidrógeno: su fácil descomposición y su inclinación a unirse a los elementos de otros compuestos. Pero la molécula de agua, por otro lado, tiene sus átomos dispuestos en un estado de equilibrio estable, con todas sus afinidades satisfechas. Cada átomo de hidrógeno ha satisfecho su propia afinidad al unirse al átomo de oxígeno; y el átomo de oxígeno ha satisfecho ambas sus afinidades al unirse a los dos átomos de hidrógeno. Por lo tanto, este trío, unido por enlaces estrechos, no tiene tendencia a buscar otro compañero, ni tampoco la capacidad de retener otro si este intentara unirse a ellos. Forman un compuesto “estable”, que bajo todas las circunstancias ordinarias mantendrá su identidad como molécula de agua, incluso cuando la masa física de la cual forma parte cambie de estado, pasando de sólido a gas, de hielo a vapor.

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Pero la consideración de esta condición de equilibrio estable en la molécula sugiere de inmediato una nueva pregunta: ¿Cómo puede una agregación de átomos, cuyas afinidades están todas satisfechas, seguir participando en reacciones químicas? A primera vista, tal molécula, sea cual sea su propiedad física, debe ser químicamente inerte, incapaz de cualquier reajuste atómico. Y de hecho así es, mientras sus átomos componentes se mantengan unidos entre sí sin cesar. Pero al parecer esto es precisamente lo que los átomos son poco propensos a hacer. Parece que son extremadamente inconstantes en sus vínculos individuales, y tan propensos a separarse como a unirse. Así, el átomo de oxígeno que acaba de unirse a dos átomos de hidrógeno, al momento siguiente vuelve a liberarse y busca nuevos compañeros. Es como el cambio constante de parejas en una danza bulliciosa. Esta disolución e reformación incessante de moléculas en una sustancia que en su conjunto parece permanecer inalterada fue comprendida por completo por Ste.-Claire Deville, quien la denominó disociación. Es un proceso que tiene lugar con mucha más actividad en algunos compuestos que en otros, y mucho más activamente bajo ciertas condiciones físicas (como el aumento de la temperatura) que bajo otras. Pero aparentemente ninguna sustancia a temperaturas ordinarias, ni ninguna temperatura por encima del cero absoluto, está completamente libre de su influencia perturbadora. De ahí que las moléculas cuya valencia atómica está completamente satisfecha no pierdan su actividad química: ya que cada átomo está momentáneamente libre para intercambiar parejas y puede unirse a diferentes átomos de sus antiguos compañeros, si estos que prefiere están disponibles. Sin embargo, aunque comprender esta actividad incesante del átomo es esencial para entender adecuadamente su eficiencia química, desde otro punto de vista la molécula “saturada”, es decir, aquella cuyos átomos tienen satisfecha toda su valencia, puede considerarse como un organismo relativamente fijo o estable. Aunque pueda desintegrarse en el futuro, por el momento constituye una estructura completa; y la consideración de la valencia de sus átomos ofrece la mejor pista hasta ahora obtenible sobre el carácter de su estructura. La importancia de este aspecto de la estructura molecular —de las relaciones espaciales entre los átomos— quedó demostrada ya en 1823, cuando Liebig y Wohler demostraron, para la total perplejidad del mundo químico, que dos sustancias pueden tener exactamente la misma constitución química —el mismo número y tipo de átomos— y, sin embargo, diferir completamente en sus propiedades físicas. La palabra es isomería.

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Fue acuñado por Berzelius para expresar esta condición anómala de las cosas, que parecía negar las verdades más fundamentales de la química. Nombrar esa condición no la explicaba en modo alguno, pero quedó claro que algo más que el mero número y tipo de átomos es importante en la arquitectura de una molécula. Se hizo evidente que los átomos no se unen al azar para formar una molécula, del mismo modo que los ladrillos no se colocan al azar para construir una casa. La delicadeza de las gradaciones en el diseño arquitectónico para formar una molécula quedó bien ilustrada alrededor de 1850, cuando Pasteur descubrió que algunos compuestos de carbono —como ciertos azúcares— solo pueden distinguirse entre sí, en solución, por el hecho de que torcen o polarizan un rayo de luz hacia la izquierda o hacia la derecha, respectivamente. Pero no hubo indicios de una explicación para estas extrañas variaciones en la estructura molecular hasta el descubrimiento de la ley de valencia. Entonces gran parte del misterio se disipó; ya que quedó claro que, dado que cada átomo en una molécula solo puede unirse a un número fijo de otros átomos, las moléculas complejas deben tener sus átomos vinculados en cadenas o grupos definidos. Y también es evidente que, cuando hay muchos átomos, el plan exacto de agrupamiento puede ser, a veces, susceptible de cambios sin violar la ley de valencia. Es en tales casos donde se observa que ocurre el isomerismo. Al prestar atención constante a este asunto de las afinidades, los químicos pueden elaborar representaciones diagramáticas del plan arquitectónico de cualquier molécula cuya composición sea conocida. En la sencilla molécula de agua (H2O), por ejemplo, los dos átomos de hidrógeno deben haberse separado antes de poder unirse al oxígeno, y la forma de unión debe ser, aparentemente, la que se representa en la fórmula gráfica H—O—H. Con moléculas compuestas por un gran número de átomos, dicha representación gráfica del esquema de unión es, por supuesto, cada vez más difícil; sin embargo, con las afinidades como guía, siempre es posible. Por supuesto, nadie supone que tal fórmula, escrita en un único plano, pueda representar realmente la arquitectura de la molécula: en el mejor de los casos, es sugerente o diagramática más que pictórica. No obstante, ofrece indicios sobre la estructura de la molécula que los padres de la química nunca habrían pensado que fuera posible obtener.
PERIODOCIDAD DE LOS PESOS ATÓMICOS

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Estos estudios completamente novedosos sobre la arquitectura molecular pueden parecer, a primera vista, como si quitaran al átomo gran parte de su prestigio anterior como figura fundamental del mundo químico. Dado que tanto depende de la mera posición de los átomos, podría parecer que relativamente poco depende de la naturaleza de los átomos mismos. Pero tal visión es incorrecta, pues al examinarla más de cerca se verá que en ningún momento se ha observado que el átomo renuncie a su personalidad propia. Dentro de ciertos límites, el carácter de una molécula puede modificarse al cambiar las posiciones de sus átomos (tal como diferentes edificios pueden construirse con los mismos ladrillos), pero estos límites están claramente definidos, y sería tan imposible superarlos como construir un edificio de piedra con ladrillos. De principio a fin, el ladrillo sigue siendo un ladrillo, sea cual sea el estilo arquitectónico que ayude a construir; nunca se convierte en piedra. Y de igual manera, cada átomo conserva sus propiedades peculiares, independientemente de su entorno.

Así, por ejemplo, el átomo de carbono puede participar en la formación, en un momento dado, de un diamante, luego de un trozo de carbón, y después de una partícula de azúcar, de fibra de madera, de tejido animal o de un gas en la atmósfera; pero de principio a fin —desde una gema tallada hasta un gas intangible— no hay ningún cambio demostrable en ninguna de las propiedades del propio átomo. Por lo que sabemos, su tamaño, su peso, su capacidad de vibración o rotación y sus afinidades inherentes permanecen absolutamente inmutables a través de todos estos cambios en su posición y asociaciones. Y lo mismo ocurre con cada átomo de las más de setenta sustancias elementales que conoce el químico moderno. Cada uno parece mantener siempre su integridad única, sin ganar ni perder nada.

Dado todo esto, parecería que la posición del átomo daltoniano como partícula primordial de materia, indestructible e inmutable, ha sido puesta a prueba por la química de nuestro siglo, y no ha mostrado deficiencias. Desde aquellos primeros días del siglo, cuando la batería eléctrica realizaba sus milagros y parecía alcanzar sus límites en manos de Davy, se han descubierto muchas nuevas sustancias elementales, pero ningún elemento ha sido desplazado de su posición como cuerpo indecomponible. Más bien, los análisis del químico parecen hacer cada vez más evidente que todos los átomos elementales son, en verdad, lo que John Herschel los llamó: “artículos manufacturados” —primordiales, inmutables, indestructibles.

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Y, sin embargo, curiosamente, ha ocurrido que, paralelamente a los experimentos orientados hacia tal objetivo, han existido otros experimentos y especulaciones de índole exactamente opuesta. En cada generación ha habido químicos entre los líderes de su disciplina que se han negado a admitir que los llamados elementos sean realmente elementos en ningún sentido definitivo, y que han buscado con avidez pruebas que pudieran justificar su escepticismo. La primera evidencia que apoyaba esta visión la proporcionó un médico inglés, el Dr. William Prout, quien en 1815 llamó la atención sobre una curiosa relación que podía observarse entre el peso atómico de los diversos elementos. Si se aceptaban las cifras dadas por las autoridades de la época (en particular Thomson y Berzelius), parecía que una proporción sorprendentemente grande de los pesos atómicos era múltiplo exacto del peso del hidrógeno, y que otros diferían tan ligeramente que los errores de observación podrían explicar esa discrepancia. Prout consideró que no podía tratarse de una coincidencia, y no logró encontrar ninguna explicación viable, salvo que los átomos de los diversos elementos supuestos estuvieran compuestos por diferentes números fijos de átomos de hidrógeno. ¿Podría ser que el único elemento verdadero, esa materia primordial, fuera el hidrógeno, y que todas las demás formas de materia no fueran más que compuestos de esta sustancia original? Prout planteó esta idea sorprendente inicialmente de forma tentativa, en una publicación anónima; pero posteriormente la defendió abiertamente e insistió en su viabilidad. Al surgir justo después de la disociación de algunos elementos supuestos por Davy, la idea resultó atractiva y, durante un tiempo, ganó tal popularidad que los químicos estuvieron dispuestos a redondear los pesos atómicos observados de todos los elementos a números enteros. Pero pronto nuevas determinaciones de los pesos atómicos parecieron desaconsejar esta práctica, y la llamada ley de Prout cayó en desgracia. Sin embargo, fue revivida alrededor de 1840 por Dumas, cuya gran autoridad le aseguró una audiencia respetuosa, y cuya cuidadosa re-determinación del peso del carbono, que lo situó exactamente doce veces por encima del del hidrógeno, contribuyó a defenderla. Posteriormente, Stas, discípulo de Dumas, emprendió una larga serie de determinaciones de pesos atómicos, con la esperanza de confirmar la hipótesis de Prout. Pero sus resultados parecieron refutarla, ya que los pesos atómicos de muchos elementos diferían de los números enteros en una medida que, se pensaba, superaba los límites de error de los experimentos. Cabe destacar, no obstante, que la confianza de Dumas no se vio afectada, aunque esto lo llevó a modificar la hipótesis y, de acuerdo con sugerencias anteriores de Clark y Marignac, a reconocer como primordial…

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Un elemento, no el hidrógeno en sí, sino un átomo con la mitad del peso, o incluso una cuarta parte del peso, que el del hidrógeno; del cual está compuesto el propio átomo de hidrógeno. Pero incluso en esta forma modificada, la hipótesis encontró una gran oposición por parte de los observadores experimentales. Sin embargo, en 1864, un nuevo vínculo entre los pesos de los elementos y sus otras características llamó la atención de los químicos por parte del profesor John A. R. Newlands, de Londres, quien había observado que si los elementos se ordenan secuencialmente según el orden numérico de sus pesos atómicos, existe una curiosa repetición de propiedades similares cada ocho elementos. Esta llamada “ley de las octavas” atrajo poca atención inmediata, pero los hechos que implicaba pronto fueron objeto de observación por parte de otros químicos, en particular de los profesores Gustav Hinrichs en América, Dmitri Mendeleev en Rusia y Lothar Meyer en Alemania. Mendeleev dio la expresión más completa a este descubrimiento, explicándolo en 1869 bajo el título de “la ley periódica”. Aunque esta primera exposición de lo que posteriormente se reconoció como un descubrimiento sumamente importante estaba muy bien detallada, la mayoría de los químicos le prestó poca atención hasta aproximadamente una década después, cuando se descubrieron tres nuevos elementos: galio, escandio y germanio. Al analizarlos, se comprobó de manera sorprendente que encajaban perfectamente en los tres espacios que Mendeleev había dejado en su escala periódica. En efecto, la ley periódica permitió a Mendeleev predecir la existencia de estos nuevos elementos años antes de que fueran descubiertos. Ciertamente, un sistema que conduce a tales resultados no es mera casualidad. Así, muy pronto la ley periódica pasó a ser una de las generalizaciones más importantes de la ciencia química. Esta ley de periodicidad se presentó como una expresión de relaciones observadas e independientes de hipótesis; pero, por supuesto, no se podían pasar por alto las implicaciones teóricas de estos hechos. Como dijo el profesor J. H. Gladstone, nos obliga a “la convicción de que los elementos no son cuerpos separados creados sin tener en cuenta unos a otros, sino que fueron originariamente formados, o construidos, a partir de otros, según algún plan general”. Solo hay un paso desde esa proposición hasta la hipótesis de Prout. NUEVAS ARMAS: ESPECTROSCOPIO Y CÁMARA Pero los pesos atómicos no son los únicos que sugieren la naturaleza compuesta de los supuestos elementos. También hay evidencias de otro tipo que contribuyen a ello.

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Con el mismo fin, a partir de una fuente que difícilmente podría haberse imaginado cuando se formuló la hipótesis de Prout, y a través de la tradición de un arma novedosa para el arsenal del químico: el espectrómetro. La perfección de este instrumento, en manos de dos científicos alemanes, Gustav Robert Kirchhoff y Robert Wilhelm Bunsen, se logró gracias a la investigación, a mediados del siglo, sobre el significado de las líneas oscuras que ya habían sido observadas en el espectro solar por Fraunhofer en 1815, y por Wollaston una década antes. Stokes y Fox Talbot en Inglaterra sospecharon esto, pero fueron Kirchhoff y Bunsen quienes primero lo demostraron: esas líneas, que se sabía ocupaban posiciones definidas en el espectro, indicaban realmente sustancias elementales específicas. Mediante el espectrómetro, que es esencialmente una lente de aumento unida a un prisma de vidrio, es posible localizar esas líneas con gran precisión, y pronto se demostró que se trataba de un nuevo medio para el análisis químico de la más exquisita delicadeza. Por ejemplo, se descubrió que el espectrómetro podía detectar la presencia de cantidades de sodio tan ínfimas como la doscientas milésima parte de un grano. Pero lo que era aún más importante, el espectrómetro no imponía límite alguno a la distancia desde donde se encontrara la sustancia que se analizaba, siempre y cuando llegara suficiente luz desde ella. Los experimentos que permitía realizar podían realizarse en el sol, o en las estrellas o nebulosas más distantes; de hecho, uno de los primeros logros de este instrumento fue descifrar el secreto de la composición química del sol. Para que la utilidad del espectrómetro fuera completa, sin embargo, fue necesario vincularlo con otro nuevo medio químico: la fotografía. Este proceso, hoy ya familiar, se basa en la propiedad de la luz de descomponer ciertos compuestos inestables de plata, modificando así su composición química. Davy y Wedgwood apenas lograron evitar el descubrimiento del valor del método fotográfico a principios del siglo XIX. Sus sucesores prácticamente lo ignoraron hasta alrededor de 1826, cuando el químico francés Louis J. M. Daguerre se encargó del asunto y, tras muchos años de experimentación, lo llevó a una perfección relativa en 1839, año en el que el famoso daguerrotipo atrajo por primera vez la atención del público. Ese mismo año, el señor Fox Talbot presentó un artículo sobre el tema ante la Royal Society, y poco después los esfuerzos de Herschel y numerosos otros filósofos naturales contribuyeron al avance de este nuevo método.

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En 1843, el Dr. John W. Draper, el famoso químico y fisiólogo angloestadounidense, demostró que mediante la fotografía era posible mapear con absoluta precisión las líneas de Fraunhofer en el espectro solar; además, comprobó que la película plateada revelaba muchas líneas invisibles a simple vista. El valor de este método de observación fue reconocido de inmediato, y, tan pronto como se perfeccionó el espectrómetro, el método fotográfico, junto con su uso, se volvió invaluable para los químicos. Gracias a él se pueden realizar comparaciones de espectros con un grado de precisión que de otro modo no sería posible; y, en el caso de las estrellas, se pueden registrar grupos completos de espectros en una sola observación.

A medida que avanzaba el estudio del sol y de las estrellas, los químicos se sorprendían o se alegraban, según sus diferentes preconceptos, al constatar que muchos elementos terrestres conocidos también se encontraban en los cuerpos celestes. Pero lo que quizás más les sorprendió fue observar la enorme preponderancia del elemento hidrógeno en los cuerpos estelares. No solo hay grandes cantidades de este elemento en la atmósfera del sol, sino que algunos otros soles parecían mostrar líneas de hidrógeno casi exclusivamente en sus espectros. Pronto se hizo evidente que las estrellas en las que esto ocurría eran aquellas estrellas blancas, como Sirio, que se había supuesto que eran las más calientes; mientras que las estrellas que solo están al rojo vivo, como nuestro sol, también muestran vapores de muchos otros elementos, incluido el hierro y otros metales.

En 1878, el profesor J. Norman Lockyer, en un artículo presentado ante la Real Sociedad, llamó la atención sobre la posible importancia de esta serie de observaciones. Sostuvo que el hecho de que el sol mostrara menos elementos que los que se observan en la Tierra fría, mientras que las estrellas mucho más calientes que el sol mostraban principalmente un único elemento —el hidrógeno, el más ligero de los elementos conocidos—, sugería la posibilidad de que nuestros supuestos elementos fueran en realidad compuestos, los cuales, a la temperatura de las estrellas más calientes, podrían descomponerse en hidrógeno; este último “elemento” siendo también, sin duda, un compuesto que podría analizarse en condiciones aún más extremas.

Aquí estaba, pues, lo que podría considerarse una evidencia experimental directa a favor de la hipótesis de Prout. Desafortunadamente, sin embargo, se trata de un tipo de evidencia que solo unos pocos expertos están capacitados para analizar: la análisis espectral de las estrellas es un asunto sumamente delicado. Lo que es aún más lamentable es que los expertos no están de acuerdo entre sí respecto a la validez de las conclusiones del profesor Lockyer. Algunos, como el profesor Crookes, las han aceptado.

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Con admiración, se calificó a Lockyer como “el Darwin del mundo inorgánico”, mientras que otros buscaron una explicación diferente a los hechos que él presentaba. Hasta el momento no se puede decir que la controversia haya sido resuelta definitivamente. Sin embargo, es difícil dudar de que ahora, dado que la ley periódica parece haberse unido al espectrómetro, la creencia en la naturaleza compuesta de los llamados elementos está ganando rápidamente terreno entre los químicos. Cada vez es más general la creencia de que el átomo daltoniano es en realidad un radical compuesto, y de que detrás de la aparente diversidad de los supuestos elementos existe una sola forma de materia primordial. De hecho, en meses muy recientes, finalmente se ha obtenido evidencia experimental directa a favor de esta visión, a través del estudio de sustancias radiactivas. En un capítulo posterior tendremos ocasión de investigar cómo sucedió esto.

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IV. ANATOMÍA Y FISIOLOGÍA EN EL SIGLO XVIII
ALBRECHT VON HALLER

Un hito en la fisiología se produjo en el siglo XVIII gracias al genio y los esfuerzos de Albrecht von Haller (1708-1777), de Berna, quien quizás merece tanto el título de “El Grande” como cualquier filósofo que haya sido así llamado por sus contemporáneos desde la época de Hipócrates. Celebrado como médico, era experto en diversos campos; también fue famoso en su tiempo como poeta, botánico y estadista, dividiendo su atención entre el arte y la ciencia.

De niño, Haller estaba tan enfermizo que no podía entretenerse con los deportes y juegos habituales entre los niños de su edad, por lo que pasaba la mayor parte del tiempo estudiando libros. A los diez años comenzó a escribir poemas en latín y alemán, y a los quince ingresó en la Universidad de Tubinga. A los diecisiete escribió artículos eruditos en oposición a ciertas doctrinas aceptadas, y a los diecinueve obtuvo su título de doctor. Poco después viajó a Inglaterra, donde su afán por diseccionar lo puso bajo sospecha de robo de tumbas, lo que le hizo conveniente regresar al continente. Después de estudiar botánica en Basilea durante algún tiempo, emprendió un largo viaje botánico por Suiza, estableciéndose finalmente en su ciudad natal, Berna, como médico practicante. Durante este tiempo no descuidó ni la poesía ni la botánica, publicando de forma anónima una colección de poemas.

En 1736 fue llamado a Gotinga como profesor de anatomía, cirugía, química y botánica. Durante su labor en la universidad nunca descuidó su trabajo literario; a veces vivía y dormía días y noches seguidas en su biblioteca, comiendo mientras se sumergía en sus libros, y solo dormía cuando la fatiga se lo imponía. Durante todo este tiempo mantuvo correspondencia con eruditos de todo el mundo, y se dice de él que nunca dejó sin respuesta ninguna carta.

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La mayor contribución de Haller a la ciencia médica fue su famosa doctrina de la irritabilidad, lo que le valió el título de “padre de la fisiología nerviosa moderna”, al igual que a Harvey se le conoce como “el padre de la fisiología sanguínea moderna”. Se ha dicho de esta famosa doctrina de la irritabilidad que “movilizó las mentes de todo el siglo —y no solo en los campos de la medicina— de una manera que nosotros, en la actualidad, no podemos comprender adecuadamente, a menos que la comparemos con nuestro darwinismo moderno”.
El principio de la irritabilidad general ya había sido establecido por Francis Glisson (1597-1677) a través de estudios deductivos, pero Haller demostró, mediante experimentos basados en métodos inductivos, que esa irritabilidad no era algo común tanto a las fibras como a los fluidos del cuerpo, sino algo completamente especial, propio únicamente de la sustancia muscular. Distinguió entre la irritabilidad de los músculos y la sensibilidad de los nervios. En 1747 señaló como las tres fuerzas que producen los movimientos musculares: la elasticidad, o “fuerza nerviosa pasiva”; la irritabilidad, o “fuerza nerviosa innata”; y la fuerza nerviosa en sí misma. Y en 1752 describió ciento noventa experimentos para determinar qué partes del cuerpo poseían “irritabilidad”, es decir, la propiedad de contraerse cuando se estimulan. Su conclusión de que esta irritabilidad existía únicamente en la sustancia muscular y era completamente independiente de los nervios que la afectaban provocó una controversia que no se resolvió definitivamente hasta finales del siglo XIX, cuando se comprobó que la teoría de Haller era totalmente correcta.
Fue en la búsqueda de experimentos para respaldar su teoría de la irritabilidad donde Haller realizó sus principales descubrimientos en embriología y desarrollo. Demostró que, durante el proceso de incubación del huevo, el primer rastro del corazón del pollito aparece en la hora treinta y ocho, y que el primer rastro de glóbulos rojos se observa en la hora cuarenta y uno. A través de sus investigaciones sobre los animales inferiores, intentó confirmar la teoría de que, desde la creación del género, cada individuo deriva de un individuo anterior; se trataba de la teoría de la preformación en la que él creía, según la cual “cada individuo está completamente preformado en el germen, simplemente creciendo de proporciones microscópicas a visibles, sin desarrollar nuevas partes”.
En fisiología, además de sus estudios sobre el sistema nervioso, Haller también investigó el mecanismo de la respiración, refutando las enseñanzas de Hamberger (1697-).

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(1755), quien sostenía que los pulmones se contraen de forma independiente. Haller, sin embargo, al igual que sus contemporáneos, no logró comprender en absoluto la verdadera función de los pulmones. La influencia de este gran fisiólogo en la medicina práctica, aunque muy profunda, fue en gran medida indirecta. Era un médico más bien teórico que práctico, pero se le atribuye el mérito de haber sido el primer médico en utilizar el reloj para contar el pulso.

BATTISTA MORGAGNI Y LA ANATOMÍA MORBOSA
Un gran contemporáneo de Haller fue Giovanni Battista Morgagni (1682-1771), quien continuó la investigación en anatomía que Sydenham había descuidado, proporcionando así un complemento necesario a la obra del gran inglés. Las investigaciones de Morgagni estuvieron dirigidas principalmente al estudio de la anatomía morbosa: el estudio de la estructura del tejido enfermo, tanto durante la vida como después de la muerte, en contraste con las estructuras anatómicas normales. No se puede decir que esta disciplina haya surgido por su iniciativa; ya en 1679 Bonnet había realizado estudios similares, aunque menos extensos; y posteriormente muchos investigadores, como Lancisi y Haller, también llevaron a cabo estudios post mortem. Pero De sedibus et causis morborum per anatomen indagatis de Morgagni fue la colección más amplia, precisa y bien ilustrada de casos que se había reunido hasta entonces, y marcó una época en la ciencia médica. A partir de la publicación de las investigaciones de Morgagni, la anatomía morbosa se convirtió en un ramo reconocido de la ciencia médica, y el efecto del impulso que esto le dio ha ido en aumento desde entonces.

WILLIAM HUNTER
William Hunter (1718-1783) debe ser siempre recordado como uno de los mayores médicos y anatomistas del siglo XVIII, y en particular como el primer gran profesor de anatomía en Inglaterra; pero su fama ha quedado algo eclipsada por la de su hermano menor, John. Hunter estaba destinado a la Iglesia y recibió educación en ese ámbito, pero siguiendo el consejo del cirujano William Cullen, dirigió su atención al estudio de la medicina. Su primer intento de enseñar tuvo lugar en 1746, cuando impartió una serie de conferencias sobre cirugía para la Sociedad de Médicos Navales. Estas conferencias resultaron tan interesantes e instructivas que de inmediato se le invitó a dar otras, y pronto se estableció su reputación como conferenciante. Era un orador y narrador nato, y combinaba estas cualidades atractivas con la minuciosidad y claridad en sus demostraciones; y aunque sus conferencias duraban dos horas, las hacía tan interesantes que…

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Los alumnos rara vez se cansaban de escucharlo. Creía que podía hacer un bien mayor al mundo “enseñando públicamente su arte” que practicándolo él mismo, e incluso durante los últimos días de su vida, cuando estaba tan débil que sus amigos le aconsejaban que dejara de hacerlo, continuó con sus enseñanzas, desmayándose de agotamiento al final de su última conferencia, que tuvo lugar pocos días antes de su muerte. Durante muchos años, la ambición de Hunter fue establecer un museo donde se pudiera avanzar en el estudio de la anatomía, la cirugía y la medicina; en 1765 solicitó una subvención para adquirir un terreno con ese fin, ofreciéndose a invertir siete mil libras en su construcción además de dotarlo con una cátedra de anatomía. Sin embargo, al no poder obtener esa subvención, construyó una casa en la que había salas para conferencias y disecciones, así como su propio museo. En este museo había preparados anatómicos, monedas, minerales y especímenes de historia natural.

La debilidad de Hunter era su amor por las controversias y su resentimiento ante las contradicciones. Esto le causó tensiones con muchos de los médicos más importantes de su época, especialmente con su propio hermano John, quien probablemente tampoco estuviera completamente exento de culpa en este asunto. Se dice que Hunter justificaba su propia irritabilidad argumentando que, al ser anatomista y estar acostumbrado a “la sumisión pasiva de los cadáveres”, las contradicciones se volvían aún más insoportables. Muchas de las investigaciones fisiológicas iniciadas por él fueron continuadas y perfeccionadas por su hermano más famoso, particularmente sus estudios sobre los capilares; pero él también aportó mucho al conocimiento anatómico de varias estructuras del cuerpo, especialmente en lo referente a la estructura de los cartílagos y las articulaciones.

**JOHN HUNTER**

En la capilla de Abbot Islip, en la Abadía de Westminster, cerca del lugar donde descansa Ben Jonson, yacen los restos de John Hunter (1728-1793), famoso en los anales de la medicina como uno de los mayores fisiólogos y cirujanos que el mundo haya producido: un hombre cuyos descubrimientos e inventos son innumerables, y cuyo campo de investigación solo estaba limitado por los límites más extremos de la ciencia del siglo XVIII, aunque sus esfuerzos se dirigían principalmente hacia las áreas relacionadas con su profesión.

Hasta los veinte años, el joven Hunter mostró poca inclinación por los estudios, ya que prefería enormemente los deportes y diversiones al aire libre; pero alrededor de esa edad, al darse cuenta de que debía elegir alguna ocupación, pidió permiso a su hermano William para intentar realizar algunas disecciones en su

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una escuela de anatomía en Londres. Para sorpresa de su hermano, realizó esta disección de manera excepcionalmente buena; y al hacerle realizar una segunda, se desempeñó con tal habilidad que su hermano predijo de inmediato que se convertiría en un gran anatomista. Hasta ese momento no había recibido ningún tipo de formación que lo preparara para su carrera profesional, y sabía muy poco de griego o latín: idiomas completamente innecesarios para él, como demostró en todo su trabajo posterior. Ottley cuenta que, cuando se burlaron de él por esa falta de conocimiento de las “lenguas muertas”, él dijo de su oponente: “Podría enseñarle eso sobre el cadáver que él nunca conoció en ningún idioma, ya sea muerto o vivo”.
Para su segundo año de disecciones ya era tan hábil que se le encargaron algunas de las clases en la escuela de su hermano; en 1754 se convirtió en discípulo de cirujano en el Hospital St. George’s, y dos años después en cirujano residente. Al sufrir síntomas causados por el exceso de trabajo que parecían amenazar con provocar tuberculosis, aceptó el puesto de cirujano en una expedición a Belleisle en 1760, y dos años más tarde sirvió en el ejército inglés en Portugal. Durante todo este tiempo estuvo constantemente dedicado a investigaciones científicas, muchas de las cuales, como sus observaciones sobre las heridas por balas, las utilizó de forma excelente en su vida posterior. Al regresar a Inglaterra en 1763, con su salud mucho mejorada, comenzó de inmediato su carrera como cirujano en Londres, y desde entonces su progreso fue una serie prácticamente ininterrumpida de éxitos en su profesión.
El trabajo de Hunter sobre el estudio de los linfáticos fue de gran utilidad para la profesión médica. Esta importante red de vasos diminutos distribuidos por todo el cuerpo había sido recientemente objeto de numerosos estudios, y varios estudiantes, incluido Haller, habían realizado investigaciones extensas desde su descubrimiento por Asellius. Pero Hunter, en 1758, fue el primero en descubrir los linfáticos en el cuello de las aves, aunque fue su hermano William quien desarrolló la teoría de que la función de estos vasos era la de absorber. Uno de los discípulos de John Hunter, William Hewson (1739-1774), fue el primero en describir, en 1768, los linfáticos en reptiles y peces, y complementó las investigaciones de su maestro sobre los linfáticos en las aves. Estos estudios sobre los linfáticos han sido considerados, quizás con razón, como las contribuciones más valiosas de Hunter a la medicina práctica.
En 1767 sufrió un accidente que le causó una rotura del tendón de Aquiles: el gran tendón que forma el punto de unión de los músculos

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Desde el talón hasta la parte inferior de la pierna. A partir de las observaciones de este accidente y de experimentos posteriores realizados en perros, sentó las bases para la operación ahora simple y eficaz para curar el pie zambo y otras deformidades relacionadas con los tendones. En 1772 se mudó a su residencia en Earlscourt, Brompton, donde reunió alrededor de sí una gran colección de animales, aves, reptiles, insectos y peces, que utilizaba en sus experimentos fisiológicos y quirúrgicos. Allí realizó un número incalculable de experimentos: probablemente más que “cualquier otro profesional de la medicina haya llevado a cabo jamás”. Estos experimentos variaban en naturaleza, desde observaciones de los hábitos de abejas y avispas hasta grandes operaciones quirúrgicas realizadas en erizos, perros, leopardos, etc. Se dice que durante quince años mantuvo un rebaño de gansos con el único propósito de estudiar el proceso de desarrollo en los huevos.

Hunter comenzó su primer ciclo de conferencias en 1772, viéndose obligado a hacerlo porque lo citaban erróneamente una y otra vez, y porque consideraba que de esa manera podía evaluar mejor sus propios conocimientos. Dar conferencias era una prueba difícil para él, ya que era extremadamente tímido y, sin preparar sus conferencias con antelación, apenas podía hablar. En esto presentaba un marcado contraste con su hermano William, quien era un orador fluido y brillante. Las conferencias de Hunter eran, en el mejor de los casos, simples lecturas de los hechos tal como los había escrito; el tímido profesor rara vez levantaba la vista de su manuscrito y casi nunca se detenía hasta haber leído toda su conferencia. Por lo tanto, sus conferencias eran más instructivas que interesantes, ya que ponía un cuidado infinito en prepararlas; pero presentarse ante sus alumnos le resultaba tan temible que se dice que tenía por costumbre tomar media dracma de láudano antes de cada conferencia para armarse de valor ante esa prueba. Uno se pregunta qué nombre dar a esa cualidad mental que hace que un cirujano valiente e intrépido como Hunter, que no se amedrenta ante operaciones arriesgadas y peligrosas, se convierta en un orador torpe, vacilante y “asustado” frente a un pequeño grupo de, como mucho, treinta jóvenes estudiantes de medicina. Y, sin embargo, esto mismo ocurre con frecuencia entre los cirujanos más audaces.

La operación de Hunter para curar los aneurismas
Debería servir como lección para aquellos que, por ignorancia u otros motivos, se oponen a la vivisección sin dolor practicada hoy en día: mediante el sacrificio de un solo ciervo en aras de la ciencia, Hunter descubrió un hecho relacionado con…

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La fisiología que ha sido el medio para salvar miles de vidas humanas y miles de cuerpos humanos de una mutilación innecesaria. Nos referimos al descubrimiento de la “circulación colateral” de la sangre, lo cual condujo, entre otras cosas, a la exitosa operación de Hunter sobre los aneurismas. En términos sencillos, cada órgano o músculo del cuerpo es suministrado por una gran arteria, cuyo tronco principal distribuye la sangre en sus ramas menores y, de allí, a través de los capilares. Cortar esta arteria principal parecería interrumpir por completo el suministro sanguíneo al órgano que recibe sangre por ella; y hasta el momento de la demostración de Hunter, la mayoría de los fisiólogos mantenían esta creencia. Pero la naturaleza ha dispuesto algo para hacer frente a esta posible interrupción del suministro sanguíneo desde una sola fuente, y ha organizado las cosas de tal manera que algunas de las pequeñas ramas arteriales que provienen del tronco principal de suministro están conectadas con otras ramas arteriales que provienen de otro tronco de suministro. En condiciones normales, los troncos arteriales principales suministran sangre a sus respectivos órganos, y las pequeñas arteriolas de conexión desempeñan un papel insignificante. Pero si el tronco principal de suministro se corta o se interrumpe por cualquier motivo, ocurre algo sorprendente: las pequeñas ramas de conexión comienzan de inmediato a ensancharse y a extraer sangre del tronco de suministro vecino que no está dañado. Este ensanchamiento continúa hasta que finalmente se establece una nueva ruta para la circulación; el órgano ya no depende del tronco arterial original, ahora inoperante, sino que funciona tan bien como antes gracias a esta circulación “colateral” que se ha establecido. La comprensión profunda de esta circulación colateral es uno de los pasos más importantes en la cirugía, ya que, hasta su descubrimiento, se consideraba necesario realizar amputaciones en casos como aquellos en los que estaba involucrada la arteria que suministra sangre a una pierna o un brazo, ya que se suponía que, al interrumpirse esa arteria, era inevitable la muerte de la extremidad y, por tanto, la necesidad de amputarla. Hunter resolvió este problema con una sola operación en un ciervo, y su habilidad como cirujano le llevó poco después a aplicar estos conocimientos a cierta clase de casos quirúrgicos de una manera revolucionaria y satisfactoria. Lo que condujo al descubrimiento trascendental de Hunter fue su investigación sobre la causa del crecimiento de los cuernos de los ciervos. Deseando averiguar qué papel desempeñaba el suministro sanguíneo en los lados opuestos del cuello en el proceso de desarrollo, o, quizás más correctamente, para ver qué efecto tendría cortar el suministro sanguíneo principal, Hunter hizo algo con uno de los ciervos.

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de Richmond Park fue capturado y atado, mientras él colocaba una ligadura alrededor de una de las arterias carótidas, una de las dos arterias principales que suministran sangre a la cabeza. Observó que poco después de esto, el cuerno (que estaba solo a medio crecer y, por lo tanto, muy vascularizado) en el lado de la arteria obstruida se volvió frío al tacto, debido a la falta de sangre que proporciona calor. No había nada inesperado en esto, y Hunter no le dio importancia hasta unos días después, cuando descubrió, para su sorpresa, que el cuerno se había vuelto tan cálido como el otro y, aparentemente, seguía creciendo en tamaño. Perplejo ante cómo podía ser eso y sospechando que, de alguna manera, su ligadura alrededor de la arteria no había sido efectiva, ordenó que mataran al ciervo; al examinarlo, se sorprendió al descubrir que, aunque su ligadura había cortado por completo el suministro sanguíneo desde la fuente de esa arteria carótida, las arterias más pequeñas se habían ensanchado para seguir suministrando sangre al cuerno, pero por una ruta diferente.

Pronto, Hunter tuvo la oportunidad de aplicar de forma práctica los conocimientos adquiridos. Se trataba de un caso de aneurisma poplíteo, cuyas operaciones hasta entonces habían resultado casi siempre fatales. Un aneurisma, como se entiende generalmente, es una dilatación de una parte determinada de una arteria; esta dilatación a veces llega a ser de tamaño enorme, está llena de sangre en constante movimiento y puede romperse en cualquier momento con consecuencias fatales. Si de alguna manera se logra mantener la sangre quieta durante incluso unas pocas horas en este aneurisma, se formará un coágulo, el aneurisma se contraerá y, finalmente, será absorbido y desaparecerá sin causar daños. El problema de mantener la sangre quieta, teniendo en cuenta que el corazón la impulsa continuamente a través de los vasos sanguíneos, no es sencillo; en la época de Hunter se consideraba tan insuperable que algunos cirujanos abogaban por la amputación de cualquier miembro afectado por un aneurisma, mientras que otros se limitaban a extirpar el tumor mismo e intentaban ligar la arteria por encima y por debajo. La primera de estas operaciones dejaba al paciente discapacitado de por vida, mientras que la segunda solía ser mortal.

Al reflexionar sobre lo que había aprendido acerca de la circulación colateral y el tiempo necesario para que se estableciera por completo, Hunter concibió la idea de que, si se cortaba el suministro sanguíneo por encima del aneurisma, evitando así temporalmente las pulsaciones constantes provenientes del corazón, esa sangre se coagularía y formaría un coágulo antes de que pudiera establecerse la circulación colateral o afectarla. El paciente al que realizó su ahora famosa operación padecía un aneurisma poplíteo; es decir, el aneurisma se encontraba en la gran arteria poplítea, justo detrás de…

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Articulación de la rodilla. Por lo tanto, Hunter ató la arteria femoral, o la arteria principal que suministra sangre a el muslo, a poca distancia por encima del aneurisma. La operación tuvo un éxito total, y en seis semanas el paciente pudo salir del hospital con ambas extremidades sanas. Naturalmente, la sencillez y el éxito de esta operación atrajeron la atención de Europa, y por sí sola habrían hecho inmortal el nombre de Hunter en los anales de la cirugía. Desde entonces, esta operación se ha denominado “operación hunteriana” para el tratamiento de aneurismas, pero hay motivos para creer que Dominique Anel (nacido hacia 1679) realizó una operación algo similar unos años antes. Sin embargo, es probable que Hunter nunca hubiera oído hablar de este trabajo de Anel, y que su operación fuera el resultado de su propio razonamiento independiente a partir de los datos que había obtenido sobre la circulación colateral. Además, el método de operación de Hunter era mucho mejor que el de Anel; aunque Anel podría reclamar la prioridad, el mérito de haberla difundido ampliamente siempre será de Hunter.

Los grandes servicios de Hunter fueron reconocidos tanto en su país como en el extranjero, y se le otorgaron honores y cargos de responsabilidad. En 1776 fue nombrado cirujano extraordinario del rey; en 1783 fue elegido miembro de la Real Sociedad de Medicina y de la Real Academia de Cirugía de París; en 1786 se convirtió en cirujano general adjunto del ejército; y en 1790 fue nombrado cirujano general e inspector general de los hospitales. Desempeñó todos estos cargos con distinción, y siguió dedicándose activamente a la búsqueda incansable del conocimiento y al cumplimiento de sus numerosas obligaciones, hasta que en octubre de 1793 falleció mientras hablaba ante algunos colegas, cayendo muerto en los brazos de otro médico.

LAZZARO SPALLANZANI

El gran rival de Hunter entre los fisiólogos contemporáneos fue el italiano Lazzaro Spallanzani (1729-1799), una de las figuras más destacadas de la historia de la ciencia. No recibió formación ni como científico ni como médico; al principio se dedicó a la filosofía y a los idiomas, luego estudió derecho y posteriormente tomó los hábitos religiosos. Pero era un observador agudo de la naturaleza, además de tener una mente inquisitiva y investigadora, por lo que hoy en día se le recuerda principalmente por sus descubrimientos e investigaciones en las ciencias biológicas. Una demostración importante de ello fue su refutación de la teoría de la abiogénesis, o “generación espontánea”, tal como la proponían Needham y Buffon. En la época de los experimentos de Needham ya se había observado desde hacía tiempo que cuando la materia animal o vegetal permanecía en agua durante un tiempo suficientemente largo…

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Para que comenzara a sufrir descomposición, el agua se llenó de criaturas microscópicas, las “infusorias animalculis”. Esto tendía a demostrar, o bien que el agua o la sustancia animal o vegetal contenía los “gérmenes” de estos organismos diminutos, o bien que éstos se generaban espontáneamente. Se sabía que hervir mataba a estas animalcules, y Needham estuvo de acuerdo en que, si primero calentaba la carne o las verduras, así como el agua que las contenía, y luego las colocaba en frascos herméticamente cerrados, si aun así aparecían las animalcules, eso sería una prueba contundente de que se habían generado espontáneamente. Por lo tanto, realizó numerosos experimentos, siempre con los mismos resultados: después de unos días, el agua estaba llena de criaturas microscópicas. Parecía algo comprobado sin lugar a dudas, siempre y cuando no hubiera habido errores en los experimentos. Pero el abate Spallanzani creyó detectar tales errores en los experimentos de Needham. La posibilidad de tales errores podía surgir de varias maneras: el contenido de los frascos quizás no se había hervido el tiempo suficiente para matar todos los gérmenes, o quizás el aire no se había eliminado por completo mediante el proceso de sellado. Para cubrir ambas posibilidades, Spallanzani primero selló herméticamente los recipientes de vidrio y luego los hirvió durante tres cuartos de hora. Bajo estas circunstancias, nunca aparecieron animalcules, lo cual constituía una demostración concluyente que hacía insostenibles de inmediato los argumentos de Needham en favor de su teoría.(2)
Junto a estos estudios sobre la generación espontánea estaban los experimentos y observaciones de Spallanzani sobre los procesos fisiológicos de reproducción en los animales superiores. Experimentó con ranas, tortugas y perros, y aclaró sin lugar a dudas la función del óvulo y del espermatozoide. Desafortunadamente, interpretó erróneamente el papel de los espermatozoides, al creer que el líquido que los rodeaba también era igualmente activo en el proceso de fertilización; no fue hasta unos cuarenta años después (1824) cuando Dumas corrigió este error.
LA TEORÍA QUÍMICA DE LA DIGESTIÓN
Entre las investigaciones más interesantes de Spallanzani se encontraban sus experimentos para demostrar que la digestión, tal como ocurre en el estómago, es un proceso químico. En esto demostró, tal como había intentado hacer René Reaumur, que la digestión podía tener lugar fuera de las paredes del estómago como una reacción química ordinaria, utilizando el jugo gástrico como…

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reagente para realizar el experimento. La cuestión de si el estómago actuaba como órgano molidor o triturador, y no como recipiente para la acción química, ya había sido resuelta por Reaumur y ya no era objeto de controversia general. Reaumur demostró de manera concluyente que la digestión tendría lugar en el estómago de la misma manera y en el mismo tiempo si la sustancia a digerir se protegía de los movimientos peristálticos del estómago y se sometía únicamente a la acción del jugo gástrico. Lo hizo introduciendo las sustancias a digerir en el estómago a través de tubos, protegiéndolas así de modo que, mientras los jugos gástricos podían actuar sobre ellas libremente, estas no se verían afectadas por ningún movimiento del órgano.

Tras estos experimentos, intentó demostrar que la digestión podía tener lugar fuera del cuerpo tanto como dentro de él, tal como ciertamente debería ocurrir si se tratara de un proceso puramente químico. Recogió cantidades de jugo gástrico y, colocándolo en recipientes adecuados que contenían granos o carne triturada, mantuvo la mezcla a aproximadamente la temperatura del cuerpo durante varias horas. Después de repetidos experimentos de este tipo, aparentemente realizados con gran cuidado, Reaumur llegó a la conclusión de que “el jugo gástrico no tiene más efecto fuera del cuerpo vivo para disolver o digerir los alimentos que el agua, el mucílago, la leche o cualquier otro líquido insípido”. No está claro por qué todos estos experimentos fracasaron en demostrar un hecho tan sencillo; pero, al menos para Spallanzani, no eran en absoluto concluyentes, y procedió a desarrollar aún más los experimentos de Reaumur. Realizó sus experimentos en tubos con escala, expuestos a cierto grado de calor, y demostró de manera concluyente que el proceso químico sí tiene lugar, incluso cuando los alimentos y el jugo gástrico se separan de su entorno natural en el estómago. En esto se enfrentó a muchos fisiólogos, entre ellos John Hunter, pero la veracidad de sus demostraciones no pudo ser puesta en duda, y en años posteriores encontramos al propio Hunter completando los experimentos de Spallanzani mediante sus estudios sobre la acción del jugo gástrico sobre las paredes estomacales después de la muerte.

El hecho de que las teorías de Spallanzani y Hunter sobre la acción del jugo gástrico no fueran aceptadas de inmediato por todos lo demuestra un ensayo escrito por un médico erudito en 1834. Al hablar de algunas de las demostraciones de Spallanzani, escribe: “En algunos de los experimentos, para dar a la carne o a los granos sumergidos en el jugo gástrico la misma temperatura que el cuerpo, se introducían los frascos debajo de las axilas. Pero este no es un método justo para determinar los efectos del jugo gástrico fuera del cuerpo; porque…”

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La influencia que la vida podría tener en la digestión de los alimentos quedaría asegurada en este caso. Las afinidades relacionadas con la vida se extenderían a las sustancias en contacto con cualquier parte del sistema: las sustancias colocadas bajo las axilas no se encuentran, al menos, en las mismas condiciones que aquellas que no están relacionadas con un animal vivo. Pero resulta difícil comprender cómo este autor llega a la conclusión de que “los experimentos de Reaumur y Spallanzani no ofrecen evidencia alguna de que el jugo gástrico tenga alguna influencia especial, distinta de la del agua o de cualquier otro líquido insípido, en la digestión de los alimentos” (4).

Los toques finales a la nueva teoría de la digestión fueron dados por John Hunter, quien, como ya hemos visto, al principio se opuso a Spallanzani, pero que finalmente se convirtió en un ferviente defensor de la teoría química. Hunter llevó aún más lejos los experimentos de Spallanzani y demostró la acción de los fluidos digestivos después de la muerte. Durante muchos años, los anatomistas se habían visto perplejos ante las lesiones patológicas del estómago encontradas post mortem, cuando no se habían manifestado síntomas de ningún trastorno estomacal durante la vida. Hunter comprendió correctamente que estas lesiones eran causadas por la acción del jugo gástrico, el cual, aunque incapaz de actuar sobre el tejido vivo, continuaba su acción química después de la muerte, digiriendo así las paredes del estómago en el que se había formado. Y, como era habitual en sus observaciones, aplicó este descubrimiento a fines prácticos para explicar ciertos fenómenos de la digestión.

La siguiente descripción de la digestión del estómago después de la muerte fue escrita por Hunter a petición de Sir John Pringle, cuando este era presidente de la Royal Society. La circunstancia que condujo a ello fue la siguiente: “Estaba abriendo, en su presencia, el cuerpo de un paciente suyo, cuyo estómago estaba parcialmente disuelto, lo cual le pareció algo muy inexplicable, ya que no había habido síntomas previos que pudieran hacerle sospechar algún problema estomacal. Aproveché esa oportunidad para exponerle mis ideas al respecto y le dije que llevaba tiempo realizando experimentos sobre la digestión, y que consideraba esto como uno de los hechos que demostraban la capacidad transformadora del jugo gástrico... Existen muchas fuerzas en la naturaleza a las cuales el principio vital no permite que la materia animal, con la que está combinado, resista: es decir, las fuerzas mecánicas y la mayoría de los solventes químicos más potentes. Sin embargo, el principio vital hace que dicha materia sea capaz de resistir las fuerzas de la fermentación, la digestión y quizás otras varias, las cuales son bien conocidas por actuar sobre la misma materia cuando esta carece del principio vital y la descomponen por completo”.

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Hunter concluye su artículo con el siguiente párrafo: “Estas apariciones arrojan una luz considerable sobre el principio de la digestión, y demuestran que no se trata ni de una fuerza mecánica, ni de contracciones del estómago, ni del calor, sino de algo secretado en las paredes del estómago y vertido en su cavidad, lo cual anima los alimentos o los asimila a la naturaleza de la sangre. La acción de este jugo está limitada a ciertas sustancias, especialmente las del reino vegetal y animal; y aunque este líquido es capaz de actuar independientemente del estómago, debe a este órgano su existencia.” (5)

LA FUNCIÓN DE LA RESPIRACIÓN

Es curioso que fuera necesario demostrar por experimento que el delgado estómago, casi membranoso, de los mamíferos no tiene la capacidad de pulverizar, por mero desgaste, los alimentos que ingieren. Sin embargo, ahora por primera vez se logró esa prueba, y la cuestión relativa al carácter general de la función digestiva quedó definitivamente resuelta. Casi simultáneamente a este gran avance, también se produjeron progresos en un campo relacionado: los misterios de la respiración finalmente se aclararon, gracias al nuevo conocimiento de la química. La solución del problema surgió casi como algo natural, a raíz de los avances de esa ciencia en la segunda mitad del siglo. Hasta entonces, nadie desde Mayow, del siglo anterior —cuyo genio había sido extrañamente pasado por alto y olvidado— había siquiera sospechado vagamente cuál era la verdadera función de los pulmones. El gran Boerhaave suponía que la respiración era importante principalmente como ayuda para la circulación sanguínea; su gran discípulo, Haller, creyó hasta el día de su muerte en 1777 que el propósito principal de esta función era generar la voz. Ningún genio podía esperar comprender el misterio de los pulmones mientras se considerara al aire como un elemento simple, que cumplía únicamente una función mecánica en el funcionamiento del cuerpo.

Pero el descubrimiento del oxígeno proporcionó la pista, y muy pronto todos los químicos comenzaron a analizar el aire que salía de los pulmones; el Dr. Priestley, como de costumbre, estaba a la vanguardia. Sus primeros experimentos se realizaron en 1777, y desde el principio el problema quedó prácticamente resuelto. Otros experimentadores confirmaron sus resultados en todos sus aspectos esenciales: entre ellos Scheele, Lavoisier, Spallanzani y Davy. Quedó claramente establecido que existe una acción química en el contacto del aire con el tejido de los pulmones; que parte del…

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El oxígeno del aire desaparece, y se añade gas ácido carbónico al aire inspirado. También se demostró que la sangre, al entrar en contacto con el aire, cambia de color de negro a rojo. Estos aspectos esenciales no estuvieron en disputa desde el principio. Pero cuáles eran exactamente los cambios químicos que causaban estos resultados fue objeto de controversia. Por ejemplo, si el oxígeno realmente se absorbe en la sangre, o si simplemente se une al carbono emitido por la sangre, fue motivo de debate durante mucho tiempo. Cada uno de los principales contendientes estaba influenciado por sus propias opiniones sobre los temas químicos en cuestión. Lavoisier, por ejemplo, creía que el gas oxígeno estaba compuesto por un óxido metálico combinado con el supuesto elemento calor; el Dr. Priestley lo consideraba un compuesto de electricidad positiva y flogisto; y Humphry Davy, cuando se unió al debate un poco más tarde, supuso que era un compuesto de oxígeno y luz. Tales concepciones erróneas naturalmente complicaron las cosas y retrasaron una comprensión completa de los procesos químicos de la respiración. Tampoco pasó mucho tiempo antes de que se aceptara la idea de que los cambios químicos más importantes no ocurren en los pulmones mismos, sino en los tejidos finales. De hecho, el asunto no se resolvió claramente al final del siglo. No obstante, el problema de la respiración ya había sido resuelto en sus aspectos esenciales. Además, se estableció el hecho sumamente importante de que un proceso esencialmente idéntico a la respiración es necesario no solo para la existencia de todos los seres dotados de pulmones, sino también para los peces, los insectos e incluso las plantas; en resumen, para todo tipo de organismo vivo.

ERASMO DARWIN Y LA FISIOLOGÍA DE LAS PLANTAS
Al final del siglo, Erasmo Darwin realizó algunos experimentos interesantes relacionados con la respiración vegetal, y los registró en su “Jardín Botánico” como nota al pie del verso: “Mientras están expuestas al aire, las hojas respiran”. Estas notas merecen ser citadas en detalle, ya que ofrecen una idea clara de las doctrinas fisiológicas de la época (1799), al mismo tiempo que avanzan en el análisis del tema en cuestión: “Existen diversas opiniones”, dice Darwin, “respecto al papel de las hojas de las plantas en su funcionamiento vital. Algunos sostienen que son órganos de transpiración. Esto no parece probable, según un experimento del Dr. Hales, en ‘Vegetable Statics’, página 30. Él descubrió, al cortar ramas de árboles con manzanas en ellas y quitarles las hojas, que…

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La manzana exhalaba una cantidad de vapor similar a la que exhalan dos hojas cuyas superficies eran casi iguales a las de la manzana; de ahí parece que las manzanas tienen tanto derecho como las hojas a ser consideradas órganos sudoríparos. Otros han creído que son órganos excretores de jugos excrementicios, pero como el vapor exhalado por las verduras no tiene sabor, esta idea no es más probable que la otra; además, en la mayoría de los climas no parecen sudar ni exhalar en absoluto.

“Se dice que la superficie interna de los pulmones o vasos respiratorios en los seres humanos es igual a la superficie externa de todo el cuerpo, es decir, casi quince pies cuadrados; sobre esta superficie la sangre queda expuesta a la influencia del aire respirado, a través de una fina película. Gracias a esta exposición al aire, su color cambia de rojo oscuro a escarlata brillante, y adquiere algo tan necesario para la existencia de la vida que apenas podemos vivir un minuto sin este maravilloso proceso”.

“La analogía entre las hojas de las plantas y los pulmones o branquias de los animales parece abarcar tantas circunstancias que apenas podemos negarnos a aceptar que desempeñen funciones similares.

“1. La gran superficie de las hojas, en comparación con la del tronco y las ramas de los árboles, hace pensar que se trata de un órgano bien adaptado para exponer los jugos vegetales a la influencia del aire; sin embargo, como veremos más adelante, esto probablemente solo lo realizan sus superficies superiores. Aun así, en este caso, la superficie total de las hojas representa una proporción mayor en relación con la superficie del árbol que los pulmones de los animales en relación con sus superficies externas.

“2. En los pulmones de los animales, la sangre, después de haber estado expuesta al aire en las extremidades de la arteria pulmonar, cambia de color de rojo oscuro a escarlata brillante. Ciertamente, en algunas de sus propiedades esenciales, es recogida posteriormente por la vena pulmonar y devuelta al corazón. Para mostrar una similitud de circunstancias en las hojas de las plantas, se realizó el siguiente experimento el 24 de junio de 1781. Un tallo con hojas y vasos conductores de semillas de la gran espiga (Euphorbia helioscopia) fue colocado durante varios días en una decocción de ruibarbo (Rubia tinctorum), de modo que la parte inferior del tallo y dos de las hojas más bajas quedaron sumergidas en ella. Después de lavar las hojas sumergidas en agua limpia, pude observar fácilmente cómo el color del ruibarbo se extendía a lo largo de la nervadura central de cada hoja. La arteria roja era perfectamente visible tanto en la superficie inferior como en la superior de la hoja; pero en…”

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En la cara superior se podían ver numerosas ramas rojas que iban desde allí hasta los extremos de la hoja; en el otro lado, estas ramas no eran visibles, salvo si se miraba a través de la hoja contra la luz. En esta cara inferior se observó un sistema de vasos ramificados que transportaban un líquido lechoso y pálido, procedentes de los extremos de la hoja; este líquido cubría toda la cara inferior y conectaba dos venas grandes, una a cada lado de la arteria roja situada en la costilla central de la hoja; junto con ellas, descendía hacia el pecíolo. Al cortar una de estas hojas con tijeras y tener un microscopio a mano, se pudo observar cómo la sangre lechosa salía de las venas que regresaban a cada lado de la arteria roja en la costilla central; pero no se observó ningún líquido rojo proveniente de la arteria.
“Todas estas observaciones fueron más fáciles de ver en una hoja de Picris tratada de la misma manera; ya que en esta planta lechosa, los tallos y la costilla central de las hojas suelen ser de color rojizo por naturaleza, y por eso el color de la ruibarbo parecía extenderse más profundamente en las ramificaciones de sus arterias foliares, siendo allí perfectamente visible junto con las ramificaciones de las venas lechosas en cada lado”.
Darwin procede entonces a sacar una conclusión errónea de sus observaciones:
“3. Según estos experimentos”, dice, “la superficie superior de la hoja parecía ser el órgano de respiración, ya que el líquido coloreado era transportado hasta los extremos de la hoja por vasos muy visibles en la superficie superior; allí se transformaba en un líquido lechoso, que es la ‘sangre’ de la planta. Luego, este líquido regresaba por las venas de la superficie inferior, las cuales se podían observar supurando al cortarlas con tijeras; en el caso de Picris, estas venas hacían que la superficie inferior de las hojas fuera mucho más blanca que la superior”.
Pero, de hecho, como demostraron estudios realizados posteriormente, es la superficie inferior de la hoja la que cuenta con mayor cantidad de estomas, o “poros respiratorios”. Desde el punto de vista de este conocimiento posterior, resulta interesante seguir al autor un poco más para ilustrar aún mejor la posibilidad de combinar observaciones correctas con conclusiones erróneas.
“4. Dado que la superficie superior de las hojas constituye el órgano de respiración, en el cual la savia queda expuesta, bajo una fina capa, a la acción de la atmósfera, estas superficies, en muchas plantas, rechazan fuertemente la humedad; como ocurre con las hojas de col, donde las gotas de lluvia permanecen sobre su superficie sin tocarlas, como lo observó el señor…”

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Melville (Ensayos literarios y filosóficos: Edimburgo) señala que estas hojas tienen el aspecto de glóbulos de mercurio. Por eso, cuando sus superficies superiores quedan sumergidas en el agua, se marchitan tan pronto como se exponen al aire seco; pero si se colocan con la superficie inferior sobre el agua, permanecen verdes durante muchos días, como se observa en los experimentos del señor Bonnet (Usage des Feuilles). De ahí que algunas plantas acuáticas, como el nenúfar (Nymphoea), tengan los lados inferiores flotando sobre el agua, mientras que las superficies superiores permanecen secas al contacto con el aire.

“5. Dado que aquellos insectos que poseen numerosos spiráculos, o aberturas respiratorias, como las avispas y las moscas, mueren al instante al verterse aceite sobre ellos, cubrí cuidadosamente con aceite las superficies de varias hojas de flemisa, de laurel portugués y de bálsamos. Aunque el aceite no se adhería perfectamente, observé que todas morían en uno o dos días.

“Cabe añadir que muchas hojas cuentan con músculos en sus tallos, que sirven para orientar sus superficies hacia el aire o la luz, como ocurre en la mimosa o en el Hedysarum gyrans. A partir de todas estas analogías, creo que no puede haber duda de que las hojas de los árboles son sus pulmones: liberan un material flogístico a la atmósfera y absorben oxígeno, es decir, aire vital.

“6. Según esta teoría, la gran utilidad de la luz para la vegetación radica en permitir la separación del aire vital del agua que estas plantas exhalan, facilitando así su unión con la sangre que se encuentra debajo de la fina capa de sus hojas. Al aplicarse aire puro de esta manera, es probable que pueda ser absorbido más fácilmente. Por ello, en los curiosos experimentos del dr. Priestley y del señor Ingenhousz, algunas plantas purificaban menos aire que otras; es decir, exhalaban menos aire bajo la luz solar. El señor Scheele descubrió que al poner guisantes en agua que los cubría aproximadamente por la mitad, estos convertían el aire vital en aire fijo, es decir, en gas carbónico, de la misma manera que ocurre en la respiración animal.

“7. La circulación en los ‘pulmones’ o hojas de las plantas es muy similar a la de los peces. En los peces, la sangre, después de pasar por sus branquias, no regresa al corazón como ocurre en los pulmones de los animales que respiran aire, sino que la vena pulmonar, adoptando la estructura de una arteria tras recibir la sangre de las branquias —donde adquiere un color más intenso—, la distribuye a las demás partes de su cuerpo. La misma estructura existe en los hígados de los peces; de ahí que en esos animales existan dos sistemas circulatorios independientes del corazón: uno que comienza en los extremos de las venas de las branquias y se extiende a través de los músculos, y otro que pasa a través…”

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El hígado; ambos son suministrados por la acción de esas arterias y venas respectivas.” (6)
Darwin es aquí un poco fantasioso al forzar la analogía entre plantas y animales. El sistema circulatorio de las plantas en realidad no es tan comparable al de los peces como él suponía. Pero la idea fundamental de la uniformidad que subyace a la aparente diversidad de la Naturaleza se ejemplifica aquí, como en otros escritos de Erasmus Darwin; y, más específicamente, se demuestra plenamente una comprensión clara de los aspectos esenciales de la función respiratoria.

**ZOLOGÍA AL FINAL DEL SIGLO XVIII**
Varias causas contribuyeron a que la exploración se convirtiera en algo muy popular durante los últimos años del siglo XVIII. Nuevas herramientas ayudaron a los navegantes: la brújula y el cuadrante perfeccionados, así como la invención del cronómetro. La ciencia médica logró erradicar el escorbuto, que hasta entonces había sido una amenaza constante para los viajeros. Y, sobre todo, el espíritu emprendedor de esa época impulsó a los aventureros a buscar novedades en campos completamente nuevos. Algunos se dirigieron al Polo, otros intentaron encontrar rutas hacia el noreste o noroeste para llegar a la India; otros aún buscaban el gran continente antártico, mencionado en las tradiciones. Por supuesto, todos ellos fracasaron en sus objetivos inmediatos, pero contribuyeron enormemente al conocimiento mundial y a las historias de los viajeros.

Entre todas estas historias, ninguna era más notable que aquellas que hablaban de extrañas criaturas vivientes encontradas en tierras antípodas. Y aquí, a diferencia de lo que ocurría en otros campos, las narraciones solían ser respaldadas por la exhibición de especímenes que no dejaban lugar a dudas. Muchos grupos de exploradores regresaban cargados con tales trofeos provenientes de los reinos animal y vegetal, causando asombro, alegría y confusión en los naturalistas. Los seguidores de Linneo, en la “edad de oro de la historia natural”, unas décadas antes, habían aumentado el número de especies conocidas de peces a unos cuatrocientos, de aves a mil, de insectos a tres mil y de plantas a diez mil. Pero ahora, estos nuevos hallazgos duplicaron esa cifra para las plantas, la triplicaron para los peces y las aves, y llevaron el número de insectos descritos a más de veinte mil. Naturalmente, esta abundancia de material nuevo resultaba muy desconcertante para los clasificadores. Los más perspicaces comenzaron a darse cuenta de que el sistema artificial de Linneo, por más maravilloso y útil que fuera…

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Era necesario avanzar en esos aspectos antes de que se pudiera manejar de manera satisfactoria el nuevo material. El camino hacia un sistema más natural, basado en signos menos arbitrarios, ya había sido señalado por Jussieu en la botánica, pero los zoólogos no estaban dispuestos a avanzar hacia tal sistema hasta que no adquirieran una comprensión más amplia de los organismos con los que tenían que lidiar a través de estudios exhaustivos de anatomía. Dichos estudios de las formas individuales en relación con toda la escala de los seres orgánicos se llevaron a cabo en estas últimas décadas del siglo; sin embargo, aunque se lograron dos o tres generalizaciones muy importantes (en particular, la concepción de Kaspar Wolff sobre la célula como base de la vida orgánica y la doctrina sumamente importante de Goethe sobre la metamorfosis de las partes), en conjunto, el trabajo de los anatomistas de esa época fue más bien incipiente que fructífero. Los volúmenes de Bichat, que describen el reconocimiento de los tejidos fundamentales del cuerpo, no comenzaron a publicarse hasta el último año del siglo. La exposición por parte de Cuvier de la doctrina de la correlación de las partes tiene la misma fecha; pero, en general, los estudios de este gran naturalista, que con el tiempo lo convertirían en el sucesor de Linneo, apenas habían comenzado.

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V. ANATOMÍA Y FISIOLOGÍA EN EL SIGLO XIX
CUVIER Y LA CORRELACIÓN DE LAS PARTES

Hemos visto que los focos del mundo fisiológico hacia el final del siglo XVIII eran Italia e Inglaterra, pero cuando Spallanzani y Hunter fallecieron, el escenario se trasladó a Francia. Era un momento especialmente propicio, ya que los recientes avances en numerosas ramas de la ciencia habían aportado nuevos datos para el estudio de la vida animal que necesitaban ser clasificados. Y, dado que había varios especialistas capaces de llevar a cabo tal tarea, era lógico que las grandes generalizaciones se convirtieran en algo muy común. Así fue como Cuvier presentó una clasificación completamente nueva del reino animal, estableciendo cuatro grandes tipos de seres, a los que denominó vertebrados, moluscos, artropodos y radiados. Poco antes, Lamarck ya había establecido la distinción entre animales con y sin columna vertebral; la clasificación de Cuvier dividió a estos últimos —los invertebrados— en tres grupos menores. Esta división, conocida desde entonces por todos los estudiantes de zoología, solo ha sido sustituida en años muy recientes, y no por una revolución, sino por otra división, que los estudios detallados sobre las formas de vida inferiores parecían hacer deseable.

Durante esos estudios de anatomía comparada que condujeron a su nueva clasificación, la atención de Cuvier se centró constantemente en la coordinación peculiar de las partes en cada organismo individual. Así, un animal con garras afiladas para capturar presas vivas —como miembro de la tribu de los felinos— también cuenta con dientes afilados, adaptados para desgarrar la carne de su víctima, y un tipo particular de estómago, muy diferente al de los animales herbívoros. Esta adaptación de todas las partes del animal entre sí se extiende a las partes más diversas del organismo, y permite al anatomista experimentado, a partir de la observación de una sola parte típica, extraer conclusiones sobre la estructura de todo el animal; un hecho que resultó de gran ayuda para Cuvier en sus estudios de paleontología. Sin embargo, esto no permitió a Cuvier, ni a nadie más, reconstruir completamente al animal extinto a partir de la observación.

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de un solo hueso, como se ha afirmado a veces, pero lo que realmente demuestra, en manos de un experto, es suficientemente sorprendente.
“Mientras que el estudio de los restos fósiles de los cuadrúpedos mayores es más satisfactorio —escribe—, por los resultados claros que ofrece, que el estudio de los restos de otros animales encontrados en estado fósil, también está complicado por dificultades mayores y más numerosas. Las conchas fósiles suelen encontrarse bastante completas, conservando todos los caracteres necesarios para compararlas con los especímenes contenidos en las colecciones de historia natural o representados en las obras de los naturalistas. Incluso los esqueletos de los peces se encuentran más o menos completos, de modo que sus formas generales pueden determinarse en la mayoría de los casos, y por lo general, al menos, sus caracteres genéricos y específicos son determinables, ya que estos se obtienen principalmente de sus partes sólidas. En los cuadrúpedos, por el contrario, incluso cuando se encuentran sus esqueletos completos, existe una gran dificultad para descubrir sus caracteres distintivos, ya que estos se basan principalmente en su pelaje, colores y otras marcas que han desaparecido antes de su incrustación. También es muy raro encontrar esqueletos fósiles de cuadrúpedos en un estado siquiera cercano a la completitud, ya que los estratos contienen en su mayor parte únicamente huesos separados, dispersos de forma confusa y casi siempre rotos y reducidos a fragmentos, que son el único medio que quedan a los naturalistas para determinar a qué especies o géneros pertenecieron.
“Afortunadamente, la anatomía comparada, cuando se comprende a fondo, nos permite superar todas estas dificultades, ya que una aplicación cuidadosa de sus principios nos enseña las correspondencias y diferencias en las formas de los cuerpos organizados de diferentes tipos, mediante las cuales cada uno puede determinarse rigurosamente a partir de casi cualquier fragmento de sus diversas partes y órganos.
“Cada individuo organizado forma un sistema propio, cuyas partes corresponden naturalmente entre sí y colaboran para lograr un propósito definido, mediante reacción recíproca o combinándose hacia el mismo fin. Por lo tanto, ninguna de estas partes separadas puede cambiar de forma sin un cambio correspondiente en las demás partes del mismo animal, y en consecuencia, cada una de estas partes, tomada por separado, indica todas las demás partes a las que pertenece. Así, como he mostrado en otro lugar, si las vísceras de un animal están organizadas de tal manera que solo sirven para digerir carne fresca, también es necesario que las mandíbulas estén construidas de forma que les permitan devorar presas; las garras deben estar diseñadas para agarrar y

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Desgarrándolo en pedazos; los dientes para cortar y dividir su carne; todo el sistema de extremidades, o órganos de movimiento, para perseguirlo y alcanzarlo; y los órganos de los sentidos para descubrirlo a distancia. La naturaleza también debe haber dotado al cerebro del animal de instintos suficientes para ocultarse y para elaborar planes para capturar a sus víctimas necesarias... “Para que el animal pueda llevarse a su presa una vez capturada, se requiere una fuerza correspondiente en los músculos que elevan la cabeza, y esto necesariamente da lugar a una forma determinada de las vértebras a las que están unidos estos músculos y del occipital en el que se insertan. Para que los dientes de un animal carnívoro puedan cortar la carne, es necesario que sean afilados, más o menos según la mayor o menor cantidad de carne que tengan que cortar. Es preciso que sus raíces sean sólidas y fuertes, en proporción a la cantidad y tamaño de los huesos que tengan que romper en pedazos. Todas estas circunstancias deben influir necesariamente en el desarrollo y la forma de todas las partes que contribuyen a mover las mandíbulas...” Después de estas observaciones, será fácil ver que se pueden extraer conclusiones similares con respecto a las extremidades de los animales carnívoros, las cuales requieren configuraciones particulares para adaptarse a una rapidez de movimiento general; y que consideraciones similares deben influir en las formas y conexiones de las vértebras y otros huesos que constituyen el tronco del cuerpo, para adaptarlos a una flexibilidad y prontitud de movimiento en todas direcciones. Los huesos de la nariz, de la órbita y de las orejas también requieren ciertas formas y estructuras para adaptarse a perfeccionar los sentidos del olfato, la vista y el oído, tan necesarios para los animales depredadores. En resumen, la forma y estructura de los dientes regulan las formas del cóndilo, de la escápula y de las garras, de la misma manera que la ecuación de una curva regula todas sus demás propiedades; y así como, con respecto a cualquier curva particular, todas sus propiedades pueden determinarse suponiendo cada propiedad por separado como base de una ecuación específica, de la misma manera una garra, una escápula, un cóndilo, un hueso de la pierna o del brazo, o cualquier otro hueso considerado por separado, nos permite descubrir la descripción de los dientes a los que pertenecían; y de igual manera, podemos determinar las formas de los demás huesos a partir de los dientes. Así, comenzando nuestras investigaciones con un examen cuidadoso de cualquier hueso por separado, una persona que domine suficientemente las leyes de la estructura orgánica puede, por así decirlo, reconstruir todo el animal al que ese hueso pertenecía.”(1)

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Ya hemos señalado que nadie es realmente capaz de llevar a cabo la hazaña necromántica sugerida en la última frase; pero la exageración es perdonable en el entusiasta para quien ese principio significaba tanto y cuyas manos lo hicieron extenderse hasta tal punto. Por supuesto, todo este principio, en sus grandes líneas, es algo con lo que todo estudiante de anatomía ya estaba familiarizado desde los tiempos en que se comenzó a estudiarla, pero la expresión completa de la “ley de coordinación”, como la llamó Cuvier, nunca había sido formulada explícitamente antes; y, pese a su aparente obviedad, la exposición que Cuvier hizo de ella en la introducción a su obra clásica sobre anatomía comparada, publicada durante la primera década del siglo XIX, constituye un gran descubrimiento. Es una de esas generalizaciones que sirven como puntos de referencia para otros descubrimientos.

**BICHAT Y LOS TEJIDOS DEL CUERPO**
Lo mismo puede decirse de otra generalización relativa al cuerpo animal, la cual formuló el brillante joven médico francés Marie François Bichat al señalar que cada organismo vertebrado, incluido el ser humano, posee en realidad dos conjuntos de órganos completamente diferentes: uno bajo control voluntario y destinado a la locomoción, y el otro fuera del control voluntario y encargado de los “procesos vitales” como la digestión, la asimilación y cosas por el estilo. Él denominó a estos conjuntos de órganos, respectivamente, el sistema animal y el sistema orgánico. Esta división no era del todo nueva, ya que Grimaud, profesor de fisiología en la Universidad de Montpellier, había realizado anteriormente una clasificación sustancialmente similar de las funciones en “internas o digestivas y externas o locomotoras”; pero fue la exposición de Bichat la que dio difusión a esta idea.

Sin embargo, mucho más importante fue otra clasificación que Bichat presentó en su obra de anatomía, publicada justo al comienzo del siglo pasado. Se trataba de la división de todas las estructuras animales en lo que Bichat llamó tejidos, y de señalar que en realidad existen solo unos pocos tipos de ellos en el cuerpo, los cuales conforman todos los órganos diversos. Así, los órganos musculares forman un sistema; los órganos membranosos otro; los órganos glandulares un tercero; el mecanismo vascular un cuarto, y así sucesivamente. La distinción es tan evidente que parece difícil concebir que pudiera haber sido pasada por alto por los primeros anatomistas; pero, de hecho, solo es evidente porque ahora se ha enseñado habitualmente durante casi un siglo. Nunca se había planteado antes.

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Existía ya una expresión explícita sobre este tema antes de la época de Bichat; sin embargo, se dice que el propio Bichat debía algo en esto a su maestro, Desault, y al famoso alienista Pinel. Sea como sea, es cierto que todos los anatomistas posteriores consideraron que la clasificación de los tejidos propuesta por Bichat era de suma utilidad para sus estudios sobre las funciones animales. Los avances posteriores demostraron que la distinción entre los diferentes tejidos no era tan fundamental como suponía Bichat, pero eso no disminuye en absoluto el valor práctico de dicha clasificación. Solo fue necesario dar un paso más desde esta clasificación científica de los tejidos hacia una clasificación similar de las enfermedades que los afectan; esto constituyó uno de los mayores pasos hacia la transformación de la medicina en una ciencia exacta. Este tema apasionó completamente a Bichat, quien exclamó con entusiasmo: “Si se eliminan las fiebres y los trastornos nerviosos, todo lo demás pertenece al reino de la anatomía patológica”. Pero de ese entusiasmo surgieron grandes resultados. Bichat ponía en práctica lo que predicaba; creyendo que solo era posible comprender las enfermedades observando cuidadosamente los síntomas junto a la cama del paciente, y, si la enfermedad terminaba de forma fatal, mediante el examen post mortem. Fue tan tenaz en su búsqueda del conocimiento que, en menos de seis meses, realizó más de seiscientas autopsias, un récord que rara vez, si es que alguna vez, ha sido igualado. Sus esfuerzos tampoco fueron en vano; basta un solo ejemplo para demostrarlo. Gracias a sus exámenes, pudo demostrar que las enfermedades del pecho, que anteriormente se clasificaban bajo el nombre indefinido de “perineumonía”, podían afectar a tres estructuras diferentes: la bolsa pleural que cubre los pulmones, los propios pulmones y los conductos bronquiales. Las enfermedades que afectaban a estos órganos eran conocidas respectivamente como pleuritis, neumonía y bronquitis; cada una de ellas difería de las otras en cuanto a pronóstico y tratamiento. La ventaja de una clasificación tan precisa no necesita demostración.

LISTER Y EL MICROSCOPIO PERFECCIONADO
Al mismo tiempo que se establecían estas distinciones macroscópicas, había otros investigadores que se esforzaban por adentrarse aún más en las complejidades del mecanismo animal con la ayuda del microscopio. Sin embargo, esta tarea se veía obstaculizada por grandes dificultades ópticas, y durante mucho tiempo apenas se lograron avances con respecto al trabajo de las generaciones anteriores. Había dos grandes barreras ópticas, conocidas técnicamente como esféricas y…

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La aberración cromática: una de ellas se debe a que los rayos de luz no caen todos en un mismo plano al ser enfocados a través de una lente; la otra se debe a la acción disipativa de la lente, que divide la luz blanca en colores prismáticos. Estos problemas enfrentaron a los fabricantes de lentes microscópicas y parecían prácticamente insuperables. Es cierto que, en el siglo anterior, Dolland ya había logrado fabricar lentes acromáticas para telescopios, combinando lentes de vidrio de corona con las de vidrio de sílex; estos dos materiales tienen índices de refracción y dispersión diferentes. Pero, además de las dificultades mecánicas que surgen cuando la lente tiene dimensiones muy pequeñas, necesarias para su uso en microscopios, existe también el problema de que es necesario utilizar un haz de luz amplio para obtener una iluminación suficiente cuando se desea lograr una gran ampliación.

En un intento por superar estas dificultades, los más importantes filósofos físicos de la época ayudaron a los mejores ópticos. Ya a principios del siglo, el Dr. (más tarde Sir David) Brewster, el renombrado físico escocés, sugirió que podrían obtenerse ciertas ventajas al utilizar gemas con altos índices de refracción y bajos índices de dispersión, en lugar de lentes hechas de vidrio. Así, se fabricaron lentes de diamante, zafiro, etc., con cierto grado de éxito. Pero en 1812, el Dr. William Hyde Wollaston introdujo una innovación mucho más importante. Él era uno de los naturalistas ingleses más grandes y versátiles; desde la muerte de Cavendish, era sin duda el más excéntrico. Su sugerencia fue utilizar dos lentes plano-convexas, colocadas a una distancia determinada entre sí, en lugar de la única lente doble-convexa que se utilizaba habitualmente. Esta combinación logró superar en gran medida la aberración esférica, y ganó rápidamente fama como el “doblete de Wollaston”.

Para evitar la pérdida de luz en este tipo de doblete debido al aumento de las superficies reflectantes, el Dr. Brewster sugirió rellenar el espacio entre las dos lentes con un cemento que tuviera el mismo índice de refracción que las propias lentes; esto representó una mejora de evidente beneficio. Una mejora aún más importante fue introducida por el propio Dr. Wollaston, quien añadió un diafragma para limitar el campo de visión entre las lentes, en lugar de colocarlo delante de la lente frontal. Un par de lentes equipadas de esta manera fue denominado por el Dr. Wollaston microscopio periscópico. El Dr. Brewster sugirió que, en este tipo de lente, se podría lograr el mismo resultado con mayor facilidad si se grababa un surco ecuatorial en una lente gruesa o esférica y se rellenaba ese surco con…

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Un cemento opaco. Este diseño gozó de gran popularidad y posteriormente pasó a conocerse como lente Coddington, aunque el señor Coddington no reclamó ser su inventor.
Sir John Herschel, otro de los grandes físicos de la época, también prestó atención al problema de mejorar el microscopio. En 1821 introdujo lo que se denominó combinación aplanática de lentes, en la cual, como indica el nombre, la aberración esférica se eliminaba en gran medida. Se creía que el uso de esta combinación aplanática de Herschel como ocular, junto con el dúo Wollaston para el objetivo, representaba lo más cercano a la perfección que podría alcanzar pronto el microscopio compuesto. Pero, en realidad, el instrumento construido de este modo, aunque sin duda superior a cualquier modelo anterior, tenía tantos defectos que, para fines prácticos, el microscopio simple, como el de tipo dúo o el Coddington, era preferible al más complicado.
De hecho, muchos ópticos perdieron toda esperanza de poder fabricar un microscopio compuesto refractorio satisfactorio. Algunos de ellos retomaron la sugerencia de Sir Isaac Newton respecto a un microscopio reflector. En particular, el profesor Giovanni Battista Amici, un famoso matemático y óptico práctico de Módena, logró construir un microscopio reflector que se decía era superior a cualquier microscopio compuesto de la época. Sin embargo, los acontecimientos de los años siguientes estuvieron destinados a privarlo de todo valor salvo histórico. Afortunadamente, hubo otros que no perdieron la esperanza en las posibilidades del microscopio refractorio, y sus esfuerzos pronto se vieron coronados por un grado de éxito que ninguna generación anterior había podido siquiera imaginar.
La persona a quien corresponde el principal mérito por dirigir esos pasos finales que convirtieron al microscopio compuesto en una herramienta práctica y no en un simple juguete científico fue el óptico aficionado inglés Joseph Jackson Lister. Combinando conocimientos matemáticos con ingenio mecánico, y contando con la ayuda práctica del célebre óptico Tulley, ideó fórmulas para combinar lentes de vidrio corona con otras de vidrio sílex, de tal manera que los errores de refracción de unas eran corregidos o compensados por las otras. El resultado fueron lentes con capacidades de definición hasta entonces inigualables; lentes capaces de mostrar una imagen altamente ampliada, pero relativamente libre de aquellas distorsiones y bordes de color que hasta entonces habían obstaculizado gravemente la correcta interpretación de las estructuras ampliadas.

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Lister había comenzado sus estudios sobre la lente en 1824, pero no fue hasta 1830 cuando presentó a la Royal Society el famoso artículo en el que detallaba sus teorías y experimentos. Poco después, varios ópticos continentales que llevaban tiempo trabajando en líneas similares se ocuparon del tema, y sus exposiciones, en particular la de Amici, pusieron en conocimiento de los microscopistas de todo el mundo el microscopio compuesto mejorado. Fue necesario solo un intento casual para convencer a los observadores experimentados de que se les había puesto en manos un nuevo instrumento para la investigación científica que los acercaba mucho más a la observación de los procesos físicos íntimos que constituyen la base de los fenómenos vitales. Para el fisiólogo, esta perfección del microscopio compuesto tenía la misma importancia que el descubrimiento de América para los geógrafos del siglo XV: prometía un verdadero mundo de revelaciones completamente nuevas. Tampoco se demoró mucho en cumplirse esa promesa. De hecho, las descubrimientos realizados en el campo de la anatomía microscópica eran tan numerosos e importantes que se puede decir que el ascenso de la histología al rango de ciencia independiente data de este período. Hasta entonces, desde el descubrimiento de las lentes de aumento, había habido aquí y allá hombres como Leuwenhoek o Malpighi, dotados de una visión excepcional y quizás excepcionalmente afortunados en sus conjeturas, que hicieron contribuciones importantes al conocimiento de la estructura microscópica de los tejidos orgánicos; pero ahora, de repente, se hizo posible para incluso el principiante confirmar o refutar las laboriosas observaciones de estos pioneros, mientras que el observador experimentado podía superar fácilmente las barreras de la visión que hasta entonces eran completamente insuperables. Por lo tanto, naturalmente, los fisiólogos de la cuarta década del siglo XIX se lanzaron con igual entusiasmo al nuevo reino del microscopio, tal como sus sucesores de hoy exploran el reino de los rayos X. El propio Lister, quien se convirtió en un investigador ferviente del instrumento que había perfeccionado, realizó muchos descubrimientos importantes; el más notable fue su solución definitiva a la cuestión largamente debatida sobre la verdadera forma de los glóbulos rojos de la sangre humana. En realidad, como todos saben hoy en día, estos son discos biconcavos, pero debido a su forma peculiar es fácil interpretar erróneamente su apariencia cuando se observan a través de una lente deficiente. Aunque el doctor Thomas Young y varios otros observadores estuvieron muy cerca de la verdad respecto a ellos, la unanimidad de…

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La opinión correspondiente solo fue posible después de que se emitiera el veredicto del microscopio perfeccionado. Estos corpúsculos sanguíneos son tan diminutos en tamaño que se encuentran unos cinco millones de ellos en cada milímetro cúbico de sangre; sin embargo, son partículas aisladas, cada una con, por así decirlo, su propia personalidad. Por supuesto, esto ya era conocido por los microscopistas desde la época de las primeras lentes. También se había observado, aquí y allá, que ciertos tejidos sólidos parecían presentar una textura granular, como si también, en su estructura fundamental, estuvieran compuestos por partículas. Y ahora, a medida que se fabricaban lentes cada vez mejores, esta idea ganaba terreno constantemente, aunque durante un tiempo nadie comprendió su verdadero significado. En el caso de los tejidos vegetales, de hecho, ya se sabía desde hacía tiempo que las pequeñas partículas revestidas por una membrana, llamadas células, eran las unidades visibles fundamentales de la estructura. Pero se suponía que los tejidos animales diferían radicalmente de esta estructura. Las partículas elementales de las plantas “eran consideradas, hasta cierto punto, como individuos que componían toda la planta, mientras que, por otro lado, no se adoptaba tal visión respecto a las partes elementales de los animales”.
ROBERT BROWN Y EL NÚCLEO CELULAR
En el año 1833 se obtuvo un mayor conocimiento sobre la naturaleza de las partículas fundamentales de las plantas gracias a la observación del microscopista inglés Robert Brown, quien, en el curso de sus estudios microscópicos de la epidermis de las orquídeas, descubrió en las células “una mancha opaca”, a la que denominó núcleo. Sin duda, esa misma “mancha” ya había sido vista con frecuencia por otros observadores, pero Brown fue el primero en reconocerla como parte constitutiva de la célula vegetal y en darle un nombre. “Concluiré mis observaciones sobre las Orchideae”, dijo Brown, “con una mención de algunos aspectos de su estructura general, relacionados principalmente con el tejido celular. En cada célula de la epidermis de una gran parte de esta familia, especialmente en aquellas con hojas membranosas, se puede observar una única areola circular, generalmente algo más opaca que la membrana de la célula. Esta areola, que es más o menos claramente granular, es ligeramente convexa y, aunque parece estar en la superficie, en realidad está cubierta por la lámina externa de la célula. No existe regularidad en su posición dentro de la célula; sin embargo, con frecuencia se encuentra en el centro o casi en él”.

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“Dado que solo una areola pertenece a cada célula, y como en muchos casos en los que existe en las células comunes de la epidermis también es visible en las glándulas cutáneas o estomas —donde siempre es doble, una en cada lado del tallo—, es muy probable que la glándula cutánea esté en todos los casos compuesta por dos células de forma peculiar, siendo la línea de unión el eje longitudinal del disco o poro.

Esta areola, o núcleo de la célula, como quizás podría denominarse, no está confinada a la epidermis, ya que también se encuentra, no solo en la pubescencia de la superficie, especialmente cuando está articulada, como en el Cypripedium, sino en muchos casos en el parénquima o células internas del tejido, sobre todo cuando estas están libres de depósitos de materia granular.

En las células comprimidas de la epidermis, el núcleo está en un grado correspondiente aplanado; pero en el tejido interno suele ser casi esférico, adhiriéndose más o menos firmemente a una de las paredes y proyectándose hacia la cavidad de la célula. En este estado puede encontrarse con frecuencia en la sustancia de la columna y en la del perianto.

El núcleo también es visible en el tejido del estigma, donde, de acuerdo con la compresión de los útriculos, tiene una forma intermedia, ni tan aplanado como en la epidermis ni tan convexo como en el tejido interno de la columna.

Puedo señalar aquí que conozco un caso de aparente excepción a la regla de que el núcleo sea único en cada útriculo o célula: se trata de Bletia Tankervilliae. En los útriculos del estigma de esta planta, generalmente, aunque no siempre, he encontrado una segunda areola aparentemente en la superficie, compuesta por granos mucho más grandes que el núcleo ordinario, el cual está formado por materia granular muy diminuta y parece estar situado en mayor profundidad.

El Sr. Bauer ha representado el tejido del estigma, en las especies de Bletia, tanto antes como, según él, después de la impregnación; y en este último estado los útriculos presentan de uno a tres areolas de aspecto similar.

Incluso se puede suponer que el núcleo existe en el polen de esta familia. En las primeras etapas de su formación, al menos una areola diminuta es visible en el grano simple, así como en cada una de las partes constituyentes de las células del grano compuesto. Pero estas areolas pueden considerarse más bien como simples puntos de producción de los tubos.”

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“Este núcleo de la célula no está limitado a las orquídeas, sino que se manifiesta igualmente en muchas otras familias de monocotiledóneas; e incluso lo he encontrado, aunque hasta ahora en muy pocos casos, en la epidermis de las plantas dicotiledóneas; aunque en esta división primaria quizás se pueda decir que existe en las etapas tempranas del desarrollo del polen. Entre las monocotiledóneas, las órdenes en las que es más notable son las Liliaceae, Hemerocallideae, Asphodeleae, Irideae y Commelineae.

“En algunas plantas pertenecientes a esta última familia, especialmente en Tradescantia virginica y en varias especies estrechamente relacionadas, es excepcionalmente distintivo, no en la epidermis ni en los pelos articulados de los filamentos, sino en el tejido del estigma, en las células del óvulo incluso antes de la fecundación, y en todas las etapas de formación de los granos de polen, cuya evolución es tan notable en Tradescantia.

“Las pocas indicaciones de la presencia de este núcleo, o areola, que he encontrado hasta ahora en las publicaciones de botánicos se encuentran principalmente en algunas figuras de la epidermis, en las obras recientes de Meyen y Purkinje, y en un caso, en el memorando de M. Adolphe Broigniart sobre la estructura de las hojas. Pero parece darse tan poca importancia a este núcleo que su presencia no siempre se menciona en las explicaciones de las figuras en las que se representa. Sin embargo, el Sr. Bauer, quien también lo representó en los utriculos del estigma de Bletia Tankervilliae, lo señaló con mayor detalle y parece considerarlo visible únicamente después de la fecundación.” (2)

SCHLEIDEN Y SCHWANN Y LA TEORÍA CELULAR

Que esta estructura recién reconocida debía ser importante en la economía de la célula fue reconocido por el propio Brown, así como por el célebre alemán Meyen, quien la trató en su obra sobre fisiología vegetal, publicada poco después; pero le correspondió a otro alemán, el profesor de botánica de la Universidad de Jena, el Dr. M. J. Schleiden, darle a conocer al público y afirmar su importancia fundamental en la economía de la célula.

Schleiden reconoció abiertamente su deuda con Brown por haber sido el primero en conocer el núcleo, pero pronto llevó sus estudios sobre dicha estructura mucho más allá de los del descubridor. Llegó a creer que el núcleo era realmente la parte más importante de la célula, ya que era la estructura original a partir de la cual se desarrollaba el resto de la célula. Por eso lo denominó citoblasto. Expuso sus puntos de vista en un artículo histórico publicado en los Archivos de Müller en 1838, bajo el título “Beitrage zur Phytogenesis”.

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Este artículo tiene valor en sí mismo, pero el resultado más importante de las observaciones de Schleiden sobre el núcleo no provino de sus propios trabajos, sino de los de un amigo a quien mencionó sus descubrimientos el año anterior a su publicación. Ese amigo era el Dr. Theodor Schwann, profesor de fisiología en la Universidad de Lovaina. En el momento en que estas observaciones le fueron comunicadas, Schwann estaba intentando resolver ciertos detalles de la histología animal que no podía explicar con claridad. Su gran maestro, Johannes Müller, había llamado la atención sobre la extraña similitud con las células vegetales que presentaban ciertas células de la cuerda dorsal (la cuerda embrionaria a partir de la cual se desarrolla la columna vertebral), y Schwann mismo había descubierto una similitud correspondiente en el cartílago branquial de un girino. Asimismo, las investigaciones de Friedrich Henle habían demostrado que las partículas que componen la epidermis de los animales tienen un aspecto muy similar al de las células. De hecho, el carácter celular de ciertos tejidos animales ya era algo conocido entre los estudiosos de la anatomía microscópica. Schwann consideraba que esta similitud no podía ser mera coincidencia, pero no había obtenido ninguna pista para llegar a una comprensión más profunda hasta que Schleiden llamó su atención sobre el núcleo. Entonces dedujo de inmediato que, si realmente existía la correspondencia entre los tejidos vegetales y los animales, como él sospechaba, y si el núcleo era tan importante en la célula vegetal como creía Schleiden, entonces el núcleo también debería encontrarse en las partículas más básicas de los tejidos animales. Las investigaciones de Schwann demostraron pronto la total corrección de esta suposición. Un estudio más detallado de los tejidos animales bajo el microscopio mostró, especialmente en el caso de los tejidos embrionarios, que las “manchas opacas” descritas por Schleiden realmente se encontraban allí en abundancia, formando, de hecho, una fase muy característica de la estructura. La ubicación de estos núcleos a intervalos relativamente regulares sugería que se encontraban en compartimentos definidos del tejido, tal como Schleiden había demostrado en el caso de las plantas; de hecho, en algunos casos eran visibles las paredes que separaban tales compartimentos celulares. Esto se observó especialmente en los tejidos embrionarios, y el estudio de estos convenció pronto a Schwann de que su suposición inicial era correcta, y de que todos los tejidos animales, en sus etapas iniciales, están compuestos por partículas no muy diferentes de las partículas más básicas de las plantas, en resumen, de lo que los botánicos denominan células. Adoptando este nombre, Schwann formuló lo que pronto se hizo famoso como su teoría celular, bajo el título de Mikroskopische Untersuchungen.

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Sobre la similitud en la estructura y el crecimiento de los animales y las plantas. Su trabajo fue tan rápido que este libro se publicó a principios de 1839, solo unos meses después de la aparición del artículo de Schleiden. Como sugiere el título, la idea principal que guió a Schwann fue unificar los tejidos vegetales y animales. Al aceptar la estructura celular como base de todos los tejidos vegetales, buscó demostrar que lo mismo ocurría con los tejidos animales; todas las aparentes diversidades de fibras no eran más que alteraciones y desarrollos de células originalmente simples. Y por “célula”, Schwann entendía, al igual que Schleiden, lo que la palabra implica normalmente: una cavidad rodeada por paredes por todos lados. Consideraba que los componentes fundamentales de todos los tejidos eran en realidad tales cavidades diminutas, cuya parte más importante era la pared celular, junto con su núcleo asociado. Sabía, ciertamente, que la célula podía estar rellena de líquido, pero consideraba que este tenía una importancia relativamente menor en comparación con la propia pared. Esto, sin embargo, no aplicaba al núcleo, que se suponía que estaba contra la pared celular y que, en un principio, la generaba. Posteriormente, la pared podía crecer tan rápidamente que se separara de su contenido, convirtiéndose así en una burbuja hueca o en una verdadera célula; pero el núcleo, mientras durara, se suponía que seguiría en contacto con la pared celular. Schleiden incluso había supuesto que el núcleo era una parte constitutiva de la pared, a veces situado encerrado entre dos capas de su sustancia, y Schwann citó esta opinión con aparente aprobación. Sin embargo, Schwann creía que, en la célula madura, el núcleo dejaba de ser funcional y desaparecía. La tesis principal sobre la similitud en el desarrollo de los tejidos vegetales y animales, así como sobre la naturaleza celular de su constitución fundamental, contaba con un gran número de pruebas cuidadosamente recopiladas, que fueron confirmadas de inmediato por numerosos microscopistas; por eso, el trabajo de Schwann se convirtió en un clásico casi desde el momento de su publicación. Por supuesto, otros investigadores cuestionaron de inmediato la pretensión de Schwann de haber sido el primero en descubrirlo, en particular el microscopista inglés Valentin, quien afirmó, no sin cierta justificación, que él también trabajaba en la misma línea. De hecho, lo mismo hicieron muchos otros, como Henle, Turpin, Du Mortier, Purkinje y Müller, a quienes Schwann mismo había citado. Además, hubo varios fisiólogos que, antes que ninguno de ellos, ya habían insinuado la teoría celular: notablemente Kaspar Friedrich Wolff, hacia el final del siglo anterior, y Treviranus alrededor de 1807. Pero, como ya hemos visto…

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Al igual que en muchos otros campos de la ciencia, una cosa es predecir un descubrimiento y otra muy distinta darle plena expresión y hacer que sea semilla de otros descubrimientos. Y cuando Schwann formuló la afirmación explícita de que “existe un principio universal del desarrollo para las partes elementales de los organismos, por más diferentes que sean, y este principio es la formación de células”, enunció una doctrina que, para todos los efectos prácticos, era absolutamente nueva y abrió un campo novedoso en el que podían trabajar los microscopistas. Una era sumamente importante en fisiología data de la publicación de su libro en 1839.

LA TEORÍA CELULAR DESARROLLADA

El hecho de que Schwann recurriera a los tejidos embrionarios para establecer sus ideas se debió, sin duda, en gran medida a la influencia del gran ruso Karl Ernst von Baer, quien unos diez años antes había publicado la primera parte de su célebre obra sobre embriología, y cuyas ideas ganaban rápidamente terreno, gracias en gran parte al apoyo de algunos hombres, como Johannes Müller en Alemania y William B. Carpenter en Inglaterra, así como al hecho de que el microscopio mejorado había hecho popular la anatomía microscópica. Las investigaciones de Schwann dejaron claro que el mejor campo para el estudio de la célula animal era precisamente este, y numerosos investigadores entraron en ese campo. El resultado de sus observaciones fue, en general, confirmar las afirmaciones de Schwann respecto a la prevalencia universal de la célula. La idea, largamente difundida, de que los tejidos animales crecían únicamente como una especie de depósito proveniente de los vasos sanguíneos fue ahora descartada, y el hecho del llamado crecimiento similar al de las plantas en las células animales, que Schwann defendía, fue aceptado universalmente. Sin embargo, la medida completa de la afinidad entre estas dos clases de células no fue comprendida por todos durante algún tiempo.

De hecho, dado que la sustancia que compone las paredes celulares de las plantas es claramente muy diferente de la membrana que rodea a la célula animal, era lógico que, mientras se considerara a la pared como la parte más esencial de la estructura, la divergencia entre estas dos clases de células pareciera muy marcada. Y durante un tiempo esta fue la concepción generalmente aceptada. Pero con el paso del tiempo, muchos observadores prestaron atención a las características peculiares del contenido celular y se preguntaron si estas no podrían ser más importantes de lo que se había supuesto. En particular, el doctor Hugo von Mohl, profesor de botánica en la Universidad de Tubinga, tras sus exhaustivos estudios de la célula vegetal, quedó impresionado por sus características singulares y distintivas.

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apariencia del contenido celular. Observó que, de forma universal dentro de la célula, había “un líquido opaco y viscoso, con gránulos mezclados en él”, el cual constituía la sustancia principal de la célula; esto le impresionó especialmente porque, bajo ciertas condiciones, se podía observar que estaba en movimiento activo, sus partes separándose en corrientes filamentosas.
Von Mohl señaló que este movimiento del contenido celular ya había sido observado en 1774 por Bonaventura Corti, y redescubierto en 1807 por Treviranus; además, estos observadores habían descrito el fenómeno con el “nombre más inadecuado de ‘rotación del jugo celular’”. Von Mohl reconoció que la sustancia en movimiento era algo muy distinto al jugo celular. Afirmó que el núcleo de la célula se encuentra dentro de esta sustancia y no adherido a la pared celular, como sostenía Schleiden. También observó que los gránulos de clorofila y todo el resto del contenido celular estaban incorporados al “líquido opaco y viscoso”; en 1846 quedó tan impresionado por la importancia de esta sustancia celular universal que le dio el nombre de protoplasma. Sin embargo, al hacerlo, no tenía intención de subordinar a la pared celular. El hecho de que Payen, en 1844, hubiera demostrado que las paredes celulares de todas las plantas, tanto superiores como inferiores, están compuestas en gran medida por una misma sustancia, la celulosa, tendía a reforzar la idea de que la pared celular era la estructura realmente esencial, de la cual el contenido protoplásmico era solo un producto secundario.
Mientras tanto, sin embargo, los estudiantes de histología animal se iban impresionando cada vez más por la aparente preponderancia del contenido celular sobre las paredes celulares en los tejidos que estudiaban. Ellos también encontraron que la célula estaba llena de un líquido viscoso y viscoso capaz de moverse. A esto Dujardin le dio el nombre de sarcodio. Posteriormente, gracias a los trabajos de Kolliker, Nageli, Bischoff y otros, se supo que existen numerosas formas inferiores de vida animal que parecen estar compuestas únicamente por este sarcodio, sin ninguna pared celular. Lo mismo parecía aplicarse a ciertas células de organismos superiores, como los glóbulos sanguíneos. En particular, en el caso de las células que cambian notablemente de forma, moviéndose como consecuencia del flujo de su sarcodio, parecía seguro que no existe pared celular, o que, si existe, su función debe ser insignificante.
Así, los histólogos comenzaron a cuestionarse si, después de todo, el contenido celular y no la pared que lo rodea era la estructura realmente esencial; el peso de las observaciones crecientes finalmente no dejó escapatoria alguna.

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La conclusión es que realmente ese es el caso. Pero al centrarse así la atención en el contenido celular, resultó evidente de inmediato que existe una similitud mucho mayor entre las partículas más elementales de las plantas y las de los animales de lo que se había supuesto. Dado que ahora la celulosa y la membrana animal eran consideradas más bien subproductos, quedó claro que el protoplasma vegetal y el sarcodio animal son maravillosamente similares en apariencia y propiedades generales. Cuanto más detallada era la observación, más sorprendente parecía esta similitud; y finalmente, alrededor de 1860, Heinrich de Bary y Max Schultze demostraron que ambos son, para todos los efectos prácticos, idénticos. Incluso antes, Remak había llegado a una conclusión similar y aplicó la palabra protoplasma al contenido de la célula animal, y pronto esta aplicación se volvió universal. A partir de entonces, este protoplasma adquirió una importancia capital en el mundo fisiológico, siendo reconocido como la “base física universal de la vida”, tanto en las plantas como en los animales. Esto constituía la extensión lógica y culminación de la doctrina de Schwann respecto a la similitud en el desarrollo de los dos reinos animales. Sin embargo, al mismo tiempo, esto equivalía en la práctica al destierro de la célula tal como la había definido Schwann. Es cierto que se mantuvo la palabra célula, pero ya no designaba una cavidad diminuta. Ahora implicaba, según la definición de Schultze, “una pequeña masa de protoplasma dotada de los atributos de la vida”. Esta definición estaba destinada a sufrir aún otra modificación, como veremos; pero la concepción de la masa protoplásmica como la estructura fundamental última, que podía o no rodearse de una cubierta protectora, fue un añadido permanente al conocimiento fisiológico. La idea anterior, de hecho, había declarado que la cáscara era la parte más importante del huevo; esta visión más desarrollada asignó a la yema su verdadera posición. En otro aspecto importante, la teoría de Schleiden y Schwann también se modificó. Se trataba del origen de la célula. Schwann había considerado el crecimiento celular como una especie de cristalización, que comenzaba con el depósito de un núcleo alrededor de un gránulo en la sustancia intercelular: el citoblastema, como lo llamaba Schleiden. Pero Von Mohl, ya en 1835, había llamado la atención sobre la formación de nuevas células vegetales mediante la división de una célula preexistente. Ehrenberg, otra autoridad destacada de la época, sostenía que no ocurría tal división, y el asunto seguía siendo objeto de controversia cuando Schleiden presentó su descubrimiento de la llamada formación celular libre dentro de la célula madre, lo cual desvió durante mucho tiempo la atención del proceso de división que Von Mohl había descrito. Todo tipo de…

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Durante los años siguientes se propusieron diversos esquemas sobre la formación celular por parte de numerosos observadores, y estos esquemas ganaron aceptación pese a las reiteradas afirmaciones de Von Mohl de que en realidad solo existen dos formas en las que tiene lugar la formación de nuevas células: “primero, mediante la división de células más antiguas; segundo, a través de la formación de células secundarias que se encuentran libres en la cavidad de una célula”. Pero gradualmente, las investigaciones de observadores tan precisos como Unger, Nageli, Kolliker, Reichart y Remak tendieron a confirmar la opinión de Von Mohl de que las células nacen únicamente de células. Finalmente, Rudolf Virchow demostró esto alrededor de 1860. Su frase “Omnis cellula e cellula” pasó a ser desde entonces uno de los principios aceptados en fisiología. Esto fue complementado poco después por la afirmación de Fleming de que “Omnis nucleus e nucleo”, cuando métodos de observación aún más refinados demostraron que la parte de la célula que siempre experimenta primero cambios en preparación para la formación de nuevas células es el núcleo, que es esencial para toda célula. Así, el núcleo recuperó la posición importante que Schwann y Schleiden le habían asignado, pero con un significado muy distinto. En lugar de ser una estructura generada de nuevo a partir de sustancias no celulares y desaparecer tan pronto como cumplía su función de formar células, ahora se consideraba el elemento central y permanente de toda célula, indestructible mientras la célula viva, producto de la división de un núcleo ya existente, y padre, mediante la división de su sustancia, de otras generaciones de núcleos. La palabra “célula” recibió finalmente la definición de “una pequeña masa de protoplasma provista de un núcleo”. En esta visión ampliada y definitiva de la teoría celular, quedó claro que todo organismo vivo, ya sea animal o vegetal, no es más que un conjunto de células nucleadas, todas ellas, en cada caso individual, descendientes directos de una única célula primordial del óvulo. En los individuos desarrollados de los organismos superiores, las sucesivas generaciones de células se vuelven maravillosamente diversas en forma y funciones específicas; existe una admirable división del trabajo, siendo las funciones especiales asignadas principalmente a grupos determinados de células. Pero, desde el principio hasta el final, no existe ninguna función que no esté presente, de manera primitiva, en todas las células, por más aisladas que estén. Tampoco la célula desarrollada, por más especializada que sea, olvida jamás alguna de sus funciones o capacidades primordiales. Por lo tanto, toda fisiología, interpretada correctamente, se convierte simplemente en un estudio de las actividades celulares; y el desarrollo de la teoría celular ocupa así el lugar de elemento central fundamental.

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La generalización en fisiología del siglo XIX. Veremos algo de los desarrollos posteriores de esta teoría en otro contexto.

QUÍMICA ANIMAL

Justo en el momento en que el microscopio abría los caminos que conducirían a la maravillosa teoría celular, otro enfoque novedoso para estudiar al organismo vivo estaba siendo propuesto por un grupo distinto de observadores. Surgieron dos grandes escuelas de química fisiológica: una bajo la guía de Liebig y Wohler, en Alemania, y la otra dominada por el gran maestro francés Jean Baptiste Dumas. Liebig había considerado en su momento el estudio de la medicina, y Dumas había alcanzado distinción junto a Prevost, en Ginebra, en el campo de la fisiología pura antes de dirigir su atención especialmente hacia la química. Por lo tanto, ambos maestros, así como Wohler, encontraron un gran interés en aquellas facetas de la química relacionadas con las funciones de los tejidos vivos; y fue en gran medida gracias a sus esfuerzos y al trabajo de sus seguidores que se abandonó la idea predominante de que los procesos vitales estaban regidos por leyes únicas y la fisiología pasó a formar parte del ámbito reconocido del químico. Así, más o menos en el mismo momento en que el microscopio demostró que la célula es la estructura realmente esencial del organismo vivo, los químicos comprendieron que cada función del organismo es en realidad la expresión de un cambio químico; en resumen, que cada célula es un laboratorio químico en miniatura. Y fue este punto de vista combinado del anatomista y el químico, esta unión de fuerzas hasta entonces separadas, lo que hizo posible los avances en los campos aún no explorados de la fisiología que tuvieron lugar a mediados del siglo XIX.

Uno de los primeros temas reestudiados y resueltos fue la cuestión ya planteada desde hacía tiempo sobre la digestión de los alimentos. Spallanzani y Hunter habían demostrado en el siglo anterior que la digestión es, de alguna manera, una descomposición de los alimentos; pero apenas se avanzó en su trabajo hasta 1824, cuando Prout detectó la presencia de ácido clorhídrico en el jugo gástrico. Una década después, Sprott y Boyd descubrieron la existencia de glándulas especiales en la membrana mucosa gástrica; y Cagniard la Tour y Schwann descubrieron de forma independiente que el principio verdaderamente activo del jugo gástrico es una sustancia llamada pepsina, la cual, según Schwann, era activa en presencia de ácido clorhídrico.

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Casi por casualidad, en 1836, Purkinje y Pappenheim descubrieron que otro órgano además del estómago —es decir, el páncreas— también participa en la digestión. En el transcurso de la década siguiente, gracias a los esfuerzos de Eberle, Valentin y Claude Bernard, se supo que este órgano es de suma importancia en la digestión de alimentos ricos en almidón y grasa. También se descubrió que el hígado y las glándulas intestinales tienen cada uno un papel importante en la preparación de los alimentos para su absorción, al igual que la saliva; en resumen, se necesita una combinación de fuerzas para digerir todos los alimentos comunes que llegan al estómago.

Los químicos pronto descubrieron que en cada uno de los jugos digestivos esenciales existe al menos una sustancia con ciertas similitudes con la pepsina, aunque actúe sobre diferentes tipos de alimentos. El punto en común entre todos estos agentes digestivos es que cada uno posee la notable propiedad de actuar sobre cantidades relativamente enormes de la sustancia que puede digerir, sin ser destruido ni, aparentemente, incluso alterado. Debido a esta extraña propiedad, la pepsina y las sustancias relacionadas fueron denominadas fermentos; pero más recientemente es costumbre distinguirlas de esos fermentos organizados como la levadura, llamándolas enzimas. El aislamiento de estas enzimas y la comprensión de su modo de acción representan un gran paso hacia la solución del misterio de la digestión, pero hay que añadir que todavía no sabemos nada sobre la verdadera naturaleza de su extraña actividad.

Desde una perspectiva general, los órganos digestivos, considerados en su conjunto, constituyen una puerta de entrada entre el mundo exterior y las células más internas del organismo. Otra puerta de entrada igualmente importante la proporcionan los pulmones, y también aquí había mucha incertidumbre respecto al método exacto de funcionamiento en la época del renacimiento de la química fisiológica. Los químicos de la época de Priestley y Lavoisier sí habían aclarado que durante la respiración se consume oxígeno y se libera ácido carbónico, pero prevalecía la idea errónea de que era en los propios pulmones donde tenía lugar la combustión importante del combustible, cuyo principal producto era el ácido carbónico. Pero ahora que se había llamado la atención sobre la importancia de la célula más básica, este concepto erróneo no pudo mantenerse por mucho tiempo. Ya en 1842, Liebig, en el curso de sus estudios sobre el calor animal, quedó convencido de que no era en los pulmones, sino en los tejidos más básicos a los que estos están conectados, donde tiene lugar el verdadero consumo de combustible. Retomando la idea de Lavoisier, con modificaciones y adiciones, Liebig sostenió su teoría, a pesar de la oposición.

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Finalmente demostró que la fuente del calor animal es realmente el consumo del combustible ingerido a través del estómago y los pulmones. Mostró que todas las actividades de la vida son en realidad producto de la energía liberada únicamente a través de procesos destructivos, que, en términos generales, corresponden a la combustión que ocurre en las células más básicas del organismo. He aquí su argumento:

LIEBIG SOBRE EL CALOR ANIMAL
“El oxígeno que entra en el sistema sale de nuevo en las mismas formas, ya sea en verano o en invierno; por lo tanto, exhalamos más carbono en climas fríos y cuando el barómetro está alto, que en climas cálidos; y debemos consumir más o menos carbono en nuestra comida en la misma proporción: más en Suecia que en Sicilia; y en nuestros climas más templados, un octavo más en invierno que en verano.

“Incluso cuando consumimos cantidades iguales de alimentos en países fríos y cálidos, una sabiduría infinita ha dispuesto que los alimentos en diferentes climas difieran enormemente en la proporción de carbono que contienen. Los frutos que prefieren comer los habitantes del Sur no contienen más del doce por ciento de carbono en estado fresco, mientras que la grasa y el aceite utilizado por los habitantes de las regiones árticas contienen entre el sesenta y seis y el ochenta por ciento de carbono.

“No es difícil, en climas cálidos, practicar la moderación en la alimentación, y las personas pueden soportar el hambre durante mucho tiempo bajo el ecuador; pero el frío y el hambre juntos agotan rápidamente al cuerpo.

“La acción recíproca entre los elementos de los alimentos y el oxígeno transportado por la circulación sanguínea a todas las partes del cuerpo es la fuente del calor animal.

“Todos los seres vivos cuya existencia depende de la absorción de oxígeno poseen dentro de sí mismos una fuente de calor independiente de los objetos circundantes.

“Esta verdad se aplica a todos los animales, y además se extiende a la germinación de las semillas, a la floración de las plantas y a la maduración de los frutos. Solo en aquellas partes del cuerpo a las que llega la sangre arterial, y con ella el oxígeno absorbido en la respiración, se produce calor. El cabello, la lana o las plumas no poseen una temperatura elevada. Esta alta temperatura del cuerpo animal, o, como podría llamarse, liberación de calor, es uniforme.”

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y en todas las circunstancias, el resultado de la combinación de la sustancia combustible con el oxígeno.
“Sea cual sea la forma en que el carbono se combine con el oxígeno, el acto de combinación no puede producirse sin la liberación de calor. Es indiferente que la combinación tenga lugar rápidamente o lentamente, a alta o baja temperatura; la cantidad de calor liberada es una cantidad constante. El carbono de los alimentos, que se convierte en ácido carbónico dentro del cuerpo, debe liberar exactamente tanta calor como si se hubiera quemado directamente en el aire o en gas oxígeno; la única diferencia es que la cantidad de calor producida se distribuye en tiempos desiguales. En oxígeno, la combustión es más rápida y el calor más intenso; en el aire, es más lenta, la temperatura no es tan alta, pero dura más tiempo.
“Es obvio que la cantidad de calor liberada debe aumentar o disminuir con la cantidad de oxígeno introducida en igual tiempo por la respiración. Aquellos animales que respiran con frecuencia y, por lo tanto, consumen mucho oxígeno, poseen una temperatura más alta que otros que, con un cuerpo de tamaño igual para ser calentado, absorben menos oxígeno en su sistema. La temperatura de un niño (102 grados) es más alta que la de un adulto (99,5 grados). La de las aves (de 104 a 105,4 grados) es más alta que la de los cuadrúpedos (de 98,5 a 100,4 grados), o que la de los peces o anfibios, cuya temperatura adecuada es de 3,7 a 2,6 grados más alta que la del medio en el que viven. Todos los animales, estrictamente hablando, son de sangre caliente; pero solo en aquellos que poseen pulmones la temperatura del cuerpo es independiente del medio circundante.
“Las observaciones más fiables demuestran que en todos los climas, tanto en las zonas templadas como en el ecuador o en los polos, la temperatura del cuerpo en el ser humano, y en aquellos que comúnmente se denominan animales de sangre caliente, es invariablemente la misma; sin embargo, ¡cuán diferentes son las circunstancias en las que viven!
“El cuerpo animal es una masa calentada, que mantiene la misma relación con los objetos circundantes que cualquier otra masa calentada. Recibe calor cuando los objetos circundantes están más calientes y pierde calor cuando están más fríos que él mismo. Sabemos que la rapidez de enfriamiento aumenta con la diferencia entre el cuerpo calentado y el del medio circundante; es decir, cuanto más frío esté el medio circundante, menor será el tiempo necesario para que el cuerpo calentado se enfríe. Cuán desigual, entonces, debe ser la pérdida de calor de una persona en Palermo, donde la temperatura real es casi igual a la del cuerpo”.

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Y en las regiones polares, donde la temperatura externa es de 70 a 90 grados más baja. “Sin embargo, a pesar de esta pérdida extremadamente desigual de calor, la experiencia ha demostrado que la temperatura de la sangre de un habitante del círculo ártico es tan alta como la de los nativos del Sur, que viven en un medio tan diferente. Este hecho, cuando se comprende su verdadero significado, demuestra que el calor emitido al medio circundante se reemplaza dentro del cuerpo con gran rapidez. Esta compensación tiene lugar más rápidamente en invierno que en verano, en el polo que en el ecuador.” “Ahora bien, en diferentes climas, la cantidad de oxígeno que entra en el sistema respiratorio, como ya se ha mostrado, varía según la temperatura del aire exterior; la cantidad de oxígeno inspirado aumenta con la pérdida de calor por enfriamiento externo, y la cantidad de carbono o hidrógeno necesaria para combinarse con este oxígeno debe aumentar en la misma proporción. Es evidente que el suministro de calor perdido por enfriamiento se produce por la acción mutua de los elementos de los alimentos y del oxígeno inspirado, que se combinan entre sí. Para usar una ilustración familiar, pero no por eso menos acertada, el cuerpo animal actúa, en este sentido, como un horno al que le suministramos combustible. No importa qué formas intermedias puedan adoptar los alimentos, ni qué cambios puedan experimentar en el cuerpo; el cambio final es siempre la conversión del carbono en ácido carbónico y de su hidrógeno en agua; el nitrógeno no asimilado de los alimentos, junto con el carbono no quemado u oxidado, es expulsado en las secreciones. Para mantener una temperatura constante en un horno, debemos variar el suministro de combustible según la temperatura externa, es decir, según el suministro de oxígeno.” “En el cuerpo animal, los alimentos son el combustible; con un suministro adecuado de oxígeno obtenemos el calor que se genera durante su oxidación o combustión.” (3)
CORPÚSCULOS SANGUÍNEOS, MÚSCULOS Y GLÁNDULAS
Investigaciones posteriores mostraron que los portadores de oxígeno, desde el momento de su absorción en los pulmones hasta su liberación en los tejidos finales, son los glóbulos rojos, cuya función se había supuesto que era la mecánica de mezclar la sangre. Se descubrió que los glóbulos rojos están compuestos principalmente por una sustancia que Kuhne aisló por primera vez en forma cristalina en 1865, y que fue denominada hemoglobina: una sustancia que tiene una afinidad maravillosa por el oxígeno, capturándolo con avidez en los pulmones y liberándolo con igual facilidad al circular entre las células más alejadas del cuerpo.

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Cuando está cargado de oxígeno, se convierte en oxihemoglobina y es de color rojo; cuando se libera de su oxígeno, adquiere un tono púrpura; de ahí la gran diferencia en el aspecto de la sangre arterial y venosa, lo cual desconcertó enormemente a los primeros fisiólogos. Esta prueba del papel vitalmente importante desempeñado por los glóbulos rojos condujo, naturalmente, a nuevos estudios sobre estos cuerpos infinitesimales. Se descubrió que su número puede variar mucho en diferentes períodos de la vida del mismo individuo, lo que demuestra que pueden formarse y destruirse en el organismo adulto. De hecho, las observaciones prolongadas no dejaron lugar a dudas de que el proceso de formación y destrucción de los glóbulos puede ser perfectamente normal; en resumen, cada glóbulo rojo sigue su curso y muere como cualquier otro organismo más complejo. Se forman constantemente en la médula roja de los huesos y se destruyen en el hígado, donde contribuyen a la formación de la sustancia colorante de la bilis. No se ha determinado aún con total certeza si existen otros lugares donde se produzca y destruya esta clase de glóbulos. Tampoco los histólogos están de acuerdo sobre si los glóbulos rojos deben considerarse verdaderas células o simplemente fragmentos de células que se separan de una célula real con un propósito específico; pero en cualquier caso, no hay la menor duda de que la función principal del glóbulo rojo es transportar oxígeno. Si el oxígeno es llevado hasta las células finales antes de combinarse con los combustibles que deben consumirse, es evidente que estos combustibles también deben ser transportados allí. Tampoco cabe duda de que los tejidos más importantes desde el punto de vista de la cantidad de combustible necesario son los músculos. Una visión general y completa del organismo incluye, entonces, al aparato digestivo y a los pulmones como canales de suministro de combustible; a los conductos sanguíneos y linfáticos como sistema de transporte; y a las células musculares, unidas en fibras musculares, como los hornos de consumo, donde se quema el combustible y la energía se transforma y se pone a disposición del organismo, complementado por un conjunto de órganos excretores, a través de los cuales se eliminan los productos de desecho —las cenizas— del sistema. Pero, en términos generales, quedan otros dos conjuntos de órganos cuyo tamaño demuestra su importancia en la economía del organismo, aunque sus funciones no se explican en este resumen. Se trata de esos órganos glandulares, como el bazo, que no tienen conductos y no producen nada visible.

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secreciones, y el mecanismo nervioso, cuyos órganos centrales son el cerebro y la médula espinal. ¿Qué funciones desempeñan estos conjuntos de órganos en esa gran agrupación de células especializadas en tareas que llamamos organismo vivo? En cuanto a las glándulas sin conductos, la primera pista sobre su función surgió cuando el gran francés Claude Bernard (de quien sus admiradores solían decir: “No es solo un fisiólogo; él es la fisiología misma”) descubrió lo que se conoce como la función glucogénica del hígado. De hecho, el hígado no es un órgano sin conductos, pero la cantidad de secreción biliar que produce parece completamente desproporcionada respecto a su enorme tamaño, especialmente si se tiene en cuenta que, en el caso de la especie humana, el hígado contiene normalmente alrededor de una quinta parte de toda la sangre del cuerpo. Bernard descubrió que la sangre experimenta un cambio en su composición al pasar por el hígado. Las células hepáticas (cuyas formas particulares habían sido descritas por Purkinje, Henle y Dutrochet hacia 1838) tienen la capacidad de convertir ciertas sustancias que llegan hasta ellas en un compuesto similar al almidón llamado glucógeno, y de almacenar esta sustancia hasta que el organismo la necesite. Esta capacidad de las células hepáticas es completamente independiente de su capacidad para producir bilis; por lo tanto, el descubrimiento de esta función glucogénica demostró que un órgano puede tener más de una función específica importante y marcada. Pero su importancia principal radicó en proporcionar una pista sobre esos procesos intermedios entre la digestión y la asimilación final que ahora se sabe son de vital importancia para el funcionamiento del organismo. En los poco más de cuarenta años transcurridos desde esta observación pionera de Bernard, han surgido numerosos datos que demuestran la extrema importancia de tales alteraciones intermedias en los suministros alimenticios en la sangre, como las que realiza el hígado. Se ha demostrado que el páncreas, el bazo, la glándula tiroides y las cápsulas suprarrenales son absolutamente esenciales, cada uno a su manera, para la salud del organismo, a través de cambios metabólicos que solo ellos parecen ser capaces de realizar; además, se sospecha que varios otros tejidos, incluidos incluso los propios músculos, poseen capacidades metabólicas algo similares además de sus funciones reconocidas. Pero la química de las sustancias involucradas es tan extremadamente compleja que, en ningún caso, se ha podido determinar con total precisión la naturaleza exacta de los metabolismos que realizan estos órganos. Cada uno de ellos es, a su manera, un laboratorio químico indispensable para el correcto funcionamiento del organismo, pero el

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La naturaleza precisa de sus operaciones sigue siendo incomprensible. La enorme importancia de las funciones de estos órganos intermedios es indiscutible. El análisis de las funciones de ese otro conjunto de órganos conocidos colectivamente como el sistema nervioso se reserva para un capítulo posterior.

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VI. TEORÍAS DE LA EVOLUCIÓN ORGÁNICA
GOETHE Y LAS METAMORFOSIS DE LAS PARTES

Cuando Coleridge dijo de Humphry Davy que podría haber sido el mayor poeta de su tiempo si no hubiera preferido ser el mejor químico, es posible que el entusiasmo del amigo superara la prudencia del crítico. Pero sea como sea, está más allá de toda duda que el hombre que realmente fue el mayor poeta de aquel tiempo podría haber alcanzado el más alto rango como científico si la musa no hubiera distraído su atención. De hecho, a pesar de estas distracciones, Johann Wolfgang von Goethe logró éxitos en el campo de la ciencia pura que habrían asegurado un reconocimiento permanente para su nombre, incluso si nunca hubiera escrito ni una estrofa de poesía. Tal es la versatilidad que caracteriza al genio más elevado.

Fue en 1790 cuando Goethe publicó la obra que sentó las bases de su reputación científica: el trabajo sobre las metamorfosis de las plantas, en el cual planteó la novedosa doctrina según la cual todas las partes de la flor son hojas modificadas o metamorfoseadas.

“Cualquiera que observe el crecimiento de las plantas, aunque sea de forma superficial”, escribió Goethe, “notará que ciertas partes externas de ellas se transforman en ocasiones y pasan a adoptar las formas de las partes adyacentes, ora por completo, ora en mayor o menor grado. Así, por ejemplo, la flor simple se transforma en una doble cuando, en lugar de estambres, se desarrollan pétalos que son idénticos en forma y color a los demás pétalos de la corola, o bien conservan aún signos visibles de su origen.”

“Cuando observemos que una planta puede retroceder de esta manera, prestaremos aún más atención al curso regular de la naturaleza y aprenderemos las leyes de la transformación según las cuales ella produce una parte a partir de otra, y muestra las formas más variadas mediante la modificación de un único órgano.”

“Dirijamos primero nuestra atención a la planta en el momento en que se desarrolla a partir del grano de semilla. Los primeros órganos de su crecimiento hacia arriba se conocen con el nombre de cotiledones; también se les ha llamado hojas de semilla.”

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“A menudo aparecen sin forma definida, repletos de nueva materia, y son tan gruesos como anchos. Sus vasos son irreconocibles y apenas se pueden distinguir de la masa del todo; casi no tienen semejanza alguna con una hoja, y podríamos equivocarnos fácilmente al considerarlos órganos especiales. Sin embargo, ocasionalmente aparecen como verdaderas hojas; sus vasos son capaces de desarrollarse hasta el más mínimo grado, y su similitud con las hojas siguientes no nos permite tomarlos por órganos especiales, sino que los reconocemos como las primeras hojas del tallo.

“Los cotiledones suelen ser dobles, y aquí hay una observación que resultará aún más importante a medida que avancemos: es decir, que las hojas del primer nodo suelen estar emparejadas, incluso cuando las hojas siguientes del tallo se encuentran dispuestas de forma alternada sobre él. Aquí vemos una aproximación y una unión de partes que la naturaleza posteriormente separa y coloca a cierta distancia una de otra. Es aún más notable cuando los cotiledones adoptan la forma de muchas hojitas reunidas alrededor de un eje, y el tallo que crece gradualmente desde su centro produce las hojas siguientes dispuestas alrededor de él, una por una, en espiral. Esto puede observarse con gran precisión en el crecimiento de las especies de pino. Aquí, una corola de agujas forma al mismo tiempo un cáliz, y tendremos ocasión de recordar este caso en relación con fenómenos similares más adelante.

“Por otro lado, observamos que incluso los cotiledones que se parecen más a una hoja en comparación con las hojas siguientes del tallo están siempre menos desarrollados. Esto se nota sobre todo en su margen, que es extremadamente simple y muestra pocos signos de indentación.

“Unas pocas o muchas de las hojas siguientes suelen estar ya presentes en la semilla, encerradas entre los cotiledones; en su estado plegado, se les conoce como plumulas. Su forma, en comparación con los cotiledones y las hojas siguientes, varía en diferentes plantas. Sin embargo, su principal diferencia con los cotiledones es que son planos, delicados y, en general, tienen forma de verdaderas hojas. Son completamente verdes, descansan sobre un nodo visible y ya no se puede negar su relación con las hojas siguientes del tallo, aunque por lo general siguen siendo inferiores, ya que su margen no está completamente desarrollado.

“No obstante, el desarrollo de la hoja continúa sin cesar, de nodo en nodo; su nervio central se alarga, y más o menos nervios adicionales se extienden desde él hacia los lados. Las hojas ahora aparecen dentadas.”

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Profundamente indentadas, o compuestas por varias hojas pequeñas; en este último caso, parecen formar pequeñas ramas completas. La palma datilera es un ejemplo destacado de tal transformación sucesiva de la forma más simple de hoja. Una nervadura principal se alarga a través de una serie de hojas; la única hoja en forma de abanico se desgarra y se desvía, y se desarrolla una hoja muy compleja, cuya forma rivaliza con la de una rama.

“La transición hacia la inflorescencia tiene lugar más o menos rápidamente. En este último caso, usualmente observamos que las hojas del tallo pierden sus diferentes divisiones externas y, por otro lado, se extienden más o menos en sus partes inferiores, donde están unidas al tallo. Si la transición ocurre rápidamente, el tallo se vuelve de repente más delgado y más alargado; desde el nodo de la última hoja desarrollada, brota y reúne varias hojas alrededor de un eje en su extremo.”

“El hecho de que los pétalos del cáliz sean precisamente los mismos órganos que hasta ahora han aparecido como hojas en el tallo, pero que ahora se agrupan alrededor de un centro común en una forma a menudo muy diferente, puede, a mi parecer, demostrarse de la manera más clara. Ya en relación con los cotiledones mencionados anteriormente, notamos un funcionamiento similar de la naturaleza. Las primeras especies, mientras se desarrollan a partir del grano de semilla, presentan una corona radial de agujas inconfundibles; y en la primera etapa de desarrollo de estas plantas ya se observa esa fuerza natural que, cuando las plantas crecen, dará lugar a su estado de floración y fructificación.”

“Vemos cómo esta fuerza natural, que reúne varias hojas alrededor de un eje, produce una unión aún más estrecha y hace que estas hojas modificadas y aproximadas se vuelvan aún más irreconocibles, al unirlas total o parcialmente. Los cálices en forma de campana, o llamados de pétalo único, representan estas hojas conectadas entre sí; al estar más o menos indentadas por arriba o divididas, muestran claramente su origen.”

“Podemos observar la transición del cáliz a la corola en más de un caso, ya que, aunque el color del cáliz suele seguir siendo verde, igual que el color de las hojas del tallo, a menudo varía en alguna de sus partes: en las puntas, los bordes, la parte posterior o incluso el lado interno; mientras que la parte exterior sigue siendo verde.”

“La relación entre la corola y las hojas del tallo se manifiesta de varias maneras, ya que en los tallos de algunas plantas aparecen hojas que ya están más o menos coloreadas mucho antes de que se acerquen a la inflorescencia.”

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Otros se vuelven completamente coloreados cuando están cerca de la inflorescencia. La naturaleza también pasa de inmediato a la corola, a veces omitiendo los órganos del cáliz; en tales casos también tenemos la oportunidad de observar cómo las hojas del tallo se transforman en pétalos. Así, por ejemplo, en el tallo de los tulipanes a veces aparece un pétalo casi completamente desarrollado y coloreado. Aún más notable es el caso en que dicha hoja, medio verde y con la otra mitad perteneciente al tallo, permanece unida a este último, mientras que la parte coloreada se eleva junto con la corola, dividiendo así la hoja en dos.

“La relación entre los pétalos y los estambres es muy estrecha. En algunos casos, la naturaleza hace esta transición de manera regular; por ejemplo, en las cañas y en varias plantas de la misma familia. Un pétalo verdadero, poco modificado, se pliega en su margen superior y forma un saco de polen, mientras que el resto del pétalo ocupa el lugar del estambre. En las flores dobles podemos observar esta transición en todas sus etapas. En varios tipos de rosas, dentro de los pétalos completamente desarrollados y coloreados aparecen otros que están plegados en el centro o en los lados. Este plegamiento se produce gracias a una pequeña hendidura que aparece como un saco de polen más o menos completo; en la misma proporción, la hoja adopta la forma simple de un estambre.”

“El pistilo, en muchos casos, parece casi un estambre sin anteras, y la relación entre la formación de ambos es mucho más estrecha que entre las demás partes. De forma regresiva, la naturaleza a menudo produce casos en los que el estilo y el estigma se retransforman en pétalos; es decir, el Ranunculus Asiaticus se vuelve doble al transformar el estigma y el estilo del receptáculo del fruto en verdaderos pétalos, mientras que los estambres suelen quedar sin cambios justo detrás de la corola.”

“En los receptáculos de semillas, a pesar de su forma, de su función específica y de la forma en que se unen entre sí, no podemos dejar de reconocer su forma de hoja. Por ejemplo, la vaina sería una hoja simple plegada y unida en su margen; la siliqua estaría formada por varias hojas plegadas sobre otra; los receptáculos compuestos podrían explicarse como siendo varias hojas que, al unirse sobre un mismo centro, mantienen sus partes internas separadas y se unen en sus márgenes. Podemos convencernos de esto con la vista directa cuando tales cápsulas compuestas se desintegran tras madurar, porque entonces cada parte muestra una vaina abierta.”(1)

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La teoría así elaborada sobre la metamorfosis de las partes adquirió posteriormente una mayor generalidad al ser extendida al reino animal, en la doctrina que Goethe y Oken desarrollaron de forma independiente: según esta doctrina, el cráneo de los vertebrados es esencialmente una vértebra modificada y desarrollada. Se trataba de concepciones dignas de un poeta; de hecho, eran imposibles para cualquier mente que no poseyera la facultad poética de correlación. Pero en este caso, la visión del poeta resultó profética respecto a una visión futura de la ciencia más prosaica. La doctrina de la metamorfosis de las partes pronto pasó a considerarse de importancia fundamental.

Pero dicha doctrina tenía implicaciones que pocos de sus primeros defensores comprendieron. Si todas las partes de una flor —sepalos, pétalos, estambres, pistilos, con sus innumerables variaciones en forma y color— no son más que modificaciones de la hoja, tal modificación implica una diferenciación y desarrollo asombrosos. Afirmar que un estambre es una hoja metamorfoseada significa, si eso significa algo, que a lo largo del tiempo la hoja ha cambiado su carácter mediante gradaciones lentas o repentinas, a través de generaciones sucesivas, hasta que los “descendientes”, por así decirlo, de una verdadera hoja se han convertido en estambres. Pero si tal metamorfosis es posible —si la aparente brecha entre la hoja y el estambre puede superarse mediante la modificación de una línea de organismos—, ¿dónde encuentran sus límites la posibilidad de modificación del tipo orgánico? ¿Por qué no podría la modificación de las partes seguir por caminos tortuosos hasta que los descendientes lejanos de un organismo sean completamente diferentes de ese organismo? ¿Por qué no podemos explicar de esta manera el desarrollo de diversas especies que provienen todas de un mismo ancestro? Eso también es un sueño de poeta; pero, ¿es solo un sueño? Goethe no lo creía así. De sus estudios sobre la metamorfosis de las partes surgió en su mente la convicción de que las numerosas especies de plantas y animales que nos rodean habían evolucionado a partir de cada vez menos tipos ancestrales, como ramas de un árbol gigante que obtienen su nutrición de la misma raíz primordial. Era un pensamiento audaz y revolucionario, y el mundo lo consideró simplemente la fantasía de un poeta.

ERASMO DARWIN

Justo en el momento en que este pensamiento tomaba forma en la mente de Goethe, la misma idea estaba germinando en la mente de otro filósofo, un inglés de fama internacional: el Dr. Erasmo Darwin. Mientras vivió, gozó de gran popularidad como poeta; sus versos rimados sobre el Jardín Botánico eran citados por doquier con admiración. Y la posteridad…

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Rechazando el verso que constituye el cuerpo del libro, sin embargo se le otorga un valor permanente al propio libro, ya que, en efecto, sus abundantes notas explicativas ofrecen un esquema del estado de casi todos los campos de la ciencia de aquel tiempo. Pero aunque carecía del más alto arte del versificador, Darwin tenía, quizás, la imaginación de un poeta combinada con un profundo conocimiento científico; y fue su perspicacia poética, al relacionar organismos aparentemente diversos en estructura e infundir en la flor más humilde una personalidad vital, lo que lo llevó a sospechar que no existen líneas de demarcación en la naturaleza. “¿Podría ser”, se pregunta, “que una forma de organismo haya evolucionado a partir de otra; que las diferentes especies sean en realidad meros descendientes modificados de un mismo ancestro?” Esa idea tentadora se instaló en su mente, fue nutrida allí y creció hasta convertirse en una convicción firme, la cual encontró una expresión más plena en su Zoonomia y en el póstumo Templo de la Naturaleza. He aquí su versión de esa idea, expresada en versos en el Templo de la Naturaleza:

“La vida orgánica, bajo las olas sin fin,
nació y fue criada en las cuevas perladas del océano;
primero formas diminutas, invisibles tras el cristal esférico,
se mueven sobre el lodo o penetran en la masa acuática;
estas, a medida que surgen generaciones sucesivas,
adquieren nuevas capacidades y desarrollan extremidades más grandes;
de ahí surgen innumerables grupos de vegetación,
y reinos dotados de aletas, patas y alas.

“Así, el roble alto, gigante del bosque,
que soporta los truenos de Britania sobre las aguas;
la ballena, monstruo inmenso de los mares;
el orgulloso león, monarca de las llanuras;
el águila, que vuela por los reinos del aire,
cuyo ojo, sin deslumbrarse, absorbe el brillo solar;
el hombre imperioso, que gobierna a la multitud animal,
orgulloso de su lenguaje, razón y reflexión,
con la frente erguida, que desprecia esta tierra y se considera imagen de su Dios…
Todo esto surgió de rudimentos de forma y sentido,
de un punto embrionario o de una entidad microscópica.”(2)

Aquí está, claramente, la idea de la evolución. Pero en aquel entonces había pocas pruebas de su validez que pudieran satisfacer a alguien que no fuera un poeta, y cuando Erasmus Darwin murió en 1802, la idea de la transmutación de las especies seguía siendo solo un sueño sin fundamento. Sin embargo, era un sueño que no se limitaba a Goethe y Darwin. Ya antes, esa idea había llegado, más o menos vagamente, a otro gran soñador y trabajador de Alemania, Immanuel Kant, y a varios otros grandes…

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Los franceses, incluidos De Maillet, Maupertuis, Robinet y el famoso naturalista Buffon —un hombre que tenía la imaginación de un poeta, aunque sus ideas estaban expresadas en una prosa muy artística—. Poco después de mediados del siglo XVIII, Buffon planteó la idea de la transmutación de las especies, y la reiteró de vez en cuando desde entonces hasta su muerte en 1788. Pero aún no había llegado el momento adecuado para que esa idea rompiera sus cadenas. Sin embargo, esta idea, en una forma modificada o poco desarrollada, había tomado una extraña influencia sobre la generación que vivía al final del siglo XVIII. Se habían descubierto numerosas especies animales hasta entonces desconocidas en regiones del mundo previamente inexploradas, y los sabios se veían sumamente perplejos al intentar explicar cómo se habían distribuido todas ellas en el momento del diluvio. Era mucho más sencillo suponer que muchas de las especies existentes se habían desarrollado desde el episodio del arca mediante la modificación de las parejas originales. En aquel entonces se pasaron por alto las implicaciones más profundas de tal teoría, y la idea de que los animales y aves americanos, por ejemplo, eran descendientes modificados de formas del Viejo Mundo —el jaguar del leopardo, el puma del león, etc.— se convirtió en una creencia extendida entre aquellos que aceptaban casi cualquier afirmación que se ajustara a sus prejuicios, sin darse cuenta de sus consecuencias. Así, se registró con entusiasmo que el descubrimiento de la proximidad entre América, al noroeste, y Asia eliminaba todas las dificultades respecto al origen de las faunas y floras occidentales, ya que las especies orientales podrían haber llegado fácilmente a América sobre el hielo y haberse modificado, como las encontramos hoy, “bajo la conocida influencia del clima”. Y quienes expresaron esta idea nunca imaginaron su verdadero significado. En realidad, aquí estaba la doctrina de la evolución en pocas palabras; y, como sus implicaciones finales no eran claras, parecía la doctrina más natural. Pero la mayoría de quienes la defendían se habrían alejado de ella horrorizados si hubieran comprendido su importancia. Sin embargo, solo de vez en cuando alguien como Buffon razonaba lo suficiente como para preguntarse cuáles podrían ser los límites de tal supuesta transmutación; y solo de vez en cuando alguien como Darwin o Goethe llegaba a la convicción de que no existen límites.
LAMARCK VS. CUVIER
Incluso Goethe y Darwin apenas habían trascendido esa etapa preliminar de convicción en la que sostenían la idea de la transmutación de…

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Las especies como una creencia secundaria, aún no lista para ser explicada en su totalidad. Sin embargo, hubo uno de sus contemporáneos que, al compartir la misma concepción, se sintió impulsado a darle una explicación completa. Se trataba del amigo y discípulo de Buffon, Jean Baptiste de Lamarck. Dotado del espíritu de poeta y filósofo, este gran francés también poseía un amplio conocimiento técnico que abarcaba todo el campo de la naturaleza animada. La primera mitad de su larga vida estuvo dedicada principalmente a la botánica, en la cual alcanzó un alto nivel de distinción. Luego, justo al comienzo del siglo XIX, se volcó hacia la zoología, en particular hacia las formas inferiores de vida animal. Al estudiar a estos organismos de menor rango, tanto los existentes como los fósiles, quedó cada vez más impresionado por las gradaciones de forma que se podían observar por doquier; por la conexión entre diferentes familias a través de otras intermedias; y en particular por la preponderancia de tipos de vida inferiores en los estratos geológicos más antiguos. Al verse constantemente obligado a clasificar las diversas formas de vida en el curso de sus escritos sistemáticos, encontró cada vez más difícil trazar límites claros, y finalmente la sospecha que había albergado durante mucho tiempo se convirtió en una convicción firme: que en realidad no existe tal cosa como una especie de organismo en la naturaleza; que “especie” es un producto de la imaginación humana, mientras que en la naturaleza solo existen individuos.

Que ciertos grupos de individuos se parecen más entre sí que a otros grupos es, por supuesto, evidente, pero eso solo significa, según Lamarck, que estos grupos similares han tenido ancestros comunes relativamente recientes, mientras que grupos de seres diferentes están relacionados de manera más remota por vínculos de consanguinidad. Pero si se remontan lo suficiente las líneas de descendencia, todas convergerán en un único linaje original. Todas las formas de vida son descendientes modificados de un organismo original. De lo más bajo a lo más alto, pues, solo existe una raza, una especie, tal como todos los numerosos ramajes y brotes que parten de una misma raíz constituyen un solo árbol. Con fines de descripción, podemos dividir a los organismos en órdenes, familias, géneros y especies, así como dividimos un árbol en raíz, tronco, ramas, brotes y hojas; pero en un caso como en el otro, la división es arbitraria y artificial.

En *Philosophie Zoologique* (1809), Lamarck formuló por primera vez de manera explícita sus ideas sobre la transmutación de las especies, aunque ya las había esbozado en 1801. En esta memorable publicación no solo expresó su creencia de manera más explícita y con mayor detalle que cualquier predecesor, sino que dio otro gran paso adelante, llevándose muy por delante a todos sus predecesores, excepto a Darwin, al intentar explicar…

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La forma en que se había producido la transmutación de las especies. Los cambios, dijo, se habían producido gracias a los esfuerzos constantes de cada organismo por satisfacer las necesidades impuestas por su entorno. El esfuerzo constante implica el uso continuo de ciertos órganos. Así, un pájaro que corre por la orilla del mar está constantemente tentado a adentrarse cada vez más en busca de alimento; sus esfuerzos incesantes tienden a desarrollar sus patas, de acuerdo con el principio observado de que el uso de cualquier órgano tiende a fortalecerlo y desarrollarlo. Pero ese ligero aumento en el desarrollo de las patas se transmite a la descendencia del pájaro, la cual a su vez desarrolla sus patas ya mejoradas mediante sus propios esfuerzos, transmitiendo así esa tendencia mejorada. Generación tras generación se repite este proceso, hasta que la suma de las variaciones infinitesimales, todas en la misma dirección, da como resultado la aparición del pájaro de patas largas que nada en aguas profundas. De manera similar, a través del esfuerzo individual y de las tendencias heredadas, se han desarrollado todos los órganos diversos de todos los seres vivos: la aleta del pez, el ala del pájaro, la mano del hombre; e incluso el propio pez, el pájaro y el hombre. Colectivamente, los órganos constituyen todo el organismo; y lo que es cierto de los órganos individuales debe serlo también de su conjunto, el ser vivo.

Cualquiera que sea la opinión sobre la explicación de Lamarck sobre la causa de la transmutación —que en realidad era la misma que ya había sugerido Erasmus Darwin—, la idea de la evolución por la que abogaba no era más que la extensión lógica de la concepción de que los animales americanos son descendientes modificados y degenerados de los animales europeos. Pero, por lo general, la gente no tiende a llevar las ideas hasta sus conclusiones lógicas, y en este caso las conclusiones eran tan completamente opuestas a las implicaciones inmediatas de la idea que todo el mundo intelectual las rechazó rotundamente. Precisamente aquellas personas que habían aceptado con mayor entusiasmo la idea de la transmutación de las especies europeas en especies americanas, y de variaciones similares debidas a cambios en el entorno, debido al alivio que esto suponía para el arca ya sobrepoblada, ahora eran las primeras en denunciar tal extensión de la doctrina de la transmutación propuesta por Lamarck.

Y, de hecho, los líderes del mundo científico también eran igualmente hostiles a la hipótesis lamarckiana. Cuvier en particular, que alguna vez fue discípulo de Lamarck pero ahora era su colega y, en términos de autoridad, superaba a sus pares, se opuso con toda su fuerza a la doctrina de la transmutación. Abogó por la fijidad absoluta de las especies, apelando a los recursos de una mente que, como mero depósito de hechos, quizás nunca fue superada. Como…

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Como prueba final y tangible de su postura, presentó los cuerpos de íbices que habían sido embalsamados por los antiguos egipcios, y demostró, mediante comparaciones, que estos no difieren en lo más mínimo de los íbices que hoy visitan el Nilo.
El razonamiento de Cuvier tiene un gran interés histórico, ya que constituye el argumento del mayor oponente de la evolución de aquel entonces; por eso lo citamos con cierta extensión.
“Las siguientes objeciones”, dice, “ya se han planteado contra mis conclusiones. ¿Por qué las razas actuales de mamíferos terrestres no podrían ser meras modificaciones o variedades de esas razas antiguas que ahora encontramos en estado fósil? Estas modificaciones podrían haber sido producidas por cambios climáticos y otras circunstancias locales, y posteriormente haber llegado a las diferencias excesivas actuales debido a causas similares durante un largo período de tiempo?”
“Esta objeción puede parecer sólida para aquellos que creen en la posibilidad indefinida de cambio en los organismos organizados, y piensan que, a lo largo de los siglos y mediante cambios en sus hábitos, todas las especies pueden transformarse unas en otras, o que una de ellas puede dar origen a todas las demás. Sin embargo, a estas personas se les puede dar la siguiente respuesta, basada en su propio sistema: si las especies han cambiado gradualmente, como ellos suponen, deberíamos encontrar rastros de esta modificación gradual. Así, entre el paleoterio y las especies de nuestros días, deberíamos poder descubrir algunas formas intermedias; pero nunca se ha hecho tal descubrimiento. Dado que las profundidades de la tierra no han conservado testimonios de esta extraña genealogía, no tenemos derecho a concluir que las especies antiguas y ahora extintas fueran tan estables en sus formas y características como aquellas que existen actualmente; o, al menos, que la catástrofe que las destruyó no dejó suficiente tiempo para que se produjeran los cambios que se supone que tuvieron lugar.”
“Para responder a aquellos naturalistas que reconocen que las variedades de animales están restringidas por la naturaleza dentro de ciertos límites, sería necesario examinar hasta qué punto se extienden esos límites. Se trata de una investigación muy interesante, y en sí misma sumamente relevante desde diversos puntos de vista, pero hasta ahora ha recibido muy poca atención...”
“Los animales salvajes que se alimentan de hierba sienten la influencia del clima de manera algo más marcada, ya que a esta se añade la influencia de la comida.”

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tanto en cuanto a su abundancia como a su calidad. Así, los elefantes de un bosque son más grandes que los de otro; sus colmillos también crecen algo más largos en lugares donde su alimento puede ser más favorable para la producción de la sustancia del marfil. Lo mismo puede ocurrir con respecto a los cuernos de los ciervos y los renos. Pero examinemos dos elefantes, los más dispares que se puedan imaginar: no descubriremos la más mínima diferencia en el número y articulaciones de los huesos, en la estructura de los dientes, etc.........
“La naturaleza parece haberse protegido también contra las alteraciones de las especies que podrían derivarse de la mezcla de razas, influyendo en las diversas especies animales con una aversión mutua entre sí. Por lo tanto, toda la astucia y toda la fuerza que el hombre es capaz de ejercer son necesarias para lograr tales uniones, incluso entre especies que tienen las mayores similitudes. Y cuando las crías de mula que se producen por estas uniones forzadas resultan fértiles, lo cual ocurre rara vez, esta fecundidad nunca dura más allá de unas pocas generaciones, y probablemente no llegaría tan lejos sin la continua aplicación de las mismas medidas que la provocaron en un principio. Así, nunca vemos en estado salvaje producciones intermedias entre la liebre y el conejo, entre el ciervo y la cierva, o entre el zorro rojo y la comadreja. Pero el poder del hombre cambia este orden establecido y continúa produciendo todas estas mezclas a las que las distintas especies son susceptibles, pero que nunca producirían si se las dejara a sí mismas.
“Los grados de estas variaciones son proporcionales a la intensidad de las causas que las produjeron, es decir, a la condición de esclavitud o sumisión bajo la cual esos animales se encuentran ante el hombre. No avanzan mucho en las especies semidomesticadas. En el gato, por ejemplo, un pelaje más suave o más áspero, colores más brillantes o más variados, tamaño mayor o menor: estos constituyen todo el abanico de variaciones en la especie; el esqueleto del gato angora no difiere, en circunstancias regulares y constantes, del del gato salvaje de Europa....”
Los efectos más notables de la influencia del hombre se producen en aquel animal que él ha sometido de forma más completa. Los perros han sido transportados por la humanidad a todas partes del mundo y han sometido su comportamiento a su dirección total. Reguladas en sus uniones por el placer o capricho de sus amos, las casi infinitas variedades de perros difieren entre sí en color, longitud y abundancia de pelo, que es

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A veces, en su forma natural e instintiva; en cuanto al tamaño, que varía entre uno y cinco, llegando en algunos casos a ser más de cien veces mayor en volumen; en la forma de sus orejas, narices y colas; en la longitud relativa de sus patas; en el desarrollo progresivo del cerebro. En varias de las variedades domesticadas se producen cambios incluso en la forma de la cabeza: algunas tienen hocicos largos y delgados con frente plana, otras tienen hocicos cortos con frente convexa, etc. Tanto es así que la diferencia aparente entre un mastín y un spaniel acuático, o entre un galgo y un perro pug, es aún más marcada que la que existe entre casi cualquier especie silvestre de un mismo género........

De estas observaciones se deduce que los animales poseen ciertos caracteres fijos y naturales que resisten los efectos de todo tipo de influencias, ya provengan de causas naturales o de la intervención humana. No tenemos el más mínimo motivo para sospechar que el tiempo tenga sobre ellos un efecto distinto al del clima.

“Soy consciente de que algunos naturalistas ponen un énfasis excesivo en los miles de cambios que pueden provocar con solo escribir unas palabras. Sin embargo, en estos asuntos, nuestra única forma de juzgar los efectos que puede producir un largo período de tiempo es multiplicando, por así decirlo, aquellos que se producen en un tiempo más breve. Con este fin, he procurado reunir todos los documentos antiguos relacionados con las formas de los animales; y ninguno se compara con los proporcionados por los egipcios, tanto en cuanto a su antigüedad como a su abundancia. Ellos no solo nos dejaron representaciones de los animales, sino también sus cuerpos intactos, embalsamados y conservados en las catacumbas.

“He examinado con la mayor atención las figuras grabadas de cuadrúpedos y aves traídas de Egipto a la Antigua Roma, y todas estas figuras tienen una semejanza perfecta con los objetos a los que representan, tal como son hoy en día.

“A partir de todos estos hechos establecidos, no parece haber el más mínimo fundamento para suponer que los nuevos géneros que he descubierto o establecido entre fósiles extraños, como el Paleotherium, Anoplotherium, Megalonyx, Mastodonte, Pterodactylis, etc., hayan sido alguna vez la fuente de ninguno de nuestros animales actuales, los cuales solo difieren en la medida en que están influenciados por el tiempo o el clima. Incluso si resultara cierto, cosa que estoy lejos de creer, que los elefantes, rinocerontes, alces y osos fósiles no difieren en nada de las especies existentes del mismo género...”

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Dado que las razas actuales de perros difieren entre sí, esto en modo alguno sería una razón suficiente para concluir que pertenecían a la misma especie; ya que las razas o variedades de perros han sido influenciadas por las limitaciones de la vida doméstica, algo que esos otros animales nunca experimentaron, ni siquiera pudieron experimentar.” (3)
Ante el argumento de Cuvier basado en la inmutabilidad de las aves y animales momificados egipcios, como se mencionó anteriormente, Lamarck respondió que eso no demostraba nada más que el hecho de que el ibis se había adaptado perfectamente a su entorno egipcio en tiempos remotos, y que las condiciones climáticas y de otro tipo del valle del Nilo no habían cambiado desde entonces. Según él, su teoría explicaba tanto la estabilidad de las especies bajo condiciones fijas como su transformación bajo condiciones variables.
Pero, huelga decir, el veredicto popular estaba del lado de Cuvier; el talento triunfó por aquel entonces sobre el genio, y Lamarck fue considerado un visionario impío. Sin embargo, su fe nunca flaqueó. Creía haber obtenido una verdadera comprensión de los procesos de la naturaleza animada, y reiteró sus hipótesis una y otra vez, especialmente en la introducción de su Histoire Naturelle des Animaux sans Vertebres, en 1815, y en su Systeme des Connaissances Positives de l’Homme, en 1820. Vivió hasta 1829, respetado como naturalista, pero casi sin ser reconocido como profeta.

AVANCES PROBABLES
Mientras que los nombres de Darwin y Goethe, y en particular el de Lamarck, siempre deben destacar como exponentes de la idea de la transmutación de las especies en esta generación, hay algunos otros que tampoco deben pasarse por alto en este contexto. De ellos, el más destacado es el de Gottfried Reinhold Treviranus, un naturalista médico alemán, profesor de matemáticas en el liceo de Bremen. Fue una coincidencia interesante que Treviranus publicara el primer volumen de su Biologie, oder Philosophie der lebenden Natur, en el cual exponía sus puntos de vista sobre la transmutación de las especies, en 1802, el mismo mes en que apareció la primera exposición de Lamarck sobre la misma doctrina en su Recherches sur l’Organisation des Corps Vivants. También es curioso que Lamarck, en su Hydrogelogie del mismo año, sugiriera de forma independiente “biología” como término adecuado para expresar la ciencia general de los seres vivos. Es significativo de la tendencia de pensamiento de la época el hecho de que fuera necesaria tal palabra unificadora.

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Se presentó simultáneamente a pensadores independientes en diferentes países. Ese mismo año memorable, Lorenz Oken, otro naturalista filosófico y profesor en la Universidad de Zúrich, publicó los esquemas preliminares de su Philosophie der Natur, la cual, al desarrollarse a través de publicaciones posteriores, delineó una teoría de la generación espontánea y de la evolución de las especies. Así, parece que esta idea estaba germinando en la mente de varios de los hombres más capaces de la época durante la primera década de nuestro siglo. Pero el resultado singular de sus diversas explicaciones fue detener bruscamente esa corriente de pensamiento que, desde hacía tiempo, se orientaba hacia esta concepción. Tan pronto como quedó claro hacia dónde debía dirigirse lógicamente la concesión de que los animales pueden ser modificados por su entorno, la reacción contra esta idea fue instantánea y ferviente. Durante una generación, Cuvier estuvo casi absolutamente dominante, y su veredicto se consideró generalmente definitivo. De hecho, había un naturalista de autoridad en Francia que tuvo la audacia de oponerse a Cuvier y a su escuela, y que estaba en condiciones de hacerse escuchar, aunque no precisamente de dividir a sus seguidores. Se trataba de Étienne Geoffroy Saint-Hilaire, el famoso autor de la Philosophie Anatomique y, durante muchos años, colega de Lamarck en el Jardín des Plantes. Al igual que Goethe, Geoffroy era ante todo un anatomista, y, al igual que el gran alemán, ya desde temprano se sintió impresionado por las similitudes entre los órganos análogos de diferentes clases de seres. Concebía la idea de que existe una unidad absoluta de tipo en toda la naturaleza orgánica en lo que respecta a cada conjunto de órganos. De esta idea surgió su creencia, gradualmente formada, de que la similitud estructural podría implicar identidad de origen; en resumen, que una especie animal podría haberse desarrollado a partir de otra. La comprensión que Geoffroy tenía de esta idea de transmutación no era en modo alguno tan completa como la de Lamarck, y parece que nunca llegó a determinar con total claridad en su propia mente cuáles podrían ser los límites de tal desarrollo de las especies. Ciertamente, en ningún lugar incluyó a todos los seres orgánicos en una sola línea de descendencia, como lo había hecho Lamarck; no obstante, se aferró tenazmente a la verdad tal como la veía, en abierta oposición a Cuvier, con quien mantuvo un debate memorable en la Academia de Ciencias en 1830: el debate que despertó tanto interés y entusiasmo en Goethe, pero que, a juicio de casi todos los demás, tuvo como resultado una derrota aplastante para Geoffroy, y brillante…

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Una victoria aparentemente definitiva para los defensores de la creación especial y de la fijidad de las especies. Con eso, toda la acalorada controversia sobre el tema pareció terminar, y durante un cuarto de siglo solo se publicó un único argumento a favor de la transmutación de las especies que atrajera alguna atención general. Este “oasis en un desierto intelectual” fue un pequeño libro llamado *Vestigios de la historia natural de la creación*, que apareció anónimamente en Inglaterra en 1844, pasó por numerosas ediciones y fue objeto de innumerables comentarios insultantes y burlones. Este libro, cuya autoría permaneció en secreto durante cuarenta años, ahora se considera obra de Robert Chambers, el conocido escritor y editor inglés. El propio libro es notable por ser una exposición abierta y inequívoca de una doctrina general de la evolución; su visión es tan radical y completa como la del propio Lamarck. Pero se trataba de un resumen de esfuerzos anteriores más que de un nuevo enfoque, sin mencionar sus deficiencias técnicas, que pueden ilustrarse mejor con una cita: “Toda la cuestión”, dice Chambers, “es la siguiente: En cuanto a la teoría del orden universal —es decir, el orden que rige tanto el origen como la administración del mundo—, contamos con el testimonio de una gran cantidad de hechos en la naturaleza; además, todo aquello que queda del dominio de la ignorancia y se convierte en algo indudable dentro de la ciencia, constituye un nuevo apoyo para esa misma doctrina. La opinión opuesta, que alguna vez estuvo predominante, ha ido reduciéndose gradualmente hasta ocupar un espacio cada vez menor; hoy en día solo se mantiene en algunos sectores de la naturaleza que, casualmente, son menos susceptibles a una investigación rigurosa. El principal de estos sectores, si no el único, es el origen de los reinos orgánicos. Mientras esto siga siendo oscuro, lo sobrenatural seguirá teniendo cierta influencia sobre las personas ilustradas. Si alguna vez se aclara de tal manera que no quede duda alguna sobre el origen natural de las plantas y los animales, habrá que dar un giro completo en la forma en que se entiende generalmente la relación con el Creador de nuestro ser”. Esto prepara el terreno para algunas observaciones sobre el estado actual de la opinión respecto al origen de la naturaleza orgánica. La gran dificultad aquí es la aparente determinación de las especies. Dado que estas formas de vida parecen inmutables, o al menos siempre muestran una tendencia a volver al carácter del cual se han desviado, surge la idea de que no pudo haber progreso de una a otra; cada una debe haber tomado su forma especial por sí misma.

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Se forman, de forma independiente de otras formas, directamente a partir de la creación por parte del Creador. El escritor de la Edinburgh Review dice: «Fueron creados por la mano de Dios y adaptados a las condiciones de la época». En primer lugar, no está claro que las especies mantengan constantemente un carácter fijo, ya que hemos visto que aquellas que durante mucho tiempo se consideraron especies definidas se han transformado en otras. Sin embargo, pasando por alto este hecho —puesto que no es aceptado por la mayoría de los científicos—, siguen existiendo grandes dificultades en relación con la idea de una creación especial. Primero tendríamos que suponer, como se señaló en mi volumen anterior, una diversidad sorprendente de planes en las acciones divinas: un gran plan general o sistema de leyes que rige los acontecimientos relacionados con la formación del mundo, y además un plan de acción detallada y precisa, con atención especial a algunos de los simples detalles del proceso. La discrepancia entre estas dos concepciones es, sin duda, abrumadora si nos permitimos ver todo el asunto desde una perspectiva racional y coherente. También existe el hecho notable de un progreso histórico evidente en las plantas y los animales según su nivel de organización: primero las plantas marinas y celulares y los animales invertebrados, y posteriormente ejemplos más avanzados de ambos. En un sistema arbitrario, ciertamente no tendríamos razón para esperar que los mamíferos aparecieran después de los répteiles; sin embargo, así fue como ocurrió. El autor de la Edinburgh Review habla de los animales como criaturas adaptadas a las condiciones ambientales, pero esto solo es cierto en un sentido limitado. Los bosques que dieron origen a los yacimientos de carbón podrían haber sido un hábitat adecuado para répteles, aves y mamíferos, tal como son esos bosques en la actualidad; sin embargo, en esa época no había ninguno de estos últimos grupos, y apenas rastros de los dos primeros. Donde vivía el iguanodonte podría haber vivido también el elefante, pero en aquel entonces no existían elefantes. El mar de la era Silúrica Inferior era capaz de albergar peces, pero no había peces. Por lo tanto, resulta evidente que muchos lugares aptos para la vida debieron permanecer inutilizados, o en poder de seres inferiores a aquellos que podrían haberlos habitado, durante muchos siglos. Ciertamente, en un sistema donde la Omnipotencia actuaba con atención minuciosa a los detalles, no se permitiría tal desperdicio. Este hecho parece indicar que el proceso real de poblamiento de la Tierra fue de tipo natural, y que requirió un largo período de tiempo para su evolución. Bajo esta suposición, la larga existencia de tierra sin animales terrestres, y más concretamente sin las clases y órdenes más nobles, es solo análoga al hecho —que no está suficientemente presente en la mente de los pueblos civilizados— de que hasta hoy en día la mayor parte de la Tierra sigue siendo un territorio inútil desde el punto de vista humano.

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Otra objeción sorprendente se refiere a la variación local infinita de las formas orgánicas. Si los reinos vegetal y animal estuvieran compuestos por un número definido de especies adaptadas a las particularidades del suelo y el clima, y distribuidas universalmente, el hecho estaría en armonía con la idea de una creación especial. Pero la realidad es que diversas regiones presentan variaciones sin fin ni propósito aparente. El profesor Henslow enumera cuarenta y cinco flores o grupos de plantas distintos en la superficie de la Tierra, aunque muchas de ellas serían igualmente adecuadas en otros lugares. Los animales de diferentes continentes son igualmente diversos; pocas especies son iguales en dos lugares cualesquiera, aunque su carácter general pueda ser similar. La conclusión que se extrae actualmente de este hecho es que debieron haber existido, para usar las palabras del reverendo Dr. Pye Smith, “creaciones separadas y originales, quizás en épocas diferentes y respectivamente distintas”. Parece difícil de concebir que hombres racionales adhieran a tal doctrina cuando pensamos en lo que implica. Solo en el hecho de que exija un decreto especial del inconcebible Autor de este universo para producir la flora de Santa Elena, ya vemos una condena más que suficiente. Ciertamente, concuerda mucho mejor con nuestras ideas generales sobre la naturaleza suponer que, así como todo lo demás en esta vasta ciencia se formó según las leyes impuestas inicialmente por su Autor, lo mismo ocurrió con esto. Una excepción presentada bajo esta luz solo parece admisible cuando logramos impedir que nuestra mente siga esos procesos de razonamiento a los que, por otra ley del Todopoderoso, tiende y para los cuales está adaptada.(4)
Un razonamiento como este naturalmente provocó amargas críticas, y no pudo dejar de influir en la creación de una corriente de pensamiento en oposición a la tendencia principal de la opinión de la época. Pero difícilmente se puede decir que el libro haya hecho algo más que eso. De hecho, algunos críticos han negado incluso este mérito. Después de su publicación, al igual que antes, la concepción de la transmutación de las especies permaneció, tanto entre el público como entre los científicos, como una “herejía” casi olvidada.
Es cierto que aquí y allá algún científico de mayor o menor reputación —como Von Buch, Meckel y Von Baer en Alemania, Bory Saint-Vincent en Francia, Wells, Grant y Matthew en Inglaterra, y Leidy en América— había expresado una disidencia más o menos tentativa contra la doctrina de la creación especial e inmutabilidad de las especies, pero sus sugerencias poco contundentes, generalmente presentadas en publicaciones poco conocidas y de forma incidental, fueron completamente ignoradas. Y así, a pesar de los avances científicos en muchos campos…

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A principios de siglo, la idea de la transmutabilidad de las razas orgánicas no gozaba de tanta importancia, ni en los círculos científicos ni en los no científicos, como lo había hecho cincuenta años antes. La hipótesis de la creación especial era la que prevalecía, aparentemente sin oposición alguna.

DARWIN Y EL ORIGEN DE LAS ESPECIES

Pero incluso en aquel entonces, la supuesta solidez de la hipótesis de la creación especial no era en absoluto real. Aunque parecía invencible, su verdadera situación era la de una fortaleza aparentemente inexpugnable bajo la cual, sin que la guarnición lo supiera, se había excavado una mina de pólvora lista para explotar. Pues ya existían, en el estudio privado de un naturalista inglés, un volumen manuscrito y un conjunto de notas que, de darse a conocer, podrían haber destruido por completo toda la estructura de la hipótesis de la creación especial. El naturalista que, mediante esfuerzos largos y pacientes, había construido esta “mina de pólvora” de hechos fue Charles Robert Darwin, nieto del autor de Zoonomia.

Ya el 1 de julio de 1837, el joven Darwin, entonces de veintiocho años, comenzó a llevar un diario privado, en el cual pretendía registrar todos los hechos que llegaban a sus manos y que parecían tener alguna relación con el tema de la doctrina de la transmutación de las especies. Cuatro o cinco años antes, durante ese famoso viaje alrededor del mundo con el almirante FitzRoy, como naturalista a bordo del Beagle, Darwin realizó observaciones personales que por primera vez comenzaron a cuestionar su creencia en la fijidad de las especies. En Sudamérica, en las formaciones geológicas de las Pampas, descubrió “grandes animales fósiles cubiertos con armaduras similares a las de los armadillos actuales”, y quedó impresionado por esta similitud entre las faunas antiguas y las actuales de la misma región. También le causó gran impacto la forma en que las especies animales estrechamente relacionadas parecían sustituirse unas a otras a medida que avanzaba hacia el sur por el continente; además, “por el carácter sudamericano de la mayoría de los organismos del archipiélago de Galápagos, y más especialmente por la forma en que difieren ligeramente en cada isla del grupo, ninguna de las islas parecía ser muy antigua desde el punto de vista geológico”.

Al principio, la fuerza total de estas observaciones no lo afectó demasiado; ya que, influenciado por las concepciones geológicas de Lyell, explicó de forma tentativa la relativa ausencia de vida en una de las islas de Galápagos sugiriendo que quizás no se habían creado nuevas especies desde que esa isla apareció. Pero gradualmente comprendió…

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Según él, hechos como los que había observado “solo podían explicarse bajo la suposición de que las especies se modifican gradualmente”. A partir de entonces, como afirmó posteriormente, ese tema lo persiguió; de ahí el diario de 1837. Así pues, se puede ver que la idea de la variabilidad de las especies le vino a Charles Darwin como una inferencia de sus observaciones personales en el campo, y no como una idea tomada de libros. Por supuesto, había leído las obras de su abuelo mucho antes, pero los argumentos de Zoonomia y El templo de la naturaleza no sirvieron en absoluto para debilitar su aceptación de la creencia vigente en la fijidad de las especies. Tampoco quedó especialmente impresionado por la doctrina de Lamarck, tan similar a la de su abuelo. De hecho, incluso después de que su experiencia en Sudamérica lo llevara a adoptar un nuevo punto de vista, seguía sin ver nada de valor en esos intentos anteriores de explicar la variación de las especies. Al comenzar su diario, por lo tanto, no tenía ninguna idea preconcebida de defender las opiniones de estos u otros formuladores de hipótesis, ni en ese momento había formulado ninguna hipótesis propia. Su mente estaba abierta y receptiva; solo buscaba hechos que pudieran ayudarlo a comprender un problema que parecía completamente oscuro. Era algo positivo saber que las especies habían variado; pero, ¿cómo se habían producido tales variaciones? No pasó mucho tiempo antes de que Darwin encontrara una pista que creyó podría llevarlo a la respuesta que buscaba. Al buscar hechos, pronto descubrió que el campo de observación más adecuado estaba entre los animales domésticos, cuyas numerosas variaciones dentro de cada raza son conocidas por todos. Así, bajo la domesticación, criaturas tan diferentes entre sí como un mastín y un terrier han surgido de un mismo ancestro. Lo mismo ocurre con el pony de Shetland, el caballo de pura sangre y el caballo de tiro. En resumen, no existe ningún animal doméstico que no haya desarrollado variedades que se desvían más o menos significativamente del tipo original. Pero, ¿cómo se ha logrado esto? Claramente, mediante la preservación, a través de la cría selectiva, de variaciones aparentemente accidentales. Así, un jinete, al seleccionar constantemente animales que “por casualidad” tienen la estructura y resistencia adecuadas, acaba desarrollando una raza de caballos de carrera; mientras que otro jinete, al seleccionar una serie diferente de progenitores, ha desarrollado una raza de animales de tiro lentos y pesados. Hasta aquí, todo bien; la preservación de variaciones “accidentales” a través de la cría selectiva es claramente un medio mediante el cual se pueden desarrollar razas muy diferentes de su forma parental original. Pero esto ocurre bajo la acción del ser humano.

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supervisión y dirección. ¿Por qué proceso podría producirse tal selección entre los seres en estado de naturaleza? Sin duda se trataba de un acertijo, y uno que debía resolverse antes de poder dar otro paso en esa dirección. La clave para resolver este acertijo llegó a la mente de Darwin gracias a una lectura casual del famoso ensayo sobre “La población” que Thomas Robert Malthus había publicado casi medio siglo antes. Este ensayo, que expone ideas en modo alguno exclusivamente originales de Malthus, destaca el hecho de que los organismos tienden a aumentar en proporción geométrica a través de generaciones sucesivas, y por lo tanto sobrepoblarían la Tierra si no se les controlara de alguna manera. Al reflexionar sobre esta idea, Darwin adquirió una nueva perspectiva sobre los procesos de la naturaleza. Vio que, en virtud de esta tendencia de cada raza de seres a sobrepoblar la Tierra, todo el mundo orgánico, animal y vegetal, debía encontrarse en un estado de carnicería y lucha perpetua, individuo contra individuo, luchando por la subsistencia y la vida.

Una vez imaginada plenamente esa idea, resulta evidente que existe una influencia selectiva actuando constantemente en la naturaleza, ya que solo unos pocos individuos, relativamente hablando, de cada generación pueden alcanzar la madurez, y estos pocos deben ser, naturalmente, aquellos mejor adaptados para enfrentarse a las circunstancias específicas en las que se encuentran. En otras palabras, los individuos mejor adaptados a su entorno serán, en promedio, aquellos que alcanzan la madurez y producen descendencia. A estos descendientes se transmitirán las características favorables. Así, estas características se volverán permanentes, y la naturaleza habrá logrado precisamente lo que se considera que logra el criador humano. Supongamos que los organismos en estado de naturaleza varían, aunque sea ligeramente, unos de otros (lo cual es indudable), y que tales variaciones se transmiten de un padre a sus descendientes (algo de lo que nadie dudaba en ese entonces); supongamos además que existe una lucha constante entre los diversos organismos, de modo que solo una pequeña proporción puede alcanzar la madurez. Si se aceptan estas premisas, dijo Darwin, tenemos una explicación para la conservación de las variaciones, lo cual conduce a la transformación de las propias especies.

Esta maravillosa perspectiva a la que Darwin llegó en 1839 contenía el esquema completo de su teoría; aquí estaban las ideas que posteriormente se formularon en expresiones familiares como “variación espontánea” y “sobrevivencia del más apto”, a través de la “selección natural”. Después de un descubrimiento así, cualquier persona común habría recorrido de inmediato las calles de la ciencia, por así decirlo, gritando “¡Eureka!”. Pero no fue así con Darwin. Él colocó el

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En su portafolio tenía un esquema manuscrito de su teoría, y siguió recopilando datos relacionados con su descubrimiento. En 1844 redactó un resumen en un libro manuscrito de la enorme cantidad de datos acumulados hasta entonces. Se lo mostró a su amigo Hooker, tomó medidas para que se publicara en caso de su muerte repentina, luego lo guardó en su escritorio y continuó reuniendo más datos. Esa era la mina de pólvora sin explotar a la que acabo de hacer referencia.

Pasaron doce años más; años durante los cuales el trabajador silencioso reunió una cantidad prodigiosa de datos, respondió a multitud de objeciones que surgían en su propia mente y fortaleció enormemente su teoría. Todo ese tiempo, el trabajador estuvo enfermo, sin conocer ni un solo día libre de dolencias e incomodidades; se veía obligado a ahorrar sus fuerzas, sin poder trabajar más de una hora y media seguida. Sin embargo, logró lo que habría sido un gran logro para media docena de hombres de salud robusta. Dos amigos entre los científicos más destacados de la época conocían su labor: Sir Joseph Hooker, el botánico, y Sir Charles Lyell, el geólogo. Poco a poco, Hooker pasó a ser más que un simple partidario de las ideas de Darwin. Lyell seguía siendo escéptico, pero instó a Darwin a publicar su teoría sin demora, por temor a que alguien se le adelantara. Finalmente, el trabajador paciente decidió seguir este consejo, y en 1856 se puso a trabajar para elaborar otro resumen, más completo, de los datos que había reunido.

Y entonces ocurrió algo extraño. Después de que Darwin llevaba trabajando en su “resumen” unos dos años, pero antes de que publicara siquiera una línea de él, un día recibió un manuscrito enviado para su aprobación por un amigo naturalista llamado Alfred Russel Wallace, quien llevaba algún tiempo trabajando en el archipiélago de las Indias Orientales. Leyó el manuscrito y, para su asombro, descubrió que contenía un esquema de la misma teoría de “selección natural” que él mismo había desarrollado y sobre la cual había trabajado durante veinte años. Trabajando de forma independiente, en extremos opuestos del globo, Darwin y Wallace habían llegado a la misma explicación sobre la causa de la transmutación de las especies. “Si el manuscrito de Wallace fuera un resumen de mi manuscrito inpublicado de 1844”, dijo Darwin, “no podría expresar mejor mis ideas”.

Aquí estaba el dilema. Publicar ese manuscrito sin ninguna palabra de Darwin le daría prioridad a Wallace y le arrebataría a Darwin el crédito de un descubrimiento que había hecho años antes de que su co-descubridor entrara en el campo. Pero, por otro lado, ¿podía Darwin actuar de otra manera de manera honorable?

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¿Publicar el artículo de su amigo y permanecer él en silencio? Era una complicación bien calculada para poner a prueba el alma de un hombre. La de Darwin resistió esa prueba. Consciente de la delicadeza de la situación, planteó todo el asunto ante sus amigos Hooker y Lyell, dejando la decisión sobre qué hacer en manos exclusivas de ellos. Huelga decir que estos grandes hombres hicieron lo único que podía garantizar justicia total para todos los involucrados. Aconsejaron una publicación conjunta, que incluyera, por un lado, el artículo de Wallace y, por otro, un resumen de las ideas de Darwin, en la forma exacta en que el autor las había esbozado en una carta dirigida a Asa Gray el año anterior; un resumen que ya estaba en poder de Gray antes incluso de que existiera el artículo de Wallace. Esta obra conjunta, junto con una exposición completa de los hechos del caso, fue presentada a la Sociedad Linneana de Londres por Hooker y Lyell la noche del 1 de julio de 1858, fecha que, por una curiosa coincidencia, marcaba el vigésimo primer aniversario del día en que Darwin comenzó a tomar notas para recopilar datos relacionados con la “cuestión de las especies”. No es frecuente en la historia de la ciencia que una gran teoría haya madurado en el cerebro de su autor durante toda su infancia y adolescencia hasta alcanzar su plena madurez antes de ser presentada al mundo.

Así, se encendió la mecha que condujo a esa gran mina de pólvora. La explosión en sí tuvo lugar más de un año después, en noviembre de 1859, cuando Darwin, tras trece meses de esfuerzos adicionales, completó el esquema de su teoría. Esta teoría había comenzado como un resumen destinado a la Sociedad Linneana, pero, a pesar de sus intentos por condensarla, creció hasta convertirse en un volumen independiente. Se le dio ese título tan famoso: *El origen de las especies por medio de la selección natural, o la conservación de las razas favorecidas en la lucha por la vida*. ¡Y qué explosión fue esa! El artículo conjunto de 1858 provocó un breve revuelo, haciendo que los oyentes, como dijo Hooker, “hablaran de ello con gran expectativa”, pero aparte de eso no causó ninguna sensación. No hace falta decir cuál fue el impacto cuando apareció *El origen* en sí. El estruendo y el revuelo que causó en el mundo intelectual aún siguen resonando, más de cuarenta años después.

**NUEVOS CAMPEONES**
Por lo tanto, a *El origen de las especies* y a su autor, Charles Darwin, siempre debe atribuirse el principal mérito por esa enorme revolución en las creencias fundamentales de nuestra raza que ha tenido lugar desde 1859, y que ha hecho posible…

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La segunda mitad del siglo fue memorable. Pero no se debe pasar por alto que tal metamorfosis repentina no habría sido posible sin la ayuda de unos pocos lugartenientes destacados, que se unieron a las filas del líder inmediatamente después de la publicación de *El origen*. Darwin siempre tuvo una confianza absoluta en el triunfo final de sus ideas. “Nuestra posteridad”, declaró en una carta a Hooker, “se asombrará tanto de la creencia actual (en la creación especial) como nosotros nos asombramos de que se haya pensado que las conchas fósiles fueron creadas tal como las vemos ahora”. Pero era plenamente consciente de que, para el éxito inmediato de su teoría de la transmutación, era esencial contar con el apoyo de algunos líderes científicos. Sentía que si lograba ganarse para su causa a Hooker, Lyell y Thomas Henry Huxley de inmediato, todo estaría bien.

Su éxito en este aspecto, al igual que en otros, superó sus expectativas. Hooker se convirtió en un ferviente discípulo desde que leyó las pruebas del libro antes de su publicación; Lyell abandonó sus creencias anteriores y se alineó con ellos unos meses después; mientras que Huxley, tan pronto como comprendió la idea central de la selección natural, se sorprendió de que un pensamiento tan sencillo pero tan poderoso le hubiera pasado desapercibido durante tanto tiempo, y luego se lanzó con entusiasmo a la batalla, empleando la más afilada herramienta dialéctica utilizada durante toda la controversia. También aparecieron nuevos aliados inesperados, como Sir John Lubbock y John Tyndall, quienes llevaron la lucha con entusiasmo a sus respectivos ámbitos; mientras que Herbert Spencer, quien ya había defendido una doctrina de transmutación por motivos filosóficos algunos años antes de que Darwin publicara la clave del misterio —y quien él mismo apenas había evitado descubrir esa clave por sí mismo—, aportó su influyente apoyo a la causa. En Estados Unidos, el famoso botánico Asa Gray, que desde hacía tiempo era corresponsal de Darwin pero cuyo apoyo a la nueva teoría no se había anticipado, se convirtió en un ferviente propagandista; mientras que en Alemania Ernst Heinrich Haeckel, el joven pero ya reconocido zoólogo, se sumó a la lucha con igual entusiasmo.

Frente a estos pocos valientes defensores —con algún otro de menor renombre aquí y allá— se enfrentó, al principio, prácticamente toda la Cristiandad. El interés por esta cuestión llegó a todas las personas inteligentes, independientemente de su profesión, y ese interés se intensificó a medida que se hacía cada vez más evidente cuán profundas eran las consecuencias reales de la doctrina de la selección natural. Pronto se comprendió que, si la doctrina de la supervivencia de las razas favorecidas a través de la lucha por la existencia triunfaba, eso traería consigo un cambio tan radical en la forma en que el hombre percibía su propia posición como...

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Llegó el día en que, gracias a los esfuerzos de Copérnico y Galileo, el mundo fue destronado de su supuesta posición central en el universo. Toda la mayoría conservadora de la humanidad se apartó horrorizada de esta necesidad. Y esta mayoría conservadora incluía no solo a laicos, sino también una abrumadora mayoría de los líderes científicos.

Por otro lado, con la minoría de mente abierta, la teoría de la selección natural avanzó a pasos agigantados. Su encantadora simplicidad —que a primera vista la hacía parecer ni nueva ni importante—, sumada a la asombrosa amplitud de sus implicaciones, le permitió ganar terreno en la imaginación de las personas y asegurarse un lugar donde otras teorías sobre la transmutación de las especies habían sido completamente despreciadas. Aquellos que consideraban ridícula la concepción de Lamarck sobre el cambio mediante el esfuerzo voluntario, y absolutamente despreciables las divagaciones de Los vestigios, aquellos cuyas precauciones científicas les impedían aceptar el razonamiento deductivo de Spencer, se aferraron con entusiasmo a ese principio tangible y siempre presente de la selección natural, y fueron guiados sin cesar hacia su objetivo. Horra tras hora, la actitud del mundo pensante hacia este nuevo principio cambió; nunca antes se había producido una revolución tan grande de forma tan repentina.

Tampoco esto se debió simplemente a que “las circunstancias estuvieran maduras” o a que “la mente humana estuviera preparada para la evolución”. El propio Darwin atestigua que no era así del todo. Durante todos los años en que reflexionó sobre esta teoría, consultó a sus amigos científicos y no encontró entre ellos a nadie que reconociera una doctrina de transmutación. La reacción desde el punto de vista de Lamarck, Erasmus Darwin y Goethe fue total, y cuando Charles Darwin expresó su propia convicción, esperaba siempre encontrarla recibida con burla o desdén. En 1857 solo había una persona en el mundo que hablara con cierto grado de autoridad y que declarara abiertamente su creencia en la transmutación de las especies: esa persona era Herbert Spencer. Pero El origen de las especies llegó, como dijo Huxley, como un destello en la oscuridad, permitiendo al viajero perdido ver el camino. Las decenas de años durante los cuales su autor esperó y trabajó fueron años bien empleados. Darwin se había convertido, como él mismo dice, en un verdadero Creso, “abrumado por sus riquezas en hechos”: hechos de zoología, de cría selectiva artificial, de distribución geográfica de los animales, de embriología, de paleontología. Había acumulado datos sobre su teoría, los había condensado una y otra vez, hasta que su volumen de quinientas páginas se convirtió en una enciclopedia en cuanto a alcance. Durante esos largos años de reflexión, había pensado…

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Se refutaron casi todas las objeciones concebibles a su teoría, y en su libro cada una de tales objeciones fue expuesta con toda la fuerza y sinceridad posibles, junto con las respuestas que los hechos disponibles permitían dar. Fue la fuerza de esos veinte años de esfuerzo de un cerebro excepcional lo que provocó la ruptura repentina en el muro del pensamiento vigente. Una vez lograda esa ruptura, la labor de imposición avanzó rápidamente. Día tras día, grupos del enemigo se rendían y depusían sus armas. Pasados otros veinte años, la doctrina de la evolución se había convertido en la hipótesis de trabajo del mundo científico. La revolución se había producido. Y entre los escombros de las opiniones y creencias destaca la figura de Charles Darwin: tranquilo, imperturbable, sereno; inmune al ridículo, a la humillación, a los abusos; no corrompido por el éxito final; indemne tanto por las luchas como por las victorias. En conjunto, por su carácter, por su inteligencia, por lo que fue y por lo que hizo, quizás sea la figura más socrática del siglo. Cuando murió en 1882, amigos y enemigos coincidieron en reconocer que uno de los mayores hijos de la humanidad había cesado en sus labores, y todo el mundo consideró apropiado que los restos de Charles Darwin fueran enterrados en la Abadía de Westminster, junto a la honorable tumba de Isaac Newton. Tampoco hubo muchos que discutieran la justicia de la valoración que Huxley hacía de sus logros: “Encontró una gran verdad pisoteada. Vilipendiado por los fanáticos y ridiculizado por todo el mundo, vivió lo suficiente para ver cómo, principalmente gracias a sus propios esfuerzos, esa verdad se establecía irrefutablemente en la ciencia, se integraba inseparablemente en los pensamientos comunes de los hombres, y solo era odiada y temida por aquellos que querían vilipendiarla pero no se atrevían”.
EL ORIGEN DE LOS MÁS ADECUADOS
Por amplias que sean las implicaciones de la gran verdad que Darwin y sus colaboradores establecieron, esta deja sin resolver el problema del origen de esas “variaciones favorecidas” sobre las cuales opera. Que tales variaciones se deben a causas fijas y determinadas, nadie lo comprendió mejor que Darwin; pero en su exposición inicial de su doctrina no hizo ninguna suposición sobre cuáles eran esas causas. Aceptó el hecho observado de la variación —como se ve constantemente, por ejemplo, en las diferencias entre padres e hijos— y partió de esa premisa. Pero tan pronto como se reconoció la validez del principio de la selección natural, los especuladores comenzaron a buscar explicaciones para esas variaciones.

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Variaciones que, a efectos de la discusión, habían sido provisionalmente denominadas “espontáneas”. Herbert Spencer se ocupó constantemente de esta fase del tema, exponiendo las concepciones lamarckianas sobre la influencia directa del medio ambiente (una idea que especialmente atrajo a Buffon y a Geoffroy Saint-Hilaire), así como sobre el esfuerzo como respuesta al entorno y a los estímulos, como factores que modifican al organismo individual y, por tanto, sientan las bases para el funcionamiento de la selección natural. Haeckel también se convirtió en defensor de esta idea, y pronto surgió una llamada escuela de neolamarckianos, que adquirió especial fuerza y relevancia en América bajo el liderazgo de los profesores A. Hyatt y E. D. Cope. Pero justo cuando la opinión pública comenzaba a inclinarse firmemente en esta dirección, apareció un obstáculo completamente inesperado en forma de la teoría del profesor August Weismann, presentada en 1883; dicha teoría se oponía a la concepción lamarckiana (aunque no afectaba a la darwiniana, de la cual Weismann es un firme defensor), al negar que las variaciones individuales, independientemente de cómo se hayan adquirido en el organismo maduro, sean transmisibles. La conmoción causada por esta negación aún no ha disminuido por completo, pero las observaciones posteriores parecen indicar que fue completamente desproporcionada respecto a los verdaderos méritos del asunto. A pesar de las objeciones del profesor Weismann, el equilibrio de las pruebas parece favorecer la idea de que el factor lamarckiano de las variaciones adquiridas constituye el complemento del factor darwiniano de la selección natural en la transformación de las especies. Incluso si se acepta esta explicación parcial de lo que el profesor Cope denomina “el origen de los más aptos”, sigue existiendo un gran problema de la vida al que la doctrina de la evolución no aborda: el origen de las especies, géneros, órdenes y clases de seres a través de interminables transformaciones. En cierto sentido, esto está explicado; pero, ¿qué hay del primer elemento de esta larga serie? ¿De dónde provino ese organismo primordial cuyos descendientes transformados componen las faunas y floras actuales del planeta? Hubo un tiempo, poco después de que la doctrina de la evolución ganara adeptos, en el que algunos científicos de renombre creyeron haber encontrado respuesta a esa pregunta mediante experimentos. Recurriendo a una creencia anterior y repitiendo algunos experimentos anteriores, el director del Museo de Historia Natural de Ruán, M. F. A. Pouchet, llegó a la conclusión de que los seres orgánicos se generan espontáneamente a nuestro alrededor constantemente, a través de los procesos familiares de putrefacción, que se sabía que eran causados por la acción de microorganismos.

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bacterias. Pero en 1862 Louis Pasteur demostró que esta aparente generación espontánea se debe en realidad a la existencia de gérmenes en el aire. A pesar de la contundencia de estos experimentos, las afirmaciones de Pouchet fueron reavivadas en Inglaterra diez años después por el profesor Bastian; pero entonces los experimentos de John Tyndall, que corroboraban plenamente los resultados de Pasteur, pusieron fin definitivo a la teoría de la “generación espontánea” tal como se había formulado hasta entonces. Por el momento, el asunto queda así. Pero aún no ha terminado. La fauna y la flora están aquí, y, gracias a Lamarck, Wallace y Darwin, su desarrollo, a través de la acción de esas “causas secundarias” que llamamos leyes de la naturaleza, ha sido explicado en gran medida. Las formas más primitivas de vida han sido relacionadas con las más avanzadas mediante cadenas ininterrumpidas de descendencia. Mientras tanto, gracias a los esfuerzos de químicos y biólogos, la brecha entre el mundo inorgánico y el orgánico, que antaño parecía casi infinita, se ha ido reduciendo constantemente. Ya la filosofía puede tender un puente sobre esa brecha. Pero la ciencia inductiva, que construye sus propios puentes, aún no ha cruzado ese abismo, por pequeño que parezca. Hasta que lo haga, el puente de la evolución orgánica no estará del todo completo; sin embargo, incluso tal como está hoy, quizás sea la estructura científica más extraordinaria del siglo XIX.

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VII. LA MÉDICA DEL SIGLO XVIII
EL SISTEMA DE BOERHAAVE

Al menos dos discípulos de William Harvey se distinguen en la medicina: Giorgio Baglivi (1669-1707), a quien se ha llamado el “Sydenham italiano”, y Hermann Boerhaave (1668-1738). El trabajo de Baglivi apenas había comenzado cuando su muerte prematura arrebató a uno de los médicos más prometedores del principios del siglo XVIII. Al igual que Boerhaave, él representa a un clínico hábil y práctico, más que a un científico abstracto. Una de sus contribuciones a la literatura médica es la primera descripción precisa de la fiebre tifoidea, o, como él la llamaba, fiebre mesentérica.
Si por nada más, Boerhaave debe ser recordado siempre como el maestro de Von Haller; pero en su época era el profesor más conocido y popular del mundo médico. Era el ídolo de sus discípulos en Leiden, quienes acudían en tal número a sus conferencias que fue necesario “derribar las paredes de Leiden para darles cabida”. Su fama se extendió no solo por toda Europa, sino también por Asia, Norteamérica e incluso Sudamérica. Una carta enviada desde China iba dirigida a “Boerhaave en Europa”. Sus enseñanzas representan los mejores conocimientos médicos de su tiempo, un alto nivel de moralidad y una profunda apreciación del valor de la observación; y fue a través de tales enseñanzas, transmitidas a sus discípulos y perfeccionadas por ellos, y no por ningún descubrimiento nuevo, por lo que su nombre es importante en la historia de la medicina. Su organización y clasificación de las diferentes ramas de la medicina son interesantes, ya que reflejan la actitud de la profesión médica hacia estas diversas áreas en aquel entonces.
“En primer lugar, consideramos la vida; luego, la salud; después, las enfermedades; y finalmente, sus diversos remedios.
La salud, primera rama general de la Física en nuestras instituciones, se denomina Fisiología, o Economía animal; explica las distintas partes del cuerpo humano, con su mecanismo y funciones.
La segunda rama de la Física se llama Patología, y trata sobre las enfermedades, sus diferencias, causas y efectos, o síntomas; mediante los cuales el cuerpo humano…”

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Se sabe que el cuerpo puede desviarse de su estado saludable.
“La tercera parte de la Física se denomina Semiótica; esta muestra las señales que distinguen entre la enfermedad y la salud, las enfermedades y sus causas en el cuerpo humano; también aborda el estado y los grados de salud y enfermedad, y predice sus acontecimientos futuros.
“La cuarta rama general de la Física se llama Higiene o Profilaxis.
“La quinta y última parte de la Física se denomina Terapéutica; esta nos instruye sobre la naturaleza, preparación y uso de los medicamentos, así como sobre los métodos para aplicarlos con el fin de curar enfermedades y restablecer la salud perdida.”(1)
De esto podemos deducir que su visión general de la medicina no era muy diferente de la que existe actualmente.
Las doctrinas de Boerhaave fueron organizadas en un “sistema” por Friedrich Hoffmann, de Halle (1660-1742); este sistema tenía la ventaja de ser sencillo y más fácil de comprender que muchos otros. En este sistema, las fuerzas se consideraban inherentes a la materia, manifestándose como movimientos mecánicos, y estaban determinadas por la masa, el número y el peso. De manera similar, las fuerzas se expresan en el cuerpo a través del movimiento, la contracción y la relajación, etc.; la vida misma es movimiento, “en particular el movimiento del corazón”. Por lo tanto, la vida y la muerte son fenómenos mecánicos; la salud está determinada por movimientos regulares, mientras que la enfermedad por su irregularidad. El cuerpo es simplemente una gran máquina hidráulica, controlada por “el éter” o “el alma sensible”, y el centro principal de esta alma se encuentra en la médula.
En la aplicación práctica de los medicamentos para tratar enfermedades, Hoffmann utilizaba remedios simples, con frecuencia con resultados satisfactorios. Sea cual sea la teoría del médico, rara vez tiene la audacia de llevarla a cabo lógicamente y utilizar los remedios indicados por dicha teoría, excluyendo aquellos ya establecidos, aunque quizás puramente empíricos. En consecuencia, muchos teóricos vagos han sido excelentes practicantes, y Hoffmann fue uno de ellos.
Algunos de los remedios que introdujo siguen en uso, especialmente los espíritus de éter, o “el analgésico de Hoffmann”.
ANIMISTAS, VITALISTAS Y ORGANICISTAS
Además del sistema médico de Hoffmann, existieron numerosos otros durante el siglo XVIII; la mayoría de ellos no tienen ninguna importancia. Pero al menos tres de ellos surgieron y desaparecieron.

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Durante el siglo, hay corrientes que merecen una atención más detallada. Una de ellas, los animistas, tuvo como principal representante a Georg Ernst Stahl, famoso por su teoría del “flogisto”; otra, los vitalistas, fue defendida por Paul Joseph Barthez (1734-1806); y la tercera era la de los organicistas. Estos últimos, aunque coincidían con las otras dos en que la actividad vital no podía explicarse mediante las leyes de la física y la química, diferían en no creer que la vida se debiera a alguna entidad espiritual, sino más bien a la estructura del propio cuerpo.

Los animistas sostenían que el alma realizaba las funciones propias de la vida en el ser humano, mientras que la vida de los animales inferiores estaba controlada por principios mecánicos ordinarios. Stahl defendió esta teoría con fervor, a veces de forma violenta; llegó incluso a declarar que “ya no había médicos, solo mecánicos y químicos”. Negaba que la química tuviera algo que ver con la medicina y, en general, descartaba la anatomía como algo inútil para el médico. Según él, el alma era la fuente de todo movimiento vital; la causa directa de la muerte no era la enfermedad, sino la acción directa del alma. Cuando, debido a alguna lesión o porque el mecanismo del cuerpo deja de funcionar, como en la vejez, el alma abandona el cuerpo y se produce la muerte. El alma suele elegir los canales de circulación y las partes contráctiles como vías para influir en el cuerpo. Por eso, en la fiebre el pulso se acelera debido al aumento de la actividad del alma, y las convulsiones y movimientos espasmódicos en las enfermedades se deben a la misma causa. Se consideraba que la estancación de la sangre era una causa frecuente de enfermedades, y tales enfermedades se atribuían principalmente a la “plegora”, un elemento fundamental en la terapia de Stahl.

Muchos consideran esta teoría como un intento por parte del piadoso Stahl de reconciliar la medicina y la teología de manera satisfactoria tanto para médicos como para teólogos. Pero, al igual que muchos intentos de conciliación, fue violentamente rechazada tanto por médicos como por clérigos.

La creencia en tal teoría conduciría naturalmente a una simplificación en la terapia, y al menos en este aspecto Stahl fue coherente. Dado que el alma sabía más sobre el cuerpo que cualquier médico, Stahl pensaba que interferir con dosis complejas de medicamentos sería más bien un obstáculo que una ayuda para el médico. A medida que envejecía, esta visión sobre la administración de fármacos se afianzó en él, hasta el punto de que, después de rechazar la quinina y finalmente el opio, terminó utilizando únicamente sal y agua para tratar a sus pacientes. Por esto último podemos deducir que su “sistema”, si bien no causaba muchos beneficios, al menos no causaba muchos daños.

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La teoría de los vitalistas estaba estrechamente relacionada con la de los animistas, y su representante más importante, Paul Joseph Barthez, era un científico culto y entusiasta. Tras una carrera llena de acontecimientos y variada, en la que se desempeñó sucesivamente como médico, soldado, editor, abogado y filósofo, finalmente regresó al campo de la medicina. En 1802 fue nombrado médico consultor por Napoleón, y murió en París cuatro años después.

La teoría que defendía se basaba en la suposición de que existía un “principio vital”, cuya naturaleza era desconocida, pero que difería de la mente pensante y era la causa de los fenómenos de la vida. Este “principio vital” se diferenciaba del alma y no solo se manifestaba en los seres humanos, sino también en los animales y las plantas. Se suponía que esta fuerza, o comoquiera que se le llamara, estaba presente en todo el cuerpo, y que todas las enfermedades eran consecuencia de ella.

La teoría de los organicistas, al igual que la de los animistas y vitalistas, coincidía con las otras dos en que la actividad vital no podía explicarse mediante las leyes de la física y la química; pero, a diferencia de estas, sostenía que formaba parte de la estructura misma del cuerpo. Naturalmente, los médicos prácticos se sentían más atraídos por esta doctrina concreta que por teorías vagas “que convertían las enfermedades en trastornos desconocidos de algún ‘principio’ igualmente desconocido”.

Tal vez sea exagerado incluir esta breve descripción de estas tres escuelas de medicina en la historia del progreso de la ciencia. Pero, en general, fueron factores importantes, aunque negativos, para orientar el verdadero progreso por el camino correcto, indicando qué caminos no debían seguirse. Alguien ha dicho que la ciencia suele encontrar el camino correcto solo después de haber probado todos los caminos equivocados; y si esto es solo parcialmente cierto, los caminos equivocados siguen desempeñando un papel importante, aunque no necesariamente encomiable. Así, los sistemas médicos de William Cullen (1710-1790) y John Brown (1735-1788), aunque contribuyeron poco al avance real de la medicina científica, tuvieron un papel tan destacado en un ámbito tan amplio que al menos al “sistema brunoniano” hay que prestarle algo de atención.

Según la teoría de Brown, la vida, las enfermedades y los métodos de cura se explicaban mediante la propiedad de la “excitabilidad”. Se suponía que todas las fuerzas excitantes tenían efectos estimulantes, y que los efectos aparentemente debilitantes de algunas se debían a una deficiencia en la cantidad de estímulo. Por lo tanto, “todos los fenómenos de la vida, la salud y la enfermedad se suponía que consistían únicamente en estímulo y nada más”. Esta teoría causó gran revuelo en el mundo médico.

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Por todas partes surgieron partidarios y opositores. En Italia fue apoyado con entusiasmo; en Inglaterra se le opuso firmemente; mientras que en Escocia tuvieron lugar disturbios entre las facciones enfrentadas. No es evidente por qué este sistema debería haber causado tanto revuelo, ya sea a favor o en contra de él.

Al igual que muchos otros “teóricos” de su siglo, las conclusiones prácticas de Brown, extraídas de su teoría (o quizás a pesar de ella), fueron en general beneficiosas para la medicina, y algunas de ellas extremadamente valiosas en el tratamiento de enfermedades. Fue el primero en abogar por el estimulante moderno, o “tratamiento alimenticio”, para las fiebres, y fue el primero en reconocer la utilidad de las sopas de animales y el té de carne en ciertas enfermedades.

EL SISTEMA DE HAHNEMANN

Justo al final del siglo surgió la escuela de la homeopatía, la cual estaba destinada a influir de manera muy significativa en la práctica médica y a sobrevivir a todas las demás escuelas del siglo XVIII. Fue fundada por Christian Samuel Friedrich Hahnemann (1755-1843), un hombre sumamente notable, quien, después de proponer una teoría en su juventud que era al menos tan razonable como la mayoría de las teorías existentes, tuvo la desgracia de sobrevivir a su propia utilidad y ver cómo su doctrina era objeto de burla debido a las enseñanzas irracionales de su vejez.

Hahnemann rechazó todas las enseñanzas de la anatomía patológica y la patología por considerarlas inútiles en la práctica, y propuso su famosa regla “similia similibus curantur”: que todas las enfermedades debían ser curadas con medicamentos que, en estado de salud, produjeran síntomas dinámicamente similares a los de la enfermedad que se trataba. Si un determinado medicamento provocaba dolor de cabeza cuando se administraba a una persona sana, entonces ese medicamento era indicado para tratar los dolores de cabeza, etc. En la actualidad, tal teoría parece bastante rudimentaria, pero a finales del siglo XVIII casi cualquier teoría era tan válida como las propuestas por los animistas, vitalistas y otras escuelas similares. Ciertamente tenía la ventaja muy encomiable de introducir la simplicidad en el uso de los fármacos, en lugar de las recetas complicadas que estaban de moda en aquel entonces. Si Hahnemann se hubiera detenido en esto, no habría sido objeto del ridículo injustificado que, con toda razón, le causaron sus teorías posteriores. Pero continuó proponiendo su extraordinaria teoría de la “potencialidad”: que los medicamentos ganaban fuerza al ser diluidos, y aún más…

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La teoría extraordinaria de que todas las enfermedades crónicas son causadas o bien por la picazón, la sífilis o la verruga vular, o bien por los medicamentos. En el momento en que se difundió su teoría de las potencialidades, el mundo médico estaba obsesionado con administrar enormes dosis de mezclas compuestas de fármacos, y cualquier reacción en contra de esto era sin duda una mejora. En resumen, ningún medicamento era realmente mejor que las altas dosis utilizadas en la práctica habitual; y esa era, al menos, una ventaja de los métodos de Hahnemann. En pocas palabras, su teoría era que si una tintura se diluye hasta la quincuagésima parte de su concentración original, y luego se vuelve a diluir de nuevo hasta la quincuagésima parte, y este proceso se repite hasta treinta diluciones, la potencia de dicho medicamento aumentará con cada dilución. Hahnemann prefería la dilución más débil, o, como él lo llamaba, la más fuerte. La absurdidad de tal teoría se hace evidente cuando se comprende que, mucho antes de que un fármaco llegue a su trigésima dilución, ya se ha reducido tanto en cantidad que no puede pesarse, medirse ni reconocerse como presente en la solución por ningún medio conocido por los químicos. Es justo decir que los seguidores modernos de la homeopatía, aunque la mayoría aboga por dosis pequeñas, no necesariamente siguen las enseñanzas de Hahnemann en este aspecto, creyendo que la teoría de la dosis “no tiene nada que ver con la ley original de curación más que la teoría de la picazón; y que fue una de las creaciones posteriores de la mente de Hahnemann”. La teoría de Hahnemann de que todas las enfermedades crónicas provienen de la picazón, la sífilis o la verruga vular ya no es defendida por sus seguidores, porque es fácilmente refutable, especialmente en el caso de la picazón. Hahnemann sostenía que tres cuartas partes de todas las enfermedades eran causadas por la “picazón interna”, pero ya se había demostrado mucho antes de su época, y se puede demostrar en cualquier momento, que la picazón es simplemente una enfermedad cutánea local causada por un pequeño parásito.

JENNER Y LA VACUNACIÓN
Todos los avances científicos tienen, de forma directa o indirecta, un impacto en el bienestar de nuestra especie; pero cabe destacar el descubrimiento realizado en la última década del siglo XVIII, cuyo poder para beneficiar directa e inmediatamente a la humanidad supera a cualquier otro descubrimiento de esta o de cualquier época anterior. Hablo, por supuesto, del descubrimiento de Jenner sobre el método para prevenir la viruela mediante la inocular con el virus de la viruela bovina. No disminuye en absoluto el mérito de este descubrimiento el hecho de que su poder preventivo sea accidental.

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Hacía tiempo que circulaban rumores sobre la inoculación entre los campesinos de Inglaterra. Ese tipo de conocimiento vago e inútil suele ser el precursor de descubrimientos fructíferos.
Para todos los efectos, el descubrimiento de Jenner fue original y único. Tampoco, considerado como un método perfecto, fue en modo alguno un accidente. Fue un triunfo de la ciencia experimental. El descubridor no era un novato en la investigación científica, sino un observador experimentado, que había realizado una larga formación en observación científica bajo la tutela del célebre John Hunter. A los veintiún años, Jenner se trasladó a Londres para estudiar medicina, y poco después demostró ser un alumno tan competente que, durante dos años, permaneció en la casa de Hunter como su alumno favorito. Su interés por la ciencia y la historia natural atrajo pronto la atención de Sir Joseph Banks, quien le encargó la preparación de los especímenes zoológicos traídos por la expedición del capitán Cook en 1771. Desempeñó esta tarea tan bien que le ofrecieron el puesto de naturalista en la segunda expedición, pero lo rechazó, prefiriendo ejercer su profesión en su ciudad natal, Berkeley.
Sus numerosos logros y su personalidad amable lo convirtieron rápidamente en un favorito tanto como médico como en la sociedad. Era un buen cantante, un violinista y flautista competente, y un escritor muy exitoso de prosa y verso. Pero, a pesar de todas sus obligaciones profesionales y sociales, continuó con sus investigaciones científicas; entre otras cosas, realizó algunas observaciones detalladas sobre la hibernación de los erizos por instigación de Hunter, cuyos resultados fueron presentados ante la Real Sociedad. También llevó a cabo investigaciones bastante extensas sobre las formaciones geológicas y los fósiles que se encontraban en su zona.
Incluso durante sus días de estudiante con Hunter, siempre mostró gran interés por la creencia, extendida en las zonas rurales de Gloucestershire, sobre la existencia de un antagonismo entre la viruela bovina y la viruela humana: una persona que hubiera padecido la viruela bovina quedaba inmune a la viruela humana. En varias ocasiones, Jenner mencionó este tema a Hunter, quien constantemente consultaba a otros colegas sobre sus observaciones y opiniones al respecto. Sin embargo, Hunter estaba demasiado ocupado con otras actividades como para prestarle mucha atención al asunto. Los colegas de Jenner tampoco daban mucha credibilidad a esos rumores, aunque éstos eran bastante comunes.

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En aquel entonces, la práctica de la inoculación para prevenir la viruela, o más bien para evitar sus formas más graves, estaba ampliamente extendida. Era costumbre, cuando había un caso leve de la enfermedad, tomar algo del virus del paciente e inocular a personas que nunca habían padecido la enfermedad, provocando en ellas un ataque similar. Desafortunadamente, existían muchas objeciones a esta práctica. El paciente inoculado solía desarrollar una forma virulenta de la enfermedad y morir; o, si se recuperaba, incluso después de un ataque leve, era probable que quedara desfigurado. Pero, quizás lo peor de todo, un paciente así inoculado se convertía en fuente de infección para otros, y a veces ocurrían epidemias desastrosas como consecuencia de ello. Se trataba de una situación sumamente complicada, ya que la terrible plaga de la viruela pendía constantemente sobre la cabeza de toda persona que aún no la hubiera padecido ni se hubiera recuperado de ella. La práctica de la inoculación fue introducida en Inglaterra por Lady Mary Wortley Montagu (1690-1762), quien la había visto practicarse en Oriente y anunció su intención de “introducirla en Inglaterra a pesar de los médicos”. Dado que ciertas personas, generalmente nodrizas, que habían padecido la varicela bovina parecían estar inmunes a la viruela, parecería un proceso de deducción muy sencillo concluir que la inoculación con la varicela bovina era la solución para prevenir la enfermedad. Pero existía otra forma de enfermedad que, aunque se parecía mucho a la varicela bovina y a menudo se confundía con ella, no producía inmunidad. La confusión entre estas dos formas de enfermedad había llevado constantemente a errores en las investigaciones sobre la posibilidad de que alguna de ellas pudiera inmunizar contra la viruela, y esa confusión hizo que Jenner dudara durante un tiempo de la posibilidad de lograrlo. Sin embargo, tras investigaciones cuidadosas, llegó a la conclusión de que existía una diferencia en los efectos de las dos enfermedades, y solo una de ellas producía inmunidad contra la viruela. “Existe una enfermedad a la que el caballo, debido a su estado de domesticación, está frecuentemente expuesto”, escribió Jenner en su famoso artículo sobre la vacunación. “Los herreros la llaman ‘grasa’. Se trata de una inflamación e hinchazón en el casco, acompañada al principio de pequeñas grietas o fisuras, de las cuales sale un líquido transparente con propiedades muy peculiares. Este líquido parece capaz de generar una enfermedad en el cuerpo humano (después de haber sido modificado, como explicaré más adelante), que se parece tanto a la viruela que creo que es muy probable que sea su origen”.

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En este país lechero se cría una gran cantidad de vacas, y la tarea de ordeñarlas es realizada indistintamente por hombres y criadas. Uno de los primeros fue encargado de aplicar vendajes en los cascos de un caballo afectado por la enfermedad que he mencionado; al no prestar la debida atención a la limpieza, terminó ordeñando a las vacas con algunas partículas de la sustancia infecciosa adheridas a sus dedos. Cuando esto ocurre, con frecuencia la enfermedad se transmite de las vacas a las criadas encargadas del ordeño, y así se extiende por toda la granja hasta que la mayoría del ganado y los animales domésticos sufren sus desagradables consecuencias. Esta enfermedad ha recibido el nombre de viruela bovina. Aparece en los pezones de las vacas en forma de pústulas irregulares. Al principio suelen ser de un color azulado pálido, o más bien de un tono algo cercano al morado, y están rodeadas de inflamación. Estas pústulas, si no se aplica un remedio a tiempo, con frecuencia se degeneran en úlceras fágicas, que resultan extremadamente problemáticas. Los animales se sienten indispuestos y la secreción de leche disminuye mucho. Luego comienzan a aparecer manchas inflamadas en diferentes partes de las manos de las criadas encargadas del ordeño, y a veces en las muñecas; estas manchas terminan supurando, primero adoptando el aspecto de pequeñas vesículas causadas por una quemadura. Con mayor frecuencia aparecen alrededor de las articulaciones de los dedos y en sus extremidades; pero, sea cual sea la parte afectada, si la situación lo permite, las supuraciones superficiales adoptan una forma circular, con los bordes más elevados que el centro y de un color claramente cercano al azul. Se produce absorción y aparecen tumores en cada axila. El sistema nervioso se ve afectado: el pulso se acelera; aparecen escalofríos seguidos de fiebre, cansancio general y dolores en la zona lumbar y en las extremidades, además de vómitos. La cabeza también duele, y el paciente a veces incluso sufre delirio. Estos síntomas, que varían en grado de intensidad, generalmente persisten de un día a tres o cuatro días, dejando heridas ulceradas en las manos que, debido a la sensibilidad de dichas zonas, son muy problemáticas y suelen curarse lentamente, convirtiéndose con frecuencia en úlceras fágicas, como aquellas de las que surgieron. Durante el curso de la enfermedad, a veces los labios, las fosas nasales, los párpados y otras partes del cuerpo también se ven afectados por heridas; pero estas obviamente se originan por el roce o rasguño descuidado con los dedos infectados del paciente. En ninguno de los casos que he examinado han aparecido erupciones en la piel tras la desaparición de los síntomas febriles, con una sola excepción: en ese caso aparecieron muy pocas erupciones en…

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Brazos: eran muy pequeños, de un color rojo vivo, y pronto desaparecieron sin llegar a madurar, por lo que no puedo determinar si tenían alguna relación con los síntomas anteriores.
“Así, la enfermedad avanza, según creo, desde el caballo hasta el pezón de la vaca, y de la vaca al ser humano.
Las sustancias patógenas de diversos tipos, al ser absorbidas por el organismo, pueden producir efectos más o menos similares; pero lo que hace que el virus de la viruela bovina sea tan excepcional es que la persona afectada queda para siempre a salvo de la infección por viruela, ya sea por exposición a los agentes virales o por la introducción de dichas sustancias en la piel.” (2)
En 1796, Jenner realizó su primera inmunización con material de viruela bovina; dos meses después, se inmunizó al mismo sujeto con material de viruela. Pero, como había predicho Jenner, no hubo ningún ataque de viruela. Aunque estaba plenamente convencido, gracias a este experimento, de que el caso estaba demostrado de manera concluyente, continuó sus investigaciones y esperó dos años antes de publicar su descubrimiento. Luego, respaldado por pruebas indiscutibles, lo presentó al mundo.
Los efectos inmediatos de su anuncio probablemente nunca hayan sido superados en la historia de los descubrimientos científicos, salvo quizás en el caso del descubrimiento de la anestesia. En Ginebra y Holanda, los clérigos abogaron por la práctica de la vacunación desde sus púlpitos; en algunos países latinos se formaron procesiones religiosas para recibir la vacuna; en Alemania se celebraba el cumpleaños de Jenner como una fiesta; y el primer niño vacunado en Rusia recibió el nombre de “Vaccinov” y fue educado a expensas del Estado. En seis años, el descubrimiento llegó a los rincones más remotos de la civilización; incluso llegó a algunas naciones salvajes. Y en pocos años, la viruela pasó de ser la enfermedad más temida a convertirse prácticamente en la única enfermedad para la cual existía un método preventivo seguro y sencillo.
Se le rindieron honores a Jenner tanto en el Viejo como en el Nuevo Mundo; incluso Napoleón, el acérrimo enemigo de los ingleses, estuvo entre quienes honraron su nombre. En una ocasión, Jenner solicitó al emperador la liberación de algunos ingleses detenidos en Francia. La petición estaba a punto de ser rechazada cuando se mencionó el nombre del solicitante. “¡Ah!”, dijo Napoleón, “no podemos negar nada a ese nombre”.

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Es difícil para nosotros hoy en día concebir claramente la grandeza del triunfo de Jenner, ya que solo podemos hacernos una idea vaga de cuán cruel y constante plaga había sido la viruela para todas las generaciones anteriores desde el inicio de la historia. A pesar de todos los esfuerzos por controlarla mediante medicamentos e inoculación directa, esta azotaba de vez en cuando la tierra como una pestilencia devastadora, y año tras año se cobraba como promedio una décima parte de todos los seres de la Cristiandad como víctimas. “De la viruela y del amor, pocos quedan libres”, decía el viejo refrán. Hace cien años, un rostro marcado por la enfermedad era algo tan habitual como lo es hoy en día un rostro liso. No es de extrañar, entonces, que el mundo aceptara con entusiasmo el descubrimiento de Jenner. No fue necesario insistir para que la mayoría lo probara; los pasajeros de un barco en llamas no se mantienen alejados de los botes salvavidas. Ricos y pobres, altos y bajos, buscaron ayuda en la vacunación y bendijeron el nombre de su salvador. De todos los grandes nombres que existían en los últimos días del siglo, quizás no hubo otro tan conocido y tan universalmente respetado como el del gran médico inglés Edward Jenner. Sin duda, no hubo otro que mereciera ser recordado con mayor gratitud por las generaciones futuras.

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VIII. LA MÉDICA DEL SIGLO XIX
DIAGNÓSTICO FÍSICO

Aunque Napoleón Bonaparte, Primer Cónsul, no carecía de autoestima, probablemente no se dio cuenta de que al elegir a un médico para sus propias necesidades estaba influyendo de manera significativa en el progreso de la ciencia médica en su conjunto. Sin embargo, las causas y los efectos en los asuntos humanos están tan extrañamente relacionados que este sencillo acto del Primer Cónsul tuvo ese efecto tan inesperado. Pues el hombre elegido era el portador de un nuevo método en la práctica médica, y la fama que adquirió al ser médico del Primer Cónsul y, posteriormente, del Emperador, le permitió difundir ese método de una manera que de otro modo habría sido imposible. De ahí el valor indirecto, pero importante, que la elección de Napoleón tuvo para la ciencia médica.

El médico en cuestión era Jean Nicolas de Corvisart. Su método novedoso no era más que el procedimiento ya conocido de golpear el pecho del paciente para obtener sonidos que indicaran la presencia de tejidos enfermos en su interior. Hoy en día todos hemos visto cómo se realiza este procedimiento con frecuencia, pero a principios de siglo, Corvisart y quizás algunos de sus discípulos eran probablemente los únicos médicos del mundo que recurrían a este método sencillo y útil. Por eso Napoleón se sorprendió cuando, tras volverse algo insatisfecho con sus otros médicos, Pinel y Portal, su estado de salud fue examinado de esta extraña manera. Con su característica astucia, Bonaparte comprendió la utilidad del método, y el médico que intentó sustituir la intuición por un método científico en el diagnóstico de las enfermedades ganó de inmediato su favor y fue nombrado su asesor médico habitual.

Durante quince años antes de esto, Corvisart había practicado la percusión, como se denomina a este método, sin lograr convencer a la profesión de su valor. Cabe añadir que el método en sí no surgió de Corvisart, ni el médico francés lo reclamó como propio en ningún momento. El verdadero creador de esta práctica fue el médico alemán Avenbrugger, quien publicó un libro sobre ella ya en 1761. Este libro incluso fue traducido al francés, que en aquel entonces era el idioma internacional.

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“Comunicación en todas partes”, de Roziere de la Chassagne, de Montpellier, en 1770; pero parece que nadie más que Corvisart prestó atención ni al original ni a la traducción. Sin embargo, fue muy diferente cuando Corvisart tradujo nuevamente la obra de Avenbrugger, con importantes adiciones propias, en 1808.

“Sé muy bien cuán poca reputación se le da a los traductores y comentaristas”, escribe Corvisart, “y podría haberme elevado fácilmente al rango de autor si hubiera elaborado de nuevo la doctrina de Avenbrugger y publicado una obra independiente sobre la percusión. De esta manera, sin embargo, habría sacrificado el nombre de Avenbrugger por mi propia vanidad, algo que no estoy dispuesto a hacer. Es él, y la hermosa invención que legítimamente le pertenece, lo que deseo hacer revivir”. (1)

Para entonces ya había surgido una reacción contra los métodos metafísicos en medicina que anteriormente habían sido tan atractivos; el espíritu científico de la época se hacía sentir en la práctica médica; y esto, combinado con la fama de Corvisart, hizo que el método de la percusión ganara popularidad de forma inmediata y merecida. Así se sentaron las bases para el método de la llamada diagnóstico físico, que es uno de los pilares de la medicina moderna.

Sin embargo, el método de diagnóstico físico tal como se practica hoy en día no quedó completado con la obra de Corvisart. La percusión por sí sola revela mucho menos de lo que se puede obtener de los órganos del pecho mediante un examen adecuado. El resto de la información solo se puede obtener aplicando el oído directamente o indirectamente sobre el pecho. Por simple que parezca, nadie pensó en practicarlo durante algunos años después de que Corvisart demostrara el valor de la percusión.

Luego, en 1815, otro médico parisino, René Théophile Hyacinthe Laennec, descubrió, casi por casualidad, que se podía escuchar el sonido de los latidos cardíacos de manera sorprendente a través de un cilindro de papel colocado contra el oído y sobre el pecho del paciente. Siguiendo esta pista, Laennec sustituyó el papel por un cilindro hueco de madera, y así obtuvo un instrumento con el cual no solo se podían escuchar los sonidos cardíacos, sino también los murmullos pulmonares durante la respiración, con una claridad casi asombrosa.

La posibilidad de relacionar los diferentes sonidos del pecho con las condiciones patológicas de los órganos internos atrajo la atención del ingenioso cerebro de Laennec.

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Abriendo nuevas perspectivas en la terapia, algo en lo que decidió involucrarse en la mayor medida posible. Su relación con los hospitales de París le brindó todas las oportunidades necesarias en esta dirección, y sus trabajos en los años siguientes no solo sirvieron para demostrar el valor del nuevo método como herramienta de diagnóstico, sino que también sentaron las bases para la ciencia de la anatomía patológica. En 1819, Laennec publicó los resultados de sus investigaciones en una obra titulada Traité d’Auscultation Médiate, una obra que constituye uno de los hitos de la medicina científica. Por “auscultación mediata” se entiende, por supuesto, la exploración del pecho con la ayuda del pequeño instrumento ya mencionado; un instrumento que su creador consideraba poco digno de ser nombrado, hasta que otros le aplicaron diversos nombres bárbaros. Entonces Laennec decidió llamarlo estetoscopio, nombre que ha mantenido desde entonces.

En los años siguientes, la forma del estetoscopio, tal como se utilizaba habitualmente, fue modificada y su eficacia aumentó gracias a la adición de un dispositivo binaural. En años muy recientes se ha logrado una mejora adicional mediante la aplicación del principio del teléfono. Pero los aspectos esenciales de la auscultación con el estetoscopio fueron establecidos en detalle por Laennec, y siempre le corresponderá el honor de haber dado uno de los pasos más importantes por los cuales la medicina práctica ha podido ser considerada, en nuestro siglo, una ciencia racional. Los esfuerzos de Laennec le costaron la vida, ya que falleció en 1826 debido a una enfermedad pulmonar contraída durante su trabajo en el hospital. Pero incluso antes de eso, su fama ya era universal, y el valor de su método había sido reconocido en todo el mundo. Poco después, en 1828, otro médico francés, Piorry, perfeccionó el método de percusión al introducir la práctica de golpear no directamente el pecho, sino el dedo o una pequeña placa metálica o de goma dura colocada sobre el pecho; en resumen, se trataba de una percusión mediata. Esto perfeccionó los métodos de diagnóstico físico de las enfermedades del pecho en todos sus aspectos. Desde ese día, la percusión y la auscultación han ocupado un lugar indiscutible dentro del arsenal habitual del médico.

Junto con este nuevo método de diagnóstico físico, destinado a reemplazar las conjeturas por conocimientos basados en evidencias, surgieron los estudios de los fisiólogos experimentales: en particular, Marshall Hall en Inglaterra y François Magendie en Francia. Los esfuerzos conjuntos de estos investigadores condujeron finalmente al abandono de aquellos métodos drásticos y a menudo irracionales, como la sangría y similares, que hasta entonces habían dominado la práctica médica. También con este fin se introdujo el “método estadístico”.

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Luis y sus seguidores contribuyeron en gran medida; y para finales del primer tercio de nuestro siglo ya se estaba difundiendo la idea de que la terapia debía ayudar a la naturaleza a combatir las enfermedades, y que esto a menudo podía lograrse mejor con medios sencillos que con las medidas drásticas que hasta entonces se consideraban necesarias. En resumen, el empirismo científico comenzaba a ganar terreno en la medicina frente a los prejuicios metafísicos de las generaciones anteriores.

ENFERMEDADES PARASITARIAS

Acabo de mencionar el hecho de que Napoleón Bonaparte, como Primer Cónsul y como Emperador, fue víctima de una enfermedad que lo llevó a buscar el consejo de los médicos más distinguidos de París. Resulta algo chocante para las sensibilidades modernas leer que estos médicos, con excepción de Corvisart, diagnosticaron la enfermedad del ilustre paciente como “gale repercutee”; es decir, en términos coloquiales, una picazón “que se ha apoderado del cuerpo”. No hace falta decir que ningún médico actual haría un diagnóstico tan poco considerado en el caso de un paciente real. Si por casualidad algún paciente ilustre padeciera de picazón, el médico perspicaz ocultaría cuidadosamente ese hecho detrás de circunloquios y procedería a erradicar la enfermedad con toda rapidez. El hecho de que los médicos de Napoleón actuaran de otra manera demuestra que, al comienzo del siglo, dicha enfermedad gozaba de un estatus muy diferente. En aquel entonces, la picazón, en lugar de ser una enfermedad vulgar, era, por así decirlo, una enfermedad propia de la corte. Gozaba de cierta popularidad tanto en los círculos altos como en los bajos, algo que la terapia moderna ha negado por completo; además, los médicos de esa época le daban una importancia ficticia al atribuir a su influencia la existencia de casi cualquier enfermedad poco conocida que llegara a su observación. Mucho después de la época de Napoleón, la “gale repercutee” continuó manteniendo este prestigioso estatus. Por ejemplo, el imaginativo Dr. Hahnemann no dudó en afirmar, como principio fundamental, que tres cuartas partes de todas las dolencias que afectan al cuerpo en realidad no eran más que diversas formas de “gale repercutee”.

Todo esto demuestra cuán fácil puede ser para un impostor engañar a la humanidad crédula, ya que nada está más claro en el conocimiento moderno que el hecho de que “gale repercutee” era simplemente un nombre para ocultar una profunda ignorancia; tal enfermedad no existe ni jamás ha existido. La “gale” en sí misma es, sin duda, una realidad tangible, pero se trata de una enfermedad puramente local de la piel, causada por una causa bien definida. Las terribles condiciones internas que anteriormente se le atribuían en realidad no tienen ninguna conexión causal con ella.

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En fin. Esta causa concreta, como todos saben hoy en día, no es más ni menos que un insecto microscópico que se ha instalado en la piel, ha cavado allí y se ha hecho un hogar. Si se mata a ese insecto, la enfermedad desaparece; de ahí que para el médico moderno sea un axioma que la picazón es una de las tres o cuatro enfermedades que puede curar con certeza, y además muy rápidamente. Pero era completamente distinto con los médicos de la primera mitad de nuestro siglo, porque para ellos la causa de la enfermedad era un misterio absoluto.

Es cierto que aquí y allá algún médico afirmó haber encontrado un insecto alojado en la piel de alguien que sufría de picazón, y en dos o tres ocasiones se sostuvo que ese era el causante de la enfermedad, pero tales opiniones fueron completamente ignoradas por la profesión en general. En 1833 se afirmó en un tratado médico autoritario que “la causa de la picazón es absolutamente desconocida”. Pero incluso en esa época, curiosamente, había ciertos laicos ignorantes que habían adquirido algo de conocimiento médico que se les negaba a los círculos más cercanos de la profesión. Así como los campesinos de Inglaterra antes de Jenner conocían el valor curativo de la viruela bovina frente a la viruela, así las campesinas de Polonia supieron que la molesta enfermedad cutánea de la que padecían era causada por un insecto casi invisible, y además aprendieron cómo expulsar a esa pequeña criatura perjudicial con la punta de una aguja. De ellas aprendió este secreto un joven del campo, llamado F. Renucci. Lo llevó a París cuando fue allí a estudiar medicina, y en 1834 lo demostró a su maestro Alibert. Este médico, al principio escéptico, pronto se convenció y difundió el descubrimiento en el mundo médico con tanta autoridad que fue aceptado rápidamente.

Ahora, la importancia de todo esto, en el contexto actual, no radica en absoluto en que haya dado la pista sobre el método de cura de una sola enfermedad. Lo que hace que este descubrimiento sea histórico es el hecho de que introdujo en el ámbito médico una idea completamente nueva: una idea destinada, a largo plazo, a demostrarse como una verdadera revolución. Se trata de la idea de que un parásito animal diminuto e insospechado pueda ser la causa de una enfermedad humana bien conocida, ampliamente extendida e importante. Por supuesto, toda la fuerza de esta idea solo pudo apreciarse a la luz de los conocimientos posteriores; pero ya en el momento en que surgió, fue suficiente para dar un gran impulso a ese nuevo conocimiento médico, basado en estudios microscópicos, que recién se había vuelto accesible gracias a las invenciones de los fabricantes de lentes. El nuevo conocimiento.

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Aclaró un grupo médico muy turbio y señaló el camino para la clarificación de muchos otros. Casi al mismo tiempo que el estudiante de medicina polaco estaba demostrando la existencia del ácaro causante de la picazón en París, ocurrió, curiosamente, que otro estudiante de medicina, esta vez inglés, hizo un descubrimiento análogo, quizás incluso de mayor importancia. De hecho, este descubrimiento inglés, en sus etapas iniciales, precedió ligeramente al otro, ya que fue en 1833 cuando el estudiante en cuestión, James Paget, interno en el Hospital St. Bartholomew’s de Londres, al diseccionar los tejidos musculares de un sujeto humano, encontró pequeñas partículas de materia extraña; estas, al ser mostradas al profesor de anatomía comparada, Richard Owen, se determinó, con la ayuda del microscopio, que eran el capullo de un insecto diminuto e hasta entonces desconocido. Owen nombró al insecto Trichina spiralis. Después de que se publicara el descubrimiento, resultó que varios investigadores anteriores también habían observado partículas similares, pero nadie había sospechado, o al menos demostrado, su naturaleza. Tampoco se conoció toda la historia relacionada con la tricina durante mucho tiempo después del descubrimiento de Owen. No fue sino hasta 1847 cuando el anatomista estadounidense Dr. Joseph Leidy encontró los quistes de tricina en los tejidos del cerdo; y pasó otra década aproximadamente antes de que investigadores alemanes, entre los cuales destacaban Leuckart, Virchow y Zenker, demostraran que el parásito entra en el sistema humano mediante la ingestión de carne de cerdo infectada, y que causa un conjunto definido de síntomas de enfermedad que hasta entonces se habían confundido con reumatismo, fiebre tifoidea y otras afecciones. Entonces, el mundo médico se interesó durante un tiempo por el tema de la tricinosis; se estableció una inspección gubernamental de la carne de cerdo en algunas partes de Alemania; la carne de cerdo estadounidense fue excluida por completo de Francia; y todo este asunto llegó así a ser de gran atención pública. Pero, por importante que resultara el parásito de la tricina en sí mismo, su mayor importancia radicó, al fin y al cabo, en el papel que desempeñó al dirigir la atención, en el momento de su descubrimiento en 1833, hacia el tema de los parásitos microscópicos en general. La década que siguió a ese descubrimiento fue un período de gran actividad en el estudio de los organismos microscópicos y los tejidos microscópicos; personas como Ehrenberg, Henle, Bory Saint-Vincent, Kolliker, Rokitansky, Remak y Dujardin ampliaron los límites del conocimiento sobre este nuevo campo con detalles que aquí solo pueden mencionarse brevemente. Pero el logro más importante de ese período en esta dirección fue el descubrimiento realizado por el alemán J. L. Schoenlein en 1839.

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Que una enfermedad muy común y sumamente preocupante del cuero cabelludo, conocida como favus, se debe en realidad a la presencia y crecimiento en el cuero cabelludo de un organismo vegetal de tamaño microscópico. De este modo quedó claro que no solo los organismos animales, sino también los organismos vegetales de especies microscópicas y poco conocidas tienen relación causal con las enfermedades que afectan a la humanidad. Este conocimiento sobre los parásitos fue otro paso importante en dirección al conocimiento médico científico; pero las alturas a las que condujo este conocimiento no podrían ser alcanzadas, ni siquiera reconocidas, hasta que otra generación de investigadores entrara en ese campo.

CIRUGÍA SIN DOLOR
Mientras tanto, en un campo completamente diferente de la medicina, se desarrollaban acontecimientos que condujeron finalmente a un descubrimiento de mayor importancia inmediata para la humanidad que cualquier otro descubrimiento realizado en ese siglo, quizás en cualquier campo de la ciencia. Se trataba del descubrimiento del poder para eliminar el dolor del vapor de éter sulfúrico inhalado por un paciente sometido a una operación quirúrgica. Este descubrimiento surgió exclusivamente en Estados Unidos, y se mantiene curiosamente aislado, ya que aparentemente ninguna mente en ningún otro país estaba orientada hacia él, aunque fuera vagamente. Davy, en Inglaterra, había sido quien originó el método de tratamiento por inhalación, y había realizado algunos experimentos muy interesantes cincuenta años antes; sin duda, fueron sus experimentos con gas óxido nitroso los que dieron la pista a uno de los investigadores estadounidenses. Pero esa fue la única contribución de las generaciones anteriores a este tema, y desde principios de siglo, cuando Davy dirigió su atención a otros asuntos, nadie logró avanzar lo más mínimo en esa misma línea hasta que un dentista estadounidense reanudó las investigaciones.

Dada la importancia de los resultados, los experimentos de Davy merecen toda nuestra atención. He aquí su propio relato de ellos, escrito en 1799:
“Inmediatamente después de un viaje de ciento veintiséis millas, durante el cual no había dormido la noche anterior y me encontraba muy agotado, respiré siete cuartos de gas óxido nitroso durante casi tres minutos. Produció los efectos habituales placenteros y un ligero movimiento muscular. Permanecí estimulado durante unos minutos más, pero en media hora me encontraba tan agotado como antes del experimento. Tenía una gran tendencia a dormirme”.

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“Para determinar con certeza si la acción más intensa del óxido nitroso, compatible con la vida, era capaz de provocar debilidad, resolví respirar ese gas durante un tiempo y en cantidades tales que se produjera una excitación de duración similar y de intensidad superior a la causada por una alta intoxicación por opio o alcohol.

“Para acostumbrarme a esa excitación y proceder gradualmente, el 26 de diciembre me encerré en una caja hermética para respirar, con una capacidad de unos nueve pies y medio cúbicos, en presencia del Dr. Kinglake. Después de adoptar una posición que me permitía, mediante un termómetro curvo insertado bajo el brazo y un cronómetro, determinar las alteraciones en mi pulso y en mi temperatura corporal, se introdujeron veinte cuartos de óxido nitroso en la caja.

“Durante tres minutos no experimenté ninguna alteración en mis sensaciones, aunque inmediatamente después de la introducción del óxido nitroso su olor y sabor eran muy evidentes. Después de cuatro minutos comencé a sentir un ligero calor en las mejillas y un calor generalizado en el pecho, aunque la temperatura de la caja no alcanzaba los 50 grados... Después de veinticinco minutos, la temperatura corporal era de 100 grados y el pulso, de 124. Después de treinta minutos se introdujeron otros veinte cuartos de gas.

“Mis sensaciones ahora eran agradables; sentía un calor generalizado sin la menor humedad en la piel, una sensación de euforia similar a la que produce una pequeña dosis de vino, además de una predisposición al movimiento muscular y a la alegría.

“Después de tres cuartos de hora, el pulso era de 104 y la temperatura corporal no llegaba a los 99,5 grados; la temperatura de la cámara era de 64 grados. Las sensaciones agradables continuaron aumentando, el pulso se volvió más lento y regular, hasta que, aproximadamente después de una hora, era de 88, mientras que la temperatura corporal era de 99 grados. Se introdujeron otros veinte cuartos de aire. Ahora tenía una gran tendencia a reír, parecían pasar puntos luminosos frente a mis ojos con frecuencia, mi audición era sin duda más aguda, y sentía una agradable ligereza y fuerza en mis músculos. En poco tiempo los síntomas se estabilizaron; la respiración se volvió algo dificultosa, y debido al gran deseo de actividad, el descanso resultaba doloroso.

“Salí de la caja después de haber estado allí exactamente una hora y cuarto. Inmediatamente después comencé a respirar veinte cuartos de óxido nitroso puro. Una sensación de emoción que se extendía desde el pecho hasta las extremidades...”

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Se produjo casi de inmediato. Sentí una sensación de extensión tangible, sumamente placentera, en cada miembro; mis impresiones visibles eran deslumbrantes y aparentemente ampliadas; escuchaba con claridad todos los sonidos de la habitación y era plenamente consciente de mi situación. Poco a poco, a medida que las sensaciones placenteras aumentaban, perdí toda conexión con las cosas externas; series de imágenes visibles vívidas pasaban rápidamente por mi mente y se relacionaban con palabras de tal manera que generaban percepciones completamente novedosas. “Existía en un mundo de ideas recién conectadas y recién modificadas. Teorizaba; imaginaba que hacía descubrimientos. Cuando el Dr. Kinglake me despertó de este estado semidelirante, quitándome la bolsa de la boca, la indignación y el orgullo fueron los primeros sentimientos que surgieron al ver a las personas a mi alrededor. Mis emociones eran entusiastas y sublimes; durante un minuto caminé por la habitación sin importarme en absoluto lo que se me decía. A medida que recuperaba mi estado mental anterior, sentí la inclinación de comunicar los descubrimientos que había hecho durante el experimento. Traté de recordar esas ideas; eran débiles e indistintas; sin embargo, surgió un conjunto de términos, y con una fe muy intensa y de forma profética, exclamé ante el Dr. Kinglake: ‘¡No existe nada más que pensamientos! El universo está compuesto por impresiones, ideas, placeres y dolores’.” (3) De este relato vemos que Davy se anestesió hasta el punto de perder la conciencia de su entorno, pero no más allá de la fase de excitación. Si el Dr. Kinglake hubiera permitido que la bolsa para respirar permaneciera en la boca de Davy unos momentos más, se habría producido una insensibilidad total. Como ocurrió en realidad, parece que Davy se dio cuenta de que su sensibilidad se había atenuado, ya que añadió esta sugerencia iluminadora: “Dado que el óxido nitroso, en su acción extensa, parece capaz de eliminar el dolor físico, probablemente pueda utilizarse con beneficio durante operaciones quirúrgicas en las que no hay una gran pérdida de sangre”. (4) Lamentablemente, nadie aprovechó esta sugerencia en ese momento, y el propio Davy se interesó por otros campos de la ciencia y nunca volvió a sus estudios fisiológicos, perdiendo así por poco uno de los mayores descubrimientos en todo el campo de la ciencia. En la generación siguiente, nadie pareció pensar en poner a prueba la sugerencia de Davy, y los cirujanos de Europa coincidieron en que toda esperanza de encontrar un medio para hacer que las operaciones fueran indoloras debía ser abandonada por completo.

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Que el cuchillo del cirujano debía seguir siendo sinónimo de una tortura lenta e indescriptible. Por una extraña coincidencia, ocurrió que Sir Benjamin Brodie, el reconocido líder de los cirujanos ingleses, había expresado públicamente esta opinión como suya, aunque la lamentaba, en un momento en que la búsqueda que él consideraba inútil ya había dado lugar al éxito más brillante en América, y mientras que el anuncio del descubrimiento, para el cual en aquel entonces no existía ningún cable transatlántico que lo transmitiera, estaba de hecho en camino hacia el Viejo Mundo.

El dentista estadounidense al que acabamos de mencionar, quien, con una excepción que se señalará más adelante, fue el primer hombre del mundo en concebir que la administración de un fármaco específico podría hacer que una operación quirúrgica fuera indolora y en quien se puso en práctica esa idea, fue el Dr. Horace Wells, de Hartford, Connecticut. El fármaco con el que experimentó fue el óxido nitroso, el mismo que había utilizado Davy; la operación que logró hacer indolora no era más complicada que la extracción de un diente; sin embargo, eso fue suficiente para establecer un principio; el año del experimento fue 1844.

Sin embargo, los experimentos del Dr. Wells, aunque importantes, no fueron lo suficientemente demostrativos como para llamar la atención del mundo médico sobre este asunto. El fármaco con el que experimentó no resultó siempre fiable, y parece que él mismo terminó por abandonar el proyecto, o al menos redujo sus esfuerzos. Pero entretanto, un amigo a quien le había comunicado sus creencias y expectativas se hizo cargo del asunto y, con un celo incansable, continuó con los experimentos, los cuales estaban destinados a dar lugar a resultados más tangibles. Este amigo era otro dentista, el Dr. W. T. G. Morton, de Boston, en aquel entonces un joven lleno de energía y entusiasmo juvenil. Parece que consideró que el fármaco con el que Wells había experimentado no era el más adecuado para ese propósito, por lo que durante varios meses experimentó con otros fármacos relacionados, hasta que finalmente encontró el éter sulfúrico, y con este pudo realizar experimentos en animales y luego en pacientes en la silla dental, los cuales le parecieron absolutamente demostrativos.

Lleno de entusiasmo y completamente seguro de sus resultados, se dirigió de inmediato al Dr. J. C. Warren, uno de los cirujanos más destacados de Boston, y solicitó permiso para probar su descubrimiento de manera decisiva en uno de los pacientes del Hospital de Boston durante una operación grave. Se le concedió el permiso; la prueba se realizó el 16 de octubre de 1846, en presencia de varios de los…

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Los mejores cirujanos de la ciudad y un grupo de estudiantes de medicina. El paciente dormía tranquilamente mientras el cirujano realizaba su trabajo, y despertó con asombro al darse cuenta de que la operación había terminado. Lo imposible, lo milagroso, se había logrado.(5)
Rápidamente, en la medida en que el vapor podía transportarlo —lo suficientemente lento como para que hoy lo consideremos lento—, la noticia se difundió por todo el mundo. En Europa fue recibida con incredulidad, la cual desapareció tras experimentos repetidos. Los cirujanos se resistían a creer que el éter, un fármaco que desde hacía tiempo formaba parte del arsenal básico del médico, pudiera lograr tal milagro. Pero el escepticismo desapareció ante las pruebas que cualquier cirujano podía realizar, y que los cirujanos de todo el mundo efectivamente llevaron a cabo en las semanas siguientes. Luego surgieron protestas de algunos cirujanos, especialmente algunos de París, quienes sostenían que el dolor era beneficioso para el paciente, y por lo tanto la anestesia —como la había bautizado el doctor Oliver Wendell Holmes— era un procedimiento que no debía recomendarse. También hubo gritos desde muchos púlpitos afirmando que el dolor era algo dado por Dios, y por tanto, por razones morales, debía mantenerse en lugar de rechazarse. Pero las protestas de esos conservadores tanto de los hospitales como de los púlpitos pronto fueron acalladas; pues pronto quedó claro que el paciente que no sufría el dolor durante una operación se recuperaba mejor que aquel que sí lo sufría, mientras toda la humanidad fuera de esos círculos condenaba con vergüenza al espíritu que quería condenar a la humanidad a sufrir agonías innecesarias. Así, en pocos meses después de esa primera operación en el Hospital de Boston en 1846, el éter ya había logrado vencer al dolor en todo el mundo civilizado. Solo mediante el uso más activo de la imaginación podemos nosotros, en estos tiempos, comprender plenamente el significado de esa victoria.
Cabe añadir que, en las disputas posteriores sobre este descubrimiento —disputas que surgen tras cada gran avance—, otros dos nombres ganaron relevancia como participantes en la gloria del nuevo método. Ambos eran estadounidenses: uno, el doctor Charles T. Jackson, de Boston; el otro, el doctor Crawford W. Long, de Alabama. En cuanto al doctor Jackson, basta decir que parece haber tenido alguna idea vaga sobre las propiedades peculiares del éter antes del descubrimiento de Morton. Incluso sugirió el uso de este fármaco a Morton, sin saber que este ya lo había probado; pero eso es todo lo que se puede decir sobre su relación con el descubrimiento. Por lo tanto, está claro que la pretensión de Jackson de compartir con Morton el mérito del descubrimiento era infundada, por no decir absurda.

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La relación del Dr. Long con este asunto fue muy diferente y, por completo, honorable. Por una de esas coincidencias tan comunes en la historia de los descubrimientos, él estaba experimentando con éter como analgésico al mismo tiempo que Morton, aunque ninguno de los dos sabía siquiera de la existencia del otro. Cuando era estudiante de medicina, había inhalado éter por sus efectos embriagadores, como solían hacer otros estudiantes de medicina, y, mientras estaba parcialmente bajo la influencia de la droga, se dio cuenta de que un golpe casual en sus espinillas no causaba dolor. Esto le dio la idea de que el éter podría utilizarse en operaciones quirúrgicas; y en los años siguientes, durante su práctica en un pequeño pueblo de Georgia, puso esa idea en práctica con éxito. No parece haber duda alguna de que realizó operaciones menores exitosas bajo el efecto del éter unos dos o tres años antes de la demostración final de Morton; por lo tanto, el mérito de haber utilizado por primera vez esta droga, o cualquier otra droga, de esta manera le corresponde a él. Pero, desafortunadamente, el Dr. Long no confiaba del todo en los resultados de sus propios experimentos. Justo en ese momento, las revistas médicas estaban repletas de relatos sobre experimentos en los que se decía que se realizaban operaciones sin dolor mediante el uso del hipnotismo, y el Dr. Long temía que su propio éxito se debiera a una influencia hipnótica accidental y no a la droga. Por eso pospuso la publicación de su aparente descubrimiento hasta tener la oportunidad de realizar pruebas adicionales; y esas oportunidades no llegaban todos los días para un médico rural. Mientras esperaba, Morton le sacó ventaja, y el descubrimiento se hizo conocido en todo el mundo sin su ayuda. Fue una verdadera precaución científica la que llevó al Dr. Long a demorarse, pero esa precaución le costó el crédito que, de otro modo, habría sido suyo por haber dado al mundo una de las mayores bendiciones —¿no podríamos decir quizás la más grande?— que la ciencia haya otorgado jamás a la humanidad. Unos meses después de que el uso del éter se generalizara, el cirujano escocés Sir J. Y. Simpson(6) descubrió que otra droga, el cloroformo, podía administrarse con efectos similares; de hecho, en muchos casos producía anestesia de manera aún más eficaz que el éter. Desde ese día hasta hoy, los cirujanos han estado más o menos divididos en cuanto a las ventajas relativas de estas dos drogas; pero este hecho, por supuesto, no tiene ninguna relación con el mérito del primer descubrimiento del método de anestesia. Incluso si alguna otra droga hubiera eliminado completamente al éter posteriormente, el honor del descubrimiento de este método benéfico de anestesia no habría sido de nadie más.

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La validez de esa afirmación fue invalidada. Y a pesar de todas las objeciones, está establecido sin lugar a dudas que el hombre que puso ese método al alcance del mundo fue William T. G. Morton.
**PASTEUR Y LA TEORÍA DE LOS GERMENES EN LAS ENFERMEDADES**
El descubrimiento del poder anestésico de los fármacos estaba destinado, además de sus beneficios directos, a contribuir en gran medida al progreso de la medicina científica, al facilitar aquellos estudios experimentales con animales, a los cuales, antes de la llegada de la anestesia, muchos médicos humanitarios se negaban a recurrir; estudios que en los últimos años han dado lugar a descubrimientos de valor incalculable para la humanidad. Pero, por el momento, esta posibilidad quedó completamente eclipsada por los beneficios directos de la anestesia, y los grandes avances logrados en la medicina científica durante los primeros quince años tras el descubrimiento de Morton fueron, en su mayor parte, independientes de tal ayuda. De hecho, estos avances se produjeron en un campo que, a primera vista, podría parecer tener muy poca relación con la medicina. Además, el principal investigador en este campo no era médico; era químico, y su trabajo consistía en el estudio de la fermentación alcohólica en los líquidos vinícolas. Sin embargo, estos estudios allanaron el camino para los avances más importantes que la medicina ha logrado en cualquier siglo hacia el plano de la verdadera ciencia; y a este hombre, más que a cualquier otro individuo —casi se podría decir, más que a todos los demás— se debe este maravilloso progreso. Es casi superfluo añadir que el nombre de este extraordinario químico era Louis Pasteur.
Los estudios sobre la fermentación que Pasteur inició en 1854 tenían como objetivo resolver una controversia que se desarrollaba en el mundo científico con distintos grados de intensidad desde hacía un cuarto de siglo. Ya en la década de 1830, en la época del entusiasmo inicial por el microscopio perfeccionado, surgió un nuevo interés por las formas de vida diminutas que Leeuwenhoek y algunos otros pioneros en el uso de lentes habían descrito por primera vez, y que ahora se demostró que estaban presentes prácticamente en todas partes. Estos organismos microscópicos habían sido estudiados más o menos por numerosos observadores, pero en particular por el francés Cagniard Latour y el alemán famoso por su teoría celular, Theodor Schwann. Estos hombres, trabajando de forma independiente, llegaron a la conclusión, alrededor de 1837, de que los microorganismos desempeñaban un papel mucho más importante en la economía de la naturaleza de lo que cualquiera había supuesto anteriormente. Por ejemplo, sostenían que las pequeñas partículas que constituyen en gran medida la sustancia de la levadura son organismos vegetales vivos.

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organismos, y que el crecimiento de estos organismos es la causa del importante y conocido proceso de fermentación. Incluso llegaron a sostener, al menos de forma provisional, la opinión de que los microorganismos algo similares que se encuentran en toda materia en descomposición, ya sea animal o vegetal, tenían una relación causal con el proceso de putrefacción.
Esta visión, especialmente en lo que respecta a la naturaleza de la putrefacción, fue expresada aún más abiertamente poco después por el botánico francés Turpin. Las opiniones así respaldadas naturalmente ganaron seguidores; era igualmente natural que una innovación tan radical fuera enfrentada con oposición. En este caso, ocurrió que una de las mentes científicas más destacadas de la época, la de Liebig, adoptó una postura firme y agresiva contra la nueva doctrina. En 1839 formuló su famosa doctrina de la fermentación, en la cual se opuso rotundamente a cualquier explicación “vitalista” de los fenómenos, afirmando que la presencia de microorganismos en sustancias en fermentación o en descomposición era meramente incidental y, en ningún sentido, causal. Esta opinión del gran químico alemán fue, en cierta medida, respaldada por experimentos de su compatriota Helmholtz, cuyos experimentos iniciales confirmaban, pero los posteriores contradecían, las observaciones de Schwann; esta autoridad combinada asestó un golpe a la concepción vitalista del que no se recuperó cuando Pasteur entró en el campo. De hecho, en aquel entonces se consideraba algo establecido que los primeros estudiosos del tema habían sobreestimado enormemente la importancia de los microorganismos.
Y así, constituyó una verdadera revelación para la mayoría de los científicos de la época cuando, en 1857 y en la década siguiente, Pasteur publicó los resultados de sus investigaciones, en las cuales se sometió la cuestión a una serie de pruebas completamente nuevas, logrando así una demostración inequívoca. Demostró que los microorganismos hacen todo aquello que sus predecesores más imaginativos habían sospechado, e incluso más. Sin ellos, demostró, no habría fermentación ni putrefacción, ni descomposición de ningún tejido, salvo mediante el lento proceso de oxidación. Es la levadura microscópica la que, al capturar ciertos átomos de la molécula, libera los átomos restantes en forma de ácido carbónico y alcohol, provocando así la fermentación; es otro organismo microscópico —una bacteria, como la denominó Devaine— el que, de manera similar, provoca la destrucción de las moléculas orgánicas, generando la condición que llamamos putrefacción. Pasteur mostró, para asombro de los biólogos, que existen ciertas formas de estas bacterias.

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que aseguran el oxígeno que toda vida orgánica necesita, no del aire, sino descomponiendo moléculas inestables en las que está combinado el oxígeno; es decir, la putrefacción tiene su base en las actividades de estas llamadas bacterias anaeróbicas. En una palabra, Pasteur demostró que todos los numerosos procesos conocidos de descomposición de los tejidos orgánicos son, en efecto, formas de fermentación, y no ocurrirían en absoluto sin la presencia de microorganismos vivos. Un trozo de carne, por ejemplo, suspendido en una atmósfera libre de gérmenes, se secará gradualmente, sin el más mínimo signo de putrefacción, independientemente de la temperatura u otras condiciones a las que pueda haber estado sometido. Veamos una o dos series de estos experimentos tal como fueron presentados por Pasteur mismo en uno de sus numerosos artículos ante la Academia de Ciencias.

EXPERIMENTOS CON AZÚCAR DE UVA

“Durante la discusión que tuvo lugar ante la Academia sobre el tema de la generación de los fermentos propiamente dichos, se habló mucho sobre el del vino, el fermento más antiguo conocido. Por esta razón decidí refutar la teoría del Sr. Fremy mediante un experimento decisivo centrado únicamente en el jugo de uva.

“Preparé cuarenta frascos con una capacidad de entre doscientos cincuenta y trescientos centímetros cúbicos y los llené hasta la mitad con mosto de uva filtrado, perfectamente claro, y que, al igual que todos los líquidos acidificados que han sido hervidos durante unos segundos, permanece sin contaminarse, aunque el cuello curvo del frasco que lo contiene se mantenga constantemente abierto durante varios meses o años.

“En una pequeña cantidad de agua lavé parte de un racimo de uvas, las uvas y los tallos juntos, y los tallos por separado. Este lavado se realizó fácilmente con un pequeño cepillo de pelo de tejón. El agua de lavado recogió el polvo de la superficie de las uvas y los tallos, y fue fácil demostrar bajo el microscopio que este agua contenía en suspensión una multitud de organismos diminutos muy similares a esporas fúngicas, o a las del levadura alcohólica, o a las de Mycoderma vini, etc. Una vez hecho esto, diez de los cuarenta frascos se conservaron como referencia; en diez de los restantes, a través del tubo recto conectado a cada uno, se introdujeron unas gotas del agua de lavado; en una tercera serie de diez frascos se colocaron unas gotas del mismo líquido después de haberlo hervido; y, finalmente, en los diez restantes”

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Se colocaron unas gotas de jugo de uva extraído del interior de una fruta perfecta en los frascos. Para llevar a cabo este experimento, el tubo recto de cada frasco se alargó hasta formar una punta fina y firme en la lámpara, y luego se curvó. Esta punta fina y puntiaguda se pulió ligeramente cerca de su extremo e insertó en la uva, apoyándola sobre alguna sustancia dura. Cuando se sentía que la punta tocaba el soporte de la uva, se rompía en el punto donde se había pulido, bajo una ligera presión. Luego, si se había tenido cuidado de crear un ligero vacío en el frasco, una gota del jugo de uva entraba en él; se retiraba la punta pulida y la abertura se cerraba inmediatamente en la lámpara de alcohol. Esta disminución de la presión atmosférica en el frasco se lograba de la siguiente manera: después de calentar los lados del frasco, ya sea con las manos o con la llama de la lámpara, lo que hacía que saliera una pequeña cantidad de aire por el extremo del cuello curvo, este extremo se cerraba dentro de la lámpara. Una vez enfriado el frasco, había una tendencia a succionar la gota de jugo de uva de la forma descrita anteriormente.

“La gota de jugo de uva que entra en el frasco por esta succión generalmente permanece en la parte curva del tubo; por lo tanto, para mezclarla con el mosto era necesario inclinar el frasco para que el mosto entrara en contacto con el jugo y luego volver a colocar el frasco en su posición normal. Las cuatro series de experimentos comparativos arrojaron los siguientes resultados:

“Los primeros diez frascos que contenían mosto de uva hervido en aire puro no mostraron la aparición de ningún organismo. El mosto de uva podía permanecer en ellos durante un número indefinido de años. Los frascos de la segunda serie, que contenían el agua en la que las uvas habían sido lavadas por separado y juntas, mostraron, sin excepción, una fermentación alcohólica; en varios casos, esta comenzó a manifestarse al final de cuarenta y ocho horas, cuando el experimento se realizaba a temperatura veraniega normal. Al mismo tiempo que aparecía la levadura, en forma de trazas blancas que poco a poco se unían formando un depósito en los lados de todos los frascos, se observaban pequeños fragmentos de micelio, a menudo como un único crecimiento fúngico o en combinación; estos crecimientos fúngicos eran completamente independientes del mosto o de cualquier levadura alcohólica. Con frecuencia, también aparecía el Mycoderma vini después de algunos días en la superficie del líquido. Las Vibria y los fermentos lácticos propiamente dichos no aparecieron debido a la naturaleza del líquido.”

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“La tercera serie de frascos, cuyo agua de lavado había sido hervida previamente, permaneció sin cambios, al igual que en la primera serie. Los de la cuarta serie, en los cuales se encontraba el jugo del interior de las uvas, también permanecieron sin cambios, aunque no siempre pude, debido a la delicadeza del experimento, eliminar toda posibilidad de error. Estos experimentos no dejan la menor duda sobre los siguientes hechos:
‘El mosto de uva, después de ser calentado, nunca fermenta al entrar en contacto con el aire, cuando este aire ha sido desprovisto de los gérmenes que normalmente contiene en estado de suspensión.
‘El mosto de uva hervido fermenta cuando se le introduce una cantidad muy pequeña de agua con la que se ha lavado la superficie de las uvas o sus tallos.
‘El mosto de uva no fermenta cuando este agua de lavado ha sido hervida y posteriormente enfriada.
‘El mosto de uva no fermenta cuando se le añade una pequeña cantidad del jugo del interior de la uva.
‘Por lo tanto, la levadura que provoca la fermentación de las uvas en el tanque de fermentación proviene del exterior y no del interior de las uvas. Así se destruye la hipótesis de los señores Trecol y Fremy, quienes supusieron que la sustancia albumínica se transformaba en levadura debido a los gérmenes vitales que eran propios de ella. Con mayor razón, por lo tanto, ya no hay lugar para la teoría de Liebig sobre la transformación de la sustancia albuminoide en fermentos debido a la oxidación.’
ORGANISMOS EXTRÁNEOS Y LA MOSTAZA DE CERVEZA
“El método que acabo de seguir”, continúa Pasteur, “con el fin de demostrar que existe una correlación entre las enfermedades de la cerveza y ciertos organismos microscópicos, no deja lugar a dudas, a mi parecer, respecto a los principios que expongo.
“Cada vez que el microscopio revela en la levadura, y especialmente en la levadura activa, la presencia de organismos extraños a la levadura alcohólica propiamente dicha, el sabor de la cerveza deja algo que desear, en mayor o menor medida, según la abundancia y el carácter de estos pequeños gérmenes. Además, cuando una cerveza terminada de buena calidad pierde con el tiempo su agradable sabor y se vuelve agria, se puede demostrar fácilmente que el alcohol…”

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La levadura depositada en las botellas o en los barriles, aunque originalmente pura, al menos en apariencia, se encuentra gradualmente contaminada por estos fermentos filiformes u otros. Todo esto puede deducirse de los hechos ya expuestos, pero algunos críticos podrían afirmar que estos fermentos extraños son consecuencia del estado patológico, producido a su vez por causas desconocidas. “Aunque esta hipótesis gratuita pueda ser difícil de sostener, me esforzaré por corroborar las observaciones anteriores mediante un método de investigación más claro. Este consiste en demostrar que la cerveza nunca tiene sabor desagradable en todos los casos cuando el fermento alcohólico propiamente dicho no se mezcla con fermentos extraños; lo mismo ocurre con el mosto, y que este, siendo susceptible a cambios, puede conservarse sin alteraciones si se protege de esos parásitos microscópicos que encuentran en él un alimento adecuado y un campo para crecer.

El empleo de este segundo método tiene, además, la ventaja de demostrar con certeza la proposición que planteé inicialmente: es decir, que los gérmenes de estos organismos provienen del polvo de la atmósfera, transportado y depositado sobre todos los objetos, o disperso sobre los utensilios y materiales utilizados en una cervecería —materiales naturalmente cargados de gérmenes microscópicos, que las diversas operaciones en los almacenes y en la maltería pueden multiplicar indefinidamente.

Tomemos un frasco de vidrio con cuello largo, de una capacidad de doscientos cincuenta a trescientos centímetros cúbicos, y coloquemos en él algo de mosto, con lúpulo o sin él. Luego, con la llama de una lámpara, estiremos el cuello del frasco hasta formar una punta fina; después calentaremos el líquido hasta que el vapor salga por el extremo del cuello. Se puede dejar enfriar sin ninguna otra precaución; pero, para mayor seguridad, se puede introducir en esa pequeña punta un pequeño trozo de amianto en el momento en que se retire la llama de debajo del frasco. Antes de colocar el amianto, también se puede pasar por la llama, así como después de haberlo puesto en el extremo del tubo. El aire que vuelva a entrar en el frasco entrará así en contacto con el vidrio caliente y con el líquido caliente, destruyendo así la vitalidad de cualquier germen de polvo que pueda existir en el aire. El propio aire volverá a entrar muy gradualmente, y lo suficientemente lentamente como para permitir que cualquier partícula de polvo sea absorbida por la gota de agua que el aire empuja por la curvatura del tubo. Al final, el tubo quedará seco, pero la entrada del aire será tan lenta que las partículas de polvo caerán sobre los laterales del tubo. Los experimentos demuestran…”

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Con este tipo de recipiente, que permite una comunicación libre con el aire y evita que entre el polvo, este no entrará en ningún caso durante un período de diez o doce años, que ha sido el plazo más largo dedicado a estas pruebas; y el líquido, si es naturalmente límpido, no se contaminará en lo más mínimo ni en su superficie ni en su masa, aunque el exterior del frasco pueda quedar cubierto por una gruesa capa de polvo. Esta es una prueba sumamente irrefutable de la imposibilidad de que el polvo entre en el frasco.

“La bebida así preparada permanece sin contaminarse indefinidamente, a pesar de su susceptibilidad a cambios cuando está expuesta al aire en condiciones que le permiten acumular las partículas de polvo que flotan en la atmósfera. Lo mismo ocurre con la orina, la infusión de carne y el mosto de uva, y en general con todos aquellos líquidos perecederos y fermentables que tienen la propiedad, al calentarse hasta su punto de ebullición, de destruir la vitalidad de los gérmenes del polvo”. (7)

No había nada en estos estudios que se refiriera directamente a la cuestión de las enfermedades animales, pero antes de que terminaran ya habían impulsado el progreso en más de un campo de la patología. Desde un principio, fueron suficientes para reiniciar la investigación sobre el papel que desempeñan los microorganismos en las enfermedades. En particular, llevaron al médico francés Devaine a retomar algunos estudios interrumpidos que había realizado diez años antes sobre la enfermedad animal llamada ántrax, o fiebre esplénica, una enfermedad que costaba a los agricultores europeos millones de francos anualmente debido a la pérdida de ovejas y ganado. En 1850, Devaine había observado numerosas bacterias en la sangre de animales que habían muerto de ántrax, pero en ese momento no creía que estas tuvieran una relación causal con la enfermedad. Sin embargo, en 1863, estimulado por las nuevas revelaciones de Pasteur sobre el poder de las bacterias, volvió a abordar el tema y pronto se convenció, mediante experimentos de inoculación, de que los organismos microscópicos que había descubierto eran la verdadera y única causa de la enfermedad infecciosa del ántrax.

La publicación de esta creencia en 1863 provocó una gran controversia. La idea de que un organismo microscópico pudiera causar una enfermedad sistémica virulenta era demasiado sorprendente como para ser aceptada de inmediato, y la mayoría de los biólogos y médicos exigieron pruebas más convincentes de las que Devaine podía ofrecer hasta entonces.

Naturalmente, muchos otros investigadores de todo el mundo se adentraron en este campo. El más destacado entre ellos fue el doctor alemán Robert Koch, quien pronto confirmó todo lo que Devaine había observado y continuó con los experimentos.

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Más adelante, en la dirección del cultivo de generaciones sucesivas de bacterias en medios artificiales, se realizaban inyecciones a partir de tales cultivos puros de la octava generación, con el sorprendente resultado de que los animales así inoculados sucumbían a la enfermedad. Dichos experimentos parecían demostrativos, pero el mundo no quedó convencido, y en 1876, mientras la controversia seguía en su apogeo, se convenció a Pasteur de que se hiciera cargo del asunto. El gran químico se fue convirtiendo cada vez más en biólogo a medida que pasaban los años, y en los últimos años sus famosos estudios sobre las enfermedades del gusano de la seda, que demostró eran causadas por infecciones bacterianas, así como sobre la cuestión de la generación espontánea, le habían proporcionado recursos incomparables en técnicas microscópicas. Así, cuando, con la ayuda de sus colaboradores de laboratorio Duclaux, Chamberland y Roux, abordó la cuestión del ántrax, el mundo científico esperó con ansiedad el resultado. Y cuando, en 1877, Pasteur estuvo listo para presentar sus estudios sobre el ántrax, presentó una gran cantidad de experimentos demostrativos —experimentos cuya rigurosa precisión nadie se atrevería siquiera a cuestionar— que probaban el origen bacteriano del ántrax, de modo que el escepticismo se silenció para siempre. A partir de entonces, nadie pudo dudar de que la enfermedad contagiosa del ántrax se debía exclusivamente a la introducción en el sistema de un animal de un germen específico: una planta microscópica que se desarrollaba allí. Y ninguna mente lógica podía tener dudas razonables de que lo que se demostraba verdadero para una enfermedad infecciosa algún día también lo sería para otras, quizás para todas, las formas de enfermedades infecciosas. Hasta entonces, la causa de la contagiabilidad, por la cual ciertas enfermedades se propagaban de un individuo a otro, había sido un misterio total, sin ser aclarada por términos vagos como “miasma”, “humor”, “virus” y otros velos de ignorancia. Aquí y allá, algún profeta de la ciencia, como Schwann y Henle, había adivinado el secreto; pero adivinar, en ciencia, está muy lejos de saber. Ahora, por primera vez, el mundo SABÍA, y la medicina dio otro paso gigantesco hacia las alturas de la ciencia exacta.

LISTER Y LA CIRUGÍA ANTISEPTICA
Mientras tanto, en un campo diferente aunque relacionado con la medicina, había tenido lugar un desarrollo complementario que condujo a resultados inmediatos de aún mayor importancia práctica. Me refiero a la teoría y la práctica de la antisepsis en la cirugía. Este avance, al igual que el anterior, surgió como consecuencia directa de la fermentación descubierta por Pasteur.

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Estudios sobre las bebidas alcohólicas, aunque no realizados por el propio Pasteur. Impactado por las implicaciones inmensas de las revelaciones de Pasteur respecto a las bacterias, el Dr. Joseph Lister (el actual Lord Lister), que en aquel entonces trabajaba en Glasgow, comenzó ya en 1860 a aplicar de forma innovadora estas ideas. Si la putrefacción se debe siempre al desarrollo bacteriano, argumentaba, esto también debía aplicarse tanto a los tejidos vivos como a los muertos; por lo tanto, los cambios putrefativos que ocurren en las heridas y después de las operaciones en el ser humano, y de los cuales con frecuencia surge la intoxicación sanguínea, podrían prevenirse completamente si las superficies dañadas pudieran mantenerse libres del acceso de los gérmenes de la descomposición. Con la esperanza de lograr este objetivo, Lister comenzó a experimentar con medicamentos que pudieran matar a las bacterias sin causar daño al paciente, así como con métodos para evitar que los gérmenes volvieran a acceder a las heridas una vez que estas estuvieran libres de ellos. Todo el mundo sabe cuán exitoso fue; sin embargo, la mayoría de la gente ya ha olvidado hasta qué punto fue perseguido durante unos veinte años. Ya en 1867, Lister pudo publicar resultados que indicaban el éxito de su gran proyecto; pero los cirujanos en general eran tan escépticos que incluso algunos años después los principales cirujanos del continente ni siquiera habían oído hablar de sus esfuerzos. En 1870, los soldados de París murieron, como de costumbre, de gangrena hospitalaria; y cuando, en 1871, el cirujano francés Alphonse Guerin, inspirado por los estudios de Pasteur, ideó cubrir las heridas con algodón con la esperanza de impedir que los gérmenes entraran en ellas, no tenía ni idea de que un contemporáneo británico le había sacado una década de ventaja en estos esfuerzos por prevenir la enfermedad y había avanzado mucho hacia el éxito total. No obstante, la prioridad de Lister y la superioridad de su método fueron reconocidas abiertamente por la Academia Francesa de Ciencias, la cual en 1881 coronó oficialmente su logro, tal como lo había hecho la Real Sociedad de Londres el año anterior. Para entonces, como todos saben, los nuevos métodos de Lister se habían extendido por todas partes, revolucionando la práctica quirúrgica y prácticamente erradicando de la Tierra aquellas enfermedades que hasta entonces habían sido el terror del cirujano y el escándalo de su arte. Y estos estudios realizados en el propio lugar donde se atendían a los pacientes, llevados a cabo finalmente por miles de personas que no tenían conocimientos de microscopía, contribuyeron en gran medida a establecer la creencia general en la relación causal entre los microorganismos y las enfermedades, creencia que para circa el año 1880 ya se había impuesto en el mundo médico. Pero hicieron algo más: pusieron en igual relieve la idea de que la causa de una enfermedad…

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Dada esa condición, quizás sea posible, como nunca antes, abordarla y erradicarla.
**Inoculación preventiva**
La controversia sobre la generación espontánea, que gracias a Pasteur y Tyndall acababa de ser resuelta, dejó claro que no había necesidad de temer a las bacterias cuando estas no habían encontrado un lugar donde establecerse. El listerismo en la cirugía demostró cuánto se podía lograr para impedir el acceso de gérmenes a las superficies dañadas del cuerpo y destruir aquellos que ya se habían instalado allí. Sin embargo, aún no existía indicio alguno de cómo atacar a esos otros gérmenes que llegan al organismo animal por la boca y las fosas nasales, y que, como ahora se sabía, eran la causa de aquellas enfermedades contagiosas que, en última instancia, cobraban una gran cantidad de víctimas entre la humanidad. Encontrar tales medios se convirtió en la preocupación principal de todo médico imaginativo y de todo microbiólogo dedicado a su trabajo.
Por suerte, el mundo no tuvo que esperar mucho tiempo. Casi antes de que esa idea tomara forma en la mente de los demás investigadores, Pasteur ya había encontrado una solución. Guiado por el éxito empírico de Jenner, él, al igual que muchos otros, había realizado experimentos de inoculación durante mucho tiempo. El 9 de febrero de 1880, anunció ante la Academia Francesa de Ciencias que había encontrado un método para reducir tanto la virulencia de un germen patógeno que, al introducirse en el sistema de un animal susceptible, solo provocaba una forma leve de la enfermedad, suficiente, no obstante, para proteger contra su forma habitualmente más virulenta, tal como la vacuna protege contra la viruela. La enfermedad con la que se realizaron los experimentos era esa enfermedad infecciosa de las aves conocida como “colera aviar”. En octubre del mismo año, Pasteur explicó el método mediante el cual se lograba esta “atenuación del virus”, como lo denominó: mediante el cultivo de los gérmenes patógenos en medios artificiales, expuestos al aire. No dudó en afirmar que ese método podría ser aplicado a otras enfermedades además de la específica en cuestión.
En pocos meses cumplió su promesa, ya que en febrero de 1881 anunció ante la Academia que, con la ayuda, como siempre, de sus colaboradores, los señores Chamberland y Roux, había logrado producir un virus atenuado del microbio del ántrax. Con este virus, afirmó con gran confianza…

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Podía proteger a las ovejas, y presumiblemente también al ganado, contra esa enfermedad fatal. “En algunas publicaciones recientes”, dijo Pasteur, “anuncié el primer caso de atenuación de un virus únicamente mediante métodos experimentales. Formado por un microbio de extremada pequeñez, este virus puede ser multiplicado mediante cultivos artificiales fuera del cuerpo animal. Estos cultivos, dejados solos sin ninguna posible contaminación externa, experimentan, con el paso del tiempo, modificaciones en su virulencia, en mayor o menor medida. Se dice que el oxígeno de la atmósfera es la causa principal de estas atenuaciones; es decir, de esta disminución en la capacidad de multiplicación del microbio; pues es evidente que la diferencia en la virulencia está de alguna manera relacionada con diferencias en el desarrollo de la economía parasitaria.

“No hay necesidad de insistir en el carácter interesante de estos resultados y en las deducciones que se pueden extraer de ellos. Tratar de reducir la virulencia por medios racionales significaría establecer, sobre una base experimental, la esperanza de poder preparar, a partir de un virus activo que se pueda cultivar fácilmente ya sea en el cuerpo humano o en el animal, un virus vacunal de desarrollo restringido, capaz de prevenir los efectos fatales del primero. Por lo tanto, hemos dedicado toda nuestra energía a investigar la posible acción generalizadora del oxígeno atmosférico en la atenuación de los virus.

“El virus del ántrax, al ser uno de los que más cuidadosamente se han estudiado, parecía ser el primero que debía atraer nuestra atención. Sin embargo, cada vez nos encontrábamos con dificultades. Entre el microbio de la cólera aviar y el microbio del ántrax existe una diferencia esencial que impide que el nuevo experimento pueda ser verificado mediante el antiguo. De hecho, los microbios de la cólera aviar no parecen transformarse, en su cultivo, en verdaderos gérmenes. Estos últimos son simplemente células, o estructuras siempre listas para multiplicarse por división, salvo cuando se conocen las condiciones específicas bajo las cuales se convierten en verdaderos gérmenes.

“La levadura de la cerveza es un ejemplo notable de estas producciones celulares, ya que puede multiplicarse indefinidamente sin que aparezcan sus esporas originales. Existen muchas mucedinas de hongos tubulares que, en ciertas condiciones de cultivo, producen una cadena de células más o menos esféricas llamadas conidias. Estas últimas, al separarse de sus ramas, pueden reproducirse en forma de células, sin que aparezcan, al menos con un cambio en las condiciones de cultivo, las esporas de sus respectivas mucedinas. Estos organismos vegetales pueden compararse…”

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a las plantas que se cultivan por esqueje, y para producirlas no es necesario contar con los frutos o las semillas de la planta madre.
“La bacteria del ántrax, en su cultivo artificial, se comporta de manera muy diferente. Sus filamentos miceliales, si así se pueden denominar, apenas han sido producidos durante veinticuatro u ochenta y ocho horas cuando se observa que se transforman, especialmente aquellos que están en contacto directo con el aire, en corpúsculos muy refractantes, capaces de aislarse gradualmente en verdaderos gérmenes de escasa organización. Además, la observación muestra que estos gérmenes, formados tan rápidamente en el cultivo, no experimentan, tras estar expuestos durante un tiempo al aire atmosférico, ningún cambio ni en su vitalidad ni en su virulencia. Pude presentar a la Academia un tubo que contenía algunas esporas de la bacteria del ántrax producidas hace cuatro años, el 21 de marzo de 1887. Cada año se ha intentado la germinación de estos pequeños corpúsculos, y cada año la germinación se ha producido con la misma facilidad y rapidez que al principio. Cada año también se ha probado la virulencia de los nuevos cultivos, y estos no han mostrado ninguna disminución visible. Por lo tanto, ¿cómo podemos experimentar con la acción del aire sobre el virus del ántrax con alguna esperanza de hacerlo menos virulento?
“La dificultad crucial radica quizás íntegramente en esta rápida reproducción de los gérmenes bacterianos de la que acabamos de hablar. En su forma de filamento y en su multiplicación por división, ¿no es este organismo en todos los aspectos comparable al microbio de la cólera aviar?
“Es fácil comprender que un germen, en el sentido estricto de la palabra, que una semilla, no sufra ninguna modificación debido al aire; pero no menos fácil es concebir que, si hubiera algún cambio, este ocurriría preferentemente en el caso de un fragmento micelial. Así, un esqueje que haya sido abandonado en el suelo en contacto con el aire no tarda en perder toda su vitalidad, mientras que, en condiciones similares, una semilla se mantiene lista para reproducir la planta. Si estas opiniones tienen algún fundamento, estamos llevados a pensar que, para demostrar la acción del aire sobre las bacterias del ántrax, será indispensable someter al desarrollo micelial de este minúsculo organismo a condiciones en las que no pueda haber la menor mezcla de gérmenes corpúsculos. De ahí que el problema de someter a las bacterias a la acción del oxígeno vuelva a plantearse como la cuestión de presentar exclusivamente la formación de esporas. Al plantearse la cuestión de esta manera, comenzamos a reconocer que es posible resolverla.”

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De hecho, podemos evitar la aparición de esporas en las culturas artificiales del parásito del ántrax mediante diversos métodos. A la temperatura más baja a la que se puede cultivar este parásito —es decir, alrededor de +16 grados Celsius— la bacteria no produce gérmenes, al menos durante mucho tiempo. Las formas de este microorganismo en este límite mínimo de su desarrollo son irregulares, en forma de bolas y peras; en resumen, son monstruosidades, pero carecen de esporas. Lo mismo ocurre a las temperaturas más altas a las que se puede cultivar el parásito, temperaturas que varían ligeramente según los medios empleados. En caldo neutro de pollo, las bacterias no pueden cultivarse por encima de los 45 grados. Sin embargo, la cultura es fácil y abundante entre 42 y 43 grados, pero tampoco se forman esporas en este caso. Por lo tanto, una cultura de bacterias miceliales puede mantenerse completamente libre de gérmenes mientras está en contacto con el aire, a una temperatura de entre 42 y 43 grados Celsius. Ahora aparecen los tres resultados sorprendentes: después de aproximadamente un mes, la cultura muere; es decir, si se coloca en un caldo fresco, se vuelve absolutamente estéril.

Eso es todo respecto a la vida y nutrición de este organismo. En cuanto a su virulencia, es un hecho extraordinario que desaparezca por completo después de ocho días de cultivo a 42-43 grados Celsius; o, al menos, las culturas resultan inofensivas para el conejillo de Indias, el conejo y la oveja, los tres tipos de animales más propensos a contraer el ántrax. Así, podemos lograr no solo la atenuación de la virulencia, sino también su supresión total mediante un método simple de cultivo. Además, vemos también la posibilidad de conservar y cultivar este terrible microorganismo en un estado inofensivo. ¿Qué ocurre en esos ocho días a 43 grados que es suficiente para eliminar la virulencia de las bacterias? Recordemos que el microorganismo de la cólera aviar muere al entrar en contacto con el aire, en un período algo prolongado, es cierto, pero tras sucesivas atenuaciones. ¿Tenemos motivos para pensar que debería ocurrir lo mismo con el microorganismo del ántrax? Esta hipótesis queda confirmada por experimentos. Antes de que desaparezca su virulencia, el microorganismo del ántrax pasa por varios grados de atenuación, y, al igual que ocurre con el microorganismo de la cólera aviar, cada uno de estos estados atenuados de virulencia puede obtenerse mediante cultivo. Además, dado que, según uno de nuestros comunicados recientes, el ántrax no es recurrente, cada uno de nuestros microorganismos del ántrax atenuados constituye, para el microorganismo mejor desarrollado, una vacuna; es decir, un virus que produce una virulencia menor.

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enfermedad maligna. ¿Qué, entonces, podría ser más sencillo que encontrar en ellas un virus que infecte a ovejas, vacas y caballos con ántrax, sin matarlos, y que al final sea capaz de evitar esa enfermedad mortal? Hemos realizado este experimento con gran éxito en ovejas, y cuando llegue la temporada de reunir los rebaños en Beauce, lo intentaremos a mayor escala.

“Ya M. Toussaint ha anunciado que las ovejas pueden salvarse mediante inmunizaciones preventivas; pero cuando este competente observador haya publicado sus resultados —sobre los cuales hemos realizado estudios tan exhaustivos, aunque aún no publicados—, podremos ver toda la diferencia que existe entre los dos métodos: la incertidumbre del uno y la certeza del otro. Además, lo que nosotros anunciamos tiene la gran ventaja de basarse en la existencia de una vacuna tóxica que se puede cultivar a voluntad, y que puede aumentarse indefinidamente en cuestión de horas, sin necesidad de recurrir a sangre infectada.” (8)

Este anuncio fue cuestionado de inmediato, lo que llamó la atención de todo el mundo. El presidente de una sociedad agrícola, consciente de la enorme importancia del tema, propuso a Pasteur que su supuesta descubrimiento fuera sometido a una prueba pública decisiva. Propuso proporcionar un rebaño de cincuenta ovejas, de las cuales la mitad recibirían la inyección del virus atenuado de Pasteur. Posteriormente, todas las ovejas recibirían la inyección del virus virulento, manteniéndose todas juntas en un mismo corral bajo exactamente las mismas condiciones. Las ovejas “protegidas” debían permanecer sanas; las no protegidas, morir de ántrax; así estaban redactadas las condiciones de la propuesta. Pasteur aceptó el desafío; incluso permitió un cambio en el plan, sustituyendo dos de las ovejas por dos cabras y añadiendo diez vacas, pero estipulando que, dado que sus experimentos aún no se habían llevado a cabo en vacas, estas no debían considerarse estrictamente parte de las condiciones de la prueba.

Era una prueba capaz de poner a prueba el espíritu de cualquier persona, ya que todo el mundo observaba con escepticismo, listo para burlarse del autor de una afirmación tan absurda en cuanto se demostrara que carecía de fundamento. Ni siquiera la fama de Pasteur podía hacer que el público en general, ya fuera laico o científico, creyera en la posibilidad de lo que él proponía lograr. Hubo tiempo suficiente para que todo el mundo se enterara del procedimiento: la primera inmunización “preventiva”, o vacunación, como la llamaba Pasteur, se realizó el 5 de mayo, y la segunda, el 17 de mayo.

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Debía transcurrir otro intervalo de dos semanas antes de las inmunizaciones finales con el virus no atenuado. Veinticuatro ovejas, una cabra y cinco bovinos fueron sometidos a las vacunaciones preliminares. Luego, el 31 de mayo, se inmunizó a los sesenta animales en total, alternando uno protegido y otro no protegido, con una cultura extremadamente virulenta de microbios del ántrax que se encontraba en el laboratorio de Pasteur desde 1877. Una vez hecho esto, se dejó a los animales juntos en un recinto para esperar los resultados. Dos días después, el 2 de junio, a la hora acordada, una multitud enorme, compuesta por veterinarios, corresponsales de prensa y agricultores de cerca y lejos, se reunió para presenciar las escenas finales de este torneo científico. Lo que vieron fue una de las escenas más dramáticas de la historia de la ciencia pacífica: una escena que, como declaró Pasteur posteriormente, “sorprendió a todos los presentes”. Esparcidos por el recinto, muertos, agonizando o claramente enfermos hasta la muerte, estaban todos los animales no protegidos, mientras que cada uno de los animales “protegidos” deambulaba sin preocupaciones, mostrando signos de perfecta salud. Veinte de las ovejas y la cabra ya estaban muertas; otras dos ovejas fallecieron ante los ojos de los espectadores; las víctimas restantes sobrevivieron solo unas pocas horas más. Así, de una manera bastante teatral, por no decir trágica, se proclamó la victoria inequívoca de la ciencia. Naturalmente, los incrédulos se rindieron sin condiciones; el principio de la vacunación protectora, con un virus preparado experimentalmente en el laboratorio, quedó establecido más allá de cualquier posibilidad de controversia. Esa memorable batalla científica marcó el inicio de una nueva era en la medicina. Era inevitable que el principio así establecido se generalizara aún más; que se aplicara a las enfermedades humanas; que, con toda probabilidad, lograra combatir con éxito, tarde o temprano, muchas enfermedades infecciosas. Esa expectativa se ha cumplido rápidamente. El propio Pasteur aplicó este método al ser humano en la enfermedad de la hidrofobia en 1885; desde entonces, esa enfermedad, hasta entonces la más mortal, ha perdido en gran medida su letalidad. Miles de personas mordidas por perros rabiosos han sido salvadas de las consecuencias fatales de ese accidente gracias a este método, en el Instituto Pasteur de París y en los institutos similares, construidos siguiendo su modelo, que se han establecido en todo el mundo, en regiones tan distantes como Nueva York y Nha-Trang.

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TERAPIA CON SUERO
En la producción de la vacuna contra la rabia, Pasteur y sus colaboradores desarrollaron un método de atenuación del virus muy diferente al que se había empleado en el caso de las vacunas contra el cólera aviar y el ántrax. El virus de la rabia se inoculaba en los organismos de cobayas o conejos, y, de hecho, se cultivaba en esos animales. Se descubrió que la médula espinal de estos animales infectados era rica en el virus, el cual se atenuaba rápidamente cuando la médula se secaba al aire. El virus preventivo, de diferentes grados de potencia, se obtenía mediante la maceración de estas medulas en distintas etapas de desecación. Este cultivo del virus dentro del organismo animal, sin duda inspirado en el conocido método de Jenner para obtener la vacuna contra la viruela, constituía al mismo tiempo un paso hacia un nuevo procedimiento terapéutico que pronto llegaría a ser de suma importancia: el método conocido como terapia con suero, es decir, el tratamiento de una enfermedad con el suero sanguíneo de un animal que había sido inmunizado contra esa enfermedad.

La posibilidad de tal método fue sugerida por la observación hecha por Pasteur y numerosos otros investigadores de que los animales de diferentes especies difieren enormemente en su susceptibilidad a diversas enfermedades, y de que el virus de una determinada enfermedad puede volverse cada vez más virulento al pasar por los organismos de individuos sucesivos de una misma especie, y, por el contrario, cada vez menos virulento al pasar por los organismos de individuos sucesivos de otra especie. Estos hechos llevaron a la teoría de que la sangre de los animales resistentes podría contener algo directamente antagonista al virus, y a la esperanza de que ese algo pudiera transferirse con efecto curativo a la sangre de un animal infectado y susceptible. Numerosos investigadores de todo el mundo realizaron estudios siguiendo esta tentadora posibilidad; entre los líderes estaban los doctores Behring y Kitasato, seguidos de cerca por el doctor Roux y sus colaboradores del Instituto Pasteur de París. En 1892, Behring anunció resultados definitivos respecto a dos enfermedades importantes: el tétanos y la difteria; pero el método no ganó popularidad hasta 1894, cuando el doctor Roux presentó un artículo revolucionario sobre el tema en el Congreso de Higiene celebrado en Budapest.

En este artículo, el doctor Roux, después de hacer referencia a los trabajos de Behring, Ehrlich, Boer, Kossel y Wasserman, describió en detalle los métodos que se habían utilizado.

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desarrollado en el Instituto Pasteur para la creación del suero curativo, al que Behring dio el nombre ya conocido de antitoxina. El método consiste, primero, en el cultivo, durante algunos meses, del bacilo de la difteria (llamado bacilo de Klebs-Loeffler, en honor a sus descubridores) en un caldo artificial, con el fin de producir una toxina potente capaz de provocar la enfermedad en su forma más virulenta. Esta toxina, tras ciertos tratamientos mecánicos, se inyecta en dosis pequeñas pero cada vez mayores en el organismo de un animal, teniendo cuidado de graduar la cantidad para que el animal no sucumba a la enfermedad. Después de un cierto tiempo de este tratamiento, se descubre que una parte del suero sanguíneo del animal tratado tiene un efecto curativo si se inyecta en la sangre de otro animal o de un paciente humano afectado por difteria. En otras palabras, según la teoría, se ha desarrollado una antitoxina en el organismo del animal sometido a las inyecciones progresivas de la toxina de la difteria. Según la experiencia del Dr. Roux, el animal más adecuado para este propósito es el caballo, aunque casi cualquier animal doméstico puede servir para ello. Pero el artículo del Dr. Roux no se limitó a describir los métodos de laboratorio; también hablaba de la aplicación práctica del suero en el tratamiento de numerosos casos de difteria en los hospitales de París, aplicaciones que tuvieron un éxito satisfactorio. Dejó claro que se había encontrado una forma de combatir con éxito una de las enfermedades infantiles más virulentas e incurables. Por lo tanto, no fue extraño que su artículo causara sensación en todos los círculos, tanto médicos como no especializados. Médicos de todo el mundo acudieron a París para conocer los detalles de este descubrimiento, y en pocos meses la nueva terapia con sueros gozó de reconocimiento entre los profesionales de la medicina en todo el mundo. Lo que se había logrado se consideraba solo un anticipo de lo que el nuevo método podría lograr en el futuro cuando se aplicara a otras enfermedades infecciosas. Se iniciaron de inmediato esfuerzos por aplicarlo en numerosas direcciones; de hecho, ya se llevaban a cabo en muchos laboratorios desde hacía varios años. Es demasiado pronto para hablar de los resultados en detalle. Pero ya se ha hecho suficiente para demostrar que este método también es susceptible de una amplia generalización. En la etapa actual no es fácil distinguir lo que es provisional de lo que será permanente; pero existe una autoridad tan grande como…

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Behring no duda en afirmar que hoy en día disponemos, además de la antitoxina contra la difteria, de antitoxinas igualmente específicas contra el tétanos, el cólera, la fiebre tifoidea, la neumonía y la tuberculosis: un conjunto de enfermedades que, en conjunto, representan una proporción sorprendente de la tasa general de mortalidad. Se sabe también que el Dr. Yersin, con la colaboración de sus antiguos colegas del Instituto Pasteur, ha desarrollado y utilizado con éxito una antitoxina a partir del microbio de la peste que recientemente asoló China. El Dr. Calmette, otro egresado del Instituto Pasteur, ha ampliado el alcance de la terapia sanguínea para incluir la prevención y el tratamiento de las intoxicaciones por venenos, y ha desarrollado una antitoxina que ya ha proporcionado inmunidad contra los efectos mortales de las mordeduras de serpientes a miles de personas en India y Australia. Hasta qué punto es provisional toda esta promesa actual, cuáles son los límites de estos métodos: estas son preguntas que el futuro deberá resolver. Pero, en cualquier caso, parece poco dudoso que el tratamiento sanguíneo será el logro culminante en la terapia de nuestro siglo. Es el resultado lógico de aquellos estudios experimentales con el microscopio iniciados por nuestros predecesores en la década de 1930, y representa la culminación actual del método estrictamente experimental que ha llevado a la medicina desde un nivel de empirismo fantasioso hasta el plano de una ciencia experimental racional.

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IX. LA NUEVA CIENCIA DE LA PSICOLOGÍA EXPERIMENTAL: CEREBRO Y MENTE

Hace poco más de cien años, se desarrolló en el mundo un movimiento reformista en beneficio de los enfermos mentales. Como era de esperar, el movimiento se manifestó primero en América, donde estos desdichados recibían un trato humano en una época en que su tratamiento en otros lugares era peor que brutal; pero Inglaterra y Francia se unieron rápidamente a este movimiento. El líder en este lado del océano fue el famoso filadelfiano, el Dr. Benjamin Rush, “el Sydenham de América”; en Inglaterra, el Dr. William Tuke puso en marcha el movimiento; y en Francia, el Dr. Philippe Pinel, por sí solo, lideró la iniciativa. Movidos por un espíritu común, aunque actuando de forma bastante independiente, estos hombres se levantaron en rebelión contra la costumbre tradicional que, considerando a los enfermos mentales como desgraciados poseídos por demonios, los condenaba a mazmorras, cadenas y latigazos. Hasta entonces, pocas personas consideraban algo distinto al curso natural de los acontecimientos el hecho de encerrar a un “loco” en una mazmorra, e incluso atarlo a la pared con una banda de hierro fijada permanentemente alrededor de su cuello o cintura. Muchos desdichados, así encadenados, permanecían durante años en celdas sin que nunca llegara la luz del día; a veces, debido al alto costo del hierro, la cadena era tan corta que la pobre víctima no podía erguirse ni siquiera cambiar de posición sobre su miserable lecho de paja.

En América, de hecho, al no existir precedentes medievales que se hubieran convertido en costumbres establecidas, el trato dispensado a los enfermos mentales rara vez, o nunca, llegó a tal nivel. Quizás por esta razón, el trabajo del Dr. Rush en el Hospital de Filadelfia, en 1784, mediante el cual los enfermos mentales comenzaron a recibir un trato humano, incluso hasta el punto de abolirse los latigazos, ha sido poco reconocido, mientras que las acciones de los líderes europeos, aunque corresponden a décadas posteriores, han quedado famosas. Y quizás esto no sea tan injusto como parece, ya que el paso que dio Rush, de un trato relativamente malo a uno mejor, fue mucho más fácil de dar que el salto desde las atrocidades hacia lo bueno.

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El tratamiento que los reformistas europeos se vieron obligados a implementar. En París, por ejemplo, Pinel tuvo que solicitar permiso a las autoridades incluso para intentar liberar a los locos de sus cadenas, y, a pesar de su reconocida posición como líder en el campo de la ciencia, solo obtuvo una aceptación reacia; además, se le consideraba poco mejor que un loco por emprender un intento tan claramente insensato e infructuoso. Sin embargo, una vez que se realizó dicho intento y tuvo éxito, la mejora en la condición de los locos fue tan evidente que la fama del trabajo de Pinel en Bicêtre y Salpêtrière se difundió rápidamente. De hecho, se necesitaron muchos años para completar esa labor en París, y toda una vida de esfuerzo por parte del discípulo de Pinel, Esquirol, y otros, para extender la reforma a las provincias; pero el punto de inflexión histórico ya se había alcanzado gracias a los esfuerzos de Pinel en los últimos años del siglo XVIII.
La importancia de esta reforma sabia y humana, en el contexto actual, radica en el hecho de que estos estudios sobre los locos dieron énfasis a la novedosa idea, que con el tiempo pasó a ser aceptada sin cuestionamientos, de que la “posesión demoníaca” no es en realidad más que la expresión externa de una condición patológica del cerebro. Esta comprensión dejó claro, como nunca antes, cuán estrechamente están vinculados la mente y el cuerpo. Así, al quitar las cadenas a los locos, Pinel y sus colegas asestaron también, sin quererlo, un golpe a las tradiciones filosóficas arraigadas desde tiempos remotos. La liberación de los locos de sus prisiones fue un presagio de la liberación de la psicología de los rincones polvorientos de la metafísica. Hasta entonces, la psicología, en la medida en que existía, no era más que el estudio subjetivo de las mentes individuales; en el futuro debía volverse también objetiva, teniendo en cuenta también las relaciones que la mente mantiene con el cuerpo, y en particular con el cerebro y el sistema nervioso.
La necesidad de esta integración fue defendida con igual fervor, e incluso de manera más directa, por otro investigador de esa época, cuyos estudios estaban relacionados con los de los alienistas, y quien, aún más que ellos, centró su atención en el cerebro y sus funciones. Este primer especialista en estudios cerebrales era alemán de nacimiento pero parisino por adopción: el Dr. Franz Joseph Gall, creador del sistema de frenología, posteriormente infamoso. La mala reputación de este sistema, fruto de las explicaciones de charlatanes, no debe hacernos olvidar que el propio Dr. Gall era aparentemente un médico altamente educado, un estudioso meticuloso del cerebro y la mente según los conocimientos más avanzados de su tiempo, y, además, una persona sincera y…

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un creyente sincero en la validez del sistema que él mismo había creado. El sistema en sí, considerado en su conjunto, era erróneo hasta lo indecible, pero no carecía de su germen latente de verdad, como demostrarían estudios posteriores. La firmeza con la que su propio autor creía en él se evidencia en el artículo que presentó a la Academia Francesa de Ciencias en 1808. Dicho artículo fue remitido a un comité del cual formaban parte Pinel y Cuvier. El veredicto de este comité fue negativo, y con razón; sin embargo, el sistema condenado tenía al menos una virtud que sus críticos no lograron percibir. Popularizó la idea de que el cerebro es el órgano de la mente. Además, gracias a su insistencia, reunió a su alrededor a un grupo de partidarios científicos, cuyo principal representante era el Dr. Kaspar Spurzheim, un hombre de notables capacidades que se convirtió en propagandista de la frenología en Inglaterra y en América. Por supuesto, tal defensa y popularidad también estimularon la oposición, y de las disputas que surgieron así nació progresivamente un interés general por el cerebro como órgano de la mente, independientemente de cualquier prejuicio respecto a las doctrinas de Gall y Spurzheim.

Entre los investigadores imparciales que aparecieron entonces destacaba el brillante joven francés Louis Antoine Desmoulins, quien primero estudió bajo la tutela del famoso Magendie y publicó junto a él una obra clásica sobre el sistema nervioso de los vertebrados en 1825. Desmoulins realizó al menos un descubrimiento de importancia épica. Observó que los cerebros de personas que morían de vejez eran más ligeros que el promedio y mostraban signos visibles de atrofia, y razonó que tal deterioro es un acompañamiento normal de la senilidad. Hoy en día nadie pondría en duda la exactitud de esta observación, pero el mundo científico en 1825 aún no estaba completamente preparado para ella; pues cuando Desmoulins anunció su descubrimiento a la Academia Francesa, ese cuerpo augusto y algo patriarcal se llenó de una ira totalmente anticientífica y prohibió al joven iconoclasta el privilegio de seguir siendo escuchado. De esto se deduce que el espíritu parcialmente liberado de la nueva psicología, a finales del primer cuarto del siglo XIX, no se había liberado del todo de las telarañas metafísicas de su largo encarcelamiento.

Funciones de los nervios

Mientras se iniciaban así los estudios sobre el cerebro, el sistema nervioso, que es el canal de comunicación entre el cerebro y el mundo exterior, estaba siendo investigado con resultados aún más tangibles.

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El descubrimiento inaugural fue hecho en 1811 por el Dr. (más tarde Sir Charles) Bell, el famoso cirujano y fisiólogo experimental inglés. Consistió en la observación de que las raíces anteriores de los nervios espinales se encargan de transmitir impulsos motores desde el cerebro hacia el exterior, mientras que las raíces posteriores transmiten únicamente impulsos sensoriales desde el exterior hacia el cerebro. Hasta entonces se suponía que todos los nervios tenían una función similar, y la distribución peculiar de los nervios espinales era un enigma sin resolver.

El descubrimiento de Bell fue revolucionario; pero su verdadero significado no se comprendió hasta pasada una década, ni siquiera se admitió inicialmente su validez. En París, en particular, que era entonces el tribunal de apelación definitivo en todos los asuntos científicos, el supuesto descubrimiento fue visto con escepticismo o incluso ignorado por completo. Pero en 1823, el reconocido líder de la fisiología francesa, François Magendie, abordó el tema en el marco de sus exhaustivos estudios experimentales sobre el sistema nervioso, y las conclusiones de Bell fueron sometidas a las pruebas experimentales más rigurosas, resultando completamente válidas. Mientras tanto, Bell dirigió su atención a los nervios craneales y demostró que estos también se dividen en dos grupos: sensoriales y motores. A veces, efectivamente, ambos grupos de fibras se combinan en un solo cordón nervioso, pero si se rastrea su origen, se descubre que provienen de diferentes centros cerebrales. Así, quedó claro que existe una dualidad de funciones hasta entonces no reconocida en todo el sistema nervioso extracraneal. Cualquier impulso enviado desde la periferia hacia el cerebro debe ser transmitido a través de un canal perfectamente definido; la respuesta del cerebro, dirigida a los músculos periféricos, debe seguir un camino igualmente definido y completamente distinto. Si cualquiera de estos canales se interrumpe —por ejemplo, al cortar su vía nerviosa correspondiente—, el mensaje correspondiente no puede transmitirse, de la misma manera en que una corriente eléctrica se detiene al cortar el cable que la transmite.

Los experimentadores de todo el mundo confirmaron pronto las observaciones de Bell y Magendie, y, como siempre ocurre después de un gran descubrimiento, se dio un nuevo impulso a las investigaciones en campos relacionados. No obstante, transcurrió toda una década antes de que se hiciera otro descubrimiento de importancia comparable. Entonces, Marshall Hall, el médico inglés más famoso de su época, realizó sus observaciones clásicas sobre los fenómenos que desde entonces se conocerían como acción refleja. En 1832, mientras experimentaba un día con un sapo decapitado, observó que las extremidades de esa criatura sin cabeza se contraían en respuesta directa a ciertos estímulos. Tal respuesta no podía

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Ya no estaría asegurado si los nervios espinales que suministran energía a una zona determinada fueran seccionados. Por lo tanto, quedó claro que en la médula espinal existen centros capaces de recibir un mensaje sensorial y de transmitir un impulso motor como respuesta; una función que hasta entonces se consideraba reservada únicamente al cerebro. Estudios posteriores demostraron que tales fenómenos de acción refleja por parte de centros situados fuera del alcance de la conciencia, tanto en la médula espinal como en el propio cerebro, son extremadamente comunes; en resumen, participan constantemente en las actividades de todo organismo vivo y tienen una importancia fundamental en el conjunto de los movimientos vitales. Por ello, el descubrimiento de Hall debe considerarse siempre como uno de los grandes hitos en el avance de la ciencia neurológica. Hall ofreció una descripción admirablemente clara e interesante de sus experimentos y conclusiones en un artículo presentado ante la Royal Society, titulado “Sobre las funciones reflejas de la médula oblongada y la médula espinal”, del cual, tal como fue publicado en las Transactions de la sociedad en 1833, podemos citar extensamente:

“En todo animal, la sensación y el movimiento voluntario, funciones del cerebro, se combinan con las funciones de la médula oblongada y la médula espinal, lo que puede dificultar o incluso imposibilitar determinar cuáles son propias de cada una de ellas. Si, en un animal al que se le ha eliminado el cerebro, se estimulan la médula espinal o los nervios que suministran energía a los músculos, estos músculos, ya sean voluntarios o respiratorios, entran igualmente en estado de contracción, y, cabe añadir, tanto en el animal completo como en el mutilado; y, en el caso de los nervios, igualmente en las extremidades conectadas con la médula espinal y en aquellas separadas de ella.

“La acción de todas estas causas puede denominarse central, ya que tiene lugar EN, o al menos en dirección DESDE, las partes centrales del sistema nervioso. Pero existe otra función cuyos fenómenos pertenecen a un orden completamente diferente y obedecen a leyes totalmente distintas, siendo estimulados por causas situadas de forma EXCENTRICA en el sistema nervioso, es decir, lejos de los centros nerviosos. Creo que este modo de acción aún no ha sido comprendido claramente por los fisiólogos hasta ahora.

“Muchos de los fenómenos relacionados con este principio de acción, tal como ocurren en las extremidades, sin duda han sido observados. Pero, en primer lugar, esta función no está en absoluto limitada a las extremidades; pues, mientras otorga a cada músculo su tono adecuado y a cada sistema muscular su equilibrio o balance correspondiente, también desempeña la función aún más importante de regular…”

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Los orificios y terminaciones de cada uno de los canales internos en la economía animal, que les dan su forma y función adecuadas; y, en segundo lugar, en los casos en que se han observado los fenómenos de esta función, estos han sido confundidos, como he señalado, con los de la sensación y la voluntad; o, si se han distinguido de estas, se les ha denominado de manera demasiado vaga como instintivos o automáticos. Por lo tanto, he sido obligado a adoptar alguna nueva designación para ellos, y ahora expondré las razones de mi elección de aquella que figura en el título de este artículo: “Funciones reflejas”.

“Esta propiedad se caracteriza por estar EXCITADA en su acción y REFLEJA en su desarrollo: en cada caso en que se ejerce, una impresión producida en las extremidades de ciertos nervios se transmite a la médula oblongada o a la médula espinal, y se refleja a lo largo de los nervios hacia partes adyacentes o alejadas de aquella que recibió la impresión.

“Es por este carácter reflejo por lo que la función a la que me he referido debe distinguirse de todas las demás. En la economía animal existen cuatro modos de acción muscular, de contracción muscular. El primero es el denominado VOLUNTARIO: la voluntad, originada en el cerebro y espontánea en sus actos, extiende su influencia a lo largo de la médula espinal y de los nervios motores en línea directa hacia los músculos voluntarios. El SEGUNDO es el de la RESPIRACIÓN: al igual que la voluntad, la influencia motriz en la respiración se transmite en línea directa desde un punto del sistema nervioso hasta ciertos músculos; pero mientras que el movimiento voluntario parece originarse en el cerebro, los movimientos respiratorios se originan en la médula oblongada: al igual que los movimientos voluntarios, los movimientos respiratorios son espontáneos; continúan, al menos, después de que se haya dividido el octavo par de nervios. El TERCER tipo de acción muscular en la economía animal es el denominado INVOLUNTARIO: depende del principio de irritabilidad y requiere la aplicación INMEDIATA de un estímulo a la propia fibra neuromuscular.

“Estos tres tipos de movimiento muscular son bien conocidos por los fisiólogos; y creo que son todos los que se han señalado hasta ahora. Sin embargo, existe UN CUARTO tipo, que persiste, en parte, después de que hayan cesado los movimientos voluntarios y respiratorios, tras la eliminación del cerebro y de la médula oblongada, y que está relacionado con la médula espinal; deja de existir cuando esta también se elimina, pero la irritabilidad no disminuye. En este tipo de movimiento muscular, la influencia motriz no se origina en ninguna parte central del sistema nervioso, sino desde una distancia con respecto a ese centro; es”

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Ni espontánea en su acción ni directa en su curso; por el contrario, es EXCITADA por la aplicación de estímulos adecuados, los cuales, sin embargo, no se aplican directamente a la fibra muscular o neuromuscular, sino a ciertas partes membranosas, desde donde la impresión se transmite a través de la médula, se REFLEJA y se reconduce a la parte afectada, o bien se conduce a una parte alejada de ella donde se produce la contracción muscular.

“Los tres primeros modos de acción muscular solo se conocen a través de movimientos reales de contracción muscular. Pero la función refleja existe como una acción muscular continua, como una fuerza que actúa sobre órganos que no se encuentran realmente en estado de movimiento, manteniendo en algunos, como la glotis, una forma abierta, en otros, como los esfínteres, una forma cerrada, y en los miembros un grado adecuado de equilibrio o acción muscular balanceada; una función que, creo, hasta ahora no ha sido reconocida por los fisiólogos.

“Los tres tipos de movimiento muscular conocidos hasta ahora pueden distinguirse de otra manera. Los músculos del movimiento voluntario y de la respiración pueden ser excitados estimulando los nervios que los inervan, en cualquier parte de su recorrido, ya sea en su origen, como parte de la médula oblongada o de la médula espinal, o fuera del canal vertebral; los músculos del movimiento involuntario son excitados principalmente por el contacto directo de los estímulos. Solo en el caso de la función refleja, los músculos son excitados por un estímulo que actúa de forma mediata e indirecta, siguiendo un camino curvo y reflejo, a través de nervios subcutáneos o submucosos superficiales que provienen de la médula. Las tres primeras causas de movimiento muscular pueden actuar sobre miembros o músculos separados. La última requiere que la conexión con la médula se mantenga intacta.

“Todos los tipos de movimiento muscular pueden ser excitados de forma excesiva, pero la función refleja tiene la particularidad de poder ser excitada de dos modos de acción que anteriormente no existían en el organismo animal, como en el caso de estornudos, tos, vómitos, etc. La función refleja también puede verse permanentemente disminuida o aumentada, y puede adoptar otras formas patológicas, de las cuales trataré más adelante.

“Antes de pasar a los detalles de los experimentos en los que se basa esta descripción, conviene señalar varios ejemplos que ilustren las diversas fuentes y modos de acción muscular que han sido enumerados. Ninguno puede ser más conocido que el acto de tragar. Sin embargo, ¿cómo?”

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¡Complicado es el acto! La captura de los alimentos por parte de los dientes y la lengua, etc., es voluntaria, y por lo tanto no puede tener lugar en un animal al que se le haya extirpado el cerebro. La transición de los alimentos a través de la glotis y a lo largo de la parte media e inferior de la faringe depende de la acción refleja: puede producirse en animales a los que se les ha extirpado el cerebro o del que se ha dividido el noveno par de nervios; pero requiere que la conexión con la médula oblongada se mantenga intacta, así como el contacto real con alguna sustancia que pueda actuar como estímulo. Esto va acompañado del cierre preciso de la glotis y de la contracción de la faringe. La finalización del acto de deglución depende del estímulo que se impone directamente sobre las fibras musculares del esófago, y es el resultado de una irritabilidad excitada.

“Aunque estas observaciones hayan dejado claro que existe una función del sistema nervioso muscular distinta de la sensación, de los movimientos voluntarios y respiratorios, y de la irritabilidad, en toda investigación de este tipo es conveniente que las afirmaciones y razonamientos se hagan como si el experimento estuviera realmente ante nosotros. Ya se ha señalado que los movimientos voluntarios y respiratorios son espontáneos, y no necesariamente requieren la intervención de un estímulo. Si, entonces, se puede colocar a un animal en circunstancias en las que tales movimientos ciertamente no tendrán lugar, pero su capacidad para moverse sigue existiendo, se puede concluir que la voluntad y la influencia motriz de la respiración se han anulado. Esto se logra extirpando el cerebro y la médula oblongada. Estos hechos están plenamente demostrados por los experimentos de Legallois y M. Flourens, así como por varios otros que voy a detallar, aprovechando la oportunidad que esto brinda para exponer los argumentos de la manera más clara posible.

“Dividí la médula espinal de una serpiente muy activa entre la segunda y la tercera vértebra. Los movimientos del animal eran, inmediatamente antes, extremadamente vigorosos e ininterrumpidos. A partir del momento en que se dividió la médula espinal, permaneció perfectamente tranquilo e inmóvil, con la excepción de jadeos ocasionales y ligeros movimientos de la cabeza. Se hizo evidente que este estado de quietud continuaría indefinidamente si el animal quedaba protegido de todas las impresiones externas.

“Al ser estimulado, el cuerpo comenzó a moverse con gran actividad, y continuó haciéndolo durante un tiempo considerable; cada cambio de posición o…”

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Una situación que pone en contacto una parte fresca de la superficie del animal con la mesa u otros objetos y permite renovar la aplicación de estímulos.
“Al final, el animal volvió a quedar inmóvil; y al estar cuidadosamente protegido de todas las impresiones externas, ya no se movió más, sino que murió en la posición y forma exactas que había adoptado anteriormente.”
“Se requiere un poco de habilidad para llevar a cabo este experimento con éxito: es necesario observar los movimientos del animal y detenerlos lentamente y con cautela, utilizando alguna sustancia blanda como un guante o algodón; de esta manera, los movimientos se van reduciendo gradualmente hasta que el animal queda completamente inmóvil. Por otro lado, el más mínimo contacto con una sustancia dura, el más leve estímulo, hará que el animal vuelva a moverse. Pero el hecho de que este fenómeno no dependa de la sensación queda demostrado por el hecho de que la posición adoptada anteriormente y los estímulos pueden ser tales que causarían dolor extremo o continuo, si la sensibilidad no estuviera dañada. En algunos casos, el animal permanecía parcialmente suspendido sobre el borde afilado de la mesa; en otros casos, las perforaciones y la aplicación de una vela encendida no impedían que el animal, aún poseedor de capacidades motrices activas, pasara a un estado de inmovilidad total y permanente.”
Para resumir este largo texto, Hall concluye con esta frase: “En resumen, la función refleja parece ser, en pocas palabras, el complemento de las funciones del sistema nervioso conocidas hasta ahora”. (2)
Con todo esto relacionado con las corrientes nerviosas y los tractos nerviosos ya convertidos en conocimientos básicos de la ciencia, era natural que surgiera interés por conocer el carácter exacto de estos tractos nerviosos en sí mismos. Era aún más natural, teniendo en cuenta que el microscopio perfeccionado comenzaba a dominar todos los campos de investigación. Pronto, un grupo de investigadores se dedicó al estudio de los nervios, y el líder en este campo, al igual que en muchos otros campos de investigación microscópica, fue Theodor Schwann. Gracias a sus esfuerzos, y con la valiosa ayuda de otros investigadores como Remak, Purkinje, Henle, Müller y otros, se despejaron todos los misterios relacionados con las características generales de los tractos nerviosos. Se llegó a saber que, en esencia, un tracto nervioso es una fibra o hilo delgado de protoplasma que se extiende entre dos puntos terminales en el organismo; uno de esos puntos suele ser una célula del cerebro o de la médula espinal, mientras que el otro es un punto de distribución en la periferia, por ejemplo, en un músculo o en la piel. Tal fibra puede tener alrededor de sí una capa protectora, conocida como vaina de Schwann.

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Pero la propia fibrila es el trayecto nervioso esencial; y en muchos casos, como descubrió recientemente Remak, la vaina se omite, especialmente en el caso de los nervios del llamado sistema simpático. Este sistema simpático de ganglios y nervios había sido durante mucho tiempo un enigma para los fisiólogos. Sus ganglios, que parecen ser el centro del sistema, suelen ser de tamaño diminuto y nunca muy grandes, se encuentran por todo el organismo, pero en particular se agrupan en una larga cadena doble que se encuentra dentro de la cavidad corporal, fuera de la columna vertebral, y representa el único sistema nervioso de los organismos invertebrados. Se observó que las fibrillas provenientes de estos ganglios se unían a las fibrillas de los nervios craneales y espinales y las acompañaban por todas partes, pero cuál era su función específica fue durante mucho tiempo solo cuestión de conjeturas, lo que dio lugar a muchas especulaciones absurdas. La realidad no sustituyó a las conjeturas hasta aproximadamente el año 1851, cuando el gran francés Claude Bernard demostró de manera concluyente que al menos una función principal de las fibrillas simpáticas es causar la contracción de las paredes de las arteriolas del sistema, regulando así el suministro sanguíneo a cualquier parte del cuerpo. Diez años antes, Henle había demostrado la existencia de bandas anulares de fibras musculares en las arteriolas, una cuestión que hasta entonces había sido objeto de muchos debates, y se habían hecho varias explicaciones tentativas sobre la acción de estas fibras, especialmente por parte de los hermanos Weber, por Stilling, quien ya en 1840 se atrevió a hablar de nervios “vaso-motores”, y por Schiff, quien seguía por el mismo camino en el momento del descubrimiento de Bernard. Pero no se arrojó luz clara sobre el tema hasta que se realizaron los experimentos de Bernard en 1851. Estos experimentos fueron confirmados y ampliados poco después por Brown-Sequard, Waller, Budge y numerosos otros, y desde entonces los fisiólogos creyeron entender cómo se regula el suministro sanguíneo a cualquier parte del cuerpo por medio del sistema nervioso. En realidad, sin embargo, solo habían aprendido la mitad de la historia, ya que Bernard mismo lo demostró pocos años después al abrir un nuevo capítulo completamente inesperado. Mientras realizaba experimentos en 1858, descubrió que existen ciertos nervios que inervan al corazón y que, si se estimulan, hacen que ese órgano se relaje y deje de latir. Dado que el corazón no es en esencia más que una agregación de músculos, este fenómeno era totalmente desconcertante y sin precedentes en la experiencia de los fisiólogos. Se suponía que un impulso que viajaba a lo largo de un nervio motor podía causar una contracción muscular y nada más; sin embargo, aquí tal impulso tenía exactamente el efecto opuesto. La única explicación viable parecía ser que este nervio en particular…

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El impulso debe detener o inhibir la acción de los impulsos que normalmente causan la contracción de los músculos cardíacos. Pero la idea de tal inhibición de un impulso por otro era completamente novedosa y, al principio, difícil de comprender. Gradualmente, sin embargo, esa idea ocupó su lugar en el conocimiento actual sobre fisiología nerviosa, y con el tiempo se llegó a entender que lo que ocurre en el caso del suministro nervioso al corazón es solo un caso particular dentro de una forma muy general, de hecho universal, de acción nerviosa. A partir del descubrimiento inicial de Bernard surgió la comprensión final de que todo el sistema nervioso es un mecanismo formado por centros subordinados y centros superiores, cuya acción puede ser contrarrestada e invalidada efectivamente por la acción del otro. Esto no se aplica únicamente a procesos físicos como los latidos cardíacos y la contracción y relajación arterial, sino también a las funciones más complejas que tienen su correspondiente en procesos psíquicos. Así, la observación de la inhibición de la acción del corazón por un impulso nervioso proporcionó el punto de partida para estudios que condujeron a una mejor comprensión del modo de funcionamiento de las actividades mentales, mejor que la que jamás habían logrado los psicólogos más perspicaces.

PSICO-FÍSICA
El trabajo de los fisiólogos nerviosos tuvo, por tanto, una gran influencia en las cuestiones relacionadas con la mente. Pero hubo otro grupo de investigadores de ese período que atacaron aún más directamente la “ciudadela del pensamiento”. En Alemania se desarrolló una notable escuela de investigadores, cuyos líderes eran hombres que, además de tener más o menos un sesgo metafísico innato como herencia nacional, también poseían los instintos del científico empírico; su formación incluía un profundo conocimiento no solo de fisiología y psicología, sino también de física y matemáticas. Estos hombres emprendieron la novedosa tarea de analizar las relaciones entre cuerpo y mente desde el punto de vista de la física. Buscaron aplicar el micrómetro y la balanza, en la medida de lo posible, a los procesos intangibles de la mente. El movimiento tuvo sus etapas precursoras a principios de siglo, especialmente en la psicología matemática de Herbart, pero su primer resultado concreto que atrajo la atención general provino de la mano magistral de Hermann Helmholtz en 1851. Consistió en la medición precisa de la velocidad de transmisión de un impulso nervioso a lo largo de un trayecto nervioso. Hasta entonces, se consideraba imposible realizar tal medición, ya que se suponía que la propagación del impulso nervioso era prácticamente instantánea. Pero Helmholtz lo logró fácilmente.

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Demostró lo contrario, mostrando que el cordón nervioso es un portador de mensajes relativamente lento. Según sus experimentos, realizados primero en ranas, la “corriente” nerviosa viaja a menos de cien pies por segundo. Otros experimentos realizados poco después por Helmholtz mismo y por varios seguidores, entre los cuales destacaba Du Bois-Reymond, modificaron algo las cifras exactas obtenidas inicialmente, pero no cambiaron la dirección general de los resultados iniciales. Así, se demostró que el impulso nervioso era algo muy distinto, en cuanto a velocidad de transmisión, del flujo eléctrico al que tan a menudo se le había comparado. Una corriente eléctrica podría recorrer la mitad del globo terrestre mientras que un impulso nervioso podía viajar a lo largo del cuerpo humano: desde el pie de un hombre hasta su cerebro.

La tendencia a cerrar la brecha que hasta entonces había separado el mundo físico del psíquico se evidenció aún más en la década siguiente mediante el notable pero altamente técnico estudio de Helmholtz sobre las sensaciones del sonido y del color en relación con sus causas físicas; en dicho estudio revivió la doctrina de la visión del color que aquel otro gran fisiólogo y físico, Thomas Young, había planteado medio siglo antes. La misma tendencia se manifestó también con la aparición, en 1852, de la famosa obra del Dr. Hermann Lotze, *Medizinische Psychologie, oder Physiologie der Seele*, que cuestionaba el antiguo mito de una “fuerza vital”. Pero la expresión más clara de este nuevo movimiento se dio en 1860, cuando Gustav Fechner publicó su obra clásica *Psychophysik*. Ese título introdujo una nueva palabra en el vocabulario de la ciencia. Fechner la explicó diciendo: “Por psicofísica entiendo una teoría precisa de la relación entre espíritu y cuerpo, y, en general, entre el mundo físico y el psíquico”. El título se hizo famoso y fue objeto de numerosas controversias. Lo mismo ocurrió con otra frase que Fechner introdujo en su libro: la frase “psicología fisiológica”. Al combinar estas palabras de manera tan acertada, Fechner prácticamente bautizó una nueva ciencia.

**Fechner expone la ley de Weber**
El objetivo principal de esta obra clásica del psicofisiólogo alemán era la elaboración y explicación de experimentos basados en un método introducido más de veinte años antes por su compatriota E. H. Weber, pero que hasta entonces no había recibido la atención que merecía.

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El método consistió en la medición y análisis de la relación definida que existe entre los estímulos externos de diferentes grados de intensidad (varios sonidos, por ejemplo) y los estados mentales que inducen. Los experimentos de Weber surgieron de la observación habitual de que la precisión con la que discriminamos diversos sonidos, pesos o imágenes visuales depende de la magnitud de cada causa particular de una sensación, en su relación con otras causas similares. Así, por ejemplo, no podemos ver las estrellas durante el día, aunque brillen con la misma intensidad que por la noche. De igual manera, rara vez percibimos el tictac de un reloj durante el día, aunque pueda volverse casi dolorosamente audible en el silencio de la noche. Además, la diferencia entre un peso de una onza y uno de dos onzas es claramente apreciable cuando levantamos ambos, pero no se puede discriminar de la misma manera entre un peso de cinco libras y uno que sea una onza más que cinco libras.

Este último ejemplo, y otros similares para los demás sentidos, le dieron a Weber la pista para sus experimentos novedosos. La reflexión sobre las experiencias cotidianas le hizo comprender que, siempre que consideramos dos sensaciones visuales, dos sensaciones auditivas o dos sensaciones de peso, en comparación unas con otras, existe siempre un límite a la agudeza de nuestra discriminación, y que este grado de agudeza varía, como en el caso de los pesos mencionados, con la magnitud de la causa que los provoca.

Weber decidió averiguar si estas experiencias comunes podían ser incluidas dentro del marco de una ley general. Su método consistió en realizar largas series de experimentos cuyo objetivo era determinar, en cada caso, lo que se conoce como la menor diferencia observable entre los estímulos. Así, si se sostiene un peso de una onza en cada mano y se añaden pequeños pesos a una de ellas, grano a grano, al principio no se percibe ninguna diferencia; pero poco a poco, al añadir cierto número de granos, sí se empieza a notar la diferencia. Al registrar cuántos granos se han añadido para producir este efecto, se obtiene el peso que representa la menor diferencia apreciable, cuando el estándar es una onza.

Ahora se repite el experimento, pero con pesos de cinco libras cada uno. Claramente, en este caso tendremos que añadir no granos, sino dracmas, antes de que se perciba alguna diferencia entre los dos pesos pesados. Pero, sea cual sea la cantidad exacta añadida, esa cantidad representa el estímulo que produce una sensación de diferencia apenas perceptible, cuando el estándar es…

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Cinco libras. Y así sucesivamente, para una serie indefinida de pesos de magnitudes variables. Ahora llegó el curioso descubrimiento de Weber. No solo descubrió que, en experimentos repetidos con el mismo par de pesos, la medida de la “diferencia justamente percibible” permanecía aproximadamente fija, sino que también encontró que existe una relación fija y notable entre los estímulos de diferentes magnitudes. Por ejemplo, si en el caso de los pesos de onza era necesario añadir una quincuagésima parte de onza al anterior antes de detectar una diferencia, también descubrió que, en el caso de los pesos de cinco libras, había que añadir una quincuagésima parte de cinco libras para obtener el mismo resultado. Y lo mismo ocurría con todos los demás pesos; la cantidad que se añadía para producir el estímulo de “diferencia mínimamente percibible” siempre mantenía la misma relación matemática con la magnitud del peso utilizado, ya fuera grande o pequeña.

Weber descubrió que lo mismo ocurría con los estímulos de las sensaciones de la vista y del oído: el estímulo diferencial siempre mantenía una proporción fija con la magnitud total de los estímulos. Aquí estaba, pues, la ley que había buscado.

Los resultados de Weber eran lo suficientemente claros y sorprendentes como para llamar la atención, pero no lograron atraer una atención considerable hasta que fueron revividos y ampliados por Fechner, quien los presentó al mundo en su famoso trabajo sobre psicofísica. Entonces provocaron un verdadero revuelo. Fechner no solo verificó los resultados anteriores (con ciertas limitaciones que no son esenciales para el presente análisis), sino que también inventó nuevos métodos para realizar pruebas similares y redujo toda la cuestión a un tratamiento matemático. Consideró el descubrimiento de Weber como la ley fundamental de la psicofísica. En honor al descubridor, la bautizó como Ley de Weber. Expresó la ley en palabras y fórmulas matemáticas, y, por así decirlo, la lanzó de lleno contra el mundo psicológico. Causó una gran conmoción, puede estar seguro, ya que fue el primer comunicado ampliamente difundido sobre la nueva psicología en su avance hacia los bastiones de la metafísica tradicional. Los logros de los microscopistas y los fisiólogos nerviosos habían sido solo preliminares: meros enfrentamientos marginales de importancia incierta. Pero aquí estaba la prueba de que el movimiento iconoclasta pretendía invadir el corazón mismo del territorio sagrado de la mente: un territorio del cual se suponía que los hechos objetivos tangibles estaban para siempre excluidos.

PSICOLOGÍA FISIOLÓGICA

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Apenas se había activado la alarma, sin embargo, cuando se produjo un nuevo movimiento. Mientras el libro de Fechner acababa de salir de imprenta, ya se estaban tomando medidas para aplicar los métodos del físico de otra manera más a los procesos íntimos de la mente. Puesto que Helmholtz había demostrado que la velocidad de la impulsación nerviosa a lo largo del trayecto nervioso era medible, ahora se buscaba también medir el tiempo necesario para que el mecanismo del sistema nervioso central realizara su función de recibir un mensaje y enviar una respuesta. Esto significaba adentrarse en las mismas fronteras de la mente. El primer intento lo realizó el profesor Donders en 1861, pero solo se obtuvieron resultados definitivos tras muchos años de experimentos por parte de numerosos investigadores. El principal entre ellos, y el hombre que estuvo a la vanguardia de este nuevo movimiento y fue su líder reconocido durante el resto del siglo, es el doctor Wilhelm Wundt, de Leipzig.

La tarea no fue fácil, pero, a la larga, se logró. No solo se demostró que el centro nervioso necesita un tiempo medible para sus operaciones, sino que también se aprendió mucho sobre las condiciones que modifican ese tiempo. Así, se descubrió que diferentes personas presentan diferencias en la velocidad de su actividad nerviosa central, lo cual explicaba la “ecuación personal” que el astrónomo Bessel había señalado medio siglo antes. También se comprobó que la velocidad de la actividad varía incluso en la misma persona bajo diferentes condiciones; por ejemplo, se ralentiza bajo la influencia del cansancio o en casos de ciertas enfermedades cerebrales. Dejando de lado todos los detalles, el hecho esencial que surge como demostración experimental es que los procesos intelectuales —sensación, apreciación, voluntad— están vinculados de forma irrevocable con las actividades de los tejidos del sistema nervioso central, y que estas actividades, al igual que todos los demás procesos físicos, tienen un elemento temporal. Para esa antigua escuela de psicólogos, que apenas se interesaba por la cabeza humana más que por sus talones —interesándose únicamente por la mente—, tal vinculación entre mente y cuerpo, como así se demostró, resultaba naturalmente preocupante. Pero, cualesquiera que fueran las conclusiones, no había forma de escapar a los hechos.

Por supuesto, este nuevo movimiento no se ha limitado a Alemania. De hecho, ya tenía defensores en otros lugares. Así, en Inglaterra, un siglo antes, el doctor Hartley defendió la teoría de la estrecha e indisoluble dependencia de la mente respecto al cerebro, y formuló una famosa teoría vibracional de la asociación que sigue mereciendo una cuidadosa consideración. También en Francia, al principio del siglo, estaba el doctor Cabanis con su doctrina tangible, aunque expresada de forma rudimentaria, según la cual el cerebro digiere las impresiones y…

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El estómago secreta sustancias mientras digiere los alimentos, y el hígado secreta bilis.
Además, los *Principios de Psicología* de Herbert Spencer, con su enfoque en la coordinación entre mente y cuerpo y su teoría evolutiva, aparecieron en 1855, medio decenio antes de las obras de Fechner. Pero estas influencias, aunque de gran valor educativo, eran más bien teóricas que empíricas. El hecho es que los trabajos experimentales que intentaron por primera vez medir las operaciones mentales mediante principios físicos se llevaron a cabo principalmente en Alemania. La *Psicología Fisiológica* de Wundt, con sus descripciones detalladas de la anatomía del sistema nervioso, dio una expresión concreta al desarrollo de este nuevo movimiento en 1874; cuatro años después, con la apertura de su laboratorio de psicología fisiológica en la Universidad de Leipzig, se puede decir que la nueva psicología logró un lugar permanente y obtuvo reconocimiento oficial. A partir de entonces, su expansión por el mundo fue solo cuestión de tiempo.
Cabe señalar, sin embargo, que existe otro método de examen estrictamente experimental del ámbito mental, muy popular en la actualidad, que tiene un origen diferente. Se trata de la investigación científica de los fenómenos del hipnotismo. Este tema fue rescatado de las manos de charlatanes, rebautizado y sometido a investigaciones precisas por el Dr. James Braid, de Mánchester, ya en 1841. Pero sus resultados, tras haber atraído atención momentánea, pasaron desapercibidos. A pesar de algunos intentos esporádicos, el tema no volvió a recibir atención generalizada en el mundo científico hasta 1878, cuando el Dr. Charcot lo abordó en el Salpêtrière, en París, seguido poco después por el Dr. Rudolf Heidenhain, de Breslau, y muchos otros experimentadores. El valor de este método para el estudio de los estados mentales se hizo evidente rápidamente. La mayoría de los experimentos de Braid fueron repetidos, y en general sus resultados se confirmaron. Su explicación del hipnotismo, o somnambulismo artificial, como un estado autoinducido, independiente de cualquier influencia oculta o sobrenatural, ganó rápidamente credibilidad general. Su creencia de que las etapas iniciales se deben al cansancio de los centros nerviosos, generalmente por estimulación excesiva, no ha sido reemplazada, aunque se ha complementado con conceptos derivados de los nuevos conocimientos sobre la mentalidad subconsciente en general, así como sobre la influencia inhibitoria de un centro sobre otro en el mecanismo nervioso central.
EL CEREBRO COMO ÓRGANO DE LA MENTE

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Estos estudios de los psicólogos y patólogos ponen de relieve las relaciones entre la mente y el cuerpo. Pero aún más concluyente al respecto fue el trabajo de los fisiólogos del cerebro. El principal de ellos, durante la segunda mitad del siglo, fue el hombre a quien a veces se denomina “padre de la fisiología cerebral”: Marie Jean Pierre Flourens, del Jardín des Plantes de París, discípulo y digno sucesor de Magendie. Sus experimentos en fisiología nerviosa comenzaron en el primer cuarto del siglo, pero sus experimentos locales sobre el propio cerebro no alcanzaron su culmen hasta aproximadamente 1842. En ese momento, la antigua controversia sobre la frenología estalló de nuevo, y los estudios de Flourens tenían como objetivo, al menos en parte, una investigación estrictamente científica de este tema problemático.

Durante estos estudios, Flourens descubrió que en la médula oblongada, la parte del cerebro que conecta dicho órgano con la médula espinal, existe un centro de tamaño diminuto que no puede ser dañado en absoluto sin causar la muerte inmediata del animal sometido a la operación. Cabe añadir que es este punto el que es alcanzado por la aguja del garrote en las ejecuciones españolas, y que el mismo centro también se destruye cuando un criminal es “éxitosamente” ahorcado, esta vez por la intrusión forzada de un proceso proveniente de la segunda vértebra cervical. Flourens denominó a este punto el “nudo vital”. Su extrema importancia, como se comprende hoy en día, se debe al hecho de que es el centro de los nervios que suministran sangre al corazón; pero esta explicación sencilla, que anulaba la concepción de un “centro de la vida” específico, no resultó evidente de inmediato.

Otros experimentos de Flourens parecían indicar que el cerebelo era el lugar donde se encontraban los centros que coordinaban las actividades musculares, y que las facultades intelectuales superiores residían en el cerebro. Pero más allá de esto, en lo que respecta a la localización, los experimentos fracasaron. Se obtuvieron resultados negativos, en cuanto a facultades específicas, tras todas las irritaciones localizadas en el cerebro, y Flourens se vio obligado a concluir que el lóbulo cerebral, aunque sin duda es el lugar donde se desarrolla la inteligencia superior, realiza sus funciones con toda su estructura. Esta conclusión, que de paso puso fin a la frenología, fue aceptada en general y se convirtió en la doctrina básica de la fisiología cerebral durante una generación.

No obstante, estos estudios de Flourens tuvieron un doble efecto: por un lado, negaron la localización de las funciones cerebrales, pero, por otro, demostraron la localización de ciertos procesos nerviosos en otras partes del cerebro.

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del cerebro. En general, entonces, se pronunciaron positivamente a favor del principio de localización de las funciones en el cerebro, principio por el cual abogaba cierto número de estudiantes; mientras que sus pruebas en contra de la localización cerebral eran únicamente negativas. Había aquí y allá un observador que consideraba que este testimonio negativo no era concluyente. En particular, el anatomista alemán Meynert, quien había estudiado la disposición de los tractos nerviosos en el cerebro, llegó a creer que las porciones anteriores del cerebro debían tener funciones motoras en mayor medida, mientras que las porciones posteriores, funciones sensoriales. Conclusiones algo similares fueron también alcanzadas por el Dr. Hughlings-Jackson, en Inglaterra, a partir de sus estudios sobre la epilepsia. Pero no surgieron pruebas positivas hasta 1861, cuando el Dr. Paul Broca presentó ante la Academia de Medicina de París un caso de lesión cerebral que consideraba de gran importancia para la cuestión de la localización cerebral. Se trataba de un paciente del Bicêtre que, durante veinte años, había estado privado de la capacidad de hablar, aparentemente debido a una pérdida de memoria de palabras. En 1861 este paciente falleció, y una autopsia reveló que una determinada convolución del lóbulo frontal izquierdo de su cerebro había sido completamente destruida por la enfermedad, quedando el resto de su cerebro intacto. Broca consideró que esta observación indicaba claramente que la memoria de las palabras estaba localizada en una zona específica del cerebro. Además, resultó que este caso no carecía de precedentes. Ya en 1825, el Dr. Boillard, a través de estudios patológicos, había logrado localizar con precisión un centro para la articulación de las palabras en el lóbulo frontal, y aquí y allá otros observadores habían hecho intentos en la misma dirección. Boillard incluso siguió investigando el tema con persistencia, pero el mundo no estaba listo para escucharlo. Ahora, sin embargo, en la media década que siguió a los anuncios de Broca, el interés aumentó enormemente, y gracias a los esfuerzos de Broca, Boillard y numerosos otros, se demostró que existía un verdadero centro que ejercía un dominio peculiar sobre la memoria de las palabras articuladas, situado en la tercera convolución del lóbulo frontal del cerebro, generalmente en el hemisferio izquierdo. Esa parte del cerebro ha sido desde entonces conocida en el mundo de habla inglesa como la convolución de Broca, un nombre que, curiosamente, los compatriotas del descubridor han tardado en aceptar. Este descubrimiento reabrió, de forma natural, todo el tema de la localización cerebral. Fue solo un paso más llegar a la conclusión de que debían existir otros centros definidos que valiera la pena buscar, y varios observadores se pusieron a buscarlos. En 1867, Eckhard obtuvo una pista al repetir

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Un experimento olvidado de Haller y Zinn del siglo anterior consistía en extirpar partes del córtex cerebral de los animales, con el resultado de provocar convulsiones. Pero la verdadera ruptura importante se produjo en 1870 por parte de los investigadores alemanes Fritsch y Hitzig, quienes, al estimular zonas específicas del córtex de los animales con una corriente galvánica, lograron que se contrajeran grupos determinados de músculos del lado opuesto del cuerpo. Estos experimentos, inicialmente recibidos con escepticismo, fueron repetidos y ampliados en 1873 por el Dr. David Ferrier, de Londres, y poco después por un gran número de investigadores independientes en todo el mundo; entre los más destacados se encontraban Franck y Pitres en Francia, Munck y Goltz en Alemania, y Horsley y Schafer en Inglaterra. Los resultados detallados, naturalmente, no estuvieron al principio todos en armonía. Algunos observadores, como Goltz, incluso negaron la validez total de las conclusiones. Pero un consenso basado en numerosos experimentos pronto estableció como indiscutibles los hechos generales por los que Fritsch y Hitzig abogaban. De hecho, se descubrió que los centros cerebrales de las actividades motoras no tienen toda la finalidad que algunos observadores les atribuyeron inicialmente, ya que a menudo ocurre que, tras la destrucción de un centro y la consiguiente pérdida de función, puede haber una restauración gradual de dicha función, lo que demuestra que otros centros han adquirido la capacidad de ocupar el lugar del destruido. Sin embargo, existe un límite a esta capacidad de sustitución, y con esta salvedad, la precisión en la localización de las funciones motoras en el córtex cerebral se ha convertido en un aspecto aceptado de la fisiología cerebral.

Tampoco dicha localización se limita a los centros motores. Experimentos posteriores, especialmente los de Ferrier y Munck, demostraron que los centros de la visión también están restringidos en su ubicación, esta vez en los lóbulos posteriores del cerebro, y que el oído también tiene su sede localizada. De hecho, hay todas las razones para creer que cada forma de sensación primaria se basa en impresiones que llegan principalmente a un destino bien definido en el cerebro. Pero todo esto, hay que entenderlo, no tiene relación con las formas superiores de intelecto. Todos los intentos de localizar estas funciones han resultado infructuosos, salvo para confirmar el hecho conocido de su dependencia del cerebro y, de manera algo problemática, de los lóbulos frontales del cerebro en particular. Pero eso es precisamente lo que cabría esperar, ya que una comprensión más clara de la naturaleza de los procesos mentales deja claro que, en general, estas supuestas “facultades” no están localizadas en sí mismas. Así, por ejemplo, la “facultad” del lenguaje es

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Está asociado de manera irrevocable con los centros de la visión, del oído y de la actividad muscular, y no va más allá; solo se vuelve posible mediante la asociación de estos centros ampliamente separados. La destrucción del centro de Broca, como se descubrió pronto, no priva por completo al paciente de su conocimiento del lenguaje. Puede ser totalmente incapaz de hablar (aunque en esto existen todos los grados de variación), pero aún así puede comprender lo que se le dice y ser capaz de leer, pensar e incluso escribir correctamente. Así, parece que el centro de Broca está estrechamente vinculado a la capacidad para el habla articulada, pero está lejos de ser el lugar donde reside la facultad del lenguaje en su totalidad. De manera similar, la mayoría de las supuestas “facultades” aisladas del intelecto superior, al analizarse con mayor claridad, resultan ser agregaciones complejas de sensaciones primarias y, por lo tanto, dependen necesariamente de numerosos y dispersos centros. Algunas “facultades”, como la memoria y la voluntad, pueden considerarse, en cierto sentido, dotaciones primordiales de cada célula nerviosa, e incluso de cada célula del cuerpo. De hecho, un análisis exhaustivo reduce todo el intelecto, en sus formas más primitivas, a cada partícula de materia viva. Pero tales refinamientos en el análisis, al fin y al cabo, no pueden ocultar el hecho de que ciertas formas de intelecto superior implican una colocación y elaboración bastante definida de sensaciones especiales. Tal especialización, de hecho, parece ser un acompañamiento necesario de la evolución mental. Que cada función especializada tenga sus centros localizados de coordinación, de alguna importancia similar a los centros del habla articulada, difícilmente puede ponerse en duda; aunque esto, hay que entenderlo, es una inducción, no aún una demostración. En otras palabras, hay todas las razones para creer que existen numerosos “centros”, en este sentido restringido, en el cerebro que hasta ahora han eludido al investigador. De hecho, la concepción actual considera que toda la corteza cerebral está compuesta principalmente por centros de coordinación final de las impresiones, las cuales, en su forma más rudimentaria, son recibidas por tejidos nerviosos más primitivos: los ganglios basales, el cerebelo y la médula, así como la médula espinal. Esto, por supuesto, equivale a postular que la corteza cerebral es el lugar exclusivo del intelecto superior. Sin embargo, esta proposición, a la que parece conducir una inducción segura, está muy lejos de sustentar la antigua concepción de localización cerebral, que se basaba en una psicología errónea y en inducciones igualmente defectuosas a partir de pocas premisas. Los detalles del sistema de Gall, tal como lo propusieron generaciones de sus seguidores, en su mayoría indignos, están completamente fuera del ámbito de la discusión científica. No obstante, como he dicho, había allí un germen de verdad: la idea de la especialización de las funciones cerebrales —y la moderna

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Los investigadores han rescatado esa concepción central del montón de basura frenológica en el que su descubridor, lamentablemente, la dejó enterrada.
LA ESTRUCTURA MINUTA DEL CEREBRO
El punto en común de todas estas líneas de investigación, llevadas a cabo por patólogos, anatomistas, fisiólogos, físicos y psicólogos, es, claramente, el sistema nervioso central: la médula espinal y el cerebro. La importancia de estas estructuras como focos de las actividades nerviosas y mentales ha sido reconocida cada vez más con cada nuevo avance del conocimiento, y los esfuerzos por comprender los secretos de su estructura interna no han cesado.
Para los investigadores de antaño, solo estaban disponibles los métodos rudimentarios de disección macroscópica e inspección microscópica. Estos podían revelar algo, pero, por supuesto, los secretos más profundos estaban al alcance únicamente de aquellos con una visión más aguda bajo el microscopio. Incluso para ellos, la tarea de investigación estaba lejos de ser sencilla, ya que los tejidos del sistema nervioso central son los más delicados y frágiles, y en muchos aspectos los más difíciles de manipular de todos los del cuerpo.
Por lo tanto, se necesitaban métodos especiales para este tipo de estudios, y la histología cerebral ha progresado mediante avances intermitentes; cada uno de estos avances representaba la introducción de alguna mejora ingeniosa en las técnicas mecánicas, lo cual ponía en manos de los investigadores nuevas herramientas para su trabajo.
Los primeros pasos en esta área se dieron en 1824, cuando Rolando ideó por primera vez cortar trozos de tejido cerebral endurecido químicamente en secciones finas para su examen microscópico; esa fue la base sobre la cual se desarrollaron casi todos los avances posteriores. Más tarde, Müller descubrió que el bicromato de potasio en solución era el mejor fluido para la conservación preliminar y el endurecimiento de los tejidos. En 1842, Stilling perfeccionó este método al introducir la práctica de cortar una serie de secciones consecutivas del mismo tejido, con el fin de seguir los trayectos de los nervios y establecer relaciones espaciales. Con el tiempo, la ingeniosidad mecánica añadió nuevos detalles de mejora. Se descubrió que los trozos de tejido endurecido, extremadamente delicados, podían ser más fáciles de manipular si se impregnaban con colodión o celoidina y se incrustaban en parafina. Recientemente, se ha vuelto habitual cortar secciones también de tejidos frescos, sin ser modificados por productos químicos, mediante su congelación rápida con éter vaporizado o, mejor aún, con ácido carbónico. Gracias a estos métodos, y con la ayuda de microtomas perfeccionados, los investigadores actuales pueden trabajar con secciones de tejido cerebral de una finura que los investigadores de épocas anteriores ni siquiera podían imaginar.

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Pero lo que es aún más importante que el corte de secciones delgadas es el proceso de hacer visibles las diferentes partes de dicha sección, permitiendo diferenciar un tejido del otro. La sección delgada, tal como la examinaron los primeros investigadores, era prácticamente incolora, y hasta los detalles más rudimentarios de su estructura eran difíciles de distinguir. Remak logró, efectivamente, descubrir que el tejido cerebral es celular ya en 1833, y Ehrenberg, ese mismo año, comprobó que también es fibrilar; pero más allá de esto no se lograron grandes avances hasta 1858, cuando se recibió un impulso decisivo gracias a un nuevo procedimiento introducido por Gerlach. El procedimiento en sí era muy sencillo: consistía básicamente en tratar una sección microscópica con una solución de carmín. Pero el resultado fue maravilloso, ya que al colocar dicha sección bajo el microscopio ya no parecía homogénea. A través de su sustancia se podían observar cuerpos irregulares que habían adquirido un hermoso color, mientras que la matriz en la que estaban incrustados permanecía sin teñirse. En resumen, la célula nerviosa central quedó de repente claramente visible.

Resultó ser un cuerpo sumamente interesante esta célula nerviosa, o célula ganglionar, como llegó a llamarse. Se comprobó que era extremadamente pequeña, y que se necesitaban altas potencias de aumento del microscopio para poder verla. Existe en números casi infinitos, pero no está dispersa al azar por el cerebro y la médula espinal. Por el contrario, se encuentra exclusivamente en aquellas partes de las masas nerviosas centrales que, a simple vista, tienen un color gris, careciendo por completo de la sustancia blanca que constituye la mayor parte del cerebro. Incluso en la materia gris, aunque a veces estén distribuidas en gran cantidad, las células ganglionares nunca están en contacto directo entre sí; siempre se encuentran incrustadas en tejidos intercelulares, que, siguiendo a Virchow, pasaron a conocerse como neuroglía.

Se observó que cada célula ganglionar tenía un contorno irregular y que de ella sobresalían dos conjuntos de fibras diminutas: uno de ellos, relativamente corto, de número indefinido y ramificado en todas direcciones; el otro conjunto, de número limitado, a veces incluso único, y que partía directamente de la célula, como si estuviera destinado a un viaje más largo. Los numerosos filamentos pasaron a conocerse como procesos protoplásmicos; la otra fibra recibió el nombre, en honor a su descubridor, de cilindro axial de Deiters. Era una deducción lógica, aunque no claramente demostrable en las secciones, que estos procesos filamentosos eran los enlaces que conectaban las diferentes células nerviosas, así como los canales de comunicación entre las células nerviosas y la periferia del cuerpo. La sustancia blanca del cerebro y…

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El cordón nervioso, aparentemente, está compuesto por tales fibras conectivas, lo que permite que las diferentes células ganglionares se comuniquen entre sí en todas partes. En el intento de rastrear los tractos nerviosos conectores a través de esta sustancia blanca, ya sea por métodos macroscópicos o microscópicos, la ayuda más importante proviene de un método desarrollado por Waller en 1852. Antes de eso, en 1839, Nasse había descubierto que un cordón nervioso seccionado degenera en sus partes periféricas. Waller descubrió que cada fibra nerviosa, ya sea sensorial o motora, tiene una célula nerviosa hacia la cual o desde la cual se dirige, y esa célula controla su nutrición; por lo tanto, solo puede mantener su vitalidad mientras su conexión con dicha célula permanece intacta. A tales células las denominó centros tróficos. Ciertas células de la parte anterior del cordón espinal, por ejemplo, son los centros tróficos de los nervios motores espinales. Otros centros tróficos, que controlan los tractos nerviosos dentro del propio cordón espinal, se encuentran en las diversas regiones del cerebro. A Waller se le ocurrió que, al destruir tales centros o al interrumpir la conexión en distintas regiones entre un tracto nervioso y su centro trófico, se podía hacer que los tractos bien definidos degeneraran, y posteriormente se podía determinar con precisión su ubicación, ya que los tejidos degenerados adquieren un aspecto diferente tanto bajo observación macroscópica como microscópica. El reconocimiento de este principio proporcionó al experimentador un nuevo instrumento de gran eficacia para rastrear las conexiones nerviosas. Además, el mismo principio tiene amplia aplicación en casos de personas enfermas, como lesiones en los tractos nerviosos o destrucción de centros debido a tumores localizados, embolias o traumatismos. Todos estos métodos de examen anatómico combinados llevan casi inevitablemente a la conclusión de que las células ganglionares centrales son los verdaderos “centros” de la actividad nerviosa, a los que han señalado tantas otras líneas de investigación. Esta conclusión se vio reforzada por experimentos realizados por quienes estudiaban la localización motora, los cuales demostraron que los verdaderos centros de dicha actividad se encuentran, sin lugar a dudas, en la corteza gris del cerebro, y no en la materia blanca. Pero la prueba definitiva provino de la patología. Gracias a numerosos observadores, se demostró que en ciertas enfermedades conocidas del cordón espinal, que causan parálisis, son las propias células ganglionares las que resultan destruidas. De manera similar, en el caso de quienes padecen demencias crónicas, con demencia marcada, se observa que las células ganglionares de la corteza cerebral han sufrido degeneración. Los cerebros de las personas paralíticas, en particular, muestran tal degeneración, en una correspondencia sorprendente con su…

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decadencia mental. La posición de la célula ganglionar como centro último de las actividades nerviosas quedó así fuera de toda duda. Mientras tanto, dado el aceptación general del esquema histológico de Gerlach, según el cual la masa de la sustancia blanca del cerebro es una red de fibrillas intercelulares, parecía posible tener una idea aproximada de cómo se correlacionan las actividades ganglionares y, a través de la asociación, se van construyendo, por así decirlo, los procesos mentales superiores. Tal concepción coincidía perfectamente con las ideas de los asociacionistas, que ahora se habían vuelto dominantes en psicología. Pero había un enigma persistente en esta correlación, por lo demás satisfactoria, entre observaciones anatómicas y análisis psíquicos. Era el siguiente: puesto que, según el histólogo, las fibrillas intercelulares, a través de las cuales se transmiten los impulsos, conectan cada célula cerebral, directa o indirectamente, con todas las demás en una red interminable, ¿cómo es posible que ciertos grupos de células puedan quedar aislados unos de otros en ocasiones? Tal aislamiento debe producirse, ya que toda la actividad mental normal depende, para su integridad, tanto del aislamiento de la gran masa de asociaciones como de la inclusión de otras asociaciones específicas. Por ejemplo, un estudiante al resolver un problema matemático debe olvidarse momentáneamente de las asociaciones relacionadas con la geografía, la historia natural y cosas similares. Pero, ¿ofrece la histología alguna pista sobre cómo puede lograrse tal aislamiento? Se intentó encontrar una respuesta considerando el carácter muy peculiar del suministro sanguíneo en el cerebro. Aquí, como en ningún otro lugar, las ramas terminales de las arterias están dispuestas en sistemas cerrados, sin anastomosarse libremente con los sistemas vecinos. Claramente, entonces, una zona restringida del cerebro puede recibir sangre arterial gracias a la influencia reguladora de los nervios vasomotores, mientras que las partes vecinas permanecen relativamente anémicas. Y dado que las actividades vitales dependen indudablemente en parte del suministro de sangre arterial, este arreglo peculiar del mecanismo vascular puede considerarse adecuado para facilitar las actividades localizadas de los ganglios del sistema nervioso central. Pero esta explicación dejaba mucho que desear, especialmente si se tiene en cuenta que toda inteligencia superior probablemente involucra numerosos centros dispersos por todo el cerebro. Sin embargo, no se encontró una explicación mejor hasta el año 1889, cuando de repente el misterio se resolvió gracias a un nuevo descubrimiento. Poco antes, el histólogo italiano Dr. Camille Golgi había descubierto un

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Método de impregnación de los tejidos cerebrales endurecidos con una solución de nitrato de plata, con el resultado de teñir las células nerviosas y sus procesos casi infinitamente mejor que lo que era posible con los métodos de Gerlach o con cualquiera de los métodos múltiples introducidos por otros investigadores. Por primera vez se hizo posible rastrear las prolongaciones celulares hasta sus extremos, ya que las fibrillas más finas no habían podido ser visibilizadas por ningún método de tratamiento anterior. El propio Golgi demostró que el conjunto de fibrillas conocidas como prolongaciones protoplásmicas terminan en extremos libres y no tienen conexión directa con ninguna otra célula salvo con la que provienen. También mostró que los cilindros axiales emiten numerosas ramificaciones laterales que hasta entonces no se sospechaban. Pero aquí se detuvo, sin comprender la verdadera importancia del descubrimiento al que estaba tan cerca. Quedó entonces por parte del histólogo español Dr. S. Ramón y Cajal continuar la investigación mediante una aplicación mejorada del método de tinción de Golgi, y demostrar que los cilindros axiales, junto con todas sus ramificaciones colaterales, aunque a veces se extienden a grandes distancias, finalmente terminan, al igual que las demás prolongaciones celulares, en fibrillas arbóreas con extremos libres. En resumen, se demostró que cada célula nerviosa central, con sus ramificaciones fibrilares, es una entidad aislada. En lugar de estar en conexión física con multitud de otras células nerviosas, no tiene conexión física directa con ninguna otra célula nerviosa.

Cuando el Dr. Cajal anunció su descubrimiento en 1889, sus afirmaciones revolucionarias sorprendieron enormemente a la mayoría de los histólogos. Sin embargo, hubo algunos que no estaban del todo desprevenidos ante esta revelación; en particular His, quien ya sospechaba en parte la independencia de las células, ya que parecían desarrollarse a partir de centros disociados; y Forel, quien basó una sospecha similar en el hecho de que nunca había logrado rastrear realmente una fibra de una célula a otra. Estos observadores procedieron entonces a repetir los experimentos de Cajal. Lo mismo hicieron el veterano histólogo Kolliker y, poco después, todos los líderes del campo. El resultado fue una confirmación prácticamente unánime de las afirmaciones del histólogo español, y pocos meses después de sus anuncios, la antigua teoría de la unión de las células nerviosas en una red interminable fue completamente descartada, y la teoría de los elementos nerviosos aislados —la teoría de las neuronas, como llegó a llamarse— se estableció plenamente en su lugar.

En cuanto a cómo funcionan estas células nerviosas aisladas, el Dr. Cajal dio la pista desde el principio, y su explicación ha recibido aprobación universal.

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En la visión modificada, la célula nerviosa mantiene su posición anterior como depósito de energía nerviosa. Cada uno de los filamentos que sobresalen de la célula sigue siendo considerado, como antes, como un transmisor de impulsos, pero un transmisor que opera de forma intermitente, al igual que un cable telefónico que no está siempre “conectado”. Y, al igual que ese cable, la fibra nerviosa funciona por contacto y no por continuidad. Bajo una estimulación adecuada, los extremos de las fibrillas se extienden, entran en contacto con otros extremos de fibrillas de otras células y transmiten el impulso destinado. Luego se retraen, y la comunicación cesa durante el tiempo entre esas células en particular. Mientras tanto, mediante una disposición diferente de los diversos conductores, diferentes grupos de células entran en comunicación, se generan diferentes asociaciones de impulsos nerviosos y surgen diferentes secuencias de pensamientos. Cada fibra, cuando se retrae, se convierte en un no conductor, pero cuando se extiende y está en contacto con otra fibra o con el cuerpo de otra célula, transmite su mensaje tan fácilmente como lo haría un filamento continuo, exactamente como ocurre con un cable eléctrico. Esta concepción, basada en una base anatómica muy concreta, nos permite responder a la pregunta de cómo se aislan las ideas y, además, como señala el Dr. Cajal, arroja nueva luz sobre muchos otros procesos mentales. Se puede imaginar, por ejemplo, teniendo en cuenta las prolongaciones nerviosas flexibles, cómo pueden surgir nuevas secuencias de pensamientos a través de asociaciones novedosas entre células; cómo se adquiere la facilidad para pensar o actuar en ciertas direcciones mediante la formación habitual de ciertas conexiones entre células nerviosas; cómo ciertos conocimientos pueden escapar a nuestra memoria y negarse a ser encontrados durante un tiempo debido a una incapacidad temporal de las células nerviosas para establecer las conexiones adecuadas, y así sucesivamente. Si se compara cada célula nerviosa con una oficina telefónica central, y cada una de sus prolongaciones filamentosas con un cable telefónico, se puede imaginar una analogía sorprendente entre el modo de funcionamiento de los procesos nerviosos y del sistema telefónico. La utilidad de las nuevas conexiones en la oficina central, la inutilidad del mecanismo cuando no se pueden establecer conexiones, los “cables en uso” que retrasan el envío del mensaje, e incluso la interconexión de cables, que genera sonidos muy diferentes de los deseados: todo esto, junto con una multitud de otros aspectos que se le ocurrirán a cualquier usuario de teléfono, puede imaginarse como algo que tiene un paralelismo casi absurdo en el funcionamiento del mecanismo nervioso. Y ese paralelismo, por sorprendente que parezca, no es una mera fantasía. Está sustentado y se vuelve plausible gracias a un sólido fundamento de conocimiento anatómico.

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las condiciones bajo las cuales existe el mecanismo del sistema nervioso central, y en su ausencia, como demuestra la patología con no menor certeza, sus funciones son inútiles para producir las manifestaciones normales de la inteligencia superior.

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X. LA NUEVA CIENCIA DE LA ARQUEOLOGÍA ORIENTAL
CÓMO SE LEYÓ “EL ACERTIJO DE LA ESFINGE”

En el gran salón de las antigüedades egipcias del British Museum se encuentra una maravillosa pieza escultórica conocida como la Piedra de Roseta. Dudo que cualquier otra pieza de toda la exposición atraiga tanta atención del visitante casual como esta losa de basalto negro sobre su pedestal en forma de telescopio. El propio salón, pese a su abundancia de tesoros extrañamente esculpidos, nunca está lleno, pero frente a esta piedra casi siempre se puede encontrar a alguien de pie, contemplando con más o menos perspicacia los extraños caracteres grabados ordenadamente en su cara vuelta hacia arriba y protegida por un cristal. Una simple mirada a esta superficie grabada basta para comprobar que allí están registrados tres conjuntos de inscripciones. La superior, que ocupa aproximadamente una cuarta parte de la superficie, es un rollo ilustrado, compuesto por cadenas de esos extraños contornos de serpientes, halcones, leones, etc., que incluso quienes tienen menos conocimientos reconocen como jeroglíficos. La inscripción intermedia, formada por líneas, ángulos y medio-figuras, podría suponerse que es una especie de jeroglífico abreviado o en escritura simplificada. La tercera o inferior inscripción es en griego; obviamente, está formada por palabras. Si las inscripciones superiores también están formadas por palabras, solo quienes tienen conocimientos especializados pueden demostrarlo.

Afortunadamente, sin embargo, incluso el observador menos erudito no tiene dudas sobre el verdadero significado de lo que ve, ya que una etiqueta en inglés nos indica que estas tres inscripciones son versiones del mismo mensaje, y que ese mensaje es un “decreto de los sacerdotes de Menfis que concede honores divinos a Ptolomeo V (Epifanes), rey de Egipto, en el año 195 a.C.”. La etiqueta continúa indicando que la inscripción superior (de la cual, lamentablemente, solo queda parte de las últimas doce líneas, ya que la losa está rota) está en “el idioma egipcio, en jeroglíficos, o escritura de los sacerdotes”; la segunda inscripción “en el mismo idioma, pero en demótico, o escritura del pueblo”; y la tercera “en idioma y caracteres griegos”. A continuación se presenta una breve biografía de la propia Piedra de Roseta, de la siguiente manera: “La piedra fue…”

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Fue descubierta por los franceses en 1798 entre las ruinas del Fuerte Saint Julien, cerca de la desembocadura del Nilo en Rosetta. Pasó a manos de los británicos por el tratado de Alejandría y fue depositada en el Museo Británico en el año 1801. En esa breve inscripción hay todo un volumen de historia… y también un toque amargo, si el lector resulta ser francés. Sin embargo, los hechos involucrados apenas podrían expresarse de manera más modesta. Están registrados de forma mucho más directa en una inscripción grabada en el lado de la piedra, que dice: “Capturada en Egipto por el ejército británico, 1801”. Ningún francés podría leer esas palabras sin sentir una verdadera tristeza.

El valor de la Piedra de Rosetta radicaba en el hecho de que, incluso al examinarla casualmente, daba esperanzas de proporcionar la clave para resolver el misterio centenario de los jeroglíficos. Durante dos mil años, el secreto de estas extrañas marcas había sido olvidado. En ningún lugar del mundo —ni siquiera en Egipto— nadie tenía la menor pista sobre su significado; había quienes incluso dudaban de que esas imágenes tuvieran realmente algún significado concreto, cuestionando si no serían simplemente símbolos vagos de carácter religioso esotérico y nada más. Fue la Piedra de Rosetta la que dio respuesta a esos escépticos y devolvió al mundo un idioma perdido y una literatura olvidada.

Los administradores del museo reconocieron de inmediato que el problema de la Piedra de Rosetta era uno en el que los científicos de todo el mundo podrían poner a prueba toda su ingeniosidad. Por eso publicaron rápidamente en todo el mundo una copia litografiada con cuidado de toda la inscripción, para que los estudiosos extranjeros tuvieran las mismas oportunidades que los británicos de intentar resolver el enigma. Sin embargo, fue un inglés quien primero encontró una pista para resolverlo. Se trataba del extraordinario Dr. Thomas Young, el investigador de la naturaleza vibratoria de la luz.

Las descubrimientos específicos de Young fueron los siguientes: (1) Que muchas de las imágenes de los jeroglíficos representan los nombres de los objetos que realmente se representan; (2) Que otras imágenes son a veces solo simbólicas; (3) Que los números plurales se representan mediante repetición; (4) Que los numerales se representan con guiones; (5) Que los jeroglíficos pueden leerse tanto de derecha a izquierda como de izquierda a derecha, pero siempre en la dirección en que miran las figuras animales y humanas; (6) Que los nombres propios están rodeados por un anillo ovalado grabado, lo que él llamó un cartucho; (7) Que los cartuchos de la parte conservada de la Piedra de Rosetta representan únicamente el nombre de Ptolomeo; (8) Que la presencia de…

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Una figura femenina que aparece después de tales cartuchos en otras inscripciones siempre denota el sexo femenino; (9) que dentro de los cartuchos los símbolos jeroglíficos tienen un valor fonético, ya sea alfabético o silábico; y (10) que varios caracteres diferentes pueden tener el mismo valor fonético. Young señaló cuáles eran exactamente estos valores fonéticos en el caso de catorce caracteres que representaban nueve sonidos: seis de ellos se consideran hoy en día como representaciones correctas de las letras a las que él los asignó, y los otros tres como correctos en cuanto a su elemento esencial o consonántico. Está claro, por lo tanto, que hasta ese punto estaba en el camino correcto, al borde del descubrimiento completo. Pero, desafortunadamente, no logró dar el siguiente paso, que habría sido darse cuenta de que los mismos valores fonéticos que se asignaban a los caracteres alfabéticos dentro de los cartuchos también se les atribuían con frecuencia cuando se utilizaban en el texto general de una inscripción; en otras palabras, que el uso del alfabeto no se limitaba a los nombres propios. Este era el gran secreto que Young pasó por alto y que su sucesor francés, Jean-François Champollion, trabajando sobre las bases que Young había sentado, pudo descubrir. Los estudios iniciales de Young sobre la Piedra de Roseta se realizaron en 1814; su publicación posterior data de 1819. El primer anuncio de resultados por parte de Champollion tuvo lugar en 1822; el segundo, y más importante, en 1824. Para entonces, mediante el estudio de los cartuchos de otras inscripciones, Champollion ya había identificado casi todo el alfabeto, y el “enigma de la Esfinge” quedó prácticamente resuelto. Demostró que los egipcios habían desarrollado un alfabeto relativamente completo (ignorando en su mayor parte las vocales, al igual que los primeros alfabetos semíticos) siglos antes de que los fenicios aparecieran en la historia. Qué relación tenía este alfabeto con el fenicio tendremos ocasión de preguntarlo en otra ocasión; por ahora basta saber que esas extrañas imágenes del pergamino egipcio son en realidad letras. Sin embargo, incluso esta afirmación debe modificarse en cierta medida. Estas imágenes son letras y algo más. Algunas de ellas tienen carácter puramente alfabético, mientras que otras son simbólicas de otro modo. Algunos caracteres representan sílabas. Otros, a veces, sirven simplemente como representantes de sonidos, y, en un sentido más amplio, como representaciones de cosas, como sin duda lo eran todos los jeroglíficos en sus inicios. En resumen, se trata de un alfabeto, pero no de un alfabeto perfeccionado.

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como están acostumbradas las naciones modernas; de ahí las enormes complicaciones y dificultades que presentaron para los primeros investigadores.
Champollion no vivió lo suficiente como para resolver todos estos misterios. Su trabajo fue continuado y ampliado por su discípulo Rossellini, y en particular por el Dr. Richard Lepsius en Alemania, seguido por M. Bernouf y por Samuel Birch del British Museum, y más recientemente por conocidos egiptólogos como los señores Maspero y Mariette y Chabas, en Francia, el Dr. Brugsch, en Alemania, y el Dr. E. Wallis Budge, actual jefe del Departamento de Antigüedades Orientales del British Museum. Pero la tarea de los investigadores posteriores ha sido sobre todo la de exhumar y traducir registros, más que encontrar métodos.

**Tesoros de Nínive**
El visitante más casual del British Museum difícilmente puede pasar por alto dos pares de esculturas masivas: en un caso, toros alados; en el otro, leones alados, ambos con cabeza humana, que custodian la entrada al salón egipcio, cerca de la Piedra de Roseta. Cada par de estas extrañas criaturas custodiaba antiguamente la entrada al palacio de un rey en la famosa ciudad de Nínive. Al encontrarse frente a ellas, la mente se transporta a unos veintisiete siglos atrás, a los tiempos en que el “cedro del Líbano” era “hermoso en su grandeza” y causaba estragos en Israel.
Por ejemplo, las mismas esculturas que vemos hoy quizá fueron vistas por Jonás cuando emprendió ese famoso viaje a Nínive hace unos setecientos u ochocientos años a.C. Poco después, los babilonios y los medos se rebelaron contra la tiranía asiria y atacaron la hermosa ciudad de Nínive, reduciéndola casi literalmente a escombros. Pero estas grandes esculturas, entre otras cosas, escaparon a la destrucción; ocultas y preservadas por los escombros acumulados a lo largo de los siglos, permanecieron allí, siglo tras siglo, con su existencia completamente olvidada. Cuando Jenofonte pasó por aquel lugar con la desafortunada expedición de los diez mil hombres, en el año 400 a.C., solo vio una colina que parecía marcar el sitio de alguna antigua ruina; pero el griego no sospechó que estaba ante el lugar de esa ciudad que, solo dos siglos antes, había sido la dueña del mundo.
¡Tan efímera es la fama! Y, sin embargo, la moraleja apenas se cumple en la realidad; porque nosotros, hoy, en este nuevo mundo occidental, inimaginado hasta entonces, contemplamos estos testimonios de la grandeza asiria, recién salidos de sus dos mil quinientos años de entierro, junto con registros que nos devuelven la historia de

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esa gente hace tiempo olvidada con tal detalle que ninguna generación anterior lo conocía desde la caída de Nínive. Durante dos mil quinientos años nadie vio estos tesoros ni supo que existían. Cien generaciones de hombres vinieron y se fueron sin pronunciar siquiera el nombre de los reyes Salmanasar o Asumazirpal o Asurbanipal. Y hoy, después de estos siglos de olvido, estos nombres vuelven a la historia y, gracias al carácter de sus monumentos, gozan de una fama cuya permanencia puede casi desafiar al propio tiempo. No sería nada extraño, sino más bien acorde con sus anteriores cambios de fortuna, que los nombres de Asurnazirpal y Asurbanipal llegaran a ser palabras familiares para las generaciones futuras que hayan olvidado la existencia de un Alejandro, un César y un Napoleón. Pues cuando el neozelandés futuro descrito por Macaulay explore las ruinas del Museo Británico, los registros de los antiguos asirios probablemente seguirán allí, intactos, para contar su historia tal como la han contado a nuestra generación, aunque todos los manuscritos y libros impresos puedan haber seguido el destino de las texturas frágiles.

Pero el pasado de las esculturas asirias es ya lo suficientemente necromántico como para no necesitar inventarles un futuro igualmente necromántico. La historia de su restauración es como una brillante novela histórica. Antes de mediados de este siglo, el estudiante curioso podía aprender en una hora más o menos todo lo que se sabía, tanto en realidad como en leyenda, sobre la famosa ciudad de Nínive. Bastaba con que leyera unos capítulos de la Biblia y unas páginas de Diodoro para agotar la importante literatura sobre el tema. Si además consultaba las páginas de Heródoto y Jenofonte, de Justino y Eliano, estas servían principalmente para confirmar la sospecha de que los propios griegos sabían casi nada más sobre la historia de sus célebres predecesores orientales. Las fábulas de la época hablaban de un primer rey, Nino, y de su maravillosa reina Semíramis; de Senaquerib, el conquistador; del efeminado Sardanápalo, que descuidó las costumbres guerreras de sus antepasados pero pereció gloriosamente al final, junto con Nínive misma, en un autoinfligido holocausto. Y eso era todo. Cuánto de esto era historia y cuánto mito, nadie podía decirlo; y, por más que alguien sospechara lo contrario, nadie podría llegar a saberlo jamás. Y hoy, los registros contemporáneos de la ciudad están ante nosotros en tal abundancia que ninguna otra nación de la antigüedad, salvo Egipto, puede competir con ella. Hay bibliotecas enteras de libros asirios a mano, escritos en el siglo VII antes de nuestra era. Estos, cabe entender, son los libros originales mismos, no copias. El autor de aquel lejano tiempo nos habla directamente, cara a cara.

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sin un transcriptor intermediario. Y no existe ni una sola línea de ningún manuscrito en hebreo o griego de época similar que haya sido conservada hasta nuestros días; hay muy poco que pueda compararse con estos libros antiguos, incluso después de mil años. Cuando uno lee a Moisés o Isaías, a Homero, Hesíodo o Heródoto, en realidad solo está siguiendo la transcripción —a menudo indudablemente defectuosa y probablemente nunca perfecta en todas sus partes— de los copistas sucesivos de generaciones posteriores. La copia más antigua conocida de la Biblia, por ejemplo, data probablemente del siglo IV d.C., mil años o más después de que se redactaran, se leyeran, se enterraran y se olvidaran los últimos registros asirios.

Hubo al menos un rey asirio, a saber, Asurbanipal, cuyo palacio contaba con una biblioteca de unas diez mil volúmenes; una biblioteca, si así se quiere, en la que los libros estaban numerados y archivados sistemáticamente, y clasificados y cuidados por un bibliotecario oficial. Si quisiera usted ver algunos de los documentos de esta maravillosa biblioteca, solo tiene que pasar junto a los leones alados de Asurnazirpal e ingresar en el salón asirio, justo a la vuelta de la esquina de la Piedra de Roseta. De hecho, las grandes losas de piedra de las cuales están tallados los propios leones son, en cierto sentido, libros, ya que en su superficie hay registros escritos. Una ojeada revela los extraños caracteres en los que están escritos estos registros, grabados ordenadamente en líneas rectas a lo largo de la piedra, y a simple vista parecen nada más que hileras aleatorias de puntas de flecha. La similitud es tan sorprendente que a veces se les denomina caracteres de punta de flecha, aunque más generalmente se conocen como caracteres en forma de cuña o cuneiformes. Sin embargo, las inscripciones en los costados de los leones son solo libros improvisados. Pero los verdaderos libros no están más lejos que en la habitación contigua al salón de Asurnazirpal. Ocupan parte de una serie de estantes colocados a lo largo del centro de esta habitación. Quizás no sea exagerado calificar esta colección como el conjunto más extraordinario de documentos entre todos los tesoros raros del Museo Británico, ya que incluye no solo libros, sino también cartas públicas y privadas, anuncios comerciales, contratos matrimoniales; en resumen, todo tipo de registros escritos que forman parte de la vida cotidiana de una comunidad inteligente y culta.

Pero, ¿por qué milagro se han conservado tales documentos a lo largo de todos estos siglos? Una simple mirada revela el secreto. Se trata simplemente de materiales resistentes al paso del tiempo. Cada uno de estos documentos asirios parece ser, y en realidad es, nada más ni nada menos que un fragmento de ladrillo inscrito, que tiene más o menos el mismo color y textura que una baldosa de terracota desgastada.

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Fabricación moderna. Estas losas suelen tener forma ovalada u oblonga, y miden de dos o tres a seis u ocho pulgadas de largo y unas una pulgada de grosor. Cada una de ellas era originalmente una porción de arcilla para ladrillos, sobre la cual el escriba grababa las filas de puntas de flecha con algún instrumento de bordes afilados; posteriormente, el documento se volvía permanente al ser cocido. Por supuesto, son algo frágiles, como todos los ladrillos, y muchas de ellas se han desmoronado más o menos durante la destrucción del palacio de Nínive; pero frente a los estragos del simple paso del tiempo, son casi invulnerables, como casi cualquier cosa en la naturaleza. De ahí que estos registros de una civilización remota hayan sido preservados para nosotros, mientras que los registros similares de civilizaciones posteriores como la griega han perecido por completo. Así como los utensilios de sílex de los habitantes de las cuevas llegan hasta nosotros sin cambios, los utensilios de hierro de una época mucho más reciente se han desintegrado.

CÓMO SE LEYERON LOS REGISTROS

Al final, entonces, dado el tipo de materiales utilizados, no hay nada realmente extraordinario en el mero hecho de que estos antiguos registros hayan sido conservados. Sin duda, es un gran mérito de la empresa del siglo XIX haberlos encontrado y sacado a la luz. Pero la verdadera maravilla en relación con ellos es el hecho de que el estudio académico del siglo XIX nos haya proporcionado, no los documentos en sí, sino conocimiento sobre su contenido real. Las filas de puntas de flecha en las paredes, las losas o los pequeños ladrillos seguramente tienen un significado; pero, ¿cómo podemos adivinar ese significado? Deben ser palabras; pero, ¿qué palabras? Los jeroglíficos de los egipcios eran lo suficientemente misteriosos, sin duda; sin embargo, sus símbolos tenían cierta sugestividad, mientras que en la secuencia continua de estas marcas cuneiformes no parece haber nada que ofrezca una pista para su interpretación. Y, sin embargo, el estudioso asirio de hoy puede interpretar estos extraños registros casi con la misma facilidad y certeza con que el estudioso clásico interpreta un manuscrito griego. Y esto demuestra uno de los mayores triunfos del estudio académico del siglo XIX, ya que, en casi dos mil años, antes de nuestro siglo, no hubo nadie a quien estas extrañas inscripciones no le parecieran tan sin sentido como lo son para el visitante casual que las observa hoy en día en el museo, con una vaga sensación de asombro. Pues el idioma asirio, al igual que el egipcio, era verdaderamente un idioma muerto; no, como el griego y el latín, simplemente pasó del uso cotidiano a los archivos de los eruditos, sino que fue completamente olvidado por todo el mundo. Dadas estas circunstancias, es nada menos que maravilloso que haya podido ser restaurado.

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Es justo añadir que esta restauración probablemente nunca se habría llevado a cabo, ni por parte de los asirios ni de los egipcios, si el idioma en vías de extinción no hubiera dejado ningún sucesor emparentado con él; pues las capacidades de la lingüística moderna, aunque grandes, no son realmente milagrosas. Pero, afortunadamente, un idioma una vez desarrollado no desaparece por completo; simplemente deja de ser útil y es gradualmente reemplazado, siendo su sucesor quien conserva muchos rasgos de su origen. Así, tal como el latín, por ejemplo, tiene sus representantes vivos en el italiano y en otros idiomas románicos, el idioma de Asiria está representado por idiomas semíticos emparentados con él. Sin embargo, estos han sido de ayuda más bien en las etapas posteriores del estudio de Asiria que al principio mismo; y la primera pista para descifrar el mensaje de la escritura cuneiforme llegó por un canal ligeramente diferente.

Curiosamente, fue una inscripción trilingüe la que proporcionó esa pista, al igual que en el caso de la Piedra de Roseta, aunque con una diferencia muy notable. La inscripción trilingüe en cuestión, en lugar de ser un monumento pequeño y portátil, cubre la superficie de un acantilado masivo en Behistún, en el oeste de Persia. Además, las tres inscripciones están escritas en caracteres cuneiformes, y todas ellas están en idiomas que, al comienzo de nuestro siglo, eran completamente desconocidos. Esta inscripción, como monumento impresionante de significado desconocido, había sido vista por generaciones sucesivas. Según Ctesias, y a través de Diodoro, la tradición atribuía su autoría a la legendaria reina asiria Semíramis. La tradición se equivocaba en esto; pero solo recientemente se ha podido corregir ese error gracias al conocimiento adquirido. La inscripción, como se sabe ahora, fue escrita realmente alrededor del año 515 a.C., por orden de Darío I, rey de Persia, y relata algunos de sus hechos en los tres principales idiomas de sus súbditos dispersos por todo el territorio.

El hombre que, arriesgando su vida, copió esta maravillosa inscripción y, al interpretarla, se convirtió en el verdadero “padre de la asiriología”, fue el general inglés Sir Henry Rawlinson. Su hazaña fue otro triunfo británico sobre los mismos rivales que habían competido por la Piedra de Roseta; ya que algunos años antes, algunos exploradores franceses habían sido enviados por su gobierno con el propósito específico de copiar este extraño registro, y habían informado que era imposible llegar hasta la inscripción. Pero el coraje británico no lo consideró así, y en 1835 Rawlinson escaló esa altura peligrosa y realizó una copia en papel de aproximadamente la mitad de la inscripción. Debido a obligaciones diplomáticas, tuvo que abandonar esa tarea durante algunos años, pero en 1848 regresó a ella y completó la copia de todas las partes de la inscripción que existen.

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Escapó a los estragos del tiempo. Y ahora el material estaba a mano para una nueva ciencia, que el propio general Rawlinson, pronto ayudado por muchos otros, procedió a desarrollar.
La clave del valor de esta inscripción única radica en el hecho de que su tercer idioma es el persa antiguo. Parece que los persas antiguos adoptaron el carácter cuneiforme de sus vecinos occidentales, los asirios, pero al hacerlo introdujeron una de esas modificaciones e mejoras esenciales que apenas son posibles de lograr salvo en la transición de una raza a otra. En lugar de construir con la punta de la flecha una multitud de caracteres silábicos, incluyendo muchos homófonos, como era y seguía siendo costumbre entre los asirios, los persas seleccionaron unos pocos de estos caracteres y les asignaron valores fonéticos casi puramente alfabéticos. En resumen, mientras conservaban la cuña como trazo básico de su escritura, desarrollaron un alfabeto, realizando así el último análisis maravilloso de los sonidos fonéticos que hasta hoy han escapado a los chinos, que los egipcios solo lograron parcialmente, y que los griegos atribuían a los fenicios por haberlos introducido en el mundo occidental.
Además de este paso fundamental, los persas introdujeron la costumbre, menor pero sumamente práctica, de separar las palabras de una oración entre sí mediante un signo específico; en esto se diferenciaban no solo de los asirios y egipcios, sino también de los escribas griegos primitivos.
Gracias a estas simplificaciones, el idioma persa antiguo fue prácticamente restaurado a principios del siglo XIX, gracias a los esfuerzos del alemán Grotefend, y en ese mismo momento se lograron nuevos avances en él por parte de Renouf, en Francia, y de Lassen, en Alemania, así como por el propio Rawlinson, quien resolvió en gran medida el problema del alfabeto persa de forma independiente. Así, la parte en persa de la inscripción de Behistún pudo ser descifrada al menos parcialmente. Sin embargo, esto por sí solo no habría sido de mucha ayuda para la restauración de los idiomas de las demás partes, de no ser porque, afortunadamente, la inscripción está repleta de nombres propios. En general, los nombres propios no se traducen de un idioma a otro, sino que se transliteran en la medida en que lo permite la naturaleza del idioma. Fue el hecho de que la palabra griega “Ptolemaicos” estuviera transliterada en la Piedra de Roseta lo que proporcionó la primera pista sobre los sonidos de los caracteres egipcios. De haberse conservado la parte superior de la Piedra de Roseta, en la que originalmente había varios otros nombres, Young no se habría detenido donde lo hizo en su desciframiento.

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Pero la fortuna, que había sido tan generosa y al mismo tiempo tan tentadora en el caso de la Piedra de Roseta, trató con más delicadeza a las inscripciones de Behistún; pues no menos de noventa nombres propios se conservaron en la parte persa y se duplicaron, en otro alfabeto, en la inscripción asiria. El estudio de estos nombres proporcionó una pista sobre los sonidos de los caracteres asirios. Sin embargo, la decodificación de estos caracteres, incluso con esta ayuda, resultó enormemente difícil, ya que pronto quedó claro que aquí ya no se trataba de un alfabeto casi perfecto formado por unos pocos caracteres, sino de un silabario compuesto por varios cientos de caracteres, incluyendo muchos homófonos, es decir, diferentes formas para representar el mismo sonido. Pero con la traducción al persa como guía por un lado, y las lenguas semíticas, a la familia de las cuales pertenecía el asirio, por el otro, esa tarea apabullante se fue logrando poco a poco. Los principales investigadores fueron el general Rawlinson, el profesor Hincks y el señor Fox-Talbot en Inglaterra, el profesor Jules Oppert en París y el profesor Julian Schrader en Alemania, aunque muchos otros estudiosos se unieron pronto a este trabajo.

Este gran logro lingüístico se alcanzó hacia mediados del siglo XIX. Pero era un logro tan extraordinario que muchos eruditos de alto prestigio, entre ellos Joseph Ernest Renan en Francia y sir G. Cornewall Lewis en Inglaterra, se negaron al principio a aceptar los resultados, sosteniendo que los asiriólogos se habían engañado a sí mismos al crear un idioma arbitrario. La cuestión se puso a prueba en 1855, por sugerencia del señor Fox-Talbot, cuando cuatro estudiosos —el propio señor Talbot y el general Rawlinson, el profesor Hincks y el profesor Oppert— presentaron ante la Real Sociedad Asiática sus interpretaciones independientes de un texto asirio hasta entonces sin traducir. Un comité de la sociedad, que incluía al mejor historiador del siglo en Inglaterra, George Grote, abrió los sellos de las cuatro traducciones y informó que estas coincidían inequívocamente en cuanto a su contenido principal e incluso, sorprendentemente, eran muy uniformes en cuanto a la formulación de ciertos pasajes; en resumen, eran tan similares como lo pueden ser las traducciones de textos oscuros de cualquier idioma difícil. Esta decisión otorgó estatus oficial al trabajo de los asiriólogos, y desde entonces la fiabilidad de su método nunca ha estado en duda. A partir de entonces, la asiriología se convirtió en una ciencia establecida.

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APÉNDICE
LISTA DE REFERENCIAS

CAPÍTULO I. DESARROLLO MODERNO DE LAS CIENCIAS FÍSICAS

(1) Robert Boyle, Obras filosóficas (3 vols.). Londres, 1738.

CAPÍTULO II. LOS ORÍGENES DE LA QUÍMICA MODERNA

(1) Para un relato completo de la controversia llamada “La controversia del agua”, véase La vida del honorable Henry Cavendish, de George Wilson, M.D., F.R.S.E. Londres, 1850.

(2) Henry Cavendish, en Phil. Trans. de 1784, p. 119.

(3) Vidas de los filósofos de la época de Jorge III, de Henry, Lord Brougham, F.R.S., p. 106. Londres, 1855.

(4) Experimentos y observaciones sobre diferentes tipos de aire, de Joseph Priestley (3 vols.). Birmingham, 1790, vol. II, pp. 103-107.

(5) Conferencias sobre filosofía experimental, de Joseph Priestley, conferencia IV, pp. 18, ill. J. Johnson, Londres, 1794.

(6) Traducido de Scheele’s Om Brunsten, eller Magnesia, och dess Egenakaper. Estocolmo, 1774, y publicado como Alembic Club Reprints, n.º 13, 1897, p. 6.

(7) Según algunos autores, esto fue descubierto por Berzelius.

(8) Historia de la química, de Ferdinand Hoefer. París, 1869, vol. CL, p. 289.

(9) Elementos de química, de Anton Laurent Lavoisier, traducido por Robert Kerr, p. 8. Londres y Edimburgo, 1790.

(10) Ibíd., pp. 414-416.

CAPÍTULO III. LA QUÍMICA DESDE LA ÉPOCA DE DALTON

(1) Sir Humphry Davy, en Phil. Trans., vol. VIII.

CAPÍTULO IV. ANATOMÍA Y FISIOLOGÍA EN EL SIGLO XVIII

(1) Baas, Historia de la medicina, p. 692.

(2) Basado en el discurso presidencial de Thomas H. Huxley ante la British Association for the Advancement of Science, 1870.

(3) Ensayos sobre la digestión, de James Carson. Londres, 1834, p. 6.

(4) Ibíd., p. 7.

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(5) John Hunter, Sobre la digestión del estómago después de la muerte, primera edición, págs. 183-188.

(6) Erasmus Darwin, El jardín botánico, págs. 448-453. Londres, 1799.

CAPÍTULO V. ANATOMÍA Y FISIOLOGÍA EN EL SIGLO XIX

(1) La teoría de la Tierra del barón de Cuvier. Nueva York, 1818, pág. 123.

(2) Sobre los órganos y el modo de fecundación de las Orchidaceae y Asclepiadaceae, por Robert Brown, Esq., en Obras botánicas misceláneas. Londres, 1866, vol. I, págs. 511-514.

(3) Justin Liebig, Química animal. Londres, 1843, pág. 17 y ss.

CAPÍTULO VI. TEORÍAS DE LA EVOLUCIÓN ORGÁNICA

(1) “Ensayo sobre las metamorfosis de las plantas”, de Goethe, traducido para esta obra a partir de Grundriss einer Geschichte der Naturwissenschaften, de Friederich Dannemann (2 volúmenes). Leipzig, 1896, vol. I, pág. 194.

(2) El templo de la naturaleza, o El origen de la sociedad, de Erasmus Darwin, edición publicada en 1807, pág. 35.

(3) Barón de Cuvier, Teoría de la Tierra. Nueva York, 1818, pág. 74. (Esta fue la introducción a la gran obra de Cuvier.)

(4) Robert Chambers, Explicaciones: continuación de Vestigios de la creación. Londres, Churchill, 1845, págs. 148-153.

CAPÍTULO VII. LA MÉDICA DEL SIGLO XVIII

(1) Extraído de las conferencias académicas del Dr. Boerhaave sobre la teoría de la fisiología. Londres, 1751, págs. 77, 78. Las conferencias de Boerhaave fueron publicadas como Aphorismi de cognoscendis et curandis Morbis, Leiden, 1709. Sobre este libro, Van Swieten escribió comentarios que ocupan cinco volúmenes. Otra obra muy célebre de Boerhaave es su Institutiones et Experimenta Chemic, París, 1724; los gérmenes de esta obra se presentaron en una conferencia cuando fue nombrado catedrático de química en la Universidad de Leiden en 1718.

(2) Investigación sobre las causas y efectos de la vacuna contra la viruela, etc., por Edward Jenner, M.D., F.R.S., etc. Londres, 1799, págs. 2-7. Escribió varios otros artículos, la mayoría de los cuales fueron comunicaciones presentadas a la Real Sociedad. Su última publicación fue Sobre la influencia de las erupciones artificiales en ciertas enfermedades (Londres, 1822), un tema al que dedicó mucho tiempo y estudio.

CAPÍTULO VIII. LA MÉDICA DEL SIGLO XIX

(1) En la introducción a la traducción de Corvisart de la obra de Avenbrugger. París, 1808.

(2) Laennec, Tratado de la auscultación mediata. París, 1819. Esta fue la obra principal de Laennec y fue pronto traducida a varios idiomas diferentes. Antes de publicarla, también había escrito Proposiciones sobre la doctrina médica de Hipócrates, París, 1804, y Memorias sobre los gusanos visiculares, en el mismo año.

(3) Investigaciones químicas y filosóficas, principalmente sobre el nitrógeno

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Aire nítrico oxidado o desflogisticado y su respiración, por Humphry Davy. Londres, 1800, pp. 479-556.

(4) Ibíd.

(5) Para información sobre el descubrimiento de la anestesia, véase Informe del Consejo de Administradores del Hospital General de Massachusetts, Boston, 1888. También, La controversia del éter: Defensa de los informes del hospital de 1848, por N. L. Bowditch, Boston, 1848. Se ofrece una descripción excelente en Littell’s Living Age, de marzo de 1848, escrita por R. H. Dana, Jr. También existen dos informes del Congreso sobre la cuestión del descubrimiento de la eterealización, uno de 1848 y otro de 1852.

(6) Simpson dio a conocer este descubrimiento de las propiedades anestésicas del cloroformo en un artículo presentado ante la Sociedad Médico-Cirúrgica de Edimburgo, en marzo de 1847, unos tres meses después de haber visto por primera vez una operación quirúrgica realizada en un paciente al que se le había administrado éter.

(7) Louis Pasteur, Estudios sobre la fermentación. Londres, 1870.

(8) Louis Pasteur, en Comptes Rendus des Sciences de l’Academie des Sciences, vol. XCII., 1881, pp. 429-435.

CAPÍTULO IX. LA NUEVA CIENCIA DE LA PSICOLOGÍA EXPERIMENTAL

(1) Las comunicaciones de Bell fueron presentadas a la Real Sociedad, pero sus estudios y descubrimientos en el campo de la anatomía del sistema nervioso fueron recopilados y publicados, en 1824, como Una exposición del sistema natural de nervios del cuerpo humano: siendo una republicación de los artículos presentados a la Real Sociedad sobre el tema de los nervios.

(2) Marshall Hall, M.D., F.R.S.L., Sobre las funciones reflejas de la médula oblongada y la médula espinal, en Phil. Trans. of Royal Soc., vol. XXXIII., 1833.

ÍNDICE

DE LOS CINCO VOLUMENES

Page 211

LIBRO I
I. LA CIENCIA PREHISTÓRICA
II. LA CIENCIA EGIPCIA
III. LA CIENCIA DE BABILONIA Y ASIRIA
IV. EL DESARROLLO DEL ALFABETO
V. LOS INICIOS DE LA CIENCIA GRECA
VI. LOS PRIMEROS FILÓSOFOS GRECOS EN ITALIA
VII. LA CIENCIA GRECA EN EL PERÍODO ÁTICO TEMPRANO
VIII. LA CIENCIA POSSOCRÁTICA EN ATENAS: PLATÓN, ARISTÓTELES Y TEOFRASTO
IX. LA CIENCIA GRECA EN EL PERÍODO ALEXANDRINO O HELÉNICO
X. LA CIENCIA EN EL PERÍODO ROMANO
XI. UN EXAMEN RETROSPECTIVO DE LA CIENCIA CLÁSICA

LIBRO II. LOS INICIOS DE LA CIENCIA MODERNA
I. LA CIENCIA EN LA EDAD OSCURA
II. LA CIENCIA MEDIEVAL ENTRE LOS ÁRABES

Page 212

III. LA CIENCIA MEDIEVAL EN EL OESTE
IV. LA NUEVA COSMOLOGÍA: DE COPÉRNICO A KEPLER Y GALILEO
V. GALILEO Y LA NUEVA FÍSICA
VI. DOS PSEUDOCIENCIAS: ALQUIMIA Y ASTROLOGÍA
VII. DE PARACELSO A HARVEY
VIII. LA MÉDICA EN LOS SIGLOS XVI Y XVII
IX. FILÓSOFOS-CIENTÍFICOS Y NUEVAS INSTITUCIONES DE ENSEÑANZA
X. LOS SUCESORES DE GALILEO EN LA CIENCIA FÍSICA
XI. NEWTON Y LA COMPOSICIÓN DE LA LUZ
XII. NEWTON Y LA LEY DE LA GRAVITACIÓN
XIII. INSTRUMENTOS DE PRECISIÓN EN LA ERA DE NEWTON
XIV. PROGRESOS EN LA ELECTRICIDAD: DE GILBERT Y VON GUERICKE A FRANKLIN
XV. HISTORIA NATURAL HASTA LA ÉPOCA DE LINNÉE

LIBRO III. DESARROLLO MODERNO DE LAS CIENCIAS FÍSICAS
I. LOS SUCESORES DE NEWTON EN ASTRONOMÍA
II. EL PROGRESO DE LA ASTRONOMÍA MODERNA

Page 213

III. LA NUEVA CIENCIA DE LA PALEONTOLOGÍA
IV. EL ORIGEN Y DESARROLLO DE LA GEOLOGÍA MODERNA
V. LA NUEVA CIENCIA DE LA METEOROLOGÍA
VI. TEORÍAS MODERNAS SOBRE EL CALOR Y LA LUZ
VII. EL DESARROLLO MODERNO DE LA ELECTRICIDAD Y EL MAGNETISMO
VIII. LA CONSERVACIÓN DE LA ENERGÍA
IX. EL ÉTER Y LA MATERIA PESADA

LIBRO IV. DESARROLLO MODERNO DE LAS CIENCIAS QUÍMICAS Y BIOLÓGICAS
I. LA TEORÍA DEL FLOGISTÓN EN QUÍMICA
II. LOS INICIOS DE LA QUÍMICA MODERNA
III. LA QUÍMICA DESDE LA ÉPOCA DE DALTON
IV. ANATOMÍA Y FISIOLOGÍA EN EL SIGLO XVIII
V. ANATOMÍA Y FISIOLOGÍA EN EL SIGLO XIX
VI. TEORÍAS DE LA EVOLUCIÓN ORGÁNICA
VII. LA MÉDICA EN EL SIGLO XVIII
VIII. LA MÉDICA EN EL SIGLO XIX
IX. LA NUEVA CIENCIA DE LA PSICOLOGÍA EXPERIMENTAL

Page 214

X. LA NUEVA CIENCIA DE LA ARQUEOLOGÍA ORIENTAL

LIBRO V. ASPECTOS DE LA CIENCIA RECIENTE
I. EL MUSEO BRITÁNICO
II. LA SOCIEDAD REAL DE LONDRES PARA MEJORAR
LA CONOCIMIENTO NATURAL
III. LA INSTITUCIÓN REAL Y LAS INVESTIGACIONES EN BAJAS TEMPERATURAS
IV. ALGUNOS LABORATORIOS FÍSICOS Y PROBLEMAS FÍSICOS
V. EL LABORATORIO DE BIOLOGÍA MARINA EN NÁPOLES
VI. ERNST HAECKEL Y LA NUEVA ZOLOGÍA
VII. ALGUNOS LABORATORIOS MÉDICOS Y PROBLEMAS MÉDICOS
VII. ALGUNOS PROBLEMAS CIENTÍFICOS SIN SOLUCIONAR
IX. RETROSPECTIVA Y PROSPECTIVA

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*** FIN DEL LIBRO ELECTRÓNICO DE PROJECT GUTENBERG: UNA HISTORIA DE LA CIENCIA — VOLUMEN 4 ***

Las ediciones actualizadas reemplazarán a las anteriores; las ediciones antiguas serán renombradas.

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Sección 2. Información sobre la misión de Project Gutenberg

Project Gutenberg es sinónimo de la distribución gratuita de obras electrónicas en formatos legibles por la mayor variedad posible de computadoras, incluidas las obsoletas, antiguas, de mediana edad y nuevas. Existe gracias a los esfuerzos de cientos de voluntarios y a las donaciones de personas de todos los ámbitos de la vida.

Los voluntarios y el apoyo financiero para brindarles a ellos la asistencia que necesitan son cruciales para alcanzar los objetivos de Project Gutenberg y asegurar que su colección permanezca disponible gratuitamente para las generaciones futuras. En el año 2001 se creó la Fundación del Archivo Literario de Project Gutenberg con el fin de garantizar un futuro seguro y permanente para Project Gutenberg y para las generaciones venideras. Para saber más sobre la Fundación del Archivo Literario de Project Gutenberg y cómo sus esfuerzos y donaciones pueden ayudar, consulte las Secciones 3 y 4, así como la página de información de la Fundación en www.gutenberg.org.

Sección 3. Información sobre la Fundación del Archivo Literario de Project Gutenberg

La Fundación del Archivo Literario de Project Gutenberg es una corporación educativa sin fines de lucro de tipo 501(c)(3), organizada según las leyes del estado de Misisipi y a la que el Servicio de Impuestos Internos le ha otorgado estatus de exención fiscal. El número de identificación fiscal federal de la Fundación es 64-6221541. Las contribuciones a la Fundación del Archivo Literario de Project Gutenberg son deducibles de impuestos en la medida permitida por las leyes federales de los Estados Unidos y por las leyes de su estado.

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La oficina administrativa de la Fundación se encuentra en 41 Watchung Plaza, #516, Montclair NJ 07042, EE. UU., +1 (862) 621-9288. Para contactar por correo electrónico, los enlaces y la información de contacto actualizada pueden encontrarse en el sitio web de la Fundación y en su página oficial en www.gutenberg.org/contact.

Sección 4. Información sobre las donaciones al Proyecto
Fundación del Archivo Literario Gutenberg

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La Fundación se compromete a cumplir con las leyes que regulan las organizaciones benéficas y las donaciones caritativas en los 50 estados de los Estados Unidos. Los requisitos de cumplimiento no son uniformes y se necesita un esfuerzo considerable, mucha documentación y numerosas tarifas para satisfacerlos y mantenerse al día con ellos. No solicitamos donaciones en lugares donde no hayamos recibido confirmación por escrito de cumplimiento. PARA ENVIAR DONACIONES o determinar el estado de cumplimiento en cualquier estado en particular, visite www.gutenberg.org/donate.

Aunque no podemos ni solicitamos contribuciones de estados donde aún no hemos cumplido con los requisitos de solicitud, no conocemos ninguna prohibición contra aceptar donaciones no solicitadas de donantes de dichos estados que se pongan en contacto con nosotros para ofrecer sus donaciones.

Agradecemos las donaciones internacionales, pero no podemos hacer declaraciones sobre el tratamiento fiscal de las donaciones recibidas desde fuera de los Estados Unidos. Las leyes estadounidenses solas ya sobrecargan a nuestro reducido personal.

Por favor, consulte las páginas web del Proyecto Gutenberg para conocer los métodos y direcciones actuales de donación. También se aceptan donaciones por medio de varios otros canales.

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Existen varias formas de hacer donaciones, como cheques, pagos en línea y donaciones con tarjeta de crédito. Para donar, por favor visite: www.gutenberg.org/donate.

Sección 5. Información general sobre el Proyecto Gutenberg y las obras electrónicas

El profesor Michael S. Hart fue el creador del concepto del Proyecto Gutenberg: una biblioteca de obras electrónicas que podían compartirse libremente con cualquiera. Durante cuarenta años, él produjo y distribuyó los libros electrónicos del Proyecto Gutenberg contando únicamente con la ayuda de una red reducida de voluntarios.

Los libros electrónicos del Proyecto Gutenberg suelen crearse a partir de varias ediciones impresas, todas ellas confirmadas como no protegidas por derechos de autor en los Estados Unidos, a menos que se incluya una nota de derechos de autor. Por lo tanto, no es necesario que los libros electrónicos cumplan con las características de alguna edición impresa en particular.

La mayoría de las personas comienzan por nuestro sitio web, que cuenta con la principal herramienta de búsqueda de PG: www.gutenberg.org.

Este sitio web incluye información sobre el Proyecto Gutenberg, como cómo hacer donaciones a la Fundación del Archivo Literario del Proyecto Gutenberg, cómo ayudar a crear nuestros nuevos libros electrónicos y cómo suscribirse a nuestro boletín electrónico para estar al tanto de los nuevos libros electrónicos.

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